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Libro No. 464. Manual de
Marxismo-Leninismo. ACURSS. Colección E.O. Agosto 10 de 2013.
Título original:
© Manual de Marxismo-Leninismo. ACURSS. Edición: Grijalbo, Méjico 1960.
Lengua: Castellano. Digitalización:
Koba.
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Versión Original: © Manual de Marxismo-Leninismo. ACURSS.
Edición: Grijalbo, Méjico 1960. Lengua:
Castellano. Digitalización: Koba.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
MANUAL
DE MARXISMO-LENINISMO
Academia de
Ciencias de la URSS
PRESENTACIÓN
.....................................................1
PREFACIO.
...............................................................2
SECCIÓN
PRIMERA. ..............................................6
FUNDAMENTOS
FILOSÓFICOS DE LA CONCEPCIÓN MARXISTA-LENINISTA DEL MUNDO
....................................................................6
Capitulo
I. El materialismo filosófico .......................6
1.
Progreso de la ciencia materialista avanzada en lucha contra la reacción y la
ignorancia ................6
2.
Materialismo e idealismo ..................................7
3. Qué
es filosóficamente la materia ...................10
4.
Formas universales de ser del mundo material11
5. La
conciencia es propiedad de la materia altamente
organizada...........................................14
6.
Adversarios del materialismo filosófico..........16
7. La
filosofía burguesa contemporánea..............19
8. En
la lucha por una concepción científica del
mundo..................................................................25
Capitulo
II. La dialéctica materialista......................26
1.
Concatenación universal de los fenómenos.....28
2.
Cambios cuantitativos y cualitativos en la naturaleza y en la
sociedad..................................33
3. La
bifurcación en contrarios como fuente
principal
del desarrollo........................................36
4.
Desarrollo dialéctico de lo inferior a lo superior
.............................................................................40
5. La
dialéctica como método de conocimiento y transformación del
mundo...................................42
Capitulo
III. Teoría del conocimiento .....................44
1. La
práctica como base y fin del conocimiento 44
2. El
conocimiento es el reflejo del mundo
objetivo................................................................47
3.
Doctrina de la verdad ......................................48
4. La
práctica como criterio de la verdad ............55
5.
Necesidad y libertad ........................................57
SECCIÓN
SEGUNDA. ...........................................59
LA
CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA
..............................................................59
Capitulo
IV. Esencia del materialismo histórico .....59
1.
Transformación revolucionaria en las concepciones sobre la sociedad
...........................59
2. El
modo de producción como base material de
la vida
de la sociedad ..........................................60
3. Base
y superestructura.....................................63
4. La
historia como desarrollo y cambio de formaciones
económico-sociales.........................64
5. La
ley histórica y la actividad consciente de los
hombres
...............................................................69
6.
Inconsistencia de la sociología burguesa.........73
7.
Valor de la concepción materialista de la historia para las demás ciencias
sociales y para la
práctica
social ......................................................75
Capitulo
V. Las clases, la lucha de clases y el estado
.................................................................................76
1.
Esencia de las diferencias de clase y de las relaciones entre las
clases....................................77
2. El
estado como instrumento de la dominación
de
clase ............................................................... 80
3. La
lucha de clases como fuerza motriz del desarrollo de la sociedad basada en la
explotación
............................................................................
82
4.
Formas fundamentales de la lucha de clase del
proletariado......................................................... 85
Capitulo
VI. El papel de las masas populares y el
individuo
en la historia ........................................... 90
1. Las
masas populares son las creadoras de la historia
................................................................ 90
2. El
papel del individuo en la historia ............... 93
3.
Papel de las masas en la vida político-social de nuestra época
...................................................... 96
Capitulo
VII. El progreso social ............................. 99
1.
Carácter progresivo del desarrollo social ....... 99
2. El
progreso social en la sociedad basada en la explotación y con el
socialismo........................ 102
3. El
marxismo-leninismo y los ideales de
progreso
social.................................................. 104
SECCIÓN
TERCERA. ......................................... 108
ECONOMÍA
POLÍTICA DEL CAPITALISMO . 108
INTRODUCCIÓN
................................................ 108
Capitulo
VIII. El capitalismo premonopolista ...... 109
1.
Aparición de las relaciones capitalistas........ 109
2.
Producción mercantil. Mercancía. Ley del valor y
dinero............................................................. 110
3. La
plusvalía, piedra angular de la teoría
económica
de Marx .......................................... 113
4. El
salario....................................................... 115
5. El
aumento de la ganancia como fin y límite de la producción capitalista
................................... 116
6.
Desarrollo del capitalismo en la agricultura. Renta de la tierra
.............................................. 117
7.
Reproducción del capital social y crisis
económicas
....................................................... 119
8. La
ley general de la acumulación capitalista 122
Capitulo
IX. El imperialismo, fase superior y última del capitalismo
...................................................... 124
1. El
imperialismo como capitalismo monopolista
..........................................................................
124
2. El
imperialismo como capitalismo parasitario o en putrefacción
................................................. 130
3. El
imperialismo como capitalismo agonizante
..........................................................................
132
4.
Comienzo de la crisis general del capitalismo
..........................................................................
134
Capitulo
X. El imperialismo en la etapa actual .... 135
1.
Nueva etapa de la crisis general del capitalismo
..........................................................................
135
2. El
capitalismo monopolista de estado .......... 136
3.
¿Podrá el capitalismo evitar las crisis económicas?
..................................................... 145
4.
Profundización y ampliación de los
antagonismos
de clase ...................................... 147
5. El
último peldaño en la escalera histórica del capitalismo
....................................................... 152
Índice
SECCIÓN
CUARTA.............................................154
TEORÍA
Y TÁCTICA DEL MOVIMIENTO COMUNISTA INTERNACIONAL ......................154
Capitulo
XI. La misión histórica de la clase obrera
...............................................................................154
1. La
clase obrera lleva la emancipación a la humanidad trabajadora
......................................154
2.
Incremento del peso y del papel político-social
de la
clase obrera ...............................................155
3.
Comunidad de intereses de la clase obrera y de todos los trabajadores
........................................157
4. El
internacionalismo, manantial de fuerzas para el movimiento obrero
........................................158
5.
Obstáculos y dificultades del movimiento
obrero
en su desarrollo ......................................160
6. La
clase obrera lucha y crea ..........................161
Capitulo
XII. La gran revolución socialista de octubre, viraje radical en la historia de
la humanidad
...............................................................................164
1.
Papel de vanguardia de la clase obrera rusa ..164
2. La
primera revolución socialista del mundo .166
3.
Poderoso impulso para el movimiento obrero revolucionario de otros países
...........................170
4.
Influencia de la revolución de octubre sobre el
movimiento
de liberación nacional ...................170
5.
Destacamento de vanguardia y baluarte del movimiento socialista mundial
.........................171
Capitulo
XIII. El partido marxista-leninista y su
papel
en la lucha de clase de los obreros ...............172
1. Qué
partido necesita la clase obrera ..............173
2. El
centralismo democrático en la estructura y la vida del
partido..................................................175
3. Los
vínculos vivos del partido con las grandes
masas
.................................................................177
4. La
política marxista-leninista como ciencia y como
arte...........................................................179
5.
Necesidad de la lucha contra el oportunismo de derecha y el sectarismo
.....................................182
6.
Carácter internacional del movimiento comunista
..........................................................184
Capitulo
XIV. La política de unidad de acción de la
clase
obrera y de todas las fuerzas democráticas del pueblo
....................................................................186
1.
Necesidad de la unidad de acción de la clase obrera en las condiciones actuales
....................186
2.
Quién se opone a la unidad de acción de la clase
obrera
................................................................188
3. Vías
para alcanzar la unidad de acción del movimiento obrero
............................................192
4. La
política de unidad democrática ................196
Capitulo
XV. La alianza de la clase obrera y los campesinos bajo el régimen capitalista
.................199
1. La
lucha por los intereses de los campesinos 199
2. Los
comunistas defienden los intereses vitales
de las
masas campesinas ...................................203
3. Qué
da a los campesinos el triunfo de la clase obrera
................................................................204
Capitulo
XVI. El movimiento de liberación nacional de los pueblos contra el colonialismo
....................206
1. El
movimiento obrero y el problema nacional- colonial
..............................................................206
2. Auge
del movimiento de liberación nacional y desintegración del sistema
colonial...................209
3.
Conquistas de la revolución antiimperialista y antifeudal en los países de Asia
incorporados a la vía del socialismo
..............................................213
4. Los
jóvenes estados de oriente en la lucha por la consolidación de su independencia
...................214
5. Los
países iberoamericanos en la lucha por una auténtica independencia
....................................218
6. La
lucha por la liberación de los pueblos de
África
................................................................220
7. El
anticomunismo como instrumento de desintegración y división del movimiento de
liberación
nacional ............................................221
8.
Nuevas formas de la política colonial ...........223
9. El
sistema socialista mundial, baluarte de los pueblos en la lucha contra el
colonialismo........224
Capitulo
XVII. Lucha de los pueblos de los países capitalistas por el mantenimiento de
su soberanía.225
1.
Agudización del problema de la soberanía en la
época
del imperialismo .....................................226
2. El
cosmopolitismo, y no el patriotismo, es la ideología de la burguesía
imperialista ...............229
3. La
defensa de la soberanía coincide con los
intereses
vitales de todas las fuerzas sanas de la nación
................................................................230
Capitulo
XVIII. La lucha en defensa de la
democracia
en los países burgueses.......................233
1.
Lenin, acerca de la necesidad de luchar por la democracia dentro del
capitalismo ....................234
2.
Ofensiva de los monopolios capitalistas contra
los
derechos democráticos de los trabajadores..235
3. La
unificación de las fuerzas democráticas, condición primordial para la victoria
sobre la reacción y el fascismo .......................................238
Capitulo
XIX. Las amenazas de guerra y la lucha de los pueblos por la paz
............................................240
1. El
imperialismo amenaza más que nunca el futuro de la
humanidad......................................240
2. La
clase obrera y la guerra ............................242
3. La
defensa de la paz es tarea primordial de
todos
los demócratas .........................................244
4.
Posibilidades de impedir la guerra en nuestra época
.................................................................245
Capitulo
XX. Las diversas formas de transición a la revolución socialista
..............................................248
1. Los
antagonismos de clase, al desarrollarse,
hacen
inevitable la revolución proletaria ..........248
2. Los
movimientos democráticos de nuestro tiempo y la revolución socialista
.......................250
3. Cómo
maduran las condiciones pana la
revolución
proletaria .........................................256
4. El
paso del poder a la clase obrera ................259
5.
Leyes fundamentales de la revolución socialista y peculiaridades de su
manifestación en los distintos países
..................................................264
SECCIÓN
QUINTA. .............................................266
TEORÍA
DEL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO
...............................................................................266
Capitulo
XXI. Dictadura del proletariado y democracia proletaria
............................................266
1.
Necesidad histórica de la dictadura del
proletariado
en el período de transición ............266
2. La
democracia proletaria como democracia de nuevo
tipo..........................................................271
3.
Variedad de formas de la dictadura del
proletariado
.......................................................277
Capitulo
XXII. Principales tareas económicas en el periodo de transición del capitalismo
al socialismo
...............................................................................282
1. Por
dónde empieza el poder de la clase obrera
...........................................................................283
2. Vías
para la supresión de la pluralidad de formaciones económicas
...................................286
3. La
industrialización socialista .......................293
4.
Balance del período de transición .................294
Capitulo
XXIII. Rasgos fundamentales del modo socialista de
producción.........................................296
1. La
propiedad social y sus formas ..................296
2. Fin
fundamental de la producción socialista .299
3.
Desarrollo planificado de la economía nacional
...........................................................................300
4. La
producción mercantil y la ley del valor en el
socialismo..........................................................302
5. El
trabajo en el socialismo ............................305
6. La
reproducción ampliada socialista .............307
Capitulo
XXIV. Fisonomía político-social y cultural de la sociedad
socialista.........................................310
1. La
democracia socialista ...............................310
2. La
amistad de los pueblos de la sociedad socialista
........................................................... 316
3. La
cultura de la sociedad socialista .............. 318
4. El
socialismo y el individuo ......................... 321
5.
Fuerzas motrices de la sociedad socialista ... 323
Capitulo
XXV. El sistema socialista mundial ...... 325
1.
Particularidades históricas de la formación del sistema socialista mundial
................................ 325
2.
Principios de las relaciones entre los estados
socialistas
(internacionalismo socialista) ......... 326
3.
Desarrollo de la economía socialista mundial
..........................................................................
330
4.
Relaciones económicas de los estados
socialistas
con otros países ............................... 334
Capitulo
XXVI. El periodo de transición del socialismo al
comunismo...................................... 335
1. La
línea general leninista del partido en la
nueva
etapa ....................................................... 336
2.
Creación de la base material y técnica del comunismo
....................................................... 338
3.
Desaparición gradual de las diferencias de clase
y de
otras diferencias sociales .......................... 344
4. La
educación comunista de los trabajadores 351
5.
Desarrollo de la democracia socialista ......... 355
6.
Significado internacional de la construcción del comunismo en la
U.R.S.S................................. 360
Capitulo
XXVII. La sociedad comunista.............. 364
1.
Sociedad de bienestar y abundancia para todos
..........................................................................
364
2. De
cada uno según su capacidad .................. 366
3. A
cada uno según sus necesidades ............... 367
4. El
hombre libre en la sociedad libre ............. 368
5. Paz
y amistad, colaboración y aproximación de los
pueblos........................................................ 371
6.
Perspectivas ulteriores del comunismo ........ 372
PRESENTACIÓN
El fin que el presente libro se propone es exponer,
en forma asequible a todos, los fundamentos del marxismo-leninismo como
doctrina que representa en sí un conjunto único y
armónico. Para ello los autores se han apoyado en los trabajos de Marx, Engels
y Lenin, y también en los acuerdos y documentos del Partido Comunista de la
Unión Soviética en que se recoge su valiosa experiencia. En el examen de muchas
cuestiones se tiene presente asimismo la experiencia de los Partidos Comunistas
y Obreros hermanos.
Los autores no se proponían escribir un trabajo
académico; por eso se han detenido principalmente en las tesis del
marxismo-leninismo que más actuales son en las presentes circunstancias. Esto
se ha reflejado tanto en el carácter de la exposición como en la estructura del
propio libro.
Las dos secciones primeras se ocupan de las tesis
fundamentales de la filosofía marxista-leninista, es decir, del materialismo
dialéctico y del materialismo histórico. En la tercera sección se ofrece un
resumen de la economía política marxista-leninista del capitalismo, de
esencial importancia para comprender no sólo las leyes de
desarrollo de este régimen, sino también el carácter ineluctable de la lucha de
los trabajadores por su emancipación y de la revolución socialista. La sección
cuarta trata de la teoría y táctica del movimiento comunista internacional,
principalmente en las condiciones propias del capitalismo.
Otra
sección -la quinta-
se refiere a la
construcción de la sociedad socialista y comunista. Esta doctrina -que en vida
de Marx y Engels era una predicción científica del futuro- se ha convertido en
nuestro tiempo en la base de su labor práctica para los pueblos de los países
socialistas. De ahí la gran atención que el libro presta a los problemas de la
construcción de la nueva sociedad, particularmente a la aportación de V. I.
Lenin, y también a la experiencia práctica reunida en la Unión Soviética y
otros países socialistas.
El libro ha sido escrito por un grupo de
trabajadores y publicistas científicos y del Partido. El trabajo principal
ha corrido a
cargo de O. V.
Kuusinen (director), Y. A. Arbátov, A. S. Beliakov, S. I. Vigodski, A. A.
Makarovski, A. G. Mileikovski, E. P. Sitkovski y L. M. Sheidin.
En la redacción
de distintos capítulos
han trabajado también K. N. Brutents, F. M. Burlatski, N. I. Ivanov,
I. S. Kon,
B. M. Leibzon,
N. V. Matkovski, Y. K. Melvil,
D. E. Mélnikov, I. A. Mendelsón, T. A. Stepanián y S. G. Strumilin. Además, en
la exposición de algunas cuestiones han sido utilizados materiales presentados
por V. F. Asmus, A. N. Kuznetsov, B. P. Kuznetsov, Y. N. Semiónov, I. S.
Smirnov y P. S. Cheriomnij.
Han prestado valiosa ayuda en la preparación del
texto con sus observaciones y consejos: en los problemas filosóficos, A. D.
Alexándrov, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; B. M. Vul,
correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; el profesor G. M. Gak; el
profesor G. E. Glézermanó F. V. Konstantínov, correspondiente de la A. de C. de
la U.R.S.S.; J. S. Koshtoiants, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.;
el profesor M. M. Rosental y P. N. Fedoséiev, correspondiente de la A. de C. de
la U.R.S.S.; en los problemas científicos, el académico A. N. Nesmeiánov; en
los problemas económicos, A. A. Arzumanián, correspondiente de la A. de C. de
la U.R.S.S.; el académico E. S. Varga; el profesor L. M. Gatovski, y L. A.
Leóntiev, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; en el capítulo XXV, Y.
P. Frántsev, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S. Se han recibido
observaciones muy útiles de una serie de trabajadores responsables del Partido
y de los Sóviets.
Los autores tienen clara noción de las dificultades
que encierra una
exposición científica y
a la vez asequible de la doctrina
marxista-leninista, que sin cesar se desarrolla y enriquece con el cambio de
las condiciones históricas. Es lógico que la primera experiencia, emprendida
después de muchos años, de exposición
en una obra
de todas las
tesis fundamentales del marxismo-leninismo adolezca de defectos y
lagunas. Por eso,
cuantos consejos y observaciones críticas de los lectores
puedan mejorar el libro serán recibidos con gratitud y tenidos en cuenta en
ediciones posteriores de la obra.
Los AUTORES.
PREFACIO.
La
concepción del mundo del marxismo- leninismo La doctrina de Marx es
todopoderosa porque es cierta. Lenin
El estudio de los fundamentos del marxismo-
leninismo requiere un
trabajo serio y
profundo; exige, por tanto, esfuerzo y tiempo. ¿Qué es lo que
proporciona al hombre esta doctrina?
Resumidamente,
se podría responder
así: el estudio de los
fundamentos del marxismo-leninismo permite
adquirir una concepción
completa del mundo, que es la
más avanzada de cuantas existen en nuestra época. Esta concepción agrupa en un
sistema armónico las partes principales de la gran doctrina de Marx y Lenin. En
las páginas que siguen, dicha doctrina es expuesta en el orden siguiente:
la
filosofía
marxista-leninista, en la
cual se incluye también la
concepción materialista de la historia; la doctrina económica del
marxismo-leninismo; la teoría y táctica del movimiento comunista internacional,
con la valoración marxista-leninista de las
corrientes más importantes
del movimiento democrático
contemporáneo; la doctrina del socialismo y del comunismo.
Se comprende que un solo libro no puede abarcar
todos los valores
que la concepción
marxista-leninista del mundo encierra. En la presente obra se exponen
únicamente los fundamentos del marxismo- leninismo, Las concepciones del mundo son muy diversas:
las hay progresivas
y las hay
reaccionarias. Entre estas
últimas hay algunas que se basan en viejas creencias y que imponen la necesidad
de mantenerse en dependencia ciega de un imaginario ser sobrenatural, de sus
vicarios en la tierra y los ungidos por el Señor. Hay también concepciones
cuyos partidarios, sin hablar
de Dios y
aun jurando fidelidad a la
ciencia, recurren a argumentos sutiles, pero falsos, para destruir la
convicción del hombre moderno en la existencia real del mundo material que nos
rodea.
Así es como
proceden los adeptos
de las corrientes más en boga
del idealismo moderno. Muchos de ellos no creen en la existencia de fuerzas
sobrenaturales, pero, sometidos como están a la influencia de los
convencionalismos y prejuicios tradicionales de la sociedad burguesa, no
quieren cerrar todas las puertas a la fe en esas fuerzas sobrenaturales. Por
eso, esgrimiendo y deformando los últimos datos de la ciencia, siembran la duda
en la materialidad de la naturaleza. A su vez, teólogos y eclesiásticos: los
aplauden, esperando que el hombre que cree en la inmaterialidad del mundo puede
llegar a creer todo lo que se quiera.
Quiere decirse que no es ciencia todo lo que imita
a la
ciencia, que no
es oro todo
lo que reluce.
Precisamente en nuestro tiempo, muchas variedades del
idealismo filosófico se adornan de buen grado con el plumaje de pavo real de
las ciencias exactas, tratando de encubrir la esencia anticientífica de sus doctrinas. Pero
en realidad temen
los más importantes
descubrimientos de la ciencia, los pasan por alto o los deforman.
El marxismo-leninismo se diferencia muy ventajosamente de
todos los demás
sistemas en cuanto a su
concepción del mundo.
No admite la existencia de fuerzas sobrenaturales ni
de creador alguno. Pisa fuerte en el suelo de la realidad, en
el suelo del
mundo en que
vive. El marxismo-leninismo
emancipa definitivamente a la humanidad
de las supersticiones y
de la secular dependencia espiritual.
Llama al hombre
a ser independiente, libre y
consecuente en su modo de pensar.
El marxismo-leninismo toma al mundo tal cual es, sin
identificarlo con un infierno ni con un paraíso. Su punto de partida es que
toda la naturaleza, sin exceptuar al hombre, se compone de materia con sus
distintas propiedades.
La
naturaleza, lo mismo
que cada uno
de sus fenómenos, se
halla en constante
desarrollo. Las leyes de este
desarrollo no han sido establecidas por Dios ni dependen de la voluntad de los
hombres; son propias de la naturaleza misma y el hombre es plenamente capaz de
conocerlas. En el mundo no hay cosas incognoscibles de por sí; de hecho sólo
hay cosas que todavía no han sido conocidas, pero que lo serán con ayuda de la
ciencia y de la práctica.
La concepción marxista-leninista del mundo tiene su
origen en la ciencia y confía en ella en cuanto no se aparta de la realidad y
de la práctica. Progresa y se enriquece a medida que la ciencia avanza.
El marxismo-leninismo enseña que el desarrollo no
sólo de la naturaleza, sino también de la sociedad humana, se produce con arreglo a leyes objetivas, que son
independientes de la
voluntad de los hombres.
Al revelar cuáles son las leyes fundamentales que rigen
el desarrollo de la sociedad, el marxismo convirtió la historia de los hombres
en una ciencia verdadera, capaz de explicar tanto el carácter de cualquier
régimen social como el progreso que lleva a la sociedad a pasar de un régimen a
otro.
Esto fue un triunfo formidable del pensamiento
científico.
Nadie de quienes con un espíritu burgués cultivan las
ciencias sociales (sociología, economía política, historia) ha
podido refutar la
comprensión materialista de la historia; nadie ha podido oponerle otra
teoría que fuese aceptada, al menos, por la mayoría de los hombres de ciencia
burgueses. Y a pesar de todo, son muchos los que, con tozudez desesperada, se
apartan del materialismo histórico.
¿Por qué? Porque esta doctrina echa por tierra la fe
en el carácter "eterno" del régimen capitalista. Si admitimos que el
paso de la sociedad de un régimen a otro es un fenómeno sujeto a leyes, sería
imposible negar que el régimen capitalista esta condenado a ceder su puesto a
otro régimen social más progresivo. Admitirlo así les resulta difícil y
doloroso no sólo a los propios capitalistas, sino también a los científicos que
se encuentran bajo su dependencia material o espiritual.
Jamás, en la historia de las sociedades de clase,
ninguna de las clases dominantes pensó que su régimen estaba
condenado a la
muerte y desaparición. Los
esclavistas creían que su régimen era eterno y que había sido establecido por
Dios. Los señores feudales que
vinieron a reemplazarlos estaban también convencidos de
que su régimen -el feudalismo- había sido establecido de una vez para
siempre por la
voluntad divina. Pero
hubieron de ceder su puesto a la
burguesía. Ahora es ésta la que se hace ilusiones imaginándose que su régimen
-el capitalismo- presenta un carácter "eterno" e
"inmutable". Y muchos eruditos sociólogos e historiadores, que no
desean romper con el capitalismo,
echan mano a
toda clase de
recursos para quebrantar los hechos, cuando éstos nos dicen que los
sistemas sociales evolucionan y cambian según leyes que les son propias y que
no dependen de la voluntad de las clases dominantes y de sus ideólogos.
Quiere decirse que si los ideólogos burgueses
combaten la concepción marxista de la historia no es porque ésta sea errónea,
sino, precisamente, porque es cierta.
La ciencia verdadera, que estudia las leyes a que
se hallan sujetos
la acción y
el desarrollo de las
fuerzas de la naturaleza o de la sociedad, siempre prevé lo nuevo. La ciencia
marxista, que se refiere a las leyes del desarrollo social, permite orientarse
en la compleja situación de las contradicciones sociales; y, lo que es más
valioso, ayuda a prever cómo se desenvolverán los acontecimientos, la dirección
del proceso histórico y las etapas futuras del desarrollo social.
Por lo tanto,
el marxismo-leninismo pone
en nuestras manos un instrumento con ayuda del cual es posible asomarse
al futuro y ver los perfiles de los próximos
virajes de la historia. Es a modo
de un "telescopio del
tiempo" que descubriese
las grandiosas perspectivas de la humanidad en el futuro,
emancipada del yugo
del capital como
último régimen de explotación. Pero cuando la ciencia avanzada invita a
los sabios burgueses (que afirman que "no se puede prever nada") a
mirar por el "telescopio del tiempo" marxista, cierran los ojos: les
asusta asomarse al futuro...
Los marxistas no temieron nunca mirar adelante.
Representantes como son
de la clase
a la cual pertenece el porvenir, no tienen interés
alguno en conservar vanas ilusiones que se hacen añicos al chocar con los
hechos, con la ciencia.
Los marxistas rusos, dirigidos por Lenin, previeron la revolución
socialista en su país como tarea históricamente madura, llamaron a la clase
obrera a la lucha decisiva, organizaron el asalto de las fortalezas
del régimen de
explotación y alcanzaron un
completo triunfo.
Los
marxistas-leninistas de la
Unión Soviética previeron la
posibilidad de construir el socialismo en su inmenso país, llamaron a los
trabajadores a la realización de tan gran empresa y lograron el triunfo del
socialismo.
Los marxistas-leninistas de la Unión Soviética y
de otros
países preveían la
posibilidad de que la
Alemania fascista desencadenase una segunda guerra mundial, lo advirtieron así
a los pueblos de todo el mundo y anunciaron
la derrota de
Alemania. Estallada la guerra, las fuerzas del agresor alemán y de sus
aliados fueron destrozadas gracias, principalmente, a los heroicos esfuerzos
del pueblo soviético y de su glorioso ejército.
Los marxistas-leninistas de las democracias populares advertían
la posibilidad y la necesidad histórica del derrocamiento del
capital dentro de cada uno de sus países, del establecimiento del poder del pueblo
trabajador, dirigido por la clase obrera, y de la implantación de las
necesarias transformaciones socialistas. Tuvieron presente estas necesidades ya maduras del desarrollo social y condujeron
a sus pueblos por el
camino de la
construcción del socialismo, en lo que se han apuntado ya
grandes éxitos.
Los marxistas-leninistas de China advertían la
posibilidad y la necesidad, históricamente maduras, de alcanzar la emancipación
de su gran pueblo del poder de los colonizadores extranjeros y de quien dentro
del país se hallaba a su servicio, a fin de implantar un verdadero gobierno del
pueblo. Bajo la dirección de la clase obrera y del Partido Comunista, la China
popular, cual auténtico gigante que es, se puso en pie, derrotó a sus enemigos
de dentro y de fuera y llevó adelante con éxito las difíciles tareas de la
revolución democrático-burguesa. Con la mayor de las
energías, la China
popular puso mano
al cumplimiento de sus atrevidos propósitos de construcción del
socialismo. El viejo
país se transforma con asombrosa
rapidez.
Así, pues, los más importantes jalones de la primera
mitad de nuestro siglo son prueba irrefutable de que
los comunistas, armados
con la teoría marxista, estaban en general en lo
cierto en cuanto a sus juicios sobre el futuro histórico. La verdad de la
comprensión marxista-leninista de la historia se ha visto plenamente confirmada
en la práctica.
La teoría marxista-leninista no es un dogma, sino
una guía para la acción. De lo que se
trata es de aprender a aplicarla con un acertado criterio.
Esta teoría alumbra el camino a seguir. Sin ella,
hasta los hombres progresistas habrían de caminar a ciegas, sin una comprensión
real y profunda de lo que ocurre a su alrededor.
La teoría marxista-leninista proporciona una base
científica a la
política revolucionaria. Quien
en política se guía por sus deseos subjetivos, jamás será otra cosa que
un mero soñador, o bien
correrá el riesgo de ser arrojado al vertedero de la historia, pues ésta no se
ajusta a los deseos de los hombres si estos deseos no se acomodan a las leyes
de la misma. Por eso subraya Lenin la necesidad de analizar con verdadera
sensatez científica la situación objetiva de las cosas
y la marcha
objetiva de la
evolución, cuando se trata de marcar la línea política del Partido,
y luego
aplicar esa línea
con toda la
energía revolucionaria. Y Marx decía:
"Hay que tomar las cosas como son, es decir,
defender la causa de la revolución en la forma que corresponda al
cambio sufrido por
las circunstancias."1
1 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. rusa, t. XXV,
1936, pág. 475. Academia de ciencias de la URSS
La teoría marxista, fruto de la experiencia y del
pensamiento revolucionario de todos los países, corresponde a la misión
histórica de la clase obrera, que está llamada a cumplir el papel de
destacamento de vanguardia y dirigente del gran movimiento de liberación de
todos los oprimidos y explotados. La concepción marxista tiene en el
proletariado a su instrumento material, lo mismo que el proletariado tiene en
la concepción marxista su arma espiritual.
Por ello el marxismo-leninismo es una preciosa
fuente de energía vital para todos los trabajadores, para cualquier hombre
progresista deseoso de comprender acertadamente el mundo que le rodea, de no
vivir a merced del azar y de aportar conscientemente su
contribución a los acontecimientos que se desenvuelven en el
mundo. Estos hombres suman ya millones, y su número aumenta sin cesar. Se ponen
en movimiento masas cada vez más amplias de seres anónimos que no quieren que
su vida transcurra en vano y aspiran a ser elementos conscientes
y activos del
progreso histórico. Para esas masas el marxismo significa una ayuda
inestimable. Esto se refiere singularmente a los jóvenes, a quienes la
concepción marxista-leninista del mundo acorta extraordinariamente el camino de
la madurez política, les da experiencia y les ayuda a encaminar su fogosa
energía por una ruta cierta, en bien de la humanidad entera.
La concepción marxista-leninista puede servir de
punto fiel de orientación en la creación científica, y no sólo cuando se trata
de las ciencias sociales, sino también en las ciencias de la naturaleza. ¿Acaso
no ayuda en sus investigaciones a los naturalistas una acertada visión del
mundo, la comprensión de sus leyes generales, concatenaciones y procesos? Tal
visión y tal comprensión las proporciona la teoría marxista-leninista.
No puede atribuirse a un azar que, actualmente,
muchos sabios ilustres,
movidos a ello
por la experiencia reunida en su
labor científica, adopten íntegramente la doctrina marxista o acepten
tácitamente unos u otros aspectos de su teoría, impulsados por el deseo de
ahondar más en los misterios de la naturaleza y de servir mejor a sus
semejantes.
Más aún. La asimilación de la concepción
marxista-leninista del mundo abre perspectivas maravillosas a cuantos cultivan
el arte y la literatura, al orientar su obra hacia una representación profunda
y rica en ideas de la realidad por medio de imágenes artísticas. Sin la
beneficiosa influencia de una concepción
claramente progresiva, la
obra del escritor o del artista
moderno, en el mejor de los casos, siempre será una producción anémica. Y en
nuestro tiempo, la concepción más clara y precisa del mundo es la que
proporciona el marxismo-leninismo.
Mientras
que en la
literatura burguesa se generaliza cada
vez más la
desesperanza, el pesimismo sin
salida, la obra
de los escritores
y poetas progresistas se ve inspirada por un fecundo optimismo. Es una
obra que cree en el futuro, que ama el futuro y que llama a un futuro feliz.
En un momento en que la ideología burguesa de
Occidente pone de relieve una desesperada crisis de fe en el hombre, de fe en
los destinos de la civilización, la
concepción marxista-leninista
despierta en las gentes el deseo de incorporarse a la noble lucha que defiende
los más altos ideales sociales.
Quien de veras llegue a comprender esta
concepción del mundo,
adquirirá la convicción profunda no sólo de la razón que
asiste a la causa obrera, sino de la necesidad histórica del triunfo del socialismo
en el mundo entero. Armado con la concepción
marxista-leninista del mundo,
aun el débil se
convertirá en un
hombre fuerte, políticamente
firme y fiel a los principios. Adquirirá una
convicción tan robusta
que eso le
permitirá resistir toda clase de pruebas.
Millones de seres de todo el mundo han bebido en el
abundante manantial del marxismo-leninismo los grandes ideales de su movimiento
y la inagotable energía necesaria para dar vida a esos ideales.
¿Es siquiera digno del hombre culto de nuestros días
vivir sin una concepción progresista del mundo? Y aún peor es alimentarse con
sucedáneos de baja especie, propios sólo para los pobres de espíritu.
Es mil veces preferible trabajar debidamente para
asimilar los fundamentos de la concepción marxista-leninista del
mundo, que nos
hará espiritualmente ricos y nos
colocará en condiciones ventajosas en la lucha contra las fuerzas negras de los
imperialistas enemigos del género humano.
SECCIÓN PRIMERA.
FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS DE LA
CONCEPCIÓN MARXISTA-LENINISTA DEL MUNDO
Capitulo I. El materialismo filosófico
La base
inconmovible de todo
el edificio del marxismo-leninismo es su doctrina
filosófica: el materialismo
dialéctico e histórico.
Esta doctrina toma el mundo tal
como existe en la realidad, lo examina en consonancia con los datos de la
ciencia avanzada y de la práctica social. El materialismo filosófico marxista
es el producto
legítimo del secular desarrollo
del conocimiento científico.
1.
Progreso de la ciencia materialista avanzada en lucha contra la reacción y la
ignorancia La ciencia es en su historia la palestra de una lucha constante de
los investigadores y filósofos avanzados
contra la ignorancia
y la superstición, contra la reacción en política
y en el campo de las ideas. En las
sociedades de clases,
basadas en la explotación, siempre hubo, como las hay
ahora, fuerzas a quienes
perjudica la difusión
de las concepciones científicas
avanzadas. Esas fuerzas son las clases reaccionarias de la sociedad. Unas
veces, los reaccionarios se pusieron abiertamente contra la ciencia y
persiguieron a los sabios y filósofos progresistas, sin que se detuvieran ni
ante la hoguera o la prisión; otras, se esforzaron por deformar los
descubrimientos científicos, despojándolos de su contenido materialista
progresivo.
Los aristócratas
reaccionarios destruían en la
antigua Grecia las
obras del eminente
materialista Demócrito, fundador de la doctrina de la estructura atómica
de la materia, que negaba la intervención de los dioses en la vida de la
naturaleza y en los asuntos de los hombres. El filósofo materialista Anaxágoras
fue expulsado de
Atenas bajo la
acusación de impiedad.
Epicuro, filósofo
materialista continuador de Demócrito, exaltado en la Antigüedad como
héroe que quitó a
los hombres el
miedo a los
dioses y glorificó la ciencia,
durante dos mil años sufrió el anatema de los "padres" de la Iglesia,
que lo presentaban como a un hombre que sembraba el libertinaje y era enemigo
de la moral.
El año
391, monjes cristianos
entregaron a las llamas la famosa biblioteca de
Alejandría, en la que se guardaba cerca de 700.000 obras de escritores y sabios
antiguos. El papa Gregario I (590-604), enemigo acérrimo de la cultura laica y
de la ciencia, mandó destruir un gran número de valiosas producciones de
autores grecorromanos, y sobre todo las obras de los filósofos materialistas.
La
Inquisición, creada por los papas para combatir a todos los enemigos de la
Iglesia católica, persiguió con verdadera saña a los pensadores avanzados. En 1600
quemó en la hoguera a Giordano Bruno, eminente filósofo y sabio que defendía la
doctrina de Copérnico. En 1619,
en Toulouse (Francia),
por sentencia de la Inquisición, los verdugos arrancaron la lengua a
Lucilio Vanini y luego lo quemaron en la hoguera. El gran sabio italiano
Galileo, defensor de la teoría de Copérnico, sufrió persecuciones de la
Inquisición, la cual le obligó a abjurar públicamente de sus creencias.
Voltaire, el famoso filósofo francés del siglo XVIII, estuvo recluido en la
Bastilla, y la misma suerte corrió Diderot, filósofo materialista de aquel
tiempo.
Sería erróneo pensar que la
lucha de la reacción contra la ciencia es cosa de la Edad Antigua y Media.
No ha
cesado en la
época del capitalismo.
Los capitalistas muestran interés por el avance de las ciencias
positivas -física, química, matemáticas, etc.- por cuanto ese avance se halla
en relación directa con los éxitos de la técnica. Mas no desean en absoluto la
propagación de la filosofía materialista, de una concepción científica del
mundo que permita adquirir una noción exacta de cuanto ocurre alrededor, saber
cómo reaccionar y qué actitud adoptar ante cada acontecimiento. De ahí que los
ideólogos de la burguesía traten de evitar las conclusiones materialistas y
ateas que se derivan de los descubrimientos científicos, recelosos de que eso
pueda significar un peligro para su dominación.
La
burguesía reaccionaria odia especialmente la doctrina del marxismo-leninismo y
su filosofía, el materialismo dialéctico e histórico. Multitud de profesores
burgueses se entregan a la labor de "refutar" el marxismo.
La
moderna burguesía reaccionaria no quema en la hoguera a los investigadores y
filósofos avanzados, sino que recurre a otros procedimientos para influir
sobre ellos: los
aparta de las
universidades e institutos
científicos, les quita de hecho la posibilidad de publicar sus trabajos, los
desacredita moral y políticamente, etc. Estos últimos años toda clase de
recursos han sido puestos en juego en los Estados Unidos y otros países para
combatir las "ideas peligrosas". Con estas medidas y con la
propaganda de su ideología reaccionaria la clase dominante presiona sobre la
conciencia de los hombres, les imbuye aquellas ideas que considera convenientes
y se opone a la propagación de las concepciones materialistas avanzadas.
Sin
embargo, por espinoso que sea el camino de la ciencia y de la filosofía
materialista, por grandes que sean los sacrificios que se les exijan en una
sociedad basada en la explotación, en última instancia superan todos los
obstáculos y siguen con empeño su avance.
La
ciencia materialista y la filosofía avanzada son fuertes porque dan a conocer a
los hombres las leyes de la naturaleza y de la sociedad, porque les enseñan a
valerse de estas leyes en beneficio de la humanidad, los sacan de las tinieblas
de la ignorancia y los elevan a la luz del verdadero conocimiento.
2. Materialismo e idealismo
La filosofía
considera los problemas
más generales de la concepción del mundo.
La
filosofía materialista parte de la afirmación de que la naturaleza existe:
existen las estrellas, el Sol, la Tierra, con sus montañas y llanuras, con sus
mares y bosques, con los animales, con el hombre dotado de conciencia, de la
capacidad de pensar. No hay ni puede haber fenómenos o fuerzas sobrenaturales.
Dentro de la gran variedad que la naturaleza brinda, el hombre no es sino una
partícula, y la conciencia es una propiedad o capacidad del hombre. La
naturaleza existe objetivamente, esto es, fuera de la conciencia del hombre y
con independencia de ella.
Hay,
sin embargo, filósofos que niegan la existencia de la naturaleza como algo
independiente de la conciencia. Según ellos afirman, lo primero que existe es
la conciencia, el pensar, el espíritu o idea, y todo el mundo físico es
derivado y depende del principio espiritual.
El problema
de la relación
entre la conciencia humana y el ser material es el
punto básico de toda filosofía, sin excluir la de nuestros tiempos. ¿Qué es lo
primero, la naturaleza o el pensar? Los filósofos se dividen en dos grandes
campos, según sea
la respuesta que den.
Quienes
consideran que lo primero es el principio material, la naturaleza, y que el
pensar, el espíritu, es una propiedad de la materia, se sitúan en el campo del
materialismo. Quienes afirman que el pensar, el espíritu o la idea existieron
antes que la naturaleza, que ésta, de una manera o de otra, es creada por el idealismo.
Esto y nada más es lo que en filosofía quieren decir "idealismo" y
"materialismo".
Desde
tiempos antiguos no cesa la reñida pugna entre los adeptos del materialismo y
del idealismo.
Toda
la historia de la filosofía es una constante lucha entre dos campos, entre dos
partidos: el materialismo y el idealismo.
El materialismo elemental.
Los
hombres, en su actividad práctica, no ponen en duda que los objetos que les
rodean y los fenómenos de la
naturaleza existen con independencia de ellos y de su
conciencia. Eso significa que, de un modo elemental, se mantienen en las
posiciones del materialismo.
El
materialismo elemental "de todo hombre sano que no está en un manicomio o
que en la ciencia no comulga con los filósofos idealistas -escribe Lenin- consiste
en que las cosas, el medio, el mundo existen independientemente de nuestra
sensación, de nuestra conciencia, de nuestro yo y del hombre en general".2
2
V. I. Lenin, Obras, ed. rusa, t. XIV, pág. 57.
Es
imposible vivir de ideas, de conceptos, y alimentarse de las sensaciones
propias, de los productos de la propia imaginación. En la práctica esto lo
saben perfectamente todos, y también los filósofos dedicados a componer
doctrinas idealistas que deducen la existencia de las cosas materiales de las
sensaciones, conceptos e ideas. En repetidas ocasiones han debido manifestar
que viven a pesar de su filosofía y que si, en efecto, en el mundo no
existiesen cosas materiales, la gente se moriría de hambre.
El
materialismo elemental, no consciente, es profesado por la inmensa mayoría de
los naturalistas.
Estos no
penetran de ordinario
en los problemas filosóficos, sino que se dejan
llevar por la lógica del material científico que ellos manejan. A cada paso, la
naturaleza les muestra
el carácter material
de los fenómenos que investigan.
Da lo mismo que su estudio se refiera a los cuerpos celestes que a las
moléculas y átomos, a los fenómenos de la electricidad y el magnetismo que al
mundo de las plantas y los
animales: siempre tienen
ante sí procesos objetivos,
cuerpos materiales y sus propiedades,
leyes de la
naturaleza que son independientes de la conciencia del
hombre.
Dentro
de la sociedad burguesa, con todas las condiciones que en ella imperan, sólo
los científicos más intrépidos y consecuentes se declaran partidarios del
materialismo filosófico. La mayoría de ellos se encuentran bajo
una presión tan
intensa de la ideología oficial, de la doctrina de la
Iglesia y de la filosofía idealista, de todo el ambiente de la sociedad
burguesa, que no se deciden a manifestar su materialismo, vacilan y a menudo se
dicen idealistas, aunque, por el carácter mismo de sus investigaciones,
profesan en el fondo ideas materialistas.
Así, por ejemplo, Thomas Huxley, naturalista
inglés del siglo XIX, no admitía el materialismo. Mas en sus investigaciones
sobre zoología, anatomía comparada, antropología y teoría de la evolución
defendía concepciones materialistas, y afirmaba que el idealismo filosófico no
trae consigo nada más que confusión y oscuridad. Engels calificaba a tales
investigadores como "materialistas vergonzantes"; según Lenin, los
alegatos antimaterialistas de Huxley no eran sino la hoja de parra que encubría
su materialismo científico elemental.
Los
investigadores contemporáneos llegan a menudo a conclusiones idealistas cuando
tratan de concebir el sentido filosófico de sus descubrimientos. Pero mientras
permanecen en un
terreno estrictamente científico, mientras no se salen de sus
laboratorios, de las fábricas, de los campos experimentales, mientras no se
entregan a reflexiones filosóficas y se circunscriben al estudio de la
naturaleza, obran, aun sin tener conciencia de ello, como verdaderos
materialistas.
Alberto
Einstein, uno de los físicos más grandes de nuestra época, se hallaba bajo la
influencia de la filosofía idealista cuando exponía en alguno de sus trabajos
consideraciones de tipo general, sin que ello fuese obstáculo para que la
teoría de la relatividad, por él enunciada, sea de un carácter materialista.
Max
Planck, otro físico famoso, autor de la teoría de los cuantos, tampoco
confesaba su materialismo.
No
obstante, en sus trabajos sobre física y en sus escritos sobre cuestiones
filosóficas defendía la idea de una "visión sana del mundo", que
admitiese la existencia de la naturaleza como algo independiente de la
conciencia del hombre. Max Planck combatió el idealismo filosófico y de hecho
era materialista.
Ahora
bien, la influencia del idealismo repercute a veces negativamente en la
interpretación que los investigadores dan al propio material científico. Esto
nos dice que el materialismo elemental no es una protección eficaz contra la
penetración del idealismo. Sólo la filosofía del materialismo dialéctico,
conscientemente adoptada, previene a los hombres de ciencia contra los errores
idealistas.
El materialismo como
filosofía avanzada.
El
materialismo filosófico se diferencia del materialismo elemental o espontáneo
en que se atiene a un criterio
científico en la
argumentación y exposición de
las proposiciones materialistas, que aplica consecuentemente utilizando los
datos de la ciencia avanzada y de la práctica social.
La
filosofía materialista es un arma segura, que defiende al
hombre de la
funesta influencia de la reacción
espiritual. Le sirve de guía en la vida y le muestra el camino acertado para
aclarar cuantos problemas le inquieten
acerca de la
visión del mundo.
Durante
milenios enteros la Iglesia ha imbuido al hombre el desprecio hacia la vida
terrena y el temor a Dios. Ha enseñado, principalmente a las masas oprimidas de
la humanidad, que su destino es trabajar y orar, que la felicidad no se puede
conseguir en este "valle de lágrimas" y únicamente la alcanzarán en
la "otra vida" si en ésta son mansos. La Iglesia amenaza con el
castigo de Dios
y con los
tormentos del infierno a quien se
atreva a levantarse contra la dominación de los explotadores, supuestamente
establecida por la voluntad divina.
La
filosofía materialista tiene el gran mérito histórico de haber ayudado al
hombre a emanciparse de las supersticiones. En tiempos antiguos combatió ya el
miedo a la muerte y el temor a los dioses y a otras fuerzas sobrenaturales.
No
hay que poner las esperanzas en la vida de ultratumba; lo que hace falta es
estimar en lo que vale la vida terrena y tratar de mejorarla: eso es lo que
enseña la filosofía materialista. El materialismo fue el primero en exaltar la
dignidad y la razón humanas, en proclamar
que el hombre
no es un gusano que se arrastra por el polvo, sino
el ser supremo de la naturaleza, capaz de dominar y gobernar sus fuerzas. El
materialismo tiene una fe absoluta en el poderío del saber, en la razón del
hombre, en su capacidad para descubrir los secretos del mundo que nos rodea y
crear un régimen social sensato y justo.
Los
voceros del idealismo difaman a menudo al materialismo, al
que presentan como
"una concepción
sombría, plomiza, parecida
a una pesadilla" (W.
James). En realidad, es precisamente la filosofía idealista, sobre todo la
contemporánea, la que ofrece unos tonos sombríos. No es el materialismo, sino
el idealismo el que niega la capacidad cognoscitiva de la razón y predica la
desconfianza hacia la ciencia; no es el materialismo, sino el idealismo el que
ensalza el culto a la muerte; no es el materialismo, sino el idealismo el que
fue y es un terreno
abonado para los
más repugnantes brotes del
antihumanismo: la teoría racista y el oscurantismo fascista.
El
idealismo filosófico se niega a aceptar la realidad del mundo material que nos
rodea, huye de él, lo califica de impuro y, en su lugar, dibuja un mundo
inmaterial imaginario.
El materialismo,
por el contrario,
ofrece un cuadro real y verdadero
del mundo, sin el menor aditamento de espíritus, de un Dios creador, etc. Los
materialistas no esperan ayuda alguna de las fuerzas sobrenaturales, creen en
el hombre y en su capacidad para transformar el mundo con su propia mano y de
hacerlo digno de él.
El
materialismo, en su última esencia, es una concepción optimista y clara, que
afirma la vida y niega el pesimismo y el "dolor universal". De ahí
que, ordinariamente, sea la concepción de los grupos y clases sociales
avanzados. Quienes lo profesan son hombres que miran adelante sin miedo, que no
se debaten en dudas acerca de la razón que les asiste.
Los
voceros del idealismo calumniaron siempre al materialismo, al
que acusaban y
acusan de desconocer los
valores morales y los ideales elevados; estas virtudes, según
ellos, son propias y exclusivas de los partidarios del idealismo filosófico. La
realidad es muy otra: el materialismo dialéctico e histórico de Marx y Engels
no niega, sino todo lo contrario, afirma y exalta las ideas avanzadas, los
principios morales y los ideales más sublimes. La lucha por
el progreso, por
un régimen social avanzado, nos
dice, jamás tendrá
éxito si no se
inspira en grandes ideas que alienten a los hombres en su labor de creación y
les empujen a las empresas más atrevidas.
La
lucha de la clase obrera, la lucha de los comunistas refuta de plano la
estúpida invención idealista de que
los materialistas son
gente indiferente hacia toda clase de ideales. Esa lucha se ve inspirada
por el ideal más noble y sublime que jamás conocieron los hombres, que es el
comunismo, y por eso se forjan en ella innumerables e intrépidos campeones
fieles hasta el fin a su elevado ideal.
El materialismo dialéctico
e histórico como fase superior en el desarrollo del pensamiento filosófico.
El materialismo de nuestros días es el materialismo
dialéctico e histórico que crearon Marx y
Engels. El terreno
en que surgió
hallábase ya abonado. La
filosofía de Marx y Engels es producto de una larga evolución del pensamiento
humano.
El
materialismo apareció hace unos dos mil quinientos años
en China, la
India y Grecia.
La filosofía materialista guardaba
en estos países estrecha relación con la experiencia
diaria de los hombres y con los gérmenes de un conocimiento de la naturaleza.
Mas en aquel tiempo la ciencia acababa de nacer, por lo que las nociones de los
antiguos filósofos materialistas sobre el mundo, aunque encerraban geniales
atisbos, carecían de
base científica y eran aún muy primitivas.
Mucho
más maduro es el materialismo de los siglos XVII y XVIII. Los éxitos de la
ciencia y de la técnica hacían avanzar
a la filosofía.
Al mismo tiempo, la filosofía
materialista ayudaba al estudio de la
naturaleza. Así, por
ejemplo, la doctrina
del materialista inglés F. Bacon (siglo XVII), que ponía en la
experiencia el origen del conocimiento, y su idea de que el conocimiento es una
fuerza, significaron un poderoso estímulo para el desarrollo de las ciencias de
la naturaleza.
En
los siglos XVII y XVIII los mayores avances correspondieron a las matemáticas y
a la mecánica de los cuerpos terrestres y celestes. Esta circunstancia impone
su sello a las concepciones filosóficas de los materialistas de aquel entonces
y a su comprensión de la materia y el movimiento. Un papel formidable en el
desarrollo de la nueva forma del materialismo correspondió a la física del
filósofo francés R. Descartes, que era materialista en la doctrina de la
naturaleza; a la teoría mecanicista del materialista inglés T.
Hobbes (siglo XVII)
y, de un
modo especial, a la mecánica del sabio inglés Newton. Los filósofos
materialistas examinaban todos los fenómenos de la naturaleza y de la vida
social desde el punto de vista de la mecánica y trataban de explicarlos con
arreglo a las leyes de la mecánica. Por eso su materialismo recibió el nombre
de mecanicista. En el siglo XVIII, entre sus representantes tenemos a J. Toland
y J. Priestley (Inglaterra) y a P. Holbach, C. Helvecio y D. Diderot (Francia).
Los
estrechos vínculos del materialismo de los siglos XVII y XVIII con las ciencias
de la naturaleza eran su lado
fuerte. Adolecía, sin
embargo, de algunos defectos,
entre los cuales Engels destaca tres.
El
primero era su mecanicismo. La mecánica, que en aquel tiempo era para los
filósofos materialistas el paradigma de las ciencias, limitaba sus horizontes,
llevándoles a reducir todos los procesos y clases de movimiento al movimiento
mecánico. Estos filósofos no comprendían las características de la naturaleza
orgánica ni los rasgos y leyes peculiares de la vida social.
La
segunda limitación de estos materialistas era su incapacidad
para comprender y
explicar el desarrollo de la
naturaleza, incluso cuando advertían hechos que así lo acreditaban. Los
materialistas de los siglos XVII y XVIII estimaban la naturaleza en su conjunto
como algo inmutable,
eternamente sometido a un mismo fenómeno de rotación. Tal criterio de la
naturaleza se denomina metafísico. Quiere decirse que el materialismo
mecanicista era también metafísico.
Finalmente,
los materialistas de ese período, como todos los materialistas anteriores a Marx, no sabían aplicar su doctrina a la
comprensión de la vida social.
No
advertían la base material de la vida social y enseñaban que la transición a
formas sociales más perfectas era originada por el progreso de la ciencia, al
cambiar las concepciones e ideas imperantes en la sociedad. Pero tal
explicación es idealista.
Fuera
de ello, los materialistas anteriores a Marx no comprendían el valor de la
actuación práctica de crítica y revolucionaria de las clases y las masas en
cuanto al cambio de la realidad, al cambio de la vida social. Mantenían la
necesidad de sustituir el régimen feudal por el burgués, pero, a la vez, rechazaban
y temían la lucha de las masas en pro del sistema por ellos mismos defendido.
Esto era una muestra de su limitación burguesa de clase.
Un
paso adelante en la evolución de la filosofía materialista, en
la primera mitad
del siglo XIX, significa la
obra del filósofo
alemán Ludwig Feuerbach, y
singularmente las aportaciones de los demócratas revolucionarios rusos: A.
Herzen, V. Belinski, N. Chernishevski y N. Dobroliúbov. Feuerbach superó en
cierto grado la limitación mecanicista de los materialistas del siglo XVIII,
pero no ocurrió lo mismo en cuanto a los otros defectos señalados. Además, su
filosofía se hallaba divorciada de la práctica político-social. Un gran avance
de los materialistas rusos fue que trataron de combinar la comprensión
materialista de la naturaleza con la dialéctica.
Por
otra parte, siendo estos últimos como eran ideólogos de los campesinos
revolucionarios rusos, consideraban la filosofía no sólo como la doctrina de lo que
existe, sino también
de cómo lo
existente puede ser transformado en bien del pueblo.
Una
fase nueva y superior en el desarrollo de las concepciones materialistas es el
materialismo dialéctico e histórico creado por Marx y Engels, los grandes
maestros y jefes de la clase más avanzada y revolucionaria de la sociedad
moderna, que es el proletariado. Su obra significa una verdadera revolución en
el campo de la filosofía.
Desde
las cumbres del pensamiento social y científico
de su época, Marx y Engels toman con espíritu crítico y creador cuanto de
valioso había producido la filosofía
hasta ellos y
construyen un materialismo nuevo,
libre ya de los defectos de que adolecía la anterior filosofía materialista: el
materialismo dialéctico e histórico.
En
la filosofía marxista, el materialismo aparece orgánicamente unido a la
dialéctica. Apóyase en un nivel de la ciencia más elevado, en los nuevos
descubrimientos de las
ciencias de la
naturaleza, entre los cuales tenían singular importancia la ley de la
conservación y transformación de la energía, la teoría celular y la teoría
darvinista del origen de las especies. Los éxitos de las ciencias naturales
proporcionaron una base estrictamente científica a las ideas del desarrollo y
de la unidad y concatenación universal de los fenómenos de la naturaleza.
En
vez de la unilateral concepción mecanicista de la naturaleza y del hombre, Marx
y Engels enuncian la doctrina del desarrollo, que abarca a todas las esferas de
la realidad y que, al mismo tiempo, toma en consideración la peculiaridad de
cada una de esas esferas: la naturaleza inorgánica, el mundo orgánico, la vida
social y la conciencia de los hombres.
Marx
y Engels son los primeros en aplicar el materialismo a la comprensión de la
vida social; a ellos se debe
el descubrimiento de las fuerzas motrices materiales
y de las
leyes del desarrollo social, con lo que la historia de
la sociedad adquiere la categoría de ciencia.
Los
fundadores del marxismo, en fin, convirtieron la doctrina filosófica
materialista -antes una teoría abstracta- en medio eficaz para la
transformación de la sociedad, en arma ideológica de la clase obrera en su
lucha por el socialismo y el comunismo.
La doctrina filosófica de Marx y Engels ha
prendido entre las más grandes masas de los trabajadores de todos los países.
Es una genuina filosofía de masas.
3. Qué es filosóficamente
la materia
Dentro
del materialismo filosófico marxista el concepto de "materia" se
emplea en el sentido más amplio:
con él significamos
todo lo que
tiene existencia objetiva, es decir, independiente de la conciencia, y
se refleja en las sensaciones humanas.
"La
materia es toda realidad objetiva que nos viene dada en las sensaciones"
(Lenin).
Es
de capital importancia tener una clara noción de este amplio sentido del
concepto de materia.
El
viejo materialismo premarxista, en la mayoría de los
casos entendía por
materia las minúsculas partículas -átomos o moléculas- de
que se componen los cuerpos. Demócrito y Epicuro, por ejemplo, afirmaban en
la antigua Grecia
que únicamente existen átomos y
el vacío en que éstos se encuentran; sus combinaciones dan lugar a los
distintos cuerpos. La física vino más tarde a confirmar el genial atisbo de los
materialistas antiguos acerca de la estructura atómica de
todas las cosas.
Mas al reducir
su concepto de la materia a los átomos simplificaban el problema,
empobrecían el mundo que nos rodea. No obstante, tal concepción de la materia
se mantuvo hasta fines del siglo XIX.
El
materialismo filosófico marxista entiende por materia la realidad objetiva en
todas sus variadas manifestaciones. No son sólo materia las diminutas
partículas de que están formados todos los cuerpos. Lo es el infinito número de
mundos del Universo infinito, las nubes de gas y de polvo que hay en el cosmos;
lo es nuestro sistema solar, con el Sol y los planetas, lo
es la Tierra
con todo cuanto
en ella existe. Son también
materia las radiaciones, los campos físicos (electromagnéticos y nucleares) que
transmiten la acción de unos cuerpos y partículas a otros y que los unen entre
sí. Todo cuanto existe fuera de la conciencia e independientemente de ella es
abarcado por el concepto de materia.
Todas las
ciencias que estudian
la realidad objetiva tratan de
la materia con sus diferentes propiedades y estados.
Las
ciencias físicas estudian los estados físicos de la materia. La física moderna
ha descubierto que el átomo es una formación compleja, y no una simple
partícula inmutable e indivisible como se imaginaban los viejos
atomistas. Está comprobado
que los átomos de unos elementos
pueden convertirse en átomos de otros
elementos como consecuencia
de transformaciones operadas en sus núcleos. En el reactor atómico, por
ejemplo, los átomos de uranio se convierten en átomos de plutonio.
A
principios de siglo fueron descubiertos nuevos fenómenos físicos
(radiactividad, rayos X y otros), quedó demostrada la divisibilidad del átomo,
se enunciaron nuevas teorías acerca de la estructura de la materia y comenzaron
a venirse abajo las concepciones clásicas que hasta entonces venían imperando.
De ahí que muchos filósofos idealistas y físicos caídos en el error del
idealismo llegasen a la falsa conclusión de que la ciencia refutaba la
concepción materialista de la naturaleza. Afirmábase que "la materia había
desaparecido". Tales aseveraciones eran profundamente erróneas. El
materialismo filosófico marxista no se ha vinculado jamás a ninguna noción
unilateral de la estructura de la materia, nunca ha identificado la materia con
unos u otros "ladrillitos del Universo" como elementos invariables
del mismo; siempre ha entendido por materia
lo mismo: la
realidad objetiva que
existe fuera de la conciencia humana y que es reflejada por ella. El
materialismo se opone al idealismo por la solución que da al problema de la
fuente del conocimiento, de la relación entre la conciencia y el mundo exterior.
El materialismo afirma
que el mundo tiene existencia
objetiva y que la conciencia es un reflejo del mundo. La materia es un concepto
filosófico que sirve para designar el mundo objetivo. En cuanto a la estructura
física del mundo y a sus propiedades físicas, esto es incumbencia de la física.
Conforme esta ciencia avanza, cambian las concepciones relativas a la
estructura física de la materia, si bien, por mucho que se modifiquen, no
pueden hacer vacilar la proposición del materialismo filosófico cuando éste
afirma que el mundo existe objetivamente y que la física, como otras muchas
ciencias, estudia ese mundo objetivo, el mundo de la materia. "Pues la
única «propiedad» de la materia que el
materialismo filosófico admite como tal es la propiedad de ser realidad
objetiva, de existir fuera de nuestra conciencia"3, escribe Lenin.
Tal
concepción de la materia es la única correcta. Abarca toda
la diversidad del
mundo material sin reducirlo a una forma determinada,
cualquiera que sea, de la materia. Quien comprenda bien esta noción
marxista ya no
se dejará confundir
por las afirmaciones de los
filósofos idealistas de que los nuevos descubrimientos físicos han venido a
demostrar la desaparición de la materia.
La
materia no se puede crear ni destruir. Cambia infinitamente, pero ni una sola
partícula suya puede convertirse en nada, cualquiera que sea el proceso físico,
químico o de otra clase a que se la someta.
La ciencia
no cesa de
proporcionar en gran número de datos que confirman esta
proposición del materialismo filosófico. Nos limitaremos a un ejemplo. La
física moderna ha establecido que, en determinadas circunstancias, partículas
como el positrón y el electrón desaparecen para dar lugar a cuantos de luz, o
fotones. Ciertos físicos han dado a materia" (de la voz latina nihil,
nada), dando a entender su destrucción completa, su transformación en nada. Los
filósofos idealistas esgrimen este fenómeno como "prueba" de que la
materia desaparece. Lo cierto es que no se produce desaparición alguna. La
conversión del positrón y el electrón en fotones significa el paso de un estado
de la materia a otro, de sustancia a luz. En la naturaleza se produce también
el fenómeno contrario, o sea la conversión de la luz en sustancia. Más en todas
estas transformaciones rige la ley de la conservación de la masa y la energía.
El mundo
nos ofrece un
cuadro de la
gran variedad que lo anima: la naturaleza inorgánica y la orgánica, los
fenómenos físicos y los procesos químicos, los fenómenos de la vida en el mundo
de las plantas y
de los animales,
la vida social.
La ciencia y la filosofía materialista revelan que en esta variedad hay
una unidad: toda la diversidad infinita de
procesos y fenómenos
que tienen lugar
en el mundo son estados distintos
de la materia, diversas propiedades y manifestaciones de la misma. "La
unidad real del mundo está en su materialidad..."4, dice Engels. La unidad
del mundo está también en que la conciencia pertenece al mismo medio material
que nos rodea, y no a ningún otro mundo del más allá; la unidad es una
propiedad específica de la materia.
La
convicción de la unidad material del mundo apareció y se robusteció en lucha
con la doctrina de la Iglesia, que divide el mundo en dos, el nuestro y el del
más allá; en lucha con el dualismo que separa el espíritu y el cuerpo, la
conciencia y la materia, y también en lucha contra el idealismo filosófico,
para el que la unidad del mundo deriva de que todo él es producto de la
conciencia, del espíritu.
4. Formas
universales de ser
del mundo material
El movimiento eterno en la
naturaleza.
Ni
la naturaleza ni la sociedad conocen un estado de inmovilidad absoluta, de
reposo en el que nada cambia. El mundo
se encuentra en
un perpetuo movimiento y cambio.
El
movimiento, el cambio, el desarrollo constituye una propiedad eterna e
imprescriptible de la materia.
"El
movimiento es la forma de ser de la materia -dice Engels-. Nunca
ni en ningún
sitio hubo ni
puede haber materia sin movimiento."5 Todo cuerpo material, cada una de las
partículas que integran la sustancia
material -moléculas, átomos
y sus elementos integrantes-
están dotados, por su propia naturaleza interna, de la facultad de moverse y de
experimentar cambios.
El
movimiento, filosóficamente, no es sólo el desplazamiento de un cuerpo
en el espacio.
En este fenómeno el
nombre de "anihilización de la materia en movimiento, comprendido como forma
de existencia de la materia, abarca a todos los procesos y cambios que se
operan en el Universo. Entre esos cambios corresponde un papel excepcional a
los procesos que significan el desarrollo de la materia, el paso de ésta de
unos estados a otros superiores, con nuevas propiedades y características.
3
V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 247.
4
F. Engels, Anti-Dühring, ed. rusa, 1957, pág. 42.
5
F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., págs. 56-57.
En el mundo no hay cosas petrificadas, dadas
de una vez para
siempre; lo que
hay son cosas
que cambian, procesos. Esto significa que en ningún sitio impera un
reposo absoluto que excluya por completo el movimiento. Únicamente existe el
reposo relativo. Un cuerpo cualquiera de la Tierra puede encontrarse en estado
de reposo sólo respecto de un determinado punto de la superficie terrestre.
Pero ese cuerpo participa en el movimiento de la Tierra y en el del sistema
solar. Además, se encuentran en movimiento las moléculas y los átomos que
integran el cuerpo en cuestión;
dentro de él
se producen complejos procesos. Así que todo reposo es
relativo y lo único que es absoluto y no conoce excepción alguna es el movimiento.
Clases de movimiento de la
materia.
A
la diversidad de la materia corresponde la diversidad de formas de su
movimiento.
La
clase más simple de movimiento de la materia es el desplazamiento mecánico de
un cuerpo en el espacio. Más complejos son los procesos calóricos y el
desordenado movimiento de las moléculas que forman un cuerpo físico. La ciencia
ha establecido que la luz,
la radiación electromagnética y los
campos físicos son también estados específicos de la materia en movimiento.
Este se halla asimismo presente en los procesos químicos de transformación
de la
materia mediante la
unión y separación
de átomos y moléculas.
La vida de
la naturaleza orgánica, los
procesos fisiológicos que se observan en los animales y plantas y la evolución
de las especies son otra forma específica en que se manifiesta el movimiento
como propiedad universal de la materia.
Una forma
especialmente compleja del movimiento de la materia es la que
observamos en la vida social de
los hombres: desarrollo
de la producción material, vida
económica, etc.
A
partir de fines del siglo XIX la ciencia viene descubriendo y estudiando clases
del movimiento de la materia de las que no se tenía noticia: el movimiento de
las partículas interatómicas alrededor del núcleo, los complejos procesos de
transformación en el interior del núcleo atómico, etc. Es indudable que no
parará en esto el descubrimiento de nuevas formas del movimiento de la materia.
Las
diversas formas de movimiento de la materia no existen cada una de por sí,
aisladas unas de otras, sino que se encuentran relacionadas y experimentan
transformaciones recíprocas. Así,
el caótico movimiento de las
moléculas genera procesos calóricos. Estos, a su vez, pueden originar
transformaciones químicas y fenómenos luminosos. Los procesos químicos, en un
determinado grado de desarrollo, condujeron a la formación de albúminas y de
los sistemas de enzimas con ellos relacionados, lo cual trajo consigo la
aparición de la vida, es decir, de la forma biológica del movimiento de la
materia.
Las
formas de movimiento de la materia son capaces de pasar a otras formas
distintas, como nos lo dice, por
ejemplo, la ley
fundamental de las ciencias de la naturaleza: la de la
transformación y conservación de la energía.
A las distintas formas del movimiento corresponden diversos
grados de desarrollo y complicación de la materia. Las formas inferiores y
simples entran y participan en las formas superiores y más complejas. No
obstante, entre unas y otras hay diferencias cualitativas: las formas
superiores no pueden reducirse a otras inferiores. Así, por ejemplo, en los
procesos fisiológicos hay movimiento mecánico, desplazamiento en el espacio de
los elementos que en dichos procesos participan; pero los procesos fisiológicos
no se reducen al desplazamiento mecánico de tales elementos, no son sólo eso.
Los
materialistas mecanicistas, anteriores a Marx, estimaban que toda la vida de la
naturaleza y de la sociedad humana puede ser reducida a desplazamientos
mecánicos en el espacio de las partículas de las sustancias y cuerpos. La
amplia concepción del movimiento como cambio en general, propia del
materialismo filosófico marxista, supera la estrecha y simplista noción que al
particular tenía el materialismo mecanicista.
Espacio y tiempo.
La
única manera que la materia tiene de moverse es en el espacio y en el tiempo.
Todos los cuerpos de la naturaleza, sin
exceptuar el hombre,
todos los procesos que
transcurren en el mundo objetivo, ocupan un lugar en el espacio. Podrán
hallarse lejos o cerca unos de
otros, pero entre
ellos hay cierta distancia; el cuerpo en movimiento
recorre determinado camino. Todo esto son muestras de la capacidad de ocupar un
espacio, propia de las cosas y de los procesos materiales.
El
espacio es la forma universal de existencia de la materia. No hay ni puede
haber materia fuera del espacio. Y viceversa: no hay espacio sin materia. La diferencia
entre el espacio referido a un cuerpo y a todo el mundo material estriba en que
el primero es limitado, finito, es decir, que tiene principio y fin, mientras
que todo el mundo material es ilimitado o infinito.
Las
distancias en el Universo son enormes y no admiten comparación
alguna con lo
que para nosotros es
habitual en la
Tierra. Los telescopios modernos registran sistemas
estelares, la luz de los cuales tarda en llegar hasta nosotros cientos de
millones de años. Y eso que el rayo de luz recorre 300.000 km por segundo. Mas
ni esas magnitudes pueden darnos una noción verdadera de la extensión del
Universo, puesto que se trata de valores finitos y el Universo es infinito. Tal
infinitud se sale de todo cuanto nosotros pudiéramos imaginar; únicamente
podemos expresarla en forma de concepto científico.
La
existencia de los cuerpos físicos y del hombre va transcurriendo un minuto tras
otro, una hora tras otra, un día tras otro, etc. En el mundo cambia todo. Cada
cosa, cada fenómeno de la naturaleza tiene su pasado, su presente y su futuro.
Eso es el tiempo. El tiempo, lo mismo
que el espacio,
es la forma universal de existencia de la materia.
Cada una de las cosas y cada uno de los procesos, el mundo material en su
conjunto, existen en el tiempo.
Ahora bien,
hay diferencia entre
la duración temporal de una cosa
determinada y de toda la naturaleza tomada en su conjunto. La existencia de la
cosa viene limitada en el tiempo, mientras que la naturaleza existe
eternamente. La cosa surge, sufre transformaciones y luego deja de existir. La
naturaleza, en cambio, no tuvo nunca comienzos ni tendrá fin. Las cosas son
perecederas, pero de la vinculación
de las cosas
finitas se forma
la naturaleza, que es eterna y no conoce principio ni tendrá fin.
Nuestra
imaginación se siente abrumada al considerar las cifras que se refieren a la
edad de la Tierra y al desarrollo de la vida en ella. El hombre, tal como ahora
es, se formó hace 50.000 a 70.000 años. Hace aproximadamente un millón de años
aparecieron las formas transitorias del mono al hombre. Hace más de mil
millones de años surgieron en la superficie de la Tierra las formas primeras y
primitivas de la vida vegetal y animal. Han transcurrido varios miles de
millones de años desde que se formó la propia Tierra. Tales son los enormes
espacios de tiempo en cuanto a la historia de nuestro planeta. Mas ni éstos ni
otros muchísimos mayores podrían darnos una noción exacta de la eternidad de
la naturaleza, pues
esa eternidad significa
la existencia infinita en el tiempo, nos dice que la naturaleza existió
siempre y siempre existirá.
El espacio
y el tiempo,
unidos entre sí
como formas de existencia del mundo objetivo, se encuentran vinculados
inseparablemente a la materia en movimiento.
Este
vínculo indisoluble ha sido demostrado sin dejar lugar
a dudas por
una de las
más grandes teorías científicas
de nuestra época: la teoría de la relatividad
de Einstein. Gracias
a ella ha
sido refutada la concepción, antes generalizada entre los físicos, de que el
espacio era a
modo de un receptáculo vacío e inmutable,
independiente de la materia, en el que se
encontraban los cuerpos materiales, mientras que el tiempo
fluía siempre por igual y su curso no dependía del movimiento de la materia.
El
espacio y el tiempo, como formas universales de
existencia de la
materia, son absolutos:
nada puede existir fuera
de ellos. Simultáneamente, las propiedades del espacio y el tiempo están
sujetas a cambio: las relaciones espaciales y temporales dependen de
la velocidad con
que se mueve
la materia. Las propiedades del uno y del otro cambian en las distintas
partes del Universo en dependencia de la distribución y el movimiento de las
masas materiales. En este sentido el espacio y el tiempo son relativos.
Quiénes
niegan la existencia objetiva del espacio y el tiempo.
La
secular experiencia diaria del hombre se une a la ciencia
para afirmar la
existencia objetiva del espacio y el tiempo. No obstante, son
muchos los filósofos idealistas que la niegan.
Kant,
filósofo idealista alemán, decía que el espacio y el tiempo no existen
objetivamente, al margen de la conciencia; según él, no son sino los modos de
que se vale el hombre para contemplar la naturaleza. El
conocimiento humano presenta
la particularidad de percibir todos los fenómenos dispuestos en el
espacio y que se siguen en el tiempo. Si no hay conciencia humana, no habrá ni
espacio ni tiempo.
La concepción
del espacio y el tiempo
como modos subjetivos de
considerar los fenómenos
se halla también extendida
entre la filosofía
idealista moderna.
Tal
noción, artificiosa e idealista, se contradice abiertamente con
la ciencia y
la experiencia; la práctica la refuta.
Por
ejemplo, el hombre que ha de ir de París a Moscú sabe que ha de recorrer 2.500
km de espacio no imaginario, sino real. Para ello necesita tiempo, y no un
tiempo imaginario, sino real, cuya duración depende de la distancia objetiva
que hay entre las dos ciudades y del medio de transporte que emplee. Si va en
tren, necesitará dos días por lo menos. Si va en un moderno avión de reacción,
la distancia podrá ser salvada en tres o cuatro horas.
La
ciencia nos dice que el mundo existía con anterioridad a la aparición del
hombre. Mas si ello es así, si existía cuando no había aparecido el hombre
con su
conciencia, quiere decirse
que había ya espacio y tiempo independientes de la
conciencia del hombre, puesto que el mundo material no puede existir más que en
el espacio y el tiempo.
En
nuestros días, cuando no sólo la teoría científica, sino
también los elementos
técnicos creados por el hombre penetran en los espacios cósmicos, han
recibido un nuevo golpe las concepciones
idealistas que mantienen
el carácter subjetivo del espacio
y el tiempo.
La
doctrina del materialismo filosófico acerca del mundo material
con existencia en
el espacio y el tiempo
refuta la concepción de la Iglesia sobre Dios, al que se atribuye una
existencia fuera del uno y del otro. La teología afirma que Dios existía antes
de la creación de la naturaleza, obra suya, y que después de crearla se
encuentra fuera de ella y, al mismo tiempo, aunque esto no sea comprensible, en
"todas partes". Sólo Dios nos dice, es infinito y eterno, mientras
que la naturaleza tiene comienzo tanto en el espacio como en el tiempo.
La
ciencia demuestra irrefutablemente que tales concepciones son fantásticas y
carecen en absoluto de consistencia. El cuadro real del mundo que la ciencia
nos presenta no deja lugar alguno para Dios.
El
astrónomo francés Lalande dijo ya en el siglo XVIII que no lo había encontrado
después de investigar todo el cielo.
La
naturaleza es la causa de sí misma. Esta idea la expresó en
el siglo XVII
el filósofo materialista Spinoza. Tal proposición
significa que la naturaleza no necesita de ningún creador colocado fuera de
ella y que ella misma posee las propiedades de infinitud y eternidad que
la teología atribuye
erróneamente a Dios.
El
materialismo filosófico marxista proporciona una sólida base al ateísmo cuando
demuestra que la naturaleza no fue creada y que es eterna e infinita.
5. La conciencia es
propiedad de la materia altamente organizada La capacidad de pensar del hombre es producto del
desarrollo de la materia viva.
La
capacidad de pensar, propia del hombre, es producto de
un prolongado desarrollo
del mundo orgánico.
La
base material de la vida son los cuerpos albuminoideos, que
representan un complejo producto del desarrollo de la
materia. Las albúminas son decisivas en el metabolismo, que constituye el
fundamento de toda
la actividad vital
de los organismos. Al
metabolismo van unidos
los otros caracteres de la vida:
la capacidad de reproducción, la excitabilidad, etc. La excitabilidad sirve de
base a la capacidad de los seres vivos para responder a las acciones del medio
interior y exterior con reacciones de adaptación. Es la forma elemental de la
actividad refleja. Es precisamente la excitabilidad lo que, en los escalones
superiores de desarrollo del mundo orgánico, da lugar a la actividad nerviosa
superior y a lo que nosotros denominamos actividad psíquica.
En
los organismos unicelulares existen ya elementos más
sensibles que otros para captar las excitaciones o estímulos del
medio. Cuando aparecen los
organismos animales pluricelulares, prodúcese captar las excitaciones exteriores
y de transformar la energía de excitación en proceso de estímulo. Esas células,
a medida que el organismo de los animales se va haciendo más complejo, dan
origen al sistema nervioso y a su sección central, que es el cerebro.
El
sistema nervioso de los animales y del hombre mantiene la
relación del organismo
con el medio exterior y se encarga de enlazar entre
sí las distintas partes del organismo en su con junto.
El
sistema nervioso central de los vertebrados se compone de la médula espinal y
del cerebro, con sus distintos segmentos. La mayoría de los peces poseen un
cerebro relativamente pequeño, con hemisferios poco desarrollados. El volumen
del cerebro aumenta en los anfibios, en los que se esboza ya el desarrollo del
cerebro anterior, del cual se forman luego los hemisferios. El
cerebro de los
reptiles ha evolucionado más; en
la superficie de los hemisferios aparecen por primera vez células nerviosas que
forman la corteza. Las aves presentan unos hemisferios mayores todavía, pero
con una débil corteza cerebral. El gran desarrollo que los hemisferios de los
mamíferos presentan se debe al crecimiento y complicación de la corteza. En los
mamíferos superiores ésta forma numerosos surcos y circunvoluciones, mientras
que los hemisferios cubren las partes restantes del
cerebro.
La
corteza cerebral alcanza su desarrollo máximo en el hombre. Es un aparato
relacionado con todo el sistema
nervioso y constituye
el órgano de
la actividad nerviosa superior, de las formas superiores y más
complejas de relación
del hombre con el
medio que lo rodea. Tal como señala I. P. Pávlov, la corteza del cerebro
"es el director y distribuidor de toda la actividad del organismo" y
"esta sección superior rige todos los fenómenos que se producen en el
cuerpo".6 La corteza cerebral es el órgano del pensamiento humano.
Las
acciones del medio exterior e interior excitan los extremos terminales de los
nervios sensoriales. La excitación es trasmitida a las secciones
correspondientes del cerebro
por los nervios aferentes. Y del cerebro, por los
nervios eferentes, parten hacia los distintos órganos los impulsos que los
ponen en actividad. Así es como se produce la respuesta refleja
de los órganos
y de todo
el organismo a las diversas excitaciones.
Por
ejemplo, cuando el hombre retira instintivamente la mano que puso en contacto
con el fuego, se produce una respuesta refleja. Tal tipo de reflejos, que en
fisiología reciben el nombre de no condicionados, son innatos en los animales y
en el hombre.
Partiendo
de los reflejos no condicionados (de nutrición, de
defensa, etc.), a
lo largo de
la experiencia individual del animal y del hombre se una especialización de
sus células, aparecen
grupos específicos de éstas (receptores)
que se encargan de forman los reflejos
condicionados. Cuando el perro se
apodera de un
trozo de carne
y comienza a segregar saliva, esto es un reflejo no
condicionado de nutrición.
6
I. P. Pávlov, Obras completas, t. III, lib. 2, Moscú-Leningrado, 1951, páginas
409-410.
Pero la salivación puede producirse por la
vista o el olor de la carne, e incluso por la vista del hombre que de ordinario
da de comer al perro. Analizando estos fenómenos y otros semejantes, el gran
fisiólogo ruso Pávlov demostró que si a la vez que se da de comer al perro se
enciende una lámpara o se hace
sonar un timbre,
es posible obtener
un nuevo tipo de respuesta refleja, en la que la luz y el sonido
producirán la salivación. Es lo que Pávlov denominó reflejos condicionados,
puesto que se forman al combinar un estímulo condicionado (la luz, el sonido u
otro) con un estímulo no condicionado, que origina el reflejo no condicionado.
Los
reflejos condicionados son conexiones nerviosas temporales. Aparecen en unas
condiciones determinadas y se conservan durante un tiempo más o menos largo sin
el aval de los estímulos no condicionados. Es con su ayuda como los organismos
se adaptan a las cambiantes condiciones del medio en que viven. Sabemos, por
ejemplo, que muchos animales salvajes no dan muestras de inquietud la primera
vez que ven al hombre. Pero cuando el hombre
los caza, cambian
su comportamiento. La vista o el olor de un ser humano es
bastante para que se oculten. Esto
significa que en
los animales se forma un reflejo condicionado que les es
muy útil: la presencia del hombre, por ellos advertida, pone en marcha el
reflejo no condicionado
de defensa, es señal para la adecuada reacción ante el
peligro.
Cualquier
objeto o fenómeno de la naturaleza, combinado
con reflejos no
condicionados, puede convertirse
en señal de reflejos condicionados en los animales y en el hombre, con las
consiguientes reacciones por parte de éstos. Ese sistema de señales, común en
los animales y el hombre, es lo que Pávlov llamó primer sistema de señales.
El
fisiólogo ruso señalaba a la vez que entre la actividad nerviosa
superior del hombre
y de los animales hay diferencias específicas. El
lenguaje constituye un nuevo
sistema de señales,
propio y exclusivo del hombre,
que también da origen a la formación de reflejos no condicionados y a la
actividad derivada de éstos. Pávlov le dio el nombre de segundo sistema de
señales.
I.
P. Pávlov descubrió las leyes fisiológicas que rigen la actividad nerviosa
superior de los animales y del hombre. Mostró lo que hay de común entre tal actividad
entre los unos y el otro y las diferencias sustanciales que
los separan, sentando
con su doctrina las sólidas
bases científicas que llevan al conocimiento de la vida psíquica del hombre.
Valor
del trabajo y del lenguaje en el
desarrollo del pensamiento humano.
La
psiquis humana tiene como premisa las formas elementales de la actividad
psíquica de los animales. Al propio tiempo hay que ver las diferencias
cualitativas que los separan. La función humana de pensar es el grado supremo
que la psiquis alcanza en su desarrollo. Y lo que condiciona el extraordinario
nivel alcanzado por la vida psíquica del hombre es el trabajo del mismo como
elemento de la sociedad.
El
gran naturalista inglés Carlos Darwin demostró que el hombre procede de un
mismo tronco que los antropoides.
En tiempos muy
remotos los antepasados animales
del hombre, que se distinguían por un desarrollo especial de las extremidades
anteriores, aprendieron a caminar en posición erecta y comenzaron
a valerse de
distintos objetos en calidad de instrumentos que les permitían
procurarse comida y defenderse.
Más tarde empezaron
a preparar ellos mismos los instrumentos, que antes se limitaban a
emplear tal como los encontraban, con lo que
se inició la
transformación del animal
enhombre. Los instrumentos de trabajo le permitieron someter una fuerza
de la naturaleza como el fuego, con la posibilidad que ello representaba para
mejorar y dar variedad a sus alimentos, circunstancia ésta que propició el
desarrollo del cerebro humano.
El
empleo de instrumentos de trabajo cambió las relaciones entre el hombre y la
naturaleza. El animal se adapta pasivamente a ella, aprovecha lo que la misma
naturaleza le ofrece. Por el contrario, la adaptación del
hombre es activa;
el ser humano cambia
la naturaleza conscientemente, según
fines que él mismo
se marca, y
se proporciona unas condiciones de existencia que la
naturaleza no le brinda. El trabajo ha sido lo decisivo en el desarrollo y
perfeccionamiento alcanzado por el cerebro del hombre. El trabajo, en cierto
sentido, creó al hombre; el trabajo creó el cerebro humano.
Las
relaciones del hombre con la naturaleza se hacen más complejas y ello complica
a su vez las relaciones de los hombres entre sí. Los hombres trabajaban en
común, tenían que comunicarse, y para esto
resultaba insuficiente el
reducido número de sonidos de que los animales se valen con
estos fines. Poco a poco, en el proceso del trabajo, la laringe humana se
desarrolla y transforma, y el hombre aprende a emitir sonidos articulados. Esos
sonidos van dando lugar a las palabras, al lenguaje. El trabajo en común de los
hombres habría sido imposible si no hubieran adquirido la capacidad de hablar.
Sin
palabras no habrían podido aparecer los conceptos de las cosas y las relaciones
entre ellos, habría sido imposible
el pensamiento humano.
La aparición y evolución del lenguaje favoreció, a su vez, el desarrollo
del cerebro.
Por
lo tanto, la vida social de trabajo del hombre, el trabajo y luego el lenguaje,
son los factores decisivos que contribuyeron al perfeccionamiento del cerebro
humano y a hacerlo apto para su capacidad de pensar.
La
conciencia es propiedad del cerebro.
La
conciencia es producto de la actividad del cerebro humano
en relación con
el complejo conjunto de
los órganos de
los sentidos. Por su
esencia es un reflejo del mundo material. Se trata de un proceso de múltiples
facetas, que incluye los diversos
aspectos de la actividad psíquica
del hombre: sensaciones, percepciones, representaciones, pensamiento a
través de conceptos, sentimientos y voluntad. Sin un buen funcionamiento del
cerebro resulta imposible la
actividad normal de la
conciencia. Cuando la actividad del cerebro se ve turbada por un estado
de embriaguez o de
enfermedad, la capacidad de pensar razonablemente se pierde. El sueño es una
inhibición parcial y temporal de la actividad de la corteza; el pensamiento
cesa y la conciencia se obnubila.
De
estas correctas proposiciones materialistas no hay que deducir, sin embargo,
que el pensamiento es una sustancia segregada
por el cerebro.
C. Vogt, materialista burgués
alemán del siglo XIX, definía el pensamiento como un tipo específico de
sustancia segregada por el cerebro a la manera como las glándulas salivares
segregan saliva o el hígado bilis. Esto
era una noción
vulgar de la
naturaleza del pensar. La
psiquis, la conciencia, el pensar es una propiedad específica de la materia,
pero no una sustancia especial.
Al resolver
el problema fundamental
de la filosofía, nosotros
oponemos la conciencia a la materia, el espíritu a la naturaleza. La materia es
todo lo que existe con independencia de la conciencia y fuera de ésta. Por ello
incurren en grave error quienes incorporan la conciencia a la materia. Según
indicaba Lenin, "calificar el pensamiento de material significa dar un
paso equivocado hacia la confusión del materialismo con el idealismo"7. En
efecto, si el pensamiento es la materia misma, con ello se elimina la
diferencia entre el uno y la otra, los hacemos idénticos.
Los
idealistas no cesan de atribuir al materialismo marxista -como adversarios de
él que son- la noción que identifica la conciencia con algo material. Lo hacen
así para facilitar la "refutación" del materialismo filosófico
marxista. El procedimiento no es nuevo: primero se
atribuye al adversario un absurdo y luego se rebate ese absurdo "victoriosamente".
En
realidad, la identificación de conciencia y materia es una noción del
materialismo vulgar, y no del dialéctico. La filosofía materialista marxista
combatió siempre tal
concepto. Siempre marca
la diferencia que hay entre la conciencia -reflejo del mundo material- y
la propia materia.
Ahora
bien, la diferenciación entre la conciencia y la materia
no puede ser
profundizada hasta una separación absoluta. Tal separación es
característica del paralelismo psicofísico,
cuyos adeptos afirman que el pensar y la conciencia son
procesos que transcurren paralelamente a los procesos materiales que tienen
lugar en el
cerebro, de los
que no dependen lo
más mínimo. La
ciencia refuta este punto de vista. Demuestra que la vida
psíquica del hombre no es más que un aspecto especial de la actividad vital de
su organismo, una función específica del cerebro.
7
V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 231.
El materialismo dialéctico rechaza la
separación absoluta entre conciencia y materia. Eso conduce, en realidad, a
volver a las
nociones primitivas del primer
período de la
historia de los
hombres, producto de la ignorancia, en que los fenómenos de la vida eran
atribuidos a la acción de un alma que se había aposentado en el cuerpo y lo
dirigía.
Cuando
se trata de resolver el problema psicofísico, es decir, de la relación entre la
psiquis del hombre y
el órgano de
la psiquis, el
cerebro (como órgano material, como cuerpo físico), hay que ver la
diferencia y la relación que existe entre ellos.
No hay
que olvidar la
diferencia, porque la identificación de conciencia y materia
lleva a verdaderos absurdos. Tampoco
hay que apartar
la conciencia del cerebro, pues la primera es la función del segundo, es
decir, de la materia especialmente organizada.
6. Adversarios del
materialismo filosófico
Al aceptar
la unidad material
del mundo, el marxismo se coloca en la posición del
monismo filosófico. El materialismo filosófico marxista es una doctrina consecuente
y armónica porque
explica todos los fenómenos del mundo partiendo de un mismo principio
material.
Existen,
empero, doctrinas filosóficas que no se deciden a aceptar ni la primacía de la
materia ni la primacía del espíritu. Se atienen al principio del dualismo
filosófico y afirman que en el mundo hay dos principios iníciales que no
dependen uno del otro y son absolutamente distintos por su esencia: la materia
y el espíritu, el cuerpo y la conciencia, la naturaleza y la idea. Así pensaba
en el siglo XVII el filósofo francés Descartes.
El
dualismo no es capaz de explicar todos los hechos que nos dicen que la acción
sobre el cuerpo del hombre origina
cambios en su
conciencia, y viceversa, que el
pensamiento puede provocar un movimiento corporal. El dualismo filosófico es
inconsecuente y ambiguo, y de ordinario conduce al idealismo.
Los
idealistas que tratan de explicar el mundo partiendo de un principio único
-ideal- son también monistas. Pero su monismo descansa sobre una base falsa y
anticientífica; para ellos la idea, el pensar, la conciencia es lo primario,
mientras que la naturaleza, las cosas físicas, el cuerpo humano son secundarios
y derivados del principio
espiritual. Según los idealistas, todo es conciencia o ha sido
engendrado por la conciencia.
Idealismo objetivo.
La
visión idealista del mundo más primitiva, pero también más
extendida, queda expresada
en la doctrina de la Iglesia
acerca del espíritu incorpóreo o Dios que existía antes de que él mismo crease
el Universo físico. Tales concepciones vienen relatadas por toda la historia de
la ciencia. Esta ha demostrado irrefutablemente que los fenómenos y procesos
espirituales surgieron cuando la materia había alcanzado un nivel de desarrollo
muy alto y que se encuentran
necesariamente vinculados a determinados procesos materiales que tienen
lugar en la corteza del cerebro y en el sistema nervioso. Sin estos procesos
materiales, fisiológicos, no hay ni puede haber fenómeno espiritual alguno. De
ahí que la doctrina de la Iglesia sobre la existencia de un espíritu con
anterioridad a la materia, anterior a la naturaleza, sea falsa y no tenga nada
de común con la realidad.
Las concepciones idealistas
adquirieron una forma más
sutil y abstracta
en ciertos sistemas filosóficos. Platón, Leibniz y Hegel
afirman que la base de las cosas son causas, elementos o esencias espirituales
o incorpóreos a los que atribuyen existencia anterior a los objetos mismos.
Platón llama a estas causas incorpóreas "especies" o
"ideas". Leibniz creía que el fundamento de las cosas estaba en
peculiares "átomos" espirituales del ser, activas
"unidades" (monadas) espirituales. Hegel pone por base de todas las
cosas la "idea", como concepto dotado de existencia objetiva.
"El concepto... es lo verdaderamente primero -escribe- y las cosas son lo
que son gracias a la actividad inherente a ellas y que se revela en sus
conceptos."8 La naturaleza tomada
en su conjunto, según Hegel, es también producto del concepto, de la idea. No
se trata de la idea común del hombre, sino de la idea que existe fuera del
hombre y que es equivalente a Dios.
La
filosofía expuesta por Platón, Leibniz y Hegel es la del idealismo objetivo.
Tal idealismo recibe el nombre de objetivo porque admite la existencia de un principio espiritual
"objetivo"
distinto de la conciencia humana y que no depende de
ella.
Las reflexiones
de los idealistas
objetivos no resisten a la
crítica. Las ideas o conceptos existen únicamente en el pensar humano. En los
conceptos se reflejan los rasgos generales y propiedades de la realidad misma;
en ellos se refleja lo que de general existe en el mundo material. Tales son,
por ejemplo, los conceptos de hombre, de sociedad, de socialismo, de nación,
etc. Los conceptos o ideas con existencia anterior a la naturaleza, que deriva
de ellos, son una mera fantasía de
los idealistas. Lenin
escribía:
"...Cualquiera sabe qué es la idea
humana, pero la idea sin el hombre y anterior al hombre, la idea como
abstracción, la idea absoluta es una invención teológica del idealista
Hegel."9
9
V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 214.
Idealismo subjetivo.
Además
de esta clase de idealismo, que hace derivar la naturaleza de la idea divina,
existe el idealismo subjetivo, para el cual los objetos son el conjunto de
nuestras sensaciones e ideas. De este modo, el mundo es transportado a la
conciencia del sujeto, es decir, del hombre como ser pensante.
El
idealista subjetivo pregunta: ¿Qué puedo saber de las cosas que me rodean? Y
responde: sólo las sensaciones que recibo de esas cosas, es decir, la sensación
de color, de sabor, de olor, de dureza, de forma, etc. Fuera de esas
sensaciones no puedo percibir nada más; ¿no será sensato suponer que la cosa es
únicamente el conjunto de mis sensaciones y que fuera de éstas no tiene
existencia?
Por
lo tanto, según el idealismo subjetivo el hombre no
está rodeado de
cosas, sino de
haces (complejos) de sus
propias sensaciones, y la
naturaleza entera no es sino un conjunto de sensaciones.
Las
concepciones del idealismo subjetivo fueron expuestas a principios del siglo
XVIII por el obispo inglés Berkeley. Su autor declara abiertamente que el
propósito de su filosofía idealista es uno: refutar el materialismo y el
ateísmo y argumentar la necesidad de la existencia de Dios.
El
idealismo subjetivo deforma groseramente la relación real entre nuestras
percepciones y las cosas. Identifica la percepción humana con el objeto
percibido.
Las
consecuencias lógicas de la proposición fundamental del idealismo subjetivo -es
lo mismo la cosa que la percepción de la cosa- nos llevan a la conclusión de
que todo el mundo es creado por mí, por mi conciencia, de que los hombres
restantes, y entre ellos mis padres, son sólo percepciones mías, sin que posean
existencia objetiva. Por consiguiente, el idealismo subjetivo conduce
forzosamente al solipsismo, absurda filosofía según la cual existo yo sólo, y
todo el mundo y las demás personas existen únicamente en mis representaciones.
Según decía Lenin, semejante filosofía es digna de los recluidos en un hospital
psiquiátrico.
Las
inevitables conclusiones solipsistas a que conduce cualquier forma del
idealismo subjetivo son una prueba convincente de la falsedad de esta
filosofía.
Intentos de establecer una
"tercera" línea en filosofía.
Además
de las doctrinas idealistas que admiten francamente la conciencia como base del
mundo, hay otras que tratan de encubrir su idealismo y de presentar las
cosas como si
se encontrasen por encima del materialismo y del idealismo y
constituyesen una "tercera" línea en filosofía. Así es, por ejemplo,
el positivismo.
8 Hegel, Obras, t. I, Moscú-Leningrado, 1929,
pág. 270.
El positivismo apareció en la primera mitad
del siglo XIX. Actualmente
representa una de
las tendencias filosóficas más influyentes en el mundo burgués. Goza
también de predicamento entre los naturalistas.
El
positivismo califica toda la filosofía anterior de metafísica, entendiendo como
tal las lucubraciones estériles y escolásticas
sobre cuestiones que no
pueden tener una explicación científica y que rebasan el marco de la
experiencia. Entre esas cuestiones colocan los positivistas el problema
fundamental de la filosofía: el de qué es lo primario, la naturaleza o la
conciencia. La ciencia, nos dicen, ha de tratar únicamente de
hechos que se
prestan a la observación, sin buscar detrás de ellos ninguna
base material o espiritual. La filosofía que busca tal base es estéril. La
ciencia puede prescindir perfectamente de la filosofía. Ella misma es
filosofía.
Los
positivistas se presentan como si no fuesen materialistas ni
idealistas, sino investigadores de hechos empíricos, hombres de ciencia. Mas
tras este ropaje se encubre la línea filosófica del idealismo. Al eludir la
respuesta al problema fundamental de la filosofía y al afirmar que la ciencia
no puede pronunciarse sobre él, los positivistas se aíslan del mundo material,
se encierran en el marco de su conciencia,
es decir, adoptan
la posición del idealismo subjetivo.
Así
se desprende también de la circunstancia de que los "hechos" de que
tanto hablan ellos son nuestras percepciones. Los positivistas afirman que lo
único que nos es dado directamente son nuestras sensaciones y percepciones, al
estudio de las cuales hemos de circunscribirnos.
Los
filósofos positivistas burgueses no cesan de afirmar que
se encuentran "por
encima" del materialismo y
del idealismo. En la práctica, forman un
campo con los
idealistas y combaten
el materialismo. El materialismo
es para ellos metafísico. Cuando los materialistas
afirman que el mundo existe fuera de nuestra conciencia, rebasan
"los
límites de la experiencia". ¿Será preciso demostrar que
tal acusación es
un absurdo? La doctrina del materialismo acerca del mundo
objetivo se deriva directamente de la experiencia universal de los hombres.
El
materialismo filosófico marxista es enemigo irreductible de toda metafísica10,
sin exceptuar la de quienes razonan acerca de inexistentes
"esencias". Rechaza la metafísica del idealismo, que se imagina una
base "ideal" del mundo, y la metafísica de la Iglesia, que predica la
existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Pero el materialismo marxista
rechaza por completo los intentos de los positivistas de calificar de
metafísica la proposición de que el mundo es material y existe fuera de nuestra
conciencia. El positivismo carga sus propias culpas al inocente. Bajo sus
ataques verbales contra una imaginaria "metafísica del materialismo",
lo que en realidad hace es
valerse de esas
mañas para introducir la
metafísica del idealismo subjetivo.
10
La palabra "metafísica" se emplea en filosofía en dos sentidos.
Primero, la metafísica significa una concepción antidialéctica del mundo.
Segundo, por metafísica se entiende las hipótesis especulativas y escolásticas,
carentes de base científica, acerca de la "verdadera" esencia
supersensorial del ser. Acerca de la metafísica se habla con más detalle en el
capítulo II.
Toda la historia de la filosofía es una prueba
de que no hay ni puede haber una "tercera" línea fuera del
materialismo y el idealismo. La comprensión de que esto
es así ayudará
a los investigadores y técnicos de Occidente, partidarios del
positivismo, a emanciparse de la confusión que tal doctrina representa y a
pisar el terreno firme de la filosofía materialista científica.
A
fines del siglo XIX y comienzos del XX el positivismo adopta la forma de
machismo (del físico y filósofo austriaco E. Mach). Se le llama también
empiriocriticismo (crítica de la experiencia).
Mach
y sus partidarios -en particular, su discípulo ruso A. Bogdánov- aspiraban
también a superar la "unilateralidad" del materialismo y el
idealismo. En realidad, su filosofía era un sistema de idealismo subjetivo.
Afirmaba
Mach que los "elementos" iníciales del mundo son
las sensaciones. Las
cosas son "complejos de
elementos" (o de sensaciones) y la naturaleza en su totalidad es un
conjunto de "series de elementos" "ordenados" por el propio
hombre que piensa acerca del mundo. Todo cuanto rodea al individuo se reduce a
sus propias sensaciones: tal es la concepción del empiriocriticismo sobre el
mundo.
Los
empiriocriticistas trataban de ocultar el idealismo subjetivo de su sistema;
afirmaban que los elementos (es decir, las sensaciones) son
"neutros", que no son materiales ni ideales, que no poseen ni
naturaleza física ni psíquica.
Con
objeto también de enmascarar el idealismo, los empiriocriticistas declaraban
que la suya era una filosofía "experimental", que se apoyaba en la
experiencia y que ésta era para ellos la fuente de todo conocimiento.
A
la crítica de la reaccionaria filosofía de Mach dedicó Lenin su libro
Materialismo y empiriocriticismo. En él explica que si bien Mach y sus adeptos
apelan a la "experiencia", eso no quiere decir que su filosofía sea
científica. La propia "experiencia" se puede interpretar con un
criterio materialista o idealista. El materialismo afirma que todos nuestros
conocimientos provienen de la experiencia, y al mismo tiempo señala que a
través de ella percibe el hombre el mundo objetivo, o sea que en
nuestra experiencia
hay un contenido objetivo. El empiriocriticista
admite que nuestro conocimiento proviene de la experiencia, pero niega que en
ésta haya realidad objetiva. Afirma que en la experiencia no tenemos relación
con el mundo objetivo, sino únicamente con sensaciones, percepciones y
representaciones, al estudio de las cuales hemos de limitarnos. Con otras
palabras, el empiriocriticista
defiende en realidad
el punto de vista del idealismo subjetivo.
Lenin
califica de charlatanería filosófica la aspiración de los empiriocriticistas de
elevarse sobre el materialismo y
el idealismo con
ayuda de su "elemento neutro". "Todos
saben -escribe- qué es la sensación humana, pero la sensación sin el hombre, anterior
al hombre, es un absurdo, una abstracción muerta, una pirueta
idealista."11 Los "elementos neutros", según señala Lenin, son
en realidad las sensaciones del hombre, y la doctrina que trata de construir
con ellos el mundo es idealismo subjetivo.
¿Existió la
naturaleza con anterioridad
al hombre?, pregunta Lenin a los empiriocriticistas. Si la naturaleza es
creación de la conciencia humana, si se reduce a sensaciones, no es la
naturaleza la que creó al hombre, sino el hombre el que creó la naturaleza. Y
las ciencias naturales nos dicen que la naturaleza existió mucho antes de que
el hombre apareciera.
¿Piensa
el hombre con ayuda del cerebro?, pregunta Lenin a los empiriocriticistas.
Según ellos, el propio cerebro humano es también un "complejo de
elementos" o sensaciones, o sea que es producto de la psiquis humana.
Resulta, pues, que el hombre piensa sin ayuda del cerebro; todo lo contrario,
el cerebro es una "construcción" del pensamiento inventada para
explicar mejor la vida psíquica.
¿Existen
otras personas?, pregunta Lenin a los empiriocriticistas. Según el punto de
vista de su filosofía, resulta inevitablemente que
cuantas personas rodean al hombre son complejos de sensaciones propias,
es decir, productos de su conciencia individual. El empiriocriticismo conducía
al solipsismo. Esta es la mejor demostración de su absoluta inconsistencia.
La
filosofía de Mach gozó de gran predicamento a principios de siglo. Veinte años
más tarde retrocedía ante nuevas formas del positivismo.
Raíces del idealismo.
La
filosofía idealista representa una concepción incorrecta y
deformada del mundo.
El idealismo altera la verdadera
relación entre el pensar y su base material.
A veces esto
es consecuencia del
deseo consciente de deformar y ocultar la verdad. Tal alteración
consciente de la verdad puede encontrarse a menudo entre los filósofos
burgueses de nuestro mantener
satisfecha a la
clase dominante. No obstante, en la historia de la filosofía
han sido frecuentes los casos de doctrinas idealistas debidas a pensadores que
se "equivocaban honradamente" en su sincero deseo de alcanzar la
verdad.
En
el capítulo III veremos que el conocimiento es un proceso muy complejo y
multifacético. Esa misma complejidad encierra el peligro de que se le enfoque unilateralmente,
de que se exagere y eleve a la categoría
de absoluto el
valor de alguno
de sus aspectos hasta convertirlo
en algo autónomo, que no depende de nada. Así es como obran los filósofos
idealistas. Hemos visto, por ejemplo, cómo los empiriocriticistas y otros
idealistas subjetivos convierten
en absoluto el
hecho de que
todos nuestros conocimientos acerca del mundo exterior proceden de
las sensaciones, aíslan
éstas de los objetos materiales que las originan y
llegan a la conclusión idealista de que las sensaciones son lo único que existe
en el mundo.
V.
I. Lenin dice que el conocimiento siempre encierra la
posibilidad de que
se dé vuelos
a la fantasía, apartándose de la
realidad; la posibilidad de suplantar los nexos verdaderos por otros
imaginarios. Un concepto rectilíneo o unilateral, el subjetivismo y la ceguera
subjetiva: tales son las raíces gnoseológicas12
del idealismo, es decir, sus raíces en el propio proceso del
conocimiento.
Mas
para que de estas raíces crezca la "planta", para que los errores del
conocimiento tomen cuerpo en un sistema filosófico idealista que se manifiesta
contra el materialismo y las ciencias naturales materialistas, se necesitan
determinadas relaciones sociales, hace falta que esas erróneas concepciones
favorezcan a determinadas fuerzas sociales y se vean apoyadas por ellas. La
visión unilateral y subjetiva del conocimiento del mundo por el hombre, dice
Lenin, conduce al pantano del idealismo, donde lo "consolida el interés de
clase de las clases dominantes": los esclavistas, los señores feudales o
la burguesía. Ahí es donde residen las raíces de clase del idealismo.
La
esencia reaccionaria del idealismo filosófico se pone bien de manifiesto al
considerar sus vínculos con la teología,
con la religión.
Todo idealismo filosófico es, en
última instancia, una defensa sutil de la teología y el clericalismo, dice
Lenin. El idealismo filosófico, aun cuando no declare abiertamente sus nexos
con la religión, se mantiene siempre en el mismo terreno que ella. Por eso la
Iglesia, en todo momento, apoyó ardorosamente el idealismo filosófico, combatió
el materialismo y persiguió cuando pudo a quienes lo profesaban.
7. La filosofía burguesa
contemporánea
La
filosofía de nuestros tiempos, indicaba Lenin, tiempo que
con su defensa
del idealismo tratan
de
11
V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 214.
12 Gnoseología (del griego "gnosis",
conocimiento, y "logos", tratado, ciencia, teoría): ciencia o teoría
del conocimiento.
es
tan fiel al espíritu de partido como la de hace dos mil años. Dicho de otro
modo, ahora, lo mismo que en el pasado, los filósofos se dividen en dos campos
opuestos: el materialista y el idealista. Su pugna, en última instancia,
expresa las tendencias y las ideologías de clases y capas sociales hostiles. La
filosofía del materialismo dialéctico es la ideología de la clase obrera, de
las fuerzas sociales avanzadas de nuestra época. Y al contrario, la concepción
de las fuerzas reaccionarias, de la burguesía imperialista, viene expresada por
las diversas corrientes de la filosofía idealista. La actual filosofía burguesa
se distingue por los esfuerzos que realiza para refutar la doctrina de Marx,
Engels y Lenin, para mantener, en lucha con ella, las posiciones de la
concepción burguesa del mundo y por defender el sistema capitalista.
En
nuestros días el idealismo filosófico es aún más reaccionario y decadente que a
fines del siglo XIX. Se puso
de moda, por
ejemplo, el irracionalismo, tendencia
que proclama el
carácter insensato y absurdo del mundo y de la vida, y la incapacidad de
la mente humana para conocer la realidad
que nos rodea;
están muy en
boga las doctrinas que
manejan los descubrimientos científicos para
deformar la ciencia;
cada vez es mayor la influencia de los sistemas
abiertamente teológicos.
La vida
espiritual de los
países capitalistas ha llegado a una situación paradójica: la
ciencia sigue irresistiblemente adelante y profundiza nuestro conocimiento del
mundo material, en colaboración con la técnica aumenta ilimitadamente el poder
del hombre sobre la naturaleza; desde hace ya más de cien años existe y se
desarrolla una filosofía materialista avanzada -el materialismo dialéctico e
histórico- que proporciona una explicación genuinamente científica de los
fenómenos de la naturaleza y la sociedad. Y al mismo tiempo, muchos filósofos,
y en ocasiones los propios científicos, siguen afirmando que el mundo que nos
rodea no tiene existencia objetiva, que la ciencia no puede revelarnos la
verdad objetiva y que lo mejor para el hombre,
ante su impotencia
para conocer la naturaleza real
de las cosas,
es creer en
lo sobrenatural y refugiarse en el seno de la Iglesia.
¿A
qué obedece tal situación? ¿Cómo es posible que hombres sensatos,
investigadores honestos, compartan unas concepciones idealistas que se
contradicen con la ciencia y con la práctica social?
El
obstáculo decisivo que les impide llegar al materialismo es el interés de clase
de la burguesía, unido a los
prejuicios anticomunistas de
los intelectuales burgueses. El materialismo científico moderno, es
decir, el materialismo dialéctico e histórico, aplicado consecuentemente,
obliga a colocarse junto a la clase obrera y a aceptar la teoría del socialismo
científico. Esta es una de las causas de por qué quienes no desean romper con
la burguesía, entre ellos los hombres de ciencia, tienen miedo a admitir el
materialismo. A su vez, los defensores e ideólogos francos y activos del
capitalismo ven en el materialismo dialéctico a un enemigo teórico que no da
cuartel y ponen todo su empeño en echarlo por tierra cueste lo que cueste. Para
ello emplean todos los medios de presión ideológica y moral: la prensa, la
radio, la televisión, la cátedra universitaria y el púlpito, los tratados
científicos y los artículos de las revistas. Esta propaganda, repetida un día
tras otro y año tras año, no puede por menos de hacer mella en las mentes de
los hombres.
Otras
causas de la vitalidad del idealismo se comprenderán mejor
cuando estudiemos las principales corrientes de la actual
filosofía burguesa.
La filosofía contra la
razón.
El
espíritu del pesimismo, el irracionalismo y la hostilidad a
una concepción científica
del mundo, que penetran
en la ideología
de la burguesía contemporánea, se ponen
particularmente de relieve en el existencialismo, que es una de las doctrinas
filosóficas más en boga dentro del mundo burgués.
El
fundador del existencialismo es el filósofo idealista alemán
Heidegger, quien aprovechó
la doctrina del místico
danés Kierkegaard (primera mitad del siglo XIX). Entre los
existencialistas más notorios se encuentran C. Jaspers, J. P. Sartre, G. Marcel
y A. Camus.
El
problema más general que los existencialistas plantean es el del sentido de la
vida, del lugar del hombre en el
mundo y de
la elección por
él del camino a seguir. El
problema no es nuevo, mas actualmente ha adquirido singular valor para muchos,
que se ven ante la necesidad de determinar su lugar en las
complejas y contradictorias condiciones propias de la sociedad burguesa,
de definirse frente a la lucha que en todo el mundo transcurre entre las
fuerzas progresistas y reaccionarias.
Los
existencialistas, pues, ponen el dedo en uno de los problemas más candentes de
nuestra época.
Pero lo
resuelven partiendo de
una decadente concepción
idealista; arrancan de la conciencia del individuo aislado, que se opone a la
sociedad y escarba en sus vivencias. Este falso punto de partida predetermina
el vicio de que adolece toda la doctrina existencialista.
Sus
partidarios la presentan como una doctrina del ser en general, aunque de hecho
reducen la filosofía al examen de la "existencia" del individuo. Si
no tomamos en consideración las reflexiones de algunos existencialistas sobre
el "más allá", lo único que en ellos presenta realidad es la
existencia personal, la conciencia de que "yo existo". El mundo que
nos rodea es presentado como algo misterioso e inasequible a la razón y al
pensamiento lógico. "El ser -ha escrito Sartre- carece de razón, de
causalidad y de necesidad." Al igual que todos los idealistas subjetivos,
los existencialistas niegan la realidad objetiva de la naturaleza, el espacio y
el tiempo. El mundo, dice Heidegger, existe en cuanto hay existencia. "Si
no hay existencia, tampoco hay mundo."
Lo más
importante para el
hombre es su existencia. Y los existencialistas se
entregan a fatigosas reflexiones acerca
de que esa
existencia tiene un fin
y que la
vida entera del
hombre transcurre bajo el signo del miedo a la muerte. La misión de la
filosofía, según ellos, consiste precisamente en despertar y mantener siempre
ese miedo. Filosofar, dice C. Jaspers, significa aprender a morir.
Los
existencialistas comprenden que el hombre será
más fácilmente presa
del miedo si
se siente aislado y solo. Por
ello tratan de hacerle creer que ha sido
"arrojado" a un
mundo extraño y
hostil, que entre sus
semejantes no mantiene
una existencia "verdadera" y
que la sociedad
le priva de su
individualidad.
Para
ello los filósofos de la "existencia" se valen del hecho
indudable, que tan
gravemente afecta a muchos, de que la sociedad capitalista
oprime realmente al hombre
y frena el
desarrollo de su personalidad. Excitan
el sentimiento de
protesta contra la opresión del sistema capitalista que surge entre
parte de los intelectuales y lo orientan por el falso camino
de protesta contra
la sociedad en general. Pues, según los existencialistas,
si bien el hombre no puede vivir aislado de sus semejantes, aun cuando se
encuentra entre ellos sigue en la soledad más completa, y sólo cuando se
encierra en sí mismo se siente libre. Los existencialistas no admiten ni
deberes impuestos al
hombre por la
colectividad social ni normas morales valederas para todos. No en vano
el héroe ordinario de los existencialistas -en el teatro y en la novela- es el
hombre sin convicciones firmes, y a menudo un sujeto simplemente amoral.
Según esa filosofía,
cualquier actividad humana
o cualquier lucha son estériles, el mundo es el reino del absurdo y la
historia toda carece de sentido.
La
filosofía idealista subjetiva del existencialismo es falsa, ante todo, porque
reduce la realidad entera a la
existencia del hombre
y a sus
impresiones y sentimientos. Y al
mismo tiempo, adultera por completo la esencia propia del hombre.
El
hombre recibe de la sociedad todo cuanto constituye su vida. ¿Qué es lo que lo
ha elevado tan por encima del mundo de los animales? Su vida de trabajo en
sociedad. En ésta desarrolla el hombre sus sentidos y su razón, su voluntad y
su conciencia, en ella toma la
vida sentido y
adquiere un fin.
Para quien vive una vida social plena, inspirada por ideas avanzadas, lo
importante no es cuándo morirá, sino cómo va a transcurrir su vida en la
sociedad, qué dejará a los hombres.
Basta, sin embargo, separar artificialmente la
persona de la sociedad
para que ante nosotros aparezca
un homúnculo asustado y tembloroso, que teme la muerte y no sabe qué hacer de
su vida.
El existencialismo, sin
quererlo, muestra hasta qué
vacío espiritual y
embrutecimiento moral conduce el
individualismo burgués.
La
decadente "filosofía de la existencia" es profundamente reaccionaria.
En última instancia, es expresión del miedo de la clase explotadora ante el
inevitable naufragio del
régimen capitalista y desmoraliza con su acción a quienes caen
bajo su influencia, especialmente a los jóvenes. La prédica del miedo,
de la desesperanza,
del absurdo que
supone
la existencia, estimula las inclinaciones antisociales y justifica la conducta
amoral y la falta de principios. Quien se deja arrastrar por el
existencialismo, en determinadas condiciones puede ser presa fácil y juguete de
las fuerzas reaccionarias, abandonando sus lamentaciones histéricas para
convertirse en un pistolero fascista. En Alemania, el existencialismo, unido
a otras doctrinas reaccionarias, preparó
ideológicamente el terreno al fascismo. En Francia, los existencialistas
centraron después de la guerra sus torpes ataques sobre el heroico Partido
Comunista, combatiendo su disciplina y la solidaridad de clase del
proletariado. Los marxistas franceses no tardaron en adivinar en el
existencialismo a uno de
los principales enemigos ideológicos. Su influencia entre los
medios intelectuales franceses ha disminuido mucho después de la reñida lucha
que contra él mantuvieron.
La supuesta "filosofía
de la ciencia".
Otra
corriente filosófica muy extendida en el mundo burgués es el neopositivismo o
"positivismo lógico", al que sus adeptos presentan a bombo y
platillo como "filosofía de la ciencia". A
primera vista parece como si el neopositivismo fuese el polo
opuesto de la
irracionalista "filosofía de la
existencia". Pero la realidad es que se trata de una doctrina idealista
emparentada interiormente con el existencialismo. Es
una filosofía que
rebosa pesimismo y desconfianza hacia la capacidad cognoscitiva y la
razón del hombre.
Las
bases del neopositivismo fueron sentadas por el inglés B. Russell y los
austríacos L. Wittgenstein y M.
Schlick. Actualmente sus
figuras más notorias son R. Carnap en Estados Unidos y A.
Ayer en Inglaterra. La aparición del neopositivismo vino dictada por la
necesidad de renovar la filosofía idealista subjetiva del empiriocriticismo,
acomodándola al estado actual de la física, las matemáticas y la lógica.
El
neopositivismo -y esto es lo principal en él- separa de la filosofía los
problemas esenciales de la concepción
del mundo para
convertirla en un "análisis lógico
del lenguaje". Los
neopositivistas afirman que tales cuestiones -comprendida la fundamental
de toda la filosofía- no existen científicamente y que en este sentido son
"seudoproblemas". Según ellos, la filosofía no puede proporcionar
ningún conocimiento acerca del mundo exterior; su misión única es el análisis
lógico del lenguaje científico, es decir, el análisis de las reglas de empleo
de los conceptos y símbolos científicos, de la combinación de las palabras en
la oración, de la obtención de unas proposiciones partiendo de otras,
etc., así como
del "análisis semántico" de
los términos y conceptos científicos. A este propósito hemos de observar
que, por importante que sea el análisis lógico del lenguaje de la ciencia,
reducir la filosofía a esto significa de hecho acabar con ella.
Los
neopositivistas tienen razón cuando afirman que la
ciencia ha de
partir de los
datos experimentales, de los hechos. Mas, al igual que los empiriocriticistas,
se niegan a admitir la realidad objetiva de los datos que la experiencia
proporciona.
Según
ellos, por ejemplo, es absurdo preguntarnos si la rosa
existe objetivamente; puede
decirse únicamente que veo un color rojo de rosa y que percibo su aroma.
Sólo esto, aseguran, puede ser objeto de una afirmación científica. Por lo
tanto, los hechos no son
para los neopositivistas cosas objetivas, acontecimientos y fenómenos
del mundo objetivo, sino sensaciones, impresiones, percepciones y otros
fenómenos de la conciencia. Contrariamente a sus manifestaciones de que es
absurdo el problema de lo real y de su naturaleza, en la práctica niegan
sólo la
naturaleza material del
mundo, al que de
hecho atribuyen una naturaleza espiritual.
¿De
qué se ocupa la ciencia? Esta, según sus afirmaciones, primeramente se limita a
describir los "hechos", es decir, las sensaciones del hombre, pues es
incapaz de conocer el mundo objetivo; el conocimiento experimental carece de
valor objetivo.
Opinan
los neopositivistas que manifestaciones sobre los hechos, arbitrariamente
seleccionadas, proporcionan material para una teoría científica que se
construye con ayuda de la lógica y de las matemáticas. Estas, a diferencia de
las ciencias empíricas, que se
apoyan en la
experiencia, descansan -al menos así lo dicen los neopositivistas- en un
sistema de axiomas y reglas aceptadas de manera absolutamente arbitraria y que
son fruto de un acuerdo convencional como lo son las reglas del ajedrez o de
los naipes.
Tal
como los neopositivistas afirman, los juicios que entren
en dicha teoría
han de ajustarse
a las reglas aceptadas: eso es
cuanto se necesita para considerar que un juicio es verdadero. Aplicando tal criterio
a los problemas concretos, los neopositivistas llegan, por ejemplo, a la
anticientífica conclusión de que es un convencionalismo puro la admisión de que
Se comprende que semejante interpretación de la
teoría científica priva a la ciencia de todo valor como medio que nos
proporciona conocimientos objetivos y convierte el conocimiento científico en
algo semejante a un juego.
Cuesta trabajo creer que tales absurdos, que de
hecho acaban con la ciencia, sean compartidos por
grandes
investigadores que han
hecho importantes
aportaciones en diversas ramas del saber. Y sin
embargo, es así.
La complejidad de
los métodos
empleados por la ciencia actual y de los fenómenos
que estudia, las dificultades que se presentan a la
hora de explicar algunos de ellos, hacen posible la aparición de vacilaciones
idealistas entre los científicos. Y las condiciones propias de la sociedad
burguesa ayudan a convertirlas en realidad.
Así, de las geometrías no euclidianas (de
Lobachevski, Riemann y otros), que reflejan las leyes objetivas del espacio en
condiciones distintas a las que nos son habituales, se llega a la conclusión de
que no hay una sola geometría verdadera y que sus principios fundamentales no
pasan de ser acuerdos que aceptamos convencionalmente.
En la física, la interpretación idealista encuentra
el campo abonado, principalmente, por
el carácter matemático abstracto
de sus teorías,
por la imposibilidad de crear
modelos de los microobjetos que se escapan a la observación directa.
Los
físicos contemporáneos no
pueden ver los microobjetos sometidos a su estudio (el
electrón, el protón, el mesón, etc.) ni siquiera con ayuda de los instrumentos
ópticos más potentes; tampoco puede construir un modelo satisfactorio de las
partículas elementales. Todo lo que el físico puede observar en sus
experimentos son los datos de los aparatos de medición, las
ráfagas de la
pantalla, etc. La existencia de las micropartículas y el
carácter de sus propiedades vienen deducidas de complejos razonamientos
teóricos y cálculos matemáticos. Cuando
el físico realiza
su experimento, sin él
saberlo, se comporta como materialista. Mas cuando empieza a meditar acerca de
los problemas generales de la ciencia, si sus posiciones filosóficas no son
firmes, puede llegar a la errónea conclusión de que la micropartícula, con
todas sus propiedades, no existe en la realidad, sino sólo en teoría, que es
una construcción o un símbolo "lógico" o "lingüístico"
creado para concordar entre sí las indicaciones de los aparatos y estar en
condiciones de predecirlas.
Así, uno de los físicos actuales de más renombre, W.
Heisenberg, ha escrito que la partícula elemental de la física moderna "no
es una formación material en el tiempo y en el espacio, sino un símbolo cuya adopción
proporciona a las leyes de la naturaleza una forma particularmente
sencilla."13
En
cuanto al físico
teórico, que se
ocupa
es el Sol, y no la Tierra, el centro de nuestro
sistema planetario.
13 W.
Heisenberg, Problemas filosóficos de la
física atómica,
Moscú, 1953, página 49.
especialmente del estudio teórico de los resultados
de observaciones obtenidas por otros investigadores, el propio carácter de su
trabajo, y también la constante sucesión de teorías científicas, cuando no
conoce la dialéctica, pueden empujarle al erróneo pensamiento de que las
hipótesis y teorías que él enuncia son arbitrarias, de que las proposiciones en
que sus principios descansan poseen un carácter subjetivo. El astrónomo
idealista Jeans dice, por ejemplo, que "el Universo objetivo y material se
compone únicamente de las construcciones de nuestras propias mentes”.14
En realidad, el hecho de que sea imposible crear un
modelo visible de los microobjetos y de que éstos no se presten a la
observación directa no desmiente en modo alguno su carácter material, puesto
que existen fuera de la conciencia del hombre y con independencia de ella, y
que esto es así lo demuestra todo el desarrollo de la ciencia y las
aplicaciones técnicas de los datos científicos relativos al micromundo.
Ahora, lo mismo que hace cincuenta años, cuando Lenin
escribió Materialismo y empiriocriticismo, los filósofos idealistas se valen de
las dificultades por las que la ciencia atraviesa, de las vacilaciones de los
investigadores y de
su indecisión a
la hora de defender y comprobar el punto de vista
materialista. Por eso, para combatir el idealismo hay que conocer la ciencia
moderna y saber resolver los problemas guiándose por el materialismo
dialéctico.
El positivismo moderno no se limita al campo de las
ciencias de la naturaleza, sino que también abarca la comprensión de la vida
social. Según afirman sus partidarios, la realidad social depende de lo que las
gentes hablan de ella; las calamidades sociales obedecen a la incorrecta
comprensión y al incorrecto empleo
de las palabras.
Por consiguiente, para cambiar la vida social es suficiente
con cambiar el lenguaje, la comprensión que se tiene de las palabras. El
positivista norteamericano S. Chase ha llegado al extremo de afirmar que
carecen de sentido palabras como "capital", "desocupación",
etc. Según Chase, si en el lenguaje no existiese una palabra tan
"nociva" como "explotación", la explotación no existiría en
la realidad.
Los neopositivistas eliminan de la esfera científica
no sólo los juicios y valoraciones "metafísicos", sino también los
morales o éticos. Tal como ellos afirman, cualquier juicio que contenga una
valoración ética es subjetivo, es decir,
que expresa únicamente
la opinión personal de quien habla. Según esto, cuando, por ejemplo, se
afirma que las guerras de conquista y
agresión son injustas se emite una opinión
subjetiva, no se conforma con renunciar a las normas morales de valor objetivo,
le invita a buscarlas fuera de la ciencia, y sobre todo en las enseñanzas de la
Iglesia.
Rebajando como lo hacen el papel de la ciencia, a la
que acusan de no proporcionar un conocimiento objetivo verdadero
del mundo, los
neopositivistas allanan el camino a los teólogos y fideístas, es decir,
a quienes defienden la fe religiosa. Esto no lo niegan ni los propios adeptos
del neopositivismo. Así, el físico idealista P. Jordan afirma: "La
concepción positivista ofrece nuevas posibilidades para que la religión
adquiera espacio vital sin entrar en contradicción con el pensamiento
científico."15
Lenin indicaba: "El papel objetivo, de clase,
del empiriocriticismo se reduce por completo a servir a los fideístas en la
lucha que mantienen contra el materialismo..."16 Estas palabras se pueden
aplicar también enteramente a los neopositivistas de nuestros días.
Renacimiento
de la escolástica medieval.
Cada vez es más amplia y activa la propaganda que en
la moderna sociedad burguesa se hace del fideísmo. Cobran inusitado vigor la
Iglesia y sus organizaciones. Los ideólogos de la clase dominante dicen y
repiten sin cesar que "sólo la religión puede traer la
salvación"17 del mundo,
que la única respuesta a los candentes problemas
sociales es "una penetración más eficaz en nuestra vida del espíritu del
cristianismo".18
A la vez que la religión, entre los medios de la
burguesía y de los intelectuales burgueses gozan de favor el misticismo, el
espiritismo, la astrología, la quiromancia y otras supersticiones por el
estilo.
El sentido de clase de este fenómeno lo descubrió ya
Lenin cuando decía que "la burguesía, por miedo al proletariado, que crece
y ve aumentar sus fuerzas, apoya todo lo atrasado, todo lo caduco y
medieval".19
El renacimiento del medievo afecta también a la
moderna filosofía burguesa. Y esto es así incluso literalmente: se trata del
neotomismo, de la doctrina renovada de Tomás de Aquino, el escolástico
medieval, que el Vaticano ha admitido como filosofía oficial de la Iglesia
Católica.
Podría parecernos que una filosofía abiertamente
religiosa, que presenta
el escolasticismo medieval como algo "eterno", no
habría de gozar de gran predicamento entre los medios científicos. Pero no es así.
El neotomismo es una doctrina sutil y artera que a menudo lleva a la confusión
no sólo a gentes sencillas, sino también a los hombres de ciencia de los países
capitalistas.
y nada más, tan valedera como la del que afirme lo
contrario. Vemos, pues, que la filosofía del
neopositivismo, tan alejada al parecer de la política, viene muy a propósito
cuando se trata de justificar una política reaccionaria. Al mismo tiempo, a
quien
14 James Jeans, Physics and Philosophy, 1948, pág.
216.
15 Pascual
Jordan, Physics of the 20The Century, N. Y., 1944, pág.
160.
16 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 343.
17 A. Toynbee, Civilisation on trial, Londres, 1948,
pág. 94
18 John E.
Russel, Science and modem life, Londres, 1955, pág.
101.
19 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 77.
La base primera del neotomismo es la admisión de
Dios como creador todopoderoso del Universo. La naturaleza es
considerada como "realización de la
idea de Dios" y la historia como "cumplimiento de los designios
divinos". A diferencia de los neopositivistas, existencialistas y demás
idealistas subjetivos, los neotomistas admiten la existencia real del mundo,
como creación de Dios, fuera del hombre y de su conciencia, y que ese mundo
puede ser conocido con ayuda de los sentidos y de la razón. Critican incluso el
irracionalismo de los existencialistas
y elevan su
voz en defensa
de la razón, que Dios dio al
hombre para que pudiese conocer la verdad.
Semejantes
manifestaciones son bien
recibidas por aquellos que no aceptan los sofismas del positivismo y el
irracionalismo, pero que no quieren o no pueden admitir el materialismo
filosófico. Quien así piensa considera que el neotomismo combina acertadamente
una actitud correcta y sana hacia el conocimiento científico con la fe en Dios,
que satisface la personal aspiración religiosa del hombre.
Pero esto encierra un profundo error. La realidad es
que el neotomismo no encaja con la razón ni con
la ciencia. La idea básica de los neotomistas es que
la ciencia se halla
subordinada a la
religión y el
conocimiento a la fe. Admiten únicamente aquella
"razón" y aquel sistema de pensamientos que no rebasen los límites de
lo que la Iglesia enseña. Y al
contrario, califican de insana, de
"levantamiento contra la razón", la
defensa de proposiciones científicas que se oponen a
los dogmas de la Iglesia.
Los neotomistas hablan de los tres caminos que
llevan a
la verdad: la
ciencia, la filosofía
y la religión. De
los tres, el
inferior es la
ciencia. El conocimiento que ésta
proporciona, dicen, no es fidedigno
y se limita
a la envoltura
corpórea que oculta la
verdadera esencia espiritual
del mundo, región a la que la
ciencia no alcanza y que parcialmente se revela a la filosofía o
"metafísica". A diferencia de la ciencia, la filosofía enuncia el
problema de la primera causa de la existencia del mundo y llega a la conclusión
de que tal causa reside en un supremo principio espiritual o creador. Mas la
verdad suprema, enseñan los neotomistas, es alcanzada sólo por la revelación,
por la fe religiosa, a la que siempre deben ajustarse todas las conclusiones
generales de la ciencia y de la filosofía.
El fin teórico último de la ciencia es buscar
argumentos que confirmen la fe en Dios, que prueben que "el catolicismo y
la ciencia han sido creados el uno para el otro". Todas las dificultades
con que la ciencia tropieza, los problemas no resueltos, son aprovechados por
los neotomistas en favor de los dogmas de la Iglesia.
Uno de
los argumentos favoritos de la filosofía
descubrió lo que se llama el "desplazamiento
rojo", es decir, el corrimiento hacia el extremo rojo de las líneas en los
espectros de radiaciones que nos llegan de las galaxias, de sistemas estelares
situados a grandes distancias. La ciencia no ha encontrado aún una explicación
clara de este fenómeno. Y valiéndose de que la causa más probable del
"desplazamiento rojo" es el rápido alejamiento de las galaxias de
nuestro sistema solar, los filósofos idealistas llegaron a la inmediata conclusión
de que en un tiempo toda la materia y energía del Universo estuvieron
concentradas en un "primer átomo" creado por Dios.
No hay base alguna para llegar a tal conclusión,
siquiera sea porque no podemos aplicar lo observado en un tiempo determinado y
en una parte limitada del Universo a todo el Cosmos en su conjunto y a períodos
de los que nos separan miles de millones de años.
No
obstante, apoyándose en
esta "teoría" y en
otras por el estilo, el Papa Pío XII afirmaba en su disertación sobre
las "pruebas de la existencia
de Dios a la luz de la ciencia moderna", el 22 de noviembre de
1951: "Por lo tanto, creación en el tiempo; y por eso, un creador; y por
consiguiente, Dios. Esas son
las palabras... que
pedimos a la ciencia y que nuestra generación espera de
ella."20
Este
ejemplo muestra la
manera como los filósofos idealistas y los eclesiásticos
llegan a conclusiones idealistas y fideístas cuando no se encuentran
explicaciones suficientes a un problema científico. Sólo una arraigada visión
materialista en filosofía y una
consecuente aplicación de la
dialéctica pueden salvar al hombre de ciencia de las vacilaciones y evitar que
caiga en las trampas que los idealistas colocan en todos los sectores difíciles
del camino que la ciencia recorre.
A menudo los neotomistas se ganan las simpatías de
la gente porque, a diferencia de los idealistas subjetivos, prestan gran
atención a las cuestiones de la moral. Pero la moral que ellos predican es la
mansedumbre, es la doctrina de que el hombre, más que de la vida terrena y del
cuerpo perecedero, ha de ocuparse del "alma inmortal", de la
"vida eterna" y de Dios. Con otras palabras, es la moral de la
aceptación pasiva -y justificación por tanto- del mal social existente, de la
explotación y la desigualdad; es la moral que reemplaza la protesta y la lucha
contra la injusticia social con oraciones y súplicas a Dios. Se trata, pues, de
una moral que sólo conviene a la clase explotadora en el poder.
La doctrina político-social de los neotomistas se
caracteriza por su lucha activa contra el socialismo unida a
la "crítica" de
algunos defectos del capitalismo. Los
filósofos católicos achacan
los vicios de la sociedad al olvido en que muchos, entre ellos los
capitalistas, tienen de la religión, a que han
católica en pro de la creación del mundo es la
teoría del "ensanchamiento del
Universo". En 1919
se dejado de ser buenos cristianos. Semejante "crítica" nos
dice bien a las claras que los neotomistas no piensan siquiera en combatir el
capitalismo, del que de hecho son defensores.
20 P. Laberenne, El origen de los mundos,
Gostejizdat, Moscú, 1957, pág. 250.
En el mundo capitalista existen otras muchas
corrientes y escuelas que se denominan a sí mismas
"instrumentalismo",21 "neorrealismo",
"fenomenología", "personalismo", etc. Todas ellas se
encuentran dentro del campo común del idealismo y poseen los mismos rasgos
reaccionarios, con la única diferencia de que éstos se presentan más netamente
dibujados en las típicas doctrinas que acabamos de examinar.
La filosofía idealista es incapaz de dar una
respuesta acertada a
los problemas científicos
y sociales de nuestra época. Enemiga como es de la concepción científica
del mundo y del progreso social, refleja la creciente
decadencia del capitalismo y la crisis de su cultura.
8. En
la lucha por una concepción científica del mundo
La debilidad e inconsistencia de la actual filosofía
idealista se pone de manifiesto en la resistencia que opone a
los avances de
la ciencia y
a los movimientos sociales
progresivos; por ello mueve a la
protesta tanto a
los científicos insobornables, firmes de espíritu, como a
todos cuantos por encima de los intereses del capital colocan los intereses del
pueblo y un futuro de luz por los hombres.
En los países que los apologistas del imperialismo
llaman falsamente "mundo
libre" es cada
día más reñida la pugna entre las
concepciones progresivas y reaccionarias, entre los partidarios del
materialismo y del idealismo. Al
frente de esa
lucha van los marxistas encuadrados en las
organizaciones comunistas. Pero ocurre con frecuencia que intelectuales
burgueses llegan a comprender el papel reaccionario de la filosofía idealista y
rompen con ella.
Entre
ellos figura un
filósofo progresista como Barrows
Dunham, valeroso impugnador
de la reacción espiritual y
política en los Estados Unidos y crítico severo de las retrógradas doctrinas
filosóficas y de los mitos sociales. Dunham denuncia la degradación a que la
filosofía ha llegado en los escritos de los pragmatistas y positivistas, eleva
la dignidad del pensamiento filosófico y ve en él una expresión de los
intereses y aspiraciones del pueblo. "... Lo que más me atrae en la
filosofía es que sus orígenes se remontan al pueblo", escribe en su obra
El gigante encadenado. La filosofía no es para él un escolástico "análisis del
lenguaje"; "es –dice-
una guía de la vida", "es la teoría de la emancipación de la
humanidad".22
El filósofo japonés Yanahida Kendziuro, incorporado
a la lucha por la paz, por los derechos democráticos de su pueblo y contra la
dependencia extranjera, llegó a la convicción de que la filosofía idealista
deja inerme al pueblo, cuyas mentes embriaga con irrealizables ilusiones.
Yanahida Kendziuro tuvo la entereza de romper con esta engañosa filosofía, de
someterla a crítica y de aceptar la concepción del mundo del materialismo
científico. En su libro Mi viaje a la verdad escribe así:
"El lugar de las ruinas en que se ha convertido
la filosofía idealista ha venido a ocuparlo una filosofía materialista nueva,
la marxista, que se ha apoderado de las mentes de nuestros jóvenes. y se
comprende que así sea,
pues cuanto más
se agudizan las contradicciones en
un país ocupado
por tropas extranjeras, más
claramente ven las grandes masas la verdad del materialismo dialéctico."23
Barrows Dunham y Yanahida Kendziuro no son los
únicos. Podríamos dar una larga relación de filósofos y sabios progresistas que
combaten el idealismo y defienden y propagan el materialismo dialéctico.
En Estados Unidos, entre los mejores defensores
del materialismo se
encuentran Howard Selsam
y Harry Wells. Es de señalar la labor que el filósofo progresista John
Somerville lleva a cabo para dar a conocer al pueblo norteamericano el modo de
pensar de los hombres soviéticos. Se hallan próximos al materialismo y han
contribuido notablemente a la crítica de la filosofía idealista R. W. Sellers,
C. Lamont y P.
Crosser. En Inglaterra
gozan de merecido prestigio F.
M. Cornforth, J. Lewis, A. Hobertson y los eminentes investigadores J. Bernal y
D. Holdein, que se han distinguido en la defensa de las concepciones
progresivas. Los marxistas franceses e italianos R. Garaudy,
J. Kanapa, M. Spinella y C. Luporini, y otros muchos, han contribuido
brillantemente a la propagación de las ideas filosóficas avanzadas. Los
trabajos de Eli de Gortari (México) y J. Feodoridis (Grecia) muestran que
también en otros países del mundo se abre paso la filosofía materialista.
Junto a ellos, al lado de quienes llegaron al
materialismo a través de una intensa labor social y de sus reflexiones
filosóficas, el materialismo encuentra cada
vez más apoyo
en figuras eminentes
de la ciencia contemporánea.
Muchos descubrimientos científicos de incalculable valor, realizados durante
los últimos decenios, prueban hasta la saciedad la verdad que asiste al
materialismo filosófico marxista.
La teoría de la relatividad de Einstein demuestra
los nexos inseparables
que unen el
espacio y el tiempo a la materia y su movimiento,
viniendo a confirmar la doctrina
del materialismo dialéctico acerca del espacio y el tiempo
como formas de existencia de la materia. La física nuclear revela la compleja
estructura del núcleo atómico y descubre gran número de partículas elementales
de la materia, con lo que proporciona nuevos argumentos a la proposición del
materialismo filosófico marxista de que la materia es inagotable y de que la
diversidad de sus formas es infinita. En física se ha formado gradualmente la
concepción dialéctica de la micropartícula como unidad de sustancia y campo,
como unidad de propiedades corpusculares y ondulatorias.
21
Acerca del "instrumentalismo" o
pragmatismo, véase el capítulo III.
22 B. Dunham,
El gigante encadenado, Moscú, 1958, págs. 12, 21, 201.
23
Yanahida Kendziuro, Evolución
de mis concepciones. Gospolitizdat, Moscú, 1957,
pág. 161.
Los avances
conseguidos en las ciencias físicas han
ido acompañados de
éxitos importantes en química, biología y fisiología. Las
realizaciones teóricas han favorecido un gigantesco progreso de la técnica. Las
tres grandes conquistas científicas y técnicas de nuestro tiempo -utilización
de la energía atómica,
electrónica y cohetes-
significan el comienzo de una
nueva era en la historia de las fuerzas
productivas de la
humanidad, aumentando inconmensurablemente
su poder sobre la naturaleza. Los satélites artificiales de la Tierra y los
cohetes cósmicos convierten en
una perspectiva real
la posibilidad de que el hombre salga más allá de la atmósfera terrestre
y aprenda a
navegar por los espacios del Universo.
Tales descubrimientos y realizaciones confirman
la verdad del
materialismo dialéctico y
a menudo llevan a los sabios de
orientación positivista a revisar sus concepciones. Es significativo, por
ejemplo, que A. Einstein se inclinase en el último período de su vida hacia el
materialismo y que sabios tan ilustres como 1. Infeld y Louis de Broglie, antes
positivistas, hayan acabado por aceptar el materialismo.
Sabios eminentes como N. Bohr y W. Heisenberg, que
durante decenios enteros capitanearon la orientación positivista en la física,
últimamente han renunciado a una serie de proposiciones positivistas y las han
sometido a crítica. Entre los hombres de ciencia y filósofos adheridos al
positivismo hay quienes se sienten dominados por la duda, quienes muestran
simpatías por el materialismo y se acercan a él.
Los descubrimientos científicos tienen el gran
valor, además del suyo intrínseco, de que quebrantan la vieja concepción
metafísica y hacen pasar a primer lugar la visión dialéctica del mundo. V. I.
Lenin, que en su obra Materialismo y empiriocriticismo hizo un resumen de los
procesos que tenían lugar en la física a principios de siglo, decía con toda la
razón: "La física moderna está de parto. Da a luz el materialismo
dialéctico."24 Estas palabras
conservan todo su valor en los momentos actuales.
La ciencia contemporánea, por la marcha de su propio
desarrollo, llega a la admisión del método de la dialéctica
materialista. Así lo
han comprendido físicos como Paul
Langevin, Frédéric Joliot-Curie y otros investigadores, que se han convertido
en partidarios conscientes del materialismo dialéctico.
24 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 299.
En nuestro tiempo, para que la lucha contra la
filosofía reaccionaria se vea coronada por el éxito, para mantenerse con pie
firme en las posiciones de una concepción materialista del mundo y hallarse en
condiciones de defenderla, no basta con llamarse materialista: es
necesario ser partidario
consciente del materialismo dialéctico.
Capitulo II. La dialéctica materialista
La dialéctica materialista marxista es la doctrina más profunda,
multifacética y valiosa por su contenido que jamás se haya enunciado
acerca del movimiento y el desarrollo. Es la cúspide de toda la secular
historia del conocimiento del mundo y en ella se resume un material inmenso
relativo a la práctica social.
La dialéctica materialista y el materialismo
filosófico mantienen vínculos
indisolubles y se penetran
mutuamente como dos
caras de un
todo único que es la doctrina filosófica del marxismo.
La diferencia está en que cuando hablamos del materialismo
filosófico marxista nos referimos a la relación entre materia y conciencia, a
la comprensión de la materia, a la doctrina de la unidad material del mundo, al
análisis de las formas de existencia de la materia, etc.; y cuando hablamos de
la dialéctica materialista sacamos en
primer lugar la concatenación universal y las leyes del
movimiento y desarrollo del mundo objetivo y de la manera como estas leyes se
reflejan en la conciencia del hombre.
Los filósofos de la antigua Grecia llamaban
"arte de la dialéctica" (dialektiké téchné) al arte de determinar la
verdad mediante la controversia en la que se exponen las opiniones
contradictorias de los interlocutores. A fines del siglo XVIII y comienzos del
XIX los filósofos idealistas alemanes. Hegel en primer término, entendían por
dialéctica el desarrollo de la idea a través de las contradicciones reveladas
en la propia idea. Hegel describió detalladamente las formas principales del
pensar dialéctico. Pero su dialéctica partía de un criterio equivocado,
idealista, según el cual el desarrollo dialéctico era propio y exclusivo del
pensar, del espíritu, de la idea, pero no de la naturaleza. Según la expresión
de Marx, la dialéctica de Hegel "se hallaba cabeza abajo". Para su
acertada interpretación había que darle la vuelta y ponerla de
pie. Esto es
lo que hicieron
Marx y Engels, creando así la dialéctica
materialista y proporcionando un sentido nuevo al propio término de
"dialéctica".
Los fundadores del marxismo, que partían de la
unidad material del mundo, comprendían por dialéctica la doctrina de la
concatenación universal, de las leyes más generales que presiden el desarrollo
del mundo entero. Y así la "dialéctica", que en Hegel era una
doctrina idealista acerca del movimiento de la idea, conviértese en la doctrina
materialista que trata de las leyes generales de desarrollo del ser. La
dialéctica del desarrollo de nuestros conceptos (dialéctica subjetiva)
resultaba, pues, un reflejo, en el pensamiento científico, de la dialéctica de
desarrollo del propio ser (dialéctica objetiva).
Cada una de las ciencias estudia las formas del
movimiento y las leyes de una región específica de la realidad. La dialéctica
es una ciencia distinta: estudia las leyes más generales de todo movimiento,
cambio y desarrollo. Las
leyes de la
dialéctica son universales porque
actúan en la naturaleza y en la sociedad, y el propio pensamiento está
subordinado a ellas.
Marx y Engels consideraban la dialéctica no sólo
como teoría científica, sino también como método de conocimiento y como guía
para la acción. Las leyes generales del desarrollo nos permiten llegar a una
interpretación justa del
pasado, a comprender acertadamente los procesos que se
están sucediendo y a prever el futuro. Por eso es un modo de enfocar la
investigación y la acción práctica derivada de los resultados así obtenidos.
A todo lo largo de su historia, y también en
nuestros días, la dialéctica ha tenido enfrente a la metafísica como modo
contrario de pensar y como concepción opuesta del mundo.
La noción que los marxistas tienen de la palabra "metafísica" no
es la misma
que existía antes
de Marx o que le atribuyen los filósofos burgueses de nuestro tiempo.
Antes de Marx, esta voz griega, o mejor dicho, esta expresión (ta metá ta
fisiká: "lo que va después de la física", la ciencia de la
naturaleza), significaba una parte especial de la filosofía. La parte en que
los filósofos trataban y tratan aún, por vía puramente especulativa, de
alcanzar una supuesta esencia inalterable y eterna de las cosas.
En su crítica de los sistemas no científicos y
artificiosos de la metafísica, Marx y Engels no entienden ésta como una parte
de la filosofía ni como conocimiento especulativo, sino como método de
investigación y de pensamiento empleado por los creadores de estos sistemas y
que se opone al método dialéctico. Actualmente, en la filosofía marxista el
término "metafísica" se emplea casi exclusivamente en ese sentido.
El vicio fundamental de la metafísica es su visión
unilateral, limitada y
rígida del mundo;
es la tendencia a
exagerar y a
convertir en absolutos algunos aspectos de los fenómenos,
mientras que se rechazan otros aspectos no menos importantes. Así, por ejemplo,
el metafísico ve la estabilidad relativa, la determinación de las cosas, pero
no advierte su cambio y desarrollo. Se fija en lo que distingue al fenómeno del
conjunto de otros fenómenos, pero no está
en condiciones de
apreciar sus variadas fenómenos. Únicamente
admite respuestas definitivas
para todas las cuestiones que afectan a la ciencia, sin comprender que la
propia realidad se desarrolla y que cualquier proposición científica es sólo
valedera dentro de determinados límites.
El método metafísico es más o menos aceptable en la
vida corriente y en los escalones inferiores de desarrollo de
la ciencia, pero
fracasa sin remedio cuando con su ayuda se quiere buscar
explicación a los procesos complejos de desarrollo. Las ciencias naturales y la
vida político-social ponen a cada paso de manifiesto la insuficiencia de la
metafísica y la necesidad de sustituirla por la dialéctica.
No
obstante, la metafísica
no ha sido
aún desplazada por completo ni de la filosofía ni de las ciencias
especiales.
¿Cómo explicar semejante vitalidad de la metafísica?
Hubo un tiempo en que el pensamiento científico
era fundamentalmente metafísico,
y no dialéctico. El modo
metafísico de pensar, como método de la ciencia, cobra forma y se extiende en los
siglos XVII y XVIII, en el período en que la ciencia de la Edad Moderna
adquiere definitivamente sus perfiles. Entonces, de lo que se trataba era de reunir informes
de la naturaleza,
de describir las cosas y los fenómenos, de
dividir las cosas y los fenómenos en
clases determinadas. Mas
para describir una cosa había de sustraerla del conjunto y examinarla
separadamente. Así surgió la costumbre de examinar los objetos y fenómenos
desvinculados de su concatenación universal. Y esto impedía ver el desarrollo
de las cosas, no dejaba apreciar cómo unas cosas proceden
de otras distintas.
Así arraigó el método metafísico de pensar, que toma los
objetos aisladamente, al margen de su desarrollo. La metafísica imperó largo
tiempo en la conciencia de los hombres y se hizo tradición del pensamiento
científico.
Actualmente no hay nada que justifique el empleo del
método metafísico. La metafísica es un método caduco, una concepción decrépita
que repercute muy desfavorablemente sobre el conocimiento científico y sobre la
vida político-social, puesto que conduce a graves equivocaciones y errores de
cálculo.
La segunda causa de la vitalidad de la metafísica es
la hostilidad que los ideólogos de la burguesía mantienen desde hace tiempo
hacia la dialéctica materialista.
"En su forma racional -escribe Marx- la
dialéctica sólo infunde a la burguesía y a sus ideólogos doctrinarios rabia
y espanto, ya
que en la comprensión positiva de lo existente
incluye la idea de su negación,
la necesidad de
su muerte; cada forma ya realizada la examina en su
movimiento y, por consiguiente, también en su aspecto perecedero. La dialéctica
no se inclina ante nada y por su propia esencia es crítica y
revolucionaria."25
relaciones y sus profundos nexos con otros objetos y
25 C. Marx, El Capital, ed. rusa, t. I, 1955, pág.
20.
No hemos de asombrarnos de que, bajo la presión
política e ideológica de las fuerzas reaccionarias, muchos hombres de ciencia y
filósofos de los países capitalistas teman a la dialéctica, no la conozcan ni
la estudien, la miren con prevención y... vayan a remolque de la metafísica.
La dialéctica materialista marxista proporciona un
arma segura en la lucha contra la metafísica y para el estudio científico de
todos los fenómenos del mundo en desarrollo.
- Concatenación universal de
los fenómenos
El mundo que rodea al hombre ofrece un cuadro de
fenómenos de la índole más variada. Las observaciones más
simples nos dicen
que esos fenómenos se hallan
relacionados entre sí por nexos más o menos estables. En el mundo se observa
una determinada constancia y regularidad. Así, el día sucede a la noche y la
primavera al invierno; de la bellota crece una encina, y no un abedul o un
pino; la crisálida se transforma
en mariposa, pero
jamás vuelve a ser oruga.
Los hombres de la Antigüedad más remota comenzaron
ya a ver que las cosas y los fenómenos del mundo que los rodeaba hallábanse
condicionados recíprocamente, que entre
ellos existía un
vínculo necesario que no dependía de la conciencia ni de la voluntad del
individuo.
Cierto es que a la comprensión de estos vínculos se
opusieron durante largo tiempo las supersticiones y concepciones religiosas,
según las cuales los fenómenos de la naturaleza pueden ser provocados por
fuerzas sobrenaturales, por los dioses, que eran capaces de trastrocar la
concatenación natural de las cosas. Pero la ciencia y la filosofía materialista
demostraron que no
se producen ni
pueden producirse milagros, acontecimientos sobrenaturales; que en el
mundo existen únicamente vínculos naturales
entre las cosas
y los fenómenos.
Esta verdad ha ido arraigando paulatinamente en la conciencia de los
hombres.
En el proceso de desarrollo del conocimiento
científico y filosófico
del mundo han
sido descubiertas muchas clases y manifestaciones de la concatenación
universal de los fenómenos y han sido creados los conceptos (categorías) que
los expresan; así son, por ejemplo, los conceptos de causalidad, interacción,
necesidad, ley, casualidad, esencia y fenómeno, posibilidad y realidad, forma y
contenido. En este apartado nos detendremos principalmente en las categorías
relacionadas directamente con el carácter necesario de la concatenación
universal y de la determinación de los fenómenos, es decir, con el principio
del determinismo, que es la piedra angular de toda explicación verdaderamente
científica del mundo.
Relación
de causa y efecto.
La forma más conocida de relación, que se encuentra
siempre y en todos los sitios, es la de causa y efecto, o relación de
causalidad.
De ordinario se denomina causa de cualquier
fenómeno aquello que
originó su existencia.
El fenómeno producido es el efecto o consecuencia. Por ejemplo, el
viento es la causa del movimiento de un balandro.
Entre la causa y el efecto hay cierta sucesión en el
tiempo: primero se produce la causa y luego viene la acción. Pero no todo
"después" significa ni mucho menos "por efecto". Así, el
día sigue siempre a la noche y la noche al día, pero ni el día es causa de la
noche ni ésta lo es del día. La causa de que la noche suceda al día y el día a
la noche está, como todos sabemos, en la rotación de la Tierra alrededor de su
eje, por lo que se van iluminando sucesivamente una y otra cara del globo.
La acción se halla relacionada necesariamente con
la causa. Si
hay una causa
se producirá obligatoriamente el
efecto, siempre y
cuando, se comprende, no
haya nada que
lo impida. Si apretamos el gatillo de un fusil cargado,
se producirá el disparo. A
veces, sin embargo,
no ocurre así.
¿Quiere decir esto que la relación causal ha perdido
en este caso su carácter obligatorio? No, lo único que quiere decir es que otra
causa cualquiera impidió que se produjese el disparo. Pudo ocurrir que el
muelle del disparador hubiese
perdido fuerza, o
que la pólvora estuviese mojada,
o que la cápsula se hubiese estropeado. Si investigamos todas las
circunstancias podremos descubrir la causa que impidió la producción del
fenómeno que se
esperaba. Por lo tanto, el trastorno de la relación causal
no es más que aparente.
Para que la causa origine un efecto se requieren
siempre ciertas condiciones. Las condiciones son
fenómenos necesarios para que un acontecimiento se produzca, pero sin que de
por sí puedan originarlo. Por ejemplo, para que un avión pueda elevarse se
necesitan determinadas condiciones: una pista donde pueda despegar, ausencia de
niebla, etc. Mas estas condiciones, de por sí, no son bastantes para que el
avión se eleve. Para ello, como causa directa, hace falta que su motor
funcione.
A menudo, sobre todo en los casos complejos, la
causa se confunde fácilmente con el motivo. Esto es
consecuencia de una visión superficial de las cosas,
cuando no se han descubierto las verdaderas causas
radicadas en el interior del fenómeno. El motivo no puede de por sí producir el
fenómeno, es el impulso que pone en marcha las verdaderas causas. Así, por
ejemplo, el motivo que dio origen a la primera guerra mundial fue el asesinato
del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo. Mas la causa no fue
esto, sino la agudizada contradicción de las potencias imperialistas.
En la vida práctica, en política, para entender el verdadero
sentido de los acontecimientos y separar lo esencial de lo que no lo es, tiene
gran importancia el saber distinguir las causas reales de las condiciones y los
motivos.
Contra
la concepción idealista de la causalidad.
La relación causal tiene un carácter universal, se
extiende a todos los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad, simples y
complejos, tanto si han sido como si no han sido estudiados por la ciencia. No
hay ni puede haber fenómenos sin causa. Cualquier fenómeno necesita de una
causa que lo origine.
El estudio de los nexos causales es misión
primordial de la
ciencia. Para explicar
cualquier
fenómeno hay que buscar su causa. En su estudio y
comprensión del mundo,
la ciencia penetra
en el
corazón de los fenómenos: va de la superficie de los
acontecimientos a sus causas próximas e inmediatas, y de éstas a otras más
alejadas, generales, pero, al
mismo tiempo, más esenciales en el caso dado. El
desconocimiento de la causa real de un fenómeno no
sólo imposibilita al hombre para provocarlo o
impedirlo conscientemente, sino que propicia la aparición de nociones
fantásticas que nada tienen que
ver con la ciencia, de supersticiones y de
interpretaciones místicas y religiosas.
De ahí que alrededor de la causalidad se venga
librando desde hace mucho una reñida batalla entre el materialismo y el
idealismo. Los filósofos idealistas,
o bien han negado el carácter objetivo de la
relación causal o bien
han situado su
origen no en la
naturaleza, sino en un principio espiritual.
Hume, filósofo inglés del siglo XVIII, dice que la
experiencia no es prueba de la vinculación necesaria
de los fenómenos.
Por eso únicamente
podemos
afirmar que un fenómeno se produce después de otro,
pero no que el uno da origen al otro.
Kant comprendía que sin una causalidad
obligatoria no podía existir la ciencia, si bien, lo
mismo que Hume, suponía que dicha relación causal no existe en los fenómenos
observados por nosotros. El origen de la causalidad y la necesidad lo veía él
en nuestra conciencia, cuya
particular estructura nos lleva a aportar una relación causal a los
fenómenos que percibimos.
Muchos
idealistas contemporáneos afirman
que en la naturaleza no hay ni causa ni efecto; según
escribe L. Wittgenstein, "la creencia en la
relación causal es un prejuicio".26
Estos
absurdos idealistas son
desmentidos de plano por toda la
historia de la ciencia. Si las ciencias naturales y las sociales existen es,
principalmente, porque se han descubierto y estudiado las causas de los fenómenos
que se producen
en el mundo.
La mejor prueba de la objetividad de la relación causal es la actividad
práctica del hombre en la producción.
26 I.
Wittgenstein, Tratado lógico-filosófico, Moscú, 1958, pág.
64.
Los hombres descubren las dependencias causales en
la naturaleza y luego se valen prácticamente de ellas, originan las
consecuencias necesarias y consiguen los resultados apetecidos.
"Gracias a esto
-escribe Engels-, gracias a la actividad del hombre es como toma cuerpo
la noción de causalidad, la noción de
que un movimiento es causa de otro."27
El idealismo y la religión combaten también la
doctrina materialista de la causalidad con ayuda de la
teoría
de la conveniencia
al fin o
teleología (del griego "telas", fin
u objetivo). A
la explicación
causal, que responde a la pregunta de por qué
ocurrió un fenómeno de la naturaleza, la teleología opone la pregunta de
para qué, con qué objeto surgió. Según
la
concepción teleológica, la
estructura y el desarrollo de las cosas vienen
determinados por el
objeto o "causa final" a que están
destinadas. La teleología es una doctrina cómoda para la religión y la
filosofía idealista, pues conduce inevitablemente a
la existencia de una razón suprema (Dios) que hace
cumplir sus fines en la naturaleza.
Como prueba en su favor, los partidarios de la
teleología se remiten de ordinario a la acomodación al fin que se observa en
los organismos dentro de la
naturaleza (por ejemplo, el mimetismo de los
animales). La dialéctica
marxista no niega
la
acomodación al fin en la estructura anatómica y en
la actividad de los organismos vivos. Afirma, sí, que ello obedece a causas
objetivas. El mecanismo de las
mismas fue revelado por la teoría de Darwin. Las
modificaciones que se producen en el mundo de los
animales y de las plantas son debidas a la
interacción de los individuos con las condiciones de vida, que no
siempre son las mismas. Si estas condiciones son
favorables para el organismo, es decir, si le ayudan a adaptarse al medio y a
pervivir, se conservan por
selección natural y son transmitidas por herencia a
las generaciones subsiguientes, formando
la
acomodación estructural al fin de los organismos que
tan vivamente llama con gran frecuencia la atención de los hombres.
Interacción.
La relación causal, a pesar de su formidable valor
teórico y práctico, no refleja toda la diversidad de relaciones del mundo
objetivo. Según escribe Lenin, "la causalidad... no es sino una pequeña
partícula de la concatenación universal..."28, "el concepto humano de
causa y efecto siempre simplifica algo la concatenación objetiva de los
fenómenos de la naturaleza, al no reflejarla más que aproximadamente y al
aislar artificialmente unos u otros aspectos del proceso mundial uno y único".29
Esto
significa que la
concatenación de los fenómenos en la naturaleza y en la
sociedad es más completa y compleja que la que se deriva de la relación de
causa y efecto. La causa y el efecto se encuentran subordinados a la relación,
más amplia, de la interacción.
27 F. Engels,
Dialéctica de la naturaleza, ed. rusa, 1955, pág.
182.
28 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
150.
29 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 143.
La naturaleza es un conjunto único en el que todas
sus partes, de
una manera o
de otra, se
hallan vinculadas entre sí. En esta concatenación universal cualquier
fenómeno, efecto de cualquier causa, entra directamente, a su vez, en otra
relación en concepto de causa que
da lugar a
nuevos efectos. Así,
la evaporación del agua de los mares y ríos, al ser calentada por
los rayos del
sol, da lugar
a la formación de
nubes, las cuales,
a su vez,
son el origen de las lluvias que humedecen
el suelo y alimentan los arroyos y ríos.
La interacción se manifiesta también en el sentido
de que la causa y el efecto se influyen mutuamente dentro del marco de un mismo
proceso, y dentro de este plano, cambian sus lugares: la causa se convierte en
efecto, y viceversa. Un ejemplo de interacción de este género es la continua
reacción termonuclear que se produce en el Sol, por la que el proceso de
transformación de los
átomos de hidrógeno
en átomos de helio crea una elevada temperatura (del orden de millones
de grados), la cual, a su vez, provoca obligatoriamente la síntesis de los
átomos de helio a partir de los átomos de hidrógeno.
Al estudiar la vida social nos tropezamos
frecuentemente con casos
de interacción. Así,
por ejemplo, al aumentar la demanda de determinados
artículos crece la producción de los mismos. El
aumento de la
producción es motivo
de un incremento de la demanda.
Causa y efecto cambian así sus lugares.
La demanda actúa
sobre la producción y la
producción actúa sobre la demanda.
Así, pues, no hemos de entender la causa y el
efecto metafísicamente, como
fenómenos petrificados, separados uno de otro, contrarios en absoluto,
sino dialécticamente, como conceptos "fluidos", relacionados
mutuamente y capaces de convertirse uno en otro.
Ahora bien, no basta con descubrir la interacción de
distintos factores o fenómenos entre sí. Hay que
encontrar
también lo que en
esa interacción es lo
determinante.
Sólo entonces estaremos
en condiciones de comprender acertadamente las
fuentes de
desarrollo del proceso, de
valorizar las
fuerzas que en él toman parte y de representarnos la
línea fundamental, la
dirección que el
desarrollo sigue.
En el ejemplo anterior, para que el cuadro de la
interacción del aumento
de la demanda
de unos
artículos y del incremento de la producción de esos
mismos artículos sea correcto, hay que señalar que el aspecto determinante
de dicha interacción
es el
incremento de la producción.
Necesidad
y ley.
El carácter obligatorio de la subordinación causal
de todos los fenómenos presupone que en el mundo reina la
necesidad. Se denomina
necesario el comienzo y
desarrollo de los fenómenos que se desprenden de las relaciones más esenciales
que presiden un proceso dado. Desarrollo necesario es aquel que, atendidas las
condiciones presentes, no puede por menos de producirse. Así, por ejemplo, en
la historia del mundo vivo los organismos menos adaptados son sustituidos
necesariamente por los más adaptados.
La necesidad en la naturaleza y la sociedad se
revela de la manera más completa en las leyes. Al
admitir la necesidad en la aparición y desarrollo de
los fenómenos se presupone que dichos fenómenos
se hallan sujetos a determinadas leyes, las cuales
existen con independencia de la voluntad o del deseo de los hombres.
Toda ley es manifestación de la necesidad a que los
fenómenos se subordinan. Por ejemplo, cualquier
cuerpo
levantado sobre la
superficie de la
Tierra caerá necesariamente si no hay una fuerza opuesta que lo
sostenga. Aquí se pone de manifiesto la ley de la gravitación universal.
¿Qué es ley? Leyes la relación o dependencia -
profunda, esencial, estable y que se repite- entre los
fenómenos o entre los distintos aspectos de un mismo
fenómeno. Así, la ley de Arquímedes determina la
relación estable entre
el peso del
líquido o gas
desplazado cuando se sumerge en él un cuerpo y la
"fuerza ascensional" que sobre este cuerpo
ejerce el líquido o gas. Las leyes pueden ser poco generales, cuando son
valederas dentro de una esfera limitada (ley de Ohm), y más generales, cuando
actúan en esferas muy amplias (ley de conservación de la energía). Ciertas
leyes establecen una dependencia cuantitativa exacta entre los fenómenos y
pueden ser expresadas matemáticamente (leyes de la mecánica). Otras no admiten
las fórmulas matemáticas exactas (ley de la selección natural). No obstante, lo
mismo unas que otras expresan la relación objetiva y necesaria de los
fenómenos.
El
conocimiento de las
leyes de la
realidad objetiva ayuda a penetrar en las causas de los acontecimientos
y es por eso una base segura para que el hombre consiga los fines que en su
actividad se propone.
Ninguna ley, sin embargo, puede abarcar el fenómeno
en toda su amplitud. Expresa únicamente lo que en él es más esencial.
Para descubrir la ley a que se subordina un
fenómeno hay que
hacer abstracción de
las
circunstancias secundarias que lo acompañan y
obtener, en su aspecto puro, el nexo esencial y decisivo. La
ciencia realiza esto
tanto por vía
experimental como por la deducción lógica, por la
abstracción de los aspectos esenciales del fenómeno.
Así, la ley de la caída libre de los cuerpos (ley de
Galileo) hace abstracción de la resistencia del aire, no la
toma en cuenta
y establece que
todos los cuerpos caen con la
misma aceleración. Mas dentro de nuestra atmósfera, la caída del cuerpo puede
ser rápida, como en el caso de la piedra, o lenta, como le ocurre a
la hoja seca;
el cuerpo puede
incluso elevarse durante algún tiempo, como las semillas del diente de
león y de otras plantas.
La ley de Galileo rige en todos los casos. Mas el
simple conocimiento de
esta ley no
basta para explicar plenamente la
caída de un cuerpo en las condiciones concretas en que ello se produce.
Necesitaremos conocer también las circunstancias en que dicha ley actúa.
Necesidad
y casualidad.
Entre la gran variedad de fenómenos de la naturaleza
y de la sociedad humana los hay que no se desprenden necesariamente del
desarrollo de una cosa
concreta o de
una serie dada
de fenómenos; pueden ocurrir y
pueden no llegar a producirse, pueden suceder de una manera y pueden darse de
una manera distinta. Son los fenómenos casuales.
Por ejemplo, el granizo que destruye la cosecha es
casual si nos referimos al trabajo del agricultor y a las leyes de crecimiento
de las plantas.
Acerca del problema de la casualidad se ha debatido,
y no poco, en la ciencia. De la proposición,
acertada, de que todos los fenómenos de la
naturaleza y de la
sociedad humana están
sometidos a la
causalidad, muchos hombres de ciencia y filósofos
llegaban a la errónea conclusión de que en el mundo
hay sólo necesidad, de que los fenómenos casuales no
existen. La casualidad, según ellos lo entienden, es un concepto subjetivo con
el que designamos las
causas que no hemos llegado a conocer.
Tal opinión es profundamente errónea, puesto que
identifica dos conceptos
distintos: necesidad y
causalidad.
Cierto que en
el mundo no
hay
fenómenos sin causa; cierto también que los
fenómenos casuales están condicionados
causalmente.
Pero eso no
quiere decir que
los
fenómenos casuales sean necesarios. Tomemos un
ejemplo. El tren descarriló y los vagones volcaron. Podemos conocer la causa
del accidente, que pudiera ser la mala sujeción de los carriles a las
traviesas; sin embargo, el descarrilamiento será una casualidad, y no
necesidad. ¿Por qué? Porque fue originado por una circunstancia que no se
derivaba de las leyes del movimiento de los trenes por la vía, ya que
técnicamente no hay dificultad alguna para conseguir unas condiciones en que el
accidente no se produzca.
La negación de la casualidad objetiva lleva a
conclusiones nocivas desde
el punto de
vista científico y práctico.
Si admitimos que todo es igualmente necesario
seremos incapaces de separar lo esencial de lo no
esencial, lo necesario de lo casual. Con tal
criterio, como dice Engels, la propia necesidad es reducida al nivel de la
casualidad.
Para
comprender correctamente lo
que es necesidad y casualidad hay
que considerar no sólo la
diferencia, sino también el vínculo que entre ellas
existe. Este vínculo no lo comprende en absoluto el
metafísico, para el que necesidad y casualidad son términos opuestos que no
tienen nada de común. Contrariamente a la metafísica, la dialéctica
materialista demuestra que no es correcto oponer absolutamente la casualidad a
la necesidad, tomar la primera aisladamente de la segunda, como hacen quienes
se atienen a un modo de pensar metafísico. La casualidad absoluta no existe.
Únicamente hay casualidad con relación a algo.
Se equivocará quien piense que los fenómenos pueden
ser sólo necesarios o sólo casuales. Cualquier casualidad contiene un aspecto
de necesidad, de la misma manera que la necesidad se abre camino a través de un
sinfín de casualidades. La dialéctica de la necesidad y la casualidad estriba
en que la casualidad se manifiesta como forma de la necesidad y como
complemento suyo. De ahí que también existan casualidades dentro del proceso
necesario.
Un ejemplo. A la llegada del invierno, en las
latitudes altas vienen
los fríos y
nieva. Esto es
necesidad. Pero qué día será precisamente aquel en
que el termómetro marque bajo cero y nieve, cómo
será el frío, cuál será la cantidad de nieve que caiga,
etc., todo esto es casual. Y al mismo tiempo, en
estas
casualidades aparece la necesidad, pues tanto el
frío como la nieve son características obligatorias del invierno en las
latitudes altas.
En el anterior ejemplo del tren que descarrila, el
accidente era una casualidad. Pero si en el ferrocarril
hay una organización deficiente, si la disciplina de
trabajo es débil, si el personal no conoce bien su
oficio, los accidentes dejarán de ser una rara
casualidad y se
convertirán en consecuencia necesaria del mal servicio en la
vía. Cierto que, aun
así, serán más o menos casuales las circunstancias
concretas y el lugar y el tiempo en que se produzca
cada accidente.
Las casualidades influyen sobre la marcha de un
proceso necesario, pueden
acelerarlo o retardarlo.
Muy a menudo se incorporan hasta tal punto a la
marcha del proceso que se convierten en necesidad.
Así, según la teoría de Darwin, los inapreciables
cambios casuales de los organismos, cuando les son útiles, son fijados por la
herencia, se robustecen en el
curso de la evolución y acaban por modificar la
especie. Las diferencias casuales se convierten así en
caracteres necesarios de la especie nueva.
Todo lo dicho nos prueba que la necesidad y la
casualidad no se
hallan separadas por
un abismo
infranqueable; se interactúan y se convierten una en
otra en el proceso de desarrollo.
Del nexo de
la casualidad y
la necesidad se deduce que también los fenómenos casuales
se hallan sometidos a ciertas leyes, que pueden ser estudiadas y conocidas.
Así, por ejemplo, la estadística nos dice que en los
Estados Unidos los
blancos viven más
que los negros. Esta ley no
significa que todo blanco viva más que todo negro. Hay blancos que mueren
siendo todavía jóvenes y hay negros que llegan a hacerse muy viejos. Pero por
término medio, en su conjunto, esta ley rige, y en ella queda reflejada la
penosa situación de los negros en los Estados Unidos, la discriminación racial,
sus peores condiciones de vida, un salario inferior, etc.
Las leyes a que los fenómenos casuales se subordinan
han sido recogidas en diversas teorías científicas, entre las cuales se
encuentra la teoría matemática de las probabilidades.
El
determinismo y la ciencia moderna.
La admisión del carácter objetivo de la
concatenación universal, de la subordinación causal
de los fenómenos y del imperio de la necesidad y de
las leyes en la naturaleza y en la sociedad
constituye el principio del determinismo, que siempre
defendieron los materialistas.
El determinismo es el principio fundamental de todo
pensamiento genuinamente científico, pues sólo conociendo la causa de un
fenómeno podemos explicar científicamente su origen; sólo conociendo la ley que
rige los fenómenos podemos anunciar el curso que seguirán en su desarrollo.
Pero no siempre este principio ha sido entendido lo mismo. En las ciencias
naturales de los siglos XVIII y XIX, que se limitaban al estudio del
macromundo, es decir, de los cuerpos relativamente grandes y sus partes, y se
apoyaban principalmente en la mecánica de Newton, imperaba el
determinismo mecánico. Su característica, que
era también su
defecto, es que todo
lo atribuía a
causas mecánicas. Ejemplo
de causa mecánica puede ser el movimiento de la bola de billar al ser
golpeada con el taco. La cantidad de movimiento adquirida por la bola es igual
a la que el taco le comunicó.
El determinismo mecánico sustenta la idea de que en el efecto
no puede haber nada distinto de lo que había en la causa. De ahí se desprende
que si conocemos el estado de un cuerpo o sistema de cuerpos en un momento
dado, podremos, apoyándonos en las leyes de la mecánica clásica (de Newton),
anunciar el estado de dicho sistema en cualquier otro tiempo.
Esto quedaba confirmado en la práctica al estudiar
el movimiento y la interacción mecánica de los cuerpos celestes o de los
cuerpos terrenales y sus partes en el
macromundo. El método
del determinismo mecánico permite calcular las posiciones visibles del
Sol y los planetas, así como las máquinas y las obras de ingeniería.
Pero el principio del determinismo mecánico falla al
ser aplicado al estudio de fenómenos más complejos. Los fenómenos biológicos,
los procesos fisiológicos y psíquicos y la actividad social de los hombres no
encuentran explicación si recurrimos únicamente a los medios que nos
proporciona el determinismo mecánico. La ciencia ha de tratar en este caso no
con un simple movimiento mecánico, sino con procesos de un complejo desarrollo.
La igualdad entre efecto y causa desaparece, dando lugar a algo nuevo que la
causa no contenía.
Ha sido preciso, pues, admitir que además del tipo
mecánico de causalidad existen otros tipos de relaciones causales.
El segundo defecto, muy importante, del
determinismo mecánico es
que no admite
la
objetividad
de los fenómenos
casuales. Sus partidarios negaban
la casualidad, a la que identificaban con la inmotivación.
La insuficiencia del determinismo mecánico se ha
puesto particularmente de relieve cuando los éxitos
de la ciencia y la técnica han hecho posible el
estudio del micromundo y de las partículas elementales, es decir, de las
partículas más simples y reducidas que
la ciencia de nuestros días conoce (electrón,
positrón, mesón, etc.).
El estado del cuerpo que se mueve en el macromundo
viene definido por su situación en el espacio
(coordenadas) y por
su velocidad en el
momento concreto. El valor de estas dos magnitudes
puede ser determinado con exactitud completa, y una
vez
conocido, valiéndonos de
las leyes de
la mecánica clásica, no ofrece dificultad alguna hallar
cuáles serán en cualquier tiempo futuro.
En el micromundo, en virtud de la naturaleza
específica de sus fenómenos, el movimiento de las
partículas viene definido de una manera mucho más
compleja. Así, por ejemplo, en cada momento dado
podemos determinar, con la exactitud que se desee, o
la situación o la velocidad de las micropartículas. Las leyes de la mecánica
clásica son insuficientes para el
micromundo. No podemos calcular de antemano el valor
exacto de las coordenadas y la velocidad de las
partículas elementales, pero, conociendo las leyes
de la mecánica cuántica (es decir, de la mecánica que estudia el
movimiento en el
micromundo), sí
podemos calcular la probabilidad de uno u otro valor
de dichas magnitudes en cada momento futuro.
La casualidad desempeña en el micromundo un papel
excepcional y la mecánica cuántica toma en consideración tanto la necesidad
como la casualidad
cuando se trata de procesos que se desenvuelven a
tal escala.
Los descubrimientos realizados en la esfera del
micromundo y la creación de la mecánica cuántica representan un éxito
formidable de la ciencia y de la
comprensión dialéctica del mundo. Se ha demostrado
que las
propiedades y relaciones
de los cuerpos materiales y de sus partículas no son
tan homogéneas y uniformes como la vieja física suponía; la materia es
inagotable en su diversidad.
Pero los descubrimientos de la física han dado
también origen a conclusiones idealistas. Y no las
defienden únicamente los filósofos de esta
tendencia,
sino también algunos grandes investigadores de los
países capitalistas que se encuentran bajo el influjo de la Iglesia y del
idealismo.
Dentro de la física y de la filosofía de las
ciencias naturales en nuestro tiempo ha levantado cabeza el
"indeterminismo", cuyos adeptos niegan el
propio principio de la relación necesaria y objetiva. Suponen erróneamente que
el determinismo es sólo posible en
su vieja forma mecánica, que no acepta la
casualidad, y arguyen su probada insuficiencia para llegar a la
afirmación de que cualquier clase de determinismo es
inconsistente. De este modo, quiéranlo o no, abren las puertas para la
penetración en la ciencia de las
supersticiones y de la creencia en los milagros. En
los países capitalistas se ha llegado a admitir el "libre
albedrío" del electrón. Según tal punto de
vista, la propia evolución de la ciencia la ha hecho compatible y la ha
conciliado con la religión y el idealismo.
Lo cierto es que la física contemporánea no ha
echado abajo el determinismo; ha descubierto, sí, que
en el micromundo se manifiesta de una manera
específica. La imposibilidad de determinar simultáneamente las coordenadas y la
velocidad de
las partículas elementales no demuestra el
"libre albedrío" del electrón,
sino que revela
la
extraordinaria complejidad y peculiaridad de los
fenómenos del micromundo. El estudio de las leyes
que rigen esos fenómenos constituye el objeto de la
mecánica cuántica, de
la que se
valen para sus cálculos lo mismo los hombres de ciencia
que los
ingenieros. Y esto nos prueba que también en este
terreno, como en todos los fenómenos de la realidad,
nos encontramos con la concatenación necesaria y
objetiva y con la causalidad de los fenómenos.
2. Cambios
cuantitativos y cualitativos en la
naturaleza y en la sociedad
Al investigar cualquiera de los muchos fenómenos de
la realidad, lo primero que se necesita es diferenciarlo del resto de los
fenómenos.
Determinación cuantitativa
y cualitativa de las cosas.
El conjunto de rasgos esenciales o caracteres que
hacen de un fenómeno lo que es y lo diferencian de los otros fenómenos se
denomina calidad de la cosa o del fenómeno. El concepto filosófico de calidad
no es el mismo que de tal vocablo se tiene en la vida ordinaria.
Corrientemente, la idea de calidad va unida a la valoración de algo. Así
hablamos de la buena o
mala calidad de la comida, de un artículo industrial
o de una obra de arte. El concepto filosófico de calidad
no encierra una estimación valorativa. Refiérese
únicamente a los caracteres distintivos inseparables, a la estructura del
fenómeno, a lo que le proporciona determinación y sin lo cual no sería lo que
es.
Así, por ejemplo, el bosque presupone una espesa
aglomeración de árboles. Pero si en algún sitio los árboles han sido talados,
el bosque dejará de ser bosque. Al perder su calidad las cosas cambian, se
convierten en una cosa distinta, que posee una diferente determinación
cualitativa.
En la vida práctica es muy importante la
diferenciación cualitativa de las cosas, único modo
de
utilizarlas debidamente. Así,
por ejemplo, el
aluminio, el cobre y el uranio son metales
cualitativamente distintos, por lo que el empleo que
se les da es también distinto: el aluminio sirve
para la
construcción de aviones, el cobre para la
fabricación de conductores eléctricos
y el uranio
para la obtención de energía
atómica.
El concepto de calidad es muy importante cuando
se trata
de comprender los
fenómenos de la
vida
social. Por ejemplo, la sociedad socialista presenta
diferencias cualitativas con las sociedades esclavista, feudal y capitalista.
Para establecer tales diferencias
hay que poner de relieve las relaciones sociales más
esenciales que son características del socialismo, su
estructura económica, lo que lo diferencia de los
demás sistemas.
Conviene
tener presente que
las calidades no
existen de por sí. Hay cosas y fenómenos que poseen
una u otra calidad.
Ahora bien, dentro de las cosas o de los conjuntos
de cosas con cierta determinación cualitativa, puede
haber diferencias, también cualitativas, más o menos
considerables. Así, por ejemplo, en el mundo animal los vertebrados se
diferencian cualitativamente de los
artrópodos.
Pero dentro del
subtipo de los vertebrados hay
diferencias cualitativas entre
los
mamíferos, las aves, los peces, los reptiles y los
anfibios. Y dentro de los mamíferos, si seguimos adelante, las diferencias
cualitativas persisten.
La selección y explicación de los rasgos y
caracteres de los fenómenos, de lo que constituye su
calidad, no es sino el comienzo del conocimiento.
Además de la
calidad, todas las
cosas poseen cantidad, que se
determina por los especiales índices
cuantitativos necesarios para que su calidad exista.
La determinación cuantitativa de una cosa puede
referirse a sus caracteres externos; por ejemplo, la
cosa puede ser grande o pequeña. También puede
referirse a la naturaleza interna de la cosa. Así,
cada metal tiene su
conductividad del calor
y su
coeficiente
de dilatación al
ser calentado; cada
líquido posee su capacidad calórica, su punto de
ebullición y de transformación en sólido; cada gas posee su temperatura de
licuación, etc.
En la técnica, las características cuantitativas de
materiales y procesos
cualitativamente distintos tienen
singular importancia. Sin ellas no se puede dar ni un solo paso en la industria
moderna.
Los
éxitos de la
ciencia de la
naturaleza se hicieron únicamente sensibles
cuando a la
característica cualitativa de los fenómenos se unió
la cuantitativa. El firmamento
y los movimientos
visibles
de los astros
eran objeto de
observación desde hace mucho. Pero la astronomía apareció como ciencia
únicamente cuando se efectuaron las primeras
mediciones de las situaciones aparentes de los
astros, de sus distancias angulares, etc. Y lo mismo en otros
campos de la ciencia, el progreso del conocimiento
va unido a la aparición de aparatos de medición y cálculo, al
perfeccionamiento de los
métodos
estimativos, etc.
De ahí, lógicamente, que los creadores de la
ciencia de la
Edad Moderna, como
Galileo, por
ejemplo, tomaran en consideración que lo principal
era determinar las relaciones y propiedades
cuantitativas de los fenómenos.
Mas los hombres
de ciencia de
aquel tiempo
llevaban esta noción hasta su punto extremo: todas
las "calidades" trataban de reducirlas a las "cantidades"
correspondientes y tras las diferencias cuantitativas no advertían las
radicales diferencias cualitativas.
La
visión puramente cuantitativa
de los fenómenos de la naturaleza
condujo al mecanicismo de los siglos XVII y XVIII, es decir, a la convicción
de que
las matemáticas y
la mecánica proporcionaban
principios suficientes para conocer todo el mundo, que cualquier fenómeno podía
ser explicado mediante las leyes de la mecánica. Por ejemplo, según Descartes,
filósofo francés del siglo XVII, los animales son, simplemente, máquinas
complejas cuya actividad puede ser explicada por entero con ayuda de causas
mecánicas. Y el materialista francés del siglo siguiente, La Mettrie,
llega a
afirmar que también
el hombre es simplemente una máquina.
La concepción mecanicista de la naturaleza era
progresiva en aquel tiempo, puesto que exigía una
visión severamente científica de todos los fenómenos
de la naturaleza y rechazaban las
"explicaciones" idealistas y teológicas. No tardó en descubrirse, sin
embargo, que la visión meramente cuantitativa era insuficiente; para conocer
los objetos y fenómenos hacía falta encontrar su peculiaridad, sus rasgos
distintivos específicos. El
mundo que nos
rodea rebosa de variedades cualitativas y sólo lo podemos comprender y
explicar cuando tomemos en consideración tanto el aspecto cuantitativo como el
cualitativo de todos los fenómenos y procesos. De lo que se trata, por
consiguiente, no es de reducir simplemente la calidad de los fenómenos a su
cantidad, sino de comprender la dependencia que existe entre la determinación
cuantitativa de un fenómeno y su determinación cualitativa.
La ciencia, en su avance, demuestra que existen
relaciones cuantitativas que son comunes a muchos objetos y fenómenos
cualitativamente distintos. Por ejemplo, las fórmulas matemáticas de la teoría
de las oscilaciones son aplicables a fenómenos de diversa naturaleza física: a
las oscilaciones mecánicas, a las electromagnéticas, a las calóricas, etc. Ello
es posible porque todos estos fenómenos poseen objetivamente ciertos rasgos
comunes, leyes comunes
que se prestan a la expresión
cuantitativa.
En la etapa actual de desarrollo de la ciencia, las
matemáticas, que se
refieren a relaciones
cuantitativas, amplían sin cesar su campo de acción
en regiones cualitativamente distintas de la
realidad y de la técnica. Se trata, sin duda, de una manifestación
de carácter progresivo.
Ahora bien, la propia posibilidad de aplicar unas u
otras relaciones cuantitativas a procesos cualitativamente distintos presupone
el estudio concreto de cada uno de esos procesos con todas sus características
cualitativas.
Paso
de los cambios cuantitativos a cualitativos.
Cuando se destaca unilateralmente el aspecto
cuantitativo o el cualitativo se incurre en un vicio
metafísico.
La metafísica no
ve el nexo
interno
necesario entre cantidad y calidad. Por el
contrario, una conquista importante del pensamiento dialéctico fue establecer
que las determinaciones cuantitativas y cualitativas de las cosas no son
contrarios puramente exteriores e indiferentes unos a otros, sino que
mantienen profundos nexos
dialécticos. Dichos nexos,
expresados en la forma más general, hacen que los cambios cuantitativos traigan
regularmente consigo una modificación de su calidad.
Por todas partes nos rodean ejemplos de la
transformación de cambios
cuantitativos en cualitativos.
Así, al cambiar la longitud de una cuerda se produce
en el sonido un cambio cualitativo del tono.
El cambio de longitud de las ondas electromagnéticas va acompañado
de acusados cambios cualitativos de las ondas de radio, de la radiación
infrarroja, del espectro de la radiación visible, de las ondas ultravioleta, de
los rayos y, finalmente, de los rayos gamma.
En química observamos un número incontable de
modificaciones originadas por cambios cuantitativos. Un ejemplo lo tenemos en
los cuerpos sintéticos (caucho, plásticos, fibras artificiales), que tan gran
papel desempeñan en la industria y en la vida doméstica. Sus moléculas, de gran
tamaño, se hallan formadas por la combinación de un gran número de pequeñas
moléculas iguales de composición idéntica. Esta combinación de moléculas
pequeñas (monómeras) para formar otras grandes (polímeras) trae consigo cambios
cualitativos: los polímeros poseen
muchas y valiosas
propiedades que los monómeros no presentan.
Los cambios cuantitativos son más o menos graduales,
y a veces casi no son perceptibles. En un principio no
modifican sustancialmente la determinación cualitativa de la cosa,
mas, al acumularse, acaban por conducir a cambios cualitativos radicales.
Entonces se dice que "la cantidad se convierte en calidad".
Así, el acero mantiene su estado sólido al ser
calentado. Pero cuando la temperatura llega al punto
crítico, el metal deja de ser sólido y pasa al
estado líquido.
El paso dialéctico de cantidad a calidad tiene
excepcional importancia cuando
se trata de
comprender el proceso de desarrollo, pues es lo que
explica la aparición de una calidad nueva, sin la que
el desarrollo no puede producirse.
Así, por ejemplo, en las primeras fases de
desarrollo de la
sociedad los hombres
practicaban
una economía natural; cada comunidad producía todo
lo necesario para
su existencia. Más
tarde, al
incrementarse la producción, aparece el intercambio
de mercancías. Dicho intercambio se hace más frecuente, crece
cuantitativamente, y en
última
instancia conduce a cambios cualitativos muy
esenciales en la vida económica de la sociedad. La
economía natural se ve sustituida por la producción
de mercancías, por un régimen bajo el cual los hombres no
trabajan pensando directamente
en el
consumo propio, sino para el cambio, y mediante el
cambio obtienen los objetos que necesitan.
Si las modificaciones cuantitativas
conducen a una calidad
nueva, ésta necesitará
ya una nueva
determinación cuantitativa. Es el "paso de la
calidad a cantidad". Así,
el empleo de
máquinas cualitativamente
nuevas trae consigo una
productividad más elevada del trabajo. La economía
nacional del socialismo, distinta cualitativamente de
la economía capitalista, se desarrolla con un ritmo
más elevado.
El paso de cambios cuantitativos a modificaciones
cualitativas,
radicales, y viceversa,
es la ley dialéctica universal del desarrollo.
Manifiéstase en todos los procesos de la naturaleza, la sociedad y el pensar:
dondequiera que tiene lugar la sustitución de lo viejo por lo nuevo.
Qué es
el salto.
El paso de la cosa -como resultado de la acumulación
de cambios cuantitativos- de un estado cualitativo a otro nuevo es un salto en
el desarrollo. El salto representa una solución de continuidad en la marcha
gradual de las modificaciones cuantitativas, es el paso a una calidad nueva y
significa un brusco viraje, una transformación radical en el desarrollo.
La
aparición del hombre,
por ejemplo, fue un
salto, un viraje radical en el desarrollo del mundo
orgánico.
Los saltos o pasos de una calidad a otra se producen
con relativa rapidez. Ahora bien, la lentitud de los cambios cuantitativos y la
rapidez del viraje cualitativo son relativas: los saltos son rápidos en
comparación con los períodos que le preceden de acumulación gradual de
modificaciones cuantitativas. La
rapidez cambia según
sean la naturaleza
del objeto y las condiciones en que el salto se produce.
Ciertos cuerpos pasan del estado sólido al líquido
en cuanto alcanzan determinada temperatura crítica.
El hierro se funde a 1.539° C, el cobre a 1.083, el plomo
a 327,4. Tratándose de otros cuerpos - plásticos, pez, vidrio- resulta
imposible indicar la temperatura exacta de fusión. Al ser calentados, primero
se ablandan y luego pasan a estado líquido. Podría decirse que en este caso el
viraje cualitativo, el salto, se
produce poco a
poco. Pero incluso entonces el paso del estado sólido al
líquido se produce con relativa
rapidez. Hay que
distinguir entre los cambios cuantitativos graduales y lentos, que
preparan el cambio de la calidad, y el cambio cualitativo gradual,
que trae consigo
una modificación sustancial de la propia estructura del objeto y que, a
pesar de todo, es un salto.
En el desarrollo de la sociedad existen también los
cambios cuantitativos y
cualitativos o a
saltos. Cuando nos referimos a los cambios cuantitativos, lo mismo en la
naturaleza que en la sociedad, hablamos de evolución. Este término se emplea a
veces no sólo para significar los cambios cuantitativos graduales, sino también
en un sentido más amplio de desarrollo en general, y entonces abarca también
los cambios cualitativos. Del darvinismo moderno decimos que es la teoría de la
evolución del mundo orgánico, comprendiendo como tal los cambios cuantitativos
y los cualitativos. Los cambios cualitativos, en forma de salto,
cuando se operan
en la vida
social se conocen con el nombre
de revolución. Como tal entendemos, ante todo, los cambios de calidad
producidos en el régimen social, aunque las revoluciones abarcan también otras
esferas de la vida social: la técnica, la producción, la ciencia, la cultura.
Entre evolución y revolución hay un nexo interno
necesario. El desarrollo
evolutivo de la
sociedad
culmina,
como fenómeno regular, en transformaciones cualitativas que
tienen lugar en forma de saltos, en revoluciones, las cuales, a su vez,
dan
origen a un
nuevo período de
cambios evolutivos.
La doctrina de la dialéctica materialista acerca del
paso de los cambios cuantitativos a cualitativos es un
arma en la lucha contra los enemigos del marxismo,
tanto de derecha como de "izquierda". Va contra el
reformismo, que niega la necesidad de la revolución
socialista y sostiene que la transición al socialismo puede ser
conseguida mediante reformas,
por la
"integración" gradual
del capitalismo en el
socialismo. Por otra parte, la dialéctica muestra la inconsistencia teórica de
toda clase de corrientes izquierdistas, que no tienen presente el desarrollo
natural de los acontecimientos y desestiman el valor del trabajo diario entre
las masas con objeto de prepararlas para la revolución y de acumular fuerzas
revolucionarias.
Contra la
interpretación metafísica del desarrollo.
Marx y Engels crearon la dialéctica materialista
en lucha
contra la concepción
metafísica de la
naturaleza, que negaba el desarrollo, La situación
ha cambiado desde entonces. En la segunda mitad del siglo XIX
la idea del
desarrollo se difunde ampliamente, debido, sobre
todo, a la
doctrina de Darwin. No
desapareció por ello la concepción metafísica, que se manifiesta en forma de
una visión deformada y unilateral
del propio desarrollo.
La
lucha de la dialéctica contra la metafísica se
centra ahora, principalmente, en
torno a la
manera de
entender el desarrollo, y no de si éste existe.
Una de las
variedades de la
comprensión metafísica del desarrollo consiste en la afirmación de que
la naturaleza avanza sólo y exclusivamente a través de
pequeños y constantes
cambios cuantitativos
graduales, por evolución,
sin que admita los saltos, es
decir, las bruscas modificaciones cualitativas. "La naturaleza no da
saltos", sostienen los partidarios de tal teoría. Como no ven en el
desarrollo nada más
que la evolución,
se les denomina con el nombre de
"evolucionistas planos". El fundador de este evolucionismo fue H.
Spencer, filósofo y sociólogo inglés de la segunda mitad del siglo XIX.
El desarrollo, según Spencer, se produce sin
altibajos, sin la menor solución de continuidad y sólo
mediante la incorporación cuantitativa de nuevos
elementos. Los grados
del proceso evolutivo
se
diferencian únicamente en el sentido de cantidad, y
no de calidad.
La teoría del "evolucionismo plano" de
Spencer
ejerció gran influencia sobre muchas tendencias
positivistas en filosofía y en las ciencias naturales; fue aceptada por muchos
teóricos burgueses y revisionistas y sirvió como arma en la lucha contra la
dialéctica materialista marxista, contra la doctrina de Marx y Engels acerca de
la revolución proletaria.
La flagrante inconsistencia del "evolucionismo
plano" y su contradicción con los hechos condujeron
a una nueva
interpretación del desarrollo,
opuesta
exteriormente a la teoría de Spencer, pero tan
unilateral y metafísica como ella. Nos referimos a la
"evolución creadora", que con diversos
matices se
puso de moda ya entrados en nuestro siglo.
El "evolucionismo plano" ve únicamente los
cambios cuantitativos; el
"evolucionismo
creador",
en cambio, sólo ve los cambios cualitativos. Sus
partidarios afirman que
el desarrollo presenta
un carácter "creador" y que se reduce a la aparición de formas
nuevas. Estas modificaciones cualitativas se toman, sin embargo, al margen de
los cambios cuantitativos anteriores. La aparición de lo nuevo en el proceso de
desarrollo, dicen, no puede atribuirse a la acción de causas naturales; la
única explicación posible de esto nos la proporciona una misteriosa
"fuerza creadora" de orden espiritual, que orienta el desarrollo y
genera las formas
nuevas. La nueva teoría de la "evolución
creadora" nos lleva, pues, a la vieja idea de Dios, lo cual es ya bastante
para demostrar su carácter anticientífico.
A la concepción metafísica se opone la visión
dialéctica del desarrollo,
genuinamente científica,
que admite tanto los cambios cuantitativos graduales
como las
modificaciones cualitativas en
forma de
saltos.
- La bifurcación en contrarios
como fuente principal del desarrollo
Hemos visto que el proceso de desarrollo es el paso
de la calidad vieja a una nueva calidad cuando las modificaciones cuantitativas
alcanzan un nivel determinado.
Ahora bien: ¿cuál es la fuerza motriz, la fuente de
todo desarrollo? La respuesta, de capital importancia
para la dialéctica
materialista, la obtenemos partiendo del carácter
contradictorio de todo cuanto existe.
Antecedentes históricos de la dialéctica.
En tiempos antiguos los hombres advirtieron ya el
importante papel que en la diversidad infinita del mundo que nos rodea
desempeñan las propiedades, fuerzas y tendencias contrarias. Advirtióse que los
principios contrarios no sólo existen unos junto a otros, sino que se
interactúan y surgen en un mismo objeto o fenómeno, constituyendo aspectos
diversos de una misma cosa o de un mismo proceso.
Muchos filósofos antiguos de China, la India, Grecia
y otros países consideraban que únicamente
es posible explicar el origen y existencia de las
cosas cuando comprendemos qué contrarios las forman. En
aquellos tiempos, tales contrarios se veían en el
calor y el frío, en lo seco y lo húmedo, lo vacío y lo lleno, el ser y el no
ser, etc.
En la Antigüedad se enunció ya la idea de que la
fuerza motriz que
hace cambiar las
cosas es el
choque de los contrarios. Así, Heráclito enseña que
"todo sucede en lucha", la cual es el origen (el "padre")
de todo. Los dialécticos antiguos advirtieron también que los contrarios no son
algo petrificado e inmutable: son relativos y únicamente se diferencian entre
sí en cierto sentido; al producirse determinadas circunstancias, el uno se
convierte en el otro. Todo esto
eran conjeturas geniales,
aunque a veces
las expresaban en forma primitiva.
La
idea de la unidad y de la lucha de contrarios
quedó ahogada en la sociedad feudal, en la que la
Iglesia perseguía todo espíritu de independencia en el estudio de la
naturaleza. De nuevo se vuelve a ella en el período de formación de la sociedad
capitalista. Pensadores tan ilustres como N. Cusanus (siglo XV) y G. Bruno
(siglo XVI) enseñaban que allí donde la mente ordinaria no ve más que
contradicciones irreductibles (lo finito
y lo infinito,
la curva y la
recta, etc.), una
mente más profunda
encuentra unidad o "coincidencia de los contrarios".
La inspiración que las ciencias naturales buscaban
en la
mecánica, como tendencia
imperante en los
siglos XVII y XVIII, no favorecía el estudio de la dialéctica
con su teoría de los contrarios. Hubo, sin embargo, pensadores sagaces a
quienes la visión de los
acontecimientos y relaciones
de la época
prerrevolucionaria, con todos sus conflictos y
contradicciones, llevó a enunciar profundas ideas acerca del valor de los
contrarios en la vida social y en la historia (véase, por ejemplo, El sobrino
de Rameau, de Diderot, o Discurso sobre el origen y los fundamentos de la
desigualdad entre los hombres, de Rousseau).
La idea del significado de los contrarios atrae la
atención de muchos filósofos alemanes de fines del
siglo XVIII y comienzos del XIX; Hegel la toma
como uno de los principios fundamentales de su
filosofía. Trataba de representar el proceso de desarrollo como
un movimiento que
va de una unidad a otra unidad nueva a través de la
manifestación de los contrarios, como el paso de la cosa o el fenómeno a su
contrario. Hegel llamaba "contradicción" a la combinación de los
aspectos contrarios en los fenómenos. Pero, siendo como era idealista, las
contradicciones de la
realidad las tomaba como contradicciones
en el desarrollo lógico de la idea absoluta.
Los
fundadores del marxismo
infundieron una base materialista a la dialéctica hegeliana;
conservaron el término "contradicción",
pero dándole un sentido materialista.
La contradicción dialéctica y su carácter
universal.
El marxismo entiende por contradicción dialéctica la
existencia en un fenómeno o proceso de aspectos
contrarios,
que se excluyen
mutuamente, que al mismo tiempo se presuponen uno a otro y
que dentro
del fenómeno dado existen únicamente en relación
recíproca.
La doctrina de los contrarios y de sus
"coincidencias" no pasaba en los antiguos
dialécticos de ser un atisbo, que se basaba en la contemplación directa de la
realidad y en la meditación acerca de ella. En la dialéctica marxista es una
conclusión derivada de los datos reunidos por la ciencia en su estudio de todas
las esferas de la realidad.
naturaleza, de las relaciones sociales o de la vida
espiritual de los hombres, descubriremos contradicciones, es decir, choques de
tendencias o aspectos contrarios.
Cierto es que mientras examinamos una cosa
cualquiera en reposo, en estado estático, únicamente podemos advertir en ella
propiedades y caracteres, pero no "lucha" de contrarios; por
consiguiente, no podemos descubrir contradicción alguna. Mas en cuanto probamos
a seguir su movimiento, su cambio, su desarrollo, inmediatamente encontramos la
existencia de aspectos y procesos contrarios.
Por ejemplo, si observamos al microscopio el
preparado de una célula vegetal o animal, únicamente
veremos su estructura, es decir, la cubierta, el
núcleo, el protoplasma, etc. Pero si tomamos una célula viva,
seremos testigos de los procesos opuestos de
asimilación y desasimilación, de crecimiento y de muerte de los elementos que
la componen.
Los contrarios y las contradicciones aparecen en
cualquier rama de la ciencia. En matemáticas existen las operaciones opuestas
de suma y resta, de integración y diferenciación; en la mecánica,
la acción y la reacción, la atracción y la repulsión; en física, las
electricidades de carga positiva y negativa; en química, la combinación y
disociación de átomos; en la fisiología del sistema nervioso, la excitación y
la inhibición de la corteza del cerebro; en las ciencias sociales, la lucha de
clases, y así otros muchos opuestos y, por tanto, contradicciones.
El pensar y el conocimiento del hombre se subordinan
también al principio de la contradicción dialéctica. En
el proceso del
conocimiento, por ejemplo, vemos
el constante choque de concepciones opuestas, la contradicción entre las viejas
teorías y los hechos nuevos, etc.
El
desarrollo como lucha de contrarios.
El concepto de contradicción adquiere su valor
decisivo cuando consideramos el proceso de desarrollo. En la naturaleza, en la
vida social y en el pensar de los hombres el desarrollo transcurre de tal
manera que en el objeto se ponen de manifiesto las tendencias o aspectos
contrarios, que se excluyen mutuamente; dichos aspectos entran en
"lucha", la cual conduce a la desaparición de las formas viejas y a
la aparición de otras nuevas. Tal es la ley del desarrollo. "El desarrollo
es la «lucha» de contrarios",30 escribió Lenin.
Esta proposición, como es natural, no hay que
comprenderla con un criterio simplista. Como lucha
en el sentido directo y literal, el enfrentamiento
de los contrarios se produce sobre todo en la sociedad
humana. En cuanto al mundo orgánico, no siempre, ni
mucho menos, se puede hablar de lucha como tal. Y si nos referimos a la
naturaleza inorgánica, todavía menos. Por eso, al definir el desarrollo como
"lucha"
En efecto, si analizamos cualquier fenómeno de la
30 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
358.
de
contrarios, Lenin entrecomilla esta
palabra. Hemos de tener esto presente para comprender en su sentido
correcto la lucha de contrarios.
La bifurcación del todo único en contrarios y su
contradicción recíproca, o "lucha", es ley universal y
la más fundamental de la dialéctica. Según subraya
Lenin, tal bifurcación y el conocimiento de las
partes opuestas que integran el todo es uno de los rasgos o características
fundamentales de la dialéctica; más aún, es "la esencia... de la
dialéctica".31
Todo desarrollo, ya sea la evolución de las
estrellas, el crecimiento de la planta, la vida del hombre o la historia de la
sociedad, es contradictorio por su esencia. En efecto, el desarrollo en su
forma más general consiste precisamente en que, en cada momento, la cosa es
idéntica y a la vez no es idéntica a sí misma. Conserva su determinación y
espacio, mas, al mismo tiempo, cambia, se convierte en otra distinta.
"La contradicción estriba en que la cosa es
ella y al mismo tiempo cambia sin cesar, en que esa cosa contiene una
oposición entre «estabilidad» y
«cambios",32 escribe Engels. La cosa en
desarrollo lleva en sí
el germen de
algo nuevo, encierra
su
propio contrario, un principio de
"negación" que impide su permanencia
como algo inmóvil
e
inmutable. Dentro de ella hay una contradicción
objetiva, actúan tendencias opuestas, contrarias, se produce una reacción mutua
o "lucha" de las fuerzas
o aspectos opuestos, la cual, en última instancia,
termina por resolver la contradicción y conduce a una
modificación radical y cualitativa de la cosa.
Durante muchos milenios, las especies orgánicas que
existían, por ejemplo, en el período terciario de
la
historia geológica de
la Tierra, permanecieron
inmutables, conservando sus formas. Pero esa
permanencia era relativa.
La interacción con el
medio,
que se iba
modificando, produjo en los
organismos una acumulación de cambios, fijados por
la herencia, hasta llevar a la aparición de especies totalmente nuevas
de animales y
plantas. La constante interacción
o "lucha" de las tendencias opuestas que actúan dentro de cada
especie -herencia y mutabilidad- constituye
la base interna
de desarrollo del mundo orgánico.
De aquí se desprende que la estabilidad de las
cosas, con el
equilibrio que esto
supone de los
contrarios, puede ser únicamente temporal y
relativa.
Lo único eterno y absoluto es el movimiento de la
materia, que rechaza sin cesar las formas viejas y engendra otras nuevas. Lenin
escribía acerca de esta trascendental tesis de la dialéctica: "La unidad.
.. de los contrarios es convencional, temporal, pasajera, relativa. La lucha de
los contrarios que se excluyen recíprocamente es absoluta, como lo es el
desarrollo, el movimiento."33
La comprensión dialéctica del desarrollo como
unidad y lucha
de contrarios se
opone a la
interpretación metafísica. Según señalaba Lenin, uno
de los vicios principales de la concepción metafísica del desarrollo es que no
ve la fuerza motriz interna del desarrollo de la materia, que no admite su
automovimiento y proyecta el origen del desarrollo al exterior. La
fuerza que pone
la materia en movimiento y que se encuentra fuera de
ella es, en última instancia, Dios. Por lo tanto, la concepción metafísica no
sólo mantiene una
concepción unilateral -y deformada, por consiguiente- del desarrollo,
sino que conduce a conclusiones fideístas, es decir, a la admisión del
principio divino, con lo que se vuelve de espaldas a la ciencia.
La
concepción dialéctica del
desarrollo es profunda y de un
gran contenido. "...Sólo ella proporciona
la clave de
los «saltos», de
la
«interrupción
de la continuidad», de
la
«transformación en el contrario», de la destrucción
de lo viejo y la aparición de lo nuevo." Según esta
concepción, escribe Lenin, "la atención se
concentra
precisamente
en el conocimiento
del origen del
«auto»movimiento".34 La concepción dialéctica,
que ve la clave de la comprensión del automovimiento y
desarrollo en la contradicción interna de todas las
cosas y fenómenos, no necesita de ningún origen sobrenatural de
ese movimiento y
rechaza la
intervención de las fuerzas del "más allá"
en la vida de la naturaleza; es decir, que permanece fiel a la
ciencia.
La
contradicción es siempre concreta.
Lo que acabamos de decir del desarrollo como
lucha de
contrarios es un
esbozo en líneas
muy
generales: es aplicable a cualquier proceso de
desarrollo y, por
tanto, no basta
para explicar
ninguno de ellos. Porque los contrarios "en
general" no existen, y siempre se trata de contrarios concretos y
definidos.
Todo fenómeno o cosa contiene una infinidad de
aspectos que se
influyen recíprocamente; además,
cada fenómeno guarda relación con las cosas y
procesos que lo rodean. Por eso, en todos ellos podemos encontrar diversas
contradicciones internas
y externas. Para comprender el desarrollo de uno u
otro fenómeno hemos de descubrir qué contradicción
es en él la principal y determinante, qué opuestos
se interaccionan en él, qué forma adquiere su "lucha" y qué papel
corresponde en ella a uno y otro aspecto de
la contradicción.
Las contradicciones que se observan en un fenómeno
no son algo inmutable y dado de una vez
para siempre. Como todo en el mundo, aparecen, se
desarrollan y, por último, se resuelven, originando
el
31 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXVIII, pág.
357.
32 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 327.
33 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
358.
34 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
358.
paso del viejo estado cualitativo a otro nuevo.
En todos los casos, cuando se procede al estudio
del proceso de
desarrollo es necesario
un análisis
concreto de las formas que adoptan los contrarios en
lucha y de
los grados por
los que pasa
la contradicción en desarrollo.
Cuanto más alto es el nivel a que se eleva la
materia en desarrollo -de la naturaleza muerta a la sociedad humana, pasando
por el mundo orgánico-,
tanto
más complejo es
el proceso y
más facetas ofrece. Y tanto más
valor adquiere para el proceso la
lucha de opuestos tales como lo nuevo y lo viejo,
tanto más se destaca y más aguda es la oposición de los aspectos
"revolucionario" y "conservador" dentro
del fenómeno en desarrollo. Tampoco aquí la
contradicción se limita a la lucha de lo nuevo y lo
viejo, se comprende, pero, en última instancia, es
esta lucha -en el curso de la cual lo nuevo vence la resistencia de lo viejo y
se afirma en la vida, mientras
que lo viejo y caduco muere- lo que determina el
carácter del desarrollo.
La doctrina dialéctica del desarrollo orienta la
atención del investigador hacia el análisis concreto de las tendencias opuestas
que se descubren en cada
fenómeno y pide el apoyo activo de lo nuevo, de lo
que crece, de lo avanzado.
Contradicciones antagónicas y no antagónicas.
Cuando nos referimos a la vida social es
importante distinguir entre
las contradicciones
antagónicas y no antagónicas.
Se denominan antagónicas las contradicciones entre
los grupos o clases sociales cuyos intereses básicos no pueden ser conciliados.
Tales son las contradicciones que existen entre los opresores y los oprimidos,
entre los explotadores y los explotados. En nuestro tiempo se trata, ante todo,
de las contradicciones entre la
clase obrera y los
capitalistas. Estas únicamente podrán desaparecer cuando los capitalistas, por
vía pacífica o por la violencia, sean suprimidos como clase, es decir, cuando
se les desposea del poder político y de los medios de producción, con lo que se
hará imposible la explotación a que tienen sometidos a los trabajadores. Esto
sólo puede ser fruto de la revolución socialista.
Prácticamente, en política es de suma importancia no
perder de vista la naturaleza antagónica de las contradicciones de clase dentro
de una sociedad que se basa en la explotación. De lo contrario, son inevitables
los errores reformistas. Los oportunistas y revisionistas, por ejemplo, no
admiten el carácter antagónico de las contradicciones entre la burguesía y la
clase obrera, y
de ahí su
prédica de la conciliación de las clases. Pero tal
política es profundamente equivocada y nociva. Debilita las posiciones de la
clase obrera y significa un quebranto
emancipación.
Las contradicciones antagónicas son un fenómeno
histórico; son engendradas por la sociedad basada en
la explotación y perduran hasta tanto esa sociedad
existe.
Cuando cesa la explotación del hombre por el
hombre, las contradicciones antagónicas
desaparecen.
Pero eso no
significa que en
el
socialismo no haya contradicción alguna.
"Antagonismo y contradicción no son la misma cosa
-escribe Lenin-. Con el socialismo el primero
desaparece y la segunda queda."35
Las contradicciones no antagónicas, propias de la
sociedad socialista, se producen en una sociedad en la que coinciden los
intereses fundamentales de las clases y grupos que la integran. De ahí que
tales contradicciones no se
resuelvan por la
lucha de clases, sino
mediante los esfuerzos
conjuntos de clases que son
amigas, de todos los grupos sociales, bajo la dirección del partido
marxista-leninista.
Las contradicciones no antagónicas seguirán después
de que hayan sido suprimidos los restos de
las
diferencias de clase.
No olvidemos que
las
contradicciones no se producen únicamente entre las
clases, sino que también las hay entre los diversos
aspectos
de la vida
social; por ejemplo,
entre
producción y consumo, entre los distintos sectores
de la economía, entre las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas
y las formas existentes de dirección
de la economía,
etc. De ahí
que no podamos ver algo anormal
en las contradicciones dialécticas que surgen en la vida.
Cierto es que las contradicciones llevan consigo a
menudo inquietud y dificultades en la vida, el trabajo
y la lucha. Para superarlas hay que invertir muchas
energías. Pero sin contradicciones y sin lucha para
superarlas no hay avance.
El
puesto principal entre
las contradicciones
sociales
corresponde a aquellas
que se producen entre las fuerzas que luchan por lo
nuevo y las que defienden lo viejo. Se comprende que no puede haber desarrollo
sin nacimiento de lo nuevo y sin su afirmación en la vida, sin lucha por lo
nuevo. Nacimiento de unos fenómenos y envejecimiento de otros, contradicciones
y choques entre ellos, triunfo de lo nuevo sobre lo viejo: tales son los rasgos
objetivos de las leyes que rigen el desarrollo social.
En la lucha por resolver las contradicciones, los
hombres rompen los sistemas y relaciones que se han
hecho caducos, vencen a las tradiciones y rutinas y
se
elevan hacia tareas nuevas y más complejas, hacia
formas más perfectas de la vida social.
¿Qué contradicciones concretas se presentan en el
socialismo? "Se trata en lo fundamental -indica
N. S. Jruschov- de contradicciones y dificultades de crecimiento relacionadas
con el rápido auge de la economía
socialista, con el
incremento de las
en la lucha
que los trabajadores
mantienen para sus
demandas materiales y culturales del pueblo,
de contradicciones entre lo nuevo y lo viejo, entre lo avanzado y lo atrasado.
Son contradicciones entre las crecientes demandas de los miembros de la
sociedad socialista y la
base material y
técnica, aún insuficiente, para
satisfacerlas."36
35 Recopilación leninista, XI, Moscú-Leningrado,
1931, pág. 357.
Las
contradicciones de la sociedad socialista son superadas por los trabajadores
bajo la dirección del partido marxista-leninista mediante el rápido y constante
desarrollo de su base material y técnica, mediante nuevos progresos del régimen
económico, el perfeccionamiento de las formas de gobierno y la elevación de la
conciencia socialista de los trabajadores. Al ser vencidas, se robustece
todavía más el régimen socialista y la sociedad sigue su marcha hacia el comunismo.
Deformaciones
de la dialéctica por los ideólogos de la burguesía.
Los numerosos enemigos del marxismo, que no
cejan en sus
empeños de refutar
la dialéctica
materialista, concentran los tiros contra el núcleo
de ésta, que es la doctrina de las contradicciones. Lo más corriente
es la afirmación
de que las
contradicciones pueden presentarse en el proceso de
pensar, pero de
ninguna manera en
el mundo
objetivo.
En cuanto a
las contradicciones en el
pensar, son prohibidas por la ley lógica de la contradicción; su presencia
indica solamente que el
proceso del pensamiento transcurre por un camino
falso. Y de
ahí la conclusión
de que las
contradicciones son inadmisibles y de que no deben
existir en parte alguna.
Esta "crítica" de la ley dialéctica de la
unidad y lucha de los contrarios carece de todo valor. Cuando la dialéctica
materialista habla de "contradicciones"
se refiere ante todo a contradicciones reales, que
existen en el mundo objetivo. Hay que distinguir, se
comprende, entre ellas y las que se presentan como
fruto de un proceso de pensar no consecuente y de confusión de
los conceptos. Cuando
el hombre
afirma algo e inmediatamente niega lo que sostuvo,
se le acusa, y con razón, de contradicción lógica, que
va contra las leyes de la lógica formal.
Las contradicciones debidas a defectos en el proceso
del pensamiento no han de ser confundidas
con las contradicciones objetivas, que existen en
las propias cosas reales. Si bien en ambos casos se habla
de "contradicción,", su significado es
distinto.
Los enemigos del marxismo recurren también a otro
procedimiento en su lucha contra la dialéctica
marxista.
Después de la primera guerra mundial se extendió
entre algunos países capitalistas, sin que hasta ahora
36 N. S.
Jruschov, Cuarenta años
de la Gran
Revolución Socialista de Octubre. Informe ante la sesión conmemorativa
del Soviet Supremo de la U.R.S.S., 6 de noviembre de 1957, Gospolitizdat,
Moscú, 1959, págs. 33-34.
haya perdido su influencia, una de las corrientes
más reaccionarias de la filosofía idealista: nos referimos al neohegelianismo.
Sus adeptos han deformado la dialéctica idealista de Hegel, han prescindido de
todo cuanto había de realmente valioso en ella y la esgrimen para combatir la
filosofía marxista, para, valiéndose de sofismas, argumentar sus ideas
anticientíficas y políticamente reaccionarias.
Ciertos neohegelianos afirman, por ejemplo, que
la vida,
por su misma
naturaleza, lleva consigo
antagonismos
insuperables, candentes conflictos
y
trágicos choques; en virtud de la "dialéctica
trágica" de la vida humana, dicen, los hombres no podrán superar jamás las
eternas contradicciones que corroen a la sociedad, jamás podrán construir su
vida de acuerdo con principios racionales y justos.
Afirman estos filósofos que la aspiración de
sustituir el régimen capitalista, con sus contradicciones, por un régimen
socialista significa un "finalismo" utópico, un intento de poner un
tope al desarrollo dialéctico de la sociedad.
Tal interpretación de las contradicciones les sirve
a estos filósofos burgueses para perpetuar el capitalismo, a la vez que
desacreditan la lucha de la clase obrera por el comunismo.
Lo cierto es que cualquier forma concreta de
contradicción, sin excluir
las contradicciones
sociales,
acaba por ser
resuelta. El triunfo
del
socialismo
en la U.R.S.S.
y otros países
es una prueba definitiva de que
las contradicciones propias
del capitalismo no son eternas, como tampoco lo es
el capitalismo, sino que pueden ser vencidas.
4. Desarrollo
dialéctico de lo
inferior a lo superior
El
mundo material existe y ha existido siempre.
Esta vida eterna de la materia se compone, sin
embargo, de una constante sucesión de formas, las cuales surgen, existen y
desaparecen, reemplazadas por otras.
Fórmanse y mueren las estrellas en los espacios
sin fin del
Universo, se suceden
las épocas
geológicas
en la historia
de la Tierra;
en la serie
infinita de generaciones que nacen y mueren, surgen
y desaparecen las especies vegetales y animales. Tampoco son eternas las formas
de la vida social. Aparecen, se desarrollan, cobran robustez y luego envejecen,
siendo reemplazadas por otras formas sociales. Así, ante nosotros se produce la
sustitución del capitalismo por el régimen social socialista.
El nacimiento constante de formas nuevas y la
constante sustitución de las formas caducas por otras
nuevas es una manifestación del eterno movimiento y
desarrollo de la materia.
La
negación dialéctica.
En su exposición de la dialéctica idealista, Hegel
da el nombre de "negación" a la sustitución de una forma del ser por
otra. El empleo de este término es debido a que Hegel comprendía el ser como
idea, la cual se desarrolla de tal suerte que cada categoría revela su falta de
verdad y es "negada" por otra categoría opuesta.
Marx y Engels rechazaron la doctrina hegeliana
de la
naturaleza lógica del
desarrollo, si bien
conservando el término de "negación", al
que dieron
una interpretación materialista. En la dialéctica
marxista se entiende
por negación la
sustitución,
sujeta a leyes, de la vieja cualidad por otra nueva,
surgida del seno de la vieja. A menudo, ese cambio
de la calidad vieja por la nueva en el proceso de desarrollo ostenta el
carácter de paso de la cosa a su contrario.
Según escribe Marx, "en ninguna esfera puede
producirse un desarrollo que no niegue sus formas anteriores de
existencia".37 La negación de la calidad vieja por la nueva en el proceso
de desarrollo es el resultado natural a que lleva en su acción la ley de la
unidad y lucha de los contrarios. En cada objeto, fenómeno o proceso tiene
lugar la lucha de aspectos y tendencias que se excluyen mutuamente, y esta
lucha conduce en definitiva a la "negación" de lo viejo y la
aparición de lo nuevo. Mas el desarrollo no se detiene ahí, en la
"negación" de un fenómeno por otro que viene en sustitución suya. El
fenómeno nuevo, recién aparecido, contiene en sí nuevas contradicciones. En un
principio podrán pasar inadvertidas, pero al correr del tiempo se ponen obligatoriamente
de relieve. La "lucha de los contrarios" queda empeñada ahora sobre
una base nueva y, en última instancia, conduce a una nueva
"negación". No hay ninguna "negación" que sea la última. El
desarrollo prosigue y cada "negación" es "negada" a su vez.
En la dialéctica materialista no se trata de una
"negación" cualquiera, sino de una "negación" dialéctica,
es decir, aquella en que se produce un nuevo desarrollo del objeto, la cosa o
el fenómeno.
Tal género de "negación" hay que
diferenciarlo de la "negación" mecánica, en la que, como resultado de
una
intervención desde fuera,
queda destruido
aquello que se "niega". Si aplastamos un
insecto o trituramos un grano de trigo habremos realizado un acto de
"negación" mecánica. Esto podrá tener de por sí su sentido
(destrucción de plagas del campo, transformación del trigo en harina), pero con
ello se pone fin al desarrollo.
"En dialéctica -dice Engels- negar no significa
decir simplemente «no»,
o declarar inexistente
la cosa, o destruirla por cualquier procedimiento."38
Secuencia
en el desarrollo.
La negación dialéctica no supone sólo la destrucción
de lo viejo, sino también la conservación de los elementos viables de los
anteriores grados de desarrollo, un cierto nexo entre lo viejo que se va y lo
nuevo que viene a reemplazarlo.
Cuando sobre las ruinas de la sociedad capitalista
es edificado el régimen socialista, la "negación" del capitalismo no
significa la destrucción completa de
todo cuanto la humanidad creó bajo aquel sistema.
Son conservadas y
fomentadas las fuerzas productivas y las realizaciones
valiosas de la ciencia y la cultura. De todo lo que el capitalismo creó, lo que
es aprovechable, lejos de ser destruido por la revolución proletaria, sirve de
base para el nuevo avance y para la construcción del socialismo.
En su crítica contra quienes negaban el valor que
para el socialismo tiene la vieja cultura creada por el
régimen burgués, Lenin dice que la cultura nueva,
socialista, no puede ser construida partiendo de la
nada; "no es algo que salta no sabemos de dónde", sino que "ha
de ser el desarrollo legítimo de las reservas de cultura que la humanidad
acumuló bajo el yugo de la sociedad capitalista..."39
El
nihilismo, la simple
negación, la incomprensión de los
nexos que unen lo nuevo a lo viejo, la incomprensión de la necesidad de
conservar celosamente todo lo bueno adquirido en las fases anteriores del
desarrollo, no sólo es teóricamente equivocado, sino que conduce a crasos
errores en la actuación práctica.
"No
es la negación
pura y simple,
no es la negación vana, no es la negación
escéptica... -escribe
Lenin- lo característico y esencial en la dialéctica
-la
cual contiene sin duda como parte muy importante el
elemento de la negación-; no es esto, sino la negación como factor de vínculo y
de desarrollo, conservando lo positivo..."40
La "negación" de la calidad vieja por la
nueva es una ley universal. Las formas concretas y el carácter de esta
"negación" ofrecen extraordinaria variedad y vienen determinados por
la naturaleza del objeto que se niega, por la índole de sus contradicciones y
también por las condiciones en que transcurre el desarrollo del objeto en
cuestión. Así, por ejemplo, en los organismos unicelulares, que se multiplican
por división de la célula en dos, la "negación" se sucede de manera
distinta a lo que ocurre en los organismos
multicelulares, los cuales
mueren después de haber
dado principio a
nuevos organismos. Formas específicas de la "negación" las
encontramos también en el mundo inorgánico y en la historia de
la sociedad humana,
en los distintos grados de su desarrollo.
Carácter
progresivo del desarrollo.
En el proceso de desarrollo se "niega"
únicamente lo viejo, mientras que se conserva todo lo sano y viable; por
lo tanto, el
desarrollo representa un
37 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV. pág.
297.
38 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 133.
39 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 262.
40 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, págs.
218-219.
movimiento de avance, que va de lo inferior a lo
superior, de lo simple a lo complejo; es, con otras palabras, un progreso.
En el curso de ese desarrollo se produce a menudo
algo así como la vuelta a fases ya superadas, parece
como si en
la forma nueva
se repitiesen algunos
rasgos de formas caducas y ya sustituidas. Engels
ilustra esto con
un ejemplo muy
conocido. "Tomemos por ejemplo -dice en el Anti-Dühring- el grano
de cebada. Billones de granos como éste son molidos y cocidos, sirven para la
fabricación de cerveza y luego son consumidos. Pero si ese grano de cebada
encuentra condiciones que le sean normales, si cae en un terreno propicio, bajo
la influencia del calor y de la humedad se producirá en él una
modificación específica: comenzará
a crecer; el grano como tal cesa de existir, es
sometido a la negación; en su lugar aparece una planta, que es la negación del
grano. ¿Cuál es la marcha normal que esta planta sigue en su vida? Crece,
florece, es fecundada y, por último, produce nuevos granos de cebada; y en
cuanto estos últimos maduran, el tallo muere, sometido, a su vez, a la
negación. Como resultado de esta negación de la negación tenemos de nuevo el
primitivo grano de cebada, pero no uno, sino diez, veinte o treinta."41
Cierto que los cereales cambian lentamente y que
el grano
de la nueva
cosecha se diferencia
de ordinario muy poco de los granos que se sembraron. Es posible, sin
embargo, colocar estos granos en condiciones
tales que los
cambios se produzcan mucho más
de prisa y
que el resultado
de la "negación de la
negación" se diferencie cualitativamente del punto de partida, que sea,
por ejemplo, una especie vegetal nueva.
Procesos en los que se produce la supuesta vuelta a
lo viejo tienen lugar también en el conocimiento y
en la historia de la sociedad.
Tomemos, por ejemplo, el régimen de la comunidad
primitiva, que no conocía la explotación. En el curso de la historia se vio
sustituido por sociedades en las que lo característico es la presencia de clases
explotadoras (esclavista, feudal, capitalista). Al pasar al socialismo,
la explotación del hombre por el hombre es suprimida, y en este sentido la
sociedad socialista se asemeja a la comunidad primitiva. Pero tras esa
semejanza se oculta una enorme diferencia de principio, nada menos que la
historia del desarrollo progresivo de la humanidad en el transcurso de muchos
milenios. La igualdad de los hombres de la comunidad primitiva se basaba en la
escasez de medios de existencia y en unos rudimentarios instrumentos de
trabajo. La igualdad de los hombres
en el socialismo
y el comunismo viene dictada por el alto nivel de
desarrollo de la producción y por la abundancia de bienes materiales y
culturales.
Así, pues, el desarrollo de la sociedad no se ha
producido en círculo
ni en línea
recta, sino en espiral: ha reproducido algunos rasgos del
pasado, pero a un nivel incomparablemente más alto. "Desarrollo que parece
repetir fases que ya se atravesaron, pero que las repite obligatoriamente a un
nivel más alto
(«negación de la
negación»); desarrollo, pudiéramos decir, en espiral, y no en línea
recta..."42: tal es, según palabras de Lenin, este rasgo esencial de
la comprensión materialista
del desarrollo.
En el proceso de desarrollo se pueden producir, y se
producen, desviaciones de la línea ascendente - zigzags y retrocesos-; también
puede haber períodos de estancamiento. Mas con todo y con ello, según demuestra
la historia, el avance acaba por superar estos obstáculos y desviaciones
temporales y se abre camino. Cualquier forma de las que observamos en la
naturaleza y la sociedad tiene una larga historia, que se remonta a tiempos muy
antiguos; es resultado de un prolongado proceso de desarrollo, del avance de lo
simple a lo complejo y de ascenso de lo inferior a lo superior.
El sistema solar se formó del polvo cósmico. Los
organismos vegetales y
animales modernos se
derivan de
organismos primarios muy simples.
La
sociedad ha recorrido un largo camino que va desde
la gens primitiva hasta las formas actuales de la vida social. La técnica ha
progresado sin cesar, desde los toscos instrumentos de un principio hasta los
complicados mecanismos de nuestros días. Desde los atisbos de los antiguos
filósofos, mezclados con el fruto de su fantasía, el conocimiento humano ha
llegado al actual y complejo sistema de ciencias que abarca todas las esferas
de la realidad.
La dialéctica materialista, que estudia este avance
de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento
humano, proporciona a los hombres un optimismo
histórico científicamente argumentado y les ayuda en
su lucha por formas nuevas y más elevadas de vida y de organización social.
5. La
dialéctica como método de conocimiento y transformación del mundo
La
dialéctica materialista revela
las leyes más generales de desarrollo de la naturaleza,
la sociedad y el pensamiento humano,
proporcionando a loshombres
un método científico
de conocimiento, y también apoyándose en ese conocimiento, de
transformación práctica del mundo real.
Valor de
la dialéctica para
la ciencia y la
práctica.
Las leyes de la dialéctica, en virtud de su carácter
universal, tienen valor en cuanto a las cuestiones de método, son
indicaciones valederas para
la investigación, jalones que orientan en el camino del conocimiento.
41 F. Engels,
Anti-Dühring. ed. cit.. págs. 127-128.
42 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 38.
En efecto, si en el mundo transcurre todo según las
leyes de la dialéctica, para comprender cualquier
fenómeno
hay que enfocarlo
desde ese ángulo
de
mira. Sabiendo cómo se produce el desarrollo,
podemos conocer cómo
es preciso estudiar
la realidad, siempre sujeta a cambio, y cómo hay que obrar para
modificarla. Tal es el formidable valor de la dialéctica para la ciencia y para
la transformación práctica del mundo.
La dialéctica materialista, ciertamente, no puede
suplantar a las distintas ciencias y resolver por ellas
los problemas que les son propios y específicos. No
obstante, cualquier teoría científica es un reflejo
del mundo objetivo, es
al mismo tiempo
síntesis y
generalización
de los datos
que proporciona la
experiencia, presupone el empleo de conceptos
generales; y el arte de operar con ellos es lo que la dialéctica enseña. Es
verdad que incluso el investigador que no conoce la dialéctica puede, siguiendo
la lógica de los datos que estudia, llegar a conclusiones acertadas. Pero la
aplicación consciente del método dialéctico le presta una ayuda inestimable y
facilita su trabajo.
Las proposiciones y leyes de la dialéctica
materialista no derivan de los datos de una u otra ciencia tomada
separadamente, sino que constituyen la generalización de la historia entera del
conocimiento del mundo. El conocimiento de la dialéctica permite al
investigador, cuando resuelve problemas específicos de la ciencia concreta que
le ocupa, mantenerse a la altura debida en cuanto al método científico y a la
visión del mundo, con lo que su estudio no queda divorciado de la experiencia
general de todas las ciencias y de toda la práctica social.
La dialéctica agudiza nuestra visión cuando tratamos
de estudiar los hechos y las leyes de la realidad. Proporciona a la mente del
hombre de ciencia, del político, del técnico, del maestro o del artista perspicacia
y la agilidad
y capacidad suficientes para
captar los nuevos fenómenos, que les son tan necesarias como el aire que
respiran. Emancipa también la mente de toda clase de dogmas, prejuicios,
opiniones preconcebidas y supuestas "verdades eternas", que atan el
pensamiento y frenan la marcha del
progreso científico. La
dialéctica enseña a prestar atención a la vida, a no estancarse en el pasado,
a ver lo nuevo y a ir siempre adelante.
La dialéctica materialista significa el espíritu
mismo de la
investigación científica, el
no
conformarse
nunca con los
conocimientos adquiridos, la eterna inquietud, la aspiración siempre
viva de alcanzar la verdad, de penetrar cada vez más
profundamente en el conocimiento de las cosas.
La dialéctica excluye todo subjetivismo, estrechez
y visión unilateral, proporciona una amplia noción
sentidos el fenómeno que se estudia. Obliga a
examinar las cosas objetivamente, en todos sus aspectos, en su movimiento y
desarrollo y en relación con las transformaciones recíprocas. Enseña a ver no
sólo lo externo, sino también lo interno, a tomar por igual en consideración el
contenido y la forma del fenómeno, a no limitarse a describir lo que sale a la
superficie y penetrar cada vez más en la esencia, aunque sin olvidar que lo
externo es también esencial y no hay que despreciarlo. La dialéctica atrae la
atención hacia las tendencias contrarias que se descubren en cada fenómeno en
desarrollo; en lo mutable, diferencia lo estable, pero en lo que parece
inmutable advierte el germen de futuros cambios.
La dialéctica, escribió Lenin, es "el
conocimiento vivo y multilateral (con un eterno incremento del número de
aspectos), con una infinidad de matices en cuanto a la visión,
a la aproximación
a la realidad..."43
El estudio de la dialéctica y su aplicación es un
poderoso instrumento educativo. La dialéctica proporciona un modo específico de
pensar y un peculiar estilo de trabajo que se oponen al subjetivismo, al
estancamiento, al dogmatismo, y que se hacen eco a lo nuevo, a lo que crece y a
lo avanzado.
La dialéctica es la verdadera alma del marxismo. El
estudio de la dialéctica materialista presta inapreciable ayuda no sólo al
hombre de ciencia o al político, sino a cualquiera que desee calar hondo en los
acontecimientos que se producen a su alrededor y participar conscientemente en
la vida social.
Hoy día, los hombres de ciencia avanzados -bajo la
presión del propio desarrollo de la ciencia y de la
vida social- comienzan a desprenderse cada vez más
de sus prejuicios con relación a la dialéctica y a
comprender el incalculable valor que ésta tiene para
la ciencia y la vida.
Aplicación
creadora de la dialéctica.
La
aplicación acertada de
la dialéctica en la
ciencia y en el quehacer práctico está muy lejos de
ser una empresa
fácil. La dialéctica
no es un
cuestionario que proporcione respuestas escritas a
todas las preguntas que puedan formular la ciencia y la práctica, sino una guía
para la acción, algo vivo, flexible a la vida y a su espíritu.
Las leyes y tesis de la dialéctica no pueden ser
concebidas como esquemas a los que arbitrariamente
sea posible "ajustar" los hechos de la
realidad. Esta
es una visión equivocada, escolástica y dogmática.
Las leyes de la dialéctica son universales, valen
para el desarrollo de todas las cosas y fenómenos. Mas al propio tiempo hay que
tener presente que actúan de diversa manera en las distintas esferas del mundo
material, en procesos cualitativamente distintos. En
el mundo orgánico
obran en forma
del
mundo y acostumbra
a abarcar en
todos los
43 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
360.
diferente a como lo hacen en la naturaleza muerta;
en el desarrollo de la sociedad no tienen el mismo carácter que en la evolución
de las especies; en la vida de la sociedad socialista se manifiestan de otro
modo que dentro de la sociedad capitalista.
Para la aplicación de la dialéctica en el proceso
del conocimiento y en la actividad práctica no basta
con asimilar sus proposiciones, sino que es
necesario
un profundo estudio de los hechos concretos y
circunstancias de cada problema. Sólo el análisis más
atento y detallado
de cada situación
concreta nos
puede revelar cómo y de qué manera se manifiestan
las leyes dialécticas en la esfera y el caso que nos ocupa, cómo hemos de
valorar la situación y qué camino hemos de seguir para alcanzar el éxito. De
ahí que la aplicación de la dialéctica sea siempre una tarea de creación.
En este sentido
nos ayudan los
excelentes ejemplos de aplicación del método de la dialéctica
materialista que encontramos en las obras de los
creadores del marxismo-leninismo -de Marx, Engels
y Lenin- y en las resoluciones y actuación del
Partido Comunista de la Unión Soviética y demás Partidos Comunistas y Obreros.
El
Partido Comunista de
la Unión Soviética
y otros partidos marxistas
han conseguido grandes
victorias. Una de las razones principales de que así
fuera reside en que los partidos marxistas tienen en cuenta para su política y
su labor práctica el método
de la dialéctica materialista, que ellos desarrollan
con un espíritu creador.
El desviarse del
materialismo
dialéctico, el olvido de sus leyes y tesis, han
conducido y conducen, en fin de cuentas, a fracasos
tanto en el análisis teórico como en la actividad
práctica. En la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos
Comunistas y Obreros
de los países socialistas, celebrada en Moscú del 14
al 16 de noviembre de 1957, se dice con toda razón:
"Si un partido político marxista no examina los
problemas partiendo de la dialéctica y del materialismo, eso conducirá a
criterios unilaterales y
al subjetivismo, a la petrificación de las ideas, al
divorcio de la
práctica y a
la incapacidad para
proporcionar el correspondiente análisis de las
cosas y fenómenos, a errores revisionistas o dogmáticos y a equivocaciones en
política."44
La dialéctica, además de ser un método en el estudio
de la realidad, orienta para la transformación
revolucionaria de esa realidad. Siempre subraya el
valor de una actitud eficaz y activa frente al mundo que nos rodea. En la
práctica -en el trabajo, en la
lucha de clases y en la construcción del comunismo-
es donde son sometidas a prueba las tesis y leyes de
la dialéctica materialista. La práctica proporciona
el material más valioso para los nuevos avances de la
44 Documentos
de las reuniones de representantes de Partidos
Comunistas y Obreros celebradas en Moscú en
noviembre de
1957, Gospolitizdat, Moscú, 1957, página 15.
dialéctica; permite concretar sus proposiciones y
alcanzar un conocimiento más amplio y profundo de sus leyes. Por ello, la
aplicación creadora de la dialéctica marxista consiste, lo primero de todo, en
utilizarla como instrumento de labor práctica, como medio para la
transformación de la vida.
Capitulo III. Teoría del conocimiento
El conocimiento del mundo que nos rodea por el hombre
tiene una larga historia. Es un movimiento gradual que va de la ignorancia al
saber, del conocimiento incompleto e imperfecto a otro cada vez más
amplio y profundo.
Las características y leyes de ese proceso nos las proporciona la
teoría marxista del conocimiento.
Únicamente podemos comprender las leyes del
conocimiento si lo examinamos en su desarrollo, en su formación
y en la
lucha de las
tendencias contradictorias. Lo mismo que todo proceso de desarrollo, el
conocimiento se subordina a las leyes universales descubiertas por la
dialéctica materialista.
La dialéctica, escribía Lenin, es la teoría del
conocimiento del marxismo. La visión dialéctica de los problemas del
conocimiento es lo que diferencia la teoría gnoseológica marxista de todas las
doctrinas que los materialistas expusieron con anterioridad a Marx.
1. La práctica como base y fin del conocimiento
El conocimiento del
mundo que nos
rodea -la investigación de
las alejadas acumulaciones de estrellas o galaxias y de las partículas
más reducidas de la materia, el estudio del origen de la vida en la Tierra y
de la historia
de las viejas
culturas, la solución de los más complejos problemas matemáticos y el
análisis de la radiación cósmica, etc.-
es una de las actividades
que más seducen; proporciona satisfacciones sin
cuento al investigador y a menudo constituye el sentido de su vida. Pero los
hombres no practican la ciencia con el objeto único de encontrar
una satisfacción. El saber les proporciona una fuerza enorme en su
trabajo diario y en la lucha con la naturaleza, lo mismo que en su
actividad social, es
decir, en todos
los asuntos prácticos de los que
depende la existencia de cada
individuo y de la sociedad en su conjunto.
Los filósofos idealistas han tratado a menudo de
oponer el conocimiento a la actividad práctica, de aislarlo de la práctica. Ya
afirmaban que el conocimiento es fruto
de cierta inclinación
del espíritu humano hacia la verdad y que no depende de la práctica, ya
sostenían que la acción práctica no guarda relación alguna con el conocimiento
del mundo, que el intelecto del hombre está destinado únicamente a poseer las
cosas y obrar con éxito, mientras que el conocimiento del mundo es una empresa
imposible (Nietzsche y otros) o sólo puede llegarse a él por intuición mística
(Bergson).
Lo mismo una concepción que otra deforman la
relación real entre el conocimiento y la acción, entre la teoría y la práctica.
La aparición y el desarrollo de las ciencias nos
brindan una prueba absoluta de que la ciencia y el
conocimiento
son producto de
lo que la
práctica
exige; ésta es condición necesaria y base del
conocimiento.
El
hombre, en su
actividad práctica, entra
en
relación directa con el mundo que le rodea; cuando
las cosas y los objetos son sometidos a acción y transformación ponen
de relieve y
muestran al hombre propiedades
que antes permanecían latentes. La utilización de las cosas es, al propio
tiempo, el conocimiento de las mismas. Las posibilidades de tal conocimiento se
hacen más amplias conforme la práctica se ensancha y enriquece.
Todas las ciencias, sin excluir las más abstractas,
aparecieron como respuesta
a las necesidades
maduras de la vida práctica de los hombres. La
geometría, según nos dice su propia denominación,
se relacionaba en un principio con la medición de
campos (geometría equivale a medición de la tierra); la astronomía tuvo su
origen en la navegación, en el
cálculo de los ciclos agrícolas y en la composición
del calendario; el origen de la mecánica va unido al
arte de construir edificios y fortificaciones, etc.
Esta dependencia en que el conocimiento se encuentra
respecto de la práctica no es cosa exclusiva
de tiempos antiguos. La ciencia de la naturaleza ha
avanzado con pasos de gigante desde que la aparición
del capitalismo condujo a un vertiginoso desarrollo
de la industria. Y también hoy día guarda la ciencia
vínculos indisolubles con la vida práctica. En sus
ramas teóricas abstractas
dichos vínculos se han
hecho más completos y mediatos, aunque la práctica
ha sido siempre y será la base más profunda del
conocimiento, su principal estímulo y fuerza motriz.
Uno de los mayores defectos de todo el materialismo
anterior a Marx consiste precisamente en
que era incapaz
de comprender los
nexos del
conocimiento y la práctica. Es cierto que los
filósofos materialistas hablaban a
menudo del valor
del
conocimiento científico para la vida. Así, el
materialista inglés F. Bacon, iniciador de la filosofía de la
Edad Moderna, proclama
que el objeto
principal de la ciencia es alcanzar el dominio sobre
la naturaleza a fin de mejorar y aliviar la vida de los
hombres. Mas, aunque los viejos materialistas
adivinaban qué es lo que el conocimiento puede dar a la práctica, no alcanzaron
a comprender lo que la
práctica da al conocimiento. El materialismo viejo,
anterior a Marx, era contemplativo. El conocimiento
era para él la labor puramente teórica del sabio que
observa la naturaleza y medita acerca de lo que ve.
No discernían el nexo del conocimiento con la
actividad
político-social o de
producción de las
era
privilegio de unos
pocos, mientras que
la actividad "inferior", práctica, y el trabajo físico eran
misión de la ignorante mayoría.
Sólo
Marx y Engels,
emancipados de los prejuicios propios
de los teóricos
de las clases
explotadoras, vieron el papel decisivo de la
actividad
práctica de los hombres en el proceso de
conocimiento. Los fundadores del marxismo llegaron a la conclusión de que la
actividad práctica y diaria de producción de los hombres, que crea la base
material para la existencia de la sociedad, posee a la vez el más grande valor
en cuanto a la teoría, al conocimiento. Así establecieron, según señala Lenin,
que "el punto de vista de la vida o de la práctica debe ser el primero y
fundamental en la teoría del conocimiento".45
A diferencia del anterior materialismo, el marxismo
incluye la práctica en la teoría del conocimiento, considerándola como la base
y el fin del proceso cognoscitivo, y también como norma de la veracidad de los
conocimientos.
Al
introducir en la
teoría del conocimiento
el punto de vista de la vida y la práctica, el marxismo relaciona
directamente el conocimiento con la industria y la agricultura, con el
laboratorio científico y con la actividad social de las masas. La teoría es
para el marxismo no algo sustancialmente distinto de la práctica, sino
comprensión y generalización de la experiencia de los hombres en su quehacer
diario.
La práctica y la teoría son opuestas, como lo son
la actividad material
y espiritual de
los hombres. Mas, al propio
tiempo, se trata de opuestos que se penetran recíprocamente y forman una
unidad, como dos partes íntimamente ligadas de la vida social que actúa una
sobre otra.
Unidad
de la teoría y la práctica.
La práctica no se limita a plantear problemas a la
teoría, orientando así
la atención del
investigador hacia los aspectos, fenómenos y procesos del mundo objetivo
que timen un valor para la sociedad; también crea los medios materiales que
permiten conocerlos.
La
práctica, en este
caso la industria
en primer término, proporciona a
la ciencia instrumentos y aparatos, de tal manera que el investigador puede
realizar experimentos que
requieren instalaciones muy
complicadas. La producción material brinda al hombre recursos que le
permiten aumentar formidablemente la potencia de
sus sentidos y
multiplicar sus posibilidades
cognoscitivas. El microscopio aumenta cientos
y miles de
veces la imagen
del objeto, e incluso cien mil veces si se trata del
microscopio electrónico, con lo que es posible ver y fotografiar las partículas
más reducidas de la materia, que a simple vista no podemos apreciar. El
telescopio registra estrellas situadas a cientos de millones de años de luz de la Tierra. La radiotecnia moderna ayuda a
captar señales e información científica que envían los satélites y
cohetes cósmicos lanzados
a cientos y miles de kilómetros de nuestro planeta.
masas, considerando además que la labor de conocer
45 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 130.
¿Podríamos concebir la ciencia moderna sin
sincrofasotrones, que proporcionan a las micropartículas una energía de miles
de millones de electrones-voltios,
sin reactores atómicos,
sin potentes telescopios, sin máquinas electrónicas capaces de realizar
decenas de miles de operaciones matemáticas en un segundo? Ciertamente que no.
Mas la ciencia, producto como es de la práctica,
ejerce sobre ésta una influencia inversa cada vez más vigorosa. Los enormes
éxitos de la técnica y el poderoso desarrollo de las fuerzas productivas que se
han alcanzado en el siglo XX han sido posibles únicamente por la gran
aplicación que en todos los aspectos se ha hecho de los descubrimientos
científicos en la industria, la agricultura, los transportes y las
comunicaciones, por la materialización que se ha dado a las fórmulas y leyes de
la ciencia en los mecanismos y aparatos y en las normas de los procesos
tecnológicos.
La razón humana, que conoce las leyes de la
naturaleza y que
orienta la actividad
material de
producción
de los hombres,
se convierte en una
fuerza capaz de transformar el mundo objetivo que
nos rodea. En este sentido decía Lenin que "la conciencia del hombre no
sólo refleja el mundo objetivo, sino que lo crea".46
Así, pues, la relación e interacción de la teoría y
la práctica, de la ciencia y la producción, con la función directora a cargo de
la práctica, constituye una condición obligatoria para el progreso material y
técnico de la sociedad.
La vida político-social nos brinda otro ejemplo de
constante interacción de la teoría y la práctica. La
teoría surge también en esta esfera como respuesta a
las
necesidades de la
vida social, de
la lucha de clases, a la vez que influye sobre el
proceso social. Es verdad que la genuina ciencia de la sociedad fue creada
únicamente por Marx. Eso no quita para que también antes las teorías sociales
avanzadas, que contenían siquiera fuese algunos elementos de conocimiento
científico, desempeñasen un papel altamente progresivo, ayudasen a las fuerzas
avanzadas de la sociedad a conocer sus tareas y fines prácticos inmediatos y
las apoyasen y alentasen en su lucha contra la reacción y las instituciones
caducas.
Después de que Marx y Engels sentaron las bases para
la comprensión materialista de la sociedad, ha
crecido inconmensurablemente el valor de la teoría
en cuanto a la vida social y a las relaciones entre los
hombres se refiere.
El triunfo de la revolución socialista y los éxitos
formidables de la construcción del socialismo y el campo socialista habrían
sido imposibles si los Partidos Comunistas no se hubieran guiado en toda su
labor por la teoría del marxismo-leninismo y el principio de la unidad de la
teoría y la práctica.
La teoría se encuentra al servicio de la lucha
práctica de la clase obrera, mientras que la práctica alumbra el camino de la
teoría. En el caso contrario sufren la una y la otra. La teoría, apartada de la
práctica, se convierte
en una planta
estéril; la práctica, sin el
auxilio de la teoría, está condenada a debatirse en medio de tinieblas.
En un régimen como el socialista van de la mano la
teoría y los éxitos de la práctica. La construcción del socialismo y el
comunismo en los países del campo socialista marcha bajo la orientación de la
teoría marxista-leninista, la cual, a su vez, se ve enriquecida por la labor
práctica de las masas que edifican la sociedad nueva. "Todo problema
práctico de la construcción socialista -dice N. S. Jruschov- es a la vez un
problema teórico que guarda relación directa con el desarrollo creador del
marxismo- leninismo. Es imposible separar lo uno de lo otro."47
El reconocimiento que el marxismo hace de la
práctica como fin del conocimiento científico no va
para nada contra la teoría, no significa un
practicismo estrecho y miope.
Cuando se pide
que la ciencia
mantenga relaciones con la vida, de lo que se trata
es de que no se sitúe al margen de las tareas prácticas ni se convierta en una
especulación estéril; no significa
el olvido de las perspectivas y la limitación de las
tareas de la
investigación científica a
lo que las
necesidades prácticas del momento exigen. Para el
avance continuo de
la ciencia y
de la técnica
se
necesitan profundas investigaciones teóricas de
"búsqueda" en las
que se pongan
de manifiesto nuevas relaciones y
leyes de la realidad, las cuales
crean una nueva "vía" para el progreso
técnico y científico. Y todavía
tolera menos el marxismo
el
menor intento de deformar la verdad científica por
consideraciones del momento.
El espíritu de partido del marxismo está en contra
de que se violente la objetividad de la
investigación y de que se
deformen los hechos,
cualesquiera que éstos sean. La
clase obrera, tanto en el período de su lucha por emanciparse de la explotación
capitalista como cuando está entregada a la construcción del socialismo y el
comunismo, tiene un interés vital en que el conocimiento de las cosas sea
verdadero, en que sea verdadero el conocimiento de las leyes del desarrollo
social, pues se trata de las leyes del triunfo final que inevitablemente le espera.
La burguesía ha perdido ya hace mucho el interés por
la investigación científica desinteresada, sobre todo en lo que a las ciencias
sociales se refiere. De lo que principalmente se preocupa ahora es de refutar
el marxismo y de
buscar argumentos favorables
al sistema capitalista.
comunismo
en la U.R.S.S.
y los demás
países del
47 N. S. Jruschov, Hacia la victoria en la emulación
pacífica con
46 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
204.
el capitalismo, Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
339.
Incluso en las ciencias positivas, a la burguesía no
le interesa tanto el conocimiento verdadero como las
ventajas directas que de él pueda extraer. Su visión
de la ciencia es puramente utilitaria. No hará falta
aclarar que nos referimos a la burguesía como clase, pues también en los países
del capital hay sabios honestos e incorruptibles.
Dentro de la sociedad socialista la investigación
científica no encuentra
el menor obstáculo.
La
conciencia de que el conocimiento del mundo no es
asunto privativo del investigador, sino que tiene el
más alto valor social, alienta a todos los verdaderos hombres de ciencia y les
inclina a servir fiel y desinteresadamente a la verdad.
- El conocimiento es el
reflejo del mundo objetivo
La teoría marxista del conocimiento es la teoría del
reflejo. Esto significa que considera el conocimiento como el reflejo de la
realidad objetiva en el cerebro del hombre. Los adversarios del materialismo
dialéctico se oponen de ordinario contra tal concepción del conocimiento.
Afirman, por ejemplo, que es absurdo hablar del reflejo de leyes de la
naturaleza que no es posible ver; que las fórmulas matemáticas y las categorías
lógicas (por ejemplo, "esencia") o los conceptos éticos
("justicia", "nobleza") no encuentran en el mundo una
realidad de la cual pudieran ser reflejo. Mas estas y otras objeciones
semejantes se basan en una comprensión muy rudimentaria y vulgar de lo que es
el reflejo.
Cuando el materialismo dialéctico habla del
conocimiento como reflejo, lo que afirma es que el conocimiento, siendo como es
una reproducción de la realidad en la conciencia del hombre, no puede ser otra
cosa que el reflejo del mundo objetivo. En la conciencia del hombre no están
las propias cosas, sus propiedades y relaciones, sino sus imágenes o
representaciones, mentales o ideales; éstas, con más o menos fidelidad,
reproducen los rasgos de los objetos, que son cognoscibles, y en tal sentido
son semejantes a los propios objetos.
La teoría materialista del reflejo hace distinción
entre conciencia y materia, entre el conocimiento y el objeto cognoscible; al
mismo tiempo, sin embargo, rechaza
la oposición absoluta
entre uno y otro
término, por cuanto
en la conciencia
humana se refleja la realidad
objetiva y la propia conciencia es una propiedad de la materia.
Si admitimos que la psiquis humana es una
propiedad de la
materia altamente organizada,
del cerebro, habremos de llegar a la conclusión de que no hay ni puede
haber ninguna barrera sustancial infranqueable entre el pensar y el mundo
material.
Cierto que objeto de conocimiento pueden ser no sólo
las cosas materiales, sino también los fenómenos espirituales o psíquicos. Esta
circunstancia, empero, no cambia en modo alguno la naturaleza del conocimiento,
ya que tales fenómenos son un reflejo de la realidad objetiva que se encuentra
fuera de la conciencia.
Además, la capacidad cognoscitiva del hombre no es
un don misterioso venido de lo alto, sino resultado de un largo desarrollo
transcurrido precisamente en el proceso de conocimiento, o reflejo del mundo
material sobre la base de la actividad práctica. En el curso de este proceso se
desarrollaron los órganos de los sentidos y se perfeccionó la capacidad de
pensar.
Tales son los principios de la filosofía marxista en
el problema del
conocimiento. Se basan
en la admisión de que el hombre
es capaz de conocer o reflejar el mundo que le rodea y abre horizontes
ilimitados a la ampliación del saber humano.
Contra
el agnosticismo.
Muchos filósofos del campo idealista y hasta ciertos
sabios caídos bajo su influencia combaten la
doctrina materialista de que el mundo es
cognoscible.
Esos filósofos mantienen el punto de vista del
agnosticismo. Los agnósticos no siempre dicen que no podemos conocer nada. A
menudo lo "único" que afirman es que existen problemas
sustancialmente insolubles, que hay esferas de la realidad que siempre serán
sustancialmente inaccesibles al conocimiento por mucho que avancen la técnica y
la ciencia y se perfeccione la razón humana.
El inglés Hume, por ejemplo, agnóstico del siglo
XVIII, asegura que lo único que podemos alcanzar son nuestras propias
sensaciones y que la misión de la ciencia consiste en ordenar y sistematizar
esas sensaciones. Nada podemos saber, según él, de lo que hay detrás de
nuestras sensaciones y de qué es lo que las origina. De ahí que Hume
considerase irresoluble el problema fundamental de la filosofía. Decía así:
Nosotros no estamos en condiciones de decir en qué consiste la base del mundo,
si es la materia o es el espíritu, la conciencia. No lo sabemos y jamás lo
sabremos, pues nos es imposible salir del círculo de nuestras sensaciones.
Kant, filósofo alemán del mismo siglo, no negaba que
nuestras sensaciones sean originadas por cosas
que existen con independencia del hombre y de su
conocimiento. Afirmaba, sí, que estas cosas (que él
denominaba "cosas en
sí") se encuentran
sustancialmente
fuera de nuestra
capacidad de
conocer.
El agnosticismo guarda estrecha afinidad con la
doctrina de la Iglesia de que "los caminos del Señor
no son conocidos", acerca de la fragilidad de
la razón humana y de la necesidad de una vía que no sea la de
la
ciencia para llegar a la
verdad. No en vano el propio Kant confesaba sus deseos de
"limitar el conocimiento para dejar
un sitio a
la fe". Los
filósofos agnósticos son aliados de la Iglesia
siempre, hasta cuando ellos mismos no creen en Dios. Y esto
es así porque, al enunciar la falsa idea de que el
mundo no es cognoscible, el agnosticismo quebranta las posiciones de la ciencia
y va en ayuda de la teología, empuja al hombre a la fe ciega y le incita a
confiar en la doctrina de la Iglesia.
El agnosticismo, cualquiera que sea su forma, se ve
repudiado por la misma vida. La historia de la
ciencia nos muestra la marcha que siguió el hombre,
primero lenta y luego cada vez más rápida, de la
ignorancia al conocimiento, haciendo
que la
naturaleza le revelara misterios que en un principio
parecían inescrutables.
Hace quinientos años se creía que la Tierra era el
centro de un
mundo finito y
que las estrellas
se
hallaban sujetas al firmamento, el cual era
concebido a modo de
una bóveda esférica
de cristal. Los
grandes pensadores del Renacimiento, N. Copérnico,
G. Bruno y Galileo, no dejaron nada en pie de estas falsas nociones, rompieron
las paredes de cristal del
cosmos y lo extendieron hasta el infinito. Pero hace
cien años había quien aseguraba que nunca llegaría a
conocerse la composición y estructura de los cuerpos
celestes. El positivista A. Comte afirmaba categóricamente que el hombre jamás
sabría de qué
estaban compuestas las estrellas. Y dos años después
de la muerte de Comte, en 1859, apareció el análisis
espectral, con lo que se iniciaba el estudio de la
composición química de los cuerpos celestes. A principios de nuestro siglo la
astronomía era incapaz
de salir de los límites de la galaxia, de la Vía
Láctea. Hoy día, los
últimos adelantos de
la ciencia y la
técnica han permitido descubrir millones de sistemas
estelares que colocan al hombre ante una estructura
del Universo superior por sus extensiones a cuanto
pudiéramos imaginar.
A la vez que penetra en los espacios sin fin del
cosmos, el hombre ahonda en las entrañas del
micromundo y arranca el velo que cubría el secreto de la vida. Por doquier, en
todos los terrenos de la ciencia, encontramos pruebas de la potencia ilimitada
del conocimiento científico.
Pero la refutación mejor del agnosticismo es la
práctica, la actividad de los hombres, la producción. En el momento en que, de
conformidad con nuestras nociones de algún fenómeno, lo provocamos o
producimos, dice Engels, le obligamos a servir a nuestros fines, en ese mismo
momento nos convencemos de que, dentro de límites definidos, nuestras nociones
sobre ese fenómeno eran reales y fidedignas.48
Los físicos, partiendo de sus experimentos en el
laboratorio y de sus cálculos teóricos, han aprendido
a producir la reacción en cadena de desintegración
de
los átomos de uranio y a dirigir esta reacción en
las calderas atómicas. La obtención de energía atómica
48 F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo
científico, Gospolitizdat, 1953, pág. 12; Lüdwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana,
Gospolitizdat, Moscú, 1955, pág. 18.
en los reactores industriales demuestra la exactitud
de los principios de la física teórica que los investigadores utilizaron en sus
trabajos; quiere decirse que poseemos un conocimiento verdadero de ciertas
leyes que rigen los procesos intraatómicos.
La hipótesis de Tsiolkovski, teóricamente
argumentada, acerca de
la posibilidad de
emplear
motores
de reacción y
cohetes para los
vuelos
interplanetarios ha dado principio, y de ello somos
testigos, a la
cosmonáutica. Los progresos
de la
aviación
de reacción y
la creación de
satélites
artificiales de la Tierra y de cohetes cósmicos
demuestran la razón que asistía a Tsiolkovski y sus continuadores en sus
cálculos e hipótesis.
Toda la técnica y la industria de nuestros tiempos
nos brindan infinidad
de pruebas del
poderío del
conocimiento.
- Doctrina de la verdad
El problema de la verdad es el punto central de la
teoría del conocimiento
y una de
las cuestiones
capitales de cualquier ciencia. Si la teoría
científica no proporciona un conocimiento verdadero, su valor es nulo.
El problema de la verdad emerge siempre que se trata
de la relación entre nuestro conocimiento y la
realidad
objetiva. Considerando que
el mundo objetivo existe
independientemente de la conciencia, está
claro que en
el proceso del
conocimiento
nuestras
nociones, ideas y
teorías han de corresponder a la realidad. No hay que
ajustar los
hechos a la noción que de ellos tenemos; al
contrario, hay que conseguir que
nuestras nociones
correspondan a los hechos objetivos. Quien obra de
otra manera caerá en un subjetivismo vacío, perderá el sentido de lo real,
tomará sus deseos por realidades
y, en última instancia, fracasará inevitablemente en
su labor práctica.
Si nuestras sensaciones, percepciones,
representaciones, conceptos y teorías corresponden a la realidad objetiva, la
reflejan fielmente, decimos
que son verdades. Las manifestaciones, los juicios y
las teorías, al
ser verdaderos, los
tomamos como
verdad.
A menudo se dice que el fin del conocimiento es
encontrar la verdad, descubrir la verdad, etc. Esto no
ha de comprenderse en el sentido de que la verdad
existe por sí misma y de que el hombre tropieza con
ella o la encuentra. Significa únicamente que el fin
del conocimiento es el logro de unas nociones verdaderas. Hemos de recordarlo
así porque ciertos
filósofos idealistas afirman que las verdades como
tales poseen una existencia independiente y que el
hombre, en determinadas condiciones, las puede
contemplar y describir. En realidad, el concepto "verdad" se
refiere únicamente al
conocimiento
humano, a las ideas, teorías, conceptos, etc. Lo que
en el mundo objetivo existe no son verdades, sino cosas, fenómenos, relaciones,
procesos, etc., que se reflejan en las representaciones e ideas verdaderas del
hombre.
La
verdad objetiva.
Si bien la verdad aparece en el proceso del
conocimiento humano, las propiedades y relaciones
de las cosas
reflejadas en ella
no dependen del
hombre. Por eso afirmamos que la verdad es objetiva.
Verdad objetiva, por consiguiente, es el contenido
del conocimiento humano que refleja fielmente el mundo objetivo, sus leyes y
propiedades y, en este sentido, "no depende del sujeto, no depende ni del
hombre ni de la humanidad..."49 El individuo no tiene poder sobre la
verdad. Puede modificar el mundo que le rodea, puede cambiar las condiciones de
su vida, pero no puede, a su arbitrio, alterar la verdad, pues ésta refleja
aquello que tiene existencia objetiva.
Toda
verdad es objetiva.
De ella hay
que distinguir la opinión subjetiva, que no corresponde a
la realidad, la ficción, la ilusión. No todo lo que
los
hombres tuvieron por verdad lo es en efecto. Por
ejemplo, durante largo tiempo pensaron que el Sol giraba alrededor de la
Tierra, pero esto era falso. Ocurre lo contrario. La afirmación de la
astronomía moderna de que el centro de nuestro sistema es el Sol, alrededor del
cual describen sus órbitas los planetas -entre ellos la Tierra-, es
objetivamente verdadera. ¿Por qué? Porque refleja correctamente la realidad, el
orden a que realmente se atiene el sistema solar y que no depende para nada del
hombre.
El
camino del conocimiento.
El reflejo del mundo objetivo en la conciencia del
hombre no se ha de comprender de una manera metafísica, como acto que tiene
lugar una sola vez. El conocimiento es un proceso que presenta multitud de
aspectos y que comprende fases distintas, aunque relacionadas entre sí. Lenin
escribía refiriéndose a él: "De la percepción sensible al pensamiento
abstracto y de él a la práctica: tal es el camino dialéctico de conocimiento de
la verdad, de conocimiento de la realidad objetiva."50
Según decíamos antes, el hombre adquiere sus
conocimientos no tanto a través de la percepción pasiva de
la realidad que
le rodea como
en un proceso de relación activa
y práctica hacia las cosas. En la práctica, que ejerce la relación directa del
hombre con el mundo exterior, es donde surgen las distintas sensaciones que son
el punto de partida en la actividad cognoscitiva
del individuo y en la historia del conocimiento humano en
general. La sensación, pues, es la primera fase del conocimiento.
Las
sensaciones son imágenes de las cosas y de sus propiedades.
49 V. I. Lenin, Obras. ed, cit., t. IV, pág. 110.
50 V. I. Lenin, Obras. ed, cit., t. XXXVIII, pág.
161.
Todo conocimiento parte, en fin de cuentas, de las
sensaciones; de ahí que el problema de la veracidad dependa, lo primero de
todo, de si nuestras sensaciones son verdaderas, de si pueden reflejar
fielmente las cosas materiales y sus propiedades. La teoría marxista del
conocimiento, que se apoya en los principios básicos del materialismo
dialéctico, responde a esto afirmativamente: cualquier acto del conocimiento
humano, empezando por la sensación, presenta un contenido objetivamente
verdadero. Las sensaciones del hombre, lo mismo que sus percepciones y
representaciones, son reflejos o imágenes de las cosas y sus propiedades.
Sin embargo, hay filósofos e investigadores que lo
niegan. Johannes Müller, notable
fisiólogo alemán de mediados del siglo XIX, encontró en sus
estudios sobre el mecanismo de los órganos de los sentidos que la sensación de
la luz, por ejemplo, en la retina del hombre no es originada únicamente por la
acción de los rayos luminosos, sino también al ser excitado el nervio óptico
por una corriente eléctrica, por una acción mecánica, etc. Esto llevaba a
Müller a la conclusión, profundamente errónea, de que nuestras sensaciones se
limitan a transmitir el estado de los correspondientes órganos de los sentidos,
sin que nos digan nada de
cómo son las
cosas y de
sus propiedades fuera de nosotros. La doctrina de Müller es conocida
con el nombre
de "idealismo
fisiológico".
H. Helmholtz, otro gran sabio alemán del mismo
siglo, mostraba también recelo hacia las indicaciones de los órganos de los
sentidos.
Quienes piensan como estos dos investigadores,
estiman que las sensaciones no son imágenes; son sólo signos convencionales,
símbolos o jeroglíficos que designan uno u otro fenómeno, lo indican, pero no
reflejan su naturaleza objetiva. Esto quita a la sensación su valor de puente
de unión del hombre con el mundo exterior y la convierte en una barrera
infranqueable que cierra el camino hacia él. Más aún, semejante agnosticismo
puede conducir a la negación de la existencia objetiva de las cosas, por cuanto
no es obligatorio que el signo convencional o símbolo corresponda a la realidad
objetiva. En la historia de la filosofía, el camino que conduce al idealismo
subjetivo pasa justamente por la negación de que la sensación es un reflejo de
las propiedades objetivas de las cosas. Mas tal negación se contradice de plano
con toda la experiencia de los hombres y con los informes de la ciencia.
El estudio de la evolución de los seres vivos nos
dice que los órganos de los sentidos de los animales, y luego del hombre, se
formaron y perfeccionaron en un
proceso de interacción
del organismo con el
medio. Este largo proceso de evolución ha hecho que los órganos de los sentidos
se adapten al mundo exterior de tal manera que aseguren una orientación fiel en
las condiciones del medio ambiente. Según escribe Lenin, "el hombre no
podría adaptarse biológicamente al medio si sus sensaciones no le proporcionasen una
noción objetiva y correcta
de él".51
Si las sensaciones no nos proporcionasen una noción
más o menos fiel de las cosas y sus propiedades, tampoco el pensamiento podría
ser verdadero, ya que son las sensaciones su origen y su apoyo. Entonces no
habría conocimiento alguno verdadero, el hombre se encontraría en un mundo de
fantasmas e ilusiones y su vida sería imposible.
Cierto que las sensaciones poseen un aspecto
subjetivo, pues van unidas a la acción de los órganos de los sentidos y del
sistema nervioso del hombre. Ninguna
imagen puede ser
idéntica al objeto reflejado, siempre
transmite sus rasgos
de manera más o menos aproximada
e incompleta. Pero la sensación no es sólo un estado subjetivo de la psiquis del
individuo. "La sensación es la imagen subjetiva del mundo objetivo"
(Lenin).52
Por consiguiente, las sensaciones contienen en sí la
verdad objetiva. Tal es la concepción materialista, que es
la única concepción científica. "Ser materialista -subrayaba Lenin-
significa admitir la verdad objetiva que nosotros descubrimos mediante los
órganos de los sentidos."53
Sensaciones, percepciones y representaciones, que
nosotros adquirimos en nuestra experiencia sensorial, forman el principio del
conocimiento y su punto de arranque. Mas el conocimiento no se detiene en esto,
sigue adelante y se eleva hasta el pensamiento abstracto.
Pensar
es conocer la esencia de los fenómenos.
La teoría marxista del conocimiento admite la
diferencia cualitativa entre estos dos grados, pero no los separa, sino que los
considera en su interrelación dialéctica.
La función de pensar, que es la forma suprema de
la actividad cognoscitiva,
se halla presente,
sin embargo, en la fase sensorial: al percibir la sensación el hombre
piensa, advierte los
resultados de las percepciones sensoriales, comprende lo
que percibe. Al propio tiempo, sólo la sensación y la percepción proporcionan
al acto de pensar el material empírico que forma los cimientos de todo cuanto
conocemos.
Las posibilidades del conocimiento sensorial son
limitadas. Los fenómenos
que se hallan
fuera del campo de los sentidos
los conocemos mediante el pensamiento abstracto. Nosotros no podemos, por
ejemplo, percibir directamente
por los sentidos
o imaginarnos la velocidad de la luz, que es de 300.000 kilómetros por
segundo. Esta velocidad existe, empero, y nosotros la concebimos sin esfuerzo.
Más aún, apoyándonos en los cálculos teóricos podemos medirla con ayuda de
aparatos. Somos incapaces de percibir el tiempo de varias cienmillonésimas de
segundo que miden la vida de partículas elementales como algunos mesones,
aunque podemos concebirlo. Las matemáticas operan sin cesar con valores
infinitamente grandes y pequeños que se resisten a toda representación directa
51 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 166.
52 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 106.
53 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 120.
.
Generalizaciones elementales se hacen ya en la
fase del
conocimiento sensorial. Distinguimos
el carácter general, por ejemplo lo blanco, en cuerpos tan diversos como
la nieve, la sal, el azúcar, la espuma, el papel, etc. Mas el conocimiento
sensorial no nos revela aún la naturaleza interna de los fenómenos ni sus
relaciones y vínculos necesarios. Para descubrir las leyes que rigen los
fenómenos y penetrar en la esencia de éstos, es decir, para llegar al
conocimiento científico del mundo que nos rodea, se requiere una actividad
cognoscitiva cualitativamente distinta: el pensar, acción que realizamos en
forma de conceptos, juicios, conclusiones, hipótesis y teorías.
Ninguna ley, como tal, es percibida por los
sentidos. Los hombres
habían observado una infinidad de veces la caída de los
cuerpos al suelo, pero hubo necesidad de una ciencia muy desarrollada y del
genio de Newton para descubrir y formular la ley de la gravitación universal,
en la que quedaban incluidos y encontraban
explicación toda esa infinidad de hechos.
Sabemos que las sensaciones, producto de la acción
directa de las cosas sobre los órganos de los sentidos, son
imágenes subjetivas del
mundo objetivo, por lo que contienen en sí una verdad objetiva. Lo mismo
puede decirse, sin duda alguna, de los productos del pensar, que son conceptos
abstractos no relacionados directamente con las cosas materiales.
Las
sensaciones y percepciones se refieren siempre a hechos concretos, al
lado externo de los fenómenos; todo esto lo reflejan con mayor o menor exactitud.
Los conceptos abstractos son también reflejos de la realidad y contienen la
verdad objetiva.
Ahora bien, tales conceptos abstractos reflejan una "capa"
más profunda de la realidad, no se limitan al aspecto exterior y sensorial de
los fenómenos, sino que revelan los nexos y relaciones sustanciales que les
sirven de base. Los sentidos nos dicen, por ejemplo, que el relámpago y el
estampido del trueno van seguidos de una lluvia torrencial. Este conocimiento
puede servirnos para algunos fines prácticos, por ejemplo, para buscar donde
cobijamos antes de que comience la tempestad. No nos explica en absoluto, sin
embargo, nada de lo que la tormenta es. Para eso hace falta recurrir a los
conceptos abstractos.
La actitud del capitalista hacia el obrero puede
adoptar en cada caso las formas más diversas: desde la coerción abierta y
descarada hasta una apariencia de lealtad, de democracia y amistad. Pero la
esencia de las relaciones
entre uno y
otro es siempre
la misma: la explotación. Para descubrir la verdadera esencia de las
relaciones de clase no basta con describir hechos y casos; se requiere un
profundo análisis teórico que ponga de manifiesto la naturaleza del capitalismo, es
decir, conceptos abstractos capaces de expresar sus leyes.
Según escribió Lenin, "el pensamiento,
ascendiendo de lo
concreto a lo
abstracto, no se aleja... de la verdad, sino que se acerca
a ella. La abstracción de la materia, de la ley de la naturaleza, la
abstracción del valor, etc., en una palabra, todas las abstracciones
científicas (correctas, serias, no absurdas) reflejan la naturaleza de manera
más profunda, más exacta y más completa".54
La fuerza del pensamiento está en su capacidad para
abstraerse y apartarse de lo particular y elevarse a generalizaciones que
expresan lo más general y sustancial de los fenómenos.
La fuerza del pensamiento está en su capacidad
para rebasar los
límites del momento
presente y, apoyándose en las
leyes objetivas que él descubre, alcanzar el pasado y prever el futuro
desarrollo de los acontecimientos.
El pensamiento es
un proceso activo en el que se
crean conceptos y se opera con ellos. Pero tanto él como su producto -los
conceptos- están unidos al mundo objetivo no de manera inmediata, sino a través
de la actividad práctica y las sensaciones. La superioridad de los conceptos
reside en que no se hallan vinculados a un hecho sensorial concreto, respecto
del cual se encuentran en una independencia relativa. Gracias a ello el
pensamiento está en condiciones de realizar un examen y análisis completos de
los fenómenos, de aproximarse infinitamente a la realidad concreta y de
reflejar cada vez más exactamente el mundo.
Mas en todo esto siempre existe el peligro de que el
pensamiento se aparte de la realidad, se entregue a fantasías infundadas y
convierta el proceso de pensar en algo que se satisface a sí mismo y encuentra
en sí su fin. Este es el camino del idealismo.
El único antídoto contra esto son los vínculos con la
práctica, con la vida, con la producción y la experiencia de las masas. La
ciencia, cuando lo es de verdad, siempre se desarrolla gracias a que, por muy
alto que se eleve, el pensamiento teórico del investigador vuelve
siempre a la
experiencia sensorial, a la práctica. La interacción constante de la
práctica, del experimento y del pensamiento teórico es prenda de los avances de
la ciencia.
El trabajo conjunto de las manos y del cerebro
permitió al hombre descubrir y dominar numerosas leyes del mundo objetivo, que
le han convertido en dueño y señor de la naturaleza y de sus poderosas fuerzas.
Conocimiento
infinito del mundo infinito.
El conocimiento humano en su conjunto es un
proceso en desarrollo que
se prolonga indefinidamente.
El mundo objetivo
que rodea al
hombre es infinito. Cambia y se
desarrolla sin cesar, dando eternamente origen a una infinidad de formas
nuevas. Por muy lejos que penetre el conocimiento en los espacios del Universo,
siempre tendrá ante sí un campo inagotable de investigación y generalización,
para el descubrimiento de nuevas leyes y el estudio de vínculos universales aún
más esenciales y profundos.
Pero
ninguna de las
ciencias que el
hombre conoce ha revelado aún todos los fenómenos y leyes que le
son específicos, ni los revelará
jamás por completo, atendiendo el
carácter infinito de la naturaleza. Conocer el mundo hasta el fin, como dice
Engels, significaría el
milagro de la
infinitud sometida a cómputo. De la misma manera que no podemos contar
la serie infinita de números, tampoco se puede llegar hasta el fin en el
conocimiento de toda la naturaleza.
El conocimiento no es sólo infinito porque es
infinitamente variado el objeto sobre el cual recae –la naturaleza y la
sociedad-; lo es también porque él mismo no tiene límites. Los avances de la
producción y de las relaciones sociales plantean sin cesar a la ciencia nuevos
problemas técnicos y teóricos y crean nuevas necesidades. La aspiración que la
humanidad tiene de saber carece de fronteras. Cada verdad descubierta abre ante
los hombres nuevos horizontes, da
origen a nuevos
problemas e impulsa
a profundizar aún más en el objeto del conocimiento y a perfeccionar lo
que ya se sabe.
La doctrina del materialismo dialéctico acerca de la
infinitud del mundo y del conocimiento se opone a todo agnosticismo. El
materialismo dialéctico admite la
limitación histórica del
conocimiento en cada época, pero rechaza de plano la falsa
idea de que pueda existir una frontera absoluta más allá de la cual no pueda ir
la ciencia.
El conocimiento humano es todopoderoso y ante él no
hay límites ni barreras. Pero ese conocimiento es ejercido por individuos cuyas
posibilidades se ven limitadas por su capacidad, por el nivel alcanzado por la
ciencia, por los elementos técnicos de que se dispone, etc.
Esta
contradicción entre las
limitadas posibilidades cognoscitivas del
individuo y el carácter
sustancialmente ilimitado del
pensamiento se ve superada mediante la sucesión de las generaciones y el
trabajo colectivo de la humanidad entera en cada uno de los momentos de su
existencia. El pensamiento humano "existe sólo como pensamiento individual
de muchos miles de millones de personas en el pasado, el presente y el
futuro",55 dice Engels.
54 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
161.
55 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 81.
Las verdades de la ciencia se van formando
gradualmente, como resultado
de un prolongado proceso de
desarrollo de la
propia ciencia y la acumulación
de conocimientos por muchas generaciones de hombres, pero no se presentan
perfiladas de buenas a primeras. "El conocimiento es una eterna e infinita
aproximación del pensamiento al objeto. El reflejo de la naturaleza en el
pensamiento del hombre no
hay que comprenderlo
como algo «muerto», «abstracto» y
sin movimiento, SIN CONTRADICCIONES, sino como
un PROCESO eterno de movimiento,
de aparición y resolución de contradicciones."56
Verdad
absoluta y verdad relativa.
Los
conocimientos que en
cada momento histórico dado
obtiene la ciencia se distinguen por cierta falta de plenitud y perfección. El
progreso en el conocimiento de la verdad consiste en que esa falta de plenitud
y perfección desaparece y disminuye constantemente, a la vez que aumenta la
precisión y plenitud con que
son reflejados los
fenómenos y leyes de la
naturaleza.
Hay que hacer distinción entre la mentira
consciente, a la que muy a menudo recurren los enemigos del progreso
científico, de los errores y equivocaciones que se producen en el proceso del
conocimiento en virtud de condiciones objetivas: insuficiencias del nivel
general de la ciencia en la esfera dada, imperfección de los medios técnicos
empleados en la investigación, etc. La contradicción dialéctica del
conocimiento queda también recogida en la circunstancia de que a menudo la
verdad se desarrolla junto a la equivocación, ocurriendo a veces que la verdad
se abre paso a través de teorías unilaterales y hasta erróneas.
Durante todo el siglo XIX la física tuvo como buena
la teoría ondulatoria de la luz. A principios de nuestro siglo se advirtió que
esta teoría era unilateral e insuficiente, puesto que la luz es simultáneamente
de naturaleza ondulatoria y corpuscular. Ahora bien, la teoría ondulatoria, aun
siendo unilateral, permitió hacer un gran número de descubrimientos y explicar
muchos fenómenos ópticos.
Como
ejemplo de desarrollo
de la verdad
en forma de teoría errónea puede servirnos el método dialéctico tal como
Hegel lo expone, apoyándose en una falsa base idealista.
La falta de plenitud y perfección del conocimiento
humano y de las verdades obtenidas por el hombre es lo que de ordinario se
denomina relatividad del conocimiento.
Verdad relativa es
la verdad
incompleta, no acabada ni definitiva.
Si nos detuviésemos en la relatividad del
conocimiento humano y
no siguiésemos adelante,
error
hacia el que
a menudo se
deslizan muchos físicos modernos
y que es hábilmente aprovechado por los filósofos idealistas. En el
conocimiento humano ven sólo lo relativo, lo débil e imperfecto, y por eso
acaban por negar la verdad objetiva y caen en el relativismo y el agnosticismo.
Este relativismo unilateral puede justificar cualquier sofisma e invención, ya
que todo es relativo y no hay nada absoluto.
V. I. Lenin decía que la dialéctica materialista
admite la relatividad
de todos nuestros conocimientos, pero "no en el
sentido de negar la verdad
objetiva, sino de
la convencionalidad histórica de
los límites de aproximación de nuestros conocimientos a esa verdad".57
En nuestros conocimientos, siempre relativos, hay
un contenido objetivamente
verdadero que se conserva en el proceso de conocimiento y
que sirve de base para los nuevos avances del saber. Este contenido permanente
dentro de las
verdades relativas del conocimiento humano se denomina contenido verdadero
absoluto o, simplificando, verdad absoluta.
La verdad absoluta ha de ser admitida una vez que se
reconoce la verdad objetiva. En efecto, si nuestro
conocimiento refleja la realidad objetiva, a pesar
de
las inexactitudes y fallos, algo ha de haber en él
que posea un valor incondicional y absoluto. Lenin indicaba que "admitir
la verdad objetiva, es decir, independiente del hombre y de la humanidad,
significa, de una manera o de otra, la admisión de la verdad absoluta".58
Los filósofos materialistas de la antigua Grecia
enseñaban ya que la vida surgió de la materia inerte y que el hombre procedía
de los animales. Así, según Anaximandro (siglo VI a.n.e.), los primeros seres
vivos se
formaron del lodo
del mar y
el hombre deriva de los peces.
Los progresos de la ciencia han venido a demostrar que las nociones de los
filósofos griegos acerca de
la aparición de
la vida y del
hombre son muy rudimentarias y falsas. Mas, con todo y con eso, en su doctrina
había algo absolutamente verdadero: la idea del origen natural de la vida y del
hombre, que la ciencia confirma y hace suya.
La admisión de la verdad absoluta traza ya una
línea entre el
materialismo dialéctico y
las
concepciones
de los agnósticos
y relativistas, los
cuales no desean ver la capacidad del conocimiento
humano, su fuerza que todo lo vence, ante la que no pueden resistir los
secretos de la naturaleza.
Se dice a menudo que las verdades absolutas son
bastante escasas en el conocimiento humano y que se
reducen a proposiciones archiconocidas y de poco
valor. Por ejemplo, afirmaciones como "dos por dos son cuatro" o
"el Volga desemboca en el Caspio" son
hasta la verdad absoluta, incurriríamos en el
mismo
57 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 124.
56 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
186.
58 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 120.
verdades absolutas, pero, se sostiene, su valor es
bien escaso.
A ello se puede replicar que, en realidad, el
conocimiento humano dispone
de numerosas
proposiciones absolutamente verdaderas de singular
importancia que el progreso de la ciencia no hará
vacilar. Así es, por ejemplo, la afirmación del
materialismo filosófico acerca de que la materia es lo primero y
que la conciencia
es secundaria. Otra
verdad absoluta es que la sociedad no puede existir
ni desarrollarse si no
produce bienes materiales.
También lo es la idea de la evolución de las
especies orgánicas y de que el hombre procede de animales, según la encontramos
en la teoría de Darwin.
Tales verdades absolutas se encuentran en las
teorías y leyes científicas, y por ellas se guían los
hombres en su actividad práctica y teórica.
Pero el materialismo dialéctico examina la verdad
absoluta como proceso, al igual que lo hace con el
conocimiento.
Refiriéndose a ella,
la filosofía marxista no se
detiene sólo en verdades definitivas
del tipo "Napoleón murió el 5 de mayo de
1821", sino que otorga a este concepto un sentido más amplio. La
verdad absoluta es
un contenido
absolutamente verdadero que se acumula sin cesar en
el conocimiento relativamente verdadero,
es un
proceso por el que el mundo objetivo se refleja de
manera cada vez más completa, profunda y exacta.
Unidad
dialéctica de la
verdad absoluta y relativa.
Cualquiera que sea el tema que tomemos en la
historia de la ciencia, veremos que en las verdades
relativas anteriormente formuladas hay un contenido
absoluto mezclado con elementos que posteriormente son eliminados como erróneos
que son. Vemos que
en el desarrollo de la verdad se amplía y crece el
contenido absolutamente verdadero, a la vez que el
volumen de los errores se reduce; la verdad relativa
se va
acercando así a
la verdad absoluta
y del conjunto de
verdades relativas emerge
el
conocimiento humano absoluto.
"Así, pues -dice Lenin-, el pensamiento humano,
por su propia
naturaleza, es capaz
de
proporcionarnos,
y nos proporciona, la
verdad
absoluta, la cual se va formando del conjunto de
verdades relativas. Cada escalón en el desarrollo de
la
ciencia agrega nuevos
granos de arena
a este
conjunto de la verdad absoluta, pero los límites de
la verdad de cada proposición científica son relativos, pudiendo verse
ampliados o reducidos por los progresos del saber."59
Tal concepción dialéctica de la verdad absoluta es
de singular importancia para la lucha contra la metafísica y el dogmatismo en
la ciencia. Un gran número de filósofos y hombres de ciencia han declarado que
lo conseguido por ellos era una verdad
eterna, perfecta y absoluta, que no necesitaba ya de
nuevos estudios ni correcciones. Hegel, por ejemplo, en contradicción con su
propio método dialéctico, afirmaba que su sistema filosófico idealista era una
verdad absoluta y eterna. La metafísica, cuando se trata del conocimiento,
consiste en no comprender que la verdad absoluta es un proceso en desarrollo.
Marx y Engels crearon una nueva forma de
materialismo, el materialismo
dialéctico, que no
adolece de los defectos del anterior materialismo
metafísico. Eso no significa, empero, que con ellos
acabase el desarrollo de la filosofía y hubiesen
quedado agotadas todas las verdades filosóficas. V. I. Lenin dice:
"Nosotros no miramos la teoría de Marx
como
algo acabado e
intangible; estamos convencidos,
al contrario, de que no ha hecho sino
colocar las piedras angulares de la ciencia que los
socialistas están obligados a impulsar en todas direcciones si no quieren ir a
la zaga de la vida."60
¿Se refiere esto a las leyes y principios de la
dialéctica marxista? Sin duda alguna. La dialéctica es
una ciencia y no puede por menos de desarrollarse.
La comprensión de
las leyes generales
de la dialéctica, como
de cualquier otra
ciencia, ha de
hacerse forzosamente más profunda en consonancia
con los
cambios de la
práctica y de
los avances
científicos, no puede por menos de enriquecerse con
una nueva experiencia y con nuevos elementos. Dichas leyes se manifiestan de
manera diversa en las
distintas condiciones históricas y por eso se ven
enriquecidas como consecuencia de
las
investigaciones emprendidas en esas condiciones
nuevas.
Ahora bien, el desarrollo de la dialéctica no puede
llevar a la negación de las tesis básicas elaboradas a lo largo
de una prolongada
y difícil historia
del
pensamiento humano; no significa otra cosa que una
comprensión más profunda y completa de esas tesis.
La verdad es concreta.
Las verdades obtenidas por el conocimiento
humano no han
de ser examinadas
de un modo
abstracto, al margen de la vida, sino
relacionándolas
con las condiciones concretas. Tal es el sentido de
una proposición fundamental de la dialéctica materialista: la verdad abstracta
no existe, la verdad es concreta.
¿Es verdadera la geometría de Euclides que
estudiamos en la
escuela? Lo es
indudablemente,
pero sólo si la aplicamos a las escalas en que nos
movemos de ordinario. En cuanto nos referimos al
micromundo o a los espacios intergalácticos, resulta
insuficiente;
hemos de recurrir
a geometrías no
euclidianas, como es, por ejemplo la de Lobachevski.
Refiriéndose a la democracia burguesa, Lenin
señalaba el gran
progreso que significó
frente al
régimen de servidumbre. La república democrática y
59 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 122.
60 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 191.
el sufragio universal han permitido al proletariado,
dentro de la sociedad capitalista, crear sus organizaciones económicas y
políticas, que le sirven en la sistemática
lucha que mantiene
contra el capital. "Nada
semejante, ni siquiera que se le aproximase, tenía el campesino siervo, sin
hablar ya de los esclavos."61
Eso no quita para que Lenin denunciase con toda
energía la estrechez y limitación de la democracia
burguesa cuando se la compara con la democracia
soviética, que significa
la democracia para
la
inmensa mayoría del pueblo y es producto de la
creación revolucionaria de las más grandes masas populares.
La proposición de la dialéctica materialista de que
la verdad es concreta enseña a no acercarse a los
hechos con un bagaje de fórmulas generales y de
esquemas aprendidos de memoria. La dialéctica enseña a tomar en consideración
los hechos, a tener
en cuenta la relación recíproca concreta de los
fenómenos, a analizar las condiciones y a obrar de
conformidad con estas condiciones nuevas. La
dialéctica exige que los principios y leyes generales sean aplicados
ajustándose a la situación concreta.
Tal visión es la que responde a las necesidades de
la práctica.
Significado de la doctrina marxista de la verdad
para la ciencia y la práctica.
La doctrina de la dialéctica materialista acerca de
la verdad absoluta y relativa y del carácter concreto
de la verdad tiene un valor formidable para la
ciencia y la práctica.
Analizando los progresos de la física a fines del
siglo XIX y comienzos del XX, Lenin indica que los errores idealistas de muchos
investigadores de ese
período eran debidos a la incomprensión de la
dialéctica del proceso cognoscitivo. El hombre que
piensa como metafísico supone o que la verdad es
absoluta o que no existe. Durante largo tiempo se consideró que
las teorías de
la física clásica
eran
verdades absolutas. Cuando nuevos descubrimientos
echaron por tierra los viejos conceptos científicos y
demostraron la insuficiencia de las teorías
anteriores, ciertos investigadores se desorientaron. Creyeron que no existía ni
verdad absoluta ni relativa, que todos
nuestros conocimientos eran sólo algo relativo,
convencional y subjetivo. Esta posición relativista les
condujo a caer en las redes de la filosofía
idealista.
El conocimiento de la dialéctica aparta a los
hombres de ciencia
de los errores
idealistas y les
ayuda a vencer las dificultades que en su labor se
les presentan.
La comprensión dialéctica de la verdad absoluta y
relativa permite adoptar una actitud correcta hacia los errores en el proceso
del conocimiento científico. La
verdad no nace de la noche a la mañana como algo
61 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 449.
definitivo. El conocimiento es un proceso difícil y
complejo en el que son posibles los errores, las equivocaciones y las
concepciones y teorías unilaterales. Pero las ideas que la ciencia enuncia van
pasando por el tamiz de la crítica, se templan en el crisol de la práctica y
todo lo falso y erróneo desaparece, mientras que lo objetivamente verdadero y
absoluto queda como algo que posee un valor permanente.
Nadie puede aspirar a una infalibilidad absoluta.
Pero aunque los
errores son inevitables
en la actividad cognoscitiva del
hombre, esto no significa en modo alguno que cada acto concreto de cada
investigador haya de contenerlos forzosamente. El hombre de ciencia puede y
debe tomar sus medidas para evitar el error en sus trabajos. A ello contribuirá
el conocimiento del método dialéctico de investigación científica, la estrecha
vinculación con la práctica, el estudio del problema en todos sus aspectos, la
labor de equipo en el examen de las cuestiones y de las soluciones que puedan
sugerirse, etc.
Nadie está garantizado contra los errores. De lo que
se trata, sin embargo, es de no incurrir en errores
graves y de no aferrarse a ellos cuando han sido
descubiertos.
La crítica y la autocrítica es la fuerza que reduce
la posibilidad del
error, tanto en
el conocimiento como en la labor
práctica, y lo
pone de relieve
cuando ha sido cometido. El enfrentamiento de
criterios distintos, la visión crítica del propio trabajo
y la sensibilidad hacia las observaciones que otros
pueden hacerle son condiciones
necesarias para el
trabajo normal de todo hombre de ciencia. Todo
cuanto se oponga a la crítica causa daños sin cuento al investigador y a la
materia objeto de su estudio.
La comprensión dialéctica de la verdad ayuda
también en la
lucha contra el
dogmatismo y el
revisionismo, tendencias contrarias al marxismo, que
no aceptan el
carácter relativo y
concreto de la verdad, como lo proclama el materialismo
dialéctico,
aunque de palabra le muestren acatamiento. El
dogmatismo toma las
proposiciones teóricas como
una
verdad absoluta y
universal que puede
ser aplicada por igual a todos los casos. sin tener en consideración la
situación concreta y prescindiendo
de la aparición de nuevos fenómenos. Y al contrario,
el revisionismo -cuando se trata de su método- cae en
un
relativismo extremo, a
cualquier verdad le atribuye un carácter meramente relativo y
rechaza los principios básicos del marxismo, que constituyen su
esencia revolucionaria.
La
dialéctica marxista revela
los vicios metafísicos del
dogmatismo y del
revisionismo.
Acepta el carácter relativo de nuestros
conocimientos
y no deja que ninguna fórmula teórica se osifique y
convierta en dogma; pide la aplicación concreta de
cualquier
verdad general. Al
propio tiempo, la
dialéctica afirma que en el proceso del conocimiento
se reúnen y
acumulan elementos de
la verdad absoluta, entre los que
se encuentran los principios básicos de la
doctrina
marxista-leninista. Estos pueden
y deben ser ampliados, enriquecidos y concretados en concordancia con los datos
de la práctica social y de la ciencia, pero no es posible prescindir de
ellos, porque eso
equivaldría a traicionar la
verdad.
4. La práctica como criterio de la verdad
Para que una idea o teoría científica pueda prestar
servicios a la sociedad ha de ser verdadera. Y para comprobar si
una teoría es
verdadera o falsa
es
preciso confrontarla con la realidad y ver si
corresponde o no a ella.
¿Cómo hacerlo? Este problema ha sido considerado, y
con razón, como uno de los más difíciles
y, durante largo
tiempo, los filósofos
no
pudieron
encontrar el modo
de resolverlo. Únicamente Marx
lo hizo. Comprendió la
inconsistencia de los intentos de encontrar la norma
valorativa o criterio
de la verdad
en la sola conciencia del hombre y estableció que
el hombre
puede demostrar la veracidad y potencia de su
pensamiento en el proceso de la actividad práctica y
nada más que en él.
En efecto, el hombre no tiene otro modo de comprobar
la veracidad de sus conocimientos que no
sea el de dirigirse a la práctica. Esta, que es la
base y el objeto final del conocimiento, es también la norma
suprema que nos permite determinar lo que es
verdadero y lo que es falso. La práctica es el criterio
valorativo de la verdad.
El materialismo dialéctico comprende la práctica
como un
proceso en el
que el hombre,
como ser
material que es, actúa sobre la realidad material
que le rodea. La práctica es toda la actividad material de
los hombres que modifica el mundo, y lo primero de
todo su actividad de producción y revolucionaria de la sociedad.
En la producción fabril es donde más extendida está
la forma de comprobación práctica de las ideas
científicas y técnicas: se trata de las pruebas y
del empleo en gran escala de máquinas, aparatos y procesos tecnológicos.
En el trabajo
de investigación científica
la práctica adopta a menudo el carácter de experimento,
es decir, de irrupción activa del hombre en los
fenómenos naturales; apoyándose
en hipótesis teóricas conocidas,
se crean artificialmente las
condiciones para la producción -o al contrario, para
el cese- del fenómeno que se estudia.
En los casos en que la acción directa sobre el
objeto que se estudia es imposible -por ejemplo, cuando se trata de una
estrella-, la comprobación de
nuestras
representaciones acerca de
él se logra
conocimientos
que las observaciones
astronómicas nos proporcionan y
con los datos
de las ciencias afines (en este caso, de la física).
En
ocasiones, las ideas
nuevas pueden ser sometidas a comprobación por vía
indirecta, es decir,
comparándolas con las teorías y leyes científicas
que
ya poseen el carácter de leyes objetivas. El sistema
de conocimientos de que la humanidad dispone permite en bastantes casos juzgar
acerca de ciertas ideas sin tener que recurrir al experimento. Así, si algún
inventor propone un nuevo proyecto de "perpetuum mobile",
ningún establecimiento científico
del mundo construirá un modelo del mismo para su comprobación práctica, ni
examinará siquiera tal proyecto. La
idea del "perpetuum mobile"
se opone a las leyes fundamentales de la naturaleza y su falsedad es
evidente sin llegar
a comprobación alguna. Ello no
significa que en este caso no exista el criterio valorativo de la práctica. No,
obra también, pero lo hace indirectamente, a través de verdades ya comprobadas
y confirmadas por la experiencia de generaciones anteriores.
La práctica es también el criterio valorativo de la
verdad en la ciencia de la sociedad. En este caso
entendemos por práctica no las acciones de
determinados individuos, sino la actividad de grandes
grupos sociales, de las clases y de los partidos. El
criterio valorativo de la verdad de las teorías sociales no puede
ser otro que
la labor de
producción y
revolucionaria de las masas.
La Gran Revolución Socialista de Octubre fue una
brillante comprobación del análisis que Marx hizo
del
modo capitalista de
producción y de
su
conclusión
de que el
capitalismo había de desaparecer forzosamente para ser
sustituido por el sistema socialista.
El materialismo dialéctico, que presenta la acción
práctica como criterio
valorativo de la
verdad, no
olvida, ni mucho menos, la importancia del
pensamiento. Según escribe Marx, todos los secretos de la teoría
"encuentran su solución racional en la
práctica humana y en la comprensión de esta
práctica".62 Al determinar la veracidad de las ideas y teorías, el
pensamiento cumple un papel de primer orden. La práctica, como criterio
valorativo de la verdad, no es un aparato cuya aguja indique automáticamente lo
"verdadero" y lo "falso". En su labor práctica los hombres
alcanzan determinados resultados cuyo valor es preciso comprender y descifrar.
No
siempre, por ejemplo,
cuando la primera prueba de un nuevo modelo o invento
resultó fallida,
se puede afirmar, sin más, que el proyecto mismo es
inservible. Sólo un análisis atento de las ideas en
que descansa y de las condiciones en que el proyecto fue realizado nos
permitirá adquirir una noción correcta del resultado obtenido.
comparándolas con todo el conjunto de los
62 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. III,
pág. 3.
La práctica no permanece quieta, siempre cambia, se
desarrolla y avanza. Amplíanse sin cesar la esfera de acción del hombre y las
posibilidades de su penetración en el mundo que le rodea. A veces transcurre
bastante tiempo antes de que la práctica se encuentre en
condiciones de confirmar una u
otra idea. Tarde o temprano, empero, la idea verdadera encuentra confirmación.
Así, por ejemplo, la esfericidad de la Tierra se tuvo durante largo tiempo en
tela de juicio y era rechazada como herética, hasta que la primera vuelta al
mundo, emprendida bajo la dirección de Magallanes en 1519-1522, vino a poner
fin para siempre a todas las dudas.
Si la práctica crece y se desarrolla, forzosamente
ha de haber en ella elementos viejos y nuevos. De ahí
que no toda
práctica sea un
criterio seguro de la
verdad.
Los conservadores, que
luchan contra las ideas nuevas, también se escudan a menudo
en la práctica, pero es una
práctica del día de ayer. La
teoría avanzada se apoya siempre en la práctica avanzada. Esta es la que
proporciona datos para valorar la veracidad
de una teoría,
la que brinda nuevo material a la ciencia, despierta
el pensamiento y lo hace avanzar.
De la misma manera que la verdad relativa contiene
cierta parte de verdad absoluta, la práctica, históricamente limitada en cada
momento concreto, posee también un valor permanente, al ser la forma constante
y obligatoria como el hombre se relaciona con el mundo objetivo.
El pragmatismo como filosofía del gran negocio,
En los países capitalistas, y especialmente en los
Estados Unidos, goza de predicamento una corriente
filosófica conocida con el nombre de "pragmatismo" (del griego
"pragma", obra o
acción). Ciertos filósofos
burgueses tratan de buscar afinidades entre él y el marxismo, apoyándose en que
el pragmatismo habla siempre de la acción y se remite a la comprobación
práctica de las ideas y teorías. Haciéndose eco de la propaganda burguesa,
también los revisionistas han empezado a difamar a los marxistas, a quienes
tachan de pragmáticos.
En realidad, el marxismo no tiene nada que ver con
el pragmatismo, que es una doctrina falsa e idealista en la que toma cuerpo la
ideología de la burguesía imperialista. El pragmatismo habla de la práctica y
se hace pasar como una "filosofía de la acción", aunque su
comprensión de la práctica es subjetiva y propia del individualismo burgués y
descansa en las concepciones anticientíficas del irracionalismo del mundo, que
no es dado conocer a los hombres.
El leitmotiv del pragmatismo es la idea de que el
hombre ha de obrar en un mundo del que nada fidedigno puede
saber. Según el
pragmatismo, el
que no se presta a la comprensión racional.
"Acaso nos encontremos en el mundo -dice James, uno de los fundadores del
pragmatismo- como los perros y los gatos
en nuestras bibliotecas;
ven los libros
y escuchan las conversaciones, pero no sacan de nada de esto el menor
sentido."63
¿Qué es lo que puede guiar al hombre si se le quitan
los conocimientos? James propone, en vez de los conocimientos, la fe
inconsciente e irracional, y ante todo la fe religiosa, que excluye todo
pensamiento lógico.
Otros
pragmáticos, a la
cabeza de los
cuales figura Dewey, preconizan la "lógica instrumental" o
"experimental", que en el fondo se reduce a buscar, según el método
de pruebas y errores, los tipos de conducta que más convienen a una situación
dada. Según los pragmáticos,
el pensamiento no proporciona conocimientos, sino únicamente
la capacidad para salir de una situación dificultosa y alcanzar el éxito.
En consonancia con esto, afirman que los conceptos,
leyes y teorías de la ciencia no son un
reflejo o copia de la realidad objetiva, sino
"planes de
acción", "herramientas" o
"instrumentos" que ayudan a alcanzar determinados fines. Si la idea o
la teoría
"funciona" y conduce al éxito, es buena, o
sea es
verdadera; en caso contrario es mala, o sea es
falsa. El pragmatismo no admite ningún otro significado de los conceptos de
verdadero y de falso.
Las
proposiciones de la
religión las considera muy
útiles; quiere decirse
que las toma
como
verdaderas. Este principio de utilidad no lo
restringen los pragmáticos a
la esfera del
conocimiento; lo
consideran valedero para todas las formas de la
actividad espiritual y práctica, por lo que, de hecho, el viejo
lema de los
jesuitas -"el fin
justifica los
medios"- es lo que mejor expresa la visión que
ellos tienen de la vida.
Los pragmáticos niegan la realidad objetiva del
mundo que nos rodea; considéranlo como una masa imprecisa e
indefinida, como un
material de
"experiencia" que
es capaz de
adoptar cualquier forma en
consonancia con los fines que los hombres
se proponen. El mundo, dicen, es
"plástico", siempre es
tal como lo
hemos hecho y
"acepta voluntariamente la
violencia del hombre".
No hay
hechos objetivos, "tozudos"; hay sólo las
interpretaciones que nosotros
les damos. Toda
la
realidad es puesta así bajo la dependencia completa
del sujeto y de su voluntad.
Por lo tanto,
el pragmatismo parte
de una
comprensión deformada de la práctica, desorbita el
carácter activo y volitivo de la acción humana y lo convierte en la base de la
realidad. Mas, contrariamente a las afirmaciones de los pragmáticos, la actividad
del hombre no
crea el mundo
mundo
que tenemos ante
nosotros es un
caos de
sensaciones y vivencias privado de unidad interior y
63 W. James, El
universo desde el punto de vista pluralista,
Moscú, 1911, página 170.
circundante; no hace más que cambiar y transformar
una realidad que existe con independencia de nosotros. Para alcanzar éxito, la
actividad consciente del hombre ha de apoyarse en el conocimiento de las
propiedades objetivas de las cosas y de las leyes que las rigen.
La acción no
excluye el conocimiento, como afirman
los pragmáticos, sino
que lo presupone. Pueden darse
algunos casos, es cierto, en que una idea falsa puede conducir, de momento, a
un éxito parcial. Pero tal éxito suele ser muy pasajero, como lo fue el
"éxito" del hitlerismo, que se apoyaba en las aberraciones fascistas.
La filosofía del pragmatismo, que presenta el
mundo entero como
una realidad "plástica",
absolutamente maleable, infunde la falsa idea de que
la voluntad, la energía y la decisión de obrar pueden
asegurar el logro de cualquier fin al margen por
completo de las condiciones y leyes objetivas.
El pragmatismo es, ante todo, la concepción de
los
"hombres enérgicos de
negocios", de los magnates del capital y los monopolistas,
que se creen los dueños absolutos del mundo capitalista. Con su desprecio de
los hechos objetivos,
la filosofía idealista del
pragmatismo da pábulo a las tendencias aventureras y agresivas en el campo de
la política y proporciona una base teórica a la política "desde las
posiciones de fuerza". Al no admitir la diferencia objetiva entre lo
verdadero y lo falso, y al identificar la verdad con la utilidad, el
pragmatismo estimula la falta de principios y da armas para que la clase
dominante justifique cualquier mentira y cualquier acto criminal que ella
considere útil. Esa justificación del espíritu agresivo, de la violencia y del
engaño - que es lo que se desprende de la esencia misma del pragmatismo-
responde a los intereses de los círculos más reaccionarios del imperialismo. No
en vano Mussolini confesaba que había aprendido mucho en James y veía en el
pragmatismo la "piedra angular del fascismo".
Paralelamente, la subordinación a la utilidad
inmediata en que el pragmatismo coloca toda la labor
práctica y teórica contribuye a desarrollar una
visión subjetivista, estrechamente practicista y oportunista
de la vida. Aplicado al movimiento obrero, el
pragmatismo significa la invitación a concretarse a los asuntos
de menor cuantía,
a la "lucha
por el
centavo"; significa la pérdida de las
perspectivas y la traición a los intereses de clase del proletariado.
La filosofía del pragmatismo es absolutamente
hostil a
la concepción científica
progresiva del mundo.
5. Necesidad y libertad
El gran valor que la filosofía marxista encierra
está en que proporciona a los trabajadores el conocimiento de las leyes de
desarrollo del mundo
objetivo y de la transformación del mismo. Es un
instrumento poderoso en
la lucha por
la
emancipación de los trabajadores de toda forma de
opresión, por la creación de una vida nueva y libre.
Ahora bien, ¿es posible la libertad del hombre?
¿Es éste capaz
de convertirse en
el dueño de su
propio destino? Hace
mucho que las
gentes se
hicieron estas preguntas, aunque nadie pudo dar una
respuesta que les convenciese.
Al
examinar el problema
de la libertad,
los filósofos llegaban a
conclusiones diversas, pero
igualmente erróneas.
Unos caían en el fatalismo y negaban la libertad, al
admitir que todas las acciones del hombre vienen
predeterminadas
desde un principio.
El fatalismo
religioso (musulmanes, calvinistas) afirma que la
voluntad del hombre
ha sido predeterminada por
Dios.
Los materialistas metafísicos
(Holbach, por
ejemplo) hablaban de la necesidad natural de la
naturaleza, que ata por completo al hombre y no deja lugar para la libertad de
sus acciones.
Muchas tendencias idealistas, al contrario, niegan
la necesidad natural, por cuanto deducen el mundo
entero de la conciencia o de la voluntad del hombre.
Admiten la libertad completa y llegan a afirmar la arbitrariedad absoluta.
Tales teorías filosóficas
se
hallan presididas por el indeterminismo; un ejemplo
de ellas puede ser la "filosofía de la existencia", que
anteriormente hemos examinado.
Entre los filósofos anteriores a Marx, el que dio
una solución más profunda al problema de la libertad
y la necesidad fue Hegel, aunque lo desarrolló, como
toda su
doctrina, sobre una
base idealista. Hegel
trataba de relacionar la libertad y la necesidad,
definiendo la primera como necesidad comprendida.
Pero por necesidad entendía el desarrollo necesario
de la idea absoluta, y la libertad, según su doctrina, se ejercía
exclusivamente en la esfera del espíritu.
El vicio radical de las doctrinas de Hegel y de
todos los idealistas
reside en que
la libertad la
entienden como algo que incumbe únicamente al
espíritu, a la conciencia, sin preocuparse lo más mínimo de las condiciones
reales en que el hombre
vive. Además, se refieren siempre a la libertad del
individuo, pasando por
alto el problema
de la
liberación de las masas.
El materialismo dialéctico proporciona una
solución científica del
problema de las
relaciones
entre
libertad y necesidad.
La dialéctica marxista toma la necesidad como base y, al
mismo tiempo,
admite la posibilidad de que el hombre sea libre. La
libertad real no hay que buscarla en la imaginaria independencia del
hombre respecto de
las leyes
naturales y sociales (independencia que no puede
darse), sino en el conocimiento de esas leyes y en las
acciones a que tal conocimiento nos mueve.
Los
hombres no son
seres sobrenaturales; no pueden
rebasar los límites
de las leyes
de la
naturaleza, de la misma manera que no pueden por
menos de respirar. Además, viven en sociedad y no
pueden rehuir la acción de las leyes de la vida
social. Dentro de su arbitrio no les es dado ni suprimir las leyes existentes
del desarrollo social
ni implantar otras nuevas.
Pero los hombres pueden conocer las leyes de la
naturaleza y de la sociedad y, sabiendo el carácter y la orientación de sus
acciones, valerse de ellas en interés propio, es decir, colocarlas a su
servicio.
Prueba de que es posible utilizar las leyes de la
naturaleza y ponerlas al servicio del hombre es toda
la
técnica de nuestros
días, que se
basa en el
aprovechamiento dirigido de esas leyes, y no en la
ignorancia de las mismas.
El problema es infinitamente más difícil cuando
se trata de las leyes de la vida social, que durante
miles de años imperaron sobre el hombre como una fuerza extraña y enemiga. El
trabajador se veía esclavizado por las leyes elementales de la vida económica y
por el poder de las clases explotadoras.
La
emancipación del hombre
de la esclavitud social y
de clase, la
conquista de la
libertad representa un largo y penoso proceso histórico. Sólo en nuestra
época se ha acelerado ese proceso, abarcando
a masas de
millones y millones
de hombres a quienes la doctrina del marxismo- leninismo inspira y
alienta a la lucha por el comunismo. La creación de la sociedad comunista
significará un salto del reino de la necesidad al reino de la libertad.
En el curso
del milenario desarrollo
de la sociedad, subordinados
como se encuentran a la necesidad objetiva, que no depende de sus propias
voluntades, los hombres avanzan en su empresa de reducir las fuerzas elementales
de la naturaleza y de crear las premisas para su emancipación social. Este
proceso histórico obedece
a leyes sociales específicas, que no tienen nada que
ver con las leyes de la naturaleza.
Del estudio de
esas leyes que dirigen el desarrollo de la sociedad
humana se ocupa otra parte de la filosofía marxista-leninista, el materialismo
histórico, a la exposición del cual pasamos.
SECCIÓN
SEGUNDA.
LA CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA
Capitulo IV.
Esencia del materialismo histórico
1. Transformación revolucionaria en las concepciones
sobre la sociedad
Desde tiempos muy antiguos los hombres trataron
de
dilucidar qué es
lo que determina
el régimen social y cómo se
desarrolla la sociedad humana. Y
esto no sólo por el simple deseo de comprender la
sociedad en que viven, sino también porque ello se
relaciona de manera muy estrecha con los problemas
más candentes de
su vida y
afecta en muchos sentidos a intereses que les tocan muy
de cerca.
¿Son accidentales los regímenes existentes en la
sociedad o vienen condicionados por causas que no
podemos ver, pero que se imponen al individuo? ¿Es
posible cambiar esos regímenes o están los hombres condenados a
subordinarse eternamente a
ellos?
¿Qué fuerzas pueden mejorar la suerte de millones de
gentes a quienes en el transcurso de miles de años
oprimió, esclavizó y humilló un puñado de
privilegiados? ¿Se puede alcanzar el bienestar y la
libertad para todos, y no sólo para la minoría? Y en
caso afirmativo, ¿cómo conseguirlo? ¿Quién conducirá la humanidad a la deseada
meta? Y por
último, ¿hacia dónde se dirige la humanidad, hacia
la prosperidad y el progreso o hacia el estancamiento y
la decadencia?
Pensadores
de todos los
tiempos y pueblos trataron de responder a estas
preguntas. Pero durante
muchos siglos sus teorías y concepciones se veían
invariablemente refutadas por
la crítica de
otros
pensadores y por la crítica del tiempo, por toda la
marcha que la historia seguía en su ulterior desenvolvimiento. El camino
seguido en el estudio
de la sociedad resultó ser extraordinariamente
difícil y largo.
Esto se debe a que la vida social es mucho más
compleja que el desarrollo de la naturaleza. Dentro de lo que nosotros podemos
observar, los fenómenos
naturales se repiten con relativa regularidad y esto
nos ayuda a
comprender su esencia.
Captar esa
regularidad, esa repetición en la vida social es una
empresa mucho más trabajosa. Lógicamente, esto dificulta su conocimiento y hace
que no podamos
advertir en ella una determinada ley.
Hay otra diferencia no menos importante. En la
naturaleza tratamos con la acción de fuerzas
impersonales y elementales. En la historia, el sujeto son los hombres,
provistos de conciencia y voluntad y que siempre persiguen unos u otros fines.
Al asomarnos a los fenómenos sociales parece que lo principal es dilucidar los
motivos que impulsan a los hombres a la acción: saber qué propósitos se marcaba
determinada personalidad para
comprender claramente por qué obró así y no de otro modo. Pero tal
explicación psicológica de la vida social, predominante en la sociología
anterior a Marx y que hasta hoy día impera en las teorías burguesas, es
superficial e insuficiente.
Cierto que cada persona obra guiándose por
determinados motivos y busca determinados fines. Mas, en primer lugar, ¿por qué
el individuo se inclina por estos motivos y fines, y no por otros? Y en
segundo, un estudio superficial de la historia es bastante para señalarnos que
los fines e intereses de los
hombres, y por
consiguiente sus acciones, siempre entraron en conflicto y
que el resultado final de ese conflicto
o choque -el
acontecimiento histórico- difería sensiblemente de lo que cada uno de
sus participantes aspiraba.
Así, muchos hombres de la revolución francesa de
1789-1794 estaban persuadidos de que establecían el
reino de
la razón y
de la justicia
eterna, de que creaban una sociedad basada en la
igualdad natural y en los derechos inalienables del hombre. Muy pronto, sin
embargo, pudo verse que lo único que habían hecho era allanar el camino para la
dominación de clase de la burguesía. En vez de la desigualdad de antes -entre
los señores y los siervos- dieron paso a la desigualdad entre la burguesía y
los obreros.
En su deseo de hallar satisfacción a sus intereses
inmediatos, los hombres
no podían prever
de
ordinario los resultados sociales de sus propios
actos,
y esto convierte la historia de la sociedad en un
proceso tan espontáneo como lo es la historia de la
naturaleza. Mucho antes de Marx advirtióse ya esta
contradicción entre la actividad consciente del
individuo y el carácter elemental del desarrollo de la sociedad en su conjunto,
aunque nadie acertó a dar una explicación correcta de ello. En su estudio de la
marcha concreta de la historia nadie iba más allá de
las conjeturas acerca de los fines y motivos que
impulsaron a cada personaje, con lo que el proceso histórico se convertía en un
cúmulo de fortuitas contingencias. Quienes trataban de enfocar la historia
como un proceso
sometido a la
necesidad no tardaban en
deslizarse hasta el fatalismo, al considerarla como efecto de la acción de una
fuerza exterior (Dios, la "idea absoluta", la "razón
mundial", etc.) determinante de los actos de los hombres.
La concepción idealista de la historia, alimentada
por la propia complejidad del desarrollo social, contaba con el decidido apoyo
de las clases explotadoras, interesadas como estaban en ocultar las causas
verdaderas de la desigualdad social y económica, de la riqueza y el poder de
unos y de la miseria y la falta de derechos de los otros. Gracias a los
esfuerzos de esas clases, las concepciones idealistas acerca de la sociedad
siguen hoy día ejerciendo influencia sobre los hombres y gozan de gran predicamento
en los países capitalistas.
Para
explicar las causas
que dan origen
a las ideas, opiniones y actos
conscientes de los hombres
se
requería un brusco
viraje revolucionario en la
manera
misma de enfocar los fenómenos sociales. Este viraje
fue posible únicamente
después de la
consolidación
del capitalismo, que
puso al
descubierto las raíces materiales -económicas- de la
lucha de clases, y después de la aparición en la palestra histórica de la clase
obrera, la primera clase que en la historia, como se demostrará más adelante,
no teme una consciente explicación científica de la sociedad y, lo que es más,
tiene un interés directo en alcanzar dicha explicación.
Sólo en estas condiciones fue posible la empresa
científica de Marx y Engels, quienes aplicaron el materialismo dialéctico al
estudio de la sociedad y de su historia y crearon la teoría científica de las
leyes generales del desarrollo social. Esta teoría es el materialismo histórico
o concepción materialista de la
historia.
La revolución producida por Marx y Engels en la
ciencia social se
traduce, ante todo,
en su
demostración de que en la sociedad no obra ninguna
fuerza misteriosa del más allá; los propios hombres
son quienes crean su historia. Esto significaba un golpe de muerte para toda
clase de concepciones místicas acerca de la sociedad y señalaba la vía para
comprender la historia como un proceso natural que no necesita de ninguna
intervención exterior.
Por otra parte, el marxismo determinó que los
hombres crean su historia no según su arbitrio, sino
de conformidad con las condiciones objetivas
materiales que heredaron de generaciones pasadas.
Esto significaba un golpe de muerte para el
voluntarismo y el subjetivismo y señalaba la vía para comprender la
historia como un
proceso sujeto a
leyes.
La tesis de la cual parte el materialismo histórico
quedó formulada por Marx del siguiente modo:
"No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al
contrario, su ser social determina su conciencia." Con otras palabras, en
la sociedad, lo mismo que en la naturaleza, el ser o la vida material es lo
primario, lo determinante con relación a la vida espiritual, a la conciencia.
Esto se refiere, está claro, no al ser y la
conciencia de unas u otras personas, sino de grandes grupos, de
clases y capas sociales, de toda la sociedad, en
fin; es decir, no al ser y a la conciencia individual, sino
social.
En la comprensión
marxista de la
conciencia social entra el
conjunto de teorías
políticas y
jurídicas, de concepciones religiosas, filosóficas y
morales de cada
sociedad; entran también
las
ciencias sociales, el arte y la psicología social
(sentimientos sociales, estado de los espíritus, costumbres, etc.). El ser
social es la vida material de
la sociedad con toda su complejidad y su carácter
contradictorio.
¿Qué es lo
que concretamente se
entiende por vida material de la
sociedad, que, según establece el materialismo histórico, determina toda la
fisonomía
del cuerpo social, de su régimen, sus concepciones y
sus instituciones?
2. El modo de producción como base material de la
vida de la sociedad
A la vida material de la sociedad se refiere, ante
todo, el trabajo de los hombres, por el que éstos
producen los objetos
y bienes necesarios
para su
subsistencia: alimentos, vestidos, viviendas, etc.
El
trabajo es una necesidad natural eterna, condición
indispensable para que la sociedad pueda existir. Como decía Engels, antes de
dedicarse a la política, la ciencia, el arte o la religión, los hombres
necesitan comer, beber, tener una vivienda y vestirse.64
Las premisas materiales naturales del proceso de
producción son el medio geográfico y la población. Sin embargo, aunque estas
condiciones ejercen sensible influencia sobre la marcha del desarrollo social,
lo aceleran o frenan, no son lo que constituye la base del proceso histórico.
En un mismo medio natural pueden existir regímenes sociales diferentes, y la
densidad de población influye de manera diversa en distintas condiciones
históricas. A diferencia de los animales, que se adaptan pasivamente al medio, el
hombre obra sobre él activamente, obteniendo los bienes materiales necesarios
para su existencia con ayuda del trabajo, el cual presupone el empleo y
fabricación de instrumentos especiales.
La sociedad no puede elegir esos instrumentos a su
arbitrio. Cada nueva generación, cuando llega a la
vida,
se encuentra con
los instrumentos de
producción que crearon generaciones anteriores, y de
64 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II.
Moscú, 1955, pág.
157.
ellos se vale, perfeccionándolos y modificándolos
gradualmente. La sociedad no puede renunciar a ellos y volver
a instrumentos de
épocas pasadas -del tractor al arado romano, de la industria
maquinizada al rudimentario taller del artesano medieval-, pues esto significaría
la muerte, si
no de la
sociedad entera, sí de la mayoría de sus miembros, al escasear los
bienes materiales necesarios para la vida de una población muy acrecida.
Al mismo tiempo,
el progreso de
esos instrumentos se halla subordinado a un cierto orden de sucesión. La
humanidad no pudo, por ejemplo, pasar directamente del hacha de piedra a la
central electroatómica. Cada perfeccionamiento o invento tiene que ser
consecuencia de los anteriores, ha de apoyarse en la gradual acumulación de
experiencia productiva, de hábitos de trabajo y de conocimientos dentro del
propio país o dentro de otro país más avanzado.
Pero los instrumentos de trabajo no funcionan por sí
mismos. El papel central en el proceso de producción corresponde a los hombres,
a los trabajadores que crean y ponen en acción esos instrumentos gracias a sus
hábitos y a la experiencia que poseen.
Los instrumentos de producción, los medios de
trabajo con ayuda
de los cuales
son creados los
bienes materiales, y los hombres que llevan a cabo
el
proceso de producción apoyándose en la experiencia
que a
este respecto poseen,
forman las fuerzas
productivas de la sociedad.
La producción no es obra del hombre aislado, a
semejanza de Robinson en su isla deshabitada. Tiene siempre un carácter social.
En el proceso de producción de bienes materiales, los hombres, quiéranlo o no,
se relacionan de un modo o de otro, y el trabajo de cada productor se convierte
en una partícula del trabajo social.
Incluso en las primeras fases de la historia, los
hombres hubieron de unirse para subsistir, para, con ayuda de los instrumentos
más toscos, lograr lo medios de existencia en lucha con las fieras, los
elementos, etc. A medida que la división social del trabajo se desarrolla, esta
dependencia recíproca de los hombres no hace sino crecer. Así, al aparecer las
industrias, el campesino depende del artesano, los artesanos dependen
unos de otros
y de los campesinos, etc. Los productores se hallan
relacionados, pues, entre sí por numerosos vínculos.
Tales vínculos no se refieren únicamente a la
relación entre productores
de diferentes ramas
de
producción. En un determinado grado de desarrollo de
las fuerzas productivas, según veremos más abajo,
la propiedad sobre todos los medios de producción, o
sobre los fundamentales, se ve separada de los productores directos y se
concentra en manos de un
reducido número de miembros de la sociedad.
Entonces los productores
y los instrumentos
de
trabajo no pueden unirse y el proceso de producción
no tiene lugar si los dueños de los medios de producción y los productores no
establecen entre sí determinadas relaciones. Esas relaciones que los hombres
establecen en el curso de la producción son relaciones de
clases, o lo
que es lo
mismo, de grandes grupos humanos
de los cuales unos poseen los medios de producción y se apropian del producto
del trabajo de los otros, que carecen total o parcialmente de medios de
producción y se ven obligados a trabajar para los primeros. Por ejemplo,
en la
sociedad burguesa la
clase capitalista no trabaja, pero, como es propietaria de
fábricas y ferrocarriles, etc., puede apropiarse de los frutos del trabajo de
los obreros. Y éstos, quiéranlo o no, sólo pueden ganar el sustento vendiendo
su trabajo a los capitalistas, puesto que carecen de medios de producción.
Las relaciones que los hombres establecen en el
curso de la producción de bienes materiales fueron
denominadas
por Marx y
Engels relaciones de
producción.
Se les da
también el nombre
de relaciones económicas o de propiedad, puesto que su carácter depende
de quién es el propietario de los medios de producción.
Las relaciones de producción tienen lugar fuera de
la conciencia de los hombres, y en este sentido son
de
índole material. El
carácter de ellas
viene
determinado por el nivel de desarrollo y el carácter
de las fuerzas
productivas. Las relaciones
económicas
propias de la
esclavitud, por ejemplo,
habrían sido imposibles en la sociedad primitiva.
Primero, porque los instrumentos de trabajo eran tan rudimentarios (mazas,
hachas de piedra) que cualquiera podía hacerlos, por lo que la propiedad
privada sobre ellos era imposible. Y segundo, porque nadie habría podido
explotar a otros trabajadores, puesto que la productividad era tal que apenas
si bastaba para satisfacer sus propias necesidades y el sostenimiento de
clases parasitarias era materialmente imposible.
Este ejemplo nos dice ya que las relaciones que los
hombres establecen en el proceso de producción y las fuerzas productivas no se
muestran aisladas unas de otras, sino que se mantienen en determinada unidad.
El materialismo histórico expresa esa unidad de las fuerzas productivas y de
las relaciones de producción mediante el concepto de modo de producción.
Cómo se desarrolla la producción.
Por cuanto el modo de producción es la base material
de la vida de la sociedad, la historia de esta última es, ante todo, la
historia del desarrollo de la producción, la historia de los modos de
producción que se van sucediendo conforme las fuerzas productivas se
incrementan.
¿Cómo se produce este desarrollo? ¿Qué es lo que
lo impulsa?
Los hechos señalan que las fuentes del desarrollo de
la producción hay que buscarlas dentro de ella
misma, y no
fuera. Así lo
subraya Marx cuando
define la historia como un "estado social"
de los hombres "en proceso de autodesarrollo".65
En el proceso del trabajo los hombres obran sobre la
naturaleza y la modifican. Pero al propio tiempo cambian ellos
mismos: acumulan experiencia
de
producción,
hábitos de trabajo
y conocimientos acerca del
mundo que les
rodea. Todo esto
les
permite modernizar los instrumentos de trabajo y
modos de empleo de los mismos, inventar otros nuevos y
perfeccionar de una
manera u otra
el
proceso de producción. Y cada uno de esos
perfeccionamientos o inventos trae consigo nuevos
avances, y en ocasiones dan lugar a una verdadera
revolución en la técnica y en la productividad del trabajo.
Ahora
bien, según se
indicaba antes, la producción presupone obligatoriamente unas
u otras
relaciones entre el hombre y la naturaleza y también
entre aquellos que
participan en el
proceso productivo. Estas relaciones, a su vez, influyen sobre
el desarrollo de las fuerzas productivas, son un
estímulo en la actividad de los productores directos y
de las clases poseedoras de los instrumentos de
trabajo. De las relaciones de producción dependen las leyes económicas de cada
modo de producción, las
condiciones de vida y de trabajo de quienes están
ocupados en este
proceso y otros
factores que
influyen
sobre el desarrollo
de las fuerzas productivas.
Interacción de las fuerzas productivas y de las
relaciones de producción.
La unidad de las fuerzas productivas y de las
relaciones de producción, expresada en el modo de
producción, no excluye en modo alguno las
contradicciones entre ellas.
Estas contradicciones obedecen al desigual
desarrollo que siguen ambos elementos del modo de
producción: las relaciones económicas y las fuerzas productivas. La técnica,
los hábitos de producción y la experiencia de trabajo, en su conjunto -lo mismo
si se trata de toda su historia que de un modo concreto de producción- siguen
más o menos un creo cimiento constante. Son el elemento más revolucionario y
mutable de la producción.
En cuanto a las relaciones de producción, si bien
sufren algunos cambios
durante el período
de
existencia de un modo de producción concreto, no se
ven afectadas en
su esencia. El
capitalismo
monopolista de Estado, por ejemplo, tal como existe
en nuestros días, presenta sensibles diferencias si lo comparamos con el
capitalismo del siglo XIX. No
obstante,
la base de
las relaciones capitalistas
de
65 C. Marx y F. Engels, Obras. ed. cit, .t. IX. pág.
136.
producción -la propiedad privada sobre los
instrumentos y medios de producción- sigue siendo la misma, o sea que las leyes
fundamentales del capitalismo se mantienen en vigor. Los cambios radicales de
las relaciones económicas presentan obligatoriamente el carácter de salto, de
solución de la continuidad, que significa la supresión de las relaciones de
producción viejas y su sustitución por otras nuevas, es decir, la aparición de
un nuevo modo de producción.
De aquí se
deduce claramente por
qué la concordancia entre
las relaciones económicas
y el
carácter de
las fuerzas productivas sólo
puede ser
transitoria y provisional en la historia de cada
modo de producción hasta que se llega a la época socialista.
De
ordinario, esa concordancia
existe en la
fase
inicial de desarrollo del modo de producción, cuando
se afirman las nuevas relaciones de producción que corresponden a la fase
alcanzada en el desarrollo de las fuerzas productivas. Mas después de esto, de
ordinario se acelera el progreso de la técnica, la acumulación de experiencia
de trabajo y conocimientos. Y esa aceleración confirma la beneficiosa influencia
de las relaciones
de producción sobre el
avance de las
fuerzas productivas. Cuando las relaciones económicas guardan
concordancia con estas últimas, el desarrollo marcha por un camino
relativamente liso y llano.
Pero las relaciones económicas no pueden seguir al
paso de las fuerzas de producción. En la sociedad
de clases, una vez surgidas, dichas relaciones toman
cuerpo jurídica y políticamente en las formas de
propiedad, en las leyes, en la política de las clases, en el Estado, etc.
A medida que
las fuerzas productivas
crecen, entre ellas y las relaciones de producción se ahonda
inevitablemente la discrepancia hasta transformarse
por último en
conflicto, pues las
relaciones de
producción, ya caducas, se convierten en un estorbo
para que las fuerzas productivas sigan adelante.
Así
vemos lo que
ocurre con las
relaciones
económicas de la sociedad feudal; basadas en la
propiedad del señor
sobre la tierra
con los campesinos a ella
adscritos, hubo un tiempo que correspondían a las fuerzas productivas con que
contaba la sociedad, y por eso ayudaban a su desarrollo. Pero la situación
cambia cuando la industria (manufacturera, y luego con empleo de máquinas) comienza
su rápido avance:
la servidumbre se convierte en un freno que dificultaba el progreso de
la industria; ésta necesitaba de trabajadores personalmente libres y
desprovistos de medios de producción propios, a los que el hambre empujase a
las fábricas para colocarse bajo el yugo del
capitalista. Un claro
ejemplo de discordancia entre las relaciones de
producción y las fuerzas productivas nos lo ofrece el capitalismo moderno. No
otra cosa significan
las catastróficas crisis,
las
guerras, la disminución del ritmo de desarrollo
económico, etc.
El conflicto entre las relaciones de producción y
las fuerzas productivas agudiza las contradicciones
en las distintas esferas de la vida social, y ante
todo entre las clases,
de las que
unas se mantienen
vinculadas por sus intereses a lo viejo y otras ven
su porvenir en las nuevas relaciones económicas que comienzan a madurar.
La sociedad no puede volver atrás, no puede regresar
a fuerzas productivas que correspondiesen a
unas
relaciones de producción
ya caducas; y no
puede aunque las
clases que se
encuentran en el poder
comprendiesen que solamente
ahí estaba su
salvación. Tarde o temprano, el conflicto es
resuelto por otro camino,
el único posible:
la supresión
revolucionaria de las viejas relaciones de
producción, que son sustituidas por otras en consonancia con el carácter de
las fuerzas productivas
y con las
necesidades de su ulterior desarrollo. Da comienzo
un nuevo ciclo que atraviesa las mismas etapas y, si
se trata de una sociedad de clases antagónicas, de
nuevo culmina con la desaparición del viejo modo de producción y con la
aparición de otro nuevo.
3. Base y superestructura
Hemos visto que el estado de las fuerzas productivas
determina el carácter de las relaciones de producción de
los hombres, es
decir, el régimen
económico de la sociedad. Este régimen económico es,
a su vez, la base sobre la cual surgen
las más
variadas
relaciones sociales, ideas
e instituciones. Las ideas
sociales (políticas, jurídicas,
filosóficas,
religiosas, etc.) y las instituciones y
organizaciones (el Estado, la Iglesia, los partidos políticos, etc.)
surgidas sobre una
base concreta forman
la
superestructura de la sociedad. La teoría de la base
y la superestructura explica la manera como el modo
de producción determina en última instancia todos
los aspectos de la vida social, y muestra la relación que existe entre las
relaciones sociales económicas y
todas las demás relaciones de una sociedad concreta.
Cada sociedad históricamente concreta tiene su
base específica y
la superestructura que
le
corresponde.
De la forma de propiedad imperante depende la
división social de
la sociedad, las
clases que la
integran, y esto, a su vez, determina el carácter de
las
instituciones políticas y de las normas jurídicas.
La monarquía es inconcebible con el socialismo, y el sufragio universal
habría sido imposible
en la sociedad esclavista. Las
relaciones feudales de producción
presuponen, según veremos
más adelante, la dependencia no sólo económica, sino también personal
del campesino respecto del dueño de la tierra (servidumbre). En el derecho
feudal esto toma cuerpo en
la desigualdad jurídica
de campesinos y señores:
los primeros, además
de
apropiarse del trabajo de los segundos, intervenían
en todos los aspectos de su vida, mientras que el siervo carecía de derechos.
El paso a las relaciones capitalistas de producción
trae consigo los
cambios consiguientes en
las
relaciones
jurídicas. La coerción
directa y la
dependencia
personal son sustituidas
por la "disciplina del
hambre", y esto, jurídicamente, se traduce en la igualdad formal que la
ley establece entre el obrero y el capitalista. Mas como el derecho
burgués se basa
en el sistema
de la propiedad privada, la
igualdad que proclama
no hace en el
fondo más que robustecer la situación dominante de las clases propietarias.
Quiere decirse que las relaciones políticas y jurídicas derivan de las
relaciones económicas y vienen determinadas por estas últimas,
Lo mismo ocurre con las concepciones
filosóficas, religiosas, morales, artísticas y otras ideas
sociales. Sabemos, por ejemplo, que en la sociedad
primitiva los prisioneros capturados en las guerras
entre las tribus eran muertos y a veces devorados.
Más tarde comenzaron a reducirlos a la esclavitud.
¿Por
qué se "dulcificaron" así
las costumbres
sociales? Sencillamente, porque el aumento de la
productividad del trabajo hizo posible la apropiación del trabajo ajeno, la
explotación del hombre por el hombre. Esta base económica dio origen a nuevas
costumbres, a concepciones nuevas propias de la época esclavista.
De la misma manera, los cambios operados en las
relaciones de producción bajo el socialismo
conducen
a una transformación radical
de las
concepciones, la moral y las normas de conducta de
los miembros de la sociedad. Bajo el capitalismo, la especulación es una
profesión como cualquiera otra, como podría serlo la de médico o de abogado; en
el mejor de los casos es reglamentada (en interés de los especuladores grandes
y en perjuicio
de los pequeños), pero siempre se
halla respaldada por la ley, lo mismo que las instituciones que se hallan a su
servicio (como, por ejemplo, la Bolsa). No puede ser de otra manera en una
sociedad en la que la explotación del trabajo ajeno se ve protegida por la ley
y el dinero es el valor supremo, el nivel por el que se miden todas las
virtudes. Con el socialismo, en cambio, tales acciones no sólo tienen la
condena moral de la sociedad, sino que son perseguidas por la ley.
La circunstancia de que la base predetermina el
carácter de la
superestructura nos lleva
a la
conclusión de que cada cambio de la base -relaciones
de producción- trae
consigo la sustitución
de la
superestructura, o sea modificaciones radicales en
cuanto a la organización del Estado, al derecho, a las relaciones políticas, a
la moral y a la ideología. A su
vez, la superestructura influye sobre las relaciones
de producción, puede frenar o acelerar el cambio de las
mismas. Está claro, por ejemplo, que las
instituciones políticas de la burguesía moderna (en primer lugar el Estado), su
derecho y su ideología contribuyen en gran manera a conservar la propiedad
capitalista y frenan su sustitución
por la propiedad
social socialista, aunque ese cambio se presenta como algo desde hace
tiempo maduro.
En la superestructura de toda sociedad de clases,
las ideas e instituciones de la clase dominante son las
que
prevalecen. A su lado, sin embargo,
se encuentran las ideas y organizaciones de las clases
oprimidas, a las que ayudan a defender sus
intereses.
Así, la escisión
de la sociedad
burguesa en obreros y
capitalistas halla tarde o temprano reflejo
en la conciencia de unos y otros. Esto hace que
junto a la ideología de clase y a las organizaciones de la
burguesía -el Estado, los partidos políticos, la
prensa, etc.- aparezcan y se desarrollen en la sociedad la ideología y
las organizaciones de
la clase obrera.
Tarde o temprano, los obreros adquieren conciencia
de que son una clase específica, de la comunidad de sus intereses y de la
incompatibilidad que éstos presentan con los intereses de los capitalistas. La
conciencia de su interés de clase hace que los obreros
se unan para
la lucha en
común contra los capitalistas. La parte avanzada de la
clase obrera se
agrupa en un partido político, aparecen los
sindicatos y otras organizaciones de masas de los trabajadores. Las relaciones
que unen a
los proletarios en una
organización de clase -partido político, sindicato-
son ya relaciones que antes de establecerse pasaron por la
conciencia de los hombres, pues los obreros ingresan
en el partido conscientemente, por su propia voluntad
y movidos por motivos ideológicos. Entre los obreros
se desarrolla la solidaridad de clase, su propia moral, que se opone a la moral
de la burguesía dominante.
Así, sobre la base real de las relaciones de clase
se eleva toda una pirámide de concepciones,
sentimientos sociales y organizaciones e
instituciones políticas y de otro género: todo esto es lo que abarca el
concepto de superestructura.
En ninguna sociedad es casual la combinación de sus diferentes aspectos: fuerzas productivas,
economía, política, ideología, etc. No puede haber
una sociedad en la que a las fuerzas productivas de la época capitalista, tomemos
por caso, fuesen
incorporadas relaciones de producción propias del
feudalismo y sobre ellas se erigiese una
ideología
esclavista.
El carácter de las fuerzas productivas y el nivel de
su desarrollo predeterminan
las relaciones que
los
hombres establecen entre sí en el proceso de
producción; y estas relaciones forman la base sobre
la que, a su vez, se levanta determinada
superestructura política e ideológica. Cada sociedad es por esto un organismo
completo, lo que se llama
una
formación económico-social, es
decir, un
de producción, su base y su superestructura.
El concepto de formación político-social tiene un
valor formidable para toda la ciencia de la sociedad.
Nos permite comprender por qué, a pesar de toda la
gran variedad de detalles concretos, la totalidad de
los pueblos recorren en líneas generales un mismo camino. La
historia de cada
uno de ellos,
en resumidas cuentas, viene condicionada por el desarrollo de
las fuerzas productivas,
que se subordina a unas mismas
leyes internas. La sociedad avanza mediante una sucesión consecutiva y sujeta a
leyes de las formaciones económico-sociales; y el pueblo que vive dentro de una
formación más avanzada muestra al resto su futuro, de la misma manera que fuera
de él ve su pasado.
La
doctrina de las
formaciones económico- sociales
arranca su velo místico a la historia de la
humanidad,
que ahora puede
ser comprendida y
conocida. "El caos y la arbitrariedad que hasta
ahora reinaban en las ideas de la historia y en la política
han
sido sustituidos por
una teoría científica
asombrosamente completa y armónica, que muestra la
manera como de una forma de vida social, a consecuencia del incremento de las
fuerzas productivas, se desarrolla otra más elevada..." (Lenin).66
4. La historia
como desarrollo y
cambio de formaciones
económico-sociales
El materialismo histórico no impone a la historia
esquemas preconcebidos, no trata de ajustar a sus
conclusiones los acontecimientos del pasado y del
presente.
Todo lo contrario,
él mismo es
una
generalización científica de la historia.
La conclusión de que la historia de la humanidad es una sucesión consecutiva de formaciones
económico-sociales descansa en los conocimientos
fidedignos que poseemos del pasado. La humanidad
en su conjunto ha conocido cuatro formaciones:
comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo y capitalismo, y
actualmente vive en
una época de
transición a la formación siguiente, el comunismo,
la primera fase del
cual es lo
que se conoce
como
socialismo.
¿Cuáles son las características principales de las
fuerzas productivas y de las relaciones de producción
de estas formaciones?
¿En qué dirección
se desarrolló la superestructura política e ideológica que
se levantaba sobre la base, sobre las relaciones de
producción de cada una de ellas?
A continuación trataremos de dar respuesta a estas
preguntas, refiriéndonos sólo, se comprende, a los
rasgos más generales de las formaciones económico- sociales y prescindiendo de
los detalles y rasgos específicos secundarios que tan abundantes son en la
historia de cada país y de cada época.
determinado tipo histórico de sociedad con su modo
66 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XIX. pág. 5.
Régimen de la comunidad primitiva.
El régimen de la comunidad primitiva es,
históricamente, la primera
forma que la
sociedad
adopta
después de que
el hombre se
separa del
mundo
animal, cuando, en
un largo proceso
de trabajo, adquirió las cualidades que le diferencian del resto de los
seres vivos.
Los instrumentos de trabajo de que la humanidad
disponía en las
fases iníciales del
régimen de la
comunidad
primitiva no podían ser
más rudimentarios: la porra,
el hacha de
piedra, el
cuchillo y la punta de lanza del mismo material; más
tarde son inventados el arco y la flecha. La única fuerza motora
que entonces se
conocía era el
músculo del hombre.
El nivel de las fuerzas productivas hallábase en
concordancia con las relaciones de producción que
existían
entre los hombres. Con
aquellos
instrumentos de trabajo y armas el individuo aislado
era incapaz de
hacer frente a
las fuerzas de la
naturaleza y de proporcionarse sustento. Únicamente
el trabajo en común (la caza, la pesca, etc.) de
todos los miembros de la comunidad primitiva, su solidaridad y recíproca ayuda
podían asegurarles la obtención de los recursos necesarios para su vida. El
trabajo en común
traía consigo la
propiedad en común de los medios
de producción que era la base de las relaciones de producción en aquella época.
Todos cuantos integraban la comunidad hallábanse en relaciones iguales respecto
de los medios de producción; nadie podía despojar de ellos al resto y atribuírselos
en propiedad privada.
Al no existir propiedad privada no podía haber
explotación del hombre
por el hombre.
Los
rudimentarios
instrumentos de trabajo, aun
utilizándose en común, daban un rendimiento tan
mísero que apenas si cada individuo podía obtener lo
necesario
para su sustento.
No había excedente
alguno de que se pudiera desposeer al productor en
beneficio de otros miembros de la sociedad. Y como no existía
la explotación del
trabajo ajeno, no se
sentía la necesidad
de un aparato
especial de coerción. Las
sencillas funciones del gobierno de la comunidad eran ejercidas colectivamente
o encomendadas a los hombres más respetados y expertos.
Las
características de la
comunidad primitiva como formación
económico-social venían determinadas, pues, por el bajo nivel de desarrollo de
la producción, por la impotencia en que el hombre se veía ante una naturaleza
hostil. En la conciencia de los hombres de aquella época imperan concepciones
religiosas de una ingenuidad infantil; en todo se someten ciegamente al poder
de la tradición y de la costumbre. El mundo se encontraba para ellos
reducido al marco
de la tribu;
todo lo demás
se hallaba fuera de la ley y las tribus mantenían entre sí cruentas guerras.
El régimen de
la comunidad
primitiva, aunque sin las deformaciones ni los
repelentes rasgos que la explotación impone a la sociedad y a los hombres,
estuvo muy lejos de ser la "Edad de Oro" del género humano.
Con el tiempo, el régimen de la comunidad primitiva
entra en una fase de desintegración. Las causas de su decadencia y desaparición
residían en el desarrollo de las fuerzas productivas. Los hombres llegan poco o
poco a aprender el arte de fundir el metal. Las armas e instrumentos de piedra
van siendo desplazados. Se propaga el empleo del arado con reja metálica, las
hachas de metal, las puntas de flecha y lanza de bronce y de hierro, etc. El
progreso de las fuerzas productivas -de los instrumentos de trabajo y de los
hábitos y costumbres de los trabajadores- da lugar a importantes cambios en la
estructura social. Prodúcese la división social del trabajo: la agricultura y
el pastoreo, y luego las industrias artesanas, se segregan como ocupaciones
especiales. Comienza a ampliarse el intercambio de productos del trabajo,
primero entre las tribus y después en el seno de la propia comunidad.
Gradualmente se hace innecesario el trabajo en común de la comunidad entera. La
tribu y la gens se descomponen en familias, cada una de las cuales se convierte
en una unidad económica autónoma.
El trabajo se
concentra en dichas unidades, aparece la propiedad privada
y se hace posible la explotación:
la producción había progresado tanto que la fuerza de
trabajo humana rendía ya más de lo necesario para el simple sustento del propio
trabajador.
El
perfeccionamiento de los
instrumentos y hábitos de trabajo
fue impuesto por la necesidad, por el deseo de los hombres de aliviar su
trabajo y de disponer de reservas para hacer frente a las calamidades
naturales. Mas con ese perfeccionamiento, los hombres -al margen de su
voluntad, inconscientemente, sin adivinar siquiera las consecuencias sociales a
que esto conduciría- preparaban una transformación completa de la sociedad: el
paso de la formación de la comunidad primitiva a la del esclavismo. Las fuerzas
productivas de la sociedad,
al acrecerse, exigían
nuevas relaciones de producción entre los hombres.
El régimen de la esclavitud.
La base de las relaciones de producción de este
régimen es la
propiedad privada del
esclavista no sólo sobre los
medios de producción, sino también sobre
los propios trabajadores,
sobre los esclavos. Esta propiedad del señor sobre los
esclavos y todo cuanto éstos producen viene impuesta por el nivel de desarrollo
de las fuerzas productivas de la época, suficientemente alto como para que
fuese posible la explotación de los trabajadores. Al mismo tiempo, sin embargo,
era aún tan bajo, que la explotación de los trabajadores, apropiándose parte
del producto por ellos producido, era
sólo posible reduciendo
su
consumo al mínimo, dejándoles lo estrictamente
necesario para que no se muriesen de hambre. Esto podía hacerse únicamente
privando a los explotados de toda clase
de derechos, reduciéndolos a la
situación de "instrumentos que hablan" y empleando con ellos las
medidas de coerción más feroces.
El cambio de las relaciones de producción
revolucionó las esferas restantes de la vida social.
Las
relaciones de colaboración
y solidaridad,
propias de la comunidad primitiva, dejaron paso a
relaciones de dominación de una parte de la sociedad sobre la otra, a
relaciones de explotación, de opresión y de hostilidad irreductible. La
sociedad se escindió en clases antagónicas: la de los esclavistas y la de los
esclavos.
La época de la esclavitud aportó a los trabajadores
terribles calamidades y sufrimientos. "Los intereses
más bajos -la avidez vulgar, la grosera pasión por
los
placeres, la sórdida codicia, la expoliación egoísta
del patrimonio común- sacan de pila a la sociedad
nueva, civilizada, de clase; los medios más odiosos,
el robo, la violencia, la perfidia y la traición,
minan el viejo régimen gentilicio sin clases y conducen a su
caída."67 Así describe Engels la
época de transición del régimen de la comunidad primitiva al esclavismo.
La feroz explotación de que eran objeto los
esclavos provoca en
ellos una desesperada resistencia. Para aplastarla no
servían los viejos órganos de gobierno de la gens y la tribu; requeríase un
aparato especial de violencia, y éste fue el Estado. La nueva institución había
de proteger la propiedad de los esclavistas y asegurar la afluencia constante
de esclavos; a esta situación eran reducidos los prisioneros de guerra y los
deudores insolventes. A la vez que el Estado nació el derecho, o sistema de normas y
prescripciones jurídicas en las que se
recogía la voluntad de la clase dominante y cuya observancia obligatoria era
impuesta por el propio Estado. Aparecieron nuevas costumbres y una ideología
específica de la sociedad esclavista. Entre los opresores se va extendiendo el
desprecio hacia el trabajo físico, en el que empieza a verse una ocupación
indigna del hombre libre; se arraiga la idea de la desigualdad de los hombres.
Y a pesar de todo esto, el régimen esclavista
significaba un gran paso adelante en la evolución de
la humanidad. Prosigue la división social del
trabajo, con la diferenciación entre
la agricultura y las
industrias urbanas y en el seno de estas últimas. La
división del trabajo significaba, a su vez, la especialización de
los instrumentos y
un nuevo
caudal de experiencia. En la agricultura, junto al
cultivo de cereales
aparecen ramas nuevas
(horticultura, fruticultura, etc.). Se inventan
aperos como el arado de ruedas, el rastrillo y la guadaña. La fuerza muscular
del hombre se
ve completada en
gran
escala por la
de los animales.
El trabajo de
67 C. Marx y F. Engels, Obra, escogidas. ed. cit.,
t. II. pág. 240.
verdaderas masas de esclavos permite la construcción
de presas y
sistemas de riego,
de caminos y de
barcos, de conducciones de agua y de grandes edificios urbanos. Y cuando parte
de los miembros de la sociedad
quedan libres de
la participación directa en la
producción -gracias a la explotación de los esclavos-, crean las condiciones
para el progreso de la ciencia y de las artes.
Llega, sin embargo, un tiempo en que se agotan las
posibilidades de progreso que el modo esclavista
de
producción implicaba; sus
relaciones de
producción se convierten en una traba que dificulta
el desarrollo de las fuerzas productivas. Los señores, disponiendo como
disponían de los esclavos, que exigían muy pocos dispendios, no mostraban
interés por el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo. A mayor
abundamiento, no se podía confiar al esclavo instrumentos complicados y
costosos, puesto que no tenía el menor interés en el resultado de su trabajo.
Las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas imponían cada vez más
imperiosamente la supresión de las viejas relaciones de producción.
Esto únicamente podía hacerlo una revolución social,
cuya fuerza motriz eran las clases y capas que
más sufrían del régimen esclavista y que, por tanto,
se hallaban más interesadas en su supresión. Eran
los esclavos y la parte más pobre de la población libre. A medida que
las contradicciones se
ahondan en el viejo
modo de producción,
la lucha de
clases adquiere mayor virulencia. Sus formas son muy variadas, desde la
premeditada inutilización de los instrumentos de trabajo hasta los
levantamientos en los que participan decenas de miles de hombres. En última
instancia, el régimen esclavista cae bajo los golpes conjuntos de las
insurrecciones de las clases trabajadoras
y de las
incursiones de las
tribus bárbaras vecinas, a las que era ya incapaz de hacer frente aquel
Estado debilitado por las contradicciones internas y las guerras. Lo sustituye
una nueva formación: el feudalismo.
El régimen feudal.
La base de las relaciones de producción de este
régimen es la propiedad de los señores sobre los medios de producción, y en
primer lugar de la tierra (el término de "feudalismo" procede de la
palabra latina "feudo"; así se llamaban las tierras que el rey
distribuía entre sus allegados, a cambio de lo cual éstos habían de prestarle
servicio militar). Los campesinos dependían de los señores, pero no en
propiedad plena.68 El señor tenía
derecho al trabajo del campesino, que se hallaba adscrito a la tierra y estaba obligado
a cumplir en
beneficio de aquél
68 En algunos
países como, por ejemplo, Rusia, la servidumbre adoptó formas particularmente
brutales, que la aproximaban a la esclavitud: el señor podía vender y comprar a
los campesinos sin la tierra, etc.
determinadas cargas.
En la sociedad feudal se conocía también la
propiedad personal de los campesinos y artesanos. El
siervo recibía un lote de tierra, tenía su economía
individual cuyos productos, una vez satisfechas las
cargas debidas a su señor, quedaban a disposición del propio campesino.
Esta característica de las relaciones de producción
abría nuevas posibilidades para el incremento de las
fuerzas productivas. El productor directo tenía ya
cierto interés material en el resultado de su trabajo.
Por eso no rompe ni estropea los aperos e
instrumentos, sino que, al contrario, los cuida celosamente y los perfecciona.
La agricultura conoce
nuevos progresos: aparece la rotación de cultivos de
tres hojas y se generaliza el uso de abonos.
Aún son más importantes los éxitos de las industrias
artesanas, que proporcionaban aperos para el campo, objetos para el uso de los
señores feudales
y comerciantes, utensilios, armas y pertrechos
militares. El progreso de las industrias artesanas y del
comercio favoreció el crecimiento de las ciudades,
que con el tiempo se convierten en grandes centros económicos, políticos
y culturales, en
la cuna del
modo capitalista de producción.
La época del feudalismo conoce descubrimientos que
habían de dejar honda huella en la historia: los
hombres
aprenden a convertir
el hierro colado
en
dulce, a construir barcos de vela apropiados para
largos viajes, a
preparar sencillos instrumentos
ópticos (gafas, anteojos de larga vista), inventan
la
brújula, la pólvora, el papel, la imprenta y el
reloj de cuerda. A la energía muscular del hombre y de los animales se
incorpora cada vez más la energía del viento (molino de viento, barco de vela)
y del agua al caer (molino de
agua, rueda hidráulica,
que se empleó extraordinariamente
en la Edad Media).
El cambio de las relaciones de producción propias
del esclavismo por las feudales trajo consigo grandes
modificaciones en toda la vida de la sociedad.
Modificóse, lo primero de todo, la estructura de
clase. La clase dominante pasó a ser la de los señores
feudales, que eran los propietarios de la tierra. La
otra clase fundamental eran los campesinos siervos.
Las relaciones entre unos y otros eran de carácter antagónico, se
basaban en la
contradicción irreductible de sus intereses de clase. Las formas de la
explotación, aunque un tanto suavizadas en comparación con la esclavitud, eran
extraordinariamente duras. Como
antes, la explotación de los
siervos basábase en la coerción extraeconómica. Movido por estímulos puramente
económicos, por su
interés material, el
siervo trabajaba únicamente en su lote de tierra. La mayor parte del
tiempo había de hacerlo para el señor, sin que por ello percibiese remuneración
alguna. Lo que principalmente le hacía trabajar en este caso era el
la amenaza de perder todos sus bienes personales, de
que el señor podía desposeerle.
La lucha de clases se eleva en la sociedad feudal a
un nivel más alto de lo que se había conocido bajo el
esclavismo. Los levantamientos campesinos se
extienden a veces a grandes territorios. Del volumen
de su resistencia a los señores son prueba las
guerras campesinas, que sacudieron sucesivamente un país tras otro: la
insurrección de Wat Tyler en Inglaterra
(siglo XIV) y la de la Jacquerie en Francia (siglos
XIV y XV), la guerra campesina de Alemania (siglo
XVI), el levantamiento
de los taipines
en China (siglo XIX) y de los
sikhos en la India (siglos XVII y XVIII), los movimientos de Bolótnikoz, Razin
(siglo XVII) y Pugachev (siglo XVIII) en Rusia, etc.
La superestructura política e ideológica de la
sociedad feudal es un reflejo de las características
que adoptan la explotación y la lucha de clases.
Para
explotar
y mantener sujetos
a los campesinos,
el
Estado feudal había de recurrir a la fuerza armada
de que disponía no sólo el poder central, sino también cada señor. Este, dentro
de sus feudos, era el dueño absoluto, señor de horca y cuchillo.
El derecho reafirma la desigualdad social y
económica del feudalismo; las clases y capas sociales
adoptan
la forma de
estamentos: nobleza, clero,
campesinos, comerciantes, etc. Las relaciones entre
los estamentos y dentro de cada uno de ellos eran de estricta subordinación y
dependencia personal. Los compartimientos estancos en que la sociedad estaba
dividida eran un obstáculo para el paso de un peldaño a otro en la jerarquía
feudal. En la vida espiritual, el primer puesto lo ocupaba la Iglesia.
Conforme las fuerzas productivas se desarrollan, se
llega al choque entre las relaciones de producción imperantes en el feudalismo
y la superestructura política e ideológica que tales relaciones
predeterminaban. Junto a los pequeños talleres artesanos aparecen grandes
manufacturas basadas en la técnica artesanal, pero en las cuales las distintas
operaciones estaban especializadas y se empleaba a operarios no sometidos a
servidumbre. Cuando la joven burguesía de Europa creaba sus manufacturas no
tenía la menor noción, se comprende, de las consecuencias que esto iba a
acarrear; los único que perseguía era su beneficio directo. Según indica
acertadamente J. V. Stalin, la burguesía, entonces en sus comienzos, "no
advertía ni comprendía que esta
«pequeña» innovación había de conducir a una
reagrupación de las fuerzas sociales que terminaría con la
revolución contra el
poder real, cuyas mercedes tanto estimaba, y contra los
nobles, en el seno de los cuales soñaban a menudo con entrar sus mejores
representantes..."69
Tampoco pensaban en las consecuencias sociales de
sus actos los emprendedores mercaderes cuando ampliaban su comercio y, con
ayuda de las tropas del
temor al castigo, la pena que ello llevaba
acarreada, y
69 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. rusa,
1953, pág. 599.
rey, se apoderaban de nuevos mercados más allá de
los mares. El incremento del intercambio condujo, a su vez, a un rápido
progreso de la producción. A esto contribuyeron
también los descubrimientos científicos y técnicos
realizados en los siglos XVI y XVII.
Poco a poco, en el seno del régimen feudal se va
estructurando el modo capitalista de producción. Para desenvolverse libremente
hace falta que se ponga fin al sistema hasta entonces imperante. La burguesía -
clase portadora del nuevo modo de producción- necesita un mercado de trabajo
"libre", es decir, pide hombres emancipados de la servidumbre y sin
propiedad personal alguna, a los cuales el hambre empuje a las fábricas.
Necesita un mercado nacional, con supresión de las barreras aduaneras y de todo
orden que los señores feudales habían levantado. Quiere la supresión de los
impuestos destinados al sostenimiento de la Corte, con los numerosos nobles que
vivían a su arrimo, y la anulación de los privilegios estamentales. A
lo que aspira
es a imponer libremente su
voluntad en todos los órdenes de la vida social.
Alrededor de la burguesía se agrupan todas las
clases y capas
sociales descontentas con
el
feudalismo: desde los siervos de la gleba y la gente
baja de las ciudades, víctimas de la miseria, la
humillación y toda clase de desafueros, hasta los hombres de ciencia y
escritores avanzados a quienes, cualquiera que fuese su origen, asfixiaba el
yugo espiritual del feudalismo y de la Iglesia.
Comienza la época de las revoluciones burguesas.
El régimen capitalista.
La base de las relaciones de producción del
capitalismo es la
propiedad privada de
la clase
dominante sobre los medios de producción. Los
capitalistas explotan a
la clase de
los obreros
asalariados, emancipados de la dependencia personal,
pero obligados a vender su fuerza de trabajo, puesto que carecen de medios de
producción.
Las relaciones de producción del capitalismo
brindaban amplias posibilidades de desarrollo a las
fuerzas productivas. Aparece y progresa rápidamente
la gran producción maquinizada, basada en el aprovechamiento de fuerzas
naturales tan poderosas
como el vapor y, más tarde, la electricidad, y en la
amplia aplicación de la ciencia. El capitalismo lleva a
cabo la división del trabajo no sólo dentro de cada
país, sino también entre los distintos países, creando así el mercado mundial
y, luego, el sistema mundial
de economía.
Y una vez
más, el cambio
del modo de producción trae consigo modificaciones en
toda la
vida social.
Las clases fundamentales de la sociedad son ahora
los capitalistas y los obreros.
Las relaciones entre
ellos
siguen siendo antagónicas, por
cuanto
descansan en la explotación y opresión de los que
nada tienen por los poderosos. Son las relaciones de una irreductible lucha de
clases. Pero los métodos de explotación y opresión cambian sustancialmente: la
forma dominante de coerción es la económica. El capitalista no suele necesitar
de la fuerza para obligar que trabajen en su beneficio. El obrero, carente de
medios de producción, se ve reducido a hacerlo "voluntariamente" bajo
la amenaza de la muerte por hambre.
Las relaciones de
explotación se hallan ahora encubiertas por la
"libre" contratación de los obreros por los patronos, por la
"libre" compraventa de la fuerza de trabajo.
Cambian los métodos de explotación y cambian también
los métodos de la dominación política. Se
hace
posible el paso
del despotismo descarado,
propio de las formas anteriores, a un despotismo más
refinado, revestido con el ropaje de la democracia burguesa. El poder ilimitado
del monarca hereditario desaparece, siendo sustituido por la república
parlamentaria; implántase el derecho electoral y se proclaman la libertad
política de los ciudadanos y la igualdad de todos ante la ley. Esto es lo que
mejor correspondía a los principios de la libre competencia, del libre juego de
las fuerzas económicas que durante largo tiempo sirvió de base al capitalismo.
Al establecimiento del régimen democrático-burgués contribuyó en gran medida la
lucha de los trabajadores, y sobre todo de la clase obrera, la constante
presión de las masas populares que exigían la implantación de nuevas formas
democráticas y la ampliación de las ya vigentes.
Ahora
bien, con todas
las diferencias que podemos observar entre las
superestructuras políticas
e ideológicas de la sociedad burguesa y la feudal,
lo
principal seguía en pie: una y otra correspondían a
las relaciones propias de la propiedad privada y de la
explotación.
La parte preponderante
de la nueva
superestructura
correspondía a las
instituciones e ideas de la clase
opresora, de la burguesía, y estaban destinadas a defender su dominación de
clase y a mantener a las masas explotadas en la obediencia.
La formación capitalista, y así nos lo dice ahora no
ya la teoría, sino también la práctica social, es
temporal
y perecedera. En
su seno maduran
y se
ahondan los antagonismos irreductibles, y en primer
término la contradicción entre el carácter social de la producción y la forma
privada de la apropiación.70 La única salida de estas contradicciones es el
paso a la propiedad social sobre los medios de producción, es decir, al
socialismo.
Pero, lo mismo que ocurrió en otros tiempos, el paso
al nuevo modo de producción es posible únicamente mediante la revolución
social. La fuerza llamada a realizar esta revolución es la clase obrera,
70 Al análisis de los modos capitalista y socialista
de producción están dedicadas dos secciones de nuestra obra: la tercera y la
quinta, respectivamente.
que es engendrada por el propio capitalismo. Agrupa
en torno suyo a todos los trabajadores, derroca la dominación del capital y
crea el régimen nuevo, socialista, que no conoce la explotación del hombre por
el hombre.
El régimen socialista.
La base del modo socialista de producción es la
propiedad social de los medios de producción. De ahí
que las relaciones de producción de la sociedad
socialista sean de colaboración y recíproca ayuda de
los trabajadores no sometidos a explotación alguna.
Dichas relaciones corresponden al carácter de las fuerzas productivas: el
carácter social de
la
producción se ve sostenido por la propiedad social
sobre los medios de producción.
A diferencia del régimen de la comunidad primitiva,
la socialización de los medios de producción se apoya en este caso en unas
fuerzas
productivas, una cultura y un poder del hombre sobre
la naturaleza infinitamente
superiores. El nuevo
régimen brinda a la humanidad posibilidades
ilimitadas de progreso en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas y en
todos los órdenes de la vida
de la sociedad.
*
Tales son, en sus líneas más generales, las
principales etapas que la humanidad ha recorrido.
Todo
cuanto conocemos del
pasado es una
confirmación patente y viva de la veracidad
científica de la interpretación materialista de la historia, la esencia de la
cual formuló Marx como sigue en su prefacio a Aportación a la crítica de la
economía política:
"En la producción social de su vida, los
hombres entran en relaciones determinadas, necesarias y que
no dependen de su voluntad: las relaciones de
producción, que corresponden a determinado grado
de
desarrollo de sus
fuerzas materiales de producción. El conjunto de estas
relaciones de producción forma la
estructura económica de la
sociedad, la base real sobre la que se eleva la
superestructura jurídica y
política y a
la que
corresponden determinadas formas de conciencia
social. El modo de producción de la vida material condiciona en general los
procesos social, político y
espiritual de la vida. No es la conciencia de los
hombres lo que determina su ser, sino, al contrario,
su ser social determina su conciencia. Llegadas a
cierto grado de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad
entran en contradicción con
las relaciones de producción existentes, o -lo que
es sólo expresión jurídica de esto- con las relaciones de
propiedad dentro de las cuales se desarrollaron
hasta entonces. De formas que eran de desarrollo de las fuerzas productivas,
estas relaciones se convierten en
menos rápidamente, se produce la transformación de
toda la enorme superestructura."71
5. La ley histórica y la actividad consciente
de los hombres
El desenvolvimiento de la sociedad es un proceso
sujeto a leyes y subordinado a cierta necesidad
histórica que no depende de la voluntad ni la conciencia de los hombres.
Conocer esa necesidad y dilucidar cuáles son las leyes que determinan la marcha
de la historia y el modo como éstas actúan es el fin más importante de la
ciencia social, la premisa necesaria para que las leyes objetivas puedan ser
aprovechadas en beneficio de la sociedad.
Cómo actúan las leyes sociales.
La doctrina marxista del proceso histórico como algo
sujeto a leyes se opone por igual a las nociones subjetivistas, que consideran
la historia como un conglomerado de hechos casuales, y al fatalismo, que niega
el valor de la actividad consciente de los hombres, de su capacidad para
influir en la marcha del desarrollo social.
El fatalismo es orgánicamente ajeno a la concepción
materialista de la historia, pues las leyes
por las que
la sociedad se
desarrolla no actúan
automáticamente, por sí mismas. Producto como son
de la
actividad de los
hombres, estas leyes determinan a su vez la orientación
general de la actividad humana. Sin los hombres y fuera de la acción de
éstos, las leyes
sociales no existen
ni pueden existir.
Tal concepción de la necesidad histórica abre una
sustancial diferencia entre
los marxistas y
los
oportunistas,
quienes, por ejemplo,
de la acertada
tesis de que el triunfo del socialismo es inevitable
llegan a la errónea conclusión de que no hace falta
luchar
contra el capitalismo;
hay que limitarse
a
esperar a que las "leyes de la historia"
conduzcan por sí mismas a la sustitución del capitalismo por el socialismo.
En realidad, estas leyes no hacen la historia por sí
mismas, sin la
intervención de los
hombres.
Únicamente determinan la marcha de la historia a
través de la acción, de la lucha y de los esfuerzos orientados de millones de
seres humanos.
Los
críticos burgueses del
marxismo pretenden ver una contradicción
en el hecho de que sus adeptos
hablan
de la sustitución
inevitable del capitalismo por el
socialismo y, al
mismo tiempo, crean
un partido político para la lucha por el socialismo. A
nadie se le ocurriría, dicen esos críticos,
constituir un partido para traer los eclipses de sol, dado que, de
todas las maneras, los eclipses han de producirse.
El
argumento en cuestión
demuestra que los
"críticos" burgueses
no pueden o no quieren
una traba. Entonces adviene la época de la
revolución
social. Con el cambio de la base económica, más o
71 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I,
Moscú, 1955, pág.
322.
comprender la teoría del marxismo ni la marcha de la
historia. El eclipse de sol se produce sin intervención alguna de los hombres,
mientras que el paso del capitalismo al socialismo significa el cambio de un
régimen social que
es producto de la actividad humana y que no puede modificarse
por sí mismo. Esa actividad es de por sí un factor necesario del movimiento,
sujeto a leyes, de la sociedad hacia el socialismo. Cuando se dice que las
leyes objetivas se abrirán camino forzosamente, lo que con ello se expresa no
es que los cambios necesarios se producirán por sí mismos en la sociedad, sino
que, tarde o temprano, aparecerán fuerzas sociales interesadas en hacer que se
cumplan esas leyes, y que con su lucha conseguirán ponerlas en marcha.
El marxismo-leninismo, que examina
dialécticamente la ley social, ve que actúa en forma
de
tendencia predominante del
desarrollo de unas
relaciones sociales concretas. Esto significa que la
ley determina la orientación general del movimiento,
como una necesidad que se desprende de unas u otras
condiciones sociales. Pero el desarrollo social es
contradictorio, y la marcha concreta de los acontecimientos no depende sólo de
las leyes generales, sino de la correlación real de las fuerzas de clase, de la
política de las clases en lucha y de otras muchas condiciones
específicas. Cuando los marxistas afirman que el capitalismo será
sustituido forzosamente por el socialismo, a lo que se refieren es a lo
siguiente: las leyes objetivas de la sociedad capitalista conducen
obligatoriamente a la agudización de sus contradicciones
económicas y políticas; esto da origen a una lucha, siempre en aumento, de
la clase obrera
y de todos
los trabajadores contra el régimen capitalista, lucha que terminará con
la muerte del capitalismo y con el triunfo del socialismo. La lucha de la clase
obrera expresa una necesidad histórica, pero a su éxito en cada momento
concreto contribuyen muchas circunstancias: el nivel de la conciencia y
organización de la
clase obrera, el
grado de influencia de los
partidos marxistas, la política de los partidos socialistas, la política del
Estado burgués, etc. La acción de unos factores puede acercar el triunfo definitivo
de la clase
obrera, mientras que otros la retardan. En última instancia,
sin embargo, la clase obrera y el socialismo triunfarán inevitablemente. Por
eso, cuando los comunistas y sus
aliados impulsan la
lucha de liberación
de la clase obrera y de todos los
trabajadores y les ayudan a adquirir conciencia y organización, aceleran la
marcha de la historia por los cauces que sus propias leyes le dictan y
disminuyen los "dolores del parto" de la nueva sociedad.
Por lo tanto, cuando la teoría marxista admite la
necesidad del proceso histórico y las leyes que lo
rigen,
lo hace subrayando
al propio tiempo
el
las clases avanzadas. "El marxismo -escribe
Lenin- se distingue de todas las demás teorías científicas por la excelente
combinación que en él se observa de una completa serenidad científica en el
análisis de la situación objetiva de
las cosas y
de la marcha objetiva de la evolución con el más
decidido reconocimiento del valor
de la energía revolucionaria, de la creación
revolucionaria, de la iniciativa revolucionaria de las masas, y también,
naturalmente, de los individuos, grupos, organizaciones y partidos capaces de
buscar y establecer vínculos con unas u otras clases."72
Papel de las ideas en el desarrollo de la sociedad.
Esta circunstancia de
que la ley
histórica se manifiesta en la
actividad de los hombres nos lleva a
admitir el enorme papel de las ideas sociales.
Los
críticos del marxismo
afirman que el materialismo histórico rebaja o niega en
absoluto el
papel de las ideas en la historia. Así lo prueba,
dicen, que los marxistas consideren la vida espiritual de la
sociedad como un reflejo de su vida material. Pero
indicar el origen de las ideas sociales no significa en modo alguno negar o
rebajar su significado. Lo cierto
es que el marxismo está muy lejos de negar el valor
de las ideas, de los ideales sociales, de las pasiones e
inclinaciones humanas y de todos los impulsos
internos del hombre.
Los comunistas se contradecirían a sí mismos si, a la vez
que tratan de
llevar a los trabajadores su ideología científica,
de cultivar en ellos
el sentimiento de
solidaridad de
clase, el internacionalismo, etc., negasen el valor
del factor subjetivo, es decir, de la acción consciente de
los hombres en la historia.
El marxismo se limita a afirmar que las ideas y
sentimientos de los
hombres no son
las causas
últimas de los acontecimientos históricos, que esas
ideas yesos sentimientos prolongan sus raíces hasta
las condiciones de la vida material de la sociedad.
Y a renglón seguido, sostiene que las condiciones de la vida material pueden
originar unas u otras acciones
de los hombres sólo cuando pasan a través de su
conciencia, cuando han
dejado huella en
ella en
forma de determinados ideales, concepciones, fines,
etc.
La historia del pensamiento social de todos los
pueblos demuestra que la aparición de unas u otras
ideas se encuentra en relación íntima con las necesidades de desarrollo de la
vida material de la sociedad. Las ideas nuevas, que llaman al cambio del
régimen social, aparecen y se propagan únicamente cuando el
desarrollo de la
vida material de la
sociedad plantea a los hombres nuevas tareas. Estas, en una u otra forma, son
comprendidas por los hombres y toman cuerpo en las ideas correspondientes.
Quiere decirse que la propia aparición
y propagación de
las ideas nuevas,
decisivo papel de la lucha activa de los hombres y
de
72 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XIII. págs.
21-22.
revolucionarias, que llaman al cambio del régimen
social, no son algo que surge por azar. Son un reflejo, sujeto a leyes, de las
modificaciones producidas en la vida material de la sociedad. Engels escribe,
por ejemplo, que el socialismo científico no es sino el reflejo, en el
pensamiento de los hombres, del conflicto entre las nuevas fuerzas productivas
y las relaciones capitalistas de producción, un reflejo en las cabezas
de la clase
obrera, que es
la víctima directa de este
conflicto.
Las ideas, que surgen sobre la base de las
necesidades materiales de la sociedad, influyen, a su
vez, sobre la marcha del desarrollo social. ¿Cómo se
produce esto?
Cierto
que las ideas
no pueden actuar directamente, de por sí, sobre la vida
material de la sociedad: aparecen y viven en las mentes de los hombres y por
eso su influencia sobre la marcha del desarrollo social únicamente se dejará
sentir cuando se materialicen en determinados actos, en la conducta del hombre.
Y esto ocurre así. Si las ideas responden a las necesidades maduras de la vida
social, tarde o temprano llegan a
la conciencia de
las grandes masas, conviértense en
las propias ideas de las masas y agrupan a éstas en un poderoso ejército
alentado por una voluntad y un fin únicos. El descontento y el movimiento
espontáneo de las masas se convierte en lucha consciente y organizada. Las
ideas dejan de ser simplemente esto, ideas, y se transforman en obra: agrupan y
organizan a los hombres y dan lugar a determinadas acciones
prácticas. Por esto
decía Marx que las ideas, cuando prenden en las masas, se convierten en
fuerza material.
Cierto que la conciencia social de cada sociedad
concreta es un fenómeno complejo y contradictorio. El ser social no es
homogéneo y contiene tanto tendencias y fenómenos avanzados y revolucionarios
como viejos y
reaccionarios. Esto encuentra
su reflejo en la conciencia social. De un lado hay ideas viejas y
reaccionarias, que son
expresión de las clases caducas y reflejan condiciones
sociales que ya agotaron sus posibilidades. Tal es, por ejemplo, la moderna
ideología burguesa, que aspira a perpetuar el podrido régimen capitalista. De
otro, surge y toma cuerpo la ideología de las clases avanzadas y
revolucionarias, cada vez más influyente, que refleja las nuevas necesidades de
la vida social y llama a los hombres a ir adelante, por la vía del progreso.
Incluso
cuando la clase
dominante se ha convertido
en reaccionaria, su
ideología prevalece aún durante
largo tiempo: primero, se apoya en la fuerza de la costumbre y de la tradición
establecida; segundo, es impuesta activamente por todo el aparato del poder (y
ante todo por el Estado) y por las numerosas
instituciones de la
clase dominante (Iglesia,
prensa, etc.), que a la vez se oponen a la propagación de las ideas nuevas. Mas
la nueva ideología posee una
ventaja decisiva, puesto que
refleja las necesidades del desarrollo social. Las
ideas revolucionarias pueden ser prohibidas, pero no destruidas. Tarde o
temprano prenden en las masas y entonces llega la última hora del régimen
viejo. Así es como las ideas sociales se insertan en la marcha del desarrollo
histórico, siempre sujeto a sus propias leyes.
Este importante papel de las ideas en la historia es
lo que
las hace tan
valiosas en la
lucha por la
transformación revolucionaria de la sociedad. No en
vano propuso Lenin,
como primer paso
para la
creación del partido marxista en Rusia, la
publicación de Iskra, es decir, la propagación de las ideas
revolucionarias entre los
obreros para luego
consolidar la unidad ideológica con una organización
material, con el partido político. Sin el trabajo de
movilización, organización y transformación de las
ideas nuevas es imposible cumplir las tareas que a la sociedad plantea el
desarrollo de su vida material.
Cuanto más elevado es el nivel de la conciencia
revolucionaria de los
hombres, cuanto más
se
extienden las ideas revolucionarias entre las masas,
más fácil y rápidamente son cumplidas las tareas que surgen ante la sociedad.
Espontaneidad
y conciencia en
el desarrollo social.
El desarrollo de todas las formaciones sociales
anteriores al socialismo transcurrió de manera que las
leyes objetivas obraban elementalmente, como una
necesidad ciega que
se abría camino
entre las
acciones casuales y dispersas de los individuos. Las
leyes objetivas imperaban sobre los hombres y eran
concebidas como una fuerza ajena e incomprensible a
las cuales habían de someterse.
Esto no se
debe, se comprende,
a la sola
circunstancia de que los hombres no conociesen las
leyes sociales. La
causa principal de esa
espontaneidad del desarrollo social es que la producción material, lo más
importante dentro de la vida de la sociedad, permanecía fuera del control de
los hombres. La propiedad privada sobre los instrumentos y medios de producción
no permite infundir una dirección consciente a la marcha de la sociedad en su
conjunto. Cada uno actúa entonces por su cuenta y riesgo en su empresa, en su
taller, en su trozo de tierra, y la sociedad como tal se mueve espontáneamente,
sin el control consciente de los hombres. Dividida como está en clases
hostiles, no tiene una voluntad común que oriente su desarrollo hacia donde las
leyes sociales dictan.
El predominio de las fuerzas ciegas de la sociedad
ha penetrado profundamente en la psicología de los hombres. Bastará recordar
representaciones místicas como la creencia en la suerte, en el sino, como algo
que rige la vida y la muerte de los individuos y pueblos, y también, se
sobreentiende, la religión.
Pero también en la sociedad de explotadores la
actividad
consciente de los
hombres comienza a veces a desempeñar ya un gran papel. Nos
referimos, sobre todo, a los períodos
de las revoluciones sociales, que presuponen la
comprensión de sus principales
tareas históricas, siquiera
sea en sus líneas más generales, por parte de la
clase revolucionaria o, al menos, de su vanguardia. Los ideólogos de la
revolución francesa del siglo XVIII no conocían la esencia de las leyes
económicas que imponían la sustitución del feudalismo por el capitalismo; no
obstante, formularon más o menos acertadamente las reivindicaciones prácticas
que de ellas se desprendían (abolición de la dependencia personal de los
campesinos y de la reglamentación gremial, supresión de los privilegios de la
nobleza, etc.), por cuanto la burguesía tenía un interés vital en que esto se
llevase a efecto. Sin embargo, aun siendo así, las consignas acertadas se
entrelazaban con otras ilusorias, y los hombres de la Ilustración habrían
sentido sin duda gran asombro y desencanto al ver que en vez del "reino de
la razón", que sinceramente defendían,
triunfaba la más
despiadada ley del dinero.
El proletariado es la primera clase de la historia
que no alberga ilusión alguna. No necesita engañarse
a sí mismo,
pues la marcha
objetiva de los
acontecimientos no se opone ni se opondrá a sus
intereses y fines; todo lo contrario, conduce hacia ellos. Tampoco necesita
engañar a otros, pues no busca privilegio alguno en perjuicio del resto de los
trabajadores: la clase obrera no puede emanciparse sin liberar a la humanidad
entera, sin destruir toda explotación del hombre por el hombre.
La clase obrera comienza a valerse conscientemente
de las leyes históricas dentro aún de la sociedad capitalista, cuando adquiere
su teoría científica, crea su partido político, agrupa a su alrededor a todas
las capas trabajadoras del pueblo y lucha en la dirección que le dictan las
leyes objetivas del propio capitalismo, que es el paso al socialismo. La
revolución social del proletariado es la primera en la historia en que la
vanguardia revolucionaria de las masas
trabajadoras -el partido
marxista-leninista- tiene
clara noción del
sentido objetivo de
sus acciones y dirige conscientemente la lucha de las grandes masas por
la transformación revolucionaria del régimen existente.
Cuándo son dominadas las leyes del desarrollo
social.
En la época del socialismo, gracias a la propiedad
social sobre los medios de producción, los hombres
ponen bajo su control la producción de la sociedad en su conjunto. Así pueden
fijar, con una base científica, las proporciones entre los distintos sectores
de la economía nacional, entre el consumo y la acumulación, entre la producción
de artículos de amplio consumo y los ingresos de la población, etc.
La concentración en manos de la sociedad socialista
de los medios fundamentales de producción permite planificar la
economía, lo cual
asegura su rápido ritmo de crecimiento.
El hecho de que los hombres utilicen
conscientemente las leyes sociales no
quiere decir que éstas pierdan su
carácter objetivo; la sociedad puede orientarse así libremente en la situación
y, teniendo presentes las condiciones objetivas, dirigirse según sus planes
hacia los fines propuestos, que son fijados
de conformidad con dichas
leyes. En principio, es lo mismo
que cuando nos referimos a las leyes de la naturaleza. El hombre no puede
abolir la ley de la gravitación universal, pero conociendo las leyes de la
aerodinámica construye aviones que se elevan en el aire venciendo la atracción
de la Tierra. De la misma manera, la sociedad no puede establecer a su arbitrio
la proporción de las distintas ramas de la economía nacional, pero el
conocimiento de estas proporciones objetivas le permite la planificación
consciente de su
desarrollo, tomando en consideración sus necesidades, sin temor a
crisis ni desproporciones. Así, la necesidad, propia de los fenómenos sociales,
se convierte en necesidad conocida.
Las consecuencias sociales de la utilización
consciente de las leyes son de capital importancia.
Primeramente, los hombres dejan de ser esclavos
de las leyes;
en posesión de
una teoría científica como se
hallan, pueden prever
y prepararse de
antemano
para una u
otra acción de
las leyes,
encaminarla en el sentido que les conviene, etc. En
una palabra, los hombres se convierten en señores de sus propias relaciones y
de las leyes que las regulan. Y a consecuencia de ello crece el papel de la
conciencia social y de la superestructura en su conjunto en el progreso de la
sociedad.
Dentro
del socialismo, el
conocimiento de las leyes
objetivas se traduce
ante todo en
la labor
concreta del Partido y del Gobierno en cuanto a la
dirección
de la vida
económica. Cuanto más profundo es el conocimiento de las leyes
que rigen la
economía socialista, tanto más seguros son los actos
del Partido y del Estado al establecer las vías del
desarrollo económico del país, tanto más acertada es la dirección de la
economía nacional, tanto menor es el peligro de las desproporciones y
eventualidades en la marcha de la producción social, tanto más reales son los
planes económicos.
En segundo lugar, el conocimiento de las leyes
objetivas permite ver claramente la meta final del
movimiento tal y como la esboza la marcha entera
del desarrollo social.
Se comprende que
sabiendo
cuál es la meta, puede llegarse a ella por un camino
más recto, ahorrando esfuerzos y recursos.
En
tercer lugar, la
coincidencia de la
línea
objetiva de desarrollo con los intereses,
aspiraciones y deseos de la mayoría de la sociedad multiplica los
entusiasmos, las energías y la tenacidad de las
masas para la consecución del fin propuesto, con lo cual el avance de la
sociedad se acelera.
6. Inconsistencia de la sociología burguesa
El miedo a las leyes de la historia.
El
materialismo histórico revela
las leyes objetivas del desarrollo
social y muestra el camino que permite conocerlas y valerse de ellas en interés
de la sociedad. La sociología burguesa, en cambio, o bien centra todos sus
esfuerzos en demostrar que la sociedad no conoce ley alguna, o bien trata de
deformar el contenido de las leyes sociales.
Esta posición de los sociólogos burgueses no es
fruto del azar. En otros tiempos, cuando la burguesía
era una clase progresiva, sus ideólogos miraban la
sociedad como parte de la naturaleza y trataban de
descubrir las "leyes naturales" de su desarrollo. Y aunque tales
intentos no llegaron a rebasar hasta el fin el marco de la concepción idealista
de la historia, repercutieron favorablemente en la marcha de la ciencia social.
Otra cosa completamente distinta es ahora,
cuando el capitalismo
se encuentra en su
ocaso.
¿Cómo explicar acontecimientos tan formidables de
nuestros tiempos como el triunfo de la Gran Revolución de Octubre, la formación
del sistema socialista mundial, el
hundimiento del sistema colonial del imperialismo, etc.?
Admitir que fueron debidos a la acción de leyes
significa reconocer como inevitables el fin del capitalismo y el triunfo del
socialismo, es decir, romper con la ideología burguesa. Y los hombres de
ciencia burgueses, salvo raras excepciones, no son capaces de llegar hasta ahí.
Y negar la existencia de leyes objetivas en los acontecimientos de nuestra
época significa forzosamente la renuncia a la idea de la ley histórica en
general y al estudio científico de las relaciones sociales. Eso es precisamente
lo que caracteriza a la moderna sociología burguesa. El miedo a las leyes de la
historia, que condenan a la desaparición al capitalismo, empuja a los
sociólogos burgueses a su violenta lucha contra el marxismo- leninismo, sin que
se detengan ante la deformación del estado real de cosas.
Según
indicaba V. I.
Lenin, "eliminar de la
ciencia las leyes no significa en realidad sino introducir las leyes de la
religión".73 De ahí que muchos
sociólogos burgueses contemporáneos hagan abiertamente la
propaganda del misticismo,
que hablen de la "predeterminación divina" del proceso
histórico y de la "fuerza misteriosa de la providencia" que gobierna
la marcha de la historia. En la lucha contra la concepción materialista de la
historia y la visión científica de los fenómenos sociales se recurre a los
procedimientos más diversos. Los más importantes de ellos son: la explicación
psicológica
73 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 182.
del
desarrollo social; la
negación de las
leyes objetivas de la historia con el pretexto de que los
acontecimientos "no se repiten", y, por último, la sustitución de las
leyes históricas por leyes de la biología o de otras ciencias naturales.
Teoría psicológica de la sociedad.
La explicación psicológica del desarrollo social,
que, como hemos
visto, es característica de la
sociología
burguesa en períodos
anteriores, afirma que la vida
social es un producto de la conciencia
humana, de la psiquis del hombre. Actualmente la
psicología burguesa interpreta la psiquis humana en un sentido irracionalista;
el hombre, nos dice, no es
un ser consciente, sino que obra principalmente bajo
la influencia de impulsos inconscientes y de instintos
biológicos. Ese es el punto de vista del psiquiatra
y sociólogo austríaco Freud, que tan sensible ascendiente ha
ejercido en los
medios burgueses;
según él, todos los actos de los hombres vienen
condicionados por un principio animal, por el instinto
sexual principalmente, y la conciencia no es más que
la superestructura de los instintos e inclinaciones del subconsciente. Los
sociólogos burgueses deducen de
todo esto la imposibilidad de una acción consciente
sobre las relaciones sociales, de impedir las guerras,
etc. Los movimientos revolucionarios son calificados
de "histeria de
las masas" y
a los obreros descontentos con
el sistema capitalista
se les
recomienda acudir al psiquiatra, que les ayudará a
"conformarse" con el régimen existente.
La sociología burguesa no se limita a difamar a las
masas que mantienen conscientemente la lucha por la democracia y el socialismo,
sino que trata de desacreditar el propio fin que esta lucha persigue, cuando
declara inmutable la naturaleza animal del hombre. Pero
hemos visto ya
que la psiquis individual no es lo que determina
las relaciones sociales, puesto que ella misma depende de las condiciones
históricas. Los "salvajes sentimientos" como la
codicia, el "instinto de
propiedad", etc., sobre los
que escriben los sociólogos burgueses, son en realidad producto de un
determinado medio social. La transformación de la conciencia humana en el
curso de la
revolución socialista, tal
como ha sucedido en la U.R.S.S.
y en las democracias populares, la aparición de nuevos rasgos espirituales (por
ejemplo, el colectivismo, como oposición al individualismo burgués) no deja
piedra sobre piedra de las afirmaciones burguesas acerca de que la naturaleza humana
no se presta
a modificación alguna.
No corren mejor suerte los autores burgueses que ven
el motor principal de la sociedad en la conciencia
"colectiva", de "grupo" o
"social". Hemos visto que,
en efecto, la conciencia social, o conjunto de ideas
sociales, desempeña un
papel importante. Pero
bastará preguntarnos por qué en un período concreto
imperan unas ideas, y luego otras distintas, o por
qué se diferencian las
concepciones de las
distintas clases, para comprender con absoluta claridad que la vida
espiritual de la sociedad en su conjunto o de cada una de las clases es
producto y reflejo de su vida material. Negarlo significa suprimir de un
plumazo la ciencia de la sociedad y renunciar al conocimiento de las leyes
internas que la rigen. Este punto de vista es el que mantienen los sociólogos
más reaccionarios, los irracionalistas, con su afirmación de
que la historia
no puede ser
una ciencia y de que no se basa en el conocimiento objetivo, sino en la
intuición y en el "acto de fe".
Descripción contra explicación.
Bastante más sutiles son los métodos a que en su
lucha contra el
determinismo científico recurre
la
"sociología
empírica", corriente que
guarda
relaciones
íntimas con la
filosofía del neopositivismo. Sus
voceros defienden de palabra el
estudio
científico y objetivo
de los fenómenos
sociales, aunque en la práctica toda su
"ciencia" se reduce a una simple descripción de hechos sueltos, de
los que resulta imposible extraer una conclusión general. Esta actitud se
argumenta con razonamientos plausibles acerca de la complejidad de la vida
social, del peligro de incurrir en esquematismos, etc. En el mundo no hay dos
personas iguales, no hay dos acontecimientos iguales; quiere decirse, concluyen
estos sociólogos, que tampoco puede haber leyes generales en el desarrollo
histórico.
Pero tal argumentación carece por completo de base.
Es verdad que cada acontecimiento histórico se produce una
vez y no
puede repetirse. No
puede haber un segundo Napoleón ni un segundo suicidio de Hitler. Mas
tal circunstancia no es óbice para que en este proceso individual se den rasgos
comunes y que se repiten, de suerte que un estudio profundo nos permite
advertir cierta ley. Por diferentes que hayan sido las
circunstancias concretas en que se produjeron las dos guerras mundiales, el
análisis científico nos dice que ambas se debieron, en última instancia, a una
misma causa: la agudización de las contradicciones entre
las potencias imperialistas como consecuencia de su
desigual desarrollo económico y político. Por diversas que sean las condiciones
de la construcción del socialismo en los distintos países, siempre encontraremos
unas leyes generales: la necesidad de la dictadura del proletariado, de la
socialización de los medios de producción, etc. El estudio de estos rasgos
comunes y que se repiten no conduce al esquematismo y al dogmatismo, como
afirman, a coro
con los sociólogos burgueses,
los modernos revisionistas; todo lo contrario, es una
condición imprescindible cuando se trata de investigar los fenómenos sociales,
puesto que nos proporciona una base científica de comparación.
Mas la burguesía imperialista siente repugnancia por
todo lo que se parezca a ese estudio, ya que inevitablemente pone al desnudo la
podredumbre del capitalismo. De ahí que las investigaciones sociológicas se
limiten a la descripción de casos parciales y huyan de los problemas generales
y básicos.
Deformación de las leyes históricas por el social-
darvinismo.
Muchos sociólogos burgueses tratan de encubrir
su falsificación de las leyes históricas con un
ropaje seudocientífico. Entre sus procedimientos favoritos figura el de
reemplazar las leyes sociales por las biológicas. Los adeptos de esta
tendencia, aparecida en el siglo XIX y que se conoce con el nombre de
social-darvinismo, razonan así: El hombre es parte de la naturaleza, por lo que
el desarrollo de la sociedad humana estará sujeto a las mismas leyes que la
evolución de las especies biológicas; en la naturaleza nos encontramos con la
selección natural y el más fuerte es el que subsiste en la lucha por la
existencia: lo mismo ocurre en la sociedad. De ahí se llega a la conclusión de
que la lucha de clases es una manifestación de la eterna lucha por la vida, y
de que el sistema de
explotación capitalista, el
yugo colonial, etc., son fenómenos inherentes a la propia esencia
biológica del hombre. Por lo tanto, las leyes de la jungla capitalista
adquieren fundamentación biológica y son elevadas a la categoría de eternas e
inmutables.
No puede haber, empero, nada más falso que
semejantes teorías, que dan pie para los más repugnantes prejuicios racistas y
de otra índole. "No hay nada más fácil -dice V. I. Lenin- que colgar
etiquetas de «energético» o «biólogo-sociológico» a fenómenos como las crisis,
las revoluciones, la lucha de clases, etc., pero tampoco hay nada más estéril,
escolástico y muerto que esta ocupación."74 Las leyes de desarrollo de la
sociedad humana son leyes específicas,
que se diferencian
cualitativamente de las leyes de
la naturaleza. A diferencia de los animales, que se adaptan pasivamente a las
condiciones naturales, el hombre produce los bienes materiales que le son
necesarios. Por eso, siquiera sea, todos los
intentos de atribuir
a leyes de la
biología las calamidades que los trabajadores sufren bajo el capitalismo, no
resisten la menor crítica. Contrariamente a lo que sostienen los discípulos del
reaccionario Malthus acerca de la "superpoblación" de la tierra, la
humanidad está por completo en condiciones de satisfacer sus crecientes
necesidades materiales. El sistema de explotación del hombre por el hombre y la
lucha de clases a que ello da lugar no es una manifestación de la "lucha
por la existencia" biológica, sino consecuencia de un determinado
régimen económico-social históricamente
74 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XIV, pág. 314.
perecedero. Si el capitalista puede explotar al
obrero no es porque posea una organización biológica más elevada, sino porque
es dueño de los medios de producción,
de que el
obrero carece. Según demuestra la experiencia de la
construcción del socialismo en la U.R.S.S. y en las democracias populares, el
régimen socialista pone fin a la desigualdad de clase y a la competencia -el
eterno motor del progreso, según la sociología burguesa-, sin referirnos
ya a la
desocupación, que los sociólogos burgueses esgrimen como
prueba de la superpoblación de la tierra. De la misma manera, el despertar de
las colonias y pueblos dependientes de Oriente
y los rápidos
progresos de su
vida económico-social y su cultura es un hecho que no deja piedra sobre
piedra de las odiosas "teorías" que sostienen la
"inferioridad" de los pueblos de color y el "derecho
biológico" de la raza blanca a dominar el mundo.
Así, pues, todo cuanto la sociología burguesa hace
para desacreditar la concepción materialista de la historia y de oponerle sus
lucubraciones idealistas y anticientíficas,
recurriendo para ello
a torpes arbitrios, no es sino
una prueba más de la quiebra a que
ha llegado la
propia ciencia social
de la burguesía.
7. Valor de la concepción materialista de la
historia para las demás ciencias sociales y para la práctica social
El
materialismo histórico y
las ciencias de la
sociedad.
De todo lo dicho se deduce claramente la formidable
importancia que el materialismo histórico
tiene para las ciencias sociales específicas y para
la
labor práctica de los partidos revolucionarios de la
clase obrera. Las ciencias de la sociedad -historia,
economía
política, derecho, ética,
estética y otras-
estudian aspectos concretos de la vida social o la
historia de distintos países y pueblos. La economía política investiga las
leyes de desarrollo de la producción social y de distribución de los bienes
materiales; las ciencias jurídicas tratan de la superestructura política de la
sociedad, del Estado y el derecho; la ética, de la moral social. etc. El
materialismo histórico es la ciencia que trata de las leyes generales de
desarrollo de la sociedad. En sus conclusiones y tesis sobre la dependencia de
la conciencia social respecto del ser social, sobre los cambios del régimen
social de conformidad con las modificaciones operadas en las fuerzas
productivas, sobre la interacción de la base y la superestructura, etc., quedan
formuladas las leyes de la vida de la sociedad
como un todo
único. Ninguna de las
ciencias sociales concretas hace generalizaciones tan amplias como el
materialismo histórico, y de ahí que éste sea la base de todas ellas. El
materialismo histórico no pretende suplantar ninguna otra ciencia
social; les sirve de método de conocimiento y, a su
vez, se apoya en ellas para sus generalizaciones. El conocimiento de las leyes
que el materialismo dialéctico descubre, permite comprender el desarrollo de
los distintos aspectos de la vida social o la historia concreta de un país
determinado. Ninguna de las ciencias sociales puede adquirir una noción
correcta de la materia de que se ocupa si no ve claros sus vínculos con los
otros aspectos de la vida de la sociedad y no determina claramente el lugar que
ocupa entre todos
los fenómenos del
desarrollo social.
Al mismo tiempo, la concepción materialista de la
historia no es una llave maestra que de por sí nos
sirve para explicar cualquier situación o fenómeno
histórico. El investigador que
se guía por
la
concepción materialista de la historia tiene en sus
manos una brújula
que le ayuda
a orientarse fielmente en
los acontecimientos. Mas
estos
acontecimientos y las condiciones que los originaron
han de ser estudiados con toda la concreción que les
caracteriza. Esto supone cada vez el estudio
completo del material histórico, de todos los hechos que se refieren a
una u otra
época. Sólo así
se puede
encontrar el vínculo interno de los acontecimientos
históricos y explicarlos de tal manera que no sean
una simple exposición del pasado y el presente, sino
que permitan la previsión científica del futuro.
La previsión científica.
Los filósofos y sociólogos burgueses, que niegan
las leyes objetivas
del desarrollo de
la sociedad,
consideran
imposible la previsión
científica del
futuro;
éste, dicen, depende
de los propósitos
y deseos de los hombres, que nadie puede anunciar de antemano.
Hemos podido ya ver, sin embargo, que los planes y
aspiraciones de las masas vienen determinados por
las condiciones objetivas de su vida. De ahí que el
conocimiento de las tendencias de desarrollo de la sociedad contemporánea pueda
colocarnos en
condiciones de prever la futura marcha de los
acontecimientos. El porvenir no cae del cielo, y no
hace
más que dar
cuerpo a las
posibilidades encerradas en el presente.
Se comprende que el conocimiento de las leyes de
desarrollo de la sociedad permite prever únicamente
la orientación general de la evolución histórica, pero no sus detalles y formas
concretas. Estas, al igual que el plazo en que pueden transcurrir los numerosos
procesos sociales, dependen de una infinidad de eventualidades que ni el mayor
de los genios podría prever. Con todo y con eso, el conocimiento de la línea
general de desarrollo posee una formidable importancia práctica.
Hace más de cien años, en el período en que el
capitalismo se encontraba aún en ascenso, Marx y
Engels
anunciaron su inevitable
decadencia y
desaparición como consecuencia de las
contradicciones internas de
que adolece. Tal previsión se va cumpliendo
indefectiblemente en nuestros días.
Mucho antes de la primera guerra mundial, Engels
predijo la posibilidad de una conflagración semejante y de
sus consecuencias. Como
resultado de una guerra mundial, dijo, en Europa serían
destronados muchos monarcas y las coronas rodarían a docenas por los suelos,
llegándose a una descomposición completa del mecanismo del comercio y la
industria, etc. "...Una cosa -escribió entonces Engels- es absolutamente
indudable: el agotamiento universal y la creación de condiciones para el
triunfo definitivo de la clase obrera."75
Y en efecto, la primera guerra mundial significó el rompimiento de la
cadena del imperialismo por su
eslabón más débil,
que era Rusia, donde subió al
poder la clase obrera.
Hace más de medio siglo Lenin predijo que, al
desplazarse el centro del movimiento revolucionario
mundial
hacia el Este,
el proletariado ruso
se
colocaría a la vanguardia de la revolución
socialista. Durante la primera guerra mundial señaló la posibilidad de la
victoria del socialismo, primeramente, en uno o varios países. La historia ha
venido a confirmar brillantemente tanto lo uno como lo otro.
Los marxistas anunciaron repetidas veces, con muchos
años de antelación, el triunfo del movimiento
de liberación nacional en las colonias y países
dependientes, el triunfo de la revolución en China, el
hundimiento del régimen fascista en Alemania, la
victoria de los países democráticos, con la U.R.S.S. a
la cabeza, en la segunda guerra mundial y otros
muchos acontecimientos. Todas estas predicciones se vieron cumplidas porque se
apoyaban en el sereno
análisis objetivo y científico de la realidad y de
las tendencias dominantes en ella. Por el contrario, las
innumerables profecías de los políticos y sociólogos
burgueses que anunciaban como inevitable el fin del socialismo, el
comienzo de un
nuevo período de
prosperidad del capitalismo, etc., han fracasado
vergonzosamente, pues no tenían presentes las leyes
reales de la historia y tomaban sus deseos por
realidades. La misma suerte correrán los augurios de quienes ahora proclaman
histéricamente la "crisis del
comunismo"
y anuncian el
"fin de la
cultura humana".
El materialismo histórico y la práctica del
movimiento obrero.
La concepción materialista de la historia, como
ciencia que es de las leyes generales de desarrollo de
la sociedad y como método de conocimiento de los
fenómenos sociales, es la base teórica de todo el comunismo científico, de la
estrategia y la táctica de
los Partidos Comunistas.
75 C. Marx y F. Engels, Obras, ed, cit., t. XVI,
parte I, pág. 304.
El marxismo-leninismo da a los trabajadores la
seguridad en el triunfo final de su gran causa cuando muestra que
las propias leyes
de la sociedad conducen inevitablemente a la
sustitución de la formación
capitalista por la
socialista. También enseña a los
líderes del movimiento obrero a pensar ampliamente, a relacionar los intereses
del día con los objetivos finales de la clase obrera, a examinar los
acontecimientos sociales en su concatenación interna, a ver, detrás de cada
acontecimiento, las perspectivas históricas en todo su conjunto. Quien posee y
conoce las leyes del desarrollo social se convierte en un soldado consciente de
la histórica lucha por el comunismo.
Al mismo tiempo, el método del materialismo
dialéctico orienta al
análisis concreto de
cada situación y de las características que ésta ofrece en uno u otro
país y en el mundo entero. Cada partido revolucionario de la clase obrera ha de
moverse en una situación peculiar,
en unas condiciones nacionales específicas. El éxito
de su actuación dependerá en gran parte de su acierto para valorar con un
espíritu científico las condiciones objetivas de su lucha, para determinar los
fines y el carácter de esa lucha de conformidad con la marcha concreta de los
acontecimientos históricos.
Poseer este método no significa aprenderse de
memoria las fórmulas y tesis del materialismo histórico. No cuesta gran
esfuerzo, por ejemplo, recordar que el conflicto de las fuerzas productivas y
de las relaciones de producción es la base de la revolución social. Poco
valdría, sin embargo, el partido de la clase obrera que se limitase a señalar
esta verdad general y no estudiase las formas concretas en que este conflicto
cobra expresión en el país de que se trate, la correlación de las fuerzas de
clase en él, etc. Poseer la concepción materialista de la historia significa
asimilar la esencia del análisis de los fenómenos sociales con un criterio
materialista y dialéctico, aprender a manejarlo en el estudio de las
condiciones concretas de lucha de la clase obrera en cada momento y a sacar
conclusiones generales de la valiosísima experiencia práctica del movimiento
revolucionario.
Por estas razones, la concepción materialista de la
historia ocupa tan importante lugar en la ideología de
los partidos
revolucionarios de la clase obrera, de todo luchador consciente por la causa del
socialismo
y de cuantos quieran comprender las leyes del
desarrollo social y servir con conocimiento de causa al progreso y al bien de
la humanidad trabajadora.
Capitulo V.
Las clases, la lucha de clases y el estado
La vida social es muy variada y compleja. En la
sociedad, a lo largo de toda su historia, siempre
chocaron las aspiraciones
diversas y a
menudo
opuestas de un gran número de gentes; ha habido una
lucha incesante entre los hombres, surgieron y se
resolvieron las contradicciones más variadas. A la lucha en
el seno de
cada sociedad se
unían los choques entre distintos
pueblos y comunidades. La historia es una sucesión constante de períodos de
revolución y reacción, de rápido progreso y de estancamiento, de paz y de
guerra. El marxismo ha dado por primera vez el hilo que nos lleva hasta la ley
que rige ese aparente laberinto y caos: se trata de la teoría de la lucha de
clases.
Únicamente
esta teoría nos
permite ver los resortes ocultos que mueven todos los
acontecimientos
y cambios importantes
que se
producen en la sociedad de explotación. Es la base
científica de que
la clase obrera
se sirve para
determinar la táctica de la lucha que mantiene con
objeto de emanciparse de la opresión a que está
sometida.
1. Esencia de
las diferencias de clase y de las
relaciones entre las clases
Los choques y contradicciones que se producen
entre los hombres de diversa condición social
condujeron a los pensadores avanzados, antes de que
Marx saliera a la palestra, a la idea de que existen
distintas clases sociales enfrentadas unas a otras. Su
noción de las clases era, sin embargo, muy difusa e
indefinida. De entre los muchos caracteres que diferencian a
los hombres pertenecientes a
clases
distintas,
esos pensadores no
pudieron destacar lo que es principal y decisivo. De ahí que
los principios
de división de las clases que esos pensadores
proponían no abarcasen la esencia del problema y a
menudo fuesen accidentales y arbitrarios. Esto
último es aplicable, en grado todavía mayor, a la sociología burguesa de
nuestros tiempos.
Los sociólogos burgueses admiten que la sociedad
no es
homogénea y se
compone de numerosos
estratos y grupos. Ahora bien, ¿qué hay en el fondo
de esta estratificación? Las respuestas varían. Unos colocan en
primer plano el
factor espiritual, la
comunidad psicológica, de ideas religiosas, etc.
Pero nosotros hemos visto
ya que la
conciencia social
depende del ser social. Otros ven el principio de la
división de clases en el bienestar material: volumen de los ingresos,
condiciones de vivienda, etc. Pero
ese volumen de los ingresos depende del lugar que la
clase ocupa en la producción social, de si posee los
medios de producción o de si es una clase oprimida y
explotada. De esto depende también su papel en la vida política, su nivel de
cultura y su modo de vida.
El factor principal y decisivo de la vida social es
la producción material; quiere decirse que la base de
la división de la sociedad en clases ha de buscarse
en el lugar que unos u otros grupos ocupan en el sistema de la
producción social, en
la relación en
que se
encuentran respecto de los medios de producción.
encontramos en Una gran iniciativa, de V. I. Lenin:
"Llamamos clases a los grandes grupos de personas que se diferencian por
el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente
determinado, por su relación (en la mayoría de los casos legalmente refrendada)
respecto de los medios de producción, por su papel en la organización social
del trabajo y, por consiguiente, por el modo de obtención y el volumen de la
parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos de hombres de
los que uno puede apropiarse el trabajo de otro gracias a los diferentes
lugares que ocupan en un determinado sistema de economía social."76
La existencia de las clases es justamente la base de
la injusticia social que caracteriza a la sociedad en
que existe la explotación. No es la "voluntad
del jefe"
ni son las cualidades individuales de los hombres -
como siempre trataron de demostrar los ideólogos de las clases explotadoras-,
sino el hecho de que pertenezcan a una u otra clase, lo que explica la
situación preponderante y privilegiada de unos y la opresión, miseria y
carencia de derechos de los otros.
Esto no significa,
ciertamente, que todas
las demás diferencias y
relaciones de la
sociedad,
exceptuadas las de clase, carezcan de valor. En el
curso de la evolución histórica de la humanidad se
han estructurado bastantes formas estables de
comunidad social que no coinciden con la división en clases. Así es, por
ejemplo, la comunidad nacional, la
nación.
Clase y nación.
Los vínculos nacionales son muy estables. Esto
induce a
menudo a los
sociólogos burgueses a
presentarlos
como relaciones "naturales" de
valor
más
sustancial que las
relaciones de clase.
Tal criterio, sin embargo, es profundamente equivocado.
Ante todo, las relaciones nacionales, como las de
clase,
no existieron siempre.
Son producto de un
largo desarrollo histórico. Las formas de comunidad de los hombres guardan
estrechos vínculos con el carácter del régimen social y cambian al mismo tiempo
que éste. En el régimen de la comunidad primitiva, la forma fundamental de
convivencia humana eran la gens y la tribu. El rasgo principal que distinguía a
los componentes de una gens y los separaba del resto era el origen común, el
parentesco de consanguinidad. Al desintegrarse la comunidad primitiva, la
estabilidad de la gens y la tribu se viene abajo y se debilita el significado
de los vínculos de sangre. La unión de varias federaciones de tribus da lugar a
la nacionalidad, Los hombres
pertenecientes a ella no están ya relacionados por lazos de parentesco. Los
rasgos que les son afines (comunidad de
lengua, de territorio,
de cultura) tienen
ya un origen social, histórico.
Pero la unidad de la nacionalidad
es aún muy
precaria. Ni dentro
del
La
definición más completa
de las clases
la
76 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 388.
régimen
esclavista ni del
feudal podía existir
la unidad de vida económica que es la condición necesaria para una
unidad territorial duradera y para una comunidad estable de cultura. Sólo en la
época en que se estructura el capitalismo, cuando éste pone fin a la dispersión
feudal y da origen a la formación de un mercado nacional único, aparecen las
premisas necesarias para que surja la nación.
La comunidad nacional no se puede tampoco
identificar con la
raza, como hacen
muchos
sociólogos burgueses. La división en razas se guía
por las diferencias de caracteres morfológicos
hereditarios, como son el color de la piel, la forma del cráneo, el pelo, etc.
De ahí las tres grandes razas que la ciencia distingue: indoeuropea (o blanca),
negroide (o negra) y mongoloide (o amarilla). Los caracteres raciales, a
diferencia de la comunidad nacional, son de índole biológica y aparecieron como
resultado de una larga adaptación del organismo humano a determinadas
condiciones naturales. A una misma raza pertenecen diversas naciones. Por otra parte,
dentro de una misma nación hay a veces hombres
con distintos caracteres
raciales (por ejemplo, los
negros, blancos e
indios de algunos países iberoamericanos). No existe
tampoco un vínculo interno entre raza y lengua. Así, el inglés es en los
Estados Unidos la lengua de blancos y negros. De ahí que nociones como
"raza alemana" o "raza anglosajona" sean simplemente un
absurdo. La afirmación de los
racistas de que
unas razas o naciones son superiores a otras y de que
los pueblos de color son
menos capaces que
la raza blanca, quedan refutadas
por la ciencia
y por cuanto
la historia universal nos dice. Todos los pueblos de la tierra son
capaces de crear valores culturales y el volumen de su aportación a la cultura
mundial no viene determinado por el color de la piel o la forma del cráneo,
sino por las
peculiaridades de su desarrollo histórico.
El marxismo-leninismo entiende por nación la
comunidad de hombres,
estable e históricamente
formada, surgida sobre la base de la comunidad de
lengua, de territorio,
de vida económica
y de
mentalidad, que se manifiesta en la comunidad de
cultura (J. V. Stalin)77
La
comunidad nacional no
puede suprimir las
diferencias de clase en el seno de la nación. Antes
al contrario, tales diferencias penetran en toda su vida y la escinden
en partes hostiles.
La comunidad nacional, por
tanto, no excluye el antagonismo de clase. Más aún, si no tomamos en cuenta
este último, nos será imposible comprender acertadamente el mismo movimiento
nacional.
Por otra parte, la solidaridad de clase rebasa el
marco de la nación. Los capitalistas americanos, alemanes y franceses hablan
lenguas distintas. Pero les aproxima su filiación a una misma clase, y esto
les lleva a unirse contra el socialismo, el
movimiento obrero y la lucha de liberación nacional de las colonias. De
la misma manera,
los obreros pertenecen a
nacionalidades y razas distintas, pero son ante todo proletarios, y esto
determina la comunidad de sus intereses internacionales, de sus fines y
su ideología, haciendo
que las diferencias entre ellos
retrocedan a un
segundo plano. Los obreros conscientes comprenden que las
discordias nacionales y el aislamiento lesionan los intereses internacionales
de la clase obrera y luchan contra cualquier forma de discriminación nacional o
racial.
La escisión de la sociedad en clases es un fenómeno
históricamente transitorio.
Cuando
los ideólogos de
las clases pudientes
tratan de justificar la desigualdad social, siempre
la presentan como un fenómeno eterno e inherente a cualquier sociedad humana.
Eso no es cierto. El régimen de la comunidad primitiva no conocía la división
de la sociedad en explotadores y explotados, y el fenómeno se borra
definitivamente dentro del socialismo.
La aparición de las clases va directamente unida a
la propiedad privada sobre los medios de producción,
que hace posible la explotación del hombre por el
hombre y la
apropiación por unos
del trabajo de otros.
En determinada etapa del desarrollo, la escisión
de la sociedad
en clases era
inevitable e históricamente
necesaria. Mientras el trabajo humano era tan poco productivo que proporcionaba
sólo un excedente reducidísimo sobre los recursos necesarios para la
existencia, señala Engels, el incremento de las fuerzas productivas, la
ampliación de las relaciones, el progreso del Estado y del derecho y la
creación de las ciencias y las artes eran sólo posibles mediante la intensa
división del trabajo, que tenía por
base la gran división
de éste entre la masa,
dedicada a simples ocupaciones
manuales, y unos pocos privilegiados que dirigían los trabajos, y se dedicaban
al comercio y a la administración de los asuntos públicos y que, más tarde,
cultivaron también la ciencia y el arte.78 La clase que se encontraba a la
cabeza de la sociedad, se comprende, no perdía la ocasión de cargar sobre las
masas un trabajo cada vez mayor, movida por el deseo de aumentar sus
beneficios.
Ahora
bien, una vez
que el desarrollo
de las fuerzas productivas coloca
en el orden del día la sustitución de la propiedad privada por la propiedad
social y la abolición de las relaciones basadas en la explotación, la
existencia de las clases pierde todo su terreno. El mantenimiento de las
clases, además de ser superfluo, se convierte en un obstáculo que entorpece los
avances ulteriores de la sociedad.
En la sociedad
socialista no hay
ya clases
77 J. V. Stalin, Obras, ed. rusa, t. II, pág. 296.
78 F. Engels, Anti-Diihring, ed. cit., pág. 170.
explotadoras, las relaciones entre obreros y
campesinos adquieren un carácter sustancialmente nuevo, que excluye la
explotación y el predominio de una clase sobre otra. Iniciase la época de la
desaparición de las
diferencias que aún
subsisten entre las clases. Finalmente, al pasar al comunismo, las
clases dejan de existir.
Por lo tanto, la división de la sociedad en clases y
la hostilidad entre ellas son sólo un rasgo inseparable
de la época en que impera la propiedad privada.
Estructura de clase de la sociedad.
Por la posición que ocupan dentro de la sociedad,
las clases se
dividen en fundamentales y no
fundamentales. Se denominan clases fundamentales
aquellas sin las que resulta imposible el modo de
producción preponderante y que deben su origen a
este
modo de producción.
En la sociedad
de la
esclavitud eran los esclavistas y los esclavos; en
la feudal, los señores y los siervos; en la burguesa, los
capitalistas y los obreros. Se trata, pues, de
clases de
las que una posee los medios principales de
producción y se encuentra en el poder, mientras que la otra agrupa a la gran
masa de los explotados. Las relaciones entre esas clases son siempre
antagónicas, se basan en la oposición de intereses. El capitalista, por
ejemplo, ve su interés en obligar a trabajar al obrero cuanto más mejor y en
pagarle lo menos que puede. El interés del obrero, se entiende, es
diametralmente opuesto. La incompatibilidad de intereses de las clases
antagónicas da origen a una lucha irreductible entre ellos. "Libres y
esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una
palabra, opresores y oprimidos se encontraban
en perpetuo antagonismo,
mantenían una lucha constante, ya latente, ya abierta, que terminaba
siempre con la transformación revolucionaria de todo el edificio social o con
la desaparición conjunta de las clases en pugna."79
Además
de estas clases,
en la sociedad
de explotación hay otras que no son fundamentales. Por
ejemplo, en la sociedad esclavista existían los
campesinos artesanos libres;
en la capitalista,
descontando a la burguesía y a los obreros, tenemos
a los campesinos y, en muchos países, a los terratenientes, etc. La existencia
de estas clases no
fundamentales con sus peculiares intereses, junto a
toda una serie de capas sociales (por ejemplo, los
intelectuales), convierte en un fenómeno muy
complejo las relaciones entre las clases.
Las clases de la sociedad burguesa.
Las clases fundamentales de la sociedad burguesa
están integradas por los capitalistas (burguesía) y los
obreros asalariados
(proletariado).
La burguesía es la clase de quienes poseen los
medios fundamentales de
producción y vive
a
expensas del trabajo asalariado de los obreros, a
los cuales explota. Es la clase dominante de la sociedad capitalista.
Hubo tiempos en que la burguesía cumplió un papel
progresivo en el desarrollo de la sociedad, a la
cabeza
de la lucha
contra las caducas
relaciones
feudales. En busca del beneficio y espoleada por la
competencia, infundió un poderoso impulso a las fuerzas productivas. Mas a
medida que las contradicciones del capitalismo se ahondaban, la burguesía deja
de ser una clase progresiva y se convierte en reaccionaria, a la vez que su
dominación significa el principal estorbo que se levanta en el avance de la
sociedad.
El creador de las formidables riquezas que la
burguesía se atribuye es la clase obrera, principal fuerza productiva
de la sociedad
capitalista. Al propio tiempo, es
una clase desprovista de medios de producción
y que se
ve obligada a
vender al capitalista su fuerza
de trabajo.
A medida que el capitalismo avanza, aumenta la
riqueza de los grandes capitalistas, a la vez que crece
la opresión y la protesta de la clase obrera,
"que es
instruida, unida y organizada por el mecanismo del
propio proceso de
la producción capitalista" (Marx).80
El desarrollo del capitalismo trae consigo, pues, el
robustecimiento de su sepulturero, de la clase obrera, que es portadora de un
modo más elevado de producción, como es el socialista.
Mas en ningún país del capital se circunscribe la
sociedad a estas
dos clases. En
ningún sitio ha
existido ni existe el capitalismo "puro".
El capital
penetra en todas las ramas de la economía nacional y
las transforma, pero sin destruir por completo las viejas formaciones
económicas.
Por eso, en muchos países burgueses se conserva la
gran propiedad agraria de los terratenientes. Estos
organizan la explotación de sus fincas al modo
capitalista, si se presenta la ocasión adquieren empresas industriales, compran
acciones de
sociedades anónimas y se convierten en capitalistas.
De la clase de los terratenientes se nutren en buena
parte la Administración pública y la oficialidad del
Ejército y de la Marina. Por sus intereses, ideas y aspiraciones políticas,
los grandes terratenientes
suelen pertenecer a la parte más reaccionaria de la
burguesía y son uno de los baluartes del fascismo
(recordemos el ejemplo de los junkers prusianos en
Alemania).
Los campesinos integran una clase que procede de
la sociedad feudal
y que pasa
a la capitalista.
A
excepción
de su capa
más acomodada (burguesía
rural), son una clase sometida a explotación, la
cual adopta entre ellos
formas diversas: arrendamiento que satisfacen al propietario
de la tierra, préstamos y empréstitos que reciben en condiciones onerosas de
79 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág.
424.
80 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 766.
los
capitalistas, explotación directa
de los campesinos pobres,
obligados a ganarse un jornal en los campos de los terratenientes y campesinos
ricos, etc. El conjunto de los campesinos ha de satisfacer también un tributo a
los grandes capitalistas en forma de altos precios de los artículos
industriales que adquieren.
Los campesinos que trabajan tierra propia, los
artesanos y los
pequeños comerciantes forman
la
capa, bastante numerosa, de la pequeña burguesía. A
ella pertenecen quienes son propietarios de los
reducidos medios de producción que emplean, pero
que, a diferencia
de la burguesía,
no viven de la
explotación
del trabajo ajeno.
Los pequeños burgueses ocupan
en la sociedad
capitalista una
situación
intermedia. Como propietarios
privados
guardan
afinidad con la
burguesía, pero como hombres que viven de su trabajo se
acercan a los obreros. Esta situación intermedia de la pequeña burguesía es
origen de su posición inestable y vacilante en la lucha de clases.
A medida que avanzan la industria, la técnica y la
cultura, en la sociedad capitalista aparece la amplia capa de los
intelectuales, es decir, de los hombres del trabajo intelectual (ingenieros y
técnicos, maestros, médicos, funcionarios, científicos, escritores, etc.). Los
intelectuales no forman una clase independiente; son una capa social específica
que vive de la venta de su trabajo intelectual. Proceden de diversas capas de
la población, principalmente de las clases acomodadas, y sólo en parte de los
trabajadores. Por su posición económica y modo de vida ofrecen también
diferencias. Sus estratos superiores -altos funcionarios, abogados con buena
clientela y otros- se aproximan a
los capitalistas, mientras
que los bajos se acercan a los
trabajadores. A medida que la lucha de clases se ensancha en los países
capitalistas, su parte avanzada se incorpora a las posiciones del
marxismo-leninismo y participa en la lucha revolucionaria de la clase obrera.
En la sociedad burguesa existe aún otra capa, la de
los elementos desclasados o lumpemproletariado,
que
forman los "bajos
fondos" del capitalismo:
bandidos, ladrones, mendigos, prostitutas, etc. Esta
capa se nutre constantemente de elementos salidos de diversas clases a los que
las condiciones de la sociedad capitalista arroja al "fondo". Los
anarquistas afirman que el lumpemproletariado es el elemento más revolucionario
de la sociedad capitalista. La historia
de los últimos
cien años ha
dado íntegramente la razón a Marx y Engels cuando éstos definían al
"proletariado andrajoso" como una fuerza que por su situación en la
vida se muestra inclinada a venderse para toda clase de manejos
reaccionarios.81
En la Alemania
hitleriana, los delincuentes ingresaron en masa en las
organizaciones fascistas,
en los destacamentos
de asalto y
de S.S. En los
81 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág.
434.
Estados Unidos, las bandas de gangsters son un
instrumento de violencia
que se emplea
en gran escala contra los
obreros, los negros y los líderes progresistas.
Al hablar de las clases y capas de la sociedad
capitalista hemos de tener presente también las diferencias en el seno de las
mismas. Dichas diferencias son particularmente sensibles entre la burguesía
monopolista y no monopolista (y en las colonias, entre la burguesía nacional y
las capas de la misma aliadas a los colonizadores). Al profundizarse, como
ocurre en nuestros días, desempeñan, y así lo veremos más adelante, un gran
papel en la vida política de la sociedad burguesa contemporánea.
Así, pues, la sociedad burguesa ofrece un cuadro
extraordinariamente complejo de diferencias y relaciones de clase. Una clara
visión de las mismas es condición imprescindible para que la clase obrera y sus
partidos se tracen una política y una táctica acertadas. Pero tan importante
como esto es ver, tras toda esa diversidad,
la principal contradicción
de clase de la sociedad burguesa: el antagonismo entre la clase obrera y
la burguesía. Esta contradicción es la que ha de presidir nuestro análisis de todos
los fenómenos sociales. Por muchas que sean las modificaciones que el
capitalismo sufra, por mucho que se compliquen su estructura de clase y las
relaciones entre las clases, siempre será una sociedad basada en la
explotación. Y en una sociedad así, lo principal en
las relaciones entre
las clases será la lucha irreconciliable entre los
explotados y los explotadores.
2. El estado
como instrumento de la
dominación de clase
La teoría marxista-leninista de las clases y de la
lucha de clases proporciona la clave para la
comprensión del Estado,
que es uno
de los fenómenos más complejos en
la vida de la sociedad humana, explica científicamente su esencia, origen y
desarrollo, la sustitución de unos Estados por otros y su inevitable
desaparición.
Origen y esencia del Estado.
La historia demuestra que la existencia del Estado
se halla vinculada a las clases. En las fases primeras
de desarrollo de la humanidad, bajo el régimen de la
comunidad primitiva, no había clases y tampoco se
conocía el Estado. La dirección de los asuntos
públicos corría a cargo de la sociedad misma.
Luego aparece la propiedad privada y con ella la
desigualdad económica; la sociedad se escinde en
clases antagónicas y la dirección de los asuntos públicos experimenta un cambio
radical. Era ya imposible decidir esos
asuntos por el
acuerdo unánime de toda la sociedad o de su mayoría. Las clases
explotadoras se apoderan de los puestos de mando. Pero siendo como eran una
reducida minoría,
estas clases sólo podían mantener el sistema que les
favorecía recurriendo a
la coerción directa,
a la fuerza, que venía en ayuda
de su poderío económico. Para esto hacía falta un aparato especial: grupos
armados (ejército, policía), tribunales, cárceles, etc. A la cabeza de este
aparato de coerción se colocan gentes que interpretan los intereses de la
minoría explotadora, y no de la sociedad en su conjunto. Así se forma
el Estado, que
es una máquina
para mantener la dominación de una clase sobre otras. Poniendo en juego
esa máquina, la clase económica dominante
consolida el régimen
social que le conviene y mantiene por la fuerza, dentro
de un determinado modo de producción, a sus enemigos de clase. De ahí que en la
sociedad basada en la explotación el Estado sea siempre en esencia la dictadura
de la clase o clases de los explotadores.
Con relación a toda la sociedad en su conjunto, el
Estado es un instrumento de dirección y gobierno de
la clase dominante; con relación a los enemigos de
esta clase (en la sociedad de explotación se trata
de la
mayoría), es un instrumento de represión y de
violencia.
El Estado es, pues, un producto de las
irreductibles contradicciones de clase.
"Aparece donde, cuando y en la medida en que las contradicciones de
clase no pueden
ser, objetivamente, conciliadas."82 El poder político de la clase
económicamente dominante: tal es la esencia del Estado, la naturaleza de sus
relaciones con la sociedad, aunque también presenta otras características.
Únicamente podemos hablar de Estado cuando el poder
político de una u otra clase se extiende a un
determinado territorio y afecta a la población que
en
él vive: ciudadanos o súbditos.
La extensión del territorio y la cuantía y
composición de la población pueden influir, ciertamente, en el poderío del
Estado y, en algunos casos, en la forma que el mismo adopta. Pero no es esto lo
que determina su esencia, sino su naturaleza de clase.
Tipos y formas del Estado.
Los Estados, lo mismo los que existieron en otros
tiempos como los actuales, ofrecen por sus tipos y
formas
un cuadro que
no puede ser
más diverso:
tenemos los imperios despóticos de Asiria, Babilonia
y Egipto, las repúblicas griegas, el Imperio Romano,
los principados de la Rus de Kiev, las monarquías
del
Medievo, las repúblicas parlamentarias de nuestros
tiempos y, en fin, la república socialista.
El tipo de Estado viene definido por la clase a la
cual sirve, es decir, en última instancia, por la
base económica de la sociedad. De ahí que el tipo de Estado corresponda a una
formación económico- social. La historia
conoce tres grandes
tipos de
82 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, págs.
358-359.
Estado basado en la explotación: esclavista, feudal
y burgués. Todos ellos
tienen de común
y característico el dominio
de los explotadores,
es decir, de una pequeña parte de la sociedad, sobre los explotados, que
son la inmensa mayoría. Un Estado nuevo y completamente distinto es el
socialista, en el que el poder pertenece a la clase obrera y a todos los
trabajadores, que integran la mayoría o la totalidad del cuerpo social.
El tipo de Estado expresa, pues, su esencia de
clase. La forma, en cambio, nos habla de la organización de los órganos de
poder y gobierno, de su régimen político. Atendiendo a este criterio tenemos la
monarquía, al frente de la cual se halla
una persona que no es elegida por la población (rey, emperador), y
la república, donde
el poder es electivo.
Hay también Estados
en los que
se combinan rasgos de ambas formas, por ejemplo, la monarquía
constitucional, en la que el poder del rey o del emperador se ve restringido
por la ley - Constitución- y las funciones de gobierno corren a cargo de
órganos electivos.
La forma del Estado es inseparable del régimen
político establecido por
la clase dominante.
Este
régimen puede ser distinto en Estados de un mismo
tipo. Así, el Estado burgués no adopta sólo la forma
de
república democrática, sino
también la del régimen terrorista del fascismo. La
aparición de unas u otras formas de Estado, su desarrollo y prosperidad,
lo mismo que
su decadencia y
su sustitución por otras formas distintas, no obedecen al
azar.
La
variedad de formas
en los Estados
de un mismo tipo depende, ante
todo, de las modificaciones
experimentadas por el régimen económico y por la
correlación de las fuerzas de clase y de los distintos grupos en el seno de las
clases dominantes.
Al período de la dispersión feudal, en el que cada
hacienda representaba en
realidad una economía
independiente y los vínculos económicos entre ellas
eran muy débiles, corresponde un Estado descentralizado, con
un poder central
débil y una
gran independencia política de los señores. En el
período de desintegración del feudalismo, cuando se
incrementan
las relaciones mercantiles
monetarias, los vínculos económicos entre las distintas comarcas y
entre los Estados,
en que se
robustece el papel
económico de la burguesía, surge el Estado
centralizado con la forma de la monarquía absoluta.
Pero hay también
otros factores que
influyen sobre la forma del Estado: las tradiciones nacionales, la
continuidad en la evolución de las instituciones
políticas, la conciencia política del pueblo, las
relaciones con otros países (por ejemplo, el peligro
de una agresión), etc.
La ciencia marxista-leninista atribuye gran
importancia a la
forma del Estado.
Así, bajo la
dominación de la burguesía, una forma más
democrática brinda condiciones más propicias para el
progreso social, para los avances de la cultura y la
ciencia y para la lucha de las masas trabajadoras contra el yugo y la
explotación.
Pero ninguna forma, ni la más democrática, está en
condiciones de cambiar la esencia del Estado de
explotación como instrumento de dominación de una
clase sobre otras. El Estado esclavista tuvo en
Egipto la forma oriental de monarquía despótica gobernada por los faraones; en
Atenas, la forma de democracia; en Roma, la de república aristocrática y más
tarde de imperio, etc. A pesar de tan gran variedad de formas, la esencia de
todos estos Estados era la dominación de clase de los esclavistas sobre los
esclavos.
El Estado burgués.
También el Estado burgués puede adquirir formas
distintas: república democrática, monarquía
constitucional, dictadura descarada de tipo
fascista.
Pero cualquiera que sea su forma, siempre es un
instrumento de la burguesía, es decir, un arma que la
burguesía
emplea para mantener
sometidas a las
masas trabajadoras.
El Estado democrático-burgués era un gran paso
adelante en comparación con los tipos anteriores. La
revolución burguesa puso fin al régimen de la
monarquía absoluta, que se había hecho
odiosa al
pueblo. Estableció el sistema representativo, el
tribunal de jurados
y otras instituciones democráticas, y,
bajo la presión
de las masas
revolucionarías, sus Constituciones proclamaron
muchos principios de la democracia.
Sin embargo, de la misma manera que el régimen
económico del capitalismo
no había suprimido
la
explotación de las masas trabajadoras, limitándose a
cambiar su forma, la democracia burguesa no alteró la naturaleza antipopular
del poder político de los
explotadores. Las instituciones democráticas de la
burguesía son democráticas en el papel, no aseguran
a los trabajadores la posibilidad real de ejercer
los derechos que se proclaman. Y no podía ser de otro modo, pues el régimen
económico del capitalismo es
incompatible con la igualdad real y la libertad de
hecho. Incluso el Estado burgués más democrático
tiene por misión la defensa y justificación del
sistema capitalista y de la propiedad privada, con las consiguientes medidas
represivas contra los
trabajadores, que quieren poner fin a ese estado de
cosas.
Así podemos verlo muy especialmente en nuestra
época, en que la burguesía imperialista renuncia a las instituciones y formas
democráticas conquistadas por
el pueblo y mantiene su ofensiva contra los derechos
y libertades individuales. La mejor confirmación de
que esto es así es el Estado fascista -la dictadura
de la parte más reaccionaria y agresiva de la burguesía monopolista-, que
existió en Italia (1922-1943) y en
Alemania
(1933-1945) y que
todavía perdura en
España.
Esa tendencia de la burguesía a abandonar la
democracia tropieza con la resistencia de las fuerzas democráticas y
socialistas, cada vez más poderosa y organizada, al frente de las cuales se
encuentra la clase obrera con sus partidos marxistas.
Tales son algunas de las tesis fundamentales del
materialismo histórico por lo que al Estado se refiere.
La doctrina marxista-leninista sobre el Estado no se
reduce, se comprende, a lo que acabamos de exponer.
Son muchos los elementos nuevos y peculiares que a
esta
doctrina aporta la
experiencia de la
época
moderna,
sobre todo la
experiencia de los trabajadores que crearon un Estado de
nuevo tipo, como es el
socialista. A ello
volveremos en la sección quinta de este libro.
3. La lucha de clases como fuerza motriz del
desarrollo de la sociedad basada en la
explotación
Los ideólogos reaccionarios, atemorizados por la
lucha de los trabajadores, tratan de presentar la
lucha de clases como algo que se opone al progreso, como una peligrosa
desviación de la marcha normal de la sociedad en su desarrollo. Nada puede
haber tan lejos de la verdad como esta afirmación. Lo cierto es que la lucha de
clases no es ningún estorbo para el progreso;
todo lo contrario,
representa la fuerza motriz que hace avanzar la sociedad.
Legitimidad de la lucha de clases.
La lucha de clases preside toda la historia de la
sociedad basada en la explotación. Su significado creador y progresivo se pone
de relieve incluso en las condiciones de desarrollo "pacífico" y
evolutivo de una formación cualquiera.
La burguesía gusta de atribuirse el mérito del
enorme progreso técnico alcanzado en la época del
capitalismo. Pero los avances de la técnica, en sí,
interesan muy poco al capitalista. Si no tropezase con
la resistencia de los obreros, preferiría acrecentar
sus ganancias con procedimientos tan "sencillos" y
"económicos" como la
reducción del salario
y la
prolongación de la jornada. Si el capitalista busca
otros caminos para aumentar sus ganancias -nuevas
máquinas, aplicación de otras técnicas o inventos-
no lo hace sólo empujado por la competencia, sino también, y en gran parte, por
la tenaz lucha que la
clase obrera mantiene en defensa de sus intereses.
Un formidable papel de progreso representa la
lucha de
las clases oprimidas
en la vida
política.
Sabemos,
por ejemplo, que
en la época
de las
revoluciones burguesas la burguesía francesa no se
proponía la implantación de
la república y
propugnaba la monarquía como forma de gobierno
más apropiada para mantener bajo su férula a los
trabajadores. Poco a poco, sin embargo, bajo la influencia de la creciente
lucha del proletariado y de todos los trabajadores, como escribe Lenin,
"se vio toda ella transformada
en republicana, reeducada,
instruida
de nuevo y
regenerada"83, viéndose
obligada a crear un régimen político más en consonancia con las
reivindicaciones que los trabajadores presentaban.
De no existir la tenaz lucha de las clases
trabajadoras, la vida política de los países capitalistas contemporáneos sería
muy distinta. Ya sabemos que en la época del imperialismo la burguesía trata
por todos los medios de recortar y suprimir las libertades democráticas, de
limitar las facultades de los órganos representativos, y en particular del
Parlamento, y de sofocar cuanto de democrático y progresivo hay en la cultura
de los países capitalistas. Sólo la empeñada lucha de las masas trabajadoras,
dirigidas por el proletariado, pone un freno a estas antipopulares tendencias.
En las condiciones en que hoy nos encontramos, esa lucha puede proporcionar
frutos magníficos, defender la paz, la democracia y la soberanía nacional y
cerrar el camino a las fuerzas del fascismo, de la reacción y de la guerra.
Cuanto más tenaz es la lucha de las clases oprimidas
contra los explotadores, cuanto mayores
son los éxitos que alcanzan en su resistencia a la
opresión, más rápido es de ordinario el progreso en
todas las esferas de la vida social.
La revolución social.
El papel de la lucha de clases como fuerza motriz de
la sociedad de explotación se pone de manifiesto
con singular evidencia en la época en que una
formación económico-social sustituye
a otra, es
decir, en la época de las revoluciones sociales.
El conflicto entre las fuerzas productivas y las
relaciones de producción, que es la base económica
de la revolución social, madura lentamente, poco a
poco, mientras el viejo modo de producción
evoluciona. Mas para solucionar este conflicto hace
falta
derribar las relaciones de
producción
imperantes, y eso jamás se logrará conseguirlo
mediante modificaciones graduales. Y ello porque a estas relaciones, incluso
después de que dejaron de responder
al nivel de
las fuerzas productivas,
se encuentran íntimamente vinculados los intereses de las clases
dirigentes. Estas sólo pueden mantener su vida parasitaria y su privilegiada
situación mientras no se atente contra la forma de propiedad que impera en la
sociedad dada. Ninguna clase explotadora ha renunciado ni renunciará
voluntariamente a sus propiedades, a todo cuanto le proporciona una situación
privilegiada.
Y la clase dominante, aun caduca, no es simplemente
un grupo de hombres cuyos intereses
divergen de los de la sociedad en su conjunto, sino
una fuerza organizada que durante largo tiempo
detentó el poder. La clase gobernante dispone del Estado, de un fuerte aparato
de violencia, y sus intereses se hallan defendidos por la superestructura
83 V. I. Lenin. Obras, ed. cit , t. XVII, pág. 368.
política e ideológica. La situación dominante de las
viejas relaciones de producción se ve refrendada por todo el aparato económico,
político y espiritual de la clase que se encuentra en el poder. De ahí que
estas relaciones no puedan ser reemplazadas por vía evolutiva, sino mediante
una revolución que barra cuanto se opone al avance de las nuevas relaciones
económicas, y ante todo la dominación política de las clases caducas. Esta
revolución social exige la lucha más enérgica de las clases oprimidas. El problema
central de la revolución es el del poder político, que ha de pasar a manos de
la clase portadora de las nuevas relaciones de producción. El nuevo poder
político es la fuerza que lleva a cabo las transformaciones ya maduras en la
vida económica y social de la sociedad.
No todo cambio político, aun implantado por la
violencia, es una revolución. Cuando lo que se quiere es el restablecimiento de
unas relaciones sociales y de unos sistemas caducos, es todo lo contrario, una
contrarrevolución, que no trae el progreso, sino el estancamiento, el retroceso
de la sociedad, multiplicando estérilmente los sacrificios y calamidades de
millones de seres.
El paso de
una formación a
otra más elevada viene condicionado en última
instancia por el desarrollo de las fuerzas productivas; esto no quiere decir,
sin embargo, que la revolución social, cualesquiera que sean las condiciones
históricas, ha de empezar en los países donde la técnica y la productividad del
trabajo se encuentran a un nivel más alto. En la fase superior del capitalismo,
la imperialista, cuando el sistema capitalista está ya maduro en su conjunto
para el paso al socialismo, la revolución
socialista se puede
producir antes en países menos desarrollados, siempre y
cuando las contradicciones sociales y políticas hayan alcanzado la suficiente
virulencia. Esta conclusión de Lenin, a la que volveremos más adelante, se ha
visto confirmada, como sabemos, por la propia historia.
Carácter y
fuerzas motrices de las revoluciones sociales.
La
historia conoce revoluciones sociales
de diversa índole, que se diferencian por su carácter y por las fuerzas
motrices que las ponen en marcha.
Cuando hablamos del carácter de la revolución nos
referimos a su contenido objetivo, es decir, a la
esencia de las contradicciones sociales que resuelve
y al régimen que trata de establecer. Así, la revolución francesa de 1789 era
de carácter burgués, pues de lo
que se trataba era de suprimir las relaciones
feudales y de implantar el régimen capitalista. La Revolución
de Octubre de 1917 en Rusia tenía como objeto la
supresión de las relaciones capitalistas y el establecimiento del
régimen socialista. Por
su
carácter era, pues, socialista.
Las
fuerzas motrices de
la revolución son
las
clases que la llevan a cabo. No dependen sólo del
carácter de la revolución, sino también de las condiciones históricas concretas
en que ésta se produce. De ahí que revoluciones de un mismo tipo, de idéntico
carácter, se diferencien a menudo por sus fuerzas motrices. Así, la fuerza
motriz de las revoluciones burguesas europeas de los siglos XVII y XVIII estaba
constituida, además de la burguesía, por los campesinos y los elementos pobres
de la ciudad, por la capas pequeñoburguesas. El jefe de estas revoluciones era
la burguesía. Y en Rusia, en la revolución de 1905-1907 y en la democrático-
burguesa de febrero
de 1917, la
burguesía - convertida en una
fuerza reaccionaria por su miedo a la
lucha revolucionaria del
proletariado- no sólo pierde la hegemonía, sino que deja de
actuar como fuerza motriz; la revolución democrático-burguesa rusa fue obra de
la clase obrera y de los campesinos.
Papel creador de la revolución social.
Las clases dominantes, movidas por su pánico a la
revolución, tratan de presentarla como un monstruo
sediento
de sangre, como
una fuerza ciega
de
destrucción capaz sólo de sembrar la muerte, la
devastación y calamidades sin cuento.
Si hemos de
hablar de víctimas, de sangre, de
sufrimientos humanos, la historia entera de las
sociedades basadas en la explotación y opresión de las masas trabajadoras no
puede ser más siniestra. Así lo vemos incluso en los períodos de su avance por
vía evolutiva. Con letras de sangre está escrito, por ejemplo, en la historia
de muchos países, el proceso de centralización del
Estado por el que
fueron absorbidos los pequeños principados feudales. Y lo mismo puede decirse
del capitalismo, que en su desarrollo evolutivo ha causado un número incomparablemente mayor
de víctimas y sufrimientos que cualquier revolución
social. Nos limitaremos a recordar las guerras mundiales, los horrores del
terror fascista, las ferocidades de las potencias imperialistas
en las colonias.
Puesto a hablar de
víctimas y calamidades,
la revolución social contribuye a
reducirlas cuando el desarrollo histórico la pone al orden del día. La demora
de la revolución, cuando ésta está ya madura, por el contrario, hace muchas
veces mayor el tributo de sangre que los hombres se ven obligados a satisfacer
a la sociedad de clases antagónicas.
Esto no significa que la revolución social no exija
víctimas. Hemos de tener presente que es la culminación, el punto más alto a
que puede llegar la lucha de clases. La revolución es inconcebible sin una
lucha que venza la resistencia de las clases caducas, las cuales no se suelen
parar en barras ante el empleo de la violencia. Pero la revolución social no es
sólo la insurrección y los cruentos combates en las barricadas. Estas formas de
lucha son lo que caracterizan
solamente algunas de
sus etapas
(revolución política, aplastamiento de la
contrarrevolución, etc.).
Ahora bien, incluso en los casos en que, en virtud
de las
condiciones históricas concretas,
la lucha
armada significó un elemento importante de la
revolución social, no
era un fin
en sí misma.
Lo
principal en las revoluciones sociales es la
creación de condiciones que propicien el rápido avance de la sociedad por las
vías del progreso. Lo mismo que el
bisturí del cirujano, separa cuanto obstaculiza el
desarrollo ulterior del organismo social, lo
que es
causa del estancamiento y de calamidades de toda
clase para los hombres.
Mas la revolución no se limita a cercenar todo lo
caduco y
podrido, cuanto se opone al avance.
En lugar de los sistemas y relaciones sociales que destruye, crea otros
nuevos y avanzados. Esto es muy singularmente lo característico, como veremos
más adelante, cuando se trata de la revolución socialista.
Por otra parte, la subversión que la revolución
social lleva a cabo no significa la negación completa de toda la vieja sociedad
y de lo que ella consiguió. Si así fuese, el avance de la sociedad sería
imposible; después de cada
revolución social habría
que empezar en un terreno virgen, y la sociedad jamás habría salido del
nivel más primitivo. La revolución social no niega cuanto existía en la
sociedad vieja, sino únicamente lo caduco, lo que se opone al progreso. Todo lo
demás es conservado y recibe un nuevo impulso. Así ocurre por completo con las
fuerzas productivas y en un grado muy considerable con los valores
espirituales: la ciencia, la literatura y el
arte, en cuanto
no se hallen
vinculados directamente con la defensa del viejo sistema, con la
ideología de las clases caducas.
Las revoluciones son los períodos en que la lucha de
clases alcanza su máxima virulencia. Es entonces
cuando con especial vigor se revelan la conciencia,
la
voluntad y la pasión de las masas populares. Jamás,
escribió Lenin, es capaz la masa del pueblo de mostrarse tan
activa creadora de
los nuevos regímenes sociales
como durante una revolución. En esos momentos se acelera formidablemente el
desarrollo social, es cuando la sociedad avanza con mayor velocidad y decisión
por la vía del progreso. Por eso llamaba
Marx a las
revoluciones "locomotoras de la historia".
Así, pues, la lucha de clases es la principal fuerza
motriz del progreso histórico, tanto en los períodos
evolutivos de la sociedad de clases antagónicas como
en los revolucionarios.
De aquí se desprende que quienes ocultan las
contradicciones de clase, quienes tratan de apartar de la lucha a las clases
trabajadoras, quienes debilitan esa lucha y preconizan la paz entre las clases,
son enemigos del progreso
y defensores del estancamiento y la reacción, por mucha
que sea la elocuencia que pongan en tal empeño. Esa posición
es inaceptable para los obreros y para cuantos aman
el progreso, que se creen en el deber de desarrollar la lucha de las clases
oprimidas contra los explotadores. Esta lucha contribuye al progreso de la
humanidad, lo mismo si
consideramos las tareas
inmediatas o más alejadas
de la sociedad
en su conjunto,
y responde a los intereses de la mayoría.
4. Formas fundamentales de la lucha de clase del proletariado
La lucha de clase del proletariado adquiere formas
distintas,
según se desarrolle
en el terreno económico, en el político o en el
ideológico.
Lucha económica.
Se llama lucha económica la que los obreros
mantienen para mejorar las condiciones de su vida y
trabajo: por un mayor salario, por reducir la
jornada,
etc. El método más generalizado de lucha económica
es la
presentación de sus
reivindicaciones por los
obreros, que se declaran en huelga en el caso de no
verlas satisfechas. Los sindicatos, las cajas de
ayuda mutua y otras
organizaciones son instrumentos
de que la clase obrera se vale para proteger sus intereses económicos.
Cualquier
obrero, por escasa
que sea su conciencia
de clase, comprende
la necesidad de
defender sus intereses económicos inmediatos. Por
eso es la lucha económica el primer escalón del
movimiento obrero, sin que ello signifique que tal
lucha pertenezca al pasado de la lucha de clase del
proletariado. La defensa de las reivindicaciones
económicas conserva todo su valor en nuestros días, incluso en
aquellos países donde
existe un movimiento obrero
fuerte y organizado.
Primeramente,
la lucha económica
permite mejorar un tanto la situación de la clase obrera aun
dentro
del capitalismo. Así
lo demuestra la
experiencia de muchos países, en que los obreros
obligaron a la burguesía a hacerles importantes concesiones. Por esta razón,
los comunistas -que son los luchadores más consecuentes cuando se trata de
defender los intereses de la clase obrera y de todos los trabajadores- no
pierden en ningún momento de vista la organización de la lucha económica del
proletariado.
En
segundo lugar, la
lucha por las reivindicaciones económicas, siendo como
es la que antes y mejor comprenden las masas, incorpora al movimiento las más
amplias capas de obreros, a los que sirve de necesaria escuela para la lucha
contra el capitalismo y para la educación de su conciencia de clase. Quiere
decirse que de ella depende en gran parte el éxito de las formas más elevadas
del movimiento obrero.
Ahora
bien, la lucha
económica presenta una
interés económico fundamental de los obreros, que es
el verse libres de la explotación. Además, los éxitos de la lucha económica son
muy frágiles si no vienen respaldados por las conquistas políticas. La
burguesía aprovecha la menor oportunidad para retirar sus concesiones y pasar a
la ofensiva contra los intereses económicos de la clase obrera.
Por eso el marxismo-leninismo considera que el
movimiento obrero no
puede alcanzar victorias
importantes si la lucha se circunscribe a la defensa
de los intereses económicos inmediatos.
La verdadera lucha de clase del proletariado empieza
en el momento en que rebasa el estrecho marco de la defensa de los intereses
inmediatos de
los obreros y se convierte en lucha política. Para
esto es necesario, lo primero de todo, que los mejores
hombres de la clase obrera de todo el país comiencen
la lucha "contra toda la clase capitalista y contra el gobierno que
defiende esa clase" (Lenin).84
Lucha ideológica.
La lucha de la clase obrera, como la de cualquiera
otra, viene impuesta
por su propio
interés. Este interés es producto
de las relaciones económicas de la
sociedad capitalista, que
condenan a la
clase obrera a la explotación, la opresión y las malas condiciones de
vida. El interés de clase no es algo que haya inventado un teórico o partido,
sino que existe objetivamente.
Pero esto no significa que la clase obrera adquiera
automáticamente, de la
noche a la
mañana, conciencia de sus
intereses. Cierto que
las condiciones de vida del proletariado empujan a cada obrero hacia
determinada manera de pensar, al tropezar
continuamente con injusticias
y con muestras de la desigualdad
económica y social en que se encuentra. Esto origina entre los obreros un
sentimiento de descontento, de
irritación y de protesta. Mas no hay que identificar ese
sentimiento con la conciencia del interés de clase. Según la define Lenin, la
conciencia de clase "es la comprensión por los obreros de que el único
medio que tienen para mejorar su situación y emanciparse es la lucha con la
clase de los capitalistas y fabricantes... La conciencia de los obreros
significa también la comprensión de que los intereses de todos los obreros de
un país son iguales y solidarios, que ellos forman una clase distinta de todas
las demás clases de la sociedad. Finalmente, la conciencia de clase de los
obreros significa la comprensión por éstos de que para conseguir sus fines han
de lograr una influencia sobre los asuntos públicos..."85
Esta conciencia no surge por generación espontánea
en la cabeza de cada obrero.
Lo
primero de todo,
no es tan
sencillo que el
obrero se considere como elemento integrante de una
limitación:
no afecta a
las bases del
régimen
capitalista, por lo que no puede dar satisfacción al
84 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 195.
85 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. II, pág. 96.
clase especial. El albañil y el maquinista de
locomotora, el tornero
de primera y
el peón, el minero y el cavador: todos se diferencian
entre sí por el género de trabajo y, a menudo, por el nivel de vida. No puede
asombrarnos que el movimiento obrero de muchos países haya pasado por la fase
de la organización gremial, cuando el principio por el que se unían era el del
oficio o especialización; por ejemplo, en un mismo ferrocarril podía haber
sindicatos independientes de maquinistas, de fogoneros y de personal de obras.
Y se daba el caso de que estos sindicatos tratasen de conseguir ventajas para
"sus" afiliados a expensas de los otros obreros.
Pero eso no es todo. No siempre cada obrero advierte
de manera correcta el estado de opresión en
que se encuentra en la sociedad capitalista. Puede,
por
ejemplo, atribuirlo a
reveses personales. Entonces el descontento
del obrero puede traducirse en el propósito de "llegar a ser algo",
aunque sea a costa de sus compañeros. En casos muy contados lo consiguen, pero
millones de trabajadores permanecen como estaban.
La
protesta elemental de
los obreros puede también recaer sobre quienes en
realidad no son sus
enemigos. Por ejemplo, en la época de la revolución
industrial de los
siglos XVIII y
XIX, entre el
proletariado
cundió el movimiento
de los "rompedores de
máquinas" (ludditas). Los obreros veían que el empleo de máquinas en la
producción
los condenaba al hombre, pero no podían comprender
que el mal suyo no estaba en las máquinas, sino en el
hecho de que estas máquinas pertenecieran a los
capitalistas, quienes las
aprovechaban para
incrementar la explotación y llevar a la ruina a los
trabajadores.
Otro
factor que se
opone a que
los obreros
adquieran conciencia de sus intereses de clase es la
nociva influencia de la ideología burguesa, de la propaganda que la burguesía
lleva a cabo para confundir a los trabajadores. La formación de la conciencia
de clase entre los obreros puede verse dificultada, por ejemplo, por la
propagación en su seno de la idea de que la explotación es eterna y de que nada
podrá cambiarla, de
que se pueden conseguir mejorías mediante convenios
y compromisos con la burguesía, o por las discordias nacionales que se siembran
para escindir a los trabajadores, etc.
Antes de que el proletariado adquiera conciencia de
clase ha de recorrer, pues, un complejo proceso, el cual, según sean las
condiciones concretas de cada país, puede transcurrir con rapidez mayor o
menor, con mayores o
menores dificultades. En
ciertos países, el proceso se ha dilatado, y el proletariado, según la
expresión de Marx, sigue siendo hoy día una "clase en sí" y no una
"clase para sí", con conciencia como tal clase y de cuáles son sus
verdaderos intereses.
La mejor escuela de conciencia de clase para los
obreros es la lucha diaria, sin exceptuar la defensa de sus intereses
inmediatos. Mas esto es poco. Para que los
obreros se eleven
hasta un alto
grado de conciencia de clase
hace falta aún otra forma específica de lucha, que es la ideológica.
La lucha ideológica del proletariado presupone, lo
primero de todo, la adopción de una concepción del mundo, de
una teoría científica
que alumbre a la
clase obrera el camino de su emancipación. La lucha de los obreros por sus
intereses inmediatos, como es la lucha sindical, no es bastante para la
aparición de ideas socialistas. La doctrina del socialismo podía ser únicamente
fruto de las más avanzadas teorías filosóficas, económicas y políticas. Esta es
la tarea que cumplieron unos gigantes del pensamiento como Marx y Engels, que
consagraron toda su vida y su obra a la causa de la emancipación de la clase
obrera. A ellos se debe la doctrina que con autenticidad científica revela cuál
es el interés fundamental de los obreros -la necesidad de emanciparse de la
explotación-, las vías para alcanzarlo -la destrucción por medios
revolucionarios del capitalismo y la edificación del socialismo- y las bases de
la táctica del movimiento obrero.
.
Pero la concepción científica del mundo propia de la
clase obrera, obra de Marx y Engels, no es un
compendio
de respuestas a
cuantos problemas
puedan plantearse a los trabajadores en las etapas
subsiguientes de la historia, en condiciones nuevas y
en una nueva situación. Para que esta concepción del
mundo sea siempre un arma afilada en la lucha de la
clase obrera por la construcción de la sociedad socialista, hay que darle
siempre forma concreta, desarrollarla y enriquecerla con los datos nuevos de la
ciencia y con la nueva experiencia de la lucha de clase de millones y millones
de trabajadores. Esta labor de creación teórica ha sido, es y será una
importante tarea de los partidos marxistas-leninistas de la clase obrera.
Para que la
concepción científica del
mundo propia de la clase obrera cumpla su papel en la lucha
de liberación, ha de prender en las masas. De ahí se
desprende la necesidad de que sea llevada al
movimiento obrero desde
fuera de la
lucha económica y del marco de las relaciones de los obreros y patronos.
Esta es la función que cumple el partido marxista-leninista, el cual, tal como
Lenin lo define, une las
ideas del socialismo
con el movimiento de masas de los
obreros.
Otra tarea de capital importancia de la lucha
ideológica es la
de conservar en
cualquier
circunstancia la pureza de la concepción socialista
de
la clase obrera, sin permitir que los enemigos la
deformen y priven así al proletariado de tan aguzada arma. Todos sabemos que en
cuanto el marxismo- leninismo se convirtió en una potente fuerza ideológica,
los enemigos de la clase obrera centraron
sobre él sus fuegos; y no sólo de frente, sino
también por la retaguardia, para lo cual echaron mano de sus agentes en el
movimiento obrero. Con el pretexto de "perfeccionar" el marxismo, lo
que hacen es deformarlo y convertirlo en algo inofensivo para la burguesía e
inútil para los obreros. Tal es el sentido de la labor "teórica" de
los oportunistas de toda laya, de los reformistas y revisionistas, contra la
cual han de combatir todos
los obreros conscientes
y, en primer término, los
partidos marxistas-leninistas.
La lucha ideológica del proletariado no se reduce a
la formación de la conciencia de clase entre los
obreros y a la propaganda del marxismo-leninismo.
La clase obrera no mantiene su lucha de liberación
sola, sino en alianza con todos los trabajadores, de
los
cuales es la
vanguardia. De ahí
que otra
importante
faceta de la
lucha ideológica de los
obreros es la
tarea de apartar
a las masas
no proletarias -campesinos, pequeña burguesía, intelectuales- de la
influencia de las ideas burguesas y ganarlas para el socialismo.
Lucha
política.
La forma superior
de la lucha
de clase de los
obreros es la lucha política.
El
proletariado advierte ya
la necesidad de mantenerla cuando trata de defender
simplemente sus reivindicaciones económicas. Los capitalistas tienen de su
parte al Estado burgués, que les ayuda a hacer fracasar y aplastar las huelgas,
que pone trabas a la labor de los sindicatos y demás organizaciones obreras,
etc. La propia vida empuja, pues, a la clase obrera a luchar no sólo contra
"su" capitalista, sino también contra el Estado burgués, que defiende
los intereses de la clase capitalista en su conjunto.
De otra parte, una lucha política amplia es posible
únicamente cuando la clase obrera, o al menos su
parte avanzada, ha adquirido conciencia de clase y
tiene noción clara de sus intereses.
La lucha política de la clase obrera abarca por
completo la esfera de la vida social relacionada con
su posición frente a las otras clases y capas de la
sociedad burguesa, al Estado burgués y a la actividad
de éste. "La conciencia de la clase obrera
-escribe V. I. Lenin- no puede ser verdaderamente política si los obreros no
aprenden a hacerse eco a todos y cada
uno de los casos de arbitrariedad y opresión, de
violencia y abuso, cualquiera que sea la clase a que estos casos
se refieran."86 Ello
presupone la existencia de
estrechos vínculos entre la defensa de los intereses de la clase obrera y la
lucha por las libertades y derechos democráticos en un amplio sentido, contra
la antipopular política exterior de la burguesía y, en muchos países, por la
independencia nacional, etc.
Todas estas facetas de la actuación política de la
clase obrera son de por sí muy importantes, sobre
todo en las condiciones actuales. Pero no sería
correcto reducir a ellas las tareas de la lucha política. "No es bastante
-escribe Lenin- que la lucha de clases llegue
a ser auténtica,
consecuente y desarrollada sólo cuando abarca la esfera de
la política... El marxismo admite que la lucha de clases se ha desarrollado por
completo y es «nacional» sólo cuando además de abarcar la política toma en ésta
lo que es más esencial: la organización del poder."87
Eso es lo que diferencia al marxista del liberal
adocenado, que está dispuesto a admitir la lucha de clases incluso en la esfera
política, pero siempre y cuando se prescinda de la lucha de los obreros por
derribar el capitalismo y conquistar el poder.
De todo lo dicho se desprende claramente la causa de
que la teoría marxista-leninista, que ve el origen de toda lucha de clases en
sus intereses materiales, económicos,
subraya a la
vez la primacía
de la política frente
a la economía,
coloque la forma política de
la lucha de
clases por encima
de cualquiera otra y considere como política toda lucha de clases. La
lucha económica y la ideológica no constituyen un fin de por sí; tanto la una
como la otra, con todo el valor que indudablemente tienen, se hallan
subordinadas a los fines políticos de los obreros, que son superiores, y a las
tareas de su lucha política, que es la única que puede dar satisfacción al
interés fundamental de la clase obrera: emanciparse de la explotación.
Los obreros ajustan su lucha política a las
circunstancias de cada caso y recurren a los procedimientos más diversos, desde
las manifestaciones, huelgas políticas (en defensa de determinadas
reivindicaciones políticas) e intervención en las elecciones y parlamentos,
hasta la insurrección armada. Los fines y métodos de la lucha política exigen
formas más elevadas de organización de la clase obrera, y ante todo la creación
del partido político del proletariado. Según demuestra la experiencia, la
aparición de tal
partido es un fenómeno regular en la historia del
movimiento obrero. La lucha política exige también la agrupación internacional
-y no sólo nacional- de la clase obrera y de todos los trabajadores con el fin
de aunar sus esfuerzos.
La revolución proletaria.
El escalón superior de la lucha de clase del
proletariado es la revolución.
Los
enemigos del comunismo
presentan la
revolución
proletaria como obra
de un reducido grupo de "conjurados".
Esto es un embuste como un
templo. El marxismo-leninismo no admite la táctica
de las "revoluciones de palacio", de los
golpes, de la toma del poder por una minoría armada. Así se desprende
lógicamente de la interpretación marxista de
los procesos sociales.
Porque las causas
de la
86 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. V, pág. 383.
87 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XIX, págs.
97-98.
revolución residen en última instancia en las
condiciones de vida material de la sociedad, en el conflicto entre
las fuerzas productivas
y las relaciones de producción.
Este conflicto toma cuerpo en el choque de grandes masas humanas, de clases,
que se levantan a la lucha empujadas por causas objetivas que no dependen de la
voluntad de determinados individuos o grupos y ni siquiera de partidos. El
Partido Comunista organiza las acciones de las masas, las dirige, pero sin
tratar de hacer la revolución "por ellas" y sólo con sus propias
fuerzas.
La revolución socialista de la clase obrera se
diferencia de todas
las revoluciones sociales anteriores y presenta una serie de
características que le son propias. La principal es que las revoluciones
anteriores se limitaban a sustituir una forma de explotación por otra, mientras
que la revolución socialista acaba con toda explotación y, en última instancia,
conduce a la desaparición de las clases. Es la más profunda de cuantas
transformaciones conoce la historia, significa la reorganización completa, de
arriba abajo, de las relaciones sociales. La revolución socialista pone fin a
la milenaria existencia de la sociedad de explotación y a la opresión,
cualquiera que sea la forma que ésta adopte; es el comienzo de una época de
verdadera fraternidad e igualdad entre los hombres, del establecimiento de la
paz perpetua en la tierra y del completo saneamiento social del género humano.
Ahí reside el formidable valor humano de la revolución proletaria, que marca un
importantísimo jalón en la historia.
El carácter de la revolución socialista determina el
nuevo papel del pueblo en la conmoción revolucionaria. Las masas trabajadoras
participaron también activamente en las revoluciones de antaño, cuando se
trataba de derribar a los esclavistas y a los señores feudales. Pero entonces
eran simplemente la fuerza de choque que allanaba el camino del poder a una
nueva clase explotadora. Porque todo se reducía a sustituir una forma de
explotación por otra.
Otra cosa muy distinta es la revolución de la clase
obrera. Los obreros,
que constituyen una
parte
importante
de las masas
trabajadoras (en muchos
países la más cuantiosa), no cumplen sólo el papel
de fuerza de choque; ejercen también la hegemonía, son quienes inspiran y
dirigen la revolución. Y el triunfo de la clase obrera significa la supresión
completa de la explotación del hombre por el hombre y la emancipación de los
trabajadores de la opresión que gravitaba sobre ellos en todos los órdenes de
la vida.
Quiere decirse que la revolución proletaria es la
revolución que las propias masas trabajadoras hacen
en beneficio propio. No puede, pues, extrañarnos que
los trabajadores, en el curso de la revolución
socialista, revelen un inagotable manantial de iniciativa, promuevan de su seno
a excelentes jefes y revolucionarios
y encuentren nuevas
formas de poder, distintas a
cuanto hasta entonces conocía la
historia.
Prueba de ello
son las revoluciones socialistas de Rusia, China y
todas las democracias populares.
La revolución socialista comprende en cualquier
país capitalista un
período bastante largo
de
transición del capitalismo al socialismo. Su
comienzo
es la revolución política, es decir, la conquista
del poder por la clase obrera, y sólo entonces es cuando se puede producir el
paso del capitalismo al socialismo.
Históricamente, la revolución socialista significa
la supresión de la propiedad privada capitalista sobre
los
medios de producción
y de las
relaciones
capitalistas de producción entre los hombres, que
son sustituidas por la propiedad social, socialista, sobre
los
medios de producción
y por las
relaciones de
producción socialistas. Esto es imposible
conseguirlo mientras en el poder se encuentre la burguesía. El Estado burgués
es el principal
obstáculo que se levanta para la transformación del sistema
capitalista. Sirve fielmente a los explotadores y guarda su propiedad. Para
desposeer a las clases dirigentes y entregar sus propiedades a la sociedad
entera hay que desplazar del poder a los capitalistas y colocar en él al pueblo
trabajador. El Estado de la burguesía ha de ser sustituido por el Estado de los
trabajadores.
Tal Estado es también necesario porque sólo teniendo
en sus manos el poder se encuentra la clase obrera en condiciones de hacer
frente a las enormes tareas de construcción de la nueva sociedad que la
revolución socialista le plantea.
Las revoluciones anteriores tenían principalmente la
misión de destruir. Así nos lo dicen claramente el ejemplo de las revoluciones
burguesas. Lo que sobre todo habían de
hacer era barrer
las relaciones feudales, romper
las trabas con que la vieja sociedad se oponía al avance de la producción y
limpiar el camino para el ulterior incremento del capitalismo. A esto se
reducían, en lo fundamental, las tareas de la revolución burguesa. Las
relaciones económicas capitalistas habían aparecido mucho antes y durante largo
tiempo se habían desarrollado en el seno del régimen feudal. Esto era posible
porque la propiedad burguesa y la feudal son dos formas de propiedad privada.
Existían contradicciones entre ellas, pero durante cierto tiempo pudieron vivir
una junto a la otra.
La
revolución socialista cumple
también la función de
destruir las relaciones caducas,
principalmente capitalistas, y en ocasiones también
feudales,
que se mantenían
en forma de supervivencias más o menos vigorosas. Pero
a las
tareas de destrucción se suman las de creación en el
campo social y económico, muy complejas y de
extraordinario volumen, que
son lo que principalmente dan contenido a esta
revolución.
Las relaciones socialistas no pueden nacer en el
seno del capitalismo. Aparecen después de que los obreros han tomado el poder,
cuando el Estado de los trabajadores nacionaliza las fábricas, las minas, los
transportes, los bancos, etc., es decir, la propiedad de los capitalistas sobre
los medios de producción, y los convierte en propiedad social, socialista. Es
evidente que nada de esto podría hacerse antes de que el poder pase a las manos
de la clase obrera.
Pero la nacionalización de la propiedad capitalista
no es
sino el comienzo
de las transformaciones
revolucionarias
que la clase
obrera lleva a
efecto. Para pasar al
socialismo hay que
extender las
relaciones socialistas a toda la economía, organizar
sobre una base nueva la vida económica del pueblo, crear una eficaz economía
planificada, reestructurar
según los principios socialistas las relaciones
sociales y políticas y
resolver complejos problemas
en la
esfera de la cultura y la educación. Todo esto es un
enorme trabajo y en su realización corresponde un papel de
excepcional importancia al
Estado
socialista, que es el instrumento mejor de que los
trabajadores disponen para construir el socialismo, y
más tarde el comunismo. Por ello, cuando se afirma,
como hacen los oportunistas, que el socialismo se puede construir dejando el
poder político en manos
de la burguesía, se incurre en un error manifiesto;
esto no significa
más que engañar
a la gente
y sembrar en el pueblo dañosas ilusiones.
La revolución política de la clase obrera puede
adoptar formas diversas. Puede ser llevada a cabo
por la insurrección armada, como ocurrió en Rusia en
octubre de 1917. En condiciones excepcionalmente
favorables, el paso del poder al pueblo puede
realizarse pacíficamente, sin insurrección armada ni guerra civil. Pero
cualquiera que sea la forma en que transcurra la revolución política del
proletariado, siempre es la
culminación de la
lucha de clases. Como consecuencia de la revolución se
implanta la dictadura del proletariado, es decir, el poder de los trabajadores,
dirigida por la clase obrera.
Una vez ha conquistado el poder, la clase obrera se
encuentra con el problema de la maquinaria del
viejo
Estado, de la
policía, los tribunales,
la
Administración, etc. ¿Qué hacer con ello? En las
revoluciones anteriores, cuando
la clase nueva
llegaba
al poder acomodaba
a sus necesidades
el
viejo aparato estatal y gobernaba con su ayuda. Esto
era posible porque las revoluciones se limitaban a
sustituir la dominación de una clase explotadora por
la dominación de otra clase también explotadora.
La clase obrera no puede proceder así. La policía,
la gendarmería, los tribunales y demás organismos
que durante siglos enteros estuvieron al servicio de
las clases explotadoras no pueden pasar simplemente
a depender de aquellos a quienes hasta entonces
oprimían. El aparato estatal no es una máquina como otra cualquiera,
que obedece por
igual a quien
la
maneja: podremos cambiar de maquinista, pero la
locomotora seguirá arrastrando
el tren. Pero
la
máquina del Estado burgués es de tal carácter que no
puede servir a la clase obrera. Por los elementos que la integran y por su
misma estructura está adaptada de manera que cumpla la función esencial de ese
Estado: mantener a los obreros sujetos, bajo la dependencia de la burguesía. De
ahí la afirmación de Marx de que todas las revoluciones anteriores se limitaron
a perfeccionar la vieja maquinaria estatal, mientras que la revolución obrera
ha de destruirla y sustituirla por un Estado propio, proletario.
Otro factor importante en cuanto a la creación del
nuevo aparato estatal es que ayuda a incorporar las
grandes
masas del pueblo
a la causa
de la clase
obrera.
La gente tiene
constantemente que relacionarse
con los órganos de poder. Y cuando los
trabajadores
ven que las
instituciones de gobierno
están regidas por hombres salidos del pueblo, cuando
ven que los organismos estatales tratan de dar satisfacción a las necesidades
diarias de los que trabajan y no de los ricos, esto, mejor que cualquier
propaganda, explica a las masas que el nuevo poder es el poder del propio
pueblo.
El modo como
la vieja maquinaria estatal
será destruida depende de
muchas circunstancias, entre
las que se cuenta, por ejemplo, si la revolución se
llevó a cabo por vía violenta o pacífica. No obstante,
cualesquiera que sean las condiciones, la
destrucción del viejo aparato de poder y la creación de otro nuevo siempre será
una tarea primordial de la revolución
proletaria.
La fuerza principal y decisiva de la revolución
socialista puede ser sólo la clase obrera, sin que esto
quiera
decir que sea
ella la que
la realiza
exclusivamente. Los intereses de la clase obrera
coinciden con los intereses de todos los trabajadores, o sea de la inmensa mayoría de la población. En virtud de ello es posible la alianza de la
clase obrera - que mantiene la hegemonía- con las más grandes masas de
trabajadores.
Las masas aliadas de la clase obrera no acuden de
ordinario inmediatamente, sino que lo hacen poco a
poco, en apoyo de la consigna de la revolución
socialista y del establecimiento de la dictadura del
proletariado. La experiencia histórica demuestra que
la revolución proletaria puede producirse como prolongación de la revolución
democrático-burguesa,
del movimiento de liberación nacional de los pueblos
oprimidos y de
la lucha de
liberación contra el
fascismo o contra el imperialismo.
La
revolución proletaria exige
mucho de los partidos de la clase obrera. Una de las
condiciones
principales para el triunfo es la dirección enérgica
y acertada de la lucha de las masas por parte de los
partidos marxistas.
La época de las revoluciones socialistas significa
toda una
etapa en el
desarrollo de la
humanidad.
Tarde o temprano, las revoluciones socialistas
abarcarán a todos los pueblos y países. Según sea el lugar en
que se produzcan,
adoptan formas peculiares, en
dependencia de las condiciones históricas concretas y de las características y
tradiciones nacionales. Pero las revoluciones proletarias se subordinan, en
todos los países, a unas leyes comunes que fueron descubiertas por la teoría
marxista-leninista.
Capitulo VI. El papel de las masas populares y el
individuo en la historia
Los ideólogos de las clases explotadoras deforman con singular celo cuanto se refiere al
papel de las masas populares y del individuo en la historia. En su afán por
justificar el "derecho" de una minoría insignificante a
oprimir a la
mayoría, siempre trataron de
rebajar el papel de las masas del pueblo en la vida y en el progreso de la
sociedad. El pueblo, la gente, las masas trabajadoras son, según ellos, una
turba obtusa que por su naturaleza misma está destinada a someterse por entero
a la voluntad ajena y a soportar mansamente su vida de humillaciones y
necesidades.
Para quienes así piensan, las masas populares no son
más que el objeto pasivo del proceso histórico, y,
en el mejor de los casos, ejecutores ignorantes de
la voluntad de los
"grandes hombres": de
los reyes,
generales, legisladores, etc. Tales teorías
subjetivistas no se limitan a justificar los regímenes en que un puñado de
explotadores oprime a la mayoría de la
población, sino que también argumentan en pro de
una política interior
dirigida a la
supresión de la
democracia
y al establecimiento de
sistemas fascistas. Estos sistemas
precisamente, afirman los
ideólogos reaccionarios, son los que pueden asegurar
a los grandes hombres el campo libre para "hacer" historia e
imponer su voluntad
sin temor a la
intervención de las masas ignorantes del pueblo. Así
justificaban los hitlerianos y otros fascistas la falta de
derechos a que tenían sometido al pueblo y la
omnipotencia del "führer".
Además de la concepción subjetivista del papel
del individuo en la historia, entre los ideólogos
burgueses goza también
de privanza la
visión fatalista, según la cual los hombres no pueden ejercer influencia
alguna sobre la marcha de los acontecimientos. Tal punto de vista es impuesto
con particular insistencia por las gentes de la Iglesia, para quienes la vida y
el desarrollo de la sociedad han sido determinados por la providencia, por el
sino, por la suerte ciega. "El hombre propone y Dios dispone": a esto
se reducen todos sus razonamientos.
La teoría fatalista rebaja tanto como la
subjetivista el papel de las masas populares en el progreso de la sociedad. Lo
mismo la una que la otra parten del falso supuesto de que el desarrollo social
se produce al margen de la actividad y la lucha de los millones de
trabajadores; cada una, a su manera, sirve a los
interesadas en que se mire con desprecio al hombre
del trabajo.
La teoría marxista ha puesto de manifiesto la
falsedad de ambas
concepciones, lo mismo
de la
subjetivista que de la fatalista. El marxismo-
leninismo, que ha descubierto las leyes del proceso
histórico, ve en las masas populares el portavoz de
la necesidad histórica, la fuerza a la cual corresponde el papel determinante
en el desarrollo social.
1. Las
masas populares son las creadoras de la historia
Las masas populares son, ante todo, las clases y capas
sociales que ponen en movimiento la producción social y viven de su propio
trabajo, es
decir,
son las masas
trabajadoras. En su
conjunto
forman
la inmensa mayoría
de la sociedad.
Qué clases y capas concretas integran las masas populares es cuestión
que depende de la época, del carácter de la formación social. Por consiguiente,
el empleo del término "masas populares" no significa en modo alguno
el abandono de la visión de clase, de la necesidad de poner en claro el
contenido concreto de clase del movimiento en el cual participan.
La
actividad de producción
de las masas populares como condición decisiva de la
vida y desarrollo de la sociedad.
En la vida de la sociedad tiene un valor primordial
la actividad de producción de las masas. Estas son las
que
crean los instrumentos de
trabajo y los
perfeccionan, acumulan hábitos de trabajo y los
transmiten de generación en generación, las que producen todos los bienes
materiales sin los que la sociedad sería incapaz de subsistir un solo día.
Cuando
una formación económico-social sustituye a
otra, la naturaleza
de clase de los
productores cambia, pero su labor fue siempre, ha
sido y será
una necesidad natural,
la condición primera para que la
sociedad exista. "... Por muchos que sean los cambios que se operen en las
capas superiores, improductivas, de la sociedad -subraya Engels-, ésta no puede
subsistir sin la clase de los productores. Por consiguiente, esta clase es
necesaria en cualquier condición, aunque ha de venir un tiempo en el que no
será ya clase y abarcará a la sociedad entera."88
El trabajo diario de millones de gentes que
desarrollan la producción no se limita a asegurar a la
sociedad
todo cuanto necesita
para su existencia;
también crea la base material para la consecutiva
sucesión de formaciones
económico-sociales, es
decir, para el avance y el progreso de la sociedad.
La
actividad de producción
de las masas populares sería ya bastante para ver en
ella a los genuinos creadores de la historia. Pero su papel en el desarrollo
social no acaba ahí.
fines ideológicos de las clases explotadoras,
88 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. XV, pág.
592.
Las
masas populares y la política.
Las masas desempeñan un importante papel en la vida
política. Sin su acción política resulta imposible concebir el propio
desarrollo de la sociedad, y sobre todo las revoluciones sociales. Cualquiera
que sea la clase que sube al poder como consecuencia de una revolución, su
principal fuerza motriz fueron siempre las masas del pueblo.
En los períodos revolucionarios, la labor de
creación de las masas populares se eleva a inusitadas alturas. "La
revolución es el triunfo de los oprimidos y explotados -escribe Lenin-. Jamás
la masa del pueblo es capaz de mostrarse tan activa creadora de los nuevos
sistemas sociales como durante la revolución. En esos momentos el pueblo es
capaz de realizar milagros... "89
No es menor el papel de las masas populares en las
luchas de liberación nacional, cuando se trata de
defender el país de invasores extranjeros, en las
guerras justas.
Las clases explotadoras se presentaron siempre como
si tuvieran la exclusiva en la defensa de los intereses nacionales. Los hechos
nos demuestran, sin
embargo, que, a la hora de las grandes pruebas
nacionales, quien decide
no es el
puñado de
explotadores, sino el pueblo, las masas, que con las
armas en la mano se levantan en defensa de la patria y luchan abnegadamente por
su independencia.
La lucha generosa y desinteresada de las grandes
masas del pueblo ruso fue lo decisivo para liberar a
su país del yugo tártaro y en la derrota de las
tropas napoleónicas en 1812.
Al heroísmo de
los
trabajadores deben su independencia nacional otros
muchos países: Italia, que durante largo tiempo se halló sometida al yugo
extranjero; Bulgaria, Serbia,
Grecia y demás países balcánicos que sufrieron la
dominación turca, etc.
En nuestros días fueron las grandes masas de
trabajadores las que
salvaron a Europa
de la esclavitud y derrotaron al
fascismo. En esta victoria
histórica correspondió un excepcional papel a los
pueblos de la Unión Soviética, que soportaron sobre
sus hombros la carga principal de la guerra
antifascista.
Gracias a la abnegación de las masas populares de
las colonias y países dependientes, muchos de ellos
se han sacudido ya el yugo a que estaban sometidos y otros se encuentran en
vías de alcanzar la libertad y la independencia nacional.
En los períodos "pacíficos", el papel de
las masas populares en la
vida política de
la sociedad
explotadora
no es tan
evidente. Las clases
dominantes ponen en juego todos los instrumentos de
coerción física y espiritual -el ejército y la policía, la justicia y la
religión, la Administración y la escuela- para
reducir al mínimo
el papel de las masas
89 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IX, pág. 93.
populares
en política, para
reprimir toda manifestación suya
en este terreno o para orientarlas hacia cauces que no signifiquen un peligro
para los intereses de los explotadores. Esto es una característica inseparable
del régimen social basado en la explotación.
El sometimiento de los
trabajadores y la apropiación del fruto de su trabajo únicamente es posible
cuando las masas están políticamente sojuzgadas, cuando en la vida política ha
sido asegurada la dominación de las clases parasitarias. Por eso las masas
trabajadoras sólo pueden orientar la política cuando el poder de los
explotadores ha sido derribado.
Esto no significa,
empero, que las
masas populares no cumplan función alguna mientras están
sometidas a los capitalistas u otros explotadores.
La
política es un terreno de enconada lucha de clases,
y sobre todo de lucha entre los explotadores y los explotados. Su resultado
final depende no sólo de la voluntad de las clases dominantes, sino también del
tesón y el empeño que los trabajadores pongan en la defensa de sus intereses,
es decir, de la correlación real de fuerzas en esta lucha.
Las masas populares, aun dentro del capitalismo,
pueden influir sustancialmente sobre la política de la
clase
dominante, oponerse a
la realización de los
propósitos de las fuerzas reaccionarias y obligar a
los gobernantes a hacer
concesiones en muchos problemas de gran relieve de la
política interior y exterior. Esta lucha política diaria, según se señalaba
en el
capítulo precedente, cumple
un importante papel en el
desarrollo de la sociedad.
Papel
de las masas populares en el progreso de la cultura.
Cuando los ideólogos reaccionarios niegan a los trabajadores
toda capacidad para una labor de creación, deforman de la manera más descarada
el papel de las masas populares en el progreso de la cultura. La cultura
espiritual, afirman, es fruto del trabajo de unos pocos "elegidos",
sólo a un puñado de genios debe la humanidad sus avances en la ciencia, la
literatura y el arte.
Así, a primera vista, parece que tuvieran razón. En
efecto, casi en todas las esferas de la creación espiritual podemos contar
varias docenas de nombres
-tales como Newton, Lomonósov y Einstein en física,
Mendeleev y Bútlerov
en química, Darwin
y
Michurin en biología, Shakespeare y Tolstoi en
literatura, Beethoven y Chaikovski en música- sin los que resulta difícil
inclusive imaginarnos la cultura
moderna.
Los marxistas reconocen los méritos de los genios
de la
cultura, lo cual
no quita para
que vean
claramente
la inestimable aportación
que en este
terreno corresponde a las masas populares, a los
trabajadores. Ellos son los que sentaron las bases de
toda la cultura espiritual de la humanidad y crearon
las condiciones para su progreso.
Sabemos, por ejemplo, que la literatura y el arte
fueron durante largo
tiempo obra exclusiva
del
pueblo.
Poemas épicos, romances, cuentos,
tradiciones, refranes y canciones sirvieron de
cimientos para la labor de escritores y poetas profesionales. De la misma
manera, los trabajos de artesanía, las artes aplicadas y la arquitectura
popular sirvieron de base para la ulterior creación de artistas y arquitectos.
La artesanía sigue representando en nuestros tiempos un valor artístico propio
y es fuente inagotable de figuras y de recursos representativos, así como de
inspiración para escritores y artistas. La creación popular es lo que da origen
a la forma nacional del arte y de la literatura en cada país.
También es el pueblo el que sentó las bases de la
ciencia. Son para nosotros motivo de admiración los
sabios que descubren nuevas fuentes de energías y
milagrosas vacunas, que inventan máquinas
extraordinarias y materiales
nuevos llamados a
transformar
nuestra vida. Pero
no es menos
asombrosa la hazaña de las masas populares que en su
trabajo diario fueron arrancando poco a poco a la naturaleza sus primeros
secretos, que aprendieron a obtener el fuego, a cultivar los cereales y a
fundir el metal, que inventaron y perfeccionaron los primeros instrumentos de
trabajo y reunieron las primeras nociones sobre los objetos y fenómenos que
rodean al hombre.
En las primeras
etapas, las masas
trabajadoras eran, pues, las que directamente creaban todos los valores
culturales.
La situación no podía por menos de cambiar
cuando el trabajo
intelectual se separa
del trabajo
manual, cuando la literatura, el arte y la ciencia -
junto a la dirección de los asuntos públicos- se
convierten en monopolio de las clases explotadoras
dominantes
y de las
capas de la
sociedad que se
hallaban a su servicio. Todo un sistema de medidas,
económicas y políticas, es puesto en juego para que las esferas principales del
trabajo intelectual -sin exceptuar cuanto se refiere a la cultura- se
conviertan en privilegio de
los ricos. El
apartamiento de las masas populares de la cultura,
manteniéndolas en la ignorancia, se convirtió para los explotadores en una de
tantas garantías de su dominación de clase.
Todo esto ha limitado, como es lógico, la
participación activa de las masas populares en el progreso de la ciencia, el
arte y la literatura.
Los ideólogos de la burguesía contemporánea
especulan sin tasa con este hecho. Según afirman, los
trabajos intelectuales complejos, relacionados con
la dirección de la política y la economía y con la labor
creadora en el campo de la cultura, están únicamente
al alcance de una "élite", es decir, de hombres escogidos que
militan en las
filas de las
clases
dominantes de la sociedad de explotación. A su vez,
las masas populares
son, para estos
"teóricos",
intelectualmente "inferiores" y capaces
sólo para realizar un "grosero" trabajo físico.
En realidad, la inteligencia y el talento no son un
privilegio de clase.
Lo que en
la sociedad de
explotación es, sí, privilegio es la posibilidad de
que la inteligencia y el talento se revelen en el campo de
la política, la ciencia, el arte y la literatura.
Esta posibilidad en la
sociedad de clases
suele ser exclusiva de
quienes proceden de
familias
acomodadas.
Y es verdaderamente asombroso el vigor de la
inteligencia, el talento y la voluntad de muchos miles
de trabajadores que, aun dentro de una sociedad de
explotación, han sabido abrirse camino y dejar
huella en las esferas más diversas de la vida espiritual y en
la
política. La historia
no es escasa
en ejemplos.
Newton y Lomonósov, hijos de campesinos, fueron
grandes sabios. Abraham Lincoln, un simple leñador, desempeñó un señalado papel
en la guerra civil de los Estados Unidos y fue elegido su presidente. Máximo
Gorki, salido de un medio urbano muy modesto, llegó a ser un eximio escritor.
La relación podría continuarse indefinidamente. Pero
por cada una de
estas grandes figuras
salidas del pueblo, cientos y miles de hombres de talento
se perdieron en el anonimato. La historia de la sociedad de explotación es un
verdadero cementerio de talentos frustrados por falta de posibilidades.
Una de las formidables ventajas que el socialismo
significa es que pone fin a esa insensata dilapidación
del mejor caudal que la sociedad posee y que es el
talento de sus hombres. El socialismo suprime todos
los privilegios estamentales, políticos y económicos, con lo que crea las
condiciones para el desarrollo completo y la racional utilización de las
facultades humanas. Esto, de por sí, acelera intensamente el progreso en todos
los sectores de la vida social.
Importancia
de la tesis marxista sobre el
papel decisivo de las masas populares en la historia.
La tesis que afirma el papel decisivo de las masas
populares en el desarrollo social ocupa un
importante lugar en la teoría del marxismo-leninismo. Es lo que proporciona a
la ciencia de la sociedad la clave para comprender la marcha del proceso
histórico y lo que salva el defecto sustancial de todas las teorías históricas
anteriores a Marx, las cuales dejaban al margen la acción de las masas del
pueblo. De este modo, el estudio de la sociedad se centra en la actividad de
las masas populares y de las condiciones de su vida, sin lo cual es imposible
comprender la marcha de la historia.
La acertada comprensión del papel de las masas
populares en la
historia sirve de
guía en la
labor
práctica de los partidos marxistas-leninistas y de
cada
uno de sus miembros. De entre todas sus facetas, le
ayuda a separar
lo principal en
el trabajo
organizativo, ideológico y de educación que realizan
en el seno de los obreros y de los trabajadores en
general, para concentrar en ello la atención y las energías. La historia conoce
un buen número de partidos, incluso entre los que se crearon para defender los
intereses de los trabajadores, que desaparecieron de la palestra política por
no haber comprendido el significado de este trabajo y no haber sabido agrupar
en torno de ellos a las masas. Así, una de las causas del fracaso del partido
"Voluntad del Pueblo" en Rusia fue que sus jefes no estimaban en su valor
a las masas, confiando por entero en la labor de los "hombres dotados de
espíritu crítico", mientras que la lucha contra los opresores la reducían
al terror individual.
La tesis de la teoría marxista-leninista acerca del
pueblo como creador de la historia tiene gran valor para las propias masas
trabajadoras. Esta tesis echa por tierra uno de los mitos más caros al corazón
de todos los explotadores -el de que la sociedad humana lo debe todo a un
puñado de elegidos, sin los cuales no podría vivir ni conocería el progreso-;
con ello despierta la conciencia de las masas trabajadoras, las eleva a la
lucha por su emancipación y robustece su fe en el triunfo y en la realización de
los ideales de una sociedad en
la que las
propias masas serán dueñas absolutas de sus destinos.
La doctrina marxista acerca del papel de las masas
populares en la historia despierta a la vez entre los trabajadores un profundo
sentido de responsabilidad por la suerte común. Les hace ver que no hay que
confiar en ningún "salvador", que quien únicamente puede emancipar a
los pueblos del yugo y reformar la sociedad en consonancia con las aspiraciones
de la mayoría del género humano son los propios trabajadores.
2. El
papel del individuo en la historia
La actividad
de los dirigentes
como elemento necesario del
proceso histórico.
La
teoría marxista, que
demuestra el papel decisivo de las masas populares en la
historia de la sociedad, señala a la vez el importante lugar que corresponde a
la actividad de los grandes hombres,
de los dirigentes y jefes, y muestra la función que
ellos cumplen como algo necesario para el desarrollo social. Esto se refiere no
sólo a los sabios, escritores
y artistas, sin cuyo trabajo, en las condiciones
modernas, es inconcebible el progreso de la ciencia y
la cultura, sino también y en la misma medida a los
líderes, a los dirigentes de las masas, de las clases progresivas y de los
partidos políticos.
Para que una clase cualquiera alcance el
predominio en la
sociedad necesita de
una
determinada organización política. Y toda
organización de clase, para poder funcionar, ha de tener una dirección, o lo
que es lo mismo, dirigentes.
Esto se refiere
a los partidos,
a las demás
trazan y formulan la política de una clase, de un
partido o del Estado, cuidan de aplicarla y orientan la actividad de miles y
millones de seres.
Muy especialmente necesitan de dirigentes las
clases en ascenso,
que mantienen una
lucha
revolucionaria
por el poder.
Porque la fuerza
principal que la clase oprimida puede oponer a la
organización estatal de
la clase dominante
es la fuerza de la organización
revolucionaria. Esta, sin embargo, no podemos concebirla sin unos dirigentes
expertos, capaces y
enérgicos. "Ninguna clase alcanzó en la historia el predominio
-escribe Lenin- sin antes haber promovido a sus jefes políticos, a sus
representantes avanzados capaces de organizar el movimiento y de
dirigirlo."90
La actividad de los dirigentes no es, pues, algo
casual en el proceso histórico, sino que constituye
una necesidad objetiva. Esta circunstancia es la que
provoca el efecto ilusorio de que los dirigentes,
las personalidades destacadas, son la fuerza motriz y los
creadores de la historia. La labor de los dirigentes
flota siempre sobre los acontecimientos, todos la
ven y la advierten. Y los ideólogos burgueses, sin pasar de la
superficie de los
fenómenos, tratan de demostrar que los grandes hombres
"hacen" los acontecimientos; que, por ejemplo, las revoluciones y
guerras producidas en Europa a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX
tuvieron como causa los actos de los jefes de la revolución francesa y de
Napoleón, mientras que la lucha de clase de los obreros se debe a la
"inducción" de los dirigentes comunistas.
Lo cierto es que la marcha de la historia viene
determinada por la lucha de grandes grupos sociales, clases y masas. Y el papel
de los grandes hombres en la historia únicamente se puede comprender cuando
relacionamos sus actos con la lucha de clases, con la acción y la lucha de los
grandes grupos sociales.
En qué
reside la fuerza de las grandes figuras históricas
Las
grandes personalidades, dentro
del plano político, no son las
que crean los acontecimientos y movimientos; son dirigentes de las masas y de
las clases sociales. Lo que les da la fuerza es precisamente el
apoyo que los
grandes grupos sociales les
prestan. Por mucho que sea su talento e inteligencia, sin este apoyo, esos
hombres se verían impotentes y no serían capaces de ejercer una influencia
sensible en la marcha de los acontecimientos. "Cuando, por consiguiente
-escribe Engels-, se trata de investigar las fuerzas motrices que se hallan
tras los impulsos de los personajes históricos -consciente o, como ocurre muy a
menudo, inconscientemente-, de investigar las fuerzas que, en última instancia,
forman los verdaderos resortes de la historia,
hay que tener
en cuenta no
tanto los impulsos de los individuos,
aunque sean los
más
organizaciones
sociales y al
Estado. Los dirigentes
90 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 345.
eminentes, como los impulsos que ponen en movimiento
a grandes masas de hombres, a pueblos enteros y, a su vez, dentro de cada
pueblo, a clases enteras."91 Los impulsos de las masas y de las clases no
son fruto de la casualidad. En ellos toma cuerpo la necesidad histórica, la ley
que rige los acontecimientos.
El gran error de los subjetivistas consiste en que
ni siquiera pueden plantear correctamente la relación
entre el carácter del desarrollo social, como
proceso sujeto a leyes, y la actividad de los grandes hombres,
pues para ellos esta actividad y las leyes sociales
son fuerzas que se excluyen. La grandeza la ven en la capacidad del individuo
para "salirse con la suya" y
realizar su voluntad superando toda clase de
obstáculos. Así pintados, los grandes hombres de la
historia se asemejan al personaje de Saltikov-
Schedrín que proclamaba: "O la ley o yo."
Es cierto que entre los dirigentes de movimientos
sociales ha habido y hay quienes van contra las
leyes objetivas de la
historia. Así ocurre
singularmente entre las clases reaccionarias, pues el interés de estas
clases se circunscribe a la defensa de las formas sociales caducas a las que
van unidos su bienestar y su existencia. No es casual, por tanto, el sello de
aventurerismo que en los líderes reaccionarios puede advertirse. El ejemplo más
patente de esto lo tenemos en Hitler o en los políticos imperialistas de
nuestros días, que sueñan
con destruir el
comunismo. Su labor, sin embargo,
acaba siempre por fracasar. Cuanto
sabemos de los
Estados y los
pueblos confirma mil veces que ni siquiera el hombre más enérgico,
aunque posea un ilimitado poder, es capaz de suprimir a su arbitrio las leyes
de la historia o de obligarla a dar marcha atrás.
La
actividad de todos
los hombres, grandes
y pequeños, transcurre en
determinadas condiciones
sociales, las cuales imponen el desarrollo objetivo
y
las tareas que la sociedad ha de resolver. Los
líderes de las clases avanzadas son grandes porque comprenden mejor y antes que
otros cuáles son esas tareas, las necesidades de la sociedad en su avance y qué
reivindicaciones convienen a la clase que postula el progreso. Ellos indican
los fines de la lucha y la vía para alcanzarlos, los defienden con todas sus
energías, arrastran a otros representantes de su clase, los organizan y los
dirigen.
Son muchos los personajes que dejaron huella de su
paso en la historia, en la que cumplieron uno u
otro papel. Pero no todos, ni mucho menos, merecen
el calificativo de grandes. Únicamente son grandes
aquellos que con
sus acciones contribuyen
al
desarrollo
de la sociedad
y sirven a
la causa del
progreso. Su actuación puede acelerar la marcha de
la historia, acercar la victoria de lo nuevo, facilitar a las clases avanzadas
y a la sociedad el camino hacia
esa victoria y aliviar los dolores del parto cuando
nace algo nuevo en la vida social.
La
necesidad social y los grandes hombres.
La aparición de personalidades eminentes va
indisolublemente unida a la ley histórica.
En la sociedad hay siempre hombres capacitados y de
talento, pero sólo se muestran y sólo se crean las condiciones necesarias
para que surjan
cuando se
siente la necesidad social de líderes en posesión de
unas u
otras cualidades, dotes
intelectuales o
carácter. Esto se pone de relieve muy singularmente
en las épocas revolucionarias, cuando a la dirección de los
asuntos públicos pasan
cientos y miles
de
hombres que hasta poco antes permanecían en el
anonimato y no encontraban, en las condiciones del
viejo régimen, una coyuntura para revelar su
capacidad y su talento. De la misma manera, en los períodos de
guerra la necesidad
social abona el
terreno para la aparición de hombres con las
virtudes de buenos jefes militares.
Es obra del azar, se comprende, el decidir quién
será el que destaque en unas condiciones sociales concretas, pero el propio
hecho de la aparición de
líderes que respondan a las necesidades de la época
está de por sí sujeto a la ley histórica.
Engels escribía: "La circunstancia de que sea
precisamente este gran hombre el que aparece en un país concreto
y en un
determinado tiempo,
representa, ciertamente, una casualidad pura. Pero
si eliminamos a este hombre será necesario sustituirlo;
y el sustituto aparecerá, más o menos apropiado,
pero aparecerá con el
tiempo. Que Napoleón
el corso
fuera precisamente el dictador militar que
necesitaba la República Francesa agotada por la guerra, es una casualidad. Pero
si Napoleón no hubiese existido, su
papel lo habría desempeñado otro. Así lo demuestra
el hecho
de que siempre
apareció un hombre
así
cuando era necesario: César, Augusto, Cromwell,
etc."92
La aparición del hombre grande es obra del azar,
mas eso no
significa que cualquiera
otro pueda ocupar ese puesto y
cumplir su papel histórico. Para ello se requieren determinadas cualidades,
cierta capacidad. De ahí
que, de ordinario,
pasen a dirigentes los hombres
que, en una u otra medida, poseen dichas cualidades.
En cuanto al carácter concreto de las cualidades
requeridas, ofrece una variedad infinita, dependiendo
de la esfera en que el dirigente ha de moverse, de
las
condiciones de la época, de la naturaleza de clase
del movimiento que lo promueve, etc.
Cada clase elige a sus jefes de acuerdo con su
naturaleza social, con su situación en la sociedad y
con las tareas que está llamada a cumplir. Los dirigentes de la clase obrera,
por ejemplo, necesitan
91 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II,
Moscú, 1955, pág.
373.
92 C. Marx y
F. Engels, Cartas escogidas,
Gospolitizdat, 1953, págs. 470-471.
firmeza y audacia revolucionaria, en consonancia con
el propio carácter de la misión histórica del proletariado; preparación
teórica, puesto que la lucha de la clase obrera se apoya en una teoría
científica; estrechos vínculos con el partido y con las masas; experiencia y
capacidad para el trabajo de organización entre las masas; fe en la fuerza
creadora de los trabajadores; capacidad para no sólo enseñar a las masas, sino
también aprender de ellas, etc.
El culto a la personalidad va contra el marxismo-
leninismo.
El marxismo-leninismo afirma que el papel decisivo
en la historia corresponde a la actividad y la
lucha de clase de las masas populares. Sólo
relacionándolo con la
lucha de clases,
con la
actividad de las masas populares, con las
necesidades sociales que esta lucha engendra, podemos comprender el verdadero
papel de los dirigentes.
Tal concepción de la historia es incompatible con el
culto a la personalidad, con la veneración de los
dirigentes, a los que se atribuyen sobrenaturales
méritos y cualidades. El culto a la personalidad es una ideología contraria al
marxismo, que procede de
las concepciones del feudalismo y del individualismo
burgués.
Al propio tiempo, el culto a la personalidad
repercute desfavorablemente en la actuación práctica y se
enfrenta con las
necesidades e intereses
del
movimiento socialista.
La desenfrenada exaltación del dirigente y la
exageración de sus méritos, quiérase o no, influye
nocivamente en las masas y deforma su educación.
El culto a la personalidad crea entre las masas la
errónea creencia de que las tareas que se plantean ante los trabajadores puede
cumplirlas alguno otro, de que la capacidad y los méritos del dirigente dan
base a los millones de dirigidos para confiar por completo en el gran hombre,
para seguir pasivamente los proyectos e indicaciones del "jefe" que
todo lo sabe y todo
lo tiene previsto,
haciendo así innecesario que los
hombres de filas del movimiento socialista
piensen por su
cuenta, manifiesten iniciativa,
creen e influyan activamente sobre la marcha de los acontecimientos. Tales
opiniones relajan la conciencia de responsabilidad de cada trabajador por el
porvenir y el éxito del movimiento socialista, debilitan en ellos el
inapreciable sentimiento de saberse dueños de su destino, que de manera tan
rotunda se afirma en La Internacional:
Ni en dioses, reyes ni tribunos está el supremo
salvador,
nosotros mismos realicemos
el esfuerzo redentor.
Más aún. Si de la ideología pasamos a la práctica,
el culto a
la personalidad reduce
y quebranta
inevitablemente el profundo espíritu democrático que
acompaña orgánicamente al
movimiento socialista.
Este culto restringe las normas de vida trazadas por
la práctica, que ayudan a las masas a incorporarse activamente al movimiento, y
a los dirigentes a aprender de las masas, a resumir la experiencia de su
actividad y su lucha. En vez de esto surgen otras normas, por
las que se
conceden al dirigente derechos extraordinarios, que
transportan el centro de gravedad
de la dirección
a las decisiones, indicaciones y directrices
individuales. Esto anula no ya el deseo,
sino la misma
posibilidad de que millones de trabajadores manifiesten
iniciativa y desplieguen toda su actividad creadora.
El culto a la personalidad se opone, pues, a la
incorporación de las grandes masas a la lucha contra
el capitalismo y a la construcción de la sociedad
socialista. Y ello es así cuando una de las grandes
ventajas del movimiento socialista reside justamente
en su capacidad para despertar a millones de trabajadores para la creación
histórica. En la lucha
por la supresión del capitalismo y la construcción
del socialismo es de
gran importancia utilizar
esta
superioridad al máximo. Las tareas del movimiento
socialista son tan
ingentes que jamás
podrá cumplirlas por si solo un individuo, aun dotado de la
mayor capacidad, sin la participación activa de las
masas populares. Ni el mayor de los genios puede
reemplazar al discernimiento colectivo de las masas
y del Partido; la experiencia personal, aun la más valiosa y completa, no será
capaz de sustituir a la
experiencia colectiva de millones de hombres; ni la
más grande de las hazañas personales podrá suplir la
hazaña de las masas trabajadoras que se han puesto
en pie
para la lucha
contra el capitalismo
y que
construyen el socialismo.
De todo esto
se desprende que
el culto a la
personalidad causa un perjuicio directo al
movimiento socialista, por cuanto restringe la
posibilidad de poner en juego sus grandes ventajas
históricas.
Además, en un ambiente de culto a la
personalidad se hace
posible la incorporación
al
movimiento socialista de fenómenos que nada tienen
que ver
con su naturaleza,
accidentales y hasta
nocivos,
que guarden relación
con unos u
otros rasgos negativos de determinados dirigentes.
Decíamos antes que una u otra persona se coloca
a la cabeza de la clase o del movimiento gracias a
determinadas cualidades necesarias.
Ellas son las que, en lo fundamental y principal, hacen
que los actos de esta persona reflejen las necesidades de la clase o del
movimiento que dirige. Pero junto a esas cualidades necesarias,
el dirigente puede
poseer rasgos personales que, aun siendo secundarios, sean capaces, en determinadas
condiciones, de influir desfavorablemente sobre su labor.
J. V. Stalin, por ejemplo, llegó a dirigente gracias
a una serie de cualidades personales necesarias para
el
movimiento socialista, como
su fidelidad a la
causa de la clase obrera, su gran capacidad como
organizador y teórico, su voluntad de hierro y su intransigencia en la lucha
con los enemigos. Todo esto le permitió cumplir un señalado papel en el
movimiento revolucionario y en la construcción del socialismo en
la U.R.S.S., así
como en el movimiento obrero internacional.
Pero
Stalin poseía otros
rasgos de carácter:
brusquedad, intolerancia hacia la opinión ajena, una
desconfianza enfermiza; también era caprichoso. En
condiciones normales, nada de esto podía causar un
daño sensible. Lo habrían impedido las normas de
vida de la sociedad socialista, del Partido y del movimiento obrero, que
imponen la dirección colectiva, un eficaz control de las masas sobre los
dirigentes, una amplia democracia para los trabajadores, la crítica y la
autocrítica. Mas la situación en que transcurrió la actividad de Stalin no era
ordinaria. La construcción del socialismo en un país económicamente atrasado,
en unas condiciones de cerco capitalista y de encarnizada lucha de clases y
ataques de las corrientes hostiles al Partido, exigía una especial
centralización. Stalin trató de llevar esta centralización al
máximo, concentrando en
sus manos un poder excesivo y violando los principios de la dirección
colectiva por los que los Partidos Comunistas se rigen. En tales condiciones,
sus rasgos personales negativos comenzaron a ejercer cierta influencia sobre su
labor en el Gobierno y en el Partido, y, por tanto, sobre la propia vida del
Partido y del país. Así fueron posibles algunos fenómenos profundamente ajenos
al marxismo-leninismo y al socialismo como sistema social: abandono de los
principios democráticos en cuestiones importantes de la política, graves
transgresiones de la legalidad socialista,
represiones infundadas, nombramiento para cargos importantes de
personas totalmente incapaces y extrañas al Partido que se habían ganado su
confianza por su servilismo y espíritu adulador.
Estos
fenómenos negativos, se
entiende, no alteraron la
naturaleza socialista de la sociedad
soviética. También en ese período siguió ésta
avanzando por la
vía socialista, por
la vía del
robustecimiento de la propiedad social sobre los
medios de producción, de rápido incremento de las fuerzas productivas,
de ascenso del
bienestar, la
cultura y la conciencia de los trabajadores. Los
pueblos de la
U.R.S.S. lograron en
este período
grandes victorias a pesar de todas las consecuencias
negativas del culto a la persona de Stalin. Pero los éxitos habrían sido aún
mayores de no ser por los
errores de Stalin y por el culto a la personalidad.
Así, pues, el culto a la personalidad es ajeno a
todo el espíritu y a las necesidades del movimiento
socialista;
es incompatible con
el marxismo-
leninismo. No en vano Marx, Engels y Lenin
combatieron siempre toda manifestación del mismo,
mostraban
una repugnancia fisiológica
por la
adulación y las alabanzas y en repetidas ocasiones
pusieron en guardia a la clase obrera y a su partido contra el peligro que la
exaltación y el enaltecimiento de los dirigentes representaban.
Fiel al espíritu
de estas tradiciones
del movimiento socialista, el Partido Comunista de la Unión Soviética ha
emprendido una decidida lucha contra el culto a Stalin, lucha que comprende un
trabajo de educación e ideológico y medidas encaminadas a
hacer imposible la
reaparición del culto a la
personalidad, a fomentar la democracia socialista y a restablecer las normas
leninistas en la vida del Partido. Esta lucha tiene grandes alcances para todo
el movimiento socialista.
La burguesía, y con ella los reformistas y
revisionistas de toda laya, han tratado de aprovechar la crítica del culto a
Stalin para difamar a la Unión Soviética y al régimen socialista, quebrantar el
prestigio moral del Partido Comunista de la Unión Soviética y sembrar la
discordia y la confusión en el movimiento obrero. Pero sus intentos han
resultado fallidos. Pese a todos los esfuerzos de los servidores del
imperialismo, la lucha contra el culto a la personalidad ha traído consigo, en
última instancia, un nuevo ascenso del movimiento socialista, que ha visto
robustecidas su cohesión y su unidad.
Los partidos marxistas-leninistas han sabido salir
también al paso de las concepciones nihilistas que negaban el papel de los
dirigentes y de los chispazos anarquistas,
atizados diligentemente por
los enemigos del socialismo. La reacción siempre se mostró dispuesta a
difamar y comprometer a los dirigentes de los trabajadores, considerando que así
podría quebrantar y desorganizar el movimiento obrero. Pero las masas, en su
inmensa mayoría, comprenden que el prestigio y la popularidad de los dirigentes
de la clase obrera no tienen nada de común con la condena que el Partido ha
hecho del culto a la personalidad. El prestigio y la popularidad no son sólo
una consecuencia legítima de la labor de los mejores dirigentes de la clase
obrera. Son también un arma importante del movimiento obrero en la lucha
por el
socialismo, y así
nos lo dice
toda la experiencia de la lucha
que el proletariado mantiene por su emancipación. Sin dirigentes prestigiosos,
vinculados a las masas y populares entre ellas, no hay movimiento socialista
organizado, son imposibles los grandes triunfos en la lucha por el socialismo.
Los mejores jefes de la clase obrera, íntimamente unidos al pueblo y que
dirigen acertadamente la lucha de los trabajadores por sus vitales intereses y
sus ideales, cumplen una señalada
misión en la
historia y se hacen acreedores al amor del pueblo.
3.
Papel de las masas en la vida político-social de nuestra época
La tesis marxista de que el pueblo es el creador de la historia
es valedera para
todos los tiempos
y épocas. Pero la actividad de las masas populares hay que considerarla
en su desarrollo. De una formación a otra cambian las condiciones sociales en
que transcurren el trabajo y la lucha de las masas del pueblo, con lo que se
hace distinto su papel en la vida y el desarrollo de la sociedad. Desde los
tiempos en que la sociedad se dividió en clases, la tendencia general de estos
cambios es la de un incremento de la influencia de las masas trabajadoras sobre
la marcha de los distintos aspectos de la vida social, y muy singularmente
sobre la política.
Creciente papel
de las masas
populares en política.
Bajo un régimen de explotación, las funciones de
gobierno de la sociedad, la decisión de sus asuntosinteriores y exteriores, es
monopolio de las clases explotadoras dominantes. La resistencia a los
explotadores, la lucha de clases, es el único recurso
de que las masas populares disponen para influir en
la política. Así
las cosas, el
papel de las
masas
populares en la vida política viene determinado
enteramente por el nivel de la lucha de clase de los trabajadores contra
quienes les oprimen. Este nivel
crece constantemente con el paso de una formación
social a otra.
La historia de la sociedad esclavista abunda en
ejemplos de abnegada lucha de los oprimidos. Pero los esclavos, entre los que
tantas diferencias había de
lengua y
de raza,
eran una masa
que difícilmente podía
agruparse para formar
una fuerza social
importante y poseían una conciencia de clase muy
escasa. De ordinario, los esclavos que se sublevaban
no pensaban siquiera en la lucha contra el régimen
esclavista; su único anhelo era volver a su patria para sentirse de nuevo
hombres libres.
El paso al feudalismo brinda a los trabajadores
posibilidades más amplias
de lucha contra
la
opresión.
Los siervos vivían
y trabajaban en su
misma patria, hablaban en una misma lengua y comprendían más que los esclavos
su solidaridad en
la lucha contra los señores. Poco a poco aprendieron
a establecer relaciones con las capas pobres de la
ciudad, con las cuales buscaban la alianza. No
obstante, también los movimientos campesinos presentaban defectos orgánicos que
se derivaban del
propio carácter de los siervos como clase:
limitación de los levantamientos a
comarcas reducidas,
debilidad en cuanto a la organización, etc.
La clase obrera elevó la lucha contra los
explotadores a su más alto nivel. No en vano es la
más organizada de todas las clases oprimidas que la
historia conoce. Es la única que se presenta armada
de una concepción
científica del mundo.
Es una fuerza no
sólo nacional, sino
internacional, al hallarse unida
por los fuertes lazos de la solidaridad de la vida política hasta en los
períodos "pacíficos" y no revolucionarios.
La lucha de clase de los trabajadores alcanza su
punto culminante en
el período de
la revolución
socialista. Fruto de la misma es el nacimiento de
una sociedad nueva, en la cual la política, que antes era
un instrumento de coerción y represión de las masas
populares, se convierte en arma para la defensa de sus conquistas e intereses.
Se trata de un viraje de
capital importancia en la historia de la humanidad.
En adelante, las
masas populares, dirigidas
por la
clase obrera y su partido, comienzan a determinar y
orientar por sí mismas la política. De objeto que eran de la política oficial,
se convierten en sujeto. Esto se
desprende de la naturaleza de la sociedad socialista
y se encuentra garantizado por todo el sistema de vida
de la misma.
Las masas
populares como fuerza política decisiva de nuestro tiempo.
El incremento del papel de las masas populares en la
vida político-social es, pues, una ley del desarrollo histórico. Cuanto más
difíciles son las tareas que se alzan frente a la sociedad y más profundos y
consecuentes son los cambios que esas tareas exigen, más grandes son las masas
que se incorporan como factor consciente de la historia y de los cambios
sociales que en ésta se producen. Esto, subrayaba Lenin, es
una de las
tesis más importantes
y profundas de la teoría marxista.93 Nos explica, por ejemplo, por qué
en nuestra época -la época del hundimiento definitivo del reino de la
explotación y de la construcción del comunismo- crece con tan vertiginosa
rapidez el papel de las masas populares en
la vida social.
"La historia -escribe
Lenin- la hacen ahora por su
cuenta millones y decenas de millones de seres."94
¿Qué manifestación concreta adquiere todo esto?
Primeramente, en los
países habitados por un
tercio
de la humanidad
las masas populares
han
llevado a cabo un profundo viraje histórico,
rompiendo para siempre con cuanto las condenaba al
atraso,
a la opresión
y a la
humillación. Los
trabajadores de los países socialistas son dueños de
su propia vida y la única fuerza que determina los destinos de la sociedad. De
esta manera han reducido a polvo las fábulas inventadas por los explotadores,
en el sentido de que una sociedad sin opresión ha de entrar forzosamente en
colapso y desaparecer, arrastrando consigo a su economía, su civilización y su
cultura. La gran hazaña de los trabajadores de los países socialistas es un
ejemplo y un estímulo para las masas populares del mundo entero.
Se han despertado y puesto en movimiento masas
enormes de gentes del trabajo en las colonias y países dependientes. Pasó para
siempre la época en que los
proletaria.
Todo esto infunde
singular potencia a la
lucha de clases y la convierte en un factor
primordial
93 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. II, pág. 491.
94 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 136.
gobiernos imperialistas prescindían de ellos en sus
cálculos y los trataban como a bestias. Los trabajadores de estos países han
proclamado ante el mundo entero y han hecho saber que son hombres como todos
los demás y que exigen unas condiciones humanas de existencia. Esto ha
producido en el transcurso de los diez años últimos cambios sustanciales en el
mundo, ha puesto fin a la división de la población de nuestro planeta en un
puñado de naciones superiores, que resolvían los destinos del globo, y los pueblos
de color -más de mil millones de seres
oprimidos y explotados-,
a los que
durante largo tiempo manejaron impunemente a su antojo los
imperialistas.
Se han producido también cambios profundos en la
situación de los trabajadores dentro de los países capitalistas. Cierto que no
se han emancipado aún de su yugo. Pero ¿acaso se puede comparar su papel en la
vida política no ya con épocas históricas pasadas, sino con la situación que
había hace unas cuantas decenas de años? Hoy, incluso en los países en que aún
gobiernan los explotadores, los trabajadores son una fuerza que los capitostes
imperialistas no pueden por menos de tener presente. Los trabajadores tienen
sus partidos políticos, a menudo cuentan con nutridas representaciones parlamentarias, poseen
prensa propia y las organizaciones más diversas. Ha crecido enormemente
el interés hacia los problemas político- sociales, incluso hacia aquellos que
antes no importaban a nadie más que a los políticos profesionales. La parte
avanzada de los trabajadores tiene conciencia clara de sus intereses y cada vez
maneja mejor las más importantes formas de lucha en defensa de los mismos.
El incremento de la influencia de las masas
populares sobre la política de los países burgueses
abre ante ellas vastas perspectivas en cuanto al
éxito de la lucha por sus intereses económicos y políticos
inmediatos. Una circunstancia de valor trascendental
es que la existencia del poderoso sistema socialista y de una amplia zona de
paz, que crece más y más,
ofrece a las masas trabajadoras, por primera vez en
la historia, la posibilidad de impedir una guerra que,
dada la potencia destructiva de las armas actuales,
amenazaría la existencia de cientos de millones de seres humanos.
El incremento de la actividad política de los
trabajadores les brinda también posibilidades nuevas
en cuanto a la lucha por sus reivindicaciones
últimas y aproxima el alumbramiento
de la sociedad socialista, un
alumbramiento sin dolor y fácil, y en
condiciones favorables hace posible la transición al
socialismo por vía pacífica.
La incorporación a la labor histórica de millones
de trabajadores tiene,
por tanto, un
significado enorme para toda
la vida de
la sociedad
contemporánea. Es lógico que no piensen lo mismo
acerca de esto la burguesía y la clase obrera.
Para la burguesía reaccionaria, el incremento de la
influencia de las masas populares en la vida social amenaza la existencia del
sistema capitalista y es un obstáculo con el que siempre tropieza cuando quiere
aplicar una política interior y exterior de su agrado y conveniencia. De
ahí que la
incorporación de millones de
trabajadores a una labor histórica consciente siembre entre sus políticos e
ideólogos profunda inquietud y confusión. Dominados por el pánico, afirman el
advenimiento de la era de la "sociedad de las masas", del
"dominio de las turbas", en lo que ven un trastorno completo de la
marcha normal de la historia que amenaza a la sociedad con toda clase de males.
Pero la burguesía no se limita a difamar a las
masas. Al propio
tiempo, hace cuanto
está a su alcance para reducir al mínimo el papel de
los trabajadores en la
política y quitarles
sus posibilidades de influir sobre la vida y el desarrollo de la
sociedad. Así nos lo prueba la cruzada de la burguesía imperialista contra la
democracia y los repetidos intentos de
implantar sistemas fascistas, que tienen
el fin exclusivo
de acabar con
la influencia que sobre la vida social ejercen las masas.
Paralelamente, la burguesía reaccionaria recurre a
las mentiras más refinadas y la demagogia para ganarse a las masas. Es la
última carta que juegan las fuerzas antipopulares. No hay que desdeñar el
peligro de tales manejos.
Porque los imperialistas no disponen sólo de recursos ingentes y de
un poderoso aparato de propaganda; también poseen una gran experiencia
-acumulada durante los siglos de dominación del capital- en cuanto a la
esclavización espiritual de los trabajadores. Valiéndose del atraso de parte de
las masas populares, en especial de los elementos pequeñoburgueses, la
burguesía reaccionaria ha logrado en algunas ocasiones atraerse y convertir en
instrumento de su política a capas considerables de la población. Así ocurrió
en la Alemania nazi y
en la Italia
fascista. Bajo la influencia de la burguesía se encuentra
actualmente una parte no despreciable de los trabajadores en los países
capitalistas.
Incluso en los países en que la clase obrera ocupa
el poder, la burguesía mundial no desaprovecha la menor coyuntura para sembrar
la escisión entre los trabajadores,
se vale de
cualquier fisura y de
cualquier error para extender su influencia entre las masas. Prueba elocuente
de ello son los acontecimientos de otoño de 1956 en Hungría.
Mas por mucho que la burguesía se esfuerce, por
muchas que sean
las maniobras a
que recurra, su
camino
no es el
de las masas
populares. Puede
durante cierto tiempo engañar a cierta parte de los
trabajadores, pero como no deja de ser una clase explotadora y opresora, jamás
podrá establecer con ellos una alianza sólida. De ahí que el creciente papel
de las
masas populares en
la vida político-social
debilite a la burguesía reaccionaria y sea un
síntoma de que se aproxima el fin de su dominación.
Otra cosa es la clase obrera. Ella misma es una
parte importante, a veces la mayoría, de la población
trabajadora,
de las masas
populares. Más aún,
la clase obrera se halla unida a todos los trabajadores
por la profunda comunidad de sus intereses vitales,
lo mismo en el período de la lucha contra la burguesía que cuando se trata de
edificar la nueva sociedad
socialista. De ahí que el incremento del papel de
las masas populares en la vida de la sociedad sea fuente
de energía para la clase obrera y robustezca las
posiciones del socialismo, que es su gran conquista histórica.
Esto, sin embargo, no significa que la parte más
consciente de la
clase obrera, su
vanguardia
marxista-leninista, pueda despreocuparse del
reforzamiento de sus vínculos con las masas. Tales vínculos, en unas
condiciones de encarnizada lucha
de clase con la burguesía, no se establecen
automáticamente. Exigen esfuerzos
constantes y
atención de cada comunista y de cada trabajador
consciente. La lucha por la influencia entre las masas sigue siendo la base de
la política de los partidos
marxistas-leninistas. La incorporación de nuevos
millones de seres a la vida político-social plantea más
imperiosamente aún la tarea de su agrupación,
organización y educación. Del éxito que en este terreno se consiga depende en
buena parte que se
puedan poner en juego las inusitadas posibilidades
del movimiento de emancipación de los trabajadores
que se ponen de manifiesto en nuestra época.
El incremento del papel de las masas populares en
la vida
político-social trae consigo
una gigantesca
aceleración
del desarrollo histórico,
del progreso
social. El avance en nuestra época es tan rápido,
que cada década, por
su contenido y
por el valor
del
camino
cubierto por la
humanidad, puede ser
equiparada a siglos enteros de períodos anteriores
de la historia.
La
aceleración del desarrollo
en nuestra época
equivale a la
aceleración del movimiento que
nos lleva al socialismo y al comunismo.
Lenin
escribía: "La victoria
será de los explotados, pues con ellos está la vida,
está la fuerza del número, la fuerza de la masa, la fuerza de los
inagotables manantiales de todo lo abnegado, rico en
ideas y
honesto, que empuja
hacia adelante y
despierta para la construcción de lo nuevo, de todas
las gigantescas reservas de energía y talento de lo que llaman el «vulgo», de
los obreros y los campesinos. La victoria será suya."95
Capitulo VII. El progreso social
1.
Carácter progresivo del desarrollo social
El avance de la sociedad sigue en su conjunto una línea
ascendente; es un movimiento de progreso que
95 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 364.
va de las formas inferiores a las superiores. Así lo
deduce la teoría marxista del análisis científico del proceso histórico,
apoyándose no en deseos y esperanzas, sino en criterios estrictamente objetivos
que permiten juzgar qué tipo de sociedad y qué época de su desarrollo son más
progresivos.
Normas
valorativas del progreso.
Las normas valorativas que nos permiten enjuiciar
objetivamente acerca del progreso son distintas según
sea la esfera
que nos ocupe.
Del progreso de la
sanidad y del bienestar de los hombres podemos
juzgar, por ejemplo,
guiándonos por la
duración media de la vida. Del progreso de la cultura nos dan una noción
índices como el porcentaje de personas que saben leer y escribir, el de las que
poseen instrucción media y superior, el número de escuelas y bibliotecas, de
establecimientos científicos y teatros, etc. Análogas normas valorativas del
progreso podríamos encontrar para otras muchas esferas de la vida social.
Ahora bien, para juzgar del avance de toda la
sociedad en su
conjunto, y no
de alguna de sus
partes, necesitamos guiarnos por un criterio de otro género, más general, de
carácter universal. Este criterio o índice del carácter progresivo de una u
otra formación lo ve la ciencia marxista-leninista en el desarrollo de las
fuerzas productivas. Es más progresiva la formación que brinda posibilidades
mayores para el desarrollo de las fuerzas productivas, la que les asegura un
crecimiento más rápido y las coloca a un nivel superior.
¿Por qué los marxistas atribuyen a esta norma
valorativa un significado primordial?
Lo primero de todo, porque el desarrollo de las
fuerzas productivas representa un índice directo del
progreso en una esfera tan importante como es la
producción de los medios que los hombres necesitan
para su existencia. Conforme impulsan la técnica y
acumulan hábitos de trabajo y conocimientos acerca de cuanto les rodea, los
hombres se emancipan del imperio de las fuerzas ciegas de la naturaleza, las
dominan, las ponen a su servicio y transforman la naturaleza en
interés propio. Por
lo tanto, el desarrollo de las fuerzas productivas
determina el grado en que el hombre domina la naturaleza. Pero no es sólo esto.
Del desarrollo de las fuerzas productivas depende, en última instancia, el progreso
en las otras esferas de la vida social: en las relaciones sociales, la cultura,
etc.
Sabemos, por ejemplo, que únicamente cuando el
trabajo humano comenzó
a rendir un
producto
complementario,
por encima de
lo que el
propio
productor necesitaba para subsistir, parte de los
miembros de la sociedad pudieron abandonar el trabajo físico y dedicarse a la
ciencia, al arte y a la literatura. Y esto trajo consigo los primeros éxitos
importantes en la cultura espiritual.
El desarrollo de las fuerzas productivas, que
condiciona la sucesión consecutiva de formaciones, conduce a cambios
político-sociales que posibilitan el progreso en las diversas esferas de la
vida social. En el curso de la historia de la sociedad de clases fueron
suprimidas las formas más burdas de dependencia personal y de opresión de los
trabajadores, como son la esclavitud
y la servidumbre. A medida que
las fuerzas productivas se desarrollaban, creció la cultura, la conciencia y la
organización de los trabajadores, con lo que de una formación a otra se ha
incrementado la actividad político-social de las masas populares y su papel en
la vida de la sociedad.
El desarrollo de las fuerzas productivas, al
condicionar los cambios del régimen económico, prepara en definitiva la
emancipación completa de la humanidad del yugo de las fuerzas sociales, cuya
acción a lo largo de miles de años fue tan ciega, violenta y destructora como
corresponde a las fuerzas de la naturaleza. Nos referimos a las relaciones
económico-sociales del régimen de explotación, bajo el cual quienes producen
los bienes materiales no pueden disponer de ellos, y clases enteras -la mayoría
de la
sociedad- caen bajo
la dependencia de un
puñado de opresores y pierden el derecho a disponer de su trabajo, de su suerte
y hasta de su vida.
La base de la esclavización de los hombres por
fuerzas sociales que
les son ajenas
está en la
propiedad privada sobre los medios de producción, en
la explotación del hombre por el hombre y en la
escisión de la sociedad en clases enemigas. Sólo
cuando las fuerzas productivas alcanzan un nivel de
desarrollo suficientemente alto puede la humanidad
emanciparse de la explotación y de las relaciones económico-sociales de
la sociedad de
clases
antagónicas que la esclavizan. Esto se produce con
el socialismo. Cuando éste
triunfa, y a
medida que
avanza la construcción del comunismo, los hombres
acaban por dominar las fuerzas del desarrollo social, lo que les permite dar un
paso decisivo en cuanto a la
subordinación de las fuerzas de la naturaleza, que
de manera consciente y planificada ponen al servicio de
la sociedad entera.
"Las condiciones de vida que rodeaban a los
hombres y que hasta entonces imperaban sobre ellos,
pasan ahora bajo su poder y control; los hombres,
por primera vez, se
convierten en señores
efectivos y
conscientes de la naturaleza, porque se convierten
en dueños y señores
de su vida
socializada… Las fuerzas objetivas
y extrañas que
imperaban hasta
entonces sobre la historia quedan bajo el control
del mismo hombre. Y sólo en este momento comienzan
los seres humanos a crear ellos mismos su historia
con conciencia completa de sus actos, sólo entonces las causas sociales que
ellos ponen en movimiento
tendrán en grado importante y siempre en aumento
género
humano hace del
reino de la
necesidad al reino de la
libertad"96 (Engels).
Al adoptar el desarrollo de las fuerzas productivas
como norma valorativa del progreso, llegamos a la
conclusión de que el avance de la sociedad tiene un
carácter progresivo. De una etapa a otra, el nivel de
las fuerzas productivas crece, cada formación brinda
posibilidades nuevas al incremento de la técnica y de la productividad
del trabajo, y
los cambios en la
producción social traen consigo modificaciones
progresivas en toda la vida de la sociedad.
Esta circunstancia de que el progreso social se basa
en el desarrollo de las fuerzas productivas nos lleva a otra conclusión: el
avance de la sociedad y la
orientación de este avance es una necesidad
histórica. Esto significa que
ni los individuos
ni las clases
pueden detener la marcha de la sociedad ni modificar
su orientación a la medida de sus deseos.
En
repetidas ocasiones se
trató de conseguirlo,
como todos sabemos, pero los intentos siempre
terminaron con un completo fracaso. ¡Qué desesperados esfuerzos realizaron los
imperialistas para restablecer el sistema capitalista en el país
soviético! El descalabro
sufrido, sin embargo,
no pudo ser más vergonzoso. El mismo descalabro sufrieron los
imperialistas de los Estados Unidos cuando trataban de cerrar el paso a la
revolución socialista en China y en otras democracias populares y de mantener
allí el caduco régimen reaccionario.
En nuestros días, el progreso social va
indisolublemente unido al paso al socialismo. El capitalismo ha agotado sus
posibilidades. Sus relaciones de producción se han convertido en una traba para
el desarrollo de las fuerzas productivas. El mantenimiento de esas relaciones
significa una carga y un peligro cada vez mayores para la sociedad.
Cuando el marxismo-leninismo defiende la idea del
avance progresivo de la humanidad, expresa y recoge las concepciones y los
intereses de la clase más revolucionaria de nuestros tiempos, que es la clase
obrera. Esta no teme el futuro y tiene fe ciega en el progreso, que ha de
traerle la emancipación a ella y, a la vez, a la humanidad entera.
Los ideólogos de la burguesía imperialista son
enemigos del progreso.
Otra cosa es la burguesía contemporánea. Se ha
convertido en una clase reaccionaria y en decadencia,
que reniega de las ideas de progreso que con tanto
calor defendieron sus mejores hombres a fines del siglo XVIII y comienzos del
XIX. En nuestra época
agradan mucho más a la burguesía las teorías que no
se basan en el progreso, sino en el estancamiento y hasta en la vuelta atrás de
la sociedad. A esto se debe, en particular, el éxito que en el mundo burgués
alcanzó la teoría cíclica de la historia enunciada por el filósofo reaccionario
alemán O. Spengler y que las consecuencias que ellos desean. Es un salto que el
96 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 267.
ahora defiende el historiador y sociólogo inglés A.
Toynbee. Según esta teoría, cada sociedad atraviesa en su desarrollo por fases
obligatorias: primavera- verano, otoño-invierno, o infancia - juventud -
madurez - vejez. Al cerrarse el círculo, la sociedad muere y vuelve al punto
inicial. El nuevo ciclo no representa un progreso, sino una vuelta más en el
eterno devenir de la historia. Ciñéndonos a nuestra época, el punto de vista de
Spengler, Toynbee y sus adeptos significa que si bien la civilización burguesa
está en decadencia (cosa que no pueden negar ni siquiera los apologistas del
capitalismo), su extinción y sustitución por una civilización nueva, es decir,
por la civilización socialista, no significará un progreso; antes al contrario,
será el paso a un nivel más bajo del desarrollo social, con el comienzo de un
nuevo ciclo.
Muchos apologistas de la burguesía eligen otro
procedimiento para combatir al socialismo científico.
Niegan las leyes de la historia, con lo que rechazan
el concepto mismo de desarrollo social y progreso, y
proponen
que se hable
únicamente de "cambio social". Este cambio, según
ellos, es casual y puede seguir una dirección cualquiera bajo el influjo de las
circunstancias más diversas. Tal concepción, según
afirma el sociólogo de Alemania Occidental L. von
Wiese, permite "abstenerse de todo juicio
acerca de si el desarrollo va hacia mejor o hacia peor y de si existe una
relación causal entre
el pasado y el
presente, y tanto más el futuro, y limitarse a
registrar simplemente la modificación o el cambio". Así, en
beneficio de sus intereses de clase, los sociólogos
burgueses contemporáneos prescinden de
una
importante conquista de la ciencia del siglo XIX: el
concepto del avance sometido a leyes objetivas.
También goza de predicamento entre los
ideólogos burgueses la noción de que el progreso y
el avance son sólo posibles en la ciencia y la técnica, pero no en las
relaciones sociales, la política y la moral (teoría del "atraso
moral" o del "divorcio moral"). Estas esferas de la vida social,
según los teóricos reaccionarios, vienen determinadas por las cualidades
eternas e inmutables de la "naturaleza humana", que empuja a los
hombres a la violencia, al crimen, a la agresión, etc. El desarrollo de la
ciencia y la técnica no hace más que proporcionar a estas tendencias destructoras
armas siempre más peligrosas. De este modo, las calamidades
y lacras que son producto del régimen capitalista en putrefacción son
atribuidas a una imaginaria "naturaleza humana".
En el deseo de salvar al capitalismo de la crítica,
se declara que el mal principal reside en el avance de la ciencia y de la
técnica. A menudo se preconiza abiertamente el retorno al feudalismo, a la vida
rural y a la dominación de la Iglesia en todos los órdenes de la vida social, y
se sostiene que sólo así será posible aún salvar a la humanidad de la
catástrofe que se le viene encima.
Hasta dónde llega el pesimismo de los ideólogos
burgueses, cuando se
imaginan el futuro
de la sociedad, nos
lo señalan algunas
producciones literarias, como, por ejemplo, las novelas utópicas de
A. Huxley, E. M. Forster y otros.
En estas novelas
no hay ni
rastro de fe
en el futuro, no encontraremos
las esperanzas ni el optimismo que alumbran la mayoría de las obras utópicas
del pasado. Lo mejor que auguran al mundo los autores de las modernas utopías
burguesas es una sociedad en que el bienestar material se consigue al precio de
la renuncia completa a la democracia, la cultura y
la dignidad humana,
una sociedad compuesta de
personas que nada tienen de humano y que se han convertido en apéndices que no
piensan y son esclavos de
las maquinas. A
menudo, sus augurios son todavía
más sombríos: pronostican la vuelta de la humanidad a la barbarie. De la
civilización, anuncian estos "profetas", sólo quedarán las ruinas de
ciudades y las viejas tumbas, en las que hordas hambrientas de gentes
degeneradas y salvajes buscarán ropas y objetos con que adornarse.
Un pesimismo sin salida impera en toda la
ideología de la
burguesía reaccionaria de
nuestros
tiempos, en su cultura, dando origen a orientaciones
decadentes en el arte y al amoralismo. Estas
tétricas ideas tienen su razón de ser. La era del capitalismo se halla en su
ocaso, el capitalismo se opone al progreso social. Y con la ceguera propia de
los ideólogos de una clase que agoniza, los actuales teóricos y escritores
burgueses identifican la suerte de su clase con la suerte de la humanidad,
pintan el colapso y la inevitable muerte de esta clase como si fuera el
colapso y el
fin de toda
la civilización en su
conjunto.
Las teorías que niegan la posibilidad del progreso
no son muestra, sin embargo, sólo de la decadencia del capitalismo, sino que
también expresan determinado interés político de la burguesía contemporánea.
Sus ideólogos esgrimen esas teorías con el propósito de desarmar
espiritualmente a los trabajadores, de hacerles creer en la inutilidad de la
lucha contra el capitalismo. Por delante nos espera la regresión, la decadencia
y la muerte; la lucha por un régimen de progreso y mejor es absurda: eso es lo
que los servidores de la burguesía quieren llevar a la conciencia de los
trabajadores.
La teoría marxista-leninista opone a los siniestros
vaticinios de los augures burgueses sus tesis científicas, respaldadas por los
hechos, según las cuales la historia de la sociedad presenta un cuadro de
progreso, de un avance que, con arreglo a leyes, va de
lo inferior a
lo superior; el
avance de la sociedad es ley no sólo del pasado, sino
también del presente, y lo
que nos espera
es la transición inevitable al comunismo, como
forma social progresiva y superior. Tal visión de la historia es una parte importante
de la concepción
que del mundo tiene la clase obrera.
Si bien el
avance de la
sociedad está sujeto
a leyes, eso no quiere decir que se produzca de por sí,
al margen de la actividad consciente de los hombres.
Porque la propia actividad de los hombres, de los
partidos
y de las
clases, aun estando
sometida a leyes, va orientada a
la transformación progresiva de la humanidad. y cuanto más consciente,
organizada,
enérgica y dirigida sea esa actividad, tanto más
profundo y rápido será el progreso. Así lo demuestra
la gigantesca aceleración del desarrollo social que
es lo característico de nuestra época, cuando se han puesto en movimiento masas
de millones de seres
que despertaron para la labor histórica consciente.
Esas masas tienen
la fuerza suficiente
como para
barrer todos los obstáculos que la reacción levanta
en el camino del progreso.
Toda la práctica
social confirma la
razón del
optimismo
histórico propio de
la concepción marxista. Este optimismo
expresa la seguridad de la clase obrera en su futuro y en la superioridad del
socialismo, al que nada podrá vencer. Al mismo tiempo, la concepción
marxista-leninista del progreso social proporciona a los trabajadores un arma
poderosa en la lucha por su emancipación, les ofrece perspectivas claras, les
alienta y anima en su empresa de construir la sociedad comunista y les da la
seguridad profunda de que sus esfuerzos se verán coronados por el éxito.
2. El
progreso social en la sociedad
basada en la explotación y con el
socialismo
Si bien la teoría marxista afirma que la historia de
la sociedad es un movimiento en línea ascendente, no
olvida ni por
un momento la
complejidad y el
carácter contradictorio de este proceso. No es
posible imaginarse la historia
como un avance
armónico,
continuo y sin obstáculos. El carácter progresivo
del desarrollo social es cosa demostrada por la ciencia. Pero también es
indiscutible que tal avance no pasa
de ser una tendencia general que se abre paso en
enconada lucha y
que en ocasiones
puede sufrir
desviaciones y retrocesos.
La
ciencia ha reunido
ya abundantes informes acreditativos de que en la historia
de los distintos
países ha habido muchos períodos de estancamiento y marcha atrás,
en los que
desaparecieron
civilizaciones enteras. Y estos rasgos del
desarrollo social son los
que los ideólogos
reaccionarios manejan cuando tratan de refutar la propia idea del
progreso.
Realmente, lo que estos informes indican es que
dentro de un
régimen de explotación
el progreso
social es contradictorio e irregular. "Como la
base de
la civilización es la explotación de una clase por
otra
una constante contradicción."97
Una de las manifestaciones de esta contradicción la
tenemos en el hecho de que, bajo la dominación de
los
explotadores, los países
que se adelantaban,
frenaban
y yugulaban el
avance de los
otros, a menudo los hacían
retroceder aún más y erigían su prosperidad sobre las ruinas de las
civilizaciones que ellos sacrificaron. El avance de la sociedad se redujo,
pues, durante largo tiempo, a un frente muy reducido, sin que abarcase a todo
el conjunto de países y pueblos. El progreso, como un pequeño arroyuelo, se fue
abriendo camino por entre obstáculos sin cuento, aumentando poco a poco su
vigor y su marcha, hasta convertirse en un impetuoso torrente que arrastra
consigo a la humanidad entera.
Pero no se trata únicamente de esto. Dentro de una
misma sociedad lo que para unos era progreso
para
otros era regresión,
la emancipación de una
clase significaba una nueva opresión para otra.
También era en extremo irregular el desarrollo de
las distintas esferas de la vida social. La sustitución de la sociedad
esclavista por la feudal en Europa, por ejemplo, abrió horizontes al desarrollo
de las fuerzas productivas y reemplazó la esclavitud por la servidumbre de
la gleba. Pero,
al subordinar la cultura
espiritual a la
asfixiante influencia de la
Iglesia Católica, empujó a la sociedad a un nivel cultural inferior del que se
había alcanzado en Grecia y Roma. Hubieron de pasar varios siglos para que se
pudiese recuperar y luego ampliar las conquistas del mundo antiguo en la
ciencia, el arte y la filosofía. Y los ejemplos podrían multiplicarse. No podía
ocurrir de otro modo bajo el imperio de fuerzas económico- sociales ciegas, que
los hombres no conocían y sobre las cuales no podían ejercer influencia alguna.
Un ejemplo clásico de progreso desigual y
contradictorio dentro del régimen de explotación es
el que nos brinda la sociedad capitalista.
Contradicciones del progreso bajo el capitalismo.
El capitalismo significó un gran paso adelante en
la vía
del progreso. Bastará
recordar el rápido
desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado bajo
este régimen, la creación de una poderosa industria,
el vertiginoso avance de la ciencia y la técnica y, por último, el nivel
alcanzado por la lucha de clase de los trabajadores, que deja atrás cuanto se
había conocido en formaciones anteriores.
Pero estos éxitos históricos que el capitalismo trajo a
la humanidad fueron conseguidos a un precio verdaderamente desmesurado.
El nacimiento mismo de esta nueva sociedad se
produjo ya en medio de calamidades sin cuento para las masas populares. El
sistema capitalista no podía aparecer si no se disponía de un ejército de
obreros desprovistos de medios de producción. De ahí que el
-escribe
Engels refiriéndose a
las sociedades de
clases antagónicas-, todo su desarrollo tiene lugar
en
97 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II,
Moscú, 1955, pág.
308.
prólogo del capitalismo fuera la expropiación de las
masas populares, empresa que se llevó a cabo con una crueldad
sin límites. Las
páginas correspondientes a esta época, según palabras de Marx, están
escritas en los anales de la humanidad con el lenguaje flameante del hierro y
el fuego.
Después del triunfo de las relaciones capitalistas,
cada nuevo paso por la ruta del progreso continuó significando el bien para
unos y el mal para otros, el ascenso de una esfera de la vida y la decadencia
de otra. "En nuestro tiempo -dice Marx- todo parece llevar en
sí su contradicción. Vemos
que las máquinas, que
poseen la virtud
maravillosa de reducir y hacer
más fecundo el trabajo humano, traen a los hombres el hambre y la extenuación.
Nuevas fuentes de riqueza hasta ahora desconocidas, gracias a un sortilegio
peregrino e incomprensible, se convierten en fuentes de miseria. Las victorias
de la técnica parecen ser compradas al precio de la degradación moral. Es como
si a medida que la humanidad somete a la naturaleza, el hombre se
convirtiera en esclavo
de otros hombres
o de su propia bajeza. Hasta la luz pura de la
ciencia parece que puede brillar sólo sobre el tenebroso fondo de la
ignorancia. Todos nuestros descubrimientos y todo nuestro progreso es como si
dieran vida intelectual a las fuerzas materiales, mientras que la vida humana,
desprovista de su
lado intelectual, descendiera
al nivel de una simple fuerza material."98
Una característica del capitalismo es que el
desarrollo de unos países se produce a expensas de los sufrimientos y
calamidades de otros pueblos. El vertiginoso avance económico y cultural de lo
que se llama "mundo civilizado" -un puñado de potencias capitalistas
de Europa y América del Norte- ha sido pagado a un precio terrible por la
mayoría de la población de la tierra, por los pueblos que habitan Asia, África,
Iberoamérica y Australia. La colonización
de esos continentes
hizo posible el rápido progreso del capitalismo en
Occidente. Mas para los pueblos sojuzgados esto significaba la ruina, la
miseria y un monstruoso yugo político. En el curso de la
colonización, la Europa
"culta" destruyó
muchas civilizaciones de otros continentes (por ejemplo, las civilizaciones de
los incas, los mayas y los aztecas en América, amén de otras en África y los
países asiáticos). Y lo que es más, aniquiló a pueblos enteros. La colonización
de Tasmania, por ejemplo, significó la desaparición completa de cuantos hasta
entonces la habitaban. Los australianos se vieron reducidos de 300.000 a
47.000. La "asimilación" de América costó la vida a unos 30 millones
de indios. Y la misma operación, en África, significó la muerte o la esclavitud
en tierras americanas de unos 100 millones de negros.
En cuanto a Europa, el rápido incremento de unos
países (occidentales) se
vio acompañado de
la
subordinación económica de otros (orientales), con
el consiguiente retraso en su desarrollo.
La extrema contradicción del progreso dentro del
capitalismo se observa
también entre las
distintas
zonas de un mismo país. El avance relativamente
rápido de las ciudades y centros industriales suele ir
acompañado del estancamiento y la decadencia de las
comarcas agrícolas (por ejemplo, los estados meridionales de Estados Unidos y
el sur de Italia).
A principios de siglo, cuando el capitalismo
entraba en su
última fase -la
imperialista-, sus
relaciones de producción se convierten en una traba
para el avance de la sociedad. En las relaciones sociales, la política, la
moral, la cultura y el arte, la
dominación
de los monopolios
empuja al mundo hacia atrás. Así lo vemos en los
Estados fascistas y
en las tendencias reaccionarias y fascistas de la
vida político-social en los más importantes países capitalistas de nuestros
tiempos. Cierto es que en la
época del imperialismo no cesa el rápido progreso de
la ciencia y
la técnica. Pero
lo que el
régimen
capitalista consigue en este orden va en beneficio
de los estrechos intereses de la oligarquía financiera y significa nuevas
calamidades para los trabajadores.
Aún más catastróficas son las consecuencias de las
crisis económicas. El
perfeccionamiento de la
técnica, cuando el ritmo general de desarrollo de la
producción desciende y los mercados se reducen, condena a las masas
trabajadoras al paro perpetuo.
Cada vez son más terribles las guerras, en las que
los más grandes avances
científicos y técnicos
de la
civilización contemporánea son aprovechados para
aniquilar a millones de seres y para destruir bienes de
incalculable valor.
El
progreso bajo el socialismo.
Las contradicciones antagónicas del progreso no son
factores necesarios y eternos en el avance de la sociedad. Son
gestadas por las
condiciones específicas de la sociedad de explotación y desaparecen con
ella. Esto significa
que la eliminación de tales
contradicciones no hay que buscarla en el retorno a las fases ya recorridas del
desarrollo, sino en la lucha por la aceleración del progreso, por el
socialismo. Sólo con el triunfo del socialismo, dice Marx, "la humanidad
dejará de asemejarse al repulsivo ídolo pagano que había de beber forzosamente
el néctar en los cráneos de los muertos".99
¿Qué características presenta el progreso social
bajo el socialismo?
Primeramente, quienes salen ganando son todos
los trabajadores, y
no un puñado
de elegidos. La
aparición de todas las formaciones anteriores se vio
siempre acompañada de la esclavización, de calamidades y privaciones de las que
eran víctimas
nuevas
capas de la
población, clases enteras
que
98 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. XII,
pág. 4.
99 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IX, pág.
230.
constituían la mayoría de la sociedad. El régimen
esclavista únicamente pudo surgir después de que la parte fundamental de los
trabajadores quedaron convertidos en esclavos; el feudal, después de la
conversión de los
campesinos en siervos;
el capitalista, después de la ruina de las masas de pequeños propietarios.
El socialismo, por el
contrario, emancipa a los oprimidos y explotados. En él no existen clases
privilegiadas. Todos los frutos del progreso son para los trabajadores. El
incremento incesante del bienestar material y de la cultura de las masas
populares y el florecimiento de la democracia para los trabajadores, es ley del
desarrollo socialista.
Esto no significa, ciertamente, que la construcción
socialista se desenvuelva sin
dificultades. El
socialismo
hay que construirlo
en medio de la
encarnizada resistencia del campo imperialista, que
pone todos sus empeños en estrangular a los países socialistas. Además, las
circunstancias históricas hicieron que los primeros en entrar en la vía del
socialismo fueran países de economía y cultura relativamente atrasadas. Los
pueblos de estos países se vieron obligados, en el curso de la construcción
socialista, a terminar el trabajo que no había sido hecho por el
capitalismo: crear una industria moderna y superar las
supervivencias de las formaciones precapitalistas en la economía, la cultura y
la conciencia de los hombres. Todo esto exigía de los trabajadores nuevos
esfuerzos y sacrificios, de lo que se verán libres los pueblos de economía más
desarrollada cuando les llegue la hora de iniciar la edificación del
socialismo. Además, y así lo demuestra la historia, las dificultades
que para el triunfo del socialismo experimentaron los primeros pueblos
emancipados del capitalismo, no admiten siquiera parangón con las calamidades y
privaciones a que se habrían visto condenados con el mantenimiento de la
esclavitud capitalista.
Otra característica del progreso bajo el socialismo
es que el avance no se limita a uno u otro aspecto de la vida de la sociedad,
sino que abarca por igual a todas sus esferas. Así, el constante desarrollo de
la producción y de la técnica se ve acompañado en los países socialistas por el
rápido progreso de la cultura, de la democracia, etc.
Dentro
del socialismo, a
diferencia del capitalismo, el
avance no se efectúa a expensas de
otros
países, comarcas y
naciones, sino que se
produce en todo el frente de los países y naciones
socialistas, así como de cuantas partes los componen y de toda la población de
cada uno de los países. Esto conduce a la nivelación del desarrollo entre los
países y las regiones que los integran. Los más avanzados ayudan a
los atrasados, suprimiendo
así la desigualdad en el
desarrollo económico, político y cultural que los pueblos habían recibido en
herencia del capitalismo.
Dentro del
socialismo, el progreso
social, cada
vez en mayor grado, es fruto de la labor consciente
y planificado de los hombres. La planificación de la economía acelera
intensamente el ritmo
de incremento de las fuerzas productivas y ahorra a la sociedad grandes
pérdidas. Produce también
un efecto excelente la
planificación de las investigaciones científicas, de la labor
cultural y de la capacitación de personal.
Una característica muy importante y poderoso factor
de progreso en el socialismo es la participación
directa, activa y consciente de las grandes masas
del
pueblo en la construcción de la nueva sociedad. Esto
sólo es posible en una sociedad cuyo avance se halla subordinado por completo a
los intereses de los trabajadores.
Las grandes ventajas del progreso bajo el
socialismo aseguran un
ritmo de avance
de la
sociedad
como jamás se
conoció en la
historia.
Durante los años del
poder soviético, en la Rusia antes atrasada se ha conseguido crear
una potente economía, suprimir el analfabetismo100 y levantar hasta un alto nivel la cultura, la
ciencia y el arte. Las inusitadas posibilidades del progreso social constituyen
una de las principales ventajas del régimen socialista. "Sólo con el
socialismo -escribe V. I. Lenin- comienza el avance rápido, auténtico,
verdaderamente de masas en todas las esferas de la vida social y personal,
avance al que se incorpora la mayoría de la población y luego la población
entera."101
Este movimiento será aún más acelerado después del
triunfo del comunismo, pues éste no significa el fin del desarrollo histórico,
sino el comienzo de un progreso extraordinariamente rápido y prácticamente
infinito para la dominación de las fuerzas de la naturaleza, para el desarrollo
de las energías y capacidades del individuo y la satisfacción completa de las
demandas materiales y espirituales, siempre mayores, de todos los miembros de
la sociedad.
3. El
marxismo-leninismo y los ideales de progreso social
Una parte importante de las concepciones de la
clase obrera la forman los ideales de progreso
social, sus nociones acerca de los fines de la lucha del proletariado y de la
sociedad que habrá de ser construida como consecuencia de esta lucha.
Los servidores de la burguesía en el campo de las
ideas, siempre movidos por su deseo de debilitar la
fuerza de atracción del marxismo, se han esforzado
por deformar y falsificar la visión que los
marxistas tienen del progreso
social. De hacerles
caso,
habremos
de pensar que
la concepción del
100 En 1906 una revista rusa calculaba que para
suprimir el analfabetismo entre la población de Asia Central se requerirían
(siguiendo el ritmo a que esta empresa estaba sujeta en aquel entonces)...
4.600 años. Con el régimen socialista esto ha sido logrado cientos de veces más
de prisa.
101 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 443.
proletariado no tiene nada que ver con el humanismo,
la civilización, la libertad individual y la felicidad de los hombres. Estos
sublimes ideales, dicen y repiten los críticos del marxismo, son orgánicamente
ajenos al materialismo, el cual no advierte nada que no sean las
"bajas" necesidades materiales.
Tales afirmaciones son una malintencionada
caricatura del marxismo, una especulación desvergonzada con las nociones
filisteas acerca del materialismo. Burlándose de tales ideas, escribía Engels
que el filisteo comprende como materialismo "la gula, la embriaguez, la
vanidad y los placeres de la
carne; la codicia,
la avaricia, la
avidez, la ganancia, las
trapacerías de la Bolsa; en resumen, todos los sucios vicios a que él mismo se
entrega en secreto".102
El materialismo marxista no tiene nada de común con
semejantes caricaturas. La mejor prueba de que esto es así es que los
materialistas más consecuentes, los comunistas, han demostrado ser luchadores
abnegados por los altos ideales sociales, por la libertad, la independencia y
la felicidad del pueblo, como jamás conoció
ninguno otro de los
movimientos de que la historia tiene noticia.
Ciertamente, a diferencia de los ideólogos de las
clases acomodadas, que
nunca conocieron la necesidad
y las privaciones, los marxistas estiman que es imposible hablar de
la felicidad humana mientras las masas
vivan en la
miseria y experimenten hambre
y privaciones. Esto
no significa en modo
alguno, sin embargo,
que para ellos el fin único y
exclusivo del progreso social esté en vestir y alimentar a todos los miembros
de la sociedad, en ponerlos a salvo de las necesidades. Los ideales marxistas
del progreso social son incomparablemente más amplios y valiosos. Abarcan todas
las esferas de la vida social, y no sólo la economía, la política, la cultura y
la moral, y su encarnación es la sociedad comunista.
La construcción del comunismo -sociedad en la
que se
acabará de una
vez para siempre
con la
propiedad privada, con la explotación y con la
existencia misma de las clases y del Estado- podía
proponérsela únicamente la clase obrera. Esto no
significa que sean
ideales privativos de
la clase obrera rasgos de la
sociedad socialista y comunista
como el bienestar general, la igualdad de derechos
de las naciones, la
paz entre los
pueblos, la libertad
política y la democracia, la prosperidad de la
cultura, las relaciones de colaboración fraternal entre los hombres y los
pueblos, el desarrollo de la persona en
todos
los órdenes, etc.
Tales ideas las
comparten todos los trabajadores, todos
los hombres
progresistas, la inmensa mayoría de la humanidad.
Esto no puede asombrarnos. Los ideales sociales -
las nociones que los hombres tienen acerca de los
102 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas, t. II,
Moscú, 1955, pág. 358.
fines supremos de su actividad y de un porvenir de
felicidad- tienen sus raíces, como todas las ideas, en las condiciones sociales
de la vida. Y dentro de la sociedad de explotación, estas condiciones condenan
a calamidades de todo género no sólo a los obreros, sino a la totalidad de los
trabajadores. Y de ahí que, inevitablemente,
los obreros y trabajadores en general se sientan unidos por un gran
número de deseos y aspiraciones. La propia vida, la experiencia cotidiana, les
muestra qué vicios
han de ser suprimidos en la sociedad para que los
hombres conozcan una existencia libre y dichosa.
Las semejanzas en cuanto a las condiciones de vida
nos explican y definen la continuidad que se
observa entre los ideales de la moderna clase obrera
y los que alimentaron las masas trabajadoras en otros
tiempos. En uno y otro caso, sus ideales se
fraguaron en la lucha
de clase con
los explotadores, en la
defensa de los intereses del trabajador. El marxismo,
señalaba Lenin, no es la doctrina de una secta
aparecida al margen del camino que la civilización
mundial sigue en su desarrollo. Esto no se refiere
sólo a la filosofía y la economía política marxista, en las que
se resume y
plasma todo el
desarrollo
mundial de la ciencia, sino también a los ideales
marxistas de progreso social. En ellos toma cuerpo
todo lo mejor y progresivo que había en los ideales
de las masas trabajadoras y clases avanzadas del pasado. El
socialismo y el
comunismo son la
realización de los más nobles ideales a que la
humanidad aspiró en su difícil camino.
Esto, se comprende, no significa que los ideales
marxistas sean el compendio de todos los ideales de
las clases trabajadoras del pasado y del presente.
En las nociones de las clases trabajadoras no proletarias sobre la
sociedad perfecta había
y hay bastantes
elementos falsos y utópicos, que la clase obrera no
puede aceptar y que el marxismo-leninismo hubo de
rechazar o, en todo caso, revisar con un espíritu
crítico.
La característica principal del ideal marxista del
progreso social es que no descansa en buenos deseos,
sino en
la previsión científica
de las fases consecutivas de desarrollo de la
sociedad. La teoría marxista, basada en la comprensión profunda de las leyes
que rigen el desenvolvimiento de la sociedad, convierte el secular anhelo de un
futuro mejor, de una vida justa, en el conocimiento firme de la fase de
desarrollo de la sociedad a que indefectiblemente conducen las leyes de la
historia, el proceso objetivo de desarrollo de las fuerzas productivas y de las
relaciones de producción, y el proceso de desarrollo de la lucha de clases en
la sociedad contemporánea.
Cabría preguntar por qué las leyes de la historia,
que hasta ahora habían conducido simplemente a la sustitución de unas formas de
explotación y opresión por otras, han
abierto ahora repentinamente horizontes que permiten ver
cumplidos los mejores
anhelos y esperanzas de los hombres. ¿A qué se debe
esto? ¿A una feliz coincidencia? ¿A una casualidad?
No, no se trata de ninguna casualidad. Como ya
decíamos anteriormente, los
sueños de los
trabajadores,
que aspiraban a
un porvenir de felicidad, tenían una base material, eran
producto de
las condiciones de su vida en una sociedad de
explotación. Los ideales sociales de las clases trabajadoras siempre se
refirieron, de una manera o
de otra, al deseo de ver liberados a los hombres del
fardo y
de las calamidades
que el régimen
de
explotación les imponía. Por eso, en el momento en
que las leyes del desarrollo social colocan en el orden del día la supresión de
este régimen, la realización de
los ideales de la clase obrera y de los trabajadores
en general se convierte en posible y necesaria; lo que
antes
era una aspiración
utópica se trueca
en previsión científicamente argumentada.
"Dondequiera
que miremos -escribe
Lenin-, a
cada paso nos encontramos con tareas que la
humanidad está perfectamente en condiciones de cumplir inmediatamente. Lo
impide el capitalismo, que ha acumulado montañas de riquezas y ha convertido a
los hombres en esclavos de estas riquezas. Ha resuelto los más complicados
problemas de la técnica y frena la aplicación de los adelantos técnicos a
causa de la
miseria e ignorancia
de millones de seres,
por la obtusa
avaricia de un puñado de millonarios.
"La civilización, la libertad y la riqueza
hacen pensar bajo el capitalismo en el rico que se atraca, que se pudre en vivo
y que no permite vivir a lo que es joven.
"Pero lo joven crece y vencerá a pesar de
todo."103
Estas palabras de Lenin han sido confirmadas por
la historia. Podemos
ver cómo en
la sociedad
socialista se materializó ya mucho de lo que hace
largo tiempo constituía
la aspiración de
los
trabajadores. El triunfo del socialismo ha puesto
fin para siempre a la explotación del hombre por el hombre, a la opresión
nacional y a la miseria de las
masas,
brinda posibilidades como
jamás se conocieron para la
expansión del individuo, para la
ampliación de la democracia, etc. Otros ideales
sociales del marxismo, que recogen los seculares anhelos del pueblo y de sus
más eximios pensadores,
se verán realizados con el comunismo, cuando los
hombres alcancen un
dominio incomparablemente
mayor sobre las fuerzas de la naturaleza y del
desarrollo social. La experiencia histórica ha demostrado ya
que la supresión
del régimen de
explotación da cuerpo y realidad a esos ideales.
De ahí, entre otras cosas, la enorme atracción que
los ideales socialistas y comunistas de la clase obrera
ejercen sobre las más grandes masas del pueblo y
sobre todos los hombres progresistas, cualquiera que
sea la posición social que ocupen. Crece sin cesar el
103 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 349.
número de quienes aceptan esos ideales, de quienes
llegan a la convicción de que en ellos se traza la única vía que realmente
puede conducir al logro de los anhelos y esperanzas de todos los trabajadores.
Incluso muchos dirigentes de la burguesía
reaccionaria, por duros de cabeza que sean, empiezan a comprender que esto, y
no las "conspiraciones" que en todo momento se atribuyen a los
comunistas, es la causa de los gigantescos éxitos que acompañan a las fuerzas
del progreso y del socialismo; que, por tanto, al comunismo únicamente se le
puede combatir con "ideas constructivas" y con "elevados
ideales".
Pero la burguesía reaccionaria no tiene ni puede
tener ideales capaces de ganarse a las grandes masas
del pueblo. De ahí que recurra al fraude directo y
trate de poner en circulación los ideales democrático-
burgueses de su juventud revolucionaria -que le son
ajenos y que ella misma ha traicionado- o ideales robados a la lucha que los
trabajadores sostienen por
su emancipación. Democracia, humanismo, libertad,
civilización y paz son palabras que en nuestros días
no dejan de manejar los propagandistas burgueses,
aunque la historia ha demostrado que el imperialismo es el peor enemigo de la
paz y de los derechos de los
pueblos, de la libertad y la democracia, del
humanismo y de la civilización.
Los partidos comunistas y obreros combatieron
siempre tales propósitos de engañar al pueblo y de presentar como
"perfectos" los inhumanos métodos
del régimen de explotación. Esta lucha de los
comunistas se ha
tratado de presentar
por los
adversarios del marxismo como una acción contraria a
los ideales que profesa la mayoría de la humanidad.
Pero sus afirmaciones no pasan de ser una mentira y
una calumnia evidentes.
Cuando los comunistas denuncian la falsedad de
la democracia burguesa no dejan de ser defensores
convencidos de los ideales democráticos. Si se muestran contra la democracia
burguesa es porque aspiran a una democracia auténtica, a la democracia para el
pueblo, que sólo puede ser conquistada suprimiendo el régimen de explotación.
Cuando denuncian la falsedad del humanismo burgués, no combaten el humanismo en
general, sino que propugnan un humanismo auténtico, que es el que encarna el
comunismo. De la misma manera, cuando critican el individualismo burgués y se
muestran partidarios del colectivismo, los
comunistas no rebajan el valor,
la dignidad y la libertad del individuo;
lo único que
hacen es rechazar
la oposición de la persona a la colectividad, a las masas populares;
rechazan el derecho de la "personalidad" burguesa a desarrollarse a
costa de cientos y de miles de otros seres.
La crítica que los partidos comunistas y obreros
hacen de
la propaganda reaccionaria,
cuando ésta
trata de hacer atrayentes las cadenas de la opresión
y la explotación capitalistas,
significa una valiosa
aportación
a la lucha
en pro de
los ideales del progreso social. "La crítica
-escribía Marx- no ha quitado de las cadenas las falsas flores que las
adornaban para que la humanidad siga llevando esas cadenas en una forma
desprovista de todo placer y alegría, sino para que se las sacuda y tienda la
mano hacia la flor."104
En nuestra época se abre ante el mundo el camino
real hacia la consecución de los mejores ideales de
luz con que soñaron los más ilustres pensadores de
la humanidad. Este camino es el de la transformación
de la sociedad según los principios del socialismo
y, luego, del comunismo.
104 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. I, pág.
415.
SECCIÓN TERCERA.
ECONOMÍA POLÍTICA DEL CAPITALISMO
INTRODUCCIÓN
Anteriormente
se señalaba que
las relaciones económicas vienen
determinadas por el carácter de cada formación social. Por esto, para conocer
la vida social lo primero de todo que se necesita es el estudio del régimen
económico de la sociedad, materia de la cual se ocupa la economía política
marxista.
La economía política estudia las relaciones de
producción de los hombres y las leyes de desarrollo de la
producción social y
de distribución de los
bienes materiales en
las distintas etapas
de la sociedad humana. "La
economía política -escribe Lenin- no se ocupa de la «producción», sino de las
relaciones sociales de los hombres según la producción, del régimen social de
la producción."105
Ciertos elementos de esta ciencia aparecieron ya en
la época
del régimen esclavista
como guía de la
gestión económica. De ahí procede su denominación
primera de "Oikonomia" ("oikos", casa,
economía
doméstica, y "nomos", ley).
La
economía política empieza
a desarrollarse como ciencia a la
vez que se gesta el modo capitalista
de producción. En manos de la burguesía era un arma
ideológica contra el feudalismo.
Cuando
la burguesía se
lanza a la
palestra histórica como clase progresiva, hallábase interesada en el
conocimiento científico de las leyes que rigen el desarrollo de la producción
capitalista y en la eliminación de las
relaciones feudales, que
se oponían al establecimiento del poder del capital. Es en este período
cuando aparece la economía política burguesa, que se conoce con el nombre de
clásica. Sus fundadores son los ingleses William Petty (1623-
1687), Adam Smith
(1723-1790) y David Ricardo
(1772-1823). La economía política clásica burguesa,
originaria de Inglaterra, es una de las fuentes de que Marx se valió para crear
la economía política de la clase obrera.
La economía política es, desde su comienzo mismo,
una ciencia de clase, de partido. La economía
política
clásica, a pesar
de los grandes
descubrimientos que se apuntó en su haber, en virtud
de su carácter burgués de clase fue incapaz de revelar hasta el fin las
contradicciones del capitalismo. Los
limitación
de clase, consideraban
el capitalismo como la
única forma natural
y posible de organización de la producción social. No
veían ni podían ver su carácter históricamente perecedero.
Cuando
la clase obrera
se presenta como
una fuerza independiente y poderosa, los economistas burgueses renuncian
al análisis científico de las leyes del desarrollo social. En 1830 se habían
delimitado ya claramente en Europa las contradicciones antagónicas de
la burguesía y
la clase obrera.
"A partir de este momento -escribe Marx- la lucha de clases,
práctica y teórica, adquiere unas formas cada vez más claramente definidas y
amenazadoras. Al propio tiempo suena la hora de muerte para la economía
científica burguesa. En adelante no se trata ya de si es justo o no uno u otro
teorema, sino de si es útil o nocivo para el capital, de si es ventajoso o
desventajoso, de si se conforma o no a las consideraciones de la policía. La
investigación desinteresada cede su lugar a las batallas de los escritores a
sueldo, la imparcial búsqueda científica es reemplazada por una apología
preconcebida y servil."106
La economía política burguesa deja de servir a la
ciencia y se coloca contra ella. Su quiebra en este
período,
como Marx advierte,
"es explicada
magistralmente... por el gran sabio y crítico ruso
N. Chernishevski."107 A medida que la lucha de clases se desarrolla, la
economía política burguesa pone más de manifiesto su carácter apologético y
anticientífico. Una tarea muy importante de la economía política
marxista-leninista es la de denunciar el engaño que ella siembra y las
ilusiones que despierta.
Al mismo tiempo que la economía política burguesa,
nace y se desarrolla la pequeñoburguesa. La gran producción destruía la pequeña
propiedad del campesino y expulsaba al artesano de su taller, obligándoles a
convertirse en proletarios "libres" y a someterse a la disciplina
cuartelaría del trabajo en las grandes empresas capitalistas.
La economía política pequeñoburguesa expresa la
ideología de los pequeños propietarios caídos en la
desesperación,
y siembra ilusiones
acerca de la
posibilidad
de volver a
la "Edad de
Oro" en que
economistas burgueses, a consecuencia de su
106 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 13.
105 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. III, págs.
40-41.
107 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 13.
existía la hacienda independiente de los campesinos
y artesanos. Su fundador es el economista suizo Sismondi (1773-1842), quien con
un espíritu pequeñoburgués hace la crítica del capitalismo, sin comprender su
significado histórico como fase necesaria en el desenvolvimiento de la
producción social. Los discípulos de Sismondi insistieron sobre todo en los
lados débiles de su teoría, en la utopía reaccionaria de
volver la historia
atrás y de reemplazar la gran producción, que
aseguraba una alta productividad del
trabajo, por la
rudimentaria pequeña producción de la comunidad campesina, en la que la
agricultura había de combinarse con las industrias artesanas.
En Rusia eran seguidores de Sismondi los
populistas, las concepciones económicas
de los cuales fueron sometidas
por V. I. Lenin a una crítica demoledora. La economía política pequeñoburguesa
ha encontrado adeptos sobre todo en los países de producción capitalista
débilmente desarrollada y con un gran peso de la producción de los campesinos y
artesanos. No es capaz de determinar acertadamente las perspectivas
del desarrollo social,
si bien a menudo cumple un papel provechoso con su
crítica de los vicios del capitalismo y del imperialismo contemporáneo.
El análisis genuinamente científico del modo
capitalista de producción, así como de los modos de producción que le
precedieron -de la comunidad primitiva, del esclavismo y del feudalismo-, lo
encontramos en las obras de los grandes jefes y maestros de la clase obrera C.
Marx y F. Engels.
El marxismo, que pone de manifiesto las leyes
económicas a que
está sujeto el
nacimiento y el
desarrollo del modo capitalista de producción, no se
limitaba a levantar el velo que encubría el pasado
de la humanidad, sino
que también permitía
ver el
futuro.
Con asombrosa exactitud
científica, que la
marcha de la historia ha venido a confirmar, el
marxismo determinaba las condiciones en que el capitalismo habría
de ser reemplazado inevitablemente por un modo de
producción más elevado, como es el del socialismo y el comunismo. El más
importante entre los estudios económicos de C. Marx, El Capital, es la mejor
arma teórica de que dispone la clase obrera. Esta obra genial posee la
asombrosa capacidad de no envejecer, de no perder su fuego
combativo ni su aplastante vigor.
Medio siglo más tarde de la aparición del primer tomo de El Capital veía
la luz El imperialismo, fase superior del capitalismo, de V. I. Lenin, obra en
la que se amplía la teoría general del capitalismo y se expone la doctrina de
su nueva fase, del imperialismo. Este trabajo de V. I. Lenin, lo mismo que
otras investigaciones suyas acerca de la economía política del capitalismo, es
una explicación genial, en el terreno económico, de las leyes de desarrollo de
la revolución proletaria en las condiciones propias del imperialismo.
La teoría económica es una de las grandes partes
integrantes del marxismo-leninismo. Pone
de
manifiesto
la acción de
las leyes económicas
objetivas -cuyo conocimiento acertado es necesario
para el éxito de los partidos comunistas y obreros en su labor práctica-, y
ayuda a los trabajadores de los países capitalistas a elaborar una táctica
justa en su lucha de clases con la burguesía. En los países socialistas, los
partidos
marxistas-leninistas se apoyan en
las leyes descubiertas por la economía política para dirigir la vida económica
de sus países y encaminarlos hacia la construcción del comunismo.
Capitulo VIII. El capitalismo premonopolista
1.
Aparición de las relaciones capitalistas
La producción capitalista necesita para existir dos
condiciones. Una es la concentración de los medios fundamentales de
producción en manos
de los
capitalistas. Otra es que carezcan de medios de
producción la mayoría o una parte importante de los
miembros de la sociedad. Esto obliga a quienes no
tienen nada más que sus manos a convertirse en trabajadores asalariados
en las empresas
de los
capitalistas para no morirse de hambre.
En la sociedad feudal la clase dominante la
constituían los señores, que eran los propietarios del
suelo. Ellos explotaban a quienes cultivaban la
tierra
y, dentro de su feudo, a los campesinos y artesanos
que disponían de sus propios medios de producción.
La
transformación de la
sociedad feudal en
capitalista se hizo posible cuando gran parte de los
campesinos y artesanos se vieron desposeídos de los medios de producción, es
decir, cuando a un lado fueron colocados los medios de producción y al otro los
productores. Requeríase, además, que el puesto del señor feudal, como fuerza
económica dominante, pasase a ocuparlo el capitalista, que disponía de
efectivos y de recursos materiales para explotar su empresa con la ayuda de
trabajadores asalariados.
La tarea de desbrozar el terreno para el desarrollo
de la
producción capitalista exigió
toda la época
histórica
que es el
paso del feudalismo
al
capitalismo. Características de esta época son la
destrucción de los pilares sobre los que se asentaba la sociedad feudal; la
dolorosa y cruenta epopeya que acaba con la ruina de los campesinos y
artesanos; la acumulación de riquezas
en manos de la naciente clase burguesa con ayuda de la
depredación en las colonias, de la trata de esclavos, de la usura, de la
piratería y de
otros crímenes y
violencias. Expulsados de sus aldeas y desposeídos de la tierra, los
hombres se veían obligados a convertirse en obreros asalariados. El capitalismo
naciente no se limita a poner en juego el hambre, sino que recurre a la fuerza
para empujar a sus empresas a los antiguos campesinos y artesanos, y no se
detiene ante el derramamiento de sangre
cuando se trata
de acostumbrarlos a la disciplina del trabajo asalariado. El capitalismo
erige su sistema sobre los huesos de miles y miles de seres arruinados y
martirizados.
"... El capital recién nacido -escribe Marx-
resuma sangre y fango por todos los poros desde los pies a la cabeza."108
Estos dos procesos simultáneos -aparición de los
obreros asalariados, de los proletarios, y acumulación de riquezas en manos de
los capitalistas- es lo que Marx denomina acumulación primitiva del capital.
Esta acumulación primitiva, que históricamente precede a la sociedad burguesa,
debe ser diferenciada de la acumulación
de capital que
constantemente tiene lugar como resultado de la explotación a que los
obreros se ven sometidos en las empresas capitalistas. Ahora bien, la
acumulación primitiva no es cosa que pertenece exclusivamente al pasado;
algunos de sus métodos se siguen aplicando en las colonias y en los países
económicamente débiles.
En la época de la acumulación primitiva aparecen las
relaciones capitalistas. Surgen una nueva clase de explotadores, los
capitalistas, y otra de explotados, los obreros asalariados o proletarios. El
paso del feudalismo al capitalismo se realiza en los países de Europa
Occidental mediante las revoluciones burguesas
de los siglos
XVII y XVIII,
a consecuencia de las cuales la burguesía se convierte en la fuerza
dominante en la esfera política, y no sólo en la económica.
En
Rusia, la servidumbre
de la gleba
fue suprimida más tarde que en otros muchos países y sus restos se
conservaron hasta la misma Gran Revolución Socialista de Octubre. Al ser
abolida la servidumbre, en 1861, se inicia en el país la época del desarrollo
capitalista y se produce la sustitución del régimen feudal por el capitalista.
2.
Producción mercantil. Mercancía. Ley del valor y dinero
El
capitalismo es la
forma superior de
la producción mercantil, y por eso C. Marx comienza en El
Capital su estudio
del capitalismo con el
análisis de la
mercancía. El intercambio
de
mercancías, escribe V. I. Lenin, es "la
relación más simple, ordinaria, fundamental, la más extendida y corriente,
miles de millones de veces repetida, de la sociedad burguesa
(mercantil)..."109 En la mercancía, en
el intercambio de
una mercancía por
otra, descubre Marx el embrión de las contradicciones y particularidades
del capitalismo.
La producción mercantil es aquella que produce para
el cambio, para la venta. Viene a sustituir a la economía natural, que era la
forma preponderante de producción del régimen esclavista y del feudalismo. Sus
orígenes hay que buscarlos en el período de desintegración del
régimen de la
comunidad
108 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 764.
109 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág.
358.
primitiva, tiempo desde el cual adquiere una
significación cada vez mayor.
En las primeras etapas fue una producción
mercantil simple, que
se basaba en
la propiedad
privada y en el trabajo personal de los pequeños
productores -campesinos y
artesanos-, que no
explotaban el trabajo ajeno. Las premisas de los
avances de la producción mercantil son la división social del trabajo y la
propiedad privada sobre los
medios de producción.
La
mercancía.
No todo producto del trabajo es mercancía. Si
alguien destina el fruto de su trabajo a satisfacer sus
propias necesidades o las necesidades de su familia
no crea una mercancía, sino un producto, una cosa.
La mercancía es únicamente el producto del trabajo
que es empleado o consumido a través del cambio (compraventa). La mercancía
posee dos propiedades.
Su capacidad para satisfacer una necesidad humana
la convierte en
valor de uso.
En el mercado,
los
valores de uso de un mismo género, por ejemplo, el
trigo, son cambiados por valores de uso de un género distinto, por ejemplo, el
hierro. La capacidad de la
mercancía para ser cambiada por otra mercancía la
convierte en valor
de cambio. El
trueque de una
mercancía por otra muestra que entre ellas hay algo
de común, que permite compararlas y valorarlas recíprocamente. Eso
que las mercancías
tienen de
común no se refiere a sus propiedades físicas: peso,
volumen, forma, etc.; al contrario, las propiedades
físicas de las mercancías no pueden ser más
diversas. Lo que tienen
de común es
que todas ellas
son
productos del trabajo humano. Desde este punto de
vista, todas las mercancías son a modo de un trabajo humano concentrado.
Y como materialización del
trabajo
en ellas contenido,
las mercancías son
valores. La proporción en que una mercancía es
cambiada por otra no es arbitraria, sino determinada.
El valor de
cambio, que expresa
las proporciones
cuantitativas de éste, no es sino la forma en que se
manifiesta el valor
contenido en la
mercancía. La
mercancía une en sí el valor de uso y el valor.
La cuantía del valor viene determinada por el
trabajo, aunque no por el trabajo invertido en la producción de esa mercancía
precisamente. Cosas iguales pueden ser producidas por personas distintas, que
emplean distintos instrumentos e invierten un tiempo diverso, es decir, una
desigual cantidad de trabajo. El valor queda determinado por el trabajo
invertido por término medio en la sociedad para la producción de mercancías de
un mismo género. Es lo que se denomina trabajo socialmente necesario, y puede ser
medido también por el tiempo de trabajo. "El tiempo de trabajo socialmente
necesario -escribe Marx- es el tiempo de trabajo que se necesita para producir
un valor de uso en presencia de condiciones socialmente normales de producción
y atendido el
nivel medio, dentro de una sociedad concreta, de
capacidad y de intensidad del trabajo."110 El valor de las mercancías
disminuye al crecer la productividad del trabajo social, puesto que para la
obtención de una unidad se requiere cada vez menos trabajo, cada vez menos
tiempo de trabajo.
El
trabajo materializado en la mercancía.
La doctrina del valor de las mercancías por el
trabajo fue esbozada por los clásicos de la economía
política
burguesa, Adam Smith
y David Ricardo,
pero sólo Marx la expuso de manera consecuente y la
argumentó en todos sus aspectos. Marx llevó a cabo un descubrimiento genial al
revelar el doble carácter del trabajo que crea la mercancía.
El valor de uso de la mercancía es creado por el
trabajo de una especialización determinada, por el
trabajo
concreto. Los tipos de trabajo concreto son
tan diversos como los valores de uso. Distínguense
entre sí por los procedimientos y medios de trabajo
que se aplican. En cada valor de uso va
materializado
un
determinado tipo de
trabajo concreto. Sin embargo, cualquiera que sea la cosa que
se produzca, el trabajo, independientemente de sus características
concretas, siempre es
una inversión de
energía humana -física, nerviosa,
intelectual-, y en
este sentido siempre es
trabajo humano, trabajo
en general. El valor de la mercancía lo crea el trabajo humano que
interviene como inversión de fuerza de trabajo humano en general,
independientemente de la forma en que se realice esta inversión, como trabajo
abstracto.
El trabajo abstracto y el concreto son dos aspectos
del trabajo materializado
en la mercancía.
"Todo
trabajo es una inversión de fuerza de trabajo humano
en el sentido fisiológico de la palabra, y como tal
trabajo igual o abstractamente humano forma el valor
de las mercancías.
Todo trabajo es
también una
inversión de fuerza de trabajo humano en forma
especial y acomodada a un fin, y en esta calidad de trabajo útil concreto crea
los valores de uso."111
De la misma manera que un valor de uso se diferencia
cualitativamente de otro valor de uso, un
trabajo
concreto se diferencia
cualitativamente de otro. Y de la
misma manera también que el valor de una mercancía se diferencia del valor de
otra sólo
cuantitativamente, el trabajo abstracto contenido en
una y otra se diferencian sólo cuantitativamente.
Al cambiar las mercancías por ellos producidas, los
hombres equiparan unos a otros los géneros más diversos de trabajo. Tras las
relaciones de cambio se
encuentra la división social del trabajo. Dichas
relaciones expresan en
el mercado las
relaciones
recíprocas de los productores de mercancías en la
producción social. Y el valor, la relación de valor, no es por
eso una relación
entre cosas, sino
entre
110 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 45.
111 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 53.
hombres, entre productores de mercancías. El valor
es una relación social de producción que, encubierta por su envoltura material,
sólo se revela a través de las relaciones de las cosas. El valor de la
mercancía es creado por el trabajo invertido en su producción, pero únicamente
se manifiesta en el cambio, sólo cuando una mercancía es equiparada a otra.
El
dinero.
Primeramente el cambio era un fenómeno incidental y
esporádico. Se verificaba el trueque de un producto por otro. Con el avance de
la división social del trabajo, el cambio se hace más regular. Crece el número
de productos especialmente destinados al cambio. La mercancía más común
comienza poco a poco a actuar de equivalente universal, es decir, como
mercancía que cumple el papel de intermediario en el cambio. En vez del trueque
de la mercancía propia por otra de la que se siente necesidad (para lo cual se requería
obligatoriamente la presencia de un comprador que dispusiera de la mercancía
precisa al vendedor), los hombres comienzan a cambiar su mercancía por otra que
es un equivalente universal y con la que siempre se podía adquirir una
mercancía cualquiera. Según los lugares, el papel de equivalente universal
corre a cargo de mercancías diversas: el ganado, las pieles, la sal, el cobre,
el hierro, etc. Más tarde se concentra en los metales nobles: la plata y el
oro.
Por sus propiedades naturales, los metales nobles se
acomodan muy bien al papel de equivalente universal. Conservan
siempre unas mismas cualidades, no se deterioran y pueden
ser divididos fácilmente en las partes más pequeñas. De ahí que al extenderse
el cambio, pasasen espontáneamente a ejercer las funciones de equivalente
universal y se convirtiesen en dinero. El dinero es una mercancía específica
que cumple el papel de equivalente universal para todas las mercancías. No
apareció por orden de nadie, no es invención de un individuo ni el resultado de
un acuerdo entre los hombres. No, los metales nobles se diferenciaron del mundo
de las mercancías y se convirtieron en dinero gracias a un prolongado proceso
de desarrollo del trueque. El dinero es una mercancía especial que sirve para
facilitar el cambio de todas las mercancías restantes. Su capacidad de
convertirse en equivalente universal reside
en su valor
de uso. La
esencia del dinero queda expresada en las funciones que
cumple en la economía mercantil.
Lo primero de todo, el dinero cumple la función de
medida del valor de todas las demás mercancías.
Cualquier
mercancía encuentra la
expresión de su
valor en dinero. Nadie dice: un par de botas
equivale a un metro de paño, sino: las botas cuestan tantos rublos, o dólares,
libras, coronas, etc. El valor de la mercancía expresado en dinero es el
precio.
El dinero sirve también como medio de circulación. El pañero no cambia su paño
por botas. Lo vende, a cambio de dinero, y con el dinero obtenido adquiere las
botas. Al aparecer el dinero, el trueque es sustituido por la circulación
mercantil, es decir, por el cambio con la ayuda del dinero. La fórmula de la
circulación mercantil es: mercancía – dinero - mercancía.
La cantidad de dinero necesario para cubrir las
necesidades de la circulación mercantil viene
determinada por el conjunto de precios de las
mercancías dividido por el número de ciclos de la
unidad monetaria. Si en un país el total de los
precios de todas las mercancías realizadas en un tiempo determinado, en un año,
por ejemplo, es de 10.000
millones de unidades monetarias (dólares, francos,
marcos, etc.) y si cada unidad monetaria realiza en el
transcurso del año diez ciclos, la cantidad de
dinero necesario para la circulación del conjunto de mercancías será de 1.000
millones.
Las monedas de oro eran a menudo sustituidas por las
de plata y de cobre; más tarde apareció el papel
moneda. Este, emitido por el Estado, reemplaza al
oro en calidad de medio de circulación. Equivale al oro y su cantidad debe ser
la misma que la del oro
empleado como tal medio. Si la cantidad de papel
moneda lanzado a
la circulación es
superior a la
cantidad de monedas de oro requeridas para cubrir
las necesidades del comercio, el papel moneda se desvaloriza. Si
en un país
la circulación de
mercancías necesita de un total de 1.000 millones de
unidades monetarias oro
y el Estado
emite 2.000
millones de unidades en papel moneda, el resultado
será que con un billete -supongamos, de 10 dólares-
se podrán adquirir las mismas mercancías que con 5
dólares oro.
A partir del fin de la primera guerra mundial la
circulación
monetaria capitalista se
caracteriza por una extraordinaria
inestabilidad del papel moneda, el cual, a consecuencia de las excesivas
emisiones, pierde a menudo su valor. La desvalorización del dinero se conoce
con el nombre de inflación, fenómeno que repercute desfavorablemente sobre el
nivel de vida de los trabajadores, que viven de su salario.
El
dinero cumple la
función de medio
de acumulación. Con él se puede
adquirir siempre
cualquier mercancía, por lo que es un representante
universal de la riqueza. La acumulación de riquezas
se produce por esto en forma de acumulación de
dinero.
En las compras
y ventas a
crédito, el dinero
cumple la función de medio de pago. Gracias al
crédito se reduce la cantidad de dinero en efectivo necesario para la
circulación.
Cuando
se trata del
comercio entre países,
el dinero cumple la función de dinero mundial. Para
estas operaciones se utiliza el oro.
Ley
del valor.
La ley del
valor es la
ley económica de la
producción mercantil según la cual el intercambio de
mercancías
se rige por
la cantidad de
trabajo
socialmente necesario invertido en su producción.
Dentro de la producción mercantil cada productor trabaja aislado de los otros,
con vistas al mercado, donde ninguno de ellos conoce de antemano el
volumen de la
demanda. La igualdad
entre la demanda y
la oferta, con
tal anarquía de
la producción, sólo puede ser establecida casualmente, como consecuencia
de constantes fluctuaciones. Esto hace que, a menudo, los precios de las
mercancías se aparten de su valor; unas veces son más altos y otras más bajos.
Si la oferta es superior a la demanda, los precios caen por debajo del valor;
si la demanda es superior a la oferta, ocurre lo contrario.
Ahora bien, los precios de las mercancías tienden
invariablemente a igualarse
con el valor
de las
mismas. Si el precio de una mercancía es superior a
su valor, esto
origina un incremento
de la
producción, con lo que la oferta aumenta y el precio
baja inevitablemente hasta el nivel del valor. De esta manera se equilibran
recíprocamente en su conjunto
las oscilaciones que respecto del valor sufren los
precios, en más o menos. En cada momento concreto,
en virtud de diversas causas, los precios de una
mercancía cualquiera pueden
apartarse del valor, pero
los precios medios,
si tomamos períodos
prolongados, coinciden con él con bastante
aproximación.
En la sociedad basada en la propiedad privada, la
ley del valor, actuando a través del mecanismo de la
competencia,
regula las proporciones
en que el trabajo social y los medios de producción
se distribuyen entre los
distintos sectores de
la
economía. La constante fluctuación de los precios
empuja a una parte de los productores de mercancías
a abandonar los sectores en que la oferta supera a
la demanda, y los precios caen por debajo del valor. El descenso de los precios
influye de manera diversa
sobre los distintos grupos de productores de
mercancías. Los más
hábiles, emprendedores y
fuertes mejoran sus posiciones, mientras que los
débiles se arruinan.
El enriquecimiento de
unos pocos a expensas de la ruina de la gran mayoría es el
resultado
de las constantes
fluctuaciones de los precios y de su desviación respecto del
valor. Pero no
es esto sólo lo que origina la ruina del conjunto de
los pequeños productores bajo los efectos de la competencia. No los salva
tampoco la venta de las
mercancías por su valor. La ley del valor es la ley
del desarrollo elemental de las fuerzas productivas. Los
productores que utilizan una maquinaria y unas
técnicas más perfectas se encuentran en una posición más ventajosa, puesto que
sus mercancías requieren
un desembolso menor que los gastos socialmente
necesarios, mientras que otros muchos productores
han de hacer desembolsos superiores a los gastos
socialmente necesarios por unidad de producto. Estos últimos no pueden resistir
la competencia con contrincantes
más fuertes. El
resultado es que algunos productores, que forman una
minoría muy reducida, se convierten en capitalistas, mientras que el resto se
arruinan y se ven obligados a vivir de la venta de su fuerza de trabajo. Los
medios de producción se concentran cada vez más en manos de los capitalistas,
con lo que inevitablemente viene la transformación de la economía mercantil
simple en capitalista.
Así, pues, la ley del valor cumple en la economía
mercantil, por intermedio
del mecanismo de la
competencia, tres importantes funciones: ejerce de
regulador en la distribución de la fuerza de trabajo y
de los medios de producción entre los sectores
económicos; cumple el papel de motor del progreso técnico, y
conduce al desarrollo
de las relaciones
capitalistas, condenando a la desaparición y la
ruina a los pequeños productores de mercancías.
3. La
plusvalía, piedra angular de la teoría económica de Marx
Marx
reveló el carácter
antagónico de las relaciones entre el trabajo y el
capital, relaciones que son el eje alrededor
del cual gira todo
el sistema capitalista de economía.
Sus estudios sobre
la plusvalía significan una explicación científica completa del proceso
de la explotación de los obreros
por los capitalistas.
El
análisis de Marx
deriva de un
hecho tan sencillo y conocido
como es el de que los capitalistas adquieren primeramente las mercancías
necesarias para la producción y luego venden los artículos de sus empresas por
una cantidad mayor que la que ellos invirtieron.
En la circulación mercantil simple, el productor
vende su mercancía para adquirir otra mercancía. La
meta final de la circulación mercantil simple es la
satisfacción
de necesidades. Su
fórmula, según vimos, era:
mercancía - dinero - mercancía.
Muy
distinto
es el proceso
de circulación cuando
la
mercancía es adquirida no con objeto de satisfacer
directamente una u otra necesidad, sino para la venta. La fórmula de este nuevo
proceso es: dinero - mercancía - dinero.
Comprar para vender únicamente tiene sentido cuando del
conjunto de la operación se obtiene una suma de dinero mayor que la
primeramente invertida. Quien compra para vender lo hace para vender más caro.
Este incremento de la suma inicial del valor lo convierte en capital. El
capital es un
valor que crece
por sí mismo.
Su primera forma es el dinero. El proceso de la producción capitalista
comienza con la adquisición de medios de producción y de fuerza de trabajo; es
decir, que el capital pierde su forma monetaria y se convierte en
capital productivo. Las
mercancías
producidas las vende el capitalista en el mercado,
con lo que convierte el capital mercantil en monetario. El capital recobra
la forma que
primeramente presentaba. Pero el capitalista obtiene más dinero del que
había invertido hasta el comienzo de la producción. El cambio tiene lugar según
el valor (porque si unos venden más caro y otros más barato, en el conjunto de
la sociedad esto se equilibra). Nos preguntamos entonces: ¿cómo puede el
propietario de dinero, el capitalista, que compra y vende mercancías por su
valor, obtener de la circulación un valor más elevado? La respuesta, que la
economía política burguesa no había podido dilucidar, nos la proporciona Marx.
Resulta que esto es posible sólo porque el propietario de dinero encuentra en
el mercado una mercancía muy peculiar, que al ser consumida origina un valor
nuevo. Es la fuerza de trabajo. Veamos qué características presenta esta
mercancía según expone F. Engels el problema.
La
producción de plusvalía.
¿Qué valor tiene la fuerza de trabajo? El valor de
cada mercancía se mide por el trabajo necesario para producirla. La fuerza de
trabajo existe en el obrero vivo, el cual ha de disponer de determinados
recursos para atender a las necesidades suyas y de su familia. El tiempo de
trabajo necesario para la producción de dichos recursos determina el valor de
la fuerza de trabajo.
"Supongamos -escribe Engels- que estos medios
necesarios para la vida representan, de día en día, un tiempo de trabajo de
seis horas. Por lo tanto, cuando nuestro capitalista inicia su negocio compra
para el funcionamiento de la empresa fuerza de trabajo, es decir, contrata al
obrero, al cual paga el valor completo de un día de su fuerza de trabajo si le
abona una suma que expresa seis horas de este trabajo precisamente. Por
consiguiente, basta que el obrero trabaje seis horas en provecho del capitalista
para que éste se resarza por completo del desembolso hecho, es decir, del pago
del valor de un día de fuerza de trabajo.
"Pero el dinero no se convierte por esto en
capital, no produce ninguna plusvalía. Por esto, el comprador
de fuerza de trabajo comprende de manera totalmente
distinta el carácter del contrato por él concluido.
El hecho de que
para que el
obrero subsista durante
veinticuatro
horas se necesiten
sólo seis horas
de
trabajo no representa el menor obstáculo para que
este obrero trabaje doce horas de esas veinticuatro. El valor de la fuerza de
trabajo y el valor creado por la fuerza de trabajo son dos magnitudes
distintas... Así, el valor por el que el obrero le resulta al capitalista,
según nuestro supuesto, es el producto de seis horas de trabajo, mientras que
el valor que el obrero proporciona
al capitalista es
el producto de
doce horas de trabajo.
"Al bolsillo del propietario del dinero va a
parar la diferencia: las seis horas de trabajo complementario no pagado, el
producto complementario no pagado en el
que se materializa
un trabajo de seis
horas. El juego de manos ha sido
hecho. La plusvalía ha sido producida, el dinero se ha convertido en
capital."112
El origen de la plusvalía (parte considerable de la
cual forma la ganancia del capitalista) es ahora perfectamente claro y natural.
El valor de la fuerza de trabajo ha sido abonado, pero este valor es bastante
menos de lo que el capitalista puede extraer de la fuerza de
trabajo; esta diferencia,
el trabajo no pagado, es precisamente lo que forma la
parte del capitalista, o más exactamente, de la clase capitalista.
Este trabajo no satisfecho es el que mantiene a
todos los miembros no trabajadores de la sociedad.
De él salen los impuestos y contribuciones con que
es gravada la clase capitalista, la renta de la
tierra de los propietarios del suelo, etc. Sobre él descansa todo el régimen
social del capitalismo.
La
explotación capitalista.
Así, pues, el obrero asalariado crea durante una
parte de su jornada de trabajo el producto necesario para su propio sustento.
Esta parte de la jornada es lo que Marx denomina tiempo de trabajo necesario;
el trabajo invertido en este tiempo es el trabajo necesario. Durante la
otra parte de la jornada -tiempo de
trabajo complementario-, el
obrero, con su trabajo
complementario, crea la
plusvalía. La plusvalía (p) es el
valor creado por el trabajo del obrero por encima del valor de su fuerza de
trabajo y que el capitalista se apropia a título gratuito.
La
esencia del proceso
de la explotación capitalista radica,
pues, en la
producción de
plusvalía. Lo que a los capitalistas les interesa no
es
la producción de medios de producción y de artículos
de consumo, útiles para la sociedad, sino la obtención
del
máximo de plusvalía.
La avidez de
los
capitalistas en este sentido es insaciable.
El
capital.
En la sociedad capitalista, la explotación del
trabajo asalariado sirve para mantener y acrecer el valor perteneciente
al capitalista, para
ampliar el poder y la dominación
del capital. Este es el valor que produce la plusvalía. Los economistas
burgueses afirmaban y afirman que todo medio de producción es capital.
Silencian deliberadamente el hecho indiscutible de que los medios de producción
se convierten en capital únicamente cuando se transforman en medio de
explotación de los obreros, que el capital no es una cosa, sino una relación
social entre las clases principales de la sociedad burguesa, la relación de
explotación de los obreros asalariados por los dueños de los medios de
producción.
La
comprensión
marxista-leninista del capital como
relación social revela
la esencia del
modo
112 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., págs.
192-193.
burgués de explotación, que es la explotación por la
clase capitalista de los obreros asalariados que viven de la venta de su fuerza
de trabajo.
En el capital
hay que distinguir
dos partes: el
capital constante (c), invertido en los medios de
producción (locales, máquinas, combustible, materias primas, etc.) y el capital
variable (v), que es el que se destina a la adquisición de fuerza de trabajo.
La parte que uno y otro toman en la producción de plusvalía no es la misma. Aun
participando en el proceso general, los medios de producción no crean ningún
valor nuevo. El valor del capital constante, de una vez o por partes, pasa al
producto obtenido. Otra cosa es el capital variable. Crece y en el proceso de
producción crea plusvalía. La relación entre la plusvalía y el capital variable
(P/v) expresa el grado de
explotación del trabajo
por el capital
y se denomina cuota de plusvalía
(p').
El aumento de la plusvalía sigue dos caminos. El
primero es el de prolongar la jornada o intensificar el
trabajo (aumento de la tensión del trabajo, aumento
de la inversión de energía humana por unidad de
tiempo). Es lo
que Marx denominó
plusvalía absoluta. El segundo
camino es el
de reducir el tiempo de trabajo necesario. Según el término
de Marx, es la plusvalía relativa.
Si fuera posible, el capitalista aumentaría la
jornada de trabajo hasta las veinticuatro horas, pues cuanto más larga es, más
plusvalía se crea. El obrero, por el contrario, tiene interés en reducirla. Se
produce así la lucha por acortar la duración de la jornada de trabajo. Iniciada
en los países capitalistas con las primeras
acciones obreras, a comienzos del
siglo XIX, no se vio interrumpida nunca. De ahí que los capitalistas no
puedan alargar ilimitadamente la jornada. La producción de plusvalía absoluta
sigue actualmente en los países capitalistas la vía de la intensificación del
trabajo.
La producción de plusvalía relativa se consigue
aumentando el tiempo complementario sin alterar la duración de la jornada, es
decir, reduciendo la parte de la jornada que se necesita para compensar el
valor de la fuerza de trabajo. Esto se consigue mediante la elevación de la
productividad del trabajo en los sectores de la industria que producen
artículos de consumo vitalmente necesarios para los obreros y el conjunto de
los cuales determina el valor de la fuerza de trabajo. Cuanto más alta es la
productividad de trabajo en estos sectores y menor es el valor de su
producción, más corto es el tiempo de trabajo necesario y, por consiguiente,
mayor es el tiempo de trabajo complementario en todas las empresas
capitalistas.
El tiempo de trabajo necesario se reduce también
elevando la productividad del trabajo en los sectores de la producción que
proporcionan medios de producción para la producción de artículos de consumo.
Algunos capitalistas pueden lograr también una
plusvalía extraordinaria. Esta se consigue con la aplicación de
perfeccionamientos técnicos de que los otros carecen. En tal caso invertirán
menos recursos para la obtención de cada artículo producido, aunque las
mercancías las venderán a los precios que son comunes entre la generalidad de
los productores de este artículo concreto. De ahí que los propietarios de
empresas mejor montadas, con un equipo más perfecto, obtengan un excedente de
plusvalía por encima de lo ordinario. Eso es la plusvalía extraordinaria.
Pero también los demás capitalistas tratan de
obtener una mayor plusvalía, y en busca de plusvalía
extraordinaria perfeccionan sus instalaciones. A
ello les empuja la competencia.
En su análisis de la producción de plusvalía
relativa, Marx investiga las tres fases históricas de incremento de
la productividad del
trabajo por el capitalismo: 1) cooperación simple, 2)
manufactura y3) gran industria maquinizada.
La cooperación capitalista simple es la
concentración más o menos grande de obreros asalariados para producir un mismo
artículo bajo la dirección del capitalista. La técnica es manual y no hay
división del trabajo. Pero la agrupación de los obreros proporciona ya de por
sí cierto incremento de la productividad. La manufactura es la cooperación
capitalista basada en la división del trabajo, aunque con una técnica manual.
Comparándola con la cooperación simple proporciona un importante incremento de
la productividad del trabajo. Ahora bien, la manufactura no podía acabar con la
pequeña producción y convertirse en la forma preponderante dentro de la
industria. El capitalismo sólo se hace dueño y señor de la situación cuando
pasa a la industria maquinizada, que es la forma superior de desarrollo de la
gran producción capitalista. La industria maquinizada acaba con la pequeña
producción, amplía la
esfera de dominación
del capital y propicia el constante incremento de la creación de
plusvalía.
La teoría de la plusvalía de Marx pone de relieve el
modo como en la sociedad burguesa tiene lugar el
proceso de explotación del obrero por el
capitalista.
Demuestra que sólo el trabajo de los obreros
asalariados es la fuente constante e inagotable de las
riquezas que afluyen a los capitalistas. La teoría
de la
plusvalía pone al desnudo la doblez de quienes
afirman que el régimen burgués descansa en la igualdad de los obreros y
capitalistas y en la armonía de sus intereses. Esta teoría revela la
irreductible contradicción, cada vez
más honda, entre
los intereses del capital y del trabajo y moviliza a las masas para la
lucha contra el capital.
4. El
salario
La teoría del salario afecta a los intereses vitales
de las clases de la sociedad burguesa y es uno de los problemas más candentes
de la ciencia económica.
Bajo el capitalismo, el salario es el precio de la
fuerza de trabajo.
Se crea, sin
embargo, la falsa
apariencia de que es el precio del trabajo, de que
el capitalista retribuye al obrero su trabajo y todo su
trabajo. La realidad es que el trabajo crea valor,
pero no tiene valor
de por sí.
Lo que el
capitalista retribuye al obrero no es en modo alguno su trabajo,
sino su fuerza de trabajo. "...El salario no es
lo que
parece, no es el valor -o precio- del trabajo, sino
una forma enmascarada del valor -o precio- de la fuerza de
trabajo."113 Como el salario no se
presenta como lo que realmente es, Marx lo denomina forma metamorfoseada del
valor, o precio, de la fuerza de trabajo.
La cuantía del salario viene integrada por dos
elementos: a) el puramente físico, en el que entra el valor de los medios
absolutamente necesarios para la vida del obrero, la conservación de su
capacidad de trabajo y el sustento de su familia; b) el histórico o social, que
depende del nivel de las necesidades vitales
y demandas culturales
en que se
formó la clase obrera de cada
país concreto.
Los capitalistas tratan de rebajar el salario hasta
su mínimo físico. La clase obrera lucha para elevar su nivel de vida. Por eso
el movimiento del salario depende sensiblemente de la lucha de clase del
proletariado, de su organización, del grado de su resistencia al capital. La
lucha de la clase obrera por mejorar las condiciones de trabajo y elevar su
nivel de vida, dentro del régimen de propiedad privada sobre los medios de
producción y del poder político de la burguesía, puede aliviar su situación; no
afecta, sin embargo, a las bases del régimen capitalista y no puede emancipar a
los trabajadores de la esclavitud asalariada a que los capitalistas los tienen
sujetos.
En la sociedad capitalista imperan dos formas
fundamentales de salario: por tiempo y por piezas. El
salario por tiempo expresa directamente el valor de
la
fuerza de trabajo por horas, días, semanas o meses.
Se trata del pago de una hora, un día, una semana o
un mes de trabajo. El salario por piezas se
determina
a base del salario por tiempo. Supongamos que el
salario de una hora es de 90 centavos. Si en el transcurso de una hora el
obrero produce dos piezas, percibirá 45 centavos por cada una de las piezas
fabricadas.
El salario por piezas empuja al obrero a trabajar
con la
intensidad máxima. Siguiendo
nuestro ejemplo, si en vez de dos piezas produce tres, su salario
aumentará el 50 por ciento. Pero la época de bonanza le dura muy poco. El
capitalista no tarda en revisar las tarifas y el beneficio de la intensificación
del trabajo es para él en última instancia. El sistema en cadena y otras
máquinas cuyo movimiento obliga
113 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas, t. II,
Moscú, 1955, pág. 20.
al obrero a trabajar sin descanso y con una enorme
tensión, permite a los capitalistas, con el salario por tiempo, alcanzar una
extraordinaria intensidad del trabajo.
El incremento de la producción a expensas de la
intensidad del trabajo aumenta el valor de la fuerza de trabajo, pues ésta es
invertida en cantidad mayor. Ha de seguir, pues, un aumento del salario, pero
éste, ordinariamente, no corresponde al ascenso de la intensidad del trabajo.
Refiriéndose a que el crecimiento del precio de la
fuerza de trabajo no significa en modo alguno que se
eleve por encima de su valor, Marx observa:
"Puede
ir acompañado, al contrario, de la caída de su
precio por debajo del valor. Esto último tiene lugar en todos
los casos en que la elevación del precio de la
fuerza de trabajo no compensa su acelerado desgaste."114
Bajo el capitalismo, el aumento del salario se
produce únicamente como
resultado de una empeñada lucha de clases y siempre es una
reacción tardía al aumento del valor de la fuerza de trabajo como consecuencia
de haber crecido la intensidad de éste. Se produce después de su disminución
(por ejemplo, en las fases de reactivación y ascenso que siguen a las crisis
económicas) o cuando se ha producido un brusco descenso del salario real por la
inflación, la subida impuesta por los monopolios a los precios de los artículos
de consumo, aumento de alquileres, de impuestos, etc. Si los obreros
renunciasen a la lucha diaria con el capital por el mejoramiento de su nivel de
vida, se convertirían, según palabras de Marx, en "una masa insensible de
pobres negligentes que no tendrían ya salvación".115
Los partidos comunistas y obreros consideran un
deber sagrado mantener la lucha no sólo por los fines últimos, sino también por
las necesidades inmediatas de la clase obrera.
5. El
aumento de la ganancia como fin y límite de la producción
capitalista
La ganancia es el resorte y el fin principal que mueve
al capitalista. Para éste la producción no es más que un medio de obtener
beneficios. En cuanto al consumo de las masas populares, la economía
capitalista no lo toma en cuenta más que como condición indispensable para la
obtención de ganancias; fuera de esto, el problema del consumo pierde para el
capitalista todo sentido.
El
capital busca por todos los medios el incremento de la masa y
de la cuota de ganancia.
La cuota de ganancia expresa la relación entre la
plusvalía y el conjunto del capital invertido en la
empresa. Es el índice de la rentabilidad de la empresa capitalista.
En el proceso
de producción de
la plusvalía
114 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 407.
115 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I,
Moscú, 1955, pág.
406.
existen diferencias entre los distintos sectores de
la industria. En unos,
el patrono se
ve obligado a invertir la mayor parte de su capital en
medios de producción: locales, máquinas, etc., que no rinden de por sí
ganancia, aunque son
necesarios para obtenerla. En
otros sectores, que necesitan menos recursos
técnicos, la parte
mayor del capital
se destina a contratar mano de obra. La proporción entre el capital fijo
y el variable determina la composición orgánica del capital, tanto en una
empresa concreta como en un sector entero de la industria. Cuanto mayor es la
parte del capital fijo, más elevada es, en todo el capital, la composición
orgánica.
Ganancia
media.
En los sectores
con un capital
de distinta composición
orgánica, capitales iguales proporcionan
una plusvalía diferente. En los sectores con un
capital
de baja composición
orgánica, la plusvalía
será mayor que en aquellos donde tal composición es alta.
Sin embargo, los sectores de distinta composición
orgánica de su capital no podrían coexistir si los
capitalistas no obtuviesen una ganancia igual a capitales iguales. En efecto,
¿qué sentido tendría para ellos imponer su capital en un sector de baja cuota
de ganancia? Los hechos demuestran que capitales iguales, colocados
en sectores distintos
de la industria, proporcionan
una ganancia que
más o menos es
la misma, cualquiera
que sea su composición orgánica. Esto es así porque,
además de la competencia entre los capitalistas de un mismo sector por la venta
de mercancías iguales, existe la competencia entre sectores por una inversión
más ventajosa del capital. La afluencia de capitales de un sector a otro hace
que en unos se eleven los precios, mientras que en otros bajan. El capital
abandona los sectores en los que se advierte superproducción de mercancías, una
brusca baja de los precios, donde las empresas quiebran, y se dirige a los
sectores en que la escasez de mercancías ha hecho subir los precios. Por lo
tanto, tiene lugar una equilibración espontánea de la cuota de ganancia de los
sectores industriales con distinta composición orgánica de capital y se forma
una cuota media (general) de ganancia. Todo el conjunto de la plusvalía
producida por la clase obrera, gracias a tal afluencia y retirada de capitales,
se distribuye entre los capitalistas en proporción aproximada a la cuantía de
sus inversiones.
Precio
de producción.
Bajo el capitalismo,
al equilibrarse la cuota de ganancia
los precios de
las mercancías vienen
determinados
por el precio
de producción, que es
igual a los gastos de producción más la ganancia
media. Cada capitalista trata de obtener a cambio de su mercancía un precio que
no sólo le reintegre los gastos de producción,
sino que le
proporcione siquiera sea la ganancia media, ordinaria y normal en un
momento dado y en cada país. El precio de producción de un artículo concreto
puede ser, pues, superior o inferior al valor, aunque el conjunto de precios de
producción es igual al conjunto de valores de todas las mercancías.
No es difícil
convencernos de que
esto es así, Bastará para ello el ejemplo siguiente:
Supongamos que el valor de las mercancías en los
sectores de una elevada composición orgánica
asciende a 120
unidades monetarias (capital
constante,
90; variable, 10;
plusvalía, 20 unidades
monetarias)
y que en
los sectores de
baja composición orgánica es de 140 unidades (capital constante, 80;
variable, 20; plusvalía, 40 unidades monetarias).
En estas condiciones
el precio de
producción, igual al capital desembolsado y a la ganancia media,
será:
100 + 20+40 = 130 unidades monetarias.
2
Las
mercancías de los
sectores de elevada composición orgánica
se venden a
10 unidades
monetarias por encima de su valor, mientras que las
mercancías de sectores con una baja composición
orgánica del capital lo son a 10 unidades por debajo de su valor. Las
desviaciones respecto del valor se compensan mutuamente y el conjunto de
valores de todas las mercancías (120 + 140 = 260) coincide con el conjunto de
los precios de producción (130 + 130
= 260).
La teoría de la ganancia media y del precio de
producción es muy importante para comprender las
tareas
fundamentales de la
lucha de clase
del
proletariado. Nos hace ver que cada capitalista está
interesado en elevar no sólo el grado de explotación de sus obreros, sino
también de la clase obrera en su conjunto, pues, en última instancia, las
ganancias del capitalista son la parte que le corresponde del total de la
plusvalía producida por la clase obrera. Se comprende, escribía Marx, por qué
"los capitalistas, que revelan tan escasos sentimientos fraternales
cuando compiten unos
con otros, forman
una auténtica hermandad masónica cuando se trata de la lucha contra la
clase obrera en su conjunto".116
La teoría de la ganancia media revela, pues, la
base material de
la solidaridad de
clase de los
capitalistas. A esta solidaridad, que descansa en la
aspiración egoísta a sacar del obrero todo cuanto se
pueda, la clase obrera opone su solidaridad propia,
que se asienta en el legítimo deseo de poner fin a
la
explotación capitalista. La lucha de la clase obrera
contra el poder del capital no puede limitarse a la acción contra uno u otro
patrono por mejorar las condiciones de trabajo en una empresa o en un sector de
la producción. La meta final que la clase obrera persigue en su lucha es la
destrucción del sistema de la explotación capitalista, la destrucción del
régimen social de la burguesía.
116 C. Marx. El Capital, ed. cit., t. III, pág. 206.
La teoría de la ganancia media muestra que la
competencia de los
capitalistas en los
distintos
sectores
de la producción
reduce las diferentes
ganancias a una ganancia media, cualquiera que sea
la composición orgánica del capital en uno u otro sector. La cuota de ganancia
media varía con el tiempo, mas en cada período y en cada país es un valor
bastante estable, que todos los hombres de negocios tienen en cuenta.
Beneficio
del patrono e interés.
La ganancia capitalista se descompone en beneficio del
empresario e interés.
El patrono
capitalista no se limita de ordinario a operar con
sus propios recursos. También
pone en juego
sumas
recibidas a crédito. La parte de la ganancia que el
capitalista cede por el derecho a manejar el capital de otro capitalista o de
un Banco se denomina interés.
La ganancia menos el interés que el capitalista
satisface por las sumas recibidas a crédito recibe el
nombre de beneficio del patrono. Los Bancos
capitalistas actúan de
intermediarios en los
pagos entre los capitalistas, reúnen (por imposición en sus
cuentas corrientes y otras operaciones) efectivos y
beneficios en metálico y los ponen a disposición de
los capitalistas. A la vez que cooperan al
desarrollo de la producción capitalista y a la centralización del capital, los
Bancos incrementan la
dominación de
este último sobre el trabajo y crean las condiciones
para que
el gran capital
disponga, además de sus
propios medios, de una parte cada vez mayor de los
recursos económicos e ingresos de las restantes capas
de la población.
La ganancia
como límite de la producción capitalista.
Los economistas burgueses presentan la ganancia
capitalista como el mejor de los estímulos para el
progreso técnico y el incremento ilimitado de la producción. Silencian el hecho
de que la ganancia capitalista es el fruto de la explotación y del agotamiento
de la mano de obra; no dicen que la subordinación de la producción al principio
de la ganancia capitalista, lejos de constituir un estímulo, es el límite de la
producción capitalista. Los capitalistas producen sólo y en la medida en que
ello les resulta beneficioso. A menudo, y particularmente en nuestros tiempos,
reducen la producción, frenan el progreso técnico y destruyen grandes
cantidades de productos con el único fin de elevar la cuota de ganancia. Más
aún, los monopolios capitalistas desencadenan guerras y causan a la humanidad
daños sin cuento con el único fin de asegurar sus ganancias.
6. Desarrollo del capitalismo en la agricultura. Renta de la tierra
Las leyes económicas del capitalismo rigen por igual
en la industria y en la agricultura.
Con los avances de la división social del trabajo,
los productos agrícolas comienzan a ser producidos
para la venta
y se convierten
en mercancías. La
agricultura pasa a ser una rama de la economía que
produce mercancías. Entonces se inicia una reñida competencia entre los
distintos productores de mercancías,
competencia que coloca
en situación muy difícil a los
pequeños agricultores, que son los que poseen menos tierra, animales de labor y
aperos. Los pequeños productores
se arruinan en
masa y pasan a
engrosar las filas
de los proletarios.
Una parte considerable de la producción se concentra en las capas altas,
capitalistas, del campo. Fórmanse dos grupos extremos: el de los campesinos
pobres y braceros y el de la burguesía rural (campesinos ricos, capitalistas y
terratenientes más o menos aburguesados, que se conservan en muchos países
capitalistas). Entre esos dos grupos se encuentran los campesinos medios.
Si
comparamos el proceso
de desarrollo del capitalismo en la agricultura y la industria,
advertiremos
un atraso incomparablemente mayor
del
primero. No ocurre
así sólo en
los países atrasados, donde
el avance del
capitalismo en la
agricultura se ve frenado por las supervivencias del
feudalismo, sino también, en cierta medida, en los
países en que el capitalismo ha alcanzado un gran desarrollo. Una de las causas
más importantes de que así ocurra es que parte de la plusvalía creada en la
agricultura se la apropia la clase parasitaria de los propietarios en forma de
renta de la tierra.
La
renta de la tierra.
En la agricultura capitalista, a diferencia de lo
que ocurre en la industria, todo el valor creado se divide
entre tres clases. Los obreros agrícolas perciben el
salario, el capitalista
arrendatario se queda
con la
ganancia media ordinaria y el propietario del suelo
recibe la renta. Ahora bien, ¿de qué manera aparece en la agricultura, además
de la ganancia ordinaria
sobre el capital, una parte especial de plusvalía
que en forma de renta es percibida por los propietarios
del suelo de los capitalistas arrendatarios?
Para responder a esta pregunta, Marx se detiene en algunas características económicas de la
agricultura. Las distintas tierras, cultivadas por
diversos agricultores, no
son iguales ni
por su
fertilidad ni por su situación respecto del mercado.
La tierra de mejor calidad, con el mismo desembolso, dará mejores cosechas que
las de calidad inferior. Lo
mismo ocurrirá en cuanto a la proximidad o
alejamiento del mercado.
Cuanto más cerca
del
mercado esté la tierra, menos costoso será el
transporte de los productos y más ventajosa resultará su explotación.
En aras de
la brevedad, podemos
resumir estas diferencias (de fertilidad y de
proximidad al mercado) como diferencia entre tierras
mejores y peores. Ahora bien, los capitalistas han
de compensar sus gastos y percibir la ganancia media no sólo en las tierras
mejores y medianas, sino también en las peores. De ahí que el precio de
producción de los productos agrícolas sea igual a los gastos de producción en
las tierras peores más la ganancia media.
Y las tierras
mejores y medianas proporcionan, además de la ganancia
media, cierto excedente que el arrendatario ha de entregar al dueño de la
tierra.
El
excedente obtenido en
la tierra de
mejor calidad o más próxima al mercado -respecto de la
tierra
peor o más
alejada- se denomina
renta
diferencial I, puesto que se obtiene por la
diferencia en la calidad
de las tierras.
Esta diferencia de
fertilidad y situación de los campos es, sin
embargo,
más que la
condición, la base
natural para la aparición de la renta diferencial I. El
origen de ésta es la plusvalía creada por los obreros agrícolas.
El excedente puede ser obtenido por el capitalista
arrendatario en campos de cualquiera calidad
mediante la inversión de nuevos recursos que le
permitan recoger cosechas
mayores que las
que rinden los peores
campos, es decir,
los que
determinan el precio de la unidad de producción. La
ganancia complementaria obtenida por la inversión
de nuevos capitales en la tierra explotada, o sea
por la intensificación de la agricultura, se denomina renta diferencial II. Si
es obtenida antes de la extinción del
viejo contrato de arrendamiento, la renta
diferencial
II va a
parar al bolsillo
del capitalista. Pero
al estipular un nuevo contrato, el propietario del suelo
acostumbra
a tener en
cuenta el resultado
de la
intensificación de la agricultura y eleva la tasa de
arrendamiento para incluir en ella la renta diferencial II.
La economía política burguesa atribuye el origen
de la
renta diferencial a
una supuesta "ley
de la
fertilidad decreciente del suelo". Marx y Lenin
demostraron que esa imaginaria ley no tiene relación alguna con la teoría de la
renta. Ha sido inventada
por los economistas y propagandistas burgueses con
objeto de quitar
a los capitalistas y
grandes
propietarios la responsabilidad del encarecimiento
de los productos agrícolas, de la miseria de las masas y de la bárbara
explotación de la tierra, cargando la
culpa de todo esto a la acción de esa supuesta
"ley" eterna e inmutable.
Uno de los
fundadores de la
economía política vulgar, Malthus, se apoya en tal
"ley" para manifestar que el crecimiento de la población será
siempre más rápido
que el de la
producción del campo; y por eso, dice, para mantener
el "equilibrio" se necesitan las guerras, las epidemias
y la restricción
artificial de la
natalidad entre las clases necesitadas. Los malthusianistas
de nuestros días esgrimen la
supuesta "ley de la fertilidad
decreciente del suelo" para justificar las
guerras de agresión y el exterminio en masa de la gente.
La apropiación de la renta diferencial por los
propietarios del suelo, que de ordinario la destinan a fines no productivos, es
un lastre que frena el desarrollo de la agricultura. Aún es mayor el
significado que en
este sentido tiene
la renta absoluta.
Las tierras peores, como antes se decía, no
proporcionan renta diferencial. Pero sus dueños no las entregan a los patronos
capitalistas sin compensación alguna, sino a cambio de una renta.
¿De dónde procede, pues, la renta de las tierras
peores?
Sabemos
que sólo el
capital variable produce
plusvalía. Los recursos técnicos empleados en la
agricultura se hallan a un nivel inferior que en la
industria.
Esto es así
porque los capitalistas,
que
toman en arriendo la tierra por un plazo
determinado, no invierten en la adquisición de máquinas, construcción de
edificios, etc., tantos recursos como los
industriales en sus
empresas. Como la composición orgánica del capital es más
baja, el volumen de la plusvalía, a capitales igualas, es en la agricultura
mayor que en la industria. Supongamos que con unos gastos de producción de 100
unidades monetarias, en la industria corresponden 90 al capital constante y 10
al variable, y en la agricultura 80 y 20, respectivamente. En este caso, la
plusvalía en la industria (con una cuota de explotación del 100 por ciento)
será de 10 unidades monetarias, y en la agricultura de 20. En virtud del
monopolio de la propiedad privada sobre la tierra, en la agricultura no puede
tener lugar la libre fluctuación de capitales. Por consiguiente, no puede
producirse una nivelación entre las cuotas de ganancia de la industria y de la
agricultura.
Por esto, los precios de las mercancías agrícolas no
se ajustan al precio de producción, sino al valor.
La diferencia entre uno y otro es lo que forma la
renta absoluta. Al mismo tiempo, será la diferencia
entre la más elevada plusvalía de la agricultura y la menos elevada de la
industria (en nuestro ejemplo, dicha diferencia es de 10 unidades monetarias).
El tributo que la sociedad viene obligada a
satisfacer a los
grandes propietarios en
forma de
renta de la tierra encarece los productos
alimenticios
y las primeras materias agrícolas, empeorando, por
tanto, la situación de las masas trabajadoras de la
ciudad y del
campo. Los propietarios
del suelo
perciben también tributo de las empresas de la
industria extractiva, lo cual eleva los precios de los minerales. La renta
aumenta en las ciudades el precio de los solares, con el consiguiente
encarecimiento de los alquileres. El incremento de la renta empeora también la
situación de los agricultores que carecen de tierra propia.
El
arrendamiento y la mina de los campesinos pequeños y medios.
La tasa que el granjero capitalista entrega en
concepto de arrendamiento al dueño de la tierra es el excedente de la plusvalía
sobre la ganancia media. Propietario y capitalista se reparten el trabajo no
retribuido a los obreros. Otra es la situación de los campesinos pequeños y
medios, a los que el dueño de la tierra que ellos toman en arriendo les despoja
no sólo de todo el producto complementario, sino también parte del producto
necesario. Muy a menudo el pequeño arrendatario termina por arruinarse definitivamente.
La
teoría marxista de
la renta de
la tierra demuestra con
precisión científica la
oposición en que se encuentran
los intereses de la gran masa de los campesinos
y de los
grandes terratenientes. La marcha de la historia confirma el análisis
de Marx y señala que los campesinos trabajadores únicamente pueden defender sus
derechos convirtiéndose en aliados del proletariado en la lucha contra el
capitalismo.
7.
Reproducción del capital social y crisis económicas
Para reemplazar los medios de producción y de vida
(máquinas, alimentos, vestidos, etc.), sometidos a continuo desgaste y consumo,
los hombres han de producir nuevos bienes materiales. Este proceso de
renovación constante de la producción se denomina reproducción, la cual tiene
lugar lo mismo dentro de cada empresa que en cuanto a la sociedad en su
conjunto.
La reproducción es simple, cuando el volumen de
la producción no
varía, y ampliada,
cuando el proceso de producción
se repite cada año en escala ascendente. Lo propio del capitalismo es la
reproducción ampliada.
Marx fue el primero en ofrecer un análisis
científico de la reproducción ampliada. El proceso de la reproducción simple
proporciona al capitalista un producto de más valor que el capital invertido.
El capitalista realiza las mercancías producidas por los obreros y de nuevo se
ve en posesión de una suma que le permite explotar a los obreros asalariados.
Los proletarios en cambio, al terminar el proceso de producción, siguen como
estaban, y de nuevo han de vender al capitalista
su fuerza de
trabajo. Por lo tanto, del análisis de la reproducción
simple de un capital individual se deduce que en el curso de la reproducción
capitalista se renuevan sin cesar las relaciones de explotación propias de este
sistema. Dicho análisis nos muestra también que, con la reproducción simple, el
capitalista podría agotar muy pronto la suma invertida en un principio, pues
toda la plusvalía producida por los obreros es consumida personalmente por él.
Si invierte en la producción
100.000 dólares y retira cada año 10.000 para sus
necesidades propias, al
cabo de diez
años habría
consumido su capital si no obtenía ganancia alguna.
Pero transcurren los diez años y el capitalista
sigue obteniendo ganancias. Por consiguiente, todo su capital es, en esencia,
plusvalía acumulada, que los obreros crearon con su trabajo y que el
capitalista se apropia a título gratuito.
El
análisis que Marx
hace de la
reproducción simple del capital social pone de manifiesto las leyes
que
rigen el movimiento
de toda la
economía
capitalista en su conjunto. Marx señala la
imposibilidad de establecer la ley de la reproducción
del
capital social si
la producción social
no es
dividida en dos grandes secciones: producción de
medios de producción
(primera sección) y producción de artículos de consumo (segunda
sección). El análisis del movimiento del producto social producido en su forma
natural de medios de producción y de artículos de consumo hay que combinarlo
también con el análisis en su forma de valor. Para ello, del valor del producto
social anual conjunto, es decir, de toda la masa de medios de producción y de
artículos de consumo producidos por la sociedad en un año, hay que separar la
parte destinada a compensar el capital fijo consumido en el año, la
parte destinada a
compensar el capital variable y la plusvalía producida
durante el año. Son las tres partes integrantes en que se descompone el valor
de la producción obtenida durante el año por cada una de las secciones de la
producción social.
Marx se fija
la tarea de
poner en claro
las condiciones de realización del producto social dentro
de la sociedad
capitalista. Para que
todos los
capitalistas puedan vender, es decir, realizar las
mercancías producidas en sus empresas, se necesita una determinada relación
entre la sección primera y la segunda. Con la reproducción simple es necesario
que el conjunto del capital variable y la plusvalía sea igual al capital
constante de la segunda sección: I (v
+ p) = IIc. Con el intercambio recíproco de estas
partes del producto social, los obreros y capitalistas
de la primera sección reciben artículos de consumo,
y
los capitalistas de la segunda sección reciben
capital constante para la nueva producción. Por lo tanto, la
primera sección asegura a ambas secciones medios
de producción y la segunda proporciona artículos de
consumo a los obreros y capitalistas de ambas secciones.
En la reproducción
ampliada, el conjunto
del capital variable y la plusvalía de la primera sección
es
superior al valor
del capital constante
de la segunda sección I (v + p)
> II c. La diferencia entre el primer valor y el segundo forma el excedente
que
pasa a formar la acumulación. Al incrementarse ésta,
la parte del capital constante crece y disminuye la del
capital variable. El más rápido incremento del
capital constante con relación al variable es ley de la acumulación del
capital. De esta ley se desprende
que el capital constante, en cada una de las
secciones, crece más deprisa
que el capital
variable y la
plusvalía. Pero si el capital constante de la
primera sección aventaja en su incremento al capital variable y a la plusvalía
de su misma sección, tanto más aventajará al capital constante de la sección
segunda, pues hemos visto ya que este último tiene un crecimiento más lento que
el capital variable y la plusvalía de la primera sección. Por lo tanto, en la
reproducción ampliada el incremento mayor corresponde a la producción
de medios de producción para la producción de medios de
producción y luego a la producción de medios de producción para la producción
de artículos de consumo; donde el avance es menor es en la producción de
artículos de consumo.
El incremento preferente de la producción de medios
de producción es ley económica de toda reproducción ampliada. De otro modo ésta
no podría tener efecto.
El resorte que mueve a la ampliación de la
producción bajo el capitalismo es el deseo de obtener
una
plusvalía cada vez
más voluminosa. A ello
empuja también la competencia. En el curso de la
reproducción capitalista ampliada
se repiten, sobre una base más
amplia, las relaciones de la explotación capitalista, crece el ejército de
obreros y sigue adelante el proceso de concentración y centralización del
capital.
El análisis que Marx hace de la reproducción simple
y ampliada del capital social nos muestra que
la proporcionalidad entre las secciones primera y
segunda y entre los distintos sectores dentro de cada
sección puede ser establecida sólo a través de las
crisis económicas y para un tiempo muy breve; la
reproducción capitalista presenta contradicciones
antagónicas que hacen inevitables las crisis económicas de superproducción.
Crisis
económicas de superproducción.
La tendencia de los capitalistas a aumentar
ilimitadamente la producción, en unas circunstancias en que el consumo se ve
reducido al estrecho marco de la demanda solvente de las masas, halla una
salida en el incremento preferente de la producción de medios de
producción. La ampliación
de la producción de medios de
producción bajo el capitalismo, a la vez que una expresión del progreso
técnico, es como un refugio provisional para eludir las dificultades
de venta originadas
por la insuficiente solvencia de
las masas. Ahora bien, la ampliación de la producción, cuando la producción de
artículos de consumo se ve limitada por los bajos ingresos de las grandes
masas, conduce periódicamente a crisis de superproducción. Como la meta final
que la producción se marca es la producción de artículos de consumo, la causa
última de todas las crisis económicas, según indicaba Marx, es la miseria y el
limitado consumo de las masas. Aquí podemos apreciar la contradicción
fundamental del capitalismo, la que se produce entre el carácter social de la
producción y la apropiación capitalista privada o individual.
La primera crisis general de superproducción tuvo
lugar en Inglaterra, en 1825. A partir de entonces se
vinieron
repitiendo, primero cada
diez años
aproximadamente y luego en períodos menos
determinados. Entre 1825 y 1938 Inglaterra conoció trece crisis económicas. En
los otros países capitalistas. que entraron posteriormente en la vía de la gran
industria maquinizada, las crisis tardaron algo más en manifestarse.
La crisis económica es la superproducción de
mercancías, la acumulación al
máximo de
dificultades para su venta, la caída de los precios
y el rápido descenso de la producción. Durante las crisis
crece bruscamente la desocupación, desciende el
salario de los obreros que todavía trabajan, las relaciones crediticias se
trastornan y sobreviene la
ruina de muchos patronos, especialmente de los
pequeños.
Durante la crisis y en el período de depresión que
ordinariamente sigue a
ella, los "stocks" de mercancías
se van realizando
poco a poco
a bajo
precio (pues, como ya dijimos, los precios
experimentan una caída). Movidas por el deseo de
aumentar la productividad del trabajo, para obtener
una ganancia aun con precios bajos, los capitalistas empiezan a renovar el
equipo de sus empresas. Esto
origina la demanda de medios de producción. El
mercado se reactiva poco a poco y luego experimenta
un auge. Esta sucesión de crisis, depresión,
reactivación y auge, para volver de nuevo a la crisis,
demuestra que la producción capitalista se
desarrolla cíclicamente, es decir, que realiza una rotación en la que se
repiten unas mismas fases, lo mismo que se
suceden el invierno y el verano. La reproducción
ampliada capitalista no es un proceso continuo. La
sucesión de ascensos y caídas y depresiones, las
interrupciones constantes en el incremento de la producción son
ley de la
reproducción ampliada
capitalista. "La producción capitalista
-escribe Lenin- no puede desarrollarse más que a saltos, dando dos pasos
adelante y uno (y a veces dos) atrás."117
Las crisis son un producto de la contradicción
fundamental del capitalismo, la que existe entre el carácter social de la
producción y la apropiación privada del fruto del trabajo. El carácter social
de la producción se manifiesta, primero, en el desarrollo de la
especialización de la
producción y de la
división del trabajo, con lo que los distintos sectores son parte
integrante del proceso
social de producción; y segundo,
en la concentración de la producción en empresas cada vez mayores. Lo uno y lo
otro crean enormes posibilidades para que la producción se
ensanche. En el
período de
formidable incremento que experimenta, afecta sobre
todo a la producción de medios de producción. Mientras se
construyen nuevas fábricas,
líneas férreas, centrales eléctricas, etc., crece en cierta medida la
demanda de nueva mano de obra, y por consiguiente, de artículos de consumo,
pero este incremento está lejos de hallarse a la altura del que experimenta la
demanda de medios de producción. De ahí que tarde o temprano, en virtud de la
anarquía de la producción que en sí encierra el capitalismo, las enormes
posibilidades de la gran industria para su ampliación acaban por chocar con los
estrechos límites del consumo, con la incapacidad de los mercados para ir a la
par del incremento de la producción. La gran masa de productos lanzados al
mercado no puede ser absorbida por el comprador medio, pues a ello se opone la
limitación de su demanda solvente, de sus ingresos.
En su conocido
artículo "Carlos Marx",
V. 1. Lenin señala
que la posibilidad
de la rápida
ampliación de la industria "en relación con el
crédito
y la acumulación del capital en los medios de
producción, proporciona, entre otras cosas, la clave para comprender las crisis
de superproducción que periódicamente advienen en los países capitalistas,
primero cada diez años por término medio y luego en períodos de tiempo más
prolongados y menos definidos”.118
La acumulación en los medios de producción explica
también el carácter periódico de las crisis.
El bajo nivel de los precios y la agudización de la
competencia en el período de depresión obligan a los
capitalistas a reemplazar el equipo moralmente envejecido por otro nuevo, es
decir, a renovar el capital fijo (utillaje, máquinas, instrumental). A fin de
no quedarse atrás de sus competidores, cada patrono trata de disminuir los
gastos de producción mediante perfeccionamientos técnicos. "...La crisis -
escribía Marx- es siempre el punto de partida para nuevas y grandes inversiones
de capital. Por consiguiente, si tomamos la sociedad en su conjunto, la crisis
crea, en mayor o menor grado, una nueva base material para el siguiente ciclo
de rotaciones."119
Las crisis son prueba de la creciente discordancia
que existe entre las relaciones burguesas de producción y el carácter de las
modernas fuerzas productivas. Son una muestra irrefutable de la limitación del
modo capitalista de producción, de su incapacidad para
abrir amplios horizontes
al desarrollo de las fuerzas productivas.
Las crisis de superproducción demuestran que la
sociedad moderna podría proporcionar una cantidad
incomparablemente mayor de productos destinados a
mejorar
la vida de
los trabajadores si los
instrumentos y medios de producción fueran puestos en juego no para obtener una
ganancia capitalista,
reactivación,
y especialmente en
el de auge,
el
118 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, págs.
47.48.
117 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. V, pág. 71.
119 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. II, pág. 182.
sino para satisfacer las demandas de todos los
miembros de la sociedad. Pero esto sólo es posible convirtiendo en social la
propiedad privada sobre los medios de producción.
8. La
ley general de la acumulación capitalista
Los avances de la gran industria maquinizada, de la
agricultura y las demás esferas de la economía nacional traen como resultado
que para la producción
de una misma cantidad de productos se necesite un
número cada vez más reducido de obreros. Con otras
palabras, al desarrollarse el capitalismo, la parte
del capital invertida en
medios de producción (capital fijo) crece, mientras
disminuye la parte invertida en
la fuerza de trabajo (capital variable).
Este crecimiento más rápido del capital fijo que del
variable trae consigo un descenso relativo de la
demanda de mano de obra en la producción, aunque
el
número total de
obreros industriales crece
a medida que el capitalismo se desarrolla. Bajo este
sistema,
el progreso técnico
condena a la
desocupación a millones de hombres. En la sociedad
burguesa la amenaza del paro se cierne constantemente sobre
todos y cada
uno de los obreros, que jamás pueden mirar con
confianza el día de mañana.
A la luz de la teoría de la acumulación capitalista
expuesta por Marx se hacen evidentes los errores de la economía política
clásica burguesa. A. Smith y D. Ricardo suponían que la demanda de mano de obra
aumenta proporcionalmente al incremento de la producción y que en el curso de
la acumulación capitalista la situación
de la clase
obrera ha de mejorar obligatoriamente. Lo que en
realidad ocurre es que la acumulación capitalista acelera el desplazamiento de
los obreros por la máquina y crea el ejército industrial de reserva.
"Cuanto mayor es la riqueza social, el capital
en funciones, las proporciones
y la energía
de su
incremento, y, por consiguiente, cuanto mayor es el
número absoluto de los proletarios y la fuerza
productiva de su trabajo, tanto mayor es el ejército
industrial
de reserva... El
volumen relativo del
ejército industrial de reserva crece al
incrementarse las fuerzas de la riqueza. Pero cuanto mayor es este ejército de
reserva en comparación con el ejército obrero en activo, tanto más extensa es
la superpoblación permanente, la miseria de la cual es inversamente
proporcional al suplicio de su trabajo... Esto es ley absoluta y general de la
acumulación capitalista" (Marx).120
Cuanto mayor es el ejército industrial de reserva,
tanto peor es la situación de los obreros ocupados, porque el
capitalista puede despedir
a los descontentos y
"exigentes"
valiéndose de que siempre encontrará quien los sustituya
entre los desocupados.
Bajo el predominio de la propiedad capitalista sobre
los medios de producción el progreso técnico significa el aumento de las
ganancias de los capitalistas, mientras que las grandes masas de la población
ven cómo su situación se agrava sin que puedan satisfacer sus necesidades.
Empeoramiento de
la situación de
la clase obrera.
La agravación de las condiciones de vida de los
trabajadores se pone de relieve con singular vigor en
los períodos de crisis de superproducción, cuando la
desocupación crece, bajan
los salarios y se
incrementa el proceso de ruina de los productores
pequeños y medios. En el proyecto de Programa del
P.C. (b) de Rusia, V. I. Lenin escribía: "Las
crisis y los períodos de depresión industrial... aumentan la
dependencia
del trabajo asalariado
respecto del
capital y
conducen a una agravación relativa,
y a veces absoluta, de la situación de la clase obrera."121
La situación de los trabajadores puede empeorar
también cuando el salario experimenta cierto
incremento. Al crecer la intensidad del trabajo, se hace necesaria una mejor
alimentación, asistencia médica, etc. Y cuando estas crecientes necesidades no
son atendidas, la situación de la clase obrera empeora, incluso si su salario
ha aumentado un tanto.
Más evidente todavía
es el empeoramiento relativo de la situación de los
obreros, es decir, la
disminución de la parte de la clase obrera en la
renta nacional que siempre se observa en el capitalismo.
Ello
define la situación
de la clase
obrera con relación a los capitalistas.
El incremento de la
riqueza
social conduce inevitablemente en la
sociedad burguesa a una mayor desigualdad entre los capitalistas y
los obreros. La
tendencia a la
agravación
de la situación
de la clase
obrera conforme el capitalismo
progresa, descubierta por
Marx, sigue vigente en nuestros días.
Los críticos del marxismo se resisten a aceptarlo.
Falsifican la realidad, especulan con algunos hechos
sueltos, interpretan a su antojo ciertos fenómenos
de nuestros tiempos, y todo para tratar de demostrar que
la teoría de Marx no se ha visto confirmada y que el
capitalismo contemporáneo abre
horizontes ilimitados para el mejoramiento de la situación de la
clase obrera.
No sólo se falsifican los datos relativos a la
situación de la clase obrera, sino también la propia
teoría de Marx. Los críticos del campo reformista
burgués, con objeto de aliviar su tarea, no se paran
en barras, dan una interpretación vulgar de esta teoría y
le atribuyen afirmaciones absurdas, que ni Marx ni
los marxistas enunciaron ni defendieron jamás.
Por ejemplo, la tesis marxista de la tendencia al
empeoramiento de la situación de la clase obrera es
presentada
como un dogma
según el cual
bajo el
120 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 650.
121 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 81.
capitalismo se produce un empeoramiento absoluto y
constante, de año en año y de decenio en decenio, de las condiciones de vida de
los obreros. Pero Marx no se
refería a un
proceso constante, sino a una tendencia del capitalismo, una tendencia
desigual en los distintos países y períodos, que presenta desviaciones y
fluctuaciones y a la cual se oponen otros factores.
Uno de esos factores que se le oponen es la lucha
de la
clase obrera por
un mayor salario
y unas
mejores condiciones de vida. Después de la segunda
guerra mundial esta lucha es más eficaz que nunca.
Entonces quedó destrozado el baluarte de la reacción internacional que
significaba el fascismo alemán e italiano. Crecieron la organización y la
cohesión de la clase obrera en los países capitalistas. Y los éxitos de los
países del socialismo obligan a la burguesía a hacer concesiones a los
trabajadores.
¿Podía
esto pasar sin
dejar huella? Indudablemente que
no. Los obreros de una serie de
países han tenido ocasión de mejorar sus condiciones
de vida. Y la han aprovechado. Es evidente que esto
no puede servir ni lo más mínimo para refutar el marxismo. Sólo quienes
practican la calumnia y la falsificación pueden afirmar que, según la teoría de
Marx y Lenin, el nivel de vida de los trabajadores de todos los
países capitalistas había
de ser ahora inferior, supongamos, que a principios
de siglo.
Muchos
de los argumentos
a que gustan
de recurrir los desdichados
críticos del marxismo
se
deben a que
la acción de
la tendencia al
empeoramiento de la situación de la clase obrera
depende de la
coyuntura económica general.
Está claro que en los períodos de auge cíclico los obreros viven mejor
que en los períodos de crisis. Así hay que tenerlo presente si comparamos, por
ejemplo, la situación de los trabajadores durante la crisis y la depresión de
los años 30 y en los momentos de elevada coyuntura que han sido los de la
última década.
Tendencia histórica
de la acumulación capitalista.
La acumulación del capital hace que en empresas cada
vez mayores se concentren masas enormes de obreros y formidables medios de
producción.
La acción de las leyes internas de la producción
capitalista hace que los capitalistas fuertes aplasten a
los débiles. Junto a la centralización de capitales
o a la expropiación de muchos propietarios de empresas por un reducido
número de ellos,
se desarrolla la
aplicación consciente de la ciencia en la
producción, la explotación regular de la tierra, la conversión de
los instrumentos de trabajo en unos medios que
únicamente admiten la utilización colectiva. Llega un momento en
que se hace
no ya posible,
sino
necesaria la transformación de los medios decisivos
hasta el máximo la contradicción entre el carácter
social de la producción y la apropiación capitalista privada.
La acumulación del capital crea las premisas no sólo
objetivas, sino también subjetivas para el paso
del capitalismo al socialismo. La sociedad se
escinde,
cada vez más netamente, en un puñado de magnates y,
frente a ellos, las masas de obreros unidos por la gran producción maquinizada.
El proletariado se levanta cada vez más decididamente a la lucha contra el
capital. La clase obrera orienta sus esfuerzos hacia la transformación de la
propiedad capitalista en propiedad social. Este proceso está muy lejos de ser
tan duradero como la conversión de la pequeña propiedad privada de los
artesanos y campesinos, dispersa y basada
en el trabajo
personal, en propiedad
capitalista. Dentro de las condiciones
a que ha llegado el capitalismo, la misión de las masas populares,
dirigidas por la clase obrera, se reduce a emancipar a la sociedad del yugo de
un contado número de usurpadores.
A la vez que disminuye constantemente el número de
magnates del capital que gozan de todas las ventajas del desarrollo de las
fuerzas productivas, crece la protesta de la clase obrera, que aprende, se
agrupa y se organiza en el curso mismo del proceso de la producción
capitalista. El modo capitalista de producción
se convierte en
una traba para
el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad humana. "La
centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo
alcanzan un punto en el
que se hacen
incompatibles con la cubierta capitalista. Esta se rompe. Suena
la última hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son
expropiados."122 Tal es la
tendencia histórica de la acumulación capitalista.
Marx no dedujo de aspiraciones utópicas la necesidad
de la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en comunista,
sino sólo y exclusivamente de la ley económica objetiva del desarrollo de
la sociedad capitalista.
Al mismo tiempo demuestra que la supresión
del capitalismo será obra de los trabajadores dirigidos por la clase obrera.
Sólo poniendo fin a la propiedad privada de los
magnates del capital
y de los
grandes terratenientes sobre los medios de producción podrán las masas
populares de los
países capitalistas asegurar el
triunfo del régimen socialista y abrir un ancho camino al ulterior progreso
social.
Por consiguiente, el desarrollo regular del
capitalismo conduce inevitablemente a
la
transformación revolucionaria de la sociedad
capitalista en socialista. C. Marx, en su análisis de la
ley general de la acumulación capitalista, demostró
en el plano económico que la revolución proletaria es necesaria e inevitable.
de producción en propiedad social, porque se agudiza
122 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 766.
Capitulo IX. El imperialismo, fase superior y última
del capitalismo
A fines del siglo XIX y comienzos del XX el capitalismo
entra en una fase nueva de su desarrollo: la imperialista. Un análisis
genuinamente científico del imperialismo es el que V. I. Lenin expuso, en 1916,
en su famosa obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, y en otros
trabajos. Lenin señala que el
imperialismo es una
fase especial,
superior y última, en el desarrollo del capitalismo,
y da de él la siguiente definición: "El imperialismo es
una fase histórica especial del capitalismo. Su
particularidad es de tres órdenes: el imperialismo es
1) el capitalismo
monopolista; 2) el
capitalismo
parasitario o en putrefacción; 3) el capitalismo
agonizante."123
1. El
imperialismo como capitalismo monopolista
La concentración de
la producción y
los monopolios.
El imperialismo, fase superior del capitalismo,
empieza el estudio de la nueva etapa de desarrollo del capitalismo con el
análisis de los cambios en la esfera de la producción. Lenin determina los
cinco caracteres económicos fundamentales del imperialismo: "1)
concentración del capital, elevada a
tan alto grado
de desarrollo que
crea los monopolios, los cuales
desempeñan el papel decisivo en la vida económica; 2) fusión del capital
bancario y el industrial, dando origen al «capital financiero», a la oligarquía
financiera; 3) la exportación de
capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una
importancia singularísima;
4) se forman las alianzas monopolistas
internacionales, que se reparten el mundo, y 5) ha
terminado el reparto territorial de la tierra por
las grandes potencias imperialistas."124
La base y el punto de arranque de la transición al
imperialismo es el enorme incremento de la concentración de la producción, es
decir, el aumento
del peso de las grandes compañías en el conjunto de
las empresas y
de su parte
en el total
de la
producción; la concentración en las empresas grandes
de un volumen cada vez mayor de mano de obra y de elementos de producción. En
los Estados Unidos, por
ejemplo, en 1909, las empresas con más de 500
obreros formaban el 1,1 por ciento del total y en ellas
trabajaba el 30,5 por ciento de todos los obreros.
Durante la segunda guerra mundial y después de ella el proceso de concentración
se ha acentuado todavía
más. Así, en la industria norteamericana de
transformación y extracción, 500 grandes compañías
formaban en 1957 el 0,4 por ciento del total de las
empresas, realizaban el 55,3 por ciento de la producción y
obtenían el 71,4
por ciento de los
123 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 94.
124 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 253.
beneficios. Y de esas 500 compañías, 37 realizaban
una producción casi igual a la de las 463 restantes.
Las grandes empresas tienden a apoderarse de los
mercados, a destruir a los competidores, o ponerse de
acuerdo con ellos, y a dictar los precios. A unas
cuantas docenas de empresas gigantescas les es más
fácil llegar a un convenio que a cientos y miles de
compañías pequeñas. La tendencia al acuerdo viene también impuesta
por el deseo
de disminuir los
gastos que la competencia significa, y que en caso
contrario aumentan sin cesar. La concentración de la
producción en una determinada fase del desarrollo,
por ejemplo, cuando dos o tres compañías, todo lo más cinco, proporcionan en
las ramas fundamentales
más de la mitad de la producción industrial, conduce
inevitablemente a la aparición de los monopolios. El
monopolio es una asociación o alianza de
capitalistas que reúnen en sus manos la producción y venta de una parte
considerable, a veces fundamental, de los
artículos de una o varias ramas de la economía. El
monopolio posee una enorme potencia económica,
un gran peso en determinada esfera de la producción
y el comercio, lo cual le asegura una posición dominante, es decir, la
posibilidad de establecer unos
precios elevados y, por consiguiente, de obtener en
exclusiva grandes ganancias. Esta
situación
monopolista permite multiplicar los beneficios sin
incrementar la producción, simplemente aumentando los precios, exprimiendo al
comprador mediante un
verdadero robo organizado. El monopolio es una
agrupación de capitalistas que va dirigida contra los
obreros a los que ellos explotan. Con él les resulta
a los patronos mucho
más sencillo confabularse
sistemáticamente acerca de las medidas más eficaces
para reprimir la lucha de clase de los obreros.
Las
formas principales de
las agrupaciones
monopolistas son el cártel, el sindicato, el trust y
el consorcio.
El cártel es un convenio por el que varias grandes
empresas capitalistas se reparten los mercados de venta, establecen
el volumen de
la producción,
precios únicos, condiciones de venta, plazos de
pago, etc. Los componentes
del cártel restringen
así la
competencia y obtienen elevados beneficios. Las
empresas que componen el cártel conservan su independencia en cuanto a la
producción y a la venta.
Únicamente vienen limitadas en su actividad por las
condiciones del convenio. El sindicato se diferencia
del cártel en que sus empresas pierden la
independencia comercial. La venta de las mercancías, y a veces la adquisición
de materias primas para las
empresas que lo componen, corre a cargo de las
oficinas del propio
sindicato. En el
trust, las
empresas pierden toda su autonomía. El trust es el
que se encarga de dirigir en ellas la producción, la venta y la gestión
financiera. El consorcio es una
agrupación de empresas de distintos sectores de la
industria, casas comerciales, bancos y compañías de transportes y de seguros,
independientes en el papel, pero controladas íntegramente por un magnate del
capital o un grupo de capitalistas.
A principios de siglo los cártels adquirieron su
mayor extensión en
Alemania, sobre todo
en la
industria hullera y metalúrgica. En Rusia, la forma
más común de los monopolios eran los sindicatos. En
1887 se constituía el sindicato de los fabricantes
de azúcar. A comienzos
de siglo se
formaron varios
grandes sindicatos en la siderurgia, elaboración del
metal y otras ramas importantes de la industria rusa.
Los trusts son la forma predominante y
característica de los monopolios en los Estados Unidos. Son producto del
extraordinario crecimiento
de algunas empresas, de la fusión de muchas
compañías y de
la absorción de
las menos
importantes por las más fuertes. La primera gran
oleada de fusiones y absorciones, de 1898 a 1903, trajo consigo
la aparición de
monopolios tan
formidables como la United States Steel Corporation
y la
General Electric, los
dos pertenecientes a
Morgan. Antes aún, en 1870, se había creado el
monopolio del petróleo, la Standard Oil de Rockefeller, que a fines de siglo
reunía en sus manos
el 90 por ciento de la fabricación de productos del
petróleo en los
Estados Unidos. Refiriéndose
a la
omnipotencia de los monopolios norteamericanos, V.
I. Lenin escribía en noviembre de 1912 que cerca de un tercio de la riqueza
nacional del país, unos 80.000
millones de rublos, "pertenece a dos trusts, el
de Rockefeller y el de Morgan, o se encuentra subordinado a ellos".125
La sustitución de la competencia libre por el
monopolio es el rasgo económico más sustancial, la esencia del
imperialismo. El signo
primero y principal de éste es
que representa el capitalismo monopolista. "Si fuera necesario -escribe
Lenin- dar una definición lo más breve posible del imperialismo, habría que
decir que es la fase monopolista del capitalismo."126
El monopolio ha nacido de la competencia libre. No
significa, sin embargo, el cese de la lucha entre
las empresas, que, por el contrario, se hace aún más
encarnizada y catastrófica. Bajo el imperialismo,
esta lucha se manifiesta en tres formas.
No cesa la competencia entre los monopolios y las
numerosas empresas no monopolistas. Aunque el papel
de los monopolios es predominante, en los países capitalistas se conserva una
infinidad de empresas pequeñas y medias, sin contar a los pequeños productores,
campesinos y artesanos. Por grande que sea el poder de los monopolios, por
vigoroso que sea el proceso de desplazamiento a que están sometidas las
empresas no monopolistas, estas últimas subsisten junto a aquellos. Su
aparición es inevitable al cobrar impulso sectores nuevos en los
125 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XVIII, pág.
375.
126 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 253.
que, de ordinario, las grandes empresas no pueden
establecer su predominio desde el principio. El desplazamiento de la pequeña
economía no hay que entenderlo como una destrucción inmediata y completa. Muy a
menudo se revela en el empeoramiento de las condiciones de vida, en la excesiva
intensidad del trabajo, en el bajísimo nivel de vida de los pequeños patronos;
por eso significa un proceso largo y doloroso. El gran capital no desplaza sólo
a los productores independientes, pequeños y medios, sino también a las
pequeñas y medias empresas capitalistas. Los altos precios que los monopolios
establecen les permiten incrementar las ganancias. Esto reduce los beneficios
de las empresas no monopolistas que adquieren los productos de los monopolios.
Quien no se somete a éstos, entra en un proceso que acaba con él. Las
relaciones de libre competencia se convierten en relaciones de
dominación y, por
lo tanto, de violencia.
La competencia más reñida se mantiene también entre
los mismos monopolios. La absorción completa
de toda una
rama de la
economía por un
solo
monopolio es un fenómeno que se da muy pocas
veces. Y
tampoco garantiza contra
la aparición,
dentro
de esa rama,
de un poderoso
rival. La
competencia entre los monopolios es una lucha sin
cuartel en la que los rivales no renuncian a nada para arruinar al competidor.
Se echa mano a la violencia directa, al soborno, al chantaje y actos delictivos
de todo género.
La lucha penetra incluso en el seno de los propios
monopolios. Los capitalistas que los formaron se pelean por alcanzar los
puestos de más influencia en la dirección de las corporaciones, por la parte de
sus empresas en la producción, el comercio y los beneficios, etc.
Así, pues, la competencia engendra el monopolio,
pero el monopolio no elimina la competencia. Existe
sobre la competencia
y junto a
ella. Tampoco
eliminan los monopolios la anarquía y el caos que
reina en la producción capitalista.
Los
ideólogos burgueses exaltan
por todos los
medios la competencia como un poderoso medio de
progreso en la esfera de la producción, como un estímulo constante de la
iniciativa, de la inventiva y del espíritu emprendedor. Pero tales rasgos
progresivos sólo los conservó, en cierto grado, la competencia hasta la época
del imperialismo. Dentro ya de éste,
ocurre lo que
dijo Lenin: "...El capitalismo ha sustituido ya
hace tiempo la pequeña producción mercantil independiente, en la que la
competencia podía, en escala más o menos amplia, estimular el espíritu
emprendedor, la energía y la iniciativa, por la producción fabril en gran
escala, por las empresas anónimas, los sindicatos y otros monopolios. La
competencia bajo tal capitalismo significa
la represión inusitadamente brutal
del
espíritu emprendedor, de la energía y la iniciativa
de la masa de la población, de su inmensa mayoría, del noventa y nueve por
ciento de los trabajadores; significa
también que la
emulación ha sido suplantada por
el fraude financiero,
por el despotismo y el servilismo
en los últimos peldaños de la escala social."127
Los avances de la concentración de la producción,
que dan origen a los monopolios, significan un paso
gigantesco en la socialización de la producción. El
lugar del pequeño
productor es ocupado
por el
grande. Las fábricas enormes desplazan al pequeño
productor. Acentúase la especialización de la producción, ligando en un
conjunto único numerosas
empresas y ramas de la economía. Cada vez se hace
más evidente el carácter social de la producción. Pero
las empresas siguen siendo propiedad privada de
determinados individuos o grupos capitalistas, cuyo único móvil es la obtención
de grandes beneficios.
La opresión de un reducido número de monopolistas
sobre toda la
población se hace
intolerable. La
contradicción
entre el carácter
social de la producción y la apropiación privada de los
frutos de ésta por los capitalistas se agudiza hasta sus límites
extremos.
El capital financiero.
La
concentración de la
producción va acompañada de la
concentración y centralización del
capital bancario. Ello trae consigo la aparición de
monopolios bancarios y
modifica radicalmente el
papel de los bancos.
"A medida que la banca se desarrolla y se
concentra en unos cuantos establecimientos -escribe
Lenin-,
los bancos se
convierten de modestos
intermediarios que eran en todopoderosos
monopolistas, que disponen de casi todo el capital
monetario
del conjunto de
capitalistas y pequeños
patronos, y también de gran parte de los medios de
producción y fuentes de materias primas dentro de su propio país y en una serie
de países. Esta transformación de numerosos y modestos intermediarios en un
puñado de monopolistas constituye uno de los procesos fundamentales por los que
el capitalismo se convierte en imperialismo capitalista..."128
Los bancos pasan a ser copropietarios de las
empresas industriales. A su vez, el capital industrial monopolista se incrusta
en la banca. Prodúcese la fusión del capital monopolista de la banca y la
industria, dando así origen al capital financiero.
Los magnates del capital financiero, bajo cuyo
control se encuentran empresas industriales y bancos, son al mismo tiempo
industriales y banqueros.
"Concentración de la producción, monopolios que
surgen de ella, fusión o conjunción de los bancos y la
127 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 367.
128 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XXII, pág. 198.
industria: tal es la historia de la aparición del
capital financiero y el sentido de este concepto."129
Las sociedades anónimas han cumplido un papel
importante en el proceso de formación del capital
financiero por el que se entrelazan y unen los
bancos y la industria.
Empezaron a formarse
antes de la
época del imperialismo, pero dentro de ella se han
convertido en la forma característica de las empresas capitalistas.
El
capital de la compañía
anónima queda integrado por los
capitales de quienes adquieren sus
acciones, títulos que dan derecho a percibir cierta
parte de los beneficios. El precio de la acción viene determinado principalmente por
la cuantía del
dividendo que de ella se espera. El accionista puede
vender sus valores en la Bolsa, que es el mercado
donde se negocian las acciones y otros títulos y se
establece el curso de toda clase de efectos. La sociedad anónima
es dirigida nominalmente
por
todos los accionistas. Las cuestiones se resuelven
siempre por mayoría de votos, a razón de un voto por
cada acción. Por eso, los asuntos de la sociedad los
maneja el capitalista o grupo de capitalistas que dispone de un número
importante de acciones, o lo
que es lo mismo, del paquete de control.
Dentro
de las compañías
anónimas un gran número de capitales individuales se
convierte en un
solo
capital. Esta centralización permite
el
nacimiento de empresas grandes, que no serían
capaces de crear de por sí cada uno de los capitalistas
que las componen.
Al capital de las sociedades anónimas se incorporan
también los recursos de pequeños accionistas, que suelen ser empleados, una
pequeña parte de los obreros, etc. Las compañías más grandes tienen miles y
hasta decenas de miles de accionistas. Con varias acciones de 100, 200 ó 300
dólares, por las que percibe un dividendo de 5, 10 ó 15 dólares anuales, el
obrero no se convierte, ciertamente, en capitalista, en dueño de una gran
empresa. ¿Qué influencia podría ejercer sobre la marcha de una entidad que cuenta
con un capital de millones? De ordinario no puede ni siquiera asistir a las
juntas generales de accionistas, pues para ello se necesita tiempo, en
ocasiones dinero para trasladarse a otra ciudad, etc. Unas decenas de dólares
de dividendo al año no cambian la situación de clase del pequeño
accionista, no debilitan
su dependencia de
la compañía en que trabaja ni le proporcionan seguridad en el mañana.
A los grandes capitalistas, que se hallan al frente
de las
sociedades anónimas, les
resulta muy
ventajosa la venta de acciones en pequeños lotes, el
aumento del número de accionistas. Esto amplía los
fondos que ellos manejan. Además, cuanto mayor es el número de pequeños
accionistas, menos acciones son necesarias para disponer de la mayoría de
votos.
129 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XXII, pág. 214.
En muchas compañías el paquete de control no pasa
del 10 al 20 por ciento de las acciones.
El gran capitalista (o grupo de capitalistas) se
vale de su preponderancia en la sociedad anónima para
robustecer su poder en el mundo de las finanzas y
para aumentar continuamente sus ganancias.
El paquete de control le asegura el predominio sobre
una poderosa sociedad anónima. Esta sociedad adquiere el paquete de control de
una segunda, la
cual lo hace de una tercera, de una cuarta, etc. De
tal suerte, el capitalista
dispone de una
sociedad con
fondos muy superiores a los suyos propios y de una
pirámide de compañías subordinadas a esa sociedad. Esto es
lo que se
denomina sistema de
participaciones, con el que al gran capital se abren
posibilidades ilimitadas de enriquecimiento a costa
de sus semejantes.
El reducido grupo de grandes magnates del capital
financiero se convierte en la oligarquía financiera y
se apodera de las posiciones clave dentro de la
economía de los países capitalistas. El poder de la
oligarquía financiera se ve extraordinariamente
incrementado por el
hecho de que
a través del sistema de sociedades anónimas dispone de
enormes
capitales ajenos. Así, por ejemplo, el capital
controlado por los
Morgan, Rockefeller, Du
Pont,
Mellon, etc., es muchas veces superior al de sus
propias acciones. En 1956, con acciones por valor de
3.500
millones de dólares,
los Rockefeller
controlaban compañías que significaban un capital de
61.000 millones. Ese mismo año, los Du Pont, con
algo más de 4.500 millones de dólares, controlaban
16.000 millones. Las acciones de los Morgan apenas
si alcanzan al 5 por ciento de las compañías que
controlan, cuyo capital asciende a la enorme suma de
65.300 millones de dólares.
El sistema de sociedades anónimas subordinadas
permite a la oligarquía financiera entregarse a toda clase de maquinaciones
altamente provechosas. Proporcionan enormes beneficios la fundación de nuevas
compañías, las nuevas emisiones de acciones, la
realización de empréstitos
públicos, la especulación con tierras,
etc. Esto significa un tributo que la sociedad satisface a los monopolistas.
"...El siglo XX -escribe Lenin- es el punto
crucial en el viraje
del capitalismo viejo
al nuevo, del
predominio del capital en general al predominio del
capital financiero."130
La
exportación de capitales.
El dominio del capital financiero dentro de los
países capitalistas más
desarrollados conduce
inevitablemente al dominio de un pequeño número
de Estados imperialistas sobre todo el mundo
capitalista. Un instrumento
importante de este dominio es la exportación de capitales.
"Dentro
del viejo capitalismo
-escribía Lenin-,
con el predominio absoluto de la competencia libre,
lo típico era la exportación de mercancías.
Dentro del capitalismo contemporáneo, con el predominio de los
monopolios, lo típico es la exportación de capitales."131
Entiéndese por exportación de capitales su inversión
en el extranjero con objeto de apropiarse la plusvalía creada por los
trabajadores de otro país. Tal exportación se ve propiciada por la
circunstancia de que una serie de países atrasados han sido incorporados ya a
la órbita del capitalismo mundial y en ellos existen las condiciones
elementales para montar empresas capitalistas a base de la mano de obra local,
que resulta más económica. A su vez, la exportación se hace necesaria si
consideramos que son muy pocos los países en que el capitalismo ha ido más allá
de su grado de madurez.
La situación monopolista de un reducido número de
países imperialistas -los más desarrollados-, en los
que la acumulación de capitales alcanza proporciones
gigantescas, hace que en ellos aparezca un enorme
"excedente". El capital no encuentra campo
para su inversión dentro del país en condiciones ventajosas. Cierto que el
"excedente de capital" es relativo, y no
absoluto. Si las ganancias capitalistas fuesen
destinadas a elevar
el nivel de
vida de las
masas
trabajadoras o a mejorar la agricultura, no habría
tal "excedente". Pero entonces el capitalismo no sería capitalismo.
La exportación de capitales adopta dos formas: 1)
la de capital productivo y 2) la de capital
crediticio. La exportación de capital productivo se traduce en
inversiones
en la industria,
los transportes, el
comercio, etc. La de capital crediticio corresponde
a los empréstitos a
gobiernos extranjeros y
a los créditos particulares.
Se
exportan los capitales
primeramente a las zonas atrasadas, a las colonias y países
dependientes,
donde
las ganancias suelen
ser altas, pues
los capitales escasean, el precio de la tierra es relativamente bajo,
los salarios míseros y las materias
primas baratas. Así, en 1955, el 77 por ciento de
todos los beneficios de la Standard Oil Company of
New Jersey (de Rockefeller) fueron conseguidos de
sus inversiones directas en el Oriente Medio y Cercano, en Iberoamérica, etc.
La cuota de ganancia
del capital invertido en esos países era seis veces
superior a la
del capital colocado
dentro de los
Estados Unidos.
Una característica de los últimos decenios es que
los capitales no se exportan ya solamente a los países
atrasados, sino que también invaden las
"viejas" naciones
capitalistas. Así, por
ejemplo, el 39 por
ciento de todos los beneficios conseguidos en 1956
por la International Harvester (gran compañía norteamericana de maquinaria
agrícola) provenía de
operaciones
en el extranjero,
principalmente en Europa
Occidental. Son muy cuantiosas las inversiones de los grandes monopolios
norteamericanos en Inglaterra, Alemania Occidental y Francia, países donde las
deudas por empréstitos recibidos de Estados Unidos alcanzan a sumas muy
considerables.
A veces, la exportación de capitales puede obedecer
a móviles políticos. El papel del factor político se ha acrecido singularmente
después de la segunda guerra mundial. La exportación de capitales
norteamericanos es una
forma de apoyar ampliamente a las fuerzas
reaccionarias de otros países y de "adquirir" aliados militares.
Antes de la
primera guerra mundial,
los principales países exportadores
de capitales eran
Inglaterra,
Francia y Alemania.
En el período
comprendido entre las dos conflagraciones,
Norteamérica pasó a ocupar el primer puesto. Hoy día, las inversiones
extranjeras de Estados Unidos sobrepasan a todas las inversiones y créditos de
todos los demás países del mundo capitalista. Ahora bien, las potencias
imperialistas se disputan desesperadamente las esferas de inversión de
capitales. Estos años últimos, por ejemplo, ha aumentado su exportación en
Inglaterra y Alemania Occidental.
Esta exportación convierte a la mayoría de los
países del mundo capitalista en deudores y tributarios de unos cuantos Estados
imperialistas y es un instrumento mediante el cual un puñado de monopolistas
explotan a millones y millones de seres de los países en los que colocan sus
capitales.
Reparto
económico del mundo.
Los
países exportadores de
capitales, escribió Lenin, se han
repartido el mundo en sentido figurado. Pero el capital financiero ha conducido
a un reparto
directo del mismo entre las agrupaciones de
capitalistas.132
La exportación de capitales y la agudización de la
competencia que esto lleva consigo dentro del mercado mundial
empujan a los
monopolios al reparto de las
esferas de influencia. Esto conduce, como es lógico, a la formación de
monopolios internacionales, que son convenios entre los más importantes
monopolistas de distintos países en los que se ponen de acuerdo en cuanto al
reparto de mercados, a los
precios y al
volumen de la producción.
Bajo el capitalismo,
el mercado mundial,
lo mismo que el interior, es repartido según el "capital"
o la "fuerza". Pero la relación de fuerza
entre los monopolios cambia sin
cesar. Cada monopolio
no
ceja en la lucha por aumentar su tajada de riquezas
mundiales. Los monopolios internacionales son muy inestables, sin que eliminen,
ni estén en condiciones
de
hacerlo, la reñida
competencia. Alfred Mond,
propietario del Trust Químico Imperial inglés,
declaraba sin ambages en 1927: "El cártel o asociación... no es en
realidad más que un armisticio en
la guerra industrial." La
competencia en el mercado mundial conduce en última
instancia a la lucha armada entre los países imperialistas, que salen en
defensa de "sus" monopolios.
Los monopolios internacionales son una de las
formas en que
se manifiesta el
acercamiento
económico de las distintas regiones del globo,
acercamiento que viene impuesto por la división del
trabajo entre los países. Pero se trata de una forma
monstruosa y desproporcionada. El acercamiento se produce mediante
la explotación por
las potencias
imperialistas
muy desarrolladas de
los países atrasados y de continentes enteros.
Esto no puede
conducir a la unificación pacífica de todos los
países bajo la égida de un trust mundial único. Son demasiado acentuadas
las contradicciones que se
producen en torno al reparto de las ganancias y es
demasiado grande el apetito de los monopolios.
"No cabe duda -escribe V. I. Lenin- de que el
desarrollo tiende hacia un trust universal único, que absorba a todas las
empresas sin excepción y a todos
los países. Pero las circunstancias en que esto se
produce son tales,
el ritmo es
tal y tales
son las
contradicciones, conflictos y conmociones que se
originan -no sólo económicos, sino políticos, nacionales, etc.-, que
forzosamente, antes de que se
llegue
al trust universal
único, a una
agrupación
"ultra-imperialista" de los capitales
financieros nacionales, el imperialismo habrá de reventar y el capitalismo se
transformará en su contrario."133
Terminación
del reparto territorial del mundo y lucha por un nuevo reparto.
A la vez que el reparto económico del mundo por las
asociaciones de capitalistas de distintos países, y en relación íntima con él,
se produce el reparto territorial del mismo entre los Estados imperialistas.
Los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX son el momento en que
termina ese reparto territorial del mundo entre unas pocas potencias de primer
orden.
En el período que va de 1876 a 1914, es decir, en
el período en
que aparecen, se
desarrollan y
consolidan los monopolios capitalistas, las colonias
de seis grandes potencias (Inglaterra, Rusia, Francia,
Alemania,
Estados Unidos y
Japón) habían aumentado en 25 millones
de kilómetros cuadrados, lo que equivalía al 50 por ciento más que el
territorio
de las metrópolis. Tres de estas potencias
-Alemania, Estados Unidos y
Japón- en 1876
carecían de
colonias en absoluto, y las de Francia eran muy
reducidas. En 1914 estas cuatro potencias habían adquirido colonias con una
superficie de 14 millones
de kilómetros cuadrados, o sea, aproximadamente, el
132 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 233.
133 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, págs.
94-95.
50 por ciento más que la extensión de Europa.
De los 133,9 millones de kilómetros cuadrados a que
asciende en total la superficie terrestre habitada
por el hombre, las seis grandes potencias ocupaban,
unidas a sus colonias, 81,5 millones, de los que a
los territorios sometidos correspondían 65 millones, casi la mitad. De los 52,4
millones de kilómetros cuadrados restantes, a las semicolonias (China, Persia y
Turquía) pertenecían 14,5 millones, y a las colonias de los Estados pequeños
(Bélgica, Holanda, etc.) 9,9 millones. Por lo tanto, en 1914, cuando el poder
de los monopolios se había consolidado enteramente en los principales países
imperialistas, las colonias y semicolonias ocupaban 89,4 millones de kilómetros
cuadrados, o, lo que es lo mismo, dos tercios de toda la superficie de la
tierra en que vive el hombre.
La división territorial del mundo entre las grandes
potencias había terminado. En adelante, únicamente se podían obtener nuevas
colonias o esferas de influencia arrebatándoselas a otra potencia. Creció
bruscamente la importancia de las colonias para los Estados imperialistas.
"La sola posesión de colonias - escribía V. I. Lenin- garantiza por
completo el éxito de los monopolios contra todas las eventualidades de la lucha
con sus rivales..."134 Y esto era así por las circunstancias siguientes:
La dominación de los monopolios es más segura cuando
todas las fuentes de materias primas se encuentran en unas mismas manos. Al
capital financiero le importan no sólo las fuentes ya descubiertas, sino
también las que pudieran encontrarse. Las tierras que hoy parecen inútiles
pueden rendir un provecho el día de mañana. De ahí la inevitable
aspiración del capital
financiero a ampliar los
territorios sometidos a su control. A la conquista de colonias empujan también
los intereses de la exportación
de capitales. En
el mercado colonial resulta
más fácil la
eliminación de los rivales. Por si esto fuera poco, en la
expansión colonial el capital financiero busca salida a las agudizadas
contradicciones de clase. Las colonias, en fin, interesan a las potencias
imperialistas por consideraciones estratégicas.
Como resultado de todo esto adviene la época de
la lucha
por el nuevo
reparto del mundo,
que ya estaba repartido.
Los monopolios, que
imperan dentro de cada
país, tratan de
subordinar y de someter a la explotación más brutal a
todos los países restantes.
Dentro del sistema del imperialismo, además de los
dos grupos fundamentales de países -poseedores
de colonias y colonias- existen también los países
dependientes, que en el papel son soberanos, pero
que de hecho se hallan envueltos por las redes de la
dependencia financiera y diplomática.
Los Estados Unidos, que desde un punto de vista
jurídico formal no poseen casi colonias, son hoy
día, de hecho, la potencia colonial más poderosa de la tierra. Merced a la
colocación de capitales, a la concesión de onerosos créditos y a la firma de
desiguales tratados, los monopolios norteamericanos han puesto bajo su control
la economía y las riquezas naturales de muchos países del Nuevo Continente. El
petróleo venezolano, el cobre chileno, el estaño boliviano, el hierro y el café
brasileños son propiedad de los monopolios de Estados Unidos. Iberoamérica es
utilizada por ellos como fuente de materiales estratégicos y como territorio
para el emplazamiento de bases militares. Los monopolios norteamericanos son
dueños, aproximadamente, de dos tercios del petróleo del Oriente Cercano y
Medio, donde se encuentran alrededor de dos tercios de todas las reservas de
petróleo exploradas del
mundo capitalista. Estos monopolios, y en parte los ingleses, obtienen
de esa región beneficios fabulosos, dejando a los naturales "la oreja del
camello", según el dicho árabe. Los Estados Unidos tienen envueltos en sus
redes de dependencia financiera, militar y política a la mayoría de los países
del mundo capitalista, amenazando la soberanía no sólo de las naciones
atrasadas, sino de las más avanzadas en el desarrollo capitalista.
El carácter desigual, a saltos, del desarrollo de
los principales países imperialistas hace
que los
dominios coloniales de una u otra potencia dejen de
corresponder a su potencia económica y militar. En
1914, las colonias de Gran Bretaña representaban un
total de 33,5 millones de kilómetros cuadrados, o sea
11,5 veces más que las colonias de Alemania y 112
veces más que las de Estados Unidos. Y eso ocurría
en unos momentos en que no sólo Norteamérica, sino
también Alemania la habían dejado atrás por su potencia económica. La parte de
los Estados Unidos
en la producción industrial del mundo era en 1913,
aproximadamente, del 36 por ciento, la de Alemania
del 16 y la de Inglaterra del 14. A principios de
siglo el Japón había dejado también bastante atrás a Inglaterra por
el ritmo de
incremento de la
producción, siendo así que sus colonias no
representaban ni la centésima parte de las británicas.
Esta disconformidad entre el poderío económico y el
ritmo de desarrollo de los distintos países y la distribución de las colonias y
esferas de influencia
fue una de las causas principales de la primera
guerra mundial.
Según señala Lenin, a principios del siglo "el
capitalismo se había
convertido en un
sistema mundial de opresión
colonial y financiera
de la
inmensa mayoría de la población de la tierra por un
puñado de países «avanzados»".135 Al terminar el reparto del mundo quedó
estructurado el sistema colonial del imperialismo, que es parte del sistema
mundial del capitalismo.
El
sistema colonial era
uno de los
principales
soportes del imperialismo. Las colonias
proporcionaban elevados beneficios, materias primas, mano de obra barata y
carne de cañón.
Resultado lógico y natural de la opresión política y
financiera a que el imperialismo mundial somete a
las
colonias y países
dependientes es su
atraso
económico.
El yugo de
los monopolios hace imposible el desarrollo económico
multilateral y completo de las colonias y los países atrasados.
2. El
imperialismo como capitalismo parasitario o en putrefacción
Los
monopolios conducen inevitablemente a la putrefacción
del capitalismo. Todo monopolio, enseñaba Lenin, con la propiedad privada sobre
los medios de producción, engendra la tendencia al estancamiento y a la
putrefacción o parasitismo.136
Tendencia
a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas.
El monopolio es un freno para el desarrollo de las fuerzas
productivas y el progreso técnico. "En cuanto se establecen, siquiera sea
por algún tiempo, precios monopolistas -escribe V. I. Lenin-, desaparecen hasta
cierto grado las causas que impulsaban el progreso técnico, y por consiguiente,
cualquier otro progreso o avance; aparece, pues, además, la posibilidad
económica de que el progreso técnico se vea retenido artificialmente."137
Si los capitalistas implantan nuevos medios
técnicos es para
obtener superbeneficios. Pero
si estos superbeneficios pueden ser obtenidos en virtud de la situación
monopolista en el mercado, se comprende que quedará debilitado el estímulo que
les movía a las renovaciones técnicas. Bajo el capitalismo premonopolista, el
capitalista trataba principalmente de vencer al rival mejorando los métodos de
producción, rebajando los gastos de producción y los precios. Para conservar
sus posiciones en el mercado, se veía obligado a sustituir el equipo viejo por
maquinaria nueva, a perfeccionar la producción. La transformación de la libre
competencia en monopolio cambia la situación por completo. Aparecen métodos
nuevos, propios del imperialismo, que permiten obtener grandes beneficios. De
ordinario, el monopolio conserva y fortalece sus posiciones sin recurrir a la
rebaja de precios. La lucha con los rivales se mantiene en el plano de la
presión directa y de maquinaciones financieras de todo género (privación de créditos
y de materias primas, boicot, etc.).
A menudo, los monopolios limitan artificialmente la
producción de determinadas mercancías con objeto de mantener el alto nivel de
precios y ganancias. Se comprende
que esto represente un
obstáculo
136 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, págs.
262-263; t. XXIII, pág. 95.
137 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 263.
importante
para el progreso
técnico. Se opone también a ello el deseo de conservar
el equipo viejo, en el que se invirtieron sumas enormes. El progreso técnico no
encuentra trabas sólo en el caso de que las economías que representa la
introducción de elementos técnicos nuevos sean capaces de cubrir la pérdida que
significa la desvalorización de las inversiones viejas, o cuando se trata de
nuevas empresas y ramas industriales, en las que las inversiones ya
hechas anteriormente son relativamente pequeñas.
Muchos economistas burgueses, que advertían el
estancamiento del progreso técnico por la acción de los monopolios, han
defendido la vuelta a la época de la libre competencia. V. I. Lenin revela toda
la inconsistencia de las esperanzas en un retorno al pasado. "Si
hasta los monopolios
han empezado ahora a frenar el
desarrollo -escribe-, eso no es un argumento en pro de la libre competencia,
que es imposible después de que dio a luz al monopolio."138
La
tendencia del capitalismo
monopolista es, pues, a frenar el
desarrollo de las fuerzas productivas.
Esta
tendencia la vemos,
ante todo, en
la directa
oposición de los monopolios al progreso técnico.
También se manifiesta
en el ahondamiento
de la
separación que existe entre las posibilidades de la
ciencia y la técnica y el grado en que estas
posibilidades son aprovechadas, o en el desigual avance de la técnica según los
distintos países y sectores de la economía.
Esta tendencia se manifiesta, en fin, en la
circunstancia de que en la época del imperialismo los
hombres
-la principal fuerza
productiva- se ven
apartados cada vez más de un trabajo socialmente
útil, de la creación de bienes materiales. Crece la desocupación y las empresas
no trabajan a toda su potencia. Crece el número de obreros y empleados que no
crean bienes materiales, de quienes son ocupados en la esfera de la
circulación, en la administración pública, en el ejército, como criados, etc.
Eso no quiere decir que dentro del imperialismo cese
el desarrollo de las fuerzas productivas. El monopolio no puede eliminar por
completo y por un largo tiempo a la competencia. El progreso técnico le permite
alcanzar grandes descensos en los gastos de producción. Mediante
cierta rebaja del
precio de venta se consigue
desplazar a los rivales. Impidiendo que éstos puedan utilizar los avances
técnicos, los nuevos métodos de producción, el monopolio puede obtener elevados
beneficios aun con precios algo menores.
Los monopolios capitalistas se hallan en condiciones
infinitamente mejores para la utilización
de los adelantos
técnicos y científicos
que las
empresas de menor calibre, sin hablar ya de las
pequeñas y medias. Sabemos, por ejemplo, que los
138 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 276.
trabajos de investigación científica en distintos
sectores de la economía corren casi por completo a cargo de las grandes
compañías. Salvo raras excepciones, las empresas pequeñas no disponen de
recursos financieros como para sostener organizaciones de investigación por su
cuenta. Los inventos y perfeccionamientos de la técnica se convierten así en
propiedad exclusiva de los monopolios.
Por lo tanto, la tendencia a frenar el progreso
técnico no excluye en modo algunos períodos de rápido perfeccionamiento de la técnica
y de desarrollo de las fuerzas
productivas.
"Sería erróneo pensar -escribe Lenin- que esta
tendencia a la
podredumbre excluye el
rápido
incremento del capitalismo; no, determinadas ramas
de la industria, determinadas capas de la burguesía
y determinados países manifiestan en la época del imperialismo, con mayor o
menor fuerza, ya la una, ya la otra de estas tendencias."139
Crecimiento de la capa de rentistas.
El parasitismo de la época imperialista encuentra
una manifestación bien clara en el crecimiento de la
capa de los
rentistas, personas que
poseen títulos
(acciones, obligaciones) y que viven del "corte
de cupones". El desarrollo de las compañías anónimas
aparta a la inmensa mayoría de los capitalistas de
las
funciones directoras de la producción.
La
oligarquía financiera, que
mantiene en su poder las posiciones clave de la economía
en los países capitalistas, no suele dirigir directamente los cientos y miles
de compañías industriales, bancos, ferrocarriles y demás empresas colocadas
bajo su control. La "actividad" de los grupos financieros se reduce
cada vez más a la ampliación de su campo de acción mediante
la adquisición de
paquetes de control de nuevas y
nuevas compañías, y a toda clase de maquinaciones financieras. La dirección directa
de las empresas va pasando a manos de gerentes asalariados.
También crece la capa de personas dedicadas a
satisfacer los caprichos parasitarios de los explotadores. Se incrementan la
administración pública, la policía y el ejército, que se encuentran
subordinados a los monopolios.
Los distintos países imperialistas se van
convirtiendo en Estados rentistas. Ello es consecuencia del aumento de la
exportación de capitales, que permite a los países acreedores obtener enormes
beneficios de los países deudores. Los ingresos procedentes de los capitales
invertidos en el extranjero por Inglaterra en vísperas de la primera guerra
mundial eran cinco veces superiores a los que entonces procuraba el comercio
exterior al país más comercial del mundo. Actualmente el país de mayor comercio
del mundo capitalista es Norteamérica. Y
139 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 286.
sin embargo, lo decisivo en la expansión económica
de los Estados Unidos al exterior no es la exportación de mercancías, sino la
de capitales. Los Estados Unidos de América son el más importante acreedor
mundial.
La reacción política.
El
capitalismo venció al
feudalismo bajo las banderas de la libertad, la igualdad y la
fraternidad.
La democracia burguesa satisfacía al capitalismo
premonopolista como forma de dominación política.
La situación ha cambiado al advenir el imperialismo.
La formación de los monopolios significaba el paso de la
libre competencia a
las relaciones de
dominación y de violencia que la propia dominación
lleva consigo. Los monopolios se hicieron los dueños
de la vida económica. Pero una vez se sienten los
amos de la economía, aspiran a extender su imperio al campo
de la política,
a poner a
su servicio el
aparato del Estado burgués. Y cuando tienen el poder
en sus manos, lo más frecuente es que prescindan de
los
métodos de la
democracia burguesa y que
recurran a la reacción política, en la que se manifiesta claramente la
putrefacción del capitalismo.
Paralelamente, el viraje hacia la reacción política
es consecuencia de la podredumbre a que ha llegado el
capitalismo, de que el modo capitalista de
producción ha dejado de desarrollarse por línea ascendente y de que en
la época del
imperialismo las relaciones
capitalistas se han convertido en un freno que
impide el desarrollo de las fuerzas productivas.
Un ejemplo característico de la reacción política es
el fascismo, que significa la dictadura terrorista de
la burguesía monopolista y de los terratenientes. El
fascismo equivale a
la represión brutal
del movimiento obrero y
campesino, a la
persecución
implacable de los partidos proletarios, de otros
partidos democráticos y
de las organizaciones
sociales, a la militarización del país y al paso a
la política de aventuras bélicas. En vísperas de la segunda guerra mundial
habían entrado por la ruta
del
fascismo Alemania, Italia,
Japón, España, Portugal y otros
países. Después de la contienda se
han puesto de relieve tendencias de este tipo en los
Estados Unidos de América, República Federal Alemana, Francia y algún otro
lugar.
Signos
del avance del
imperialismo por la vía
reaccionaria son la militarización de la vida
económica y política, el incremento de la influencia
de la Iglesia (particularmente de la católica) y el racismo.
La
reacción política es
consecuencia de la agudización de todas las contradicciones
capitalistas
que se produce en la época del imperialismo. A su
vez, agrava aún más esas contradicciones. Los monopolios tratan de despojar a
los trabajadores de
todas las conquistas democráticas. Esto trae consigo
la enérgica resistencia de las masas. De ahí que la época del imperialismo se
caracterice por el incremento dentro de las masas de sus aspiraciones
democráticas. En la arena política de los países capitalistas los trabajadores
actúan en defensa de la democracia política y contra la reacción encarnada en el
poder y en la política de los monopolios.
La
"aristocracia obrera".
Una característica de la podredumbre del capitalismo es el sistemático soborno por la burguesía
monopolista de determinados
grupos de obreros. Los
imperialistas tienen interés en mantener entre los obreros una capa
privilegiada y separarla de la gran masa del proletariado. El fenómeno en sí no
es nada nuevo. El soborno de individuos y grupos del proletariado como método
de lucha contra el movimiento obrero se practica desde que el capitalismo
existe. Ahora bien, en determinadas condiciones
aparece la base
económica para crear toda una capa privilegiada en la clase
obrera, lo que se conoce con el nombre de "aristocracia obrera".
Apareció primeramente en Inglaterra, en el período del capitalismo
premonopolista. Inglaterra, a diferencia de otros países, a mediados del siglo
XIX presentaba ya dos rasgos del imperialismo: el monopolio colonial
y la explotación
de otras naciones en virtud de
su situación predominante en el mercado mundial. Esto proporcionaba a la
burguesía inglesa superbeneficios, parte
de los cuales
servía para sobornar a la capa superior de la clase obrera. Es así como
se formó la "aristocracia obrera", que la burguesía trataba de oponer
a la gran masa de los proletarios, aprovechándola como un apoyo político en el
seno de los trabajadores.
La dominación de los monopolios, la exportación
de capitales a
los países atrasados
y la política
colonial
han conducido a
la aparición de
una
"aristocracia obrera" en todas las
potencias imperialistas. Las formas
de soborno son
muy
variadas: aumento de salario a determinados grupos
de la clase obrera, concesión de ventajosos cargos
públicos a líderes
venales del movimiento
obrero,
subsidios directos a las organizaciones reformistas,
etc.
La
"aristocracia
obrera" es la
base social del oportunismo en el movimiento obrero. Este
significa
la
acomodación del movimiento
obrero a los intereses de
la burguesía, la
tendencia a la
colaboración con la burguesía y a la escisión del
movimiento obrero. Los
oportunistas tratan de apartar a los obreros de la lucha de
clases mediante
sus prédicas en favor de la unidad de los intereses
de clase del proletariado
y la burguesía,
y de la
posibilidad de "mejorar" el capitalismo a
través de reformas. Los oportunistas son
agentes de la burguesía en el movimiento obrero.
incremento de la conciencia de clase del
proletariado ni la lucha
de clase que éste
mantiene, "pues los trusts, la oligarquía financiera, la
carestía de la vida y demás -escribe V. I. Lenin-, que permiten sobornar a un
puñado de dirigentes, aplastan, oprimen, arruinan y torturan a la masa de los
proletarios y semiproletarios".140
3. El
imperialismo como capitalismo agonizante
El
capitalismo monopolista y
parasitario es también un
capitalismo agonizante.
V. I. Lenin escribía: "Se comprende por qué el
imperialismo es el capitalismo agonizante, que pasa
al socialismo: el monopolio, nacido del capitalismo,
es ya la extinción del capitalismo, el comienzo de su paso al
socialismo."141
Junto a la creación de las premisas materiales para
el socialismo, Lenin veía una característica del imperialismo como capitalismo
agonizante en la circunstancia de que también crea las premisas políticas para
el socialismo, al llevar hasta sus límites extremos todas las contradicciones
del capitalismo. Con esto señalaba Lenin toda la inconsistencia de las
esperanzas que los oportunistas cifran tanto en la "evolución" del
capitalismo hasta el socialismo como en su "hundimiento automático".
El imperialismo caerá bajo el peso de sus propios crímenes. Pondrán fin a él
las masas trabajadoras al levantarse a la lucha por el triunfo de la revolución
socialista. V. I. Lenin, apoyándose en datos científicos, llega a la conclusión
de que el imperialismo equivale a las vísperas de la revolución socialista.
Creación
de las premisas
materiales del socialismo.
En el período del imperialismo se van formando las
premisas materiales para el paso a una formación
político-social más elevada, como es el socialismo.
"Cuando la gran empresa se convierte en gigantesca - escribe Lenin- y
según un plan, a base del cálculo
exacto de gran número de datos, organiza el envío de
la primera materia inicial en proporciones de ⅔ ó ¾
de todo lo necesario para decenas de millones de
personas; cuando organiza sistemáticamente el transporte de esta materia prima
a los puntos más
apropiados
para la producción,
separados a veces entre sí por cientos de miles de kms.;
cuando desde
un centro se dispone acerca de todas las fases de la
ulterior elaboración del material hasta la obtención de una serie de productos;
cuando la distribución de
estos productos se lleva a cabo según un plan entre
decenas y cientos
de millones de
consumidores
(venta de querosén en América y Alemania por el
«Trust del Petróleo» norteamericano), entonces se
hace evidente que
ante nosotros tenemos
una
Pero el oportunismo
dentro del movimiento
obrero no puede detener indefinidamente el
140 V. I. Lenin, Obras, ed, cit., t. XXIII, pág.
105.
141 V. I. Lenin, Obras, ed, cit., t. XXIII, pág. 96.
socialización de la producción, y en modo alguno un
simple «entrelazamiento»; que
las relaciones privadas,
económicas y de propiedad, son una envoltura que no corresponde ya al
contenido, que ha de pudrirse inevitablemente si
artificialmente se dilata su
eliminación, que puede
permanecer en estado de
putrefacción un tiempo
relativamente largo, pero que inevitablemente será eliminada."142
La gigantesca socialización de la producción en el
período del imperialismo
significa la creación
de
premisas materiales del socialismo.
No hay que confundir, sin embargo, las premisas
materiales del socialismo con el propio socialismo. Este es posible sólo como
resultado de la conquista del poder político
por la clase
obrera y de la
supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción, que son
convertidos en propiedad social. La sustitución
del capitalismo por el
socialismo es imposible a través de un proceso puramente evolutivo. Ha de pasar
por la revolución, es un salto revolucionario para el que no bastan las premisas materiales,
sino que se
requiere también toda una serie
de condiciones objetivas y subjetivas.
Agudización
de las contradicciones capitalistas.
El imperialismo es también el capitalismo agonizante
porque agudiza hasta el máximo todas las
contradicciones del capitalismo.
Se agudiza ante todo la contradicción fundamental
del capitalismo, la que existe entre el carácter social
de la producción y la forma privada capitalista de
la
apropiación. La concentración de la producción y el
incremento de los monopolios significan un nuevo avance en el desarrollo del
carácter social que la producción presenta. La apropiación, empero, sigue
siendo privada. Con los progresos del capitalismo monopolista, la contradicción
fundamental del capitalismo se hace cada vez más honda.
Esto lleva a que se acentúen todas las
contradicciones del capitalismo, las más importantes de las cuales son: la que
existe entre el capital y el trabajo; la que hay entre los pueblos oprimidos de
los países dependientes y las potencias imperialistas que los explotan, y la
que se produce entre las propias potencias imperialistas.
La agudización de las contradicciones aproxima la
revolución socialista y el fin del imperialismo.
Ley
del desarrollo desigual en la política y en la economía.
Bajo el capitalismo
es imposible el
desarrollo regular de las empresas, los sectores de la economía y los
países. La propiedad privada sobre los medios de producción, la anarquía de la
producción y la competencia hacen inevitable el desarrollo irregular de la
economía capitalista: hay empresas, sectores y países que se quedan atrás,
mientras que otros saltan
142 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII. págs.
288-289.
adelante. En la época de la libre competencia,
cuando no había monopolios, el capitalismo seguía una marcha relativamente
suave. Para que un país adelantase a otro se necesitaba largo tiempo. Existían
aún enormes territorios libres que podían ser convertidos en colonias. El
incremento del poderío económico iba acompañado de la conquista de estas
tierras no ocupadas aún por las potencias capitalistas, que en este período no
llegaban hasta los grandes choques militares. La acción de la ley del
desarrollo desigual, propia del
capitalismo, no conducía
a guerras mundiales. Era el tiempo del desarrollo relativamente pacífico
del capitalismo.
Hicieron falta muchos decenios para que
Inglaterra conquistase la primacía industrial,
desplazase a sus competidores -Holanda, y luego Francia- y se consolidase como
primera potencia del globo. A mediados del siglo XIX era el "taller de
todo el mundo", la que proporcionaba artículos industriales a todos los
países a cambio de materias primas y comestibles. En 1850 la parte de los
Estados Unidos en la producción industrial del mundo era del
15 por ciento, mientras que la de Inglaterra
ascendía al 39. En
cuanto a Alemania,
hasta 1875,
aproximadamente,
no admitía siquiera el parangón con Inglaterra en este terreno.
Al pasar al imperialismo, todo cambió por completo.
En el último cuarto del siglo XIX el monopolio británico sufrió rudos golpes,
sobre todo
por el rápido progreso de países capitalistas como
Estados Unidos, Alemania y, más tarde, el Japón. El
desarrollo de Inglaterra y Francia se hace más lento a
partir de 1870: entre este año y 1913 toda al
industria
mundial se hizo casi cuatro veces mayor, siendo el
aumento en los Estados Unidos de nueve veces, en Alemania casi de seis, en
Francia de tres y en Inglaterra sólo de 2,25 veces. En vísperas de la primera
guerra mundial Alemania había aventajado por
el volumen de
su producción industrial
a Inglaterra y Francia. La parte de Norteamérica en la producción
industrial del mundo era superior a la de Inglaterra y Alemania juntas.
Tan
vertiginoso desplazamiento de
unos países por otros a fines del
siglo XIX y comienzos del XX
se hizo posible por el inusitado progreso de la
técnica
y por el incremento en la concentración de la
producción y del capital, es decir, por la aparición de
los monopolios. Los países que entran más tarde en
la vía del desarrollo capitalista aprovechan los
resultados ya presentes del progreso técnico y despliegan más deprisa nuevas
ramas de la industria. Al mismo tiempo,
en los países
del capitalismo "viejo"
empiezan a manifestarse antes tendencias hacia la putrefacción, que frenan el
desarrollo de las fuerzas productivas. El resultado de todo esto es el
avance a
saltos de unos
países y la
detención de otros. La vieja
distribución de las colonias y esferas de influencia deja de guardar correspondencia
con la nueva relación de fuerzas. Los países que se colocan por delante entran
en la vía de la lucha armada por una redistribución del mundo ya repartido, por
la conquista de colonias. Eso acentúa extraordinariamente las contradicciones
entre los países imperialistas, debilita
el frente del imperialismo y conduce a la aparición en
él de eslabones débiles.
Esta desigualdad en el desarrollo económico en la
época del imperialismo va unida a la desigualdad de desarrollo en el plano
político, es decir, a la desigual maduración en el tiempo de las premisas
políticas para el triunfo
de la revolución
socialista. Según decía Lenin,
"la revolución proletaria crece en todos los países desigualmente, puesto
que los diversos países se encuentran en condiciones distintas en cuanto a la
vida política, y en un país el proletariado es demasiado débil, mientras que en
otro es más fuerte. Si en un país
el grupo superior del proletariado es débil, en otros ocurre
que, de momento, la burguesía logra escindir a los obreros, como ha ocurrido en
Inglaterra y Francia. Y de ahí que la revolución proletaria se desarrolle
desigualmente..."143
El análisis de las modificaciones producidas en
cuanto al carácter de la acción de la ley del desarrollo desigual de los países
capitalistas en la época del imperialismo llevó a Lenin a la conclusión de que
es imposible el triunfo simultáneo de la revolución en todos los países y que,
al contrario, es posible su triunfo, primeramente, en unos cuantos países e
incluso en uno solo. Esto era una nueva teoría de la revolución socialista. El
estudio del capitalismo premonopolista había llevado a Marx y Engels a la
afirmación de que
la revolución proletaria
sólo podría triunfar cuando se produjese simultáneamente en todos o en
los principales países capitalistas. La situación ha cambiado al pasar al
imperialismo. El incremento de las contradicciones imperialistas y las
diferencias en el tiempo en cuanto al proceso de maduración de la revolución en
los diversos países hacen posible que la cadena del imperialismo sea rota en un
principio por su eslabón más débil.
La vida ha
venido a confirmar
plenamente la teoría leninista de
la revolución socialista.
4.
Comienzo de la crisis general del capitalismo En la fase del imperialismo, el
capitalismo entra inevitablemente
en la época
de su crisis
general.
¿Qué entendemos
por "crisis general
del capitalismo"?
Según queda dicho en el capítulo VIII, el
capitalismo atraviesa por crisis periódicas, que en él
son un vicio orgánico innato. La crisis general se
diferencia de estas otras en que se trata de un fenómeno que
abarca a todos
los aspectos del capitalismo como
sistema social. Es
un estado permanente que se
caracteriza por la desintegración progresiva
del capitalismo, por la debilitación
de todas sus fuerzas internas: económicas, políticas e ideológicas. La
crisis general no es un fenómeno ocasional, no es un zigzag de la historia, no
es fruto de determinados errores
de los líderes
burgueses, sino un estado inevitable y regular del capitalismo en la
época de su decadencia y descomposición. Al ser afectado por la crisis general,
este sistema no puede seguir
manteniendo bajo su
dominación a los pueblos, que uno tras otro se emancipan
del yugo del capital y pasan a la vía del socialismo. Por eso, la época de la
crisis general significa el hundimiento del capitalismo y el paso al
socialismo; es la época de las revoluciones socialistas y de los movimientos de
liberación nacional contra el imperialismo.
Los ideólogos del imperialismo piensan que si se
consiguiera impedir el triunfo de las revoluciones socialistas y aplastar el
movimiento comunista, el capitalismo se mantendría estable e inconmovible, como
único sistema social que ellos pueden concebir. No advierten que las
dificultades del capitalismo derivan principalmente de la acción de fuerzas que
se hallan fuera del sistema capitalista. Incluso aquellos que admiten el hecho
de la crisis general de este sistema, la atribuyen a la presencia del sistema socialista
y a los manejos de los comunistas, que tratan de derribar el capitalismo. El
movimiento comunista, que es producto regular y lógico del desarrollo de la
lucha de clases, lo ven como algo inspirado desde fuera y organizado por lo que
llaman "agentes extranjeros". Mas la crisis general del capitalismo
se debe a la agudización de las contradicciones internas del propio
imperialismo. Dicha crisis se ahonda y cobra virulencia, sobre todo, bajo la
acción de los antagonismos que corroen a la sociedad capitalista. Las
condiciones exteriores - existencia y robustecimiento del sistema socialista-
contribuyen a que estos antagonismos aceleren su proceso de maduración, pero no
son las causas esenciales.
La crisis general del capitalismo era ya imposible
evitarla después de que los países imperialistas desencadenaron una guerra
mundial, con su secuela de
conmociones catastróficas de
las que el capitalismo ya
no se podía
reponer. La primera guerra mundial dio un poderoso
impulso a todos los procesos internos que arrastraban a la crisis general al
capitalismo. Esta guerra aceleró el proceso de conversión del
capitalismo monopolista en capitalismo monopolista
de Estado144 y de
maduración de la revolución socialista. Al triunfar la primera de estas
revoluciones -la Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia- la crisis
avanzó ya inconteniblemente.
El capitalismo dejó de ser el único sistema
económico-social que existe en el mundo. En una
143 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVIII, págs.
99-100.
144 Acerca de ello, véase el capítulo X.
sexta parte del globo se inició la transición al
socialismo. La lucha del capitalismo y el socialismo se convirtió en el factor
más importante de la historia mundial.
Las condiciones de existencia del imperialismo
sufrieron cambios trascendentales. Primeramente, se tropezó con nuevas y graves
dificultades económicas. El desprendimiento del sistema capitalista de un país
tan enorme como Rusia, la lucha de liberación nacional en una serie de
colonias, el incremento de la opresión de los monopolios y el empeoramiento de
la situación material de los trabajadores, de él derivado, hicieron más agudo
aún el problema de los mercados.
La relativa estrechez del mercado, si lo comparamos
con el incremento de las instalaciones
fabriles,
hizo que entre
las dos guerras
mundiales
adquirieran caracteres crónicos la explotación de
las empresas por debajo
de su potencia
y la desocupación en masa. Sufrió
un brusco descenso el ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas. La
putrefacción y el parasitismo del capitalismo adquirieron singular relieve en
los terrenos más diversos.
El comienzo de la crisis general puso ya de
manifiesto la considerable
debilitación política del
imperialismo, lo cual se advertía particularmente en
el vertiginoso auge que en los países capitalistas
adquirió la lucha revolucionaria de la clase obrera. La Revolución de Octubre
en Rusia fue seguida por una ola de levantamientos revolucionarios de los
trabajadores en muchos países de Europa (Alemania, Austria, Hungría, Finlandia,
Bulgaria). Si bien la burguesía consiguió aplastarlos ferozmente, elevaron el
movimiento obrero a un nuevo nivel. Las huelgas alcanzaron proporciones
verdaderamente enormes.
La debilitación política del capitalismo ha
agudizado todavía más
intensamente el carácter
reaccionario
de la burguesía
imperialista. El
imperialismo, llegado a la época de su crisis
general, recurre más y más, y en escala cada vez mayor, a los métodos más
extremos en la represión terrorista de que hace objeto a los trabajadores. En
algunos países esto halló expresión en la implantación del régimen fascista,
que por su crueldad y ferocidad ha superado todo cuanto se conocía hasta la
fecha.
El comienzo de la crisis general se significó por un
aumento de la agresividad del imperialismo y una
mayor agudización de las contradicciones entre las
potencias imperialistas, así como entre el puñado de
magnates de los monopolios y el resto del mundo. Apenas había salido de la
guerra que lo puso ante su crisis general, el imperialismo se lanzó
atropelladamente a nuevas
aventuras: a la intervención contra la Rusia soviética, a
las sangrientas campañas contra
los pueblos de los
países coloniales y
a guerras civiles
contra sus propios pueblos. El
desigual desarrollo de los países imperialistas, todavía
más acusado, daba
mayor
virulencia
a la lucha
por las fuentes
de materias primas y por los
mercados de venta. Al incremento del militarismo contribuían las dificultades
económicas de la
burguesía imperialista, que en
países como Alemania
y el Japón
trataba de encontrar salida a la
crisis mediante la militarización de la economía. La preparación de nuevas
guerras se convirtió en la tarea principal de los magnates de los monopolios y
de sus fieles políticos burgueses.
Los
cambios económicos y
políticos impuestos por el
comienzo de la crisis general del capitalismo redujeron aún más el prestigio de
este sistema social ante los ojos de las grandes masas. El único resultado de
todo esto fue la debilitación ideológica del capitalismo, a lo cual
contribuyeron también los cambios sufridos por las propias concepciones de la
burguesía. Como un reflejo de la situación de esta clase que agoniza en la
palestra histórica, se generalizan en su seno las ideas decadentistas y el pesimismo. En
la ideología del
imperialismo se dibuja netamente
el viraje hacia la reacción extrema, hacia las concepciones antihumanas, y a la
vuelta al oscurantismo del medievo; todo esto toma cuerpo especialmente en
el arsenal "ideológico" del fascismo. Y ello, a su vez, debilita aún
más el poder de atracción de las ideas burguesas entre las masas.
La crisis general del capitalismo avanza, pues, en
todas las direcciones.
Y los grupos
más agresivos de
la burguesía
monopolista tratan de superar la crisis con el
empleo de la fuerza bruta, con lo que se aboca a una nueva guerra mundial.
Capitulo X.
El imperialismo en la etapa actual
La
segunda guerra mundial
trajo consecuencias
muy distintas para los diversos países imperialistas
que tomaron parte en ella: unos quedaron vencedores
y otros fueron
vencidos, unos salieron
de la
contienda fortalecidos y otros debilitados. Pero si
tomamos el sistema imperialista en su conjunto, la guerra significó una grave
derrota. No sólo resultó incapaz de sacar al capitalismo de la crisis general
que lo aquejaba, sino que la agudizó y profundizó extraordinariamente,
inaugurando una nueva etapa en su desarrollo.
1.
Nueva etapa de
la crisis general del capitalismo
¿Cuáles son las características más acusadas de la
nueva
etapa en la crisis general del capitalismo?
Primera, la sensible modificación de la relación de
fuerzas entre el sistema del socialismo y el sistema
del
imperialismo,
principalmente por haberse
desprendido del capitalismo una serie de países de
Europa y Asia, con la transformación del socialismo en un sistema mundial.
Segunda, la acentuada disgregación del sistema
colonial del imperialismo
y la agudización
de las contradicciones entre las
potencias imperialistas y las colonias, semicolonias y antiguas colonias.
Tercera, la aparición de nuevas contradicciones en
el seno del campo imperialista, sobre todo entre los
Estados Unidos y otros países capitalistas
desarrollados, al incrementarse
la expansión del
imperialismo norteamericano y como consecuencia de
sus aspiraciones a dominar el mundo.
Cuarta,
la profundización y
ampliación de los
antagonismos de clases en los países donde el
capitalismo está desarrollado.
En el período comprendido entre las dos guerras
mundiales el sistema social socialista estaba representado por
un solo país
en el que
vivía
alrededor del ocho por ciento de la población de la
tierra y que, como una fortaleza asediada, hallábase
rodeado por potencias capitalistas enemigas.
Después de la segunda guerra mundial, con el triunfo
de las revoluciones populares democráticas,
se
incorporaron al socialismo
nuevos países de
Europa y Asia, y entre ellos uno tan enorme como es
China. Hoy día el campo socialista abarca al 35 por
ciento de la
población del globo,
o lo que
es lo mismo, alrededor de 1.000
millones de personas.
La desintegración del sistema colonial, que ha
escapado al control directo de los imperialistas, ha
significado la emancipación de países con una
población superior a
1.200 millones de
almas. Decenas de colonias
y países dependientes
han
adquirido su independencia nacional. En las
colonias, protectorados y territorios
sujetos a fideicomiso,
donde aún impera en absoluto la ley de los magnates
imperialistas, viven ahora poco más de 150 millones
de personas.
Después
de la segunda
guerra mundial la expansión
imperialista ha experimentado
grandes
reducciones. El campo imperialista propiamente
dicho, que hasta hace poco tenía bajo su planta a las
cinco sextas partes del globo, abarca ahora a países
con una población
de unos 500
millones de habitantes.
Así, pues, en estos momentos se ve aún más claro que
la crisis general del capitalismo es ante todo la
crisis del sistema imperialista, de cuya férula se
van escapando nuevos y nuevos países.
Los países socialistas han formado un poderoso
campo que dispone de todo lo necesario para
defenderse de las maniobras agresivas de la relación imperialista, y también
para ayudar a la rápida expansión económica, social y cultural de otros pueblos
que se han emancipado del yugo de los imperialistas.
Los imperialistas no se conforman con estos cambios
históricos. No había terminado casi la guerra
cuando
ya empezaban una
febril carrera de
armamentos con objeto de preparar una nueva
contienda mundial y desencadenaban la "guerra fría"
contra los países del socialismo. La nueva etapa de
la
crisis general del capitalismo significa el
incremento de la agresividad del imperialismo y la agudización del peligro de
una nueva guerra, que se cierne sobre el mundo.
En estas condiciones de acentuación de la crisis
general del capitalismo, la desigualdad de su desarrollo adquiere formas nuevas
todavía más agudas. La segunda guerra mundial ha trastrocado por completo la
anterior relación de fuerzas entre las potencias capitalistas. Las posiciones
de los países vencidos (Alemania, Japón, Italia) sufrieron gravísimos
quebrantos. También salieron bastante debilitadas algunas de las potencias
vencedoras (Inglaterra, Francia). Los Estados Unidos, por el contrario, robustecieron
sus posiciones y pasaron a ocupar una situación de preponderancia en el mundo
capitalista. Sus monopolios se orientaron hacia una intensa expansión económica
y política dondequiera que no hallaban una enérgica resistencia. Los Estados
Unidos tratan de subordinar a los viejos países capitalistas, sin que se salven
de estos propósitos ni sus aliados imperialistas.
Las
crecientes dificultades económicas
del sistema imperialista, unidas a numerosos factores de
orden
político a los
que nos referiremos
más adelante, han provocado una nueva agudización de
los
antagonismos de clase
en los países
donde imperan los monopolios. La base social del predominio de
la burguesía monopolista
se ha
estrechado. La lucha de clases de los trabajadores
contra los imperialistas se ha hecho más enérgica y
organizada, y también ha ganado en extensión.
La base de todas estas contradicciones del
imperialismo contemporáneo es la acentuación de la
contradicción fundamental del sistema capitalista:
la
que existe entre el carácter social de la producción
y el carácter privado de la apropiación. La reducción
de la esfera
de la explotación
imperialista, la
agudización de los antagonismos de clase y de las
contradicciones entre las potencias imperialistas representan nuevas
dificultades para el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas en unas
condiciones en que se mantienen en pie la propiedad privada y la anarquía de la
producción. El incremento de las fuerzas productivas exige cada vez más
imperiosamente su liberación de los grillos de la propiedad capitalista que las
mantienen sujetas. En estos momentos, cuando tanto se han acentuado y
profundizado las contradicciones características de la actual etapa de la
crisis general del capitalismo, los monopolios no son capaces ya de asegurar su
dominación con los recursos de antes. Y de ahí el brusco viraje que se ha dado
hacia formas nuevas, del monopolio de Estado, que ha adoptado el capital.
2. El
capitalismo monopolista de estado
Transformación
del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado.
La transformación del capitalismo monopolista en
capitalismo monopolista de Estado significa la fusión de las fuerzas de los
monopolios capitalistas y del Estado, pero de tal manera que éste se encuentre
subordinado a los grandes monopolios capitalistas. Desde la segunda guerra
mundial el capitalismo monopolista de Estado ha conseguido afirmarse en los
principales países imperialistas y, en una u otra medida, ha echado raíces en
todos los países capitalistas desarrollados.
Se comprende que el capitalismo monopolista de
Estado no puede abarcar ni reestructurar en ningún
país todos los eslabones de su economía. Junto a él, como antes ocurría también
con el capitalismo monopolista, continúan existiendo las empresas no
monopolistas, medias y pequeñas, se conserva en volumen mayor o menor la
pequeña burguesía de la ciudad y el campo, y en ocasiones se mantienen hasta
formas precapitalistas de explotación. Pero el incremento del capitalismo
monopolista de Estado es un fenómeno nuevo y de singular importancia del
capitalismo contemporáneo a cuyo estudio se debe prestar particular atención.
El
desarrollo del capitalismo
monopolista de
Estado es un proceso complejo que presenta numerosas
facetas y que abarca por igual a la economía y a la política.
Los
monopolios, que a
principios del siglo pasaron a
ser la fuerza
económica preponderante,
hacían
desde sus primeros
pasos buenos negocios con
los pedidos del
Estado y, movidos
por sus
intereses egoístas, imponían modificaciones en la
legislación arancelaria, en los créditos públicos, en el
sistema de subsidios y de privilegios fiscales, etc.
Sin embargo, antes de que el capitalismo entrase en el período de
su crisis general,
la reproducción
ampliada del capital se realizaba por los
monopolios, de ordinario, sin la mediación o intervención directa
del Estado. El sistema capitalista en su conjunto
era aún lo bastante estable como para no necesitar la ayuda de los poderes
públicos.
La situación cambió al entrar el capitalismo en la
época de su
crisis general. Conmociones
tan
violentas para el sistema capitalista como las
guerras mundiales y las crisis económicas y políticas han hecho ver
a los monopolios
que con los
viejos
métodos no podían seguir imponiendo su voluntad como
antes. Para asegurar el funcionamiento de la
máquina industrial, financiera y comercial de las
corporaciones capitalistas era necesario unir su poderío a la enorme fuerza que
el Estado representa.
Los primeros pasos del capitalismo monopolista de
Estado se dan en 1914-1918, durante la primera
guerra mundial. Según Lenin, esto se produjo bajo la
presión de circunstancias provocadas
por la contienda. Donde más se
avanzó entonces en este
sentido fue en Alemania. Pero Lenin no consideraba la
guerra, las medidas relacionadas con la aparición de los
monopolios capitalistas de Estado. Veía
en ello un proceso
regular, históricamente inevitable, que la guerra no había hecho más
que acelerar. Entonces mismo, en 1917, expuso esta característica del
imperialismo, señalando que éste no es sólo la época de los monopolios
gigantescos, sino también "la época de la transformación del capitalismo
monopolista en capitalismo monopolista de Estado... "145
Un factor importante en el desarrollo del
capitalismo monopolista de Estado fue la crisis económica mundial de 1929-1933,
que tan grave quebranto significó para la economía capitalista del mundo entero.
La crisis se
produjo en unos momentos en que la Unión Soviética
llevaba adelante con éxito su primer plan quinquenal, que demostraba las
formidables ventajas de la economía planificada socialista. Para salvar a los
grandes monopolios de la crisis, los Estados recurrieron a diversas medidas que
fueron presentadas como un acertado intento de "regular" la economía
capitalista y de introducir en ella los principios de la
"planificación". Desde entonces, este sistema de medidas monopolistas
de Estado ha pasado a ser parte integrante de la Administración en los países
imperialistas. Las funciones de protección de los grandes capitalistas ante la
amenaza de nuevas crisis corren a cargo del Estado y se ven avaladas en el
plano legislativo.
El pretexto de combatir las crisis y de
"planificar" la economía ha abierto al capital monopolista nuevas
fuentes de enriquecimiento a
expensas de la Hacienda
pública. Con la
etiqueta de "obras públicas", el Estado
construye carreteras para rebajar los gastos de transporte de los monopolios, o
levanta centrales eléctricas, para que puedan disponer de energía a bajo
precio. Con la excusa de eliminar los "excedentes" de la producción,
el Estado compra a los monopolios las mercancías que no encuentran salida y las
almacena o destruye simplemente. También concede a los monopolios créditos y
subsidios para la venta en el mercado exterior de esas mercancías a precios de
dumping, artificialmente reducidos. No hará falta demostrar que estas medidas
lo único que hacen es incrementar el parasitismo del capital monopolista.
La fusión del poder de la oligarquía financiera y
del Estado se llevó en la Alemania fascista hasta sus últimos extremos. Todo
gran capitalista era en su empresa representante del poder público. Los
organismos del Estado, en el que había delegados del gran capital, ejercían la
dirección de sectores enteros de la economía. Repartían los pedidos entre los
consorcios, establecían los precios y distribuían las materias primas. El
Estado se convirtió en un instrumento que ayudaba a impulsar la centralización
del capital. Dictáronse leyes suprimiendo todas las
como
fenómenos pasajeros, propios y exclusivos de
145 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXV, pág. 382.
pequeñas sociedades anónimas e incorporándolas a los
grandes consorcios. El Estado fascista reprimió ferozmente la resistencia de
los obreros a los monopolios y disolvió los sindicatos y los partidos políticos
de la clase obrera. El capitalismo monopolista de Estado tuvo ocasión de
mostrar su verdadera faz de fiera repugnante.
La segunda guerra mundial ha acelerado aún más en
los países imperialistas la conversión del capital
monopolista en monopolista de Estado. Las estrechas
conexiones establecidas en aquellos años entre los
todopoderosos
monopolios y el
Estado no se aflojaron al volver a los tiempos de paz,
habiéndose convertido en el
esqueleto de la
nueva estructura
monopolista de Estado. El aparato de movilización
militar de la
economía se ha
incorporado
definitivamente a la máquina estatal. Como
consecuencia de las
guerras mundiales, las posiciones clave
de la economía
dentro de los
Estados imperialistas han sido ocupadas por los
consorcios de producción
de material bélico,
interesados especialmente en todas las medidas que
puedan fomentar el monopolismo de Estado.
Con objeto de tener en sus manos de manera más
completa los resortes del poder, los magnates del
capital financiero se convierten en ministros, directores de los departamentos
más importantes, embajadores y altos funcionarios. Hasta tal punto se
entrelazan el aparato del Estado y los monopolios, que a menudo cuesta trabajo
trazar la línea divisoria entre ellos.
Lenin indicaba que los monopolios no eliminan la
competencia, limitándose a darle otra forma. Entre los nuevos
métodos que esta
lucha adopta, el principal es el de la violencia económica
y política - sin excluir a veces la física-, la eliminación del adversario a
toda costa y sin desdeñar ningún medio. El capitalismo monopolista de Estado
restringe aún más el campo de la libre competencia. Esta adopta una nueva
forma: la lucha de gigantescos monopolios que se disputan el privilegio de
manejar a su arbitrio los fondos públicos y de ejercer su control sobre los
distintos escalones de la máquina administrativa. No en vano señalaba Lenin que
el capitalismo monopolista de Estado es la malversación de fondos legalizada.
Mecanismo
del actual capitalismo monopolista de Estado.
La esencia del capitalismo monopolista de Estado es,
según queda dicho, la unión directa del dominio
de los monopolios
capitalistas con la
gigantesca fuerza del poder público. y en este maridaje el Estado
no ocupa una situación independiente, sino
subordinada.
El Estado, en interés de los monopolios, trata de regular
hasta cierto punto la economía capitalista. A este objeto
amplía desmesuradamente sus presupuestos, con objeto de crear un
mercado privilegiado y garantizado en interés de las corporaciones y de
utilizarlo como amortiguador de las
conmociones provocadas por
las crisis económicas y la
reducción de la esfera de la explotación imperialista.
El Estado utiliza en proporciones inusitadas a los
monopolios como instrumentos para la acumulación de capitales. A fin de
concentrar los recursos monetarios de la población en los más importantes
bancos privados y compañías de seguros financiados por los monopolios, se hace
responsable, de hecho, con su garantía de las imposiciones y cuentas
corrientes. Salva a los trusts y consorcios de la quiebra, y protege y apoya el
alto nivel de sus ganancias mediante abrumadoras cargas fiscales, que pesan
sobre las masas trabajadoras. Se incrementa formidablemente el militarismo, que
sostiene la política exterior imperialista de los monopolios. Crecen hasta un
grado monstruoso las funciones militares y policíacas del Estado, del que los
monopolios se valen para reprimir cualquier acción de los trabajadores.
Una característica muy acusada del actual
capitalismo monopolista de Estado es la formación
de un importante mercado estatal que adopta la forma
de pedidos hechos por el gobierno, de asignaciones
para la adquisición de excedentes, etc. Este mercado es casi por completo coto
cerrado de las grandes corporaciones. La consecuencia de esto es un
acrecimiento gigantesco del papel de las finanzas públicas en la economía.
Mediante los impuestos directos e indirectos,
el Estado concentra
en sus manos y redistribuye en
favor de los monopolios una parte cada vez mayor de la renta nacional. A
principios de siglo, en los Estados Unidos y en Inglaterra los impuestos
representaban un reducido tanto por ciento de la renta nacional, mientras que
en
1956•1958 ascendían a casi una cuarta parte de la
misma.
La enorme tributación fiscal con que se esquilma a
la población es destinada principalmente a la adquisición de
armamento, que los
consorcios fabrican por encargo del gobierno. Se trata por lo común de
pedidos a largo
plazo (cuatro y
cinco años). De este modo los monopolios que los reciben se aseguran en
cierto grado contra la inestabilidad de la demanda del mercado, con todas sus
fluctuaciones, y contra las amenazas de descenso de la producción.
Las constantes y enormes adquisiciones de armamento,
a cargo del Estado, son lo que mejor
caracteriza la esencia parasitaria del capitalismo
monopolista de Estado.
La fabricación de
instrumentos de muerte y destrucción aparta a un
número cada vez mayor de obreros, ingenieros y hombres de ciencia de la
producción de bienes útiles
para la sociedad, y, estérilmente, conduce a la
dilapidación de grandes
cantidades de recursos materiales, de materias primas,
combustible, utillaje, etc. El volumen de estos trabajos en la actividad de los
monopolios crece sin cesar; así, por ejemplo, en los Estados Unidos, las
compras gubernamentales ascendieron en 1958 al 21,4 por ciento del producto
nacional, contra el 8,2 por ciento en 1929.
El Estado no se limita a crear una demanda
relativamente garantizada en
provecho principalmente de las
grandes corporaciones.
También les concede
enormes subsidios, de los
cuales se benefician, ante todo, los consorcios que proporcionan artículos
de importancia bélica, materias primas
estratégicas, combustible,
electricidad y algunos productos químicos. También enriquecen a los monopolios
los créditos concedidos para la modernización del utillaje. Los bancos
consiguen beneficios fabulosos como intermediarios en la colocación de los
empréstitos públicos.
Con el paso al capitalismo monopolista de Estado
tiene lugar cierto incremento de la propiedad estatal.
A ello empujan,
entre otras circunstancias, los
rápidos
avances del progreso
técnico (automatización, electrónica, energía atómica). Los monopolios
tratan de transferir al Estado cuanto se relaciona con la creación de nuevas
ramas de la industria cuando éstas exigen de momento unas inversiones de
capital extraordinariamente elevadas. A su cargo toman la contrata de las obras
y la fabricación del equipo, con lo que, sin riesgo alguno, se garantizan
saneados beneficios. También crece la propiedad estatal por la construcción de
nuevas empresas de la industria de guerra y de las ramas con ella relacionadas.
y en este sentido las compañías privadas hacen lo mismo: dejan que el Estado
cargue con la construcción de nuevas fábricas y luego los monopolios las toman
en arriendo.
Además, pasan a ser propiedad del Estado algunas
ramas de la industria, importantes, pero que han dejado de ser tan rentables
como antes. En Inglaterra ha ocurrido así con la industria minera, las
centrales eléctricas y los ferrocarriles, cuya nacionalización significó un
negocio excelente para las compañías propietarias. Gracias a la
"generosidad" del Estado percibieron un precio que ningún particular
les habría abonado. De hecho,
lo ocurrido es
que pudieron retirar sus
capitales de unas empresas poco rentables y colocarlos en otras más
provechosas. Las empresas que pasaron a poder del Estado prestan muy buen
servicio a las corporaciones capitalistas privadas, las cuales ganan con las
bajas tarifas de los transportes ferroviarios y de la energía eléctrica, con el
reducido precio del carbón, el hierro y el acero, etc. De ordinario, los altos
cargos de las empresas estatales son ocupados por magnates del capital
financiero y representantes suyos.
Ahora bien, a pesar de todas las ventajas que la
propiedad estatal significa para los monopolios, éstos
la aceptan sólo en circunstancias excepcionales y en
un volumen limitado. Es cierto que en algunos países de Europa Occidental se
llegó después de la última guerra a una situación en que los grupos dominantes
del gran capital hubieron de aceptar una nacionalización más amplia de lo que
ellos habrían deseado. Pero en
cuanto las cosas
cambiaron, hicieron por adueñarse de nuevo de las empresas estatales. En
Inglaterra ha sido ya devuelta a las compañías privadas la siderurgia. Una
transmisión parcial de las empresas nacionalizadas a los monopolios ha tenido
lugar también en Francia, Italia y Austria. En los Estados Unidos, cuando acabó
la guerra, se vendieron a los monopolios, a bajo precio, muchas fábricas del
Estado.
Practícanse también formas diversas de propiedad
mixta, estatal-privada, sobre los medios de producción. En Italia y Alemania
Occidental, por ejemplo, el Estado
posee grandes paquetes
de acciones de numerosas empresas pertenecientes a distintos sectores de
la economía.
Una característica del capitalismo monopolista de
Estado es la activa intervención de los poderes
públicos en los
conflictos entre los
obreros y patronos, la tendencia
a reprimir por la fuerza el descontento de las masas. Cada vez es más frecuente
la imposición de
su arbitraje obligatorio
en las huelgas y
la presión sobre
los huelguistas en beneficio
de los monopolios.
Las leyes y disposiciones del gobierno ponen grandes
trabas a la declaración de huelgas y a la actividad de los sindicatos (por
ejemplo, la ley Taft-Hartley en los Estados Unidos). La política gubernamental
de "congelación" de salarios, es decir, de su mantenimiento a un
nivel invariable cuando aumenta el costo de la vida, permite a los monopolios
elevar el grado de explotación de los trabajadores.
En el período subsiguiente a la guerra son típicas
las medidas monopolistas de Estado en el campo internacional. Los monopolios
obligan al Estado a financiar la exportación de mercancías y a garantizar los
créditos privados de exportación. El Estado imperialista toma a su cargo la
exportación de capitales, que invierte en los sectores y países donde las corporaciones
privadas no se
deciden a arriesgarse. En interés
de los monopolios se negocian convenios internacionales sobre la división y
explotación de las fuentes de materias primas. Así se formó la gigantesca
organización monopolista internacional
europea del hierro
y el acero,
que abarca la industria hullero-metalúrgica de Alemania Occidental,
Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Una medida de este mismo orden
es la creación por dichos países del "Mercado Común", unión aduanera
que asegura una situación de privilegio a los grandes monopolios.
Las medidas monopolistas de Estado de carácter
internacional no aspiran
solamente a aumentar
los
beneficios de los capitalistas; también se proponen
la tarea de agrupar las fuerzas de la reacción mundial para conservar el
sistema colonial que se les viene abajo, para luchar contra la democracia y el
socialismo, para mantener la "guerra fría" y preparar la agresión
contra los países del socialismo. Las corporaciones norteamericanas -a las que
se debe la iniciativa en la creación de la mayoría de los monopolios internacionales- los
utilizan como un arma en su lucha por la dominación
mundial.
Militarización
de la economía.
El incremento de las tendencias monopolistas de
Estado va unido indisolublemente a la militarización de la economía de los
Estados imperialistas.
En su forma desarrollada, la militarización de la
economía es sólo
típica de la
época en que se
produce la crisis general del capitalismo, con las
guerras mundiales que ésta lleva aparejada. Resulta posible porque
la maquinaria del
Estado es
aprovechada por los monopolios para efectuar la
redistribución de la
renta nacional (impuestos
directos e indirectos, empréstitos, control de la
distribución de las materias primas y materiales estratégicos, etc.)
y crear así
una gigantesca
economía bélica. La causa de esta militarización
verdaderamente "total", como
ejemplo de la
cual
puede servir la Alemania de 1933-1939 y los Estados
Unidos después de la segunda guerra mundial, reside en la
acentuación de las
contradicciones
fundamentales del capitalismo monopolista
contemporáneo. Las grandes
corporaciones se
esfuerzan por resolver el problema de la venta
apoyándose en la demanda estatal de material bélico.
De ahí su extraordinario interés por que se mantenga
la carrera de armamentos, que les asegura miles de millones de superbeneficios.
Los descomunales gastos de los Estados imperialistas
en armamento alivian por el momento
el problema de la venta.
Sin embargo, no hay que atribuir a causas
económicas solamente la
militarización de la
economía. Esta no puede ser separada del curso
general que adopta la política interior y exterior de
los Estados imperialistas. Sabemos, por ejemplo,
que, como consecuencia de la crisis económica mundial de 1929-1933,
muchos monopolios de
Estados
Unidos y Alemania se vieron por igual interesados en
los pedidos de material de guerra. Pero entonces fue
la Alemania hitleriana la que se lanzó a marchas
forzadas a la militarización de su economía, al haber supeditado su
política interior y
exterior a la
preparación de una guerra por la dominación del
mundo. A partir de 1945 son los Estados Unidos los
inspiradores principales de la militarización de la
economía.
No hace falta decir que un régimen social que
para "estimular" la economía recurre a la
producción de armas de exterminio en masa, desde el punto de
vista
moral se dicta
a sí mismo
su sentencia de muerte.
Pero no se trata sólo de problemas éticos. Esta
política, además de ser criminal, no resuelve nada en
última instancia, puesto que deja en pie las grandes
contradicciones que corroen
al capitalismo
contemporáneo.
El aumento de los pedidos de guerra por el Estado es
a veces una palanca que ayuda a elevar el nivel
general de la producción, sin exceptuar la
producción civil. Temporalmente puede
contribuir a cierto
incremento del salario de los obreros, sobre todo de
los que están ocupados en la industria de guerra. Así ocurre de
ordinario cuando la
industria bélica se
amplía
por la puesta
en marcha de
fábricas y capitales que hasta
entonces permanecían inactivos.
Los desocupados encuentran trabajo en la industria
de guerra y hacen aumentar la demanda, habiendo necesidad, para satisfacerla,
de ampliar la producción
en otros sectores. Crece también la demanda de los
capitalistas, sobre todo si, a la vista de los crecientes
pedidos militares, comienzan a ampliar sus empresas
y a construir otras nuevas, para lo cual se necesitan materiales, maquinaria y
equipo.
Así es como
en los Estados
Unidos fueron utilizadas las
fábricas que no
trabajaban a plena
potencia en los años de la segunda guerra mundial.
Entre 1940 y 1943 el volumen de la producción industrial creció un 90 por
ciento, mientras que el
número de obreros en la industria transformativa se
veía acrecido en un 70 por ciento. El comienzo de la
guerra de Corea, en 1950, significó también un
estímulo para la
producción industrial
norteamericana. Pero el ejemplo de los Estados
Unidos muestra también las contradicciones y los límites a
que está sujeta
la militarización de la
economía. Incluso en los años de la segunda guerra
mundial, el período
de auge simultáneo
de la
producción militar y no militar fue allí de corta
duración. No tardó en descender la producción de los sectores no
dedicados a fines
militares. Bastante
antes de la terminación de la guerra se llegó a una
situación en la que la producción civil había agotado
sus posibilidades y hubo de reducirse. A partir de
1944 se observa ya un descenso general de la
producción industrial, puesto que el volumen de la
producción bélica no cubría ya el descenso de la
producción civil. Lo mismo ocurrió en el período de
la guerra de Corea.
La corta duración del estímulo que la
militarización ejerce sobre
el incremento de la
producción en general se debe también a los métodos
que se siguen para financiarla. En el período inicial el
Estado aumenta el presupuesto de guerra no sólo a
expensas de los impuestos, sino también mediante la emisión de obligaciones,
adquiridas de buen grado
por la burguesía que dispone de dinero libre. Luego,
sin embargo, el
presupuesto se cubre
de manera
creciente por los impuestos que gravan a los obreros
y empleados. En tales condiciones, el aumento de la demanda del Estado va
acompañado inevitablemente por la reducción de la demanda entre la población
civil, lo que repercute sobre el mercado de las ramas que no se dedican a la
producción de guerra.
El reducido volumen de los estímulos derivados
de la
carrera de armamentos
nos lo demuestra
el hecho de que en los Estados Unidos, con la industria militarizada,
entre 1943 y 1957 la producción industrial creció un 13 por ciento solamente. Y
aun así, un ascenso tan reducido no se debe a la acción pura y simple de la
militarización. En igual medida ha contribuido la necesidad de renovar y
ampliar en gran escala el capital fijo de la industria y de otras ramas de la
economía.
Si bien el volumen de la producción se ha
incrementado en los Estados Unidos como consecuencia de la guerra y la
militarización, éstas han repercutido de manera muy distinta sobre los países
en los que directamente se desarrollaron las operaciones militares. Los enormes
gastos de guerra no aceleraron, sino que frenaron en el período postbélico la
expansión económica de Francia e Inglaterra. Y aunque proporcionalmente a la
renta nacional los gastos
militares de estos
dos países fuesen menos que los
de Estados Unidos, la carga que para ellos representa es mucho más grave. Los
gastos militares absorben recursos que podrían ser destinados a la
modernización y ampliación de la industria. Por lo tanto, la militarización ha
debilitado a Francia e Inglaterra en su capacidad para resistir la competencia
en el mercado mundial.
Refiriéndose a la guerra, Marx escribe que "en
el sentido puramente económico es lo mismo que si una nación tirase al agua
parte de su capital".146 Pero en
los tiempos en que Marx afirmaba esto, incluso en los años de guerra no se
tiraba al mar sin fondo de los gastos militares tal cantidad de valores
materiales como actualmente dilapidan los países capitalistas en los años de
paz. Después de la segunda guerra mundial, el presupuesto militar de los Estados
imperialistas con una economía más militarizada absorbe del 10 al 15 por ciento
de la renta nacional.
La militarización de la economía significa que la
producción con fines pacíficos se reduce, quebranta
la base de la reproducción ampliada y, en último
término, conduce al descenso del volumen general de
la producción. Al mismo tiempo, el rápido progreso
de la técnica bélica y el "desgaste moral", no menos rápido, de las
armas modernas, obligan a producir
constantemente armamento que al cabo de unos
cuantos años pierde
eficacia y se
convierte en
chatarra.
Por muy rico que sea un país imperialista, la
militarización abre la
perspectiva de un
gradual
agotamiento de la economía. Inevitablemente frena
146 "Archivo de Marx y Engels", t. IV,
1935, pág. 29.
el
avance de los
sectores civiles y
de toda la economía nacional en su conjunto. Para
convencerse de ello basta
comparar el incremento
de la producción en Inglaterra y
Francia -abrumadas por cargas que no pueden soportar- y en Alemania Occidental,
donde durante bastantes años los gastos de armamento han sido incomparablemente
menores. La industria alemana ha crecido con un ritmo mucho más rápido. La
Alemania Occidental ha sido el país que de manera más eficaz ha aprovechado la
insuficiencia de capital fijo observada en la mayoría de los Estados
capitalistas. A partir de 1950 comenzó en gran escala la exportación de
maquinaria y equipo que las fábricas inglesas y francesas, dedicadas a la
producción de armamento, no podían proporcionar.
La militarización de la economía significa un
aumento inusitado de las cargas fiscales. El Estado
adquiere
armamento y mantiene
el ejército,
principalmente, con los recursos que le proporcionan
los impuestos, para lo cual ha de entrar a saco en el
bolsillo de su propio pueblo.
Cierta parte de los recursos invertidos por los
gobiernos para el sostenimiento de los ejércitos provienen de los empréstitos,
cuyas obligaciones son adquiridas por los capitalistas principalmente. El
interés que esto
les proporciona constituye
un capítulo nada despreciable de sus ingresos. Mas para satisfacer a los
capitalistas esos intereses y para la amortización de los empréstitos el
gobierno ha de recurrir a nuevos impuestos. Por lo tanto, el dinero que la
burguesía proporciona al gobierno mediante la adquisición de títulos de los
empréstitos revierte a ella íntegramente, y con un elevado interés, aunque de
donde sale es del bolsillo de los trabajadores.
Un compañero inevitable de la economía
militarizada e instrumento
muy importante de la
misma es la desvalorización del dinero o inflación.
El Estado no puede atender por completo a los gastos
que el
sostenimiento del ejército
y el armamento
representan con los solos recursos de los impuestos
y
los empréstitos. El déficit presupuestario se cubre
parcialmente con la emisión de papel moneda por
encima
de la cantidad
que exige la
circulación.
Además, los títulos de la deuda se emplean como
medio de pago y como garantía de préstamos concedidos por los bancos a los
capitalistas, lo que de hecho significa el aumento del dinero en circulación.
Por eso la inflación es una secuela de las guerras y la militarización de la
economía. En 1957 la capacidad adquisitiva
del dólar americano
era la mitad
que antes de la guerra, de la libra esterlina inglesa tres veces menos y
del franco francés y la lira italiana varias decenas de veces inferior a la de
1939. Al producirse la inflación,
los precios crecen
más de prisa que los salarios,
por lo que las ganancias de los capitalistas
aumentan, al disminuir
la parte de la
renta nacional que corresponde a los obreros. La inflación es
un medio para
conseguir una redistribución de
la renta nacional en beneficio de los monopolios, que incrementan así la
explotación de los trabajadores.
Por lo tanto, los gastos militares, cualquiera que
sea la forma a que se recurra para financiarlos, recaen
en última instancia sobre los hombros de las grandes
masas del pueblo. Por el contrario, contribuyen al
enriquecimiento de los grandes capitalistas.
La
militarización de la
economía hace que se
reduzcan al mínimo los desembolsos del Estado
capitalista para el sostenimiento de escuelas, establecimientos de enseñanza
superior, hospitales, etc. Provoca la degradación de la cultura, estimula el
chovinismo y aumenta la influencia de los militares y de la burocracia, que
reducen a la nada todas las conquistas de la democracia burguesa, todo cuanto
se alcanzó gracias a la constante lucha de las masas trabajadoras. Una
peligrosa consecuencia de la economía militarizada es la amenaza de guerra.
La militarización de la economía es una prueba
irrefutable de la degeneración parasitaria del capitalismo contemporáneo.
Nacionalización capitalista y
capitalismo de Estado.
El
capitalismo monopolista de
Estado es un sistema
profundamente antipopular y
reaccionario,
como lo es, en general, el capitalismo monopolista.
No hay que confundirlo, sin embargo, con el
capitalismo de Estado no monopolista. Este último
puede ostentar un carácter reaccionario o
progresivo,
en dependencia de las fuerzas sociales que lo
respaldan. Por ejemplo, en algunos países poco desarrollados, que se han
sacudido el yugo del colonialismo,
el capitalismo de
Estado, y en particular la propiedad estatal, cumple
actualmente un papel progresivo.147
En los países imperialistas la propiedad estatal se
halla insertada casi por completo en el sistema reaccionario del capitalismo
monopolista de Estado.
¿Significa esto que la clase obrera y otras fuerzas
progresivas han de manifestarse contra la propiedad
estatal y pedir que las empresas nacionalizadas sean
devueltas a los capitalistas? Se comprende que no,
pues esto significaría un paso atrás. La desnacionalización no la preconizan
las fuerzas progresivas, sino los monopolios capitalistas.
En los años de la segunda guerra mundial, la
burguesía monopolista de los países capitalistas de
Europa
ocupados por los
hitlerianos se cubrió
de
vergüenza al colaborar con el enemigo. Por eso, una
vez conquistada la paz, las masas populares exigieron
la nacionalización, con el deseo de poner fin a la
dominación de los monopolios, de extirpar las raíces
del fascismo, de castigar a los culpables de la guerra y de asegurar la paz, la
independencia y una auténtica democracia.
Los trabajadores veían
en la
147 Acerca de ello, véase el capítulo XVI.
nacionalización uno de los medios que les libraría
del yugo de los monopolios capitalistas.
Pero la burguesía y los socialdemócratas de derecha
que la apoyaban, aunque bajo la presión de
las
masas hubieron de
transigir con la nacionalización capitalista parcial,
hicieron las cosas
de tal modo que se diera la máxima satisfacción a
los monopolios, mientras se prestaba la mínima atención a las reivindicaciones
de los obreros. No obstante, las
masas trabajadoras de Inglaterra y algún otro país
insisten en que se prosiga la nacionalización de la
gran industria, pues tienen ante ellas el gran
ejemplo de los países socialistas, que son una prueba fehaciente de la
superioridad de la industria socialista
nacionalizada.
Los monopolistas, en cambio, se oponen
decididamente a toda
ampliación de las
nacionalizaciones, aun de las capitalistas, pues
toda
nacionalización demuestra una vez más, bien a las
claras, a todos
los trabajadores que
la economía
social
puede prescindir perfectamente de
los
capitalistas. De este modo, la nacionalización, al
quebrantar el "sacrosanto principio" de la propiedad privada, ayuda a
disipar ilusiones que la burguesía muestra gran interés en conservar. Los
monopolistas saben también que mientras las empresas sean de su propiedad
privada, son los dueños absolutos de ellas. Y después de la nacionalización,
aunque en líneas generales subordinen los organismos estatales a su voluntad,
siempre se encuentran bajo la amenaza de que otros intervengan en sus asuntos,
puesto que también otros monopolistas, rivales suyos, tratan de utilizar el
Estado en beneficio propio.
Y fuera de esto, el Estado se ve
a veces obligado a actuar en interés de toda clase dominante, interés que no
siempre ha de coincidir por completo con los deseos y propósitos de
determinados trusts y consorcios. De ahí que los monopolistas prefieran siempre
la propiedad privada. La propiedad estatal la consideran únicamente como un
instrumento para robustecer su propiedad privada monopolista.
En muchos países en que impera el capitalismo
monopolista de Estado, los Partidos Comunistas apoyan la reivindicación de una
nacionalización consecuente de la
gran industria, puesto
que va contra la dominación de
los monopolios, y en este sentido
es progresiva. Cierto
que mientras la situación política del país sea tal que
resulte aún imposible la supresión de todos los monopolios capitalistas, la
reivindicación de la nacionalización completa de la gran industria es sólo una
afirmación programática del partido marxista. Y aun así, en estas condiciones,
los Partidos Comunistas no se limitan a la propaganda, sino que piden la
nacionalización inmediata de algunas
ramas de la gran industria, y ante todo de aquellas en que la opresión
de los monopolios se ha hecho tan intolerable que los obreros están dispuestos
a lanzarse a la lucha política
de masas por la nacionalización con carácter
urgente. Ahora bien, los comunistas piden que la nacionalización se lleve a
cabo de tal forma que recorte de veras la omnipotencia de los monopolios
capitalistas y alivie la situación de los trabajadores.
No sólo las reivindicaciones de nacionalización,
sino también otras reformas que los trabajadores de
los
países burgueses reclaman
en defensa de sus
intereses se refieren a medidas en el plano del
capitalismo de Estado. Esto guarda relación con el
creciente papel del Estado capitalista moderno en la
vida económica. Los trabajadores no exigen en modo
alguno la desaparición total y absoluta de la intervención del Estado en la
economía. Quieren, sí, una intervención que ponga límites a la arbitrariedad y
a la rapacidad desmesurada de los monopolios.
Si el Estado, en beneficio de los patronos, puede
"congelar" los salarios, piensan con toda razón los obreros, ¿por qué
no ha de establecer también un salario mínimo garantizado y utilizar, aunque
sea en ocasiones, su arbitraje en beneficio de los obreros cuando se plantean
conflictos de trabajo? ¿Por qué no ha de adoptar el Estado medidas eficaces
contra el arbitrario aumento de los alquileres y el encarecimiento de los
artículos de consumo?
La experiencia demuestra que cuando los
trabajadores luchan por
estas reivindicaciones hay
veces que consiguen arrancar ciertas concesiones al
Estado capitalista, aunque no se trate de asuntos de
primordial importancia. En algunos lugares, bajo la
presión
de los obreros
se emprenden trabajos
públicos para los desocupados. Evidentemente, aun
con el predominio completo del capital financiero, los círculos gobernantes no
pueden por menos de temer el descontento de las grandes masas trabajadoras,
sobre todo cuando éstas manifiestan un espíritu combativo.
El economista norteamericano H. Lumer hace ver que
en los Estados Unidos, gracias a la lucha de las
masas contra los monopolios, en los últimos años de
la segunda guerra mundial rigió un sistema
relativamente eficaz de control de los precios. Los
precios al por mayor y al por menor, y también los
alquileres, sólo se elevaron en este tiempo del dos
al cuatro por ciento. Al advenir la paz, la supresión del sistema estatal de
control desató las manos a los monopolistas y los precios empezaron a subir,
sin que hasta ahora se hayan estabilizado. Lumer escribe: "...el control
de los precios debilitó en grado considerable la carga que los obreros
soportaron durante la segunda guerra mundial, mientras que actualmente, al no
existir nada que ni remotamente se asemeje a un auténtico control de los precios,
ha significado un gran aumento de dicha carga."148
Quiere decirse que las masas populares, que soportan
sobre sus hombros todo el peso del yugo
148 H. Lumer,
Economía de guerra y crisis, Moscú,
1955, pág.
63.
que representa el capitalismo monopolista de Estado,
tienen toda la razón para continuar la lucha a fin de imponer al
Estado la adopción
de medidas que pongan límites a la arbitrariedad de los
monopolios. Es, sin embargo, evidente que no hay reforma alguna capaz de
transformar el reaccionario capitalismo de Estado hoy vigente en ningún sistema
progresista, y tanto más en socialismo.
Sólo la lucha por el poder de la clase obrera -y
bajo su dirección, de todos los trabajadores- cuando
se ve coronada por el triunfo definitivo, es capaz
de
despejar el camino que va del capitalismo al
socialismo,
Fantasías de
los revisionistas y
reformistas acerca del capitalismo moderno.
Los propagandistas de la burguesía, reformistas y
revisionistas presentan el capitalismo monopolista de Estado como un régimen
social nuevo, que guarda
diferencias sustanciales con el viejo capitalismo.
Con este fin equiparan premeditadamente esta forma de
dominación de los monopolios y las medidas de
carácter capitalista de
Estado que los
trabajadores han conseguido ver
implantadas como fruto
de la
lucha de clases. Sostienen asimismo que el Estado
capitalista puede ahora
regular el desarrollo
de la
economía
y evitar toda
clase de crisis,
que el moderno Estado burgués se
halla sobre las clases. El lugar del viejo capitalismo, basado en la
explotación,
afirman, lo ocupa ahora el "Estado del
bienestar general", a la vez que el imperialismo pirata ha dado
paso al "capitalismo popular".
La "base teórica" de semejantes
concepciones está en la doctrina del economista inglés John Maynard
Keynes, que éste expuso en la década anterior a la
última guerra. A diferencia de otros economistas
burgueses, Keynes afirmaba que el capitalismo está
aquejado de una grave dolencia y que ha perdido la
capacidad para regular por sí mismo la economía. No
podría admitir, empero, que tal dolencia fuese incurable. Más aún, puesto en el
papel de "médico" del capitalismo, propuso una serie de medidas para
sanear este sistema
económico mediante la regulación estatal de la economía y el
desarrollo del capitalismo monopolista de Estado. Keynes y sus continuadores
atribuyen singular importancia a la aplicación de medidas que mantengan al
debido nivel las inversiones de
capital en la
producción y al control por el Estado del crédito
(regulación del interés) y de
la circulación monetaria (desvalorización
"regulada" del dinero con objeto de reducir el salario real de los
obreros). La doctrina de Keynes es en esencia una apología del capitalismo,
pues se
basa en la
ilusoria premisa de
que este sistema se podrá
mantener eternamente, siempre y cuando sean corregidos sus vicios y se eliminen
algunas de las
calamidades que su
dominación impone a los trabajadores.
Actualmente
no sólo la
mayoría de los economistas burgueses, sino también
cierta parte de los socialdemócratas de derecha se apoyan en la doctrina de
Keynes. Muchos partidos socialistas de derecha han abandonado oficialmente en
sus programas la teoría económica de Marx para adoptar la teoría del inglés. No
puede ser más franco, por ejemplo, el llamamiento que el laborista inglés John
Strachey hace en su obra El capitalismo contemporáneo en este sentido. Según
Strachey, Keynes, aun siendo
defensor acérrimo del capitalismo y enemigo del socialismo, sin
que él mismo lo sospechara ha propuesto métodos que aseguran la evolución
gradual del capitalismo monopolista de Estado... al socialismo. Keynes, dice,
invita al Estado a estimular por todos los medios la inversión de capitales en
la producción y a establecer sobre los poseedores del dinero un control que les
aleje del ahorro y les obligue a gastarlo, apoyando así la demanda solvente. Y
esto, afirma Strachey, lleva al Estado burgués a nivelar los ingresos mediante
el incremento de los impuestos sobre las ganancias. Según Strachey, resulta que
en Inglaterra, siguiendo los consejos de Keynes, se ha llegado ya a la
redistribución de la renta nacional y a la "planificación" de
la economía con
objeto de mantener una elevada
demanda solvente y una "ocupación completa".
La
nacionalización de algunas
ramas de la industria por
el gobierno laborista y
el
establecimiento de un sistema nacional de seguros
sociales y asistencia médica ha convertido, según
Strachey, a Inglaterra en socialista, aunque él mismo admite que en la economía
británica imperan los "oligopolios", es decir, los reducidos grupos
de grandes monopolistas. Y a pesar de todo, Strachey, sin pararse
en barras, acaba
por afirmar que Inglaterra "ha dejado atrás el
conflicto de las clases", que las relaciones entre obreros y patronos han
entrado en una "fase pacífica", etc.
También los socialistas franceses (historiadores y
economistas) tratan de presentar el incremento del
capitalismo monopolista de Estado como la gradual
transformación
de la sociedad
capitalista en socialista.
¿En qué reside el vicio de semejantes invenciones
acerca del capitalismo contemporáneo?
Primero, en que los socialdemócratas de derecha
confunden el capitalismo monopolista de Estado con
cualquier capitalismo de Estado, sin hacer la menor
diferencia entre ellos. Con esto tergiversan los
conceptos. Ocultan el
carácter monopolista del
capitalismo
moderno y lo
presentan como un
capitalismo de Estado en el que no tienen cabida los
monopolios de los capitalistas. Con otras palabras, maquillan el
capitalismo moderno y
ocultan sus taras: la opresión de
los rapaces monopolios, el militarismo,
el parasitismo, las
crisis y la
desocupación.
Y justamente esto
es lo principal dentro del moderno capitalismo
monopolista de Estado.
Segundo, los socialdemócratas de derecha
deforman la realidad
cuando afirman que
los
monopolios están subordinados al Estado y que éste
se encuentra "sobre las clases", aunque la
realidad es que el Estado
se encuentra sometido
a los monopolios capitalistas.
Bajo el capitalismo monopolista de Estado, quienes en última instancia deciden
son las grandes corporaciones: existe una dictadura directa o velada de unos
centenares de familias opulentas.
Tercero, los socialdemócratas de derecha tratan de
ocultar el carácter de clase del simple capitalismo de
Estado, haciendo pasar las medidas que se adoptan
en este orden como construcción del socialismo.
Mientras el poder se encuentra en manos de la burguesía, la
socialización de algunas
empresas y otras medidas del
mismo género no suprimen las relaciones de la explotación capitalista ni
siquiera en los países en que tales medidas ostentan un carácter progresivo
(por ejemplo, en la India o Indonesia). En el seno del capitalismo no pueden
surgir relaciones socialistas de producción; lo único factible es crear las
premisas materiales del socialismo. Mas partir de estas premisas para iniciar
la construcción del socialismo es una empresa imposible mientras el Estado se
encuentre bajo la dirección de los capitalistas, o sea mientras el poder no
esté en manos de los trabajadores.
Lo mismo en
la ciencia que
en el pensar
de muchas generaciones de hombres que actuaron en el movimiento obrero,
la idea del socialismo estuvo siempre unida a la de la propiedad social. Pero
los modernos socialdemócratas de derecha rompen ya hasta con esta noción
científica. "La planificación socialista -dice, por ejemplo, una
declaración de la Internacional Socialista- no presupone el establecimiento de
la propiedad social sobre todos los medios de producción. Es compatible con la
existencia de la propiedad privada en ramas importantes." Fieles a esta
norma de conducta, los dirigentes del partido laborista británico han
declarado, en su deseo de complacer a la burguesía monopolista, su renuncia a
nuevas medidas de nacionalización,
es decir, que
abandonan hasta la idea de la nacionalización capitalista.
Un examen atento de los documentos y programas de
los socialdemócratas modernos de derecha nos permite ver que, al dibujar su
"socialismo", lo que en realidad hacen es copiar los perfiles del
capitalismo monopolista de Estado ahora existente. Sus aspiraciones no
pueden remontarse por
encima de este "ideal"
social, que es el ideal de los Morgan y los Rockefeller.
Algunos revisionistas de Yugoslavia han seguido las
huellas de los socialdemócratas de derecha en la
empresa
de embellecer el
capitalismo contemporáneo. En el proyecto de programa de la Unión de
Comunistas de Yugoslavia (U.C.Y.) se afirma que cada vez aparecen más
"elementos socialistas nuevos por su tendencia objetiva en la
economía" del capitalismo actual, elementos que "presionan sobre el
modo capitalista de producción"; "los derechos del capital privado se
restringen" y sus funciones
económicas han sido
transmitidas al Estado. De
esta manera, pues,
se produce en el
mundo capitalista el "proceso de desarrollo hacia el socialismo".
Esta concepción revisionista coincide en el fondo
con las
afirmaciones de los
socialdemócratas de
derecha en el
sentido de que el capitalismo
evoluciona hacia el socialismo. Se comprende, sin
embargo, que para E. Kardelj en Yugoslavia, ante
comunistas, resultara más difícil que para el señor Strachey en Inglaterra,
ante laboristas, "demostrar" la
posibilidad de esta "maravillosa
transformación" del capitalismo
contemporáneo. Cuando Kardelj
denominaba a este último "capitalismo de
Estado" muchos comunistas yugoslavos propusieron que se le diera su
verdadero nombre, que es el de capitalismo
monopolista de Estado. No obstante, Kardelj, en su
informe ante el Congreso de la U.C.Y., insistió en el
término de "capitalismo de Estado",
aduciendo que el de "capitalismo monopolista de Estado" se limita a
explicar "el origen del capitalismo de Estado". Así,
como un buen ilusionista, convertía el reaccionario
capitalismo monopolista de Estado en el embrión de
un capitalismo de Estado aún más inofensivo que el
anterior. Sigue luego manipulando con el capitalismo
de Estado y acaba por presentarlo como un conjunto
de "elementos socialistas" que depuran definitivamente al
moderno capitalismo de
sus
vicios... El juego de manos no puede ser más limpio.
Tal explicación del programa revisionista de la
U.C.Y. podrá ser divertida, pero sus argumentos no
tienen mucho peso.
Al programa reformista y revisionista de
"transformación" del capitalismo
monopolista de Estado en socialismo
los partidos marxistas- leninistas oponen una clara línea
de decidida lucha contra los monopolios capitalistas y su dominación, por el
derrocamiento de la dictadura de un puñado de familias de la aristocracia
monopolista.
Aun
procurando utilizar en
interés de los trabajadores todas
las reformas posibles
bajo el
capitalismo, sin exceptuar a las que se refieren al
capitalismo de Estado, los marxistas-leninistas
consideran que el
modo capitalista de
producción
sólo
puede ser sustituido
por el socialista
como
resultado de la revolución proletaria.
3. ¿Podrá
el capitalismo evitar
las crisis económicas?
Después de la crisis económica mundial de 1929-
1933, y singularmente después de la segunda guerra
mundial, el capital monopolista ha construido, con ayuda del Estado, todo un
sistema de medidas conducentes a evitar nuevos fenómenos de esa naturaleza.
Dichas medidas constituyen una característica dentro del mecanismo del
capitalismo monopolista de Estado.
Las medidas contra
las crisis son simples paliativos de la enfermedad
incurable del capitalismo.
El recurso principal empleado contra las crisis es
la adquisición por el gobierno de enormes cantidades de armamentos
y materiales estratégicos,
que aseguran una demanda bastante cuantiosa y estable a los grandes
monopolios. Por otra parte, el Estado mantiene su función reguladora en la
esfera crediticia bancaria, sector en el que solía empezar la explosión de las
crisis. A fin de evitar la retirada de las cuentas corrientes bancarias, que en
los momentos de pánico originaba la quiebra de los grandes establecimientos de
crédito, los Estados imperialistas toman de hecho sobre sí la garantía de las
imposiciones. Además, casi en todos los países se ha implantado, en una u otra
forma, el control del gobierno sobre la Bolsa de valores y la emisión de títulos.
Para evitar las crisis, el Estado recurre asimismo a diversas medidas que
tienden a limitar o reducir la producción (elevación del interés bancario,
primas por la reducción de las superficies de siembra, etc.). Al propio tiempo,
el Estado trata de influir sobre la coyuntura económica mediante la regulación
del crédito de consumo (venta a crédito o a plazos de automóviles, televisores,
receptores de radio, muebles, etc.).
Los admiradores del capitalismo monopolista de
Estado ponen por las nubes estas y otras medidas,
afirmando que gracias a ellas se ha conseguido (o
casi se ha
conseguido) curar al
capitalismo de la
enfermedad de las crisis y asegurar el incremento
continuo de la producción capitalista. Se abre así, nos dicen, el camino para
una eterna "prosperidad" en la que no existirá la desocupación
obrera.
¿Cuál es, sin embargo, la realidad?
Tomemos el ejemplo de los Estados Unidos de América,
país donde los grandes monopolios gozan de la mayor libertad de acción, donde
más influyen sobre el Estado y donde las consecuencias de la guerra, con sus
destrucciones, han influido menos sobre la marcha de la economía.
A pesar de las condiciones excepcionales favorables
en que con respecto al mercado interior y
exterior se vieron después de la guerra los EE.UU.,
las medidas contra las crisis no produjeron el efecto
deseado.
No ha habido incremento constante de la producción
industrial; en diez años solamente (1948-
1958) se han observado tres colapsos de la
producción: el primero
en 1948-1949, con
un descenso, según los datos oficiales, del 10,5 por ciento; cuatro
años más tarde
(1953-1954) el descenso de la
producción fue de un 10,2 por ciento; y al cabo de otros tres años (1957-1958)
alcanzó a un
13,7 por ciento.
El carácter de crisis de estos colapsos de la
producción nos lo
demuestra el hecho
de que la
desocupación
en masa, lejos
de disminuir, ha
aumentado. El número de parados completos
registrados oficialmente sufrió
un brusco aumento
cada vez que la producción descendía. Así, en 1949
fue de 1.300.000 más que el año anterior; en 1954,
de
1.600.000, y a mediados de 1958, 2.400.000 más que
la media
de 1957. A
comienzos de 1959
eran 5
millones los inscritos en las oficinas de paro. Hay
que tener presente
además que las
cifras oficiales
sobre el volumen de la producción abarcan a la
fabricación de armamento
y de materiales estratégicos y que el gobierno
procura, mediante sus
pedidos, que estos sectores industriales incrementen
todavía más su
actividad en los
períodos con
síntomas de crisis. Si se descuenta la producción de
guerra, la reducción de la producción civil sería indudablemente mucho
mayor de lo
que las
estadísticas norteamericanas señalan.
Tales son los hechos del último período. Sería
erróneo, sin embargo, suponer que los representantes
del
capitalismo monopolista de
Estado no pueden
influir con esas medidas sobre el carácter y la
forma de las crisis económicas. No, algo pueden alcanzar en
este sentido.
El
capitalismo monopolista de
Estado puede influir sin duda
alguna sobre la forma, secuencia y carácter de algunas crisis. Los grandes
monopolios están en condiciones de poner en juego el enorme poderío financiero
del Estado para amortiguar en muchos casos la fuerza de la explosión de la
crisis en sus comienzos. Actualmente existen además mayores posibilidades de
salvar de la quiebra a los grandes capitalistas, estabilizando sus posiciones a
expensas de la quiebra de los capitalistas medios y pequeños. Fuera de ello,
las grandes corporaciones pueden, durante la crisis, frenar el descenso
espontáneo de los precios de muchos artículos, y en ocasiones hasta elevarlos
sobre el nivel anterior. Pueden también utilizar los enormes pedidos de
material de guerra por el gobierno para asegurarse cuantiosos beneficios
incluso en los momentos de las crisis económicas.
Pero esto es sólo una cara de la medalla. La otra
cara es que las medidas contra las crisis, que sirven para enriquecer a los
monopolios, acaban por agotar inevitablemente las energías económicas del país
y empeoran la situación
material de la
inmensa mayoría del pueblo. A medida que el Estado burgués, con la
elevación de impuestos y la desvalorización del dinero, esquilma al pueblo para
financiar la desenfrenada carrera de armamentos, la demanda se reduce
inevitablemente. Y esto crea una importante
premisa para otras sensibles explosiones de crisis
económicas como dolencia del capitalismo que nada puede curar.
Cuando los monopolios
consiguen evitar el descenso de precios que antes acompañaba a las
crisis, crecen los obstáculos para que sean absorbidos los excedentes de
mercancías, y esto, en resumidas cuentas, frena la salida de la crisis y la
aparición de premisas
para un nuevo
auge económico. A medida que el Estado capitalista logra salvar de la
quiebra a las grandes empresas o atenuar otras conmociones elementales de la
crisis, con su ingerencia trastorna el proceso de redistribución del capital
por las distintas esferas de la producción, mecanismo mediante el cual se
establecen las necesarias proporciones entre ellas.
Así, pues, cuando los representantes del
capitalismo monopolista de
Estado ejercen cierta
influencia sobre la marcha de las crisis, no
eliminan
las causas de las propias crisis, sino, al
contrario, entierran la enfermedad y crean las premisas para
nuevas conmociones.
Los cambios que en la aparición de las crisis se
observan últimamente en los Estados Unidos no dan pie para afirmar, se
comprende, que bajo el capitalismo monopolista de Estado todas las crisis
económicas presentarán únicamente ese carácter. No. El futuro mostrará sin duda
una gran variedad de formas de las crisis económicas en los países
capitalistas. Por ejemplo, el capitalismo monopolista de Estado puede ser
sacudido por conmociones más violentas. Una cosa es evidente: mientras exista
la contradicción entre el
carácter social de la
producción y el carácter capitalista (privado) de la apropiación, es decir,
mientras exista el capitalismo, las crisis económicas se repetirán
inevitablemente. Ni las medidas para evitarlas ni los intentos de regular la
economía a que el actual capitalismo monopolista de Estado recurre
proporcionarán una mayor estabilidad a la economía capitalista; al contrario,
aún la harán más vulnerable.
"La constante sucesión de situaciones de
colapso y de auge febril -indicaba N. S. Jruschov ante el XXI
Congreso del P.C. de la U.S.- prueba la
inestabilidad
de la economía del capitalismo. Ni la carrera de
armamentos ni otras medidas podrán salvar a la economía de los Estados Unidos y
demás países capitalistas de las crisis de superproducción. Por mucho que
hagan, los Estados capitalistas no podrán acabar con la causa de las crisis. El
capitalismo es incapaz de eludir el abrazo fatal de sus propias
contradicciones, que se acumulan y profundizan, amenazando con
nuevas conmociones
económicas."149
149 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en
Materiales del XXI
Congreso extraordinario del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
73.
Quiebra de la teoría
del "desarrollo sin
crisis" del capitalismo.
Contrariamente a los hechos, los teóricos burgueses y revisionistas no
cejan en sus esfuerzos para demostrar que se puede poner fin a las crisis y
conservar intangible el capitalismo. Estos teóricos se remiten una y otra vez a
la coyuntura que después de la guerra se produjo en los principales países
capitalistas de Europa.
En efecto, hasta 1957-1958 no se han observado en
ellos claros fenómenos de crisis (si no se cuentan
las crisis en ciertos sectores de la industria:
hullera,
textil y alguna otra). Pero sólo quien se engaña a
sí mismo o trata de engañar a otros puede deducir de
ahí el advenimiento de la era del "capitalismo
sin
crisis".
El
desarrollo de la
coyuntura económica en la Europa
Occidental, en grado mayor aún que en los Estados Unidos, ha venido dictado por
condiciones históricas concretas, pasajeras, que se derivan de las
consecuencias de la guerra. Se trata de países que durante el conflicto bélico
sufrieron grandes destrucciones. Esto se refiere sobre todo a Alemania, Italia
y Francia, y también al Japón, el único país asiático en el que impera el
capitalismo monopolista. Está claro que no podía hablarse de superproducción
mientras las devastadoras consecuencias de la guerra no fuesen borradas. Y esto
no era cosa de un año ni de dos.
Mas en cuanto,
en lo fundamental,
esto fue conseguido, no tardaron
en hacerse presentes serios
síntomas de una coyuntura de crisis. Prueba de ello
es la reducción de la producción iniciada en 1958 en
Inglaterra, Bélgica, Holanda, Noruega y Japón y el brusco descenso del
crecimiento de la producción industrial en Alemania Occidental, Francia e
Italia. En 1958, por vez primera desde el fin de la guerra, se redujo el
volumen de la producción industrial y del comercio exterior de todo el mundo
capitalista.
La vida se ha burlado así una vez más de los
teóricos de vía estrecha especializados en
la
exaltación
del capitalismo. Puestos
de cara ante
hechos incontrovertibles, se revuelven y afirman que
también los marxistas se equivocaron con relación a las crisis, puesto que
después de la segunda guerra mundial ni la marcha de los ciclos ni las crisis
se asemejan a lo que los marxistas sostenían antes. ¡Qué absurdo! Los marxistas
no han mantenido nunca que un ciclo ha de parecerse obligatoriamente a otro y
que la periodicidad y las características de las crisis no puedan sufrir
modificación alguna. De ninguna manera. En 1908, contestando a los revisionistas
que trataban de refutar la teoría marxista de las crisis, Lenin, en el artículo
"Marxismo y revisionismo", decía: "La realidad ha mostrado muy
pronto a los revisionistas que las crisis no son cosa del pasado: la
cambiado las formas, el orden de sucesión, el cuadro
de las distintas crisis, pero éstas siguen siendo parte inevitable del régimen
capitalista."150
Cuando los comunistas señalan que el capitalismo no
logrará evitar las crisis, están lejos de regodearse con el mal ajeno.
Contrariamente a lo que afirman la propaganda
burguesa y los
reformistas, el movimiento
comunista no vincula a las crisis económicas sus esperanzas en el triunfo de la
revolución socialista. Cierto
que su acción destructora enfrenta todavía más a los
trabajadores con el capitalismo. Mas, según demuestra la historia, intensifica
a la vez la ofensiva de la reacción, reaviva el fascismo y acrecienta los
peligros de una guerra.
Pero no se trata sólo de esto. Los comunistas
tampoco pueden alegrarse de las crisis porque saben muy bien las calamidades
que representan para las grandes
masas trabajadoras. Precisamente
por ello han denunciado siempre
las infundadas ilusiones en un desarrollo sin crisis del capitalismo. Porque
sólo cuando se hayan disipado estas ilusiones podrán los trabajadores, sobre
cuyos hombros descargan los monopolios todo el peso de las crisis, luchar
verdaderamente por una causa que les es vital.
El camino más seguro para acabar con las crisis es
la sustitución del
capitalismo por el
socialismo. Sería, empero, un craso error pensar que ha de ser
infructuosa toda lucha contra las penosas consecuencias de las crisis bajo la
dominación del capitalismo. Los comunistas estiman que esa lucha es necesaria y
que puede repercutir favorablemente en la situación de las masas populares.
Por eso los Partidos Comunistas organizan a los
trabajadores para la lucha en pro de medidas que, aun
en grado mínimo, sean capaces de aliviar la
situación
de las masas. Figuran entre ellas el aumento de
salarios; el comercio, ventajoso para ambas partes,
con los países socialistas, que han
eliminado para
siempre las crisis; la organización de obras
públicas en gran escala; la construcción de viviendas, escuelas y hospitales;
el seguro contra el paro, la reducción de impuestos y la rebaja de los
alquileres.
4. Profundización y ampliación de los antagonismos de clase
Los
cambios producidos en
la economía del
capitalismo, provocados por el incremento de sus
dificultades y contradicciones, así como por el paso a formas nuevas
-monopolismo de Estado- de dominación,
afectan muy de
cerca a las
diversas clases y grupos sociales de la sociedad burguesa.
La
clase obrera y el capital.
A medida que avanza la crisis general del
capitalismo, la explotación de la clase obrera se acentúa inevitablemente y su
situación empeora. Esto se
manifiesta, ante todo,
en la inusitada crisis ha
venido después de la prosperidad.
Han
150 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XV, pág. 21.
intensificación del trabajo, con su secuela del
incremento de accidentes y enfermedades que son producto de la gran tensión a
que el obrero se ve sometido. La intensificación del trabajo provoca el rápido
desgaste del organismo y la reducción del período en que los obreros pueden
rendir plenamente. Las riquezas que se crean a este precio son enormes. Pero
son unas riquezas que van a parar a los explotadores, mientras que la parte de
los obreros en la renta nacional se reduce a proporciones aún menores.
Es cierto que durante las últimas décadas se ha
observado casi en todos los sitios un considerable aumento del salario nominal
de los obreros. Pero tal aumento se ha visto reducido casi a la nada por la
desvalorización del dinero y por la elevación de los impuestos, por lo que el
salario real, en la mayoría de los países capitalistas, no ha aumentado o lo ha
hecho en proporciones muy escasas. Así, en la industria transformativa de los
Estados Unidos, el salario real medio (descontando los impuestos y las pérdidas
por desocupación) durante diez años (1945-1954) se mantuvo por
debajo del nivel de 1944, y sólo
en
1955-1956
lo superó entre
un dos y
un seis por ciento. En 1957, y particularmente en
1958, el nivel
de
vida de los
obreros norteamericanos ha
descendido
de nuevo. En
Francia, el salario
real medio de los obreros, en la mayor parte de las categorías, sólo
después de 1954 sobrepasó un tanto el nivel de 1938. En Inglaterra, hasta 1956
no se consiguió un aumento del dos al tres por ciento respecto de los salarios
anteriores a la guerra.
Mas las cifras escuetas de los salarios no
proporcionan aún una
noción completa de
la
situación material de la clase obrera. Hemos de
tener
presente el valor de la fuerza de trabajo, que viene
determinado singularmente por los gastos necesarios
para su conservación y reproducción. Y el valor de
la
fuerza de trabajo ha aumentado considerablemente en
los últimos decenios.
Primero,
por la intensificación del
trabajo. Es
evidente
que cuanto mayor
es ésta más
elevados serán los gastos
necesarios para que
el obrero reponga sus energías.
Segundo, por el cambio de las necesidades,
históricamente condicionadas, del
obrero y de su
familia.
Últimamente, por ejemplo, se ha producido un
crecimiento vertiginoso de las ciudades. Una parte
cada vez mayor
de los obreros
vive lejos de las
empresas, por lo que los gastos de transporte se
convierten en un
capítulo importante en
el
presupuesto
de esos trabajadores. Otro
cambio
característico
de las últimas
décadas es que
las esposas y las madres de los obreros, que antes se dedicaban
únicamente a las faenas domésticas, se han incomparado también a la fábrica. Si
bien esto aumenta algo el
presupuesto familiar, aparecen
gastos nuevos: máquinas y aparatos que alivian el
trabajo doméstico, alimentos más caros (prefabricados), etc. También han
crecido los gastos de la familia obrera en asistencia médica y
medicamentos. La necesidad
que la industria moderna experimenta de trabajadores
con buenos conocimientos generales hace más costosa la educación de los hijos.
Debido a estos factores, el valor de la fuerza de
trabajo es de
ordinario bastante mayor
que el
volumen
del salario real.
Una noción de
esta
diferencia
puede adquirirse comparando
el salario real con el mínimo de
vida, que refleja en cierta medida las necesidades del obrero y su familia. En
los Estados Unidos, por ejemplo, el salario medio en la industria
transformativa era menor que el mínimo de vida de una familia de cuatro
personas (cálculo del Comité del
profesor Heller, admitido
por la ciencia oficial burguesa):
en 1944 el 19 por ciento y en 1958 el 29 por ciento. En Alemania Occidental, el
mínimo de vida para una familia de cuatro personas era en 1955 de 445 marcos al
mes, pero el 70 por ciento aproximadamente de los obreros percibían un salario
inferior a esta suma.
El capitalismo contemporáneo tiene como
compañero casi inseparable
a la desocupación crónica. En un país como
Estados Unidos, hasta en los años de elevada coyuntura, se mantiene al nivel de
los tres millones de parados totales y un número todavía mayor
de parados parciales.
En Italia, durante todo el
período que sigue a la guerra, el ejército de desocupados y semidesocupados no
ha bajado de los dos millones y medio.
Además,
atendidas las condiciones
del capitalismo contemporáneo, es más inestable que nunca la situación
de los obreros y la inseguridad en que se sienten ante el futuro. No se trata
sólo del miedo a las crisis y a la desocupación en masa, es también el
constante temor a perder la capacidad de trabajo por accidente, enfermedad o
por la excesiva tensión a que se hallan sujetos. La perspectiva de una vejez
prematura y sin recursos es para los obreros una verdadera pesadilla.
La inestabilidad económica de la clase obrera se
acentúa también por el incremento del crédito de consumo o sistema de compra a
plazos. Las deudas de estas compras a plazos han crecido en los Estados
Unidos, entre 1945
y 1957, de
5.600 a 44.800 millones de dólares. Este sistema de
crédito puede aliviar de momento
las condiciones de
vida del obrero, pues de otro
modo jamás podría adquirir muchos de los objetos que usa. En cambio, hace aún
más terrible la amenaza no ya de perder el trabajo, sino de toda interrupción
en el mismo: si deja de pagar un plazo pierde, además de los objetos
adquiridos, las sumas satisfechas anteriormente.
Por lo tanto, la tendencia característica dentro del
capitalismo, por la que la clase obrera ve empeorar su situación, sigue
vigente por completo
en nuestros días.
Es verdad que en los últimos diez o quince años la
clase obrera de algunos países capitalistas ha logrado
ciertas mejoras. Pero esto no se debe en modo alguno
a que
dicha tendencia del
capitalismo dejase de
obrar. La causa principal es que después de la
guerra ha habido condiciones más propicias en la lucha de la clase obrera por
sus intereses económicos (gracias
sobre todo a los éxitos de los países socialistas) y
se ha incrementado su resistencia a los monopolios.
De ahí que se deba llegar a la conclusión de que
incluso allí donde la clase obrera (o algunos grupos de ella) vive algo mejor
que antes, esto no es prueba
de que el antagonismo entre el trabajo y el capital
haya perdido virulencia.
Antes al contrario,
los
cambios experimentados por el capitalismo en los
últimos tiempos han aumentado de hecho las causas para el
conflicto de clase,
al incrementar las
contradicciones
entre la clase
obrera y los capitalistas. Las amenazas a que se ven
sometidas la
paz, la democracia y la independencia nacional,
derivadas de la dominación de los monopolios, entrañan calamidades
particularmente graves para la
clase obrera precisamente, con lo que la enfrentan
todavía más a la burguesía monopolista.
Esto no conduce siempre a un ascenso real de la
lucha de clases. Los hechos nos dicen que dentro del capitalismo contemporáneo,
lo mismo que antes, el
movimiento
obrero avanza irregularmente, y en
ciertos países hay
ocasiones en que
se retrasa
claramente de las tareas de clase ya maduras del
proletariado.
La causa principal de que así suceda es el
robustecimiento de la opresión política de los monopolios, que se valen más y
más de la máquina
del Estado para la represión del movimiento obrero.
Donde antes los obreros habían de tratar con uno u
otro patrono, cada vez más a menudo tropiezan con
toda la potencia del Estado imperialista. Apoyándose en él,
los monopolios han
montado un aparato
enorme de represión contra los proletarios. Han
establecido el control sobre la labor de los sindicatos
y la regulación forzosa de las relaciones de
trabajo. Cada vez son más comunes métodos de lucha contra los obreros como las
"listas negras", la organización
de "policía fabril", etc. En ocasiones,
hasta en los países burgueses que no han acabado oficialmente
con la democracia burguesa se requiere gran
abnegación y heroísmo para recurrir a formas tan elementales de la lucha de
clases como es una simple
huelga.
Sin embargo, estos métodos de la burguesía
monopolista no han
podido suprimir ni
la causa
primera
de la lucha
de clase de
los obreros -el
antagonismo entre el trabajo y el capital- ni esta
misma lucha.
Hemos de tener
presente que también
la clase
obrera se ha desarrollado vigorosamente en estos
últimos tiempos; en muchos países ha ganado en organización, conciencia
y combatividad. Los cambios operados en el mundo -derrota del
fascismo alemán e italiano, que eran baluartes de la reacción internacional,
éxitos del socialismo mundial, incremento de la lucha de liberación de los
pueblos en las colonias- han creado condiciones internacionales más propicias
para la lucha de los obreros de los países capitalistas. A pesar de la feroz
dictadura de los monopolios establecida en Estados Unidos y otros países, la
clase obrera no ha rendido las armas; en todos los sitios continúa su lucha,
aunque a veces no ataque en todo el frente, aunque esquive el choque directo
con movimientos de rodeo, menos costosos y que responden mejor a las
circunstancias.
Así, pues, la realidad de nuestros días desmiente
por completo el mito de la "paz social" difundido por
los socialistas de derecha y los revisionistas como
algo que
vino a sustituir
la época de
la lucha de
clases.
Ocurre lo contrario, como más adelante veremos;
los cambios sufridos por el capitalismo acentúan las
viejas contradicciones de
clase y engendran
otras
nuevas. Además del gran conflicto de clase -entre el
trabajo
y el capital-
crece y se
agudiza el antagonismo entre el
puñado de monopolistas y la totalidad del pueblo.
Esto hace que la lucha de clase de los trabajadores
abarque a capas
cada vez más
amplias de la
población,
penetre en las
células más alejadas
y
"tranquilas" de la sociedad y gane en
intensidad y virulencia.
Qué sucede a
las demás clases de la
sociedad burguesa en nuestros días.
Además de la clase obrera y de los capitalistas, en
la sociedad burguesa hay otras clases y capas: los
campesinos, la pequeña burguesía urbana (artesanos, pequeños comerciantes), los
intelectuales, los empleados. Por su
número y su
papel en la
vida social, estas "capas medias" representan una fuerza nada
despreciable. ¿Qué suerte corren dentro del capitalismo contemporáneo?
Los
ideólogos de la
burguesía reaccionaria afirman que
se está produciendo
un proceso de
gradual ampliación de las "capas medias" a
expensas
de otras clases.
La sociedad, dicen,
se va convirtiendo en un cuerpo
integrado únicamente por una "capa media" cuya situación mejora
incesantemente. De este modo, prosiguen los teóricos reaccionarios, la sociedad
capitalista va perdiendo los antagonismos de clase y se convierte en una
sociedad de "armonía social".
Los
hechos se oponen
rotundamente a esta versión, expuesta sólo con fines de
propaganda. Lo
que nos dicen es que el desarrollo del capitalismo monopolista
de Estado significa la ruina para una parte importante de las "capas
medias".
Esto se refiere ante todo a los pequeños
productores independientes (a
las "capas medias"
viejas, es decir, a aquellas que subsisten como algo
que pudiéramos llamar
supervivencias del modo
precapitalista de producción y de las formas de
cambio que le eran propias), como son los campesinos, los artesanos, etc.
En Alemania Occidental, por ejemplo, entre 1949
y 1958
se arruinaron más
de 200.000 haciendas
campesinas.
En Estados Unidos,
el número de granjas, de 1940 a 1954, ha disminuido en
1.315.000. La historia confirma así rotundamente la conclusión
marxista de que, en virtud de la ley general de
acumulación del capital, el número de propietarios se
reduce sin cesar, mientras que aumenta el de quienes
se ven obligados a vivir del trabajo asalariado.
Con el capitalismo monopolista de Estado la ruina
en masa de los pequeños productores independientes
no se debe ya sólo a la competencia del gran capital. Mediante toda una serie
de medidas estatales (regulación de precios
y créditos, etc.)
los monopolios aceleran conscientemente este proceso y se orientan hacia
la supresión de los pequeños productores o hacia su subordinación completa.
Sabemos que cada vez es mayor el número de pequeños productores y comerciantes
que sólo son "independientes" en el papel: sus medios de producción
pertenecen de hecho a los acreedores, a los bancos, a las grandes compañías.
Mientras que la capa de los pequeños productores
se arruina y
va desapareciendo, entre
los intelectuales, empleados y demás elementos que integran las
"capas medias" nuevas se observa el proceso contrario. El incremento
de la técnica y la hipertrofia del aparato de dirección (lo mismo en la
economía que en la administración pública) trae consigo el rápido aumento, en
número y peso, de los empleados, ingenieros, técnicos y personal científico,
personal de oficina, especialistas en el comercio y publicidad, de los
trabajadores de la prensa, la enseñanza, el arte, etc.
Pero la situación de estas crecientes capas sociales
tiende también a empeorar, aunque sólo sea porque el trabajo de la gran mayoría
de los intelectuales, al aumentar el número de éstos, es cada vez menos pagado
y pierde el carácter privilegiado que antes tenía. Así nos lo demuestra
singularmente el ejemplo de los empleados. En 1890 el sueldo medio de un
empleado norteamericano era el doble que el salario medio del obrero. En 1920
la diferencia se había reducido al 65 por ciento. Y en 1952 el sueldo medio del
empleado era, aproximadamente, el 96 por ciento del salario
medio del obrero.
Sueldos míseros perciben los
maestros, muchos grupos
de trabajadores científicos y el personal de otras especialidades.
Los cambios producidos en la situación de los
trabajadores intelectuales no se circunscriben, sin embargo, al aspecto
económico.
Un fenómeno característico es la pérdida de su
independencia en la mayoría de los casos, incluso
entre las profesiones liberales (abogados, médicos,
hombres de la
ciencia y del arte, etc.).
La mayor parte de ellos pasan a trabajar por contrata, es decir, que se
incorporan a quienes son explotados directamente por las corporaciones
capitalistas. Esto limita la libertad profesional de los intelectuales, que se
ven obligados a servir a los más bajos intereses de los grupos monopolistas, y
los somete a un asfixiante control político. Toda clase de medidas
reaccionarias características en la política de los monopolios -
represiones, humillantes comprobaciones de "lealtad"- caen con toda su
fuerza no sólo sobre la parte avanzada de la clase obrera, sino también sobre
los intelectuales. Las graves repercusiones que esto trae consigo encuentran
fiel reflejo en las siguientes palabras de Alberto Einstein, sabio famoso que
fue testigo del desenfreno de la reacción primero en su patria, Alemania, y
luego en Estados Unidos, a donde emigró para ponerse a salvo de la persecución
de los fascistas: "Si de nuevo fuera joven y hubiera de escoger profesión,
no trataría de
ser hombre de ciencia
o profesor. Preferiría
ser fontanero o vendedor ambulante, con la esperanza de
encontrar la modesta independencia que aún es posible en las condiciones
actuales." ¡Cuál debe de ser la situación de los hombres de ciencia en la
actual sociedad burguesa si hasta los más grandes sabios sueñan con la
miserable "independencia" a que aún puede aspirar el fontanero o el
vendedor ambulante!
Al hablar de las "capas medias" hemos de
tener presente que en ellas están incluidos también grupos
sociales que sirven de buen grado a la burguesía
reaccionaria: altos funcionarios, altos empleados de
las
corporaciones, capas privilegiadas
de intelectuales, etc.
Pero estos grupos son una minoría muy reducida y
por ellos no se puede juzgar la situación de las
"capas medias" en su conjunto. Si las tomamos en bloque, las contradicciones que
las separan del
grupo dirigente de monopolistas se hacen más agudas, hondas e
irreductibles a medida que el capitalismo monopolista de Estado se desarrolla.
En este sentido, la posición política de las
"capas medias" y su puesto en las relaciones de clase de la
sociedad
burguesa cambian sustancialmente en
nuestra época.
Hubo un tiempo en que la mayor parte de las
"capas medias" (la
parte acomodada de los
campesinos en los países capitalistas desarrollados, pequeños patronos y
comerciantes, etc.) daba estabilidad al poder de la burguesía dominante.
Hoy, tanto las "capas medias" viejas como
las nuevas, no robustecen,
sino que, al
contrario, debilitan las posiciones del grupo dirigente de la burguesía
que son los monopolistas. Por su situación y sus intereses, estas capas -pese a
todo cuanto digan los ideólogos burgueses y reformistas- se polarizan cada vez
más frente a los monopolios y se convierten en aliados naturales de la clase
obrera.
Movidos por sus deseos de deformar el cuadro de las
relaciones de clase, los teóricos reaccionarios no escatiman tampoco esfuerzos
para sembrar la confusión en el problema de la clase dominante, afirmando que
en la sociedad
burguesa contemporánea decrecen el poder y la influencia de los
capitalistas. Estos, nos dicen, han perdido, o en todo caso están perdiendo, su
preponderancia; sin revolución alguna, por "vía pacífica", se retiran
de la palestra social.
¿Qué es lo que mueve a estos teóricos -desde los
apologistas declarados de los monopolios hasta los revisionistas- a ver tal
mengua en la dominación de los capitalistas?
Lo primero de todo, la supuesta desaparición de la
propiedad capitalista, que
es sustituida por
la
propiedad
de un gran
número de accionistas
pertenecientes
a las clases
más diversas de
la sociedad, con lo que se lleva a cabo una "revolución
en los ingresos" que iguala el nivel de vida de
la
población.
Pero en este
caso, bajo la
nueva etiqueta de
"capitalismo popular" lo que en realidad
se propugna es la vieja teoría, hace tiempo criticada por Lenin, de
la "democratización" del capital mediante
la emisión
de pequeñas acciones. En cuanto a la
"revolución en los ingresos", lo que de hecho ocurre es una mayor
polarización de las riquezas; cada vez es más ancho y profundo el abismo que se
abre entre el puñado de multimillonarios y la gran masa de los desposeídos.
En los EE.UU., en 1956, según datos oficiales, cerca
de 5,5 millones de familias, con un total de 17 a 20 millones de personas,
obtuvieron un ingreso global menor que las ganancias netas de 17 grandes
monopolios.
Los
teóricos reaccionarios, en
su afán por acumular pruebas de la
"desaparición" de los capitalistas como clase, hablan constantemente
también acerca de los impuestos que gravan los superbeneficios y la herencia,
afirmando que ello significa la transición "pacífica" de la propiedad
privada a la sociedad en su conjunto. Estos impuestos son realmente elevados,
llegando a sobrepasar el 50 por ciento de los beneficios. Ahora bien, las
corporaciones conocen decenas de procedimientos para eludir la tributación
fiscal. Y además, las cantidades entregadas por este concepto revierten con
creces a los capitalistas a través de los suculentos pedidos que les hace el
gobierno y de los privilegios de toda clase que les concede, en una palabra,
con ayuda del mecanismo de intervención estatal en la economía a que antes nos
referíamos. Y así ocurre que ni siquiera los defensores más acérrimos de los
monopolios pueden presentar un solo caso de monopolistas a quienes los
impuestos les hayan causado la ruina
y cuyos bienes
hayan pasado a manos de la sociedad.
En la propaganda burguesa de los últimos tiempos se
ha aireado sin tasa la teoría de la "revolución de
los gerentes", según la cual el auténtico poder
en la
economía
(y por tanto
en la política)
pasa en los países burgueses a quienes
"formalmente" lo ejercen,
es
decir, a quienes
de hecho dirigen
(directores,
miembros
de los consejos
de administración y comités ejecutivos de las corporaciones,
alto personal técnico, etc.). Estos hombres, según los teóricos
reaccionarios, forman una
nueva clase gobernante que obra en interés de toda la
sociedad.
El papel de los capitalistas en la producción
cambia, en efecto;
los propietarios pierden
las últimas funciones útiles
que cumplían y las
transfieren a empleados asalariados. Esto es otro argumento que habla en favor
de la expropiación del capital y del paso al socialismo. Pero la naturaleza
explotadora del capitalismo no sufre por esto ni un ápice.
Porque el poder verdadero sobre la producción sigue
en manos de los propietarios, y no de quienes en su nombre dirigen el proceso
tecnológico, organizan la contabilidad, el abastecimiento, la venta de los
productos, etc. Los ingenieros y empleados de las compañías monopolistas no
pueden desplazar a los dueños u obligarles a renunciar a parte de las ganancias
en beneficio de los obreros. Los dueños, en cambio, lo mismo que hace cien
años, pueden quitar y poner a sus ingenieros y empleados, a los cuales dictan
su voluntad.
Entre los altos empleados de los trusts los hay, se
comprende, que gozan
de grandes poderes:
presidentes de compañías anónimas o de consejos de
administración, etc. Pero en realidad se trata de
los mismos capitalistas, que perciben parte de los beneficios en forma de
sueldo.
No existen, pues, los cambios en la situación de la
clase capitalista de
que tanto hablan
los teóricos
burgueses, reformistas y revisionistas. Esto no
significa, sin embargo,
que la situación
de la burguesía haya
permanecido invariable en
los
últimos decenios.
Los cambios producidos son indudables. El
principal de ellos
es que se
ha acentuado la
diferenciación en el seno de esta clase. Nunca fue
la
burguesía un conjunto homogéneo, pero en nuestra
época su diferenciación ha
adquirido formas
sustancialmente nuevas.
El puñado de monopolios que tiene bajo su poder a la
maquinaria del Estado se eleva cada vez más no sólo sobre la sociedad, sino
también sobre la clase capitalista. Resulta casi imposible hacerse un puesto
entre los todopoderosos, propietarios de los grandes consorcios y trusts, no ya
para el simple mortal, sino incluso para el capitalista medio, por hábil y
diestro que sea. En lugar de unos cuantos grupos de la burguesía, que se
suceden unos a otros, a la cabeza de la sociedad figura un puñado de monopolistas,
siempre los mismos y que de hecho no tienen responsabilidad alguna, que se
apoyan en un estrecho círculo de altos funcionarios de las corporaciones,
directamente relacionados con ellos, y de representantes de las esferas
burocráticas y del ejército.
La ruina afecta
como consecuencia de
ello a partes cada vez mayores de
los patronos pequeños y medios. El porcentaje
de "mortalidad" de
sus empresas es a veces tan elevado que algunos economistas burgueses
lo comparan con la
mortalidad infantil en las colonias. Para este patrono es un
problema verdaderamente agudo
el de su propia subsistencia como elemento de la
clase privilegiada.
Los patronos pequeños y medios se ven así en una
situación paradójica. De
un lado hoy,
como hace
medio siglo, son explotadores y obtienen beneficios
a
costa del trabajo asalariado de los obreros. De
otro, son oprimidos y esquilmados por los todopoderosos
trusts y corporaciones.
Así, pues, el capitalismo monopolista de Estado,
además de incrementar la diferenciación en el seno de la burguesía, siembra la
escisión en sus filas: una de sus caras la compone el omnipotente grupo de los
monopolistas, y la otra el conjunto de capitalistas medios y pequeños que
constituyen la mayoría de esta clase. Con ello se estrecha aún más la base
social en que descansa la dominación del capital monopolista.
5. El
último peldaño en la escalera histórica del capitalismo
Cada
nueva etapa de
la crisis general
del
capitalismo es resultado de los cambios ocurridos
anteriormente y, a
la vez, premisa
de cambios
nuevos, la antesala del futuro. Una vez iniciada, la
crisis general del
capitalismo se desenvuelve
con
creciente vigor, hasta conducir al hundimiento
definitivo de este sistema. El análisis de la situación del capitalismo
contemporáneo y de
las leyes
fundamentales de su desarrollo nos lleva a la
conclusión de que ninguna de las medidas adoptadas
por la burguesía monopolista para salvar al
capitalismo podrán eludir las contradicciones que lo corroen; antes al
contrario, lo único que en última
instancia hacen es desorganizarlo más.
El campo imperialista es incapaz de detener el
proceso que lleva a cambiar la correlación de fuerzas
en favor del campo socialista.
En la lucha contra los países socialistas, el campo
imperialista no desdeña
recurso alguno: desde
la
guerra abierta (en Corea) y el intento de organizar una rebelión
contrarrevolucionaria (en Hungría) hasta la labor de zapa en sus
formas más variadas. Mas en respuesta a los encarnizados ataques de los
imperialistas, el campo del socialismo cierra aún más sus filas.
La
continuada carrera de
armamentos y la preparación de
una nueva guerra
por los Estados
imperialistas obligan a los países socialistas a
distraer
de la construcción pacífica una parte considerable
de sus energías y recursos, con el fin de asegurar su
capacidad
defensiva. Eso es
cierto. Pero la
superioridad del modo socialista de producción es
tal, que, hasta en estas condiciones, los países del campo socialista consiguen
grandes éxitos en la emulación económica con el sistema mundial del
capitalismo, sobre el que prevalecen claramente en todos los sentidos. Las
victorias en esta histórica emulación infunden
a los pueblos
de los países
socialistas nuevas energías en su trabajo, ayudan a acelerar el ritmo de
la construcción de paz y, al mismo tiempo, incrementan en
los países capitalistas
la atracción que los trabajadores
sienten hacia el socialismo.
No
tienen tampoco éxito
los intentos de los
capitalistas para restablecer sus tambaleantes
imperios
coloniales o para
detener al menos
el proceso de desintegración del
sistema colonial. El
empleo
que la burguesía
monopolista hace de la
fuerza bruta para robustecer y afianzar el colonialismo, agudiza
aún más las
contradicciones
entre las potencias imperialistas y los pueblos de
las colonias y semicolonias, y también de los países que
ya se emanciparon del yugo colonial. Y los ensayos
que se emprenden para someter económicamente a
los pueblos de las antiguas colonias empujan a éstos
a la colaboración con los países del campo socialista.
No menos infructuosos son, en última instancia,
los intentos de la burguesía monopolista para
aplastar la lucha de
clase de los
trabajadores en las metrópolis. Es verdad que, según
demuestra la experiencia histórica, un terror brutal y una desenfrenada demagogia
pueden anular durante cierto tiempo las acciones abiertas
de la clase obrera y de otros sectores de trabajadores. Ejemplo de ello son los
regímenes fascistas de Alemania e Italia. Pero en las condiciones actuales,
cuando ha crecido tanto la organización y
la potencia del
movimiento de todos los
adversarios de la burguesía monopolista, cada vez resulta esto más difícil de
conseguir. Y si se logra en una u otra medida, la oligarquía dominante no
suprime los conflictos de clase; no hace más que evitar su exteriorización,
contribuyendo a la vez a incrementar el odio de clase de los trabajadores.
Cuanto más se esfuerza la burguesía reaccionaria por utilizar el Estado en
interés propio, cuanto mayor es el celo en cubrirse con él -como un escudo-
para protegerse de los golpes que le preparó la historia, mejor convence a las
grandes masas trabajadoras de que
sin la lucha por el
poder éstas jamás
podrán defender y ver satisfechos sus intereses.
Por mucho que se afane la burguesía reaccionaria
de los
principales países capitalistas, crecen
y
crecerán las contradicciones en el seno del campo
imperialista. El imperialismo norteamericano, que
alimenta los ambiciosos propósitos de conquistar el dominio del mundo y de
aplastar el movimiento de liberación de los pueblos, necesita mantener su
hegemonía dentro del mundo capitalista y ganarse como aliados
a todos los
grandes países de ese
campo. Nadie pondrá en duda que ha conseguido ya algo en este sentido. Pero no
hay que olvidar que el imperialismo únicamente puede adquirir aliados
colocándolos bajo su dependencia. Y esto lleva a choques continuos con los
círculos dirigentes de los Estados que se ven sujetos al carro del imperialismo
norteamericano, tanto más que, en virtud del desarrollo desigual del
capitalismo, el reparto ya hecho de las esferas de influencia deja de
corresponder a la correlación real de fuerzas dentro del campo capitalista.
De todo esto se puede llegar a la conclusión de que
las dificultades principales del capitalismo monopolista contemporáneo no han
quedado atrás, sino que las tiene aún por delante. El carácter social de la
producción reclama cada vez más imperiosamente, y seguirá haciéndolo, la
supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción, la
sustitución del capitalismo por el socialismo. El capital financiero quiere
burlar a la historia y, en lugar de la socialización socialista, mantener su
dominación con un simple cambio de forma, que es lo que significa el
capitalismo monopolista de Estado. Pero la maniobra está condenada al fracaso.
La conversión del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado
no significa la salvación de un sistema que agotó sus posibilidades, sino
únicamente la culminación de la preparación material del sistema social nuevo,
socialista. "... El capitalismo monopolista de Estado - escribía Lenin- es
la más completa preparación material del socialismo, es la antesala del mismo,
es un punto de la escalera histórica que ya no tiene ningún peldaño intermedio
entre él y el punto denominado socialismo."151
Así, pues, en el seno del régimen capitalista se
operan importantes procesos como resultado de los
cuales, cuando los trabajadores tomen el poder, se
verá sensiblemente facilitada la transformación
socialista de la sociedad. En los países capitalistas desarrollados la
nacionalización socialista de los monopolios convertiría en patrimonio de todo
el pueblo el 60, el 70 por ciento, y acaso más, de la producción social.
"... En una
situación revolucionaria, al producirse la revolución -subraya
Lenin- el capitalismo
monopolista de Estado
pasa
directamente a socialismo."152
Por lo que se refiere a las premisas políticas de la
revolución socialista, también siguen creciendo, tal
como
lo preveía Lenin
en su análisis
del
imperialismo.
El capitalismo monopolista de Estado no amortigua
las contradicciones de
clase; antes al
contrario, estimula la lucha de clase del
proletariado,
profundiza el antagonismo que hay entre los grupos
reaccionarios de la oligarquía monopolista y todas las
demás
clases y capas
de la sociedad
burguesa
contemporánea y favorece el desarrollo de nuevos
movimientos democráticos, cada vez más unidos a la lucha de liberación de la
clase obrera, y la formación de un vasto frente antimonopolista y
antiimperialista.
Todos estos fenómenos del capitalismo contemporáneo, que
son objeto de
un análisis
detenido
en los capítulos
de la sección
siguiente,
significan la entrada de este sistema social, una
vez agotadas todas sus posibilidades, en la época de su
hundimiento definitivo.
151 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 333.
152 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 143.
SECCIÓN CUARTA.
TEORÍA Y TÁCTICA DEL MOVIMIENTO COMUNISTA INTERNACIONAL
Capitulo XI. La
misión histórica de
la clase obrera
Un profundo análisis de la economía del
capitalismo llevó a Marx y Engels a la conclusión de
que en el seno de este régimen social se encuentra el germen de su destrucción,
de su sustitución por un sistema social nuevo, que es el socialismo. Pero los
fundadores del marxismo no se limitaron a trazar la orientación general del
ulterior desarrollo; en el proletariado,
en la clase
obrera, descubrieron la fuerza social encargada de llevar a cabo
esta gran transformación de la
sociedad: derrocar el capitalismo y construir el socialismo.
Este
descubrimiento quedó expuesto
y sólidamente argumentado en
el Manifiesto del Partido Comunista, que vio la luz en
1848, en Alemania. "...La burguesía -se dice en él- no sólo ha forjado el
arma que le trae la muerte; ha engendrado también a los hombres que dirigirán
contra ella esa arma, a los
modernos obreros, a
los proletarios." "Con
el desarrollo de la gran industria, de los pies de la burguesía se escapa la
base misma sobre la cual produce y se apropia de los productos. Produce ante
todo a sus propios sepultureros. Su desaparición y el triunfo del
proletariado son igualmente inevitables."153
1. La
clase obrera lleva la emancipación a la humanidad trabajadora
¿En qué
se basaban Marx
y Engels para determinar la misión histórica de la
clase obrera?
Primero, en que la clase obrera, que es la clase más
explotada de la sociedad capitalista, en virtud de
sus condiciones de vida se convierte en el
adversario
más consecuente y firme del sistema capitalista. Su
vital interés de clase empuja a los obreros a una lucha
sin cuartel contra el capitalismo. "De todas
las clases
que ahora se oponen a la burguesía -señalaban Marx y
Engels-, sólo el proletariado es una clase realmente revolucionaria."154
Segundo, en que los obreros, por la misma situación
que ocupan en la producción, no se hallan
vinculados al pasado de ésta, sino a su futuro, y
por consiguiente, al futuro de la sociedad entera.
¿Qué significa esto?
153 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV,
págs. 430, 436.
154 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV,
pág. 434.
Lo primero de todo, que el desarrollo de la base
material del capitalismo
-la gran industria-
no amenaza la existencia del proletariado como clase, no quebranta sus
posiciones en la sociedad, sino que, al contrario, impulsa el incremento
numérico de los obreros y acrecienta su papel en la vida social.
Significa también que los intereses y aspiraciones
de la
clase obrera coinciden
con la orientación
general de desarrollo de las fuerzas productivas. El
nivel de desarrollo alcanzado por estas fuerzas bajo
el capitalismo exige la supresión de la propiedad
privada sobre los medios de producción. Al cumplimiento de
esta tarea está
llamada la clase
obrera, el interés de la cual, objetivamente, reside
no sólo en la destrucción del capitalismo, sino también
en su sustitución por el socialismo, régimen que,
una vez implantado, abre vastos horizontes para un gigantesco crecimiento de
las fuerzas productivas de
la sociedad.
Como escribían Marx y Engels, el proletariado
ejecuta la sentencia
que la propiedad
privada, al
engendrarlo,
había dictado contra
sí misma. En
efecto, los obreros constituyen la única clase que
carece de propiedad privada sobre los medios de producción, y a la que, por lo
tanto, no puede tener en gran aprecio. Más aún, como la propiedad privada sobre
los medios de producción es la base de la explotación del
obrero por el
capitalista, quiere decirse que
su supresión y
sustitución por la propiedad social es el único camino que
la clase obrera tiene para emanciparse.
Cuando Marx y Engels llegan a la conclusión de
que es
precisamente la clase
obrera la llamada
a
destruir
el capitalismo y
construir el socialismo,
tenían presente también que es la única clase en
posesión de las
cualidades de luchador
que son
necesarias
para el cumplimiento de
tan gran tarea
histórica.
¿Qué cualidades son éstas?
La clase obrera posee, ante todo, la superioridad
del número. Es una de las clases más numerosas de la
sociedad
capitalista y, además, crece
vertiginosamente.
Pero no se trata sólo de esto. La clase obrera, por
las condiciones mismas de su vida y su trabajo, es
también la que más se presta a la organización. El
trabajo en las grandes empresas habitúa al obrero al espíritu de colectivismo,
a una severa disciplina, a las acciones conjuntas y a la solidaridad, virtudes
inestimables no sólo en el trabajo, sino también en la lucha. Los propios
capitalistas, al reunir a miles de obreros bajo el techo de sus fábricas, que
además suelen estar situadas
en grandes ciudades, contribuyen a superar la dispersión
y el aislamiento que pesaban como una maldición sobre los otros movimientos de
masas de los trabajadores, y en especial sobre el movimiento campesino. De ahí
que los obreros puedan unirse y organizarse mejor que cualquiera otra clase.
La clase obrera es también, entre todas las clases
oprimidas, la más capaz de desarrollar su conciencia
y de aceptar una ideología científica avanzada. La
gran industria necesita de un trabajador más instruido
que la economía de otras formaciones. Y las
condiciones de la lucha de clases en la época del capitalismo exigen
una conciencia política
incomparablemente más elevada. Esta conciencia la
adquiere el proletariado no sólo y no tanto en los
libros
como en la
experiencia del trabajo
y de la lucha. Además, a la clase obrera se
incorporan los mejores intelectuales; éstos le ayudan a elaborar y
adquirir una ideología revolucionaria científica, la
cual, al hacerse patrimonio de millones de obreros, se
transforma en una fuerza formidable.
Los proletarios son, al mismo tiempo, la clase más
combativa y revolucionaria de la sociedad.
Todo esto la convierte en la encargada de suprimir
el capitalismo y sustituirlo por el socialismo.
De ahí que se califique de histórica esta misión de
la clase obrera.
En el curso
de la historia,
a la cabeza
de la sociedad han
figurado clases distintas:
los esclavistas, los señores
feudales y los
capitalistas.
Cada una de estas clases transformaba la sociedad de
acuerdo con sus necesidades e intereses y contribuía
al establecimiento de un modo de producción más
avanzado. Pero la injusticia social y la desigualdad se mantenían siempre en
pie. A la cabeza de la sociedad
figuraba constantemente un puñado de opresores, y
cada nuevo paso
por la vía
del progreso era
conseguido al precio de inenarrables calamidades de
las masas trabajadoras, que
siempre fueron la inmensa mayoría de la sociedad.
Cuando la clase obrera se pone a la cabeza de la
sociedad acaba para
siempre con esta
tremenda
injusticia. A la vez que se emancipa ella misma,
emancipa a la sociedad entera. Transforma la organización social
de conformidad con
sus
necesidades e intereses y crea una sociedad nueva,
en la que todos
los hombres serán
verdaderamente
felices. Porque la misión de la clase obrera
consiste en eliminar definitivamente la causa primera de la injusticia social
-la propiedad privada
sobre los
explotados,
en opresores y
oprimidos. Este es el
único camino capaz de liberar a la sociedad de la miseria y la falta de
derechos de las masas, de la opresión nacional y política, del militarismo y de
las guerras.
"Todos
los movimientos que
han tenido lugar hasta ahora -decían Marx y Engels en el
Manifiesto
del
Partido Comunista- eran
movimientos de una
minoría o se realizaban en interés de una minoría.
El movimiento proletario es
el movimiento
independiente de la inmensa mayoría en interés de la
inmensa mayoría."155
La
doctrina de la
misión histórica de
la clase obrera es una parte muy
importante de la ideología marxista. Por primera vez indicaba la vía real para
que las masas oprimidas y explotadas pudiesen ver cumplidas sus aspiraciones de
libertad y de justicia.
¡Cuántos hombres eminentes y movimientos sociales
fracasaron porque no pudieron ver la fuerza social
que era capaz de dar a los pueblos la libertad, el
bienestar y la felicidad! Unos apelaban a la sabiduría
de los monarcas,
otros esperaban que
la sociedad sería salvada por el
genio creador de los científicos e ingenieros,
o veían la
salvación en los
"hombres
dotados de espíritu crítico", o en la vuelta al
régimen patriarcal campesino y a los gremios de las industrias
medievales. Todas estas esperanzas y proyectos
conducían únicamente a una estéril dilapidación de fuerzas y energías, y a
menudo de vidas humanas. El
luminoso sueño secular de la humanidad -el
socialismo- dejó de ser una utopía incorpórea cuando
apareció y quedó definida científicamente la fuerza
social capaz de
dar vida a
ese sueño, cuando
la
misión histórica de la clase obrera se hizo evidente
para los propios obreros y los hombres avanzados de otras clases oprimidas de
la sociedad capitalista.
Por eso Lenin, al referirse a los inapreciables
méritos de los
fundadores del marxismo,
escribía:
"Lo principal en la doctrina de Marx es el
esclarecimiento del papel histórico del proletariado como creador de la
sociedad socialista."156
2. Incremento
del peso y del papel
político- social de la clase obrera
En el tiempo en que Marx y Engels descubrieron
la misión histórica de la clase obrera, ésta
constituía aún una capa
bastante reducida de
la población
incluso en los países desarrollados. Y en la mayoría
de los países
restantes sus núcleos
eran reducidísimos.
Era además una clase que apenas si empezaba a
tener
noción de sus
intereses. Aún había
de convertirse en una fuerza consciente y organizada. Las ideas del
socialismo y el comunismo científico eran patrimonio de un reducido grupo de
obreros conscientes e intelectuales avanzados, que se habían
medios de producción-, que trae consigo la división
de la sociedad en ricos y pobres, en explotadores y
155 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV,
pág. 435.
156 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág.
544.
colocado junto a la clase obrera. El primer partido
marxista -la Liga
de los Comunistas,
creada por Marx y Engels en 1847-
no contaba más que con unos centenares de miembros repartidos en distintos
países. Los sindicatos acababan de nacer.
Sin embargo, antes de transcurrir un siglo, lo que
entonces pudo percibir solamente la visión de dos
pensadores geniales resultaba evidente para muchos
millones de hombres.
La clase obrera se ha convertido en la primera
fuerza político-social de nuestros tiempos y, en bastantes países, ha
demostrado prácticamente ser capaz
de cumplir la
misión que le
asignaba la historia: suprimir el
capitalismo y construir el socialismo. Sus fuerzas y su capacidad de lucha han
crecido también formidablemente en los
países en que los obreros siguen siendo
una clase explotada.
Incremento
numérico de la clase obrera.
A mediados del siglo XIX, en los Estados Unidos
había alrededor de un millón de obreros, lo que significaba, aproximadamente,
del cinco al seis por ciento de la población. En 1957 eran ya unos 20 millones
que, unidos a sus familias, representaban cerca de la mitad de la población del
país.
En Alemania, hace cien años la clase obrera no
alcanzaba al tres por ciento de la población, mientras
que ahora pasa de la mitad.
En Inglaterra constituye actualmente una gran
mayoría del total de sus habitantes.
Hoy día, el número de personas ocupadas en la
industria de todos los países es de unos 200
millones, de los que casi todos son obreros. Quiere decirse que, contando a las
familias, el ejército de obreros industriales no baja ya de los 500 millones. Y
eso a pesar de que el proceso de desarrollo de la gran industria en los países
más poblados (China, la India) se ha iniciado hace relativamente poco. El
número y el peso de todos los obreros industriales en la población del mundo
seguirá creciendo con rapidez.
Incluso si consideramos sólo el factor numérico, la
clase obrera es, pues, una gran fuerza. Esto es una
confirmación irrefutable de la doctrina marxista,
que
hace algo más de cien años anunció que la clase
obrera, en el curso de la evolución histórica, crecería sin cesar, mientras que
se reduciría el peso de las otras clases.
Todavía ha aumentado más el papel de la clase obrera
en la vida económica de la sociedad. En los
países de un cierto desarrollo, esta clase produce
ya
la parte mayor de las riquezas nacionales. Su
trabajo es la fuente principal de los valores materiales que
satisfacen las necesidades de los hombres.
La clase
trabajadora más organizada
y consciente.
Marx y Engels vieron en la clase obrera una
capacidad de organización como ninguna otra poseía.
El tiempo les ha dado por completo la razón. El
camino de los obreros hasta la organización de clase ha sido complejo y
difícil. ¡Qué barreras no les habrá puesto la burguesía dominante!
Prohibiciones y represiones, persecución inhumana de los jefes del proletariado, creación
de organizaciones seudoobreras,
como los sindicatos amarillos, dóciles a la voluntad de los patronos y de la
policía, estímulo de los conflictos nacionales y del odio de raza: todo se puso
en marcha con el propósito de perpetuar la dispersión de los obreros.
Pero las fuerzas que empujaban a los proletarios a
la organización -necesidad de defender sus intereses bajo la amenaza del hambre
y la miseria, solidaridad forjada en la lucha de clases- eran lo bastante
vigorosas como para
superar barreras y persecuciones de todo género.
La clase obrera comenzó de ordinario a unirse en
organizaciones de ayuda
mutua, socorro de
enfermedad, cooperativas, etc. En realidad se
trataba de organizaciones de
ayuda, y no
de lucha.
Paralelamente, sin embargo, en la primera mitad del
siglo XIX aparecen ya los sindicatos, que permitían a los obreros
luchar eficazmente por
sus intereses
económicos directos. Durante largo tiempo, en una
misma empresa existían sindicatos de oficio, que se
mantenían independientes entre sí. Luego, en la
mayoría de los países aparecieron los sindicatos de industria, a
la vez que
se formaban federaciones
nacionales e internacionales. Hoy día los sindicatos
cuentan con más de 160 millones de afiliados en todo
el mundo.
Pero la organización sindical no bastaba para
dirigir la lucha de la clase obrera. Las necesidades de
la lucha por los intereses inmediatos, y sobre todo
por la gran meta del movimiento obrero -el
socialismo-, requerían imperiosamente una
forma
superior de organización: el partido político de la
clase
obrera. Esta forma
atravesó también por grandes vicisitudes en su desarrollo,
yendo desde pequeños círculos y grupos hasta los partidos de millones de
miembros unidos entre sí por los lazos de la solidaridad internacional.
Actualmente los partidos políticos de la clase obrera cuentan con más de 43
millones de afiliados, de los cuales 33 millones pertenecen a los partidos de
nuevo tipo, basados en los principios del marxismo-leninismo, es decir,
partidos que mantienen una lucha sin cuartel en defensa de intereses de los
obreros y que son efectivamente capaces de protegerlos.
El obrero de nuestros días ha dejado muy atrás al
proletario semianalfabeto que en la segunda mitad
del siglo XIX era la figura típica dentro de la
clase
obrera de la mayoría de los países burgueses. Ha
crecido incomparablemente no sólo la formación profesional, sino también el
nivel cultural de los obreros. La clase obrera moderna es la legítima heredera
de los valores culturales del pasado y la fuerza motriz en la creación de una
cultura nueva, socialista, una cultura que ocupa posiciones dominantes en los
países del socialismo y que se abre camino allí donde aún impera el capital.
En los medios
proletarios ha nacido
y se desarrolla una moral nueva,
colectiva, muchos de cuyos rasgos son un anuncio de lo que será la moral de la
futura sociedad comunista. La ley del capitalismo, según la cual el hombre es
un lobo para el hombre, es la base de la moral individualista y de la propiedad
privada. La clase obrera rechaza ese principio antihumano. Desde los primeros
pasos de su vida social y de trabajo, el proletario aprende por propia experiencia
y hace suyo el viejo principio del movimiento obrero: "el obrero es
hermano del obrero". El proletario consciente interpreta esto en un
sentido más amplio:
es hermano del
obrero y de todos los oprimidos y explotados. Los
hombres del trabajo, y en primer término los obreros, han sido el único medio
social en que no pudieron echar raíces la amoralidad y la disolución que
invaden capas cada vez más amplias de la sociedad burguesa. El humanismo, la
honradez, la abnegación, la generosidad, son hoy día rasgos característicos,
más que de ninguno otro, de las gentes sencillas, de los obreros, que tienen
una elevada noción de lo que significa el verdadero amor a los hombres.
Estos avances de la clase obrera en cuanto a su
cultura y su moral han ido unidos al incremento de su
conciencia
política, aunque este
proceso haya seguido una marcha
desigual en los distintos países:
en algunos de ellos, incluso en países con un nivel
cultural bastante alto,
la burguesía ha
conseguido
nublar la conciencia política de clase de una parte
importante de los
obreros y someterlos
a su influencia ideológica.
Los obreros han llegado a adquirir conciencia de
clase, a comprender sus intereses y la vía que puede
emanciparlos, no en escuelas ni universidades, sino
en el fuego de la lucha diaria y de grandes combates de clase, de brillantes
triunfos y de amargas derrotas.
Tanto más sólida es la instrucción que han
adquirido. Durante el último siglo la clase obrera ha reunido una
experiencia formidable.
Esta experiencia ha sido recogida por los geniales
pensadores y luchadores Marx, Engels y Lenin. El
proletariado dispone ahora del inapreciable tesoro
de las ideas marxistas-leninistas, que
significan la
suprema conquista de la ciencia y la cultura.
3.
Comunidad de intereses de la clase obrera y de todos los trabajadores
La clase obrera no es sólo fuerte por el número,
por la conciencia y organización de sus propias
filas, sino también por la comunidad que presentan sus intereses y los
intereses vitales de todos los demás destacamentos de trabajadores.
Esta
comunidad de intereses
tiene profundas
raíces en el sistema capitalista. El yugo de los
capitalistas pesa también sobre las grandes masas campesinas, sobre la pequeña
burguesía urbana, los intelectuales y los empleados.
A medida que el capitalismo se desarrolla, y en
particular al establecerse el dominio omnímodo de los monopolios, la dominación
económica y política de la burguesía gravita sobre capas cada vez más amplias
hasta hacerse intolerable. Unos mismos enemigos y unos mismos intereses: tal es
la base objetiva sobre la que se forma la alianza de la clase obrera con todas
las demás clases y capas que se oponen a la burguesía reaccionaria. Esta
alianza decuplica las fuerzas del proletariado y hace posible su victoria aun
en los países en que no constituye la mayoría de la población. Así ocurrió, por
ejemplo, en Rusia. Y la experiencia de China y de algunas otras democracias
populares demuestra que, en alianza con las grandes masas de la población, la
clase obrera puede llevar a cabo la revolución socialista hasta en sitios donde
es una parte relativamente pequeña.
Cualquiera que sea la posición de las demás capas
trabajadoras hacia los objetivos fundamentales del movimiento socialista, hay
un gran número de problemas importantes por los que pueden luchar y luchan
junto a los obreros. Tales son la defensa de los intereses económicos
inmediatos frente a los monopolios, el mantenimiento de la paz, de la
independencia nacional y la democracia, etc. Se trata de cuestiones que se
derivan de las propias condiciones de vida de las grandes masas y que por esta
razón son pronto y fácilmente comprendidas.
La clase obrera, lo mismo que las restantes capas de
trabajadores, tiene un interés vital en agrupar con
ella
todas las fuerzas
para defender sus
comunes
intereses. Unos y otros salen ganando de esta
alianza, pues los frutos
de las victorias comunes son
para
todos. Y los
reveses de esta
lucha, debidos de
ordinario justamente a la dispersión de las fuerzas,
repercuten también sobre todos los trabajadores.
La unidad de intereses de la clase obrera y de los
trabajadores en general no se limita a la comunidad
de sus fines inmediatos. Las más grandes masas están profundamente interesadas
en alcanzar la meta final que el proletariado se marca: el derrocamiento del
capitalismo y la construcción del socialismo. Cuando se dice que la clase
obrera, al emanciparse, emancipa a la sociedad entera de toda clase de
opresión, no se repite una frase buena para la propaganda, sino que se deja
sentada una verdad exacta y científicamente comprobada de
los procesos objetivos
que transcurren en la realidad. De ahí que también en la lucha por el
socialismo las demás capas trabajadoras tienen todas las razones para ser
aliadas de la clase obrera.
Las grandes masas de campesinos, que en muchos
países representan el
sector más numeroso
de la
población,
siguen siendo víctimas
ya de las supervivencias del feudalismo, ya del
yugo de los monopolios, ya de lo uno y lo otro al mismo tiempo.
¿Puede el capitalismo resolver los problemas que
preocupan a los
campesinos? No, porque
el
desarrollo capitalista no les augura más que la
ruina, la pérdida de sus tierras y la proletarización de la
aldea. Únicamente el socialismo da solución a los
problemas con que se enfrentan los campesinos trabajadores, al
liberarlos del yugo
de los
terratenientes y de los capitalistas y al abrir ante
ellos perspectivas como jamás pudieron soñar.
Lo
mismo ocurre en
cuanto a la
pequeña burguesía urbana. Dentro del capitalismo, sobre todo en la etapa
actual, esta numerosa capa social apenas
si resiste la embestida del gran capital y se
encuentra siempre al borde de la ruina. Los problemas de la
pequeña burguesía urbana tampoco pueden ser
resueltos a fondo más que con el socialismo. La cooperación abre
anchas vías y
ofrece una vida
acomodada
a los artesanos.
El vertiginoso incremento de
la economía dentro
del socialismo
proporcionará trabajo a todos cuantos lo necesiten y
les garantizará unas dignas condiciones de la vida, poniéndolos a salvo de la
necesidad y de la ruina.
Una capa bastante numerosa de la sociedad
capitalista, en crecimiento constante, es la de quienes
se ocupan de uno u otro trabajo intelectual:
empleados, ingenieros y técnicos, maestros, médicos, escritores, artistas, etc.
En el pasado, muchos de ellos
constituían un grupo social privilegiado, pero ahora
en su inmensa mayoría son explotados y oprimidos
por la oligarquía dominante. Lo único que puede
liberarles del yugo
es el socialismo,
que abre
horizontes como jamás se vieran para la creación
científica y artística, conduce a un gran florecimiento de la cultura y acaba
con la dependencia asfixiante
del dinero en que los hombres del trabajo
intelectual se encuentran.
La clase obrera es la fuerza dirigente en la lucha
del pueblo contra la opresión capitalista.
Así, pues, en la situación actual, las condiciones
no pueden ser más favorables para la alianza de la
clase obrera con las demás capas sociales que se
oponen a la burguesía reaccionaria. La clase obrera está llamada a ejercer la
hegemonía en esa alianza.
En ello coinciden los intereses de los propios
aliados de la clase obrera, que únicamente bajo su
dirección pueden triunfar sobre la burguesía
monopolista. Porque los obreros son la única clase que, además
de ser capaz
de mantener una
lucha
consecuente contra el yugo del capital, posee un
programa real de transformación de la sociedad en
consonancia con los intereses vitales de todos los
trabajadores. Sólo el proletariado puede crear su partido político, armado de
una ideología científica y
capaz de conducir al pueblo a la anhelada meta.
movimiento de liberación de las otras capas
trabajadoras es garantía necesaria de su propia emancipación social. Únicamente
así puede el proletariado rebasar el estrecho marco de la lucha gremial por
mejorar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo a los capitalistas y
elevarse hasta el papel de dirigente de la nación y de la sociedad.
"Como única clase que es revolucionaria hasta
el fin de la
sociedad moderna -escribía
Lenin
refiriéndose a los obreros- debe ser la dirigente,
ejercer la hegemonía en la lucha de todo el pueblo
por la completa transformación democrática, en la
lucha de todos los trabajadores y explotados contra los opresores
y explotadores. El
proletariado es
revolucionario sólo en la medida en que comprende y
aplica esta idea de la hegemonía. El proletario que
comprende esta tarea es un esclavo que se levanta
contra la esclavitud. El proletario que no tiene conciencia de la idea de la
hegemonía de su clase, o
que reniega de ella, es un esclavo que no comprende
la situación en que se encuentra; en el mejor de los
casos es un
esclavo que lucha
por mejorar su situación como tal, pero no por el
derrocamiento de la esclavitud."157
La clase obrera no trata de conseguir privilegios a
expensas de otras
clases y capas
del pueblo. Al
contrario, la dirección de las masas trabajadoras le
impone nuevos deberes, entre ellos el de tener en consideración los intereses
específicos de las otras
capas trabajadoras del pueblo, de preocuparse por
ellos y de luchar por ellos como si fueran suyos. Por
consiguiente,
cuando la clase
obrera mantiene su papel dirigente en la lucha de liberación
de todos los
trabajadores, piensa que la única manera de
emanciparse ella misma es consiguiendo la libertad para todos los trabajadores
y creando una sociedad en
la que no exista ningún género de explotación y
opresión.
4. El internacionalismo, manantial de fuerzas para
el movimiento obrero
Carácter internacionalista
del movimiento
obrero.
En el pasado no podían ser internacionalistas ni las
clases opresoras ni las oprimidas. Oponíanse a ello las condiciones históricas
y también el lugar de estas clases en la producción social y su modo de vida.
La primera clase consecuentemente internacionalista
son los obreros, los proletarios. Apareció en la palestra histórica en una
época en que empezaba a formarse la economía mundial, cuando los vínculos
económicos adquirían un carácter verdaderamente
mundial y, a
continuación de los lazos económicos, crecían en proporciones
inusitadas los nexos culturales y de otra índole entre los países y los
pueblos. Tal es la situación histórica general que permitió la aparición del
internacionalismo de los obreros.
Para la clase
obrera, su papel
director del
157 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVII, págs,
201-202.
Pero si los obreros son genuinamente
internacionalistas, no se debe sólo a las condiciones
externas; también contribuyen a ello sus vitales
intereses de clase. Los obreros carecen de propiedad
privada,
que divide a
los hombres, y
les son asimismo ajenos los
intereses que engendran la hostilidad
hacia los trabajadores
de otros países
y
nacionalidades. Al contrario, los obreros de todos
los países tienen un
interés primordial único:
el
derrocamiento del yugo del capital. Este interés los
agrupa contra la fuerza internacional de los capitalistas, haciendo
que el internacionalismo se
convierta para los obreros no en algo posible, sino
necesario, condición obligatoria para el éxito de la
lucha por el socialismo y el comunismo.
El
carácter internacionalista
del movimiento obrero no tardó en
revelarse. Los obreros de cada
país mantenían en un principio la lucha contra
"su" burguesía, mas pronto
empezaron a ponerse
de
acuerdo para su acción común, a apoyarse mutuamente
y prestarse ayuda, así como para crear sus propias organizaciones
internacionales.
Desde el punto y hora en que apareció y se extendió
por todo el mundo la doctrina marxista y se
formaron los partidos políticos del proletariado, el
movimiento obrero es profundamente internacionalista. Marx
y Engels expresaron
el
principio del internacionalismo en la fórmula
precisa de su inmortal consigna: "¡Proletarios de todos los
países: uníos!"
Todo el que haya asimilado la doctrina marxista y
comprendido la misión histórica del proletariado por
ella
descubierta no puede
por menos de
ser
internacionalista,
de buscar conscientemente la unidad y colaboración de los trabajadores
de todos
los
países. Por eso,
a medida que
el marxismo-
leninismo
vence en el
movimiento obrero de cualquier país, se amplían los vínculos
internacionalistas de este movimiento con los trabajadores de otros países.
Para los partidos marxistas-leninistas, el internacionalismo es parte
integrante importantísima de su ideología y su política. Sin el
internacionalismo, sin la unión de esfuerzos de los trabajadores de todos los
países, es imposible vencer a la burguesía mundial y construir una sociedad
nueva.
El internacionalismo proletario es, ante todo, la
ideología científica de la comunidad de intereses de la clase obrera de todos
los países y naciones. En segundo lugar, es el sentimiento de solidaridad de
los trabajadores de todos los países, de fraternidad de los hombres del
trabajo. En tercero, es un determinado tipo de relaciones entre los
destacamentos nacionales de la clase obrera. Dichas relaciones se basan en la
unidad y armonía de acción, en la ayuda y el apoyo recíprocos. Se
basan en el principio de
libre
aceptación, en la conciencia de que tales relaciones
responden a los intereses vitales de los obreros de todos los países.
El internacionalismo proletario no niega en
absoluto la independencia
de los destacamentos
nacionales de la clase obrera, su derecho a resolver
por sí mismos sus propios asuntos. Pero esto no
debilita en modo alguno la unidad de la clase obrera en el plano internacional.
Todo lo contrario, precisamente porque en el movimiento obrero
internacional políticamente consciente
reina el espíritu de una
verdadera igualdad de derechos y de respeto a los intereses de los obreros de
las distintas naciones, entre los trabajadores de todos los países es cada vez
más profunda la confianza mutua y la tendencia a la colaboración.
Los ideólogos burgueses tratan de demostrar que el
internacionalismo de la clase obrera significa la desestimación de
los intereses nacionales
de su propio pueblo. Esto es
deformar la esencia del internacionalismo
proletario. Es precisamente la lucha de liberación de la clase obrera lo
que asegura a cualquier nación el mantenimiento de su libertad e independencia, la
igualdad de derechos
con las demás naciones, el
ascenso del bienestar de todas las capas de la población y el florecimiento de
la cultura nacional.
Solidaridad
internacional de los trabajadores.
La solidaridad y unión del proletariado se han
robustecido extraordinariamente a lo largo de los últimos cien años. Ello
encuentra expresión concreta, principalmente, en la organización del movimiento
obrero. Los sindicatos de diversos países se agrupan ahora en poderosas
federaciones internacionales, de las
cuales la más
importante es la
Federación Sindical Mundial, que ha demostrado ser un defensor
consecuente de los intereses internacionales y nacionales de los obreros.
También mantienen estrechos vínculos los partidos políticos de la clase obrera,
y en primer lugar los partidos marxistas- leninistas. Diversas formas de
colaboración internacional se observan en otras organizaciones de trabajadores
(de jóvenes, de mujeres, cooperativas), y también en
los movimientos democráticos progresistas en
los que la
clase obrera ocupa
un primer puesto (movimiento de los pueblos en defensa de la paz y
otros).
Pero los avances del internacionalismo proletario no
se circunscriben a las formas orgánicas. Se han producido grandes cambios en la
conciencia de los obreros y, bajo
la influencia de
éstos, en la conciencia de todos los trabajadores. Los
hombres del trabajo comprenden cada vez más la comunidad de sus intereses con
los de sus hermanos de otros países y naciones, así como el valor que
representa su cohesión, la unidad
de acción y
la solidaridad de clase.
Tales cambios en la conciencia de los obreros tienen
raíces profundas en la realidad histórica. La transformación del capital
monopolista en una fuerza reaccionaria internacional, con la consiguiente
formación del campo imperialista -dispuesto a cualquier crimen, a cualquier
infamia para esquilmar y oprimir a todos los pueblos del mundo-, contribuye
objetivamente a que los trabajadores de los distintos países comprendan la
comunidad de sus intereses vitales. La propia vida hace ver a los obreros que
no pueden permanecer indiferentes
ante la suerte
de otros países y pueblos. Las severas lecciones de la historia les
convencen, por ejemplo,
de que las guerras coloniales, aun las mantenidas
por los imperialistas en los
rincones más alejados
de la tierra, significan
inevitablemente para los trabajadores un incremento de las cargas
económicas y de la reacción política que pesan sobre ellos, y, lo que es más
importante, acentúan la amenaza de una nueva guerra mundial. De la misma
manera, las derrotas infligidas por la burguesía imperialista de cualquier país
a su clase obrera -como lo demuestran las enseñanzas del fascismo en Alemania-
pueden empeorar las condiciones del movimiento obrero en otros países
capitalistas y dejar a los imperialistas las manos libres para desencadenar una
guerra mundial.
El internacionalismo de la clase obrera ha
demostrado en la práctica su eficacia. En 1918-1920, cuando sobre la joven
República Soviética se lanzó la burguesía reaccionaria de muchos países, el
movimiento obrero internacional se puso frente a la intervención imperialista.
La solidaridad internacional de
los trabajadores fue
un arma excelente en la lucha
contra el fascismo. Miles de obreros de distintos países combatieron contra los
fascistas en los campos de España, y luego se incorporaron a la Resistencia en
Francia, Bélgica, Grecia, Noruega, Italia y otros países ocupados por los
hitlerianos. Los obreros de todos los países apoyaron la heroica guerra de
liberación del pueblo soviético contra los invasores fascistas.
Después de la segunda guerra mundial, la solidaridad
internacional de la clase obrera ha encontrado brillante expresión en la lucha
contra las nuevas maniobras de los agresores imperialistas, en apoyo de las
acciones de la Unión Soviética y de todo el campo socialista contra la agresión
del imperialismo. Ello contribuyó grandemente a limitar y poner fin a las
guerras desencadenadas por los imperialistas contra los pueblos de Indonesia,
Indochina, Corea, Egipto y otros países.
La unidad de acción internacional de los
trabajadores, su cohesión y solidaridad es en nuestros días una
fuerza formidable en
la lucha que se
mantiene contra los intentos del campo imperialista por poner fin a la
independencia, la libertad y la felicidad de los pueblos. Esta es la razón de
que los Partidos Comunistas no cesan de plantear la tarea de
fortalecer la solidaridad internacional de los
trabajadores en la lucha por la paz, la democracia y el socialismo.
5.
Obstáculos y dificultades del movimiento obrero en su desarrollo
Los grandes éxitos y triunfos históricos de la clase
obrera han sido conseguidos en encarnizada lucha.
Para alcanzarlos hubieron de ser salvadas numerosas
barreras. Todo obrero consciente, todo marxista debe
ver esos obstáculos, a fin de comprender mejor las
tareas futuras del movimiento obrero internacional.
Las dificultades que se presentan ante el movimiento
obrero son de naturaleza diversa, pero
las principales son las que en su camino levanta la
burguesía. El proletariado tropieza
con ellas
constantemente, y no es empresa fácil superarlas.
Porque los obreros han de luchar contra una clase que tiene gran experiencia
política y que dispone de
un poderoso aparato de presión económica y de
violencia física y
espiritual. Las organizaciones
obreras
no han aprendido
en todos los
sitios, ni mucho menos, a hacer
frente a las dificultades de dicho género, y esa es una de las causas
principales
del atraso del movimiento socialista en una serie de
países.
En su historia,
de más de
cien años, el movimiento obrero ha experimentado
pérdidas sensibles por el terrorismo de la burguesía: muchos
millares
de combatientes proletarios
fueron asesinados ferozmente, decenas y cientos de miles
fueron a parar a la cárcel; las organizaciones
obreras fueron empujadas repetidas veces a la clandestinidad
y se pusieron toda clase de trabas a su labor.
En las condiciones actuales, los círculos dominantes
de los países capitalistas recurren cada
vez más a las represiones policíacas, al chantaje y
a la intimidación de la parte más activa y consciente de
los obreros. Cuanto más frágiles son las posiciones
de la burguesía, más recurre ésta a la violencia.
Pero la burguesía dominante no se limita, en su
lucha con el movimiento obrero, a las medidas de
persecución. Otra calamidad que pesa sobre los obreros de
los países donde
hay desocupación crónica es la
constante amenaza de verse despedidos y de ser incluidos en las listas negras
de las organizaciones patronales. Con ayuda de este inhumano método, los
capitalistas norteamericanos ejercen ahora la más fuerte presión para impedir
el desarrollo de un movimiento obrero independiente.
La burguesía dominante recurre también en vasta
escala al engaño, a la demagogia social y a otros
métodos más sutiles y hábiles -más peligrosos por
tanto- de desorganización de la clase obrera, a la
que trata de someter a su putrefacta influencia espiritual.
La cosa se
complica si consideramos
que los
obreros
no constituyen una
clase homogénea. Sus filas se nutren sin cesar con elementos
arruinados de
la pequeña burguesía. Estas gentes llevan consigo a
menudo la carga de una ideología, psicología y moral burguesas, y contaminan a
otros obreros. Además, siguiendo la vieja norma de todos los opresores -
"divide y vencerás"-, los grandes capitalistas se esfuerzan por
sobornar a las capas altas del proletariado, por crear así una casta
privilegiada, la "aristocracia obrera", a la que quieren convertir en
un apoyo, en semillero de la influencia burguesa en el seno del movimiento
obrero.
Todo esto hace que cierta parte de los obreros se
deje impresionar por
la demagogia social
de la
burguesía y
sus agentes. La
burguesía no deja
de
intensificar su labor en este sentido. Últimamente,
en los Estados Unidos y otros países burgueses, además
del aparato ordinario de la influencia sobre las
masas
(prensa, cine, radio, etc.), han aparecido hasta
"ciencias" especiales que persiguen el mismo objeto ("relaciones
sociales", "relaciones humanas", "sociología y psicología
industrial", etc.). Cientos y miles de "especialistas" de estas
"ciencias" trabajan ya en las empresas y en los organismos del
gobierno y de la administración pública. Su misión consiste en proponer y
aplicar medidas conducentes a la desorganización del movimiento obrero y a
evitar las huelgas, y también a hacer que el obrero se sienta satisfecho de su
suerte, a crear apariencias de una "armonía de clases" y a establecer
la "paz de clases" en las empresas.
La
división del movimiento obrero.
La influencia burguesa en el movimiento obrero
adquiere diversas manifestaciones. La más peligrosa de ellas es la difusión del
oportunismo y el reformismo. El oportunismo trata de "conciliar" el
movimiento obrero con el régimen capitalista. De ahí que los líderes del
reformismo centren su labor en este trabajo de conciliación con la burguesía
dominante.
El reformismo provocó una profunda escisión de
la clase
obrera que en
los países capitalistas
se
prolonga desde hace tiempo. Ese es el daño principal
que el
oportunismo ha causado
al moderno
movimiento obrero.
La
división del movimiento
obrero debilita las filas del proletariado, entorpece la
lucha de éste con
la burguesía y da facilidades a los capitalistas en
su política reaccionaria y antiobrera. La falta de unidad
entre los obreros permite a la burguesía enfrentar
una parte de la clase obrera a otra, y hasta valerse de determinados grupos
de obreros, sometidos
a su
influencia, para combatir no contra los enemigos del
proletariado, sino contra sus hermanos de clase, para
luchar contra el movimiento obrero revolucionario.
Esta división, se
comprende, va en
beneficio exclusivo de los
capitalistas, que explotan
a los
obreros.
También daña al movimiento obrero la
propagación entre los proletarios de las ideas burguesas del nacionalismo y el
chovinismo. El nacionalismo es peligroso, sobre todo, porque aparta a los
obreros de la lucha contra su enemigo de clase. La burguesía reaccionaria ha
conseguido más de una vez, atizando las pasiones nacionalistas, paralizar de
momento la lucha de clase del proletariado. Además, la difusión de las ideas
nacionalistas y chovinistas divide el movimiento obrero y desata los lazos de
la solidaridad internacional.
El nacionalismo y el chovinismo, si no se los
combate, acaban por destruir el movimiento obrero y
lo empujan hacia la colaboración con la burguesía
imperialista.
A la división del movimiento obrero contribuye
asimismo la influencia de la Iglesia. Esta, a través de sus elementos
reaccionarios, trata por
todos los medios de aislar a los
obreros creyentes de sus hermanos de clase, incorporándolos a organizaciones
específicas de carácter clerical (partidos democristianos, sindicatos
católicos, etc.), y apartándolos así de la lucha contra el capitalismo.
Hay que tener presente, sin embargo, que entre los
propios creyentes y en determinada parte del clero la
política antiobrera y reaccionaria de las jerarquías
eclesiásticas tropieza con
creciente resistencia. No
son pocos los casos de sacerdotes honestos, que
estiman su buen nombre, que se suman a la lucha por la paz y se manifiestan
contra la reacción. Pero esto
va en contra de lo que ordenan las altas jerarquías
eclesiásticas, las cuales colocan toda su influencia y
el peso de su organización al servicio de la
reacción imperialista.
Por lo tanto, la burguesía dominante dispone aún de
poderosos recursos para oponerse a la lucha de emancipación de la clase obrera.
No sería correcto
desestimar las dificultades que de ahí se
desprenden. No hay que olvidar que, a medida que el movimiento
obrero se robustece, se incrementa la resistencia de
los enemigos de clase del proletariado. Ningún éxito puede por ello adormecer
la vigilancia de la clase
obrera, ni debilitar su energía en la lucha contra
los obstáculos que aún se levantan en el camino que ha
de llevarle a cumplir su misión histórica.
6. La
clase obrera lucha y crea
Durante los cien años largos que nos separan de la
primera acción revolucionaria independiente de los
obreros (1848 en Francia), el proletariado ha reñido
miles y
miles de batallas
de clase, grandes
y pequeñas, saliendo vencedor en unas y vencido en
otras. En esas batallas los obreros han hecho gala
de un heroísmo como
jamás demostró ninguna
otra
clase en la historia.
Las
grandes virtudes combativas
de la clase obrera se pusieron particularmente de
relieve en la
Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, en las
acciones revolucionarias de
los obreros de
varios países de Europa después de la primera guerra mundial y en las
revoluciones democrático-populares de China y de otros países.
En un territorio habitado por más de un tercio de
la humanidad, la
clase obrera ha
conseguido un
triunfo
completo en su
lucha de liberación,
derrotando al sistema de la esclavitud capitalista y
tomando el poder en sus manos.
Esta lucha del proletariado lo ha convertido en
una importante fuerza político-social también en los
países donde el capital mantiene su dominio, y así se refleja profundamente en
todos los acontecimientos de nuestra época.
La lucha de la clase obrera por sus intereses
económicos inmediatos.
Una de las direcciones principales de la lucha de
los obreros en los países capitalistas es la defensa de sus intereses
económicos inmediatos, de
las
reivindicaciones
que tienden a
mejorar las condiciones de vida y
de trabajo del proletariado.
La clase obrera mantiene esta lucha en todo el
frente y, a pesar de la desesperada resistencia de la burguesía, ha logrado
éxitos importantes. En muchos
países capitalistas desarrollados ha conseguido
arrancar concesiones que
ponen límites a la
arbitrariedad de los capitalistas y defienden a los
obreros de las formas más duras de explotación. La jornada de
trabajo, por ejemplo,
que en tiempos
pasados era de 12 a 16 horas, ha sido reducida a
ocho, y
a menos para
algunos oficios en
ciertos
países. En bastantes sitios, los obreros han
obligado a la burguesía a adoptar medidas relacionadas con el
seguro
social (pensiones, subsidio
de paro, vacaciones pagadas,
etc.), que en
cierta medida alivian su
situación. Se ha logrado también en algún
país limitar un tanto las funestas consecuencias de
la intensificación del trabajo,
mejorar el sistema
de
protección del trabajo y algunas ventajas en cuanto
a asistencia médica. Los obreros han sabido también obligar a la burguesía de
bastantes países a hacer
concesiones en lo que a los salarios se refiere,
debilitando así un
tanto las consecuencias
de la
incesante desvalorización del dinero, que es un
verdadero azote para los trabajadores de todos los países capitalistas.
Se amplía sin cesar, en la actual etapa del
desarrollo histórico, el marco de la lucha de la clase
obrera por sus intereses económicos inmediatos. La
mayor organización y conciencia del proletariado le llevan a
plantear en su
lucha de clase
reivindicaciones más generales, como es la de
limitación del poderío económico de los monopolios,
la reforma del sistema fiscal en favor de los
trabajadores, la implantación
del seguro contra
el paro, etc.
Las conquistas económicas de la clase obrera
significan un importante valladar a la tendencia al
empeoramiento en la situación de los trabajadores,
tendencia que se manifiesta con singular vigor dentro del capitalismo moderno.
La repercusión de estas conquistas no se ha circunscrito a la clase obrera,
sino que ha afectado también a otros muchos sectores de trabajadores. Además,
estos últimos, contagiados por los éxitos del movimiento obrero, han iniciado
la lucha en defensa de sus intereses inmediatos específicos, copiando en
ocasiones las formas de resistencia a los explotadores que primero empleó la clase
obrera: sindicatos, huelgas, etc. En nuestro tiempo, estas formas de lucha no
son exclusivas de los obreros, sino que también las manejan los empleados
(incluso los funcionarios públicos) y diversos grupos de intelectuales
(personal médico, maestros y otros).
Los
líderes del movimiento
reformista de bastantes países
capitalistas se apresuraron
a atribuirse el mérito de estas conquistas de la clase obrera y afirman
que ésta no tiene por qué dedicarse a la lucha política, y tanto menos combatir
para el derrocamiento del régimen burgués. Tales afirmaciones son pura
demagogia. El proletariado de los países capitalistas no debe sus éxitos a los
conciliadores y reformistas, sino a la lucha de los obreros más activos y
conscientes. En la mayoría de los casos, los capitalistas han de transigir bajo
la presión del ala izquierda del movimiento obrero y ante el temor de que todos
los obreros se radicalicen.
Hay que tener en cuenta también que muchos éxitos de
los obreros en la lucha por sus intereses inmediatos han sido posibles porque
el triunfo de la clase obrera de la U.R.S.S. y las democracias populares obligó
a la burguesía mundial a hacer concesiones que en tiempos anteriores no hubiera
aceptado jamás. Hay que recordar también que buena parte de los éxitos
conseguidos por el proletariado en la defensa de sus intereses inmediatos se
deben a la lucha política, y no a la económica. A la clase obrera le resulta
mucho más fácil hablar con la burguesía de salarios, pensiones, reducciones de
jornada, etc., cuando a sus espaldas tiene partidos políticos fuertes y
combativos, y ejerce una presión política constante sobre las clases que
detentan el poder.
Los líderes del reformismo quieren deformar la
esencia de los desacuerdos entre los oportunistas y
los marxistas-leninistas. Según ellos, los
comunistas son contrarios a
la lucha de
los obreros por
sus
intereses inmediatos, pues así vivirán peor y se
mostrarán más activos frente al capital. Nada más lejos de
la verdad que
semejante calumnia. Los
comunistas son defensores consecuentes de todos los
intereses de la
clase obrera, tanto
si se trata
de
reivindicaciones inmediatas como de los objetivos
finales. Apoyan todas las medidas que tiendan a mejorar la
vida de los
obreros. Ahora bien,
a
diferencia de los oportunistas, los comunistas
tienen clara noción de que la lucha económica puede dar sólo resultados
limitados, pues no afecta para nada al sistema capitalista de la esclavitud
asalariada. Y el interés de los obreros, en su sentido amplio, no se reduce a
mejorar las condiciones de esa esclavitud asalariada, sino
que está en
conseguir la emancipación
completa de ella. Para esto, la clase obrera ha de mantener la lucha política,
sin limitarse a las reivindicaciones económicas. Son dos formas de lucha que no
se excluyen, sino que se complementan y contribuyen por igual al éxito en la
defensa de los intereses inmediatos y finales de los obreros.
"Cuando la clase obrera trata de mejorar sus
condiciones de vida -escribía V. I. Lenin-, se eleva a la vez en el sentido
moral, intelectual y político, se hace más capaz de conseguir los grandes fines
de su liberación."158
La clase obrera
como fuerza motriz de todos los movimientos democráticos.
Los intereses inmediatos de la clase obrera no se
reducen nunca al solo mejoramiento de su situación
económica. Desde el momento mismo en que apareció,
no ha cesado de incluir en su programa de lucha un gran número de problemas de
tipo político-
social. Esto le llevó, en la época de las
revoluciones burguesas, a combatir
contra la reacción
feudal
absolutista. El proletariado de muchos países ha
luchado intensamente por la independencia nacional, contra las guerras de
conquista, etc.
Conforme la historia avanzaba, la esfera de los
intereses económicos, políticos
y culturales de la
clase obrera se ha ido ensanchando y su defensa ha
adquirido mayor importancia dentro de la lucha que
sostenía. Problemas, por ejemplo, como la reforma
de la
enseñanza, las asignaciones
presupuestarias para la ciencia y el arte o los nuevos reglamentos
parlamentarios podían interesar en grado mínimo al
movimiento obrero de principios del siglo XIX. Y
hoy día se convierten a menudo en materia de seria
lucha entre la
clase obrera y
la burguesía reaccionaria.
Tienen también su importancia los cambios que el
capitalismo sufre. A medida que este sistema social
acentúa
su carácter reaccionario
y que los monopolios pasan a la ofensiva en
diversas esferas de la vida social, entre los obreros y los trabajadores en
general aparecen intereses nuevos y adquieren más
valor algunos de los viejos.
El paso al imperialismo, y luego la orientación de
los monopolios hacia la implantación de regímenes y sistemas fascistas,
han convertido en
un problema
candente para los trabajadores la defensa de los
derechos y libertades civiles.
La creciente
agresividad de la burguesía reaccionaria y el
perfeccionamiento de las armas de exterminio han hecho más agudo que nunca el
problema del desarme
y de la paz.
158 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág. 68.
Así, la propia marcha de la historia ha convertido a
la clase obrera en defensora de todas las capas del pueblo. Porque la lucha por
la democracia, la paz y la soberanía significa la defensa de los intereses
nacionales.
La lucha por objetivos democráticos generales,
planteada actualmente en toda su amplitud ante el
movimiento obrero, refleja las necesidades objetivas
del desarrollo social. No ha sido imaginada ni
impuesta desde fuera. La clase obrera no se coloca a
la
cabeza de los
movimientos democráticos para
"atraer" a nadie, sino porque así lo
exigen sus más vitales intereses.
La circunstancia de que el proletariado posea un
partido
marxista-leninista
combativo, bien organizado y
provisto de una teoría científica, ha tenido
excepcional valor en
cuanto a ampliar
el círculo de intereses por los que luchan los obreros y a elevar su
papel político en la sociedad. Este partido ha ayudado a la clase obrera a
comprender su papel en la vida social, la ha colocado en las primeras filas de
quienes defienden los intereses de su pueblo y ha mostrado el camino a seguir
para agrupar a todos los trabajadores contra la reacción. Esta actividad de los
partidos marxistas-leninistas es de un gran valor histórico para los destinos
del mundo, al salvar a la sociedad del cúmulo de calamidades que el
imperialismo trae consigo.
La clase obrera es la esperanza de la humanidad
progresiva.
Sus excelentes virtudes para la lucha convierten a
la clase obrera en vanguardia de toda la humanidad
progresiva. En muchos países ha derrocado a la
burguesía y se ha puesto a la cabeza de la sociedad.
A diferencia de las clases oprimidas del pasado -
esclavos y siervos de la gleba-, esta clase no
desaparece de la escena histórica después de haber cumplido el papel de fuerza
de choque que derriba a los viejos gobiernos y destroza los viejos sistemas. Le
aguarda todavía la tarea de construir la sociedad nueva, tarea que los obreros
no pueden encomendar a nadie. Para llevarla a cabo no bastan las virtudes del
combatiente. Ha de ser también capaz de un trabajo creador, de una labor
fecunda en todos los órdenes de la vida social: económico, cultural, político y
militar.
La capacidad de creación de la clase obrera ha de
ser, objetivamente, superior a la de cualquiera otra clase de la historia, pues
a ninguna otra le cupo tan gran misión histórica. El paso del capitalismo al
socialismo, por la profundidad y amplitud de la transformación que supone,
supera a cuanto se hizo en todas las demás revoluciones sociales.
La historia demuestra que la clase obrera posee por
completo la capacidad creadora necesaria para construir la sociedad nueva. Así
nos lo dice la experiencia de los obreros de Rusia y China, de Polonia y
Checoslovaquia, de Bulgaria y Rumania y
de otros países, que edifican con éxito una sociedad
basada en principios socialistas y comunistas.
En el curso de esta transformación de la sociedad
cambia, como es lógico, la faz de la propia clase
obrera. Sin ello resultaría imposible la
construcción del socialismo y, después, del comunismo.
La clase obrera puede cumplir su gran misión de
emancipar a todos los trabajadores sólo en el caso de que posea conciencia
revolucionaria y se guíe por la
ideología marxista-leninista. A este efecto, la
propia clase obrera ha de eludir la influencia de las ideas
burguesas.
Marx indicaba que
la revolución proletaria se necesita
no sólo para que la clase obrera conquiste el poder político, sino también para
que, en
el curso de la revolución, se depure de la basura
que dejó en ella la vieja
sociedad. Esta depuración es
obra de un largo proceso histórico.
La clase obrera, una vez conquistado el poder
político, ha de dominar los tesoros del saber reunidos
antes por los hombres. Para el cumplimiento de la
grandiosa tarea que
significa construir la
nueva
sociedad, llama a los mejores científicos y
técnicos, a los intelectuales que
se formaron en
la sociedad vieja, y a la vez
capacita intelectuales suyos, nuevos,
salidos
del seno de
la clase obrera
y de los campesinos trabajadores. Más aún, en la
marcha de la
construcción del socialismo y del avance hacia el
comunismo, llega a ser una necesidad imperiosa la tarea de elevar su nivel
hasta que todos sus miembros
posean instrucción secundaria y superior, de dotarla
de una sólida cultura y de conocimientos especiales
en todas las esferas de la producción social.
La clase obrera, puesta a la cabeza de las fuerzas
del progreso, se ha ganado un gran prestigio y el
reconocimiento de todos los trabajadores y hombres
honestos
por lo que
lleva ya hecho
en el cumplimiento de su misión
histórica. Las victorias de
la clase obrera han ahorrado muchos sufrimientos y
calamidades a la humanidad y han dejado franco el
camino del bienestar y la felicidad a los pueblos de una serie de países.
Sin embargo, la lucha entre las fuerzas de la
reacción y del progreso no ha acabado, ni mucho
menos. Todo lo contrario, ha entrado en su fase
decisiva. Sobre millones
de seres se
cierne la amenaza de su
monstruoso exterminio en una guerra
atómica.
Decenas de millones
gimen aún bajo
el yugo de la opresión colonial. Para los trabajadores de
muchos países capitalistas se ha convertido en algo
real el creciente peligro de la reacción y del fascismo. El imperialismo amenaza
a la cultura
y a la
civilización. ¡Y cuántos desheredados quedan en la
tierra, cuánta miseria, calamidades e injusticias!
¿Podrá la humanidad liberarse para siempre de estas
lacras? Sin duda alguna. Los marxistas- leninistas responden
hoy día afirmativamente,
seguros de que así será, porque así lo dice no ya la
teoría, sino una gran experiencia práctica.
La historia nos autoriza por completo para
manifestar ese optimismo. Por difícil que sea el camino que
lleva a la
liberación, es un
camino seguro. Su realidad está en la creciente potencia del movimiento
obrero, y esa potencia es prenda de éxito en la lucha de los pueblos por la
paz, la libertad y la independencia de las naciones, por la cultura y la
civilización, por una vida en la que no haya lugar para la miseria, la opresión
y los sufrimientos.
Por eso, todas las esperanzas de la humanidad
progresiva se hallan puestas en la lucha de liberación de la clase obrera.
Capitulo XII.
La gran revolución socialista de
octubre, viraje radical en la historia de la humanidad
El desarrollo desigual del capitalismo no se
manifiesta en la esfera económica únicamente; afecta también al
movimiento obrero. Esto
hace que el
papel de la clase obrera de los distintos países en
la lucha internacional del
proletariado sea distinto
según las diversas etapas históricas.
Valiéndonos de palabras de V. I. Lenin, la Francia
del pasado siglo
"pareció agotar las
fuerzas del
proletariado en las dos insurrecciones heroicas de
la clase obrera, y
que tanto proporcionaron en un
sentido
histórico universal, contra
la burguesía en
1848 y 1871".159 Después de esto la hegemonía
del movimiento obrero internacional pasó a Alemania.
Marx no excluía la posibilidad de que la revolución
comenzase "...en el Este, que hasta ahora ha sido una
ciudadela intacta y el ejército de reserva de la
contrarrevolución".160
A principios de siglo, en efecto, el centro del
movimiento revolucionario mundial se desplazó del Oeste al Este. Rusia se
convirtió en el país que había
de ejercer una influencia decisiva sobre el curso de
la historia mundial. Ella fue la cuna de la revolución
proletaria, y su clase obrera, por la marcha misma
del devenir histórico, pasó a ocupar posiciones de vanguardia en el movimiento
socialista de todo el
mundo. Es en Rusia donde, por vez primera,
consiguieron los obreros poner fin al capitalismo e
iniciar así el cumplimiento de la misión histórica
del proletariado.
1.
Papel de vanguardia de la clase obrera rusa
El
capitalismo se desarrolla
en Rusia bajo
la
dominación política de los terratenientes feudales.
Después de 1860 las contradicciones entre las necesidades materiales del
desarrollo de la sociedad y las relaciones de producción de la servidumbre, que
frenaban ese desarrollo, provocan la agudización de la lucha de clases y
estimulan en el país un ambiente revolucionario. Lenin indica que en 1859 a
1861 se
159 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXIX, pág. 283.
160 C. Marx y
F. Engels, Cartas escogidas, Gospolitizdat, 1953. pág. 311.
había creado en Rusia una situación revolucionaria,
aunque la revolución no llegó a producirse; si bien se daban las premisas
objetivas para el hundimiento del régimen
existente, faltaba el
factor subjetivo, es decir, "la capacidad de la clase
revolucionaria para llevar a cabo acciones revolucionarias de masas bastante
fuertes como para destruir (o quebrantar) el viejo gobierno, que jamás, ni aun
en las épocas de crisis, «cae» si no lo «tiran».161
Hasta
comienzos de siglo
en Rusia se mantuvieron las numerosas formas de
coerción extraeconómica que son características de la época
precapitalista. Las formas
avanzadas de la producción capitalista aparecían junto a
abundantes supervivencias del pasado. De ahí que las contradicciones provocadas
por el incremento de la gran industria fuesen en Rusia más agudas que en ningún
otro país.
La coexistencia de elementos de un capitalismo
desarrollado y de supervivencias del Medievo daba
origen
a formas de
opresión particularmente
dolorosas para los trabajadores. En ningún otro país
europeo fue la
explotación tan bárbara
como en Rusia. En ningún sitio,
escribía Lenin, han sufrido tanto los trabajadores "por el capitalismo y
por el insuficiente desarrollo del capitalismo".162
Otra característica del desarrollo industrial de
Rusia es
que fue acompañado
de una gran penetración del capital extranjero, el
cual, poco a poco, llega a ocupar un lugar importante en la vida económica y
política del país. En Rusia, según decía Lenin, "los capitalistas
americanos, ingleses y alemanes obtienen ganancias con ayuda de los
capitalistas rusos, a los que va a parar una parte muy buena".163
Pero la Rusia zarista, que caía bajo la dependencia
económica del capital extranjero, mantenía a su vez
una política imperialista respecto de muchos países.
Y la posibilidad de oprimir y robar a otros pueblos
conduce a menudo al robustecimiento de las formas atrasadas de economía,
"pues -indicaba Lenin- la fuente de ingresos no es a menudo el desarrollo
de las fuerzas productivas,
sino la explotación semifeudal de nacionalidades
extrañas".164 Eso es, precisamente, lo que ocurría en Rusia.
Por lo tanto,
las condiciones económicas
y políticas de Rusia
originaron una rápida radicalización de la clase obrera.
Poco después de
1870 ésta inició ya la lucha contra los
capitalistas. A pesar de la suerte adversa corrida por las primeras
organizaciones obreras, el movimiento proletario siguió en ascenso, adquiriendo
un carácter de masas y estrechando sus relaciones con los demás movimientos
democráticos de los trabajadores.
161 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 190.
162 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. III, pág. 527
163 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág.
113.
164 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 278.
Los campesinos rusos significaban una enorme fuerza
revolucionaria. Abrumados por la explotación a que los sometían los
terratenientes, sin derechos, míseros, pero dispuestos a la lucha por la tierra
y la libertad, se sentían sin darse cuenta atraídos por la clase obrera,
intuyendo que sólo ella podía ayudar al campo.
La Rusia zarista era una cárcel de pueblos, y esto
también intensificaba las
contradicciones que
desgarraban el país, abonaba el terreno para un
vertiginoso incremento del movimiento de liberación
nacional y para el acercamiento de las numerosas
nacionalidades oprimidas a la clase obrera, que mantenía en sus manos la
bandera de la libertad para
todas las naciones.
Así, la realidad misma templaba a la clase obrera
como principal fuerza
revolucionaria del país.
A
fines
del siglo XIX,
según palabras de
Lenin, el
proletariado era "el representante único y
natural de toda la población trabajadora
y explotada de Rusia".165
Mas para adquirir
conciencia de su
papel histórico, la clase obrera hubo de estar en posesión de las ideas
del socialismo científico, que exponen los fines y tareas del proletariado y
son un arma segura en la lucha que éste mantiene por su emancipación.
Rasgo característico de Rusia en aquellos años era
la existencia de un importante número de obreros deseosos de saber y que
mostraban un interés profundo por los problemas sociales. En todos los rincones
de Rusia en que el proletariado despertaba a la lucha activa, aparecían obreros
avanzados, que buscaban ansiosamente solución a las cuestiones candentes de la
vida social y se sentían atraídos por las ideas del socialismo. A la difusión
de estas ideas entre los trabajadores contribuyeron los intelectuales de la
democracia revolucionaria rusa. Las gloriosas tradiciones que en el campo de
las ideas mantuvieron Herzen,
Belinski, Dobroliúbov, Chernishevski y otros revolucionarios fueron recogidas por
los intelectuales marxistas, que acudían a las masas obreras para formar un
partido revolucionario de nuevo tipo.
Este rápido aumento del número de obreros
conscientes era una muestra de las enormes energías espirituales de la clase
obrera rusa, a la que toda la marcha
objetiva de los
acontecimientos preparaba para el
cumplimiento de su misión histórica.
El papel de guardián de la pureza política e
ideológica del marxismo revolucionario pasó al movimiento obrero de Rusia, país
en el que habían llegado al más alto grado las contradicciones de la nueva
época personificada en el imperialismo.
Rusia, había de decir más tarde Lenin, llegó por
un camino verdaderamente penoso
al marxismo como única teoría
revolucionaria justa; llegó a él a través de cincuenta años de sacrificios y
sufrimientos
165 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. I, pág. 280.
inauditos, de un heroísmo revolucionario nunca
visto, de una increíble energía y abnegadas búsquedas, estudios, comprobaciones en la práctica, desilusiones, pruebas y
comparaciones con la experiencia de Europa. Ningún país atravesó por tantas
experiencias como Rusia, tan instructivas y valiosas, en el sentido de rapidez
en el cambio y variedad de formas del movimiento: legal y clandestino, pacífico
y no pacífico, prohibido y autorizado, de círculos y de masas, parlamentario y
terrorista.
Rusia fue la patria del leninismo, que enriqueció al
marxismo con conclusiones y tesis que correspondían a la nueva situación
histórica. Nacido en terreno ruso, el leninismo ha echado profundas raíces en
todo el movimiento obrero internacional. La clase obrera de Rusia, que se
incorporó a la lucha después que el proletariado del Occidente europeo, pudo
utilizar su experiencia, adoptar sus mejores tradiciones revolucionarias y,
al mismo tiempo, evitar sus errores y extraer las
enseñanzas adecuadas del peligro que significaba la propagación del
oportunismo. Rusia fue la patria del primer partido de tipo nuevo, leninista,
al que aguardaba un formidable papel en la historia universal.
Una aportación inapreciable de V. I. Lenin al
desarrollo de la doctrina revolucionaria del marxismo
es su teoría acerca de la posibilidad del triunfo
del
socialismo,
primeramente, en un
solo país. Lenin llegó
a esta conclusión
después de un
profundo
análisis de la fase imperialista del capitalismo. La
teoría leninista abría a los proletarios una clara
perspectiva y desataba su iniciativa revolucionaria. Los liberaba de las tesis,
ya caducas, de que la revolución había de producirse simultáneamente en todos
los países o en la mayoría de ellos, después de que hubiesen alcanzado un alto
grado de desarrollo económico, técnico y cultural, es decir, de que hubiesen
"madurado" para el socialismo. Los teóricos de la II Internacional,
como todos sabemos, no cesaban de rumiar estas tesis, que en las nuevas condiciones
se habían convertido en un peso muerto que frenaba el movimiento de
emancipación de la clase obrera.
Los obreros rusos no habrían podido conducir a
las grandes masas
populares a la
lucha contra la
autocracia
y el yugo
de los capitalistas
y terratenientes si, siguiendo
a Lenin y
al Partido
bolchevique, no hubiesen adquirido la convicción de
que con sus fuerzas, sin aguardar a otros destacamentos del proletariado
internacional, podían
luchar por el socialismo y vencer en esta lucha.
2. La
primera revolución socialista del mundo
El
paso de la revolución democrático-burguesa a la revolución socialista.
La tarea inmediata de la clase obrera de Rusia era
campesinos. Esto no pudo conseguirse en la
revolución de 1905-1907, que fue aplastada por la autocracia. Y sin embargo,
aquél fue un acontecimiento de gran trascendencia histórica, puesto que se trataba de la
primera revolución rusa y, a la vez, de la primera revolución democrático-
burguesa que transcurría bajo la dirección de la clase obrera, y no de la
burguesía, que por aquel entonces había dejado ya de ser una fuerza
revolucionaria.
De derribar al zarismo se encargó la revolución
democrático-burguesa de febrero de 1917. Esta, a diferencia de
las revoluciones burguesas
de Occidente, después de las cuales había advenido un largo período
de dominación de
la burguesía, no tardó en convertirse en revolución
socialista.
Este proceso de transformación fue singularmente
rápido porque las
profundas contradicciones que
desgarraban el país, contenidas después de la
derrota
de la revolución de 1905, se agudizaron al máximo
en los
años de la
primera guerra mundial.
La
burguesía,
llegada al poder
en febrero de
1917,
además de no resolver las tareas más importantes de
la revolución democrático-burguesa, obligó al país a seguir el funesto camino
de la guerra imperialista. Con su desacertada política colocó al pueblo y al
país al borde de la catástrofe. Esto puso en movimiento a las más grandes masas
de trabajadores, a quienes su propia experiencia había convencido de que la
salvación estaba sólo en la revolución socialista.
La guerra, escribió V. I. Lenin, ha dado lugar a una
crisis tan gigantesca, ha puesto de tal manera en tensión las energías
materiales y morales del pueblo, ha asestado tales golpes a toda la
organización social contemporánea, que Rusia ha sido colocada ante un dilema:
"o morir o confiar sus destinos a la clase más revolucionaria para el paso
más rápido y radical a una forma más elevada de producción",166 al
socialismo.
La insurrección armada del 25 de octubre (7 de
noviembre) de 1917
hizo que la
clase obrera de Rusia,
dirigida por el
Partido bolchevique y en
alianza con los campesinos pobres, pusiera fin al dominio de capitalistas y
terratenientes y tomase el poder político en sus manos. La incorporación a la
Revolución de Octubre de las grandes masas del pueblo, entre las que se
contaban los soldados y marineros, paralizó la resistencia de la burguesía y
permitió realizarla casi sin derramamiento de sangre. Por mucho que la
propaganda de los imperialistas quisiera hacer ver más tarde lo contrario, la
historia demuestra irrefutablemente que la revolución socialista dirigida por
los comunistas se hallaba inspirada por el espíritu del humanismo proletario. En
ello abundan numerosos testimonios de observadores objetivos, nacionales y
extranjeros. Veamos, por ejemplo, lo que escribió el conocido periodista norteamericano Alberto
Rhys Williams,
la de derribar
el zarismo, en
alianza con los
166 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 337.
que en 1917 se encontraba en el Petrogrado
revolucionario y que más tarde realizó un largo viaje por Rusia.
"Como
clase gobernante, los
obreros estaban ahora en condiciones
de vengarse de sus anteriores
explotadores y verdugos. . . Yo sabía que miles de
obreros, que ahora manejaban el timón de mando, en
otros tiempos fueron cargados de cadenas y desterrados a Siberia. Había visto a
hombres sin una gota de sangre en la cara y con paso vacilante, como si hubieran
salido de la
tumba, después de su
reclusión en los
sacos de piedra
de Shlisselburg. Había visto las
profundas cicatrices de sus espaldas, huella de los látigos cosacos, y
recordaba las palabras de Lincoln: «Si
por cada gota
de sangre de un
latigazo el que golpeó es herido por la espada, el juicio del Señor será puro y
justo.» Pero no siguió un horrible baño de sangre. Al contrario, parecía que la
idea de una represión no cabía en las cabezas de los obreros. El 30 de
noviembre se aprobó en el Soviet un decreto por el que se abolía la pena de
muerte. No era sólo un gesto de humanismo, los obreros no se limitaban a
garantizar la vida a sus enemigos, sino que en muchos casos les concedían la
libertad."
"La
historia -seguía Alberto
Rhys Williams- dictará el
veredicto de que la revolución rusa, mucho más profunda que la conmoción de
1789 en Francia, no se convirtió en una saturnal de venganza. La revolución
rusa, a juzgar por todas sus aspiraciones, había de ser una revolución sin
sangre."
Y como previendo los ataques de los enemigos de la
revolución, el periodista norteamericano escribía:
"¿Y el terror rojo?, replicarán algunos. Este
vino más
tarde, cuando los ejércitos de los aliados
invadieron Rusia y, bajo su protección, los ultrarreaccionarios organizaron el
terror blanco contra los campesinos y obreros, una repugnante orgía de matanzas
y violencias en las que indefensas mujeres y niños eran asesinados en masa.
Entonces, para proteger a los obreros, empujados a la desesperación, hubo que
recurrir al terror rojo; los revolucionarios restablecieron la pena de muerte y
los blancos no tardaron en sentir la mano vengadora de la revolución."167
También en el pasado hubo levantamientos del pueblo.
Pero la Revolución de Octubre se diferencia
de todas las anteriores porque inauguró una nueva
era al poner fin para siempre a la opresión de clase y a la
explotación del hombre por el hombre. El 25 de
octubre de 1917, día en que se afirmaba en el poder la clase obrera, Lenin
dijo: "Hoy comienza una nueva
fase en la historia de Rusia, y esta revolución
rusa, la tercera, ha de conducir en último término a la victoria del
socialismo."168
La Revolución de Octubre arrancó de la
167 Alberto Rhys Williams, Las masas populares en la
revolución rusa, Moscú, 1924, págs. 93, 95-96.
168 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 208.
esclavitud capitalista a la población de un país
enorme, que ocupa la sexta parte del globo. Además de traer la emancipación
social a la clase obrera y a los campesinos trabajadores, dio solución a los
problemas de las nacionalidades de Rusia y llevó a cabo sus
tareas democráticas generales.
La revolución sacó al país de una guerra que lo había agotado, lo salvó
del peligro de verse desmembrado y
convertido en colonia,
dio a los
campesinos la tierra que tanto
ansiaban y liberó a los pueblos periféricos del yugo nacional. Detuvo el
proceso por el que Rusia se había quedado económicamente tan atrás de los
países desarrollados de Occidente y la colocó en situación de alcanzarlos en
corto tiempo. Esta revolución, por primera vez en la historia mundial, sentó
las bases para resolver el problema de la mujer, es decir, para emanciparla
jurídica y realmente, y para colocarla en igualdad de derechos con el hombre.
Finalmente, la Revolución de Octubre dio origen en Rusia a un nuevo Estado, el
Estado socialista, cuya política exterior fue puesta desde el primer día al
servicio de la causa de la paz y la amistad entre los pueblos.
Cómo destruyó el proletariado ruso los viejos dogmas de
que la revolución
socialista era imposible.
Las clases explotadoras y sus lacayos con títulos
científicos venían afirmando a lo largo de los siglos
que sin terratenientes y capitalistas era imposible
mantener la producción
social, que las
masas
trabajadoras no podrían vivir sin la casta de los
señores.
La clase obrera rusa demostró en la práctica que la
sociedad puede prescindir perfectamente de los terratenientes y capitalistas.
La propia realidad ha echado también por tierra
los dogmas oportunistas de
que la revolución
socialista únicamente puede comenzar en los países
en que las fuerzas productivas han alcanzado el nivel más alto y donde la clase
obrera es la mayoría de la
población. Los oportunistas calificaban de antemano
de imposible e
ilegítima la revolución
que no
reuniese
estos requisitos. Aquel
sabiondo de Kautsky, por ejemplo,
afirmaba que si la clase obrera rusa
tomaba el poder,
las masas campesinas
convertirían inevitablemente la revolución
proletaria en un caos
de revueltas, es
decir, en uno
de los
episodios de la revolución burguesa.
La vida no ha dejado piedra sobre piedra de los
dogmas oportunistas.
Los adversarios del socialismo afirmaban también que
si la clase obrera tomaba el poder en sus manos,
no podría conservarlo, puesto que carecía de
personal competente y de hábitos de gobierno. Poco antes de la Revolución
de Octubre, el
periódico burgués
Tiempos Nuevos escribía: "Supongamos por un
momento que los bolcheviques vencen. ¿Quién nos gobernaría entonces? ¿Acaso los
cocineros, especialistas en filetes y bistecs? ¿O los bomberos, los mozos de
caballerizas, los fogoneros? ¿O acaso las niñeras, que acudirían a las
reuniones del Consejo de Estado en los ratos que les dejara libres el lavado
de los
pañales? ¿Quién? ¿Quiénes
son esos estadistas? ¿Veremos a
los torneros ocuparse de los teatros, a los fontaneros de la diplomacia y a los
carpinteros de correos y telégrafos? ¡No! ¿Es esto posible? A tan insensata
pregunta la historia responderá con todo su peso a los bolcheviques."
La historia, en efecto, ha dado respuesta a lo que
para los reaccionarios rusos era una pregunta insensata. La historia les jugó
una mala pasada y ha demostrado toda la razón que asistía a los bolcheviques, a
los comunistas, quienes tenían fe ciega en la capacidad creadora de las masas.
Muchos torneros se convirtieron,
como todos sabemos,
no sólo en buenos
valedores del arte
teatral, sino también en
eminentes estadistas; carpinteros y mozos de cuadra resultaron aceptables jefes
militares, que derrotaron a los generales burgueses de más fama; y de entre los
fontaneros, fogoneros y trabajadores de otros oficios salieron buenos
diplomáticos, capaces administradores y excelentes ingenieros, diseñadores,
escritores y científicos.
La Revolución de Octubre no se limitó a colocar a la
clase obrera en el poder; también demostró prácticamente que esta clase puede
gobernar perfectamente el Estado, dirigir la economía nacional y crear una
nueva cultura. Más aún, la experiencia demuestra que las cosas marchan mucho
mejor sin capitalistas. Del seno de la clase obrera y de los campesinos
trabajadores surgieron una infinidad de hombres de talento que, gracias a la
revolución, pudieron demostrar su valía en todas las esferas del gobierno y de
la industria.
La Revolución de Octubre desacreditó para siempre a
quienes afirmaban que los hombres "de
abajo" son incapaces de una labor de creación y
que,
en todo caso, antes de tomar el poder han de pasar
un largo aprendizaje con los "sacerdotes" de la cultura
burguesa.
V. I. Lenin estimaba que el proletariado no tiene
para qué esperar hasta conseguir un determinado "nivel de cultura", y
que alcanzará antes ese nivel con un poder obrero y campesino.
"Si para la creación del socialismo -escribía-
se requiere un determinado
nivel de cultura
(aunque
nadie
puede decir cuál
es precisamente dicho
«nivel», pues es distinto en cada Estado occidental
europeo), ¿por qué
no podemos comenzar
por la
conquista revolucionaria de las premisas necesarias
para ese determinado nivel y luego ya, apoyándonos
en el poder obrero y campesino y en el régimen soviético, movernos hasta
alcanzar a los otros pueblos?"169
169 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
438.
El
Partido Comunista, a la cabeza de la transformación revolucionaria.
La
Revolución de Octubre
vino a confirmar
la verdad marxista de que la situación revolucionaria más favorable
únicamente puede conducir
a la victoria si existe un
partido capaz de valorar acertadamente esa situación, decidido por completo a
llevar la lucha hasta el fin y capaz de guiar a las grandes masas trabajadoras.
Para convertir en realidad la posibilidad de la
revolución hacía falta en Rusia un enorme trabajo
político
y de organización, a
fin de unir
los
numerosos
y heterogéneos arroyuelos
del descontento popular en
un poderoso torrente
revolucionario.
El partido leninista
cumplió con
honor esta tarea. Supo fundir en un solo torrente
revolucionario el movimiento socialista de la clase obrera, el movimiento
democrático de todo el pueblo contra la guerra y el imperialismo, la lucha
democrática revolucionaria de los campesinos por la tierra y la paz y el
movimiento de liberación nacional de los pueblos de Rusia. Cuando las más
grandes masas del pueblo, y no sólo los obreros, se colocaron junto al Partido
Comunista, éste llevó a los trabajadores a la lucha por el poder, a la
revolución socialista.
Durante muchos decenios, los partidos de la clase
obrera de todos los países venían hablando en sus
programas
del socialismo; pero
cuando hubo que pasar del dicho al hecho, resultó que
para muchos de
ellos el socialismo no era más que una consigna
propagandística, y no una tarea concreta que había de
ser resuelta con lucha. El partido leninista fue el
primero en llevar a la clase obrera al cumplimiento de su misión histórica,
proyectando el socialismo del
campo de la teoría a la práctica.
En nuestro propósito no entra la exposición completa
de lo que fueron los acontecimientos de
octubre, de la sucesión de consignas planteadas en
las distintas etapas de la revolución, etc. De ello
se habla extensamente en los manuales de Historia del
P.C. de la
U.S. Lo que
aquí nos interesa
son las
características fundamentales de la Revolución de
Octubre que hicieron de ella un formidable momento crucial en
la historia de
los hombres y
que hasta ahora es un ejemplo
para el movimiento obrero mundial.
La política de los comunistas en el curso de la
Revolución de Octubre es un modelo de táctica del partido obrero
revolucionario -genuinamente
marxista y basada en una visión científica de los acontecimientos- en los
momentos decisivos de la historia: el Partido no mantuvo la línea de la
"toma" del poder, sino de la organización de la lucha de las masas
populares por el poder; contribuyó pacientemente a la maduración de la
conciencia revolucionaria de las masas trabajadoras; supo lanzar las consignas
que llevaban a las masas populares, por su propia experiencia, a las posiciones
de la lucha revolucionaria contra el capitalismo. El Partido dio pruebas de una gran
flexibilidad, de su
capacidad para encontrar un lenguaje común con las diversas fuerzas
políticas y sociales y para ampliar el frente de los aliados de la clase
obrera.
La Gran Revolución Socialista de Octubre triunfó
porque a la cabeza de la clase obrera marchaba el
Partido Comunista, que dominaba magistralmente el
arte de la aplicación de la doctrina marxista a las
condiciones concretas de la vida rusa. Vinculado
estrechamente a las masas, expresión de sus anhelos, enérgico y audaz, fiel a
los principios y elástico, el
Partido era, como en vísperas de la revolución dijo
Lenin,
"cerebro, honor y
conciencia de nuestra época".
La labor dirigente del Partido bolchevique se ha
convertido en un ejemplo clásico para los partidos
marxistas-leninistas de todos los países.
Primer ejemplo de poder proletario en la historia.
La Gran Revolución Socialista de Octubre, que trajo el triunfo de la clase
obrera, creó también el primer ejemplo y modelo de poder proletario para el
período de transición del capitalismo al socialismo que la
historia conoce. En el país
se afirmó la dictadura del proletariado bajo la forma
de República de los Soviets. Sin perder un instante, con energía
revolucionaria, el poder soviético comenzó a tomar medidas encaminadas al
robustecimiento del orden revolucionario, para satisfacer las necesidades
perentorias de las
masas y mejorar
su situación. Hubo necesidad de
trabajar de firme para defender la
revolución de sus enemigos de clase.
Muchos movimientos populares del pasado
habían sido vencidos porque los partidos y clases que
estaban al frente de ellos no se decidieron a
emplear
la fuerza contra las clases explotadoras, no
supieron devolver golpe por golpe en la defensa de las conquistas
revolucionarias.
La Revolución de Octubre no incurrió en estos
errores. Lenin, los comunistas, los obreros rusos no
se detuvieron ante el empleo de medidas enérgicas
contra los enemigos activos de la revolución, a la vez que aseguraban
a los trabajadores
la más amplia
democracia
proletaria. Un poder
obrero firme, cuando el
país se hallaba
sometido al cerco
capitalista, era la única salvación del país.
Los oportunistas, que se llamaban a sí mismos
socialistas, rechazaban la
idea de la
dictadura del
proletariado y condenaban a Lenin y a los
leninistas, que mantenían una
lucha enérgica contra
los
elementos
contrarrevolucionarios. Los oportunistas no querían comprender que
quienes primero recurren a la violencia son las clases explotadoras vencidas
por el pueblo y que cualquier condescendencia con la
contrarrevolución conduce a
un derramamiento de
sangre cien veces mayor que el que se necesita para
hacer entrar en razón al enemigo.
La experiencia de Octubre demuestra brillantemente
que la dictadura del proletariado, en
una u otra forma, es necesaria para que la
transición del capitalismo al socialismo tenga éxito. Un gran
mérito de los comunistas rusos ante el movimiento
obrero mundial es que, dirigidos por Lenin, supieron aplicar la doctrina del
marxismo revolucionario a las
condiciones concretas de su país.
Toda revolución, indicaba Lenin, se mantiene
cuando sabe defenderse. Muchas
revoluciones
fracasaron
precisamente porque no
supieron
organizar
su defensa. La
Revolución de Octubre evitó
también esta debilidad,
demostrando en la
práctica
su capacidad para defenderse al
crear, en
brevísimo plazo, el ejército revolucionario de
obreros y campesinos que venía a sustituir el ejército zarista, desmoralizado y
que de hecho se había desintegrado por completo.
Contra la revolución rusa se levantó una poderosa
coalición integrada por
las fuerzas reaccionarias
interiores y por la gran burguesía internacional.
Toda
la República Soviética se vio cortada por los
frentes de la guerra civil y de la intervención extranjera. No
obstante, el joven Ejército Rojo, a menudo descalzo
y
hambriento, mucho peor armado que sus enemigos,
salió vencedor de la dura prueba. La creación de ese ejército es la prueba
mejor de la potencia de la dictadura proletaria, del gran apoyo que encontraba
en el pueblo. Si el poder soviético no hubiese tenido el apasionado amor de las
masas populares, como calumniosamente afirmaban sus enemigos, si las masas no
hubiesen comprendido que los comunistas luchaban por el poder del pueblo, al
Partido le habría sido imposible crear un ejército tan grande, poseído de un
verdadero entusiasmo revolucionario y de la firme voluntad de vencer.
El Ejército Rojo hubo de cumplir una misión difícil,
pero honrosa, como era la de echar por tierra los planes del imperialismo
internacional y de la contrarrevolución interior, que aspiraban a escindir a
Rusia en
varios Estados semidependientes. El ejército del pueblo revolucionario cumplió
con honor su tarea histórica y arrojó fuera de la República Soviética a las
tropas de la "campaña de las catorce potencias" que habían invadido
su suelo, y con ellas a los guardias blancos rusos y a los separatistas
ucranianos y de todo género que soñaban con hacer pedazos el país de los
Soviets.
La victoriosa lucha del pueblo soviético contra los
intervencionistas y guardias
blancos confirmaba
brillantemente
las proféticas palabras
de Lenin:
"Jamás será vencido un pueblo en el que la
mayoría de los obreros
y campesinos han
comprendido, sentido y visto que defienden un poder que es suyo, el
Poder Soviético, el poder de los trabajadores; que defienden una causa cuya
victoria asegurará a ellos y a sus hijos la posibilidad de disfrutar de todos
los bienes de la
cultura, de todo
cuanto es obra
del trabajo humano."170
3.
Poderoso impulso para
el movimiento obrero revolucionario
de otros países
La
Revolución de Octubre,
con su ejemplo,
decuplicó las energías de los trabajadores de todo
el mundo en su lucha de liberación. Hizo vacilar entre
las
grandes masas populares
de los Estados burgueses la
creencia de que
el capitalismo era
inconmovible y eterno, e hizo añicos los dogmas de
los seudosocialistas, que invitaban a aceptar la omnipotencia del imperialismo
y a conformarse con
las concesiones parciales de las clases dominantes.
Como resultado de la Revolución de Octubre, la
clase obrera del
mayor país del
mundo había
alcanzado el poder; esto elevó formidablemente la
conciencia socialista del proletariado
internacional, reavivó su espíritu revolucionario y robusteció en él
la fe en sus fuerzas y en su triunfo. Las ideas del
socialismo
y el comunismo
se hicieron más populares entre las masas trabajadoras y
la clase obrera ganó políticamente en madurez y combatividad.
Bajo la influencia
de Octubre, el
entusiasmo revolucionario se apoderó
de muchos países
de
Europa y Asia.
En
Alemania se multiplicaron las
voces de quienes pedían
el cese inmediato
de la guerra
imperialista y comenzaron a aparecer Consejos de
obreros y soldados. En otoño de 1918 la crisis
revolucionaria alcanzó su punto culminante. El levantamiento se extendió casi
por todo el país y la monarquía se vino abajo.
La ola revolucionaria barrió también la monarquía
de los
Habsburgos. De las
ruinas del artificial
Imperio
austro-húngaro surgieron como
Estados
nacionales independientes Checoslovaquia,
Yugoslavia, Hungría y Austria. En enero de 1918 estalló una revolución obrera
en Finlandia. En 1919, en Hungría, Baviera y Eslovaquia se estableció el poder
soviético, que, aun siendo aplastado por la contrarrevolución, dejó huellas
imborrables en la conciencia de los trabajadores. En Italia comenzó un amplio
movimiento para la formación de Consejos fabriles. Los obreros tomaban bajo su
control las empresas, los campesinos
se apoderaban de las
tierras de los latifundistas. La lucha revolucionaria se extendió a Francia,
Inglaterra, Bélgica y Polonia. En
1920 y 1921
se produjeron huelgas
generales en
Bulgaria, Rumania y Checoslovaquia; una oleada
huelguística se extendió por los Estados Unidos y Sudamérica.
La
Revolución de Octubre,
que había dado
un gigantesco impulso al movimiento obrero de todo el
mundo,
tuvo, a su
vez, el valioso
apoyo del
proletariado internacional. En Inglaterra se
desarrolló un movimiento de solidaridad bajo la consigna de "Fuera las
manos de la Rusia Soviética". En muchos países se constituyeron comités
nacionales y locales que dirigían la lucha contra la intervención; los
portuarios se negaban a cargar armamento destinado a los guardias blancos e
intervencionistas. En Italia este movimiento lanzó las consignas: "Ni un
fusil, ni un cartucho, ni un soldado contra la patria de los
trabajadores." "Hay que
hacer como en Rusia." Como decía Lenin, los pueblos
aprendieron, "por la marcha de las cosas, a mirar a Rusia como al centro
de atracción".171
Bajo la influencia de la Revolución de Octubre
empezó una etapa nueva, leninista, del movimiento
obrero
internacional, que se
caracteriza por la
aparición de Partidos Comunistas en muchos países y
por la fundación de la Internacional Comunista, órgano combativo
de la solidaridad
proletaria mundial. El movimiento obrero salió del estado de dispersión
e impotencia en que, por culpa de los oportunistas de
la II Internacional, había permanecido durante la guerra
imperialista de 1914 a
1918. La Revolución
de Octubre dio
a los trabajadores conciencia
de su fuerza,
les hizo ver
claramente los objetivos y reafirmó su seguridad en
el futuro.
4.
Influencia de la revolución de octubre
sobre el movimiento de liberación nacional
La Revolución Socialista de Octubre no era sólo el
comienzo de la era de las revoluciones proletarias; también significó el
comienzo de la crisis del sistema colonial del imperialismo, de un período
nuevo en la historia del movimiento de liberación nacional de los pueblos
oprimidos de Oriente.
La revolución socialista significaba una clara
lección para todo el mundo al acabar con la opresión nacional en Rusia. Los
pueblos sojuzgados por el zarismo recibieron de ella la libertad e igualdad de
derechos. El poder soviético no se limitó a darles las libertades políticas,
la igualdad política
y su capacidad para constituirse
en Estados, sino que los puso en condiciones de acabar con el atraso de su
economía y su cultura. La nación rusa -la más avanzada y fuerte de todas
cuantas integraban la República- les prestó en este aspecto inestimable ayuda.
Es
lógico, por tanto,
que la Revolución
de Octubre infundiese un poderoso impulso a la lucha de las
colonias y países
dependientes por su liberación de
la esclavitud imperialista.
La revolución rusa les señalaba el camino que podía conducirles a
la libertad y a la
independencia nacional. Además, el ejemplo del país soviético, que había
destrozado los ejércitos intervencionistas y defendido sus conquistas
socialistas, hacía ver a esos
170 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 292.
171 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 423.
pueblos que, por inconmovible que pareciese la
dominación de los
Estados imperialistas, la liberación del yugo colonial era
perfectamente realizable.
Hasta la Revolución de Octubre, en los países de
Oriente no se conocía la doctrina
marxista-leninista. "Las
salvas de los
cañones que anunciaban
la
Revolución de Octubre -dice Mao Tse-Tung- trajeron
hasta
nosotros el marxismo-leninismo. La
Revolución de Octubre ayudó a los elementos
progresistas del mundo y de China a aplicar la ideología proletaria cuando se
trataba de determinar los destinos del país y de revisar nuestros propios
problemas. La conclusión era: seguir el camino de los rusos."172
En 1921 se creaba el Partido Comunista de China, que
siguió los consejos expuestos por Lenin a los comunistas de Oriente en
noviembre de 1919: apoyarse en la teoría y la práctica comunistas y,
"acomodándose a unas condiciones peculiares, que no se dan en los países
europeos, saber aplicar esta teoría y esta práctica en una situación en que la
masa principal la forman los campesinos, en que es necesario llevar a cabo la
tarea de luchar no contra el capital, sino contra los residuos
medievales".173
La primera gran respuesta del pueblo chino a la
Revolución
de Octubre fue
el "Movimiento del cuatro de mayo", iniciado en 1919
como protesta contra la entrega al Japón de las antiguas concesiones alemanas
en China, y que obligó al Gobierno del país a negarse a la firma del Tratado de
Versalles y a separar a varios ministros que se habían ganado el odio del
pueblo. En este amplio movimiento popular, que iba principalmente contra el
imperialismo nipón y el gobierno feudal militarista, la clase obrera de China
dio sus primeros pasos como fuerza política autónoma. La revolución china
-democrático- burguesa en un principio, que transcurría bajo la dirección de la
burguesía- se convirtió en revolución democrática, en la que la hegemonía pasó
a la clase obrera.
En 1919 se produjeron importantes acciones del
pueblo coreano contra la dominación japonesa; en ellas participaron más de dos
millones de personas.
En la India comenzaron acontecimientos
revolucionarios que en algunos lugares adquirieron la
forma de levantamientos armados. "...La
revolución
años más tarde el país se emancipaba del yugo
británico.
El
formidable estallido de
la Revolución de
Octubre tuvo también eco en la lejana Indonesia.
Según señala el
doctor Sukarno, Presidente
de la
República de Indonesia, "después del triunfo de
la
Revolución de Octubre en Rusia, la lucha de los
pueblos de Asia por su independencia nacional y contra el yugo de los invasores
se desencadenó con nueva fuerza. Esta lucha se hizo más organizada, con una
meta clara e irreductible: la independencia, y la independencia
inmediata."175
Los avances de la lucha de liberación nacional
mostraban la profunda influencia ejercida por la Revolución de Octubre sobre
los pueblos oprimidos del mundo y significaban el comienzo del fin del sistema
colonial del imperialismo.
5. Destacamento de vanguardia y baluarte del
movimiento socialista mundial
El significado internacional de la Gran
Revolución Socialista de Octubre es un tema
extraordinariamente amplio y que ofrece múltiples facetas, que no caben en el
presente capítulo.176 Aquí nos hemos referido sólo a la histórica victoria que
el proletariado ruso alcanzó en octubre de 1917 bajo la dirección del Partido
Comunista y la repercusión inmediata
que este gran
acontecimiento tuvo entonces en
el movimiento revolucionario de otros pueblos. En este sentido significaba ya
el comienzo de una nueva era en la historia de la humanidad: la era del
hundimiento del capitalismo y del triunfo del socialismo.
"La Revolución Socialista de Octubre -decía N.
S. Jruschov en la sesión conmemorativa del Soviet Supremo de la U.R.S.S.- tiene
el más grande significado en la historia de la humanidad. Todo el mundo fue
conmovido hasta sus cimientos cuando el proletariado ruso, unido a los
campesinos pobres y bajo la dirección del Partido bolchevique, con el gran
Lenin a la cabeza, tomó el poder en sus manos y proclamó el nacimiento de un
nuevo régimen social y político. El primer Estado obrero y campesino del mundo
levantó la roja bandera revolucionaria del socialismo, nimbada por la gloria de
sus luchas y victorias, la gran
bandera del marxismo- leninismo."177
soviética -escribe Jawaharlal Nehru, primer ministro de la India- dio un gran impulso al avance de
la sociedad humana y encendió una viva llama que es imposible apagar. Ella puso
los cimientos de la nueva civilización
hacia la cual
puede marchar el mundo."174 El
vasto movimiento de liberación nacional siguió creciendo en la India
hasta que treinta
172 Mao Tse-Tung, De
la dictadura democrática
del pueblo.
Gospolitizdat, 1949, páginas 5-6.
173 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 140.
174 J. Nehru, Descubrimiento de la India, Moscú,
1955, pág. 24.
175 Sukarno, "Influencia de la Revolución de
Octubre sobre el despertar de los pueblos de Asia", Revista Tiempos
Nuevos, núm.
43, 18 de octubre de 1956, pág. 5.
176 El significado histórico de los cuarenta años de
experiencia de la Revolución de Octubre fue examinado detenidamente en el
informe de N. S. Jruschov ante la sesión conmemorativa del Soviet Supremo de la
U.R.S.S. (noviembre de 1957). Este tema
se toca en algunos capítulos de la sección cuarta y
en todos los capítulos de la quinta.
177 N. S.
Jruschov, Cuarenta años
de la Gran
Revolución
Socialista de Octubre. Informe ante la sesión
conmemorativa del
Soviet Supremo de la U.R.S.S., 6 de noviembre de
1957, Gospolitizdat, Moscú, 1959, págs. 5-6.
La histórica victoria de la Revolución de Octubre
colocó ante todo el mundo al país soviético como vanguardia y baluarte del
movimiento socialista internacional. "... Tenemos derecho a mostrarnos
orgullosos y nos enorgullecemos -escribía Lenin- de que nos haya cabido en
suerte comenzar la construcción del Estado soviético, comenzar con ello una
nueva época de la historia universal, que es la época de la dominación de una
clase nueva, oprimida en todos los países capitalistas y que en todos los sitios marcha
hacia una vida
nueva, a la
victoria sobre la burguesía, a la dictadura del proletariado, a la
emancipación de la humanidad del yugo del capital y de las guerras
imperialistas."178
La Gran Revolución
Socialista de Octubre significa el comienzo de una nueva
era de la historia universal, y no sólo de Rusia. Era un viraje radical en la
historia del mundo, que se apartaba del capitalismo y se orientaba hacia el
socialismo. El capitalismo dejaba de ser un sistema universal imperante en el
mundo entero; la cadena del capitalismo se había roto y sus eslabones jamás
podrían juntarse de nuevo.
La Revolución de Octubre mostró a los obreros de
otros países que no es preciso esperar el desenlace
"general", que el camino que el mundo
sigue hacia el progreso significa el
desprendimiento gradual de
nuevos países del sistema del capitalismo para
incorporarse al socialismo. A la vez que demostraba la posibilidad del triunfo
del socialismo en un solo
país, la Revolución de Octubre significaba el primer
paso hacia la
victoria del socialismo
en escala
mundial.
V. I. Lenin veía el significado internacional de la
Revolución de Octubre, sobre todo, en la influencia
que ejercía sobre toda la marcha de la historia mundial, si bien subrayaba
también este significado "en el sentido más estricto de la palabra, es
decir, comprendiendo como significado internacional el valor internacional o la
necesidad histórica de que en escala internacional se repita lo que se produjo
en nuestro país..."179
El triunfo de la Revolución de Octubre significaba
un formidable incremento de las posibilidades de las revoluciones socialistas.
Resultaba evidente que el mundo entero podía desprenderse ya de las tenazas del
capitalismo, sin que esto quedase reservado exclusivamente para un reducido
círculo de países desarrollados. Eso contribuyó de manera decisiva al
incremento del movimiento
internacional de liberación de la
clase obrera y debilitó el imperialismo.
El proceso de crecimiento incesante de las fuerzas
del socialismo y de debilitación del capitalismo, al que dio comienzo la
Revolución de Octubre, hace además más fácil la lucha de los trabajadores de
los países capitalistas por la paz y
la democracia, les
178 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, págs.
32-33.
179 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 5.
ayuda sensiblemente a defender sus intereses
económicos inmediatos, permite a los pueblos de los países pequeños y
económicamente débiles conservar su independencia y desarrollar su economía
nacional.
No hay ni una sola faceta de la vida social de
cualquier país del mundo que no experimente, directa o indirectamente, las
consecuencias de la Gran Revolución de Octubre.
La marcha objetiva de la historia ha convertido a la
U.R.S.S. en vanguardia y baluarte del movimiento
socialista
internacional. Pero ser
vanguardia y
baluarte, se comprende, está muy lejos de significar
la intervención en los asuntos interiores de otros países para
"organizar" revoluciones entre ellos. Ninguna revolución social, y
tanto menos la revolución proletaria, se puede provocar artificialmente,
"exportarla" o "importarla" por encargo.
Poco antes de la Revolución de Octubre, subrayando
la razón que asistía a Engels, escribía
Lenin
que "el proletariado
triunfante no puede
imponer a ningún otro pueblo felicidad alguna sin
quebrantar con ello su propia victoria".180
La revolución socialista encuentra a quienes han
de llevarla a cabo no fuera, sino dentro del propio
país, cuando éste madura para la revolución. Los encuentra en la clase obrera
de este país y en sus aliados, en todos los trabajadores y explotados. La
revolución madura en virtud de las leyes objetivas del desarrollo histórico, y
su victoria se convierte de posible en real por la lucha revolucionaria de las
grandes masas bajo la dirección de los partidos marxistas-leninistas.
Capitulo
XIII. El partido
marxista-leninista y su papel en la lucha de clase de los obreros
Los enemigos del comunismo difunden la patraña
de que la creación de los partidos marxistas es obra
de unos
pocos agitadores. Si
esto fuera así,
hace
tiempo que se habría acabado con los comunistas,
después de las persecuciones a que se ven sometidos
desde hace largos decenios. El fascismo italiano, por
ejemplo, descargó sobre el Partido Comunista duros
golpes. En vísperas de la segunda guerra mundial no
contaba con más
de 15.000 afiliados.
Pero el fascismo acabó por ser
derrotado y el Partido Comunista se convirtió rápidamente en una gran
organización que hoy
día cuenta con
casi dos millones de miembros.
La burguesía reaccionaria de muchos países hace
objeto a los comunistas de toda clase de represiones,
asesina ferozmente y recluye en la cárcel a sus
mejores dirigentes. En ningún sitio, sin embargo, ha
conseguido eliminar a los partidos revolucionarios
de la clase obrera. Las persecuciones no pueden nada contra los partidos
marxistas. Esto es prueba de que
los
Partidos Comunistas tienen
su origen en las
180 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 337.
profundas necesidades objetivas del desarrollo
social y, ante todo, en los intereses y necesidades de la clase obrera.
1. Qué
partido necesita la clase obrera
Marx y Engels,
que dieron una
explicación
científica al papel histórico de la clase obrera,
determinaron también que para la transformación revolucionaria de la sociedad
capitalista en socialista, el
proletariado necesita disponer
de un partido político propio.
Y no se limitaron a escribir acerca de ello, desde
el mismo Manifiesto del Partido Comunista, sino que trabajaron intensamente
para crear un partido de ese tipo.
En 1847 constituían
la "Liga de los
Comunistas", que puede ser considerada como el prototipo de los modernos
Partidos Comunistas. Apoyándose en la experiencia de la Liga y de la
Asociación Internacional de
Trabajadores, fundada en 1864 y
conocida en la historia del movimiento obrero con el nombre de Primera
Internacional, Marx y Engels extrajeron importantes conclusiones acerca del
papel, organización y política del partido revolucionario de la clase obrera.
En las nuevas
condiciones históricas, Lenin amplió estas conclusiones de Marx y
Engels, que se convierten así en una armónica doctrina acerca del Partido.
Lenin fundamentó el papel dirigente del Partido en el movimiento obrero,
formuló sus principios orgánicos, las normas de su vida interna y los
principios de su política y su táctica. Esta doctrina significa una inestimable
aportación de Lenin al marxismo.
Carácter
revolucionario del partido marxista.
De todas las organizaciones que el proletariado
crea, sólo el
partido político puede
expresar
correctamente los intereses fundamentales de la
clase
obrera y conducirla al triunfo completo. Los
sindicatos, cajas de ayuda mutua y otras organizaciones semejantes jamás serán
de por sí suficientes para que los obreros puedan poner fin al capitalismo y
construir la sociedad socialista. Para ello se necesita una organización de
tipo superior, que no se limite a la lucha por las reivindicaciones inmediatas
de los trabajadores, sino que se marque el fin de conducir a la clase
trabajadora al poder para llevar a cabo la transformación revolucionaria de la
sociedad. Y esta
organización es el
Partido Comunista. "...Para que la masa de una clase determinada
pueda aprender a comprender sus intereses, su situación, aprender a mantener
una política propia -escribe Lenin-, es necesaria una organización de
los elementos avanzados
de esa clase, inmediatamente y
cueste lo que cueste, aunque en un principio dichos elementos sean una minoría
insignificante de la clase."181
Mientras la clase obrera se limita a la lucha
económica, la burguesía
no se siente
muy amenazada; mas cuando los proletarios se organizan políticamente, es
decir, cuando crean un partido político
que es el
portavoz de su
voluntad como clase, comienza a
temer en serio por su dominación. De ahí que la reacción descargue sus golpes
principales sobre el
partido político de
la clase obrera. Simultáneamente,
a fin de minar al Partido por dentro, la propaganda capitalista se esfuerza por
hacer creer a los obreros que pueden prescindir perfectamente de él. Una de las
manifestaciones de la influencia burguesa en la clase obrera es la negación
anarquista y anarcosindicalista del papel dirigente del partido político.
Los anarquistas niegan en absoluto la necesidad de
toda organización política. Los anarcosindicalistas
afirman que la clase obrera no ha de preocuparse de
la política y que le basta con sus sindicatos. Con
su negación de la política, los anarquistas subordinan de
hecho a la clase obrera a la influencia de la
política
burguesa.
V. I. Lenin escribía así, denunciando la
inconsistencia teórica y
el peligro de
tales
concepciones: "... Sólo el partido político de
la clase obrera, es decir,
el Partido Comunista,
está en
condiciones de unir, educar y organizar a una
vanguardia del proletariado y de todas las masas trabajadoras, que
es la única
que se encuentra
en
condiciones de oponerse a las inevitables
fluctuaciones pequeñoburguesas de dicha masa, a las
inevitables tradiciones y recidivas de la estrechez
profesionalista, o de
los prejuicios profesionalistas
entre el proletariado, y de dirigir toda la
actividad conjunta de éste, es decir, de dirigirlo políticamente y, a través de
él, dirigir a todas las masas trabajadoras."182
Ahora bien, no todo partido político que pretenda la
dirección de la clase obrera es capaz de cumplir esta tarea. Así lo demuestra
la experiencia de los partidos socialdemócratas de la II Internacional.
Valiéndose de los líderes oportunistas de la socialdemocracia, la burguesía ha
sabido subordinar en buena parte estos partidos a su influencia; los ha
"domesticado" hasta el punto de que se diferencian poco de la
oposición parlamentaria burguesa más corriente. Esto ha hecho que los partidos
socialdemócratas, que en un principio infundieron grandes esperanzas a la clase
obrera, sean ahora incapaces de organizar
y dirigir el
movimiento obrero revolucionario. Así se ha visto, sobre todo, en la
época del imperialismo, cuando todas las contradicciones se agudizaron al
extremo.
La
realidad objetiva y
los intereses del proletariado exigían imperiosamente la
creación de partidos obreros de nuevo tipo.
El primero de ellos apareció en Rusia, donde las
181 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, págs.
367-368.
182 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág.
222.
contradicciones imperialistas habían adquirido un
carácter especialmente agudo. A fines del siglo pasado, V. I. Lenin levantó la
bandera de la lucha contra el oportunismo en el seno de la socialdemocracia,
lucha que se convirtió en ejemplo para todo el movimiento revolucionario
mundial. Después de la
Gran Revolución Socialista
de Octubre, los Partidos Comunistas comenzaron a aparecer en muchos
países.
Las características nacionales y las condiciones de
lucha esbozaron la fisonomía específica de cada Partido Comunista, pero siempre
presentan rasgos comunes que los diferencian sustancialmente de los partidos
socialdemócratas.
Lo principal en los partidos de nuevo tipo es su
intransigencia frente al capitalismo. Los comunistas luchan enérgicamente para
acabar con él, por la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista,
y consideran que la condición obligatoria de esta transformación es la toma del
poder político por la clase obrera y la implantación de la dictadura del
proletariado. De aquí la intransigencia de los comunistas hacia el oportunismo
de todo género, que en la práctica
significa la acomodación
al capitalismo.
Los
Partidos Comunistas no
caminan a ciegas, sino
que se guían
por la teoría revolucionaria del
marxismo-leninismo,
expresión científica de
los
intereses vitales de la clase obrera. El Partido es
la unión libre de personas fundidas por una comunidad
de
ideas que se
agrupan para dar
vida a las
concepciones marxistas, es decir, para llevar a cabo
la misión histórica de la clase obrera.
El carácter revolucionario del partido determina sus
principios orgánicos, su cohesión, unidad de acción y flexibilidad táctica.
Pero la fuerza principal
de los Partidos Comunistas reside en que no se trata
de reducidos grupos de
revolucionarios
profesionales, sino en que son los partidos de las
grandes masas trabajadoras, a las cuales se acercan cuanto pueden y cuya lucha
tratan de dirigir.
Vanguardia
de la clase obrera y de todos los trabajadores.
El Partido Comunista es la vanguardia de la clase
obrera, su parte
avanzada y consciente,
capaz de
llevar consigo a las grandes masas trabajadoras para
la lucha por el derrocamiento del capitalismo y la
construcción del socialismo. V. I. Lenin escribía:
"Cuando educa al partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del
proletariado, capaz de tomar el
poder y de conducir a todo el pueblo al socialismo,
de orientar y organizar el nuevo régimen, de ser el
maestro, dirigente y jefe de todos los trabajadores
y explotados para la construcción de su vida social sin la burguesía y contra
la burguesía."183
El partido del proletariado -el Partido Comunista-,
183 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 376.
que por su naturaleza misma es un partido de clase,
echa raíces profundas no sólo en el medio obrero, sino también en otras capas
del pueblo.
Los comunistas no son gentes especiales, sino
obreros, campesinos, intelectuales, hombres sencillos
del
pueblo. Lo que
los distingue es
su mayor
conciencia y firmeza en sus ideas, y por
consiguiente, un mayor espíritu revolucionario, que les permite aceptar
cualquier adversidad en aras de los sublimes ideales para cuya realización se
han unido. Sus intereses son los del pueblo y hacen suyo cuanto al pueblo
afecta.
En los grandes Partidos Comunistas hay
representantes de todas
las fuerzas populares
que
luchan contra el capitalismo; ante todo, reúnen a
los mejores hombres de
la clase obrera.
El Partido
Comunista italiano, por ejemplo, cuenta con un 44,6
por ciento de obreros, un 18,6 por ciento de obreros agrícolas asalariados
(braceros), un 13,4 por ciento
de aparceros, un 5,3 por ciento de pequeños
propietarios campesinos y
un 5,6 por
ciento de
artesanos. En el Partido Comunista francés, el 40,3
por ciento son obreros, el 5 por ciento obreros agrícolas, el 8,2 por ciento
campesinos y el 12,2 por
ciento empleados. Entre los comunistas de Finlandia,
el 85,5 por ciento son obreros.
La experiencia histórica demuestra que antes de
convertirse realmente en vanguardia, los partidos revolucionarios atraviesan de
ordinario varias etapas
de maduración política y orgánica. En los primeros
tiempos suelen ser más bien grupos entregados a una
labor de propaganda que se realiza principalmente
dentro de sus propias filas. Esto es necesario para
asegurar la unidad ideológica, educar a los cuadros
y organizarse debidamente. Luego viene un tiempo en que los partidos acuden a
las masas y comienzan a
dirigir las huelgas y las acciones de masas de la
clase obrera. Este período es muy importante, significa la
unión
del movimiento obrero
espontáneo con las ideas del socialismo, la conversión del
mismo en un movimiento consciente y
organizado de clase.
La
etapa siguiente es la transformación del partido en
una fuerza política real capaz de llevar consigo no ya
a la mayoría de la clase obrera, sino a grandes
masas del pueblo.
En algunos países capitalistas los Partidos
Comunistas no han podido ganarse aún a grandes
capas de
la clase obrera,
no son aún
partidos de masas. Como
vanguardia que reúne en sus filas a la parte más consciente de la clase obrera,
cumplen un papel en la vida y la lucha de los trabajadores. Pero está claro que
ese papel será todavía mayor cuando logren agrupar en torno suyo a las grandes
masas. Entonces se convertirán en la fuerza política que conducirá a los
trabajadores a la emancipación social, a la creación de una sociedad nueva.
La rapidez con que el Partido pasa de una etapa a
otra depende de las condiciones objetivas, del acierto
de su propia política y de la capacidad de sus
dirigentes. La agudización de la crisis general del capitalismo y los éxitos de
las fuerzas del socialismo, a la vez que el rápido aumento de la madurez
política y la experiencia de los cuadros, propician en nuestro tiempo el
acelerado ascenso de todos los Partidos Comunistas de los países capitalistas a
una fase superior de desarrollo.
2. El
centralismo democrático en la estructura y la vida del partido
Del papel que el Partido Comunista está llamado a
cumplir en el movimiento obrero, del carácter de sus
fines y
tareas, se desprenden
los principios de su
estructura orgánica.
Los intereses que los Partidos Comunistas
representan no son la simple suma de los intereses
privados de los distintos obreros o grupos de éstos;
son los intereses
de toda una
clase, que sólo
se pueden manifestar en una voluntad única, que reúne
la infinidad de acciones individuales en una lucha
común. Agrupar todas las fuerzas, orientarlas hacia
un mismo fin, dar unidad a las acciones dispersas de individuos y de grupos de
obreros, únicamente puede hacerlo una dirección centralizada. "...La
centralización incondicional y
la más severa disciplina del proletariado son una de
las condiciones fundamentales para el triunfo sobre la burguesía"
(Lenin).184
Pero la voluntad común del Partido sólo puede
formarse por la vía democrática, es decir, conjunta y colectivamente,
comparando opiniones y propuestas y
adoptando luego acuerdos
que son obligatorios para todos. La voluntad común,
así elaborada, tiene la superioridad de que refleja de la manera más completa,
y por tanto acertada, las necesidades objetivas de la lucha de clase del
proletariado.
Por lo tanto,
el centralismo de
los Partidos
Comunistas es un centralismo democrático, o sea que
se apoya en la voluntad de las grandes masas del Partido.
El centralismo democrático significa, en la
práctica, que:
todos
los órganos dirigentes
son elegidos, de abajo arriba;
los órganos del Partido informan periódicamente
de su labor ante sus organizaciones;
hay una severa disciplina y subordinación de la
minoría a la mayoría;
los
acuerdos de los
órganos superiores son
absolutamente obligatorios para los inferiores.
El principio del centralismo democrático es una de
las bases de los estatutos de cada Partido Comunista, donde se determinan la
estructura y la forma de su organización, las normas de su vida interna, los
procedimientos a seguir en la labor práctica de sus secciones y los deberes y
derechos de
184 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXI, pág. 8.
sus miembros.
El
problema de los
deberes del miembro
del
Partido es la piedra angular de toda la
organización. El Partido Comunista está llamado a cumplir las ingentes tareas
que se derivan de la transformación radical de la sociedad, y de ahí que no se
considere suficiente la conformidad de sus miembros con el programa. Es
comunista quien contribuye activamente a la aplicación del
programa del Partido y trabaja obligatoriamente en una de sus organizaciones,
bajo su dirección y control.
Los oportunistas no piden esto a los miembros de sus
partidos. Este problema precisamente es el que, en 1903, condujo a la escisión
entre la tendencia revolucionaria y la oportunista en el Partido
Socialdemócrata de Rusia. El principio leninista rige ahora en todos los
Partidos Comunistas. Al propio tiempo, las condiciones concretas de la admisión
y los deberes impuestos a los comunistas se ajustan a las características de
cada país y a las tradiciones de su movimiento obrero. Los Partidos se muestran
activos y cautos a la vez en la admisión de nuevos miembros, a fin de que no
entren en sus filas agentes provocadores enviados por la burguesía o se filtren
accidentalmente gentes que nada tienen de comunistas. Algunos Partidos, como el
de Francia y el de Italia, cambian todos los años los carnets. Este cambio, que
tiene por objeto aumentar la actividad de los comunistas e incrementar el
trabajo entre las masas, cuando las condiciones para realizarlo han madurado,
permite liberarse de quienes de hecho han dejado de trabajar en una
organización del Partido.
Democracia
interna y dirección.
La vida interna del Partido se estructura de forma
que los comunistas puedan participar al máximo en
su labor práctica. Tal es la esencia de la
democracia del Partido. A este fin se hace de manera que los
miembros puedan examinar todos los asuntos,
controlar el cumplimiento de los acuerdos adoptados, elegir a los dirigentes y
comprobar su labor.
El Partido Comunista no reduce la democracia interna
a la elección de los órganos dirigentes. Tal
noción de la democracia, vigente en los partidos
socialdemócratas, equivale a transportar a la vida del Partido las
normas y procedimientos del
parlamentarismo burgués. La democracia del Partido
Comunista
es la democracia
de la acción
única activa; con ella los afiliados no se limitan a elegir y a
discutir
las cuestiones, sino
que prácticamente
contribuyen a orientar el trabajo del Partido.
Los
Partidos Comunistas y
Obreros han encontrado formas diversas
para incorporar a todos sus miembros a un trabajo activo. En el P.C. de la U.S.
el 20 por ciento aproximadamente de ellos trabajan en
los comités del
Partido o como secretarios de
organizaciones de base u
organizadores de grupo; el resto recibe tareas de sus organizaciones
respectivas. En el Partido Comunista de China se practica el método de las
inspecciones en masa, en las que toma parte un gran número de comunistas. Los Partidos francés
e italiano incorporan a gran
número de miembros a la tarea de elaboración
y cumplimiento de
las decisiones a través de comisiones diversas, comités de
iniciativa, etc.
Pero la activa
participación de todos
los comunistas en las labores del Partido no reduce el
significado de la dirección, el papel de los
dirigentes
capaces
y en posesión
de los necesarios conocimientos y experiencia.
La historia del movimiento obrero de los distintos
países demuestra que los partidos políticos pueden
actuar con éxito cuando cuentan con grupos estables de dirigentes expertos,
prestigiosos e influyentes. Estos hombres constituyen el núcleo dirigente del
Partido, sus cuadros, su aparato, nombrado por elección, que
organiza prácticamente el cumplimiento de los acuerdos adoptados y
asegura el mantenimiento y transmisión de la experiencia y las tradiciones.
Los cuadros dirigentes no se encuentran sobre el
Partido, sino que se hallan bajo el control de éste.
En unas condiciones de democracia, decía Lenin, la actuación política del
dirigente está siempre expuesta a la luz pública, como si se desarrollase en un
escenario ante espectadores. "Todos saben que cierto político empezó
experimentando cierta evolución, obró de tal manera en un momento difícil de la
vida, posee tales y tales dotes, y por eso es lógico que, con conocimiento de
causa, todos los miembros del Partido
puedan elegirlo o
no elegirlo para determinado cargo... La «selección
natural» de la publicidad, del carácter
electivo y del
control general, asegura que cada dirigente ocupe el lugar que le
corresponde, se dedique
a la función
que mejor corresponde a sus energías y capacidad, pruebe en su persona
todas las consecuencias de sus errores y demuestre ante todos que es capaz de
reconocer los errores y de evitarlos."185
Por lo tanto, la democracia interna es una condición
de las más importantes para la acertada
formación,
selección y educación
de los cuadros
dirigentes. A la vez, es garantía de que la
dirección se apoyará en la
experiencia colectiva, y
no será
únicamente reflejo del criterio personal de uno u
otro
dirigente.
Libertad
de discusión y unidad de acción.
Un método muy importante de trabajo del Partido es
el amplio examen de todas las cuestiones de principio, la elaboración colectiva
de las decisiones. Esto es necesario para recoger la experiencia de unos y
otros, para poder revelar los defectos y para que cada uno
tenga el convencimiento de
que los acuerdos adoptados son
correctos.
Toda discusión, a su vez, significa una crítica
amplia, es decir, han de ser revelados los defectos y
sus causas y proponer las medidas oportunas para
corregirlos.
Esta clase de crítica es la que ayuda a ir adelante,
la que educa adecuadamente a los cuadros. Pero el
Partido hace siempre distinción entre la crítica que
lo
robustece y la que lo debilita, la que se transforma
en un afán de crítica sin espíritu constructivo. El Partido
concede libertad de crítica, pide responsabilidades
a
quienes la reprimen, pero sin permitir que nadie se
valga de esa libertad para debilitar sus filas.
¿Cuál
es, sin embargo,
el límite que
separa la
crítica provechosa de la nociva? Para determinarlo
están el programa, las decisiones del Partido y sus estatutos.
Junto a los amplios derechos que el Partido
concede a sus
miembros, pide de
ellos, como es
lógico, fidelidad a su programa, fines e ideales. No
acepta la propaganda de concepciones contrarias al
Partido y la considera incompatible con la
permanencia en sus filas. ¿Quebranta esto la democracia interna,
la libertad de
palabra de los
afiliados? No; desde el punto de vista de los
comunistas no la quebranta. "Cada uno puede escribir
y decir cuanto desee sin limitación alguna -escribe
Lenin-. Pero toda organización libre (sin excluir el Partido) puede también
expulsar a aquellos de sus
miembros que se valen de la etiqueta del Partido
para mantener opiniones contrarias a éste... El Partido es
una organización voluntaria que se desintegraría
inevitablemente, primero ideológica y
luego
materialmente, si no se depurase de quienes propagan
opiniones que le son contrarias."186
Mientras
no se ha
tomado una decisión,
en el
Partido pueden existir opiniones diversas, chocar
puntos de vista contrarios; pero una vez se ha adoptado un acuerdo, todos los
comunistas obran a una. Tal es la esencia de la disciplina del Partido, que
exige la subordinación de la minoría a la mayoría y la obligatoriedad
incondicional de las decisiones adoptadas. La disciplina proporciona al Partido
la organización debida y orienta todos sus actos hacia el fin que se ha
propuesto. Ahora bien, esto no puede darlo una disciplina ciega. La fuerza de
la disciplina del Partido reside en que es consciente, puesto que se basa en la
cohesión ideológica de los comunistas, en la
aprobación consciente de
las decisiones del Partido, que fueron elaboradas con la
activa participación de sus miembros.
La unidad de acción no significa en absoluto que en
el seno del Partido no pueda existir diversidad de opiniones, discrepancias en
cuestiones concretas. En el caso contrario dejaría de ser algo vivo y se
convertiría en una organización muerta. En la labor diaria pueden
surgir puntos de
vista diferentes o
185 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. V, pág. 446.
186 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. X. pág. 29.
divergencias sobre cuestiones concretas, lo que es
inevitable y admisible. La disciplina del Partido no exige que nadie renuncie a
su opinión propia si esta opinión no va contra los principios del marxismo-
leninismo. Lo que pide, sí, es la aceptación de los acuerdos, que habrán de ser
cumplidos con todo celo aunque el miembro del Partido no esté conforme con
ellos o hubiera propuesto una decisión distinta. La disciplina del Partido exige
también que las cuestiones internas
sean discutidas exclusivamente en el seno del mismo. Todas
estas normas han sido dictadas por la experiencia del movimiento obrero,
experiencia que demuestra, sin dejar lugar a dudas, que sin una disciplina
rígida el partido político de la clase obrera se convierte en una organización
amorfa, incapaz de dirigir la lucha de los trabajadores.
El Partido se atiene a unas reglas fijas en cuanto a
quienes no se subordinan a las decisiones adoptadas. La historia de los
Partidos Comunistas conoce casos de
individuos que, disconformes con
la línea adoptada, formaron
grupos o fracciones, con su disciplina interna, que se oponían a la mayoría. En
los partidos oportunistas, adaptados exclusivamente a la actividad
parlamentaria, la existencia de fracciones es la cosa más natural del mundo.
Mas para los Partidos Comunistas -como organizaciones combativas y operantes
que son-, la admisión de fracciones equivaldría a renunciar a la unidad
ideológica y a la dirección de la lucha. Por eso son incompatibles las
fracciones y la disciplina del Partido.
La concepción marxista-leninista de la unidad del
Partido encontró su fórmula más exacta y precisa en la resolución del X
Congreso del P.C. (b) de Rusia, escrita de puño y letra por Lenin. En ella se
señala que todos los obreros conscientes han de comprender claramente "el
daño" de toda clase de actividades fraccionales, que son intolerables y
que conducen inevitablemente en la práctica a debilitar el trabajo
unido...",187 recomendándose, si las fracciones llegan a formarse, la
adopción de todas las medidas disciplinarias previstas por los estatutos, hasta
llegar a la expulsión del Partido.
Así, pues, la amplia democracia se combina en los
Partidos Comunistas con la dirección centralizada, y la discusión libre con la
severa disciplina y la unidad de acción. La democracia sin dirección
centralizada convierte el Partido en un club de discusiones. El centralismo sin
democracia, o con una democracia poco
desarrollada, engendra un
burocratismo que todo lo mata. En
cambio, la acertada combinación de democracia y centralismo asegura un amplio
espíritu de actividad e iniciativa a la vez que una dirección firme, que tan
necesaria es en la lucha política.
Las
formas concretas en
que se manifiesta
el
principio del centralismo democrático cambian con
las condiciones históricas. Refiriéndose a la experiencia de la organización de
los comunistas rusos, Lenin escribía: "Esta organización, sin perder su
característica fundamental, ha sabido adaptar su forma a las nuevas
condiciones, ha sabido cambiar esta forma de conformidad con las exigencias del
momento..."188
Cada Partido Comunista es un organismo vivo en
desarrollo que perfecciona su actividad. El principio
del centralismo democrático en la estructura y la
vida
de los Partidos Comunistas no representa en manera
alguna un patrón fijo. Les permite dar flexibilidad a su trabajo de conformidad
con las tareas que se presentan y con las características de cada país.
3. Los vínculos
vivos del partido
con las grandes masas
Los comunistas sólo pueden ser un partido en el
sentido auténtico de la palabra cuando mantienen
estrechas relaciones con las masas y gozan de su apoyo. Criticando en 1920 a
algunos comunistas ingleses que no comprendían la necesidad de estas
relaciones, Lenin decía con dureza: "Si la minoría no sabe dirigir a las
masas, relacionarse estrechamente con ellas, no es un partido, aunque así se
llame, ni vale absolutamente nada... "189
Por mucho que nos califiquemos de vanguardia, esto
no significa aún que lo seamos. El Partido no
puede obligar a las masas a que le sigan. Tampoco
conquistará prestigio porque en sus llamamientos a
las
masas manifieste pretensiones a un papel dirigente.
No basta con
proclamar el papel dirigente
del
Partido: hay que conquistarlo.
¿De qué manera llega el Partido a convertirse en
verdadero dirigente? Para esto no hay más que un camino: convencer a las masas
de que el Partido recoge y defiende sus intereses, convencer no con
palabras, sino con
hechos, con su
política, su iniciativa y su
fidelidad a la causa. El Partido ha de ganarse, con todo su trabajo, la
confianza y el cariño de las grandes
masas. "No basta
con llamarse
«vanguardia» y destacamento avanzado -dice Lenin-;
hay que obrar de tal manera que todos los demás
destacamentos vean y no puedan por menos de reconocer que marchamos
delante."190
El Partido Comunista tiene su programa, que es una
exposición científicamente fundamentada de los fines a que aspira y que
responden a los intereses vitales de los trabajadores. Estos han de comprender
los objetivos finales de la lucha, y sin ello el Partido jamás podrá conquistar
el puesto dirigente. El Partido debe tener a la vez un programa de acción en el
que
187 Actas de
Congresos y Conferencias del
Partido Comunista (b) de la U.R.S.S.
Décimo Congreso del P.C. (b) de Rusia. Marzo de 1921. Partizdat, Moscú, 1933,
página 585.
188 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 361.
189 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXXI. pág. 213.
190 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. V, pág. 396.
figuren las reivindicaciones inmediatas de los
trabajadores. En este sentido ha de manifestar iniciativa en todos los órdenes
de la vida del pueblo, conocer sus necesidades y luchar por las
reivindicaciones de las
diversas capas de la
población.
Los comunistas denuncian sin cesar al régimen
capitalista, que ha agotado sus posibilidades, pero no creen que se hayan de
lanzar únicamente consignas de crítica, que no den respuesta a lo que hay que
hacer hoy. Lenin combatió siempre la tendencia a lanzar consignas que sirviesen
sólo para "agudizar la conciencia del proletariado contra el
imperialismo". "La consigna «negativa» que no va unida a determinada
acción positiva no «agudiza», sino que embota la conciencia, pues es una frase
vacía, un simple grito, una declamación sin contenido."191
Hay que trabajar
en todos los
lugares donde están las masas.
Los
comunistas acuden a
trabajar a todos
los
lugares donde hay trabajadores. Para ello se
requiere la más íntima
relación orgánica y
diaria con las masas. "Para servir a la masa -dice
Lenin- y expresar sus intereses acertadamente comprendidos, el destacamento de
vanguardia, la organización, ha de mantener toda su labor entre la
masa, recurriendo para ello
a todos sus
mejores elementos sin excepción, comprobando a cada paso,
minuciosa y objetivamente, si se mantiene viva esta relación con las masas. Así
y sólo así educa e instruye el destacamento de vanguardia a la masa, expresando
sus intereses, enseñándole a organizarse, dirigiendo toda la actividad de la
masa por el camino de una política consciente de clase."192
Los comunistas prestan gran atención, como es
lógico, a las
organizaciones de masas:
sindicatos,
federaciones
juveniles y de
mujeres, cooperativas,
etc. No es que los Partidos Comunistas quieran
privarles de su independencia. Todo lo contrario, los comunistas creen que las
organizaciones de masas sólo cumplen su papel cuando cada una de ellas cumple
bien las tareas que le son propias. Los comunistas respetan los acuerdos y la
disciplina de las organizaciones de masas a que pertenecen, observan sus
estatutos y consideran que su deber consiste en ayudarles a defender mejor los
intereses de las masas.
En los sindicatos, los comunistas actúan como
luchadores consecuentes en
la defensa de
los intereses económicos de los obreros, y tratan de conseguir la unidad
de acción del proletariado. Cuando se llega a la huelga, en los comités que las
dirigen son los organizadores más firmes y enérgicos. Los obreros no vacilan en
elegir a esos comunistas para los cargos más responsables.
191 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 60.
192 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 368.
En las organizaciones juveniles, campesinas, de
mujeres, etc., los comunistas procuran extender la influencia del Partido no
por la imposición, sino con su energía y su superioridad espiritual, lo mismo
si son simples afiliados que dirigentes dentro de esas organizaciones.
A través de las organizaciones de masas el Partido
estrecha sus vínculos con los trabajadores. El Partido Comunista de Italia, por
ejemplo, se apoya en numerosas organizaciones democráticas, como la
Confederación General del Trabajo Italiana, que es la más importante central
sindical y que agrupa a la gran mayoría de los obreros organizados del país, la
Unión Nacional de Campesinos y Braceros y otras semejantes. Lo mismo ocurre en
Francia, donde el Partido Comunista mantiene vínculos estrechos con la Confederación
General del Trabajo, la Unión de Mujeres Francesas, la Unión de Muchachas, la
Federación de Jóvenes Campesinos, la Asociación Republicana de Ex Combatientes,
etc. El Partido Comunista de Finlandia está integrado en la Unión Democrática
del Pueblo, organización muy amplia, y se relaciona estrechamente con la Unión
de Pequeños Propietarios Agrícolas. Bajo la dirección del Partido Comunista de
Indonesia se encuentran su importante central sindical (más de 2.500.000
miembros), la Unión Campesina (2.350.000) y la organización de mujeres (unas
500.000).
Los comunistas se esfuerzan por acercarse a los
trabajadores afiliados a
organizaciones cuyos
dirigentes, y a veces buena parte de sus miembros,
muestran indiferencia o incluso hostilidad hacia el
comunismo. No hay que quejarse de las masas, hay que encontrar el camino que
nos lleve al cerebro y al corazón de los trabajadores sin prevención alguna,
sin temor a
los prejuicios, a
ser mal recibidos
e incluso a las ofensas.
V. I. Lenin escribía así en los años de la primera
revolución rusa, refiriéndose a la necesidad
de
trabajar
entre todas las
capas de la
clase obrera:
"...Hay que saber acercarse a los hombres más
atrasados e ignorantes, menos afectados por nuestra
ciencia y por la ciencia de la vida, hablar con
ellos,
saberse ganar su confianza, elevarlos con discreción
y paciencia hasta la conciencia socialdemócrata, sin convertir nuestra doctrina
en un dogma seco, enseñarlo no según los libros, sino participando en la diaria
lucha por la vida de estas capas, las más atrasadas e incultas del
proletariado."193
El trabajo entre las masas se apoya en las
organizaciones de base del Partido, las cuales actúan allí donde mejor pueden
estrechar los vínculos con los trabajadores e influir sobre ellos. En el
Partido Comunista de la Unión Soviética las organizaciones de base se atuvieron
siempre, preferentemente, al principio del lugar de trabajo, concediéndose
interés primordial a las organizaciones fabriles, que son las
193 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. VIII, pág. 420.
que más cerca se encuentran de la clase obrera.
El principio territorial en la creación de las
organizaciones de base se justifica en los casos en
que permite llevar mejor la influencia del Partido a
las masas, acercarse a capas de la población como
los artesanos, campesinos, pequeños comerciantes, profesiones liberales, etc.
En muchos países, la organización territorial responde a las tradiciones del
movimiento de masas, circunstancia que es preciso tener en cuenta. El patrón
único y la uniformidad son tan perjudiciales como en cualquier otra esfera, si
bien hay
que decir que
el principio del
lugar de trabajo corresponde
mejor al carácter de clase del Partido. Los Partidos Comunistas de muchos
países se atienen tanto a uno como a otro criterio.
Dirigir a las masas no significa pasarse todo el
tiempo instruyéndolas. Hay que
tomar parte en la
resolución
de los asuntos
más ordinarios,
enjuiciándolos
con un espíritu
marxista, tratar de
"conquistar con su energía y con su influencia
ideológica (y no
con títulos y
diplomas, se comprende) el papel
dirigente..." (Lenin).194
Incluso un asunto como es la labor parlamentaria,
los comunistas lo relacionan siempre con el trabajo entre las masas. Los
oportunistas no ven el parlamentarismo más que como un medio propicio para
combinaciones en las altas esferas para resolver las cuestiones a espaldas del
pueblo. Condenando semejante actitud, Lenin escribía que "los comunistas
de Europa Occidental y América han de aprender a crear un
parlamentarismo nuevo, no
como el ordinario, no
oportunista y que no sea un trampolín para hacer carrera..."195
Los Partidos Comunistas de una serie de países
capitalistas han logrado desplegar la labor parlamentaria a que Lenin se
refería. No en vano los Partidos Comunistas de Francia e Italia tienen el
sufragio de millones de electores en todas las elecciones parlamentarias
convocadas después de la guerra. Los comunistas disponen también de un gran
número de puestos en muchos Consejos municipales de estos países. Desde sus
cargos de alcalde, teniente de alcalde o concejal, tratan de cumplir de la
mejor manera la voluntad de sus electores.
La labor parlamentaria íntimamente unida a la
lucha de
las masas proporciona
a los Partidos
Comunistas resultados tangibles. Cuando las masas lo
ven, la influencia de los comunistas crece.
Hay que conducir
a las masas
y aprender de ellas.
Únicamente es posible dirigir a las masas cuando
se tiene
presente su experiencia
y el nivel
de su
conciencia de clase, sin apartarse de la realidad ni
avanzar más de lo debido. De otro modo se corre el riesgo de
quedarse en la
penosa situación de la
194 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XV, pág. 325.
195 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 78.
vanguardia que ha perdido el contacto con el grueso
de las fuerzas.
Pero una cosa
es tener presente
el nivel de conciencia de las masas y otra muy
distinta adaptarse
a ese nivel y tomar como ejemplo el atraso. Tal
comprensión de los vínculos con las masas es propia
del oportunismo. Los marxistas revolucionarios lo
interpretan de otro modo. No navegan a merced de las olas.
El Partido Comunista, que recoge la experiencia de
su clase y de todo el pueblo, que la interpreta a la
luz de las lecciones de la historia y de la teoría
marxista, está en condiciones de captar las tendencias que aún no se revelaron
por completo, pero a las
cuales pertenece el futuro. El partido marxista no
inventa nada, parte de la misma vida, pero va por
delante del movimiento espontáneo y le muestra el
camino, porque sabe proponer a tiempo la solución de los problemas que
preocupan al pueblo.
El Partido puede conducir a las masas e instruirlas
sólo en
el caso de
que él mismo
aprenda de las
masas, es decir, de que estudie atentamente todo lo
que se gesta en la labor práctica del pueblo y haga suya la
sabiduría que en
el pueblo se
encierra.
Aprender de las masas para enseñar a las masas: tal
es el principio de la dirección marxista-leninista a
que se atienen todos los Partidos Comunistas. Los
comunistas chinos llaman a esto "línea de las masas".
Por muy prestigioso que sea el Partido, no puede
vivir del capital político reunido anteriormente. Ha
de multiplicarlo sin cesar, ganando el apoyo de las masas para su política y
para todas las medidas que adopta. No puede tampoco presentarse como un maestro
infalible, ha de hablar francamente con las masas lo mismo de los éxitos que de
los errores. Los comunistas no temen hablar de sus debilidades, cosa que no
pueden permitirse otros partidos, que ocultan sus errores a las masas.
4. La
política marxista-leninista como ciencia y como arte
Una de las fuentes más importantes de donde los Partidos
Comunistas toman su fuerza es la base científica sobre la que su política se
levanta.
Esto
significa, ante todo,
que, al defender
los
intereses de la clase obrera, los comunistas
-armados como están con la doctrina del marxismo-leninismo-
pueden apoyar sus actos en el conocimiento de las
leyes objetivas del desarrollo social, y
concretamente en el conocimiento de las leyes de la lucha de clases; siempre
tienen presente la distribución de las fuerzas de clase en cada período
concreto, en cada situación concreta. "Sólo la consideración objetiva de
todo el conjunto de interacciones de todas las clases de la sociedad concreta,
sin excepción alguna, y, por consiguiente, la consideración objetiva del grado
de desarrollo de esa
sociedad y de
las interacciones entre ella y
otras sociedades -dice V. I. Lenin- puede proporcionar la base de una táctica
acertada de la clase de vanguardia. Todas las clases y todos los países se
toman no estática, sino dinámicamente, es decir, no quietos, sino en movimiento
(las leyes del cual se desprenden de las condiciones económicas de existencia
de cada clase)."196
A continuación nos detenemos en algunas cuestiones
generales de la política de los Partidos Comunistas como ciencia y como arte.
La realización práctica de esta política y sus problemas más importantes son
objeto de estudio en los capítulos siguientes de nuestra obra.
La
estrategia y la táctica en política.
Las medidas que en su conjunto integran la labor del
partido marxista-leninista no son una improvisación de los dirigentes. En ellas
encuentra expresión concreta la línea política, elaborada por el Partido
después de un análisis científico de la etapa concreta de lucha y de la
situación concreta. En el lenguaje político, al referirnos a esta línea se
habla también de táctica y de estrategia.
Cuando hablamos de táctica nos referimos a
menudo a la
línea política para
un período
relativamente corto, determinado por unas u otras
condiciones concretas; la
estrategia se refiere a la
línea política para toda una etapa histórica. Estas
distinciones, sin embargo,
no se mantuvieron siempre. En
el movimiento obrero
de antes de
Octubre se entendía como táctica del Partido toda su
política, cualquiera que
fuese el tiempo
a que se
refería.
Así empleó este concepto Lenin para significar las
tareas de la dirección de la lucha de la clase obrera,
que
cambian con relativa
rapidez (táctica en el
sentido
estricto), y las
tareas que se
mantienen durante toda una etapa histórica. Por ejemplo, en Dos
tácticas
de la socialdemocracia en la revolución
democrática, Lenin habla de táctica en el sentido de
la línea general del Partido, trazada para todo el período de preparación y
realización de la revolución democrático-burguesa en Rusia. El concepto de
estrategia, tomado del léxico militar, lo empleaba Lenin en raras ocasiones.
Únicamente en el período posterior a Octubre, en algunos trabajos que se
refieren a la política de los Partidos Comunistas hermanos, alude también a la
estrategia del Partido, sin que, sin embargo, estimase necesario marcar una línea
divisoria entre ella y la táctica.
Actualmente, los comunistas hablan de estrategia
o de
línea estratégica cuando
se trata de
la línea
general del Partido, que apunta al cumplimiento de
las tareas más
generales de una
etapa histórica
concreta partiendo de la correlación de fuerzas
existente entre las clases. En este sentido, se comprende, se
puede hablar perfectamente
de la
importancia
de observar la
línea estratégica del
Partido, a fin de subrayar la necesidad de ir
directos al cumplimiento de la tarea principal de la etapa y de prevenir contra
la tendencia izquierdista a "saltarse las etapas". Pero cuando
hablamos de la estrategia política
del Partido hay
que evitar el
caer en analogías con la
estrategia militar, pues una y otra se diferencian profundamente.
En política no tratamos con ejércitos dispuestos al
combate, sino con clases y fuerzas sociales, de las
que unas pueden estar organizadas y otras no, de las
que unas actúan conscientemente y otras de un modo
espontáneo.
El general de
un ejército dispone
de todas sus fuerzas. Puede maniobrar con ellas libremente y lanzar las
reservas donde lo considere
oportuno,
sin otras consideraciones que la
oportunidad militar del
movimiento. El dirigente
político no dispone de esas posibilidades. Las
clases y fuerzas que toman parte en los acontecimientos no son ni
ejércitos ni reservas.
Cada una de
ellas se
mueve no por
orden de un
jefe, sino bajo
la influencia de sus propios intereses y de conformidad
con la manera como tales intereses son comprendidos
en cada momento dado. Hay también otros factores que hacen la tarea del
dirigente político mucho más
compleja que la del jefe militar. Todo ello hay que
tenerlo presente cuando
se habla de
estrategia
política.
Al elaborar la línea estratégica del Partido, en las
condiciones propias del capitalismo, es importante,
en primer término, determinar el fin principal de la
clase obrera en
la etapa concreta
y el enemigo
principal de
clase contra el que en dicha etapa hay que concentrar el odio de clase y la
fuerza de choque
de todos los trabajadores, con objeto de vencer su
resistencia.
En segundo término, hay que determinar
acertadamente la posición del Partido hacia la capa
intermedia más considerable, que si bien se muestra opuesta al enemigo
principal, en virtud de la duplicidad de sus intereses de clase manifiesta una
peligrosa inestabilidad política, con la tendencia al compromiso y, a veces, a
confabularse abiertamente con ese enemigo. Así, en la primera etapa de la
revolución rusa, Lenin definió la meta principal del movimiento como
derrocamiento de la autocracia, planteando ante el proletariado dos tareas:
"aplastar por la fuerza
la resistencia de
la autocracia" (enemigo
principal) y "paralizar la
inestabilidad de la burguesía".197 Los
bolcheviques aceptaron estas dos
tareas. Los mencheviques, que no admitían la segunda, rodaron hasta la charca
del oportunismo de derecha.
En la segunda etapa de la revolución rusa, Lenin
define la meta principal como derrocamiento
de la
burguesía y
plantea ante el proletariado dos tareas:
"quebrar
por la fuerza
la resistencia de la
burguesía" (enemigo principal)
y "paralizar la
196 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 58.
197 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IX, pág. 81.
inestabilidad de los campesinos y de la pequeña
burguesía".198 Los bolcheviques se
dispusieron a cumplir ambas tareas. Limitarse a una de ellas solamente o
destacar la segunda como dirección del golpe principal habría ocasionado un
serio daño al movimiento revolucionario.
En tercer término, al trazar la línea estratégica es
preciso determinar bien quiénes son los aliados de la clase obrera en la etapa
concreta. Sería, sin embargo, injusto considerar a los aliados de la clase
obrera como "reservas" del Partido que se pueden "utilizar"
con la misma libertad con que el jefe militar "maniobra" con sus
reservas en el campo de batalla. Reducir la dirección estratégica en política
al problema de la utilización de las reservas significa apartarse de la tarea
que en los países capitalistas es la más necesaria en la preparación de las
batallas decisivas de clase: el fortalecimiento continuo de los vínculos del
Partido Comunista con
las masas obreras y con las más
grandes capas de trabajadores, la unidad de acción con los partidos
socialistas, los sindicatos y otras organizaciones de masas. Cada Partido
Comunista admite y tiene presente también el papel independiente del movimiento
obrero de los países vecinos y de los movimientos revolucionarios de las
colonias, y no los considera como simples "reservas" de la revolución
en su país o en cualquiera otro. Una actitud distinta hacia los destacamentos
del movimiento de liberación contra el imperialismo no sólo iría contra los
principios de los comunistas y su moral
política, sino que
entrañaría el peligro
de perder esos aliados.
El
arte de la dirección política.
Lenin decía de la política que además de ciencia es
arte.
Esto significa que la dirección política exige -
además de un
análisis científico y
exacto de la
situación, con la acertada línea política que de él
se deriva- una gran capacidad y verdadero arte en la aplicación de la línea. En
caso contrario, la mejor
línea política no servirá de nada. Podemos
determinar acertadamente la meta
principal y el
enemigo
principal de una etapa concreta. Pero ¿de qué
serviría esto si el Partido no sabe organizar la lucha para alcanzar dicha
meta y contra
dicho enemigo?
Podemos determinar acertadamente a los aliados de la
clase obrera, pero ¿qué ventaja representará esto si
el Partido no sabe ganárselos, organizarlos y
dirigir su lucha?
Por lo tanto,
lo importante para
la dirección
política no es sólo saber, sino ser capaz de hacer.
¿Cómo se adquiere esa capacidad, ese arte?
El estudio teórico, se comprende, no basta. Cada
Partido únicamente puede dominar el arte de la dirección política sobre la base
de una gran experiencia propia. No hay escuela capaz de cumplir
las veces, en un partido revolucionario, de la
escuela que es la lucha práctica con todas sus vicisitudes y pruebas, con sus
victorias y sus derrotas, con sus éxitos y sus reveses.
Todo esto no significa, se comprende, que cada
Partido haya de pasar absolutamente por todo y de aprender exclusivamente
perdiendo. El proceso que conduce a dominar el arte de la política puede ser
cubierto mucho antes,
y el número
de derrotas, errores y reveses
reducirse considerablemente, con un estudio atento y provechoso de la
experiencia de los otros Partidos, utilizando la experiencia del
movimiento revolucionario internacional. Los trabajos en que se recoge esta
experiencia son una ayuda inapreciable para todos cuantos aspiran a dominar el
arte de la dirección política. Importancia trascendental en este sentido tiene
la obra de Lenin El "izquierdismo", enfermedad infantil del
comunismo, que conserva
hoy día su
formidable valor para el movimiento comunista internacional.
¿Qué grandes esferas abarca el arte de la dirección
política?
Lo primero de todo, la capacidad de trabajar entre
las masas. Esta tarea pueden realizarla únicamente
aquellos Partidos y
dirigentes para quienes
los
intereses de los trabajadores son los suyos propios,
que comparten sus aspiraciones y les son fieles
hasta el fin.
Uno de los principios leninistas de este arte dice
que para incorporar a millones de trabajadores a la
lucha activa no
basta con la
propaganda y la agitación; para esto se requiere la propia
experiencia política de las mismas masas. "... Jamás millones de hombres
escucharán los consejos del Partido -dice V. I. Lenin- si estos consejos no
coinciden con lo que les enseña la experiencia de su propia vida."199 El arte de la dirección política reside,
pues, en emplear medios y métodos que, partiendo de la experiencia de las masas
y del nivel de su conciencia, puedan conducirlas más allá, a la lucha por los
objetivos finales. El Partido no puede aguardar pasivamente a que la vida misma
enseñe a las masas. Debe saber ayudarlas a llegar a conclusiones acertadas.
Lenin llama a esto capacidad de conducir a las masas, por su misma experiencia,
a las posiciones de la lucha definitiva.
Las masas interpretan cuanto les rodea a través de
los hechos con que diariamente se tropiezan y que les afectan directamente. De
ahí que los Partidos no tengan otro camino para conducir los trabajadores al
combate contra el capitalismo que el de dirigir la lucha por
sus reivindicaciones económicas inmediatas y por los intereses
políticos de las masas, planteando consignas que respondan a las demandas
perentorias de las distintas capas de trabajadores y trabajando para hacer que
sean cumplidas.
Otra
parte importante del
arte de la
dirección
198 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IX, pág. 81.
199 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXIV, pág. 457.
política
es la capacidad
para unir los
esfuerzos propios a los
esfuerzos de todos
con quienes es posible llegar a la unidad de acción, sin
excluir a los que mantienen discrepancias en cuestiones de fondo. Se trata de
una labor difícil, pero de gran alcance, como tendremos ocasión de ver con
detalle en el capítulo siguiente.
El arte de la dirección política comprende también
la capacidad para
elegir formas de
lucha que
correspondan a la situación, y de estar dispuestos a
los cambios más
rápidos e inesperados
de estas
formas.
Si el Partido
sabe escoger acertadamente
las formas de lucha
y traza una
línea política que
corresponda
a las condiciones
existentes, puede actuar activamente
y conseguir determinados frutos
en las condiciones más complejas y difíciles.
El partido de tipo leninista no se cruzará jamás de
brazos, encerrado en sí mismo, a la espera de la "hora
grande", de una situación que por sí misma
exalte el espíritu revolucionario de los trabajadores y debilite
la resistencia de los enemigos. También en las
condiciones menos propicias busca y encuentra la posibilidad de mantener un
trabajo activo entre las
masas, de mantener una lucha política activa. De
este modo el Partido robustece sus posiciones y -lo que es
aún más importante- acelera enormemente la llegada
de las batallas decisivas, se prepara para ellas y capacita a las grandes masas
de trabajadores. El arte
supremo de la política consiste precisamente en
encontrar, aun en
los momentos de
reflujo
revolucionario, direcciones y formas de lucha que
sienten los cimientos
de futuras victorias
y las
aproximen. Un brillante ejemplo de este arte lo
tenemos en la política leninista de los comunistas rusos en
los años de
reacción que siguieron
a la
derrota de la revolución de 1905-1907. En aquellos
tiempos el Partido
demostró la conducta
a seguir
cuando la revolución no triunfa. V. I. Lenin
escribía por aquel entonces:
"Los partidos revolucionarios han de aprender más. Han
aprendido a atacar. Ahora
hemos de comprender que esta ciencia ha de ser
completada con la ciencia que enseña a retroceder de
la mejor manera. Hay que comprender -y la clase
revolucionaria lo aprenderá con su amarga experiencia- que es imposible vencer
si antes no se
ha
aprendido a atacar
y a retroceder acertadamente.”200
Capacidad de encontrar el eslabón fundamental.
La ciencia y el arte de la dirección política se
manifiestan asimismo en la capacidad para destacar
las
tareas principales en
el cumplimiento de las
cuales han de centrarse los esfuerzos.
Los acontecimientos políticos están unidos entre sí,
pero siempre aparecen muy confusos. V. I. Lenin
la diferencia, sin embargo, de que el orden de los
eslabones, su forma y la manera como se unen unos a otros no son tan sencillos
como en la cadena que hace el herrero. Además, en la cadena ordinaria todos los
eslabones son iguales, mientras que en la vida política unos problemas son
principales y otros subordinados y secundarios. "Hay que encontrar en cada
momento el eslabón de la cadena al que hay que aferrarse con todas las fuerzas,
a fin de retener la cadena entera y de preparar sólidamente el paso al eslabón
siguiente..."201
En Rusia, cuando el zarismo fue derrocado, el
eslabón decisivo pasó a ser la salida revolucionaria de la
guerra. Inmediatamente después
de la revolución de febrero, las
grandes masas mantenían una actitud defensiva. Creían que la guerra había
cambiado de carácter y había dejado de ser imperialista. Pero Lenin mostró la
inconsistencia de tales ilusiones. Mientras en el poder se mantuviera la
burguesía, la guerra seguiría siendo imperialista. Para alcanzar la paz
entonces no había otra salida que la revolución socialista. Y aunque en los
primeros tiempos las masas no lo comprendían, el Partido estaba seguro de que
la propia lógica de los acontecimientos las conduciría a pensar que la
salvación estaba en la revolución. Y el Partido concentró sus esfuerzos en este
sentido, a fin de ayudar a las masas a llegar a esa conclusión.
No fue preciso más de medio año para que la
burguesía se revelara
plenamente como una
clase
interesada en la continuación de la guerra. Entonces
se produjo un viraje en la conciencia de las masas,
convencidas ya de que la guerra únicamente podía ser terminada derribando a la
burguesía por la fuerza de las armas. "La Rusia revolucionaria ha
conseguido la salida de la guerra -escribió Lenin-. Se necesitaron enormes esfuerzos,
pero se tuvo
presente la necesidad fundamental
del pueblo, y
esto nos ha dado la victoria..."202
En las condiciones actuales, cuando sobre los
pueblos se cierne
el peligro de
una devastadora
guerra atómica y de nuevo levanta cabeza la reacción
internacional, deseosa de
imponer a los
pueblos
sistemas fascistas, el eslabón fundamental en la
política de los Partidos Comunistas de los países capitalistas es la lucha por
la paz y la democracia.
El análisis marxista-leninista de la realidad y los
vínculos estrechos con
las masas permiten
a cada
Partido -considerando la situación específica de
cada país- destacar la
tarea principal que,
al ser conseguida, aproxima la
realización del objetivo final
de la clase obrera.
5.
Necesidad de la lucha contra el oportunismo de derecha y el sectarismo
La burguesía reaccionaria no ha cejado jamás en su
empeño de socavar el movimiento comunista con un trabajo de zapa por dentro. A
este efecto cifra grandes esperanzas en la utilización, en provecho propio, de
las discrepancias que pueden surgir en el seno de los Partidos y en la
propagación de ideas oportunistas entre los miembros del Partido políticamente
poco firmes. Las filas del Partido se nutren constantemente, y no sólo con
obreros avanzados, sino también
con elementos poco maduros,
entre los que
hay quienes proceden
de capas intermedias; y éstos, quiéranlo o no, traen al Partido sus
prejuicios y sus extravíos. Siempre existe, pues, la posibilidad objetiva de
que en los Partidos Comunistas penetren influencias burguesas y
pequeñoburguesas, concepciones oportunistas, que llevan al desfallecimiento y a
la desconfianza en el triunfo. De ahí que la lucha por la pureza de la
ideología marxista-leninista sea
una ley inconmovible en la existencia
y desarrollo de los Partidos Comunistas.
decía que los podemos comparar con una cadena, con
201 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág.
244.
200 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXXI, pág. 11.
202 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
271.
El
peligro del revisionismo.
La ideología burguesa va cambiando de matiz conforme
la lucha de la clase obrera se amplía. Las formas groseras empleadas para
justificar el capitalismo se ven
sustituidas por procedimientos más sutiles de defensa. Pero
la ideología burguesa no cambia por ello.
De la misma
manera, el oportunismo,
cualquiera que sea el ropaje con que se presente, siempre
tiene el mismo
propósito, declarado o encubierto: conciliar a la clase obrera
con el capitalismo, acomodar el movimiento obrero a
los intereses de las clases dominantes. A ello tienden
los
constantes intentos que
los oportunistas hacen para revisar la doctrina revolucionaria
de la clase obrera, que es el marxismo-leninismo.
El revisionismo o "revisión" del marxismo,
indicaba Lenin, es
"una de las
manifestaciones
principales,
sino la principal,
de la influencia burguesa sobre el proletariado y
de la corrupción burguesa de los proletarios".203
Los ideólogos del revisionismo tratan de
"revisar", o más exactamente de deformar,
todas las tesis fundamentales de la teoría marxista-leninista. A
ello nos hemos referido en el capítulo X y tendremos
ocasión de volver más adelante. Pero uno de los
blancos favoritos de esos ideólogos ha sido siempre y
es la doctrina leninista sobre el Partido.
Los esfuerzos teóricos y prácticos de los
revisionistas se subordinan siempre, en última instancia, al deseo de acabar
con el Partido o de convertirlo en una organización reformista. En unas
condiciones históricas, estos propósitos no se ocultan siquiera; en otras, son
presentados en forma enmascarada.
Después de la derrota de la primera revolución
rusa, los revisionistas
emprendieron una campaña
203 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 298.
contra el Partido, afirmando que se trataba de una
organización que había que "archivar". En su lugar proponían una
amplia organización sin partido, una "unión obrera". Haciéndose eco
de la apatía, del desconcierto y de la pérdida de la perspectiva revolucionaria
que el advenimiento de la reacción llevaba consigo, los liquidadores (nombre
con el que los revisionistas de entonces entraron en la historia del movimiento
obrero ruso) querían sustituir el Partido por algo indefinido que satisficiese
por entero no ya a la burguesía, sino a la misma autocracia. Si los marxistas
revolucionarios no hubiesen derrotado políticamente entonces a los
liquidadores, la clase obrera habría entrado en el nuevo período
revolucionario, que no tardó en presentarse, desorganizada, sin el combativo
dirigente que era el Partido bolchevique.
Los rasgos más característicos del revisionismo
contemporáneo están recogidos en la Declaración de
la
Conferencia de representantes de los Partidos
Comunistas
y Obreros (noviembre
de 1957). Dice así:
"El revisionismo contemporáneo trata de
desacreditar
la gran doctrina
del marxismo- leninismo, la
declara «caduca» y
afirma que
actualmente ha perdido su valor para el desarrollo
social. Los revisionistas se esfuerzan por matar el
espíritu revolucionario del marxismo y quebrantar la fe de la clase obrera y
del pueblo trabajador en el socialismo.
Manifiéstense contra la
necesidad histórica de la revolución proletaria y de la dictadura del
proletariado en el paso del capitalismo al socialismo, niegan el papel
dirigente del partido marxista-leninista, niegan los principios del
internacionalismo proletario, piden la renuncia a los principios leninistas
fundamentales de organización del Partido, y ante todo al centralismo
democrático, exigen que el Partido Comunista se convierta de la
organización revolucionaria combativa
que es en algo semejante a un club de
discusión."204
En nuestro tiempo, no siempre, ni mucho menos, piden
abiertamente los revisionistas la supresión del
Partido.
Con el pretexto
de que se
amplíe la
democracia interna quieren acabar con la disciplina
del Partido, concediendo a la minoría el derecho a no admitir las decisiones
adoptadas por la mayoría y a organizar fracciones. Pero esto equivaldría a
destruir la unidad de acción del Partido, convirtiéndolo en campo de lucha de
grupos y fracciones.
Los revisionistas se encubren de ordinario con la
bandera de la lucha contra el dogmatismo
doctrinario.
Su renuncia al marxismo la disimulan con invocaciones de que la
propia doctrina marxista
pide que las tesis caducas sean sustituidas por
otras nuevas. Mas la sustitución de las tesis marxistas hoy
204
Documentos de las reuniones de representantes de Partidos Comunistas y
Obreros celebradas en Moscú, en noviembre de 1957, Gospolitizdat, Moscú. 1958,
páginas 16•17.
día caducas por otras nuevas no tiene nada que ver
con la supresión de los principios básicos del marxismo-leninismo, de lo que es
el espíritu de esta doctrina revolucionaria. El peligro del revisionismo está
en que, bajo el pretexto de desarrollar el marxismo, lo que hace es negarlo. Es
lógico, pues, que los Partidos Comunistas vean en la lucha contra el
revisionismo en todos los terrenos, sin excluir el de la organización interna,
una de sus obligaciones permanentes y esenciales.
El
dogmatismo y el sectarismo conducen al divorcio de las masas.
Los Partidos Comunistas no deben luchar
solamente contra el revisionismo; otro enemigo es el
sectarismo. Aparentemente son los polos opuestos. Sin embargo,
de hecho, el
sectarismo, que se presenta como muy revolucionario e
"izquierdista", debilita también al Partido.
El sectarismo se basa en un criterio dogmático hacia
determinadas tesis y fórmulas teóricas, en las que se quiere encontrar solución
a toda clase de problemas de la vida política. En vez de estudiar la vida tal
cual es, los
dogmáticos parten de un
esquema, y si los hechos no se acomodan a él, prescinden de los hechos. El
dogmatismo significa el divorcio de la realidad, y el Partido, si no lo
combate, se convierte en una secta apartada de la vida.
Los deseos de aferrarse al día de ayer, a una
política y unas formas orgánicas que no responden a
las nuevas condiciones, significan de hecho, como
Lenin dijo, "una política de inacción
revolucionaria... "205 La práctica
de todos los Partidos Comunistas ha confirmado con multitud de ejemplos la
razón que asistía a Lenin al decir esto.
El sectarismo se manifestó en Rusia en la
resistencia a utilizar las posibilidades legales que, a pesar de su derrota,
había arrancado la primera revolución rusa al zarismo. Los miembros del Partido
que se consideraban "más revolucionarios" que el Partido pedían la
abstención en la Duma del Estado y en el trabajo dentro de los sindicatos y
cajas de seguros. Al difícil trabajo entre las masas preferían la orgullosa
espera de una nueva crisis revolucionaria.
Muchos de los Partidos Comunistas formados en los
países capitalistas después de la Revolución de
Octubre, en los primeros tiempos eran propensos a
los errores de tipo sectario. Lenin calificó entonces
esto de "izquierdismo", enfermedad
infantil del comunismo. Tales errores se traducían en la negativa a trabajar
en los sindicatos dirigidos
por
reaccionarios
y oportunistas, a
acudir a los
Parlamentos burgueses, a aceptar en determinados
casos el compromiso y, en general, a adoptar una
táctica flexible.
También
en nuestros tiempos
hay que luchar contra el sectarismo. Lo principal en
él es el divorcio
205 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVI, pág. 84.
que se establece con las masas, el desprecio de las
posibilidades existentes para
el trabajo revolucionario, la
tendencia a rehuir los problemas candentes que la vida presenta. Si el
revisionismo trata de conciliar al Partido con el capitalismo, el sectarismo le
priva de los vínculos con las masas, sin los cuales el éxito en la lucha contra
el capitalismo es imposible. Por ello no se puede robustecer al Partido
sin combatir el
sectarismo, cualquiera que
sea la forma en que se
manifieste.
La Conferencia de representantes de los Partidos
Comunistas
y Obreros subrayó
la necesidad de superar enérgicamente el revisionismo y el
dogmatismo en las filas de los partidos marxistas- leninistas. "A la vez
que condenan el dogmatismo -se dice en la
Declaración de la
Conferencia-, los Partidos
Comunistas estiman que, en las condiciones actuales, el
principal peligro reside
en el revisionismo, o lo que es
lo mismo, el oportunismo de derecha, como manifestación de la ideología
burguesa que paraliza la energía revolucionaria de la clase obrera y exige el
mantenimiento o la restauración del capitalismo. Ahora bien, el dogmatismo y el
sectarismo pueden ser también el peligro fundamental en determinadas etapas de
desarrollo de uno u otro Partido. Cada Partido Comunista establece cuál es el
peligro fundamental para él en un momento dado."206
6. Carácter
internacional del movimiento comunista
El movimiento comunista es internacional por su
propia esencia, aunque cada Partido ha de mantener
la lucha
por los ideales
comunistas en el
plano
nacional. Esto puede, en determinadas
circunstancias,
traer un artificial enfrentamiento de los intereses
nacionales e internacionales. A
quienes siguen
víctimas de la estrechez y limitación nacionales les
puede parecer que las condiciones de su país son
algo excepcional y que la lucha de la clase obrera en él ha de diferenciarse
sustancialmente de lo que es bueno para otros países. Tales concepciones
favorecen a los imperialistas, que tanto interés ponen en destruir la unidad
del movimiento obrero internacional.
Se trata de una manera de pensar profundamente
equivocada y hasta nociva. Las leyes del desarrollo
social son universales y valederas para todos los
países. De ahí que haya tantos rasgos comunes en el
movimiento
obrero de los
distintos países. Esto obliga a los Partidos Comunistas a no
aislarse unos de otros y, al contrario, a cambiar experiencias.
El Partido que no conoce la experiencia de los otros
y que no la toma en consideración es más fácil
que caiga en el error. Resulta más practicable el
avance cuando se
apoya en la
experiencia internacional del movimiento comunista.
206
Documentos de las reuniones de representantes de Partidos
Comunistas y Obreros celebradas en Moscú, en
noviembre de
1957, Gospolitizdat, Moscú, 1958, página 16.
Una experiencia muy valiosa y variada es la que
durante más de medio siglo de lucha ha reunido el
Partido Comunista de la Unión Soviética. Ello le ha
permitido en repetidas ocasiones comprender
profundamente los procesos que se operaban en todo el mundo. De ahí que muchos
documentos del P.C. de la U.S. adquieran gran valor internacional, como son los
acuerdos de los Congresos XX y XXI. En la Declaración de la Conferencia de
representantes de los Partidos Comunistas y Obreros se dice:
"Los
históricos acuerdos del
XX Congreso del P.C. de la U.S. no tienen sólo un gran
valor para él y para la construcción comunista en la U.R.S.S.; con ellos se dio
comienzo a una nueva etapa del movimiento comunista internacional, al propiciar
un nuevo desarrollo del mismo sobre la base del marxismo-leninismo."207
¿Qué
significa saber utilizar
la experiencia de otros Partidos? Lo primero de todo,
significa que hay que tomarla con un espíritu creador, y no mecánicamente.
Cualquier experiencia viene siempre condicionada por un gran número de
circunstancias de lugar, de tiempo, de situación y de correlación de las
fuerzas de clase. Si hacemos abstracción de las condiciones concretas,
la experiencia que es
favorable en una situación puede dar frutos distintos en otra. Sería, sin
embargo, erróneo poner por ello en duda el valor de la propia experiencia. El
marxismo- leninismo toma de ésta lo que es esencial, lo que no guarda relación
con las peculiaridades locales o nacionales, sino que, por su valor universal,
adquiere el carácter de ley. Y este factor general hay que saber
combinarlo con las
condiciones concretas de
cada uno de los países.
El intercambio de experiencia y la coordinación de
la labor de los Partidos Comunistas hace necesario
el establecimiento de estrechos vínculos entre
ellos.
Las formas de dichos vínculos cambian en dependencia
de las condiciones históricas.
En un principio
los Partidos Comunistas
eran
débiles. En su mayoría se habían formado con
elementos revolucionarios de organizaciones socialdemócratas y
anarcosindicalistas, que llevaron consigo supervivencias de oportunismo y
sectarismo. Era necesario llevar a cabo una ingente labor de cohesión y educación
de los nuevos Partidos según las ideas revolucionarias del marxismo-leninismo y
para formar a sus cuadros dirigentes.
Estas perentorias necesidades del movimiento
comunista mundial dieron
vida a la
Internacional
Comunista (1919-1943), organización que agrupaba a
los Partidos Comunistas de todos los países.
La Internacional Comunista restableció y robusteció
los vínculos entre los trabajadores de los
207
Documentos de las reuniones de representantes de Partidos
Comunistas y Obreros celebradas en Moscú, en
noviembre de
1957, Gospolitizdat, Moscú, 1958, páginas 21-22.
distintos países que la primera guerra mundial había
roto, elaboró muchos problemas teóricos del movimiento obrero en las nuevas
condiciones históricas, ayudó considerablemente a difundir las ideas del
comunismo entre las masas y contribuyó a forjar a los líderes del movimiento
obrero.
Ahora bien, esta forma de relación entre los
Partidos agotó sus
posibilidades cuando el movimiento comunista hubo crecido y se
robustecieron los Partidos.
La mayor madurez política de los Partidos Comunistas
hacía superflua la existencia de una organización comunista mundial de ese
tipo. Esta era además incapaz de dirigir todo el movimiento comunista en virtud
de las condiciones internacionales impuestas por la segunda guerra mundial. En
mayo de 1943, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista adoptó el
acuerdo, aprobado por todos los Partidos, de disolver la Internacional
Comunista.
La
historia del movimiento
comunista conoce otras formas de
relación entre los Partidos. La que más se practica hoy día es la de
entrevistas de sus dirigentes y de intercambio bilateral de información,
intercambio de delegaciones y también reuniones y conferencias de los Partidos
Comunistas y Obreros en las que se examinan problemas actuales y se expone la
experiencia y los
puntos de vista
y posición de cada uno, a fin de dar unidad a la lucha por los objetivos
comunes: la paz, la democracia y el socialismo. Entre esas conferencias tuvo
particular significado la celebrada en Moscú, en noviembre de
1957, donde se aprobaron documentos de trascendencia
para todo el movimiento comunista como son la Declaración y el Manifiesto de la
Paz.
Las fraternales relaciones de los Partidos
Comunistas y Obreros se asientan en los principios
del marxismo-leninismo, del
internacionalismo
proletario.
Estas relaciones combinan la soberanía de cada
Partido con la unidad de acción del movimiento comunista mundial en su
conjunto. Los Partidos Comunistas,
sin renunciar a
su independencia política y
orgánica, voluntariamente y por mutuo acuerdo, unifican sus acciones,
considerando su unidad de criterio en cuanto a las tareas internacionales de la
clase obrera, y en caso de necesidad elaboran en común una misma línea de
conducta, actúan como
una fuerza internacional única que
monta la guardia
en defensa de los
intereses de los trabajadores de todos los países y de la paz y la seguridad
del mundo.
El intercambio de opiniones sobre los problemas más
importantes y la crítica fraternal ayudan a los Partidos a ver mejor sus
propios defectos. Pero esta crítica, como condición imprescindible, ha de
servir a los intereses del socialismo y robustecer los Partidos y la unidad del
movimiento comunista mundial.
La primera condición para que la clase obrera, los
trabajadores en general y todas las fuerzas que en
el mundo aman la libertad y la paz se muestren unidos, es la unión y cohesión
de los propios Partidos Comunistas. Cuanto más amplia es la lucha de las masas,
tanto más valor adquiere la unidad de los Partidos, que son los centros
encargados de dirigir esa lucha.
La unidad entre los Partidos proviene de la
comunidad del movimiento comunista en cuanto a
sus objetivos y la fidelidad a las ideas del
marxismo- leninismo. Pero unidad
no es lo
mismo que
uniformidad;
la unidad presupone
vastas posibilidades para la iniciativa, para el enfoque de los problemas políticos
con un espíritu
creador. El
marxismo-leninismo estima que la unidad en lo
fundamental, en lo
básico, en lo
esencial, no se
pierde, sino que, al contrario, se asegura con la
variedad en las cuestiones de detalle, en las características derivadas del
lugar, en los
procedimientos que se sigan para enfocar un asunto.
Cada Partido Comunista
es independiente en su
acción, mas por eso precisamente es tan importante
no desviarse del
curso general, no
debilitar el contacto más
estrecho, no llegar
a oponer lo
específicamente nacional a lo que es general, a lo
sustancial e internacional.
La unidad de los Partidos no es algo dado de una
vez para
siempre. Se desarrolla
y fortalece en la
lucha, al verse sometida a los desesperados ataques
de la burguesía y de los portavoces de su ideología
en el seno del
movimiento obrero. La
reacción
internacional ha tratado en repetidas ocasiones de
debilitar a los
Partidos Comunistas con
sus
maquinaciones en el terreno ideológico. Pero los
cuadros fundamentales de
comunistas se manifestaron
siempre firmes y fieles al marxismo-
leninismo. Los elementos contrarios al Partido
recibieron cumplida respuesta de todas las fuerzas
comunistas sanas.
La Conferencia de representantes de los Partidos
Comunistas y Obreros, celebrada en Moscú en 1957,
ha confirmado la
unidad de criterio
de todos los
Partidos en cuanto a los problemas fundamentales de
la revolución socialista y de la construcción del
socialismo; lo mismo hay que decir en cuanto a la apreciación de la situación
internacional. La Conferencia ha puesto de relieve que el movimiento comunista
internacional crece y aumenta su potencia, a pesar de las absurdas
manifestaciones de los imperialistas, que sueñan despiertos con una pretendida
"crisis del comunismo".
El movimiento comunista sigue un desarrollo complejo
en las condiciones propias del capitalismo. Su historia conoce ascensos
verticales y grandes éxitos, pero también reveses temporales, consecuencias
negativas de condiciones objetivas desfavorables y de los errores cometidos.
Estos defectos y errores, empero, son de carácter pasajero,
mientras
que el auge
y fortalecimiento del movimiento obrero y comunista significa
un proceso invencible, porque lo imponen las mismas leyes que rigen la
sociedad.
Capitulo XIV.
La política de unidad de acción de la
clase obrera y de todas
las fuerzas democráticas del
pueblo
La clase obrera
ha de mantener
su lucha en
condiciones difíciles. Sus opresores -los
capitalistas- forman la clase más rica y organizada de la sociedad. La
burguesía dominante dispone de un poderoso aparato de violencia (ejército,
policía, tribunales, cárceles) y de influencia espiritual sobre las masas
(Iglesia, escuela, prensa, radio, televisión, cine, etc.). Tiene también la
fuerza de la costumbre, la fuerza de las tradiciones de la sociedad
explotadora.
En estas condiciones, la clase obrera necesita muy
particularmente mantenerse unida y organizada, a la
vez que estrecha su alianza con los demás
destacamentos de trabajadores.
Esta unidad y esta
alianza son trascendentales para su futuro y el de
todo el pueblo.
La unidad de los obreros tiene una base objetiva
inconmovible, que le proporciona la comunidad de los
intereses de clase. No obstante, no se forma de por sí, sin los esfuerzos de la
vanguardia consciente de la clase obrera. Y ello porque la burguesía aprovecha
la menor coyuntura para sembrar la división entre los obreros y los
trabajadores en general, para debilitar y paralizar a sus enemigos de
clase. Esta política
ha dado y,
lamentablemente, sigue dando sus frutos. La división de la clase obrera
es justamente la causa principal de muchas y graves derrotas de los
trabajadores y la más importante premisa de los éxitos de la reacción. "No
pocas de las calamidades que afligen al mundo moderno -decía con razón N. S.
Jruschov ante el XX Congreso del P.C. de la U.S.- se deben a que en muchos
países la clase obrera lleva
largo tiempo dividida
y sus diversos destacamentos no
actúan formando un frente único, con lo que únicamente salen ganando las
fuerzas de la reacción."208
Por eso los Partidos Comunistas y todos los
marxistas-leninistas consideran de tan capital importancia la tarea de poner
fin a la división del movimiento obrero, de asegurar la unidad de sus filas y
una estrecha alianza con todos los trabajadores y con todas las fuerzas
progresistas y democráticas del pueblo.
1.
Necesidad de la unidad de acción de la
clase obrera en las condiciones actuales
No obstante las hondas discrepancias que separan a las
corrientes revolucionaria y
reformista, los Partidos
Comunistas de los países capitalistas han tratado siempre,
desde los primeros
días, de establecer la unidad de
acción con las organizaciones socialdemócratas.
208 N. S. Jruschov, Informe del Comité Central del
Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido, 14 de
febrero de 1956, Gospolitizdat, Moscú, 1956, pág. 22.
Los
comunistas estimaban entonces,
como estiman ahora, que todos los obreros y todos los trabajadores, sea
cual sea su filiación -comunistas, socialdemócratas o pertenecientes a
organizaciones influidas por la Iglesia-, tienen intereses comunes. Así se
desprende de la situación misma de la clase obrera y del resto de los
trabajadores como parte explotada de la sociedad.
Qué es
la política de unidad de acción.
En la lucha por los intereses comunes de los
trabajadores, los Partidos Comunistas buscan la colaboración con todas las
organizaciones obreras, cualesquiera que sean las ideas políticas y religiosas
de quienes las componen. La labor de los Partidos Comunistas que tiende a
asegurar esta colaboración se llama política de unidad de acción.
La historia del movimiento obrero internacional
ofrece señalados ejemplos de tal unidad. Cuando los intereses de los
trabajadores se ven seriamente amenazados,
crece entre ellos
la tendencia a la
unidad y las organizaciones obreras suelen aunar sus esfuerzos.
Así ocurrió cuando el fascismo avanzaba hacia el
poder en
muchos países de
Europa. En Francia,
España y Austria se produjo entonces un fuerte
movimiento en pro
de la unidad
obrera, y esto
influyó sobre la dirección de los partidos
socialistas, que antes se
resistían por todos
los medios a
colaborar con los comunistas. En 1934-1936, entre
los comunistas y socialistas de estos países se pactó la unidad de acción
contra el fascismo. En Francia y
España se formaron gobiernos de Frente Popular.
Durante la segunda guerra mundial, la unidad de los
trabajadores dio nuevos avances. La Resistencia
unió a los
comunistas, a muchos
miembros y
activistas de los partidos socialistas y a un buen
número de afiliados
de partidos burgueses,
de
demócratas, radicales y católicos. Todos coinciden
en
admitir que los comunistas integraban el núcleo de
este movimiento.
Después
de la victoria
sobre el fascismo,
las
grandes masas manifestaron tendencias más acusadas
que nunca a la unidad. En las democracias populares se formaron partidos
unificados de la clase obrera, que se apoyaban en los principios del marxismo-
leninismo. De esta manera se puso fin a la escisión ideológica y orgánica del
movimiento obrero en una buena parte de Europa.
Las distintas tendencias del movimiento obrero se
aproximaron también después
de la guerra
en muchos países capitalistas. Entre los comunistas y socialistas
seguían vigentes los pactos de unidad de acción y los sindicatos agrupaban a
los trabajadores
de todos los matices políticos.
En octubre de 1945 quedó constituida la
Federación Sindical Mundial (F.S.M.), donde, por
primera vez, los sindicatos de la U.R.S.S. se agrupaban con los de la Europa
capitalista, Estados Unidos,
Iberoamérica y Oriente.
Jamás el movimiento obrero
internacional estuvo tan cerca de la unidad como en aquellos años.
La
reacción internacional adoptó,
sin embargo, sus medidas para
hacer fracasar este viraje hacia la
unidad.
Esta vez fueron
los monopolios
norteamericanos los que tomaron la iniciativa y
organizaron la escisión. El motivo que se arguyó fue la crítica hecha por los
Partidos Comunistas europeos de las onerosas
condiciones del Plan
Marshall. Contra los comunistas se levantó una desenfrenada campaña de
calumnias y persecuciones y sus representantes fueron separados de los
gobiernos.
Aprovechando
las discrepancias surgidas
en el seno de la F.S.M. con
relación al Plan Marshall, los
líderes
reaccionarios de los
sindicatos
norteamericanos
escindieron esta organización.
En
1949 se retiraron de ella las Trades-Union
británicas, el Congreso de Sindicatos de Industria de Estados
Unidos y las federaciones sindicales de Bélgica,
Holanda y otros países. Más tarde crearon un centro
paralelo
con la Confederación Internacional de
Sindicatos Libres.
A despecho de las genuinas aspiraciones de las
masas, el movimiento
obrero se vio
de nuevo
escindido; la lucha entre sus diversas tendencias se
reanudó con nuevos bríos.
Qué daría la unidad de acción.
Actualmente,
los peligros que
amenazan a los trabajadores son mucho más serios que en
vísperas e
incluso que durante la segunda guerra mundial. La
amenaza de una
guerra atómica y
el declarado
empeño del capital monopolista por establecer en
todas partes su dictadura, hace más evidente que nunca la necesidad de
conseguir la unidad de acción
de la clase obrera. La responsabilidad de los
partidos obreros ha crecido infinitamente, la situación exige
imperiosamente la unificación de sus esfuerzos, pues
de otro modo la reacción de los países capitalistas se abrirá camino
hacia una feroz
dictadura y hacia
nuevas aventuras bélicas.
Al convertir la unidad de acción en una necesidad
imperiosa, la lucha
por la paz
y la democracia
facilita,
al mismo tiempo,
la consecución de un
acuerdo entre los partidos obreros. En las
cuestiones democráticas de carácter
general les es
más fácil
entenderse,
pues ningún partido
de trabajadores
puede mostrarse en pro de una guerra de agresión o
del fascismo. Por
consiguiente, se ha
ampliado mucho el círculo
de problemas sobre
los que se puede y se debe alcanzar ahora la
colaboración de las organizaciones
obreras. Además de
las
reivindicaciones tradicionales -aumento de salarios,
reducción de la jornada de trabajo, etc.-, actualmente existe otra plataforma
para la unidad de acción: la lucha por las reivindicaciones democráticas de
carácter general.
La unidad de acción influiría formidablemente sobre
la resolución de problemas que afectan a la
suerte de la humanidad entera. En todo el mundo hay
83
Partidos Comunistas, que
actualmente cuentan con más de 33
millones de afiliados. En los países
capitalistas hay 70, con 4,5 millones de miembros.
La Internacional Socialista, según datos oficiales,
cuenta con 39 partidos y grupos socialistas, con un total aproximado de diez
millones de miembros (de ellos, seis millones pertenecen al Partido Laborista
británico). Entre la Federación Sindical Mundial y la Confederación
Internacional de Sindicatos Libres reúnen
más de 160
millones de afiliados.
No es difícil imaginarse la
importancia que para la causa de la paz y la democracia tendría la unidad de
acción y colaboración de todos
estos partidos y organizaciones. Si, por ejemplo, el Partido
Laborista británico, el Partido Socialdemócrata de Alemania, los Partidos
Socialistas de Francia, Bélgica y Austria y los Partidos Socialdemócratas de
los países escandinavos llegasen a la unidad de acción con los Partidos
Comunistas de la Unión Soviética, China, democracias populares, y también con
los Partidos Comunistas de Italia. Francia, Finlandia, India, Indonesia, Brasil
y otros países capitalistas, no cabe duda alguna de que las fuerzas de la
reacción verían frenados sus ímpetus y de que las garantías del mantenimiento
de la paz general crecerían incalculablemente.
La colaboración entre los partidos obreros
facilitaría la unión de todas las fuerzas democráticas
y amantes de la paz. La unidad obrera sería base de
la unidad de acción de toda la democracia.
2.
Quién se opone a la unidad de acción de la clase obrera
En respuesta a los convincentes argumentos de los
comunistas
en pro de
la unidad de
acción, la dirección oficial
de los partidos
socialdemócratas
opone unas objeciones en las que muchos socialistas
no creen.
Objeciones
de los adversarios de la unidad.
Las propuestas de los comunistas para formar un
frente único, dicen los líderes socialdemócratas, no pasan de ser una astuta
maniobra; de lo que los comunistas se preocupan no es de los intereses de la
clase obrera, sino el afán de proselitismo: lo que quieren es atraer al mayor
número posible de obreros a sus filas.
No puede haber una deformación más completa de los
móviles que guían
a los comunistas.
La
realidad es que los comunistas, cuando defienden la
unidad, piensan ante todo en los intereses de los
propios trabajadores, sin exceptuar a quienes se encuentran en los partidos
socialistas o los apoyan. Cuando los obreros se muestran unidos, ganan todos
juntos y cada uno de ellos en particular. Así lo comprende hasta el proletario
con menos conciencia de clase.
Los socialdemócratas habrían de saber, y no de
ahora, que los comunistas proponen la
política de
unidad de acción con una honradez absoluta de
propósitos, con la sinceridad y seriedad que es norma
de los partidos de la clase obrera. Cuando los
comunistas mantienen esta política no se guían por consideraciones del momento.
Están convencidos de
que los trabajadores necesitan de la unidad hoy,
cuando el movimiento obrero y toda la humanidad
progresiva luchan por la paz y la democracia, y de
que aún la necesitarán más mañana, cuando en muchos países se plantee la tarea
de la construcción
del socialismo. Una política calculada a tan largo
plazo no puede descender a la baja maniobra. Toda la
labor de los Partidos Comunistas prueba hasta la
saciedad que sus propuestas de unidad de acción no son un tributo a la
coyuntura, sino expresión de una
línea política permanente que viene dictada por la
preocupación acerca de
los intereses de
todos los
trabajadores.
No son los comunistas los únicos en proclamar
que la
unidad de acción
se ha convertido
en una
necesidad imperiosa. Así piensan también muchos
líderes del movimiento obrero
que no son
comunistas. Por ejemplo, el veterano dirigente del
Partido Socialista belga y ex primer ministro
profesor
Camille Huysmans dijo en 1956, durante una visita a
la Unión Soviética: "A mí, viejo socialista, que durante largos
años fui amigo
de Lenin y
de su esposa Krúpskaia, todo esto
me causa una emoción profunda. Conocía el modo de pensar de Lenin y sus
méritos. Creí un error la ruptura que se produjo entre nosotros en 1917. Pero
todo esto pertenece al pasado y no quiero hacer reproches a nadie. Quiero, sin
embargo, ayudar con todas mis fuerzas a restablecer en Europa la unidad de la
clase obrera."
Son particularmente valiosas las conclusiones del
conocido veterano del movimiento obrero Otto Buchwitz a que llega en su libro
50 años como funcionario del movimiento
obrero alemán. Tejedor de profesión, perteneció al Partido Socialdemócrata
desde 1898 a 1946 y fue diputado del Reichstag en varias legislaturas. Dice así
en su libro: "Que la joven generación saque lecciones de la historia y
comprenda: un movimiento obrero fuerte es responsable de sus actos no sólo ante
su clase, sino también ante todo el pueblo,
ante la humanidad entera. Así
lo prueba la
historia del movimiento obrero alemán. Si hubiera habido
unidad en la lucha contra el fascismo, Hitler no habría podido llegar al poder.
Sin Hitler, no habría habido guerra, y millones de jóvenes de todo el mundo no
habrían tenido que ir a la muerte por unos criminales poseídos de manía de
grandezas, por los imperialistas y los monopolistas."
Durante los acontecimientos de mayo de 1958 en
Francia,
cuando la reacción
quería acabar de un
golpe con la república y establecer un régimen fascista, todos los demócratas
sinceros sintieron la necesidad de la unidad de acción. "Llevo treinta
años en el Partido Socialista -manifestó en esta ocasión Tanguy-Prigent, uno de
sus líderes- y estoy profundamente convencido de que la defensa de la república
exige acciones conjuntas y enérgicas de todas las masas trabajadoras del
país."
La experiencia demuestra que con la unidad de acción
salen ganando todos los partidos obreros, y no
sólo los comunistas. Por ejemplo, el prestigio y la
influencia del Partido Socialista italiano, que
cuenta con cerca de 750.000 miembros, no sufren merma por la colaboración con
el Partido Comunista, sino que, al contrario, se han robustecido gracias a esta
colaboración. Así lo admitieron los mismos líderes socialistas, que
luego, bajo la
presión de los elementos de derecha, han comenzado a
dar marcha atrás en la acción conjunta con los comunistas. Gracias a la unidad,
ambos partidos -el Comunista y el Socialista- alcanzaron grandes éxitos en las
elecciones. La unidad hizo que después de la guerra lograsen ver aprobada una
Constitución basada en principios democráticos. Y quien más ha salido ganando
con esta colaboración ha sido la clase obrera de Italia.
Otro argumento muy sobado de los enemigos de la
unidad es el de que entre los socialdemócratas y los comunistas no hay nada de
común. "El socialismo y el comunismo no tienen nada de común...",
dice literalmente el acuerdo adoptado por el Buró de la Internacional
Socialista el 7 de abril de 1956, en respuesta al llamamiento a la colaboración
del XX Congreso del P.C. de la U.S.
Pero
esta tesis es
falsa, y así
lo afirman los propios socialistas. El profesor J. Cale,
un teórico del
Partido Laborista británico, escribió después de ser
publicada la declaración de
la Internacional
Socialista: "No discuto que hay divergencias
serias y profundas entre las doctrinas sustentadas por los partidos socialdemócratas y
obreros de la
Internacional
Socialista y las doctrinas
mantenidas por los Partidos Comunistas... Pero sería un absurdo
completo
decir que no
hay nada de
común entre estos dos
grupos."
Y el profesor Cale señala a continuación que las
ideas de los comunistas y socialistas coinciden, por
lo menos, en
cuatro puntos: 1)
comunistas y socialistas tienen
de común la convicción de que los más importantes medios de producción han de
ser de propiedad colectiva y ser utilizados en interés de toda la sociedad, es
decir, que el capitalismo ha de ser sustituido por el socialismo; 2) de la
misma manera,
unos y otros aspiran a crear una sociedad en la que
reine un elevado bienestar, las más grandes posibilidades en cuanto a
educación, sanidad, seguros sociales, etc.; 3) coinciden en que nadie tiene
derecho a vivir del trabajo de otros, es decir, en que no debe existir la
explotación; 4) comunistas
y socialistas están convencidos
de que la construcción de la nueva sociedad ha de correr a cargo de la clase
obrera.
La posibilidad de la colaboración, a pesar de las
divergencias ideológicas, es
admitida también por
algunos líderes del Partido Socialista francés.
Albert
Gazier, miembro de su dirección nacional, escribía
en 1955, después
de haber visitado
la Unión Soviética: "Las
diferencias sustanciales que separan al socialismo bolchevique y a la sociedad
a la que aspira el socialismo democrático no deben ser en modo alguno un
obstáculo que nos impida luchar por la aproximación de los pueblos, por la
coexistencia pacífica y por la colaboración internacional."
Es indudable que todas estas manifestaciones
reflejan el pensar
de muchos miembros
de los partidos socialistas, que
se preocupan de la suerte que pueda correr el movimiento obrero.
Los comunistas -dicen también los adversarios de
la unidad- pedirán
siempre la dirección
en toda
acción conjunta, tratarán de imponerse y de dictar
su
criterio.
La
experiencia nos dice,
sin embargo, lo contrario. El frente único de Italia y de
otros países
señala que los comunistas hacen siempre por
comprender el punto de vista de sus aliados y que son
unos
compañeros dignos de
confianza. Los comunistas no
aspiran, ni mucho
menos, a llevar
siempre la iniciativa y la dirección de las acciones
conjuntas, dejando a los socialistas el papel de segundones. Están
dispuestos a apoyar
cualquier
propuesta sensata de cualquier organización
socialdemócrata, siempre y cuando responda a
los
intereses de los trabajadores. A menudo, los
comunistas renuncian a presentar candidatos propios en las elecciones dentro de
determinados distritos, a
fin de derrotar conjuntamente a los representantes
de los partidos reaccionarios.
Los comunistas invitan a elaborar en común un
programa de colaboración,
a someterlo luego
al juicio de los afiliados respectivos y a formular en
común
las reivindicaciones que
más apoyo encuentren entre
las masas. Es
de una evidencia
absoluta que los socialistas pueden comprobar
plenamente en la práctica la sinceridad de los comunistas, aceptando sus
propuestas de unidad de
acción.
Cuando
los adversarios de
la unidad no encuentran otros argumentos, asustan a los
afiliados
socialistas con la perspectiva de que después de la
victoria del frente único los comunistas perseguirán
a sus antiguos aliados. Y recurren al ejemplo de los
mencheviques
rusos. Pero hay
que recordar las condiciones históricas en que entonces se
encontraba Rusia: la mayoría
de los mencheviques
se había unido con los guardias
blancos y apoyaban la lucha armada contra el poder soviético.
Con una situación histórica distinta las cosas
habrían seguido otro rumbo. En las democracias populares europeas la gran
mayoría de los afiliados a los partidos socialistas se incorporó a los partidos
unificados de la
clase obrera y
muchos de sus antiguos líderes ocupan puestos
importantes en la dirección del Estado.
En la situación actual, cuando existen condiciones
propicias para el
triunfo de la
clase obrera, comunistas y
socialistas pueden llegar a un acuerdo para la lucha conjunta por el
socialismo, sin limitarse a actuar contra la amenaza de guerra y en defensa de
la democracia. En los países donde existen partidos socialdemócratas con
tradición histórica, los comunistas están interesados en que estos partidos
cooperen no sólo en la conquista del poder por la clase obrera, sino también en
la creación de las bases del socialismo, formando parte de los gobiernos
socialistas.
Por lo tanto, ninguna de las razones expuestas
contra la unidad
de acción de
comunistas y
socialistas resiste en absoluto a la crítica. No hay
barreras
insalvables para la
colaboración. Si la unidad no se ha conseguido, no es porque
entre socialistas y comunistas no haya nada de común ni porque los comunistas
amenacen con perseguir a los socialistas.
Podrían encontrar sin
esfuerzo un lenguaje común si no
se opusiera a ello la reacción capitalista.
El
anticomunismo, consigna de los escisionistas reaccionarios.
Lo que verdaderamente mueve
a muchos dirigentes de
la Internacional Socialista
es su
anticomunismo. Y esto no porque su reformismo les
impida colaborar con los comunistas, que mantienen una ideología
revolucionaria.
Los reformistas, que aspiran seriamente siquiera sea
a pequeñas reformas en beneficio de los obreros,
comprenden que para alcanzar el éxito se requieren
los esfuerzos conjuntos de todas las organizaciones obreras. Pero
de ordinario son
retenidos por los
faldones por los escisionistas recalcitrantes, para
quienes es ya un oficio el mantener la división del
movimiento obrero. Esto resulta en la sociedad
burguesa contemporánea una profesión muy lucrativa para los
hábiles arribistas encaramados
en la
dirección de los sindicatos reformistas y de los
partidos socialdemócratas. Los especialistas de estos
trabajos
(tales como Meany
y Brown en Norteamérica, Spaak en Bélgica, Guy Mollet
en Francia, Pollack en Austria, Tanner en Finlandia) han
acomodado los principios de la guerra fría a las
condiciones del movimiento obrero.
Siempre enarbolan la bandera del anticomunismo, aunque saben
perfectamente que esta desacreditada enseña sirve –y en numerosas ocasiones ha
servido- a los fines de la más negra reacción, que trata de dividir todo movimiento
democrático y socialista
para batirlo por partes.
En su odio al comunismo no tienen nada que envidiar
a los peores reaccionarios de las clases dominantes. Cegados por ese odio,
antes renunciarán a defender las reivindicaciones más perentorias de los
trabajadores que aceptar la acción en común con los comunistas. Cuando tales
apóstoles del anticomunismo se ven en la disyuntiva de colaborar con los
comunistas o permitir el acceso al poder de los reaccionarios, optan sin
dudarlo por lo segundo. "Mejor De Gaulle que el Frente Popular": tal
era la posición de Guy Mollet, líder del Partido Socialista francés en
mayo de 1958,
cuando entró en un
gobierno reaccionario en el que tenía por compañeros de gabinete a elementos
fascistas.
Afortunadamente, los enemigos declarados de la
unidad no son
en el movimiento
obrero tan
numerosos como para que no puedan ser aislados.
Pero entre tanto cabalgan sobre los hombros del
movimientos reformista, porque
la burguesía
reaccionaria les presta todo su apoyo.
Si comparamos la labor de los escisionistas y la
política de los círculos dirigentes de la burguesía, veremos fácilmente el
resorte que los mueve. No cuesta trabajo advertir que los socialistas de
derecha transportan al movimiento obrero los métodos de que los medios
imperialistas se valen en su lucha contra la U.R.S.S. y todo el campo
socialista. Los círculos agresivos atizan la guerra fría contra la U.R.S.S. y
los líderes de la Internacional Socialista la desatan en el seno del
movimiento obrero. Los
imperialistas llaman a la
"solidaridad atlántica" para
la lucha contra el comunismo, y
los jefes derechistas de la socialdemocracia hacen lo mismo. Las potencias
coloniales de Occidente conminan a los pueblos oprimidos de
Oriente a "no
acelerar" su emancipación a
fin de conservar la "unidad" en la lucha contra la "amenaza del
comunismo", y los líderes
socialistas de derecha
condenan el movimiento de
liberación nacional de las colonias, sin detenerse ni ante el empleo de las
armas, como con ocasión de la crisis egipcia de 1956 hizo el Gobierno francés,
presidido por el "socialista" Guy Mollet.
En resumen, los propagandistas de la guerra fría en
el seno del movimiento obrero son portadores de
los intereses de la burguesía agresiva e
imperialista en las filas de los trabajadores.
Por conducto de los
círculos
gobernantes, los Estados
imperialistas aspiran a perpetuar
la escisión del
movimiento obrero. Los campeones del anticomunismo no tienen
en realidad otro programa que el escisionismo: las
"reformas" no pasan de ser para ellos un
señuelo con
el que atraen a los ingenuos.
Cuando el engaño sale a la superficie y las masas
empiezan a apartarse de los anticomunistas rabiosos -
socialdemócratas
de derecha-, éstos
recurren a la
maniobra. Lo más frecuente es que se presente a la
socialdemocracia como una "tercera fuerza". Con sus malabarismos
oratorios, los líderes de derecha de la Internacional Socialista pretenden
hacer creer que en los asuntos internacionales no se inclinan ni a uno ni
a otro
bando y ejercen
el papel de
árbitro entre Oriente y
Occidente. Este "tercer camino" independiente es el que, según ellos,
siguen también en política interior, oponiéndose por igual a la reacción
extrema y a los comunistas.
Pero quien habla de la "tercera fuerza" se
engaña o pretende engañar a los demás. No hay un "tercer" camino
medio entre la burguesía y el proletariado, entre la reacción y la democracia.
Los mismos socialistas de derecha lo demuestran bien a las claras cuando de
hecho colaboran con las esferas reaccionarias de la burguesía. Los mejores de
entre los partidarios de la "tercera fuerza" tarde o temprano acaban
por reconocer la necesidad de la colaboración con los comunistas. Una vez más
se confirman las palabras de Lenin de que en política es imposible evitar la
elección entre los capitalistas y la clase obrera, que "todo intento de
formar algo intermedio hace que hasta la gente más sincera acabe por deslizarse
hacia uno u otro lado".209
Los voceros de la "tercera fuerza"
intentan hacer su juego con los obreros y con los capitalistas. A los primeros
les prometen que lucharán contra el capitalismo, y a los segundos que los
defenderán del comunismo. y esto les lleva a pedir nuevos "créditos"
a los unos y a los otros. Pero cuando los capitalistas abren un
"crédito" a los socialistas de derecha, no tardan en exigir en pago
que arrecien en sus ataques contra el comunismo. La clase obrera, en cambio,
espera en vano que se incremente la lucha contra las arbitrariedades de
los monopolios capitalistas.
Y como los especuladores políticos no pueden saldar a la vez las dos
letras, terminan indefectiblemente por ir a la quiebra. Y así las teorías de la
"tercera fuerza" han tenido tan escaso eco entre las masas y cada vez
se habla menos de ellas.
La política reaccionaria del anticomunismo no va
sólo contra la vanguardia revolucionaria de la clase
obrera,
sino contra todos
los trabajadores y
demócratas. Los reaccionarios hacen concebir en un
principio ilusiones de que la represión y las trabas se refieren únicamente a
los comunistas, sin que hayan de afectar para nada a los demás sectores del
movimiento obrero y democrático. Pero en cuanto los trabajadores pican en este
cebo, en cuanto abandonan la resistencia a las medidas dictadas contra los
comunistas, la burguesía reaccionaria da comienzo a las siguientes
fases de la
"operación":
amplía las
209 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 497.
persecuciones a los partidos socialdemócratas, a los
sindicatos y hasta
a los movimientos
y organizaciones de la burguesía liberal.
Así, pues, a la pregunta de quién se opone a la
unidad de acción del movimiento obrero sólo cabe
una respuesta: se opone la reacción
capitalista, la
oligarquía dominante del capital monopolista. Y en
interés de la reacción actúan, en las alturas de las organizaciones obreras,
los propagandistas del anticomunismo y los organizadores de la guerra fría, que
se hacen pasar como líderes del movimiento obrero. Los
argumentos que exponen
contra la unidad no
expresan, sino que
encubren, sus verdaderos
propósitos.
Los escisionistas del movimiento obrero gozan de un
apoyo que no les regatean ni los monopolios capitalistas ni los gobiernos. Los
socialdemócratas de derecha más activos son colocados en altos puestos. Por
ejemplo, 410 conspicuos miembros del Partido Socialdemócrata alemán ocupan 929
cargos importantes en grandes compañías y bancos del país,
65 líderes socialistas son directores en los
consorcios de Mannesmann, Krupp, etc., con sueldos que alcanzan a cien y ciento
cincuenta mil marcos al año. En Austria, entre los 600 directores de las
empresas nacionalizadas, 400 pertenecen al partido socialista. Doce de los
veinticinco miembros de la dirección de éste son directores y gerentes de
empresas estatales y privadas, con sueldos que alcanzan hasta el medio
millón de chelines
austríacos. Benedicto Kautsky (hijo de Carlos Kautsky), ideólogo y
autor del programa del Partido Socialista de Austria, es vicedirector general
del importante banco Kreditanstallt, miembro del Consejo de observación del
consorcio Elin y consejero general del Banco Nacional austríaco.
Cuando los líderes socialistas de derecha pasan a
formar parte de los gobiernos, el capital monopolista les permite a veces dar
satisfacción a algunas reivindicaciones de los trabajadores. Los grandes
monopolios, cuando la presión de los trabajadores no les deja otro recurso,
hacen concesiones, pero de tal manera que sirvan para robustecer las posiciones
de los socialistas contra los comunistas. A la primera ocasión propicia se
desquitan, elevando los precios o por otros medios. La misma táctica mantienen
los círculos imperialistas cuando estimulan a los sindicatos influidos por los
socialdemócratas de derecha y persiguen a los sindicatos de izquierda. Todo el
mundo sabe, por ejemplo, que el Departamento de Estado de Estados Unidos ha
utilizado ampliamente a los líderes reaccionarios de los sindicatos
norteamericanos para escindir el movimiento sindical internacional.
De ahí que la unidad de acción de la clase obrera no
pueda ser conseguida a través de negociaciones y
acuerdos únicamente. Exige la lucha activa contra
los manejos de la burguesía reaccionaria y sus agentes en el movimiento obrero.
La lucha por la unidad de acción de la clase obrera es una parte inseparable de
la pugna que los trabajadores mantienen contra el capital monopolista y el
imperialismo.
3.
Vías para alcanzar la unidad de acción
del movimiento obrero
Las
masas obreras quieren la unidad.
Pese a la actividad escisionista de los líderes de
derecha, entre las masas obreras cunde el espíritu de
unidad. Esto toma cuerpo en las formas más
distintas.
Por ejemplo, en muchas empresas de Francia, Italia,
Inglaterra, Bélgica y otros países, cuando se prepara una huelga todos los
obreros aceptan de buen grado la invitación a obrar conjuntamente: se crean
comités de huelga unificados en los que entran comunistas, socialistas y
católicos. Son también muy numerosos los casos en que los trabajadores
socialistas, a pesar de la prohibición de sus dirigentes, votan en las
elecciones por los candidatos comunistas.
La tendencia a la unidad crece a medida que se ponen
de relieve las consecuencias de la peligrosa
política actual de los gobiernos imperialistas.
Entre
los trabajadores socialistas aumenta la inquietud y
la alarma. Esto obliga a sus dirigentes a maniobrar, a
recurrir a diversos subterfugios, y a veces a ceder
a
las reclamaciones de sus afiliados.
El Partido Laborista británico, el Partido
Socialdemócrata de Alemania Occidental, los
socialdemócratas escandinavos y los socialistas del
Japón y de
otros países asiáticos
condenaron la
agresión anglo-franco-israelí contra Egipto. También
censuraron la agresión
imperialista de 1958
en Líbano y Jordania. Los socialdemócratas alemanes se muestran contra
la concesión de armas atómicas a la Bundswehr. En marzo de 1959 expusieron un
plan de arreglo del problema germano que, a pesar de su inconsecuencia y sus
reservas, es una estimable aportación a la discusión alemana acerca de las vías
para la unificación del país. El V Congreso de la Internacional Socialista
(julio de 1957) se ha reafirmado en el criterio de que se dé entrada en la
O.N.U. a la República Popular China. En junio de
1958 el Consejo de la Internacional pidió el cese de
las pruebas nucleares
y la reunión
de una Conferencia de alto nivel.
Es cierto que entre las palabras y los hechos de los
líderes de la
Internacional Socialista ha
habido
siempre una distancia enorme. No obstante, tales
acuerdos reflejan el sentir de los trabajadores socialdemócratas. Los
cambios que se
están
produciendo en el movimiento socialdemócrata son
favorables a la
unidad de acción
entre los
trabajadores, aunque los jefes derechistas se sigan
oponiendo.
Donde se ha reunido más experiencia de
colaboración
de comunistas y
socialistas es en la
lucha por los
intereses económicos de
los
trabajadores. Ejemplos de acciones comunes en este
sector los proporcionan muchos países capitalistas. Han conseguido en los
últimos años grandes éxitos los obreros italianos, franceses, argentinos,
japoneses y de otros países en sus huelgas conjuntas, en las que, en muchas
ocasiones, participaron centenares
de miles y millones de trabajadores.
La colaboración sobre cuestiones políticas ha
rendido los mejores frutos en Italia, Japón, Finlandia,
Chile y algunos otros países. En el curso de la
lucha contra el rearme del imperialismo alemán y por la
prohibición del arma atómica, muchos Partidos
Comunistas de los países capitalistas han mantenido acciones comunes con las
secciones de los partidos
socialistas.
Los Partidos Comunistas y Socialistas de Italia
recogieron excelentes frutos
en los diez
primeros
años de su colaboración después de la guerra. Desde
la firma del pacto de 1934, ambos partidos actuaron
conjuntamente en los
problemas principales de
política interior y exterior e hicieron morder el
polvo
en
bastantes ocasiones a las
fuerzas reaccionarias. Por eso,
la ruptura unilateral del pacto, impuesta por el ala derecha del Partido
Socialista en el Congreso de 1958, va abiertamente contra lo que la vida exige
y contra el sentir de los miembros del propio partido. Después de tantas
jornadas vividas en común por los comunistas y socialistas italianos, esta
separación ha de ser forzosamente temporal.
Avanza la colaboración de los partidos obreros en el
Japón, una vez fueron corregidos los errores sectarios que se habían cometido
en el pasado. A comienzos de 1959, en 40 de las 46 prefecturas del país
existían órganos de colaboración de las fuerzas democráticas, en los que se
hallan representados comunistas y socialistas. Una buena experiencia de frente
único es la de Chile. En la primavera de 1956, los Partidos Comunista,
Socialista, Socialista Popular y otras organizaciones democráticas crearon el Frente
de Acción Popular, con fuertes posiciones en el Parlamento y en el país.
Los esfuerzos por conseguir la unidad de acción por
abajo han dado origen en el período postbélico a nuevas formas de organización:
las "comisiones interiores" de las empresas de Italia, los
"comités de unidad" de Francia,
las "fracciones de
unidad sindical" de Austria, los "consejos de unidad" y
las comisiones intersindicales de Brasil, etc.
La lucha por la unidad del movimiento obrero
internacional entró en una nueva fase después de que el XX Congreso del P.C. de
la U.S. señaló las nuevas posibilidades que se presentaban en este campo. El
llamamiento a la colaboración de un Partido Comunista tan prestigioso como el
de la Unión Soviética tuvo amplio eco entre las masas socialdemócratas. Poco
después, la Internacional Socialista se veía forzada a examinar el problema de
las relaciones con
los comunistas. Los
elementos interesados en frustrar la unidad de acción, prolongando así
la guerra fría en el movimiento obrero, impusieron un acuerdo negativo, si bien
algunos partidos socialistas
establecieron los primeros
contactos con el P.C. de la U.S.
Entre 1956 y 1958, el C.C. del P.C. de la U.S.,
dando nuevas muestras
de iniciativa, envió
cartas
invitando a la acción común en defensa de la paz a
los Partidos Socialistas de Italia, Francia,
Alemania, Gran Bretaña, Noruega,
Dinamarca, Bélgica,
Holanda y Austria.
Lamentablemente, la causa de la unidad avanza
despacio y no en las proporciones que la situación internacional exige. Aún se
dejan sentir las reminiscencias de un período en que las relaciones entre los
distintos sectores de la clase obrera llegaron a extremos de gran virulencia.
Mas en favor de la unidad obran factores permanentes, que son más fuertes que
las maniobras de los escisionistas. El principal de ellos es el deseo de unión
que se abre paso cada vez más entre grandes capas de trabajadores.
Hay
que saber acercarse a los trabajadores socialistas.
Es obvio decir que sería erróneo cifrar todas las
esperanzas
en el movimiento
espontáneo de las masas deseosas de unidad. Los órganos
dirigentes de los Partidos Comunistas han señalado ya en diversas ocasiones que
mucho depende de los propios comunistas, de los métodos con que se aplique la
política de unidad de acción.
En este sentido tiene importancia decisiva la
manera como los
comunistas se acerquen
a los
trabajadores socialistas. Se comprende muy bien la
reacción de los comunistas ante las repetidas
traiciones de los jefes socialdemócratas, pero eso no
es
motivo para calificar
a todos los socialistas de
"agentes del imperialismo" y para
renunciar a los contactos y a un fraternal cambio de impresiones con ellos.
Cuando se mete a todos los socialistas en un mismo saco,
quienes salen ganando
son los verdaderos enemigos de la
unidad de la clase obrera.
El período postbélico ha demostrado que en el seno
del movimiento socialdemócrata se producen complejos fenómenos de
deslindamiento. Casi en todos los partidos socialistas hay corrientes más o
menos fuertes de izquierda, aunque a veces no se dibujen con formas precisas.
En el Partido Laborista británico, por ejemplo, cualquier viraje serio de los
acontecimientos en el interior del país o en el área internacional pone de
relieve discrepancias entre las organizaciones de base y la dirección del
partido.
En bastantes partidos socialdemócratas se ha llegado
hasta la separación orgánica de los socialistas de derecha y de izquierda
(Italia, Japón, Austria, la India, Líbano, Israel). Algunos de ellos han vuelto
a unirse, pero esto
no quiere decir
que hayan
desaparecido las discrepancias. Un reciente ejemplo
de la diferenciación que se está produciendo entre los socialistas es la
escisión en el Partido Socialista francés, por la que los grupos que rompieron
con Guy Mollet han formado su partido autónomo.
Los hechos nos dicen, sin embargo, que las
escisiones en los partidos socialistas, la separación de
sus alas izquierd s, no trae consigo en muchos casos
cambio alguno en la política de los
socialdemócratas. Muchos afiliados, aunque se muestran descontentos
con la línea
anticomunista de los
dirigentes de
derecha, no se deciden a un paso tan decisivo como
es la escisión, pues tienen cariño a su partido y estiman sus tradiciones. Los
líderes derechistas se aprovechan
de esto hábilmente
y siguen dando
el tono en los partidos socialistas. Mas el fracaso de la política del
anticomunismo acaba de abrir los ojos a los simples afiliados. Tarde o
temprano, los socialdemócratas honestos, que siguen fieles a la bandera del
socialismo, llegan a la conclusión de que es necesario cambiar la política
-burguesa por su carácter- que mantienen los elementos de extrema derecha, y
hasta expulsarlos de la dirección. En tal caso,
el paso de
los partidos socialdemócratas a nuevas posiciones políticas, en consonancia
con los intereses de la clase obrera, se puede realizar sin escisión y es, sin
duda, la mejor solución que puede ofrecerse.
Como quiera que sea, se trata de cuestiones internas
de los partidos socialdemócratas, y son ellos
los que han de resolverlas.
El ala izquierda de los socialistas, en todas
condiciones, puede cumplir un papel en la obra de poner fin a la división del
movimiento obrero. Los socialistas de izquierda muestran a menudo
inconsecuencia política, pero, en todo caso, son la parte más progresista de la
socialdemocracia. Actualmente, sus posiciones en muchos problemas capitales de
la política interior y exterior responden a los intereses de los trabajadores.
Son muchos los que comprenden el daño que la división significa y la necesidad
de la unidad de acción del movimiento obrero. Los Partidos Comunistas han de
ayudarles a superar los prejuicios sembrados por los escisionistas del
anticomunismo. Con su abnegada lucha contra las amenazas bélicas, con su
defensa de los intereses vitales de los trabajadores y de las capas medias -que
son a menudo el principal soporte de la socialdemocracia-, con su disposición a
apoyar la iniciativa de cualquier socialista capaz de beneficiar a la clase
obrera, con un cumplimiento honesto de los deberes que se desprenden de la
colaboración, los comunistas demuestran a la faz de todos que son buenos amigos
y aliados.
Han madurado, pues, por completo las premisas
para la
colaboración entre los
comunistas y los
sectores del movimiento socialdemócrata que tienen
conciencia de que
la unidad de
acción es una
necesidad imperiosa. Por esto tienen tanta
actualidad las palabras que desde la tribuna del XXI Congreso del P.C. de la
U.S. dirigiera N. S. Jruschov a los trabajadores socialistas: "Ha llegado
la hora de que los representantes de todas las tendencias del movimiento
obrero, prescindiendo de los prestidigitadores del anticomunismo, se sienten
alrededor de una
misma mesa y
elaboren un programa, aceptable
para ambas partes, de acciones comunes
de la clase
obrera en defensa
de sus intereses, en defensa de
la paz."210
Para conseguir la unidad de acción con los
socialistas, los comunistas están dispuestos a dejar en segundo plano las
cuestiones más litigiosas. Los Partidos Comunistas se atienen en esto a los
viejos pero siempre acertados
consejos de Lenin,
que expuso en 1922, cuando se pensaba en una conferencia de las tres
Internacionales: la Tercera, la Segunda y la dos y media. Lenin, que tomó parte
activa en la preparación de la conferencia, aconsejaba a la delegación de la
Internacional Comunista "plantear sólo las cuestiones menos litigiosas,
marcándose como objetivo
las acciones parciales, pero conjuntas, de las masas
obreras". Recomendaba que "en la conferencia previa nuestros
delegados han de ser archicomedidos hasta tanto no se pierda la esperanza de
conseguir el fin propuesto".211
Los comunistas tampoco se niegan hoy día al
compromiso y a las concesiones necesarias, movidos
por el deseo de establecer la unidad de acción con
los socialdemócratas. Los sectarios se imaginan, cierto,
que el compromiso desacredita a los comunistas. Su
audacia política les
sirve sólo para
insistir en las
posiciones ocupadas, sin pararse a pensar en las
condiciones concretas ni en lo que el momento exige. Pero a
la manera leninista
es audaz quien,
para
conseguir un fin tan importante como es la unidad
del movimiento obrero,
no teme en
hacer las
necesarias concesiones que le aproximen al futuro
aliado.
Lenin comparaba a los partidos socialdemócratas
con un local cerrado en el que representantes de la
burguesía realizaban su propaganda ante un auditorio bastante numeroso
de obreros. ¿Deben
los comunistas, preguntaba Lenin, pagar la entrada a ese local para
poder intervenir ante los obreros que hasta entonces se encontraban bajo la
influencia exclusiva de los reformistas? Y respondía: sería un craso error
rechazar toda condición y negarse a pagar la entrada que les permita penetrar
en ese local, cerrado y protegido con una guardia bastante fuerte. "Los
comunistas no deben guisarse en su propia salsa - enseñaba Lenin-, sino
aprender a obrar de tal manera
210 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en
Materiales del XXI
Congreso extraordinario del P.C.U.S. Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
99.
211 Problemas de Historia. núm. 4, 1958, pág. 51.
que, sin detenerse ante determinados sacrificios y
sin temor a los errores, inevitables al comienzo de toda empresa grande y
difícil, puedan entrar en el local cerrado donde los representantes de la
burguesía mantienen bajo su influencia a los obreros. Los comunistas que no
quieran comprender esto ni aprender a obrar así, no pueden confiar en ganarse
la mayoría entre los obreros..."212
Cada país presenta sus condiciones de lucha y sus
tradiciones en lo que se refiere al movimiento obrero.
Las vías que conducen a la unidad obrera tienen en
cada lugar sus características. En unas condiciones,
la unidad puede ser alcanzada en una campaña electoral; en otras, en el curso
de la lucha por los derechos
sindicales y sociales;
en unas terceras, podrá servir para el caso una
campaña en pro del desarme, etc. Una
de las principales
premisas del éxito de los
Partidos Comunistas en su lucha por el frente único es la capacidad de escoger
y plantear el motivo o el acontecimiento que en cada país puede conducir por el
camino más corto a la colaboración de todas las tendencias del movimiento
obrero.
Las
discrepancias ideológicas no
son un obstáculo para la colaboración.
Ahora bien, ¿no podrán impedir la colaboración
de los comunistas y los socialistas que comprenden
la necesidad de la unidad las discrepancias ideológicas que existen entre
ellos? Porque los socialistas, que mantienen muchos puntos de contacto con los
comunistas en cuanto a la visión de las tareas de la clase obrera en el momento
presente, discrepan de ellos en los problemas fundamentales del desarrollo
social, como es el que se refiere a la necesidad de derribar el poder de los
capitalistas y de establecer la dictadura de la clase obrera en el período de
transición. Empeñados como están en impedir la unidad de acción, los
socialistas de derecha señalan de ordinario esta circunstancia como un
obstáculo insalvable para la colaboración con los comunistas.
¿Es esto así?
Los comunistas no quieren en modo alguno disminuir o
velar las discrepancias ideológicas. Al proponer la unidad, no ocultan su
propósito de mantenerse fieles a
sus principios y
a su línea política. Tampoco piden a los
socialdemócratas renuncias de ese género, pues consideran que la colaboración
práctica de los partidos obreros de los países capitalistas puede ser alcanzada
sin renunciar a los principios.
Enjuiciar
cualquier discrepancia ideológica
con los enemigos jurados de la unidad obrera, con los
inspiradores
del anticomunismo, es
de todo punto
imposible. Eso no hace falta decirlo. El
anticomunismo no encierra ni un ápice de política constructiva para los
partidos obreros, no tiene idea positiva alguna; la ideología del reformismo,
con la
212 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
297.
que se encubre, no es más que una máscara. En
realidad, los caballeros del anticomunismo han perdido el derecho hasta a
llamarse reformistas. ¿Qué reformistas son cuando para impedir la colaboración
con los Partidos Comunistas sacrifican los más perentorios intereses de los
trabajadores? Cualquier socialista honesto considera, al menos, que lucha en
defensa de los intereses de los trabajadores, y no despreciará a los aliados
que se sumen a esa lucha. Los anticomunistas, en cambio, no son reformistas, sino
enemigos jurados del movimiento obrero.
Está claro que con esas gentes los comunistas no
podrán encontrar nunca un lenguaje común. Pero otra cosa completamente distinta
son los reformistas de buena fe, que desean sinceramente los cambios sociales
progresivos.
El
socialismo, tal como
lo entienden los marxistas-leninistas, presenta
diferencias de principio con el que
los reformistas propugnan.
Los comunistas criticaron y criticarán la errónea posición de los
reformistas en el
problema de la
lucha de clases, de la revolución
proletaria y de la dictadura del proletariado. El ejemplo de los éxitos de la
construcción del socialismo en la U.R.S.S. y en las democracias populares les
servirá para hacer ver a los trabajadores socialistas la razón que les asiste
en cuanto al camino del socialismo que el marxismo- leninismo marca.
Pero
ahora ya, en
la noción que
sobre el socialismo tienen
los comunistas y
los
socialdemócratas sinceros podemos encontrar lo que
hay de común y que abre el camino para la lucha
conjunta por los ideales básicos de la clase obrera. Para unos y otros el
socialismo significa, lo primero de todo, el establecimiento de la propiedad
social sobre los medios fundamentales de producción. Para los comunistas
se trata de un axioma,
pero este mismo fin se proclama
en los programas oficiales de bastantes partidos socialistas. En su Declaración
de principios el Partido Socialista francés lo formula diciendo que "tiene
como fin llevar a cabo la sustitución del régimen de la propiedad capitalista
por un régimen en el que las riquezas naturales, que son el
medio de producción
y de cambio,
se conviertan en propiedad de la colectividad y en el que, por tanto,
sean abolidas las clases".
¿Qué impide, pues, a los socialistas franceses, o al
menos a quienes toman en serio este punto de su programa, la colaboración con
los comunistas para sustituir la propiedad privada capitalista por un régimen
en el que impere la propiedad social? ¿No pueden, por ejemplo, socialistas y
comunistas apoyar conjuntamente las reivindicaciones de las masas obreras de
que sea nacionalizada la propiedad de los monopolios?
Los comunistas y los socialistas, cierto, explican
de diferente manera la posibilidad del paso pacífico
al socialismo, pero en este problema se han puesto
de
relieve, sin duda, bastantes puntos de contacto.
Allí donde se dan condiciones favorables para este paso, pueden colaborar
perfectamente. Y cuanto más unido se encuentre el movimiento obrero, más
factible será en una serie de países el paso pacífico al socialismo.
Un
amplio campo de
comprensión entre los comunistas y
socialistas es el
de la lucha
por las
reformas que alivian la situación de los
trabajadores
de los países capitalistas. Los comunistas discrepan
de los
socialistas en cuanto
al criterio que
les
merecen
tales reformas. Para muchos
socialdemócratas,
las reformas son
la única vía posible del socialismo. Hoy, piensan, el
Estado aplica determinadas medidas de tipo económico; mañana, otras de
carácter social (concesión
de pensiones, etc.); de este
modo, según los reformistas, dentro de la sociedad burguesa se empieza ya a
estructurar el socialismo. Este, según el pensamiento de los reformistas, es
insertado fragmentariamente en la sociedad
capitalista, de tal
manera que, con el
tiempo, la "reforma" completa del capitalismo lo convertirá en
socialismo.
Los comunistas estiman totalmente errónea esta
noción de los reformistas. No niegan que dentro del
Estado capitalista, hasta cuando se encuentra al
servicio de los
monopolios, se puedan
conseguir
algunas reformas que beneficien a los trabajadores.
Pero las concesiones que se consigue arrancar al Estado capitalista están muy
lejos de ser socialismo.
El carácter de clase del Estado capitalista se
mantiene en pie como instrumento que es en manos de los
monopolios capitalistas. No puede asombrarnos por
eso que, en cuanto la presión de las masas se debilita,
el Estado se desdiga de todas sus concesiones o las
adapte a las necesidades de los monopolios, de tal modo que no queda más que el
recuerdo del carácter
que tenían en un principio.
Para
iniciar la construcción
del socialismo hay que desposeer antes del poder a las clases
dominantes y entregarlo a los trabajadores; y la
larga
experiencia
del movimiento obrero
internacional avala esta profunda convicción de los comunistas.
Eso no quiere
decir que los
comunistas sean
enemigos
de las reformas.
Niegan, sí, que
las reformas puedan llevar a la transformación paulatina del capitalismo
en socialismo. Al mismo tiempo, los comunistas proponen a los socialistas una
amplia colaboración en la lucha por toda clase de reformas que mejoran las
condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, por la nacionalización de
los monopolios, por el mejoramiento de los seguros sociales, la ampliación de
los derechos sindicales y democráticos, el robustecimiento de las garantías de una
paz general, etc. Y cuanto más amplia sea la unidad de acción y la colaboración
de las distintas corrientes del movimiento obrero, más fácil será conseguir de
los monopolios y su Estado concesiones que fortalezcan la capacidad de combate
de la clase obrera.
Necesidad de explicaciones pacientes y amistosas.
Los comunistas consideran
como un deber
el luchar por la superación de la ideología reformista, con la que se
encubren los escisionistas de derecha en el movimiento obrero. La tarea no es
fácil, sin embargo. Los comunistas ven en las teorías
reformistas no sólo una equivocación, sino también una especulación con las
aspiraciones reales de las
masas.
Estas, que advierten las enormes diferencias que hay
entre las condiciones en que viven y la vida de las capas privilegiadas de la
sociedad, que tropiezan con la arbitrariedad de la policía y presencian el
constante menoscabo de los derechos del trabajador, tienden espontáneamente
hacia un régimen democrático y de igualdad social. Pero a menudo, las masas no
ven las vías que realmente pueden conducirlas a una auténtica vida democrática.
Sobre muchos trabajadores gravitan las ilusiones de la democracia burguesa,
fuertes sobre todo en Europa Occidental y en Estados Unidos. Bastantes obreros
buscan una ruta fácil que les lleve al socialismo sin lucha ni choques de
clases, sin que haya necesidad de romper con el modo de vida habitual. Los
ideólogos del reformismo se valen de todo esto para pasar de contrabando sus
teorías, que frenan el desarrollo de la conciencia de clase de los
trabajadores.
Hemos de tener presente también que en los últimos
decenios ha cambiado sustancialmente la composición social de muchos partidos
socialdemócratas. En sus filas disminuye sin cesar el número de obreros,
mientras que aumenta el de personas salidas de las capas pequeñoburguesas, de
empleados y de intelectuales burgueses. Así, en el Partido Socialista francés
los obreros no representan más de una cuarta parte.
Pero lo principal es que las teorías de los
reformistas cuentan con el apoyo de las clases dominantes. La burguesía no teme
a estas teorías. Más bien permite de buen grado que se haga su propaganda y las
elogia en las páginas de sus periódicos y revistas, a la vez que los comunistas
son objeto de persecuciones. Las clases dominantes no vacilan en conceder a los
ideólogos del reformismo carteras
gubernamentales, mientras que
los comunistas son expulsados de todos los cargos a la primera
oportunidad. Más aún, en algunos sitios la burguesía llega a permitir a los
socialdemócratas sus experimentos "socialistas", que no afectan para
nada a las bases de su dominación de clase, y en ciertos casos hasta los
sostienen, apoyando al mismo tiempo las ilusiones reformistas entre las masas.
Para superar la ideología reformista se requieren
pacientes métodos de
explicación, de cambio
amistoso
de opiniones, sin
limitarse a repetir
las consignas propias. El comunista no debe sentirse en
el papel de mentor que no tolera objeciones, no debe
desestimar, ni mucho menos despreciar, las convicciones del
obrero socialdemócrata. La polémica con los socialistas ha de ser
cordial y en el plano de las ideas, sin descender a un tono de violencia
personal innecesaria.
Los
comunistas que hacen
su labor entre
las masas de trabajadores socialdemócratas ponen de manifiesto el error
de las teorías reformistas ("socialismo democrático", etc.), a las
que enfrentan el socialismo científico de Marx y Lenin y las históricas
victorias que éste ha conseguido. Las discusiones públicas
en la prensa
y las conversaciones con
los trabajadores socialistas pueden contribuir a dispersar en
ellos los prejuicios anticomunistas y a mostrar la coincidencia de los
principios del marxismo-leninismo con los intereses vitales de los
trabajadores.
Los comunistas, que denuncian a los verdaderos
servidores de la
burguesía imperialista, están
dispuestos a colaborar con todos quienes en las
filas
del
movimiento socialdemócrata aspiran sinceramente a
acabar con el
capitalismo, con quienes quieren
luchar por unas mejores condiciones de
vida para los
trabajadores, por la
paz, la democracia y el
socialismo.
4. La
política de unidad democrática
Los
Partidos Comunistas no
defienden sólo el frente
obrero único; también
tratan de agrupar
a capas más amplias del pueblo. La unidad obrera ha de ser la base para
la unidad de un vasto movimiento democrático.
Jamás se dieron en el pasado condiciones tan
favorables para la acción común de la clase obrera con las capas más diversas
de la población. En la etapa presente de la crisis general del capitalismo -y
así se indicaba en el capítulo X- junto al antagonismo fundamental de clase
entre el capital y el trabajo se hacen
cada vez más
patentes las contradicciones entre un puñado de monopolios
y las restantes clases y capas de la sociedad. Conforme el yugo del capital
monopolista y la subordinación del Estado a él aumentan, más amplias y diversas
son las fuerzas que se le ponen enfrente. El capital monopolista no mantiene su
ofensiva solamente contra los intereses de los obreros y campesinos, sino
también contra las capas medias de la población y hasta contra determinados
estratos de la burguesía. Llegan a verse amenazados los intereses inmediatos de
todas estas capas e incluso los más importantes intereses de la nación.
Republicanos, patriotas, pacifistas, todos cuantos permanecen fieles a la
democracia y a la libertad nacional, experimentan honda inquietud al ver cómo
prosperan las tendencias a establecer la dictadura reaccionaria de los
monopolios y crece el peligro de una nueva guerra.
Así, en el seno de diversas capas sociales aparece
un interés común que puede servir de base objetiva
para acciones conjuntas contra la dominación del capital monopolista. La
situación a veces es tal, que fuerzas sociales que antes preferían actuar por
separado se ven ante la necesidad objetiva de agruparse para defender los
intereses generales del pueblo.
El
partido marxista-leninista de
la clase obrera está
llamado a ser la vanguardia
de esa unidad
democrática. Como abanderados de la paz y la
democracia, los Partidos Comunistas de los países
capitalistas buscan su puesto en las primeras filas
del frente de todo
el pueblo contra
la política reaccionaria del
capital monopolista y
el
imperialismo.
La política de los Partidos Comunistas conducente
al establecimiento de
la unidad de
acción y la
colaboración
con todas las
fuerzas nacionales y
democráticas es la política de unidad democrática;
es democrática porque la agrupación de todas las
capas del pueblo se produce sobre todo alrededor de reivindicaciones y
consignas democráticas. Esto no significa, ciertamente, que una vez cumplidas
las tareas democráticas desaparece el terreno para una amplia unidad del
pueblo. Hemos visto ya que la transformación socialista de la sociedad responde
en nuestra época a los intereses vitales de capas cada vez más amplias de la
población. De ahí que la política de unidad democrática tenga también como
objeto el incorporar estas capas al cumplimiento de las tareas socialistas.
Para lograrlo, sin embargo, hay que ir antes a la organización de las masas
para la lucha por las reivindicaciones democráticas generales y los intereses
materiales de los trabajadores.
Después de la guerra se ha reunido bastante
experiencia de acciones conjuntas de capas diversas
de la población sobre una plataforma de
reivindicaciones democráticas. El mejor ejemplo que
en este plano tenemos es el movimiento en defensa de
la paz. Las campañas internacionales por la prohibición de la bomba atómica y
por el cese de las
pruebas de armas termonucleares son una prueba
brillante de que la colaboración de las corrientes y
organizaciones más diversas de la sociedad, aun de
las que están alejadas del comunismo, es algo perfectamente posible.
En las colonias y países dependientes, los
comunistas luchan por
crear un amplio
frente
antiimperialista y antifeudal.
Qué se
requiere de los partidos obreros.
Cuando aparecen las premisas objetivas para la
agrupación de capas diversas de la población contra el yugo de los monopolios,
el centro de gravedad pasa a la labor del partido más revolucionario de la
clase obrera, a su capacidad para encontrar un lenguaje común con los distintos
movimientos y organizaciones
políticas y sociales.
La unidad
combativa y organizada de las fuerzas populares no
aparece de por sí, por generación espontánea.
Hay que tener presente que el conseguir la
colaboración de fuerzas
sociales heterogéneas,
muchas de las cuales están lejos del comunismo y
que en
ocasiones han sido
contagiadas por el
anticomunismo, es una empresa difícil, que exige
paciencia y tacto. Son inevitables los manejos de la reacción, las
fluctuaciones de los grupos burgueses y
pequeñoburgueses, que mostrarán la tendencia a
subordinar el movimiento
entero a sus
intereses
exclusivos.
La
experiencia nos dice
que para alcanzar
la unidad de acción de las fuerzas democráticas son de
importancia trascendente los factores siguientes:
Un
movimiento obrero fuerte
y unido es la
premisa principal para conseguirla. No todos los que
hoy luchan por la paz y la democracia son aliados de
la clase obrera en el sentido exacto de la palabra.
Defienden la paz y la democracia, pero cuando se
trata
de una colaboración permanente
con los
comunistas, vacilan y se dejan influir fácilmente
por la propaganda oficial.
La propaganda y la agitación no son bastante para
establecer la unidad de acción con fuerzas sociales
de este género. Es
necesario, primeramente, que el
propio movimiento obrero sea fuerte y organizado, que infunda a todas las capas
nacionales y democráticas seguridad en
la victoria final
del pueblo. En segundo lugar, las otras clases y capas otorgan su
confianza y apoyo a la clase obrera únicamente
cuando ésta defiende
los legítimos y justos intereses de aquéllas como si fueran
los suyos propios.
La clase obrera dispone de muchos recursos para
hacerlo. En el
Parlamento sostiene las
reformas y
medidas beneficiosas para los campesinos, artesanos
y patronos medios.
Estudia atentamente las
reivindicaciones
de los partidos
campesinos, radicales, republicanos, etc., y presta todo su apoyo a las
que responden a los intereses de los trabajadores.
El Partido apoya las propuestas de cualquier líder
campesino, demócrata o pacifista que correspondan a
las aspiraciones de los trabajadores y tiendan a
mejorar su situación.
El robustecimiento de los vínculos fraternales con
todos los trabajadores, hasta ganarse la reputación
del defensor más consecuente
y decidido de sus
intereses, es prenda de la victoria de la clase obrera en su lucha contra la
dominación de la burguesía reaccionaria.
Acertada elección del programa para la colaboración.
El partido revolucionario de la clase obrera no puede exigir a sus posibles
aliados una colaboración basada exclusivamente en las condiciones que él
presente. Sin perder de vista ni un momento las necesidades e intereses
específicos de la clase obrera, a los que procurará por todos los medios dar
satisfacción, el Partido trata a la vez de formular reivindicaciones generales
que puedan ser aceptadas por los posibles aliados. También otras fuerzas
sociales están interesadas en combatir la opresión de los monopolios, por lo
que no es tan difícil encontrar esas reivindicaciones generales. Ahora bien, la
experiencia nos dice que incluso en este caso es imposible llegar a un acuerdo
inmediato sobre todos los puntos. El programa de unidad de acción ha de ser
elaborado gradualmente, comenzando por cuestiones parciales.
Esto permite a
cuantos colaboran
convencerse de la
sinceridad de sus aliados, con lo que se establecen
corrientes de confianza mutua. Y la confianza es un elemento absolutamente
imprescindible, sin el cual ningún frente único puede ser estable.
La
capacidad para aceptar
los compromisos y hacer las concesiones
necesarias es otra condición importante para el partido obrero que desee
organizar la colaboración de fuerzas de clase heterogéneas. V. I. Lenin lo
consideraba imprescindible para la vanguardia consciente de la clase obrera.
Sin esa capacidad, decía, es imposible aliarse ni con otros grupos de
trabajadores ni con las capas medias, que indefectiblemente dan muestras de
vacilación e inconsecuencia. "Quien no ha comprendido esto - escribió Lenin-,
no ha comprendido ni un ápice del marxismo ni del contemporáneo socialismo
científico en general."213
Sin renunciar a sus principios, que se desprenden de
la ideología marxista, el partido revolucionario de la clase obrera es flexible
y toma en consideración los legítimos intereses de las otras fuerzas sociales y
políticas a las que se alía. Lo importante, enseñaba Lenin, es que los
compromisos y concesiones no rebajen,
sino que eleven
el nivel general
de conciencia de la parte avanzada de la clase obrera, su capacidad para
ir a la lucha y alcanzar la victoria.
¿Cómo
se traduce esto
en la práctica?
Por ejemplo, uno de los principios
básicos del socialismo,
relacionados con la esencia misma del nuevo régimen social que reemplaza al
capitalismo, dice: la industria capitalista privada está sujeta a
nacionalización. Sin embargo, en la práctica este principio puede ser llevado a
cabo por métodos distintos. Si bien la clase obrera triunfante tiene el derecho
legítimo a desposeer a los capitalistas de su propiedad, amasada
con la explotación,
estimando los méritos de determinadas capas de la burguesía en la lucha
contra los monopolios, puede hacerles concesiones. Puede, después del triunfo
de la revolución, respetar la propiedad de la burguesía media. El Estado
popular puede, incluso, prestarle ayuda (créditos, materias primas, exenciones
fiscales, un mercado garantizado). Y cuando en el futuro se plantea el problema
de culminar la nacionalización de toda la economía, el Estado puede llevarla a
cabo
213 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 52.
por vía pacífica, gradualmente, atendiendo los
intereses legítimos de los propietarios; por ejemplo, adquiriendo sus medios de
producción, es decir, concediéndoles una indemnización determinada.
Este ejemplo confirma una vez más que los comunistas
son sinceros en sus propuestas de colaboración. No se lanzan a promesas
irrealizables, sino que llevan al programa del frente único lo que la clase
obrera puede realmente garantizar a sus aliados después del triunfo. Sus
concesiones y compromisos tienen una base profunda y se avienen con la manera
como los comunistas conciben la posibilidad de construir el
socialismo en colaboración
con sus aliados del frente
democrático. Esta línea de los comunistas
es trascendental para
el éxito de la
política de unidad democrática.
La
flexibilidad política de
los Partidos Comunistas se combina
con su energía frente a los elementos
revisionistas, dispuestos a
aceptar cualquier trato, no importa su clase, como consecuencia del cual
el Partido Comunista acabase por disolverse en movimientos nacionales,
perdiendo su independencia y conduciendo, en última instancia, a una
debilitación de la unidad de las fuerzas democráticas.
Una vez conseguido el acuerdo político, el partido
obrero trata obligatoriamente de
darle forma
orgánica. El
frente único sólo se convierte en una
fuerza poderosa cuando los aliados no se limitan a
declarar la comunidad
de fines, sino
que se
comprometen a crear una organización única (Frente
Patrio, Frente de Unidad Democrática Nacional, etc.)
y concretan las acciones comunes a realizar dentro de esta organización. Esto
presupone la institución de un organismo en el que se elabore conjuntamente una
política única y
el firme compromiso
de que las partes
se someten a
los acuerdos adoptados
en común. Todo esto, se comprende, no significa que los partidos y
movimientos que integran el frente único pierdan su independencia orgánica y
política.
El papel de vanguardia del partido marxista de la
clase obrera en
el bloque democrático es
conquistado
con su lucha
abnegada y activa;
es
consecuencia de la justeza de su línea política, de
su capacidad para valorar acertadamente la situación en todo momento y de
lanzar consignas que prenden en las masas. Resumiendo, la influencia dirigente
del partido obrero es
resultado de su
propia labor política, y
no de presión
o imposición alguna. Cuando el
Partido mantiene una
política justa, cuando su voz es
escuchada por todo el pueblo y su prestigio
crece no por
días, sino por
horas, los propios partidos y
grupos políticos reconocen su influencia dirigente y le conceden la voz
decisiva en la elaboración de la política del frente único.
La experiencia de las democracias populares
demuestra que después
del triunfo del
bloque
democrático no están excluidos los intentos del ala derecha
de los partidos burgueses -encaminados a apartar de la dirección al partido
obrero- para frenar la puesta en
práctica de reformas
sociales ya maduras. Pero esa
misma experiencia nos dice que cuando el partido marxista obrero se ha ganado
la simpatía y el apoyo de la gran masa de afiliados de los partidos
democrático-burgueses, consigue aislar a los
líderes de derecha,
robustecer la unidad
del bloque democrático y avanzar por el camino de las radicales
transformaciones de la sociedad.
El papel dirigente
del partido marxista
en el bloque democrático no
significa que pueda recurrir al
método de ordeno y mando. Aun en el caso de que
disponga de la mayoría, procura no imponer sus
decisiones, sino que busca la aprobación unánime de
las
mismas sin escatimar
tiempo y paciencia
para
explicarlas y convencer a sus aliados. Si el Partido
no tuviera presente los intereses legítimos de éstos y tratara de imponerse, se
vería ante el riesgo de quedarse solo, con lo que sería imposible alcanzar los
fines que el bloque democrático se fija. El interés de los comunistas no reside
en aprovecharse por algún tiempo de sus
compañeros del frente
democrático para luego prescindir de ellos, como afirma la propaganda
reaccionaria. Al contrario, su afán es ir todos juntos hasta llevar
verdaderamente a término todas las tareas democráticas, hasta satisfacer por
completo las justas reivindicaciones de las más amplias capas del pueblo, lo
cual es posible sólo con el socialismo. El método de la persuasión es el
principal método de trabajo del Partido dentro del bloque, lo cual no excluye,
sin embargo, el derecho a criticar las vacilaciones e inconsecuencias de sus
compañeros, ni tampoco la lucha enérgica contra los enemigos declarados de la
unidad que actúan en sus filas.
Los comunistas no ocultan que su apoyo no se
extiende a todas las reivindicaciones de las capas pequeñoburguesas de la
población. La clase obrera puede tener con estas capas intereses comunes, pero
también tiene contradicciones. Los Partidos Comunistas lo consideran así desde
un principio y, en el caso necesario, hacen saber firmemente su posición
respecto de unas u
otras reivindicaciones que la
clase obrera no puede aceptar. La unidad no es fruto de
concesiones infinitas, sino
del enérgico apoyo de las justas
reivindicaciones de los aliados, que se simultanea con la lucha contra las
vacilaciones de cierta parte de ellos cuando resultan peligrosas para los fines
comunes del frente único del pueblo.
La política de unidad democrática es imposible
sin una
lucha enérgica con
el sectarismo y el
oportunismo de derecha. En el periodo de formación
de un amplio frente representan un peligro especial
los elementos sectarios de izquierda, pues con su resistencia a
considerar los intereses
legítimos de otras capas de la
población apartan de la clase obrera a sus aliados potenciales. Y cuando el
frente único es un hecho, el principal peligro puede venir del oportunismo de
derecha, que capitula
plenamente ante los aliados burgueses, debilita la posición
independiente del partido revolucionario de la clase obrera y se desliza al
campo del nacionalismo burgués.
La política de unidad democrática tropieza con las
mayores dificultades en los países de Europa Occidental, donde son aún fuertes
los prejuicios anticomunistas y la clase obrera ha de enfrentarse con una
burguesía astuta y ducha en toda clase de maniobras. A los comunistas se
enfrentan en esos países numerosos y hábiles partidos burgueses acostumbrados a
engañar a las masas con las frases más "democráticas" y
"pacifistas". No obstante, los Partidos Comunistas trabajan con tesón
para forjar, contra los monopolios capitalistas en el poder, un poderoso frente
democrático nacional que cierre el paso al fascismo y la guerra y abra el
camino para un mayor progreso social.
Capitulo XV. La
alianza de la clase obrera y los
campesinos bajo el régimen capitalista
- La lucha por los intereses
de los campesinos
Obreros y campesinos son hermanos por su origen
y por
la situación que
ocupan en la
sociedad
capitalista. La clase obrera se formó históricamente
por la ruina de los campesinos que eran despojados de sus tierras. El campo,
explotado por el capital,
sigue nutriendo sin cesar las filas de la clase
obrera. Obreros temporeros acuden del campo a la ciudad. El
campesino y el obrero tienen de común que ambos son
trabajadores y se ganan el pan con el sudor de su
frente. Ambos se enfrentan al mismo enemigo de
clase. En realidad, como indicaban Marx y Engels, la explotación de
que son objeto
los campesinos se
diferencia de la explotación de los obreros sólo por
la
forma, mientras que el explotador de unos y otros es
el mismo: el capital.
A pesar de la semejanza y afinidad de los obreros
y campesinos, la alianza entre ellos no se establece
de por
sí. La burguesía
dominante ha conseguido
mantener
separados durante largo
tiempo a los
obreros y los campesinos. En muchos países lo logra
todavía.
De todos los
partidos políticos que
la historia
conoce, el único que ha trabajado consecuentemente
por robustecer la alianza de obreros y campesinos es el Comunista. La necesidad
de esta alianza la señalaron por primera vez Marx y Engels, sacando enseñanzas
de la derrota del proletariado en las revoluciones de 1848, y también del
trágico fin de la Comuna de París en 1871. Las manifestaciones de Marx y Engels
sobre el problema campesino, dadas al olvido por los oportunistas de la II
Internacional, sirvieron a Lenin de punto de partida al elaborar el programa
del Partido bolchevique. La alianza de la clase obrera y los campesinos se
convirtió en una de las ideas fundamentales
del leninismo. Esta
idea marca una diferencia entre los Partidos Comunistas y los
socialdemócratas, los cuales no creen en los campesinos e imbuyen su
desconfianza a los obreros. Esta misma idea marca también una diferencia entre
los Partidos Comunistas y los partidos campesinos, cuyos líderes enfrentan de
ordinario los campesinos a los obreros, de lo que sólo salen gananciosos la
gran burguesía y los grandes terratenientes.
Necesidad
de la alianza de los obreros y los campesinos.
Los
comunistas no se
ven impulsados simplemente por
sus buenos deseos
cuando
defienden la alianza de la clase obrera y de los
campesinos. Se basan
en las leyes
objetivas del
desarrollo social y saben que los intereses del
capital acaban inevitablemente por chocar con los intereses de la inmensa
mayoría de los campesinos. La acción
de la ley general de la acumulación capitalista en
la agricultura conduce a
la desintegración y
diferenciación de los campesinos. Desaparecen las
capas medias y se incrementan los grupos extremos: los ricos de la aldea y los
campesinos pobres. Los
campesinos acomodados o granjeros, cuya economía se
basa en la explotación del trabajo asalariado, se
convierten en capitalistas. Hállanse más o menos
relacionados con el capital industrial y bancario, aunque últimamente suelen
sentir a menudo el peso
de los capitostes de los monopolios. La inmensa
mayoría de los campesinos cae bajo la dependencia
económica del capital: parte de ellos marchan a la
ciudad, incrementando las filas
del proletariado, y
quienes se quedan en la aldea se van convirtiendo en
semiproletarios. El estudio de las relaciones agrarias en Rusia,
Europa Occidental y
Estados Unidos
permitió a Lenin establecer que buena parte de los
pequeños labradores y
la mayoría de
los más
pequeños no son, en esencia, sino obreros provistos
de un lote de tierra. Los dueños de pequeñas economías son necesarios al
capitalista en calidad de
reservas de una mano de obra asalariada que puede
adquirir a bajo precio.
La proletarización de los campesinos, por tanto,
no significa solamente
que parte de
ellos son lanzados a la ciudad;
también se traduce
en que
masas cada vez mayores arrastran una existencia
mísera en sus
trozos de tierra,
siempre bajo la
dependencia del usurero, del banco agrícola y de los
monopolios comerciales, viéndose obligadas, para salir adelante, a trabajar
parte del año por contrata.
El capitalismo convierte despiadadamente en
ilusiones el deseo de la mayoría de los campesinos de
verse dueños independientes de su propia tierra. De
ahí que, en su lucha por sus propios intereses, no puedan contar
con el apoyo
de la burguesía
dominante. Necesitan buscar un aliado, y éste lo
encuentran en la clase obrera. Tal es la lógica de la
historia y tal es la tendencia del desarrollo. Pero
el proceso histórico, como ocurre a menudo, sigue unos caminos tortuosos y
complejos.
¿En qué se basa concretamente la seguridad de los
comunistas en la inevitable ruptura de los
campesinos con la burguesía y en que la alianza de
la
clase obrera y los campesinos ha de llegar
forzosamente?
Cuando la burguesía luchaba por el poder político,
contra
la dominación de
los señores feudales, utilizaba como fuerza de choque a
los campesinos, que aspiraban a
romper las cadenas
de la servidumbre de la gleba.
Las guerras e insurrecciones campesinas quebrantaron los soportes del
feudalismo y sentaron las premisas para el triunfo de las revoluciones
burguesas en Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y otros países. Pero en la
aldea, los frutos de la revolución burguesa los recogieron principalmente los
campesinos ricos, los usureros, los traficantes y especuladores, que se
enriquecían con la explotación de los
campesinos trabajadores. Los ricos
de la aldea
se convirtieron en
baluarte del Estado burgués y en
su reserva para la lucha contra el movimiento
revolucionario de la
clase obrera. Pasaron a ser los
portadores de la influencia burguesa en
el medio campesino.
La diferenciación social acabó prontamente con la relativa
unidad de intereses que existía en la comunidad campesina colocada bajo la
planta del señor feudal. Mientras que los campesinos ricos se sentían atraídos
por la burguesía urbana, los campesinos pobres inclinábanse cada vez más hacia
la clase obrera.
El triunfo de las revoluciones burguesas despejó
al gran
capital el camino
del campo, donde
por
doquier destruía la pequeña producción y obligaba a
masas enormes de campesinos a abandonar sus
hogares. El desarrollo
del capitalismo significó en
Europa
una verdadera migración
de pueblos.
Millones de campesinos arruinados se trasladaban a
lejanos países con la esperanza de convertirse en labradores independientes.
Pero también allí les alcanzaba el férreo abrazo del capital.
Una vez vio
consolidado su poder
político, la burguesía de Europa
Occidental se convirtió en el
peor
enemigo del movimiento
campesino. Sus
gobiernos
burgueses apoyaron hasta
el fin a la
dinastía de los
Románov en Rusia,
que tenía su
principal
apoyo en los
terratenientes. En todo
momento acudían los burgueses en ayuda de las
monarquías salvadas del naufragio del feudalismo, cuando los tronos se
tambaleaban al empuje del movimiento campesino. La burguesía imperialista de
Europa y América del Norte hizo cuanto estaba a su alcance para mantener las
formas feudales de explotación en las colonias y semicolonias. Gracias a sus
esfuerzos, hoy, a mediados del siglo XX, en Asia, África, Iberoamérica y hasta
en algunos lugares de Europa, como España o el Sur de Italia, se conservan casi
intangibles formas de la agricultura feudal y de la subordinación económica que
son propias de la Edad Media.
Por lo tanto, la burguesía no ha resuelto el
problema campesino; antes al contrario, ha sido el
freno principal para la liberación de los campesinos
en todos los países donde había de llevarse a cabo
la justa tarea impuesta por la historia de suprimir las caducas formas feudales
y semifeudales de propiedad agraria. Esto sienta las premisas para una alianza
anticapitalista de la clase obrera y los campesinos.
La experiencia de la Gran Revolución Socialista de
Octubre y de las revoluciones democrático- populares de
Europa y Asia
confirma la tesis marxista-leninista de que, en los
países donde se plantea la tarea de suprimir las supervivencias del feudalismo,
todos los campesinos pueden ir de la mano con la clase obrera, pues ésta es la
única clase capaz de llevar hasta el fin la revolución agraria, es decir, de
dar la tierra a los campesinos. En las revoluciones democrático-populares de
Europa y Asia, la alianza de la
clase obrera y los campesinos ha salido brillantemente airosa de la prueba.
Aliados a los obreros, los campesinos se han convertido, por primera vez en la
historia, en clase gobernante, que construye la nueva sociedad socialista.
Mas la alianza de la clase obrera y los campesinos
no es
necesaria solamente en
los países en que
perdura una agricultura feudal o semifeudal. Es también una necesidad vital allí
donde las relaciones capitalistas están desarrolladas. En estos países el
capital monopolista ha desplegado después de la segunda guerra
mundial una inusitada
ofensiva contra los campesinos, contra los granjeros, con el propósito
de arruinar y suprimir las economías de tipo campesino y sustituirlas por
grandes empresas capitalistas. El proceso de concentración de la producción y
del capital barre en estos países inexorablemente la
granja familiar. De ahí
que se haya planteado la
necesidad práctica de que la masa entera de granjeros o campesinos se una a la
clase obrera para rechazar la ofensiva de los monopolios.
A su vez, la clase obrera, en el curso de la lucha
por sus intereses de
clase, se convence
inevitablemente
de que sin
el apoyo de
los
campesinos, sin la alianza con ellos, no tiene
fuerza suficiente para oponerse a la rapaz oligarquía de los
grandes capitalistas, que se apoyan en todo el
poderío
del Estado.
Así, pues, el problema campesino, alrededor del
cual giraron todos
los movimientos populares
de
pasados siglos, sigue en pie, con toda su agudeza
política, en nuestra época de la gran industria. Su
contenido objetivo cambia, sin embargo. Antes era
antifeudal y ahora se transforma, cada vez más, en antimonopolista y
antiimperialista.
La importancia del problema es tanto mayor por
cuanto, hasta hoy día, los campesinos representan la
parte más nutrida de la población del mundo
capitalista. Si bien a lo largo de los últimos 150 años el volumen de la
población ocupada en la agricultura ha venido disminuyendo sin cesar, en 1952
era aún del 59 por ciento. Incluso en la Europa capitalista, los campesinos
representan cerca de un tercio de su población.
Ahora
bien, aunque los
campesinos son la mayoría
de la población en muchos países,
sin el
apoyo de la clase obrera no pueden sacudirse el yugo
de los terratenientes y del capital monopolista.
La teoría marxista explica que en la alianza de los
obreros y campesinos la fuerza dirigente son los primeros. Así
se desprende de
la circunstancia de
que, por las mismas condiciones de vida, los obreros
están incomparablemente mejor organizados que los
campesinos; están concentrados en grandes ciudades y
poseen ya una larga experiencia de lucha contra las clases explotadoras. Casi
en todos los
países
capitalistas
poseen sus combativos Partidos
Comunistas, que demuestran no ya su deseo, sino su
capacidad para defender los intereses de todos los
trabajadores. La preponderancia de la clase obrera
en
la alianza es necesaria como garantía de éxito, y no
significa que vaya a sacar de ella mayores ventajas o
privilegios
que los campesinos. Los
obreros
conscientes cargan con el peso principal de la lucha
y están dispuestos a
hacer los mayores
sacrificios, como realmente ocurre.
Esencia
de las supervivencias feudales.
Los fines y tareas de la lucha conjunta de la clase
obrera y los campesinos cambian en dependencia de sus condiciones de vida. En
los países en que aún se mantienen las relaciones feudales o son fuertes sus
supervivencias, pasa a primer plano la lucha contra el feudalismo, contra
las formas feudales
de explotación de los campesinos por los terratenientes. Esto se
refiere, como ya se ha dicho, a las comarcas meridionales de Italia, a toda
España y también a muchos países de Oriente y de Iberoamérica.
Los restos de las relaciones económicas feudales se
manifiestan en formas diversas. Enumeraremos las principales, las más típicas.
Es, primeramente, la propiedad de los grandes
terratenientes extendida a
regiones enormes. La
mayoría de los campesinos, a causa de sus escasos
recursos, no pueden
adquirir tierra y
han de
arrendarla a los grandes propietarios en condiciones
onerosas.
En segundo lugar, es la aparcería. Los campesinos
entregan al terrateniente una parte importante de la
cosecha, que a veces llega a la mitad, y aun pasa de ella.
En tercer lugar, el sistema de pagos en trabajo en
la hacienda del gran propietario. Los campesinos han
de cultivar las tierras de éste con sus toscos
aperos. Esto los coloca de hecho en la situación de siervos de la gleba, que
cumplen su prestación personal en beneficio del señor.
En cuarto lugar, es la espesa telaraña de deudas que
envuelve a la mayoría de los campesinos, que los
convierte en morosos y refuerza su dependencia de
los terratenientes y usureros.
Las consecuencias de todas estas supervivencias del
feudalismo son conocidas: extremo atraso técnico de la
agricultura, mísera situación
de la inmensa
mayoría de los campesinos, raquitismo del mercado
interior y falta de recursos para la industrialización
del país.
En los países donde se mantienen las relaciones
feudales es imposible suprimir el atraso económico y
la miseria del pueblo sin una revolución agraria o
sin una radical reforma
en el campo.
Esta misión
histórica únicamente la puede cumplir la alianza de
la clase obrera y los campesinos, que es la sola fuerza capaz de acabar por
completo con las supervivencias
del feudalismo y entregar en propiedad a los
campesinos, a título gratuito, la tierra de los grandes
propietarios.
La alianza de la clase obrera y los campesinos, que
dirige su filo contra el yugo de los terratenientes
feudales, es condición necesaria para que pueda
formarse una amplia coalición democrática de todas
las fuerzas progresistas.
Los
monopolios capitalistas son los
expoliadores principales de los obreros y campesinos.
En los países capitalistas desarrollados el enemigo principal
de todas las clases oprimidas -sin exceptuar a los campesinos- es el capital
monopolista. Las grandes asociaciones de capitalistas predominan no sólo sobre
la industria, sino también sobre la agricultura. Explotan a los campesinos al
igual que a los obreros.
A través de su extensa red de instituciones
crediticias, bancos agrícolas, compañías de seguros,
etc., el capital financiero ha puesto bajo su
control a
millones de economías campesinas. Los altos precios
de los artículos industriales, mientras que para los
productos
del campo se
mantienen a bajo
nivel,
unidos al incremento de los impuestos y de los
arriendos, obligan a
los campesinos a
pedir préstamos a los bancos con la garantía de la tierra o de otros
bienes. Esto aumenta constantemente el volumen de sus deudas y significa un
incremento de la dependencia en que se encuentran respecto del capital. Cuando
la deuda no es satisfecha, y esto es un fenómeno cada vez más frecuente, la
tierra del cultivador pasa a ser propiedad de los bancos y compañías aseguradoras.
Así, en Estados
Unidos, una sola compañía de este género, la Metropolitan Life
Insurance, en 1949 poseía y administraba más de siete mil granjas.
precios
de los monopolios
capitalistas. Tradúcese ésta en la
compra a los granjeros de productos alimenticios y
materias primas a
bajo precio, mientras encarecen
los artículos industriales que les proporcionan. Esta política de cambio no
equivalente forma una diferencia de precios ("tijeras") en virtud de
la cual los campesinos, por una cantidad igual de producción agrícola, obtienen
una cantidad cada vez menor de aperos
y maquinaria, abonos
y combustible. En Francia, por ejemplo, los precios de los artículos
industriales adquiridos por los campesinos eran en 1958 hasta 36 veces
superiores a los de 1938,
mientras que los
precios de su producción habían aumentado 16 veces
solamente.
Las "tijeras" son una forma velada de
explotación de los campesinos por los monopolios. La forma patente son los
elevados impuestos, que sirven para cubrir los gastos de la militarización de
la economía y la carrera de armamentos, para sostener el hinchado aparato estatal
y para subsidiar
a los monopolios. Casi todo el fardo de los
impuestos recae sobre los hombros de los obreros y campesinos. Estos últimos,
en Francia, por ejemplo, han de satisfacer casi 40 impuestos distintos. En su
tiempo, Marx dio una atinada definición del odio del campesino francés a estas
cargas. "Cuando el campesino francés quiere imaginarse al diablo -decía-
se lo representa en forma de recaudador de impuestos."214
Un gran tributo satisfacen los campesinos a los
grandes propietarios agrícolas
y a los
bancos en
forma de arrendamiento. Entre
1950 y 1956
los
granjeros norteamericanos han satisfecho por este
concepto una media anual de 3.000 millones de dólares, lo que equivale
aproximadamente a las ganancias que los monopolios del mismo país obtienen de
sus inversiones en el extranjero.
El incremento del yugo de los monopolios y la
agudizada competencia de las grandes haciendas, que emplean maquinaria para el
cultivo de sus campos, traen consigo la ruina en masa de los campesinos. En
Estados Unidos, por ejemplo, el número de granjas (como ya
se hacía constar
en el capítulo
X) disminuyó en 1.315.000 entre 1940 y 1954. En la República Federal
Alemana, entre 1949 y 1958 se han
arruinado más de
200.000 economías campesinas; en
Francia, sin contar las economías inferiores a una Ha, han sido más de 834.000
de 1929 a 1956. En cambio, crece el número de grandes haciendas capitalistas.
El capitalismo monopolista de Estado mantiene una
política que acelera la desaparición de economías
campesinas pequeñas y medias. A ello contribuyen
los denominados programas
de "ayuda" a la
agricultura, que en realidad significan una ayuda a
los grandes capitalistas del campo. Los créditos y subsidios que
el Estado concede
a los grandes
Son muy graves
las repercusiones que
sobre la
situación
de los campesinos
tiene la política
de
214 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I,
Moscú, 1955, pág.
181.
terratenientes
para la adquisición
de máquinas, abonos y materiales
de construcción crean al mismo tiempo, artificialmente, un ventajoso mercado
para las corporaciones capitalistas dedicadas a la venta de esos artículos.
Una característica que se observa en los países
capitalistas desarrollados después
de la segunda
guerra mundial es la invasión directa de la
agricultura
por el gran capital. A ello se debe, como una de las
causas principales, los grandes cambios producidos
en los últimos diez a quince años en la renovación
técnica de la agricultura capitalista de los Estados
Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia, República Federal Alemana y otros países.
Es cada vez un fenómeno más típico la mecanización completa de las empresas
agrícolas, con un
gran empleo de abonos
químicos, simientes escogidas
y cría de ganado de raza. El economista
norteamericano V. Perlo escribe refiriéndose a los cambios producidos en la
agricultura de su país: "El capital monopolista, siempre en busca de
nuevas esferas para sus inversiones, no se satisface ya con la apropiación
indirecta («tijeras de precios» e interés de las deudas) de la renta de la
tierra y de la plusvalía creada en la agricultura. Comienza a participar
directamente en la formación de grandes empresas agrícolas en amplia escala...
El gran empleo de maquinaria moderna y una mano de obra pagada a muy bajos
precios, integrada principalmente por negros, portorriqueños y mexicanos,
permite al capital monopolista obtener una
cuota de ganancia
suficiente a pesar
de las
«tijeras» de precios."
No en vano los ideólogos del capital monopolista
de los
Estados Unidos y
otros países afirman
sin
cesar que ha llegado el momento de acabar con las
"economías técnicamente débiles" y de que
el Estado preste su generoso apoyo a las grandes haciendas. La
amenaza de ruina se cierne de nuevo sobre millones
de economías campesinas. En 1957 el ministro de
Agricultura de los Estados Unidos declaraba que dos millones de granjeros
norteamericanos habían de abandonar la tierra. En Francia existe el propósito
de acabar con unas 800.000 economías campesinas. Proyectos análogos existen en
Alemania Occidental y en algunos otros países capitalistas. El capitalismo
monopolista de Estado amenaza la existencia misma de los campesinos como clase.
Todo
esto hace que
en los principales
países capitalistas la lucha de los campesinos adquiera un
carácter
preferentemente
antimonopolista. En las
colonias y países dependientes se ha acentuado
también mucho el yugo de los monopolios, que se
combina con las formas feudales de explotación de
los campesinos. El hambre de tierra no es allí
consecuencia únicamente de la concentración del suelo en manos de los grandes
propietarios: se debe también a que superficies enormes están ocupadas por las
plantaciones propiedad de
los monopolios extranjeros. Por
eso, si antes el problema principal de los campesinos era sacudirse el yugo de
los terratenientes feudales, ahora, junto a él, por doquier existe el problema
de la lucha contra el yugo de los monopolios.
2. Los
comunistas defienden los
intereses vitales de las masas campesinas
La política de los Partidos Comunistas en relación
con el problema campesino toma en consideración los
cambios objetivos producidos en él en nuestra época. Al mismo tiempo, no olvida
nunca las características que la situación de los campesinos presenta en los
distintos países.
Allí
donde las supervivencias feudales
son grandes, los campesinos sufren actualmente un doble yugo: el de los
terratenientes y el de los monopolios capitalistas (propios o extranjeros).
En los países capitalistas avanzados el opresor
principal de los campesinos es el capital monopolista.
Pero
cualquiera que sea
el enemigo de los
trabajadores del campo, una de las direcciones
principales de la lucha es la defensa de los intereses inmediatos de los
campesinos. Los Partidos Comunistas y Obreros hacen íntegramente suyas y las
defienden reivindicaciones de los campesinos y de los
obreros agrícolas como
la equiparación de estos últimos en cuanto a derechos a los
obreros de otros sectores, la supresión de las "tijeras" de precios,
la rebaja de
impuestos y de
los arriendos, la concesión de créditos ventajosos, la
ampliación del mercado de venta de los
productos agrícolas mediante el
aumento de salarios a todos los trabajadores y la normalización de las
relaciones comerciales con todos los países. En la República Federal Alemana,
Japón, España y otros países, aumenta la resistencia de los campesinos a la
confiscación de sus tierras para bases militares norteamericanas, aeródromos,
etc. Cada vez es más popular entre los campesinos la consigna de "tierra,
y no guerra".
Los comunistas tienen presentes las características
de la situación de los campesinos no ya dentro de cada país
en su conjunto,
sino también en sus
distintas regiones. En el Sur de Italia, por ejemplo, lo principal es el hambre
de la tierra. Por eso, los comunistas italianos consideran una tarea primordial
la de ayudarles en esta lucha. En el Norte del país (y lo mismo en muchas
comarcas de Francia), donde existen muchas grandes empresas agrícolas de tipo
capitalista, lo principal es la defensa de los obreros del campo y sus
intereses vitales: apoyo y organización de su lucha por el aumento de salarios,
por el mejoramiento de las condiciones de trabajo, por la obtención de
subsidios de paro, etc.
En la defensa de las reivindicaciones de los
campesinos, los comunistas prestan gran valor a las
formas
parlamentarias de lucha.
En este sentido poseen gran experiencia los Partidos
Comunistas de Italia y Francia. Los comunistas italianos no cejan en sus
enérgicas intervenciones en el Parlamento; piden que sean mejoradas las
cláusulas de los contratos agrícolas en favor de los arrendatarios que trabajan
por sí mimos las tierras, el control de los arriendos, etc. En abril de 1946, a
instancias de los diputados comunistas, la Asamblea Constituyente de Francia
aprobó el Estatuto de granjeros y aparceros, por el que se reglamentaban los
contratos de arrendamiento. Los comunistas de Italia y Francia han conseguido
la aprobación de distintas leyes beneficiosas para los campesinos.
En la defensa de los intereses de los campesinos,
los comunistas han de vencer muchas dificultades y
obstáculos. Los partidos y grupos burgueses, y en
gran
número de países
la Iglesia Católica,
se esfuerzan por mantener a los campesinos bajo su influencia y
mantienen entre ellos una demagógica propaganda, en la que difaman a la clase
obrera y a los comunistas. Su propósito es impedir la formación y consolidación
de la alianza de la clase obrera y los campesinos, no dejar que la influencia
de los Partidos Comunistas se extienda en el campo. Las dificultades se deben a
que buena parte de las organizaciones campesinas de América del Norte (Estados
Unidos y Canadá) y de
Europa Occidental, a
excepción de Italia, están
influidas por partidos y grupos reaccionarios que mantienen vínculos con el
capital monopolista.
Lucha
de los campesinos por la reforma agraria.
La gran masa de los campesinos está formada por
aquellos que carecen de tierra o que la poseen en cantidad insuficiente.
De ahí que su aspiración principal sea la reforma agraria.
Los círculos dirigentes de bastantes países
capitalistas, bajo la presión de las masas campesinas, se han visto obligados
después de la guerra a llevar a cabo cierta redistribución de la tierra. Pero
las reformas implantadas por la burguesía y los terratenientes se han quedado a
medias, como no podía por menos de suceder. Incluso en Italia, donde la lucha
por la tierra adquirió las mayores proporciones, la reforma fue muy limitada y
no satisfizo las esperanzas de los campesinos. Únicamente afectó al once por
ciento de la gran propiedad. La distribución de la tierra no sufrió cambios
sustanciales. En el país hay todavía dos millones y
medio de campesinos
sin tierra y
1.700.000 que poseen parcelas inferiores a 0.6 Ha.
Actualmente, muchos Partidos Comunistas y Obreros
organizan a los campesinos para la lucha por una reforma agraria auténticamente democrática. Su reivindicación
principal es: "La tierra, para quien la trabaja." Junto
a ello, en
los programas de los
partidos marxistas se determina que el problema de dar la tierra a los
campesinos habrá de ser resuelto de conformidad con las características de las
relaciones agrarias concretas del país.
El Partido Comunista francés defiende la
expropiación de la tierra y los bienes de los grandes
terratenientes, que habrán de ser entregados en
propiedad a los campesinos trabajadores: pequeños
arrendatarios, aparceros, obreros agrícolas y
campesinos con poca tierra.
El
Partido Comunista de
Italia considera la reforma agraria general como una de las
"reformas estructurales" llamadas a limitar y quebrantar el poderío
económico de los monopolios. El proyecto propone la reducción del volumen de
las grandes haciendas, con lo que cinco millones de Ha podrían ser entregadas a
los arrendatarios y obreros agrícolas.
Las reformas agrarias que proponen los Partidos
Comunistas iberoamericanos establecen la
confiscación de los latifundios y su entrega a título gratuito (o mediante un
pago mínimo) y en propiedad a los campesinos
carentes de tierra
o que no la
poseen en medida suficiente. En los documentos de estos Partidos se dice que el
Estado democrático que habrá de formarse en el curso de la lucha nacional de
liberación reconocerá la propiedad de los campesinos a la tierra que ocuparon
los latifundistas y les dará los títulos de propiedad correspondientes. Se
garantizará también la propiedad a los campesinos que pongan en cultivo baldíos
de terratenientes o del Estado y que
carezcan de los
títulos necesarios. Los campesinos que trabajan en tierras
tomadas en arriendo, las recibirán en propiedad. La lucha por la tierra es un
factor primordial dentro de los movimientos democráticos generales de estos
países. Es evidente que su éxito no puede ser separado de la suerte que
corra el movimiento
de liberación nacional de sus
pueblos contra el imperialismo norteamericano.
La lucha tenaz
y consecuente de
los partidos marxistas por la
entrega de la tierra a quien la trabaja
prueba la falsedad de la propaganda burguesa cuando
dice a los campesinos que los comunistas quieren
desposeerles de la que ya tienen. Lo cierto es que los
comunistas les garantizan no ya la conservación de
la
tierra
que poseen, sino
también un aumento razonable de la misma.
3. Qué
da a los campesinos el triunfo de la clase obrera
Los
defensores del gran
capital y de
los
terratenientes siguen hasta hoy día difundiendo la
calumnia de que la revolución proletaria no da nada a
los campesinos y que les es hostil.
Nada
mejor puede refutar
esa calumnia que la
experiencia histórica de Rusia y de los demás países
del campo socialista. Los hechos demuestran que la
revolución proletaria está muy lejos de ser hostil a
los campesinos y
que ella precisamente dio
satisfacción a sus seculares aspiraciones: les
entregó la tierra y los emancipó del yugo de terratenientes y capitalistas.
En Rusia, el 8 de noviembre de 1917, es decir, al
día siguiente de la revolución, el II Congreso de la
Soviets
abolió, sin indemnización
alguna, la propiedad de los
terratenientes y anunció que toda la
tierra del país era declarada patrimonio del pueblo
entero, siendo entregada para su disfrute a quienes la trabajaban.
En todas las democracias populares se han implantado
asimismo reformas agrarias por las que
se ha suprimido la gran propiedad y ha sido puesto
en práctica el principio de "la tierra, para quien la trabaja". En
las democracias populares europeas, las
reformas agrarias han puesto en manos de los
campesinos 14 millones de Ha de tierra de labor.
En China, la reforma agraria, implantada con la
participación activa de los propios campesinos, hizo que 300
millones de personas
recibieran en
propiedad cerca de 50 millones de Ha. Los campesinos
han sido eximidos del pago de arriendos,
que significaban por término medio de la mitad a
tres cuartas partes del valor de la cosecha, y de otras cargas y
contribuciones.
V. I. Lenin, recogiendo la experiencia de la
revolución socialista en
Rusia, insistió repetidas
veces en que, al ser establecido el poder de los
trabajadores, su deber primordial será la adopción de medidas que
mejoren de manera
inmediata y
enérgica la situación económica de las masas
campesinas. Lenin veía en estas medidas una de las
condiciones decisivas para la consolidación del
poder de los obreros y campesinos, de la alianza de estas
clases bajo la dirección de la clase obrera.
Al mismo tiempo,
indicaba Lenin, el
simple reparto de la tierra, la mera entrega de las haciendas
de los grandes propietarios a los campesinos, no
resuelve el problema del campo, no emancipa a los
campesinos trabajadores de la miseria, de su
dependencia de los ricos de la aldea, del atraso y la baja productividad de la
pequeña economía. Sólo el
cultivo en común de la tierra, la cooperación sobre
bases socialistas, puede
abrir a los
campesinos el
camino hacia una vida acomodada.
Los comunistas de todos los países, guiándose por
estas indicaciones de Lenin, llaman a los campesinos
trabajadores
a marchar por
la senda de la
construcción socialista.
Cientos de millones de agricultores se han
convencido ya por propia experiencia de que sólo la cooperación socialista
permite mejorar la
vida de
todos los campesinos y poner fin a la explotación y
opresión del hombre
por el hombre.
Sólo la
agrupación socialista abre ante todos los campesinos
trabajadores las más grandes posibilidades para cultivar la tierra según los
últimos adelantos de la que alivia el trabajo y aumenta extraordinariamente su
productividad; es decir, permite producir, por cada campesino, una cantidad
cada vez mayor de bienes materiales.
V. I. Lenin enseñaba que el ingreso en las
cooperativas de producción había de ser voluntario, como consecuencia del
interés personal de
los mismos campesinos. A éstos hay que convencerlos de que la gran
hacienda colectiva, con el empleo de la maquinaria más moderna, es
económicamente mucho más ventajosa para él que el trabajo en su reducido
terreno.215
Cuando los enemigos del socialismo afirman que los
campesinos, como clase que son de propietarios
privados, son por naturaleza ajenos y hostiles al
régimen socialista, no demuestran sino su desprecio
hacia los hombres del agro, el desdén olímpico que
sienten por el sentido común y las posibilidades creadoras de los campesinos
como clase. La clase
obrera y el
Partido Comunista rechazan
esto de plano. Tienen confianza
profunda en la capacidad de
los trabajadores del campo, creen en sus energías y
están convencidos de que los campesinos, bajo la dirección amistosa
de la clase
obrera, son
perfectamente capaces de ser constructores activos
del avanzado régimen
socialista. Y la
experiencia
demuestra que les asistía toda la razón al pensar
así.
V. I. Lenin enseñaba que precisamente la
utilización de formas
diversas de cooperación
voluntaria permite realizar en el campo, por una vía
"sencilla, fácil y al alcance de los
campesinos", el paso a un sistema de trabajo nuevo, socialista.
El
primer país en
que se llevó
a cabo la
cooperación
socialista en masa
del campo fue la
Unión Soviética. Desde hace más de veinte años los campesinos soviéticos viven
dentro del régimen socialista, koljosiano. En lugar de los 25 millones de
economías pequeñas y minúsculas que existían en el país al comienzo de la
colectivización, la Unión Soviética cuenta hoy con más de 70.000 granjas
agrícolas, que son grandes haciendas socialistas. Sus dimensiones permiten
emplear en gran escala la abundante maquinaria que produce la industria del
Estado.
El incremento de los recursos técnicos de que
disponen los koljoses
y la superioridad que
representa
en sí la
hacienda grande hacen
que se eleve el nivel de vida de
los trabajadores del agro, y
no de un grupo o puñado de campesinos, sino de
todos ellos.
El
triunfo de la
cooperación en la
Unión
Soviética, China y Bulgaria y los grandes éxitos
conseguidos en cuanto a la transformación socialista del agro en los otros
países del campo del socialismo, significan una gran conquista de la alianza de
la clase obrera y los
campesinos de estos
países. La ciencia, elevar
el nivel técnico
de la agricultura
y emplear racionalmente la maquinaria más
moderna,
215 Sobre el
plan leninista de cooperación volveremos con más detalle en el capítulo XXII.
cooperación del campo es el único camino acertado y
seguro para mejorar radicalmente la vida de los propios campesinos e
incorporarlos al desarrollo de una
agricultura moderna, altamente
mecanizada, sobre bases socialistas. Es el camino del socialismo, común
para los campesinos de muy diversos países. Al propio tiempo, los Partidos
Comunistas y Obreros toman en consideración las características sociales,
económicas, históricas y de otra clase que puedan existir en la agricultura de
cada país. Limitarse a copiar
mecánicamente experiencias ajenas
es ir contra el espíritu del
marxismo-leninismo.
En las circunstancias actuales, el paso de los
pequeños campesinos al cauce de la gran producción
puede ser realizado en cualquier país mucho más
fácilmente por la
existencia del sistema
socialista
mundial, que se robustece de año en año, y gracias a
la enorme experiencia reunida por los propios campesinos en
la gestión de
sus haciendas
cooperativas. Las ventajas de la agrupación son ya
tan evidentes, que
hasta en los
países capitalistas
tienden los campesinos a formar sus cooperativas,
para, con ayuda de ellas, organizar la defensa común contra la ofensiva de los
monopolios.
La historia de estos últimos decenios nos muestra la
gran fuerza que la alianza de la clase obrera y los
campesinos representa, los muchos beneficios que
puede reportar y reporta a ambas clases. Por esto, la creación y
robustecimiento de esta alianza es una de
las
tareas más importantes de
los Partidos
Comunistas y Obreros.
Capitulo
XVI. El movimiento de liberación nacional de los pueblos contra el colonialismo
- El movimiento obrero y el problema nacional-colonial
Las naciones se formaron a medida que maduraban las relaciones capitalistas y se iba superando la
dispersión económica de los pueblos. El advenimiento del capitalismo en una
serie de países del mundo condujo a la estructuración de los Estados
nacionales. Con esto recibió un poderoso impulso el desarrollo de la economía y
de la cultura nacional.
Mas la aparición
de los Estados
nacionales burgueses, que era un acontecimiento de progreso en la
historia humana, tenía su reverso: incrementóse la tendencia a la subordinación
de unas naciones por otras. Adquirió así gran virulencia el problema nacional,
es decir, el problema que se refiere a las relaciones entre una nación y otra,
a sus derechos y a las condiciones de su libre desenvolvimiento.
Dos
tendencias en el problema nacional.
El problema nacional se circunscribía en un
principio a los límites de un mismo Estado, y singularmente de aquellos que, en
virtud de las circunstancias
históricas, se habían
estructurado como
multinacionales. En ellos
(por ejemplo, la
Rusia zarista, Austria-Hungría) había naciones
preponderantes y subordinadas, naciones opresoras y oprimidas. El problema
nacional se refería principalmente
a las minorías
nacionales, a su derecho a una existencia autónoma, al
progreso de su economía, su cultura, su literatura, su lengua, etc.
Ahora
bien, cuando el
capitalismo entra en la
época imperialista, el marco del problema nacional se ensancha. Antes era una
cuestión interna de cada Estado; ahora se convierte en un asunto de volumen
internacional, podríamos decir que mundial.
Ello es así porque la época de desarrollo del
capitalismo presenta dos tendencias contrarias en el problema nacional. La una
toma cuerpo en la aparición de los movimientos nacionales, en el despertar de
la conciencia nacional, en la creación de Estados nacionales. La otra conduce a
la ampliación de los vínculos internacionales, a la ruptura de los tabiques que
separan a las naciones, a la creación de un mercado mundial.
Si bien ambas tendencias responden a las necesidades
reales del desarrollo social, ninguna de
las dos adquiere bajo el capitalismo campo libre
para
su desarrollo. Más aún, las condiciones sociales del
capitalismo orientan su acción en un sentido falso.
Esto se manifiesta
con vigor especial
bajo el
imperialismo.
Después
del triunfo de
los movimientos nacionales
burgueses en los países económicamente
desarrollados de Europa y América, el proceso de
formación de Estados nacionales se ve interrumpido
por largo tiempo. Al iniciarse la expansión colonial
de las potencias capitalistas, la inmensa mayoría de
los países asiáticos y africanos se vieron
desposeídos de su derecho al progreso nacional y fueron convertidos en
colonias.
En cuanto a la tendencia a la unificación de las
naciones, al establecimiento de
vínculos político-
económicos internacionales, bajo el capitalismo se
cumple en forma extremadamente dolorosa para los pueblos. Porque el capitalismo
no puede "unificar"
las naciones por otro procedimiento que no sea la
violencia y la esclavización, la conquista y la guerra,
la despiadada explotación de los pueblos atrasados y
su conversión en
apéndices encargados de suministrar materias primas y productos
agrícolas a
los países capitalistas desarrollados.
Paulatinamente, muchos países, pueblos y
continentes enteros cayeron víctimas del
colonialismo. Hoy día, el problema nacional no se
refiere ya a la suerte de determinadas minorías
nacionales, sino de la mayoría del género humano, de
esa
mayoría que los
imperialistas esclavizaron
mediante la fuerza o la perfidia y que convirtieron
en súbditos de sus imperios coloniales. "El imperialismo
-escribía
Lenin- significa que
el capital rebasa
el
marco de los Estados nacionales, es la ampliación y
agravación del yugo nacional sobre una nueva base histórica." Lenin
indicaba que la división de las naciones en opresoras y oprimidas es la esencia
del imperialismo.216
Dentro de las condiciones que el imperialismo crea,
el problema nacional se ha convertido en nacional-colonial. Lo que
principalmente le da contenido es la lucha de liberación de los pueblos de las
colonias y países dependientes, su esfuerzo por sacudirse el yugo extranjero y
conquistar la independencia.
Esto no significa, ciertamente, que en nuestra época
haya desaparecido el problema de las minorías
nacionales dentro de los Estados capitalistas y que
éstos hayan puesto fin a la opresión nacional,
dentro de sus fronteras al menos. En absoluto. La burguesía
reaccionaria es incapaz por completo de dar solución
al problema nacional, y buena prueba de ello es,
siquiera sea, la virulencia que presenta el problema de los negros en los
Estados Unidos de América.
Los imperialistas prefieren "resolver" el
problema nacional aplastando a los pueblos pequeños y débiles,
estimulando el odio y los conflictos de carácter
racial y reprimiendo brutalmente todo movimiento de liberación. El espíritu
reaccionario y la putrefacción
del capitalismo se revelan bien a las claras en esta
incapacidad suya para resolver el problema nacional.
Pues fue precisamente la burguesía, en la época en
que aún era una clase en ascenso, la que proclamó el derecho de
los pueblos a
la unidad y
a la
independencia nacional. Y ahora, en el ocaso del
capitalismo, la burguesía se convierte en verdugo de
las naciones y en el peor enemigo de la libertad de
los pueblos. Como escribía Lenin, "el capitalismo,
que era liberador de las naciones durante la lucha
contra el feudalismo, al convertirse en imperialista se ha transformado en el
más grande opresor de aquéllas".217
La
clase obrera es un enemigo irreconciliable de la opresión nacional.
Para la parte
consciente de la
clase obrera, en
primer plano figuran siempre los intereses de la
lucha por la emancipación social, por el socialismo. Esto no significa, empero,
que al movimiento obrero le sean indiferentes las aspiraciones nacionales de
las masas y no le importen las relaciones nacionales existentes en uno y otro
país.
El
acabar con la
opresión nacional es consustancial con
los intereses vitales
de la clase
obrera, pues esta opresión recae siempre y ante todo
sobre los trabajadores, frena su desarrollo
espiritual y retarda su incorporación
a la lucha
de clases. Al
engendrar
la desconfianza entre
los obreros de
diversas naciones y contribuir a su distanciamiento,
se opone a la unificación y fusión de sus fuerzas para la lucha por
reivindicaciones comunes de clase, con lo que la burguesía ve facilitada su
tarea de explotación de las masas. "...Nada retiene tanto el desarrollo y
consolidación de la solidaridad proletaria de clase como la injusticia
nacional...",218 señalaba Lenin.
El marxismo, desde el principio mismo, se mostró
como enemigo decidido
de la opresión
nacional cualquiera que fuese
su forma, y
luchó enérgicamente por la igualdad nacional de derechos, por la
libertad completa y la autodeterminación de las naciones. La fórmula de Marx y
Engels: "Un pueblo no puede ser libre si oprime a otros pueblos", era
para Lenin el
"principio básico del internacionalismo". Y el
internacionalismo proletario es parte inseparable del marxismo.
Cuando el problema nacional se convierte en
nacional y colonial,
los partidos marxistas
apoyan
enérgicamente la lucha de liberación de los pueblos
de las colonias contra la burguesía imperialista que
los oprime. V.
I. Lenin escribía
en 1916: "Los
socialistas no han de limitarse a pedir la
liberación
incondicional, sin rescate alguno, e inmediata de
las colonias, reivindicación que en su expresión política significa el
reconocimiento del derecho a la autodeterminación; los socialistas han de
apoyar de la manera más enérgica a los elementos más revolucionarios de los
movimientos democrático- burgueses de liberación nacional en esos países y
ayudarles en su levantamiento -y si llega el caso en su guerra revolucionaria-
contra las potencias imperialistas que los oprimen."219
Frente a esta posición de los obreros conscientes,
la burguesía presenta su programa de mantenimiento de las
colonias. La propaganda
burguesa -no sin ayuda de los socialistas de derecha-
trata de hacer creer a los obreros sin conciencia de clase que la continuación
de los imperios coloniales les favorece. El abandono de las colonias, afirma,
tendrá fatales consecuencias de orden económico y social: dejarán de afluir
materias primas a las metrópolis, se reducirá la producción y advendrá una
época de desocupación y de privaciones. A esta intensa propaganda son sometidos
los obreros de Gran Bretaña, Francia, Holanda y demás potencias coloniales
donde las tradiciones y los prejuicios "imperiales" conservan más su
vitalidad. Los comunistas y demás elementos progresivos que reclaman la
inmediata independencia de las colonias son acusados por los imperialistas de
realizar "labor subversiva", de ir contra los "vínculos
históricamente establecidos", etc.
Los comunistas no niegan en absoluto en valor de
los vínculos económicos
establecidos entre las
metrópolis y las colonias. No niegan tampoco que la
industria de los países desarrollados depende de las
materias primas que recibe de Asia, África y el Cercano Oriente. Inglaterra,
por ejemplo, no podría
216 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXI, págs.
371-372 y pág. 373.
217 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI. pág. 273.
218 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVI, pág.
556.
219 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 140.
prescindir del petróleo de esta última región, que
cubre el setenta por ciento de sus necesidades. ¿Pero quiere decir esto que los
países árabes han de seguir siendo
colonias del imperialismo
británico? Inglaterra debe y puede adquirir el petróleo del Cercano
Oriente, el caucho de Malaya o el algodón africano, pero en condiciones
comerciales ordinarias, y no expoliando a los legítimos dueños de estas
riquezas. Se trata, pues, no de romper los vínculos económicos establecidos
históricamente entre las metrópolis y las colonias, sino de quitar a esos
vínculos su carácter imperialista y de violencia y de convertirlos en
voluntarios y mutuamente ventajosos. De
esto podrán resentirse
los beneficios de los
grandes capitalistas, pero en manera alguna los intereses de las masas
populares.
La experiencia enseña a los obreros conscientes que
el colonialismo causa daños formidables a los intereses vitales
de los trabajadores
no ya de la
nación oprimida, sino también de la opresora. Los superbeneficios obtenidos por
los monopolios en las colonias no llevan
la felicidad a
ningún pueblo. Cierto es que la
burguesía imperialista arroja las migajas de esos superbeneficios a ciertos
elementos privilegiados de la clase obrera, con el deseo de sobornarlos y
de ganárselos. Esta
"aristocracia obrera" forma, sin embargo, una capa muy
delgada, y su existencia no trae más que perjuicios a la causa general de los
trabajadores, puesto que la tal "aristocracia" se convierte con gran
facilidad en portadora de la influencia burguesa en el seno de la clase obrera.
No hay que olvidar tampoco que el colonialismo ha
sido un vivero de la reacción más negra en las
propias metrópolis. Las colonias se convirtieron en
vertedero de las heces de la sociedad burguesa, de
gentes que, al
servicio de los
colonizadores, se
ejercitan en los métodos terroristas de represión de
las masas trabajadoras. En 1936, en las colonias
africanas de España se incubó el levantamiento de Franco contra la República.
La historia se ha repetido en el verano de 1958, cuando los bandoleros
fascistas enrolados en las tropas francesas de paracaidistas se sublevaron en
Argelia contra el régimen republicano y
luego se convirtieron
en apoyo de
la reacción dentro de la misma
metrópoli. Los obreros franceses han podido convencerse así, lo mismo que antes
los españoles, de la gran verdad que asiste al marxismo cuando afirma que el
pueblo que oprime a otros pueblos pone en riesgo su propia libertad.
La clase
obrera y el
nacionalismo contemporáneo.
La lucha de las colonias es mantenida frecuentemente
hoy día bajo la bandera del nacionalismo. Y escudándose en ello, los servidores
del imperialismo afirman calumniosamente que los
tácticas cuando apoyan la lucha de liberación de los
pueblos coloniales; siendo como son internacionalistas, dicen, los comunistas
no pueden simpatizar con las aspiraciones nacionales de los pueblos de Asia y
África.
Tales invenciones son falsas del comienzo al fin.
Los partidarios del
colonialismo fallan en
sus
intentos de sembrar la confusión en el claro
problema
de quiénes son los amigos y los enemigos del
movimiento de liberación nacional.
El
marxismo-leninismo enfoca el
nacionalismo
como todos los fenómenos de la vida social, con un
criterio histórico concreto y guiándose por los intereses del progreso social.
V. I. Lenin puso en guardia en repetidas
ocasiones contra el planteamiento abstracto del problema, y
sobre todo en lo que se refiere a mezclar el nacionalismo de la nación opresora
y el de la oprimida.
Una cosa son
los Estados imperialistas
como
Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, etc. El
nacionalismo burgués se ha convertido en ellos en bandera del exclusivismo
nacional, de la soberbia racista, del chovinismo militante. Está puesto al
servicio de la burguesía monopolista para justificar la esclavización de
otras naciones. Los
comunistas, como internacionalistas proletarios, no tienen nada que ver
con este nacionalismo reaccionario y colonizador.
Otra
cosa distinta es
el nacionalismo de los
pueblos de las colonias
y países dependientes. En
este nacionalismo, de ordinario, encuentra reflejo
el
sano espíritu democrático de los movimientos de
liberación nacional, la protesta de las masas contra la opresión imperialista,
las ansias de independencia nacional y de transformaciones sociales. A esto se
refería Lenin cuando
escribió: "En cada nacionalismo burgués de la nación
oprimida hay un contenido democrático general contra la opresión, y este contenido
tiene nuestro apoyo incondicional..."220
Y el actual nacionalismo de los países de Asia y
África es, por regla general, de ese género. Es el
nacionalismo de las naciones oprimidas que entran en lucha con sus opresores y
combaten por su independencia política y económica. Manifiéstase en países
donde, en la mayoría de los casos, apenas si empiezan a anudarse los vínculos
nacionales y donde la burguesía en su conjunto es aún capaz, en determinadas
condiciones, de cumplir un papel históricamente progresivo. Refiriéndose a esta
característica, Lenin escribía: "Está podrida la burguesía occidental, que
ya tiene ante sí a su sepulturero, al proletariado. Pero en Asia existe aún una
burguesía capaz de representar una democracia sincera, combativa y consecuente,
digna compañera de los grandes propagandistas y los grandes hombres de fines
del siglo XVIII en Francia.
comunistas
se guían por
meras consideraciones
220 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 384.
"El representante principal o el principal
apoyo social de esta burguesía asiática, capaz aún de una obra históricamente
progresiva, es el campesino."221
La formación de las naciones y de la conciencia
nacional en los países de Asia y África se produce en lucha contra el
imperialismo y el feudalismo, hace despertar a las masas de su sueño medieval y
las conduce a la batalla contra el colonialismo, el atraso y la reacción. Todo
esto es lo que proporciona al nacionalismo de Oriente en nuestros días un
carácter democrático y progresista. En lo que se refiere a los millones de
campesinos, la conciencia nacional es la primera fase de la conciencia
antiimperialista.
Un nacionalismo así los comunistas lo pueden apoyar
con tranquilidad de conciencia, y en efecto lo
apoyan, sin separarse ni un ápice de los principios
del
internacionalismo proletario.
Ahora bien, se comprende, los comunistas apoyan el
nacionalismo sólo en la medida y hasta tanto sirve
a la causa de la libertad nacional, a la victoria
sobre el imperialismo y el feudalismo, al despertar en las
masas del sentimiento de dignidad personal que tanto
humillaron y que de tal manera se burlaron los opresores. Cualquier
intento de aprovechar
el
nacionalismo con fines reaccionarios, como
instrumento del egoísmo nacional y para someter a
otros pueblos, o para luchar contra las justas
reivindicaciones de las masas populares, no puede tener la simpatía de los
comunistas.
2.
Auge del movimiento de liberación
nacional y desintegración del sistema colonial
Hace
unos pocos decenios la dominación colonial de
las potencias imperialistas parecía inconmovible. El orden
por el cual
el mundo se
dividía en un puñado de naciones privilegiadas y
opresoras y en una gigantesca mayoría de pueblos sin derechos y oprimidos, era
sostenido por los imperialistas como algo natural e intangible. Los ideólogos
del colonialismo no se cansaban de hablar de la inferioridad racial de los
pueblos esclavizados, a los que presentaban como un enorme conglomerado humano
dominado para siempre por la apatía y la indiferencia, sin que fuesen capaces
de salir de su situación.
En 1939 los colonizadores se mantenían aún fuertes
en su poder sobre casi dos terceras partes de
la humanidad. La situación ha dado, sin embargo, un
radical viraje después de la segunda guerra mundial.
Los imperios coloniales, levantados durante varios siglos, empezaron a
desmoronarse con creciente rapidez. Entre 1945 y 1957 se han emancipado de la
dominación imperialista y han entrado en la vía de la independencia casi 1.250
millones de seres humanos. Las colonias que aún se mantienen en pie no reúnen
más de 150 millones de habitantes, lo que no llega al seis por ciento de la
población de la tierra. Se avanza,
221 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág.
145.
pues,
hacia la supresión
completa del sistema colonial. Con su desaparición
definitiva se pondrá fin a una de las páginas más bochornosas en los anales del
capitalismo.
Condiciones
internacionales del ascenso
del movimiento de liberación nacional.
La crisis del sistema colonial se inició paralelamente a la crisis
general del capitalismo. El
momento
crucial fue también
la Gran Revolución
Socialista de Octubre, la cual, al sacudir las
mismas bases del imperialismo, dio un poderoso impulso al
movimiento de liberación nacional en Oriente y abrió
ante él perspectivas de victoria sobre los
colonizadores. La propia Revolución de Octubre unió
por
primera vez con
éxito en un
cauce común la
insurrección del proletariado contra el régimen
capitalista y la lucha de los pueblos esclavizados de la Rusia zarista por el
derrocamiento de la opresión nacional y colonial.
El primer Estado socialista se convirtió para los
pueblos oprimidos del
mundo en una
fuente
inagotable de apoyo moral y político. Un ejemplo
alentador era para ellos, en particular, el de las
repúblicas centroasiáticas de la Unión Soviética, que
en un brevísimo plazo histórico pasaron del atraso
colonial a la prosperidad, en todos los órdenes, de
su economía y su cultura nacionales.
La
segunda guerra mundial
trajo consigo el
comienzo de una nueva etapa en la lucha de las
colonias por su liberación. El conflicto bélico afectó a muchos países del
mundo colonial; algunos de ellos (en Asia y Norte de África) fueron teatro de
las operaciones militares. Las
necesidades de la economía de guerra obligaron a las
potencias imperialistas a forzar
el desarrollo de
algunos sectores de la industria en sus dominios coloniales, lo que
condujo a un rápido incremento numérico del proletariado indígena.
El carácter de liberación de la guerra, condicionado por la
participación en ella de la Unión
Soviética, tuvo gran repercusión entre todos los
oprimidos. Otro factor que contribuyó a incrementar
la conciencia política y organización de las masas
fue la debilidad interna de las potencias coloniales de Occidente, puesta de
relieve en los años del conflicto.
No podían ser más propicias, para el avance y el
éxito del movimiento
de liberación nacional,
las
condiciones que se produjeron con la nueva
distribución de fuerzas en el campo internacional, a consecuencia de la derrota
del fascismo alemán y del
imperialismo
japonés, del robustecimiento del poderío de la Unión Soviética y de la
aparición de las
democracias populares. La formación del sistema
mundial del socialismo, con la profunda debilitación consiguiente de
las posiciones del
campo
imperialista, facilitó la conquista de la
independencia a muchos países
de Asia y
África. La lucha
de liberación nacional adquirió
proporciones gigantescas y la crisis del colonialismo entró en su fase
definitiva: la fase de desintegración del sistema colonial.
La desintegración del sistema del colonialismo es,
pues, resultado del poderoso ascenso de la lucha de liberación nacional en
condiciones internacionales propicias
derivadas de la
debilitación del imperialismo y
de la transformación del socialismo en sistema mundial.
Los imperialistas tratan por todos los medios de
disminuir el papel y el significado del movimiento de
liberación
nacional. Con este
objeto propagan y
sostienen la versión de que las colonias y países
semicoloniales han alcanzado la libertad política no
como fruto de la lucha y la revolución, sino casi,
casi
con la ayuda de las propias potencias imperialistas.
Simultáneamente, quieren hacer ver que la larga dominación de los monopolios
capitalistas en las colonias era un período necesario de
"preparación" de estos países para la independencia. A este respecto
se habla mucho acerca de la "misión civilizadora" del capitalismo en
las colonias.
Lo cierto es que la "misión" del
capitalismo en las colonias no ha
tenido nada de
común con los
intereses
de sus pueblos.
Los imperialistas no se
preocuparon jamás de impulsar el desarrollo de la
economía de las colonias en todos los órdenes ni de prepararlas para
una vida independiente. Los infundios que acerca de esto se propalan
quedan desmentidos por el simple hecho de que todos los países emancipados del
yugo imperialista y que lograron su independencia son países
subdesarrollados, es decir, países que,
justamente a consecuencia de la dominación extranjera, han quedado muy atrás en
el aspecto económico.
Se comprende que durante los largos años de su
dominación en las colonias, los imperialistas, objetivamente, sin
que en ello
interviniera su voluntad, han
llevado a cabo en ellas cierto trabajo históricamente útil. Guiándose por sus
cálculos egoístas e interesados, contra su voluntad, han acelerado
objetivamente el proceso de maduración de algunas premisas de la revolución
política y social en Asia. A ello se refería Marx cuando calificaba a los
colonizadores de "arma inconsciente de la historia". Al mismo tiempo,
sin embargo, subrayaba Marx que la labor "civilizadora" de la
burguesía imperialista no auguraba a las masas ni la liberación nacional ni la
social. "Nada de cuanto la burguesía británica se vea obligada a realizar
en la India -escribía- emancipará a las masas populares ni mejorará
sustancialmente su situación social, pues lo uno y lo otro depende no sólo del
desarrollo de las fuerzas productivas, sino también de si el pueblo es dueño de
ellas." Los hindúes, seguía Marx, no podrán recoger los frutos
siempre el yugo británico".222
La historia ha venido a dar la razón a Marx. Ha
señalado también que, desde el punto de vista de los
"civilizadores" imperialistas, ningún
pueblo ni
ninguna colonia estarán "maduros" y
"perfectamente preparados" para la independencia hasta que no se
levanten contra la opresión de los colonizadores. Los hechos demuestran que
éstos sólo se retiran cuando les obliga a hacerlo la acción de las masas
populares. La independencia ha sido arrancada por los pueblos de las
colonias a los
imperialistas, y no
recibida como merced especial de ellos.
Como no podía por menos de ser, la
emancipación de cientos
de millones de
esclavos
coloniales se ha producido y se produce por vías
diversas: tanto por
la lucha armada
como por los
métodos de la presión política. Mas, cualesquiera
que sean los caminos concretos, la base de la emancipación ha
sido siempre la
lucha de las
grandes masas populares.
Fuerzas motrices
de la lucha
de liberación nacional.
El yugo colonial de los imperialistas presiona, si bien
no en el mismo grado, casi sobre todas la capas de la
población de los
países sometidos, empujándolas a
la lucha por su emancipación. Partiendo de sus intereses de clase, los obreros,
los campesinos y capas importantes de la burguesía indígena no pueden aceptar
la gestión de los monopolios
extranjeros, que para
los países oprimidos equivale a
dilapidar sus riquezas naturales, el hambre, la miseria y toda clase de abusos.
A excepción de un puñado de señores feudales, cuyo poder es mantenido por las
bayonetas extranjeras, y de los grupos parasitarios de la burguesía indígena,
que se benefician de la colaboración con los colonizadores, la mayoría absoluta
de la población simpatiza con la lucha de liberación o se incorpora
directamente a ella.
La parte más activa en esta lucha corresponde a la
clase obrera. A pesar de ser en las colonias
relativamente poco numerosa, ella y los Partidos Comunistas que la dirigen
ocupan la vanguardia del movimiento de liberación nacional. Los obreros
adquieren antes que ningún otro grupo conciencia de clase y nacional, puesto
que sufren más que cualquier otra clase la explotación y la discriminación
racial. Como clase avanzada que es, enemiga de toda opresión y que no se mueve
por cálculos egoístas, el joven proletariado de las colonias expresa mejor que
nadie los intereses vitales de su pueblo. Es, según demuestra la experiencia,
la fuerza antiimperialista más consecuente, capaz de arrastrar a amplias capas
de campesinos y de trabajadores de la ciudad.
Una enorme fuerza potencial son los campesinos, de la civilización mientras "no sean lo suficientemente fuertes
como para sacudirse
para
222 Marx y F.
Engels, Obras escogidas. t. I, Moscú, 1955, págs.
314, 315.
que sufren el doble yugo de los señores feudales
indígenas y de los monopolistas extranjeros. Los campesinos representan la base
más amplia del movimiento de liberación nacional. Para ellos, la supresión del
yugo nacional va
indisolublemente unida a la eliminación de las supervivencias feudales
en la aldea y a la resolución del problema agrario, del problema de la tierra.
Pero, como indicaba Lenin, los campesinos
son la capa
de la población
más numerosa y, al mismo tiempo, la que más tarda en ponerse en marcha.
Por las mismas condiciones de vida, su analfabetismo y su atraso, los
campesinos de las colonias no
pueden ponerse a
la cabeza de la
lucha de liberación del pueblo. Con esto, los comunistas no rebajan en modo
alguno el papel histórico de los campesinos en esa lucha; no hacen sino señalar
hechos objetivos. No olvidan jamás que los campesinos forman la mayoría de la
población en las colonias y países dependientes y que, por lo tanto, sólo
estableciendo una estrecha alianza con ellos puede la clase obrera ponerse a la
cabeza del movimiento de liberación nacional.
El elemento más contradictorio de este movimiento es
la burguesía. La
actitud de los
distintos grupos que la componen hacia la lucha de
liberación nacional no
sólo es diferente,
sino a
menudo diametralmente opuesta. Las altas capas de la
burguesía, dominadas por un espíritu reaccionario, y la burguesía comercial
intermediaria, vinculada al
imperialismo, suelen mantener una posición hostil
hacia las fuerzas
nacionales. Unida a
los
terratenientes feudales, interesados en mantener sus
privilegios, esta parte de la burguesía es un baluarte
de la dominación imperialista en las colonias.
Una
posición distinta suele
ocupar la llamada burguesía nacional, que, por lo
común, invierte sus
capitales en la producción y está por ello
interesada en la creación y asimilación de un mercado nacional
protegido de la rapiña de los monopolios
extranjeros. El camino para
ello lo ve en
la formación de un
Estado nacional libre de la dependencia extranjera.
La burguesía nacional, que padece la preponderancia de los monopolios
extranjeros y sufre
constantes agravios de los imperialistas, trata de
incorporarse al movimiento nacional y hasta de colocarlo bajo
su control. En
virtud de las
condiciones propias de la opresión colonial, la
burguesía tiene más
abiertas las puertas
de la
instrucción y de la actividad política; es lógico,
pues, que en muchos países hayan salido de su seno los líderes del movimiento
de liberación y que sea ella la
que trata de imponerle sus consignas.
Los marxistas reconocen los esfuerzos patrióticos de
esta parte de la burguesía, pero no pueden por
menos de ver
el doble carácter
que su conducta
encierra, su inconsecuencia y sus fluctuaciones, su
tendencia a conservar muchas supervivencias de lo
viejo en la vida social, así como la existencia en
su
seno de grupos antipatrióticos inclinados al
compromiso y al acuerdo con los colonizadores a expensas de las masas del
pueblo.
Tal es, brevemente, el planteamiento que el
marxismo-leninismo hace en
cuanto a las
fuerzas
motrices de la lucha nacional. No es necesario decir
que la situación concreta presenta extraordinaria
variedad en los distintos países. Además de las clases fundamentales que
participan en la lucha de liberación, existe gran número de capas intermedias,
las cuales, en la mayoría de los casos, ocupan una posición vacilante,
o especial en
todo caso. Están muy lejos de ser iguales los intereses
y posiciones de clases y capas homogéneas no proletarias en los distintos
países. Los hechos confirman que la fuerza más segura y consecuente del
movimiento de liberación nacional, capaz de llevarla hasta el fin sin
vacilaciones, es la clase obrera, la clase más revolucionaria de
la sociedad moderna.
La experiencia de las colonias y países semicoloniales muestra una
vez más el
carácter específico de la
lucha de la clase obrera, la cual, al emanciparse, consigue también la
liberación de toda la sociedad en su conjunto.
Al mismo tiempo, el análisis de la actual
correlación de fuerzas en las colonias nos convence de que en ellas existen
condiciones para crear un frente único patriótico nacional de la lucha de
liberación contra los imperialistas. La base de esta unidad es el interés común
de las más amplias capas sociales por el progreso económico y cultural y por
emanciparse de la esclavitud colonial, de la rapacidad de los monopolios
extranjeros y de las humillaciones a que su dignidad nacional se ve sometida.
Significado
histórico de la desintegración del sistema colonial.
El imperialismo se opone al progreso humano no
ya porque mantiene bajo su férula a las clases
trabajadoras de los países capitalistas desarrollados, sino también porque
desplaza a un segundo plano de la historia a pueblos enteros, como son los
pueblos de las colonias y semicolonias. El poderoso ascenso de la
lucha de liberación
nacional significa el despertar de la mitad del género humano a
la labor histórica activa y su incorporación a la tarea de resolver los
destinos del mundo. De este modo se amplía en grado formidable el volumen del
progreso y se acelera su avance.
Las masas populares de Asia y África que se han
incorporado al movimiento
de liberación nacional
son un factor poderoso que contribuye a destruir el
imperialismo y a agudizar todas sus contradicciones.
Las colonias y países dependientes tienen aún gran
valor para los imperialistas. Los monopolios extraen de allí a bajo precio las
materias primas que les son
necesarias,
a la vez
que venden con
grandes ganancias sus artículos industriales. Los imperialistas mantienen
en las colonias y semicolonias bases militares y puntos de apoyo para asegurar
las comunicaciones.
El movimiento de liberación nacional quebranta, y a
veces suprime por completo, estas posiciones del
imperialismo.
Y por si
fuera poco, convierte
las
colonias y países dependientes, que eran reserva del
imperialismo, en aliados de las fuerzas progresivas antiimperialistas. Después
de la formación
del sistema mundial del socialismo, el hundimiento de los imperios
coloniales es el
segundo golpe demoledor que el
imperialismo recibe.
La desintegración del sistema colonial repercute
seriamente en sentido favorable sobre el desarrollo
de las relaciones
internacionales. Muchos jóvenes
Estados nacionales de Asia y África mantienen una
política independiente y se incorporan a la amplia
"zona de paz". Su posición antibelicista
es una de las
causas de que una nueva guerra haya dejado de ser
una fatalidad inevitable. El movimiento de liberación
nacional robustece también la causa de la paz porque
rompe las formas desiguales, basadas en la
violencia, de relación entre los países, ayuda a la aproximación de los pueblos
y reduce la posibilidad de nuevos conflictos bélicos.
Al cesar la rapaz explotación de las colonias y al
iniciarse el desarrollo de su economía nacional, se
hace posible la utilización mucho más fecunda de los
recursos mundiales. Esto acerca el tiempo en que se
conseguirá superar la escandalosa diferencia actual
en el nivel de desarrollo económico de los distintos
países y asegurar a todas las gentes de la tierra
una vida digna del hombre. Finalmente, el renacimiento y progreso de la
milenaria cultura de los pueblos de Oriente, que los colonizadores desdeñaron y
destruyeron desde un principio, enriquecerá el acervo del saber humano.
Así, pues, la desintegración del sistema colonial
es un
éxito formidable que
se han apuntado
los
pueblos que se liberaron del yugo imperialista y que
hace suyo toda la humanidad progresiva.
Estados aparecidos
sobre las ruinas del
colonialismo.
La gran diversidad de condiciones y formas en
que las antiguas
colonias han conquistado
la
independencia hace que se encuentren en escalones
distintos en cuanto
al desarrollo político.
Esto se
refiere
singularmente a los
países que se emanciparon del yugo del colonialismo
después de la segunda guerra mundial.
Allí donde la dirección del frente antiimperialista
estaba en manos de la clase obrera y de sus partidos
marxistas, de los comunistas, la revolución no se ha
detenido en la etapa democrático-burguesa, sino que se ha
transformado en revolución socialista,
siguiendo la vía de la democracia popular.
Allí
donde a la
cabeza del movimiento
se
encontraba la burguesía, o donde en el seno del
frente nacional antiimperialista predominaba la influencia burguesa, la
burguesía nacional, una vez llegada al poder, ha orientado la sociedad por la
vía del desarrollo capitalista, dilatando con ello el paso a una etapa más
elevada de la revolución.
La desintegración del sistema colonial ha dado
origen a los siguientes grandes grupos de países:
1. Países que después de sacudirse el yugo del
imperialismo han entrado en la vía de la
construcción socialista. Este grupo no se ha separado sólo del sistema
colonial, sino también del sistema capitalista, entrando a formar parte del
campo del socialismo (República Popular China, República Democrático- Popular
de Corea y República Democrática de Vietnam).
2. Países que han conquistado la independencia
política y que mantienen una política exterior autónoma, que se han emancipado
de la dominación imperialista, pero que siguen dentro del sistema económico
capitalista (India, Indonesia, Birmania, Irak, República Árabe Unida, Ghana,
Guinea, Sudán, Túnez, Marruecos, Libia y Cambodia).
3. Países que inmediatamente después de lograr la
independencia la vieron
muy recortada aceptando
onerosos
convenios económicos y
participando en
bloques
agresivos de las
potencias imperialistas
(Pakistán, Tailandia y Filipinas).
Hay países, en fin, que aún permanecen en la
esclavitud (colonias africanas, restos
de las
posesiones
coloniales en Asia
e Iberoamérica, y
algunas posesiones insulares de Gran Bretaña,
Portugal, Estados Unidos y otras potencias imperialistas).
Hemos de tener presente que, a excepción de los
países que han entrado con pie firme en la vía de la
construcción socialista, los jóvenes Estados que se
formaron sobre las
ruinas del sistema
colonial se
encuentran aún en un proceso de formación política.
El desarrollo social en estos países se ha acelerado intensamente al
adquirir la independencia y se
produce
en un ambiente
de aguda lucha
de las distintas fuerzas de
clase. La preponderancia de unas
u otras de estas fuerzas -reaccionarias o
progresistas- determina la política de cada uno de esos países y su posición en
el concierto mundial. Ello hace que los
límites entre los grupos segundo y tercero de países
sean aún poco estables.
La rapidez con que se puede llevar a cabo el paso de
un grupo a otro nos lo muestra el ejemplo de Irak. Hasta la revolución de julio
de 1958 este país era en
el terreno político uno de los más atrasados de todo
el
Cercano Oriente. Pero el pueblo iraquí se levantó, y
en poco
tiempo supo sacudirse
las cadenas de la
dependencia
colonial, poner freno
a la reacción
interior y pasar a una política exterior e interior
independiente determinada por
sus intereses
nacionales. Se comprende que no hay que excluir la posibilidad
de que algunos países de los que han ganado su independencia experimenten
retrocesos de orden político, tanto más que se ven sometidos a la presión
incesante de los opresores imperialistas.
3.
Conquistas de la revolución antiimperialista y antifeudal en los países de Asia
incorporados a la vía del socialismo
La revolución antiimperialista y antifeudal se ha
cumplido de la forma más acabada en China, Corea del
Norte y Vietnam del Norte, donde estuvo encabezada por la clase obrera,
dirigida por los partidos marxistas.
La experiencia de estos países muestra que la
hegemonía del proletariado
permite alcanzar los
mayores éxitos en la lucha de liberación nacional y
en la supresión de las consecuencias del dominio de
los colonizadores. Muy
significativo es a
este respecto el camino recorrido por la gran China. Este país se
encontró con tareas semejantes a las que la historia había planteado a otros
pueblos de Asia y África que se sacudieron el yugo del imperialismo.
Figuraba entre esas
tareas, ante todo,
la consolidación de su independencia, extendiéndola de la esfera
política a la esfera de la economía y de la cultura. En íntima relación con
ello se encontraba la formidable tarea de acelerar el progreso económico,
social y cultural, con objeto de superar el secular atraso, poner fin al
predominio de las relaciones semifeudales y acabar con el embrutecimiento y el
analfabetismo de las grandes masas trabajadoras.
En el curso de su guerra de liberación, el pueblo
chino, bajo la dirección de su probado Partido Comunista, enriqueció la
historia de los movimientos populares con una revolución de un tipo no conocido
hasta entonces, el de nueva democracia. Según la define Mao Tse-Tung, la
revolución de nueva democracia es "la revolución antiimperialista y
antifeudal de las grandes masas del pueblo bajo la dirección del
proletariado",223 con objeto de
instituir la dictadura democrática de todas las fuerzas antiimperialistas y
antifeudales.
¿Cómo ha cumplido la China popular las
gigantescas tareas del
renacimiento y la reconstrucción nacional,
esas tareas que
todos los pueblos de Asia
esperaron en vano ver cumplidas por sus viejos gobernantes durante largos
años?224
Empezaremos por el problema agrario, tan capital y
de tan perentoria urgencia en Oriente. La China popular fue la primera entre
los grandes Estados de Asia en valerse de su independencia para llevar a
223 Mao
Tse-Tung, Obras escogidas, t. III,
Moscú, 1953, pág.
174.
224 Acerca de la construcción del socialismo en
China y otras democracias populares de
Asia, véanse los
capítulos XXI y XXII. Aquí nos detendremos brevemente en la
experiencia reunida en el cumplimiento de las
tareas que se
desprenden
directamente de la revolución antiimperialista y
antifeudal de liberación nacional.
cabo amplias reformas democráticas, y ante todo para
resolver el problema de la tierra en favor de los campesinos trabajadores. La
reforma agraria, llevada a cabo en tres años (1949-1952), acabó con la
propiedad feudal. Los campesinos recibieron en propiedad alrededor de 50
millones de Ha de tierras que antes pertenecían a los terratenientes.
Inmediatamente después de terminada la reforma
agraria, se desplegó en el campo, en gran escala, el
movimiento de intensificación de la ayuda mutua en
el trabajo. Su propia experiencia convenció pronto a
los campesinos de las ventajas del trabajo
colectivo. A mediados de 1956, en menos de cuatro años desde la implantación de
la reforma agraria,
había terminado en lo fundamental la transformación socialista de la
agricultura.
La China popular acabó sin vacilaciones y por
completo con la dependencia económica de los monopolios capitalistas
extranjeros, nacionalizando
sin indemnización todas las empresas industriales,
de transporte y comerciales que les pertenecían, al igual
que los bancos y compañías de seguros.
Simultáneamente fue nacionalizada la propiedad de la burguesía
comercial intermediaria, de
los altos
funcionarios del régimen de Chiang Kai-Shek y de
todos los contrarrevolucionarios.
La conversión en propiedad de todo el pueblo de los
medios fundamentales de producción y el paso de los puestos de mando de la
economía a manos del
Estado popular permitió iniciar la industrialización
planificada del país y la utilización más racional de
todos sus recursos. Con ayuda de la Unión Soviética
y de
otros países del
campo socialista, China
restableció en menos de cuatro años su destruida
economía, y otros cuatro años después -en 1957- iniciaba la emulación económica
con Inglaterra, uno
de los países
capitalistas de industria
más desarrollada.
La consigna lanzada en China: "En los próximos
quince años, o
antes, alcanzar y
sobrepasar a Inglaterra en la
producción de hierro, acero y otros
tipos importantes de producción industrial" es,
a la vez, un espléndido
balance de la
construcción
económica y un índice de las enormes posibilidades
potenciales del país, que ha entrado por la vía socialista de desarrollo. La
República Popular China
ha conseguido mejorar sensiblemente la situación
material de los trabajadores de la ciudad y el campo,
desplegar en gran escala la revolución cultural y
capacitar numerosos especialistas propios para la industria, la agricultura y
la ciencia.
Como consecuencia de ello, la China popular se ha
convertido, en un breve plazo histórico, en una
verdadera
gran potencia, en
una fuerza antiimperialista y anticolonialista
de escala mundial. Su
independiente política de
paz influye
sensiblemente sobre la situación en Asia y en todo
el mundo y hace
aumentar con rapidez
su prestigio internacional. Los
intentos emprendidos por el imperialismo norteamericano para aislar a la
República Popular China fracasan vergonzosamente.
Un camino análogo es el que siguen la República
Democrático-Popular de Corea y la República
Democrática de Vietnam, países en que, al igual que en China, se formó un
frente único democrático- popular dirigido por la clase obrera y sus partidos
marxistas. La reforma agraria, la confiscación y nacionalización de los bienes
de los monopolios extranjeros y de los traidores a la patria, junto a la amplia
democratización de la vida social y política, han robustecido rápidamente la
independencia nacional, la economía y la cultura de estos países.
Lo mismo el pueblo coreano que el vietnamita,
después de ver afirmado su poder popular, hubieron de resistir una cruenta
guerra con los agresores extranjeros
y con las
fuerzas reaccionarias del interior. A pesar de las grandes
dificultades que esto significaba para ellos, los jóvenes Estados resistieron
airosamente la prueba
y defendieron su independencia. Un papel de inestimable
valor desempeñó en este terreno la ayuda fraternal y el apoyo que recibieron de
otros Estados del campo socialista.
La República Democrático-Popular de Corea y
laRepública Democrática de Vietnam tienen de común que la parte sur de una y
otra se encuentran aún bajo la planta de reaccionarios gobiernos burgueses-
terratenientes y de sus protectores imperialistas. La lucha de liberación
nacional no se podrá considerar terminada hasta tanto no sea restablecida la
unidad nacional de sus pueblos. La República Democrático- Popular de Corea y la
República Democrática de Vietnam cumplen un papel históricamente progresivo
como abanderados de esta unidad.
Los Estados de democracia popular -República Popular
China, República Democrático-Popular de Corea
y República Democrática
de Vietnam-, situados en
la vía del
socialismo, superan
rápidamente las consecuencias
del colonialismo y son un ejemplo vivo para los demás pueblos
que se sacudieron el yugo de la esclavitud imperialista, mostrando todas las
ventajas y la gran superioridad de la ruta que han elegido.
4. Los
jóvenes estados de oriente en la lucha por la consolidación
de su independencia
La
marcha de los
acontecimientos en nuestros días ha venido a confirmar por
entero la tesis marxista-leninista
de que el
movimiento de
liberación nacional de los pueblos oprimidos es por
su esencia antiimperialista y robustece las fuerzas de
la paz, de la democracia y del progreso. Esto no se
refiere sólo a los países que después de conquistar la independencia iniciaron la
construcción del
socialismo, sino también a aquellos que, una vez
independientes, permanecieron en el terreno de las
relaciones capitalistas.
Por la vía del progreso.
Si bien el
volumen de las
transformaciones sociales
operadas en muchos
Estados jóvenes de
Oriente
y la profundidad
de los cambios
que ha
conocido la vida del pueblo no pueden compararse con
lo ocurrido en los países socialistas de Asia, su avance por la vía del
progreso es innegable. Refiriéndose a esta nueva situación, el XX Congreso del
P.C. de la Unión Soviética manifestaba que "ha llegado el nuevo período de
la historia universal, previsto por el gran Lenin, en que los pueblos de
oriente toman parte activa en la solución de los problemas de todo el mundo y
se convierten en un nuevo y poderoso factor de las relaciones internacionales".225
La aparición en la palestra internacional de estos
jóvenes Estados nacionales ha
cambiado
profundamente la correlación de fuerzas en favor de
la paz. Estos Estados se manifiestan cada vez más
contra las tendencias de agresión de las potencias
imperialistas, denuncian el colonialismo y aspiran al mantenimiento de
la paz en
el mundo. La paz
duradera es una necesidad objetiva para los países
que han
conquistado la independencia
y han de
superar, con la mayor rapidez posible, el atraso
económico que el colonialismo les dejó en herencia. Nada podrían ganar en la
guerra y su independencia
se vería amenazada. De ahí que la mayoría de los
Estados jóvenes mantengan una política de paz y
colaboración internacional. Los esfuerzos realizados
en esta dirección por la India, por ejemplo, le han
granjeado
la estimación de
todos los pueblos
que aman la paz. No es casual tampoco que Asia fuera la cuna de los
famosos "cinco principios" de la coexistencia pacífica aprobados en
la Conferencia de Bandung (abril de 1955).
Se han producido también cambios sustanciales en la
situación interna de la India, Indonesia, Birmania, Ceilán,
República Árabe Unida,
Irak y otros países. Una vez
conquistada la libertad política, hacen esfuerzos considerables para
desarrollar su economía nacional y debilitar la dependencia en que se
encuentran respecto de las potencias imperialistas. Con este objeto, en Egipto
se llevó a cabo la nacionalización del Canal de Suez y se tomaron medidas para
limitar la influencia extranjera en la banca. Indonesia se ha negado a pagar
las "deudas" a la antigua metrópoli y ha tomado en sus manos la gran
propiedad de los holandeses en el país. Casi en todos los Estados jóvenes de
Oriente ha crecido el papel del sector estatal en la economía, sobre todo en lo
que se refiere a la industria pesada.
Durante estos últimos años ha aumentado
225 XX
Congreso del Partido Comunista de la
Unión Soviética,
14-25 de febrero
de 1956. Actas
taquigráficas, t. II, Gospolitizdat, Moscú, 1956, pág. 411.
sensiblemente
en esos países
la producción industrial, se
fabrican artículos que
antes llegaban sólo del
extranjero y la clase obrera se ha hecho más numerosa.
Se han dado los primeros pasos, si bien tímidos,
para la reforma de las relaciones agrarias, aunque en general marcha lentamente
la superación de las consecuencias
del feudalismo en
el campo. En la
India no se ha suprimido en lo fundamental más que el sistema feudal de
intermediarios -djahirdar y semindar- implantado por los ingleses. En la parte
egipcia de la República Árabe Unida se confisca a los terratenientes las
tierras que sobrepasan
de la cuota individual de 200
feddan (1 feddan 0,42 Ha).
Quien más ha ganado con todas las reformas
implantadas hasta la fecha, se comprende, es la burguesía nacional, que ha
visto consolidada su situación y ampliada la esfera de su actividad. Con esto
ha venido a confirmarse por completo la observación de Lenin de que "desde
el punto de vista de las relaciones nacionales, las condiciones mejores para el
desarrollo del capitalismo las ofrece, sin duda, el Estado
nacional”.226 Al mismo
tiempo, sin embargo, la
independencia nacional ha aportado un buen número de factores nuevos y
favorables a la vida de grandes capas de la población de los jóvenes Estados de
Oriente. El simple hecho de que los trabajadores de la ciudad y el campo no
sufran ya el doble yugo que antes pesaba sobre ellos, cambia las condiciones de
su vida y de la lucha por sus derechos económicos y políticos. Dentro de un
Estado independiente, la situación es bastante más favorable para esta lucha
que la que existía en los años en que los monopolios extranjeros hacían y
deshacían a su antojo.
El ritmo del avance de los jóvenes Estados de
Oriente
por la ruta
del progreso, lo
mismo el volumen de sus
transformaciones sociales, depende ahora, más que nunca, del incremento de la
conciencia, la organización y la madurez política de la clase
obrera, de la
medida en que
ésta sepa estrechar sus vínculos
con las masas campesinas y conducirlas a la conquista de más amplias
realizaciones.
El despertar de los pueblos del Oriente Árabe.
Los pueblos del Cercano Oriente y del Norte de
África ocupan estos últimos años el primer plano de la lucha de liberación
nacional por la gran ofensiva que han desplegado contra las posiciones del
colonialismo. A partir de 1953 en esta zona han aparecido siete Estados nuevos:
Siria, Líbano, Jordania, Libia, Sudán, Túnez y Marruecos. También en los viejos
países árabes han tenido lugar grandes cambios. Egipto proclamó la república y
se emancipó plenamente de la ocupación
británica. Este país y
Siria han formado
la República Árabe
Unida. La
226 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 372.
revolución del 14 de julio de 1958 hizo triunfar el
régimen republicano en Irak, país que durante largo tiempo había sido el
soporte de la dominación británica en el mundo árabe. No se debilita el
movimiento de liberación nacional en Argelia.
La lucha de los árabes contra el imperialismo y
por la
independencia nacional tiene
un valor
internacional extraordinario. Sus resultados no son
sólo
importantes para los
propios árabes, sino también
para la suerte
del imperialismo en su
conjunto y de su política colonial. Esto es así
porque
el Cercano Oriente se ha convertido en una zona de
trascendental valor para la estrategia económica, política y militar de los
principales Estados imperialistas, y singularmente de Gran Bretaña y Estados
Unidos. Es una zona en la cual abundan las bases militares inglesas y
norteamericanas. Los monopolios extranjeros extraen allí cantidades enormes de
petróleo a bajo precio, cuyo monto equivale casi a la cuarta parte de la
producción mundial.
No es, pues, difícil de comprender el golpe que para
los imperialistas representó el incremento de la lucha de liberación nacional
de los árabes, cuando éstos se proponían recobrar la independencia y
convertirse en dueños de las riquezas naturales de su suelo.
El golpe les venía tanto más de sorpresa si
consideramos que por la gestión de los colonizadores
extranjeros y de los señores feudales que les
apoyaban, los pueblos árabes se habían quedado muy
atrás en el sentido cultural y económico y que la
tierra habitada por ellos era uno de los rincones más
míseros del mundo. Los imperialistas se figuraban
que la
elemental lucha por
la existencia absorbía todas las energías de los árabes y
que la ignorancia y
el atraso les impediría elevarse hasta la guerra
anticolonialista organizada.
Estas ilusiones se vinieron abajo primeramente en
Egipto, donde la acción del ejército, dirigido por oficiales de ideas
nacionalistas, puso fin al régimen
del rey Faruk
y de su
camarilla probritánica. La
República de Egipto nacionalizó el Canal de Suez,
quitando así la
aureola de "santidad" con
que los
monopolios
imperialistas trataban de
rodear sus
propiedades en el Cercano Oriente. El intento de los
imperialistas anglo-franceses, de
restablecer por la
fuerza de las armas el statu quo y de recobrar el
Canal de Suez,
terminó con la
derrota de los agresores, y esto hizo crecer aún más la
seguridad de los árabes en el triunfo de su justa causa.
Dos circunstancias han influido singularmente sobre
los éxitos de la revolución nacional-colonial en
el Oriente Árabe.
Primeramente, las potencias occidentales
demostraron, sin dejar
lugar a dudas,
que eran
enemigas juradas de la independencia de los árabes.
Inglaterra y Francia perdieron los últimos residuos de confianza que en este
sentido pudieran tener hacia ellas con su agresión armada a Egipto en otoño de
1956. Los Estados Unidos, que habían conseguido
durante más tiempo
cubrirse con la
máscara del
"anticolonialismo", hubieron también de
arrojarla. Al proclamar en 1957
la "doctrina Eisenhower", es
decir, el propósito de emplear, si así lo
consideraban oportuno, la fuerza armada en el Cercano Oriente, y con su
ilegítimo desembarco de tropas en el Líbano,
en 1958, Washington ha demostrado a los pueblos
árabes que su
política viene determinada
por los
intereses de los monopolios norteamericanos del
petróleo. Esto ha tenido consecuencias de largo alcance y
así nos lo
prueban, por ejemplo,
la revolución antiimperialista de Irak y la quiebra del
Pacto de Bagdad, amañado por los imperialistas y que
ha perdido al último de los países árabes que de
él formaban parte.
En segundo lugar, la amistosa política y la ayuda
económica a los pueblos árabes de parte de la Unión
Soviética y demás países del campo socialista. Este
desinteresado apoyo ha sacado a los países árabes
del aislamiento económico, político y moral en que los mantenían los
imperialistas y ha decuplicado sus fuerzas. En los días de prueba, como con
ocasión del conflicto de Suez, los árabes han tenido ocasión de ver quiénes son
sus amigos y quiénes son sus enemigos.
Una de las características del movimiento de
liberación en el Cercano Oriente es que se desarrolla
bajo las consignas de la unidad árabe. Esta idea
nació
en el curso de la lucha contra los colonizadores,
por la independencia nacional, y ha aproximado a los pueblos árabes.
La unidad de los Estados árabes, como expresión
de solidaridad antiimperialista y como forma
de
colaboración fraternal y de ayuda mutua, repercute
muy favorablemente en
esta lucha por
su
independencia. La idea de la unidad es comprendida
particularmente por las masas trabajadoras, las cuales sufren por igual las
consecuencias de la explotación
capitalista
y del atraso
cultural y económico. Mientras la consigna de unidad
conserve su carácter
antiimperialista
y no se
proponga elevar unos Estados árabes sobre otros, encontrará
el apoyo de todas las fuerzas progresistas y democráticas.
Ahora bien, también las corrientes reaccionarias que
existen en el seno del mundo árabe tratan de
servirse
de esta popular
idea. Los grupos nacionalistas extremos
la interpretan como
la consigna de unificación
inmediata de todos
los
pueblos árabes alrededor de su Estado más fuerte y
de subordinarlos a un gobierno común.
Es de una claridad meridiana, sin embargo, que la
unificación política es un problema muy complejo y delicado, en el que no se
puede proceder con prisas y
que
únicamente llegará a
ser resuelto con
éxito cuando se den las necesarias premisas objetivas. No puede ser
duradera ni conveniente una unificación en la que no sea respetado el derecho
de las naciones a la autodeterminación y en la que uno u otro pueblo pierda
cualquiera de las realizaciones sociales y libertades políticas que
conquistaron anteriormente.
Perspectivas
de desarrollo de los Estados nacionales de Oriente.
Al día siguiente de haber conquistado su
independencia nacional, ante los jóvenes Estados de Oriente se levantó el
problema de las vías y perspectivas
de su desarrollo.
Lo más importante para ellos
era superar el
terrible atraso de
la economía nacional, consecuencia de la dominación de los
colonialistas, y el gradual avance hacia la independencia económica, sin la
cual resulta difícil mantener la independencia política.
Decíamos anteriormente que la India, Indonesia,
Birmania, algunos Estados nuevos de África y otros
países han iniciado el cumplimiento de estas tareas
dentro del terreno de las relaciones capitalistas. Esto
no significa, sin embargo, que se limiten a repetir
el camino de desarrollo
capitalista por el que
marcharon, por ejemplo,
los viejos Estados
de Europa.
Esto es imposible porque en nuestra época no se dan
las condiciones exteriores e interiores precisas.
Sabemos
que en los
países de Occidente
la
industrialización capitalista fue llevada a cabo, en
buena parte, con
recursos que proporcionaba
la
explotación
de las colonias
y de otros
Estados
débiles.
Esta posibilidad no
la tiene el
capital nacional de los jóvenes Estados de Oriente; no se halla en
condiciones de "asimilar" mercados ajenos y fuentes de materias
primas; antes al contrario, hasta hoy día se ve obligado a mantener una difícil
lucha por su existencia contra los viejos expoliadores imperialistas.
Tampoco es real la perspectiva de emprender la
reconstrucción nacional a expensas de una intensa explotación de la clase
obrera y de la ruina de los campesinos, como ocurrió en los países del
capitalismo "clásico". Los dirigentes de la burguesía nacional
advierten que las masas populares no tolerarían ahora
en absoluto la
vía capitalista
"clásica", con las privaciones de la acumulación originaria y con las
grandes calamidades que ello representaría para las capas trabajadoras del pueblo.
Influyen también factores como el descrédito del capitalismo entre los pueblos
y la influencia creciente del ejemplo y la experiencia de los países del campo
socialista.
A ello obedece la circunstancia de que la
construcción económica iniciada
en los Estados
nacionales de Oriente después de haber conquistado
la independencia, aunque no rebasa el marco del
capitalismo, presente una
serie de características
propias. Ante todo, observamos el activo papel del
Estado en la
vida económica, con objeto de crear y ampliar el sector estatal en la economía.
En la India, por ejemplo, las ramas principales de la industria pesada son
objeto de atención preferente por parte de las empresas estatales. También en
Egipto se está creando un importante sector estatal en la industria, en los
transportes, en la producción de energía eléctrica y en la construcción de
obras de riego. Tendencias análogas se observan en Indonesia y algunos otros
países.
Entre
las medidas del
tipo de capitalismo
de
Estado hay que incluir los intentos de planificación
emprendidos en muchos
Estados de Oriente.
La India, Egipto e Indonesia han aprobado y llevan adelante, por
ejemplo, planes cuatrienales y quinquenales de desarrollo económico, que
significan la inversión por el Estado de importantes capitales en la economía
nacional. Estos esfuerzos por planificar la economía tropiezan en dichos países
con la acción de las leyes
espontáneas del capitalismo;
además, bajo el control del Estado se encuentra sólo una parte muy
reducida de la economía. Y con todo y con eso, los planes de desarrollo
económico ayudan a utilizar de manera más conveniente los recursos nacionales
con objeto de superar lo antes posible el atraso colonial en que se
encontraban.
Las formas de capitalismo de Estado que aparecen en
la vida económica de estos países no han de ser confundidas con lo que
actualmente se observa en los Estados
capitalistas de Occidente.
En éstos predomina el capitalismo
monopolista de Estado, que significa la dominación reaccionaria de los
monopolios sobre un
aparato del Estado
sometido por completo a ellos. En los países de Oriente, el capitalismo
de Estado no es, en su forma actual, instrumento de los monopolios
imperialistas; al contrario, debe su origen al movimiento antiimperialista y
objetivamente va dirigido contra la expansión de estos monopolios.
Hay que agregar
que en estos
países el capitalismo de Estado
surge con un bajo nivel de
desarrollo económico y con el fin de terminar cuanto
antes con el atraso en este terreno, de facilitar el paso
de la pequeña producción semiartesana a la gran
producción moderna.
Todo esto da pie para afirmar que en los países de
Oriente el capitalismo de Estado cumple una función
de progreso. La misma extensión de estas formas es a la vez un índice muy
sintomático de la quiebra del capitalismo. Hasta los círculos dirigentes de la
burguesía nacional se ven obligados a admitir que la empresa privada no es
capaz, en las condiciones actuales, de asegurar el desarrollo independiente de
los Estados jóvenes. Así nos lo dice el hecho de que la construcción de una
"sociedad de tipo socialista" sea oficialmente el objeto que se
persigue en la India, Birmania y algún otro país. Si bien este "tipo"
está muy lejos de las nociones científicas, marxistas, del
socialismo, es una prueba irrefutable de la
creciente popularidad de que gozan las ideas socialistas y de cómo ha
caído el prestigio
del capitalismo en Oriente.
No hay que exagerar, se comprende, el valor
progresivo de las formas capitalistas de Estado y suponer que
automáticamente, y cualesquiera
que sean las condiciones, contribuirán a robustecer las fuerzas
antiimperialistas. Las distintas clases que en los jóvenes Estados de Oriente
apoyan estas formas nuevas como un arma contra los imperialistas,
persiguen a la
vez fines propios
de clase. La burguesía trata de eliminar la dominación
de los monopolios extranjeros que le privaría de la parte del león en
las ganancias. Pero
de lo que
más se preocupa es de sus
beneficios. Un sector de la burguesía está dispuesto a llegar a un compromiso
con el capital extranjero, a participar en "compañías mixtas" siempre
y cuando hubiera una distribución "equitativa" de las ganancias. La
clase obrera lucha por mejorar su situación, por construir una industria
nacional fuerte como base para los avances del país por la
vía socialista. Los
campesinos están interesados en
recibir tierra y en poder adquirir a precios
asequibles artículos industriales
y maquinaria.
Hay que tener presente que en los países
subdesarrollados el capitalismo de Estado determina el incremento no sólo de la
clase obrera, sino también de la burguesía nacional. Los nuevos avances del
capitalismo, con la concentración de la producción que le es propia, pueden
conducir a que el sector estatal se convierta también en esos países en la base
económica de un régimen reaccionario; así ocurriría si el poder fuese a parar a
manos de las grandes compañías nacionales, que en el fondo presentan un carácter
monopolista. Entonces el capitalismo de Estado
se puede convertir
en capitalismo monopolista de
Estado y ser puesto al servicio de los medios más reaccionarios de la
burguesía, que no vacilarían en utilizar los resortes del poder en contra de
los intereses del pueblo.
Ahora bien, la marcha por ese camino de países que
se han emancipado de la dominación imperialista
traería
consigo, sin duda,
una profunda crisis
del
capitalismo y aumentaría formidablemente las
simpatías de las masas por el socialismo.
En las condiciones actuales, es extraordinaria la
responsabilidad de las fuerzas progresistas y
democráticas en cuanto a la dirección que los países de Oriente sigan en su
desarrollo. Dichas fuerzas pueden paralizar la influencia de los elementos
imperialistas y reaccionarios y hacer frente a la inconsecuencia y las
contradicciones de la política que sigue la burguesía nacional.
Los partidos marxistas de estos países ven su tarea
primordial e inmediata en la lucha por consolidar la
independencia nacional recién conquistada y por el avance
incesante por el camino de la paz y de la democracia en todos los lugares donde
este camino permanece abierto. Eso significa, ante todo, el mantenimiento de
una consecuente política exterior de paz, la garantía de los derechos
democráticos para todos los ciudadanos y la aplicación en todos los órdenes de
la vida social de reformas amplias y constructivas que mejoren las condiciones
de trabajo y la vida de las grandes masas del pueblo.
Se observan muchos ejemplos de inconsecuencia y de
contradicciones en la política de la burguesía de los jóvenes Estados de
Oriente. Así, la aspiración a crear una economía nacional no es obstáculo a
menudo para el mantenimiento de actitudes liberales hacia el capital
extranjero, que sigue extrayendo grandes beneficios en los países liberados.
Los avances son también lentos en la esfera social y
política. En la mayoría de los jóvenes Estados han sido abolidos los
privilegios feudales y de casta, ha mejorado la situación jurídica de la mujer
y se han llevado a cabo algunas reformas democrático- burguesas. Pero, al mismo
tiempo, se mantienen en pie sensibles limitaciones de la democracia y los
Partidos Comunistas sufren persecuciones o se ven prohibidos en absoluto. La
actividad política de las masas trabajadoras se
ve a veces
duramente reprimida.
La inconsecuencia de la burguesía nacional no se
revela, sin embargo, tan claramente en ningún otro
punto
como en el
problema agrario. Es
donde mayores concesiones hace a los elementos feudales y
terratenientes, sacrificando los intereses de
millones de campesinos que soportaron sobre sus espaldas el
peso principal de la opresión colonialista.
Ni el ritmo a que se llevan ni las condiciones de
las reformas agrarias aseguran la rápida entrega de la
tierra a los campesinos ni la elevación de la
productividad en la agricultura. El canon de rescate
que los campesinos han de satisfacer es tal, que de
ordinario sólo está al alcance de los labradores acomodados.
Los terratenientes reciben una indemnización
enorme por las expropiaciones de que son
objeto,
mientras que masas considerables de campesinos
siguen sufriendo por la falta o escasez de tierra, por la miseria, los elevados
impuestos y la rapacidad de
los usureros. Las supervivencias feudales en la
agricultura continúan siendo
el principal obstáculo
que se opone a la creación de una economía nacional
desarrollada. Y la burguesía nacional que se halla en el poder, aun interesada
como está en acabar con las
relaciones feudales, teme tocar las propiedades de
los terratenientes. De ordinario prefiere dejar en manos
de éstos las grandes haciendas, y lo único que hace
es favorecer el paso a la vía de la explotación capitalista del campo.
Está claro que
se trata de
una vía de
desarrollo
económico lento y
doloroso para el pueblo, realizado principalmente a
expensas de los intereses de las grandes masas campesinas.
No hemos de
olvidar estos factores
cuando se trata de
enjuiciar las perspectivas
de los jóvenes
Estados de Oriente.
Los pueblos orientales han dado un salto histórico
al emanciparse de la dependencia colonial o semicolonial. El capital extranjero
conserva, sin embargo, muchas de
sus posiciones económicas, desde las
cuales sigue influyendo
sobre la vida interna y sobre la política exterior de
bastantes países de Oriente, en los que presta apoyo a las fuerzas y tendencias
reaccionarias. El carácter nocivo de esta influencia puede
advertirse fácilmente en
países como Pakistán, Tailandia y Filipinas, que al día siguiente de su
liberación se vieron arrastrados a bloques agresivos creados por los
imperialistas, y que continúan marchando a remolque de su política colonial.
5. Los
países iberoamericanos en la lucha por
una auténtica independencia
La experiencia de los países iberoamericanos es una
clara confirmación de que la independencia política que no se apoya en una
economía nacional
desarrollada no es bastante para que los pueblos se
emancipen del yugo imperialista. Hace ya tiempo que
la veintena de Estados que integran esta parte del
mundo se consideran independientes, pero la mayoría de ellos siguen aún bajo la
planta de los imperialistas.
Muchos
han de resolver
todavía los mismos problemas que la historia ha planteado
a los países
dependientes de Asia y África.
La prolongada dominación del capital extranjero -
principalmente del norteamericano- ha
frenado su
desarrollo económico, cultural y político. Ni
siquiera
los más importantes
de ellos puede
decirse que posean una industria
pesada moderna, y su papel se
reduce
al de apéndice
encargado de proporcionar
materias primas a los Estados Unidos. La economía de
casi todos los países iberoamericanos es una economía de monocultivo y
proporciona a los monopolios norteamericanos determinado tipo de materias
primas minerales o agrícolas (petróleo, minerales, lana, café, carne, frutas,
etc.). Esto hace que su economía nacional dependa en alto grado de la
exportación y la importación, de los precios que rigen en el mercado
mundial sobre las
materias primas y los artículos industriales. El capital extranjero se vale
de ello para imponerles las más desfavorables condiciones de cambio. De
ordinario, los Estados Unidos adquieren las materias primas a bajo precio y
venden sus artículos industriales a los elevados precios que dictan los
monopolios.
Por
efecto de esta
situación, Iberoamérica es como un imán para los capitales
norteamericanos que buscan
inversiones favorables. Sólo
entre 1929 y
1957
estas inversiones han
crecido 2,5 veces,
de
3.500 a 8.400 millones de dólares, lo cual
representa un tercio de
todas las inversiones
extranjeras de
Estados Unidos.
Las condiciones históricas en que muchos países
iberoamericanos adquirieron la
independencia, unidas a la dominación del capital monopolista
extranjero, son causa de su estancamiento y atraso no ya en el terreno
económico, sino también en lo social y político. En la mayoría de los casos, el
poder fue a parar a manos de representantes de la oligarquía de terratenientes
reaccionarios. Los propietarios de rebaños inmensos y de enormes plantaciones
no aspiraban más que a enriquecerse y a conservar los privilegios de su clase,
aunque ello redundase en perjuicio de los intereses nacionales. Siempre se
hallaban dispuestos a entenderse con el capital norteamericano, en el que veían
al comprador al por mayor de sus mercancías. Una mano de obra
extraordinariamente barata y unas relaciones feudales y semifeudales
en la agricultura,
con formas de trabajo semiesclavistas (peonaje)
proporcionaban beneficios gigantescos a la oligarquía agraria, a pesar de los
bajos precios que sobre la producción agrícola establecían los monopolios de
Estados Unidos.
La burguesía nacional de los países iberoamericanos
fue durante largo tiempo débil y no
podía
soñar siquiera con
hacer la competencia
al
capital
extranjero. Simultáneamente, la
gran burguesía comercial trataba de conservar un orden de cosas dentro
del cual podía revender las mercancías importadas de Estados Unidos.
Esta es la causa de que muchos países
iberoamericanos se convirtiesen en viveros de la más
negra
reacción conservadora. En
muchos de ellos
dominaban dictadores militares vinculados a la
oligarquía terrateniente y a los monopolios norteamericanos. Con la ayuda de
Estados Unidos aplastaban ferozmente las menores acciones de las masas
trabajadoras por mejorar sus condiciones de vida.
En la inmensa mayoría de los países iberoamericanos
no se han realizado hasta hoy día las
más elementales reformas agrarias, y millones de
campesinos carecen de
tierra. A pesar
de sus
regímenes republicanos y de las añejas tradiciones
de amor a la libertad de sus pueblos, hasta hace poco no tenían vigencia las
libertades democrático-burguesas;
los partidos progresistas, de izquierda, habían de
actuar en la clandestinidad; muchos intelectuales, aun
los de orientación liberal burguesa, habían de
emigrar a otros países.
Después de largos años de independencia en el
papel, los pueblos iberoamericanos se ven abocados a
una nueva etapa de la lucha de liberación nacional, que ha de darles la
independencia real, y no imaginaria. Por el carácter de las tareas que figuran
ante dichos pueblos, se trata del desarrollo de una revolución democrática y
antiimperialista.
Los acontecimientos de los últimos años
demuestran que esta nueva etapa de la lucha de
liberación nacional ha comenzado ya y se desarrolla con éxito, a pesar de los
contraataques de la reacción y de la descarada injerencia de los Estados
Unidos. A esto contribuye, ante todo, el incremento numérico de la clase
obrera, su mayor organización y la mayor madurez de sus partidos marxistas, que
han roto con los errores sectarios de otros tiempos.
Entre 1940 y 1955 el número de obreros se había
elevado casi al doble, aumentando de 6.400.000 a
11.600.000.
En muchos países
iberoamericanos, la
clase obrera lucha ya ahora no sólo por sus
intereses económicos inmediatos, sino también por problemas de carácter
nacional, por reivindicaciones democráticas que afectan a otras capas de la
población. Un ejemplo de ello puede ser el de Argentina, donde el Partido
Comunista presentó en las elecciones presidenciales de 1958 un programa
que tuvo
la aprobación de
otros partidos democráticos y que
contenía los siguientes puntos: respeto a las libertades democráticas y
sindicales, subida de salarios, respeto a las conquistas obreras, cese de los
desahucios entre los campesinos arrendatarios y defensa de las riquezas
nacionales y de la industria nacional frente al imperialismo. A la vanguardia
del amplio movimiento en defensa de las riquezas nacionales y contra las
depredaciones a que se ven sometidas
por los monopolios norteamericanos marchan los
obreros de Chile, Venezuela, Cuba, Brasil, Uruguay y otros países.
Avanza
rápidamente el despertar
político de millones de
campesinos, que piden tierra y quieren
poner fin a las relaciones feudales imperantes en el
campo. Los campesinos se agrupan en grandes
sindicatos y federaciones, y a veces se levantan a la lucha armada por el
reparto de tierra y contra la preponderancia de los latifundistas. Pero en
Iberoamérica no existe aún una alianza sólida entre ellos y la clase obrera, y
ésta es una de las grandes debilidades del movimiento de liberación nacional.
Será preciso superarla para que la lucha antiimperialista alcance nuevos
éxitos.
Las arbitrariedades de los monopolios extranjeros
empujan a parte de la burguesía iberoamericana a
ocupar una posición antiimperialista, si bien en su
conjunto no ha vencido su dependencia del capital
extranjero y mantiene estrechas relaciones con los
grandes terratenientes. Conforme las cosas avanzan,
más fuerte es el choque de los intereses económicos
fundamentales de la
burguesía nacional con
la política del capital monopolista de Estados Unidos. La orientación
agresiva de los militaristas norteamericanos incrementa también las tendencias
antimilitaristas de la
burguesía nacional, que no
quiere la guerra.
Por lo tanto,
en Iberoamérica van
apareciendo condiciones objetivas, que antes no se daban, para la
unidad democrática nacional en la lucha contra el imperialismo. Esto
ha tenido ya
repercusiones directas en la vida política de bastantes países
iberoamericanos. Durante los dos o tres últimos años, en algunos de ellos han
sido derribados los gobiernos dictatoriales, que se mantenían con la ayuda de
los monopolios de Estados
Unidos, y al
poder han llegado representantes
de la burguesía liberal que proclaman sus propósitos de luchar contra el
imperialismo extranjero y de atender los intereses del pueblo. Ciertos países
sudamericanos -Chile, Perú, Bolivia,
Colombia- han conocido
una democratización de sus regímenes. Una gran victoria obtuvo en 1958
el pueblo de Venezuela, donde la revolución nacional barrió en un día el
régimen dictatorial de Pérez Jiménez, que durante diez años venía disfrutando
del apoyo de Estados Unidos. El comienzo de 1959 trajo el triunfo de la
revolución popular en Cuba,
donde ha sido
derribada la dictadura de
Batista, que durante largos años había tenido la ayuda incondicional de los
gobernantes norteamericanos.
Pruebas de la debilitación de las posiciones que
ocupan los monopolios de Estados Unidos son también la nacionalización de
sectores importantes de la industria en México, Uruguay y Argentina, las
crecientes reivindicaciones de que sea nacionalizado el Canal de Panamá y el
aislamiento, ya iniciado, de los elementos antipatrióticos.
Este proceso, se comprende, es bastante lento,
presenta contradicciones, zigzags y retrocesos. Los
círculos reaccionarios tratan, con el apoyo de
Estados
Unidos, de presentar la batalla al movimiento de
liberación nacional. Los monopolios norteamericanos no se detienen ni ante la
intervención más descarada, como
ocurrió en Guatemala.
Pero en última instancia, tales acciones no hacen
sino enfrentar todavía más a los pueblos iberoamericanos contra los
imperialistas.
Los progresos de la lucha de liberación nacional de
los países iberoamericanos dependerán principalmente del incremento del
movimiento popular y de la conciencia política y organización de las masas
trabajadoras, de la creación de un amplio frente nacional antiimperialista de
todas las fuerzas democráticas, en el
que los Partidos
Comunistas están llamados a desempeñar un señalado papel.
6. La
lucha por la liberación de los pueblos de África
Si descontamos las posesiones insulares de Gran
Bretaña, Estados Unidos, Francia, Portugal y alguna
otra potencia imperialista, África es en nuestros días
el
último gran baluarte del
colonialismo.
Precisamente por ello es campo donde se enfrentan
violentamente dos tendencias
opuestas: la incontenible
aspiración de los pueblos africanos a lograr la independencia y los esfuerzos
de los imperialistas por mantenerse a cualquier precio en
África, para dilatar el derrumbamiento definitivo
del sistema colonial.
A pesar de estos esfuerzos, la lucha de liberación
nacional ha dado también sus frutos en esta parte del
mundo. Después de ciento cincuenta años, durante
los cuales África
fue coto cerrado
del capital
europeo,
han aparecido nueve
Estados independientes. Casi todo el Norte del continente africano (a
excepción de Argelia y de las pequeñas
posesiones españolas) se ha sacudido el fardo del
colonialismo. Han alcanzado
su independencia
Sudán, Ghana y la República de Guinea. A mediados de
1959 se había desprendido de la esfera de la dominación colonial
casi una cuarta
parte del
territorio y el 30 por ciento de la población
africana.
No obstante, cerca de 140 millones de africanos
se encuentran aún
en la situación
de esclavos
coloniales.
Hoy día el
"continente negro" sigue
siendo el mayor foco de explotación colonial directa
de todo el mundo.
Una característica del movimiento de liberación
nacional en África es el escaso peso y la
insuficiente organización del proletariado, unidos a la debilidad de la
burguesía nacional. La razón de esto es el enorme atraso económico de la
mayoría de los países africanos y la dura discriminación racial a que se hallan
sometidos. Los colonizadores se aprovechan hábilmente del bajo nivel cultural y
político de la población, que en muchas regiones no ha salido del feudalismo e
incluso del régimen gentilicio. La dominación extranjera se ve robustecida en
África por la denominada "barrera de color", es decir, por todo un
sistema de limitaciones raciales en perjuicio de los
africanos y que
aseguran numerosos privilegios a
la población blanca. La discriminación racial es un instrumento que mantiene
separados a los africanos y facilita a los imperialistas la explotación de las
masas.
No obstante, durante los últimos decenios también ha
variado allí la correlación de fuerzas en sentido favorable para la lucha por
la libertad y la independencia. Masas cada vez mayores de africanos se
trasladan a la ciudad, atraídos por la creciente expansión industrial (sobre
todo, en lo que se refiere a la industria
minera y a
la transformación de materias primas agrícolas). Los obreros de
las empresas, minas y transportes son los primeros en pasar por la escuela de
la conciencia de clase y nacional. Después de la guerra han aparecido
sindicatos y organizaciones de jóvenes, de mujeres, etc. Entre los
intelectuales indígenas madura con especial rapidez el espíritu de protesta
contra la discriminación y la opresión racial. Millones de campesinos, expulsados
de las tierras
que ellos habían puesto en
cultivo y empujados a zonas desfavorables para la agricultura, no quieren
conformarse tampoco con la situación actual.
Los abusos, el terror y las limitaciones de todo género
impuestas en la mayoría de las colonias, han hecho nacer entre los pueblos de
África un odio profundo hacia los imperialistas. Las agudas formas que puede
adoptar la resistencia de los pueblos africanos a los colonizadores nos la
muestra el ejemplo de Kenya, donde las tropas británicas han tenido que
mantener durante muchos meses grandes operaciones militares contra las tribus
insurreccionadas, con pérdidas cuantiosas por ambas partes. A pesar del duro
terror policiaco, las colonias africanas, ya una, ya otra, se ven sacudidas por
grandes conmociones, como nos lo prueban los sangrientos acontecimientos de
Nyassalandia y del Congo Belga en 1959. El primer congreso político de partidos
africanos del Congo Belga exigió la creación en este país, en 1961, de un
gobierno africano. (Este gobierno establecióse en julio de 1960. N. del E.)
Otros congresos africanos han reclamado la independencia de
Nyassalandia y de
Rodesia del Norte y la disolución
de la Federación del África Central, que había sido impuesta a aquellos
pueblos.
Las potencias coloniales recurren a la maniobra,
atemorizadas como se encuentran por el auge del movimiento de liberación
nacional. Antes apoyaban por todos los medios a los jefecillos de gens y
tribus, entre los que encontraban su principal soporte; ahora tratan de
"domesticar" a la burguesía indígena, principalmente a la comercial.
Los imperialistas quieren ganársela y convertirla en un factor de lucha
contra las masas.
A este fin
se adoptan ciertas medidas para estimular a la burguesía
indígena y se le hacen pequeñas concesiones de orden financiero y político. Los
imperialistas procuran ahora velar su dominación en las colonias haciendo
proclamar Constituciones y concediendo una aparente autonomía.
Todo esto, sin embargo, no cambia esencialmente la
situación de los africanos. Las ventajas de la autonomía recaen principalmente
sobre la minoría blanca y un sector reducidísimo de la burguesía indígena que
ha encontrado un lenguaje común con los colonizadores. Y para colmo, en las
regiones africanas con una población blanca más o menos importante (Unión
Sudafricana, posesiones belgas y portuguesas) la administración colonial no ha
variado lo más mínimo,
si no es
para adoptar formas terroristas aún más acentuadas.
Los imperialistas no tienen gran confianza en la
solidez de las posiciones que ocupan; así nos lo dice
la
aparición de toda
clase de proyectos
que se
refieren a la explotación de las colonias africanas.
Tal es, por ejemplo, el proyecto de "Euráfrica", que
es un plan
de creación de
un supertrust de las
potencias europeas para entrar a saco en las
riquezas naturales del continente africano y mantener sumisos a los pueblos que
lo habitan. Pero una cosa es proclamar planes semejantes y otra muy distinta
llevarlos a la
práctica. Los Estados
Unidos, que
abrigan el propósito de sustituir en el continente
africano a las potencias europeas desplazadas, tienen también sus planes
propios; las contradicciones desgarran asimismo el campo de los viejos
explotadores del África.
Las condiciones presentes son propicias para la
lucha de los pueblos africanos por su independencia.
Cuentan con la simpatía de las fuerzas democráticas
del mundo. Tienen también el importante apoyo de los
jóvenes Estados africanos que ya se sacudieron el
yugo
colonial. La primera
Conferencia de esos
Estados, celebrada en abril de 1958 en Acera,
declaró solemnemente que la independencia de los mismos era prenda de la
completa liberación del continente. "Nosotros proclamamos nuestra unidad y
solidaridad con los pueblos dependientes de África y también nuestra amistad
con todos los países", decía la Declaración aprobada en la Conferencia.
Dentro de las propias colonias africanas existen
grandes posibilidades para la creación de un amplio
frente
antiimperialista. La discriminación racial,
contrariamente a lo que esperaban de ella sus
defensores, contribuye a unir a las distintas capas sociales de las naciones
oprimidas, estimula el sentimiento nacional y empuja a la lucha contra los
opresores. La joven clase obrera africana puede encontrar fácilmente aliados y
amigos entre los campesinos, entre la burguesía nacional en formación y entre
los intelectuales, capas con las que tiene muchísimos más elementos de afinidad
que con los imperialistas europeos. En
algunas regiones de África existen ya amplias organizaciones
de este género, como son los congresos de la población africana, que dirigen
con éxito las campañas de desobediencia civil y de boicot a las autoridades
coloniales. La política de opresión, si continúa, conducirá indudablemente a
formas más activas de lucha, haciendo que el movimiento de liberación nacional
se eleve a un nivel más alto.
La consigna más popular en África es hoy día la
de "independencia ya
en nuestra generación". Los
pueblos africanos tienen la posibilidad real de ver
llevada a cabo
esta consigna. Bajo
la presión del
movimiento de liberación nacional, los colonizadores
se han visto obligados a conceder la independencia a Nigeria, Camerún y Togo,
que será efectiva en 1960.
Este año, por acuerdo de la O.N.U., ha de ser
proclamada la independencia de la antigua Somalia
Italiana. Cuando esto se consiga, más de la mitad de
la población de África se habrá visto libre de la dominación extranjera.
Es indudable que,
en
adelante,
dicha liberación avanzará
con pasos aún más rápidos, por mucha que sea la
resistencia que
opongan los colonizadores.
7. El
anticomunismo como instrumento de desintegración y división del movimiento de
liberación nacional
Desde hace muchos años los Partidos Comunistas
marchan en las primeras filas del movimiento de liberación nacional. A pesar
del terror impuesto por las autoridades de las colonias y de las persecuciones
de que son objeto por parte de la reacción burguesa y feudal indígena, los
comunistas aportan una formidable contribución a la lucha de los pueblos por su
libertad e independencia. En su defensa de los intereses nacionales y de las
reivindicaciones de los obreros y campesinos, dan pruebas de un valor indomable
y no se detienen ante los mayores sacrificios.
Los pueblos conocen
bien a los comunistas como luchadores firmes contra
el imperialismo, la injusticia social y toda clase de opresiones.
Allí donde las masas populares colocaron a los
comunistas en la dirección de los asuntos públicos,
como
ocurrió en la
República Popular China,
la
República
Democrático-Popular de Corea
y la
República Democrática de Vietnam, se ha visto
coronada por el éxito más completo la lucha por la independencia, por el
poderoso desarrollo de la economía y la cultura nacionales y por el
mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida de toda la población.
En los países en que los comunistas participan en el
frente único de liberación nacional, luchan activa y
abnegadamente
por la causa
común, tratan de
conseguir una solución radical de los problemas
nacionales y de
dar satisfacción a
las perentorias
necesidades y demandas de las masas trabajadoras.
Colaboran honradamente con las demás fuerzas
patrióticas, dan muestras de lealtad hacia sus compañeros de lucha
antiimperialista y son fieles a los compromisos adquiridos. Sin los comunistas
no se puede concebir
actualmente el éxito
de la liberación nacional
y del renacimiento
en ningún país.
Tanto más peligroso es para el movimiento de
liberación nacional el anticomunismo, que si no se corta a tiempo es capaz de
llevar la desintegración y la división a las filas de quienes combaten contra
el imperialismo.
El anticomunismo es fomentado sobre todo por los
imperialistas arrojados de las colonias y que se resisten a
transigir con la
pérdida de éstas.
Los agentes del imperialismo buscan siempre el punto débil en los países
emancipados. Asustan a los políticos
poco sagaces con el "peligro
comunista" para
distraerlos de la
lucha contra el
peligro verdadero que es el imperialismo; siembran la sospecha en las
filas del frente nacional y enfrentan entre sí a los países y a las distintas
capas de la población. De esta manera, los imperialistas tratan de quebrantar
la unidad interna, tan necesaria en los Estados jóvenes, de poner obstáculos a
su solidaridad internacional y, si la ocasión se presenta, de llevarlos al
choque directo, con la esperanza de que esto los
convertirá en presa fácil de los apetitos
imperialistas. Ejemplos de esta pérfida táctica se han podido observar
repetidas veces en el Cercano Oriente y en Indochina.
Los colonizadores se sirven principalmente para su
propaganda del anticomunismo de las altas capas feudales y burguesas, que
siempre les fueron propicias. Especulan también hábilmente con las
equivocaciones de algunos elementos nacionalistas que han
llegado al poder
en ciertos Estados orientales. Incapaces
a veces de
comprender y valorar
acertadamente las causas de las dificultades que de tiempo en tiempo surgen en
esos Estados, los elementos nacionalistas cargan la culpa a los comunistas, con
lo que objetivamente ayudan a las potencias imperialistas en sus intrigas.
El carácter limitado de la ideología del
nacionalismo se manifiesta en este aspecto con singular relieve. En efecto, el
nacionalista burgués acepta como algo natural el hecho de la unificación de
todas las fuerzas patrióticas de la nación en la lucha por
la independencia y
contra los colonizadores. Pero el
nacionalista burgués, con su estrechez de miras, se resiste a considerar que la
unidad de las fuerzas patrióticas no cae del cielo y que es
imposible tomarla como
algo dado e invariable, de una vez para siempre. Una
vez expulsados los colonizadores, cuando las tareas generales de la nación han
sido en lo fundamental cumplidas, dentro de la sociedad se empieza
inevitablemente a buscar solución a los problemas que la vida plantea, y aparecen
diversos criterios acerca de las
vías de su
desarrollo. Surge, por ejemplo, la necesidad de la reforma
agraria, y en este plano resulta que la opinión de los campesinos discrepa de
la de los terratenientes. Hay también disparidad de criterios entre los obreros
y patronos, que poco antes combatían juntos contra los imperialistas. Esto es
lógico y natural, puesto que el nacionalismo no suprime las diferencias de
clase ni elimina las contradicciones de los intereses de clase.
De ahí que el estadista de amplias miras haya de
preocuparse, una vez alcanzada la independencia nacional, de encontrar el
camino que permita resolver acertadamente los trascendentales problemas del
progreso social que se plantean ante cada país. Pero ciertos nacionalistas
burgueses no lo quieren ver así. Insisten en que, en aras de la unidad
nacional, los obreros se sacrifiquen y no pretendan la reducción de las
jornadas y la elevación de salarios, que los campesinos renuncien a un justo
reparto de la tierra, etc. Y cuando esto no ocurre, cuando las relaciones
sociales se atirantan, los elementos nacionalistas de este género comienzan a
buscar la cabeza de turco. Por doquier sueñan con "complots
comunistas", aunque en realidad se trata de procesos objetivos del
desarrollo social, que no son originados por la voluntad o el deseo de
determinados partidos, sino por la existencia
misma de las
clases con sus intereses distintos.
Los ataques a los comunistas pueden agradar
únicamente a los
enemigos de la
independencia
nacional de los pueblos, pues los comunistas son la
fuerza más activa y combativa en la lucha contra el
imperialismo.
Refiriéndose a esta cuestión, N. S. Jruschov decía
en su informe ante el XXI Congreso del P.C. de la
Unión Soviética: "...No hay razón para acusar a
los comunistas de que contribuyan a la debilitación o
desunión de los esfuerzos nacionales en la lucha
contra el imperialismo. Ocurre todo lo contrario, no hay hombres más firmes y
fieles a la causa de la
lucha contra los colonizadores que los comunistas...
"La lucha contra los Partidos Comunistas y otros
partidos progresivos es una obra reaccionaria. La
política anticomunista no agrupa a las fuerzas nacionales, sino
que las desune;
por consiguiente,
debilita los esfuerzos de toda la nación en la
defensa de sus intereses frente al imperialismo."227
Todo el desenvolvimiento social de los últimos
años confirma la
razón de este
aserto. Y no olvidemos que la turbia ola del
anticomunismo, las
persecuciones contra los partidos
marxistas-leninistas y su prensa se levantan principalmente en los países
en que los círculos dirigentes se preparan para
confabularse con las fuerzas imperialistas. Esto tiene su lógica. Quien de
veras es fiel a los ideales de la
independencia y la libertad nacional, quien no
piensa en compromisos con los imperialistas a espaldas del
pueblo, quien, una vez resueltos los problemas
generales de tipo nacional, quiere trabajar de veras
para la emancipación social de los trabajadores, no
tiene motivo alguno para odiar y temer a los comunistas.
8. Nuevas formas de la política colonial
Los imperialistas no se conforman con la pérdida de
las colonias y buscan medios que les permitan salvar el
colonialismo. Así han
aparecido las
numerosas teorías del "neocolonialismo",
es decir, de un colonialismo nuevo que no adolece de los vicios
del
pasado y que
concilia armónicamente los intereses de los oprimidos y los
opresores. En realidad, el nuevo colonialismo no es sino el deseo de
alcanzar los fines ordinarios del imperialismo
mediante el control indirecto de los países que en el
papel han alcanzado la independencia.
De por sí, el método de control indirecto no es
nuevo en la política colonial. Lo es, sí, el deseo de
convertirlo en instrumento principal del
colonialismo contemporáneo, pues los viejos métodos de violencia
227 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en
Materiales del XXI
Congreso extraordinario del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, págs.
89-90.
directa sobre los pueblos están tan desacreditados,
que ni siquiera los imperialistas se atreven a salir en su defensa.
Ante todo, los colonizadores se esfuerzan en ampliar
la base social de su dominación y encontrar
nuevos
medios político-militares, económicos
e
ideológicos
que la consoliden.
Antes decíamos ya que el tradicional soporte social de los
imperialistas eran los círculos feudales y de la burguesía comercial
intermediaria. Estas clases descansan en relaciones económicas caducas, por lo
que su posición se ha debilitado
extraordinariamente. Además, con pequeñas excepciones, se han comprometido
definitivamente ante los ojos de las masas populares. Los imperialistas, aun
apoyando siempre que pueden a los señores feudales y a la burguesía comercial
intermediaria, se preocupan por eso de buscar otros aliados, principalmente
entre el ala derecha de la burguesía nacional, que es la que más alejada se
encuentra de los intereses del pueblo, y también entre algunos grupos de
intelectuales y del clero reaccionario.
Para
imponer el acuerdo
con ellos, los imperialistas los
atemorizan con la
inexistente
"amenaza comunista", ejercen presiones de
tipo político-militar y presentan el
señuelo de
determinadas ayudas económicas.
La vieja política colonial -"clásica"-
trataba de impedir, en cuanto
estaba al alcance
de los
imperialistas, la creación en las colonias de toda
industria que no fuese la extractiva. Los inspiradores
del "neocolonialismo" defienden de palabra
la industrialización, aunque como
tal entienden la
construcción de empresas de la industria ligera y
minera y de medios de comunicación y transporte, es decir, de
sectores en los
que no pueden
verse
sensiblemente
amenazadas las posiciones económicas de los monopolios
extranjeros. Al propio
tiempo, siguen encontrando feroz resistencia las
aspiraciones de los países asiáticos, africanos e iberoamericanos por
llevar a cabo
una
industrialización verdadera. Se conocen, por
ejemplo, numerosos casos de
negativa de los
países de
Occidente a vender a los Estados jóvenes equipo
industrial y maquinaria. En último extremo, los imperialistas transigen
con crear en
dichos países
empresas propias, si bien reservándose la libertad
de retirar sus beneficios
y pidiendo toda
clase de
garantías contra la nacionalización. La aparición de
un sector estatal en la economía de las antiguas colonias y
países dependientes tropieza
con la
resistencia de los monopolios imperialistas, que no
lo pueden ver con buenos ojos.
La forma principal político-militar del nuevo
colonialismo son los bloques agresivos al estilo de la S.E.A.T.O. y del antiguo
Pacto de Bagdad, en los que
sobre
una base "mixta" entran
Estados independientes
sobre el papel
y los opresores imperialistas de ayer. Estos
bloques, reunidos bajo la bandera
del
"anticomunismo",
se proponen en realidad abrir a las fuerzas militares
del imperialismo las puertas de las antiguas colonias, establecer un control
político y estratégico sobre ellas y utilizarlas para la lucha contra el movimiento
de liberación nacional.
En estos últimos años se ha procedido a cierta
revisión de las
bases ideológicas de
la política
colonial.
En las condiciones
actuales, los imperialistas, cada
vez más, se
ven obligados a
abandonar la defensa abierta del racismo y de las
caducas teorías de la "superioridad" del hombre blanco. Acomodándose
al ambiente social, incluso
los imperialistas más recalcitrantes no tienen a
menos hablar ahora de
una familia humana
única y del
derecho de todos los pueblos a una vida
independiente. Pero en realidad los nuevos rótulos no han cambiado
la esencia de
sus propósitos de
esclavización colonial.
No se halla inspirada, por ejemplo, por un espíritu
colonialista la teoría del "vacío", expuesta en 1950
por Dulles? Después de que los colonizadores fueron
expulsados de los países oprimidos, nos decía, se ha
formado allí un peligroso "vacío" o hueco que los
pueblos
emancipados no pueden
llenar por sí
mismos. Esto han de hacerlo las potencias
occidentales, y en
primer término los
Estados Unidos. La teoría del "vacío" expresa claramente un
desprecio racista hacia la capacidad de los pueblos de Oriente y sirve como
justificación de la política expansionista del imperialismo norteamericano. No
en vano la teoría del "vacío" se concretó posteriormente en la
"doctrina Dulles-Eisenhower", que proclama el "derecho" de
los Estados Unidos a la intervención
armada en los
asuntos del Oriente Árabe.
Entre las "novedades" ideológicas se
encuentran las diversas teorías del "colonialismo colectivo", bajo
la
bandera del cual
se han manifestado
repetidas
veces en estos últimos años los imperialistas
norteamericanos. El fin
de esta empresa
es
reemplazar la dominación individual de las potencias
occidentales en las colonias por la explotación
conjunta de las mismas bajo la obligada dirección del capital de Estados
Unidos. Excusado es decir
que esto no significa el menor alivio para los pueblos oprimidos; a la
víctima de un atraco le es igual que quien lo asaltó sea un salteador o toda
una banda.
El portavoz del nuevo colonialismo y su principal
soporte en escala mundial es hoy día el imperialismo
norteamericano. Después de la segunda guerra
mundial, Estados Unidos ha
redondeado
sensiblemente
el imperio del
dólar. Además de ocupar de hecho parte de China -la isla de
Taiwán o Formosa- y de varias islas japonesas, los monopolios
norteamericanos se han establecido en Vietnam del
Sur y en Corea del Sur, y han ganado importantes
posiciones económicas y estratégicas en el Norte de
África y en el Oriente Cercano y Medio.
Hasta últimamente, sin embargo, el imperialismo
norteamericano seguía alardeando con sus plumas de pavo real de defensor y
campeón del "anticolonialismo" y de la "liberación" de los
pueblos oprimidos. Esta reputación
la ganó por el camino más fácil: con una crítica demagógica
de algunos de los actos más
escandalosos de las
potencias coloniales europeas y con ofrecimientos de "ayuda"
económica a los países subdesarrollados. Ciertas gentes miopes no comprendieron
en un principio que el "anticolonialismo" de los monopolios
norteamericanos era fingido, que sólo se negaban a ir del brazo
con los colonizadores
europeos cuando deseaban su
derrota con la esperanza de ocupar su puesto. En cuanto a la "ayuda"
económica, todo se reduce a atar a los países que la aceptan al carro de
guerra del imperialismo
norteamericano. Bastará decir que
de los 3.800 millones de dólares asignados por Estados Unidos en 1957 para
"ayuda" a países extranjeros,
sólo 350, o
sea menos del
diez por ciento, estaban
destinados a fomentar el desarrollo económico. No puede extrañarnos, pues, que
muchos países de Asia y África, aun necesitados como se encuentran de
capitales, hayan rechazado en más de una
ocasión las ofertas
de ayuda sugeridas
por Estados Unidos.
Los pueblos abren los ojos y advierten que, en el
mundo actual, Norteamérica se ha convertido en el
principal soporte del sistema colonialista, sin el
que
todo éste se derrumbaría con mucha mayor rapidez.
9. El sistema socialista mundial, baluarte de los pueblos en la lucha contra el
colonialismo
Los éxitos del movimiento de liberación nacional
en Oriente no pueden ser separados de la existencia
de los países socialistas y de la firme posición que éstos ocupan respecto del
colonialismo. Ello es manifestación de los profundos vínculos objetivos y de la
comunidad que existe entre los intereses antiimperialistas de los pueblos
oprimidos y de los pueblos del sistema socialista.
Con sus consecuentes intervenciones contra el
colonialismo, los países socialistas no persiguen fines egoístas de
ningún género. A
diferencia de los Estados Unidos, no quieren ocupar el
puesto que los colonizadores dejan al ser expulsados ni aspiran a "esferas
de influencia". La economía socialista es incompatible con la explotación
y la opresión. No necesita exportar capitales, puesto que la tarea de elevar
constantemente el bienestar de los trabajadores exige una afluencia continua y
creciente de inversiones en el interior de cada país. Los Estados socialistas
tienen interés en ampliar el comercio internacional y la colaboración
económica, pero no buscan mercados para la venta de excedentes: la
economía socialista no
conoce las crisis
de superproducción.
Cuando la Unión Soviética, la República Popular China
y todas las democracias populares salen en defensa de
las aspiraciones nacionales
de las colonias, se guían por
los principios de la ideología socialista. Y ésta es contraria en absoluto a
toda opresión y proclama la igualdad de derechos y la amistad de los pueblos.
Por tanto, cuando los países socialistas se enfrentan al colonialismo, luchan
también por reducir el peligro de una nueva guerra. Todos los intentos de
salvar o de restablecer el colonialismo han conducido en los últimos diez o
doce años a un gran número de guerras "locales". Los apetitos coloniales
del imperialismo siguen
siendo una de las causas de la actual tirantez internacional.
Los años transcurridos desde la segunda guerra
mundial han demostrado cumplidamente el papel de
los
Estados socialistas como
factor poderoso que
hace de freno a la agresividad de los imperialistas,
los cuales, en otras condiciones, se habrían lanzado
con
todas sus fuerzas
sobre el movimiento
de
liberación nacional y habrían conseguido ahogarlo.
El
significado de los
países socialistas como factor anticolonial crece
constantemente. En primer
término, la firme política exterior de los Estados
socialistas, que no
se desvía un
ápice de sus
principios, ejerce una función cada vez más directa
y decisiva, que contribuye a echar por tierra los planes colonizadores de
los imperialistas. Los
países
socialistas, por ejemplo, ayudaron valiosísimamente
al pueblo egipcio
a vencer a
los agresores
imperialistas e impidieron sucesivamente la agresión
de los
colonizadores contra Siria
y la joven
República del Irak. En segundo, el campo socialista
se convierte en baluarte de los jóvenes Estados nacionales de Oriente en los
esfuerzos que llevan a
cabo para alcanzar su independencia económica.
Significado de la colaboración económica de los
Estados socialistas con los países de Oriente.
Los Estados socialistas están en perfectas
condiciones para ayudar a los países de Asia, África
e Iberoamérica en sus aspiraciones a construir una
economía nacional independiente. El campo del
socialismo proporciona de buen grado y en medida creciente a los Estados
orientales utillaje y material industrial de toda clase.
La Unión Soviética
ocupa el primer
lugar del mundo en cuanto a la
concesión a esos países de
equipo completo para sus empresas. Esto da realidad
completa a la perspectiva de que los jóvenes Estados
de Oriente alcancen
la independencia económica.
"Ahora no necesitan -decía N. S. Jruschov ante
el XX
Congreso del P.C. de la Unión Soviética- acudir
humildemente a sus antiguos opresores en busca de equipo moderno. Este equipo
lo pueden recibir en los países del socialismo, sin necesidad de adquirir por
ello compromiso alguno
de índole militar
o
política."228
Un ejemplo brillante de ayuda a los países liberados
que quieren industrializarse lo tenemos en
las
relaciones de la
Unión Soviética y
la India.
Organizaciones soviéticas proyectan y dirigen la
construcción de la factoría metalúrgica de Bhilai, que ha dado
ya el primer
hierro y le
proporciona el equipo más
moderno. A diferencia de las casas extranjeras, la Unión Soviética no se
reserva en absoluto participación alguna en el capital, en los beneficios o en
la dirección de la empresa. El interés del crédito soviético es casi tres veces
menor que el del empréstito concedido por un grupo de bancos ingleses para la
construcción de la acerería de Durgapur.
Los Estados socialistas comparten también
voluntariamente su experiencia
de construcción
económica
y ayudan a
la formación de
personal
técnico propio a los países de Oriente.
La
colaboración económica de
los países socialistas y los jóvenes
Estados nacionales se caracteriza por unos rasgos sustancialmente nuevos. Es la
colaboración sobre una base de auténtica igualdad de
derechos. No impone
ningún compromiso militar o
político, ni ata económicamente, ni admite humillantes
restricciones.
La posibilidad de apoyarse en el campo socialista
robustece la posición de los países de Asia y África en sus relaciones con
Occidente. Los imperialistas han perdido la exclusiva en la concesión de
empréstitos, de exportación de utillaje industrial y de conocimientos técnicos;
y de ahí que se vean obligados a hacer concesiones que jamás habrían aceptado
en otros tiempos.
El carácter desinteresado y amistoso de la
colaboración de los
Estados socialistas con
las
antiguas colonias y países dependientes es motivo de
que entre ellos
se ensanchen rápidamente
las
relaciones
económicas. Durante los
últimos seis o siete años el intercambio comercial de la
Unión Soviética con los países de Asia y África ha crecido
casi 4,5 veces.
La idea de
la estrecha colaboración
entre los países socialistas y
los jóvenes Estados nacionales se
abre cada vez más camino. Se hace popular también
en los países
en que la
imposición de los imperialistas sigue siendo hasta ahora un
obstáculo
que les impide mantener una política independiente.
Capitulo
XVII. Lucha de
los pueblos de los
países capitalistas por el mantenimiento de su soberanía
La soberanía es la independencia completa de un
Estado
para decidir en
todas las cuestiones
que afecten a su vida interna y a sus relaciones exteriores.
228 N. S. Jruschov, Informe del Comité Central del
Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido, 14 de
febrero de 1956, Gospolitizdat, Moscú, 1956, pág. 25.
Es, pues, soberano el Estado que ejerce por sí mismo
en su territorio el poder supremo, sin que nada ni nadie pueda desde fuera
limitar su libertad de acción. La soberanía es como una muralla bajo cuya
protección los pueblos pueden estructurar su Estado, impulsar la economía y la
cultura y entrar en relaciones voluntarias e iguales con otros pueblos.
1. Agudización del problema de la soberanía en la
época del imperialismo
Hace ya tiempo que el derecho burgués admite
sobre el papel el principio de la soberanía. Esta
circunstancia, por lo demás, no ha detenido nunca a las clases dominantes de
los Estados capitalistas cuando se trataba de atentar contra la independencia
de otros pueblos. Toda la secular historia del colonialismo es un relato de las
sistemáticas y profundas violaciones que las potencias coloniales hicieron de
la soberanía nacional de otros pueblos.
En la época del capitalismo premonopolista la
burguesía reaccionaria demostró con miles de ejemplos lo poco que le importaba
el principio de la soberanía. Y menos
aún lo tienen
presente los círculos dirigentes
de los países capitalistas al entrar en la época del imperialismo.
El capital monopolista de las agresivas potencias
imperialistas no se conforma ya con poner fin a la
soberanía de los países atrasados y económicamente
débiles. También atenta contra la independencia de
los Estados burgueses económicamente desarrollados
y soberanos desde hace largo tiempo. En la primera
guerra mundial se ventilaba principalmente un nuevo
reparto de las
colonias; en la
segunda, el imperialismo alemán
no aspiraba ya, como fin único, a apoderarse de determinadas colonias, sino
también a establecer su dominación sobre las metrópolis europeas, a sojuzgar a
todo el viejo continente.
Después
de la segunda
guerra mundial, es el
capital monopolista norteamericano el que pretende
dominar
el mundo. Los
imperialistas de Estados
Unidos quieren aumentar la esfera de influencia de
los monopolios de Wall Street y convertir el territorio
de los otros países capitalistas en plazas de armas
y a
sus pueblos en carne de cañón. Por esta razón, los
círculos reaccionarios norteamericanos tratan de conseguir, en beneficio
propio, mermas en la soberanía de los Estados capitalistas independientes, con
el fin de incrementar su expansión económica y de convertir
esos Estados en
instrumento de la política de Estados Unidos.
Esta tendencia del expansionismo norteamericano
provoca la aparición en el terreno internacional de
corrientes diversas, y a veces contradictorias.
La mayoría de los Estados nacionales de Asia y
África que conquistaron hace poco la independencia política se muestran firmes
en la defensa de su soberanía. Procuran mantenerse al margen de los grupos militares
amalgamados por los
Estados
Unidos, se niegan a la concesión de su territorio
para bases de guerra y no aceptan la ayuda económica norteamericana, que
siempre se hace depender de obligaciones políticas y tiende a incluir dentro de
su órbita a los países que la reciben. Y paralelamente, muchos de los viejos
Estados capitalistas que durante siglos enteros mantuvieron su independencia,
ceden paso a paso sus derechos soberanos y facultades a los Estados Unidos de
América y a todo género de agrupaciones imperialistas "supranacionales".
¿Por qué los medios dirigentes de algunos países
capitalistas incurren, mirando las cosas como son, en
un delito de traición nacional, al aceptar la merma
de
su soberanía política? A eso les empujan sus
egoístas y estrechos intereses de clase, que inspiran y presiden
su reaccionaria política interior y exterior.
Primeramente, la alianza con el imperialismo
norteamericano asegura a los monopolios de esos países beneficios fabulosos en
la industria de guerra y en todos los sectores de la producción de materiales
estratégicos. Porque la piedra angular de tal alianza es el desenvolvimiento al
máximo de la carrera de armamentos y la militarización de la economía de cada
uno de quienes participan en el Pacto Atlántico o en otros bloques agresivos
del brazo con los imperialistas norteamericanos. Y los grandes pedidos de material
de guerra que los Estados hacen constantemente, unidos a la militarización de
la economía del país, son la principal veta de oro para el actual capitalismo
monopolista de Estado.
En segundo lugar, Gran Bretaña, Francia y otros
países se ven impulsados hacia los bloques agresivos
del imperialismo norteamericano por las aspiraciones
imperialistas que muestran los círculos
reaccionarios de su gran burguesía. Estos círculos se muestran inquietos por
los progresos que el movimiento democrático ha alcanzado después de la segunda
guerra mundial, por la creciente popularidad de las ideas del socialismo y por
la tendencia a la unidad, cada día mayor, que se observa en la clase obrera.
Las esferas reaccionarias de Gran Bretaña, Francia y algunos otros países, al
igual que los imperialistas de Estados Unidos, se resisten a aceptar el hecho de
que en amplias zonas
de Europa y
Asia se haya establecido un
régimen de democracia
popular; sueñan con restaurar allí el capitalismo para de nuevo
convertirlos en países satélites. También querrían, a cualquier precio,
detener la desintegración del sistema colonial y recuperar para sus
imperios los países que se han emancipado de su yugo. Ahora bien, como
la burguesía reaccionaria
de Estados antes poderosos, pero ahora sensiblemente debilitados, no cree que sus
propias fuerzas fueran bastantes como para aplastar el movimiento democrático
dentro del propio país y llevar a cabo sus agresivos propósitos en el exterior,
busca y encuentra tutores en los monopolistas de Estados Unidos.
En esta alianza imperialista, los capitalistas
europeos esperan encontrar
las fuerzas necesarias para la defensa de sus intereses
de clase. En pago de tal servicio no vacilan en sacrificar la soberanía
nacional de sus propios países. Y cierran los ojos al hecho de que los bloques
militares dirigidos por los Estados Unidos sirven en último término de
instrumento a la política expansionista del imperialismo norteamericano, que
éste lleva a cabo en detrimento de sus compañeros.
Semejante política antinacional hace que en el
mundo capitalista se
haya llegado a
un peculiar
sistema de dominación y subordinación. Los Estados
burgueses
que quedan subordinados
a los Estados
Unidos ostentan a la vez la supremacía respecto de
terceros países; pierden buena parte de su independencia política y, al mismo
tiempo, juntos o separadamente, siguen conculcando la soberanía de otros
Estados más débiles.
Un ejemplo típico de este doble papel lo tenemos en
Gran Bretaña. Todos sabemos que ha renunciado en provecho de los Estados Unidos
a muchos de sus derechos soberanos: sobre suelo inglés hay bases
norteamericanas, aéreas y de proyectiles dirigidos, el mando de las cuales se
sale prácticamente de la jurisdicción del gobierno británico. Sobre el cielo
inglés vuelan bombarderos atómicos norteamericanos cuyas tripulaciones
no se subordinan
a las autoridades británicas. Y
paralelamente, la propia Inglaterra
viola la soberanía
de los países
del Cercano Oriente.
Podría decirse que la política impuesta por los
intereses de la burguesía monopolista ha llevado a algunos Estados europeos a
un círculo vicioso. Si las esferas dirigentes de Inglaterra, Francia, Italia y
otros países quisieran defender los intereses nacionales, y no los
imperialistas, podrían mantener una política propia sin caer bajo la
dependencia de Estados Unidos.
Para esa política
tendrían energías y recursos, y no necesitarían buscar apoyo
en ultramar ni pignorar su independencia en la casa de empeños de la
política norteamericana. Pero
lo primero de todo es para ellos sus fines
imperialistas, para la consecución de los cuales no tienen bastantes fuerzas ni
recursos; y de ahí que se vean obligados a buscar la ayuda norteamericana,
aunque saben muy bien el alto precio a que han de pagarla. Así, pues, la
independencia de los países capitalistas desarrollados se ve amenazada por un
peligro doble: la amenaza interior de la burguesía reaccionaria
"propia", para la que sus estrechos intereses de clase están por
encima de todo, y la amenaza exterior, que parte ante todo de la oligarquía
financiera de los Estados Unidos.
Norteamérica puede subordinar a otros países
capitalistas apoyándose en un creciente potencial económico y bélico. A raíz de
la terminación de la guerra, Estados Unidos proporcionaban alrededor del
60 por ciento de la producción industrial de todo el
mundo capitalista. Los deseos de encontrar mercados
seguros para sus
"excedentes" industriales y agrícolas, de garantizarse nuevas fuentes
de materias primas a bajo precio y de disponer de ventajosas esferas de
inversión de capitales: tales son los impulsos económicos que mueven a la
expansión imperialista a los monopolios norteamericanos. La subordinación de
otros Estados es
para ellos el camino mejor para alcanzar fabulosos
beneficios. Las cuentas no pueden ser más sencillas: cuanto más acentuada es la
dependencia en que un país se encuentra respecto de Norteamérica, tanto más
fácil les será a los monopolios norteamericanos explotar su economía, echar
raíces en ella y obtener ganancias complementarias.
No hay que olvidar tampoco las consideraciones de
carácter militar y político. La oligarquía financiera
de
Estados Unidos ve
su expansión en
los países
capitalistas de Europa y de otros continentes como
parte del plan general de lucha contra los países del
socialismo y por la dominación mundial. No en vano
la ofensiva de Estados Unidos sobre los países
capitalistas va acompañada
de la tendencia
a convertir casi toda Europa Occidental y una serie de países de Oriente
en terreno propicio para establecer plazas de armas y bases militares.
Finalmente,
los monopolios norteamericanos tratan de influir
directamente en la política interior de otros países. Al afirmar su dominación
sobre Estados capitalistas más débiles, Norteamérica se pone en condiciones de
inmiscuirse en sus asuntos interiores, haciendo triunfar a la reacción y
exigiendo que se persiga a las fuerzas democráticas.
Formas y métodos de la ofensiva sobre la soberanía.
Entre
los distintos métodos
de que el imperialismo norteamericano se vale, el
principal es
el de establecer su control político-militar sobre
otros países. Instrumento de dicho control y amenaza constante para la
independencia de dichos países son
las bases militares instaladas en sus territorios.
La creación en tiempo de paz de un sistema de
bases extranjeras en
territorio de grandes
Estados
capitalistas independientes es un fenómeno nuevo en
las relaciones internacionales. Es una forma
peculiar de anexión. Reduce
a la nada
los derechos de
soberanía, singularmente en la zona donde las bases
se instalan. Además, el Estado que concede a una
potencia extranjera bases aéreas pierde la soberanía sobre una parte importante
de su cielo, y en caso de bases navales, sobre parte de sus aguas
territoriales. Por ejemplo, durante la crisis de 1958 en el Cercano Oriente, el
mando norteamericano utilizó sin miramiento alguno las bases de Alemania
Occidental e Italia para el envío de tropas al Líbano. De hecho, ni siquiera
se solicitó a
esos países su consentimiento. Las bases militares
extranjeras son un serio impedimento para la libertad de acción de los Estados
en cuyo suelo se encuentran, porque siempre
se hallan bajo
la amenaza de una
intervención militar y fácilmente pueden ser objeto de la "política de fuerza".
Hay que tener
presente, en fin,
que, si los imperialistas desencadenasen una guerra,
los Estados
que han cedido territorio suyo para bases militares
extranjeras correrían el riesgo de atraer sobre sí
los primeros golpes de respuesta. Por consiguiente, los
gobiernos
europeos que han
aceptado el papel
de
escuderos del imperialismo norteamericano podrían
conducir a sus
países a una
catástrofe militar en interés exclusivo de los monopolios del
otro lado del Atlántico.
El control absoluto e indiviso sobre las fuerzas
militares propias ha
sido siempre una
de las más
importantes
funciones del Estado
soberano. La
existencia del Bloque del Atlántico Norte (N.A.T.O.)
ha hecho que los problemas básicos de la política
militar sean resueltos
en las reuniones
de los dirigentes de dicho
Bloque, donde marcan la pauta los representantes norteamericanos. Todo cuanto
se refiere al armamento, a la instrucción y al acuartelamiento de
las tropas ha
sido de hecho retirado de
la competencia de
los gobiernos nacionales y puesto
en manos extrañas.
Es
también muy intensa
la ofensiva de los
monopolios norteamericanos sobre los otros países
capitalistas en la esfera económica. Las formas de
esta ofensiva son
muy variadas: concesión
de
subsidios, de créditos a largo y corto plazo, de
empréstitos, etc. Los
empréstitos y créditos
norteamericanos son concedidos bajo determinadas
condiciones de carácter militar, político o económico, condiciones que están
llamadas a apretar el nudo que
ata a quienes los reciben al carro de guerra del
imperialismo norteamericano. Así,
a cambio del
empréstito de 3.700 millones de dólares concedido en
1946 a Gran
Bretaña, los Estados
Unidos consiguieron de ella el relajamiento del sistema de
preferencias imperiales, es decir, la renuncia a una
serie de
ventajas de que
Inglaterra goza en el
comercio con los países de su Imperio, una brecha en
la "zona esterlina" y, poco más tarde, la instalación de bases
militares norteamericanas en
las Islas
Británicas.
La exportación de capitales por los monopolios
norteamericanos -que conduce a poner en sus manos
gran número de empresas y hasta sectores completos
de la industria en otros países- es también un arma
importante que contribuye a quebrantar la soberanía
de los Estados menos fuertes. En los primeros años
que
siguieron a la
guerra, Norteamérica era en
realidad el único país exportador de capitales en el mercado mundial. Hasta
1950 habían duplicado sus inversiones,
que en 1955
alcanzaban la suma
de
45.000 millones de dólares. Si bien la competencia
se ha reanudado posteriormente en este terreno, los monopolios norteamericanos
han conseguido crear fuertes puntos de
apoyo en los
más importantes países
capitalistas. En Inglaterra, unas 800 compañías norteamericanas o filiales de
éstas ocupan un lugar nada
despreciable en su
producción industrial. Dentro de
Alemania Occidental son más de 500 las compañías y empresas que se encuentran
bajo el control norteamericano. También es grande el peso del capital de
Estados Unidos en Francia.
Así es como se manifiesta en el plano económico
una de
las tendencias principales
del mundo
capitalista
de nuestros días:
la tendencia de los
monopolios norteamericanos a privar también de su
independencia económico-financiera a
los países
capitalistas.
Existe también la
tendencia a la
"agrupación" de los monopolistas, a la
formación de grandes alianzas internacionales de monopolios que redundan
asimismo en perjuicio de la soberanía nacional de los países. Dicha tendencia
va implícita en la naturaleza del capital monopolista, que se siente estrecho
en el marco de un solo Estado.
La formación de alianzas de capitalistas
pertenecientes a distintos países acaba siempre por
llevar al predominio de la parte más fuerte. Por
consiguiente, todo termina
en que los
Estados
capitalistas más débiles pierden o ven mermada su
soberanía.
Después de la segunda guerra mundial, en Europa
se ha revelado con particular intensidad la
tendencia a la concentración del poderío de los monopolios. Han aparecido, como
antes ya lo dijimos, grandes agrupaciones de monopolistas como son la Unión
Europea del Acero y el Hierro, el "Mercado Común" y el Euratom. En
todos estos casos se trata de convenios de los monopolios sobre el reparto de
mercados, regulación de precios, tarifas aduaneras, etc. Los imperialistas
airean en todos los tonos el carácter "supranacional" de estas organizaciones,
si bien, en realidad, tal carácter se manifiesta en que los países que las
integran han perdido la independencia en determinados aspectos importantes de
su política económica. Muchas funciones de los gobiernos nacionales han sido
transferidas a organismos sometidos
de hecho al
control del miembro
más fuerte de la alianza. A título de tal, como fuerza preponderante en
la Europa capitalista, cada vez se encumbra más Alemania Occidental, que
después de la guerra se ha convertido en el agente número uno del capital monopolista
norteamericano.
Así, pues, la expansión militar y económica del
imperialismo norteamericano significa una amenaza
para la soberanía y la independencia de una serie de
países capitalistas. Se va formando un sistema de
satélites que, en uno u otro grado, se hallan bajo la dependencia de la primera
potencia imperialista: de los Estados Unidos de América.
2. El
cosmopolitismo, y no el patriotismo, es
la ideología de la burguesía imperialista
Nos hemos referido antes a los móviles por que se
guían las fuerzas reaccionarias cuando quebrantan la
soberanía y la independencia de los Estados. De esos
móviles
nadie habla, se
comprende, pues no son
como para explicárselos abiertamente a los pueblos.
Todo lo
contrario, se procura
enmascarar celosamente los verdaderos
fines de la
ofensiva contra la soberanía; a este objeto se echa mano de diversos
recursos de tipo ideológico, entre los que corresponde un lugar importante a la
propaganda del cosmopolitismo. No se trata, se comprende, del viejo
cosmopolitismo del siglo XIX, que a menudo equivalía a una visión amplia del
mundo, por encima de las limitaciones nacionales. Se tiene en cuenta la ideología,
estimulada por los imperialistas, según la cual el principio de la soberanía ha
"envejecido", es un fenómeno "regular" la restricción de la
independencia, las tradiciones nacionales no son dignas de tenerse en cuenta y
se desprecia la cultura nacional; una ideología que sostiene que, en las
condiciones actuales, la noción de patria carece de valor alguno.
El cosmopolitismo es para la oligarquía financiera
de Estados Unidos una tapadera excelente para encubrir su lucha por la
dominación mundial y por acabar con la independencia de otros países. Para los
monopolistas europeos es un cómodo argumento que les permite justificar el
abandono de los intereses nacionales y sus arreglos con el capital financiero
de Estados Unidos, a expensas de sus propios pueblos.
El cosmopolitismo de nuestros días presenta
diversas manifestaciones. Es
lo que inspira,
por
ejemplo,
la propaganda que
exalta los convenios
intermonopolistas europeos y defiende la conclusión
de otros convenios del mismo tipo. Las alianzas de
los
monopolistas son presentadas
como algo que
supera
la "limitación nacional". No ha de extrañarnos, pues, que tal propaganda sea
apoyada abiertamente y financiada
por los grandes monopolios.
Hay, sin embargo, formas más veladas y sutiles en la
propaganda del cosmopolitismo. De ordinario, son
presentadas
como ideas humanas,
democráticas y
hasta "socialistas".
La tesis favorita de los ideólogos del
cosmopolitismo, sobre todo entre los socialistas de derecha, es que el
principio de la soberanía se ha convertido en un estorbo para el desarrollo de
las fuerzas productivas en el mundo moderno.
Ahora
bien, ¿cómo se
puede propiciar el desarrollo de las fuerzas productivas
sobre la base de una amplia unión de Estados? De ninguna manera lastimando los
derechos soberanos e intereses de uno u otro Estado, sino todo lo contrario,
concordando estos intereses mediante una colaboración en pie de
contribuir la ampliación en vasta escala del
comercio internacional. Otro factor de gran peso es la colaboración en el plano
científico y técnico (intercambio de especialistas y de información científica
y técnica, realización conjunta de obras, etc.).
Cierto que todo esto no asegura aún un completo y
libre desarrollo de las fuerzas productivas en escala internacional. Para ello
se requieren medidas esenciales a adoptar entre los Estados: coordinación de
los planes económicos, cooperación de la industria de diversos países,
capacitación conjunta de especialistas,
etc. Mas esto
únicamente es posible con un sistema económico planificado,
que no conozca la anarquía de la producción ni la competencia, dentro de un
sistema basado en la confianza completa entre los pueblos y los Estados. Dicho
sistema tiene el nombre de socialismo.
Los enemigos del marxismo afirman que cuando
los comunistas defienden
los principios de
la
independencia
y la soberanía
van contra las
tendencias del desarrollo social y quieren mantener
la división de los
Estados y la
dispersión de las naciones que existen en el mundo. V. I.
Lenin dio ya cumplida respuesta a invenciones análogas cuando escribía:
"Nosotros exigimos la libertad de autodeterminación, es decir, la
independencia, es decir, la libertad de separación para las naciones oprimidas;
y no porque soñemos con la dispersión económica o veamos nuestro ideal en los
Estados pequeños; todo lo
contrario, porque queremos Estados grandes y el acercamiento,
hasta la fusión, de las naciones; pero sobre una base genuinamente democrática
e internacionalista, esto no puede concebirse sin la libertad de
separación."229
Otro argumento que se esgrime a menudo es el de que
la supresión o limitación de la soberanía abre el
camino a la prosperidad económica y permite elevar
el nivel de vida de los pueblos. La renuncia a la
"limitación nacional", dicen, permite establecer unos vínculos más
estrechos entre los países, unir sus recursos y ampliar el mercado de venta. Y
esto ha de repercutir favorablemente sobre la situación económica de cada uno
de ellos.
Todo esto sería así si la renuncia a la soberanía
diese verdaderamente solución
a parte de
estos
problemas siquiera. Pero la realidad es que no
ocurre nada de eso.
Dentro del capitalismo,
en lugar de
unificar los recursos de países iguales en derechos,
todo se reduce a un convenio entre los monopolios. El mercado común se
convierte en palestra de una
competencia abierta o velada en la que el más fuerte
es el que vence. Eso hace que las relaciones entre los
países se conviertan en una serie interminable de
choques, discusiones y conflictos más o menos encubiertos. Inevitablemente, todo
termina en
menoscabo de los derechos económicos de los países más
débiles; la situación de su economía nacional empeora y se incrementa la
explotación de sus recursos económicos.
Además de los argumentos de carácter económico, los partidarios del cosmopolitismo
manejan razonamientos diversos de índole política.
igualdad
y de conveniencia
mutua. A ello
podría
229 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 377.
Dicen, por
ejemplo, que es necesario renunciar a la soberanía para asegurar la defensa de
la democracia, para eliminar el peligro de guerra y robustecer la paz. Los
países capitalistas, aseguran, han de sacrificar su soberanía en favor de los
Estados Unidos a fin de defender
conjuntamente la democracia
de la "amenaza del
comunismo".
Esto es falso del principio al fin. Primeramente,
que la democracia no se ve amenazada en los países
occidentales por el comunismo, sino por la ofensiva
de los monopolios, que imponen la reacción en todos
los órdenes.230 En segundo lugar, es
precisamente la renuncia a la
soberanía en favor
de los Estados Unidos lo que significa una amenaza
formidable para la democracia del Occidente europeo. Esta se ve sometida a la
doble presión de los monopolios "propios" y de ultramar. Así nos lo
prueban, por ejemplo, hechos como la aprobación en distintos países de leyes
antiobreras copiadas de la legislación norteamericana, la implantación de los
métodos de "comprobación de la lealtad", etc.
Por lo que se refiere a la amenaza de guerra, es
imposible eliminarla con campañas contra la
soberanía. Las guerras no son originadas en nuestra
época por la fidelidad a la soberanía nacional, como
afirman los ideólogos del cosmopolitismo burgués,
sino que
se deben a
causas económico-sociales
derivadas de la rapaz naturaleza del capital
monopolista. Además de que, como decíamos antes, una de las razones más
importantes de la ofensiva de
los monopolios norteamericanos sobre la soberanía de
los Estados capitalistas independientes es, ni más
ni menos, el deseo de convertirlos en zonas
supeditadas a sus fines estratégicos.
Finalmente, los propagandistas del
cosmopolitismo sostienen que el principio de la
soberanía se ha hecho viejo, porque se opone al progreso de la cultura humana y
retarda la fusión de los pueblos en una familia común. Ahora bien, la cultura
humana es la suma de los avances culturales de cada nación, y no algo que
permanezca al margen de ellos. La literatura, el arte, la música florecen
esplendorosamente en el terreno nacional, pero languidecen cuando no echan
raíces en el pueblo. Las grandes obras de arte que adquirieron valor para la humanidad
entera eran expresión del genio nacional. Y al contrario, el arte que rompe con
su suelo natal es incapaz en absoluto de crear grandes obras.
Quiere
decirse, pues, que
la lucha por
la soberanía, por la independencia nacional y contra el
cosmopolitismo es, al mismo tiempo, la defensa de un
auténtico desarrollo y progreso de la cultura.
230 A ello volveremos con más detalle en el capítulo
XVIII.
3. La
defensa de la soberanía coincide con los
intereses vitales de todas las fuerzas sanas de la nación
En los países capitalistas cuya independencia se ve
mermada por la ofensiva de los monopolios norteamericanos se crean premisas
objetivas para la unificación de las más amplias capas de la población en
defensa de su soberanía nacional y de la paz.
La lucha por la soberanía nacional es una de las
formas del movimiento democrático. La experiencia
nos dice que cuando su éxito es mayor es cuando se
ve dirigida por la clase obrera y su partido
revolucionario.
La clase obrera, guardián de la independencia de los
pueblos.
El movimiento obrero
defendió siempre el
derecho de las naciones a la existencia
independiente y luchó contra toda forma de opresión nacional.
El marxismo-leninismo se atiene al principio de que
el respeto a las demás naciones es la premisa para la existencia de relaciones
normales entre los
pueblos. F. Engels escribía en 1888: "Para
asegurar la paz internacional, lo
primero que se
necesita es
eliminar, en la medida de lo posible, las fricciones
nacionales; cada pueblo ha de ser independiente y dueño de su propio
país."231
En el prefacio a la segunda edición polaca del
Manifiesto del Partido Comunista, escrito en 1892,
subraya de nuevo
Engels que "la
sincera
colaboración internacional de los pueblos europeos
es sólo posible a condición de que cada uno de estos
pueblos sea dueño absoluto en su propia casa".232
V. I. Lenin defendió también siempre, con energía
y consecuencia, el principio de la independencia e
igualdad de derechos de las naciones. La expresión más completa de dicho
principio, tal como lo ve la ciencia
marxista-leninista, es el
derecho de los pueblos
a la autodeterminación. Según
escribía Lenin, "el socialismo triunfante ha de aplicar necesariamente
una democracia completa, y, por consiguiente, no sólo dar vida a la completa
igualdad de derechos de las naciones, sino también aplicar el derecho a la
autodeterminación de las naciones oprimidas, es decir, el derecho a la libre
separación política".233
La defensa de la libertad de las naciones que el
proletariado lleva a cabo, de su independencia y de sus caracteres específicos,
es manifestación del patriotismo de la clase obrera, que representa el polo
opuesto lo mismo
del chovinismo que
del
231 C. Marx y
F. Engels, Obras. ed. cit., t. XVI, parte 1, 1937, pág. 453.
232 C. Marx
y F. Engels,
Manifiesto del Partido
Comunista,
Gospolitizdat, Moscú, 1958, pág. 27.
233 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 132.
cosmopolitismo burgués. El patriotismo de la clase
obrera se desprende, ante todo, del sentimiento de orgullo por la aportación
que su pueblo o nación hicieron a la lucha de las masas explotadas y oprimidas
para liberarse de la explotación y de la opresión. De ahí que el patriotismo de
la clase obrera sea profundamente progresista y revolucionario.
A los obreros no les es indiferente el destino de la
patria.
Los propagandistas de la burguesía reaccionaria
se esfuerzan por presentar a los capitalistas como
exclusivos portadores de los sentimientos patrióticos. Tratan de ocultar el
hecho de que el patriotismo de la burguesía se ha visto siempre supeditado a
sus estrechos y egoístas intereses de clase, y se empeñan en desacreditar el
patriotismo de la clase obrera y de los comunistas. Los propagandistas
burgueses se remiten a veces al lugar del Manifiesto del Partido Comunista en
que se dice que "los obreros no tienen patria". Es, sin embargo, de una
evidencia absoluta que esto no
significa la negación
de la patria;
lo único que afirma es que, en la sociedad gobernada por los
capitalistas, la patria ha sido usurpada de hecho por los explotadores y que
para la clase obrera no es una buena madre, sino una mala madrastra. Cuando la
clase obrera pone fin a la dominación de los explotadores, crea las condiciones
mejores para la manifestación más completa de su patriotismo, del que es
genuino portador en la época contemporánea.
Sabemos también que Marx y Engels apoyaron
siempre la lucha
de los obreros
en defensa de la
independencia
de su país
frente a la
amenaza de
esclavización extranjera. Y jamás afirmaron que,
dentro del régimen capitalista, a la clase obrera le es indiferente la suerte
que pueda correr su patria.
Ampliando el punto de vista del marxismo sobre la
patria, Lenin escribía en 1908: "La patria, es decir,
el medio político, cultural y social dado, es el
factor más poderoso en la lucha de clase del proletariado... El proletariado no
puede mirar con indiferencia las
condiciones
políticas, sociales y
culturales de su lucha; por consiguiente, tampoco puede
mostrar indiferencia ante la suerte de su país."234
En relación precisamente con la actitud de la clase
obrera hacia la patria escribió Lenin su conocida observación contra una visión
dogmática del marxismo: "Todo el espíritu del marxismo -decía-, todo su
sistema exige que cada proposición sea examinada a) sólo históricamente; b)
sólo en relación con otras proposiciones; c) sólo en relación con la
experiencia concreta de la historia."235
Aplicado al patriotismo, esto significa que el
proletariado no estima
suficiente el planteamiento
abstracto del problema relativo a la defensa de la
patria. Lo que en primer término le interesa es qué
234 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XV, págs.
171-172.
235 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXV, pág. 200.
situación histórica, qué clase y con qué objeto
proclama la necesidad
de defender la
patria. Una cosa es la situación
producida por la guerra imperialista, cuando esta consigna es manejada por la
burguesía dominante para engañar a las masas y encubrir las verdaderas razones
que mueven a los magnates imperialistas. Otra cosa es la situación a que se
llega cuando se ven amenazadas la independencia nacional y la libertad del
país, cuando crece el movimiento de liberación nacional. En este último caso,
la clase obrera
es la primera
en levantarse para defender la libertad de su país, su soberanía y su
independencia. En estas condiciones, la defensa de la patria no es para ella
una frase vacía, sino una tarea de vital importancia, al cumplimiento de la
cual le llaman sus intereses de clase, tanto los inmediatos como los más
profundos.
Hoy día, en
la nueva situación
en que nos encontramos, el
patriotismo de la
clase obrera -
inseparable como es del internacionalismo
proletario- se ha convertido en una fuerza particularmente activa
y poderosa. En los años de ocupación hitleriana y de
amenaza mortal para la civilización a que el mundo fue llevado
por los bárbaros
fascistas, fueron
precisamente los obreros quienes, en los países
ocupados por los alemanes, demostraron con hechos
su devoción a la patria y la fe en su futuro.
Mientras que los "patriotas" patentados de la burguesía reaccionaria
colaboraban con los invasores fascistas,
los comunistas luchaban en las primeras filas de la
Resistencia, de la que eran el núcleo más combativo
y abnegado. Sabemos, por ejemplo, que el Partido
Comunista Francés perdió 75.000 miembros en las
batallas por la libertad de la patria.
Un heroísmo jamás visto en el trabajo y en la
defensa de su
patria revelaron los
pueblos de la
Unión Soviética, China, Corea, Vietnam; los de todos
los países socialistas. La propia vida se ha encargado
de demostrar que el Estado socialista es una escuela
de patriotismo como jamás fue ni pudo ser ninguno de los Estados burgueses.
Los ideólogos de la burguesía afirman que cuando los
marxistas combaten el cosmopolitismo, reniegan
del carácter internacionalista de su doctrina y se
convierten en nacionalistas. Pero los autores de tales amaños mienten
por partida doble:
primero,
equiparan el cosmopolitismo de la burguesía y el
internacionalismo de la
clase obrera; segundo,
atribuyen a los marxistas las ideas nacionalistas
que son precisamente propias de los teóricos burgueses.
El internacionalismo de la clase obrera, como ya
se ha dicho, es expresión de la unidad de intereses
de los obreros de todos los países en su lucha contra el enemigo común, que es
el capitalismo; es expresión de la unidad de fines, porque todos tienden a
suprimir la explotación del hombre por el hombre, y de la unidad de ideología,
puesto que todos defienden la amistad y la fraternidad de los pueblos.
En este sentido, todos los obreros pertenecen a una
misma "nación", al ejército mundial de los hombres del trabajo, a los
que en todos los países burgueses oprime y explota una misma fuerza: el
capital. Ello no significa en modo alguno, sin embargo, que por pertenecer al
ejército internacional del trabajo, el obrero deje de ser francés, inglés,
italiano, etc. ¡Todo
lo contrario! Del internacionalismo proletario se deduce
como algo natural y lógico un patriotismo auténtico, y no falso.
En efecto, ¿acaso la fidelidad a los ideales últimos
de la clase obrera no origina el ardiente deseo de ver
al pueblo propio libre y floreciente, prosperando en
el campo del progreso social? La clase obrera, que
aspira a suprimir todas las formas de explotación y
opresión, no desea esto sólo para ella misma, sino
para todos los trabajadores y toda la nación.
Justamente la realización de los objetivos finales de la clase obrera
-derrocamiento del poder de los explotadores, que se oponen al progreso de la
nación, y construcción del socialismo- es lo único capaz de proporcionar a cada
pueblo una libertad, una independencia y una grandeza nacional verdaderamente
auténticas. Resulta que la clase más internacionalista, la clase obrera, es a
la vez la más patriótica.
Tales son algunos de los principios generales que
determinan la posición de la clase obrera frente al problema de la soberanía.
Al adoptar la actitud más consecuente en cuanto a la defensa de la
independencia, los obreros actúan como portavoces de los intereses de la nación
entera. Y por esta razón, ellos y su partido marxista-leninista pueden agrupar
en torno suyo a las demás capas y clases de la población.
Los Partidos Comunistas de los países capitalistas
mantienen en alto
la bandera de
la independencia
nacional
y de la
libertad. El mantenimiento
de la
soberanía y la aplicación de una política exterior
independiente son reivindicaciones que figuran en los programas del movimiento
comunista en Francia, Italia y otros países.
El Partido Comunista de Gran Bretaña ha escrito en
su programa la reivindicación de "mantener una
política
inglesa
independiente". El Partido
Progresista Obrero de Canadá llama a sus
compatriotas a "reconquistar a los Estados Unidos
nuestra
independencia
nacional". El Partido
Comunista del Japón pide que se ponga fin a la
opresión nacional y el restablecimiento de la independencia del
país, pisoteada por
los imperialistas americanos. El Partido Comunista de Noruega ha lanzado
la consigna: "Noruega debe ser un Estado libre e independiente."
Las acciones de la clase obrera en defensa de la
soberanía contribuyen a agrupar a todas las fuerzas
sanas de la
nación para la
lucha contra el imperialismo y la reacción, por la paz, la
libertad y la independencia.
El
principio de la soberanía es sentido por las capas más amplias del pueblo.
La
necesidad de mantener
la autonomía del
Estado
en cuanto a
la definición de
su política interior y exterior
viene impuesta, en las condiciones
actuales, por los intereses comunes a toda la
nación.
El mantenimiento de la soberanía interesa vitalmente no sólo a la clase obrera, sino
también a
los campesinos. Tal como ahora están las cosas, la
competencia de los capitalistas agrícolas
norteamericanos, que disponen
de grandes excedentes de producción,
hace muy difícil la situación de los campesinos en muchos países capitalistas.
El torrente de productos del campo que llegan
del extranjero y
que son vendidos
a bajo precio, arruina a los
campesinos de Europa Occidental. Entre éstos cunde la idea de que únicamente
podrán defender sus intereses si se incorporan a la lucha contra la invasión de
los monopolios extranjeros y por la independencia económica y la soberanía.
La
lucha por la
soberanía, por la
dignidad nacional, encuentra también
vivo eco entre
los
intelectuales,
que sufren al
ver el colapso
de la
cultura
nacional por la
intervención americana en este terreno. Los países de Europa
Occidental se ven inundados por las peores muestras de la literatura
norteamericana, por películas que exaltan el crimen y la corrupción, por
revistas que hacen propaganda del "modo americano de vida"; todo esto
hace que se pervierta el gusto de las gentes e influye perniciosamente sobre la
moral de las jóvenes generaciones. Además, la "intervención"
norteamericana en el plano cultural significa un daño directo para los
intelectuales de cada país -pintores, escritores, compositores, artistas,
etc.-, por cuanto les resulta más difícil encontrar aplicación a su talento y
capacidad.
A excepción de los representantes del gran capital
monopolista, que, según la expresión de Lenin, "no
tiene patria", una parte bastante considerable
de la
burguesía tampoco puede mostrarse conforme con la
grosera intervención norteamericana en los asuntos ajenos. De
ninguna manera se
siente dispuesta a sufrir calladamente las imposiciones de los
monopolistas extranjeros, que únicamente se guían por sus intereses y su afán
de lucro, mientras que a los demás les llevan la opresión y la humillación
nacional. El sentimiento de dignidad ofendida que experimentan muchos hombres
de la burguesía se ve caldeado por los "agravios" de carácter
económico que se ven obligados a soportar.
V. I. Lenin
hacía notar en
1920 que "los imperialistas son opresores no
sólo de los obreros de
sus propios países, sino también de la burguesía de los
Estados pequeños".236
La pérdida o la merma de la soberanía del país hace
que la burguesía (a excepción de una pequeña
parte) haya de "estrecharse" en un mercado
interior
que
acostumbraba a mirar
como propio; sus beneficios se restringen, puesto que
parte de ellos, a veces muy importante, va a parar al bolsillo de los
capitalistas extranjeros. De dueña y señora que era, se convierte en vasalla de
estos últimos, y en ocasiones no se libra de ser puesta en una situación
humillante. Así llega a caer en la cuenta del valor de la soberanía y de las
ventajas de la independencia, y comienza
a mirar con
simpatía a quienes
luchan contra la preponderancia norteamericana.
Por lo tanto, las fuerzas interesadas en conservar
la independencia y la soberanía representan en los países capitalistas la
mayoría de la nación. Esto proporciona la posibilidad real de aislar al ala
reaccionaria extrema de la burguesía -a la oligarquía financiera que traiciona
los intereses de la patria- y poner fin a la subordinación de los países
independientes al imperialismo norteamericano.
Capitulo
XVIII. La lucha en defensa de la democracia en los países burgueses
Hace ya mucho que pasaron los tiempos en que la burguesía
de Europa Occidental y de América del Norte era una clase revolucionaria y
campeona de la democracia. En cuanto llegó al poder y consolidó su dominación
de clase, dio la espalda a los principios que sus ideólogos habían proclamado
en la época de la lucha contra la reacción feudal absolutista. Conforme el
tiempo avanzaba, sus ponderaciones de la democracia, la libertad y la igualdad
se convertían, dentro de la sociedad burguesa, en una ilusión, en un engaño manifiesto.
Democracia para los
ricos, libertad para los ricos, derechos civiles para los ricos: tal era
la interpretación que recibían los principios proclamados solemnemente en el
período de las revoluciones burguesas. Cuando el capitalismo entra en su fase
imperialista, se intensifica singularmente el proceso de desintegración de la
democracia burguesa, que se ve sustituida por formas abiertas de despotismo
político del capital monopolista.
Pero la burguesía, aun convertida en una fuerza
reaccionaria, no consiguió jamás apagar en las masas
las aspiraciones democráticas. La clase obrera y los
trabajadores en general, que por propia experiencia
saben lo mucho que para ellos significan en su vida
diaria unas libertades y unos derechos democráticos, aunque reducidos al
mínimo, continúan ejerciendo la
presión más intensa sobre las clases dominantes.
Gracias a esa presión justamente, en muchos países
burgueses se ha establecido el régimen republicano,
se han desarrollado las formas democráticas en la vida política y se ha
implantado el sufragio universal.
Las conquistas democráticas de que ahora tanto habla la
burguesía de algunos
países no son
obra suya en absoluto. No han sido concedidas por ella a las masas
populares, sino arrancadas literalmente a lo largo de
muchos años de
empeñada lucha. Los hechos nos dicen que en los países
burgueses la democracia se ha
afirmado a pesar
de las vacilaciones, traiciones y
tendencias contrarrevolucionarias de la burguesía. Sólo por los esfuerzos de la
clase obrera, apoyada por otras clases y capas de trabajadores, triunfó, por
ejemplo, la República en Francia.
En Inglaterra fueron necesarios decenios
enteros de lucha,
el gran esfuerzo del movimiento
cartista, para conseguir elementales reformas de la ley electoral. Es muy
instructivo también cuanto se refiere a la creación de sindicatos de la clase
obrera, que hubo de regar con su sangre el camino de lucha hasta conseguir que
se les reconociera existencia legal.
La lucha constante de la tendencia democrática y la
antidemocrática en el seno de la sociedad burguesa
fue ya señalada por V. I. Lenin. "El
capitalismo en
general y el imperialismo en particular -escribía-
convierten la democracia en una ilusión; al propio tiempo, el capitalismo
engendra aspiraciones democráticas en las masas, crea instituciones
democráticas y agudiza el antagonismo entre el imperialismo, que niega la
democracia, y las masas, que la quieren."237
Este antagonismo
pervive por completo en nuestros días. Más aún, se ha
agudizado por la creciente tendencia de la burguesía imperialista a
arrebatar a los
trabajadores sus derechos democráticos, por recortar y quitar
raíces a la democracia. La lucha en defensa de la democracia ha adquirido en
nuestros días el carácter de tarea primordial para todas las fuerzas
progresivas de los países burgueses. Y el peso principal de esa lucha recae
sobre los hombros de la clase obrera.
Hay que tener presente que la democracia, tal y como
se estructuró en los países capitalistas desarrollados, es un conjunto de
fenómenos muy variados y heterogéneos.
Dentro de ella
se encuentran las formas y métodos de dominación política y de poder,
elaborados por la burguesía y que responden a sus necesidades (sustitución del
monarca hereditario por un
presidente electivo y un
Parlamento, implantación del sistema de partidos, etc.). Por mucho que estas
formas y estos métodos de poder hayan evolucionado, por su esencia son formas y
métodos de que la burguesía se vale para mantener sujetos a sus enemigos de
clase.
Al mismo tiempo, la noción de democracia comprende
todo el conjunto de derechos y libertades que los trabajadores conquistaron en
el transcurso de una larga lucha: libertad de palabra, de prensa, de reunión,
de manifestación y huelga, derecho a formar organizaciones profesionales y
políticas, etc. Estos
236 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXX. pág. 420.
237 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 13.
derechos, aunque muy incompletos y limitados por la
desigualdad económica que impera en la sociedad burguesa, permiten a los
trabajadores defender sus intereses:
exigir la promulgación de
leyes que pongan límites a la
arbitrariedad de los patronos en cuanto al establecimiento de salarios y a la
duración de la jornada, que implanten los seguros sociales, etc.
Así,
pues, no todo
lo que se
refiere a la democracia burguesa es indiferente para
las masas
trabajadoras. Estas tienen el interés máximo en
conservar y ampliar
sus derechos civiles,
pues el
conjunto de éstos es lo que, dentro del régimen
capitalista, da más amplio campo a la libertad de la lucha de clases, a la
posibilidad de defender por vía
legal sus reivindicaciones e intereses inmediatos y
de luchar por los
objetivos últimos que
como clase
obrera tienen.
Ahora bien, a la clase obrera no le es indiferente
la suerte de la democracia burguesa en su conjunto
cuando las fuerzas de la reacción se lanzan a la
ofensiva contra ella. La democracia burguesa como
forma de dominación de clase de la burguesía, con
todos sus defectos, coloca a los trabajadores en condiciones infinitamente
más ventajosas para
la
defensa de sus derechos que otras formas de
dominación burguesa, como son el fascismo y demás
variedades de dictadura descarada de la oligarquía
financiera.
La
posición de los
marxistas frente a la
democracia burguesa no puede ser la misma en todos
los casos. Sabemos, por ejemplo, que durante la Gran Revolución Socialista de
Octubre, Lenin y los comunistas rusos lucharon contra todos los partidos
políticos que, amparándose en la defensa de la democracia burguesa, se
mostraban contrarios a la instauración de la democracia proletaria. Y ello fue
así porque en aquel período la democracia burguesa se había convertido en Rusia
en la bandera alrededor de la cual se movilizaban todas las fuerzas contrarrevolucionarias
para la lucha contra la clase obrera y la revolución socialista.
La situación es distinta ahora en los países
capitalistas donde la reacción ataca a la democracia burguesa. Los trabajadores
no han de optar entre revolución proletaria y democracia burguesa, como ocurría
en Rusia en 1917, sino entre democracia burguesa y dictadura de los elementos
más reaccionarios y agresivos del capital monopolista. No es difícil comprender
hacia dónde se inclinan.
1.
Lenin, acerca de la necesidad de luchar por la democracia dentro del
capitalismo
Lenin vio como ninguno otro la limitación y el convencionalismo
de la democracia burguesa y supo descubrir inflexiblemente sus lacras y vicios.
Mas el fuego de la
crítica leninista iba
dirigido contra la
marxismo-leninismo. Lenin combatió las ilusiones
pequeñoburguesas acerca de que, dentro del capitalismo, es posible alcanzar un
auténtico poder del pueblo. Así demostró que tras la fachada democrática de
cualquier república burguesa
se oculta el mecanismo de la dominación de clase del capital y que la
burguesía trata de poner al servicio de esa dominación todas las instituciones
de la democracia.
Pero aun criticando a quienes se hallaban
prisioneros de las ilusiones democráticas pequeñoburguesas, a quienes estaban
dispuestos a posponer a ellas los grandes objetivos finales de la clase obrera,
Lenin veía perfectamente el beneficio que la clase obrera podía sacar hasta de
las libertades, a menudo recortadas, que había conseguido al precio de su
sangre y de grandes sacrificios, y que la burguesía trata de arrebatarle. Por
eso consideraba que "la democracia tiene un valor formidable en la lucha
de la clase obrera contra los capitalistas y por su liberación".238
Lenin no daba por esta razón cuartel a las ideas y
concepciones atrasadas de quienes afirmaban que la clase obrera no tiene nada
que ver con la democracia y que al preocuparse por ésta puede perder de vista
la lucha por sus intereses de clase.
Oponiase Lenin a estos absurdos izquierdistas y
hacía ver la importancia que en el plano de los principios y en la práctica
tiene la lucha por la democracia, en el curso de la cual el movimiento obrero
adquiere madurez y se desarrolla, al tiempo que mejora las condiciones en que
puede desenvolverse. Sin arrancar a la burguesía y sin consolidar determinados
derechos políticos, la clase obrera no puede ver satisfechas ni siquiera sus
reivindicaciones económicas. "Ninguna lucha económica -enseñaba
Lenin- puede
traer a los obreros
una mejora estable
en su situación;
ni siquiera puede ser mantenida en amplia escala si los obreros no
tienen derecho a celebrar libremente reuniones, a sindicarse, a publicar sus
periódicos, a enviar representantes suyos a las Asambleas Nacionales..."239
Pero la importancia de la democracia para la clase
obrera no deriva únicamente del hecho de que de ella dependen las condiciones
de la lucha que mantiene. Lenin subrayó en repetidas ocasiones que la
reivindicación de la democracia corresponde a los objetivos finales del
movimiento obrero, a su meta histórica, que consiste en la supresión del
dominio de clase en general. Lenin llamaba a la clase obrera a llevar a cabo la
transformación económica necesaria para construir la sociedad socialista, mas,
al mismo tiempo, indicaba que "el proletariado que no se educó en la lucha
por la democracia es incapaz de realizar
democracia
burguesa, y no contra la democracia en
general, como tratan de presentar los enemigos del
238 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXV, pág. 443.
239 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 193.
la transformación económica".240
Después de esto se comprende muy bien la
profunda convicción con
que Lenin manifiesta:
"Sería
un craso error
pensar que la
lucha por la
democracia es capaz de apartar al proletariado de la
revolución socialista o entorpecerla, llevarla a un segundo plano, etc. Al
contrario, de la misma manera que el socialismo triunfante es imposible sin
haber implantado la democracia completa, no puede prepararse para el triunfo
sobre la burguesía el proletariado que no mantiene una lucha en todos los
sentidos, consecuente y revolucionaria, por la democracia."241
Lenin tenía presente, se comprende, que la lucha por
la democracia dentro de la sociedad burguesa,
por mucha que sea la energía con que se mantenga y
los éxitos que proporcione, únicamente puede
proporcionar a la clase obrera resultados parciales, limitados de antemano al
marco del régimen capitalista. Bajo este régimen no hay ni puede haber una
democracia completa y consecuente para las grandes masas trabajadoras, pues la
dominación de clase de la
burguesía permanece intangible cualquiera que
sea la estructura
del Estado capitalista. Bajo el
capitalismo es completamente imposible implantar un auténtico poder del pueblo,
como, llevados por su fantasía, sueñan ciertos elementos pequeñoburgueses. Mas
la lucha por la democracia, según lo concebía Lenin, prepara a la clase obrera
para el mejor
cumplimiento de su misión, que consiste en acabar con toda
opresión de clase y en crear una sociedad auténticamente democrática, que es la
sociedad socialista.
Por consiguiente, cuando la clase obrera sale en
defensa de la democracia tiene en cuenta por igual los intereses de su lucha
diaria y sus tareas y planes para el futuro.
Tal es la base de principio que determina la
posición de los partidos marxistas-leninistas hacia la
lucha por la democracia en los países burgueses.
2. Ofensiva
de los monopolios
capitalistas contra los derechos
democráticos de los trabajadores
En la época
del imperialismo, la
lucha por la
democracia adquiere un valor especial por la razón
de que el capital monopolista trata de imponer en
todos
los terrenos un
orden extremadamente
reaccionario,
que guarda relación
con sus aspiraciones a una
dominación ilimitada, a la explotación inhumana de los trabajadores, con objeto
de obtener beneficios
máximos sin reparar
en recursos ni en medios. Estas aspiraciones se desprenden, ante todo,
de la naturaleza económica del capital monopolista: la consolidación de su
poderío significa el paso de la libre competencia a los
monopolios y a la lucha entre los monopolios que se
disputan el poder y la influencia. Pero el monopolio es siempre
el antípoda de
la libertad, vence aplastando a la libertad en todas las
esferas de la vida económica y política. "La superestructura política
sobre la nueva economía, sobre el capitalismo monopolista (el imperialismo es
el capitalismo monopolista) -indica Lenin-, es un viraje de la democracia a la
reacción política. A la libre competencia corresponde la democracia. La
reacción política corresponde al monopolio."242
La oligarquía
financiera, enemiga de la democracia.
En su análisis de las consecuencias económicas y
políticas a que conduce la instauración del poder de
los monopolios, Lenin subraya que, en la época del
imperialismo, la ofensiva de la reacción sobre las instituciones, sistemas
y tradiciones democráticas
adquiere la forma de violencia abierta contra la
totalidad de las clases y capas (a excepción de la gran
burguesía) y se extiende a los sectores más amplios
de la vida política y social.
Esta ofensiva de los monopolios centra sus fuegos
contra la democracia en general, pues monopolio y
democracia se encuentran en contradicción flagrante. V. I. Lenin decía a este
respecto: "Lo mismo en política exterior que interior, el imperialismo
tiende por igual a la violación de la democracia, a la reacción. En este
sentido es indudable que el imperialismo es la «negación» de la democracia en
general, de toda la democracia...”243
Las tendencias antidemocráticas de la burguesía
monopolista se acentúan sin cesar en el período de
crisis general del capitalismo. La agudización de la
lucha de clases, la debilitación progresiva de las
posiciones del capitalismo y el miedo al socialismo,
cuyas fuerzas crecen sin cesar, es lo que empuja a
los
monopolios a las posiciones extremas en política
interior y exterior.
Después de la primera guerra mundial, en algunos
países capitalistas venció el fascismo y se
estableció una dictadura descarada y sangrienta de los grupos más reaccionarios
y aventureros de la burguesía monopolista y los terratenientes. El fascismo,
como lo demuestra la experiencia de Alemania e Italia, significa la supresión
completa de la democracia. La disolución de las organizaciones obreras, la
represión implacable de toda muestra de oposición, sin exceptuar la de los
liberales burgueses; la negación de los derechos democráticos elementales a los
trabajadores, la subordinación completa del pueblo al arbitrio de los
monopolios y de su máquina estatal, la muerte de los mejores hombres en
cárceles y campos de concentración, la barbarie racial y la preparación
desesperada para la guerra, y por último, la agresión
240 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 13.
241 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 133.
242 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 31.
243 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 31.
que desencadena una nueva matanza mundial. Todo eso
es lo que trajo consigo la dictadura fascista.
La segunda guerra mundial, mantenida por los pueblos
para poner fin al fascismo, desorganizó de
momento la ofensiva de las fuerzas reaccionarias en
muchos países capitalistas. Pero la victoria sobre la
coalición hitleriana de los pueblos que aman la paz
estuvo muy lejos de acabar con la amenaza de reacción desenfrenada
que el imperialismo
lleva
consigo. La tendencia de la burguesía imperialista a
la reacción política dentro del país y a la agresión en
el exterior no tardó en levantar cabeza en los
países burgueses, y en
primer término en
los Estados Unidos, que
son la ciudadela
principal del
capitalismo.
En el período
postbélico se ha desplegado una nueva y amplia ofensiva del
capital
monopolista contra los derechos y libertades
democráticos de los pueblos dentro de los países capitalistas. Y
el peligro que
se cierne sobre
las
conquistas democráticas de los pueblos viene
acentuado por los dos factores siguientes:
Primero, el incremento tomado por el capitalismo
monopolista de Estado, la subordinación cada vez mayor del
Estado burgués a
los monopolios
capitalistas. La participación directa de los
monopolios en la gestión de los asuntos públicos les
permite dar de lado a cualquier norma democrática
que se oponga a su dominación ilimitada. En estas condiciones, la maquinaria
estatal se convierte en un
simple
instrumento que el
capital monopolista maneja a su
antojo.
Segundo, el creciente papel del imperialismo
norteamericano. Este ha envuelto en sus redes a una
serie de países capitalistas y se entromete
descaradamente en sus asuntos internos. En todos los sitios busca el apoyo de
la reacción extrema; estimula
todo género de medidas antidemocráticas y concede a
los gobiernos burgueses recursos financieros, y a
veces armas, para llevarlas a la práctica. Los
círculos reaccionarios de Estados Unidos son en la palestra internacional la
principal fuerza antidemocrática que
ejerce presión sobre todo el mundo capitalista.
A esto hay que agregar la creciente influencia
reaccionaria de las
agrupaciones monopolistas
interestatales
y de los
bloques agresivos. Los
diversos
organismos
"supranacionales"
creados en
Europa escapan de hecho al control de los propios
pueblos y alivian a los monopolistas la tarea de combatir en común los derechos
democráticos y las libertades dentro de cada nación.
La reacción atenta contra los intereses vitales de
la clase obrera.
La ofensiva de la reacción contra la democracia es
sostenida, pues, en
distintas direcciones y
en un frente muy amplio.
Dicha ofensiva se traduce, por ejemplo, en la
revisión abierta de las normas constitucionales y de
los
sistemas electorales. En
algunos países capitalistas se
han aprobado últimamente numerosas enmiendas a la Constitución por las que se
incrementan las facultades
de los gobiernos burgueses y se debilita el control
que sobre ellos ejercen los Parlamentos. Son revisadas, para recortarlas, las
leyes electorales; prescindiese del principio de la representación
proporcional, con lo que salen ganando los partidos burgueses de extrema
derecha, y la clase obrera pierde su representación en los Parlamentos.
Cada vez se
restringe más la función legisladora de éstos,
transmitiéndose dichas facultades a un poder ejecutivo que se encuentra
subordinado a los monopolios.
Estas tendencias se han manifestado, más o menos
intensamente, en todos los países burgueses, sin que se salven los Estado
Unidos, Gran Bretaña, la República Federal Alemana ni Italia; han podido
observarse, sobre todo, en Francia, donde la Constitución democrática de 1946
ha sido sustituida, en 1958, por otra que suprime de hecho el régimen
parlamentario e instaura un sistema presidencialista.
Obsérvase también un proceso de limitación
constante de los
derechos democráticos de
los
trabajadores y un incremento de la arbitrariedad y
el terror policíacos. En 1950 se aprobaba en Estados
Unidos la ley MacCarran, por la que se establecía el
control de la policía sobre la correspondencia privada y las conversaciones
telefónicas, dando así, de hecho,
fuerza
legal al control
de las ideas.
También en
Inglaterra
se practica la
escucha de las conversaciones telefónicas. Las
proporciones que el
desenfreno
policíaco puede alcanzar
en los países
burgueses nos lo demuestra la historia del
maccarthismo, que en poco tiempo supo imponer su sello a toda la vida del
pueblo norteamericano.
Ningún país del mundo posee actualmente una
policía política tan
ramificada como los
Estados
Unidos. Bastará remitirse al testimonio de Cirus
Eaton, industrial multimillonario y significada personalidad social
de Norteamérica. En
mayo de
1958 decía en una entrevista televisada: "Si
tomamos la policía de
las ciudades, distritos,
estados y
organismos gubernamentales y la unimos, hay que
decir que Hitler en el período de su esplendor, aun disponiendo de
la Gestapo, no
tuvo jamás una
organización de vigilancia como la que nosotros
poseemos hoy en nuestro país."
Quienes más sufren de este desenfreno de la reacción
son la clase obrera y sus organizaciones. El período postbélico
se ha distinguido por
la
implantación de leyes antiobreras en la mayoría de
los países capitalistas. Así "agradece" la burguesía el
abnegado trabajo de los obreros y sus privaciones
durante la guerra. Un modelo de ley antiobrera es la de Taft-Hartley, aprobada
por el Congreso
norteamericano en 1947, que pone estrechos límites a
uno de los más importantes derechos constitucionales de los obreros, como es el
derecho de huelga. En realidad, se trata de un intento de colocar al Estado
burgués sobre el movimiento obrero y de convertir a dicho Estado en árbitro de
los conflictos entre los obreros y los patronos. Si recordamos que el aparato
estatal de los
países capitalistas se
encuentra en manos de los
monopolios o de gentes suyas, comprenderemos fácilmente qué pueden esperar los
obreros de semejante arbitraje.
La experiencia de Inglaterra nos dice bien a las
claras al lado
de quién se
encuentra el Estado burgués; las huelgas más reñidas son
casi en este país las que se mantienen en los sectores nacionalizados de la
economía, es decir, allí donde las empresas se encuentran directamente en manos
del Estado.
La legislación antiobrera tiene en nuestra época
características que la hacen particularmente peligrosa
para los trabajadores.
Se trata de
una de tantas
manifestaciones de la política del capitalismo
monopolista de Estado en el plano de las relaciones
entre
las clases. Valiéndose
del Estado, el
capital
monopolista trata de apoderarse del movimiento
obrero y de mantenerlo sometido a su control para que nada se oponga ya a la
explotación de los trabajadores.
Hay que señalar, en fin, el incremento general de
los métodos terroristas
con que se
persigue a los
trabajadores en los países burgueses. Se trata del
Ku-
Klux-Klan, que vuelve a levantar cabeza, de la
actividad de organizaciones fascistas
militarizadas
como la "Legión Americana" (Estados
Unidos) y los
"Cascos de Acero" (República Federal
Alemana), de la formación de todo género de "grupos de producción" o
"para el mantenimiento del orden" en las fábricas de Estados Unidos,
Alemania Occidental, Francia e Italia. Todo esto son eslabones de una misma
cadena.
La
ofensiva de la
reacción tropieza con
la creciente resistencia de las masas
populares. No
obstante, el peligro está lejos de haber sido
eliminado
y exige una vigilancia atenta por parte de todas las
fuerzas progresistas y
democráticas de los
países
burgueses.
El anticomunismo como táctica favorita de los
enemigos de la democracia.
Entre las distintas formas que adopta la ofensiva
de la
reacción contra la
democracia, un lugar
específico corresponde a los ataques que se
emprenden bajo la bandera de la "lucha contra el comunismo".
Los comunistas son las primeras víctimas de la
reacción porque son los enemigos más decididos de
la esclavitud capitalista, los más consecuentes
defensores de las libertades democráticas y derechos de los trabajadores.
Cuando la burguesía imperialista
descarga sobre los Partidos Comunistas sus más
fuertes golpes, lo que pretende es privar a la clase
obrera de su vanguardia y paralizar su lucha.
Largos años de experiencia demuestran, sin
embargo, que las
persecuciones de que
los
comunistas
son objeto buscan
unos fines más
amplios. Sirven siempre de señal para la ofensiva de
la reacción contra todos los partidos y organizaciones democráticas. Contra
todos los sindicatos y todos los elementos de oposición. La persecución,
iniciada contra los comunistas, se amplía después a los socialistas de
izquierda, y luego
a todos los socialistas; más tarde les llega la vez
a los liberales burgueses, y a
continuación a todos
cuantos se oponen lo más mínimo a
la dictadura del capital monopolista.
Así ocurrió en la Italia fascista y en la Alemania
hitleriana. El mismo procedimiento siguen ahora los círculos reaccionarios de
distintos países europeos y de Estados Unidos. De ahí la inquietud que entre
los hombres avanzados de Occidente despiertan los intentos de la reacción de
poner fuera de la ley a los comunistas norteamericanos, el acuerdo del gobierno
de Bonn de prohibir el Partido Comunista de Alemania y actos antidemocráticos
análogos en otros países.
Actualmente, los Partidos Comunistas están
prohibidos en más de 30 países del "mundo libre"; esto demuestra una
vez más el desenfreno a que han llegado las fuerzas reaccionarias y la gran
amenaza que se cierne sobre las conquistas democráticas de la clase obrera.
Esta amenaza se acentúa sobre todo allí donde la reacción consigue aislar a los
comunistas de los otros partidos y organizaciones democráticas, donde la
separación y la división reina entre comunistas y socialistas. La división
facilita hoy día a las fuerzas reaccionarias la lucha contra los comunistas;
mañana le permitirá lanzarse contra quienes contemplan indiferentes las
persecuciones de que los comunistas son objeto.
Con el fin de embotar la vigilancia de las masas
populares, se difunde la falsa versión de que esas persecuciones no afectan a
nadie que no sean los comunistas.
Se engañan peligrosamente ciertos líderes socialistas y liberales,
demasiado miopes, cuando suponen que podrán evitar los golpes y represiones si
dejan a los comunistas abandonados a su suerte, si no se "ponen a
mal" con la reacción y se comportan "sensatamente". Toda la
experiencia histórica del movimiento obrero, en particular la amarga experiencia
de los obreros alemanes durante la orgía de la reacción hitleriana, clama
contra esa cobarde táctica. Únicamente los esfuerzos conjuntos de todas las
fuerzas democráticas son capaces de detener la ofensiva de la reacción y de
rechazar sus ataques.
Toda la historia de la lucha de los trabajadores en
los países capitalistas nos lleva a la conclusión de
que la democracia
es indivisible. Es
suficiente aceptar que los Partidos Comunistas sean excluidos de su
esfera para que se vean en peligro los derechos, los intereses y a veces la
existencia misma de otras organizaciones progresistas.
La
democracia como base de los movimientos populares de masas.
La lucha de la clase obrera en defensa de la
democracia tiene tanto más valor por cuanto del éxito de la
misma depende, en buen grado,
el de otros
importantes movimientos populares de nuestros días
en defensa de la paz, de la independencia nacional y
de la soberanía. Todos estos movimientos guardan
relación íntima entre sí y en la práctica se interfieren a menudo.
Es imposible, por
ejemplo, apartar la
lucha por la democracia de la lucha por la paz, pues
la preparación de
la guerra va
acompañada
inevitablemente de ataques en masa contra la
democracia y del incremento de la reacción política y de la explotación de la
clase obrera. Hay que tener en
cuenta, sin embargo, que la capacidad de las masas
populares para influir sobre la política de las clases
gobernantes depende del nivel de desarrollo de la
democracia en cada país capitalista concreto.
Para expresar su voluntad de paz y su protesta
contra los preparativos bélicos, los trabajadores
han de tener derecho de manifestación y de reunión, han de poder celebrar
mítines, tener cabida en la prensa, etc.
Al objeto de
influir sobre la
política del gobierno, han de
tener representantes suyos en el Parlamento.
Para defender con
éxito la independencia nacional y
la soberanía se requiere un determinado grado de democracia, de tal modo que
las masas puedan expresar su voluntad e insistir en sus reivindicaciones.
Así, pues, la defensa de la democracia es, en las
condiciones actuales, deber y obligación de todos los
hombres y organizaciones progresistas, de todos los
amigos de la
paz, de todos
cuantos estiman la
independencia de su patria. Con su defensa de la
democracia frente a los ataques de la reacción, al no permitir que
les sean arrebatados
los derechos y
libertades de las masas trabajadoras, la clase
obrera de los países capitalistas sienta la base para el triunfo
de la causa de la paz y la independencia nacional.
3. La
unificación de las fuerzas democráticas, condición primordial para la victoria
sobre la reacción y el fascismo
Contrariamente a todos los deseos y cálculos de la
reacción, sus intentos de recortar o suprimir la democracia han
puesto en movimiento
fuerzas
poderosas que se oponen a tales propósitos.
Justamente porque el menoscabo de la democracia
afecta a los intereses de las más diversas clases y
capas de la población, se hace objetivamente posible en los países capitalistas
la formación de un amplio
frente de lucha en defensa de la democracia.
Ampliación
de la base social del movimiento democrático.
Una reserva de singular importancia para el ascenso
del movimiento democrático es la pequeña
burguesía. Refiriéndose a la doble situación que
ésta ocupa, Lenin escribía: "El marxismo nos enseña que,
mientras exista el capitalismo, las masas
pequeñoburguesas sufrirán inevitablemente a consecuencia de los privilegios
antidemocráticos...,
sufrirán las consecuencias de la opresión
económica."244
El capital monopolista asfixia y arruina a la
pequeña burguesía de la ciudad y el campo, produciendo en ella un sentimiento
de irritación y
protesta. Pero este sentimiento de irritación del
pequeñoburgués, en virtud de la doble naturaleza que
le es propia, puede ser utilizado por la reacción.
Esta trata de despertar
en él los
bajos instintos del pequeño
propietario; procura sembrar
ilusiones y
esperanzas de que en calidad de tal podrá recobrar
su bienestar.
El fascismo demuestra que, en determinadas
condiciones, la camarilla monopolista puede arrastrar a la pequeña burguesía y
aprovecharla para combatir
a la democracia. Así ocurrió en Italia y Alemania.
Pero el fascismo ha sido también una severa lección
para la pequeña burguesía a la que él engañó.
En la situación actual, las condiciones objetivas
facilitan la lucha de la clase obrera y de los Partidos
Comunistas por incorporar a la pequeña burguesía a
las filas del movimiento democrático.
La posición hacia la democracia y su suerte futura
ha cambiado también sensiblemente entre los propios
capitalistas. Los monopolistas y sus cómplices ven
en la democracia una supervivencia del pasado y una carga manifiesta; aspiran a
terminar con ella porque,
hasta en sus formas burguesas, representa un
valladar para sus deseos de conseguir la dominación ilimitada
dentro del cuerpo social. Otra parte de la
burguesía, sin embargo, no está interesada en modo alguno en una omnipotencia
de los monopolios
que no le
augura nada bueno.
El capital monopolista no se desarrolla sólo por la
explotación inhumana de
la clase obrera,
los
campesinos y la pequeña burguesía de la ciudad, sino
también por la absorción o supresión de un gran
número de empresas capitalistas pequeñas y medias.
Lenin dice, refiriéndose a la situación en que se
ven los dueños de estas últimas en la época del
capitalismo monopolista: "Ante nosotros no tenemos ya la competencia y
lucha de empresas pequeñas y grandes, técnicamente atrasadas y técnicamente
avanzadas. Ante nosotros vemos cómo los monopolistas aplastan a quienes no se
subordinan a ellos..., a la opresión y la arbitrariedad de los
monopolios."245
244 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVII, pág. 57.
245 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 194.
La ofensiva de los monopolios contra las capas
medias de la burguesía va acompañada por un incremento de
la opresión política.
La vida nos ofrece en el mundo capitalista buen
número de ejemplos de violación de los derechos e intereses de la burguesía
media, de persecución de las organizaciones, los partidos y la prensa que salen
en su defensa.
Hay que agregar
que parte de
la burguesía se opone
a la limitación
excesiva de los
derechos y
libertades
democráticos, por el
temor de que
eso
agudice la lucha de clases, con las grandes
conmociones sociales que lleva aparejadas.
La clase dominante ha de tener presente asimismo
la experiencia de las dictaduras fascistas de
Alemania e Italia; ve que la dominación sin freno de los grupos reaccionarios
extremos de la burguesía monopolista amenaza con escindir profundamente el
campo imperialista y provoca una incontenible reacción antifascista en todo el
mundo. Por eso, los políticos burgueses más sensatos exhortan a la
"moderación", sosteniendo que, desde el punto de vista de los
intereses de clase de la burguesía en su conjunto, la democracia parlamentaria
es un método de gobierno más "seguro" que la dictadura fascista.
La diferenciación producida en el campo burgués
amplía las posibilidades de agrupar a grandes capas
del pueblo para la defensa de la democracia.
La lucha de la clase obrera por la agrupación de
todas las fuerzas democráticas.
Lo mismo que en los demás movimientos progresistas,
en la lucha por la democracia la clase
obrera
está llamada a
cumplir un papel
de vanguardia. Esto es así porque, de todas las clases de la sociedad
burguesa, el proletariado, por
su
naturaleza misma, es la clase que aspira a una
democracia más profunda y consecuente; al mismo
tiempo, es la más audaz y organizada, la más capaz
de ir a la cabeza contra los manejos de la reacción. Dando a
las otras clases
y capas ejemplo
de
consecuencia y fidelidad a los principios en la
lucha por la democracia,
la clase obrera
se asegura la
hegemonía dentro de esta lucha, en la que está
dispuesta a ir más lejos que ninguna otra. "La hegemonía de la clase
obrera es su influencia política
(de ella y de sus representantes) sobre los demás
elementos de la población en el sentido de expurgar
su espíritu democrático (cuando existe tal espíritu)
de impurezas no democráticas..."246
Los Partidos Comunistas de los países capitalistas
trabajan incansablemente para agrupar a las más
amplias capas del
pueblo en defensa
de la democracia.
Palmiro Togliatti, secretario general del Partido
Comunista Italiano, decía en diciembre de 1956, en
su informe ante
el VIII Congreso
del Partido,
246 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVII. pág. 56.
refiriéndose a la encarnizada ofensiva de la
burguesía contra las conquistas democráticas del pueblo: "Nosotros sabemos
la tenacidad con que se resisten al progreso las clases y partidos que hoy se
encuentran en el poder, y no excluimos la posibilidad de intentos de golpes
reaccionarios. Y considerando esa posibilidad, llegamos a la conclusión de que
es necesario mantener aún más fuerte en nuestras manos la bandera del progreso
democrático y de defensa de la libertad, no sólo en interés nuestro, sino de
todas las capas del pueblo, de toda la sociedad italiana."
Una tenaz lucha en defensa de la democracia mantiene
el Partido Comunista francés en estos momentos en que las fuerzas reaccionarias
se muestran tan activas. El Partido denuncia enérgicamente la doblez y la
falsedad de la propaganda burguesa cuando ésta afirma que los males de
Francia se deben
al "exceso de democracia". El Pleno del C.C. del
P.C.F., celebrado en junio de 1958 después de que De Gaulle había formado su
gabinete, manifestaba: "La causa de las calamidades que
afligen a Francia
no es la democracia o el régimen parlamentario,
sino al revés, es la constante violación, por medio del anticomunismo, de la
voluntad de los electores y de los principios del régimen parlamentario... El
medio para superar el desorden y la impotencia del gobierno no está en lanzar
por la borda la democracia, sino, al contrario, en asegurar su funcionamiento
normal... "
El Pleno llamaba a la creación de un amplio frente
antifascista contra la reacción. "Prenda de la victoria en esta lucha
-decía la resolución del Pleno- es la unidad de la clase obrera basada en la
unidad de comunistas y socialistas y en la agrupación, en torno a la clase
obrera, de todas las fuerzas democráticas y nacionales."
La tarea de agrupar a las fuerzas democráticas se
plantea como una
necesidad aguda en
Estados Unidos e Inglaterra, en Francia y Bélgica, en la República
Federal Alemana e Italia y en todos los demás países capitalistas. Los
comunistas se encuentran siempre en las primeras filas de quienes luchan por la
democracia.
Los representantes de los Partidos Comunistas de
Italia, Francia y otros países capitalistas que hablaron en el XXI Congreso del
Partido Comunista de la Unión Soviética, se detuvieron muy especialmente en las
tareas de la lucha por la democracia y por la agrupación de todas las fuerzas
democráticas. Según indicaban, en Europa Occidental está madurando otra
gran ofensiva de
las fuerzas de
la reacción. Numerosos hechos
prueban que la burguesía dominante abandona cada vez más los métodos democrático-burgueses
de gobierno y pasa a métodos semifascistas y hasta descaradamente fascistas.
En el informe de N. S. Jruschov ante el XXI Congreso
se decía: "Para millones de hombres, el
fascismo
va relacionado de
ordinario con los nombres de Hitler y Mussolini. Sin
embargo, no hay que excluir que el fascismo pueda renacer en otras formas, que
no sean las anteriores, desacreditadas ya ante los pueblos.
"Ahora, cuando existe el poderoso campo del
socialismo, cuando el movimiento obrero tiene gran experiencia de lucha contra
la reacción y cuando la clase obrera está más organizada, son mayores las
posibilidades de los pueblos para cerrar el paso al fascismo. Contra el
fascismo se puede y se debe agrupar a las más amplias capas del pueblo, a todas
las fuerzas democráticas auténticamente nacionales."247
Capitulo XIX.
Las amenazas de
guerra y la lucha de los pueblos
por la paz
- El imperialismo amenaza más que nunca el futuro de la humanidad
La consecuencia más monstruosa del imperialismo son las guerras
mundiales. Desde que el capitalismo entró en su última fase, la humanidad ha
sido arrastrada ya a dos catástrofes de este género que se prolongaron en total
durante diez años. Si a este tiempo unimos
las guerras locales desencadenadas por los imperialistas
en la primera mitad de siglo, resulta que en más de la mitad de todo este
período no cesaron las matanzas.
La segunda guerra mundial dejó muy atrás a la
primera por sus
proporciones y por
el
encarnizamiento con que se llevó a cabo. En la
primera tomaron parte
36 países, con
un total de
1.050 millones de habitantes (el 62 por ciento de la
población mundial); la segunda atrajo a su órbita a 61
países con una población de 1.700 millones de
habitantes (el 80
por ciento de
la población del globo). En la primera, las operaciones
militares se
desarrollaron en un territorio de cuatro millones de
kilómetros cuadrados, y
en la segunda,
de 22
millones. En la primera guerra mundial fueron
llamados bajo las armas 70 millones de hombres, y en la segunda 110 millones.
Lo mismo puede decirse en cuanto a las víctimas. En
la primera guerra mundial hubo 10 millones de
muertos y
20 millones de heridos.
La segunda se llevó
32 millones de
vidas humanas y
dejó 35 millones de inválidos.
En cuanto a las pérdidas materiales, podemos
hacernos una idea
por las cifras
siguientes: en
Europa, durante la segunda guerra mundial quedaron
destruidos 23,6 millones de viviendas, 14,5 millones de edificios públicos y
empresas industriales y más
de
200.000 kilómetros de vías
férreas. Sólo en la
Unión
Soviética, los invasores
fascistas alemanes
247 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959•1965", en
Materiales del XXI
Congreso extraordinario del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
99.
incendiaron y destruyeron 1.710 ciudades y más de
70.000 aldeas, con lo que perdieron su hogar 25
millones de personas.
A pesar de las terribles armas aparecidas en el
siglo XX, que llevaban a los militaristas a enunciar
las aventureras teorías de la "guerra relámpago", la duración de las
guerras no disminuye, sino que va en aumento.
La primera guerra
mundial duró 51.5 meses, y la segunda 72.
Vivo
testimonio del creciente
espíritu reaccionario y agresivo del imperialismo en nuestros días es la
constante amenaza de una nueva guerra mundial, que por su fuerza destructiva
dejaría muy atrás a todo cuanto la humanidad ha conocido hasta ahora.
En efecto, durante las guerras de 1914-1918 y de
1939-1945 hubo extensas zonas y continentes enteros
(por ejemplo, toda América y gran parte de África) a los que no llegó el fragor
de la contienda. Actualmente, el cambio, los puntos más alejados de la tierra
se encuentran al alcance de la aviación moderna y de los proyectiles dirigidos.
No sólo los ejércitos en el frente, sino también la población civil de la
retaguardia más profunda
conocerían sus efectos.
Estrategas y teóricos del imperialismo preparan ya abiertamente a esta idea a
la opinión pública. Lyddel Hart, escritor militar inglés, afirma sin rodeos que
"la guerra ha dejado de ser una lucha entre dos ejércitos. La guerra se ha
convertido en un simple proceso de destrucción".
Las calamidades de una tercera conflagración mundial
se incrementarían muy especialmente por las
circunstancias de que los imperialistas la proyectan
y
preparan como una guerra nuclear. Y el radio de
acción del arma atómica y de hidrógeno es tan extenso, el peligro de
contaminación radiactiva de la atmósfera es tan grande, que la explosión de una
o dos bombas de hidrógeno podría ser catastrófica para cualquier país europeo
de extensión media. Y no hablemos ya de los Estados pequeños.
No olvidemos tampoco que las pruebas de armas
atómicas, a la
prohibición de las
cuales tanto se
resisten los imperialistas, someten a la humanidad a
un grave peligro. La continuación de estas pruebas,
incluso al nivel actual, puede tener consecuencias irreparables para la salud
de las futuras generaciones.
Así, pues, la carrera de armamentos, desencadenada
por las potencias imperialistas, nos ha
llevado a una situación de extraordinario peligro.
La historia del capitalismo abunda en páginas negras
que rezuman sangre. Pero los preparativos que
los imperialistas hacen para una tercera guerra
mundial empujan a la humanidad a un crimen que
sobrepasa
y eclipsa todo
cuanto hasta ahora
se conoce.
Una
estrategia peligrosa para la paz.
Los círculos agresivos del capital monopolista de
Estados Unidos representan una amenaza muy seria
para la
paz. En vísperas
de la segunda
guerra mundial, ciertos prohombres de los monopolios norteamericanos
expusieron ya sus pretensiones a la dominación del mundo. La oligarquía
financiera de Wall Street ha aprovechado la victoria de la coalición
antihitleriana para tratar de establecer el imperio mundial del dólar.
Con su programa de expansión, los monopolios de
Estados Unidos perseguían fines de largo alcance:
robustecer su posición dominante en el campo capitalista; aplastar el
movimiento de liberación nacional e impedir la desintegración definitiva del
sistema colonial, arrebatando el control de éste a los viejos imperios;
detener la decadencia
del capitalismo,
resolviendo las contradicciones que dicho régimen encierra a costa del campo
socialista, organizando contra él una nueva guerra.
La clave para la realización de este programa era
la "guerra fría"
contra la Unión
Soviética y las
democracias
populares. Porque la
existencia de la
Unión Soviética y de la comunidad de Estados
socialistas entraña graves riesgos para cualquier plan de conquista de la
dominación del mundo y lo condena al fracaso.
Quienes
organizaron y planearon
la guerra fría comprendían que serían necesarios muchos
esfuerzos
y tiempo para
cambiar en recelo
y hostilidad la
estimación
y la confianza
que los pueblos
de
Occidente sentían hacia la Unión Soviética, su
valeroso aliado del día de ayer en la lucha contra el fascismo hitleriano. El
primer fin de la guerra fría fue, por eso, envenenar la atmósfera internacional
hasta tal punto que resultara posible la agrupación de un amplio bloque
antisoviético y antisocialista.
El mismo término de "guerra fría"
presupone un estado intermedio e inestable entre la paz y la guerra,
un estado de hostilidad política que se halla a un
paso
del conflicto armado. El núcleo de la guerra fría es
una tensión internacional artificialmente creada y mantenida, la
negativa a colaborar internacionalmente en pie de
igualdad y la proclamación de los métodos de imposición y de presión sobre los
países socialistas (política "desde la posición de fuerza"). La
guerra fría trae consigo la restricción máxima del comercio normal entre
Occidente y Oriente, la adopción, en tiempos de paz, de listas prohibitivas de
mercancías, el embargo y el bloqueo económico; el cese o la reducción al mínimo
del intercambio cultural
y de los
contactos en el plano científico, y un amplio trabajo de
zapa y sabotaje contra los Estados socialistas, con los que exteriormente se
mantienen normales relaciones diplomáticas.
Esta táctica de los medios agresivos de Estados
Unidos
no se propone
únicamente fines antisoviéticos y
antisocialistas. Entre el alboroto de la
guerra
fría, Norteamérica aspira
a subordinar por completo
a los demás
países imperialistas y reducirlos a la situación de dóciles
ejecutores de su voluntad. Si se pusiera fin a la guerra fría y se cesase de
perturbar al mundo con la supuesta amenaza del "peligro comunista",
en esos países renacerían inevitablemente
las tendencias a
mantener una política nacional
autónoma.
Los círculos agresivos norteamericanos imitan en
este aspecto a Hitler, quien, como todos saben, se
sirvió del antisovietismo y el anticomunismo para
arrancar concesiones a otros países capitalistas a los
que más tarde había de hacer sus víctimas.
Bajo la falsa bandera de la lucha contra el
"peligro comunista", durante los años de la guerra fría ha sido
creado un amplio sistema de bloques militares y de
bases estratégicas en territorios extranjeros. Todo ese
sistema gira alrededor de la Alianza Nordatlántica
(N.A.T.O.), que comprende 15 países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia,
Alemania Occidental,
Canadá, Italia, Bélgica, Holanda, Noruega,
Dinamarca, Turquía, Portugal, Grecia, Luxemburgo e
Islandia). En el Oriente Cercano y Medio, como
continuación del anterior, nos encontramos con el antiguo Pacto de Bagdad, que
ahora se conoce como
Pacto de Ankara, o S.E.N.T.O. (Gran Bretaña,
Turquía, Pakistán, Irán y, de hecho, Estados Unidos,
que participan en tres importantes comisiones del
mismo: económica, militar y de lucha contra la "actividad subversiva"). En
el Asia Sudoriental
tenemos
la S.E.A.T.O., bloque
que comprende a ocho países (Estados Unidos, Gran Bretaña,
Francia,
Australia,
Nueva Zelandia, Pakistán,
Filipinas y
Tailandia). Paralelamente, en la zona del Pacífico,
existe el A.N.Z.U.S.
como bloque imperialista
auxiliar
(Australia, Nueva Zelandia
y Estados
Unidos).
La creación de este sistema de bloques militares ha
dado un impulso como jamás se viera a la carrera de armamentos.
Según datos oficiales
de la N.A.T.O., los gastos
militares de los países que la componen se han triplicado entre 1950 y 1957.
Durante diez años, esta organización ha invertido en preparativos bélicos un
total superior a 500.000 millones de dólares.
Simultáneamente, los Estados Unidos han conseguido
de sus aliados y satélites el derecho a
construir y sostener en su territorio bases
militares propias, principalmente aéreas
y de proyectiles
dirigidos. Según datos expuestos en el Senado
norteamericano en 1958, Estados Unidos tienen en el extranjero unos 275
"conjuntos principales de bases";
y si se cuentan todos los puntos donde ahora hay
tropas norteamericanas y los que se proyecta ocupar
en caso de necesidad, ascienden a ¡más de 1.400
bases!
Los militaristas norteamericanos dicen y repiten
incansablemente
que sus bases
son "defensivas";
cualquiera sabe, sin embargo, que están destinadas a
la agresión contra la Unión Soviética, la República Popular China y todo el
campo socialista, alrededor del cual están montadas.
Finalmente, para comprender bien la naturaleza de la guerra fría desatada por los círculos
imperialistas
de Estados Unidos,
hemos de
considerar los estrechos vínculos que mantiene con
la política económica de los monopolios norteamericanos. Las enormes
inversiones que el gobierno hace para la adquisición de material bélico son
consideradas en Estados Unidos como un medio de mantener la coyuntura y de
combatir las crisis económicas. El Departamento de Guerra es el principal
cliente de la industria norteamericana. De ahí que los monopolios y las esferas
políticas relacionadas con ellos tengan interés en mantener la tensión, y no en
volver a la normalidad de las relaciones internacionales.
El Presidente de Estados Unidos anunció
públicamente el 6 de mayo de 1958 que en los cinco
años
anteriores su país
había invertido con
fines
militares 200.000 millones de dólares. Al mismo
tiempo manifestaba el propósito de destinar anualmente más de 40.000 millones
de dólares a gastos militares durante
"diez, quince y
acaso cuarenta años".
Los
imperialistas juegan con fuego.
En Occidente hay quien se consuela pensando que los
preparativos militares de Estados Unidos son una
amenaza sólo para la Unión Soviética y los países
del
campo
socialista. El error
no puede ser
más profundo. En realidad, la estrategia a que los militaristas más
desenfrenados se atienen y a la que dan el nombre de "global",
encierra la amenaza de una guerra "global". En unas condiciones en
que el campo socialista cuenta con cerca de mil millones de personas y abarca
una parte importante del globo, la agresión a cualquiera de los países que lo
componen puede conducir a
un conflicto mundial.
Hay que tener presente asimismo
el peligro que para la paz general
representan las injerencias
de los imperialistas
norteamericanos y de otros países en los asuntos internos de Estados no
socialistas. Cualquier guerra "local" impuesta por los imperialistas
en un ambiente de tirantez
internacional puede transformarse
en un gran incendio bélico.
El peligro se hace aún mayor si consideramos que
los elementos expansionistas de
Estados Unidos
manifiestan
una tendencia evidente
a sobreestimar
presuntuosamente sus fuerzas y posibilidades, a un desvergonzado aventurerismo
en política. Dulles, que durante algunos años dirigió la
política exterior norteamericana, lo confirmó así al afirmar que mantenía una
política de "equilibrio al borde de la guerra".
Es también puro aventurerismo la doctrina militar de
los generales norteamericanos, que se basa en el
golpe "masivo" por sorpresa. Todo el mundo
protestó airadamente al saber que el mando norteamericano, en tiempos de paz,
mantiene en el aire de un tercio a la mitad de su aviación de bombardeo, dotada
de bombas atómicas. No otra cosa que aventurerismo y provocación es el envío a
las fronteras de la Unión Soviética de aviones cargados con bombas atómicas,
las amenazas del Pentágono de utilizar en el Cercano y Extremo Oriente
bombarderos atómicos y la tenaz resistencia a poner fin para siempre a las
pruebas de armas nucleares, a pesar del evidente daño que esto significa para
la salud de millones de seres.
Todos estos actos de los círculos más agresivos de
Estados Unidos vienen a confirmar las palabras de
Lenin cuando afirmaba que la burguesía imperialista
"está dispuesta a
toda clase de
ferocidades, crueldades y crímenes para defender la agonizante
esclavitud capitalista".248
En las amenazas de los militaristas norteamericanos
hay, ciertamente, una gran dosis de chantaje o bluff. Mas, con todo y con eso,
la política de provocaciones y amenazas, combinada con una desenfrenada carrera
de armamentos, encierra serios peligros de guerra. Los intereses vitales de
todos los pueblos, sin excluir al pueblo norteamericano, exigen que se ponga
fin a este continuo jugar con fuego.
2. La
clase obrera y la guerra
De entre todas
las clases que
componen la
sociedad, son los obreros y los campesinos quienes
siempre sufrieron más las calamidades de las guerras y sus consecuencias. Los
ejércitos se componen ordinariamente de hijos de obreros y campesinos que
visten el capote militar. Y si los campesinos, por su atraso y falta de
organización, se mostraron durante largo
tiempo pasivos hacia
las guerras, hace
ya mucho que la clase obrera de los países capitalistas avanzados ha
escrito en la historia páginas brillantes de valerosa resistencia a convertirse
en carne de cañón.
Sabemos, por ejemplo, que en el período de la
guerra civil norteamericana (1861-1865)
fue la
acción
de las masas
trabajadoras, dirigidas por el
proletariado, lo que contuvo a Inglaterra y otros
Estados europeos de intervenir en el conflicto en ayuda de los esclavistas del
Sur. "No es la sabiduría de las clases dominantes, sino la heroica
resistencia de la clase obrera de Inglaterra a su criminal insania lo que salvó
a la Europa Occidental de la aventura de una vergonzosa cruzada emprendida para
perpetuar la esclavitud y extenderla al otro lado del Atlántico",249
escribió con orgullo Carlos Marx.
Toda la historia del movimiento obrero ha sido una
lucha constante y decidida contra las guerras,
que tan grandes sufrimientos y privaciones traen a
las
248 . I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 77.
249 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas, t. 1. Moscú,
1955, págs. 342-343.
masas trabajadoras. Nadie que estime la paz olvidará
jamás a tan abnegados luchadores contra el militarismo y el peligro bélico como
Juan Jaurés, Carlos Liebknecht, Eugenio Debs y otros lideres del movimiento
obrero.
A principios de siglo escribía Lenin que la parte
consciente de la clase obrera condena rotundamente
las guerras por ver en ellas un método bestial de
resolver las diferencias entre los hombres.250 Más tarde, en
los años de
la primera guerra
mundial, señala de nuevo que "los socialistas han condenado
siempre las guerras
entre los pueblos
como algo brutal y
bárbaro".251
Las acciones del proletariado en defensa de la paz
adquieren singular vigor porque, a diferencia de otros muchos grupos que
participan en los movimientos contra la guerra, los obreros conscientes conocen
las raíces económico-sociales que la engendran en la época moderna.
Carlos Marx escribía en los años 60 del pasado siglo
que los propios crímenes cometidos por las clases reaccionarias "señalaban
a la clase obrera su obligación de conocer los secretos de la política
internacional, de seguir la labor diplomática de sus gobiernos y, en caso
necesario, oponerse a ella con todos los medios que tuviesen a su
alcance".252
Desde que fueron escritos estos renglones, la clase
obrera ha reunido una experiencia formidable, ha cursado una escuela que la
preparó bien para cumplir sus elevados deberes como defensor de la paz.
Ahora, cuando el imperialismo ha hecho crecer tanto
el peligro de guerra, sobre los hombros de la
clase obrera y de sus partidos revolucionarios pesa
una gran responsabilidad. Siendo como son la clase
más numerosa y organizada, los obreros ocupan posiciones clave
en la lucha
contra una nueva matanza
mundial. Hoy en
día la guerra
es, sobre todo, una guerra de
máquinas, de material técnico, y las máquinas las construyen los obreros; ellos
son también los que
constituyen la armazón
de los grandes ejércitos.
"Los obreros de los países avanzados determinan hasta tal punto la marcha
de la guerra que, contra su voluntad, es imposible hacerla...",253 decía
Lenin refiriéndose a la
experiencia de la primera guerra mundial. Y posteriormente aún ha crecido más
la dependencia en que los ejércitos
se encuentran respecto
de la industria, así como de la
retaguardia en general.
Por consiguiente, la clase obrera está en
condiciones de obligar
a las clases
dominantes a tener en cuenta su
voluntad. Para ello, sin embargo, esa
voluntad ha de
ser claramente expresada
en forma de grandes acciones contra la guerra, en forma
250 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. VIII, pág. 529.
251 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 271.
252 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. 1,
Moscú, 1955, pág.
343.
253 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXXII. pág.
252.
de una presión
constante sobre los
partidos burgueses, laboristas y socialdemócratas, sobre los parlamentos
y la prensa, denunciando los manejos e intrigas de los gobiernos imperialistas,
sus planes militares y sus convenios secretos.
No hemos de olvidar que la clase obrera tiene en
sus manos un
arma tan fuerte
de lucha contra
la
guerra y sus
preparativos como es
la huelga, la
negativa a fabricar armas y a transportar material
militar destinado a
la agresión. Si
se presenta el
peligro real de una guerra nuclear, la clase obrera
es
capaz de conseguir con sus acciones políticas,
apoyadas por las masas trabajadoras, hasta la eliminación del gobierno que
quiera la guerra y su sustitución
por otro inspirado
por propósitos pacíficos. El
apoyo general del pueblo a semejantes acciones de la clase obrera en momentos
de peligro para la nación es tanto más probable si pensamos que, en la lucha
contra la guerra, defiende no sólo sus intereses específicos, sino los
intereses de toda la sociedad y, podríamos decir, de todo el género humano.
Se comprende que para estar a la altura de las
circunstancias la clase obrera ha de poner fin, antes
que nada, a todo espíritu de apatía política y de
tranquilidad en sus propios medios. Un peligro muy
digno de tenerse en cuenta es la envenenada
propaganda de los mandatarios de la burguesía en el seno del movimiento obrero,
cuando aseguran que la
carrera de armamentos "favorece" a los
trabajadores por asegurarles ocupación
y altos salarios
en la
industria de guerra; que la creación de enormes
reservas de armamento, incluido el termonuclear, es
un factor que "detiene" la guerra. Mas la
experiencia demuestra que la carrera de armamentos lleva a la inflación y, en
último término, aumenta las cargas
económicas de los trabajadores. La acumulación de
reservas de bombas
atómicas y de
hidrógeno
exacerba la agresividad de los imperialistas, que
amenazan con convertir cualquier conflicto bélico en una catastrófica guerra
nuclear.
Los defensores más consecuentes de la paz son en
nuestro tiempo los
Partidos Comunistas. Según
se
dice en la Declaración aprobada en Moscú, en
noviembre de 1957, "los Partidos Comunistas ven en la lucha
por la paz
una tarea de
primordial
importancia. Unidos a todas las fuerzas que quieren
la paz, harán cuanto de ellos dependa para impedir la guerra".254 En la
Declaración, lo mismo que en el Manifiesto de la Paz, aprobado al mismo tiempo,
los Partidos Comunistas tienden la mano a todos los hombres de buena voluntad,
llaman a todos cuantos quieren la paz a unirse para, en un esfuerzo común,
acabar con la carrera de armamentos que pesa sobre los pueblos, y liberar al
mundo de la amenaza de guerra, muertes y destrucciones.
254
Documentos de las
reuniones de representantes de los
Partidos Comunistas y Obreros celebradas en Moscú, en noviembre de 1957,
Gospolitizdat, Moscú, 1958, página 11.
Cuando la clase obrera y sus partidos marxistas
llaman a la unidad de todas las fuerzas dispuestas a
luchar
contra la guerra,
no pretenden ocupar
una
posición exclusiva, ni mucho menos el monopolio del
movimiento antibélico. Todo lo contrario, apoyan de buen
grado cualquier iniciativa
pacífica no importa de donde
proceda. Están dispuestos a obrar en común con todas las organizaciones que
persiguen fines antiguerreros y antiimperialistas, cualesquiera que sean los
motivos que lleven a ello: pacifistas, religiosos, morales o de otra índole. Y
esto no es una maniobra política, como afirma la propaganda reaccionaria, sino
fruto de la honda convicción que los comunistas tienen de que, en las
condiciones actuales, la guerra arrastraría inevitablemente a toda la humanidad
a un abismo de calamidades sin cuento, que por largo tiempo detendría su
progreso social, económico y cultural.
Un papel singular en la defensa de la paz pueden
desempeñar las acciones conjuntas de todos los partidos de la clase obrera,
comunistas y socialistas, el establecimiento de la unidad de acción entre
ellos. Si ello se consigue, el movimiento contra la guerra adquirirá una
potencia tal, que echará por tierra todos los planes criminales de quienes
quieren encender un nuevo conflicto bélico.
3. La
defensa de la paz es tarea primordial de todos los demócratas
Las terribles consecuencias de una guerra mundial
imponen imperiosamente la necesidad de poner en
marcha un amplio
movimiento contra los preparativos bélicos y por la paz entre
los pueblos.
La gran fuerza destructora de las armas modernas
hace que la defensa de la paz se convierta en la causa
común de todas las clases y de todas las capas de la
población dentro de
cada país, presta
un carácter
amplio y genuinamente democrático al actual
movimiento contra la
guerra. Cuando se
trata de evitar ésta, de crear
unas condiciones en las que el
arma nuclear no sea nunca empleada, los intereses de
las más diversas capas de la sociedad coinciden y
adquieren la categoría de interés nacional. Esto es
lo que caracteriza a
la etapa actual
del movimiento contra la
guerra, a diferencia
de todos los
movimientos en defensa de la paz que existieron en
el pasado. Y en ello se basan los llamamientos de los
comunistas a los demás partidos políticos, a las
organizaciones sociales, de jóvenes, de mujeres, etc., para unirse en defensa
de lo que está por encima de
todo: una paz duradera en la tierra.
La guerra es una calamidad terrible para la clase
obrera. No lo es menos para las grandes masas de
campesinos, que en la mayoría de los países son el
principal proveedor de carne de cañón, son gravados
con altos impuestos
para financiar los
gastos
militares y, una vez iniciadas las operaciones, son
víctima de toda clase de requisas y tasas. ¡Cuántas
casas y dependencias de los campesinos fueron destruidas por
los beligerantes durante
las dos guerras mundiales!
¡Cuántos campos fueron removidos por las orugas de los tanques y cubiertos de
hoyos por las explosiones de los proyectiles! Y las calamidades y
destrucciones de una
nueva guerra, con sus
medios radiactivos y
biológicos de exterminio, no
podrían por menos
de ser infinitamente mayores.
A esto hay que agregar que los campesinos de los
países capitalistas sufren también cuando la guerra se
está preparando. En muchos países europeos es un
fenómeno habitual la confiscación de tierras para
aeródromos, almacenes y
bases militares, o para
pistas de lanzamiento de proyectiles dirigidos. Es
ya
algo común y ordinario la pérdida de las sementeras
a consecuencia de
toda clase de
maniobras y ejercicios militares
realizados por los generales de la N.A.T.O. Por esto, la normalización de las
relaciones internacionales, la reducción de las fuerzas armadas y el cese de la
carrera de armamentos significarían un beneficio inmediato para los campesinos
y los salvarían de calamidades incomparablemente mayores en el futuro.
La militarización y la preparación de una nueva
guerra, que los gobiernos burgueses llevan a cabo,
repercute también gravemente sobre la situación de
grandes capas de intelectuales. Se ha deformado, en
particular, la orientación de la ciencia, puesta por los
monopolios al servicio de la guerra y la
destrucción.
De los 5.400 millones de dólares asignados en 1957
para la investigación científica en Estados Unidos, más del 83 por ciento han
sido invertidos en trabajos de carácter militar. Muchos centros de enseñanza
superior se han convertido en apéndices del Departamento de Guerra, con el
colapso consiguiente para los sectores de la ciencia sin valor militar
práctico.
Hay que agregar que el incremento del militarismo se ve acompañado
inevitablemente por
restricciones de la libertad científica y de la
creación artística, por epidemias de espiomanía y recelo, por
humillantes "comprobaciones de la
lealtad", etc. La psicosis bélica causa daños enormes a la escuela,
influye desfavorablemente sobre la educación de las
generaciones jóvenes y propicia la penetración en la
literatura y el arte de tendencias decadentistas, del
fatalismo y de falta de fe en el futuro.
La idea de una nueva matanza siembra el horror hasta
en amplios medios de la burguesía. Gran parte
de ésta no desea tampoco una nueva guerra mundial,
puesto que conoce su fuerza destructora y recuerda la
amarga experiencia de un pasado próximo. Dentro del
campo de la burguesía va cambiando el criterio acerca de las
"ventajas" de la agresión a medida que
se pone en claro que el imperialismo americano y sus
aliados no poseen el monopolio de los nuevos tipos de armamento, sino que, en
sectores importantes de la técnica militar, como son los proyectiles dirigidos,
van muy por detrás de la Unión Soviética. El riesgo que significa una nueva
guerra mundial es admitido también en los medios militares que antes apoyaban
calurosamente la idea de una "cruzada" contra los países del
socialismo. El teórico
militar inglés general Fuller
escribe: "En la época de la civilización industrial resulta desventajoso
recurrir a la guerra... La civilización basada en la producción maquinizada no
puede conseguir una paz ventajosa en las condiciones de la guerra
atómica..." La sensata tendencia a poner fin a la guerra fría, a debilitar
la tensión y a normalizar la situación internacional, se va abriendo también
camino en algunas capas influyentes de los Estados Unidos.
Los hombres más perspicaces de la burguesía
comienzan a preguntarse si el capitalismo resistiría una nueva guerra mundial,
si ésta no pondría en peligro la existencia misma del régimen capitalista. No
son pocas las razones que llevan a pensar así. Los pueblos no perdonarían al
imperialismo los crímenes de una nueva guerra mundial.
Quiere decirse que a las fuerzas de la guerra y la
agresión, que operan en los países imperialistas, se
oponen
otras fuerzas no
menos poderosas que
tienden hacia la paz.
La creación de la N.A.T.O. significaba un paso hacia
la formación del frente único de las fuerzas
agresivas del imperialismo; pero simultáneamente, en
todo el
último período se
ha ido desarrollando
el
proceso,
que prosiguen en
nuestros días, de formación del frente único de las masas
populares en
defensa de la paz.
Expresión de este proceso ha sido, por ejemplo, la
creación y la labor del Consejo Mundial de la Paz, en
el que toman parte muchas personalidades sociales y
políticas, hombres de ciencia y famosos maestros de
la cultura. La humanidad de nuestros días está en
deuda con estos hombres que, a semejanza del gran sabio francés Federico
Joliot-Curie, del investigador
inglés Juan Bernal y de sus colegas, han hecho tanto
para movilizar a la opinión pública mundial contra
las negras fuerzas de la guerra. En las condiciones
presentes, los intelectuales que lo son de veras no pueden servir de mejor
manera a su pueblo y a la
humanidad entera que ayudando a dispersar los
nubarrones del peligro bélico.
Las masas trabajadoras y sus organizaciones se
incorporan cada vez más a la lucha por la paz, por la colaboración internacional
y por la
coexistencia
pacífica. Sin embargo, esto no da aún motivo alguno
para la tranquilidad. En el plano de la lucha contra el
peligro de guerra, se pone en cierto grado de
manifiesto el retraso en que la conciencia social se halla respecto de la
realidad. Las proporciones del
peligro que entraña una nueva guerra mundial están
lejos de haber sido comprendidas por todos y en toda
su magnitud; algunas capas de la población de los
países capitalistas se hallan contagiadas de apatía y de falta de fe en las
fuerzas de la paz. Además, la propaganda militarista y hasta determinados
medios eclesiásticos imponen y cultivan premeditadamente un espíritu de
fatalismo. El arzobispo de Canterbury, jefe de la Iglesia inglesa, ha dicho,
por ejemplo: "¡Acaso Dios tiene determinado que la humanidad haya de
aniquilarse a sí misma con bombas de hidrógeno!"
Para combatir la pasividad, para movilizar las
grandes masas del
pueblo y llevarlas
a una lucha
activa y abnegada
por la paz,
se requieren los
esfuerzos
constantes de todos
los hombres avanzados, y en primer
término de la clase obrera.
Sobre
todo, hay que
explicar pacientemente a las
masas las posibilidades que hay para conservar la
paz e impedir una nueva guerra.
4. Posibilidades de
impedir la guerra
en nuestra época
El XX Congreso
del Partido Comunista
de la
Unión Soviética indicó la existencia de una
posibilidad real para impedir la guerra, hacer fracasar
los planes de quienes quieren desencadenarla y
conservar la paz
para nuestra generación
y las
generaciones venideras. La declaración hecha en los
documentos del Congreso de que en nuestra época las guerras no son una
fatalidad inevitable, tiene una
formidable importancia de principios y práctica y es
un ejemplo de aplicación creadora de los principios
del marxismo-leninismo.
Se comprende que hoy día permanece en pie la base
económica que da origen a las guerras, puesto
que es consustancial
con la naturaleza
misma del
imperialismo. Este no ha perdido la agresividad que
le es propia, la tendencia a la conquista por la fuerza
de las armas y a las guerras. Al contrario, está aún
más belicoso. Pero en el último período se han
producido tales cambios en la distribución de las fuerzas mundiales, que
permiten enfocar de modo distinto el problema de un posible éxito de la lucha
por la paz.
Los marxistas no son fatalistas. Antes bien, admiten
que lo mismo en la marcha general de la historia humana que en la resolución de
los destinos del mundo, tienen un valor primordial la voluntad consciente y la
organización de las grandes masas del pueblo. Y en las condiciones a que hemos
llegado, la lucha de las fuerzas de la paz y su resistencia a los planes de una
nueva guerra pueden ser un factor decisivo y obligar a los agresores a
detenerse.
No siempre fue así. En un pasado no lejano todavía,
las fuerzas que no tenían interés en la guerra
y que luchaban contra ella se encontraban débilmente
organizadas y dispersas, tanto en el plano nacional
como en el internacional. Carecían de medios para
oponer
su voluntad a
los propósitos de
los incendiarios de guerra. Así ocurrió en vísperas de la primera guerra
mundial, cuando la fuerza mayor que se
manifestaba contra el
peligro bélico -el proletariado internacional- seguía
desorganizada por la traición de los líderes socialdemócratas.
La segunda guerra mundial fue también posible porque
las fuerzas de la paz, aunque considerables,
eran insuficientes para oponerse al imperialismo. La
posición escisionista de los líderes
socialdemócratas de derecha impidió
de nuevo que
el proletariado
internacional cumpliese su papel en la lucha por la
paz. Y los esfuerzos de la Unión Soviética -el único
Estado consecuente en la lucha contra la guerra- fueron insuficientes para
detener la agresión.
La
situación es distinta
ahora, cuando en la
palestra mundial tenemos el campo del socialismo,
que se ha convertido en una fuerza poderosa.
Actualmente, las fuerzas de la paz pueden apoyarse en el indestructible
baluarte que forman los países
socialistas. Además, en el mundo ha aparecido un
importante grupo de
Estados que, después
de
evadirse de la dependencia colonial, se manifiestan
activamente contra una
nueva guerra. Es infinitamente más fuerte y templado el
movimiento
obrero de los países capitalistas. El movimiento de
los partidarios de la paz ha adquirido proporciones
como jamás se conocieron.
Así las cosas, la lucha activa de todas las fuerzas
de la paz puede impedir el estallido de una nueva
guerra mundial. Hay también grandes posibilidades
para impedir que
los imperialistas desencadenen
guerras locales.
El XXI Congreso del P.C. de la Unión Soviética ha
señalado con toda razón en sus resoluciones que la
conclusión del XX Congreso de que las guerras no
son una fatalidad inevitable se ha visto confirmada
por completo. Después de analizar las consecuencias
que
para los destinos
del mundo tendrá
el
cumplimiento feliz del plan septenal de desarrollo
de la economía nacional de la U.R.S.S. y de los planes económicos de
los países socialistas,
el Congreso llega a la conclusión
de que los cambios producidos en la correlación
de fuerzas en
escala mundial pueden obligar a
los círculos militaristas del imperialismo a retroceder en sus propósitos de
desencadenar guerras mundiales. "Así, pues -indica la resolución
del Congreso-, antes
del triunfo completo del socialismo
en la Tierra, aun manteniéndose el capitalismo
en una parte
del mundo, se presenta la posibilidad real de eliminar las guerras
mundiales en la vida de la sociedad humana."255
Esto no quiere
decir, se comprende,
que haya aparecido una garantía
automática contra la guerra.
No, mientras el imperialismo subsista, el peligro de
255 XXI
Congreso extraordinario del Partido Comunista de la Unión Soviética, 27 de enero
a 5 de febrero de 1959. Actas taquigráficas, t. II, Gospolitizdat, Moscú, 1959,
pág. 448.
guerra permanecerá en pie. Además, sobre la suerte
de la paz universal influyen muchos factores concretos. Lo más importante, sin
embargo, es recordar que depende de la lucha infatigable de las fuerzas
pacíficas, de su capacidad para crear un poderoso frente único en defensa de la
paz y de movilizar a tiempo
a las más
grandes capas del pueblo para emprender enérgicas acciones
contra el estallido de un nueva guerra.
La política pacífica de los países socialistas como
baluarte de la paz universal.
Una
importante característica histórica
de nuestros tiempos, de la que se derivan condiciones
muy propicias para el mantenimiento de la paz, es la
existencia misma del campo socialista, que mantiene
en este sentido una política consecuente. Se trata
de un factor sustancialmente nuevo en las relaciones internacionales. Con la
Unión Soviética, la República
Popular China y demás países socialistas, que poseen
una población de casi mil millones de habitantes y
toda clase de recursos, en el campo internacional ha
aparecido una nueva fuerza material capaz de sujetar al agresor si éste se
atreve a despreciar la voluntad de
los pueblos pacíficos.
Movida por su deseo de deformar el significado de
este factor y de engañar a los trabajadores de los
países
capitalistas, la propaganda
reaccionaria no
deja de insistir en la amenaza del "comunismo
internacional", que, según
ellos, atenta contra
la
libertad del mundo de Occidente. Se hacen grandes
esfuerzos para presentar torcidamente las
intenciones de la Unión Soviética y de su Partido Comunista, para atribuirles
propósitos de conquista
y cargar sobre ellos la
responsabilidad de la carrera de armamentos y de la tensión en las relaciones
internacionales. Los autores de tales despropósitos se atienen al método
hitleriano de la "mentira grande", suponiendo que
las gentes incautas
y poco informadas acabarán por
creer las calumnias que se lanzan contra el comunismo y la Unión Soviética.
Pero las grandes masas de todo el mundo
comienzan a comprender
que los Partidos Comunistas y los países socialistas
no tienen motivos para desear una guerra y para preparar la agresión militar
contra otros Estados.
En la Unión Soviética, como en todos los demás
países socialistas, no hay clases ni fuerzas sociales para las que la guerra
pudiera ser un negocio. La Unión Soviética tiene en su inmenso territorio todo
cuanto se requiere para el desarrollo de su economía. No necesita ni
territorios nuevos, ni nuevas fuentes de materias primas, ni nuevos mercados
exteriores de venta, ni esferas
de inversión de
capitales, ni colonias. La
economía socialista planificada no conoce las crisis de superproducción, y por
eso no necesita de "estímulos" tales como la militarización y la
carrera de armamentos.
Y no se trata sólo del aspecto material del
problema. Socialismo y agresión son ideas incompatibles. El fin de los
comunistas es alcanzar la fraternidad y la amistad de los pueblos, la paz
eterna en la tierra. En el país soviético el poder está en manos de los obreros
y campesinos, clases que en todas
las guerras sufrieron
más que ninguna
otra.
¿Cómo podrían desear una nueva guerra?
Todo cuanto en la Unión Soviética se hace es con
objeto de aumentar
constantemente el bienestar
material
y el nivel
cultural de las
grandes masas
trabajadoras.
¿Puede la guerra
ayudar al cumplimiento de estas
tareas?
Los
hombres soviéticos construyen
viviendas,
empresas industriales, palacios de cultura,
institutos, gigantescas centrales eléctricas
y canales, no
para que, al cabo de cierto tiempo, se convierta todo esto en blanco
para las bombas. La guerra, que inevitablemente significa la interrupción de la
labor pacífica y creadora de los hombres, que consume gigantescos valores
materiales con fines no productivos, que destruye lo ya construido, va contra
los fines fundamentales del socialismo. ¿Cómo imaginarse, pues, que los
comunistas, los marxistas- leninistas,
para quienes la
construcción del socialismo y del
comunismo es la causa de toda su vida, puedan mostrarse partidarios de la
agresión y de la guerra?
Las ideas pacíficas del socialismo encuentran
expresión completa en los principios que sirven de
base a la política exterior de la Unión Soviética.
Es
una política de paz entre los pueblos, de honesta
colaboración internacional y de desarme.
Los pueblos ven a cada paso pruebas de que esto es
así. Después de la guerra, los representantes de la Unión Soviética
en la O.N.U.
y fuera de
esta
organización han llevado siempre la iniciativa en
las propuestas de reducción
de los armamentos,
de
prohibición del arma atómica y de hidrógeno y de
disolución de los bloques militares, o, al menos, de acuerdos de no agresión y
de renuncia al empleo de
la fuerza entre las agrupaciones militares opuestas,
de supresión de las bases militares en países extranjeros
y de la aplicación, en las relaciones entre todos
los países, de los principios de la coexistencia pacífica. Ni la Unión
Soviética ni los demás países socialistas
tienen la culpa de que los Estados de la N.A.T.O. se
resistan tenazmente a aceptar tales propuestas.
Los deseos de paz de los países del campo socialista
tienen un vivo reflejo en su consecuente política de
reducción de armamentos,
con lo que
muestran a todo el mundo un buen ejemplo a seguir.
Bastará decir que entre 1955 y 1958 los países del
Tratado
de Varsovia han
reducido sus fuerzas armadas en 2.477.000 hombres (la
Unión Soviética en 2.140.000). Y eso cuando los países del Bloque
atómicas a las divisiones del Bundeswehr, el
ejército de Alemania Occidental, imbuido de un espíritu de desquite, que se
está convirtiendo en la fuerza de choque de la agresión en Europa.
La doctrina oficial de la política exterior
soviética es el principio leninista de la coexistencia pacífica de los Estados,
cualquiera que sea su régimen social y político.
N. S. Jruschov, primer secretario del C.C. del P.C.
de la U.S. y presidente del Consejo de Ministros de la
U.R.S.S.,
ha dicho, refiriéndose
a la concepción
soviética de la coexistencia pacífica: "Su
esencia, expresándonos brevemente, consiste: primero, en que cualquier forma
del Estado y cualquier estructura social de uno u otro país han de ser
determinadas por los propios pueblos de esos países; segundo, en que ningún
Estado y ninguna fuerza exterior pueden ni deben imponer
a los pueblos
de otros Estados
su modo de vida y su organización política y social; tercero, en que la
aparición de un Estado con régimen socialista, en virtud de las leyes objetivas
del desarrollo social, es
tan regular como
en otros tiempos lo fue la
aparición de los Estados burgueses..."256
Si el principio de la coexistencia pacífica se
convirtiese en norma
de las relaciones internacionales de nuestra época,
como lo es en las relaciones entre la Unión Soviética y algunos Estados de Asia
y Europa (India, Birmania, Indonesia, República Árabe Unida, Finlandia, Austria
y otros), hace tiempo que en el mundo se habrían fundido los últimos hielos de
la guerra fría.
Los comunistas están convencidos de que una
nueva guerra mundial
significaría el fin
del
imperialismo, porque los pueblos no le perdonarían
este nuevo crimen. Pero esto de ningún modo quiere
decir que los comunistas deseen una nueva guerra.
Lo que quieren
es el más
rápido triunfo del
régimen socialista para hacer felices a los hombres.
¿Y puede llevar a la felicidad del género humano la
guerra moderna, con
sus bárbaros medios
de
exterminio y de destrucción en masa? Tengamos
presente también que,
además de las
incontables
víctimas y de los sufrimientos que esa guerra
impondría a los pueblos, traería la devastación, la desaparición de infinitos
valores materiales, la ruina
de la industria y la agricultura.
¿Pueden desear esto los marxistas? ¡De ningún modo!
Además, no tienen por qué pagar a tan terrible
precio la muerte del capitalismo, cuando se hallan
convencidos de que el sistema capitalista está
condenado por la historia, de que saldrán perdiendo
inevitablemente
en la emulación
pacífica con un régimen social más elevado como es el
socialismo.
Las fuerzas de la paz son capaces de detener la agresión.
Atlántico continúan incrementando sus fuerzas armadas,
cuando instruyen y
dotan de armas
256
Respuestas de N. S. Jruschov a John Waters, redactor del periódico
australiano Herald, en Pravda, 25 de junio de 1958.
El marxismo-leninismo tiene la más grande confianza
en las masas populares y en su actividad consciente. No en vano considera que
el pueblo es el creador de la historia. Esta tesis marxista sirve de base a la
conclusión del XX Congreso de la Unión Soviética de que la acción de los
pueblos en defensa de la paz puede impedir la guerra.
Así lo confirma la experiencia del movimiento
antibélico. La manifiesta
voluntad de las
masas
populares, respaldada por el apoyo de los Estados
que componen el campo socialista, ha contribuido
repetidas veces en estos últimos años a frenar a los agresores imperialistas;
les ha obligado a renunciar a actos que habrían llevado adelante si no les
hubiese detenido el temor
a enfrentarse con la opinión pública de sus propios países y del
mundo entero.
Bajo la presión de la opinión pública mundial, los
Estados
Unidos hubieron de
desistir de sus propósitos de emplear el arma atómica en
Corea. En
última
instancia, se vieron
obligados a aceptar
la
forma del armisticio, aunque esferas influyentes del
país deseaban continuar y prolongar la intervención. Todos están
conformes en que
el miedo a la
explosión de los pueblos hizo que los imperialistas se abstuvieran de
emplear la bomba
atómica en Vietnam y
transigiesen con el armisticio.
En ambos casos
tuvo importancia la
política firme, encaminada a devolver la paz al Asia, de los
países del campo socialista, y singularmente de la
Unión Soviética y de la República Popular China,
aunque esto no desmerece en absoluto los méritos del
movimiento popular en defensa de la paz. Todo lo
contrario, demuestra una vez más la fuerza enorme
que, en las circunstancias actuales, significa la combinación de la presión
social sobre los incendiarios de guerra y la presión de la política de paz de
los Estados socialistas.
Un ejemplo brillante de eficaces acciones de las
fuerzas de la paz es el de la crisis del Canal de Suez, en otoño de 1956. Si
entonces se pudo poner fin a la agresión
anglo-franco-israelí contra Egipto,
es porque los imperialistas se vieron entre dos fuegos: la presión de la
opinión pública mundial y la política de los Estados socialistas, que salieron
en defensa de los legítimos derechos de Egipto y de los intereses de la
paz general. La
nota del Gobierno
soviético a Londres y París (5 de
noviembre de 1956) fue debidamente valorada en Inglaterra y Francia. Al día
siguiente se anunciaba el alto el fuego. A su vez, los pueblos inglés
y francés condenaron
la agresión contra Egipto e
influyeron sobre sus respectivos gobiernos. El alto el fuego en Egipto
significaba una gran victoria de la causa de la paz que no podía llegar más a
tiempo. "En el caso contrario -dijo más tarde N. S.
Jruschov-, la guerra
de Egipto podía
haber
después en una guerra mundial."257
Los hechos demuestran irrefutablemente que las
fuerzas de la paz crecen en madurez y poderío y son
capaces
de dejar sentir
su influencia favorable
y
decisiva
sobre el curso
de los grandes acontecimientos de la vida
internacional. Sin temor a las amenazas de los imperialistas ni a sus
baladronadas, los países
del poderoso campo socialista seguirán manteniendo sin
vacilaciones la causa de la paz. Sus deseos de que sea garantizada la seguridad
general se corresponden con los intereses de todos los pueblos y propician en
el plano internacional la agrupación de todas las fuerzas que quieren la paz.
Capitulo XX. Las
diversas formas de transición a la revolución socialista
La
despiadada explotación de
los obreros, la
rapacidad de que los monopolios hacen víctimas a los
campesinos y capas medias de la población urbana,
la ofensiva contra la democracia y la amenaza del
fascismo,
la opresión y
el peligro de
una nueva guerra mundial
tienen en última
instancia, como antes quedó
demostrado, un mismo origen: el capitalismo. Para librar a los trabajadores del
yugo de clase, acabar para siempre con las guerras y asegurar una democracia
auténtica y la
libertad e independencia de los
pueblos, hay que poner fin al propio régimen capitalista, hay que llevar a cabo
la revolución socialista.
La
revolución socialista, en
su sentido amplio, abarca todo el conjunto de
transformaciones políticas
y económicas que conducen a la supresión completa
del capitalismo y a la construcción del socialismo.
Su comienzo es un viraje político: el poder de los capitalistas es derribado y
se instaura el poder de los trabajadores. Esto es lo que en la teoría marxista
se conoce con el nombre de revolución proletaria. Está claro que a esta revolución no conduce
un camino llano, por el que se
pueda avanzar sin
esfuerzo alguno y sin gran capacidad política. El paso de millones de
hombres, de clases y capas sociales enteras a la lucha decidida por el poder
significa un proceso complejo y que ofrece múltiples formas.
1. Los
antagonismos de clase, al desarrollarse, hacen inevitable la revolución
proletaria
Por muy amplias y diversas que sean las fuerzas
sociales que participan en el derrocamiento del
capitalismo, el papel decisivo en la revolución socialista corresponde a la
clase obrera. Esta es su principal fuerza de choque, el destacamento de
vanguardia de los trabajadores que se lanzan al asalto de la vieja sociedad.
Hasta en los
países de un
capitalismo poco desarrollado,
donde la clase obrera es una minoría en
derivado
hacia una guerra
grande y transformarse
257 N. S.
Jruschov, Por una paz duradera
y una coexistencia pacifica,
Gospolitizdat, Moscú, 1958, pág. 96.
el grueso de la población, es ella la clase más
organizada y consciente de la sociedad, y como tal, bajo la dirección de su
vanguardia marxista-leninista, puede agrupar en torno suyo a todas las capas
trabajadoras del pueblo para la lucha por el socialismo. Y esto es tanto más
factible en los países de capitalismo desarrollado.
La probabilidad y el éxito de la revolución
socialista se hallan
en dependencia directa
de la
amplitud de la lucha de clase del proletariado y de
la conciencia y organización del mismo. Quien quiera
aproximar la revolución y ver su triunfo habrá de
desplegar la lucha de clase de los obreros y trabajar tenazmente con
objeto de elevar
su conciencia
política y su capacidad de combate.
La lucha del partido obrero revolucionario por la
revolución socialista se halla en consonancia con la
tendencia
fundamental del desarrollo
social. La
propia evolución del capitalismo contemporáneo
empuja a
los trabajadores en
este sentido. En el
capitulo
X se indicaba
ya que el
incremento del
poderío y la opresión del capitalismo monopolista de
Estado, la ofensiva que éste despliega contra el nivel de vida
y los derechos
de los trabajadores
y su política archirreaccionaria
agudizan el antagonismo fundamental de la sociedad capitalista, que es el que
existe entre la clase obrera y sus explotadores. Al ahondarse todavía más este
antagonismo, en combinación con todas las demás contradicciones sociales del
capitalismo, la revolución socialista se convierte en ley objetiva de nuestra
época. La revolución socialista no es un producto imaginario inventado por los
teóricos comunistas, como afirma la propaganda reaccionaria, sino algo hacia lo
cual llevan imperiosamente las necesidades del desarrollo social. Esto es lo
que, en último término, infunde inagotables energías a la lucha revolucionaria
de la clase obrera y de su vanguardia comunista.
No hemos de imaginarnos las cosas, sin embargo, de
una manera simplista. El nivel de la madurez política y de la conciencia
revolucionaria de los obreros no siempre está a la altura de las tareas de
clase históricamente maduras del proletariado. La burguesía reaccionaria y sus
agentes en el seno del movimiento obrero consiguen a veces, por el engaño y la
violencia, detener el incremento de la conciencia de clase de los obreros, o,
al menos, derivar su lucha hacia cauces menos peligrosos para la dominación de
los monopolios. En este sentido es particularmente dañoso el papel de los
líderes socialdemócratas de extrema derecha, que se esfuerzan por apartar a los
trabajadores de su lucha contra el capitalismo y de toda colaboración con el
movimiento comunista.
Nadie logrará, empero, detener el proceso de
maduración revolucionaria de
los obreros y el
ascenso de su
lucha de clase.
El proletariado se
Ordinariamente, una simple huelga, aunque no dé
fruto inmediato, enriquece la experiencia de la clase obrera y eleva su
capacidad de combate. La misma lucha por los intereses inmediatos tiene, pues,
una orientación revolucionaria más o menos acusada. Todo eso prepara a la clase
obrera para la futura revolución socialista, incorpora a las grandes masas
trabajadoras a la lucha contra el capitalismo y se convierte en escuela de
educación política y organización, capacitando a las masas para formas más elevadas
del movimiento obrero.
No conseguirá la reacción sus propósitos de
aplastar la lucha
de clase del
proletariado con medidas
represivas ni de franca violencia. El terror reaccionario puede, sí, convertir,
en algunos países, en una empresa extraordinariamente difícil y hasta
imposible, y eso sólo por cierto tiempo, la lucha de masas contra el capital.
Mas esos períodos, por penosos que sean para los trabajadores y por muchos que
sean los sacrificios que de ellos se exijan, preparan el terreno para que la
lucha de clases resurja con nuevo impulso y vigor. No puede ser de otra manera,
puesto que las medidas de violencia a que la burguesía reaccionaria recurre,
hacen crecer vertiginosamente el odio de clase y acumulan leña seca que
se enciende con
la primera chispa.
El partido marxista-leninista da expresión a este odio de clase así
estimulado y lo orienta hacia la lucha consciente por el socialismo.
Vías
de acceso a la revolución proletaria.
La revolución proletaria es el choque directo y
abierto entre las dos grandes fuerzas antagónicas, entre la clase obrera y la
burguesía. Eso no quiere decir que la revolución social sea un duelo de esos
dos adversarios. "Quien espere la revolución social «pura» -decía Lenin-
no la verá jamás."258 Lenin se
burlaba de la simplista
y doctrinaria noción de la
revolución proletaria según la cual "se
alineará en un lugar un ejército y dirá: «queremos el socialismo», y frente a
él otro ejército que diga: «queremos el imperialismo», y esto será la
revolución social".259
La revolución socialista "pura" no puede
producirse, siquiera sea, porque el capitalismo "puro" no existe. En
la vida real pesan sobre él los restos de formas precapitalistas de economía, supervivencias de las relaciones feudales, de
la pequeña producción mercantil, etc. Las contradicciones entre la clase obrera
y la burguesía pueden entrelazarse con contradicciones entre los campesinos y
los terratenientes y entre éstos y la burguesía, entre la pequeña burguesía
y la grande
y entre los monopolios y todas las demás capas de la
población. Más aún, el
antagonismo de clase
entre el proletariado y la
burguesía puede verse eclipsado por los conflictos nacionales, religiosos o de
otra índole.
templa en los combates diarios con el capital, en
las
huelgas,
en las grandes
acciones de solidaridad.
258 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXII, pág. 340.
259 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXII, pág. 340.
La opresión nacional hace que la clase obrera se vea
a un mismo lado de las barricadas no sólo con los campesinos, sino también con
capas importantes de la burguesía.
Tal es, de ordinario, el complejo fondo sobre el que
se desarrolla la lucha de las masas que conduce a la revolución socialista. Y
cuando esta revolución estalla, arrastra consigo como un alud a todos los
movimientos de los oprimidos y explotados, reúne en un mismo torrente todas las
acciones de las masas contra la opresión nacional, imperialista, latifundista,
etc.
Lenin
escribía: "La historia
en general y la
historia de las
revoluciones en particular
tiene
siempre un contenido más rico, es más variada,
diversa, viva y «astuta» de lo que se imaginan los
mejores partidos y las vanguardias más conscientes
de las clases más avanzadas. Y esto se comprende, puesto que
las mejores vanguardias
expresan la
conciencia, la voluntad, la pasión y la fantasía de
decenas de miles
de hombres, mientras
que la
revolución la llevan a cabo, en los momentos de
especial entusiasmo y
tensión de todas
las capacidades humanas, la conciencia, la voluntad, la
pasión
y la fantasía
de decenas de
millones espoleados por la más aguda lucha de clases."260 De aquí sacaba Lenin dos importantes
conclusiones prácticas: Primera, que la clase revolucionaria, para llevar a
cabo su tarea, ha de "dominar, sin excepción alguna, todas las formas o
aspectos de la actividad social". Segunda, que "ha de estar siempre
dispuesta a la sucesión más rápida e inesperada de una forma por otra".261
¿Por qué es esto importante? ¿Por qué el partido
marxista ha de participar activamente él mismo e incorporar a los obreros a la
lucha en todos los terrenos de la vida social? Porque cualquiera de las
corrientes sociales dirigidas contra la reacción puede, al producirse un
determinado viraje de los acontecimientos, convertirse en la vía concreta que
conduzca a las masas "a la gran lucha revolucionaria, a la lucha
auténtica, decisiva y última".262
A la revolución proletaria pueden conducir
diversos movimientos de
las masas oprimidas
y
descontentas,
siempre y cuando
la vanguardia
consciente de la clase obrera sea capaz de
orientarlos hacia el cauce de la lucha revolucionaria. Por algo
insistía
tanto Lenin, en
sus llamamientos al
movimiento comunista internacional, en que se
concentrasen todas las energías y la atención "en buscar formas de paso o
de acceso a la revolución proletaria".263
El partido marxista se ve obligado a esta búsqueda
por la
circunstancia de que
las grandes masas
260 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXI, pág. 75.
261 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 76.
262 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 77.
263 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 73.
trabajadoras sólo pueden elevarse a la lucha por el
socialismo cuando su propia experiencia las ha convencido de que la revolución
es el único modo que hay para resolver los problemas maduros de la vida social.
A esta convicción han de llegar las masas fundamentales de la clase obrera y
también, particularmente, las grandes masas de los campesinos y las
capas medias, las
cuales, en virtud
de la posición que ocupan en la
sociedad, tardan más en llegar a las ideas del socialismo.
Durante las últimas décadas se han abierto nuevas
grandes perspectivas en este sentido, como
consecuencia
del inusitado incremento
de los
movimientos democráticos de masas contra el capital
monopolista y el imperialismo. Si bien es verdad que
estos movimientos no se proponen fines socialistas,
objetivamente están unidos a la lucha de la clase
obrera por el socialismo y, en determinadas circunstancias, pueden
fundirse con ella
en un torrente único ante el que
no podrá resistir el poder del capitalismo. Sobre la base de estos movimientos
se descubren nuevas posibilidades para la unidad de acción de la clase obrera
con todos los trabajadores y demás
capas de la
población que se
manifiestan contra la dominación de la burguesía monopolista.
2. Los
movimientos democráticos de
nuestro tiempo y la revolución socialista
En los capítulos anteriores hemos examinado los
tipos fundamentales de movimientos democráticos
modernos dirigidos contra el capital monopolista y el imperialismo: son la
lucha de las masas campesinas contra los residuos del feudalismo conservados
por el imperialismo y su movimiento antimonopolista, el movimiento de
liberación nacional entre los pueblos de las colonias y países dependientes, la
lucha patriótica por el mantenimiento de la soberanía, la lucha en defensa de
la democracia, el movimiento de los pueblos por la paz universal y los
movimientos humanistas de los intelectuales y sus acciones en defensa de la
cultura. Entre los movimientos democráticos figuran también la lucha por la
nacionalización de los monopolios capitalistas, por la ampliación de derechos a
las mujeres y los jóvenes y otras
reivindicaciones de las
grandes masas del pueblo
que han ganado
actualidad precisamente como
consecuencia de la dominación de los monopolios.
Algunas características de los movimientos democráticos de nuestros
días.
Los
movimientos enunciados son
democráticos porque defienden reivindicaciones no
socialistas,
sino democráticas. Esta lucha no representa de por
sí nada nuevo. Se mantuvo ya, y muy intensamente, en la época de las
revoluciones burguesas, cuando las
masas
pedían la libertad
y la democracia,
la supresión de la
gran propiedad agraria
y de los privilegios de la nobleza, la separación
de la Iglesia y el Estado, etc. Pero, a diferencia de los actuales, los
movimientos del pasado ostentaban un carácter democrático-burgués, es decir,
reclamaban reivindicaciones que no rebasaban el marco de la democracia burguesa
y se hallaban vinculadas al triunfo de la revolución burguesa. Su filo iba
dirigido contra el feudalismo y sus supervivencias.
Los movimientos democráticos contemporáneos
conservan el carácter antifeudal sólo en los países
económicamente
subdesarrollados y en
los países
burgueses desarrollados donde se mantienen residuos
de las supervivencias feudales. No obstante, también presentan en ellos,
simultáneamente, un carácter antiimperialista y antimonopolista (por ejemplo,
la lucha de liberación nacional en las colonias, la lucha por la reforma
agraria en el Sur de Italia).
En nuestra época, el terreno para los movimientos
democráticos no es
una exclusiva de
los países
subdesarrollados o con vigorosas supervivencias del
feudalismo. También pueden producirse en los países
capitalistas desarrollados. En estos últimos van
enfilados directamente contra los círculos dirigentes de la
burguesía, contra el
imperialismo y la
dominación de los monopolios.
Esto no quiere decir, ciertamente, que todos esos
movimientos sean ya de naturaleza anticapitalista. De
la
incompleta relación de
los mismos que
antes
hemos expuesto se deduce que pueden ofrecer gran
diversidad por las fuerzas motrices que los impulsan
y por su contenido político-social; pueden
orientarse
hacia el socialismo o rechazarlo, encontrarse bajo
la dirección de la clase obrera o de elementos democráticos de la burguesía,
etc.
Mas con todo y con eso, no los podemos definir ya
como movimientos democrático-burgueses. y ello
porque
la democracia ordinaria
(aun la más avanzada) no
puede dar satisfacción a
reivindicaciones
como son la
supresión de la amenaza de guerra, la liberación nacional
formal y real, la nacionalización de
la propiedad de los
monopolios, la limitación de su poderío político,
etc. Esto sólo lo puede
hacer la democracia de
nuevo
tipo, una democracia que se hace eco de los
intereses de las grandes masas trabajadoras y de otras capas progresivas del
pueblo.
Así, pues, aunque los movimientos democráticos de
nuestro tiempo tienen antecedentes en el pasado,
de ordinario van íntimamente unidos a la etapa
histórica actual; se derivan particularmente del ahondamiento de la crisis
general del capitalismo y
de la creciente resistencia de las masas populares a
la dominación de los monopolios capitalistas.
Estos movimientos han alcanzado su punto
culminante en las
últimas décadas. El
viraje se produjo en
el período subsiguiente a
la crisis
económica mundial de 1929-1933, que agudizó hasta
extremos inusitados las contradicciones sociales en el
seno del mundo capitalista. Los grupos dominantes de
la gran burguesía buscaron la salida en el fascismo y la guerra. En 1933 los
nazis subían al poder en Alemania;
la amenaza fascista
se cernió también sobre Austria, Francia y España. Como
respuesta, en muchos países capitalistas se levantó un poderoso movimiento
antifascista, que plasmó en acontecimientos tan señalados como la formación del
Frente Popular en Francia y España, y en el apoyo que los demócratas de todo el
mundo prestaron a la justa lucha del pueblo español de 1936-1939. Pero la lucha
democrática antifascista alcanzó sus mayores proporciones durante la segunda
guerra mundial. El carácter de liberación que esta guerra llegó a tomar, hizo
que las masas populares se incorporaran activamente a ella, fundiendo sus
esfuerzos con la guerra liberadora de la Unión Soviética.
Después de la segunda guerra mundial adviene un
nuevo ascenso de los movimientos democráticos, los
cuales, junto a la lucha de la clase obrera, se
hacen eco de las principales inquietudes sociales del mundo
capitalista.
Los actuales movimientos democráticos tienen,
pues, raíces profundas
en la propia
sociedad
capitalista, y esto es lo que les infunde un vigor
al que nada se
puede oponer. Son
movimientos
gestados, ante todo, por una de las contradicciones
principales del capitalismo contemporáneo: por el antagonismo que
existe entre los monopolios
y la
inmensa mayoría del pueblo.
En el capítulo
X examinábamos la
base económica de este
antagonismo: un puñado
de
monopolios
subordina el Estado
a sus intereses
y
expolia
a toda la
sociedad, ya mediante
la explotación del trabajo
de otras clases
y capas sociales (esto no se
refiere sólo a los obreros, sino también
a los campesinos
trabajadores, a los artesanos, empleados y a la mayor parte
de los intelectuales), ya apropiándose del producto complementario que otros
capitalistas habían hecho suyo (fenómeno característico en las relaciones de
los monopolios con
los capitalistas medios
y pequeños y con los campesinos ricos).
Pero,
además de la
base económica, el antagonismo de los monopolios con la
inmensa mayoría del pueblo
tiene también una
importante base política.
Los monopolios sólo pueden enriquecerse a expensas
de toda la sociedad subordinando a tal fin
toda la política interior y exterior del Estado. A
esto
obedece la política de limitar y suprimir los
derechos democráticos, la carrera
de armamentos, el
aventurerismo
agresivo en política
exterior, la
expoliación
de las colonias,
etc. Es evidente
que dicha política va contra los intereses no de la clase obrera
solamente, sino también de los campesinos, de las capas medias de la población
urbana, de los intelectuales y de cierta parte de la burguesía media.
La
resistencia que provoca en esas clases y capas plasma precisamente en los
diversos movimientos democráticos.
De ahí que
todos esos movimientos,
de una manera o de otra, vayan
contra la dominación del
gran
capital, que en
algunos países adopta
ya el
carácter de dictadura de los monopolios.
Esta
dictadura se presenta
bajo envolturas distintas. En la
Alemania hitleriana adoptó la forma
de descarada barbarie fascista, con la supresión del
Parlamento y de todas las instituciones de la
democracia burguesa. Actualmente,
en Francia, la
dictadura reaccionaria es implantada gradualmente,
para lo cual se van castrando las facultades de las
tradicionales instituciones parlamentarias. En
algunos
otros países, especialmente en
Estados
Unidos, el régimen parlamentario se conserva sobre
el papel, aunque impera la más auténtica dictadura de los grandes monopolios.
Elementos esenciales de la dictadura del capital monopolista se observan, en
uno u otro grado, en otros países burgueses.
Es
evidente que cada
vez se presenta
con caracteres más perentorios la necesidad de que todas las fuerzas
democráticas y progresistas luchen contra esta dictadura. La lucha puede
adquirir formas diversas, según sea la profundidad del antagonismo que divide a
los monopolios y el pueblo, y en dependencia también de la situación interior e
internacional.
No está excluida la posibilidad de que, en
determinadas condiciones, los movimientos democráticos contra la política de la
burguesía imperialista conduzcan a revoluciones democráticas.
Estas
revoluciones serían antimonopolistas, puesto que tendrían por
objeto derribar la dictadura de los grandes monopolios. Sus fuerzas motrices
serían la clase obrera, los campesinos, las capas medias de la población urbana
y los intelectuales democráticos.
Con otras palabras,
serían revoluciones populares democráticas en las que tomarían parte las
capas más amplias del pueblo.
Transformación
de las revoluciones democráticas en socialistas.
La
experiencia histórica demuestra
que, en la época
del imperialismo, las
revoluciones
democráticas
no se limitan
a cumplir tareas puramente democráticas,
sino que manifiestan
la
tendencia a ir más allá y elevarse a un nivel más
alto.
Esta tendencia la captó genialmente V. I. Lenin,
quien en
los años de
la primera revolución
rusa
(1905)
expuso la teoría
científica de la transformación de
la revolución democrático-
burguesa en revolución socialista.
Lenin se apoyaba en las valiosas indicaciones
contenidas en las
obras de los
fundadores del
marxismo. En el Manifiesto del Partido Comunista,
después
de señalar que
la revolución burguesa transcurría en Alemania en unas
condiciones de capitalismo más desarrollado y con un proletariado mucho más
dispuesto que la revolución inglesa del siglo XVII y la francesa del XVIII,
Marx y Engels llegaban a la siguiente conclusión: "La revolución burguesa
alemana, por consiguiente, sólo puede ser el prólogo directo de la revolución
proletaria."264
En una carta de 1856 a Engels, Marx expone la
interesante idea de la combinación de la revolución
proletaria
con el movimiento
campesino. "En
Alemania -escribía- todo dependerá de la posibilidad
de mantener la revolución proletaria con alguna segunda edición de la guerra
campesina."265
Los oportunistas de la II Internacional no
atribuyeron importancia alguna
a estas ideas
de Marx. Únicamente Lenin vio en ellas el germen de una nueva táctica
revolucionaria. Partiendo del análisis de la situación real, y apoyándose en
dichas ideas, elaboró su teoría de la transformación de la revolución
democrático-burguesa en revolución socialista.
Lo principal en esa teoría es la idea de la
hegemonía (papel dirigente) de la clase obrera en la revolución democrático-burguesa. Era
una idea nueva, que se oponía a
las concepciones habituales hasta entonces.
Los socialdemócratas europeos (y con ellos los
mencheviques rusos) pensaban de un modo simplista: puesto que la revolución es
democrático-burguesa, la dirección ha de corresponder a la burguesía. Así
ocurrió en Europa Occidental y así será en todas las revoluciones burguesas,
cualquiera que sea el sitio en que se produzcan. Sólo después de un intervalo
más o menos prolongado, cuando el capitalismo haya cumplido hasta
el fin su misión
de arruinar a las
capas medias y el proletariado constituya la mayoría de la población, le
llegará la vez a la revolución proletaria, que podrá ser dirigida por la clase
obrera.
Lenin rompió este petrificado esquema, que no
respondía a las necesidades del tiempo y a las posibilidades del movimiento
obrero. Tal como él demostró, en la época del imperialismo, entre la revolución
burguesa y la proletaria no es obligatorio un período de dominio de la
burguesía; en un país más o menos
desarrollado, la revolución democrático-burguesa puede
convertirse en revolución
proletaria.
La época del imperialismo proporcionaba base
suficiente para dicha conclusión.
Primero, el sistema capitalista mundial ha
madurado en conjunto para el paso al socialismo. En
estas condiciones, cierto
atraso de los
países de
Oriente no podía ser, de ningún modo, un obstáculo
insuperable para dicha transición.
Segundo,
toda lucha contra
los restos del
264 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV,
pág. 459.
265 C. Marx y
F. Engels, Cartas escogidas. Gospolitizdat, 1953, pág. 86.
feudalismo, en una situación en que el imperialismo
mantiene y apoya las caducas relaciones feudales, se transforma, tarde
o temprano, en
lucha decidida contra el
imperialismo, es decir, que lleva a la revolución socialista.
Tercero, en la época del imperialismo aparece un
factor nuevo, que
no existía en
el período de las
revoluciones
democrático-burguesas de Occidente:
en bastantes países, que se encontraban en vísperas
de la
revolución antifeudal, se había formado una
clase obrera numerosa y combativa, que poseía su
propio partido político.
En estas condiciones, si la clase obrera se ponía a
la cabeza de
la revolución democrático-burguesa,
ésta podía llegar a transformarse en socialista.
En
cierto sentido, estimaba
Lenin, los obreros están más interesados en la
revolución democrático-
burguesa que la propia burguesía, a la cual, en su
lucha contra el proletariado, le conviene apoyarse
en los restos de las viejas instituciones, como es, por
ejemplo, la monarquía.
El nuevo tipo
de revolución democrático- burguesa dirigida por la clase
obrera engendra, según la teoría de Lenin, un tipo nuevo de poder político: la
dictadura democrática revolucionaria del proletariado y
los campesinos. Esta
aplica las medidas que
corresponden a los intereses comunes a ambas clases: suprime la monarquía y
proclama la república democrática, entrega la tierra a los campesinos, implanta
la jornada de ocho horas. etc.
Al mismo tiempo, la clase obrera en el poder adopta
medidas para que la revolución democrática
se
transforme en socialista. Atendidas las
condiciones de Rusia en aquel entonces, esto exigía
la reagrupación de
las fuerzas de
clase: la clase obrera no realizaba ya la revolución
socialista en alianza con todos los campesinos, sino con la parte más pobre de
éstos, que tenía tanto interés como los obreros en pasar al socialismo.
La marcha de la revolución en Rusia, había de
escribir más tarde Lenin, vino a confirmar la teoría
de los bolcheviques. La revolución democrático-
burguesa se transformó, en efecto, en socialista.
En lo fundamental y principal, la teoría leninista
de transformación de la revolución democrático- burguesa en
socialista es aplicable
a todas las
revoluciones democráticas de nuestro tiempo. Esto no significa,
se comprende, que
toda revolución
democrática
haya de convertirse
en socialista; lo único que quiere decir es que puede
convertirse, siempre y cuando la clase obrera sepa ocupar en ella
posiciones dirigentes. Así nos lo dice, por ejemplo,
la experiencia de las
revoluciones democrático-
populares desarrolladas después de la última guerra
en la Europa Central y Sudoriental, y también lo que hemos visto
en las revoluciones
democráticas de
liberación nacional en países asiáticos como China,
Corea y Vietnam.
Tanto en un caso como en otro, las revoluciones
iniciadas sobre una base democrática general no se detuvieron en la etapa
democrática, sino que, más o menos rápidamente, con dificultades mayores o
menores, se transformaron
en revoluciones socialistas. Esto
señala una vez
más el gran significado de la teoría leninista, que
quita toda traba a la actividad revolucionaria de la clase obrera y abre
amplias perspectivas para el paso al socialismo lo mismo en los países
atrasados económicamente que en los que alcanzaron un alto desarrollo
capitalista.
Hay que tener presente, se comprende, que la época
contemporánea ha aportado muchos factores nuevos que no existían en tiempos de
la primera revolución rusa. La revolución de tipo democrático presentaba
entonces un carácter principalmente antifeudal. Ahora, en bastantes países,
desde el principio mismo concentra sus fuegos no sólo y no tanto sobre las
supervivencias del feudalismo como sobre el ala más reaccionaria, monopolista,
de la propia burguesía. Con otras palabras, la revolución democrática enfila ahora,
en esencia, contra el mismo enemigo que la revolución socialista. Esto
significa que se ha producido una aproximación mayor de los dos tipos
de revolución. En
estas condiciones, la lucha por el cumplimiento de las tareas
democráticas y socialistas puede incluso no derivar en dos revoluciones
distintas, sino reducirse a dos etapas de un único proceso revolucionario.
Eso es lo que ocurrió en las revoluciones
democrático-populares de Europa Central y Sudoriental, La lucha contra las
supervivencias del feudalismo no tenía allí valor por sí misma y no determinaba
el carácter de la revolución. Esta dirigió su filo contra el imperialismo
extranjero y la gran burguesía y los terratenientes que habían formado un
bloque con él. Esta circunstancia le dio desde el principio mismo un carácter
nuevo, propiciando extraordinariamente su transformación en revolución
socialista. De ahí
que en unos
países se pueda advertir netamente el paso de la etapa
democrática a la socialista, mientras que en otros no se observa una frontera
tan acusada. En unos, el desarrollo hacia el socialismo ha sido más suave y ha
encontrado menos resistencia que en otros, donde el paso se vio acompañado de
una intensa agudización de la lucha de clases. Pese, sin embargo, a sus
diferencias, en todos los casos se ha podido apreciar perfectamente la ley
general de transformación de la revolución descubierta por el
marxismo-leninismo.
En las democracias
populares europeas, la primera
etapa significó la
aparición del poder
democrático del pueblo, que dirigió sus actividades
contra el fascismo y los traidores nacionales
encuadrados en la gran burguesía, los terratenientes y los altos funcionarios.
La fuerza dirigente del poder popular fue la clase obrera.
Primeramente, el poder popular liquidó hasta el fin
las consecuencias del régimen hitleriano de ocupación y acabó con la dominación
política de quienes habían estado al servicio de los invasores - terratenientes
y burguesía monopolista-, terminando así la liberación de estos países del yugo
del imperialismo, asegurando la independencia nacional y llevando a cabo
amplias transformaciones democráticas. En segundo lugar, el poder popular acabó
con las supervivencias del capitalismo existentes en algunos países e implantó
una reforma agraria democrática, por la que los terratenientes desaparecían
como clase y la situación de los campesinos
trabajadores mejoraba
considerablemente.
Lo principal en esta primera etapa eran las
transformaciones democráticas de
carácter general; no obstante,
desde los primeros días, el poder popular aplicó medidas que rebasaban dicho
marco. Así era, por ejemplo, la nacionalización, más o menos amplia, de
empresas que antes estuvieron en manos de los invasores y de la burguesía
monopolista íntimamente vinculada a ellos.
Una vez quedaron cumplidas las tareas
democráticas, la clase
obrera y los
Partidos
Comunistas se orientaron hacia el paso de la etapa
democrática de la
revolución a la
socialista. La
transición se vio favorecida por la circunstancia de
que en estos países existían Partidos Comunistas fuertes, templados
en largos años
de lucha
clandestina. La revolución no tuvo soluciones de
continuidad en las democracias populares europeas;
las etapas democrática y socialista constituyeron
dos fases de un
proceso revolucionario único,
que en
todo momento estuvo dirigido por la clase obrera.
Una característica de la transformación es que no se produjo una radical
reagrupación de las fuerzas de
clase. Casi todos cuantos iban con la clase obrera
en la etapa democrática de la revolución -la mayoría de
los campesinos, las capas medias urbanas, parte
considerable de los intelectuales y, en ciertos países, hasta algunas
capas de la
burguesía- apoyaron el
viraje
hacia la construcción
del socialismo. No fueron
necesarios, aquí, pasos
políticos como la
neutralización de las capas campesinas medias.
Gracias a ello, la transición de la etapa democrática a la socialista
se llevó a
cabo en las
democracias
populares europeas por vía pacífica
fundamentalmente, sin insurrección armada ni guerra
civil.
Esto no significa que dentro del bloque democrático
no hubiera contradicciones. El bloque se
componía
de fuerzas de
clases heterogéneas: era, pues, de esperar que, una vez cumplidas
las tareas
democráticas generales, se pusieran de relieve las
contradicciones de clase. Y en efecto, el paso de la revolución de la primera
etapa a la segunda no fue un
proceso tranquilo y suave, sino que se vio
acompañado de choques
de clase, los
cuales, en
algún país
(Checoslovaquia, 1948), llegaron a
adoptar un carácter agudo.
Los líderes de la extrema derecha socialdemócrata
y los
elementos reaccionarios de
los partidos
burgueses, con ayuda de la reacción internacional,
trataron en repetidas ocasiones de frenar la marcha de
la revolución y de organizar golpes
contrarrevolucionarios. Su propósito era separar a la clase obrera de la
dirección del bloque democrático y
dirigir el curso de los acontecimientos por el cauce
democrático- burgués. Sin embargo, los elementos de
derecha fueron eliminados por el pueblo
revolucionario y el paso de la etapa democrática a la socialista se vio
coronado plenamente por el éxito, en
los países de la Europa central y sudoriental.
Un ejemplo muy claro de paso de la revolución de su
etapa democrática a la socialista es el que nos
ofrecen
la República Popular
China, la República
Democrático-Popular
de Corea y
la República
Democrática de Vietnam. En estos países se
cumplieron primeramente, sobre todo, las tareas relacionadas con la liberación
del yugo de los monopolios extranjeros y la supresión de las relaciones
feudales y de sus supervivencias. Ahora bien, como a la cabeza del bloque
democrático estaba la clase obrera, y no la burguesía nacional, la revolución
no se detuvo en la etapa democrático- burguesa, y los pueblos pasaron
seguidamente a las transformaciones socialistas.
Actualmente adquiere gran significado para el
movimiento obrero el problema de la transformación en revolución socialista de
las revoluciones populares democráticas que se pudieran producir en los
movimientos democráticos generales de los países capitalistas desarrollados.
¿Hacia dónde pueden avanzar estas revoluciones
una vez se
haya puesto fin
a la dominación
económica y política de los monopolios?
En el pasado, las revoluciones democráticas
iniciaban la etapa del desarrollo capitalista de la sociedad. Esta
tarea no puede
plantearse a las posibles revoluciones populares
antimonopolistas en los países de un capitalismo desarrollado. ¡No van a
marcarse un fin tan utópico y reaccionario como es, pongamos por caso, la
vuelta al régimen del capitalismo premonopolista!
Por consiguiente, el camino más probable de
desarrollo de estas revoluciones será el de su transformación en revolución
socialista.
El
derrocamiento de la
dictadura de los monopolios capitalistas en el curso de la
revolución
democrática conduciría, primeramente, a eliminar del
poder a los mandatarios de los grandes monopolios,
pasando el gobierno a manos del pueblo, es decir, a
una coalición de las fuerzas democráticas en la que podrían entrar
la clase obrera,
todas las capas
campesinas, las capas medias de la población urbana
y los intelectuales demócratas. Esto significaría que
las fuerzas principales de la reacción quedaban
aisladas y derribadas ya en la etapa primera, democrática.
En segundo lugar, el derrocamiento de la dominación
política de los monopolios permitiría la
nacionalización de los grandes trusts y consorcios.
En los países capitalistas desarrollados, esto
conduciría, ya en la etapa democrática de la revolución, a la formación de un
poderoso sector estatal dentro de la economía, que quedaría integrado por el
60 al 80
por ciento de
las empresas industriales.
Por consiguiente, en el principio mismo de la
revolución democrática, antimonopolista, en
los
países
de capitalismo desarrollado
se sentarían ya unos cimientos sólidos para el paso al
socialismo.
Quiere decirse que aún se aproximan más las
revoluciones democrática y socialista, que tampoco antes se hallaban separadas
entre sí por una muralla
china.
A la transformación de la revolución democrática en
socialista contribuirían otras premisas objetivas y
subjetivas que existen en los países de capitalismo
avanzado: una base material del socialismo más o
menos preparada, un
movimiento obrero
desarrollado, etc.
Hay que tener también presente la correlación de
fuerzas en el campo internacional, que es incomparablemente más favorable que
nunca.
Importancia decisiva para la transformación de las
revoluciones populares democráticas
en socialistas
tiene la existencia de partidos marxistas-leninistas
fuertes, que gocen
de amplio apoyo
en todas las
capas del pueblo, y la capacidad de estos partidos
para mantener una política flexible y acertada. Por mucho que
las etapas democrática
y socialista se
aproximen, la transición de una a otra es imposible
sin una
dirección consciente, sin
la contribución
activa de los partidos marxistas-leninistas.
Todo esto, ciertamente, no da pie para cerrar los
ojos a las dificultades específicas que la revolución
democrática
y socialista puede
encontrar en los países capitalistas desarrollados. Ante
todo, tendrá un
enemigo más fuerte que las revoluciones anteriores.
Los grandes monopolios capitalistas disponen ahora de un poderoso aparato
militar y policíaco, sin contar
con los numerosos recursos que ponen en juego para
reforzar su influencia
ideológica sobre las
masas.
Poseen gran experiencia en cuanto a las
combinaciones políticas y
a su capacidad
para engañar a las masas. De ahí que hoy día conserve
todo su valor la conclusión de Lenin de que en Rusia
fue más fácil empezar y sería más difícil continuar. Y
en Occidente, por el contrario, el comienzo será más
difícil, pero luego todo resultará más fácil.266
Otras formas
de paso de las masas de la lucha
266 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág.
426.
por las reivindicaciones democráticas
a la revolución socialista.
La revolución antimonopolista democrática es una
etapa posible, pero no obligatoria, de la lucha por el
socialismo en los países capitalistas
contemporáneos. Puede suceder que
el movimiento democrático
general no conduzca a tales revoluciones (o al menos
no en todos los países) y que la revolución socialista se produzca
inmediatamente, sin pasar por la etapa
democrática.
Considerando esta posibilidad, ¿con qué criterio
hemos de valorar los movimientos democráticos de
nuestros días?
¿No
serán un estorbo
en la lucha
por el socialismo? ¿No sería
mejor luchar desde el principio
por el derrocamiento
de la burguesía
y por la
dictadura del proletariado, lo que será al mismo
tiempo la garantía más segura de que van a ser satisfechos los intereses
democráticos generales de la clase obrera y de todos los trabajadores?
Preguntas como éstas no es la primera vez que se formulan en el movimiento
obrero.
En
realidad, la lucha
por fines democráticos generales no debilita, antes al
contrario, robustece las
posiciones de los trabajadores en la lucha por el
socialismo. Las robustece,
ante todo, porque
el
triunfo obtenido por los trabajadores en su pugna
por la democracia, la paz, etc., propicia aún más sus acciones por llegar al
socialismo.
Al mismo tiempo,
la lucha por
los intereses democráticos generales
debilita a la
burguesía
reaccionaria. Si bien no se trata aún de ir al
socialismo, sí representa la lucha contra las fuerzas
principales, contra los destacamentos de choque del
capitalismo. La derrota de éstos significa inevitablemente un golpe sensible
contra la base de la
dominación de los capitalistas en su conjunto.
Además, la lucha por fines democráticos generales facilita
la empresa de
poner en pie y
agrupar a las más amplias masas del pueblo contra el
imperialismo, de establecer con ellas una alianza
sólida, de que
la clase obrera
y su vanguardia
revolucionaria
ganen el prestigio
necesario para
colocarse a la cabeza de las masas.
La lucha por fines democráticos generales, en fin,
es una buena escuela de organización política, en la
que las masas trabajadoras se unen y templan. Esta
lucha conduce de lleno a las más grandes masas a la
comprensión de lo que significa el problema del
poder, es decir, de en qué manos se encuentra el Estado. Y
esto constituye, como
es sabido, el
problema cardinal de la revolución socialista. Pero
el entrelazamiento de los
movimientos democráticos
con la revolución socialista no se limita al hecho
de que aquéllos creen condiciones más favorables para la lucha de liberación de
la clase obrera y de todos
los trabajadores.
Tiene también importancia decisiva el factor de que, en determinadas condiciones, bajo
consignas democráticas generales puede
producirse directamente el paso de grandes destacamentos de trabajadores
a la lucha por el socialismo, a la alianza con la clase obrera en la revolución
socialista. Sabemos, por ejemplo, el formidable papel que para el paso de las
grandes masas trabajadoras a la revolución socialista desempeñaron en Rusia las
aspiraciones democráticas generales de las masas, la lucha por la paz y la
tierra. En octubre de 1917, cuando se convencieron de que el gobierno burgués
no les daría ni la paz ni la tierra, los campesinos se pasaron al
lado de los
bolcheviques, con lo que
quedó asegurado el
triunfo de la
revolución socialista. Está claro que situaciones análogas pueden
producirse en el futuro.
No tiene sentido entrar en conjeturas acerca de la
vía y
de las reivindicaciones democráticas
que pueden conducir a ello. Cualquiera de ellas, en dependencia de la
situación concreta, puede llevar a las masas a la lucha decisiva por el
socialismo. Ante la amenaza directa de una guerra atómica preparada por la
burguesía reaccionaria, puede ser una acción de las masas por la paz. En otras
condiciones, puede llevar a la vía del socialismo un amplio movimiento
antifascista, o la lucha en defensa de la soberanía nacional, o un conjunto de
movimientos semejantes que se fundan en un torrente único dentro de la lucha
democrática.
En todo caso, lo importante es: dentro de las
condiciones de nuestro tiempo, el movimiento democrático de las masas contra el
imperialismo y la burguesía monopolista se liga cada vez más estrechamente a la
lucha por el socialismo.
Mas
comprendiéndolo así, no
es posible considerar los movimientos
democráticos como un
mero factor que acerca a las masas a la revolución
socialista. Y no
lo es, ante
todo, porque esos
movimientos tienen un formidable valor intrínseco
para los pueblos en general y para la clase obrera en particular. ¿Podemos
tomar la lucha
por la paz,
contra el exterminio atómico, nada más que como una
simple reserva? ¿No es acaso uno de los fines
principales que persigue toda la humanidad
democrática y progresista?
Y lo mismo
podemos decir de la
lucha contra el
fascismo o contra
las
infamias
del colonialismo, bajo
el que hasta
hace poco gemía una gran parte del género humano.
Al mismo tiempo, la visión marxista-leninista de los
movimientos democráticos exige una claridad completa de las posiciones de
clase. Por importantes
que sean unos u otros movimientos, todo comunista y
todo obrero consciente tiene siempre ante sí y no
olvida los fines que en última instancia persigue el
movimiento obrero. Esto
no quiere decir,
empero, que sea menos consciente y abnegado en la lucha por
los intereses inmediatos de las masas populares, por
reivindicaciones como la
paz, la democracia,
la soberanía nacional y la independencia.
No todo demócrata es partidario del socialismo. Ni
mucho menos. Pero cualquier luchador consciente
del socialismo es a la vez un defensor abnegado de
la
democracia y de todos los intereses democráticos de
los trabajadores.
3. Cómo
maduran las condiciones
pana la revolución proletaria
La revolución socialista es una empresa grande y
compleja en la que toman parte millones de hombres y
chocan e interaccionan fuerzas sociales diversas,
partidos
y organizaciones. Está
claro que incluso
cuando la revolución ha madurado por completo,
cuando el principal
antagonismo de la
sociedad
capitalista ha alcanzado su virulencia máxima, ni
aun
siquiera entonces se puede producir en cualquier
situación o en cualquier momento elegidos arbitrariamente. Para que la
revolución proletaria se desarrolle con éxito y ponga el poder en manos de los
trabajadores, se necesita un conjunto de determinadas condiciones.
La revolución es la ruptura de un eslabón débil en el sistema del
imperialismo.
En la época
del imperialismo, la
revolución
proletaria en un país no puede ser considerada como
un fenómeno suelto y aislado. El imperialismo es un sistema mundial al que, en
mayor o menor grado, se encuentra unido cada país capitalista. Por eso, en
nuestra época, no se puede enjuiciar acerca de las perspectivas de la
revolución proletaria en un país cualquiera
partiendo únicamente de su estado interior; el problema hay que
examinarlo desde el punto de vista del estado de todo el sistema mundial del
imperialismo en su conjunto.
Esto es lo que servía de base a V. I. Lenin cuando
elaboró su teoría del posible triunfo del socialismo en un solo país
inicialmente. Según él demostró, en virtud de la ley del desarrollo desigual el
sistema mundial del imperialismo sufre crisis y conmociones periódicas que lo
hacen vulnerable a la revolución proletaria. Esto abre ante los trabajadores de
los distintos países la posibilidad de romper el frente del imperialismo
mundial en el lugar en que resulta más débil.
¿Qué se entiende por eslabón débil en el sistema del
imperialismo? Refiérese al país o grupo de países en que las contradicciones
económicas y políticas del capitalismo se han hecho particularmente agudas, en
que las clases dominantes son incapaces de hacer frente al movimiento
revolucionario, mientras que las fuerzas de la revolución son vigorosas y
organizadas; en que, por
tanto, se dan
las condiciones más propicias para el derrocamiento del
capitalismo.
Hasta hoy, el movimiento mundial de liberación ha
marchado, efectivamente, por este camino, por el
camino de la ruptura de los eslabones débiles de la cadena
del imperialismo.
No hay duda de que, por mucho que cambie en el
futuro la situación en uno u otro país o en todo el
mundo, la tesis leninista acerca de la maduración de
las condiciones para las revoluciones proletarias
conservará todo su valor dentro de la lucha de liberación de la clase obrera.
El paso del capitalismo al
socialismo no es
un acto por
el que todos
los países se emancipan simultáneamente de la dominación del
capitalismo, sino un proceso en el que los países se van desprendiendo del
sistema capitalista mundial. Dicho desprendimiento es producto de la
debilitación del frente mundial del imperialismo.
Esto significa que el campo de la revolución
socialista se ha ampliado inconmensurablemente. Ahora, cuando el sistema del
imperialismo en su conjunto está maduro para el paso al socialismo, no hay
ningún país que por su atraso económico
o por otra causa interna cualquiera no pueda entrar en la vía de la revolución
socialista. También esos países tienen abierta la perspectiva, con la ayuda
económica de los Estados socialistas, de iniciar el avance hacia el socialismo.
La revolución no va obligatoriamente unida a la
guerra.
El desenvolvimiento histórico se había producido
hasta ahora de tal suerte que el derrocamiento del
capitalismo por vía revolucionaria y el
desprendimiento de los países del sistema capitalista
iba unido cada vez a guerras mundiales. Tanto la
primera como la segunda aceleraron en grado sumo
el estallido revolucionario. Lenin decía de la
primera guerra mundial que
había sido un
"director de
escena" grande, poderoso
y omnipotente que
"por
una parte fue capaz de acelerar en proporciones
gigantescas el curso de la historia universal, y por
otra, de gestar crisis mundiales, de inusitada
fuerza, económicas, políticas, nacionales
e internacionales".267 La debilitación del sistema capitalista a
consecuencia de la primera guerra mundial permitió en 1917 romper el frente del
imperialismo en la Rusia zarista.
En este sentido, un "director de escena"
aún más poderoso ha sido la segunda guerra mundial. La derrota de las fuerzas
principales de la reacción internacional -el fascismo alemán e italiano y el
militarismo nipón- hizo posible la emancipación del capitalismo de otros países
de la Europa Central y Sudoriental, de la gran China, de Corea del Norte y de
Vietnam Septentrional. Esas mismas causas facilitaron la emancipación del
imperialismo a los pueblos de la India, Indonesia, Birmania y otras colonias y
países dependientes.
Esto nos lleva a la conclusión lógica de que, en la
época del imperialismo, al agudizar al máximo las
267 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII. pág.
292.
contradicciones político-sociales de la sociedad
capitalista, las guerras mundiales conducen inevitablemente a
conmociones revolucionarias. Si los imperialistas cierran los ojos a estas
enseñanzas de la historia
y se arriesgan
a desencadenar una tercera guerra mundial, ésta no podrá por
menos de conducir al hundimiento de todo el sistema del imperialismo en
su conjunto. La
humanidad no querrá de seguro
tolerar por más tiempo un régimen que pone en mortal peligro la existencia de
pueblos enteros y condena a millones de seres al sufrimiento y a la muerte.
Esto no significa en absoluto, sin embargo, que
las nuevas victorias
revolucionarias sobre el
capitalismo hayan de venir obligatoriamente como
consecuencia de una guerra. Las guerras
mundiales
son inconcebibles sin revoluciones, pero las
revoluciones son perfectamente posibles sin guerras.
La guerra no es ni la fuente ni condición necesaria
de las revoluciones. Así lo demuestra, en
particular, la experiencia de las revoluciones de liberación nacional de los
últimos tiempos. En el pasado, revoluciones de este género únicamente podían
alcanzar éxito, de ordinario, en un ambiente de crisis y desconcierto originado
por una guerra imperialista. Ahora conocemos ejemplos de revoluciones
democráticas victoriosas en épocas de paz, como la revolución de julio de 1958
en Irak y la insurrección popular de Cuba (1959).
El marxismo-leninismo enseña que la revolución
proletaria es fruto de una agudización extrema en las contradicciones sociales
y políticas. Pero, como ya dijimos antes, esta agudización se ha convertido en
nuestra época en un estado crónico por lo que se refiere a la mayoría de los
países del capitalismo contemporáneo,
que es víctima
de una profunda crisis general.
En estas condiciones, para que las contradicciones
internas del capitalismo se exterioricen y rompan con
enorme fuerza, no hay que esperar a las guerras o a
cualquier otro impulso de fuera. Con el alto grado
de conciencia y organización a que en nuestros tiempos
ha llegado el movimiento obrero revolucionario, si
se
dan condiciones internacionales propicias, la
explosión revolucionaria puede venir también a consecuencia de los procesos que
se desarrollan en la vida económica y política de los países capitalistas.
La creciente debilitación interna del capitalismo es
la causa última e ineludible de que los trabajadores
que se encuentran bajo la opresión de este sistema
puedan esperar nuevos y nuevos éxitos en el gran
movimiento de su emancipación social.
Qué es
la situación revolucionaria.
Toda revolución digna de ser llamada así es la
acción de grandes masas del pueblo que se levantan a la lucha, plenamente
decididas a cambiar el orden de cosas vigente en la sociedad y sus condiciones
de vida. Pero cuando se trata de la lucha de clases y pueblos enteros,
caeríamos en un ingenuo simplismo si pensásemos que el capricho de alguien
podría ponerlos en movimiento. Los pueblos y las clases se lanzan a la lucha
bajo la acción de causas muy profundas que tienen origen en las de sus propias
condiciones de vida.
El leninismo ha elaborado las normas generales
para juzgar si
las condiciones para
la revolución
están maduras, si la situación objetiva es favorable
para la
lucha de las
masas por el
poder. En el
lenguaje político este ambiente propicio se denomina
situación revolucionaria.
V. I. Lenin señalaba que la situación
revolucionaria se caracteriza por tres grandes signos:
"1)
Imposibilidad para las
clases dominantes de
conservar su dominación sin producirse cambio
alguno; crisis en las «alturas», crisis de la política de la clase dominante,
que abre una grieta por la que se filtran el descontento y la indignación de
las clases oprimidas. Para que la revolución se produzca no es bastante que
«los de abajo no quieran», sino que se requiere además que «los de arriba no
puedan» vivir como antes. 2) Una agudización, superior a lo ordinario, de las
necesidades y calamidades de las clases oprimidas. 3) Una elevación considerable,
en virtud de las causas anteriores, de la actividad de las masas, que en una
época de «paz» se dejan expoliar tranquilamente, pero que en tiempos
turbulentos son incorporadas, tanto por todo el ambiente de la crisis como por
las propias «alturas»,
a una acción histórica independiente.
"Sin estos cambios objetivos, que no dependen
de la voluntad de los grupos o partidos, ni tampoco de
una u otra clase, la revolución es por regla general
imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es
lo que se denomina situación revolucionaria."268
Es en grado sumo importante la observación de
Lenin en el sentido de que para llegar a la
situación revolucionaria no basta que las masas se vean dominadas por la
indignación y el descontento. También es necesario que las clases dominantes no
puedan vivir ni gobernar como antes. Con otras palabras, la revolución es
imposible sin una crisis nacional, es decir, una crisis que abarque por igual a
las capas bajas y a las altas de la sociedad. De ahí se deduce que el partido
revolucionario de la
clase obrera no puede basar su táctica únicamente en el pensar y el
sentir de las masas; ha de tener también presente el comportamiento de la clase
dominante.
La
situación revolucionaria aparece
cuando la política de los
círculos dominantes ha fracasado y se
encuentra en un atolladero, cuando entre las masas
populares crece y se ensancha el descontento y en
las "alturas" reina el desconcierto; cuando, como suele decirse, se
masca en el aire la idea de que van a producirse cambios
profundos. Esto ocurre
de
268 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, págs.
189-190.
ordinario en los momentos turbulentos de la
historia, cuando del viraje que den los acontecimientos depende la suerte de
clases y pueblos enteros. En esas
ocasiones las masas
se encuentran ante
un dilema: han de elegir entre una salida u otra, sin que exista una
tercera solución. Las masas se levantan para derrocar el poder existente porque
la experiencia les dice que no hay otro modo de ver satisfechos sus intereses
vitales más profundos.
En esos momentos, hasta en las capas trabajadoras
con menos conciencia de clase se despierta la sensación del sentido general de
los acontecimientos y la decisión de actuar. A ello se refería Marx cuando dijo
que hay días en los que "se concentran veinte años".
Entre
las causas objetivas
que caldean la situación,
el papel decisivo
corresponde, por lo
común,
a los factores
económicos, al brusco
empeoramiento de la situación en que se encuentran
las clases oprimidas.
Un gran incremento
de la
explotación,
la desocupación en
masa, el rápido
encarecimiento de la vida, los fenómenos de crisis
en la economía, que privan a las masas de seguridad en el mañana y de
perspectivas para el futuro, son factores que, sin duda, hacen muy probable la
explosión de la actividad revolucionaria de las masas. Ahora bien, los
marxistas no han visto nunca en las causas materiales los factores únicos que
radicalizan la conciencia y la voluntad de las masas trabajadoras.
El problema de los factores que dan origen a la
situación revolucionaria exige, sobre todo en las circunstancias actuales,
ser examinado con
un criterio amplio, sin perder de vista los procesos que tienen lugar en
el mundo capitalista. Elementos para la explosión revolucionaria en los países
capitalistas se acumulan, por ejemplo, por el creciente peligro de aventuras
bélicas y de renacimiento del fascismo. La amenaza de que un país se vea
arrastrado a la catástrofe atómica puede muy bien empujar a las masas a la
acción abierta contra el poder de los aventureros políticos que cumplen la
voluntad de un reducido grupo de monopolios dedicados a la producción de
guerra. La desenfrenada reacción política puede ser asimismo causa de que
madure la situación revolucionaria. El mismo papel pueden desempeñar el
peligro de ocupación
del país por tropas extranjeras y otros factores de
este mismo orden.
Son por ello vanas las esperanzas de quienes piensan
que en nuestra época es posible evadirse de la
revolución con paños
calientes, con ciertas reformas sociales y mejorando
parcialmente la vida de los trabajadores. Quienes se hacen tales ilusiones no
quieren o no pueden comprender que hoy día las contradicciones de clase en un
país u otro pueden agudizarse hasta alcanzar la situación revolucionaria en
virtud de causas políticas, y no solamente de las económicas.
Pero, según nos enseña Lenin, la revolución no sigue
siempre a toda situación revolucionaria; para ello es necesario que a las
causas objetivas se unan las subjetivas. Es de una importancia formidable la
capacidad y la decisión
de la clase
revolucionaria para
emprender acciones lo
suficientemente vigorosas como para destruir o quebrantar el poder
existente, que nunca, ni siquiera en la época de crisis, "cae" por sí
mismo si no lo "tiran".
Es precisamente en los momentos de crisis
revolucionarias cuando se pone a prueba la madurez política y la capacidad de
combate del partido de la clase obrera, sobre el cual recae una responsabilidad
enorme: no puede dejar escapar las posibilidades favorables y
ha de escoger
acertadamente el momento en
que su llamamiento
a la acción encuentre el apoyo de las más grandes
masas. Lenin subrayó en repetidas ocasiones que en esas horas los jefes de la
clase obrera han de poseer un especial sentido revolucionario, sin que sea
bastante su capacidad para analizar la situación con un espíritu científico.
Lenin ponía particularmente en guardia a los
partidos revolucionarios contra
un peligro que no
está excluido en un período en que los
acontecimientos se desarrollan vertiginosamente: el
peligro
de confiar sólo
en las fuerzas
propias, de creer que todo el
pueblo está poseído de la misma decisión que la vanguardia y piensa como ella.
Sin la dirección del Partido, la revolución es
imposible; pero el Partido no puede llevarla a cabo
con sus propias fuerzas solamente. Lenin advertía:
"Sólo con la vanguardia no se puede vencer. Sería no
ya una estupidez, sino un crimen lanzar sólo la
vanguardia al combate decisivo sin que toda la clase, sin que
las grandes masas
no hayan ocupado
una
posición
de apoyo directo
a la vanguardia
o, al menos, de
neutralidad favorable respecto
a ella,
quedando excluido todo apoyo que pudiera prestarle
al enemigo. Y para que toda la clase, para que las grandes masas trabajadoras y
oprimidas por el capital
lleguen realmente a esa posición, no basta con la
agitación y la propaganda. Para ello hace falta que
estas masas hayan adquirido su propia experiencia
política. Tal es
la ley fundamental
de todas las grandes revoluciones..."269
Estos
son, resumidos, los
conceptos del marxismo-leninismo sobre la situación
revolucionaria, a la que se llega en virtud de
causas objetivas, pero que únicamente puede ser utilizada para la
acción revolucionaria por
el partido que
comprende
los requerimientos del
momento histórico, que se halla estrechamente vinculado a las
masas y que sabe conducirlas.
La situación revolucionaria, en condiciones
distintas, puede dar lugar a revoluciones de distinto
tipo. En la
revolución democrática se
crean unas
269 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 73.
condiciones favorables para la llegada al poder de
una amplia coalición popular; en la proletaria, significa que el momento es
propicio para la clase obrera y sus aliados. La forma en que se producirá la
revolución y el modo como llegarán al poder la coalición popular o la clase
obrera es cosa que depende de muchas circunstancias.
4. El
paso del poder a la clase obrera
El problema cardinal de toda revolución es el
problema del poder. El problema de las revoluciones
burguesas del pasado era la transmisión del poder,
detentado por los señores feudales, a la burguesía, que entonces era una clase
en ascenso. La tarea de la
revolución proletaria consiste en privar del poder a
la burguesía reaccionaria y a sus mandatarios políticos
y entregarlo a la clase obrera y sus aliados. Esta
revolución priva a las clases explotadoras de su dominación política
y destruye las
bases de su
poderío económico; significa el paso a un nuevo
período histórico: el de transición del capitalismo al
socialismo.
El hecho de que la revolución socialista se plantee
en todos los países y en todas las condiciones un
mismo fin no significa que siempre haya de llevarse
a cabo con arreglo a unas mismas formas. No. El
imperio de la burguesía reaccionaria puede ser
suprimido de diversos
modos. El marxismo- leninismo rechaza los modos y
formas de conquista
del poder político dados de una vez para siempre y
aplicables en todos
los tiempos y
pueblos. Esos
modos y formas cambian en consonancia con las
condiciones generales de la época, con la situación
concreta de cada país y con sus características
nacionales, con la virulencia de la situación revolucionaria, la correlación de
las fuerzas de clase
y el grado de organización de la clase obrera y de
sus adversarios.
Cada partido de la clase obrera, cuando orienta a
las masas hacia la revolución proletaria, ha de determinar, ante
todo, el carácter
-pacífico o no
pacífico- de la misma. Esto depende, ante todo, de
las condiciones objetivas: de
la situación dentro
del
propio país, sin excluir el nivel de desarrollo de
la lucha de clases, la tensión a que ésta ha llegado y la fuerza de
resistencia de las
clases dominantes, y
también de la situación internacional.
Hay que tener presente que en toda revolución no
depende sólo de uno de los bandos la elección de las
formas
de lucha. En
la revolución socialista,
no
depende únicamente de la clase obrera, que se lanza
al asalto del
capitalismo, sino también
de la
burguesía y de quienes están a sueldo de ella para
defender las resquebrajadas murallas del régimen de
explotación.
La clase obrera
no tiene especial
interés en
resolver
los problemas sociales
por la violencia. Lenin señaló siempre que "la
clase obrera preferiría,
como es lógico, tomar pacíficamente el poder...
"270
La burguesía no quiere tenerlo para nada en cuenta
y, si puede, impone a los obreros revolucionarios los
métodos y formas de lucha más violentos.
Posibilidad
de resolver el problema del poder por vía no pacífica.
Las enseñanzas de la historia nos dicen que las
clases dominantes no
se retiran nunca
voluntariamente de la palestra social y no entregan
el poder por sí
mismas. Apoyándose en
toda la
maquinaria de su Estado, aplastan por la fuerza la
más pequeña acción
revolucionaria y cualquier intento de desposeerlas de sus
privilegios de clase.
A eso se debe que, desde tiempos antiguos, la
forma clásica de
la revolución política
sea la
insurrección armada de la clase revolucionaria
contra las viejas clases que se encuentran en el poder. Por lo demás, nadie
sabe esto mejor
que la propia
burguesía, cuyos representantes se atreven ahora a
acusar a los
obreros revolucionarios de
sentir
"inclinación" por la violencia. En el
período en que la burguesía aspiraba al poder, no tenía inconveniente alguno en
recurrir a las armas contra los enemigos de
clase que trataban de cerrarle el camino.
Más aún, en aquel tiempo la burguesía mostraba la
suficiente decisión histórica como para proclamar
abiertamente el derecho de las masas a la violencia
en la lucha por el triunfo de un régimen social
nuevo y más progresivo. Un documento tan importante de
la
revolución norteamericana, burguesa,
como la
Declaración de Independencia (1776) sostiene sin
rodeos no sólo el derecho, sino
hasta el deber de cada ciudadano de cambiar e incluso de
destruir la vieja forma de gobierno cuando ésta va contra los intereses del
pueblo.
La burguesía no llegó al "principio" de
negar la violencia dirigida contra su poder "legítimo" más que cuando
su propia dominación, degenerada en dictadura de una reducida oligarquía
financiera, cuando su forma de gobierno, caduca y que ha dejado de estar al
servicio de los intereses sociales, se ha visto amenazada de muerte.
Los enemigos del socialismo llevan muchos años
tratando de desfigurar la posición del marxismo- leninismo en cuanto a la
insurrección armada y al lugar que ésta ocupa en la revolución socialista. No
cesan los viejos
intentos de presentar
a los comunistas como
conspiradores que, a espaldas de las masas, tratan de adueñarse del poder.
Tales afirmaciones no contienen ni un ápice de verdad.
Cuando Lenin exponía la posición del marxismo hacia
la insurrección armada, siempre subrayó la gravedad y responsabilidad que
encierra esta forma de lucha, poniendo en guardia a los obreros contra todo
aventurerismo, contra el juego a la conspiración para "apoderarse" del
poder. Siempre concibió
la
270 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 254.
insurrección como una vasta acción de las masas
trabajadoras dirigidas por la parte consciente de la clase obrera. Cinco meses
antes de la Revolución de Octubre, en mayo de 1917, decía: "Nosotros no
queremos «apoderarnos» del poder, puesto que toda la experiencia revolucionaria
enseña que únicamente es estable el poder que se apoya en la mayoría de la
población."271 Ese poder estable y firme es el que se creó como fruto de
la revolución socialista de octubre de 1917 en Rusia.
En los trabajos de Lenin podemos encontrar un
análisis completo de la "forma especial de la lucha
política" que, según él, es la insurrección
armada.
Lenin daba los consejos siguientes a los revolucionarios:
"1) No jugar
nunca con la insurrección, y si se
comienza, hay que saber firmemente que es preciso
ir hasta el fin.
"2) Es necesario reunir una gran superioridad
de fuerzas en el
lugar decisivo y
en el momento
decisivo,
pues de otra
manera el enemigo,
mejor
preparado y organizado, destruirá a los insurrectos.
"3) Una vez la insurrección ha sido
empezada,
hay
que obrar con
la mayor decisión
y
obligatoriamente, forzosamente, pasar a la ofensiva.
«La defensa es la muerte de la insurrección armada.»
"4) Hay que
tratar de coger
de sorpresa al
enemigo, aprovechar el momento en que sus tropas
se hallan dispersas.
"5) Hay que conseguir éxitos, aunque sean
pequeños, diariamente (podríamos
decir que cada hora si se trata de una sola ciudad),
manteniendo la
«superioridad moral» a toda costa."272
La acertada aplicación de estas indicaciones de
Lenin fue una de las condiciones que aseguraron el éxito de
la Revolución Socialista
de Octubre en Rusia, que fue casi la más incruenta de
cuantas revoluciones registra la historia. En el asalto del Palacio de
Invierno, que significaba la caída del gobierno
provisional y el
paso del poder
a los Soviets, no pasaron de unas
decenas los muertos por ambas partes.
Nadie afirma, se comprende, que la revolución
proletaria ha de ostentar forzosamente en otros países
el mismo carácter
que en Rusia.
Explicando el
cruento
carácter que los
combates revolucionarios tomaron
posteriormente en Rusia, Lenin señalaba dos
circunstancias.
Primeramente, los explotadores habían sido
derrotados sólo en un país; inmediatamente después del golpe revolucionario
poseían aún una serie de ventajas frente a la clase obrera, y por eso
ofrecieron una larga y desesperada resistencia, sin perder hasta el último
momento sus esperanzas en la restauración.273
271 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIV, pág. 332.
272 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 152.
273 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXVIII, págs.
232-233.
En segundo lugar, la revolución era fruto "de
la gran matanza imperialista", se había producido en unas condiciones de
inusitado incremento del militarismo. Una revolución así no podía seguir
adelante "sin complots y atentados contrarrevolucionarios de decenas y
cientos de miles de oficiales que pertenecían a la clase de los terratenientes
y capitalistas... "274 Y esto no podía por menos de provocar medidas de
respuesta del pueblo que había empuñado las armas.
Otros países, indicaba Lenin, irán al socialismo por
una vía más fácil.
Posibilidades
de la revolución por vía pacífica.
Es, sin duda, preferible el paso al socialismo por
vía pacífica. Ello
permite conseguir la transformación completa de la vida social
con el mínimo de víctimas entre los trabajadores y con un mínimo de
destrucciones de las fuerzas productivas de la sociedad y de interrupción del
proceso de producción. La clase obrera toma en este caso de las manos de los
monopolios capitalistas el aparato de producción casi intacto y, una vez
realizada la reorganización necesaria, lo pone en marcha para, en un plazo corto,
hacer que todas las capas de la población vean las ventajas que el nuevo modo
de producción y distribución ha traído consigo.
La toma pacífica del poder responde más que ninguna
otra a todo el modo de pensar de la clase
obrera. Sus grandes ideales humanos se oponen al
empleo de la violencia por la violencia, tanto más
que la fuerza de la verdad histórica, de que ella es
portavoz, es tal que puede contar perfectamente con
el apoyo de la inmensa mayoría de la población.
Todo el problema estriba, pues, no en si los
marxistas y los
obreros revolucionarios quieren
o
dejan de querer la revolución pacífica, sino en si
existen para ello premisas objetivas.
Marx y Lenin estimaban que, en determinadas
condiciones, tales premisas pueden darse. Por ejemplo, en
los años 70
del siglo pasado
Marx
admitía
esa posibilidad para
Inglaterra y
Norteamérica. Tenían presente que en aquellos años -
los del máximo
esplendor del capitalismo
premonopolista-
esos dos países
tenían menos
ejército y burocracia que cualquiera otro; por
consiguiente, la revolución
podía no provocar
un
intenso
empleo de la
violencia de parte
de la
burguesía, por lo que tampoco serían necesarias las
acciones de respuesta
del proletariado. La
clase obrera predominaba ya entre la población inglesa y se distinguía
por su gran organización y por una cultura relativamente elevada, mientras que
la burguesía mostraba siempre la tendencia a resolver las cuestiones litigiosas
por vía de compromiso. En estas
condiciones, Marx consideraba
posible el triunfo pacífico
del socialismo; por
ejemplo,
adquiriendo
los obreros los
medios de producción que la burguesía detentaba.
Lenin escribió posteriormente acerca de esto:
"Marx no se ataba las manos -ni se las ataba a los
futuros líderes de la revolución socialista- acerca
de las formas, procedimientos y modos de la revolución,
pues comprendía perfectamente el cúmulo de problemas
nuevos que entonces se presentarán, cómo cambiará toda la situación en el curso
de la acción
revolucionaria,
con qué frecuencia
e intensidad
cambiará todo en la marcha de la
revolución."275
Los auténticos marxistas se han distinguido siempre
por la flexibilidad con que emplearon las distintas formas de la revolución.
Los marxistas-leninistas rusos se preparaban para la
insurrección armada, pero sin dejar escapar por
ello la más pequeña posibilidad de conseguir la
transformación política por medios pacíficos. Cuando en el transcurso de la
revolución rusa, de abril a junio
de 1917, se esbozó la perspectiva del paso pacífico
a la etapa socialista de la revolución, Lenin propuso
utilizarla sin dilación alguna. En el primer tiempo
que siguió a la revolución de febrero, no había otro país más libre que Rusia:
el pueblo había conquistado
unos derechos como no existían en los Estados más
democráticos. De ahí que en sus famosas Tesis de
Abril plantease Lenin la consigna de la revolución
pacífica. Sólo después
de los acontecimientos de julio de 1917, cuando el Gobierno
provisional hizo
ametrallar en las calles de Petrogrado una
manifestación de obreros y soldados, se retiró esa
consigna. A la violencia del poder burgués había que
responder con la insurrección armada.
Los bolcheviques no tuvieron la culpa de que en
Rusia no fuera posible el paso pacífico a la etapa socialista de
la revolución. Después
de ser
establecido el poder de los Soviets, como todos
sabemos, los obreros y los campesinos hubieron de
derramar abundantemente su sangre en los frentes de
la guerra civil. Los bolcheviques hicieron cuanto estaba a su alcance para
evitar esa guerra. Lenin, en
nombre del poder soviético, propuso un acuerdo con
los capitalistas rusos
y extranjeros, a
los que se
otorgarían
concesiones, creando empresas capitalistas de Estado. Pero los
capitalistas no aceptaron la propuesta
y, con el
apoyo del
imperialismo
internacional,
desencadenaron en el país una sangrienta lucha intestina.
En el período comprendido entre las dos guerras
mundiales la burguesía
reaccionaria de muchos países de Europa, que ampliaba y
perfeccionaba sin
cesar su maquinaria policíaca-burocrática, persiguió
con saña los
movimientos de masas
de los
trabajadores, cerrando el camino para la vía
pacífica de la revolución socialista. La posibilidad de que ésta pueda
desarrollarse así se ha esbozado únicamente en
los
últimos años, a
consecuencia de los
grandes
274 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXX, pág. 10.
275 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág.
310.
cambios históricos producidos después de la segunda
guerra mundial.
Estos cambios, que imponen su huella en la vida
de todos
los pueblos y
clases de la
sociedad, así
como la experiencia
de la lucha
de los Partidos
Comunistas
hermanos, fueron recogidos
en el informe de N. S. Jruschov
ante el XX Congreso del
Partido
Comunista de la
Unión Soviética. El
Congreso llegó a la conclusión de que en las
condiciones actuales ha aparecido la
posibilidad de
que los distintos
países pasen al
socialismo sin
insurrección armada ni guerra civil. Esto se ha
visto luego confirmado en
la Declaración de la
Conferencia de Partidos Comunistas y Obreros, pasando a convertirse en
patrimonio de todo el movimiento comunista mundial.
La vía pacífica de la revolución se ha hecho posible
en virtud de la aparición de una serie de factores nuevos.
Primeramente, ha cambiado la correlación de fuerzas
entre el capitalismo y el comunismo en escala
mundial.
Los imperialistas no
son ya dueños
y señores absolutos del mundo. Frente a ellos tienen al poderoso campo
de los Estados
socialistas, al
robustecido movimiento obrero internacional y a las
fuerzas democráticas de
todo el mundo.
Esto
significa que la revolución cuenta con una situación
exterior más propicia.
En segundo
lugar, crece sin cesar la fuerza de
atracción de las ideas del socialismo y en todo el
mundo aumenta rápidamente el número de sus partidarios. Cuanto mayores son los
éxitos que los países socialistas consiguen en el campo de la economía, la
cultura y la democracia socialista, tanto más vigorosamente se acercan al
socialismo los trabajadores de los países capitalistas y de las colonias, tanto
más amplio es el frente de las fuerzas que aspiran a pasar al nuevo régimen
social.
En tercero, después de la guerra ha adquirido
realidad en muchos países capitalistas la perspectiva de que
la mayoría de
la población se
agrupe alrededor de la bandera antimonopolista y democrática, con lo que
se conseguirá una superioridad decisiva de fuerzas sobre los grupos dirigentes
de la burguesía.
Así, pues, la revolución pacífica se ha hecho
posible no porque
las clases dirigentes
hayan
cambiado de naturaleza y se muestren inclinadas a
renunciar voluntariamente a su poder. No; es posible
porque en bastantes
países se puede
llegar a conseguir una
superioridad tal sobre la reacción, que las clases afectadas, comprendiendo la
inutilidad de la resistencia, no tengan otro recurso que capitular ante el
pueblo revolucionario. Por consiguiente, también en este caso la suerte de la
revolución viene determinada por la correlación real de fuerzas.
El hecho de que los marxistas-leninistas acepten
la posibilidad de
la revolución pacífica
no quiere decir en modo alguno
que se hayan pasado a las posiciones del reformismo.
Los reformistas propugnan la vía pacífica porque
niegan en general la lucha de clases y la revolución.
Según los socialdemócratas de derecha, la sociedad
de "justicia social" no es producto de las acciones
revolucionarias de los trabajadores, sino que viene
como consecuencia de la evolución elemental de la propia sociedad capitalista.
Los marxistas-leninistas
niegan que eso sea así: no lo confirman ni la
ciencia de la sociedad ni la experiencia de la vida. Saben que
toda revolución -pacífica o no pacífica- es
resultado de la lucha de clases. Y tanto más la revolución socialista -pacífica
o no pacífica-,
que siempre es
revolución,
pues viene a
resolver el problema
del paso del poder
que detentaban las
clases
reaccionarias a las manos del pueblo.
Además, los reformistas ven la vía pacífica como
el único
camino que conduce
al socialismo. Los
marxistas-leninistas, aun señalando la posibilidad
de una revolución pacífica,
ven algo más:
ven como
algo inevitable, en una serie de casos, una gran
agudización de la lucha de clases. Donde el aparato policíaco-militar de
la burguesía reaccionaria
es
fuerte, la clase obrera tropezará con una
desesperada resistencia. No hay duda de que el derrocamiento de
la
dictadura burguesa por
la lucha armada
de las clases será inevitable en
algunos países capitalistas.
Lenin advertía ya que la reacción puede lanzarse a
probar todas sus posibilidades en una batalla última
y definitiva. No tenerlo
presente y no
prepararse a darle respuesta
firme sería el mayor de los errores.
La
revolución y el Parlamento.
Una de las formas posibles de transición pacífica al
socialismo puede ser la toma del poder por la clase
obrera
mediante la conquista
de la mayoría
en el
Parlamento.
Durante varios decenios los comunistas denunciaron
tenazmente las ilusiones parlamentarias que los reformistas sembraban entre los
obreros. Esto no significa que los Partidos Comunistas negasen en redondo la
lucha parlamentaria. Admitían,
sí, su valor para la defensa de
los intereses diarios y los derechos democráticos del pueblo. Mas a renglón
seguido señalaban que esa lucha no era bastante para alcanzar la meta final de
la clase obrera, que es tomar el poder de manos de la burguesía.
Esta posición era correcta y venía impuesta por las
condiciones históricas de aquel entonces.
Ahora, sin embargo, la situación ha cambiado, y
la posición de los partidos revolucionarios ante la
lucha parlamentaria ha de ser otra. Después de un análisis de las condiciones
de la lucha obrera en la época contemporánea, el XX Congreso del P.C. de la
U.S. llegaba a la conclusión de que hoy día para la conquista del poder por la
clase obrera puede ser utilizado
el mecanismo de
la democracia parlamentaria.
En la resolución del Congreso se decía:
"En algunos países capitalistas la clase
obrera, dirigida por su parte avanzada, tiene en las condiciones actuales la
posibilidad real de agrupar en torno a ella a la inmensa mayoría del pueblo y
de asegurar el paso de los medios fundamentales de producción al pueblo. Los
partidos burgueses de derecha y los gobiernos formados por ellos van cada vez
más al fracaso. En estas condiciones, la clase obrera, agrupando a su alrededor
a los campesinos trabajadores, a grandes círculos de intelectuales y a todas
las fuerzas patrióticas, y combatiendo enérgicamente a
los elementos oportunistas, incapaces de abandonar la
política de conciliación con los capitalistas y terratenientes, puede derrotar
a la reacción, a las fuerzas antipopulares, conquistar una mayoría sólida en el
Parlamento y convertir este órgano de la democracia burguesa en instrumento de
la verdadera voluntad del pueblo."276
Esta tesis del XX Congreso del P.C. de la U.S.
tomaba en consideración
el criterio de
algunos
Partidos Comunistas de otros países, a los que su
propia experiencia había llevado a las mismas
conclusiones.
Se
comprende muy bien
que el pensamiento
marxista se ocupase de este problema. En el mundo
capitalista se está operando un proceso de formación de amplias coaliciones
antimonopolistas y antiimperialistas que agrupan a la mayoría de la nación; de
ellas puede derivar un tipo nuevo de poder del
pueblo, y el
Parlamento -institución
representativa nacional- puede ser su forma orgánica y el instrumento que
despliegue una amplia lucha contra la dominación de los monopolios.
La vía parlamentaria de paso al socialismo
significaría varias ventajas para la clase obrera. La
formación
del nuevo poder,
a través de
una
institución tan tradicional en muchos países como es
el Parlamento, le otorgaría al instante el prestigio necesario que haría más
fácil la aplicación de las subsiguientes transformaciones socialistas. Toda
resistencia a la
revolución socialista sería
en este caso ilegítima no sólo de
hecho, sino también de derecho, pues iría contra la voluntad de la nación
expresada por el Parlamento.
Sería erróneo pensar, se comprende, que la
conquista del poder
por la vía
parlamentaria es posible en
cualquier día de elecciones. Eso lo pueden creer sólo los reformistas,
convencidos de que las profundas transformaciones sociales se deciden por una
simple votación. Los marxistas-leninistas no tienen una visión tan primitiva de
la llegada de la clase obrera al poder a través del Parlamento. Los problemas
básicos de la vida social serán resueltos
276 XX
Congreso del Partido Comunista de la
Unión Soviética,
14 al 25 de febrero de 1956. Actas taquigráficas, t.
II, Gospolitizdat, Moscú, 1956, págs. 415-416.
siempre por la lucha de las masas del pueblo y la
correlación real de las fuerzas de clase. La lucha parlamentaria sólo asegura
el paso al socialismo cuando se apoya en el movimiento revolucionario de las
masas obreras y de las grandes capas del pueblo.
Reducirlo
todo al libre
juego de fuerzas
en el
Parlamento, a las combinaciones parlamentarias,
significaría caer en el "cretinismo parlamentario" del que jamás
podrán curarse los líderes reformistas de derecha. Los vínculos permanentes con
las grandes masas, con el movimiento revolucionario del pueblo fuera del
Parlamento, son la premisa fundamental de que se conseguirá llevar a la
práctica las transformaciones
socialistas por la vía
parlamentaria.
Cuando en el país crece vertiginosamente el
descontento general, cuando
se ha formado
una
coalición real de las fuerzas democráticas y las
masas
piden a los partidos de izquierda la constitución de
un gobierno revolucionario, entonces,
y sólo
entonces,
se verán las
clases reaccionarias
imposibilitadas para una resistencia seria y habrán
de someterse a la voluntad del pueblo.
Los partidos obreros revolucionarios necesitan de
la mayoría en el Parlamento para algo muy distinto
que disfrutar de
agradables sinecuras. Utilizan
el poder que se
les ha concedido
para, por vía legislativa, llevar a cabo las
transformaciones democráticas y socialistas, como es, entre otras, la
nacionalización de las propiedades de los grandes monopolios. El propio
Parlamento se convierte entonces en instrumento de la voluntad genuina del
pueblo. El nuevo poder revolucionario no sólo conserva los derechos
democráticos de que el pueblo goza, sino que los amplía por todos los medios.
Es imposible predecir la forma concreta que adoptará
la vía parlamentaria al socialismo en uno u
otro país, aunque la posibilidad de que así ocurra
ha
de ser tenida en cuenta desde el principio mismo. No
está excluido que
allí donde la
coalición de las fuerzas democráticas obtenga la mayoría
en las elecciones, las clases reaccionarias en el poder no quieran subordinarse
a la voluntad de la nación y se resistan a entregar el gobierno a los partidos
de izquierda. En tal caso, los partidos democráticos se verán obligados a
responder con la fuerza al reto de la reacción. El curso pacífico de la
revolución puede ser alterado. La virulencia y las formas de la lucha
subsiguiente vendrán determinadas por la correlación de las
fuerzas de clase
y por la
situación internacional.
La experiencia demuestra que la clase capitalista es
bastante hábil como para, antes de que se plantee el problema de la llegada de
los partidos de izquierda al poder, levantarles toda clase de obstáculos a fin
de impedir que conquisten la mayoría. Cuando los partidos gobernantes ven
amenazadas sus posiciones, recurren
a toda clase
de argucias en
los sistemas electorales,
restringen las facultades del Parlamento, etc.
Considerándolo así, los partidos revolucionarios de
la clase obrera procuran dominar todas las formas
de lucha -pacíficas y no pacíficas, parlamentarias y
no parlamentarias- para
estar dispuestos en
el
momento oportuno a poner en juego aquella que más
corresponda a la situación y a los intereses de los trabajadores.
5.
Leyes fundamentales de la revolución socialista y peculiaridades de su
manifestación en los distintos países
En la
teoría marxista-leninista de la revolución
socialista ocupa importante lugar el problema de la
correlación entre las leyes generales de la revolución y las peculiaridades que
éstas presentan en el plano nacional. Del acertado criterio con que se enfoque
este problema depende mucho el éxito de la revolución. No puede extrañarnos,
pues, que en torno a él se desarrolle una enconada lucha ideológica.
Los revisionistas no admiten la existencia de leyes
generales de la revolución, desorbitando el valor de las peculiaridades
nacionales. Y como este punto de vista se quiere imponer a los partidos de los
países donde la revolución no se ha producido todavía, de lo que en realidad se
trata es de la renuncia a la revolución.
Los
dogmáticos, al contrario,
no quieren considerar las peculiaridades
nacionales en el curso
de la revolución. Exigen que en todos los lugares se
lleve a cabo la revolución socialista con arreglo a
un esquema adoptado de una vez para siempre. También esta posición puede causar
daño sensible al movimiento revolucionario. La gran fuerza del socialismo reside
precisamente en que
se afirma como resultado de la
creación revolucionaria de las masas y se incorpora a la vida de cada nación en
formas que el pueblo comprende y hace suyas, orgánicamente relacionadas con
toda la estructura de su vida nacional. Y los dogmáticos, al no tener presentes
las peculiaridades nacionales y limitarse a copiar mecánicamente la experiencia
de otros países, traban la acción creadora de las masas, debilitan la fuerza de
atracción del socialismo y le crean dificultades complementarias en su camino.
Considerando el peligro que el revisionismo y el
dogmatismo encierran, la Declaración de la Conferencia de representantes de los
Partidos Comunistas y Obreros (1957) subraya la necesidad de mantener
simultáneamente la lucha contra estas
dos tendencias.
El marxismo-leninismo estima que, a pesar de las
diferencias en cuanto a las condiciones concretas y a
las
tradiciones nacionales, la
revolución socialista
presenta en todos los países rasgos y leyes comunes
de sustancial importancia. Y se comprende que así
sea: la sustitución del capitalismo por el
socialismo
es en todos los países un proceso idéntico en líneas
generales. Su comienzo va señalado por dos transformaciones fundamentales: 1)
se aparta del poder político a las clases explotadoras y se implanta el poder
de los trabajadores dirigidos por la clase obrera, la dictadura del
proletariado; 2) se suprime la propiedad de los capitalistas y terratenientes y
se establece la propiedad social sobre los principales medios de producción.
Estas dos transformaciones, según se indicaba antes,
pueden sucederse en distintas formas. Pero la clase obrera ha de llevarlas a
cabo obligatoriamente en todos los casos en que se realiza el paso al
socialismo. Sin ello el socialismo es imposible.
La enunciación más completa de los principios cuya
observación es necesaria para el triunfo de la revolución socialista, figura en
la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y
Obreros. En ella se enumeran los siguientes principios y leyes generales, que
abarcan al período completo de transición del capitalismo al socialismo:
Dirección de las masas trabajadoras por la clase
obrera, el núcleo de la cual es el partido marxista-
leninista, para la realización de la revolución
proletaria en una u otra forma y el establecimiento de
la dictadura del proletariado en una u otra forma.
Alianza
de la clase
obrera con la
masa fundamental de los campesinos y con otras capas de
trabajadores.
Supresión de la propiedad capitalista y
establecimiento de la
propiedad social sobre
los
principales medios de producción.
Gradual
transformación socialista de la agricultura.
Desarrollo planificado de la economía nacional,
dirigido a la construcción del socialismo y el
comunismo, a la elevación del nivel de vida de los trabajadores.
Aplicación de la revolución socialista al campo de
la ideología y
la cultura y
formación de una
intelectualidad numerosa, fiel a la clase obrera, al
pueblo trabajador y a la causa del socialismo.
Supresión de la opresión nacional y establecimiento
de una amistad fraternal e igual en derechos entre los pueblos.
Defensa de las conquistas del socialismo contra los
ataques de los enemigos de fuera y de dentro.
Solidaridad de la clase obrera del país con la clase
obrera de los otros países: internacionalismo proletario.
Estos principios y leyes generales no son sino las
conclusiones fundamentales, brevemente formuladas,
que se derivan de la teoría marxista-leninista de la
revolución proletaria y de la construcción del socialismo.
Los partidos marxistas-leninistas no pretenden la
aplicación de sus principios en la misma forma y con iguales métodos cualquiera
que sea el país de que se trate. Siempre tienen presentes las condiciones
concretas y las
peculiaridades nacionales de su
propio país. El leninismo enseña que la clave de los éxitos de la política
socialista reside en la aplicación con un espíritu creador de los principios
generales a las condiciones concretas del país, de conformidad con los rasgos
originales de su economía, su política y su cultura, con las tradiciones de su
movimiento obrero, las costumbres y psicología de su pueblo, etc.
Mientras existan diferencias nacionales y estatales
entre los pueblos
y los países,
indicaba Lenin, la
unidad
de la táctica
internacional del movimiento
obrero comunista de todos los países no exige que se
elimine la diversidad,
que se ponga
fin a las
diferencias
nacionales, sino una
aplicación de los
principios fundamentales del comunismo que
"modifique acertadamente esos principios en lo particular, que los acomode y aplique acertadamente
a sus
diferencias nacionales y
nacionales- estatales."277
Una tarea muy importante de los comunistas es la de
adivinar, buscar, captar, investigar y estudiar lo particular y específicamente
nacional en el enfoque concreto de la manera como cada país ha de resolver
problemas internacionales únicos.
La evolución de la sociedad humana del capitalismo
al socialismo es un proceso histórico único. Ahora bien, la revolución
socialista, cuando el desarrollo social la pone al orden del día en uno u otro
país, es un acto de creación independiente de las masas populares que viven en
cada país concreto, en un determinado medio en el que ha transcurrido su vida.
Esto impone su huella imborrable a la marcha de los procesos revolucionarios.
El conjunto de formas y modos por los que en un país
se realizan las transformaciones revolucionarias
comunes a todos los países es lo que constituye la
característica del paso de ese país al socialismo.
Las leyes fundamentales de la transición del capitalismo al socialismo son
únicas para todos los países capitalistas. Lo que hay de común en el avance
hacia el socialismo predomina sobre las peculiaridades nacionales. Las
condiciones específicas de uno u otro país pueden modificar parcialmente las
manifestaciones concretas de las leyes fundamentales, sin que sean capaces de
suprimir las propias leyes. Esto no significa, sin embargo, que cada país vaya
al socialismo por un camino sustancialmente distinto del que siguen los otros
países. Hay un socialismo verdadero: el socialismo científico de Marx y Lenin,
que establece principios generales para todos los países y pueblos en cuanto a
la organización de la sociedad nueva, principios que se derivan de un estudio
profundo de las leyes del desarrollo social.
La teoría marxista-leninista se enriquece a medida
que se va reuniendo experiencia de la puesta en
práctica de las transformaciones socialistas. La aplicación, con un espíritu
creador, de los principios generales del marxismo-leninismo a las condiciones
concretas de cada país significa, a la vez, un mayor desarrollo de estos
principios. Cualquier país -grande o pequeño- puede enriquecer con su
experiencia la teoría marxista de la revolución socialista.
277 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 72.
SECCIÓN QUINTA.
TEORÍA DEL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO
Capitulo XXI. Dictadura del proletariado y democracia
proletaria
La
revolución socialista lleva
al poder a los trabajadores,
dirigidos por la clase obrera. Las clases explotadoras -capitalistas y
terratenientes- son
apartadas del poder político, sin que esto
signifique
aún su desaparición del campo de la lucha de clases.
Iníciase así el período de transición del capitalismo
al socialismo, en el cual se produce la
transformación
revolucionaria de la sociedad capitalista en
socialista.
Según enseñaban los clásicos del marxismo-
leninismo, la única fuerza capaz de llevar adelante
esta transformación
es la dictadura revolucionaria del proletariado.
¿Qué es la dictadura del proletariado? Es el poder
de los trabajadores, dirigido por la
clase obrera y que tiene como fin la
construcción del socialismo.
"La dictadura del proletariado -escribe Lenin-,
si traducimos este término latino, científico, histórico-
filosófico, a un lenguaje más sencillo significa:
"Sólo una clase determinada, los obreros
urbanos y, en general, los obreros fabriles, industriales, está
en
condiciones de dirigir
a todo el
conjunto de
trabajadores y explotados en la lucha por derribar
el yugo del capital,
en el momento
en que éste
es
derribado, en la lucha por mantener y consolidar la
victoria con objeto de crear un régimen social nuevo
socialista, y en
toda la lucha
por la completa supresión de las clases."278
1.
Necesidad histórica de la dictadura del proletariado en el período de
transición
La revolución socialista descarga el golpe sobre los
intereses vitales de las clases explotadoras, antes dominantes y ahora
apartadas del poder. Por eso, la
llegada de la clase obrera al poder y las medidas
que
adopta
para la construcción
del socialismo encuentran la desesperada
resistencia de las clases explotadoras
derribadas. Más aún,
mientras esas clases permanezcan
en pie, mientras se conserven las condiciones económicas para su existencia, no
desaparece el peligro
de restauración del
viejo sistema capitalista.
La
resistencia de la
burguesía reaccionaria es inevitable.
Todas las revoluciones han tenido que vencer la
resistencia de las clases reaccionarias. Las clases en
ascenso,
por lo común,
hubieron de implantar
su
dictadura revolucionaria para escapar al abrazo con
que les oprimía la sociedad vieja. La revolución burguesa de 1789 en Francia
llevó a cabo profundas transformaciones antifeudales y ejerció honda influencia
sobre muchos países, más que nada porque no se detuvo ante el empleo de la
violencia para aplastar a los aristócratas y demás partidarios del poder real.
La
revolución socialista significa
la transformación social más completa y profunda que se conoce; pone fin
a toda explotación del hombre por el hombre y precisamente por ello ha de
superar la resistencia más desesperada. Porque la burguesía dominante ha usado
y abusado durante tanto tiempo de los privilegios que proporciona el poder, de
la riqueza y la cultura, se ha habituado tanto a su situación, que llegó a
creer como en algo inmutable en el régimen dentro del cual ella manda y los
demás obedecen. No conoce por eso límites la furia de las clases reaccionarias
cuando llegan al poder los trabajadores, gentes a quienes ellas siempre
trataron como a inferiores y a las que consideran incapaces de regir los
asuntos públicos. Y los opresores derribados decuplican su resistencia cuando
los hombres del trabajo atentan contra lo que para los explotadores es
sacrosanto -su propiedad privada- y ven amenazada la posibilidad misma de una
existencia parasitaria.
Hasta tanto no termina el período de transición,
decía Lenin, "los explotadores conservan inevitablemente la
esperanza de la
restauración, y esta esperanza
se convierte en
intentos de restauración. Aun
después de la
primera derrota seria, los
explotadores derribados, que no esperaban serlo, no creían en ello ni admitían
la idea de que así pudiera ser, se lanzan con decuplicada energía, con rabiosa
pasión, con un odio cien veces mayor, al combate para recuperar el «paraíso»
perdido, para defender a sus familias, que antes conocían una vida tan dulce y
a las que ahora «la canalla» condena a la ruina y a la miseria (o al «simple»
trabajo...)."279
Obreros, campesinos e intelectuales se muestran
278 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 387.
279 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVIII, pág.
233.
orgullosos de su trabajo, que sostiene a la sociedad
entera. Pero los explotadores, acostumbrados a atribuirse los frutos del
trabajo ajeno, lo consideran una humillación y la mayor de las desgracias.
Las esperanzas de la burguesía reaccionaria en la
restauración se ven alimentadas por la circunstancia de que, aun habiendo
perdido el poder político, dispone todavía de considerable fuerza. En los
primeros tiempos tiene ciertas ventajas sobre la clase obrera triunfante.
La gran burguesía puede apoyarse en la ayuda del
capital internacional. La participación de tropas de
catorce potencias imperialistas en la lucha contra
la
joven República Soviética, el apoyo armado de los
imperialistas al régimen del Kuomintang en China y
a los gobiernos fantoches de Vietnam del Sur y de
Corea Meridional, la rebelión contrarrevolucionaria
de octubre de
1956 en Hungría
y los ingentes recursos que los Estados Unidos
asignan para la labor subversiva en los países del socialismo, son pruebas
de que
la clase obrera,
aun después de
haber derribado el poder de los capitalistas y terratenientes en su
país, ha de rechazar las furiosas acometidas de la reacción internacional.
Todo poder está obligado a defender el país de la
agresión exterior. Pero cuando al poder llegan los trabajadores, la defensa
adquiere un sentido nuevo, convirtiese en una prolongación de la lucha de clase
que el
proletariado ha de
mantener contra la burguesía
contrarrevolucionaria en el
interior del país. Actualmente,
cuando se ha formado el poderoso campo socialista y las fuerzas de la
democracia han crecido en todo el mundo, se presenta la posibilidad real de
impedir la intervención militar del imperialismo internacional en los asuntos
interiores de un país
que lleve a
cabo su revolución democrática o socialista. No
obstante, mientras exista el campo imperialista, subsistirá
el peligro de agresión militar contra los Estados
socialistas y de apoyo por los imperialistas a las fuerzas descontentas con el
régimen nuevo.
Además, las clases explotadoras derribadas conservan
ciertas posiciones en la economía hasta tanto no son desprovistas por completo
de la propiedad privada sobre los medios de producción. Esas posiciones tratan
de utilizarlas para el sabotaje y la desorganización de la vida económica.
Perdida su dominación política, la burguesía trata de buscar el desquite en el
campo económico y de levantar ante el nuevo poder dificultades insuperables. La
burguesía derribada encuentra apoyo en la pequeña producción mercantil, que
engendra constantemente capitalismo y,
si no se
toman medidas en
contrario, puede conducir a la
restauración del mismo. La burguesía trata de aprovechar las inevitables
fluctuaciones de los campesinos.
En el período primero que sigue a la revolución, superioridad
de una cultura más elevada, de su experiencia en la organización de la
producción y en el gobierno y de sus
relaciones con ingenieros
y demás personal técnico y con la oficialidad del ejército. Durante
cierto tiempo, la burguesía puede aún influir en las masas políticamente y en
el terreno de las ideas. Esta influencia es tanto más peligrosa por cuanto los
trabajadores no se ven libres de la noche a la mañana de las seculares
costumbres derivadas de la sociedad de explotación. Además, el imperialismo
deja tras de sí un sinnúmero de elementos desclasados y delincuentes, que
proceden principalmente de la pequeña burguesía arruinada. La contrarrevolución
puede reclutar entre ellos sus destacamentos de mercenarios.
No hay un
país socialista en
el que las
clases reaccionarias no hayan
prestado resistencia a las
transformaciones revolucionarias, variando
únicamente su carácter de conformidad con la
correlación de las
fuerzas de clase.
En Rusia, las
clases reaccionarias, ayudadas por los imperialistas
extranjeros, impusieron al pueblo una encarnizada
guerra civil, que se prolongó durante varios años y exigió sacrificios sin
cuento a los obreros y campesinos. En algunas democracias populares europeas,
la resistencia de la reacción tomó la forma de putch.
Por
eso, para consolidar
el triunfo de
la revolución y paralizar
la resistencia de
las clases
derribadas, en todos los sitios ha sido necesario un
poder fuerte y enérgico, que no se detuviera, si así
era
preciso, ante el
empleo de la
fuerza. Esto confirma la tesis
del marxismo-leninismo de que la
dictadura es inevitable siempre que se pasa del
capitalismo al socialismo. La dictadura es necesaria para aplastar la
resistencia de los explotadores y para
cortar la acción de los bandidos, ladrones,
salteadores y demás delincuentes comunes,
de todos los
elementos que son producto de la descomposición de
la sociedad vieja
y que, como
una sucia espuma, suben a la superficie en este
período.
Esto quiere decir que la toma del poder por el
proletariado no significa el fin de su lucha de clase
contra los explotadores. Continúa también en el
período de transición y en ocasiones alcanza una gran virulencia. Pero
esta lucha transcurre
en nuevas
condiciones y sus formas son otras. Lo nuevo reside
en que,
por vez primera,
las clases trabajadoras
disponen del poder político, que antes era exclusiva
de los explotadores. "La dictadura del proletariado - escribe Lenin- es la
lucha de clase del proletariado
triunfante y que ha tomado el poder político en sus
manos contra la
burguesía vencida, pero
no
destruida,
que no ha
desaparecido y no
cesa de ofrecer resistencia,
contra la burguesía
que incrementa su resistencia."280
las gentes de las antiguas clases gobernantes tienen
la
280 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 350.
La
clase obrera y la violencia.
No hay otro problema alrededor del cual los enemigos
del comunismo hayan amontonado tantos
embustes
y patrañas como
el de la
dictadura del proletariado.
Movidos por el deseo de asustar a los trabajadores y de explotar sus
aspiraciones democráticas, pintan la dictadura del proletariado como negación
de toda democracia, como dictadura de determinados grupos o personas, como
"totalitarismo",
arbitrariedad política, etc.
Insisten con especial celo en que los comunistas, en determinadas
condiciones, admiten la necesidad de la violencia. Y apoyándose en ello tratan
de presentar la dictadura del proletariado como un régimen de violencia
completa que se desprende de las concepciones mismas del comunismo.
No obstante, como decía Lenin, "en nuestro
ideal no hay lugar para la violencia sobre los hombres". La clase que
durante centurias enteras fue objeto de represión, de vejámenes y de
sangrientas persecuciones, odia profundamente
los regímenes que hacen posible
la violencia sobre los hombres, la opresión y la humillación. La clase obrera no
abriga ningún sentimiento de venganza hacia quienes la explotaban. No toma el
poder para vengarse, sino para construir una sociedad nueva que emancipa a los
hombres de la explotación y de la opresión en todos los terrenos.
Para la consecución
de sus humanos
y nobles fines, la
clase obrera trata
de escoger los
correspondientes medios de lucha. "El fin
justifica
los medios" es el lema de los jesuitas, pero no
de los comunistas. Estos no
desdeñan posibilidad alguna para evitar la violencia, lo mismo en
el curso de la lucha por el poder que en el período de construcción del
comunismo. y si, a pesar de todo, la clase obrera ha de recurrir a la
violencia, esto se debe a la resistencia de las clases desplazadas; no tiene,
por tanto, la culpa la sociedad nueva, socialista, sino la vieja, la
capitalista.
Se equivocan los que piensan que la dictadura del
proletariado y el
empleo de la
violencia contra
quienes
recurren a ella
se contradice con
el
humanismo.
Ocurre precisamente lo
contrario. Cuanto más enérgico
se muestra el
poder nuevo, tanto más infundadas
son las esperanzas de los reaccionarios en la restauración y menor es la
necesidad de recurrir a la fuerza. Y viceversa, cuanto más débil e indeciso se
muestra el poder obrero, más furiosos son los intentos contrarrevolucionarios
de la burguesía y más graves son las consecuencias de la lucha de clases. Menos
sangre se verterá en el futuro si se aplasta a tiempo al puñado de conspiradores
contrarrevolucionarios.
La propaganda burguesa trata de presentar esta
acción política exclusivamente como
terror, como
únicamente como respuesta a la resistencia activa de
la propia burguesía. Si las clases reaccionarias derribadas empuñan
las armas, tropiezan
con la actitud enérgica del poder
obrero, que les priva de base para la resistencia. En otros casos todo puede
limitarse a medidas restrictivas no violentas, que conducen a la supresión
paulatina de las condiciones de vida de las clases explotadoras:
nacionalización de la industria capitalista, incorporación al trabajo y
reeducación de la parte de la burguesía que se mantiene en un plano de lealtad,
etc.
Ahora
bien, cualesquiera que
sean las condiciones, la dictadura
del proletariado no se basa en la arbitrariedad y la ilegalidad, sino todo lo
contrario, crea una firme legalidad revolucionaria en el país,
pidiendo el cumplimiento
estricto de las leyes, tanto por parte de los ciudadanos
como de los funcionarios encargados de la administración pública dentro del
nuevo poder.
En la medida que esto depende de ella, la clase
obrera prefiere siempre los métodos no violentos a los de represión. Cuanto más
amplia sea la capa de la burguesía dispuesta a colaborar con la clase obrera,
tanto menores serán las dificultades que ofrezca la implantación de
las transformaciones socialistas, tanto menores serán los
sacrificios humanos y las pérdidas materiales, tanto antes encontrarán empleo
en la nueva sociedad los conocimientos y los hábitos de organización de la
parte leal de los antiguos capitalistas y de los grupos de intelectuales que
antes se mantenían a su lado.
Los propios capitalistas y terratenientes de Rusia,
que desataron la guerra civil, obligaron al Poder Soviético a aplicar medidas
represivas que eran únicamente respuesta a la violencia de los explotadores
derribados. Así lo reconocieron muchos observadores objetivos. Herbert Wells,
que estuvo en Rusia en 1920, escribía: "No es el comunismo, sino el imperialismo
europeo el que
arrastró a este enorme, cuarteado y fracasado imperio a
una extenuante guerra de
seis años. Y
no es el comunismo
el que desgarró
a esta Rusia
mártir y acaso moribunda con
constantes ataques, invasiones y levantamientos subsidiados desde fuera, el que
la ahogó con un bloqueo monstruosamente cruel. El vengativo acreedor francés y
el obtuso periodista inglés son mucho más responsables de estos atroces
tormentos que cualquier comunista."281
En cuanto la situación lo permitió, el Poder
Soviético pasó a
otra política respecto
de la burguesía. Se sabe, por
ejemplo, que V. I. Lenin, después de la toma de Rostov en enero de 1920,
anunció que entonces se podía abolir la pena de muerte. Pero los explotadores
lo impidieron, al pasar una vez y otra al ataque contra las conquistas de la
revolución.
represión
y limitación directa
de los derechos
democráticos. Pero medidas tan extremas se aplican
281 H. Wells.
Rusia en tinieblas, Gospolitizdat,
Moscú. 1958, págs. 19-20.
Lo que resultó
inevitable en Rusia,
donde las clases derribadas
conservaron hasta el último momento las esperanzas en la restauración, no es,
ni mucho menos, ley general de la revolución socialista. En este sentido vemos
un factor nuevo en la experiencia de las democracias populares, y especialmente
en China, donde ha sido posible extender las medidas de reeducación a capas más
o menos considerables de la burguesía.
Más propicias todavía pueden ser las condiciones
de las
revoluciones socialistas del
futuro. En una serie de países las medidas dictatoriales
acaso hayan de aplicarse sólo a un reducido grupo del capital monopolista y de sus
mandatarios. En esos países, después de la llegada de la clase obrera al poder,
puede ser muy real la aplicación a la gran masa de la burguesía de los métodos
de reeducación. Cierto que los métodos de persuasión y reeducación predominarán
sólo en el caso de que las fuerzas de la clase obrera y del pueblo hayan
alcanzado una superioridad indiscutible, si las clases derribadas saben que
todos sus intentos de restauración van a tropezar con la firme y enérgica
actitud del poder obrero. La propia función represiva contra las clases explotadoras
no desaparece tampoco en este caso: permanecerá, aunque
será realizada por
otros métodos y durante un tiempo más breve.
Ahora bien,
cualesquiera que sean los métodos por los que se ejerza, la dictadura
del proletariado es
siempre, como subrayaba Lenin, una lucha tenaz
contra las fuerzas
y tradiciones de
la sociedad vieja.282
Pero
incluso cuando el
poder obrero se ve
obligado a recurrir a medidas de violencia, los métodos que emplea se
diferencian sustancialmente de los procedimientos de dominación de las clases
explotadoras, que siempre tienen por base la fuerza. La dictadura del
proletariado es fuerte por su amplia base social, porque expresa la voluntad
del pueblo y es éste el que la gobierna. Según escribía Lenin, la fuerza en que
se apoya el poder de la clase obrera no está en las bayonetas, de que se
apropia un puñado de militares, ni en las comisarías de la policía, ni en el
dinero. Esta fuerza descansa en la masa del pueblo. Eso es lo que
fundamentalmente diferencia al nuevo poder de todos los poderes que existieron
anteriormente. Lenin decía,
refiriéndose a los primeros años de la instauración de los
Soviets: "El nuevo poder, como dictadura de la enorme mayoría, pudo
mantenerse y se mantuvo exclusivamente por la confianza de las grandes masas,
porque incorporó de la manera más libre, más amplia y más fuerte a toda la masa
a la participación en el poder."283
Finalmente, mientras que la función principal del
Estado de explotación es la represiva, no ocurre lo mismo en cuanto al Estado
de la clase obrera. La
tarea principal de este último es la transformación
de la economía y de toda la vida político-social sobre bases socialistas.
"...La esencia de la dictadura proletaria
-escribe Lenin- no
reside en la
sola violencia ni es principalmente la violencia. Lo principal está en
la organización y disciplina del destacamento avanzado de los trabajadores, de
su vanguardia, de su único dirigente, que es el proletariado. El fin de éste es
crear el socialismo, acabar con la división de la sociedad en clases, convertir
en trabajadores a todos los miembros de la sociedad, privar de su terreno a
toda explotación del hombre por el hombre."284
Ser marxista significa reconocer la necesidad de la
dictadura del proletariado.
El problema de la dictadura del proletariado es el
centro alrededor del
cual giran todas
las discrepancias
ideológicas entre los
marxistas-
leninistas
y los reformistas. La
doctrina de la dictadura
del proletariado como
medio único para
acabar con todas las infamias y crueldades de la
sociedad de explotación
ha sido siempre,
y lo es ahora, la piedra de toque que permite
comprobar la
sinceridad y seriedad de las aspiraciones
socialistas que muestran los partidos obreros y sus líderes.
Para ser marxista no basta limitarse a reconocer
simplemente la lucha de clases. "Únicamente es marxista -escribe
Lenin- quien extiende
el
reconocimiento
de la lucha
de clases al
de la
dictadura del proletariado. Esta es la diferencia más profunda que hay
entre el marxista y el adocenado
pequeño (y grande) burgués. En esta piedra de toque
hay que probar la comprensión y admisión real del
marxismo."285
Se comprende muy bien que el problema de la
dictadura del proletariado ocupe un lugar especial
en el marxismo-leninismo: sin la conquista del poder político, sin la dictadura
del proletariado es imposible el
triunfo del socialismo.
La doctrina de
Marx y Lenin sobre la sociedad
sin clases y sin explotación no pasaría de un simple deseo si la clase obrera y
su partido marxista-leninista no concentrasen sus esfuerzos en lo que es
decisivo, en la manera de utilizar por todos los medios el poder que acaban de
tomar para la transformación socialista
de la sociedad.
También en el plano histórico ha sido el problema de
la dictadura del proletariado el punto principal de
la lucha ideológica que se mantuvo y mantiene en el
seno del movimiento obrero internacional. Aquí es
donde los líderes de la II Internacional han sometido
a una revisión más profunda al marxismo, al negar de
hecho la idea de la dictadura del proletariado.
Frente a ella oponen la teoría oportunista de la democracia "pura",
"sobre las clases", que, según ellos, puede ser
282 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 27.
283 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 325.
284 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXIX. pág. 358.
285 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXIX. pág. 384.
el
puente por el
que se pase
al socialismo. En realidad, lo que los oportunistas
entienden cuando hablan de democracia
pura es la
democracia burguesa.
Lenin denunció a los líderes de la II Internacional,
y en particular a Carlos Kautsky, como renegados del marxismo. Según demostró,
la teoría de los socialdemócratas de derecha, en unas condiciones de enconada
lucha entre la burguesía imperialista y el proletariado, significa la renuncia
al socialismo.
Desde entonces ha pasado cerca de medio siglo.
¿Qué nos demuestra la experiencia histórica?
La clase obrera,
aliada a los
campesinos, conquistó el poder en uno de los países más grandes
del mundo -Rusia- y ha construido el socialismo.
Dirigida por los
Partidos revolucionarios,
comunistas, la clase obrera ha llegado al poder en
la gran China y en otros países de Europa y Asia, y ha sabido llevar
a cabo profundas
transformaciones
sociales
e iniciar el
rápido avance hacia
el socialismo.
¿Qué han conseguido en este tiempo los
socialdemócratas? ¿Han sabido realizar, siquiera sea en un
país, las transformaciones socialistas, o
emprender su realización? Nada de eso. Y lo que es
más, en su afán de acomodar el movimiento obrero a
la democracia burguesa, de conciliar la clase obrera
con la burguesía, han renunciado prácticamente a la construcción del
socialismo, y un buen número de
ellos han degenerado hasta convertirse en portavoces
directos de la
influencia burguesa entre
los
trabajadores.
Los partidos socialdemócratas consiguieron en
algunos países vencer
en las elecciones
y formar
gobierno. Los laboristas ingleses permanecieron en
el
poder en 1924, 1929-1931 y 1945-1951. El Partido
Socialdemócrata sueco ocupa el poder desde 1946. Los
socialdemócratas han presidido en repetidas ocasiones gobiernos en otros países
europeos. En ninguno de ellos, sin embargo, se han producido transformaciones
económicas y políticas de cierta importancia que ostenten un carácter
socialista. Los gobiernos
socialdemócratas no han
rebasado el marco del
capitalismo, no se han propuesto siquiera acabar con este régimen y sustituirlo
por un régimen socialista.
La admisión del principio de la dictadura del
proletariado sirve también en nuestros días de norma para juzgar al verdadero
revolucionario. No es casual que los actuales revisionistas -¡todos a una!- se
manifiesten contra la idea de la dictadura del proletariado, a la que oponen la
democracia "universal" burguesa.
Pero ahora, después de los evidentes éxitos del
poder de
la clase obrera
en la U.R.S.S.
y demás países socialistas,
muchos oportunistas recurren a métodos más sutiles para "refutar" la
necesidad de la dictadura del proletariado. Dicen, por ejemplo, que ésta es
necesaria sólo en los países de Oriente, donde antes imperaron regímenes
despóticos feudales o semifeudales. En Occidente, en cambio, con su larga
tradición de parlamentarismo, aseguran, la burguesía se someterá a la voluntad
del pueblo sin que sea preciso recurrir a la dictadura del proletariado.
Tales afirmaciones no tienen base alguna. La
burguesía de los países capitalistas muy desarrollados posee una fuerza y una
experiencia infinitamente mayores que, por ejemplo, las clases que dominaban en
Rusia y China. Está más organizada, hace mucho que detenta el poder y posee una
experiencia secular de dirección de los asuntos públicos y en la empresa de
engañar a las masas. Los monopolios han echado muy hondas raíces en los países
de Occidente, y el capital monopolista está
acostumbrado a resolver estos asuntos
por la fuerza.
En defensa de sus
intereses está dispuesto a ir a todo, hasta a desencadenar una
nueva guerra mundial.
¿Qué induce a creer que los monopolistas de Occidente van a aferrarse menos
al poder y van a ser unos enemigos menos temibles que la burguesía y los
terratenientes de los países orientales?
La experiencia histórica de las revoluciones
proletarias en una
serie de países
occidentales
(Francia,
Alemania, Hungría, Finlandia)
demuestra
que las clases explotadoras recurren allí también a
las más extremas medidas de violencia para conservar su dominación. Cuando la
clase obrera no lo tiene presente y no adopta medidas para sujetar a la
burguesía, lo paga muy caro.
Una de las causas de la caída de la Comuna de París
(1871) fue que el proletariado dejó que la burguesía reuniese sus fuerzas, con
lo que pudo ahogar la revolución en sangre. A ello se debe asimismo que la
burguesía lograse aplastar la revolución húngara de 1919 y las acciones
revolucionarias de los obreros alemanes después de la primera guerra mundial.
La ferocidad de la "democrática" burguesía de Occidente no pudo ser
más brutal. En la pequeña Finlandia, donde la revolución fue reprimida con
ayuda de tropas alemanas, cerca de
20.000 hombres, según estadísticas oficiales, fueron
fusilados o murieron en campos de concentración, y otras muchas decenas de
miles, entre ellos mujeres, fueron a parar a la cárcel y condenados a trabajos
forzados.
Cuando los partidos marxistas-leninistas admiten
la posibilidad de
la vía pacífica
para la toma
del
poder, no piensan en modo alguno que la burguesía
reaccionaria vaya a retroceder movida por sus buenos
sentimientos y su
comprensión. Esta vía
de la
revolución se convierte en real porque se advierte
la
perspectiva de crear una absoluta superioridad de
fuerza sobre el capital monopolista. Mas incluso en estas condiciones, tienen
presente la inevitable resistencia de la burguesía derribada y el peligro de
que ésta
vuelva a dominar
si no existe
un poder fuerte y enérgico de los
trabajadores, si no es establecida, en una forma o en otra, la dictadura del
proletariado.
2. La
democracia proletaria como democracia de nuevo tipo
El triunfo de la clase obrera pone fin a la época de
dominación de una minoría privilegiada y significa el comienzo del verdadero
poder del pueblo. Obreros, campesinos, artesanos e intelectuales, hombres que
durante siglos se vieron apartados de la vida política y no eran admitidos a
las tareas de gobierno, toman en sus manos las riendas del Estado. Esto hace de
la democracia proletaria un tipo nuevo de democracia,
muy superior a la democracia burguesa.
Democracia
para los trabajadores.
La democracia burguesa fue en otros tiempos un
gran avance. Mas
al advenir la
época de las
revoluciones proletarias se ve reemplazada por un
nuevo régimen político.
Este, según palabras
de
Lenin, concede "la democracia máxima a los
obreros y campesinos y, al mismo tiempo, significa el rompimiento con
la democracia burguesa
y la
aparición de un tipo nuevo de democracia en la
historia: la democracia proletaria o dictadura del proletariado".286
Influidos por la propaganda burguesa y por las
manifestaciones de los socialdemócratas, ciertas gentes de
los países capitalistas
piensan que dictadura y
democracia son términos
que se excluyen, Razonan
así: o democracia,
que se extiende por igual para
todos, y entonces no hay dictadura, o dictadura de una clase, pero entonces no
hay democracia.
Así
pueden razonar únicamente
quienes comparten el error
de que puede
existir una
democracia
"sobre las clases",
"general" o, como
también se la llama, "integral". Pero lo
cierto es que en cualquier sociedad en la que hay clases con intereses
opuestos, el poder político, por democrático que parezca, presenta un carácter
de clase y se encuentra al servicio de la clase dominante. En los países de
democracia burguesa el poder conserva a menudo sus apariencias democráticas: en
el plazo debido se celebran
elecciones generales, los gobiernos son responsables ante los
Parlamentos, etc. Mas la faz
verdadera de este
poder se revela
en cuanto las masas trabajadoras adquieren conciencia de sus intereses
de clase y comienzan a presentar reivindicaciones a los capitalistas. El más
"democrático" de los poderes toma partido por los patronos y no se
detiene ante nada: envía las tropas y la policía contra los obreros, hace
ametrallar las manifestaciones
pacificas, manda detener
a los líderes obreros,
y así sucesivamente. Y
cuando la que ponen en peligro la
dominación misma del gran capital, el poder se despoja definitivamente de sus
vestiduras democráticas y pasa a los métodos terroristas abiertos. Resulta que
bajo la máscara de la democracia en los Estados imperialistas se oculta la más
auténtica dictadura de los grandes monopolios capitalistas, de la que son
víctimas la clase obrera, todos los trabajadores.
La esencia de clase del Estado se puso al desnudo en
todas las épocas en que el poder lo detentaron los
explotadores. "Todos saben... -escribe Lenin-
que las
insurrecciones o, simplemente, una gran agitación
entre los esclavos fue motivo en otros tiempos para que inmediatamente
apareciese la esencia del Estado antiguo como dictadura de los esclavistas.
¿Destruía esta dictadura la democracia en el seno de los esclavistas, la
democracia para ellos?
Todos sabemos que no."287
Quiere decirse que, según confirma la historia,
dictadura y democracia
se combinaban perfectamente. El
Estado, que actúa como dictadura respecto de unas clases, puede al mismo tiempo
ser democracia para otras.
El problema se reduce a dilucidar de qué clase de
dictadura y de
qué clase de
democracia se trata.
Refiriéndose
al Estado del
período de transición,
Lenin decía que ha de ser "un Estado
democrático de una manera nueva
(para los proletarios
y desposeídos en general) y dictatorial de una manera nueva (contra la
burguesía)".288 La dictadura de la clase obrera es por su esencia el poder
más democrático, pues significa la dominación de la mayoría sobre la minoría,
mientras que la dictadura de la gran burguesía es la dominación de la minoría
sobre la mayoría.
No hay por ello contradicción alguna cuando decimos
que la dictadura del proletariado es a la vez
un nuevo tipo de democracia. Un mismo poder (el de
la clase obrera) es dictadura y aplica "medidas
dictatoriales" (Lenin) con relación a los enemigos del socialismo, y es
una auténtica democracia y emplea métodos
democráticos con relación
a los trabajadores. Por lo tanto,
dictadura del proletariado y democracia proletaria son dos lados de una misma
medalla. Para Lenin
eran sinónimos ambos conceptos: "democracia
proletaria" y "dictadura del proletariado".
Es muy importante en la política del Estado
proletario observar una
acertada relación de los
métodos dictatoriales y democráticos, aplicando los
primeros a la burguesía contrarrevolucionaria y los
segundos a los
trabajadores. Es igualmente
inadmisible conceder libertad de acción a las
fuerzas
reaccionarias y reducir la democracia de que gozan
los trabajadores. De las consecuencias que trae el no observar este
principio nos hablan los
lucha de los
trabajadores alcanza tales
proporciones
287 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXVIII. pág.
215.
286 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
32.
288 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., Ibídem. t. XXV,
pág. 384.
acontecimientos de Hungría en 1956, donde no se
cortaban con energía suficiente los ataques de los reaccionarios y, a la vez,
se toleraban serias transgresiones de los derechos democráticos de los
trabajadores.
Los sociólogos y publicistas burgueses esgrimen a
menudo otro argumento.
La democracia, dicen,
presupone obligatoriamente la lucha de partidos, una
oposición en el Parlamento, etc. Al no encontrar
ninguna de estas
notas formales de
la democracia
burguesa
en los Estados
socialistas, proclaman
triunfalmente
que el régimen
de la dictadura proletaria no es democrático.
Los
marxistas tienen una
noción distinta de la
democracia de un régimen político. De lo que hay que
partir es de qué intereses defiende el poder, al servicio de quién está y qué
política mantiene. Desde este punto de
vista -el único
científico-, en los Estados burgueses es imposible descubrir
el menor rastro de verdadero poder del pueblo. En los Estados Unidos hay
partidos rivales, y oposición en el Congreso, pero toda la política del
gobierno se encuentra al servicio de un reducido puñado de multimillonarios. En
el fondo, lo que impera allí es la dictadura de los monopolios capitalistas.
Sólo la democracia proletaria significa el auténtico poder del pueblo, puesto que se
encuentra
al servicio de los trabajadores, es decir, de la
mayoría
de la sociedad.
La política del
Estado proletario tiende a la
supresión de la explotación, al incremento
del nivel de vida y de la cultura de las masas, a la
defensa de la paz general y al fortalecimiento de la
amistad entre los pueblos. Esto responde a las más profundas aspiraciones de
las masas populares y de todos cuantos aman el progreso.
Sería al mismo
tiempo erróneo pensar
que el problema de los métodos y
formas de ejercicio del
poder son secundarios para el Estado proletario. La
fuerza
principal de la
dictadura del proletariado reside en
sus vínculos con
todas las masas
del pueblo. Y estos vínculos sólo son sólidos cuando el poder es
democrático por su esencia y por su forma. De ahí que la forma de la dictadura
del proletariado sea la república de tipo socialista.
La
democracia proletaria amplía
como ningún otro poder los derechos
de los trabajadores, pero no
puede extenderse a las fuerzas reaccionarias de la
burguesía vencida ni
a los demás
elementos que
luchan por la restauración del capitalismo. Hasta
ahí llegan los límites de la democracia proletaria. Se causaría un daño
terrible a la revolución socialista si
el proletariado concediese libertades políticas a
las organizaciones de los
grandes capitalistas. ¿No es
evidente que la disolución de los partidos de la
burguesía contrarrevolucionaria y la prohibición de la propaganda del
fascismo y de
otras ideas
antipopulares, lejos de restringir las libertades y
la
la defensa de los propios intereses?
Forma
especial de la alianza de la clase obrera con todos los trabajadores.
La
esencia democrática de
la dictadura del proletariado se
pone singularmente de
relieve en
cuanto es la alianza de la clase obrera con todos
los trabajadores y con las demás fuerzas democráticas que apoyan la causa del
socialismo.
La sociedad socialista no puede ser erigida por la
clase obrera solamente, con sus solos esfuerzos. Para
construir el socialismo no basta con socializar la
gran propiedad. Hay que pasar también gradualmente al cauce del
socialismo la pequeña
producción de la
ciudad y el campo, cambiar todas las relaciones
sociales y reorganizar sobre principios socialistas las
instituciones culturales: prensa, teatros, escuelas;
en una palabra, reestructurar toda la vida social de abajo arriba. La tarea es
de una complejidad excepcional, y
únicamente puede ser cumplida a condición de que
las más amplias
capas del pueblo
participen
conscientemente en la construcción de la sociedad
nueva.
Por eso, la
alianza de la
clase obrera con
los
campesinos,
con todos los
trabajadores y demás capas democráticas del pueblo, es el
principio supremo de la dictadura del proletariado. "La dictadura del
proletariado -escribía Lenin-
es la forma especial de alianza
de clase entre el proletariado, vanguardia de los trabajadores, y las
numerosas capas trabajadoras
no proletarias (pequeña
burguesía, pequeños patronos, campesinos, intelectuales, etc.) o con la mayoría
de ellas; una alianza que va contra el capital, con objeto de derribarlo por completo
y de reprimir por completo la resistencia de la burguesía y los intentos de
restauración de parte de ésta; una alianza que se propone crear y consolidar
definitivamente el socialismo."289
El carácter especial de esta alianza reside en que
el papel
dirigente corresponde en
ella a la
clase
obrera. El proletariado actúa con todo derecho como
dirigente de todos los trabajadores, puesto que es el
luchador
más consecuente y
consciente del socialismo, el fin
común al que tiende todo el pueblo trabajador.
Hay una sólida base objetiva para la alianza de la
clase obrera con
los campesinos y
demás capas
trabajadoras. Todos los trabajadores tienen profundo
interés por emanciparse de la explotación, por una vida a
cubierto de necesidades y
por el
establecimiento de la paz y la amistad entre las
naciones. Esta perspectiva sólo la abre el socialismo.
Por eso una de las tareas más importantes del Estado
dirigido por la clase obrera es la consolidación de su alianza con las capas
más amplias del pueblo.
El proletariado, que cuando es necesario aplica democracia
para los trabajadores, vienen dictadas por
medidas dictatoriales
respecto de la burguesía reaccionaria,
no puede en
modo alguno recurrir
a esos métodos cuando
se trata de
las masas campesinas y, en
general, de todos sus aliados democráticos.
A éstos los
lleva al socialismo
por otros métodos: por convicción, estímulo, fuerza del ejemplo y
organización. Los campesinos, la pequeña burguesía urbana y los intelectuales
han de convencerse por propia experiencia de la necesidad de las
transformaciones socialistas.
289 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXIX, págs.
350-351.
Se comprende que esto no excluye las medidas de
coerción para quienes
violan las leyes
del Estado
socialista.
Pero esta coerción,
cuando se hace
necesaria, no va contra una clase, sino contra
determinados delincuentes. En
última instancia se
hace eco de la voluntad y de los intereses de todos
los trabajadores.
Garantía de los derechos y libertades de los
trabajadores.
La democracia proletaria significa el paso de la democracia
formal de la república burguesa a la participación real de las masas
trabajadoras en las tareas de gobierno, es decir, en lo que constituye la
esencia real de la democracia. "... La dictadura del proletariado -escribe
Lenin- debe traer inevitablemente consigo no sólo el cambio en general de
formas e instituciones de la democracia, sino un cambio que permita una
ampliación jamás vista en el mundo
del ejercicio real
de la democracia
por aquellos a quienes el capitalismo oprime, por las clases
trabajadoras."290
La democracia proletaria no se limita a abolir por
completo toda limitación de los derechos por razones
de raza, nacionalidad,
sexo, creencias religiosas
y
nivel de cultura. El centro de gravedad lo
transporta a las garantías de que los trabajadores puedan gozar de
sus
derechos. A este
fin el Estado
entrega en
propiedad a las organizaciones de trabajadores los
mejores edificios y locales, donde se celebran sus reuniones y congresos,
imprentas, cinematógrafos, emisoras de radio, etc. Con otras palabras,
garantiza el ejercicio de los derechos democráticos proporcionando la oportuna
base material; y estas garantías crecen conforme la construcción socialista
avanza y aumenta la riqueza social.
El sufragio universal es todo lo más que puede dar
la democracia burguesa. Las masas pueden votar, sí, pero de hecho siguen
apartadas de las funciones de gobierno. Después de la revolución socialista,
ante vastas capas del pueblo se abre la posibilidad de participar diaria y
prácticamente en las tareas de dirección, tanto directamente, en los organismos
estatales, como a
través de sus
organizaciones sociales y del gran número de secciones, comisiones y
consejos adjuntos a los órganos de poder.
Otra
característica esencial de
la democracia proletaria es
la ampliación de la esfera
de la dirección democrática; la democracia no se limita a la política,
sino que se extiende a la dirección de la economía y de la cultura. Bajo el
capitalismo, ni siquiera una democracia formal y recortada puede ir más allá
de las instituciones políticas.
En la economía y
la cultura -fábricas
y empresas, periódicos y
revistas, cine, radio-
disponen por entero, sin el menor
control de las masas, los capitalistas propietarios. La falta de democracia
para los trabajadores en el terreno económico reduce a la nada sus derechos
políticos, pues en la sociedad moderna, con su economía altamente desarrollada,
triunfa más que
en ninguna otra
ocasión la regla: quien dispone de la propiedad, dispone
de todo.
290 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVIII, pág.
442.
La socialización de los instrumentos y medios de
producción, el paso
a manos del
pueblo de los
órganos de prensa y de las instituciones culturales
y
educativas amplía enormemente la esfera de la
democracia. En estas condiciones, la producción y
las
instituciones de cultura
son dirigidas no por
propietarios privados, sino por el pueblo; ya
directamente, ya a través de sus mandatarios. De este modo la democracia
penetra en toda la vida política, económica y cultural.
Sistema
de dirección democrática.
La
clase obrera crea
un aparato nuevo
y democrático de dirección,
en consonancia con
las
necesidades de la sociedad que construye el
socialismo. El nuevo poder rechaza decididamente el
principio del centralismo burocrático del Estado
burgués, que concita los odios del pueblo. Eso no
quiere decir que la clase obrera niegue la necesidad
de la centralización; todo lo contrario, la defiende porque responde a las
necesidades de la producción
socializada. Entre las capas pequeñoburguesas de la
población -con su
ideal de economías
privadas
independientes unas de otras-, y a veces entre
cierta parte de los obreros que se encuentran bajo la influencia de
la pequeña burguesía,
se hallan
extendidas ilusiones en el sentido de que es posible
prescindir en absoluto del centralismo. Se trata de
una concepción anarquista, que va contra las
necesidades reales de
las actuales fuerzas productivas.
La clase obrera defiende el centralismo, pero un
centralismo democrático. Esto
significa que la
dirección de los asuntos generales del país se
ejerce desde un centro, al que están subordinadas las organizaciones
inferiores; esto va unido al carácter
electivo de todos los órganos de poder, que han de
rendir cuenta de su gestión ante el pueblo, a la amplia
incorporación de las masas a las tareas de dirección
y a la autonomía de los organismos inferiores.
Refiriéndose
a este principio
básico de la
dirección socialista, Lenin escribía: "Nosotros
queremos el centralismo
democrático y hay
que comprender claramente lo
mucho que este centralismo se diferencia tanto del
centralismo burocrático como del anarquismo… El centralismo entendido en un
sentido verdaderamente democrático presupone la posibilidad, por primera vez en
la historia, de un desarrollo completo y libre no sólo de las peculiaridades locales,
sino también de
la iniciativa de carácter
local, de la
variedad de caminos, procedimientos y medios de avance
hacia el objetivo común."291
El aparato estatal del poder de los trabajadores se
estructura según el principio del centralismo
democrático.
Las
tareas de acabar
con la resistencia
de la burguesía reaccionaria, de
castigar y reeducar a los
elementos
antisociales y de
organizar la defensa
exigen la creación del correspondiente aparato
administrativo, tribunales, ejército, milicias (policía) y fuerzas de
seguridad.
Uno de los rasgos sustanciales que diferencian los
órganos de coerción
dentro de la
dictadura del
proletariado de instituciones análogas del Estado
burgués es su carácter profundamente popular. El ejército, aquí, no se opone al
pueblo, que le dio vida;
no conoce la disciplina del palo ni el espíritu
cuartelario o de casta, es fuerte por las ideas que lo
inspiran y por su disciplina consciente. Jefes y
soldados proceden de un mismo medio de clase: son obreros, campesinos
o intelectuales. En
la Unión
Soviética, donde se formó el primer ejército de la
dictadura del proletariado
-el Ejército Rojo-,
las
unidades militares mantuvieron desde los primeros
días vínculos permanentes con fábricas, sindicatos y
organizaciones de campesinos pobres.
La
judicatura adquiere también
un carácter profundamente
democrático. Está organizada de tal
modo que las grandes masas de trabajadores puedan
tomar parte en la labor de los tribunales. Los jueces
son nombrados por elección, su nombramiento puede
ser revocado y han de rendir cuenta de su labor. En la vista de
las causas son
asistidos por vocales
populares.
Está garantizada la
independencia completa de los tribunales. Estos se convierten en
instrumento de educación, el carácter de las penas
cambia; siempre que ello es posible, se aplica la condena condicional, se
recurre a la censura pública,
la reclusión es sustituida por el trabajo
obligatorio sin pérdida de libertad,
etc. Esos mismos
principios
democráticos inspiran la labor de las milicias.
El
Estado de los
trabajadores crea también órganos que no pueden concebirse
dentro de ningún
otro régimen. Así es, por ejemplo, el aparato de
planificación y dirección de la economía nacional,
que se hace necesario para la reconstrucción
socialista. El poder de la clase obrera instituye asimismo organismos
para la dirección
de la vida
cultural y
la educación de
los ciudadanos, que se
291 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, págs.
180-181.
caracterizan
muy especialmente por
su amplio espíritu democrático y
por el margen que dejan para la iniciativa de los trabajadores.
Todos los organismos estatales de la dictadura del
proletariado se apoyan
en las masas
populares,
mantienen constante relación con ellas, las escuchan
y se encuentran bajo su control. La gran mayoría del
personal que pasa a formar parte de los nuevos organismos de la dictadura del
proletariado son trabajadores. En Rusia el papel decisivo en esta tarea
correspondió a la
clase obrera. A
través de los Soviets, los sindicatos y los comités
fabriles, miles y miles de obreros fueron enviados a los Comisariados del
Pueblo, a los puestos de mando del ejército y a la dirección de la industria.
Así, el núcleo inicial del Comisariado de Asuntos Exteriores lo constituyeron
obreros de la
fábrica Siemens-Schuckert
(actualmente Elektrosila) y marineros del Báltico; el Comisariado del Pueblo
del Interior se formó con obreros de la fábrica Putílov; el de Instrucción
Pública, con obreros del barrio de Viborg, de Petrogrado. Muchos miles de
obreros y de trabajadores de otras capas sociales han pasado también a ocupar
cargos de dirección en las democracias populares.
El partido
marxista-leninista dentro de la
dictadura del proletariado.
La conquista del poder por la clase obrera cambia
sustancialmente la situación de su combativa
vanguardia, del partido marxista-leninista. Anteriormente era
el partido de
una clase que luchaba por el poder; ahora es el partido
de la clase gobernante.
La experiencia de los países socialistas demuestra
que después de la revolución no decae el papel del
partido marxista como dirigente de la clase obrera y
de todos los
trabajadores; al contrario,
crece
incomparablemente. Es ya responsable de cuanto
ocurre en la sociedad, de la política del Estado de dictadura del
proletariado, del desarrollo
de las
fuerzas productivas y de la cultura, del incremento
del bienestar del pueblo.
Las transformaciones revolucionarias que el poder de
la clase obrera está llamado a cumplir son tan complejas, y tan grandes las
fuerzas que se resisten a
la construcción de la nueva sociedad, que el éxito
es únicamente posible asegurando la unánime voluntad
del proletariado y con una profunda comprensión de
las leyes del desarrollo social; en una palabra, cuando existe un claro
programa de acción. Todo esto se lo
da a la clase obrera su vanguardia, su parte más
consciente y firme, capaz
de expresar
consecuentemente los intereses del proletariado y de
todos los trabajadores. Por eso decía Lenin que sin un partido de
hierro y templado
en la lucha,
sin un
partido
que goce de
la confianza de
cuanto de honrado hay en la
clase, sin un
partido que sepa pulsar el sentir de las masas e influir
sobre ellas, no se concibe el éxito en la lucha por el socialismo.
En el período de lucha por el poder es posible la
existencia de varios partidos obreros, aunque si entre
ellos no hay unidad de acción la lucha de la clase
obrera tropieza con grandes dificultades. Después del
triunfo de la clase obrera, la necesidad de
fortalecer las posiciones del nuevo poder y de asegurar la unanimidad en la
dirección de la sociedad, impone de
ordinario la creación de un solo partido marxista-
leninista. Ese es
el camino que
siguieron, por
ejemplo, los Partidos Comunistas y Socialdemócratas
de Checoslovaquia, Polonia, República Democrática Alemana y
otras democracias populares,
donde al
iniciarse el período de transición se crearon
partidos obreros unificados según la ideología y los principios
orgánicos del marxismo-leninismo.
El
papel del partido
marxista dentro de
la dictadura de la clase obrera no es el que de ordinario
corresponde a un partido de la clase gobernante. Su
situación en el Estado no la determinan sólo los votos
obtenidos en las elecciones, sino también la misión
histórica de la clase obrera como dirigente natural de la sociedad en su marcha
hacia el comunismo.
Justamente por ello, los enemigos de la clase
obrera, que luchan
contra su poder,
tratan de
quebrantar
la fuerza dirigente
y orientadora del Partido Comunista. Este ha de marcar la
pauta en todas las actividades
del Estado y
determinar su
política, circunstancia que se aprovecha para
tergiversar los hechos
y presentarlos como
si la
dictadura
del proletariado fuese
la dictadura del
Partido. A esta falsificación recurrieron, por
ejemplo, los zinovievistas en la U.R.S.S.
Entre
los revisionistas actuales,
unos niegan el
papel dirigente del Partido y otros, aunque lo
admiten de palabra, lo combaten de hecho. En todo caso, lo
reducen hasta tal punto, que en realidad empujan al
Partido a la renuncia completa a la dirección de la
construcción socialista. Los revisionistas afirman que el Partido ha de
limitarse a ser un "factor ideológico", un "factor de desarrollo
de la conciencia socialista", pero no una fuerza política. Miran
despectivamente la labor del Partido en la economía y su trabajo para organizar
las nuevas relaciones económicas, y no admiten la necesidad de su influencia
decisiva en la política interior y exterior del Estado. El partido de la clase
dirigente es reducido así a la situación de una organización educativa puesta
al margen de las tareas más importantes que resuelve la clase. En la práctica,
esto puede conducir sólo a un incremento de la influencia de fuerzas políticas
hostiles a los trabajadores en el seno de la sociedad y del Estado.
Lo que precisamente da más fuerza a la dictadura del
proletariado es que toda su labor se basa en una voluntad única, es orientada
por el Partido según una idea única. Apoyándose en la teoría del marxismo-
concretas, el Partido traza la línea política en
todas las esferas de la construcción socialista -economía, administración,
ejército, educación, política exterior- y dirige su aplicación en la práctica.
Después de que la resistencia de las clases
derribadas ha sido vencida y de que el poder se ha consolidado, la
labor principal del
Partido es el trabajo de organización, sobre todo en el
terreno de la construcción económica. "Debemos dedicarnos a los asuntos
prácticos", dijo Lenin en cuanto el Partido se vio en condiciones de pasar
a la construcción de paz; ahora "la labor económica es obra de todos
nosotros. Es para nosotros la política más interesante".292
¿Cómo ejerce el Partido su papel de dirección
dentro de la
dictadura del proletariado?
Para ello
actúa a través de los organismos de gobierno y de
las
organizaciones sociales de masas, orientando sus
esfuerzos hacia una misma meta. Pero la dirección de los organismos públicos y
de las organizaciones sociales no significa suplantar su labor. La labor del
Partido podría compararse a la función del director de orquesta, que armoniza
el conjunto sin pretender ocupar el puesto de ninguno de los ejecutantes. El
Partido asegura la realización de su política a través de sus miembros, que
trabajan en la Administración pública y en las organizaciones sociales.
Los principios por los que se rigen las relaciones
de los organismos del Partido y del Estado fueron elaborados por Lenin, y
encuentran reflejo en los acuerdos de los Congresos del Partido. El VIII
Congreso, celebrado en 1919, indicaba: "En ningún caso se deben interferir
las funciones de los comités del Partido y de los órganos del Estado, que son
los Soviets... El Partido ha de aplicar sus acuerdos a través de los organismos
de los Soviets, dentro del marco de la Constitución Soviética. El Partido trata
de dirigir la labor de los Soviets, pero no de reemplazarlos." A este
mismo principio se atiene el Partido en cuanto a las organizaciones sociales,
sin admitir la imposición ni la tutela en toda clase de asuntos secundarios.
El Partido, para toda su labor, se apoya por entero
en las masas trabajadoras. Los comunistas son sólo una parte pequeña en el mar
del pueblo y el Partido únicamente
puede conducir tras
de sí al
pueblo cuando expresa acertadamente lo que el pueblo comprende y cuando
sabe convencerlo. Por eso decía Lenin que la tarea del Partido consiste en
"saber determinar fielmente en cualquier asunto y momento el sentir de las
masas, sus verdaderas aspiraciones, necesidades e ideas; saber determinar, sin
sombra de falsa idealización, el grado de su conciencia y la influencia que
sobre ellas ejercen unos u otros prejuicios
y supervivencias de
tiempos antiguos; saber ganarse
la confianza ilimitada de las masas mostrando hacia ellas un espíritu de
camaradería y
leninismo
y en el
estudio de las
condiciones
292 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, págs.
406, 407.
dando celosamente satisfacción a sus
necesidades".293
Los
partidos
marxistas-leninistas que se encuentran en el poder gozan del ilimitado
apoyo de
los
trabajadores. Eso les
da enorme fuerza
y
prestigio. Pero esto mismo encierra el peligro de
que el Partido gobernante se vea ganado por el engreimiento, crea en su
infalibilidad, lo cual puede separarle de las masas. Por eso los Partidos
Comunistas, después del triunfo de la revolución, atribuyen tanta
importancia a la
crítica y la autocrítica como remedio seguro contra la
osificación y el estancamiento, desarrollan la democracia interna y se
preocupan por elevar el papel de vanguardia de los comunistas.
Cuando los Partidos Comunistas se encuentran en el
poder, se presenta el peligro de la afluencia a sus filas de elementos
desaprensivos que no acuden a él por motivos nobles, sino impulsados por la
esperanza de beneficiarse. La composición del Partido no puede por menos de
influir sobre su trabajo, y de ahí que los Partidos de los países que han
entrado en la vía del socialismo
regulen su propia
composición, establezcan un período de prueba, con admisión condicional,
y adopten otras medidas encaminadas a evitar que se filtren en sus filas
elementos extraños. A fin de regular su composición, el P.C. de la U.S.
estableció en el período de transición diversas condiciones, por las que se
facilitaba el ingreso a los obreros y se ponían dificultades a quienes
provenían de la pequeña
burguesía. Esto ayudó
al Partido a hacer frente a las influencias
pequeñoburguesas. Además, se llevaban a cabo depuraciones periódicas, que
ayudaban a eliminar a los elementos extraños que hubiesen logrado penetrar en
el Partido. En la mayoría de las democracias populares europeas, a partir de
1947 y 1948 se establecieron temporalmente restricciones para el ingreso en el
Partido.
Esta preocupación por la pureza de sus filas
contribuye a fortalecer
la unidad de
los Partidos
Comunistas.
La unidad del
Partido tiene una
importancia todavía mayor dentro de la dictadura del
proletariado. La lucha de clases no cesa y adopta
unas formas más complejas, por lo que el Partido
experimenta la presión no sólo de los restos de las
clases capitalistas que se oponen a la construcción del socialismo, sino
también de las vacilaciones de los elementos inestables dentro de la masa de
trabajadores. En estas condiciones, cuando representa la fuerza que orienta y
estructura la dictadura del proletariado,
si el Partido
no conserva su
unidad puede llegarse a una situación grave dentro de la dictadura, a la
escisión de la alianza en que ésta se apoya. "Quien debilita lo más mínimo
la disciplina de hierro del partido del proletariado (especialmente durante su
dictadura) ayuda de hecho a la burguesía contra el proletariado"
(Lenin).294
293 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, págs.
166-167.
294 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 27.
La violencia de la lucha de clases en el período de
transición del capitalismo al socialismo tuvo en la U.R.S.S. su reflejo en la
lucha dentro del Partido. Los trotskistas, oportunistas de derecha y otros
grupos antileninistas, que expresaban la ideología de las clases explotadoras
suprimidas, trataron por todos los medios de quebrantar la unidad del Partido
cuando propugnaban por la libertad de fracciones. Si se hubieran salido con la
suya, esto habría significado el comienzo del fin de la dictadura del proletariado.
Papel
de las organizaciones sociales.
Dentro de la dictadura del proletariado, un papel
importante en el Estado corresponde a los sindicatos.
De órganos que eran de lucha contra el capital, se
convierten en los auxiliares más activos del poder, en
el semillero de donde sale nuevo personal dirigente
y de donde llegan propuestas para mejorar la marcha de los
trabajos. Refiriéndose al
papel de los
sindicatos después de la toma del poder, V. I. Lenin
los define como
escuela de administración y
dirección, como escuela de comunismo.
En la U.R.S.S., la participación de los sindicatos
en la
dirección del Estado
y de la
producción
adquirió
formas muy diversas
inmediatamente después de la Revolución de Octubre. Ayudaron a
crear los organismos económicos, tomaron parte en la
elaboración de los planes de las empresas y controlaron la labor de los
dirigentes de la economía.
Más tarde, al avanzar la construcción socialista,
aparecieron formas de la actividad social como las
reuniones de producción, las conferencias técnicas,
las sociedades científicas y técnicas, de inventores y
racionalizadores de la producción, etc.
La participación de los sindicatos en la dirección
no puede significar,
sin embargo, que
se les
encomienden funciones de gestión administrativa.
Esta desviación anarcosindicalista, como
indicaba
Lenin, es teóricamente equivocada y prácticamente
dañosa. La organización más universal de la clase obrera después de la
revolución es el poder estatal, y
sólo éste, en nombre de la clase obrera y de todos
los trabajadores, puede dirigir los medios de producción,
que han sido convertidos en propiedad de todo el
pueblo. Además, si los sindicatos ejercen por sí mismos la dirección de los
asuntos generales o la
ponen en manos del personal de las empresas, se
vendría abajo el
principio del plan
único y la
economía quedaría desorganizada.
Las formas en que los sindicatos participan en la
dirección de la producción son distintas en los países
socialistas. En Polonia actúan a través de las
conferencias de dirección
obrera, creadas en las
empresas. En China existe el sistema de asambleas de
representantes de obreros y empleados. Hay también otros muchos métodos de
participación de
los
sindicatos en la
gestión de los
asuntos económicos y de
carácter general. La
experiencia demuestra que allí donde se opone a los sindicatos otros
organismos autónomos -como son los "consejos obreros" de Yugoslavia-,
disminuye la influencia sobre la producción de las organizaciones generales de
clase, del Partido y de los sindicatos.
Aun cuando la clase obrera se encuentre en el poder,
los sindicatos no dejan de cumplir la función
de
defensa de los
intereses económicos de los
trabajadores. Los sindicatos, decía V. I. Lenin,
"han perdido una base como la lucha económica de clase,
pero
están muy lejos
de haber perdido,
y por
desgracia pasarán muchos años antes de que puedan
perderla, una base como la «lucha económica» sin carácter de clase, en el
sentido de lucha contra las deformaciones burocráticas del aparato soviético,
en el sentido de protección de los intereses materiales y espirituales de las
masas trabajadoras por caminos y medios que no están al alcance de ese aparato,
etc..."295
Junto a los sindicatos, en todos los países de
dictadura del proletariado hay otras
organizaciones de masas. Las
cooperativas de campesinos y artesanos,
en sus distintas
formas, permiten incorporar a la
dirección democrática de la economía a masas enormes de la población, las
educan y estimulan en ellas la conciencia social y socialista. Dentro del
Estado y en la vida económica y cultural cumplen un importante papel las
organizaciones juveniles. Al establecerse el poder de la clase obrera adquieren
gran extensión las sociedades voluntarias de trabajadores, así como las
asociaciones de escritores, artistas, compositores, etc.
Por lo tanto,
con la dictadura
del proletariado surge todo
un sistema de
dirección democrática
basado en
la actividad e
iniciativa de las
grandes
masas. Desaparece por primera vez el divorcio que
existía entre el aparato de dirección del pueblo, típico
de los Estados
de explotación y
que engendra un
fenómeno social como es el burocratismo.
La propia naturaleza del Estado burgués lleva en
sí ya
el burocratismo. Dentro
del capitalismo, el
burocratismo es un sistema de dirección en el que el
poder pertenece a funcionarios apartados del pueblo,
fuera de hecho del control del pueblo y que se
hallan al servicio de las clases explotadoras. Se comprende que el Estado de la
clase obrera no engendra de por sí
el burocratismo, pues se trata de un Estado que es
obra del propio pueblo y se encuentra a su servicio y
bajo su control. Y no obstante, la clase obrera ha
de combatir el burocratismo durante largo tiempo después de su victoria, sobre
todo en manifestaciones
como el formalismo y la indiferencia, el divorcio de
las masas y
el papeleo inútil.
Las deformaciones
burocráticas bajo la dictadura del proletariado son
supervivencias del sistema capitalista. Hay que tener presente también que, en
el período de transición del
terreno abonado en el atraso de las capas
pequeñoburguesas de la población. Sus manifestaciones pueden conservarse, y
hasta incrementarse de tiempo en tiempo, si se debilita el control de las masas
sobre el aparato del Estado, si no se presta la atención debida al ejercicio de
dicho control a través de las formas más diversas. La democracia interna propia
de la dictadura del proletariado da la base para superar las tendencias
burocráticas mediante una incorporación todavía más amplia de las masas a la dirección
y el control desde abajo en sus distintas formas. Obligación primordial del
poder obrero es utilizar todas estas condiciones. "De este enemigo -decía
Lenin- debernos limpiarnos, y lo conseguiremos con la contribución de todos los
obreros y campesinos conscientes."296
3.
Variedad de formas de la dictadura del proletariado
El poder de la clase obrera se deriva de la lucha
que cada pueblo sostiene por su liberación y se
halla orgánicamente relacionado con las características y
condiciones de esa lucha. Por eso adquiere formas
diversas en los distintos países "Todas las
naciones llegarán al socialismo
-escribía Lenin-; esto
es
inevitable.
Pero no llegarán
de la misma
manera
exactamente, cada una aportará rasgos propios en una
u otra forma de democracia, en una u otra variedad de la dictadura del
proletariado, en uno u otro ritmo de las transformaciones socialistas dentro de
los distintos sectores de la vida social."297
Una cosa es cuando la dictadura del proletariado
vence en
un país subdesarrollado con
una clase obrera poco numerosa y
en el que predominan los campesinos, y otra cuando triunfa en países muy
desarrollados donde los obreros son la mayoría de la población. Una cosa es la
dictadura del proletariado en un país donde imperaba un régimen monárquico y
otra cuando se implanta allí donde la democracia parlamentaria tenía hondas
raíces.
Las formas de la dictadura del proletariado se
estructuran en dependencia de la correlación de las
fuerzas de clase en la revolución y de la violencia
de
su choque. Si las clases dominantes se resisten
desesperadamente y la revolución adquiere gran virulencia, la clase obrera se
ve obligada a destruir por completo todas las viejas instituciones políticas en
que se apoyaba la burguesía. Y al contrario, si en el curso
de la revolución
se consigue una superioridad tal sobre la reacción que el
poder pasa a la clase obrera, por vía pacífica, resulta posible aprovechar
algunos de los viejos órganos políticos, como es, por ejemplo, el Parlamento,
aunque transformándolo de conformidad con los intereses de la construcción
socialista.
Las
formas de la
democracia política que se
capitalismo al socialismo, el burocratismo encuentra
296 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
199.
295 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág. 79.
297 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 58.
establecen después del triunfo dependen de cuáles
son las
fuerzas motrices de
la revolución. Cuanto más amplio es el frente de los aliados
de la clase obrera, es decir, cuanto más amplia es la base social de la revolución,
tanto más reducida es la capa contra la cual se emplea la violencia y más
amplia es la democracia proletaria.
Mas con todo el valor que tienen estos factores
objetivos, lo más
importante es la
acción
revolucionaria de las masas populares y la actividad
consciente de los partidos marxistas-leninistas. Estos
partidos, sin abandonar su fidelidad al principio de
la dictadura del proletariado,
no convierten en un
fetiche una u otra de sus formas concretas. Ninguna
de ellas es algo que pueda ser transportado
mecánicamente de unas condiciones a otras. En la
elaboración de las formas del poder político de los
trabajadores, los partidos revolucionarios de la clase obrera tienen
presente tanto las
condiciones y
características nacionales de sus países como la
experiencia del movimiento obrero internacional.
El
Poder Soviético.
La primera dictadura del proletariado que la
historia conoce triunfó en Rusia bajo la forma de
Soviets
de diputados de
obreros, soldados y
campesinos. Esta forma de organización estatal era
producto de las
necesidades de lucha
de la clase obrera y fue obra de las propias masas.
Los
Soviets habían nacido
en el curso
de la primera revolución rusa (1905-1907).
Inmediatamente después de la revolución
democrático-burguesa de febrero
de 1917,
reaparecieron
los Soviets, pero
no en algunas ciudades solamente, y no como
Soviets de obreros, sino también de
soldados y campesinos.
La
Revolución de Octubre de 1917 concentró en sus manos
todo el poder.
El Poder Soviético daba por primera vez vida a los
principios generales de la dictadura de la clase obrera expuestos por el
marxismo-leninismo y ponía
de manifiesto los rasgos típicos que diferencian al
Estado proletario del Estado burgués. Al propio
tiempo, reflejaba ciertas
características que venían
determinadas por las condiciones de la construcción
del
socialismo en la
U.R.S.S. Sobre la
labor del
Poder Soviético no podía por menos de dejarse sentir
la circunstancia de que había aparecido en un país económicamente atrasado, en
el que durante largos siglos imperó un régimen monárquico feudal.
La clase obrera rusa, la primera en derribar la
dominación del capitalismo, hubo de chocar con la
resistencia
terriblemente desesperada de
las clases
explotadoras.
La Unión Soviética
se vio durante largo tiempo sola frente al mundo
capitalista, del que no podía esperar nada bueno. Por eso, según palabras de
Lenin, la dictadura del proletariado tuvo que ser establecida en Rusia "en
su forma más rigurosa". A
las condiciones específicas de la Unión Soviética se
deben ciertas limitaciones de la democracia a que la clase obrera hubo de
recurrir en el período de transición del capitalismo al socialismo, como, por
ejemplo, la privación de derechos electorales a los individuos de
las clases explotadoras.
Hay que señalar, sin embargo, que
el número de personas desposeídas de sufragio activo y pasivo fue muy reducido.
¿Qué
características propias presentan
los Soviets? Desde el primer momento se presentaron abiertamente como
organizaciones de clase, que de hecho concedían la posibilidad de elegir y de
ser elegido sólo a los obreros y campesinos y a las capas de intelectuales
afines a ellos. En el período de transición los Soviets eran elegidos no según
el principio territorial, sino directamente en los lugares de trabajo:
fábricas, talleres, unidades militares y aldeas y pueblos.
En un país
pequeñoburgués como era
Rusia, donde predominaban los campesinos, no tenían igual representación
en los Soviets la población urbana y la rural. La clase obrera, numéricamente
en minoría, necesitaba tener durante
algún tiempo ciertas ventajas políticas con objeto de
dirigir a los campesinos.
Millones de trabajadores pudieron ejercitarse en los
Soviets en el trabajo de dirección de los asuntos públicos. Durante los diez
primeros años ascendió aproximadamente a 12.500.000 el número de diputados,
miembros de los Comités Ejecutivos y delegados a los Congresos de los Soviets.
El Poder Soviético no se limitó a proclamar el
derecho de las naciones a la autodeterminación, hasta
llegar a la
separación y formación
de Estados
independientes. También garantizó esta libertad en
la práctica, mediante la agrupación federal y libre de
todos los pueblos en igualdad de derechos. La Unión
de
Repúblicas Socialistas Soviéticas,
formada en
1922, se basa en una auténtica libertad e igualdad
de derechos de las naciones que la integran.
El desarrollo de la lucha de clases en el país
condujo al establecimiento del sistema de un partido
único de dirección política de los Soviets. El
Partido Comunista, ya entre febrero y octubre de 1917, conquistó la
mayoría en los
Soviets y otras
organizaciones de masas. Los trabajadores tuvieron
ocasión de convencerse de que era el único partido
con un programa real de lucha por la paz, la tierra
y la libertad, por unas profundas transformaciones sociales, y
que era capaz
de llevar ese
programa
adelante. Todos los demás partidos perdieron la
confianza de las masas.
No obstante, aun disponiendo del apoyo de la
inmensa mayoría del
pueblo, los comunistas
no tenían el menor propósito de expulsar a los demás
partidos de los órganos de poder y de prohibir sus
actividades. "Nosotros queríamos
-dijo Lenin en noviembre de 1917- un gobierno soviético
de coalición. Nosotros no excluíamos del Soviet a nadie."298
La terrible guerra civil que se desencadenó en el
país puso a todas las fuerzas políticas ante la disyuntiva: o con la burguesía
contra el proletariado, o con el proletariado contra la burguesía. Todos los
partidos pequeñoburgueses, uno tras otro, se pasaron al campo de la
contrarrevolución. La que más tiempo vaciló
fue el ala
izquierda del partido
de los socialistas revolucionarios (eseristas).
Los comunistas trataron de
incorporarlos a la participación política en el gobierno. En
diciembre de
1917 siete representantes de este partido pasaban a
formar parte del Gobierno soviético. Pero en julio de
1918 los eseristas
de izquierda se
lanzaron a una
rebelión contrarrevolucionaria. El Partido Comunista
quedó en el país como la única fuerza que luchaba por fines que respondían a
los intereses de los trabajadores. Por lo tanto, el carácter de partido único
que ostenta la
dictadura del proletariado
en la U.R.S.S. es fruto de las
condiciones concretas de la lucha de clases.
El Poder Soviético sirvió de modelo como
dictadura de clase
del proletariado. Sólo
con un
instrumento
semejante fue posible
resistir en la
guerra civil, destrozar a los intervencionistas,
poner fin a la desorganización y ruina de la economía, construir el socialismo
en un solo país y elevar las capas
más bajas del
pueblo hasta el
nivel de la cultura contemporánea.
La
democracia popular.
El desarrollo del movimiento internacional de
liberación ha dado a conocer otra forma de poder de los trabajadores: la
democracia popular. Después de la segunda guerra mundial esta forma se ha
consolidado en una serie de países de Europa Central y Sudoriental y de Asia.
Aun con todos los rasgos fundamentales comunes que la aproximan a la forma
soviética, la democracia popular presenta sus características.
La democracia popular nació en unas condiciones
en que la distribución
de las fuerzas de clase
era
distinta que en el momento de la aparición de los
Soviets en Rusia. Durante la guerra de liberación
contra el fascismo,
en Polonia, Checoslovaquia,
Hungría,
Rumania, Bulgaria y
Yugoslavia se
constituyeron frentes únicos de las fuerzas
antifascistas y democráticas. Dicho frente único comprendía a los obreros, que
desde el principio mismo desempeñaron el papel dirigente, a todas las capas de
campesinos, a las capas medias de la burguesía urbana y también a una parte más
o menos considerable de la burguesía media y a los intelectuales movidos por
sentimientos patrióticos.
Una base social
más amplia de
la revolución
298 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, págs.
235-236.
exigía una nueva forma del poder de la clase obrera.
Esta fue la democracia popular, como nueva forma de poder del pueblo que cumple
las funciones de dictadura del proletariado. Su aparición tiene profundas raíces
en toda la
situación de la
actual etapa de la crisis general del capitalismo, y refleja los cambios
de clase producidos en el mundo capitalista: aislamiento cada vez mayor del
gran capital, agrupación de grandes fuerzas del pueblo bajo la dirección de la
clase obrera y una aproximación todavía mayor de las tareas democráticas
generales y socialistas.
La
democracia popular, a
diferencia del Poder
Soviético, no comenzó desde el primer momento a
cumplir las funciones de dictadura del proletariado.
En algunos
países, durante la primera etapa de la
revolución, los Partidos Comunistas y Obreros no
disponían aún de una mayoría sólida en los Parlamentos y gobiernos de
coalición. Gozaban, sí, de gran influencia entre las masas, pero parte
considerable de los campesinos, de los intelectuales y de las capas medias
seguía a otros partidos.
En la primera etapa, el Estado popular no era aún
dictadura del proletariado. Era el poder democrático
del
pueblo dirigido contra
el fascismo y
sus servidores dentro del país. Por su esencia de clase,
dicho poder era la dictadura democrática
revolucionaria del proletariado y los campesinos a que Lenin
se refiere en
Dos tácticas de
la
socialdemocracia
en la revolución
democrática,
aunque manifestada en una forma nueva, que recogía
las características de la situación histórica. La clase
obrera, desde el primer momento, cumplió un papel
de dirección en la coalición democrática, si bien en
el período que sigue
a la revolución
popular democrática compartía el poder con otras clases. Era un Estado
intermedio, de transición,
cuya suerte futura dependía ya de
la correlación de las fuerzas de clase en el seno del bloque democrático, de
los resultados de la lucha de clase entre los trabajadores y los elementos
burgueses de derecha.
Cuando la liberación nacional fue conseguida, los
grupos burgueses de derecha, que hasta entonces venían colaborando con la clase
obrera, quisieron apartarla de la dirección y orientar la marcha del país por
la vía capitalista. Allí donde la burguesía era más fuerte, como, por ejemplo,
en Checoslovaquia, trató abiertamente de dar un golpe y adueñarse por completo
del poder. La clase obrera, sin embargo, con
el apoyo de
las grandes masas
del pueblo, paralizó estos
intentos de la burguesía y se puso a la cabeza del movimiento popular hacia el
socialismo. Por iniciativa del
partido de la
clase obrera se llevaron a cabo hondas transformaciones de
carácter socialista y los comunistas ganaron una influencia absoluta entre
todas las capas
del pueblo. La dirección del bloque democrático pasó a
la clase obrera y sus
partidos, mientras que
el Estado de democracia popular pasaba a cumplir las
funciones de dictadura del proletariado.
Una alianza más amplia de las fuerzas de clase,
sobre la cual se asienta la democracia popular, ha
permitido ensanchar el marco de la democracia
política. La privación de derechos políticos afectó a
un reducidísimo número de servidores de los nazis,
que habían hecho traición a su patria. La democracia, desde el comienzo mismo,
se extendió a todas las
capas de campesinos, a la pequeña burguesía urbana,
a los intelectuales y a las demás fuerzas nacionales y
democráticas.
Una base social todavía más amplia tuvo el poder
popular en China. El frente de liberación nacional
comenzó a formarse en el período de la lucha contra
los japoneses y agrupó a todas las capas del pueblo,
sin excluir a la numerosa burguesía nacional. Al
constituirse la República Popular China, la gran mayoría de
los aliados de
la clase obrera
se fue
manifestando
paulatinamente en favor
del socialismo.
Si bien los Soviets y la democracia popular, como
dos formas del poder de los trabajadores dirigido por la clase
obrera, tienen una
misma esencia y son
iguales en lo fundamental, entre ellas hay
diferencias, que se explican por la peculiaridad de la situación
histórica en que una y otra aparecieron.
¿Cuáles son esas diferencias?
Primero,
en diversos países
de democracia popular se
ha conservado el
sistema de varios
partidos,
correspondiendo el papel
dirigente a los
partidos marxistas. A diferencia de Rusia, donde la
revolución proletaria tuvo enfrente no sólo a los partidos burgueses y de
terratenientes, sino también a los pequeñoburgueses, en China y otros países de
democracia popular muchos de estos partidos han apoyado el paso a la etapa
socialista de la revolución. Admiten el papel dirigente de la clase obrera y de
su partido marxista-leninista, y
actúan conjuntamente con él en la
empresa de llevar la sociedad por el camino del socialismo. Así son, por
ejemplo: en Checoslovaquia, el Partido Socialista, el Popular, el Partido de
la Libertad y
el del Renacimiento Eslovaco; en
Polonia, el Partido
Campesino Unificado y el Democrático; en el Frente Nacional de la
República Democrática Alemana se encuentran, además de los partidos de la clase
trabajadora, varios partidos democrático-burgueses. También hay varios partidos
en Bulgaria. Representantes de dichos partidos figuran en los gobiernos de
coalición de varios países. El peculiar desarrollo de la revolución ha derivado
en Rumania y Albania al establecimiento del sistema de un solo partido. En
China, además del Partido Comunista, tenemos: el Comité Revolucionario del
Kuomintang, que agrupa a la pequeña burguesía urbana y a parte de la burguesía nacional;
la Asociación de la Construcción Nacional Democrática, que
se compone principalmente de
industriales, parte de la burguesía comercial y de
técnicos con ellos relacionados; la Liga Democrática, la Asociación
de Ayuda al
Fomento de la Democracia, el Partido Democrático Obrero
y Campesino, y otros.
Segundo, los Partidos Comunistas y Obreros de
las democracias populares
cumplen su papel
dirigente no sólo a través de los órganos de poder,
sindicatos y demás organizaciones sociales, como
ocurre en la
U.R.S.S., sino también
a través del
Frente
Popular como nueva forma orgánica
de la
alianza de la clase obrera, los campesinos, la
pequeña burguesía y los intelectuales. Los Frentes Nacionales, constituidos en
el período de lucha por el poder, se mantienen
en la etapa
de construcción del socialismo: el Frente Nacional de checos
y eslovacos en Checoslovaquia, el Frente Patrio en Bulgaria, el Frente
Democrático en Albania, el Frente Nacional en la República Democrática Alemana,
etc.
Tercero, la democracia popular presenta algunas
características en cuanto a la estructura del aparato de poder y
de gobierno. Al
ser constituido dicho aparato, en algunos países se
conservaron ciertas formas de representación
nacional. En ocasiones se trataba de las tradicionales instituciones
parlamentarias, si bien transformadas: la Asamblea Nacional en Checoslovaquia,
la Dieta en Polonia, etc.
También
se ha seguido
en los países
de democracia popular un
camino distinto para
la
demolición del viejo aparato estatal. En algunos de
ellos, ya durante las transformaciones democráticas
se pasó a la supresión de sus partes más
reaccionarias
(ejército, policía, etc.), que estuvieron al
servicio del fascismo, siendo sustituidas
por organizaciones
nuevas,
democráticas.
Posteriormente, todo el
aparato de dirección fue transformado gradualmente
en consonancia con
las necesidades de
la
construcción socialista.
En los bloques nacionales de algunos países de
democracia popular figuraban capas más o menos amplias de la burguesía. Esto
planteó un nuevo problema: el de organizar simultáneamente la colaboración y
reeducación de clases
enteras que antes habían
pertenecido al campo
de los explotadores.
Una experiencia interesante de política de alianza
con la
burguesía, sin dejar
de combatir sus
fluctuaciones,
ha sido reunida
en la República
Popular China, donde capas importantes de la
burguesía nacional apoyaron la revolución democrático-nacional. La colaboración
de la clase obrera con la burguesía prosigue en la etapa de construcción del
socialismo. Para la transformación en socialista de la propiedad de esas capas
se ha recurrido a métodos que combinan los intereses de la construcción del
socialismo con los intereses de los aliados de la clase obrera; por ejemplo, la
formación de sociedades anónimas
mixtas con capital
del
Estado y privado. El Estado adquiere parte de los
medios de producción a la burguesía, a la vez que se orienta hacia la
limitación de las empresas privadas y la transformación gradual del sector
capitalista en socialista. Paralelamente, practica una política de reeducación
de la burguesía, la incorpora a un trabajo socialmente útil y pone en juego
ampliamente la experiencia de las capas burguesas de la población, sus
conocimientos técnicos y sus hábitos de dirección de las empresas.
No tendríamos razón al suponer que las
transformaciones socialistas llevadas a cabo en China
y demás democracias populares han transcurrido en
un ambiente idílico de paz y colaboración de clases.
La lucha
entre las fuerzas
y tradiciones de la
sociedad vieja, burguesa, y las fuerzas de la
sociedad
nueva, socialista, abarca allí a todas las esferas
de la vida. Buena confirmación de que esto es así la tenemos en
las intentonas de
los elementos de derecha en China, en la rebelión de la
contrarrevolución en Hungría y en el recrudecimiento de las acciones
antisoviéticas de clericales y revisionistas en Polonia en 1956 y 1957.
La
experiencia de las
democracias populares señala la
posibilidad de una
base de clase
de la
revolución proletaria más amplia de la que existió
en
Rusia. Se ha demostrado en la práctica que es
posible pasar al socialismo utilizando las instituciones representativas
nacionales y conservando el sistema de varios partidos, entre ellos los
partidos democrático-burgueses, siempre y cuando que la dirección del
movimiento esté en manos del partido marxista de la clase obrera.
Posibilidad
de otras formas de poder de la clase obrera.
La experiencia de la Unión Soviética y de las
democracias populares, y
también del movimiento
obrero en los países capitalistas, permite llegar a
ciertas hipótesis sobre la posibilidad de aparición en el futuro de nuevas
formas de dictadura de la clase
obrera, o de un poder del pueblo que cumpla sus
funciones.
El Poder Soviético y la democracia popular confirman
que los rasgos esenciales del Estado de la clase obrera son siempre los mismos.
Ahora bien, la
historia se repite en lo fundamental, y no en los
detalles; de ahí
que el paso
de otras naciones
al
socialismo
podrá engendrar, sin
duda, formas distintas del poder
de la clase obrera.
¿Qué factores determinan esa posibilidad?
Ante todo, la circunstancia de que, en las
condiciones actuales, existe la base para alianzas político-sociales más
amplias que antes, puesto que la burguesía monopolista se enfrenta a toda la
sociedad, sin excluir a ciertas capas de la pequeña burguesía y aun de la
burguesía media. El poder de la clase
obrera que surja
de futuras revoluciones
socialistas puede, por esta razón, apoyarse en una
base social más amplia todavía. Eso quiere decir que se estrechará la esfera de
aplicación de la violencia. En tal caso, la democracia, en el mismo período de
transición, se extendería a capas aún más amplias de la sociedad. Es muy
posible que el poder que surja de las grandes alianzas políticas logre aislar y
mantener sujetos a los elementos reaccionarios sin recurrir a grandes medidas
de violencia.
Las
nuevas formas de
poder del pueblo
que puedan surgir de más amplias alianzas de clase poseerán,
inevitablemente, ciertas características nuevas. No es obligatorio en absoluto
que todos estos Estados, desde el principio mismo, cumplan las funciones de
dictadura del proletariado. Una cosa es la
dictadura del proletariado
como punto del programa
y otra como reivindicación inmediata del día. Sin renunciar ni un solo
momento a la dictadura del proletariado, los partidos revolucionarios la propugnan
como consigna de acción únicamente cuando la situación ha madurado para ello,
cuando existen todas las condiciones necesarias para la revolución socialista.
En China y otras democracias populares, en la etapa revolucionaria dirigida
contra el imperialismo extranjero se lanzó la consigna del poder (dictadura)
democrático del pueblo. Y la experiencia ha demostrado que se pisaba terreno
firme.
En los países con largas tradiciones democráticas,
la forma de la dictadura de la clase obrera, o del
correspondiente
poder del pueblo,
puede ser la
república parlamentaria. Si la clase obrera, en
alianza con todas las
fuerzas democráticas y
patrióticas, logra conquistar por vía pacífica una mayoría parlamentaria
dispuesta a llevar a cabo la nacionalización de la gran industria y otras
transformaciones socialistas, este tradicional órgano de la democracia burguesa
puede convertirse en instrumento de la efectiva voluntad del pueblo. La
conquista de una sólida mayoría parlamentaria, que se apoye en el movimiento
revolucionario de masas de la clase obrera y de todos los trabajadores,
propiciará las condiciones necesarias para la puesta en marcha de radicales
transformaciones socialistas.
Los revisionistas aducen que el parlamentarismo
presupone la existencia de varios partidos y de una
oposición, y que la dictadura del proletariado acaba
con todo esto. Y eso les lleva a negar la necesidad de
la dictadura del proletariado en los países que
poseen hondas tradiciones parlamentarias.
Estas objeciones de los revisionistas no son más
que una simple argucia sin fundamento alguno. La
experiencia de las democracias populares demuestra ya la posibilidad de
conservar el sistema de varios partidos en el período de construcción del
socialismo. Y aunque se
haya revelado la
conveniencia de unificar los
partidos de la clase obrera, no se puede considerar que éste sea el único
camino de evolución
de los partidos políticos en las condiciones propias
de la revolución socialista.
Además del partido marxista-leninista, en el período de
transición pueden existir otros partidos, siempre y cuando quieran la supresión
de los monopolios capitalistas y apoyen el rumbo a la construcción del
socialismo. En tal caso, el partido de la clase obrera habrá de trabajar para
incorporar a todos los partidos y a las capas de población que ellos
representan a la participación activa
en la construcción
del socialismo, manteniendo una flexible política de colaboración. No está excluido, se comprende,
que aun conservándose la unidad en los problemas fundamentales, aparezcan
determinadas discrepancias políticas, que podrán ser salvadas, sin
embargo, democráticamente.
No hay duda de que el movimiento de liberación en
los países de Asia, América del Sur, África y Oriente Medio -con sus acentuadas
características y tradiciones nacionales- dará también origen a formas nuevas
de poder político de los trabajadores. Según escribía Lenin, "las nuevas
revoluciones en los países de Oriente, con una población infinitamente mayor y
con una variedad de condiciones sociales infinitamente más grande, traerán...
sin duda una diversidad mayor que la revolución rusa".299
Los marxistas-leninistas estudian atentamente la
posibilidad de nuevos caminos de la revolución y de nuevas formas del Estado de
la clase obrera; no excluyen, sin embargo, que la marcha de la historia pueda
imponer al proletariado métodos más rigurosos de lucha de clases, a los que
preferiría no recurrir, pero a la utilización de los cuales ha de estar siempre
dispuesto.
Sin embargo, cualquiera que sea la forma en que
se lleve
a cabo la
transición del capitalismo
al
socialismo en uno u otro país, siempre se hallará
sujeta a ciertas leyes generales. Las principales de
ellas, según se indicaba en la Declaración de la
Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros, son la
dirección de la clase
obrera y de su partido marxista en la revolución
proletaria y el
establecimiento de la
dictadura del
proletariado, la alianza de la clase obrera con la
gran masa de los campesinos y con otras capas de trabajadores, y
la defensa de
las conquistas del
socialismo de las agresiones de que sean objeto por
parte de los enemigos de dentro y de fuera.
Las leyes mediante las cuales la dictadura del
proletariado realiza las transformaciones socialistas de la economía son
examinadas en el capítulo que
sigue.
Capitulo XXII.
Principales tareas económicas en el periodo de transición del
capitalismo al socialismo
La clase
obrera toma el
poder con objeto
de utilizar su dominación política para acabar con
el capitalismo y construir el socialismo. Y esto requiere, lo primero de
todo, una transformación radical de la economía.
299 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
439.
Las tareas que esta transformación presupone son
extraordinariamente complejas. A diferencia de las revoluciones del pasado, la
revolución socialista no se lleva a
cabo para reemplazar
una forma del régimen de explotación por otra, sino
para poner fin a toda clase de explotación del hombre por el hombre. De ahí que
el modo socialista de producción, al contrario de todos los anteriores, no
puede surgir por sí mismo, espontáneamente, del seno de la sociedad vieja. Para
crearlo se requieren los esfuerzos conscientes y dirigidos de la clase obrera,
llegada al poder, y de sus aliados.
En la vida de cada país, la transformación
socialista de la economía exige un período de transición. Este período es
imposible saltárselo ni eludirlo aun en el caso de que en el país hayan
madurado por completo todas las premisas materiales del socialismo, aunque no
puedan ser más propicias las condiciones interiores y exteriores en que el
socialismo haya de ser construido.
Ahora bien, aunque la necesidad del período de
transición es una ley general obligatoria para todos los países, en cada uno de
ellos dicho período puede presentar características muy acusadas.
Por ejemplo, la industrialización socialista -que,
como veremos, es
una condición esencial
para el
cumplimiento de las tareas económicas del período
de transición- requerirá esfuerzos mucho menores en
los países muy desarrollados. Pueden presentar diferencias las formas y el
ritmo de la transformación socialista de la agricultura y de las empresas de
los capitalistas medios y pequeños, etc. Finalmente, se observan diferencias
esenciales en cuanto al bienestar de los trabajadores en el período de
transición. Y se comprende que así sea. La dictadura del proletariado es capaz
de asegurar el desarrollo de la economía por la vía más rápida y menos costosa.
Pone fin a la desigualdad social en la distribución de los bienes. Pero no
puede crear la
abundancia en un
abrir y cerrar de ojos. Siempre
hay que partir del nivel de producción de bienes materiales existente.
Las diferencias entre los países -herencia del
pasado- se mantienen largo tiempo. Y está claro que
esas
diferencias infundirán obligatoriamente
características especiales a la construcción del
socialismo y, en cierta medida, a la joven sociedad socialista de cada país
concreto.
No obstante, la experiencia histórica demuestra
que, desde sus
primeros pasos, el
socialismo es
siempre capaz de asegurar una formidable
superioridad sobre el capitalismo. Cierto es que, por la marcha de la historia,
los primeros en entrar por la
vía del socialismo han sido países mediana o
débilmente desarrollados, cosa
que los teóricos
y propagandistas reaccionarios manejan para sus especulaciones. ¿Puede
haber nada más fácil que "aplastar" al socialismo comparando, por
ejemplo, el nivel de vida de Polonia, país arruinado por largos años de guerra
y antes relativamente atrasado, con el de
Suecia, que no
conoció ninguna de las
calamidades impuestas por el conflicto bélico e industrialmente muy
desarrollada? Pero tales especulaciones se vienen abajo pronto, tanto más que
el rápido avance de los países socialistas aproxima la hora en que el
socialismo mundial comience su emulación
con el capitalismo
no sobre una
base ajena, heredada de la vieja sociedad, sino sobre su propia base.
Ahora bien, ¿cómo se crea esa base propiamente
socialista? O con otras palabras, ¿cuáles son las principales tareas económicas
(y tanto más sociales) que trata de cumplir en el período de transición la
dictadura del proletariado?
1. Por
dónde empieza el
poder de la
clase obrera
En la esfera económica, lo principal en el período
de transición es la socialización de los medios de
producción, el rápido desarrollo del sector socialista
y la organización, sobre esta base, de relaciones de
producción nuevas, socialistas. El primer acto de
las transformaciones en el plano económico es la nacionalización de la gran
producción capitalista.
Nacionalización
de la gran industria, transportes y bancos.
En el Manifiesto del Partido Comunista se dice:
"El proletariado utiliza su dominación política
para arrancar a la burguesía, paso a paso, todo el capital, para centralizar
todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del
proletariado organizado como clase
dominante, y aumentar,
lo más rápidamente posible, el conjunto de las fuerzas
productivas."300
La gran burguesía, se comprende, presenta la
nacionalización socialista como
un acto ilegal
y como un "robo". La realidad es que se trata de una medida
absolutamente justa, que, con toda la razón, calificó Marx como
"expropiación de los expropiadores". La gran propiedad capitalista es
fruto de la expoliación
más implacable de
millones de seres, de la
apropiación de las tierras de los campesinos, de la ruina de los artesanos, del
bandolerismo en las
colonias y del
saqueo de las cajas del Tesoro. La riqueza de los
capitalistas aumenta siempre a expensas del trabajo de la clase obrera y de la
ruina de los pequeños productores. Por eso, la revolución socialista no hace
sino restablecer la justicia cuando convierte en patrimonio del pueblo lo que
fue creado por el trabajo del pueblo y por derecho pertenece a los
trabajadores.
300 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV,
pág. 446.
El fin que la nacionalización socialista persigue al
quebrantar la potencia económica de la burguesía y poner en manos del Estado
proletario los puestos de mando dentro de la economía nacional es crear un
nuevo modo de producción.
La historia ha confirmado ya que las formas y
métodos de la
nacionalización pueden ofrecer
diferencias sensibles en cada país.
La nacionalización socialista de los principales
medios de producción fue llevada a cabo por primera
vez por la clase obrera de Rusia. Antes de iniciar
la
nacionalización,
el Poder Soviético
implantó el control obrero.
La industria, el
comercio y las finanzas fueron colocados bajo el control
de los obreros y empleados de cada empresa. La respuesta de la burguesía a esta
medida y a otras semejantes, encaminadas a regular la economía, fue el sabotaje
y la resistencia más desesperada. Esto obligó al Gobierno soviético
a llevar adelante
la nacionalización con gran premura. En diciembre de
1917 eran nacionalizados los bancos, y seguidamente
los ferrocarriles, las comunicaciones y los barcos de
mar y de río, así como algunas empresas
industriales.
En junio de 1918 se anunciaba la nacionalización de
las empresas grandes
en todos los
sectores de la
industria
y de los
ferrocarriles privados. Estas
medidas se llevaron a cabo mediante confiscación,
sin indemnización alguna.
En las democracias
populares europeas, este
mismo proceso de formación del sistema socialista en
la economía transcurrió de manera muy distinta. Los gobiernos
democrático-populares sólo nacionalizaron en un principio las empresas
pertenecientes a los criminales de guerra, a los traidores a la patria que
habían colaborado con el fascismo alemán, y también las empresas de los
monopolios capitalistas. La nacionalización de las otras empresas vino más
tarde, como respuesta a los manejos antisocialistas de la burguesía.
Características muy acusadas presenta la
nacionalización en la República Popular China. El
Gobierno
popular se limitó
al comienzo a nacionalizar las
empresas de la
industria pesada
pertenecientes a las altas capas de la burguesía
comercial intermediaria y burocrática, tomó en sus manos los bancos más
importantes y los ferrocarriles
y estableció el control sobre el comercio exterior y
las operaciones con
moneda extranjera. La
nacionalización no afectó, sin embargo, a capas
importantes de la
burguesía nacional china,
que habían colaborado con la clase
obrera durante la
guerra de liberación y la revolución popular.
En el período subsiguiente de transformación de la
propiedad capitalista, se recurrió en gran escala a
formas diversas de capitalismo de Estado, desde la
simple regulación y el control hasta la creación de
empresas mixtas estatales-privadas. Los capitalistas
que
toman parte en
tales empresas perciben,
en
calidad de indemnización, un interés del cinco por
ciento del dinero invertido (estos pagos habrán de cesar en 1962).
Cualquiera que sea el modo como se realice la
nacionalización socialista, en todo caso sólo afecta a
los
intereses de una
minoría muy reducida
de la
sociedad,
a la vez
que favorece a
su inmensa mayoría. El desarrollo
del capitalismo, al concentrar la propiedad de los medios de producción en
manos de un reducido grupo de gentes, prepara por sí mismo las condiciones para
que esos grandes medios de producción sean transferidos sin conmoción alguna a
su legítimo dueño, que es la sociedad.
La nacionalización socialista no toca en modo
alguno la propiedad
de los pequeños
industriales,
comerciantes y artesanos. Todo lo contrario, en los
primeros tiempos el Estado de la clase obrera
victoriosa les presta ayuda en forma de materias primas, créditos y pedidos, y
en la marcha de las transformaciones posteriores se preocupa de que puedan
ocupar una posición digna en la sociedad nueva. En una carta a los comunistas
georgianos escrita en marzo de 1921, inmediatamente después de haberse
establecido el Poder Soviético en Georgia, Lenin escribía acerca de los
pequeños comerciantes: "Hay que comprender que no trae cuenta alguna
nacionalizar y que incluso hay que hacer ciertos sacrificios para mejorar su
situación y darles la posibilidad de que sigan su pequeño comercio."301
En los países de capitalismo desarrollado, al
procederse a la nacionalización de las grandes empresas capitalistas, se
tendrán presentes, sin duda, los intereses de los pequeños accionistas. Esto se
refiere a los propietarios de una pequeña renta, de pólizas de seguros, etc.
Por lo tanto, la nacionalización socialista es una
de las tareas generales y obligatoriamente necesarias
de la revolución, cualquiera que sea el país donde
la
clase
obrera haya llegado
al poder. La
gran producción capitalista únicamente puede ser convertida en
socialista mediante su nacionalización por el Estado de los trabajadores. Así
se crean los cimientos del sector socialista de la economía, del nuevo modo de
producción. Apoyándose en ese sector, la clase obrera puede iniciar la
transformación de toda la vida económica de la sociedad.
Confiscación
de la gran propiedad agraria.
La clase obrera, que toma el poder en alianza con
otros trabajadores, no puede limitarse a suprimir las relaciones capitalistas;
en muchos países tropieza también con supervivencias del feudalismo.
Esto se refiere, ante todo, a los países
subdesarrollados, y muy especialmente a las colonias
y países dependientes,
donde la tierra
que los
campesinos cultivan pertenece en buena parte a los
grandes propietarios. Mas
las supervivencias del
301 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág.
137.
feudalismo se conservan, en una forma u otra, en
muchos países de capitalismo desarrollado. La propia burguesía adquiere tierra
en ellos y no se atreve a apartar del camino una barrera tan formidable para el
progreso social como es el monopolio de la gran propiedad agraria. De ahí que
en todos los países donde esa gran
propiedad exista -lo
mismo si es feudal que capitalista- la confiscación de
la misma sea una tarea primordial de la clase obrera.
En Rusia, donde los terratenientes fueron hasta
1917 una de las clases dominantes, la tarea no podía
ser más
perentoria. Por eso,
uno de los
primeros
actos
del poder proletario
fue la confiscación
sin
indemnización de sus tierras. El Decreto de la
Tierra, aprobado por el II Congreso de los Soviets de toda
Rusia el 26 de octubre (8 de noviembre) de 1917,
convertía
todo el suelo
en patrimonio del
pueblo. Esto, además de poner fin a la clase de los terratenientes,
significaba un rudo golpe para el poderío económico de la burguesía. Al propio
tiempo se robustecía la alianza de la clase obrera con los campesinos, y las
grandes masas de trabajadores de la
aldea ligaban estrechamente
su suerte a
la del Poder Soviético.
En Rusia quedó
abolida la propiedad
privada sobre toda la tierra, circunstancia ésta que venía dictada por
las condiciones históricas concretas. Las tradiciones de la propiedad privada
de la tierra eran en Rusia más débiles que en el resto de Europa. Durante largo
tiempo en la aldea rusa había imperado la propiedad comunal, con repartos
periódicos de los lotes campesinos. En la conciencia de los campesinos estaba
arraigada la idea de que "la tierra no es de nadie, es de Dios", y de
que sus frutos habían de pertenecer a quien la trabajaba. Por eso la mayoría de
los campesinos apoyó la reivindicación de suprimir la propiedad privada sobre
la tierra.
La situación era distinta en las democracias
populares europeas. La propiedad privada de la tierra
tenía
allí unas tradiciones
muy arraigadas y los
campesinos miraban con recelo la consigna de la
nacionalización. Esta medida no habría hecho más
que dificultar las relaciones entre la clase obrera
y los
campesinos. Por eso el Estado popular se limitó a
nacionalizar únicamente las grandes propiedades.
La mayor parte de la tierra confiscada se entregó a
los
braceros, a los
campesinos pobres, y,
en ocasiones, a los campesinos medios, a precios muy asequibles que
habían de satisfacer a plazos, en el transcurso de diez a veinte años, aunque
fue mucha la que se cedió a título gratuito. La tierra pasaba a ser propiedad
personal, mas con ciertas limitaciones: prohibíase la venta de la misma, salvo
casos excepcionales, la entrega en arriendo, el reparto y la donación, es
decir, todo cuanto puede servir para convertir la tierra en medio de explotación
y de lucro especulativo. Los lotes se calculaban de tal forma que pudiesen
ser cultivados directamente
por el dueño y
su familia. De
ordinario se trataba
de campos que no sobrepasaban de cinco Ha, y sólo en algunos casos
llegaban a 10 y 15 Ha.
La confiscación de la propiedad de los grandes
terratenientes, tanto en
Rusia como en
las
democracias populares, tuvo importancia inmensa en
cuanto a la consolidación política del nuevo poder.
La historia nos dice que la gran propiedad agraria ha sido siempre un apoyo de
la reacción y que los terratenientes son el espinazo de las
contrarrevoluciones.
La confiscación de la gran propiedad agraria no es
de por sí una medida socialista, por cuanto no afecta a las bases de las
relaciones capitalistas. En bastantes países esta confiscación se llevó ya a
cabo en el curso de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX, y la
única consecuencia fue la de propiciar un desarrollo más rápido del capitalismo
en la agricultura. Pero cuando en el poder se encuentran los trabajadores, la
confiscación de la gran propiedad del suelo se convierte en una importante
premisa de las posteriores transformaciones socialistas.
Qué
reciben los trabajadores inmediatamente
después de la toma del poder.
La revolución socialista, que inaugura una época de
vertiginoso desarrollo de las fuerzas productivas, significa también la
redistribución, en favor de los trabajadores, de los bienes materiales de que
la sociedad dispone. Solamente esto proporciona ya frutos perceptibles a los
obreros y campesinos. Se comprende
que el volumen
de los bienes
así recibidos no depende de los deseos del poder revolucionario, sino de
las posibilidades concretas. Cuanto más rico es el país, cuanto más elevado es
el nivel de sus fuerzas productivas, más bienes reciben los trabajadores
inmediatamente después de la revolución.
Rusia se encontraba arruinada en vísperas de la
Revolución de Octubre; no obstante, a pesar de encontrarse en unas condiciones
tan difíciles, la clase obrera y los campesinos no tardaron lo más mínimo en
percibir sus resultados. Fue implantada de hecho la jornada
de ocho horas,
viendo así cumplida
la clase obrera una reivindicación por la que tantos años llevaba
luchando. La jornada de los adolescentes quedó
reducida a seis
horas, se implantó
la protección del trabajador y se prohibió el empleo de mujeres en
labores penosas. Para Rusia, que tenía la jornada de trabajo más larga de
Europa, esto era una importante conquista.
La jornada de ocho horas fue implantada también en
todas las democracias europeas después de la revolución.
En los países capitalistas de un nivel más elevado
en el
desarrollo de las
fuerzas productivas es
perfectamente factible, una vez haya sido derribado
el poder del capital monopolista, no sólo pasar a una
jornada más corta, sino también elevar
inmediatamente y en alto grado el nivel de vida de todos los trabajadores.
El
Estado de los
trabajadores implanta acto seguido
las vacaciones anuales
pagadas. Pasan a
poder del pueblo balnearios y sanatorios en los que
los hombres del trabajo pueden disfrutar de sus
vacaciones gratuitamente o
en condiciones ventajosas. La
asistencia médica es gratuita en todos los órdenes. La cultura física y el
deporte dejan de ser un privilegio de gentes acomodadas y se convierten en un
medio para conservar y robustecer la salud de las masas.
La revolución socialista significa el comienzo de
una gran
revolución cultural. Se
va implantando
gradualmente
la enseñanza general
obligatoria,
primero en la escuela primaria y luego en la media.
La enseñanza superior es gratuita y la mayoría de los estudiantes perciben
becas concedidas por el Estado.
Se pone fin a la desigual situación de la mujer.
Esta percibe una remuneración igual a la del hombre
por trabajo igual y adquiere plenos derechos en
todas las esferas de la vida económica, cultural y política. El Estado obrero
comienza inmediatamente a crear
una amplia red de instituciones infantiles y de
comedores públicos, con objeto de emancipar a la
mujer de la sujeción absoluta a los quehaceres de la
casa.
El
Estado obrero adopta
medidas enérgicas y
eficaces para suprimir el paro obrero y para
alcanzar una ocupación completa en el plazo más rápido posible. Desaparece, por
fin, el sentimiento de inseguridad en el mañana que bajo el capitalismo no deja
de perseguir al obrero durante toda la vida. Los trabajadores se ahorran las
cuotas del fondo contra el paro y no tienen necesidad de pensar en hacer
economías ante la
eventualidad de quedar despedidos.
El sistema de seguros sociales adquiere un sentido
distinto. El Estado obrero corre con las pensiones a los ancianos y con los
subsidios por pérdida temporal de la capacidad de trabajo. Los recursos
necesarios son allegados mediante aportaciones de las empresas y asignaciones
del presupuesto estatal.
La revolución socialista cambia por completo la
situación de los trabajadores en cuanto a la vivienda.
En Rusia, millones de obreros salieron de sótanos y
buhardillas para instalarse en los departamentos de
los burgueses. También se ha producido una
redistribución de viviendas en las democracias populares de
Europa y Asia.
Después de la
revolución se dicta una gran rebaja de alquileres.
Si la familia obrera tenía que destinar antes a ello del 15
al 30 por ciento de sus ingresos, ahora no pasa del
cuatro al cinco por ciento.
Los
trabajadores dejan de
encontrarse en la
situación
de humillados y
ofendidos. Pierden la
"libertad" de ser despedidos
del trabajo cuando al capitalista
se le antoje. Por primera vez, la sociedad estima y valora los derechos humanos
del obrero.
En
muchas democracias populares,
los obreros han visto
ya mejorar sensiblemente
su situación material a los dos o
tres años de la revolución. El presupuesto de la familia obrera aumenta también
al incrementarse el salario real.
Los campesinos disfrutan inmediatamente de los
beneficios de la
revolución. La Revolución
de
Octubre les entregó a título gratuito más de 150
millones de Ha de tierra que antes pertenecía a los
terratenientes, capitalistas, la familia real y
monasterios e iglesias. Además, se vieron eximidos del pago de deudas
contraídas anteriormente para la
adquisición de tierra a los grandes propietarios, de
los gravosos arriendos y de la necesidad de dedicar
sumas enormes a la compra de tierra.
Como resultado de las reformas agrarias llevadas a
cabo en las democracias populares, los campesinos
han recibido la tierra y han visto condonadas sus
deudas. Se ha cumplido la aspiración secular de los
braceros y cultivadores modestos: unos y otros
trabajan los campos suyos, y no los ajenos.
En todos los países que construyen el socialismo
se produce, además, una gran reducción de los
impuestos que pesan sobre los trabajadores y una redistribución de las cargas
fiscales.
2. Vías para la supresión de la pluralidad de
formaciones económicas
Un rasgo distintivo de la economía del período de
transición es la pluralidad de sus formaciones. La
clase obrera tropieza inevitablemente con ella en cuanto sube al poder. Por
eso, una tarea económica y política muy importante del Partido y del Estado
obrero en el período de transición es la de acabar con esta pluralidad de
formaciones.
Las
tres formaciones económicas fundamentales del período de transición.
Lo característico del primer período que sigue al triunfo
de la revolución suelen ser tres formaciones: socialismo, pequeña producción
mercantil y capitalismo privado, con sus correspondientes clases: obreros,
campesinos y burguesía, que ha perdido el poder, pero que aún no ha
desaparecido.
El peso del sector socialista queda determinado al
principio por el grado de desarrollo de la gran producción capitalista
nacionalizada en el país. En la Unión
Soviética, por ejemplo,
la producción del sector socializado era en 1923-24 del
38,5 por ciento del total; en China, en 1949, ascendía al 34,7 por ciento. En
un país industrialmente desarrollado, como es Checoslovaquia, la
nacionalización de las grandes
empresas colocó desde
el comienzo en primer término al sector estatal. En
octubre de 1945 el Estado poseía ya casi el 60 por ciento de las empresas industriales y
todos los bancos.
Se comprende muy bien que en Checoslovaquia hubiese unas condiciones más
propicias para las ulteriores transformaciones socialistas.
La pequeña producción mercantil se encuentra
representada principalmente por
las economías
campesinas,
y también por
los artesanos y
otros
pequeños
productores que no
se benefician del trabajo ajeno. En la Unión Soviética, en
1923-24, era la formación predominante y proporcionaba el 51 por ciento de
la producción de
toda la economía nacional. Su volumen era aún mayor
en la economía de China. En los países de capitalismo desarrollado el peso de
la pequeña producción mercantil es relativamente bajo.
El
capitalismo privado, como
formación económica del período de transición, lo integran empresas industriales
pequeñas y medias pertenecientes a la burguesía urbana y las haciendas de los
campesinos ricos. En la U.R.S.S., esta formación representaba, en 1923-24, el
8,9 por ciento de la economía nacional. En China y en algunas democracias
populares europeas el sector capitalista significó en un principio un valor
bastante más considerable, puesto que no había sido sujeta a nacionalización la
propiedad de los burgueses que habían permanecido fieles a la patria.
Las raíces del capitalismo, las condiciones para su
renacimiento, se conservarán mientras en el país existan formas de economía
basadas en la propiedad privada de los medios de producción. Mantiénese, por
tanto, el terreno para la lucha de clases y para la resistencia de las clases y
elementos que gozan de propiedad privada a la política de transformaciones
socialistas. Y si esas clases y esos elementos son apoyados desde fuera, queda
en pie el peligro de restauración de las relaciones capitalistas.
Ese peligro no puede ser eliminado con meras medidas
políticas (robustecimiento del Estado proletario, disolución de los partidos
contrarrevolucionarios, etc.). Para decidir definitivamente en favor del
socialismo el problema de "quién vencerá a quién" se necesitan
radicales medidas económicas: la transformación en socialista de las
formaciones basadas en la propiedad privada.
Pero el poner fin a la pluralidad de formaciones
económicas es un asunto muy complicado que no se
resuelve por orden o decreto.
Lo
primero y principal
que hay que
tener en cuenta son
los intereses que
imponen el
robustecimiento
del nuevo poder,
la consolidación
del nuevo régimen. La correlación de las fuerzas de
clase y la virulencia de la lucha entre ellas: eso es lo
que, ante todo, determina el camino a seguir y el
plazo en que se puede poner fin a la pluralidad de
formaciones económicas. Se comprende perfectamente, por ejemplo, que en un
ambiente de enconada lucha de clases y de resistencia activa de los elementos
capitalistas, la dictadura
del
proletariado habrá de acelerar este proceso, para
destruir cuanto antes las posiciones económicas de sus enemigos.
Tampoco han de echarse al olvido las
consideraciones de índole
económica. Porque la
situación
en el período
de transición es
con
frecuencia
tal, que sin
la aportación de las
formaciones basadas en la propiedad
privada el Estado proletario no
se halla de momento en condiciones de satisfacer todas las necesidades de la
sociedad. Las pequeñas economías campesinas proporcionan una parte considerable
de los productos agrícolas; en manos de particulares hay numerosas
empresas de la
industria ligera, comercios
y servicios. Por regla general, el Estado no puede hacerse cargo de
buenas a primeras de una función que,
mal o bien,
cumplen ya los
pequeños productores. Quiere decirse que, para evitar dificultades
económicas y políticas, la supresión de esos sectores ha de ir precedida de
medidas económicas más o menos importantes. El triunfo del sector socialista,
con la consolidación consiguiente de las posiciones del régimen nuevo, sólo
puede ser duradero cuando el socialismo desplaza a las otras formaciones con
medidas puramente económicas.
Ahora
bien, cualesquiera que
sean las condiciones, el Estado
proletario ha de decidir, en el
período de transición, qué métodos y procedimientos
son los mejores para subordinar la pequeña
producción mercantil y el capitalismo privado a los
intereses
de la construcción del
socialismo y para
transformar paulatinamente esos sectores en
socialistas.
Esos
métodos y procedimientos fueron encontrados y
probados, en el
curso de la construcción socialista, en la Unión
Soviética y las
democracias
populares. La experiencia
reunida en este sentido tiene un
valor general y permanente. Lo
principal es utilizar hábilmente las relaciones
comerciales, con objeto de fortalecer e incrementar el sector socialista y de
desplazar económicamente a los
elementos del capital privado. El Estado proletario
recurre a esas
relaciones porque la
pequeña
producción mercantil no acepta otro tipo de vínculos
económicos.
La práctica demuestra que el Estado puede ir sin
miedo al desarrollo del mercado. Pensemos que en sus
manos tiene las ramas decisivas de la economía nacional (industria pesada,
grandes empresas de la industria ligera, transportes, bancos, comercio
exterior). Todas las demás formaciones económicas dependen de un modo o de otro
del sector estatal, del que reciben máquinas, materias primas, energía, y al
que le
venden su producción.
Esto le permite
al Estado obrero, manejando las palancas económicas, controlar la
situación en los otros sectores y orientar su marcha en la dirección deseable.
al Estado proletario, tanto mayores son las
posibilidades de que dispone para controlar y regular el mercado, y con tanta
más tranquilidad puede admitir el comercio.
Esto no significa que, si la lucha de clases se
agudiza, la dictadura del proletariado renuncie de antemano al empleo de
medidas reguladoras de tipo administrativo. De ordinario, la dirección de la
economía nacional por la dictadura del proletariado comprende medidas,
tanto económicas como políticas, que se complementan y que en
conjunto constituyen lo que
se conoce como
política económica del Estado proletario.
Organización
de los vínculos económicos de la ciudad y el campo.
La tarea económica más ardua del período de
transición es la que se refiere a la socialización de la dispersa y
dividida pequeña producción
mercantil.
Las
dificultades de la transformación socialista
de este sector se derivan de que la pequeña producción
mercantil es la que menos se presta a la regulación
directa del Estado proletario. Y ello porque los campesinos son el principal
aliado de la clase obrera
y el Estado de los trabajadores no puede aplicarles
medida alguna de
expropiación: todo lo
contrario,
tiene el mayor interés en establecer con ellos
sólidos vínculos económicos. Sin dichos vínculos resulta imposible la
consolidación de la alianza política de la
clase
obrera y los
campesinos, que es,
según sabemos, el principio supremo de la dictadura del
proletariado.
La política más acertada, y en ello insistió
repetidas veces Lenin, consiste en dar al campo todo
cuanto éste necesita de la gran industria socialista
a
cambio de trigo y materias primas. No los cupos de
entrega ni los impuestos, decía, sino "el cambio de
productos de la gran industria («socializada») por
los
productos
de los campesinos:
tal es la
esencia
económica del socialismo, tal es su base".302
En Rusia -país campesino, económicamente
atrasado, que hubo
de empezar él
solo la
construcción del socialismo-, la política económica
de la dictadura del proletariado tuvo sus rasgos
específicos. Si bien Lenin, en la primavera de 1918, había elaborado ya las
bases de una política económica orientada al establecimiento de relaciones
comerciales con la economía campesina, la guerra civil y la intervención
extranjera, que convirtieron el país en una fortaleza asediada, obligaron al
Poder Soviético a pasar a la política que se conoce con el nombre de
"comunismo de guerra".
El
comercio libre quedó
prohibido. Se implantaron severas
normas para la distribución de
los productos alimenticios y artículos industriales,
en
lo que se siguió el principio de clase. Todos los
excedentes del campo fueron sometidos al sistema de
Cuanto más potente sea la base industrial que pasa
302 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXII, pág.
300.
"cupos de entrega", también con arreglo al
principio de clase: al campesino pobre no se le tomaba nada; al medio, moderadamente, y
al rico, mucho.
La industria quedó centralizada por completo, siendo puesta por entero
al servicio de la guerra. Las empresas
recibían de los
organismos estatales materias primas,
materiales, utillaje, etc.,
y entregaban toda su producción sin traducirla a su equivalente monetario,
mediante simples libramientos. La
vida económica del país venía regulada por medidas puramente administrativas.
El "comunismo de guerra" fue una política
impuesta por las condiciones excepcionalmente difíciles de la guerra civil.
Ayudó a movilizar los escasos recursos de que entonces disponía Rusia para
ponerlos al servicio de la victoria sobre el enemigo, y en este sentido su
significado es imperecedero. Esta política, como Lenin escribió, cumplió su
misión histórica. Pero el "comunismo de guerra" no era ni podía ser
una política que respondiese a la tarea de fortalecer los vínculos económicos
con los campesinos. En cuanto las condiciones cambiaron, la dictadura del
proletariado pasó a la "nueva política económica" (NEP). Con este
nombre figura en la historia, aunque era solamente nueva con relación al
"comunismo de guerra"; en realidad era, en líneas generales, la misma
política cuya esencia había formulado Lenin a principios de 1918.
Al implantarse la nueva política económica se
permitió el comercio
privado. Los campesinos
empezaron a vender en el mercado los excedentes de
su producción. Los capitalistas pudieron dedicarse
al comercio, tanto al por menor como al por mayor. Se autorizó al capital
privado para la apertura de empresas industriales pequeñas; más aún, parte de
las empresas del Estado fueron desnacionalizadas y se entregaron en
arriendo a los
capitalistas. Las empresas del
sector socialista pasaron al cálculo económico. El abastecimiento de materias
primas y la venta de su producción se realizaban por compraventa. El sistema de
abastecimiento a la población por cartillas se vio sustituido por el
comercio ordinario. V.
I. Lenin llamó
a los comunistas a
"aprender a vender", para desplazar a los comerciantes privados y
sustituirlos por el comercio estatal y de las cooperativas.
La vuelta a las relaciones comerciales no podía por
menos de conducir a una reactivación temporal de los elementos capitalistas. De
nuevo levantaron cabeza los campesinos ricos, que mediante el arrendamiento de
tierras procuraban aumentar sus sementeras y comenzaron a emplear, en
proporciones bastante considerables, el trabajo de los braceros. Sus reservas
de trigo crecieron cuantiosamente. La diferenciación de
clases en el
campo, que en el
primer periodo subsiguiente
a la revolución
había sido borrada, dando lugar a la nivelación general media de los
campesinos, reapareció de nuevo.
El Estado proletario no podía permanecer con los
brazos cruzados ante todos estos procesos. Los campesinos ricos, si hubieran
seguido recobrándose, podían haber llegado a representar un peligro serio para
la construcción del socialismo. Por esta razón, la política de unión económica
con los campesinos se vio acompañada de medidas restrictivas respecto de los
elementos capitalistas de la aldea. El Estado procuraba ayudar a los campesinos
pobres y medios a levantar sus economías; concedíales créditos en condiciones
ventajosas, les prestaba maquinaria y aperos a través de los centros de
alquiler, etc. Con relación a los campesinos ricos se mantenía una política de
limitación: el arrendamiento de tierra y la contrata de mano de obra quedaron
severamente restringidos, se dictaron medidas para regular el trabajo de los
braceros y las haciendas de los campesinos ricos fueron gravadas con elevados
impuestos.
En un país como Rusia, el problema de la alianza de
la clase obrera con los campesinos era decisivo para la suerte del socialismo.
No puede extrañarnos, pues, que en torno a él se desenvolviese una violentísima
lucha de clases, que tuvo repercusiones dentro del Partido. Los trotskistas
negaban la naturaleza doble de los campesinos, presentándolos como una masa
reaccionaria incapaz de tomar parte en la construcción del socialismo. Querían
imponer al Partido una política que equivalía a la ruina consciente de los
campesinos, a los que querían someter a explotación para construir la
industria. Esa política habría significado la muerte de la dictadura del
proletariado.
Los
oportunistas de derecha
-bujarinistas- negaban también de hecho la doble naturaleza de los campesinos
al afirmar que todos ellos, sin exceptuar a los campesinos ricos, "se
integrarían en el socialismo" por sí mismos. La política que ellos
proponían significaba la renuncia a luchar contra los elementos capitalistas,
dejando que las
cosas siguieran su propio curso, es decir, abría el camino a la
restauración del capitalismo.
Era imposible resolver en favor del socialismo las
contradicciones del período de transición sin antes
derrotar a los trotskistas y bujarinistas en el
terreno
de las ideas
y de la
organización. Y el
Partido
Comunista
combatió enérgicamente todos
los intentos de quebrantar la alianza de la clase obrera con los
campesinos o de privar a esta alianza de contenido socialista. En el curso de
esta lucha se forjaron y sometieron a prueba planteamientos políticos que luego
habían de convertirse en acerado instrumento en manos de todos los Partidos
Comunistas y Obreros.
Cuando se trataba de pasar a la NEP, Lenin señaló
el valor
universal de esta
política. "La tarea
que
nosotros cumplimos ahora, por ahora -
temporalmente- solos, parece
una tarea puramente
rusa -escribía-, pero en realidad se trata de algo
con lo cual se habrán de enfrentar todos los socialistas... La nueva sociedad
basada en la alianza de obreros y campesinos es inevitable. Tarde o temprano,
veinte años antes o después, llegará; y a ella, a esa sociedad le ayudamos
nosotros al elaborar las formas de la alianza de los obreros y campesinos,
cuando trabajamos para resolver nuestra nueva política económica."303
Las palabras de Lenin se han visto confirmadas. La
experiencia de la NEP conserva por completo su significado internacional. Las
democracias populares, que se encuentran
en el período
de transición, realizan una
política económica que en el fondo no es otra
cosa sino la
aplicación de los
principios leninistas de utilización del mercado y de las relaciones del
valor en interés de la construcción de la economía socialista.
En los países con un alto nivel de desarrollo del
capitalismo, donde los campesinos o granjeros son
una parte reducida de la población, en el período de
transición es otra la distribución de las fuerzas de
clase. Allí, junto a los granjeros trabajadores, un gran papel como
aliado de la
clase obrera lo
puede cumplir la pequeña burguesía urbana (artesanos, pequeños comerciantes,
etc.), así como
los empleados e intelectuales. En estos países, donde inmediatamente
después de la nacionalización de los monopolios se formará un poderoso sector
socialista, las condiciones serán sin duda más propicias para incorporar la
pequeña burguesía de la ciudad y el campo
al cauce de
la construcción socialista. Después de dominar a la
burguesía monopolista, el problema de "quién vencerá a quién" acaso
no presente caracteres tan agudos, puesto que en el aspecto económico el sector
socialista será, desde el primer momento, infinitamente más fuerte que todos
los elementos no socialistas de la economía nacional.
Las
cooperativas campesinas de producción.
La política del Estado proletario respecto de los
campesinos pobres y medios no se reduce a las solas
medidas de ayuda para mejorar su economía. Tarde o
temprano es necesario ayudar a las grandes masas
campesinas a pasar del pequeño cultivo individual a la gran agricultura, con
empleo de maquinaria, que es la que trae la abundancia. De la misma manera, la
política del Partido respecto de los campesinos ricos ha de pasar, tarde o
temprano, de las medidas de restricción a las de su supresión como clase.
El único camino para crear en el campo una gran
producción socializada es la transformación gradual
de la pequeña propiedad campesina en cooperativa
(de grupo), a fin de que el trabajo individual sea
sustituido por el trabajo en común, colectivo, que elimina la explotación del
hombre por el hombre.
desarrollo de las fuerzas productivas de la
sociedad, sino también a los intereses de los propios campesinos. Incluso
después de haber sido derribada la dominación de los capitalistas y
terratenientes, el pedazo de tierra que el campesino cultiva por sí mismo
significa posibilidades muy limitadas para mejorar sus condiciones de vida y de
trabajo. Los propios campesinos se convencen de que la pequeña economía no les
libra de las privaciones ni les lleva a una vida acomodada. Por mucha que sea
la ayuda del Estado, la pequeña producción mercantil no puede asegurar la
reproducción ampliada. Así
nos lo muestra el ejemplo de la
Unión Soviética. En 1928 la industria del país había sobrepasado en un 32 por
ciento el nivel de antes de la guerra y seguía progresando con paso firme,
mientras que la producción de cereales apenas si se acercaba al nivel de 1913,
con la particularidad de que el grano puesto a
la venta se
había reducido a
la mitad. Quiere decirse que la salida para el propio
campesino y para toda la economía
del país era
solamente una: convertir la
economía campesina, atrasada y dividida, en una hacienda grande y mecanizada.
Bajo el capitalismo, la gran producción agrícola
se levanta sobre
la ruina de
los pequeños
productores.
Quienes la organizan
son los
terratenientes aburguesados, los grandes
capitalistas, los campesinos ricos y los comerciantes. Dentro de la democracia
proletaria, como es lógico, es inadmisible este modo capitalista de creación de
la gran producción agrícola.
La vía socialista de reestructuración de la
agricultura es la voluntaria agrupación de los campesinos en cooperativas. Así
lo veían claramente los fundadores del marxismo. F. Engels escribía: "...
Cuando tengamos en nuestras manos el poder no podremos pensar en expropiar por
la fuerza a los pequeños campesinos (con indemnización o sin ella, es lo
mismo), como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes.
Nuestra tarea respecto de los pequeños campesinos consistirá, ante todo, en convertir
su producción privada y su propiedad privada en cooperativa, pero no por la
violencia, sino mediante el ejemplo y ofreciendo la ayuda de la sociedad para
que esto se lleve a cabo."304
También en los países capitalistas hay formas
diversas de cooperación
agrícola. En Dinamarca,
Holanda y Finlandia tiene su importancia el comercio
cooperativo de los productos agrícolas. Pero esta
cooperación, aunque en cierta medida ayuda al campesino trabajador a defenderse
de la arbitrariedad del capital monopolista, no cambia las relaciones de
producción en el campo. La cooperación, bajo el capitalismo, agrupa a los
campesinos individuales y a las
haciendas capitalistas, principalmente, en
la esfera del abastecimiento y la venta.
En ella
Este camino responde no sólo a las necesidades de
304 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas, t. II,
Moscú, 1955,
303 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, págs.
151-152.
págs. 414-415.
predominan casi siempre los elementos capitalistas,
con lo que las cooperativas no pasan de ser empresas capitalistas colectivas.
Cuando la tierra, la industria y los bancos se
convierten en patrimonio
de todo el
pueblo, la
cooperación
de la agricultura adquiere
una
orientación completamente distinta y cambia en
absoluto su significado social. "... El régimen de cooperativistas
civilizados, con la propiedad social sobre los medios de producción y con la
victoria de clase del proletariado
sobre la burguesía,
es el régimen del
socialismo" (Lenin).305
La cooperación es la forma más accesible,
comprensible y ventajosa en que los campesinos pueden agrupar sus economías.
Así lo entendía Lenin al proponer su famoso "plan de cooperación",
que si bien se atenía a las condiciones de Rusia, conserva su valor universal
como programa por el que se encauza el paso de millones de campesinos a la vía
del socialismo.
Lenin proponía empezar por las formas más
simples de cooperación, para
la venta de
la
producción campesina y la adquisición de artículos
industriales,
y también para
la organización del crédito agrícola. Estas
formas simples de
cooperación
acostumbran ya al
campesino a la
gestión
social y colectiva
y le hacen
ver los beneficios de ampliarla
a la producción, sin limitarse a la venta y al abastecimiento. Los campesinos,
pensaba Lenin, han de convencerse en la práctica de las ventajas del cultivo de
la tierra en común. Únicamente después de esto se puede pasar gradualmente a
las cooperativas de producción: primeramente, a las formas más simples de
laboreo en común de
la tierra, y
luego, a las
formas superiores de la cooperación agrícola. Cualquier intento de
trastrocar este orden, y sobre todo de no atenerse al principio leninista del
ingreso voluntario en las cooperativas, es capaz de causar perjuicios
irreparables y de desacreditar la cooperación ante los campesinos.
Esto no significa dejar que la organización de
cooperativas en el campo siga su curso sin intervención alguna. No, exige un
apoyo constante y en todos los órdenes por parte del Partido y del Estado:
apoyo financiero y de organización (por ejemplo, el envío de personas capaces
de ayudar a los campesinos a montar las haciendas colectivas). También es
necesaria la ayuda al campesino trabajador, pues, de ordinario, su paso a la
colectivización se ve acompañado de una lucha de clases que
en ocasiones puede adquirir gran virulencia.
Ello es así porque en el proceso de cooperación del
campo se decide la suerte de la última clase explotadora, de los campesinos
ricos. Sus posiciones económicas se ven quebrantadas al convertirse las
305 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
431.
cooperativas en el principal abastecedor de
productos agrícolas, desplazando del
mercado al campesino rico especulador. Las posiciones
económicas de éste se vienen abajo
cuando las grandes
masas campesinas se orientan decididamente hacia el socialismo. Entonces
aparecen las premisas para suprimir a los campesinos ricos como clase. No se
trata, se comprende, de su eliminación física, sino de acabar con
las condiciones sociales
y económicas que hacen posible la
explotación de los campesinos pobres y braceros por la burguesía rural.
En cuanto a la suerte personal de los antiguos
campesinos ricos, todo depende de la actitud que adopten ante los cambios
sociales que se han producido. En la
Unión Soviética, donde
se opusieron desesperadamente a la colectivización, hicieron propaganda
contra los koljoses
y en ocasiones empuñaron
contra ellos las
armas, las masas campesinas y el
poder proletario hubieron de tomar medidas represivas. En otras condiciones
pueden ser innecesarias unas acciones tan enérgicas, si las gentes de esta
clase se muestran sensatas y acceden a vivir de su trabajo. Entonces se les
abre la perspectiva de convertirse en trabajadores de la sociedad socialista en
posesión de todos los derechos.
Una condición primordial para que la reorganización
del campo sea coronada por el éxito
es que el
país disponga de
una gran industria
socialista capaz de ayudar a las cooperativas agrícolas, poniendo
a su disposición
máquinas,
abonos y personal técnico.
La industrialización socialista permite reequipar
técnicamente, de la manera más eficaz y mejor, a la agricultura. Después
de la organización de
los koljoses en la U.R.S.S., mientras eran económicamente débiles, fue
el Estado quien tomó sobre sí todo cuanto se refiere a la mecanización del
campo. Se crearon centros especiales, las estaciones de máquinas y tractores
(E.M.T.), y el Estado se encargó de la capacitación de personal para las
mismas. Más tarde, cuando los koljoses se robustecieron, se les vendió la
maquinaria de las E.M.T., que quedaron convertidas en estaciones de
reparaciones técnicas (E.R.T.).
La
experiencia de la
U.R.S.S. y de las
democracias populares demuestra que la cooperación
de la producción (colectivización) en la agricultura
es objetivamente el camino necesario a seguir para la
transformación socialista del campo. Al mismo
tiempo, la práctica confirma que las formas concretas de esta cooperación
pueden ser distintas.
A
diferencia de la
Unión Soviética, donde
la forma fundamental de la hacienda colectiva pasó a
ser pronto el koljós, en las democracias populares
la cooperación de los campesinos ha pasado por varias fases intermedias.
En todos los
países se crearon
cooperativas de tipo inferior (con distintas
gradaciones) y superior, que se distinguen entre sí por el grado en que han
sido socializados los medios de producción. En las cooperativas de tipo
inferior la distribución de los ingresos se ajusta al trabajo y a los medios
aportados (tierra y aperos).
En China y algunas otras democracias populares, la
gran masa de los campesinos se ha elevado gradualmente de las formas
elementales de ayuda mutua cooperativa a las cooperativas de producción de tipo
superior. Esto les ha dado tiempo y posibilidades para convencerse por sus
propios ojos de las ventajas de la agricultura colectiva. Después de China, la
transformación socialista del campo quedó terminada en la República
Democrático- Popular de Corea. La primera democracia popular europea en dar
cima a esta empresa ha sido Bulgaria.
A pesar de la diversidad de formas que presentan
las cooperativas agrícolas,
todas ellas tienen
de
común que son haciendas de tipo socialista. El
koljós
de la U.R.S.S., las economías trabajadoras de
cooperación agrícola de Bulgaria y las cooperativas
agrícolas de producción de otros países combinan los
intereses individuales y sociales de los campesinos
y contribuyen a convertir en colectivistas conscientes a los agricultores que
hasta el día de ayer trabajaban su trozo de tierra.
Ordinariamente se colectivizan sólo los medios
fundamentales de producción (maquinaria agrícola,
aperos,
ganado de labor,
simientes, dependencias
necesarias para los trabajos de la cooperativa) y el
trabajo de los miembros de la sociedad. En muchas
democracias
populares la tierra,
aunque reunida,
sigue siendo de propiedad individual de los
campesinos. Todo lo demás (viviendas, parte de los animales, aves de corral,
pequeños aperos) no pasa a la cooperativa y queda en manos de sus dueños en
propiedad personal. La mayor parte de los ingresos de cada cooperador proviene
de la hacienda común, aunque representan también cierto valor los que
obtienen de su
economía auxiliar individual.
El trabajo en las cooperativas se organiza y paga según el principio
socialista: de cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo.
En la República Popular China, Checoslovaquia y
República Democrática Alemana, en la última etapa de
la colectivización en masa se inició la admisión gradual de los campesinos
ricos en las cooperativas y su reeducación política y en el trabajo.
Según
demuestra la experiencia,
los Partidos
Comunistas tropiezan a menudo, al llevarse a cabo la
cooperación en masa, con el peligro de las tendencias izquierdistas, con
intentos de resolver el problema sin tomar en consideración el grado de
preparación que posean los propios
campesinos, manifestando premura
cuando de lo que se trata es únicamente de convencer.
El
origen de las
tendencias izquierdistas es el
deseo de forzar
el proceso de
colectivización
mediante
medidas administrativas, sin
un trabajo
paciente
y meditado de
organización y de explicación. Estos peligrosos métodos, que
significan el olvido del principio leninista de que el ingreso en las
cooperativas ha de ser voluntario, han de ser combatidos por los Partidos
Comunistas no sólo en la fase primera de la colectivización en masa, sino
también en los períodos subsiguientes.
No obstante, un peligro mucho mayor representa
la desviación de
derecha, la tendencia
a demorar
indefinidamente la formación de cooperativas de
producción o a
realizarla con lentitud,
a paso de
tortuga, acomodándose a los intereses de los
campesinos ricos y al espíritu conservador y rutinario de las demás capas de
agricultores. La desviación de
derecha
es objetivamente un
reflejo de las aspiraciones capitalistas de los
campesinos ricos y
significa por ello el peligro máximo para los
intereses de la construcción socialista.
La agrupación de las economías campesinas en
cooperativas
de producción no
puede llevarse adelante con éxito
sin una lucha decidida tanto contra la desviación de derecha como contra la de
izquierda.
La experiencia reunida en cuanto a la
transformación socialista de la agricultura no puede
dar lógicamente respuesta a todos los problemas que
puedan presentarse en el futuro. Cada país que entre
en el camino del socialismo aportará, sin duda,
muchos elementos nuevos
sobre los métodos
y formas de la
cooperación. Así hay
que esperarlo
especialmente de los países capitalistas muy
desarrollados, con sus
granjas mecanizadas y sus
grandes empresas agrícolas capitalistas.
No obstante, cualesquiera que sean las características concretas de cada
país, los principios
del plan leninista de cooperación servirán siempre
como base segura y probada de la política de la
clase obrera respecto de los campesinos, política que lleva
a superar la pluralidad de formaciones económicas
propia del período de transición.
Eliminación
de los elementos capitalistas de la
industria.
La reactivación de las relaciones del mercado y del
comercio conduce de ordinario a un fenómeno paralelo entre los elementos
capitalistas de la ciudad. Según se indicaba antes, en la U.R.S.S. el propio
Estado proletario autorizó temporalmente a la burguesía estas actividades, en
ciertas ramas y dentro de determinados límites, que venían señalados por su
política económica (NEP). En los países donde llegó al poder el bloque
democrático de distintas clases y capas de la población, la burguesía nacional
conserva una base económica
más o menos
amplia. En el primer momento, la posición de esta capa
de la burguesía puede incluso robustecerse.
La política posterior del Estado proletario frente a
la burguesía depende
en mucho de
cómo ésta se
comporta.
Una cosa es cuando la burguesía apoya lealmente el
régimen nuevo y está dispuesta a participar en la labor de construcción
económica. En este caso puede contar con la ayuda del Estado: ciertas ventajas,
créditos, venta garantizada de la producción, etc. La situación cambia cuando
los elementos capitalistas luchan
activamente contra el
poder de los trabajadores, se entregan al sabotaje
económico y recurren a la corrupción y a toda clase de maquinaciones para
poner la zancadilla
a las empresas socialistas, quedarse
con las materias primas destinadas a éstas,
quitarles la mano de obra o la clientela y lucrarse a costa de ellas. En este
caso, la propia burguesía atrae sobre sí las medidas represivas del Estado, que
corta enérgicamente todas sus acciones antisocialistas.
No obstante, por mucho que cambien las condiciones,
el Estado proletario, en el período de transición, mantiene siempre una
política que limita el incremento de los elementos capitalistas. Estos son
colocados dentro de un estrecho marco, que impide su conversión en una fuerza
económica y política peligrosa para las
transformaciones socialistas. A este efecto se recurre a las medidas
fiscales y de otro género, que se oponen a la concentración excesiva de riqueza
en unas mismas manos. Se regula el volumen de la producción, de adquisición de
materias primas, los precios, las
condiciones de contratación
de la mano de obra, etc.
Todo este sistema defiende al propio tiempo al joven
sector socialista de la competencia y de la influencia disgregadora del
capitalismo privado. Además, al poner vallas a este último, el Estado de
los obreros tiene
presente la protección
de los intereses de quienes
trabajan en las empresas de los capitalistas.
La dictadura del proletariado se propone vencer al
capital privado, sobre todo, en abierta emulación económica con él. El Estado
proletario no teme esa emulación. Dispone de una poderosa industria y de los
puestos clave de la economía. La superioridad de la gran producción socialista,
altamente organizada y concentrada, proporciona tarde o temprano la victoria
sobre el capital privado en todas las esferas de la economía nacional. El campo
de acción del capital privado se restringe y no le queda otro recurso que la
capitulación económica. En este período adviene de ordinario una situación
favorable para las grandes transformaciones socialistas en la industria y el
comercio privados. Dichas transformaciones pueden llevarse a cabo siguiendo
métodos distintos.
La práctica demuestra que entre ellos corresponde un
lugar importante a las diversas formas de capitalismo de Estado. V. I. Lenin
fue el primero en señalar la posibilidad del empleo de esta forma de economía
para la construcción del socialismo. En algunos trabajos suyos (Informe sobre
las tareas inmediatas del Poder Soviético, Sobre el impuesto en especie y
otros) argumenta teóricamente
la posibilidad de utilizar el capitalismo de Estado bajo la dictadura
del proletariado y señala su papel como una
fase específica en
la transición del
capital privado al socialismo.
El capitalismo de Estado, dentro de un régimen de
dictadura del proletariado, no es el mismo que el que
podemos
observar en los
países burgueses
avanzados. En este último caso es un medio para
acelerar la acumulación del
capital de las
corporaciones
privadas utilizando los
recursos
financieros del Estado, para la regulación por éste
de la economía en interés de los grandes capitalistas; es una forma de
injerencia del Estado en la lucha de clases entre el trabajo y el capital en
beneficio de este último. Con la dictadura del proletariado se trata de un
capitalismo sometido al control del Estado de los trabajadores y en beneficio
de éstos, es una forma de incorporar el capital privado a la construcción del
socialismo, una forma de limitar las tendencias de explotación del capital y un
medio para convertir la formación capitalista en socialista.
Guiándose por la doctrina de Lenin, el Estado
soviético mantuvo en
el período de
transición la
política de atraer al capital ruso y extranjero, con
objeto de ayudar
a la restauración
económica del
país. Algunas empresas y minas fueron cedidas en
concesión a capitalistas extranjeros o entregadas en arriendo a
otros particulares. Así
apareció la
formación del capitalismo de Estado, que no tuvo,
sin embargo, gran extensión, puesto que la burguesía,
con la esperanza puesta en el rápido fin del Poder
Soviético,
no quiso colaborar
con el Estado proletario. En 1923-24 la parte del
sector capitalista
de
Estado no pasaba
del uno por
ciento en el
conjunto de la economía nacional.
La experiencia de las subsiguientes revoluciones
socialistas ha aportado elementos nuevos acerca del lugar y el papel del
capitalismo de Estado dentro del sistema de medidas económicas del período de
transición. Las ideas de Lenin han tenido aplicación práctica en la República
Popular China, donde el capitalismo de Estado ha sido un factor puesto en juego
para la transformación en socialista de la industria capitalista privada. Una
experiencia semejante la tenemos en la República Democrática Alemana, que cuenta
con empresas mixtas estatales- privadas.
Perspectivas aún mayores se abren en este sentido
ante los países de capitalismo desarrollado. Después del establecimiento del
poder del pueblo, dirigido por la clase obrera, las empresas capitalistas de
Estado pueden convertirse en una forma importante de colaboración del poder con
aquella parte de la burguesía que se muestra dispuesta a admitir las
transformaciones socialistas. Una forma especial del capitalismo de Estado
pueden ser las sociedades mixtas integradas por los monopolios nacionalizados
y las pequeñas empresas capitalistas que antes se
hallaban incluidas en
la esfera de
influencia de dichos monopolios.
Los patronos que colaboran honestamente con el
Estado salen en ocasiones ganando con la creación de
empresas y corporaciones mixtas, estatales-privadas. Encuéntranse con
un mercado seguro,
evitan el peligro de ser
aplastados por contrincantes más poderosos y no tienen que temer a las crisis
económicas. En cuanto
a ulteriores perspectivas, según demuestra la experiencia,
el Estado proletario está en condiciones de aliviar y facilitar todo lo posible
el paso de los capitalistas leales a una vida de trabajo. Económicamente, dicho
paso resulta menos sensible porque durante cierto tiempo los capitalistas
perciben ciertas sumas, como indemnización de los bienes expropiados;
moralmente, porque el Estado utiliza sus conocimientos y les proporcionan los
cargos correspondientes en las empresas, a la vez que les concede derechos
políticos dentro del marco de la democracia proletaria.
3. La
industrialización socialista
El modo socialista de producción (como cualquier otro)
tiene su base material y técnica, es decir, un determinado nivel de desarrollo
de las fuerzas productivas. V. I.
Lenin decía: "La
única base material del
socialismo puede ser una gran industria maquinizada capaz de reorganizar
también la agricultura."306
Las premisas materiales del socialismo, en una u
otra medida, son
creadas ya en
el seno del capitalismo. Pero eso no significa que
después de la revolución no se presenten al poder obrero nuevas tareas en este
terreno.
Primeramente, inclusive en los países capitalistas
desarrollados, junto a
la gran producción
maquinizada hay muchos sectores en los que un lugar
importante corresponde a las empresas pequeñas, o a
talleres dotados de una instalación rudimentaria y al trabajo manual
de los artesanos,
etc. En segundo lugar, hacia el socialismo pueden
avanzar países con unas fuerzas productivas poco desarrolladas, o que, junto a
una industria potente, hay una agricultura atrasada que ocupa a millones de
productores. Esto da especial actualidad al problema de cómo ha de proceder el
poder obrero cuando recibe del capitalismo en herencia una base material y
técnica suficientemente desarrollada.
Los socialistas de derecha invitan a no plantear el
problema de la toma del poder hasta tanto toda la
economía nacional no alcance su nivel máximo, el que
caracteriza al capitalismo monopolista de Estado
en plena expansión. Sin esto, afirman, la clase
obrera no puede aspirar a construir el socialismo. Cuando se llevó a
cabo la Revolución
Socialista de Octubre,
según
queda dicho, los
jefes socialdemócratas la
306 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág.
431.
calificaron de "espuria" por la razón de
que Rusia no había alcanzado un nivel suficientemente alto de desarrollo de sus
fuerzas productivas y su cultura, y no disponía de personal competente para
dirigir la economía. Pero la clase obrera de Rusia no prestó oídos a aquellos
pedantes. Primeramente conquistó el poder y luego se dedicó con toda energía a
enjugar el atraso económico y cultural y a capacitar personal dirigente.
No había terminado aún la guerra civil cuando bajo
la dirección personal de Lenin se procedió a elaborar un plan de
electrificación de Rusia, que se conoce con el nombre de "Goelro".
Era el primer plan de desarrollo de la economía nacional, trazado con un
criterio científico, para un período de diez a quince años. En él se
determinaba el desarrollo, con la
base técnica más
moderna, de los
sectores decisivos de la industria pesada: producción de energía,
metalurgia, construcción de maquinaria, industria química y transportes. Las
ideas de Lenin, plasmadas en el plan "Goelro", sirvieron después de
punto de partida para la política de industrialización socialista, gracias a la
cual el Estado soviético creó la necesaria base material y técnica de la
sociedad socialista.
El atraso económico y técnico no significó, pues,
una barrera infranqueable para la construcción del
socialismo. La clase obrera, sin embargo, hubo de
resolver una tarea gigantesca y ardua: crear la base
material y técnica del socialismo, impulsar todos los
sectores
de la industria
y, en primer
término, la
producción de medios de producción. Así habrán de
hacerlo todos los países que entren en la ruta del socialismo, pero
singularmente aquellos que
no tenían en el pasado una base industrial bastante desarrollada. Con
otras palabras, todos los países se ven ante la necesidad de emprender la
industrialización socialista.
La industrialización socialista significa la
construcción de una gran industria, preferentemente pesada, que da la clave
para reestructurar toda la economía nacional sobre la base de una técnica
maquinizada de vanguardia, asegura el triunfo del socialismo y fortalece la
independencia técnica y económica del país y su capacidad de defensa frente al
mundo capitalista.
La creación de una industria moderna exige
gigantescas inversiones materiales y financieras. En los países capitalistas,
los medios para la industrialización
los proporcionaban la
expoliación de las colonias, las contribuciones de guerra o los
empréstitos exteriores. Las dos primeras fuentes, por motivos de principio, no
las puede admitir un país socialista. En cuanto a los empréstitos, los países
capitalistas no los
conceden a aquellos
que construyen el socialismo, si no es que piensen valerse de esto para
ejercer determinada presión política. Así ha venido ocurriendo hasta ahora por
lo menos. Más aún, en sus deseos de llevar al fracaso la construcción del
socialismo, los Estados capitalistas levantan cuantos obstáculo pueden a un
normal desarrollo del comercio y de las relaciones culturales y técnicas que
pudiesen significar una ayuda en la industrialización, como son la adquisición
de maquinaria, los asesoramientos técnicos, etc.
Quiere decirse que los medios para la
industrialización socialista hay que buscarlos dentro
del país, son sólo los recursos internos creados por
el trabajo de sus obreros, campesinos e intelectuales.
Esto puede, sin duda, exigir ciertos sacrificios y
provocar dificultades y privaciones, sobre todo en las primeras etapas de la
industrialización socialista. Así
ocurrió en la Unión Soviética, cuyos trabajadores
-los primeros en lanzarse
a la construcción del
socialismo- hubieron de hacer economías en todos los
aspectos y privarse de muchas cosas.
Al mismo tiempo, una vez han sido suprimidas las
clases de capitalistas y terratenientes, aparecen
posibilidades nuevas para financiar la industria. Así, la parte de la renta
nacional que antes era absorbida por el consumo parasitario de las clases
explotadoras, se convierte en acumulación socialista. Los capitalistas
extranjeros se apropiaban de sumas ingentes en Rusia, China y algunos otros
países que han entrado en la vía del socialismo. La revolución socialista pone
fin a esta
dependencia económica. Los
campesinos se ven libres de hipotecas y arrendamientos. Esto permite incorporar
recursos del campo al desarrollo de la industria. Con este mismo fin se
utilizan los ingresos de las empresas estatales, del comercio interior y
exterior y de los bancos.
El Poder Soviético puso en juego todos sus recursos
internos y pudo llevar así a cabo la industrialización con un ritmo como no
conocía ningún país capitalista. En el período del primer plan quinquenal
(1929-1932) se pusieron en marcha 1.500 nuevas fábricas, y en el segundo
(1933-1937), 4.500. En este tiempo el volumen de la producción se hizo
4,5 veces mayor. Tal incremento de la industria en
diez años significa un salto como jamás se conoció
en la historia de la economía mundial. Para lograr
ese
avance los Estados Unidos necesitaron casi 40 años:
aproximadamente de 1890 a 1929.
También es muy rápido el incremento de la industria
de las democracias populares en el período
de transición. La posibilidad de alcanzar un ritmo
tan
elevado es prueba manifiesta de la superioridad que
representa en sí el régimen socialista.
Para la Unión
Soviética -el primer
Estado
socialista del mundo- el ritmo de crecimiento de la
industria era un problema de vida o muerte. J. V. Stalin decía
en 1931: "Los
países avanzados nos llevan una ventaja de cincuenta a cien
años. Nosotros debemos recorrer esta distancia en diez años. O lo hacemos o nos
aplastarán."307 Y únicamente porque
307 J. V. Stalin, Obres, ed. rusa, t. XIII, pág. 39.
la U.R.S.S. había sabido crear hasta 1941 una
potente base industrial, el pueblo soviético estuvo en condiciones de derrotar
a la Alemania fascista. La necesidad de un ritmo semejante venía también
impuesta por la urgencia de preparar cuanto antes las condiciones para la
reorganización socialista de la agricultura y la supresión de los campesinos
ricos.
En un período de trece a quince años solamente la
Unión Soviética, país agrario, se convirtió en
industrial y pasó
a ocupar uno
de los primeros
puestos entre las grandes potencias industriales del
mundo. Era una gran hazaña que el pueblo soviético
llevó a cabo bajo la dirección del Partido Comunista.
Las democracias populares crean la base material
y
técnica del socialismo
en condiciones más propicias. A diferencia de la U.R.S.S.,
que no podía contar más que
con ella misma,
se apoyan en la
amplia ayuda que entre sí se prestan todos los países del campo socialista. Los
Estados socialistas desarrollados ayudan a crear una industria avanzada a los
menos desarrollados. La Unión Soviética contribuye en este terreno valiosamente
en forma de créditos, empréstitos, documentación técnica, utillaje y materias
primas.
Ahora, cuando existe el sistema mundial del
socialismo, no es preciso ya que cada uno de los países que
lo integran impulse
obligatoriamente todos los sectores
de la industria,
como hubo de hacer
la U.R.S.S. La
división internacional del trabajo dentro del campo socialista
permite recurrir en vasta escala a la especialización y cooperación de la
producción. Los distintos países socialistas pueden impulsar en
primer término los
sectores para los cuales disponen de mejores condiciones
económicas y naturales y que responden más a sus tradiciones nacionales y a su
experiencia.
Así, pues, no siempre son idénticas las tareas que
cada país ha
de llevar a
cabo en el
proceso de creación de la base
material y técnica del socialismo. Los países agrarios han de impulsar el
desarrollo de la industria; los países que bajo el capitalismo alcanzaron ya un
alto nivel industrial han de reorganizar
su estructura, regular
las nuevas relaciones económicas
y superar las desproporciones heredadas del pasado.
4.
Balance del período de transición
Toda la política económica del Estado proletario en
el período de transición va orientada a la lucha de los elementos socialistas
contra los capitalistas, a la limitación y desplazamiento de estos últimos y al
triunfo completo de las formas socialistas en todas las esferas de la economía
nacional. Esa lucha, sostenida principalmente con métodos y medios
económicos, termina con
la pluralidad de formaciones y permite suprimir a la
burguesía y a los campesinos ricos como clase.
Lo principal del período de transición es el triunfo
del modo de producción socialista. La formación socialista, que iba ya a la
cabeza al comienzo de este período, se convierte en predominante y acaba por
extenderse por completo a todos los sectores. La pequeña producción mercantil
se convierte en socialista mediante la integración en cooperativas de los
campesinos y artesanos. La formación capitalista desaparece por completo, como
consecuencia de las limitaciones y de su desplazamiento del campo de la economía,
o de su transformación.
Así queda resuelta la contradicción fundamental del
período de transición: la que existe entre el joven
sistema socialista, que acaba de nacer y se
desarrolla,
y el capitalismo, que aun habiendo sido derribado no
ha sido suprimido todavía hasta el fin.
El
ejemplo de la
Unión Soviética, que
fue el
primer país en la historia que pudo coronar la
construcción de la sociedad socialista, es una muestra palpable de lo que puede
dar el período de transición.
El
proceso de transformación socialista
de la economía quedó
terminado en la
U.R.S.S., en lo
fundamental, hacia 1935. En 1937 el 98,7 por ciento
de los fondos de producción del país eran propiedad socialista, es decir,
pertenecían al Estado socialista o
a los koljoses y cooperativas. Para este tiempo las
empresas socialistas proporcionaban el
99,8 de la
producción global de la industria. En la producción
global de la agricultura el sector socialista ocupaba el
98,5 por ciento, y en el comercio al por menor, el
100
por ciento.
Esto significaba que la economía
nacional, en su conjunto, se desarrollaba toda ella sobre una base socialista.
Cambió radicalmente la composición de clase de
la sociedad soviética.
En 1928 los
elementos
capitalistas no significaban ya más que el 4,6 por
ciento; en 1937 esta clase había desaparecido por
completo.
La experiencia histórica de la Unión Soviética y
de las democracias populares confirma plenamente la
tesis de la teoría marxista-leninista según la cual el socialismo no puede
surgir espontáneamente, por el propio curso de las cosas, ni antes ni después
de la revolución proletaria. Ha de ser construido y se construye con el
esfuerzo de los obreros, los campesinos y demás trabajadores organizados dentro
del Estado y dirigidos por el partido revolucionario marxista-leninista. El
reconocimiento de que esto es así, es decir, de la necesidad objetiva de la construcción
activa del socialismo, separa a los comunistas de los socialdemócratas,
reformistas y revisionistas de toda laya, que admiten el que pueda producirse
la conversión espontánea del capitalismo en socialismo y niegan al mismo tiempo
el papel organizador y dirigente de los órganos estatales y sociales de la
dictadura proletaria.
Algunos líderes de la Unión de Comunistas
deYugoslavia, por ejemplo,
no ven la
contradicción socialismo en ascenso y los restos del capitalismo, sino
en el enfrentamiento de la dirección estatal centralizada y las necesidades de
los organismos locales y las empresas. La salida que proponen para eliminar
esta imaginaria contradicción es la de forzar la "desaparición" del
Estado ya en el período de transición. Mas la clase obrera únicamente puede
cumplir sus gigantescas tareas de organización y creación si aprende a manejar
el poder como una formidable fuerza económica. V. I. Lenin decía que sobre los
hombros del Estado
de obreros y campesinos recae una carga económica
singular. Cualquiera que sea la forma concreta que adopte el Estado socialista,
éste ha de llevar adelante activamente las transformaciones económicas, dirigir
la economía nacional, planificarla e influir sobre todo el proceso de la
reproducción ampliada en interés del socialismo. El
papel del Estado
socialista se acrecienta muy
especialmente en unas condiciones en que se mantiene en pie el campo
imperialista.
El
período de transición
ve formar también relaciones nuevas,
socialistas, en la
esfera de la
distribución. Al ser suprimidas las clases
parasitarias,
la renta nacional se convierte íntegramente en
patrimonio de los trabajadores.
Con el cumplimiento de las tareas económicas del
período de transición, antes ya del triunfo de las
relaciones socialistas, desaparece el paro, el eterno azote de la clase obrera
bajo el capitalismo. Se pone fin para siempre a las causas del empobrecimiento
en el campo. El derecho al trabajo se convierte por vez primera en realidad y
queda garantizado por el desarrollo regular de la economía nacional del país
socialista.
La
duración del período
de transición del capitalismo al socialismo no puede ser
igual en todos
los países. Depende en mucho de la situación interna
e internacional. Está claro que tanto la sociedad en su
conjunto como cada uno de los trabajadores tienen
interés en llevar a cabo cuanto antes las transformaciones socialistas.
De ahí que
una tarea
muy importante del Partido y del Estado sea la de
encontrar y poner en juego todas las reservas capaces
de acelerar la transición al socialismo. Eso no
significa, sin embargo, que nos podamos saltar las etapas e ir con
precipitaciones. Las prisas infundadas
son nocivas en la construcción del socialismo como
en toda obra grande. V. I. Lenin decía: "La Comuna,
es decir, los Soviets de diputados obreros y
campesinos, no «implanta», no piensa «implantar» y no debe implantar ninguna
transformación que no
haya madurado absolutamente en la realidad económica
y en la conciencia de la inmensa mayoría del pueblo."308 Estas
indicaciones de Lenin sirven de guía a los partidos marxistas-leninistas en su
trabajo de organización y de explicación entre las masas.
fundamental del período de transición en la lucha
del
308 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIV, pág. 48.
Capitulo
XXIII. Rasgos fundamentales del modo socialista de producción
El paso del
capitalismo al socialismo
termina
cuando la propiedad social se ha afirmado en todos
los sectores de
la economía. El
socialismo se
desarrolla
ahora apoyándose en
la gran industria
maquinizada
y en la
agricultura mecanizada colectiva.
La
propia sociedad, los propios
trabajadores se colocan en condiciones de planificar y regular el proceso de
producción en la escala de toda la economía nacional del país. Bajo el
capitalismo, una producción más o menos planificada puede organizarse sólo
dentro de una empresa, o todo lo más dentro de un monopolio. Pero se trata de
unos planes que constantemente se ven trastrocados por la anarquía de la
producción que reina en toda la economía
nacional. El socialismo
permite la dirección planificada
de todo el mecanismo de producción social tomado en su conjunto.
Adviene
una nueva era: la
era de la economía planificada. El
volumen de la producción social, la
estructura de ésta, la distribución del trabajo y de
los
medios de producción entre los sectores de la
economía, los precios
de las mercancías,
las
proporciones del salario: todo esto deja de ser
regido
por procesos elementales. La propia sociedad los
planifica, con vistas
a dar la
satisfacción más completa a las
necesidades de sus miembros.
Esto no significa, sin embargo, que en el terreno
económico pierdan su vigor las leyes objetivas.
Todo lo contrario, para que la dirección
consciente de la
economía alcance su
eficacia
máxima, la sociedad socialista ha de guiarse por las
leyes objetivas de su desarrollo y organizar su economía en consonancia con
dichas leyes.
Las
leyes de la
nueva formación económica tardan en ser dominadas. Se
requiere experiencia y
tiempo para que la sociedad socialista conozca las
leyes de su propio desarrollo y aprenda a utilizarlas en interés de ella misma.
Se
comprende la responsabilidad que en estas condiciones recae sobre los órganos
dirigentes del
cuerpo social, tanto del Partido como del Estado.
Hay que aprender el arte de dirigir el complejo organismo económico y
planificar toda la producción social de
tal suerte que queden asegurados su incremento
continuo y el constante ascenso del bienestar de todo
el pueblo.
1. La
propiedad social y sus formas
Marx consideraba que el modo como se unen los
elementos fundamentales del proceso de producción -
fuerza de trabajo y medios de producción- constituye
la base de todo régimen social. En el socialismo, esos elementos están unidos
de tal manera que los propios
hombres que participan en la producción son dueños
emplean. Esto elimina por completo la posibilidad de
que los medios de producción se conviertan en instrumento de
explotación de una
parte de la sociedad por otra. Como condueños de la
propiedad social y copartícipes
del proceso social
de producción, todos los hombres son iguales y estructuran sus
relaciones en un plano de amistosa colaboración y ayuda mutua.
La propiedad social corresponde en el socialismo al
nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas
productivas.
En virtud de
esto, dicha propiedad
ofrece ciertos rasgos y características que son
propios del socialismo, o primera fase de la sociedad comunista. La experiencia
de la Unión Soviética y de las democracias populares nos dice que la propiedad
social presenta dos
formas: de todo
el pueblo (estatal) y cooperativa
koljosiana.
La
propiedad estatal en el socialismo.
La propiedad estatal socialista, decíamos ya, surge
por la nacionalización de la gran industria, los transportes y los bancos, y
por la confiscación de las tierras de los grandes propietarios que el Estado
proletario lleva a cabo. El posterior progreso de la economía conduce a un
rápido incremento del sector estatal. Lo que fue nacionalizado después de la
toma del poder por la clase obrera
se convierte en una parte muy reducida de los medios de producción de
que dispone la sociedad socialista. Todo lo demás es creado por el pueblo en el
proceso de construcción del socialismo. En la Unión Soviética, por ejemplo, los
principales fondos de producción de la industria se incrementaron en 30,3
veces, si comparamos las cifras de 1913 y 1956. Por tanto, la propiedad
nacionalizada en 1917 y 1918 representaba poco más del tres por ciento de los
medios sociales de producción existentes en 1956.
En el período en que aparecía la formación
socialista en la
U.R.S.S., Lenin indicó
que la
dificultad principal no estaba en la confiscación de
los medios de producción a la burguesía. "La
organización del cómputo
-decía-, el control
de
empresas gigantescas, la transformación de todo el
mecanismo económico estatal en una gran máquina,
en un
organismo que funcione
de tal modo
que cientos de millones de personas se gobiernen por un mismo plan:
tal es la
gigantesca tarea de organización que
ha caído sobre
nuestros hombros."309
Al día siguiente
de la nacionalización, la industria, los transportes y los bancos
siguen siendo empresas sueltas y dispersas. Se requiere tiempo y grandes
esfuerzos para formar con ellas un todo armónico y
sujetar su funcionamiento a un plan único. Esta tarea es cumplida durante el
período de transición. La gran producción socialista, extendida a todo el país
y dirigida desde un centro, presenta unas
colectivamente
de los medios
de trabajo que
309 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 68.
ventajas con las que el capitalismo no puede soñar
siquiera.
La
propiedad de todo
el pueblo es
en el socialismo propiedad
estatal, puesto que la sociedad,
como conjunto al que pertenecen los medios de
producción, se halla en esta fase representada por el
Estado. Este, en nombre de la sociedad, dirige la
producción social como un proceso único. El Estado pone los
medios de producción
a disposición del
personal de cada empresa, aunque conservando la
propiedad de los mismos. Cuando decimos que bajo
el socialismo los hombres orientan conscientemente
su desarrollo social, ello significa que lo hacen a través del Partido y del
Estado, los cuales cumplen el
papel de dirigentes y organizadores de la economía socialista.
Deformaciones reformistas y revisionistas de la
esencia de la propiedad social.
La última moda de los revisionistas es presentar el
incremento de la propiedad estatal y del sector estatal
de la economía de los países socialistas como una
manifestación de centralismo burocrático. La propiedad estatal no es para ellos
más que una fuente
de deformaciones burocráticas.
¿Qué proponen en lugar de la propiedad estatal o de
todo el pueblo? En su lugar, llevan a primer plano
diversas formas de propiedad de grupo: municipal,
cooperativa y comunal.
A primera vista habría quien creyese que esto es
también socialismo. Pero en realidad se trata de un anarcosindicalismo pequeñoburgués, la inconsistencia del cual quedó ya demostrada
por los fundadores del marxismo-leninismo y ha sido confirmada por toda la
experiencia de la historia.
La necesidad de la propiedad social en su forma
estatal no es fruto de lucubraciones vanas de nadie,
sino
consecuencia directa de
las tendencias de
desarrollo de las modernas fuerzas productivas. Los
comunistas se limitan a expresar lo que es propio de dichas tendencias: en
cualquier país capitalista desarrollado, las leyes del incremento sucesivo de
las fuerzas productivas exigen la conversión de la economía nacional
en un organismo
único y completo dirigido desde
un centro. Sin embargo, sólo el socialismo puede dar satisfacción a las
necesidades maduras de las fuerzas productivas y crear un organismo económico
realmente único y completo dirigido por el Estado.
Los precursores de los modernos anarcosindicalistas
tomaban sus nociones del pasado.
Idealizaban el trabajo de las colectividades
inconexas que, en sus
formas más primitivas,
existió en la
cerrada economía natural campesina y en la pequeña
producción mercantil de
los artesanos. Sus
teorías eran una utopía
reaccionaria dirigida contra
el
socialismo científico. Estas ideas, aun modernizadas
y renovadas, representan
también hoy en
día una utopía reaccionaria.
La clase obrera no puede aceptar tales planteamientos. El socialismo es
producto de la gran
producción. La salvación del yugo de los monopolios
no está en
el retorno a
la pequeña producción dispersa y dividida, sino todo lo
contrario, en el paso a una producción
social aún más
grande y centralizada subordinada
al poder de los trabajadores.
¿Es posible, acaso, cuando nos encontramos con
una gran producción
maquinizada, construir el
socialismo sobre la base de inconexas cooperativas,
comunidades
y comunas, sin
quebrantar los cimientos de un proceso
de producción que se apoya en la técnica más moderna? Resulta obvio que no.
Bajo la dominación
de la gran
propiedad es imposible evitar
el predominio de
los intereses locales sobre los
generales. Cada una de las empresas trabaja a ciegas, sin tomar en
consideración las necesidades conjuntas de la economía. El resultado de esto es
uno, de ordinario: no obstante haber sido suprimida la propiedad privada de los
capitalistas, la anarquía de la producción levanta de nuevo cabeza. De nuevo
aparecen constantes desproporciones que ha de "equilibrar" el mercado
especulativo. En las aguas turbias de la especulación y en el mercado, con sus
elementales fluctuaciones, renacen inevitablemente los elementos capitalistas.
En relación estrecha con esta negación del papel de
la propiedad estatal se encuentran los ataques de
los revisionistas contra la función de organización
económica del Estado
socialista, y en
particular
contra la planificación por parte del Estado. Los
revisionistas pretenden presentar el Estado socialista
como una excrecencia burocrática en el cuerpo de la
sociedad, que frena
el libre desarrollo
económico. Mas esta deformación del papel del Estado socialista
que nos brindan no prueba sino su resistencia a
comprender los vínculos orgánicos que existen entre
el nuevo papel del Estado y el imperio de la
sociedad socialista, y también con el carácter específico de la acción de
las leyes económicas
del socialismo.
Cuando el Estado actúa como representante de la
sociedad como un
todo, lógicamente, él
y sus
órganos centrales han de determinar, en nombre de la
sociedad, la orientación, las proporciones y el ritmo de desarrollo de la
economía nacional. Sólo a través
de la labor del Estado se convierten en realidad
todas las posibilidades objetivas
y ventajas que
el
socialismo presenta.
En este problema
se revela también
la esencia pequeñoburguesa del revisionismo. Con el
socialismo se consigue, por fin, subordinar la vida
económica al control
consciente de la
sociedad,
lográndose así un ascenso acelerado del bienestar
general; pero los revisionistas tiran hacia atrás, hacia los tiempos
del "libre juego"
de las fuerzas
económicas,
el cual, dicho
sea de paso,
hace ya tiempo que
dejó de existir
incluso en los
países capitalistas.
Los revisionistas dan marcha atrás, van de Marx a Proudhon y
demás precursores del anarcosindicalismo. Miran al pasado, y no
al futuro. Es lógico, pues, que cada paso adelante en el desarrollo de la gran
producción socialista eche por tierra todos sus argumentos.
Los intentos de aplicar los dogmas
anarcosindicalistas a la vida económica se derivan de
la incomprensión de la superioridad que ofrece la
forma estatal de
propiedad socialista, de
la
incapacidad para sacar provecho de tal superioridad.
La propiedad social de todo el pueblo no entorpece en modo alguno la función
creadora de las distintas
colectividades de producción en las empresas. Ocurre
lo contrario: la fecunda labor de esas colectividades
puede desarrollarse verdaderamente sólo dentro del
marco de un organismo económico bien estructurado en el que todas sus partes
marchen al unísono. Otra
consideración de capital importancia es que la forma
estatal de propiedad social mueve a los hombres a
guiarse, por los intereses generales de todo el
pueblo, nacionales, y no por intereses de campanario. Eleva, por tanto,
la conciencia de
los productores, a un
plano nacional y les obliga a preocuparse no ya de
los problemas de su empresa solamente, sino de las
cuestiones que afectan a todo el pueblo.
Por
esto calificó Lenin
la forma estatal
de propiedad como consecuentemente socialista,
es
decir, como la forma más perfecta de la propiedad
socialista, en la que toma cuerpo el nivel superior de
la socialización de la producción.
La
propiedad cooperativa koljosiana.
Dentro
del socialismo los
marxistas-leninistas admiten también, como forma perfectamente
legítima,
la propiedad cooperativa,
es decir, de grupo,
y la desarrollan
y estimulan por
todos los
medios. Piensan, eso sí, que la presencia de la
cooperación no equivale
a la existencia
del socialismo. Así podían
creerlo los socialistas
utópicos del pasado siglo, que se imaginaban poder
llegar al socialismo mediante la simple creación de
cooperativas. No comprendían entonces que la
cooperación no determina
aún el modo
de producción. Ocurre a la inversa,
que el propio
carácter
de la cooperación
viene impuesto por el
modo de producción predominante. Bajo
el
capitalismo, y así lo acredita la experiencia, la
cooperación de pequeños productores adquiere, en la mayoría de
los casos, un
carácter burgués. En el
socialismo, cuando el poder está en manos de la
clase obrera y los campesinos y cuando el sector estatal
predomina en la economía, la cooperación adquiere un
carácter socialista.
La propiedad cooperativa aparece históricamente
bajo el socialismo como resultado de la vía
específica por la que
pasan a formas
nuevas, colectivas, de trabajo los campesinos y las demás capas
de la población antes relacionadas con la pequeña producción mercantil.
La propiedad colectiva
que nace de la unión en cooperativas de esos pequeños productores es
precisamente la forma cooperativa koljosiana de la propiedad socialista. Es la
propiedad de grupo de los koljoses (cooperativas agrícolas), cooperativas
industriales de producción y otras semejantes.
En la mayoría de los países socialistas, la
formación de cooperativas de producción en la agricultura comienza reuniendo
simplemente los medios de producción pertenecientes a los campesinos: ganado de
labor, arados, otros aperos y algunas dependencias. Luego, la propiedad
cooperativa se multiplica merced al trabajo en común de los
campesinos, con la
ayuda de la
industria estatal. Las cooperativas llegan a poseer así máquinas
modernas. Varias de ellas unifican sus esfuerzos y construyen centrales eléctricas,
canales de riego, pantanos, caminos, escuelas y hospitales, es decir, obras de
significado ya para todo el pueblo. En la Unión Soviética, de 1932 a 1958, los
fondos indivisibles de los
koljoses, o sea
la parte de los
bienes de las
cooperativas que no
está sujeta a reparto entre sus miembros, se ha hecho 21
veces mayor, pasando de
4.700 millones de
rublos a
102.000 millones. Una parte muy importante de esos
fondos la constituyen actualmente modernas
máquinas agrícolas, tractores, camiones y otros
complejos elementos técnicos.
La propiedad cooperativa es una forma menos madura
de propiedad socialista que la estatal. Los
medios de producción y la producción misma no
pertenecen a la sociedad en su conjunto, sino a un grupo de la misma. Entre una
y otra, sin embargo,
dentro del socialismo no hay diferencias
sustanciales. Ambas excluyen la explotación del hombre por el
hombre y presuponen el trabajo colectivo en interés
de la sociedad. La propiedad cooperativa, lo mismo que la
estatal, abre grandes
posibilidades para el
incremento constante de la producción socialista y
para la elevación
del nivel de
vida de los
trabajadores.
Además, la forma cooperativa de producción no es
algo petrificado e inestable. En su desarrollo va
pasando por diversos escalones, ascendiendo de las
formas inferiores a las superiores. El volumen de la
producción crece sin cesar como consecuencia de la
fusión de varias
cooperativas en una,
de la renovación de
sus recursos técnicos
y de la
formación de empresas intercooperativas. Así,
gradualmente, por el
nivel de socialización
y el
carácter del trabajo, como también por las formas de
organización del mismo y los instrumentos que se emplean, las
cooperativas se van
acercando a las
empresas estatales, que pertenecen a todo el pueblo.
La forma cooperativa de propiedad puede desarrollarse y robustecerse sólo porque junto a
ella existe la propiedad estatal. El Estado socialista hace cuanto está a su
alcance para elevar al nivel de esta última
la propiedad cooperativa
koljosiana, con objeto de
brindar a los campesinos y otras capas de la población organizadas de tal forma
posibilidades aún mayores en cuanto a la ampliación y el perfeccionamiento de
la producción y para mejorar su nivel de vida.
2. Fin
fundamental de la producción socialista
El fin fundamental de la producción capitalista es
la ganancia. La producción de por sí, cualquiera que ésta sea,
interesa poco al
capitalista. Todavía le
interesa menos si en la sociedad se ven o no
satisfechas las necesidades de todos sus miembros.
Lo que en realidad le preocupa es cómo convertir la
producción de cualquier mercancía en fuente de ganancias.
Cuando los medios de producción pasan a ser
propiedad social, las razones y fines de la producción
cambian por completo. Dentro del socialismo los
medios de producción pertenecen a los trabajadores, a la sociedad, y está claro
que los trabajadores no
pueden someterse a sí mismos a explotación. No hay,
pues, tampoco lo
que es consecuencia de
la
explotación, la plusvalía. Ahora, según indicaba
Lenin, "el producto complementario no va a parar a la clase de los
propietarios, sino a todos los trabajadores y sólo a ellos".310
Todo el producto
social que anualmente
se produce en la sociedad socialista pertenece a quien es dueño de los
medios de producción, a la sociedad, es decir, a los trabajadores tomados como
un cuerpo único de productores.
Más adelante se
demostrará que este producto anual no puede tener otro empleo que el de
satisfacer -directa o indirectamente-, las necesidades de los propios
trabajadores.
Los trabajadores que tomaron el poder y que han
organizado la producción social no pueden marcarse otro objetivo que el de
satisfacer sus necesidades sociales y personales. Ahora no hay ya nadie entre
el productor y el
resultado de su
trabajo: ni el capitalista, ni el terrateniente, ni el
comerciante, ni el usurero. Todo cuanto sale de las empresas sociales pertenece
a los propios productores: tal es la esencia del nuevo modo de producción y
distribución. Se comprende, pues, que los trabajadores traten de aumentar sin
cesar la producción
de bienes materiales, puesto que
son ellos mismos los que se benefician de los frutos de su trabajo.
Así, pues, el fin de la producción socialista se
desprende de su
misma esencia. Lenin
lo definía como
"organización planificada del proceso de producción social para asegurar
el bienestar y el desarrollo
completo de todos
los miembros de la
310
Recopilación leninista XI,
Moscú-Leningrado, 1931, pág.
382.
sociedad..."311
Hemos de tener
presente que las
necesidades humanas no permanecen
estancadas siempre a un
mismo
nivel. No pueden
por menos de
cambiar,
puesto que al incrementarse la riqueza social y la
cultura crecen las demandas materiales y espirituales de los hombres y aparecen
nuevas necesidades. La tarea de la sociedad bajo el socialismo consiste
precisamente en asegurar una satisfacción cada vez más completa a las
necesidades materiales y culturales, en constante aumento, de todos sus
miembros.
La
satisfacción cada vez
más completa de las
necesidades como fin de la
producción socialista
tiene un carácter necesario, o sea, es una ley. Con
otras palabras, las
leyes de la
misma producción
basada en la propiedad social dictan objetivamente
ese fin
a la sociedad
socialista. La producción perdería su principal estímulo de
desarrollo si no se
hallase subordinada a la satisfacción de las
crecientes necesidades materiales y
culturales de los
trabajadores.
Por eso, la ampliación de la producción tiene, para
el Estado socialista,
como fin fundamental, la
elevación constante del bienestar del pueblo. Este
fin no es otra cosa sino la expresión consciente de una
ley económica objetiva propia de la producción
socialista. En las obras soviéticas de economía se le da el
nombre de ley
económica fundamental del
socialismo y se formula así: constante ampliación y
perfeccionamiento de la producción, sobre la base de
una técnica avanzada, con objeto de satisfacer de la
manera más completa
las necesidades, siempre
en
aumento, de todos los miembros de la sociedad.
La
acción de esta
ley encuentra expresión fehaciente en el continuo auge del
bienestar de los
trabajadores de los países socialistas. En la Unión
Soviética, los ingresos reales de los obreros y
empleados se habían duplicado casi en 1958 respecto
de 1940, mientras
que los ingresos
reales de los
campesinos,
por individuo activo,
eran más del doble.
La
historia ha hecho
que los primeros
países
socialistas en entrar en emulación con el
capitalismo no figurasen, en la mayoría de los casos, entre los más avanzados
económicamente. Para vencer en esta emulación se requiere de ellos un elevado
ritmo de incremento de la producción; han de poner gran tensión en el trabajo y
superar numerosas dificultades relacionadas con su anterior atraso. Un elevado
ritmo es imposible de conseguir si no se equipa a todos los sectores de la
producción de elementos técnicos perfeccionados, y esto, a su vez, requiere un
elevado ritmo de acumulación,
es decir, destinar
una gran parte de la renta
nacional a la ampliación de la producción.
El volumen del fondo de consumo se ve hasta
311 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIV, pág. 430.
ahora limitado también por la circunstancia de que
los países socialistas se ven obligados a invertir recursos considerables en su
defensa. Si no fuese por todo esto, el
fondo de consumo
podría crecer ya ahora extraordinariamente.
Sin embargo, la potencia económica y defensiva
del campo socialista
ha alcanzado actualmente
tal
nivel,
que los países
que lo integran
están en
condiciones de destinar recursos cada vez mayores al
fondo de consumo y mejorar así la vida de las masas
populares. El alto ritmo de desarrollo de la
industria
pesada y los gastos de defensa son ahora
perfectamente compatibles con el rápido incremento de la industria ligera y con
un ascenso vertical de la agricultura.
Esto ha permitido a la Unión Soviética y otras
democracias populares plantearse, con la seguridad
de que será
cumplida, la tarea
de alcanzar en un
brevísimo plazo histórico un nivel tal de consumo
popular que por todos sus índices supere a cuanto
existe en los países capitalistas más desarrollados.
3.
Desarrollo planificado de
la economía nacional
El establecimiento de la propiedad social significa
que cesa la acción de las leyes de la economía
capitalista. La nueva
forma de propiedad,
como
decíamos antes, engendra sus propias leyes
objetivas,
entre las que un lugar de primer orden corresponde a
la ley
del desarrollo regular,
planificado, de la
economía nacional.
Ley del desarrollo
regular, proporcional, de la economía nacional.
La economía nacional es bajo el socialismo un
organismo completo dirigido por una voluntad única.
En estas condiciones, lo primero que la economía
reclama es que
se asegure la
armonía, el
acoplamiento, el máximo "ajuste" entre sí
de todas las partes del mecanismo de producción social del país. Esto queda
expresado en la ley del Desarrollo
planificado y proporcional.
¿Qué
significa esta ley?
Significa que para
el funcionamiento normal de la economía socialista se
necesitan
determinadas proporciones entre
sus
distintos sectores. Significa también que estas
proporciones pueden y
deben ser establecidas
y
mantenidas
de manera regular,
es decir, como
resultado de acciones meditadas del Estado
socialista y de sus órganos de planificación.
El
carácter objetivo de
la ley del
Desarrollo
planificado y proporcional viene dado por la
circunstancia de que dichas proporciones no pueden ser establecidas en la
economía nacional arbitrariamente, por el capricho o el deseo de nadie, sino
que se subordinan a determinados principios, el
producción social. A eso se refería ya Marx al
indicar que "la necesidad de la división del trabajo social en
determinadas proporciones no puede ser destruida en modo alguno por una
determinada forma de la producción social; únicamente puede cambiar 1a
forma en que
se manifiesta. Las
leyes de la naturaleza no pueden ser
abolidas."312
Quiere decirse que la sociedad socialista no puede
cambiar por arte
de magia la
relación entre la
producción y el consumo, entre la acumulación y el
consumo, sin tener presente la situación real de la
economía y los recursos de que se dispone.
Imaginémonos por un momento que la sociedad o
sus órganos estatales,
guiándose por los
mejores
deseos, quisieran elevar verticalmente el consumo
sin preocuparse antes de
aumentar debidamente la
producción. ¿Qué sucedería? Que las reservas de
mercancías se agotarían rápidamente. Lo mismo ocurriría si
se quebrantaba arbitrariamente la
correspondencia entre el consumo y la acumulación
de medios destinados
a la ampliación
de la
producción.
La reducción de
las acumulaciones traería inevitablemente
consigo una disminución de la
marcha, y luego
la detención del
desarrollo
económico; el capital fijo sería consumido
rápidamente y vendría
el colapso y
la
desorganización de toda la vida económica. Y si el
ritmo de acumulación es excesivo, los productores pueden perder el interés
material y, en fin de cuentas,
se originará un descenso de la productividad del
trabajo. No queda impune tampoco la transgresión de
las proporciones entre el salario y el nivel de
productividad del trabajo, entre el conjunto de los
ingresos monetarios de la población y el volumen de
la circulación de mercancías, etc.
Además de los que hemos mencionado, existen
otros muchos sectores de la producción y la
distribución cuyo normal
funcionamiento es imposible si no
se observan determinadas proporciones. Así, es necesario guardar las
proporciones entre las ramas fundamentales de la economía nacional, tales como
la industria, la agricultura y los transportes. El retraso de cualquiera de
estos elementos amenaza con incalculables dificultades.
Determinada correspondencia exige el desarrollo de la industria pesada, ligera, extractiva y
transformativa.
Prenda del progreso
de todos los
sectores de la economía es el desarrollo preferente
de la industria pesada. De la misma manera, la ampliación de la base de
materias primas y de producción de energía ha de preceder al desarrollo de los
sectores transformativos de la industria, creando las necesarias reservas para
asegurar su crecimiento.
Es imposible también conseguir un
funcionamiento normal en la economía cuando no se asegura la relación correcta entre las
necesidades de la economía nacional en personal capacitado y las proporciones
en que éste es instruido dentro del país. La proporcionalidad se requiere
asimismo en cuanto a la instalación de las empresas por regiones económicas, a
la división del trabajo y a la especialización y cooperación de las empresas.
incumplimiento de los cuales produciría
inevitablemente un desajuste del proceso de
312 C. Marx y
F. Engels, Cartas escogidas, Gospolitizdat, 1953, pág. 208.
Por lo tanto, existe un amplio círculo de
proporciones económicas cuyo
mantenimiento
constante es una tarea fundamental de la sociedad
socialista.
Podría argüirse que cualquier régimen económico, sin
exceptuar el capitalismo, exige cierta proporcionalidad en el desarrollo de la
producción.
Efectivamente es así. Pero bajo el capitalismo las
necesarias correspondencias económicas se
establecen elementalmente, con dolorosas
fluctuaciones y desproporciones, a través de crisis y colapsos. La
circunstancia de que
los monopolios
dificultan el paso del capital de un sector a otro
complica aún más la situación. A la proporcionalidad
exigida por las leyes objetivas de la economía, el
capitalismo va a ciegas, entre tropezones y caídas, con lo que sufre pérdidas
enormes.
El volumen de estas pérdidas podemos apreciarlo
por los
datos expuestos por
WaIter Reuter, líder
sindical norteamericano, en la conferencia sobre el
paro celebrada en Washington, en abril de 1959. Durante los últimos cinco años,
dijo, a consecuencia
del paro en masa y de la utilización incompleta del
potencial de producción de los Estados Unidos, "el
pueblo norteamericano ha perdido para siempre en el
producto global del país 152.000 millones de dólares,
lo que equivale, aproximadamente, a 3.000 dólares
por familia". No podía ocurrir de otro modo bajo un régimen de explotación
en el que imperan la anarquía
de la producción, la competencia y dilapidación del
trabajo social.
Otra cosa distinta es bajo el socialismo, donde
entra en vigor la ley del desarrollo planificado y planificado, cuando, según
palabras de Engels, "se
hace posible la producción social según un plan
preconcebido".313 Los hombres, por vez primera en la historia, disponen de
todo lo necesario para conseguir el acoplamiento máximo del proceso de
producción social y regularlo
racionalmente. El hecho de
que bajo el socialismo todos los medios de producción son propiedad
social y de que la marcha de la producción
es planificada y
orientada desde un centro
único, crea posibilidades inusitadas
para lograr economías máximas en la inversión de materiales y trabajo,
para alcanzar una elevada productividad del trabajo social.
El
conocimiento de la
ley económica del desarrollo planificado y proporcional
significa para la sociedad socialista formidables ventajas. Esto se
refiere lo mismo
a la economía
nacional en su
313 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 269.
conjunto
que a cada
uno de sus
elementos: a cualquier fábrica,
mina o koljós. El funcionamiento normal de cada empresa es condición para la
buena marcha de toda
la máquina económica
del socialismo. Por eso
es tan importante
el papel de cada trabajador de la economía socialista,
cualquiera que sea el puesto que ocupe.
Esto es tanto más significativo si consideramos que
la ley del desarrollo planificado, según decíamos
anteriormente, no aparece automáticamente, de una
manera elemental. En
la economía planificada
socialista no hay ni puede haber una distribución
elemental de la mano de obra y de los capitales entre los distintos
sectores. Esto lo
realiza el Estado
sopesándolo todo y de conformidad con el fin
fundamental que en
el socialismo tiene
la
producción. Mas ello impone una especial
responsabilidad a los órganos estatales encargados de la planificación
y dirección del
desarrollo de la
economía.
Su tarea se complica aún más si consideramos que en
el socialismo ninguna proporción es eterna. Entre
los
sectores de la
economía nacional no
pueden
existir jamás unas proporciones fijadas de una vez
para siempre. La estabilidad en este caso no sería
indicio de bonanza, sino una señal de alarma. Esto
significaría que la producción social se mantenía en
un volumen invariable, que giraba describiendo un mismo círculo y no iba a más.
Pero la técnica no permanece estancada, en la organización de la producción se
producen hondos cambios y se modifican las necesidades de la sociedad. Todo
esto empuja adelante a la economía y cambia la relación entre sus sectores.
Aparecen ramas que ofrecen mejores perspectivas y otras retroceden a un segundo
plano.
Da la misma
manera, no puede
existir una relación, establecida
de una vez para siempre, entre la producción y el consumo, y entre el consumo y
la acumulación. El incremento de la productividad del trabajo amplía el
consumo. La aparición de nuevas tareas de la construcción socialista o el
cambio de la situación internacional pueden dar origen a que el anterior ritmo
de acumulación sea insuficiente o, por el contrario, excesivo.
El
sistema socialista de
planificación ayuda a tomar
en consideración a
tiempo los cambios
producidos, a adoptar las correcciones oportunas en
los planes económicos y a impedir la aparición de
desproporciones en la
economía o, caso
de producirse, a eliminarlas rápidamente.
Tareas
y métodos de la planificación.
La planificación en el Estado socialista es un
proceso en el
que se entrelazan
íntimamente elementos de investigación científica y de labor de
administración económica. Es
un trabajo que requiere conocimientos profundos de la
economía y
de las leyes objetivas de su desarrollo, y también
la capacidad de saber mirar adelante. La dirección de la economía es también
imposible sin una contabilidad y
una estadística bien
organizadas. Según V. L
Lenin, "la contabilidad y el control es lo principal que se requiere para
el «acoplamiento» y el buen funcionamiento de la primera fase de la sociedad
comunista".314
Las cláusulas de la ley del desarrollo planificado
encuentran expresión en los planes de la economía
nacional,
compuestos por los
organismos de
planificación en consonancia con las directrices del
Partido Comunista y
del Gobierno. Dichos organismos son
de carácter central,
existiendo también en las regiones económico-administrativas y en las
mismas empresas. Después de sopesar detenidamente los
recursos y posibilidades existentes, y partiendo de las
tareas que la sociedad tiene planteadas, los organismos de planificación
elaboran programas a corto y a largo plazo, hasta cinco, siete y quince años.
Los proyectos son sometidos a la amplia discusión de las masas y, una vez
aprobados por el órgano supremo del Estado socialista, adquieren forma de ley.
La participación de los propios trabajadores en la
planificación, el hecho de que los planes se basen en la experiencia reunida en
las empresas, es garantía de una dirección acertada de la economía nacional. La
labor económica del Estado socialista descansa en los principios leninistas
del centralismo democrático. Esto significa
que la planificación
no va sólo
de arriba abajo, sino también de abajo arriba. La dirección planificada
centralizada del Estado se combina con el espíritu democrático socialista, con
la iniciativa de las masas trabajadoras. En la Unión Soviética, en los años de
cumplimiento de los primeros planes quinquenales adquirieron ya carta de
naturaleza los denominados "contraplanes", es decir, los planes
enriquecidos con las
propuestas de obreros,
ingenieros y demás personal técnico de las empresas y modificados de
conformidad con sus sugerencias. Después de la reorganización de 1957 en la
dirección de la industria y la agricultura, la planificación se ha orientado
aún más decididamente hacia cuanto significa tomar en consideración la
experiencia, la iniciativa y las propuestas de carácter local.
La idea es que los planes de la economía nacional se
redacten partiendo de los proyectos compuestos
por el propio personal de las empresas. Ello
encierra,
sin duda, el peligro del localismo, es decir, que se
exageren los intereses de la empresa en perjuicio del
común. Sin embargo, el papel dirigente del Partido
Comunista, que orienta la labor de los órganos
centrales del Estado, permite reducir este peligro al mínimo.
Con todo y con eso, sería erróneo pensar que la
314 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 444.
formidable superioridad de la economía planificada
socialista asegura el éxito automáticamente. No hay que confundir la ley del
desarrollo planificado con la planificación. Si la ley económica obra siempre
certeramente -en el sentido de que su influencia se deja sentir
obligatoriamente-, la planificación puede ser acertada y desacertada, exacta o
aproximada sólo en líneas muy generales. Se necesita por ello un constante
perfeccionamiento de los métodos y del sistema de planificación; hay que
cotejar a cada paso los planes con la experiencia, con lo que nos dice la
práctica avanzada.
El éxito histórico
de los planes
económicos soviéticos y los éxitos de la economía planificada en
las
democracias populares demuestran
que la sociedad socialista domina
cada vez más la ley del
desarrollo planificado, proporcional, y aprende a
tenerla en cuenta en su labor diaria de planificación.
Es obvio que la ley del desarrollo planificado sólo
proporciona al socialismo una superioridad objetiva,
la cual
es traducida en
hechos por la
actividad práctica de los trabajadores de la sociedad socialista. No
basta con disponer de un buen plan de desarrollo de la economía; sin un trabajo
abnegado se quedará en el papel. No basta con saber que el socialismo es el
régimen que mejor permite economizar los recursos; sin una lucha diaria por las
economías, será imposible sacar provecho
completo de la superioridad del socialismo, y en el caso
de grandes omisiones puede incluso no manifestarse en absoluto. Sólo el trabajo
fecundo de todos los miembros de la sociedad puede convertir en realidades la
enorme superioridad potencial del socialismo. El papel decisivo en esta empresa
corresponde a la labor del Estado
socialista y de
sus entidades en la
organización de la economía. El Estado no se limita a fijar las tareas de
producción a los trabajadores, sino que organiza el cumplimiento de las mismas.
4. La
producción mercantil y la ley del valor en el socialismo
En la fase de desarrollo de las fuerzas productivas
y de la propiedad social que es característica del
socialismo, procesos económicos
trascendentales -
como son, por ejemplo, la distribución planificada
del trabajo por sectores de la economía nacional y
la distribución de los medios de producción y artículos
de consumo- no pueden tener lugar sin la utilización
de la forma monetaria-mercantil, sin la forma del
valor. Esto no se contradice en absoluto con los principios del socialismo, no
entorpece, sino que, al contrario, ayuda a poner de relieve la enorme
superioridad y las fuerzas internas del sistema socialista de economía.
Particularidades
de la producción
mercantil socialista.
La base de
la producción mercantil,
según sabemos, es que todos los tipos de trabajo concreto se reducen al
trabajo abstracto que crea el valor de la mercancía. Se trata de una gran
ventaja de la producción mercantil que conserva su significado mientras
permanezcan en pie las diferencias entre el trabajo del obrero y del
koljosiano, entre el trabajo calificado y simple, entre el trabajo intelectual
y manual, y mientras
la sociedad no
esté en condiciones de medir
simplemente por el tiempo el trabajo invertido en la producción de una u otra
mercancía.
Las relaciones de valor, es decir, las relaciones de
compraventa, impulsan con un interés material a quienes participan en la
producción a economizar trabajo y materias primas, a reducir los gastos y a
implantar nuevos elementos técnicos y métodos avanzados de producción. Esta
importante característica de la producción mercantil se corresponde
perfectamente con los intereses del socialismo, que
la utiliza ampliamente. Porque cuando la sociedad socialista
planifica el volumen de la producción de un artículo, está muy lejos de serle
indiferente el precio a que resultará dicho artículo, es decir, cuánto trabajo
será invertido en la producción de una unidad del mismo. Tiene un interés vital
en reducir los gastos de producción, puesto que economizando trabajo en un
sector puede ampliar la producción en otro.
De esto no se deduce, sin embargo, que la
producción mercantil socialista
sea idéntica a la
producción
mercantil simple o
capitalista, de que
hablábamos en el capítulo VIII. No, entre ellas
existe una diferencia de
principio, y no
es posible equipararla en modo
alguno.
La producción mercantil socialista es una producción
sin propiedad privada, sin capitalistas ni
pequeños productores de mercancías. Los elementos
que toman parte en ella son las empresas estatales y
las cooperativas agrícolas, de artesanos, etc. Los
medios de producción no pueden convertirse en capital, puesto que pertenecen a
la sociedad. Y un
medio de producción como es la tierra no es siquiera
mercancía, ya que ni se compra ni se vende. Los
trabajadores, que poseen en común los medios de
producción, no pueden, como es lógico, venderse a sí mismos la fuerza de
trabajo.
Ahora bien, todo lo demás -los medios de
producción y los
artículos de consumo
personal
producidos por las empresas estatales, los productos
y materias primas
agrícolas que procedentes
del sector cooperativo revierten al Estado, y también los
que las cooperativas y sus miembros venden en el
mercado koljosiano- son mercancías que tienen su
valor, o sea un trabajo socialmente necesario
materializado en ellos. La expresión monetaria del valor es el precio de la
mercancía.
Las
empresas estatales y
las cooperativas agrícolas se
venden unas a otras su producción y no
la entregan simplemente, como, por ejemplo, ocurre
entre las secciones de una misma fábrica. Se trata de una circunstancia muy
importante, que significa que cada empresa ha de ver compensados los gastos que
inevitablemente lleva aparejada consigo su producción. Esto posibilita la
marcha normal de la producción
dentro de cada
empresa. Al mismo tiempo, facilita la planificación de
toda la economía nacional y el sostenimiento en ella de las necesarias
proporciones.
El cambio que compensa los gastos de producción
tiene singular importancia en las relaciones entre el
sector
estatal y el
cooperativo. En este
caso, los
productos
pertenecen a distintos
propietarios: al
Estado y a las cooperativas. Lo que la industria
produce pertenece al Estado, y lo que se produce en los koljoses es propiedad
cooperativa koljosiana. En estas condiciones, la forma necesaria de relación
económica entre la industria y la agricultura es el cambio por medio de la
compraventa.
Sabemos que, en la Unión Soviética, una de las
principales medidas encaminadas a lograr un ascenso
vertical de la agricultura ha sido la de sustituir
los
cupos de entrega de la producción koljosiana por la
compra de la
misma a precios
que compensen al
máximo los gastos realizados por los koljoses para
obtener tal producción.
Las relaciones monetario-mercantiles sirven también de base en el socialismo
para la distribución
de los artículos de consumo. El Estado socialista
asegura la satisfacción de las demandas, sociales y
personales,
de quienes están
ocupados en las empresas e instituciones estatales. Para
satisfacer la
parte fundamental de sus necesidades individuales
cada uno recibe un salario o sueldo, con el que luego adquiere cuanto se
requiere para la vida. El dinero
como pago del trabajo da lugar bajo el socialismo al
comercio como forma de distribución de los artículos
de consumo personal. Dentro de este sistema sigue
siendo el único mecanismo posible de distribución de los objetos de consumo. El
comercio enlaza a éste
con la producción, permite exteriorizar los cambios
producidos en el consumo de la sociedad y planificar
mejor la producción
de las mercancías
necesarias para la satisfacción de estas necesidades.
La ley
del valer en el socialismo.
Dado,
pues, que bajo
el socialismo existe
la producción mercantil, sigue en pie la ley del valor, si
bien su papel
es sustancialmente distinto
del que
tiene en la economía capitalista. Bajo el
capitalismo, la ley del valor sirve para regular elementalmente la
distribución
del trabajo y
de los medios
de
producción. Bajo el socialismo, donde no existe el
intercambio elemental del
mercado ni la competencia, esta
función del valor
desaparece, puesto que la distribución del trabajo y de los medios
de producción se
rige por la
ley del desarrollo planificado proporcional de la
economía. Por el contrario, crece formidablemente la función de la ley del
valor en cuanto se refiere a medir los gastos de trabajo y a estimular las
economías del trabajo social.
¿Qué expresión concreta adopta la acción de la ley
del valor en la economía socialista?
Esta ley obliga a producir y cambiar
las mercancías sobre la base de la inversión socialmente necesaria de
trabajo. Y el campo principal donde la
ley del valor actúa bajo el socialismo no es el
mercado, sino la producción misma. Engels señala
que al desaparecer la propiedad privada "no se
podrá hablar ya del cambio tal como ahora existe", e indica que "la
aplicación práctica del concepto de valor se
limitará entonces, cada vez más, a la solución del
problema de la producción, y esto es su verdadera esfera".315 Marx escribía, confirmando esta idea:
"El tiempo de trabajo queda siempre, aun cuando desaparece el
valor de cambio,
como esencia creadora de
la riqueza y
medida de los
gastos exigidos para su producción."316
En primer lugar, la acción de la ley del valor se
tiene en cuenta cuando el Estado determina en sus planes los precios. Dentro
del capitalismo los precios los dicta el mercado; pero en la economía
socialista actúan precios planificados,
que no los
podemos tomar del mercado.
Se determinan por
las condiciones de trabajo en la producción, partiendo de que cada valor
mercantil no es sino la medida del trabajo socialmente necesario encerrado en
la mercancía.
Cuando el Estado establece los precios de las
mercancías no puede partir de los gastos de trabajo realizados de hecho en una
empresa concreta. Se orienta por los
gastos socialmente necesarios,
es decir, por los que se necesitan en el grado concreto de desarrollo de
las fuerzas productivas: atendido el nivel de la técnica y el grado medio de
capacidad e intensidad del trabajo. Con otras palabras, la base de los precios
establecidos por el Estado es el valor de las mercancías.
Este criterio en la determinación de los precios,
cuando vienen señalados por el valor, permite que puedan fijarse con arreglo a
una base económica segura. Y esto es de importancia trascendental para el
desarrollo de la economía. Los precios de las mercancías, en su conjunto, han
de reflejar las relaciones reales, en inversión de trabajo, que se forman entre
los distintos sectores de la producción social.
Por ejemplo, si
en la producción
de un artículo se invierte más
trabajo que en la producción de otro, está claro que los precios respectivos
habrán de reflejar dicha diferencia. A su vez, los precios fijados con una base
económica aseguran proporciones
adecuadas al ser
cambiada la
315 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. I, pág.
553.
316 C. Marx,
Teorías de la plusvalía, ed. rusa, t. III, 1936, pág.
198.
producción de un sector por la de otro, y esto ayuda
a mantener la proporcionalidad que la sociedad fija en la economía nacional.
Ahora bien, dentro de la economía socialista los
precios no reflejan únicamente las relaciones de valor
entre
las distintas esferas,
sino que en
manos del
Estado son una valiosa palanca que permite influir
activamente sobre la marcha de la producción social. De ahí que la política de
precios planificados haya sido siempre un elemento capital de toda la política
económica del Estado socialista, un elemento de gran significación política, y
no solamente económica. Así se explica, en particular, que dentro de la
economía socialista los precios no coincidan siempre y en todos los casos con
el valor de las mercancías.
Con ayuda de una política adecuada de precios, el
Estado puede utilizar parte de los ingresos
obtenidos en unos sectores para el rápido impulso de otros, cuando así lo
aconsejan los intereses generales. Esta política es sobre todo importante
cuando se trata de fomentar el desarrollo de industrias nuevas o de implantar
nuevos elementos técnicos. Ello permite organizar la producción de la nueva
mercancía en gran escala y conseguir una reducción de su valor que corresponda
al precio establecido, para después rebajar consecutivamente este precio.
Por lo tanto, la acción sobre el proceso de
determinación planificada de
los precios es
la primera función de la ley del valor en la economía socialista. Otra
función de la ley del valor es la de ayudar a reducir los gastos materiales de
la producción, a implantar técnicas avanzadas y a elevar la productividad del
trabajo.
Al fijar el precio, el Estado es como si dijera a la
empresa: ahí tienes el máximo de trabajo y de materiales que la sociedad se
puede permitir gastar por unidad de producción y que tú, empresa, estás
obligada a no sobrepasar. Las empresas cuyos gastos individuales son inferiores
a los socialmente necesarios se colocan en una situación más favorable que
aquellas que tienen gastos individuales elevados. Ello fuerza a estas últimas a
economizar trabajo, materias primas y
energía, a perfeccionar los procesos técnicos y a modernizar sus
instalaciones.
Así es como se manifiesta el papel estimulante de la
ley del valor en el socialismo, que toma expresión
concreta en el interés material. La sociedad
socialista tiende a que las propias necesidades económicas, el
interés material de quienes trabajan, muevan
adelante la producción.
A ello se
debe que las
empresas socialistas
(industriales y agrícolas) se basen en el cálculo
económico.
La empresa cuya gestión se basa en el cálculo
económico, a diferencia de las que son sostenidas por el presupuesto estatal,
goza de autonomía. Dispone
de los necesarios recursos materiales y monetarios y
puede manifestar amplia iniciativa en el modo como los invierte. El sentido de
cálculo económico es que cada empresa y organización económica cubra los gastos
con sus propios ingresos y obtenga cierto beneficio. Parte de los beneficios
engruesan el fondo de la empresa y redundan en provecho de sus obreros y
empleados. El cálculo económico mueve a buscar la rentabilidad, cosa que
únicamente es posible con una inversión mínima de trabajo, de materiales y de
dinero.
La acción de la ley del valor permite comparar y
estimar acertadamente la labor de las empresas, y estimula materialmente, tanto
a la empresa en su conjunto como al personal de la misma, a conseguir elevados
índices de producción.
La ley
del valor y la planificación.
Ahora bien, ¿cómo se compagina la ley del valor con
la planificación socialista? Porque ésta se rige por una ley distinta, la del
desarrollo planificado y proporcional.
La experiencia demuestra que ambas leyes son
perfectamente compatibles, ya
que no se
contraponen, sino que se complementan.
La sociedad socialista determina por sí misma el
volumen y la estructura de la producción y distribuye
por
sectores y zonas
económicas los medios
de
producción y los artículos producidos. Esto lo lleva
a cabo, sin embargo, por medio de relaciones mercantiles-monetarias, o formas
de valor. La necesaria comprobación complementaria de la correspondencia entre
los planes de producción y las necesidades de la sociedad la tenemos en el
proceso de realización de las mercancías. Este proceso revela a posteriori si,
en cada caso concreto, la producción de determinado artículo guarda acertada
correspondencia con las necesidades. Así, por ejemplo, el
movimiento de las
reservas de mercancías en
la red comercial
es un índice importante que ayuda a corregir los
programas de producción.
Dicho de otro
modo, la ley
del valor ayuda
a
corregir y a concretar la distribución del trabajo y
de los medios de producción entre los sectores, de acuerdo con
la ley del
desarrollo regular y planificado de la economía.
Cuanto más se acercan los precios de las mercancías
a su valor, con tanta mayor exactitud se
puede calcular y planificar el costo, la
rentabilidad, la
eficacia de los gastos de trabajo y de las
inversiones básicas y el empleo de nuevos elementos técnicos y métodos de
organización de la producción.
Cuando el Estado socialista planifica los precios de
las mercancías, ha de tener siempre presentes los
gastos de trabajo socialmente necesarios, que
constituyen la base de dichos precios y que cambian sin cesar con el progreso
de la técnica. Sin esta base
objetiva,
el precio se convertiría en una
magnitud palanca de la planificación socialista.
Dentro del socialismo adquiere primordial
importancia la tarea
de determinar exactamente
el
valor,
es decir, el
trabajo socialmente necesario
invertido. Sólo así es posible eliminar pérdidas
innecesarias de trabajo y conseguir una economía racionalizada al máximo. Marx
escribía que después de eliminar la
producción capitalista "la determinación del valor seguirá
siendo lo predominante, en el sentido de que la regulación del tiempo de
trabajo y la distribución del trabajo social entre los distintos grupos de la
producción, la contabilidad, en fin,
que abarque todo
esto, adquirirán más importancia que nunca".317
La
utilización adecuada de
la ley del
valor significa realizar de tal modo el cálculo económico y el control
en su equivalencia monetaria, planificar de tal modo los precios, el costo, la
rentabilidad, la circulación de mercancías, las finanzas y el crédito, que se
asegure la tarea de cumplir y sobrepasar los planes de
la economía nacional,
alcanzando la máxima
productividad del trabajo y economizando todo lo posible los recursos de la
sociedad.
5. El
trabajo en el socialismo
El
socialismo permite a
todos los ciudadanos
ejercer el derecho al trabajo. Así lo garantizan la
organización entera de la economía nacional, la ausencia de crisis y la
eliminación del paro obrero.
La división de la sociedad en una mayoría de
trabajadores y una
minoría ociosa que
vive a
expensas de la explotación se hace imposible con el
socialismo, pues el trabajo es en él la única fuente de
ingresos.
Nuevo
carácter del trabajo social.
Cuando todos los medios fundamentales de producción
se hallan concentrados en manos del Estado y de las cooperativas, el trabajo
del individuo pierde su carácter privado y adquiere un carácter directamente
social. Esto significa que el trabajo de cada uno sirve para el cumplimiento de
determinada parte del plan económico.
Bajo el capitalismo, cada productor de mercancías
trabaja por su cuenta y riesgo. Estos productores se relacionan entre sí
únicamente a través del mercado. Las
crisis son una
prueba fehaciente de la
dilapidación que del trabajo se hace en la sociedad capitalista. El duro
trabajo de millones de hombres se alterna con el suplicio de la desocupación.
El carácter directamente social del trabajo en el
socialismo, donde se
prevén anticipadamente las
posibilidades
y necesidades de
la sociedad,
contribuye a despertar nuevos estímulos entre los
trabajadores. Al interés material se suman razones de índole moral. El trabajo
se hace de esta manera más consciente, convirtiéndose así poco a poco en una
convencional
y cesaría de
cumplir el papel
de
317 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. III, pág. 865.
causa de honor, cuando antes era un simple modo de
ganarse la vida. Multiplícanse los inventores, racionalizadores y demás
innovadores de la producción. En vez de la vieja disciplina de trabajo, basada
en la coerción, se robustece una disciplina consciente, producto de la
comprensión por cada trabajador de su deber ante la sociedad y del interés
personal en la labor que realiza.
Una nueva visión del trabajo, la preocupación de
los trabajadores por
el progreso de
la producción
social, viene expresada en la emulación socialista.
En el curso de la emulación son superados
prácticamente los defectos de organización de la producción y se descubren y
ponen en juego reservas hasta entonces ignoradas. La emulación es un método muy
eficaz de autocrítica, que es el medio a que el socialismo recurre para superar
las contradicciones. La emulación no quiere decir rivalidad y presupone la
ayuda amistosa de los avanzados a los retrasados al objeto de lograr un
incremento general.
En los primeros años del nuevo régimen
aparecieron ya en la Rusia Soviética los domingos
rojos. V. I. Lenin advirtió perspicazmente en ellos
los
primeros brotes de una actitud nueva hacia el
trabajo. "Es el comienzo -escribía en 1919- de una revolución
más difícil, más esencial, radical y decisiva que el
derrocamiento de la burguesía, pues se trata de la
victoria sobre la propia rutina, sobre el abandono y el egoísmo pequeñoburgués, sobre estas costumbres que el maldito capitalismo dejó en
herencia al obrero y al campesino.
Cuando esta victoria
sea consolidada, entonces y sólo entonces aparecerá la nueva disciplina
social, la disciplina socialista; entonces y sólo entonces será imposible la
vuelta atrás, al capitalismo, y el comunismo habrá triunfado
verdaderamente."318
El incremento incesante de la productividad del
trabajo, ley de la economía socialista.
Cada
nueva formación político-social vence gracias a que crea una más elevada productividad del
trabajo. La capacidad para asegurar una mayor
productividad es la condición decisiva del definitivo
triunfo del socialismo y el comunismo.
Marx
indicaba que la
fuerza productiva del trabajo viene determinada "por el
nivel medio del
arte del obrero,
por el nivel
de desarrollo de la
ciencia y el grado en que se aplica a la técnica, por la
combinación social del proceso de producción, las
proporciones y eficacia de los medios de producción y, finalmente, las
condiciones naturales”.319
¿Qué
superioridad presenta el
socialismo en cuanto a las condiciones de aumento de la
productividad del trabajo que Marx señala?
El grado medio del arte del obrero, el nivel de su
calificación, crece dentro del socialismo mucho más
318 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, págs.
379-380.
319 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. 1, pág. 46.
de prisa que bajo el capitalismo. Al hacerse la
enseñanza accesible a todos los trabajadores y al caer abajo todas las barreras
que le impedían ascender a sus escalones superiores, cualquier obrero puede
elevarse gradualmente hasta el nivel del ingeniero. Ni siquiera en los países
capitalistas más desarrollados tienen las grandes masas de la clase obrera
tales posibilidades.
Bajo el socialismo crece formidablemente el valor
de la
ciencia, cuyas ilimitadas
posibilidades son
utilizadas
por primera vez en
bien de la sociedad
entera y se colocan al servicio del progreso. De ahí
el alto grado en que los adelantos científicos se aplican en la producción.
Las posibilidades del socialismo son particularmente grandes en lo
que Marx denomina
"combinación social del proceso de
producción", es decir, en la división y cooperación del trabajo. Bajo el
capitalismo, la división del trabajo, en escala que
abarque a toda la sociedad, es regulada
elementalmente por las relaciones del mercado. Este
modo de regulación trae como secuela las crisis, la
desocupación, la depauperación y la degradación física y moral de capas enteras
de la población. El
socialismo,
como antes se
indicaba, permite organizar planificadamente
el trabajo dentro de cada
empresa y su cooperación en la sociedad entera.
La
cooperación socialista del
trabajo es la colaboración amistosa de trabajadores no
sometidos a
explotación, basada en la propiedad social de los
medios de producción y en la técnica más avanzada.
Dicha cooperación permite alcanzar la máxima
combinación racional de
todos los sectores
de la
producción social. El perfeccionamiento de la
cooperación socialista del trabajo en todos sus órdenes, desde la brigada, el
taller y la empresa hasta
la economía entera del país y de todo el sistema de
Estados socialistas, es una fuente inagotable de
reservas para el
constante incremento de
la
productividad del trabajo.
Las proporciones y la eficacia de los medios de
producción es otro importante resorte que hace crecer
la
productividad del trabajo.
La cantidad de
producción podemos incrementarla, ya aumentando o
alargando la jornada y elevando la intensidad del trabajo, ya
perfeccionando la técnica
y la organización de la
producción. El socialismo da la preferencia al segundo de estos métodos. Dentro
de la sociedad socialista, el método principal para alcanzar una
mayor productividad del
trabajo consiste en dotar incesantemente a la producción de nuevos
elementos técnicos y en perfeccionar constantemente los procesos tecnológicos,
sin alargar la jornada.
El
capitalismo recurre a
uno y otro
método, aunque los dos
le sirven para
incrementar la
explotación, para aumentar la plusvalía absoluta y
relativa. El patrono
pone en marcha
una máquina nueva no cuando ésta
ahorra trabajo, sino cuando le resulta más ventajosa que el pago de los
salarios de los obreros a los cuales reemplaza. La divisa del capitalismo es:
"Sacar todo lo posible del obrero." La del socialismo:
"Sacar todo lo
posible de la máquina."
También bajo el socialismo, se comprende, hay que
mantener un determinado nivel de intensidad del trabajo, tal como lo dicta el
proceso de producción. Pero el socialismo no acepta una intensidad tal que
agote las energías y quebrante la salud del obrero.
Finalmente, el socialismo permite, en grado
incomparablemente más eficaz que el capitalismo, utilizar las riquezas
naturales para elevar la productividad
del trabajo. Bajo
el capitalismo, cuando la tierra
y el subsuelo son propiedad de particulares, la distribución territorial de las
empresas se produce espontáneamente, de ordinario sin tomar en consideración la
combinación más favorable de las condiciones naturales necesarias para una u
otra industria. El socialismo se encuentra incomparablemente mejor adaptado
para tomar de la naturaleza cuantos bienes es capaz de proporcionarle al
hombre.
En la sociedad socialista existe, por tanto, la
posibilidad de poner en juego todos los factores de que depende la
productividad del trabajo y asegurar su incesante incremento.
Según hace ver Marx, la lucha por una elevada
productividad del trabajo
se reduce, en
última
instancia, a la economía de tiempo de trabajo, tanto
del invertido directamente como del plasmado en los
elementos materiales de la producción.320 Por eso, el principio del socialismo
es: economía del trabajo en todos sus aspectos, economía tanto del trabajo vivo
como del social. Elemento necesario para conseguir una alta productividad del
trabajo y el mejor camino para multiplicar los bienes materiales y acortar la
jornada es el esmero en el manejo de la maquinaria y las economías
en el consumo
de combustible, materias primas
y materiales auxiliares.
El principio de distribución según el trabajo.
Dentro del socialismo, los bienes materiales y
culturales son distribuidos en dependencia de la cantidad y calidad del trabajo
invertido por cada individuo en la
producción social. Esto
lleva aparejada la necesidad de calcular exactamente tanto la medida de
trabajo como la de consumo. Quien trabaja más y mejor, es remunerado más y
mejor por la sociedad socialista.
El acertado empleo del principio del pago por la
cantidad y calidad del trabajo es un poderoso recurso para elevar la
productividad y robustecer la disciplina socialista en el trabajo. La
combinación del estímulo material y moral que el socialismo lleva consigo
produce excelentes resultados.
320 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. Hl, 1955, pág.
271.
El principio socialista "de cada uno según su
capacidad, a cada uno según su trabajo" estimula al trabajador a elevar
sus conocimientos y su aspiración constante a elevar la productividad. La
nivelación de salarios va contra el interés del socialismo.
Bajo el capitalismo, el nivel del salario real se ve
limitado por la ley del precio de la fuerza de trabajo y
por el deseo que los capitalistas tienen de obtener
los
mayores beneficios. En los países del socialismo no
hay límite alguno para el aumento del salario que no
venga impuesto por el nivel de la productividad del
trabajo
social, por el
nivel de desarrollo
de las fuerzas productivas de la
sociedad.
El incremento de la productividad del trabajo se
convierte en este caso, pues, en un factor esencial
del ascenso del pago real del trabajo. Y el aumento del salario, a su vez,
estimula la elevación de la productividad del trabajo y trae consigo, por
tanto, un descenso del valor de todos los bienes producidos.
Ahora bien, el ritmo de aumento del salario no puede
anticiparse al crecimiento de la productividad del trabajo, sino al contrario:
es la productividad del trabajo la que debe preceder a la elevación de los
salarios. Si el pago del trabajo crece más de prisa, se reducirán las
posibilidades de ampliar la producción, se reducirá el ritmo de progreso de la
economía y, en último término, descenderán los salarios.
6. La
reproducción ampliada socialista
La teoría de la reproducción del capital social,
expuesta por Marx, nos da las leyes de este proceso,
propio tanto del capitalismo como del socialismo y
el comunismo. A Marx
se debe el
cálculo que
determina las condiciones en que, en general, puede
realizarse la reproducción simple y ampliada.
La más importante de estas condiciones es cierta
proporcionalidad
entre la primera
y segunda secciones de la
producción social, es decir, entre la producción de medios de producción
(máquinas, combustible, materias primas) y la de artículos de consumo
(alimentos, ropas, calzado, etc.). Se exige también determinadas proporciones
entre los sectores de cada sección y entre la acumulación de las secciones
primera y segunda.
Marx indicaba que sus cálculos eran una
abstracción de las
condiciones concretas de
la
realidad capitalista. Eran, por decirlo así, un
modelo sobre el que
se pueden estudiar
las condiciones
cuando el proceso de reproducción se desenvuelve sin
interrupción alguna. En la economía capitalista tal cual es, según lo dejábamos
asentado, la anarquía de
la producción se opone al establecimiento de
proporciones acertadas y
fijadas de antemano.
El
proceso de la reproducción social se ve interrumpido
periódicamente por las crisis.
Esencia
de la reproducción socialista.
En la sociedad socialista, por primera vez en la historia
humana, se hace posible la reproducción ampliada de conformidad con las
proporciones necesarias indicadas por Marx. No quedan excluidos, es cierto, los
casos de ciertas desproporciones en la producción, mas, por el contrario, queda
eliminada la ley que hace su aparición obligatoria. La economía socialista no
es superior solamente porque no conoce las crisis y porque el crecimiento de la
producción es en ella continuo; sobrepasa también al capitalismo por el volumen
y el ritmo de la reproducción ampliada. Estas ventajas se dejarán sentir aún
más a medida que la sociedad socialista observe de manera más completa las
condiciones exigidas por tal reproducción, que son las siguientes:
Para incrementar constantemente la producción de la
economía nacional es necesario que la primera sección avance más de prisa que
la segunda. Marx demostró que la
reproducción ampliada sólo
es posible cuando el incremento de medios de producción dentro de la primera
sección sobrepasa a su desgaste y al consumo en las secciones primera y
segunda. Cuanto mayor es esta diferencia, tanto más elevado es el posible ritmo
de la reproducción ampliada.
Al incrementarse los medios de producción, crece la
producción global de ambas secciones. El crecimiento preferente de la producción de medios de producción
garantiza la afluencia de elementos técnicos a todos los sectores de la
economía nacional, con el consiguiente progreso de la productividad del
trabajo.
La ley de
la reproducción ampliada
de Marx indica la prolongada
tendencia general de desarrollo económico que existe lo mismo bajo el
capitalismo que bajo el socialismo. Marx se refería a la sociedad en abstracto,
sin tomar ningún país concreto.
Hemos de tenerlo así presente cuando se trata de
determinar las leyes de la reproducción ampliada socialista. La aplicación de
dichas leyes se ha de ajustar, lógicamente, a las condiciones específicas de
cada país socialista. Está claro también que, considerando el
sistema socialista mundial,
la relación concreta entre el ritmo de desarrollo de la primera sección
y la segunda no puede ser la misma en todos los países y en todas las etapas.
Depende de las condiciones económicas del país, de su posición en el sistema
socialista mundial, del carácter de sus riquezas naturales, de la experiencia
de producción de sus trabajadores, etc. Estos factores parciales, sin embargo,
no echan por tierra la ley general de la reproducción socialista: el
crecimiento anticipado de la industria pesada.
La producción socialista eleva sin cesar la
productividad del trabajo
cuando se apoya
en el
rápido progreso de la técnica y la ciencia. No hay
que
esperar a que se desgaste el equipo en funciones
para poner en marcha los nuevos elementos técnicos. Ha
de ser reemplazado también el utillaje que, aun en
buenas
condiciones de uso,
ha envejecido por aparecer otras máquinas más perfectas.
Este envejecimiento es lo que se llama desgaste moral del equipo.
Bajo el capitalismo, las máquinas moralmente
desgastadas han de ser sustituidas por motivos de competencia. La fábrica que
pone en marcha maquinaria nueva, mientras que el resto de las empresas sigue
utilizando la vieja, obtiene una plusvalía extraordinaria. Deseosa de mantener
lo más posible tal situación, la fábrica beneficiada guarda de ordinario el
secreto de sus innovaciones. Pero los competidores, tarde o temprano, acaban
por descubrirlo, y renuevan también su utillaje.
Bajo el socialismo existen todas las posibilidades
para que la totalidad de las empresas pongan en marcha una máquina o un método
que hayan demostrado sus excelencias. El único obstáculo que puede presentarse
es el de la rutina y el conservadurismo del personal de dirección, deseoso de
evitarse las preocupaciones que la modernización de su empresa habría de
ocasionarle forzosamente. La sociedad socialista dispone, sin embargo, de
energías suficientes como para hacer frente a las dañosas tendencias al conservadurismo.
Para la reproducción ampliada socialista se requiere
el crecimiento regular no sólo de los medios
de producción y de los artículos de consumo, sino
también del número de obreros capacitados ocupados
en la esfera de la producción material.
La sociedad socialista no tiene la preocupación
del problema del paro, que tantos quebraderos de
cabeza proporciona a los economistas y políticos burgueses. Gracias a la
reproducción ampliada, está en condiciones de utilizar por completo la mano de
obra disponible y de distribuirla regularmente por los distintos sectores
de la economía
nacional y la cultura.
Finalmente, una formidable superioridad del
socialismo es que no conoce el problema de la venta, que mantiene aherrojada a
la economía del capitalismo. El incremento
continuo y regular
de todas las esferas de la producción asegura a cada una de ellas el
mercado de venta. Al no haber obstáculos para el progreso técnico, al elevarse
sistemáticamente los ingresos de los trabajadores y al no existir paro obrero,
el mercado de cada Estado socialista y de todo el sistema socialista en su
conjunto se convierte en algo prácticamente ilimitado.
Cómo
es utilizado el producto social global.
Todos los bienes materiales de que dispone la
sociedad socialista constituyen su riqueza nacional. Los bienes materiales
creados en todos los sectores de la producción material durante un año forman
el producto social global.
¿Cómo es repartido dicho producto bajo el
socialismo?
Una parte del producto social global se destina a
reponer los medios
de producción consumidos durante el año. Lo que queda, una
vez descontada esa parte, forma la renta nacional. Dicho de otra manera, la
renta nacional es el conjunto de valores nuevos creados durante el año, es
decir, el conjunto de los ingresos individuales del personal ocupado
directamente en la esfera de la producción material y el ingreso
neto (producto complementario) creado por ellos y que se destina al
desarrollo sucesivo de la economía nacional y para satisfacer las necesidades
de la sociedad y del Estado (sanidad, enseñanza, defensa, etc.).
El incremento de la renta nacional es un índice muy
valioso para juzgar del ritmo de la reproducción
ampliada.
El crecimiento medio
anual de la
renta
nacional en la U.R.S.S., durante toda la existencia
del primer país socialista del mundo, ha sido, aproximadamente, de tres a cinco
veces superior que el de los países capitalistas más desarrollados.
La renta nacional
de la sociedad
socialista se divide en fondo de
consumo y fondo de acumulación.
El fondo de consumo representa en la U.R.S.S. el 75
por ciento de la renta nacional.
La sociedad socialista -en la que no existe el
consumo parasitario de las clases explotadoras y su servidumbre, ni
se producen las
pérdidas relacionadas con la anarquía de la producción y las crisis-
está en condiciones, al hacer la distribución de la renta nacional, de
incrementar sensiblemente la parte
de la acumulación.
Así, por ejemplo,
en Estados Unidos la acumulación media durante los años más favorables
que siguieron a la guerra no ha pasado del 12 por ciento, mientras que en la
U.R.S.S. durante muchos años el fondo de acumulación es del
25 por ciento aproximadamente de la renta nacional.
Esto
solamente, sin contar
todas las demás ventajas de la economía planificada,
explica ya por qué el incremento de la producción y de la productividad del
trabajo es en los países del socialismo varias veces superior a lo que podemos
observar en la
economía capitalista. El
rápido aumento del fondo de acumulación permite al Estado socialista
construir y ampliar fábricas, centrales eléctricas y minas, crear sovjoses y
haciendas estatales, perfeccionar los transportes, levantar viviendas,
escuelas, hospitales, establecimientos para la infancia, etc.; el fondo de
acumulación sirve también para financiar las obras básicas del sector
cooperativo koljosiano. Parte de las inversiones sirve para reponer los fondos
básicos consumidos (amortización de edificios, maquinaria, utillaje, etc.),
mientras que la otra se destina a la ampliación de dichos fondos.
Los trabajadores que tomaron en sus manos los medios
de producción y la gestión de la economía
son unos dueños mucho más sensatos y celosos que los
capitalistas. Se ha roto como una pompa de jabón
la vieja calumnia burguesa de que la clase obrera,
puesta en la dirección de la economía, no sabría desarrollar y ampliar la
producción y se limitaría a consumir lo que había recibido en herencia del
capitalismo. El triunfo y los avances del régimen socialista han confirmado la
tesis marxista de que cuando los medios de producción se vieran liberados de
las trabas de la propiedad privada, se originaría un desarrollo constante y
acelerado de las fuerzas productivas, con un rápido incremento de la producción.
La trascendental función de progreso de la sociedad que significa la
acumulación es cumplida por los trabajadores incomparablemente mejor que por
quienes les explotaban.
Bajo el capitalismo existe la contradicción
antagónica entre la producción y el consumo. El consumo de las masas del pueblo
se ve limitado por el estrecho marco de los bajos ingresos que obtienen la
clase obrera y los campesinos. El socialismo no conoce esa contradicción. La
reproducción ampliada, asegurada por el ascenso preferente de la producción
de medios de
producción, permite también
el aumento continuo de la producción de artículos de consumo personal, a
fin de satisfacer cada vez más las crecientes necesidades materiales y
culturales del pueblo.
Los economistas burgueses y los reformistas propagan
la versión de que en los países socialistas todos los esfuerzos se concentran
en el desarrollo exclusivo de la industria pesada y de guerra, con merma para
la producción de artículos de consumo. El vertiginoso incremento del consumo de
las mercancías más importantes
per cápita que
se observa en los países socialistas echa por tierra esta patraña. La
experiencia histórica demuestra que el crecimiento preferente de la producción
de medios de producción no es en los países socialistas un fin en sí mismo,
sino el medio necesario para cumplir la tarea principal de la producción
socialista, para elevar el bienestar de todo el pueblo. En efecto, para elevar
los sectores de la economía que se hallan al servicio del consumo de la
población -agricultura, industria ligera y de la alimentación, etc.- hace falta
dotarles de nuevos elementos técnicos. Y para eso sólo hay un camino: el
desarrollo preferente de la producción de medios de producción.
Vemos,
pues, que el
socialismo crea una economía sustancialmente distinta de
cuanto existe en todas las formaciones anteriores; una economía que abre los
más vastos horizontes al desarrollo de las fuerzas productivas y a la elevación
constante del nivel material de vida de los trabajadores.
La reproducción ampliada no hay que entenderla con
un criterio estrecho, sin tomar en consideración
los cambios sociales que ella provoca. Marx señalaba
que bajo el capitalismo, paralelamente a la
reproducción material, tiene
lugar, sobre una
base
ampliada, el desarrollo de las contradicciones
propias del capitalismo. La reproducción ampliada socialista origina también
cambios en la estructura social de la sociedad. Mas, a diferencia del
capitalismo, esto no quebranta, sino que robustece dicho régimen social. El
incremento del peso de la propiedad de todo el pueblo en el conjunto de la
economía del socialismo, unido al aumento
de la parte
de los fondos indivisibles dentro de las
cooperativas de producción, significa una reproducción ampliada de las
relaciones socialistas de producción que aproxima el triunfo del comunismo. Por
lo tanto, la reproducción ampliada socialista es el camino que conduce a la
sociedad comunista.
Capitulo
XXIV. Fisonomía político-social y cultural de la sociedad socialista
La conversión de los medios de producción en propiedad social
trae consigo la
transformación radical de todas
las relaciones sociales,
de la superestructura política,
la ideología, la cultura, la vida y los usos y costumbres.
De la misma manera que la propiedad privada sobre
los medios de producción dio origen a la sociedad de explotación, con sus
clases, su Estado y su derecho, con sus
costumbres y su moral, así el modo socialista de producción da lugar a un
régimen nuevo, que es el régimen socialista.
Para estudiar las peculiaridades del régimen
socialista hay que
tomar fundamentalmente la
experiencia
de la Unión
Soviética -el único
país donde el socialismo
se ha consolidado
hoy día
definitivamente y por completo- y sólo en parte la
experiencia de las
democracias populares, que se
encuentran en etapas diversas de la construcción del
socialismo. No hemos de olvidar tampoco que el socialismo no es algo inmutable
y petrificado. Todo
lo contrario, es una sociedad que se distingue por
el rápido perfeccionamiento que le hace avanzar hacia
la fase superior que es el comunismo.
1. La
democracia socialista
La característica política principal de la sociedad
socialista es su profundo espíritu democrático. Este
penetra sin cesar en las distintas esferas de la
vida social, dando origen a nuevas relaciones, costumbres, normas de conducta y
tradiciones.
La
democracia socialista es
un tipo histórico nuevo y más elevado de gobierno del
pueblo, que se
deriva de la democracia proletaria propia del
período de transición del capitalismo al socialismo. Comparándolo con
las formaciones anteriores,
el
socialismo amplía la propia noción de democracia, al
no limitarse a
los derechos políticos
y abarcar
también los derechos sociales de los trabajadores.
Da a la democracia un sentido nuevo también por el hecho de que la extiende a
toda la sociedad, hasta
incluir en ella a todo el pueblo en absoluto. El
socialismo, en fin, desplaza el centro de gravedad de
la democracia -antes limitada a la simple
proclamación de derechos,
como ocurre en
la sociedad burguesa- a las garantías para el ejercicio real de los
derechos.
A continuación examinamos los aspectos más
importantes de la democracia socialista, relacionados con las características
de la estructura de clase de la sociedad, del Estado y de los derechos sociales
y políticos de los ciudadanos. Seguidamente, dentro de este mismo capítulo, nos
detendremos en algunos otros aspectos relativos a las relaciones entre las
nacionalidades, a la cultura y a la situación del individuo.
Sociedad
de clases trabajadoras amigas.
Las transformaciones económicas y sociales
operadas en el
período de transición
traen como
consecuencia
una nueva estructura
de clase de la
sociedad.
Han desaparecido por completo las clases
explotadoras, los capitalistas, los terratenientes y los campesinos ricos. Nos
encontramos con una sociedad de trabajadores, compuesta por obreros, campesinos
e intelectuales, cuya situación ha cambiado por completo.
Esto se refiere sobre todo a la clase obrera.
Si antes carecía de
medios de producción,
ahora los
posee
junto con todo
el pueblo; si
antes era
explotada, ahora es la fuerza dirigente de la
sociedad. La situación dirigente
de la clase
obrera en el
socialismo viene determinada por la circunstancia de
que cumplió el papel decisivo en la revolución y se
halla vinculada a la forma más avanzada de la economía socialista, que es la
propiedad estatal o de todo el pueblo. Es también el principal portador de las
ideas comunistas. En el medio obrero hay incomparablemente menos supervivencias
de la psicología del propietario privado, las cuales todavía se conservan entre
alguna parte de los campesinos, y del individualismo, que se mantiene entre
algunos intelectuales. Entre los obreros es donde más profundamente han
arraigado las tradiciones de la ayuda mutua socialista, de la solidaridad
amistosa.
Bajo el socialismo crece enormemente el nivel
profesional y cultural de los obreros.
También se producen cambios profundos entre los
campesinos, que forman la otra clase de la sociedad
socialista. Bajo el capitalismo eran una clase de pequeños productores
débilmente unidos entre sí y obligados a arrastrar una mísera existencia en sus
minúsculas parcelas. La vida de la aldea engendraba un atraso cultural que a
veces llegaba hasta el embrutecimiento. La colectivización de la agricultura y
la revolución cultural transforman radicalmente la fisonomía del campesino.
La inmensa mayoría de los campesinos de la
sociedad socialista son
koljosianos. En la
Unión
Soviética, por ejemplo, en 1957 apenas si había un
0,5 por ciento de campesinos individuales. Los
campesinos socialistas son una clase emancipada de la explotación
de los grandes
propietarios y labradores ricos,
que trabaja colectivamente y emplea gran número de máquinas.
La
superioridad del régimen
koljosiano trae consigo un
rápido incremento cultural
entre los
campesinos.
Cierto que después
del triunfo del
socialismo el nivel cultural de los campesinos es
durante bastante tiempo inferior al de los obreros, de
la misma manera que la vida rural sigue por debajo
de la urbana.
Pero son diferencias
que se van borrando
paulatinamente. Crece el
número de quienes, por estar
encargados del manejo de las máquinas,
se encuentran relacionados con
una técnica y una cultura avanzadas. Y hacia ellos tiende, en su desarrollo,
el conjunto de los campesinos.
El sistema koljosiano amplía los horizontes del
campesino, lo incorpora a la labor social activa y crea
en él el
interés por los
éxitos del equipo
en que trabaja (cuadrilla,
koljós) y del país en su conjunto.
De esta manera se van superando el egoísmo y el
exclusivismo del pequeño propietario, que en la literatura burguesa son
descritos como "cualidades
naturales" del campesino.
A diferencia de la clase obrera, el peso de los
campesinos en el conjunto de la población no suele
crecer, sino que disminuye. En los países que antes
de la revolución eran atrasados, agrarios, esto es
un fenómeno regular de progreso. La mecanización de la
producción
agrícola permite reducir
considerablemente el número de quienes están
ocupados en ella; el excedente de mano de obra pasa a otros sectores de la
economía, y en especial a la industria, que necesitan un desarrollo vigoroso.
Un
grupo importante de
trabajadores de la sociedad socialista lo constituyen los
intelectuales.
No se los puede incluir ni entre los obreros ni
entre
los campesinos. No forman tampoco una clase
específica, por cuanto no ocupan una posición independiente en la producción
social, aunque su papel es grande en la vida de la sociedad socialista. Los
ingenieros y demás personal técnico ocupan un lugar importante
en la producción
material. Escritores, pintores, artistas y hombres de ciencia crean
valores espirituales y enriquecen la cultura. Un sector tan nutrido como el de
los maestros y médicos tienen a su
cargo la instrucción
pública y la protección de la salud de los
trabajadores. Hay, por fin, un gran número de hombres con conocimientos
especiales (juristas, economistas, trabajadores de las finanzas) que cumplen
una misión necesaria en la dirección de la economía, en el aparato estatal,
etc.
Los intelectuales son la clase que con más rapidez
crece dentro de
la sociedad socialista.
A fines de
1958
había en la
U.R.S.S. cerca de
7.500.000
especialistas con instrucción superior y media,
mientras que en 1913 no pasaban de 190.000, y en
1928
eran 521.000. El
peso de los
intelectuales seguirá
creciendo, de conformidad
con las necesidades de la técnica
y la cultura. Los intelectuales socialistas no son una capa social cerrada,
sino parte inseparable del pueblo, son carne de la carne de los obreros y
campesinos. Esto no sólo eleva la cultura de la sociedad, sino que enriquece
espiritualmente al intelectual y da una orientación precisa a su trabajo.
La nueva estructura a que se llega en la sociedad
socialista cambia por completo todo el cuadro de las relaciones de clase.
El socialismo, que acaba absoluta y definitivamente
con la explotación del hombre por el
hombre, elimina para siempre la jerarquía de clases
que venía existiendo desde hace miles de años: el
sistema de subordinación de unas clases a otras.
Todas las clases y capas sociales se encuentran en
pie de
igualdad respecto de
su relación con
los
medios de producción, el Estado y el poder político;
son
también iguales en
derechos y obligaciones. Nadie puede apropiarse de los
medios de producción
y utilizarlos para explotar a otros. Quedan abolidos
todos los privilegios y limitaciones
político-sociales, sin exceptuar los que fueron implantados en algunos
países en el período de transición del capitalismo
al
socialismo con objeto de defender las conquistas de
los trabajadores (normas
preferentes de representación
para los obreros y los campesinos pobres, privación de derecho de sufragio a
ciertos grupos sociales, etc.). En todas las esferas de la vida se colocan los
sólidos cimientos de la igualdad y la justicia sociales.
Eso no quiere decir que bajo el socialismo cambie lo
más mínimo el papel dirigente de la clase obrera. Lo que le otorga dicho papel
no son derechos exclusivos adquiridos y conservados a expensas de otras clases
y capas sociales, sino el elevado prestigio moral y político de que goza.
De todo lo dicho se desprende que, dentro del
socialismo, las diferencias sociales no desaparecen, si
bien cambian por completo de carácter. No se hallan
ya unidas a relaciones de dominio y subordinación,
sino que son diferencias entre grupos de
trabajadores, iguales en derechos, derivadas de las distintas formas de una
misma propiedad socialista
(estatal y
cooperativa koljosiana). Es la diferencia entre
hombres ocupados en
sectores distintos de una
economía socialista única, que consagran su esfuerzo
a tipos distintos de actividad.
Por lo tanto, las diferencias entre las clases
dentro
del socialismo tienen un carácter sustancialmente
distinto del que presentan bajo el capitalismo; no son antagónicas y se van
borrando sin cesar a medida que la sociedad socialista avanza, a lo cual
contribuye la política del Partido y del Estado. Bajo el capitalismo ocurre lo
contrario, las barreras sociales no caen, sino que se hacen cada vez más altas;
la injusticia social no disminuye, sino que es cada vez más escandalosa.
Finalmente, dentro del socialismo las diferencias de
clase no influyen ya sobre la suerte personal de
cada uno de
los individuos, como
ocurre con el
capitalismo. En cualquier país burgués basta ser
hijo de un banquero o fabricante para, sin más mérito ni esfuerzo, tener
asegurada una vida de comodidades, elevados ingresos, estudios y una envidiable
posición en la sociedad. Al hijo del obrero, en cambio, a pesar de la leyenda
burguesa de que cualquier limpiabotas puede llegar a millonario, le es casi
imposible abrirse camino en la vida. Dentro del socialismo las diferencias en
la situación dependen de las virtudes personales, de la capacidad, de los conocimientos,
de la laboriosidad, y
no del origen
o de la
posición social.
Tomemos, por ejemplo, los ingresos. Las
diferencias que en
el socialismo se
observan en cuanto al bienestar
material de los hombres van perdiendo su naturaleza de clase. Hay categorías
completas de obreros (mineros, metalúrgicos y otros) que ganan más que muchos
grupos de intelectuales. En muchos koljoses los ingresos de los trabajadores de
vanguardia son superiores a la media del obrero o del empleado, etc.
El prestigio y la fama dejan de ser también en la
sociedad socialista monopolio de determinadas clases
o capas sociales, y están al alcance de cuantos
sirven
honradamente a la sociedad, de quienes trabajen
honradamente en cualquier esfera de la vida. En la
U.R.S.S.,
por ejemplo, obreros
como la hilandera
Valentina Gagánova o el minero Nikolai Mamai, o
koljosianos como Alexandr Guitárov y Nikolai Manukovski, son tan conocidos como
los grandes sabios, ingenieros, artistas o líderes políticos.
La movilidad, el carácter relativo de las mismas
fronteras entre las clases de la sociedad socialista, la
facilidad
con que se
pasa de una
clase a otra,
contribuyen también a borrar las diferencias entre
ellas. Esto no se refiere solamente a las fronteras que separan a los obreros y
campesinos, sino también a las que hay entre estas clases (hombres del trabajo
físico) y los
intelectuales. Los intelectuales socialistas proceden en su
inmensa mayoría de familias obreras o campesinas. Pero no se trata solamente de
esto. No menos importante es el hecho de que entre los obreros y los campesinos
hay cada vez más hombres
cultos, cuyo trabajo
en la producción se distingue
por muchos rasgos propios del trabajo creador intelectual.
Es verdad que para adquirir determinadas profesiones
hay que estudiar intensamente. Pero la
enseñanza
superior pierde por
completo bajo el
socialismo su carácter de privilegio social. La
sociedad vigila atentamente
para que no se
conviertan tampoco en privilegio las ventajas que proporciona un medio familiar
más culto, el disponer de más tiempo
libre o de
mejores condiciones
materiales para el estudio, etc. A ese objeto, en
las escuelas superiores son
admitidos preferentemente los que
trabajan, se conceden becas a los estudiantes de familia modesta, se desarrolla
ampliamente la enseñanza nocturna y por correspondencia, etc.
La igualdad completa de derechos, la desaparición
paulatina de las
diferencias entre las
clases y la
justicia
social son rasgos
característicos de las
relaciones de clase que contribuyen a robustecer la
unidad de la sociedad socialista.
Por
cuanto las clases
y capas sociales
se
componen de trabajadores y todas ellas están unidas
por un mismo tipo de propiedad -socialista-, las relaciones entre ellas no
ofrecen el menor antagonismo. Sus intereses coinciden en todo lo fundamental y
principal. Obreros, campesinos e intelectuales están igualmente interesados,
particularmente, en el ascenso de la economía nacional, en el robustecimiento
de las bases del régimen socialista y
en los progresos
de la democracia y la cultura.
Así, en lugar de la eterna lucha de clases, el
socialismo plantea su solidaridad y unidad, que se desprenden de la comunidad
de fines, ideología y moral. Después de haber sido suprimidas las clases
explotadoras, y con la transformación socialista de todas las clases
pequeñoburguesas, son colocados los sólidos cimientos de la unidad
político-moral de la sociedad.
Cambio
de las funciones del Estado.
El triunfo del socialismo trae consigo nuevas e
importantes transformaciones del Estado, que se derivan de la supresión de las
clases explotadoras y de los progresos de la unidad político-moral de la
sociedad.
Al desaparecer las clases hostiles a los
trabajadores, el Estado, por lo que se refiere a sus funciones de orden
interno, pierde el carácter de instrumento
de represión de
clase. Desaparece aquella
actividad del Estado que durante toda su historia había figurado en primer
plano y constituía su esencia.
Conforme la sociedad se acerca al socialismo, a
medida que se ven quebrantadas las posiciones económicas, políticas e
ideológicas de las clases explotadoras, la intensidad de la lucha de clases
cede de ordinario. Esto reduce la esfera de la represión de clase, que pierde
su sentido cuando el socialismo triunfa.
Por eso el
Partido Comunista de
la Unión
Soviética
ha criticado enérgicamente, por considerarla equivocada, la teoría de que
la lucha de clases se agudiza a medida que la construcción socialista va
logrando nuevos éxitos. Esta teoría era tanto más peligrosa por cuanto
justificaba la grave violación de los principios de la democracia y la
legalidad socialistas.
Pero la desaparición de las funciones represivas de
clase no significa que el Estado se extingue bajo el socialismo. La
sociedad socialista no
puede prescindir de él. ¿Por qué?
Primero,
porque después del
triunfo del socialismo el Estado
es aún durante un tiempo prolongado la forma más apropiada y razonable de
dirección social de la economía, de las relaciones sociales y de la labor
cultural. La conveniencia de esta forma viene dictada por el nivel de
desarrollo económico, social y espiritual de la sociedad.
Segundo, porque bajo el socialismo aún se
conserva cierta desigualdad
en cuanto a la
satisfacción de las necesidades de los hombres, todavía hay manifestaciones del
espíritu de propiedad privada y otras supervivencias del capitalismo en la
conciencia de parte de los miembros de la sociedad. En estas condiciones no se
puede prescindir de un instrumento que realice el control de la medida del
trabajo y del
consumo, que proteja
la propiedad social y personal y
que corte las acciones antisociales que pudieran representar un peligro para el
régimen socialista.
Tercero, por razones de tipo exterior. Mientras el
socialismo no haya
vencido en escala
mundial,
quedará en pie la amenaza de agresión de los Estados
imperialistas; es preciso, pues, disponer de las
necesarias fuerzas armadas y de otros órganos encargados de asegurar la
capacidad de defensa del país y de luchar contra los espías, saboteadores y
demás elementos subversivos enviados por los imperialistas.
Así, pues, los trabajadores tienen aún necesidad del
Estado bajo el socialismo. Se mantiene también
la necesidad de algunas medidas de coerción. Pero a
primer plano pasan otras funciones y tareas.
Crece extraordinariamente el papel económico del
Estado. Si con la economía de pluralidad de formaciones que presenta el período
de transición no podía abarcar aún bajo su control, su labor planificadora y su
dirección directa a todos los sectores y ramas de la economía nacional, al
llegar al socialismo el Estado reúne efectivamente en sus manos todos los hilos
del desarrollo económico del país. La organización de la producción social -
dirección de la economía- pasa a convertirse en la primera de sus funciones.
Dentro del socialismo se extiende también
ampliamente la función
cultural y educativa
del
Estado, su labor en pro de la cultura socialista: de
la
ciencia, el arte y la literatura, así como lo que se
refiere a elevar el nivel cultural del pueblo y a su
educación comunista.
Es asimismo importante la función de protección de
la propiedad socialista, que es la base sobre la que se asienta en su
totalidad el nuevo régimen.
Bajo el socialismo adquiere grandes proporciones la
actividad del Estado relacionada con la protección
de los derechos e intereses de los ciudadanos, de su
propiedad personal y del orden social.
Así, pues, después del triunfo del socialismo el
Estado es, principalmente, el organizador de la
labor económica y cultural, el organismo
que orienta la
actividad creadora de las masas en su trabajo.
Juntamente a todo esto, considerando que el sistema
capitalista se mantiene en pie y que no ha sido eliminado el peligro de una
agresión militar, se mantiene íntegramente la función de la defensa del país
frente a una agresión del exterior. El Estado socialista se ve obligado a
fortalecer sus fuerzas armadas, el ejército, la marina, los órganos de
contraespionaje e información con el fin de defender con éxito las conquistas
del socialismo. Su labor en cuanto al exterior no se limita, sin embargo, a la
función de la defensa militar. Comprende también las relaciones económicas,
culturales y políticas con Estados extranjeros y tiene como objeto asegurar la
coexistencia pacífica de los países con distintos sistemas político-sociales y
de robustecer la paz entre los pueblos. La aparición del sistema socialista
mundial ha dado también origen a una nueva tarea de política exterior, como es
la de fortalecer la amistad indestructible, la colaboración y la ayuda mutua
fraternal de los países del socialismo.
El cambio de las funciones y tareas del Estado bajo
el socialismo, comparándolas con las que tenía en el período de transición, no
puede por menos de reflejarse en los métodos de que se vale para llevarlas a
cabo. Disminuye intensamente, ante todo, la esfera de las medidas
administrativas de coerción, que van siendo sustituidas por los métodos de la
persuasión y de organización de la actividad colectiva.
El perfeccionamiento de los métodos de gobierno
es una
de las importantes
tareas que se
plantean
después del triunfo del socialismo. Del éxito con
que se cumple dependen
en gran medida
el ritmo del
desarrollo económico y los avances en el terreno
social, cultural, etc. La elaboración de formas y métodos adecuados de
gobierno, que correspondan a
la nueva estructura de clase y al nuevo tipo de
economía, es una
empresa ardua, y
la sociedad
socialista
no está asegurada
en este aspecto
de incurrir en errores. De ahí que el Partido Comunista dedique una
constante atención a los problemas de
este orden.
El perfeccionamiento del Estado socialista exige una
enérgica lucha contra el burocratismo. Después
del
triunfo del socialismo
sus manifestaciones
pueden tolerarse aún menos que durante el período de
transición. Porque ahora el Estado ha de entender
en un volumen de asuntos infinitamente mayor. El
Estado
socialista dirige toda
la industria y el
comercio, a excepción del cooperativo. Orienta la labor de la mayoría
de los establecimientos que tienen a su cargo atender las necesidades
diarias de los ciudadanos (sanidad, seguros sociales, instrucción
pública, etc.). El Estado es también el principal
contratante de los koljoses. En estas condiciones el burocratismo puede causar
grandes daños a la sociedad, tanto políticos como económicos. Considerándolo
así, el Partido mantiene una lucha constante contra el burocratismo, por el
robustecimiento de los lazos entre la Administración y los trabajadores, y
amplía y fortalece la democracia socialista.
Ampliación
de los derechos políticos y sociales de los trabajadores.
El socialismo crea por primera vez las premisas
económicas, sociales y políticas para la implantación
de una democracia que lo sea de veras para todo el
pueblo.
Sólo dentro del socialismo se alcanza tal unidad de
intereses de todas las capas de la sociedad, que cualquier problema de la vida
del Estado puede ser
resuelto sin recurrir a la violencia de clase, por
vía democrática.
Sólo dentro del socialismo se consigue llegar a
una auténtica igualdad
política de los
ciudadanos. Ello es así porque los hombres son iguales de hecho
respecto
de los medios
de producción, y
por eso tienen igual derecho a
intervenir en la elaboración de
los acuerdos que se refieren a la sociedad en su
conjunto.
El
socialismo no se
limita a la
proclamación
formal de los derechos y libertades, sino que
asegura a todos los miembros de la sociedad la posibilidad práctica de
ejercerlos. Por algo las Constituciones socialistas, cuando proclaman las
libertades fundamentales -de palabra, de prensa, de reunión, de manifestaciones
en las calles, etc.-, hacen hincapié en las garantías que permiten ejercerlas,
y hablan de la entrega a los trabajadores de las existencias de papel,
imprentas, locales, etc.
Dentro del socialismo, se comprende, no puede haber
una ilimitada libertad individual. Esto no sería libertad, sino
arbitrariedad, puesto que
atentaría contra los intereses de los demás individuos y de la sociedad
en su conjunto. El Estado socialista concede las más amplias libertades
individuales, pero, al mismo tiempo, prohíbe a una persona hacer cuanto pueda
ir en perjuicio de otra. Condena, por ejemplo, la difusión de ideas racistas y
fascistas y la propaganda de guerra. A diferencia del Estado burgués, el Estado
socialista no tolera los libros, revistas y películas que corrompen a la
juventud, que exaltan la amoralidad,
la crueldad y
la violencia. Tales restricciones
responden sin duda a los intereses del pueblo y por eso no quebrantan, sino que
fortalecen el espíritu democrático del nuevo régimen.
La democracia socialista se diferencia, pues,
esencialmente de la ilimitada "libertad", sin timón ni
rumbo, de que hablan los anarquistas; libertad que,
por lo demás, sólo puede existir en sus acaloradas mentes, pero no en la
sociedad. La democracia socialista no carece de timón y rumbo, sino que es una
democracia dirigida, orientada por el Partido y el Estado, y cuyo fin es
asegurar los avances del socialismo y la construcción del comunismo. Los
comunistas lo declaran abierta y francamente.
Esta circunstancia saca de quicio a los
revisionistas. Afirman que la democracia es incompatible con limitación o
dirección alguna y piden que la democracia socialista sea sustituida por una
democracia "ilimitada" o, con expresión todavía más nebulosa,
"integral". Detrás de todo el florilegio verbal de
quienes esto propugnan
se esconde una clara idea política: la de hacer que el
socialismo vuelva atrás, a
la democracia burguesa;
quiere decirse que aspiran no a una democracia ilimitada, sino a una
democracia dirigida por la burguesía y que imponga sus limitaciones de
conformidad con los intereses del capitalismo.
Otro fin que los revisionistas persiguen es acabar
con la dirección de la sociedad por el Partido, lo cual conduciría de hecho a
la reducción, y no a la ampliación de la democracia. Porque el Partido encarna
en su labor la voluntad de las grandes masas y es la organización más
democrática de la sociedad socialista. Su dirección personifica de la manera
más completa los principios
del auténtico poder
del pueblo.
Los
partidos
marxistas-leninistas, que rechazan las
teorías de los
revisionistas, y tanto
más sus
recetas de "democratización", consideran
como una
tarea de primordial importancia la de impulsar y
ampliar la democracia socialista. Mas, a diferencia de los revisionistas,
consideran que esto ha de lograrse no
tomando los principios
de la democracia burguesa, sino
perfeccionando el espíritu democrático del socialismo, es
decir, estrechando los lazos que unen al Estado y el Partido con las masas trabajadoras,
desarrollando sin vacilaciones su labor de creación e iniciativa en todos los
terrenos de la vida social.
En este aspecto el Partido se encuentra ante grandes
tareas, pues un espíritu democrático genuinamente socialista no aparece de por
sí ni en forma invariable, dada de una vez para siempre, sino que se desarrolla
a medida que el socialismo va cobrando fuerzas. Es un proceso que exige
atención y esfuerzos constantes de la sociedad, el Estado y el Partido, la
lucha contra las ideas equivocadas, contra la burocracia administrativa y la
desconfianza en la sensatez y energías de las grandes masas del pueblo.
¿Por
qué se preocupa
tanto el Partido
del desarrollo de la democracia socialista?
Porque la democracia más amplia, del tipo más
elevado que conoce la historia, con el socialismo no sólo se hace ya posible,
sino necesaria. Dentro del
socialismo la democracia no es una concesión que se
arranca a los
círculos dirigentes, como
bajo el
capitalismo, sino una ley de la vida que asegura el
desarrollo normal y rápido de la sociedad. V. I. Lenin escribía que "el
socialismo triunfante ha de implantar forzosamente la
democracia completa... "321
Socialismo y democracia son inseparables.
Una amplia democracia hace que cada miembro de la
sociedad se sienta dueño y señor en ella, y eleve
la
iniciativa fecunda de
las masas, sin
la que el
socialismo no puede avanzar un paso. Estimula la
capacidad y el
talento de millones
de hombres,
contribuye a sacar a la superficie a nuevos y nuevos
dirigentes e incorpora a los trabajadores a la labor
del Estado, asegurando su participación directa y cada vez más
activa en la
dirección de los
asuntos públicos. Por ejemplo, el Soviet Supremo (quinta legislatura)
elegido en marzo de 1958 cuenta con 614 obreros y koljosianos que trabajan
directamente en la producción.
Entre los diputados
de los Soviets urbanos el 39,4 por ciento son
obreros, y entre los Soviets rurales el 58,8 por ciento son koljosianos. En
1959 fueron elegidos para los Soviets locales un
total de cerca de
340.000 obreros y
casi 780.000
koljosianos.
A título de comparación, recordaremos que en el
Congreso
norteamericano los banqueros
e industriales acaparan el 30 por ciento de los escaños en el Senado y
el 34 por ciento en la Cámara de Representantes; el 21 por ciento de los
senadores son grandes terratenientes. Los demás puestos los ocupan empleados de
los grandes monopolios y políticos profesionales que han prestado buenos
servicios al capital. No en vano corre en el país el dicho: "Unos son
senadores porque son ricos, y otros son ricos porque son senadores."
Las Constituciones de los países del socialismo se
atienen al principio de que las personas que ocupan
cargos públicos son designadas por elección, pueden
ser depuestas y han de rendir cuenta de la gestión
realizada; en cuanto a los organismos del Estado,
rige también el principio de elección y de rendición de cuentas. Los electores
pueden retirar su mandato al
diputado que no justificó su confianza. Las
organizaciones sociales de
trabajadores ejercen un
control cada vez más amplio sobre la labor de los
órganos ejecutivos y toman en ella parte activa.
Los órganos estatales del país socialista se hallan
rodeados de un "activo" de ciudadanos que
trabajan en las fábricas, koljoses e instituciones culturales y educativas. En
la U.R.S.S., durante las campañas que preceden a la elección de los Soviets
actúan de 14 a
15 millones de agitadores y organizadores. Millones
de personas se hallan incorporadas a las comisiones
permanentes y temporales de los Soviets locales de
diputados de los trabajadores, como instructores
sociales, inspectores o miembros de las comisiones de ayuda elegidas en las
empresas, instituciones y administraciones de las casas, o bien en los grupos
de
321 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 132.
control
formados por las
organizaciones sociales. Este
enorme ejército participa en las tareas de dirección de los asuntos públicos y
cursa una excelente escuela política, elevando su
conciencia, sus conocimientos y su cultura. Las masas populares influyen
también sobre la labor de los organismos públicos a través de la prensa, que
sirve para difundir experiencias y como instrumento de control y de crítica.
Un rasgo importante de la democracia socialista es
el creciente papel del Partido, los Sindicatos, el Komsomol y otras
organizaciones sociales, en cuyas actividades participan millones de personas,
que ejercen así eficaz
influencia sobre las
distintas esferas de la vida. Bastará decir que en la Unión
Soviética el Partido
contaba en 1958
con más de ocho millones de afiliados, la Unión de
Juventudes Comunistas con 18 millones y los Sindicatos con más de 50 millones.
Una característica de la comprensión marxista de la
democracia es que no la reduce a los derechos y libertades en el plano
político, aunque les atribuye esencial importancia. Otra parte consustancial de
la democracia es la que rige en los derechos sociales y económico-sociales de
los trabajadores: el derecho al trabajo, al descanso, a la instrucción, a la
asistencia económica en la vejez o en caso de enfermedad, etc. Porque estos
derechos son la base de la libertad verdadera y de la felicidad de los hombres.
La superioridad histórica del régimen socialista se
revela con particular vigor en cuanto se refiere a las garantías de los
derechos sociales de los trabajadores.
¿La sociedad capitalista, con su desocupación
crónica, puede asegurar
a todos la
posibilidad de
trabajar, sin referirnos ya a que cada uno pueda
elegir
una profesión de su agrado? Está claro que no. El
régimen socialista, en cambio, otorga al derecho al
trabajo la categoría de derecho constitucional, con
lo
que desaparece el sentimiento de penosa inquietud y
de inseguridad en el mañana. El trabajo libre deja de ser un simple medio de
subsistencia y se convierte en la principal norma valorativa del valor social
del hombre, en causa de honor y valor.
¿Puede la sociedad capitalista garantizar a sus
ciudadanos el derecho al descanso? Tampoco. ¿Qué le importa al capitalista la
salud de sus obreros y cómo pasan el tiempo libre? Para él no son más que
fuente de ganancias. Buena prueba de ello es lo costosa que es la asistencia
médica en la mayoría de los países burgueses, hasta el extremo de que
representa la ruina para muchos trabajadores. La limitación de la jornada de
trabajo por vía legislativa, las vacaciones pagadas y otros derechos sociales
de la clase obrera son conseguidos bajo el capitalismo después de una
prolongada lucha de los trabajadores, que han de hacer grandes esfuerzos para
conservar y ampliar estas conquistas.
En la sociedad socialista, por el contrario, donde los
medios de producción y el poder político pertenecen a los propios trabajadores,
todo cuanto se refiere a la salud y el bienestar del pueblo es materia de
constante preocupación para las organizaciones sociales y el Estado.
¿Puede la sociedad capitalista garantizar a sus
ciudadanos el derecho a la instrucción? No, y no sólo
porque no le interesan para nada las necesidades de
los trabajadores en orden cultural, por lo menos
fuera de lo que
es imprescindible para
el trabajo en la
fábrica.
La burguesía, como
todas las clases
explotadoras en general, toma el monopolio de la
enseñanza y la cultura como uno de los principales instrumentos que aseguran su
monopolio del poder. Es mucho más fácil mantener sujetos a los
trabajadores cuando son
analfabetos e incultos, cuando se encuentran dominados por
toda clase de prejuicios y supersticiones.
La
sociedad socialista, al
contrario, tiene un interés
vital en que
todos sus miembros
sean
instruidos y cultos. Allí donde el poder pertenece a
los propios trabajadores, el incremento de su
cultura y conciencia, la
ampliación de sus
horizontes es fuente de energías
para el Estado y la vía para multiplicar
las riquezas sociales
y acelerar el progreso.
La sociedad socialista presta atención singular al
desarrollo político y cultural de la parte de la población que en otros tiempos
era la más atrasada socialmente y se
veía sometida a
una mayor opresión. Esto se
refiere, en particular, a las mujeres.
En algunos países capitalistas las mujeres carecen
hasta hoy día de muchos derechos políticos y civiles, perciben un salario menor
que el hombre por un trabajo igual y hasta en el seno de la familia ocupan una
situación subordinada.
El marxismo-leninismo estima que la emancipación de
la mujer presupone, primero, la equiparación completa de sus derechos a los del
hombre, tanto en la familia como en la vida política; segundo, su incorporación
activa al trabajo y a la vida social, y tercero, la supresión del sistema de
esclavitud doméstica, en la que las faenas de la casa consumen todo el tiempo y
las energías de la mujer.
El régimen socialista resuelve felizmente esta
compleja tarea. Da a la mujer los mismos derechos
que al hombre y rodea a la madre de un ambiente de
honor y respeto. El Estado concede a las mujeres que
trabajan prolongadas vacaciones pagadas durante el
embarazo y después
del parto, entrega
una subvención mensual a
las madres de
familia
numerosa o que son cabeza de familia y recompensa
con diversas órdenes y medallas a las madres que
tienen determinado número de hijos. La ley protege
los derechos de la mujer y del niño en el seno de la familia.
El socialismo hace entrar a la mujer en la ancha vía
del trabajo y de la actividad social. En la Rusia
zarista, según el censo de 1897, sólo el 13 por
ciento de las mujeres ocupadas en un trabajo asalariado se hallaban
incorporadas a las empresas o a la construcción, y el cuatro por ciento se
encontraban en establecimientos de enseñanza y sanidad. El 55 por ciento
pertenecían al servicio doméstico y el 25 por ciento trabajaban para los
campesinos ricos y grandes propietarios. Ahora las mujeres integran el
45 por ciento de cuantos trabajan en la industria
soviética. Entre los
especialistas con instrucción
superior las mujeres son más de la mitad, ¡el 53 por
ciento! Muchos centenares de mujeres han sido
elegidas diputadas del Soviet Supremo de la U.R.S.S. y de los Soviets Supremos
de las Repúblicas federadas. Y en los órganos locales de poder las mujeres son
casi 700.000.
Es verdad que en este sentido queda mucho por
hacer. Los quehaceres
de la casa
llevan aún un tiempo excesivo y frenan el progreso
político y cultural de muchas
mujeres. Todavía no
hay el número suficiente de
guarderías infantiles, jardines de la infancia y escuelas-internados, que
podrían responsabilizarse con buena parte de la crianza y educación de los
niños. En ciertas repúblicas del Asia Central soviética no han desaparecido por
completo las supervivencias feudales
respecto de la mujer.
Pero los éxitos conseguidos en la U.R.S.S. y las democracias populares en
cuanto a la emancipación de las mujeres, así como la atención que la sociedad
entera pone en este problema, nos dicen que su solución completa no está lejos.
No hay que olvidar que el socialismo es sólo la fase
primera e inferior de la nueva formación social. Lógicamente, dentro de él es
aún imposible resolver por completo todos los numerosos, difíciles y complejos
problemas que el socialismo recibió en herencia de la milenaria dominación de
los explotadores. Mas con todo y con eso, hoy día se puede ver ya que el
socialismo asegura a los trabajadores, mejor que ningún otro régimen, los
derechos democráticos reales y amplía como nunca se vio la esfera de la democracia.
No podía ser de otro modo en una sociedad que se preocupa por todos sus miembros,
de su felicidad,
su bienestar y su
suerte personal.
A medida que la sociedad socialista marcha adelante,
aumentan los bienes sociales concedidos a
los trabajadores y se amplían las posibilidades de
su
participación activa en la vida política. Esto hace
que todos se sientan profundamente interesados en la prosperidad y progreso de
una sociedad que es suya.
2. La
amistad de los pueblos de la sociedad
socialista
En muchos países el capitalismo deja en herencia a
la nueva formación el atraso cultural y económico de algunos pueblos y una
vieja enemistad nacional.
Por eso, la
tarea primordial de
la clase obrera triunfante, en cuanto se refiere a las
nacionalidades, es la de acabar con toda opresión o desigualdad nacional, la
liberación completa y definitiva de todas las naciones y grupos étnicos. V. I.
Lenin subrayaba que "de la
misma manera que la humanidad
sólo puede acabar con las clases a través del período de transición de
dictadura de la clase oprimida, a la inevitable fusión de las naciones
únicamente puede llegar a través de un período de transición, de emancipación
completa de todas las naciones oprimidas, es decir, de su libertad de separarse
de las otras".322
La emancipación de las naciones oprimidas y su
equiparación en derechos con las restantes comienza
inmediatamente después de la revolución socialista.
La tesis principal que en cuanto al problema de las
nacionalidades
figura en los
programas de los Partidos Comunistas es la concesión a
todas las naciones del derecho a la autodeterminación, hasta
llegar a la separación y a la formación de un Estado
independiente. El reconocimiento de este derecho no
significa, sin embargo, que se invite, y mucho menos
que se empuje, a cada nación a separarse y romper los lazos
políticos con la
nación unida a
la cual
formaba antes un Estado único. Semejante
interpretación del derecho
a la autodeterminación
haría sólo el juego al capital internacional,
interesado como está en hundir su cuña entre las naciones de los países
socialistas para luego entendérselas con cada
una por separado.
Mas no se trata solamente de esto. Los propios
intereses del desarrollo
de las fuerzas
productivas
imponen la necesidad de que las naciones socialistas
estrechen sus lazos. Por eso, las tendencias
separatistas pueden perjudicar sensiblemente a la causa del socialismo. Los
Partidos Comunistas tienen siempre presente el peligro de dichas tendencias
cuando determinan su posición ante el problema de si una nación, en el momento
dado, ha de ejercer o no su derecho a la separación.
Son, sin embargo,
las propias naciones
antes oprimidas las que
han de decidir
por sí mismas
acerca
de la conveniencia de
la separación.
Únicamente la emancipación completa y hasta el fin
puede hacerles olvidar los viejos agravios y humillaciones y marcar un viraje
absoluto en sus relaciones con la otra nación. De ahí que los comunistas den
tanta importancia al principio de la libre determinación. A la vez que acaba
con todos los tipos y formas de la opresión nacional, que reconoce a cada
pueblo el derecho a tener su Estado, a emplear su lengua nacional y a cultivar
su cultura y sus tradiciones nacionales, el régimen socialista afirma el verdadero
internacionalismo, que niega y rechaza cualquiera manifestación de superioridad
de una nación sobre otra.
La
liberación de las naciones
no significa sólo acabar
simplemente con la opresión y con la desigualdad jurídica en que se
encontraban. El imperialismo deja al nuevo régimen social el grave problema del
atraso económico y cultural de los pueblos oprimidos. "Por eso -indicaba
Lenin-, el internacionalismo de la nación opresora o «grande»... no ha de
consistir solamente en observar la igualdad formal de las naciones, sino en una
desigualdad por la que la nación opresora o grande compense la desigualdad a que
prácticamente se ha llegado en la vida. Quien no comprende esto, no ha
comprendido la posición realmente proletaria hacia el problema nacional;
mantiene en esencia el punto de vista pequeñoburgués, hacia el que no puede por
menos de deslizarse a cada instante."323
Por esta razón,
los marxistas-leninistas piensan que
el régimen socialista
está obligado no
ya a
conceder a los pueblos antes oprimidos el derecho al
libre desarrollo, sino también a crear las
condiciones reales para que así suceda, ayudándoles a superar el
atraso en que se encuentran.
La economía de las repúblicas nacionales de la Unión
Soviética, antes muy débil, gracias a la ayuda de las naciones socialistas
avanzadas, y en primer término del pueblo ruso, crece con una media más elevada
que la de la Unión en su conjunto. Así, mientras que la producción global de la
industria de la U.R.S.S. en 1958 era 36 veces mayor que en 1913, en la R.S.S.
de Kazajia ha crecido 44 veces, en Kirguisia 50 y en Armenia 55 veces. La
política de industrialización acelerada se lleva a cabo también en las democracias
populares, y ejemplo de ello es la industrialización de Eslovaquia.
La distribución más regular de las fuerzas
productivas, sin perder de vista las condiciones de lugar, y la intensa
capacitación de especialistas contribuyen al rápido incremento de los cuadros
nacionales y ayudan a superar el atraso cultural. Cualquier república soviética
puede servirnos de ejemplo. Así, antes de la Revolución, en Turkmenia había
solamente 58 escuelas, con una matrícula de
6.780 niños, todos ellos hijos de padres ricos,
sacerdotes y funcionarios.
La república dispone ahora de 1.200 escuelas en las que
estudian 225.000 niños, de Universidad, de un Instituto de Medicina y otro de
Agricultura y de tres Institutos de Pedagogía, así como
de 32 establecimientos de
enseñanza especial media. Se publican 65 periódicos y 13 revistas, la
mayoría en turkmeno.
Lo mismo podríamos decir de las demás naciones antes
atrasadas de la U.R.S.S. y de las democracias
populares.
La supresión de la opresión nacional y los éxitos
económicos y culturales hacen que se conviertan en
naciones muchos grupos étnicos que antes no podían
alcanzar este nivel por su atraso económico, la
división administrativa y otras causas. Por otra parte,
322 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, págs.
135-136.
323 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVI, pág.
556.
ha cambiado por completo la fisonomía de las
naciones formadas ya en la época burguesa.
La nación burguesa, en la que la base económica
es la
propiedad privada capitalista
y donde la
burguesía tiene la preponderancia, se caracteriza
por el antagonismo interno
de clases. En
su cultura
nacional hay de hecho dos culturas en pugna: la
democrática, de las
masas populares, y la
reaccionaria, que pertenece a
los estratos
explotadores de la sociedad. Una concepción típica
de la nación burguesa, impuesta por las altas esferas
de los explotadores,
es el nacionalismo,
que encuentra su base en la contradicción de intereses de la nación
propia y de
los pueblos restantes.
El
nacionalismo burgués adopta a menudo formas
fanáticas de enemistad
nacional y racial,
que los
explotadores cultivan con gran empeño. Así ocurría
en la Rusia zarista. Las manifestaciones más infames del racismo eran en
Alemania parte consustancial de
la ideología y la política de los hitlerianos,
autores de feroces persecuciones contra los judíos, los eslavos y
todos los "no arios". En los Estados
Unidos se halla muy extendida la discriminación racial de los negros.
Fenómenos tan vergonzosos son profundamente
extraños a las naciones socialistas, en las que la
base de la vida económica es la propiedad social y los obreros son la clase
dirigente. La nación socialista no conoce los antagonismos de clase, por lo
cual es extraordinariamente
homogénea. Aparece por primera vez una cultura nacional única,
que expresa con la mayor plenitud el pensar y el sentir de las masas trabajadoras
y las peculiaridades de su desarrollo histórico. Y como el régimen socialista
determina toda la vida del pueblo, es lógico que la cultura nacional presente
un contenido socialista. La cultura de todas las naciones socialistas,
revestida como está de las mejores y más variadas formas nacionales, es al
propio tiempo internacional, una y única por las ideas que la inspiran. Esto
vigoriza las relaciones de estrecha
amistad y de
ayuda mutua entre los pueblos, a
las que se llega en el proceso del trabajo común para edificar la sociedad
nueva. La concepción típica de las naciones socialistas es el internacionalismo
socialista.
Ha de comprenderse que esta concepción y estas
nuevas relaciones internacionalistas no se afirman
por sí mismas, sino que son consecuencia de un
paciente trabajo que
permite superar las
supervivencias
del nacionalismo. Tales supervivencias son muy pertinaces,
y si se interrumpe el trabajo político contra
ellas, no tardan
en brotar de nuevo. Por eso, los partidos marxistas-
leninistas ponen tanto empeño en combatir cualquier
deformación en las relaciones nacionales.
La
expansión de las
naciones socialistas no se
contradice en absoluto
con la tarea
de su ulterior
aproximación; antes bien, la facilita.
más vigor la tendencia, que apunta ya bajo el
capitalismo, a romper los tabiques nacionales, a consolidar las relaciones
entre una nación y otra, a aproximar las naciones en el sentido económico,
político y cultural. Pero en las nuevas condiciones, ello no se realiza
mediante la esclavización de unos pueblos
por otros, sino
por la aproximación voluntaria de naciones iguales
en derechos. Esto no se refiere únicamente al desarrollo económico.
Simultáneamente se opera un proceso de enriquecimiento mutuo de las culturas
nacionales por el que se reducen las distancias que antes las separaban.
El socialismo proporciona a los caracteres de la
nación un nuevo contenido y nuevos rasgos, con lo
que se hace
más íntima su
comunidad en la
vida
económica, política, ideológica y cultural.
3. La
cultura de la sociedad socialista
Cuando en Rusia se produjo la revolución, sus
enemigos auguraban que el despertar de las masas
ignorantes y analfabetas amenazaba con poner fin a
la cultura, que las toscas gentes del pueblo serían incapaces de conservar los
viejos valores culturales,
y mucho menos de crear otros nuevos. Profecías de
ese género han
podido escuchar también
los
trabajadores de otros países que entraron por la vía
del socialismo.
Todo el mundo ve ahora que eso es un absurdo.
La revolución socialista no significó un colapso de
la cultura, sino su expansión inusitada; consecuencia de ella ha sido una
revolución cultural sin precedentes por su volumen y su valor.
La revolución cultural como parte esencial de la
reorganización socialista.
La reorganización socialista de la sociedad no
podemos concebirla sin profundas transformaciones
en el campo de la cultura, a las que con toda razón
se les da el nombre de revolución cultural. Dichas transformaciones se
proponen la creación
de una
cultura nueva, socialista.
Pero la revolución cultural no puede ser entendida
con un
criterio vulgar, como
negación de toda
la
cultura del pasado. La cultura socialista no aparece
en un erial. Es la heredera legítima de cuanto se
creó en las sociedades de explotación. V. I. Lenin decía:
"Hay que tomar toda la cultura que el
capitalismo
dejó y utilizarla para construir el socialismo. Hay
que tomar toda la ciencia, la técnica, todos los conocimientos, el
arte. Sin ello
no podremos construir la vida de
la sociedad comunista."324
Una de las tareas concretas de la revolución
cultural consiste en seleccionar de la herencia del pasado todos los valores
permanentes y prescindir de lo superfluo, de lo que va contra la naturaleza de
la sociedad socialista, y
tanto más de
lo nocivo y
Con el socialismo no desaparece, sino que cobra
324 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 52.
reaccionario. Sobre esta base se levanta la
auténtica cultura, una cultura socialista por el contenido, es decir, que
refleja la vida y los ideales de la sociedad nueva, que se embebe en su
espíritu, que se pone al servicio
del pueblo y
le ayuda activamente
a construir el socialismo, y más tarde el comunismo.
Otra gran tarea de la revolución cultural es la de
convertir el saber en patrimonio de todos, cuando antes era exclusivo de unos
pocos. Esto es necesario en cualquier país, incluso en el más
"civilizado" dentro de los criterios burgueses. Porque, en
definitiva, el capitalismo siempre limita los conocimientos de
los trabajadores al
mínimo que éstos necesitan
para incorporarse a
la producción, pero no más.
Los avances de la instrucción pública en la Unión
Soviética
han sido verdaderamente gigantescos. Antes de la Revolución, el 75
por ciento de la población de Rusia (desde los nueve años) era analfabeta.
Entre los kirguises, sólo un 0,6 por ciento sabía leer y escribir; entre los
turkmenos y yakutos, un 0,7 por ciento; entre los kazajos, un 2,0 por ciento, y
así sucesivamente. Muchas nacionalidades carecían hasta de escritura propia. El
Poder Soviético hubo de empezar por lo más elemental: por enseñar a decenas de
millones de hombres las primeras letras, a leer un periódico y un libro,
proporcionándoles los conocimientos más rudimentarios. La tarea se llevó a cabo
con un aliento verdaderamente revolucionario. Por las escuelas de lucha contra
el analfabetismo pasaron entre 1929 y 1932 más de 30 millones de personas. En
los años del primer plan quinquenal se implantó ya la enseñanza primaria
general y obligatoria. Todo esto hizo que al terminar el período de transición
se hubiera acabado ya con el analfabetismo.
Todavía son mayores los esfuerzos que se requieren
para acabar con el analfabetismo en las democracias populares de Asia, donde
más del 90 por ciento de la población no sabía leer ni escribir.
En las democracias populares europeas la
revolución cultural ofrece
sus características. En
algunas
de ellas, donde
el nivel cultural
de la
población era relativamente alto, no se presentaba
el problema del analfabetismo en masa. Adquiere, en cambio, a
veces virulencia la
lucha contra la ideología burguesa, que había echado
hondas raíces en la conciencia de los hombres, y la tarea de sacar a los
trabajadores de la influencia reaccionaria de la Iglesia.
Elemento imprescindible de la revolución cultural en
todos los países es la transformación de la escuela,
que era un instrumento de la dominación de clase de
la
burguesía, en un
factor de la
reeducación socialista. La escuela es separada de la Iglesia y se la
coloca fuera de
la influencia de
la ideología burguesa. La
enseñanza va siendo
reformada
conocimientos
científicos avalados por la
experiencia. Se crea un nuevo sistema de instrucción pública, que da
conocimientos técnicos y científicos suficientes para incorporarse a la
construcción del socialismo.
Después de la revolución, a la empresa cultural se
suman los clubs,
bibliotecas, palacios de
cultura,
teatros, museos, cines, la radio, la prensa y un
gran
número de centros de enseñanza nocturna y libre, que
adquieren profundo arraigo en la vida del pueblo.
Como consecuencia directa de la industrialización
del país y de la colectivización de la agricultura,
así como de la enorme labor de instrucción y educación del Estado socialista,
crece rápidamente el nivel de conocimientos culturales y técnicos de la clase
obrera y de los campesinos.
A fin de conseguir ese incremento y de asegurar el
ascenso de las fuerzas productivas y de la cultura de la sociedad, hay que dar
cima también a otra tarea: la de crear una intelectualidad nueva, genuinamente
popular, íntimamente vinculada a la clase obrera y a los campesinos. Antes de
la revolución socialista, el proletariado puede decirse que carece casi de
intelectuales propios. La burguesía cierra
a los obreros y los campesinos
las puertas de la enseñanza superior.
La tarea de
crear una intelectualidad nueva
se lleva a cabo por un doble camino: incorporando y reeducando a los intelectuales
burgueses y capacitando a marchas
forzadas especialistas salidos de la clase obrera y los campesinos.
La incorporación a la construcción socialista de los
viejos intelectuales no es empresa fácil. Resultó particularmente ardua para la
clase obrera de Rusia, donde la agudización extrema de la lucha de clases,
hasta adoptar las formas más violentas, empujó a buena parte
de los intelectuales
-por lo menos durante cierto tiempo- al campo de los
enemigos de la revolución.
No obstante, los comunistas soviéticos resolvieron
en líneas generales
el problema, mostrando
los
métodos principales a seguir a los trabajadores de
otros países que entran en la vía del socialismo. N. S.
Jruschov decía en 1958 ante la Academia de Ciencias
de Hungría: "Nuestro Partido tiene gran experiencia de trabajo con los
intelectuales. Nos hemos ganado
no pocos chichones, pero hemos aprendido a
comprender bien muchas
cuestiones. Esta
experiencia la compartimos amistosamente con
vosotros."325
Y la experiencia
dice que con
los viejos
intelectuales hay que ser atentos, sensibles y pacientes. Si a veces
ciertos grupos de intelectuales, aunque sean numerosos, no comprenden de
momento el sentido y la necesidad de las transformaciones socialistas y por sus
ideas se mantienen apartados de la revolución, no hay que apresurarse a
encasillarlos
paulatinamente, haciendo que se apoye en
325 Pravda, 10 de abril de 1958.
como enemigos. Los verdaderos intelectuales no
pueden permanecer largo tiempo en esa posición y obligatoriamente buscarán el
camino que les lleve al pueblo. Con paciencia,
prestándoles ayuda y dándoles tiempo para que comprendan sus
propios errores, se puede facilitar mucho su paso al socialismo.
Esta amplia comprensión no tiene, sin embargo,
nada de
común con la
no intervención, con la
pasividad o indiferencia hacia los procesos que los
viejos intelectuales atraviesan en la evolución de sus
ideas políticas. Dejarlos abandonados a su suerte
equivaldría a permitir que los enemigos de la revolución envolviesen
en sus redes
a los viejos
intelectuales que permanecen vacilantes.
V. I. Lenin se preocupó extraordinariamente de los
intelectuales, de los viejos especialistas. Hay que
hacer,
decía, que vivan
mejor que antes,
bajo el
capitalismo, y no sólo en el aspecto económico, sino
también "en el jurídico, en cuanto a la colaboración
amistosa
con los obreros
y campesinos, y
en el
sentido ideológico, es decir, en el sentido de que
se encuentren satisfechos de su trabajo y que comprendan la utilidad social de
éste cuando se independizan de los egoístas intereses de la clase
capitalista".326
Tal actitud hacia los intelectuales se ha visto
plenamente justificada en la práctica.
Hay motivos para suponer que en muchos países
que todavía no han entrado en la ruta del socialismo
la incorporación y reeducación socialista de los intelectuales será
una empresa más
fácil. Señalábamos antes que la creciente opresión de los monopolios
empuja a capas cada vez más amplias de intelectuales a la alianza con la clase
obrera antes incluso de producirse la revolución. En ellos deja su huella la
experiencia de los países socialistas, donde el intelectual encuentra
posibilidades ilimitadas para un trabajo de creación al servicio de su pueblo.
Ahora bien, por grandes que sean los éxitos del
Partido
y de la
dictadura del proletariado
en el trabajo con los viejos intelectuales, esto no
puede
cubrir todas las necesidades de la sociedad
socialista.
Desde los primeros días del poder obrero ha de
preocuparse de capacitar en amplia escala nuevos técnicos, nuevos científicos y
hombres que dominen todas las ramas de la cultura, que salgan ante todo de
entre los obreros y campesinos.
El trabajo que el Partido y el Estado de la clase
obrera han de llevar a cabo durante la revolución cultural es verdaderamente
grandioso. V. I. Lenin decía: "De todos los socialistas que han escrito
sobre esto, no puedo recordar una obra que yo haya leído o una opinión relativa
a la futura sociedad socialista en la que se señalen las dificultades prácticas
concretas que la clase obrera se encontrará al tomar el poder, cuando se
proponga convertir todo el conjunto de
conocimientos y de técnica acumulada por el
capitalismo, de tanto valor y tan inevitablemente necesario para nosotros,
todas las reservas de la cultura, que eran un instrumento del capitalismo, en
instrumento del socialismo." "... Esto -añadía- es una tarea histórica
por sus dificultades
y su significado."327
Una vez terminada la revolución cultural, la clase
obrera, su Partido y su Estado están en condiciones
de
cubrir las necesidades
que en cuanto
a especialistas se siente para la construcción socialista,
ayudan a consolidarse a la nueva ideología
socialista y, lo que es más, sientan las bases para una expansión de la cultura
como jamás conoció la historia.
Un ejemplo fehaciente de que esto es así lo
tenemos en los
progresos de la enseñanza,
en los
éxitos conseguidos en la capacitación de técnicos y
científicos, en los avances de la ciencia, la técnica, la literatura y el arte
en la Unión Soviética, y también
en las democracias populares.
La cultura para el pueblo.
El régimen socialista convierte la cultura en un
instrumento profundamente democrático
y la hace
patrimonio
de la sociedad
entera, y no
de una reducida capa
de intelectuales. Esto
se refleja
favorablemente, ante todo, en los progresos de la
propia cultura espiritual.
Escritores, pintores y actores no pueden quejarse
de la atención de que son objeto bajo el socialismo.
Los extranjeros que llegan a los países socialistas muestran a menudo asombro
por la rapidez con que se venden los libros y por la gran cantidad de gente que
acude a los museos, teatros y salas de conciertos. Este incesante crecimiento
de las inquietudes espirituales del pueblo es campo abonado para la creación
artística, que se siente constantemente estimulada.
La democratización de la cultura contribuye a que
de las
más hondas entrañas
del pueblo surjan brillantes figuras en todos los
órdenes de la ciencia y del arte. ¿Habrían tenido muchas posibilidades de darse
a conocer como escritores Pavel Bazhov, hijo de un minero, o Alexandr
Tvardovski, hijo de un herrero de pueblo? Miles y miles de hombres de talento
se pierden en el mundo capitalista sin lograr abrirse camino a través de las
privaciones y de la indiferencia de la sociedad. El socialismo, por el
contrario, propicia su aparición y les presta apoyo. Las sociedades
científicas y técnicas,
las agrupaciones literarias de las empresas o de los órganos de prensa,
los conjuntos de aficionados al arte
y otras muchas
organizaciones ayudan a descubrir y a formarse a hombres de
talento, que enriquecen la cultura socialista con nueva savia.
Pero no se trata sólo de las posibilidades
materiales; está también la atmósfera espiritual, que
326 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
169.
327 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág.
376.
tan distinta es de lo que el capitalismo puede
ofrecer. El escritor o el artista que se encuentra dominado por la ideología
burguesa no tiene dónde tomar un ideal positivo de la vida que le permita
apreciar debidamente cuanto ocurre. A menudo, la vida se le figura como algo
sombrío y absurdo, y los hombres, pequeños y mezquinos. No ve salida a la
situación y con frecuencia, al mostrar las infamias del mundo burgués, directa
o indirectamente llega a justificarlas, considerando que
son propias de
la naturaleza humana y de la
vida como tal. Esta visión de las cosas se acomoda perfectamente a los deseos
de los reaccionarios que detentan
el poder, empeñados como están en apartar a la gente de
todo cuanto sea luchar por cambiar
las inhumanas condiciones
de vida del capitalismo.
No olvidamos que en Occidente existe también una
cultura progresista y democrática, que representa una fuerza muy digna de
tenerse en cuenta. Pero no es ella la que impera dentro del mundo burgués y ha
de mantener constantemente una reñida lucha contra la reacción.
Las cosas son muy distintas bajo el socialismo,
donde la cultura pertenece al pueblo. El ambiente de
rápido progreso social, el incesante ascenso del
nivel cultural de las masas y del bienestar del pueblo, la
seguridad en el futuro, asentada en bases
científicas, son factores extraordinariamente propicios para la labor de
creación.
Esto, como es lógico, impone una grave
responsabilidad a los
hombres de la
cultura. La
literatura y el arte no se limitan a reflejar la
vida del pueblo, sino que modelan el alma humana. La idea
de los vínculos irrompibles de la literatura y el
arte con los intereses y con la lucha de las clases sociales
-y
dentro del socialismo
con la vida
de todo el
pueblo-
fue argumentada teóricamente
por V. I. Lenin, que es quien expuso el principio
del espíritu de partido en la literatura. Los propagandistas burgueses
arremeten contra él furiosamente en sus intentos de demostrar que quien sirve a
los intereses de una clase
determinada y mantiene conscientemente determinada
línea política es incapaz de una creación artística libre.
Pero esto es lanzarse a la palestra con armas melladas.
La creación artística no puede permanecer al margen
de la lucha de clases, fuera de la política, por
la
sencilla razón de
que todo escritor
o artista -
quiéralo o no- expresa y recoge en su obra los
intereses de una u otra clase. ¿Es que el moderno arte burgués no
refleja el pensar
de la burguesía dominante y no es instrumento de
su influencia ideológica sobre las masas? ¿Es que las editoriales burguesas,
las compañías cinematográficas, los directores de exposiciones artísticas, la
prensa influyente, en fin, no dictan su voluntad a los intelectuales y no
ejercen una fuerte presión material y
moral sobre quienes
tratan de resistir sus imposiciones? Largos años de persecución
de científicos, escritores, pintores y artistas progresistas de los países
burgueses son buena prueba de ello.
El
socialismo es el
primer régimen social
que emancipa a la cultura de la opresión del dinero, al
hacer que el artista pueda crear no para satisfacer
los
depravados gustos de un puñado de
"gordos", sino para las grandes masas del pueblo. ¿Merma esto la
libertad del artista? En modo alguno. El artista que lo es de veras busca la
verdad y trata de exponer la verdad. Y esto es lo que la sociedad socialista
quiere. El postulado principal del realismo socialista es el que impone la
necesidad de representar la realidad en su avance. "En las condiciones
propias de la sociedad socialista, donde el pueblo es verdaderamente libre,
dueño de sus destinos y creador de la nueva vida -se dice en el importante
documento del Partido Por una estrecha relación de la literatura y el arte con
la vida del pueblo-, al artista que sirve fielmente a su pueblo no se le
plantea el problema de si es o no libre en su creación. Este artista ve
claramente el problema de cómo enfocar los fenómenos de la realidad, no
necesita adaptarse ni forzarse; la exposición veraz de la vida desde las
posiciones del Partido Comunista es para
él una necesidad
que le sale
del alma, se mantiene con pie firme en esas posiciones
y las defiende en su obra."328 Así es como comprenden su papel los
intelectuales socialistas.
4. El
socialismo y el individuo
Los
críticos burgueses del
régimen socialista tratan de
demostrar que éste es incompatible con la libertad personal. El marxismo
revolucionario, afirman, no otorga valor alguno al individuo. Cientos de libros
y millares de artículos se han escrito sobre el "totalitarismo" del
régimen socialista, en el que "la colectividad absorbe al individuo"
y se produce una "nivelación" de los hombres. Pero no hay nada más
falso que semejantes afirmaciones.
Emancipación
del individuo por la emancipación de las masas trabajadoras.
La
fisonomía espiritual del
hombre, su actitud hacia el medio y la conciencia que
tiene de sí mismo, dependen del carácter de la sociedad en que vive.
La propaganda burguesa pinta el régimen capitalista como si fuera el
reino de la libertad personal; y la igualdad jurídica, sobre el papel, es
presentada como la única forma posible de igualdad. En la práctica, sin
embargo, la dominación del capital es el insulto mayor que pudiera concebirse hacia
el individuo.
El
capital construye las
relaciones entre los hombres
partiendo del cálculo
egoísta. El dinero
reemplaza
a todas las
virtudes personales del
328 N. S. Jruschov, Por una estrecha relación de la
literatura y el arte con la vida del pueblo, Gospolitizdat, Moscú, 1957, págs.
24-25.
individuo. En la sociedad capitalista, escribía
Marx, "lo que yo soy y lo que estoy en condiciones de hacer no lo
determina mi individualidad. Soy monstruoso, pero puedo
comprarme la mujer
más hermosa. Quiere decirse que
no soy monstruoso, pues el dinero reduce a la nada la acción de la
monstruosidad, la fuerza que la repele. Supongamos que soy cojo, pero con dinero
consigo veinticuatro piernas;
quiere decirse que no soy cojo. Soy malo, deshonesto, un hombre sin
vergüenza o corto de inteligencia; pero el dinero es
respetado, es decir,
que también es respetado quien lo posee. El dinero es el
bien supremo; quiere decirse que quien lo posee es bueno."329
En un polo, el trabajo agobiador y la constante
inquietud por un trozo de pan agotan y embrutecen al individuo. En el otro, la
saturación de bienes y la ausencia de una fecunda actividad social engendran el
deseo de encerrarse en las íntimas vivencias del "Yo". Semejante
individualismo empobrece el mundo interior del hombre, engendra el sentimiento
de vacío, de angustia y de desdoblamiento. Dentro de la sociedad burguesa, en
plena descomposición, se convierte muy pronto en un egoísmo zoológico, en la ideología
del "superhombre" que tan brillante expresión encuentra en la
filosofía de Nietzsche y que fue una de las piedras angulares de las
concepciones fascistas. Esto sí que destruye de veras la personalidad.
Esta situación sólo encuentra salida en la
revolución socialista. "Si el carácter del hombre lo crean las
circunstancias -escribía Marx-, hay que humanizar las
circunstancias."330 No puede haber
libertad para que el hombre se salga de la sociedad; la libertad es únicamente
posible en el seno de la sociedad humana. Para que el individuo sea libre hay
que dar la libertad a todo el conjunto de los hombres, modificando las
condiciones sociales que lo
mantienen en la esclavitud. La emancipación del individuo mediante la
liberación de las masas resume en esencia la posición de los comunistas, es la
piedra angular de su ideología colectivista.
Cuando la propaganda burguesa acusa a los
marxistas de "destruir la
personalidad" admite
tácitamente
que la base
de la personalidad
es la
propiedad privada. Pero la supresión de la propiedad
privada únicamente puede asustar a quienes ven que
toda su posición social, desde las comodidades hasta
el prestigio y la autoridad entre los que les
rodean, se basa en los privilegios que la riqueza confiere, y no en su
capacidad personal ni en sus méritos individuales. A esas gentes, la supresión
de la propiedad privada sobre los medios de producción - que ellos utilizan
para explotar y humillar a otros- ha de parecerles, en efecto, la eliminación
de su propia
329 C. Marx y
F. Engels, Obras de juventud, Moscú, 1956, pág.
618.
330 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. II,
págs. 145-146.
personalidad, tanto más que eso equivale a la
desaparición de su vida de ocio; y el trabajo es para el parásito burgués la
más espantosa de las calamidades.
Por el contrario,
a los trabajadores
y a los hombres de talento el socialismo les
brinda amplias posibilidades, un campo en el que se pueden poner de manifiesto
y encontrar aplicación sus dotes individuales. Sólo el régimen socialista
permite "... incorporar a la mayoría efectiva de los trabajadores a
un campo
en el que
pueden darse a
conocer, desplegar su capacidad, revelar los talentos de que el pueblo
es manantial inagotable y que el capitalismo aplastaba, presionaba y ahogaba
por miles y millones"331 (Lenin).
El socialismo admite por vez primera el derecho
al desarrollo y
a la creación
de los simples
trabajadores,
de aquellos hombres
a los que la
ideología burguesa trató siempre despectivamente
como una "masa gris". Al propio tiempo, garantiza
ese derecho, entregando a la sociedad cuantos medios
materiales
permiten fomentar el
talento y la capacidad de todos sus miembros. A medida
que el régimen socialista se robustece, que crece la abundancia de bienes
materiales y espirituales y se perfeccionan
las relaciones sociales,
multiplícanse sin cesar las
posibilidades de desarrollo
y de creación, la
expansión de la
individualidad de cuantos
integran el cuerpo social.
Armonía
de los intereses personales y sociales.
La contradicción de los intereses personales y
sociales apareció con la propiedad privada, bajo el imperio de la cual el
hombre, que ve en la sociedad una fuerza hostil que le oprime, trata de darle
lo menos que puede y de quedarse él con la mayor cantidad de bienes posible.
El régimen socialista se preocupa ante todo de los
intereses comunes, pues de ellos depende por igual el
bienestar de la sociedad entera y de cada uno de sus
miembros. De ahí que la moral socialista condene las
manifestaciones de individualismo y del egoísmo del
pequeño
propietario,
considerándolas justamente
como supervivencia del pasado capitalista en la
conciencia de los hombres. Mas, por otra parte, F. Engels indicaba que "la
sociedad no puede liberarse sin liberar a cada uno de los que la
componen".332 La solicitud por el hombre, la viva atención hacia él, es
uno de los primeros postulados de la moral socialista.
Dentro del socialismo, todos los miembros de la
sociedad tienen abierto
ante sí el
camino para mejorar su situación
mediante un trabajo más productivo y calificado. Lógicamente, el deseo de
mejorar así el bienestar individual responde a los intereses de la sociedad y
tiene su apoyo. Esta es la base objetiva sobre la que se erige la unidad
orgánica
331 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 367.
332 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 278.
de los intereses personales y sociales dentro de la
sociedad socialista. Esta característica del régimen socialista encuentra
reflejo en la conciencia de los hombres. A medida que crece la conciencia
socialista de las masas populares, cada vez es mayor el papel que cumplen los
estímulos morales, y todos toman como algo que les afecta personalmente los
asuntos que se refieren al común. El hombre educado en el espíritu de la moral
socialista no puede mirar con indiferencia los defectos, todo lo que vaya contra
los intereses de la sociedad, aunque sean cosas que no le incumban
directamente. El sentimiento de saberse dueño
de todo, con
la conciencia de la
responsabilidad por la causa común que de ello se deriva, es un rasgo esencial
de la fisonomía espiritual del hombre nuevo. Los hombres de la sociedad
socialista tienen grandes derechos, pero no son menores los deberes. Son, sin
embargo, los deberes del dueño, del auténtico ciudadano, y no los que se
derivan de la subordinación del súbdito oprimido.
En unos cuantos
decenios, se comprende,
es imposible desarraigar por completo todas las
nociones
y costumbres afirmadas
durante largos
milenios de vigencia de la propiedad privada. En la
conciencia de cierta
parte de los
miembros de la
sociedad
socialista viven aún
ciertos rasgos de la
vieja moral: la indiferencia hacia el trabajo, el
afán de lucro, el egoísmo, los prejuicios nacionales, el desprecio a la mujer,
la afición al alcohol, las concepciones antisociales, que a veces dan lugar a
actos desaprensivos y a delitos. A todos estos fenómenos nos referimos como a
supervivencias del capitalismo. Así lo confirma la circunstancia de que son
extraños al socialismo y de que las relaciones sociales socialistas, de por sí,
no los engendran, sino que, al contrario,
los van desplazando paulatinamente.
Las supervivencias del capitalismo se mantienen con
mucho arraigo en la conciencia de parte de los
miembros de la sociedad. No hay que olvidar que
existen amplios sectores de las relaciones humanas,
como es, por
ejemplo, la familia,
en que los
conceptos y costumbres antisociales ejercen singular
influencia. Sobre esas relaciones pueden pesar sin
duda, no sólo la avanzada moral socialista, la ideología que ha conquistado una
situación predominante en la sociedad, sino también las ideas y costumbres atrasadas,
que se mantienen
vivas en parte de la gente. Si
esas ideas y costumbres no son combatidas debidamente, pueden ejercer
perniciosa influencia sobre otros, sobre todo entre las generaciones jóvenes.
Esa es la razón de que después del triunfo del
socialismo persista la
necesidad de un
trabajo
educativo paciente y diario. El socialismo no puede
concebirse sin una disciplina social que obligue al
ciudadano a cumplir las obligaciones respecto de la
socialista. Esto responde también a los intereses
del individuo, si comprendemos estos intereses acertadamente y vemos la
dependencia en que se encuentran con relación a la sociedad entera.
La unidad de los intereses personales y sociales -
cada vez más amplia- da una formidable superioridad moral al régimen
socialista, que pone fin a la vieja tragedia de la "escisión" de la
conciencia humana y que educa a
hombres íntegros, optimistas
y valerosos, que no temen las dificultades. El triunfo del socialismo
significa una grandiosa revolución moral.
"Es obvio -decía
a este respecto
el gran escritor francés Romain
Rolland- que esta revolución moral no ha acabado aún, pero se está realizando,
y sus consecuencias serán incalculables. Ya ahora podemos decir que salva a la
civilización de una quiebra desesperada en la que el espíritu humano
entraría en el
atolladero de su
estéril y altiva soledad... Una nueva época de poderoso
impulso, de alegre avance, se abre ante la humanidad entera."333
5.
Fuerzas motrices de la sociedad socialista
El avance de la sociedad no se interrumpe, sino
que, al contrario, se ve acelerado con el triunfo
del socialismo. A velocidad
vertiginosa, como jamás
conocieron
las formaciones anteriores,
marcha el
desarrollo de la industria y de la agricultura, de
las relaciones sociales y políticas y de toda la superestructura social, que se
va perfeccionando en el avance hacia el comunismo.
Este proceso se basa en las leyes objetivas de
desarrollo de la producción social socialista, lo cual
infunde a dicho avance rasgos absolutamente nuevos,
que marcan diferencias profundas entre la sociedad
socialista y los regímenes de explotación.
La
sociedad se ve
libre para siempre
de
antagonismos. Las contradicciones de su desarrollo
no son antagónicas. Se trata principalmente de contradicciones y
dificultades de crecimiento, debidas al vertiginoso ascenso
de la economía socialista y a un incremento todavía más rápido de las
necesidades de los hombres; son contradicciones que surgen en el choque de lo
nuevo y lo viejo, de lo avanzado y lo atrasado.
Dichas
contradicciones no se
resuelven por la lucha de clases -pues en la sociedad
socialista no hay
capas o clases sociales interesadas en detener el
desarrollo, en defender el régimen viejo y caduco-,
sino por la colaboración de todas las clases y
capas, interesadas por igual en la consolidación del socialismo y
la construcción del
comunismo. El
instrumento principal por el que se descubren y se
resuelven las contradicciones es la crítica
y la
autocrítica. Una crítica y autocrítica amplias son
necesarias para encontrar a tiempo y eliminar los defectos y
contradicciones, para cortar
en su nacimiento los brotes de
lo viejo y caduco. Donde la sociedad y
a observar las normas
de la convivencia
crítica es ahogada, viene
el estancamiento y se hace más difícil resolver las contradicciones. Por eso la
sociedad socialista tiene un interés vital en estimular constantemente la
crítica y la autocrítica, en las que ve un valioso instrumento para movilizar
la energía fecunda y la actividad política de los trabajadores y
dirigirlas hacia la
superación de las
dificultades, hacia el cumplimiento de las nuevas tareas de la
construcción del comunismo.
333 La cultura soviética, 7 de noviembre de 1954.
La eliminación de las contradicciones antagónicas
brinda una superioridad enorme al régimen socialista, al asegurar unas
posibilidades nunca vistas de desarrollo armónico de las fuerzas productivas y
el consiguiente progreso de la superestructura política e ideológica de la
sociedad. Un papel cada vez mayor en el avance de la sociedad corresponde a las
fuerzas que no dividen y enfrentan a los hombres, sino que los agrupan y los
orientan hacia la consecución de fines que les son comunes. La aparición de estas
fuerzas motrices del desarrollo es lo que permite a la sociedad proseguir su
avance a velocidad mucho mayor y con menos pérdidas que antes.
Una importante fuerza motriz del desarrollo social
es el
trabajo colectivo basado
en la propiedad
socialista. Dicho trabajo, que aproxima y une a los
hombres, es la fuente principal del avance. El trabajo,
que antes servía para enriquecer a los explotadores,
conviértese en una función social que la sociedad estimula material y
moralmente; pasa a ser una causa
de honor y valor, un acto de servicio al bien común.
El trabajo colectivo y las relaciones de camaradería,
ayuda mutua y colaboración, engendran la emulación
socialista, forma nueva
de colaboración entre
los
hombres que contribuye a poner de relieve y a
fomentar sus capacidades. A diferencia de la competencia capitalista, que se
basa en los principios
de "cada uno para sí" y de "el hombre
es un lobo para el hombre", presupone una ayuda mutua amistosa en
todos los órdenes, el intercambio de las mejores
experiencias y la incorporación sistemática de los atrasados hasta el nivel de
los avanzados.
En el trabajo colectivo consciente es donde mejor
se revela un
rasgo de la
fisonomía espiritual del
hombre de la sociedad socialista como es la
preocupación por el bien común, esa sensación de sentirse dueño cuando se trata
de los asuntos de la
sociedad.
En
virtud de los
hondos cambios que
con el triunfo del socialismo
experimentan las relaciones de
clase, se sientan los sólidos cimientos para la
unidad
político-moral de la sociedad. Esta unidad de todas
las clases y capas sociales respecto de sus principales
intereses
se convierte también
en una poderosa
fuerza
motriz del desarrollo
social. La unidad político-moral permite agrupar a
todos los trabajadores para el cumplimiento de las más importantes tareas
económicas, político-sociales y culturales.
Y ello significa
una fuerza capaz
de vencer cualquier obstáculo.
Otra fuerza motriz de la sociedad socialista es la amistad
de las naciones socialistas, tanto dentro de cada país como por lo que se
refiere al sistema mundial del socialismo.
Esta amistad ayuda
a defender las conquistas de los trabajadores frente a los atentados de
los imperialistas y crea las condiciones más favorables para el desarrollo
económico y cultural de todos los pueblos que se prestan fraternalmente ayuda.
Las elevadas ideas que inspiran al hombre del
socialismo encuentran expresión
en el fecundo
sentimiento del patriotismo socialista. Se trata de
un
patriotismo nuevo, que no refleja ya simplemente el
natural cariño que cada uno siente por el lugar donde
nació, por sus personas, costumbres, idioma, etc. Se
trata en primer término de la devoción al régimen
socialista, que se basa en la comprensión de su decisiva superioridad frente al
capitalismo. Tal patriotismo no separa, sino que une a los hombres de las
distintas naciones. El patriotismo socialista no engendra el exclusivismo
nacional, sino un profundo sentimiento de solidaridad internacional y de
amistad con la clase obrera y con todos los trabajadores de los demás países.
El patriotismo socialista es un sentimiento activo y
eficaz, que impulsa a los hombres a entregar a su
patria
todo cuanto pueden
y valen y,
en caso
necesario, hasta la vida. Buena prueba de ello la
tenemos en la
gran hazaña del
pueblo soviético
durante los años de la Gran Guerra Patria.
Las fuerzas motrices de la sociedad socialista no
son algo dado de una vez para siempre. Ellas mismas evolucionan a medida que el
régimen socialista se perfecciona y robustece.
Una de las principales tareas que la sociedad tiene
ante sí
es la de
ayudar a esa
evolución, a la
consolidación
de las nuevas
fuerzas motrices del
socialismo.
Ese es el motivo de que se preste tanta atención al
perfeccionamiento de las formas del trabajo colectivo
apoyándose en el desarrollo de los estímulos
materiales y morales. Tiene también enorme valor el
robustecimiento continuo de la unidad político-moral
del pueblo, es decir, de la unidad, la cohesión y la alianza indestructible entre
los obreros, los
campesinos y los intelectuales. Comprendiendo toda
la trascendencia de
esta tarea para
el avance del
socialismo hacia el comunismo, la sociedad y su
fuerza dirigente -el Partido- vigilan atentamente para que en
la economía, la
política y la
ideología no
aparezcan fenómenos contrarios a la unidad político-
moral del pueblo.
El Partido, el Estado y toda la sociedad socialista
no pierden tampoco
de vista la
necesidad de fortalecer la
amistad de los pueblos. Esta tarea es
cumplida con ayuda de medidas de orden económico,
político y cultural-educativo. La experiencia histórica demuestra que el
fortalecimiento de la amistad entre los pueblos exige una lucha constante
contra las recidivas del nacionalismo en todas sus manifestaciones.
Gran importancia para el desarrollo todo de la
sociedad socialista tiene, en fin, el robustecimiento del patriotismo
socialista, del amor
de los trabajadores a su país
socialista, por el que han de estar
dispuestos a trabajar
abnegadamente y, si llegase el caso, a combatir en defensa de
sus conquistas y de su seguridad.
La sociedad socialista posee, pues, poderosas
fuerzas motrices que
garantizan un constante
y rápido progreso en todas las esferas de la vida.
El sistema socialista abre posibilidades nunca
vistas para el
desarrollo de la
sociedad y para
la
resolución de los más complejos problemas sociales
en interés de la humanidad trabajadora, creando para ello las premisas
necesarias. Pero este sistema, de por
sí, se comprende que no resuelve ni puede resolver
problema alguno. Son los hombres los encargados de
hacerlo.
Una característica de capital importancia del
desarrollo social dentro del socialismo es que elimina
lo elemental o espontáneo y se convierte en un
proceso en el
que un papel
cada vez mayor
corresponde a la actividad consciente y regular de
los hombres.
En estas condiciones cobra un valor formidable la
función del partido marxista-leninista, vanguardia
de los trabajadores, en el que encuentran su expresión más acabada y completa
el pensar y el sentir colectivos de la sociedad socialista. La dirección
acertada del Partido es condición indispensable para que se traduzcan en
realidad todas las posibilidades y ventajas que el sistema socialista encierra.
Considerándolo así, aun después del triunfo del
socialismo, los marxistas-leninistas atribuyen un significado esencial al
fortalecimiento de la dirección del Partido, que ha de incrementar su papel en
todas las esferas de la vida social.
La dirección del Partido Comunista es uno de los
factores decisivos de
los grandes éxitos
del socialismo. Es prenda de que proseguirá el avance, de que será
felizmente cumplida la tarea del paso al comunismo, planteada
ahora ante la
sociedad que supo construir el
socialismo.
Capitulo XXV. El sistema socialista mundial
Después de que el socialismo rebasó los límites de un
solo país y se ha convertido en sistema mundial, ante la teoría y la práctica
se presentan problemas
nuevos y de gran trascendencia, relativos a las
leyes
que rigen la organización de la economía socialista
mundial y a
las relaciones entre
los Estados socialistas
soberanos e independientes.
Los Partidos Comunistas y Obreros de los países
socialistas, como es lógico, han tenido base donde
apoyarse para el estudio de estos problemas. Se la
proporcionaba la enorme riqueza ideológica que contienen las obras de los
clásicos del marxismo- leninismo, y también cierta experiencia práctica de
relación entre las naciones sobre los principios del internacionalismo, reunida
con anterioridad a la formación del sistema mundial del socialismo.
Con todo y con eso, la aparición de este sistema
exigía la resolución de gran número de problemas
nuevos promovidos por la práctica, por un desarrollo
fecundo de la teoría marxista-leninista apoyado en la
experiencia de la vida. La tarea de condensar esta
experiencia equivale a abrir una página nueva -no terminada todavía- de la
ciencia marxista-leninista,
de
verdadera trascendencia para
los Partidos
Comunistas y Obreros de los países socialistas.
1.
Particularidades históricas de la
formación del sistema socialista mundial
Cuando hablamos de sistema mundial -lo mismo
del socialista que del capitalista- no nos referimos
simplemente a un conjunto de Estados que presentan
un régimen social del mismo tipo.
Hubo
tiempos en que
en gran parte
del globo existía un mismo
régimen social, el feudalismo, por
ejemplo.
Pero no existía
ni podía existir
ningún
sistema mundial, pues los países en que imperaba
dicho régimen no estaban unidos, formando un organismo político-social único, y
a menudo hasta era muy poco o nada lo que sabían unos de otros.
Las condiciones para la formación de un sistema
mundial aparecieron únicamente
en la época
del
capitalismo,
cuando el desarrollo
de las fuerzas
productivas unió con estrechos lazos la economía de
los distintos países. El proceso de formación del sistema capitalista mundial
se prolongó durante cientos de años y no terminó hasta la época del
imperialismo. Este sistema
mundial, empero, no había de mantener largo tiempo su
exclusiva. Los países que se emanciparon de la dominación del capital se han
agrupado en un campo socialista y han formado el sistema mundial del
socialismo.
Vías y
métodos en la
formación de los
dos sistemas.
La formación de ambos sistemas obedece a un
mismo factor: las necesidades de desarrollo de las
fuerzas productivas. Pero dicho factor no obra por sí mismo, sino a través de
la política y la labor de las clases dominantes. En un caso, la fuerza
principal que da vida a la tendencia objetiva al acercamiento de los países y
pueblos, de su economía y su cultura, es
la burguesía; en el otro
es la clase
obrera. Es lógico que la
formación de los sistemas capitalista y socialista haya seguido caminos
distintos, se haya llevado a cabo por métodos diferentes y que sus resultados
no sean los mismos.
Se ha observado hace ya tiempo que la política interior
y la exterior de cada clase son de una misma naturaleza. Si la burguesía
explota y oprime a los trabajadores
de su propia patria, ¿podría esperarse que procediera de modo
distinto con los obreros y campesinos de otros países? No puede asombrarnos,
pues, que la aproximación de los países bajo el capitalismo se parezca a la que
hay entre el salteador y su víctima.
La formación del sistema mundial del capitalismo era
resultado de una constante lucha en todas sus
formas: militar, política, económica e ideológica.
La
comunidad del régimen social no engendraba la
solidaridad internacional. Así nos lo confirma plenamente la historia. En la
segunda mitad del siglo XVIII existía un solo gran Estado burgués, que era
Inglaterra, y su clase dominante era el enemigo número uno de las revoluciones
burguesas en otros países. Esto lo demostró, por ejemplo, a lo largo de la
revolución francesa de 1789, cuando se puso a la cabeza del bloque
contrarrevolucionario de Estados absolutistas feudales que buscaban la
restauración del viejo régimen.
Es también digno de señalar que todas las grandes
guerras de los siglos XIX y XX, sin exceptuar la
segunda
guerra mundial, que
estalló cuando ya existía
un Estado socialista,
se produjeron entre
potencias capitalistas como fruto de las
irreductibles contradicciones que enfrentaban
a las clases dirigentes de los distintos países, a
pesar de toda la
afinidad social que entre ellas había.
La misión histórica de la clase obrera impone, por
sus principios mismos, vías y métodos distintos para
la formación del sistema socialista mundial. La
clase
obrera pone para siempre fin a la explotación y la
opresión en su propio país, y en modo alguno desea conservarlas o revivirlas en
el terreno internacional. El camino que lleva a la formación del sistema
mundial del socialismo es el acercamiento voluntario de pueblos
iguales en derechos,
y no la subordinación del débil por el fuerte. La
base de las relaciones entre los países socialistas es la profunda unidad y
solidaridad social.
La naturaleza social de ambos sistemas mundiales
explica otras diferencias de principio que se observan
entre ellos.
El sistema mundial del capitalismo se sujeta a una
estricta jerarquía, que se ve avalada por la
correlación real de fuerzas y, a menudo, en el plano
jurídico. Se asemeja a una pirámide, con un puñado
de grandes potencias en la cúspide, y abajo una masa enorme de pueblos
atrasados y oprimidos.
El sistema mundial del socialismo no es nada de
esto. No es una jerarquía basada en la subordinación
y la dependencia, sino una comunidad de Estados
libres e iguales en derechos.
El sistema mundial del capitalismo, por su propia
naturaleza, tiende a mantener y profundizar, y no a
eliminar, las diferencias
en cuanto a
la situación
económica, social y cultural de los países que lo
componen. La esencia del sistema mundial del capitalismo es la subordinación de
la economía, la política y las relaciones sociales de la mayoría de los países
que lo integran a los intereses de la burguesía monopolista de las potencias
desarrolladas.
El sistema mundial del socialismo, al contrario,
tiende por su carácter a favorecer el rápido desarrollo de todos los países que
lo componen y a colocar a los atrasados al nivel de los adelantados.
La existencia de este sistema hace
económicamente posible la construcción del
socialismo en cualquier país, cualquiera que sea el nivel de su desarrollo en
el momento de producirse la revolución, mientras que antes esa posibilidad se
circunscribía a los países que, por lo menos, tuvieran un nivel económico
medio. Esta circunstancia es de un valor inmenso para los países
subdesarrollados.
El sistema mundial del socialismo garantiza la
seguridad de cada uno de los países que lo componen
frente al campo imperialista, y ello proporciona la
posibilidad política de la construcción del
socialismo en cualquier país,
cualesquiera que sean
su superficie, su población y su potencial militar. Esto tiene
importancia singular para los países pequeños, que por
sí solos nunca
podrían defender sus conquistas socialistas frente a la
agresión de los imperialistas.
Lo esencial del sistema mundial del socialismo es
que crea entre los países las relaciones que mejor
responden a los intereses de cada uno de ellos por
separado y del mundo socialista en su conjunto, que
contribuyen a poner de relieve la superioridad histórica del socialismo y,
sobre esta base, aceleran el rápido progreso económico, social y cultural de
todo el campo socialista en su avance hacia el comunismo.
2.
Principios de las relaciones entre los estados socialistas (internacionalismo
socialista)
El marxismo-leninismo había resuelto ya en líneas
generales, antes de la aparición del sistema mundial
del socialismo, el
problema de cómo
han de
estructurarse las relaciones entre los países donde
el
poder está en manos de la clase obrera. La igualdad
de derechos de las naciones y el internacionalismo proletario han sido los
principios inconmovibles que siempre guiaron a los partidos marxistas de la
clase obrera. Mas los principios del internacionalismo proletario regulaban
entonces, en lo fundamental, las relaciones entre los destacamentos nacionales
del proletariado internacional, entre
los partidos políticos, los
sindicatos y demás organizaciones de los trabajadores. Antes de la conquista
del poder por la clase obrera no había ni podía haber experiencia de aplicación
de la política del internacionalismo proletario en plano estatal.
La primera experiencia de este género la proporcionó
la victoria de la revolución proletaria en
Rusia. Por primera vez, las relaciones entre las
naciones y pueblos de un enorme Estado multinacional se vieron regidas por los
principios de la igualdad, de la unión voluntaria y la ayuda mutua, del respeto
a la soberanía nacional, de consideración hacia los caracteres específicos de
cada nación socialista.
Cuando la revolución socialista venció en otros
países, la experiencia soviética
sirvió de punto de
partida, de modelo y ejemplo. Pero esta experiencia
no podía ser proyectada mecánicamente sobre todo el
campo socialista, puesto que se trataba ya no de
relaciones dentro de
un mismo país,
sino de relaciones entre Estados
socialistas independientes,
cada uno de los cuales tenía a la cabeza a su
Partido
Comunista u Obrero, que gozaba asimismo de plena
autonomía.
Había
que aplicar con
un criterio creador
los
principios generales del internacionalismo
proletario a las relaciones entre los Estados socialistas. Esto
significaba, a la vez, la ampliación de esos mismos
principios del internacionalismo proletario, que
había de ser enriquecido con un nuevo contenido histórico. Adquirió así una
calidad nueva, que lo convirtió en internacionalismo socialista en cuanto se
refiere a las relaciones entre los Estados socialistas.
Los principios del internacionalismo socialista
descansan sobre la firme base científica que da el conocimiento de las leyes
objetivas propias de la época del socialismo.
Una de estas leyes se refiere a la libre
autodeterminación, al verdadero despertar de todas
las naciones,
a la expansión de su cultura y a
su
desarrollo como entidad estatal. Las condiciones
para todo esto aparecen sólo después del triunfo de la revolución socialista,
que pone fin a la opresión nacional en todas sus formas.
Al emprender la construcción del socialismo, con un
contenido igual y común para todos los países,
cada
nación que derrocó
al capitalismo procura
definir
el camino de
su desarrollo económico, político y
cultural de tal
modo que se
ajuste al
máximo a sus características históricas concretas y
a
sus tradiciones progresivas.
El marco nacional existirá también en las etapas
subsiguientes de construcción de la sociedad nueva.
V. I. Lenin indicaba que las diferencias nacionales
y estatales entre los
pueblos se mantendrán
mucho
tiempo incluso después del triunfo de la clase
obrera en escala mundial.334
Esto es así porque la nación, el idioma nacional y
la forma nacional
de la cultura
son fenómenos sociales que se
distinguen por una estabilidad extraordinaria. El mantenimiento bajo el
socialismo de las diferencias nacionales viene impuesto también por causas
más profundas de
orden económico- social. Las
fuerzas productivas de nuestra época no
334 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 72.
han madurado para la socialización hasta tal punto
que puedan ser borradas las fronteras nacionales de la economía socialista y
pasar a su dirección planificada como un cuerpo único.
La economía de cada país socialista se desarrolla
como una entidad nacional independiente, con sus proporciones y relaciones, las
cuales vienen determinadas por los sectores, históricamente estructurados, de
la economía nacional, por las características de la experiencia de la población
en el trabajo, por los recursos naturales, la situación geográfica del país,
etc.
El socialismo se rige también por la ley del
acercamiento de las naciones y los pueblos, de la
interacción de los sistemas económicos nacionales y
de la aproximación cada vez mayor de las naciones
socialistas. Esta ley se deja sentir con intensidad
creciente conforme el socialismo avanza. Se basa, sobre todo, en las
necesidades de desarrollo de las
fuerzas productivas. Bajo el capitalismo, estas
necesidades engendran ya
la tendencia al
estrechamiento de los vínculos entre las naciones;
dentro del socialismo, aceleran el proceso de acercamiento constante de los
Estados y pueblos.
Las dos leyes anteriores no se contradicen, sino, al
contrario, guardan estrecha
relación entre sí.
Únicamente la expansión y desarrollo completos de
las formas nacionales
abren el camino
al acercamiento
voluntario y auténticamente
internacionalista, a la unificación de las naciones
socialistas. Y ese
acercamiento, a su
vez, es
condición
primordial para la
expansión de la economía y la cultura nacionales.
Estas dos leyes objetivas del sistema mundial del
socialismo actúan juntas y en interacción, determinando la dirección en que
dicho sistema se
desarrolla. En la evolución de las relaciones entre
los
Estados socialistas se deja sentir tanto la una como
la otra.
Cada
país socialista es un Estado soberano.
Una parte importante e inseparable del
internacionalismo socialista son los principios de la igualdad de derechos y de
la soberanía. Estos principios
democráticos generales fueron proclamados ya antes de la aparición y
consolidación de las naciones burguesas. Bajo el capitalismo se los admite de
una manera más bien formal. De hecho, las relaciones entre los Estados vienen
determinadas por la correlación real
de fuerzas. El
Estado más poderoso no se atiene
a las normas del derecho internacional; si lo considera oportuno, interviene
sin miramiento alguno en los asuntos internos de los países débiles y los
coloca bajo su dependencia.
Además, el capital no respeta fronteras; penetra en
los países débiles, subordina la economía de éstos a
sus intereses propios y les priva de su
independencia económica. Por eso, bajo el capitalismo es tan común que un
Estado se considere formalmente soberano y que las grandes potencias le dicten
su política. Antes de la guerra, por ejemplo, Polonia se consideraba un país
independiente y soberano. Mas su orientación política dependía
en buena parte
del capital extranjero, que en
muchos sectores representaba más del 60 por ciento de la industria polaca.
Sólo con el socialismo adquieren su sentido genuino
la igualdad de derechos, la independencia
nacional y la soberanía. La soberanía política se ve
reforzada por el
hecho de que
la sociedad se
convierte en la propietaria de los medios
fundamentales de producción. Cada nación se coloca en condiciones
de disponer de
la economía, base
primordial de su existencia, y de orientarla de
conformidad con sus propias necesidades.
El
socialismo no se
limita a proclamar
la verdadera soberanía, sino que pide también que sea estrictamente
respetada.
¿Por qué? Porque la construcción del socialismo
descansa en la actividad de las grandes masas del
pueblo. Sólo cuando el pueblo de un país determina
por sí mismo sus tareas económicas y políticas es posible la
contribución consciente y
activa de las
masas en el cumplimiento de las mismas, llegando, si
fuera necesario, a soportar privaciones y sacrificios
temporales, siempre y cuando esto las conduzca a la
meta que libremente eligieron. Nadie puede conocer las necesidades
y posibilidades de
una nación
socialista mejor que ella misma; nadie mejor que
ella puede considerar acertadamente las características de
su desarrollo económico, político y cultural.
De ahí que toda injerencia, aun la dictada por los
mejores propósitos, además de inoportuna, puede ser
contraproducente y causar daño a la construcción del
socialismo dentro de ese país.
El
respeto mutuo de
la soberanía es
condición para que el desarrollo del socialismo se atenga dentro de cada
país a las características nacionales y tradiciones de su pueblo.
Ahora bien, ¿no significará esto un obstáculo para
el acercamiento de los pueblos, que es el ideal del
socialismo? En modo alguno. El leninismo enseña
que para que las naciones puedan acercarse unas a
otras es necesario respetar todos sus derechos y su soberanía.
Tal es la dialéctica del problema nacional. Sólo
cuando las naciones son realmente libres e iguales en
derechos, cuando ninguna de ellas atenta contra la
independencia de otra, sólo entonces se impone un clima de
absoluta confianza y
estrechan
voluntariamente los vínculos que dictan el
desarrollo de la economía, la defensa y la política exterior.
Cada país socialista, aun manteniéndose como Estado
soberano, no puede tampoco recluirse en su concha nacional y cerrar los ojos a
los caminos y
métodos que los otros países siguen para resolver
los problemas del socialismo. Todos
los países socialistas -grandes
y pequeños- acumulan, como es lógico, su propia experiencia de construcción del
socialismo. En esto, como en todo lo demás, son iguales, y cada uno de ellos es
capaz de aportar su contribución a la teoría y la práctica del socialismo.
Pero, a la vez, tienen un interés vital en utilizar toda la experiencia reunida
por los pueblos que están construyendo
el socialismo, y que les
ayuda a avanzar más rápidamente
en la organización de la sociedad nueva y a evitar los errores y faltas. Es
evidente que esto
acelera grandemente la construcción del socialismo dentro de cada
país.
Se comprende que una cosa es utilizar la experiencia
y otra la simple imitación. La experiencia
se
adopta con un
espíritu creador, tomando
lo esencial, lo que tiene un valor permanente y puede
dar
éxito aplicado a
las condiciones concretas
de cada país.
Unidad
y ayuda mutua.
La esencia del internacionalismo socialista no se
limita a la igualdad de derechos y a la independencia.
Lo
nuevo y específico,
lo que define
las
relaciones mutuas de los Estados socialistas, es la
unificación voluntaria de los esfuerzos para construir
en común el
socialismo, el apoyo
fraternal que
mutuamente se prestan. Las relaciones entre los
Estados socialistas vienen determinadas, en última instancia, por las
relaciones de producción del socialismo. Su base es la colaboración amistosa y
la ayuda mutua.
Los intereses nacionales de los Estados socialistas
se combinan armónicamente con los intereses y los fines que les son comunes.
Estos son los intereses de clase y fines fundamentales de los trabajadores, que
encuentran su expresión científica en el marxismo- leninismo. El patriotismo de
los pueblos de los países socialistas se funde con el internacionalismo. El
amor a la patria socialista comprende orgánicamente el amor a toda la unida
familia de los pueblos que integran el campo socialista.
Las relaciones basadas en la buena voluntad y en la
amistad de los propios pueblos son las más sólidas que pueden establecerse en el
plano internacional. Por eso el campo del socialismo no es una coalición como
otra cualquiera de Estados cuyos intereses coinciden por algún tiempo, sino una
fuerza monolítica que se opone al campo imperialista como un todo único, como
una sólida agrupación política y económica apoyada en los intereses duraderos y
básicos de los elementos que la componen.
El socialismo, a diferencia de la democracia
burguesa, no puede
limitarse a proclamar formalmente la igualdad de las
naciones. El centro de gravedad lo traslada a la consecución de una igualdad
real, y para eso hace falta acabar con la herencia del capitalismo que
supone la desigualdad
en el desarrollo económico
y cultural de
los distintos pueblos, hasta
alcanzar un ascenso general de todos ellos. Tal es la política nacional dentro
de un Estado multinacional socialista. Esos mismos principios encuentran
aplicación en el plano de las relaciones internacionales dentro del sistema
socialista mundial.
El
principio de la
ayuda mutua se
extiende también a las relaciones políticas entre los Estados
socialistas.
La existencia del
potente campo del
socialismo garantiza la soberanía y la seguridad de
cada uno
de los países
socialistas, garantiza el
mantenimiento de las conquistas de sus revoluciones
populares.
Así lo confirma
con toda fuerza
el unánime apoyo que la Unión Soviética y los demás países socialistas
prestaron a los trabajadores de Hungría en los días de la rebelión
contrarrevolucionaria provocada por el imperialismo extranjero. Los enemigos
del socialismo levantaron alrededor de esto el ruido que todos conocemos,
presentando la fraternal ayuda a Hungría por los pueblos socialistas como una
"intervención" en sus asuntos
internos. Pero los
obreros conscientes de todo el mundo piensan de los
acontecimientos de Hungría precisamente lo contrario. En la ayuda prestada al
pueblo húngaro en defensa de sus conquistas socialistas ven, y con razón, un
digno ejemplo de cómo se cumple el deber internacionalista y de solidaridad
proletaria.
Actuando
como lo hacen
unidos en un
frente único dentro de la palestra mundial, los países del
socialismo multiplican la eficacia de su política
exterior, cuyo fin
es la conservación y
el
robustecimiento de la paz general, la coexistencia
pacífica y la
emulación económica con
el
capitalismo.
Superación de
las supervivencias del nacionalismo.
Así,
pues, la comunidad
económico-social e
ideológica de los Estados que integran el sistema
mundial del socialismo, propicia las condiciones objetivas para la resolución
de todos los problemas que puedan derivarse de sus relaciones mutuas. El
partido marxista-leninista de
cada país ha de ser capaz, sin embargo, de resolver estos
problemas de tal modo que los intereses nacionales se armonicen con los
intereses comunes del campo socialista.
Los principios del internacionalismo socialista
permiten alcanzar perfectamente esa armonía. La experiencia del sistema mundial
del socialismo muestra que guiándose por ellos se pueden lograr excelentes resultados
en las relaciones
entre los países. Ninguna clase
de roces o de incomprensiones parciales, inevitables al establecer unos nuevos
vínculos entre los pueblos, pueden rebajar el significado histórico de esta
experiencia.
Pero los principios
del internacionalismo socialista,
al igual que las formas de su aplicación,
son algo nuevo
en las relaciones
internacionales, mientras que las relaciones del viejo tipo se
mantuvieron durante toda la secular historia de las sociedades basadas en la
explotación. Entre los distintos países, sin excluir a los que ahora son
socialistas, hubo en el pasado discordias y choques que han dejado un sedimento
difícil de eliminar. No siempre es tan sencillo librarse rápidamente de él,
acabar con la herencia del pasado, pues los recelos nacionales son de los que
más hondas raíces echan.
No en vano la reacción imperialista, empeñada como
está en debitar el campo socialista mundial, cifra sus esperanzas en la
reactivación de los elementos nacionalistas dentro de los países del
socialismo. Tampoco puede extrañarnos que sea en la charca nacionalista donde
florecen las más venenosas flores del revisionismo. Los prejuicios y recelos
nacionalistas son de ordinario la plataforma común sobre la que se agrupan para
combatir al nuevo régimen los restos de las clases explotadoras, los agentes
directos de los servicios imperialistas de espionaje y los traidores a la causa
del socialismo.
¿No nos lo prueba así el caso de Hungría, donde la
rebelión contrarrevolucionaria de otoño de 1956 fue precisamente resultado
de esa combinación
de oscuras fuerzas apoyadas por el imperialismo mundial?
Estos últimos años, los elementos revisionistas, en
sus deseos de abrir al nacionalismo las puertas del movimiento obrero
internacional, han hecho suya la consigna del "comunismo nacional",
que había sido inventada por la reacción imperialista. Hacen ver que conocen la
receta de un comunismo que puede acomodarse perfectamente con el particularismo
y la limitación nacional y que es posible construir al margen de los demás
países socialistas y hasta en hostilidad con ellos, desentendiéndose por completo
de los principios del internacionalismo socialista y de la solidaridad de
clase. Está claro, sin embargo, que tales
recetas no tienen
nada que ver
con el comunismo; son, sí, un
nuevo intento de dar vida, bajo una nueva
etiqueta, a la
vieja política oportunista de
acomodación del movimiento obrero a los intereses de la burguesía reaccionaria.
Quien se manifiesta en pro del "comunismo nacional", quien
atenta contra la
unidad del sistema
socialista mundial, reniega de hecho del socialismo.
El nacionalismo es una de las armas de que primero
echa mano la reacción en sus intentos de romper la unidad y solidaridad de los
países socialistas. Pero únicamente puede tener éxito allí donde los dirigentes
del Estado olvidan el internacionalismo, donde se muestran propicios a
desorbitar las características nacionales y a cerrar los ojos a
las leyes generales
de la construcción socialista; donde los intereses
del país propio, torcidamente comprendidos, son enfrentados a los intereses de
los demás pueblos hermanos. Así ocurrió en Yugoslavia, la política de cuyos
dirigentes se vio
dominada por las tendencias de un estrecho
nacionalismo.
Pero las enseñanzas que de esto se derivan han
sido tenidas en
cuenta. Los partidos
marxistas-
leninistas de todos los países socialistas han
incrementado su lucha
con las supervivencias
nacionalistas. Tienen presente que estos prejuicios
y supervivencias no pueden
ser eliminados con métodos
de imposición y a voces.
Junto a una
explicación y una crítica paciente de los errores
nacionalistas, un papel
decisivo corresponde a la
aplicación consecuente de los principios del
internacionalismo socialista. En una atmósfera de colaboración amistosa, de
constante disposición de
ayudarse unos a otros, de igualdad de derechos y de
estimación mutua de
los intereses, costumbres
y
tradiciones, se extinguen rápidamente los focos de
disensión nacional y de pasadas enemistades, se borran y desaparecen las
prevenciones de antaño.
Los verdaderos internacionalistas han de recordar
siempre que en
el arsenal de
la reacción
contemporánea ocupa un lugar muy importante la
deformación del papel de la Unión Soviética en el campo socialista.
La propaganda capitalista
y los
revisionistas que le hacen el coro difunden a este
respecto toda clase de patrañas. Dicen, por ejemplo,
que la Unión Soviética "manda" entre los
demás países socialistas y que sus Partidos Comunistas "dependen" del
P.C. de la U.S. De Belgrado salió la
versión de supuestas pretensiones de la U.R.S.S. a
la
"hegemonía", al papel de jefe en el campo
socialista.
Tales infundios se propagan con el ánimo de difamar
a la Unión Soviética y a todo el sistema socialista, de estimular los
prejuicios nacionalistas entre las gentes atrasadas o no informadas y de
quebrantar entre las masas populares la confianza en la política soviética.
En realidad, el papel de la Unión Soviética dentro
del sistema mundial del socialismo no tiene nada de común con
lo que le
atribuye la propaganda
del enemigo. En el
movimiento comunista no
hay partidos "superiores" e "inferiores", como
tampoco hay en el campo socialista Estados "jefes" y Estados "satélites".
Todos los países socialistas gozan de independencia completa en cuanto a la
resolución de sus problemas nacionales, y cada uno de ellos tiene por igual voz
y voto en lo que se refiere a los asuntos generales del campo socialista. De la
misma manera, los Partidos Comunistas y Obreros de estos países son
completamente independientes y gozan de igualdad de derechos; son responsables
ante los trabajadores de su país y ante todo el movimiento obrero
internacional, y no ante el partido de cualquier otro país. El Partido
Comunista de la Unión Soviética no tiene la menor pretensión a ocupar un puesto
especial de dirección en el movimiento comunista internacional.
De ahí que no haya razón alguna para hablar de que
la Unión Soviética dirige el campo socialista. La Unión Soviética, y así se
hacía constar en el informe de N. S. Jruschov ante el XXI Congreso del P.C. de
la U.S., no dirige a ningún otro país. Lo único que hace, gracias a su valiosa
experiencia, es mostrar un ejemplo de lucha por el socialismo, un ejemplo de
cómo se
cumplen felizmente las
más complejas tareas de la
construcción del socialismo y del comunismo. "En cuanto a la Unión
Soviética -decía N. S. Jruschov-, como todos saben, su papel no consiste en
dirigir a otros países, sino en que, como primer país que abrió a la humanidad
el camino del socialismo, es el más poderoso dentro del sistema socialista
mundial y ha entrado el primero en el periodo de amplia construcción del
comunismo."335
Este es el origen de la confianza y el prestigio de
que la Unión Soviética
goza en la
comunidad de los países socialistas.
3.
Desarrollo de la economía socialista mundial
Al llegar a un determinado nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas, la economía rebasa el marco de los distintos países y se
convierte en mundial. Se trata, según deciamos antes, de un proceso objetivo
que se inicia bajo el capitalismo y que, sobre una base nueva y con nuevas
formas, se desarrolla rápidamente dentro del socialismo.
¿Qué expresión concreta adopta la transformación
de las
economías nacionales en
eslabones de una economía mundial? Esto se traduce, ante
todo, en una ampliación enorme de la división internacional del trabajo, a la
vez que las relaciones económicas entre los pueblos se hacen cada vez más
estrechas y se extienden a todas las esferas.
Bajo el capitalismo
se crea ya
un sistema complejo, que abarca
a todo el mundo, de relaciones económicas entre los Estados. Pero el socialismo
no puede limitarse a heredar simplemente este sistema y a ampliarlo sobre las
mismas bases que antes tenía. Esto es imposible por consideraciones de
principio y por razones prácticas.
Dentro de la
economía
mundial capitalista las relaciones económicas son
antagónicas y, por
lo común, se
asientan en la dominación de unos y la subordinación de
otros; tienden a mantener en el atraso a los países menos desarrollados, a una
deformada evolución unilateral de
su economía. Está
claro que el
socialismo no puede conservar
esas relaciones, que son extrañas a la ideología de igualdad, amistad y
fraternidad de los pueblos. Además, las relaciones económicas internacionales
más desarrolladas desde el punto de vista capitalista no pueden satisfacer las
demandas, mucho más elevadas,
de la economía
socialista mundial.
335 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en Materiales del
XXI Congreso, extraordinario, del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
106.
Hay que agregar a esto que el capitalismo, en sus
vanos esfuerzos por impedir la construcción de la nueva sociedad,
rompe a menudo
los vínculos económicos con los
países donde se ha producido la revolución socialista, y organiza contra ellos
el bloqueo y la guerra económica. Eso hace que los países que entraron por la
vía del socialismo hayan de estructurar una nueva distribución del trabajo y nuevas
relaciones económicas.
Esta obra histórica fue iniciada por la revolución
socialista de Rusia.
El primer país
que rompió la cadena
del imperialismo constituyó
también el primer eslabón de la
futura economía socialista mundial. Por eso escribía Lenin en 1920 acerca de la
necesidad de tener presente, al resolver los problemas de la construcción
socialista, "la tendencia a la creación
de una economía
mundial conjunta, regulada según
un plan general por el proletariado de todas las naciones, tendencia que se ha
revelado ya muy claramente bajo el capitalismo y que sin duda se seguirá
desarrollando y alcanzará su culminación con el socialismo".336
Se necesitaron casi tres decenios para que esta
tendencia señalada por Lenin triunfase en amplia escala internacional. El
sistema socialista mundial de economía
comenzó prácticamente a
integrarse después de 1945, cuando una serie de países de Europa y Asia
entraron en la vía del socialismo. En estas
condiciones, la estructura
económica de la Unión Soviética, que había creado un
poderoso y monolítico sistema económico,
manifestó encontrarse bien dispuesta para convertirse en núcleo de la
economía socialista mundial.
Desde el momento de la formación del campo
socialista se inició
el proceso de
aproximación económica de los países que lo integraban, de formación
gradual de un sistema mundial único de economía. El proceso, además de nuevo,
es complejo y exige para su culminación tiempo y grandes esfuerzos. Pero avanza
sin cesar, porque es una ley histórica de la época y transcurre bajo la acción
de las mismas leyes económicas del socialismo, que son la base del desarrollo
de cada uno de los países socialistas.
Leyes
económicas de la economía socialista mundial.
El carácter de las relaciones económicas entre los
países del campo socialista viene determinado ya en gran parte por las
transformaciones revolucionarias que se producen en la economía nacional de
cada uno de ellos. La
industrialización socialista y la
agrupación de los campesinos en cooperativas de producción dentro de las
democracias populares pusieron fin a las viejas proporciones que existían entre
los distintos sectores de la economía nacional.
336 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 125.
Las nuevas ramas de la economía, desde el principio
mismo, comenzaron a desarrollarse de conformidad con las posibilidades que
brindaba la colaboración con los demás países del campo socialista. La Unión
Soviética empezó a coordinar la planificación de su economía con las
necesidades económicas de los países socialistas hermanos.
En todos los países del campo socialista se
produjeron así cambios, mutuamente condicionados, de las proporciones entre los
sectores, a la vez que, en una u otra medida, se modificaba la estructura de la
importación y la exportación. Los nexos económicos entre
los Estados, que
cobraban de nuevo impulso,
se convirtieron en
elemento necesario del proceso de la reproducción socialista ampliada
dentro de cada país. Así empezó a regir en escala internacional la ley
económica del desarrollo planificado y proporcional, inherente al socialismo,
de conformidad con
la cual se
lleva a cabo
la colaboración de los países socialistas.
Hoy día no hay un solo país socialista que
desarrolle su economía
aisladamente, sino que la
considera como parte integrante del sistema socialista mundial. En estas
condiciones, la utilización consciente
por cada país
de la ley
del desarrollo planificado y
proporcional y de la ley
del valor adquiere excepcional
importancia. Esto permite descubrir dentro de cada país socialista nuevas
reservas para elevar
la productividad del
trabajo social y asegurar el más conveniente empleo de la mano de obra y
de las riquezas naturales.
Cuando
la Unión Soviética
construía el socialismo, dentro del
cerco capitalista, hubo de crear un
sistema industrial completo
y levantar su economía apoyándose sólo en los recursos
internos y en la división del trabajo dentro del país únicamente. Esto
determinó las características de la industrialización socialista soviética. Los
nuevos países socialistas no tienen necesidad de conseguir esa autarquía, pues
disponen de las enormes ventajas que representa la división socialista
internacional del trabajo.
La
división socialista internacional del trabajo.
En la primera etapa, la división del trabajo dentro
del campo socialista
venía determinada por
la necesidad de levantar cuanto antes la economía destruida por la
guerra. Se había de hacer también frente a las consecuencias del bloqueo con el
que los imperialistas confiaban en impedir, o en todo caso retardar durante
largo tiempo, el progreso económico de los países socialistas.
La Unión Soviética entregaba a las democracias
populares materias primas,
combustible, equipo industrial y
comestibles. Estos países intercambiaban entre sí los artículos que
ordinariamente dedicaban a la exportación y de los que tenían excedentes. Esos mismos
artículos eran vendidos a la Unión Soviética.
Las primeras medidas para organizar la división
socialista internacional del trabajo se tradujeron, preferentemente, en
acuerdos bilaterales. Pero la constante ampliación de las relaciones económicas
en todos los órdenes
hizo pronto insuficiente este sistema de regulación y coordinación.
El desarrollo de las fuerzas productivas del socialismo exigía una
coordinación más amplia
y multilateral de
la actividad económica, que se hizo particularmente necesaria a
la vista de
los éxitos de la
industrialización socialista. Para evitar paralelismos innecesarios y gastos
inútiles, los Estados socialistas hubieron de tener más en cuenta las
necesidades y posibilidades de cada uno respecto de los demás. Por
ejemplo, Polonia, la
República Democrática Alemana y
Checoslovaquia ampliaron las construcciones
navales; la Unión
Soviética, en interés del resto,
incrementó la extracción de mineral de hierro; Hungría, con arreglo a las
necesidades de sus vecinos, aumentó la producción de aluminio, etc.
La experiencia demuestra la inconveniencia de
crear en cada
democracia popular europea
un complejo completo de sectores económicos. Se hannhecho patentes las
ventajas y la necesidad de una amplia
especialización y cooperación
internacional de la producción.
Las medidas de este carácter comenzaron a aplicarse
con particular amplitud a partir de 1955-1956, afectando en primer término a la
construcción
de maquinaria. La especialización permite reducir al
mínimo el paralelismo tanto en la producción como en lo que se refiere a la
composición de proyectos y diseños, disminuir en cada país la lista de
artículos que se fabrican y aumentar simultáneamente el volumen de la
producción global y en serie. Así, los acuerdos conjuntos adoptados en 1956
sobre la especialización de máquinas-herramientas han permitido reducir el
número de tipos que se fabrican dentro de cada país. Han contribuido también
sensiblemente al incremento de la productividad del trabajo y a la economía de
materiales, medidas semejantes sobre la especialización de la producción
de automóviles, vagones,
maquinaria agrícola, barcos,
equipo de centrales eléctricas, cojinetes, etc.
La
Conferencia de representantes de los Partidos
Comunistas y Obreros de los países socialistas,
celebrada en Moscú
en mayo de
1958, se ha manifestado en pro de una mayor
coordinación de los planes económicos. Se ha decidido elaborar en todos los
países socialistas planes de desarrollo de la economía nacional
calculados para diez
a quince años y hacer más
profunda la especialización y cooperación de los sectores económicos adyacentes
sobre la base de la división internacional del trabajo. Este programa se va
realizando con éxito.
La coordinación de los planes en los sectores
económicos adyacentes, relacionados entre sí, es una forma nueva de vínculos
económicos internacionales, que sólo podemos encontrar en el sistema
socialista. Esto ha ampliado considerablemente el volumen y la esfera de la
colaboración entre los Estados.
La coordinación económica dentro de los países
del socialismo no
significa, sin embargo,
que la economía de
cada uno de
ellos se encuentre subordinada a un plan común. De
ninguna manera: al redactar sus planes económicos, estos países se guían ante
todo por los intereses del desarrollo y la reconstrucción nacionales. Y no
obstante, la coordinación internacional de dichos planes ha demostrado ser una
forma muy eficaz de agrupación de los esfuerzos de los países socialistas en el
campo productivo, con lo que salen ganando cada uno de ellos y todo el sistema
socialista en su conjunto. El organismo internacional con ayuda del cual los
Estados socialistas soberanos
preparan conjuntamente, sobre el principio de la libre aceptación, las
propuestas de división planificada del trabajo es el Consejo de Interayuda
Económica (C.I.A.), que fue instituido en 1949.
El C.I.A. no es un organismo supraestatal con
facultades para intervenir en los asuntos internos de cada país. Su misión se
limita a elaborar y ayudar a la aplicación de medidas relacionadas con la
especialización y cooperación de la producción, con la ampliación del
intercambio de mercancías y de la colaboración técnico-científica. Se
encuentran representados en él Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría,
Polonia, la República Democrática
Alemana, Rumania y
la Unión Soviética. A título de
observadores, en la labor del C.I.A. y de sus órganos participan representantes
de las democracias populares de Asia, los cuales, con su trabajo práctico,
contribuyen activamente al desarrollo de la colaboración entre todos
los países del socialismo.
La unificación de los esfuerzos de los países
socialistas en el terreno de la producción no se lleva a cabo únicamente en el
C.I.A., sino también a través de contactos directos entre los organismos
nacionales de planificación. Mediante comisiones bilaterales de colaboración
económica se realiza, por ejemplo, la cooperación en
la fabricación de
automóviles, turbinas y maquinaria agrícola entre la República
Democrática Alemana y Checoslovaquia; en la construcción de
vagones, entre Polonia
y la República Democrática
Alemana, y en la fabricación de equipo para centrales eléctricas, siderurgia y
producción de cemento, entre la U.R.S.S., y la República Democrática Alemana.
La República Popular China, lo mismo que la
U.R.S.S., ocupa un puesto especial dentro del sistema de división socialista
internacional del trabajo. Este enorme país, con una población de 650 millones
de habitantes, según indicaba el VIII Congreso de su Partido Comunista en 1957,
ha de desarrollar una economía completa, que asegure el avance en todas sus
ramas y les proporcione los necesarios medios de producción. Esto no reduce,
sin embargo, la colaboración múltiple y cada vez más amplia de la República Popular
China con los otros países del campo socialista. La China popular impulsa
también sectores especializados de la economía que no se orientan
exclusivamente a la satisfacción de las necesidades internas, sino que también
están calculados para cubrir
la demanda de
toda la economía socialista
mundial.
La
división socialista internacional
del trabajo excluye por
sus mismos principios
la orientación unilateral de
la economía dentro
de cada país,
su estrecha especialización. El progreso de las distintas industrias,
que tiende a satisfacer las necesidades de todo
el campo socialista,
responde también a los intereses directos
de cada país,
puesto que se armoniza con el robustecimiento general
de su base productiva y con el ascenso del bienestar del pueblo.
Ningún
país del campo
socialista, por pequeño que sea, se ve bajo la amenaza de
convertirse en un apéndice de materias primas agrícolas o de cualquier otro
género, al servicio de un Estado más fuerte y económicamente desarrollado. Así
lo garantizan tanto la ideología
del marxismo-leninismo como la misma naturaleza económica del sistema
socialista
mundial. Por primera vez en la historia, los pueblos
de los países socialistas pueden guiarse únicamente por razones de
conveniencia económica, y no por consideraciones de prestigio y
competencia, cuando trazan sus planes
económicos para el
futuro.
Sintiendo como sienten a sus espaldas el apoyo y la
ayuda de
todo el campo
mundial del socialismo, pueden orientar tranquilamente
sus esfuerzos hacia el progreso de aquellos sectores de la economía para los
que existen mejores
condiciones naturales y económico-sociales.
Todos los países socialistas vinculan sus esperanzas en el futuro en los éxitos y
la colaboración en plano económico. Según indicaba en su resolución el
XXI Congreso del P.C. de la U.S., "la
ulterior especialización y
cooperación de la producción entre
los Estados mediante la armonización amistosa de los planes en
las ramas adyacentes de la economía nacional, significará una etapa nueva en el
desarrollo de la división internacional del trabajo dentro de los países
socialistas. La distribución racional de la producción, en la que se combinan
armónicamente los intereses nacionales de cada Estado socialista y los
intereses que imponen el fortalecimiento y desarrollo de todo el campo del
socialismo, es una de las fuentes más importantes para
acelerar el crecimiento
de las fuerzas productivas en
todos los países socialistas."337
337 XXI
Congreso, extraordinario, del
Partido Comunista de la Unión Soviética,
27 de enero a 5 de febrero de 1959. Actas taquigráficas, t. II, Gospolitizdat,
Moscú, 1959, pág. 537.
Carácter de los vínculos económicos dentro de la
economía socialista mundial.
La división del trabajo entre los países socialistas
ha dado origen a unos vínculos económicos mucho más variados e íntimos de lo
que se pudiera lograr con la división antagónica del trabajo engendrada por el
capitalismo. A este propósito, han adquirido una calidad nueva las formas
tradicionales de los nexos económicos.
El
comercio internacional, el
crédito y demás medios
de intercambio económico
conocidos a lo largo
de los siglos,
han adquirido un
contenido distinto al ser colocados al servicio de fines nuevos. Al mismo
tiempo, el mercado
socialista mundial, aunque de
existencia relativamente corta, ha promovido
formas sustancialmente nuevas
de colaboración económica, que no se conocían y no pueden concebirse
dentro del capitalismo.
El comercio, por medio del cual se llevan a cabo trascendentales
relaciones de producción entre los países socialistas, lo realizan organismos
estatales, y no compañías o individuos movidos por el afán de lucro. No va
acompañado por una desesperada competencia que aumenta la anarquía en la esfera
económica. El comercio exterior de los países socialistas es regulado y
orientado por los gobiernos. Cada uno de ellos se guía por el plan económico de
su país y, al mismo tiempo, tiene a la vista las necesidades y perspectivas de
la economía nacional de todos los países socialistas.
Se
comprende muy bien
que los países
del socialismo tengan interés en planificar a largo plazo sus relaciones
económicas exteriores. Esto
es necesario para saber de antemano sus compromisos, que habrán de
traducirse en tareas concretas encomendadas a las empresas, y también para
tener presentes los stoks exteriores que pueden ser incorporados al fondo de
abastecimiento planificado de las empresas, regiones y ciudades.
El mercado mundial socialista planifica el intercambio
de mercancías con
varios años de antelación y no está sujeto a las
fluctuaciones de la coyuntura. No conoce las dificultades de venta, las
barreras y restricciones comerciales, las
agrupaciones regionales cerradas ni las preferencias aduaneras. El volumen de
este mercado crece
sin cesar bajo
la influencia de especialización y cooperación planificadas de la
producción dentro del marco del sistema mundial socialista.
El
sistema de precios
del mercado socialista mundial se apoya en los precios
que rigen en todo el mundo, si bien se hallan depurados de todo elemento
de especulación; son
únicos para cada
clase de mercancías y permanecen
estables durante un largo tiempo. Los países socialistas planifican los precios
de tal
manera que contribuyan
a dar el
máximo
carácter racional a la cooperación de la producción
y ayuden a los
países socialistas económicamente menos desarrollados a superar
su atraso.
El
incremento del intercambio
de mercancías entre los países
socialistas es una prueba rotunda de cómo
se amplían y
ahondan sus relaciones
económicas. De 1950 a 1957 el intercambio dentro del
mercado socialista mundial ha crecido en 2,6 veces, mientras que, en el mismo
tiempo, el volumen del comercio capitalista sólo aumentaba en 1,5 veces. Dentro
de cada país socialista, el intercambio con los demás países
de su mismo
campo es lo
que predomina en cuanto al comercio exterior. En la Unión Soviética, por
ejemplo, representa las cuatro quintas partes.
Además del comercio, otro factor importante en las
relaciones económicas entre los países socialistas es el crédito. En el mercado
capitalista mundial el
crédito
sirve a los
países económicamente más fuertes para imponer onerosas
obligaciones a los deudores. No en vano el país acreedor es presentado
corrientemente bajo la figura del Shylok de Shakespeare. Dentro del mercado
socialista mundial, el crédito cumple por primera vez funciones nuevas como
medio de ayuda y de fraternal apoyo. Los créditos y empréstitos son concedidos
en las mejores condiciones y a un interés muy bajo. La mayor parte de sus
exportaciones de equipo industrial las realiza la Unión Soviética a crédito.
Según datos de 1959, con la ayuda de la Unión Soviética habían sido construidas
o estaban en construcción 550 empresas industriales, de las que la mitad
aproximadamente correspondían a la República Popular China. Prestan también importante
ayuda a la industrialización socialista de otros países la República
Democrática Alemana, Checoslovaquia y Polonia. China, que ha infundido un
vigoroso impulso a su industria socialista, presta ayuda a la República
Democrática de Vietnam.
Un fenómeno nuevo, que se observa
exclusivamente en
las relaciones socialistas internacionales, es
el intercambio de documentación científica
y técnica. En
el mercado capitalista mundial, los
inventos,
descubrimientos y
realizaciones científicas son materia de
compraventa.
Las patentes de invención son una
"mercancía" muy valiosa. Lo corriente es que los países de industria
desarrollada se resisten a desprenderse de ellas, con objeto de frenar el
progreso de los países atrasados en el sentido técnico y económico. El mercado
socialista mundial no conoce nada de eso. Los inventos, la documentación
técnica y los planos son cedidos a título gratuito por unos Estados socialistas
a otros.
Cualquier país socialista está siempre dispuesto a
dar a
conocer a todos
los demás sus
últimos adelantos técnicos. La Unión Soviética, que figura en primer término
en cuanto a la utilización
de la energía atómica con fines
pacíficos, propuso en 1956 la creación del Instituto Unificado de
Investigaciones Nucleares y ha
construido reactores en
algunos países hermanos (República
Popular China, República
Democrática Alemana, Checoslovaquia, Polonia). El intercambio científico significa
una economía gigantesca de
energías y recursos. Cada uno de
los países socialistas aporta su contribución a la causa común, evitando a los
otros penosas y difíciles investigaciones.
La colaboración socialista internacional se traduce
también en la
ayuda en la
capacitación de especialistas para
los distintos sectores
de la economía nacional. Es
obvia la inestimable ventaja que esto representa para los países socialistas,
en particular para aquellos que carecían de una industria moderna y se han
marcado la tarea de crearla en un tiempo muy reducido.
A la consolidación de los países socialistas en un
sistema económico único contribuye también la construcción conjunta de
empresas, faceta ésta que ha adquirido amplios vuelos con la creación de
sistemas de transmisión de energía y la construcción de vías de comunicación y
de centrales eléctricas internacionales.
Actualmente se ha
iniciado el tendido de líneas de
conducción de electricidad que en un futuro no lejano unirán entre sí a todos
los países socialistas de Europa.
Los vínculos económicos establecidos entre los
países socialistas, que no dejan de ampliarse de día en día,
acortan sin cesar
las distancias que
los separan y los funden en todo cuanto se refiere a su economía y su
cultura.
4. Relaciones
económicas de los
estados socialistas con otros países
Los países del sistema socialista tratan de ampliar sus
relaciones económicas con todos los Estados y, al mismo tiempo, emulan con las
potencias capitalistas más
desarrolladas en la
empresa de infundir
un vigoroso impulso a
la producción y
a la productividad del trabajo.
Esta emulación no tiene nada que ver
con la competencia
entre los capitalistas, cuyo fin
es el derrotar a sus rivales y dominarlos. La emulación de los países
socialistas con los capitalistas en cuanto al desarrollo de la producción no
aspira a causar daño a nadie y no excluye la colaboración económica entre los
países socialistas y capitalistas. Todo lo contrario, un activo comercio
internacional puede ser provechoso para todos. Nadie ha de temer o rehuir esta
incruenta emulación en el terreno económico, que es un buen antídoto contra la
"guerra fría" y robustece la causa de la paz.
Cuando los países socialistas hablan de la emulación
con el capitalismo, no toman el mundo no socialista como un conjunto único, se
comprende. En la práctica, centran su emulación sobre los países de un capitalismo viejo,
desarrollado, que han conseguido los
índice técnicos y
económicos más altos. Los Estados
que dan sus primeros pasos en el desarrollo industrial no son tenidos como
rivales por los países socialistas. Todo lo contrario, comprenden muy bien sus
aspiraciones y les prestan amplia ayuda económica, científica y técnica.
Bastará decir que en 1958 la Unión Soviética contribuía a la construcción de
más de 150 empresas industriales y otras obras en países no
socialistas de Asia y África,
a los que
entrega el equipo a crédito y les presta ayuda
técnica.
Nadie puede poner ya en tela de juicio que esta
amistosa posición del campo socialista ha significado un alivio considerable
para los pueblos que acababan de ganar su libertad. Es difícil pasar por alto
la importancia del hecho de que los jóvenes Estados de Asia y África no
quedasen a merced de los monopolios capitalistas de Occidente y puedan adquirir
en condiciones ventajosas las máquinas y demás mercancías que necesitan en el
mercado socialista mundial.
Aun
después de la
formación de este
último, siguen en pie las relaciones comerciales que abarcan a todo el
globo. Queda, por tanto, el mercado universal, que comprende las relaciones
entre los dos mercados mundiales. Considerándolo así, los países socialistas,
interesados como están en utilizar las ventajas que representa la división
internacional del trabajo, se muestran partidarios de un amplio desarrollo del
comercio entre todos los países, cualquiera que sea su régimen social, y de la
eliminación de las barreras artificiales que lo dificultan.
Los países socialistas tienen qué vender incluso a
los países capitalistas desarrollados; también pueden comprar en ellos, claro
es que en condiciones mutuamente ventajosas. Pero los países capitalistas
habían de saber ya que la economía socialista puede progresar perfectamente aun
cuando se apoye sólo y exclusivamente en sus propios recursos. El sistema
mundial del socialismo dispone de poderosas fuerzas productivas y de
inagotables y variadas riquezas naturales
que lo independizan
económicamente de los países
capitalistas.
El éxito en la emulación económica con los países
capitalistas más desarrollados viene
garantizado también por la circunstancia de que la producción del sistema
socialista mundial crece a una velocidad considerablemente mayor.
Dentro de este
sistema, que comprende a casi un tercio de la población del globo, se
crea ya más de un tercio de la producción industrial del mundo. Cálculos
aproximados de los economistas nos dicen que en 1965 los países del socialismo
proporcionarán más de la mitad de la producción industrial de la tierra.
El sistema mundial del socialismo acaba casi de
nacer, pero ya
se ha convertido
en un valioso elemento en la vida de todos los
países que lo componen. La existencia de este sistema, con el gran establecidos
dentro de él, les asegura las condiciones más propicias para la colaboración,
la ayuda mutua y el intercambio de experiencias. Esto tiene singular
importancia para países antes atrasados en el sentido cultural y económico,
pues les permite avanzar rápidamente
y enjugar su
atraso. En vez
del desarrollo irregular que es característico del sistema mundial del
capitalismo, dentro del sistema socialista adquiere la categoría de ley la
incorporación de los países atrasados al nivel de los avanzados.
La colaboración internacional de los países
socialistas es parte inseparable de sus esfuerzos para construir la nueva
sociedad, garantía de sus triunfos en el futuro. Al mismo tiempo, el sistema
del socialismo es baluarte de la paz universal, manantial de energías para las
fuerzas de la libertad nacional, la democracia, el progreso y el socialismo en
el mundo entero. Esta es la razón de que los trabajadores de los países
socialistas y los partidos marxistas-leninistas que los dirigen cuiden y
estimen tanto la unidad y robustez del sistema mundial del socialismo.
Capitulo XXVI. El periodo de transición del socialismo
al comunismo
La
construcción del socialismo
significa una victoria histórica
de los trabajadores en escala universal. Al mismo tiempo, representa el
comienzo del avance de la sociedad hacia el comunismo. El régimen socialista,
aun con todas sus grandes conquistas, no es sino la primera fase de la sociedad
nueva, la más justa de todas, en cuya realización cifra su meta final la clase
obrera. Por eso los trabajadores, al alcanzar el socialismo, comienzan
inmediatamente la construcción del comunismo bajo la dirección de su partido
marxista-leninista.
"... El socialismo -decía Lenin- es la sociedad
que se deriva del capitalismo directamente, es la primera fase de la nueva
sociedad. El comunismo, en cambio, es un tipo más elevado de sociedad, y
únicamente puede ser alcanzado después de que el socialismo se consolide
definitivamente."338
Entre el socialismo y el comunismo no hay pared
alguna que los separe. No son dos tipos distintos de sociedad, sino dos fases
de una misma formación, que se
diferencian entre sí por el grado de madurez. Por esta razón, el paso del
socialismo al comunismo es un proceso gradual.
Esto último hay que entenderlo en el sentido de
que la transición tiene
lugar a través
del perfeccionamiento, y no
de la destrucción,
de las relaciones sociales
establecidas.
El comunismo se deriva del socialismo como una
continuación directa de
éste. En el
seno de la sociedad socialista aparecen ya sus
gérmenes y primeros brotes. Estos brotes del futuro, al desarrollarse en el
suelo del socialismo, al llegar a un determinado grado
de incremento de
las fuerzas número de vínculos económicos y culturales
338 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 260.
productivas, traen consigo la afirmación del
comunismo. Se comprende que la entrada en la fase superior de la sociedad nueva
no puede ser señalada por una determinada fecha, sino que se sucederá en el
curso de un proceso permanente.
La circunstancia de que el paso del socialismo al
comunismo se produzca
paulatinamente no quiere decir
que se trata
de un proceso
lento. Todo lo contrario, es una transición muy rápida
que abarca a todas las esferas
de la vida
social, desde el incremento de la producción hasta el
ascenso de la cultura y la conciencia de los hombres.
¿Qué factores aceleran este desarrollo?
Primeramente, las nuevas posibilidades técnicas que a la producción ofrece la
ciencia moderna. La revolución técnica que se está operando permite dar, en un
plazo histórico relativamente breve, un salto gigantesco en
el desarrollo de
las fuerzas productivas.
Además,
en el período
de transición al comunismo, la sociedad aprende a dominar
cada vez mejor las leyes de su propio desarrollo. Esto permite elegir los
caminos más cortos, ir sobre seguro, y no a ciegas, consiguiendo el fruto
máximo con el mínimo de esfuerzos.
Al mismo tiempo, el avance hacia el comunismo puede
ser acelerado decisivamente por la creciente actividad de las grandes masas de
trabajadores. La construcción del comunismo no es un proceso que
evoluciona por sí
mismo, sino consecuencia de la labor de
las propias masas,
de su participación consciente en el incremento de
la producción social, en el progreso de la cultura y en la dirección de los
asuntos del Estado y de la economía.
Así, pues, aunque la ruta del comunismo no es fácil,
la sociedad socialista puede recorrerla en un plazo histórico
relativamente corto. Cuando
el Partido Comunista dice que el comunismo no está lejos, se basa en el
análisis científico de los factores reales
que determinan la
marcha del proceso histórico.
- La línea general leninista
del partido en la nueva etapa
Tanto las leyes objetivas del paso del socialismo al
comunismo como la aspiración consciente de los trabajadores a
construirlo encuentran su
expresión concentrada en la política del Partido.
Cuando el Partido orienta su política hacia la
construcción del comunismo, se apoya en la experiencia de la anterior etapa.
Porque muchas de las tareas a cumplir en el paso del capitalismo al socialismo
siguen en pie en el período de la construcción
del comunismo. Lo
mismo entonces que ahora, el
medio principal para conseguir el ascenso del bienestar de los trabajadores y
crear las premisas materiales del progreso social y cultural es el incremento
constante de las fuerzas productivas, con el desarrollo preferente de la
industria pesada. Lo mismo entonces que ahora, lo principal en el trabajo del
Partido es la organización de la labor diaria de la clase obrera y de todos los
trabajadores para la construcción de la
sociedad nueva. Lo
mismo entonces que ahora, una de las premisas fundamentales para el
éxito de la sociedad nueva es la lucha por la paz y la seguridad, por una mayor
amistad y colaboración entre los pueblos, por el robustecimiento de la
solidaridad internacional de los trabajadores.
No son pocas las tareas comunes a ambas etapas.
Todas el.las determinan la íntima relación y continuidad que existe entre la
política del Partido en el período de la construcción del socialismo y en el
que inaugura la construcción del comunismo.
Cuando el Partido se orienta hacia la construcción
del comunismo, concreta y desarrolla su línea general adaptándola a las nuevas
tareas, a una situación en la que el socialismo ha triunfado definitivamente y
el problema de "quién vencerá a quién" en el interior del país ha
sido resuelto de manera rotunda e irrevocable en favor del régimen nuevo.
En la Unión Soviética, el socialismo quedó
construido, en lo
fundamental, hacia 1935.
En el
XVIII Congreso del Partido (1939) se planteó la
tarea
del paso gradual del socialismo al comunismo. El
Partido se dispuso entonces a iniciar el cumplimiento de esta
gran empresa. Pero
la labor pacífica
del pueblo soviético se vio de ahí a poco interrumpida por la guerra,
que obligó a concentrarse por completo en
la defensa de las conquistas
socialistas, y más tarde en la reconstrucción de las
empresas, ciudades y aldeas destruidas. Con su triunfo en la durísima prueba de
la guerra y con sus éxitos al liquidar en tan breve plazo histórico las consecuencias
de la misma, el socialismo demostró una vez más su superioridad decisiva como
régimen económico-social.
La guerra no pudo desviar al país del camino que
había escogido. El Partido no interrumpió sus esfuerzos encaminados a la
construcción del comunismo. En los Estatutos del P.C. de la U.S., aprobados por
el XIX Congreso (1952), se fijaba como tarea principal del Partido el paso
gradual del socialismo al comunismo.
Importancia decisiva en el desarrollo de la línea
del P.C. de la U.S. han tenido el XX Congreso (1956) y el XXI (1959). Este
último señalaba que el país soviético, como consecuencia de las profundas
transformaciones operadas en todos los órdenes de la vida social, y sobre la
base del triunfo del socialismo, había entrado en un nuevo período de su
desarrollo: en el período de la construcción de la sociedad comunista en
todos los frentes.
El programa del nuevo y poderoso ascenso de la economía,
la cultura y el bienestar
del pueblo plasmado
en el plan septenal de desarrollo de la economía
nacional de la U.R.S.S., se refiere
a la resolución
del Congreso como
"encarnación concreta de la línea general leninista del Partido en la
etapa actual".339
La política del Partido, en la que se determina el
cumplimiento de las
tareas fundamentales de
este período, se desarrolla en las direcciones siguientes:
Desarrollo en todos
los órdenes de
las fuerzas productivas, de tal
manera que asegure la creación de la
base material y
técnica del comunismo. Incremento máximo
del progreso técnico,
ascenso
continuo de la productividad del trabajo y, sobre
esta base, constante elevación
del nivel de
vida del pueblo. La U.R.S.S.
habrá de vencer en la emulación económica pacífica con los países capitalistas
más desarrollados.
Robustecimiento de la propiedad socialista estatal,
elevando la propiedad cooperativa koljosiana hasta el nivel de
esta última. Supresión
gradual de las fronteras entre la ciudad y el campo y
entre los hombres del trabajo intelectual y manual, y, sobre esta base,
eliminación paulatina de las diferencias de clase y las diferencias sociales de
otro orden dentro de la sociedad soviética.
Incremento del trabajo de educación ideológica, a
fin de superar las supervivencias del capitalismo en la conciencia
de los hombres
y de elevar
la conciencia comunista de los trabajadores.
Perfeccionamiento sucesivo del régimen socialista
soviético, desarrollo de la democracia socialista, ampliación de
las funciones de
las organizaciones sociales y
fomento de la actividad e iniciativa de las grandes masas del pueblo.
Una
política exterior consecuente
de consolidación de la
paz general, basada
en el principio leninista de
coexistencia pacífica de los países con sistemas sociales distintos, y
fortalecimiento del sistema socialista mundial.
Así pues, la política del Partido, que responde a
las necesidades prácticas concretas del momento, va orientada a
la vez a
la realización de
tareas de enorme alcance
histórico: a la construcción del comunismo. La fuerza y la vitalidad de esta
política del Partido provienen del hecho de que dicha política se apoya
en el conocimiento
de las leyes
del desarrollo social y de que goza del apoyo incondicional de las masas
populares, cuyos intereses expresa.
El Partido Comunista de la Unión Soviética y su Comité
Central acogieron plenamente preparados las nuevas tareas que se planteaban al
país en el período de construcción de la sociedad comunista en todos los frentes,
y las resuelven
con un estilo genuinamente leninista.
Ha tenido gran importancia la labor dedicada a superar decididamente las
consecuencias de los errores cometidos por I. V. Stalin en
los últimos años de su vida,
que repercutieron desfavorablemente sobre todo en la
agricultura y en la organización del Estado y del Partido.
339 XXI
Congreso, extraordinario, del
Partido Comunista de la Unión Soviética,
27 de enero a 5 de febrero de 1959. Actas taquigráficas, t. II, Gospolitizdat,
Moscú, 1959, pág. 429.
Las actividades del P.C. de la U.S. como fuerza
dirigente de la
sociedad ostentan un
carácter de innovación en el más
alto grado. Aplicando con un
espíritu fecundo los principios del marxismo-
leninismo, el Partido no vacila en romper los caducos métodos de trabajo y
formas de organización, que sustituye por otros nuevos, más en consonancia con
el momento. Entre los ejemplos que nos ofrece su labor en estos últimos años
tenemos: la venta a los koljoses de la maquinaria agrícola perteneciente a las
Estaciones de Máquinas y Tractores; la abolición de los cupos de entrega de
productos agrícolas y el paso al sistema de compras; la reorganización del sistema
de dirección de la industria y de las obras, y la ampliación de
los derechos de
las repúblicas federadas y de
los órganos locales de poder. Todo esto es prueba del amplio espíritu de
innovación que preside la labor del Partido.
Otra característica del trabajo de dirección del
Partido es su íntima vinculación con las masas, su conocimiento de la vida del
pueblo y la constante preocupación por su bienestar. El Partido procura
aconsejarse en todas las cuestiones más importantes con los obreros,
koljosianos e intelectuales, trata de conocer su pensar y su sentir y lo tiene
en cuenta a la hora de redactar los planes para el futuro. A este objeto, se
recurre cada vez más a nuevos métodos y formas como la celebración de
conferencias sobre problemas concretos de la construcción comunista, se someten
a la discusión de todo el pueblo los planes económicos, los proyectos de ley,
etc. Los dirigentes del Partido acuden con frecuencia a las empresas y
distritos agrícolas para adquirir un conocimiento más perfecto de la marcha de
las cosas. Los Plenos del Comité Central se convierten en la tribuna donde se
plantean y son objeto de discusión los problemas más esenciales de la
construcción del comunismo. En esa tribuna se escuchan ahora las voces de
productores avanzados, especialistas y científicos sin partido, y no sólo de
los líderes del Partido y de sus organizaciones locales.
El P.C. de la U.S. no podría alcanzar el éxito en la
política de construcción del comunismo en todos los frentes si no hubiese
puesto fin a las violaciones, cometidas en el pasado, de la democracia interna,
si la nueva dirección del Comité Central no hubiese emprendido un decidido
viraje hacia los principios y normas
leninistas de la
vida del Partido.
Actualmente, el P.C. de la U.S. se halla regido por
una dirección auténticamente colectiva. Se ha vuelto a la celebración regular
de Congresos y Plenos del C.C., el papel de los cuales en la vida del Partido
crece de año en año. El Partido da ejemplo de audaz crítica y autocrítica,
exponiendo abiertamente los defectos
ante el pueblo
e indicando la
manera de corregirlos.
El P.C. de la U.S. ha elevado a un nuevo nivel
toda su
labor al impulsar
la democracia interna dentro de
sus filas, al
apoyar la iniciativa
de sus organizaciones y al
estimular la actividad de sus miembros.
Las
históricas victorias logradas
estos últimos años en la construcción
del comunismo son prueba de que el C.C. leninista del P.C. de la U.S. y su dirección
han comprendido acertadamente lo que el nuevo período histórico exigía y lo han
tomado como base de todo su trabajo. Sólo un reducido puñado de disidentes
-Malenkov, Molótov, Kaganóvich, Bulganin, Shepílov- se levantó contra la línea
general leninista del Partido, que tuvo el apoyo de todo el pueblo. Este
grupo antipartido, que
recurrió a las intrigas de la lucha de fracción y violó
el acuerdo del X Congreso del P.C. (b) de Rusia "Sobre la unidad del Partido", escrito
por Lenin, sufrió
una derrota política completa en
sus intentos de desviar al Partido y al país de la ruta leninista. Después de
desbaratar el grupo antipartido de osificados conservadores, divorciados de la
vida y del pueblo, el Partido allanó definitivamente el camino para un rápido
avance y señaló con firmeza la necesidad absoluta de una política nueva,
audazmente leninista, en el período de construcción del comunismo en todos los
frentes.
El Partido Comunista de la Unión Soviética y su Comité
Central llevan a cabo una gran obra con su lucha incansable y consecuente por
la paz en todo el mundo y contra las
fuerzas del imperialismo
y la agresión. La distensión internacional y una paz sólida y duradera
son para el Partido condición necesaria para llevar a
cabo con éxito
los planes de construcción del comunismo. De ahí que el
C.C. del P.C. de la U.S. y el Gobierno soviético no escatimen ni tiempo ni
energías al objeto de resolver por vía pacífica todas las cuestiones
litigiosas, eliminar las causas de los conflictos internacionales y fomentar
las relaciones amistosas y la fecunda colaboración entre los
Estados y los
pueblos. En su
política exterior, el C.C. del P.C. de la U.S. muestra un ejemplo de
cómo se combina la fidelidad estricta a los
principios con la
flexibilidad política y una
sensata audacia. La labor del Gobierno soviético en política exterior ha
aportado a las relaciones internacionales métodos de tan excepcional
importancia para fomentar la amistad de los pueblos como las visitas mutuas de
delegaciones políticas y culturales,
los contactos personales
de los gobernantes, las
entrevistas y conferencias de alto nivel, etc.
La intensa y fecunda labor del P.C. de la U.S. ha
incrementado aún más su prestigio, tanto en el país como en el extranjero. Los
obreros conscientes de todo el mundo ven en él un ejemplo de devoción a los
altos principios del internacionalismo proletario, a los
que permanece fiel
desde el día
de su fundación. Los partidos
hermanos y los pueblos de los otros países socialistas lo consideran con razón
como excelente camarada y gran amigo. La política del P.C. de la U.S. y del
Gobierno soviético respecto de los países del campo del socialismo es la de
diaria ayuda moral y material, de una ayuda completamente desinteresada que no
busca provecho ni ventajas de ningún género.
- Creación de la base material
y técnica del comunismo
El paso al
comunismo es imposible
sin antes alcanzar la abundancia
de bienes materiales y espirituales:
artículos industriales, alimentos, viviendas, todo cuanto se
necesita para satisfacer las inquietudes culturales y lugares de descanso para
los trabajadores. Esto presupone un incremento gigantesco de la producción en
todos los sectores de la industria, la
agricultura, los transportes
y la construcción. De hecho se
trata de otro salto enorme en el desarrollo de las fuerzas productivas.
Las enormes posibilidades y la superioridad del
sistema socialista hacen perfectamente real el cumplimiento de esta grandiosa
tarea en un breve plazo histórico.
Completa
mecanización y automatización de la producción.
Lo principal para conseguir un rápido incremento de la
producción es terminar
la mecanización de todos los procesos que consumen mucha mano
de obra y el desplazamiento del trabajo manual de todos los sectores de la
economía.
La experiencia demuestra que, por muy elevada que
sea la mecanización de determinados eslabones de la producción, mientras entre
uno y otro se interponen operaciones realizadas a mano el efecto económico
general de los nuevos elementos técnicos es insuficiente y la productividad del
trabajo crece con lentitud.
La solución verdadera la proporciona únicamente
la mecanización completa,
es decir, el
empleo de máquinas no sólo en los
procesos fundamentales de
la producción, sino también en los auxiliares. Una
completa mecanización y automatización es el mejor camino para el progreso
técnico que conduce a la creación
de la base
material y técnica
del comunismo. El plan septenal de desarrollo de la economía nacional de
la U.R.S.S. (1959-1965) fija ya la tarea de desplazar el penoso trabajo manual
mediante la culminación
de la mecanización completa de los procesos
productivos en la industria, la agricultura, la construcción, los transportes,
los trabajos de carga y descarga y las empresas municipales.
El gran valor sustancial de la mecanización
completa es que
exige la creación,
en todos los sectores de la producción, de un sistema
de máquinas que se complementen
entre sí, y
esto prepara en todos los sentidos la automatización, que
es la forma superior de la producción maquinizada. La automatización significa
que los trabajos se llevan a cabo sin la intervención del hombre, al que sólo
se encomienda la labor de control. La mecanización elimina el pesado trabajo
manual y la automatización evita la excesiva tensión nerviosa a que el
productor se ve sometido.
En bastantes sectores, la automatización se
convierte en una verdadera necesidad técnica. La velocidad de muchos procesos
tecnológicos es tal, y la exactitud requerida ha aumentado tanto, que el hombre
no es capaz de por sí de dirigirlos directamente. Únicamente pueden
controlarlos dispositivos automáticos.
Las máquinas electrónicas traen consigo una
verdadera revolución en el campo de la automática. Reemplazan al hombre en el
control y dirección de los sistemas automáticos de máquinas. La actual
producción automatizada es un sistema de máquinas perfeccionadas dirigidas
por calculadoras electrónicas. El
"cerebro" electrónico está en condiciones de dirigir programas de
producción extraordinariamente complejos. Al ser transmitidas a las máquinas
las funciones de cálculo, análisis y regulación, el hombre se libera de muchos
esfuerzos intelectuales monótonos y fatigosos.
Las fábricas automáticas que ya funcionan en la Unión
Soviética nos dan una noción de lo que serán las empresas automatizadas del
futuro. Así, una fábrica atendida por tres obreros proporciona 30.000
lámparas cada ocho
horas. Otra produce
12.000 piezas de chasis de automóvil al día, cumpliendo el trabajo de
18.000 obreros. Desde hace varios años funciona
en una fábrica
soviética una línea automática de montaje, de la que salen
1.000 receptores de radio al día, siendo atendida por dos personas solamente.
Se comprende que esto son sólo los primeros pasos.
Hasta ahora es escaso en la Unión Soviética y demás países socialistas el
número de líneas automáticas,
talleres automatizados y
fábricasautomáticas. Pero hay ya sectores en los que todo el proceso
tecnológico se encuentra automatizado (industria atómica,
algunas ramas de
la industria química, centrales
hidroeléctricas).
Actualmente, la política técnica de los países
socialistas se orienta
decididamente hacia la automatización en amplia escala de
diversos sectores
de la economía nacional. Bastará decir que, sólo en
la construcción de maquinaria, en la Unión Soviética se
proyecta poner en funciones 1.300 líneas automáticas
durante los próximos siete años. Serán automatizados
los procesos fundamentales en los sectores decisivos de la industria, y
singularmente en la metalurgia no ferrosa y en la industria química, del
petróleo, ligera, de la alimentación
y de fabricación de
celulosa y
papel.
Las
tendencias que la
producción automática sigue en su
desarrollo están ya bastante definidas: de
las máquinas-herramientas, a las líneas, las
secciones
y las fábricas automáticas. En el futuro existirá un
tipo nuevo de economía nacional, en la que la producción automatizada será lo
predominante. Esta y sólo ésta puede ser la técnica de producción del comunismo
cuando se propone emancipar al hombre del
trabajo rudo y
monótono y encaminar
sus energías espirituales hacia fines de fecunda creación.
La
automatización socialista no
significa amenaza alguna para los trabajadores. Al contrario, éstos la
acogen jubilosos, puesto que les ahorra muchos esfuerzos y permite reducir la
jornada sin mengua del salario. La automatización capitalista, según sabemos,
provoca gran inquietud en la clase obrera, pues significa un aumento de la
desocupación y el descenso del salario entre masas importantes de trabajadores.
Ciertamente, la automatización socialista reducirá
también el número
de obreros en
determinadas
empresas
e incluso en
sectores completos de la
industria. Pero esto no origina problema alguno de
ocupación, pues el
personal que queda
libre a
consecuencia
de la automatización encuentra
acto
seguido un puesto en las nuevas empresas y los
nuevos sectores de la industria. El Estado socialista se encarga de todo ello,
así como de cuanto se relaciona con la cuestión de elevar y ampliar sus
conocimientos profesionales.
Nuevos sectores de la producción.
El enorme incremento de la producción anuncia el
desarrollo de nuevos métodos y nuevos sectores en la industria, que son
consecuencia de la revolución técnico-científica operada en nuestro tiempo. Un
complejo importantísimo ha surgido, ante todo, por la irrupción de la química
en la producción.
No nos referimos únicamente a los progresos de la
industria química, sino a la implantación de técnicas
y métodos químicos en otros sectores. La tecnología
mecánica, que tanta
mano de obra
consume,
retrocede
ante la química.
La propia industria química se convierte en uno de los
primeros sectores de la economía. La química está llamada, pues, a
desempeñar un papel primordial en la creación de la
base material y técnica del comunismo.
Actualmente no hay una industria que no tenga una
relación más o menos directa con la química. Hasta hace
relativamente poco, la
industria y la
técnica
empleaban preferentemente los
materiales que la naturaleza
proporciona. Los materiales
artificiales eran considerados como sustitutivos que
no podían reemplazar por completo a las materias primas naturales. Ahora está
plenamente demostrada
la superioridad de muchos materiales sintéticos. La
química moderna produce
materiales con las
propiedades señaladas de antemano. En muchas
ocasiones son muy superiores a lo que la naturaleza nos ofrece y resultan mucho
más económicos.
Ahora es ya evidente que la técnica entra en una
fase en la que los materiales más importantes en la
fabricación del cuerpo de las máquinas y de otros
instrumentos de producción serán los productos de la
química sintética, y sobre todo los altos polímeros, o cuerpos que se componen
de gran número de moléculas. Se calcula que en los próximos decenios la
producción de polímeros igualará en peso a la del acero.
Calculando acertadamente las posibilidades de la
química, los países socialistas toman medidas para
acelerar el progreso de esta importante rama de la
industria pesada. En la Unión Soviética, sólo entre
1959 y 1965, la producción química ha de aumentar
casi en tres veces. Se impulsará vigorosamente la producción de materiales
sintéticos. La fabricación
de fibras artificiales crecerá en casi cuatro veces
y la de plásticos y resinas sintéticas en más de siete.
Al lado de la química sintética cobran gran
desarrollo la radioelectrónica, la industria de transistores, la producción de
cohetes y alguna otra
rama nueva. Paralelamente, las viejas industrias
(del carbón, del metal, de la construcción) experimentan
una
revolución, son dotadas
de equipo completamente nuevo
y cambian su
estructura técnico-económica.
En realidad se
transforman en
industrias nuevas.
Los países socialistas, abanderados como son del
progreso técnico, fuerzan
por todos los
medios el
avance de la producción química y demás sectores
nuevos de la industria, acelerando así la creación
de la base material y técnica del comunismo.
Desarrollo de la producción de energía.
Las crecientes fuerzas productivas de la sociedad
que está pasando
al comunismo, para
su
funcionamiento
necesitan poderosas fuentes
de
energía. En estos momentos, la más importante es la
energía eléctrica.
La fórmula leninista: "El comunismo es el Poder
Soviético más la electrificación de todo el
país", determina el papel a desempeñar por la energía eléctrica como parte
esencial de la base material y técnica de la sociedad nueva. Electrificación
significaba para Lenin no ya la construcción de centrales eléctricas,
sino también el
desarrollo de toda la
producción social apoyándose
en los elementos técnicos más
modernos.
El enorme consumo, cada vez mayor, de energía
eléctrica lleva a primer plano la tarea de buscar procedimientos económicos
para su producción. La economía planificada socialista permite utilizar de la
manera más racional todas las fuentes para la obtención de energía eléctrica:
el carbón, el petróleo, el gas natural, la turba, las pizarras bituminosas y el
agua, que es el más económico y duradero de todas.
La experiencia de la Unión Soviética indica que para
incrementar rápidamente el potencial de energía
hay que construir centrales térmicas, sin limitarse
a
las grandes centrales hidroeléctricas. Su
construcción es más económica y rápida. Cierto es que la central termoeléctrica
proporciona una energía algo más cara que la hidráulica, pero su urgencia
impone el empleo de este tipo de central. La construcción de centrales
termoeléctricas será la orientación preferente que en este terreno se siga en
la U.R.S.S. en 1959-1965, con aprovechamiento
de carbones económicos,
gas natural y aceites pesados.
La energía eléctrica ha de penetrar en todas las
esferas de la producción industrial, la agricultura y
las necesidades corrientes de la vida en la ciudad y
el
campo. Los países socialistas se van a cubrir de una
red única de
alto voltaje. En
la Unión Soviética, dentro de unos años existirán
sistemas únicos en la parte europea del país y en Siberia Central, así como los
sistemas unificados del Noroeste y Oeste, de Transcaucasia, Kazajstán y Asia
Central.
Una
nueva era en
la producción de
energía se inició al ser puesta
en marcha en
la U.R.S.S. la
primera central electroatómica del mundo (1954), a
continuación de lo cual se emprendió la construcción
de centrales de este tipo con una potencia global de
2-2,5 millones de kilovatios. Actualmente está
demostrado que la construcción y explotación de una
central
electroatómica de 200.000
kilovatios no resulta más
costosa que si se trata de una central
térmica
de la misma
potencia; y con
centrales de
400.000 a 500.000 kilovatios, la atómica es más
ventajosa que la térmica. Una gran ventaja de las
centrales electroatómicas es que no exigen grandes
gastos para el transporte de combustible. Una
central térmica ordinaria de 100.000 kilovatios consume de
20 a 30 vagones diarios de carbón, mientras que la
central atómica de igual potencia tiene suficiente
con
500 kilogramos de uranio al año, carga que muy bien
puede transportar cualquier avión en un solo vuelo.
Esto
significa que las
centrales electroatómicas pueden
ser construidas donde no existen o son muy
escasas otras fuentes de energía capaces de ser
transformadas en electricidad.
Transformaciones aún más grandiosas se
producirán cuando el hombre sea capaz de
desencadenar la reacción termonuclear dirigida. La energía la proporcionará
entonces el hidrógeno, que existe en todas partes. La humanidad se verá para
siempre emancipada de la necesidad de buscar e incrementar sus reservas de
energía.
Apuntaremos
como dato sintomático
que un
Estado socialista fue el primero en utilizar la
energía atómica con fines pacíficos. Sólo el socialismo puede disponer
debidamente de este nuevo tipo de energía y colocar al servicio de la sociedad
las poderosas fuerzas del átomo, que el capitalismo proyecta poner
en juego con fines de exterminio.
La energía atómica será, sin duda alguna, parte
imprescindible de la base material y técnica de la
sociedad comunista. Gracias a ella resultará
factible
la realización de proyectos que ahora parecen
imposibles (riego de los desiertos, cambio del curso de los ríos, mejoramiento
del clima, etc.).
La revolución técnica en la agricultura.
La agricultura sigue siendo hasta ahora el sector
donde el hombre depende más de la naturaleza. La productividad es en ella
sensiblemente inferior que en la industria, con la preponderancia que presenta
del trabajo manual. Si bien bajo el socialismo se lleva a cabo una amplia
reorganización de la agricultura, queda todavía mucho por hacer para elevarla
hasta el nivel de la industria. La orientación principal a seguir en este
terreno es también la creación de sistemas de máquinas, la mecanización completa.
Es preciso aplicar asimismo los últimos adelantos de la agroquímica y de la
agrobiología. Hace falta igualmente una amplia electrificación del campo, un
aumento vertical del consumo de energía eléctrica en las labores agrícolas. Se
trata, por consiguiente, de una auténtica revolución técnica en la agricultura.
Estos últimos años ha comenzado a perfilarse en la
agricultura de la Unión Soviética el sistema de
máquinas necesarias para la mecanización completa.
Ha
aumentado mucho el
número de tractores provistos de sistema hidráulico
para el trabajo con
herramientas
acopladas, con lo
que se hace
innecesaria la persona que antes tenía que dirigir
el remolque. La siembra en nidos cuadrados de cultivos como la patata, la
remolacha, el maíz, etc., permite mecanizar una de las ramas de la producción
agrícola que más mano de obra consumía. Se han desplegado los trabajos para la
mecanización completa de la producción de plantas industriales, y también de la
horticultura y la ganadería.
El invento del tractorista soviético I. G. Lóguinov,
consistente en un
dispositivo para la
dirección
automática
del tractor, demuestra
que la mecanización crea premisas
para llegar también a la
automatización en la agricultura.
Otra enorme reserva que permitirá aumentar la
productividad del trabajo en la agricultura, además de
la mecanización, es el acertado aprovechamiento de
la tierra. Esta
no se desgasta,
a diferencia de los
demás medios de producción. Su valor aumenta incluso
con un buen laboreo y con el empleo abundante
de abonos artificiales.
La química está
llamada también a ahorrar en la agricultura grandes
trabajos en cuanto se refiere a combatir las malas
hierbas y las plagas.
La productividad del trabajo en la agricultura
socialista se puede elevar considerablemente con el
empleo de simientes escogidas y la cría de ganado de
raza. La moderna
agrobiología permite hacer
milagros. Si en todos los sitios se empleasen
exclusivamente simientes seleccionadas, las cosechas aumentarían varias veces.
Con el mismo número de cabezas, un ganado de raza daría una cantidad
infinitamente mayor de carne y leche.
La mecanización completa y el empleo de la
química y la
agrobiología son los
resortes que
permitirán superar paulatinamente el atraso en que
la
producción agrícola se encuentra respecto de la
industria. A medida que se vaya avanzando hacia el
comunismo, el trabajo agrícola se convertirá en una
variedad del industrial.
El Estado socialista se muestra generoso en todo
cuanto signifique incrementar la mecanización de la
agricultura. Durante el quinquenio de 1953-1958, que
dio comienzo al ascenso vertical de la producción
agrícola en la Unión Soviética, el Gobierno destinó
casi dos veces y media más que en el quinquenio precedente a
la mecanización y
construcción de
dependencias en el campo. Prueba del rápido
incremento que en este sentido se alcanza es que en
1965 el campo habrá recibido más de un millón de
tractores, alrededor de 400.000 cosechadoras de cereales y
otras muchas máquinas
y aperos. Para
entonces ha de quedar terminada, en lo fundamental,
la electrificación de todos los koljoses del país.
Creciente papel de la ciencia.
La producción moderna no puede dar un paso al margen
de la ciencia. Y esto es más cierto todavía
cuando se trata de la construcción del comunismo en
todos los frentes. Los descubrimientos de la
ciencia, los inventos de los ingenieros y las realizaciones de los diseñadores
encierran enormes reservas para la creación acelerada de la base material y
técnica del futuro. Llega el tiempo, previsto por Marx, en que la ciencia se
transforma en una
fuerza productiva directa.
En los países socialistas, los institutos de
investigación científica, los centros de enseñanza superior, las oficinas de
diseños y los laboratorios fabriles centran sus esfuerzos en la resolución de
problemas trascendentales de la ciencia y la técnica. Ha sido ampliada la base
experimental y se ha modernizado el equipo de los laboratorios. En 1957 la U.R.S.S.
disponía de 2.756
instituciones científicas,
el 50 por
ciento más que
antes de la guerra y 9,5 veces más de las que había en
Rusia antes de la Revolución.
La construcción de centrales electroatómicas, la
botadura de un rompehielos atómico, la producción
de aviones que significan el último adelanto de la
ciencia y de
la técnica, la
creación de cohetes
dirigidos intercontinentales y otras muchas
realizaciones son buena prueba de los grandes éxitos conseguidos en este
terreno. La culminación de los
avances científicos y técnicos de la U.R.S.S. ha
sido el lanzamiento del
primer satélite artificial
de la
Tierra y el vuelo cósmico de la Tierra a la Luna. La
vida se ha encargado de demostrar que la ciencia socialista ha dejado ya atrás,
en bastantes aspectos, a cuanto se conoce en los países capitalistas más
desarrollados.
Ahora más que nunca adquiere vital importancia
la tarea
de llevar cuanto
antes a la
práctica, a la
producción,
los descubrimientos de
la ciencia. La
historia de la ciencia abunda en ejemplos de que el
descubrimiento de un
nuevo fenómeno o
de una
nueva ley de la naturaleza ha traído consigo avances
formidables en la práctica. Así ocurre con la
energía atómica. La ciencia y la técnica se han encontrado aquí con una nueva
esfera de fenómenos, con nuevos procesos y leyes que a menudo no tienen nada
que ver con lo que antes era común y ordinario. Las grandes investigaciones
teóricas que se llevan a cabo en la U.R.S.S., en cuanto a la física nuclear, se
combinan con enormes trabajos prácticos para poner la energía nuclear al
servicio de los hombres. A su vez, la técnica atómica es un poderoso estímulo para
el progreso de la física nuclear, que representa la sección más
avanzada dentro de
las ciencias naturales de nuestra
época.
Un papel especial corresponde a las ciencias que
abren nuevos caminos al progreso técnico y revolucionan la producción: física
nuclear, transistores, química de los polímeros, radioelectrónica, etc.
Problemas muy esenciales se presentan en las zonas de confluencia de ciencias
diferentes, como la química, la física, la biología y la medicina. Esto nos
lleva a comprender los grandes avances que en nuestros tiempos han
experimentado la biofísica y la bioquímica, por ejemplo, que además de resolver
otros problemas teóricos estudian el mecanismo de formación por los seres vivos
de cuerpos multimoleculares como la albúmina, la lana, el caucho
natural, etc., con
el fin de
llegar a obtenerlos por vía
artificial.
Las máquinas electrónicas de calcular ofrecen
perspectivas formidables para
el desarrollo de la
ciencia y de la técnica. No sólo permiten
automatizar la dirección de las máquinas, sino que con ellas se
pueden realizar complejos procesos lógicos (por
ejemplo, la traducción de un idioma a otro). Esto amplía extraordinariamente las
posibilidades de la
investigación científica y facilita sus trabajos.
La humanidad obtendrá beneficios enormes al
profundizar en el conocimiento de las leyes que rigen
la vida y
el desarrollo del
mundo animal.
Descubrimientos
como el del
mundo de los microbios, la
inmunidad y los
principios de la
quimioterapia
han conducido ya
a la desaparición
práctica de muchas enfermedades que antes causaban
verdaderos estragos (viruela,
peste, cólera, rabia, etc.), mientras que otras han perdido
su anterior virulencia (pulmonía, muchas formas de tuberculosis y otras). La
consecuencia de todo esto es una mayor
duración media de la vida, que en lo que va de siglo
ha aumentado aproximadamente en veinte años. Actualmente las causas principales
de la mortalidad son el cáncer (un muerto de cada seis) y las enfermedades
cardiovasculares. Cuando la ciencia haya vencido estas dolencias, la vida del
hombre se hará aún más larga.
La biología no limitará su campo de acción a la
medicina. Ha de repercutir también
extraordinariamente en las ciencias agrícolas, sobre
todo con la aplicación a ella de los adelantos de la
física y la química. Entonces servirán aún más
eficazmente al incremento de la productividad de la agricultura ciencias
como la bioquímica, la
agroquímica, la biofísica, la microbiología, la
virología, la selección y la genética.
Los países socialistas no se apoyan únicamente, en
su obra de perfeccionar la producción, en los adelantos de su propia ciencia,
sino que se sirven
también de la experiencia y los éxitos alcanzados en
cualquier lugar del
mundo. El Partido
Comunista
mantiene una lucha enérgica contra la satisfacción y
el engreimiento que pueden prender en algunos dirigentes de
la economía y
especialistas bajo la
influencia
de las victorias
obtenidas dentro del sistema
socialista. La ciencia
y la técnica
no
permanecen estancadas, y quien, satisfecho de lo hoy
conseguido, se duerme en los laureles, corre el riesgo de verse mañana entre
los atrasados.
El espíritu conservador y las normas fijas e
invariables han sido siempre los peores enemigos del
progreso científico y técnico. En el período de
transición del socialismo al comunismo, la rutina y la
resistencia a implantar los adelantos técnicos y
científicos en la
producción pueden ocasionar
un daño muy sensible. Es
necesario vigilar
constantemente para que la economía nacional recoja
y aplique los métodos más avanzados y se renueve
sin cesar el equipo de las empresas; que se produzca
sólo el utillaje más moderno y que sean retiradas a tiempo las máquinas
moralmente envejecidas.
Perfeccionamiento de la organización de la
producción.
La técnica nueva y los descubrimientos de la
ciencia, por grandes que sean, no pueden producir de
por sí cambios profundos en la industria y la
agricultura. Para obtener de ellos el debido efecto
económico es necesario saber ponerlos en juego con
acierto, hace falta una buena organización de la producción.
Cuando se habla de organización de la producción
en la
economía planificada socialista,
se tiene
presente tanto las empresas individualmente tomadas
como las regiones económicas, los sectores de la industria y la economía
nacional en su conjunto.
Indudablemente, cada empresa socialista encierra
reservas enormes en
cuanto al mejor
aprovechamiento del equipo, a la economía de
materias primas, materiales y energía, a la reducción de las pérdidas de
trabajo y al gran mejoramiento de la calidad de la producción. Toda
organización racional de la
producción se reduce,
en fin de cuentas, a la reducción de los gastos por
unidad producida y a mejorar las condiciones de trabajo del personal. Esto se
consigue aplicando consecuentemente los principios del cálculo económico.
Durante todo el período de transición del socialismo al comunismo, el
perfeccionamiento del sistema del cálculo
económico, con el
acertado empleo de los resortes del valor y del dinero, permanecerá en
pie como una tarea de capital importancia.
La correcta combinación
de los estímulos materiales y
morales ayuda a incorporar a cada productor y al personal entero de las
empresas a la lucha por la racionalización de la producción y por la economía
de trabajo y de materiales.
El perfeccionamiento de la especialización y la
cooperación abre posibilidades enormes para el incremento de la producción en
toda la economía nacional. La experiencia
demuestra que es
mucho más ventajoso montar la producción en serie de artículos de un
mismo tipo en unas pocas empresas especializadas que dedicar a ello un gran
número de empresas. La productividad del trabajo aumenta extraordinariamente,
la producción se abarata y, lo más importante, queda abierto el camino para el
empleo de toda clase de dispositivos de automatización.
Considerando las ventajas de la especialización, la
Unión Soviética y
otros países socialistas
van pasando de las empresas de producción múltiple a las especializadas.
La producción especializada pide, como es lógico, mucho más a los órganos de
planificación, que han de asegurar una cooperación muy precisa en la industria.
Y tanto más si pensamos que la interdependencia de los distintos sectores de la
economía nacional crece intensamente a medida que la especialización avanza. El
trabajo de cada empresa depende cada vez más del cumplimiento de sus
compromisos por parte
de cuantas tienen
relación con ella.
Al incremento de la productividad del trabajo social
contribuye también la acertada distribución de
las empresas por regiones económicas del país. La
proximidad de la empresa a las fuentes de materias
primas
y de energía
abarata la producción,
al suprimir los transportes a largas distancias. Por esta causa, el
plan septenal de
la Unión Soviética
determina un considerable desplazamiento de las
fuerzas productivas hacia
el Este, donde
existen
enormes reservas de materias primas y de energía
barata. Este factor
se tiene también
presente en cuanto a la
distribución de las industrias dentro del
sistema socialista mundial en conjunto.
Un aspecto importante en la organización de la
producción es la estructura de la dirección de la
economía. En el período de transición al comunismo adquiere una expresión nueva
el centralismo democrático, que sirve de base a la organización de la producción
de la economía
nacional del socialismo.
La reforma radical del sistema de dirección de la
industria y la construcción llevada a cabo en la Unión Soviética en 1957,
traslada el centro de gravedad de este
trabajo a las
regiones económicas
administrativas, con sus Consejos de la Economía Nacional. Esto favorece las
condiciones para una especialización y cooperación más conveniente de la
industria, y, por tanto, para una mayor socialización del trabajo y el
incremento de su productividad. El Pleno del C.C. del P.C. de la U.S. celebrado
en junio de 1959 señalaba: "Los grandes
éxitos conseguidos en el desarrollo
de nuestra economía son prueba de que la formación de los Consejos de la
Economía Nacional ha sido una medida auténticamente revolucionaria en cuanto al
perfeccionamiento de las formas de dirección de la industria y la
construcción."340
Pero la descentralización de la dirección de la
economía no es más que un aspecto del problema. El
otro lo tenemos en el mejoramiento de los métodos
de
planificación y coordinación
centralizadas de todos los sectores
de la economía y de las regiones económicas. Las organizaciones centrales de
planificación, cuyo papel crece sin cesar -pues la economía es
cada vez más
compleja y la coordinación precisa de los sectores
especializados y de las regiones económicas es aún más necesaria-, irán
perdiendo su carácter administrativo para convertirse en Consejos
técnico-científicos.
Cambio de carácter del trabajo.
El paso a la técnica del comunismo transforma el
carácter del trabajo, los hábitos del productor y su
mundo
espiritual. La mecanización
completa y la
automatización desplazan ya al trabajo poco
calificado. Poco a poco desaparecen los oficios duros
y los trabajos
nocivos. La labor
del hombre es
aliviada por la mecanización, y una tras otra son
eliminadas las operaciones mecánicas, monótonas y fatigosas. Aparecen
profesiones nuevas, en las que el hombre se limita a dirigir el funcionamiento
de las máquinas. En su labor cobran cada vez más importancia las funciones del
trabajo intelectual. En las líneas automáticas, el trabajo del obrero se
aproxima al del especialista. En las fábricas automáticas se
necesitan ya matemáticos programistas, que fijan las
tareas de producción a cumplir por las máquinas, y aparatistas de un elevado
nivel profesional.
El
desarrollo de las
fuerzas productivas trae
340
Materiales del Pleno de junio del C. C. del P.C. de la U. S.
Gospolilizdat, Moscú, 1959, pág. 4.
consigo cambios importantes en la composición
profesional de la clase obrera, con una constante elevación de la parte que
corresponde a los obreros muy calificados de los oficios principales. Crece
rápidamente el nivel de cultura general de los trabajadores. En la industria de
la U.R.S.S. casi un tercio de los obreros han acabado estudios en la escuela
media o en la media incompleta (diez años y siete, respectivamente). Cada vez
es mayor el papel que corresponde a los ingenieros, diseñadores, tecnólogos y
personal de laboratorio
y de las secciones experimentales de las
empresas.
Por lo tanto, en el proceso de la producción
socialista se va forjando la nueva fisonomía de un
obrero que es el paradigma del trabajador del
futuro, de la sociedad
socialista. Es un
especialista
consciente y culto, buen conocedor de su oficio y
que, al mismo tiempo, posee amplios horizontes técnicos. Gradualmente, se va
precisando también el
camino
que se seguirá
hasta resolver el
gran problema de los
hombres: su emancipación
de la
vieja división del trabajo que los esclavizaba.
Este último problema no se resolverá reduciendo el
número de esferas de aplicación del trabajo, es
decir,
de sectores de
la producción. Todo
lo contrario, la tendencia
dominante hoy día
en el
progreso técnico es la de una mayor especialización
de la producción, y no hay motivos para suponer que en el futuro cambie. Pero
la estrecha especialización
de la producción no significa la estrecha
especialización de los hombres. Ocurre lo contrario,
que el progreso técnico pone también de manifiesto
otra tendencia: conforme el progreso de la ciencia y
la técnica avanza, tanto más valor adquieren los
principios científicos generales sobre los que se asientan todos
los procesos modernos
de la
producción. De esto se deriva la posibilidad de
capacitar a un personal que conozca los fundamentos
de muchas ciencias y procesos de producción, que
esté en condiciones, por tanto, de adaptarse en el más corto plazo al trabajo
en los distintos sectores de la
industria, de conformidad con las necesidades de la
sociedad y las aficiones del individuo.
Al mismo tiempo, al avanzar la mecanización, y
singularmente la automatización, en los distintos sectores, también por la
forma, el trabajo se acerca a
un mismo género de actividad: a la regulación y
control de los procesos que se encargan de efectuar
las propias máquinas.
Así, gradualmente, van apareciendo las premisas para
que un trabajador pueda pasar de una esfera de
la producción a otra. Y esto significa que se
sientan las condiciones para eliminar el estado de cosas en
que cada uno se encuentra atado de por vida a un
mismo oficio, lo cual, según palabras de Marx, es como una losa que gravita
sobre todo el mundo de las
capacidades espirituales del hombre.
3. Desaparición gradual de las diferencias de clase
y de otras diferencias sociales
Conforme se avanza hacia el comunismo, a la vez
que las fuerzas sociales se desarrollan prodúcense
hondas transformaciones en
la esfera de
las
relaciones
sociales. Todo evoluciona
hacia la
desaparición
gradual de las
diferencias de clase
y otras diferencias sociales relacionadas con la desigualdad de los hombres;
la sociedad marcha hacia la igualdad real de todos sus
miembros.
Bajo el socialismo existen aún clases, según
sabemos: están los
obreros y los
campesinos. Así
viene impuesto por la presencia de dos formas de
propiedad social, por el mantenimiento de las
diferencias entre la
ciudad y el
campo, por la
existencia de formas distintas de distribución de
los
bienes materiales. El socialismo mantiene en pie la
división de la sociedad en hombres del trabajo intelectual y del trabajo
manual.
Pero en la marcha hacia el comunismo se van
borrando incesantemente las
diferencias entre las
formas de la propiedad socialista, entre la ciudad y
el campo y entre el trabajo intelectual y manual. Consecuentemente, desaparecen también
las
diferencias entre las clases y capas sociales.
Hacia una propiedad social única.
La existencia de dos formas distintas de propiedad
social es la base más profunda para el mantenimiento
de los restos de diferencias de clase dentro del
socialismo. De ahí que el acercamiento de las dos
formas de propiedad sea lo decisivo en la superación
de estas diferencias.
No hay medidas artificiales capaces de eliminar la
diferencia entre la propiedad estatal y la cooperativa koljosiana, que se
borrará, en última instancia, sólo
como consecuencia del desarrollo de las fuerzas
productivas. La base material de la aproximación es
el proceso de socialización de la producción, que no
se detiene en modo alguno bajo el socialismo. Todo lo contrario,
es un proceso
que avanza dentro
de
ambas
formas de propiedad.
Lo mismo en
la industria que en la agricultura,
se incrementa la
concentración de la producción, es decir, el volumen
de las empresas y de los elementos técnicos de que éstas están dotadas;
simultáneamente, se amplía la
división social del trabajo, la especialización y
cooperación de las
empresas y de
las regiones
económicas.
La economía nacional
se va convirtiendo cada vez más
en un organismo único y bien estructurado.
Esto
hace que se
estrechen sin cesar
los lazos entre ambos sectores de
la economía socialista, el
estatal y el cooperativo. Los vínculos de producción
que existen entre ellos dan origen a las premisas económicas necesarias para
ir incorporando
gradualmente
el sector cooperativo
al nivel del estatal. No obstante, aun manteniéndose
la tendencia
general a la aproximación de las dos formas de
propiedad, cada una de ellas se va perfeccionando por sus vías específicas.
La propiedad estatal, de todo el pueblo, aumenta
sin cesar su
peso en la
economía del país.
Esto
obedece a dos causas. Primeramente, los fondos de
producción de que el Estado dispone experimentan
un crecimiento gigantesco.
A medida que
avanza hacia el comunismo, la sociedad socialista se hace más
industrial. En segundo lugar, crecen rápidamente los fondos no productivos
pertenecientes al Estado: instituciones científicas, culturales, instructivas y
de sanidad, así como los servicios urbanos.
El socialismo empieza con la conversión en
propiedad social de
los medios fundamentales
de
producción. La socialización no se detiene ahí, sin
embargo.
Al aproximarse al
comunismo, la propiedad social ha
de abarcar gradualmente a toda la esfera de servicios. Eso quiere decir que la
satisfacción de muchas necesidades individuales, atendidas hoy en lo
fundamental por la economía doméstica, pasará a la competencia del Estado, de
la sociedad. A este objeto se aumentará sin cesar el número de comedores
públicos, de escuelas internados, de lavanderías, de establecimientos de
cultura y sanidad y de lugares de descanso. Las perspectivas de ampliación de
la propiedad estatal son en esta esfera verdaderamente infinitas, lo mismo que
ocurre en todo el campo de la producción material.
El impulso que mueve a la sociedad a proceder así es
el siguiente: La gran producción mecanizada es
también en la esfera de los servicios muy superior a
la
producción pequeña y
poco productiva que significa el trabajo dentro de la
economía doméstica. La preparación de alimentos bien organizada en grandes cocinas
mecanizadas, a cargo
de especialistas excelentemente capacitados, resulta menos costosa,
puede ser mejor
y, lo que
es principal, puede llevarse a cabo teniendo en cuenta las indicaciones
de la ciencia.
Eso redunda por igual en beneficio de la sociedad y
de sus miembros. La sociedad obtiene grandes economías de trabajo, que ahora se
dilapidan en el servicio doméstico, y
sus miembros pueden conseguir unos alimentos baratos y
bien cocinados. Además, los trabajadores ven incrementado así el tiempo de que
pueden disponer para cultivarse en todos los sentidos. El tiempo libre del
trabajo en la empresa será efectivamente libre, pues la sociedad no cesará de
descargar a los trabajadores del peso de las faenas domésticas.
Están muy lejos de haber sido agotadas las
posibilidades de la propiedad cooperativa koljosiana.
Hubo un tiempo
en que en
las publicaciones
soviéticas sobre economía se sostenía la idea de que
la propiedad de grupo de los koljoses comenzaba ya
a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas
del
campo, por lo que, al avanzar hacia el comunismo,
había que reducir esta forma de propiedad. Pero no es de esto de lo que en
realidad se trata, sino de robustecer
y ampliar por
todos los medios
la economía social de las cooperativas, de aprovechar íntegramente las
reservas que el sistema koljosiano encierra para conseguir un ascenso vertical
de la producción agrícola. Sólo siguiendo esta vía de desarrollo puede la
propiedad cooperativa koljosiana pasar a un nivel más elevado.
Singular
importancia tendrá el
incremento continuo y la
acertada utilización de los fondos
indivisibles
de los koljoses,
que son la
base
económica para el mayor avance de su producción. Las
posibilidades en este plano son enormes. Cuanto
mejor organizado esté el trabajo en las
cooperativas,
tanto mayor será su productividad y mayor será la
acumulación de bienes de que podrán disponer los koljoses. Además, el ritmo de
acumulación de las cooperativas se acelera por los grandes créditos que el
Estado les concede. Esto significa que los koljoses pueden dedicar sumas
importantes a la adquisición de
tractores, cosechadoras y
otras máquinas agrícolas. Como
resultado de ello, los fondos indivisibles de las cooperativas se aproximarán
cada vez más, por su estructura técnica, a los fondos de producción de las
empresas estatales. Un poderoso impulso a este proceso ha sido dado en la Unión
Soviética con el paso a la venta libre a los koljoses del material que antes
pertenecía a las Estaciones de Máquinas y Tractores.
Un papel especial en la ampliación de la
producción cooperativa koljosiana
ha de corresponder a la
utilización de las relaciones mercantiles
monetarias. No es
cierto que en el
período de paso al comunismo tales relaciones se vayan a reducir a la nada,
siendo sustituidas por el intercambio
directo de productos.
La propia naturaleza de la
propiedad cooperativa koljosiana es tal, que exige no la reducción, sino la
ampliación máxima de las relaciones de valor. Así lo tenía en cuenta el Partido
Comunista de la Unión Soviética al conceder a los koljoses facultades para
planificar por sí mismos su producción, al abolir los cupos obligatorios de
venta al Estado y al pasar al sistema de compras de la producción agrícola y de
venta de maquinaria a los koljoses.
La economía cooperativa va pasando a los
principios del cálculo
económico. Esto obliga
a
muchos koljoses a abandonar las formas de pago en
especie y a optar por el pago en dinero, incluso
cuando se trata del trabajo de los propios koljosianos.
Van
pasando a primer
plano los problemas
de la
rentabilidad: la capacidad para llevar una buena
administración de la hacienda, para reducir los gastos de producción
y conseguirla a
más bajo costo. Porque en el futuro, el Estado
preferirá, sin duda, adquirir los productos agrícolas allí donde le resulten
más baratos.
Todo esto significa que las posibilidades de la
propiedad cooperativa koljosiana son ilimitadas. La
experiencia de la Unión Soviética demuestra que el
nivel de socialización del trabajo y de
concentración de la producción no asegura siempre el racional empleo de
grandes máquinas, y
sobre todo la creación de sistemas de máquinas. En buena
parte esto ha sido salvado con la agrupación de koljoses para formar haciendas
mayores, que no han tardado en dar sus frutos. Hay también otros métodos y
formas, comprobados ya en la práctica, para superar esa cierta limitación que
presenta la propiedad de grupo.
Figuran entre ellos, ante todo, las diversas formas
de colaboración entre las cooperativas. Muchos koljoses aúnan ya sus esfuerzos
para la construcción conjunta de pequeñas centrales eléctricas, canales de
riego y empresas para la transformación de la producción agrícola, para la
fabricación de materiales de construcción, etc. Esto da origen a la propiedad
interkoljosiana, que por su naturaleza se aproxima a la propiedad de todo el
pueblo.
Está también la unión gradual, la peculiar fusión
de los
medios koljosianos de
producción y los
estatales. Así ocurre, por ejemplo, cuando el koljós
toma la energía necesaria de las redes eléctricas
del
Estado.
Finalmente, el marco de la propiedad cooperativa
puede ser ensanchado
considerablemente por la
socialización de nuevas esferas de la vida
koljosiana.
Los koljoses avanzados tienen sus hornos para la
cocción del pan, comedores públicos, guarderías infantiles, escuelas con
internado y casas para ancianos. En una
economía múltiple y
robusta es algo perfectamente
posible que cada miembro de la cooperativa pueda ver satisfechas todas sus
necesidades a expensas del fondo social. Esto hará innecesaria la economía
individual auxiliar del koljosiano, que, en fin de cuentas, es desventajosa. En
el futuro desaparecerá por sí misma la necesidad de esta economía individual
auxiliar, con lo que los koljosianos dispondrán de más tiempo para el trabajo
en la hacienda social, para elevar sus conocimientos y también para el
descanso.
Así,
pues, toda la
evolución que sigue
la propiedad cooperativa koljosiana
tiende hacia el
incremento
constante de su nivel de
socialización.
Por su carácter, se aproxima a la propiedad de todo
el pueblo. En el futuro será históricamente inevitable la fusión de estas dos
formas de propiedad en una propiedad comunista única.
Superación de las diferencias entre la ciudad y el
campo.
Las diferencias entre los obreros y los campesinos
no se derivan sólo de la existencia de dos formas de
propiedad social. Son
también muy dignas
de ser
tenidas en consideración las diferencias en cuanto
al carácter de la producción industrial y agrícola, así como a las condiciones
de vida y al nivel de cultura.
El socialismo heredó un gran atraso del campo. Los
sociólogos burgueses afirman que dicho atraso
es
históricamente inevitable y
se debe a
las
características del trabajo agrícola. Pero, en
realidad, la culpa de
las calamidades que
sufren los campesinos no se debe
a la índole específica de la agricultura, sino al régimen que el capitalismo
implantó en el agro. Bajo el capitalismo, el campo es sometido a una
explotación inhumana por parte de la ciudad, y esto origina la contradicción de
intereses entre el uno y la otra.
El socialismo pone fin a esta contradicción. Con el
apoyo más decidido de la ciudad, los campesinos empiezan a ver cambiar su vida,
encuentran abierto el acceso a los avances de la ciencia y la técnica modernas
y a los bienes de la cultura. No obstante, únicamente en el período de paso
gradual al comunismo se conseguirá eliminar por completo las diferencias
económico-sociales entre la ciudad y el campo.
Se trata, en primer término, de superar el atraso
del campo respecto
de la ciudad.
La revolución
técnica en la agricultura, de que antes hablábamos,
cambia
radicalmente el carácter
del trabajo campesino, que va
convirtiéndose en una variedad del trabajo industrial. Conforme avance la
mecanización, y luego la automatización parcial de las faenas agrícolas, el
trabajo del koljosiano se acercará al del obrero calificado urbano. También en
este sentido se irán borrando poco a poco las diferencias entre las dos clases.
Un gran papel, en cuanto a la elevación del campo
hasta el
nivel de la
ciudad, han de
cumplir los
sovjoses, en los que los medios de producción son
propiedad del Estado. El personal de los sovjoses,
como el de cualquiera otra empresa estatal, se
atiene a las normas generales de la disciplina socialista del trabajo. Una
forma más elevada
de cooperación
socialista del trabajo, unida a los recursos
técnicos de que disponen, permite
obtener en los
sovjoses la
producción agrícola con una inversión mínima de
trabajo, es decir, a menos precio. Los sovjoses suelen dar de ordinario un
mayor porcentaje de producción
para el mercado. Por cada hectárea de cultivo rinden
al Estado más producción y a más bajo precio.
Al cambiar el carácter de la producción agrícola y
bajo su influencia directa, paso a paso se modifica también todo el modo de
vida de la aldea. Cada vez
es mayor el número de máquinas que se concentran en
el campo. Se construyen locales donde guardarlas
y talleres donde son reparadas. Aparecen empresas
rurales para la transformación de las materias primas agrícolas. En torno a
estos centros de producción se
agrupa un gran número de mecánicos, ingenieros y
otro personal técnico.
Aumenta el número
de
agrónomos, veterinarios, médicos y maestros.
Las
grandes concentraciones de
población y el incremento de su nivel cultural hacen
necesaria una
nueva planificación de las aldeas, con casas de tipo
nuevo, provistas de agua corriente, teléfono, etc.
Se siente la necesidad de buenos caminos y carreteras, de hospitales,
guarderías, jardines de la infancia y escuelas de todos los grados; se
multiplican las tiendas, los comedores públicos, los clubs y las bibliotecas.
Así, la reorganización de la producción agrícola trae consigo un cambio
completo en la fisonomía
tradicional de la
aldea, que se
va acercando a la ciudad por el nivel de sus servicios y de su cultura.
Ya ahora, los koljoses avanzados construyen viviendas que tienen poco que
envidiar a las de la ciudad. Y lo mismo puede decirse de sus establecimientos
culturales y sociales.
Esto no significa que la aldea haya de convertirse
en ciudad, tal
como ésta es
ahora, con todos
los
inconvenientes de la vida urbana, donde se respira
un aire viciado, hay toda clase de ruidos y el hombre se
encuentra apartado de la naturaleza. De lo que se
trata es
de crear un
nuevo tipo de
poblados que reúnan lo mejor que
dio la civilización urbana a lo
largo de los siglos y lo que el campo tiene. Como
prototipos de dichos
poblados pueden servir,
en
cierto sentido, las agrociudades construidas dentro
de algunos grandes sovjoses en la Unión Soviética.
La desaparición de las diferencias entre la ciudad
y el campo es un proceso doble, que presupone
transformaciones lo mismo del campo que de la ciudad.
En el período
de transición del
capitalismo al socialismo se plantea ya el problema de la
reconstrucción
de las ciudades.
Poco a poco
es
superado el anterior contraste entre el centro y las
barriadas obreras. En
los planes soviéticos
de
urbanización y construcción de viviendas se ha dado
incluso preferencia a estas últimas. Alrededor de
las fábricas nuevas han empezado a nacer ciudades socialistas, proyectadas ya
según nuevos principios.
Sin embargo, es mucho lo que resta todavía por hacer
para la reconstrucción de las ciudades en el
período
de transición al
comunismo. Aun conservando los
valores arquitectónicos y artísticos del pasado, deben ser acomodadas a las
condiciones
de la convivencia comunista. Y esto exige una
planificación nueva y nuevos tipos de viviendas, de
empresas, de locales para servicios urbanos y de
establecimientos culturales y sociales. Los intereses del trabajo comunista han
de ser tenidos en cuenta a
la hora de proyectar y construir nuevos edificios
industriales. La arquitectura industrial ha de asegurar
que los obreros trabajen en locales espaciosos y
bien iluminados, en condiciones sanas y con toda clase de comodidades.
La construcción urbana adquiere mayores vuelos cada
día en los países socialistas, estando ya próximo
el momento en que se pondrá fin para siempre a un
problema tan grave como el de la vivienda, que nos legó el
capitalismo. En la
Unión Soviética, entre
1959 y 1965 se construirán viviendas con una
superficie total de
650 a 660
millones de metros
cuadrados.
Esto equivale a
la aparición de 15
ciudades como Moscú o de casi 100 como Gorki.
Actualmente, la experiencia de que disponemos
no nos
permite decir con
precisión cómo será
la
ciudad del comunismo. No hay, sin embargo, razones
para suponer que
las grandes ciudades
vayan a
desaparecer como centros de la industria y de la
cultura. La cooperación
de los sectores
más complejos de la producción y de las instituciones de
investigación científica a su servicio, así como de
otros muchos establecimientos culturales
y de
sanidad, justifican plenamente la existencia de
ciudades grandes.
La inevitable afluencia de población del campo,
motivada por el incremento de la productividad del
trabajo agrícola y por la necesidad de satisfacer las demandas de mano de obra
de otras ramas de la economía nacional, no ha de significar el crecimiento
ilimitado de las grandes ciudades. Estas tendrán probablemente proporciones
óptimas, que correspondan a los intereses de la producción y a las
conveniencias generales de sus habitantes. En la Unión Soviética, por ejemplo,
se han puesto severas restricciones a la construcción de nuevas empresas
industriales en ciudades como Moscú y Leningrado.
En el futuro, los centros industriales se hallarán
seguramente distribuidos de manera más regular por
todo el país, quedando rodeados de un gran número
de pequeñas ciudades satélites, con una
planificación adecuada, a fin de ofrecer a sus habitantes todas las condiciones
para una vida sana y culta.
Tales son, a grandes rasgos, las vías a seguir para
superar las diferencias económico-sociales entre la
ciudad y el campo. Una vez suprimidas, quedarán
únicamente las diferencias entre la industria y la agricultura. Estas
últimas no conducirán, sin
embargo, a una estratificación social de la
sociedad;
la diferencia entre el trabajo en la industria y en
la agricultura no irá más allá de la que existe entre los
distintos sectores de la industria.
Fusión paulatina del trabajo manual e intelectual.
En la ruta hacia el comunismo hay que superar la división de
la sociedad en
hombres del trabajo
manual y del trabajo intelectual.
Con el socialismo desaparece ya la contradicción
entre uno y otro género de trabajo, que es propia
del régimen de explotación. Era consecuencia inevitable de la
escisión de la
sociedad en opresores
y oprimidos, cuando el trabajo intelectual, en todos sus órdenes, era
monopolio de las clases dominantes y sus acólitos, era un privilegio de los
poseedores de medios de fortuna.
El socialismo pone fin a esta situación. En la
sociedad socialista, los
hombres del trabajo intelectual y del trabajo manual
tienen intereses comunes, están al servicio de una misma empresa y trabajan en
bien de todo el pueblo. Aparecen unos intelectuales nuevos, salidos del pueblo,
que no forman ya una capa cerrada al margen de los obreros y los campesinos.
Esto no significa, sin embargo, que hayan desaparecido toda clase de
diferencias entre los obreros y campesinos y los intelectuales. Por su nivel cultural
y sus conocimientos técnicos, éstos son en su conjunto superiores a aquellos.
Por eso, una de las tareas primordiales de la sociedad en el período de
construcción del comunismo en todos los frentes es la
de elevar el
nivel cultural y
técnico de los obreros y campesinos hasta el de los
intelectuales.
¿Cómo se conseguirá esto?
El papel principal corresponderá a la modificación
del propio carácter
del trabajo, el cual,
según se
señalaba antes, exigirá un constante incremento del
nivel intelectual, amplios
horizontes, elevados
conocimientos y un espíritu creador. La sociedad
socialista parte del hecho de que el desarrollo multilateral del
hombre tiene lugar,
en primer
término,
en el trabajo,
que es la
esfera más importante de la
actividad humana. El
trabajo, tal
como se va convirtiendo en el proceso de transición
al comunismo, proporciona
precisamente condiciones
favorables para el
perfeccionamiento
intelectual del individuo.
Al avanzar la mecanización completa y la
automatización, el trabajo deja de ser una actividad
meramente física. El obrero se va emancipando de
las funciones sencillas y puramente mecánicas; su
trabajo va incluyendo sin cesar nuevos elementos de actividad intelectual. Hoy
día, en las fábricas metalúrgicas
soviéticas, más de
la mitad de la
jornada del fundidor está ocupada ya por un trabajo intelectual (cálculos
relacionados con el régimen del horno, control de la fundición, comparación e
interpretación de los datos tecnológicos, etc.). No en vano en la empresa
socialista se va haciendo común el obrero en cuyo trabajo se combinan
orgánicamente la innovación, su actividad como inventor y racionalizador.
El progreso técnico es el resorte principal que
empuja a
la aproximación del
trabajo manual e
intelectual. Pero sería erróneo pensar que se trata
de
un proceso capaz de por sí de llevar a la
desaparición de las diferencias entre uno y otro. En los países capitalistas,
la mecanización y la automatización reducen de ordinario el papel del obrero,
que se convierte en un simple apéndice de la máquina. Esto no puede ocurrir en
los países del socialismo, donde las condiciones sociales son otras, y los
obreros participan activamente en la labor de dirigir la producción. La
sociedad se preocupa constantemente
que sea un hombre culto y de despejados horizontes,
creador y señor de la técnica. A ello tiende, dentro del socialismo, todo el
sistema de enseñanza general y profesional. La amplitud que todo esto ha tomado
podemos deducirla del hecho de que en la Unión Soviética pasan de 50 millones
las personas matriculadas en distintos centros de enseñanza.
Condición obligatoria para que los hombres del
trabajo manual puedan elevar sus conocimientos y su
cultura es la reducción de la jornada.
En 1960 habrá
terminado en la
U.R.S.S. la implantación de
la jornada de
siete horas para
obreros y empleados; en los trabajos del subsuelo
quedará reducida a seis horas. En 1962 se proyecta
implantar la jornada de cuarenta horas semanales. A
partir de 1964 se iniciará el paso a la semana de
treinta y cinco horas, y de treinta para los
trabajos del subsuelo. Entonces, la mayoría de los obreros y empleados
disfrutarán de dos días libres a la semana, con una jornada diaria de seis o
siete horas. Hay que agregar que la reducción de la jornada se llevará a cabo
sin disminución de salarios.
Otro factor importante que contribuirá a superar
las diferencias entre
los hombres del
trabajo
intelectual y manual es el sistema de instrucción
pública bajo el
socialismo. La reforma
de la
enseñanza en la U.R.S.S. y otros países del campo
socialista establece en los planes la inclusión del proceso productivo.
Esto contribuirá a
mejorar la
educación
de las generaciones
jóvenes y las preparará para el trabajo.
Se
comprende que la
producción material es imposible, cualquiera que sea el grado de
mecanización y automatización, sin determinados
esfuerzos físicos. En el futuro, por consiguiente, el trabajo en la producción
material incluirá elementos
intelectuales y manuales. Será un tipo de trabajo
nuevo, en el que se podrán revelar por completo la
fuerza física y la capacidad espiritual del
individuo.
Desaparecerá
también la anormal
y estrecha especialización de los hombres del trabajo
intelectual, que excluye cuanto esté relacionado con
un esfuerzo físico. Todos los hombres de la sociedad
comunista, cualquiera que sea su especialidad,
aportarán su esfuerzo combinado, como decía Marx, el trabajo intelectual y el
manual. Estos dos aspectos
se fundirán armónicamente en el trabajo de cada
miembro de la sociedad comunista, de conformidad
con su capacidad y sus aficiones.
No hace falta
decir que la
desaparición de fronteras entre
el trabajo de los intelectuales y el de
los obreros y campesinos será un proceso largo, más
prolongado que la supresión de diferencias entre la
clase obrera y los campesinos. V. I. Lenin señalaba
que los intelectuales "seguirán como una capa específica hasta que se
alcance el nivel más elevado de desarrollo de la sociedad comunista".341
de que el obrero no se convierta en un
"robot", sino
341 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág.
169.
Supresión de los restos de desigualdad en la
situación de la mujer.
Entre las grandes tareas sociales que se cumplen
en el avance
hacia el comunismo,
un lugar importante corresponde a
la supresión de los restos de desigualdad en la situación de la mujer.
Decíamos ya en el capítulo XXIV que el socialismo
equipara a la mujer en derechos con el
hombre en el sentido político y social; no obstante,
las huellas de
la desigualdad de
la mujer no
desaparecen
en absoluto. Esto
se debe a
que la familia representa
aún, dentro de
la sociedad, un cierto
modo de unidad
económica en la
que
corresponde a la mujer todo el peso de las faenas
domésticas. En los primeros años de la Revolución
escribía Lenin que, a pesar de haber sido equiparada
en derechos al hombre, aún "la oprime, ahoga, embrutece y
humilla la pequeña
economía
doméstica, que la mantiene sujeta a la cocina y a
los hijos y que significa una dilapidación de su trabajo
en un esfuerzo
terriblemente improductivo,
mezquino, que agota los nervios y la convierte en una bestia de
carga. La auténtica
emancipación de la
mujer, el verdadero comunismo, sólo empezará cuando
se inicie la lucha de masas (dirigida por el
proletariado en posesión del poder político) contra
esta pequeña economía
doméstica, o más exactamente, su
reestructuración en masa
en una gran economía
socialista."342
El período de transición al comunismo presenta las
más grandes posibilidades para la realización de este programa leninista de
emancipación definitiva de la mujer.
Lo principal es desarrollar al máximo el sistema de
comedores públicos, de los servicios y de toda
clase de instituciones de la infancia. Cuando la
sociedad ofrezca a sus ciudadanos una comida más
económica, mejor condimentada y más variada que la
que encuentran en casa; cuando muchas de las necesidades domésticas
sean atendidas por
los
establecimientos de servicios a la población, la
mujer se verá al
fin libre de
las abrumadoras y poco
productivas
faenas propias de
la economía doméstica. A
medida que la
sociedad cargue con gran parte del cuidado, educación y
sostenimiento de
los niños, la situación de la mujer en el seno de la
familia cambiará también y se verá muy aliviada.
Los planes económicos de la Unión Soviética y de los
demás países socialistas determinan grandes realizaciones en todos estos
sentidos para los años
próximos.
Cuando
la mujer se
vea libre de
las fatigosas faenas de la casa,
podrá cultivar su
espíritu y
participar activamente en un trabajo socialmente
útil.
Esto significará la supresión real del retraso en
que la mujer se encuentra respecto del hombre y que en la
sociedad capitalista constituye una verdadera
calamidad social. Ante la mujer se abrirán nuevos horizontes y podrá revelar su
capacidad y su talento en todos los órdenes de la vida. Esto será una gran
revolución liberadora, que cambiará la suerte de la mitad del género humano.
La equiparación de la mujer al hombre en la
producción social no
quiere decir que
de ella se espera el cumplimiento de trabajos
pesados. V. I. Lenin advertía que "no se trata de igualar a la mujer en
cuanto a la productividad del trabajo, al volumen de éste, a su duración, a las
condiciones en que se realiza, etc..."343
La mujer seguirá siendo mujer con todas sus características, con su gran
misión social de ser madre. El comunismo eleva como ningún otro régimen la
dignidad de la mujer, tiene siempre presentes
sus intereses y
propicia en todos
los aspectos el desarrollo y perfeccionamiento de su personalidad.
Perfeccionamiento del sistema de distribución.
La supresión definitiva de las diferencias de clase
y de otros residuos de la desigualdad será alcanzada cuando desaparezca la
desigualdad real en la distribución de bienes materiales.
Esta desigualdad es hoy una consecuencia natural de
las diferencias existentes en el trabajo y en las
formas
de la propiedad
social. El salario
de los
obreros viene determinado por el Estado y depende de
la cantidad y calidad de su trabajo. El trabajo de
los koljosianos es retribuido por el propio koljós,
en
dependencia del volumen de su riqueza social y de la
labor hecha. Actualmente hay bastantes diferencias a este respecto entre los
koljoses. También hay cierta diferencia en el pago del trabajo entre unas y
otras industrias. Y como se conserva la disparidad entre el trabajo intelectual
y el manual, las capas superiores de los intelectuales perciben una
remuneración superior a la de los simples obreros y campesinos.
Las diferencias en la remuneración del trabajo, y
por tanto en las
condiciones de vida de
todas las
clases y capas sociales de la población, se irán
borrando conforme la
sociedad se acerque
al
comunismo. No es que se vaya a imponer una
nivelación en el pago del trabajo, sino que se tratará de un proceso objetivo.
Conforme la mecanización se
vaya extendiendo a nuevos sectores de la economía
nacional, el trabajo adquirirá en todos ellos un mismo
carácter, todo él se traducirá en el manejo y
control de las máquinas, lo cual conducirá lógicamente a un equilibrio en las
normas de pago. A esto contribuyen
otros procesos que tienen lugar en la sociedad: la
elevación gradual de
la propiedad cooperativa
koljosiana al nivel de la estatal, la desaparición
de las fronteras entre los hombres del trabajo intelectual y manual, el
incremento de la renta nacional, etc.
El Estado socialista tiene presente esta tendencia
342 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 396.
343 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 25.
objetiva a la hora de elaborar y poner en práctica
la política de salarios. La Unión Soviética se ha orientado hacia la supresión
de las diferencias que a este respecto existen entre las distintas categorías
de trabajadores, elevando los
salarios más bajos.
A partir de enero de 1957 los obreros y empleados menos pagados fueron
beneficiados con un aumento del 33 por
ciento aproximadamente. Al
propio tiempo, se tomaron medidas para regular los sueldos y salarios en
las categorías mejor remuneradas, a fin de cortar ciertos excesos. En adelante,
aun con un aumento general de salarios, se concederá atención preferente a los
obreros y empleados que perciben una remuneración baja o media. Así, según el
plan septenal, el salario medio de estas categorías llegará casi a duplicarse
para 1965.
Paralelamente, el salario real de todos los
trabajadores ha de elevarse como consecuencia de las rebajas de precios. Estas
últimas, que afectan a los artículos de amplio consumo, favorecen
principalmente, sin embargo, en primer lugar, a quienes más compran, es decir,
a las categorías mejor retribuidas. Por eso, en la etapa actual, el Estado
destina los recursos que podrían ser dedicados a la rebaja de precios a
incrementar el salario de quienes cuentan con ingresos más modestos. La
política de precios se aplica con un criterio diferenciado. A medida que crece
la producción de determinadas mercancías, se rebajan sus precios y así aumenta
la demanda. Hay otros artículos, como las bebidas alcohólicas y el tabaco,
cuando la sociedad no tiene interés en ampliar el consumo, a los que no afectan
las rebajas de precios; esto se hace con objeto de combatir costumbres y
supervivencias del pasado que resultan nocivas para la salud.
Perspectivas singularmente amplias ofrece el
aumento de bienes
materiales distribuidos por la
sociedad no por el trabajo, sino gratuitamente o en
condiciones ventajosas, y que constituyen el fondo
de consumo social. Es el fondo que se destina a la construcción de viviendas, a
sanidad, instrucción pública, establecimientos infantiles y deporte. De ahí
salen las sumas destinadas a seguros sociales, becas para los estudiantes,
subsidios a las familias numerosas, etc.
El fondo de consumo social crece rápidamente. En la
U.R.S.S. este capitulo significaba en 1958 el 33
por ciento del presupuesto. Circunstancia digna de
tenerse en cuenta es que la parte de los fondos de
consumo distribuidos sin relación directa con la cantidad y calidad del trabajo
individual crecen con rapidez mayor que la parte distribuida según el trabajo.
A principios del primer quinquenio representaban alrededor
del 24,4 por
ciento del salario individual,
mientras que en 1958 habían llegado al 41,5 por ciento.
El principio de remuneración según el trabajo y el
de distribución gratuita o en condiciones ventajosas
no se contradicen, aunque su acción sea simultánea.
El principio de distribución a título gratuito ofrece sus beneficios
singularmente a los niños, estudiantes, enfermos, inválidos y ancianos, es
decir, a miembros de la sociedad que, por una razón u otra, no pueden realizar
un trabajo retribuido. Esto, en cambio, alivia la situación de la población
activa, al descargarle de parte de los gastos que de otra manera pesarían sobre
ella.
A medida que se avance hacia el comunismo, crecerá
el peso del fondo de consumo común, pues es el modo más progresivo y económico
de satisfacer las necesidades de
todos los miembros
de la sociedad. Refiriéndose al
incremento del bienestar material del pueblo soviético, N. S. Jruschov decía en
su informe ante el XXI Congreso del P.C. de la U.S.: "Se comprende que el
Partido y el Gobierno seguirán consecuentemente la orientación trazada en
cuanto al aumento de salarios y rebaja de precios. Pero esto es sólo uno de los
caminos... Tenemos el camino, realmente comunista, para elevar el bienestar de
los trabajadores, por el que se crearán las mejores condiciones de vida para
toda la sociedad en su conjunto y cada uno de sus miembros en particular. Entran
en él los trabajos para proporcionar vivienda adecuada a las gentes, la
organización de comedores públicos, el mejoramiento de los servicios, la
ampliación del número de instituciones para la infancia, el perfeccionamiento
de la instrucción pública, la organización del descanso y el mejoramiento de
la asistencia médica,
la construcción de instituciones de cultura, etc."344
En este sentido, el socialismo se diferencia
radicalmente del capitalismo. El camino que en él se
sigue
para mejorar la
vida de los
hombres es
sustancialmente distinto del que existe en la
sociedad burguesa. El ideal
de muchos en
la sociedad
capitalista se centra en poseer, en propiedad
privada,
el mayor número de bienes: su casa, su automóvil,
etc. No todos pueden conseguirlo, y así ocurre que la mayoría de estos bienes
son exclusiva de las altas capas de la sociedad. Pensar que las diferencias
entre el socialismo y el capitalismo se reducen a que todos los ciudadanos
posean su casa y su automóvil, significaría tener una noción vulgar de las
cosas. El socialismo conoce una vía más rápida y sensata para alcanzar el
bienestar general. Consiste en concentrar la máxima cantidad posible de bienes
y servicios en manos de la
sociedad, la cual
se encarga gradualmente de
satisfacer las necesidades que los ciudadanos
sienten por lo
que se refiere
a estos bienes y servicios.
La
conveniencia económica de
este modo de
344 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en Materiales del
XXI Congreso, extraordinario, del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, págs.
52-53.
satisfacer las necesidades es evidente, puesto que
los gastos de explotación de la propiedad social (viviendas, automóviles en
garajes públicos, etc.) son inferiores a los de la explotación de la propiedad
sujeta al uso privado. Por esto, la sociedad puede ofrecer a los ciudadanos una
cantidad siempre mayor de bienes y servicios, primero mediante una retribución
moderada y luego gratuitamente.
El aprovechamiento conjunto de una serie de
bienes, económicamente ventajoso
y que por
ello
conviene perfectamente a la sociedad, no ha de ir,
sin
embargo, en perjuicio de los gustos, aficiones y
costumbres individuales. La sociedad ha de estar en condiciones de ofrecer la
más amplia variedad de bienes y servicios, a fin de que todos tengan grandes
posibilidades de elección.
La rebaja de precios y la constante socialización
del consumo, el crecimiento preferente del consumo social respecto del fondo de
consumo individual, es el camino que, a juzgar por todo, se seguirá hasta
llegar a
la distribución a
título gratuito. El mecanismo de esta última -el sistema de
depósitos, empresas de servicios, tiendas, comedores públicos- se va
estructurando como consecuencia del amplio desarrollo de las relaciones
monetario-mercantiles y del comercio en el período de transición del socialismo
al comunismo.
4. La educación comunista de los trabajadores
El complejo proceso de paso gradual del
socialismo al comunismo
comprende también
cambios profundos en la vida y la superestructura
espiritual de la
sociedad en la
conciencia y las
costumbres de los hombres. El Partido lo tiene
presente en su labor encaminada a la educación comunista de
los trabajadores, cuando
trata de
acelerar
por todos los
medios estos cambios impuestos por las leyes sociales.
La educación comunista se compone de elementos tan
importantes como el incremento de la cultura y del nivel profesional de los
miembros de la sociedad,
la ampliación de sus conocimientos generales, el
arraigo de las ideas comunistas entre los trabajadores,
la transformación en costumbre del trabajo en bien
de la sociedad y la observación de las normas y reglas de la moral comunista.
Aumento del nivel de instrucción y cultura.
La instrucción es la base de la cultura general y
del perfeccionamiento político del hombre; por esta razón, la sociedad sigue
prestando el máximo interés a esta empresa en el período de transición del
socialismo al comunismo. Es más, todavía aumenta el nivel de conocimientos que
se exigen de todos los trabajadores. Esto se debe, ante todo, a la revolución
técnica que se está produciendo en nuestra época.
"En nuestra época de centrales electroatómicas,
de la conquista del cosmos y de la automatización -decía
N. S. Jruschov en el XIII Congreso de las Juventudes
Comunistas Leninistas- el Partido y el Gobierno han de preocuparse al máximo de
que todos los obreros y obreras, koljosianos y koljosianas tengan instrucción
media."345
De aquí que el Estado socialista tenga siempre
presente la necesidad de aumentar el número de escuelas y de crear las
condiciones para que las generaciones jóvenes reciban una buena instrucción. En
la Unión Soviética, el número de alumnos de las escuelas de ocho grados y
medias aumentará de 31,3 millones en 1953 a 45 millones en 1965.
Al mismo tiempo, crece rápidamente el número de
personas con instrucción superior. Considerando
los cambios que se producen en la industria y la
agricultura, el ingeniero y el agrónomo irán pasando
a un primer plano. Ahí está la causa de que la Unión
Soviética, que ocupa ya el primer puesto del mundo en la capacitación de
especialistas, proyecte ampliar
aún más la enseñanza superior. Entre 1952 y 1958
terminaron su carrera
1.700.000 personas, número
que se elevará hasta 2.300.000 entre 1959 y 1965. El
total de
personas con enseñanza
superior será en
1965 de más de 4.500.000, lo que significa el 50 por
ciento más que en 1958.
Se trata, pues, de que en el futuro, conforme se
vaya acercando el
comunismo, el conjunto
de los
ciudadanos
de la sociedad
socialista posea una
instrucción
superior y media. Será en esencia una
nueva revolución cultural, pero elevada a un plano
incomparablemente más alto.
Tiene gran importancia teórica y práctica el
problema del carácter de la enseñanza, de cómo debe
ser la escuela media y superior. El rápido progreso
de la ciencia y de la técnica impone la necesidad de que todos los alumnos
reciban una formación sólida. Pero
esto no se puede conseguir cuando la enseñanza se
aparta de las
necesidades del desarrollo
de la
producción
material. Quiere decirse
que los miembros de la sociedad,
en el curso de sus estudios, han de empezar a incorporarse al trabajo
productivo.
Los intereses de la sociedad exigen que se acorten
los plazos de "entrada en la vida" de los jóvenes. Esto les
dará antes madurez espiritual y contribuirá
favorablemente en su formación como miembros útiles de la sociedad socialista.
Los
clásicos del marxismo-leninismo determinaron en
líneas generales el
carácter de la
enseñanza que la joven generación ha de recibir bajo
el socialismo. Así expusieron la idea de la enseñanza politécnica, que
presupone el aprendizaje
de las
bases científicas de la producción moderna y del
manejo de los más comunes instrumentos de trabajo.
"...Es imposible imaginarse el ideal de la
sociedad futura -escribía Lenin- sin la unión de la enseñanza y
345
XIII Congreso de
la Unión de
Juventudes Comunistas
Leninistas de la U.R.S.S. Actas taquigráficas, Ed.
Joven Guardia,
1959, pág. 278.
el trabajo productivo de la joven generación: ni la
enseñanza y la instrucción sin el trabajo productivo, ni el trabajo productivo
sin la enseñanza y la instrucción
paralelas, podrían ser
colocados a la altura que exige el nivel actual de la
técnica y el estado de los conocimientos científicos."346
Sin embargo, únicamente la práctica podía señalar
concretamente la forma en que habían de unirse la enseñanza y
el trabajo productivo.
Una revisión crítica de la
experiencia de organización de la instrucción pública en la U.R.S.S. ha
permitido encontrar esa forma. Es la que ha servido de base a la profunda
reforma que en 1958-1959, por iniciativa del C.C. del P.C. de la U.S., se ha
llevado a cabo en todo el sistema
de la instrucción
pública. Esta reforma de la
escuela soviética tiene sin duda valor general, y no puede extrañarnos que la
experiencia de su aplicación sea estudiada por todos los países socialistas.
El sentido de la reforma es una amplia aplicación de
los principios de la enseñanza politécnica, la vinculación estrecha de la
enseñanza a la producción. Lo primero de todo, se eleva el nivel de la
enseñanza obligatoria: se implanta con carácter general y obligatorio la
enseñanza de ocho grados, en vez de los siete que existían antes. Esto es la
primera etapa de la enseñanza media. En la segunda, se combina ahora la
capacitación cultural general con la profesional; la enseñanza va unida al
trabajo productivo, al aprendizaje
de un oficio.
Quienes salen de la escuela general, de ocho grados, pueden continuar
sus estudios ya en escuelas medias nocturnas y mixtas de jóvenes obreros o
rurales, ya en escuelas medias con un aprendizaje profesional. De base para la
enseñanza profesional sirven los talleres
de las escuelas,
empresas, sovjoses, Estaciones de
Reparación y de Máquinas y Tractores y
de los koljoses,
donde los alumnos
trabajan un tercio del tiempo
dedicado a los estudios.
Se presta atención especial al fomento de una nueva
forma de educación comunista y de enseñanza
politécnica como son las escuelas internados. En los
siete años que
van de 1959
a 1965, vivirán
y
estudiarán en ellas 2.500.000 niños. En el futuro se
proyecta ampliar todavía más este tipo de escuelas.
La capacitación de especialistas en las escuelas
superiores se basa en el principio de íntima
combinación de los estudios y los trabajos prácticos. Se presta una atención
singular a la capacitación de quienes ya trabajan en una empresa. Los jóvenes
ocupados en la industria, los transportes y la agricultura tienen preferencia
para el ingreso en los centros superiores de enseñanza.
Así es como se resuelve este problema, tan
importante para la sociedad socialista, de combinar la participación de la gran
masa de los ciudadanos en la producción
material -tal como
lo impone la
346 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. II, pág. 440.
necesidad de desarrollo de la economía nacional- con
el ascenso del nivel general de instrucción de los trabajadores. Es lógico que
las condiciones sean más propicias para quien está ocupado directamente en la
producción.
La atención que la sociedad socialista presta a
cuanto se trata
de elevar la
instrucción y los
conocimientos profesionales no ha de ser
interpretada
en el sentido de que se propone capacitar únicamente
estrechos especialistas. El propósito que se marca es
mucho
más amplio, lo
que se quiere
lograr es el
desarrollo del hombre en todos los sentidos. Y así
vemos que cada vez es más común el obrero familiarizado con los grandes valores
de la cultura y que sabe apreciar y comprender la literatura, la música, la
pintura y el teatro.
Elevación del espíritu comunista.
La devoción de las masas populares a las ideas
comunistas es una
de las mejores
conquistas del
régimen
socialista. La sociedad
está interesada en
que se incremente aún más la formación ideológica de
sus miembros, que da solidez a cada éxito en la construcción del comunismo y
multiplica las energías de las masas.
El espíritu comunista no hay que identificarlo con
el conocimiento de
la teoría del
comunismo
científico.
Porque si bien
es cierto que
tal
conocimiento contribuye a adquirir el espíritu
comunista, no es sólo de esta manera como podemos
convencernos de que el comunismo tiene la razón. La
mejor
escuela de educación
es la construcción práctica del comunismo. En este
sentido, los nuevos éxitos en el progreso de la economía nacional y la cultura,
en el incremento del bienestar de los trabajadores, han de ser lo decisivo para
elevar el espíritu comunista.
Esto no significa, sin embargo, que podamos
desestimar los medios
ideológicos de educación.
Muy al contrario, su importancia crece sin cesar.
Nos
referimos, ante todo, a la labor política de difusión de las
ideas comunistas, de
propaganda de la
concepción marxista-leninista.
El Partido Comunista aspira a que su concepción del
mundo sea patrimonio no sólo de la vanguardia, no sólo de la parte avanzada de
los obreros, campesinos e intelectuales, sino de todos los miembros de la
sociedad. La tarea es gigantesca. Su cumplimiento viene facilitado, sin
embargo, por la circunstancia de que el marxismo-leninismo coincide con los
intereses fundamentales de los trabajadores. Y esto da la garantía de que, a
medida que se avance hacia el comunismo, todo el pueblo llegará a hacer suya la ideología marxista-leninista.
En los planes
de construcción comunista
de la
Unión Soviética se asignan las condiciones más
propicias para el
trabajo ideológico. Amplíase
enormemente el campo de acción de la prensa, la
radio, la televisión, el cine y las instituciones de
divulgación cultural. Aumentan
considerablemente las tiradas de periódicos, revistas y libros.
La asimilación por las masas de la ideología
comunista es tanto
más eficaz cuanto
más
íntimamente va unida su propaganda a la vida. De lo
que se trata no es de explicar simplemente la
teoría, sino de enseñar la manera de aplicarla. Por eso el Partido combate tan
enérgicamente el divorcio entre el trabajo ideológico y la práctica de la
construcción del comunismo.
Ofrecen grandes posibilidades para la educación
ideológica la literatura,
la radio, la
televisión, el teatro, el cine y
las artes representativas. Por su conducto,
los altos ideales
del comunismo llegan hasta las más extensas capas de la
población, y en una forma en que su influencia puede ser particularmente
sensible, puesto que actúan a la vez sobre el cerebro y sobre los sentimientos
del individuo.
El avance del pueblo hacia el comunismo abre
perspectivas espléndidas ante el arte y la literatura.
La
grandeza de las
tareas derivadas de
la
construcción
comunista y de
la formación del hombre
nuevo mueve a
crear obras de
hondo
contenido
y de gran
valor artístico. Condición
imprescindible para ello es que escritores y
artistas conozcan profundamente la vida y las aspiraciones del pueblo.
"La línea principal de desarrollo -se dice en
el importante documento del Partido Por una estrecha
relación de
la literatura y el arte
con la vida del pueblo (1957)-
es que la
literatura y el
arte
mantengan siempre vínculos indisolubles con la vida
del pueblo, que reflejen la riqueza y diversidad de nuestra realidad socialista
y muestren, con brillantez
y fuerza de convicción, la gran labor transformadora
del pueblo soviético, la nobleza de sus aspiraciones y
fines y sus elevadas virtudes morales. La suprema
misión social de la literatura y el arte consiste en llevar al pueblo a la
lucha por nuevos éxitos en la construcción del comunismo."347
El trabajo de educación ideológica presenta
dificultades y obstáculos a los que hay que combatir tenazmente. Nos referimos
a las supervivencias del capitalismo en la conciencia de los hombres, a la
deletérea influencia de la ideología burguesa, que se opone a la obra de la
construcción de la sociedad comunista. Una tarea importante del período de
transición al comunismo es la de superar definitivamente esas supervivencias.
En primer término hay que conseguir la desaparición de reminiscencias del
pasado, como la actitud ante la propiedad social y el trabajo, el nacionalismo
y los prejuicios religiosos, la afición a la bebida, la falta de respeto hacia
la mujer y la disipación.
347 N. S. Jruschov, Por una estrecha relación de la
vida y el arte con la vida del pueblo, Gospolitizdat, Moscú, 1957, pág. 20.
No tendríamos razón al pensar que las supervivencias
del capitalismo pueden aparecer únicamente entre gentes de la generación vieja.
Lamentablemente, su influencia
se deja sentir también entre cierta parte de la
juventud, poco templada en sus ideas. Esta juventud se muestra inclinada a
admitir confiadamente el oropel exterior de la cultura burguesa y su modo de
vida, sin ver detrás de todo
esto la verdadera
tragedia del trabajador en el
mundo capitalista, con sus secuelas de la desocupación, la carencia de recursos
y la inseguridad en el mañana.
Hay que tener presente que los países socialistas no
se hallan separados del mundo del capitalismo por
un muro infranqueable. De allí llegan, por los
conductos más diversos,
las ideas, opiniones
y
costumbres burguesas, que ejercen cierta influencia
sobre las mentes poco firmes.
El hecho de que los Estados socialistas quieran la
coexistencia pacífica con el capitalismo no da pie
en absoluto para deducir
que pueda haber
un "armisticio" en la lucha de la concepción proletaria
con la
burguesa. Todo lo
contrario, esta lucha adquiere en ocasiones más virulencia
todavía, puesto que la burguesía
imperialista, que no
acepta la pérdida de sus
posiciones políticas e ideológicas, acentúa en el terreno de las ideas su
ofensiva contra los países socialistas.
De ahí que el XXI Congreso del P.C. de la U.S.
subrayase una vez más la necesidad de "continuar la
lucha irreductible con la hostil ideología
burguesa",
prestando
"especial atención a
la educación comunista de las
jóvenes generaciones".
Hay que aprender a trabajar y a vivir a la manera comunista.
Construir el comunismo significa trabajar bien y
producir cada vez más.
Para esto no basta con elevar constantemente la
cultura y los conocimientos profesionales de los obreros, campesinos e
intelectuales; también hay que
educar en ellos la actitud comunista hacia el
trabajo.
Esto constituye para el Partido el centro de toda su
labor de
educación; se trata
de conseguir que el
trabajo,
como actividad que
crea todos los
bienes
materiales y culturales, se convierta en la primera
necesidad vital de todos los hombres.
La actitud comunista hacia el trabajo significa, en
primer término, la disposición y el deseo de
trabajar bien, no porque nadie nos empuje a ello, ni sólo porque de ello
depende la cuantía del salario, sino porque así lo impone nuestra conciencia y
nuestro deber moral. Es también una visión viva y creadora, el espíritu de
innovación, el constante afán de encontrar procedimientos nuevos para elevar la
productividad del trabajo,
mejorar la calidad
y abaratar la producción.
La gran fuerza del socialismo reside en que, al
emancipar a los hombres de la explotación, gesta
profundos estímulos morales con relación al trabajo. En la Unión Soviética, el
ferviente deseo de ser útil a la sociedad ha llevado estos últimos años a miles
de muchachos y muchachas
a las tierras
vírgenes y obras de Siberia y el
Extremo Oriente. Ese mismo deseo es el que impulsó a Valentina Gagánova, una de
tantos ciudadanos soviéticos, y a sus miles de imitadores a
pasar de una
brigada de trabajo avanzada a otra atrasada, con objeto
de ayudarla a alcanzar a los compañeros que iban por delante, aunque eso
significara de momento un descenso de su salario.
A medida que se avanza hacia el comunismo, esa
actitud consciente ha de penetrar en la gran masa de
los
trabajadores, y no
sólo en los
elementos
avanzados de la producción. Esto no significa,
ciertamente, que se puede prescindir de los estímulos materiales y
reemplazarlos por los de índole moral. El interés material era y es una
importante fuerza motriz en la
elevación de la
productividad del trabajo. Mas
cuando se pasa al comunismo, a ese interés
se han de
incorporar nuevos y
nuevos impulsos morales, que terminarán por ser lo principal y
definitivo.
Muchas medidas de la sociedad socialista tienden
a propiciarlo. Unas
tratan de suprimir
las últimas
causas que se oponen a que los hombres cobren amor
al
trabajo, como cuando
se encomienda a
las máquinas la realización de grandes esfuerzos físicos,
labores desagradables y hasta nocivas, la reducción
de la jornada y de la semana de trabajo, etc. Otras
medidas se orientan a elevar aún más el prestigio moral del trabajo y la fama
del trabajador. Ese fin persiguen, por ejemplo, la concesión de órdenes,
medallas y diplomas honoríficos a los mejores obreros, koljosianos y empleados,
su promoción a los órganos supremos de poder y a puestos de dirección en el
Partido y en las organizaciones sociales, y, finalmente, la diaria atención que
por los hombres del trabajo muestran la prensa, la radio, la literatura y el
arte.
Pero la actitud comunista hacia el trabajo no es
sostenida sólo desde arriba, sino también por abajo.
En
nuestros días es
muy característica la
preocupación de las propias masas para que todos
trabajen con un
espíritu comunista. Así
nos lo
demuestra,
por ejemplo, el
movimiento de las
brigadas
del trabajo comunista,
desplegado en la
Unión Soviética, que se fijan precisamente esa
tarea.
Este
movimiento se marca
también otro fin:
aprender a vivir a la manera comunista. A vivir de
tal manera que en todos los órdenes, en el seno de la familia y en la relación
diaria con cuantos nos rodean sean cumplidos los elevados postulados de la
moral comunista. En esta consigna encuentra expresión el vivo deseo de los
propios miembros de la sociedad de llegar cuanto antes al modo de vida
comunista, es
decir, al modo de vida más rico en contenido, puro y
racional que jamás conocieron los hombres.
La
combinación del trabajo
de educación del
Partido y del Estado socialista con la iniciativa de
las masas permite elevar hasta un nivel genuinamente
comunista la fisonomía moral de todos los hombres.
Y esto significa
seguir los dictados
de una ética basada en la fidelidad al comunismo y
la intransigencia hacia sus enemigos, en la conciencia del deber social, en la
participación activa en el trabajo para bien de la sociedad, en la observancia
voluntaria de las normas fundamentales de la convivencia humana, en la ayuda
amistosa, en la honradez, la sinceridad
y la intolerancia hacia quienes turban el orden social.
Conforme se avance hacia el comunismo crecerán, sin
duda, no sólo
las demandas de los
miembros de la sociedad, sino también las exigencias
de la sociedad hacia sus miembros, hacia el
comportamiento de éstos en el lugar de trabajo, en
los sitios públicos y en el seno de la familia. Pero
serán unas exigencias que se apoyarán cada vez más
en los métodos de influencia moral y de convencimiento. Simultáneamente, el
centro de gravedad de la educación del hombre nuevo se verá desplazado
directamente a las colectividades en que se mueve.
La
actividad práctica social de los
países socialistas ha demostrado ya que el medio más eficaz
de lucha contra el individualismo egoísta -que es el
enemigo principal de
la moral comunista-
es un
colectivismo activo. El colectivismo es lo que mejor
responde al ideal del comunismo, puesto que para él
la norma suprema de conducta es la que se ajusta al
bien social. Al propio tiempo, es lo que mejor responde a los intereses del
individuo, al cultivar en él las más elevadas virtudes humanas.
Esta es la
razón de que,
en el período
de transición al comunismo, se dé tanta importancia al trabajo educativo
en las reuniones
de base del Partido, el Komsomol y los Sindicatos,
así como en los lugares de trabajo. La colectividad socialista es capaz de
influir poderosamente, y en caso necesario, de reeducar y convertir en miembros
útiles de la sociedad a personas que parecían incorregibles por completo. En la
acción de la colectividad se basa toda la pedagogía progresista, representada
por un innovador tan eminente de esta ciencia como era A. S. Makarenko.
El P.C. de la U.S. trata de incrementar el papel de
la colectividad de trabajo en la educación comunista ampliando sus derechos y
facultades y su esfera de acción. Porque la colectividad puede influir sobre el
individuo tanto más cuanto más unida se encuentra. Y esta unidad únicamente se
consigue en la colectividad que conoce una vida intensa, donde sus miembros son
activos, dan muestras de iniciativa y se ocupan de veras de sus asuntos.
No cabe duda de que es precisamente en el seno de la
colectividad donde se formará el hombre del futuro, para
el cual los
principios del comunismo serán la base y la voz de su
conciencia.
5.
Desarrollo de la democracia socialista
El
desarrollo y perfeccionamiento de la
democracia socialista constituye una tarea de singular valor en el período de
transición al comunismo. Así se desprende del carácter mismo de la construcción
comunista. Únicamente es posible erigir el edificio de la nueva sociedad con la
participación más activa de masas de
millones de trabajadores;
éstos no pueden ser meros
ejecutores de la voluntad ajena, sino creadores conscientes de las nuevas
formas de su vida social.
Cuanto más cerca
se halla del
comunismo, mayor es el interés de la sociedad para
que todos sus miembros tomen parte en la resolución de los asuntos del Estado
socialista, no se limiten a trabajar y le ayuden con su consejo, con sus
valiosas propuestas e ideas.
Direcciones principales en que se desarrolla la
democracia socialista.
El desarrollo de la democracia socialista se
consigue, ante todo,
por el constante perfeccionamiento de la
estructura y los métodos de trabajo de los órganos estatales, robusteciendo sus
vínculos con las grandes masas. El sistema político se reorganiza
de tal modo
que los trabajadores puedan tener
una participación directa
cada vez mayor en los asuntos
públicos.
En la estructura estatal crece el valor de los
elementos que de
manera directa están
unidos al pueblo. En la U.R.S.S.
se trata, sobre todo, de los Soviets de diputados de los trabajadores. Los
Soviets, además de órganos
de poder, son
las más representativas
organizaciones sociales. Constituyen una peculiar combinación del principio
estatal y el social, el punto de confluencia donde la sociedad se convierte en
Estado, y viceversa. A diferencia de las demás organizaciones, en las que se reúne
una u otra parte del pueblo, los Soviets representan al pueblo entero.
Los diputados a los Soviets no son, en su inmensa
mayoría, políticos profesionales, sino gente ocupada en las empresas y que
cumple su deber social en el tiempo que les queda libre después de su trabajo.
Los Soviets se forman de la manera más democrática: por elección directa. Los
electores exponen a los diputados sus deseos y piden que los cumplan. Los diputados
a los Soviets dan cuenta periódicamente de su
gestión ante sus
electores, los cuales
pueden revocar su mandato.
Todo
esto brinda a
los Soviets amplias perspectivas en
el período de
transición al comunismo. Sus
funciones y su labor crecerán incesantemente
en la marcha
de la construcción
comunista. Cada vez es mayor el número de asuntos que son puestos bajo
su competencia. Su labor se perfecciona en el sentido de que estrechan sus
vínculos con la
población, con el
fin de conocer mejor sus deseos y su voluntad. A este
objeto se crean numerosas comisiones adjuntas a los Soviets y los
diputados toman parte en el examen de cuantas cuestiones plantean los
electores.
Contribuye muy especialmente al desarrollo de la
democracia socialista la
costumbre de someter
al
examen de todo el pueblo los proyectos de leyes y
disposiciones del Estado relativas a problemas
trascendentales de la economía y la cultura. Así se ha hecho, por ejemplo, con
los proyectos de ley sobre la reorganización de la dirección de la industria y
la construcción en la U.R.S.S., sobre pensiones, instrucción pública y otros.
Este sistema se seguirá aplicando y perfeccionando en el futuro.
Otro fenómeno propio del período de transición al
comunismo es la gradual ampliación de los derechos
concedidos
a los órganos
locales. Los órganos
económicos centrales conservan únicamente las
funciones necesarias para la dirección de la economía nacional como un todo
único. Los asuntos restantes van
pasando a ser
competencia de los
órganos locales. Las facultades
de estos últimos
son ampliadas sin vacilación
conforme aparecen dirigentes capaces
de gobernarlos y crece la cultura y la conciencia política de la población.
Durante estos últimos años, en la Unión Soviética
han sido ampliados sensiblemente los derechos de las repúblicas, de los órganos
republicanos y regionales de poder, de las empresas, los koljoses y los
sovjoses. Las autoridades de las repúblicas corren ahora con la gestión de un
gran número de empresas que antes dependían del Gobierno central.
Todo esto significa que la dirección se acerca a las
masas, que el centro de gravedad se desplaza a los puntos donde es resuelta la
suerte de los planes económicos. Y la
proximidad de los
órganos de poder a las masas
facilita la tarea de incorporar a los trabajadores a la resolución de los
asuntos públicos, al control sobre los dirigentes, haciendo más democráticos
los propios métodos de dirección. Se comprende que la ampliación de las
facultades de los órganos locales tiene sus límites, que vienen determinados
por los intereses generales de la nación, por la necesidad de dirigir desde un
centro los más fundamentales procesos económicos y político- sociales.
En el período de transición al comunismo es
esencial el perfeccionamiento de los métodos
de
dirección
de la economía
nacional. Es la
esfera principal en que actúa el Estado socialista, la esfera que no se
estrechará, sino que se ampliará conforme el comunismo se acerque. V. I. Lenin
decía en 1918 que organismos del tipo de los Consejos de la economía nacional
"han de crecer,
desarrollarse y robustecerse,
cumpliendo la labor más importante de la sociedad organizada".348
En el curso de la construcción del comunismo, sin
embargo, los órganos económicos han de
experimentar igual evolución que los políticos, aproximarse al máximo a la
producción e incorporar ampliamente a su labor a todos los trabajadores. El
leninismo enseña que, a medida que se avanza hacia el comunismo,
la dirección de la economía ha de apoyarse
en bases cada vez más democráticas.
A este postulado responde la reforma del sistema de
dirección de la economía adoptada en la Unión Soviética en 1957. Al formarse
los Consejos de la economía nacional, dependiendo de ellos empezaron a
funcionar amplios consejos técnico-económicos. Si tomamos el
país en su
conjunto, de ellos
forman parte decenas de miles de obreros avanzados, ingenieros y
científicos. En las empresas han adquirido
gran significado las
asambleas permanentes de producción, con un total de seis millones de
miembros: obreros, empleados y representantes de los Sindicatos, de la
dirección, de las organizaciones del Partido y del Komsomol y de las sociedades
científicas y técnicas.
Las conferencias gozan de amplias facultades para influir
activamente sobre todos
los aspectos de
la vida dentro de las empresas.
Una de las
misiones más importantes
de esta reforma es
la de cortar
todas las tendencias conservadoras y burocráticas en
la dirección. Dichas tendencias se manifiestan
por lo común
en los intentos de castrar el
contenido de la democracia socialista, de reducirla a un simple formalismo, de suplantar
el examen práctico de los asuntos por simples apariencias y el intercambio vivo
y fecundo de opiniones por discursos vacíos y por resoluciones que a nada
comprometen. El formalismo es la manifestación
más vivaz de
la rutina y
del burocratismo en las
condiciones actuales. El burócrata, en el
fondo de su alma
no cree en las
masas y
desprecia sus consejos
y deseos. Pero
el comunismo es obra de las propias masas dirigidas por el Partido, ha
de entrar en la conciencia de todos y cada uno y convertirse en carne de su
carne. De ahí que el Partido Comunista mantenga siempre viva la lucha contra
las manifestaciones burocráticas e incorpore a esta labor a los propios
trabajadores.
Otra tarea importante en el período de transición
al comunismo es
la de robustecer
e impulsar la democracia en
las cooperativas agrícolas. El desarrollo de las relaciones
mercantiles, monetarias no puede producirse
sin que al
mismo tiempo seamplíen las formas y los métodos
democráticos de dirección de los asuntos de la cooperativa. El interés
económico puede fortalecerse entre los koljosianos únicamente donde la asamblea
general de los componentes de la cooperativa ocupa el lugar debido,
348 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág.
372.
donde la opción de los koljosianos es lo decisivo
cuando se trata de decidir sobre asuntos que a su colectividad competen.
Transferencia
de diversas funciones del Estado a las organizaciones sociales.
Una dirección sustancialmente nueva en el
desarrollo de la
democracia, que aparece
en el período de
transición al comunismo, es
la transferencia gradual de funciones del Estado a las organizaciones
sociales.
En su informe ante el XXI Congreso del P.C. de
la U.S.,
N. S. Jruschov
decía que habían
de ser puestas ya bajo la
competencia de las organizaciones sociales las cuestiones relativas a los
servicios culturales, a la sanidad, a la dirección de sanatorios y casas de
descanso y a la cultura física. Antes todavía se había recurrido a las
organizaciones sociales para la
labor de divulgación
de los conocimientos científicos y técnicos. Las
organizaciones sociales, de conjunto
con instituciones del
Estado como las milicias y los tribunales, han de tomar a
su cargo la función del mantenimiento del orden público y la seguridad.
Amplíanse,
pues, considerablemente, las funciones y facultades de las
organizaciones sociales.
Esto se refiere en primer término a las
organizaciones de la clase obrera, a los sindicatos. El problema de la
ampliación de las
funciones y facultades
de éstos sirvió de tema al Pleno
del C.C. del P.C. de la U.S. celebrado
en diciembre de
1957. Los sindicatos soviéticos tienen actualmente
posibilidades aún mayores para incorporar a los obreros y empleados a la
dirección de la producción, para controlar cuanto se refiere a la organización
del trabajo, a los salarios y a la vida de los trabajadores. Los comités
sindicales participan en la elaboración de los planes de trabajo y escuchan
informes de los dirigentes de las empresas acerca del cumplimiento de estos
planes y de los compromisos adquiridos por contrato colectivo. Sin el
consentimiento del comité sindical, la dirección no puede despedir a nadie ni
establecer tarifas y normas de trabajo. Los comités de fábrica pueden, si así
lo consideran oportuno, proponer medidas de censura contra los
dirigentes que no
cumplen los compromisos del contrato
colectivo, dan muestras de burocratismo o incumplen la legislación laboral.
Según se indicaba en las resoluciones del XXI
Congreso del P.C. de la U.S., los sindicatos se han de encargar también
de las cuestiones
de sanidad, sanatorios y casas de
descanso.
¿A qué se debe la transmisión de las funciones del
Estado a las organizaciones sociales? A que, en las condiciones propias del
socialismo, los métodos sociales de dirección
producen en muchos
casos mejor efecto que los métodos puramente administrativos. Se basan
en la iniciativa de la población; presuponen que los hombres no se rigen de
conformidad con órdenes venidas de arriba, sino según las
soluciones a que
ellos llegan colectivamente, las
cuales, por tanto, recogen de la manera más completa y tienen en cuenta los
intereses y las condiciones concretas de cada lugar. Es la gran superioridad de
los métodos sociales, basados en la iniciativa de los propios trabajadores, que
permiten interesarlos al máximo y hacerles pensar en los asuntos de su colectividad
e incorporarlos a la participación en la vida social.
Los métodos sociales tienen otra ventaja: todos se
muestran más inclinados a cumplir a conciencia los acuerdos adoptados
con su colaboración, con conocimiento suyo y en los que se
recogen sus intereses y propuestas. Por
esta razón, la transferencia de
las funciones del
Estado a las organizaciones sociales empieza por
aquellos asuntos en que más valiosa es la iniciativa y donde puede rendir
mejores frutos (cultura, deportes, descanso, etc.).
No tendríamos razón para contraponer los métodos
sociales a los
administrativos. El Estado socialista pertenece
a los trabajadores, y
sus instituciones representativas, según tuvimos ocasión de ver, son de
por sí organizaciones sociales de los trabajadores. No se encuentran sobre la
sociedad ni le imponen su criterio. Lo principal en la labor del Estado
socialista es el convencimiento, y por eso recurre siempre a la conciencia
política de los ciudadanos. En este sentido, no hay diferencias de principio
entre las organizaciones sociales y las estatales.
No obstante, el Estado sigue siendo Estado; en la
presente etapa no puede renunciar aún por completo a los métodos de coerción.
La acertada relación entre las organizaciones estatales y sociales ha de
consistir en que unas y otras se complementen, de la misma manera que
se complementan los
métodos de convencimiento y
coerción.
El
papel de las
organizaciones sociales se incrementará conforme nos acerquemos al comunismo. A ellas irán pasando nuevas funciones que
ahora son cumplidas por los órganos de poder. El Estado podrá dedicarse
entonces por completo a los problemas básicos de la economía nacional y de la
elevación del bienestar del pueblo. Sus funciones se centrarán en la
coordinación de todos los aspectos de la vida social y en las necesidades de la
defensa del país.
Esto eleva extraordinariamente la responsabilidad de
las propias organizaciones sociales. De su trabajo han de desaparecer los
últimos vestigios de burocratismo y formalismo;
toda su labor
ha de basarse en la amplia
iniciativa de los trabajadores y la máxima aplicación de los principios
democráticos.
Acerca de
las condiciones de la extinción del Estado.
El desarrollo de la democracia socialista es
simultáneamente un proceso de preparación de las condiciones para la extinción
del Estado.
El problema de la extinción del Estado tuvo por
primera vez un planteamiento científico en las obras de Marx y Engels, quienes
demostraron que no era una institución eterna. Nació al dividirse la sociedad
en clases hostiles y desaparecerá cuando sea construida la sociedad comunista
sin clases. Esto se producirá, señalaban los fundadores del marxismo, no de la
noche a la mañana, sino gradualmente, a medida
que vayan cambiando
las condiciones sociales y la
conciencia de los hombres. "El Estado no es «suprimido», sino que se
extingue",349 escribía Engels.
La extinción del Estado significa concretamente
lo siguiente: En
primer lugar, la
desaparición gradual,
diluyéndose en la
sociedad de la
capa específica de hombres ocupados permanentemente en la dirección
de los asuntos
públicos y que,
en realidad, encarnan el Estado. Con otras palabras, la extinción del
Estado presupone la
reducción constante, hasta desaparecer
por completo, del aparato estatal, que transferirá sus
funciones a la propia sociedad, es decir, a las organizaciones sociales, a la
población en su conjunto. En segundo lugar,
la extinción del
Estado significa la desaparición gradual de la necesidad de
medidas coercitivas respecto de los miembros de la sociedad.
El avance y perfeccionamiento de la democracia
socialista se orientan precisamente en ese sentido. Si las masas
son incorporadas cada
vez más ampliamente a la
dirección del Estado y de la producción, si nuevas y nuevas funciones del
Estado son transferidas a las organizaciones sociales, está claro que
la necesidad de un aparato
estatal específico se irá reduciendo hasta desaparecer por completo con
el tiempo. Las organizaciones sociales, que se apoyan en la iniciativa de los
trabajadores, hacen innecesario un aparato voluminoso. Cuando la propia
población se encarga de vigilar y mantener el orden público, las milicias
(policía) pueden ser, como es lógico, reducidas.
La necesidad de la coerción acabará también por
desaparecer. Primero se hizo innecesaria en cuanto a las clases explotadoras, desde el momento
en que estas clases fueron
eliminadas por completo. Posteriormente se hará innecesaria toda medida
coercitiva contra parte alguna de la sociedad, cuando todos los ciudadanos, sin
que se lo impongan reglamentos administrativos, cumplan con su deber en el
trabajo, en la vida político-social y en lo que se refiere a la defensa de la
patria, cuando observen las normas y reglas de la convivencia socialista.
La extinción del Estado no significa, sin embargo,
que en el futuro no habrá ningún órgano de gobierno.
La necesidad de dirigir la producción social seguirá
siempre en pie, aunque no se encargará de ello el Estado, sino una
administración social. "El problema de la extinción del Estado,
comprendido dialécticamente -decía N. S. Jruschov en su informe ante el XXI
Congreso del P.C. de la U.S.-, se refiere a la evolución del Estado socialista
hacia una administración social comunista."350
349 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 265.
La administración social aparece como fruto del
desarrollo y perfeccionamiento de la democracia socialista. Por ello puede decirse
que, en realidad, se ha iniciado ya el proceso de extinción del Estado.
Vemos cómo los órganos de éste se transforman en
órganos de administración social. Por otra parte, el paso a
esta administración viene preparado
por el desarrollo de las
organizaciones sociales existentes. Es muy posible que en el futuro aparezca un
nuevo tipo de organización social en la que se combine lo más valioso de la
experiencia reunida en el trabajo de las organizaciones del Partido, del Estado
y de los Sindicatos.
El
Estado de la
dictadura del proletariado
ha cumplido un gran papel en la formación de la nueva sociedad. Sin su
labor de organización habría sido imposible construir el socialismo. La
necesidad del Estado permanece en pie hasta el triunfo completo del comunismo.
El Estado sólo se extinguirá definitivamente cuando, como decía Lenin,
"los hombres se habitúen gradualmente a observar las elementales normas de
convivencia, conocidas desde hace
siglos, repetidas durante
milenios enteros en toda clase de idiomas, a observarlas sin
necesidad de violencia, sin coerción, sin subordinación, sin el aparato
especial de coerción que se conoce con el nombre de Estado".351
El
problema de la
extinción del Estado
no podemos considerarlo al margen de las condiciones internacionales.
Estas condiciones, si bien es cierto que no pueden abolir los procesos que
conducen a la extinción del Estado, pueden obligar a mantener durante más o
menos tiempo las funciones -y por tanto
los órganos estatales-
relacionadas con la defensa del país, la protección de la paz
y la seguridad, la coexistencia pacífica y la colaboración económica
internacional.
Mientras exista el peligro de agresión por parte de
los Estados imperialistas, no es posible debilitar los órganos del Estado
socialista a quienes está encomendada la defensa frente a los manejos de los enemigos
exteriores. Durante todo este período se mantendrá plenamente la función de
defensa del país frente a una
posible agresión del
exterior, se conservarán las
fuerzas armadas y los servicios de reconocimiento. Esta función perderá su
razón de ser cuando desaparezca el imperialismo.
350 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en
Materiales del XXI
Congreso extraordinario, del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
119.
351 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 434.
Así, pues, la extinción del Estado es un proceso
complejo y contradictorio. Su dialéctica se traduce en que unas
funciones se van
transformando o desaparecen
gradualmente, mientras que otras se mantienen y hasta se intensifican.
¿Podemos hablar, así las cosas, de que el Estado se
extingue?
Sí
podemos, pues la
dirección general del desarrollo, en el período de transición
al comunismo, conduce precisamente a
ello. La necesidad de mantener y reforzar algunas funciones estatales influye,
ciertamente, sobre el proceso de extinción del Estado, sobre sus formas y
rapidez con que se lleva a efecto, pero en manera alguna hace que tal proceso desaparezca.
Dentro de las condiciones propias del socialismo, el robustecimiento de la
capacidad de defensa del país no debe significar obstáculo alguno para los
avances de la democracia en el seno de la sociedad, para una incorporación
siempre en aumento de las masas trabajadoras a la dirección de los asuntos
públicos. Además, el incremento de unas u otras funciones del Estado socialista
no se traduce en la ampliación y fortalecimiento del aparato administrativo, y
en particular de los
órganos de coerción.
En este sentido, el régimen
socialista se diferencia sustancialmente del burgués.
Atendiendo a las condiciones de la situación
internacional, hay que tener un ejército, un servicio de reconocimiento y una
industria de defensa fuertes.
Pero no es esto sólo lo que hace fuerte al Estado
socialista. Su fuerza reside, ante todo, en la solidez de su base social, en la
devoción del pueblo a la causa del socialismo.
"La burguesía -decía
Lenin- sólo admite que un Estado es fuerte cuando puede, con ayuda de su
aparato administrativo, lanzar a las masas
allí donde los
gobernantes burgueses lo desean. Nuestra noción de la fuerza es
otra. Nosotros consideramos que la fuerza del Estado está en la conciencia de
las masas. Es fuerte cuando las masas lo saben todo, pueden juzgar acerca de
todo y lo aceptan todo conscientemente."352
Este fortalecimiento del Estado no se contradice
con su
extinción, y en
realidad prepara las condiciones para llegar a ella.
El
partido marxista-leninista en el período de transición al comunismo.
Una característica del desarrollo de la democracia
socialista en el período de transición al comunismo es el papel creciente del
Partido como fuerza que orienta y dirige a la sociedad. Así lo imponen los intereses
de la sociedad en su conjunto y de la construcción del comunismo.
Decíamos anteriormente que la construcción de la sociedad socialista
no es un
proceso que se desenvuelve por sí mismo, aunque su
marcha está sujeta a leyes objetivas. En él corresponde un papel siempre mayor
a la labor consciente y orientada de los trabajadores, que se encuentra
dirigida por una voluntad única de
conformidad con planes elaborados de antemano. Entonces es
más necesario que nunca un conocimiento profundo de las leyes del desarrollo
social y una estimación atenta de la experiencia de millones de trabajadores.
En este período, sin embargo, son también más favorables las condiciones para
la dirección consciente de los procesos sociales: crece el potencial económico,
se perfecciona la organización de la sociedad y se agrupan aún más
estrechamente todas las capas que la integran.
352 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 224.
Estas enormes posibilidades únicamente pueden
ser convertidas en
hechos a condición
de que aumente y se perfeccione
el papel de dirección del partido marxista-leninista, en el que se personifica
el principio consciente dentro
de la construcción
del comunismo. Es precisamente el Partido, provisto de su teoría
científica y siempre atento a la voz de la práctica, el que conoce de manera
más completa, amplía y profunda las tendencias objetivas de la realidad y,
apoyándose en ellas, orienta y organiza la labor creadora y concreta de las
grandes masas del pueblo.
El papel del Partido crece también a consecuencia
del cambio que
se produce en
las relaciones del Estado
con las organizaciones sociales.
A medida que estas
últimas se van
haciendo cargo de las
funciones que eran
competencia del Estado,
el Partido pasa a primer plano como dirigente de la sociedad entera
y como primera
fuerza entre las organizaciones sociales.
El Partido dirige
tanto el proceso de extinción del
Estado como la labor de los sindicatos
y demás organizaciones sociales, ayudándolas a
ocupar el nuevo
puesto que les corresponde en la antesala del comunismo.
Además, sin la dirección unificadora del Partido,
la ampliación de
funciones de las
organizaciones
sociales, las mayores facultades concedidas a los
organismos de administración local
y la gradual
descentralización -procesos que en su conjunto traen
consigo los avances de la democracia- podrían conducir a
ciertas consecuencias negativas
para la sociedad, como el
incremento de las tendencias localistas y departamentales. Entrañarían el
peligro de que los intereses de "mi" departamento o de "mi"
distrito pudieran ser
opuestos a los
intereses generales del Estado
y de todo
el pueblo, con el
perjuicio consiguiente para las tareas que afectaban al común
de la nación.
Y el Partido
es una
organización que no depende de influencias
departamentales o localistas, que siempre tiene presentes los intereses de todo
el pueblo, y así es como enfoca cualquier asunto. Esto es de una
importancia excepcional en
un país multinacional como es
la Unión Soviética.
El Partido da consistencia al régimen soviético. Su
unidad, basada en la comunidad de fines y de ideas, y su centralismo
democrático dan una fuerza inusitada a la sociedad que construye el comunismo.
Se comprende que el creciente papel del Partido
incrementa su responsabilidad y lo que de él se exige.
La valiosa experiencia del Partido Comunista de la Unión
Soviética -el primer partido marxista que se ve ante la
empresa de dirigir
la construcción del comunismo- nos permite juzgar sobre qué
aspectos de su labor adquieren particular importancia.
La dirección de una obra tan completa como la
construcción del comunismo
es imposible sin la
capacidad para buscar con espíritu creador lo nuevo, con objeto de cambiar
decididamente las formas de organización y los métodos de trabajo caducos, que han dejado
de corresponder a la situación.
Esta cualidad es particularmente valiosa si tenemos en cuenta que
los aficionados a
una vida sin preocupaciones se
sienten a menudo
tentados a valerse de los mismos
métodos, que eran buenos ayer y anteayer, cuando ya se ve a las claras que han
de ser reemplazados por otros nuevos, más avanzados. En el
período de construcción
del comunismo en todos los frentes, muchos criterios
valorativos de que ayer nos servíamos, ya no pueden valernos. Sólo el éxito que
hoy se consigue antes, con más facilidad y al precio de menos inversiones que
ayer, corresponde a los dictados del momento. Lo que decide el éxito, lo que se
necesita, es avanzar a la velocidad máxima y con los menores gastos, buscar diariamente
y poner en juego todas las posibilidades y ventajas que lleva en sí el sistema
socialista.
El Partido no permite que nadie se conforme con
lo conseguido. Llama
a ir siempre
adelante, a marchar por
caminos nuevos, y da ejemplo
de espíritu de innovación,
sin ocultar por
eso las dificultades que
hay que vencer,
sin velar los defectos y concentrando los esfuerzos de
todo el pueblo en el
cumplimiento de las
nuevas tareas.
Gracias a esta dirección, las energías fecundas del
pueblo se decuplican y se avanza con éxito hacia la transformación de
la sociedad socialista
en comunista.
A medida que la sociedad penetra en la nueva formación,
se amplía el número de cuestiones y problemas que la teoría del
marxismo-leninismo no trató en absoluto o lo hizo tan sólo en términos muy
generales. En estas condiciones, un audaz espíritu de creación en el campo de
la teoría es premisa indispensable para el avance. El Partido Comunista de la
Unión Soviética resuelve airosamente los más complejos problemas que la vida
plantea. Bastará señalar la aportación de sus XX y XXI Congresos a la teoría
marxista-leninista, al afrontar con un criterio nuevo trascendentales
cuestiones de la construcción del
comunismo en la
U.R.S.S., de la
situación internacional y del movimiento comunista.
La labor del P.C. de la U.S. demuestra
palmariamente que el
desarrollo de la
teoría no consiste en
amontonar citas venga
o no venga
a cuento, a lo que tan aficionados se mostraban todo género de
talmudistas, gentes de espíritu perezoso, sino en el profundo estudio y
generalización de la experiencia
que la vida
nos brinda. Lo
principal ahora no es limitarse a la propaganda de la teoría del
comunismo, sino concentrar los esfuerzos en la fecunda aplicación de los
principios del marxismo- leninismo a la práctica diaria, al cumplimiento de las
tareas de la construcción comunista. En estas condiciones, la unidad de la
teoría y la práctica es más importante que nunca.
Para dirigir concretamente la construcción de la
sociedad comunista, el
Partido ha de
disponer de dirigentes
capacitados que sepan imponerse en todos los asuntos. Por eso, el P.C. de la
U.S. orienta a todas sus
organizaciones y miembros
hacia el estudio concreto de
la economía, la
técnica, las leyes económicas y las formas en que éstas
se manifiestan. Esto desagradará únicamente a quienes querrían limitarse a
hacer la propaganda del comunismo "en general", a quienes no
comprenden que en el período de construcción del comunismo en todos los frentes
se necesitan hombres prácticos, capaces de conducir a las masas al cumplimiento
de las grandes tareas de nuestro tiempo.
A ello se debe el gran significado que en este
período adquiere el trabajo de organización. Cuando la línea política ha sido
trazada, el centro de gravedad se traslada a la selección de los dirigentes, a
la organización precisa del trabajo de miles y millones de hombres, a la
elaboración de medidas concretas capaces de asegurar el funcionamiento rítmico
de las empresas, el incremento de la riqueza social de los koljoses y de los
ingresos de los koljosianos y la elevación de la cultura y la conciencia de los
trabajadores. Así es como el Partido Comunista de la Unión Soviética ve su
papel dirigente, sin limitarse a proclamarlo,
sino dándole el
aval de un
intenso trabajo práctico.
Un valor formidable tiene el constante
fortalecimiento de los vínculos del Partido con las masas. Anteriormente nos
hemos detenido ya en las nuevas formas y métodos de esta labor. Los
planteamientos políticos y los planes de construcción del comunismo que el
Partido presenta tienen tanto más garantizado el éxito cuanto mejor recogen el
pensar del pueblo, cuando mejor se hacen eco de su fecunda iniciativa, son
comprendidos por millones de trabajadores y se convierten en parte inseparable
de ellos mismos. Así lo confirma con todo vigor la experiencia del Partido
Comunista de la Unión Soviética, que perfecciona sin cesar las formas de sus
vínculos con las masas trabajadoras.
E]
Partido no puede
ponerse a la
cabeza del trabajo fecundo de las
masas y dirigir el proceso de desarrollo de la democracia socialista si no
fomenta la democracia en sus propias filas. El rotundo viraje llevado a cabo
estos últimos años por el P.C. de la U.S. hacia los principios y normas leninistas
de la vida del Partido no se debía a las necesidades concretas del momento; su
alcance es mucho más amplio. Ya sabemos que el Partido se apoya para toda su
labor no en la imposición, sino en el convencimiento, en la explicación, en el
esclarecimiento político, y
en este sentido
sus métodos de trabajo son el paradigma de los métodos de dirección
en la sociedad
comunista. La democracia interna
proporciona a los miembros del Partido una conciencia comunista y unos rasgos
de carácter y normas de conducta que en muchos aspectos nos permiten ver lo que
será el hombre del comunismo. Con el tiempo, se evolucionará en el sentido de
que la ideología,
los principios y las
normas de vida del Partido lleguen a convertirse en patrimonio de la sociedad
entera. De hecho, todos serán entonces comunistas conscientes.
Ciertamente, los enemigos declarados y
encubiertos del comunismo verían con muy buenos ojos que el Partido comenzase
cuanto antes a replegarse en su labor dirigente. Pero no ocurrirá así.
Los intereses de la construcción comunista exigen
todo lo contrario, el incremento del papel dirigente del Partido,
el perfeccionamiento constante
de su actividad en todos los
órdenes de la vida social: en política y economía, en la ciencia y la cultura,
en la
literatura y el arte.
6.
Significado internacional de la
construcción del comunismo en la U.R.S.S.
La Unión Soviética
construye el comunismo cuando en el mundo existen dos
sistemas sociales. Esto da valor internacional a la resolución de los problemas
de la construcción comunista. Los éxitos conseguidos en el avance hacia el
comunismo no son va solamente jalones
de la vida
interior de la U.R.S.S.,
sino acontecimientos internacionales de gran importancia. Las realizaciones
económicas y técnicas, el ascenso del nivel de vida y los progresos de la
democracia no tienen un significado exclusivo para los ciudadanos soviéticos,
sino que su repercusión se extiende a la marcha y la suerte final de la
gran emulación económica,
política e ideológica que se
desarrolla entre los dos sistemas.
Perspectivas de
la emulación económica
de la U.R.S.S. con los países
capitalistas.
En su marcha
hacia el comunismo,
la Unión Soviética ha de obtener
una gran victoria económica sobre el capitalismo. En un breve plazo histórico
ha de sobrepasar en la producción por habitante a los países capitalistas más
desarrollados.
En su emulación
con el capitalismo,
la Unión Soviética ha de alcanzar
en este sentido, en lo fundamental, a los cuatro países que poseen un
capitalismo más desarrollado: Estados Unidos, Inglaterra, República
Federal Alemana y
Francia. Pero de ordinario, los avances económicos de la U.R.S.S. son
comparados con los índices de Estados Unidos,
puesto que es
el más poderoso
país capitalista. Dejar atrás los índices de Estados Unidos significa
superar las mayores realizaciones del capitalismo, el "techo" que ha
podido alcanzar como sistema económico-social.
El hecho de que la Unión Soviética se haya propuesto
como fin inmediato sobrepasar a Estados Unidos habla ya de las enormes
posibilidades de que dispone hoy día
el primer Estado
socialista del mundo, de su
formidable potencial económico. Actualmente, el nivel de producción de
Norteamérica no es ya para la U.R.S.S. algo inaccesible, como lo hubo podido
parecer hace veinticinco o treinta años. En algunos tipos de producción, como,
por ejemplo, trigo, madera y azúcar, la Unión Soviética va ya por delante de
los Estados Unidos. Se ha reducido sensiblemente la
diferencia en la
extracción de mineral de hierro y
carbón y en la producción de tejidos de algodón y lana. El pueblo soviético se
ha marcado una tarea perfectamente realizable: en los próximos años, alcanzar a
Estados Unidos en la producción por habitante de carne, leche y mantequilla.
Un jalón importante
en el cumplimiento
de la tarea económica fundamental
será la realización del plan septenal de desarrollo de la economía nacional y
la cultura de la U.R.S.S. (1959-1965). El problema básico de
este plan es
el de ganar
el máximo de tiempo en la emulación económica pacífica
con el capitalismo. En estos años, la Unión Soviética ha de infundir otro
poderoso impulso a la economía, la cultura y el bienestar material del pueblo.
Bastará decir que el volumen global de la producción industrial aumentará en
estos siete años el 80 por ciento aproximadamente. Se trata de cifras enormes:
el incremento de la producción en este tiempo será igual a lo conseguido en los
últimos veinte años.
Un programa más grandioso todavía es el plan trazado
en líneas generales para quince años. Las direcciones principales de desarrollo
de las fuerzas productivas en este período fueron expuestas por N. S. Jruschov
en noviembre de 1957, en su informe ante la sesión conmemorativa del Soviet
Supremo de la U.R.S.S. Según los primeros proyectos, en los próximos quince
años los sectores fundamentales de la industria soviética incrementarán su
producción en dos y tres veces, hasta llegar al siguiente nivel anual: extracción
de mineral de hierro, 250 a 300 millones de toneladas; fundición de hierro, de
75 a 85 millones de toneladas; de acero, de 100 a 120 millones de
toneladas; extracción de
carbón, de 650
a 750 millones de
toneladas; de petróleo,
de 350 a 400 millones
de toneladas; extracción y producción de gas, de 270 a 320 mil millones de
metros cúbicos; producción de energía eléctrica, de 800 a 900 mil millones de
kilovatios hora; producción de cemento, de 90 a 110 millones de toneladas; de
azúcar, de 9 a 10 millones de toneladas; de tejidos de lana, de 550 a 650
millones de metros, y de calzado de cuero, de 600 a 700 millones de pares.
Se trata de cifras aproximadas, que pueden variar en
un sentido o en otro. Y lo más probable es que varíen en
el sentido de
verse reducido el
tiempo necesario para cumplir estos planes.
Con el cumplimiento de sus planes económicos,
en 1965 la
Unión Soviética alcanzará
en la producción absoluta de los
artículos más esenciales, y en otros se aproximará, al nivel existente hoy día (1958-1959)
en los Estados Unidos. En cuanto a la agricultura, en su conjunto, la
producción por habitante será superior a la que los Estados Unidos han logrado
actualmente.
Si en 1965 no se consigue rebasar el nivel de
producción industrial de
los Estados Unidos
por habitante, en todo
caso quedarán atrás
los países europeos de
capitalismo desarrollado, como
son Inglaterra, República Federal Alemana y Francia.
Después
de esto se
necesitarán probablemente otros cinco
años para alcanzar
y sobrepasar a los Estados Unidos
en la producción
industrial por habitante. Quiere
decirse que entonces, o acaso antes, la Unión Soviética pasará a ocupar el
primer puesto
del
mundo, tanto por
su producción industrial absoluta como por la producción
por habitante. Esto será una victoria histórica del socialismo en la emulación
pacífica con el capitalismo en el campo internacional.
Sería simplificar las cosas el suponer que la Unión Soviética
había acabado la construcción del comunismo al alcanzar a los Estados Unidos en
el aspecto económico. No, no se trata de la meta final, como dijo N. S.
Jruschov ante el XXI Congreso del P.C. de la U.S., sino únicamente "un
apeadero en el que nosotros podemos
alcanzar al país
capitalista más desarrollado, dejarlo en él y seguir adelante".353
Los trabajadores de la Unión Soviética tienen la
seguridad absoluta de que estos planes son perfectamente hacederos. Esta
seguridad se basa en la circunstancia de que la economía nacional de la
Unión Soviética avanza
con una rapidez
que los países capitalistas jamás
podrán conseguir. El crecimiento anual de la producción industrial de la
U.R.S.S. en cuarenta años (1918-1957) ha sido de 10,1 por ciento, mientras que
en los Estados Unidos no ha pasado de 3,2 por ciento. En los siete años que van de 1952 a 1958, los índices respectivos
han sido: para la Unión Soviética de 11,4 por ciento, y para los Estados Unidos
de 1,6 por ciento. Todo hace pensar que,
indudablemente, el nivel
de desarrollo económico se
mantendrá a la misma altura.
353 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en Materiales del
XXI Congreso, extraordinario, del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
112.
Esta seguridad descansa también en la circunstancia
de que la Unión Soviética dispone de una
potente industria socialista,
de una gran agricultura mecanizada,
de hombres capaces
de llevar a cabo las más complejas tareas técnicas y de inagotables recursos
naturales. Todo esto
brinda posibilidades ilimitadas para el incremento de la producción y
para el ascenso del nivel de vida del pueblo.
El significado de los planes de construcción
comunista en la
U.R.S.S. se ve
todavía más robustecido y
acrecentado por los éxitos y perspectivas de nuevos avances que presentan los
demás países socialistas.
Avance
regular de los países socialistas hacia
el comunismo.
Estos siete años significan una etapa decisiva en la
emulación económica con el capitalismo de todo el campo mundial del socialismo,
y no sólo en la pugna pacífica que la
U.R.S.S. sostiene en
el plano económico con los
países capitalistas más desarrollados. Según cálculos de los especialistas, el
cumplimiento de los
planes económicos de
la U.R.S.S. y de los demás países del campo socialista significará que
éste va a obtener en 1965 más de la mitad de la producción industrial del mundo.
De este modo, el sistema económico preponderante dentro de nuestro planeta
pasará a ser el socialismo.
Los éxitos económicos y políticos del campo
socialista permiten enfocar con un criterio nuevo el problema de las
perspectivas del avance de la humanidad hacia el comunismo.
No hace mucho se debatía en el movimiento comunista
la posibilidad de construir el socialismo en un
solo país. La
historia se ha
encargado de dar cumplida respuesta. En la Unión Soviética
el socialismo ha vencido por
completo ydefinitivamente. No
hay actualmente en el mundo fuerzas capaces de restaurar el capitalismo en el
País Soviético y de destruir el campo socialista. El peligro de una
restauración del capitalismo en la U.R.S.S. ha quedado eliminado.
La vida ha planteado ahora otro problema de capital
importancia teórica y política. Se trata de la manera como,
en adelante, van
a evolucionar los países socialistas hacia el comunismo.
Refiriéndose a ello decía N. S. Jruschov en su informe ante el XXI
Congreso del P.C. de la U.S.: "Teóricamente es
más acertado suponer que los países del socialismo, utilizando acertadamente las
posibilidades queencierra el
régimen socialista, pasarán más o menos simultáneamente a
la fase superior de la
sociedad comunista."354
Esta conclusión tiene un formidable significado
práctico para la construcción del comunismo. Quiere decir, primeramente,
que la sociedad
comunista puede ser construida antes del triunfo sobre el capitalismo en
todo el mundo. La base para la comunidad comunista de naciones será el campo
socialista mundial. En segundo lugar, significa que, a pesar de las diferencias
en cuanto a su nivel de desarrollo, los países socialistas pasarán a la
sociedad comunista al mismo tiempo aproximadamente.
Estas espléndidas perspectivas infunden nuevos bríos
a los trabajadores de los países socialistas y robustecen aún más su seguridad
en el triunfo del comunismo.
¿De dónde se desprende la posibilidad de que los
países del socialismo entren más o menos al mismotiempo en la fase superior de
la sociedad comunista?
Así viene determinado por las leyes del desarrollo
económico del sistema socialista mundial.
En el capítulo XXV se indicaba que dentro de este sistema
obra la ley del desarrollo planificado y proporcional. Su acción se manifiesta
en la circunstancia de que los países antes atrasados económicamente,
apoyándose en la colaboración y la ayuda mutua, impulsan rápidamente su
economía y su cultura hasta el nivel de los avanzados. En su conjunto, se va
equilibrando la línea del progreso económico y cultural de todos los países.
Esto hace posible que la Unión Soviética y los demás países socialistas puedan pasar
al mismo tiempo, poco más o menos, a la fase superior del comunismo.
¿Qué factores son lo decisivo en este aspecto?
Primero, el elevado
ritmo de la
acumulación socialista. La economía socialista planificada permite a
todos los países destinar anualmente grandes recursos a las construcciones
básicas, asegurando asíel rápido avance de toda la economía nacional en su conjunto.
La experiencia demuestra que los países económicamente atrasados pueden
infundir un vigoroso impulso a su expansión en este orden. Se comprende que el
salto del atraso al progreso exige gran tensión de fuerzas, pero la
industrialización de la Unión Soviética demuestra que los beneficios obtenidos
compensan plenamente el esfuerzo.
Segundo, la posibilidad que los países atrasados
tienen de apoyarse en la base técnica más moderna, que les
ayuda a crear
Estados socialistas industrialmente
desarrollados. El progreso de los países socialistas atrasados hasta el nivel
de los avanzados no es motivo de rivalidades entre ellos, sino que propicia en
el más alto grado un desarrollo general,
el vertiginoso incremento
de toda la economía socialista mundial.
354 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de
control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los
años 1959-1965", en Materiales del
XXI Congreso, extraordinario, del
P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.
126.
Tercero, la superioridad del sistema de
especialización y cooperación a que se ha llegado dentro del campo socialista. Gracias a este
sistema, cada país está
en condiciones de
montar la producción en masa de
los artículos que más le convienen desde el punto de vista de sus propias
condiciones, y no sólo para satisfacer las necesidades propias, sino para
cubrir la demanda de los países hermanos. Y la producción en gran escala
permite recurrir a los métodos y al equipo más moderno, con lo que, como consecuencia
del nivel de la productividad del trabajo, se acerca a los países avanzados.
Cuarto,
la desinteresada ayuda
mutua de los países socialistas. La concesión por los
países desarrollados de créditos, los envíos de utillaje, la entrega a título
gratuito de documentación técnica y la ayuda en la capacitación de técnicos
contribuye a eliminar las diferencias económicas entre los países socialistas.
El carácter de la ayuda es tal que contribuye, sobre todo, a la
industrialización y a la expansión de los recursos económicos de cada país. Se
comprende, sin embargo, que esto no hace innecesarios, sino que presupone, los
esfuerzos propios de cada país en la labor de acelerar la marcha hacia el
comunismo.
La
construcción de la
sociedad comunista en todos los países del socialismo
significará para sus pueblos un gran triunfo histórico, que no podrá por menos
de traer consigo cambios esenciales en todo el
mundo.
Influencia
de los éxitos de la construcción comunista sobre la marcha del mundo.
Los éxitos de la construcción del comunismo en la U.R.S.S.
y los avances de las democracias populares contribuyen en el más alto grado a
resolver el problema más importante de nuestros tiempos: el de salvar a la
humanidad de la amenaza de una guerra atómica.
El campo socialista mundial, que marcha a la
vanguardia de toda la humanidad pacífica, contribuye más que nada a imponer la
sensatez a los círculos agresivos del imperialismo. Conforme se produzcan
nuevos éxitos en la construcción comunista, esta misión salvadora del campo del socialismo se hará aún más
patente. Según señalaba el XXI Congreso del P.C. de la U.S., eso trae consigo
la posibilidad real de eliminar las guerras mundiales de la vida de la sociedad
humana.
Imaginémonos el panorama de un próximo futuro. La
Unión Soviética se convertirá en la primera potencia industrial del mundo. La
China popular será un poderoso Estado industrial. Todas las democracias
populares, económicamente desarrolladas, vivirán una vida próspera. Habrá mejorado,
sin duda, la situación económica de
los Estados pacíficos
de Oriente. El movimiento obrero internacional será aún más potente y
organizado. Las fuerzas democráticas obtendrán nuevos éxitos en todo el mundo.
Todo esto hará cambiar todavía más la correlación de
fuerzas en escala internacional en favor de la paz y el socialismo. Aun antes
del triunfo del socialismo en todo el globo, la guerra puede ser eliminada de
la vida de los pueblos. Esto no vendrá por sí mismo, ciertamente, y exigirá
esfuerzos, una lucha incesante y vigilancia por parte de los pueblos, que no
pueden perder de vista los manejos de los incendiarios de guerra. Pero la
perspectiva misma de poner fin a los conflictos bélicos no puede por menos de
infundir ánimos a todos los pueblos y de incrementar su lucha en pro de la paz
universal. Y esto será un gran mérito que el campo mundial del socialismo se
apuntará en su haber.
Considerando las perspectivas de la construcción
comunista en la
U.R.S.S., se esbozan
nuevas posibilidades para la clase obrera de los países capitalistas. La
burguesía podía hasta ahora especular con los defectos y dificultades de la
construcción de la nueva sociedad. Esas especulaciones se van a caer por su
base. No está
lejos el día
en que los trabajadores de la Unión Soviética
tendrán la jornada más corta, la semana de trabajo más corta y el nivelde vida
más alto del mundo.
Esto,
unido a los
éxitos en el
desarrollo de la democracia y de la cultura socialista,
será para las grandes masas trabajadoras de los países capitalistas la prueba
mejor de la
superioridad del sistema socialista. Aumentará aún más el
poder de atracción del marxismo-leninismo, que atraerá a millones de seres al
campo del socialismo científico. Todo esto ampliará y robustecerá sensiblemente
el frente de las fuerzas que trabajan para alcanzar el paso a un
nuevorégimen social. Entre
otras cosas, cobrará
más realidad todavía la
perspectiva de la
transición pacífica al socialismo.
Cuando los éxitos de la construcción comunista en la
Unión Soviética la conviertan en la primera potencia económica
y ayuden al
campo del socialismo a sobrepasar
en producción industrial al mundo capitalista, la repercusión de estos
acontecimientos habrá de ser muy profunda en los países subdesarrollados de
Asia, África e Iberoamérica.
La ayuda que el campo socialista les preste para
vencer su atraso cultural y económico será aún más amplia. Los pueblos de los
países socialistas estiman que con esta
ayuda cumplen su
deber internacionalista para con la parte de la humanidad
trabajadora a la que el capitalismo condenó a los
más graves suplicios del trabajo forzado, de la miseria, el hambre y la
humillación nacional. Los Estados socialistas darán vida, en escala aún mayor,
a los nuevos principios de la solidaridad internacional, según los cuales los
países socialistas más avanzados prestan ayuda a los países cuyo desarrollo
económico se vio entorpecido por el imperialismo.
Los futuros triunfos del comunismo influirán
poderosamente sobre los
pueblos emancipados deOriente a la hora de elegir la vía de su
evolución histórica. Los trabajadores
y todos los
elementos nacionales y democráticos de estos países se convencerán más y
más de que la auténtica independencia, el fin de la miseria y la verdadera democracia
están sólo en la ruta que a toda la humanidad
oprimida y explotada
muestra el
socialismo científico de Marx, Engels y Lenin.
Tales son las alentadoras perspectivas históricas
que se abren con los éxitos de la construcción del comunismo en la U.R.S.S. A
la vez, constituyen un poderoso estímulo para los trabajadores de la Unión Soviética
en sus esfuerzos por construir la sociedad comunista, la
más justa de
cuantas puedan concebirse, y en
su lucha por la paz, la democracia y el progreso social en el mundo entero.
Capitulo XXVII. La sociedad comunista
Refiriéndose a las condiciones en que se afirmará la
fase superior -comunista- del nuevo régimen, Marx escribía: "...Cuando haya
desaparecido la
subordinación esclavizadora de los individuos a la división
del trabajo, y con ella el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo
manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera
necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus
aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los
manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces... la sociedad podrá
escribir en sus banderas: «¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual,
según sus necesidades! »"355
Estas condiciones enumeradas por Marx van tomando
gradualmente cuerpo en los países socialistas, y sobre todo en la Unión
Soviética, como fruto del desarrollo de las tendencias a que nos
referíamos en el
capítulo anterior. En
última instancia, con la necesidad de una ley histórica, conducirán al
triunfo completo del comunismo.
El nacimiento del nuevo régimen en su fase superior
no es ya cosa de un futuro lejano. De ahí que para millones de trabajadores
represente un gran interés práctico el
saber qué es
el comunismo. Quieren y deben
saber qué sociedad será el fruto de sus esfuerzos, de su labor diaria, de sus
actos grandes y pequeños, heroicos y ordinarios.
¿Puede la ciencia social satisfacer este interés? Si
no nos adentramos en detalles y nos circunscribimos a las líneas generales de
la nueva sociedad, está en condiciones de hacerlo, sin duda alguna.
No hay que olvidar, se comprende, que el triunfo del
comunismo no significará un alto en el desarrollo histórico; la sociedad
comunista seguirá sin cesar su proceso de modificación y perfeccionamiento. Es
imposible predecir, por eso, cómo será a lo largo de los siglos o milenios.
Pero hoy día estamos en condiciones de explicar cómo verán el comunismo muchos
de los que ahora viven. La respuesta nos la proporciona la teoría
marxista-leninista, Esto no quiere decir en absoluto que la teoría trate de
adaptar el comunismo a esquemas preconcebidos; se basa por completo en el
análisis de las tendencias de la sociedad
moderna, de las
que se deriva
el inmediato futuro comunista de la humanidad.
355 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas, t. II,
Moscú, 1955, pág. 15.
- Sociedad de bienestar y
abundancia para todos
El comunismo es la sociedad que pone fin para siempre
a la necesidad y la miseria, y asegura el bienestar a todos los ciudadanos.
Cobran vida los seculares anhelos de abundancia de los
hombres del trabajo.
El camino para conseguirla lo inicia la transformación
socialista de la sociedad, al poner fin a la propiedad privada sobre los medios
de producción, a
la explotación del hombre por el hombre y a las injusticias
sociales. Retira las barreras que se oponían al desarrollo de las fuerzas
productivas y permite, con el tiempo, la creación de la poderosa base material
y técnica que es necesaria para llegar a la abundancia de bienes materiales.
La base material y técnica del comunismo es erigida,
según hemos visto, como consecuencia de la mecanización completa y de la
automatización socialista de la
producción, del vertiginoso incremento de la producción de
energía, del gran impulso dado a la química y a otros sectores de la industria
que ofrecen singulares perspectivas, y a la transformación radical
de la producción
agrícola sobre la base de los últimos adelantos de la ciencia y la
técnica.
Cuando nos referimos a la abundancia comunista no
hay ya necesidad de soñar con países imaginarios de que
nos hablan los
cuentos. Los éxitos
de los países socialistas en el
campo de la ciencia, de la técnica y de la organización de la producción nos
brindan una noción suficientemente exacta de los bienes de que los hombres
podrán disfrutar en un futuro que ya no está lejos.
La primera preocupación del hombre fue siempre la
del pan de cada día. El comunismo resolverá por completo y para siempre este
problema.
En la sociedad comunista el trabajo del campo se
convertirá en una variedad del trabajo industrial; la
agricultura
dispondrá en gran
abundancia de las máquinas más modernas y variadas y se
regirá por los mejores métodos científicos. Esto traerá consigo un inusitado
ascenso de la productividad del suelo y hará posible la tarea de proporcionar a
todos los miembros de la sociedad alimentos sanos, sabrosos y variados.
La tarea es perfectamente hacedera. Una base
sólida para conseguirla
la proporcionan ya
los actuales adelantos de la agrotecnia y la biología, asícomo los
éxitos logrados en la mecanización de la producción agrícola. Los cálculos nos
dicen que si estas realizaciones se pudieran aplicar en todos los países del
globo, permitirían atender plenamente las necesidades de una población muchas
veces superior a la que ahora existe.
Conforme
el nivel de
la civilización aumenta, tanto mayor es el número y la
variedad de cosas yservicios de que los hombres necesitan. La noción de bienestar
comprende ya hoy día, además de buenos alimentos, viviendas cómodas y amplias,
ropa bien hecha y de buena calidad. Y toda clase de objetos que alivian el
trabajo doméstico y son ornato de la vida. Añadamos a ello cómodos transportes,
los artículos necesarios para cultivar el espíritu y el cuerpo (libros, radio,
televisión, instrumentos de música, material deportivo) y diez mil cosas más.
El comunismo se propone dar satisfacción completa a
todas estas necesidades de los hombres. Los actuales avances de la ciencia, la
técnica y la organización de la producción hacen que esto sea perfectamente
factible.
En efecto, ¿qué puede impedir el cumplimiento de
esta tarea, a pesar de toda la complejidad que encierra?
¿La escasez de materias primas? ¿Se han reducido los
depósitos que la naturaleza preparó al hombre?
Actualmente se ve ya que este peligro no existe. El
incremento de la agricultura brinda enormes reservas para la producción de
artículos de consumo. Pero las posibilidades son aún mayores en lo que se
refiere a la utilización de
materiales sintéticos, de
calidadigual y muchas veces superior a los que la naturaleza nos
proporciona. El hombre ha aprendido a obtenerexcelentes materiales partiendo de
la hulla y del gas natural, del petróleo y de los residuos de la madera, del
agua del mar e incluso del aire. Este es el camino que en un futuro ya próximo
permitirá resolver radicalmente el problema de las materias primas.
No puede ser tampoco un obstáculo para la abundancia
la escasez de mano de obra, pues no hay límites para la productividad del
trabajo humano. Los hombres han aprendido
a poner a
su servicio máquinas que
aumentan su capacidad de producción
en miles y miles de veces. Han descubierto fuentes
inagotables de energía en la propia naturaleza: en el agua, el aire, el
subsuelo y, en fin, en el átomo. Han aprendido a construir inteligentes
máquinas automáticas que en
un porvenir no
lejano podrán inundar
literalmente a la humanidad de todo cuanto necesite para la vida.
Los avances de la ciencia y la técnica de nuestros días
y los descubrimientos, en el umbral de los cuales se encuentra, hacen tangible
y real la perspectiva de poder
satisfacer todas las
necesidades de los miembros de la sociedad no sólo en cuanto
a los objetos más imprescindibles, sino también, gradualmente, en cuanto a
artículos y servicios que ahora se consideran un lujo.
El comunismo científico examina, pues, el problema
del bienestar y la abundancia para todos en relación íntima con el desarrollo
de la producción socialista y la elevación de la productividad del trabajo. Es,
sin duda alguna, el único camino real. Es
lo que distingue
a los marxistas
de todos cuantos profesaban las
ideas del "comunismo de consumo", los cuales, al considerar la vía
que puede llevar a la abundancia,
hacían hincapié no
en la producción, sino en la distribución de los
bienes materiales. Su ideal era el simple reparto entre los miembros de la sociedad
de todas las riquezas acumuladas, tanto de las que eran de propiedad individual
como de las que pertenecían al común y habían de ser utilizadas para fomentar
la producción. Pero tal reparto únicamente puede proporcionar una breve ilusión
de bienestar general. Inevitablemente traería después el empobrecimiento, y no
la abundancia, la igualación en la pobreza, y no en la riqueza. Un sistema
justo de distribución, y la experiencia de la vida confirma esta convicción
profunda de los marxistas, sólo puede ser beneficioso cuando se apoya en una
producción robusta y en constante aumento, cuando la sociedad no se limita a
pensar en la manera de repartir los bienes existentes, sino que se preocupa de
multiplicarlos sin cesar.
Así, pues, la vía para llegar a la abundancia
comunista es el desarrollo rápido y continuo de la gran industria maquinizada
de la sociedad socialista. Esto es evidente en nuestros días. Pero en la época
en que Marx y Engels llegaban a esta conclusión -que tomaron como base del
comunismo científico- significaba un descubrimiento formidable del pensamiento
socialista. En aquella época gozaban de gran predicamento las ideas del
socialismo utópico, según el cual el bienestar del pueblo sólo era posible abandonando
la gran industria maquinizada, fruto del capitalismo, para volver a la pequeña
producción. Nadie pondrá ahora en duda que esto habría conducido, en fin de
cuentas, a la restauración del capitalismo; habría sido una regresión, y no un
progreso de la humanidad.
El hecho de que el marxismo-leninismo vea en la gran
producción moderna, en el progreso técnico y científico, la
única posibilidad para
llegar a la abundancia, no quiere decir en modo alguno
que reduzca el problema a la producción y a la técnica.
Hay
también un aspecto social no menos importante.
Se trata de un problema que es imposible resolver al
margen de las condiciones sociales que aparecen con el triunfo del socialismo.
Bajo el capitalismo, ningún progreso técnico y científico es capaz de asegurar
la abundancia a todos los miembros de la sociedad. Un ejemplo vivo es el de los
Estados Unidos -el país más rico y poderoso del campo capitalista-, donde el
alto nivel de producción parece que podría garantizar una vida desahogada a
todo el pueblo y, sin embargo, hay millones y millones de personas que comen
mal, que no tienen la vida resuelta y necesitan de lo más imprescindible.
Quiere
decirse que, sólo combinada
a los principios del
socialismo, la alta
técnica de producción puede
proporcionar una verdadera abundancia a todo el pueblo. Sólo después de que el régimen
social, la producción y la distribución de bienes materiales y espirituales han
sido transformados según los
principios socialistas -y luego comunistas- comienza esta abundancia
a dar sus frutos a cada miembro de la sociedad.
2. De
cada uno según su capacidad
Con el comunismo, lo mismo que con cualquier otro
régimen social, la única fuente de todos los valores es el trabajo humano.
"Con el comunismo no habrá una vida señorial, en la que reinen la pereza y
el ocio, sino una vida obrera, de trabajo, culta e interesante" (N. S.
Jruschov).356
Por esto, por mucho que la técnica avance, por
grandes que sean
los triunfos de
la ciencia, el principio inmutable del comunismo será
siempre: "de cada uno según su capacidad".
Este principio, según sabemos, rige también bajo
el socialismo, afirmando
el deber que
todos los miembros de la sociedad
tienen de trabajar según su capacidad les permita. El comunismo aporta, sin
embargo, cambios profundos al contenido de la fórmula "de cada uno según
su capacidad".
Primeramente, al asegurar la expansión del individuo
en todos los órdenes, las condiciones del sistema comunista hacen que la
capacidad humana se manifieste en todos
sus aspectos, por
lo que el trabajo, realizado en la medida de la
capacidad de cada uno, es mucho más productivo. En segundo término, el
cumplimiento por cada uno de su deber de trabajar con arreglo a su capacidad se
asegura dentro del comunismo
por vías distintas
a lo que ocurre bajo el socialismo. En la sociedad
socialista, según sabemos, lo decisivo son los estímulos materiales
(remuneración del trabajo), que obran en combinación con los de tipo moral.
Dentro del comunismo, todos los
miembros de la
sociedad trabajarán impulsados exclusivamente por estímulos morales, por
su elevada conciencia. Con otras palabras,
será un trabajo
gratis, a la
vez que son satisfechas a título gratuito todas las
necesidades del trabajador.
"El trabajo comunista en el sentido más
estricto de la palabra -escribía Lenin- es un trabajo gratuito en beneficio de
la sociedad, un trabajo que no se realiza como cumplimiento de determinada
carga, ni para adquirir derecho a ciertos productos, ni es establecido de
antemano por normas legales, sino que se trata de un trabajo voluntario, que se
da sin pensar en la remuneración,
sin condiciones de remuneración, un trabajo que se lleva a
cabo por la costumbre de trabajar para el bien común y por la conciencia
(convertida en costumbre) de la necesidad de trabajar para el bien común, un
trabajo como necesidad del organismo sano."357
356
XIII Congreso de
la Unión de
Juventudes Comunistas Leninistas
de la U.R.S.S. Actas taquigráficas, ed. Joven Guardia, 1959, pág. 277.
Está claro que el trabajo puede convertirse en
costumbre, en necesidad vital de cada persona, cuando, además de haberse
llegado a un alto grado de conciencia, el propio trabajo cambie de carácter.
Una de las condiciones principales para que esto
ocurra es alcanzada ya bajo el socialismo, cuando desaparece la explotación del
hombre por el hombre.
Las otras condiciones se van dando en el período de
transición al comunismo.
El trabajo humano
es sustituido por el de las máquinas en todos los lugares donde se
exigen desmedidos esfuerzos físicos, donde el trabajo es monótono y agota al
hombre. Se reduce sin cesar el tiempo del trabajo invertido en la producción
material. Finalmente, desaparece la vieja división del trabajo, que deformaba
al hombre y lo mantenía sujeto de por vida a una misma profesión, como el
galeote a su remo, cerrando el camino a la manifestación de su capacidad y sus
aficiones.
Así, el trabajo se transforma apoyándose en el
reequipamiento técnico de la producción y la amplia aplicación en ella de los
avances de la ciencia, así como en el progreso social y cultural de la nueva
sociedad. En el comunismo, el trabajo humano se emancipa hasta el fin de todo
cuanto en el transcurso de miles de años lo había convertido en una pesada
carga. Conviértese en una actividad no ya libre, sino genuinamente creadora. En
la producción automatizada de la sociedad comunista, el trabajo del hombre se
encargará, cada vez más, de cumplir las funciones que
no están al
alcance de ninguna máquina, es decir, principalmente,
las funciones relacionadas con el diseño y el perfeccionamiento de las propias
máquinas.
Podemos
representarnos un cuadro
aproximado del carácter que el trabajo adquirirá en el comunismo si
tenemos presentes las siguientes características que le son propias:
Cada individuo, por sus conocimientos y por el tipo
de su trabajo, cumple las funciones que en la producción actual están
encomendadas al ingeniero.
Los hombres dedican a la producción de veinte a
veinticinco horas a la semana (es decir, unas cuatro o cinco horas al día), y,
con el tiempo, todavía menos.
El individuo puede elegir ocupación de
conformidad con su
capacidad y aficiones,
y cambiarla si así lo desea.
357 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 482.
Todo el
talento y capacidad de los hombres encuentra desarrollo completo y aplicación,
ya en su actividad productiva, ya en el tiempo que el trabajo le deja libre.
El
hombre no tiene
por qué preocuparse
del salario, de la remuneración que percibirá por su trabajo, pues la
sociedad se encarga de satisfacer por entero sus necesidades.
El trabajo goza en la sociedad de la estimación más
alta y se convierte para todos en el principal criterio valorativo de la
persona.
En estas condiciones, como es lógico, el trabajo se
convierte en una actividad libre y voluntaria, en una necesidad, en costumbre
de todos los miembros de la sociedad,
pues el trabajo
creador es algo consustancial con el individuo y
representa, como decía Engels, "el mayor placer de cuantos se
conocen".358
Para que el trabajo sea motivo de gozo, no es
necesario convertirlo en una especie de entretenido juego que no exija la menor
tensión de las energías físicas y espirituales, como se lo imaginaban ciertos
socialistas utópicos. Polemizando
con estas simplistas concepciones, Marx
escribía que "el trabajo libre, por ejemplo, el
trabajo del compositor, es al mismo tiempo un asunto endiabladamente serio,
una tensión intensísima". No
menos serio es el
trabajo del diseñador, del inventor, del escritor: en una palabra, el verdadero
trabajo de creación. ¿Pero acaso la tensión que ese trabajo lleva consigo lo
hace menos atractivo?
El trabajo creador y libre proporcionará bajo el
comunismo a los miembros de la sociedad una satisfacción tan profunda, que el
concepto de ocio no se relacionará en ellos con la idea de no hacer nada en
absoluto. Es muy probable que, además de su ocupación principal en la
producción, que les tomará una pequeña parte del día, haya muchos que quieran
dedicarse a la ciencia, los inventos, el arte, la literatura, etc. El nivel de
la cultura general y de los conocimientos
especiales de millones
de hombres será tan
elevado, que estos
"pasatiempos" contribuirán constantemente al avance y progreso
de la humanidad.
El gozo supremo del trabajo creador y libre,
patrimonio de unos
pocos, el comunismo
lo convertirá paulatinamente en patrimonio de todos; el tiempo invertido
en el trabajo, que para millones de seres fue durante largas siglos un tiempo
robado a la vida, se convertirá en un tiempo que enriquece la vida.
Esto será la gran conquista del humanismo comunista.
Sus resultados se dejarán sentir en todas las esferas de la vida social, dando
origen a nuevas relaciones entre los hombres, creando las premisas para una
expansión jamás vista
del individuo yasegurando las condiciones para la nueva
formación de distribución que el comunismo trae consigo.
3. A
cada uno según sus necesidades
El comunismo hace efectiva la forma de distribución de los bienes materiales y
espirituales que se basa en el principio de "a cada uno según sus
necesidades". Dicho de
otro modo, el
individuo recibe de la sociedad, sin intermedio del dinero, todo cuanto
necesita, cualquiera que sea la posición que ocupe y la cantidad y calidad de
trabajo que rinda.
Es
fácil comprender que
esto no significa solamente una grandiosa revolución
en el concepto que se tiene del trabajo, el cual deja de ser un simple medio de
ganarse la vida.
Al desaparecer la necesidad del control y de la medida del
trabajo y del consumo, al ser abolido el dinero y perder vigencia las
relaciones monetario-mercantiles, cambia radicalmente el propio carácter de los
vínculos existentes entre el hombre y la sociedad. Estos vínculos se desprenden
definitivamente de consideraciones basadas en el interés, de todo cuanto ponía
en ellos la necesidad de ganar un salario, el provecho material.
La posibilidad de obtener en cualquier tiempo de las
reservas sociales cuanto se necesita para una vida culta y desahogada,
purificará toda la psicología de los hombres, sobre la que siempre pesa la
preocupación por el mañana. En la nueva psicología y la nueva moral no habrá ya
lugar a ideas sobre los ingresos y la propiedad privada, que bajo el
capitalismo es lo que daba sentido a la vida de muchos. El hombre podrá
consagrarse, por fin, a intereses elevados, de entre los cuales pasarán a
primer plano los que se refieren a la sociedad.
La
distribución según las
necesidades toma cuerpo, sin
embargo, en el
comunismo, no porconsideraciones humanitarias solamente, no
por el deseo único de evitar a todos los miembros de lasociedad la preocupación
por el futuro. Se lleva a cabo también por una necesidad económica directa
que se
hace patente en
este elevado escalón
de desarrollo de la producción social. Al distribuir los bienes
materiales y espirituales de conformidad con las necesidades de los hombres, el
sistema comunista crea las mejores
condiciones para un
mayor desarrollo de la principal fuerza productiva, que es
eltrabajador, y para
la expansión de
todas sus facultades. Lo mismo
el individuo que la sociedad salen ganando por igual con esto. Refiriéndose a
esta circunstancia, escribía Engels que "la distribución, dirigida como se
verá por consideraciones puramente
económicas, será regulada por los intereses de la
producción, a la vez que el desarrollo de esta última
se ve estimulado principalmente por el modo de
distribución que permite a todos los miembros de la sociedad desplegar al
máximo, cultivar y manifestar sus facultades".359
358 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. II,
pág. 351.
359 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 138.
Algunos críticos miopes del marxismo recurren a
argumentos absurdos en sus intentos de demostrar que los ideales de la sociedad
comunista son irrealizables. Si los bienes son distribuidos gratuitamente,
preguntan, ¿qué ocurrirá si cada uno quiere tener cada día un traje o un
automóvil nuevo?
¿Y si cada miembro de la sociedad pide un palacio
con docenas de habitaciones o desea poseer una colección de joyas o de obras
únicas de arte?
Los autores de semejantes estupideces miden al
ciudadano de la futura sociedad comunista con su propio rasero y le atribuyen
los vicios que ellos mismos padecen. El régimen comunista, se comprende, no
puede tomar a su cargo la satisfacción de semejantes caprichos y manías. Su
fin, como indicaba Engels, es el de satisfacer las necesidades razonables de
los hombres en medida siempre creciente.360 ¿Significa esto que en vez de las
relaciones monetarias habrá de recurrirse a otras formas de
reglamentación obligada del
consumo? No; bajo el comunismo, hay que pensar, no será preciso
establecer qué necesidades son razonables y cuáles no lo son. Los propios
hombres serán lo suficientemente cultos y conscientes como para no exigir a la
sociedad cosas claramente irrazonables. Según escribía Lenin en 1917, el
comunismo "presupone una productividad del trabajo distinta de la actual
y un hombre
distinto del actual,
que es capaz -como los
seminaristas de Pomialovski- de echar a perder «porque sí» los depósitos de la
riqueza social y de exigir lo imposible".361
Para educar a todos los ciudadanos en un espíritu de
visión razonable del consumo se necesitará, sin duda, cierto tiempo; pero es
una tarea que está perfectamente al alcance de la sociedad del futuro, con su
abundancia de bienes materiales y espirituales y la elevada conciencia del
individuo. Y si aparece cierto número de gentes con pretensiones
injustificadas, tampoco podrán
desorganizar el sistema comunista
de distribución. A las gentes con un apetito descomunal, escribía Engels, la
sociedad puede darles... ración doble.362 Pero en la sociedad comunista esto
sólo significará que tales individuos se ponen en ridículo ante la opinión
pública. Y no es probable que después
de esto haya
quien quiera repetir la
experiencia.
La empresa de convertir en costumbre las formas
comunistas de consumo será tanto más factible por cuanto no se exigirán
restricciones artificiales o una vida
de ascetismo. El
ascetismo es, en
general, extraño al comunismo científico, que ve el fin de la producción
social en la satisfacción completa de las necesidades materiales y espirituales
de todos los miembros de la sociedad. Además, la propia sociedad
comunista, desde sus
primeros pasos, será
lo suficientemente rica como para cubrir generosamente no ya las
necesidades de los ciudadanos en cuanto comida, ropa, vivienda, etc., sino
también para poner a su disposición todo lo que el hombre instruido y culto
necesita para alcanzar una vida plena y feliz.
360 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. XV,
pág. 421.
361 V. I. Lenin, Obras. ed. cit.. t. XXV, pág. 441.
362 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 325.
Con el comunismo se elevará sin duda el tipo mismo
del consumo y la gente adquirirá gustos más delicados.
Las relaciones sociales
comunistas educarán en el hombre sentimientos de aversión orgánica hacia
la deformación de
los gustos y necesidades
que era propia
de épocas pasadas, cuando las cosas y el nivel de
consumo eran uno de los índices principales de la posición del individuo en la
sociedad. En vez del lujo, lo que se estimará será la comodidad y la verdadera
belleza; los hombres dejarán de ver en las cosas algo que satisface su
vanidad y un
exponente de su
éxito en la
vida; dejarán de vivir para la adquisición y devolverán a las cosas la
misión que realmente tienen: la de aliviar y embellecer la vida del hombre.
Es de suponer que en este mismo sentido obrarán las
leyes de la producción en masa, como será la producción de todos los
principales artículos dentro del comunismo. Cierto que, al correr del tiempo,
la sociedad comunista será tan rica como para poder dar satisfacción a
las más elevadas
demandas de los hombres. Mas será también tan sensata,
que no deseará malgastar el trabajo humano ni el patrimonio social. El
uno y el
otro encontrarán siempre
un empleo adecuado y
digno. No es
que vaya a disminuir el nivel estético; de lo que se
trata es de que aparecerán otras normas estéticas que respondan a todo el nuevo
modo de vida.
De lo dicho se desprende que la realización del
principio comunista, "a cada uno según sus necesidades", será una
grandiosa conquista de la humanidad. No tiene sentido lanzarnos a hacer
conjeturas acerca de cuáles serán en concreto esas necesidades; está clara una
cosa: que serán mucho más elevadas y variadas que ahora. Las necesidades
humanas no son
algo estancado e
inmutable, sin cesar crecen y se
desarrollan. Este proceso adquirirá singular rapidez con el comunismo. De ahí
que el régimen comunista se proponga la satisfacción de las necesidades en
constante aumento de todos los miembros de la sociedad.
- El hombre libre en la
sociedad libre
El comunismo es el más justo de todos los regímenes
sociales; da plena vida a los principios de igualdad y
libertad, asegura la
expansión de la personalidad humana y convierte la
sociedad en una asociación
perfectamente organizada, en
una comunidad de hombres del trabajo.
Igualdad
y libertad.
La igualdad y la libertad constituyeron siempre la
aspiración suprema de
la parte mejor
de la humanidad. Bajo sus
banderas se produjeron muchos movimientos sociales del pasado, entre ellos las
revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Pero esta aspiración era
irrealizable en una sociedad basada en la propiedad privada sobre los medios de
producción y escindida en clases de explotadores y explotados, de opresores y
oprimidos.
Sólo cuando los medios de producción son convertidos
en propiedad social y la explotación del hombre
por el hombre
es imposible, se
abre el camino para la igualdad
real, y no simplemente sobre el papel, de los hombres, y es posible de veras su
liberación.
El
comunismo lleva hasta
el fin esta
obra histórica. Uno de sus grandes principios sociales es la igualdad
real y universal de los hombres.
La igualdad se consigue primeramente gracias a que
el comunismo es una sociedad sin clases, en la que son suprimidos los últimos
residuos de las diferencias sociales y de la desigualdad, de ellas derivada,
que se mantenían aún bajo el socialismo, comprendidas las diferencias entre la
ciudad y el campo y entre los hombres del trabajo manual e intelectual.
La desaparición de estas diferencias no significa en
modo alguno una nivelación de los individuos, la unificación de facultades y
caracteres humanos. El comunismo no es un cuartel habitado por seres sin
individualidad. Únicamente los vulgarizadores incorregibles o quienes mienten a
sabiendas son capaces de presentar una caricatura tal de la sociedad del
futuro. Lo cierto es que esta sociedad abre unos horizontes ilimitados, como
jamás se conocieron, a la expansión de la individualidad humana en toda su variedad
infinita.
La igualdad comunista no quiere decir que vayan a
desaparecer todas las diferencias entre los hombres; serán eliminadas,
sí, las diferencias
y condiciones que colocaban a los
hombres en una situación de desigualdad social. Sin que en ello influyan su
origen ni su situación, cualquiera que sea su aportación a la producción
social, el hombre es colocado bajo el comunismo en igualdad de condiciones para
tomar parte en la gestión de los asuntos comunes, para perfeccionarse y gozar
de todos los bienes de la vida. Una de las características del comunismo es
precisamente que asegura el alto grado de igualdad en la que, como decía Marx,
ni siquiera "la diferencia en cuanto a la actividad, al trabajo, trae
consigo ninguna desigualdad, ningún privilegio en el sentido de la posesión y
del consumo".363 Este es el gran significado social de la forma de
distribución de los bienes materiales y espirituales que el sistema comunista
implanta.
Al propio tiempo, el comunismo trae el triunfo
definitivo de la libertad humana. En la primera fase - hombres adquieren ya la
principal de todas las libertarles, al no verse constreñidos a trabajar para
los explotadores. El poder de los trabajadores bajo el socialismo proporciona
un sentido verdadero a la democracia o poder del pueblo. El comunismo va más
allá, creando por primera vez las condiciones bajo las cuales la coerción se
hace completamente innecesaria.
¿Por qué esto es posible dentro del comunismo,
cuando en el pasado no hubo sociedad alguna que pudiese aspirar siquiera a
renunciar a la coerción?
Ello se debe a que durante miles de años reinaron
unas condiciones sociales que hacían inevitables las contradicciones irreductibles, los
choques de intereses de
individuos y de clases enteras. Esta escisión de la sociedad dio origen a la
coerción, haciendo nacer un aparato especial de violencia de clase, así como el
sistema de normas jurídicas impuestas a los hombres por la fuerza que las
clases dominantes reunían en sus manos.
Tal escisión de la sociedad desaparece ya con el
triunfo del socialismo. El
comunismo, que transforma la
producción, la distribución y el trabajo, asegura a la vez la completa fusión
de los intereses económico-sociales
de todos los
miembros de la sociedad.
Desaparece así el
terreno para cualquiergénero de medidas coercitivas. Las
relaciones de dominación y subordinación son reemplazadas definitivamente por
la colaboración libre. El Estado deja de ser
necesario, como también
la reglamentación jurídica. Para los hombres cultos, de elevadas ideas
y rígida moral
-como serán los hombres
del comunismo- la
observación de las normas de la convivencia humana se
convertirá en costumbre, en una segunda naturaleza. En estas condiciones,
escribía Engels, "el lugar del gobierno de las personas lo ocupa el
gobierno de las cosas y la dirección de los procesos productivos".364
La desaparición de la vida social de toda clase de
coerción transformará no sólo las
condiciones sociales de la sociedad futura, sino también el propio
hombre, que en todo momento se mantendrá fiel a sus convicciones y a la
conciencia de su deber moral.
Expansión
de la personalidad humana.
El fin supremo
del comunismo consiste
en asegurar la libertad
completa de desarrollo
de la personalidad humana,
en propiciar las condiciones para la expansión ilimitada de la
personalidad y el perfeccionamiento físico y espiritual del individuo. Ahí ve
el marxismo la
verdadera libertad en el
sentido más elevado de la palabra.
Una vida desahogada para todos, un sistema bien
montado de higiene y sanidad públicas y un modo de vida razonable, asegurarán
al hombre, en la sociedadcomunista, la perfección física y una vida larga y sana.
La forma de distribución propia del comunismo le eximirá de las preocupaciones
por el pan de cada día. Un trabajo libre y creador dará amplio vuelo a las
diversas facultades en él latentes.
socialista-
de desarrollo de
la nueva sociedad,
los
364 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas, t. II,
Moscú, 1955,
363 C. Marx y F. Engels. Obras. ed. cit., t. III,
pág. 542.
pág. 141.
Será muchísimo mayor el tiempo libre de que los
hombres dispongan. Ya sabemos la gran importancia que concedía a esta
circunstancia Marx, quien afirmaba que bajo el comunismo la riqueza de la
sociedad no será medida por el tiempo de trabajo, sino por el tiempo libre de
sus miembros. Pues no se trata de un
tiempo destinado simplemente
al descanso y a la reposición de energías; será, según palabras de Marx,
el espacio destinado al perfeccionamiento de su personalidad.
Los hombres de la nueva sociedad, cultivados en
todos los órdenes, encontrarán sin duda medios razonables y dignos para llenar
ese "espacio". El estudio
será tan imprescindible en
su vida como pueda
serlo el trabajo,
el descanso o
el sueño. Crecerá
inconmensurablemente la necesidad que se sienta por todo género de bienes
culturales. La sociedad, más rica, podrá destinar a su producción recursos y
trabajo en cantidad creciente.
Otra circunstancia que contribuirá en alto grado al
perfeccionamiento del individuo es que la sociedad comunista proporcionará posibilidades ilimitadas para que el hombre encuentre
campo de aplicación a todas sus facultades; y éstas ya sabemos que sólo se
desarrollan, perfilan y perfeccionan cuando son puestas en juego.
Estas premisas darán alas a la inteligencia humana
para desplegarse con todo su vigor. Los caracteres y
sentimientos se elevarán hasta cimas nunca vistas.
Las nuevas condiciones de vida harán nacer nuevos
impulsos morales: solidaridad,
buena voluntad mutua, un
sentimiento de honda comunidad con los demás
miembros de una
misma familia humana. Todo esto brindará a la humanidad las
más ilimitadas posibilidades para gozar de la vida y disfrutar plenamente de
las alegrías que ésta proporciona.
Al mismo tiempo, la expansión de la personalidad
será un
poderoso factor que
contribuirá al rápido progreso de
la sociedad comunista.
Porque la inteligencia, el
talento y la capacidad de los hombres es la mayor riqueza de que cualquier
sociedad dispone. En el pasado, sin embargo, en virtud de las condiciones
sociales, esta riqueza era aprovechada en una parte mínima. ¡Qué infinitas
perspectivas se ofrecerán cuando la capacidad y el talento de cada individuo
puedan desplegarse por completo, cuando encuentren una
aplicación fecunda y no sean disipadas sin provecho alguno!
Comunidad
organizada de hombres altamente desarrollados.
La libertad que el comunismo dé al hombre no significará
la desintegración de la sociedad en comunas autónomas, y mucho menos en
individuos que no admiten vínculos sociales de ningún género.
Para que la
producción social funcione
y se desarrolle normalmente,
para que la
cultura y la civilización florezcan, proporcionando a
los hombres una vida de bienestar, libre y feliz, la sociedad necesita una
organización. Por eso el Estado no será sustituido por el reino de la anarquía
universal, sino por un sistema de administración social.
No
tendría sentido que
nos dedicásemos a conjeturar qué
formas concretas adoptará
este sistema, pero sí podemos juzgar de algunos de sus rasgos generales
con grandes probabilidades de estar en lo cierto.
La administración social del comunismo será un sistema
orgánico que comprenda a toda la población, la cual, a través del mismo,
ejercerá la dirección directa de sus asuntos. Este sistema exigirá formas
nuevas de organización, tales que permitan conocer acertadamente y a su debido
tiempo la voluntad común y aplicarlas
eficazmente, agrupando a millones y millones de seres para el
cumplimiento de las tareas que ante la sociedad se presentan.
La
administración social comunista
será, ante todo, un
ramificado sistema de
organizaciones de masas y
colectividades. Sólo así se puede asegurar la participación constante de todos
los miembros de la sociedad en las labores de dirección, el aprovechamiento de
su energía, su experiencia y su fecunda iniciativa.
Cambiarán también, en consonancia con ello, los
métodos de dirección de los asuntos públicos. En la economía -la esfera
principal de la administración social- serán métodos de planificación
científica, de organización de vínculos voluntarios y de colaboración entre
el personal de
las empresas y entre
las zonas económicas.
Otros asuntos serán resueltos recurriendo a los métodos de
la presión social, de la influencia de la opinión pública. Esta
será, dentro del comunismo, una fuerza
suficientemente poderosa para hacer entrar en razón a quienes no deseen seguir
las costumbres y normas comunistas de convivencia.
Cambiará sustancialmente la atmósfera en que se
desenvuelva la labor de la administración social. Esta presupone no
sólo una completa
publicidad e información sobre
los asuntos de la sociedad, sino también una intensa actividad civil de los
ciudadanos y su profundo interés por todas las cuestiones que
afecten a la colectividad. Es muy probable que la
discusión pública de los asuntos revele la existencia de opiniones contrarias,
pero esto no significará un obstáculo, sino que, al revés, ayudará a encontrar
la solución más acertada. Las contradicciones irreductibles, según demuestra la
experiencia, son producto de intereses antagónicos y de la ignorancia.
Estas causas quedarán
eliminadas bajo el comunismo; sólo restarán, por tanto,
diferencias en cuanto a la experiencia, al grado de información que se tenga
sobre determinada materia y a la manera de enfocar los
asuntos. No será,
sin embargo, nada difícil salvarlas, considerando la
profunda comunidad de intereses, de fines y de ideas existente entre todos los
ciudadanos.
Todos estos rasgos de la administración social
comunista responden por completo al carácter de las relaciones entre los
hombres de la sociedad futura, que serán relaciones de colaboración,
fraternidad y comunidad. El hombre comunista no será egoísta ni individualista, se
distinguirá por un
colectivismo consciente y una honda preocupación por el bien común. La
moral de este hombre tendrá como base primera y principal la devoción a la
colectividad; todos estarán dispuestos
en cualquier momento
a salir en defensa de los intereses sociales. Estas virtudes de
los ciudadanos libres
e iguales de la
nueva sociedad harán del comunismo una comunidad muy organizada y bien
coordinada de hombres que dominan a la perfección todos los secretos de su
fecundo trabajo.
5. Paz
y amistad, colaboración y aproximación
de los pueblos El comunismo significa
el establecimiento de nuevas relaciones entre los pueblos.
Dichas relaciones se derivan de los principios del
internacionalismo socialista, que hoy día constituyen ya la base sobre la que
se desenvuelven los países del sistema mundial del socialismo.
La victoria de la revolución socialista suprime las
causas que engendran las guerras entre los países y convierte a la paz y la
amistad en el fundamento de
las relaciones entre los pueblos que construyen la
sociedad nueva. El
comunismo da más
solidez todavía a estas relaciones, y así se desprende de la esencia
misma del sistema comunista. "...En contraposición a la sociedad vieja,
con su miseria económica y su insania política -escribía proféticamente
Marx acerca del
comunismo-, nace una sociedad
nueva, cuyo principio internacional será la paz, puesto que en cada uno de los
pueblos habrá un mismo señor: ¡el trabajo!"365
Vemos que, hoy, en las relaciones entre los países
socialistas impera el
principio de igualdad
de derechos de las naciones, sin que sobre él influyan el número de
habitantes de cada una ni su nivel económico y cultural. El triunfo del
comunismo elevará este principio a un escalón superior, asegurando la igualdad
real de los países donde se afirmó el nuevo régimen. Ya en el período de
transición al comunismo, alcanzarán todos el nivel de los avanzados y su
entrada en la nueva era será más o menos simultánea.
La
creación del sistema
socialista mundial ha traído
consigo una íntima
colaboración y ayuda mutua de los pueblos liberados. El
comunismo significará nuevos avances en esta colaboración. Dejará abierto el
camino para una inusitada aproximación económica y cultural de todos los
pueblos al objeto de facilitar y acelerar su progreso.
Todos estos cambios serán parte inseparable de la
transformación comunista de la sociedad, que traerá como consecuencia
la desaparición completa
de cualquier huella de la división y el aislamiento en que antes vivían
los pueblos.
Ciertamente que las naciones, y por consiguiente las
culturas nacionales y las lenguas, existirán aún largo tiempo
después del triunfo
del comunismo. Pero la vida y las
relaciones entre los pueblos se verán libres de cuanto signifique el más
pequeño motivo para la enemistad y la discordia, el particularismo y el
aislamiento, el egoísmo y la limitación nacionales.
365 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I,
Moscú. 1955. pág.
449.
¡Qué formidables beneficios proporcionará todo esto
a la humanidad! Sólo con que desapareciera una forma de
"relaciones"
internacionales como es la guerra
-con las destrucciones y muertes que lleva aparejadas-, aun con el nivel actual
de la economía, se podrían emprender trabajos gigantescos. Se ha calculado, por
ejemplo, que con los recursos consumidos por la segunda guerra mundial se
habría podido construir un departamento de cinco habitaciones para cada familia
de la tierra, además de un hospital en cada población de más de cinco mil
habitantes; y aún habría habido dinero para sostener todos esos hospitales
durante diez años. Por lo tanto, los recursos invertidos en una guerra mundial
bastarían para resolver radicalmente el problema de la vivienda y el de la
sanidad, que tan graves caracteres revisten para la mayoría de los hombres.
¡Y cuántos valores se podrían crear invirtiendo en
un trabajo de paz los recursos que ahora se dilapidan en la carrera de
armamentos y las energías de las decenas de millones de personas retenidas por
los ejércitos y la industria de guerra!
También beneficiará enormemente a los pueblos la
aproximación económica de los países comunistas, el desarrollo de su economía
hacia un sistema comunista mundial. Una amplia cooperación y
especialización abrirá horizontes
nuevos, permitiendo ahorrar trabajo humano y aumentar la producción de
toda clase de artículos. Esto hará que el desarrollo económico se acelere con
velocidades como nunca se conocieron.
Serán también ilimitadas las posibilidades que el
comunismo ofrezca a
los avances culturales
de la humanidad. Las culturas de
los distintos pueblos, nacionales por la forma, se irán penetrando de unmismo
espíritu comunista. Esta aproximación significará un poderoso estímulo para el
enriquecimiento recíproco y
el progreso de las
culturas nacionales, haciendo posible, en el futuro, la formación de
una cultura universal
única, profundamente
internacional y genuinamente
humana. El avance de la ciencia será mucho más rápido, pues resultará posible
coordinar sus esfuerzos en escala internacional, y
más tarde en
escala mundial. Las relaciones
entre los hombres
de distintos países y nacionalidades serán más íntimas que nunca; las
personas se conocerán mejor, podrán aprender unos de otros y cada vez más se
sentirán miembros de una misma familia humana.
Se puede decir que el comunismo infundirá un sentido
nuevo y más elevado a la noción misma de "humanidad", convirtiendo el
género humano -que durante miles de años se vio desgarrado por disensiones,
discordias, conflictos y guerras- en una comunidad universal y única.
6.
Perspectivas ulteriores del comunismo
Acabamos de referirnos a las perspectivas próximas del comunismo,
a lo que espera a las primeras
generaciones de hombres
que tengan la dicha de vivir en esta sociedad. Sus
líneas generales nos demuestran ya que el régimen comunista lleva a la
práctica, desde sus primeros pasos, los mejores anhelos de los hombres, su
aspiración a lograr para todos el bienestar y la abundancia, la libertad y la
igualdad, la paz, la fraternidad y la colaboración del género humano.
Esto es completamente lógico, pues el ideal del
comunismo tiene raíces muy hondas en la historia, en el corazón mismo de masas
de millones de trabajadores. Estas aspiraciones se encuentran ya en las
leyendas populares de la "Edad de Oro" que aparecieron en el amanecer
de la civilización. Los movimientos de liberación de las masas trabajadoras
plantearon en la Antigüedad y en el medievo muchas reivindicaciones que en el
fondo eran comunistas. Y en la confluencia de dos épocas -la feudal y la
capitalista- ilustres pensadores
de aquel tiempo, como eran los socialistas utópicos,
se sirvieron del ideal comunista como base de su doctrina de la sociedad perfecta.
Bien es verdad
que estos pensadores no pudieron
penetrar en el secreto de las leyes
del desarrollo social
ni dar fundamento científico a la posibilidad real
y la necesidad histórica del comunismo. Sólo el marxismo convirtió el
comunismo de utopía
en ciencia, y
la fusión del comunismo científico con el creciente
movimiento obrero dio origen a la invencible fuerza que mueve la sociedad hacia
la fase siguiente del progreso social: del capitalismo al comunismo.
El comunismo no perdió su gran valor general humano
al fundirse con el movimiento obrero. Tenía toda la razón Engels al decir que
el comunismo "es la causa de la humanidad entera, y no solamente de los
obreros”.366 El triunfo del comunismo significará la realización de las
aspiraciones de toda la humanidad trabajadora.
366 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. II,
pág. 516.
Porque el régimen comunista significa el triunfo del
espíritu humano, la victoria completa del humanismo real, como decía Marx.
El humanismo comunista es real no solamente porque
la creación de una vida interesante, feliz y alegre para todos los hombres será
una fuerza motriz de la actividad
humana, poderosa y
capaz de vencerlo todo. Posee
también valor decisivo la circunstancia de que con el comunismo la sociedad
tiene, por fin,
la posibilidad completa de
alcanzar esos fines. La
formidable base de
producción, el poder creciente
sobre las fuerzas de la naturaleza, un orden social justo y razonable, la conciencia
y las elevadas virtudes morales de los hombres, permitirán dar vida a las
aspiraciones a una sociedad perfecta.
Es con el triunfo del comunismo cuando empieza la
historia de la humanidad en el sentido más elevado de la palabra. Lo que
diferencia al hombre de todos los demás seres vivos es que la inteligencia y el
trabajo le eximen
de la necesidad
de acomodarse pasivamente a
las condiciones del
medio, y le permiten transformar estas condiciones en
consonancia con sus
intereses. Y aunque
la humanidad cuenta ya con muchos miles de años de existencia, sólo con
el comunismo empieza la era de su madurez completa y acaba la larga prehistoria
en que la vida del individuo y de la humanidad en su conjunto se moldeaba bajo
la influencia de fuerzas naturales y sociales extrañas, que no se subordinaban
a su poder. Con el triunfo del comunismo, que trae consigo la abundancia de
cuanto es necesario para la vida, los hombres pueden eliminar de la sociedad
todas las manifestaciones inhumanas que antes la dominaban: las guerras, la
cruel lucha dentro de la propia sociedad y las injusticias, la falta de
cultura, la ignorancia y el atraso, la delincuencia y demás factores negativos.
De las relaciones
entre los hombres y los pueblos
desaparecerán definitivamente la violencia y la avidez, la hipocresía y el
egoísmo, la perfidia y la vanidad.
Así conciben los comunistas el triunfo del
verdadero humanismo real
que prevalecerá en la futura
sociedad comunista.
Mas ni siquiera después de haber alcanzado estas
cimas se detendrán los hombres; no se estancarán, no se declararán satisfechos,
no caerán en una contemplación pasiva. Aparecerán tareas nuevas, vendrán objetivos
nuevos, más seductores todavía. La rueda de la historia no se
detendrá en su avance.
Si nos paramos
a pensar, ésta
es la mayor felicidad que pueden tener los hombres,
la garantía de que nunca perderán la satisfacción suprema y la alegría que
proporcionan el trabajo
creador, un quehacer activo y la
audaz superación de los obstáculos.
La
característica de la
sociedad comunista es, precisamente, su desarrollo
excepcionalmente rápido y prácticamente ilimitado. Después de su triunfo, la vida
seguirá presentando a los hombres problemas nuevos, para la resolución de los
cuales será preciso el esfuerzo fecundo de cada generación.
Lo primero de todo, está claro que nunca se detendrá
el progreso de la producción social. ¿Qué factores estimularán
su constante avance?
El continuo incremento de las necesidades de los hombres dentro
de la sociedad
comunista, incremento que, además, se llevará a cabo con inusitada
rapidez. Otro factor será el aumento de la población, el cual, como es lógico,
impondrá el ascenso de la producción de bienes materiales y culturales. En este
mismo sentido obrará la necesidad social de seguir reduciendo la jornada de
trabajo y de aumentar el tiempo libre de que disfruten los trabajadores.
No es difícil prever que el propio desarrollo de la
producción exigirá la solución de numerosos problemas muy complejos
relacionados con el perfeccionamiento de su organización, con la capacitación
de especialistas y con la invención y aplicación de toda clase de máquinas y
aparatos.
No cesarán de presentarse problemas nuevos ante la
ciencia, que ocupará un lugar de primera fila en la sociedad comunista. Hoy día
podemos ver ya que el panorama que se
le abre es
verdaderamente grandioso. El académico soviético V. A. Obruchev escribe
así acerca de lo que los hombres tienen derecho a esperar de la ciencia.
"Es necesario:
"Alargar la vida del hombre hasta una media de
ciento cincuenta años a doscientos, acabar con las enfermedades infecciosas,
reducir al mínimo las no infecciosas,
vencer a la
vejez y el
cansancio, aprender a devolver la vida en los casos de muerte casual y
prematura.
"Colocar al servicio del hombre todas las
fuerzas de la naturaleza, la energía del Sol y del viento y el
calor del subsuelo; aplicar la energía atómica en la
industria, los transportes y la construcción; aprender a hacer reservas de
energía y a enviarla a cualquier lugar por procedimientos inalámbricos.
"Prevenir y evitar definitivamente las
consecuencias de las
calamidades naturales: inundaciones, huracanes,
erupciones volcánicas y sismos.
"Fabricar todos los cuerpos que se conocen en
la Tierra, hasta los más complejos -las albúminas- y otros que la naturaleza no
posee: más duros que el diamante, más resistentes al calor que el ladrillo
refractario, más resistentes
a la fusión
que el tungsteno y el osmio, más
flexibles que la seda y más elásticos que el caucho.
"Obtener nuevas razas de animales y variedades
de plantas, que crezcan más de prisa, que den más carne, leche, lana, cereales, frutas, fibra
y madera para las necesidades de la economía nacional.
"Adaptar
y asimilar para
la vida zonas
ahora improductivas como los pantanos, montañas, desiertos, la taiga, la
tundra y, acaso, el fondo del mar.
"Aprender a regir el tiempo, a regular el
viento y la temperatura, de la
misma manera que ahora se regulan los ríos, a desplazar
las nubes y a disponer a voluntad de las lluvias y del sol, de la nieve y del
calor."367
Se comprende que la ciencia no habrá agotado sus
posibilidades ni aun después de haber dado cima a estas formidables
tareas. No hay
ni puede haber límite a la inteligencia del hombre,
siempre deseoso de saber, ni a su aspiración a servirse de las fuerzas de la
naturaleza y a dominar todos sus secretos.
Jamás dejarán tampoco los hombres de esforzarse por
perfeccionar la organización de la sociedad en que viven: las formas de la
administración social, el modo de vida y las normas humanas de relación y
convivencia.
¡Y qué campo infinito se abre ante la sociedad
comunista en cuanto al desarrollo de las facultades y la personalidad de todos
sus miembros, al perfeccionamiento físico y espiritual de los propios hombres!
El ascenso hacia las resplandecientes cumbres de la
civilización comunista generará siempre en los hombres manantiales de fuerza de
voluntad e inteligencia, de impulsos creadores, de valor y de esa energía que
es el origen y fuente de la vida.
367 La Ciencia y la juventud, ed. de la Academia de
Ciencias de la U.R.S.S., Moscú, 1958, pág.


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