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© Libro No. 464. Manual de Marxismo-Leninismo. ACURSS. Colección E.O. Agosto 10 de 2013.

 

Título original: © Manual de Marxismo-Leninismo. ACURSS. Edición: Grijalbo, Méjico 1960. Lengua:  Castellano. Digitalización: Koba.

Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/

 

Versión Original: © Manual de Marxismo-Leninismo. ACURSS. Edición: Grijalbo, Méjico 1960. Lengua:  Castellano. Digitalización: Koba.

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MANUAL

DE MARXISMO-LENINISMO

 

 

 

 

 

Academia de Ciencias de la URSS

 

 

 


PRESENTACIÓN .....................................................1

PREFACIO. ...............................................................2

SECCIÓN PRIMERA. ..............................................6

FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS DE LA CONCEPCIÓN MARXISTA-LENINISTA DEL MUNDO ....................................................................6

Capitulo I. El materialismo filosófico .......................6

1. Progreso de la ciencia materialista avanzada en lucha contra la reacción y la ignorancia ................6

2. Materialismo e idealismo ..................................7

3. Qué es filosóficamente la materia ...................10

4. Formas universales de ser del mundo material11

5. La conciencia es propiedad de la materia altamente organizada...........................................14

6. Adversarios del materialismo filosófico..........16

7. La filosofía burguesa contemporánea..............19

8. En la lucha por una concepción científica del mundo..................................................................25

Capitulo II. La dialéctica materialista......................26

1. Concatenación universal de los fenómenos.....28

2. Cambios cuantitativos y cualitativos en la naturaleza y en la sociedad..................................33

3. La bifurcación en contrarios como fuente

principal del desarrollo........................................36

4. Desarrollo dialéctico de lo inferior a lo superior

.............................................................................40

5. La dialéctica como método de conocimiento y transformación del mundo...................................42

Capitulo III. Teoría del conocimiento .....................44

1. La práctica como base y fin del conocimiento 44

2. El conocimiento es el reflejo del mundo objetivo................................................................47

3. Doctrina de la verdad ......................................48

4. La práctica como criterio de la verdad ............55

5. Necesidad y libertad ........................................57

SECCIÓN SEGUNDA. ...........................................59

LA CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA ..............................................................59

Capitulo IV. Esencia del materialismo histórico .....59

1. Transformación revolucionaria en las concepciones sobre la sociedad ...........................59

2. El modo de producción como base material de

la vida de la sociedad ..........................................60

3. Base y superestructura.....................................63

4. La historia como desarrollo y cambio de formaciones económico-sociales.........................64

5. La ley histórica y la actividad consciente de los

hombres ...............................................................69

6. Inconsistencia de la sociología burguesa.........73

7. Valor de la concepción materialista de la historia para las demás ciencias sociales y para la

práctica social ......................................................75

Capitulo V. Las clases, la lucha de clases y el estado

.................................................................................76

1. Esencia de las diferencias de clase y de las relaciones entre las clases....................................77

 

2. El estado como instrumento de la dominación

de clase ............................................................... 80

3. La lucha de clases como fuerza motriz del desarrollo de la sociedad basada en la explotación

............................................................................ 82

4. Formas fundamentales de la lucha de clase del proletariado......................................................... 85

Capitulo VI. El papel de las masas populares y el

individuo en la historia ........................................... 90

1. Las masas populares son las creadoras de la historia ................................................................ 90

2. El papel del individuo en la historia ............... 93

3. Papel de las masas en la vida político-social de nuestra época ...................................................... 96

Capitulo VII. El progreso social ............................. 99

1. Carácter progresivo del desarrollo social ....... 99

2. El progreso social en la sociedad basada en la explotación y con el socialismo........................ 102

3. El marxismo-leninismo y los ideales de

progreso social.................................................. 104

SECCIÓN TERCERA. ......................................... 108

ECONOMÍA POLÍTICA DEL CAPITALISMO . 108

INTRODUCCIÓN ................................................ 108

Capitulo VIII. El capitalismo premonopolista ...... 109

1. Aparición de las relaciones capitalistas........ 109

2. Producción mercantil. Mercancía. Ley del valor y dinero............................................................. 110

3. La plusvalía, piedra angular de la teoría

económica de Marx .......................................... 113

4. El salario....................................................... 115

5. El aumento de la ganancia como fin y límite de la producción capitalista ................................... 116

6. Desarrollo del capitalismo en la agricultura. Renta de la tierra .............................................. 117

7. Reproducción del capital social y crisis

económicas ....................................................... 119

8. La ley general de la acumulación capitalista 122

Capitulo IX. El imperialismo, fase superior y última del capitalismo ...................................................... 124

1. El imperialismo como capitalismo monopolista

.......................................................................... 124

2. El imperialismo como capitalismo parasitario o en putrefacción ................................................. 130

3. El imperialismo como capitalismo agonizante

.......................................................................... 132

4. Comienzo de la crisis general del capitalismo

.......................................................................... 134

Capitulo X. El imperialismo en la etapa actual .... 135

1. Nueva etapa de la crisis general del capitalismo

.......................................................................... 135

2. El capitalismo monopolista de estado .......... 136

3. ¿Podrá el capitalismo evitar las crisis económicas? ..................................................... 145

4. Profundización y ampliación de los

antagonismos de clase ...................................... 147

5. El último peldaño en la escalera histórica del capitalismo ....................................................... 152

 

Índice

 

 

SECCIÓN CUARTA.............................................154

TEORÍA Y TÁCTICA DEL MOVIMIENTO COMUNISTA INTERNACIONAL ......................154

Capitulo XI. La misión histórica de la clase obrera

...............................................................................154

1. La clase obrera lleva la emancipación a la humanidad trabajadora ......................................154

2. Incremento del peso y del papel político-social

de la clase obrera ...............................................155

3. Comunidad de intereses de la clase obrera y de todos los trabajadores ........................................157

4. El internacionalismo, manantial de fuerzas para el movimiento obrero ........................................158

5. Obstáculos y dificultades del movimiento

obrero en su desarrollo ......................................160

6. La clase obrera lucha y crea ..........................161

Capitulo XII. La gran revolución socialista de octubre, viraje radical en la historia de la humanidad

...............................................................................164

1. Papel de vanguardia de la clase obrera rusa ..164

2. La primera revolución socialista del mundo .166

3. Poderoso impulso para el movimiento obrero revolucionario de otros países ...........................170

4. Influencia de la revolución de octubre sobre el

movimiento de liberación nacional ...................170

5. Destacamento de vanguardia y baluarte del movimiento socialista mundial .........................171

Capitulo XIII. El partido marxista-leninista y su

papel en la lucha de clase de los obreros ...............172

1. Qué partido necesita la clase obrera ..............173

2. El centralismo democrático en la estructura y la vida del partido..................................................175

3. Los vínculos vivos del partido con las grandes

masas .................................................................177

4. La política marxista-leninista como ciencia y como arte...........................................................179

5. Necesidad de la lucha contra el oportunismo de derecha y el sectarismo .....................................182

6. Carácter internacional del movimiento comunista ..........................................................184

Capitulo XIV. La política de unidad de acción de la

clase obrera y de todas las fuerzas democráticas del pueblo ....................................................................186

1. Necesidad de la unidad de acción de la clase obrera en las condiciones actuales ....................186

2. Quién se opone a la unidad de acción de la clase

obrera ................................................................188

3. Vías para alcanzar la unidad de acción del movimiento obrero ............................................192

4. La política de unidad democrática ................196

Capitulo XV. La alianza de la clase obrera y los campesinos bajo el régimen capitalista .................199

1. La lucha por los intereses de los campesinos 199

2. Los comunistas defienden los intereses vitales

de las masas campesinas ...................................203

3. Qué da a los campesinos el triunfo de la clase obrera ................................................................204

 

Capitulo XVI. El movimiento de liberación nacional de los pueblos contra el colonialismo ....................206

1. El movimiento obrero y el problema nacional- colonial ..............................................................206

2. Auge del movimiento de liberación nacional y desintegración del sistema colonial...................209

3. Conquistas de la revolución antiimperialista y antifeudal en los países de Asia incorporados a la vía del socialismo ..............................................213

4. Los jóvenes estados de oriente en la lucha por la consolidación de su independencia ...................214

5. Los países iberoamericanos en la lucha por una auténtica independencia ....................................218

6. La lucha por la liberación de los pueblos de

África ................................................................220

7. El anticomunismo como instrumento de desintegración y división del movimiento de

liberación nacional ............................................221

8. Nuevas formas de la política colonial ...........223

9. El sistema socialista mundial, baluarte de los pueblos en la lucha contra el colonialismo........224

Capitulo XVII. Lucha de los pueblos de los países capitalistas por el mantenimiento de su soberanía.225

1. Agudización del problema de la soberanía en la

época del imperialismo .....................................226

2. El cosmopolitismo, y no el patriotismo, es la ideología de la burguesía imperialista ...............229

3. La defensa de la soberanía coincide con los

intereses vitales de todas las fuerzas sanas de la nación ................................................................230

Capitulo XVIII. La lucha en defensa de la

democracia en los países burgueses.......................233

1. Lenin, acerca de la necesidad de luchar por la democracia dentro del capitalismo ....................234

2. Ofensiva de los monopolios capitalistas contra

los derechos democráticos de los trabajadores..235

3. La unificación de las fuerzas democráticas, condición primordial para la victoria sobre la reacción y el fascismo .......................................238

Capitulo XIX. Las amenazas de guerra y la lucha de los pueblos por la paz ............................................240

1. El imperialismo amenaza más que nunca el futuro de la humanidad......................................240

2. La clase obrera y la guerra ............................242

3. La defensa de la paz es tarea primordial de

todos los demócratas .........................................244

4. Posibilidades de impedir la guerra en nuestra época .................................................................245

Capitulo XX. Las diversas formas de transición a la revolución socialista ..............................................248

1. Los antagonismos de clase, al desarrollarse,

hacen inevitable la revolución proletaria ..........248

2. Los movimientos democráticos de nuestro tiempo y la revolución socialista .......................250

3. Cómo maduran las condiciones pana la

revolución proletaria .........................................256

4. El paso del poder a la clase obrera ................259

 

 

 

5. Leyes fundamentales de la revolución socialista y peculiaridades de su manifestación en los distintos países ..................................................264

SECCIÓN QUINTA. .............................................266

TEORÍA DEL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO

...............................................................................266

Capitulo XXI. Dictadura del proletariado y democracia proletaria ............................................266

1. Necesidad histórica de la dictadura del

proletariado en el período de transición ............266

2. La democracia proletaria como democracia de nuevo tipo..........................................................271

3. Variedad de formas de la dictadura del

proletariado .......................................................277

Capitulo XXII. Principales tareas económicas en el periodo de transición del capitalismo al socialismo

...............................................................................282

1. Por dónde empieza el poder de la clase obrera

...........................................................................283

2. Vías para la supresión de la pluralidad de formaciones económicas ...................................286

3. La industrialización socialista .......................293

4. Balance del período de transición .................294

Capitulo XXIII. Rasgos fundamentales del modo socialista de producción.........................................296

1. La propiedad social y sus formas ..................296

2. Fin fundamental de la producción socialista .299

3. Desarrollo planificado de la economía nacional

...........................................................................300

4. La producción mercantil y la ley del valor en el socialismo..........................................................302

5. El trabajo en el socialismo ............................305

6. La reproducción ampliada socialista .............307

Capitulo XXIV. Fisonomía político-social y cultural de la sociedad socialista.........................................310

1. La democracia socialista ...............................310

 

2. La amistad de los pueblos de la sociedad socialista ........................................................... 316

3. La cultura de la sociedad socialista .............. 318

4. El socialismo y el individuo ......................... 321

5. Fuerzas motrices de la sociedad socialista ... 323

Capitulo XXV. El sistema socialista mundial ...... 325

1. Particularidades históricas de la formación del sistema socialista mundial ................................ 325

2. Principios de las relaciones entre los estados

socialistas (internacionalismo socialista) ......... 326

3. Desarrollo de la economía socialista mundial

.......................................................................... 330

4. Relaciones económicas de los estados

socialistas con otros países ............................... 334

Capitulo XXVI. El periodo de transición del socialismo al comunismo...................................... 335

1. La línea general leninista del partido en la

nueva etapa ....................................................... 336

2. Creación de la base material y técnica del comunismo ....................................................... 338

3. Desaparición gradual de las diferencias de clase

y de otras diferencias sociales .......................... 344

4. La educación comunista de los trabajadores 351

5. Desarrollo de la democracia socialista ......... 355

6. Significado internacional de la construcción del comunismo en la U.R.S.S................................. 360

Capitulo XXVII. La sociedad comunista.............. 364

1. Sociedad de bienestar y abundancia para todos

.......................................................................... 364

2. De cada uno según su capacidad .................. 366

3. A cada uno según sus necesidades ............... 367

4. El hombre libre en la sociedad libre ............. 368

5. Paz y amistad, colaboración y aproximación de los pueblos........................................................ 371

6. Perspectivas ulteriores del comunismo ........ 372

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


PRESENTACIÓN

 

 

 

 

 

 

El fin que el presente libro se propone es exponer, en forma asequible a todos, los fundamentos del marxismo-leninismo  como  doctrina  que  representa en sí un conjunto único y armónico. Para ello los autores se han apoyado en los trabajos de Marx, Engels y Lenin, y también en los acuerdos y documentos del Partido Comunista de la Unión Soviética en que se recoge su valiosa experiencia. En el examen de muchas cuestiones se tiene presente asimismo la experiencia de los Partidos Comunistas y Obreros hermanos.

Los autores no se proponían escribir un trabajo académico; por eso se han detenido principalmente en las tesis del marxismo-leninismo que más actuales son en las presentes circunstancias. Esto se ha reflejado tanto en el carácter de la exposición como en la estructura del propio libro.

Las dos secciones primeras se ocupan de las tesis fundamentales de la filosofía marxista-leninista, es decir, del materialismo dialéctico y del materialismo histórico. En la tercera sección se ofrece un resumen de la economía política marxista-leninista del capitalismo,  de  esencial  importancia  para comprender no sólo las leyes de desarrollo de este régimen, sino también el carácter ineluctable de la lucha de los trabajadores por su emancipación y de la revolución socialista. La sección cuarta trata de la teoría y táctica del movimiento comunista internacional, principalmente en las condiciones propias del capitalismo.

Otra  sección  -la  quinta-  se  refiere  a  la construcción de la sociedad socialista y comunista. Esta doctrina -que en vida de Marx y Engels era una predicción científica del futuro- se ha convertido en nuestro tiempo en la base de su labor práctica para los pueblos de los países socialistas. De ahí la gran atención que el libro presta a los problemas de la construcción de la nueva sociedad, particularmente a la aportación de V. I. Lenin, y también a la experiencia práctica reunida en la Unión Soviética y otros países socialistas.

El libro ha sido escrito por un grupo de trabajadores y publicistas científicos y del Partido. El trabajo  principal  ha  corrido  a  cargo  de  O.  V. Kuusinen (director), Y. A. Arbátov, A. S. Beliakov, S. I. Vigodski, A. A. Makarovski, A. G. Mileikovski, E. P. Sitkovski y L. M. Sheidin.

En   la   redacción   de   distintos   capítulos   han trabajado también K. N. Brutents, F. M. Burlatski, N. I.   Ivanov,   I.   S.   Kon,   B.   M.   Leibzon,   N.   V. Matkovski, Y. K. Melvil, D. E. Mélnikov, I. A. Mendelsón, T. A. Stepanián y S. G. Strumilin. Además, en la exposición de algunas cuestiones han sido utilizados materiales presentados por V. F. Asmus, A. N. Kuznetsov, B. P. Kuznetsov, Y. N. Semiónov, I. S. Smirnov y P. S. Cheriomnij.

Han prestado valiosa ayuda en la preparación del texto con sus observaciones y consejos: en los problemas filosóficos, A. D. Alexándrov, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; B. M. Vul, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; el profesor G. M. Gak; el profesor G. E. Glézermanó F. V. Konstantínov, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; J. S. Koshtoiants, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; el profesor M. M. Rosental y P. N. Fedoséiev, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; en los problemas científicos, el académico A. N. Nesmeiánov; en los problemas económicos, A. A. Arzumanián, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; el académico E. S. Varga; el profesor L. M. Gatovski, y L. A. Leóntiev, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S.; en el capítulo XXV, Y. P. Frántsev, correspondiente de la A. de C. de la U.R.S.S. Se han recibido observaciones muy útiles de una serie de trabajadores responsables del Partido y de los Sóviets.

Los autores tienen clara noción de las dificultades que  encierra  una  exposición  científica  y  a  la  vez asequible de la doctrina marxista-leninista, que sin cesar se desarrolla y enriquece con el cambio de las condiciones históricas. Es lógico que la primera experiencia, emprendida después de muchos años, de exposición    en    una    obra    de    todas    las    tesis fundamentales del marxismo-leninismo adolezca de defectos  y  lagunas.  Por  eso,  cuantos  consejos  y observaciones críticas de los lectores puedan mejorar el libro serán recibidos con gratitud y tenidos en cuenta en ediciones posteriores de la obra.

Los AUTORES.

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO.

 

 

La concepción del mundo del marxismo- leninismo La doctrina de Marx es todopoderosa porque es cierta. Lenin

 

El estudio de los fundamentos del marxismo- leninismo  requiere  un  trabajo  serio  y  profundo; exige, por tanto, esfuerzo y tiempo. ¿Qué es lo que proporciona al hombre esta doctrina?

Resumidamente,   se   podría   responder   así:   el estudio de los fundamentos del marxismo-leninismo permite   adquirir   una   concepción   completa   del mundo, que es la más avanzada de cuantas existen en nuestra época. Esta concepción agrupa en un sistema armónico las partes principales de la gran doctrina de Marx y Lenin. En las páginas que siguen, dicha doctrina es expuesta en el orden siguiente:

la   filosofía   marxista-leninista,   en   la   cual   se incluye también la concepción materialista de la historia; la doctrina económica del marxismo-leninismo; la teoría y táctica del movimiento comunista internacional, con la valoración marxista-leninista de las   corrientes   más   importantes   del   movimiento democrático contemporáneo; la doctrina del socialismo y del comunismo.

Se comprende que un solo libro no puede abarcar todos   los   valores   que   la   concepción   marxista-leninista del mundo encierra. En la presente obra se exponen únicamente los fundamentos del marxismo- leninismo,  Las concepciones del mundo son muy diversas:

las  hay  progresivas  y  las  hay  reaccionarias.  Entre estas últimas hay algunas que se basan en viejas creencias y que imponen la necesidad de mantenerse en dependencia ciega de un imaginario ser sobrenatural, de sus vicarios en la tierra y los ungidos por el Señor. Hay también concepciones cuyos partidarios,   sin   hablar   de   Dios   y   aun   jurando fidelidad a la ciencia, recurren a argumentos sutiles, pero falsos, para destruir la convicción del hombre moderno en la existencia real del mundo material que nos rodea.

Así   es   como   proceden   los   adeptos   de   las corrientes más en boga del idealismo moderno. Muchos de ellos no creen en la existencia de fuerzas sobrenaturales, pero, sometidos como están a la influencia de los convencionalismos y prejuicios tradicionales de la sociedad burguesa, no quieren cerrar todas las puertas a la fe en esas fuerzas sobrenaturales. Por eso, esgrimiendo y deformando los últimos datos de la ciencia, siembran la duda en la materialidad de la naturaleza. A su vez, teólogos y eclesiásticos: los aplauden, esperando que el hombre que cree en la inmaterialidad del mundo puede llegar a creer todo lo que se quiera.

Quiere decirse que no es ciencia todo lo que imita a  la  ciencia,  que  no  es  oro  todo  lo  que  reluce.

Precisamente en nuestro tiempo, muchas variedades del idealismo filosófico se adornan de buen grado con el plumaje de pavo real de las ciencias exactas, tratando de encubrir la esencia anticientífica de sus doctrinas.  Pero  en  realidad  temen  los  más importantes descubrimientos de la ciencia, los pasan por alto o los deforman.

El             marxismo-leninismo           se            diferencia             muy ventajosamente  de  todos  los  demás  sistemas  en cuanto a su concepción del mundo.

No admite la existencia de fuerzas sobrenaturales ni de creador alguno. Pisa fuerte en el suelo de la realidad,  en  el  suelo  del  mundo  en  que  vive.  El marxismo-leninismo emancipa definitivamente a la humanidad  de  las  supersticiones  y  de  la  secular dependencia   espiritual.   Llama   al   hombre   a   ser independiente, libre y consecuente en su modo de pensar.

El marxismo-leninismo toma al mundo tal cual es, sin identificarlo con un infierno ni con un paraíso. Su punto de partida es que toda la naturaleza, sin exceptuar al hombre, se compone de materia con sus distintas propiedades.

La  naturaleza,  lo  mismo  que  cada  uno  de  sus fenómenos,  se  halla  en  constante  desarrollo.  Las leyes de este desarrollo no han sido establecidas por Dios ni dependen de la voluntad de los hombres; son propias de la naturaleza misma y el hombre es plenamente capaz de conocerlas. En el mundo no hay cosas incognoscibles de por sí; de hecho sólo hay cosas que todavía no han sido conocidas, pero que lo serán con ayuda de la ciencia y de la práctica.

La concepción marxista-leninista del mundo tiene su origen en la ciencia y confía en ella en cuanto no se aparta de la realidad y de la práctica. Progresa y se enriquece a medida que la ciencia avanza.

El marxismo-leninismo enseña que el desarrollo no sólo de la naturaleza, sino también de la sociedad humana,  se produce con arreglo a leyes objetivas, que   son   independientes   de   la   voluntad   de   los hombres.

Al revelar cuáles son las leyes fundamentales que rigen el desarrollo de la sociedad, el marxismo convirtió la historia de los hombres en una ciencia verdadera, capaz de explicar tanto el carácter de cualquier régimen social como el progreso que lleva a la sociedad a pasar de un régimen a otro.

Esto fue un triunfo formidable del pensamiento científico.

Nadie de quienes con un espíritu burgués cultivan las ciencias sociales (sociología, economía política, historia)  ha  podido  refutar  la  comprensión materialista de la historia; nadie ha podido oponerle otra teoría que fuese aceptada, al menos, por la mayoría de los hombres de ciencia burgueses. Y a pesar de todo, son muchos los que, con tozudez desesperada, se apartan del materialismo histórico.

¿Por qué? Porque esta doctrina echa por tierra la fe en el carácter "eterno" del régimen capitalista. Si admitimos que el paso de la sociedad de un régimen a otro es un fenómeno sujeto a leyes, sería imposible negar que el régimen capitalista esta condenado a ceder su puesto a otro régimen social más progresivo. Admitirlo así les resulta difícil y doloroso no sólo a los propios capitalistas, sino también a los científicos que se encuentran bajo su dependencia material o espiritual.

Jamás, en la historia de las sociedades de clase, ninguna de las clases dominantes pensó que su régimen  estaba  condenado  a  la  muerte  y desaparición. Los esclavistas creían que su régimen era eterno y que había sido establecido por Dios. Los señores   feudales   que   vinieron   a   reemplazarlos estaban también convencidos de que su régimen -el feudalismo- había sido establecido de una vez para siempre  por  la  voluntad  divina.  Pero  hubieron  de ceder su puesto a la burguesía. Ahora es ésta la que se hace ilusiones imaginándose que su régimen -el capitalismo- presenta un carácter "eterno" e "inmutable". Y muchos eruditos sociólogos e historiadores, que no desean romper con el capitalismo,  echan  mano  a  toda  clase  de  recursos para quebrantar los hechos, cuando éstos nos dicen que los sistemas sociales evolucionan y cambian según leyes que les son propias y que no dependen de la voluntad de las clases dominantes y de sus ideólogos.

Quiere decirse que si los ideólogos burgueses combaten la concepción marxista de la historia no es porque ésta sea errónea, sino, precisamente, porque es cierta.

La ciencia verdadera, que estudia las leyes a que se  hallan  sujetos  la  acción  y  el  desarrollo  de  las fuerzas de la naturaleza o de la sociedad, siempre prevé lo nuevo. La ciencia marxista, que se refiere a las leyes del desarrollo social, permite orientarse en la compleja situación de las contradicciones sociales; y, lo que es más valioso, ayuda a prever cómo se desenvolverán los acontecimientos, la dirección del proceso histórico y las etapas futuras del desarrollo social.

Por  lo  tanto,  el  marxismo-leninismo  pone  en nuestras manos un instrumento con ayuda del cual es posible asomarse al futuro y ver los perfiles de los próximos  virajes  de la historia. Es a  modo  de  un "telescopio  del  tiempo"  que  descubriese  las grandiosas perspectivas de la humanidad en el futuro, emancipada   del   yugo   del   capital   como   último régimen de explotación. Pero cuando la ciencia avanzada invita a los sabios burgueses (que afirman que "no se puede prever nada") a mirar por el "telescopio del tiempo" marxista, cierran los ojos: les asusta asomarse al futuro...

Los marxistas no temieron nunca mirar adelante. Representantes  como  son  de  la  clase  a  la  cual pertenece el porvenir, no tienen interés alguno en conservar vanas ilusiones que se hacen añicos al chocar con los hechos, con la ciencia.

Los          marxistas               rusos,     dirigidos por         Lenin, previeron la revolución socialista en su país como tarea históricamente madura, llamaron a la clase obrera a la lucha decisiva, organizaron el asalto de las  fortalezas  del  régimen  de  explotación  y alcanzaron un completo triunfo.

Los  marxistas-leninistas  de  la  Unión  Soviética previeron la posibilidad de construir el socialismo en su inmenso país, llamaron a los trabajadores a la realización de tan gran empresa y lograron el triunfo del socialismo.

Los marxistas-leninistas de la Unión Soviética y de  otros  países  preveían  la  posibilidad  de  que  la Alemania fascista desencadenase una segunda guerra mundial, lo advirtieron así a los pueblos de todo el mundo   y   anunciaron   la   derrota   de   Alemania. Estallada la guerra, las fuerzas del agresor alemán y de sus aliados fueron destrozadas gracias, principalmente, a los heroicos esfuerzos del pueblo soviético y de su glorioso ejército.

Los          marxistas-leninistas             de           las           democracias populares  advertían  la  posibilidad  y  la  necesidad histórica del derrocamiento del capital dentro de cada uno de sus países, del establecimiento del poder del pueblo trabajador, dirigido por la clase obrera, y de la implantación de las necesarias transformaciones socialistas. Tuvieron  presente estas necesidades  ya maduras del desarrollo social y condujeron a sus pueblos   por   el   camino   de   la   construcción   del  socialismo, en lo que se han apuntado ya grandes éxitos.

Los marxistas-leninistas de China advertían la posibilidad y la necesidad, históricamente maduras, de alcanzar la emancipación de su gran pueblo del poder de los colonizadores extranjeros y de quien dentro del país se hallaba a su servicio, a fin de implantar un verdadero gobierno del pueblo. Bajo la dirección de la clase obrera y del Partido Comunista, la China popular, cual auténtico gigante que es, se puso en pie, derrotó a sus enemigos de dentro y de fuera y llevó adelante con éxito las difíciles tareas de la revolución democrático-burguesa. Con la mayor de  las  energías,  la  China  popular  puso  mano  al cumplimiento de sus atrevidos propósitos de construcción   del   socialismo.   El   viejo   país   se transforma con asombrosa rapidez.

Así, pues, los más importantes jalones de la primera mitad de nuestro siglo son prueba irrefutable de   que   los   comunistas,   armados   con   la   teoría marxista, estaban en general en lo cierto en cuanto a sus juicios sobre el futuro histórico. La verdad de la comprensión marxista-leninista de la historia se ha visto plenamente confirmada en la práctica.

La teoría marxista-leninista no es un dogma, sino una guía para  la acción. De lo que se trata es de aprender a aplicarla con un acertado criterio.

Esta teoría alumbra el camino a seguir. Sin ella, hasta los hombres progresistas habrían de caminar a ciegas, sin una comprensión real y profunda de lo que ocurre a su alrededor.

La teoría marxista-leninista proporciona una base científica  a  la  política  revolucionaria.  Quien  en política se guía por sus deseos subjetivos, jamás será otra cosa  que  un  mero soñador,  o  bien correrá el riesgo de ser arrojado al vertedero de la historia, pues ésta no se ajusta a los deseos de los hombres si estos deseos no se acomodan a las leyes de la misma. Por eso subraya Lenin la necesidad de analizar con verdadera sensatez científica la situación objetiva de las  cosas  y  la  marcha  objetiva  de  la  evolución, cuando se trata de marcar la línea política del Partido, y  luego   aplicar   esa  línea   con  toda  la  energía revolucionaria. Y Marx decía:

"Hay que tomar las cosas como son, es decir, defender la causa de la revolución en la forma que corresponda  al  cambio  sufrido  por  las circunstancias."1

 

1 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. rusa, t. XXV, 1936, pág. 475. Academia de ciencias de la URSS

 

La teoría marxista, fruto de la experiencia y del pensamiento revolucionario de todos los países, corresponde a la misión histórica de la clase obrera, que está llamada a cumplir el papel de destacamento de vanguardia y dirigente del gran movimiento de liberación de todos los oprimidos y explotados. La concepción marxista tiene en el proletariado a su instrumento material, lo mismo que el proletariado tiene en la concepción marxista su arma espiritual.

 

Por ello el marxismo-leninismo es una preciosa fuente de energía vital para todos los trabajadores, para cualquier hombre progresista deseoso de comprender acertadamente el mundo que le rodea, de no vivir a merced del azar y de aportar conscientemente  su  contribución  a  los acontecimientos que se desenvuelven en el mundo. Estos hombres suman ya millones, y su número aumenta sin cesar. Se ponen en movimiento masas cada vez más amplias de seres anónimos que no quieren que su vida transcurra en vano y aspiran a ser elementos  conscientes  y  activos  del  progreso histórico. Para esas masas el marxismo significa una ayuda inestimable. Esto se refiere singularmente a los jóvenes, a quienes la concepción marxista-leninista del mundo acorta extraordinariamente el camino de la madurez política, les da experiencia y les ayuda a encaminar su fogosa energía por una ruta cierta, en bien de la humanidad entera.

La concepción marxista-leninista puede servir de punto fiel de orientación en la creación científica, y no sólo cuando se trata de las ciencias sociales, sino también en las ciencias de la naturaleza. ¿Acaso no ayuda en sus investigaciones a los naturalistas una acertada visión del mundo, la comprensión de sus leyes generales, concatenaciones y procesos? Tal visión y tal comprensión las proporciona la teoría marxista-leninista.

No puede atribuirse a un azar que, actualmente, muchos   sabios   ilustres,   movidos   a   ello   por   la experiencia reunida en su labor científica, adopten íntegramente la doctrina marxista o acepten tácitamente unos u otros aspectos de su teoría, impulsados por el deseo de ahondar más en los misterios de la naturaleza y de servir mejor a sus semejantes.

Más aún. La asimilación de la concepción marxista-leninista del mundo abre perspectivas maravillosas a cuantos cultivan el arte y la literatura, al orientar su obra hacia una representación profunda y rica en ideas de la realidad por medio de imágenes artísticas. Sin la beneficiosa influencia de una concepción   claramente   progresiva,   la   obra   del escritor o del artista moderno, en el mejor de los casos, siempre será una producción anémica. Y en nuestro tiempo, la concepción más clara y precisa del mundo es la que proporciona el marxismo-leninismo.

Mientras  que  en  la  literatura  burguesa  se generaliza   cada   vez   más   la   desesperanza,   el pesimismo  sin  salida,  la  obra  de  los  escritores  y poetas progresistas se ve inspirada por un fecundo optimismo. Es una obra que cree en el futuro, que ama el futuro y que llama a un futuro feliz.

En un momento en que la ideología burguesa de Occidente pone de relieve una desesperada crisis de fe en el hombre, de fe en los destinos de la civilización, la  concepción  marxista-leninista despierta en las gentes el deseo de incorporarse a la noble lucha que defiende los más altos ideales sociales.

Quien de veras llegue a comprender esta concepción   del   mundo,   adquirirá   la   convicción profunda no sólo de la razón que asiste a la causa obrera, sino de la necesidad histórica del triunfo del socialismo en el mundo entero. Armado con la concepción  marxista-leninista  del  mundo,  aun  el débil    se    convertirá    en    un    hombre    fuerte, políticamente firme y fiel a los principios. Adquirirá una  convicción  tan  robusta  que  eso  le  permitirá resistir toda clase de pruebas.

Millones de seres de todo el mundo han bebido en el abundante manantial del marxismo-leninismo los grandes ideales de su movimiento y la inagotable energía necesaria para dar vida a esos ideales.

¿Es siquiera digno del hombre culto de nuestros días vivir sin una concepción progresista del mundo? Y aún peor es alimentarse con sucedáneos de baja especie, propios sólo para los pobres de espíritu.

Es mil veces preferible trabajar debidamente para asimilar los fundamentos de la concepción marxista-leninista  del  mundo,  que  nos  hará  espiritualmente ricos y nos colocará en condiciones ventajosas en la lucha contra las fuerzas negras de los imperialistas enemigos del género humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SECCIÓN  PRIMERA.

FUNDAMENTOS  FILOSÓFICOS DE LA CONCEPCIÓN MARXISTA-LENINISTA DEL MUNDO

 

Capitulo  I. El materialismo filosófico

La  base  inconmovible  de  todo  el  edificio  del marxismo-leninismo es su doctrina filosófica: el materialismo  dialéctico  e  histórico.  Esta  doctrina toma el mundo tal como existe en la realidad, lo examina en consonancia con los datos de la ciencia avanzada y de la práctica social. El materialismo filosófico   marxista   es   el   producto   legítimo   del secular desarrollo del conocimiento científico.

1. Progreso de la ciencia materialista avanzada en lucha contra la reacción y la ignorancia La ciencia es en su historia la palestra de una lucha constante de los investigadores y filósofos avanzados  contra  la  ignorancia  y  la  superstición, contra la reacción en política y en el campo de las ideas.  En  las  sociedades  de  clases,  basadas  en  la explotación, siempre hubo, como las hay ahora, fuerzas   a   quienes   perjudica   la   difusión   de   las concepciones científicas avanzadas. Esas fuerzas son las clases reaccionarias de la sociedad. Unas veces, los reaccionarios se pusieron abiertamente contra la ciencia y persiguieron a los sabios y filósofos progresistas, sin que se detuvieran ni ante la hoguera o la prisión; otras, se esforzaron por deformar los descubrimientos científicos, despojándolos de su contenido materialista progresivo.

Los  aristócratas  reaccionarios  destruían  en  la antigua  Grecia  las  obras  del  eminente  materialista Demócrito, fundador de la doctrina de la estructura atómica de la materia, que negaba la intervención de los dioses en la vida de la naturaleza y en los asuntos de los hombres. El filósofo materialista Anaxágoras fue  expulsado  de  Atenas  bajo  la  acusación  de impiedad.

Epicuro,   filósofo   materialista   continuador   de Demócrito, exaltado en la Antigüedad como héroe que  quitó  a  los  hombres  el  miedo  a  los  dioses  y glorificó la ciencia, durante dos mil años sufrió el anatema de los "padres" de la Iglesia, que lo presentaban como a un hombre que sembraba el libertinaje y era enemigo de la moral.

El  año  391,  monjes  cristianos  entregaron  a  las llamas la famosa biblioteca de Alejandría, en la que se guardaba cerca de 700.000 obras de escritores y sabios antiguos. El papa Gregario I (590-604), enemigo acérrimo de la cultura laica y de la ciencia, mandó destruir un gran número de valiosas producciones de autores grecorromanos, y sobre todo las obras de los filósofos materialistas.

La Inquisición, creada por los papas para combatir a todos los enemigos de la Iglesia católica, persiguió con verdadera saña a los pensadores avanzados. En 1600 quemó en la hoguera a Giordano Bruno, eminente filósofo y sabio que defendía la doctrina de Copérnico.  En  1619,  en  Toulouse  (Francia),  por sentencia de la Inquisición, los verdugos arrancaron la lengua a Lucilio Vanini y luego lo quemaron en la hoguera. El gran sabio italiano Galileo, defensor de la teoría de Copérnico, sufrió persecuciones de la Inquisición, la cual le obligó a abjurar públicamente de sus creencias. Voltaire, el famoso filósofo francés del siglo XVIII, estuvo recluido en la Bastilla, y la misma suerte corrió Diderot, filósofo materialista de aquel tiempo.

Sería erróneo pensar que la lucha de la reacción contra la ciencia es cosa de la Edad Antigua y Media.

No  ha  cesado  en  la  época  del  capitalismo.  Los capitalistas muestran interés por el avance de las ciencias positivas -física, química, matemáticas, etc.- por cuanto ese avance se halla en relación directa con los éxitos de la técnica. Mas no desean en absoluto la propagación de la filosofía materialista, de una concepción científica del mundo que permita adquirir una noción exacta de cuanto ocurre alrededor, saber cómo reaccionar y qué actitud adoptar ante cada acontecimiento. De ahí que los ideólogos de la burguesía traten de evitar las conclusiones materialistas y ateas que se derivan de los descubrimientos científicos, recelosos de que eso pueda significar un peligro para su dominación.

La burguesía reaccionaria odia especialmente la doctrina del marxismo-leninismo y su filosofía, el materialismo dialéctico e histórico. Multitud de profesores burgueses se entregan a la labor de "refutar" el marxismo.

La moderna burguesía reaccionaria no quema en la hoguera a los investigadores y filósofos avanzados, sino que recurre a otros procedimientos para influir sobre   ellos:   los   aparta   de   las   universidades   e institutos científicos, les quita de hecho la posibilidad de publicar sus trabajos, los desacredita moral y políticamente, etc. Estos últimos años toda clase de recursos han sido puestos en juego en los Estados Unidos y otros países para combatir las "ideas peligrosas". Con estas medidas y con la propaganda de su ideología reaccionaria la clase dominante presiona sobre la conciencia de los hombres, les imbuye aquellas ideas que considera convenientes y se opone a la propagación de las concepciones materialistas avanzadas.

Sin embargo, por espinoso que sea el camino de la ciencia y de la filosofía materialista, por grandes que sean los sacrificios que se les exijan en una sociedad basada en la explotación, en última instancia superan todos los obstáculos y siguen con empeño su avance.

La ciencia materialista y la filosofía avanzada son fuertes porque dan a conocer a los hombres las leyes de la naturaleza y de la sociedad, porque les enseñan a valerse de estas leyes en beneficio de la humanidad, los sacan de las tinieblas de la ignorancia y los elevan a la luz del verdadero conocimiento.

 

2. Materialismo e idealismo

La  filosofía  considera  los  problemas  más generales de la concepción del mundo.

La filosofía materialista parte de la afirmación de que la naturaleza existe: existen las estrellas, el Sol, la Tierra, con sus montañas y llanuras, con sus mares y bosques, con los animales, con el hombre dotado de conciencia, de la capacidad de pensar. No hay ni puede haber fenómenos o fuerzas sobrenaturales. Dentro de la gran variedad que la naturaleza brinda, el hombre no es sino una partícula, y la conciencia es una propiedad o capacidad del hombre. La naturaleza existe objetivamente, esto es, fuera de la conciencia del hombre y con independencia de ella.

Hay, sin embargo, filósofos que niegan la existencia de la naturaleza como algo independiente de la conciencia. Según ellos afirman, lo primero que existe es la conciencia, el pensar, el espíritu o idea, y todo el mundo físico es derivado y depende del principio espiritual.

El  problema  de  la  relación  entre  la  conciencia humana y el ser material es el punto básico de toda filosofía, sin excluir la de nuestros tiempos. ¿Qué es lo primero, la naturaleza o el pensar? Los filósofos se dividen   en   dos   grandes   campos,   según   sea   la respuesta que den.

Quienes consideran que lo primero es el principio material, la naturaleza, y que el pensar, el espíritu, es una propiedad de la materia, se sitúan en el campo del materialismo. Quienes afirman que el pensar, el espíritu o la idea existieron antes que la naturaleza, que ésta, de una manera o de otra, es creada por el idealismo. Esto y nada más es lo que en filosofía quieren decir "idealismo" y "materialismo".

Desde tiempos antiguos no cesa la reñida pugna entre los adeptos del materialismo y del idealismo.

Toda la historia de la filosofía es una constante lucha entre dos campos, entre dos partidos: el materialismo y el idealismo.

 

El materialismo elemental.

Los hombres, en su actividad práctica, no ponen en duda que los objetos que les rodean y los fenómenos  de  la  naturaleza  existen  con independencia de ellos y de su conciencia. Eso significa que, de un modo elemental, se mantienen en las posiciones del materialismo.

El materialismo elemental "de todo hombre sano que no está en un manicomio o que en la ciencia no comulga con los filósofos idealistas -escribe Lenin- consiste en que las cosas, el medio, el mundo existen independientemente de nuestra sensación, de nuestra conciencia, de nuestro yo y del hombre en general".2

 

2 V. I. Lenin, Obras, ed. rusa, t. XIV, pág. 57.

 

Es imposible vivir de ideas, de conceptos, y alimentarse de las sensaciones propias, de los productos de la propia imaginación. En la práctica esto lo saben perfectamente todos, y también los filósofos dedicados a componer doctrinas idealistas que deducen la existencia de las cosas materiales de las sensaciones, conceptos e ideas. En repetidas ocasiones han debido manifestar que viven a pesar de su filosofía y que si, en efecto, en el mundo no existiesen cosas materiales, la gente se moriría de hambre.

El materialismo elemental, no consciente, es profesado por la inmensa mayoría de los naturalistas.

Estos  no  penetran  de  ordinario  en  los  problemas filosóficos, sino que se dejan llevar por la lógica del material científico que ellos manejan. A cada paso, la naturaleza  les  muestra  el  carácter  material  de  los fenómenos que investigan. Da lo mismo que su estudio se refiera a los cuerpos celestes que a las moléculas y átomos, a los fenómenos de la electricidad y el magnetismo que al mundo de las plantas  y  los  animales:  siempre   tienen   ante  sí procesos objetivos, cuerpos materiales y sus propiedades,   leyes   de   la   naturaleza   que   son independientes de la conciencia del hombre.

Dentro de la sociedad burguesa, con todas las condiciones que en ella imperan, sólo los científicos más intrépidos y consecuentes se declaran partidarios del materialismo filosófico. La mayoría de ellos se encuentran   bajo   una   presión   tan   intensa   de   la ideología oficial, de la doctrina de la Iglesia y de la filosofía idealista, de todo el ambiente de la sociedad burguesa, que no se deciden a manifestar su materialismo, vacilan y a menudo se dicen idealistas, aunque, por el carácter mismo de sus investigaciones, profesan en el fondo ideas materialistas.

 Así, por ejemplo, Thomas Huxley, naturalista inglés del siglo XIX, no admitía el materialismo. Mas en sus investigaciones sobre zoología, anatomía comparada, antropología y teoría de la evolución defendía concepciones materialistas, y afirmaba que el idealismo filosófico no trae consigo nada más que confusión y oscuridad. Engels calificaba a tales investigadores como "materialistas vergonzantes"; según Lenin, los alegatos antimaterialistas de Huxley no eran sino la hoja de parra que encubría su materialismo científico elemental.

Los investigadores contemporáneos llegan a menudo a conclusiones idealistas cuando tratan de concebir el sentido filosófico de sus descubrimientos. Pero  mientras  permanecen  en  un  terreno estrictamente científico, mientras no se salen de sus laboratorios, de las fábricas, de los campos experimentales, mientras no se entregan a reflexiones filosóficas y se circunscriben al estudio de la naturaleza, obran, aun sin tener conciencia de ello, como verdaderos materialistas.

Alberto Einstein, uno de los físicos más grandes de nuestra época, se hallaba bajo la influencia de la filosofía idealista cuando exponía en alguno de sus trabajos consideraciones de tipo general, sin que ello fuese obstáculo para que la teoría de la relatividad, por él enunciada, sea de un carácter materialista.

Max Planck, otro físico famoso, autor de la teoría de los cuantos, tampoco confesaba su materialismo.

No obstante, en sus trabajos sobre física y en sus escritos sobre cuestiones filosóficas defendía la idea de una "visión sana del mundo", que admitiese la existencia de la naturaleza como algo independiente de la conciencia del hombre. Max Planck combatió el idealismo filosófico y de hecho era materialista.

Ahora bien, la influencia del idealismo repercute a veces negativamente en la interpretación que los investigadores dan al propio material científico. Esto nos dice que el materialismo elemental no es una protección eficaz contra la penetración del idealismo. Sólo la filosofía del materialismo dialéctico, conscientemente adoptada, previene a los hombres de ciencia contra los errores idealistas.

El materialismo como filosofía avanzada.

El materialismo filosófico se diferencia del materialismo elemental o espontáneo en que se atiene a   un   criterio   científico   en   la   argumentación   y exposición de las proposiciones materialistas, que aplica consecuentemente utilizando los datos de la ciencia avanzada y de la práctica social.

La filosofía materialista es un arma segura, que defiende  al  hombre  de  la  funesta  influencia  de  la reacción espiritual. Le sirve de guía en la vida y le muestra el camino acertado para aclarar cuantos problemas  le  inquieten  acerca  de  la  visión  del mundo.

Durante milenios enteros la Iglesia ha imbuido al hombre el desprecio hacia la vida terrena y el temor a Dios. Ha enseñado, principalmente a las masas oprimidas de la humanidad, que su destino es trabajar y orar, que la felicidad no se puede conseguir en este "valle de lágrimas" y únicamente la alcanzarán en la "otra vida" si en ésta son mansos. La Iglesia amenaza con  el  castigo  de  Dios  y  con  los  tormentos  del infierno a quien se atreva a levantarse contra la dominación de los explotadores, supuestamente establecida por la voluntad divina.

La filosofía materialista tiene el gran mérito histórico de haber ayudado al hombre a emanciparse de las supersticiones. En tiempos antiguos combatió ya el miedo a la muerte y el temor a los dioses y a otras fuerzas sobrenaturales.

No hay que poner las esperanzas en la vida de ultratumba; lo que hace falta es estimar en lo que vale la vida terrena y tratar de mejorarla: eso es lo que enseña la filosofía materialista. El materialismo fue el primero en exaltar la dignidad y la razón humanas,  en  proclamar  que  el  hombre  no  es  un gusano que se arrastra por el polvo, sino el ser supremo de la naturaleza, capaz de dominar y gobernar sus fuerzas. El materialismo tiene una fe absoluta en el poderío del saber, en la razón del hombre, en su capacidad para descubrir los secretos del mundo que nos rodea y crear un régimen social sensato y justo.

Los voceros del idealismo difaman a menudo al materialismo,    al    que    presentan    como    "una concepción   sombría,   plomiza,   parecida   a   una pesadilla" (W. James). En realidad, es precisamente la filosofía idealista, sobre todo la contemporánea, la que ofrece unos tonos sombríos. No es el materialismo, sino el idealismo el que niega la capacidad cognoscitiva de la razón y predica la desconfianza hacia la ciencia; no es el materialismo, sino el idealismo el que ensalza el culto a la muerte; no es el materialismo, sino el idealismo el que fue y es  un  terreno  abonado  para  los  más  repugnantes brotes del antihumanismo: la teoría racista y el oscurantismo fascista.

El idealismo filosófico se niega a aceptar la realidad del mundo material que nos rodea, huye de él, lo califica de impuro y, en su lugar, dibuja un mundo inmaterial imaginario.

El  materialismo,  por  el  contrario,  ofrece  un cuadro real y verdadero del mundo, sin el menor aditamento de espíritus, de un Dios creador, etc. Los materialistas no esperan ayuda alguna de las fuerzas sobrenaturales, creen en el hombre y en su capacidad para transformar el mundo con su propia mano y de hacerlo digno de él.

El materialismo, en su última esencia, es una concepción optimista y clara, que afirma la vida y niega el pesimismo y el "dolor universal". De ahí que, ordinariamente, sea la concepción de los grupos y clases sociales avanzados. Quienes lo profesan son hombres que miran adelante sin miedo, que no se debaten en dudas acerca de la razón que les asiste.

Los voceros del idealismo calumniaron siempre al materialismo,    al    que    acusaban    y   acusan    de desconocer  los  valores  morales  y  los  ideales elevados; estas virtudes, según ellos, son propias y exclusivas de los partidarios del idealismo filosófico. La realidad es muy otra: el materialismo dialéctico e histórico de Marx y Engels no niega, sino todo lo contrario, afirma y exalta las ideas avanzadas, los principios morales y los ideales más sublimes. La lucha   por   el   progreso,   por   un   régimen   social avanzado,  nos  dice,  jamás  tendrá  éxito  si  no  se inspira en grandes ideas que alienten a los hombres en su labor de creación y les empujen a las empresas más atrevidas.

La lucha de la clase obrera, la lucha de los comunistas refuta de plano la estúpida invención idealista    de    que    los   materialistas    son    gente indiferente hacia toda clase de ideales. Esa lucha se ve inspirada por el ideal más noble y sublime que jamás conocieron los hombres, que es el comunismo, y por eso se forjan en ella innumerables e intrépidos campeones fieles hasta el fin a su elevado ideal.

El materialismo dialéctico e histórico como fase superior en el desarrollo del pensamiento filosófico.

El             materialismo         de           nuestros                días         es            el materialismo dialéctico e histórico que crearon Marx y  Engels.  El  terreno  en  que  surgió  hallábase  ya abonado. La filosofía de Marx y Engels es producto de una larga evolución del pensamiento humano.

El materialismo apareció hace unos dos mil quinientos  años  en  China,  la  India  y  Grecia.  La filosofía   materialista   guardaba   en   estos   países estrecha relación con la experiencia diaria de los hombres y con los gérmenes de un conocimiento de la naturaleza. Mas en aquel tiempo la ciencia acababa de nacer, por lo que las nociones de los antiguos filósofos materialistas sobre el mundo, aunque encerraban  geniales  atisbos,  carecían  de  base científica y eran aún muy primitivas.

Mucho más maduro es el materialismo de los siglos XVII y XVIII. Los éxitos de la ciencia y de la técnica  hacían  avanzar  a  la  filosofía.  Al  mismo tiempo, la filosofía materialista ayudaba al estudio de la  naturaleza.  Así,  por  ejemplo,  la  doctrina  del materialista inglés F. Bacon (siglo XVII), que ponía en la experiencia el origen del conocimiento, y su idea de que el conocimiento es una fuerza, significaron un poderoso estímulo para el desarrollo de las ciencias de la naturaleza.

En los siglos XVII y XVIII los mayores avances correspondieron a las matemáticas y a la mecánica de los cuerpos terrestres y celestes. Esta circunstancia impone su sello a las concepciones filosóficas de los materialistas de aquel entonces y a su comprensión de la materia y el movimiento. Un papel formidable en el desarrollo de la nueva forma del materialismo correspondió a la física del filósofo francés R. Descartes, que era materialista en la doctrina de la naturaleza; a la teoría mecanicista del materialista inglés  T.  Hobbes  (siglo  XVII)  y,  de  un  modo especial, a la mecánica del sabio inglés Newton. Los filósofos materialistas examinaban todos los fenómenos de la naturaleza y de la vida social desde el punto de vista de la mecánica y trataban de explicarlos con arreglo a las leyes de la mecánica. Por eso su materialismo recibió el nombre de mecanicista. En el siglo XVIII, entre sus representantes tenemos a J. Toland y J. Priestley (Inglaterra) y a P. Holbach, C. Helvecio y D. Diderot (Francia).

Los estrechos vínculos del materialismo de los siglos XVII y XVIII con las ciencias de la naturaleza eran  su  lado  fuerte.  Adolecía,  sin  embargo,  de algunos defectos, entre los cuales Engels destaca tres.

El primero era su mecanicismo. La mecánica, que en aquel tiempo era para los filósofos materialistas el paradigma de las ciencias, limitaba sus horizontes, llevándoles a reducir todos los procesos y clases de movimiento al movimiento mecánico. Estos filósofos no comprendían las características de la naturaleza orgánica ni los rasgos y leyes peculiares de la vida social.

La segunda limitación de estos materialistas era su   incapacidad   para   comprender   y   explicar   el desarrollo de la naturaleza, incluso cuando advertían hechos que así lo acreditaban. Los materialistas de los siglos XVII y XVIII estimaban la naturaleza en su   conjunto   como   algo   inmutable,   eternamente sometido a un mismo fenómeno de rotación. Tal criterio de la naturaleza se denomina metafísico. Quiere decirse que el materialismo mecanicista era también metafísico.

Finalmente, los materialistas de ese período, como todos los materialistas anteriores  a Marx, no sabían aplicar su doctrina a la comprensión de la vida social.

No advertían la base material de la vida social y enseñaban que la transición a formas sociales más perfectas era originada por el progreso de la ciencia, al cambiar las concepciones e ideas imperantes en la sociedad. Pero tal explicación es idealista.

Fuera de ello, los materialistas anteriores a Marx no comprendían el valor de la actuación práctica de crítica y revolucionaria de las clases y las masas en cuanto al cambio de la realidad, al cambio de la vida social. Mantenían la necesidad de sustituir el régimen feudal por el burgués, pero, a la vez, rechazaban y temían la lucha de las masas en pro del sistema por ellos mismos defendido. Esto era una muestra de su limitación burguesa de clase.

Un paso adelante en la evolución de la filosofía materialista,  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIX, significa   la   obra   del   filósofo   alemán   Ludwig Feuerbach, y singularmente las aportaciones de los demócratas revolucionarios rusos: A. Herzen, V. Belinski, N. Chernishevski y N. Dobroliúbov. Feuerbach superó en cierto grado la limitación mecanicista de los materialistas del siglo XVIII, pero no ocurrió lo mismo en cuanto a los otros defectos señalados. Además, su filosofía se hallaba divorciada de la práctica político-social. Un gran avance de los materialistas rusos fue que trataron de combinar la comprensión materialista de la naturaleza con la dialéctica.

Por otra parte, siendo estos últimos como eran ideólogos de los campesinos revolucionarios rusos, consideraban la filosofía no sólo como la doctrina de lo  que  existe,  sino  también  de  cómo  lo  existente puede ser transformado en bien del pueblo.

Una fase nueva y superior en el desarrollo de las concepciones materialistas es el materialismo dialéctico e histórico creado por Marx y Engels, los grandes maestros y jefes de la clase más avanzada y revolucionaria de la sociedad moderna, que es el proletariado. Su obra significa una verdadera revolución en el campo de la filosofía.

Desde las cumbres del pensamiento social y científico  de  su época, Marx  y Engels toman  con espíritu crítico y creador cuanto de valioso había producido  la  filosofía  hasta  ellos  y  construyen  un materialismo nuevo, libre ya de los defectos de que adolecía la anterior filosofía materialista: el materialismo dialéctico e histórico.

En la filosofía marxista, el materialismo aparece orgánicamente unido a la dialéctica. Apóyase en un nivel de la ciencia más elevado, en los nuevos descubrimientos  de  las  ciencias  de  la  naturaleza, entre los cuales tenían singular importancia la ley de la conservación y transformación de la energía, la teoría celular y la teoría darvinista del origen de las especies. Los éxitos de las ciencias naturales proporcionaron una base estrictamente científica a las ideas del desarrollo y de la unidad y concatenación universal de los fenómenos de la naturaleza.

En vez de la unilateral concepción mecanicista de la naturaleza y del hombre, Marx y Engels enuncian la doctrina del desarrollo, que abarca a todas las esferas de la realidad y que, al mismo tiempo, toma en consideración la peculiaridad de cada una de esas esferas: la naturaleza inorgánica, el mundo orgánico, la vida social y la conciencia de los hombres.

Marx y Engels son los primeros en aplicar el materialismo a la comprensión de la vida social; a ellos  se  debe  el  descubrimiento  de  las  fuerzas motrices  materiales  y  de  las  leyes  del  desarrollo social, con lo que la historia de la sociedad adquiere la categoría de ciencia.

Los fundadores del marxismo, en fin, convirtieron la doctrina filosófica materialista -antes una teoría abstracta- en medio eficaz para la transformación de la sociedad, en arma ideológica de la clase obrera en su lucha por el socialismo y el comunismo.

 La doctrina filosófica de Marx y Engels ha prendido entre las más grandes masas de los trabajadores de todos los países. Es una genuina filosofía de masas.

 

3. Qué es filosóficamente la materia

Dentro del materialismo filosófico marxista el concepto de "materia" se emplea en el sentido más amplio:  con  él  significamos   todo   lo   que  tiene existencia objetiva, es decir, independiente de la conciencia, y se refleja en las sensaciones humanas.

"La materia es toda realidad objetiva que nos viene dada en las sensaciones" (Lenin).

Es de capital importancia tener una clara noción de este amplio sentido del concepto de materia.

El viejo materialismo premarxista, en la mayoría de  los  casos  entendía  por  materia  las  minúsculas partículas -átomos o moléculas- de que se componen los cuerpos. Demócrito y Epicuro, por ejemplo, afirmaban  en  la  antigua  Grecia  que  únicamente existen átomos y el vacío en que éstos se encuentran; sus combinaciones dan lugar a los distintos cuerpos. La física vino más tarde a confirmar el genial atisbo de los materialistas antiguos acerca de la estructura atómica  de  todas  las  cosas.  Mas  al  reducir  su concepto de la materia a los átomos simplificaban el problema, empobrecían el mundo que nos rodea. No obstante, tal concepción de la materia se mantuvo hasta fines del siglo XIX.

El materialismo filosófico marxista entiende por materia la realidad objetiva en todas sus variadas manifestaciones. No son sólo materia las diminutas partículas de que están formados todos los cuerpos. Lo es el infinito número de mundos del Universo infinito, las nubes de gas y de polvo que hay en el cosmos; lo es nuestro sistema solar, con el Sol y los planetas,  lo  es  la  Tierra  con  todo  cuanto  en  ella existe. Son también materia las radiaciones, los campos físicos (electromagnéticos y nucleares) que transmiten la acción de unos cuerpos y partículas a otros y que los unen entre sí. Todo cuanto existe fuera de la conciencia e independientemente de ella es abarcado por el concepto de materia.

Todas   las   ciencias   que   estudian   la   realidad objetiva tratan de la materia con sus diferentes propiedades y estados.

Las ciencias físicas estudian los estados físicos de la materia. La física moderna ha descubierto que el átomo es una formación compleja, y no una simple partícula inmutable e indivisible como se imaginaban los   viejos   atomistas.   Está   comprobado   que   los átomos de unos elementos pueden convertirse en átomos  de  otros  elementos  como  consecuencia  de transformaciones operadas en sus núcleos. En el reactor atómico, por ejemplo, los átomos de uranio se convierten en átomos de plutonio.

A principios de siglo fueron descubiertos nuevos fenómenos físicos (radiactividad, rayos X y otros), quedó demostrada la divisibilidad del átomo, se enunciaron nuevas teorías acerca de la estructura de la materia y comenzaron a venirse abajo las concepciones clásicas que hasta entonces venían imperando. De ahí que muchos filósofos idealistas y físicos caídos en el error del idealismo llegasen a la falsa conclusión de que la ciencia refutaba la concepción materialista de la naturaleza. Afirmábase que "la materia había desaparecido". Tales aseveraciones eran profundamente erróneas. El materialismo filosófico marxista no se ha vinculado jamás a ninguna noción unilateral de la estructura de la materia, nunca ha identificado la materia con unos u otros "ladrillitos del Universo" como elementos invariables del mismo; siempre ha entendido por materia  lo  mismo:  la  realidad  objetiva  que  existe fuera de la conciencia humana y que es reflejada por ella. El materialismo se opone al idealismo por la solución que da al problema de la fuente del conocimiento, de la relación entre la conciencia y el mundo   exterior.   El   materialismo   afirma   que  el mundo tiene existencia objetiva y que la conciencia es un reflejo del mundo. La materia es un concepto filosófico que sirve para designar el mundo objetivo. En cuanto a la estructura física del mundo y a sus propiedades físicas, esto es incumbencia de la física. Conforme esta ciencia avanza, cambian las concepciones relativas a la estructura física de la materia, si bien, por mucho que se modifiquen, no pueden hacer vacilar la proposición del materialismo filosófico cuando éste afirma que el mundo existe objetivamente y que la física, como otras muchas ciencias, estudia ese mundo objetivo, el mundo de la materia. "Pues la única  «propiedad» de la materia que el materialismo filosófico admite como tal es la propiedad de ser realidad objetiva, de existir fuera de nuestra conciencia"3, escribe Lenin.

Tal concepción de la materia es la única correcta. Abarca  toda  la  diversidad  del  mundo  material  sin reducirlo a una forma determinada, cualquiera que sea, de la materia. Quien comprenda bien esta noción marxista   ya   no   se   dejará   confundir   por   las afirmaciones de los filósofos idealistas de que los nuevos descubrimientos físicos han venido a demostrar la desaparición de la materia.

La materia no se puede crear ni destruir. Cambia infinitamente, pero ni una sola partícula suya puede convertirse en nada, cualquiera que sea el proceso físico, químico o de otra clase a que se la someta.

La  ciencia  no  cesa  de  proporcionar  en  gran número de datos que confirman esta proposición del materialismo filosófico. Nos limitaremos a un ejemplo. La física moderna ha establecido que, en determinadas circunstancias, partículas como el positrón y el electrón desaparecen para dar lugar a cuantos de luz, o fotones. Ciertos físicos han dado a materia" (de la voz latina nihil, nada), dando a entender su destrucción completa, su transformación en nada. Los filósofos idealistas esgrimen este fenómeno como "prueba" de que la materia desaparece. Lo cierto es que no se produce desaparición alguna. La conversión del positrón y el electrón en fotones significa el paso de un estado de la materia a otro, de sustancia a luz. En la naturaleza se produce también el fenómeno contrario, o sea la conversión de la luz en sustancia. Más en todas estas transformaciones rige la ley de la conservación de la masa y la energía.

El  mundo  nos  ofrece  un  cuadro  de  la  gran variedad que lo anima: la naturaleza inorgánica y la orgánica, los fenómenos físicos y los procesos químicos, los fenómenos de la vida en el mundo de las  plantas  y  de  los  animales,  la  vida  social.  La ciencia y la filosofía materialista revelan que en esta variedad hay una unidad: toda la diversidad infinita de  procesos  y  fenómenos  que  tienen  lugar  en  el mundo son estados distintos de la materia, diversas propiedades y manifestaciones de la misma. "La unidad real del mundo está en su materialidad..."4, dice Engels. La unidad del mundo está también en que la conciencia pertenece al mismo medio material que nos rodea, y no a ningún otro mundo del más allá; la unidad es una propiedad específica de la materia.

La convicción de la unidad material del mundo apareció y se robusteció en lucha con la doctrina de la Iglesia, que divide el mundo en dos, el nuestro y el del más allá; en lucha con el dualismo que separa el espíritu y el cuerpo, la conciencia y la materia, y también en lucha contra el idealismo filosófico, para el que la unidad del mundo deriva de que todo él es producto de la conciencia, del espíritu.

 

4.   Formas  universales   de   ser  del   mundo material

El movimiento eterno en la naturaleza.

Ni la naturaleza ni la sociedad conocen un estado de inmovilidad absoluta, de reposo en el que nada cambia.  El  mundo  se  encuentra  en  un  perpetuo movimiento y cambio.

El movimiento, el cambio, el desarrollo constituye una propiedad eterna e imprescriptible de la materia.

"El movimiento es la forma de ser de la materia -dice Engels-.  Nunca  ni  en  ningún  sitio  hubo  ni  puede haber materia sin movimiento."5  Todo cuerpo material, cada una de las partículas que integran la sustancia  material  -moléculas,  átomos  y  sus elementos integrantes- están dotados, por su propia naturaleza interna, de la facultad de moverse y de experimentar cambios.

El movimiento, filosóficamente, no es sólo el desplazamiento  de  un  cuerpo  en  el  espacio.  En este  fenómeno  el  nombre  de  "anihilización  de  la                            materia en movimiento, comprendido como forma de existencia de la materia, abarca a todos los procesos y cambios que se operan en el Universo. Entre esos cambios corresponde un papel excepcional a los procesos que significan el desarrollo de la materia, el paso de ésta de unos estados a otros superiores, con nuevas propiedades y características.

3 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 247.

4 F. Engels, Anti-Dühring, ed. rusa, 1957, pág. 42.

5 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., págs. 56-57.

 En el mundo no hay cosas petrificadas, dadas de una  vez  para  siempre;  lo  que  hay  son  cosas  que cambian, procesos. Esto significa que en ningún sitio impera un reposo absoluto que excluya por completo el movimiento. Únicamente existe el reposo relativo. Un cuerpo cualquiera de la Tierra puede encontrarse en estado de reposo sólo respecto de un determinado punto de la superficie terrestre. Pero ese cuerpo participa en el movimiento de la Tierra y en el del sistema solar. Además, se encuentran en movimiento las moléculas y los átomos que integran el cuerpo en cuestión;   dentro   de   él   se   producen   complejos procesos. Así que todo reposo es relativo y lo único que es absoluto y no conoce excepción alguna es el movimiento.

 

Clases de movimiento de la materia.

A la diversidad de la materia corresponde la diversidad de formas de su movimiento.

La clase más simple de movimiento de la materia es el desplazamiento mecánico de un cuerpo en el espacio. Más complejos son los procesos calóricos y el desordenado movimiento de las moléculas que forman un cuerpo físico. La ciencia ha establecido que  la  luz,  la  radiación  electromagnética  y  los campos físicos son también estados específicos de la materia en movimiento. Este se halla asimismo presente en los procesos químicos de transformación de  la  materia  mediante  la  unión  y  separación  de átomos   y   moléculas.   La  vida   de   la  naturaleza orgánica, los procesos fisiológicos que se observan en los animales y plantas y la evolución de las especies son otra forma específica en que se manifiesta el movimiento como propiedad universal de la materia.

Una  forma  especialmente  compleja  del movimiento de la materia es la que observamos en la vida   social   de   los   hombres:   desarrollo   de   la producción material, vida económica, etc.

A partir de fines del siglo XIX la ciencia viene descubriendo y estudiando clases del movimiento de la materia de las que no se tenía noticia: el movimiento de las partículas interatómicas alrededor del núcleo, los complejos procesos de transformación en el interior del núcleo atómico, etc. Es indudable que no parará en esto el descubrimiento de nuevas formas del movimiento de la materia.

Las diversas formas de movimiento de la materia no existen cada una de por sí, aisladas unas de otras, sino que se encuentran relacionadas y experimentan transformaciones     recíprocas.     Así,     el     caótico movimiento de las moléculas genera procesos calóricos. Estos, a su vez, pueden originar transformaciones químicas y fenómenos luminosos. Los procesos químicos, en un determinado grado de desarrollo, condujeron a la formación de albúminas y de los sistemas de enzimas con ellos relacionados, lo cual trajo consigo la aparición de la vida, es decir, de la forma biológica del movimiento de la materia.

Las formas de movimiento de la materia son capaces de pasar a otras formas distintas, como nos lo  dice,  por  ejemplo,  la  ley  fundamental  de  las ciencias de la naturaleza: la de la transformación y conservación de la energía.

A             las           distintas formas   del          movimiento corresponden diversos grados de desarrollo y complicación de la materia. Las formas inferiores y simples entran y participan en las formas superiores y más complejas. No obstante, entre unas y otras hay diferencias cualitativas: las formas superiores no pueden reducirse a otras inferiores. Así, por ejemplo, en los procesos fisiológicos hay movimiento mecánico, desplazamiento en el espacio de los elementos que en dichos procesos participan; pero los procesos fisiológicos no se reducen al desplazamiento mecánico de tales elementos, no son sólo eso.

Los materialistas mecanicistas, anteriores a Marx, estimaban que toda la vida de la naturaleza y de la sociedad humana puede ser reducida a desplazamientos mecánicos en el espacio de las partículas de las sustancias y cuerpos. La amplia concepción del movimiento como cambio en general, propia del materialismo filosófico marxista, supera la estrecha y simplista noción que al particular tenía el materialismo mecanicista.

Espacio y tiempo.

La única manera que la materia tiene de moverse es en el espacio y en el tiempo. Todos los cuerpos de la  naturaleza,  sin  exceptuar  el  hombre,  todos  los procesos que transcurren en el mundo objetivo, ocupan un lugar en el espacio. Podrán hallarse lejos o cerca  unos  de  otros,  pero  entre  ellos  hay  cierta distancia; el cuerpo en movimiento recorre determinado camino. Todo esto son muestras de la capacidad de ocupar un espacio, propia de las cosas y de los procesos materiales.

El espacio es la forma universal de existencia de la materia. No hay ni puede haber materia fuera del espacio. Y viceversa: no hay espacio sin materia. La diferencia entre el espacio referido a un cuerpo y a todo el mundo material estriba en que el primero es limitado, finito, es decir, que tiene principio y fin, mientras que todo el mundo material es ilimitado o infinito.

Las distancias en el Universo son enormes y no admiten   comparación   alguna   con   lo   que   para nosotros  es  habitual  en  la  Tierra.  Los  telescopios modernos registran sistemas estelares, la luz de los cuales tarda en llegar hasta nosotros cientos de millones de años. Y eso que el rayo de luz recorre 300.000 km por segundo. Mas ni esas magnitudes pueden darnos una noción verdadera de la extensión del Universo, puesto que se trata de valores finitos y el Universo es infinito. Tal infinitud se sale de todo cuanto nosotros pudiéramos imaginar; únicamente podemos expresarla en forma de concepto científico.

La existencia de los cuerpos físicos y del hombre va transcurriendo un minuto tras otro, una hora tras otra, un día tras otro, etc. En el mundo cambia todo. Cada cosa, cada fenómeno de la naturaleza tiene su pasado, su presente y su futuro. Eso es el tiempo. El tiempo,  lo  mismo  que  el  espacio,  es  la  forma universal de existencia de la materia. Cada una de las cosas y cada uno de los procesos, el mundo material en su conjunto, existen en el tiempo.      

Ahora  bien,  hay  diferencia  entre  la  duración temporal de una cosa determinada y de toda la naturaleza tomada en su conjunto. La existencia de la cosa viene limitada en el tiempo, mientras que la naturaleza existe eternamente. La cosa surge, sufre transformaciones y luego deja de existir. La naturaleza, en cambio, no tuvo nunca comienzos ni tendrá fin. Las cosas son perecederas, pero de la vinculación  de  las  cosas  finitas  se  forma  la naturaleza, que es eterna y no conoce principio ni tendrá fin.

Nuestra imaginación se siente abrumada al considerar las cifras que se refieren a la edad de la Tierra y al desarrollo de la vida en ella. El hombre, tal como ahora es, se formó hace 50.000 a 70.000 años. Hace aproximadamente un millón de años aparecieron las formas transitorias del mono al hombre. Hace más de mil millones de años surgieron en la superficie de la Tierra las formas primeras y primitivas de la vida vegetal y animal. Han transcurrido varios miles de millones de años desde que se formó la propia Tierra. Tales son los enormes espacios de tiempo en cuanto a la historia de nuestro planeta. Mas ni éstos ni otros muchísimos mayores podrían darnos una noción exacta de la eternidad de la  naturaleza,  pues  esa  eternidad  significa  la existencia infinita en el tiempo, nos dice que la naturaleza existió siempre y siempre existirá.

El  espacio  y  el  tiempo,  unidos  entre    como formas de existencia del mundo objetivo, se encuentran vinculados inseparablemente a la materia en movimiento.

Este vínculo indisoluble ha sido demostrado sin dejar  lugar  a  dudas  por  una  de  las  más  grandes teorías científicas de nuestra época: la teoría de la relatividad  de  Einstein.  Gracias  a  ella  ha  sido refutada la concepción, antes generalizada entre los físicos,  de  que  el  espacio  era  a  modo  de  un receptáculo vacío e inmutable, independiente de la materia,  en  el  que  se  encontraban  los  cuerpos materiales, mientras que el tiempo fluía siempre por igual y su curso no dependía del movimiento de la materia.

El espacio y el tiempo, como formas universales de  existencia  de  la  materia,  son  absolutos:  nada puede  existir  fuera  de  ellos.  Simultáneamente,  las propiedades del espacio y el tiempo están sujetas a cambio: las relaciones espaciales y temporales dependen  de  la  velocidad  con  que  se  mueve  la materia. Las propiedades del uno y del otro cambian en las distintas partes del Universo en dependencia de la distribución y el movimiento de las masas materiales. En este sentido el espacio y el tiempo son relativos.

Quiénes niegan la existencia objetiva del espacio y el tiempo.

La secular experiencia diaria del hombre se une a la  ciencia  para  afirmar  la  existencia  objetiva  del espacio y el tiempo. No obstante, son muchos los filósofos idealistas que la niegan.

Kant, filósofo idealista alemán, decía que el espacio y el tiempo no existen objetivamente, al margen de la conciencia; según él, no son sino los modos de que se vale el hombre para contemplar la naturaleza.  El  conocimiento  humano  presenta  la particularidad de percibir todos los fenómenos dispuestos en el espacio y que se siguen en el tiempo. Si no hay conciencia humana, no habrá ni espacio ni tiempo.

La  concepción  del  espacio  y  el  tiempo  como modos  subjetivos  de  considerar  los  fenómenos  se halla  también  extendida  entre  la  filosofía  idealista moderna.

Tal noción, artificiosa e idealista, se contradice abiertamente  con  la  ciencia  y  la  experiencia;  la práctica la refuta.

Por ejemplo, el hombre que ha de ir de París a Moscú sabe que ha de recorrer 2.500 km de espacio no imaginario, sino real. Para ello necesita tiempo, y no un tiempo imaginario, sino real, cuya duración depende de la distancia objetiva que hay entre las dos ciudades y del medio de transporte que emplee. Si va en tren, necesitará dos días por lo menos. Si va en un moderno avión de reacción, la distancia podrá ser salvada en tres o cuatro horas.

La ciencia nos dice que el mundo existía con anterioridad a la aparición del hombre. Mas si ello es así, si existía cuando no había aparecido el hombre con  su  conciencia,  quiere  decirse  que  había  ya espacio y tiempo independientes de la conciencia del hombre, puesto que el mundo material no puede existir más que en el espacio y el tiempo.

En nuestros días, cuando no sólo la teoría científica,   sino   también   los   elementos   técnicos creados por el hombre penetran en los espacios cósmicos, han recibido un nuevo golpe las concepciones  idealistas  que  mantienen  el  carácter subjetivo del espacio y el tiempo.

La doctrina del materialismo filosófico acerca del mundo  material  con  existencia  en  el  espacio  y  el tiempo refuta la concepción de la Iglesia sobre Dios, al que se atribuye una existencia fuera del uno y del otro. La teología afirma que Dios existía antes de la creación de la naturaleza, obra suya, y que después de crearla se encuentra fuera de ella y, al mismo tiempo, aunque esto no sea comprensible, en "todas partes". Sólo Dios nos dice, es infinito y eterno, mientras que la naturaleza tiene comienzo tanto en el espacio como en el tiempo.

La ciencia demuestra irrefutablemente que tales concepciones son fantásticas y carecen en absoluto de consistencia. El cuadro real del mundo que la ciencia nos presenta no deja lugar alguno para Dios.

El astrónomo francés Lalande dijo ya en el siglo XVIII que no lo había encontrado después de investigar todo el cielo.

La naturaleza es la causa de sí misma. Esta idea la expresó  en  el  siglo  XVII  el  filósofo  materialista Spinoza. Tal proposición significa que la naturaleza no necesita de ningún creador colocado fuera de ella y que ella misma posee las propiedades de infinitud y eternidad  que  la  teología  atribuye  erróneamente  a Dios.

El materialismo filosófico marxista proporciona una sólida base al ateísmo cuando demuestra que la naturaleza no fue creada y que es eterna e infinita.

 

5. La conciencia es propiedad de la materia altamente organizada La capacidad  de pensar del hombre es producto del desarrollo de la materia viva.

La capacidad de pensar, propia del hombre, es producto  de  un  prolongado  desarrollo  del  mundo orgánico.

La base material de la vida son los cuerpos albuminoideos,    que    representan    un    complejo producto del desarrollo de la materia. Las albúminas son decisivas en el metabolismo, que constituye el fundamento   de   toda   la   actividad   vital   de   los organismos.  Al  metabolismo  van  unidos  los  otros caracteres de la vida: la capacidad de reproducción, la excitabilidad, etc. La excitabilidad sirve de base a la capacidad de los seres vivos para responder a las acciones del medio interior y exterior con reacciones de adaptación. Es la forma elemental de la actividad refleja. Es precisamente la excitabilidad lo que, en los escalones superiores de desarrollo del mundo orgánico, da lugar a la actividad nerviosa superior y a lo que nosotros denominamos actividad psíquica.

En los organismos unicelulares existen ya elementos  más  sensibles que  otros  para captar las excitaciones o estímulos del medio. Cuando aparecen los  organismos  animales  pluricelulares,  prodúcese captar las excitaciones exteriores y de transformar la energía de excitación en proceso de estímulo. Esas células, a medida que el organismo de los animales se va haciendo más complejo, dan origen al sistema nervioso y a su sección central, que es el cerebro.

El sistema nervioso de los animales y del hombre mantiene  la  relación  del  organismo  con  el  medio exterior y se encarga de enlazar entre sí las distintas partes del organismo en su con junto.

El sistema nervioso central de los vertebrados se compone de la médula espinal y del cerebro, con sus distintos segmentos. La mayoría de los peces poseen un cerebro relativamente pequeño, con hemisferios poco desarrollados. El volumen del cerebro aumenta en los anfibios, en los que se esboza ya el desarrollo del cerebro anterior, del cual se forman luego los hemisferios.  El  cerebro  de  los  reptiles  ha evolucionado más; en la superficie de los hemisferios aparecen por primera vez células nerviosas que forman la corteza. Las aves presentan unos hemisferios mayores todavía, pero con una débil corteza cerebral. El gran desarrollo que los hemisferios de los mamíferos presentan se debe al crecimiento y complicación de la corteza. En los mamíferos superiores ésta forma numerosos surcos y circunvoluciones,  mientras  que  los  hemisferios cubren las partes restantes del cerebro.

La corteza cerebral alcanza su desarrollo máximo en el hombre. Es un aparato relacionado con todo el sistema   nervioso   y  constituye   el   órgano   de   la actividad nerviosa superior, de las formas superiores y  más  complejas  de  relación  del  hombre  con  el medio que lo rodea. Tal como señala I. P. Pávlov, la corteza del cerebro "es el director y distribuidor de toda la actividad del organismo" y "esta sección superior rige todos los fenómenos que se producen en el cuerpo".6 La corteza cerebral es el órgano del pensamiento humano.

Las acciones del medio exterior e interior excitan los extremos terminales de los nervios sensoriales. La excitación es trasmitida a las secciones correspondientes  del  cerebro  por  los  nervios aferentes. Y del cerebro, por los nervios eferentes, parten hacia los distintos órganos los impulsos que los ponen en actividad. Así es como se produce la respuesta   refleja   de  los  órganos   y  de   todo   el organismo a las diversas excitaciones.

Por ejemplo, cuando el hombre retira instintivamente la mano que puso en contacto con el fuego, se produce una respuesta refleja. Tal tipo de reflejos, que en fisiología reciben el nombre de no condicionados, son innatos en los animales y en el hombre.

Partiendo de los reflejos no condicionados (de nutrición,   de   defensa,   etc.),   a   lo   largo   de   la experiencia individual del animal y del hombre se una  especialización  de  sus  células,  aparecen  grupos                            específicos de éstas (receptores) que se encargan de forman los reflejos  condicionados. Cuando el perro se  apodera  de  un  trozo  de  carne  y  comienza  a segregar saliva, esto es un reflejo no condicionado de nutrición.

6 I. P. Pávlov, Obras completas, t. III, lib. 2, Moscú-Leningrado, 1951, páginas 409-410.

  Pero la salivación puede producirse por la vista o el olor de la carne, e incluso por la vista del hombre que de ordinario da de comer al perro. Analizando estos fenómenos y otros semejantes, el gran fisiólogo ruso Pávlov demostró que si a la vez que se da de comer al perro se enciende una lámpara o  se  hace  sonar  un  timbre,  es  posible  obtener  un nuevo tipo de respuesta refleja, en la que la luz y el sonido producirán la salivación. Es lo que Pávlov denominó reflejos condicionados, puesto que se forman al combinar un estímulo condicionado (la luz, el sonido u otro) con un estímulo no condicionado, que origina el reflejo no condicionado.

Los reflejos condicionados son conexiones nerviosas temporales. Aparecen en unas condiciones determinadas y se conservan durante un tiempo más o menos largo sin el aval de los estímulos no condicionados. Es con su ayuda como los organismos se adaptan a las cambiantes condiciones del medio en que viven. Sabemos, por ejemplo, que muchos animales salvajes no dan muestras de inquietud la primera vez que ven al hombre. Pero cuando el hombre  los  caza,  cambian  su  comportamiento.  La vista o el olor de un ser humano es bastante para que se  oculten.  Esto  significa  que  en  los  animales  se forma un reflejo condicionado que les es muy útil: la presencia del hombre, por ellos advertida, pone en marcha  el  reflejo  no  condicionado  de  defensa,  es señal para la adecuada reacción ante el peligro.

Cualquier objeto o fenómeno de la naturaleza, combinado  con  reflejos  no  condicionados,  puede convertirse en señal de reflejos condicionados en los animales y en el hombre, con las consiguientes reacciones por parte de éstos. Ese sistema de señales, común en los animales y el hombre, es lo que Pávlov llamó primer sistema de señales.

El fisiólogo ruso señalaba a la vez que entre la actividad  nerviosa  superior  del  hombre  y  de  los animales hay diferencias específicas. El lenguaje constituye  un  nuevo  sistema  de  señales,  propio  y exclusivo del hombre, que también da origen a la formación de reflejos no condicionados y a la actividad derivada de éstos. Pávlov le dio el nombre de segundo sistema de señales.

I. P. Pávlov descubrió las leyes fisiológicas que rigen la actividad nerviosa superior de los animales y del hombre. Mostró lo que hay de común entre tal actividad entre los unos y el otro y las diferencias sustanciales   que   los   separan,   sentando   con   su doctrina las sólidas bases científicas que llevan al conocimiento de la vida psíquica del hombre.

Valor del trabajo  y del lenguaje en el desarrollo del pensamiento humano.

La psiquis humana tiene como premisa las formas elementales de la actividad psíquica de los animales. Al propio tiempo hay que ver las diferencias cualitativas que los separan. La función humana de pensar es el grado supremo que la psiquis alcanza en su desarrollo. Y lo que condiciona el extraordinario nivel alcanzado por la vida psíquica del hombre es el trabajo del mismo como elemento de la sociedad.

El gran naturalista inglés Carlos Darwin demostró que el hombre procede de un mismo tronco que los antropoides.  En  tiempos  muy  remotos  los antepasados animales del hombre, que se distinguían por un desarrollo especial de las extremidades anteriores, aprendieron a caminar en posición erecta y  comenzaron  a  valerse  de  distintos  objetos  en calidad de instrumentos que les permitían procurarse comida   y   defenderse.   Más   tarde   empezaron   a preparar ellos mismos los instrumentos, que antes se limitaban a emplear tal como los encontraban, con lo que   se   inició   la   transformación   del   animal   enhombre. Los instrumentos de trabajo le permitieron someter una fuerza de la naturaleza como el fuego, con la posibilidad que ello representaba para mejorar y dar variedad a sus alimentos, circunstancia ésta que propició el desarrollo del cerebro humano.

El empleo de instrumentos de trabajo cambió las relaciones entre el hombre y la naturaleza. El animal se adapta pasivamente a ella, aprovecha lo que la misma naturaleza le ofrece. Por el contrario, la adaptación  del  hombre  es  activa;  el  ser  humano cambia  la  naturaleza  conscientemente,  según  fines que  él  mismo  se  marca,  y  se  proporciona  unas condiciones de existencia que la naturaleza no le brinda. El trabajo ha sido lo decisivo en el desarrollo y perfeccionamiento alcanzado por el cerebro del hombre. El trabajo, en cierto sentido, creó al hombre; el trabajo creó el cerebro humano.

Las relaciones del hombre con la naturaleza se hacen más complejas y ello complica a su vez las relaciones de los hombres entre sí. Los hombres trabajaban en común, tenían que comunicarse, y para esto  resultaba  insuficiente  el  reducido  número  de sonidos de que los animales se valen con estos fines. Poco a poco, en el proceso del trabajo, la laringe humana se desarrolla y transforma, y el hombre aprende a emitir sonidos articulados. Esos sonidos van dando lugar a las palabras, al lenguaje. El trabajo en común de los hombres habría sido imposible si no hubieran adquirido la capacidad de hablar.

Sin palabras no habrían podido aparecer los conceptos de las cosas y las relaciones entre ellos, habría  sido  imposible  el  pensamiento  humano.  La aparición y evolución del lenguaje favoreció, a su vez, el desarrollo del cerebro.

Por lo tanto, la vida social de trabajo del hombre, el trabajo y luego el lenguaje, son los factores decisivos que contribuyeron al perfeccionamiento del cerebro humano y a hacerlo apto para su capacidad de pensar.

  La conciencia es propiedad del cerebro.

La conciencia es producto de la actividad del cerebro   humano   en   relación   con   el   complejo conjunto  de  los  órganos  de  los  sentidos.  Por  su esencia es un reflejo del mundo material. Se trata de un proceso de múltiples facetas, que incluye los diversos   aspectos   de   la   actividad   psíquica   del hombre: sensaciones, percepciones, representaciones, pensamiento a través de conceptos, sentimientos y voluntad. Sin un buen funcionamiento del cerebro resulta  imposible  la  actividad  normal  de  la conciencia. Cuando la actividad del cerebro se ve turbada  por  un  estado  de  embriaguez  o  de enfermedad, la capacidad de pensar razonablemente se pierde. El sueño es una inhibición parcial y temporal de la actividad de la corteza; el pensamiento cesa y la conciencia se obnubila.

De estas correctas proposiciones materialistas no hay que deducir, sin embargo, que el pensamiento es una  sustancia  segregada  por  el  cerebro.  C.  Vogt, materialista burgués alemán del siglo XIX, definía el pensamiento como un tipo específico de sustancia segregada por el cerebro a la manera como las glándulas salivares segregan saliva o el hígado bilis. Esto  era  una  noción  vulgar  de  la  naturaleza  del pensar. La psiquis, la conciencia, el pensar es una propiedad específica de la materia, pero no una sustancia especial.

Al   resolver   el   problema   fundamental   de   la filosofía, nosotros oponemos la conciencia a la materia, el espíritu a la naturaleza. La materia es todo lo que existe con independencia de la conciencia y fuera de ésta. Por ello incurren en grave error quienes incorporan la conciencia a la materia. Según indicaba Lenin, "calificar el pensamiento de material significa dar un paso equivocado hacia la confusión del materialismo con el idealismo"7. En efecto, si el pensamiento es la materia misma, con ello se elimina la diferencia entre el uno y la otra, los hacemos idénticos.

Los idealistas no cesan de atribuir al materialismo marxista -como adversarios de él que son- la noción que identifica la conciencia con algo material. Lo hacen así para facilitar la "refutación" del materialismo  filosófico  marxista.  El  procedimiento no es nuevo: primero se atribuye al adversario un absurdo y luego se rebate ese absurdo "victoriosamente".

En realidad, la identificación de conciencia y materia es una noción del materialismo vulgar, y no del dialéctico. La filosofía materialista marxista combatió  siempre  tal  concepto.  Siempre  marca  la diferencia que hay entre la conciencia -reflejo del mundo material- y la propia materia.

Ahora bien, la diferenciación entre la conciencia y la  materia  no  puede  ser  profundizada  hasta  una separación absoluta. Tal separación es característica del  paralelismo  psicofísico,  cuyos  adeptos  afirman que el pensar y la conciencia son procesos que transcurren paralelamente a los procesos materiales que  tienen  lugar  en  el  cerebro,  de  los  que  no dependen  lo  más  mínimo.  La  ciencia  refuta  este punto de vista. Demuestra que la vida psíquica del hombre no es más que un aspecto especial de la actividad vital de su organismo, una función específica del cerebro.

7 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 231.

 El materialismo dialéctico rechaza la separación absoluta entre conciencia y materia. Eso conduce, en realidad,  a  volver  a  las  nociones  primitivas  del primer   período   de   la   historia   de   los   hombres, producto de la ignorancia, en que los fenómenos de la vida eran atribuidos a la acción de un alma que se había aposentado en el cuerpo y lo dirigía.

Cuando se trata de resolver el problema psicofísico, es decir, de la relación entre la psiquis del  hombre  y  el  órgano  de  la  psiquis,  el  cerebro (como órgano material, como cuerpo físico), hay que ver la diferencia y la relación que existe entre ellos.

No   hay   que   olvidar   la   diferencia,   porque   la identificación de conciencia y materia lleva a verdaderos  absurdos.  Tampoco  hay  que  apartar  la conciencia del cerebro, pues la primera es la función del segundo, es decir, de la materia especialmente organizada.

6. Adversarios del materialismo filosófico

Al  aceptar  la  unidad  material  del  mundo,  el marxismo se coloca en la posición del monismo filosófico. El materialismo filosófico marxista es una doctrina  consecuente  y  armónica  porque  explica todos los fenómenos del mundo partiendo de un mismo principio material.

Existen, empero, doctrinas filosóficas que no se deciden a aceptar ni la primacía de la materia ni la primacía del espíritu. Se atienen al principio del dualismo filosófico y afirman que en el mundo hay dos principios iníciales que no dependen uno del otro y son absolutamente distintos por su esencia: la materia y el espíritu, el cuerpo y la conciencia, la naturaleza y la idea. Así pensaba en el siglo XVII el filósofo francés Descartes.

El dualismo no es capaz de explicar todos los hechos que nos dicen que la acción sobre el cuerpo del  hombre  origina  cambios  en  su  conciencia,  y viceversa, que el pensamiento puede provocar un movimiento corporal. El dualismo filosófico es inconsecuente y ambiguo, y de ordinario conduce al idealismo.

Los idealistas que tratan de explicar el mundo partiendo de un principio único -ideal- son también monistas. Pero su monismo descansa sobre una base falsa y anticientífica; para ellos la idea, el pensar, la conciencia es lo primario, mientras que la naturaleza, las cosas físicas, el cuerpo humano son secundarios y derivados  del  principio  espiritual.  Según  los idealistas, todo es conciencia o ha sido engendrado por la conciencia.

Idealismo objetivo.

La visión idealista del mundo más primitiva, pero también   más   extendida,  queda  expresada  en  la doctrina de la Iglesia acerca del espíritu incorpóreo o Dios que existía antes de que él mismo crease el Universo físico. Tales concepciones vienen relatadas por toda la historia de la ciencia. Esta ha demostrado irrefutablemente que los fenómenos y procesos espirituales surgieron cuando la materia había alcanzado un nivel de desarrollo muy alto y que se encuentran  necesariamente  vinculados  a determinados procesos materiales que tienen lugar en la corteza del cerebro y en el sistema nervioso. Sin estos procesos materiales, fisiológicos, no hay ni puede haber fenómeno espiritual alguno. De ahí que la doctrina de la Iglesia sobre la existencia de un espíritu con anterioridad a la materia, anterior a la naturaleza, sea falsa y no tenga nada de común con la realidad.

Las   concepciones   idealistas   adquirieron   una forma  más  sutil  y  abstracta  en  ciertos  sistemas filosóficos. Platón, Leibniz y Hegel afirman que la base de las cosas son causas, elementos o esencias espirituales o incorpóreos a los que atribuyen existencia anterior a los objetos mismos. Platón llama a estas causas incorpóreas "especies" o "ideas". Leibniz creía que el fundamento de las cosas estaba en peculiares "átomos" espirituales del ser, activas "unidades" (monadas) espirituales. Hegel pone por base de todas las cosas la "idea", como concepto dotado de existencia objetiva. "El concepto... es lo verdaderamente primero -escribe- y las cosas son lo que son gracias a la actividad inherente a ellas y que se revela en sus conceptos."8  La naturaleza tomada en su conjunto, según Hegel, es también producto del concepto, de la idea. No se trata de la idea común del hombre, sino de la idea que existe fuera del hombre y que es equivalente a Dios.

La filosofía expuesta por Platón, Leibniz y Hegel es la del idealismo objetivo. Tal idealismo recibe el nombre de objetivo porque admite la existencia de un principio  espiritual  "objetivo"  distinto  de  la conciencia humana y que no depende de ella.

Las  reflexiones  de  los  idealistas  objetivos  no resisten a la crítica. Las ideas o conceptos existen únicamente en el pensar humano. En los conceptos se reflejan los rasgos generales y propiedades de la realidad misma; en ellos se refleja lo que de general existe en el mundo material. Tales son, por ejemplo, los conceptos de hombre, de sociedad, de socialismo, de nación, etc. Los conceptos o ideas con existencia anterior a la naturaleza, que deriva de ellos, son una mera   fantasía   de   los   idealistas.   Lenin   escribía:

 "...Cualquiera sabe qué es la idea humana, pero la idea sin el hombre y anterior al hombre, la idea como abstracción, la idea absoluta es una invención teológica del idealista Hegel."9

9 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 214.

Idealismo subjetivo.

Además de esta clase de idealismo, que hace derivar la naturaleza de la idea divina, existe el idealismo subjetivo, para el cual los objetos son el conjunto de nuestras sensaciones e ideas. De este modo, el mundo es transportado a la conciencia del sujeto, es decir, del hombre como ser pensante.

El idealista subjetivo pregunta: ¿Qué puedo saber de las cosas que me rodean? Y responde: sólo las sensaciones que recibo de esas cosas, es decir, la sensación de color, de sabor, de olor, de dureza, de forma, etc. Fuera de esas sensaciones no puedo percibir nada más; ¿no será sensato suponer que la cosa es únicamente el conjunto de mis sensaciones y que fuera de éstas no tiene existencia?

Por lo tanto, según el idealismo subjetivo el hombre  no  está  rodeado  de  cosas,  sino  de  haces (complejos)   de   sus   propias   sensaciones,   y   la naturaleza entera no es sino un conjunto de sensaciones.

Las concepciones del idealismo subjetivo fueron expuestas a principios del siglo XVIII por el obispo inglés Berkeley. Su autor declara abiertamente que el propósito de su filosofía idealista es uno: refutar el materialismo y el ateísmo y argumentar la necesidad de la existencia de Dios.

El idealismo subjetivo deforma groseramente la relación real entre nuestras percepciones y las cosas. Identifica la percepción humana con el objeto percibido.

Las consecuencias lógicas de la proposición fundamental del idealismo subjetivo -es lo mismo la cosa que la percepción de la cosa- nos llevan a la conclusión de que todo el mundo es creado por mí, por mi conciencia, de que los hombres restantes, y entre ellos mis padres, son sólo percepciones mías, sin que posean existencia objetiva. Por consiguiente, el idealismo subjetivo conduce forzosamente al solipsismo, absurda filosofía según la cual existo yo sólo, y todo el mundo y las demás personas existen únicamente en mis representaciones. Según decía Lenin, semejante filosofía es digna de los recluidos en un hospital psiquiátrico.

Las inevitables conclusiones solipsistas a que conduce cualquier forma del idealismo subjetivo son una prueba convincente de la falsedad de esta filosofía.

Intentos de establecer una "tercera" línea en filosofía.

Además de las doctrinas idealistas que admiten francamente la conciencia como base del mundo, hay otras que tratan de encubrir su idealismo y de presentar  las  cosas  como  si  se  encontrasen  por encima del materialismo y del idealismo y constituyesen una "tercera" línea en filosofía. Así es, por ejemplo, el positivismo.

 8 Hegel, Obras, t. I, Moscú-Leningrado, 1929, pág. 270.

  El positivismo apareció en la primera mitad del siglo   XIX.   Actualmente   representa   una   de   las tendencias filosóficas más influyentes en el mundo burgués. Goza también de predicamento entre los naturalistas.

El positivismo califica toda la filosofía anterior de metafísica, entendiendo como tal las lucubraciones estériles  y  escolásticas  sobre  cuestiones  que  no pueden tener una explicación científica y que rebasan el marco de la experiencia. Entre esas cuestiones colocan los positivistas el problema fundamental de la filosofía: el de qué es lo primario, la naturaleza o la conciencia. La ciencia, nos dicen, ha de tratar únicamente  de  hechos  que  se  prestan  a  la observación, sin buscar detrás de ellos ninguna base material o espiritual. La filosofía que busca tal base es estéril. La ciencia puede prescindir perfectamente de la filosofía. Ella misma es filosofía.

Los positivistas se presentan como si no fuesen materialistas  ni  idealistas,  sino  investigadores  de hechos empíricos, hombres de ciencia. Mas tras este ropaje se encubre la línea filosófica del idealismo. Al eludir la respuesta al problema fundamental de la filosofía y al afirmar que la ciencia no puede pronunciarse sobre él, los positivistas se aíslan del mundo material, se encierran en el marco de su conciencia,  es  decir,  adoptan  la  posición  del idealismo subjetivo.

Así se desprende también de la circunstancia de que los "hechos" de que tanto hablan ellos son nuestras percepciones. Los positivistas afirman que lo único que nos es dado directamente son nuestras sensaciones y percepciones, al estudio de las cuales hemos de circunscribirnos.

Los filósofos positivistas burgueses no cesan de afirmar   que   se   encuentran   "por   encima"   del materialismo y del idealismo. En la práctica, forman un   campo   con   los   idealistas   y   combaten   el materialismo.  El  materialismo  es  para  ellos metafísico. Cuando los materialistas afirman que el mundo existe fuera de nuestra conciencia, rebasan

"los límites de la experiencia". ¿Será preciso demostrar  que  tal  acusación  es  un  absurdo?  La doctrina del materialismo acerca del mundo objetivo se deriva directamente de la experiencia universal de los hombres.

El materialismo filosófico marxista es enemigo irreductible de toda metafísica10, sin exceptuar la de quienes razonan acerca de inexistentes "esencias". Rechaza la metafísica del idealismo, que se imagina una base "ideal" del mundo, y la metafísica de la Iglesia, que predica la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Pero el materialismo marxista rechaza por completo los intentos de los positivistas de calificar de metafísica la proposición de que el mundo es material y existe fuera de nuestra conciencia. El positivismo carga sus propias culpas al inocente. Bajo sus ataques verbales contra una imaginaria "metafísica del materialismo", lo que en realidad   hace   es   valerse   de   esas   mañas   para introducir la metafísica del idealismo subjetivo.

10 La palabra "metafísica" se emplea en filosofía en dos sentidos. Primero, la metafísica significa una concepción antidialéctica del mundo. Segundo, por metafísica se entiende las hipótesis especulativas y escolásticas, carentes de base científica, acerca de la "verdadera" esencia supersensorial del ser. Acerca de la metafísica se habla con más detalle en el capítulo II.

 Toda la historia de la filosofía es una prueba de que no hay ni puede haber una "tercera" línea fuera del materialismo y el idealismo. La comprensión de que  esto  es  así  ayudará  a  los  investigadores  y técnicos de Occidente, partidarios del positivismo, a emanciparse de la confusión que tal doctrina representa y a pisar el terreno firme de la filosofía materialista científica.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX el positivismo adopta la forma de machismo (del físico y filósofo austriaco E. Mach). Se le llama también empiriocriticismo (crítica de la experiencia).

Mach y sus partidarios -en particular, su discípulo ruso A. Bogdánov- aspiraban también a superar la "unilateralidad" del materialismo y el idealismo. En realidad, su filosofía era un sistema de idealismo subjetivo.

Afirmaba Mach que los "elementos" iníciales del mundo  son  las  sensaciones.  Las  cosas  son "complejos de elementos" (o de sensaciones) y la naturaleza en su totalidad es un conjunto de "series de elementos" "ordenados" por el propio hombre que piensa acerca del mundo. Todo cuanto rodea al individuo se reduce a sus propias sensaciones: tal es la concepción del empiriocriticismo sobre el mundo.

Los empiriocriticistas trataban de ocultar el idealismo subjetivo de su sistema; afirmaban que los elementos (es decir, las sensaciones) son "neutros", que no son materiales ni ideales, que no poseen ni naturaleza física ni psíquica.

Con objeto también de enmascarar el idealismo, los empiriocriticistas declaraban que la suya era una filosofía "experimental", que se apoyaba en la experiencia y que ésta era para ellos la fuente de todo conocimiento.

A la crítica de la reaccionaria filosofía de Mach dedicó Lenin su libro Materialismo y empiriocriticismo. En él explica que si bien Mach y sus adeptos apelan a la "experiencia", eso no quiere decir que su filosofía sea científica. La propia "experiencia" se puede interpretar con un criterio materialista o idealista. El materialismo afirma que todos nuestros conocimientos provienen de la experiencia, y al mismo tiempo señala que a través de ella percibe el hombre el mundo objetivo, o sea que   en   nuestra   experiencia   hay   un   contenido objetivo. El empiriocriticista admite que nuestro conocimiento proviene de la experiencia, pero niega que en ésta haya realidad objetiva. Afirma que en la experiencia no tenemos relación con el mundo objetivo, sino únicamente con sensaciones, percepciones y representaciones, al estudio de las cuales hemos de limitarnos. Con otras palabras, el empiriocriticista  defiende  en  realidad  el  punto  de vista del idealismo subjetivo.

Lenin califica de charlatanería filosófica la aspiración de los empiriocriticistas de elevarse sobre el  materialismo  y  el  idealismo  con  ayuda  de  su "elemento neutro". "Todos saben -escribe- qué es la sensación humana, pero la sensación sin el hombre, anterior al hombre, es un absurdo, una abstracción muerta, una pirueta idealista."11 Los "elementos neutros", según señala Lenin, son en realidad las sensaciones del hombre, y la doctrina que trata de construir con ellos el mundo es idealismo subjetivo.

¿Existió  la  naturaleza  con  anterioridad  al hombre?, pregunta Lenin a los empiriocriticistas. Si la naturaleza es creación de la conciencia humana, si se reduce a sensaciones, no es la naturaleza la que creó al hombre, sino el hombre el que creó la naturaleza. Y las ciencias naturales nos dicen que la naturaleza existió mucho antes de que el hombre apareciera.

¿Piensa el hombre con ayuda del cerebro?, pregunta Lenin a los empiriocriticistas. Según ellos, el propio cerebro humano es también un "complejo de elementos" o sensaciones, o sea que es producto de la psiquis humana. Resulta, pues, que el hombre piensa sin ayuda del cerebro; todo lo contrario, el cerebro es una "construcción" del pensamiento inventada para explicar mejor la vida psíquica.

¿Existen otras personas?, pregunta Lenin a los empiriocriticistas. Según el punto de vista de su filosofía,  resulta  inevitablemente  que  cuantas personas rodean al hombre son complejos de sensaciones propias, es decir, productos de su conciencia individual. El empiriocriticismo conducía al solipsismo. Esta es la mejor demostración de su absoluta inconsistencia.

La filosofía de Mach gozó de gran predicamento a principios de siglo. Veinte años más tarde retrocedía ante nuevas formas del positivismo.

Raíces del idealismo.

La filosofía idealista representa una concepción incorrecta  y  deformada  del  mundo.  El  idealismo altera la verdadera relación entre el pensar y su base material.  A  veces  esto  es  consecuencia  del  deseo consciente de deformar y ocultar la verdad. Tal alteración consciente de la verdad puede encontrarse a menudo entre los filósofos burgueses de nuestro mantener   satisfecha   a   la   clase   dominante.   No obstante, en la historia de la filosofía han sido frecuentes los casos de doctrinas idealistas debidas a pensadores que se "equivocaban honradamente" en su sincero deseo de alcanzar la verdad.

En el capítulo III veremos que el conocimiento es un proceso muy complejo y multifacético. Esa misma complejidad encierra el peligro de que se le enfoque unilateralmente, de que se exagere y eleve a la categoría  de  absoluto  el  valor  de  alguno  de  sus aspectos hasta convertirlo en algo autónomo, que no depende de nada. Así es como obran los filósofos idealistas. Hemos visto, por ejemplo, cómo los empiriocriticistas y otros idealistas subjetivos convierten   en   absoluto  el   hecho   de   que   todos nuestros conocimientos acerca del mundo exterior proceden  de  las  sensaciones,  aíslan  éstas  de  los objetos materiales que las originan y llegan a la conclusión idealista de que las sensaciones son lo único que existe en el mundo.

V. I. Lenin dice que el conocimiento siempre encierra  la  posibilidad  de  que  se    vuelos  a  la fantasía, apartándose de la realidad; la posibilidad de suplantar los nexos verdaderos por otros imaginarios. Un concepto rectilíneo o unilateral, el subjetivismo y la ceguera subjetiva: tales son las raíces gnoseológicas12  del idealismo, es decir, sus raíces en el propio proceso del conocimiento.

Mas para que de estas raíces crezca la "planta", para que los errores del conocimiento tomen cuerpo en un sistema filosófico idealista que se manifiesta contra el materialismo y las ciencias naturales materialistas, se necesitan determinadas relaciones sociales, hace falta que esas erróneas concepciones favorezcan a determinadas fuerzas sociales y se vean apoyadas por ellas. La visión unilateral y subjetiva del conocimiento del mundo por el hombre, dice Lenin, conduce al pantano del idealismo, donde lo "consolida el interés de clase de las clases dominantes": los esclavistas, los señores feudales o la burguesía. Ahí es donde residen las raíces de clase del idealismo.

La esencia reaccionaria del idealismo filosófico se pone bien de manifiesto al considerar sus vínculos con  la  teología,  con  la  religión.  Todo  idealismo filosófico es, en última instancia, una defensa sutil de la teología y el clericalismo, dice Lenin. El idealismo filosófico, aun cuando no declare abiertamente sus nexos con la religión, se mantiene siempre en el mismo terreno que ella. Por eso la Iglesia, en todo momento, apoyó ardorosamente el idealismo filosófico, combatió el materialismo y persiguió cuando pudo a quienes lo profesaban.

7. La filosofía burguesa contemporánea

La filosofía de nuestros tiempos, indicaba Lenin, tiempo  que  con  su  defensa  del  idealismo  tratan  de                 

11 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 214.

12  Gnoseología (del griego "gnosis", conocimiento, y "logos", tratado, ciencia, teoría): ciencia o teoría del conocimiento.

 

es tan fiel al espíritu de partido como la de hace dos mil años. Dicho de otro modo, ahora, lo mismo que en el pasado, los filósofos se dividen en dos campos opuestos: el materialista y el idealista. Su pugna, en última instancia, expresa las tendencias y las ideologías de clases y capas sociales hostiles. La filosofía del materialismo dialéctico es la ideología de la clase obrera, de las fuerzas sociales avanzadas de nuestra época. Y al contrario, la concepción de las fuerzas reaccionarias, de la burguesía imperialista, viene expresada por las diversas corrientes de la filosofía idealista. La actual filosofía burguesa se distingue por los esfuerzos que realiza para refutar la doctrina de Marx, Engels y Lenin, para mantener, en lucha con ella, las posiciones de la concepción burguesa del mundo y por defender el sistema capitalista.

En nuestros días el idealismo filosófico es aún más reaccionario y decadente que a fines del siglo XIX.  Se  puso  de  moda,  por  ejemplo,  el irracionalismo,  tendencia  que  proclama  el  carácter insensato y absurdo del mundo y de la vida, y la incapacidad de la mente humana para conocer la realidad  que  nos  rodea;  están  muy  en  boga  las doctrinas  que  manejan  los  descubrimientos científicos  para  deformar  la  ciencia;  cada  vez  es mayor la influencia de los sistemas abiertamente teológicos.

La  vida  espiritual  de  los  países  capitalistas  ha llegado a una situación paradójica: la ciencia sigue irresistiblemente adelante y profundiza nuestro conocimiento del mundo material, en colaboración con la técnica aumenta ilimitadamente el poder del hombre sobre la naturaleza; desde hace ya más de cien años existe y se desarrolla una filosofía materialista avanzada -el materialismo dialéctico e histórico- que proporciona una explicación genuinamente científica de los fenómenos de la naturaleza y la sociedad. Y al mismo tiempo, muchos filósofos, y en ocasiones los propios científicos, siguen afirmando que el mundo que nos rodea no tiene existencia objetiva, que la ciencia no puede revelarnos la verdad objetiva y que lo mejor para el hombre,  ante  su  impotencia  para  conocer  la naturaleza   real   de   las   cosas,   es   creer   en   lo sobrenatural y refugiarse en el seno de la Iglesia.

¿A qué obedece tal situación? ¿Cómo es posible que hombres sensatos, investigadores honestos, compartan unas concepciones idealistas que se contradicen con la ciencia y con la práctica social?

El obstáculo decisivo que les impide llegar al materialismo es el interés de clase de la burguesía, unido   a   los   prejuicios   anticomunistas   de   los intelectuales burgueses. El materialismo científico moderno, es decir, el materialismo dialéctico e histórico, aplicado consecuentemente, obliga a colocarse junto a la clase obrera y a aceptar la teoría del socialismo científico. Esta es una de las causas de por qué quienes no desean romper con la burguesía, entre ellos los hombres de ciencia, tienen miedo a admitir el materialismo. A su vez, los defensores e ideólogos francos y activos del capitalismo ven en el materialismo dialéctico a un enemigo teórico que no da cuartel y ponen todo su empeño en echarlo por tierra cueste lo que cueste. Para ello emplean todos los medios de presión ideológica y moral: la prensa, la radio, la televisión, la cátedra universitaria y el púlpito, los tratados científicos y los artículos de las revistas. Esta propaganda, repetida un día tras otro y año tras año, no puede por menos de hacer mella en las mentes de los hombres.

Otras causas de la vitalidad del idealismo se comprenderán    mejor    cuando    estudiemos    las principales corrientes de la actual filosofía burguesa.

La filosofía contra la razón.

El espíritu del pesimismo, el irracionalismo y la hostilidad  a  una  concepción  científica  del  mundo, que   penetran   en   la   ideología   de   la   burguesía contemporánea, se ponen particularmente de relieve en el existencialismo, que es una de las doctrinas filosóficas más en boga dentro del mundo burgués.

El fundador del existencialismo es el filósofo idealista   alemán   Heidegger,   quien   aprovechó   la doctrina  del  místico  danés  Kierkegaard  (primera mitad del siglo XIX). Entre los existencialistas más notorios se encuentran C. Jaspers, J. P. Sartre, G. Marcel y A. Camus.

El problema más general que los existencialistas plantean es el del sentido de la vida, del lugar del hombre  en  el  mundo  y  de  la  elección  por  él  del camino a seguir. El problema no es nuevo, mas actualmente ha adquirido singular valor para muchos, que se ven ante la necesidad de determinar su lugar en   las   complejas   y   contradictorias   condiciones propias de la sociedad burguesa, de definirse frente a la lucha que en todo el mundo transcurre entre las fuerzas progresistas y reaccionarias.

Los existencialistas, pues, ponen el dedo en uno de los problemas más candentes de nuestra época.

Pero   lo   resuelven   partiendo   de   una   decadente concepción idealista; arrancan de la conciencia del individuo aislado, que se opone a la sociedad y escarba en sus vivencias. Este falso punto de partida predetermina el vicio de que adolece toda la doctrina existencialista.

Sus partidarios la presentan como una doctrina del ser en general, aunque de hecho reducen la filosofía al examen de la "existencia" del individuo. Si no tomamos en consideración las reflexiones de algunos existencialistas sobre el "más allá", lo único que en ellos presenta realidad es la existencia personal, la conciencia de que "yo existo". El mundo que nos rodea es presentado como algo misterioso e inasequible a la razón y al pensamiento lógico. "El ser -ha escrito Sartre- carece de razón, de causalidad y de necesidad." Al igual que todos los idealistas subjetivos, los existencialistas niegan la realidad objetiva de la naturaleza, el espacio y el tiempo. El mundo, dice Heidegger, existe en cuanto hay existencia. "Si no hay existencia, tampoco hay mundo."

Lo   más   importante   para   el   hombre   es   su existencia. Y los existencialistas se entregan a fatigosas  reflexiones  acerca  de  que  esa  existencia tiene  un  fin  y  que  la  vida  entera  del  hombre transcurre bajo el signo del miedo a la muerte. La misión de la filosofía, según ellos, consiste precisamente en despertar y mantener siempre ese miedo. Filosofar, dice C. Jaspers, significa aprender a morir.

Los existencialistas comprenden que el hombre será  más  fácilmente  presa  del  miedo  si  se  siente aislado y solo. Por ello tratan de hacerle creer que ha sido  "arrojado"  a  un  mundo  extraño  y  hostil,  que entre  sus  semejantes  no  mantiene  una  existencia "verdadera"   y  que  la  sociedad  le  priva   de  su individualidad.

Para ello los filósofos de la "existencia" se valen del  hecho  indudable,  que  tan  gravemente  afecta  a muchos, de que la sociedad capitalista oprime realmente  al  hombre  y  frena  el  desarrollo  de  su personalidad.  Excitan  el  sentimiento  de  protesta contra la opresión del sistema capitalista que surge entre parte de los intelectuales y lo orientan por el falso  camino  de  protesta  contra  la  sociedad  en general. Pues, según los existencialistas, si bien el hombre no puede vivir aislado de sus semejantes, aun cuando se encuentra entre ellos sigue en la soledad más completa, y sólo cuando se encierra en sí mismo se siente libre. Los existencialistas no admiten ni deberes  impuestos  al  hombre  por  la  colectividad social ni normas morales valederas para todos. No en vano el héroe ordinario de los existencialistas -en el teatro y en la novela- es el hombre sin convicciones firmes, y a menudo un sujeto simplemente amoral. Según  esa  filosofía,  cualquier  actividad  humana  o cualquier lucha son estériles, el mundo es el reino del absurdo y la historia toda carece de sentido.

La filosofía idealista subjetiva del existencialismo es falsa, ante todo, porque reduce la realidad entera a la  existencia  del  hombre  y  a  sus  impresiones  y sentimientos. Y al mismo tiempo, adultera por completo la esencia propia del hombre.

El hombre recibe de la sociedad todo cuanto constituye su vida. ¿Qué es lo que lo ha elevado tan por encima del mundo de los animales? Su vida de trabajo en sociedad. En ésta desarrolla el hombre sus sentidos y su razón, su voluntad y su conciencia, en ella  toma  la  vida  sentido  y  adquiere  un  fin.  Para quien vive una vida social plena, inspirada por ideas avanzadas, lo importante no es cuándo morirá, sino cómo va a transcurrir su vida en la sociedad, qué dejará a  los  hombres.  Basta, sin  embargo,  separar artificialmente  la  persona de  la  sociedad  para  que ante nosotros aparezca un homúnculo asustado y tembloroso, que teme la muerte y no sabe qué hacer de su vida.

El  existencialismo,  sin  quererlo,  muestra  hasta qué  vacío  espiritual  y  embrutecimiento  moral conduce el individualismo burgués.

La decadente "filosofía de la existencia" es profundamente reaccionaria. En última instancia, es expresión del miedo de la clase explotadora ante el inevitable   naufragio   del   régimen   capitalista   y desmoraliza con su acción a quienes caen bajo su influencia, especialmente a los jóvenes. La prédica del  miedo,  de  la  desesperanza,  del  absurdo  que

supone la existencia, estimula las inclinaciones antisociales y justifica la conducta amoral y la falta de principios. Quien se deja arrastrar por el existencialismo, en determinadas condiciones puede ser presa fácil y juguete de las fuerzas reaccionarias, abandonando sus lamentaciones histéricas para convertirse en un pistolero fascista. En Alemania, el existencialismo,  unido  a  otras  doctrinas reaccionarias, preparó ideológicamente el terreno al fascismo. En Francia, los existencialistas centraron después de la guerra sus torpes ataques sobre el heroico    Partido    Comunista,    combatiendo    su disciplina y la solidaridad de clase del proletariado. Los marxistas franceses no tardaron en adivinar en el existencialismo  a  uno  de los  principales  enemigos ideológicos. Su influencia entre los medios intelectuales franceses ha disminuido mucho después de la reñida lucha que contra él mantuvieron.

La supuesta "filosofía de la ciencia".

Otra corriente filosófica muy extendida en el mundo burgués es el neopositivismo o "positivismo lógico", al que sus adeptos presentan a bombo y platillo  como  "filosofía  de  la  ciencia".  A  primera vista parece como si el neopositivismo fuese el polo opuesto  de  la  irracionalista  "filosofía  de  la existencia". Pero la realidad es que se trata de una doctrina idealista emparentada interiormente con el existencialismo.    Es    una    filosofía    que    rebosa pesimismo y desconfianza hacia la capacidad cognoscitiva y la razón del hombre.

Las bases del neopositivismo fueron sentadas por el inglés B. Russell y los austríacos L. Wittgenstein y M.  Schlick.  Actualmente  sus  figuras  más  notorias son R. Carnap en Estados Unidos y A. Ayer en Inglaterra. La aparición del neopositivismo vino dictada por la necesidad de renovar la filosofía idealista subjetiva del empiriocriticismo, acomodándola al estado actual de la física, las matemáticas y la lógica.

El neopositivismo -y esto es lo principal en él- separa de la filosofía los problemas esenciales de la concepción   del   mundo   para   convertirla   en   un "análisis  lógico  del  lenguaje".  Los  neopositivistas afirman que tales cuestiones -comprendida la fundamental de toda la filosofía- no existen científicamente y que en este sentido son "seudoproblemas". Según ellos, la filosofía no puede proporcionar ningún conocimiento acerca del mundo exterior; su misión única es el análisis lógico del lenguaje científico, es decir, el análisis de las reglas de empleo de los conceptos y símbolos científicos, de la combinación de las palabras en la oración, de la obtención de unas proposiciones partiendo de otras, etc.,   así   como   del   "análisis   semántico"   de   los términos y conceptos científicos. A este propósito hemos de observar que, por importante que sea el análisis lógico del lenguaje de la ciencia, reducir la filosofía a esto significa de hecho acabar con ella.

Los neopositivistas tienen razón cuando afirman que    la    ciencia    ha    de    partir    de    los    datos experimentales, de los hechos. Mas, al igual que los empiriocriticistas, se niegan a admitir la realidad objetiva de los datos que la experiencia proporciona.

Según ellos, por ejemplo, es absurdo preguntarnos si la  rosa  existe  objetivamente;  puede  decirse únicamente que veo un color rojo de rosa y que percibo su aroma. Sólo esto, aseguran, puede ser objeto de una afirmación científica. Por lo tanto, los hechos  no  son  para  los  neopositivistas  cosas objetivas, acontecimientos y fenómenos del mundo objetivo, sino sensaciones, impresiones, percepciones y otros fenómenos de la conciencia. Contrariamente a sus manifestaciones de que es absurdo el problema de lo real y de su naturaleza, en la práctica niegan sólo  la  naturaleza  material  del  mundo,  al  que  de hecho atribuyen una naturaleza espiritual.

¿De qué se ocupa la ciencia? Esta, según sus afirmaciones, primeramente se limita a describir los "hechos", es decir, las sensaciones del hombre, pues es incapaz de conocer el mundo objetivo; el conocimiento experimental carece de valor objetivo.

Opinan los neopositivistas que manifestaciones sobre los hechos, arbitrariamente seleccionadas, proporcionan material para una teoría científica que se construye con ayuda de la lógica y de las matemáticas. Estas, a diferencia de las ciencias empíricas,  que  se  apoyan  en  la  experiencia, descansan -al menos así lo dicen los neopositivistas- en un sistema de axiomas y reglas aceptadas de manera absolutamente arbitraria y que son fruto de un acuerdo convencional como lo son las reglas del ajedrez o de los naipes.

Tal como los neopositivistas afirman, los juicios que  entren  en  dicha  teoría  han  de  ajustarse  a  las reglas aceptadas: eso es cuanto se necesita para considerar que un juicio es verdadero. Aplicando tal criterio a los problemas concretos, los neopositivistas llegan, por ejemplo, a la anticientífica conclusión de que es un convencionalismo puro la admisión de que

 

Se comprende que semejante interpretación de la teoría científica priva a la ciencia de todo valor como medio que nos proporciona conocimientos objetivos y convierte el conocimiento científico en algo semejante a un juego.

Cuesta trabajo creer que tales absurdos, que de hecho acaban con la ciencia, sean compartidos por

grandes  investigadores  que  han  hecho  importantes

aportaciones en diversas ramas del saber. Y sin embargo,  es  así.  La  complejidad  de  los  métodos

empleados por la ciencia actual y de los fenómenos

que estudia, las dificultades que se presentan a la hora de explicar algunos de ellos, hacen posible la aparición de vacilaciones idealistas entre los científicos. Y las condiciones propias de la sociedad burguesa ayudan a convertirlas en realidad.

Así, de las geometrías no euclidianas (de Lobachevski, Riemann y otros), que reflejan las leyes objetivas del espacio en condiciones distintas a las que nos son habituales, se llega a la conclusión de que no hay una sola geometría verdadera y que sus principios fundamentales no pasan de ser acuerdos que aceptamos convencionalmente.

En la física, la interpretación idealista encuentra el campo   abonado,  principalmente,   por   el  carácter matemático    abstracto    de    sus    teorías,    por   la imposibilidad de crear modelos de los microobjetos que se escapan a la observación directa.

Los  físicos  contemporáneos  no  pueden  ver  los microobjetos sometidos a su estudio (el electrón, el protón, el mesón, etc.) ni siquiera con ayuda de los instrumentos ópticos más potentes; tampoco puede construir un modelo satisfactorio de las partículas elementales. Todo lo que el físico puede observar en sus experimentos son los datos de los aparatos de medición,   las   ráfagas   de   la   pantalla,   etc.   La existencia de las micropartículas y el carácter de sus propiedades vienen deducidas de complejos razonamientos teóricos y cálculos matemáticos. Cuando  el  físico  realiza  su  experimento,  sin  él saberlo, se comporta como materialista. Mas cuando empieza a meditar acerca de los problemas generales de la ciencia, si sus posiciones filosóficas no son firmes, puede llegar a la errónea conclusión de que la micropartícula, con todas sus propiedades, no existe en la realidad, sino sólo en teoría, que es una construcción o un símbolo "lógico" o "lingüístico" creado para concordar entre sí las indicaciones de los aparatos y estar en condiciones de predecirlas.

Así, uno de los físicos actuales de más renombre, W. Heisenberg, ha escrito que la partícula elemental de la física moderna "no es una formación material en el tiempo y en el espacio, sino un símbolo cuya adopción proporciona a las leyes de la naturaleza una forma particularmente sencilla."13

En   cuanto   al   físico   teórico,   que   se   ocupa   

es el Sol, y no la Tierra, el centro de nuestro sistema                planetario.

 

13  W. Heisenberg, Problemas  filosóficos  de la  física atómica,

Moscú, 1953, página 49.

 

 

 

especialmente del estudio teórico de los resultados de observaciones obtenidas por otros investigadores, el propio carácter de su trabajo, y también la constante sucesión de teorías científicas, cuando no conoce la dialéctica, pueden empujarle al erróneo pensamiento de que las hipótesis y teorías que él enuncia son arbitrarias, de que las proposiciones en que sus principios descansan poseen un carácter subjetivo. El astrónomo idealista Jeans dice, por ejemplo, que "el Universo objetivo y material se compone únicamente de las construcciones de nuestras propias mentes”.14

En realidad, el hecho de que sea imposible crear un modelo visible de los microobjetos y de que éstos no se presten a la observación directa no desmiente en modo alguno su carácter material, puesto que existen fuera de la conciencia del hombre y con independencia de ella, y que esto es así lo demuestra todo el desarrollo de la ciencia y las aplicaciones técnicas de los datos científicos relativos al micromundo.

Ahora, lo mismo que hace cincuenta años, cuando Lenin escribió Materialismo y empiriocriticismo, los filósofos idealistas se valen de las dificultades por las que la ciencia atraviesa, de las vacilaciones de los investigadores  y  de  su  indecisión  a  la  hora  de defender y comprobar el punto de vista materialista. Por eso, para combatir el idealismo hay que conocer la ciencia moderna y saber resolver los problemas guiándose por el materialismo dialéctico.

El positivismo moderno no se limita al campo de las ciencias de la naturaleza, sino que también abarca la comprensión de la vida social. Según afirman sus partidarios, la realidad social depende de lo que las gentes hablan de ella; las calamidades sociales obedecen a la incorrecta comprensión y al incorrecto empleo   de   las   palabras.  Por   consiguiente,   para cambiar la vida social es suficiente con cambiar el lenguaje, la comprensión que se tiene de las palabras. El positivista norteamericano S. Chase ha llegado al extremo de afirmar que carecen de sentido palabras como "capital", "desocupación", etc. Según Chase, si en el lenguaje no existiese una palabra tan "nociva" como "explotación", la explotación no existiría en la realidad.

Los neopositivistas eliminan de la esfera científica no sólo los juicios y valoraciones "metafísicos", sino también los morales o éticos. Tal como ellos afirman, cualquier juicio que contenga una valoración ética es subjetivo,   es   decir,   que   expresa   únicamente   la opinión personal de quien habla. Según esto, cuando, por ejemplo, se afirma que las guerras de conquista y

agresión son injustas se emite una opinión subjetiva, no se conforma con renunciar a las normas morales de valor objetivo, le invita a buscarlas fuera de la ciencia, y sobre todo en las enseñanzas de la Iglesia.

Rebajando como lo hacen el papel de la ciencia, a la que acusan de no proporcionar un conocimiento objetivo  verdadero  del  mundo,  los  neopositivistas allanan el camino a los teólogos y fideístas, es decir, a quienes defienden la fe religiosa. Esto no lo niegan ni los propios adeptos del neopositivismo. Así, el físico idealista P. Jordan afirma: "La concepción positivista ofrece nuevas posibilidades para que la religión adquiera espacio vital sin entrar en contradicción con el pensamiento científico."15

Lenin indicaba: "El papel objetivo, de clase, del empiriocriticismo se reduce por completo a servir a los fideístas en la lucha que mantienen contra el materialismo..."16 Estas palabras se pueden aplicar también enteramente a los neopositivistas de nuestros días.

 

Renacimiento de la escolástica medieval.

 

Cada vez es más amplia y activa la propaganda que en la moderna sociedad burguesa se hace del fideísmo. Cobran inusitado vigor la Iglesia y sus organizaciones. Los ideólogos de la clase dominante dicen y repiten sin cesar que "sólo la religión puede traer   la   salvación"17    del   mundo,   que   la   única respuesta a los candentes problemas sociales es "una penetración más eficaz en nuestra vida del espíritu del cristianismo".18

A la vez que la religión, entre los medios de la burguesía y de los intelectuales burgueses gozan de favor el misticismo, el espiritismo, la astrología, la quiromancia y otras supersticiones por el estilo.

El sentido de clase de este fenómeno lo descubrió ya Lenin cuando decía que "la burguesía, por miedo al proletariado, que crece y ve aumentar sus fuerzas, apoya todo lo atrasado, todo lo caduco y medieval".19

El renacimiento del medievo afecta también a la moderna filosofía burguesa. Y esto es así incluso literalmente: se trata del neotomismo, de la doctrina renovada de Tomás de Aquino, el escolástico medieval, que el Vaticano ha admitido como filosofía oficial de la Iglesia Católica.

Podría parecernos que una filosofía abiertamente religiosa,  que  presenta  el  escolasticismo  medieval como algo "eterno", no habría de gozar de gran predicamento entre los medios científicos. Pero no es así. El neotomismo es una doctrina sutil y artera que a menudo lleva a la confusión no sólo a gentes sencillas, sino también a los hombres de ciencia de los países capitalistas.

 

y nada más, tan valedera como la del  que afirme lo                 contrario. Vemos, pues, que la filosofía del neopositivismo, tan alejada al parecer de la política, viene muy a propósito cuando se trata de justificar una política reaccionaria. Al mismo tiempo, a quien

 

14 James Jeans, Physics and Philosophy, 1948, pág. 216.

 15 Pascual Jordan, Physics of the 20The Century, N. Y., 1944, pág.

160.

16 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 343.

17 A. Toynbee, Civilisation on trial, Londres, 1948, pág. 94

18  John E. Russel, Science and modem life, Londres, 1955, pág.

101.

19 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 77.

 

 

 

La base primera del neotomismo es la admisión de Dios como creador todopoderoso del Universo. La naturaleza  es  considerada  como  "realización  de  la idea de Dios" y la historia como "cumplimiento de los designios divinos". A diferencia de los neopositivistas, existencialistas y demás idealistas subjetivos, los neotomistas admiten la existencia real del mundo, como creación de Dios, fuera del hombre y de su conciencia, y que ese mundo puede ser conocido con ayuda de los sentidos y de la razón. Critican incluso el irracionalismo de los existencialistas  y  elevan  su  voz  en  defensa  de  la razón, que Dios dio al hombre para que pudiese conocer la verdad.

Semejantes  manifestaciones  son  bien  recibidas por aquellos que no aceptan los sofismas del positivismo y el irracionalismo, pero que no quieren o no pueden admitir el materialismo filosófico. Quien así piensa considera que el neotomismo combina acertadamente una actitud correcta y sana hacia el conocimiento científico con la fe en Dios, que satisface la personal aspiración religiosa del hombre.

Pero esto encierra un profundo error. La realidad es que el neotomismo no encaja con la razón ni con

la ciencia. La idea básica de los neotomistas es que la ciencia  se  halla  subordinada  a  la  religión  y  el

conocimiento a la fe. Admiten únicamente aquella "razón" y aquel sistema de pensamientos que no rebasen los límites de lo que la Iglesia enseña. Y al

contrario, califican de insana, de "levantamiento contra   la   razón",   la   defensa   de   proposiciones científicas que se oponen a los dogmas de la Iglesia.

Los neotomistas hablan de los tres caminos que llevan  a  la  verdad:  la  ciencia,  la  filosofía  y  la religión.  De  los  tres,  el  inferior  es  la  ciencia.  El conocimiento que ésta proporciona, dicen, no es fidedigno  y  se  limita  a  la  envoltura  corpórea  que oculta  la  verdadera  esencia  espiritual  del  mundo, región a la que la ciencia no alcanza y que parcialmente se revela a la filosofía o "metafísica". A diferencia de la ciencia, la filosofía enuncia el problema de la primera causa de la existencia del mundo y llega a la conclusión de que tal causa reside en un supremo principio espiritual o creador. Mas la verdad suprema, enseñan los neotomistas, es alcanzada sólo por la revelación, por la fe religiosa, a la que siempre deben ajustarse todas las conclusiones generales de la ciencia y de la filosofía.

El fin teórico último de la ciencia es buscar argumentos que confirmen la fe en Dios, que prueben que "el catolicismo y la ciencia han sido creados el uno para el otro". Todas las dificultades con que la ciencia tropieza, los problemas no resueltos, son aprovechados por los neotomistas en favor de los dogmas de la Iglesia.

 

Uno de los argumentos favoritos de la filosofía

 

descubrió lo que se llama el "desplazamiento rojo", es decir, el corrimiento hacia el extremo rojo de las líneas en los espectros de radiaciones que nos llegan de las galaxias, de sistemas estelares situados a grandes distancias. La ciencia no ha encontrado aún una explicación clara de este fenómeno. Y valiéndose de que la causa más probable del "desplazamiento rojo" es el rápido alejamiento de las galaxias de nuestro sistema solar, los filósofos idealistas llegaron a la inmediata conclusión de que en un tiempo toda la materia y energía del Universo estuvieron concentradas en un "primer átomo" creado por Dios.

No hay base alguna para llegar a tal conclusión, siquiera sea porque no podemos aplicar lo observado en un tiempo determinado y en una parte limitada del Universo a todo el Cosmos en su conjunto y a períodos de los que nos separan miles de millones de años.

No  obstante,  apoyándose  en  esta  "teoría"  y  en otras por el estilo, el Papa Pío XII afirmaba en su disertación  sobre  las  "pruebas  de  la  existencia  de Dios a la luz de la ciencia moderna", el 22 de noviembre de 1951: "Por lo tanto, creación en el tiempo; y por eso, un creador; y por consiguiente, Dios.  Esas  son  las  palabras...  que  pedimos  a  la ciencia y que nuestra generación espera de ella."20

Este   ejemplo   muestra   la   manera   como   los filósofos idealistas y los eclesiásticos llegan a conclusiones idealistas y fideístas cuando no se encuentran explicaciones suficientes a un problema científico. Sólo una arraigada visión materialista en filosofía  y  una  consecuente  aplicación  de  la dialéctica pueden salvar al hombre de ciencia de las vacilaciones y evitar que caiga en las trampas que los idealistas colocan en todos los sectores difíciles del camino que la ciencia recorre.

A menudo los neotomistas se ganan las simpatías de la gente porque, a diferencia de los idealistas subjetivos, prestan gran atención a las cuestiones de la moral. Pero la moral que ellos predican es la mansedumbre, es la doctrina de que el hombre, más que de la vida terrena y del cuerpo perecedero, ha de ocuparse del "alma inmortal", de la "vida eterna" y de Dios. Con otras palabras, es la moral de la aceptación pasiva -y justificación por tanto- del mal social existente, de la explotación y la desigualdad; es la moral que reemplaza la protesta y la lucha contra la injusticia social con oraciones y súplicas a Dios. Se trata, pues, de una moral que sólo conviene a la clase explotadora en el poder.

La doctrina político-social de los neotomistas se caracteriza por su lucha activa contra el socialismo unida   a   la   "crítica"   de   algunos   defectos   del capitalismo.  Los  filósofos  católicos  achacan  los vicios de la sociedad al olvido en que muchos, entre ellos los capitalistas, tienen de la religión, a que han

 

católica en pro de la creación del mundo es la teoría                del  "ensanchamiento  del  Universo".  En  1919  se dejado de ser buenos cristianos. Semejante "crítica" nos dice bien a las claras que los neotomistas no piensan siquiera en combatir el capitalismo, del que de hecho son defensores.

 

 20  P. Laberenne, El origen de los mundos, Gostejizdat, Moscú, 1957, pág. 250.

 

En el mundo capitalista existen otras muchas corrientes y escuelas que se denominan a sí mismas "instrumentalismo",21 "neorrealismo", "fenomenología", "personalismo", etc. Todas ellas se encuentran dentro del campo común del idealismo y poseen los mismos rasgos reaccionarios, con la única diferencia de que éstos se presentan más netamente dibujados en las típicas doctrinas que acabamos de examinar.

La filosofía idealista es incapaz de dar una respuesta  acertada  a  los  problemas  científicos  y sociales de nuestra época. Enemiga como es de la concepción  científica  del  mundo  y  del  progreso social, refleja la creciente decadencia del capitalismo y la crisis de su cultura.

 

8. En la lucha por una concepción científica del mundo

 

La debilidad e inconsistencia de la actual filosofía idealista se pone de manifiesto en la resistencia que opone   a   los   avances   de   la   ciencia   y   a   los movimientos sociales progresivos; por ello mueve a la  protesta  tanto  a  los  científicos  insobornables, firmes de espíritu, como a todos cuantos por encima de los intereses del capital colocan los intereses del pueblo y un futuro de luz por los hombres.

En los países que los apologistas del imperialismo llaman  falsamente  "mundo  libre"  es  cada  día  más reñida la pugna entre las concepciones progresivas y reaccionarias, entre los partidarios del materialismo y del  idealismo.  Al  frente  de  esa  lucha  van  los marxistas encuadrados en las organizaciones comunistas. Pero ocurre con frecuencia que intelectuales burgueses llegan a comprender el papel reaccionario de la filosofía idealista y rompen con ella.

Entre  ellos  figura  un  filósofo  progresista  como Barrows  Dunham,  valeroso  impugnador  de  la reacción espiritual y política en los Estados Unidos y crítico severo de las retrógradas doctrinas filosóficas y de los mitos sociales. Dunham denuncia la degradación a que la filosofía ha llegado en los escritos de los pragmatistas y positivistas, eleva la dignidad del pensamiento filosófico y ve en él una expresión de los intereses y aspiraciones del pueblo. "... Lo que más me atrae en la filosofía es que sus orígenes se remontan al pueblo", escribe en su obra El gigante encadenado. La filosofía no es para él un escolástico  "análisis  del  lenguaje";  "es  –dice-  una guía de la vida", "es la teoría de la emancipación de la humanidad".22

 

El filósofo japonés Yanahida Kendziuro, incorporado a la lucha por la paz, por los derechos democráticos de su pueblo y contra la dependencia extranjera, llegó a la convicción de que la filosofía idealista deja inerme al pueblo, cuyas mentes embriaga con irrealizables ilusiones. Yanahida Kendziuro tuvo la entereza de romper con esta engañosa filosofía, de someterla a crítica y de aceptar la concepción del mundo del materialismo científico. En su libro Mi viaje a la verdad escribe así:

"El lugar de las ruinas en que se ha convertido la filosofía idealista ha venido a ocuparlo una filosofía materialista nueva, la marxista, que se ha apoderado de las mentes de nuestros jóvenes. y se comprende que  así  sea,  pues  cuanto  más  se  agudizan  las contradicciones   en   un  país   ocupado   por  tropas extranjeras, más claramente ven las grandes masas la verdad del materialismo dialéctico."23

Barrows Dunham y Yanahida Kendziuro no son los únicos. Podríamos dar una larga relación de filósofos y sabios progresistas que combaten el idealismo y defienden y propagan el materialismo dialéctico.

En Estados Unidos, entre los mejores defensores del  materialismo  se  encuentran  Howard  Selsam  y Harry Wells. Es de señalar la labor que el filósofo progresista John Somerville lleva a cabo para dar a conocer al pueblo norteamericano el modo de pensar de los hombres soviéticos. Se hallan próximos al materialismo y han contribuido notablemente a la crítica de la filosofía idealista R. W. Sellers, C. Lamont   y   P.   Crosser.   En   Inglaterra   gozan   de merecido prestigio F. M. Cornforth, J. Lewis, A. Hobertson y los eminentes investigadores J. Bernal y D. Holdein, que se han distinguido en la defensa de las  concepciones  progresivas.  Los  marxistas franceses e italianos R. Garaudy, J. Kanapa, M. Spinella y C. Luporini, y otros muchos, han contribuido brillantemente a la propagación de las ideas filosóficas avanzadas. Los trabajos de Eli de Gortari (México) y J. Feodoridis (Grecia) muestran que también en otros países del mundo se abre paso la filosofía materialista.

Junto a ellos, al lado de quienes llegaron al materialismo a través de una intensa labor social y de sus reflexiones filosóficas, el materialismo encuentra cada  vez  más  apoyo  en  figuras  eminentes  de  la ciencia contemporánea. Muchos descubrimientos científicos de incalculable valor, realizados durante los últimos decenios, prueban hasta la saciedad la verdad que asiste al materialismo filosófico marxista.

La teoría de la relatividad de Einstein demuestra los  nexos  inseparables  que  unen  el  espacio  y  el tiempo a la materia y su movimiento, viniendo a confirmar  la  doctrina  del  materialismo  dialéctico acerca del espacio y el tiempo como formas de existencia de la materia. La física nuclear revela la compleja estructura del núcleo atómico y descubre gran número de partículas elementales de la materia, con lo que proporciona nuevos argumentos a la proposición del materialismo filosófico marxista de que la materia es inagotable y de que la diversidad de sus formas es infinita. En física se ha formado gradualmente la concepción dialéctica de la micropartícula como unidad de sustancia y campo, como unidad de propiedades corpusculares y ondulatorias.

 

 

21    Acerca  del  "instrumentalismo"  o  pragmatismo,  véase  el capítulo III.

22  B. Dunham, El gigante encadenado, Moscú, 1958, págs. 12, 21, 201.

23     Yanahida   Kendziuro,   Evolución   de   mis   concepciones. Gospolitizdat, Moscú, 1957, pág. 161.

 

 

 Los avances conseguidos en las ciencias físicas han  ido  acompañados  de  éxitos  importantes  en química, biología y fisiología. Las realizaciones teóricas han favorecido un gigantesco progreso de la técnica. Las tres grandes conquistas científicas y técnicas de nuestro tiempo -utilización de la energía atómica,    electrónica    y    cohetes-    significan    el comienzo de una nueva era en la historia de las fuerzas  productivas  de  la  humanidad,  aumentando inconmensurablemente su poder sobre la naturaleza. Los satélites artificiales de la Tierra y los cohetes cósmicos  convierten  en  una  perspectiva  real  la posibilidad de que el hombre salga más allá de la atmósfera  terrestre  y  aprenda  a  navegar  por  los espacios del Universo.

Tales descubrimientos y realizaciones confirman la  verdad  del  materialismo  dialéctico  y  a  menudo llevan a los sabios de orientación positivista a revisar sus concepciones. Es significativo, por ejemplo, que A. Einstein se inclinase en el último período de su vida hacia el materialismo y que sabios tan ilustres como 1. Infeld y Louis de Broglie, antes positivistas, hayan acabado por aceptar el materialismo.

Sabios eminentes como N. Bohr y W. Heisenberg, que durante decenios enteros capitanearon la orientación positivista en la física, últimamente han renunciado a una serie de proposiciones positivistas y las han sometido a crítica. Entre los hombres de ciencia y filósofos adheridos al positivismo hay quienes se sienten dominados por la duda, quienes muestran simpatías por el materialismo y se acercan a él.

Los descubrimientos científicos tienen el gran valor, además del suyo intrínseco, de que quebrantan la vieja concepción metafísica y hacen pasar a primer lugar la visión dialéctica del mundo. V. I. Lenin, que en su obra Materialismo y empiriocriticismo hizo un resumen de los procesos que tenían lugar en la física a principios de siglo, decía con toda la razón: "La física moderna está de parto. Da a luz el materialismo dialéctico."24  Estas palabras conservan todo su valor en los momentos actuales.

La ciencia contemporánea, por la marcha de su propio desarrollo, llega a la admisión del método de la  dialéctica  materialista.  Así  lo  han  comprendido físicos como Paul Langevin, Frédéric Joliot-Curie y otros investigadores, que se han convertido en partidarios conscientes del materialismo dialéctico.

 

24 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 299.

 

En nuestro tiempo, para que la lucha contra la filosofía reaccionaria se vea coronada por el éxito, para mantenerse con pie firme en las posiciones de una concepción materialista del mundo y hallarse en condiciones de defenderla, no basta con llamarse materialista:  es  necesario  ser  partidario  consciente del materialismo dialéctico.

 

Capitulo  II. La dialéctica materialista

 

La dialéctica materialista marxista es la doctrina más  profunda,  multifacética  y valiosa por  su contenido que jamás se haya enunciado acerca del movimiento y el desarrollo. Es la cúspide de toda la secular historia del conocimiento del mundo y en ella se resume un material inmenso relativo a la práctica social.

La dialéctica materialista y el materialismo filosófico   mantienen   vínculos   indisolubles   y   se penetran  mutuamente  como  dos  caras  de  un  todo único que es la doctrina filosófica del marxismo.

La diferencia está en que cuando hablamos del materialismo filosófico marxista nos referimos a la relación entre materia y conciencia, a la comprensión de la materia, a la doctrina de la unidad material del mundo, al análisis de las formas de existencia de la materia, etc.; y cuando hablamos de la dialéctica materialista  sacamos  en  primer  lugar  la concatenación universal y las leyes del movimiento y desarrollo del mundo objetivo y de la manera como estas leyes se reflejan en la conciencia del hombre.

Los filósofos de la antigua Grecia llamaban "arte de la dialéctica" (dialektiké téchné) al arte de determinar la verdad mediante la controversia en la que se exponen las opiniones contradictorias de los interlocutores. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX los filósofos idealistas alemanes. Hegel en primer término, entendían por dialéctica el desarrollo de la idea a través de las contradicciones reveladas en la propia idea. Hegel describió detalladamente las formas principales del pensar dialéctico. Pero su dialéctica partía de un criterio equivocado, idealista, según el cual el desarrollo dialéctico era propio y exclusivo del pensar, del espíritu, de la idea, pero no de la naturaleza. Según la expresión de Marx, la dialéctica de Hegel "se hallaba cabeza abajo". Para su acertada interpretación había que darle la vuelta y ponerla  de  pie.  Esto  es  lo  que  hicieron  Marx  y Engels, creando así la dialéctica materialista y proporcionando un sentido nuevo al propio término de "dialéctica".

Los fundadores del marxismo, que partían de la unidad material del mundo, comprendían por dialéctica la doctrina de la concatenación universal, de las leyes más generales que presiden el desarrollo del mundo entero. Y así la "dialéctica", que en Hegel era una doctrina idealista acerca del movimiento de la idea, conviértese en la doctrina materialista que trata de las leyes generales de desarrollo del ser. La dialéctica del desarrollo de nuestros conceptos (dialéctica subjetiva) resultaba, pues, un reflejo, en el pensamiento científico, de la dialéctica de desarrollo del propio ser (dialéctica objetiva).

Cada una de las ciencias estudia las formas del movimiento y las leyes de una región específica de la realidad. La dialéctica es una ciencia distinta: estudia las leyes más generales de todo movimiento, cambio y  desarrollo.  Las  leyes  de  la  dialéctica  son universales porque actúan en la naturaleza y en la sociedad, y el propio pensamiento está subordinado a ellas.

Marx y Engels consideraban la dialéctica no sólo como teoría científica, sino también como método de conocimiento y como guía para la acción. Las leyes generales del desarrollo nos permiten llegar a una interpretación   justa   del   pasado,   a   comprender acertadamente los procesos que se están sucediendo y a prever el futuro. Por eso es un modo de enfocar la investigación y la acción práctica derivada de los resultados así obtenidos.

A todo lo largo de su historia, y también en nuestros días, la dialéctica ha tenido enfrente a la metafísica como modo contrario de pensar y como concepción opuesta del mundo.

La noción que los marxistas tienen de la palabra "metafísica"  no  es  la  misma  que  existía  antes  de Marx o que le atribuyen los filósofos burgueses de nuestro tiempo. Antes de Marx, esta voz griega, o mejor dicho, esta expresión (ta metá ta fisiká: "lo que va después de la física", la ciencia de la naturaleza), significaba una parte especial de la filosofía. La parte en que los filósofos trataban y tratan aún, por vía puramente especulativa, de alcanzar una supuesta esencia inalterable y eterna de las cosas.

En su crítica de los sistemas no científicos y artificiosos de la metafísica, Marx y Engels no entienden ésta como una parte de la filosofía ni como conocimiento especulativo, sino como método de investigación y de pensamiento empleado por los creadores de estos sistemas y que se opone al método dialéctico. Actualmente, en la filosofía marxista el término "metafísica" se emplea casi exclusivamente en ese sentido.

El vicio fundamental de la metafísica es su visión unilateral,   limitada   y   rígida   del   mundo;   es   la tendencia  a  exagerar  y  a  convertir  en  absolutos algunos aspectos de los fenómenos, mientras que se rechazan otros aspectos no menos importantes. Así, por ejemplo, el metafísico ve la estabilidad relativa, la determinación de las cosas, pero no advierte su cambio y desarrollo. Se fija en lo que distingue al fenómeno del conjunto de otros fenómenos, pero no está   en   condiciones   de   apreciar   sus   variadas fenómenos.  Únicamente  admite  respuestas definitivas para todas las cuestiones que afectan a la ciencia, sin comprender que la propia realidad se desarrolla y que cualquier proposición científica es sólo valedera dentro de determinados límites.

El método metafísico es más o menos aceptable en la vida corriente y en los escalones inferiores de desarrollo  de  la  ciencia,  pero  fracasa  sin  remedio cuando con su ayuda se quiere buscar explicación a los procesos complejos de desarrollo. Las ciencias naturales y la vida político-social ponen a cada paso de manifiesto la insuficiencia de la metafísica y la necesidad de sustituirla por la dialéctica.

No   obstante,   la   metafísica   no   ha   sido   aún desplazada por completo ni de la filosofía ni de las ciencias especiales.

¿Cómo explicar semejante vitalidad de la metafísica? Hubo un tiempo en que el pensamiento científico  era  fundamentalmente  metafísico,  y  no dialéctico. El modo metafísico de pensar, como método de la ciencia, cobra forma y se extiende en los siglos XVII y XVIII, en el período en que la ciencia de la Edad Moderna adquiere definitivamente sus perfiles. Entonces, de lo que se trataba era de reunir  informes  de  la  naturaleza,  de  describir  las cosas y los fenómenos,  de  dividir las  cosas y los fenómenos  en  clases  determinadas.  Mas  para describir una cosa había de sustraerla del conjunto y examinarla separadamente. Así surgió la costumbre de examinar los objetos y fenómenos desvinculados de su concatenación universal. Y esto impedía ver el desarrollo de las cosas, no dejaba apreciar cómo unas cosas  proceden  de  otras  distintas.  Así  arraigó  el método metafísico de pensar, que toma los objetos aisladamente, al margen de su desarrollo. La metafísica imperó largo tiempo en la conciencia de los hombres y se hizo tradición del pensamiento científico.

Actualmente no hay nada que justifique el empleo del método metafísico. La metafísica es un método caduco, una concepción decrépita que repercute muy desfavorablemente sobre el conocimiento científico y sobre la vida político-social, puesto que conduce a graves equivocaciones y errores de cálculo.

La segunda causa de la vitalidad de la metafísica es la hostilidad que los ideólogos de la burguesía mantienen desde hace tiempo hacia la dialéctica materialista.

"En su forma racional -escribe Marx- la dialéctica sólo infunde a la burguesía y a sus ideólogos doctrinarios   rabia   y   espanto,   ya   que   en   la comprensión positiva de lo existente incluye la idea de  su  negación,  la  necesidad  de  su  muerte;  cada forma ya realizada la examina en su movimiento y, por consiguiente, también en su aspecto perecedero. La dialéctica no se inclina ante nada y por su propia esencia es crítica y revolucionaria."25

 

relaciones y sus profundos nexos con otros objetos y                             

25 C. Marx, El Capital, ed. rusa, t. I, 1955, pág. 20.

 

 

No hemos de asombrarnos de que, bajo la presión política e ideológica de las fuerzas reaccionarias, muchos hombres de ciencia y filósofos de los países capitalistas teman a la dialéctica, no la conozcan ni la estudien, la miren con prevención y... vayan a remolque de la metafísica.

La dialéctica materialista marxista proporciona un arma segura en la lucha contra la metafísica y para el estudio científico de todos los fenómenos del mundo en desarrollo.

 

  1. Concatenación universal de los fenómenos

 

El mundo que rodea al hombre ofrece un cuadro de fenómenos de la índole más variada. Las observaciones  más  simples  nos  dicen  que  esos fenómenos se hallan relacionados entre sí por nexos más o menos estables. En el mundo se observa una determinada constancia y regularidad. Así, el día sucede a la noche y la primavera al invierno; de la bellota crece una encina, y no un abedul o un pino; la crisálida  se  transforma  en  mariposa,  pero  jamás vuelve a ser oruga.

Los hombres de la Antigüedad más remota comenzaron ya a ver que las cosas y los fenómenos del mundo que los rodeaba hallábanse condicionados recíprocamente,  que  entre  ellos  existía  un  vínculo necesario que no dependía de la conciencia ni de la voluntad del individuo.

Cierto es que a la comprensión de estos vínculos se opusieron durante largo tiempo las supersticiones y concepciones religiosas, según las cuales los fenómenos de la naturaleza pueden ser provocados por fuerzas sobrenaturales, por los dioses, que eran capaces de trastrocar la concatenación natural de las cosas. Pero la ciencia y la filosofía materialista demostraron  que  no  se  producen  ni  pueden producirse milagros, acontecimientos sobrenaturales; que en el mundo existen únicamente vínculos naturales  entre  las  cosas  y  los  fenómenos.  Esta verdad ha ido arraigando paulatinamente en la conciencia de los hombres.

En el proceso de desarrollo del conocimiento científico  y  filosófico  del  mundo  han  sido descubiertas muchas clases y manifestaciones de la concatenación universal de los fenómenos y han sido creados los conceptos (categorías) que los expresan; así son, por ejemplo, los conceptos de causalidad, interacción, necesidad, ley, casualidad, esencia y fenómeno, posibilidad y realidad, forma y contenido. En este apartado nos detendremos principalmente en las categorías relacionadas directamente con el carácter necesario de la concatenación universal y de la determinación de los fenómenos, es decir, con el principio del determinismo, que es la piedra angular de toda explicación verdaderamente científica del mundo.

 

Relación de causa y efecto.

 

La forma más conocida de relación, que se encuentra siempre y en todos los sitios, es la de causa y efecto, o relación de causalidad.

De ordinario se denomina causa de cualquier fenómeno  aquello  que  originó  su  existencia.  El fenómeno producido es el efecto o consecuencia. Por ejemplo, el viento es la causa del movimiento de un balandro.

Entre la causa y el efecto hay cierta sucesión en el tiempo: primero se produce la causa y luego viene la acción. Pero no todo "después" significa ni mucho menos "por efecto". Así, el día sigue siempre a la noche y la noche al día, pero ni el día es causa de la noche ni ésta lo es del día. La causa de que la noche suceda al día y el día a la noche está, como todos sabemos, en la rotación de la Tierra alrededor de su eje, por lo que se van iluminando sucesivamente una y otra cara del globo.

La acción se halla relacionada necesariamente con la    causa.    Si    hay    una    causa    se    producirá obligatoriamente  el  efecto,  siempre  y  cuando,  se comprende,   no   haya   nada   que   lo   impida.   Si apretamos el gatillo de un fusil cargado, se producirá el  disparo.  A  veces,  sin  embargo,  no  ocurre  así.

¿Quiere decir esto que la relación causal ha perdido en este caso su carácter obligatorio? No, lo único que quiere decir es que otra causa cualquiera impidió que se produjese el disparo. Pudo ocurrir que el muelle del  disparador  hubiese  perdido  fuerza,  o  que  la pólvora estuviese mojada, o que la cápsula se hubiese estropeado. Si investigamos todas las circunstancias podremos descubrir la causa que impidió la producción  del  fenómeno  que  se  esperaba.  Por  lo tanto, el trastorno de la relación causal no es más que aparente.

Para que la causa origine un efecto se requieren

siempre ciertas condiciones. Las condiciones son fenómenos necesarios para que un acontecimiento se produzca, pero sin que de por sí puedan originarlo. Por ejemplo, para que un avión pueda elevarse se necesitan determinadas condiciones: una pista donde pueda despegar, ausencia de niebla, etc. Mas estas condiciones, de por sí, no son bastantes para que el avión se eleve. Para ello, como causa directa, hace falta que su motor funcione.

A menudo, sobre todo en los casos complejos, la causa se confunde fácilmente con el motivo. Esto es

consecuencia de una visión superficial de las cosas,

cuando no se han descubierto las verdaderas causas radicadas en el interior del fenómeno. El motivo no puede de por sí producir el fenómeno, es el impulso que pone en marcha las verdaderas causas. Así, por ejemplo, el motivo que dio origen a la primera guerra mundial fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo. Mas la causa no fue esto, sino la agudizada contradicción de las potencias imperialistas.

En la vida práctica, en política, para entender el verdadero sentido de los acontecimientos y separar lo esencial de lo que no lo es, tiene gran importancia el saber distinguir las causas reales de las condiciones y los motivos.

 

Contra la concepción idealista de la causalidad.

 

La relación causal tiene un carácter universal, se extiende a todos los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad, simples y complejos, tanto si han sido como si no han sido estudiados por la ciencia. No hay ni puede haber fenómenos sin causa. Cualquier fenómeno necesita de una causa que lo origine.

El estudio de los nexos causales es misión primordial  de  la  ciencia.  Para  explicar  cualquier

fenómeno hay que buscar su causa. En su estudio y comprensión  del  mundo,  la  ciencia  penetra  en  el

corazón de los fenómenos: va de la superficie de los acontecimientos a sus causas próximas e inmediatas, y de éstas a otras más alejadas, generales, pero, al

mismo tiempo, más esenciales en el caso dado. El desconocimiento de la causa real de un fenómeno no

sólo imposibilita al hombre para provocarlo o impedirlo conscientemente, sino que propicia la aparición de nociones fantásticas que nada tienen que

ver con la ciencia, de supersticiones y de interpretaciones místicas y religiosas.

De ahí que alrededor de la causalidad se venga librando desde hace mucho una reñida batalla entre el materialismo y el idealismo. Los filósofos idealistas,

o bien han negado el carácter objetivo de la relación causal  o  bien  han  situado  su  origen  no  en  la

naturaleza, sino en un principio espiritual.

Hume, filósofo inglés del siglo XVIII, dice que la experiencia no es prueba de la vinculación necesaria

de  los  fenómenos.  Por  eso  únicamente  podemos

afirmar que un fenómeno se produce después de otro, pero no que el uno da origen al otro.

Kant        comprendía          que         sin           una         causalidad

obligatoria no podía existir la ciencia, si bien, lo mismo que Hume, suponía que dicha relación causal no existe en los fenómenos observados por nosotros. El origen de la causalidad y la necesidad lo veía él en nuestra  conciencia,  cuya  particular  estructura  nos lleva a aportar una relación causal a los fenómenos que percibimos.

Muchos  idealistas  contemporáneos  afirman  que en la naturaleza no hay ni causa ni efecto; según

escribe L. Wittgenstein, "la creencia en la relación causal es un prejuicio".26

Estos  absurdos  idealistas  son  desmentidos  de plano por toda la historia de la ciencia. Si las ciencias naturales y las sociales existen es, principalmente, porque se han descubierto y estudiado las causas de los  fenómenos  que  se  producen  en  el  mundo.  La mejor prueba de la objetividad de la relación causal es la actividad práctica del hombre en la producción.

 

 

26  I. Wittgenstein, Tratado lógico-filosófico, Moscú, 1958, pág.

64.

 

Los hombres descubren las dependencias causales en la naturaleza y luego se valen prácticamente de ellas, originan las consecuencias necesarias y consiguen los resultados   apetecidos.   "Gracias   a   esto   -escribe Engels-, gracias a la actividad del hombre es como toma cuerpo la noción de causalidad,  la noción de que un movimiento es causa de otro."27

El idealismo y la religión combaten también la doctrina materialista de la causalidad con ayuda de la

teoría  de  la  conveniencia  al  fin  o  teleología  (del griego  "telas",  fin  u  objetivo).  A  la  explicación

causal, que responde a la pregunta de por qué ocurrió un fenómeno de la naturaleza, la teleología opone la pregunta de para  qué, con qué objeto surgió. Según

la  concepción  teleológica,  la  estructura  y  el desarrollo de las cosas vienen determinados por el

objeto o "causa final" a que están destinadas. La teleología es una doctrina cómoda para la religión y la filosofía idealista, pues conduce inevitablemente a

la existencia de una razón suprema (Dios) que hace cumplir sus fines en la naturaleza.

Como prueba en su favor, los partidarios de la teleología se remiten de ordinario a la acomodación al fin que se observa en los organismos dentro de la

naturaleza (por ejemplo, el mimetismo de los animales).   La   dialéctica   marxista   no   niega   la

acomodación al fin en la estructura anatómica y en la actividad de los organismos vivos. Afirma, sí, que ello obedece a causas objetivas. El mecanismo de las

mismas fue revelado por la teoría de Darwin. Las modificaciones que se producen en el mundo de los

animales y de las plantas son debidas a la interacción de los individuos con las condiciones de vida, que no

siempre son las mismas. Si estas condiciones son favorables para el organismo, es decir, si le ayudan a adaptarse al medio y a pervivir, se conservan por

selección natural y son transmitidas por herencia a las    generaciones    subsiguientes,    formando    la

acomodación estructural al fin de los organismos que tan vivamente llama con gran frecuencia la atención de los hombres.

 

Interacción.

 

La relación causal, a pesar de su formidable valor teórico y práctico, no refleja toda la diversidad de relaciones del mundo objetivo. Según escribe Lenin, "la causalidad... no es sino una pequeña partícula de la concatenación universal..."28, "el concepto humano de causa y efecto siempre simplifica algo la concatenación objetiva de los fenómenos de la naturaleza, al no reflejarla más que aproximadamente y al aislar artificialmente unos u otros aspectos del proceso mundial uno y único".29

Esto   significa   que   la   concatenación   de   los fenómenos en la naturaleza y en la sociedad es más completa y compleja que la que se deriva de la relación de causa y efecto. La causa y el efecto se encuentran subordinados a la relación, más amplia, de la interacción.

 

 

 

27  F. Engels, Dialéctica  de la naturaleza,  ed. rusa, 1955, pág.

182.

28 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 150.

29 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 143.

 

 

 

La naturaleza es un conjunto único en el que todas sus  partes,  de  una  manera  o  de  otra,  se  hallan vinculadas entre sí. En esta concatenación universal cualquier fenómeno, efecto de cualquier causa, entra directamente, a su vez, en otra relación en concepto de  causa  que  da  lugar  a  nuevos  efectos.  Así,  la evaporación del agua de los mares y ríos, al ser calentada  por  los  rayos  del  sol,  da  lugar  a  la formación  de  nubes,  las  cuales,  a  su  vez,  son  el origen de las lluvias que humedecen el suelo y alimentan los arroyos y ríos.

La interacción se manifiesta también en el sentido de que la causa y el efecto se influyen mutuamente dentro del marco de un mismo proceso, y dentro de este plano, cambian sus lugares: la causa se convierte en efecto, y viceversa. Un ejemplo de interacción de este género es la continua reacción termonuclear que se produce en el Sol, por la que el proceso de transformación   de   los  átomos   de   hidrógeno   en átomos de helio crea una elevada temperatura (del orden de millones de grados), la cual, a su vez, provoca obligatoriamente la síntesis de los átomos de helio a partir de los átomos de hidrógeno.

Al estudiar la vida social nos tropezamos frecuentemente  con  casos  de  interacción.  Así,  por ejemplo, al aumentar la demanda de determinados

artículos crece la producción de los mismos. El aumento  de  la  producción  es  motivo  de  un incremento de la demanda. Causa y efecto cambian así  sus  lugares.  La  demanda  actúa  sobre  la producción y la producción actúa sobre la demanda.

Así, pues, no hemos de entender la causa y el efecto  metafísicamente,  como  fenómenos petrificados, separados uno de otro, contrarios en absoluto, sino dialécticamente, como conceptos "fluidos", relacionados mutuamente y capaces de convertirse uno en otro.

Ahora bien, no basta con descubrir la interacción de distintos factores o fenómenos entre sí. Hay que

encontrar  también  lo  que en  esa interacción  es lo

determinante.  Sólo  entonces  estaremos  en condiciones    de    comprender    acertadamente    las

fuentes de  desarrollo  del proceso,  de  valorizar las

fuerzas que en él toman parte y de representarnos la línea  fundamental,  la  dirección  que  el  desarrollo sigue.

En el ejemplo anterior, para que el cuadro de la interacción  del  aumento  de  la  demanda  de  unos

artículos y del incremento de la producción de esos mismos artículos sea correcto, hay que señalar que el aspecto  determinante  de  dicha  interacción  es  el

incremento de la producción.

 

Necesidad y ley.

 

El carácter obligatorio de la subordinación causal de todos los fenómenos presupone que en el mundo reina   la   necesidad.   Se   denomina   necesario   el comienzo y desarrollo de los fenómenos que se desprenden de las relaciones más esenciales que presiden un proceso dado. Desarrollo necesario es aquel que, atendidas las condiciones presentes, no puede por menos de producirse. Así, por ejemplo, en la historia del mundo vivo los organismos menos adaptados son sustituidos necesariamente por los más adaptados.

La necesidad en la naturaleza y la sociedad se revela de la manera más completa en las leyes. Al

admitir la necesidad en la aparición y desarrollo de los fenómenos se presupone que dichos fenómenos

se hallan sujetos a determinadas leyes, las cuales existen con independencia de la voluntad o del deseo de los hombres.

Toda ley es manifestación de la necesidad a que los fenómenos se subordinan. Por ejemplo, cualquier

cuerpo  levantado  sobre  la  superficie  de  la  Tierra caerá necesariamente si no hay una fuerza opuesta que lo sostenga. Aquí se pone de manifiesto la ley de la gravitación universal.

¿Qué es ley? Leyes la relación o dependencia - profunda, esencial, estable y que se repite- entre los

fenómenos o entre los distintos aspectos de un mismo

fenómeno. Así, la ley de Arquímedes determina la relación  estable  entre  el  peso  del  líquido  o  gas

desplazado cuando se sumerge en él un cuerpo y la

"fuerza ascensional" que sobre este cuerpo ejerce el líquido o gas. Las leyes pueden ser poco generales, cuando son valederas dentro de una esfera limitada (ley de Ohm), y más generales, cuando actúan en esferas muy amplias (ley de conservación de la energía). Ciertas leyes establecen una dependencia cuantitativa exacta entre los fenómenos y pueden ser expresadas matemáticamente (leyes de la mecánica). Otras no admiten las fórmulas matemáticas exactas (ley de la selección natural). No obstante, lo mismo unas que otras expresan la relación objetiva y necesaria de los fenómenos.

El  conocimiento  de  las  leyes  de  la  realidad objetiva ayuda a penetrar en las causas de los acontecimientos y es por eso una base segura para que el hombre consiga los fines que en su actividad se propone.

Ninguna ley, sin embargo, puede abarcar el fenómeno en toda su amplitud. Expresa únicamente lo que en él es más esencial.

Para descubrir la ley a que se subordina un fenómeno   hay   que   hacer   abstracción   de   las

circunstancias secundarias que lo acompañan y obtener, en su aspecto puro, el nexo esencial y decisivo.  La  ciencia  realiza  esto  tanto  por  vía

experimental como por la deducción lógica, por la abstracción de los aspectos esenciales del fenómeno.

 

Así, la ley de la caída libre de los cuerpos (ley de Galileo) hace abstracción de la resistencia del aire, no  la  toma  en  cuenta  y  establece  que  todos  los cuerpos caen con la misma aceleración. Mas dentro de nuestra atmósfera, la caída del cuerpo puede ser rápida, como en el caso de la piedra, o lenta, como le ocurre  a  la  hoja  seca;  el  cuerpo  puede  incluso elevarse durante algún tiempo, como las semillas del diente de león y de otras plantas.

La ley de Galileo rige en todos los casos. Mas el simple  conocimiento  de  esta  ley  no  basta  para explicar plenamente la caída de un cuerpo en las condiciones concretas en que ello se produce. Necesitaremos conocer también las circunstancias en que dicha ley actúa.

 

Necesidad y casualidad.

 

Entre la gran variedad de fenómenos de la naturaleza y de la sociedad humana los hay que no se desprenden  necesariamente  del  desarrollo  de  una cosa  concreta  o  de  una  serie  dada  de  fenómenos; pueden ocurrir y pueden no llegar a producirse, pueden suceder de una manera y pueden darse de una manera distinta. Son los fenómenos casuales.

Por ejemplo, el granizo que destruye la cosecha es casual si nos referimos al trabajo del agricultor y a las leyes de crecimiento de las plantas.

Acerca del problema de la casualidad se ha debatido, y no poco, en la ciencia. De la proposición,

acertada, de que todos los fenómenos de la naturaleza y  de  la  sociedad  humana  están  sometidos  a  la

causalidad, muchos hombres de ciencia y filósofos llegaban a la errónea conclusión de que en el mundo

hay sólo necesidad, de que los fenómenos casuales no existen. La casualidad, según ellos lo entienden, es un concepto subjetivo con el que designamos las

causas que no hemos llegado a conocer.

Tal opinión es profundamente errónea, puesto que identifica   dos   conceptos   distintos:   necesidad   y

causalidad.   Cierto   que   en   el   mundo   no   hay

fenómenos sin causa; cierto también que los fenómenos       casuales       están       condicionados

causalmente.  Pero  eso  no  quiere  decir  que  los

fenómenos casuales sean necesarios. Tomemos un ejemplo. El tren descarriló y los vagones volcaron. Podemos conocer la causa del accidente, que pudiera ser la mala sujeción de los carriles a las traviesas; sin embargo, el descarrilamiento será una casualidad, y no necesidad. ¿Por qué? Porque fue originado por una circunstancia que no se derivaba de las leyes del movimiento de los trenes por la vía, ya que técnicamente no hay dificultad alguna para conseguir unas condiciones en que el accidente no se produzca.

La negación de la casualidad objetiva lleva a conclusiones   nocivas   desde   el   punto   de   vista científico y práctico.

Si admitimos que todo es igualmente necesario seremos incapaces de separar lo esencial de lo no

 

esencial, lo necesario de lo casual. Con tal criterio, como dice Engels, la propia necesidad es reducida al nivel de la casualidad.

Para  comprender  correctamente  lo  que  es necesidad y casualidad hay que considerar no sólo la

diferencia, sino también el vínculo que entre ellas

existe. Este vínculo no lo comprende en absoluto el metafísico, para el que necesidad y casualidad son términos opuestos que no tienen nada de común. Contrariamente a la metafísica, la dialéctica materialista demuestra que no es correcto oponer absolutamente la casualidad a la necesidad, tomar la primera aisladamente de la segunda, como hacen quienes se atienen a un modo de pensar metafísico. La casualidad absoluta no existe. Únicamente hay casualidad con relación a algo.

Se equivocará quien piense que los fenómenos pueden ser sólo necesarios o sólo casuales. Cualquier casualidad contiene un aspecto de necesidad, de la misma manera que la necesidad se abre camino a través de un sinfín de casualidades. La dialéctica de la necesidad y la casualidad estriba en que la casualidad se manifiesta como forma de la necesidad y como complemento suyo. De ahí que también existan casualidades dentro del proceso necesario.

Un ejemplo. A la llegada del invierno, en las latitudes  altas  vienen  los  fríos  y  nieva.  Esto  es

necesidad. Pero qué día será precisamente aquel en

que el termómetro marque bajo cero y nieve, cómo será el frío, cuál será la cantidad de nieve que caiga,

etc., todo esto es casual. Y al mismo tiempo, en estas

casualidades aparece la necesidad, pues tanto el frío como la nieve son características obligatorias del invierno en las latitudes altas.

En el anterior ejemplo del tren que descarrila, el accidente era una casualidad. Pero si en el ferrocarril

hay una organización deficiente, si la disciplina de trabajo es débil, si el personal no conoce bien su

oficio, los accidentes dejarán de ser una rara casualidad  y  se  convertirán  en  consecuencia necesaria del mal servicio en la vía. Cierto que, aun

así, serán más o menos casuales las circunstancias concretas y el lugar y el tiempo en que se produzca

cada accidente.

Las casualidades influyen sobre la marcha de un proceso  necesario,  pueden  acelerarlo  o  retardarlo.

Muy a menudo se incorporan hasta tal punto a la marcha del proceso que se convierten en necesidad.

Así, según la teoría de Darwin, los inapreciables cambios casuales de los organismos, cuando les son útiles, son fijados por la herencia, se robustecen en el

curso de la evolución y acaban por modificar la especie. Las diferencias casuales se convierten así en

caracteres necesarios de la especie nueva.

Todo lo dicho nos prueba que la necesidad y la casualidad  no  se  hallan  separadas  por  un  abismo

infranqueable; se interactúan y se convierten una en otra en el proceso de desarrollo.

 

Del  nexo  de  la  casualidad  y  la  necesidad  se deduce que también los fenómenos casuales se hallan sometidos a ciertas leyes, que pueden ser estudiadas y conocidas.

Así, por ejemplo, la estadística nos dice que en los Estados  Unidos  los  blancos  viven  más  que  los negros. Esta ley no significa que todo blanco viva más que todo negro. Hay blancos que mueren siendo todavía jóvenes y hay negros que llegan a hacerse muy viejos. Pero por término medio, en su conjunto, esta ley rige, y en ella queda reflejada la penosa situación de los negros en los Estados Unidos, la discriminación racial, sus peores condiciones de vida, un salario inferior, etc.

Las leyes a que los fenómenos casuales se subordinan han sido recogidas en diversas teorías científicas, entre las cuales se encuentra la teoría matemática de las probabilidades.

 

El determinismo y la ciencia moderna.

 

La admisión del carácter objetivo de la concatenación universal, de la subordinación causal

de los fenómenos y del imperio de la necesidad y de

las leyes en la naturaleza y en la sociedad constituye el           principio                del          determinismo,     que         siempre

defendieron los materialistas.

El determinismo es el principio fundamental de todo pensamiento genuinamente científico, pues sólo conociendo la causa de un fenómeno podemos explicar científicamente su origen; sólo conociendo la ley que rige los fenómenos podemos anunciar el curso que seguirán en su desarrollo. Pero no siempre este principio ha sido entendido lo mismo. En las ciencias naturales de los siglos XVIII y XIX, que se limitaban al estudio del macromundo, es decir, de los cuerpos relativamente grandes y sus partes, y se apoyaban principalmente en la mecánica de Newton, imperaba  el  determinismo  mecánico.  Su característica,  que  era  también  su  defecto,  es  que todo  lo  atribuía  a  causas  mecánicas.  Ejemplo  de causa mecánica puede ser el movimiento de la bola de billar al ser golpeada con el taco. La cantidad de movimiento adquirida por la bola es igual a la que el taco  le  comunicó.  El  determinismo  mecánico sustenta la idea de que en el efecto no puede haber nada distinto de lo que había en la causa. De ahí se desprende que si conocemos el estado de un cuerpo o sistema de cuerpos en un momento dado, podremos, apoyándonos en las leyes de la mecánica clásica (de Newton), anunciar el estado de dicho sistema en cualquier otro tiempo.

Esto quedaba confirmado en la práctica al estudiar el movimiento y la interacción mecánica de los cuerpos celestes o de los cuerpos terrenales y sus partes  en  el  macromundo.  El  método  del determinismo mecánico permite calcular las posiciones visibles del Sol y los planetas, así como las máquinas y las obras de ingeniería.

 

Pero el principio del determinismo mecánico falla al ser aplicado al estudio de fenómenos más complejos. Los fenómenos biológicos, los procesos fisiológicos y psíquicos y la actividad social de los hombres no encuentran explicación si recurrimos únicamente a los medios que nos proporciona el determinismo mecánico. La ciencia ha de tratar en este caso no con un simple movimiento mecánico, sino con procesos de un complejo desarrollo. La igualdad entre efecto y causa desaparece, dando lugar a algo nuevo que la causa no contenía.

Ha sido preciso, pues, admitir que además del tipo mecánico de causalidad existen otros tipos de relaciones causales.

El segundo defecto, muy importante, del determinismo   mecánico   es   que   no   admite   la

objetividad  de  los  fenómenos  casuales.  Sus partidarios negaban la casualidad, a la que identificaban con la inmotivación.

La insuficiencia del determinismo mecánico se ha puesto particularmente de relieve cuando los éxitos

de la ciencia y la técnica han hecho posible el estudio del micromundo y de las partículas elementales, es decir, de las partículas más simples y reducidas que

la ciencia de nuestros días conoce (electrón, positrón, mesón, etc.).

El estado del cuerpo que se mueve en el macromundo viene definido por su situación en el espacio  (coordenadas)  y  por  su  velocidad  en  el

momento concreto. El valor de estas dos magnitudes puede ser determinado con exactitud completa, y una

vez   conocido,   valiéndonos   de   las   leyes   de   la mecánica clásica, no ofrece dificultad alguna hallar

cuáles serán en cualquier tiempo futuro.

En el micromundo, en virtud de la naturaleza específica de sus fenómenos, el movimiento de las

partículas viene definido de una manera mucho más compleja. Así, por ejemplo, en cada momento dado

podemos determinar, con la exactitud que se desee, o la situación o la velocidad de las micropartículas. Las leyes de la mecánica clásica son insuficientes para el

micromundo. No podemos calcular de antemano el valor exacto de las coordenadas y la velocidad de las

partículas elementales, pero, conociendo las leyes de la mecánica cuántica (es decir, de la mecánica que estudia   el   movimiento   en   el   micromundo),  

podemos calcular la probabilidad de uno u otro valor de dichas magnitudes en cada momento futuro.

La casualidad desempeña en el micromundo un papel excepcional y la mecánica cuántica toma en consideración tanto la necesidad como la casualidad

cuando se trata de procesos que se desenvuelven a tal escala.

Los descubrimientos realizados en la esfera del micromundo y la creación de la mecánica cuántica representan un éxito formidable de la ciencia y de la

comprensión dialéctica del mundo. Se ha demostrado que  las  propiedades  y  relaciones  de  los  cuerpos materiales y de sus partículas no son tan homogéneas y uniformes como la vieja física suponía; la materia es inagotable en su diversidad.

Pero los descubrimientos de la física han dado también origen a conclusiones idealistas. Y no las

defienden únicamente los filósofos de esta tendencia,

sino también algunos grandes investigadores de los países capitalistas que se encuentran bajo el influjo de la Iglesia y del idealismo.

Dentro de la física y de la filosofía de las ciencias naturales en nuestro tiempo ha levantado cabeza el

"indeterminismo", cuyos adeptos niegan el propio principio de la relación necesaria y objetiva. Suponen erróneamente que el determinismo es sólo posible en

su vieja forma mecánica, que no acepta la casualidad, y arguyen su probada insuficiencia para llegar a la

afirmación de que cualquier clase de determinismo es inconsistente. De este modo, quiéranlo o no, abren las puertas para la penetración en la ciencia de las

supersticiones y de la creencia en los milagros. En los países capitalistas se ha llegado a admitir el "libre

albedrío" del electrón. Según tal punto de vista, la propia evolución de la ciencia la ha hecho compatible y la ha conciliado con la religión y el idealismo.

Lo cierto es que la física contemporánea no ha echado abajo el determinismo; ha descubierto, sí, que

en el micromundo se manifiesta de una manera específica. La imposibilidad de determinar simultáneamente las coordenadas y la velocidad de

las partículas elementales no demuestra el "libre albedrío"    del    electrón,    sino    que    revela    la

extraordinaria complejidad y peculiaridad de los fenómenos del micromundo. El estudio de las leyes

que rigen esos fenómenos constituye el objeto de la mecánica  cuántica,  de  la  que  se  valen  para  sus cálculos lo mismo los hombres de ciencia que los

ingenieros. Y esto nos prueba que también en este terreno, como en todos los fenómenos de la realidad,

nos encontramos con la concatenación necesaria y objetiva y con la causalidad de los fenómenos.

 

2.  Cambios  cuantitativos y  cualitativos   en  la naturaleza y en la sociedad

 

Al investigar cualquiera de los muchos fenómenos de la realidad, lo primero que se necesita es diferenciarlo del resto de los fenómenos.

 

Determinación  cuantitativa  y cualitativa  de  las cosas.

 

El conjunto de rasgos esenciales o caracteres que hacen de un fenómeno lo que es y lo diferencian de los otros fenómenos se denomina calidad de la cosa o del fenómeno. El concepto filosófico de calidad no es el mismo que de tal vocablo se tiene en la vida ordinaria. Corrientemente, la idea de calidad va unida a la valoración de algo. Así hablamos de la buena o

mala calidad de la comida, de un artículo industrial o de una obra de arte. El concepto filosófico de calidad

 

no encierra una estimación valorativa. Refiérese únicamente a los caracteres distintivos inseparables, a la estructura del fenómeno, a lo que le proporciona determinación y sin lo cual no sería lo que es.

Así, por ejemplo, el bosque presupone una espesa aglomeración de árboles. Pero si en algún sitio los árboles han sido talados, el bosque dejará de ser bosque. Al perder su calidad las cosas cambian, se convierten en una cosa distinta, que posee una diferente determinación cualitativa.

En la vida práctica es muy importante la diferenciación cualitativa de las cosas, único modo

de  utilizarlas  debidamente.  Así,  por  ejemplo,  el

aluminio, el cobre y el uranio son metales cualitativamente distintos, por lo que el empleo que

se les da es también distinto: el aluminio sirve para la

construcción de aviones, el cobre para la fabricación de   conductores   eléctricos   y   el   uranio   para   la obtención de energía atómica.

El concepto de calidad es muy importante cuando se  trata  de  comprender  los  fenómenos  de  la  vida

social. Por ejemplo, la sociedad socialista presenta diferencias cualitativas con las sociedades esclavista, feudal y capitalista. Para establecer tales diferencias

hay que poner de relieve las relaciones sociales más esenciales que son características del socialismo, su

estructura económica, lo que lo diferencia de los demás sistemas.

Conviene  tener  presente  que  las  calidades  no

existen de por sí. Hay cosas y fenómenos que poseen una u otra calidad.

Ahora bien, dentro de las cosas o de los conjuntos de cosas con cierta determinación cualitativa, puede

haber diferencias, también cualitativas, más o menos considerables. Así, por ejemplo, en el mundo animal los vertebrados se diferencian cualitativamente de los

artrópodos.  Pero  dentro  del  subtipo  de  los vertebrados  hay  diferencias  cualitativas  entre  los

mamíferos, las aves, los peces, los reptiles y los anfibios. Y dentro de los mamíferos, si seguimos adelante, las diferencias cualitativas persisten.

La selección y explicación de los rasgos y caracteres de los fenómenos, de lo que constituye su

calidad, no es sino el comienzo del conocimiento. Además   de   la   calidad,  todas  las   cosas   poseen cantidad, que se determina por los especiales índices

cuantitativos necesarios para que su calidad exista.

La determinación cuantitativa de una cosa puede referirse a sus caracteres externos; por ejemplo, la

cosa puede ser grande o pequeña. También puede

referirse a la naturaleza interna de la cosa. Así, cada metal   tiene   su   conductividad   del   calor   y   su

coeficiente  de  dilatación  al  ser  calentado;  cada

líquido posee su capacidad calórica, su punto de ebullición y de transformación en sólido; cada gas posee su temperatura de licuación, etc.

En la técnica, las características cuantitativas de materiales   y   procesos   cualitativamente   distintos tienen singular importancia. Sin ellas no se puede dar ni un solo paso en la industria moderna.

Los  éxitos  de  la  ciencia  de  la  naturaleza  se hicieron    únicamente    sensibles    cuando    a    la

característica cualitativa de los fenómenos se unió la cuantitativa.   El   firmamento   y   los   movimientos

visibles  de  los  astros  eran  objeto  de  observación desde hace mucho. Pero la astronomía apareció como ciencia únicamente cuando se efectuaron las primeras

mediciones de las situaciones aparentes de los astros, de sus distancias angulares, etc. Y lo mismo en otros

campos de la ciencia, el progreso del conocimiento va unido a la aparición de aparatos de medición y cálculo,   al   perfeccionamiento   de   los   métodos

estimativos, etc.

De ahí, lógicamente, que los creadores de la ciencia  de  la  Edad  Moderna,  como  Galileo,  por

ejemplo, tomaran en consideración que lo principal

era determinar las relaciones y propiedades cuantitativas de los fenómenos.

Mas  los  hombres  de  ciencia  de  aquel  tiempo

llevaban esta noción hasta su punto extremo: todas las "calidades" trataban de reducirlas a las "cantidades" correspondientes y tras las diferencias cuantitativas no advertían las radicales diferencias cualitativas.

La  visión  puramente  cuantitativa  de  los fenómenos de la naturaleza condujo al mecanicismo de los siglos XVII y XVIII, es decir, a la convicción de  que  las  matemáticas  y  la  mecánica proporcionaban principios suficientes para conocer todo el mundo, que cualquier fenómeno podía ser explicado mediante las leyes de la mecánica. Por ejemplo, según Descartes, filósofo francés del siglo XVII, los animales son, simplemente, máquinas complejas cuya actividad puede ser explicada por entero con ayuda de causas mecánicas. Y el materialista francés del siglo siguiente, La Mettrie, llega  a  afirmar  que  también  el  hombre  es simplemente una máquina.

La concepción mecanicista de la naturaleza era progresiva en aquel tiempo, puesto que exigía una

visión severamente científica de todos los fenómenos

de la naturaleza y rechazaban las "explicaciones" idealistas y teológicas. No tardó en descubrirse, sin embargo, que la visión meramente cuantitativa era insuficiente; para conocer los objetos y fenómenos hacía falta encontrar su peculiaridad, sus rasgos distintivos  específicos.  El  mundo  que  nos  rodea rebosa de variedades cualitativas y sólo lo podemos comprender y explicar cuando tomemos en consideración tanto el aspecto cuantitativo como el cualitativo de todos los fenómenos y procesos. De lo que se trata, por consiguiente, no es de reducir simplemente la calidad de los fenómenos a su cantidad, sino de comprender la dependencia que existe entre la determinación cuantitativa de un fenómeno y su determinación cualitativa.

 

La ciencia, en su avance, demuestra que existen relaciones cuantitativas que son comunes a muchos objetos y fenómenos cualitativamente distintos. Por ejemplo, las fórmulas matemáticas de la teoría de las oscilaciones son aplicables a fenómenos de diversa naturaleza física: a las oscilaciones mecánicas, a las electromagnéticas, a las calóricas, etc. Ello es posible porque todos estos fenómenos poseen objetivamente ciertos   rasgos   comunes,   leyes   comunes   que   se prestan a la expresión cuantitativa.

En la etapa actual de desarrollo de la ciencia, las matemáticas,     que     se     refieren     a     relaciones

cuantitativas, amplían sin cesar su campo de acción

en regiones cualitativamente distintas de la realidad y de la técnica. Se trata, sin duda, de una manifestación

de carácter progresivo.

Ahora bien, la propia posibilidad de aplicar unas u otras relaciones cuantitativas a procesos cualitativamente distintos presupone el estudio concreto de cada uno de esos procesos con todas sus características cualitativas.

 

Paso de los cambios cuantitativos a cualitativos.

 

Cuando se destaca unilateralmente el aspecto cuantitativo o el cualitativo se incurre en un vicio

metafísico.  La  metafísica  no  ve  el  nexo  interno

necesario entre cantidad y calidad. Por el contrario, una conquista importante del pensamiento dialéctico fue establecer que las determinaciones cuantitativas y cualitativas de las cosas no son contrarios puramente exteriores e indiferentes unos a otros, sino que mantienen  profundos  nexos  dialécticos.  Dichos nexos, expresados en la forma más general, hacen que los cambios cuantitativos traigan regularmente consigo una modificación de su calidad.

Por todas partes nos rodean ejemplos de la transformación     de     cambios     cuantitativos     en cualitativos.

Así, al cambiar la longitud de una cuerda se produce en el sonido un cambio cualitativo del tono.

El             cambio   de           longitud de           las           ondas electromagnéticas va acompañado de acusados cambios cualitativos de las ondas de radio, de la radiación infrarroja, del espectro de la radiación visible, de las ondas ultravioleta, de los rayos y, finalmente, de los rayos gamma.

En química observamos un número incontable de modificaciones originadas por cambios cuantitativos. Un ejemplo lo tenemos en los cuerpos sintéticos (caucho, plásticos, fibras artificiales), que tan gran papel desempeñan en la industria y en la vida doméstica. Sus moléculas, de gran tamaño, se hallan formadas por la combinación de un gran número de pequeñas moléculas iguales de composición idéntica. Esta combinación de moléculas pequeñas (monómeras) para formar otras grandes (polímeras) trae consigo cambios cualitativos: los polímeros poseen   muchas   y  valiosas   propiedades   que  los monómeros no presentan.

Los cambios cuantitativos son más o menos graduales, y a veces casi no son perceptibles. En un principio     no     modifican     sustancialmente     la determinación cualitativa de la cosa, mas, al acumularse, acaban por conducir a cambios cualitativos radicales. Entonces se dice que "la cantidad se convierte en calidad".

Así, el acero mantiene su estado sólido al ser calentado. Pero cuando la temperatura llega al punto

crítico, el metal deja de ser sólido y pasa al estado líquido.

El paso dialéctico de cantidad a calidad tiene excepcional    importancia    cuando    se    trata    de

comprender el proceso de desarrollo, pues es lo que explica la aparición de una calidad nueva, sin la que

el desarrollo no puede producirse.

Así, por ejemplo, en las primeras fases de desarrollo  de  la  sociedad  los  hombres  practicaban

una economía natural; cada comunidad producía todo lo   necesario   para   su   existencia.   Más   tarde,   al

incrementarse la producción, aparece el intercambio de mercancías. Dicho intercambio se hace más frecuente,   crece   cuantitativamente,   y   en   última

instancia conduce a cambios cualitativos muy esenciales en la vida económica de la sociedad. La

economía natural se ve sustituida por la producción de mercancías, por un régimen bajo el cual los hombres  no  trabajan  pensando  directamente  en  el

consumo propio, sino para el cambio, y mediante el cambio obtienen los objetos que necesitan.

Si  las  modificaciones  cuantitativas  conducen  a una  calidad  nueva,  ésta  necesitará  ya  una  nueva

determinación cuantitativa. Es el "paso de la calidad a             cantidad".    Así,    el    empleo    de    máquinas cualitativamente      nuevas      trae      consigo      una

productividad más elevada del trabajo. La economía nacional del socialismo, distinta cualitativamente de

la economía capitalista, se desarrolla con un ritmo más elevado.

El paso de cambios cuantitativos a modificaciones

cualitativas,  radicales,  y  viceversa,  es  la  ley dialéctica universal del desarrollo. Manifiéstase en todos los procesos de la naturaleza, la sociedad y el pensar: dondequiera que tiene lugar la sustitución de lo viejo por lo nuevo.

 

Qué es el salto.

 

El paso de la cosa -como resultado de la acumulación de cambios cuantitativos- de un estado cualitativo a otro nuevo es un salto en el desarrollo. El salto representa una solución de continuidad en la marcha gradual de las modificaciones cuantitativas, es el paso a una calidad nueva y significa un brusco viraje, una transformación radical en el desarrollo.

La  aparición  del  hombre,  por  ejemplo,  fue  un salto, un viraje radical en el desarrollo del mundo

orgánico.

 

Los saltos o pasos de una calidad a otra se producen con relativa rapidez. Ahora bien, la lentitud de los cambios cuantitativos y la rapidez del viraje cualitativo son relativas: los saltos son rápidos en comparación con los períodos que le preceden de acumulación gradual de modificaciones cuantitativas. La  rapidez  cambia  según  sean  la  naturaleza  del objeto y las condiciones en que el salto se produce.

Ciertos cuerpos pasan del estado sólido al líquido en cuanto alcanzan determinada temperatura crítica.

El hierro se funde a 1.539° C, el cobre a 1.083, el plomo a 327,4. Tratándose de otros cuerpos - plásticos, pez, vidrio- resulta imposible indicar la temperatura exacta de fusión. Al ser calentados, primero se ablandan y luego pasan a estado líquido. Podría decirse que en este caso el viraje cualitativo, el  salto,  se  produce  poco  a  poco.  Pero  incluso entonces el paso del estado sólido al líquido se produce  con  relativa  rapidez.  Hay  que  distinguir entre los cambios cuantitativos graduales y lentos, que preparan el cambio de la calidad, y el cambio cualitativo  gradual,   que  trae  consigo  una modificación sustancial de la propia estructura del objeto y que, a pesar de todo, es un salto.

En el desarrollo de la sociedad existen también los cambios   cuantitativos   y  cualitativos   o  a  saltos. Cuando nos referimos a los cambios cuantitativos, lo mismo en la naturaleza que en la sociedad, hablamos de evolución. Este término se emplea a veces no sólo para significar los cambios cuantitativos graduales, sino también en un sentido más amplio de desarrollo en general, y entonces abarca también los cambios cualitativos. Del darvinismo moderno decimos que es la teoría de la evolución del mundo orgánico, comprendiendo como tal los cambios cuantitativos y los cualitativos. Los cambios cualitativos, en forma de  salto,  cuando  se  operan  en  la  vida  social  se conocen con el nombre de revolución. Como tal entendemos, ante todo, los cambios de calidad producidos en el régimen social, aunque las revoluciones abarcan también otras esferas de la vida social: la técnica, la producción, la ciencia, la cultura.

Entre evolución y revolución hay un nexo interno necesario.  El  desarrollo  evolutivo  de  la  sociedad

culmina,       como       fenómeno       regular,       en transformaciones cualitativas que tienen lugar en forma de saltos, en revoluciones, las cuales, a su vez,

dan   origen   a   un   nuevo   período   de   cambios evolutivos.

La doctrina de la dialéctica materialista acerca del paso de los cambios cuantitativos a cualitativos es un

arma en la lucha contra los enemigos del marxismo, tanto de derecha como de "izquierda". Va contra el

reformismo, que niega la necesidad de la revolución socialista y sostiene que la transición al socialismo puede  ser  conseguida  mediante  reformas,  por  la

"integración"  gradual  del  capitalismo  en  el socialismo. Por otra parte, la dialéctica muestra la inconsistencia teórica de toda clase de corrientes izquierdistas, que no tienen presente el desarrollo natural de los acontecimientos y desestiman el valor del trabajo diario entre las masas con objeto de prepararlas para la revolución y de acumular fuerzas revolucionarias.

 

Contra  la  interpretación  metafísica  del desarrollo.

 

Marx y Engels crearon la dialéctica materialista en  lucha  contra  la  concepción  metafísica  de  la

naturaleza, que negaba el desarrollo, La situación ha cambiado desde entonces. En la segunda mitad del siglo   XIX   la   idea   del   desarrollo   se   difunde ampliamente, debido,  sobre  todo,  a  la  doctrina  de Darwin. No desapareció por ello la concepción metafísica, que se manifiesta en forma de una visión deformada  y  unilateral  del  propio  desarrollo.  La

lucha de la dialéctica contra la metafísica se centra ahora,  principalmente,  en  torno  a  la  manera  de

entender el desarrollo, y no de si éste existe.

Una  de  las  variedades  de  la  comprensión metafísica del desarrollo consiste en la afirmación de que la naturaleza avanza sólo y exclusivamente a través  de  pequeños  y  constantes  cambios cuantitativos   graduales,   por   evolución,   sin   que admita los saltos, es decir, las bruscas modificaciones cualitativas. "La naturaleza no da saltos", sostienen los partidarios de tal teoría. Como no ven en el desarrollo   nada   más   que   la   evolución,   se   les denomina con el nombre de "evolucionistas planos". El fundador de este evolucionismo fue H. Spencer, filósofo y sociólogo inglés de la segunda mitad del siglo XIX.

El desarrollo, según Spencer, se produce sin altibajos, sin la menor solución de continuidad y sólo

mediante la incorporación cuantitativa de nuevos elementos.  Los  grados  del  proceso  evolutivo  se

diferencian únicamente en el sentido de cantidad, y no de calidad.

La teoría del "evolucionismo plano" de Spencer

ejerció gran influencia sobre muchas tendencias positivistas en filosofía y en las ciencias naturales; fue aceptada por muchos teóricos burgueses y revisionistas y sirvió como arma en la lucha contra la dialéctica materialista marxista, contra la doctrina de Marx y Engels acerca de la revolución proletaria.

La flagrante inconsistencia del "evolucionismo plano" y su contradicción con los hechos condujeron

a  una  nueva  interpretación  del  desarrollo,  opuesta

exteriormente a la teoría de Spencer, pero tan unilateral y metafísica como ella. Nos referimos a la

"evolución creadora", que con diversos matices se

puso de moda ya entrados en nuestro siglo.

El "evolucionismo plano" ve únicamente los cambios  cuantitativos;  el  "evolucionismo  creador",

en cambio, sólo ve los cambios cualitativos. Sus partidarios  afirman  que  el  desarrollo  presenta  un carácter "creador" y que se reduce a la aparición de formas nuevas. Estas modificaciones cualitativas se toman, sin embargo, al margen de los cambios cuantitativos anteriores. La aparición de lo nuevo en el proceso de desarrollo, dicen, no puede atribuirse a la acción de causas naturales; la única explicación posible de esto nos la proporciona una misteriosa "fuerza creadora" de orden espiritual, que orienta el desarrollo  y  genera  las  formas  nuevas.  La  nueva teoría de la "evolución creadora" nos lleva, pues, a la vieja idea de Dios, lo cual es ya bastante para demostrar su carácter anticientífico.

A la concepción metafísica se opone la visión dialéctica  del  desarrollo,  genuinamente  científica,

que admite tanto los cambios cuantitativos graduales como  las  modificaciones  cualitativas  en  forma  de

saltos.

 

  1. La bifurcación en contrarios como fuente principal del desarrollo

 

Hemos visto que el proceso de desarrollo es el paso de la calidad vieja a una nueva calidad cuando las modificaciones cuantitativas alcanzan un nivel determinado.

Ahora bien: ¿cuál es la fuerza motriz, la fuente de todo desarrollo? La respuesta, de capital importancia

para  la  dialéctica  materialista,  la  obtenemos partiendo del carácter contradictorio de todo cuanto existe.

 

Antecedentes históricos de la dialéctica.

En tiempos antiguos los hombres advirtieron ya el importante papel que en la diversidad infinita del mundo que nos rodea desempeñan las propiedades, fuerzas y tendencias contrarias. Advirtióse que los principios contrarios no sólo existen unos junto a otros, sino que se interactúan y surgen en un mismo objeto o fenómeno, constituyendo aspectos diversos de una misma cosa o de un mismo proceso.

Muchos filósofos antiguos de China, la India, Grecia y otros países consideraban que únicamente

es posible explicar el origen y existencia de las cosas cuando comprendemos qué contrarios las forman. En

aquellos tiempos, tales contrarios se veían en el calor y el frío, en lo seco y lo húmedo, lo vacío y lo lleno, el ser y el no ser, etc.

En la Antigüedad se enunció ya la idea de que la fuerza  motriz  que  hace  cambiar  las  cosas  es  el

choque de los contrarios. Así, Heráclito enseña que "todo sucede en lucha", la cual es el origen (el "padre") de todo. Los dialécticos antiguos advirtieron también que los contrarios no son algo petrificado e inmutable: son relativos y únicamente se diferencian entre sí en cierto sentido; al producirse determinadas circunstancias, el uno se convierte en el otro. Todo esto  eran  conjeturas  geniales,  aunque  a  veces  las expresaban en forma primitiva.

 

La idea de la unidad y de la lucha de contrarios

 

quedó ahogada en la sociedad feudal, en la que la Iglesia perseguía todo espíritu de independencia en el estudio de la naturaleza. De nuevo se vuelve a ella en el período de formación de la sociedad capitalista. Pensadores tan ilustres como N. Cusanus (siglo XV) y G. Bruno (siglo XVI) enseñaban que allí donde la mente ordinaria no ve más que contradicciones irreductibles  (lo  finito  y  lo  infinito,  la  curva  y  la recta,  etc.),  una  mente  más  profunda  encuentra unidad o "coincidencia de los contrarios".

La inspiración que las ciencias naturales buscaban en  la  mecánica,  como  tendencia  imperante  en  los

siglos XVII y XVIII, no favorecía el estudio de la dialéctica con su teoría de los contrarios. Hubo, sin embargo, pensadores sagaces a quienes la visión de los   acontecimientos   y   relaciones   de   la   época

prerrevolucionaria, con todos sus conflictos y contradicciones, llevó a enunciar profundas ideas acerca del valor de los contrarios en la vida social y en la historia (véase, por ejemplo, El sobrino de Rameau, de Diderot, o Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de Rousseau).

La idea del significado de los contrarios atrae la atención de muchos filósofos alemanes de fines del

siglo XVIII y comienzos  del XIX; Hegel la toma

como uno de los principios fundamentales de su filosofía. Trataba de representar el proceso de desarrollo  como  un  movimiento  que  va  de  una unidad a otra unidad nueva a través de la manifestación de los contrarios, como el paso de la cosa o el fenómeno a su contrario. Hegel llamaba "contradicción" a la combinación de los aspectos contrarios en los fenómenos. Pero, siendo como era idealista,   las   contradicciones   de   la   realidad   las tomaba como contradicciones en el desarrollo lógico de la idea absoluta.

Los  fundadores  del  marxismo  infundieron  una base             materialista           a              la             dialéctica               hegeliana;

conservaron el término "contradicción", pero dándole un sentido materialista.

 

La            contradicción        dialéctica             y              su            carácter universal.

 

El marxismo entiende por contradicción dialéctica la existencia en un fenómeno o proceso de aspectos

contrarios,  que  se  excluyen  mutuamente,  que  al mismo tiempo se presuponen uno a otro y que dentro

del fenómeno dado existen únicamente en relación recíproca.

La            doctrina de           los           contrarios             y              de           sus

"coincidencias" no pasaba en los antiguos dialécticos de ser un atisbo, que se basaba en la contemplación directa de la realidad y en la meditación acerca de ella. En la dialéctica marxista es una conclusión derivada de los datos reunidos por la ciencia en su estudio de todas las esferas de la realidad.

 

naturaleza, de las relaciones sociales o de la vida espiritual de los hombres, descubriremos contradicciones, es decir, choques de tendencias o aspectos contrarios.

Cierto es que mientras examinamos una cosa cualquiera en reposo, en estado estático, únicamente podemos advertir en ella propiedades y caracteres, pero no "lucha" de contrarios; por consiguiente, no podemos descubrir contradicción alguna. Mas en cuanto probamos a seguir su movimiento, su cambio, su desarrollo, inmediatamente encontramos la existencia de aspectos y procesos contrarios.

Por ejemplo, si observamos al microscopio el preparado de una célula vegetal o animal, únicamente

veremos su estructura, es decir, la cubierta, el núcleo, el protoplasma, etc. Pero si tomamos una célula viva,

seremos testigos de los procesos opuestos de asimilación y desasimilación, de crecimiento y de muerte de los elementos que la componen.

Los contrarios y las contradicciones aparecen en cualquier rama de la ciencia. En matemáticas existen las operaciones opuestas de suma y resta, de integración  y  diferenciación;  en  la  mecánica,  la acción y la reacción, la atracción y la repulsión; en física, las electricidades de carga positiva y negativa; en química, la combinación y disociación de átomos; en la fisiología del sistema nervioso, la excitación y la inhibición de la corteza del cerebro; en las ciencias sociales, la lucha de clases, y así otros muchos opuestos y, por tanto, contradicciones.

El pensar y el conocimiento del hombre se subordinan también al principio de la contradicción dialéctica.  En  el  proceso  del  conocimiento,  por ejemplo, vemos el constante choque de concepciones opuestas, la contradicción entre las viejas teorías y los hechos nuevos, etc.

 

El desarrollo como lucha de contrarios.

 

El concepto de contradicción adquiere su valor decisivo cuando consideramos el proceso de desarrollo. En la naturaleza, en la vida social y en el pensar de los hombres el desarrollo transcurre de tal manera que en el objeto se ponen de manifiesto las tendencias o aspectos contrarios, que se excluyen mutuamente; dichos aspectos entran en "lucha", la cual conduce a la desaparición de las formas viejas y a la aparición de otras nuevas. Tal es la ley del desarrollo. "El desarrollo es la «lucha» de contrarios",30 escribió Lenin.

Esta proposición, como es natural, no hay que comprenderla con un criterio simplista. Como lucha

en el sentido directo y literal, el enfrentamiento de los contrarios se produce sobre todo en la sociedad

humana. En cuanto al mundo orgánico, no siempre, ni mucho menos, se puede hablar de lucha como tal. Y si nos referimos a la naturaleza inorgánica, todavía menos. Por eso, al definir el desarrollo como "lucha"

 

En efecto, si analizamos cualquier fenómeno de la                  

30 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 358.

 

 

 

de   contrarios,   Lenin   entrecomilla   esta   palabra. Hemos de tener esto presente para comprender en su sentido correcto la lucha de contrarios.

La bifurcación del todo único en contrarios y su contradicción recíproca, o "lucha", es ley universal y

la más fundamental de la dialéctica. Según subraya

Lenin, tal bifurcación y el conocimiento de las partes opuestas que integran el todo es uno de los rasgos o características fundamentales de la dialéctica; más aún, es "la esencia... de la dialéctica".31

Todo desarrollo, ya sea la evolución de las estrellas, el crecimiento de la planta, la vida del hombre o la historia de la sociedad, es contradictorio por su esencia. En efecto, el desarrollo en su forma más general consiste precisamente en que, en cada momento, la cosa es idéntica y a la vez no es idéntica a sí misma. Conserva su determinación y espacio, mas, al mismo tiempo, cambia, se convierte en otra distinta.

"La contradicción estriba en que la cosa es ella y al mismo tiempo cambia sin cesar, en que esa cosa contiene   una   oposición   entre   «estabilidad»   y

«cambios",32 escribe Engels. La cosa en desarrollo lleva  en    el  germen  de  algo  nuevo,  encierra  su

propio contrario, un principio de "negación" que impide   su   permanencia   como   algo   inmóvil   e

inmutable. Dentro de ella hay una contradicción objetiva, actúan tendencias opuestas, contrarias, se produce una reacción mutua o "lucha" de las fuerzas

o aspectos opuestos, la cual, en última instancia, termina por resolver la contradicción y conduce a una

modificación radical y cualitativa de la cosa.

Durante muchos milenios, las especies orgánicas que existían, por ejemplo, en el período terciario de

la  historia  geológica  de  la  Tierra,  permanecieron

inmutables, conservando sus formas. Pero esa permanencia  era  relativa.  La  interacción  con  el

medio,  que  se  iba  modificando,  produjo  en  los

organismos una acumulación de cambios, fijados por la herencia, hasta llevar a la aparición de especies totalmente  nuevas  de  animales  y  plantas.  La constante interacción o "lucha" de las tendencias opuestas que actúan dentro de cada especie -herencia y  mutabilidad-  constituye  la  base  interna  de desarrollo del mundo orgánico.

De aquí se desprende que la estabilidad de las cosas,  con  el  equilibrio  que  esto  supone  de  los

contrarios, puede ser únicamente temporal y relativa.

Lo único eterno y absoluto es el movimiento de la materia, que rechaza sin cesar las formas viejas y engendra otras nuevas. Lenin escribía acerca de esta trascendental tesis de la dialéctica: "La unidad. .. de los contrarios es convencional, temporal, pasajera, relativa. La lucha de los contrarios que se excluyen recíprocamente es absoluta, como lo es el desarrollo, el movimiento."33

La comprensión dialéctica del desarrollo como unidad   y   lucha   de   contrarios   se   opone   a   la

interpretación metafísica. Según señalaba Lenin, uno de los vicios principales de la concepción metafísica del desarrollo es que no ve la fuerza motriz interna del desarrollo de la materia, que no admite su automovimiento y proyecta el origen del desarrollo al exterior.  La  fuerza  que  pone  la  materia  en movimiento y que se encuentra fuera de ella es, en última instancia, Dios. Por lo tanto, la concepción metafísica  no  sólo  mantiene  una  concepción unilateral -y deformada, por consiguiente- del desarrollo, sino que conduce a conclusiones fideístas, es decir, a la admisión del principio divino, con lo que se vuelve de espaldas a la ciencia.

La  concepción  dialéctica  del  desarrollo  es profunda y de un gran contenido. "...Sólo ella proporciona   la   clave   de   los   «saltos»,   de   la

«interrupción     de     la     continuidad»,     de     la

«transformación en el contrario», de la destrucción de lo viejo y la aparición de lo nuevo." Según esta

concepción, escribe Lenin, "la atención se concentra

precisamente  en  el  conocimiento  del  origen  del

«auto»movimiento".34 La concepción dialéctica, que ve la clave de la comprensión del automovimiento y

desarrollo en la contradicción interna de todas las cosas y fenómenos, no necesita de ningún origen sobrenatural   de   ese   movimiento   y   rechaza   la

intervención de las fuerzas del "más allá" en la vida de la naturaleza; es decir, que permanece fiel a la

ciencia.

 

La contradicción es siempre concreta.

 

Lo que acabamos de decir del desarrollo como lucha  de  contrarios  es  un  esbozo  en  líneas  muy

generales: es aplicable a cualquier proceso de desarrollo  y,  por  tanto,  no  basta  para  explicar

ninguno de ellos. Porque los contrarios "en general" no existen, y siempre se trata de contrarios concretos y definidos.

Todo fenómeno o cosa contiene una infinidad de aspectos  que  se  influyen  recíprocamente;  además,

cada fenómeno guarda relación con las cosas y procesos que lo rodean. Por eso, en todos ellos podemos encontrar diversas contradicciones internas

y externas. Para comprender el desarrollo de uno u otro fenómeno hemos de descubrir qué contradicción

es en él la principal y determinante, qué opuestos se interaccionan en él, qué forma adquiere su "lucha" y qué papel corresponde en ella a uno y otro aspecto de

la contradicción.

Las contradicciones que se observan en un fenómeno no son algo inmutable y dado de una vez

para siempre. Como todo en el mundo, aparecen, se

desarrollan y, por último, se resuelven, originando el

 

 

 

31 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXVIII, pág. 357.

32 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 327.

 

33 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 358.

34 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 358.

 

 

 

paso del viejo estado cualitativo a otro nuevo.

En todos los casos, cuando se procede al estudio del  proceso  de  desarrollo  es  necesario  un  análisis

concreto de las formas que adoptan los contrarios en

lucha   y   de   los   grados   por   los   que   pasa   la contradicción en desarrollo.

Cuanto más alto es el nivel a que se eleva la materia en desarrollo -de la naturaleza muerta a la sociedad humana, pasando por el mundo orgánico-,

tanto  más  complejo  es  el  proceso  y  más  facetas ofrece. Y tanto más valor adquiere para el proceso la

lucha de opuestos tales como lo nuevo y lo viejo, tanto más se destaca y más aguda es la oposición de los aspectos "revolucionario" y "conservador" dentro

del fenómeno en desarrollo. Tampoco aquí la contradicción se limita a la lucha de lo nuevo y lo

viejo, se comprende, pero, en última instancia, es esta lucha -en el curso de la cual lo nuevo vence la resistencia de lo viejo y se afirma en la vida, mientras

que lo viejo y caduco muere- lo que determina el carácter del desarrollo.

La doctrina dialéctica del desarrollo orienta la atención del investigador hacia el análisis concreto de las tendencias opuestas que se descubren en cada

fenómeno y pide el apoyo activo de lo nuevo, de lo que crece, de lo avanzado.

 

Contradicciones antagónicas y no antagónicas.

Cuando nos referimos a la vida social es importante   distinguir   entre   las   contradicciones

antagónicas y no antagónicas.

Se denominan antagónicas las contradicciones entre los grupos o clases sociales cuyos intereses básicos no pueden ser conciliados. Tales son las contradicciones que existen entre los opresores y los oprimidos, entre los explotadores y los explotados. En nuestro tiempo se trata, ante todo, de las contradicciones  entre  la  clase  obrera  y  los capitalistas. Estas únicamente podrán desaparecer cuando los capitalistas, por vía pacífica o por la violencia, sean suprimidos como clase, es decir, cuando se les desposea del poder político y de los medios de producción, con lo que se hará imposible la explotación a que tienen sometidos a los trabajadores. Esto sólo puede ser fruto de la revolución socialista.

Prácticamente, en política es de suma importancia no perder de vista la naturaleza antagónica de las contradicciones de clase dentro de una sociedad que se basa en la explotación. De lo contrario, son inevitables los errores reformistas. Los oportunistas y revisionistas, por ejemplo, no admiten el carácter antagónico de las contradicciones entre la burguesía y  la  clase  obrera,  y  de  ahí  su  prédica  de  la conciliación de las clases. Pero tal política es profundamente equivocada y nociva. Debilita las posiciones de la clase obrera y significa un quebranto

 

emancipación.

Las contradicciones antagónicas son un fenómeno histórico; son engendradas por la sociedad basada en

la explotación y perduran hasta tanto esa sociedad

existe.

Cuando cesa la explotación del hombre por el hombre,        las        contradicciones        antagónicas

desaparecen.   Pero   eso   no   significa   que   en   el

socialismo no haya contradicción alguna. "Antagonismo y contradicción no son la misma cosa

-escribe Lenin-. Con el socialismo el primero desaparece y la segunda queda."35

Las contradicciones no antagónicas, propias de la sociedad socialista, se producen en una sociedad en la que coinciden los intereses fundamentales de las clases y grupos que la integran. De ahí que tales contradicciones  no  se  resuelvan  por  la  lucha  de clases,  sino  mediante  los  esfuerzos  conjuntos  de clases que son amigas, de todos los grupos sociales, bajo la dirección del partido marxista-leninista.

Las contradicciones no antagónicas seguirán después de que hayan sido suprimidos los restos de

las  diferencias  de  clase.  No  olvidemos  que  las

contradicciones no se producen únicamente entre las clases, sino que también las hay entre los diversos

aspectos   de   la   vida   social;   por   ejemplo,   entre

producción y consumo, entre los distintos sectores de la economía, entre las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas y las formas existentes de dirección  de  la  economía,  etc.  De  ahí  que  no podamos ver algo anormal en las contradicciones dialécticas que surgen en la vida.

Cierto es que las contradicciones llevan consigo a menudo inquietud y dificultades en la vida, el trabajo

y la lucha. Para superarlas hay que invertir muchas

energías. Pero sin contradicciones y sin lucha para superarlas no hay avance.

El   puesto   principal   entre   las   contradicciones

sociales  corresponde  a  aquellas  que  se  producen entre las fuerzas que luchan por lo nuevo y las que defienden lo viejo. Se comprende que no puede haber desarrollo sin nacimiento de lo nuevo y sin su afirmación en la vida, sin lucha por lo nuevo. Nacimiento de unos fenómenos y envejecimiento de otros, contradicciones y choques entre ellos, triunfo de lo nuevo sobre lo viejo: tales son los rasgos objetivos de las leyes que rigen el desarrollo social.

En la lucha por resolver las contradicciones, los hombres rompen los sistemas y relaciones que se han

hecho caducos, vencen a las tradiciones y rutinas y se

elevan hacia tareas nuevas y más complejas, hacia formas más perfectas de la vida social.

¿Qué contradicciones concretas se presentan en el

socialismo? "Se trata en lo fundamental -indica N. S. Jruschov- de contradicciones y dificultades de crecimiento relacionadas con el rápido auge de la economía   socialista,   con   el   incremento   de   las

 

en  la  lucha  que  los  trabajadores  mantienen  para  sus                        demandas materiales y culturales del pueblo, de contradicciones entre lo nuevo y lo viejo, entre lo avanzado y lo atrasado. Son contradicciones entre las crecientes demandas de los miembros de la sociedad socialista  y  la  base  material  y  técnica,  aún insuficiente, para satisfacerlas."36

 

35 Recopilación leninista, XI, Moscú-Leningrado, 1931, pág. 357.

 

 

 Las contradicciones de la sociedad socialista son superadas por los trabajadores bajo la dirección del partido marxista-leninista mediante el rápido y constante desarrollo de su base material y técnica, mediante nuevos progresos del régimen económico, el perfeccionamiento de las formas de gobierno y la elevación de la conciencia socialista de los trabajadores. Al ser vencidas, se robustece todavía más el régimen socialista y la sociedad sigue su marcha hacia el comunismo.

 

Deformaciones de la dialéctica por los ideólogos de la burguesía.

 

Los numerosos enemigos del marxismo, que no cejan   en   sus   empeños   de   refutar   la   dialéctica

materialista, concentran los tiros contra el núcleo de ésta, que es la doctrina de las contradicciones. Lo más   corriente   es   la   afirmación   de   que   las

contradicciones pueden presentarse en el proceso de pensar,   pero   de   ninguna   manera   en   el   mundo

objetivo.  En  cuanto  a  las  contradicciones  en  el pensar, son prohibidas por la ley lógica de la contradicción; su presencia indica solamente que el

proceso del pensamiento transcurre por un camino falso.   Y   de   ahí   la   conclusión   de   que   las

contradicciones son inadmisibles y de que no deben existir en parte alguna.

Esta "crítica" de la ley dialéctica de la unidad y lucha de los contrarios carece de todo valor. Cuando la dialéctica materialista habla de "contradicciones"

se refiere ante todo a contradicciones reales, que existen en el mundo objetivo. Hay que distinguir, se

comprende, entre ellas y las que se presentan como fruto de un proceso de pensar no consecuente y de confusión  de  los  conceptos.  Cuando  el  hombre

afirma algo e inmediatamente niega lo que sostuvo, se le acusa, y con razón, de contradicción lógica, que

va contra las leyes de la lógica formal.

Las contradicciones debidas a defectos en el proceso del pensamiento no han de ser confundidas

con las contradicciones objetivas, que existen en las propias cosas reales. Si bien en ambos casos se habla

de "contradicción,", su significado es distinto.

Los enemigos del marxismo recurren también a otro procedimiento en su lucha contra la dialéctica

marxista.

Después de la primera guerra mundial se extendió entre algunos países capitalistas, sin que hasta ahora

 

 

36   N.  S.  Jruschov,  Cuarenta   años  de  la  Gran   Revolución Socialista de Octubre. Informe ante la sesión conmemorativa del Soviet Supremo de la U.R.S.S., 6 de noviembre de 1957, Gospolitizdat, Moscú, 1959, págs. 33-34.

 

haya perdido su influencia, una de las corrientes más reaccionarias de la filosofía idealista: nos referimos al neohegelianismo. Sus adeptos han deformado la dialéctica idealista de Hegel, han prescindido de todo cuanto había de realmente valioso en ella y la esgrimen para combatir la filosofía marxista, para, valiéndose de sofismas, argumentar sus ideas anticientíficas y políticamente reaccionarias.

Ciertos neohegelianos afirman, por ejemplo, que la  vida,  por  su  misma  naturaleza,  lleva  consigo

antagonismos  insuperables,  candentes  conflictos  y

trágicos choques; en virtud de la "dialéctica trágica" de la vida humana, dicen, los hombres no podrán superar jamás las eternas contradicciones que corroen a la sociedad, jamás podrán construir su vida de acuerdo con principios racionales y justos.

Afirman estos filósofos que la aspiración de sustituir el régimen capitalista, con sus contradicciones, por un régimen socialista significa un "finalismo" utópico, un intento de poner un tope al desarrollo dialéctico de la sociedad.

Tal interpretación de las contradicciones les sirve a estos filósofos burgueses para perpetuar el capitalismo, a la vez que desacreditan la lucha de la clase obrera por el comunismo.

Lo cierto es que cualquier forma concreta de contradicción,    sin    excluir    las    contradicciones

sociales,  acaba  por  ser  resuelta.  El  triunfo  del

socialismo  en  la  U.R.S.S.  y  otros  países  es  una prueba definitiva de que las contradicciones propias

del capitalismo no son eternas, como tampoco lo es

el capitalismo, sino que pueden ser vencidas.

 

4.  Desarrollo   dialéctico   de  lo  inferior  a  lo superior

 

El mundo material existe y ha existido siempre.

 

Esta vida eterna de la materia se compone, sin embargo, de una constante sucesión de formas, las cuales surgen, existen y desaparecen, reemplazadas por otras.

Fórmanse y mueren las estrellas en los espacios sin   fin   del   Universo,   se   suceden   las   épocas

geológicas  en  la  historia  de  la  Tierra;  en  la  serie

infinita de generaciones que nacen y mueren, surgen y desaparecen las especies vegetales y animales. Tampoco son eternas las formas de la vida social. Aparecen, se desarrollan, cobran robustez y luego envejecen, siendo reemplazadas por otras formas sociales. Así, ante nosotros se produce la sustitución del capitalismo por el régimen social socialista.

El nacimiento constante de formas nuevas y la constante sustitución de las formas caducas por otras

nuevas es una manifestación del eterno movimiento y

desarrollo de la materia.

 

La negación dialéctica.

En su exposición de la dialéctica idealista, Hegel da el nombre de "negación" a la sustitución de una forma del ser por otra. El empleo de este término es debido a que Hegel comprendía el ser como idea, la cual se desarrolla de tal suerte que cada categoría revela su falta de verdad y es "negada" por otra categoría opuesta.

Marx y Engels rechazaron la doctrina hegeliana de   la   naturaleza   lógica   del   desarrollo,   si   bien

conservando el término de "negación", al que dieron

una interpretación materialista. En la dialéctica marxista  se  entiende  por  negación  la  sustitución,

sujeta a leyes, de la vieja cualidad por otra nueva,

surgida del seno de la vieja. A menudo, ese cambio de la calidad vieja por la nueva en el proceso de desarrollo ostenta el carácter de paso de la cosa a su contrario.

Según escribe Marx, "en ninguna esfera puede producirse un desarrollo que no niegue sus formas anteriores de existencia".37 La negación de la calidad vieja por la nueva en el proceso de desarrollo es el resultado natural a que lleva en su acción la ley de la unidad y lucha de los contrarios. En cada objeto, fenómeno o proceso tiene lugar la lucha de aspectos y tendencias que se excluyen mutuamente, y esta lucha conduce en definitiva a la "negación" de lo viejo y la aparición de lo nuevo. Mas el desarrollo no se detiene ahí, en la "negación" de un fenómeno por otro que viene en sustitución suya. El fenómeno nuevo, recién aparecido, contiene en sí nuevas contradicciones. En un principio podrán pasar inadvertidas, pero al correr del tiempo se ponen obligatoriamente de relieve. La "lucha de los contrarios" queda empeñada ahora sobre una base nueva y, en última instancia, conduce a una nueva "negación". No hay ninguna "negación" que sea la última. El desarrollo prosigue y cada "negación" es "negada" a su vez.

En la dialéctica materialista no se trata de una "negación" cualquiera, sino de una "negación" dialéctica, es decir, aquella en que se produce un nuevo desarrollo del objeto, la cosa o el fenómeno.

Tal género de "negación" hay que diferenciarlo de la "negación" mecánica, en la que, como resultado de

una   intervención   desde   fuera,   queda   destruido

aquello que se "niega". Si aplastamos un insecto o trituramos un grano de trigo habremos realizado un acto de "negación" mecánica. Esto podrá tener de por sí su sentido (destrucción de plagas del campo, transformación del trigo en harina), pero con ello se pone fin al desarrollo.

"En dialéctica -dice Engels- negar no significa decir  simplemente  «no»,  o  declarar  inexistente  la cosa, o destruirla por cualquier procedimiento."38

 

Secuencia en el desarrollo.

La negación dialéctica no supone sólo la destrucción de lo viejo, sino también la conservación de los elementos viables de los anteriores grados de desarrollo, un cierto nexo entre lo viejo que se va y lo nuevo que viene a reemplazarlo.

Cuando sobre las ruinas de la sociedad capitalista es edificado el régimen socialista, la "negación" del capitalismo no significa la destrucción completa de

todo cuanto la humanidad creó bajo aquel sistema. Son  conservadas  y  fomentadas  las  fuerzas productivas y las realizaciones valiosas de la ciencia y la cultura. De todo lo que el capitalismo creó, lo que es aprovechable, lejos de ser destruido por la revolución proletaria, sirve de base para el nuevo avance y para la construcción del socialismo.

En su crítica contra quienes negaban el valor que para el socialismo tiene la vieja cultura creada por el

régimen burgués, Lenin dice que la cultura nueva,

socialista, no puede ser construida partiendo de la nada; "no es algo que salta no sabemos de dónde", sino que "ha de ser el desarrollo legítimo de las reservas de cultura que la humanidad acumuló bajo el yugo de la sociedad capitalista..."39

El  nihilismo,  la  simple  negación,  la incomprensión de los nexos que unen lo nuevo a lo viejo, la incomprensión de la necesidad de conservar celosamente todo lo bueno adquirido en las fases anteriores del desarrollo, no sólo es teóricamente equivocado, sino que conduce a crasos errores en la actuación práctica.

"No  es  la  negación  pura  y  simple,  no  es  la negación vana, no es la negación escéptica... -escribe

Lenin- lo característico y esencial en la dialéctica -la

cual contiene sin duda como parte muy importante el elemento de la negación-; no es esto, sino la negación como factor de vínculo y de desarrollo, conservando lo positivo..."40

La "negación" de la calidad vieja por la nueva es una ley universal. Las formas concretas y el carácter de esta "negación" ofrecen extraordinaria variedad y vienen determinados por la naturaleza del objeto que se niega, por la índole de sus contradicciones y también por las condiciones en que transcurre el desarrollo del objeto en cuestión. Así, por ejemplo, en los organismos unicelulares, que se multiplican por división de la célula en dos, la "negación" se sucede de manera distinta a lo que ocurre en los organismos  multicelulares,  los  cuales  mueren después  de  haber  dado  principio  a  nuevos organismos. Formas específicas de la "negación" las encontramos también en el mundo inorgánico y en la historia  de  la  sociedad  humana,  en  los  distintos grados de su desarrollo.

 

Carácter progresivo del desarrollo.

En el proceso de desarrollo se "niega" únicamente lo viejo, mientras que se conserva todo lo sano y viable;  por  lo  tanto,  el  desarrollo  representa  un

 

37 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV. pág. 297.

38 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 133.

 

39 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 262.

40 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, págs. 218-219.

 

 

 

movimiento de avance, que va de lo inferior a lo superior, de lo simple a lo complejo; es, con otras palabras, un progreso.

En el curso de ese desarrollo se produce a menudo algo así como la vuelta a fases ya superadas, parece

como  si  en  la  forma  nueva  se  repitiesen  algunos

rasgos de formas caducas y ya sustituidas. Engels ilustra  esto  con  un  ejemplo  muy  conocido. "Tomemos por ejemplo -dice en el Anti-Dühring- el grano de cebada. Billones de granos como éste son molidos y cocidos, sirven para la fabricación de cerveza y luego son consumidos. Pero si ese grano de cebada encuentra condiciones que le sean normales, si cae en un terreno propicio, bajo la influencia del calor y de la humedad se producirá en él una modificación  específica:  comenzará   a   crecer;   el grano como tal cesa de existir, es sometido a la negación; en su lugar aparece una planta, que es la negación del grano. ¿Cuál es la marcha normal que esta planta sigue en su vida? Crece, florece, es fecundada y, por último, produce nuevos granos de cebada; y en cuanto estos últimos maduran, el tallo muere, sometido, a su vez, a la negación. Como resultado de esta negación de la negación tenemos de nuevo el primitivo grano de cebada, pero no uno, sino diez, veinte o treinta."41

Cierto que los cereales cambian lentamente y que el  grano  de  la  nueva  cosecha  se  diferencia  de ordinario muy poco de los granos que se sembraron. Es posible, sin embargo, colocar estos granos en condiciones  tales  que  los  cambios  se  produzcan mucho  más  de  prisa  y  que  el  resultado  de  la "negación de la negación" se diferencie cualitativamente del punto de partida, que sea, por ejemplo, una especie vegetal nueva.

Procesos en los que se produce la supuesta vuelta a lo viejo tienen lugar también en el conocimiento y

en la historia de la sociedad.

Tomemos, por ejemplo, el régimen de la comunidad primitiva, que no conocía la explotación. En el curso de la historia se vio sustituido por sociedades en las que lo característico es la presencia de  clases  explotadoras  (esclavista,  feudal, capitalista). Al pasar al socialismo, la explotación del hombre por el hombre es suprimida, y en este sentido la sociedad socialista se asemeja a la comunidad primitiva. Pero tras esa semejanza se oculta una enorme diferencia de principio, nada menos que la historia del desarrollo progresivo de la humanidad en el transcurso de muchos milenios. La igualdad de los hombres de la comunidad primitiva se basaba en la escasez de medios de existencia y en unos rudimentarios instrumentos de trabajo. La igualdad de  los  hombres  en  el  socialismo  y  el  comunismo viene dictada por el alto nivel de desarrollo de la producción y por la abundancia de bienes materiales y culturales.

 

Así, pues, el desarrollo de la sociedad no se ha producido  en  círculo  ni  en  línea  recta,  sino  en espiral: ha reproducido algunos rasgos del pasado, pero a un nivel incomparablemente más alto. "Desarrollo que parece repetir fases que ya se atravesaron, pero que las repite obligatoriamente a un nivel  más  alto  («negación  de  la  negación»); desarrollo, pudiéramos decir, en espiral, y no en línea recta..."42: tal es, según palabras de Lenin, este rasgo esencial  de  la  comprensión  materialista  del desarrollo.

En el proceso de desarrollo se pueden producir, y se producen, desviaciones de la línea ascendente - zigzags y retrocesos-; también puede haber períodos de estancamiento. Mas con todo y con ello, según demuestra la historia, el avance acaba por superar estos obstáculos y desviaciones temporales y se abre camino. Cualquier forma de las que observamos en la naturaleza y la sociedad tiene una larga historia, que se remonta a tiempos muy antiguos; es resultado de un prolongado proceso de desarrollo, del avance de lo simple a lo complejo y de ascenso de lo inferior a lo superior.

El sistema solar se formó del polvo cósmico. Los organismos   vegetales   y   animales   modernos   se

derivan de  organismos  primarios  muy simples.  La

sociedad ha recorrido un largo camino que va desde la gens primitiva hasta las formas actuales de la vida social. La técnica ha progresado sin cesar, desde los toscos instrumentos de un principio hasta los complicados mecanismos de nuestros días. Desde los atisbos de los antiguos filósofos, mezclados con el fruto de su fantasía, el conocimiento humano ha llegado al actual y complejo sistema de ciencias que abarca todas las esferas de la realidad.

La dialéctica materialista, que estudia este avance de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento

humano, proporciona a los hombres un optimismo

histórico científicamente argumentado y les ayuda en su lucha por formas nuevas y más elevadas de vida y de organización social.

 

5. La dialéctica  como método  de conocimiento y transformación del mundo

 

La  dialéctica  materialista  revela  las  leyes  más generales de desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el   pensamiento   humano,   proporcionando   a   loshombres  un  método  científico  de  conocimiento,  y también apoyándose en ese conocimiento, de transformación práctica del mundo real.

 

Valor  de  la  dialéctica   para   la  ciencia  y  la práctica.

 

Las leyes de la dialéctica, en virtud de su carácter universal, tienen valor en cuanto a las cuestiones de método,    son    indicaciones    valederas    para    la investigación, jalones que orientan en el camino del conocimiento.

 

 41 F. Engels, Anti-Dühring. ed. cit.. págs. 127-128.

 

42 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 38.

 

 

En efecto, si en el mundo transcurre todo según las leyes de la dialéctica, para comprender cualquier

fenómeno  hay  que  enfocarlo  desde  ese  ángulo  de

mira. Sabiendo cómo se produce el desarrollo, podemos   conocer   cómo   es   preciso   estudiar   la realidad, siempre sujeta a cambio, y cómo hay que obrar para modificarla. Tal es el formidable valor de la dialéctica para la ciencia y para la transformación práctica del mundo.

La dialéctica materialista, ciertamente, no puede suplantar a las distintas ciencias y resolver por ellas

los problemas que les son propios y específicos. No

obstante, cualquier teoría científica es un reflejo del mundo  objetivo,  es  al  mismo  tiempo  síntesis  y

generalización  de  los  datos  que  proporciona  la

experiencia, presupone el empleo de conceptos generales; y el arte de operar con ellos es lo que la dialéctica enseña. Es verdad que incluso el investigador que no conoce la dialéctica puede, siguiendo la lógica de los datos que estudia, llegar a conclusiones acertadas. Pero la aplicación consciente del método dialéctico le presta una ayuda inestimable y facilita su trabajo.

Las proposiciones y leyes de la dialéctica materialista no derivan de los datos de una u otra ciencia tomada separadamente, sino que constituyen la generalización de la historia entera del conocimiento del mundo. El conocimiento de la dialéctica permite al investigador, cuando resuelve problemas específicos de la ciencia concreta que le ocupa, mantenerse a la altura debida en cuanto al método científico y a la visión del mundo, con lo que su estudio no queda divorciado de la experiencia general de todas las ciencias y de toda la práctica social.

La dialéctica agudiza nuestra visión cuando tratamos de estudiar los hechos y las leyes de la realidad. Proporciona a la mente del hombre de ciencia, del político, del técnico, del maestro o del artista  perspicacia  y  la  agilidad  y  capacidad suficientes para captar los nuevos fenómenos, que les son tan necesarias como el aire que respiran. Emancipa también la mente de toda clase de dogmas, prejuicios, opiniones preconcebidas y supuestas "verdades eternas", que atan el pensamiento y frenan la  marcha  del  progreso  científico.  La  dialéctica enseña a prestar atención a la vida, a no estancarse en el pasado, a ver lo nuevo y a ir siempre adelante.

La dialéctica materialista significa el espíritu mismo    de    la    investigación    científica,    el    no

conformarse  nunca  con  los  conocimientos adquiridos, la eterna inquietud, la aspiración siempre

viva de alcanzar la verdad, de penetrar cada vez más profundamente en el conocimiento de las cosas.

La dialéctica excluye todo subjetivismo, estrechez

y visión unilateral, proporciona una amplia noción

 

sentidos el fenómeno que se estudia. Obliga a examinar las cosas objetivamente, en todos sus aspectos, en su movimiento y desarrollo y en relación con las transformaciones recíprocas. Enseña a ver no sólo lo externo, sino también lo interno, a tomar por igual en consideración el contenido y la forma del fenómeno, a no limitarse a describir lo que sale a la superficie y penetrar cada vez más en la esencia, aunque sin olvidar que lo externo es también esencial y no hay que despreciarlo. La dialéctica atrae la atención hacia las tendencias contrarias que se descubren en cada fenómeno en desarrollo; en lo mutable, diferencia lo estable, pero en lo que parece inmutable advierte el germen de futuros cambios.

La dialéctica, escribió Lenin, es "el conocimiento vivo y multilateral (con un eterno incremento del número de aspectos), con una infinidad de matices en cuanto  a  la  visión,  a  la  aproximación  a  la realidad..."43

El estudio de la dialéctica y su aplicación es un poderoso instrumento educativo. La dialéctica proporciona un modo específico de pensar y un peculiar estilo de trabajo que se oponen al subjetivismo, al estancamiento, al dogmatismo, y que se hacen eco a lo nuevo, a lo que crece y a lo avanzado.

La dialéctica es la verdadera alma del marxismo. El estudio de la dialéctica materialista presta inapreciable ayuda no sólo al hombre de ciencia o al político, sino a cualquiera que desee calar hondo en los acontecimientos que se producen a su alrededor y participar conscientemente en la vida social.

Hoy día, los hombres de ciencia avanzados -bajo la presión del propio desarrollo de la ciencia y de la

vida social- comienzan a desprenderse cada vez más

de sus prejuicios con relación a la dialéctica y a comprender el incalculable valor que ésta tiene para

la ciencia y la vida.

 

Aplicación creadora de la dialéctica.

 

La  aplicación  acertada  de  la  dialéctica  en  la ciencia y en el quehacer práctico está muy lejos de

ser  una  empresa  fácil.  La  dialéctica  no  es  un

cuestionario que proporcione respuestas escritas a todas las preguntas que puedan formular la ciencia y la práctica, sino una guía para la acción, algo vivo, flexible a la vida y a su espíritu.

Las leyes y tesis de la dialéctica no pueden ser concebidas como esquemas a los que arbitrariamente

sea posible "ajustar" los hechos de la realidad. Esta

es una visión equivocada, escolástica y dogmática.

Las leyes de la dialéctica son universales, valen para el desarrollo de todas las cosas y fenómenos. Mas al propio tiempo hay que tener presente que actúan de diversa manera en las distintas esferas del mundo material, en procesos cualitativamente distintos.  En  el  mundo  orgánico  obran  en  forma

 

del  mundo  y  acostumbra  a  abarcar  en  todos  los               

43 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 360.

 

 

 

diferente a como lo hacen en la naturaleza muerta; en el desarrollo de la sociedad no tienen el mismo carácter que en la evolución de las especies; en la vida de la sociedad socialista se manifiestan de otro modo que dentro de la sociedad capitalista.

Para la aplicación de la dialéctica en el proceso del conocimiento y en la actividad práctica no basta

con asimilar sus proposiciones, sino que es necesario

un profundo estudio de los hechos concretos y circunstancias de cada problema. Sólo el análisis más

atento  y  detallado  de  cada  situación  concreta  nos

puede revelar cómo y de qué manera se manifiestan las leyes dialécticas en la esfera y el caso que nos ocupa, cómo hemos de valorar la situación y qué camino hemos de seguir para alcanzar el éxito. De ahí que la aplicación de la dialéctica sea siempre una tarea de creación.

En   este   sentido   nos   ayudan   los   excelentes ejemplos de aplicación del método de la dialéctica

materialista que encontramos en las obras de los creadores del marxismo-leninismo -de Marx, Engels

y Lenin- y en las resoluciones y actuación del Partido Comunista de la Unión Soviética y demás Partidos Comunistas y Obreros.

El  Partido  Comunista  de  la  Unión  Soviética  y otros  partidos  marxistas  han  conseguido  grandes

victorias. Una de las razones principales de que así fuera reside en que los partidos marxistas tienen en cuenta para su política y su labor práctica el método

de la dialéctica materialista, que ellos desarrollan con un  espíritu  creador.  El  desviarse  del  materialismo

dialéctico, el olvido de sus leyes y tesis, han conducido y conducen, en fin de cuentas, a fracasos

tanto en el análisis teórico como en la actividad práctica. En la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros

de los países socialistas, celebrada en Moscú del 14 al 16 de noviembre de 1957, se dice con toda razón:

"Si un partido político marxista no examina los problemas partiendo de la dialéctica y del materialismo, eso conducirá a criterios unilaterales y

al subjetivismo, a la petrificación de las ideas, al divorcio  de  la  práctica  y  a  la  incapacidad  para

proporcionar el correspondiente análisis de las cosas y fenómenos, a errores revisionistas o dogmáticos y a equivocaciones en política."44

La dialéctica, además de ser un método en el estudio de la realidad, orienta para la transformación

revolucionaria de esa realidad. Siempre subraya el valor de una actitud eficaz y activa frente al mundo que nos rodea. En la práctica -en el trabajo, en la

lucha de clases y en la construcción del comunismo- es donde son sometidas a prueba las tesis y leyes de

la dialéctica materialista. La práctica proporciona el material más valioso para los nuevos avances de la

 

 

44  Documentos de las reuniones de representantes de Partidos

Comunistas y Obreros celebradas en Moscú en noviembre de

1957, Gospolitizdat, Moscú, 1957, página 15.

 

dialéctica; permite concretar sus proposiciones y alcanzar un conocimiento más amplio y profundo de sus leyes. Por ello, la aplicación creadora de la dialéctica marxista consiste, lo primero de todo, en utilizarla como instrumento de labor práctica, como medio para la transformación de la vida.

 

Capitulo  III. Teoría del conocimiento

 

El conocimiento del mundo que nos rodea por el hombre tiene una larga historia. Es un movimiento gradual que va de la ignorancia al saber, del conocimiento incompleto e imperfecto a otro cada vez  más  amplio  y  profundo.  Las  características  y leyes de ese proceso nos las proporciona la teoría marxista del conocimiento.

Únicamente podemos comprender las leyes del conocimiento si lo examinamos en su desarrollo, en su  formación  y  en  la  lucha  de  las  tendencias contradictorias. Lo mismo que todo proceso de desarrollo, el conocimiento se subordina a las leyes universales descubiertas por la dialéctica materialista.

La dialéctica, escribía Lenin, es la teoría del conocimiento del marxismo. La visión dialéctica de los problemas del conocimiento es lo que diferencia la teoría gnoseológica marxista de todas las doctrinas que los materialistas expusieron con anterioridad a Marx.

 

1. La práctica como base y fin del conocimiento El  conocimiento  del  mundo  que  nos  rodea  -la investigación   de   las   alejadas   acumulaciones   de estrellas o galaxias y de las partículas más reducidas de la materia, el estudio del origen de la vida en la Tierra  y  de  la  historia  de  las  viejas  culturas,  la solución     de           los           más        complejos             problemas matemáticos y el análisis de la radiación cósmica, etc.-  es  una  de  las  actividades  que  más  seducen; proporciona satisfacciones sin cuento al investigador y a menudo constituye el sentido de su vida. Pero los hombres no practican la ciencia con el objeto único de                encontrar              una                        satisfacción.          El             saber      les proporciona una fuerza enorme en su trabajo diario y en la lucha con la naturaleza, lo mismo que en su actividad  social,  es  decir,  en  todos  los  asuntos prácticos de los que depende la existencia de cada

individuo y de la sociedad en su conjunto.

Los filósofos idealistas han tratado a menudo de oponer el conocimiento a la actividad práctica, de aislarlo de la práctica. Ya afirmaban que el conocimiento  es  fruto  de  cierta  inclinación  del espíritu humano hacia la verdad y que no depende de la práctica, ya sostenían que la acción práctica no guarda relación alguna con el conocimiento del mundo, que el intelecto del hombre está destinado únicamente a poseer las cosas y obrar con éxito, mientras que el conocimiento del mundo es una empresa imposible (Nietzsche y otros) o sólo puede llegarse a él por intuición mística (Bergson).

 

 

 

Lo mismo una concepción que otra deforman la relación real entre el conocimiento y la acción, entre la teoría y la práctica.

La aparición y el desarrollo de las ciencias nos brindan una prueba absoluta de que la ciencia y el

conocimiento  son  producto  de  lo  que  la  práctica

exige; ésta es condición necesaria y base del conocimiento.

El  hombre,  en  su  actividad  práctica,  entra  en

relación directa con el mundo que le rodea; cuando las cosas y los objetos son sometidos a acción y transformación  ponen  de  relieve  y  muestran  al hombre propiedades que antes permanecían latentes. La utilización de las cosas es, al propio tiempo, el conocimiento de las mismas. Las posibilidades de tal conocimiento se hacen más amplias conforme la práctica se ensancha y enriquece.

Todas las ciencias, sin excluir las más abstractas, aparecieron   como   respuesta   a   las   necesidades

maduras de la vida práctica de los hombres. La geometría, según nos dice su propia denominación,

se relacionaba en un principio con la medición de campos (geometría equivale a medición de la tierra); la astronomía tuvo su origen en la navegación, en el

cálculo de los ciclos agrícolas y en la composición del calendario; el origen de la mecánica va unido al

arte de construir edificios y fortificaciones, etc.

Esta dependencia en que el conocimiento se encuentra respecto de la práctica no es cosa exclusiva

de tiempos antiguos. La ciencia de la naturaleza ha avanzado con pasos de gigante desde que la aparición

del capitalismo condujo a un vertiginoso desarrollo de la industria. Y también hoy día guarda la ciencia

vínculos indisolubles con la vida práctica. En sus ramas  teóricas  abstractas  dichos  vínculos  se  han hecho más completos y mediatos, aunque la práctica

ha sido siempre y será la base más profunda del conocimiento, su principal estímulo y fuerza motriz.

Uno de los mayores defectos de todo el materialismo anterior a Marx consiste precisamente en  que  era  incapaz  de  comprender  los  nexos  del

conocimiento y la práctica. Es cierto que los filósofos materialistas   hablaban   a   menudo   del   valor   del

conocimiento científico para la vida. Así, el materialista inglés F. Bacon, iniciador de la filosofía de   la   Edad   Moderna,   proclama   que   el   objeto

principal de la ciencia es alcanzar el dominio sobre la naturaleza a fin de mejorar y aliviar la vida de los

hombres. Mas, aunque los viejos materialistas adivinaban qué es lo que el conocimiento puede dar a la práctica, no alcanzaron a comprender lo que la

práctica da al conocimiento. El materialismo viejo, anterior a Marx, era contemplativo. El conocimiento

era para él la labor puramente teórica del sabio que observa la naturaleza y medita acerca de lo que ve.

No discernían el nexo del conocimiento con la

actividad  político-social  o  de  producción  de  las

 

era   privilegio   de   unos   pocos,   mientras   que   la actividad "inferior", práctica, y el trabajo físico eran misión de la ignorante mayoría.

Sólo  Marx  y  Engels,  emancipados  de  los prejuicios  propios  de  los  teóricos  de  las  clases

explotadoras, vieron el papel decisivo de la actividad

práctica de los hombres en el proceso de conocimiento. Los fundadores del marxismo llegaron a la conclusión de que la actividad práctica y diaria de producción de los hombres, que crea la base material para la existencia de la sociedad, posee a la vez el más grande valor en cuanto a la teoría, al conocimiento. Así establecieron, según señala Lenin, que "el punto de vista de la vida o de la práctica debe ser el primero y fundamental en la teoría del conocimiento".45

A diferencia del anterior materialismo, el marxismo incluye la práctica en la teoría del conocimiento, considerándola como la base y el fin del proceso cognoscitivo, y también como norma de la veracidad de los conocimientos.

Al  introducir  en  la  teoría  del  conocimiento  el punto de vista de la vida y la práctica, el marxismo relaciona directamente el conocimiento con la industria y la agricultura, con el laboratorio científico y con la actividad social de las masas. La teoría es para el marxismo no algo sustancialmente distinto de la práctica, sino comprensión y generalización de la experiencia de los hombres en su quehacer diario.

La práctica y la teoría son opuestas, como lo son la  actividad  material  y  espiritual  de  los  hombres. Mas, al propio tiempo, se trata de opuestos que se penetran recíprocamente y forman una unidad, como dos partes íntimamente ligadas de la vida social que actúa una sobre otra.

 

Unidad de la teoría y la práctica.

 

La práctica no se limita a plantear problemas a la teoría,  orientando  así  la  atención  del  investigador hacia los aspectos, fenómenos y procesos del mundo objetivo que timen un valor para la sociedad; también crea los medios materiales que permiten conocerlos.

La  práctica,  en  este  caso  la  industria  en  primer término, proporciona a la ciencia instrumentos y aparatos, de tal manera que el investigador puede realizar  experimentos  que  requieren  instalaciones muy complicadas. La producción material brinda al hombre recursos que   le   permiten   aumentar   formidablemente   la potencia    de    sus    sentidos    y    multiplicar    sus posibilidades cognoscitivas. El microscopio aumenta cientos  y  miles  de  veces  la  imagen  del  objeto,  e incluso cien mil veces si se trata del microscopio electrónico, con lo que es posible ver y fotografiar las partículas más reducidas de la materia, que a simple vista no podemos apreciar. El telescopio registra estrellas situadas a cientos de millones de años de luz  de la Tierra. La radiotecnia moderna ayuda a captar señales e información científica que envían los satélites  y  cohetes  cósmicos  lanzados  a  cientos  y miles de kilómetros de nuestro planeta.

 

 

masas, considerando además que la labor de conocer                           

45 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 130.

 

 

 

¿Podríamos concebir la ciencia moderna sin sincrofasotrones, que proporcionan a las micropartículas una energía de miles de millones de electrones-voltios,  sin  reactores  atómicos,  sin potentes telescopios, sin máquinas electrónicas capaces de realizar decenas de miles de operaciones matemáticas en un segundo? Ciertamente que no.

Mas la ciencia, producto como es de la práctica, ejerce sobre ésta una influencia inversa cada vez más vigorosa. Los enormes éxitos de la técnica y el poderoso desarrollo de las fuerzas productivas que se han alcanzado en el siglo XX han sido posibles únicamente por la gran aplicación que en todos los aspectos se ha hecho de los descubrimientos científicos en la industria, la agricultura, los transportes y las comunicaciones, por la materialización que se ha dado a las fórmulas y leyes de la ciencia en los mecanismos y aparatos y en las normas de los procesos tecnológicos.

La razón humana, que conoce las leyes de la naturaleza  y  que  orienta  la  actividad  material  de

producción  de  los  hombres,  se  convierte  en  una

fuerza capaz de transformar el mundo objetivo que nos rodea. En este sentido decía Lenin que "la conciencia del hombre no sólo refleja el mundo objetivo, sino que lo crea".46

Así, pues, la relación e interacción de la teoría y la práctica, de la ciencia y la producción, con la función directora a cargo de la práctica, constituye una condición obligatoria para el progreso material y técnico de la sociedad.

La vida político-social nos brinda otro ejemplo de constante interacción de la teoría y la práctica. La

teoría surge también en esta esfera como respuesta a

las  necesidades  de  la  vida  social,  de  la  lucha  de clases, a la vez que influye sobre el proceso social. Es verdad que la genuina ciencia de la sociedad fue creada únicamente por Marx. Eso no quita para que también antes las teorías sociales avanzadas, que contenían siquiera fuese algunos elementos de conocimiento científico, desempeñasen un papel altamente progresivo, ayudasen a las fuerzas avanzadas de la sociedad a conocer sus tareas y fines prácticos inmediatos y las apoyasen y alentasen en su lucha contra la reacción y las instituciones caducas.

Después de que Marx y Engels sentaron las bases para la comprensión materialista de la sociedad, ha

crecido inconmensurablemente el valor de la teoría en cuanto a la vida social y a las relaciones entre los

hombres se refiere.

El triunfo de la revolución socialista y los éxitos formidables de la construcción del socialismo y el campo socialista habrían sido imposibles si los Partidos Comunistas no se hubieran guiado en toda su labor por la teoría del marxismo-leninismo y el principio de la unidad de la teoría y la práctica.

La teoría se encuentra al servicio de la lucha práctica de la clase obrera, mientras que la práctica alumbra el camino de la teoría. En el caso contrario sufren la una y la otra. La teoría, apartada de la práctica,   se   convierte   en   una   planta   estéril;  la práctica, sin el auxilio de la teoría, está condenada a debatirse en medio de tinieblas.

En un régimen como el socialista van de la mano la teoría y los éxitos de la práctica. La construcción del socialismo y el comunismo en los países del campo socialista marcha bajo la orientación de la teoría marxista-leninista, la cual, a su vez, se ve enriquecida por la labor práctica de las masas que edifican la sociedad nueva. "Todo problema práctico de la construcción socialista -dice N. S. Jruschov- es a la vez un problema teórico que guarda relación directa con el desarrollo creador del marxismo- leninismo. Es imposible separar lo uno de lo otro."47

El reconocimiento que el marxismo hace de la práctica como fin del conocimiento científico no va

para nada contra la teoría, no significa un practicismo estrecho  y  miope.  Cuando  se  pide  que  la  ciencia

mantenga relaciones con la vida, de lo que se trata es de que no se sitúe al margen de las tareas prácticas ni se convierta en una especulación estéril; no significa

el olvido de las perspectivas y la limitación de las tareas  de  la  investigación  científica  a  lo  que  las

necesidades prácticas del momento exigen. Para el avance  continuo  de  la  ciencia  y  de  la  técnica  se

necesitan profundas investigaciones teóricas de "búsqueda"  en  las  que  se  pongan  de  manifiesto nuevas relaciones y leyes de la realidad, las cuales

crean una nueva "vía" para el progreso técnico y científico.  Y todavía tolera  menos  el marxismo  el

menor intento de deformar la verdad científica por consideraciones del momento.

El espíritu de partido del marxismo está en contra

de que se violente la objetividad de la investigación y de  que  se  deformen  los  hechos,  cualesquiera  que éstos sean. La clase obrera, tanto en el período de su lucha por emanciparse de la explotación capitalista como cuando está entregada a la construcción del socialismo y el comunismo, tiene un interés vital en que el conocimiento de las cosas sea verdadero, en que sea verdadero el conocimiento de las leyes del desarrollo social, pues se trata de las leyes del triunfo final que inevitablemente le espera.

La burguesía ha perdido ya hace mucho el interés por la investigación científica desinteresada, sobre todo en lo que a las ciencias sociales se refiere. De lo que principalmente se preocupa ahora es de refutar el marxismo  y  de  buscar  argumentos  favorables  al sistema capitalista.

 

 

comunismo  en  la  U.R.S.S.  y  los  demás  países  del                             

47 N. S. Jruschov, Hacia la victoria en la emulación pacífica con

 

46 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 204.

 

el capitalismo, Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág. 339.

 

 

 

Incluso en las ciencias positivas, a la burguesía no le interesa tanto el conocimiento verdadero como las

ventajas directas que de él pueda extraer. Su visión

de la ciencia es puramente utilitaria. No hará falta aclarar que nos referimos a la burguesía como clase, pues también en los países del capital hay sabios honestos e incorruptibles.

Dentro de la sociedad socialista la investigación científica   no   encuentra  el   menor   obstáculo.   La

conciencia de que el conocimiento del mundo no es

asunto privativo del investigador, sino que tiene el más alto valor social, alienta a todos los verdaderos hombres de ciencia y les inclina a servir fiel y desinteresadamente a la verdad.

 

  1. El conocimiento es el reflejo del mundo objetivo

 

La teoría marxista del conocimiento es la teoría del reflejo. Esto significa que considera el conocimiento como el reflejo de la realidad objetiva en el cerebro del hombre. Los adversarios del materialismo dialéctico se oponen de ordinario contra tal concepción del conocimiento. Afirman, por ejemplo, que es absurdo hablar del reflejo de leyes de la naturaleza que no es posible ver; que las fórmulas matemáticas y las categorías lógicas (por ejemplo, "esencia") o los conceptos éticos ("justicia", "nobleza") no encuentran en el mundo una realidad de la cual pudieran ser reflejo. Mas estas y otras objeciones semejantes se basan en una comprensión muy rudimentaria y vulgar de lo que es el reflejo.

Cuando el materialismo dialéctico habla del conocimiento como reflejo, lo que afirma es que el conocimiento, siendo como es una reproducción de la realidad en la conciencia del hombre, no puede ser otra cosa que el reflejo del mundo objetivo. En la conciencia del hombre no están las propias cosas, sus propiedades y relaciones, sino sus imágenes o representaciones, mentales o ideales; éstas, con más o menos fidelidad, reproducen los rasgos de los objetos, que son cognoscibles, y en tal sentido son semejantes a los propios objetos.

La teoría materialista del reflejo hace distinción entre conciencia y materia, entre el conocimiento y el objeto cognoscible; al mismo tiempo, sin embargo, rechaza  la  oposición  absoluta  entre  uno  y  otro término,  por  cuanto  en  la  conciencia  humana  se refleja la realidad objetiva y la propia conciencia es una propiedad de la materia.

Si admitimos que la psiquis humana es una propiedad  de  la  materia  altamente  organizada,  del cerebro, habremos de llegar a la conclusión de que no hay ni puede haber ninguna barrera sustancial infranqueable entre el pensar y el mundo material.

Cierto que objeto de conocimiento pueden ser no sólo las cosas materiales, sino también los fenómenos espirituales o psíquicos. Esta circunstancia, empero, no cambia en modo alguno la naturaleza del conocimiento, ya que tales fenómenos son un reflejo de la realidad objetiva que se encuentra fuera de la conciencia.

Además, la capacidad cognoscitiva del hombre no es un don misterioso venido de lo alto, sino resultado de un largo desarrollo transcurrido precisamente en el proceso de conocimiento, o reflejo del mundo material sobre la base de la actividad práctica. En el curso de este proceso se desarrollaron los órganos de los sentidos y se perfeccionó la capacidad de pensar.

Tales son los principios de la filosofía marxista en el  problema  del  conocimiento.  Se  basan  en  la admisión de que el hombre es capaz de conocer o reflejar el mundo que le rodea y abre horizontes ilimitados a la ampliación del saber humano.

 

Contra el agnosticismo.

 

Muchos filósofos del campo idealista y hasta ciertos sabios caídos bajo su influencia combaten la

doctrina materialista de que el mundo es cognoscible.

Esos filósofos mantienen el punto de vista del agnosticismo. Los agnósticos no siempre dicen que no podemos conocer nada. A menudo lo "único" que afirman es que existen problemas sustancialmente insolubles, que hay esferas de la realidad que siempre serán sustancialmente inaccesibles al conocimiento por mucho que avancen la técnica y la ciencia y se perfeccione la razón humana.

El inglés Hume, por ejemplo, agnóstico del siglo XVIII, asegura que lo único que podemos alcanzar son nuestras propias sensaciones y que la misión de la ciencia consiste en ordenar y sistematizar esas sensaciones. Nada podemos saber, según él, de lo que hay detrás de nuestras sensaciones y de qué es lo que las origina. De ahí que Hume considerase irresoluble el problema fundamental de la filosofía. Decía así: Nosotros no estamos en condiciones de decir en qué consiste la base del mundo, si es la materia o es el espíritu, la conciencia. No lo sabemos y jamás lo sabremos, pues nos es imposible salir del círculo de nuestras sensaciones.

Kant, filósofo alemán del mismo siglo, no negaba que nuestras sensaciones sean originadas por cosas

que existen con independencia del hombre y de su

conocimiento. Afirmaba, sí, que estas cosas (que él denominaba     "cosas     en     sí")     se     encuentran

sustancialmente   fuera   de   nuestra   capacidad   de

conocer.

El agnosticismo guarda estrecha afinidad con la doctrina de la Iglesia de que "los caminos del Señor

no son conocidos", acerca de la fragilidad de la razón humana y de la necesidad de una vía que no sea la de

la  ciencia  para llegar  a la  verdad.  No en  vano el propio Kant confesaba sus deseos de "limitar el conocimiento  para  dejar  un  sitio  a  la  fe".  Los

filósofos agnósticos son aliados de la Iglesia siempre, hasta cuando ellos mismos no creen en Dios. Y esto

 

 

 

es así porque, al enunciar la falsa idea de que el mundo no es cognoscible, el agnosticismo quebranta las posiciones de la ciencia y va en ayuda de la teología, empuja al hombre a la fe ciega y le incita a confiar en la doctrina de la Iglesia.

El agnosticismo, cualquiera que sea su forma, se ve repudiado por la misma vida. La historia de la

ciencia nos muestra la marcha que siguió el hombre,

primero lenta y luego cada vez más rápida, de la ignorancia    al    conocimiento,    haciendo    que    la

naturaleza le revelara misterios que en un principio

parecían inescrutables.

Hace quinientos años se creía que la Tierra era el centro  de  un  mundo  finito  y  que  las  estrellas  se

hallaban sujetas al firmamento, el cual era concebido a  modo  de  una  bóveda  esférica  de  cristal.  Los

grandes pensadores del Renacimiento, N. Copérnico, G. Bruno y Galileo, no dejaron nada en pie de estas falsas nociones, rompieron las paredes de cristal del

cosmos y lo extendieron hasta el infinito. Pero hace cien años había quien aseguraba que nunca llegaría a

conocerse la composición y estructura de los cuerpos celestes. El positivista A. Comte afirmaba categóricamente que el hombre jamás sabría de qué

estaban compuestas las estrellas. Y dos años después de la muerte de Comte, en 1859, apareció el análisis

espectral, con lo que se iniciaba el estudio de la composición química de los cuerpos celestes. A principios de nuestro siglo la astronomía era incapaz

de salir de los límites de la galaxia, de la Vía Láctea. Hoy  día,  los  últimos  adelantos  de  la  ciencia  y  la

técnica han permitido descubrir millones de sistemas estelares que colocan al hombre ante una estructura

del Universo superior por sus extensiones a cuanto pudiéramos imaginar.

A la vez que penetra en los espacios sin fin del

cosmos, el hombre ahonda en las entrañas del micromundo y arranca el velo que cubría el secreto de la vida. Por doquier, en todos los terrenos de la ciencia, encontramos pruebas de la potencia ilimitada del conocimiento científico.

Pero la refutación mejor del agnosticismo es la práctica, la actividad de los hombres, la producción. En el momento en que, de conformidad con nuestras nociones de algún fenómeno, lo provocamos o producimos, dice Engels, le obligamos a servir a nuestros fines, en ese mismo momento nos convencemos de que, dentro de límites definidos, nuestras nociones sobre ese fenómeno eran reales y fidedignas.48

Los físicos, partiendo de sus experimentos en el laboratorio y de sus cálculos teóricos, han aprendido

a producir la reacción en cadena de desintegración de

los átomos de uranio y a dirigir esta reacción en las calderas atómicas. La obtención de energía atómica

 

 

48 F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico, Gospolitizdat, 1953, pág. 12; Lüdwig Feuerbach  y el fin de la filosofía clásica alemana, Gospolitizdat, Moscú, 1955, pág. 18.

 

en los reactores industriales demuestra la exactitud de los principios de la física teórica que los investigadores utilizaron en sus trabajos; quiere decirse que poseemos un conocimiento verdadero de ciertas leyes que rigen los procesos intraatómicos.

La hipótesis de Tsiolkovski, teóricamente argumentada,  acerca  de  la  posibilidad  de  emplear

motores  de  reacción  y  cohetes  para  los  vuelos

interplanetarios ha dado principio, y de ello somos testigos,  a  la  cosmonáutica.  Los  progresos  de  la

aviación  de  reacción  y  la  creación  de  satélites

artificiales de la Tierra y de cohetes cósmicos demuestran la razón que asistía a Tsiolkovski y sus continuadores en sus cálculos e hipótesis.

Toda la técnica y la industria de nuestros tiempos nos  brindan  infinidad  de  pruebas  del  poderío  del

conocimiento.

 

  1. Doctrina de la verdad

 

El problema de la verdad es el punto central de la teoría  del  conocimiento  y  una  de  las  cuestiones

capitales de cualquier ciencia. Si la teoría científica no proporciona un conocimiento verdadero, su valor es nulo.

El problema de la verdad emerge siempre que se trata de la relación entre nuestro conocimiento y la

realidad   objetiva.   Considerando   que   el   mundo objetivo existe independientemente de la conciencia, está  claro  que  en  el  proceso  del  conocimiento

nuestras  nociones,  ideas  y  teorías  han  de corresponder a la realidad. No hay que ajustar los

hechos a la noción que de ellos tenemos; al contrario, hay     que     conseguir     que     nuestras     nociones

correspondan a los hechos objetivos. Quien obra de otra manera caerá en un subjetivismo vacío, perderá el sentido de lo real, tomará sus deseos por realidades

y, en última instancia, fracasará inevitablemente en su labor práctica.

Si nuestras sensaciones, percepciones, representaciones, conceptos y teorías corresponden a la realidad objetiva, la reflejan fielmente, decimos

que son verdades. Las manifestaciones, los juicios y las  teorías,  al  ser  verdaderos,  los  tomamos  como

verdad.

A menudo se dice que el fin del conocimiento es encontrar la verdad, descubrir la verdad, etc. Esto no

ha de comprenderse en el sentido de que la verdad existe por sí misma y de que el hombre tropieza con

ella o la encuentra. Significa únicamente que el fin del conocimiento es el logro de unas nociones verdaderas. Hemos de recordarlo así porque ciertos

filósofos idealistas afirman que las verdades como tales poseen una existencia independiente y que el

hombre, en determinadas condiciones, las puede contemplar y describir. En realidad, el concepto "verdad"   se  refiere  únicamente   al  conocimiento

humano, a las ideas, teorías, conceptos, etc. Lo que en el mundo objetivo existe no son verdades, sino cosas, fenómenos, relaciones, procesos, etc., que se reflejan en las representaciones e ideas verdaderas del hombre.

 

La verdad objetiva.

 

Si bien la verdad aparece en el proceso del conocimiento humano, las propiedades y relaciones

de  las  cosas  reflejadas  en  ella  no  dependen  del

hombre. Por eso afirmamos que la verdad es objetiva.

Verdad objetiva, por consiguiente, es el contenido del conocimiento humano que refleja fielmente el mundo objetivo, sus leyes y propiedades y, en este sentido, "no depende del sujeto, no depende ni del hombre ni de la humanidad..."49 El individuo no tiene poder sobre la verdad. Puede modificar el mundo que le rodea, puede cambiar las condiciones de su vida, pero no puede, a su arbitrio, alterar la verdad, pues ésta refleja aquello que tiene existencia objetiva.

Toda   verdad   es   objetiva.   De   ella   hay   que distinguir la opinión subjetiva, que no corresponde a

la realidad, la ficción, la ilusión. No todo lo que los

hombres tuvieron por verdad lo es en efecto. Por ejemplo, durante largo tiempo pensaron que el Sol giraba alrededor de la Tierra, pero esto era falso. Ocurre lo contrario. La afirmación de la astronomía moderna de que el centro de nuestro sistema es el Sol, alrededor del cual describen sus órbitas los planetas -entre ellos la Tierra-, es objetivamente verdadera. ¿Por qué? Porque refleja correctamente la realidad, el orden a que realmente se atiene el sistema solar y que no depende para nada del hombre.

 

El camino del conocimiento.

El reflejo del mundo objetivo en la conciencia del hombre no se ha de comprender de una manera metafísica, como acto que tiene lugar una sola vez. El conocimiento es un proceso que presenta multitud de aspectos y que comprende fases distintas, aunque relacionadas entre sí. Lenin escribía refiriéndose a él: "De la percepción sensible al pensamiento abstracto y de él a la práctica: tal es el camino dialéctico de conocimiento de la verdad, de conocimiento de la realidad objetiva."50

Según decíamos antes, el hombre adquiere sus conocimientos no tanto a través de la percepción pasiva  de  la  realidad  que  le  rodea  como  en  un proceso de relación activa y práctica hacia las cosas. En la práctica, que ejerce la relación directa del hombre con el mundo exterior, es donde surgen las distintas sensaciones que son el punto de partida en la  actividad  cognoscitiva  del  individuo  y  en  la historia del conocimiento humano en general. La sensación, pues, es la primera fase del conocimiento.

 

Las sensaciones son imágenes de las cosas y de sus propiedades.

 

 

49 V. I. Lenin, Obras. ed, cit., t. IV, pág. 110.

50 V. I. Lenin, Obras. ed, cit., t. XXXVIII, pág. 161.

 

Todo conocimiento parte, en fin de cuentas, de las sensaciones; de ahí que el problema de la veracidad dependa, lo primero de todo, de si nuestras sensaciones son verdaderas, de si pueden reflejar fielmente las cosas materiales y sus propiedades. La teoría marxista del conocimiento, que se apoya en los principios básicos del materialismo dialéctico, responde a esto afirmativamente: cualquier acto del conocimiento humano, empezando por la sensación, presenta un contenido objetivamente verdadero. Las sensaciones del hombre, lo mismo que sus percepciones y representaciones, son reflejos o imágenes de las cosas y sus propiedades.

Sin embargo, hay filósofos e investigadores que lo niegan. Johannes  Müller,  notable  fisiólogo  alemán  de mediados del siglo XIX, encontró en sus estudios sobre el mecanismo de los órganos de los sentidos que la sensación de la luz, por ejemplo, en la retina del hombre no es originada únicamente por la acción de los rayos luminosos, sino también al ser excitado el nervio óptico por una corriente eléctrica, por una acción mecánica, etc. Esto llevaba a Müller a la conclusión, profundamente errónea, de que nuestras sensaciones se limitan a transmitir el estado de los correspondientes órganos de los sentidos, sin que nos digan   nada   de   cómo   son   las   cosas   y   de   sus propiedades fuera de nosotros. La doctrina de Müller es  conocida  con  el  nombre  de  "idealismo fisiológico".

H. Helmholtz, otro gran sabio alemán del mismo siglo, mostraba también recelo hacia las indicaciones de los órganos de los sentidos.

Quienes piensan como estos dos investigadores, estiman que las sensaciones no son imágenes; son sólo signos convencionales, símbolos o jeroglíficos que designan uno u otro fenómeno, lo indican, pero no reflejan su naturaleza objetiva. Esto quita a la sensación su valor de puente de unión del hombre con el mundo exterior y la convierte en una barrera infranqueable que cierra el camino hacia él. Más aún, semejante agnosticismo puede conducir a la negación de la existencia objetiva de las cosas, por cuanto no es obligatorio que el signo convencional o símbolo corresponda a la realidad objetiva. En la historia de la filosofía, el camino que conduce al idealismo subjetivo pasa justamente por la negación de que la sensación es un reflejo de las propiedades objetivas de las cosas. Mas tal negación se contradice de plano con toda la experiencia de los hombres y con los informes de la ciencia.

El estudio de la evolución de los seres vivos nos dice que los órganos de los sentidos de los animales, y luego del hombre, se formaron y perfeccionaron en un  proceso  de  interacción  del  organismo  con  el medio. Este largo proceso de evolución ha hecho que los órganos de los sentidos se adapten al mundo exterior de tal manera que aseguren una orientación fiel en las condiciones del medio ambiente. Según escribe Lenin, "el hombre no podría adaptarse biológicamente al medio si sus sensaciones no le proporcionasen  una  noción  objetiva  y correcta  de él".51

Si las sensaciones no nos proporcionasen una noción más o menos fiel de las cosas y sus propiedades, tampoco el pensamiento podría ser verdadero, ya que son las sensaciones su origen y su apoyo. Entonces no habría conocimiento alguno verdadero, el hombre se encontraría en un mundo de fantasmas e ilusiones y su vida sería imposible.

Cierto que las sensaciones poseen un aspecto subjetivo, pues van unidas a la acción de los órganos de los sentidos y del sistema nervioso del hombre. Ninguna   imagen   puede   ser   idéntica   al   objeto reflejado,  siempre  transmite  sus  rasgos  de  manera más o menos aproximada e incompleta. Pero la sensación no es sólo un estado subjetivo de la psiquis del individuo. "La sensación es la imagen subjetiva del mundo objetivo" (Lenin).52

Por consiguiente, las sensaciones contienen en sí la verdad objetiva. Tal es la concepción materialista, que    es    la    única    concepción    científica.    "Ser materialista -subrayaba Lenin- significa admitir la verdad objetiva que nosotros descubrimos mediante los órganos de los sentidos."53

Sensaciones, percepciones y representaciones, que nosotros adquirimos en nuestra experiencia sensorial, forman el principio del conocimiento y su punto de arranque. Mas el conocimiento no se detiene en esto, sigue adelante y se eleva hasta el pensamiento abstracto.

 

Pensar es conocer la esencia de los fenómenos.

La teoría marxista del conocimiento admite la diferencia cualitativa entre estos dos grados, pero no los separa, sino que los considera en su interrelación dialéctica.

La función de pensar, que es la forma suprema de la  actividad  cognoscitiva,  se  halla  presente,  sin embargo, en la fase sensorial: al percibir la sensación el  hombre  piensa,  advierte  los  resultados  de  las percepciones sensoriales, comprende lo que percibe. Al propio tiempo, sólo la sensación y la percepción proporcionan al acto de pensar el material empírico que forma los cimientos de todo cuanto conocemos.

Las posibilidades del conocimiento sensorial son limitadas.  Los  fenómenos  que  se  hallan  fuera  del campo de los sentidos los conocemos mediante el pensamiento abstracto. Nosotros no podemos, por ejemplo,  percibir  directamente  por  los  sentidos  o imaginarnos la velocidad de la luz, que es de 300.000 kilómetros por segundo. Esta velocidad existe, empero, y nosotros la concebimos sin esfuerzo. Más aún, apoyándonos en los cálculos teóricos podemos medirla con ayuda de aparatos. Somos incapaces de percibir el tiempo de varias cienmillonésimas de segundo que miden la vida de partículas elementales como algunos mesones, aunque podemos concebirlo. Las matemáticas operan sin cesar con valores infinitamente grandes y pequeños que se resisten a toda representación directa

 

 

51 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 166.

52 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 106.

53 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 120.

 

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Generalizaciones elementales se hacen ya en la fase  del  conocimiento  sensorial.  Distinguimos  el carácter general, por ejemplo lo blanco, en cuerpos tan diversos como la nieve, la sal, el azúcar, la espuma, el papel, etc. Mas el conocimiento sensorial no nos revela aún la naturaleza interna de los fenómenos ni sus relaciones y vínculos necesarios. Para descubrir las leyes que rigen los fenómenos y penetrar en la esencia de éstos, es decir, para llegar al conocimiento científico del mundo que nos rodea, se requiere una actividad cognoscitiva cualitativamente distinta: el pensar, acción que realizamos en forma de conceptos, juicios, conclusiones, hipótesis y teorías.

Ninguna ley, como tal, es percibida por los sentidos.  Los  hombres  habían  observado  una infinidad de veces la caída de los cuerpos al suelo, pero hubo necesidad de una ciencia muy desarrollada y del genio de Newton para descubrir y formular la ley de la gravitación universal, en la que quedaban incluidos  y  encontraban  explicación  toda  esa infinidad de hechos.

Sabemos que las sensaciones, producto de la acción directa de las cosas sobre los órganos de los sentidos,  son  imágenes  subjetivas  del  mundo objetivo, por lo que contienen en sí una verdad objetiva. Lo mismo puede decirse, sin duda alguna, de los productos del pensar, que son conceptos abstractos no relacionados directamente con las cosas materiales.

Las  sensaciones y percepciones se refieren siempre a hechos concretos, al lado externo de los fenómenos; todo esto lo reflejan con mayor o menor exactitud. Los conceptos abstractos son también reflejos de la realidad y contienen la verdad objetiva.

Ahora bien, tales conceptos abstractos reflejan una "capa" más profunda de la realidad, no se limitan al aspecto exterior y sensorial de los fenómenos, sino que revelan los nexos y relaciones sustanciales que les sirven de base. Los sentidos nos dicen, por ejemplo, que el relámpago y el estampido del trueno van seguidos de una lluvia torrencial. Este conocimiento puede servirnos para algunos fines prácticos, por ejemplo, para buscar donde cobijamos antes de que comience la tempestad. No nos explica en absoluto, sin embargo, nada de lo que la tormenta es. Para eso hace falta recurrir a los conceptos abstractos.

La actitud del capitalista hacia el obrero puede adoptar en cada caso las formas más diversas: desde la coerción abierta y descarada hasta una apariencia de lealtad, de democracia y amistad. Pero la esencia de  las  relaciones  entre  uno  y  otro  es  siempre  la misma: la explotación. Para descubrir la verdadera esencia de las relaciones de clase no basta con describir hechos y casos; se requiere un profundo análisis teórico que ponga de manifiesto la naturaleza del   capitalismo,   es   decir,   conceptos   abstractos capaces de expresar sus leyes.

Según escribió Lenin, "el pensamiento, ascendiendo  de  lo  concreto  a  lo  abstracto,  no  se aleja... de la verdad, sino que se acerca a ella. La abstracción de la materia, de la ley de la naturaleza, la abstracción del valor, etc., en una palabra, todas las abstracciones científicas (correctas, serias, no absurdas) reflejan la naturaleza de manera más profunda, más exacta y más completa".54

La fuerza del pensamiento está en su capacidad para abstraerse y apartarse de lo particular y elevarse a generalizaciones que expresan lo más general y sustancial de los fenómenos.

La fuerza del pensamiento está en su capacidad para  rebasar  los  límites  del  momento  presente  y, apoyándose en las leyes objetivas que él descubre, alcanzar el pasado y prever el futuro desarrollo de los acontecimientos.   El   pensamiento   es   un   proceso activo en el que se crean conceptos y se opera con ellos. Pero tanto él como su producto -los conceptos- están unidos al mundo objetivo no de manera inmediata, sino a través de la actividad práctica y las sensaciones. La superioridad de los conceptos reside en que no se hallan vinculados a un hecho sensorial concreto, respecto del cual se encuentran en una independencia relativa. Gracias a ello el pensamiento está en condiciones de realizar un examen y análisis completos de los fenómenos, de aproximarse infinitamente a la realidad concreta y de reflejar cada vez más exactamente el mundo.

Mas en todo esto siempre existe el peligro de que el pensamiento se aparte de la realidad, se entregue a fantasías infundadas y convierta el proceso de pensar en algo que se satisface a sí mismo y encuentra en sí su fin. Este es el camino del idealismo.

El único antídoto contra esto son los vínculos con la práctica, con la vida, con la producción y la experiencia de las masas. La ciencia, cuando lo es de verdad, siempre se desarrolla gracias a que, por muy alto que se eleve, el pensamiento teórico del investigador  vuelve  siempre  a  la  experiencia sensorial, a la práctica. La interacción constante de la práctica, del experimento y del pensamiento teórico es prenda de los avances de la ciencia.

El trabajo conjunto de las manos y del cerebro permitió al hombre descubrir y dominar numerosas leyes del mundo objetivo, que le han convertido en dueño y señor de la naturaleza y de sus poderosas fuerzas.

 

Conocimiento infinito del mundo infinito.

El conocimiento humano en su conjunto es un proceso      en      desarrollo      que      se      prolonga indefinidamente.

El  mundo  objetivo  que  rodea  al  hombre  es infinito. Cambia y se desarrolla sin cesar, dando eternamente origen a una infinidad de formas nuevas. Por muy lejos que penetre el conocimiento en los espacios del Universo, siempre tendrá ante sí un campo inagotable de investigación y generalización, para el descubrimiento de nuevas leyes y el estudio de vínculos universales aún más esenciales y profundos.

Pero  ninguna  de  las  ciencias  que  el  hombre conoce ha revelado aún todos los fenómenos y leyes que  le  son  específicos,  ni  los  revelará  jamás  por completo, atendiendo el carácter infinito de la naturaleza. Conocer el mundo hasta el fin, como dice Engels,   significaría   el   milagro   de   la   infinitud sometida a cómputo. De la misma manera que no podemos contar la serie infinita de números, tampoco se puede llegar hasta el fin en el conocimiento de toda la naturaleza.

El conocimiento no es sólo infinito porque es infinitamente variado el objeto sobre el cual recae –la naturaleza y la sociedad-; lo es también porque él mismo no tiene límites. Los avances de la producción y de las relaciones sociales plantean sin cesar a la ciencia nuevos problemas técnicos y teóricos y crean nuevas necesidades. La aspiración que la humanidad tiene de saber carece de fronteras. Cada verdad descubierta abre ante los hombres nuevos horizontes, da  origen  a  nuevos  problemas  e  impulsa  a profundizar aún más en el objeto del conocimiento y a perfeccionar lo que ya se sabe.

La doctrina del materialismo dialéctico acerca de la infinitud del mundo y del conocimiento se opone a todo agnosticismo. El materialismo dialéctico admite la  limitación  histórica  del  conocimiento  en  cada época, pero rechaza de plano la falsa idea de que pueda existir una frontera absoluta más allá de la cual no pueda ir la ciencia.

El conocimiento humano es todopoderoso y ante él no hay límites ni barreras. Pero ese conocimiento es ejercido por individuos cuyas posibilidades se ven limitadas por su capacidad, por el nivel alcanzado por la ciencia, por los elementos técnicos de que se dispone, etc.

Esta  contradicción  entre  las  limitadas posibilidades  cognoscitivas  del  individuo  y  el carácter  sustancialmente  ilimitado  del  pensamiento se ve superada mediante la sucesión de las generaciones y el trabajo colectivo de la humanidad entera en cada uno de los momentos de su existencia. El pensamiento humano "existe sólo como pensamiento individual de muchos miles de millones de personas en el pasado, el presente y el futuro",55 dice Engels.

 

 

 

54 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 161.

 

55 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 81.

 

 

Las verdades de la ciencia se van formando gradualmente,  como  resultado  de  un  prolongado proceso  de  desarrollo  de  la  propia  ciencia  y  la acumulación de conocimientos por muchas generaciones de hombres, pero no se presentan perfiladas de buenas a primeras. "El conocimiento es una eterna e infinita aproximación del pensamiento al objeto. El reflejo de la naturaleza en el pensamiento del  hombre  no  hay  que  comprenderlo  como  algo «muerto», «abstracto» y sin movimiento, SIN CONTRADICCIONES,  sino  como  un  PROCESO eterno de movimiento, de aparición y resolución de contradicciones."56

 

Verdad absoluta y verdad relativa.

 

Los  conocimientos  que  en  cada  momento histórico dado obtiene la ciencia se distinguen por cierta falta de plenitud y perfección. El progreso en el conocimiento de la verdad consiste en que esa falta de plenitud y perfección desaparece y disminuye constantemente, a la vez que aumenta la precisión y plenitud  con  que  son  reflejados  los  fenómenos  y leyes de la naturaleza.

Hay que hacer distinción entre la mentira consciente, a la que muy a menudo recurren los enemigos del progreso científico, de los errores y equivocaciones que se producen en el proceso del conocimiento en virtud de condiciones objetivas: insuficiencias del nivel general de la ciencia en la esfera dada, imperfección de los medios técnicos empleados en la investigación, etc. La contradicción dialéctica del conocimiento queda también recogida en la circunstancia de que a menudo la verdad se desarrolla junto a la equivocación, ocurriendo a veces que la verdad se abre paso a través de teorías unilaterales y hasta erróneas.

Durante todo el siglo XIX la física tuvo como buena la teoría ondulatoria de la luz. A principios de nuestro siglo se advirtió que esta teoría era unilateral e insuficiente, puesto que la luz es simultáneamente de naturaleza ondulatoria y corpuscular. Ahora bien, la teoría ondulatoria, aun siendo unilateral, permitió hacer un gran número de descubrimientos y explicar muchos fenómenos ópticos.

Como  ejemplo  de  desarrollo  de  la  verdad  en forma de teoría errónea puede servirnos el método dialéctico tal como Hegel lo expone, apoyándose en una falsa base idealista.

La falta de plenitud y perfección del conocimiento humano y de las verdades obtenidas por el hombre es lo que de ordinario se denomina relatividad del conocimiento.    Verdad    relativa    es    la    verdad

incompleta, no acabada ni definitiva.

Si nos detuviésemos en la relatividad del conocimiento  humano  y  no  siguiésemos  adelante,

 

error  hacia  el  que  a  menudo  se  deslizan  muchos físicos modernos y que es hábilmente aprovechado por los filósofos idealistas. En el conocimiento humano ven sólo lo relativo, lo débil e imperfecto, y por eso acaban por negar la verdad objetiva y caen en el relativismo y el agnosticismo. Este relativismo unilateral puede justificar cualquier sofisma e invención, ya que todo es relativo y no hay nada absoluto.

V. I. Lenin decía que la dialéctica materialista admite  la  relatividad  de  todos  nuestros conocimientos, pero "no en el sentido de negar la verdad  objetiva,  sino  de  la  convencionalidad histórica de los límites de aproximación de nuestros conocimientos a esa verdad".57

En nuestros conocimientos, siempre relativos, hay un  contenido  objetivamente  verdadero  que  se conserva en el proceso de conocimiento y que sirve de base para los nuevos avances del saber. Este contenido  permanente  dentro  de  las  verdades relativas del conocimiento humano se denomina contenido  verdadero  absoluto  o,  simplificando, verdad absoluta.

La verdad absoluta ha de ser admitida una vez que se reconoce la verdad objetiva. En efecto, si nuestro

conocimiento refleja la realidad objetiva, a pesar de

las inexactitudes y fallos, algo ha de haber en él que posea un valor incondicional y absoluto. Lenin indicaba que "admitir la verdad objetiva, es decir, independiente del hombre y de la humanidad, significa, de una manera o de otra, la admisión de la verdad absoluta".58

Los filósofos materialistas de la antigua Grecia enseñaban ya que la vida surgió de la materia inerte y que el hombre procedía de los animales. Así, según Anaximandro (siglo VI a.n.e.), los primeros seres vivos  se  formaron  del  lodo  del  mar  y  el  hombre deriva de los peces. Los progresos de la ciencia han venido a demostrar que las nociones de los filósofos griegos  acerca  de  la  aparición  de  la  vida  y  del hombre son muy rudimentarias y falsas. Mas, con todo y con eso, en su doctrina había algo absolutamente verdadero: la idea del origen natural de la vida y del hombre, que la ciencia confirma y hace suya.

La admisión de la verdad absoluta traza ya una línea    entre    el    materialismo    dialéctico    y    las

concepciones  de  los  agnósticos  y  relativistas,  los

cuales no desean ver la capacidad del conocimiento humano, su fuerza que todo lo vence, ante la que no pueden resistir los secretos de la naturaleza.

Se dice a menudo que las verdades absolutas son bastante escasas en el conocimiento humano y que se

reducen a proposiciones archiconocidas y de poco valor. Por ejemplo, afirmaciones como "dos por dos son cuatro" o "el Volga desemboca en el Caspio" son

 

hasta  la  verdad absoluta, incurriríamos  en el  mismo                           

57 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 124.

 

56 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 186.

 

58 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 120.

 

 

 

verdades absolutas, pero, se sostiene, su valor es bien escaso.

A ello se puede replicar que, en realidad, el conocimiento    humano    dispone    de    numerosas

proposiciones absolutamente verdaderas de singular importancia que el progreso de la ciencia no hará

vacilar. Así es, por ejemplo, la afirmación del materialismo filosófico acerca de que la materia es lo primero  y  que  la  conciencia  es  secundaria.  Otra

verdad absoluta es que la sociedad no puede existir ni desarrollarse   si   no   produce   bienes   materiales.

También lo es la idea de la evolución de las especies orgánicas y de que el hombre procede de animales, según la encontramos en la teoría de Darwin.

Tales verdades absolutas se encuentran en las teorías y leyes científicas, y por ellas se guían los

hombres en su actividad práctica y teórica.

Pero el materialismo dialéctico examina la verdad absoluta como proceso, al igual que lo hace con el

conocimiento.  Refiriéndose  a  ella,  la  filosofía marxista no se detiene sólo en verdades definitivas

del tipo "Napoleón murió el 5 de mayo de 1821", sino que otorga a este concepto un sentido más amplio.   La   verdad   absoluta   es   un   contenido

absolutamente verdadero que se acumula sin cesar en el   conocimiento   relativamente   verdadero,   es   un

proceso por el que el mundo objetivo se refleja de manera cada vez más completa, profunda y exacta.

 

Unidad   dialéctica   de   la   verdad   absoluta   y relativa.

Cualquiera que sea el tema que tomemos en la historia de la ciencia, veremos que en las verdades

relativas anteriormente formuladas hay un contenido absoluto mezclado con elementos que posteriormente son eliminados como erróneos que son. Vemos que

en el desarrollo de la verdad se amplía y crece el contenido absolutamente verdadero, a la vez que el

volumen de los errores se reduce; la verdad relativa se  va  acercando  así  a  la  verdad  absoluta  y  del conjunto     de     verdades     relativas     emerge     el

conocimiento humano absoluto.

"Así, pues -dice Lenin-, el pensamiento humano, por     su     propia     naturaleza,     es     capaz     de

proporcionarnos,   y   nos   proporciona,   la   verdad

absoluta, la cual se va formando del conjunto de verdades relativas. Cada escalón en el desarrollo de

la  ciencia  agrega  nuevos  granos  de  arena  a  este

conjunto de la verdad absoluta, pero los límites de la verdad de cada proposición científica son relativos, pudiendo verse ampliados o reducidos por los progresos del saber."59

Tal concepción dialéctica de la verdad absoluta es de singular importancia para la lucha contra la metafísica y el dogmatismo en la ciencia. Un gran número de filósofos y hombres de ciencia han declarado que lo conseguido por ellos era una verdad

 

eterna, perfecta y absoluta, que no necesitaba ya de nuevos estudios ni correcciones. Hegel, por ejemplo, en contradicción con su propio método dialéctico, afirmaba que su sistema filosófico idealista era una verdad absoluta y eterna. La metafísica, cuando se trata del conocimiento, consiste en no comprender que la verdad absoluta es un proceso en desarrollo.

Marx y Engels crearon una nueva forma de materialismo,  el  materialismo  dialéctico,  que  no

adolece de los defectos del anterior materialismo metafísico. Eso no significa, empero, que con ellos

acabase el desarrollo de la filosofía y hubiesen quedado agotadas todas las verdades filosóficas. V. I. Lenin dice: "Nosotros no miramos la teoría de Marx

como  algo  acabado  e  intangible;  estamos convencidos, al contrario, de que no ha hecho sino

colocar las piedras angulares de la ciencia que los socialistas están obligados a impulsar en todas direcciones si no quieren ir a la zaga de la vida."60

¿Se refiere esto a las leyes y principios de la dialéctica marxista? Sin duda alguna. La dialéctica es

una ciencia y no puede por menos de desarrollarse. La   comprensión   de   las   leyes   generales   de   la dialéctica,  como  de  cualquier  otra  ciencia,  ha  de

hacerse forzosamente más profunda en consonancia con  los  cambios  de  la  práctica  y  de  los  avances

científicos, no puede por menos de enriquecerse con una nueva experiencia y con nuevos elementos. Dichas leyes se manifiestan de manera diversa en las

distintas condiciones históricas y por eso se ven enriquecidas      como      consecuencia      de      las

investigaciones emprendidas en esas condiciones nuevas.

Ahora bien, el desarrollo de la dialéctica no puede llevar a la negación de las tesis básicas elaboradas a lo  largo  de  una  prolongada  y  difícil  historia  del

pensamiento humano; no significa otra cosa que una comprensión más profunda y completa de esas tesis.

 

La verdad es concreta.

Las verdades obtenidas por el conocimiento humano  no  han  de  ser  examinadas  de  un  modo

abstracto, al margen de la vida, sino relacionándolas

con las condiciones concretas. Tal es el sentido de una proposición fundamental de la dialéctica materialista: la verdad abstracta no existe, la verdad es concreta.

¿Es verdadera la geometría de Euclides que estudiamos  en  la  escuela?  Lo  es  indudablemente,

pero sólo si la aplicamos a las escalas en que nos

movemos de ordinario. En cuanto nos referimos al micromundo o a los espacios intergalácticos, resulta

insuficiente;  hemos  de  recurrir  a  geometrías  no

euclidianas, como es, por ejemplo la de Lobachevski.

Refiriéndose a la democracia burguesa, Lenin señalaba  el  gran  progreso  que  significó  frente  al

régimen de servidumbre. La república democrática y

 

 

 

59 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIV, pág. 122.

 

60 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 191.

 

 

 

el sufragio universal han permitido al proletariado, dentro de la sociedad capitalista, crear sus organizaciones económicas y políticas, que le sirven en  la  sistemática  lucha  que  mantiene  contra  el capital. "Nada semejante, ni siquiera que se le aproximase, tenía el campesino siervo, sin hablar ya de los esclavos."61

Eso no quita para que Lenin denunciase con toda energía la estrechez y limitación de la democracia

burguesa cuando se la compara con la democracia soviética,   que   significa   la   democracia   para   la

inmensa mayoría del pueblo y es producto de la creación revolucionaria de las más grandes masas populares.

La proposición de la dialéctica materialista de que la verdad es concreta enseña a no acercarse a los

hechos con un bagaje de fórmulas generales y de esquemas aprendidos de memoria. La dialéctica enseña a tomar en consideración los hechos, a tener

en cuenta la relación recíproca concreta de los fenómenos, a analizar las condiciones y a obrar de

conformidad con estas condiciones nuevas. La dialéctica exige que los principios y leyes generales sean aplicados ajustándose a la situación concreta.

Tal visión es la que responde a las necesidades de la práctica.

 

Significado de la doctrina marxista de la verdad para la ciencia y la práctica.

La doctrina de la dialéctica materialista acerca de la verdad absoluta y relativa y del carácter concreto

de la verdad tiene un valor formidable para la ciencia y la práctica.

Analizando los progresos de la física a fines del siglo XIX y comienzos del XX, Lenin indica que los errores idealistas de muchos investigadores de ese

período eran debidos a la incomprensión de la dialéctica del proceso cognoscitivo. El hombre que

piensa como metafísico supone o que la verdad es absoluta o que no existe. Durante largo tiempo se consideró  que  las  teorías  de  la  física  clásica  eran

verdades absolutas. Cuando nuevos descubrimientos echaron por tierra los viejos conceptos científicos y

demostraron la insuficiencia de las teorías anteriores, ciertos investigadores se desorientaron. Creyeron que no existía ni verdad absoluta ni relativa, que todos

nuestros conocimientos eran sólo algo relativo, convencional y subjetivo. Esta posición relativista les

condujo a caer en las redes de la filosofía idealista.

El conocimiento de la dialéctica aparta a los hombres  de  ciencia  de  los  errores  idealistas  y  les

ayuda a vencer las dificultades que en su labor se les presentan.

La comprensión dialéctica de la verdad absoluta y relativa permite adoptar una actitud correcta hacia los errores en el proceso del conocimiento científico. La

verdad no nace de la noche a la mañana como algo

 

61 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 449.

 

definitivo. El conocimiento es un proceso difícil y complejo en el que son posibles los errores, las equivocaciones y las concepciones y teorías unilaterales. Pero las ideas que la ciencia enuncia van pasando por el tamiz de la crítica, se templan en el crisol de la práctica y todo lo falso y erróneo desaparece, mientras que lo objetivamente verdadero y absoluto queda como algo que posee un valor permanente.

Nadie puede aspirar a una infalibilidad absoluta. Pero   aunque   los   errores   son   inevitables   en   la actividad cognoscitiva del hombre, esto no significa en modo alguno que cada acto concreto de cada investigador haya de contenerlos forzosamente. El hombre de ciencia puede y debe tomar sus medidas para evitar el error en sus trabajos. A ello contribuirá el conocimiento del método dialéctico de investigación científica, la estrecha vinculación con la práctica, el estudio del problema en todos sus aspectos, la labor de equipo en el examen de las cuestiones y de las soluciones que puedan sugerirse, etc.

Nadie está garantizado contra los errores. De lo que se trata, sin embargo, es de no incurrir en errores

graves y de no aferrarse a ellos cuando han sido descubiertos.

La crítica y la autocrítica es la fuerza que reduce la  posibilidad  del  error,  tanto  en  el  conocimiento como  en  la  labor  práctica,  y  lo  pone  de  relieve

cuando ha sido cometido. El enfrentamiento de criterios distintos, la visión crítica del propio trabajo

y la sensibilidad hacia las observaciones que otros pueden  hacerle son  condiciones  necesarias  para  el

trabajo normal de todo hombre de ciencia. Todo cuanto se oponga a la crítica causa daños sin cuento al investigador y a la materia objeto de su estudio.

La comprensión dialéctica de la verdad ayuda también  en  la  lucha  contra  el  dogmatismo  y  el

revisionismo, tendencias contrarias al marxismo, que no  aceptan  el  carácter  relativo  y  concreto  de  la verdad, como lo proclama el materialismo dialéctico,

aunque de palabra le muestren acatamiento. El dogmatismo  toma  las  proposiciones  teóricas  como

una  verdad  absoluta  y  universal  que  puede  ser aplicada por igual a todos los casos. sin tener en consideración la situación concreta y prescindiendo

de la aparición de nuevos fenómenos. Y al contrario, el revisionismo -cuando se trata de su método- cae en

un   relativismo   extremo,   a   cualquier   verdad   le atribuye un carácter meramente relativo y rechaza los principios básicos del marxismo, que constituyen su

esencia revolucionaria.

La  dialéctica  marxista  revela  los  vicios metafísicos  del  dogmatismo  y  del  revisionismo.

Acepta el carácter relativo de nuestros conocimientos

y no deja que ninguna fórmula teórica se osifique y convierta en dogma; pide la aplicación concreta de

cualquier   verdad   general.  Al   propio   tiempo,   la

 

 

 

dialéctica afirma que en el proceso del conocimiento se  reúnen  y  acumulan  elementos  de  la  verdad absoluta, entre los que se encuentran los principios básicos   de   la   doctrina   marxista-leninista.   Estos pueden y deben ser ampliados, enriquecidos y concretados en concordancia con los datos de la práctica social y de la ciencia, pero no es posible prescindir  de  ellos,  porque  eso  equivaldría  a traicionar la verdad.

 

4. La práctica como criterio de la verdad

Para que una idea o teoría científica pueda prestar servicios a la sociedad ha de ser verdadera. Y para comprobar  si  una  teoría  es  verdadera  o  falsa  es

preciso confrontarla con la realidad y ver si corresponde o no a ella.

¿Cómo hacerlo? Este problema ha sido considerado, y con razón, como uno de los más difíciles  y,  durante  largo  tiempo,  los  filósofos  no

pudieron  encontrar  el  modo  de  resolverlo. Únicamente    Marx    lo    hizo.    Comprendió    la

inconsistencia de los intentos de encontrar la norma valorativa   o   criterio   de   la   verdad   en   la   sola conciencia del hombre y estableció que el hombre

puede demostrar la veracidad y potencia de su pensamiento en el proceso de la actividad práctica y

nada más que en él.

En efecto, el hombre no tiene otro modo de comprobar la veracidad de sus conocimientos que no

sea el de dirigirse a la práctica. Esta, que es la base y el objeto final del conocimiento, es también la norma

suprema que nos permite determinar lo que es verdadero y lo que es falso. La práctica es el criterio

valorativo de la verdad.

El materialismo dialéctico comprende la práctica como  un  proceso  en  el  que  el  hombre,  como  ser

material que es, actúa sobre la realidad material que le rodea. La práctica es toda la actividad material de

los hombres que modifica el mundo, y lo primero de todo su actividad de producción y revolucionaria de la sociedad.

En la producción fabril es donde más extendida está la forma de comprobación práctica de las ideas

científicas y técnicas: se trata de las pruebas y del empleo en gran escala de máquinas, aparatos y procesos tecnológicos.

En   el   trabajo   de   investigación   científica   la práctica adopta a menudo el carácter de experimento,

es decir, de irrupción activa del hombre en los fenómenos  naturales;  apoyándose  en  hipótesis teóricas   conocidas,   se   crean   artificialmente   las

condiciones para la producción -o al contrario, para el cese- del fenómeno que se estudia.

En los casos en que la acción directa sobre el objeto que se estudia es imposible -por ejemplo, cuando se trata de una estrella-, la comprobación de

nuestras  representaciones  acerca  de  él  se  logra

 

conocimientos  que  las  observaciones  astronómicas nos  proporcionan  y  con  los  datos  de  las  ciencias afines (en este caso, de la física).

En   ocasiones,   las   ideas   nuevas   pueden   ser sometidas a comprobación por vía indirecta, es decir,

comparándolas con las teorías y leyes científicas que

ya poseen el carácter de leyes objetivas. El sistema de conocimientos de que la humanidad dispone permite en bastantes casos juzgar acerca de ciertas ideas sin tener que recurrir al experimento. Así, si algún inventor propone un nuevo proyecto de "perpetuum  mobile",  ningún  establecimiento científico del mundo construirá un modelo del mismo para su comprobación práctica, ni examinará siquiera tal  proyecto.  La  idea  del  "perpetuum  mobile"  se opone a las leyes fundamentales de la naturaleza y su falsedad  es  evidente  sin  llegar  a  comprobación alguna. Ello no significa que en este caso no exista el criterio valorativo de la práctica. No, obra también, pero lo hace indirectamente, a través de verdades ya comprobadas y confirmadas por la experiencia de generaciones anteriores.

La práctica es también el criterio valorativo de la verdad en la ciencia de la sociedad. En este caso

entendemos por práctica no las acciones de determinados individuos, sino la actividad de grandes

grupos sociales, de las clases y de los partidos. El criterio valorativo de la verdad de las teorías sociales no  puede  ser  otro  que  la  labor  de  producción  y

revolucionaria de las masas.

La Gran Revolución Socialista de Octubre fue una brillante comprobación del análisis que Marx hizo

del   modo   capitalista   de   producción   y   de   su

conclusión  de  que  el  capitalismo  había  de desaparecer forzosamente para ser sustituido por el sistema socialista.

El materialismo dialéctico, que presenta la acción práctica  como  criterio  valorativo  de  la  verdad,  no

olvida, ni mucho menos, la importancia del pensamiento. Según escribe Marx, todos los secretos de la teoría "encuentran su solución racional en la

práctica humana y en la comprensión de esta práctica".62 Al determinar la veracidad de las ideas y teorías, el pensamiento cumple un papel de primer orden. La práctica, como criterio valorativo de la verdad, no es un aparato cuya aguja indique automáticamente lo "verdadero" y lo "falso". En su labor práctica los hombres alcanzan determinados resultados cuyo valor es preciso comprender y descifrar.

No  siempre,  por  ejemplo,  cuando  la  primera prueba de un nuevo modelo o invento resultó fallida,

se puede afirmar, sin más, que el proyecto mismo es

inservible. Sólo un análisis atento de las ideas en que descansa y de las condiciones en que el proyecto fue realizado nos permitirá adquirir una noción correcta del resultado obtenido.

 

comparándolas    con         todo       el            conjunto               de           los                         

62 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. III, pág. 3.

 

 

 

La práctica no permanece quieta, siempre cambia, se desarrolla y avanza. Amplíanse sin cesar la esfera de acción del hombre y las posibilidades de su penetración en el mundo que le rodea. A veces transcurre bastante tiempo antes de que la práctica se encuentre  en  condiciones de  confirmar  una  u otra idea. Tarde o temprano, empero, la idea verdadera encuentra confirmación. Así, por ejemplo, la esfericidad de la Tierra se tuvo durante largo tiempo en tela de juicio y era rechazada como herética, hasta que la primera vuelta al mundo, emprendida bajo la dirección de Magallanes en 1519-1522, vino a poner fin para siempre a todas las dudas.

Si la práctica crece y se desarrolla, forzosamente ha de haber en ella elementos viejos y nuevos. De ahí

que  no  toda  práctica  sea  un  criterio  seguro  de  la

verdad.  Los  conservadores,  que  luchan  contra  las ideas nuevas, también se escudan a menudo en la práctica, pero  es  una  práctica del día de ayer.  La teoría avanzada se apoya siempre en la práctica avanzada. Esta es la que proporciona datos para valorar  la  veracidad  de  una  teoría,  la  que  brinda nuevo material a la ciencia, despierta el pensamiento y lo hace avanzar.

De la misma manera que la verdad relativa contiene cierta parte de verdad absoluta, la práctica, históricamente limitada en cada momento concreto, posee también un valor permanente, al ser la forma constante y obligatoria como el hombre se relaciona con el mundo objetivo.

 

El pragmatismo como filosofía del gran negocio,

En los países capitalistas, y especialmente en los

Estados Unidos, goza de predicamento una corriente filosófica conocida con el nombre de "pragmatismo" (del   griego   "pragma",   obra   o   acción).   Ciertos filósofos burgueses tratan de buscar afinidades entre él y el marxismo, apoyándose en que el pragmatismo habla siempre de la acción y se remite a la comprobación práctica de las ideas y teorías. Haciéndose eco de la propaganda burguesa, también los revisionistas han empezado a difamar a los marxistas, a quienes tachan de pragmáticos.

En realidad, el marxismo no tiene nada que ver con el pragmatismo, que es una doctrina falsa e idealista en la que toma cuerpo la ideología de la burguesía imperialista. El pragmatismo habla de la práctica y se hace pasar como una "filosofía de la acción", aunque su comprensión de la práctica es subjetiva y propia del individualismo burgués y descansa en las concepciones anticientíficas del irracionalismo del mundo, que no es dado conocer a los hombres.

El leitmotiv del pragmatismo es la idea de que el hombre ha de obrar en un mundo del que nada fidedigno  puede  saber.  Según  el  pragmatismo,  el

 

que no se presta a la comprensión racional. "Acaso nos encontremos en el mundo -dice James, uno de los fundadores del pragmatismo- como los perros y los gatos  en  nuestras  bibliotecas;  ven  los  libros  y escuchan las conversaciones, pero no sacan de nada de esto el menor sentido."63

¿Qué es lo que puede guiar al hombre si se le quitan los conocimientos? James propone, en vez de los conocimientos, la fe inconsciente e irracional, y ante todo la fe religiosa, que excluye todo pensamiento lógico.

Otros  pragmáticos,  a  la  cabeza  de  los  cuales figura Dewey, preconizan la "lógica instrumental" o "experimental", que en el fondo se reduce a buscar, según el método de pruebas y errores, los tipos de conducta que más convienen a una situación dada. Según  los  pragmáticos,  el  pensamiento  no proporciona conocimientos, sino únicamente la capacidad para salir de una situación dificultosa y alcanzar el éxito.

En consonancia con esto, afirman que los conceptos, leyes y teorías de la ciencia no son un

reflejo o copia de la realidad objetiva, sino "planes de

acción", "herramientas" o "instrumentos" que ayudan a alcanzar determinados fines. Si la idea o la teoría

"funciona" y conduce al éxito, es buena, o sea es

verdadera; en caso contrario es mala, o sea es falsa. El pragmatismo no admite ningún otro significado de los conceptos de verdadero y de falso.

Las  proposiciones  de  la  religión  las  considera muy  útiles;  quiere  decirse  que  las  toma  como

verdaderas. Este principio de utilidad no lo restringen los  pragmáticos  a  la  esfera  del  conocimiento;  lo

consideran valedero para todas las formas de la actividad espiritual y práctica, por lo que, de hecho, el  viejo  lema  de  los  jesuitas  -"el  fin  justifica  los

medios"- es lo que mejor expresa la visión que ellos tienen de la vida.

Los pragmáticos niegan la realidad objetiva del mundo que nos rodea; considéranlo como una masa imprecisa   e   indefinida,   como   un   material   de

"experiencia"  que  es  capaz  de  adoptar  cualquier forma en consonancia con los fines que los hombres

se proponen. El mundo, dicen, es "plástico", siempre es  tal  como  lo  hemos  hecho  y  "acepta voluntariamente la  violencia  del  hombre".  No  hay

hechos objetivos, "tozudos"; hay sólo las interpretaciones  que  nosotros  les  damos.  Toda  la

realidad es puesta así bajo la dependencia completa del sujeto y de su voluntad.

Por   lo   tanto,   el   pragmatismo   parte   de   una

comprensión deformada de la práctica, desorbita el carácter activo y volitivo de la acción humana y lo convierte en la base de la realidad. Mas, contrariamente a las afirmaciones de los pragmáticos, la   actividad   del   hombre   no   crea   el   mundo

 

mundo  que  tenemos  ante  nosotros  es  un  caos  de                           

 

sensaciones y vivencias privado de unidad interior y

 

63   W.  James, El  universo desde el  punto de  vista pluralista,

Moscú, 1911, página 170.

 

 

 

circundante; no hace más que cambiar y transformar una realidad que existe con independencia de nosotros. Para alcanzar éxito, la actividad consciente del hombre ha de apoyarse en el conocimiento de las propiedades objetivas de las cosas y de las leyes que las  rigen.  La  acción  no  excluye  el  conocimiento, como  afirman  los  pragmáticos,  sino  que  lo presupone. Pueden darse algunos casos, es cierto, en que una idea falsa puede conducir, de momento, a un éxito parcial. Pero tal éxito suele ser muy pasajero, como lo fue el "éxito" del hitlerismo, que se apoyaba en las aberraciones fascistas.

La filosofía del pragmatismo, que presenta el mundo    entero    como    una    realidad    "plástica",

absolutamente maleable, infunde la falsa idea de que la voluntad, la energía y la decisión de obrar pueden

asegurar el logro de cualquier fin al margen por completo de las condiciones y leyes objetivas.

El pragmatismo es, ante todo, la concepción de

los  "hombres  enérgicos  de  negocios",  de  los magnates del capital y los monopolistas, que se creen los dueños absolutos del mundo capitalista. Con su desprecio   de   los   hechos   objetivos,   la   filosofía idealista del pragmatismo da pábulo a las tendencias aventureras y agresivas en el campo de la política y proporciona una base teórica a la política "desde las posiciones de fuerza". Al no admitir la diferencia objetiva entre lo verdadero y lo falso, y al identificar la verdad con la utilidad, el pragmatismo estimula la falta de principios y da armas para que la clase dominante justifique cualquier mentira y cualquier acto criminal que ella considere útil. Esa justificación del espíritu agresivo, de la violencia y del engaño - que es lo que se desprende de la esencia misma del pragmatismo- responde a los intereses de los círculos más reaccionarios del imperialismo. No en vano Mussolini confesaba que había aprendido mucho en James y veía en el pragmatismo la "piedra angular del fascismo".

Paralelamente, la subordinación a la utilidad inmediata en que el pragmatismo coloca toda la labor

práctica y teórica contribuye a desarrollar una visión subjetivista, estrechamente practicista y oportunista

de la vida. Aplicado al movimiento obrero, el pragmatismo significa la invitación a concretarse a los  asuntos  de  menor  cuantía,  a  la  "lucha  por  el

centavo"; significa la pérdida de las perspectivas y la traición a los intereses de clase del proletariado.

La filosofía del pragmatismo es absolutamente hostil  a  la  concepción  científica  progresiva  del mundo.

 

5. Necesidad y libertad

El gran valor que la filosofía marxista encierra está en que proporciona a los trabajadores el conocimiento de las leyes de desarrollo del mundo

objetivo y de la transformación del mismo. Es un instrumento    poderoso    en    la    lucha    por    la

 

emancipación de los trabajadores de toda forma de opresión, por la creación de una vida nueva y libre.

Ahora bien, ¿es posible la libertad del hombre?

¿Es  éste  capaz  de  convertirse  en  el  dueño  de  su propio  destino?  Hace  mucho  que  las  gentes  se

hicieron estas preguntas, aunque nadie pudo dar una

respuesta que les convenciese.

Al  examinar  el  problema  de  la  libertad,  los filósofos  llegaban  a  conclusiones  diversas,  pero

igualmente erróneas.

Unos caían en el fatalismo y negaban la libertad, al admitir que todas las acciones del hombre vienen

predeterminadas  desde  un  principio.  El  fatalismo

religioso (musulmanes, calvinistas) afirma que la voluntad  del  hombre  ha  sido  predeterminada  por

Dios.  Los  materialistas  metafísicos  (Holbach,  por

ejemplo) hablaban de la necesidad natural de la naturaleza, que ata por completo al hombre y no deja lugar para la libertad de sus acciones.

Muchas tendencias idealistas, al contrario, niegan la necesidad natural, por cuanto deducen el mundo

entero de la conciencia o de la voluntad del hombre. Admiten la libertad completa y llegan a afirmar la arbitrariedad  absoluta.  Tales  teorías  filosóficas  se

hallan presididas por el indeterminismo; un ejemplo de ellas puede ser la "filosofía de la existencia", que

anteriormente hemos examinado.

Entre los filósofos anteriores a Marx, el que dio una solución más profunda al problema de la libertad

y la necesidad fue Hegel, aunque lo desarrolló, como toda  su  doctrina,  sobre  una  base  idealista.  Hegel

trataba de relacionar la libertad y la necesidad, definiendo la primera como necesidad comprendida.

Pero por necesidad entendía el desarrollo necesario de la idea absoluta, y la libertad, según su doctrina, se ejercía exclusivamente en la esfera del espíritu.

El vicio radical de las doctrinas de Hegel y de todos  los  idealistas  reside  en  que  la  libertad  la

entienden como algo que incumbe únicamente al espíritu, a la conciencia, sin preocuparse lo más mínimo de las condiciones reales en que el hombre

vive. Además, se refieren siempre a la libertad del individuo,  pasando  por  alto  el  problema  de  la

liberación de las masas.

El             materialismo         dialéctico              proporciona         una solución  científica  del  problema  de  las  relaciones

entre  libertad  y  necesidad.  La  dialéctica  marxista toma la necesidad como base y, al mismo tiempo,

admite la posibilidad de que el hombre sea libre. La libertad real no hay que buscarla en la imaginaria independencia  del  hombre  respecto  de  las  leyes

naturales y sociales (independencia que no puede darse), sino en el conocimiento de esas leyes y en las

acciones a que tal conocimiento nos mueve.

Los  hombres  no  son  seres  sobrenaturales;  no pueden   rebasar   los   límites   de   las   leyes   de   la

naturaleza, de la misma manera que no pueden por menos de respirar. Además, viven en sociedad y no

 

 

pueden rehuir la acción de las leyes de la vida social. Dentro de su arbitrio no les es dado ni suprimir las leyes  existentes  del  desarrollo  social  ni  implantar otras nuevas.

Pero los hombres pueden conocer las leyes de la naturaleza y de la sociedad y, sabiendo el carácter y la orientación de sus acciones, valerse de ellas en interés propio, es decir, colocarlas a su servicio.

Prueba de que es posible utilizar las leyes de la naturaleza y ponerlas al servicio del hombre es toda

la  técnica  de  nuestros  días,  que  se  basa  en  el

aprovechamiento dirigido de esas leyes, y no en la ignorancia de las mismas.

El problema es infinitamente más difícil cuando

se trata de las leyes de la vida social, que durante miles de años imperaron sobre el hombre como una fuerza extraña y enemiga. El trabajador se veía esclavizado por las leyes elementales de la vida económica y por el poder de las clases explotadoras.

La  emancipación  del  hombre  de  la  esclavitud social   y   de   clase,   la   conquista   de   la   libertad representa un largo y penoso proceso histórico. Sólo en nuestra época se ha acelerado ese proceso, abarcando  a   masas  de  millones  y  millones  de hombres a quienes la doctrina del marxismo- leninismo inspira y alienta a la lucha por el comunismo. La creación de la sociedad comunista significará un salto del reino de la necesidad al reino de la libertad.

En   el   curso   del   milenario   desarrollo   de   la sociedad, subordinados como se encuentran a la necesidad objetiva, que no depende de sus propias voluntades, los hombres avanzan en su empresa de reducir las fuerzas elementales de la naturaleza y de crear las premisas para su emancipación social. Este proceso  histórico  obedece  a  leyes  sociales específicas, que no tienen nada que ver con las leyes de  la  naturaleza.  Del  estudio  de  esas  leyes  que dirigen el desarrollo de la sociedad humana se ocupa otra parte de la filosofía marxista-leninista, el materialismo histórico, a la exposición del cual pasamos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SECCIÓN  SEGUNDA.

LA CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA

 

 

 

Capitulo  IV. Esencia del materialismo histórico

1. Transformación revolucionaria en las concepciones sobre la sociedad

Desde tiempos muy antiguos los hombres trataron

de  dilucidar  qué  es  lo  que  determina  el  régimen social y cómo se desarrolla la sociedad humana. Y

esto no sólo por el simple deseo de comprender la sociedad en que viven, sino también porque ello se

relaciona de manera muy estrecha con los problemas más  candentes  de  su  vida  y  afecta  en  muchos sentidos a intereses que les tocan muy de cerca.

¿Son accidentales los regímenes existentes en la sociedad o vienen condicionados por causas que no

podemos ver, pero que se imponen al individuo? ¿Es posible cambiar esos regímenes o están los hombres condenados  a  subordinarse  eternamente  a  ellos?

¿Qué fuerzas pueden mejorar la suerte de millones de gentes a quienes en el transcurso de miles de años

oprimió, esclavizó y humilló un puñado de privilegiados? ¿Se puede alcanzar el bienestar y la

libertad para todos, y no sólo para la minoría? Y en caso afirmativo, ¿cómo conseguirlo? ¿Quién conducirá la humanidad a la deseada meta? Y por

último, ¿hacia dónde se dirige la humanidad, hacia la prosperidad y el progreso o hacia el estancamiento y

la decadencia?

Pensadores   de   todos   los   tiempos   y   pueblos trataron de responder a estas preguntas. Pero durante

muchos siglos sus teorías y concepciones se veían invariablemente  refutadas  por  la  crítica  de  otros

pensadores y por la crítica del tiempo, por toda la marcha que la historia seguía en su ulterior desenvolvimiento. El camino seguido en el estudio

de la sociedad resultó ser extraordinariamente difícil y largo.

Esto se debe a que la vida social es mucho más compleja que el desarrollo de la naturaleza. Dentro de lo que nosotros podemos observar, los fenómenos

naturales se repiten con relativa regularidad y esto nos  ayuda  a  comprender  su  esencia.  Captar  esa

regularidad, esa repetición en la vida social es una empresa mucho más trabajosa. Lógicamente, esto dificulta su conocimiento y hace que no podamos

advertir en ella una determinada ley.

Hay otra diferencia no menos importante. En la

 

naturaleza tratamos con la acción de fuerzas impersonales y elementales. En la historia, el sujeto son los hombres, provistos de conciencia y voluntad y que siempre persiguen unos u otros fines. Al asomarnos a los fenómenos sociales parece que lo principal es dilucidar los motivos que impulsan a los hombres a la acción: saber qué propósitos se marcaba determinada  personalidad  para  comprender claramente por qué obró así y no de otro modo. Pero tal explicación psicológica de la vida social, predominante en la sociología anterior a Marx y que hasta hoy día impera en las teorías burguesas, es superficial e insuficiente.

Cierto que cada persona obra guiándose por determinados motivos y busca determinados fines. Mas, en primer lugar, ¿por qué el individuo se inclina por estos motivos y fines, y no por otros? Y en segundo, un estudio superficial de la historia es bastante para señalarnos que los fines e intereses de los   hombres,   y   por   consiguiente   sus   acciones, siempre entraron en conflicto y que el resultado final de   ese   conflicto   o   choque   -el   acontecimiento histórico- difería sensiblemente de lo que cada uno de sus participantes aspiraba.

Así, muchos hombres de la revolución francesa de

1789-1794 estaban persuadidos de que establecían el reino  de  la  razón  y  de  la  justicia  eterna,  de  que creaban una sociedad basada en la igualdad natural y en los derechos inalienables del hombre. Muy pronto, sin embargo, pudo verse que lo único que habían hecho era allanar el camino para la dominación de clase de la burguesía. En vez de la desigualdad de antes -entre los señores y los siervos- dieron paso a la desigualdad entre la burguesía y los obreros.

En su deseo de hallar satisfacción a sus intereses inmediatos,   los   hombres   no   podían   prever   de

ordinario los resultados sociales de sus propios actos,

y esto convierte la historia de la sociedad en un proceso tan espontáneo como lo es la historia de la

naturaleza. Mucho antes de Marx advirtióse ya esta

contradicción entre la actividad consciente del individuo y el carácter elemental del desarrollo de la sociedad en su conjunto, aunque nadie acertó a dar una explicación correcta de ello. En su estudio de la marcha concreta de la historia nadie iba más allá de

 

 

 

las conjeturas acerca de los fines y motivos que impulsaron a cada personaje, con lo que el proceso histórico se convertía en un cúmulo de fortuitas contingencias. Quienes trataban de enfocar la historia como   un   proceso   sometido   a   la   necesidad   no tardaban en deslizarse hasta el fatalismo, al considerarla como efecto de la acción de una fuerza exterior (Dios, la "idea absoluta", la "razón mundial", etc.) determinante de los actos de los hombres.

La concepción idealista de la historia, alimentada por la propia complejidad del desarrollo social, contaba con el decidido apoyo de las clases explotadoras, interesadas como estaban en ocultar las causas verdaderas de la desigualdad social y económica, de la riqueza y el poder de unos y de la miseria y la falta de derechos de los otros. Gracias a los esfuerzos de esas clases, las concepciones idealistas acerca de la sociedad siguen hoy día ejerciendo influencia sobre los hombres y gozan de gran predicamento en los países capitalistas.

Para  explicar  las  causas  que  dan  origen  a  las ideas, opiniones y actos conscientes de los hombres

se  requería  un  brusco  viraje  revolucionario  en  la

manera  misma  de  enfocar los fenómenos  sociales. Este  viraje  fue  posible  únicamente  después  de  la

consolidación    del    capitalismo,    que    puso    al

descubierto las raíces materiales -económicas- de la lucha de clases, y después de la aparición en la palestra histórica de la clase obrera, la primera clase que en la historia, como se demostrará más adelante, no teme una consciente explicación científica de la sociedad y, lo que es más, tiene un interés directo en alcanzar dicha explicación.

Sólo en estas condiciones fue posible la empresa científica de Marx y Engels, quienes aplicaron el materialismo dialéctico al estudio de la sociedad y de su historia y crearon la teoría científica de las leyes generales del desarrollo social. Esta teoría es el materialismo histórico o concepción materialista  de la historia.

La revolución producida por Marx y Engels en la ciencia   social   se   traduce,   ante   todo,   en   su

demostración de que en la sociedad no obra ninguna

fuerza misteriosa del más allá; los propios hombres son quienes crean su historia. Esto significaba un golpe de muerte para toda clase de concepciones místicas acerca de la sociedad y señalaba la vía para comprender la historia como un proceso natural que no necesita de ninguna intervención exterior.

Por otra parte, el marxismo determinó que los hombres crean su historia no según su arbitrio, sino

de conformidad con las condiciones objetivas materiales que heredaron de generaciones pasadas.

Esto significaba un golpe de muerte para el voluntarismo y el subjetivismo y señalaba la vía para comprender  la  historia  como  un  proceso  sujeto  a

leyes.

La tesis de la cual parte el materialismo histórico

 

quedó formulada por Marx del siguiente modo: "No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, su ser social determina su conciencia." Con otras palabras, en la sociedad, lo mismo que en la naturaleza, el ser o la vida material es lo primario, lo determinante con relación a la vida espiritual, a la conciencia.

Esto se refiere, está claro, no al ser y la conciencia de unas u otras personas, sino de grandes grupos, de

clases y capas sociales, de toda la sociedad, en fin; es decir, no al ser y a la conciencia individual, sino

social.

En  la  comprensión  marxista  de  la  conciencia social   entra   el   conjunto   de   teorías   políticas   y

jurídicas, de concepciones religiosas, filosóficas y morales   de   cada   sociedad;   entran   también   las

ciencias sociales, el arte y la psicología social (sentimientos sociales, estado de los espíritus, costumbres, etc.). El ser social es la vida material de

la sociedad con toda su complejidad y su carácter contradictorio.

¿Qué  es  lo  que  concretamente  se  entiende  por vida material de la sociedad, que, según establece el materialismo histórico, determina toda la fisonomía

del cuerpo social, de su régimen, sus concepciones y sus instituciones?

 

2. El modo de producción como base material de la vida de la sociedad

A la vida material de la sociedad se refiere, ante

todo, el trabajo de los hombres, por el que éstos producen  los  objetos  y  bienes  necesarios  para  su

subsistencia: alimentos, vestidos, viviendas, etc. El

trabajo es una necesidad natural eterna, condición indispensable para que la sociedad pueda existir. Como decía Engels, antes de dedicarse a la política, la ciencia, el arte o la religión, los hombres necesitan comer, beber, tener una vivienda y vestirse.64

Las premisas materiales naturales del proceso de producción son el medio geográfico y la población. Sin embargo, aunque estas condiciones ejercen sensible influencia sobre la marcha del desarrollo social, lo aceleran o frenan, no son lo que constituye la base del proceso histórico. En un mismo medio natural pueden existir regímenes sociales diferentes, y la densidad de población influye de manera diversa en distintas condiciones históricas. A diferencia de los animales, que se adaptan pasivamente al medio, el hombre obra sobre él activamente, obteniendo los bienes materiales necesarios para su existencia con ayuda del trabajo, el cual presupone el empleo y fabricación de instrumentos especiales.

La sociedad no puede elegir esos instrumentos a su arbitrio. Cada nueva generación, cuando llega a la

vida,    se    encuentra    con    los    instrumentos    de

producción que crearon generaciones anteriores, y de

 

 

64 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II. Moscú, 1955, pág.

157.

 

 

 

ellos se vale, perfeccionándolos y modificándolos gradualmente. La sociedad no puede renunciar a ellos y  volver  a  instrumentos  de  épocas  pasadas  -del tractor al arado romano, de la industria maquinizada al rudimentario taller del artesano medieval-, pues esto  significaría  la  muerte,  si  no  de  la  sociedad entera, sí de la mayoría de sus miembros, al escasear los bienes materiales necesarios para la vida de una población muy acrecida.

Al  mismo  tiempo,  el  progreso  de  esos instrumentos se halla subordinado a un cierto orden de sucesión. La humanidad no pudo, por ejemplo, pasar directamente del hacha de piedra a la central electroatómica. Cada perfeccionamiento o invento tiene que ser consecuencia de los anteriores, ha de apoyarse en la gradual acumulación de experiencia productiva, de hábitos de trabajo y de conocimientos dentro del propio país o dentro de otro país más avanzado.

Pero los instrumentos de trabajo no funcionan por sí mismos. El papel central en el proceso de producción corresponde a los hombres, a los trabajadores que crean y ponen en acción esos instrumentos gracias a sus hábitos y a la experiencia que poseen.

Los instrumentos de producción, los medios de trabajo  con  ayuda  de  los  cuales  son  creados  los

bienes materiales, y los hombres que llevan a cabo el

proceso de producción apoyándose en la experiencia que  a  este  respecto  poseen,  forman  las  fuerzas

productivas de la sociedad.

La producción no es obra del hombre aislado, a semejanza de Robinson en su isla deshabitada. Tiene siempre un carácter social. En el proceso de producción de bienes materiales, los hombres, quiéranlo o no, se relacionan de un modo o de otro, y el trabajo de cada productor se convierte en una partícula del trabajo social.

Incluso en las primeras fases de la historia, los hombres hubieron de unirse para subsistir, para, con ayuda de los instrumentos más toscos, lograr lo medios de existencia en lucha con las fieras, los elementos, etc. A medida que la división social del trabajo se desarrolla, esta dependencia recíproca de los hombres no hace sino crecer. Así, al aparecer las industrias, el campesino depende del artesano, los artesanos  dependen  unos  de  otros  y  de  los campesinos, etc. Los productores se hallan relacionados, pues, entre sí por numerosos vínculos.

Tales vínculos no se refieren únicamente a la relación  entre  productores  de  diferentes  ramas  de

producción. En un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas, según veremos más abajo,

la propiedad sobre todos los medios de producción, o sobre los fundamentales, se ve separada de los productores directos y se concentra en manos de un

reducido número de miembros de la sociedad. Entonces  los  productores  y  los  instrumentos  de

 

trabajo no pueden unirse y el proceso de producción no tiene lugar si los dueños de los medios de producción y los productores no establecen entre sí determinadas relaciones. Esas relaciones que los hombres establecen en el curso de la producción son relaciones  de  clases,  o  lo  que  es  lo  mismo,  de grandes grupos humanos de los cuales unos poseen los medios de producción y se apropian del producto del trabajo de los otros, que carecen total o parcialmente de medios de producción y se ven obligados a trabajar para los primeros. Por ejemplo, en  la  sociedad  burguesa  la  clase  capitalista  no trabaja, pero, como es propietaria de fábricas y ferrocarriles, etc., puede apropiarse de los frutos del trabajo de los obreros. Y éstos, quiéranlo o no, sólo pueden ganar el sustento vendiendo su trabajo a los capitalistas, puesto que carecen de medios de producción.

Las relaciones que los hombres establecen en el curso de la producción de bienes materiales fueron

denominadas  por  Marx  y  Engels  relaciones   de

producción.   Se   les   da   también   el   nombre   de relaciones económicas o de propiedad, puesto que su carácter depende de quién es el propietario de los medios de producción.

Las relaciones de producción tienen lugar fuera de la conciencia de los hombres, y en este sentido son

de   índole   material.   El   carácter   de   ellas   viene

determinado por el nivel de desarrollo y el carácter de    las    fuerzas    productivas.    Las    relaciones

económicas  propias  de  la  esclavitud,  por  ejemplo,

habrían sido imposibles en la sociedad primitiva. Primero, porque los instrumentos de trabajo eran tan rudimentarios (mazas, hachas de piedra) que cualquiera podía hacerlos, por lo que la propiedad privada sobre ellos era imposible. Y segundo, porque nadie habría podido explotar a otros trabajadores, puesto que la productividad era tal que apenas si bastaba para satisfacer sus propias necesidades y el sostenimiento  de  clases  parasitarias  era materialmente imposible.

Este ejemplo nos dice ya que las relaciones que los hombres establecen en el proceso de producción y las fuerzas productivas no se muestran aisladas unas de otras, sino que se mantienen en determinada unidad. El materialismo histórico expresa esa unidad de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción mediante el concepto de modo de producción.

 

Cómo se desarrolla la producción.

Por cuanto el modo de producción es la base material de la vida de la sociedad, la historia de esta última es, ante todo, la historia del desarrollo de la producción, la historia de los modos de producción que se van sucediendo conforme las fuerzas productivas se incrementan.

¿Cómo se produce este desarrollo? ¿Qué es lo que

 

 

 

lo impulsa?

Los hechos señalan que las fuentes del desarrollo de la producción hay que buscarlas dentro de ella

misma,  y  no  fuera.  Así  lo  subraya  Marx  cuando

define la historia como un "estado social" de los hombres "en proceso de autodesarrollo".65

En el proceso del trabajo los hombres obran sobre la naturaleza y la modifican. Pero al propio tiempo cambian  ellos  mismos:  acumulan  experiencia  de

producción,   hábitos   de   trabajo   y   conocimientos acerca  del  mundo  que  les  rodea.  Todo  esto  les

permite modernizar los instrumentos de trabajo y modos de empleo de los mismos, inventar otros nuevos  y  perfeccionar  de  una  manera  u  otra  el

proceso de producción. Y cada uno de esos perfeccionamientos o inventos trae consigo nuevos

avances, y en ocasiones dan lugar a una verdadera revolución en la técnica y en la productividad del trabajo.

Ahora  bien,  según  se  indicaba  antes,  la producción presupone obligatoriamente unas u otras

relaciones entre el hombre y la naturaleza y también entre  aquellos  que  participan  en  el  proceso productivo. Estas relaciones, a su vez, influyen sobre

el desarrollo de las fuerzas productivas, son un estímulo en la actividad de los productores directos y

de las clases poseedoras de los instrumentos de trabajo. De las relaciones de producción dependen las leyes económicas de cada modo de producción, las

condiciones de vida y de trabajo de quienes están ocupados  en  este  proceso  y  otros  factores  que

influyen  sobre  el  desarrollo  de  las  fuerzas productivas.

 

Interacción de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción.

La unidad de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, expresada en el modo de

producción, no excluye en modo alguno las contradicciones entre ellas.

Estas       contradicciones   obedecen             al             desigual

desarrollo que siguen ambos elementos del modo de producción: las relaciones económicas y las fuerzas productivas. La técnica, los hábitos de producción y la experiencia de trabajo, en su conjunto -lo mismo si se trata de toda su historia que de un modo concreto de producción- siguen más o menos un creo cimiento constante. Son el elemento más revolucionario y mutable de la producción.

En cuanto a las relaciones de producción, si bien sufren   algunos   cambios   durante   el   período   de

existencia de un modo de producción concreto, no se ven   afectadas   en   su   esencia.   El   capitalismo

monopolista de Estado, por ejemplo, tal como existe en nuestros días, presenta sensibles diferencias si lo comparamos con el capitalismo del siglo XIX. No

obstante,  la  base  de  las  relaciones  capitalistas  de

 

65 C. Marx y F. Engels, Obras. ed. cit, .t. IX. pág. 136.

 

producción -la propiedad privada sobre los instrumentos y medios de producción- sigue siendo la misma, o sea que las leyes fundamentales del capitalismo se mantienen en vigor. Los cambios radicales de las relaciones económicas presentan obligatoriamente el carácter de salto, de solución de la continuidad, que significa la supresión de las relaciones de producción viejas y su sustitución por otras nuevas, es decir, la aparición de un nuevo modo de producción.

De   aquí   se   deduce   claramente   por   qué   la concordancia  entre  las  relaciones  económicas  y  el

carácter  de las fuerzas  productivas  sólo  puede  ser

transitoria y provisional en la historia de cada modo de producción hasta que se llega a la época socialista.

De  ordinario,  esa  concordancia  existe  en  la  fase

inicial de desarrollo del modo de producción, cuando se afirman las nuevas relaciones de producción que corresponden a la fase alcanzada en el desarrollo de las fuerzas productivas. Mas después de esto, de ordinario se acelera el progreso de la técnica, la acumulación de experiencia de trabajo y conocimientos. Y esa aceleración confirma la beneficiosa  influencia  de  las  relaciones  de producción  sobre  el  avance  de  las  fuerzas productivas. Cuando las relaciones económicas guardan concordancia con estas últimas, el desarrollo marcha por un camino relativamente liso y llano.

Pero las relaciones económicas no pueden seguir al paso de las fuerzas de producción. En la sociedad

de clases, una vez surgidas, dichas relaciones toman

cuerpo jurídica y políticamente en las formas de propiedad, en las leyes, en la política de las clases, en el Estado, etc.

A  medida  que  las  fuerzas  productivas  crecen, entre ellas y las relaciones de producción se ahonda

inevitablemente la discrepancia hasta transformarse por  último  en  conflicto,  pues  las  relaciones  de

producción, ya caducas, se convierten en un estorbo para que las fuerzas productivas sigan adelante.

Así  vemos  lo  que  ocurre  con  las  relaciones

económicas de la sociedad feudal; basadas en la propiedad  del  señor  sobre  la  tierra  con  los campesinos a ella adscritos, hubo un tiempo que correspondían a las fuerzas productivas con que contaba la sociedad, y por eso ayudaban a su desarrollo. Pero la situación cambia cuando la industria (manufacturera, y luego con empleo de máquinas)  comienza  su  rápido  avance:  la servidumbre se convierte en un freno que dificultaba el progreso de la industria; ésta necesitaba de trabajadores personalmente libres y desprovistos de medios de producción propios, a los que el hambre empujase a las fábricas para colocarse bajo el yugo del  capitalista.  Un  claro  ejemplo  de  discordancia entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas nos lo ofrece el capitalismo moderno. No otra   cosa   significan   las   catastróficas   crisis,   las

 

 

 

guerras, la disminución del ritmo de desarrollo económico, etc.

El conflicto entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas agudiza las contradicciones

en las distintas esferas de la vida social, y ante todo entre  las  clases,  de  las  que  unas  se  mantienen

vinculadas por sus intereses a lo viejo y otras ven su porvenir en las nuevas relaciones económicas que comienzan a madurar.

La sociedad no puede volver atrás, no puede regresar a fuerzas productivas que correspondiesen a

unas  relaciones  de  producción  ya  caducas;  y  no puede  aunque  las  clases  que  se  encuentran  en  el poder  comprendiesen  que  solamente  ahí  estaba  su

salvación. Tarde o temprano, el conflicto es resuelto por  otro  camino,  el  único  posible:  la  supresión

revolucionaria de las viejas relaciones de producción, que son sustituidas por otras en consonancia con el carácter   de   las   fuerzas   productivas   y   con   las

necesidades de su ulterior desarrollo. Da comienzo un nuevo ciclo que atraviesa las mismas etapas y, si

se trata de una sociedad de clases antagónicas, de nuevo culmina con la desaparición del viejo modo de producción y con la aparición de otro nuevo.

 

3. Base y superestructura

Hemos visto que el estado de las fuerzas productivas determina el carácter de las relaciones de producción  de  los  hombres,  es  decir,  el  régimen

económico de la sociedad. Este régimen económico es, a su vez, la base  sobre la cual surgen las más

variadas  relaciones  sociales,  ideas  e  instituciones. Las  ideas  sociales  (políticas,  jurídicas,  filosóficas,

religiosas, etc.) y las instituciones y organizaciones (el Estado, la Iglesia, los partidos políticos, etc.) surgidas   sobre   una   base   concreta   forman   la

superestructura de la sociedad. La teoría de la base y la superestructura explica la manera como el modo

de producción determina en última instancia todos los aspectos de la vida social, y muestra la relación que existe entre las relaciones sociales económicas y

todas las demás relaciones de una sociedad concreta.

Cada sociedad históricamente concreta tiene su base    específica    y    la    superestructura    que    le

corresponde.

De la forma de propiedad imperante depende la división  social  de  la  sociedad,  las  clases  que  la

integran, y esto, a su vez, determina el carácter de las

instituciones políticas y de las normas jurídicas. La monarquía es inconcebible con el socialismo, y el sufragio   universal   habría   sido   imposible   en   la sociedad esclavista. Las relaciones feudales de producción  presuponen,  según  veremos  más adelante, la dependencia no sólo económica, sino también personal del campesino respecto del dueño de la tierra (servidumbre). En el derecho feudal esto toma  cuerpo  en  la  desigualdad  jurídica  de campesinos  y  señores:  los  primeros,  además  de

 

apropiarse del trabajo de los segundos, intervenían en todos los aspectos de su vida, mientras que el siervo carecía de derechos.

El paso a las relaciones capitalistas de producción trae   consigo   los   cambios   consiguientes   en   las

relaciones   jurídicas.   La   coerción   directa   y   la

dependencia  personal  son  sustituidas  por  la "disciplina del hambre", y esto, jurídicamente, se traduce en la igualdad formal que la ley establece entre el obrero y el capitalista. Mas como el derecho burgués  se  basa  en  el  sistema  de  la  propiedad privada,  la  igualdad  que  proclama  no  hace  en  el fondo más que robustecer la situación dominante de las clases propietarias. Quiere decirse que las relaciones políticas y jurídicas derivan de las relaciones económicas y vienen determinadas por estas últimas,

Lo           mismo    ocurre    con         las           concepciones filosóficas, religiosas, morales, artísticas y otras ideas

sociales. Sabemos, por ejemplo, que en la sociedad primitiva los prisioneros capturados en las guerras

entre las tribus eran muertos y a veces devorados. Más tarde comenzaron a reducirlos a la esclavitud.

¿Por   qué   se   "dulcificaron"   así   las   costumbres

sociales? Sencillamente, porque el aumento de la productividad del trabajo hizo posible la apropiación del trabajo ajeno, la explotación del hombre por el hombre. Esta base económica dio origen a nuevas costumbres, a concepciones nuevas propias de la época esclavista.

De la misma manera, los cambios operados en las relaciones de           producción           bajo        el            socialismo

conducen   a   una   transformación   radical   de   las

concepciones, la moral y las normas de conducta de los miembros de la sociedad. Bajo el capitalismo, la especulación es una profesión como cualquiera otra, como podría serlo la de médico o de abogado; en el mejor de los casos es reglamentada (en interés de los especuladores  grandes  y  en  perjuicio  de  los pequeños), pero siempre se halla respaldada por la ley, lo mismo que las instituciones que se hallan a su servicio (como, por ejemplo, la Bolsa). No puede ser de otra manera en una sociedad en la que la explotación del trabajo ajeno se ve protegida por la ley y el dinero es el valor supremo, el nivel por el que se miden todas las virtudes. Con el socialismo, en cambio, tales acciones no sólo tienen la condena moral de la sociedad, sino que son perseguidas por la ley.

La circunstancia de que la base predetermina el carácter   de   la   superestructura   nos   lleva   a   la

conclusión de que cada cambio de la base -relaciones de  producción-  trae  consigo  la  sustitución  de  la

superestructura, o sea modificaciones radicales en cuanto a la organización del Estado, al derecho, a las relaciones políticas, a la moral y a la ideología. A su

vez, la superestructura influye sobre las relaciones de producción, puede frenar o acelerar el cambio de las

 

 

 

mismas. Está claro, por ejemplo, que las instituciones políticas de la burguesía moderna (en primer lugar el Estado), su derecho y su ideología contribuyen en gran manera a conservar la propiedad capitalista y frenan  su  sustitución  por  la  propiedad  social socialista, aunque ese cambio se presenta como algo desde hace tiempo maduro.

En la superestructura de toda sociedad de clases, las ideas e instituciones de la clase dominante son las

que  prevalecen.  A su lado, sin  embargo,  se encuentran las ideas y organizaciones de las clases

oprimidas, a las que ayudan a defender sus intereses.

Así,  la  escisión  de  la  sociedad  burguesa  en obreros y capitalistas halla tarde o temprano reflejo

en la conciencia de unos y otros. Esto hace que junto a la ideología de clase y a las organizaciones de la

burguesía -el Estado, los partidos políticos, la prensa, etc.- aparezcan y se desarrollen en la sociedad la ideología  y  las  organizaciones  de  la  clase  obrera.

Tarde o temprano, los obreros adquieren conciencia de que son una clase específica, de la comunidad de sus intereses y de la incompatibilidad que éstos presentan con los intereses de los capitalistas. La conciencia de su interés de clase hace que los obreros

se   unan   para   la   lucha   en   común   contra   los capitalistas. La parte avanzada de la clase obrera se

agrupa en un partido político, aparecen los sindicatos y otras organizaciones de masas de los trabajadores. Las  relaciones  que  unen  a  los  proletarios  en  una

organización de clase -partido político, sindicato- son ya relaciones que antes de establecerse pasaron por la

conciencia de los hombres, pues los obreros ingresan en el partido conscientemente, por su propia voluntad

y movidos por motivos ideológicos. Entre los obreros se desarrolla la solidaridad de clase, su propia moral, que se opone a la moral de la burguesía dominante.

Así, sobre la base real de las relaciones de clase se eleva         toda        una         pirámide               de           concepciones,

sentimientos sociales y organizaciones e instituciones políticas y de otro género: todo esto es lo que abarca el concepto de superestructura.

En ninguna sociedad es casual la combinación de sus               diferentes             aspectos:              fuerzas   productivas,

economía, política, ideología, etc. No puede haber una sociedad en la que a las fuerzas productivas de la época    capitalista,    tomemos    por    caso,    fuesen

incorporadas relaciones de producción propias del feudalismo  y sobre ellas se erigiese una ideología

esclavista.

El carácter de las fuerzas productivas y el nivel de su  desarrollo  predeterminan  las  relaciones  que  los

hombres establecen entre sí en el proceso de producción; y estas relaciones forman la base sobre

la que, a su vez, se levanta determinada superestructura política e ideológica. Cada sociedad es por esto un organismo completo, lo que se llama

una   formación   económico-social,   es   decir,   un

 

de producción, su base y su superestructura.

El concepto de formación político-social tiene un valor formidable para toda la ciencia de la sociedad.

Nos permite comprender por qué, a pesar de toda la

gran variedad de detalles concretos, la totalidad de los pueblos recorren en líneas generales un mismo camino.  La  historia  de  cada  uno  de  ellos,  en resumidas cuentas, viene condicionada por el desarrollo  de  las  fuerzas  productivas,  que  se subordina a unas mismas leyes internas. La sociedad avanza mediante una sucesión consecutiva y sujeta a leyes de las formaciones económico-sociales; y el pueblo que vive dentro de una formación más avanzada muestra al resto su futuro, de la misma manera que fuera de él ve su pasado.

La   doctrina   de   las   formaciones   económico- sociales arranca su velo místico a la historia de la

humanidad,  que  ahora  puede  ser  comprendida  y

conocida. "El caos y la arbitrariedad que hasta ahora reinaban en las ideas de la historia y en la política

han   sido   sustituidos   por   una   teoría   científica

asombrosamente completa y armónica, que muestra la manera como de una forma de vida social, a consecuencia del incremento de las fuerzas productivas, se desarrolla otra más elevada..." (Lenin).66

 

4.  La  historia  como  desarrollo  y  cambio  de formaciones económico-sociales

El materialismo histórico no impone a la historia

esquemas preconcebidos, no trata de ajustar a sus conclusiones los acontecimientos del pasado y del

presente.   Todo   lo   contrario,   él   mismo   es   una

generalización científica de la historia.

La conclusión de que la historia de la humanidad es  una         sucesión consecutiva          de           formaciones

económico-sociales descansa en los conocimientos fidedignos que poseemos del pasado. La humanidad

en su conjunto ha conocido cuatro formaciones: comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo y capitalismo,  y  actualmente  vive  en  una  época  de

transición a la formación siguiente, el comunismo, la primera  fase  del  cual  es  lo  que  se  conoce  como

socialismo.

¿Cuáles son las características principales de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción

de  estas  formaciones?  ¿En  qué  dirección  se desarrolló la superestructura política e ideológica que

se levantaba sobre la base, sobre las relaciones de producción de cada una de ellas?

A continuación trataremos de dar respuesta a estas

preguntas, refiriéndonos sólo, se comprende, a los rasgos más generales de las formaciones económico- sociales y prescindiendo de los detalles y rasgos específicos secundarios que tan abundantes son en la historia de cada país y de cada época.

 

determinado tipo histórico de sociedad con su modo                             

66 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XIX. pág. 5.

 

 

 

Régimen de la comunidad primitiva.

El régimen de la comunidad primitiva es, históricamente,  la  primera  forma  que  la  sociedad

adopta  después  de  que  el  hombre  se  separa  del

mundo  animal,  cuando,  en  un  largo  proceso  de trabajo, adquirió las cualidades que le diferencian del resto de los seres vivos.

Los instrumentos de trabajo de que la humanidad disponía  en  las  fases  iníciales  del  régimen  de  la

comunidad  primitiva  no  podían ser  más rudimentarios:  la  porra,  el  hacha  de  piedra,  el

cuchillo y la punta de lanza del mismo material; más tarde son inventados el arco y la flecha. La única fuerza   motora   que   entonces   se   conocía   era   el

músculo del hombre.

El nivel de las fuerzas productivas hallábase en concordancia con las relaciones de producción que

existían     entre     los     hombres.     Con     aquellos

instrumentos de trabajo y armas el individuo aislado era  incapaz  de  hacer  frente  a  las  fuerzas  de  la

naturaleza y de proporcionarse sustento. Únicamente

el trabajo en común (la caza, la pesca, etc.) de todos los miembros de la comunidad primitiva, su solidaridad y recíproca ayuda podían asegurarles la obtención de los recursos necesarios para su vida. El trabajo  en  común  traía  consigo  la  propiedad  en común de los medios de producción que era la base de las relaciones de producción en aquella época. Todos cuantos integraban la comunidad hallábanse en relaciones iguales respecto de los medios de producción; nadie podía despojar de ellos al resto y atribuírselos en propiedad privada.

Al no existir propiedad privada no podía haber explotación   del   hombre   por   el   hombre.   Los

rudimentarios     instrumentos     de     trabajo,     aun

utilizándose en común, daban un rendimiento tan mísero que apenas si cada individuo podía obtener lo

necesario  para  su  sustento.  No  había  excedente

alguno de que se pudiera desposeer al productor en beneficio de otros miembros de la sociedad. Y como no  existía  la  explotación  del  trabajo  ajeno,  no  se sentía   la   necesidad   de   un   aparato   especial   de coerción. Las sencillas funciones del gobierno de la comunidad eran ejercidas colectivamente o encomendadas a los hombres más respetados y expertos.

Las  características  de  la  comunidad  primitiva como formación económico-social venían determinadas, pues, por el bajo nivel de desarrollo de la producción, por la impotencia en que el hombre se veía ante una naturaleza hostil. En la conciencia de los hombres de aquella época imperan concepciones religiosas de una ingenuidad infantil; en todo se someten ciegamente al poder de la tradición y de la costumbre. El mundo se encontraba para ellos reducido  al  marco  de  la  tribu;  todo  lo  demás  se hallaba fuera de la ley y las tribus mantenían entre sí cruentas   guerras.   El   régimen   de   la   comunidad

 

primitiva, aunque sin las deformaciones ni los repelentes rasgos que la explotación impone a la sociedad y a los hombres, estuvo muy lejos de ser la "Edad de Oro" del género humano.

Con el tiempo, el régimen de la comunidad primitiva entra en una fase de desintegración. Las causas de su decadencia y desaparición residían en el desarrollo de las fuerzas productivas. Los hombres llegan poco o poco a aprender el arte de fundir el metal. Las armas e instrumentos de piedra van siendo desplazados. Se propaga el empleo del arado con reja metálica, las hachas de metal, las puntas de flecha y lanza de bronce y de hierro, etc. El progreso de las fuerzas productivas -de los instrumentos de trabajo y de los hábitos y costumbres de los trabajadores- da lugar a importantes cambios en la estructura social. Prodúcese la división social del trabajo: la agricultura y el pastoreo, y luego las industrias artesanas, se segregan como ocupaciones especiales. Comienza a ampliarse el intercambio de productos del trabajo, primero entre las tribus y después en el seno de la propia comunidad. Gradualmente se hace innecesario el trabajo en común de la comunidad entera. La tribu y la gens se descomponen en familias, cada una de las cuales se convierte en una unidad económica autónoma.  El  trabajo  se  concentra  en  dichas unidades, aparece la propiedad privada y se hace posible  la  explotación:  la  producción  había progresado tanto que la fuerza de trabajo humana rendía ya más de lo necesario para el simple sustento del propio trabajador.

El   perfeccionamiento   de   los   instrumentos   y hábitos de trabajo fue impuesto por la necesidad, por el deseo de los hombres de aliviar su trabajo y de disponer de reservas para hacer frente a las calamidades naturales. Mas con ese perfeccionamiento, los hombres -al margen de su voluntad, inconscientemente, sin adivinar siquiera las consecuencias sociales a que esto conduciría- preparaban una transformación completa de la sociedad: el paso de la formación de la comunidad primitiva a la del esclavismo. Las fuerzas productivas de  la  sociedad,  al  acrecerse,  exigían  nuevas relaciones de producción entre los hombres.

 

El régimen de la esclavitud.

La base de las relaciones de producción de este régimen  es  la  propiedad  privada  del  esclavista  no sólo sobre los medios de producción, sino también sobre  los  propios  trabajadores,  sobre  los  esclavos. Esta propiedad del señor sobre los esclavos y todo cuanto éstos producen viene impuesta por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de la época, suficientemente alto como para que fuese posible la explotación de los trabajadores. Al mismo tiempo, sin embargo, era aún tan bajo, que la explotación de los trabajadores, apropiándose parte del producto por ellos  producido,  era  sólo  posible  reduciendo  su

 

 

 

consumo al mínimo, dejándoles lo estrictamente necesario para que no se muriesen de hambre. Esto podía hacerse únicamente privando a los explotados de   toda   clase   de   derechos,   reduciéndolos   a   la situación de "instrumentos que hablan" y empleando con ellos las medidas de coerción más feroces.

El cambio de las relaciones de producción revolucionó las esferas restantes de la vida social.

Las  relaciones  de  colaboración  y  solidaridad,

propias de la comunidad primitiva, dejaron paso a relaciones de dominación de una parte de la sociedad sobre la otra, a relaciones de explotación, de opresión y de hostilidad irreductible. La sociedad se escindió en clases antagónicas: la de los esclavistas y la de los esclavos.

La época de la esclavitud aportó a los trabajadores terribles calamidades y sufrimientos. "Los intereses

más bajos -la avidez vulgar, la grosera pasión por los

placeres, la sórdida codicia, la expoliación egoísta del patrimonio común- sacan de pila a la sociedad

nueva, civilizada, de clase; los medios más odiosos,

el robo, la violencia, la perfidia y la traición, minan el viejo régimen gentilicio sin clases y conducen a su caída."67  Así describe Engels la época de transición del régimen de la comunidad primitiva al esclavismo.

La feroz explotación de que eran objeto los esclavos  provoca  en  ellos  una  desesperada resistencia. Para aplastarla no servían los viejos órganos de gobierno de la gens y la tribu; requeríase un aparato especial de violencia, y éste fue el Estado. La nueva institución había de proteger la propiedad de los esclavistas y asegurar la afluencia constante de esclavos; a esta situación eran reducidos los prisioneros de guerra y los deudores insolventes. A la vez que el Estado nació el derecho, o sistema de normas  y  prescripciones  jurídicas  en  las  que  se recogía la voluntad de la clase dominante y cuya observancia obligatoria era impuesta por el propio Estado. Aparecieron nuevas costumbres y una ideología específica de la sociedad esclavista. Entre los opresores se va extendiendo el desprecio hacia el trabajo físico, en el que empieza a verse una ocupación indigna del hombre libre; se arraiga la idea de la desigualdad de los hombres.

Y a pesar de todo esto, el régimen esclavista significaba un gran paso adelante en la evolución de

la humanidad. Prosigue la división social del trabajo, con  la  diferenciación  entre  la  agricultura  y  las

industrias urbanas y en el seno de estas últimas. La división del trabajo significaba, a su vez, la especialización  de  los  instrumentos  y  un  nuevo

caudal de experiencia. En la agricultura, junto al cultivo    de    cereales    aparecen    ramas    nuevas

(horticultura, fruticultura, etc.). Se inventan aperos como el arado de ruedas, el rastrillo y la guadaña. La fuerza  muscular  del  hombre  se  ve  completada  en

gran  escala  por  la  de  los  animales.  El  trabajo  de

 

67 C. Marx y F. Engels, Obra, escogidas. ed. cit., t. II. pág. 240.

 

verdaderas masas de esclavos permite la construcción de  presas  y  sistemas  de  riego,  de  caminos  y  de barcos, de conducciones de agua y de grandes edificios urbanos. Y cuando parte de los miembros de  la  sociedad  quedan  libres  de  la  participación directa en la producción -gracias a la explotación de los esclavos-, crean las condiciones para el progreso de la ciencia y de las artes.

Llega, sin embargo, un tiempo en que se agotan las posibilidades de progreso que el modo esclavista

de    producción    implicaba;    sus    relaciones    de

producción se convierten en una traba que dificulta el desarrollo de las fuerzas productivas. Los señores, disponiendo como disponían de los esclavos, que exigían muy pocos dispendios, no mostraban interés por el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo. A mayor abundamiento, no se podía confiar al esclavo instrumentos complicados y costosos, puesto que no tenía el menor interés en el resultado de su trabajo. Las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas imponían cada vez más imperiosamente la supresión de las viejas relaciones de producción.

Esto únicamente podía hacerlo una revolución social, cuya fuerza motriz eran las clases y capas que

más sufrían del régimen esclavista y que, por tanto,

se hallaban más interesadas en su supresión. Eran los esclavos y la parte más pobre de la población libre. A medida  que  las  contradicciones  se  ahondan  en  el viejo   modo   de   producción,   la   lucha   de   clases adquiere mayor virulencia. Sus formas son muy variadas, desde la premeditada inutilización de los instrumentos de trabajo hasta los levantamientos en los que participan decenas de miles de hombres. En última instancia, el régimen esclavista cae bajo los golpes conjuntos de las insurrecciones de las clases trabajadoras  y  de  las  incursiones  de  las  tribus bárbaras vecinas, a las que era ya incapaz de hacer frente aquel Estado debilitado por las contradicciones internas y las guerras. Lo sustituye una nueva formación: el feudalismo.

 

El régimen feudal.

La base de las relaciones de producción de este régimen es la propiedad de los señores sobre los medios de producción, y en primer lugar de la tierra (el término de "feudalismo" procede de la palabra latina "feudo"; así se llamaban las tierras que el rey distribuía entre sus allegados, a cambio de lo cual éstos habían de prestarle servicio militar). Los campesinos dependían de los señores, pero no en propiedad plena.68  El señor tenía derecho al trabajo del campesino, que se hallaba adscrito a la tierra y estaba  obligado  a  cumplir  en  beneficio  de  aquél

 

 

68  En algunos países como, por ejemplo, Rusia, la servidumbre adoptó formas particularmente brutales, que la aproximaban a la esclavitud: el señor podía vender y comprar a los campesinos sin la tierra, etc.

 

 

 

determinadas cargas.

En la sociedad feudal se conocía también la propiedad personal de los campesinos y artesanos. El

siervo recibía un lote de tierra, tenía su economía

individual cuyos productos, una vez satisfechas las cargas debidas a su señor, quedaban a disposición del propio campesino.

Esta característica de las relaciones de producción abría nuevas posibilidades para el incremento de las

fuerzas productivas. El productor directo tenía ya cierto interés material en el resultado de su trabajo.

Por eso no rompe ni estropea los aperos e instrumentos, sino que, al contrario, los cuida celosamente y los perfecciona. La agricultura conoce

nuevos progresos: aparece la rotación de cultivos de tres hojas y se generaliza el uso de abonos.

Aún son más importantes los éxitos de las industrias artesanas, que proporcionaban aperos para el campo, objetos para el uso de los señores feudales

y comerciantes, utensilios, armas y pertrechos militares. El progreso de las industrias artesanas y del

comercio favoreció el crecimiento de las ciudades, que con el tiempo se convierten en grandes centros económicos,  políticos  y  culturales,  en  la  cuna  del

modo capitalista de producción.

La época del feudalismo conoce descubrimientos que habían de dejar honda huella en la historia: los

hombres  aprenden  a  convertir  el  hierro  colado  en

dulce, a construir barcos de vela apropiados para largos   viajes,   a   preparar   sencillos   instrumentos

ópticos (gafas, anteojos de larga vista), inventan la

brújula, la pólvora, el papel, la imprenta y el reloj de cuerda. A la energía muscular del hombre y de los animales se incorpora cada vez más la energía del viento (molino de viento, barco de vela) y del agua al caer  (molino  de  agua,  rueda  hidráulica,  que  se empleó extraordinariamente en la Edad Media).

El cambio de las relaciones de producción propias del esclavismo por las feudales trajo consigo grandes

modificaciones en toda la vida de la sociedad.

Modificóse, lo primero de todo, la estructura de clase. La clase dominante pasó a ser la de los señores

feudales, que eran los propietarios de la tierra. La

otra clase fundamental eran los campesinos siervos. Las relaciones entre unos y otros eran de carácter antagónico,  se  basaban  en  la  contradicción irreductible de sus intereses de clase. Las formas de la explotación, aunque un tanto suavizadas en comparación con la esclavitud, eran extraordinariamente  duras.  Como  antes,  la explotación de los siervos basábase en la coerción extraeconómica. Movido por estímulos puramente económicos,   por   su   interés   material,   el   siervo trabajaba únicamente en su lote de tierra. La mayor parte del tiempo había de hacerlo para el señor, sin que por ello percibiese remuneración alguna. Lo que principalmente le hacía trabajar en este caso era el

 

la amenaza de perder todos sus bienes personales, de que el señor podía desposeerle.

La lucha de clases se eleva en la sociedad feudal a un nivel más alto de lo que se había conocido bajo el

esclavismo. Los levantamientos campesinos se extienden a veces a grandes territorios. Del volumen

de su resistencia a los señores son prueba las guerras campesinas, que sacudieron sucesivamente un país tras otro: la insurrección de Wat Tyler en Inglaterra

(siglo XIV) y la de la Jacquerie  en Francia (siglos

XIV y XV), la guerra campesina de Alemania (siglo

XVI),  el  levantamiento  de  los  taipines  en  China (siglo XIX) y de los sikhos en la India (siglos XVII y XVIII), los movimientos de Bolótnikoz, Razin (siglo XVII) y Pugachev (siglo XVIII) en Rusia, etc.

La superestructura política e ideológica de la sociedad feudal es un reflejo de las características

que adoptan la explotación y la lucha de clases. Para

explotar  y  mantener  sujetos  a  los  campesinos,  el

Estado feudal había de recurrir a la fuerza armada de que disponía no sólo el poder central, sino también cada señor. Este, dentro de sus feudos, era el dueño absoluto, señor de horca y cuchillo.

El derecho reafirma la desigualdad social y económica del feudalismo; las clases y capas sociales

adoptan  la  forma  de  estamentos:  nobleza,  clero,

campesinos, comerciantes, etc. Las relaciones entre los estamentos y dentro de cada uno de ellos eran de estricta subordinación y dependencia personal. Los compartimientos estancos en que la sociedad estaba dividida eran un obstáculo para el paso de un peldaño a otro en la jerarquía feudal. En la vida espiritual, el primer puesto lo ocupaba la Iglesia.

Conforme las fuerzas productivas se desarrollan, se llega al choque entre las relaciones de producción imperantes en el feudalismo y la superestructura política e ideológica que tales relaciones predeterminaban. Junto a los pequeños talleres artesanos aparecen grandes manufacturas basadas en la técnica artesanal, pero en las cuales las distintas operaciones estaban especializadas y se empleaba a operarios no sometidos a servidumbre. Cuando la joven burguesía de Europa creaba sus manufacturas no tenía la menor noción, se comprende, de las consecuencias que esto iba a acarrear; los único que perseguía era su beneficio directo. Según indica acertadamente J. V. Stalin, la burguesía, entonces en sus comienzos, "no advertía ni comprendía que esta

«pequeña» innovación había de conducir a una reagrupación de las fuerzas sociales que terminaría con   la   revolución   contra   el   poder   real,   cuyas mercedes tanto estimaba, y contra los nobles, en el seno de los cuales soñaban a menudo con entrar sus mejores representantes..."69

Tampoco pensaban en las consecuencias sociales de sus actos los emprendedores mercaderes cuando ampliaban su comercio y, con ayuda de las tropas del

 

temor al castigo, la pena que ello llevaba acarreada, y                           

69 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. rusa, 1953, pág. 599.

 

 

 

rey, se apoderaban de nuevos mercados más allá de los mares. El incremento del intercambio condujo, a su vez, a un rápido progreso de la producción. A esto contribuyeron  también  los  descubrimientos científicos y técnicos realizados en los siglos XVI y XVII.

Poco a poco, en el seno del régimen feudal se va estructurando el modo capitalista de producción. Para desenvolverse libremente hace falta que se ponga fin al sistema hasta entonces imperante. La burguesía - clase portadora del nuevo modo de producción- necesita un mercado de trabajo "libre", es decir, pide hombres emancipados de la servidumbre y sin propiedad personal alguna, a los cuales el hambre empuje a las fábricas. Necesita un mercado nacional, con supresión de las barreras aduaneras y de todo orden que los señores feudales habían levantado. Quiere la supresión de los impuestos destinados al sostenimiento de la Corte, con los numerosos nobles que vivían a su arrimo, y la anulación de los privilegios   estamentales.  A   lo   que   aspira  es   a imponer libremente su voluntad en todos los órdenes de la vida social.

Alrededor de la burguesía se agrupan todas las clases   y   capas   sociales   descontentas   con   el

feudalismo: desde los siervos de la gleba y la gente

baja de las ciudades, víctimas de la miseria, la humillación y toda clase de desafueros, hasta los hombres de ciencia y escritores avanzados a quienes, cualquiera que fuese su origen, asfixiaba el yugo espiritual del feudalismo y de la Iglesia.

Comienza la época de las revoluciones burguesas.

 

El régimen capitalista.

La base de las relaciones de producción del capitalismo  es  la  propiedad  privada  de  la  clase

dominante sobre los medios de producción. Los capitalistas   explotan   a   la   clase   de   los   obreros

asalariados, emancipados de la dependencia personal, pero obligados a vender su fuerza de trabajo, puesto que carecen de medios de producción.

Las relaciones de producción del capitalismo brindaban amplias posibilidades de desarrollo a las

fuerzas productivas. Aparece y progresa rápidamente la gran producción maquinizada, basada en el aprovechamiento de fuerzas naturales tan poderosas

como el vapor y, más tarde, la electricidad, y en la amplia aplicación de la ciencia. El capitalismo lleva a

cabo la división del trabajo no sólo dentro de cada país, sino también entre los distintos países, creando así el mercado mundial y, luego, el sistema mundial

de economía.

Y   una   vez   más,   el   cambio   del   modo   de producción trae consigo modificaciones en toda la

vida social.

Las clases fundamentales de la sociedad son ahora los capitalistas  y los  obreros.  Las relaciones  entre

ellos    siguen    siendo    antagónicas,    por    cuanto

 

descansan en la explotación y opresión de los que nada tienen por los poderosos. Son las relaciones de una irreductible lucha de clases. Pero los métodos de explotación y opresión cambian sustancialmente: la forma dominante de coerción es la económica. El capitalista no suele necesitar de la fuerza para obligar que trabajen en su beneficio. El obrero, carente de medios de producción, se ve reducido a hacerlo "voluntariamente" bajo la amenaza de la muerte por hambre.  Las  relaciones  de  explotación  se  hallan ahora encubiertas por la "libre" contratación de los obreros por los patronos, por la "libre" compraventa de la fuerza de trabajo.

Cambian los métodos de explotación y cambian también los métodos de la dominación política. Se

hace  posible  el  paso  del  despotismo  descarado,

propio de las formas anteriores, a un despotismo más refinado, revestido con el ropaje de la democracia burguesa. El poder ilimitado del monarca hereditario desaparece, siendo sustituido por la república parlamentaria; implántase el derecho electoral y se proclaman la libertad política de los ciudadanos y la igualdad de todos ante la ley. Esto es lo que mejor correspondía a los principios de la libre competencia, del libre juego de las fuerzas económicas que durante largo tiempo sirvió de base al capitalismo. Al establecimiento del régimen democrático-burgués contribuyó en gran medida la lucha de los trabajadores, y sobre todo de la clase obrera, la constante presión de las masas populares que exigían la implantación de nuevas formas democráticas y la ampliación de las ya vigentes.

Ahora   bien,   con   todas   las   diferencias   que podemos observar entre las superestructuras políticas

e ideológicas de la sociedad burguesa y la feudal, lo

principal seguía en pie: una y otra correspondían a las relaciones propias de la propiedad privada y de la

explotación.  La  parte  preponderante  de  la  nueva

superestructura  correspondía  a  las  instituciones  e ideas de la clase opresora, de la burguesía, y estaban destinadas a defender su dominación de clase y a mantener a las masas explotadas en la obediencia.

La formación capitalista, y así nos lo dice ahora no ya la teoría, sino también la práctica social, es

temporal  y  perecedera.  En  su  seno  maduran  y  se

ahondan los antagonismos irreductibles, y en primer término la contradicción entre el carácter social de la producción y la forma privada de la apropiación.70 La única salida de estas contradicciones es el paso a la propiedad social sobre los medios de producción, es decir, al socialismo.

Pero, lo mismo que ocurrió en otros tiempos, el paso al nuevo modo de producción es posible únicamente mediante la revolución social. La fuerza llamada a realizar esta revolución es la clase obrera,

 

 

70 Al análisis de los modos capitalista y socialista de producción están dedicadas dos secciones de nuestra obra: la tercera y la quinta, respectivamente.

 

 

 

que es engendrada por el propio capitalismo. Agrupa en torno suyo a todos los trabajadores, derroca la dominación del capital y crea el régimen nuevo, socialista, que no conoce la explotación del hombre por el hombre.

 

El régimen socialista.

La base del modo socialista de producción es la propiedad social de los medios de producción. De ahí

que las relaciones de producción de la sociedad socialista sean de colaboración y recíproca ayuda de

los trabajadores no sometidos a explotación alguna. Dichas relaciones corresponden al carácter de las fuerzas   productivas:   el   carácter   social   de   la

producción se ve sostenido por la propiedad social sobre los medios de producción.

A diferencia del régimen de la comunidad primitiva, la socialización de los medios de producción se apoya en este caso en unas fuerzas

productivas, una cultura y un poder del hombre sobre la  naturaleza  infinitamente  superiores.  El  nuevo

régimen brinda a la humanidad posibilidades ilimitadas de progreso en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas y en todos los órdenes de la vida

de la sociedad.

*

Tales son, en sus líneas más generales, las principales etapas que la humanidad ha recorrido.

Todo   cuanto   conocemos   del   pasado   es   una

confirmación patente y viva de la veracidad científica de la interpretación materialista de la historia, la esencia de la cual formuló Marx como sigue en su prefacio a Aportación a la crítica de la economía política:

"En la producción social de su vida, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias y que

no dependen de su voluntad: las relaciones de producción, que corresponden a determinado grado

de  desarrollo  de  sus  fuerzas  materiales  de producción. El conjunto de estas relaciones de producción  forma  la  estructura  económica  de  la

sociedad, la base real sobre la que se eleva la superestructura   jurídica   y   política   y   a   la   que

corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona en general los procesos social, político y

espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, al contrario,

su ser social determina su conciencia. Llegadas a cierto grado de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con

las relaciones de producción existentes, o -lo que es sólo expresión jurídica de esto- con las relaciones de

propiedad dentro de las cuales se desarrollaron hasta entonces. De formas que eran de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en

 

menos rápidamente, se produce la transformación de toda la enorme superestructura."71

 

5. La ley histórica y la actividad  consciente  de los hombres

El desenvolvimiento de la sociedad es un proceso

sujeto a leyes y subordinado a cierta necesidad histórica que no depende de la voluntad ni la conciencia de los hombres. Conocer esa necesidad y dilucidar cuáles son las leyes que determinan la marcha de la historia y el modo como éstas actúan es el fin más importante de la ciencia social, la premisa necesaria para que las leyes objetivas puedan ser aprovechadas en beneficio de la sociedad.

 

Cómo actúan las leyes sociales.

La doctrina marxista del proceso histórico como algo sujeto a leyes se opone por igual a las nociones subjetivistas, que consideran la historia como un conglomerado de hechos casuales, y al fatalismo, que niega el valor de la actividad consciente de los hombres, de su capacidad para influir en la marcha del desarrollo social.

El fatalismo es orgánicamente ajeno a la concepción materialista de la historia, pues las leyes

por  las  que  la  sociedad  se  desarrolla  no  actúan

automáticamente, por sí mismas. Producto como son de  la  actividad  de  los  hombres,  estas  leyes determinan a su vez la orientación general de la actividad humana. Sin los hombres y fuera de la acción  de  éstos,  las  leyes  sociales  no  existen  ni pueden existir.

Tal concepción de la necesidad histórica abre una sustancial   diferencia   entre   los   marxistas   y   los

oportunistas,  quienes,  por  ejemplo,  de  la  acertada

tesis de que el triunfo del socialismo es inevitable llegan a la errónea conclusión de que no hace falta

luchar  contra  el  capitalismo;  hay  que  limitarse  a

esperar a que las "leyes de la historia" conduzcan por sí mismas a la sustitución del capitalismo por el socialismo.

En realidad, estas leyes no hacen la historia por sí mismas,   sin   la   intervención   de   los   hombres.

Únicamente determinan la marcha de la historia a través de la acción, de la lucha y de los esfuerzos orientados de millones de seres humanos.

Los  críticos  burgueses  del  marxismo  pretenden ver una contradicción en el hecho de que sus adeptos

hablan  de  la  sustitución  inevitable  del  capitalismo por  el  socialismo  y,  al  mismo  tiempo,  crean  un partido político para la lucha por el socialismo. A

nadie se le ocurriría, dicen esos críticos, constituir un partido para traer los eclipses de sol, dado que, de

todas las maneras, los eclipses han de producirse.

El  argumento  en  cuestión  demuestra  que  los

"críticos"   burgueses   no   pueden   o   no   quieren

 

una traba. Entonces adviene la época de la revolución                          

 

social. Con el cambio de la base económica, más o

 

71 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I, Moscú, 1955, pág.

322.

 

 

 

comprender la teoría del marxismo ni la marcha de la historia. El eclipse de sol se produce sin intervención alguna de los hombres, mientras que el paso del capitalismo al socialismo significa el cambio de un régimen  social  que  es  producto  de  la  actividad humana y que no puede modificarse por sí mismo. Esa actividad es de por sí un factor necesario del movimiento, sujeto a leyes, de la sociedad hacia el socialismo. Cuando se dice que las leyes objetivas se abrirán camino forzosamente, lo que con ello se expresa no es que los cambios necesarios se producirán por sí mismos en la sociedad, sino que, tarde o temprano, aparecerán fuerzas sociales interesadas en hacer que se cumplan esas leyes, y que con su lucha conseguirán ponerlas en marcha.

El             marxismo-leninismo,          que         examina dialécticamente la ley social, ve que actúa en forma

de  tendencia  predominante  del  desarrollo  de  unas

relaciones sociales concretas. Esto significa que la ley determina la orientación general del movimiento,

como una necesidad que se desprende de unas u otras

condiciones sociales. Pero el desarrollo social es contradictorio, y la marcha concreta de los acontecimientos no depende sólo de las leyes generales, sino de la correlación real de las fuerzas de clase, de la política de las clases en lucha y de otras muchas  condiciones  específicas.  Cuando  los marxistas afirman que el capitalismo será sustituido forzosamente por el socialismo, a lo que se refieren es a lo siguiente: las leyes objetivas de la sociedad capitalista  conducen  obligatoriamente  a  la agudización de sus contradicciones económicas y políticas; esto da origen a una lucha, siempre en aumento,   de   la   clase   obrera   y   de   todos   los trabajadores contra el régimen capitalista, lucha que terminará con la muerte del capitalismo y con el triunfo del socialismo. La lucha de la clase obrera expresa una necesidad histórica, pero a su éxito en cada momento concreto contribuyen muchas circunstancias: el nivel de la conciencia y organización   de   la   clase   obrera,   el   grado   de influencia de los partidos marxistas, la política de los partidos socialistas, la política del Estado burgués, etc. La acción de unos factores puede acercar el triunfo  definitivo  de  la  clase  obrera,  mientras  que otros la retardan. En última instancia, sin embargo, la clase obrera y el socialismo triunfarán inevitablemente. Por eso, cuando los comunistas y sus  aliados  impulsan  la  lucha  de  liberación  de  la clase obrera y de todos los trabajadores y les ayudan a adquirir conciencia y organización, aceleran la marcha de la historia por los cauces que sus propias leyes le dictan y disminuyen los "dolores del parto" de la nueva sociedad.

Por lo tanto, cuando la teoría marxista admite la necesidad del proceso histórico y las leyes que lo

rigen,  lo  hace  subrayando  al  propio  tiempo  el

 

las clases avanzadas. "El marxismo -escribe Lenin- se distingue de todas las demás teorías científicas por la excelente combinación que en él se observa de una completa serenidad científica en el análisis de la situación  objetiva  de  las  cosas  y  de  la  marcha objetiva de la evolución con el más decidido reconocimiento  del  valor  de  la  energía revolucionaria, de la creación revolucionaria, de la iniciativa revolucionaria de las masas, y también, naturalmente, de los individuos, grupos, organizaciones y partidos capaces de buscar y establecer vínculos con unas u otras clases."72

 

Papel de las ideas en el desarrollo de la sociedad. Esta  circunstancia  de  que  la  ley  histórica  se manifiesta en la actividad de los hombres nos lleva a

admitir el enorme papel de las ideas sociales.

Los   críticos   del   marxismo   afirman   que   el materialismo histórico rebaja o niega en absoluto el

papel de las ideas en la historia. Así lo prueba, dicen, que los marxistas consideren la vida espiritual de la

sociedad como un reflejo de su vida material. Pero indicar el origen de las ideas sociales no significa en modo alguno negar o rebajar su significado. Lo cierto

es que el marxismo está muy lejos de negar el valor de las ideas, de los ideales sociales, de las pasiones e

inclinaciones humanas y de todos los impulsos internos  del  hombre.  Los  comunistas  se contradecirían a sí mismos si, a la vez que tratan de

llevar a los trabajadores su ideología científica, de cultivar  en  ellos  el  sentimiento  de  solidaridad  de

clase, el internacionalismo, etc., negasen el valor del factor subjetivo, es decir, de la acción consciente de

los hombres en la historia.

El marxismo se limita a afirmar que las ideas y sentimientos  de  los  hombres  no  son  las  causas

últimas de los acontecimientos históricos, que esas ideas yesos sentimientos prolongan sus raíces hasta

las condiciones de la vida material de la sociedad. Y a renglón seguido, sostiene que las condiciones de la vida material pueden originar unas u otras acciones

de los hombres sólo cuando pasan a través de su conciencia,  cuando  han  dejado  huella  en  ella  en

forma de determinados ideales, concepciones, fines, etc.

La historia del pensamiento social de todos los

pueblos demuestra que la aparición de unas u otras ideas se encuentra en relación íntima con las necesidades de desarrollo de la vida material de la sociedad. Las ideas nuevas, que llaman al cambio del régimen social, aparecen y se propagan únicamente cuando  el  desarrollo  de  la  vida  material  de  la sociedad plantea a los hombres nuevas tareas. Estas, en una u otra forma, son comprendidas por los hombres y toman cuerpo en las ideas correspondientes. Quiere decirse que la propia aparición   y   propagación   de   las   ideas   nuevas,

 

decisivo papel de la lucha activa de los hombres y de                             

72 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XIII. págs. 21-22.

 

 

 

revolucionarias, que llaman al cambio del régimen social, no son algo que surge por azar. Son un reflejo, sujeto a leyes, de las modificaciones producidas en la vida material de la sociedad. Engels escribe, por ejemplo, que el socialismo científico no es sino el reflejo, en el pensamiento de los hombres, del conflicto entre las nuevas fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción, un reflejo en las  cabezas  de  la  clase  obrera,  que  es  la  víctima directa de este conflicto.

Las ideas, que surgen sobre la base de las necesidades materiales de la sociedad, influyen, a su

vez, sobre la marcha del desarrollo social. ¿Cómo se

produce esto?

Cierto  que  las  ideas  no  pueden  actuar directamente, de por sí, sobre la vida material de la sociedad: aparecen y viven en las mentes de los hombres y por eso su influencia sobre la marcha del desarrollo social únicamente se dejará sentir cuando se materialicen en determinados actos, en la conducta del hombre. Y esto ocurre así. Si las ideas responden a las necesidades maduras de la vida social, tarde o temprano  llegan  a  la  conciencia  de  las  grandes masas, conviértense en las propias ideas de las masas y agrupan a éstas en un poderoso ejército alentado por una voluntad y un fin únicos. El descontento y el movimiento espontáneo de las masas se convierte en lucha consciente y organizada. Las ideas dejan de ser simplemente esto, ideas, y se transforman en obra: agrupan y organizan a los hombres y dan lugar a determinadas  acciones   prácticas.   Por  esto  decía Marx que las ideas, cuando prenden en las masas, se convierten en fuerza material.

Cierto que la conciencia social de cada sociedad concreta es un fenómeno complejo y contradictorio. El ser social no es homogéneo y contiene tanto tendencias y fenómenos avanzados y revolucionarios como  viejos  y  reaccionarios.  Esto  encuentra  su reflejo en la conciencia social. De un lado hay ideas viejas  y  reaccionarias,  que  son  expresión  de  las clases caducas y reflejan condiciones sociales que ya agotaron sus posibilidades. Tal es, por ejemplo, la moderna ideología burguesa, que aspira a perpetuar el podrido régimen capitalista. De otro, surge y toma cuerpo la ideología de las clases avanzadas y revolucionarias, cada vez más influyente, que refleja las nuevas necesidades de la vida social y llama a los hombres a ir adelante, por la vía del progreso.

Incluso  cuando  la  clase  dominante  se  ha convertido  en  reaccionaria,  su  ideología  prevalece aún durante largo tiempo: primero, se apoya en la fuerza de la costumbre y de la tradición establecida; segundo, es impuesta activamente por todo el aparato del poder (y ante todo por el Estado) y por las numerosas   instituciones   de   la   clase   dominante (Iglesia, prensa, etc.), que a la vez se oponen a la propagación de las ideas nuevas. Mas la nueva ideología  posee  una  ventaja  decisiva,  puesto  que

 

refleja las necesidades del desarrollo social. Las ideas revolucionarias pueden ser prohibidas, pero no destruidas. Tarde o temprano prenden en las masas y entonces llega la última hora del régimen viejo. Así es como las ideas sociales se insertan en la marcha del desarrollo histórico, siempre sujeto a sus propias leyes.

Este importante papel de las ideas en la historia es lo  que  las  hace  tan  valiosas  en  la  lucha  por  la

transformación revolucionaria de la sociedad. No en vano  propuso  Lenin,  como  primer  paso  para  la

creación del partido marxista en Rusia, la publicación de Iskra, es decir, la propagación de las ideas revolucionarias    entre    los    obreros    para    luego

consolidar la unidad ideológica con una organización material, con el partido político. Sin el trabajo de

movilización, organización y transformación de las ideas nuevas es imposible cumplir las tareas que a la sociedad plantea el desarrollo de su vida material.

Cuanto más elevado es el nivel de la conciencia revolucionaria   de   los   hombres,   cuanto   más   se

extienden las ideas revolucionarias entre las masas, más fácil y rápidamente son cumplidas las tareas que surgen ante la sociedad.

 

Espontaneidad   y  conciencia   en  el  desarrollo social.

El desarrollo de todas las formaciones sociales anteriores al socialismo transcurrió de manera que las

leyes objetivas obraban elementalmente, como una necesidad  ciega  que  se  abría  camino  entre  las

acciones casuales y dispersas de los individuos. Las leyes objetivas imperaban sobre los hombres y eran

concebidas como una fuerza ajena e incomprensible a las cuales habían de someterse.

Esto   no   se   debe,   se   comprende,   a   la   sola

circunstancia de que los hombres no conociesen las leyes  sociales.  La  causa  principal  de  esa espontaneidad del desarrollo social es que la producción material, lo más importante dentro de la vida de la sociedad, permanecía fuera del control de los hombres. La propiedad privada sobre los instrumentos y medios de producción no permite infundir una dirección consciente a la marcha de la sociedad en su conjunto. Cada uno actúa entonces por su cuenta y riesgo en su empresa, en su taller, en su trozo de tierra, y la sociedad como tal se mueve espontáneamente, sin el control consciente de los hombres. Dividida como está en clases hostiles, no tiene una voluntad común que oriente su desarrollo hacia donde las leyes sociales dictan.

El predominio de las fuerzas ciegas de la sociedad ha penetrado profundamente en la psicología de los hombres. Bastará recordar representaciones místicas como la creencia en la suerte, en el sino, como algo que rige la vida y la muerte de los individuos y pueblos, y también, se sobreentiende, la religión.

Pero también en la sociedad de explotadores la

 

 

 

actividad  consciente  de  los  hombres  comienza  a veces a desempeñar ya un gran papel. Nos referimos, sobre  todo,  a  los  períodos  de  las  revoluciones sociales, que presuponen la comprensión de sus principales  tareas  históricas,  siquiera  sea  en  sus líneas más generales, por parte de la clase revolucionaria o, al menos, de su vanguardia. Los ideólogos de la revolución francesa del siglo XVIII no conocían la esencia de las leyes económicas que imponían la sustitución del feudalismo por el capitalismo; no obstante, formularon más o menos acertadamente las reivindicaciones prácticas que de ellas se desprendían (abolición de la dependencia personal de los campesinos y de la reglamentación gremial, supresión de los privilegios de la nobleza, etc.), por cuanto la burguesía tenía un interés vital en que esto se llevase a efecto. Sin embargo, aun siendo así, las consignas acertadas se entrelazaban con otras ilusorias, y los hombres de la Ilustración habrían sentido sin duda gran asombro y desencanto al ver que en vez del "reino de la razón", que sinceramente defendían,  triunfaba  la  más   despiadada  ley  del dinero.

El proletariado es la primera clase de la historia que no alberga ilusión alguna. No necesita engañarse

a      mismo,   pues   la   marcha   objetiva   de   los

acontecimientos no se opone ni se opondrá a sus intereses y fines; todo lo contrario, conduce hacia ellos. Tampoco necesita engañar a otros, pues no busca privilegio alguno en perjuicio del resto de los trabajadores: la clase obrera no puede emanciparse sin liberar a la humanidad entera, sin destruir toda explotación del hombre por el hombre.

La clase obrera comienza a valerse conscientemente de las leyes históricas dentro aún de la sociedad capitalista, cuando adquiere su teoría científica, crea su partido político, agrupa a su alrededor a todas las capas trabajadoras del pueblo y lucha en la dirección que le dictan las leyes objetivas del propio capitalismo, que es el paso al socialismo. La revolución social del proletariado es la primera en la historia en que la vanguardia revolucionaria de las masas  trabajadoras  -el  partido  marxista-leninista- tiene   clara   noción   del  sentido   objetivo   de   sus acciones y dirige conscientemente la lucha de las grandes masas por la transformación revolucionaria del régimen existente.

 

Cuándo son dominadas las leyes del desarrollo social.

En la época del socialismo, gracias a la propiedad

social sobre los medios de producción, los hombres ponen bajo su control la producción de la sociedad en su conjunto. Así pueden fijar, con una base científica, las proporciones entre los distintos sectores de la economía nacional, entre el consumo y la acumulación, entre la producción de artículos de amplio consumo y los ingresos de la población, etc.

 

La concentración en manos de la sociedad socialista de los medios fundamentales de producción permite planificar  la  economía,  lo  cual  asegura  su  rápido ritmo de crecimiento.

El hecho de que los hombres utilicen conscientemente  las  leyes sociales  no  quiere  decir que éstas pierdan su carácter objetivo; la sociedad puede orientarse así libremente en la situación y, teniendo presentes las condiciones objetivas, dirigirse según sus planes hacia los fines propuestos, que son fijados  de  conformidad con  dichas  leyes.  En principio, es lo mismo que cuando nos referimos a las leyes de la naturaleza. El hombre no puede abolir la ley de la gravitación universal, pero conociendo las leyes de la aerodinámica construye aviones que se elevan en el aire venciendo la atracción de la Tierra. De la misma manera, la sociedad no puede establecer a su arbitrio la proporción de las distintas ramas de la economía nacional, pero el conocimiento de estas proporciones objetivas le permite la planificación consciente  de  su  desarrollo,  tomando  en consideración sus necesidades, sin temor a crisis ni desproporciones. Así, la necesidad, propia de los fenómenos sociales, se convierte en necesidad conocida.

Las consecuencias sociales de la utilización consciente de las leyes son de capital importancia.

Primeramente, los hombres dejan de ser esclavos

de  las  leyes;  en  posesión  de  una  teoría  científica como  se  hallan,  pueden  prever  y  prepararse  de

antemano  para  una  u  otra  acción  de  las  leyes,

encaminarla en el sentido que les conviene, etc. En una palabra, los hombres se convierten en señores de sus propias relaciones y de las leyes que las regulan. Y a consecuencia de ello crece el papel de la conciencia social y de la superestructura en su conjunto en el progreso de la sociedad.

Dentro  del  socialismo,  el  conocimiento  de  las leyes  objetivas  se  traduce  ante  todo  en  la  labor

concreta del Partido y del Gobierno en cuanto a la

dirección  de  la  vida  económica.  Cuanto  más profundo es el conocimiento de las leyes que rigen la

economía socialista, tanto más seguros son los actos

del Partido y del Estado al establecer las vías del desarrollo económico del país, tanto más acertada es la dirección de la economía nacional, tanto menor es el peligro de las desproporciones y eventualidades en la marcha de la producción social, tanto más reales son los planes económicos.

En segundo lugar, el conocimiento de las leyes objetivas permite ver claramente la meta final del

movimiento tal y como la esboza la marcha entera del  desarrollo  social.  Se  comprende  que  sabiendo

cuál es la meta, puede llegarse a ella por un camino más recto, ahorrando esfuerzos y recursos.

En  tercer  lugar,  la  coincidencia  de  la  línea

objetiva de desarrollo con los intereses, aspiraciones y deseos de la mayoría de la sociedad multiplica los

 

 

 

entusiasmos, las energías y la tenacidad de las masas para la consecución del fin propuesto, con lo cual el avance de la sociedad se acelera.

 

6. Inconsistencia de la sociología burguesa

El miedo a las leyes de la historia.

El  materialismo  histórico  revela  las  leyes objetivas del desarrollo social y muestra el camino que permite conocerlas y valerse de ellas en interés de la sociedad. La sociología burguesa, en cambio, o bien centra todos sus esfuerzos en demostrar que la sociedad no conoce ley alguna, o bien trata de deformar el contenido de las leyes sociales.

Esta posición de los sociólogos burgueses no es fruto del azar. En otros tiempos, cuando la burguesía

era una clase progresiva, sus ideólogos miraban la

sociedad como parte de la naturaleza y trataban de descubrir las "leyes naturales" de su desarrollo. Y aunque tales intentos no llegaron a rebasar hasta el fin el marco de la concepción idealista de la historia, repercutieron favorablemente en la marcha de la ciencia social. Otra cosa completamente distinta es ahora,  cuando  el  capitalismo  se  encuentra  en  su ocaso.

¿Cómo explicar acontecimientos tan formidables de nuestros tiempos como el triunfo de la Gran Revolución de Octubre, la formación del sistema socialista   mundial,   el   hundimiento   del   sistema colonial del imperialismo, etc.?

Admitir que fueron debidos a la acción de leyes significa reconocer como inevitables el fin del capitalismo y el triunfo del socialismo, es decir, romper con la ideología burguesa. Y los hombres de ciencia burgueses, salvo raras excepciones, no son capaces de llegar hasta ahí. Y negar la existencia de leyes objetivas en los acontecimientos de nuestra época significa forzosamente la renuncia a la idea de la ley histórica en general y al estudio científico de las relaciones sociales. Eso es precisamente lo que caracteriza a la moderna sociología burguesa. El miedo a las leyes de la historia, que condenan a la desaparición al capitalismo, empuja a los sociólogos burgueses a su violenta lucha contra el marxismo- leninismo, sin que se detengan ante la deformación del estado real de cosas.

Según  indicaba  V.  I.  Lenin,  "eliminar  de  la ciencia las leyes no significa en realidad sino introducir las leyes de la religión".73  De ahí que muchos sociólogos burgueses contemporáneos hagan abiertamente  la  propaganda  del  misticismo,  que hablen de la "predeterminación divina" del proceso histórico y de la "fuerza misteriosa de la providencia" que gobierna la marcha de la historia. En la lucha contra la concepción materialista de la historia y la visión científica de los fenómenos sociales se recurre a los procedimientos más diversos. Los más importantes de ellos son: la explicación psicológica

 

73 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 182.

 

del  desarrollo   social;  la  negación  de  las  leyes objetivas de la historia con el pretexto de que los acontecimientos "no se repiten", y, por último, la sustitución de las leyes históricas por leyes de la biología o de otras ciencias naturales.

 

Teoría psicológica de la sociedad.

La explicación psicológica del desarrollo social, que,  como  hemos  visto,  es  característica  de  la

sociología  burguesa  en  períodos  anteriores,  afirma que la vida social es un producto de la conciencia

humana, de la psiquis del hombre. Actualmente la psicología burguesa interpreta la psiquis humana en un sentido irracionalista; el hombre, nos dice, no es

un ser consciente, sino que obra principalmente bajo la influencia de impulsos inconscientes y de instintos

biológicos. Ese es el punto de vista del psiquiatra y sociólogo austríaco Freud, que tan sensible ascendiente  ha  ejercido  en  los  medios  burgueses;

según él, todos los actos de los hombres vienen condicionados por un principio animal, por el instinto

sexual principalmente, y la conciencia no es más que la superestructura de los instintos e inclinaciones del subconsciente. Los sociólogos burgueses deducen de

todo esto la imposibilidad de una acción consciente sobre las relaciones sociales, de impedir las guerras,

etc. Los movimientos revolucionarios son calificados de  "histeria  de  las  masas"  y  a  los  obreros descontentos   con   el   sistema   capitalista   se   les

recomienda acudir al psiquiatra, que les ayudará a

"conformarse" con el régimen existente.

La sociología burguesa no se limita a difamar a las masas que mantienen conscientemente la lucha por la democracia y el socialismo, sino que trata de desacreditar el propio fin que esta lucha persigue, cuando declara inmutable la naturaleza animal del hombre.   Pero   hemos   visto   ya   que   la   psiquis individual no es lo que determina las relaciones sociales, puesto que ella misma depende de las condiciones históricas. Los "salvajes sentimientos" como  la  codicia,  el  "instinto  de  propiedad",  etc., sobre los que escriben los sociólogos burgueses, son en realidad producto de un determinado medio social. La transformación de la conciencia humana en el curso  de   la   revolución  socialista,   tal  como   ha sucedido en la U.R.S.S. y en las democracias populares, la aparición de nuevos rasgos espirituales (por ejemplo, el colectivismo, como oposición al individualismo burgués) no deja piedra sobre piedra de las afirmaciones burguesas acerca de que la naturaleza  humana  no  se  presta  a  modificación alguna.

No corren mejor suerte los autores burgueses que ven el motor principal de la sociedad en la conciencia

"colectiva", de "grupo" o "social". Hemos visto que,

en efecto, la conciencia social, o conjunto de ideas sociales,   desempeña   un   papel   importante.   Pero

bastará preguntarnos por qué en un período concreto

 

 

 

imperan unas ideas, y luego otras distintas, o por qué se  diferencian  las  concepciones  de  las  distintas clases, para comprender con absoluta claridad que la vida espiritual de la sociedad en su conjunto o de cada una de las clases es producto y reflejo de su vida material. Negarlo significa suprimir de un plumazo la ciencia de la sociedad y renunciar al conocimiento de las leyes internas que la rigen. Este punto de vista es el que mantienen los sociólogos más reaccionarios, los irracionalistas, con su afirmación  de  que  la  historia  no  puede  ser  una ciencia y de que no se basa en el conocimiento objetivo, sino en la intuición y en el "acto de fe".

 

Descripción contra explicación.

Bastante más sutiles son los métodos a que en su lucha  contra  el  determinismo  científico  recurre  la

"sociología     empírica",     corriente     que     guarda

relaciones  íntimas  con  la  filosofía  del neopositivismo. Sus voceros defienden de palabra el

estudio   científico   y   objetivo   de   los   fenómenos

sociales, aunque en la práctica toda su "ciencia" se reduce a una simple descripción de hechos sueltos, de los que resulta imposible extraer una conclusión general. Esta actitud se argumenta con razonamientos plausibles acerca de la complejidad de la vida social, del peligro de incurrir en esquematismos, etc. En el mundo no hay dos personas iguales, no hay dos acontecimientos iguales; quiere decirse, concluyen estos sociólogos, que tampoco puede haber leyes generales en el desarrollo histórico.

Pero tal argumentación carece por completo de base. Es verdad que cada acontecimiento histórico se produce  una  vez  y  no  puede  repetirse.  No  puede haber un segundo Napoleón ni un segundo suicidio de Hitler. Mas tal circunstancia no es óbice para que en este proceso individual se den rasgos comunes y que se repiten, de suerte que un estudio profundo nos permite advertir cierta ley. Por diferentes que hayan sido  las  circunstancias  concretas  en  que  se produjeron las dos guerras mundiales, el análisis científico nos dice que ambas se debieron, en última instancia, a una misma causa: la agudización de las contradicciones   entre   las   potencias   imperialistas como consecuencia de su desigual desarrollo económico y político. Por diversas que sean las condiciones de la construcción del socialismo en los distintos países, siempre encontraremos unas leyes generales: la necesidad de la dictadura del proletariado, de la socialización de los medios de producción, etc. El estudio de estos rasgos comunes y que se repiten no conduce al esquematismo y al dogmatismo,  como  afirman,  a  coro  con  los sociólogos  burgueses,  los  modernos  revisionistas; todo lo contrario, es una condición imprescindible cuando se trata de investigar los fenómenos sociales, puesto que nos proporciona una base científica de comparación.

 

Mas la burguesía imperialista siente repugnancia por todo lo que se parezca a ese estudio, ya que inevitablemente pone al desnudo la podredumbre del capitalismo. De ahí que las investigaciones sociológicas se limiten a la descripción de casos parciales y huyan de los problemas generales y básicos.

 

Deformación de las leyes históricas por el social- darvinismo.

Muchos sociólogos burgueses tratan de encubrir

su falsificación de las leyes históricas con un ropaje seudocientífico. Entre sus procedimientos favoritos figura el de reemplazar las leyes sociales por las biológicas. Los adeptos de esta tendencia, aparecida en el siglo XIX y que se conoce con el nombre de social-darvinismo, razonan así: El hombre es parte de la naturaleza, por lo que el desarrollo de la sociedad humana estará sujeto a las mismas leyes que la evolución de las especies biológicas; en la naturaleza nos encontramos con la selección natural y el más fuerte es el que subsiste en la lucha por la existencia: lo mismo ocurre en la sociedad. De ahí se llega a la conclusión de que la lucha de clases es una manifestación de la eterna lucha por la vida, y de que el   sistema   de   explotación   capitalista,   el   yugo colonial, etc., son fenómenos inherentes a la propia esencia biológica del hombre. Por lo tanto, las leyes de la jungla capitalista adquieren fundamentación biológica y son elevadas a la categoría de eternas e inmutables.

No puede haber, empero, nada más falso que semejantes teorías, que dan pie para los más repugnantes prejuicios racistas y de otra índole. "No hay nada más fácil -dice V. I. Lenin- que colgar etiquetas de «energético» o «biólogo-sociológico» a fenómenos como las crisis, las revoluciones, la lucha de clases, etc., pero tampoco hay nada más estéril, escolástico y muerto que esta ocupación."74 Las leyes de desarrollo de la sociedad humana son leyes específicas,  que  se  diferencian  cualitativamente  de las leyes de la naturaleza. A diferencia de los animales, que se adaptan pasivamente a las condiciones naturales, el hombre produce los bienes materiales que le son necesarios. Por eso, siquiera sea,  todos  los  intentos  de  atribuir  a  leyes  de  la biología las calamidades que los trabajadores sufren bajo el capitalismo, no resisten la menor crítica. Contrariamente a lo que sostienen los discípulos del reaccionario Malthus acerca de la "superpoblación" de la tierra, la humanidad está por completo en condiciones de satisfacer sus crecientes necesidades materiales. El sistema de explotación del hombre por el hombre y la lucha de clases a que ello da lugar no es una manifestación de la "lucha por la existencia" biológica, sino consecuencia de un determinado régimen          económico-social          históricamente

 

74 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XIV, pág. 314.

 

 

 

perecedero. Si el capitalista puede explotar al obrero no es porque posea una organización biológica más elevada, sino porque es dueño de los medios de producción,  de  que  el  obrero  carece.  Según demuestra la experiencia de la construcción del socialismo en la U.R.S.S. y en las democracias populares, el régimen socialista pone fin a la desigualdad de clase y a la competencia -el eterno motor del progreso, según la sociología burguesa-, sin   referirnos   ya   a   la   desocupación,   que   los sociólogos burgueses esgrimen como prueba de la superpoblación de la tierra. De la misma manera, el despertar de las colonias y pueblos dependientes de Oriente  y  los  rápidos  progresos  de  su  vida económico-social y su cultura es un hecho que no deja piedra sobre piedra de las odiosas "teorías" que sostienen la "inferioridad" de los pueblos de color y el "derecho biológico" de la raza blanca a dominar el mundo.

Así, pues, todo cuanto la sociología burguesa hace para desacreditar la concepción materialista de la historia y de oponerle sus lucubraciones idealistas y anticientíficas,  recurriendo  para  ello  a  torpes arbitrios, no es sino una prueba más de la quiebra a que   ha   llegado   la   propia   ciencia   social   de   la burguesía.

 

7. Valor de la concepción materialista de la historia para las demás ciencias sociales y para la práctica social

El  materialismo  histórico  y  las  ciencias  de  la

sociedad.

De todo lo dicho se deduce claramente la formidable importancia que el materialismo histórico

tiene para las ciencias sociales específicas y para la

labor práctica de los partidos revolucionarios de la clase obrera. Las ciencias de la sociedad -historia,

economía  política,  derecho,  ética,  estética  y  otras-

estudian aspectos concretos de la vida social o la historia de distintos países y pueblos. La economía política investiga las leyes de desarrollo de la producción social y de distribución de los bienes materiales; las ciencias jurídicas tratan de la superestructura política de la sociedad, del Estado y el derecho; la ética, de la moral social. etc. El materialismo histórico es la ciencia que trata de las leyes generales de desarrollo de la sociedad. En sus conclusiones y tesis sobre la dependencia de la conciencia social respecto del ser social, sobre los cambios del régimen social de conformidad con las modificaciones operadas en las fuerzas productivas, sobre la interacción de la base y la superestructura, etc., quedan formuladas las leyes de la vida de la sociedad  como  un  todo  único.  Ninguna  de  las ciencias sociales concretas hace generalizaciones tan amplias como el materialismo histórico, y de ahí que éste sea la base de todas ellas. El materialismo histórico no pretende suplantar ninguna otra ciencia

 

social; les sirve de método de conocimiento y, a su vez, se apoya en ellas para sus generalizaciones. El conocimiento de las leyes que el materialismo dialéctico descubre, permite comprender el desarrollo de los distintos aspectos de la vida social o la historia concreta de un país determinado. Ninguna de las ciencias sociales puede adquirir una noción correcta de la materia de que se ocupa si no ve claros sus vínculos con los otros aspectos de la vida de la sociedad y no determina claramente el lugar que ocupa  entre  todos  los  fenómenos  del  desarrollo social.

Al mismo tiempo, la concepción materialista de la historia no es una llave maestra que de por sí nos

sirve para explicar cualquier situación o fenómeno histórico.   El   investigador   que   se   guía   por   la

concepción materialista de la historia tiene en sus manos   una   brújula   que   le   ayuda   a   orientarse fielmente    en    los    acontecimientos.    Mas    estos

acontecimientos y las condiciones que los originaron han de ser estudiados con toda la concreción que les

caracteriza. Esto supone cada vez el estudio completo del material histórico, de todos los hechos que se refieren  a  una  u  otra  época.  Sólo  así  se  puede

encontrar el vínculo interno de los acontecimientos históricos y explicarlos de tal manera que no sean

una simple exposición del pasado y el presente, sino que permitan la previsión científica del futuro.

 

La previsión científica.

Los filósofos y sociólogos burgueses, que niegan las  leyes  objetivas  del  desarrollo  de  la  sociedad,

consideran   imposible   la   previsión   científica   del

futuro;  éste,  dicen,  depende  de  los  propósitos  y deseos de los hombres, que nadie puede anunciar de antemano.

Hemos podido ya ver, sin embargo, que los planes y aspiraciones de las masas vienen determinados por

las condiciones objetivas de su vida. De ahí que el conocimiento de las tendencias de desarrollo de la sociedad    contemporánea    pueda    colocarnos    en

condiciones de prever la futura marcha de los acontecimientos. El porvenir no cae del cielo, y no

hace   más   que   dar   cuerpo   a   las   posibilidades encerradas en el presente.

Se comprende que el conocimiento de las leyes de

desarrollo de la sociedad permite prever únicamente la orientación general de la evolución histórica, pero no sus detalles y formas concretas. Estas, al igual que el plazo en que pueden transcurrir los numerosos procesos sociales, dependen de una infinidad de eventualidades que ni el mayor de los genios podría prever. Con todo y con eso, el conocimiento de la línea general de desarrollo posee una formidable importancia práctica.

Hace más de cien años, en el período en que el capitalismo se encontraba aún en ascenso, Marx y

Engels   anunciaron   su   inevitable   decadencia   y

 

 

 

desaparición como consecuencia de las contradicciones  internas  de  que  adolece.  Tal previsión se va cumpliendo indefectiblemente en nuestros días.

Mucho antes de la primera guerra mundial, Engels predijo la posibilidad de una conflagración semejante y  de  sus  consecuencias.  Como  resultado  de  una guerra mundial, dijo, en Europa serían destronados muchos monarcas y las coronas rodarían a docenas por los suelos, llegándose a una descomposición completa del mecanismo del comercio y la industria, etc. "...Una cosa -escribió entonces Engels- es absolutamente indudable: el agotamiento universal y la creación de condiciones para el triunfo definitivo de la clase obrera."75  Y en efecto, la primera guerra mundial significó el rompimiento de la cadena del imperialismo  por  su  eslabón  más  débil,  que  era Rusia, donde subió al poder la clase obrera.

Hace más de medio siglo Lenin predijo que, al desplazarse el centro del movimiento revolucionario

mundial   hacia   el   Este,   el   proletariado   ruso   se

colocaría a la vanguardia de la revolución socialista. Durante la primera guerra mundial señaló la posibilidad de la victoria del socialismo, primeramente, en uno o varios países. La historia ha venido a confirmar brillantemente tanto lo uno como lo otro.

Los marxistas anunciaron repetidas veces, con muchos años de antelación, el triunfo del movimiento

de liberación nacional en las colonias y países dependientes, el triunfo de la revolución en China, el

hundimiento del régimen fascista en Alemania, la victoria de los países democráticos, con la U.R.S.S. a

la cabeza, en la segunda guerra mundial y otros muchos acontecimientos. Todas estas predicciones se vieron cumplidas porque se apoyaban en el sereno

análisis objetivo y científico de la realidad y de las tendencias dominantes en ella. Por el contrario, las

innumerables profecías de los políticos y sociólogos burgueses que anunciaban como inevitable el fin del socialismo,  el  comienzo  de  un  nuevo  período  de

prosperidad del capitalismo, etc., han fracasado vergonzosamente, pues no tenían presentes las leyes

reales de la historia y tomaban sus deseos por realidades. La misma suerte correrán los augurios de quienes ahora proclaman histéricamente la "crisis del

comunismo"   y   anuncian   el   "fin   de   la   cultura humana".

 

El materialismo histórico y la práctica del movimiento obrero.

La concepción materialista de la historia, como ciencia que es de las leyes generales de desarrollo de

la sociedad y como método de conocimiento de los fenómenos sociales, es la base teórica de todo el comunismo científico, de la estrategia y la táctica de

los Partidos Comunistas.

 

75 C. Marx y F. Engels, Obras, ed, cit., t. XVI, parte I, pág. 304.

 

El marxismo-leninismo da a los trabajadores la seguridad en el triunfo final de su gran causa cuando muestra   que   las   propias   leyes   de   la   sociedad conducen inevitablemente a la sustitución de la formación   capitalista   por  la   socialista.   También enseña a los líderes del movimiento obrero a pensar ampliamente, a relacionar los intereses del día con los objetivos finales de la clase obrera, a examinar los acontecimientos sociales en su concatenación interna, a ver, detrás de cada acontecimiento, las perspectivas históricas en todo su conjunto. Quien posee y conoce las leyes del desarrollo social se convierte en un soldado consciente de la histórica lucha por el comunismo.

Al mismo tiempo, el método del materialismo dialéctico   orienta   al   análisis   concreto   de   cada situación y de las características que ésta ofrece en uno u otro país y en el mundo entero. Cada partido revolucionario de la clase obrera ha de moverse en una  situación  peculiar,  en  unas  condiciones nacionales específicas. El éxito de su actuación dependerá en gran parte de su acierto para valorar con un espíritu científico las condiciones objetivas de su lucha, para determinar los fines y el carácter de esa lucha de conformidad con la marcha concreta de los acontecimientos históricos.

Poseer este método no significa aprenderse de memoria las fórmulas y tesis del materialismo histórico. No cuesta gran esfuerzo, por ejemplo, recordar que el conflicto de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción es la base de la revolución social. Poco valdría, sin embargo, el partido de la clase obrera que se limitase a señalar esta verdad general y no estudiase las formas concretas en que este conflicto cobra expresión en el país de que se trate, la correlación de las fuerzas de clase en él, etc. Poseer la concepción materialista de la historia significa asimilar la esencia del análisis de los fenómenos sociales con un criterio materialista y dialéctico, aprender a manejarlo en el estudio de las condiciones concretas de lucha de la clase obrera en cada momento y a sacar conclusiones generales de la valiosísima experiencia práctica del movimiento revolucionario.

Por estas razones, la concepción materialista de la historia ocupa tan importante lugar en la ideología de

los  partidos revolucionarios  de la clase obrera,  de todo luchador consciente por la causa del socialismo

y de cuantos quieran comprender las leyes del desarrollo social y servir con conocimiento de causa al progreso y al bien de la humanidad trabajadora.

 

Capitulo  V. Las clases, la lucha de clases y el estado

La vida social es muy variada y compleja. En la

sociedad, a lo largo de toda su historia, siempre chocaron  las  aspiraciones  diversas  y  a  menudo

opuestas de un gran número de gentes; ha habido una

 

 

 

lucha incesante entre los hombres, surgieron y se resolvieron las contradicciones más variadas. A la lucha  en  el  seno  de  cada  sociedad  se  unían  los choques entre distintos pueblos y comunidades. La historia es una sucesión constante de períodos de revolución y reacción, de rápido progreso y de estancamiento, de paz y de guerra. El marxismo ha dado por primera vez el hilo que nos lleva hasta la ley que rige ese aparente laberinto y caos: se trata de la teoría de la lucha de clases.

Únicamente   esta   teoría   nos   permite   ver   los resortes    ocultos   que         mueven todos      los

acontecimientos   y   cambios   importantes   que   se

producen en la sociedad de explotación. Es la base científica  de  que  la  clase  obrera  se  sirve  para

determinar la táctica de la lucha que mantiene con

objeto de emanciparse de la opresión a que está sometida.

 

1. Esencia  de las diferencias  de clase y de las relaciones entre las clases

Los choques y contradicciones que se producen

entre los hombres de diversa condición social condujeron a los pensadores avanzados, antes de que

Marx saliera a la palestra, a la idea de que existen distintas clases sociales enfrentadas unas a otras. Su

noción de las clases era, sin embargo, muy difusa e indefinida. De entre los muchos caracteres que diferencian  a  los  hombres  pertenecientes  a  clases

distintas,  esos  pensadores  no  pudieron  destacar  lo que es principal y decisivo. De ahí que los principios

de división de las clases que esos pensadores proponían no abarcasen la esencia del problema y a

menudo fuesen accidentales y arbitrarios. Esto último es aplicable, en grado todavía mayor, a la sociología burguesa de nuestros tiempos.

Los sociólogos burgueses admiten que la sociedad no  es  homogénea  y  se  compone  de  numerosos

estratos y grupos. Ahora bien, ¿qué hay en el fondo de esta estratificación? Las respuestas varían. Unos colocan  en  primer  plano  el  factor  espiritual,  la

comunidad psicológica, de ideas religiosas, etc. Pero nosotros  hemos  visto  ya  que  la  conciencia  social

depende del ser social. Otros ven el principio de la división de clases en el bienestar material: volumen de los ingresos, condiciones de vivienda, etc. Pero

ese volumen de los ingresos depende del lugar que la clase ocupa en la producción social, de si posee los

medios de producción o de si es una clase oprimida y explotada. De esto depende también su papel en la vida política, su nivel de cultura y su modo de vida.

El factor principal y decisivo de la vida social es la producción material; quiere decirse que la base de

la división de la sociedad en clases ha de buscarse en el lugar que unos u otros grupos ocupan en el sistema de  la  producción  social,  en  la  relación  en  que  se

encuentran respecto de los medios de producción.

 

encontramos en Una gran iniciativa, de V. I. Lenin: "Llamamos clases a los grandes grupos de personas que se diferencian por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por su relación (en la mayoría de los casos legalmente refrendada) respecto de los medios de producción, por su papel en la organización social del trabajo y, por consiguiente, por el modo de obtención y el volumen de la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos de hombres de los que uno puede apropiarse el trabajo de otro gracias a los diferentes lugares que ocupan en un determinado sistema de economía social."76

La existencia de las clases es justamente la base de la injusticia social que caracteriza a la sociedad en

que existe la explotación. No es la "voluntad del jefe"

ni son las cualidades individuales de los hombres - como siempre trataron de demostrar los ideólogos de las clases explotadoras-, sino el hecho de que pertenezcan a una u otra clase, lo que explica la situación preponderante y privilegiada de unos y la opresión, miseria y carencia de derechos de los otros.

Esto  no  significa,  ciertamente,  que  todas  las demás   diferencias   y   relaciones   de   la   sociedad,

exceptuadas las de clase, carezcan de valor. En el curso de la evolución histórica de la humanidad se

han estructurado bastantes formas estables de comunidad social que no coinciden con la división en clases. Así es, por ejemplo, la comunidad nacional, la

nación.

 

Clase y nación.

Los vínculos nacionales son muy estables. Esto induce  a  menudo  a  los  sociólogos  burgueses  a

presentarlos  como  relaciones  "naturales"  de  valor

más  sustancial  que  las  relaciones  de  clase.  Tal criterio, sin embargo, es profundamente equivocado.

Ante todo, las relaciones nacionales, como las de

clase,  no  existieron  siempre.  Son  producto  de  un largo desarrollo histórico. Las formas de comunidad de los hombres guardan estrechos vínculos con el carácter del régimen social y cambian al mismo tiempo que éste. En el régimen de la comunidad primitiva, la forma fundamental de convivencia humana eran la gens y la tribu. El rasgo principal que distinguía a los componentes de una gens y los separaba del resto era el origen común, el parentesco de consanguinidad. Al desintegrarse la comunidad primitiva, la estabilidad de la gens y la tribu se viene abajo y se debilita el significado de los vínculos de sangre. La unión de varias federaciones de tribus da lugar a la nacionalidad,  Los hombres pertenecientes a ella no están ya relacionados por lazos de parentesco. Los rasgos que les son afines (comunidad de  lengua,  de  territorio,  de  cultura)  tienen  ya  un origen social, histórico. Pero la unidad de la nacionalidad  es  aún  muy  precaria.  Ni  dentro  del

 

La   definición   más   completa   de   las   clases   la                  

76 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 388.

 

 

 

régimen  esclavista  ni  del  feudal  podía  existir  la unidad de vida económica que es la condición necesaria para una unidad territorial duradera y para una comunidad estable de cultura. Sólo en la época en que se estructura el capitalismo, cuando éste pone fin a la dispersión feudal y da origen a la formación de un mercado nacional único, aparecen las premisas necesarias para que surja la nación.

La comunidad nacional no se puede tampoco identificar   con   la   raza,    como   hacen   muchos

sociólogos burgueses. La división en razas se guía

por las diferencias de caracteres morfológicos hereditarios, como son el color de la piel, la forma del cráneo, el pelo, etc. De ahí las tres grandes razas que la ciencia distingue: indoeuropea (o blanca), negroide (o negra) y mongoloide (o amarilla). Los caracteres raciales, a diferencia de la comunidad nacional, son de índole biológica y aparecieron como resultado de una larga adaptación del organismo humano a determinadas condiciones naturales. A una misma raza pertenecen diversas naciones. Por otra parte, dentro de una misma nación hay a veces hombres  con  distintos  caracteres  raciales  (por ejemplo,  los  negros,  blancos  e  indios  de  algunos países iberoamericanos). No existe tampoco un vínculo interno entre raza y lengua. Así, el inglés es en los Estados Unidos la lengua de blancos y negros. De ahí que nociones como "raza alemana" o "raza anglosajona" sean simplemente un absurdo. La afirmación  de  los  racistas  de  que  unas  razas  o naciones son superiores a otras y de que los pueblos de  color  son  menos  capaces  que  la  raza  blanca, quedan  refutadas  por  la  ciencia  y  por  cuanto  la historia universal nos dice. Todos los pueblos de la tierra son capaces de crear valores culturales y el volumen de su aportación a la cultura mundial no viene determinado por el color de la piel o la forma del   cráneo,   sino   por   las   peculiaridades   de   su desarrollo histórico.

El marxismo-leninismo entiende por nación la comunidad  de  hombres,  estable  e  históricamente

formada, surgida sobre la base de la comunidad de lengua,   de  territorio,   de  vida   económica   y  de

mentalidad, que se manifiesta en la comunidad de cultura (J. V. Stalin)77

La  comunidad  nacional  no  puede  suprimir  las

diferencias de clase en el seno de la nación. Antes al contrario, tales diferencias penetran en toda su vida y la   escinden   en   partes   hostiles.   La   comunidad nacional, por tanto, no excluye el antagonismo de clase. Más aún, si no tomamos en cuenta este último, nos será imposible comprender acertadamente el mismo movimiento nacional.

Por otra parte, la solidaridad de clase rebasa el marco de la nación. Los capitalistas americanos, alemanes y franceses hablan lenguas distintas. Pero les aproxima su filiación a una misma clase, y esto

 

les lleva a unirse contra el socialismo, el movimiento obrero y la lucha de liberación nacional de las colonias.  De  la  misma  manera,  los  obreros pertenecen a nacionalidades y razas distintas, pero son ante todo proletarios, y esto determina la comunidad de sus intereses internacionales, de sus fines  y  su  ideología,  haciendo  que  las  diferencias entre  ellos  retrocedan  a  un  segundo  plano.  Los obreros conscientes comprenden que las discordias nacionales y el aislamiento lesionan los intereses internacionales de la clase obrera y luchan contra cualquier forma de discriminación nacional o racial.

 

La escisión de la sociedad en clases es un fenómeno históricamente transitorio.

Cuando  los  ideólogos  de  las  clases  pudientes

tratan de justificar la desigualdad social, siempre la presentan como un fenómeno eterno e inherente a cualquier sociedad humana. Eso no es cierto. El régimen de la comunidad primitiva no conocía la división de la sociedad en explotadores y explotados, y el fenómeno se borra definitivamente dentro del socialismo.

La aparición de las clases va directamente unida a la propiedad privada sobre los medios de producción,

que hace posible la explotación del hombre por el

hombre  y  la  apropiación  por  unos  del  trabajo  de otros.

En determinada etapa del desarrollo, la escisión

de  la  sociedad  en  clases  era  inevitable  e históricamente necesaria. Mientras el trabajo humano era tan poco productivo que proporcionaba sólo un excedente reducidísimo sobre los recursos necesarios para la existencia, señala Engels, el incremento de las fuerzas productivas, la ampliación de las relaciones, el progreso del Estado y del derecho y la creación de las ciencias y las artes eran sólo posibles mediante la intensa división del trabajo,  que tenía por base  la gran  división  de  éste  entre  la  masa,  dedicada  a simples ocupaciones manuales, y unos pocos privilegiados que dirigían los trabajos, y se dedicaban al comercio y a la administración de los asuntos públicos y que, más tarde, cultivaron también la ciencia y el arte.78 La clase que se encontraba a la cabeza de la sociedad, se comprende, no perdía la ocasión de cargar sobre las masas un trabajo cada vez mayor, movida por el deseo de aumentar sus beneficios.

Ahora  bien,  una  vez  que  el  desarrollo  de  las fuerzas productivas coloca en el orden del día la sustitución de la propiedad privada por la propiedad social y la abolición de las relaciones basadas en la explotación, la existencia de las clases pierde todo su terreno. El mantenimiento de las clases, además de ser superfluo, se convierte en un obstáculo que entorpece los avances ulteriores de la sociedad.

En   la   sociedad   socialista   no   hay   ya   clases

 

 

 

77 J. V. Stalin, Obras, ed. rusa, t. II, pág. 296.

 

78 F. Engels, Anti-Diihring, ed. cit., pág. 170.

 

 

 

explotadoras, las relaciones entre obreros y campesinos adquieren un carácter sustancialmente nuevo, que excluye la explotación y el predominio de una clase sobre otra. Iniciase la época de la desaparición  de  las  diferencias  que  aún  subsisten entre las clases. Finalmente, al pasar al comunismo, las clases dejan de existir.

Por lo tanto, la división de la sociedad en clases y la hostilidad entre ellas son sólo un rasgo inseparable

de la época en que impera la propiedad privada.

 

Estructura de clase de la sociedad.

Por la posición que ocupan dentro de la sociedad, las   clases   se   dividen   en   fundamentales   y   no

fundamentales. Se denominan clases fundamentales

aquellas sin las que resulta imposible el modo de producción preponderante y que deben su origen a

este  modo  de  producción.  En  la  sociedad  de  la

esclavitud eran los esclavistas y los esclavos; en la feudal, los señores y los siervos; en la burguesa, los

capitalistas y los obreros. Se trata, pues, de clases de

las que una posee los medios principales de producción y se encuentra en el poder, mientras que la otra agrupa a la gran masa de los explotados. Las relaciones entre esas clases son siempre antagónicas, se basan en la oposición de intereses. El capitalista, por ejemplo, ve su interés en obligar a trabajar al obrero cuanto más mejor y en pagarle lo menos que puede. El interés del obrero, se entiende, es diametralmente opuesto. La incompatibilidad de intereses de las clases antagónicas da origen a una lucha irreductible entre ellos. "Libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra, opresores y oprimidos se encontraban  en  perpetuo  antagonismo,  mantenían una lucha constante, ya latente, ya abierta, que terminaba siempre con la transformación revolucionaria de todo el edificio social o con la desaparición conjunta de las clases en pugna."79

Además   de   estas   clases,   en   la   sociedad   de explotación hay otras que no son fundamentales. Por

ejemplo, en la sociedad esclavista existían los campesinos   artesanos   libres;   en   la   capitalista,

descontando a la burguesía y a los obreros, tenemos a los campesinos y, en muchos países, a los terratenientes, etc. La existencia de estas clases no

fundamentales con sus peculiares intereses, junto a toda una serie de capas sociales (por ejemplo, los

intelectuales), convierte en un fenómeno muy complejo las relaciones entre las clases.

 

Las clases de la sociedad burguesa.

Las clases fundamentales de la sociedad burguesa están integradas por los capitalistas (burguesía) y los

obreros asalariados  (proletariado).

La burguesía es la clase de quienes poseen los medios   fundamentales   de   producción   y   vive   a

 

expensas del trabajo asalariado de los obreros, a los cuales explota. Es la clase dominante de la sociedad capitalista.

Hubo tiempos en que la burguesía cumplió un papel progresivo en el desarrollo de la sociedad, a la

cabeza  de  la  lucha  contra  las  caducas  relaciones

feudales. En busca del beneficio y espoleada por la competencia, infundió un poderoso impulso a las fuerzas productivas. Mas a medida que las contradicciones del capitalismo se ahondaban, la burguesía deja de ser una clase progresiva y se convierte en reaccionaria, a la vez que su dominación significa el principal estorbo que se levanta en el avance de la sociedad.

El creador de las formidables riquezas que la burguesía se atribuye es la clase obrera, principal fuerza  productiva  de  la  sociedad  capitalista.  Al propio tiempo, es una clase desprovista de medios de producción  y  que  se  ve  obligada  a  vender  al capitalista su fuerza de trabajo.

A medida que el capitalismo avanza, aumenta la riqueza de los grandes capitalistas, a la vez que crece

la opresión y la protesta de la clase obrera, "que es

instruida, unida y organizada por el mecanismo del propio  proceso  de  la  producción  capitalista" (Marx).80

El desarrollo del capitalismo trae consigo, pues, el robustecimiento de su sepulturero, de la clase obrera, que es portadora de un modo más elevado de producción, como es el socialista.

Mas en ningún país del capital se circunscribe la sociedad  a  estas  dos  clases.  En  ningún  sitio  ha

existido ni existe el capitalismo "puro". El capital

penetra en todas las ramas de la economía nacional y las transforma, pero sin destruir por completo las viejas formaciones económicas.

Por eso, en muchos países burgueses se conserva la gran propiedad agraria de los terratenientes. Estos

organizan la explotación de sus fincas al modo capitalista, si se presenta la ocasión adquieren empresas     industriales,     compran     acciones     de

sociedades anónimas y se convierten en capitalistas. De la clase de los terratenientes se nutren en buena

parte la Administración pública y la oficialidad del Ejército y de la Marina. Por sus intereses, ideas y aspiraciones   políticas,   los   grandes   terratenientes

suelen pertenecer a la parte más reaccionaria de la burguesía y son uno de los baluartes del fascismo

(recordemos el ejemplo de los junkers prusianos en

Alemania).

Los campesinos integran una clase que procede de la  sociedad  feudal  y  que  pasa  a  la  capitalista.  A

excepción  de  su  capa  más  acomodada  (burguesía

rural), son una clase sometida a explotación, la cual adopta  entre  ellos  formas  diversas:  arrendamiento que satisfacen al propietario de la tierra, préstamos y empréstitos que reciben en condiciones onerosas de

 

 

 

79 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 424.

 

80 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 766.

 

 

 

los  capitalistas,  explotación  directa  de  los campesinos pobres, obligados a ganarse un jornal en los campos de los terratenientes y campesinos ricos, etc. El conjunto de los campesinos ha de satisfacer también un tributo a los grandes capitalistas en forma de altos precios de los artículos industriales que adquieren.

Los campesinos que trabajan tierra propia, los artesanos  y  los  pequeños  comerciantes  forman  la

capa, bastante numerosa, de la pequeña burguesía. A

ella pertenecen quienes son propietarios de los reducidos medios de producción que emplean, pero

que,  a  diferencia  de  la  burguesía,  no  viven  de  la

explotación  del  trabajo  ajeno.  Los  pequeños burgueses  ocupan  en  la  sociedad  capitalista  una

situación  intermedia.  Como  propietarios  privados

guardan   afinidad   con   la   burguesía,   pero   como hombres que viven de su trabajo se acercan a los obreros. Esta situación intermedia de la pequeña burguesía es origen de su posición inestable y vacilante en la lucha de clases.

A medida que avanzan la industria, la técnica y la cultura, en la sociedad capitalista aparece la amplia capa de los intelectuales, es decir, de los hombres del trabajo intelectual (ingenieros y técnicos, maestros, médicos, funcionarios, científicos, escritores, etc.). Los intelectuales no forman una clase independiente; son una capa social específica que vive de la venta de su trabajo intelectual. Proceden de diversas capas de la población, principalmente de las clases acomodadas, y sólo en parte de los trabajadores. Por su posición económica y modo de vida ofrecen también diferencias. Sus estratos superiores -altos funcionarios, abogados con buena clientela y otros- se  aproximan  a  los  capitalistas,  mientras  que  los bajos se acercan a los trabajadores. A medida que la lucha de clases se ensancha en los países capitalistas, su parte avanzada se incorpora a las posiciones del marxismo-leninismo y participa en la lucha revolucionaria de la clase obrera.

En la sociedad burguesa existe aún otra capa, la de los elementos desclasados o lumpemproletariado,

que  forman  los  "bajos  fondos"  del  capitalismo:

bandidos, ladrones, mendigos, prostitutas, etc. Esta capa se nutre constantemente de elementos salidos de diversas clases a los que las condiciones de la sociedad capitalista arroja al "fondo". Los anarquistas afirman que el lumpemproletariado es el elemento más revolucionario de la sociedad capitalista. La historia  de  los  últimos  cien  años  ha  dado íntegramente la razón a Marx y Engels cuando éstos definían al "proletariado andrajoso" como una fuerza que por su situación en la vida se muestra inclinada a venderse para toda clase de manejos reaccionarios.81

En  la  Alemania  hitleriana,  los  delincuentes ingresaron en masa en las organizaciones fascistas,

en  los  destacamentos  de  asalto  y  de  S.S.  En  los

 

81 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 434.

 

Estados Unidos, las bandas de gangsters son un instrumento  de  violencia  que  se  emplea  en  gran escala contra los obreros, los negros y los líderes progresistas.

Al hablar de las clases y capas de la sociedad capitalista hemos de tener presente también las diferencias en el seno de las mismas. Dichas diferencias son particularmente sensibles entre la burguesía monopolista y no monopolista (y en las colonias, entre la burguesía nacional y las capas de la misma aliadas a los colonizadores). Al profundizarse, como ocurre en nuestros días, desempeñan, y así lo veremos más adelante, un gran papel en la vida política de la sociedad burguesa contemporánea.

Así, pues, la sociedad burguesa ofrece un cuadro extraordinariamente complejo de diferencias y relaciones de clase. Una clara visión de las mismas es condición imprescindible para que la clase obrera y sus partidos se tracen una política y una táctica acertadas. Pero tan importante como esto es ver, tras toda  esa  diversidad,  la  principal  contradicción  de clase de la sociedad burguesa: el antagonismo entre la clase obrera y la burguesía. Esta contradicción es la que ha de presidir nuestro análisis de todos los fenómenos sociales. Por muchas que sean las modificaciones que el capitalismo sufra, por mucho que se compliquen su estructura de clase y las relaciones entre las clases, siempre será una sociedad basada en la explotación. Y en una sociedad así, lo principal  en  las  relaciones  entre  las  clases  será la lucha irreconciliable entre los explotados y los explotadores.

 

2.  El  estado  como  instrumento  de  la dominación  de clase

La teoría marxista-leninista de las clases y de la

lucha de clases proporciona la clave para la comprensión  del  Estado,  que  es  uno  de  los fenómenos más complejos en la vida de la sociedad humana, explica científicamente su esencia, origen y desarrollo, la sustitución de unos Estados por otros y su inevitable desaparición.

 

Origen y esencia del Estado.

La historia demuestra que la existencia del Estado se halla vinculada a las clases. En las fases primeras

de desarrollo de la humanidad, bajo el régimen de la comunidad primitiva, no había clases y tampoco se

conocía el Estado. La dirección de los asuntos públicos corría a cargo de la sociedad misma.

Luego aparece la propiedad privada y con ella la

desigualdad económica; la sociedad se escinde en clases antagónicas y la dirección de los asuntos públicos experimenta un cambio radical. Era ya imposible   decidir   esos   asuntos   por   el   acuerdo unánime de toda la sociedad o de su mayoría. Las clases explotadoras se apoderan de los puestos de mando. Pero siendo como eran una reducida minoría,

 

 

 

estas clases sólo podían mantener el sistema que les favorecía  recurriendo  a  la  coerción  directa,  a  la fuerza, que venía en ayuda de su poderío económico. Para esto hacía falta un aparato especial: grupos armados (ejército, policía), tribunales, cárceles, etc. A la cabeza de este aparato de coerción se colocan gentes que interpretan los intereses de la minoría explotadora, y no de la sociedad en su conjunto. Así se  forma  el  Estado,  que  es  una  máquina  para mantener la dominación de una clase sobre otras. Poniendo en juego esa máquina, la clase económica dominante   consolida   el   régimen   social   que   le conviene y mantiene por la fuerza, dentro de un determinado modo de producción, a sus enemigos de clase. De ahí que en la sociedad basada en la explotación el Estado sea siempre en esencia la dictadura de la clase o clases de los explotadores.

Con relación a toda la sociedad en su conjunto, el

Estado es un instrumento de dirección y gobierno de la clase dominante; con relación a los enemigos de

esta clase (en la sociedad de explotación se trata de la

mayoría), es un instrumento de represión y de violencia.

El             Estado    es,           pues,      un           producto               de           las

irreductibles contradicciones de clase. "Aparece donde, cuando y en la medida en que las contradicciones  de  clase  no  pueden  ser, objetivamente, conciliadas."82 El poder político de la clase económicamente dominante: tal es la esencia del Estado, la naturaleza de sus relaciones con la sociedad, aunque también presenta otras características.

Únicamente podemos hablar de Estado cuando el poder político de una u otra clase se extiende a un

determinado territorio y afecta a la población que en

él vive: ciudadanos o súbditos.

La extensión del territorio y la cuantía y composición de la población pueden influir, ciertamente, en el poderío del Estado y, en algunos casos, en la forma que el mismo adopta. Pero no es esto lo que determina su esencia, sino su naturaleza de clase.

 

Tipos y formas del Estado.

Los Estados, lo mismo los que existieron en otros tiempos como los actuales, ofrecen por sus tipos y

formas  un  cuadro  que  no  puede  ser  más  diverso:

tenemos los imperios despóticos de Asiria, Babilonia y Egipto, las repúblicas griegas, el Imperio Romano,

los principados de la Rus de Kiev, las monarquías del

Medievo, las repúblicas parlamentarias de nuestros tiempos y, en fin, la república socialista.

El tipo de Estado viene definido por la clase a la

cual sirve, es decir, en última instancia, por la base económica de la sociedad. De ahí que el tipo de Estado corresponda a una formación económico- social.  La  historia  conoce  tres  grandes  tipos  de

 

82 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, págs. 358-359.

 

Estado basado en la explotación: esclavista, feudal y burgués.  Todos  ellos  tienen  de  común  y característico  el  dominio  de  los  explotadores,  es decir, de una pequeña parte de la sociedad, sobre los explotados, que son la inmensa mayoría. Un Estado nuevo y completamente distinto es el socialista, en el que el poder pertenece a la clase obrera y a todos los trabajadores, que integran la mayoría o la totalidad del cuerpo social.

El tipo de Estado expresa, pues, su esencia de clase. La forma, en cambio, nos habla de la organización de los órganos de poder y gobierno, de su régimen político. Atendiendo a este criterio tenemos la monarquía,  al frente de la cual se halla una persona que no es elegida por la población (rey, emperador),  y  la  república,   donde  el  poder  es electivo.   Hay   también   Estados   en   los   que   se combinan rasgos de ambas formas, por ejemplo, la monarquía constitucional, en la que el poder del rey o del emperador se ve restringido por la ley - Constitución- y las funciones de gobierno corren a cargo de órganos electivos.

La forma del Estado es inseparable del régimen político  establecido  por  la  clase  dominante.  Este

régimen puede ser distinto en Estados de un mismo tipo. Así, el Estado burgués no adopta sólo la forma

de   república   democrática,   sino   también   la   del régimen terrorista del fascismo. La aparición de unas u otras formas de Estado, su desarrollo y prosperidad,

lo  mismo  que  su  decadencia  y  su  sustitución  por otras formas distintas, no obedecen al azar.

La  variedad  de  formas  en  los  Estados  de  un mismo tipo depende, ante todo, de las modificaciones

experimentadas por el régimen económico y por la correlación de las fuerzas de clase y de los distintos grupos en el seno de las clases dominantes.

Al período de la dispersión feudal, en el que cada hacienda  representaba  en  realidad  una  economía

independiente y los vínculos económicos entre ellas eran muy débiles, corresponde un Estado descentralizado,  con  un  poder  central  débil  y  una

gran independencia política de los señores. En el período de desintegración del feudalismo, cuando se

incrementan  las  relaciones  mercantiles  monetarias, los vínculos económicos entre las distintas comarcas y entre  los  Estados,  en  que  se  robustece  el  papel

económico de la burguesía, surge el Estado centralizado con la forma de la monarquía absoluta.

Pero  hay  también  otros  factores  que  influyen sobre la forma del Estado: las tradiciones nacionales, la continuidad en la evolución de las instituciones

políticas, la conciencia política del pueblo, las relaciones con otros países (por ejemplo, el peligro

de una agresión), etc.

La ciencia marxista-leninista atribuye gran importancia  a  la  forma  del  Estado.  Así,  bajo  la

dominación de la burguesía, una forma más democrática brinda condiciones más propicias para el

 

 

 

progreso social, para los avances de la cultura y la ciencia y para la lucha de las masas trabajadoras contra el yugo y la explotación.

Pero ninguna forma, ni la más democrática, está en condiciones de cambiar la esencia del Estado de

explotación como instrumento de dominación de una

clase sobre otras. El Estado esclavista tuvo en Egipto la forma oriental de monarquía despótica gobernada por los faraones; en Atenas, la forma de democracia; en Roma, la de república aristocrática y más tarde de imperio, etc. A pesar de tan gran variedad de formas, la esencia de todos estos Estados era la dominación de clase de los esclavistas sobre los esclavos.

 

El Estado burgués.

También el Estado burgués puede adquirir formas distintas:      república      democrática,      monarquía

constitucional, dictadura descarada de tipo fascista.

Pero cualquiera que sea su forma, siempre es un instrumento de la burguesía, es decir, un arma que la

burguesía  emplea  para  mantener  sometidas  a  las

masas trabajadoras.

El Estado democrático-burgués era un gran paso adelante en comparación con los tipos anteriores. La

revolución burguesa puso fin al régimen de la monarquía absoluta,  que se  había hecho  odiosa  al

pueblo. Estableció el sistema representativo, el tribunal  de  jurados  y  otras  instituciones democráticas,   y,   bajo   la   presión   de   las   masas

revolucionarías, sus Constituciones proclamaron muchos principios de la democracia.

Sin embargo, de la misma manera que el régimen económico  del  capitalismo  no  había  suprimido  la

explotación de las masas trabajadoras, limitándose a cambiar su forma, la democracia burguesa no alteró la naturaleza antipopular del poder político de los

explotadores. Las instituciones democráticas de la burguesía son democráticas en el papel, no aseguran

a los trabajadores la posibilidad real de ejercer los derechos que se proclaman. Y no podía ser de otro modo, pues el régimen económico del capitalismo es

incompatible con la igualdad real y la libertad de hecho. Incluso el Estado burgués más democrático

tiene por misión la defensa y justificación del sistema capitalista y de la propiedad privada, con las consiguientes     medidas    represivas     contra    los

trabajadores, que quieren poner fin a ese estado de cosas.

Así podemos verlo muy especialmente en nuestra época, en que la burguesía imperialista renuncia a las instituciones y formas democráticas conquistadas por

el pueblo y mantiene su ofensiva contra los derechos y libertades individuales. La mejor confirmación de

que esto es así es el Estado fascista -la dictadura de la parte más reaccionaria y agresiva de la burguesía monopolista-, que existió en Italia (1922-1943) y en

Alemania  (1933-1945)  y  que  todavía  perdura  en

España.

 

Esa tendencia de la burguesía a abandonar la democracia tropieza con la resistencia de las fuerzas democráticas y socialistas, cada vez más poderosa y organizada, al frente de las cuales se encuentra la clase obrera con sus partidos marxistas.

Tales son algunas de las tesis fundamentales del materialismo histórico por lo que al Estado se refiere.

La doctrina marxista-leninista sobre el Estado no se

reduce, se comprende, a lo que acabamos de exponer. Son muchos los elementos nuevos y peculiares que a

esta  doctrina  aporta  la  experiencia  de  la  época

moderna,  sobre  todo  la  experiencia  de  los trabajadores que crearon un Estado de nuevo tipo, como  es  el  socialista.  A  ello  volveremos  en  la sección quinta de este libro.

 

3. La lucha de clases como fuerza motriz del desarrollo de la sociedad basada  en la explotación

Los ideólogos reaccionarios, atemorizados por la

lucha de los trabajadores, tratan de presentar la lucha de clases como algo que se opone al progreso, como una peligrosa desviación de la marcha normal de la sociedad en su desarrollo. Nada puede haber tan lejos de la verdad como esta afirmación. Lo cierto es que la lucha de clases no es ningún estorbo para el progreso;  todo  lo  contrario,  representa  la  fuerza motriz que hace avanzar la sociedad.

 

Legitimidad de la lucha de clases.

La lucha de clases preside toda la historia de la sociedad basada en la explotación. Su significado creador y progresivo se pone de relieve incluso en las condiciones de desarrollo "pacífico" y evolutivo de una formación cualquiera.

La burguesía gusta de atribuirse el mérito del enorme progreso técnico alcanzado en la época del

capitalismo. Pero los avances de la técnica, en sí, interesan muy poco al capitalista. Si no tropezase con

la resistencia de los obreros, preferiría acrecentar sus ganancias con procedimientos tan "sencillos" y "económicos"  como  la  reducción  del  salario  y  la

prolongación de la jornada. Si el capitalista busca otros caminos para aumentar sus ganancias -nuevas

máquinas, aplicación de otras técnicas o inventos- no lo hace sólo empujado por la competencia, sino también, y en gran parte, por la tenaz lucha que la

clase obrera mantiene en defensa de sus intereses.

Un formidable papel de progreso representa la lucha  de  las  clases  oprimidas  en  la  vida  política.

Sabemos,  por  ejemplo,  que  en  la  época  de  las

revoluciones burguesas la burguesía francesa no se proponía    la    implantación    de    la    república    y

propugnaba la monarquía como forma de gobierno

más apropiada para mantener bajo su férula a los trabajadores. Poco a poco, sin embargo, bajo la influencia de la creciente lucha del proletariado y de todos los trabajadores, como escribe Lenin, "se vio toda  ella  transformada  en  republicana,  reeducada,

 

 

 

instruida  de  nuevo  y  regenerada"83,  viéndose obligada a crear un régimen político más en consonancia con las reivindicaciones que los trabajadores presentaban.

De no existir la tenaz lucha de las clases trabajadoras, la vida política de los países capitalistas contemporáneos sería muy distinta. Ya sabemos que en la época del imperialismo la burguesía trata por todos los medios de recortar y suprimir las libertades democráticas, de limitar las facultades de los órganos representativos, y en particular del Parlamento, y de sofocar cuanto de democrático y progresivo hay en la cultura de los países capitalistas. Sólo la empeñada lucha de las masas trabajadoras, dirigidas por el proletariado, pone un freno a estas antipopulares tendencias. En las condiciones en que hoy nos encontramos, esa lucha puede proporcionar frutos magníficos, defender la paz, la democracia y la soberanía nacional y cerrar el camino a las fuerzas del fascismo, de la reacción y de la guerra.

Cuanto más tenaz es la lucha de las clases oprimidas contra los explotadores, cuanto mayores

son los éxitos que alcanzan en su resistencia a la

opresión, más rápido es de ordinario el progreso en todas las esferas de la vida social.

 

La revolución social.

El papel de la lucha de clases como fuerza motriz de la sociedad de explotación se pone de manifiesto

con singular evidencia en la época en que una formación  económico-social  sustituye  a  otra,  es

decir, en la época de las revoluciones sociales.

El conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, que es la base económica

de la revolución social, madura lentamente, poco a

poco, mientras el viejo modo de producción evoluciona. Mas para solucionar este conflicto hace

falta    derribar    las    relaciones    de    producción

imperantes, y eso jamás se logrará conseguirlo mediante modificaciones graduales. Y ello porque a estas relaciones, incluso después de que dejaron de responder  al  nivel  de  las  fuerzas  productivas,  se encuentran íntimamente vinculados los intereses de las clases dirigentes. Estas sólo pueden mantener su vida parasitaria y su privilegiada situación mientras no se atente contra la forma de propiedad que impera en la sociedad dada. Ninguna clase explotadora ha renunciado ni renunciará voluntariamente a sus propiedades, a todo cuanto le proporciona una situación privilegiada.

Y la clase dominante, aun caduca, no es simplemente un grupo de hombres cuyos intereses

divergen de los de la sociedad en su conjunto, sino

una fuerza organizada que durante largo tiempo detentó el poder. La clase gobernante dispone del Estado, de un fuerte aparato de violencia, y sus intereses se hallan defendidos por la superestructura

 

83 V. I. Lenin. Obras, ed. cit , t. XVII, pág. 368.

 

política e ideológica. La situación dominante de las viejas relaciones de producción se ve refrendada por todo el aparato económico, político y espiritual de la clase que se encuentra en el poder. De ahí que estas relaciones no puedan ser reemplazadas por vía evolutiva, sino mediante una revolución que barra cuanto se opone al avance de las nuevas relaciones económicas, y ante todo la dominación política de las clases caducas. Esta revolución social exige la lucha más enérgica de las clases oprimidas. El problema central de la revolución es el del poder político, que ha de pasar a manos de la clase portadora de las nuevas relaciones de producción. El nuevo poder político es la fuerza que lleva a cabo las transformaciones ya maduras en la vida económica y social de la sociedad.

No todo cambio político, aun implantado por la violencia, es una revolución. Cuando lo que se quiere es el restablecimiento de unas relaciones sociales y de unos sistemas caducos, es todo lo contrario, una contrarrevolución, que no trae el progreso, sino el estancamiento, el retroceso de la sociedad, multiplicando estérilmente los sacrificios y calamidades de millones de seres.

El  paso  de  una  formación  a  otra  más  elevada viene condicionado en última instancia por el desarrollo de las fuerzas productivas; esto no quiere decir, sin embargo, que la revolución social, cualesquiera que sean las condiciones históricas, ha de empezar en los países donde la técnica y la productividad del trabajo se encuentran a un nivel más alto. En la fase superior del capitalismo, la imperialista, cuando el sistema capitalista está ya maduro en su conjunto para el paso al socialismo, la revolución  socialista  se  puede  producir  antes  en países menos desarrollados, siempre y cuando las contradicciones sociales y políticas hayan alcanzado la suficiente virulencia. Esta conclusión de Lenin, a la que volveremos más adelante, se ha visto confirmada, como sabemos, por la propia historia.

 

Carácter  y fuerzas motrices de las revoluciones sociales.

La   historia   conoce   revoluciones   sociales   de diversa índole, que se diferencian por su carácter y por las fuerzas motrices que las ponen en marcha.

Cuando hablamos del carácter de la revolución nos referimos a su contenido objetivo, es decir, a la

esencia de las contradicciones sociales que resuelve y al régimen que trata de establecer. Así, la revolución francesa de 1789 era de carácter burgués, pues de lo

que se trataba era de suprimir las relaciones feudales y de implantar el régimen capitalista. La Revolución

de Octubre de 1917 en Rusia tenía como objeto la supresión de las relaciones capitalistas y el establecimiento   del   régimen   socialista.   Por   su

carácter era, pues, socialista.

Las  fuerzas  motrices  de  la  revolución  son  las

 

 

 

clases que la llevan a cabo. No dependen sólo del carácter de la revolución, sino también de las condiciones históricas concretas en que ésta se produce. De ahí que revoluciones de un mismo tipo, de idéntico carácter, se diferencien a menudo por sus fuerzas motrices. Así, la fuerza motriz de las revoluciones burguesas europeas de los siglos XVII y XVIII estaba constituida, además de la burguesía, por los campesinos y los elementos pobres de la ciudad, por la capas pequeñoburguesas. El jefe de estas revoluciones era la burguesía. Y en Rusia, en la revolución de 1905-1907 y en la democrático- burguesa   de   febrero   de   1917,   la   burguesía   - convertida en una fuerza reaccionaria por su miedo a la  lucha  revolucionaria  del  proletariado-  no  sólo pierde la hegemonía, sino que deja de actuar como fuerza motriz; la revolución democrático-burguesa rusa fue obra de la clase obrera y de los campesinos.

 

Papel creador de la revolución social.

Las clases dominantes, movidas por su pánico a la revolución, tratan de presentarla como un monstruo

sediento  de  sangre,  como  una  fuerza  ciega  de

destrucción capaz sólo de sembrar la muerte, la devastación y calamidades sin cuento.

Si  hemos  de  hablar  de víctimas,  de sangre, de

sufrimientos humanos, la historia entera de las sociedades basadas en la explotación y opresión de las masas trabajadoras no puede ser más siniestra. Así lo vemos incluso en los períodos de su avance por vía evolutiva. Con letras de sangre está escrito, por ejemplo, en la historia de muchos países, el proceso  de  centralización  del  Estado  por  el  que fueron absorbidos los pequeños principados feudales. Y lo mismo puede decirse del capitalismo, que en su desarrollo evolutivo ha causado un número incomparablemente  mayor  de  víctimas  y sufrimientos que cualquier revolución social. Nos limitaremos a recordar las guerras mundiales, los horrores del terror fascista, las ferocidades de las potencias  imperialistas  en  las  colonias.  Puesto  a hablar  de  víctimas  y  calamidades,  la  revolución social contribuye a reducirlas cuando el desarrollo histórico la pone al orden del día. La demora de la revolución, cuando ésta está ya madura, por el contrario, hace muchas veces mayor el tributo de sangre que los hombres se ven obligados a satisfacer a la sociedad de clases antagónicas.

Esto no significa que la revolución social no exija víctimas. Hemos de tener presente que es la culminación, el punto más alto a que puede llegar la lucha de clases. La revolución es inconcebible sin una lucha que venza la resistencia de las clases caducas, las cuales no se suelen parar en barras ante el empleo de la violencia. Pero la revolución social no es sólo la insurrección y los cruentos combates en las barricadas. Estas formas de lucha son lo que caracterizan   solamente   algunas   de   sus   etapas

 

(revolución política, aplastamiento de la contrarrevolución, etc.).

Ahora bien, incluso en los casos en que, en virtud de  las  condiciones  históricas  concretas,  la  lucha

armada significó un elemento importante de la revolución  social,  no  era  un  fin  en    misma.  Lo

principal en las revoluciones sociales es la creación de condiciones que propicien el rápido avance de la sociedad por las vías del progreso. Lo mismo que el

bisturí del cirujano, separa cuanto obstaculiza el desarrollo ulterior  del organismo  social, lo  que  es

causa del estancamiento y de calamidades de toda clase para los hombres.

Mas la revolución no se limita a cercenar todo lo

caduco  y podrido, cuanto se  opone al  avance.  En lugar de los sistemas y relaciones sociales que destruye, crea otros nuevos y avanzados. Esto es muy singularmente lo característico, como veremos más adelante, cuando se trata de la revolución socialista.

Por otra parte, la subversión que la revolución social lleva a cabo no significa la negación completa de toda la vieja sociedad y de lo que ella consiguió. Si así fuese, el avance de la sociedad sería imposible; después   de   cada   revolución   social   habría   que empezar en un terreno virgen, y la sociedad jamás habría salido del nivel más primitivo. La revolución social no niega cuanto existía en la sociedad vieja, sino únicamente lo caduco, lo que se opone al progreso. Todo lo demás es conservado y recibe un nuevo impulso. Así ocurre por completo con las fuerzas productivas y en un grado muy considerable con los valores espirituales: la ciencia, la literatura y el  arte,  en  cuanto  no  se  hallen  vinculados directamente con la defensa del viejo sistema, con la ideología de las clases caducas.

Las revoluciones son los períodos en que la lucha de clases alcanza su máxima virulencia. Es entonces

cuando con especial vigor se revelan la conciencia, la

voluntad y la pasión de las masas populares. Jamás, escribió Lenin, es capaz la masa del pueblo de mostrarse  tan  activa  creadora  de  los  nuevos regímenes sociales como durante una revolución. En esos momentos se acelera formidablemente el desarrollo social, es cuando la sociedad avanza con mayor velocidad y decisión por la vía del progreso. Por  eso  llamaba  Marx  a  las  revoluciones "locomotoras de la historia".

Así, pues, la lucha de clases es la principal fuerza motriz del progreso histórico, tanto en los períodos

evolutivos de la sociedad de clases antagónicas como

en los revolucionarios.

De aquí se desprende que quienes ocultan las contradicciones de clase, quienes tratan de apartar de la lucha a las clases trabajadoras, quienes debilitan esa lucha y preconizan la paz entre las clases, son enemigos  del  progreso  y  defensores  del estancamiento y la reacción, por mucha que sea la elocuencia que pongan en tal empeño. Esa posición

 

 

 

es inaceptable para los obreros y para cuantos aman el progreso, que se creen en el deber de desarrollar la lucha de las clases oprimidas contra los explotadores. Esta lucha contribuye al progreso de la humanidad, lo  mismo  si  consideramos  las  tareas  inmediatas  o más  alejadas  de  la  sociedad  en  su  conjunto,  y responde a los intereses de la mayoría.

 

4. Formas fundamentales de la lucha  de clase del proletariado

La lucha de clase del proletariado adquiere formas

distintas,  según  se  desarrolle  en  el  terreno económico, en el político o en el ideológico.

 

Lucha económica.

Se llama lucha económica la que los obreros mantienen para mejorar las condiciones de su vida y

trabajo: por un mayor salario, por reducir la jornada,

etc. El método más generalizado de lucha económica es  la  presentación  de  sus  reivindicaciones  por  los

obreros, que se declaran en huelga en el caso de no

verlas satisfechas. Los sindicatos, las cajas de ayuda mutua  y  otras  organizaciones  son  instrumentos  de que la clase obrera se vale para proteger sus intereses económicos.

Cualquier  obrero,  por  escasa  que  sea  su conciencia  de  clase,  comprende  la  necesidad  de

defender sus intereses económicos inmediatos. Por

eso es la lucha económica el primer escalón del movimiento obrero, sin que ello signifique que tal

lucha pertenezca al pasado de la lucha de clase del

proletariado. La defensa de las reivindicaciones económicas conserva todo su valor en nuestros días, incluso  en  aquellos  países  donde  existe  un movimiento obrero fuerte y organizado.

Primeramente,  la  lucha  económica  permite mejorar un tanto la situación de la clase obrera aun

dentro   del   capitalismo.   Así   lo   demuestra   la

experiencia de muchos países, en que los obreros obligaron a la burguesía a hacerles importantes concesiones. Por esta razón, los comunistas -que son los luchadores más consecuentes cuando se trata de defender los intereses de la clase obrera y de todos los trabajadores- no pierden en ningún momento de vista la organización de la lucha económica del proletariado.

En  segundo  lugar,  la  lucha  por  las reivindicaciones económicas, siendo como es la que antes y mejor comprenden las masas, incorpora al movimiento las más amplias capas de obreros, a los que sirve de necesaria escuela para la lucha contra el capitalismo y para la educación de su conciencia de clase. Quiere decirse que de ella depende en gran parte el éxito de las formas más elevadas del movimiento obrero.

Ahora  bien,  la  lucha  económica  presenta  una

 

interés económico fundamental de los obreros, que es el verse libres de la explotación. Además, los éxitos de la lucha económica son muy frágiles si no vienen respaldados por las conquistas políticas. La burguesía aprovecha la menor oportunidad para retirar sus concesiones y pasar a la ofensiva contra los intereses económicos de la clase obrera.

Por eso el marxismo-leninismo considera que el movimiento   obrero   no   puede   alcanzar   victorias

importantes si la lucha se circunscribe a la defensa de los intereses económicos inmediatos.

La verdadera lucha de clase del proletariado empieza en el momento en que rebasa el estrecho marco de la defensa de los intereses inmediatos de

los obreros y se convierte en lucha política. Para esto es necesario, lo primero de todo, que los mejores

hombres de la clase obrera de todo el país comiencen la lucha "contra toda la clase capitalista y contra el gobierno que defiende esa clase" (Lenin).84

 

Lucha ideológica.

La lucha de la clase obrera, como la de cualquiera otra,  viene  impuesta  por  su  propio  interés.  Este interés es producto de las relaciones económicas de la  sociedad  capitalista,  que  condenan  a  la  clase obrera a la explotación, la opresión y las malas condiciones de vida. El interés de clase no es algo que haya inventado un teórico o partido, sino que existe objetivamente.

Pero esto no significa que la clase obrera adquiera automáticamente,  de  la  noche  a  la  mañana, conciencia  de  sus  intereses.  Cierto  que  las condiciones de vida del proletariado empujan a cada obrero hacia determinada manera de pensar, al tropezar  continuamente  con  injusticias  y  con muestras de la desigualdad económica y social en que se encuentra. Esto origina entre los obreros un sentimiento   de   descontento,   de   irritación   y   de protesta. Mas no hay que identificar ese sentimiento con la conciencia del interés de clase. Según la define Lenin, la conciencia de clase "es la comprensión por los obreros de que el único medio que tienen para mejorar su situación y emanciparse es la lucha con la clase de los capitalistas y fabricantes... La conciencia de los obreros significa también la comprensión de que los intereses de todos los obreros de un país son iguales y solidarios, que ellos forman una clase distinta de todas las demás clases de la sociedad. Finalmente, la conciencia de clase de los obreros significa la comprensión por éstos de que para conseguir sus fines han de lograr una influencia sobre los asuntos públicos..."85

Esta conciencia no surge por generación espontánea en la cabeza de cada obrero.

Lo  primero  de  todo,  no  es  tan  sencillo  que  el

obrero se considere como elemento integrante de una

 

limitación:   no   afecta   a   las   bases   del   régimen               

 

capitalista, por lo que no puede dar satisfacción al

 

84 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 195.

85 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. II, pág. 96.

 

 

 

clase especial. El albañil y el maquinista de locomotora,  el  tornero  de  primera  y  el  peón,  el minero y el cavador: todos se diferencian entre sí por el género de trabajo y, a menudo, por el nivel de vida. No puede asombrarnos que el movimiento obrero de muchos países haya pasado por la fase de la organización gremial, cuando el principio por el que se unían era el del oficio o especialización; por ejemplo, en un mismo ferrocarril podía haber sindicatos independientes de maquinistas, de fogoneros y de personal de obras. Y se daba el caso de que estos sindicatos tratasen de conseguir ventajas para "sus" afiliados a expensas de los otros obreros.

Pero eso no es todo. No siempre cada obrero advierte de manera correcta el estado de opresión en

que se encuentra en la sociedad capitalista. Puede,

por  ejemplo,  atribuirlo  a  reveses  personales. Entonces el descontento del obrero puede traducirse en el propósito de "llegar a ser algo", aunque sea a costa de sus compañeros. En casos muy contados lo consiguen, pero millones de trabajadores permanecen como estaban.

La   protesta   elemental   de   los   obreros   puede también recaer sobre quienes en realidad no son sus

enemigos. Por ejemplo, en la época de la revolución industrial  de  los  siglos  XVIII  y  XIX,  entre  el

proletariado  cundió  el  movimiento  de  los "rompedores de máquinas" (ludditas). Los obreros veían que el empleo de máquinas en la producción

los condenaba al hombre, pero no podían comprender que el mal suyo no estaba en las máquinas, sino en el

hecho de que estas máquinas pertenecieran a los capitalistas,     quienes     las     aprovechaban     para

incrementar la explotación y llevar a la ruina a los trabajadores.

Otro  factor  que  se  opone  a  que  los  obreros

adquieran conciencia de sus intereses de clase es la nociva influencia de la ideología burguesa, de la propaganda que la burguesía lleva a cabo para confundir a los trabajadores. La formación de la conciencia de clase entre los obreros puede verse dificultada, por ejemplo, por la propagación en su seno de la idea de que la explotación es eterna y de que   nada   podrá   cambiarla,   de   que   se   pueden conseguir mejorías mediante convenios y compromisos con la burguesía, o por las discordias nacionales que se siembran para escindir a los trabajadores, etc.

Antes de que el proletariado adquiera conciencia de clase ha de recorrer, pues, un complejo proceso, el cual, según sean las condiciones concretas de cada país, puede transcurrir con rapidez mayor o menor, con  mayores  o  menores  dificultades.  En  ciertos países, el proceso se ha dilatado, y el proletariado, según la expresión de Marx, sigue siendo hoy día una "clase en sí" y no una "clase para sí", con conciencia como tal clase y de cuáles son sus verdaderos intereses.

 

La mejor escuela de conciencia de clase para los obreros es la lucha diaria, sin exceptuar la defensa de sus intereses inmediatos. Mas esto es poco. Para que los   obreros   se   eleven   hasta   un   alto   grado   de conciencia de clase hace falta aún otra forma específica de lucha, que es la ideológica.

La lucha ideológica del proletariado presupone, lo primero de todo, la adopción de una concepción del mundo,  de  una  teoría  científica  que  alumbre  a  la clase obrera el camino de su emancipación. La lucha de los obreros por sus intereses inmediatos, como es la lucha sindical, no es bastante para la aparición de ideas socialistas. La doctrina del socialismo podía ser únicamente fruto de las más avanzadas teorías filosóficas, económicas y políticas. Esta es la tarea que cumplieron unos gigantes del pensamiento como Marx y Engels, que consagraron toda su vida y su obra a la causa de la emancipación de la clase obrera. A ellos se debe la doctrina que con autenticidad científica revela cuál es el interés fundamental de los obreros -la necesidad de emanciparse de la explotación-, las vías para alcanzarlo -la destrucción por medios revolucionarios del capitalismo y la edificación del socialismo- y las bases de la táctica del movimiento obrero.             .

Pero la concepción científica del mundo propia de la clase obrera, obra de Marx y Engels, no es un

compendio   de   respuestas   a   cuantos   problemas

puedan plantearse a los trabajadores en las etapas subsiguientes de la historia, en condiciones nuevas y

en una nueva situación. Para que esta concepción del

mundo sea siempre un arma afilada en la lucha de la clase obrera por la construcción de la sociedad socialista, hay que darle siempre forma concreta, desarrollarla y enriquecerla con los datos nuevos de la ciencia y con la nueva experiencia de la lucha de clase de millones y millones de trabajadores. Esta labor de creación teórica ha sido, es y será una importante tarea de los partidos marxistas-leninistas de la clase obrera.

Para  que  la  concepción  científica  del  mundo propia de la clase obrera cumpla su papel en la lucha

de liberación, ha de prender en las masas. De ahí se

desprende la necesidad de que sea llevada al movimiento  obrero  desde  fuera  de  la  lucha económica y del marco de las relaciones de los obreros y patronos. Esta es la función que cumple el partido marxista-leninista, el cual, tal como Lenin lo define,  une  las  ideas  del  socialismo  con  el movimiento de masas de los obreros.

Otra tarea de capital importancia de la lucha ideológica    es    la    de    conservar    en    cualquier

circunstancia la pureza de la concepción socialista de

la clase obrera, sin permitir que los enemigos la deformen y priven así al proletariado de tan aguzada arma. Todos sabemos que en cuanto el marxismo- leninismo se convirtió en una potente fuerza ideológica, los enemigos de la clase obrera centraron

 

 

 

sobre él sus fuegos; y no sólo de frente, sino también por la retaguardia, para lo cual echaron mano de sus agentes en el movimiento obrero. Con el pretexto de "perfeccionar" el marxismo, lo que hacen es deformarlo y convertirlo en algo inofensivo para la burguesía e inútil para los obreros. Tal es el sentido de la labor "teórica" de los oportunistas de toda laya, de los reformistas y revisionistas, contra la cual han de  combatir  todos  los  obreros  conscientes  y,  en primer término, los partidos marxistas-leninistas.

La lucha ideológica del proletariado no se reduce a la formación de la conciencia de clase entre los

obreros y a la propaganda del marxismo-leninismo.

La clase obrera no mantiene su lucha de liberación sola, sino en alianza con todos los trabajadores, de

los   cuales   es   la   vanguardia.   De   ahí   que   otra

importante  faceta  de  la  lucha  ideológica  de  los obreros  es  la  tarea  de  apartar  a  las  masas  no proletarias -campesinos, pequeña burguesía, intelectuales- de la influencia de las ideas burguesas y ganarlas para el socialismo.

 

Lucha política.

 

La  forma  superior  de  la  lucha  de  clase  de  los obreros es la lucha política.

El   proletariado   advierte   ya   la   necesidad   de mantenerla cuando trata de defender simplemente sus reivindicaciones económicas. Los capitalistas tienen de su parte al Estado burgués, que les ayuda a hacer fracasar y aplastar las huelgas, que pone trabas a la labor de los sindicatos y demás organizaciones obreras, etc. La propia vida empuja, pues, a la clase obrera a luchar no sólo contra "su" capitalista, sino también contra el Estado burgués, que defiende los intereses de la clase capitalista en su conjunto.

De otra parte, una lucha política amplia es posible únicamente cuando la clase obrera, o al menos su

parte avanzada, ha adquirido conciencia de clase y

tiene noción clara de sus intereses.

La lucha política de la clase obrera abarca por completo la esfera de la vida social relacionada con

su posición frente a las otras clases y capas de la sociedad burguesa, al Estado burgués y a la actividad

de éste. "La conciencia de la clase obrera -escribe V. I. Lenin- no puede ser verdaderamente política si los obreros no aprenden a hacerse eco a todos y cada

uno de los casos de arbitrariedad y opresión, de violencia y abuso, cualquiera que sea la clase a que estos  casos  se  refieran."86   Ello  presupone  la existencia de estrechos vínculos entre la defensa de los intereses de la clase obrera y la lucha por las libertades y derechos democráticos en un amplio sentido, contra la antipopular política exterior de la burguesía y, en muchos países, por la independencia nacional, etc.

Todas estas facetas de la actuación política de la clase obrera son de por sí muy importantes, sobre

 

todo en las condiciones actuales. Pero no sería correcto reducir a ellas las tareas de la lucha política. "No es bastante -escribe Lenin- que la lucha de clases llegue  a  ser  auténtica,  consecuente  y  desarrollada sólo cuando abarca la esfera de la política... El marxismo admite que la lucha de clases se ha desarrollado por completo y es «nacional» sólo cuando además de abarcar la política toma en ésta lo que es más esencial: la organización del poder."87

Eso es lo que diferencia al marxista del liberal adocenado, que está dispuesto a admitir la lucha de clases incluso en la esfera política, pero siempre y cuando se prescinda de la lucha de los obreros por derribar el capitalismo y conquistar el poder.

De todo lo dicho se desprende claramente la causa de que la teoría marxista-leninista, que ve el origen de toda lucha de clases en sus intereses materiales, económicos,  subraya  a  la  vez  la  primacía  de  la política  frente  a  la  economía,  coloque  la  forma política   de   la   lucha   de   clases   por   encima   de cualquiera otra y considere como política toda lucha de clases. La lucha económica y la ideológica no constituyen un fin de por sí; tanto la una como la otra, con todo el valor que indudablemente tienen, se hallan subordinadas a los fines políticos de los obreros, que son superiores, y a las tareas de su lucha política, que es la única que puede dar satisfacción al interés fundamental de la clase obrera: emanciparse de la explotación.

Los obreros ajustan su lucha política a las circunstancias de cada caso y recurren a los procedimientos más diversos, desde las manifestaciones, huelgas políticas (en defensa de determinadas reivindicaciones políticas) e intervención en las elecciones y parlamentos, hasta la insurrección armada. Los fines y métodos de la lucha política exigen formas más elevadas de organización de la clase obrera, y ante todo la creación del partido político del proletariado. Según demuestra la experiencia,   la   aparición   de   tal   partido   es   un fenómeno regular en la historia del movimiento obrero. La lucha política exige también la agrupación internacional -y no sólo nacional- de la clase obrera y de todos los trabajadores con el fin de aunar sus esfuerzos.

 

La revolución proletaria.

El escalón superior de la lucha de clase del proletariado es la revolución.

Los   enemigos   del   comunismo   presentan   la

revolución  proletaria  como  obra  de  un  reducido grupo de "conjurados". Esto es un embuste como un

templo. El marxismo-leninismo no admite la táctica

de las "revoluciones de palacio", de los golpes, de la toma del poder por una minoría armada. Así se desprende lógicamente de la interpretación marxista de  los  procesos  sociales.  Porque  las  causas  de  la

 

 

 

86 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. V, pág. 383.

 

87 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XIX, págs. 97-98.

 

 

 

revolución residen en última instancia en las condiciones de vida material de la sociedad, en el conflicto  entre  las  fuerzas  productivas  y  las relaciones de producción. Este conflicto toma cuerpo en el choque de grandes masas humanas, de clases, que se levantan a la lucha empujadas por causas objetivas que no dependen de la voluntad de determinados individuos o grupos y ni siquiera de partidos. El Partido Comunista organiza las acciones de las masas, las dirige, pero sin tratar de hacer la revolución "por ellas" y sólo con sus propias fuerzas.

La revolución socialista de la clase obrera se diferencia  de  todas  las  revoluciones  sociales anteriores y presenta una serie de características que le son propias. La principal es que las revoluciones anteriores se limitaban a sustituir una forma de explotación por otra, mientras que la revolución socialista acaba con toda explotación y, en última instancia, conduce a la desaparición de las clases. Es la más profunda de cuantas transformaciones conoce la historia, significa la reorganización completa, de arriba abajo, de las relaciones sociales. La revolución socialista pone fin a la milenaria existencia de la sociedad de explotación y a la opresión, cualquiera que sea la forma que ésta adopte; es el comienzo de una época de verdadera fraternidad e igualdad entre los hombres, del establecimiento de la paz perpetua en la tierra y del completo saneamiento social del género humano. Ahí reside el formidable valor humano de la revolución proletaria, que marca un importantísimo jalón en la historia.

El carácter de la revolución socialista determina el nuevo papel del pueblo en la conmoción revolucionaria. Las masas trabajadoras participaron también activamente en las revoluciones de antaño, cuando se trataba de derribar a los esclavistas y a los señores feudales. Pero entonces eran simplemente la fuerza de choque que allanaba el camino del poder a una nueva clase explotadora. Porque todo se reducía a sustituir una forma de explotación por otra.

Otra cosa muy distinta es la revolución de la clase obrera.  Los  obreros,  que  constituyen  una  parte

importante  de  las  masas  trabajadoras  (en  muchos

países la más cuantiosa), no cumplen sólo el papel de fuerza de choque; ejercen también la hegemonía, son quienes inspiran y dirigen la revolución. Y el triunfo de la clase obrera significa la supresión completa de la explotación del hombre por el hombre y la emancipación de los trabajadores de la opresión que gravitaba sobre ellos en todos los órdenes de la vida.

Quiere decirse que la revolución proletaria es la revolución que las propias masas trabajadoras hacen

en beneficio propio. No puede, pues, extrañarnos que

los trabajadores, en el curso de la revolución socialista, revelen un inagotable manantial de iniciativa, promuevan de su seno a excelentes jefes y revolucionarios   y   encuentren   nuevas   formas   de poder, distintas a cuanto hasta entonces conocía la

 

historia.  Prueba  de  ello  son  las  revoluciones socialistas de Rusia, China y todas las democracias populares.

La revolución socialista comprende en cualquier país   capitalista   un   período   bastante   largo   de

transición del capitalismo al socialismo. Su comienzo

es la revolución política, es decir, la conquista del poder por la clase obrera, y sólo entonces es cuando se puede producir el paso del capitalismo al socialismo.

Históricamente, la revolución socialista significa la supresión de la propiedad privada capitalista sobre

los   medios   de   producción   y   de   las   relaciones

capitalistas de producción entre los hombres, que son sustituidas por la propiedad social, socialista, sobre

los  medios  de  producción  y  por  las  relaciones  de

producción socialistas. Esto es imposible conseguirlo mientras en el poder se encuentre la burguesía. El Estado  burgués  es  el  principal  obstáculo  que  se levanta para la transformación del sistema capitalista. Sirve fielmente a los explotadores y guarda su propiedad. Para desposeer a las clases dirigentes y entregar sus propiedades a la sociedad entera hay que desplazar del poder a los capitalistas y colocar en él al pueblo trabajador. El Estado de la burguesía ha de ser sustituido por el Estado de los trabajadores.

Tal Estado es también necesario porque sólo teniendo en sus manos el poder se encuentra la clase obrera en condiciones de hacer frente a las enormes tareas de construcción de la nueva sociedad que la revolución socialista le plantea.

Las revoluciones anteriores tenían principalmente la misión de destruir. Así nos lo dicen claramente el ejemplo de las revoluciones burguesas. Lo que sobre todo  habían  de  hacer  era  barrer  las  relaciones feudales, romper las trabas con que la vieja sociedad se oponía al avance de la producción y limpiar el camino para el ulterior incremento del capitalismo. A esto se reducían, en lo fundamental, las tareas de la revolución burguesa. Las relaciones económicas capitalistas habían aparecido mucho antes y durante largo tiempo se habían desarrollado en el seno del régimen feudal. Esto era posible porque la propiedad burguesa y la feudal son dos formas de propiedad privada. Existían contradicciones entre ellas, pero durante cierto tiempo pudieron vivir una junto a la otra.

La   revolución   socialista   cumple   también   la función    de    destruir    las    relaciones    caducas,

principalmente capitalistas, y en ocasiones también

feudales,  que  se  mantenían  en  forma  de supervivencias más o menos vigorosas. Pero a las

tareas de destrucción se suman las de creación en el

campo social y económico, muy complejas y de extraordinario  volumen,  que  son  lo  que principalmente dan contenido a esta revolución.

Las relaciones socialistas no pueden nacer en el seno del capitalismo. Aparecen después de que los obreros han tomado el poder, cuando el Estado de los trabajadores nacionaliza las fábricas, las minas, los transportes, los bancos, etc., es decir, la propiedad de los capitalistas sobre los medios de producción, y los convierte en propiedad social, socialista. Es evidente que nada de esto podría hacerse antes de que el poder pase a las manos de la clase obrera.

Pero la nacionalización de la propiedad capitalista no  es  sino  el  comienzo  de  las  transformaciones

revolucionarias  que  la  clase  obrera  lleva  a  efecto. Para  pasar  al  socialismo  hay  que  extender  las

relaciones socialistas a toda la economía, organizar sobre una base nueva la vida económica del pueblo, crear una eficaz economía planificada, reestructurar

según los principios socialistas las relaciones sociales y  políticas  y  resolver  complejos  problemas  en  la

esfera de la cultura y la educación. Todo esto es un enorme trabajo y en su realización corresponde un papel    de    excepcional    importancia    al    Estado

socialista, que es el instrumento mejor de que los trabajadores disponen para construir el socialismo, y

más tarde el comunismo. Por ello, cuando se afirma, como hacen los oportunistas, que el socialismo se puede construir dejando el poder político en manos

de la burguesía, se incurre en un error manifiesto;

esto  no  significa  más  que  engañar  a  la  gente  y sembrar en el pueblo dañosas ilusiones.

La revolución política de la clase obrera puede

adoptar formas diversas. Puede ser llevada a cabo por la insurrección armada, como ocurrió en Rusia en

octubre de 1917. En condiciones excepcionalmente

favorables, el paso del poder al pueblo puede realizarse pacíficamente, sin insurrección armada ni guerra civil. Pero cualquiera que sea la forma en que transcurra la revolución política del proletariado, siempre  es  la  culminación  de  la  lucha  de  clases. Como consecuencia de la revolución se implanta la dictadura del proletariado, es decir, el poder de los trabajadores, dirigida por la clase obrera.

Una vez ha conquistado el poder, la clase obrera se encuentra con el problema de la maquinaria del

viejo   Estado,   de   la   policía,   los   tribunales,   la

Administración, etc. ¿Qué hacer con ello? En las revoluciones   anteriores,   cuando   la   clase   nueva

llegaba  al  poder  acomodaba  a  sus  necesidades  el

viejo aparato estatal y gobernaba con su ayuda. Esto era posible porque las revoluciones se limitaban a

sustituir la dominación de una clase explotadora por

la dominación de otra clase también explotadora.

La clase obrera no puede proceder así. La policía, la gendarmería, los tribunales y demás organismos

que durante siglos enteros estuvieron al servicio de las clases explotadoras no pueden pasar simplemente

a depender de aquellos a quienes hasta entonces oprimían. El aparato estatal no es una máquina como otra  cualquiera,  que  obedece  por  igual  a  quien  la

maneja: podremos cambiar de maquinista, pero la locomotora  seguirá  arrastrando  el  tren.  Pero  la

 

máquina del Estado burgués es de tal carácter que no puede servir a la clase obrera. Por los elementos que la integran y por su misma estructura está adaptada de manera que cumpla la función esencial de ese Estado: mantener a los obreros sujetos, bajo la dependencia de la burguesía. De ahí la afirmación de Marx de que todas las revoluciones anteriores se limitaron a perfeccionar la vieja maquinaria estatal, mientras que la revolución obrera ha de destruirla y sustituirla por un Estado propio, proletario.

Otro factor importante en cuanto a la creación del nuevo aparato estatal es que ayuda a incorporar las

grandes  masas  del  pueblo  a  la  causa  de  la  clase

obrera.  La  gente  tiene  constantemente  que relacionarse con los órganos de poder. Y cuando los

trabajadores  ven  que  las  instituciones  de  gobierno

están regidas por hombres salidos del pueblo, cuando ven que los organismos estatales tratan de dar satisfacción a las necesidades diarias de los que trabajan y no de los ricos, esto, mejor que cualquier propaganda, explica a las masas que el nuevo poder es el poder del propio pueblo.

El  modo  como  la  vieja maquinaria  estatal  será destruida  depende  de  muchas  circunstancias,  entre

las que se cuenta, por ejemplo, si la revolución se llevó a cabo por vía violenta o pacífica. No obstante,

cualesquiera que sean las condiciones, la destrucción del viejo aparato de poder y la creación de otro nuevo siempre será una tarea primordial de la revolución

proletaria.

La fuerza principal y decisiva de la revolución socialista puede ser sólo la clase obrera, sin que esto

quiera   decir   que   sea   ella   la   que   la   realiza

exclusivamente. Los intereses de la clase obrera coinciden con los intereses de todos los trabajadores, o  sea de la inmensa  mayoría de la población.  En virtud de ello es posible la alianza de la clase obrera - que mantiene la hegemonía- con las más grandes masas de trabajadores.

Las masas aliadas de la clase obrera no acuden de ordinario inmediatamente, sino que lo hacen poco a

poco, en apoyo de la consigna de la revolución socialista y del establecimiento de la dictadura del

proletariado. La experiencia histórica demuestra que la revolución proletaria puede producirse como prolongación de la revolución democrático-burguesa,

del movimiento de liberación nacional de los pueblos oprimidos  y  de  la  lucha  de  liberación  contra  el

fascismo o contra el imperialismo.

La  revolución  proletaria  exige  mucho  de  los partidos de la clase obrera. Una de las condiciones

principales para el triunfo es la dirección enérgica y acertada de la lucha de las masas por parte de los

partidos marxistas.

La época de las revoluciones socialistas significa toda  una  etapa  en  el  desarrollo  de  la  humanidad.

Tarde o temprano, las revoluciones socialistas abarcarán a todos los pueblos y países. Según sea el lugar  en  que  se  produzcan,  adoptan  formas peculiares, en dependencia de las condiciones históricas concretas y de las características y tradiciones nacionales. Pero las revoluciones proletarias se subordinan, en todos los países, a unas leyes comunes que fueron descubiertas por la teoría marxista-leninista.

 

Capitulo  VI. El papel de las masas populares y el individuo en la historia

 

Los          ideólogos              de           las           clases     explotadoras deforman con singular celo cuanto se refiere al papel de las masas populares y del individuo en la historia. En su afán por justificar el "derecho" de una minoría insignificante   a   oprimir   a   la   mayoría,   siempre trataron de rebajar el papel de las masas del pueblo en la vida y en el progreso de la sociedad. El pueblo, la gente, las masas trabajadoras son, según ellos, una turba obtusa que por su naturaleza misma está destinada a someterse por entero a la voluntad ajena y a soportar mansamente su vida de humillaciones y necesidades.

Para quienes así piensan, las masas populares no son más que el objeto pasivo del proceso histórico, y,

en el mejor de los casos, ejecutores ignorantes de la voluntad  de  los  "grandes  hombres":  de  los  reyes,

generales, legisladores, etc. Tales teorías subjetivistas no se limitan a justificar los regímenes en que un puñado de explotadores oprime a la mayoría de la

población, sino que también argumentan en pro de una  política  interior  dirigida  a  la  supresión  de  la

democracia  y  al  establecimiento  de  sistemas fascistas.  Estos  sistemas  precisamente,  afirman  los

ideólogos reaccionarios, son los que pueden asegurar a los grandes hombres el campo libre para "hacer" historia  e  imponer  su  voluntad  sin  temor  a  la

intervención de las masas ignorantes del pueblo. Así justificaban los hitlerianos y otros fascistas la falta de

derechos a que tenían sometido al pueblo y la omnipotencia del "führer".

Además de la concepción subjetivista del papel

del individuo en la historia, entre los ideólogos burgueses   goza   también   de   privanza   la   visión fatalista, según la cual los hombres no pueden ejercer influencia alguna sobre la marcha de los acontecimientos. Tal punto de vista es impuesto con particular insistencia por las gentes de la Iglesia, para quienes la vida y el desarrollo de la sociedad han sido determinados por la providencia, por el sino, por la suerte ciega. "El hombre propone y Dios dispone": a esto se reducen todos sus razonamientos.

La teoría fatalista rebaja tanto como la subjetivista el papel de las masas populares en el progreso de la sociedad. Lo mismo la una que la otra parten del falso supuesto de que el desarrollo social se produce al margen de la actividad y la lucha de los millones de trabajadores; cada una, a su manera, sirve a los

 

interesadas en que se mire con desprecio al hombre del trabajo.

La teoría marxista ha puesto de manifiesto la falsedad  de  ambas  concepciones,  lo  mismo  de  la

subjetivista que de la fatalista. El marxismo- leninismo, que ha descubierto las leyes del proceso

histórico, ve en las masas populares el portavoz de la necesidad histórica, la fuerza a la cual corresponde el papel determinante en el desarrollo social.

 

1. Las masas populares son las creadoras de la historia

Las masas populares son, ante todo, las clases y capas sociales que ponen en movimiento la producción social y viven de su propio trabajo, es

decir,  son  las  masas  trabajadoras.  En  su  conjunto

forman  la  inmensa  mayoría  de  la  sociedad.  Qué clases y capas concretas integran las masas populares es cuestión que depende de la época, del carácter de la formación social. Por consiguiente, el empleo del término "masas populares" no significa en modo alguno el abandono de la visión de clase, de la necesidad de poner en claro el contenido concreto de clase del movimiento en el cual participan.

 

La  actividad  de  producción  de  las  masas populares como condición decisiva de la vida y desarrollo de la sociedad.

En la vida de la sociedad tiene un valor primordial la actividad de producción de las masas. Estas son las

que   crean   los   instrumentos   de   trabajo   y   los

perfeccionan, acumulan hábitos de trabajo y los transmiten de generación en generación, las que producen todos los bienes materiales sin los que la sociedad sería incapaz de subsistir un solo día.

Cuando  una  formación  económico-social sustituye  a  otra,  la  naturaleza  de  clase  de  los

productores cambia, pero su labor fue siempre, ha

sido  y  será  una  necesidad  natural,  la  condición primera para que la sociedad exista. "... Por muchos que sean los cambios que se operen en las capas superiores, improductivas, de la sociedad -subraya Engels-, ésta no puede subsistir sin la clase de los productores. Por consiguiente, esta clase es necesaria en cualquier condición, aunque ha de venir un tiempo en el que no será ya clase y abarcará a la sociedad entera."88

El trabajo diario de millones de gentes que desarrollan la producción no se limita a asegurar a la

sociedad  todo  cuanto  necesita  para  su  existencia;

también crea la base material para la consecutiva sucesión   de   formaciones   económico-sociales,   es

decir, para el avance y el progreso de la sociedad.

La  actividad  de  producción  de  las  masas populares sería ya bastante para ver en ella a los genuinos creadores de la historia. Pero su papel en el desarrollo social no acaba ahí.

 

fines       ideológicos           de           las           clases     explotadoras,                     

88 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. XV, pág. 592.

 

 

 

 

Las masas populares y la política.

 

Las masas desempeñan un importante papel en la vida política. Sin su acción política resulta imposible concebir el propio desarrollo de la sociedad, y sobre todo las revoluciones sociales. Cualquiera que sea la clase que sube al poder como consecuencia de una revolución, su principal fuerza motriz fueron siempre las masas del pueblo.

En los períodos revolucionarios, la labor de creación de las masas populares se eleva a inusitadas alturas. "La revolución es el triunfo de los oprimidos y explotados -escribe Lenin-. Jamás la masa del pueblo es capaz de mostrarse tan activa creadora de los nuevos sistemas sociales como durante la revolución. En esos momentos el pueblo es capaz de realizar milagros... "89

No es menor el papel de las masas populares en las luchas de liberación nacional, cuando se trata de

defender el país de invasores extranjeros, en las guerras justas.

Las clases explotadoras se presentaron siempre como si tuvieran la exclusiva en la defensa de los intereses nacionales. Los hechos nos demuestran, sin

embargo, que, a la hora de las grandes pruebas nacionales,   quien   decide   no   es   el   puñado   de

explotadores, sino el pueblo, las masas, que con las armas en la mano se levantan en defensa de la patria y luchan abnegadamente por su independencia.

La lucha generosa y desinteresada de las grandes masas del pueblo ruso fue lo decisivo para liberar a

su país del yugo tártaro y en la derrota de las tropas napoleónicas    en    1812.    Al    heroísmo    de    los

trabajadores deben su independencia nacional otros muchos países: Italia, que durante largo tiempo se halló sometida al yugo extranjero; Bulgaria, Serbia,

Grecia y demás países balcánicos que sufrieron la dominación turca, etc.

En nuestros días fueron las grandes masas de trabajadores   las   que   salvaron   a   Europa   de   la esclavitud y derrotaron al fascismo. En esta victoria

histórica correspondió un excepcional papel a los pueblos de la Unión Soviética, que soportaron sobre

sus hombros la carga principal de la guerra antifascista.

Gracias a la abnegación de las masas populares de

las colonias y países dependientes, muchos de ellos se han sacudido ya el yugo a que estaban sometidos y otros se encuentran en vías de alcanzar la libertad y la independencia nacional.

En los períodos "pacíficos", el papel de las masas populares   en   la   vida   política   de   la   sociedad

explotadora    no    es    tan    evidente.    Las    clases

dominantes ponen en juego todos los instrumentos de coerción física y espiritual -el ejército y la policía, la justicia y la religión, la Administración y la escuela- para  reducir  al  mínimo  el  papel  de  las  masas

 

89 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IX, pág. 93.

 

populares  en  política,  para  reprimir  toda manifestación suya en este terreno o para orientarlas hacia cauces que no signifiquen un peligro para los intereses de los explotadores. Esto es una característica inseparable del régimen social basado en  la  explotación.  El  sometimiento  de  los trabajadores y la apropiación del fruto de su trabajo únicamente es posible cuando las masas están políticamente sojuzgadas, cuando en la vida política ha sido asegurada la dominación de las clases parasitarias. Por eso las masas trabajadoras sólo pueden orientar la política cuando el poder de los explotadores ha sido derribado.

Esto  no  significa,  empero,  que  las  masas populares no cumplan función alguna mientras están

sometidas a los capitalistas u otros explotadores. La

política es un terreno de enconada lucha de clases, y sobre todo de lucha entre los explotadores y los explotados. Su resultado final depende no sólo de la voluntad de las clases dominantes, sino también del tesón y el empeño que los trabajadores pongan en la defensa de sus intereses, es decir, de la correlación real de fuerzas en esta lucha.

Las masas populares, aun dentro del capitalismo, pueden influir sustancialmente sobre la política de la

clase  dominante,  oponerse  a  la  realización  de  los

propósitos de las fuerzas reaccionarias y obligar a los gobernantes  a  hacer  concesiones  en  muchos problemas de gran relieve de la política interior y exterior. Esta lucha política diaria, según se señalaba en  el  capítulo  precedente,  cumple  un  importante papel en el desarrollo de la sociedad.

 

Papel de las masas populares en el progreso de la cultura.

 

Cuando los ideólogos reaccionarios niegan a los trabajadores toda capacidad para una labor de creación, deforman de la manera más descarada el papel de las masas populares en el progreso de la cultura. La cultura espiritual, afirman, es fruto del trabajo de unos pocos "elegidos", sólo a un puñado de genios debe la humanidad sus avances en la ciencia, la literatura y el arte.

Así, a primera vista, parece que tuvieran razón. En efecto, casi en todas las esferas de la creación espiritual podemos contar varias docenas de nombres

-tales como Newton, Lomonósov y Einstein en física, Mendeleev   y   Bútlerov   en   química,   Darwin   y

Michurin en biología, Shakespeare y Tolstoi en literatura, Beethoven y Chaikovski en música- sin los que resulta difícil inclusive imaginarnos la cultura

moderna.

Los marxistas reconocen los méritos de los genios de  la  cultura,  lo  cual  no  quita  para  que  vean

claramente  la  inestimable  aportación  que  en  este

terreno corresponde a las masas populares, a los trabajadores. Ellos son los que sentaron las bases de

toda la cultura espiritual de la humanidad y crearon las condiciones para su progreso.

Sabemos, por ejemplo, que la literatura y el arte fueron  durante  largo  tiempo  obra  exclusiva  del

pueblo.     Poemas     épicos,     romances,     cuentos,

tradiciones, refranes y canciones sirvieron de cimientos para la labor de escritores y poetas profesionales. De la misma manera, los trabajos de artesanía, las artes aplicadas y la arquitectura popular sirvieron de base para la ulterior creación de artistas y arquitectos. La artesanía sigue representando en nuestros tiempos un valor artístico propio y es fuente inagotable de figuras y de recursos representativos, así como de inspiración para escritores y artistas. La creación popular es lo que da origen a la forma nacional del arte y de la literatura en cada país.

También es el pueblo el que sentó las bases de la ciencia. Son para nosotros motivo de admiración los

sabios que descubren nuevas fuentes de energías y

milagrosas vacunas, que inventan máquinas extraordinarias   y   materiales   nuevos   llamados   a

transformar   nuestra   vida.   Pero   no   es   menos

asombrosa la hazaña de las masas populares que en su trabajo diario fueron arrancando poco a poco a la naturaleza sus primeros secretos, que aprendieron a obtener el fuego, a cultivar los cereales y a fundir el metal, que inventaron y perfeccionaron los primeros instrumentos de trabajo y reunieron las primeras nociones sobre los objetos y fenómenos que rodean al hombre.

En  las  primeras  etapas,  las  masas  trabajadoras eran, pues, las que directamente creaban todos los valores culturales.

La situación no podía por menos de cambiar cuando  el  trabajo  intelectual  se  separa  del  trabajo

manual, cuando la literatura, el arte y la ciencia -

junto a la dirección de los asuntos públicos- se convierten en monopolio de las clases explotadoras

dominantes  y  de  las  capas  de  la  sociedad  que  se

hallaban a su servicio. Todo un sistema de medidas, económicas y políticas, es puesto en juego para que las esferas principales del trabajo intelectual -sin exceptuar cuanto se refiere a la cultura- se conviertan en  privilegio  de  los  ricos.  El  apartamiento  de  las masas populares de la cultura, manteniéndolas en la ignorancia, se convirtió para los explotadores en una de tantas garantías de su dominación de clase.

Todo esto ha limitado, como es lógico, la participación activa de las masas populares en el progreso de la ciencia, el arte y la literatura.

Los ideólogos de la burguesía contemporánea especulan sin tasa con este hecho. Según afirman, los

trabajos intelectuales complejos, relacionados con la dirección de la política y la economía y con la labor

creadora en el campo de la cultura, están únicamente al alcance de una "élite", es decir, de hombres escogidos  que  militan  en  las  filas  de  las  clases

dominantes de la sociedad de explotación. A su vez, las  masas  populares  son,  para  estos  "teóricos",

 

intelectualmente "inferiores" y capaces sólo para realizar un "grosero" trabajo físico.

En realidad, la inteligencia y el talento no son un privilegio  de  clase.  Lo  que  en  la  sociedad  de

explotación es, sí, privilegio es la posibilidad de que la inteligencia y el talento se revelen en el campo de

la política, la ciencia, el arte y la literatura. Esta posibilidad   en   la   sociedad   de   clases   suele   ser exclusiva    de    quienes    proceden    de    familias

acomodadas.

Y es verdaderamente asombroso el vigor de la inteligencia, el talento y la voluntad de muchos miles

de trabajadores que, aun dentro de una sociedad de

explotación, han sabido abrirse camino y dejar huella en las esferas más diversas de la vida espiritual y en

la  política.  La  historia  no  es  escasa  en  ejemplos.

Newton y Lomonósov, hijos de campesinos, fueron grandes sabios. Abraham Lincoln, un simple leñador, desempeñó un señalado papel en la guerra civil de los Estados Unidos y fue elegido su presidente. Máximo Gorki, salido de un medio urbano muy modesto, llegó a ser un eximio escritor. La relación podría  continuarse  indefinidamente.  Pero  por  cada una  de  estas  grandes  figuras  salidas  del  pueblo, cientos y miles de hombres de talento se perdieron en el anonimato. La historia de la sociedad de explotación es un verdadero cementerio de talentos frustrados por falta de posibilidades.

Una de las formidables ventajas que el socialismo significa es que pone fin a esa insensata dilapidación

del mejor caudal que la sociedad posee y que es el

talento de sus hombres. El socialismo suprime todos los privilegios estamentales, políticos y económicos, con lo que crea las condiciones para el desarrollo completo y la racional utilización de las facultades humanas. Esto, de por sí, acelera intensamente el progreso en todos los sectores de la vida social.

 

Importancia  de la tesis marxista sobre  el papel decisivo de las masas populares en la historia.

La tesis que afirma el papel decisivo de las masas

populares en el desarrollo social ocupa un importante lugar en la teoría del marxismo-leninismo. Es lo que proporciona a la ciencia de la sociedad la clave para comprender la marcha del proceso histórico y lo que salva el defecto sustancial de todas las teorías históricas anteriores a Marx, las cuales dejaban al margen la acción de las masas del pueblo. De este modo, el estudio de la sociedad se centra en la actividad de las masas populares y de las condiciones de su vida, sin lo cual es imposible comprender la marcha de la historia.

La acertada comprensión del papel de las masas populares  en  la  historia  sirve  de  guía  en  la  labor

práctica de los partidos marxistas-leninistas y de cada

uno de sus miembros. De entre todas sus facetas, le ayuda    a    separar    lo    principal    en    el    trabajo

organizativo, ideológico y de educación que realizan

 

 

 

en el seno de los obreros y de los trabajadores en general, para concentrar en ello la atención y las energías. La historia conoce un buen número de partidos, incluso entre los que se crearon para defender los intereses de los trabajadores, que desaparecieron de la palestra política por no haber comprendido el significado de este trabajo y no haber sabido agrupar en torno de ellos a las masas. Así, una de las causas del fracaso del partido "Voluntad del Pueblo" en Rusia fue que sus jefes no estimaban en su valor a las masas, confiando por entero en la labor de los "hombres dotados de espíritu crítico", mientras que la lucha contra los opresores la reducían al terror individual.

La tesis de la teoría marxista-leninista acerca del pueblo como creador de la historia tiene gran valor para las propias masas trabajadoras. Esta tesis echa por tierra uno de los mitos más caros al corazón de todos los explotadores -el de que la sociedad humana lo debe todo a un puñado de elegidos, sin los cuales no podría vivir ni conocería el progreso-; con ello despierta la conciencia de las masas trabajadoras, las eleva a la lucha por su emancipación y robustece su fe en el triunfo y en la realización de los ideales de una  sociedad  en  la  que  las  propias  masas  serán dueñas absolutas de sus destinos.

La doctrina marxista acerca del papel de las masas populares en la historia despierta a la vez entre los trabajadores un profundo sentido de responsabilidad por la suerte común. Les hace ver que no hay que confiar en ningún "salvador", que quien únicamente puede emancipar a los pueblos del yugo y reformar la sociedad en consonancia con las aspiraciones de la mayoría del género humano son los propios trabajadores.

 

2. El papel del individuo en la historia

La  actividad  de  los  dirigentes  como  elemento necesario del proceso histórico.

La   teoría   marxista,   que   demuestra   el   papel decisivo de las masas populares en la historia de la sociedad, señala a la vez el importante lugar que corresponde a la actividad de los grandes hombres,

de los dirigentes y jefes, y muestra la función que ellos cumplen como algo necesario para el desarrollo social. Esto se refiere no sólo a los sabios, escritores

y artistas, sin cuyo trabajo, en las condiciones modernas, es inconcebible el progreso de la ciencia y

la cultura, sino también y en la misma medida a los líderes, a los dirigentes de las masas, de las clases progresivas y de los partidos políticos.

Para que una clase cualquiera alcance el predominio    en    la    sociedad    necesita    de    una

determinada organización política. Y toda organización de clase, para poder funcionar, ha de tener una dirección, o lo que es lo mismo, dirigentes.

Esto   se   refiere   a   los   partidos,   a   las   demás

 

trazan y formulan la política de una clase, de un partido o del Estado, cuidan de aplicarla y orientan la actividad de miles y millones de seres.

Muy especialmente necesitan de dirigentes las clases   en   ascenso,   que   mantienen   una   lucha

revolucionaria   por   el   poder.   Porque   la   fuerza

principal que la clase oprimida puede oponer a la organización  estatal  de  la  clase  dominante  es  la fuerza de la organización revolucionaria. Esta, sin embargo, no podemos concebirla sin unos dirigentes expertos,   capaces   y   enérgicos.   "Ninguna   clase alcanzó en la historia el predominio -escribe Lenin- sin antes haber promovido a sus jefes políticos, a sus representantes avanzados capaces de organizar el movimiento y de dirigirlo."90

La actividad de los dirigentes no es, pues, algo casual en el proceso histórico, sino que constituye

una necesidad objetiva. Esta circunstancia es la que

provoca el efecto ilusorio de que los dirigentes, las personalidades destacadas, son la fuerza motriz y los

creadores de la historia. La labor de los dirigentes

flota siempre sobre los acontecimientos, todos la ven y la advierten. Y los ideólogos burgueses, sin pasar de   la   superficie   de   los   fenómenos,   tratan   de demostrar que los grandes hombres "hacen" los acontecimientos; que, por ejemplo, las revoluciones y guerras producidas en Europa a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX tuvieron como causa los actos de los jefes de la revolución francesa y de Napoleón, mientras que la lucha de clase de los obreros se debe a la "inducción" de los dirigentes comunistas.

Lo cierto es que la marcha de la historia viene determinada por la lucha de grandes grupos sociales, clases y masas. Y el papel de los grandes hombres en la historia únicamente se puede comprender cuando relacionamos sus actos con la lucha de clases, con la acción y la lucha de los grandes grupos sociales.

 

En qué reside la fuerza de las grandes figuras históricas

Las  grandes  personalidades,  dentro  del  plano político, no son las que crean los acontecimientos y movimientos; son dirigentes de las masas y de las clases sociales.  Lo  que les da la fuerza  es precisamente   el   apoyo   que   los   grandes   grupos sociales les prestan. Por mucho que sea su talento e inteligencia, sin este apoyo, esos hombres se verían impotentes y no serían capaces de ejercer una influencia sensible en la marcha de los acontecimientos. "Cuando, por consiguiente -escribe Engels-, se trata de investigar las fuerzas motrices que se hallan tras los impulsos de los personajes históricos -consciente o, como ocurre muy a menudo, inconscientemente-, de investigar las fuerzas que, en última instancia, forman los verdaderos resortes de la historia,  hay  que  tener  en  cuenta  no  tanto  los impulsos  de  los  individuos,  aunque  sean  los  más

 

organizaciones  sociales  y  al  Estado.  Los  dirigentes                            

90 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 345.

 

 

 

eminentes, como los impulsos que ponen en movimiento a grandes masas de hombres, a pueblos enteros y, a su vez, dentro de cada pueblo, a clases enteras."91 Los impulsos de las masas y de las clases no son fruto de la casualidad. En ellos toma cuerpo la necesidad histórica, la ley que rige los acontecimientos.

El gran error de los subjetivistas consiste en que ni siquiera pueden plantear correctamente la relación

entre el carácter del desarrollo social, como proceso sujeto a leyes, y la actividad de los grandes hombres,

pues para ellos esta actividad y las leyes sociales son fuerzas que se excluyen. La grandeza la ven en la capacidad del individuo para "salirse con la suya" y

realizar su voluntad superando toda clase de obstáculos. Así pintados, los grandes hombres de la

historia se asemejan al personaje de Saltikov- Schedrín que proclamaba: "O la ley o yo."

Es cierto que entre los dirigentes de movimientos

sociales ha habido y hay quienes van contra las leyes objetivas  de  la  historia.  Así  ocurre  singularmente entre las clases reaccionarias, pues el interés de estas clases se circunscribe a la defensa de las formas sociales caducas a las que van unidos su bienestar y su existencia. No es casual, por tanto, el sello de aventurerismo que en los líderes reaccionarios puede advertirse. El ejemplo más patente de esto lo tenemos en Hitler o en los políticos imperialistas de nuestros días,  que  sueñan  con  destruir  el  comunismo.  Su labor, sin embargo, acaba siempre por fracasar. Cuanto  sabemos  de  los  Estados  y  los  pueblos confirma mil veces que ni siquiera el hombre más enérgico, aunque posea un ilimitado poder, es capaz de suprimir a su arbitrio las leyes de la historia o de obligarla a dar marcha atrás.

La  actividad  de  todos  los  hombres,  grandes  y pequeños,  transcurre  en  determinadas  condiciones

sociales, las cuales imponen el desarrollo objetivo y

las tareas que la sociedad ha de resolver. Los líderes de las clases avanzadas son grandes porque comprenden mejor y antes que otros cuáles son esas tareas, las necesidades de la sociedad en su avance y qué reivindicaciones convienen a la clase que postula el progreso. Ellos indican los fines de la lucha y la vía para alcanzarlos, los defienden con todas sus energías, arrastran a otros representantes de su clase, los organizan y los dirigen.

Son muchos los personajes que dejaron huella de su paso en la historia, en la que cumplieron uno u

otro papel. Pero no todos, ni mucho menos, merecen

el calificativo de grandes. Únicamente son grandes aquellos   que   con   sus   acciones   contribuyen   al

desarrollo  de  la  sociedad  y  sirven  a  la  causa  del

progreso. Su actuación puede acelerar la marcha de la historia, acercar la victoria de lo nuevo, facilitar a las clases avanzadas y a la sociedad el camino hacia

 

esa victoria y aliviar los dolores del parto cuando nace algo nuevo en la vida social.

 

La necesidad social y los grandes hombres.

La aparición de personalidades eminentes va indisolublemente unida a la ley histórica.

En la sociedad hay siempre hombres capacitados y de talento, pero sólo se muestran y sólo se crean las condiciones  necesarias  para  que  surjan  cuando  se

siente la necesidad social de líderes en posesión de unas   u   otras   cualidades,   dotes   intelectuales   o

carácter. Esto se pone de relieve muy singularmente en las épocas revolucionarias, cuando a la dirección de  los  asuntos  públicos  pasan  cientos  y  miles  de

hombres que hasta poco antes permanecían en el anonimato y no encontraban, en las condiciones del

viejo régimen, una coyuntura para revelar su capacidad y su talento. De la misma manera, en los períodos  de  guerra  la  necesidad  social  abona  el

terreno para la aparición de hombres con las virtudes de buenos jefes militares.

Es obra del azar, se comprende, el decidir quién será el que destaque en unas condiciones sociales concretas, pero el propio hecho de la aparición de

líderes que respondan a las necesidades de la época está de por sí sujeto a la ley histórica.

Engels escribía: "La circunstancia de que sea precisamente este gran hombre el que aparece en un país   concreto   y   en    un    determinado   tiempo,

representa, ciertamente, una casualidad pura. Pero si eliminamos a este hombre será necesario sustituirlo;

y el sustituto aparecerá, más o menos apropiado, pero aparecerá  con  el  tiempo.  Que  Napoleón  el  corso

fuera precisamente el dictador militar que necesitaba la República Francesa agotada por la guerra, es una casualidad. Pero si Napoleón no hubiese existido, su

papel lo habría desempeñado otro. Así lo demuestra el  hecho  de  que  siempre  apareció  un  hombre  así

cuando era necesario: César, Augusto, Cromwell, etc."92

La aparición del hombre grande es obra del azar,

mas  eso  no  significa  que  cualquiera  otro  pueda ocupar ese puesto y cumplir su papel histórico. Para ello se requieren determinadas cualidades, cierta capacidad.   De   ahí   que,   de   ordinario,   pasen   a dirigentes los hombres que, en una u otra medida, poseen dichas cualidades.

En cuanto al carácter concreto de las cualidades requeridas, ofrece una variedad infinita, dependiendo

de la esfera en que el dirigente ha de moverse, de las

condiciones de la época, de la naturaleza de clase del movimiento que lo promueve, etc.

Cada clase elige a sus jefes de acuerdo con su

naturaleza social, con su situación en la sociedad y con las tareas que está llamada a cumplir. Los dirigentes de la clase obrera, por ejemplo, necesitan

 

 

 

91 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II, Moscú, 1955, pág.

373.

 

92  C. Marx y F. Engels, Cartas  escogidas, Gospolitizdat, 1953, págs. 470-471.

 

 

 

firmeza y audacia revolucionaria, en consonancia con el propio carácter de la misión histórica del proletariado; preparación teórica, puesto que la lucha de la clase obrera se apoya en una teoría científica; estrechos vínculos con el partido y con las masas; experiencia y capacidad para el trabajo de organización entre las masas; fe en la fuerza creadora de los trabajadores; capacidad para no sólo enseñar a las masas, sino también aprender de ellas, etc.

 

El culto a la personalidad va contra el marxismo- leninismo.

El marxismo-leninismo afirma que el papel decisivo en la historia corresponde a la actividad y la

lucha de clase de las masas populares. Sólo relacionándolo   con   la   lucha   de   clases,   con   la

actividad de las masas populares, con las necesidades sociales que esta lucha engendra, podemos comprender el verdadero papel de los dirigentes.

Tal concepción de la historia es incompatible con el culto a la personalidad, con la veneración de los

dirigentes, a los que se atribuyen sobrenaturales méritos y cualidades. El culto a la personalidad es una ideología contraria al marxismo, que procede de

las concepciones del feudalismo y del individualismo burgués.

Al propio tiempo, el culto a la personalidad repercute desfavorablemente en la actuación práctica y  se  enfrenta  con  las  necesidades  e  intereses  del

movimiento socialista.

La desenfrenada exaltación del dirigente y la exageración de sus méritos, quiérase o no, influye

nocivamente en las masas y deforma su educación.

El culto a la personalidad crea entre las masas la errónea creencia de que las tareas que se plantean ante los trabajadores puede cumplirlas alguno otro, de que la capacidad y los méritos del dirigente dan base a los millones de dirigidos para confiar por completo en el gran hombre, para seguir pasivamente los proyectos e indicaciones del "jefe" que todo lo sabe  y  todo  lo  tiene  previsto,  haciendo  así innecesario que los hombres de filas del movimiento socialista  piensen  por  su  cuenta,  manifiesten iniciativa, creen e influyan activamente sobre la marcha de los acontecimientos. Tales opiniones relajan la conciencia de responsabilidad de cada trabajador por el porvenir y el éxito del movimiento socialista, debilitan en ellos el inapreciable sentimiento de saberse dueños de su destino, que de manera tan rotunda se afirma en La Internacional:

Ni en dioses, reyes ni tribunos está el supremo salvador,

nosotros mismos realicemos

el esfuerzo redentor.

Más aún. Si de la ideología pasamos a la práctica, el   culto   a   la   personalidad   reduce   y   quebranta

inevitablemente el profundo espíritu democrático que acompaña  orgánicamente  al  movimiento  socialista.

 

Este culto restringe las normas de vida trazadas por la práctica, que ayudan a las masas a incorporarse activamente al movimiento, y a los dirigentes a aprender de las masas, a resumir la experiencia de su actividad y su lucha. En vez de esto surgen otras normas,   por   las   que   se   conceden   al   dirigente derechos extraordinarios, que transportan el centro de gravedad  de  la  dirección  a  las  decisiones, indicaciones y directrices individuales. Esto anula no ya  el  deseo,  sino  la  misma  posibilidad  de  que millones de trabajadores manifiesten iniciativa y desplieguen toda su actividad creadora.

El culto a la personalidad se opone, pues, a la incorporación de las grandes masas a la lucha contra

el capitalismo y a la construcción de la sociedad socialista. Y ello es así cuando una de las grandes

ventajas del movimiento socialista reside justamente en su capacidad para despertar a millones de trabajadores para la creación histórica. En la lucha

por la supresión del capitalismo y la construcción del socialismo   es   de   gran   importancia   utilizar   esta

superioridad al máximo. Las tareas del movimiento socialista  son  tan  ingentes  que  jamás  podrá cumplirlas por si solo un individuo, aun dotado de la

mayor capacidad, sin la participación activa de las masas populares. Ni el mayor de los genios puede

reemplazar al discernimiento colectivo de las masas y del Partido; la experiencia personal, aun la más valiosa y completa, no será capaz de sustituir a la

experiencia colectiva de millones de hombres; ni la más grande de las hazañas personales podrá suplir la

hazaña de las masas trabajadoras que se han puesto en  pie  para  la  lucha  contra  el  capitalismo  y  que

construyen el socialismo.

De  todo  esto  se  desprende  que  el  culto  a  la personalidad               causa      un           perjuicio               directo   al

movimiento socialista, por cuanto restringe la posibilidad de poner en juego sus grandes ventajas

históricas.

Además, en           un           ambiente              de           culto       a              la personalidad  se  hace  posible  la  incorporación  al

movimiento socialista de fenómenos que nada tienen que  ver  con  su  naturaleza,  accidentales  y  hasta

nocivos,  que  guarden  relación  con  unos  u  otros rasgos negativos de determinados dirigentes.

Decíamos antes que una u otra persona se coloca

a la cabeza de la clase o del movimiento gracias a determinadas  cualidades  necesarias.  Ellas  son  las que, en lo fundamental y principal, hacen que los actos de esta persona reflejen las necesidades de la clase o del movimiento que dirige. Pero junto a esas cualidades  necesarias,  el  dirigente  puede  poseer rasgos personales que, aun siendo secundarios, sean capaces, en determinadas condiciones, de influir desfavorablemente sobre su labor.

J. V. Stalin, por ejemplo, llegó a dirigente gracias a una serie de cualidades personales necesarias para

el  movimiento  socialista,  como  su  fidelidad  a  la

 

 

 

causa de la clase obrera, su gran capacidad como organizador y teórico, su voluntad de hierro y su intransigencia en la lucha con los enemigos. Todo esto le permitió cumplir un señalado papel en el movimiento revolucionario y en la construcción del socialismo  en  la  U.R.S.S.,  así  como  en  el movimiento obrero internacional.

Pero   Stalin   poseía   otros   rasgos   de   carácter:

brusquedad, intolerancia hacia la opinión ajena, una desconfianza enfermiza; también era caprichoso. En

condiciones normales, nada de esto podía causar un

daño sensible. Lo habrían impedido las normas de vida de la sociedad socialista, del Partido y del movimiento obrero, que imponen la dirección colectiva, un eficaz control de las masas sobre los dirigentes, una amplia democracia para los trabajadores, la crítica y la autocrítica. Mas la situación en que transcurrió la actividad de Stalin no era ordinaria. La construcción del socialismo en un país económicamente atrasado, en unas condiciones de cerco capitalista y de encarnizada lucha de clases y ataques de las corrientes hostiles al Partido, exigía una especial centralización. Stalin trató de llevar esta centralización   al   máximo,   concentrando   en   sus manos un poder excesivo y violando los principios de la dirección colectiva por los que los Partidos Comunistas se rigen. En tales condiciones, sus rasgos personales negativos comenzaron a ejercer cierta influencia sobre su labor en el Gobierno y en el Partido, y, por tanto, sobre la propia vida del Partido y del país. Así fueron posibles algunos fenómenos profundamente ajenos al marxismo-leninismo y al socialismo como sistema social: abandono de los principios democráticos en cuestiones importantes de la política, graves transgresiones de la legalidad socialista,   represiones   infundadas,   nombramiento para cargos importantes de personas totalmente incapaces y extrañas al Partido que se habían ganado su confianza por su servilismo y espíritu adulador.

Estos   fenómenos   negativos,   se   entiende,   no alteraron  la  naturaleza  socialista  de  la  sociedad

soviética. También en ese período siguió ésta avanzando  por  la  vía  socialista,  por  la  vía  del

robustecimiento de la propiedad social sobre los medios de producción, de rápido incremento de las fuerzas  productivas,  de  ascenso  del  bienestar,  la

cultura y la conciencia de los trabajadores. Los pueblos  de  la  U.R.S.S.  lograron  en  este  período

grandes victorias a pesar de todas las consecuencias negativas del culto a la persona de Stalin. Pero los éxitos habrían sido aún mayores de no ser por los

errores de Stalin y por el culto a la personalidad.

Así, pues, el culto a la personalidad es ajeno a todo el espíritu y a las necesidades del movimiento

socialista;   es   incompatible   con   el   marxismo-

leninismo. No en vano Marx, Engels y Lenin combatieron siempre toda manifestación del mismo,

mostraban   una   repugnancia   fisiológica   por   la

 

adulación y las alabanzas y en repetidas ocasiones pusieron en guardia a la clase obrera y a su partido contra el peligro que la exaltación y el enaltecimiento de los dirigentes representaban.

Fiel  al  espíritu  de  estas  tradiciones  del movimiento socialista, el Partido Comunista de la Unión Soviética ha emprendido una decidida lucha contra el culto a Stalin, lucha que comprende un trabajo de educación e ideológico y medidas encaminadas  a  hacer  imposible  la  reaparición  del culto a la personalidad, a fomentar la democracia socialista y a restablecer las normas leninistas en la vida del Partido. Esta lucha tiene grandes alcances para todo el movimiento socialista.

La burguesía, y con ella los reformistas y revisionistas de toda laya, han tratado de aprovechar la crítica del culto a Stalin para difamar a la Unión Soviética y al régimen socialista, quebrantar el prestigio moral del Partido Comunista de la Unión Soviética y sembrar la discordia y la confusión en el movimiento obrero. Pero sus intentos han resultado fallidos. Pese a todos los esfuerzos de los servidores del imperialismo, la lucha contra el culto a la personalidad ha traído consigo, en última instancia, un nuevo ascenso del movimiento socialista, que ha visto robustecidas su cohesión y su unidad.

Los partidos marxistas-leninistas han sabido salir también al paso de las concepciones nihilistas que negaban el papel de los dirigentes y de los chispazos anarquistas,  atizados  diligentemente  por  los enemigos del socialismo. La reacción siempre se mostró dispuesta a difamar y comprometer a los dirigentes de los trabajadores, considerando que así podría quebrantar y desorganizar el movimiento obrero. Pero las masas, en su inmensa mayoría, comprenden que el prestigio y la popularidad de los dirigentes de la clase obrera no tienen nada de común con la condena que el Partido ha hecho del culto a la personalidad. El prestigio y la popularidad no son sólo una consecuencia legítima de la labor de los mejores dirigentes de la clase obrera. Son también un arma importante del movimiento obrero en la lucha por   el   socialismo,   y   así   nos   lo   dice   toda   la experiencia de la lucha que el proletariado mantiene por su emancipación. Sin dirigentes prestigiosos, vinculados a las masas y populares entre ellas, no hay movimiento socialista organizado, son imposibles los grandes triunfos en la lucha por el socialismo. Los mejores jefes de la clase obrera, íntimamente unidos al pueblo y que dirigen acertadamente la lucha de los trabajadores por sus vitales intereses y sus ideales, cumplen  una  señalada  misión  en  la  historia  y  se hacen acreedores al amor del pueblo.

 

3. Papel  de las masas  en la vida político-social de nuestra época

La tesis marxista de que el pueblo es el creador de la  historia  es  valedera  para  todos  los  tiempos  y épocas. Pero la actividad de las masas populares hay que considerarla en su desarrollo. De una formación a otra cambian las condiciones sociales en que transcurren el trabajo y la lucha de las masas del pueblo, con lo que se hace distinto su papel en la vida y el desarrollo de la sociedad. Desde los tiempos en que la sociedad se dividió en clases, la tendencia general de estos cambios es la de un incremento de la influencia de las masas trabajadoras sobre la marcha de los distintos aspectos de la vida social, y muy singularmente sobre la política.

 

Creciente   papel   de   las   masas   populares   en política.

Bajo un régimen de explotación, las funciones de gobierno de la sociedad, la decisión de sus asuntosinteriores y exteriores, es monopolio de las clases explotadoras dominantes. La resistencia a los explotadores, la lucha de clases, es el único recurso

de que las masas populares disponen para influir en la  política.  Así  las  cosas,  el  papel  de  las  masas

populares en la vida política viene determinado enteramente por el nivel de la lucha de clase de los trabajadores contra quienes les oprimen. Este nivel

crece constantemente con el paso de una formación social a otra.

La historia de la sociedad esclavista abunda en ejemplos de abnegada lucha de los oprimidos. Pero los esclavos, entre los que tantas diferencias había de

lengua  y de  raza,  eran  una  masa  que difícilmente podía   agruparse   para   formar   una   fuerza   social

importante y poseían una conciencia de clase muy escasa. De ordinario, los esclavos que se sublevaban

no pensaban siquiera en la lucha contra el régimen esclavista; su único anhelo era volver a su patria para sentirse de nuevo hombres libres.

El paso al feudalismo brinda a los trabajadores posibilidades   más   amplias   de   lucha   contra   la

opresión.  Los  siervos  vivían  y  trabajaban  en  su misma patria, hablaban en una misma lengua y comprendían más que los esclavos su solidaridad en

la lucha contra los señores. Poco a poco aprendieron a establecer relaciones con las capas pobres de la

ciudad, con las cuales buscaban la alianza. No obstante, también los movimientos campesinos presentaban defectos orgánicos que se derivaban del

propio carácter de los siervos como clase: limitación de    los    levantamientos    a    comarcas    reducidas,

debilidad en cuanto a la organización, etc.

La clase obrera elevó la lucha contra los explotadores a su más alto nivel. No en vano es la

más organizada de todas las clases oprimidas que la historia conoce. Es la única que se presenta armada

de  una  concepción  científica  del  mundo.  Es  una fuerza   no   sólo   nacional,   sino   internacional,   al hallarse unida por los fuertes lazos de la solidaridad de la vida política hasta en los períodos "pacíficos" y no revolucionarios.

La lucha de clase de los trabajadores alcanza su punto  culminante  en  el  período  de  la  revolución

socialista. Fruto de la misma es el nacimiento de una sociedad nueva, en la cual la política, que antes era

un instrumento de coerción y represión de las masas populares, se convierte en arma para la defensa de sus conquistas e intereses. Se trata de un viraje de

capital importancia en la historia de la humanidad. En  adelante,  las  masas  populares,  dirigidas  por  la

clase obrera y su partido, comienzan a determinar y orientar por sí mismas la política. De objeto que eran de la política oficial, se convierten en sujeto. Esto se

desprende de la naturaleza de la sociedad socialista y se encuentra garantizado por todo el sistema de vida

de la misma.

 

Las  masas  populares  como fuerza  política decisiva de nuestro tiempo.

El incremento del papel de las masas populares en la vida político-social es, pues, una ley del desarrollo histórico. Cuanto más difíciles son las tareas que se alzan frente a la sociedad y más profundos y consecuentes son los cambios que esas tareas exigen, más grandes son las masas que se incorporan como factor consciente de la historia y de los cambios sociales que en ésta se producen. Esto, subrayaba Lenin,  es  una  de  las  tesis  más   importantes   y profundas de la teoría marxista.93 Nos explica, por ejemplo, por qué en nuestra época -la época del hundimiento definitivo del reino de la explotación y de la construcción del comunismo- crece con tan vertiginosa rapidez el papel de las masas populares en  la  vida  social.  "La  historia  -escribe  Lenin-  la hacen ahora por su cuenta millones y decenas de millones de seres."94

¿Qué manifestación concreta adquiere todo esto? Primeramente,  en  los  países  habitados  por  un

tercio  de  la  humanidad  las  masas  populares  han

llevado a cabo un profundo viraje histórico, rompiendo para siempre con cuanto las condenaba al

atraso,   a   la   opresión   y   a   la   humillación.   Los

trabajadores de los países socialistas son dueños de su propia vida y la única fuerza que determina los destinos de la sociedad. De esta manera han reducido a polvo las fábulas inventadas por los explotadores, en el sentido de que una sociedad sin opresión ha de entrar forzosamente en colapso y desaparecer, arrastrando consigo a su economía, su civilización y su cultura. La gran hazaña de los trabajadores de los países socialistas es un ejemplo y un estímulo para las masas populares del mundo entero.

Se han despertado y puesto en movimiento masas enormes de gentes del trabajo en las colonias y países dependientes. Pasó para siempre la época en que los

 

proletaria.  Todo  esto  infunde  singular  potencia  a  la                         

 

lucha de clases y la convierte en un factor primordial

 

93 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. II, pág. 491.

94 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 136.

 

 

 

gobiernos imperialistas prescindían de ellos en sus cálculos y los trataban como a bestias. Los trabajadores de estos países han proclamado ante el mundo entero y han hecho saber que son hombres como todos los demás y que exigen unas condiciones humanas de existencia. Esto ha producido en el transcurso de los diez años últimos cambios sustanciales en el mundo, ha puesto fin a la división de la población de nuestro planeta en un puñado de naciones superiores, que resolvían los destinos del globo, y los pueblos de color -más de mil millones de seres  oprimidos  y  explotados-,  a  los  que  durante largo tiempo manejaron impunemente a su antojo los imperialistas.

Se han producido también cambios profundos en la situación de los trabajadores dentro de los países capitalistas. Cierto que no se han emancipado aún de su yugo. Pero ¿acaso se puede comparar su papel en la vida política no ya con épocas históricas pasadas, sino con la situación que había hace unas cuantas decenas de años? Hoy, incluso en los países en que aún gobiernan los explotadores, los trabajadores son una fuerza que los capitostes imperialistas no pueden por menos de tener presente. Los trabajadores tienen sus partidos políticos, a menudo cuentan con nutridas representaciones  parlamentarias,  poseen  prensa propia y las organizaciones más diversas. Ha crecido enormemente el interés hacia los problemas político- sociales, incluso hacia aquellos que antes no importaban a nadie más que a los políticos profesionales. La parte avanzada de los trabajadores tiene conciencia clara de sus intereses y cada vez maneja mejor las más importantes formas de lucha en defensa de los mismos.

El incremento de la influencia de las masas populares sobre la política de los países burgueses

abre ante ellas vastas perspectivas en cuanto al éxito de la lucha por sus intereses económicos y políticos

inmediatos. Una circunstancia de valor trascendental es que la existencia del poderoso sistema socialista y de una amplia zona de paz, que crece más y más,

ofrece a las masas trabajadoras, por primera vez en la historia, la posibilidad de impedir una guerra que,

dada la potencia destructiva de las armas actuales, amenazaría la existencia de cientos de millones de seres humanos.

El incremento de la actividad política de los trabajadores les brinda también posibilidades nuevas

en cuanto a la lucha por sus reivindicaciones últimas y aproxima  el  alumbramiento  de la  sociedad socialista, un alumbramiento sin dolor y fácil, y en

condiciones favorables hace posible la transición al socialismo por vía pacífica.

La incorporación a la labor histórica de millones de  trabajadores  tiene,  por  tanto,  un  significado enorme    para    toda    la    vida    de    la    sociedad

contemporánea. Es lógico que no piensen lo mismo acerca de esto la burguesía y la clase obrera.

 

Para la burguesía reaccionaria, el incremento de la influencia de las masas populares en la vida social amenaza la existencia del sistema capitalista y es un obstáculo con el que siempre tropieza cuando quiere aplicar una política interior y exterior de su agrado y conveniencia.   De   ahí   que   la   incorporación   de millones de trabajadores a una labor histórica consciente siembre entre sus políticos e ideólogos profunda inquietud y confusión. Dominados por el pánico, afirman el advenimiento de la era de la "sociedad de las masas", del "dominio de las turbas", en lo que ven un trastorno completo de la marcha normal de la historia que amenaza a la sociedad con toda clase de males.

Pero la burguesía no se limita a difamar a las masas.  Al  propio  tiempo,  hace  cuanto  está  a  su alcance para reducir al mínimo el papel de los trabajadores  en  la  política  y  quitarles  sus posibilidades de influir sobre la vida y el desarrollo de la sociedad. Así nos lo prueba la cruzada de la burguesía imperialista contra la democracia y los repetidos  intentos  de  implantar  sistemas  fascistas, que   tienen   el   fin   exclusivo   de   acabar   con   la influencia que sobre la vida social ejercen las masas.

Paralelamente, la burguesía reaccionaria recurre a las mentiras más refinadas y la demagogia para ganarse a las masas. Es la última carta que juegan las fuerzas antipopulares. No hay que desdeñar el peligro de   tales   manejos.   Porque   los   imperialistas   no disponen sólo de recursos ingentes y de un poderoso aparato de propaganda; también poseen una gran experiencia -acumulada durante los siglos de dominación del capital- en cuanto a la esclavización espiritual de los trabajadores. Valiéndose del atraso de parte de las masas populares, en especial de los elementos pequeñoburgueses, la burguesía reaccionaria ha logrado en algunas ocasiones atraerse y convertir en instrumento de su política a capas considerables de la población. Así ocurrió en la Alemania  nazi  y  en  la  Italia  fascista.  Bajo  la influencia de la burguesía se encuentra actualmente una parte no despreciable de los trabajadores en los países capitalistas.

Incluso en los países en que la clase obrera ocupa el poder, la burguesía mundial no desaprovecha la menor coyuntura para sembrar la escisión entre los trabajadores,   se   vale   de   cualquier   fisura   y   de cualquier error para extender su influencia entre las masas. Prueba elocuente de ello son los acontecimientos de otoño de 1956 en Hungría.

Mas por mucho que la burguesía se esfuerce, por muchas  que  sean  las  maniobras  a  que  recurra,  su

camino  no  es  el  de  las  masas  populares.  Puede

durante cierto tiempo engañar a cierta parte de los trabajadores, pero como no deja de ser una clase explotadora y opresora, jamás podrá establecer con ellos una alianza sólida. De ahí que el creciente papel de  las  masas  populares  en  la  vida  político-social

 

 

 

debilite a la burguesía reaccionaria y sea un síntoma de que se aproxima el fin de su dominación.

Otra cosa es la clase obrera. Ella misma es una parte importante, a veces la mayoría, de la población

trabajadora,  de  las  masas  populares.  Más  aún,  la clase obrera se halla unida a todos los trabajadores

por la profunda comunidad de sus intereses vitales, lo mismo en el período de la lucha contra la burguesía que cuando se trata de edificar la nueva sociedad

socialista. De ahí que el incremento del papel de las masas populares en la vida de la sociedad sea fuente

de energía para la clase obrera y robustezca las posiciones del socialismo, que es su gran conquista histórica.

Esto, sin embargo, no significa que la parte más consciente   de   la   clase   obrera,   su   vanguardia

marxista-leninista, pueda despreocuparse del reforzamiento de sus vínculos con las masas. Tales vínculos, en unas condiciones de encarnizada lucha

de clase con la burguesía, no se establecen automáticamente.   Exigen   esfuerzos   constantes   y

atención de cada comunista y de cada trabajador consciente. La lucha por la influencia entre las masas sigue siendo la base de la política de los partidos

marxistas-leninistas. La incorporación de nuevos millones de seres a la vida político-social plantea más

imperiosamente aún la tarea de su agrupación, organización y educación. Del éxito que en este terreno se consiga depende en buena parte que se

puedan poner en juego las inusitadas posibilidades del movimiento de emancipación de los trabajadores

que se ponen de manifiesto en nuestra época.

El incremento del papel de las masas populares en la  vida  político-social  trae  consigo  una  gigantesca

aceleración  del  desarrollo  histórico,  del  progreso

social. El avance en nuestra época es tan rápido, que cada  década,  por  su  contenido  y  por  el  valor  del

camino   cubierto   por   la   humanidad,   puede   ser

equiparada a siglos enteros de períodos anteriores de la historia.

La  aceleración  del  desarrollo  en  nuestra  época

equivale a  la aceleración del  movimiento  que  nos lleva al socialismo y al comunismo.

Lenin  escribía:  "La  victoria  será  de  los explotados, pues con ellos está la vida, está la fuerza del número, la fuerza de la masa, la fuerza de los

inagotables manantiales de todo lo abnegado, rico en ideas   y  honesto,   que  empuja   hacia  adelante   y

despierta para la construcción de lo nuevo, de todas las gigantescas reservas de energía y talento de lo que llaman el «vulgo», de los obreros y los campesinos. La victoria será suya."95

 

Capitulo  VII. El progreso social

1. Carácter progresivo del desarrollo social

El avance de la sociedad sigue en su conjunto una línea ascendente; es un movimiento de progreso que

 

95 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 364.

 

va de las formas inferiores a las superiores. Así lo deduce la teoría marxista del análisis científico del proceso histórico, apoyándose no en deseos y esperanzas, sino en criterios estrictamente objetivos que permiten juzgar qué tipo de sociedad y qué época de su desarrollo son más progresivos.

 

Normas valorativas del progreso.

Las normas valorativas que nos permiten enjuiciar objetivamente acerca del progreso son distintas según

sea  la  esfera  que  nos  ocupe.  Del  progreso  de  la

sanidad y del bienestar de los hombres podemos juzgar,  por  ejemplo,  guiándonos  por  la  duración media de la vida. Del progreso de la cultura nos dan una noción índices como el porcentaje de personas que saben leer y escribir, el de las que poseen instrucción media y superior, el número de escuelas y bibliotecas, de establecimientos científicos y teatros, etc. Análogas normas valorativas del progreso podríamos encontrar para otras muchas esferas de la vida social.

Ahora bien, para juzgar del avance de toda la sociedad  en  su  conjunto,  y  no  de  alguna  de  sus partes, necesitamos guiarnos por un criterio de otro género, más general, de carácter universal. Este criterio o índice del carácter progresivo de una u otra formación lo ve la ciencia marxista-leninista en el desarrollo de las fuerzas productivas. Es más progresiva la formación que brinda posibilidades mayores para el desarrollo de las fuerzas productivas, la que les asegura un crecimiento más rápido y las coloca a un nivel superior.

¿Por qué los marxistas atribuyen a esta norma valorativa un significado primordial?

Lo primero de todo, porque el desarrollo de las

fuerzas productivas representa un índice directo del progreso en una esfera tan importante como es la

producción de los medios que los hombres necesitan

para su existencia. Conforme impulsan la técnica y acumulan hábitos de trabajo y conocimientos acerca de cuanto les rodea, los hombres se emancipan del imperio de las fuerzas ciegas de la naturaleza, las dominan, las ponen a su servicio y transforman la naturaleza   en   interés   propio.   Por   lo   tanto,   el desarrollo de las fuerzas productivas determina el grado en que el hombre domina la naturaleza. Pero no es sólo esto. Del desarrollo de las fuerzas productivas depende, en última instancia, el progreso en las otras esferas de la vida social: en las relaciones sociales, la cultura, etc.

Sabemos, por ejemplo, que únicamente cuando el trabajo  humano   comenzó   a   rendir   un   producto

complementario,  por  encima  de  lo  que  el  propio

productor necesitaba para subsistir, parte de los miembros de la sociedad pudieron abandonar el trabajo físico y dedicarse a la ciencia, al arte y a la literatura. Y esto trajo consigo los primeros éxitos importantes en la cultura espiritual.

 

 

 

El desarrollo de las fuerzas productivas, que condiciona la sucesión consecutiva de formaciones, conduce a cambios político-sociales que posibilitan el progreso en las diversas esferas de la vida social. En el curso de la historia de la sociedad de clases fueron suprimidas las formas más burdas de dependencia personal y de opresión de los trabajadores,  como  son  la  esclavitud  y  la servidumbre. A medida que las fuerzas productivas se desarrollaban, creció la cultura, la conciencia y la organización de los trabajadores, con lo que de una formación a otra se ha incrementado la actividad político-social de las masas populares y su papel en la vida de la sociedad.

El desarrollo de las fuerzas productivas, al condicionar los cambios del régimen económico, prepara en definitiva la emancipación completa de la humanidad del yugo de las fuerzas sociales, cuya acción a lo largo de miles de años fue tan ciega, violenta y destructora como corresponde a las fuerzas de la naturaleza. Nos referimos a las relaciones económico-sociales del régimen de explotación, bajo el cual quienes producen los bienes materiales no pueden disponer de ellos, y clases enteras -la mayoría de  la  sociedad-  caen  bajo  la  dependencia  de  un puñado de opresores y pierden el derecho a disponer de su trabajo, de su suerte y hasta de su vida.

La base de la esclavización de los hombres por fuerzas  sociales  que  les  son  ajenas  está  en  la

propiedad privada sobre los medios de producción, en la explotación del hombre por el hombre y en la

escisión de la sociedad en clases enemigas. Sólo cuando las fuerzas productivas alcanzan un nivel de

desarrollo suficientemente alto puede la humanidad emanciparse de la explotación y de las relaciones económico-sociales    de    la    sociedad    de    clases

antagónicas que la esclavizan. Esto se produce con el socialismo.  Cuando  éste  triunfa,  y  a  medida  que

avanza la construcción del comunismo, los hombres acaban por dominar las fuerzas del desarrollo social, lo que les permite dar un paso decisivo en cuanto a la

subordinación de las fuerzas de la naturaleza, que de manera consciente y planificada ponen al servicio de

la sociedad entera.

"Las condiciones de vida que rodeaban a los hombres y que hasta entonces imperaban sobre ellos,

pasan ahora bajo su poder y control; los hombres, por primera  vez,  se  convierten  en  señores  efectivos  y

conscientes de la naturaleza, porque se convierten en dueños  y  señores  de  su  vida  socializada…  Las fuerzas  objetivas  y  extrañas  que  imperaban  hasta

entonces sobre la historia quedan bajo el control del mismo hombre. Y sólo en este momento comienzan

los seres humanos a crear ellos mismos su historia con conciencia completa de sus actos, sólo entonces las causas sociales que ellos ponen en movimiento

tendrán en grado importante y siempre en aumento

 

género  humano  hace  del  reino  de  la  necesidad  al reino de la libertad"96 (Engels).

Al adoptar el desarrollo de las fuerzas productivas como norma valorativa del progreso, llegamos a la

conclusión de que el avance de la sociedad tiene un carácter progresivo. De una etapa a otra, el nivel de

las fuerzas productivas crece, cada formación brinda posibilidades nuevas al incremento de la técnica y de la  productividad  del  trabajo,  y  los  cambios  en  la

producción social traen consigo modificaciones progresivas en toda la vida de la sociedad.

Esta circunstancia de que el progreso social se basa en el desarrollo de las fuerzas productivas nos lleva a otra conclusión: el avance de la sociedad y la

orientación de este avance es una necesidad histórica. Esto  significa  que  ni  los  individuos  ni  las  clases

pueden detener la marcha de la sociedad ni modificar su orientación a la medida de sus deseos.

En  repetidas  ocasiones  se  trató  de  conseguirlo,

como todos sabemos, pero los intentos siempre terminaron con un completo fracaso. ¡Qué desesperados esfuerzos realizaron los imperialistas para restablecer el sistema capitalista en el país soviético!  El  descalabro  sufrido,  sin  embargo,  no pudo ser más vergonzoso. El mismo descalabro sufrieron los imperialistas de los Estados Unidos cuando trataban de cerrar el paso a la revolución socialista en China y en otras democracias populares y de mantener allí el caduco régimen reaccionario.

En nuestros días, el progreso social va indisolublemente unido al paso al socialismo. El capitalismo ha agotado sus posibilidades. Sus relaciones de producción se han convertido en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas. El mantenimiento de esas relaciones significa una carga y un peligro cada vez mayores para la sociedad.

Cuando el marxismo-leninismo defiende la idea del avance progresivo de la humanidad, expresa y recoge las concepciones y los intereses de la clase más revolucionaria de nuestros tiempos, que es la clase obrera. Esta no teme el futuro y tiene fe ciega en el progreso, que ha de traerle la emancipación a ella y, a la vez, a la humanidad entera.

 

Los ideólogos de la burguesía imperialista son enemigos del progreso.

Otra cosa es la burguesía contemporánea. Se ha convertido en una clase reaccionaria y en decadencia,

que reniega de las ideas de progreso que con tanto calor defendieron sus mejores hombres a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. En nuestra época

agradan mucho más a la burguesía las teorías que no se basan en el progreso, sino en el estancamiento y hasta en la vuelta atrás de la sociedad. A esto se debe, en particular, el éxito que en el mundo burgués alcanzó la teoría cíclica de la historia enunciada por el filósofo reaccionario alemán O. Spengler y que las consecuencias que ellos desean. Es un salto que el                

96 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 267.

 

 

 

ahora defiende el historiador y sociólogo inglés A. Toynbee. Según esta teoría, cada sociedad atraviesa en su desarrollo por fases obligatorias: primavera- verano, otoño-invierno, o infancia - juventud - madurez - vejez. Al cerrarse el círculo, la sociedad muere y vuelve al punto inicial. El nuevo ciclo no representa un progreso, sino una vuelta más en el eterno devenir de la historia. Ciñéndonos a nuestra época, el punto de vista de Spengler, Toynbee y sus adeptos significa que si bien la civilización burguesa está en decadencia (cosa que no pueden negar ni siquiera los apologistas del capitalismo), su extinción y sustitución por una civilización nueva, es decir, por la civilización socialista, no significará un progreso; antes al contrario, será el paso a un nivel más bajo del desarrollo social, con el comienzo de un nuevo ciclo.

Muchos apologistas de la burguesía eligen otro procedimiento para combatir al socialismo científico.

Niegan las leyes de la historia, con lo que rechazan el concepto mismo de desarrollo social y progreso, y

proponen  que  se  hable  únicamente  de  "cambio social". Este cambio, según ellos, es casual y puede seguir una dirección cualquiera bajo el influjo de las

circunstancias más diversas. Tal concepción, según afirma el sociólogo de Alemania Occidental L. von

Wiese, permite "abstenerse de todo juicio acerca de si el desarrollo va hacia mejor o hacia peor y de si existe  una  relación  causal  entre  el  pasado  y  el

presente, y tanto más el futuro, y limitarse a registrar simplemente la modificación o el cambio". Así, en

beneficio de sus intereses de clase, los sociólogos burgueses    contemporáneos    prescinden    de    una

importante conquista de la ciencia del siglo XIX: el concepto del avance sometido a leyes objetivas.

También                goza        de           predicamento      entre      los

ideólogos burgueses la noción de que el progreso y el avance son sólo posibles en la ciencia y la técnica, pero no en las relaciones sociales, la política y la moral (teoría del "atraso moral" o del "divorcio moral"). Estas esferas de la vida social, según los teóricos reaccionarios, vienen determinadas por las cualidades eternas e inmutables de la "naturaleza humana", que empuja a los hombres a la violencia, al crimen, a la agresión, etc. El desarrollo de la ciencia y la técnica no hace más que proporcionar a estas tendencias  destructoras  armas  siempre  más peligrosas. De este modo, las calamidades y lacras que son producto del régimen capitalista en putrefacción son atribuidas a una imaginaria "naturaleza humana".

En el deseo de salvar al capitalismo de la crítica, se declara que el mal principal reside en el avance de la ciencia y de la técnica. A menudo se preconiza abiertamente el retorno al feudalismo, a la vida rural y a la dominación de la Iglesia en todos los órdenes de la vida social, y se sostiene que sólo así será posible aún salvar a la humanidad de la catástrofe que se le viene encima.

Hasta dónde llega el pesimismo de los ideólogos burgueses,  cuando  se  imaginan  el  futuro  de  la sociedad,   nos   lo   señalan   algunas   producciones literarias, como, por ejemplo, las novelas utópicas de

A. Huxley, E. M. Forster y otros.

En  estas  novelas  no  hay  ni  rastro  de  fe  en  el futuro, no encontraremos las esperanzas ni el optimismo que alumbran la mayoría de las obras utópicas del pasado. Lo mejor que auguran al mundo los autores de las modernas utopías burguesas es una sociedad en que el bienestar material se consigue al precio de la renuncia completa a la democracia, la cultura  y  la  dignidad  humana,  una  sociedad compuesta de personas que nada tienen de humano y que se han convertido en apéndices que no piensan y son  esclavos  de  las  maquinas.  A  menudo,  sus augurios son todavía más sombríos: pronostican la vuelta de la humanidad a la barbarie. De la civilización, anuncian estos "profetas", sólo quedarán las ruinas de ciudades y las viejas tumbas, en las que hordas hambrientas de gentes degeneradas y salvajes buscarán ropas y objetos con que adornarse.

Un pesimismo sin salida impera en toda la ideología  de  la  burguesía  reaccionaria  de  nuestros

tiempos, en su cultura, dando origen a orientaciones

decadentes en el arte y al amoralismo. Estas tétricas ideas tienen su razón de ser. La era del capitalismo se halla en su ocaso, el capitalismo se opone al progreso social. Y con la ceguera propia de los ideólogos de una clase que agoniza, los actuales teóricos y escritores burgueses identifican la suerte de su clase con la suerte de la humanidad, pintan el colapso y la inevitable muerte de esta clase como si fuera el colapso  y  el  fin  de  toda  la  civilización  en  su conjunto.

Las teorías que niegan la posibilidad del progreso no son muestra, sin embargo, sólo de la decadencia del capitalismo, sino que también expresan determinado interés político de la burguesía contemporánea. Sus ideólogos esgrimen esas teorías con el propósito de desarmar espiritualmente a los trabajadores, de hacerles creer en la inutilidad de la lucha contra el capitalismo. Por delante nos espera la regresión, la decadencia y la muerte; la lucha por un régimen de progreso y mejor es absurda: eso es lo que los servidores de la burguesía quieren llevar a la conciencia de los trabajadores.

La teoría marxista-leninista opone a los siniestros vaticinios de los augures burgueses sus tesis científicas, respaldadas por los hechos, según las cuales la historia de la sociedad presenta un cuadro de progreso, de un avance que, con arreglo a leyes, va  de  lo  inferior  a  lo  superior;  el  avance  de  la sociedad es ley no sólo del pasado, sino también del presente,  y  lo  que  nos  espera  es  la  transición inevitable al comunismo, como forma social progresiva y superior. Tal visión de la historia es una parte  importante  de  la  concepción  que  del  mundo tiene la clase obrera.

Si  bien  el  avance  de  la  sociedad  está  sujeto  a leyes, eso no quiere decir que se produzca de por sí,

al margen de la actividad consciente de los hombres. Porque la propia actividad de los hombres, de los

partidos  y  de  las  clases,  aun  estando  sometida  a leyes, va orientada a la transformación progresiva de la humanidad. y cuanto más consciente, organizada,

enérgica y dirigida sea esa actividad, tanto más profundo y rápido será el progreso. Así lo demuestra

la gigantesca aceleración del desarrollo social que es lo característico de nuestra época, cuando se han puesto en movimiento masas de millones de seres

que despertaron para la labor histórica consciente. Esas  masas  tienen  la  fuerza  suficiente  como  para

barrer todos los obstáculos que la reacción levanta en el camino del progreso.

Toda  la  práctica  social  confirma  la  razón  del

optimismo  histórico  propio  de  la  concepción marxista. Este optimismo expresa la seguridad de la clase obrera en su futuro y en la superioridad del socialismo, al que nada podrá vencer. Al mismo tiempo, la concepción marxista-leninista del progreso social proporciona a los trabajadores un arma poderosa en la lucha por su emancipación, les ofrece perspectivas claras, les alienta y anima en su empresa de construir la sociedad comunista y les da la seguridad profunda de que sus esfuerzos se verán coronados por el éxito.

 

2. El progreso social en la sociedad  basada  en la explotación y con el socialismo

Si bien la teoría marxista afirma que la historia de

la sociedad es un movimiento en línea ascendente, no olvida  ni  por  un  momento  la  complejidad  y  el

carácter contradictorio de este proceso. No es posible imaginarse  la  historia  como  un  avance  armónico,

continuo y sin obstáculos. El carácter progresivo del desarrollo social es cosa demostrada por la ciencia. Pero también es indiscutible que tal avance no pasa

de ser una tendencia general que se abre paso en enconada  lucha  y  que  en  ocasiones  puede  sufrir

desviaciones y retrocesos.

La  ciencia  ha  reunido  ya  abundantes  informes acreditativos de que en la historia de los distintos

países ha habido muchos períodos de estancamiento y           marcha    atrás,    en    los    que    desaparecieron

civilizaciones enteras. Y estos rasgos del desarrollo social   son   los   que   los   ideólogos   reaccionarios manejan cuando tratan de refutar la propia idea del

progreso.

Realmente, lo que estos informes indican es que dentro  de  un  régimen  de  explotación  el  progreso

social es contradictorio e irregular. "Como la base de

la civilización es la explotación de una clase por otra

 

una constante contradicción."97

Una de las manifestaciones de esta contradicción la tenemos en el hecho de que, bajo la dominación de

los  explotadores,  los  países  que  se  adelantaban,

frenaban  y  yugulaban  el  avance  de  los  otros,  a menudo los hacían retroceder aún más y erigían su prosperidad sobre las ruinas de las civilizaciones que ellos sacrificaron. El avance de la sociedad se redujo, pues, durante largo tiempo, a un frente muy reducido, sin que abarcase a todo el conjunto de países y pueblos. El progreso, como un pequeño arroyuelo, se fue abriendo camino por entre obstáculos sin cuento, aumentando poco a poco su vigor y su marcha, hasta convertirse en un impetuoso torrente que arrastra consigo a la humanidad entera.

Pero no se trata únicamente de esto. Dentro de una misma sociedad lo que para unos era progreso

para  otros  era  regresión,  la  emancipación  de  una

clase significaba una nueva opresión para otra.

También era en extremo irregular el desarrollo de las distintas esferas de la vida social. La sustitución de la sociedad esclavista por la feudal en Europa, por ejemplo, abrió horizontes al desarrollo de las fuerzas productivas y reemplazó la esclavitud por la servidumbre  de  la  gleba.  Pero,  al  subordinar  la cultura  espiritual  a  la  asfixiante  influencia  de  la Iglesia Católica, empujó a la sociedad a un nivel cultural inferior del que se había alcanzado en Grecia y Roma. Hubieron de pasar varios siglos para que se pudiese recuperar y luego ampliar las conquistas del mundo antiguo en la ciencia, el arte y la filosofía. Y los ejemplos podrían multiplicarse. No podía ocurrir de otro modo bajo el imperio de fuerzas económico- sociales ciegas, que los hombres no conocían y sobre las cuales no podían ejercer influencia alguna.

Un ejemplo clásico de progreso desigual y contradictorio dentro del régimen de explotación es

el que nos brinda la sociedad capitalista.

 

Contradicciones del progreso bajo el capitalismo.

El capitalismo significó un gran paso adelante en la  vía  del  progreso.  Bastará  recordar  el  rápido

desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado bajo

este régimen, la creación de una poderosa industria, el vertiginoso avance de la ciencia y la técnica y, por último, el nivel alcanzado por la lucha de clase de los trabajadores, que deja atrás cuanto se había conocido en  formaciones  anteriores.  Pero  estos  éxitos históricos que el capitalismo trajo a la humanidad fueron conseguidos a un precio verdaderamente desmesurado.

El nacimiento mismo de esta nueva sociedad se produjo ya en medio de calamidades sin cuento para las masas populares. El sistema capitalista no podía aparecer si no se disponía de un ejército de obreros desprovistos de medios de producción. De ahí que el

 

-escribe   Engels   refiriéndose   a   las   sociedades   de                          

 

clases antagónicas-, todo su desarrollo tiene lugar en

 

97 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II, Moscú, 1955, pág.

308.

 

 

 

prólogo del capitalismo fuera la expropiación de las masas populares, empresa que se llevó a cabo con una  crueldad  sin  límites.  Las  páginas correspondientes a esta época, según palabras de Marx, están escritas en los anales de la humanidad con el lenguaje flameante del hierro y el fuego.

Después del triunfo de las relaciones capitalistas, cada nuevo paso por la ruta del progreso continuó significando el bien para unos y el mal para otros, el ascenso de una esfera de la vida y la decadencia de otra. "En nuestro tiempo -dice Marx- todo parece llevar   en      su   contradicción.   Vemos   que   las máquinas,   que   poseen   la   virtud   maravillosa  de reducir y hacer más fecundo el trabajo humano, traen a los hombres el hambre y la extenuación. Nuevas fuentes de riqueza hasta ahora desconocidas, gracias a un sortilegio peregrino e incomprensible, se convierten en fuentes de miseria. Las victorias de la técnica parecen ser compradas al precio de la degradación moral. Es como si a medida que la humanidad somete a la naturaleza, el hombre se convirtiera  en  esclavo  de  otros  hombres  o  de  su propia bajeza. Hasta la luz pura de la ciencia parece que puede brillar sólo sobre el tenebroso fondo de la ignorancia. Todos nuestros descubrimientos y todo nuestro progreso es como si dieran vida intelectual a las fuerzas materiales, mientras que la vida humana, desprovista  de  su  lado  intelectual,  descendiera  al nivel de una simple fuerza material."98

Una característica del capitalismo es que el desarrollo de unos países se produce a expensas de los sufrimientos y calamidades de otros pueblos. El vertiginoso avance económico y cultural de lo que se llama "mundo civilizado" -un puñado de potencias capitalistas de Europa y América del Norte- ha sido pagado a un precio terrible por la mayoría de la población de la tierra, por los pueblos que habitan Asia, África, Iberoamérica y Australia. La colonización  de  esos  continentes  hizo  posible  el rápido progreso del capitalismo en Occidente. Mas para los pueblos sojuzgados esto significaba la ruina, la miseria y un monstruoso yugo político. En el curso de   la   colonización,   la   Europa   "culta"   destruyó muchas civilizaciones de otros continentes (por ejemplo, las civilizaciones de los incas, los mayas y los aztecas en América, amén de otras en África y los países asiáticos). Y lo que es más, aniquiló a pueblos enteros. La colonización de Tasmania, por ejemplo, significó la desaparición completa de cuantos hasta entonces la habitaban. Los australianos se vieron reducidos de 300.000 a 47.000. La "asimilación" de América costó la vida a unos 30 millones de indios. Y la misma operación, en África, significó la muerte o la esclavitud en tierras americanas de unos 100 millones de negros.

En cuanto a Europa, el rápido incremento de unos países   (occidentales)   se   vio   acompañado   de   la

 

subordinación económica de otros (orientales), con el consiguiente retraso en su desarrollo.

La extrema contradicción del progreso dentro del capitalismo  se  observa  también  entre  las  distintas

zonas de un mismo país. El avance relativamente rápido de las ciudades y centros industriales suele ir

acompañado del estancamiento y la decadencia de las comarcas agrícolas (por ejemplo, los estados meridionales de Estados Unidos y el sur de Italia).

A principios de siglo, cuando el capitalismo entraba  en  su  última  fase  -la  imperialista-,  sus

relaciones de producción se convierten en una traba para el avance de la sociedad. En las relaciones sociales, la política, la moral, la cultura y el arte, la

dominación  de  los  monopolios  empuja  al  mundo hacia atrás. Así lo vemos en los Estados fascistas y

en las tendencias reaccionarias y fascistas de la vida político-social en los más importantes países capitalistas de nuestros tiempos. Cierto es que en la

época del imperialismo no cesa el rápido progreso de la  ciencia  y  la  técnica.  Pero  lo  que  el  régimen

capitalista consigue en este orden va en beneficio de los estrechos intereses de la oligarquía financiera y significa nuevas calamidades para los trabajadores.

Aún más catastróficas son las consecuencias de las crisis   económicas.   El   perfeccionamiento   de   la

técnica, cuando el ritmo general de desarrollo de la producción desciende y los mercados se reducen, condena a las masas trabajadoras al paro perpetuo.

Cada vez son más terribles las guerras, en las que los más  grandes  avances  científicos  y  técnicos  de  la

civilización contemporánea son aprovechados para aniquilar a millones de seres y para destruir bienes de

incalculable valor.

 

El progreso bajo el socialismo.

Las contradicciones antagónicas del progreso no son factores necesarios y eternos en el avance de la sociedad.  Son  gestadas  por  las  condiciones específicas de la sociedad de explotación y desaparecen  con  ella.  Esto  significa  que  la eliminación de tales contradicciones no hay que buscarla en el retorno a las fases ya recorridas del desarrollo, sino en la lucha por la aceleración del progreso, por el socialismo. Sólo con el triunfo del socialismo, dice Marx, "la humanidad dejará de asemejarse al repulsivo ídolo pagano que había de beber forzosamente el néctar en los cráneos de los muertos".99

¿Qué características presenta el progreso social bajo el socialismo?

Primeramente, quienes salen ganando son todos los  trabajadores,  y  no  un  puñado  de  elegidos.  La

aparición de todas las formaciones anteriores se vio siempre acompañada de la esclavización, de calamidades y privaciones de las que eran víctimas

nuevas  capas  de  la  población,  clases  enteras  que

 

 

 

98 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. XII, pág. 4.

 

99 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IX, pág. 230.

 

 

 

constituían la mayoría de la sociedad. El régimen esclavista únicamente pudo surgir después de que la parte fundamental de los trabajadores quedaron convertidos en esclavos; el feudal, después de la conversión  de  los  campesinos  en  siervos;  el capitalista, después de la ruina de las masas de pequeños  propietarios.  El  socialismo,  por  el contrario, emancipa a los oprimidos y explotados. En él no existen clases privilegiadas. Todos los frutos del progreso son para los trabajadores. El incremento incesante del bienestar material y de la cultura de las masas populares y el florecimiento de la democracia para los trabajadores, es ley del desarrollo socialista.

Esto no significa, ciertamente, que la construcción socialista    se    desenvuelva    sin    dificultades.    El

socialismo  hay  que  construirlo  en  medio  de  la

encarnizada resistencia del campo imperialista, que pone todos sus empeños en estrangular a los países socialistas. Además, las circunstancias históricas hicieron que los primeros en entrar en la vía del socialismo fueran países de economía y cultura relativamente atrasadas. Los pueblos de estos países se vieron obligados, en el curso de la construcción socialista, a terminar el trabajo que no había sido hecho por  el  capitalismo:  crear  una industria moderna y superar las supervivencias de las formaciones precapitalistas en la economía, la cultura y la conciencia de los hombres. Todo esto exigía de los trabajadores nuevos esfuerzos y sacrificios, de lo que se verán libres los pueblos de economía más desarrollada cuando les llegue la hora de iniciar la edificación  del  socialismo.  Además,  y  así  lo demuestra la historia, las dificultades que para el triunfo del socialismo experimentaron los primeros pueblos emancipados del capitalismo, no admiten siquiera parangón con las calamidades y privaciones a que se habrían visto condenados con el mantenimiento de la esclavitud capitalista.

Otra característica del progreso bajo el socialismo es que el avance no se limita a uno u otro aspecto de la vida de la sociedad, sino que abarca por igual a todas sus esferas. Así, el constante desarrollo de la producción y de la técnica se ve acompañado en los países socialistas por el rápido progreso de la cultura, de la democracia, etc.

Dentro  del  socialismo,  a  diferencia  del capitalismo, el avance no se efectúa a expensas de

otros  países,  comarcas  y  naciones,  sino  que  se

produce en todo el frente de los países y naciones socialistas, así como de cuantas partes los componen y de toda la población de cada uno de los países. Esto conduce a la nivelación del desarrollo entre los países y las regiones que los integran. Los más avanzados ayudan  a  los  atrasados,  suprimiendo  así  la desigualdad en el desarrollo económico, político y cultural que los pueblos habían recibido en herencia del capitalismo.

Dentro del  socialismo,  el  progreso  social,  cada

 

vez en mayor grado, es fruto de la labor consciente y planificado de los hombres. La planificación de la economía  acelera  intensamente  el  ritmo  de incremento de las fuerzas productivas y ahorra a la sociedad   grandes   pérdidas.   Produce   también   un efecto  excelente  la  planificación  de  las investigaciones científicas, de la labor cultural y de la capacitación de personal.

Una característica muy importante y poderoso factor de progreso en el socialismo es la participación

directa, activa y consciente de las grandes masas del

pueblo en la construcción de la nueva sociedad. Esto sólo es posible en una sociedad cuyo avance se halla subordinado por completo a los intereses de los trabajadores.

Las grandes ventajas del progreso bajo el socialismo  aseguran  un  ritmo  de  avance  de  la

sociedad  como  jamás  se  conoció  en  la  historia.

Durante los años del  poder  soviético, en la  Rusia antes atrasada se ha conseguido crear una potente economía, suprimir el analfabetismo100  y levantar hasta un alto nivel la cultura, la ciencia y el arte. Las inusitadas posibilidades del progreso social constituyen una de las principales ventajas del régimen socialista. "Sólo con el socialismo -escribe V. I. Lenin- comienza el avance rápido, auténtico, verdaderamente de masas en todas las esferas de la vida social y personal, avance al que se incorpora la mayoría de la población y luego la población entera."101

Este movimiento será aún más acelerado después del triunfo del comunismo, pues éste no significa el fin del desarrollo histórico, sino el comienzo de un progreso extraordinariamente rápido y prácticamente infinito para la dominación de las fuerzas de la naturaleza, para el desarrollo de las energías y capacidades del individuo y la satisfacción completa de las demandas materiales y espirituales, siempre mayores, de todos los miembros de la sociedad.

 

3. El marxismo-leninismo y los ideales de progreso social

Una parte importante de las concepciones de la

clase obrera la forman los ideales de progreso social, sus nociones acerca de los fines de la lucha del proletariado y de la sociedad que habrá de ser construida como consecuencia de esta lucha.

Los servidores de la burguesía en el campo de las ideas, siempre movidos por su deseo de debilitar la

fuerza de atracción del marxismo, se han esforzado

por deformar y falsificar la visión que los marxistas tienen   del   progreso   social.   De   hacerles   caso,

habremos    de    pensar    que    la    concepción    del

 

100 En 1906 una revista rusa calculaba que para suprimir el analfabetismo entre la población de Asia Central se requerirían (siguiendo el ritmo a que esta empresa estaba sujeta en aquel entonces)... 4.600 años. Con el régimen socialista esto ha sido logrado cientos de veces más de prisa.

101 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 443.

 

 

 

proletariado no tiene nada que ver con el humanismo, la civilización, la libertad individual y la felicidad de los hombres. Estos sublimes ideales, dicen y repiten los críticos del marxismo, son orgánicamente ajenos al materialismo, el cual no advierte nada que no sean las "bajas" necesidades materiales.

Tales afirmaciones son una malintencionada caricatura del marxismo, una especulación desvergonzada con las nociones filisteas acerca del materialismo. Burlándose de tales ideas, escribía Engels que el filisteo comprende como materialismo "la gula, la embriaguez, la vanidad y los placeres de la   carne;   la   codicia,   la  avaricia,   la   avidez,   la ganancia, las trapacerías de la Bolsa; en resumen, todos los sucios vicios a que él mismo se entrega en secreto".102

El materialismo marxista no tiene nada de común con semejantes caricaturas. La mejor prueba de que esto es así es que los materialistas más consecuentes, los comunistas, han demostrado ser luchadores abnegados por los altos ideales sociales, por la libertad, la independencia y la felicidad del pueblo, como  jamás  conoció  ninguno  otro  de  los movimientos de que la historia tiene noticia.

Ciertamente, a diferencia de los ideólogos de las clases  acomodadas,  que  nunca  conocieron  la necesidad  y las  privaciones, los  marxistas estiman que es imposible hablar de la felicidad humana mientras  las  masas  vivan  en  la  miseria  y experimenten  hambre  y  privaciones.  Esto  no significa  en  modo  alguno,  sin  embargo,  que  para ellos el fin único y exclusivo del progreso social esté en vestir y alimentar a todos los miembros de la sociedad, en ponerlos a salvo de las necesidades. Los ideales marxistas del progreso social son incomparablemente más amplios y valiosos. Abarcan todas las esferas de la vida social, y no sólo la economía, la política, la cultura y la moral, y su encarnación es la sociedad comunista.

La construcción del comunismo -sociedad en la que  se  acabará  de  una  vez  para  siempre  con  la

propiedad privada, con la explotación y con la existencia misma de las clases y del Estado- podía

proponérsela únicamente la clase obrera. Esto no significa  que  sean  ideales  privativos  de  la  clase obrera rasgos de la sociedad socialista y comunista

como el bienestar general, la igualdad de derechos de las  naciones,  la  paz  entre  los  pueblos,  la  libertad

política y la democracia, la prosperidad de la cultura, las relaciones de colaboración fraternal entre los hombres y los pueblos, el desarrollo de la persona en

todos  los  órdenes,  etc.  Tales  ideas  las  comparten todos    los    trabajadores,    todos    los     hombres

progresistas, la inmensa mayoría de la humanidad.

Esto no puede asombrarnos. Los ideales sociales - las nociones que los hombres tienen acerca de los

 

 

102  C. Marx y F. Engels, Obras  escogidas, t. II, Moscú, 1955, pág. 358.

 

fines supremos de su actividad y de un porvenir de felicidad- tienen sus raíces, como todas las ideas, en las condiciones sociales de la vida. Y dentro de la sociedad de explotación, estas condiciones condenan a calamidades de todo género no sólo a los obreros, sino a la totalidad de los trabajadores. Y de ahí que, inevitablemente,   los   obreros   y   trabajadores   en general se sientan unidos por un gran número de deseos y aspiraciones. La propia vida, la experiencia cotidiana,   les   muestra   qué   vicios   han   de   ser suprimidos en la sociedad para que los hombres conozcan una existencia libre y dichosa.

Las semejanzas en cuanto a las condiciones de vida nos explican y definen la continuidad que se

observa entre los ideales de la moderna clase obrera y los que alimentaron las masas trabajadoras en otros

tiempos. En uno y otro caso, sus ideales se fraguaron en  la  lucha  de  clase  con  los  explotadores,  en  la defensa de los intereses del trabajador. El marxismo,

señalaba Lenin, no es la doctrina de una secta aparecida al margen del camino que la civilización

mundial sigue en su desarrollo. Esto no se refiere sólo a la filosofía y la economía política marxista, en las  que  se  resume  y  plasma  todo  el  desarrollo

mundial de la ciencia, sino también a los ideales marxistas de progreso social. En ellos toma cuerpo

todo lo mejor y progresivo que había en los ideales de las masas trabajadoras y clases avanzadas del pasado.   El   socialismo   y   el   comunismo   son   la

realización de los más nobles ideales a que la humanidad aspiró en su difícil camino.

Esto, se comprende, no significa que los ideales marxistas sean el compendio de todos los ideales de

las clases trabajadoras del pasado y del presente. En las nociones de las clases trabajadoras no proletarias sobre  la  sociedad  perfecta  había  y  hay  bastantes

elementos falsos y utópicos, que la clase obrera no puede aceptar y que el marxismo-leninismo hubo de

rechazar o, en todo caso, revisar con un espíritu crítico.

La característica principal del ideal marxista del

progreso social es que no descansa en buenos deseos, sino  en  la  previsión  científica  de  las  fases consecutivas de desarrollo de la sociedad. La teoría marxista, basada en la comprensión profunda de las leyes que rigen el desenvolvimiento de la sociedad, convierte el secular anhelo de un futuro mejor, de una vida justa, en el conocimiento firme de la fase de desarrollo de la sociedad a que indefectiblemente conducen las leyes de la historia, el proceso objetivo de desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, y el proceso de desarrollo de la lucha de clases en la sociedad contemporánea.

Cabría preguntar por qué las leyes de la historia, que hasta ahora habían conducido simplemente a la sustitución de unas formas de explotación y opresión por  otras,  han  abierto  ahora  repentinamente horizontes que permiten ver cumplidos los mejores

 

 

 

anhelos y esperanzas de los hombres. ¿A qué se debe esto? ¿A una feliz coincidencia? ¿A una casualidad?

No, no se trata de ninguna casualidad. Como ya decíamos    anteriormente,    los    sueños    de    los

trabajadores,  que  aspiraban  a  un  porvenir  de felicidad, tenían una base material, eran producto de

las condiciones de su vida en una sociedad de explotación. Los ideales sociales de las clases trabajadoras siempre se refirieron, de una manera o

de otra, al deseo de ver liberados a los hombres del fardo  y  de  las  calamidades  que  el  régimen  de

explotación les imponía. Por eso, en el momento en que las leyes del desarrollo social colocan en el orden del día la supresión de este régimen, la realización de

los ideales de la clase obrera y de los trabajadores en general se convierte en posible y necesaria; lo que

antes   era   una   aspiración   utópica   se   trueca   en previsión científicamente argumentada.

"Dondequiera  que  miremos  -escribe  Lenin-,  a

cada paso nos encontramos con tareas que la humanidad está perfectamente en condiciones de cumplir inmediatamente. Lo impide el capitalismo, que ha acumulado montañas de riquezas y ha convertido a los hombres en esclavos de estas riquezas. Ha resuelto los más complicados problemas de la técnica y frena la aplicación de los adelantos técnicos  a  causa  de  la  miseria  e  ignorancia  de millones  de  seres,  por  la  obtusa  avaricia  de  un puñado de millonarios.

"La civilización, la libertad y la riqueza hacen pensar bajo el capitalismo en el rico que se atraca, que se pudre en vivo y que no permite vivir a lo que es joven.

"Pero lo joven crece y vencerá a pesar de todo."103

Estas palabras de Lenin han sido confirmadas por la  historia.  Podemos  ver  cómo  en  la  sociedad

socialista se materializó ya mucho de lo que hace largo   tiempo   constituía   la   aspiración   de   los

trabajadores. El triunfo del socialismo ha puesto fin para siempre a la explotación del hombre por el hombre, a la opresión nacional y a la miseria de las

masas,  brinda  posibilidades  como  jamás  se conocieron para la expansión del individuo, para la

ampliación de la democracia, etc. Otros ideales sociales del marxismo, que recogen los seculares anhelos del pueblo y de sus más eximios pensadores,

se verán realizados con el comunismo, cuando los hombres  alcancen  un  dominio  incomparablemente

mayor sobre las fuerzas de la naturaleza y del desarrollo social. La experiencia histórica ha demostrado  ya  que  la  supresión  del  régimen  de

explotación da cuerpo y realidad a esos ideales.

De ahí, entre otras cosas, la enorme atracción que los ideales socialistas y comunistas de la clase obrera

ejercen sobre las más grandes masas del pueblo y

sobre todos los hombres progresistas, cualquiera que sea la posición social que ocupen. Crece sin cesar el

 

103 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 349.

 

número de quienes aceptan esos ideales, de quienes llegan a la convicción de que en ellos se traza la única vía que realmente puede conducir al logro de los anhelos y esperanzas de todos los trabajadores.

Incluso muchos dirigentes de la burguesía reaccionaria, por duros de cabeza que sean, empiezan a comprender que esto, y no las "conspiraciones" que en todo momento se atribuyen a los comunistas, es la causa de los gigantescos éxitos que acompañan a las fuerzas del progreso y del socialismo; que, por tanto, al comunismo únicamente se le puede combatir con "ideas constructivas" y con "elevados ideales".

Pero la burguesía reaccionaria no tiene ni puede tener ideales capaces de ganarse a las grandes masas

del pueblo. De ahí que recurra al fraude directo y trate de poner en circulación los ideales democrático-

burgueses de su juventud revolucionaria -que le son ajenos y que ella misma ha traicionado- o ideales robados a la lucha que los trabajadores sostienen por

su emancipación. Democracia, humanismo, libertad, civilización y paz son palabras que en nuestros días

no dejan de manejar los propagandistas burgueses, aunque la historia ha demostrado que el imperialismo es el peor enemigo de la paz y de los derechos de los

pueblos, de la libertad y la democracia, del humanismo y de la civilización.

Los partidos comunistas y obreros combatieron siempre tales propósitos de engañar al pueblo y de presentar como "perfectos" los inhumanos métodos

del régimen de explotación. Esta lucha de los comunistas   se   ha   tratado   de   presentar   por   los

adversarios del marxismo como una acción contraria a los ideales que profesa la mayoría de la humanidad.

Pero sus afirmaciones no pasan de ser una mentira y una calumnia evidentes.

Cuando los comunistas denuncian la falsedad de

la democracia burguesa no dejan de ser defensores convencidos de los ideales democráticos. Si se muestran contra la democracia burguesa es porque aspiran a una democracia auténtica, a la democracia para el pueblo, que sólo puede ser conquistada suprimiendo el régimen de explotación. Cuando denuncian la falsedad del humanismo burgués, no combaten el humanismo en general, sino que propugnan un humanismo auténtico, que es el que encarna el comunismo. De la misma manera, cuando critican el individualismo burgués y se muestran partidarios   del   colectivismo,   los   comunistas   no rebajan el valor, la dignidad y la libertad del individuo;   lo   único   que   hacen   es   rechazar   la oposición de la persona a la colectividad, a las masas populares; rechazan el derecho de la "personalidad" burguesa a desarrollarse a costa de cientos y de miles de otros seres.

La crítica que los partidos comunistas y obreros hacen  de  la  propaganda  reaccionaria,  cuando  ésta

trata de hacer atrayentes las cadenas de la opresión y la  explotación  capitalistas,  significa  una  valiosa

 

 

aportación  a  la  lucha  en  pro  de  los  ideales  del progreso social. "La crítica -escribía Marx- no ha quitado de las cadenas las falsas flores que las adornaban para que la humanidad siga llevando esas cadenas en una forma desprovista de todo placer y alegría, sino para que se las sacuda y tienda la mano hacia la flor."104

En nuestra época se abre ante el mundo el camino real hacia la consecución de los mejores ideales de

luz con que soñaron los más ilustres pensadores de la humanidad. Este camino es el de la transformación

de la sociedad según los principios del socialismo y, luego, del comunismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

104 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. I, pág. 415.

 

 

 

 

 

 

 

 

SECCIÓN  TERCERA.

ECONOMÍA POLÍTICA DEL CAPITALISMO

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Anteriormente  se  señalaba  que  las  relaciones económicas vienen determinadas por el carácter de cada formación social. Por esto, para conocer la vida social lo primero de todo que se necesita es el estudio del régimen económico de la sociedad, materia de la cual se ocupa la economía política marxista.

La economía política estudia las relaciones de producción de los hombres y las leyes de desarrollo de  la  producción  social  y  de  distribución  de  los bienes   materiales   en   las  distintas   etapas   de   la sociedad humana. "La economía política -escribe Lenin- no se ocupa de la «producción», sino de las relaciones sociales de los hombres según la producción, del régimen social de la producción."105

Ciertos elementos de esta ciencia aparecieron ya en la  época  del  régimen  esclavista  como  guía  de  la

gestión económica. De ahí procede su denominación primera  de  "Oikonomia"  ("oikos",  casa,  economía

doméstica, y "nomos", ley).

La  economía  política  empieza  a  desarrollarse como ciencia a la vez que se gesta el modo capitalista

de producción. En manos de la burguesía era un arma

ideológica contra el feudalismo.

Cuando   la   burguesía   se  lanza   a   la   palestra histórica como clase progresiva, hallábase interesada en el conocimiento científico de las leyes que rigen el desarrollo de la producción capitalista y en la eliminación   de   las   relaciones   feudales,   que   se oponían al establecimiento del poder del capital. Es en este período cuando aparece la economía política burguesa, que se conoce con el nombre de clásica. Sus fundadores son los ingleses William Petty (1623-

1687), Adam Smith  (1723-1790)  y David  Ricardo

(1772-1823). La economía política clásica burguesa, originaria de Inglaterra, es una de las fuentes de que Marx se valió para crear la economía política de la clase obrera.

La economía política es, desde su comienzo mismo, una ciencia de clase, de partido. La economía

política     clásica,     a     pesar     de     los     grandes

descubrimientos que se apuntó en su haber, en virtud de su carácter burgués de clase fue incapaz de revelar hasta el fin las contradicciones del capitalismo. Los

 

limitación  de  clase,  consideraban  el  capitalismo como  la  única  forma  natural  y  posible  de organización de la producción social. No veían ni podían ver su carácter históricamente perecedero.

Cuando  la  clase  obrera  se  presenta  como  una fuerza independiente y poderosa, los economistas burgueses renuncian al análisis científico de las leyes del desarrollo social. En 1830 se habían delimitado ya claramente en Europa las contradicciones antagónicas  de  la  burguesía  y  la  clase  obrera.  "A partir de este momento -escribe Marx- la lucha de clases, práctica y teórica, adquiere unas formas cada vez más claramente definidas y amenazadoras. Al propio tiempo suena la hora de muerte para la economía científica burguesa. En adelante no se trata ya de si es justo o no uno u otro teorema, sino de si es útil o nocivo para el capital, de si es ventajoso o desventajoso, de si se conforma o no a las consideraciones de la policía. La investigación desinteresada cede su lugar a las batallas de los escritores a sueldo, la imparcial búsqueda científica es reemplazada por una apología preconcebida y servil."106

La economía política burguesa deja de servir a la ciencia y se coloca contra ella. Su quiebra en este

período,    como    Marx    advierte,    "es    explicada

magistralmente... por el gran sabio y crítico ruso N. Chernishevski."107 A medida que la lucha de clases se desarrolla, la economía política burguesa pone más de manifiesto su carácter apologético y anticientífico. Una tarea muy importante de la economía política marxista-leninista es la de denunciar el engaño que ella siembra y las ilusiones que despierta.

Al mismo tiempo que la economía política burguesa, nace y se desarrolla la pequeñoburguesa. La gran producción destruía la pequeña propiedad del campesino y expulsaba al artesano de su taller, obligándoles a convertirse en proletarios "libres" y a someterse a la disciplina cuartelaría del trabajo en las grandes empresas capitalistas.

La economía política pequeñoburguesa expresa la ideología de los pequeños propietarios caídos en la

desesperación,  y  siembra  ilusiones  acerca  de  la

posibilidad  de  volver  a  la  "Edad  de  Oro"  en  que

 

economistas         burgueses,            a              consecuencia       de           su                          

106 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 13.

 

105 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. III, págs. 40-41.

 

107 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 13.

 

 

 

existía la hacienda independiente de los campesinos y artesanos. Su fundador es el economista suizo Sismondi (1773-1842), quien con un espíritu pequeñoburgués hace la crítica del capitalismo, sin comprender su significado histórico como fase necesaria en el desenvolvimiento de la producción social. Los discípulos de Sismondi insistieron sobre todo en los lados débiles de su teoría, en la utopía reaccionaria   de   volver   la   historia   atrás   y   de reemplazar la gran producción, que aseguraba una alta  productividad  del  trabajo,  por  la  rudimentaria pequeña producción de la comunidad campesina, en la que la agricultura había de combinarse con las industrias artesanas.

En Rusia eran seguidores de Sismondi los populistas,   las   concepciones   económicas   de   los cuales fueron sometidas por V. I. Lenin a una crítica demoledora. La economía política pequeñoburguesa ha encontrado adeptos sobre todo en los países de producción capitalista débilmente desarrollada y con un gran peso de la producción de los campesinos y artesanos. No es capaz de determinar acertadamente las  perspectivas  del  desarrollo  social,  si  bien  a menudo cumple un papel provechoso con su crítica de los vicios del capitalismo y del imperialismo contemporáneo.

El análisis genuinamente científico del modo capitalista de producción, así como de los modos de producción que le precedieron -de la comunidad primitiva, del esclavismo y del feudalismo-, lo encontramos en las obras de los grandes jefes y maestros de la clase obrera C. Marx y F. Engels.

El marxismo, que pone de manifiesto las leyes económicas  a  que  está  sujeto  el  nacimiento  y  el

desarrollo del modo capitalista de producción, no se

limitaba a levantar el velo que encubría el pasado de la  humanidad,  sino  que  también  permitía  ver  el

futuro.  Con  asombrosa  exactitud  científica,  que  la

marcha de la historia ha venido a confirmar, el marxismo determinaba las condiciones en que el capitalismo  habría  de  ser  reemplazado inevitablemente por un modo de producción más elevado, como es el del socialismo y el comunismo. El más importante entre los estudios económicos de C. Marx, El Capital, es la mejor arma teórica de que dispone la clase obrera. Esta obra genial posee la asombrosa capacidad de no envejecer, de no perder su  fuego  combativo  ni su aplastante  vigor.  Medio siglo más tarde de la aparición del primer tomo de El Capital veía la luz El imperialismo, fase superior del capitalismo, de V. I. Lenin, obra en la que se amplía la teoría general del capitalismo y se expone la doctrina de su nueva fase, del imperialismo. Este trabajo de V. I. Lenin, lo mismo que otras investigaciones suyas acerca de la economía política del capitalismo, es una explicación genial, en el terreno económico, de las leyes de desarrollo de la revolución proletaria en las condiciones propias del imperialismo.

La teoría económica es una de las grandes partes integrantes    del    marxismo-leninismo.    Pone    de

manifiesto   la   acción   de   las   leyes   económicas

objetivas -cuyo conocimiento acertado es necesario para el éxito de los partidos comunistas y obreros en su labor práctica-, y ayuda a los trabajadores de los países capitalistas a elaborar una táctica justa en su lucha de clases con la burguesía. En los países socialistas,  los  partidos  marxistas-leninistas  se apoyan en las leyes descubiertas por la economía política para dirigir la vida económica de sus países y encaminarlos hacia la construcción del comunismo.

 

Capitulo  VIII. El capitalismo  premonopolista

1. Aparición de las relaciones capitalistas

La producción capitalista necesita para existir dos condiciones. Una es la concentración de los medios fundamentales   de   producción   en   manos   de   los

capitalistas. Otra es que carezcan de medios de producción la mayoría o una parte importante de los

miembros de la sociedad. Esto obliga a quienes no tienen nada más que sus manos a convertirse en trabajadores  asalariados  en  las  empresas  de  los

capitalistas para no morirse de hambre.

En la sociedad feudal la clase dominante la constituían los señores, que eran los propietarios del

suelo. Ellos explotaban a quienes cultivaban la tierra

y, dentro de su feudo, a los campesinos y artesanos que disponían de sus propios medios de producción.

La   transformación   de   la   sociedad   feudal   en

capitalista se hizo posible cuando gran parte de los campesinos y artesanos se vieron desposeídos de los medios de producción, es decir, cuando a un lado fueron colocados los medios de producción y al otro los productores. Requeríase, además, que el puesto del señor feudal, como fuerza económica dominante, pasase a ocuparlo el capitalista, que disponía de efectivos y de recursos materiales para explotar su empresa con la ayuda de trabajadores asalariados.

La tarea de desbrozar el terreno para el desarrollo de  la  producción  capitalista  exigió  toda  la  época

histórica   que   es   el   paso   del   feudalismo   al

capitalismo. Características de esta época son la destrucción de los pilares sobre los que se asentaba la sociedad feudal; la dolorosa y cruenta epopeya que acaba con la ruina de los campesinos y artesanos; la acumulación  de  riquezas  en  manos  de  la  naciente clase burguesa con ayuda de la depredación en las colonias, de la trata de esclavos, de la usura, de la piratería  y  de  otros  crímenes  y  violencias. Expulsados de sus aldeas y desposeídos de la tierra, los hombres se veían obligados a convertirse en obreros asalariados. El capitalismo naciente no se limita a poner en juego el hambre, sino que recurre a la fuerza para empujar a sus empresas a los antiguos campesinos y artesanos, y no se detiene ante el derramamiento   de   sangre   cuando   se   trata   de acostumbrarlos a la disciplina del trabajo asalariado. El capitalismo erige su sistema sobre los huesos de miles y miles de seres arruinados y martirizados.

"... El capital recién nacido -escribe Marx- resuma sangre y fango por todos los poros desde los pies a la cabeza."108

Estos dos procesos simultáneos -aparición de los obreros asalariados, de los proletarios, y acumulación de riquezas en manos de los capitalistas- es lo que Marx denomina acumulación primitiva del capital. Esta acumulación primitiva, que históricamente precede a la sociedad burguesa, debe ser diferenciada de  la  acumulación  de  capital  que  constantemente tiene lugar como resultado de la explotación a que los obreros se ven sometidos en las empresas capitalistas. Ahora bien, la acumulación primitiva no es cosa que pertenece exclusivamente al pasado; algunos de sus métodos se siguen aplicando en las colonias y en los países económicamente débiles.

En la época de la acumulación primitiva aparecen las relaciones capitalistas. Surgen una nueva clase de explotadores, los capitalistas, y otra de explotados, los obreros asalariados o proletarios. El paso del feudalismo al capitalismo se realiza en los países de Europa Occidental mediante las revoluciones burguesas  de  los  siglos  XVII  y  XVIII,  a consecuencia de las cuales la burguesía se convierte en la fuerza dominante en la esfera política, y no sólo en la económica.

En   Rusia,   la   servidumbre   de   la   gleba   fue suprimida más tarde que en otros muchos países y sus restos se conservaron hasta la misma Gran Revolución Socialista de Octubre. Al ser abolida la servidumbre, en 1861, se inicia en el país la época del desarrollo capitalista y se produce la sustitución del régimen feudal por el capitalista.

 

2. Producción mercantil. Mercancía. Ley del valor y dinero

El   capitalismo   es   la   forma   superior   de   la producción mercantil, y por eso C. Marx comienza en  El  Capital  su  estudio  del  capitalismo  con  el análisis   de   la   mercancía.   El   intercambio   de

mercancías, escribe V. I. Lenin, es "la relación más simple, ordinaria, fundamental, la más extendida y corriente, miles de millones de veces repetida, de la sociedad burguesa (mercantil)..."109 En la mercancía, en   el   intercambio   de   una   mercancía   por   otra, descubre Marx el embrión de las contradicciones y particularidades del capitalismo.

La producción mercantil es aquella que produce para el cambio, para la venta. Viene a sustituir a la economía natural, que era la forma preponderante de producción del régimen esclavista y del feudalismo. Sus orígenes hay que buscarlos en el período de desintegración    del    régimen    de    la    comunidad

 

 

108 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 764.

109 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVIII, pág. 358.

 

primitiva, tiempo desde el cual adquiere una significación cada vez mayor.

En las primeras etapas fue una producción mercantil  simple,  que  se  basaba  en  la  propiedad

privada y en el trabajo personal de los pequeños productores   -campesinos   y   artesanos-,   que   no

explotaban el trabajo ajeno. Las premisas de los avances de la producción mercantil son la división social del trabajo y la propiedad privada sobre los

medios de producción.

 

La mercancía.

No todo producto del trabajo es mercancía. Si alguien destina el fruto de su trabajo a satisfacer sus

propias necesidades o las necesidades de su familia no crea una mercancía, sino un producto, una cosa.

La mercancía es únicamente el producto del trabajo que es empleado o consumido a través del cambio (compraventa). La mercancía posee dos propiedades.

Su capacidad para satisfacer una necesidad humana la  convierte  en  valor  de  uso.  En  el  mercado,  los

valores de uso de un mismo género, por ejemplo, el trigo, son cambiados por valores de uso de un género distinto, por ejemplo, el hierro. La capacidad de la

mercancía para ser cambiada por otra mercancía la convierte  en  valor  de  cambio.  El  trueque  de  una

mercancía por otra muestra que entre ellas hay algo de común, que permite compararlas y valorarlas recíprocamente.  Eso  que  las  mercancías  tienen  de

común no se refiere a sus propiedades físicas: peso, volumen, forma, etc.; al contrario, las propiedades

físicas de las mercancías no pueden ser más diversas. Lo  que  tienen  de  común  es  que  todas  ellas  son

productos del trabajo humano. Desde este punto de vista, todas las mercancías son a modo de un trabajo humano  concentrado.  Y  como  materialización  del

trabajo   en   ellas   contenido,   las   mercancías   son

valores. La proporción en que una mercancía es cambiada por otra no es arbitraria, sino determinada.

El  valor  de  cambio,  que  expresa  las  proporciones

cuantitativas de éste, no es sino la forma en que se manifiesta  el  valor  contenido  en  la  mercancía.  La

mercancía une en sí el valor de uso y el valor.

La cuantía del valor viene determinada por el trabajo, aunque no por el trabajo invertido en la producción de esa mercancía precisamente. Cosas iguales pueden ser producidas por personas distintas, que emplean distintos instrumentos e invierten un tiempo diverso, es decir, una desigual cantidad de trabajo. El valor queda determinado por el trabajo invertido por término medio en la sociedad para la producción de mercancías de un mismo género. Es lo que se denomina trabajo socialmente necesario, y puede ser medido también por el tiempo de trabajo. "El tiempo de trabajo socialmente necesario -escribe Marx- es el tiempo de trabajo que se necesita para producir un valor de uso en presencia de condiciones socialmente normales de producción y atendido el

 

 

 

nivel medio, dentro de una sociedad concreta, de capacidad y de intensidad del trabajo."110 El valor de las mercancías disminuye al crecer la productividad del trabajo social, puesto que para la obtención de una unidad se requiere cada vez menos trabajo, cada vez menos tiempo de trabajo.

 

El trabajo materializado en la mercancía.

La doctrina del valor de las mercancías por el trabajo fue esbozada por los clásicos de la economía

política  burguesa,  Adam  Smith  y  David  Ricardo,

pero sólo Marx la expuso de manera consecuente y la argumentó en todos sus aspectos. Marx llevó a cabo un descubrimiento genial al revelar el doble carácter del trabajo que crea la mercancía.

El valor de uso de la mercancía es creado por el trabajo de una especialización determinada, por el

trabajo  concreto. Los tipos de trabajo concreto son

tan diversos como los valores de uso. Distínguense entre sí por los procedimientos y medios de trabajo

que se aplican. En cada valor de uso va materializado

un   determinado   tipo   de   trabajo   concreto.   Sin embargo, cualquiera que sea la cosa que se produzca, el trabajo, independientemente de sus características concretas,  siempre  es  una  inversión  de  energía humana  -física,  nerviosa,  intelectual-,  y  en  este sentido   siempre   es   trabajo   humano,   trabajo   en general. El valor de la mercancía lo crea el trabajo humano que interviene como inversión de fuerza de trabajo humano en general, independientemente de la forma en que se realice esta inversión, como trabajo abstracto.

El trabajo abstracto y el concreto son dos aspectos del  trabajo  materializado  en  la  mercancía.  "Todo

trabajo es una inversión de fuerza de trabajo humano

en el sentido fisiológico de la palabra, y como tal trabajo igual o abstractamente humano forma el valor

de  las  mercancías.  Todo  trabajo  es  también  una

inversión de fuerza de trabajo humano en forma especial y acomodada a un fin, y en esta calidad de trabajo útil concreto crea los valores de uso."111

De la misma manera que un valor de uso se diferencia cualitativamente de otro valor de uso, un

trabajo  concreto  se  diferencia  cualitativamente  de otro. Y de la misma manera también que el valor de una mercancía se diferencia del valor de otra sólo

cuantitativamente, el trabajo abstracto contenido en una y otra se diferencian sólo cuantitativamente.

Al cambiar las mercancías por ellos producidas, los hombres equiparan unos a otros los géneros más diversos de trabajo. Tras las relaciones de cambio se

encuentra la división social del trabajo. Dichas relaciones  expresan  en  el  mercado  las  relaciones

recíprocas de los productores de mercancías en la producción social. Y el valor, la relación de valor, no es  por  eso  una  relación  entre  cosas,  sino  entre

 

 

110 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 45.

111 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 53.

 

hombres, entre productores de mercancías. El valor es una relación social de producción que, encubierta por su envoltura material, sólo se revela a través de las relaciones de las cosas. El valor de la mercancía es creado por el trabajo invertido en su producción, pero únicamente se manifiesta en el cambio, sólo cuando una mercancía es equiparada a otra.

 

El dinero.

Primeramente el cambio era un fenómeno incidental y esporádico. Se verificaba el trueque de un producto por otro. Con el avance de la división social del trabajo, el cambio se hace más regular. Crece el número de productos especialmente destinados al cambio. La mercancía más común comienza poco a poco a actuar de equivalente universal, es decir, como mercancía que cumple el papel de intermediario en el cambio. En vez del trueque de la mercancía propia por otra de la que se siente necesidad (para lo cual se requería obligatoriamente la presencia de un comprador que dispusiera de la mercancía precisa al vendedor), los hombres comienzan a cambiar su mercancía por otra que es un equivalente universal y con la que siempre se podía adquirir una mercancía cualquiera. Según los lugares, el papel de equivalente universal corre a cargo de mercancías diversas: el ganado, las pieles, la sal, el cobre, el hierro, etc. Más tarde se concentra en los metales nobles: la plata y el oro.

Por sus propiedades naturales, los metales nobles se acomodan muy bien al papel de equivalente universal.  Conservan  siempre  unas  mismas cualidades, no se deterioran y pueden ser divididos fácilmente en las partes más pequeñas. De ahí que al extenderse el cambio, pasasen espontáneamente a ejercer las funciones de equivalente universal y se convirtiesen en dinero. El dinero es una mercancía específica que cumple el papel de equivalente universal para todas las mercancías. No apareció por orden de nadie, no es invención de un individuo ni el resultado de un acuerdo entre los hombres. No, los metales nobles se diferenciaron del mundo de las mercancías y se convirtieron en dinero gracias a un prolongado proceso de desarrollo del trueque. El dinero es una mercancía especial que sirve para facilitar el cambio de todas las mercancías restantes. Su capacidad de convertirse en equivalente universal reside  en  su  valor  de  uso.  La  esencia  del  dinero queda expresada en las funciones que cumple en la economía mercantil.

Lo primero de todo, el dinero cumple la función de medida del valor de todas las demás mercancías.

Cualquier  mercancía  encuentra  la  expresión  de  su

valor en dinero. Nadie dice: un par de botas equivale a un metro de paño, sino: las botas cuestan tantos rublos, o dólares, libras, coronas, etc. El valor de la mercancía expresado en dinero es el precio.

El             dinero    sirve       también como      medio    de circulación. El pañero no cambia su paño por botas. Lo vende, a cambio de dinero, y con el dinero obtenido adquiere las botas. Al aparecer el dinero, el trueque es sustituido por la circulación mercantil, es decir, por el cambio con la ayuda del dinero. La fórmula de la circulación mercantil es: mercancía – dinero - mercancía.

La cantidad de dinero necesario para cubrir las necesidades  de           la             circulación            mercantil               viene

determinada por el conjunto de precios de las mercancías dividido por el número de ciclos de la

unidad monetaria. Si en un país el total de los precios de todas las mercancías realizadas en un tiempo determinado, en un año, por ejemplo, es de 10.000

millones de unidades monetarias (dólares, francos, marcos, etc.) y si cada unidad monetaria realiza en el

transcurso del año diez ciclos, la cantidad de dinero necesario para la circulación del conjunto de mercancías será de 1.000 millones.

Las monedas de oro eran a menudo sustituidas por las de plata y de cobre; más tarde apareció el papel

moneda. Este, emitido por el Estado, reemplaza al oro en calidad de medio de circulación. Equivale al oro y su cantidad debe ser la misma que la del oro

empleado como tal medio. Si la cantidad de papel moneda  lanzado  a  la  circulación  es  superior  a  la

cantidad de monedas de oro requeridas para cubrir las necesidades del comercio, el papel moneda se desvaloriza.   Si   en   un   país   la   circulación   de

mercancías necesita de un total de 1.000 millones de unidades  monetarias  oro  y  el  Estado  emite  2.000

millones de unidades en papel moneda, el resultado será que con un billete -supongamos, de 10 dólares-

se podrán adquirir las mismas mercancías que con 5 dólares oro.

A partir del fin de la primera guerra mundial la

circulación  monetaria  capitalista  se  caracteriza  por una extraordinaria inestabilidad del papel moneda, el cual, a consecuencia de las excesivas emisiones, pierde a menudo su valor. La desvalorización del dinero se conoce con el nombre de inflación, fenómeno que repercute desfavorablemente sobre el nivel de vida de los trabajadores, que viven de su salario.

El   dinero   cumple   la   función   de   medio   de acumulación.  Con  él  se  puede  adquirir  siempre

cualquier mercancía, por lo que es un representante universal de la riqueza. La acumulación de riquezas

se produce por esto en forma de acumulación de dinero.

En  las  compras  y  ventas  a  crédito,  el  dinero

cumple la función de medio de pago. Gracias al crédito se reduce la cantidad de dinero en efectivo necesario para la circulación.

Cuando  se  trata  del  comercio  entre  países,  el dinero cumple la función de dinero mundial. Para

estas operaciones se utiliza el oro.

 

Ley del valor.

La  ley  del  valor  es  la  ley  económica  de  la producción mercantil según la cual el intercambio de

mercancías   se   rige   por   la   cantidad   de   trabajo

socialmente necesario invertido en su producción. Dentro de la producción mercantil cada productor trabaja aislado de los otros, con vistas al mercado, donde ninguno de ellos conoce de antemano el volumen   de   la   demanda.   La   igualdad   entre  la demanda   y   la   oferta,   con   tal   anarquía   de   la producción, sólo puede ser establecida casualmente, como consecuencia de constantes fluctuaciones. Esto hace que, a menudo, los precios de las mercancías se aparten de su valor; unas veces son más altos y otras más bajos. Si la oferta es superior a la demanda, los precios caen por debajo del valor; si la demanda es superior a la oferta, ocurre lo contrario.

Ahora bien, los precios de las mercancías tienden invariablemente  a  igualarse  con  el  valor  de  las

mismas. Si el precio de una mercancía es superior a su   valor,   esto   origina   un   incremento   de   la

producción, con lo que la oferta aumenta y el precio baja inevitablemente hasta el nivel del valor. De esta manera se equilibran recíprocamente en su conjunto

las oscilaciones que respecto del valor sufren los precios, en más o menos. En cada momento concreto,

en virtud de diversas causas, los precios de una mercancía  cualquiera  pueden  apartarse  del  valor, pero   los   precios   medios,   si   tomamos   períodos

prolongados, coinciden con él con bastante aproximación.

En la sociedad basada en la propiedad privada, la ley del valor, actuando a través del mecanismo de la

competencia,  regula  las  proporciones  en  que  el trabajo social y los medios de producción se distribuyen   entre   los   distintos   sectores   de   la

economía. La constante fluctuación de los precios empuja a una parte de los productores de mercancías

a abandonar los sectores en que la oferta supera a la demanda, y los precios caen por debajo del valor. El descenso de los precios influye de manera diversa

sobre los distintos grupos de productores de mercancías.   Los   más   hábiles,   emprendedores   y

fuertes mejoran sus posiciones, mientras que los débiles  se  arruinan.  El  enriquecimiento  de  unos pocos a expensas de la ruina de la gran mayoría es el

resultado  de  las  constantes  fluctuaciones  de  los precios y de su desviación respecto del valor. Pero no

es esto sólo lo que origina la ruina del conjunto de los pequeños productores bajo los efectos de la competencia. No los salva tampoco la venta de las

mercancías por su valor. La ley del valor es la ley del desarrollo elemental de las fuerzas productivas. Los

productores que utilizan una maquinaria y unas técnicas más perfectas se encuentran en una posición más ventajosa, puesto que sus mercancías requieren

un desembolso menor que los gastos socialmente necesarios, mientras que otros muchos productores

 

 

 

han de hacer desembolsos superiores a los gastos socialmente necesarios por unidad de producto. Estos últimos no pueden resistir la competencia con contrincantes   más   fuertes.   El   resultado   es   que algunos productores, que forman una minoría muy reducida, se convierten en capitalistas, mientras que el resto se arruinan y se ven obligados a vivir de la venta de su fuerza de trabajo. Los medios de producción se concentran cada vez más en manos de los capitalistas, con lo que inevitablemente viene la transformación de la economía mercantil simple en capitalista.

Así, pues, la ley del valor cumple en la economía mercantil,  por  intermedio  del  mecanismo  de  la

competencia, tres importantes funciones: ejerce de regulador en la distribución de la fuerza de trabajo y

de los medios de producción entre los sectores económicos; cumple el papel de motor del progreso técnico,  y  conduce  al  desarrollo  de  las  relaciones

capitalistas, condenando a la desaparición y la ruina a los pequeños productores de mercancías.

 

3. La plusvalía, piedra angular de la teoría económica de Marx

Marx   reveló   el   carácter   antagónico   de   las relaciones entre el trabajo y el capital, relaciones que son  el eje  alrededor  del cual  gira  todo  el sistema capitalista   de   economía.   Sus   estudios   sobre   la plusvalía significan una explicación científica completa del proceso de la explotación de los obreros

por los capitalistas.

El  análisis  de  Marx  deriva  de  un  hecho  tan sencillo y conocido como es el de que los capitalistas adquieren primeramente las mercancías necesarias para la producción y luego venden los artículos de sus empresas por una cantidad mayor que la que ellos invirtieron.

En la circulación mercantil simple, el productor vende su mercancía para adquirir otra mercancía. La

meta final de la circulación mercantil simple es la

satisfacción   de   necesidades.   Su   fórmula,   según vimos, era: mercancía  - dinero  - mercancía.  Muy

distinto  es  el  proceso  de  circulación  cuando  la

mercancía es adquirida no con objeto de satisfacer directamente una u otra necesidad, sino para la venta. La fórmula de este nuevo proceso es: dinero - mercancía  -  dinero.  Comprar  para  vender únicamente tiene sentido cuando del conjunto de la operación se obtiene una suma de dinero mayor que la primeramente invertida. Quien compra para vender lo hace para vender más caro. Este incremento de la suma inicial del valor lo convierte en capital. El capital  es  un  valor  que  crece  por    mismo.  Su primera forma es el dinero. El proceso de la producción capitalista comienza con la adquisición de medios de producción y de fuerza de trabajo; es decir, que el capital pierde su forma monetaria y se convierte  en  capital  productivo.  Las  mercancías

 

producidas las vende el capitalista en el mercado, con lo que convierte el capital mercantil en monetario. El capital  recobra  la  forma  que  primeramente presentaba. Pero el capitalista obtiene más dinero del que había invertido hasta el comienzo de la producción. El cambio tiene lugar según el valor (porque si unos venden más caro y otros más barato, en el conjunto de la sociedad esto se equilibra). Nos preguntamos entonces: ¿cómo puede el propietario de dinero, el capitalista, que compra y vende mercancías por su valor, obtener de la circulación un valor más elevado? La respuesta, que la economía política burguesa no había podido dilucidar, nos la proporciona Marx. Resulta que esto es posible sólo porque el propietario de dinero encuentra en el mercado una mercancía muy peculiar, que al ser consumida origina un valor nuevo. Es la fuerza de trabajo. Veamos qué características presenta esta mercancía según expone F. Engels el problema.

 

La producción de plusvalía.

¿Qué valor tiene la fuerza de trabajo? El valor de cada mercancía se mide por el trabajo necesario para producirla. La fuerza de trabajo existe en el obrero vivo, el cual ha de disponer de determinados recursos para atender a las necesidades suyas y de su familia. El tiempo de trabajo necesario para la producción de dichos recursos determina el valor de la fuerza de trabajo.

"Supongamos -escribe Engels- que estos medios necesarios para la vida representan, de día en día, un tiempo de trabajo de seis horas. Por lo tanto, cuando nuestro capitalista inicia su negocio compra para el funcionamiento de la empresa fuerza de trabajo, es decir, contrata al obrero, al cual paga el valor completo de un día de su fuerza de trabajo si le abona una suma que expresa seis horas de este trabajo precisamente. Por consiguiente, basta que el obrero trabaje seis horas en provecho del capitalista para que éste se resarza por completo del desembolso hecho, es decir, del pago del valor de un día de fuerza de trabajo.

"Pero el dinero no se convierte por esto en capital, no produce ninguna plusvalía. Por esto, el comprador

de fuerza de trabajo comprende de manera totalmente

distinta el carácter del contrato por él concluido. El hecho  de  que  para  que  el  obrero  subsista  durante

veinticuatro  horas  se  necesiten  sólo  seis  horas  de

trabajo no representa el menor obstáculo para que este obrero trabaje doce horas de esas veinticuatro. El valor de la fuerza de trabajo y el valor creado por la fuerza de trabajo son dos magnitudes distintas... Así, el valor por el que el obrero le resulta al capitalista, según nuestro supuesto, es el producto de seis horas de trabajo, mientras que el valor que el obrero proporciona  al  capitalista  es  el  producto  de  doce horas de trabajo.

"Al bolsillo del propietario del dinero va a parar la diferencia: las seis horas de trabajo complementario no pagado, el producto complementario no pagado en el  que  se  materializa  un trabajo  de  seis  horas.  El juego de manos ha sido hecho. La plusvalía ha sido producida, el dinero se ha convertido en capital."112

El origen de la plusvalía (parte considerable de la cual forma la ganancia del capitalista) es ahora perfectamente claro y natural. El valor de la fuerza de trabajo ha sido abonado, pero este valor es bastante menos de lo que el capitalista puede extraer de la fuerza  de  trabajo;  esta  diferencia,  el  trabajo  no pagado, es precisamente lo que forma la parte del capitalista, o más exactamente, de la clase capitalista.

Este trabajo no satisfecho es el que mantiene a todos los miembros no trabajadores de la sociedad.

De él salen los impuestos y contribuciones con que

es gravada la clase capitalista, la renta de la tierra de los propietarios del suelo, etc. Sobre él descansa todo el régimen social del capitalismo.

 

La explotación capitalista.

Así, pues, el obrero asalariado crea durante una parte de su jornada de trabajo el producto necesario para su propio sustento. Esta parte de la jornada es lo que Marx denomina tiempo de trabajo  necesario;  el trabajo invertido en este tiempo es el trabajo necesario. Durante la otra parte de la jornada -tiempo de   trabajo   complementario-,   el   obrero,   con   su trabajo  complementario,  crea  la  plusvalía.  La plusvalía (p) es el valor creado por el trabajo del obrero por encima del valor de su fuerza de trabajo y que el capitalista se apropia a título gratuito.

La  esencia  del  proceso  de  la  explotación capitalista   radica,   pues,   en   la   producción   de

plusvalía. Lo que a los capitalistas les interesa no es

la producción de medios de producción y de artículos de consumo, útiles para la sociedad, sino la obtención

del   máximo   de   plusvalía.   La   avidez   de   los

capitalistas en este sentido es insaciable.

 

El capital.

En la sociedad capitalista, la explotación del trabajo asalariado sirve para mantener y acrecer el valor  perteneciente  al  capitalista,  para  ampliar  el poder y la dominación del capital. Este es el valor que produce la plusvalía. Los economistas burgueses afirmaban y afirman que todo medio de producción es capital. Silencian deliberadamente el hecho indiscutible de que los medios de producción se convierten en capital únicamente cuando se transforman en medio de explotación de los obreros, que el capital no es una cosa, sino una relación social entre las clases principales de la sociedad burguesa, la relación de explotación de los obreros asalariados por los dueños de los medios de producción.

La  comprensión  marxista-leninista  del  capital como  relación  social  revela  la  esencia  del  modo

 

112 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., págs. 192-193.

 

burgués de explotación, que es la explotación por la clase capitalista de los obreros asalariados que viven de la venta de su fuerza de trabajo.

En  el  capital  hay  que  distinguir  dos  partes:  el

capital constante (c), invertido en los medios de producción (locales, máquinas, combustible, materias primas, etc.) y el capital variable (v), que es el que se destina a la adquisición de fuerza de trabajo. La parte que uno y otro toman en la producción de plusvalía no es la misma. Aun participando en el proceso general, los medios de producción no crean ningún valor nuevo. El valor del capital constante, de una vez o por partes, pasa al producto obtenido. Otra cosa es el capital variable. Crece y en el proceso de producción crea plusvalía. La relación entre la plusvalía y el capital variable (P/v) expresa el grado de  explotación  del  trabajo  por  el  capital  y  se denomina cuota de plusvalía (p').

El aumento de la plusvalía sigue dos caminos. El primero es el de prolongar la jornada o intensificar el

trabajo (aumento de la tensión del trabajo, aumento

de la inversión de energía humana por unidad de tiempo).   Es   lo   que   Marx   denominó   plusvalía absoluta.  El  segundo  camino  es  el  de  reducir  el tiempo de trabajo necesario. Según el término de Marx, es la plusvalía relativa.

Si fuera posible, el capitalista aumentaría la jornada de trabajo hasta las veinticuatro horas, pues cuanto más larga es, más plusvalía se crea. El obrero, por el contrario, tiene interés en reducirla. Se produce así la lucha por acortar la duración de la jornada de trabajo. Iniciada en los países capitalistas con las primeras  acciones  obreras,  a  comienzos  del  siglo XIX, no se vio interrumpida nunca. De ahí que los capitalistas no puedan alargar ilimitadamente la jornada. La producción de plusvalía absoluta sigue actualmente en los países capitalistas la vía de la intensificación del trabajo.

La producción de plusvalía relativa se consigue aumentando el tiempo complementario sin alterar la duración de la jornada, es decir, reduciendo la parte de la jornada que se necesita para compensar el valor de la fuerza de trabajo. Esto se consigue mediante la elevación de la productividad del trabajo en los sectores de la industria que producen artículos de consumo vitalmente necesarios para los obreros y el conjunto de los cuales determina el valor de la fuerza de trabajo. Cuanto más alta es la productividad de trabajo en estos sectores y menor es el valor de su producción, más corto es el tiempo de trabajo necesario y, por consiguiente, mayor es el tiempo de trabajo complementario en todas las empresas capitalistas.

El tiempo de trabajo necesario se reduce también elevando la productividad del trabajo en los sectores de la producción que proporcionan medios de producción para la producción de artículos de consumo.

 

Algunos capitalistas pueden lograr también una plusvalía extraordinaria. Esta se consigue con la aplicación de perfeccionamientos técnicos de que los otros carecen. En tal caso invertirán menos recursos para la obtención de cada artículo producido, aunque las mercancías las venderán a los precios que son comunes entre la generalidad de los productores de este artículo concreto. De ahí que los propietarios de empresas mejor montadas, con un equipo más perfecto, obtengan un excedente de plusvalía por encima de lo ordinario. Eso es la plusvalía extraordinaria.

Pero también los demás capitalistas tratan de obtener una mayor plusvalía, y en busca de plusvalía

extraordinaria perfeccionan sus instalaciones. A ello les empuja la competencia.

En su análisis de la producción de plusvalía relativa, Marx investiga las tres fases históricas de incremento  de  la  productividad  del  trabajo  por  el capitalismo: 1) cooperación simple, 2) manufactura y3) gran industria maquinizada.

La cooperación capitalista simple es la concentración más o menos grande de obreros asalariados para producir un mismo artículo bajo la dirección del capitalista. La técnica es manual y no hay división del trabajo. Pero la agrupación de los obreros proporciona ya de por sí cierto incremento de la productividad. La manufactura es la cooperación capitalista basada en la división del trabajo, aunque con una técnica manual. Comparándola con la cooperación simple proporciona un importante incremento de la productividad del trabajo. Ahora bien, la manufactura no podía acabar con la pequeña producción y convertirse en la forma preponderante dentro de la industria. El capitalismo sólo se hace dueño y señor de la situación cuando pasa a la industria maquinizada, que es la forma superior de desarrollo de la gran producción capitalista. La industria maquinizada acaba con la pequeña producción,  amplía  la  esfera  de  dominación  del capital y propicia el constante incremento de la creación de plusvalía.

La teoría de la plusvalía de Marx pone de relieve el modo como en la sociedad burguesa tiene lugar el

proceso de explotación del obrero por el capitalista.

Demuestra que sólo el trabajo de los obreros asalariados es la fuente constante e inagotable de las

riquezas que afluyen a los capitalistas. La teoría de la

plusvalía pone al desnudo la doblez de quienes afirman que el régimen burgués descansa en la igualdad de los obreros y capitalistas y en la armonía de sus intereses. Esta teoría revela la irreductible contradicción,   cada   vez   más   honda,   entre   los intereses del capital y del trabajo y moviliza a las masas para la lucha contra el capital.

 

4. El salario

La teoría del salario afecta a los intereses vitales de las clases de la sociedad burguesa y es uno de los problemas más candentes de la ciencia económica.

Bajo el capitalismo, el salario es el precio de la fuerza  de  trabajo.  Se  crea,  sin  embargo,  la  falsa

apariencia de que es el precio del trabajo, de que el capitalista retribuye al obrero su trabajo y todo su

trabajo. La realidad es que el trabajo crea valor, pero no  tiene  valor  de  por  sí.  Lo  que  el  capitalista retribuye al obrero no es en modo alguno su trabajo,

sino su fuerza de trabajo. "...El salario no es lo que

parece, no es el valor -o precio- del trabajo, sino una forma enmascarada del valor -o precio- de la fuerza de trabajo."113   Como el salario no se presenta como lo que realmente es, Marx lo denomina forma metamorfoseada del valor, o precio, de la fuerza de trabajo.

La cuantía del salario viene integrada por dos elementos: a) el puramente físico, en el que entra el valor de los medios absolutamente necesarios para la vida del obrero, la conservación de su capacidad de trabajo y el sustento de su familia; b) el histórico o social, que depende del nivel de las necesidades vitales  y  demandas  culturales  en  que  se  formó  la clase obrera de cada país concreto.

Los capitalistas tratan de rebajar el salario hasta su mínimo físico. La clase obrera lucha para elevar su nivel de vida. Por eso el movimiento del salario depende sensiblemente de la lucha de clase del proletariado, de su organización, del grado de su resistencia al capital. La lucha de la clase obrera por mejorar las condiciones de trabajo y elevar su nivel de vida, dentro del régimen de propiedad privada sobre los medios de producción y del poder político de la burguesía, puede aliviar su situación; no afecta, sin embargo, a las bases del régimen capitalista y no puede emancipar a los trabajadores de la esclavitud asalariada a que los capitalistas los tienen sujetos.

En la sociedad capitalista imperan dos formas fundamentales de salario: por tiempo y por piezas. El

salario por tiempo expresa directamente el valor de la

fuerza de trabajo por horas, días, semanas o meses. Se trata del pago de una hora, un día, una semana o

un mes de trabajo. El salario por piezas se determina

a base del salario por tiempo. Supongamos que el salario de una hora es de 90 centavos. Si en el transcurso de una hora el obrero produce dos piezas, percibirá 45 centavos por cada una de las piezas fabricadas.

El salario por piezas empuja al obrero a trabajar con  la  intensidad  máxima.  Siguiendo  nuestro ejemplo, si en vez de dos piezas produce tres, su salario aumentará el 50 por ciento. Pero la época de bonanza le dura muy poco. El capitalista no tarda en revisar las tarifas y el beneficio de la intensificación del trabajo es para él en última instancia. El sistema en cadena y otras máquinas cuyo movimiento obliga

 

 

113  C. Marx y F. Engels, Obras  escogidas, t. II, Moscú, 1955, pág. 20.

 

 

 

al obrero a trabajar sin descanso y con una enorme tensión, permite a los capitalistas, con el salario por tiempo, alcanzar una extraordinaria intensidad del trabajo.

El incremento de la producción a expensas de la intensidad del trabajo aumenta el valor de la fuerza de trabajo, pues ésta es invertida en cantidad mayor. Ha de seguir, pues, un aumento del salario, pero éste, ordinariamente, no corresponde al ascenso de la intensidad del trabajo.

Refiriéndose a que el crecimiento del precio de la fuerza de trabajo no significa en modo alguno que se

eleve por encima de su valor, Marx observa: "Puede

ir acompañado, al contrario, de la caída de su precio por debajo del valor. Esto último tiene lugar en todos

los casos en que la elevación del precio de la fuerza de trabajo no compensa su acelerado desgaste."114

Bajo el capitalismo, el aumento del salario se produce  únicamente  como  resultado  de  una empeñada lucha de clases y siempre es una reacción tardía al aumento del valor de la fuerza de trabajo como consecuencia de haber crecido la intensidad de éste. Se produce después de su disminución (por ejemplo, en las fases de reactivación y ascenso que siguen a las crisis económicas) o cuando se ha producido un brusco descenso del salario real por la inflación, la subida impuesta por los monopolios a los precios de los artículos de consumo, aumento de alquileres, de impuestos, etc. Si los obreros renunciasen a la lucha diaria con el capital por el mejoramiento de su nivel de vida, se convertirían, según palabras de Marx, en "una masa insensible de pobres negligentes que no tendrían ya salvación".115

Los partidos comunistas y obreros consideran un deber sagrado mantener la lucha no sólo por los fines últimos, sino también por las necesidades inmediatas de la clase obrera.

 

5. El aumento  de la ganancia  como fin y límite de la producción capitalista

La ganancia es el resorte y el fin principal que mueve al capitalista. Para éste la producción no es más que un medio de obtener beneficios. En cuanto al consumo de las masas populares, la economía capitalista no lo toma en cuenta más que como condición indispensable para la obtención de ganancias; fuera de esto, el problema del consumo pierde para el capitalista todo sentido.

El  capital  busca por  todos los medios el incremento de la masa y de la cuota de ganancia.

La cuota de ganancia expresa la relación entre la

plusvalía y el conjunto del capital invertido en la empresa. Es el índice de la rentabilidad de la empresa capitalista.

En  el  proceso  de  producción  de  la  plusvalía

 

 

114 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 407.

115 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I, Moscú, 1955, pág.

406.

 

existen diferencias entre los distintos sectores de la industria.  En  unos,  el  patrono  se  ve  obligado  a invertir la mayor parte de su capital en medios de producción: locales, máquinas, etc., que no rinden de por    ganancia,  aunque  son  necesarios  para obtenerla. En otros sectores, que necesitan menos recursos  técnicos,  la  parte  mayor  del  capital  se destina a contratar mano de obra. La proporción entre el capital fijo y el variable determina la composición orgánica del capital, tanto en una empresa concreta como en un sector entero de la industria. Cuanto mayor es la parte del capital fijo, más elevada es, en todo el capital, la composición orgánica.

 

Ganancia media.

En   los   sectores   con   un   capital   de   distinta composición orgánica, capitales iguales proporcionan

una plusvalía diferente. En los sectores con un capital

de  baja  composición  orgánica,  la  plusvalía  será mayor que en aquellos donde tal composición es alta.

Sin embargo, los sectores de distinta composición

orgánica de su capital no podrían coexistir si los capitalistas no obtuviesen una ganancia igual a capitales iguales. En efecto, ¿qué sentido tendría para ellos imponer su capital en un sector de baja cuota de ganancia? Los hechos demuestran que capitales iguales,   colocados   en   sectores   distintos   de   la industria,  proporcionan  una  ganancia  que  más  o menos  es  la  misma,  cualquiera  que  sea  su composición orgánica. Esto es así porque, además de la competencia entre los capitalistas de un mismo sector por la venta de mercancías iguales, existe la competencia entre sectores por una inversión más ventajosa del capital. La afluencia de capitales de un sector a otro hace que en unos se eleven los precios, mientras que en otros bajan. El capital abandona los sectores en los que se advierte superproducción de mercancías, una brusca baja de los precios, donde las empresas quiebran, y se dirige a los sectores en que la escasez de mercancías ha hecho subir los precios. Por lo tanto, tiene lugar una equilibración espontánea de la cuota de ganancia de los sectores industriales con distinta composición orgánica de capital y se forma una cuota media (general) de ganancia. Todo el conjunto de la plusvalía producida por la clase obrera, gracias a tal afluencia y retirada de capitales, se distribuye entre los capitalistas en proporción aproximada a la cuantía de sus inversiones.

 

Precio de producción.

Bajo el capitalismo,  al equilibrarse la cuota de ganancia   los   precios   de   las   mercancías   vienen

determinados  por  el  precio  de  producción,  que  es

igual a los gastos de producción más la ganancia media. Cada capitalista trata de obtener a cambio de su mercancía un precio que no sólo le reintegre los gastos   de   producción,   sino   que   le   proporcione siquiera sea la ganancia media, ordinaria y normal en un momento dado y en cada país. El precio de producción de un artículo concreto puede ser, pues, superior o inferior al valor, aunque el conjunto de precios de producción es igual al conjunto de valores de todas las mercancías.

No  es  difícil  convencernos  de  que  esto  es  así, Bastará para ello el ejemplo siguiente:

Supongamos que el valor de las mercancías en los

sectores de una elevada composición orgánica asciende    a    120    unidades    monetarias    (capital

constante,  90;  variable,  10;  plusvalía,  20  unidades

monetarias)  y  que  en  los  sectores  de  baja composición orgánica es de 140 unidades (capital constante, 80; variable, 20; plusvalía, 40 unidades monetarias).

En  estas  condiciones  el  precio  de  producción, igual al capital desembolsado y a la ganancia media,

será:

100 +    20+40      = 130 unidades monetarias.

2

Las   mercancías   de   los   sectores   de   elevada composición  orgánica  se  venden  a  10  unidades

monetarias por encima de su valor, mientras que las

mercancías de sectores con una baja composición orgánica del capital lo son a 10 unidades por debajo de su valor. Las desviaciones respecto del valor se compensan mutuamente y el conjunto de valores de todas las mercancías (120 + 140 = 260) coincide con el conjunto de los precios de producción (130 + 130

= 260).

La teoría de la ganancia media y del precio de producción es muy importante para comprender las

tareas   fundamentales   de   la   lucha   de   clase   del

proletariado. Nos hace ver que cada capitalista está interesado en elevar no sólo el grado de explotación de sus obreros, sino también de la clase obrera en su conjunto, pues, en última instancia, las ganancias del capitalista son la parte que le corresponde del total de la plusvalía producida por la clase obrera. Se comprende, escribía Marx, por qué "los capitalistas, que revelan tan escasos sentimientos fraternales cuando   compiten   unos   con   otros,   forman   una auténtica hermandad masónica cuando se trata de la lucha contra la clase obrera en su conjunto".116

La teoría de la ganancia media revela, pues, la base  material  de  la  solidaridad  de  clase  de  los

capitalistas. A esta solidaridad, que descansa en la

aspiración egoísta a sacar del obrero todo cuanto se pueda, la clase obrera opone su solidaridad propia,

que se asienta en el legítimo deseo de poner fin a la

explotación capitalista. La lucha de la clase obrera contra el poder del capital no puede limitarse a la acción contra uno u otro patrono por mejorar las condiciones de trabajo en una empresa o en un sector de la producción. La meta final que la clase obrera persigue en su lucha es la destrucción del sistema de la explotación capitalista, la destrucción del régimen social de la burguesía.

 

 

116 C. Marx. El Capital, ed. cit., t. III, pág. 206.

 

La teoría de la ganancia media muestra que la competencia  de  los  capitalistas  en  los  distintos

sectores  de  la  producción  reduce  las  diferentes

ganancias a una ganancia media, cualquiera que sea la composición orgánica del capital en uno u otro sector. La cuota de ganancia media varía con el tiempo, mas en cada período y en cada país es un valor bastante estable, que todos los hombres de negocios tienen en cuenta.

 

Beneficio del patrono e interés.

La            ganancia                capitalista              se            descompone        en beneficio   del   empresario   e   interés.   El   patrono

capitalista no se limita de ordinario a operar con sus propios  recursos.  También  pone  en  juego  sumas

recibidas a crédito. La parte de la ganancia que el capitalista cede por el derecho a manejar el capital de otro capitalista o de un Banco se denomina interés.

La ganancia menos el interés que el capitalista satisface por las sumas recibidas a crédito recibe el

nombre de beneficio del patrono. Los Bancos capitalistas  actúan  de  intermediarios  en  los  pagos entre los capitalistas, reúnen (por imposición en sus

cuentas corrientes y otras operaciones) efectivos y beneficios en metálico y los ponen a disposición de

los capitalistas. A la vez que cooperan al desarrollo de la producción capitalista y a la centralización del capital,  los  Bancos  incrementan  la  dominación  de

este último sobre el trabajo y crean las condiciones para  que  el  gran  capital  disponga,  además  de  sus

propios medios, de una parte cada vez mayor de los recursos económicos e ingresos de las restantes capas

de la población.

 

La   ganancia   como  límite  de   la   producción capitalista.

Los economistas burgueses presentan la ganancia

capitalista como el mejor de los estímulos para el progreso técnico y el incremento ilimitado de la producción. Silencian el hecho de que la ganancia capitalista es el fruto de la explotación y del agotamiento de la mano de obra; no dicen que la subordinación de la producción al principio de la ganancia capitalista, lejos de constituir un estímulo, es el límite de la producción capitalista. Los capitalistas producen sólo y en la medida en que ello les resulta beneficioso. A menudo, y particularmente en nuestros tiempos, reducen la producción, frenan el progreso técnico y destruyen grandes cantidades de productos con el único fin de elevar la cuota de ganancia. Más aún, los monopolios capitalistas desencadenan guerras y causan a la humanidad daños sin cuento con el único fin de asegurar sus ganancias.

 

6. Desarrollo del capitalismo  en la agricultura. Renta de la tierra

Las leyes económicas del capitalismo rigen por igual en la industria y en la agricultura.

Con los avances de la división social del trabajo, los productos agrícolas comienzan a ser producidos

para  la  venta  y  se  convierten  en  mercancías.  La

agricultura pasa a ser una rama de la economía que produce mercancías. Entonces se inicia una reñida competencia entre los distintos productores de mercancías,  competencia  que  coloca  en  situación muy difícil a los pequeños agricultores, que son los que poseen menos tierra, animales de labor y aperos. Los  pequeños  productores  se  arruinan  en  masa  y pasan  a  engrosar  las  filas  de  los  proletarios.  Una parte considerable de la producción se concentra en las capas altas, capitalistas, del campo. Fórmanse dos grupos extremos: el de los campesinos pobres y braceros y el de la burguesía rural (campesinos ricos, capitalistas y terratenientes más o menos aburguesados, que se conservan en muchos países capitalistas). Entre esos dos grupos se encuentran los campesinos medios.

Si  comparamos  el  proceso  de  desarrollo  del capitalismo    en           la             agricultura            y              la             industria,

advertiremos  un  atraso  incomparablemente  mayor

del  primero.  No  ocurre  así  sólo  en  los  países atrasados,  donde  el  avance  del  capitalismo  en  la

agricultura se ve frenado por las supervivencias del

feudalismo, sino también, en cierta medida, en los países en que el capitalismo ha alcanzado un gran desarrollo. Una de las causas más importantes de que así ocurra es que parte de la plusvalía creada en la agricultura se la apropia la clase parasitaria de los propietarios en forma de renta de la tierra.

 

La renta de la tierra.

En la agricultura capitalista, a diferencia de lo que ocurre en la industria, todo el valor creado se divide

entre tres clases. Los obreros agrícolas perciben el salario,  el  capitalista  arrendatario  se  queda  con  la

ganancia media ordinaria y el propietario del suelo recibe la renta. Ahora bien, ¿de qué manera aparece en la agricultura, además de la ganancia ordinaria

sobre el capital, una parte especial de plusvalía que en forma de renta es percibida por los propietarios

del suelo de los capitalistas arrendatarios?

Para responder a esta pregunta, Marx se detiene en algunas  características      económicas          de           la

agricultura. Las distintas tierras, cultivadas por diversos  agricultores,  no  son  iguales  ni  por  su

fertilidad ni por su situación respecto del mercado. La tierra de mejor calidad, con el mismo desembolso, dará mejores cosechas que las de calidad inferior. Lo

mismo ocurrirá en cuanto a la proximidad o alejamiento  del  mercado.  Cuanto  más  cerca  del

mercado esté la tierra, menos costoso será el transporte de los productos y más ventajosa resultará su  explotación.  En  aras  de  la  brevedad,  podemos

resumir estas diferencias (de fertilidad y de proximidad al mercado) como diferencia entre tierras

 

mejores y peores. Ahora bien, los capitalistas han de compensar sus gastos y percibir la ganancia media no sólo en las tierras mejores y medianas, sino también en las peores. De ahí que el precio de producción de los productos agrícolas sea igual a los gastos de producción en las tierras peores más la ganancia media.  Y  las  tierras  mejores  y  medianas proporcionan, además de la ganancia media, cierto excedente que el arrendatario ha de entregar al dueño de la tierra.

El  excedente  obtenido  en  la  tierra  de  mejor calidad o más próxima al mercado -respecto de la

tierra   peor   o   más   alejada-   se   denomina   renta

diferencial I, puesto que se obtiene por la diferencia en  la  calidad  de  las  tierras.  Esta  diferencia  de

fertilidad y situación de los campos es, sin embargo,

más  que  la  condición,  la  base  natural  para  la aparición de la renta diferencial I. El origen de ésta es la plusvalía creada por los obreros agrícolas.

El excedente puede ser obtenido por el capitalista arrendatario            en           campos  de           cualquiera             calidad

mediante la inversión de nuevos recursos que le permitan  recoger  cosechas  mayores  que  las  que rinden   los   peores   campos,   es   decir,   los   que

determinan el precio de la unidad de producción. La ganancia complementaria obtenida por la inversión

de nuevos capitales en la tierra explotada, o sea por la intensificación de la agricultura, se denomina renta diferencial II. Si es obtenida antes de la extinción del

viejo contrato de arrendamiento, la renta diferencial

II  va  a  parar  al  bolsillo  del  capitalista.  Pero  al estipular un nuevo contrato, el propietario del suelo

acostumbra  a  tener  en  cuenta  el  resultado  de  la

intensificación de la agricultura y eleva la tasa de arrendamiento para incluir en ella la renta diferencial II.

La economía política burguesa atribuye el origen de  la  renta  diferencial  a  una  supuesta  "ley  de  la

fertilidad decreciente del suelo". Marx y Lenin demostraron que esa imaginaria ley no tiene relación alguna con la teoría de la renta. Ha sido inventada

por los economistas y propagandistas burgueses con objeto   de   quitar   a   los   capitalistas   y   grandes

propietarios la responsabilidad del encarecimiento de los productos agrícolas, de la miseria de las masas y de la bárbara explotación de la tierra, cargando la

culpa de todo esto a la acción de esa supuesta "ley" eterna  e  inmutable.  Uno  de  los  fundadores  de  la

economía política vulgar, Malthus, se apoya en tal "ley" para manifestar que el crecimiento de la población  será  siempre  más  rápido  que  el  de  la

producción del campo; y por eso, dice, para mantener el "equilibrio" se necesitan las guerras, las epidemias

y  la  restricción  artificial  de  la  natalidad  entre  las clases necesitadas. Los malthusianistas de nuestros días  esgrimen  la  supuesta  "ley  de  la  fertilidad

decreciente del suelo" para justificar las guerras de agresión y el exterminio en masa de la gente.

 

 

 

La apropiación de la renta diferencial por los propietarios del suelo, que de ordinario la destinan a fines no productivos, es un lastre que frena el desarrollo de la agricultura. Aún es mayor el significado   que   en   este   sentido   tiene   la   renta absoluta.

Las tierras peores, como antes se decía, no proporcionan renta diferencial. Pero sus dueños no las entregan a los patronos capitalistas sin compensación alguna, sino a cambio de una renta.

¿De dónde procede, pues, la renta de las tierras peores?

Sabemos  que  sólo  el  capital  variable  produce

plusvalía. Los recursos técnicos empleados en la agricultura se hallan a un nivel inferior que en la

industria.  Esto  es  así  porque  los  capitalistas,  que

toman en arriendo la tierra por un plazo determinado, no invierten en la adquisición de máquinas, construcción de edificios, etc., tantos recursos como los  industriales  en  sus  empresas.  Como  la composición orgánica del capital es más baja, el volumen de la plusvalía, a capitales igualas, es en la agricultura mayor que en la industria. Supongamos que con unos gastos de producción de 100 unidades monetarias, en la industria corresponden 90 al capital constante y 10 al variable, y en la agricultura 80 y 20, respectivamente. En este caso, la plusvalía en la industria (con una cuota de explotación del 100 por ciento) será de 10 unidades monetarias, y en la agricultura de 20. En virtud del monopolio de la propiedad privada sobre la tierra, en la agricultura no puede tener lugar la libre fluctuación de capitales. Por consiguiente, no puede producirse una nivelación entre las cuotas de ganancia de la industria y de la agricultura.

Por esto, los precios de las mercancías agrícolas no se ajustan al precio de producción, sino al valor.

La diferencia entre uno y otro es lo que forma la

renta absoluta. Al mismo tiempo, será la diferencia entre la más elevada plusvalía de la agricultura y la menos elevada de la industria (en nuestro ejemplo, dicha diferencia es de 10 unidades monetarias).

El tributo que la sociedad viene obligada a satisfacer  a  los  grandes  propietarios  en  forma  de

renta de la tierra encarece los productos alimenticios

y las primeras materias agrícolas, empeorando, por tanto, la situación de las masas trabajadoras de la

ciudad  y  del  campo.  Los  propietarios  del  suelo

perciben también tributo de las empresas de la industria extractiva, lo cual eleva los precios de los minerales. La renta aumenta en las ciudades el precio de los solares, con el consiguiente encarecimiento de los alquileres. El incremento de la renta empeora también la situación de los agricultores que carecen de tierra propia.

 

El arrendamiento y la mina de los campesinos pequeños y medios.

 

La tasa que el granjero capitalista entrega en concepto de arrendamiento al dueño de la tierra es el excedente de la plusvalía sobre la ganancia media. Propietario y capitalista se reparten el trabajo no retribuido a los obreros. Otra es la situación de los campesinos pequeños y medios, a los que el dueño de la tierra que ellos toman en arriendo les despoja no sólo de todo el producto complementario, sino también parte del producto necesario. Muy a menudo el pequeño arrendatario termina por arruinarse definitivamente.

La   teoría   marxista  de  la   renta  de  la   tierra demuestra  con  precisión  científica  la  oposición  en que se encuentran los intereses de la gran masa de los campesinos  y  de  los  grandes  terratenientes.  La marcha de la historia confirma el análisis de Marx y señala que los campesinos trabajadores únicamente pueden defender sus derechos convirtiéndose en aliados del proletariado en la lucha contra el capitalismo.

 

7. Reproducción del capital social y crisis económicas

Para reemplazar los medios de producción y de vida (máquinas, alimentos, vestidos, etc.), sometidos a continuo desgaste y consumo, los hombres han de producir nuevos bienes materiales. Este proceso de renovación constante de la producción se denomina reproducción, la cual tiene lugar lo mismo dentro de cada empresa que en cuanto a la sociedad en su conjunto.

La reproducción es simple, cuando el volumen de la  producción  no  varía,  y  ampliada,  cuando  el proceso de producción se repite cada año en escala ascendente. Lo propio del capitalismo es la reproducción ampliada.

Marx fue el primero en ofrecer un análisis científico de la reproducción ampliada. El proceso de la reproducción simple proporciona al capitalista un producto de más valor que el capital invertido. El capitalista realiza las mercancías producidas por los obreros y de nuevo se ve en posesión de una suma que le permite explotar a los obreros asalariados. Los proletarios en cambio, al terminar el proceso de producción, siguen como estaban, y de nuevo han de vender  al  capitalista  su  fuerza  de  trabajo.  Por  lo tanto, del análisis de la reproducción simple de un capital individual se deduce que en el curso de la reproducción capitalista se renuevan sin cesar las relaciones de explotación propias de este sistema. Dicho análisis nos muestra también que, con la reproducción simple, el capitalista podría agotar muy pronto la suma invertida en un principio, pues toda la plusvalía producida por los obreros es consumida personalmente por él. Si invierte en la producción

100.000 dólares y retira cada año 10.000 para sus necesidades  propias,  al  cabo  de  diez  años  habría

consumido su capital si no obtenía ganancia alguna.

 

Pero transcurren los diez años y el capitalista sigue obteniendo ganancias. Por consiguiente, todo su capital es, en esencia, plusvalía acumulada, que los obreros crearon con su trabajo y que el capitalista se apropia a título gratuito.

El  análisis  que  Marx  hace  de  la  reproducción simple del capital social pone de manifiesto las leyes

que  rigen  el  movimiento  de  toda  la  economía

capitalista en su conjunto. Marx señala la imposibilidad de establecer la ley de la reproducción

del  capital  social  si  la  producción  social  no  es

dividida en dos grandes secciones: producción de medios  de  producción  (primera  sección)  y producción de artículos de consumo (segunda sección). El análisis del movimiento del producto social producido en su forma natural de medios de producción y de artículos de consumo hay que combinarlo también con el análisis en su forma de valor. Para ello, del valor del producto social anual conjunto, es decir, de toda la masa de medios de producción y de artículos de consumo producidos por la sociedad en un año, hay que separar la parte destinada a compensar el capital fijo consumido en el año,  la  parte  destinada  a  compensar  el  capital variable y la plusvalía producida durante el año. Son las tres partes integrantes en que se descompone el valor de la producción obtenida durante el año por cada una de las secciones de la producción social.

Marx  se  fija  la  tarea  de  poner  en  claro  las condiciones de realización del producto social dentro

de   la   sociedad   capitalista.   Para   que   todos   los

capitalistas puedan vender, es decir, realizar las mercancías producidas en sus empresas, se necesita una determinada relación entre la sección primera y la segunda. Con la reproducción simple es necesario que el conjunto del capital variable y la plusvalía sea igual al capital constante de la segunda sección: I (v

+ p) = IIc. Con el intercambio recíproco de estas partes del producto social, los obreros y capitalistas

de la primera sección reciben artículos de consumo, y

los capitalistas de la segunda sección reciben capital constante para la nueva producción. Por lo tanto, la

primera sección asegura a ambas secciones medios

de producción y la segunda proporciona artículos de consumo a los obreros y capitalistas de ambas secciones.

En  la  reproducción  ampliada,  el  conjunto  del capital variable y la plusvalía de la primera sección

es  superior   al  valor  del  capital  constante  de  la segunda sección I (v + p) > II c. La diferencia entre el primer valor y el segundo forma el excedente que

pasa a formar la acumulación. Al incrementarse ésta, la parte del capital constante crece y disminuye la del

capital variable. El más rápido incremento del capital constante con relación al variable es ley de la acumulación del capital. De esta ley se desprende

que el capital constante, en cada una de las secciones, crece  más  deprisa  que  el  capital  variable  y  la

 

plusvalía. Pero si el capital constante de la primera sección aventaja en su incremento al capital variable y a la plusvalía de su misma sección, tanto más aventajará al capital constante de la sección segunda, pues hemos visto ya que este último tiene un crecimiento más lento que el capital variable y la plusvalía de la primera sección. Por lo tanto, en la reproducción ampliada el incremento mayor corresponde  a  la  producción  de  medios  de producción para la producción de medios de producción y luego a la producción de medios de producción para la producción de artículos de consumo; donde el avance es menor es en la producción de artículos de consumo.

El incremento preferente de la producción de medios de producción es ley económica de toda reproducción ampliada. De otro modo ésta no podría tener efecto.

El resorte que mueve a la ampliación de la producción bajo el capitalismo es el deseo de obtener

una  plusvalía  cada  vez  más  voluminosa.  A  ello

empuja también la competencia. En el curso de la reproducción capitalista ampliada  se  repiten, sobre una base más amplia, las relaciones de la explotación capitalista, crece el ejército de obreros y sigue adelante el proceso de concentración y centralización del capital.

El análisis que Marx hace de la reproducción simple y ampliada del capital social nos muestra que

la proporcionalidad entre las secciones primera y segunda y entre los distintos sectores dentro de cada

sección puede ser establecida sólo a través de las crisis económicas y para un tiempo muy breve; la

reproducción capitalista presenta contradicciones antagónicas que hacen inevitables las crisis económicas de superproducción.

 

Crisis económicas de superproducción.

La tendencia de los capitalistas a aumentar ilimitadamente la producción, en unas circunstancias en que el consumo se ve reducido al estrecho marco de la demanda solvente de las masas, halla una salida en el incremento preferente de la producción de medios  de  producción.  La  ampliación  de  la producción de medios de producción bajo el capitalismo, a la vez que una expresión del progreso técnico, es como un refugio provisional para eludir las  dificultades  de  venta  originadas  por  la insuficiente solvencia de las masas. Ahora bien, la ampliación de la producción, cuando la producción de artículos de consumo se ve limitada por los bajos ingresos de las grandes masas, conduce periódicamente a crisis de superproducción. Como la meta final que la producción se marca es la producción de artículos de consumo, la causa última de todas las crisis económicas, según indicaba Marx, es la miseria y el limitado consumo de las masas. Aquí podemos apreciar la contradicción fundamental del capitalismo, la que se produce entre el carácter social de la producción y la apropiación capitalista privada o individual.

La primera crisis general de superproducción tuvo lugar en Inglaterra, en 1825. A partir de entonces se

vinieron    repitiendo,    primero    cada    diez    años

aproximadamente y luego en períodos menos determinados. Entre 1825 y 1938 Inglaterra conoció trece crisis económicas. En los otros países capitalistas. que entraron posteriormente en la vía de la gran industria maquinizada, las crisis tardaron algo más en manifestarse.

La crisis económica es la superproducción de mercancías,    la    acumulación    al    máximo    de

dificultades para su venta, la caída de los precios y el rápido descenso de la producción. Durante las crisis

crece bruscamente la desocupación, desciende el salario de los obreros que todavía trabajan, las relaciones crediticias se trastornan y sobreviene la

ruina de muchos patronos, especialmente de los pequeños.

Durante la crisis y en el período de depresión que ordinariamente  sigue  a  ella,  los  "stocks"  de mercancías  se  van  realizando  poco  a  poco  a  bajo

precio (pues, como ya dijimos, los precios experimentan una caída). Movidas por el deseo de

aumentar la productividad del trabajo, para obtener una ganancia aun con precios bajos, los capitalistas empiezan a renovar el equipo de sus empresas. Esto

origina la demanda de medios de producción. El mercado se reactiva poco a poco y luego experimenta

un auge. Esta sucesión de crisis, depresión, reactivación y auge, para volver de nuevo a la crisis,

demuestra que la producción capitalista se desarrolla cíclicamente, es decir, que realiza una rotación en la que se repiten unas mismas fases, lo mismo que se

suceden el invierno y el verano. La reproducción ampliada capitalista no es un proceso continuo. La

sucesión de ascensos y caídas y depresiones, las interrupciones constantes en el incremento de la producción  son  ley  de  la  reproducción  ampliada

capitalista. "La producción capitalista -escribe Lenin- no puede desarrollarse más que a saltos, dando dos pasos adelante y uno (y a veces dos) atrás."117

Las crisis son un producto de la contradicción fundamental del capitalismo, la que existe entre el carácter social de la producción y la apropiación privada del fruto del trabajo. El carácter social de la producción se manifiesta, primero, en el desarrollo de  la  especialización  de  la  producción  y  de  la división del trabajo, con lo que los distintos sectores son  parte  integrante  del  proceso  social  de producción; y segundo, en la concentración de la producción en empresas cada vez mayores. Lo uno y lo otro crean enormes posibilidades para que la producción    se    ensanche.    En    el    período    de

 

formidable incremento que experimenta, afecta sobre todo a la producción de medios de producción. Mientras   se   construyen   nuevas   fábricas,   líneas férreas, centrales eléctricas, etc., crece en cierta medida la demanda de nueva mano de obra, y por consiguiente, de artículos de consumo, pero este incremento está lejos de hallarse a la altura del que experimenta la demanda de medios de producción. De ahí que tarde o temprano, en virtud de la anarquía de la producción que en sí encierra el capitalismo, las enormes posibilidades de la gran industria para su ampliación acaban por chocar con los estrechos límites del consumo, con la incapacidad de los mercados para ir a la par del incremento de la producción. La gran masa de productos lanzados al mercado no puede ser absorbida por el comprador medio, pues a ello se opone la limitación de su demanda solvente, de sus ingresos.

En  su  conocido  artículo  "Carlos  Marx",  V.  1. Lenin   señala   que   la   posibilidad   de   la   rápida

ampliación de la industria "en relación con el crédito

y la acumulación del capital en los medios de producción, proporciona, entre otras cosas, la clave para comprender las crisis de superproducción que periódicamente advienen en los países capitalistas, primero cada diez años por término medio y luego en períodos de tiempo más prolongados y menos definidos”.118

La acumulación en los medios de producción explica también el carácter periódico de las crisis.

El bajo nivel de los precios y la agudización de la

competencia en el período de depresión obligan a los capitalistas a reemplazar el equipo moralmente envejecido por otro nuevo, es decir, a renovar el capital fijo (utillaje, máquinas, instrumental). A fin de no quedarse atrás de sus competidores, cada patrono trata de disminuir los gastos de producción mediante perfeccionamientos técnicos. "...La crisis - escribía Marx- es siempre el punto de partida para nuevas y grandes inversiones de capital. Por consiguiente, si tomamos la sociedad en su conjunto, la crisis crea, en mayor o menor grado, una nueva base material para el siguiente ciclo de rotaciones."119

Las crisis son prueba de la creciente discordancia que existe entre las relaciones burguesas de producción y el carácter de las modernas fuerzas productivas. Son una muestra irrefutable de la limitación del modo capitalista de producción, de su incapacidad  para  abrir  amplios  horizontes  al desarrollo de las fuerzas productivas.

Las crisis de superproducción demuestran que la sociedad moderna podría proporcionar una cantidad

incomparablemente mayor de productos destinados a

mejorar  la  vida  de  los  trabajadores  si  los instrumentos y medios de producción fueran puestos en juego no para obtener una ganancia capitalista,

 

reactivación,   y   especialmente   en   el   de   auge,   el                          

118 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, págs. 47.48.

 

117 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. V, pág. 71.

 

119 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. II, pág. 182.

 

 

 

sino para satisfacer las demandas de todos los miembros de la sociedad. Pero esto sólo es posible convirtiendo en social la propiedad privada sobre los medios de producción.

 

8. La ley general de la acumulación capitalista

Los avances de la gran industria maquinizada, de la agricultura y las demás esferas de la economía nacional traen como resultado que para la producción

de una misma cantidad de productos se necesite un número cada vez más reducido de obreros. Con otras

palabras, al desarrollarse el capitalismo, la parte del capital  invertida  en  medios  de  producción (capital fijo) crece, mientras disminuye la parte invertida en

la fuerza de trabajo (capital variable).

Este crecimiento más rápido del capital fijo que del variable trae consigo un descenso relativo de la

demanda de mano de obra en la producción, aunque

el  número  total  de  obreros  industriales  crece  a medida que el capitalismo se desarrolla. Bajo este

sistema,    el    progreso    técnico    condena    a    la

desocupación a millones de hombres. En la sociedad burguesa la amenaza del paro se cierne constantemente  sobre  todos  y  cada  uno  de  los obreros, que jamás pueden mirar con confianza el día de mañana.

A la luz de la teoría de la acumulación capitalista expuesta por Marx se hacen evidentes los errores de la economía política clásica burguesa. A. Smith y D. Ricardo suponían que la demanda de mano de obra aumenta proporcionalmente al incremento de la producción y que en el curso de la acumulación capitalista  la  situación  de  la  clase  obrera  ha  de mejorar obligatoriamente. Lo que en realidad ocurre es que la acumulación capitalista acelera el desplazamiento de los obreros por la máquina y crea el ejército industrial de reserva.

"Cuanto mayor es la riqueza social, el capital en funciones,  las  proporciones  y  la  energía  de  su

incremento, y, por consiguiente, cuanto mayor es el

número absoluto de los proletarios y la fuerza productiva de su trabajo, tanto mayor es el ejército

industrial   de   reserva...  El   volumen   relativo   del

ejército industrial de reserva crece al incrementarse las fuerzas de la riqueza. Pero cuanto mayor es este ejército de reserva en comparación con el ejército obrero en activo, tanto más extensa es la superpoblación permanente, la miseria de la cual es inversamente proporcional al suplicio de su trabajo... Esto es ley absoluta y general de la acumulación capitalista" (Marx).120

Cuanto mayor es el ejército industrial de reserva, tanto peor es la situación de los obreros ocupados, porque  el  capitalista  puede  despedir  a  los descontentos  y  "exigentes"  valiéndose  de  que siempre encontrará quien los sustituya entre los desocupados.

 

Bajo el predominio de la propiedad capitalista sobre los medios de producción el progreso técnico significa el aumento de las ganancias de los capitalistas, mientras que las grandes masas de la población ven cómo su situación se agrava sin que puedan satisfacer sus necesidades.

 

Empeoramiento   de   la   situación   de   la   clase obrera.

La agravación de las condiciones de vida de los trabajadores se pone de relieve con singular vigor en

los períodos de crisis de superproducción, cuando la desocupación  crece,  bajan  los  salarios  y  se incrementa el proceso de ruina de los productores

pequeños y medios. En el proyecto de Programa del

P.C. (b) de Rusia, V. I. Lenin escribía: "Las crisis y los períodos de depresión industrial... aumentan la

dependencia   del   trabajo   asalariado   respecto   del

capital  y conducen  a  una agravación  relativa,  y a veces absoluta, de la situación de la clase obrera."121

La situación de los trabajadores puede empeorar

también cuando el salario experimenta cierto incremento. Al crecer la intensidad del trabajo, se hace necesaria una mejor alimentación, asistencia médica, etc. Y cuando estas crecientes necesidades no son atendidas, la situación de la clase obrera empeora, incluso si su salario ha aumentado un tanto.

Más evidente todavía  es  el  empeoramiento relativo de la situación de los obreros, es decir, la

disminución de la parte de la clase obrera en la renta nacional que siempre se observa en el capitalismo.

Ello  define  la  situación  de  la  clase  obrera  con relación  a  los  capitalistas.  El  incremento  de  la

riqueza  social  conduce  inevitablemente  en  la sociedad burguesa a una mayor desigualdad entre los capitalistas   y   los   obreros.   La   tendencia   a   la

agravación   de   la   situación   de   la   clase   obrera conforme  el  capitalismo  progresa,  descubierta  por

Marx, sigue vigente en nuestros días.

Los críticos del marxismo se resisten a aceptarlo. Falsifican la realidad, especulan con algunos hechos

sueltos, interpretan a su antojo ciertos fenómenos de nuestros tiempos, y todo para tratar de demostrar que

la teoría de Marx no se ha visto confirmada y que el capitalismo  contemporáneo  abre  horizontes ilimitados para el mejoramiento de la situación de la

clase obrera.

No sólo se falsifican los datos relativos a la situación de la clase obrera, sino también la propia

teoría de Marx. Los críticos del campo reformista

burgués, con objeto de aliviar su tarea, no se paran en barras, dan una interpretación vulgar de esta teoría y

le atribuyen afirmaciones absurdas, que ni Marx ni

los marxistas enunciaron ni defendieron jamás.

Por ejemplo, la tesis marxista de la tendencia al empeoramiento de la situación de la clase obrera es

presentada  como  un  dogma  según  el  cual  bajo  el

 

 

 

120 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 650.

 

121 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 81.

 

 

 

capitalismo se produce un empeoramiento absoluto y constante, de año en año y de decenio en decenio, de las condiciones de vida de los obreros. Pero Marx no se  refería  a  un  proceso  constante,  sino  a  una tendencia del capitalismo, una tendencia desigual en los distintos países y períodos, que presenta desviaciones y fluctuaciones y a la cual se oponen otros factores.

Uno de esos factores que se le oponen es la lucha de  la  clase  obrera  por  un  mayor  salario  y  unas

mejores condiciones de vida. Después de la segunda

guerra mundial esta lucha es más eficaz que nunca. Entonces quedó destrozado el baluarte de la reacción internacional que significaba el fascismo alemán e italiano. Crecieron la organización y la cohesión de la clase obrera en los países capitalistas. Y los éxitos de los países del socialismo obligan a la burguesía a hacer concesiones a los trabajadores.

¿Podía  esto  pasar  sin  dejar  huella? Indudablemente que no. Los obreros de una serie de

países han tenido ocasión de mejorar sus condiciones

de vida. Y la han aprovechado. Es evidente que esto no puede servir ni lo más mínimo para refutar el marxismo. Sólo quienes practican la calumnia y la falsificación pueden afirmar que, según la teoría de Marx y Lenin, el nivel de vida de los trabajadores de todos  los  países  capitalistas  había  de  ser  ahora inferior, supongamos, que a principios de siglo.

Muchos  de  los  argumentos  a  que  gustan  de recurrir  los  desdichados  críticos  del  marxismo  se

deben   a   que   la   acción   de   la   tendencia   al

empeoramiento de la situación de la clase obrera depende  de  la  coyuntura  económica  general.  Está claro que en los períodos de auge cíclico los obreros viven mejor que en los períodos de crisis. Así hay que tenerlo presente si comparamos, por ejemplo, la situación de los trabajadores durante la crisis y la depresión de los años 30 y en los momentos de elevada coyuntura que han sido los de la última década.

 

Tendencia  histórica  de  la  acumulación capitalista.

La acumulación del capital hace que en empresas cada vez mayores se concentren masas enormes de obreros y formidables medios de producción.

La acción de las leyes internas de la producción capitalista hace que los capitalistas fuertes aplasten a

los débiles. Junto a la centralización de capitales o a la expropiación de muchos propietarios de empresas por  un reducido  número  de  ellos,  se  desarrolla la

aplicación consciente de la ciencia en la producción, la explotación regular de la tierra, la conversión de

los instrumentos de trabajo en unos medios que únicamente admiten la utilización colectiva. Llega un momento  en  que  se  hace  no  ya  posible,  sino

necesaria la transformación de los medios decisivos

 

hasta el máximo la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación capitalista privada.

La acumulación del capital crea las premisas no sólo objetivas, sino también subjetivas para el paso

del capitalismo al socialismo. La sociedad se escinde,

cada vez más netamente, en un puñado de magnates y, frente a ellos, las masas de obreros unidos por la gran producción maquinizada. El proletariado se levanta cada vez más decididamente a la lucha contra el capital. La clase obrera orienta sus esfuerzos hacia la transformación de la propiedad capitalista en propiedad social. Este proceso está muy lejos de ser tan duradero como la conversión de la pequeña propiedad privada de los artesanos y campesinos, dispersa   y   basada   en   el   trabajo   personal,   en propiedad  capitalista.  Dentro  de  las  condiciones  a que ha llegado el capitalismo, la misión de las masas populares, dirigidas por la clase obrera, se reduce a emancipar a la sociedad del yugo de un contado número de usurpadores.

A la vez que disminuye constantemente el número de magnates del capital que gozan de todas las ventajas del desarrollo de las fuerzas productivas, crece la protesta de la clase obrera, que aprende, se agrupa y se organiza en el curso mismo del proceso de la producción capitalista. El modo capitalista de producción   se   convierte   en   una   traba   para   el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad humana. "La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto  en  el  que  se  hacen  incompatibles  con  la cubierta capitalista. Esta se rompe. Suena la última hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores  son  expropiados."122   Tal  es  la tendencia histórica de la acumulación capitalista.

Marx no dedujo de aspiraciones utópicas la necesidad de la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en comunista, sino sólo y exclusivamente de la ley económica objetiva del desarrollo  de  la  sociedad  capitalista.  Al  mismo tiempo demuestra que la supresión del capitalismo será obra de los trabajadores dirigidos por la clase obrera. Sólo poniendo fin a la propiedad privada de los  magnates  del  capital  y  de  los  grandes terratenientes sobre los medios de producción podrán las   masas   populares   de   los   países   capitalistas asegurar el triunfo del régimen socialista y abrir un ancho camino al ulterior progreso social.

Por consiguiente, el desarrollo regular del capitalismo      conduce     inevitablemente      a      la

transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en socialista. C. Marx, en su análisis de la

ley general de la acumulación capitalista, demostró en el plano económico que la revolución proletaria es necesaria e inevitable.

 

de producción en propiedad social, porque se agudiza                           

122 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 766.

 

 

 

Capitulo  IX. El imperialismo, fase superior y última del capitalismo

A fines del siglo XIX y comienzos del XX el capitalismo entra en una fase nueva de su desarrollo: la imperialista. Un análisis genuinamente científico del imperialismo es el que V. I. Lenin expuso, en 1916, en su famosa obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, y en otros trabajos. Lenin señala  que  el  imperialismo  es  una  fase  especial,

superior y última, en el desarrollo del capitalismo, y da de él la siguiente definición: "El imperialismo es

una fase histórica especial del capitalismo. Su particularidad es de tres órdenes: el imperialismo es

1)  el  capitalismo  monopolista;  2)  el  capitalismo

parasitario o en putrefacción; 3) el capitalismo agonizante."123

 

1.  El  imperialismo  como  capitalismo monopolista

La   concentración   de   la   producción   y   los monopolios.

El imperialismo, fase superior del capitalismo, empieza el estudio de la nueva etapa de desarrollo del capitalismo con el análisis de los cambios en la esfera de la producción. Lenin determina los cinco caracteres económicos fundamentales del imperialismo: "1) concentración del capital, elevada a   tan   alto   grado   de   desarrollo   que   crea   los monopolios, los cuales desempeñan el papel decisivo en la vida económica; 2) fusión del capital bancario y el industrial, dando origen al «capital financiero», a la oligarquía financiera; 3)  la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia singularísima;

4) se forman las alianzas monopolistas internacionales, que se reparten el mundo, y 5) ha

terminado el reparto territorial de la tierra por las grandes potencias imperialistas."124

La base y el punto de arranque de la transición al imperialismo es el enorme incremento de la concentración de la producción, es decir, el aumento

del peso de las grandes compañías en el conjunto de las  empresas  y  de  su  parte  en  el  total  de  la

producción; la concentración en las empresas grandes de un volumen cada vez mayor de mano de obra y de elementos de producción. En los Estados Unidos, por

ejemplo, en 1909, las empresas con más de 500 obreros formaban el 1,1 por ciento del total y en ellas

trabajaba el 30,5 por ciento de todos los obreros. Durante la segunda guerra mundial y después de ella el proceso de concentración se ha acentuado todavía

más. Así, en la industria norteamericana de transformación y extracción, 500 grandes compañías

formaban en 1957 el 0,4 por ciento del total de las empresas, realizaban el 55,3 por ciento de la producción  y  obtenían  el  71,4  por  ciento  de  los

 

 

123 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 94.

124 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 253.

 

beneficios. Y de esas 500 compañías, 37 realizaban una producción casi igual a la de las 463 restantes.

Las grandes empresas tienden a apoderarse de los mercados, a destruir a los competidores, o ponerse de

acuerdo con ellos, y a dictar los precios. A unas cuantas docenas de empresas gigantescas les es más

fácil llegar a un convenio que a cientos y miles de compañías pequeñas. La tendencia al acuerdo viene también  impuesta  por  el  deseo  de  disminuir  los

gastos que la competencia significa, y que en caso contrario aumentan sin cesar. La concentración de la

producción en una determinada fase del desarrollo, por ejemplo, cuando dos o tres compañías, todo lo más cinco, proporcionan en las ramas fundamentales

más de la mitad de la producción industrial, conduce inevitablemente a la aparición de los monopolios. El

monopolio es una asociación o alianza de capitalistas que reúnen en sus manos la producción y venta de una parte considerable, a veces fundamental, de los

artículos de una o varias ramas de la economía. El monopolio  posee una enorme  potencia económica,

un gran peso en determinada esfera de la producción y el comercio, lo cual le asegura una posición dominante, es decir, la posibilidad de establecer unos

precios elevados y, por consiguiente, de obtener en exclusiva     grandes     ganancias.     Esta     situación

monopolista permite multiplicar los beneficios sin incrementar la producción, simplemente aumentando los precios, exprimiendo al comprador mediante un

verdadero robo organizado. El monopolio es una agrupación de capitalistas que va dirigida contra los

obreros a los que ellos explotan. Con él les resulta a los   patronos   mucho   más   sencillo   confabularse

sistemáticamente acerca de las medidas más eficaces para reprimir la lucha de clase de los obreros.

Las   formas   principales   de   las   agrupaciones

monopolistas son el cártel, el sindicato, el trust y el consorcio.

El cártel es un convenio por el que varias grandes empresas capitalistas se reparten los mercados de venta,  establecen  el  volumen  de  la  producción,

precios únicos, condiciones de venta, plazos de pago, etc.  Los  componentes  del  cártel  restringen  así  la

competencia y obtienen elevados beneficios. Las empresas que componen el cártel conservan su independencia en cuanto a la producción y a la venta.

Únicamente vienen limitadas en su actividad por las condiciones del convenio. El sindicato se diferencia

del cártel en que sus empresas pierden la independencia comercial. La venta de las mercancías, y a veces la adquisición de materias primas para las

empresas que lo componen, corre a cargo de las oficinas   del   propio   sindicato.   En   el   trust,   las

empresas pierden toda su autonomía. El trust es el que se encarga de dirigir en ellas la producción, la venta y la gestión financiera. El consorcio  es una

agrupación de empresas de distintos sectores de la industria, casas comerciales, bancos y compañías de transportes y de seguros, independientes en el papel, pero controladas íntegramente por un magnate del capital o un grupo de capitalistas.

A principios de siglo los cártels adquirieron su mayor  extensión  en  Alemania,  sobre  todo  en  la

industria hullera y metalúrgica. En Rusia, la forma

más común de los monopolios eran los sindicatos. En

1887 se constituía el sindicato de los fabricantes de azúcar.  A  comienzos  de  siglo  se  formaron  varios

grandes sindicatos en la siderurgia, elaboración del metal y otras ramas importantes de la industria rusa.

Los trusts son la forma predominante y característica de los monopolios en los Estados Unidos. Son producto del extraordinario crecimiento

de algunas empresas, de la fusión de muchas compañías   y   de   la   absorción   de   las   menos

importantes por las más fuertes. La primera gran oleada de fusiones y absorciones, de 1898 a 1903, trajo   consigo   la   aparición   de   monopolios   tan

formidables como la United States Steel Corporation y  la  General  Electric,  los  dos  pertenecientes  a

Morgan. Antes aún, en 1870, se había creado el monopolio del petróleo, la Standard Oil de Rockefeller, que a fines de siglo reunía en sus manos

el 90 por ciento de la fabricación de productos del petróleo  en  los  Estados  Unidos.  Refiriéndose  a  la

omnipotencia de los monopolios norteamericanos, V. I. Lenin escribía en noviembre de 1912 que cerca de un tercio de la riqueza nacional del país, unos 80.000

millones de rublos, "pertenece a dos trusts, el de Rockefeller y el de Morgan, o se encuentra subordinado a ellos".125

La sustitución de la competencia libre por el monopolio es el rasgo económico más sustancial, la esencia   del   imperialismo.   El   signo   primero   y principal de éste es que representa el capitalismo monopolista. "Si fuera necesario -escribe Lenin- dar una definición lo más breve posible del imperialismo, habría que decir que es la fase monopolista del capitalismo."126

El monopolio ha nacido de la competencia libre. No significa, sin embargo, el cese de la lucha entre

las empresas, que, por el contrario, se hace aún más

encarnizada y catastrófica. Bajo el imperialismo, esta lucha se manifiesta en tres formas.

No cesa la competencia entre los monopolios y las

numerosas empresas no monopolistas. Aunque el papel de los monopolios es predominante, en los países capitalistas se conserva una infinidad de empresas pequeñas y medias, sin contar a los pequeños productores, campesinos y artesanos. Por grande que sea el poder de los monopolios, por vigoroso que sea el proceso de desplazamiento a que están sometidas las empresas no monopolistas, estas últimas subsisten junto a aquellos. Su aparición es inevitable al cobrar impulso sectores nuevos en los

 

 

125 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XVIII, pág. 375.

126 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 253.

 

que, de ordinario, las grandes empresas no pueden establecer su predominio desde el principio. El desplazamiento de la pequeña economía no hay que entenderlo como una destrucción inmediata y completa. Muy a menudo se revela en el empeoramiento de las condiciones de vida, en la excesiva intensidad del trabajo, en el bajísimo nivel de vida de los pequeños patronos; por eso significa un proceso largo y doloroso. El gran capital no desplaza sólo a los productores independientes, pequeños y medios, sino también a las pequeñas y medias empresas capitalistas. Los altos precios que los monopolios establecen les permiten incrementar las ganancias. Esto reduce los beneficios de las empresas no monopolistas que adquieren los productos de los monopolios. Quien no se somete a éstos, entra en un proceso que acaba con él. Las relaciones de libre competencia se convierten en relaciones   de   dominación   y,   por   lo   tanto,   de violencia.

La competencia más reñida se mantiene también entre los mismos monopolios. La absorción completa

de  toda  una  rama  de  la  economía  por  un  solo

monopolio es un fenómeno que se da muy pocas veces.  Y  tampoco  garantiza  contra  la  aparición,

dentro  de  esa  rama,  de  un  poderoso  rival.  La

competencia entre los monopolios es una lucha sin cuartel en la que los rivales no renuncian a nada para arruinar al competidor. Se echa mano a la violencia directa, al soborno, al chantaje y actos delictivos de todo género.

La lucha penetra incluso en el seno de los propios monopolios. Los capitalistas que los formaron se pelean por alcanzar los puestos de más influencia en la dirección de las corporaciones, por la parte de sus empresas en la producción, el comercio y los beneficios, etc.

Así, pues, la competencia engendra el monopolio, pero el monopolio no elimina la competencia. Existe

sobre  la  competencia  y  junto  a  ella.  Tampoco

eliminan los monopolios la anarquía y el caos que reina en la producción capitalista.

Los  ideólogos  burgueses  exaltan  por  todos  los

medios la competencia como un poderoso medio de progreso en la esfera de la producción, como un estímulo constante de la iniciativa, de la inventiva y del espíritu emprendedor. Pero tales rasgos progresivos sólo los conservó, en cierto grado, la competencia hasta la época del imperialismo. Dentro ya   de   éste,   ocurre   lo   que   dijo   Lenin:   "...El capitalismo ha sustituido ya hace tiempo la pequeña producción mercantil independiente, en la que la competencia podía, en escala más o menos amplia, estimular el espíritu emprendedor, la energía y la iniciativa, por la producción fabril en gran escala, por las empresas anónimas, los sindicatos y otros monopolios. La competencia bajo tal capitalismo significa   la   represión   inusitadamente   brutal   del

 

 

 

espíritu emprendedor, de la energía y la iniciativa de la masa de la población, de su inmensa mayoría, del noventa y nueve por ciento de los trabajadores; significa  también  que  la  emulación  ha  sido suplantada  por  el  fraude  financiero,  por  el despotismo y el servilismo en los últimos peldaños de la escala social."127

Los avances de la concentración de la producción, que dan origen a los monopolios, significan un paso

gigantesco en la socialización de la producción. El lugar  del  pequeño  productor  es  ocupado  por  el

grande. Las fábricas enormes desplazan al pequeño productor. Acentúase la especialización de la producción, ligando en un conjunto único numerosas

empresas y ramas de la economía. Cada vez se hace más evidente el carácter social de la producción. Pero

las empresas siguen siendo propiedad privada de determinados individuos o grupos capitalistas, cuyo único móvil es la obtención de grandes beneficios.

La opresión de un reducido número de monopolistas sobre  toda  la  población  se  hace  intolerable.  La

contradicción  entre  el  carácter  social  de  la producción y la apropiación privada de los frutos de ésta por los capitalistas se agudiza hasta sus límites

extremos.

 

El capital financiero.

La  concentración  de  la  producción  va acompañada de la concentración y centralización del

capital bancario. Ello trae consigo la aparición de monopolios  bancarios  y  modifica  radicalmente  el

papel de los bancos.

"A medida que la banca se desarrolla y se concentra en unos cuantos establecimientos -escribe

Lenin-,   los   bancos   se   convierten   de   modestos

intermediarios que eran en todopoderosos monopolistas, que disponen de casi todo el capital

monetario  del  conjunto  de  capitalistas  y  pequeños

patronos, y también de gran parte de los medios de producción y fuentes de materias primas dentro de su propio país y en una serie de países. Esta transformación de numerosos y modestos intermediarios en un puñado de monopolistas constituye uno de los procesos fundamentales por los que el capitalismo se convierte en imperialismo capitalista..."128

Los bancos pasan a ser copropietarios de las empresas industriales. A su vez, el capital industrial monopolista se incrusta en la banca. Prodúcese la fusión del capital monopolista de la banca y la industria, dando así origen al capital financiero.

Los magnates del capital financiero, bajo cuyo control se encuentran empresas industriales y bancos, son al mismo tiempo industriales y banqueros.

"Concentración de la producción, monopolios que surgen de ella, fusión o conjunción de los bancos y la

 

 

127 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 367.

128 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XXII, pág. 198.

 

industria: tal es la historia de la aparición del capital financiero y el sentido de este concepto."129

Las sociedades anónimas han cumplido un papel importante en el proceso de formación del capital

financiero por el que se entrelazan y unen los bancos y  la  industria.  Empezaron  a  formarse  antes  de  la

época del imperialismo, pero dentro de ella se han convertido en la forma característica de las empresas capitalistas.

El  capital  de la compañía anónima  queda integrado por los capitales de quienes adquieren sus

acciones, títulos que dan derecho a percibir cierta parte de los beneficios. El precio de la acción viene determinado   principalmente   por   la   cuantía   del

dividendo que de ella se espera. El accionista puede vender sus valores en la Bolsa, que es el mercado

donde se negocian las acciones y otros títulos y se establece el curso de toda clase de efectos. La sociedad  anónima  es  dirigida  nominalmente  por

todos los accionistas. Las cuestiones se resuelven siempre por mayoría de votos, a razón de un voto por

cada acción. Por eso, los asuntos de la sociedad los maneja el capitalista o grupo de capitalistas que dispone de un número importante de acciones, o lo

que es lo mismo, del paquete de control.

Dentro  de  las  compañías   anónimas   un   gran número de capitales individuales se convierte en un

solo    capital.    Esta    centralización    permite    el

nacimiento de empresas grandes, que no serían capaces de crear de por sí cada uno de los capitalistas

que las componen.

Al capital de las sociedades anónimas se incorporan también los recursos de pequeños accionistas, que suelen ser empleados, una pequeña parte de los obreros, etc. Las compañías más grandes tienen miles y hasta decenas de miles de accionistas. Con varias acciones de 100, 200 ó 300 dólares, por las que percibe un dividendo de 5, 10 ó 15 dólares anuales, el obrero no se convierte, ciertamente, en capitalista, en dueño de una gran empresa. ¿Qué influencia podría ejercer sobre la marcha de una entidad que cuenta con un capital de millones? De ordinario no puede ni siquiera asistir a las juntas generales de accionistas, pues para ello se necesita tiempo, en ocasiones dinero para trasladarse a otra ciudad, etc. Unas decenas de dólares de dividendo al año no cambian la situación de clase del pequeño accionista,   no   debilitan   su   dependencia   de   la compañía en que trabaja ni le proporcionan seguridad en el mañana.

A los grandes capitalistas, que se hallan al frente de   las   sociedades   anónimas,   les   resulta   muy

ventajosa la venta de acciones en pequeños lotes, el

aumento del número de accionistas. Esto amplía los fondos que ellos manejan. Además, cuanto mayor es el número de pequeños accionistas, menos acciones son necesarias para disponer de la mayoría de votos.

 

129 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XXII, pág. 214.

 

 

 

En muchas compañías el paquete de control no pasa del 10 al 20 por ciento de las acciones.

El gran capitalista (o grupo de capitalistas) se vale de su preponderancia en la sociedad anónima para

robustecer su poder en el mundo de las finanzas y para aumentar continuamente sus ganancias.

El paquete de control le asegura el predominio sobre una poderosa sociedad anónima. Esta sociedad adquiere el paquete de control de una segunda, la

cual lo hace de una tercera, de una cuarta, etc. De tal suerte,  el  capitalista  dispone  de  una  sociedad  con

fondos muy superiores a los suyos propios y de una pirámide de compañías subordinadas a esa sociedad. Esto    es    lo    que    se    denomina    sistema    de

participaciones, con el que al gran capital se abren posibilidades ilimitadas de enriquecimiento a costa

de sus semejantes.

El reducido grupo de grandes magnates del capital financiero se convierte en la oligarquía financiera y

se apodera de las posiciones clave dentro de la economía de los países capitalistas. El poder de la

oligarquía financiera se ve extraordinariamente incrementado  por  el  hecho  de  que  a  través  del sistema de sociedades anónimas dispone de enormes

capitales ajenos. Así, por ejemplo, el capital controlado  por  los  Morgan,  Rockefeller,  Du  Pont,

Mellon, etc., es muchas veces superior al de sus propias acciones. En 1956, con acciones por valor de

3.500    millones    de    dólares,    los    Rockefeller

controlaban compañías que significaban un capital de

61.000 millones. Ese mismo año, los Du Pont, con algo más de 4.500 millones de dólares, controlaban

16.000 millones. Las acciones de los Morgan apenas

si alcanzan al 5 por ciento de las compañías que controlan, cuyo capital asciende a la enorme suma de

65.300 millones de dólares.

El sistema de sociedades anónimas subordinadas permite a la oligarquía financiera entregarse a toda clase de maquinaciones altamente provechosas. Proporcionan enormes beneficios la fundación de nuevas compañías, las nuevas emisiones de acciones, la  realización  de  empréstitos  públicos,  la especulación con tierras, etc. Esto significa un tributo que la sociedad satisface a los monopolistas.

"...El siglo XX -escribe Lenin- es el punto crucial en  el  viraje  del  capitalismo  viejo  al  nuevo,  del

predominio del capital en general al predominio del capital financiero."130

 

La exportación de capitales.

El dominio del capital financiero dentro de los países    capitalistas    más    desarrollados    conduce

inevitablemente al dominio de un pequeño número

de Estados imperialistas sobre todo el mundo capitalista.   Un   instrumento   importante   de   este dominio es la exportación de capitales.

"Dentro  del  viejo  capitalismo  -escribía  Lenin-,

 

con el predominio absoluto de la competencia libre, lo típico era la exportación de mercancías.  Dentro del capitalismo contemporáneo, con el predominio de los monopolios, lo típico es la exportación de capitales."131

Entiéndese por exportación de capitales su inversión en el extranjero con objeto de apropiarse la plusvalía creada por los trabajadores de otro país. Tal exportación se ve propiciada por la circunstancia de que una serie de países atrasados han sido incorporados ya a la órbita del capitalismo mundial y en ellos existen las condiciones elementales para montar empresas capitalistas a base de la mano de obra local, que resulta más económica. A su vez, la exportación se hace necesaria si consideramos que son muy pocos los países en que el capitalismo ha ido más allá de su grado de madurez.

La situación monopolista de un reducido número de países imperialistas -los más desarrollados-, en los

que la acumulación de capitales alcanza proporciones gigantescas, hace que en ellos aparezca un enorme

"excedente". El capital no encuentra campo para su inversión dentro del país en condiciones ventajosas. Cierto que el "excedente de capital" es relativo, y no

absoluto. Si las ganancias capitalistas fuesen destinadas  a  elevar  el  nivel  de  vida  de  las  masas

trabajadoras o a mejorar la agricultura, no habría tal "excedente". Pero entonces el capitalismo no sería capitalismo.

La exportación de capitales adopta dos formas: 1)

la de capital productivo y 2) la de capital crediticio. La exportación de capital productivo se traduce en

inversiones   en   la   industria,   los   transportes,   el

comercio, etc. La de capital crediticio corresponde a los  empréstitos  a  gobiernos  extranjeros  y  a  los créditos particulares.

Se  exportan  los  capitales  primeramente  a  las zonas atrasadas, a las colonias y países dependientes,

donde  las  ganancias  suelen  ser  altas,  pues  los capitales escasean, el precio de la tierra es relativamente bajo, los salarios míseros y las materias

primas baratas. Así, en 1955, el 77 por ciento de todos los beneficios de la Standard Oil Company of

New Jersey (de Rockefeller) fueron conseguidos de sus inversiones directas en el Oriente Medio y Cercano, en Iberoamérica, etc. La cuota de ganancia

del capital invertido en esos países era seis veces superior  a  la  del  capital  colocado  dentro  de  los

Estados Unidos.

Una característica de los últimos decenios es que los capitales no se exportan ya solamente a los países

atrasados, sino que también invaden las "viejas" naciones  capitalistas.  Así,  por  ejemplo,  el  39  por

ciento de todos los beneficios conseguidos en 1956 por la International Harvester (gran compañía norteamericana de maquinaria agrícola) provenía de

operaciones   en   el   extranjero,   principalmente   en Europa Occidental. Son muy cuantiosas las inversiones de los grandes monopolios norteamericanos en Inglaterra, Alemania Occidental y Francia, países donde las deudas por empréstitos recibidos de Estados Unidos alcanzan a sumas muy considerables.

A veces, la exportación de capitales puede obedecer a móviles políticos. El papel del factor político se ha acrecido singularmente después de la segunda guerra mundial. La exportación de capitales norteamericanos  es  una  forma  de  apoyar ampliamente a las fuerzas reaccionarias de otros países y de "adquirir" aliados militares.

Antes  de  la  primera  guerra  mundial,  los principales  países  exportadores  de  capitales  eran

Inglaterra,   Francia   y   Alemania.   En   el   período

comprendido entre las dos conflagraciones, Norteamérica pasó a ocupar el primer puesto. Hoy día, las inversiones extranjeras de Estados Unidos sobrepasan a todas las inversiones y créditos de todos los demás países del mundo capitalista. Ahora bien, las potencias imperialistas se disputan desesperadamente las esferas de inversión de capitales. Estos años últimos, por ejemplo, ha aumentado su exportación en Inglaterra y Alemania Occidental.

Esta exportación convierte a la mayoría de los países del mundo capitalista en deudores y tributarios de unos cuantos Estados imperialistas y es un instrumento mediante el cual un puñado de monopolistas explotan a millones y millones de seres de los países en los que colocan sus capitales.

 

Reparto económico del mundo.

Los  países  exportadores  de  capitales,  escribió Lenin, se han repartido el mundo en sentido figurado. Pero el capital financiero ha conducido a un reparto

directo del mismo entre las agrupaciones de capitalistas.132

La exportación de capitales y la agudización de la competencia que esto lleva consigo dentro del mercado  mundial  empujan  a  los  monopolios  al reparto de las esferas de influencia. Esto conduce, como es lógico, a la formación de monopolios internacionales, que son convenios entre los más importantes monopolistas de distintos países en los que se ponen de acuerdo en cuanto al reparto de mercados,   a   los   precios   y   al   volumen   de   la producción.

Bajo  el  capitalismo,  el  mercado  mundial,  lo mismo que el interior, es repartido según el "capital"

o la "fuerza". Pero la relación de fuerza entre los monopolios  cambia  sin  cesar.  Cada  monopolio  no

ceja en la lucha por aumentar su tajada de riquezas mundiales. Los monopolios internacionales son muy inestables, sin que eliminen, ni estén en condiciones

de  hacerlo,  la  reñida  competencia.  Alfred  Mond,

 

propietario del Trust Químico Imperial inglés, declaraba sin ambages en 1927: "El cártel o asociación... no es en realidad más que un armisticio en  la  guerra  industrial."  La  competencia  en  el mercado mundial conduce en última instancia a la lucha armada entre los países imperialistas, que salen en defensa de "sus" monopolios.

Los monopolios internacionales son una de las formas   en   que   se   manifiesta   el   acercamiento

económico de las distintas regiones del globo, acercamiento que viene impuesto por la división del

trabajo entre los países. Pero se trata de una forma monstruosa y desproporcionada. El acercamiento se produce  mediante  la  explotación  por  las  potencias

imperialistas  muy  desarrolladas  de  los  países atrasados  y de continentes  enteros.  Esto no  puede

conducir a la unificación pacífica de todos los países bajo la égida de un trust mundial único. Son demasiado  acentuadas  las  contradicciones  que  se

producen en torno al reparto de las ganancias y es demasiado grande el apetito de los monopolios.

"No cabe duda -escribe V. I. Lenin- de que el desarrollo tiende hacia un trust universal único, que absorba a todas las empresas sin excepción y a todos

los países. Pero las circunstancias en que esto se produce  son  tales,  el  ritmo  es  tal  y  tales  son  las

contradicciones, conflictos y conmociones que se originan -no sólo económicos, sino políticos, nacionales, etc.-, que forzosamente, antes de que se

llegue  al  trust  universal  único,  a  una  agrupación

"ultra-imperialista" de los capitales financieros nacionales, el imperialismo habrá de reventar y el capitalismo se transformará en su contrario."133

 

Terminación del reparto  territorial  del mundo y lucha por un nuevo reparto.

A la vez que el reparto económico del mundo por las asociaciones de capitalistas de distintos países, y en relación íntima con él, se produce el reparto territorial del mismo entre los Estados imperialistas. Los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX son el momento en que termina ese reparto territorial del mundo entre unas pocas potencias de primer orden.

En el período que va de 1876 a 1914, es decir, en el   período   en   que   aparecen,   se   desarrollan   y

consolidan los monopolios capitalistas, las colonias de seis grandes potencias (Inglaterra, Rusia, Francia,

Alemania,  Estados  Unidos  y  Japón)  habían aumentado en 25 millones de kilómetros cuadrados, lo que equivalía al 50 por ciento más que el territorio

de las metrópolis. Tres de estas potencias -Alemania, Estados  Unidos  y  Japón-  en  1876  carecían  de

colonias en absoluto, y las de Francia eran muy reducidas. En 1914 estas cuatro potencias habían adquirido colonias con una superficie de 14 millones

de kilómetros cuadrados, o sea, aproximadamente, el

 

 

 

132 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 233.

 

133 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, págs. 94-95.

 

 

 

50 por ciento más que la extensión de Europa.

De los 133,9 millones de kilómetros cuadrados a que asciende en total la superficie terrestre habitada

por el hombre, las seis grandes potencias ocupaban,

unidas a sus colonias, 81,5 millones, de los que a los territorios sometidos correspondían 65 millones, casi la mitad. De los 52,4 millones de kilómetros cuadrados restantes, a las semicolonias (China, Persia y Turquía) pertenecían 14,5 millones, y a las colonias de los Estados pequeños (Bélgica, Holanda, etc.) 9,9 millones. Por lo tanto, en 1914, cuando el poder de los monopolios se había consolidado enteramente en los principales países imperialistas, las colonias y semicolonias ocupaban 89,4 millones de kilómetros cuadrados, o, lo que es lo mismo, dos tercios de toda la superficie de la tierra en que vive el hombre.

La división territorial del mundo entre las grandes potencias había terminado. En adelante, únicamente se podían obtener nuevas colonias o esferas de influencia arrebatándoselas a otra potencia. Creció bruscamente la importancia de las colonias para los Estados imperialistas. "La sola posesión de colonias - escribía V. I. Lenin- garantiza por completo el éxito de los monopolios contra todas las eventualidades de la lucha con sus rivales..."134 Y esto era así por las circunstancias siguientes:

La dominación de los monopolios es más segura cuando todas las fuentes de materias primas se encuentran en unas mismas manos. Al capital financiero le importan no sólo las fuentes ya descubiertas, sino también las que pudieran encontrarse. Las tierras que hoy parecen inútiles pueden rendir un provecho el día de mañana. De ahí la  inevitable  aspiración  del  capital  financiero  a ampliar los territorios sometidos a su control. A la conquista de colonias empujan también los intereses de  la  exportación  de  capitales.  En  el  mercado colonial  resulta  más  fácil  la  eliminación  de  los rivales. Por si esto fuera poco, en la expansión colonial el capital financiero busca salida a las agudizadas contradicciones de clase. Las colonias, en fin, interesan a las potencias imperialistas por consideraciones estratégicas.

Como resultado de todo esto adviene la época de la  lucha  por  el  nuevo  reparto  del  mundo,  que  ya estaba   repartido.   Los   monopolios,   que   imperan dentro  de  cada  país,  tratan  de  subordinar  y  de someter a la explotación más brutal a todos los países restantes.

Dentro del sistema del imperialismo, además de los dos grupos fundamentales de países -poseedores

de colonias y colonias- existen también los países dependientes, que en el papel son soberanos, pero

que de hecho se hallan envueltos por las redes de la dependencia financiera y diplomática.

Los Estados Unidos, que desde un punto de vista

jurídico formal no poseen casi colonias, son hoy día, de hecho, la potencia colonial más poderosa de la tierra. Merced a la colocación de capitales, a la concesión de onerosos créditos y a la firma de desiguales tratados, los monopolios norteamericanos han puesto bajo su control la economía y las riquezas naturales de muchos países del Nuevo Continente. El petróleo venezolano, el cobre chileno, el estaño boliviano, el hierro y el café brasileños son propiedad de los monopolios de Estados Unidos. Iberoamérica es utilizada por ellos como fuente de materiales estratégicos y como territorio para el emplazamiento de bases militares. Los monopolios norteamericanos son dueños, aproximadamente, de dos tercios del petróleo del Oriente Cercano y Medio, donde se encuentran alrededor de dos tercios de todas las reservas  de  petróleo  exploradas  del  mundo capitalista. Estos monopolios, y en parte los ingleses, obtienen de esa región beneficios fabulosos, dejando a los naturales "la oreja del camello", según el dicho árabe. Los Estados Unidos tienen envueltos en sus redes de dependencia financiera, militar y política a la mayoría de los países del mundo capitalista, amenazando la soberanía no sólo de las naciones atrasadas, sino de las más avanzadas en el desarrollo capitalista.

El carácter desigual, a saltos, del desarrollo de los principales    países    imperialistas    hace    que    los

dominios coloniales de una u otra potencia dejen de

corresponder a su potencia económica y militar. En

1914, las colonias de Gran Bretaña representaban un total de 33,5 millones de kilómetros cuadrados, o sea

11,5 veces más que las colonias de Alemania y 112 veces más que las de Estados Unidos. Y eso ocurría

en unos momentos en que no sólo Norteamérica, sino también Alemania la habían dejado atrás por su potencia económica. La parte de los Estados Unidos

en la producción industrial del mundo era en 1913, aproximadamente, del 36 por ciento, la de Alemania

del 16 y la de Inglaterra del 14. A principios de siglo el Japón había dejado también bastante atrás a Inglaterra   por   el   ritmo   de   incremento   de   la

producción, siendo así que sus colonias no representaban ni la centésima parte de las británicas.

Esta disconformidad entre el poderío económico y el ritmo de desarrollo de los distintos países y la distribución de las colonias y esferas de influencia

fue una de las causas principales de la primera guerra mundial.

Según señala Lenin, a principios del siglo "el capitalismo   se   había   convertido   en   un   sistema mundial  de  opresión  colonial  y  financiera  de  la

inmensa mayoría de la población de la tierra por un puñado de países «avanzados»".135 Al terminar el reparto del mundo quedó estructurado el sistema colonial del imperialismo, que es parte del sistema mundial del capitalismo.

El  sistema  colonial  era  uno  de  los  principales

 

 

 

soportes del imperialismo. Las colonias proporcionaban elevados beneficios, materias primas, mano de obra barata y carne de cañón.

Resultado lógico y natural de la opresión política y financiera a que el imperialismo mundial somete a

las  colonias  y  países  dependientes  es  su  atraso

económico.  El  yugo  de  los  monopolios  hace imposible el desarrollo económico multilateral y completo de las colonias y los países atrasados.

 

2.  El  imperialismo  como  capitalismo parasitario o en putrefacción

Los  monopolios  conducen  inevitablemente  a  la putrefacción del capitalismo. Todo monopolio, enseñaba Lenin, con la propiedad privada sobre los medios de producción, engendra la tendencia al estancamiento y a la putrefacción o parasitismo.136

 

Tendencia a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas.

El monopolio es un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas y el progreso técnico. "En cuanto se establecen, siquiera sea por algún tiempo, precios monopolistas -escribe V. I. Lenin-, desaparecen hasta cierto grado las causas que impulsaban el progreso técnico, y por consiguiente, cualquier otro progreso o avance; aparece, pues, además, la posibilidad económica de que el progreso técnico se vea retenido artificialmente."137

Si los capitalistas implantan nuevos medios técnicos  es  para  obtener  superbeneficios.  Pero  si estos superbeneficios pueden ser obtenidos en virtud de la situación monopolista en el mercado, se comprende que quedará debilitado el estímulo que les movía a las renovaciones técnicas. Bajo el capitalismo premonopolista, el capitalista trataba principalmente de vencer al rival mejorando los métodos de producción, rebajando los gastos de producción y los precios. Para conservar sus posiciones en el mercado, se veía obligado a sustituir el equipo viejo por maquinaria nueva, a perfeccionar la producción. La transformación de la libre competencia en monopolio cambia la situación por completo. Aparecen métodos nuevos, propios del imperialismo, que permiten obtener grandes beneficios. De ordinario, el monopolio conserva y fortalece sus posiciones sin recurrir a la rebaja de precios. La lucha con los rivales se mantiene en el plano de la presión directa y de maquinaciones financieras de todo género (privación de créditos y de materias primas, boicot, etc.).

A menudo, los monopolios limitan artificialmente la producción de determinadas mercancías con objeto de mantener el alto nivel de precios y ganancias. Se comprende    que    esto    represente    un    obstáculo

 

 

136 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, págs. 262-263; t. XXIII, pág. 95.

137 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 263.

 

importante   para   el   progreso   técnico.   Se   opone también a ello el deseo de conservar el equipo viejo, en el que se invirtieron sumas enormes. El progreso técnico no encuentra trabas sólo en el caso de que las economías que representa la introducción de elementos técnicos nuevos sean capaces de cubrir la pérdida que significa la desvalorización de las inversiones viejas, o cuando se trata de nuevas empresas y ramas industriales, en las que las inversiones  ya  hechas  anteriormente  son relativamente pequeñas.

Muchos economistas burgueses, que advertían el estancamiento del progreso técnico por la acción de los monopolios, han defendido la vuelta a la época de la libre competencia. V. I. Lenin revela toda la inconsistencia de las esperanzas en un retorno al pasado.  "Si  hasta  los  monopolios  han  empezado ahora a frenar el desarrollo -escribe-, eso no es un argumento en pro de la libre competencia, que es imposible después de que dio a luz al monopolio."138

La  tendencia  del  capitalismo  monopolista  es, pues, a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas.

Esta  tendencia  la  vemos,  ante  todo,  en  la  directa

oposición de los monopolios al progreso técnico. También  se  manifiesta  en  el  ahondamiento  de  la

separación que existe entre las posibilidades de la

ciencia y la técnica y el grado en que estas posibilidades son aprovechadas, o en el desigual avance de la técnica según los distintos países y sectores de la economía.

Esta tendencia se manifiesta, en fin, en la circunstancia de que en la época del imperialismo los

hombres  -la  principal  fuerza  productiva-  se  ven

apartados cada vez más de un trabajo socialmente útil, de la creación de bienes materiales. Crece la desocupación y las empresas no trabajan a toda su potencia. Crece el número de obreros y empleados que no crean bienes materiales, de quienes son ocupados en la esfera de la circulación, en la administración pública, en el ejército, como criados, etc.

Eso no quiere decir que dentro del imperialismo cese el desarrollo de las fuerzas productivas. El monopolio no puede eliminar por completo y por un largo tiempo a la competencia. El progreso técnico le permite alcanzar grandes descensos en los gastos de producción.  Mediante  cierta  rebaja  del  precio  de venta se consigue desplazar a los rivales. Impidiendo que éstos puedan utilizar los avances técnicos, los nuevos métodos de producción, el monopolio puede obtener elevados beneficios aun con precios algo menores.

Los monopolios capitalistas se hallan en condiciones infinitamente mejores para la utilización

de  los  adelantos  técnicos  y  científicos  que  las

empresas de menor calibre, sin hablar ya de las pequeñas y medias. Sabemos, por ejemplo, que los

 

138 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 276.

 

 

 

trabajos de investigación científica en distintos sectores de la economía corren casi por completo a cargo de las grandes compañías. Salvo raras excepciones, las empresas pequeñas no disponen de recursos financieros como para sostener organizaciones de investigación por su cuenta. Los inventos y perfeccionamientos de la técnica se convierten así en propiedad exclusiva de los monopolios.

Por lo tanto, la tendencia a frenar el progreso técnico no excluye en modo algunos períodos de rápido  perfeccionamiento  de  la  técnica  y  de desarrollo de las fuerzas productivas.

"Sería erróneo pensar -escribe Lenin- que esta tendencia   a   la   podredumbre   excluye   el   rápido

incremento del capitalismo; no, determinadas ramas

de la industria, determinadas capas de la burguesía y determinados países manifiestan en la época del imperialismo, con mayor o menor fuerza, ya la una, ya la otra de estas tendencias."139

 

Crecimiento de la capa de rentistas.

El parasitismo de la época imperialista encuentra una manifestación bien clara en el crecimiento de la

capa  de  los  rentistas,  personas  que  poseen  títulos

(acciones, obligaciones) y que viven del "corte de cupones". El desarrollo de las compañías anónimas

aparta a la inmensa mayoría de los capitalistas de las

funciones directoras de la producción.

La  oligarquía  financiera,  que  mantiene  en  su poder las posiciones clave de la economía en los países capitalistas, no suele dirigir directamente los cientos y miles de compañías industriales, bancos, ferrocarriles y demás empresas colocadas bajo su control. La "actividad" de los grupos financieros se reduce cada vez más a la ampliación de su campo de acción   mediante   la  adquisición   de   paquetes   de control de nuevas y nuevas compañías, y a toda clase de maquinaciones financieras. La dirección directa de las empresas va pasando a manos de gerentes asalariados.

También crece la capa de personas dedicadas a satisfacer los caprichos parasitarios de los explotadores. Se incrementan la administración pública, la policía y el ejército, que se encuentran subordinados a los monopolios.

Los distintos países imperialistas se van convirtiendo en Estados rentistas. Ello es consecuencia del aumento de la exportación de capitales, que permite a los países acreedores obtener enormes beneficios de los países deudores. Los ingresos procedentes de los capitales invertidos en el extranjero por Inglaterra en vísperas de la primera guerra mundial eran cinco veces superiores a los que entonces procuraba el comercio exterior al país más comercial del mundo. Actualmente el país de mayor comercio del mundo capitalista es Norteamérica. Y

 

139 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 286.

 

sin embargo, lo decisivo en la expansión económica de los Estados Unidos al exterior no es la exportación de mercancías, sino la de capitales. Los Estados Unidos de América son el más importante acreedor mundial.

 

La reacción política.

El  capitalismo  venció  al  feudalismo  bajo  las banderas de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

La democracia burguesa satisfacía al capitalismo premonopolista como forma de dominación política.

La situación ha cambiado al advenir el imperialismo. La formación de los monopolios significaba el paso de   la   libre   competencia   a   las   relaciones   de

dominación y de violencia que la propia dominación lleva consigo. Los monopolios se hicieron los dueños

de la vida económica. Pero una vez se sienten los amos de la economía, aspiran a extender su imperio al  campo  de  la  política,  a  poner  a  su  servicio  el

aparato del Estado burgués. Y cuando tienen el poder en sus manos, lo más frecuente es que prescindan de

los  métodos  de  la  democracia  burguesa  y  que recurran a la reacción política, en la que se manifiesta claramente     la     putrefacción     del     capitalismo.

Paralelamente, el viraje hacia la reacción política es consecuencia de la podredumbre a que ha llegado el

capitalismo, de que el modo capitalista de producción ha dejado de desarrollarse por línea ascendente y de que  en  la  época  del  imperialismo  las  relaciones

capitalistas se han convertido en un freno que impide el desarrollo de las fuerzas productivas.

Un ejemplo característico de la reacción política es el fascismo, que significa la dictadura terrorista de

la burguesía monopolista y de los terratenientes. El fascismo  equivale  a  la  represión  brutal  del movimiento  obrero  y  campesino,  a  la  persecución

implacable de los partidos proletarios, de otros partidos   democráticos   y   de   las   organizaciones

sociales, a la militarización del país y al paso a la política de aventuras bélicas. En vísperas de la segunda guerra mundial habían entrado por la ruta

del  fascismo  Alemania,  Italia,  Japón,  España, Portugal y otros países. Después de la contienda se

han puesto de relieve tendencias de este tipo en los Estados Unidos de América, República Federal Alemana, Francia y algún otro lugar.

Signos  del  avance  del  imperialismo  por  la  vía reaccionaria               son         la             militarización        de           la             vida

económica y política, el incremento de la influencia de la Iglesia (particularmente de la católica) y el racismo.

La   reacción   política   es   consecuencia   de   la agudización de todas las contradicciones capitalistas

que se produce en la época del imperialismo. A su vez, agrava aún más esas contradicciones. Los monopolios tratan de despojar a los trabajadores de

todas las conquistas democráticas. Esto trae consigo la enérgica resistencia de las masas. De ahí que la época del imperialismo se caracterice por el incremento dentro de las masas de sus aspiraciones democráticas. En la arena política de los países capitalistas los trabajadores actúan en defensa de la democracia política y contra la reacción encarnada en el poder y en la política de los monopolios.

 

La "aristocracia  obrera".

Una         característica        de           la             podredumbre      del capitalismo     es            el            sistemático                           soborno                por                         la burguesía  monopolista  de  determinados  grupos  de obreros. Los imperialistas tienen interés en mantener entre los obreros una capa privilegiada y separarla de la gran masa del proletariado. El fenómeno en sí no es nada nuevo. El soborno de individuos y grupos del proletariado como método de lucha contra el movimiento obrero se practica desde que el capitalismo existe. Ahora bien, en determinadas condiciones  aparece  la  base  económica  para  crear toda una capa privilegiada en la clase obrera, lo que se conoce con el nombre de "aristocracia obrera". Apareció primeramente en Inglaterra, en el período del capitalismo premonopolista. Inglaterra, a diferencia de otros países, a mediados del siglo XIX presentaba ya dos rasgos del imperialismo: el monopolio   colonial   y   la   explotación   de   otras naciones en virtud de su situación predominante en el mercado mundial. Esto proporcionaba a la burguesía inglesa  superbeneficios,  parte  de  los  cuales  servía para sobornar a la capa superior de la clase obrera. Es así como se formó la "aristocracia obrera", que la burguesía trataba de oponer a la gran masa de los proletarios, aprovechándola como un apoyo político en el seno de los trabajadores.

La dominación de los monopolios, la exportación de  capitales  a  los  países  atrasados  y  la  política

colonial   han   conducido   a   la   aparición   de   una

"aristocracia obrera" en todas las potencias imperialistas.   Las   formas   de   soborno   son   muy

variadas: aumento de salario a determinados grupos

de la clase obrera, concesión de ventajosos cargos públicos  a  líderes  venales  del  movimiento  obrero,

subsidios directos a las organizaciones reformistas,

etc.

La  "aristocracia  obrera"  es  la  base  social  del oportunismo en el movimiento obrero. Este significa

la   acomodación   del   movimiento   obrero   a   los intereses   de   la   burguesía,   la   tendencia   a   la

colaboración con la burguesía y a la escisión del movimiento   obrero.   Los   oportunistas   tratan   de apartar a los obreros de la lucha de clases mediante

sus prédicas en favor de la unidad de los intereses de clase  del  proletariado  y  la  burguesía,  y  de  la

posibilidad de "mejorar" el capitalismo a través de reformas.   Los   oportunistas   son   agentes   de   la burguesía en el movimiento obrero.

 

incremento de la conciencia de clase del proletariado ni  la  lucha  de  clase  que éste  mantiene,  "pues  los trusts, la oligarquía financiera, la carestía de la vida y demás -escribe V. I. Lenin-, que permiten sobornar a un puñado de dirigentes, aplastan, oprimen, arruinan y torturan a la masa de los proletarios y semiproletarios".140

 

3.  El  imperialismo  como  capitalismo agonizante

El   capitalismo   monopolista   y   parasitario   es también un capitalismo agonizante.

V. I. Lenin escribía: "Se comprende por qué el imperialismo es el capitalismo agonizante, que pasa

al socialismo: el monopolio, nacido del capitalismo, es ya la extinción del capitalismo, el comienzo de su paso al socialismo."141

Junto a la creación de las premisas materiales para el socialismo, Lenin veía una característica del imperialismo como capitalismo agonizante en la circunstancia de que también crea las premisas políticas para el socialismo, al llevar hasta sus límites extremos todas las contradicciones del capitalismo. Con esto señalaba Lenin toda la inconsistencia de las esperanzas que los oportunistas cifran tanto en la "evolución" del capitalismo hasta el socialismo como en su "hundimiento automático". El imperialismo caerá bajo el peso de sus propios crímenes. Pondrán fin a él las masas trabajadoras al levantarse a la lucha por el triunfo de la revolución socialista. V. I. Lenin, apoyándose en datos científicos, llega a la conclusión de que el imperialismo equivale a las vísperas de la revolución socialista.

 

Creación  de  las  premisas  materiales  del socialismo.

En el período del imperialismo se van formando las premisas materiales para el paso a una formación

político-social más elevada, como es el socialismo. "Cuando la gran empresa se convierte en gigantesca - escribe Lenin- y según un plan, a base del cálculo

exacto de gran número de datos, organiza el envío de la primera materia inicial en proporciones de ⅔ ó ¾

de todo lo necesario para decenas de millones de personas; cuando organiza sistemáticamente el transporte de esta materia prima a los puntos más

apropiados  para  la  producción,  separados  a  veces entre sí por cientos de miles de kms.; cuando desde

un centro se dispone acerca de todas las fases de la ulterior elaboración del material hasta la obtención de una serie de productos; cuando la distribución de

estos productos se lleva a cabo según un plan entre decenas  y  cientos  de  millones  de  consumidores

(venta de querosén en América y Alemania por el

«Trust del Petróleo» norteamericano), entonces se hace   evidente   que   ante   nosotros   tenemos   una

 

Pero   el   oportunismo   dentro   del   movimiento                    obrero   no           puede    detener indefinidamente  el

 

140 V. I. Lenin, Obras, ed, cit., t. XXIII, pág. 105.

141 V. I. Lenin, Obras, ed, cit., t. XXIII, pág. 96.

 

 

 

socialización de la producción, y en modo alguno un simple  «entrelazamiento»;  que  las  relaciones privadas, económicas y de propiedad, son una envoltura que no corresponde ya al contenido, que ha de  pudrirse  inevitablemente  si  artificialmente  se dilata  su  eliminación,  que  puede  permanecer  en estado   de   putrefacción   un   tiempo   relativamente largo, pero que inevitablemente será eliminada."142

La gigantesca socialización de la producción en el período  del  imperialismo  significa  la  creación  de

premisas materiales del socialismo.

No hay que confundir, sin embargo, las premisas materiales del socialismo con el propio socialismo. Este es posible sólo como resultado de la conquista del  poder  político  por  la  clase  obrera  y  de  la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción, que son convertidos en propiedad social.  La  sustitución  del  capitalismo  por  el socialismo es imposible a través de un proceso puramente evolutivo. Ha de pasar por la revolución, es un salto revolucionario para el que no bastan las premisas  materiales,  sino  que  se  requiere  también toda una serie de condiciones objetivas y subjetivas.

 

Agudización de las contradicciones capitalistas.

El imperialismo es también el capitalismo agonizante porque agudiza hasta el máximo todas las

contradicciones del capitalismo.

Se agudiza ante todo la contradicción fundamental del capitalismo, la que existe entre el carácter social

de la producción y la forma privada capitalista de la

apropiación. La concentración de la producción y el incremento de los monopolios significan un nuevo avance en el desarrollo del carácter social que la producción presenta. La apropiación, empero, sigue siendo privada. Con los progresos del capitalismo monopolista, la contradicción fundamental del capitalismo se hace cada vez más honda.

Esto lleva a que se acentúen todas las contradicciones del capitalismo, las más importantes de las cuales son: la que existe entre el capital y el trabajo; la que hay entre los pueblos oprimidos de los países dependientes y las potencias imperialistas que los explotan, y la que se produce entre las propias potencias imperialistas.

La agudización de las contradicciones aproxima la revolución socialista y el fin del imperialismo.

 

Ley del desarrollo desigual en la política y en la economía.

Bajo  el  capitalismo  es  imposible  el  desarrollo regular de las empresas, los sectores de la economía y los países. La propiedad privada sobre los medios de producción, la anarquía de la producción y la competencia hacen inevitable el desarrollo irregular de la economía capitalista: hay empresas, sectores y países que se quedan atrás, mientras que otros saltan

 

142 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII. págs. 288-289.

 

adelante. En la época de la libre competencia, cuando no había monopolios, el capitalismo seguía una marcha relativamente suave. Para que un país adelantase a otro se necesitaba largo tiempo. Existían aún enormes territorios libres que podían ser convertidos en colonias. El incremento del poderío económico iba acompañado de la conquista de estas tierras no ocupadas aún por las potencias capitalistas, que en este período no llegaban hasta los grandes choques militares. La acción de la ley del desarrollo desigual,  propia  del  capitalismo,  no  conducía  a guerras mundiales. Era el tiempo del desarrollo relativamente pacífico del capitalismo.

Hicieron falta        muchos  decenios               para        que

Inglaterra conquistase la primacía industrial, desplazase a sus competidores -Holanda, y luego Francia- y se consolidase como primera potencia del globo. A mediados del siglo XIX era el "taller de todo el mundo", la que proporcionaba artículos industriales a todos los países a cambio de materias primas y comestibles. En 1850 la parte de los Estados Unidos en la producción industrial del mundo era del

15 por ciento, mientras que la de Inglaterra ascendía al   39.   En   cuanto   a   Alemania,   hasta   1875,

aproximadamente,  no admitía siquiera el parangón con Inglaterra en este terreno.

Al pasar al imperialismo, todo cambió por completo. En el último cuarto del siglo XIX el monopolio británico sufrió rudos golpes, sobre todo

por el rápido progreso de países capitalistas como

Estados Unidos, Alemania y, más tarde, el Japón. El desarrollo de Inglaterra y Francia se hace más lento a

partir de 1870: entre este año y 1913 toda al industria

mundial se hizo casi cuatro veces mayor, siendo el aumento en los Estados Unidos de nueve veces, en Alemania casi de seis, en Francia de tres y en Inglaterra sólo de 2,25 veces. En vísperas de la primera guerra mundial Alemania había aventajado por   el   volumen   de   su   producción   industrial   a Inglaterra y Francia. La parte de Norteamérica en la producción industrial del mundo era superior a la de Inglaterra y Alemania juntas.

Tan  vertiginoso  desplazamiento  de  unos  países por otros a fines del siglo XIX y comienzos del XX

se hizo posible por el inusitado progreso de la técnica

y por el incremento en la concentración de la producción y del capital, es decir, por la aparición de

los monopolios. Los países que entran más tarde en

la vía del desarrollo capitalista aprovechan los resultados ya presentes del progreso técnico y despliegan más deprisa nuevas ramas de la industria. Al  mismo  tiempo,  en  los  países  del  capitalismo "viejo" empiezan a manifestarse antes tendencias hacia la putrefacción, que frenan el desarrollo de las fuerzas productivas. El resultado de todo esto es el avance  a  saltos  de  unos  países  y  la  detención  de otros. La vieja distribución de las colonias y esferas de influencia deja de guardar correspondencia con la nueva relación de fuerzas. Los países que se colocan por delante entran en la vía de la lucha armada por una redistribución del mundo ya repartido, por la conquista de colonias. Eso acentúa extraordinariamente las contradicciones entre los países  imperialistas,  debilita  el  frente  del imperialismo y conduce a la aparición en él de eslabones débiles.

Esta desigualdad en el desarrollo económico en la época del imperialismo va unida a la desigualdad de desarrollo en el plano político, es decir, a la desigual maduración en el tiempo de las premisas políticas para  el  triunfo  de  la  revolución  socialista.  Según decía Lenin, "la revolución proletaria crece en todos los países desigualmente, puesto que los diversos países se encuentran en condiciones distintas en cuanto a la vida política, y en un país el proletariado es demasiado débil, mientras que en otro es más fuerte. Si  en un país el  grupo superior  del proletariado es débil, en otros ocurre que, de momento, la burguesía logra escindir a los obreros, como ha ocurrido en Inglaterra y Francia. Y de ahí que la revolución proletaria se desarrolle desigualmente..."143

El análisis de las modificaciones producidas en cuanto al carácter de la acción de la ley del desarrollo desigual de los países capitalistas en la época del imperialismo llevó a Lenin a la conclusión de que es imposible el triunfo simultáneo de la revolución en todos los países y que, al contrario, es posible su triunfo, primeramente, en unos cuantos países e incluso en uno solo. Esto era una nueva teoría de la revolución socialista. El estudio del capitalismo premonopolista había llevado a Marx y Engels a la afirmación  de  que  la  revolución  proletaria  sólo podría triunfar cuando se produjese simultáneamente en todos o en los principales países capitalistas. La situación ha cambiado al pasar al imperialismo. El incremento de las contradicciones imperialistas y las diferencias en el tiempo en cuanto al proceso de maduración de la revolución en los diversos países hacen posible que la cadena del imperialismo sea rota en un principio por su eslabón más débil.

La  vida  ha  venido  a  confirmar  plenamente  la teoría leninista de la revolución socialista.

 

4. Comienzo de la crisis general del capitalismo En la fase del imperialismo, el capitalismo entra inevitablemente  en  la  época  de  su  crisis  general.

¿Qué  entendemos  por  "crisis  general  del capitalismo"?

Según queda dicho en el capítulo VIII, el capitalismo atraviesa por crisis periódicas, que en él

son un vicio orgánico innato. La crisis general se diferencia de estas otras en que se trata de un fenómeno  que  abarca  a  todos  los  aspectos  del capitalismo   como   sistema   social.   Es   un   estado permanente que se caracteriza por la desintegración progresiva  del  capitalismo,  por  la  debilitación  de todas sus fuerzas internas: económicas, políticas e ideológicas. La crisis general no es un fenómeno ocasional, no es un zigzag de la historia, no es fruto de  determinados  errores  de  los  líderes  burgueses, sino un estado inevitable y regular del capitalismo en la época de su decadencia y descomposición. Al ser afectado por la crisis general, este sistema no puede seguir   manteniendo   bajo   su   dominación   a   los pueblos, que uno tras otro se emancipan del yugo del capital y pasan a la vía del socialismo. Por eso, la época de la crisis general significa el hundimiento del capitalismo y el paso al socialismo; es la época de las revoluciones socialistas y de los movimientos de liberación nacional contra el imperialismo.

Los ideólogos del imperialismo piensan que si se consiguiera impedir el triunfo de las revoluciones socialistas y aplastar el movimiento comunista, el capitalismo se mantendría estable e inconmovible, como único sistema social que ellos pueden concebir. No advierten que las dificultades del capitalismo derivan principalmente de la acción de fuerzas que se hallan fuera del sistema capitalista. Incluso aquellos que admiten el hecho de la crisis general de este sistema, la atribuyen a la presencia del sistema socialista y a los manejos de los comunistas, que tratan de derribar el capitalismo. El movimiento comunista, que es producto regular y lógico del desarrollo de la lucha de clases, lo ven como algo inspirado desde fuera y organizado por lo que llaman "agentes extranjeros". Mas la crisis general del capitalismo se debe a la agudización de las contradicciones internas del propio imperialismo. Dicha crisis se ahonda y cobra virulencia, sobre todo, bajo la acción de los antagonismos que corroen a la sociedad capitalista. Las condiciones exteriores - existencia y robustecimiento del sistema socialista- contribuyen a que estos antagonismos aceleren su proceso de maduración, pero no son las causas esenciales.

La crisis general del capitalismo era ya imposible evitarla después de que los países imperialistas desencadenaron una guerra mundial, con su secuela de  conmociones  catastróficas  de  las  que  el capitalismo  ya  no  se  podía  reponer.  La  primera guerra mundial dio un poderoso impulso a todos los procesos internos que arrastraban a la crisis general al capitalismo. Esta guerra aceleró el proceso de conversión  del  capitalismo  monopolista  en capitalismo  monopolista  de  Estado144   y  de maduración de la revolución socialista. Al triunfar la primera de estas revoluciones -la Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia- la crisis avanzó ya inconteniblemente.

El capitalismo dejó de ser el único sistema económico-social que existe en el mundo. En una

 

 

 

143 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVIII, págs. 99-100.

 

144 Acerca de ello, véase el capítulo X.

 

 

 

sexta parte del globo se inició la transición al socialismo. La lucha del capitalismo y el socialismo se convirtió en el factor más importante de la historia mundial.

Las condiciones de existencia del imperialismo sufrieron cambios trascendentales. Primeramente, se tropezó con nuevas y graves dificultades económicas. El desprendimiento del sistema capitalista de un país tan enorme como Rusia, la lucha de liberación nacional en una serie de colonias, el incremento de la opresión de los monopolios y el empeoramiento de la situación material de los trabajadores, de él derivado, hicieron más agudo aún el problema de los mercados.

La relativa estrechez del mercado, si lo comparamos con el incremento de las instalaciones

fabriles,  hizo  que  entre  las  dos  guerras  mundiales

adquirieran caracteres crónicos la explotación de las empresas  por  debajo  de  su  potencia  y  la desocupación en masa. Sufrió un brusco descenso el ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas. La putrefacción y el parasitismo del capitalismo adquirieron singular relieve en los terrenos más diversos.

El comienzo de la crisis general puso ya de manifiesto  la  considerable  debilitación  política  del

imperialismo, lo cual se advertía particularmente en

el vertiginoso auge que en los países capitalistas adquirió la lucha revolucionaria de la clase obrera. La Revolución de Octubre en Rusia fue seguida por una ola de levantamientos revolucionarios de los trabajadores en muchos países de Europa (Alemania, Austria, Hungría, Finlandia, Bulgaria). Si bien la burguesía consiguió aplastarlos ferozmente, elevaron el movimiento obrero a un nuevo nivel. Las huelgas alcanzaron proporciones verdaderamente enormes.

La debilitación política del capitalismo ha agudizado  todavía  más  intensamente  el  carácter

reaccionario    de    la    burguesía    imperialista.    El

imperialismo, llegado a la época de su crisis general, recurre más y más, y en escala cada vez mayor, a los métodos más extremos en la represión terrorista de que hace objeto a los trabajadores. En algunos países esto halló expresión en la implantación del régimen fascista, que por su crueldad y ferocidad ha superado todo cuanto se conocía hasta la fecha.

El comienzo de la crisis general se significó por un aumento de la agresividad del imperialismo y una

mayor agudización de las contradicciones entre las

potencias imperialistas, así como entre el puñado de magnates de los monopolios y el resto del mundo. Apenas había salido de la guerra que lo puso ante su crisis general, el imperialismo se lanzó atropelladamente  a  nuevas  aventuras:  a  la intervención contra la Rusia soviética, a las sangrientas  campañas  contra  los  pueblos  de  los países  coloniales  y  a  guerras  civiles  contra  sus propios pueblos. El desigual desarrollo de los países imperialistas,  todavía  más  acusado,  daba  mayor

 

virulencia  a  la  lucha  por  las  fuentes  de  materias primas y por los mercados de venta. Al incremento del militarismo contribuían las dificultades económicas  de  la  burguesía  imperialista,  que  en países   como   Alemania   y   el   Japón   trataba   de encontrar salida a la crisis mediante la militarización de la economía. La preparación de nuevas guerras se convirtió en la tarea principal de los magnates de los monopolios y de sus fieles políticos burgueses.

Los  cambios  económicos  y  políticos  impuestos por el comienzo de la crisis general del capitalismo redujeron aún más el prestigio de este sistema social ante los ojos de las grandes masas. El único resultado de todo esto fue la debilitación ideológica del capitalismo, a lo cual contribuyeron también los cambios sufridos por las propias concepciones de la burguesía. Como un reflejo de la situación de esta clase que agoniza en la palestra histórica, se generalizan en su seno las ideas decadentistas y el pesimismo.  En  la  ideología  del  imperialismo  se dibuja netamente el viraje hacia la reacción extrema, hacia las concepciones antihumanas, y a la vuelta al oscurantismo del medievo; todo esto toma cuerpo especialmente  en  el  arsenal  "ideológico"  del fascismo. Y ello, a su vez, debilita aún más el poder de atracción de las ideas burguesas entre las masas.

La crisis general del capitalismo avanza, pues, en todas las direcciones.

Y  los  grupos  más  agresivos  de  la  burguesía

monopolista tratan de superar la crisis con el empleo de la fuerza bruta, con lo que se aboca a una nueva guerra mundial.

 

Capitulo  X. El imperialismo en la etapa actual

La  segunda  guerra  mundial  trajo  consecuencias

muy distintas para los diversos países imperialistas que tomaron parte en ella: unos quedaron vencedores

y   otros   fueron   vencidos,   unos   salieron   de   la

contienda fortalecidos y otros debilitados. Pero si tomamos el sistema imperialista en su conjunto, la guerra significó una grave derrota. No sólo resultó incapaz de sacar al capitalismo de la crisis general que lo aquejaba, sino que la agudizó y profundizó extraordinariamente, inaugurando una nueva etapa en su desarrollo.

 

1. Nueva  etapa  de  la  crisis general del capitalismo ¿Cuáles son las características más acusadas de la

nueva etapa en la crisis general del capitalismo?

Primera, la sensible modificación de la relación de fuerzas entre el sistema del socialismo y el sistema

del    imperialismo,    principalmente    por    haberse

desprendido del capitalismo una serie de países de Europa y Asia, con la transformación del socialismo en un sistema mundial.

Segunda, la acentuada disgregación del sistema colonial  del  imperialismo  y  la  agudización  de  las contradicciones entre las potencias imperialistas y las colonias, semicolonias y antiguas colonias.

Tercera, la aparición de nuevas contradicciones en el seno del campo imperialista, sobre todo entre los

Estados Unidos y otros países capitalistas desarrollados,  al  incrementarse  la  expansión  del

imperialismo norteamericano y como consecuencia de sus aspiraciones a dominar el mundo.

Cuarta,  la  profundización  y  ampliación  de  los

antagonismos de clases en los países donde el capitalismo está desarrollado.

En el período comprendido entre las dos guerras mundiales el sistema social socialista estaba representado  por  un  solo  país  en  el  que  vivía

alrededor del ocho por ciento de la población de la tierra y que, como una fortaleza asediada, hallábase

rodeado por potencias capitalistas enemigas.

Después de la segunda guerra mundial, con el triunfo de las revoluciones populares democráticas,

se  incorporaron  al  socialismo  nuevos  países  de

Europa y Asia, y entre ellos uno tan enorme como es

China. Hoy día el campo socialista abarca al 35 por ciento  de  la  población  del  globo,  o  lo  que  es  lo mismo, alrededor de 1.000 millones de personas.

La desintegración del sistema colonial, que ha escapado al control directo de los imperialistas, ha

significado la emancipación de países con una población   superior   a   1.200   millones   de   almas. Decenas  de  colonias  y  países  dependientes  han

adquirido su independencia nacional. En las colonias, protectorados  y  territorios  sujetos  a  fideicomiso,

donde aún impera en absoluto la ley de los magnates imperialistas, viven ahora poco más de 150 millones

de personas.

Después  de  la  segunda  guerra  mundial  la expansión  imperialista  ha  experimentado  grandes

reducciones. El campo imperialista propiamente dicho, que hasta hace poco tenía bajo su planta a las

cinco sextas partes del globo, abarca ahora a países con   una   población   de   unos   500   millones   de habitantes.

Así, pues, en estos momentos se ve aún más claro que la crisis general del capitalismo es ante todo la

crisis del sistema imperialista, de cuya férula se van escapando nuevos y nuevos países.

Los países socialistas han formado un poderoso

campo que dispone de todo lo necesario para defenderse de las maniobras agresivas de la relación imperialista, y también para ayudar a la rápida expansión económica, social y cultural de otros pueblos que se han emancipado del yugo de los imperialistas.

Los imperialistas no se conforman con estos cambios históricos. No había terminado casi la guerra

cuando   ya   empezaban   una   febril   carrera   de

armamentos con objeto de preparar una nueva contienda mundial y desencadenaban la "guerra fría"

contra los países del socialismo. La nueva etapa de la

 

crisis general del capitalismo significa el incremento de la agresividad del imperialismo y la agudización del peligro de una nueva guerra, que se cierne sobre el mundo.

En estas condiciones de acentuación de la crisis general del capitalismo, la desigualdad de su desarrollo adquiere formas nuevas todavía más agudas. La segunda guerra mundial ha trastrocado por completo la anterior relación de fuerzas entre las potencias capitalistas. Las posiciones de los países vencidos (Alemania, Japón, Italia) sufrieron gravísimos quebrantos. También salieron bastante debilitadas algunas de las potencias vencedoras (Inglaterra, Francia). Los Estados Unidos, por el contrario, robustecieron sus posiciones y pasaron a ocupar una situación de preponderancia en el mundo capitalista. Sus monopolios se orientaron hacia una intensa expansión económica y política dondequiera que no hallaban una enérgica resistencia. Los Estados Unidos tratan de subordinar a los viejos países capitalistas, sin que se salven de estos propósitos ni sus aliados imperialistas.

Las  crecientes  dificultades  económicas  del sistema imperialista, unidas a numerosos factores de

orden   político   a   los   que   nos   referiremos   más adelante, han provocado una nueva agudización de

los  antagonismos  de  clase  en  los  países  donde imperan los monopolios. La base social del predominio   de   la   burguesía   monopolista   se   ha

estrechado. La lucha de clases de los trabajadores contra los imperialistas se ha hecho más enérgica y

organizada, y también ha ganado en extensión.

La base de todas estas contradicciones del imperialismo contemporáneo es la acentuación de la

contradicción fundamental del sistema capitalista: la

que existe entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación. La reducción

de   la   esfera   de   la   explotación   imperialista,   la

agudización de los antagonismos de clase y de las contradicciones entre las potencias imperialistas representan nuevas dificultades para el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas en unas condiciones en que se mantienen en pie la propiedad privada y la anarquía de la producción. El incremento de las fuerzas productivas exige cada vez más imperiosamente su liberación de los grillos de la propiedad capitalista que las mantienen sujetas. En estos momentos, cuando tanto se han acentuado y profundizado las contradicciones características de la actual etapa de la crisis general del capitalismo, los monopolios no son capaces ya de asegurar su dominación con los recursos de antes. Y de ahí el brusco viraje que se ha dado hacia formas nuevas, del monopolio de Estado, que ha adoptado el capital.

 

2. El capitalismo  monopolista  de estado

Transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado.

 

La transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado significa la fusión de las fuerzas de los monopolios capitalistas y del Estado, pero de tal manera que éste se encuentre subordinado a los grandes monopolios capitalistas. Desde la segunda guerra mundial el capitalismo monopolista de Estado ha conseguido afirmarse en los principales países imperialistas y, en una u otra medida, ha echado raíces en todos los países capitalistas desarrollados.

Se comprende que el capitalismo monopolista de

Estado no puede abarcar ni reestructurar en ningún país todos los eslabones de su economía. Junto a él, como antes ocurría también con el capitalismo monopolista, continúan existiendo las empresas no monopolistas, medias y pequeñas, se conserva en volumen mayor o menor la pequeña burguesía de la ciudad y el campo, y en ocasiones se mantienen hasta formas precapitalistas de explotación. Pero el incremento del capitalismo monopolista de Estado es un fenómeno nuevo y de singular importancia del capitalismo contemporáneo a cuyo estudio se debe prestar particular atención.

El  desarrollo  del  capitalismo  monopolista  de

Estado es un proceso complejo que presenta numerosas facetas y que abarca por igual a la economía y a la política.

Los   monopolios,   que   a   principios   del   siglo pasaron  a  ser  la  fuerza  económica  preponderante,

hacían  desde  sus  primeros  pasos  buenos  negocios con  los  pedidos  del  Estado  y,  movidos  por  sus

intereses egoístas, imponían modificaciones en la legislación arancelaria, en los créditos públicos, en el

sistema de subsidios y de privilegios fiscales, etc. Sin embargo, antes de que el capitalismo entrase en el período   de   su   crisis   general,   la   reproducción

ampliada del capital se realizaba por los monopolios, de ordinario, sin la mediación o intervención directa

del Estado. El sistema capitalista en su conjunto era aún lo bastante estable como para no necesitar la ayuda de los poderes públicos.

La situación cambió al entrar el capitalismo en la época   de   su   crisis   general.   Conmociones   tan

violentas para el sistema capitalista como las guerras mundiales y las crisis económicas y políticas han hecho  ver  a  los  monopolios  que  con  los  viejos

métodos no podían seguir imponiendo su voluntad como antes. Para asegurar el funcionamiento de la

máquina industrial, financiera y comercial de las corporaciones capitalistas era necesario unir su poderío a la enorme fuerza que el Estado representa.

Los primeros pasos del capitalismo monopolista de Estado se dan en 1914-1918, durante la primera

guerra mundial. Según Lenin, esto se produjo bajo la presión  de  circunstancias  provocadas  por  la contienda. Donde más se avanzó entonces en este

sentido fue en Alemania. Pero Lenin no consideraba la guerra, las medidas relacionadas con la aparición de  los  monopolios capitalistas  de  Estado. Veía  en ello  un  proceso  regular,  históricamente  inevitable, que la guerra no había hecho más que acelerar. Entonces mismo, en 1917, expuso esta característica del imperialismo, señalando que éste no es sólo la época de los monopolios gigantescos, sino también "la época de la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado... "145

Un factor importante en el desarrollo del capitalismo monopolista de Estado fue la crisis económica mundial de 1929-1933, que tan grave quebranto significó para la economía capitalista del mundo   entero.   La   crisis   se   produjo   en   unos momentos en que la Unión Soviética llevaba adelante con éxito su primer plan quinquenal, que demostraba las formidables ventajas de la economía planificada socialista. Para salvar a los grandes monopolios de la crisis, los Estados recurrieron a diversas medidas que fueron presentadas como un acertado intento de "regular" la economía capitalista y de introducir en ella los principios de la "planificación". Desde entonces, este sistema de medidas monopolistas de Estado ha pasado a ser parte integrante de la Administración en los países imperialistas. Las funciones de protección de los grandes capitalistas ante la amenaza de nuevas crisis corren a cargo del Estado y se ven avaladas en el plano legislativo.

El pretexto de combatir las crisis y de "planificar" la economía ha abierto al capital monopolista nuevas fuentes  de  enriquecimiento  a  expensas  de  la Hacienda  pública.  Con  la  etiqueta  de  "obras públicas", el Estado construye carreteras para rebajar los gastos de transporte de los monopolios, o levanta centrales eléctricas, para que puedan disponer de energía a bajo precio. Con la excusa de eliminar los "excedentes" de la producción, el Estado compra a los monopolios las mercancías que no encuentran salida y las almacena o destruye simplemente. También concede a los monopolios créditos y subsidios para la venta en el mercado exterior de esas mercancías a precios de dumping, artificialmente reducidos. No hará falta demostrar que estas medidas lo único que hacen es incrementar el parasitismo del capital monopolista.

La fusión del poder de la oligarquía financiera y del Estado se llevó en la Alemania fascista hasta sus últimos extremos. Todo gran capitalista era en su empresa representante del poder público. Los organismos del Estado, en el que había delegados del gran capital, ejercían la dirección de sectores enteros de la economía. Repartían los pedidos entre los consorcios, establecían los precios y distribuían las materias primas. El Estado se convirtió en un instrumento que ayudaba a impulsar la centralización del capital. Dictáronse leyes suprimiendo todas las

 

como  fenómenos  pasajeros,  propios y exclusivos  de                          

145 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXV, pág. 382.

 

 

 

pequeñas sociedades anónimas e incorporándolas a los grandes consorcios. El Estado fascista reprimió ferozmente la resistencia de los obreros a los monopolios y disolvió los sindicatos y los partidos políticos de la clase obrera. El capitalismo monopolista de Estado tuvo ocasión de mostrar su verdadera faz de fiera repugnante.

La segunda guerra mundial ha acelerado aún más en los países imperialistas la conversión del capital

monopolista en monopolista de Estado. Las estrechas conexiones establecidas en aquellos años entre los

todopoderosos   monopolios   y   el   Estado   no   se aflojaron al volver a los tiempos de paz, habiéndose convertido  en  el  esqueleto  de  la  nueva  estructura

monopolista de Estado. El aparato de movilización militar    de    la    economía    se    ha    incorporado

definitivamente a la máquina estatal. Como consecuencia  de  las  guerras  mundiales,  las posiciones  clave  de  la  economía  dentro  de  los

Estados imperialistas han sido ocupadas por los consorcios   de   producción   de   material   bélico,

interesados especialmente en todas las medidas que puedan fomentar el monopolismo de Estado.

Con objeto de tener en sus manos de manera más

completa los resortes del poder, los magnates del capital financiero se convierten en ministros, directores de los departamentos más importantes, embajadores y altos funcionarios. Hasta tal punto se entrelazan el aparato del Estado y los monopolios, que a menudo cuesta trabajo trazar la línea divisoria entre ellos.

Lenin indicaba que los monopolios no eliminan la competencia, limitándose a darle otra forma. Entre los   nuevos   métodos   que   esta   lucha   adopta,   el principal es el de la violencia económica y política - sin excluir a veces la física-, la eliminación del adversario a toda costa y sin desdeñar ningún medio. El capitalismo monopolista de Estado restringe aún más el campo de la libre competencia. Esta adopta una nueva forma: la lucha de gigantescos monopolios que se disputan el privilegio de manejar a su arbitrio los fondos públicos y de ejercer su control sobre los distintos escalones de la máquina administrativa. No en vano señalaba Lenin que el capitalismo monopolista de Estado es la malversación de fondos legalizada.

 

Mecanismo del actual capitalismo monopolista de Estado.

La esencia del capitalismo monopolista de Estado es, según queda dicho, la unión directa del dominio

de  los  monopolios  capitalistas  con  la  gigantesca fuerza del poder público. y en este maridaje el Estado

no ocupa una situación independiente, sino subordinada.

El Estado, en interés de los monopolios, trata de regular hasta cierto punto la economía capitalista. A este     objeto     amplía     desmesuradamente     sus presupuestos, con objeto de crear un mercado privilegiado y garantizado en interés de las corporaciones y de utilizarlo como amortiguador de las  conmociones  provocadas  por  las  crisis económicas y la reducción de la esfera de la explotación imperialista.

El Estado utiliza en proporciones inusitadas a los monopolios como instrumentos para la acumulación de capitales. A fin de concentrar los recursos monetarios de la población en los más importantes bancos privados y compañías de seguros financiados por los monopolios, se hace responsable, de hecho, con su garantía de las imposiciones y cuentas corrientes. Salva a los trusts y consorcios de la quiebra, y protege y apoya el alto nivel de sus ganancias mediante abrumadoras cargas fiscales, que pesan sobre las masas trabajadoras. Se incrementa formidablemente el militarismo, que sostiene la política exterior imperialista de los monopolios. Crecen hasta un grado monstruoso las funciones militares y policíacas del Estado, del que los monopolios se valen para reprimir cualquier acción de los trabajadores.

Una característica muy acusada del actual capitalismo monopolista de Estado es la formación

de un importante mercado estatal que adopta la forma

de pedidos hechos por el gobierno, de asignaciones para la adquisición de excedentes, etc. Este mercado es casi por completo coto cerrado de las grandes corporaciones. La consecuencia de esto es un acrecimiento gigantesco del papel de las finanzas públicas en la economía. Mediante los impuestos directos  e  indirectos,  el  Estado  concentra  en  sus manos y redistribuye en favor de los monopolios una parte cada vez mayor de la renta nacional. A principios de siglo, en los Estados Unidos y en Inglaterra los impuestos representaban un reducido tanto por ciento de la renta nacional, mientras que en

1956•1958 ascendían a casi una cuarta parte de la misma.

La enorme tributación fiscal con que se esquilma a la población es destinada principalmente a la adquisición   de   armamento,   que   los   consorcios fabrican por encargo del gobierno. Se trata por lo común  de  pedidos  a  largo  plazo  (cuatro  y  cinco años). De este modo los monopolios que los reciben se aseguran en cierto grado contra la inestabilidad de la demanda del mercado, con todas sus fluctuaciones, y contra las amenazas de descenso de la producción.

Las constantes y enormes adquisiciones de armamento, a cargo del Estado, son lo que mejor

caracteriza la esencia parasitaria del capitalismo monopolista    de    Estado.    La    fabricación    de

instrumentos de muerte y destrucción aparta a un número cada vez mayor de obreros, ingenieros y hombres de ciencia de la producción de bienes útiles

para la sociedad, y, estérilmente, conduce a la dilapidación   de   grandes   cantidades   de   recursos materiales, de materias primas, combustible, utillaje, etc. El volumen de estos trabajos en la actividad de los monopolios crece sin cesar; así, por ejemplo, en los Estados Unidos, las compras gubernamentales ascendieron en 1958 al 21,4 por ciento del producto nacional, contra el 8,2 por ciento en 1929.

El Estado no se limita a crear una demanda relativamente  garantizada  en  provecho principalmente  de  las  grandes  corporaciones. También  les  concede  enormes  subsidios,  de  los cuales se benefician, ante todo, los consorcios que proporcionan  artículos  de  importancia  bélica, materias  primas  estratégicas,  combustible, electricidad y algunos productos químicos. También enriquecen a los monopolios los créditos concedidos para la modernización del utillaje. Los bancos consiguen beneficios fabulosos como intermediarios en la colocación de los empréstitos públicos.

Con el paso al capitalismo monopolista de Estado tiene lugar cierto incremento de la propiedad estatal.

A   ello   empujan,   entre   otras   circunstancias,   los

rápidos  avances  del  progreso  técnico (automatización, electrónica, energía atómica). Los monopolios tratan de transferir al Estado cuanto se relaciona con la creación de nuevas ramas de la industria cuando éstas exigen de momento unas inversiones de capital extraordinariamente elevadas. A su cargo toman la contrata de las obras y la fabricación del equipo, con lo que, sin riesgo alguno, se garantizan saneados beneficios. También crece la propiedad estatal por la construcción de nuevas empresas de la industria de guerra y de las ramas con ella relacionadas. y en este sentido las compañías privadas hacen lo mismo: dejan que el Estado cargue con la construcción de nuevas fábricas y luego los monopolios las toman en arriendo.

Además, pasan a ser propiedad del Estado algunas ramas de la industria, importantes, pero que han dejado de ser tan rentables como antes. En Inglaterra ha ocurrido así con la industria minera, las centrales eléctricas y los ferrocarriles, cuya nacionalización significó un negocio excelente para las compañías propietarias. Gracias a la "generosidad" del Estado percibieron un precio que ningún particular les habría abonado.  De  hecho,  lo  ocurrido  es  que  pudieron retirar sus capitales de unas empresas poco rentables y colocarlos en otras más provechosas. Las empresas que pasaron a poder del Estado prestan muy buen servicio a las corporaciones capitalistas privadas, las cuales ganan con las bajas tarifas de los transportes ferroviarios y de la energía eléctrica, con el reducido precio del carbón, el hierro y el acero, etc. De ordinario, los altos cargos de las empresas estatales son ocupados por magnates del capital financiero y representantes suyos.

Ahora bien, a pesar de todas las ventajas que la propiedad estatal significa para los monopolios, éstos

la aceptan sólo en circunstancias excepcionales y en un volumen limitado. Es cierto que en algunos países de Europa Occidental se llegó después de la última guerra a una situación en que los grupos dominantes del gran capital hubieron de aceptar una nacionalización más amplia de lo que ellos habrían deseado.   Pero   en   cuanto   las   cosas   cambiaron, hicieron por adueñarse de nuevo de las empresas estatales. En Inglaterra ha sido ya devuelta a las compañías privadas la siderurgia. Una transmisión parcial de las empresas nacionalizadas a los monopolios ha tenido lugar también en Francia, Italia y Austria. En los Estados Unidos, cuando acabó la guerra, se vendieron a los monopolios, a bajo precio, muchas fábricas del Estado.

Practícanse también formas diversas de propiedad mixta, estatal-privada, sobre los medios de producción. En Italia y Alemania Occidental, por ejemplo,   el   Estado   posee   grandes   paquetes   de acciones de numerosas empresas pertenecientes a distintos sectores de la economía.

Una característica del capitalismo monopolista de

Estado es la activa intervención de los poderes públicos   en   los   conflictos   entre   los   obreros   y patronos, la tendencia a reprimir por la fuerza el descontento de las masas. Cada vez es más frecuente la  imposición  de  su  arbitraje  obligatorio  en  las huelgas   y   la   presión   sobre   los   huelguistas   en beneficio  de  los  monopolios.  Las  leyes  y disposiciones del gobierno ponen grandes trabas a la declaración de huelgas y a la actividad de los sindicatos (por ejemplo, la ley Taft-Hartley en los Estados Unidos). La política gubernamental de "congelación" de salarios, es decir, de su mantenimiento a un nivel invariable cuando aumenta el costo de la vida, permite a los monopolios elevar el grado de explotación de los trabajadores.

En el período subsiguiente a la guerra son típicas las medidas monopolistas de Estado en el campo internacional. Los monopolios obligan al Estado a financiar la exportación de mercancías y a garantizar los créditos privados de exportación. El Estado imperialista toma a su cargo la exportación de capitales, que invierte en los sectores y países donde las  corporaciones  privadas  no  se  deciden  a arriesgarse. En interés de los monopolios se negocian convenios internacionales sobre la división y explotación de las fuentes de materias primas. Así se formó la gigantesca organización monopolista internacional  europea  del  hierro  y  el  acero,  que abarca la industria hullero-metalúrgica de Alemania Occidental, Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Una medida de este mismo orden es la creación por dichos países del "Mercado Común", unión aduanera que asegura una situación de privilegio a los grandes monopolios.

Las medidas monopolistas de Estado de carácter internacional  no  aspiran  solamente  a  aumentar  los

beneficios de los capitalistas; también se proponen la tarea de agrupar las fuerzas de la reacción mundial para conservar el sistema colonial que se les viene abajo, para luchar contra la democracia y el socialismo, para mantener la "guerra fría" y preparar la agresión contra los países del socialismo. Las corporaciones norteamericanas -a las que se debe la iniciativa en la creación de la mayoría de los monopolios  internacionales-  los  utilizan  como  un arma en su lucha por la dominación mundial.

 

Militarización de la economía.

El incremento de las tendencias monopolistas de Estado va unido indisolublemente a la militarización de la economía de los Estados imperialistas.

En su forma desarrollada, la militarización de la economía  es  sólo  típica  de  la  época  en  que  se

produce la crisis general del capitalismo, con las guerras mundiales que ésta lleva aparejada. Resulta posible   porque   la   maquinaria   del   Estado   es

aprovechada por los monopolios para efectuar la redistribución   de   la   renta   nacional   (impuestos

directos e indirectos, empréstitos, control de la distribución de las materias primas y materiales estratégicos,   etc.)   y   crear   así   una   gigantesca

economía bélica. La causa de esta militarización verdaderamente  "total",  como  ejemplo  de  la  cual

puede servir la Alemania de 1933-1939 y los Estados Unidos después de la segunda guerra mundial, reside en     la     acentuación     de     las     contradicciones

fundamentales del capitalismo monopolista contemporáneo.    Las    grandes    corporaciones    se

esfuerzan por resolver el problema de la venta apoyándose en la demanda estatal de material bélico.

De ahí su extraordinario interés por que se mantenga la carrera de armamentos, que les asegura miles de millones de superbeneficios.

Los descomunales gastos de los Estados imperialistas en armamento alivian por el momento

el problema de la venta.

Sin embargo, no hay que atribuir a causas económicas   solamente   la   militarización   de   la

economía. Esta no puede ser separada del curso general que adopta la política interior y exterior de

los Estados imperialistas. Sabemos, por ejemplo, que, como consecuencia de la crisis económica mundial de   1929-1933,   muchos   monopolios   de   Estados

Unidos y Alemania se vieron por igual interesados en los pedidos de material de guerra. Pero entonces fue

la Alemania hitleriana la que se lanzó a marchas forzadas a la militarización de su economía, al haber supeditado   su   política   interior   y   exterior   a   la

preparación de una guerra por la dominación del mundo. A partir de 1945 son los Estados Unidos los

inspiradores principales de la militarización de la economía.

No hace falta decir que un régimen social que

para "estimular" la economía recurre a la producción de armas de exterminio en masa, desde el punto de

 

vista  moral  se  dicta  a    mismo  su  sentencia  de muerte.

Pero no se trata sólo de problemas éticos. Esta política, además de ser criminal, no resuelve nada en

última instancia, puesto que deja en pie las grandes contradicciones     que     corroen     al     capitalismo

contemporáneo.

El aumento de los pedidos de guerra por el Estado es a veces una palanca que ayuda a elevar el nivel

general de la producción, sin exceptuar la producción civil.   Temporalmente   puede   contribuir   a   cierto

incremento del salario de los obreros, sobre todo de los que están ocupados en la industria de guerra. Así ocurre  de  ordinario  cuando  la  industria  bélica  se

amplía  por  la  puesta  en  marcha  de  fábricas  y capitales que hasta entonces permanecían inactivos.

Los desocupados encuentran trabajo en la industria de guerra y hacen aumentar la demanda, habiendo necesidad, para satisfacerla, de ampliar la producción

en otros sectores. Crece también la demanda de los capitalistas, sobre todo si, a la vista de los crecientes

pedidos militares, comienzan a ampliar sus empresas y a construir otras nuevas, para lo cual se necesitan materiales, maquinaria y equipo.

Así  es  como  en  los  Estados  Unidos  fueron utilizadas  las  fábricas  que  no  trabajaban  a  plena

potencia en los años de la segunda guerra mundial. Entre 1940 y 1943 el volumen de la producción industrial creció un 90 por ciento, mientras que el

número de obreros en la industria transformativa se veía acrecido en un 70 por ciento. El comienzo de la

guerra de Corea, en 1950, significó también un estímulo       para       la       producción       industrial

norteamericana. Pero el ejemplo de los Estados Unidos muestra también las contradicciones y los límites  a  que  está  sujeta  la  militarización  de  la

economía. Incluso en los años de la segunda guerra mundial,   el   período   de   auge   simultáneo   de   la

producción militar y no militar fue allí de corta duración. No tardó en descender la producción de los sectores  no  dedicados  a  fines  militares.  Bastante

antes de la terminación de la guerra se llegó a una situación en la que la producción civil había agotado

sus posibilidades y hubo de reducirse. A partir de

1944 se observa ya un descenso general de la producción industrial, puesto que el volumen de la

producción bélica no cubría ya el descenso de la producción civil. Lo mismo ocurrió en el período de

la guerra de Corea.

La            corta      duración                del          estímulo                que         la militarización   ejerce   sobre   el   incremento   de  la

producción en general se debe también a los métodos que se siguen para financiarla. En el período inicial el

Estado aumenta el presupuesto de guerra no sólo a expensas de los impuestos, sino también mediante la emisión de obligaciones, adquiridas de buen grado

por la burguesía que dispone de dinero libre. Luego, sin  embargo,  el  presupuesto  se  cubre  de  manera

 

 

 

creciente por los impuestos que gravan a los obreros y empleados. En tales condiciones, el aumento de la demanda del Estado va acompañado inevitablemente por la reducción de la demanda entre la población civil, lo que repercute sobre el mercado de las ramas que no se dedican a la producción de guerra.

El reducido volumen de los estímulos derivados de  la  carrera  de  armamentos  nos  lo  demuestra  el hecho de que en los Estados Unidos, con la industria militarizada, entre 1943 y 1957 la producción industrial creció un 13 por ciento solamente. Y aun así, un ascenso tan reducido no se debe a la acción pura y simple de la militarización. En igual medida ha contribuido la necesidad de renovar y ampliar en gran escala el capital fijo de la industria y de otras ramas de la economía.

Si bien el volumen de la producción se ha incrementado en los Estados Unidos como consecuencia de la guerra y la militarización, éstas han repercutido de manera muy distinta sobre los países en los que directamente se desarrollaron las operaciones militares. Los enormes gastos de guerra no aceleraron, sino que frenaron en el período postbélico la expansión económica de Francia e Inglaterra. Y aunque proporcionalmente a la renta nacional  los  gastos  militares  de  estos  dos  países fuesen menos que los de Estados Unidos, la carga que para ellos representa es mucho más grave. Los gastos militares absorben recursos que podrían ser destinados a la modernización y ampliación de la industria. Por lo tanto, la militarización ha debilitado a Francia e Inglaterra en su capacidad para resistir la competencia en el mercado mundial.

Refiriéndose a la guerra, Marx escribe que "en el sentido puramente económico es lo mismo que si una nación tirase al agua parte de su capital".146  Pero en los tiempos en que Marx afirmaba esto, incluso en los años de guerra no se tiraba al mar sin fondo de los gastos militares tal cantidad de valores materiales como actualmente dilapidan los países capitalistas en los años de paz. Después de la segunda guerra mundial, el presupuesto militar de los Estados imperialistas con una economía más militarizada absorbe del 10 al 15 por ciento de la renta nacional.

La militarización de la economía significa que la producción con fines pacíficos se reduce, quebranta

la base de la reproducción ampliada y, en último término, conduce al descenso del volumen general de

la producción. Al mismo tiempo, el rápido progreso de la técnica bélica y el "desgaste moral", no menos rápido, de las armas modernas, obligan a producir

constantemente armamento que al cabo de unos cuantos  años  pierde  eficacia  y  se  convierte  en

chatarra.

Por muy rico que sea un país imperialista, la militarización  abre  la  perspectiva  de  un  gradual

agotamiento de la economía. Inevitablemente frena

 

146 "Archivo de Marx y Engels", t. IV, 1935, pág. 29.

 

el  avance  de  los  sectores  civiles  y  de  toda  la economía nacional en su conjunto. Para convencerse de  ello  basta  comparar  el  incremento  de  la producción en Inglaterra y Francia -abrumadas por cargas que no pueden soportar- y en Alemania Occidental, donde durante bastantes años los gastos de armamento han sido incomparablemente menores. La industria alemana ha crecido con un ritmo mucho más rápido. La Alemania Occidental ha sido el país que de manera más eficaz ha aprovechado la insuficiencia de capital fijo observada en la mayoría de los Estados capitalistas. A partir de 1950 comenzó en gran escala la exportación de maquinaria y equipo que las fábricas inglesas y francesas, dedicadas a la producción de armamento, no podían proporcionar.

La militarización de la economía significa un aumento inusitado de las cargas fiscales. El Estado

adquiere    armamento    y    mantiene    el    ejército,

principalmente, con los recursos que le proporcionan los impuestos, para lo cual ha de entrar a saco en el

bolsillo de su propio pueblo.

Cierta parte de los recursos invertidos por los gobiernos para el sostenimiento de los ejércitos provienen de los empréstitos, cuyas obligaciones son adquiridas por los capitalistas principalmente. El interés   que   esto   les   proporciona   constituye   un capítulo nada despreciable de sus ingresos. Mas para satisfacer a los capitalistas esos intereses y para la amortización de los empréstitos el gobierno ha de recurrir a nuevos impuestos. Por lo tanto, el dinero que la burguesía proporciona al gobierno mediante la adquisición de títulos de los empréstitos revierte a ella íntegramente, y con un elevado interés, aunque de donde sale es del bolsillo de los trabajadores.

Un compañero inevitable de la economía militarizada  e  instrumento  muy  importante  de  la

misma es la desvalorización del dinero o inflación.

El Estado no puede atender por completo a los gastos que  el  sostenimiento  del  ejército  y  el  armamento

representan con los solos recursos de los impuestos y

los empréstitos. El déficit presupuestario se cubre parcialmente con la emisión de papel moneda por

encima  de  la  cantidad  que  exige  la  circulación.

Además, los títulos de la deuda se emplean como medio de pago y como garantía de préstamos concedidos por los bancos a los capitalistas, lo que de hecho significa el aumento del dinero en circulación. Por eso la inflación es una secuela de las guerras y la militarización de la economía. En 1957 la capacidad adquisitiva  del  dólar  americano  era  la  mitad  que antes de la guerra, de la libra esterlina inglesa tres veces menos y del franco francés y la lira italiana varias decenas de veces inferior a la de 1939. Al producirse  la  inflación,  los  precios  crecen  más  de prisa que los salarios, por lo que las ganancias de los capitalistas  aumentan,  al  disminuir  la  parte  de  la renta nacional que corresponde a los obreros. La inflación    es    un    medio    para    conseguir    una redistribución de la renta nacional en beneficio de los monopolios, que incrementan así la explotación de los trabajadores.

Por lo tanto, los gastos militares, cualquiera que sea la forma a que se recurra para financiarlos, recaen

en última instancia sobre los hombros de las grandes

masas del pueblo. Por el contrario, contribuyen al enriquecimiento de los grandes capitalistas.

La  militarización  de  la  economía  hace  que  se

reduzcan al mínimo los desembolsos del Estado capitalista para el sostenimiento de escuelas, establecimientos de enseñanza superior, hospitales, etc. Provoca la degradación de la cultura, estimula el chovinismo y aumenta la influencia de los militares y de la burocracia, que reducen a la nada todas las conquistas de la democracia burguesa, todo cuanto se alcanzó gracias a la constante lucha de las masas trabajadoras. Una peligrosa consecuencia de la economía militarizada es la amenaza de guerra.

La militarización de la economía es una prueba irrefutable de la degeneración parasitaria del capitalismo contemporáneo.

 

Nacionalización   capitalista    y   capitalismo   de Estado.

El  capitalismo  monopolista  de  Estado  es  un sistema  profundamente  antipopular  y  reaccionario,

como lo es, en general, el capitalismo monopolista.

No hay que confundirlo, sin embargo, con el capitalismo de Estado no monopolista. Este último

puede ostentar un carácter reaccionario o progresivo,

en dependencia de las fuerzas sociales que lo respaldan. Por ejemplo, en algunos países poco desarrollados, que se han sacudido el yugo del colonialismo,  el  capitalismo  de  Estado,  y  en particular la propiedad estatal, cumple actualmente un papel progresivo.147

En los países imperialistas la propiedad estatal se halla insertada casi por completo en el sistema reaccionario del capitalismo monopolista de Estado.

¿Significa esto que la clase obrera y otras fuerzas progresivas han de manifestarse contra la propiedad

estatal y pedir que las empresas nacionalizadas sean

devueltas a los capitalistas? Se comprende que no, pues esto significaría un paso atrás. La desnacionalización no la preconizan las fuerzas progresivas, sino los monopolios capitalistas.

En los años de la segunda guerra mundial, la burguesía monopolista de los países capitalistas de

Europa  ocupados  por  los  hitlerianos  se  cubrió  de

vergüenza al colaborar con el enemigo. Por eso, una vez conquistada la paz, las masas populares exigieron

la nacionalización, con el deseo de poner fin a la

dominación de los monopolios, de extirpar las raíces del fascismo, de castigar a los culpables de la guerra y de asegurar la paz, la independencia y una auténtica democracia.     Los     trabajadores     veían     en     la

 

147 Acerca de ello, véase el capítulo XVI.

 

nacionalización uno de los medios que les libraría del yugo de los monopolios capitalistas.

Pero la burguesía y los socialdemócratas de derecha que la apoyaban, aunque bajo la presión de

las  masas  hubieron  de  transigir  con  la nacionalización capitalista parcial, hicieron las cosas

de tal modo que se diera la máxima satisfacción a los monopolios, mientras se prestaba la mínima atención a las reivindicaciones de los obreros. No obstante, las

masas trabajadoras de Inglaterra y algún otro país insisten en que se prosiga la nacionalización de la

gran industria, pues tienen ante ellas el gran ejemplo de los países socialistas, que son una prueba fehaciente de la superioridad de la industria socialista

nacionalizada.

Los monopolistas, en cambio, se oponen decididamente     a     toda     ampliación     de     las

nacionalizaciones, aun de las capitalistas, pues toda

nacionalización demuestra una vez más, bien a las claras,  a  todos  los  trabajadores  que  la  economía

social    puede    prescindir   perfectamente    de   los

capitalistas. De este modo, la nacionalización, al quebrantar el "sacrosanto principio" de la propiedad privada, ayuda a disipar ilusiones que la burguesía muestra gran interés en conservar. Los monopolistas saben también que mientras las empresas sean de su propiedad privada, son los dueños absolutos de ellas. Y después de la nacionalización, aunque en líneas generales subordinen los organismos estatales a su voluntad, siempre se encuentran bajo la amenaza de que otros intervengan en sus asuntos, puesto que también otros monopolistas, rivales suyos, tratan de utilizar el Estado en  beneficio  propio.  Y fuera  de esto, el Estado se ve a veces obligado a actuar en interés de toda clase dominante, interés que no siempre ha de coincidir por completo con los deseos y propósitos de determinados trusts y consorcios. De ahí que los monopolistas prefieran siempre la propiedad privada. La propiedad estatal la consideran únicamente como un instrumento para robustecer su propiedad privada monopolista.

En muchos países en que impera el capitalismo monopolista de Estado, los Partidos Comunistas apoyan la reivindicación de una nacionalización consecuente  de  la  gran  industria,  puesto  que  va contra la dominación de los monopolios, y en este sentido   es   progresiva.   Cierto   que   mientras   la situación política del país sea tal que resulte aún imposible la supresión de todos los monopolios capitalistas, la reivindicación de la nacionalización completa de la gran industria es sólo una afirmación programática del partido marxista. Y aun así, en estas condiciones, los Partidos Comunistas no se limitan a la propaganda, sino que piden la nacionalización inmediata de algunas  ramas de la gran industria, y ante todo de aquellas en que la opresión de los monopolios se ha hecho tan intolerable que los obreros están dispuestos a lanzarse a la lucha política

de masas por la nacionalización con carácter urgente. Ahora bien, los comunistas piden que la nacionalización se lleve a cabo de tal forma que recorte de veras la omnipotencia de los monopolios capitalistas y alivie la situación de los trabajadores.

No sólo las reivindicaciones de nacionalización, sino también otras reformas que los trabajadores de

los  países  burgueses  reclaman  en  defensa  de  sus

intereses se refieren a medidas en el plano del capitalismo de Estado. Esto guarda relación con el

creciente papel del Estado capitalista moderno en la

vida económica. Los trabajadores no exigen en modo alguno la desaparición total y absoluta de la intervención del Estado en la economía. Quieren, sí, una intervención que ponga límites a la arbitrariedad y a la rapacidad desmesurada de los monopolios.

Si el Estado, en beneficio de los patronos, puede "congelar" los salarios, piensan con toda razón los obreros, ¿por qué no ha de establecer también un salario mínimo garantizado y utilizar, aunque sea en ocasiones, su arbitraje en beneficio de los obreros cuando se plantean conflictos de trabajo? ¿Por qué no ha de adoptar el Estado medidas eficaces contra el arbitrario aumento de los alquileres y el encarecimiento de los artículos de consumo?

La experiencia demuestra que cuando los trabajadores  luchan  por  estas  reivindicaciones  hay

veces que consiguen arrancar ciertas concesiones al

Estado capitalista, aunque no se trate de asuntos de primordial importancia. En algunos lugares, bajo la

presión   de   los   obreros   se   emprenden   trabajos

públicos para los desocupados. Evidentemente, aun con el predominio completo del capital financiero, los círculos gobernantes no pueden por menos de temer el descontento de las grandes masas trabajadoras, sobre todo cuando éstas manifiestan un espíritu combativo.

El economista norteamericano H. Lumer hace ver que en los Estados Unidos, gracias a la lucha de las

masas contra los monopolios, en los últimos años de

la segunda guerra mundial rigió un sistema relativamente eficaz de control de los precios. Los

precios al por mayor y al por menor, y también los

alquileres, sólo se elevaron en este tiempo del dos al cuatro por ciento. Al advenir la paz, la supresión del sistema estatal de control desató las manos a los monopolistas y los precios empezaron a subir, sin que hasta ahora se hayan estabilizado. Lumer escribe: "...el control de los precios debilitó en grado considerable la carga que los obreros soportaron durante la segunda guerra mundial, mientras que actualmente, al no existir nada que ni remotamente se asemeje a un auténtico control de los precios, ha significado un gran aumento de dicha carga."148

Quiere decirse que las masas populares, que soportan sobre sus hombros todo el peso del yugo

 

 

148  H. Lumer, Economía de guerra  y crisis, Moscú, 1955, pág.

63.

 

que representa el capitalismo monopolista de Estado, tienen toda la razón para continuar la lucha a fin de imponer  al  Estado  la  adopción  de  medidas  que pongan límites a la arbitrariedad de los monopolios. Es, sin embargo, evidente que no hay reforma alguna capaz de transformar el reaccionario capitalismo de Estado hoy vigente en ningún sistema progresista, y tanto más en socialismo.

Sólo la lucha por el poder de la clase obrera -y bajo su dirección, de todos los trabajadores- cuando

se ve coronada por el triunfo definitivo, es capaz de

despejar el camino que va del capitalismo al socialismo,

 

Fantasías    de   los   revisionistas   y   reformistas acerca del capitalismo moderno.

 

Los propagandistas de la burguesía, reformistas y revisionistas presentan el capitalismo monopolista de Estado como un régimen social nuevo, que guarda

diferencias sustanciales con el viejo capitalismo. Con este fin equiparan premeditadamente esta forma de

dominación de los monopolios y las medidas de carácter  capitalista  de  Estado  que  los  trabajadores han  conseguido  ver  implantadas  como  fruto  de  la

lucha de clases. Sostienen asimismo que el Estado capitalista  puede  ahora  regular  el  desarrollo  de  la

economía  y  evitar  toda  clase  de  crisis,  que  el moderno Estado burgués se halla sobre las clases. El lugar del viejo capitalismo, basado en la explotación,

afirman, lo ocupa ahora el "Estado del bienestar general", a la vez que el imperialismo pirata ha dado

paso al "capitalismo popular".

La "base teórica" de semejantes concepciones está en la doctrina del economista inglés John Maynard

Keynes, que éste expuso en la década anterior a la

última guerra. A diferencia de otros economistas burgueses, Keynes afirmaba que el capitalismo está

aquejado de una grave dolencia y que ha perdido la

capacidad para regular por sí mismo la economía. No podría admitir, empero, que tal dolencia fuese incurable. Más aún, puesto en el papel de "médico" del capitalismo, propuso una serie de medidas para sanear  este  sistema  económico  mediante  la regulación estatal de la economía y el desarrollo del capitalismo monopolista de Estado. Keynes y sus continuadores atribuyen singular importancia a la aplicación de medidas que mantengan al debido nivel las  inversiones  de  capital  en  la  producción  y  al control por el Estado del crédito (regulación del interés)  y  de  la  circulación  monetaria (desvalorización "regulada" del dinero con objeto de reducir el salario real de los obreros). La doctrina de Keynes es en esencia una apología del capitalismo, pues  se  basa  en  la  ilusoria  premisa  de  que  este sistema se podrá mantener eternamente, siempre y cuando sean corregidos sus vicios y se eliminen algunas  de  las  calamidades  que  su  dominación impone a los trabajadores.

 

Actualmente  no  sólo  la  mayoría  de  los economistas burgueses, sino también cierta parte de los socialdemócratas de derecha se apoyan en la doctrina de Keynes. Muchos partidos socialistas de derecha han abandonado oficialmente en sus programas la teoría económica de Marx para adoptar la teoría del inglés. No puede ser más franco, por ejemplo, el llamamiento que el laborista inglés John Strachey hace en su obra El capitalismo contemporáneo en este sentido. Según Strachey, Keynes,  aun  siendo  defensor  acérrimo  del capitalismo y enemigo del socialismo, sin que él mismo lo sospechara ha propuesto métodos que aseguran la evolución gradual del capitalismo monopolista de Estado... al socialismo. Keynes, dice, invita al Estado a estimular por todos los medios la inversión de capitales en la producción y a establecer sobre los poseedores del dinero un control que les aleje del ahorro y les obligue a gastarlo, apoyando así la demanda solvente. Y esto, afirma Strachey, lleva al Estado burgués a nivelar los ingresos mediante el incremento de los impuestos sobre las ganancias. Según Strachey, resulta que en Inglaterra, siguiendo los consejos de Keynes, se ha llegado ya a la redistribución de la renta nacional y a la "planificación"   de   la   economía   con   objeto   de mantener una elevada demanda solvente y una "ocupación completa".

La   nacionalización   de   algunas   ramas   de   la industria     por     el     gobierno     laborista     y     el

establecimiento de un sistema nacional de seguros

sociales y asistencia médica ha convertido, según Strachey, a Inglaterra en socialista, aunque él mismo admite que en la economía británica imperan los "oligopolios", es decir, los reducidos grupos de grandes monopolistas. Y a pesar de todo, Strachey, sin   pararse   en   barras,   acaba   por   afirmar   que Inglaterra "ha dejado atrás el conflicto de las clases", que las relaciones entre obreros y patronos han entrado en una "fase pacífica", etc.

También los socialistas franceses (historiadores y economistas) tratan de presentar el incremento del

capitalismo monopolista de Estado como la gradual

transformación  de  la  sociedad  capitalista  en socialista.

¿En qué reside el vicio de semejantes invenciones

acerca del capitalismo contemporáneo?

Primero, en que los socialdemócratas de derecha confunden el capitalismo monopolista de Estado con

cualquier capitalismo de Estado, sin hacer la menor

diferencia entre ellos. Con esto tergiversan los conceptos.   Ocultan   el   carácter   monopolista   del

capitalismo   moderno   y   lo   presentan   como   un

capitalismo de Estado en el que no tienen cabida los monopolios de los capitalistas. Con otras palabras, maquillan  el  capitalismo  moderno  y  ocultan  sus taras: la opresión de los rapaces monopolios, el militarismo,    el    parasitismo,    las    crisis    y    la

 

desocupación.  Y  justamente  esto  es  lo  principal dentro del moderno capitalismo monopolista de Estado.

Segundo, los socialdemócratas de derecha deforman   la   realidad   cuando   afirman   que   los

monopolios están subordinados al Estado y que éste

se encuentra "sobre las clases", aunque la realidad es que  el  Estado  se  encuentra  sometido  a  los monopolios capitalistas. Bajo el capitalismo monopolista de Estado, quienes en última instancia deciden son las grandes corporaciones: existe una dictadura directa o velada de unos centenares de familias opulentas.

Tercero, los socialdemócratas de derecha tratan de ocultar el carácter de clase del simple capitalismo de

Estado, haciendo pasar las medidas que se adoptan

en este orden como construcción del socialismo. Mientras el poder se encuentra en manos de la burguesía,  la  socialización  de  algunas  empresas  y otras medidas del mismo género no suprimen las relaciones de la explotación capitalista ni siquiera en los países en que tales medidas ostentan un carácter progresivo (por ejemplo, en la India o Indonesia). En el seno del capitalismo no pueden surgir relaciones socialistas de producción; lo único factible es crear las premisas materiales del socialismo. Mas partir de estas premisas para iniciar la construcción del socialismo es una empresa imposible mientras el Estado se encuentre bajo la dirección de los capitalistas, o sea mientras el poder no esté en manos de los trabajadores.

Lo  mismo  en  la  ciencia  que  en  el  pensar  de muchas generaciones de hombres que actuaron en el movimiento obrero, la idea del socialismo estuvo siempre unida a la de la propiedad social. Pero los modernos socialdemócratas de derecha rompen ya hasta con esta noción científica. "La planificación socialista -dice, por ejemplo, una declaración de la Internacional Socialista- no presupone el establecimiento de la propiedad social sobre todos los medios de producción. Es compatible con la existencia de la propiedad privada en ramas importantes." Fieles a esta norma de conducta, los dirigentes del partido laborista británico han declarado, en su deseo de complacer a la burguesía monopolista, su renuncia a nuevas medidas de nacionalización,  es  decir,  que  abandonan  hasta  la idea de la nacionalización capitalista.

Un examen atento de los documentos y programas de los socialdemócratas modernos de derecha nos permite ver que, al dibujar su "socialismo", lo que en realidad hacen es copiar los perfiles del capitalismo monopolista de Estado ahora existente. Sus aspiraciones  no  pueden  remontarse  por  encima  de este "ideal" social, que es el ideal de los Morgan y los Rockefeller.

Algunos revisionistas de Yugoslavia han seguido las huellas de los socialdemócratas de derecha en la

 

 

 

empresa  de  embellecer  el  capitalismo contemporáneo. En el proyecto de programa de la Unión de Comunistas de Yugoslavia (U.C.Y.) se afirma que cada vez aparecen más "elementos socialistas nuevos por su tendencia objetiva en la economía" del capitalismo actual, elementos que "presionan sobre el modo capitalista de producción"; "los derechos del capital privado se restringen" y sus funciones   económicas   han   sido   transmitidas   al Estado.  De  esta  manera,  pues,  se  produce  en  el mundo capitalista el "proceso de desarrollo hacia el socialismo".

Esta concepción revisionista coincide en el fondo con  las  afirmaciones  de  los  socialdemócratas  de

derecha en el  sentido de que el  capitalismo evoluciona hacia el socialismo. Se comprende, sin

embargo, que para E. Kardelj en Yugoslavia, ante comunistas, resultara más difícil que para el señor Strachey en Inglaterra, ante laboristas, "demostrar" la

posibilidad de esta "maravillosa transformación" del capitalismo     contemporáneo.     Cuando     Kardelj

denominaba a este último "capitalismo de Estado" muchos comunistas yugoslavos propusieron que se le diera su verdadero nombre, que es el de capitalismo

monopolista de Estado. No obstante, Kardelj, en su informe ante el Congreso de la U.C.Y., insistió en el

término de "capitalismo de Estado", aduciendo que el de "capitalismo monopolista de Estado" se limita a explicar "el origen del capitalismo de Estado". Así,

como un buen ilusionista, convertía el reaccionario capitalismo monopolista de Estado en el embrión de

un capitalismo de Estado aún más inofensivo que el anterior. Sigue luego manipulando con el capitalismo

de Estado y acaba por presentarlo como un conjunto de "elementos socialistas" que depuran definitivamente   al   moderno   capitalismo   de   sus

vicios... El juego de manos no puede ser más limpio.

Tal explicación del programa revisionista de la

U.C.Y. podrá ser divertida, pero sus argumentos no tienen mucho peso.

Al            programa              reformista             y              revisionista           de

"transformación" del capitalismo monopolista de Estado  en  socialismo  los  partidos  marxistas- leninistas oponen una clara línea de decidida lucha contra los monopolios capitalistas y su dominación, por el derrocamiento de la dictadura de un puñado de familias de la aristocracia monopolista.

Aun   procurando   utilizar   en   interés   de   los trabajadores  todas  las  reformas  posibles  bajo  el

capitalismo, sin exceptuar a las que se refieren al

capitalismo de Estado, los marxistas-leninistas consideran  que  el  modo  capitalista  de  producción

sólo  puede  ser  sustituido  por  el  socialista  como

resultado de la revolución proletaria.

 

3.   ¿Podrá  el   capitalismo    evitar  las   crisis económicas?

Después de la crisis económica mundial de 1929-

 

1933, y singularmente después de la segunda guerra mundial, el capital monopolista ha construido, con ayuda del Estado, todo un sistema de medidas conducentes a evitar nuevos fenómenos de esa naturaleza. Dichas medidas constituyen una característica dentro del mecanismo del capitalismo monopolista de Estado.

 

Las medidas contra  las  crisis  son simples paliativos  de  la  enfermedad  incurable  del capitalismo.

El recurso principal empleado contra las crisis es la adquisición por el gobierno de enormes cantidades de  armamentos  y  materiales  estratégicos,  que aseguran una demanda bastante cuantiosa y estable a los grandes monopolios. Por otra parte, el Estado mantiene su función reguladora en la esfera crediticia bancaria, sector en el que solía empezar la explosión de las crisis. A fin de evitar la retirada de las cuentas corrientes bancarias, que en los momentos de pánico originaba la quiebra de los grandes establecimientos de crédito, los Estados imperialistas toman de hecho sobre sí la garantía de las imposiciones. Además, casi en todos los países se ha implantado, en una u otra forma, el control del gobierno sobre la Bolsa de valores y la emisión de títulos. Para evitar las crisis, el Estado recurre asimismo a diversas medidas que tienden a limitar o reducir la producción (elevación del interés bancario, primas por la reducción de las superficies de siembra, etc.). Al propio tiempo, el Estado trata de influir sobre la coyuntura económica mediante la regulación del crédito de consumo (venta a crédito o a plazos de automóviles, televisores, receptores de radio, muebles, etc.).

Los admiradores del capitalismo monopolista de

Estado ponen por las nubes estas y otras medidas, afirmando que gracias a ellas se ha conseguido (o

casi  se  ha  conseguido)  curar  al  capitalismo  de  la

enfermedad de las crisis y asegurar el incremento continuo de la producción capitalista. Se abre así, nos dicen, el camino para una eterna "prosperidad" en la que no existirá la desocupación obrera.

¿Cuál es, sin embargo, la realidad?

Tomemos el ejemplo de los Estados Unidos de América, país donde los grandes monopolios gozan de la mayor libertad de acción, donde más influyen sobre el Estado y donde las consecuencias de la guerra, con sus destrucciones, han influido menos sobre la marcha de la economía.

A pesar de las condiciones excepcionales favorables en que con respecto al mercado interior y

exterior se vieron después de la guerra los EE.UU., las medidas contra las crisis no produjeron el efecto

deseado.

No ha habido incremento constante de la producción industrial; en diez años solamente (1948-

1958) se han observado tres colapsos de la producción:   el   primero   en   1948-1949,   con   un descenso, según los datos oficiales, del 10,5 por ciento;   cuatro   años   más   tarde   (1953-1954)   el descenso de la producción fue de un 10,2 por ciento; y al cabo de otros tres años (1957-1958) alcanzó a un

13,7 por ciento.

El carácter de crisis de estos colapsos de la producción  nos  lo  demuestra  el  hecho  de  que  la

desocupación   en   masa,   lejos   de   disminuir,   ha

aumentado. El número de parados completos registrados  oficialmente  sufrió  un  brusco  aumento

cada vez que la producción descendía. Así, en 1949

fue de 1.300.000 más que el año anterior; en 1954, de

1.600.000, y a mediados de 1958, 2.400.000 más que la  media  de  1957.  A  comienzos  de  1959  eran  5

millones los inscritos en las oficinas de paro. Hay que  tener  presente  además  que  las  cifras  oficiales

sobre el volumen de la producción abarcan a la fabricación  de  armamento  y  de  materiales estratégicos y que el gobierno procura, mediante sus

pedidos, que estos sectores industriales incrementen todavía   más   su   actividad   en   los   períodos   con

síntomas de crisis. Si se descuenta la producción de guerra, la reducción de la producción civil sería indudablemente   mucho   mayor   de   lo   que   las

estadísticas norteamericanas señalan.

Tales son los hechos del último período. Sería erróneo, sin embargo, suponer que los representantes

del  capitalismo  monopolista  de  Estado  no  pueden

influir con esas medidas sobre el carácter y la forma de las crisis económicas. No, algo pueden alcanzar en

este sentido.

El  capitalismo   monopolista  de  Estado  puede influir sin duda alguna sobre la forma, secuencia y carácter de algunas crisis. Los grandes monopolios están en condiciones de poner en juego el enorme poderío financiero del Estado para amortiguar en muchos casos la fuerza de la explosión de la crisis en sus comienzos. Actualmente existen además mayores posibilidades de salvar de la quiebra a los grandes capitalistas, estabilizando sus posiciones a expensas de la quiebra de los capitalistas medios y pequeños. Fuera de ello, las grandes corporaciones pueden, durante la crisis, frenar el descenso espontáneo de los precios de muchos artículos, y en ocasiones hasta elevarlos sobre el nivel anterior. Pueden también utilizar los enormes pedidos de material de guerra por el gobierno para asegurarse cuantiosos beneficios incluso en los momentos de las crisis económicas.

Pero esto es sólo una cara de la medalla. La otra cara es que las medidas contra las crisis, que sirven para enriquecer a los monopolios, acaban por agotar inevitablemente las energías económicas del país y empeoran   la   situación   material   de   la   inmensa mayoría del pueblo. A medida que el Estado burgués, con la elevación de impuestos y la desvalorización del dinero, esquilma al pueblo para financiar la desenfrenada carrera de armamentos, la demanda se reduce inevitablemente. Y esto crea una importante

 

premisa para otras sensibles explosiones de crisis económicas como dolencia del capitalismo que nada puede   curar.   Cuando   los   monopolios  consiguen evitar el descenso de precios que antes acompañaba a las crisis, crecen los obstáculos para que sean absorbidos los excedentes de mercancías, y esto, en resumidas cuentas, frena la salida de la crisis y la aparición  de  premisas  para  un  nuevo  auge económico. A medida que el Estado capitalista logra salvar de la quiebra a las grandes empresas o atenuar otras conmociones elementales de la crisis, con su ingerencia trastorna el proceso de redistribución del capital por las distintas esferas de la producción, mecanismo mediante el cual se establecen las necesarias proporciones entre ellas.

Así, pues, cuando los representantes del capitalismo  monopolista  de  Estado  ejercen  cierta

influencia sobre la marcha de las crisis, no eliminan

las causas de las propias crisis, sino, al contrario, entierran la enfermedad y crean las premisas para

nuevas conmociones.

Los cambios que en la aparición de las crisis se observan últimamente en los Estados Unidos no dan pie para afirmar, se comprende, que bajo el capitalismo monopolista de Estado todas las crisis económicas presentarán únicamente ese carácter. No. El futuro mostrará sin duda una gran variedad de formas de las crisis económicas en los países capitalistas. Por ejemplo, el capitalismo monopolista de Estado puede ser sacudido por conmociones más violentas. Una cosa es evidente: mientras exista la contradicción  entre  el  carácter  social  de  la producción y el carácter capitalista (privado) de la apropiación, es decir, mientras exista el capitalismo, las crisis económicas se repetirán inevitablemente. Ni las medidas para evitarlas ni los intentos de regular la economía a que el actual capitalismo monopolista de Estado recurre proporcionarán una mayor estabilidad a la economía capitalista; al contrario, aún la harán más vulnerable.

"La constante sucesión de situaciones de colapso y de auge febril -indicaba N. S. Jruschov ante el XXI

Congreso del P.C. de la U.S.- prueba la inestabilidad

de la economía del capitalismo. Ni la carrera de armamentos ni otras medidas podrán salvar a la economía de los Estados Unidos y demás países capitalistas de las crisis de superproducción. Por mucho que hagan, los Estados capitalistas no podrán acabar con la causa de las crisis. El capitalismo es incapaz de eludir el abrazo fatal de sus propias contradicciones, que se acumulan y profundizan, amenazando  con  nuevas  conmociones económicas."149

 

 

149 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años  1959-1965",  en  Materiales   del  XXI  Congreso extraordinario  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.

73.

 

 

 

 

Quiebra  de la teoría  del "desarrollo  sin crisis" del capitalismo.

Contrariamente   a              los           hechos,  los           teóricos burgueses y revisionistas no cejan en sus esfuerzos para demostrar que se puede poner fin a las crisis y conservar intangible el capitalismo. Estos teóricos se remiten una y otra vez a la coyuntura que después de la guerra se produjo en los principales países capitalistas de Europa.

En efecto, hasta 1957-1958 no se han observado en ellos claros fenómenos de crisis (si no se cuentan

las crisis en ciertos sectores de la industria: hullera,

textil y alguna otra). Pero sólo quien se engaña a sí mismo o trata de engañar a otros puede deducir de

ahí el advenimiento de la era del "capitalismo sin

crisis".

El  desarrollo  de  la  coyuntura  económica  en  la Europa Occidental, en grado mayor aún que en los Estados Unidos, ha venido dictado por condiciones históricas concretas, pasajeras, que se derivan de las consecuencias de la guerra. Se trata de países que durante el conflicto bélico sufrieron grandes destrucciones. Esto se refiere sobre todo a Alemania, Italia y Francia, y también al Japón, el único país asiático en el que impera el capitalismo monopolista. Está claro que no podía hablarse de superproducción mientras las devastadoras consecuencias de la guerra no fuesen borradas. Y esto no era cosa de un año ni de dos.

Mas  en  cuanto,  en  lo  fundamental,  esto  fue conseguido, no tardaron en hacerse presentes serios

síntomas de una coyuntura de crisis. Prueba de ello

es la reducción de la producción iniciada en 1958 en Inglaterra, Bélgica, Holanda, Noruega y Japón y el brusco descenso del crecimiento de la producción industrial en Alemania Occidental, Francia e Italia. En 1958, por vez primera desde el fin de la guerra, se redujo el volumen de la producción industrial y del comercio exterior de todo el mundo capitalista.

La vida se ha burlado así una vez más de los teóricos de           vía   estrecha        especializados   en   la

exaltación  del  capitalismo.  Puestos  de  cara  ante

hechos incontrovertibles, se revuelven y afirman que también los marxistas se equivocaron con relación a las crisis, puesto que después de la segunda guerra mundial ni la marcha de los ciclos ni las crisis se asemejan a lo que los marxistas sostenían antes. ¡Qué absurdo! Los marxistas no han mantenido nunca que un ciclo ha de parecerse obligatoriamente a otro y que la periodicidad y las características de las crisis no puedan sufrir modificación alguna. De ninguna manera. En 1908, contestando a los revisionistas que trataban de refutar la teoría marxista de las crisis, Lenin, en el artículo "Marxismo y revisionismo", decía: "La realidad ha mostrado muy pronto a los revisionistas que las crisis no son cosa del pasado: la

 

cambiado las formas, el orden de sucesión, el cuadro de las distintas crisis, pero éstas siguen siendo parte inevitable del régimen capitalista."150

Cuando los comunistas señalan que el capitalismo no logrará evitar las crisis, están lejos de regodearse con el mal ajeno. Contrariamente a lo que afirman la propaganda  burguesa  y  los  reformistas,  el movimiento comunista no vincula a las crisis económicas sus esperanzas en el triunfo de la revolución  socialista.  Cierto  que  su  acción destructora enfrenta todavía más a los trabajadores con el capitalismo. Mas, según demuestra la historia, intensifica a la vez la ofensiva de la reacción, reaviva el fascismo y acrecienta los peligros de una guerra.

Pero no se trata sólo de esto. Los comunistas tampoco pueden alegrarse de las crisis porque saben muy bien las calamidades que representan para las grandes  masas  trabajadoras.  Precisamente  por  ello han denunciado siempre las infundadas ilusiones en un desarrollo sin crisis del capitalismo. Porque sólo cuando se hayan disipado estas ilusiones podrán los trabajadores, sobre cuyos hombros descargan los monopolios todo el peso de las crisis, luchar verdaderamente por una causa que les es vital.

El camino más seguro para acabar con las crisis es la  sustitución  del  capitalismo  por  el  socialismo. Sería, empero, un craso error pensar que ha de ser infructuosa toda lucha contra las penosas consecuencias de las crisis bajo la dominación del capitalismo. Los comunistas estiman que esa lucha es necesaria y que puede repercutir favorablemente en la situación de las masas populares.

Por eso los Partidos Comunistas organizan a los trabajadores para la lucha en pro de medidas que, aun

en grado mínimo, sean capaces de aliviar la situación

de las masas. Figuran entre ellas el aumento de salarios; el comercio, ventajoso para ambas partes,

con  los  países socialistas, que  han  eliminado  para

siempre las crisis; la organización de obras públicas en gran escala; la construcción de viviendas, escuelas y hospitales; el seguro contra el paro, la reducción de impuestos y la rebaja de los alquileres.

 

4. Profundización y ampliación  de los antagonismos de clase

Los  cambios  producidos  en  la  economía  del

capitalismo, provocados por el incremento de sus dificultades y contradicciones, así como por el paso a formas nuevas -monopolismo de Estado- de dominación,  afectan  muy  de  cerca  a  las  diversas clases y grupos sociales de la sociedad burguesa.

 

La clase obrera y el capital.

A medida que avanza la crisis general del capitalismo, la explotación de la clase obrera se acentúa inevitablemente y su situación empeora. Esto se    manifiesta,    ante    todo,    en    la    inusitada crisis  ha  venido  después  de  la  prosperidad.  Han                        

150 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XV, pág. 21.

 

 

 

intensificación del trabajo, con su secuela del incremento de accidentes y enfermedades que son producto de la gran tensión a que el obrero se ve sometido. La intensificación del trabajo provoca el rápido desgaste del organismo y la reducción del período en que los obreros pueden rendir plenamente. Las riquezas que se crean a este precio son enormes. Pero son unas riquezas que van a parar a los explotadores, mientras que la parte de los obreros en la renta nacional se reduce a proporciones aún menores.

Es cierto que durante las últimas décadas se ha observado casi en todos los sitios un considerable aumento del salario nominal de los obreros. Pero tal aumento se ha visto reducido casi a la nada por la desvalorización del dinero y por la elevación de los impuestos, por lo que el salario real, en la mayoría de los países capitalistas, no ha aumentado o lo ha hecho en proporciones muy escasas. Así, en la industria transformativa de los Estados Unidos, el salario real medio (descontando los impuestos y las pérdidas por desocupación) durante diez años (1945-1954) se mantuvo  por  debajo del nivel  de 1944, y sólo en

1955-1956  lo  superó  entre  un  dos  y  un  seis  por ciento. En 1957, y particularmente en 1958, el nivel

de    vida    de    los    obreros    norteamericanos    ha

descendido  de  nuevo.  En  Francia,  el  salario  real medio de los obreros, en la mayor parte de las categorías, sólo después de 1954 sobrepasó un tanto el nivel de 1938. En Inglaterra, hasta 1956 no se consiguió un aumento del dos al tres por ciento respecto de los salarios anteriores a la guerra.

Mas las cifras escuetas de los salarios no proporcionan   aún   una   noción   completa   de   la

situación material de la clase obrera. Hemos de tener

presente el valor de la fuerza de trabajo, que viene determinado singularmente por los gastos necesarios

para su conservación y reproducción. Y el valor de la

fuerza de trabajo ha aumentado considerablemente en los últimos decenios.

Primero,  por  la  intensificación  del  trabajo.  Es

evidente  que  cuanto  mayor  es  ésta  más  elevados serán  los  gastos  necesarios  para  que  el  obrero reponga sus energías.

Segundo, por el cambio de las necesidades, históricamente  condicionadas,  del  obrero  y  de  su

familia.

Últimamente, por ejemplo, se ha producido un crecimiento vertiginoso de las ciudades. Una parte

cada  vez  mayor  de  los  obreros  vive  lejos  de  las

empresas, por lo que los gastos de transporte se convierten    en    un    capítulo    importante    en    el

presupuesto   de   esos   trabajadores.   Otro   cambio

característico  de  las  últimas  décadas  es  que  las esposas y las madres de los obreros, que antes se dedicaban únicamente a las faenas domésticas, se han incomparado también a la fábrica. Si bien esto aumenta   algo   el   presupuesto   familiar,   aparecen

 

gastos nuevos: máquinas y aparatos que alivian el trabajo doméstico, alimentos más caros (prefabricados), etc. También han crecido los gastos de la familia obrera en asistencia médica y medicamentos.  La  necesidad  que  la  industria moderna experimenta de trabajadores con buenos conocimientos generales hace más costosa la educación de los hijos.

Debido a estos factores, el valor de la fuerza de trabajo   es   de   ordinario  bastante   mayor   que   el

volumen   del   salario   real.   Una   noción   de   esta

diferencia  puede  adquirirse  comparando  el  salario real con el mínimo de vida, que refleja en cierta medida las necesidades del obrero y su familia. En los Estados Unidos, por ejemplo, el salario medio en la industria transformativa era menor que el mínimo de vida de una familia de cuatro personas (cálculo del  Comité  del  profesor  Heller,  admitido  por  la ciencia oficial burguesa): en 1944 el 19 por ciento y en 1958 el 29 por ciento. En Alemania Occidental, el mínimo de vida para una familia de cuatro personas era en 1955 de 445 marcos al mes, pero el 70 por ciento aproximadamente de los obreros percibían un salario inferior a esta suma.

El capitalismo contemporáneo tiene como compañero   casi   inseparable   a   la   desocupación crónica. En un país como Estados Unidos, hasta en los años de elevada coyuntura, se mantiene al nivel de los tres millones de parados totales y un número todavía   mayor   de   parados   parciales.   En   Italia, durante todo el período que sigue a la guerra, el ejército de desocupados y semidesocupados no ha bajado de los dos millones y medio.

Además,  atendidas  las  condiciones  del capitalismo contemporáneo, es más inestable que nunca la situación de los obreros y la inseguridad en que se sienten ante el futuro. No se trata sólo del miedo a las crisis y a la desocupación en masa, es también el constante temor a perder la capacidad de trabajo por accidente, enfermedad o por la excesiva tensión a que se hallan sujetos. La perspectiva de una vejez prematura y sin recursos es para los obreros una verdadera pesadilla.

La inestabilidad económica de la clase obrera se acentúa también por el incremento del crédito de consumo o sistema de compra a plazos. Las deudas de estas compras a plazos han crecido en los Estados Unidos,  entre  1945  y  1957,  de  5.600  a  44.800 millones de dólares. Este sistema de crédito puede aliviar  de  momento  las  condiciones  de  vida  del obrero, pues de otro modo jamás podría adquirir muchos de los objetos que usa. En cambio, hace aún más terrible la amenaza no ya de perder el trabajo, sino de toda interrupción en el mismo: si deja de pagar un plazo pierde, además de los objetos adquiridos, las sumas satisfechas anteriormente.

Por lo tanto, la tendencia característica dentro del capitalismo, por la que la clase obrera ve empeorar su situación,  sigue  vigente  por  completo  en  nuestros días.

Es verdad que en los últimos diez o quince años la clase obrera de algunos países capitalistas ha logrado

ciertas mejoras. Pero esto no se debe en modo alguno a  que  dicha  tendencia  del  capitalismo  dejase  de

obrar. La causa principal es que después de la guerra ha habido condiciones más propicias en la lucha de la clase obrera por sus intereses económicos (gracias

sobre todo a los éxitos de los países socialistas) y se ha incrementado su resistencia a los monopolios.

De ahí que se deba llegar a la conclusión de que incluso allí donde la clase obrera (o algunos grupos de ella) vive algo mejor que antes, esto no es prueba

de que el antagonismo entre el trabajo y el capital haya  perdido  virulencia.  Antes  al  contrario,  los

cambios experimentados por el capitalismo en los últimos tiempos han aumentado de hecho las causas para   el   conflicto   de   clase,   al   incrementar   las

contradicciones  entre  la  clase  obrera  y  los capitalistas. Las amenazas a que se ven sometidas la

paz, la democracia y la independencia nacional, derivadas de la dominación de los monopolios, entrañan calamidades particularmente graves para la

clase obrera precisamente, con lo que la enfrentan todavía más a la burguesía monopolista.

Esto no conduce siempre a un ascenso real de la lucha de clases. Los hechos nos dicen que dentro del capitalismo contemporáneo, lo mismo que antes, el

movimiento  obrero  avanza  irregularmente,  y  en ciertos  países  hay  ocasiones  en  que  se  retrasa

claramente de las tareas de clase ya maduras del proletariado.

La causa principal de que así suceda es el robustecimiento de la opresión política de los monopolios, que se valen más y más de la máquina

del Estado para la represión del movimiento obrero. Donde antes los obreros habían de tratar con uno u

otro patrono, cada vez más a menudo tropiezan con toda la potencia del Estado imperialista. Apoyándose en  él,  los  monopolios  han  montado  un  aparato

enorme de represión contra los proletarios. Han establecido el control sobre la labor de los sindicatos

y la regulación forzosa de las relaciones de trabajo. Cada vez son más comunes métodos de lucha contra los obreros como las "listas negras", la organización

de "policía fabril", etc. En ocasiones, hasta en los países burgueses que no han acabado oficialmente

con la democracia burguesa se requiere gran abnegación y heroísmo para recurrir a formas tan elementales de la lucha de clases como es una simple

huelga.

Sin embargo, estos métodos de la burguesía monopolista  no  han  podido  suprimir  ni  la  causa

primera  de  la  lucha  de  clase  de  los  obreros  -el

antagonismo entre el trabajo y el capital- ni esta misma lucha.

Hemos  de  tener  presente  que  también  la  clase

 

obrera se ha desarrollado vigorosamente en estos últimos tiempos; en muchos países ha ganado en organización,  conciencia  y  combatividad.  Los cambios operados en el mundo -derrota del fascismo alemán e italiano, que eran baluartes de la reacción internacional, éxitos del socialismo mundial, incremento de la lucha de liberación de los pueblos en las colonias- han creado condiciones internacionales más propicias para la lucha de los obreros de los países capitalistas. A pesar de la feroz dictadura de los monopolios establecida en Estados Unidos y otros países, la clase obrera no ha rendido las armas; en todos los sitios continúa su lucha, aunque a veces no ataque en todo el frente, aunque esquive el choque directo con movimientos de rodeo, menos costosos y que responden mejor a las circunstancias.

Así, pues, la realidad de nuestros días desmiente por completo el mito de la "paz social" difundido por

los socialistas de derecha y los revisionistas como algo  que  vino  a  sustituir  la  época  de  la  lucha  de

clases.

Ocurre lo contrario, como más adelante veremos;

los cambios sufridos por el capitalismo acentúan las viejas  contradicciones  de  clase  y  engendran  otras

nuevas. Además del gran conflicto de clase -entre el

trabajo  y  el  capital-  crece  y  se  agudiza  el antagonismo entre el puñado de monopolistas y la totalidad del pueblo.

Esto hace que la lucha de clase de los trabajadores abarque   a   capas   cada   vez   más   amplias   de   la

población,  penetre  en  las  células  más  alejadas  y

"tranquilas" de la sociedad y gane en intensidad y virulencia.

 

Qué sucede a  las  demás clases  de la  sociedad burguesa en nuestros días.

Además de la clase obrera y de los capitalistas, en

la sociedad burguesa hay otras clases y capas: los campesinos, la pequeña burguesía urbana (artesanos, pequeños comerciantes), los intelectuales, los empleados.  Por  su  número  y  su  papel  en  la  vida social, estas "capas medias" representan una fuerza nada despreciable. ¿Qué suerte corren dentro del capitalismo contemporáneo?

Los   ideólogos   de   la   burguesía   reaccionaria afirman  que  se  está  produciendo  un  proceso  de

gradual ampliación de las "capas medias" a expensas

de  otras  clases.  La  sociedad,  dicen,  se  va convirtiendo en un cuerpo integrado únicamente por una "capa media" cuya situación mejora incesantemente. De este modo, prosiguen los teóricos reaccionarios, la sociedad capitalista va perdiendo los antagonismos de clase y se convierte en una sociedad de "armonía social".

Los   hechos   se   oponen   rotundamente   a   esta versión, expuesta sólo con fines de propaganda. Lo

que nos dicen es que el desarrollo del capitalismo monopolista de Estado significa la ruina para una parte importante de las "capas medias".

Esto se refiere ante todo a los pequeños productores  independientes  (a  las  "capas  medias"

viejas, es decir, a aquellas que subsisten como algo que  pudiéramos  llamar  supervivencias  del  modo

precapitalista de producción y de las formas de cambio que le eran propias), como son los campesinos, los artesanos, etc.

En Alemania Occidental, por ejemplo, entre 1949 y  1958  se  arruinaron  más  de  200.000  haciendas

campesinas.   En   Estados   Unidos,   el   número   de granjas, de 1940 a 1954, ha disminuido en 1.315.000. La historia confirma así rotundamente la conclusión

marxista de que, en virtud de la ley general de acumulación del capital, el número de propietarios se

reduce sin cesar, mientras que aumenta el de quienes se ven obligados a vivir del trabajo asalariado.

Con el capitalismo monopolista de Estado la ruina

en masa de los pequeños productores independientes no se debe ya sólo a la competencia del gran capital. Mediante toda una serie de medidas estatales (regulación  de  precios  y  créditos,  etc.)  los monopolios aceleran conscientemente este proceso y se orientan hacia la supresión de los pequeños productores o hacia su subordinación completa. Sabemos que cada vez es mayor el número de pequeños productores y comerciantes que sólo son "independientes" en el papel: sus medios de producción pertenecen de hecho a los acreedores, a los bancos, a las grandes compañías.

Mientras que la capa de los pequeños productores se  arruina  y  va  desapareciendo,  entre  los intelectuales, empleados y demás elementos que integran las "capas medias" nuevas se observa el proceso contrario. El incremento de la técnica y la hipertrofia del aparato de dirección (lo mismo en la economía que en la administración pública) trae consigo el rápido aumento, en número y peso, de los empleados, ingenieros, técnicos y personal científico, personal de oficina, especialistas en el comercio y publicidad, de los trabajadores de la prensa, la enseñanza, el arte, etc.

Pero la situación de estas crecientes capas sociales tiende también a empeorar, aunque sólo sea porque el trabajo de la gran mayoría de los intelectuales, al aumentar el número de éstos, es cada vez menos pagado y pierde el carácter privilegiado que antes tenía. Así nos lo demuestra singularmente el ejemplo de los empleados. En 1890 el sueldo medio de un empleado norteamericano era el doble que el salario medio del obrero. En 1920 la diferencia se había reducido al 65 por ciento. Y en 1952 el sueldo medio del empleado era, aproximadamente, el 96 por ciento del   salario   medio   del   obrero.   Sueldos   míseros perciben  los  maestros,  muchos  grupos  de trabajadores científicos y el personal de otras especialidades.

 

Los cambios producidos en la situación de los trabajadores intelectuales no se circunscriben, sin embargo, al aspecto económico.

Un fenómeno característico es la pérdida de su independencia en la mayoría de los casos, incluso

entre las profesiones liberales (abogados, médicos,

hombres  de la ciencia  y del arte,  etc.).  La mayor parte de ellos pasan a trabajar por contrata, es decir, que se incorporan a quienes son explotados directamente por las corporaciones capitalistas. Esto limita la libertad profesional de los intelectuales, que se ven obligados a servir a los más bajos intereses de los grupos monopolistas, y los somete a un asfixiante control político. Toda clase de medidas reaccionarias características en la política de los monopolios - represiones,  humillantes  comprobaciones  de "lealtad"- caen con toda su fuerza no sólo sobre la parte avanzada de la clase obrera, sino también sobre los intelectuales. Las graves repercusiones que esto trae consigo encuentran fiel reflejo en las siguientes palabras de Alberto Einstein, sabio famoso que fue testigo del desenfreno de la reacción primero en su patria, Alemania, y luego en Estados Unidos, a donde emigró para ponerse a salvo de la persecución de los fascistas: "Si de nuevo fuera joven y hubiera de escoger  profesión,  no  trataría  de  ser  hombre  de ciencia  o  profesor.  Preferiría  ser  fontanero  o vendedor ambulante, con la esperanza de encontrar la modesta independencia que aún es posible en las condiciones actuales." ¡Cuál debe de ser la situación de los hombres de ciencia en la actual sociedad burguesa si hasta los más grandes sabios sueñan con la miserable "independencia" a que aún puede aspirar el fontanero o el vendedor ambulante!

Al hablar de las "capas medias" hemos de tener presente que en ellas están incluidos también grupos

sociales que sirven de buen grado a la burguesía reaccionaria: altos funcionarios, altos empleados de

las  corporaciones,  capas  privilegiadas  de intelectuales, etc.

Pero estos grupos son una minoría muy reducida y

por ellos no se puede juzgar la situación de las "capas medias" en su conjunto. Si las tomamos en bloque, las   contradicciones   que   las   separan   del   grupo dirigente de monopolistas se hacen más agudas, hondas e irreductibles a medida que el capitalismo monopolista de Estado se desarrolla.

En este sentido, la posición política de las "capas medias" y su puesto en las relaciones de clase de la

sociedad   burguesa   cambian   sustancialmente   en

nuestra época.

Hubo un tiempo en que la mayor parte de las "capas  medias"  (la  parte  acomodada  de  los campesinos en los países capitalistas desarrollados, pequeños patronos y comerciantes, etc.) daba estabilidad al poder de la burguesía dominante.

Hoy, tanto las "capas medias" viejas como las nuevas,   no   robustecen,   sino   que,   al   contrario, debilitan las posiciones del grupo dirigente de la burguesía que son los monopolistas. Por su situación y sus intereses, estas capas -pese a todo cuanto digan los ideólogos burgueses y reformistas- se polarizan cada vez más frente a los monopolios y se convierten en aliados naturales de la clase obrera.

Movidos por sus deseos de deformar el cuadro de las relaciones de clase, los teóricos reaccionarios no escatiman tampoco esfuerzos para sembrar la confusión en el problema de la clase dominante, afirmando  que  en  la  sociedad  burguesa contemporánea decrecen el poder y la influencia de los capitalistas. Estos, nos dicen, han perdido, o en todo caso están perdiendo, su preponderancia; sin revolución alguna, por "vía pacífica", se retiran de la palestra social.

¿Qué es lo que mueve a estos teóricos -desde los apologistas declarados de los monopolios hasta los revisionistas- a ver tal mengua en la dominación de los capitalistas?

Lo primero de todo, la supuesta desaparición de la propiedad   capitalista,   que   es   sustituida   por   la

propiedad   de   un   gran   número   de   accionistas

pertenecientes   a   las   clases   más   diversas   de   la sociedad, con lo que se lleva a cabo una "revolución

en los ingresos" que iguala el nivel de vida de la

población.

Pero  en  este  caso,  bajo  la  nueva  etiqueta  de

"capitalismo popular" lo que en realidad se propugna es la vieja teoría, hace tiempo criticada por Lenin, de

la "democratización" del capital mediante la emisión

de pequeñas acciones. En cuanto a la "revolución en los ingresos", lo que de hecho ocurre es una mayor polarización de las riquezas; cada vez es más ancho y profundo el abismo que se abre entre el puñado de multimillonarios y la gran masa de los desposeídos.

En los EE.UU., en 1956, según datos oficiales, cerca de 5,5 millones de familias, con un total de 17 a 20 millones de personas, obtuvieron un ingreso global menor que las ganancias netas de 17 grandes monopolios.

Los   teóricos   reaccionarios,   en   su   afán   por acumular pruebas de la "desaparición" de los capitalistas como clase, hablan constantemente también acerca de los impuestos que gravan los superbeneficios y la herencia, afirmando que ello significa la transición "pacífica" de la propiedad privada a la sociedad en su conjunto. Estos impuestos son realmente elevados, llegando a sobrepasar el 50 por ciento de los beneficios. Ahora bien, las corporaciones conocen decenas de procedimientos para eludir la tributación fiscal. Y además, las cantidades entregadas por este concepto revierten con creces a los capitalistas a través de los suculentos pedidos que les hace el gobierno y de los privilegios de toda clase que les concede, en una palabra, con ayuda del mecanismo de intervención estatal en la economía a que antes nos referíamos. Y así ocurre que ni siquiera los defensores más acérrimos de los monopolios pueden presentar un solo caso de monopolistas a quienes los impuestos les hayan causado  la  ruina  y  cuyos  bienes  hayan  pasado  a manos de la sociedad.

En la propaganda burguesa de los últimos tiempos se ha aireado sin tasa la teoría de la "revolución de

los gerentes", según la cual el auténtico poder en la

economía  (y  por  tanto  en  la  política)  pasa  en  los países burgueses a quienes "formalmente" lo ejercen,

es  decir,  a  quienes  de  hecho  dirigen  (directores,

miembros   de   los   consejos   de   administración   y comités ejecutivos de las corporaciones, alto personal técnico, etc.). Estos hombres, según los teóricos reaccionarios,  forman  una  nueva  clase  gobernante que obra en interés de toda la sociedad.

El papel de los capitalistas en la producción cambia,   en   efecto;   los   propietarios   pierden   las últimas  funciones  útiles  que  cumplían  y  las transfieren a empleados asalariados. Esto es otro argumento que habla en favor de la expropiación del capital y del paso al socialismo. Pero la naturaleza explotadora del capitalismo no sufre por esto ni un ápice.

Porque el poder verdadero sobre la producción sigue en manos de los propietarios, y no de quienes en su nombre dirigen el proceso tecnológico, organizan la contabilidad, el abastecimiento, la venta de los productos, etc. Los ingenieros y empleados de las compañías monopolistas no pueden desplazar a los dueños u obligarles a renunciar a parte de las ganancias en beneficio de los obreros. Los dueños, en cambio, lo mismo que hace cien años, pueden quitar y poner a sus ingenieros y empleados, a los cuales dictan su voluntad.

Entre los altos empleados de los trusts los hay, se comprende,    que    gozan    de    grandes    poderes:

presidentes de compañías anónimas o de consejos de

administración, etc. Pero en realidad se trata de los mismos capitalistas, que perciben parte de los beneficios en forma de sueldo.

No existen, pues, los cambios en la situación de la clase  capitalista  de  que  tanto  hablan  los  teóricos

burgueses, reformistas y revisionistas. Esto no significa,   sin   embargo,   que   la   situación   de   la burguesía   haya   permanecido   invariable   en   los

últimos decenios.

Los cambios producidos son indudables. El principal   de   ellos   es   que   se   ha   acentuado   la

diferenciación en el seno de esta clase. Nunca fue la

burguesía un conjunto homogéneo, pero en nuestra época   su    diferenciación   ha    adquirido    formas

sustancialmente nuevas.

El puñado de monopolios que tiene bajo su poder a la maquinaria del Estado se eleva cada vez más no sólo sobre la sociedad, sino también sobre la clase capitalista. Resulta casi imposible hacerse un puesto entre los todopoderosos, propietarios de los grandes consorcios y trusts, no ya para el simple mortal, sino incluso para el capitalista medio, por hábil y diestro que sea. En lugar de unos cuantos grupos de la burguesía, que se suceden unos a otros, a la cabeza de la sociedad figura un puñado de monopolistas, siempre los mismos y que de hecho no tienen responsabilidad alguna, que se apoyan en un estrecho círculo de altos funcionarios de las corporaciones, directamente relacionados con ellos, y de representantes de las esferas burocráticas y del ejército.

La  ruina  afecta  como  consecuencia  de  ello  a partes cada vez mayores de los patronos pequeños y medios.   El   porcentaje   de   "mortalidad"   de   sus empresas es a veces tan elevado que algunos economistas  burgueses  lo  comparan  con  la mortalidad infantil en las colonias. Para este patrono es  un  problema  verdaderamente  agudo  el  de  su propia subsistencia como elemento de la clase privilegiada.

Los patronos pequeños y medios se ven así en una situación  paradójica.  De  un  lado  hoy,  como  hace

medio siglo, son explotadores y obtienen beneficios a

costa del trabajo asalariado de los obreros. De otro, son oprimidos y esquilmados por los todopoderosos

trusts y corporaciones.

Así, pues, el capitalismo monopolista de Estado, además de incrementar la diferenciación en el seno de la burguesía, siembra la escisión en sus filas: una de sus caras la compone el omnipotente grupo de los monopolistas, y la otra el conjunto de capitalistas medios y pequeños que constituyen la mayoría de esta clase. Con ello se estrecha aún más la base social en que descansa la dominación del capital monopolista.

 

5. El último peldaño en la escalera histórica del capitalismo

Cada   nueva   etapa   de   la   crisis   general   del

capitalismo es resultado de los cambios ocurridos anteriormente  y,  a  la  vez,  premisa  de  cambios

nuevos, la antesala del futuro. Una vez iniciada, la crisis  general  del  capitalismo  se  desenvuelve  con

creciente vigor, hasta conducir al hundimiento definitivo de este sistema. El análisis de la situación del   capitalismo   contemporáneo   y   de   las   leyes

fundamentales de su desarrollo nos lleva a la conclusión de que ninguna de las medidas adoptadas

por la burguesía monopolista para salvar al capitalismo podrán eludir las contradicciones que lo corroen; antes al contrario, lo único que en última

instancia hacen es desorganizarlo más.

El campo imperialista es incapaz de detener el proceso que lleva a cambiar la correlación de fuerzas

en favor del campo socialista.

En la lucha contra los países socialistas, el campo imperialista  no  desdeña  recurso  alguno:  desde  la

guerra abierta (en Corea) y el intento de organizar una   rebelión   contrarrevolucionaria   (en   Hungría) hasta la labor de zapa en sus formas más variadas. Mas en respuesta a los encarnizados ataques de los imperialistas, el campo del socialismo cierra aún más sus filas.

La   continuada   carrera   de   armamentos   y   la preparación  de  una  nueva  guerra  por  los  Estados

imperialistas obligan a los países socialistas a distraer

de la construcción pacífica una parte considerable de sus energías y recursos, con el fin de asegurar su

capacidad    defensiva.    Eso    es    cierto.    Pero   la

superioridad del modo socialista de producción es tal, que, hasta en estas condiciones, los países del campo socialista consiguen grandes éxitos en la emulación económica con el sistema mundial del capitalismo, sobre el que prevalecen claramente en todos los sentidos. Las victorias en esta histórica emulación infunden  a  los  pueblos  de  los  países  socialistas nuevas energías en su trabajo, ayudan a acelerar el ritmo de la construcción de paz y, al mismo tiempo, incrementan  en  los  países  capitalistas  la  atracción que los trabajadores sienten hacia el socialismo.

No  tienen  tampoco  éxito  los  intentos  de  los capitalistas    para        restablecer           sus          tambaleantes

imperios  coloniales  o  para  detener  al  menos  el proceso  de  desintegración  del  sistema  colonial.  El

empleo  que  la  burguesía  monopolista  hace  de  la fuerza bruta para robustecer y afianzar el colonialismo,  agudiza  aún  más  las  contradicciones

entre las potencias imperialistas y los pueblos de las colonias y semicolonias, y también de los países que

ya se emanciparon del yugo colonial. Y los ensayos que se emprenden para someter económicamente a

los pueblos de las antiguas colonias empujan a éstos a la colaboración con los países del campo socialista.

No menos infructuosos son, en última instancia,

los intentos de la burguesía monopolista para aplastar la   lucha   de   clase   de   los   trabajadores   en   las metrópolis. Es verdad que, según demuestra la experiencia histórica, un terror brutal y una desenfrenada   demagogia   pueden   anular   durante cierto tiempo las acciones abiertas de la clase obrera y de otros sectores de trabajadores. Ejemplo de ello son los regímenes fascistas de Alemania e Italia. Pero en las condiciones actuales, cuando ha crecido tanto la  organización  y  la  potencia  del  movimiento  de todos los adversarios de la burguesía monopolista, cada vez resulta esto más difícil de conseguir. Y si se logra en una u otra medida, la oligarquía dominante no suprime los conflictos de clase; no hace más que evitar su exteriorización, contribuyendo a la vez a incrementar el odio de clase de los trabajadores. Cuanto más se esfuerza la burguesía reaccionaria por utilizar el Estado en interés propio, cuanto mayor es el celo en cubrirse con él -como un escudo- para protegerse de los golpes que le preparó la historia, mejor convence a las grandes masas trabajadoras de que  sin  la  lucha  por  el  poder  éstas  jamás  podrán defender y ver satisfechos sus intereses.

Por mucho que se afane la burguesía reaccionaria de   los   principales   países   capitalistas,   crecen   y

crecerán las contradicciones en el seno del campo

imperialista. El imperialismo norteamericano, que alimenta los ambiciosos propósitos de conquistar el dominio del mundo y de aplastar el movimiento de liberación de los pueblos, necesita mantener su hegemonía dentro del mundo capitalista y ganarse como  aliados  a  todos  los  grandes  países  de  ese campo. Nadie pondrá en duda que ha conseguido ya algo en este sentido. Pero no hay que olvidar que el imperialismo únicamente puede adquirir aliados colocándolos bajo su dependencia. Y esto lleva a choques continuos con los círculos dirigentes de los Estados que se ven sujetos al carro del imperialismo norteamericano, tanto más que, en virtud del desarrollo desigual del capitalismo, el reparto ya hecho de las esferas de influencia deja de corresponder a la correlación real de fuerzas dentro del campo capitalista.

De todo esto se puede llegar a la conclusión de que las dificultades principales del capitalismo monopolista contemporáneo no han quedado atrás, sino que las tiene aún por delante. El carácter social de la producción reclama cada vez más imperiosamente, y seguirá haciéndolo, la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción, la sustitución del capitalismo por el socialismo. El capital financiero quiere burlar a la historia y, en lugar de la socialización socialista, mantener su dominación con un simple cambio de forma, que es lo que significa el capitalismo monopolista de Estado. Pero la maniobra está condenada al fracaso. La conversión del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado no significa la salvación de un sistema que agotó sus posibilidades, sino únicamente la culminación de la preparación material del sistema social nuevo, socialista. "... El capitalismo monopolista de Estado - escribía Lenin- es la más completa preparación material del socialismo, es la antesala del mismo, es un punto de la escalera histórica que ya no tiene ningún peldaño intermedio entre él y el punto denominado socialismo."151

Así, pues, en el seno del régimen capitalista se operan importantes procesos como resultado de los

cuales, cuando los trabajadores tomen el poder, se

verá sensiblemente facilitada la transformación socialista de la sociedad. En los países capitalistas desarrollados la nacionalización socialista de los monopolios convertiría en patrimonio de todo el pueblo el 60, el 70 por ciento, y acaso más, de la producción  social.  "...  En  una  situación revolucionaria, al producirse la revolución -subraya Lenin-  el  capitalismo  monopolista  de  Estado  pasa

 

directamente a socialismo."152

Por lo que se refiere a las premisas políticas de la revolución socialista, también siguen creciendo, tal

como    lo    preveía    Lenin    en    su    análisis    del

imperialismo.

El             capitalismo            monopolista         de           Estado    no amortigua  las  contradicciones  de  clase;  antes  al

contrario, estimula la lucha de clase del proletariado,

profundiza el antagonismo que hay entre los grupos reaccionarios de la oligarquía monopolista y todas las

demás  clases  y  capas  de  la  sociedad  burguesa

contemporánea y favorece el desarrollo de nuevos movimientos democráticos, cada vez más unidos a la lucha de liberación de la clase obrera, y la formación de un vasto frente antimonopolista y antiimperialista.

Todos     estos      fenómenos           del          capitalismo contemporáneo,   que   son   objeto   de   un   análisis

detenido  en  los  capítulos  de  la  sección  siguiente,

significan la entrada de este sistema social, una vez agotadas todas sus posibilidades, en la época de su

hundimiento definitivo.

 

151 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 333.

 

152 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 143.

 

 

 

 

 

 

 

 

SECCIÓN  CUARTA.

TEORÍA  Y TÁCTICA  DEL MOVIMIENTO COMUNISTA  INTERNACIONAL

 

 

Capitulo   XI.  La  misión  histórica  de  la  clase obrera

 

Un           profundo               análisis   de           la             economía              del

capitalismo llevó a Marx y Engels a la conclusión de que en el seno de este régimen social se encuentra el germen de su destrucción, de su sustitución por un sistema social nuevo, que es el socialismo. Pero los fundadores del marxismo no se limitaron a trazar la orientación general del ulterior desarrollo; en el proletariado,  en  la  clase  obrera,  descubrieron  la fuerza social encargada de llevar a cabo esta gran transformación  de  la  sociedad:  derrocar  el capitalismo y construir el socialismo.

Este  descubrimiento  quedó  expuesto  y sólidamente   argumentado   en   el   Manifiesto   del Partido Comunista, que vio la luz en 1848, en Alemania. "...La burguesía -se dice en él- no sólo ha forjado el arma que le trae la muerte; ha engendrado también a los hombres que dirigirán contra ella esa arma,  a  los  modernos  obreros,  a  los  proletarios." "Con el desarrollo de la gran industria, de los pies de la burguesía se escapa la base misma sobre la cual produce y se apropia de los productos. Produce ante todo a sus propios sepultureros. Su desaparición y el triunfo  del  proletariado  son  igualmente inevitables."153

 

1. La clase obrera lleva la emancipación a la humanidad trabajadora

¿En   qué   se   basaban   Marx   y   Engels   para determinar la misión histórica de la clase obrera?

Primero, en que la clase obrera, que es la clase más explotada de la sociedad capitalista, en virtud de

sus condiciones de vida se convierte en el adversario

más consecuente y firme del sistema capitalista. Su vital interés de clase empuja a los obreros a una lucha

sin cuartel contra el capitalismo. "De todas las clases

que ahora se oponen a la burguesía -señalaban Marx y Engels-, sólo el proletariado es una clase realmente revolucionaria."154

Segundo, en que los obreros, por la misma situación que ocupan en la producción, no se hallan

vinculados al pasado de ésta, sino a su futuro, y por consiguiente, al futuro de la sociedad entera.

¿Qué significa esto?

 

 

153 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, págs. 430, 436.

154 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 434.

 

Lo primero de todo, que el desarrollo de la base material   del   capitalismo   -la   gran   industria-   no amenaza la existencia del proletariado como clase, no quebranta sus posiciones en la sociedad, sino que, al contrario, impulsa el incremento numérico de los obreros y acrecienta su papel en la vida social.

Significa también que los intereses y aspiraciones de  la  clase  obrera  coinciden  con  la  orientación

general de desarrollo de las fuerzas productivas. El nivel de desarrollo alcanzado por estas fuerzas bajo

el capitalismo exige la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción. Al cumplimiento  de  esta  tarea  está  llamada  la  clase

obrera, el interés de la cual, objetivamente, reside no sólo en la destrucción del capitalismo, sino también

en su sustitución por el socialismo, régimen que, una vez implantado, abre vastos horizontes para un gigantesco crecimiento de las fuerzas productivas de

la sociedad.

Como escribían Marx y Engels, el proletariado ejecuta  la  sentencia  que  la  propiedad  privada,  al

engendrarlo,  había  dictado  contra    misma.  En

efecto, los obreros constituyen la única clase que carece de propiedad privada sobre los medios de producción, y a la que, por lo tanto, no puede tener en gran aprecio. Más aún, como la propiedad privada sobre los medios de producción es la base de la explotación  del  obrero  por  el  capitalista,  quiere decirse   que   su   supresión   y  sustitución   por   la propiedad social es el único camino que la clase obrera tiene para emanciparse.

Cuando Marx y Engels llegan a la conclusión de que  es  precisamente  la  clase  obrera  la  llamada  a

destruir  el  capitalismo  y  construir  el  socialismo,

tenían presente también que es la única clase en posesión  de  las  cualidades  de  luchador  que  son

necesarias  para el  cumplimiento  de  tan  gran  tarea

histórica.

¿Qué cualidades son éstas?

La clase obrera posee, ante todo, la superioridad del número. Es una de las clases más numerosas de la

sociedad       capitalista       y,       además,       crece

vertiginosamente.

Pero no se trata sólo de esto. La clase obrera, por las condiciones mismas de su vida y su trabajo, es

también la que más se presta a la organización. El trabajo en las grandes empresas habitúa al obrero al espíritu de colectivismo, a una severa disciplina, a las acciones conjuntas y a la solidaridad, virtudes inestimables no sólo en el trabajo, sino también en la lucha. Los propios capitalistas, al reunir a miles de obreros bajo el techo de sus fábricas, que además suelen  estar  situadas  en  grandes  ciudades, contribuyen a superar la dispersión y el aislamiento que pesaban como una maldición sobre los otros movimientos de masas de los trabajadores, y en especial sobre el movimiento campesino. De ahí que los obreros puedan unirse y organizarse mejor que cualquiera otra clase.

La clase obrera es también, entre todas las clases oprimidas, la más capaz de desarrollar su conciencia

y de aceptar una ideología científica avanzada. La gran industria necesita de un trabajador más instruido

que la economía de otras formaciones. Y las condiciones de la lucha de clases en la época del capitalismo     exigen     una     conciencia     política

incomparablemente más elevada. Esta conciencia la adquiere el proletariado no sólo y no tanto en los

libros  como  en  la  experiencia  del  trabajo  y  de  la lucha. Además, a la clase obrera se incorporan los mejores intelectuales; éstos le ayudan a elaborar y

adquirir una ideología revolucionaria científica, la cual, al hacerse patrimonio de millones de obreros, se

transforma en una fuerza formidable.

Los proletarios son, al mismo tiempo, la clase más combativa y revolucionaria de la sociedad.

Todo esto la convierte en la encargada de suprimir el capitalismo y sustituirlo por el socialismo.

De ahí que se califique de histórica esta misión de la clase obrera.

En  el  curso  de  la  historia,  a  la  cabeza  de  la sociedad  han  figurado  clases  distintas:  los esclavistas,  los  señores  feudales  y  los  capitalistas.

Cada una de estas clases transformaba la sociedad de acuerdo con sus necesidades e intereses y contribuía

al establecimiento de un modo de producción más avanzado. Pero la injusticia social y la desigualdad se mantenían siempre en pie. A la cabeza de la sociedad

figuraba constantemente un puñado de opresores, y cada   nuevo   paso   por   la   vía   del   progreso   era

conseguido al precio de inenarrables calamidades de las   masas   trabajadoras,   que   siempre   fueron   la inmensa mayoría de la sociedad.

Cuando la clase obrera se pone a la cabeza de la sociedad  acaba  para  siempre  con  esta  tremenda

injusticia. A la vez que se emancipa ella misma, emancipa a la sociedad entera. Transforma la organización    social    de    conformidad    con    sus

necesidades e intereses y crea una sociedad nueva, en la  que  todos  los  hombres  serán  verdaderamente

felices. Porque la misión de la clase obrera consiste en eliminar definitivamente la causa primera de la injusticia  social  -la  propiedad  privada  sobre  los

 

explotados,  en  opresores  y  oprimidos.  Este  es  el único camino capaz de liberar a la sociedad de la miseria y la falta de derechos de las masas, de la opresión nacional y política, del militarismo y de las guerras.

"Todos  los  movimientos  que  han  tenido  lugar hasta ahora -decían Marx y Engels en el Manifiesto

del  Partido  Comunista-  eran  movimientos  de  una

minoría o se realizaban en interés de una minoría. El movimiento      proletario      es      el      movimiento

independiente de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría."155

La  doctrina  de  la  misión  histórica  de  la  clase obrera es una parte muy importante de la ideología marxista. Por primera vez indicaba la vía real para que las masas oprimidas y explotadas pudiesen ver cumplidas sus aspiraciones de libertad y de justicia.

¡Cuántos hombres eminentes y movimientos sociales fracasaron porque no pudieron ver la fuerza social

que era capaz de dar a los pueblos la libertad, el bienestar y la felicidad! Unos apelaban a la sabiduría

de  los  monarcas,  otros  esperaban  que  la  sociedad sería salvada por el genio creador de los científicos e ingenieros,  o  veían  la  salvación  en  los  "hombres

dotados de espíritu crítico", o en la vuelta al régimen patriarcal campesino y a los gremios de las industrias

medievales. Todas estas esperanzas y proyectos conducían únicamente a una estéril dilapidación de fuerzas y energías, y a menudo de vidas humanas. El

luminoso sueño secular de la humanidad -el socialismo- dejó de ser una utopía incorpórea cuando

apareció y quedó definida científicamente la fuerza social  capaz  de  dar  vida  a  ese  sueño,  cuando  la

misión histórica de la clase obrera se hizo evidente para los propios obreros y los hombres avanzados de otras clases oprimidas de la sociedad capitalista.

Por eso Lenin, al referirse a los inapreciables méritos  de  los  fundadores  del  marxismo,  escribía:

"Lo principal en la doctrina de Marx es el esclarecimiento del papel histórico del proletariado como creador de la sociedad socialista."156

 

2.  Incremento  del  peso  y  del  papel  político- social de la clase obrera

En el tiempo en que Marx y Engels descubrieron

la misión histórica de la clase obrera, ésta constituía aún  una  capa  bastante  reducida  de  la  población

incluso en los países desarrollados. Y en la mayoría

de  los  países  restantes  sus  núcleos  eran reducidísimos.

Era además una clase que apenas si empezaba a

tener   noción   de   sus   intereses.   Aún   había   de convertirse en una fuerza consciente y organizada. Las ideas del socialismo y el comunismo científico eran patrimonio de un reducido grupo de obreros conscientes e intelectuales avanzados, que se habían

 

medios de producción-, que trae consigo la división                

 

de la sociedad en ricos y pobres, en explotadores y

 

155 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 435.

156 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág. 544.

 

 

 

colocado junto a la clase obrera. El primer partido marxista  -la  Liga  de  los  Comunistas,  creada  por Marx y Engels en 1847- no contaba más que con unos centenares de miembros repartidos en distintos países. Los sindicatos acababan de nacer.

Sin embargo, antes de transcurrir un siglo, lo que entonces pudo percibir solamente la visión de dos

pensadores geniales resultaba evidente para muchos

millones de hombres.

La clase obrera se ha convertido en la primera fuerza político-social de nuestros tiempos y, en bastantes países, ha demostrado prácticamente ser capaz  de  cumplir  la  misión  que  le  asignaba  la historia: suprimir el capitalismo y construir el socialismo. Sus fuerzas y su capacidad de lucha han crecido también  formidablemente  en  los países  en que los obreros siguen siendo una clase explotada.

 

Incremento numérico de la clase obrera.

A mediados del siglo XIX, en los Estados Unidos había alrededor de un millón de obreros, lo que significaba, aproximadamente, del cinco al seis por ciento de la población. En 1957 eran ya unos 20 millones que, unidos a sus familias, representaban cerca de la mitad de la población del país.

En Alemania, hace cien años la clase obrera no alcanzaba al tres por ciento de la población, mientras

que ahora pasa de la mitad.

En Inglaterra constituye actualmente una gran mayoría del total de sus habitantes.

Hoy día, el número de personas ocupadas en la

industria de todos los países es de unos 200 millones, de los que casi todos son obreros. Quiere decirse que, contando a las familias, el ejército de obreros industriales no baja ya de los 500 millones. Y eso a pesar de que el proceso de desarrollo de la gran industria en los países más poblados (China, la India) se ha iniciado hace relativamente poco. El número y el peso de todos los obreros industriales en la población del mundo seguirá creciendo con rapidez.

Incluso si consideramos sólo el factor numérico, la clase obrera es, pues, una gran fuerza. Esto es una

confirmación irrefutable de la doctrina marxista, que

hace algo más de cien años anunció que la clase obrera, en el curso de la evolución histórica, crecería sin cesar, mientras que se reduciría el peso de las otras clases.

Todavía ha aumentado más el papel de la clase obrera en la vida económica de la sociedad. En los

países de un cierto desarrollo, esta clase produce ya

la parte mayor de las riquezas nacionales. Su trabajo es la fuente principal de los valores materiales que

satisfacen las necesidades de los hombres.

 

La  clase  trabajadora  más  organizada  y consciente.

Marx y Engels vieron en la clase obrera una capacidad de organización como ninguna otra poseía.

 

El tiempo les ha dado por completo la razón. El camino de los obreros hasta la organización de clase ha sido complejo y difícil. ¡Qué barreras no les habrá puesto la burguesía dominante! Prohibiciones y represiones, persecución inhumana de los jefes del proletariado,  creación  de  organizaciones seudoobreras, como los sindicatos amarillos, dóciles a la voluntad de los patronos y de la policía, estímulo de los conflictos nacionales y del odio de raza: todo se puso en marcha con el propósito de perpetuar la dispersión de los obreros.

Pero las fuerzas que empujaban a los proletarios a la organización -necesidad de defender sus intereses bajo la amenaza del hambre y la miseria, solidaridad forjada en la lucha de clases- eran lo bastante vigorosas  como  para  superar  barreras  y persecuciones de todo género.

La clase obrera comenzó de ordinario a unirse en organizaciones    de    ayuda    mutua,    socorro    de

enfermedad, cooperativas, etc. En realidad se trataba de   organizaciones   de   ayuda,   y   no   de   lucha.

Paralelamente, sin embargo, en la primera mitad del siglo XIX aparecen ya los sindicatos, que permitían a los  obreros  luchar  eficazmente  por  sus  intereses

económicos directos. Durante largo tiempo, en una misma empresa existían sindicatos de oficio, que se

mantenían independientes entre sí. Luego, en la mayoría de los países aparecieron los sindicatos de industria,  a  la  vez  que  se  formaban  federaciones

nacionales e internacionales. Hoy día los sindicatos cuentan con más de 160 millones de afiliados en todo

el mundo.

Pero la organización sindical no bastaba para dirigir la lucha de la clase obrera. Las necesidades de

la lucha por los intereses inmediatos, y sobre todo

por la gran meta del movimiento obrero -el socialismo-,  requerían  imperiosamente  una  forma

superior de organización: el partido  político de la

clase   obrera.   Esta   forma   atravesó   también   por grandes vicisitudes en su desarrollo, yendo desde pequeños círculos y grupos hasta los partidos de millones de miembros unidos entre sí por los lazos de la solidaridad internacional. Actualmente los partidos políticos de la clase obrera cuentan con más de 43 millones de afiliados, de los cuales 33 millones pertenecen a los partidos de nuevo tipo, basados en los principios del marxismo-leninismo, es decir, partidos que mantienen una lucha sin cuartel en defensa de intereses de los obreros y que son efectivamente capaces de protegerlos.

El obrero de nuestros días ha dejado muy atrás al proletario semianalfabeto que en la segunda mitad

del siglo XIX era la figura típica dentro de la clase

obrera de la mayoría de los países burgueses. Ha crecido incomparablemente no sólo la formación profesional, sino también el nivel cultural de los obreros. La clase obrera moderna es la legítima heredera de los valores culturales del pasado y la fuerza motriz en la creación de una cultura nueva, socialista, una cultura que ocupa posiciones dominantes en los países del socialismo y que se abre camino allí donde aún impera el capital.

En   los   medios   proletarios   ha   nacido   y   se desarrolla una moral nueva, colectiva, muchos de cuyos rasgos son un anuncio de lo que será la moral de la futura sociedad comunista. La ley del capitalismo, según la cual el hombre es un lobo para el hombre, es la base de la moral individualista y de la propiedad privada. La clase obrera rechaza ese principio antihumano. Desde los primeros pasos de su vida social y de trabajo, el proletario aprende por propia experiencia y hace suyo el viejo principio del movimiento obrero: "el obrero es hermano del obrero". El proletario consciente interpreta esto en un sentido  más  amplio:  es  hermano  del  obrero  y  de todos los oprimidos y explotados. Los hombres del trabajo, y en primer término los obreros, han sido el único medio social en que no pudieron echar raíces la amoralidad y la disolución que invaden capas cada vez más amplias de la sociedad burguesa. El humanismo, la honradez, la abnegación, la generosidad, son hoy día rasgos característicos, más que de ninguno otro, de las gentes sencillas, de los obreros, que tienen una elevada noción de lo que significa el verdadero amor a los hombres.

Estos avances de la clase obrera en cuanto a su cultura y su moral han ido unidos al incremento de su

conciencia  política,  aunque  este  proceso  haya seguido una marcha desigual en los distintos países:

en algunos de ellos, incluso en países con un nivel cultural  bastante  alto,  la  burguesía  ha  conseguido

nublar la conciencia política de clase de una parte importante   de   los   obreros   y   someterlos   a   su influencia ideológica.

Los obreros han llegado a adquirir conciencia de clase, a comprender sus intereses y la vía que puede

emanciparlos, no en escuelas ni universidades, sino en el fuego de la lucha diaria y de grandes combates de clase, de brillantes triunfos y de amargas derrotas.

Tanto más sólida es la instrucción que han adquirido. Durante el último siglo la clase obrera ha reunido una

experiencia formidable.

Esta experiencia ha sido recogida por los geniales pensadores y luchadores Marx, Engels y Lenin. El

proletariado dispone ahora del inapreciable tesoro de las   ideas   marxistas-leninistas,   que   significan   la

suprema conquista de la ciencia y la cultura.

 

3. Comunidad de intereses de la clase obrera y de todos los trabajadores

La clase obrera no es sólo fuerte por el número,

por la conciencia y organización de sus propias filas, sino también por la comunidad que presentan sus intereses y los intereses vitales de todos los demás destacamentos de trabajadores.

Esta  comunidad  de  intereses  tiene  profundas

 

raíces en el sistema capitalista. El yugo de los capitalistas pesa también sobre las grandes masas campesinas, sobre la pequeña burguesía urbana, los intelectuales y los empleados.

A medida que el capitalismo se desarrolla, y en particular al establecerse el dominio omnímodo de los monopolios, la dominación económica y política de la burguesía gravita sobre capas cada vez más amplias hasta hacerse intolerable. Unos mismos enemigos y unos mismos intereses: tal es la base objetiva sobre la que se forma la alianza de la clase obrera con todas las demás clases y capas que se oponen a la burguesía reaccionaria. Esta alianza decuplica las fuerzas del proletariado y hace posible su victoria aun en los países en que no constituye la mayoría de la población. Así ocurrió, por ejemplo, en Rusia. Y la experiencia de China y de algunas otras democracias populares demuestra que, en alianza con las grandes masas de la población, la clase obrera puede llevar a cabo la revolución socialista hasta en sitios donde es una parte relativamente pequeña.

Cualquiera que sea la posición de las demás capas trabajadoras hacia los objetivos fundamentales del movimiento socialista, hay un gran número de problemas importantes por los que pueden luchar y luchan junto a los obreros. Tales son la defensa de los intereses económicos inmediatos frente a los monopolios, el mantenimiento de la paz, de la independencia nacional y la democracia, etc. Se trata de cuestiones que se derivan de las propias condiciones de vida de las grandes masas y que por esta razón son pronto y fácilmente comprendidas.

La clase obrera, lo mismo que las restantes capas de trabajadores, tiene un interés vital en agrupar con

ella  todas  las  fuerzas  para  defender  sus  comunes

intereses. Unos y otros salen ganando de esta alianza, pues  los  frutos  de las  victorias comunes  son  para

todos.  Y  los  reveses  de  esta  lucha,  debidos  de

ordinario justamente a la dispersión de las fuerzas, repercuten también sobre todos los trabajadores.

La unidad de intereses de la clase obrera y de los

trabajadores en general no se limita a la comunidad de sus fines inmediatos. Las más grandes masas están profundamente interesadas en alcanzar la meta final que el proletariado se marca: el derrocamiento del capitalismo y la construcción del socialismo. Cuando se dice que la clase obrera, al emanciparse, emancipa a la sociedad entera de toda clase de opresión, no se repite una frase buena para la propaganda, sino que se deja sentada una verdad exacta y científicamente comprobada  de  los  procesos  objetivos  que transcurren en la realidad. De ahí que también en la lucha por el socialismo las demás capas trabajadoras tienen todas las razones para ser aliadas de la clase obrera.

Las grandes masas de campesinos, que en muchos países  representan  el  sector  más  numeroso  de  la

población,   siguen   siendo   víctimas   ya   de   las supervivencias del feudalismo, ya del yugo de los monopolios, ya de lo uno y lo otro al mismo tiempo.

¿Puede el capitalismo resolver los problemas que preocupan   a   los   campesinos?   No,   porque   el

desarrollo capitalista no les augura más que la ruina, la pérdida de sus tierras y la proletarización de la

aldea. Únicamente el socialismo da solución a los problemas con que se enfrentan los campesinos trabajadores,    al    liberarlos    del    yugo    de    los

terratenientes y de los capitalistas y al abrir ante ellos perspectivas como jamás pudieron soñar.

Lo   mismo   ocurre   en   cuanto   a   la   pequeña burguesía urbana. Dentro del capitalismo, sobre todo en la etapa actual, esta numerosa capa social apenas

si resiste la embestida del gran capital y se encuentra siempre al borde de la ruina. Los problemas de la

pequeña burguesía urbana tampoco pueden ser resueltos a fondo más que con el socialismo. La cooperación  abre  anchas  vías  y  ofrece  una  vida

acomodada  a  los  artesanos.  El  vertiginoso incremento  de  la  economía  dentro  del  socialismo

proporcionará trabajo a todos cuantos lo necesiten y les garantizará unas dignas condiciones de la vida, poniéndolos a salvo de la necesidad y de la ruina.

Una capa bastante numerosa de la sociedad capitalista, en crecimiento constante, es la de quienes

se ocupan de uno u otro trabajo intelectual: empleados, ingenieros y técnicos, maestros, médicos, escritores, artistas, etc. En el pasado, muchos de ellos

constituían un grupo social privilegiado, pero ahora en su inmensa mayoría son explotados y oprimidos

por la oligarquía dominante. Lo único que puede liberarles   del   yugo   es   el   socialismo,   que   abre

horizontes como jamás se vieran para la creación científica y artística, conduce a un gran florecimiento de la cultura y acaba con la dependencia asfixiante

del dinero en que los hombres del trabajo intelectual se encuentran.

 

La clase obrera es la fuerza dirigente en la lucha del pueblo contra la opresión capitalista.

Así, pues, en la situación actual, las condiciones no pueden ser más favorables para la alianza de la

clase obrera con las demás capas sociales que se oponen a la burguesía reaccionaria. La clase obrera está llamada a ejercer la hegemonía en esa alianza.

En ello coinciden los intereses de los propios aliados de la clase obrera, que únicamente bajo su

dirección pueden triunfar sobre la burguesía monopolista. Porque los obreros son la única clase que,  además  de  ser  capaz  de  mantener  una  lucha

consecuente contra el yugo del capital, posee un programa real de transformación de la sociedad en

consonancia con los intereses vitales de todos los trabajadores. Sólo el proletariado puede crear su partido político, armado de una ideología científica y

capaz de conducir al pueblo a la anhelada meta.

 

movimiento de liberación de las otras capas trabajadoras es garantía necesaria de su propia emancipación social. Únicamente así puede el proletariado rebasar el estrecho marco de la lucha gremial por mejorar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo a los capitalistas y elevarse hasta el papel de dirigente de la nación y de la sociedad.

"Como única clase que es revolucionaria hasta el fin   de   la   sociedad   moderna   -escribía   Lenin

refiriéndose a los obreros- debe ser la dirigente, ejercer la hegemonía en la lucha de todo el pueblo

por la completa transformación democrática, en la lucha de todos los trabajadores y explotados contra los  opresores  y  explotadores.  El  proletariado  es

revolucionario sólo en la medida en que comprende y aplica esta idea de la hegemonía. El proletario que

comprende esta tarea es un esclavo que se levanta contra la esclavitud. El proletario que no tiene conciencia de la idea de la hegemonía de su clase, o

que reniega de ella, es un esclavo que no comprende la situación en que se encuentra; en el mejor de los

casos  es  un  esclavo  que  lucha  por  mejorar  su situación como tal, pero no por el derrocamiento de la esclavitud."157

La clase obrera no trata de conseguir privilegios a expensas  de  otras  clases  y  capas  del  pueblo.  Al

contrario, la dirección de las masas trabajadoras le impone nuevos deberes, entre ellos el de tener en consideración los intereses específicos de las otras

capas trabajadoras del pueblo, de preocuparse por ellos y de luchar por ellos como si fueran suyos. Por

consiguiente,  cuando  la  clase  obrera  mantiene  su papel dirigente en la lucha de liberación de todos los

trabajadores, piensa que la única manera de emanciparse ella misma es consiguiendo la libertad para todos los trabajadores y creando una sociedad en

la que no exista ningún género de explotación y opresión.

 

4. El internacionalismo, manantial de fuerzas para el movimiento obrero

Carácter                internacionalista del          movimiento

obrero.

En el pasado no podían ser internacionalistas ni las clases opresoras ni las oprimidas. Oponíanse a ello las condiciones históricas y también el lugar de estas clases en la producción social y su modo de vida.

La primera clase consecuentemente internacionalista son los obreros, los proletarios. Apareció en la palestra histórica en una época en que empezaba a formarse la economía mundial, cuando los vínculos económicos adquirían un carácter verdaderamente  mundial  y,  a  continuación  de  los lazos económicos, crecían en proporciones inusitadas los nexos culturales y de otra índole entre los países y los pueblos. Tal es la situación histórica general que permitió la aparición del internacionalismo de los obreros.

 

 

Para   la   clase   obrera,   su   papel   director   del                    

157 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVII, págs, 201-202.

 

 

 

Pero si los obreros son genuinamente internacionalistas, no se debe sólo a las condiciones

externas; también contribuyen a ello sus vitales intereses de clase. Los obreros carecen de propiedad

privada,   que   divide   a  los   hombres,   y  les  son asimismo ajenos los intereses que engendran la hostilidad  hacia  los  trabajadores  de  otros  países  y

nacionalidades. Al contrario, los obreros de todos los países   tienen   un   interés   primordial   único:   el

derrocamiento del yugo del capital. Este interés los agrupa contra la fuerza internacional de los capitalistas,  haciendo  que  el  internacionalismo  se

convierta para los obreros no en algo posible, sino necesario, condición obligatoria para el éxito de la

lucha por el socialismo y el comunismo.

El  carácter  internacionalista del  movimiento obrero no tardó en revelarse. Los obreros de cada

país mantenían en un principio la lucha contra "su" burguesía,  mas  pronto  empezaron  a  ponerse  de

acuerdo para su acción común, a apoyarse mutuamente y prestarse ayuda, así como para crear sus propias organizaciones internacionales.

Desde el punto y hora en que apareció y se extendió por todo el mundo la doctrina marxista y se

formaron los partidos políticos del proletariado, el movimiento obrero es profundamente internacionalista.   Marx   y   Engels   expresaron   el

principio del internacionalismo en la fórmula precisa de su inmortal consigna: "¡Proletarios de todos los

países: uníos!"

Todo el que haya asimilado la doctrina marxista y comprendido la misión histórica del proletariado por

ella   descubierta   no   puede   por   menos   de   ser

internacionalista,  de  buscar  conscientemente  la unidad y colaboración de los trabajadores de todos

los  países.  Por  eso,  a  medida  que  el  marxismo-

leninismo   vence   en   el   movimiento   obrero   de cualquier país, se amplían los vínculos internacionalistas de este movimiento con los trabajadores de otros países. Para los partidos marxistas-leninistas, el internacionalismo es parte integrante importantísima de su ideología y su política. Sin el internacionalismo, sin la unión de esfuerzos de los trabajadores de todos los países, es imposible vencer a la burguesía mundial y construir una sociedad nueva.

El internacionalismo proletario es, ante todo, la ideología científica de la comunidad de intereses de la clase obrera de todos los países y naciones. En segundo lugar, es el sentimiento de solidaridad de los trabajadores de todos los países, de fraternidad de los hombres del trabajo. En tercero, es un determinado tipo de relaciones entre los destacamentos nacionales de la clase obrera. Dichas relaciones se basan en la unidad y armonía de acción, en la ayuda y el apoyo recíprocos.   Se   basan   en   el   principio   de   libre

 

aceptación, en la conciencia de que tales relaciones responden a los intereses vitales de los obreros de todos los países.

El internacionalismo proletario no niega en absoluto  la  independencia  de  los  destacamentos

nacionales de la clase obrera, su derecho a resolver

por sí mismos sus propios asuntos. Pero esto no debilita en modo alguno la unidad de la clase obrera en el plano internacional. Todo lo contrario, precisamente porque en el movimiento obrero internacional  políticamente  consciente  reina  el espíritu de una verdadera igualdad de derechos y de respeto a los intereses de los obreros de las distintas naciones, entre los trabajadores de todos los países es cada vez más profunda la confianza mutua y la tendencia a la colaboración.

Los ideólogos burgueses tratan de demostrar que el internacionalismo de la clase obrera significa la desestimación  de  los  intereses  nacionales  de  su propio pueblo. Esto es deformar la esencia del internacionalismo   proletario.   Es   precisamente   la lucha de liberación de la clase obrera lo que asegura a cualquier nación el mantenimiento de su libertad e independencia,  la  igualdad  de  derechos  con  las demás naciones, el ascenso del bienestar de todas las capas de la población y el florecimiento de la cultura nacional.

 

Solidaridad internacional de los trabajadores.

La solidaridad y unión del proletariado se han robustecido extraordinariamente a lo largo de los últimos cien años. Ello encuentra expresión concreta, principalmente, en la organización del movimiento obrero. Los sindicatos de diversos países se agrupan ahora en poderosas federaciones internacionales, de las  cuales  la   más   importante  es  la  Federación Sindical Mundial, que ha demostrado ser un defensor consecuente de los intereses internacionales y nacionales de los obreros. También mantienen estrechos vínculos los partidos políticos de la clase obrera, y en primer lugar los partidos marxistas- leninistas. Diversas formas de colaboración internacional se observan en otras organizaciones de trabajadores (de jóvenes, de mujeres, cooperativas), y también  en  los  movimientos  democráticos progresistas  en  los  que  la  clase  obrera  ocupa  un primer puesto (movimiento de los pueblos en defensa de la paz y otros).

Pero los avances del internacionalismo proletario no se circunscriben a las formas orgánicas. Se han producido grandes cambios en la conciencia de los obreros   y,   bajo   la   influencia   de   éstos,   en   la conciencia de todos los trabajadores. Los hombres del trabajo comprenden cada vez más la comunidad de sus intereses con los de sus hermanos de otros países y naciones, así como el valor que representa su cohesión,  la  unidad  de  acción  y  la  solidaridad  de clase.

 

Tales cambios en la conciencia de los obreros tienen raíces profundas en la realidad histórica. La transformación del capital monopolista en una fuerza reaccionaria internacional, con la consiguiente formación del campo imperialista -dispuesto a cualquier crimen, a cualquier infamia para esquilmar y oprimir a todos los pueblos del mundo-, contribuye objetivamente a que los trabajadores de los distintos países comprendan la comunidad de sus intereses vitales. La propia vida hace ver a los obreros que no pueden  permanecer  indiferentes  ante  la  suerte  de otros países y pueblos. Las severas lecciones de la historia  les  convencen,  por  ejemplo,  de  que  las guerras coloniales, aun las mantenidas por los imperialistas  en  los  rincones  más  alejados  de  la tierra,  significan  inevitablemente  para  los trabajadores un incremento de las cargas económicas y de la reacción política que pesan sobre ellos, y, lo que es más importante, acentúan la amenaza de una nueva guerra mundial. De la misma manera, las derrotas infligidas por la burguesía imperialista de cualquier país a su clase obrera -como lo demuestran las enseñanzas del fascismo en Alemania- pueden empeorar las condiciones del movimiento obrero en otros países capitalistas y dejar a los imperialistas las manos libres para desencadenar una guerra mundial.

El internacionalismo de la clase obrera ha demostrado en la práctica su eficacia. En 1918-1920, cuando sobre la joven República Soviética se lanzó la burguesía reaccionaria de muchos países, el movimiento obrero internacional se puso frente a la intervención  imperialista.  La  solidaridad internacional   de   los   trabajadores   fue   un   arma excelente en la lucha contra el fascismo. Miles de obreros de distintos países combatieron contra los fascistas en los campos de España, y luego se incorporaron a la Resistencia en Francia, Bélgica, Grecia, Noruega, Italia y otros países ocupados por los hitlerianos. Los obreros de todos los países apoyaron la heroica guerra de liberación del pueblo soviético contra los invasores fascistas.

Después de la segunda guerra mundial, la solidaridad internacional de la clase obrera ha encontrado brillante expresión en la lucha contra las nuevas maniobras de los agresores imperialistas, en apoyo de las acciones de la Unión Soviética y de todo el campo socialista contra la agresión del imperialismo. Ello contribuyó grandemente a limitar y poner fin a las guerras desencadenadas por los imperialistas contra los pueblos de Indonesia, Indochina, Corea, Egipto y otros países.

La unidad de acción internacional de los trabajadores, su cohesión y solidaridad es en nuestros días  una  fuerza  formidable  en  la  lucha  que  se mantiene contra los intentos del campo imperialista por poner fin a la independencia, la libertad y la felicidad de los pueblos. Esta es la razón de que los Partidos Comunistas no cesan de plantear la tarea de

 

fortalecer la solidaridad internacional de los trabajadores en la lucha por la paz, la democracia y el socialismo.

 

5. Obstáculos  y dificultades  del movimiento obrero en su desarrollo

Los grandes éxitos y triunfos históricos de la clase

obrera han sido conseguidos en encarnizada lucha. Para alcanzarlos hubieron de ser salvadas numerosas

barreras. Todo obrero consciente, todo marxista debe ver esos obstáculos, a fin de comprender mejor las

tareas futuras del movimiento obrero internacional.

Las dificultades que se presentan ante el movimiento obrero son de naturaleza diversa, pero

las principales son las que en su camino levanta la burguesía.    El    proletariado    tropieza    con    ellas

constantemente, y no es empresa fácil superarlas. Porque los obreros han de luchar contra una clase que tiene gran experiencia política y que dispone de

un poderoso aparato de presión económica y de violencia   física   y  espiritual.   Las   organizaciones

obreras  no  han  aprendido  en  todos  los  sitios,  ni mucho menos, a hacer frente a las dificultades de dicho género, y esa es una de las causas principales

del atraso del movimiento socialista en una serie de países.

En   su   historia,   de   más   de   cien   años,   el movimiento obrero ha experimentado pérdidas sensibles por el terrorismo de la burguesía: muchos

millares  de  combatientes  proletarios  fueron asesinados ferozmente, decenas y cientos de miles

fueron a parar a la cárcel; las organizaciones obreras fueron empujadas repetidas veces a la clandestinidad

y se pusieron toda clase de trabas a su labor.

En las condiciones actuales, los círculos dominantes de los países capitalistas recurren cada

vez más a las represiones policíacas, al chantaje y a la intimidación de la parte más activa y consciente de

los obreros. Cuanto más frágiles son las posiciones de la burguesía, más recurre ésta a la violencia.

Pero la burguesía dominante no se limita, en su

lucha con el movimiento obrero, a las medidas de persecución. Otra calamidad que pesa sobre los obreros   de   los   países   donde   hay   desocupación crónica es la constante amenaza de verse despedidos y de ser incluidos en las listas negras de las organizaciones patronales. Con ayuda de este inhumano método, los capitalistas norteamericanos ejercen ahora la más fuerte presión para impedir el desarrollo de un movimiento obrero independiente.

La burguesía dominante recurre también en vasta escala al engaño, a la demagogia social y a otros

métodos más sutiles y hábiles -más peligrosos por

tanto- de desorganización de la clase obrera, a la que trata de someter a su putrefacta influencia espiritual.

La  cosa  se  complica  si  consideramos  que  los

obreros  no  constituyen  una  clase  homogénea.  Sus filas se nutren sin cesar con elementos arruinados de

 

 

 

la pequeña burguesía. Estas gentes llevan consigo a menudo la carga de una ideología, psicología y moral burguesas, y contaminan a otros obreros. Además, siguiendo la vieja norma de todos los opresores - "divide y vencerás"-, los grandes capitalistas se esfuerzan por sobornar a las capas altas del proletariado, por crear así una casta privilegiada, la "aristocracia obrera", a la que quieren convertir en un apoyo, en semillero de la influencia burguesa en el seno del movimiento obrero.

Todo esto hace que cierta parte de los obreros se deje  impresionar  por  la  demagogia  social  de  la

burguesía  y sus  agentes.  La  burguesía  no  deja  de

intensificar su labor en este sentido. Últimamente, en los Estados Unidos y otros países burgueses, además

del aparato ordinario de la influencia sobre las masas

(prensa, cine, radio, etc.), han aparecido hasta "ciencias" especiales que persiguen el mismo objeto ("relaciones sociales", "relaciones humanas", "sociología y psicología industrial", etc.). Cientos y miles de "especialistas" de estas "ciencias" trabajan ya en las empresas y en los organismos del gobierno y de la administración pública. Su misión consiste en proponer y aplicar medidas conducentes a la desorganización del movimiento obrero y a evitar las huelgas, y también a hacer que el obrero se sienta satisfecho de su suerte, a crear apariencias de una "armonía de clases" y a establecer la "paz de clases" en las empresas.

 

La división del movimiento obrero.

La influencia burguesa en el movimiento obrero adquiere diversas manifestaciones. La más peligrosa de ellas es la difusión del oportunismo y el reformismo. El oportunismo trata de "conciliar" el movimiento obrero con el régimen capitalista. De ahí que los líderes del reformismo centren su labor en este trabajo de conciliación con la burguesía dominante.

El reformismo provocó una profunda escisión de la  clase  obrera  que  en  los  países  capitalistas  se

prolonga desde hace tiempo. Ese es el daño principal que   el   oportunismo   ha   causado   al   moderno

movimiento obrero.

La  división  del  movimiento  obrero  debilita  las filas del proletariado, entorpece la lucha de éste con

la burguesía y da facilidades a los capitalistas en su política reaccionaria y antiobrera. La falta de unidad

entre los obreros permite a la burguesía enfrentar una parte de la clase obrera a otra, y hasta valerse de determinados  grupos  de  obreros,  sometidos  a  su

influencia, para combatir no contra los enemigos del proletariado, sino contra sus hermanos de clase, para

luchar contra el movimiento obrero revolucionario. Esta   división,   se   comprende,   va   en   beneficio exclusivo  de  los  capitalistas,  que  explotan  a  los

obreros.

También                daña       al             movimiento          obrero   la propagación entre los proletarios de las ideas burguesas del nacionalismo y el chovinismo. El nacionalismo es peligroso, sobre todo, porque aparta a los obreros de la lucha contra su enemigo de clase. La burguesía reaccionaria ha conseguido más de una vez, atizando las pasiones nacionalistas, paralizar de momento la lucha de clase del proletariado. Además, la difusión de las ideas nacionalistas y chovinistas divide el movimiento obrero y desata los lazos de la solidaridad internacional.

El nacionalismo y el chovinismo, si no se los combate, acaban por destruir el movimiento obrero y

lo empujan hacia la colaboración con la burguesía

imperialista.

A la división del movimiento obrero contribuye asimismo la influencia de la Iglesia. Esta, a través de sus  elementos  reaccionarios,  trata  por  todos  los medios de aislar a los obreros creyentes de sus hermanos de clase, incorporándolos a organizaciones específicas de carácter clerical (partidos democristianos, sindicatos católicos, etc.), y apartándolos así de la lucha contra el capitalismo.

Hay que tener presente, sin embargo, que entre los propios creyentes y en determinada parte del clero la

política antiobrera y reaccionaria de las jerarquías eclesiásticas  tropieza  con  creciente  resistencia.  No

son pocos los casos de sacerdotes honestos, que estiman su buen nombre, que se suman a la lucha por la paz y se manifiestan contra la reacción. Pero esto

va en contra de lo que ordenan las altas jerarquías eclesiásticas, las cuales colocan toda su influencia y

el peso de su organización al servicio de la reacción imperialista.

Por lo tanto, la burguesía dominante dispone aún de poderosos recursos para oponerse a la lucha de emancipación de la clase obrera. No sería correcto

desestimar las dificultades que de ahí se desprenden. No hay que olvidar que, a medida que el movimiento

obrero se robustece, se incrementa la resistencia de los enemigos de clase del proletariado. Ningún éxito puede por ello adormecer la vigilancia de la clase

obrera, ni debilitar su energía en la lucha contra los obstáculos que aún se levantan en el camino que ha

de llevarle a cumplir su misión histórica.

 

6. La clase obrera lucha y crea

Durante los cien años largos que nos separan de la primera acción revolucionaria independiente de los

obreros (1848 en Francia), el proletariado ha reñido miles  y  miles  de  batallas  de  clase,  grandes  y pequeñas, saliendo vencedor en unas y vencido en

otras. En esas batallas los obreros han hecho gala de un  heroísmo  como  jamás  demostró  ninguna  otra

clase en la historia.

Las  grandes  virtudes  combativas  de  la  clase obrera se pusieron particularmente de relieve en la

Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, en las acciones  revolucionarias  de  los  obreros  de  varios países de Europa después de la primera guerra mundial y en las revoluciones democrático-populares de China y de otros países.

En un territorio habitado por más de un tercio de la  humanidad,  la  clase  obrera  ha  conseguido  un

triunfo   completo   en   su   lucha   de   liberación,

derrotando al sistema de la esclavitud capitalista y tomando el poder en sus manos.

Esta lucha del proletariado lo ha convertido en

una importante fuerza político-social también en los países donde el capital mantiene su dominio, y así se refleja profundamente en todos los acontecimientos de nuestra época.

 

La lucha de la clase obrera por sus intereses económicos inmediatos.

Una de las direcciones principales de la lucha de los obreros en los países capitalistas es la defensa de sus    intereses    económicos    inmediatos,    de    las

reivindicaciones  que  tienden  a  mejorar  las condiciones de vida y de trabajo del proletariado.

La clase obrera mantiene esta lucha en todo el frente y, a pesar de la desesperada resistencia de la burguesía, ha logrado éxitos importantes. En muchos

países capitalistas desarrollados ha conseguido arrancar   concesiones   que   ponen   límites   a   la

arbitrariedad de los capitalistas y defienden a los obreros de las formas más duras de explotación. La jornada  de  trabajo,  por  ejemplo,  que  en  tiempos

pasados era de 12 a 16 horas, ha sido reducida a ocho,  y  a  menos  para  algunos  oficios  en  ciertos

países. En bastantes sitios, los obreros han obligado a la burguesía a adoptar medidas relacionadas con el

seguro  social  (pensiones,  subsidio  de  paro, vacaciones  pagadas,  etc.),  que  en  cierta  medida alivian su situación. Se ha logrado también en algún

país limitar un tanto las funestas consecuencias de la intensificación  del  trabajo,  mejorar  el  sistema  de

protección del trabajo y algunas ventajas en cuanto a asistencia médica. Los obreros han sabido también obligar a la burguesía de bastantes países a hacer

concesiones en lo que a los salarios se refiere, debilitando  así  un  tanto  las  consecuencias  de  la

incesante desvalorización del dinero, que es un verdadero azote para los trabajadores de todos los países capitalistas.

Se amplía sin cesar, en la actual etapa del desarrollo histórico, el marco de la lucha de la clase

obrera por sus intereses económicos inmediatos. La mayor organización y conciencia del proletariado le llevan    a    plantear    en    su    lucha    de    clase

reivindicaciones más generales, como es la de limitación del poderío económico de los monopolios,

la reforma del sistema fiscal en favor de los trabajadores,  la  implantación  del  seguro  contra  el paro, etc.

Las conquistas económicas de la clase obrera significan un importante valladar a la tendencia al

 

empeoramiento en la situación de los trabajadores, tendencia que se manifiesta con singular vigor dentro del capitalismo moderno. La repercusión de estas conquistas no se ha circunscrito a la clase obrera, sino que ha afectado también a otros muchos sectores de trabajadores. Además, estos últimos, contagiados por los éxitos del movimiento obrero, han iniciado la lucha en defensa de sus intereses inmediatos específicos, copiando en ocasiones las formas de resistencia a los explotadores que primero empleó la clase obrera: sindicatos, huelgas, etc. En nuestro tiempo, estas formas de lucha no son exclusivas de los obreros, sino que también las manejan los empleados (incluso los funcionarios públicos) y diversos grupos de intelectuales (personal médico, maestros y otros).

Los  líderes  del  movimiento  reformista  de bastantes  países  capitalistas  se  apresuraron  a atribuirse el mérito de estas conquistas de la clase obrera y afirman que ésta no tiene por qué dedicarse a la lucha política, y tanto menos combatir para el derrocamiento del régimen burgués. Tales afirmaciones son pura demagogia. El proletariado de los países capitalistas no debe sus éxitos a los conciliadores y reformistas, sino a la lucha de los obreros más activos y conscientes. En la mayoría de los casos, los capitalistas han de transigir bajo la presión del ala izquierda del movimiento obrero y ante el temor de que todos los obreros se radicalicen.

Hay que tener en cuenta también que muchos éxitos de los obreros en la lucha por sus intereses inmediatos han sido posibles porque el triunfo de la clase obrera de la U.R.S.S. y las democracias populares obligó a la burguesía mundial a hacer concesiones que en tiempos anteriores no hubiera aceptado jamás. Hay que recordar también que buena parte de los éxitos conseguidos por el proletariado en la defensa de sus intereses inmediatos se deben a la lucha política, y no a la económica. A la clase obrera le resulta mucho más fácil hablar con la burguesía de salarios, pensiones, reducciones de jornada, etc., cuando a sus espaldas tiene partidos políticos fuertes y combativos, y ejerce una presión política constante sobre las clases que detentan el poder.

Los líderes del reformismo quieren deformar la esencia de los desacuerdos entre los oportunistas y

los marxistas-leninistas. Según ellos, los comunistas son  contrarios  a  la  lucha  de  los  obreros  por  sus

intereses inmediatos, pues así vivirán peor y se mostrarán más activos frente al capital. Nada más lejos  de  la  verdad  que  semejante  calumnia.  Los

comunistas son defensores consecuentes de todos los intereses  de  la  clase  obrera,  tanto  si  se  trata  de

reivindicaciones inmediatas como de los objetivos finales. Apoyan todas las medidas que tiendan a mejorar  la  vida  de  los  obreros.  Ahora  bien,  a

diferencia de los oportunistas, los comunistas tienen clara noción de que la lucha económica puede dar sólo resultados limitados, pues no afecta para nada al sistema capitalista de la esclavitud asalariada. Y el interés de los obreros, en su sentido amplio, no se reduce a mejorar las condiciones de esa esclavitud asalariada,  sino  que  está  en  conseguir  la emancipación completa de ella. Para esto, la clase obrera ha de mantener la lucha política, sin limitarse a las reivindicaciones económicas. Son dos formas de lucha que no se excluyen, sino que se complementan y contribuyen por igual al éxito en la defensa de los intereses inmediatos y finales de los obreros.

"Cuando la clase obrera trata de mejorar sus condiciones de vida -escribía V. I. Lenin-, se eleva a la vez en el sentido moral, intelectual y político, se hace más capaz de conseguir los grandes fines de su liberación."158

 

La clase obrera  como fuerza motriz de todos los movimientos democráticos.

Los intereses inmediatos de la clase obrera no se reducen nunca al solo mejoramiento de su situación

económica. Desde el momento mismo en que apareció, no ha cesado de incluir en su programa de lucha un gran número de problemas de tipo político-

social. Esto le llevó, en la época de las revoluciones burguesas,  a  combatir  contra  la  reacción  feudal

absolutista. El proletariado de muchos países ha luchado intensamente por la independencia nacional, contra las guerras de conquista, etc.

Conforme la historia avanzaba, la esfera de los intereses  económicos,  políticos  y  culturales  de  la

clase obrera se ha ido ensanchando y su defensa ha adquirido mayor importancia dentro de la lucha que

sostenía. Problemas, por ejemplo, como la reforma de  la  enseñanza,  las  asignaciones  presupuestarias para la ciencia y el arte o los nuevos reglamentos

parlamentarios podían interesar en grado mínimo al movimiento obrero de principios del siglo XIX. Y

hoy día se convierten a menudo en materia de seria lucha  entre  la  clase  obrera  y  la  burguesía reaccionaria.

Tienen también su importancia los cambios que el capitalismo sufre. A medida que este sistema social

acentúa  su  carácter  reaccionario  y  que  los monopolios pasan a la ofensiva en diversas esferas de la vida social, entre los obreros y los trabajadores en

general aparecen intereses nuevos y adquieren más valor algunos de los viejos.

El paso al imperialismo, y luego la orientación de los monopolios hacia la implantación de regímenes y sistemas  fascistas,  han  convertido  en  un  problema

candente para los trabajadores la defensa de los derechos    y    libertades    civiles.    La    creciente

agresividad de la burguesía reaccionaria y el perfeccionamiento de las armas de exterminio han hecho más agudo que nunca el problema del desarme

y de la paz.

 

158 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág. 68.

 

Así, la propia marcha de la historia ha convertido a la clase obrera en defensora de todas las capas del pueblo. Porque la lucha por la democracia, la paz y la soberanía significa la defensa de los intereses nacionales.

La lucha por objetivos democráticos generales, planteada actualmente en toda su amplitud ante el

movimiento obrero, refleja las necesidades objetivas

del desarrollo social. No ha sido imaginada ni impuesta desde fuera. La clase obrera no se coloca a

la  cabeza  de  los  movimientos  democráticos  para

"atraer" a nadie, sino porque así lo exigen sus más vitales intereses.

La circunstancia de que el proletariado posea un

partido  marxista-leninista  combativo,  bien organizado y provisto de una teoría científica, ha tenido  excepcional  valor  en  cuanto  a  ampliar  el círculo de intereses por los que luchan los obreros y a elevar su papel político en la sociedad. Este partido ha ayudado a la clase obrera a comprender su papel en la vida social, la ha colocado en las primeras filas de quienes defienden los intereses de su pueblo y ha mostrado el camino a seguir para agrupar a todos los trabajadores contra la reacción. Esta actividad de los partidos marxistas-leninistas es de un gran valor histórico para los destinos del mundo, al salvar a la sociedad del cúmulo de calamidades que el imperialismo trae consigo.

 

La clase obrera es la esperanza de la humanidad progresiva.

Sus excelentes virtudes para la lucha convierten a la clase obrera en vanguardia de toda la humanidad

progresiva. En muchos países ha derrocado a la burguesía y se ha puesto a la cabeza de la sociedad.

A diferencia de las clases oprimidas del pasado -

esclavos y siervos de la gleba-, esta clase no desaparece de la escena histórica después de haber cumplido el papel de fuerza de choque que derriba a los viejos gobiernos y destroza los viejos sistemas. Le aguarda todavía la tarea de construir la sociedad nueva, tarea que los obreros no pueden encomendar a nadie. Para llevarla a cabo no bastan las virtudes del combatiente. Ha de ser también capaz de un trabajo creador, de una labor fecunda en todos los órdenes de la vida social: económico, cultural, político y militar.

La capacidad de creación de la clase obrera ha de ser, objetivamente, superior a la de cualquiera otra clase de la historia, pues a ninguna otra le cupo tan gran misión histórica. El paso del capitalismo al socialismo, por la profundidad y amplitud de la transformación que supone, supera a cuanto se hizo en todas las demás revoluciones sociales.

La historia demuestra que la clase obrera posee por completo la capacidad creadora necesaria para construir la sociedad nueva. Así nos lo dice la experiencia de los obreros de Rusia y China, de Polonia y Checoslovaquia, de Bulgaria y Rumania y

 

 

 

de otros países, que edifican con éxito una sociedad basada en principios socialistas y comunistas.

En el curso de esta transformación de la sociedad cambia, como es lógico, la faz de la propia clase

obrera. Sin ello resultaría imposible la construcción del socialismo y, después, del comunismo.

La clase obrera puede cumplir su gran misión de emancipar a todos los trabajadores sólo en el caso de que posea conciencia revolucionaria y se guíe por la

ideología marxista-leninista. A este efecto, la propia clase obrera ha de eludir la influencia de las ideas

burguesas.  Marx  indicaba  que  la  revolución proletaria se necesita no sólo para que la clase obrera conquiste el poder político, sino también para que, en

el curso de la revolución, se depure de la basura que dejó en  ella la  vieja  sociedad.  Esta depuración es

obra de un largo proceso histórico.

La clase obrera, una vez conquistado el poder político, ha de dominar los tesoros del saber reunidos

antes por los hombres. Para el cumplimiento de la grandiosa  tarea  que  significa  construir  la  nueva

sociedad, llama a los mejores científicos y técnicos, a los  intelectuales  que  se  formaron  en  la  sociedad vieja, y a la vez capacita intelectuales suyos, nuevos,

salidos   del   seno   de   la   clase   obrera   y   de   los campesinos trabajadores. Más aún, en la marcha de la

construcción del socialismo y del avance hacia el comunismo, llega a ser una necesidad imperiosa la tarea de elevar su nivel hasta que todos sus miembros

posean instrucción secundaria y superior, de dotarla de una sólida cultura y de conocimientos especiales

en todas las esferas de la producción social.

La clase obrera, puesta a la cabeza de las fuerzas del progreso, se ha ganado un gran prestigio y el

reconocimiento de todos los trabajadores y hombres

honestos  por  lo  que  lleva  ya  hecho  en  el cumplimiento de su misión histórica. Las victorias de

la clase obrera han ahorrado muchos sufrimientos y

calamidades a la humanidad y han dejado franco el camino del bienestar y la felicidad a los pueblos de una serie de países.

Sin embargo, la lucha entre las fuerzas de la reacción y del progreso no ha acabado, ni mucho

menos. Todo lo contrario, ha entrado en su fase decisiva.   Sobre   millones  de   seres   se   cierne   la amenaza de su monstruoso exterminio en una guerra

atómica.  Decenas  de  millones  gimen  aún  bajo  el yugo de la opresión colonial. Para los trabajadores de

muchos países capitalistas se ha convertido en algo real el creciente peligro de la reacción y del fascismo. El   imperialismo   amenaza   a   la   cultura   y   a   la

civilización. ¡Y cuántos desheredados quedan en la tierra, cuánta miseria, calamidades e injusticias!

¿Podrá la humanidad liberarse para siempre de estas lacras? Sin duda alguna. Los marxistas- leninistas    responden    hoy    día    afirmativamente,

seguros de que así será, porque así lo dice no ya la teoría, sino una gran experiencia práctica.

 

La historia nos autoriza por completo para manifestar ese optimismo. Por difícil que sea el camino  que  lleva  a  la  liberación,  es  un  camino seguro. Su realidad está en la creciente potencia del movimiento obrero, y esa potencia es prenda de éxito en la lucha de los pueblos por la paz, la libertad y la independencia de las naciones, por la cultura y la civilización, por una vida en la que no haya lugar para la miseria, la opresión y los sufrimientos.

Por eso, todas las esperanzas de la humanidad progresiva se hallan puestas en la lucha de liberación de la clase obrera.

 

Capitulo  XII. La gran revolución socialista  de octubre, viraje radical en la historia de la humanidad

El desarrollo desigual del capitalismo no se manifiesta en la esfera económica únicamente; afecta también  al  movimiento  obrero.  Esto  hace  que  el

papel de la clase obrera de los distintos países en la lucha   internacional   del   proletariado   sea   distinto

según las diversas etapas históricas.

Valiéndonos de palabras de V. I. Lenin, la Francia del  pasado  siglo  "pareció  agotar  las  fuerzas  del

proletariado en las dos insurrecciones heroicas de la clase  obrera,  y  que  tanto  proporcionaron  en  un

sentido  histórico  universal,  contra  la  burguesía  en

1848 y 1871".159 Después de esto la hegemonía del movimiento obrero internacional pasó a Alemania.

Marx no excluía la posibilidad de que la revolución comenzase "...en el Este, que hasta ahora ha sido una

ciudadela intacta y el ejército de reserva de la contrarrevolución".160

A principios de siglo, en efecto, el centro del movimiento revolucionario mundial se desplazó del Oeste al Este. Rusia se convirtió en el país que había

de ejercer una influencia decisiva sobre el curso de la historia mundial. Ella fue la cuna de la revolución

proletaria, y su clase obrera, por la marcha misma del devenir histórico, pasó a ocupar posiciones de vanguardia en el movimiento socialista de todo el

mundo. Es en Rusia donde, por vez primera, consiguieron los obreros poner fin al capitalismo e

iniciar así el cumplimiento de la misión histórica del proletariado.

 

1. Papel de vanguardia de la clase obrera rusa

El  capitalismo  se  desarrolla  en  Rusia  bajo  la

dominación política de los terratenientes feudales. Después de 1860 las contradicciones entre las necesidades materiales del desarrollo de la sociedad y las relaciones de producción de la servidumbre, que frenaban ese desarrollo, provocan la agudización de la lucha de clases y estimulan en el país un ambiente revolucionario. Lenin indica que en 1859 a 1861 se

 

 

159 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXIX, pág. 283.

160  C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, Gospolitizdat, 1953. pág. 311.

 

 

 

había creado en Rusia una situación revolucionaria, aunque la revolución no llegó a producirse; si bien se daban las premisas objetivas para el hundimiento del régimen  existente,  faltaba  el  factor  subjetivo,  es decir, "la capacidad de la clase revolucionaria para llevar a cabo acciones revolucionarias de masas bastante fuertes como para destruir (o quebrantar) el viejo gobierno, que jamás, ni aun en las épocas de crisis, «cae» si no lo «tiran».161

Hasta  comienzos  de  siglo  en  Rusia  se mantuvieron las numerosas formas de coerción extraeconómica que son características de la época precapitalista.  Las  formas  avanzadas  de  la producción capitalista aparecían junto a abundantes supervivencias del pasado. De ahí que las contradicciones provocadas por el incremento de la gran industria fuesen en Rusia más agudas que en ningún otro país.

La coexistencia de elementos de un capitalismo desarrollado y de supervivencias del Medievo daba

origen    a    formas    de    opresión    particularmente

dolorosas para los trabajadores. En ningún otro país europeo  fue  la  explotación  tan  bárbara  como  en Rusia. En ningún sitio, escribía Lenin, han sufrido tanto los trabajadores "por el capitalismo y por el insuficiente desarrollo del capitalismo".162

Otra característica del desarrollo industrial de Rusia  es  que  fue  acompañado  de  una  gran penetración del capital extranjero, el cual, poco a poco, llega a ocupar un lugar importante en la vida económica y política del país. En Rusia, según decía Lenin, "los capitalistas americanos, ingleses y alemanes obtienen ganancias con ayuda de los capitalistas rusos, a los que va a parar una parte muy buena".163

Pero la Rusia zarista, que caía bajo la dependencia económica del capital extranjero, mantenía a su vez

una política imperialista respecto de muchos países.

Y la posibilidad de oprimir y robar a otros pueblos conduce a menudo al robustecimiento de las formas atrasadas de economía, "pues -indicaba Lenin- la fuente de ingresos no es a menudo el desarrollo de las  fuerzas  productivas,  sino  la  explotación semifeudal de nacionalidades extrañas".164 Eso es, precisamente, lo que ocurría en Rusia.

Por   lo   tanto,   las   condiciones   económicas   y políticas  de  Rusia  originaron  una  rápida radicalización de la clase obrera. Poco después de

1870 ésta inició ya la lucha contra los capitalistas. A pesar de la suerte adversa corrida por las primeras organizaciones obreras, el movimiento proletario siguió en ascenso, adquiriendo un carácter de masas y estrechando sus relaciones con los demás movimientos democráticos de los trabajadores.

 

 

161 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 190.

162 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. III, pág. 527

163 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág. 113.

164 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 278.

 

Los campesinos rusos significaban una enorme fuerza revolucionaria. Abrumados por la explotación a que los sometían los terratenientes, sin derechos, míseros, pero dispuestos a la lucha por la tierra y la libertad, se sentían sin darse cuenta atraídos por la clase obrera, intuyendo que sólo ella podía ayudar al campo.

La Rusia zarista era una cárcel de pueblos, y esto también    intensificaba    las    contradicciones    que

desgarraban el país, abonaba el terreno para un vertiginoso incremento del movimiento de liberación

nacional y para el acercamiento de las numerosas nacionalidades oprimidas a la clase obrera, que mantenía en sus manos la bandera de la libertad para

todas las naciones.

Así, la realidad misma templaba a la clase obrera como  principal  fuerza  revolucionaria  del  país.  A

fines  del  siglo  XIX,  según  palabras  de  Lenin,  el

proletariado era "el representante único y natural de toda la  población  trabajadora  y explotada  de Rusia".165

Mas  para  adquirir  conciencia  de  su  papel histórico, la clase obrera hubo de estar en posesión de las ideas del socialismo científico, que exponen los fines y tareas del proletariado y son un arma segura en la lucha que éste mantiene por su emancipación.

Rasgo característico de Rusia en aquellos años era la existencia de un importante número de obreros deseosos de saber y que mostraban un interés profundo por los problemas sociales. En todos los rincones de Rusia en que el proletariado despertaba a la lucha activa, aparecían obreros avanzados, que buscaban ansiosamente solución a las cuestiones candentes de la vida social y se sentían atraídos por las ideas del socialismo. A la difusión de estas ideas entre los trabajadores contribuyeron los intelectuales de la democracia revolucionaria rusa. Las gloriosas tradiciones que en el campo de las ideas mantuvieron Herzen,   Belinski,   Dobroliúbov,   Chernishevski   y otros revolucionarios fueron recogidas por los intelectuales marxistas, que acudían a las masas obreras para formar un partido revolucionario de nuevo tipo.

Este rápido aumento del número de obreros conscientes era una muestra de las enormes energías espirituales de la clase obrera rusa, a la que toda la marcha  objetiva  de  los  acontecimientos  preparaba para el cumplimiento de su misión histórica.

El papel de guardián de la pureza política e ideológica del marxismo revolucionario pasó al movimiento obrero de Rusia, país en el que habían llegado al más alto grado las contradicciones de la nueva época personificada en el imperialismo.

Rusia, había de decir más tarde Lenin, llegó por un  camino  verdaderamente  penoso  al  marxismo como única teoría revolucionaria justa; llegó a él a través de cincuenta años de sacrificios y sufrimientos

 

165 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. I, pág. 280.

 

 

 

inauditos, de un heroísmo revolucionario nunca visto, de una increíble energía y abnegadas búsquedas, estudios,  comprobaciones  en  la  práctica, desilusiones, pruebas y comparaciones con la experiencia de Europa. Ningún país atravesó por tantas experiencias como Rusia, tan instructivas y valiosas, en el sentido de rapidez en el cambio y variedad de formas del movimiento: legal y clandestino, pacífico y no pacífico, prohibido y autorizado, de círculos y de masas, parlamentario y terrorista.

Rusia fue la patria del leninismo, que enriqueció al marxismo con conclusiones y tesis que correspondían a la nueva situación histórica. Nacido en terreno ruso, el leninismo ha echado profundas raíces en todo el movimiento obrero internacional. La clase obrera de Rusia, que se incorporó a la lucha después que el proletariado del Occidente europeo, pudo utilizar su experiencia, adoptar sus mejores tradiciones  revolucionarias   y,   al  mismo   tiempo, evitar sus errores y extraer las enseñanzas adecuadas del peligro que significaba la propagación del oportunismo. Rusia fue la patria del primer partido de tipo nuevo, leninista, al que aguardaba un formidable papel en la historia universal.

Una aportación inapreciable de V. I. Lenin al desarrollo de la doctrina revolucionaria del marxismo

es su teoría acerca de la posibilidad del triunfo del

socialismo,  primeramente,  en  un  solo  país.  Lenin llegó  a  esta  conclusión  después  de  un  profundo

análisis de la fase imperialista del capitalismo. La

teoría leninista abría a los proletarios una clara perspectiva y desataba su iniciativa revolucionaria. Los liberaba de las tesis, ya caducas, de que la revolución había de producirse simultáneamente en todos los países o en la mayoría de ellos, después de que hubiesen alcanzado un alto grado de desarrollo económico, técnico y cultural, es decir, de que hubiesen "madurado" para el socialismo. Los teóricos de la II Internacional, como todos sabemos, no cesaban de rumiar estas tesis, que en las nuevas condiciones se habían convertido en un peso muerto que frenaba el movimiento de emancipación de la clase obrera.

Los obreros rusos no habrían podido conducir a las  grandes  masas  populares  a  la  lucha  contra  la

autocracia  y  el  yugo  de  los  capitalistas  y terratenientes  si,  siguiendo  a  Lenin  y  al  Partido

bolchevique, no hubiesen adquirido la convicción de que con sus fuerzas, sin aguardar a otros destacamentos del proletariado internacional, podían

luchar por el socialismo y vencer en esta lucha.

 

2. La primera revolución socialista del mundo

El paso de la revolución democrático-burguesa a la revolución socialista.

La tarea inmediata de la clase obrera de Rusia era

 

campesinos. Esto no pudo conseguirse en la revolución de 1905-1907, que fue aplastada por la autocracia. Y sin embargo, aquél fue un acontecimiento  de  gran trascendencia  histórica, puesto que se trataba de la primera revolución rusa y, a la vez, de la primera revolución democrático- burguesa que transcurría bajo la dirección de la clase obrera, y no de la burguesía, que por aquel entonces había dejado ya de ser una fuerza revolucionaria.

De derribar al zarismo se encargó la revolución democrático-burguesa de febrero de 1917. Esta, a diferencia  de  las  revoluciones  burguesas  de Occidente, después de las cuales había advenido un largo  período  de  dominación  de  la  burguesía,  no tardó en convertirse en revolución socialista.

Este proceso de transformación fue singularmente rápido  porque  las  profundas  contradicciones  que

desgarraban el país, contenidas después de la derrota

de la revolución de 1905, se agudizaron al máximo en  los  años  de  la  primera  guerra  mundial.  La

burguesía,  llegada  al  poder  en  febrero  de  1917,

además de no resolver las tareas más importantes de la revolución democrático-burguesa, obligó al país a seguir el funesto camino de la guerra imperialista. Con su desacertada política colocó al pueblo y al país al borde de la catástrofe. Esto puso en movimiento a las más grandes masas de trabajadores, a quienes su propia experiencia había convencido de que la salvación estaba sólo en la revolución socialista.

La guerra, escribió V. I. Lenin, ha dado lugar a una crisis tan gigantesca, ha puesto de tal manera en tensión las energías materiales y morales del pueblo, ha asestado tales golpes a toda la organización social contemporánea, que Rusia ha sido colocada ante un dilema: "o morir o confiar sus destinos a la clase más revolucionaria para el paso más rápido y radical a una forma más elevada de producción",166 al socialismo.

La insurrección armada del 25 de octubre (7 de noviembre)  de  1917  hizo  que  la  clase  obrera  de Rusia,  dirigida  por  el  Partido  bolchevique  y  en alianza con los campesinos pobres, pusiera fin al dominio de capitalistas y terratenientes y tomase el poder político en sus manos. La incorporación a la Revolución de Octubre de las grandes masas del pueblo, entre las que se contaban los soldados y marineros, paralizó la resistencia de la burguesía y permitió realizarla casi sin derramamiento de sangre. Por mucho que la propaganda de los imperialistas quisiera hacer ver más tarde lo contrario, la historia demuestra irrefutablemente que la revolución socialista dirigida por los comunistas se hallaba inspirada por el espíritu del humanismo proletario. En ello abundan numerosos testimonios de observadores objetivos, nacionales y extranjeros. Veamos, por ejemplo, lo que escribió el conocido periodista  norteamericano  Alberto  Rhys  Williams,

 

la   de   derribar   el   zarismo,   en   alianza   con   los               

166 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 337.

 

 

 

que en 1917 se encontraba en el Petrogrado revolucionario y que más tarde realizó un largo viaje por Rusia.

"Como  clase  gobernante,  los  obreros  estaban ahora en condiciones de vengarse de sus anteriores

explotadores y verdugos. . . Yo sabía que miles de

obreros, que ahora manejaban el timón de mando, en otros tiempos fueron cargados de cadenas y desterrados a Siberia. Había visto a hombres sin una gota de sangre en la cara y con paso vacilante, como si  hubieran  salido  de  la  tumba,  después  de  su reclusión  en  los  sacos  de  piedra  de  Shlisselburg. Había visto las profundas cicatrices de sus espaldas, huella de los látigos cosacos, y recordaba las palabras de  Lincoln:  «Si  por  cada  gota  de  sangre  de  un latigazo el que golpeó es herido por la espada, el juicio del Señor será puro y justo.» Pero no siguió un horrible baño de sangre. Al contrario, parecía que la idea de una represión no cabía en las cabezas de los obreros. El 30 de noviembre se aprobó en el Soviet un decreto por el que se abolía la pena de muerte. No era sólo un gesto de humanismo, los obreros no se limitaban a garantizar la vida a sus enemigos, sino que en muchos casos les concedían la libertad."

"La   historia   -seguía   Alberto   Rhys   Williams- dictará el veredicto de que la revolución rusa, mucho más profunda que la conmoción de 1789 en Francia, no se convirtió en una saturnal de venganza. La revolución rusa, a juzgar por todas sus aspiraciones, había de ser una revolución sin sangre."

Y como previendo los ataques de los enemigos de la revolución, el periodista norteamericano escribía:

"¿Y el terror rojo?, replicarán algunos. Este vino más

tarde, cuando los ejércitos de los aliados invadieron Rusia y, bajo su protección, los ultrarreaccionarios organizaron el terror blanco contra los campesinos y obreros, una repugnante orgía de matanzas y violencias en las que indefensas mujeres y niños eran asesinados en masa. Entonces, para proteger a los obreros, empujados a la desesperación, hubo que recurrir al terror rojo; los revolucionarios restablecieron la pena de muerte y los blancos no tardaron en sentir la mano vengadora de la revolución."167

También en el pasado hubo levantamientos del pueblo. Pero la Revolución de Octubre se diferencia

de todas las anteriores porque inauguró una nueva era al poner fin para siempre a la opresión de clase y a la

explotación del hombre por el hombre. El 25 de octubre de 1917, día en que se afirmaba en el poder la clase obrera, Lenin dijo: "Hoy comienza una nueva

fase en la historia de Rusia, y esta revolución rusa, la tercera, ha de conducir en último término a la victoria del socialismo."168

La            Revolución            de           Octubre arrancó  de           la

 

 

167 Alberto Rhys Williams, Las masas populares en la revolución rusa, Moscú, 1924, págs. 93, 95-96.

168 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 208.

 

esclavitud capitalista a la población de un país enorme, que ocupa la sexta parte del globo. Además de traer la emancipación social a la clase obrera y a los campesinos trabajadores, dio solución a los problemas de las nacionalidades de Rusia y llevó a cabo  sus  tareas  democráticas  generales.  La revolución sacó al país de una guerra que lo había agotado, lo salvó del peligro de verse desmembrado y  convertido  en  colonia,  dio  a  los  campesinos  la tierra que tanto ansiaban y liberó a los pueblos periféricos del yugo nacional. Detuvo el proceso por el que Rusia se había quedado económicamente tan atrás de los países desarrollados de Occidente y la colocó en situación de alcanzarlos en corto tiempo. Esta revolución, por primera vez en la historia mundial, sentó las bases para resolver el problema de la mujer, es decir, para emanciparla jurídica y realmente, y para colocarla en igualdad de derechos con el hombre. Finalmente, la Revolución de Octubre dio origen en Rusia a un nuevo Estado, el Estado socialista, cuya política exterior fue puesta desde el primer día al servicio de la causa de la paz y la amistad entre los pueblos.

 

Cómo destruyó el proletariado  ruso los viejos dogmas  de  que  la  revolución  socialista  era imposible.

Las clases explotadoras y sus lacayos con títulos científicos venían afirmando a lo largo de los siglos

que sin terratenientes y capitalistas era imposible mantener   la   producción   social,   que   las   masas

trabajadoras no podrían vivir sin la casta de los señores.

La clase obrera rusa demostró en la práctica que la sociedad puede prescindir perfectamente de los terratenientes y capitalistas.

La propia realidad ha echado también por tierra los   dogmas   oportunistas   de   que   la   revolución

socialista únicamente puede comenzar en los países en que las fuerzas productivas han alcanzado el nivel más alto y donde la clase obrera es la mayoría de la

población. Los oportunistas calificaban de antemano de  imposible  e  ilegítima  la  revolución  que  no

reuniese  estos  requisitos.  Aquel  sabiondo  de Kautsky, por ejemplo, afirmaba que si la clase obrera rusa   tomaba   el   poder,   las   masas   campesinas

convertirían inevitablemente la revolución proletaria en  un  caos  de  revueltas,  es  decir,  en  uno  de  los

episodios de la revolución burguesa.

La vida no ha dejado piedra sobre piedra de los dogmas oportunistas.

Los adversarios del socialismo afirmaban también que si la clase obrera tomaba el poder en sus manos,

no podría conservarlo, puesto que carecía de personal competente y de hábitos de gobierno. Poco antes de la  Revolución  de  Octubre,  el  periódico  burgués

Tiempos Nuevos escribía: "Supongamos por un momento que los bolcheviques vencen. ¿Quién nos gobernaría entonces? ¿Acaso los cocineros, especialistas en filetes y bistecs? ¿O los bomberos, los mozos de caballerizas, los fogoneros? ¿O acaso las niñeras, que acudirían a las reuniones del Consejo de Estado en los ratos que les dejara libres el lavado de  los  pañales?  ¿Quién?  ¿Quiénes  son  esos estadistas? ¿Veremos a los torneros ocuparse de los teatros, a los fontaneros de la diplomacia y a los carpinteros de correos y telégrafos? ¡No! ¿Es esto posible? A tan insensata pregunta la historia responderá con todo su peso a los bolcheviques."

La historia, en efecto, ha dado respuesta a lo que para los reaccionarios rusos era una pregunta insensata. La historia les jugó una mala pasada y ha demostrado toda la razón que asistía a los bolcheviques, a los comunistas, quienes tenían fe ciega en la capacidad creadora de las masas. Muchos torneros  se  convirtieron,  como  todos  sabemos,  no sólo  en  buenos  valedores  del  arte  teatral,  sino también en eminentes estadistas; carpinteros y mozos de cuadra resultaron aceptables jefes militares, que derrotaron a los generales burgueses de más fama; y de entre los fontaneros, fogoneros y trabajadores de otros oficios salieron buenos diplomáticos, capaces administradores y excelentes ingenieros, diseñadores, escritores y científicos.

La Revolución de Octubre no se limitó a colocar a la clase obrera en el poder; también demostró prácticamente que esta clase puede gobernar perfectamente el Estado, dirigir la economía nacional y crear una nueva cultura. Más aún, la experiencia demuestra que las cosas marchan mucho mejor sin capitalistas. Del seno de la clase obrera y de los campesinos trabajadores surgieron una infinidad de hombres de talento que, gracias a la revolución, pudieron demostrar su valía en todas las esferas del gobierno y de la industria.

La Revolución de Octubre desacreditó para siempre a quienes afirmaban que los hombres "de

abajo" son incapaces de una labor de creación y que,

en todo caso, antes de tomar el poder han de pasar un largo aprendizaje con los "sacerdotes" de la cultura

burguesa.

V. I. Lenin estimaba que el proletariado no tiene para qué esperar hasta conseguir un determinado "nivel de cultura", y que alcanzará antes ese nivel con un poder obrero y campesino.

"Si para la creación del socialismo -escribía- se requiere  un  determinado  nivel  de  cultura  (aunque

nadie   puede   decir   cuál   es   precisamente   dicho

«nivel», pues es distinto en cada Estado occidental europeo),  ¿por  qué  no  podemos  comenzar  por  la

conquista revolucionaria de las premisas necesarias

para ese determinado nivel y luego ya, apoyándonos en el poder obrero y campesino y en el régimen soviético, movernos hasta alcanzar a los otros pueblos?"169

 

169 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 438.

 

 

El Partido Comunista, a la cabeza de la transformación revolucionaria.

La  Revolución  de  Octubre  vino  a  confirmar  la verdad marxista de que la situación revolucionaria más  favorable  únicamente  puede  conducir  a  la victoria si existe un partido capaz de valorar acertadamente esa situación, decidido por completo a llevar la lucha hasta el fin y capaz de guiar a las grandes masas trabajadoras.

Para convertir en realidad la posibilidad de la revolución hacía falta en Rusia un enorme trabajo

político   y   de   organización,   a   fin   de   unir   los

numerosos  y  heterogéneos  arroyuelos  del descontento   popular   en   un   poderoso   torrente

revolucionario.  El  partido  leninista  cumplió  con

honor esta tarea. Supo fundir en un solo torrente revolucionario el movimiento socialista de la clase obrera, el movimiento democrático de todo el pueblo contra la guerra y el imperialismo, la lucha democrática revolucionaria de los campesinos por la tierra y la paz y el movimiento de liberación nacional de los pueblos de Rusia. Cuando las más grandes masas del pueblo, y no sólo los obreros, se colocaron junto al Partido Comunista, éste llevó a los trabajadores a la lucha por el poder, a la revolución socialista.

Durante muchos decenios, los partidos de la clase obrera de todos los países venían hablando en sus

programas  del  socialismo;  pero  cuando  hubo  que pasar del dicho al hecho, resultó que para muchos de

ellos el socialismo no era más que una consigna propagandística, y no una tarea concreta que había de

ser resuelta con lucha. El partido leninista fue el primero en llevar a la clase obrera al cumplimiento de su misión histórica, proyectando el socialismo del

campo de la teoría a la práctica.

En nuestro propósito no entra la exposición completa de lo que fueron los acontecimientos de

octubre, de la sucesión de consignas planteadas en

las distintas etapas de la revolución, etc. De ello se habla extensamente en los manuales de Historia del

P.C.  de  la  U.S.  Lo  que  aquí  nos  interesa  son  las

características fundamentales de la Revolución de Octubre que hicieron de ella un formidable momento crucial  en  la  historia  de  los  hombres  y  que  hasta ahora es un ejemplo para el movimiento obrero mundial.

La política de los comunistas en el curso de la Revolución de Octubre es un modelo de táctica del partido  obrero  revolucionario  -genuinamente marxista y basada en una visión científica de los acontecimientos- en los momentos decisivos de la historia: el Partido no mantuvo la línea de la "toma" del poder, sino de la organización de la lucha de las masas populares por el poder; contribuyó pacientemente a la maduración de la conciencia revolucionaria de las masas trabajadoras; supo lanzar las consignas que llevaban a las masas populares, por su propia experiencia, a las posiciones de la lucha revolucionaria contra el capitalismo. El Partido dio pruebas  de  una  gran  flexibilidad,  de  su  capacidad para encontrar un lenguaje común con las diversas fuerzas políticas y sociales y para ampliar el frente de los aliados de la clase obrera.

La Gran Revolución Socialista de Octubre triunfó porque a la cabeza de la clase obrera marchaba el

Partido Comunista, que dominaba magistralmente el arte de la aplicación de la doctrina marxista a las

condiciones concretas de la vida rusa. Vinculado estrechamente a las masas, expresión de sus anhelos, enérgico y audaz, fiel a los principios y elástico, el

Partido era, como en vísperas de la revolución dijo

Lenin,  "cerebro,  honor  y  conciencia  de  nuestra época".

La labor dirigente del Partido bolchevique se ha

convertido en un ejemplo clásico para los partidos marxistas-leninistas de todos los países.

 

Primer ejemplo de poder proletario en la historia. La Gran Revolución Socialista de Octubre, que trajo el triunfo de la clase obrera, creó también el primer ejemplo y modelo de poder proletario para el período de transición del capitalismo al socialismo que  la  historia  conoce.  En  el  país  se  afirmó  la dictadura del proletariado bajo la forma de República de los Soviets. Sin perder un instante, con energía revolucionaria, el poder soviético comenzó a tomar medidas encaminadas al robustecimiento del orden revolucionario,    para        satisfacer              las           necesidades perentorias  de  las  masas  y  mejorar  su  situación. Hubo necesidad de trabajar de firme para defender la

revolución de sus enemigos de clase.

Muchos movimientos         populares             del          pasado habían sido vencidos porque los partidos y clases que

estaban al frente de ellos no se decidieron a emplear

la fuerza contra las clases explotadoras, no supieron devolver golpe por golpe en la defensa de las conquistas revolucionarias.

La Revolución de Octubre no incurrió en estos errores. Lenin, los comunistas, los obreros rusos no

se detuvieron ante el empleo de medidas enérgicas contra los enemigos activos de la revolución, a la vez que  aseguraban  a  los  trabajadores  la  más  amplia

democracia   proletaria.   Un   poder   obrero   firme, cuando   el   país   se   hallaba   sometido   al   cerco

capitalista, era la única salvación del país.

Los oportunistas, que se llamaban a sí mismos socialistas,  rechazaban  la  idea  de  la  dictadura  del

proletariado y condenaban a Lenin y a los leninistas, que   mantenían   una   lucha   enérgica   contra   los

elementos  contrarrevolucionarios.  Los  oportunistas no querían comprender que quienes primero recurren a la violencia son las clases explotadoras vencidas

por el pueblo y que cualquier condescendencia con la contrarrevolución  conduce  a  un  derramamiento  de

 

sangre cien veces mayor que el que se necesita para hacer entrar en razón al enemigo.

La experiencia de Octubre demuestra brillantemente que la dictadura del proletariado, en

una u otra forma, es necesaria para que la transición del capitalismo al socialismo tenga éxito. Un gran

mérito de los comunistas rusos ante el movimiento obrero mundial es que, dirigidos por Lenin, supieron aplicar la doctrina del marxismo revolucionario a las

condiciones concretas de su país.

Toda revolución, indicaba Lenin, se mantiene cuando   sabe   defenderse.    Muchas   revoluciones

fracasaron    precisamente    porque    no    supieron

organizar  su  defensa.  La  Revolución  de  Octubre evitó  también  esta  debilidad,  demostrando  en  la

práctica  su  capacidad para  defenderse al  crear,  en

brevísimo plazo, el ejército revolucionario de obreros y campesinos que venía a sustituir el ejército zarista, desmoralizado y que de hecho se había desintegrado por completo.

Contra la revolución rusa se levantó una poderosa coalición  integrada  por  las  fuerzas  reaccionarias

interiores y por la gran burguesía internacional. Toda

la República Soviética se vio cortada por los frentes de la guerra civil y de la intervención extranjera. No

obstante, el joven Ejército Rojo, a menudo descalzo y

hambriento, mucho peor armado que sus enemigos, salió vencedor de la dura prueba. La creación de ese ejército es la prueba mejor de la potencia de la dictadura proletaria, del gran apoyo que encontraba en el pueblo. Si el poder soviético no hubiese tenido el apasionado amor de las masas populares, como calumniosamente afirmaban sus enemigos, si las masas no hubiesen comprendido que los comunistas luchaban por el poder del pueblo, al Partido le habría sido imposible crear un ejército tan grande, poseído de un verdadero entusiasmo revolucionario y de la firme voluntad de vencer.

El Ejército Rojo hubo de cumplir una misión difícil, pero honrosa, como era la de echar por tierra los planes del imperialismo internacional y de la contrarrevolución interior, que aspiraban a escindir a Rusia  en  varios  Estados  semidependientes.  El ejército del pueblo revolucionario cumplió con honor su tarea histórica y arrojó fuera de la República Soviética a las tropas de la "campaña de las catorce potencias" que habían invadido su suelo, y con ellas a los guardias blancos rusos y a los separatistas ucranianos y de todo género que soñaban con hacer pedazos el país de los Soviets.

La victoriosa lucha del pueblo soviético contra los intervencionistas   y   guardias   blancos   confirmaba

brillantemente   las   proféticas   palabras   de   Lenin:

"Jamás será vencido un pueblo en el que la mayoría de  los  obreros  y  campesinos  han  comprendido, sentido y visto que defienden un poder que es suyo, el Poder Soviético, el poder de los trabajadores; que defienden una causa cuya victoria asegurará a ellos y a sus hijos la posibilidad de disfrutar de todos los bienes  de  la  cultura,  de  todo  cuanto  es  obra  del trabajo humano."170

 

3.   Poderoso   impulso    para   el   movimiento obrero revolucionario de otros países

La  Revolución  de  Octubre,  con  su  ejemplo,

decuplicó las energías de los trabajadores de todo el mundo en su lucha de liberación. Hizo vacilar entre

las  grandes  masas  populares  de  los  Estados burgueses  la  creencia  de  que  el  capitalismo  era

inconmovible y eterno, e hizo añicos los dogmas de los seudosocialistas, que invitaban a aceptar la omnipotencia del imperialismo y a conformarse con

las concesiones parciales de las clases dominantes.

Como resultado de la Revolución de Octubre, la clase   obrera   del   mayor   país   del   mundo   había

alcanzado el poder; esto elevó formidablemente la

conciencia socialista del proletariado internacional, reavivó su espíritu revolucionario y robusteció en él

la fe en sus fuerzas y en su triunfo. Las ideas del

socialismo  y  el  comunismo  se  hicieron  más populares entre las masas trabajadoras y la clase obrera ganó políticamente en madurez y combatividad.

Bajo  la  influencia  de  Octubre,  el  entusiasmo revolucionario  se  apoderó  de  muchos  países  de

Europa y Asia.

En   Alemania   se   multiplicaron   las   voces   de quienes  pedían  el  cese  inmediato  de  la  guerra

imperialista y comenzaron a aparecer Consejos de

obreros y soldados. En otoño de 1918 la crisis revolucionaria alcanzó su punto culminante. El levantamiento se extendió casi por todo el país y la monarquía se vino abajo.

La ola revolucionaria barrió también la monarquía de  los  Habsburgos.  De  las  ruinas  del  artificial

Imperio   austro-húngaro   surgieron   como   Estados

nacionales independientes Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría y Austria. En enero de 1918 estalló una revolución obrera en Finlandia. En 1919, en Hungría, Baviera y Eslovaquia se estableció el poder soviético, que, aun siendo aplastado por la contrarrevolución, dejó huellas imborrables en la conciencia de los trabajadores. En Italia comenzó un amplio movimiento para la formación de Consejos fabriles. Los obreros tomaban bajo su control las empresas,  los  campesinos  se  apoderaban  de  las tierras de los latifundistas. La lucha revolucionaria se extendió a Francia, Inglaterra, Bélgica y Polonia. En

1920  y  1921  se  produjeron  huelgas  generales  en

Bulgaria, Rumania y Checoslovaquia; una oleada huelguística se extendió por los Estados Unidos y Sudamérica.

La  Revolución  de  Octubre,  que  había  dado  un gigantesco impulso al movimiento obrero de todo el

mundo,   tuvo,   a   su   vez,   el   valioso   apoyo   del

 

proletariado internacional. En Inglaterra se desarrolló un movimiento de solidaridad bajo la consigna de "Fuera las manos de la Rusia Soviética". En muchos países se constituyeron comités nacionales y locales que dirigían la lucha contra la intervención; los portuarios se negaban a cargar armamento destinado a los guardias blancos e intervencionistas. En Italia este movimiento lanzó las consignas: "Ni un fusil, ni un cartucho, ni un soldado contra la patria de los trabajadores."  "Hay  que  hacer  como  en  Rusia." Como decía Lenin, los pueblos aprendieron, "por la marcha de las cosas, a mirar a Rusia como al centro de atracción".171

Bajo la influencia de la Revolución de Octubre empezó una etapa nueva, leninista, del movimiento

obrero   internacional,   que   se   caracteriza   por   la

aparición de Partidos Comunistas en muchos países y por la fundación de la Internacional Comunista, órgano  combativo  de  la  solidaridad  proletaria mundial. El movimiento obrero salió del estado de dispersión e impotencia en que, por culpa de los oportunistas  de  la  II  Internacional,  había permanecido durante la guerra imperialista de 1914 a

1918.  La  Revolución  de  Octubre  dio  a  los trabajadores  conciencia  de  su  fuerza,  les  hizo  ver

claramente los objetivos y reafirmó su seguridad en

el futuro.

 

4. Influencia  de la revolución de octubre sobre el movimiento de liberación nacional

La Revolución Socialista de Octubre no era sólo el comienzo de la era de las revoluciones proletarias; también significó el comienzo de la crisis del sistema colonial del imperialismo, de un período nuevo en la historia del movimiento de liberación nacional de los pueblos oprimidos de Oriente.

La revolución socialista significaba una clara lección para todo el mundo al acabar con la opresión nacional en Rusia. Los pueblos sojuzgados por el zarismo recibieron de ella la libertad e igualdad de derechos. El poder soviético no se limitó a darles las libertades  políticas,  la  igualdad  política  y  su capacidad para constituirse en Estados, sino que los puso en condiciones de acabar con el atraso de su economía y su cultura. La nación rusa -la más avanzada y fuerte de todas cuantas integraban la República- les prestó en este aspecto inestimable ayuda.

Es  lógico,  por  tanto,  que  la  Revolución  de Octubre infundiese un poderoso impulso a la lucha de   las   colonias   y   países   dependientes   por   su liberación  de  la  esclavitud  imperialista.  La revolución rusa les señalaba el camino que podía conducirles  a  la  libertad  y  a   la  independencia nacional. Además, el ejemplo del país soviético, que había destrozado los ejércitos intervencionistas y defendido sus conquistas socialistas, hacía ver a esos

 

 

 

170 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 292.

 

171 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 423.

 

 

 

pueblos que, por inconmovible que pareciese la dominación  de  los  Estados  imperialistas,  la liberación del yugo colonial era perfectamente realizable.

Hasta la Revolución de Octubre, en los países de

Oriente no se conocía la doctrina marxista-leninista. "Las  salvas  de  los  cañones  que  anunciaban  la

Revolución de Octubre -dice Mao Tse-Tung- trajeron

hasta     nosotros     el     marxismo-leninismo.     La

Revolución de Octubre ayudó a los elementos progresistas del mundo y de China a aplicar la ideología proletaria cuando se trataba de determinar los destinos del país y de revisar nuestros propios problemas. La conclusión era: seguir el camino de los rusos."172

En 1921 se creaba el Partido Comunista de China, que siguió los consejos expuestos por Lenin a los comunistas de Oriente en noviembre de 1919: apoyarse en la teoría y la práctica comunistas y, "acomodándose a unas condiciones peculiares, que no se dan en los países europeos, saber aplicar esta teoría y esta práctica en una situación en que la masa principal la forman los campesinos, en que es necesario llevar a cabo la tarea de luchar no contra el capital, sino contra los residuos medievales".173

La primera gran respuesta del pueblo chino a la

Revolución  de  Octubre  fue  el  "Movimiento  del cuatro de mayo", iniciado en 1919 como protesta contra la entrega al Japón de las antiguas concesiones alemanas en China, y que obligó al Gobierno del país a negarse a la firma del Tratado de Versalles y a separar a varios ministros que se habían ganado el odio del pueblo. En este amplio movimiento popular, que iba principalmente contra el imperialismo nipón y el gobierno feudal militarista, la clase obrera de China dio sus primeros pasos como fuerza política autónoma. La revolución china -democrático- burguesa en un principio, que transcurría bajo la dirección de la burguesía- se convirtió en revolución democrática, en la que la hegemonía pasó a la clase obrera.

En 1919 se produjeron importantes acciones del pueblo coreano contra la dominación japonesa; en ellas participaron más de dos millones de personas.

En la India comenzaron acontecimientos revolucionarios que en algunos lugares adquirieron la

forma de levantamientos armados. "...La revolución

 

años más tarde el país se emancipaba del yugo británico.

El  formidable  estallido  de  la  Revolución  de

Octubre tuvo también eco en la lejana Indonesia. Según  señala  el  doctor  Sukarno,  Presidente  de  la

República de Indonesia, "después del triunfo de la

Revolución de Octubre en Rusia, la lucha de los pueblos de Asia por su independencia nacional y contra el yugo de los invasores se desencadenó con nueva fuerza. Esta lucha se hizo más organizada, con una meta clara e irreductible: la independencia, y la independencia inmediata."175

Los avances de la lucha de liberación nacional mostraban la profunda influencia ejercida por la Revolución de Octubre sobre los pueblos oprimidos del mundo y significaban el comienzo del fin del sistema colonial del imperialismo.

 

5. Destacamento de vanguardia y baluarte del movimiento socialista mundial

El             significado             internacional        de           la             Gran

Revolución Socialista de Octubre es un tema extraordinariamente amplio y que ofrece múltiples facetas, que no caben en el presente capítulo.176 Aquí nos hemos referido sólo a la histórica victoria que el proletariado ruso alcanzó en octubre de 1917 bajo la dirección del Partido Comunista y la repercusión inmediata  que  este  gran  acontecimiento  tuvo entonces en el movimiento revolucionario de otros pueblos. En este sentido significaba ya el comienzo de una nueva era en la historia de la humanidad: la era del hundimiento del capitalismo y del triunfo del socialismo.

"La Revolución Socialista de Octubre -decía N. S. Jruschov en la sesión conmemorativa del Soviet Supremo de la U.R.S.S.- tiene el más grande significado en la historia de la humanidad. Todo el mundo fue conmovido hasta sus cimientos cuando el proletariado ruso, unido a los campesinos pobres y bajo la dirección del Partido bolchevique, con el gran Lenin a la cabeza, tomó el poder en sus manos y proclamó el nacimiento de un nuevo régimen social y político. El primer Estado obrero y campesino del mundo levantó la roja bandera revolucionaria del socialismo, nimbada por la gloria de sus luchas y victorias,  la  gran  bandera  del  marxismo- leninismo."177

 

soviética -escribe Jawaharlal Nehru, primer ministro                 de la India- dio un gran impulso al avance de la sociedad humana y encendió una viva llama que es imposible apagar. Ella puso los cimientos de la nueva civilización  hacia  la  cual  puede  marchar  el mundo."174   El  vasto movimiento de liberación nacional siguió creciendo en la India hasta que treinta

 

 

172   Mao  Tse-Tung, De  la  dictadura  democrática  del  pueblo.

Gospolitizdat, 1949, páginas 5-6.

173 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 140.

174 J. Nehru, Descubrimiento de la India, Moscú, 1955, pág. 24.

 

175 Sukarno, "Influencia de la Revolución de Octubre sobre el despertar de los pueblos de Asia", Revista Tiempos Nuevos, núm.

43, 18 de octubre de 1956, pág. 5.

176 El significado histórico de los cuarenta años de experiencia de la Revolución de Octubre fue examinado detenidamente en el informe de N. S. Jruschov ante la sesión conmemorativa del Soviet Supremo de la U.R.S.S. (noviembre de 1957). Este tema

se toca en algunos capítulos de la sección cuarta y en todos los capítulos de la quinta.

177   N.  S.  Jruschov,  Cuarenta   años  de  la  Gran  Revolución

Socialista de Octubre. Informe ante la sesión conmemorativa del

Soviet Supremo de la U.R.S.S., 6 de noviembre de 1957, Gospolitizdat, Moscú, 1959, págs. 5-6.

 

 

 

La histórica victoria de la Revolución de Octubre colocó ante todo el mundo al país soviético como vanguardia y baluarte del movimiento socialista internacional. "... Tenemos derecho a mostrarnos orgullosos y nos enorgullecemos -escribía Lenin- de que nos haya cabido en suerte comenzar la construcción del Estado soviético, comenzar con ello una nueva época de la historia universal, que es la época de la dominación de una clase nueva, oprimida en todos los países capitalistas y que en todos los sitios  marcha  hacia  una  vida  nueva,  a  la  victoria sobre la burguesía, a la dictadura del proletariado, a la emancipación de la humanidad del yugo del capital y de las guerras imperialistas."178

La  Gran  Revolución  Socialista  de  Octubre significa el comienzo de una nueva era de la historia universal, y no sólo de Rusia. Era un viraje radical en la historia del mundo, que se apartaba del capitalismo y se orientaba hacia el socialismo. El capitalismo dejaba de ser un sistema universal imperante en el mundo entero; la cadena del capitalismo se había roto y sus eslabones jamás podrían juntarse de nuevo.

La Revolución de Octubre mostró a los obreros de otros países que no es preciso esperar el desenlace

"general", que el camino que el mundo sigue hacia el progreso  significa  el  desprendimiento  gradual  de

nuevos países del sistema del capitalismo para incorporarse al socialismo. A la vez que demostraba la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo

país, la Revolución de Octubre significaba el primer paso  hacia  la  victoria  del  socialismo  en  escala

mundial.

V. I. Lenin veía el significado internacional de la

Revolución de Octubre, sobre todo, en la influencia que ejercía sobre toda la marcha de la historia mundial, si bien subrayaba también este significado "en el sentido más estricto de la palabra, es decir, comprendiendo como significado internacional el valor internacional o la necesidad histórica de que en escala internacional se repita lo que se produjo en nuestro país..."179

El triunfo de la Revolución de Octubre significaba un formidable incremento de las posibilidades de las revoluciones socialistas. Resultaba evidente que el mundo entero podía desprenderse ya de las tenazas del capitalismo, sin que esto quedase reservado exclusivamente para un reducido círculo de países desarrollados. Eso contribuyó de manera decisiva al incremento  del  movimiento  internacional  de liberación de la clase obrera y debilitó el imperialismo.

El proceso de crecimiento incesante de las fuerzas del socialismo y de debilitación del capitalismo, al que dio comienzo la Revolución de Octubre, hace además más fácil la lucha de los trabajadores de los países capitalistas  por la paz y la  democracia, les

 

 

178 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, págs. 32-33.

179 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 5.

 

ayuda sensiblemente a defender sus intereses económicos inmediatos, permite a los pueblos de los países pequeños y económicamente débiles conservar su independencia y desarrollar su economía nacional.

No hay ni una sola faceta de la vida social de cualquier país del mundo que no experimente, directa o indirectamente, las consecuencias de la Gran Revolución de Octubre.

La marcha objetiva de la historia ha convertido a la U.R.S.S. en vanguardia y baluarte del movimiento

socialista   internacional.   Pero   ser   vanguardia   y

baluarte, se comprende, está muy lejos de significar la intervención en los asuntos interiores de otros países para "organizar" revoluciones entre ellos. Ninguna revolución social, y tanto menos la revolución proletaria, se puede provocar artificialmente, "exportarla" o "importarla" por encargo.

Poco antes de la Revolución de Octubre, subrayando la razón  que asistía  a Engels, escribía

Lenin  que  "el  proletariado   triunfante   no  puede

imponer a ningún otro pueblo felicidad alguna sin quebrantar con ello su propia victoria".180

La revolución socialista encuentra a quienes han

de llevarla a cabo no fuera, sino dentro del propio país, cuando éste madura para la revolución. Los encuentra en la clase obrera de este país y en sus aliados, en todos los trabajadores y explotados. La revolución madura en virtud de las leyes objetivas del desarrollo histórico, y su victoria se convierte de posible en real por la lucha revolucionaria de las grandes masas bajo la dirección de los partidos marxistas-leninistas.

 

Capitulo  XIII.  El partido marxista-leninista y su papel en la lucha de clase de los obreros

Los enemigos del comunismo difunden la patraña

de que la creación de los partidos marxistas es obra de  unos  pocos  agitadores.  Si  esto  fuera  así,  hace

tiempo que se habría acabado con los comunistas,

después de las persecuciones a que se ven sometidos desde hace largos decenios. El fascismo italiano, por

ejemplo, descargó sobre el Partido Comunista duros

golpes. En vísperas de la segunda guerra mundial no contaba   con   más   de   15.000   afiliados.   Pero   el fascismo acabó por ser derrotado y el Partido Comunista se convirtió rápidamente en una gran organización  que  hoy  día  cuenta  con  casi  dos millones de miembros.

La burguesía reaccionaria de muchos países hace objeto a los comunistas de toda clase de represiones,

asesina ferozmente y recluye en la cárcel a sus mejores dirigentes. En ningún sitio, sin embargo, ha

conseguido eliminar a los partidos revolucionarios de la clase obrera. Las persecuciones no pueden nada contra los partidos marxistas. Esto es prueba de que

los  Partidos  Comunistas  tienen  su  origen  en  las

 

180 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 337.

 

 

 

profundas necesidades objetivas del desarrollo social y, ante todo, en los intereses y necesidades de la clase obrera.

 

1. Qué partido necesita la clase obrera

Marx   y  Engels,   que   dieron   una  explicación

científica al papel histórico de la clase obrera, determinaron también que para la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en socialista, el   proletariado   necesita  disponer   de   un   partido político propio.

Y no se limitaron a escribir acerca de ello, desde el mismo Manifiesto del Partido Comunista, sino que trabajaron intensamente para crear un partido de ese tipo.  En  1847  constituían  la  "Liga  de  los Comunistas", que puede ser considerada como el prototipo de los modernos Partidos Comunistas. Apoyándose en la experiencia de la Liga y de la Asociación  Internacional  de  Trabajadores,  fundada en 1864 y conocida en la historia del movimiento obrero con el nombre de Primera Internacional, Marx y Engels extrajeron importantes conclusiones acerca del papel, organización y política del partido revolucionario de la clase obrera.

En   las   nuevas   condiciones   históricas,   Lenin amplió estas conclusiones de Marx y Engels, que se convierten así en una armónica doctrina acerca del Partido. Lenin fundamentó el papel dirigente del Partido en el movimiento obrero, formuló sus principios orgánicos, las normas de su vida interna y los principios de su política y su táctica. Esta doctrina significa una inestimable aportación de Lenin al marxismo.

 

Carácter revolucionario del partido marxista.

De todas las organizaciones que el proletariado crea,   sólo   el   partido   político   puede   expresar

correctamente los intereses fundamentales de la clase

obrera y conducirla al triunfo completo. Los sindicatos, cajas de ayuda mutua y otras organizaciones semejantes jamás serán de por sí suficientes para que los obreros puedan poner fin al capitalismo y construir la sociedad socialista. Para ello se necesita una organización de tipo superior, que no se limite a la lucha por las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores, sino que se marque el fin de conducir a la clase trabajadora al poder para llevar a cabo la transformación revolucionaria de la sociedad.  Y  esta  organización  es  el  Partido Comunista. "...Para que la masa de una clase determinada pueda aprender a comprender sus intereses, su situación, aprender a mantener una política propia -escribe Lenin-, es necesaria una organización  de  los  elementos  avanzados  de  esa clase, inmediatamente y cueste lo que cueste, aunque en un principio dichos elementos sean una minoría insignificante de la clase."181

 

Mientras la clase obrera se limita a la lucha económica,  la  burguesía  no  se  siente  muy amenazada; mas cuando los proletarios se organizan políticamente, es decir, cuando crean un partido político  que  es  el  portavoz  de  su  voluntad  como clase, comienza a temer en serio por su dominación. De ahí que la reacción descargue sus golpes principales  sobre  el  partido  político  de  la  clase obrera. Simultáneamente, a fin de minar al Partido por dentro, la propaganda capitalista se esfuerza por hacer creer a los obreros que pueden prescindir perfectamente de él. Una de las manifestaciones de la influencia burguesa en la clase obrera es la negación anarquista y anarcosindicalista del papel dirigente del partido político.

Los anarquistas niegan en absoluto la necesidad de toda organización política. Los anarcosindicalistas

afirman que la clase obrera no ha de preocuparse de

la política y que le basta con sus sindicatos. Con su negación de la política, los anarquistas subordinan de

hecho a la clase obrera a la influencia de la política

burguesa.

V. I. Lenin escribía así, denunciando la inconsistencia    teórica    y    el    peligro    de    tales

concepciones: "... Sólo el partido político de la clase obrera,  es  decir,  el  Partido  Comunista,  está  en

condiciones de unir, educar y organizar a una vanguardia del proletariado y de todas las masas trabajadoras,  que  es  la  única  que  se  encuentra  en

condiciones de oponerse a las inevitables fluctuaciones pequeñoburguesas de dicha masa, a las

inevitables tradiciones y recidivas de la estrechez profesionalista,  o  de  los  prejuicios  profesionalistas

entre el proletariado, y de dirigir toda la actividad conjunta de éste, es decir, de dirigirlo políticamente y, a través de él, dirigir a todas las masas trabajadoras."182

Ahora bien, no todo partido político que pretenda la dirección de la clase obrera es capaz de cumplir esta tarea. Así lo demuestra la experiencia de los partidos socialdemócratas de la II Internacional. Valiéndose de los líderes oportunistas de la socialdemocracia, la burguesía ha sabido subordinar en buena parte estos partidos a su influencia; los ha "domesticado" hasta el punto de que se diferencian poco de la oposición parlamentaria burguesa más corriente. Esto ha hecho que los partidos socialdemócratas, que en un principio infundieron grandes esperanzas a la clase obrera, sean ahora incapaces  de  organizar  y  dirigir  el  movimiento obrero revolucionario. Así se ha visto, sobre todo, en la época del imperialismo, cuando todas las contradicciones se agudizaron al extremo.

La  realidad  objetiva  y  los  intereses  del proletariado exigían imperiosamente la creación de partidos obreros de nuevo tipo.

El primero de ellos apareció en Rusia, donde las

 

 

 

181 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, págs. 367-368.

 

182 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág. 222.

 

 

 

contradicciones imperialistas habían adquirido un carácter especialmente agudo. A fines del siglo pasado, V. I. Lenin levantó la bandera de la lucha contra el oportunismo en el seno de la socialdemocracia, lucha que se convirtió en ejemplo para todo el movimiento revolucionario mundial. Después   de   la   Gran   Revolución   Socialista   de Octubre, los Partidos Comunistas comenzaron a aparecer en muchos países.

Las características nacionales y las condiciones de lucha esbozaron la fisonomía específica de cada Partido Comunista, pero siempre presentan rasgos comunes que los diferencian sustancialmente de los partidos socialdemócratas.

Lo principal en los partidos de nuevo tipo es su intransigencia frente al capitalismo. Los comunistas luchan enérgicamente para acabar con él, por la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista, y consideran que la condición obligatoria de esta transformación es la toma del poder político por la clase obrera y la implantación de la dictadura del proletariado. De aquí la intransigencia de los comunistas hacia el oportunismo de todo género, que en  la  práctica  significa  la  acomodación  al capitalismo.

Los  Partidos  Comunistas  no  caminan  a  ciegas, sino  que  se  guían  por la teoría revolucionaria  del

marxismo-leninismo,   expresión   científica   de   los

intereses vitales de la clase obrera. El Partido es la unión libre de personas fundidas por una comunidad

de   ideas  que  se  agrupan   para   dar   vida  a  las

concepciones marxistas, es decir, para llevar a cabo la misión histórica de la clase obrera.

El carácter revolucionario del partido determina sus principios orgánicos, su cohesión, unidad de acción y flexibilidad táctica. Pero la fuerza principal

de los Partidos Comunistas reside en que no se trata de      reducidos      grupos      de      revolucionarios

profesionales, sino en que son los partidos de las grandes masas trabajadoras, a las cuales se acercan cuanto pueden y cuya lucha tratan de dirigir.

 

Vanguardia de la clase obrera y de todos los trabajadores.

El Partido Comunista es la vanguardia de la clase obrera,  su  parte  avanzada  y  consciente,  capaz  de

llevar consigo a las grandes masas trabajadoras para la lucha por el derrocamiento del capitalismo y la

construcción del socialismo. V. I. Lenin escribía: "Cuando educa al partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado, capaz de tomar el

poder y de conducir a todo el pueblo al socialismo, de orientar y organizar el nuevo régimen, de ser el

maestro, dirigente y jefe de todos los trabajadores y explotados para la construcción de su vida social sin la burguesía y contra la burguesía."183

El partido del proletariado -el Partido Comunista-,

 

183 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 376.

 

que por su naturaleza misma es un partido de clase, echa raíces profundas no sólo en el medio obrero, sino también en otras capas del pueblo.

Los comunistas no son gentes especiales, sino obreros, campesinos, intelectuales, hombres sencillos

del  pueblo.  Lo  que  los  distingue  es  su  mayor

conciencia y firmeza en sus ideas, y por consiguiente, un mayor espíritu revolucionario, que les permite aceptar cualquier adversidad en aras de los sublimes ideales para cuya realización se han unido. Sus intereses son los del pueblo y hacen suyo cuanto al pueblo afecta.

En los grandes Partidos Comunistas hay representantes  de  todas  las  fuerzas  populares  que

luchan contra el capitalismo; ante todo, reúnen a los mejores  hombres  de  la  clase  obrera.  El  Partido

Comunista italiano, por ejemplo, cuenta con un 44,6 por ciento de obreros, un 18,6 por ciento de obreros agrícolas asalariados (braceros), un 13,4 por ciento

de aparceros, un 5,3 por ciento de pequeños propietarios  campesinos  y  un  5,6  por  ciento  de

artesanos. En el Partido Comunista francés, el 40,3 por ciento son obreros, el 5 por ciento obreros agrícolas, el 8,2 por ciento campesinos y el 12,2 por

ciento empleados. Entre los comunistas de Finlandia, el 85,5 por ciento son obreros.

La experiencia histórica demuestra que antes de convertirse realmente en vanguardia, los partidos revolucionarios atraviesan de ordinario varias etapas

de maduración política y orgánica. En los primeros tiempos suelen ser más bien grupos entregados a una

labor de propaganda que se realiza principalmente dentro de sus propias filas. Esto es necesario para

asegurar la unidad ideológica, educar a los cuadros y organizarse debidamente. Luego viene un tiempo en que los partidos acuden a las masas y comienzan a

dirigir las huelgas y las acciones de masas de la clase obrera. Este período es muy importante, significa la

unión  del  movimiento  obrero  espontáneo  con  las ideas del socialismo, la conversión del mismo en un movimiento  consciente  y  organizado  de  clase.  La

etapa siguiente es la transformación del partido en una fuerza política real capaz de llevar consigo no ya

a la mayoría de la clase obrera, sino a grandes masas del pueblo.

En           algunos  países     capitalistas            los           Partidos

Comunistas no han podido ganarse aún a grandes capas  de  la  clase  obrera,  no  son  aún  partidos  de masas. Como vanguardia que reúne en sus filas a la parte más consciente de la clase obrera, cumplen un papel en la vida y la lucha de los trabajadores. Pero está claro que ese papel será todavía mayor cuando logren agrupar en torno suyo a las grandes masas. Entonces se convertirán en la fuerza política que conducirá a los trabajadores a la emancipación social, a la creación de una sociedad nueva.

La rapidez con que el Partido pasa de una etapa a otra depende de las condiciones objetivas, del acierto

 

 

 

de su propia política y de la capacidad de sus dirigentes. La agudización de la crisis general del capitalismo y los éxitos de las fuerzas del socialismo, a la vez que el rápido aumento de la madurez política y la experiencia de los cuadros, propician en nuestro tiempo el acelerado ascenso de todos los Partidos Comunistas de los países capitalistas a una fase superior de desarrollo.

 

2. El centralismo democrático en la estructura y la vida del partido

Del papel que el Partido Comunista está llamado a

cumplir en el movimiento obrero, del carácter de sus fines  y  tareas,  se  desprenden  los  principios  de  su

estructura orgánica.

Los intereses que los Partidos Comunistas representan no son la simple suma de los intereses

privados de los distintos obreros o grupos de éstos;

son  los  intereses  de  toda  una  clase,  que  sólo  se pueden manifestar en una voluntad única, que reúne

la infinidad de acciones individuales en una lucha

común. Agrupar todas las fuerzas, orientarlas hacia un mismo fin, dar unidad a las acciones dispersas de individuos y de grupos de obreros, únicamente puede hacerlo una dirección centralizada. "...La centralización  incondicional  y  la  más  severa disciplina del proletariado son una de las condiciones fundamentales para el triunfo sobre la burguesía" (Lenin).184

Pero la voluntad común del Partido sólo puede formarse por la vía democrática, es decir, conjunta y colectivamente, comparando opiniones y propuestas y  adoptando  luego  acuerdos  que  son  obligatorios para todos. La voluntad común, así elaborada, tiene la superioridad de que refleja de la manera más completa, y por tanto acertada, las necesidades objetivas de la lucha de clase del proletariado.

Por  lo  tanto,  el  centralismo  de  los  Partidos

Comunistas es un centralismo democrático, o sea que se apoya en la voluntad de las grandes masas del Partido.

El centralismo democrático significa, en la práctica, que:

todos  los  órganos  dirigentes  son  elegidos,  de abajo arriba;

los órganos del Partido informan periódicamente

de su labor ante sus organizaciones;

hay una severa disciplina y subordinación de la minoría a la mayoría;

los   acuerdos   de   los   órganos   superiores   son

absolutamente obligatorios para los inferiores.

El principio del centralismo democrático es una de las bases de los estatutos de cada Partido Comunista, donde se determinan la estructura y la forma de su organización, las normas de su vida interna, los procedimientos a seguir en la labor práctica de sus secciones y los deberes y derechos de

 

184 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXI, pág. 8.

 

sus miembros.

El  problema  de  los  deberes  del  miembro  del

Partido es la piedra angular de toda la organización. El Partido Comunista está llamado a cumplir las ingentes tareas que se derivan de la transformación radical de la sociedad, y de ahí que no se considere suficiente la conformidad de sus miembros con el programa.  Es  comunista  quien  contribuye activamente a la aplicación del programa del Partido y trabaja obligatoriamente en una de sus organizaciones, bajo su dirección y control.

Los oportunistas no piden esto a los miembros de sus partidos. Este problema precisamente es el que, en 1903, condujo a la escisión entre la tendencia revolucionaria y la oportunista en el Partido Socialdemócrata de Rusia. El principio leninista rige ahora en todos los Partidos Comunistas. Al propio tiempo, las condiciones concretas de la admisión y los deberes impuestos a los comunistas se ajustan a las características de cada país y a las tradiciones de su movimiento obrero. Los Partidos se muestran activos y cautos a la vez en la admisión de nuevos miembros, a fin de que no entren en sus filas agentes provocadores enviados por la burguesía o se filtren accidentalmente gentes que nada tienen de comunistas. Algunos Partidos, como el de Francia y el de Italia, cambian todos los años los carnets. Este cambio, que tiene por objeto aumentar la actividad de los comunistas e incrementar el trabajo entre las masas, cuando las condiciones para realizarlo han madurado, permite liberarse de quienes de hecho han dejado de trabajar en una organización del Partido.

 

Democracia interna y dirección.

La vida interna del Partido se estructura de forma que los comunistas puedan participar al máximo en

su labor práctica. Tal es la esencia de la democracia del Partido. A este fin se hace de manera que los

miembros puedan examinar todos los asuntos, controlar el cumplimiento de los acuerdos adoptados, elegir a los dirigentes y comprobar su labor.

El Partido Comunista no reduce la democracia interna a la elección de los órganos dirigentes. Tal

noción de la democracia, vigente en los partidos socialdemócratas, equivale a transportar a la vida del Partido     las     normas     y     procedimientos     del

parlamentarismo burgués. La democracia del Partido

Comunista  es  la  democracia  de  la  acción  única activa; con ella los afiliados no se limitan a elegir y a

discutir   las   cuestiones,   sino   que   prácticamente

contribuyen a orientar el trabajo del Partido.

Los  Partidos  Comunistas  y  Obreros  han encontrado formas diversas para incorporar a todos sus miembros a un trabajo activo. En el P.C. de la U.S. el 20 por ciento aproximadamente de ellos trabajan  en  los  comités  del  Partido  o  como secretarios  de  organizaciones  de  base  u organizadores de grupo; el resto recibe tareas de sus organizaciones respectivas. En el Partido Comunista de China se practica el método de las inspecciones en masa, en las que toma parte un gran número de comunistas.  Los  Partidos  francés  e  italiano incorporan a gran número de miembros a la tarea de elaboración  y  cumplimiento  de  las  decisiones  a través de comisiones diversas, comités de iniciativa, etc.

Pero  la  activa  participación  de  todos  los comunistas en las labores del Partido no reduce el

significado de la dirección, el papel de los dirigentes

capaces  y  en  posesión  de  los  necesarios conocimientos y experiencia.

La historia del movimiento obrero de los distintos

países demuestra que los partidos políticos pueden actuar con éxito cuando cuentan con grupos estables de dirigentes expertos, prestigiosos e influyentes. Estos hombres constituyen el núcleo dirigente del Partido, sus cuadros, su aparato, nombrado por elección,  que  organiza  prácticamente  el cumplimiento de los acuerdos adoptados y asegura el mantenimiento y transmisión de la experiencia y las tradiciones.

Los cuadros dirigentes no se encuentran sobre el

Partido, sino que se hallan bajo el control de éste. En unas condiciones de democracia, decía Lenin, la actuación política del dirigente está siempre expuesta a la luz pública, como si se desarrollase en un escenario ante espectadores. "Todos saben que cierto político empezó experimentando cierta evolución, obró de tal manera en un momento difícil de la vida, posee tales y tales dotes, y por eso es lógico que, con conocimiento de causa, todos los miembros del Partido  puedan  elegirlo  o  no  elegirlo  para determinado cargo... La «selección natural» de la publicidad,   del   carácter   electivo   y   del   control general, asegura que cada dirigente ocupe el lugar que  le  corresponde,  se  dedique  a  la  función  que mejor corresponde a sus energías y capacidad, pruebe en su persona todas las consecuencias de sus errores y demuestre ante todos que es capaz de reconocer los errores y de evitarlos."185

Por lo tanto, la democracia interna es una condición de las más importantes para la acertada

formación,  selección  y  educación  de  los  cuadros

dirigentes. A la vez, es garantía de que la dirección se apoyará  en  la  experiencia  colectiva,  y  no  será

únicamente reflejo del criterio personal de uno u otro

dirigente.

 

Libertad de discusión y unidad de acción.

Un método muy importante de trabajo del Partido es el amplio examen de todas las cuestiones de principio, la elaboración colectiva de las decisiones. Esto es necesario para recoger la experiencia de unos y otros, para poder revelar los defectos y para que cada   uno   tenga   el   convencimiento   de   que   los acuerdos adoptados son correctos.

Toda discusión, a su vez, significa una crítica amplia, es decir, han de ser revelados los defectos y

sus causas y proponer las medidas oportunas para

corregirlos.

Esta clase de crítica es la que ayuda a ir adelante, la que educa adecuadamente a los cuadros. Pero el

Partido hace siempre distinción entre la crítica que lo

robustece y la que lo debilita, la que se transforma en un afán de crítica sin espíritu constructivo. El Partido

concede libertad de crítica, pide responsabilidades a

quienes la reprimen, pero sin permitir que nadie se valga de esa libertad para debilitar sus filas.

¿Cuál  es,  sin  embargo,  el  límite  que  separa  la

crítica provechosa de la nociva? Para determinarlo están el programa, las decisiones del Partido y sus estatutos.

Junto a los amplios derechos que el Partido concede  a  sus  miembros,  pide  de  ellos,  como  es

lógico, fidelidad a su programa, fines e ideales. No acepta la propaganda de concepciones contrarias al

Partido y la considera incompatible con la permanencia en sus filas. ¿Quebranta esto la democracia  interna,  la  libertad  de  palabra  de  los

afiliados? No; desde el punto de vista de los comunistas no la quebranta. "Cada uno puede escribir

y decir cuanto desee sin limitación alguna -escribe Lenin-. Pero toda organización libre (sin excluir el Partido) puede también expulsar a aquellos de sus

miembros que se valen de la etiqueta del Partido para mantener opiniones contrarias a éste... El Partido es

una organización voluntaria que se desintegraría inevitablemente,    primero    ideológica    y    luego

materialmente, si no se depurase de quienes propagan opiniones que le son contrarias."186

Mientras  no  se  ha  tomado  una  decisión,  en  el

Partido pueden existir opiniones diversas, chocar puntos de vista contrarios; pero una vez se ha adoptado un acuerdo, todos los comunistas obran a una. Tal es la esencia de la disciplina del Partido, que exige la subordinación de la minoría a la mayoría y la obligatoriedad incondicional de las decisiones adoptadas. La disciplina proporciona al Partido la organización debida y orienta todos sus actos hacia el fin que se ha propuesto. Ahora bien, esto no puede darlo una disciplina ciega. La fuerza de la disciplina del Partido reside en que es consciente, puesto que se basa en la cohesión ideológica de los comunistas, en la   aprobación   consciente   de   las   decisiones   del Partido, que fueron elaboradas con la activa participación de sus miembros.

La unidad de acción no significa en absoluto que en el seno del Partido no pueda existir diversidad de opiniones, discrepancias en cuestiones concretas. En el caso contrario dejaría de ser algo vivo y se convertiría en una organización muerta. En la labor diaria  pueden  surgir  puntos  de  vista  diferentes  o

 

 

 

185 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. V, pág. 446.

 

186 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. X. pág. 29.

 

 

 

divergencias sobre cuestiones concretas, lo que es inevitable y admisible. La disciplina del Partido no exige que nadie renuncie a su opinión propia si esta opinión no va contra los principios del marxismo- leninismo. Lo que pide, sí, es la aceptación de los acuerdos, que habrán de ser cumplidos con todo celo aunque el miembro del Partido no esté conforme con ellos o hubiera propuesto una decisión distinta. La disciplina  del  Partido  exige  también  que  las cuestiones  internas  sean  discutidas  exclusivamente en el seno del mismo. Todas estas normas han sido dictadas por la experiencia del movimiento obrero, experiencia que demuestra, sin dejar lugar a dudas, que sin una disciplina rígida el partido político de la clase obrera se convierte en una organización amorfa, incapaz de dirigir la lucha de los trabajadores.

El Partido se atiene a unas reglas fijas en cuanto a quienes no se subordinan a las decisiones adoptadas. La historia de los Partidos Comunistas conoce casos de   individuos   que,   disconformes   con   la   línea adoptada, formaron grupos o fracciones, con su disciplina interna, que se oponían a la mayoría. En los partidos oportunistas, adaptados exclusivamente a la actividad parlamentaria, la existencia de fracciones es la cosa más natural del mundo. Mas para los Partidos Comunistas -como organizaciones combativas y operantes que son-, la admisión de fracciones equivaldría a renunciar a la unidad ideológica y a la dirección de la lucha. Por eso son incompatibles las fracciones y la disciplina del Partido.

La concepción marxista-leninista de la unidad del Partido encontró su fórmula más exacta y precisa en la resolución del X Congreso del P.C. (b) de Rusia, escrita de puño y letra por Lenin. En ella se señala que todos los obreros conscientes han de comprender claramente "el daño" de toda clase de actividades fraccionales, que son intolerables y que conducen inevitablemente en la práctica a debilitar el trabajo unido...",187 recomendándose, si las fracciones llegan a formarse, la adopción de todas las medidas disciplinarias previstas por los estatutos, hasta llegar a la expulsión del Partido.

Así, pues, la amplia democracia se combina en los Partidos Comunistas con la dirección centralizada, y la discusión libre con la severa disciplina y la unidad de acción. La democracia sin dirección centralizada convierte el Partido en un club de discusiones. El centralismo sin democracia, o con una democracia poco  desarrollada,  engendra  un  burocratismo  que todo lo mata. En cambio, la acertada combinación de democracia y centralismo asegura un amplio espíritu de actividad e iniciativa a la vez que una dirección firme, que tan necesaria es en la lucha política.

Las  formas  concretas  en  que  se  manifiesta  el

 

principio del centralismo democrático cambian con las condiciones históricas. Refiriéndose a la experiencia de la organización de los comunistas rusos, Lenin escribía: "Esta organización, sin perder su característica fundamental, ha sabido adaptar su forma a las nuevas condiciones, ha sabido cambiar esta forma de conformidad con las exigencias del momento..."188

Cada Partido Comunista es un organismo vivo en desarrollo que perfecciona su actividad. El principio

del centralismo democrático en la estructura y la vida

de los Partidos Comunistas no representa en manera alguna un patrón fijo. Les permite dar flexibilidad a su trabajo de conformidad con las tareas que se presentan y con las características de cada país.

 

3.  Los   vínculos   vivos  del   partido  con   las grandes masas

Los comunistas sólo pueden ser un partido en el

sentido auténtico de la palabra cuando mantienen estrechas relaciones con las masas y gozan de su apoyo. Criticando en 1920 a algunos comunistas ingleses que no comprendían la necesidad de estas relaciones, Lenin decía con dureza: "Si la minoría no sabe dirigir a las masas, relacionarse estrechamente con ellas, no es un partido, aunque así se llame, ni vale absolutamente nada... "189

Por mucho que nos califiquemos de vanguardia, esto no significa aún que lo seamos. El Partido no

puede obligar a las masas a que le sigan. Tampoco conquistará prestigio porque en sus llamamientos a

las   masas   manifieste   pretensiones   a   un   papel dirigente.

 

No basta  con proclamar  el papel  dirigente  del

Partido: hay que conquistarlo.

¿De qué manera llega el Partido a convertirse en verdadero dirigente? Para esto no hay más que un camino: convencer a las masas de que el Partido recoge y defiende sus intereses, convencer no con palabras,   sino   con   hechos,   con   su   política,   su iniciativa y su fidelidad a la causa. El Partido ha de ganarse, con todo su trabajo, la confianza y el cariño de  las  grandes  masas.  "No  basta  con  llamarse

«vanguardia» y destacamento avanzado -dice Lenin-;

hay que obrar de tal manera que todos los demás destacamentos vean y no puedan por menos de reconocer que marchamos delante."190

El Partido Comunista tiene su programa, que es una exposición científicamente fundamentada de los fines a que aspira y que responden a los intereses vitales de los trabajadores. Estos han de comprender los objetivos finales de la lucha, y sin ello el Partido jamás podrá conquistar el puesto dirigente. El Partido debe tener a la vez un programa de acción en el que

 

 

 

 

187  Actas de Congresos y Conferencias  del Partido  Comunista (b) de la U.R.S.S. Décimo Congreso del P.C. (b) de Rusia. Marzo de 1921. Partizdat, Moscú, 1933, página 585.

 

188 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 361.

189 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXXI. pág. 213.

190 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. V, pág. 396.

 

 

 

figuren las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores. En este sentido ha de manifestar iniciativa en todos los órdenes de la vida del pueblo, conocer sus necesidades y luchar por las reivindicaciones  de  las  diversas  capas  de  la población.

Los comunistas denuncian sin cesar al régimen capitalista, que ha agotado sus posibilidades, pero no creen que se hayan de lanzar únicamente consignas de crítica, que no den respuesta a lo que hay que hacer hoy. Lenin combatió siempre la tendencia a lanzar consignas que sirviesen sólo para "agudizar la conciencia del proletariado contra el imperialismo". "La consigna «negativa» que no va unida a determinada acción positiva no «agudiza», sino que embota la conciencia, pues es una frase vacía, un simple grito, una declamación sin contenido."191

 

Hay  que  trabajar   en  todos  los  lugares  donde están las masas.

Los  comunistas  acuden  a  trabajar  a  todos  los

lugares donde hay trabajadores. Para ello se requiere la  más  íntima  relación  orgánica  y  diaria  con  las masas. "Para servir a la masa -dice Lenin- y expresar sus intereses acertadamente comprendidos, el destacamento de vanguardia, la organización, ha de mantener toda su labor  entre la  masa,  recurriendo para   ello   a   todos   sus   mejores   elementos   sin excepción, comprobando a cada paso, minuciosa y objetivamente, si se mantiene viva esta relación con las masas. Así y sólo así educa e instruye el destacamento de vanguardia a la masa, expresando sus intereses, enseñándole a organizarse, dirigiendo toda la actividad de la masa por el camino de una política consciente de clase."192

Los comunistas prestan gran atención, como es lógico,  a  las  organizaciones  de  masas:  sindicatos,

federaciones  juveniles  y  de  mujeres,  cooperativas,

etc. No es que los Partidos Comunistas quieran privarles de su independencia. Todo lo contrario, los comunistas creen que las organizaciones de masas sólo cumplen su papel cuando cada una de ellas cumple bien las tareas que le son propias. Los comunistas respetan los acuerdos y la disciplina de las organizaciones de masas a que pertenecen, observan sus estatutos y consideran que su deber consiste en ayudarles a defender mejor los intereses de las masas.

En los sindicatos, los comunistas actúan como luchadores   consecuentes   en   la   defensa   de   los intereses económicos de los obreros, y tratan de conseguir la unidad de acción del proletariado. Cuando se llega a la huelga, en los comités que las dirigen son los organizadores más firmes y enérgicos. Los obreros no vacilan en elegir a esos comunistas para los cargos más responsables.

 

 

191 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 60.

192 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 368.

 

En las organizaciones juveniles, campesinas, de mujeres, etc., los comunistas procuran extender la influencia del Partido no por la imposición, sino con su energía y su superioridad espiritual, lo mismo si son simples afiliados que dirigentes dentro de esas organizaciones.

A través de las organizaciones de masas el Partido estrecha sus vínculos con los trabajadores. El Partido Comunista de Italia, por ejemplo, se apoya en numerosas organizaciones democráticas, como la Confederación General del Trabajo Italiana, que es la más importante central sindical y que agrupa a la gran mayoría de los obreros organizados del país, la Unión Nacional de Campesinos y Braceros y otras semejantes. Lo mismo ocurre en Francia, donde el Partido Comunista mantiene vínculos estrechos con la Confederación General del Trabajo, la Unión de Mujeres Francesas, la Unión de Muchachas, la Federación de Jóvenes Campesinos, la Asociación Republicana de Ex Combatientes, etc. El Partido Comunista de Finlandia está integrado en la Unión Democrática del Pueblo, organización muy amplia, y se relaciona estrechamente con la Unión de Pequeños Propietarios Agrícolas. Bajo la dirección del Partido Comunista de Indonesia se encuentran su importante central sindical (más de 2.500.000 miembros), la Unión Campesina (2.350.000) y la organización de mujeres (unas 500.000).

Los comunistas se esfuerzan por acercarse a los trabajadores    afiliados    a    organizaciones    cuyos

dirigentes, y a veces buena parte de sus miembros,

muestran indiferencia o incluso hostilidad hacia el comunismo. No hay que quejarse de las masas, hay que encontrar el camino que nos lleve al cerebro y al corazón de los trabajadores sin prevención alguna, sin  temor  a  los  prejuicios,  a  ser  mal  recibidos  e incluso a las ofensas.

V. I. Lenin escribía así en los años de la primera revolución  rusa,   refiriéndose   a  la   necesidad   de

trabajar  entre  todas  las  capas  de  la  clase  obrera:

"...Hay que saber acercarse a los hombres más atrasados e ignorantes, menos afectados por nuestra

ciencia y por la ciencia de la vida, hablar con ellos,

saberse ganar su confianza, elevarlos con discreción y paciencia hasta la conciencia socialdemócrata, sin convertir nuestra doctrina en un dogma seco, enseñarlo no según los libros, sino participando en la diaria lucha por la vida de estas capas, las más atrasadas e incultas del proletariado."193

El trabajo entre las masas se apoya en las organizaciones de base del Partido, las cuales actúan allí donde mejor pueden estrechar los vínculos con los trabajadores e influir sobre ellos. En el Partido Comunista de la Unión Soviética las organizaciones de base se atuvieron siempre, preferentemente, al principio del lugar de trabajo, concediéndose interés primordial a las organizaciones fabriles, que son las

 

193 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. VIII, pág. 420.

 

 

 

que más cerca se encuentran de la clase obrera.

El principio territorial en la creación de las organizaciones de base se justifica en los casos en

que permite llevar mejor la influencia del Partido a

las masas, acercarse a capas de la población como los artesanos, campesinos, pequeños comerciantes, profesiones liberales, etc. En muchos países, la organización territorial responde a las tradiciones del movimiento de masas, circunstancia que es preciso tener en cuenta. El patrón único y la uniformidad son tan perjudiciales como en cualquier otra esfera, si bien  hay  que  decir  que  el  principio  del  lugar  de trabajo corresponde mejor al carácter de clase del Partido. Los Partidos Comunistas de muchos países se atienen tanto a uno como a otro criterio.

Dirigir a las masas no significa pasarse todo el tiempo  instruyéndolas.  Hay que  tomar  parte  en  la

resolución     de     los     asuntos     más     ordinarios,

enjuiciándolos  con  un  espíritu  marxista,  tratar  de

"conquistar con su energía y con su influencia ideológica  (y  no  con  títulos  y  diplomas,  se comprende) el papel dirigente..." (Lenin).194

Incluso un asunto como es la labor parlamentaria, los comunistas lo relacionan siempre con el trabajo entre las masas. Los oportunistas no ven el parlamentarismo más que como un medio propicio para combinaciones en las altas esferas para resolver las cuestiones a espaldas del pueblo. Condenando semejante actitud, Lenin escribía que "los comunistas de Europa Occidental y América han de aprender a crear   un   parlamentarismo   nuevo,   no   como   el ordinario, no oportunista y que no sea un trampolín para hacer carrera..."195

Los Partidos Comunistas de una serie de países capitalistas han logrado desplegar la labor parlamentaria a que Lenin se refería. No en vano los Partidos Comunistas de Francia e Italia tienen el sufragio de millones de electores en todas las elecciones parlamentarias convocadas después de la guerra. Los comunistas disponen también de un gran número de puestos en muchos Consejos municipales de estos países. Desde sus cargos de alcalde, teniente de alcalde o concejal, tratan de cumplir de la mejor manera la voluntad de sus electores.

La labor parlamentaria íntimamente unida a la lucha  de  las  masas  proporciona  a  los  Partidos

Comunistas resultados tangibles. Cuando las masas lo ven, la influencia de los comunistas crece.

 

Hay  que  conducir  a  las  masas  y aprender  de ellas.

Únicamente es posible dirigir a las masas cuando se  tiene  presente  su  experiencia  y  el  nivel  de  su

conciencia de clase, sin apartarse de la realidad ni avanzar más de lo debido. De otro modo se corre el riesgo  de  quedarse  en  la  penosa  situación  de  la

 

 

194 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XV, pág. 325.

195 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 78.

 

vanguardia que ha perdido el contacto con el grueso de las fuerzas.

Pero  una  cosa  es  tener  presente  el  nivel  de conciencia de las masas y otra muy distinta adaptarse

a ese nivel y tomar como ejemplo el atraso. Tal comprensión de los vínculos con las masas es propia

del oportunismo. Los marxistas revolucionarios lo interpretan de otro modo. No navegan a merced de las olas.

El Partido Comunista, que recoge la experiencia de su clase y de todo el pueblo, que la interpreta a la

luz de las lecciones de la historia y de la teoría marxista, está en condiciones de captar las tendencias que aún no se revelaron por completo, pero a las

cuales pertenece el futuro. El partido marxista no inventa nada, parte de la misma vida, pero va por

delante del movimiento espontáneo y le muestra el camino, porque sabe proponer a tiempo la solución de los problemas que preocupan al pueblo.

El Partido puede conducir a las masas e instruirlas sólo  en  el  caso  de  que  él  mismo  aprenda  de  las

masas, es decir, de que estudie atentamente todo lo que se gesta en la labor práctica del pueblo y haga suya  la  sabiduría  que  en  el  pueblo  se  encierra.

Aprender de las masas para enseñar a las masas: tal es el principio de la dirección marxista-leninista a

que se atienen todos los Partidos Comunistas. Los comunistas chinos llaman a esto "línea de las masas".

Por muy prestigioso que sea el Partido, no puede

vivir del capital político reunido anteriormente. Ha de multiplicarlo sin cesar, ganando el apoyo de las masas para su política y para todas las medidas que adopta. No puede tampoco presentarse como un maestro infalible, ha de hablar francamente con las masas lo mismo de los éxitos que de los errores. Los comunistas no temen hablar de sus debilidades, cosa que no pueden permitirse otros partidos, que ocultan sus errores a las masas.

 

4. La política marxista-leninista como ciencia y como arte

Una de las fuentes más importantes de donde los Partidos Comunistas toman su fuerza es la base científica sobre la que su política se levanta.

Esto  significa,  ante  todo,  que,  al  defender  los

intereses de la clase obrera, los comunistas -armados como están con la doctrina del marxismo-leninismo-

pueden apoyar sus actos en el conocimiento de las

leyes objetivas del desarrollo social, y concretamente en el conocimiento de las leyes de la lucha de clases; siempre tienen presente la distribución de las fuerzas de clase en cada período concreto, en cada situación concreta. "Sólo la consideración objetiva de todo el conjunto de interacciones de todas las clases de la sociedad concreta, sin excepción alguna, y, por consiguiente, la consideración objetiva del grado de desarrollo  de  esa  sociedad  y  de  las  interacciones entre ella y otras sociedades -dice V. I. Lenin- puede proporcionar la base de una táctica acertada de la clase de vanguardia. Todas las clases y todos los países se toman no estática, sino dinámicamente, es decir, no quietos, sino en movimiento (las leyes del cual se desprenden de las condiciones económicas de existencia de cada clase)."196

A continuación nos detenemos en algunas cuestiones generales de la política de los Partidos Comunistas como ciencia y como arte. La realización práctica de esta política y sus problemas más importantes son objeto de estudio en los capítulos siguientes de nuestra obra.

 

La estrategia y la táctica en política.

Las medidas que en su conjunto integran la labor del partido marxista-leninista no son una improvisación de los dirigentes. En ellas encuentra expresión concreta la línea política, elaborada por el Partido después de un análisis científico de la etapa concreta de lucha y de la situación concreta. En el lenguaje político, al referirnos a esta línea se habla también de táctica y de estrategia.

Cuando hablamos de táctica nos referimos a menudo   a   la   línea   política   para   un   período

relativamente corto, determinado por unas u otras condiciones  concretas; la estrategia  se refiere  a la

línea política para toda una etapa histórica. Estas distinciones,  sin  embargo,  no  se  mantuvieron siempre.  En  el  movimiento  obrero  de  antes  de

Octubre se entendía como táctica del Partido toda su política,  cualquiera  que  fuese  el  tiempo  a  que  se

refería.

Así empleó este concepto Lenin para significar las tareas de la dirección de la lucha de la clase obrera,

que  cambian  con  relativa  rapidez  (táctica  en  el

sentido  estricto),  y  las  tareas  que  se  mantienen durante toda una etapa histórica. Por ejemplo, en Dos

tácticas  de  la  socialdemocracia   en  la  revolución

democrática, Lenin habla de táctica en el sentido de la línea general del Partido, trazada para todo el período de preparación y realización de la revolución democrático-burguesa en Rusia. El concepto de estrategia, tomado del léxico militar, lo empleaba Lenin en raras ocasiones. Únicamente en el período posterior a Octubre, en algunos trabajos que se refieren a la política de los Partidos Comunistas hermanos, alude también a la estrategia del Partido, sin que, sin embargo, estimase necesario marcar una línea divisoria entre ella y la táctica.

Actualmente, los comunistas hablan de estrategia o  de  línea  estratégica  cuando  se  trata  de  la  línea

general del Partido, que apunta al cumplimiento de las  tareas  más  generales  de  una  etapa  histórica

concreta partiendo de la correlación de fuerzas existente entre las clases. En este sentido, se comprende,  se  puede  hablar  perfectamente  de  la

importancia  de  observar  la  línea  estratégica  del

 

Partido, a fin de subrayar la necesidad de ir directos al cumplimiento de la tarea principal de la etapa y de prevenir contra la tendencia izquierdista a "saltarse las etapas". Pero cuando hablamos de la estrategia política  del  Partido  hay  que  evitar  el  caer  en analogías con la estrategia militar, pues una y otra se diferencian profundamente.

En política no tratamos con ejércitos dispuestos al combate, sino con clases y fuerzas sociales, de las

que unas pueden estar organizadas y otras no, de las que unas actúan conscientemente y otras de un modo

espontáneo.  El  general  de  un  ejército  dispone  de todas sus fuerzas. Puede maniobrar con ellas libremente y lanzar las reservas donde lo considere

oportuno,  sin  otras  consideraciones  que  la oportunidad  militar  del  movimiento.  El  dirigente

político no dispone de esas posibilidades. Las clases y fuerzas que toman parte en los acontecimientos no son  ni  ejércitos  ni  reservas.  Cada  una  de  ellas  se

mueve  no  por  orden  de  un  jefe,  sino  bajo  la influencia de sus propios intereses y de conformidad

con la manera como tales intereses son comprendidos en cada momento dado. Hay también otros factores que hacen la tarea del dirigente político mucho más

compleja que la del jefe militar. Todo ello hay que tenerlo   presente   cuando   se   habla   de   estrategia

política.

Al elaborar la línea estratégica del Partido, en las condiciones propias del capitalismo, es importante,

en primer término, determinar el fin principal de la clase  obrera  en  la  etapa  concreta  y  el  enemigo

principal  de clase contra el que en dicha etapa hay que concentrar el odio de clase y la fuerza de choque

de todos los trabajadores, con objeto de vencer su resistencia.

En           segundo término, hay         que         determinar

acertadamente la posición del Partido hacia la capa intermedia más considerable, que si bien se muestra opuesta al enemigo principal, en virtud de la duplicidad de sus intereses de clase manifiesta una peligrosa inestabilidad política, con la tendencia al compromiso y, a veces, a confabularse abiertamente con ese enemigo. Así, en la primera etapa de la revolución rusa, Lenin definió la meta principal del movimiento como derrocamiento de la autocracia, planteando ante el proletariado dos tareas: "aplastar por   la   fuerza   la   resistencia   de   la   autocracia" (enemigo principal) y "paralizar  la inestabilidad de la  burguesía".197   Los  bolcheviques  aceptaron estas dos tareas. Los mencheviques, que no admitían la segunda, rodaron hasta la charca del oportunismo de derecha.

En la segunda etapa de la revolución rusa, Lenin define la meta principal como derrocamiento  de la

burguesía  y plantea ante el proletariado dos tareas:

"quebrar  por  la  fuerza  la  resistencia  de  la burguesía"   (enemigo   principal)   y   "paralizar    la

 

 

 

196 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 58.

 

197 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IX, pág. 81.

 

 

 

inestabilidad de los campesinos y de la pequeña burguesía".198  Los bolcheviques se dispusieron a cumplir ambas tareas. Limitarse a una de ellas solamente o destacar la segunda como dirección del golpe principal habría ocasionado un serio daño al movimiento revolucionario.

En tercer término, al trazar la línea estratégica es preciso determinar bien quiénes son los aliados de la clase obrera en la etapa concreta. Sería, sin embargo, injusto considerar a los aliados de la clase obrera como "reservas" del Partido que se pueden "utilizar" con la misma libertad con que el jefe militar "maniobra" con sus reservas en el campo de batalla. Reducir la dirección estratégica en política al problema de la utilización de las reservas significa apartarse de la tarea que en los países capitalistas es la más necesaria en la preparación de las batallas decisivas de clase: el fortalecimiento continuo de los vínculos   del   Partido   Comunista   con   las   masas obreras y con las más grandes capas de trabajadores, la unidad de acción con los partidos socialistas, los sindicatos y otras organizaciones de masas. Cada Partido Comunista admite y tiene presente también el papel independiente del movimiento obrero de los países vecinos y de los movimientos revolucionarios de las colonias, y no los considera como simples "reservas" de la revolución en su país o en cualquiera otro. Una actitud distinta hacia los destacamentos del movimiento de liberación contra el imperialismo no sólo iría contra los principios de los comunistas y su moral  política,  sino  que  entrañaría  el  peligro  de perder esos aliados.

 

El arte de la dirección política.

Lenin decía de la política que además de ciencia es arte.

Esto significa que la dirección política exige - además  de  un  análisis  científico  y  exacto  de  la

situación, con la acertada línea política que de él se deriva- una gran capacidad y verdadero arte en la aplicación de la línea. En caso contrario, la mejor

línea política no servirá de nada. Podemos determinar acertadamente   la   meta   principal   y   el   enemigo

principal de una etapa concreta. Pero ¿de qué serviría esto si el Partido no sabe organizar la lucha para alcanzar   dicha   meta   y   contra   dicho   enemigo?

Podemos determinar acertadamente a los aliados de la clase obrera, pero ¿qué ventaja representará esto si

el Partido no sabe ganárselos, organizarlos y dirigir su lucha?

Por  lo  tanto,  lo  importante  para  la  dirección

política no es sólo saber,  sino ser capaz de hacer.

¿Cómo se adquiere esa capacidad, ese arte?

El estudio teórico, se comprende, no basta. Cada Partido únicamente puede dominar el arte de la dirección política sobre la base de una gran experiencia propia. No hay escuela capaz de cumplir

 

las veces, en un partido revolucionario, de la escuela que es la lucha práctica con todas sus vicisitudes y pruebas, con sus victorias y sus derrotas, con sus éxitos y sus reveses.

Todo esto no significa, se comprende, que cada Partido haya de pasar absolutamente por todo y de aprender exclusivamente perdiendo. El proceso que conduce a dominar el arte de la política puede ser cubierto  mucho  antes,  y  el  número  de  derrotas, errores y reveses reducirse considerablemente, con un estudio atento y provechoso de la experiencia de los otros Partidos, utilizando la experiencia del movimiento  revolucionario  internacional.  Los trabajos en que se recoge esta experiencia son una ayuda inapreciable para todos cuantos aspiran a dominar el arte de la dirección política. Importancia trascendental en este sentido tiene la obra de Lenin El "izquierdismo", enfermedad infantil del comunismo,  que  conserva  hoy  día  su  formidable valor para el movimiento comunista internacional.

¿Qué grandes esferas abarca el arte de la dirección política?

Lo primero de todo, la capacidad de trabajar entre

las masas. Esta tarea pueden realizarla únicamente aquellos   Partidos   y  dirigentes   para   quienes   los

intereses de los trabajadores son los suyos propios,

que comparten sus aspiraciones y les son fieles hasta el fin.

Uno de los principios leninistas de este arte dice

que para incorporar a millones de trabajadores a la lucha  activa  no  basta  con  la  propaganda  y  la agitación; para esto se requiere la propia experiencia política de las mismas masas. "... Jamás millones de hombres escucharán los consejos del Partido -dice V. I. Lenin- si estos consejos no coinciden con lo que les enseña la experiencia de su propia vida."199  El arte de la dirección política reside, pues, en emplear medios y métodos que, partiendo de la experiencia de las masas y del nivel de su conciencia, puedan conducirlas más allá, a la lucha por los objetivos finales. El Partido no puede aguardar pasivamente a que la vida misma enseñe a las masas. Debe saber ayudarlas a llegar a conclusiones acertadas. Lenin llama a esto capacidad de conducir a las masas, por su misma experiencia, a las posiciones de la lucha definitiva.

Las masas interpretan cuanto les rodea a través de los hechos con que diariamente se tropiezan y que les afectan directamente. De ahí que los Partidos no tengan otro camino para conducir los trabajadores al combate contra el capitalismo que el de dirigir la lucha  por  sus  reivindicaciones  económicas inmediatas y por los intereses políticos de las masas, planteando consignas que respondan a las demandas perentorias de las distintas capas de trabajadores y trabajando para hacer que sean cumplidas.

Otra  parte  importante  del  arte  de  la  dirección

 

 

 

198 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IX, pág. 81.

 

199 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXIV, pág. 457.

 

 

 

política  es  la  capacidad  para  unir  los  esfuerzos propios  a  los  esfuerzos  de  todos  con  quienes  es posible llegar a la unidad de acción, sin excluir a los que mantienen discrepancias en cuestiones de fondo. Se trata de una labor difícil, pero de gran alcance, como tendremos ocasión de ver con detalle en el capítulo siguiente.

El arte de la dirección política comprende también la   capacidad   para   elegir   formas   de   lucha   que

correspondan a la situación, y de estar dispuestos a los  cambios  más  rápidos  e  inesperados  de  estas

formas.

Si  el  Partido  sabe  escoger  acertadamente  las formas  de  lucha  y  traza  una  línea  política  que

corresponda  a  las  condiciones  existentes,  puede actuar activamente y conseguir determinados frutos

en las condiciones más complejas y difíciles.

El partido de tipo leninista no se cruzará jamás de brazos, encerrado en sí mismo, a la espera de la "hora

grande", de una situación que por sí misma exalte el espíritu revolucionario de los trabajadores y debilite

la resistencia de los enemigos. También en las condiciones menos propicias busca y encuentra la posibilidad de mantener un trabajo activo entre las

masas, de mantener una lucha política activa. De este modo el Partido robustece sus posiciones y -lo que es

aún más importante- acelera enormemente la llegada de las batallas decisivas, se prepara para ellas y capacita a las grandes masas de trabajadores. El arte

supremo de la política consiste precisamente en encontrar,    aun    en    los    momentos    de    reflujo

revolucionario, direcciones y formas de lucha que sienten  los  cimientos  de  futuras  victorias  y  las

aproximen. Un brillante ejemplo de este arte lo tenemos en la política leninista de los comunistas rusos  en  los  años  de  reacción  que  siguieron  a  la

derrota de la revolución de 1905-1907. En aquellos tiempos  el  Partido  demostró  la  conducta  a  seguir

cuando la revolución no triunfa. V. I. Lenin escribía por  aquel  entonces:  "Los  partidos  revolucionarios han de aprender más. Han aprendido a atacar. Ahora

hemos de comprender que esta ciencia ha de ser completada con la ciencia que enseña a retroceder de

la mejor manera. Hay que comprender -y la clase revolucionaria lo aprenderá con su amarga experiencia- que es imposible vencer si antes no se

ha  aprendido  a  atacar  y  a  retroceder acertadamente.”200

 

Capacidad de encontrar el eslabón fundamental.

La ciencia y el arte de la dirección política se manifiestan asimismo en la capacidad para destacar

las  tareas  principales  en  el  cumplimiento  de  las

cuales han de centrarse los esfuerzos.

Los acontecimientos políticos están unidos entre sí, pero siempre aparecen muy confusos. V. I. Lenin

 

la diferencia, sin embargo, de que el orden de los eslabones, su forma y la manera como se unen unos a otros no son tan sencillos como en la cadena que hace el herrero. Además, en la cadena ordinaria todos los eslabones son iguales, mientras que en la vida política unos problemas son principales y otros subordinados y secundarios. "Hay que encontrar en cada momento el eslabón de la cadena al que hay que aferrarse con todas las fuerzas, a fin de retener la cadena entera y de preparar sólidamente el paso al eslabón siguiente..."201

En Rusia, cuando el zarismo fue derrocado, el eslabón decisivo pasó a ser la salida revolucionaria de  la  guerra.  Inmediatamente  después  de  la revolución de febrero, las grandes masas mantenían una actitud defensiva. Creían que la guerra había cambiado de carácter y había dejado de ser imperialista. Pero Lenin mostró la inconsistencia de tales ilusiones. Mientras en el poder se mantuviera la burguesía, la guerra seguiría siendo imperialista. Para alcanzar la paz entonces no había otra salida que la revolución socialista. Y aunque en los primeros tiempos las masas no lo comprendían, el Partido estaba seguro de que la propia lógica de los acontecimientos las conduciría a pensar que la salvación estaba en la revolución. Y el Partido concentró sus esfuerzos en este sentido, a fin de ayudar a las masas a llegar a esa conclusión.

No fue preciso más de medio año para que la burguesía  se  revelara  plenamente  como  una  clase

interesada en la continuación de la guerra. Entonces

se produjo un viraje en la conciencia de las masas, convencidas ya de que la guerra únicamente podía ser terminada derribando a la burguesía por la fuerza de las armas. "La Rusia revolucionaria ha conseguido la salida de la guerra -escribió Lenin-. Se necesitaron enormes  esfuerzos,  pero  se  tuvo  presente  la necesidad  fundamental  del  pueblo,  y  esto  nos  ha dado la victoria..."202

En las condiciones actuales, cuando sobre los pueblos  se  cierne  el  peligro  de  una  devastadora

guerra atómica y de nuevo levanta cabeza la reacción internacional,  deseosa  de  imponer  a  los  pueblos

sistemas fascistas, el eslabón fundamental en la política de los Partidos Comunistas de los países capitalistas es la lucha por la paz y la democracia.

El análisis marxista-leninista de la realidad y los vínculos  estrechos  con  las  masas  permiten  a  cada

Partido -considerando la situación específica de cada país-  destacar  la  tarea  principal  que,  al  ser conseguida, aproxima la realización del objetivo final

de la clase obrera.

 

5. Necesidad de la lucha contra el oportunismo de derecha y el sectarismo

La burguesía reaccionaria no ha cejado jamás en su empeño de socavar el movimiento comunista con un trabajo de zapa por dentro. A este efecto cifra grandes esperanzas en la utilización, en provecho propio, de las discrepancias que pueden surgir en el seno de los Partidos y en la propagación de ideas oportunistas entre los miembros del Partido políticamente poco firmes. Las filas del Partido se nutren constantemente, y no sólo con obreros avanzados,  sino  también  con  elementos  poco maduros,  entre  los  que  hay  quienes  proceden  de capas intermedias; y éstos, quiéranlo o no, traen al Partido sus prejuicios y sus extravíos. Siempre existe, pues, la posibilidad objetiva de que en los Partidos Comunistas penetren influencias burguesas y pequeñoburguesas, concepciones oportunistas, que llevan al desfallecimiento y a la desconfianza en el triunfo. De ahí que la lucha por la pureza de la ideología  marxista-leninista  sea  una  ley inconmovible en la existencia y desarrollo de los Partidos Comunistas.

 

 

decía que los podemos comparar con una cadena, con                          

201 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 244.

 

200 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXXI, pág. 11.

 

202 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 271.

 

El peligro del revisionismo.

La ideología burguesa va cambiando de matiz conforme la lucha de la clase obrera se amplía. Las formas groseras empleadas para justificar el capitalismo  se  ven  sustituidas  por  procedimientos más sutiles de defensa. Pero la ideología burguesa no cambia  por  ello.  De  la  misma  manera,  el oportunismo, cualquiera que sea el ropaje con que se presente,  siempre  tiene  el  mismo  propósito, declarado o encubierto: conciliar a la clase obrera

con el capitalismo, acomodar el movimiento obrero a los intereses de las clases dominantes. A ello tienden

los  constantes  intentos  que  los  oportunistas  hacen para revisar la doctrina revolucionaria de la clase obrera, que es el marxismo-leninismo.

El revisionismo o "revisión" del marxismo, indicaba  Lenin,  es  "una  de  las  manifestaciones

principales,   sino   la   principal,   de   la   influencia burguesa sobre el proletariado y de la corrupción burguesa de los proletarios".203

Los          ideólogos              del          revisionismo         tratan     de

"revisar", o más exactamente de deformar, todas las tesis fundamentales de la teoría marxista-leninista. A

ello nos hemos referido en el capítulo X y tendremos

ocasión de volver más adelante. Pero uno de los blancos favoritos de esos ideólogos ha sido siempre y

es la doctrina leninista sobre el Partido.

Los esfuerzos teóricos y prácticos de los revisionistas se subordinan siempre, en última instancia, al deseo de acabar con el Partido o de convertirlo en una organización reformista. En unas condiciones históricas, estos propósitos no se ocultan siquiera; en otras, son presentados en forma enmascarada.

Después de la derrota de la primera revolución rusa,  los  revisionistas  emprendieron  una  campaña

 

203 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 298.

 

contra el Partido, afirmando que se trataba de una organización que había que "archivar". En su lugar proponían una amplia organización sin partido, una "unión obrera". Haciéndose eco de la apatía, del desconcierto y de la pérdida de la perspectiva revolucionaria que el advenimiento de la reacción llevaba consigo, los liquidadores (nombre con el que los revisionistas de entonces entraron en la historia del movimiento obrero ruso) querían sustituir el Partido por algo indefinido que satisficiese por entero no ya a la burguesía, sino a la misma autocracia. Si los marxistas revolucionarios no hubiesen derrotado políticamente entonces a los liquidadores, la clase obrera habría entrado en el nuevo período revolucionario, que no tardó en presentarse, desorganizada, sin el combativo dirigente que era el Partido bolchevique.

Los rasgos más característicos del revisionismo contemporáneo están recogidos en la Declaración de

la  Conferencia  de  representantes  de  los  Partidos

Comunistas  y  Obreros  (noviembre  de  1957).  Dice así:

"El           revisionismo         contemporáneo  trata       de

desacreditar  la  gran  doctrina  del  marxismo- leninismo,   la   declara   «caduca»   y   afirma   que

actualmente ha perdido su valor para el desarrollo

social. Los revisionistas se esfuerzan por matar el espíritu revolucionario del marxismo y quebrantar la fe de la clase obrera y del pueblo trabajador en el socialismo.  Manifiéstense  contra  la  necesidad histórica de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado en el paso del capitalismo al socialismo, niegan el papel dirigente del partido marxista-leninista, niegan los principios del internacionalismo proletario, piden la renuncia a los principios leninistas fundamentales de organización del Partido, y ante todo al centralismo democrático, exigen que el Partido Comunista se convierta de la organización  revolucionaria  combativa  que  es  en algo semejante a un club de discusión."204

En nuestro tiempo, no siempre, ni mucho menos, piden abiertamente los revisionistas la supresión del

Partido.   Con   el   pretexto  de   que   se   amplíe   la

democracia interna quieren acabar con la disciplina del Partido, concediendo a la minoría el derecho a no admitir las decisiones adoptadas por la mayoría y a organizar fracciones. Pero esto equivaldría a destruir la unidad de acción del Partido, convirtiéndolo en campo de lucha de grupos y fracciones.

Los revisionistas se encubren de ordinario con la bandera       de           la             lucha      contra    el            dogmatismo

doctrinario.  Su renuncia al  marxismo  la disimulan con invocaciones de que la propia doctrina marxista

pide que las tesis caducas sean sustituidas por otras nuevas. Mas la sustitución de las tesis marxistas hoy

 

 

204  Documentos de las reuniones de representantes de Partidos Comunistas y Obreros celebradas en Moscú, en noviembre de 1957, Gospolitizdat, Moscú. 1958, páginas 16•17.

 

 

 

día caducas por otras nuevas no tiene nada que ver con la supresión de los principios básicos del marxismo-leninismo, de lo que es el espíritu de esta doctrina revolucionaria. El peligro del revisionismo está en que, bajo el pretexto de desarrollar el marxismo, lo que hace es negarlo. Es lógico, pues, que los Partidos Comunistas vean en la lucha contra el revisionismo en todos los terrenos, sin excluir el de la organización interna, una de sus obligaciones permanentes y esenciales.

 

El dogmatismo y el sectarismo conducen al divorcio de las masas.

Los          Partidos Comunistas           no           deben    luchar

solamente contra el revisionismo; otro enemigo es el sectarismo. Aparentemente son los polos opuestos. Sin   embargo,   de   hecho,   el   sectarismo,   que   se presenta como muy revolucionario e "izquierdista", debilita también al Partido.

El sectarismo se basa en un criterio dogmático hacia determinadas tesis y fórmulas teóricas, en las que se quiere encontrar solución a toda clase de problemas de la vida política. En vez de estudiar la vida  tal  cual  es,  los  dogmáticos  parten  de  un esquema, y si los hechos no se acomodan a él, prescinden de los hechos. El dogmatismo significa el divorcio de la realidad, y el Partido, si no lo combate, se convierte en una secta apartada de la vida.

Los deseos de aferrarse al día de ayer, a una política y unas formas orgánicas que no responden a

las nuevas condiciones, significan de hecho, como

Lenin dijo, "una política de inacción revolucionaria... "205  La práctica de todos los Partidos Comunistas ha confirmado con multitud de ejemplos la razón que asistía a Lenin al decir esto.

El sectarismo se manifestó en Rusia en la resistencia a utilizar las posibilidades legales que, a pesar de su derrota, había arrancado la primera revolución rusa al zarismo. Los miembros del Partido que se consideraban "más revolucionarios" que el Partido pedían la abstención en la Duma del Estado y en el trabajo dentro de los sindicatos y cajas de seguros. Al difícil trabajo entre las masas preferían la orgullosa espera de una nueva crisis revolucionaria.

Muchos de los Partidos Comunistas formados en los países capitalistas después de la Revolución de

Octubre, en los primeros tiempos eran propensos a los errores de tipo sectario. Lenin calificó entonces

esto de "izquierdismo", enfermedad infantil del comunismo. Tales errores se traducían en la negativa a    trabajar    en    los    sindicatos    dirigidos    por

reaccionarios   y   oportunistas,   a   acudir   a   los

Parlamentos burgueses, a aceptar en determinados casos el compromiso y, en general, a adoptar una

táctica flexible.

También  en  nuestros  tiempos  hay  que  luchar contra el sectarismo. Lo principal en él es el divorcio

 

205 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVI, pág. 84.

 

que se establece con las masas, el desprecio de las posibilidades  existentes  para  el  trabajo revolucionario, la tendencia a rehuir los problemas candentes que la vida presenta. Si el revisionismo trata de conciliar al Partido con el capitalismo, el sectarismo le priva de los vínculos con las masas, sin los cuales el éxito en la lucha contra el capitalismo es imposible. Por ello no se puede robustecer al Partido sin  combatir  el  sectarismo,  cualquiera  que  sea  la forma en que se manifieste.

La Conferencia de representantes de los Partidos

Comunistas  y  Obreros  subrayó  la  necesidad  de superar enérgicamente el revisionismo y el dogmatismo en las filas de los partidos marxistas- leninistas. "A la vez que condenan el dogmatismo -se dice  en  la  Declaración  de  la  Conferencia-,  los Partidos Comunistas estiman que, en las condiciones actuales,  el  principal  peligro  reside  en  el revisionismo, o lo que es lo mismo, el oportunismo de derecha, como manifestación de la ideología burguesa que paraliza la energía revolucionaria de la clase obrera y exige el mantenimiento o la restauración del capitalismo. Ahora bien, el dogmatismo y el sectarismo pueden ser también el peligro fundamental en determinadas etapas de desarrollo de uno u otro Partido. Cada Partido Comunista establece cuál es el peligro fundamental para él en un momento dado."206

 

6.   Carácter   internacional              del          movimiento comunista

El movimiento comunista es internacional por su

propia esencia, aunque cada Partido ha de mantener la  lucha  por  los  ideales  comunistas  en  el  plano

nacional. Esto puede, en determinadas circunstancias,

traer un artificial enfrentamiento de los intereses nacionales   e   internacionales.   A   quienes   siguen

víctimas de la estrechez y limitación nacionales les

puede parecer que las condiciones de su país son algo excepcional y que la lucha de la clase obrera en él ha de diferenciarse sustancialmente de lo que es bueno para otros países. Tales concepciones favorecen a los imperialistas, que tanto interés ponen en destruir la unidad del movimiento obrero internacional.

Se trata de una manera de pensar profundamente equivocada y hasta nociva. Las leyes del desarrollo

social son universales y valederas para todos los países. De ahí que haya tantos rasgos comunes en el

movimiento  obrero  de  los  distintos  países.  Esto obliga a los Partidos Comunistas a no aislarse unos de otros y, al contrario, a cambiar experiencias.

El Partido que no conoce la experiencia de los otros y que no la toma en consideración es más fácil

que caiga en el error. Resulta más practicable el avance    cuando    se    apoya    en    la    experiencia internacional del movimiento comunista.

 

 

 

206  Documentos de las reuniones de representantes de Partidos

Comunistas y Obreros celebradas en Moscú, en noviembre de

1957, Gospolitizdat, Moscú, 1958, página 16.

 

 

 

Una experiencia muy valiosa y variada es la que durante más de medio siglo de lucha ha reunido el

Partido Comunista de la Unión Soviética. Ello le ha

permitido en repetidas ocasiones comprender profundamente los procesos que se operaban en todo el mundo. De ahí que muchos documentos del P.C. de la U.S. adquieran gran valor internacional, como son los acuerdos de los Congresos XX y XXI. En la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros se dice:

"Los  históricos  acuerdos  del  XX  Congreso  del P.C. de la U.S. no tienen sólo un gran valor para él y para la construcción comunista en la U.R.S.S.; con ellos se dio comienzo a una nueva etapa del movimiento comunista internacional, al propiciar un nuevo desarrollo del mismo sobre la base del marxismo-leninismo."207

¿Qué  significa  saber  utilizar  la  experiencia  de otros Partidos? Lo primero de todo, significa que hay que tomarla con un espíritu creador, y no mecánicamente. Cualquier experiencia viene siempre condicionada por un gran número de circunstancias de lugar, de tiempo, de situación y de correlación de las fuerzas de clase. Si hacemos abstracción de las condiciones  concretas,  la  experiencia  que  es favorable en una situación puede dar frutos distintos en otra. Sería, sin embargo, erróneo poner por ello en duda el valor de la propia experiencia. El marxismo- leninismo toma de ésta lo que es esencial, lo que no guarda relación con las peculiaridades locales o nacionales, sino que, por su valor universal, adquiere el carácter de ley. Y este factor general hay que saber combinarlo  con  las  condiciones  concretas  de  cada uno de los países.

El intercambio de experiencia y la coordinación de la labor de los Partidos Comunistas hace necesario

el establecimiento de estrechos vínculos entre ellos.

Las formas de dichos vínculos cambian en dependencia de las condiciones históricas.

En  un  principio  los  Partidos  Comunistas  eran

débiles. En su mayoría se habían formado con elementos revolucionarios de organizaciones socialdemócratas y anarcosindicalistas, que llevaron consigo supervivencias de oportunismo y sectarismo. Era necesario llevar a cabo una ingente labor de cohesión y educación de los nuevos Partidos según las ideas revolucionarias del marxismo-leninismo y para formar a sus cuadros dirigentes.

Estas perentorias necesidades del movimiento comunista  mundial  dieron  vida  a  la  Internacional

Comunista (1919-1943), organización que agrupaba a los Partidos Comunistas de todos los países.

La Internacional Comunista restableció y robusteció los vínculos entre los trabajadores de los

 

 

207  Documentos de las reuniones de representantes de Partidos

Comunistas y Obreros celebradas en Moscú, en noviembre de

1957, Gospolitizdat, Moscú, 1958, páginas 21-22.

 

distintos países que la primera guerra mundial había roto, elaboró muchos problemas teóricos del movimiento obrero en las nuevas condiciones históricas, ayudó considerablemente a difundir las ideas del comunismo entre las masas y contribuyó a forjar a los líderes del movimiento obrero.

Ahora bien, esta forma de relación entre los Partidos  agotó  sus  posibilidades  cuando  el movimiento comunista hubo crecido y se robustecieron   los   Partidos.   La   mayor   madurez política de los Partidos Comunistas hacía superflua la existencia de una organización comunista mundial de ese tipo. Esta era además incapaz de dirigir todo el movimiento comunista en virtud de las condiciones internacionales impuestas por la segunda guerra mundial. En mayo de 1943, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista adoptó el acuerdo, aprobado por todos los Partidos, de disolver la Internacional Comunista.

La  historia  del  movimiento  comunista  conoce otras formas de relación entre los Partidos. La que más se practica hoy día es la de entrevistas de sus dirigentes y de intercambio bilateral de información, intercambio de delegaciones y también reuniones y conferencias de los Partidos Comunistas y Obreros en las que se examinan problemas actuales y se expone  la  experiencia  y  los  puntos  de  vista  y posición de cada uno, a fin de dar unidad a la lucha por los objetivos comunes: la paz, la democracia y el socialismo. Entre esas conferencias tuvo particular significado la celebrada en Moscú, en noviembre de

1957, donde se aprobaron documentos de trascendencia para todo el movimiento comunista como son la Declaración y el Manifiesto de la Paz.

Las          fraternales            relaciones             de           los           Partidos

Comunistas y Obreros se asientan en los principios del    marxismo-leninismo,    del    internacionalismo

proletario.

Estas relaciones combinan la soberanía de cada Partido con la unidad de acción del movimiento comunista mundial en su conjunto. Los Partidos Comunistas,  sin  renunciar  a  su  independencia política y orgánica, voluntariamente y por mutuo acuerdo, unifican sus acciones, considerando su unidad de criterio en cuanto a las tareas internacionales de la clase obrera, y en caso de necesidad elaboran en común una misma línea de conducta,  actúan  como  una  fuerza  internacional única  que  monta  la  guardia  en  defensa  de  los intereses de los trabajadores de todos los países y de la paz y la seguridad del mundo.

El intercambio de opiniones sobre los problemas más importantes y la crítica fraternal ayudan a los Partidos a ver mejor sus propios defectos. Pero esta crítica, como condición imprescindible, ha de servir a los intereses del socialismo y robustecer los Partidos y la unidad del movimiento comunista mundial.

La primera condición para que la clase obrera, los

 

 

 

trabajadores en general y todas las fuerzas que en el mundo aman la libertad y la paz se muestren unidos, es la unión y cohesión de los propios Partidos Comunistas. Cuanto más amplia es la lucha de las masas, tanto más valor adquiere la unidad de los Partidos, que son los centros encargados de dirigir esa lucha.

La unidad entre los Partidos proviene de la comunidad del movimiento comunista en cuanto a

sus objetivos y la fidelidad a las ideas del marxismo- leninismo.   Pero   unidad   no   es   lo   mismo   que

uniformidad;  la  unidad  presupone  vastas posibilidades para la iniciativa, para el enfoque de los problemas  políticos  con  un  espíritu  creador.  El

marxismo-leninismo estima que la unidad en lo fundamental,  en  lo  básico,  en  lo  esencial,  no  se

pierde, sino que, al contrario, se asegura con la variedad en las cuestiones de detalle, en las características     derivadas     del     lugar,     en     los

procedimientos que se sigan para enfocar un asunto. Cada  Partido  Comunista  es  independiente  en  su

acción, mas por eso precisamente es tan importante no  desviarse  del  curso  general,  no  debilitar  el contacto   más   estrecho,   no   llegar   a   oponer   lo

específicamente nacional a lo que es general, a lo sustancial e internacional.

La unidad de los Partidos no es algo dado de una vez  para  siempre.  Se  desarrolla  y  fortalece  en  la lucha, al verse sometida a los desesperados ataques

de la burguesía y de los portavoces de su ideología en el   seno   del   movimiento   obrero.   La   reacción

internacional ha tratado en repetidas ocasiones de debilitar   a   los   Partidos   Comunistas   con   sus

maquinaciones en el terreno ideológico. Pero los cuadros  fundamentales  de  comunistas  se manifestaron siempre firmes y fieles al marxismo-

leninismo. Los elementos contrarios al Partido recibieron cumplida respuesta de todas las fuerzas

comunistas sanas.

La Conferencia de representantes de los Partidos

Comunistas y Obreros, celebrada en Moscú en 1957, ha  confirmado  la  unidad  de  criterio  de  todos  los

Partidos en cuanto a los problemas fundamentales de

la revolución socialista y de la construcción del socialismo; lo mismo hay que decir en cuanto a la apreciación de la situación internacional. La Conferencia ha puesto de relieve que el movimiento comunista internacional crece y aumenta su potencia, a pesar de las absurdas manifestaciones de los imperialistas, que sueñan despiertos con una pretendida "crisis del comunismo".

El movimiento comunista sigue un desarrollo complejo en las condiciones propias del capitalismo. Su historia conoce ascensos verticales y grandes éxitos, pero también reveses temporales, consecuencias negativas de condiciones objetivas desfavorables y de los errores cometidos. Estos defectos y errores, empero, son de carácter pasajero,

 

mientras  que  el  auge  y  fortalecimiento  del movimiento obrero y comunista significa un proceso invencible, porque lo imponen las mismas leyes que rigen la sociedad.

 

Capitulo  XIV. La política de unidad  de acción de  la  clase  obrera y de  todas  las  fuerzas democráticas del pueblo

La  clase  obrera  ha  de  mantener  su  lucha  en

condiciones difíciles. Sus opresores -los capitalistas- forman la clase más rica y organizada de la sociedad. La burguesía dominante dispone de un poderoso aparato de violencia (ejército, policía, tribunales, cárceles) y de influencia espiritual sobre las masas (Iglesia, escuela, prensa, radio, televisión, cine, etc.). Tiene también la fuerza de la costumbre, la fuerza de las tradiciones de la sociedad explotadora.

En estas condiciones, la clase obrera necesita muy particularmente mantenerse unida y organizada, a la

vez que estrecha su alianza con los demás destacamentos  de  trabajadores.  Esta  unidad  y  esta

alianza son trascendentales para su futuro y el de todo el pueblo.

La unidad de los obreros tiene una base objetiva

inconmovible, que le proporciona la comunidad de los intereses de clase. No obstante, no se forma de por sí, sin los esfuerzos de la vanguardia consciente de la clase obrera. Y ello porque la burguesía aprovecha la menor coyuntura para sembrar la división entre los obreros y los trabajadores en general, para debilitar y paralizar a sus enemigos de clase.  Esta  política  ha  dado  y,  lamentablemente, sigue dando sus frutos. La división de la clase obrera es justamente la causa principal de muchas y graves derrotas de los trabajadores y la más importante premisa de los éxitos de la reacción. "No pocas de las calamidades que afligen al mundo moderno -decía con razón N. S. Jruschov ante el XX Congreso del P.C. de la U.S.- se deben a que en muchos países la clase  obrera  lleva  largo  tiempo  dividida  y  sus diversos destacamentos no actúan formando un frente único, con lo que únicamente salen ganando las fuerzas de la reacción."208

Por eso los Partidos Comunistas y todos los marxistas-leninistas consideran de tan capital importancia la tarea de poner fin a la división del movimiento obrero, de asegurar la unidad de sus filas y una estrecha alianza con todos los trabajadores y con todas las fuerzas progresistas y democráticas del pueblo.

 

1. Necesidad de la unidad  de acción de la clase obrera en las condiciones actuales

No obstante las hondas discrepancias que separan a  las  corrientes  revolucionaria  y  reformista,  los Partidos Comunistas de los países capitalistas han tratado  siempre,  desde  los  primeros  días,  de establecer la unidad de acción con las organizaciones socialdemócratas.

 

208 N. S. Jruschov, Informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido, 14 de febrero de 1956, Gospolitizdat, Moscú, 1956, pág. 22.

 

 

 

Los  comunistas  estimaban  entonces,  como estiman ahora, que todos los obreros y todos los trabajadores, sea cual sea su filiación -comunistas, socialdemócratas o pertenecientes a organizaciones influidas por la Iglesia-, tienen intereses comunes. Así se desprende de la situación misma de la clase obrera y del resto de los trabajadores como parte explotada de la sociedad.

 

Qué es la política de unidad de acción.

En la lucha por los intereses comunes de los trabajadores, los Partidos Comunistas buscan la colaboración con todas las organizaciones obreras, cualesquiera que sean las ideas políticas y religiosas de quienes las componen. La labor de los Partidos Comunistas que tiende a asegurar esta colaboración se llama política de unidad de acción.

La historia del movimiento obrero internacional ofrece señalados ejemplos de tal unidad. Cuando los intereses de los trabajadores se ven seriamente amenazados,  crece  entre  ellos  la  tendencia  a  la unidad y las organizaciones obreras suelen aunar sus esfuerzos.

Así ocurrió cuando el fascismo avanzaba hacia el poder  en  muchos  países  de  Europa.  En  Francia,

España y Austria se produjo entonces un fuerte movimiento  en  pro  de  la  unidad  obrera,  y  esto

influyó sobre la dirección de los partidos socialistas, que  antes  se  resistían  por  todos  los  medios  a

colaborar con los comunistas. En 1934-1936, entre los comunistas y socialistas de estos países se pactó la unidad de acción contra el fascismo. En Francia y

España se formaron gobiernos de Frente Popular.

Durante la segunda guerra mundial, la unidad de los trabajadores dio nuevos avances. La Resistencia

unió   a   los   comunistas,   a   muchos   miembros   y

activistas de los partidos socialistas y a un buen número   de   afiliados   de   partidos   burgueses,   de

demócratas, radicales y católicos. Todos coinciden en

admitir que los comunistas integraban el núcleo de este movimiento.

Después  de  la  victoria  sobre  el  fascismo,  las

grandes masas manifestaron tendencias más acusadas que nunca a la unidad. En las democracias populares se formaron partidos unificados de la clase obrera, que se apoyaban en los principios del marxismo- leninismo. De esta manera se puso fin a la escisión ideológica y orgánica del movimiento obrero en una buena parte de Europa.

Las distintas tendencias del movimiento obrero se aproximaron   también   después   de   la   guerra   en muchos países capitalistas. Entre los comunistas y socialistas seguían vigentes los pactos de unidad de acción y los sindicatos agrupaban a los trabajadores

 

de todos los matices políticos.

En           octubre de           1945      quedó    constituida            la

Federación Sindical Mundial (F.S.M.), donde, por primera vez, los sindicatos de la U.R.S.S. se agrupaban con los de la Europa capitalista, Estados Unidos,  Iberoamérica  y  Oriente.  Jamás  el movimiento obrero internacional estuvo tan cerca de la unidad como en aquellos años.

La  reacción  internacional  adoptó,  sin  embargo, sus medidas para hacer fracasar este viraje hacia la

unidad.     Esta     vez     fueron     los     monopolios

norteamericanos los que tomaron la iniciativa y organizaron la escisión. El motivo que se arguyó fue la crítica hecha por los Partidos Comunistas europeos de  las  onerosas  condiciones  del  Plan  Marshall. Contra los comunistas se levantó una desenfrenada campaña de calumnias y persecuciones y sus representantes fueron separados de los gobiernos.

Aprovechando  las  discrepancias  surgidas  en  el seno de la F.S.M. con relación al Plan Marshall, los

líderes       reaccionarios       de       los       sindicatos

norteamericanos  escindieron  esta  organización.  En

1949 se retiraron de ella las Trades-Union británicas, el Congreso de Sindicatos de Industria de Estados

Unidos y las federaciones sindicales de Bélgica, Holanda y otros países. Más tarde crearon un centro

paralelo   con   la   Confederación   Internacional   de

Sindicatos Libres.

A despecho de las genuinas aspiraciones de las masas,  el  movimiento  obrero  se  vio  de  nuevo

escindido; la lucha entre sus diversas tendencias se

reanudó con nuevos bríos.

 

Qué daría la unidad de acción.

Actualmente,  los  peligros  que  amenazan  a  los trabajadores son mucho más serios que en vísperas e

incluso que durante la segunda guerra mundial. La amenaza  de  una  guerra  atómica  y  el  declarado

empeño del capital monopolista por establecer en todas partes su dictadura, hace más evidente que nunca la necesidad de conseguir la unidad de acción

de la clase obrera. La responsabilidad de los partidos obreros ha crecido infinitamente, la situación exige

imperiosamente la unificación de sus esfuerzos, pues de otro modo la reacción de los países capitalistas se abrirá  camino  hacia  una  feroz  dictadura  y  hacia

nuevas aventuras bélicas.

Al convertir la unidad de acción en una necesidad imperiosa,  la  lucha  por  la  paz  y  la  democracia

facilita,  al  mismo  tiempo,  la  consecución  de  un

acuerdo entre los partidos obreros. En las cuestiones democráticas  de  carácter  general  les  es  más  fácil

entenderse,  pues  ningún  partido  de  trabajadores

puede mostrarse en pro de una guerra de agresión o del  fascismo.  Por  consiguiente,  se  ha  ampliado mucho  el  círculo  de  problemas  sobre  los  que  se puede y se debe alcanzar ahora la colaboración de las organizaciones       obreras.      Además       de       las

 

 

 

reivindicaciones tradicionales -aumento de salarios, reducción de la jornada de trabajo, etc.-, actualmente existe otra plataforma para la unidad de acción: la lucha por las reivindicaciones democráticas de carácter general.

La unidad de acción influiría formidablemente sobre la resolución de problemas que afectan a la

suerte de la humanidad entera. En todo el mundo hay

83  Partidos  Comunistas,  que  actualmente  cuentan con más de 33 millones de afiliados. En los países

capitalistas hay 70, con 4,5 millones de miembros.

La Internacional Socialista, según datos oficiales, cuenta con 39 partidos y grupos socialistas, con un total aproximado de diez millones de miembros (de ellos, seis millones pertenecen al Partido Laborista británico). Entre la Federación Sindical Mundial y la Confederación Internacional de Sindicatos Libres reúnen  más  de  160  millones  de  afiliados.  No  es difícil imaginarse la importancia que para la causa de la paz y la democracia tendría la unidad de acción y colaboración  de  todos  estos  partidos  y organizaciones. Si, por ejemplo, el Partido Laborista británico, el Partido Socialdemócrata de Alemania, los Partidos Socialistas de Francia, Bélgica y Austria y los Partidos Socialdemócratas de los países escandinavos llegasen a la unidad de acción con los Partidos Comunistas de la Unión Soviética, China, democracias populares, y también con los Partidos Comunistas de Italia. Francia, Finlandia, India, Indonesia, Brasil y otros países capitalistas, no cabe duda alguna de que las fuerzas de la reacción verían frenados sus ímpetus y de que las garantías del mantenimiento de la paz general crecerían incalculablemente.

La colaboración entre los partidos obreros facilitaría la unión de todas las fuerzas democráticas

y amantes de la paz. La unidad obrera sería base de la unidad de acción de toda la democracia.

 

2. Quién  se opone a la unidad  de acción de la clase obrera

En respuesta a los convincentes argumentos de los

comunistas  en  pro  de  la  unidad  de  acción,  la dirección  oficial  de  los  partidos  socialdemócratas

opone unas objeciones en las que muchos socialistas

no creen.

 

Objeciones de los adversarios de la unidad.

Las propuestas de los comunistas para formar un frente único, dicen los líderes socialdemócratas, no pasan de ser una astuta maniobra; de lo que los comunistas se preocupan no es de los intereses de la clase obrera, sino el afán de proselitismo: lo que quieren es atraer al mayor número posible de obreros a sus filas.

No puede haber una deformación más completa de  los  móviles  que  guían  a  los  comunistas.  La

realidad es que los comunistas, cuando defienden la

 

unidad, piensan ante todo en los intereses de los propios trabajadores, sin exceptuar a quienes se encuentran en los partidos socialistas o los apoyan. Cuando los obreros se muestran unidos, ganan todos juntos y cada uno de ellos en particular. Así lo comprende hasta el proletario con menos conciencia de clase.

Los socialdemócratas habrían de saber, y no de ahora, que los  comunistas proponen la política  de

unidad de acción con una honradez absoluta de propósitos, con la sinceridad y seriedad que es norma

de los partidos de la clase obrera. Cuando los comunistas mantienen esta política no se guían por consideraciones del momento. Están convencidos de

que los trabajadores necesitan de la unidad hoy, cuando el movimiento obrero y toda la humanidad

progresiva luchan por la paz y la democracia, y de que aún la necesitarán más mañana, cuando en muchos países se plantee la tarea de la construcción

del socialismo. Una política calculada a tan largo plazo no puede descender a la baja maniobra. Toda la

labor de los Partidos Comunistas prueba hasta la saciedad que sus propuestas de unidad de acción no son un tributo a la coyuntura, sino expresión de una

línea política permanente que viene dictada por la preocupación  acerca  de  los  intereses  de  todos  los

trabajadores.

No son los comunistas los únicos en proclamar que  la  unidad  de  acción  se  ha  convertido  en  una

necesidad imperiosa. Así piensan también muchos líderes    del    movimiento    obrero    que    no    son

comunistas. Por ejemplo, el veterano dirigente del

Partido Socialista belga y ex primer ministro profesor

Camille Huysmans dijo en 1956, durante una visita a la Unión Soviética: "A mí, viejo socialista, que durante  largos  años  fui  amigo  de  Lenin  y  de  su esposa Krúpskaia, todo esto me causa una emoción profunda. Conocía el modo de pensar de Lenin y sus méritos. Creí un error la ruptura que se produjo entre nosotros en 1917. Pero todo esto pertenece al pasado y no quiero hacer reproches a nadie. Quiero, sin embargo, ayudar con todas mis fuerzas a restablecer en Europa la unidad de la clase obrera."

Son particularmente valiosas las conclusiones del conocido veterano del movimiento obrero Otto Buchwitz a que llega en su libro 50 años como funcionario  del movimiento obrero alemán. Tejedor de profesión, perteneció al Partido Socialdemócrata desde 1898 a 1946 y fue diputado del Reichstag en varias legislaturas. Dice así en su libro: "Que la joven generación saque lecciones de la historia y comprenda: un movimiento obrero fuerte es responsable de sus actos no sólo ante su clase, sino también  ante  todo  el  pueblo,  ante  la  humanidad entera.  Así  lo  prueba  la  historia  del  movimiento obrero alemán. Si hubiera habido unidad en la lucha contra el fascismo, Hitler no habría podido llegar al poder. Sin Hitler, no habría habido guerra, y millones de jóvenes de todo el mundo no habrían tenido que ir a la muerte por unos criminales poseídos de manía de grandezas, por los imperialistas y los monopolistas."

Durante los acontecimientos de mayo de 1958 en

Francia,  cuando  la  reacción  quería  acabar  de  un golpe con la república y establecer un régimen fascista, todos los demócratas sinceros sintieron la necesidad de la unidad de acción. "Llevo treinta años en el Partido Socialista -manifestó en esta ocasión Tanguy-Prigent, uno de sus líderes- y estoy profundamente convencido de que la defensa de la república exige acciones conjuntas y enérgicas de todas las masas trabajadoras del país."

La experiencia demuestra que con la unidad de acción salen ganando todos los partidos obreros, y no

sólo los comunistas. Por ejemplo, el prestigio y la

influencia del Partido Socialista italiano, que cuenta con cerca de 750.000 miembros, no sufren merma por la colaboración con el Partido Comunista, sino que, al contrario, se han robustecido gracias a esta colaboración. Así lo admitieron los mismos líderes socialistas,   que   luego,   bajo   la   presión   de   los elementos de derecha, han comenzado a dar marcha atrás en la acción conjunta con los comunistas. Gracias a la unidad, ambos partidos -el Comunista y el Socialista- alcanzaron grandes éxitos en las elecciones. La unidad hizo que después de la guerra lograsen ver aprobada una Constitución basada en principios democráticos. Y quien más ha salido ganando con esta colaboración ha sido la clase obrera de Italia.

Otro argumento muy sobado de los enemigos de la unidad es el de que entre los socialdemócratas y los comunistas no hay nada de común. "El socialismo y el comunismo no tienen nada de común...", dice literalmente el acuerdo adoptado por el Buró de la Internacional Socialista el 7 de abril de 1956, en respuesta al llamamiento a la colaboración del XX Congreso del P.C. de la U.S.

Pero  esta  tesis  es  falsa,  y  así  lo  afirman  los propios socialistas. El profesor J. Cale, un teórico del

Partido Laborista británico, escribió después de ser publicada    la    declaración    de    la    Internacional

Socialista: "No discuto que hay divergencias serias y profundas entre las doctrinas sustentadas por los partidos    socialdemócratas    y    obreros    de    la

Internacional  Socialista  y las  doctrinas  mantenidas por los Partidos Comunistas... Pero sería un absurdo

completo  decir  que  no  hay  nada  de  común  entre estos dos grupos."

Y el profesor Cale señala a continuación que las

ideas de los comunistas y socialistas coinciden, por lo   menos,   en   cuatro   puntos:   1)   comunistas   y socialistas tienen de común la convicción de que los más importantes medios de producción han de ser de propiedad colectiva y ser utilizados en interés de toda la sociedad, es decir, que el capitalismo ha de ser sustituido por el socialismo; 2) de la misma manera,

 

unos y otros aspiran a crear una sociedad en la que reine un elevado bienestar, las más grandes posibilidades en cuanto a educación, sanidad, seguros sociales, etc.; 3) coinciden en que nadie tiene derecho a vivir del trabajo de otros, es decir, en que no debe existir  la  explotación;  4)  comunistas  y  socialistas están convencidos de que la construcción de la nueva sociedad ha de correr a cargo de la clase obrera.

La posibilidad de la colaboración, a pesar de las divergencias  ideológicas,  es  admitida  también  por

algunos líderes del Partido Socialista francés. Albert

Gazier, miembro de su dirección nacional, escribía en   1955,   después   de   haber   visitado   la   Unión Soviética: "Las diferencias sustanciales que separan al socialismo bolchevique y a la sociedad a la que aspira el socialismo democrático no deben ser en modo alguno un obstáculo que nos impida luchar por la aproximación de los pueblos, por la coexistencia pacífica y por la colaboración internacional."

Es indudable que todas estas manifestaciones reflejan  el  pensar  de  muchos  miembros  de  los partidos socialistas, que se preocupan de la suerte que pueda correr el movimiento obrero.

Los comunistas -dicen también los adversarios de la  unidad-  pedirán  siempre  la  dirección  en  toda

acción conjunta, tratarán de imponerse y de dictar su

criterio.

La  experiencia  nos  dice,  sin  embargo,  lo contrario. El frente único de Italia y de otros países

señala que los comunistas hacen siempre por comprender el punto de vista de sus aliados y que son

unos  compañeros  dignos  de  confianza.  Los comunistas  no  aspiran,  ni  mucho  menos,  a  llevar

siempre la iniciativa y la dirección de las acciones conjuntas, dejando a los socialistas el papel de segundones.  Están  dispuestos  a  apoyar  cualquier

propuesta sensata de cualquier organización socialdemócrata,  siempre y cuando  responda a  los

intereses de los trabajadores. A menudo, los comunistas renuncian a presentar candidatos propios en las elecciones dentro de determinados distritos, a

fin de derrotar conjuntamente a los representantes de los partidos reaccionarios.

Los comunistas invitan a elaborar en común un programa  de  colaboración,  a  someterlo  luego  al juicio de los afiliados respectivos y a formular en

común  las  reivindicaciones  que  más  apoyo encuentren  entre  las  masas.  Es  de  una  evidencia

absoluta que los socialistas pueden comprobar plenamente en la práctica la sinceridad de los comunistas, aceptando sus propuestas de unidad de

acción.

Cuando  los  adversarios  de  la  unidad  no encuentran otros argumentos, asustan a los afiliados

socialistas con la perspectiva de que después de la

victoria del frente único los comunistas perseguirán a sus antiguos aliados. Y recurren al ejemplo de los

mencheviques  rusos.  Pero  hay  que  recordar  las   condiciones históricas en que entonces se encontraba Rusia:  la  mayoría  de  los  mencheviques  se  había unido con los guardias blancos y apoyaban la lucha armada contra el poder soviético.

Con una situación histórica distinta las cosas habrían seguido otro rumbo. En las democracias populares europeas la gran mayoría de los afiliados a los partidos socialistas se incorporó a los partidos unificados  de  la  clase  obrera  y  muchos  de  sus antiguos líderes ocupan puestos importantes en la dirección del Estado.

En la situación actual, cuando existen condiciones propicias  para  el  triunfo  de  la  clase  obrera, comunistas y socialistas pueden llegar a un acuerdo para la lucha conjunta por el socialismo, sin limitarse a actuar contra la amenaza de guerra y en defensa de la democracia. En los países donde existen partidos socialdemócratas con tradición histórica, los comunistas están interesados en que estos partidos cooperen no sólo en la conquista del poder por la clase obrera, sino también en la creación de las bases del socialismo, formando parte de los gobiernos socialistas.

Por lo tanto, ninguna de las razones expuestas contra   la   unidad   de   acción   de   comunistas   y

socialistas resiste en absoluto a la crítica. No hay

barreras  insalvables  para  la  colaboración.  Si  la unidad no se ha conseguido, no es porque entre socialistas y comunistas no haya nada de común ni porque los comunistas amenacen con perseguir a los socialistas.  Podrían  encontrar  sin  esfuerzo  un lenguaje común si no se opusiera a ello la reacción capitalista.

 

El anticomunismo, consigna de los escisionistas reaccionarios.

Lo  que  verdaderamente  mueve  a  muchos dirigentes   de   la   Internacional   Socialista   es   su

anticomunismo. Y esto no porque su reformismo les impida colaborar con los comunistas, que mantienen una ideología revolucionaria.

Los reformistas, que aspiran seriamente siquiera sea a pequeñas reformas en beneficio de los obreros,

comprenden que para alcanzar el éxito se requieren los esfuerzos conjuntos de todas las organizaciones obreras.  Pero  de  ordinario  son  retenidos  por  los

faldones por los escisionistas recalcitrantes, para quienes es ya un oficio el mantener la división del

movimiento obrero. Esto resulta en la sociedad burguesa contemporánea una profesión muy lucrativa para   los   hábiles   arribistas   encaramados   en   la

dirección de los sindicatos reformistas y de los partidos socialdemócratas. Los especialistas de estos

trabajos  (tales  como  Meany  y  Brown  en Norteamérica, Spaak en Bélgica, Guy Mollet en Francia, Pollack en Austria, Tanner en Finlandia) han

acomodado los principios de la guerra fría a las condiciones    del    movimiento    obrero.    Siempre enarbolan la bandera del anticomunismo, aunque saben perfectamente que esta desacreditada enseña sirve –y en numerosas ocasiones ha servido- a los fines de la más negra reacción, que trata de dividir todo   movimiento   democrático   y   socialista   para batirlo por partes.

En su odio al comunismo no tienen nada que envidiar a los peores reaccionarios de las clases dominantes. Cegados por ese odio, antes renunciarán a defender las reivindicaciones más perentorias de los trabajadores que aceptar la acción en común con los comunistas. Cuando tales apóstoles del anticomunismo se ven en la disyuntiva de colaborar con los comunistas o permitir el acceso al poder de los reaccionarios, optan sin dudarlo por lo segundo. "Mejor De Gaulle que el Frente Popular": tal era la posición de Guy Mollet, líder del Partido Socialista francés  en  mayo  de  1958,  cuando  entró  en  un gobierno reaccionario en el que tenía por compañeros de gabinete a elementos fascistas.

Afortunadamente, los enemigos declarados de la unidad   no   son   en   el   movimiento   obrero   tan

numerosos como para que no puedan ser aislados.

Pero entre tanto cabalgan sobre los hombros del movimientos    reformista,    porque    la    burguesía

reaccionaria les presta todo su apoyo.

Si comparamos la labor de los escisionistas y la política de los círculos dirigentes de la burguesía, veremos fácilmente el resorte que los mueve. No cuesta trabajo advertir que los socialistas de derecha transportan al movimiento obrero los métodos de que los medios imperialistas se valen en su lucha contra la U.R.S.S. y todo el campo socialista. Los círculos agresivos atizan la guerra fría contra la U.R.S.S. y los líderes de la Internacional Socialista la desatan en el seno   del   movimiento   obrero.   Los   imperialistas llaman  a  la  "solidaridad  atlántica"  para  la  lucha contra el comunismo, y los jefes derechistas de la socialdemocracia hacen lo mismo. Las potencias coloniales de Occidente conminan a los pueblos oprimidos  de  Oriente  a  "no  acelerar"  su emancipación a fin de conservar la "unidad" en la lucha contra la "amenaza del comunismo", y los líderes  socialistas  de  derecha  condenan  el movimiento de liberación nacional de las colonias, sin detenerse ni ante el empleo de las armas, como con ocasión de la crisis egipcia de 1956 hizo el Gobierno francés, presidido por el "socialista" Guy Mollet.

En resumen, los propagandistas de la guerra fría en el seno del movimiento obrero son portadores de

los intereses de la burguesía agresiva e imperialista en las filas de los trabajadores.  Por conducto de los

círculos  gobernantes,  los  Estados  imperialistas aspiran  a  perpetuar  la  escisión  del  movimiento obrero. Los campeones del anticomunismo no tienen

en realidad otro programa que el escisionismo: las

"reformas" no pasan de ser para ellos un señuelo con

 

 

 

el que atraen a los ingenuos.

Cuando el engaño sale a la superficie y las masas empiezan a apartarse de los anticomunistas rabiosos -

socialdemócratas  de  derecha-,  éstos  recurren  a  la

maniobra. Lo más frecuente es que se presente a la socialdemocracia como una "tercera fuerza". Con sus malabarismos oratorios, los líderes de derecha de la Internacional Socialista pretenden hacer creer que en los asuntos internacionales no se inclinan ni a uno ni a  otro  bando  y  ejercen  el  papel  de  árbitro  entre Oriente y Occidente. Este "tercer camino" independiente es el que, según ellos, siguen también en política interior, oponiéndose por igual a la reacción extrema y a los comunistas.

Pero quien habla de la "tercera fuerza" se engaña o pretende engañar a los demás. No hay un "tercer" camino medio entre la burguesía y el proletariado, entre la reacción y la democracia. Los mismos socialistas de derecha lo demuestran bien a las claras cuando de hecho colaboran con las esferas reaccionarias de la burguesía. Los mejores de entre los partidarios de la "tercera fuerza" tarde o temprano acaban por reconocer la necesidad de la colaboración con los comunistas. Una vez más se confirman las palabras de Lenin de que en política es imposible evitar la elección entre los capitalistas y la clase obrera, que "todo intento de formar algo intermedio hace que hasta la gente más sincera acabe por deslizarse hacia uno u otro lado".209

Los voceros de la "tercera fuerza" intentan hacer su juego con los obreros y con los capitalistas. A los primeros les prometen que lucharán contra el capitalismo, y a los segundos que los defenderán del comunismo. y esto les lleva a pedir nuevos "créditos" a los unos y a los otros. Pero cuando los capitalistas abren un "crédito" a los socialistas de derecha, no tardan en exigir en pago que arrecien en sus ataques contra el comunismo. La clase obrera, en cambio, espera en vano que se incremente la lucha contra las arbitrariedades  de  los  monopolios  capitalistas.  Y como los especuladores políticos no pueden saldar a la vez las dos letras, terminan indefectiblemente por ir a la quiebra. Y así las teorías de la "tercera fuerza" han tenido tan escaso eco entre las masas y cada vez se habla menos de ellas.

La política reaccionaria del anticomunismo no va sólo contra la vanguardia revolucionaria de la clase

obrera,   sino   contra   todos   los   trabajadores   y

demócratas. Los reaccionarios hacen concebir en un principio ilusiones de que la represión y las trabas se refieren únicamente a los comunistas, sin que hayan de afectar para nada a los demás sectores del movimiento obrero y democrático. Pero en cuanto los trabajadores pican en este cebo, en cuanto abandonan la resistencia a las medidas dictadas contra los comunistas, la burguesía reaccionaria da comienzo a las  siguientes  fases  de  la  "operación":  amplía  las

 

209 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 497.

 

persecuciones a los partidos socialdemócratas, a los sindicatos  y  hasta  a  los  movimientos  y organizaciones de la burguesía liberal.

Así, pues, a la pregunta de quién se opone a la unidad de acción del movimiento obrero sólo cabe

una respuesta: se opone la  reacción  capitalista,  la

oligarquía dominante del capital monopolista. Y en interés de la reacción actúan, en las alturas de las organizaciones obreras, los propagandistas del anticomunismo y los organizadores de la guerra fría, que se hacen pasar como líderes del movimiento obrero.  Los  argumentos  que  exponen  contra  la unidad  no  expresan,  sino  que  encubren,  sus verdaderos propósitos.

Los escisionistas del movimiento obrero gozan de un apoyo que no les regatean ni los monopolios capitalistas ni los gobiernos. Los socialdemócratas de derecha más activos son colocados en altos puestos. Por ejemplo, 410 conspicuos miembros del Partido Socialdemócrata alemán ocupan 929 cargos importantes en grandes compañías y bancos del país,

65 líderes socialistas son directores en los consorcios de Mannesmann, Krupp, etc., con sueldos que alcanzan a cien y ciento cincuenta mil marcos al año. En Austria, entre los 600 directores de las empresas nacionalizadas, 400 pertenecen al partido socialista. Doce de los veinticinco miembros de la dirección de éste son directores y gerentes de empresas estatales y privadas, con sueldos que alcanzan hasta el medio millón  de  chelines  austríacos.  Benedicto  Kautsky (hijo de Carlos Kautsky), ideólogo y autor del programa del Partido Socialista de Austria, es vicedirector general del importante banco Kreditanstallt, miembro del Consejo de observación del consorcio Elin y consejero general del Banco Nacional austríaco.

Cuando los líderes socialistas de derecha pasan a formar parte de los gobiernos, el capital monopolista les permite a veces dar satisfacción a algunas reivindicaciones de los trabajadores. Los grandes monopolios, cuando la presión de los trabajadores no les deja otro recurso, hacen concesiones, pero de tal manera que sirvan para robustecer las posiciones de los socialistas contra los comunistas. A la primera ocasión propicia se desquitan, elevando los precios o por otros medios. La misma táctica mantienen los círculos imperialistas cuando estimulan a los sindicatos influidos por los socialdemócratas de derecha y persiguen a los sindicatos de izquierda. Todo el mundo sabe, por ejemplo, que el Departamento de Estado de Estados Unidos ha utilizado ampliamente a los líderes reaccionarios de los sindicatos norteamericanos para escindir el movimiento sindical internacional.

De ahí que la unidad de acción de la clase obrera no pueda ser conseguida a través de negociaciones y

acuerdos únicamente. Exige la lucha activa contra los manejos de la burguesía reaccionaria y sus agentes en el movimiento obrero. La lucha por la unidad de acción de la clase obrera es una parte inseparable de la pugna que los trabajadores mantienen contra el capital monopolista y el imperialismo.

 

3. Vías para alcanzar la unidad  de acción del movimiento obrero

Las masas obreras quieren la unidad.

Pese a la actividad escisionista de los líderes de derecha, entre las masas obreras cunde el espíritu de

unidad. Esto toma cuerpo en las formas más distintas.

Por ejemplo, en muchas empresas de Francia, Italia, Inglaterra, Bélgica y otros países, cuando se prepara una huelga todos los obreros aceptan de buen grado la invitación a obrar conjuntamente: se crean comités de huelga unificados en los que entran comunistas, socialistas y católicos. Son también muy numerosos los casos en que los trabajadores socialistas, a pesar de la prohibición de sus dirigentes, votan en las elecciones por los candidatos comunistas.

La tendencia a la unidad crece a medida que se ponen de relieve las consecuencias de la peligrosa

política actual de los gobiernos imperialistas. Entre

los trabajadores socialistas aumenta la inquietud y la alarma. Esto obliga a sus dirigentes a maniobrar, a

recurrir a diversos subterfugios, y a veces a ceder a

las reclamaciones de sus afiliados.

El             Partido   Laborista               británico,              el            Partido

Socialdemócrata de Alemania Occidental, los socialdemócratas escandinavos y los socialistas del

Japón  y  de  otros  países  asiáticos  condenaron  la

agresión anglo-franco-israelí contra Egipto. También censuraron  la  agresión  imperialista  de  1958  en Líbano y Jordania. Los socialdemócratas alemanes se muestran contra la concesión de armas atómicas a la Bundswehr. En marzo de 1959 expusieron un plan de arreglo del problema germano que, a pesar de su inconsecuencia y sus reservas, es una estimable aportación a la discusión alemana acerca de las vías para la unificación del país. El V Congreso de la Internacional Socialista (julio de 1957) se ha reafirmado en el criterio de que se dé entrada en la O.N.U. a la República Popular China. En junio de

1958 el Consejo de la Internacional pidió el cese de las  pruebas  nucleares  y  la  reunión  de  una Conferencia de alto nivel.

Es cierto que entre las palabras y los hechos de los líderes  de  la  Internacional  Socialista  ha  habido

siempre una distancia enorme. No obstante, tales acuerdos reflejan el sentir de los trabajadores socialdemócratas.    Los    cambios    que    se    están

produciendo en el movimiento socialdemócrata son favorables   a   la   unidad   de   acción   entre   los

trabajadores, aunque los jefes derechistas se sigan oponiendo.

Donde    se            ha            reunido más         experiencia          de

colaboración  de  comunistas  y  socialistas  es  en  la lucha    por    los    intereses    económicos    de    los

 

trabajadores. Ejemplos de acciones comunes en este sector los proporcionan muchos países capitalistas. Han conseguido en los últimos años grandes éxitos los obreros italianos, franceses, argentinos, japoneses y de otros países en sus huelgas conjuntas, en las que, en  muchas  ocasiones,  participaron  centenares  de miles y millones de trabajadores.

La colaboración sobre cuestiones políticas ha rendido los mejores frutos en Italia, Japón, Finlandia,

Chile y algunos otros países. En el curso de la lucha contra el rearme del imperialismo alemán y por la

prohibición del arma atómica, muchos Partidos Comunistas de los países capitalistas han mantenido acciones comunes con las secciones de los partidos

socialistas.

Los Partidos Comunistas y Socialistas de Italia recogieron  excelentes  frutos  en  los  diez  primeros

años de su colaboración después de la guerra. Desde

la firma del pacto de 1934, ambos partidos actuaron conjuntamente   en   los   problemas   principales   de

política interior y exterior e hicieron morder el polvo

en  bastantes  ocasiones  a las  fuerzas  reaccionarias. Por eso, la ruptura unilateral del pacto, impuesta por el ala derecha del Partido Socialista en el Congreso de 1958, va abiertamente contra lo que la vida exige y contra el sentir de los miembros del propio partido. Después de tantas jornadas vividas en común por los comunistas y socialistas italianos, esta separación ha de ser forzosamente temporal.

Avanza la colaboración de los partidos obreros en el Japón, una vez fueron corregidos los errores sectarios que se habían cometido en el pasado. A comienzos de 1959, en 40 de las 46 prefecturas del país existían órganos de colaboración de las fuerzas democráticas, en los que se hallan representados comunistas y socialistas. Una buena experiencia de frente único es la de Chile. En la primavera de 1956, los Partidos Comunista, Socialista, Socialista Popular y otras organizaciones democráticas crearon el Frente de Acción Popular, con fuertes posiciones en el Parlamento y en el país.

Los esfuerzos por conseguir la unidad de acción por abajo han dado origen en el período postbélico a nuevas formas de organización: las "comisiones interiores" de las empresas de Italia, los "comités de unidad"   de   Francia,   las   "fracciones   de   unidad sindical" de Austria, los "consejos de unidad" y las comisiones intersindicales de Brasil, etc.

La lucha por la unidad del movimiento obrero internacional entró en una nueva fase después de que el XX Congreso del P.C. de la U.S. señaló las nuevas posibilidades que se presentaban en este campo. El llamamiento a la colaboración de un Partido Comunista tan prestigioso como el de la Unión Soviética tuvo amplio eco entre las masas socialdemócratas. Poco después, la Internacional Socialista se veía forzada a examinar el problema de las  relaciones  con  los  comunistas.  Los  elementos interesados en frustrar la unidad de acción, prolongando así la guerra fría en el movimiento obrero, impusieron un acuerdo negativo, si bien algunos  partidos  socialistas  establecieron  los primeros contactos con el P.C. de la U.S.

Entre 1956 y 1958, el C.C. del P.C. de la U.S., dando  nuevas  muestras  de  iniciativa,  envió  cartas

invitando a la acción común en defensa de la paz a

los Partidos Socialistas de Italia, Francia, Alemania, Gran    Bretaña,    Noruega,    Dinamarca,    Bélgica,

Holanda y Austria.

Lamentablemente, la causa de la unidad avanza despacio y no en las proporciones que la situación internacional exige. Aún se dejan sentir las reminiscencias de un período en que las relaciones entre los distintos sectores de la clase obrera llegaron a extremos de gran virulencia. Mas en favor de la unidad obran factores permanentes, que son más fuertes que las maniobras de los escisionistas. El principal de ellos es el deseo de unión que se abre paso cada vez más entre grandes capas de trabajadores.

 

Hay que saber acercarse a los trabajadores socialistas.

Es obvio decir que sería erróneo cifrar todas las

esperanzas  en  el  movimiento  espontáneo  de  las masas deseosas de unidad. Los órganos dirigentes de los Partidos Comunistas han señalado ya en diversas ocasiones que mucho depende de los propios comunistas, de los métodos con que se aplique la política de unidad de acción.

En este sentido tiene importancia decisiva la manera  como  los  comunistas  se  acerquen  a  los

trabajadores socialistas. Se comprende muy bien la

reacción de los comunistas ante las repetidas traiciones de los jefes socialdemócratas, pero eso no

es  motivo  para  calificar  a todos los socialistas  de

"agentes del imperialismo" y para renunciar a los contactos y a un fraternal cambio de impresiones con ellos. Cuando se mete a todos los socialistas en un mismo  saco,  quienes  salen  ganando  son  los verdaderos enemigos de la unidad de la clase obrera.

El período postbélico ha demostrado que en el seno del movimiento socialdemócrata se producen complejos fenómenos de deslindamiento. Casi en todos los partidos socialistas hay corrientes más o menos fuertes de izquierda, aunque a veces no se dibujen con formas precisas. En el Partido Laborista británico, por ejemplo, cualquier viraje serio de los acontecimientos en el interior del país o en el área internacional pone de relieve discrepancias entre las organizaciones de base y la dirección del partido.

En bastantes partidos socialdemócratas se ha llegado hasta la separación orgánica de los socialistas de derecha y de izquierda (Italia, Japón, Austria, la India, Líbano, Israel). Algunos de ellos han vuelto a unirse,   pero   esto   no   quiere   decir   que   hayan

 

desaparecido las discrepancias. Un reciente ejemplo de la diferenciación que se está produciendo entre los socialistas es la escisión en el Partido Socialista francés, por la que los grupos que rompieron con Guy Mollet han formado su partido autónomo.

Los hechos nos dicen, sin embargo, que las escisiones en los partidos socialistas, la separación de

sus alas izquierd s, no trae consigo en muchos casos

cambio alguno en la política de los socialdemócratas. Muchos afiliados, aunque se muestran descontentos

con  la  línea  anticomunista  de  los  dirigentes  de

derecha, no se deciden a un paso tan decisivo como es la escisión, pues tienen cariño a su partido y estiman sus tradiciones. Los líderes derechistas se aprovechan  de  esto  hábilmente  y  siguen  dando  el tono en los partidos socialistas. Mas el fracaso de la política del anticomunismo acaba de abrir los ojos a los simples afiliados. Tarde o temprano, los socialdemócratas honestos, que siguen fieles a la bandera del socialismo, llegan a la conclusión de que es necesario cambiar la política -burguesa por su carácter- que mantienen los elementos de extrema derecha, y hasta expulsarlos de la dirección. En tal caso,  el  paso  de  los  partidos  socialdemócratas  a nuevas posiciones políticas, en consonancia con los intereses de la clase obrera, se puede realizar sin escisión y es, sin duda, la mejor solución que puede ofrecerse.

Como quiera que sea, se trata de cuestiones internas de los partidos socialdemócratas, y son ellos

los que han de resolverlas.

El ala izquierda de los socialistas, en todas condiciones, puede cumplir un papel en la obra de poner fin a la división del movimiento obrero. Los socialistas de izquierda muestran a menudo inconsecuencia política, pero, en todo caso, son la parte más progresista de la socialdemocracia. Actualmente, sus posiciones en muchos problemas capitales de la política interior y exterior responden a los intereses de los trabajadores. Son muchos los que comprenden el daño que la división significa y la necesidad de la unidad de acción del movimiento obrero. Los Partidos Comunistas han de ayudarles a superar los prejuicios sembrados por los escisionistas del anticomunismo. Con su abnegada lucha contra las amenazas bélicas, con su defensa de los intereses vitales de los trabajadores y de las capas medias -que son a menudo el principal soporte de la socialdemocracia-, con su disposición a apoyar la iniciativa de cualquier socialista capaz de beneficiar a la clase obrera, con un cumplimiento honesto de los deberes que se desprenden de la colaboración, los comunistas demuestran a la faz de todos que son buenos amigos y aliados.

Han madurado, pues, por completo las premisas para  la  colaboración  entre  los  comunistas  y  los

sectores del movimiento socialdemócrata que tienen conciencia  de  que  la  unidad  de  acción  es  una

 

 

 

necesidad imperiosa. Por esto tienen tanta actualidad las palabras que desde la tribuna del XXI Congreso del P.C. de la U.S. dirigiera N. S. Jruschov a los trabajadores socialistas: "Ha llegado la hora de que los representantes de todas las tendencias del movimiento obrero, prescindiendo de los prestidigitadores del anticomunismo, se sienten alrededor   de   una   misma   mesa   y   elaboren   un programa, aceptable para ambas partes, de acciones comunes  de  la  clase  obrera  en  defensa  de  sus intereses, en defensa de la paz."210

Para conseguir la unidad de acción con los socialistas, los comunistas están dispuestos a dejar en segundo plano las cuestiones más litigiosas. Los Partidos Comunistas se atienen en esto a los viejos pero  siempre  acertados  consejos  de  Lenin,  que expuso en 1922, cuando se pensaba en una conferencia de las tres Internacionales: la Tercera, la Segunda y la dos y media. Lenin, que tomó parte activa en la preparación de la conferencia, aconsejaba a la delegación de la Internacional Comunista "plantear sólo las cuestiones menos litigiosas, marcándose  como  objetivo  las  acciones  parciales, pero conjuntas, de las masas obreras". Recomendaba que "en la conferencia previa nuestros delegados han de ser archicomedidos hasta tanto no se pierda la esperanza de conseguir el fin propuesto".211

Los comunistas tampoco se niegan hoy día al compromiso y a las concesiones necesarias, movidos

por el deseo de establecer la unidad de acción con los socialdemócratas. Los sectarios se imaginan, cierto,

que el compromiso desacredita a los comunistas. Su audacia  política  les  sirve  sólo  para  insistir  en  las

posiciones ocupadas, sin pararse a pensar en las condiciones concretas ni en lo que el momento exige. Pero  a  la  manera  leninista  es  audaz  quien,  para

conseguir un fin tan importante como es la unidad del   movimiento   obrero,   no   teme   en   hacer   las

necesarias concesiones que le aproximen al futuro aliado.

Lenin comparaba a los partidos socialdemócratas

con un local cerrado en el que representantes de la burguesía realizaban su propaganda ante un auditorio bastante  numeroso  de  obreros.  ¿Deben  los comunistas, preguntaba Lenin, pagar la entrada a ese local para poder intervenir ante los obreros que hasta entonces se encontraban bajo la influencia exclusiva de los reformistas? Y respondía: sería un craso error rechazar toda condición y negarse a pagar la entrada que les permita penetrar en ese local, cerrado y protegido con una guardia bastante fuerte. "Los comunistas no deben guisarse en su propia salsa - enseñaba Lenin-, sino aprender a obrar de tal manera

 

 

210 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años  1959-1965",  en  Materiales   del  XXI  Congreso extraordinario del P.C.U.S. Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág. 99.

211 Problemas de Historia. núm. 4, 1958, pág. 51.

 

que, sin detenerse ante determinados sacrificios y sin temor a los errores, inevitables al comienzo de toda empresa grande y difícil, puedan entrar en el local cerrado donde los representantes de la burguesía mantienen bajo su influencia a los obreros. Los comunistas que no quieran comprender esto ni aprender a obrar así, no pueden confiar en ganarse la mayoría entre los obreros..."212

Cada país presenta sus condiciones de lucha y sus tradiciones en lo que se refiere al movimiento obrero.

Las vías que conducen a la unidad obrera tienen en

cada lugar sus características. En unas condiciones, la unidad puede ser alcanzada en una campaña electoral; en otras, en el curso de la lucha por los derechos  sindicales  y  sociales;  en  unas  terceras, podrá servir para el caso una campaña en pro del desarme,  etc.  Una  de  las  principales  premisas  del éxito de los Partidos Comunistas en su lucha por el frente único es la capacidad de escoger y plantear el motivo o el acontecimiento que en cada país puede conducir por el camino más corto a la colaboración de todas las tendencias del movimiento obrero.

 

Las  discrepancias  ideológicas  no  son  un obstáculo para la colaboración.

Ahora bien, ¿no podrán impedir la colaboración

de los comunistas y los socialistas que comprenden la necesidad de la unidad las discrepancias ideológicas que existen entre ellos? Porque los socialistas, que mantienen muchos puntos de contacto con los comunistas en cuanto a la visión de las tareas de la clase obrera en el momento presente, discrepan de ellos en los problemas fundamentales del desarrollo social, como es el que se refiere a la necesidad de derribar el poder de los capitalistas y de establecer la dictadura de la clase obrera en el período de transición. Empeñados como están en impedir la unidad de acción, los socialistas de derecha señalan de ordinario esta circunstancia como un obstáculo insalvable para la colaboración con los comunistas.

¿Es esto así?

Los comunistas no quieren en modo alguno disminuir o velar las discrepancias ideológicas. Al proponer la unidad, no ocultan su propósito de mantenerse  fieles  a  sus  principios  y  a  su  línea política. Tampoco piden a los socialdemócratas renuncias de ese género, pues consideran que la colaboración práctica de los partidos obreros de los países capitalistas puede ser alcanzada sin renunciar a los principios.

Enjuiciar  cualquier  discrepancia  ideológica  con los enemigos jurados de la unidad obrera, con los

inspiradores  del  anticomunismo,  es  de  todo  punto

imposible. Eso no hace falta decirlo. El anticomunismo no encierra ni un ápice de política constructiva para los partidos obreros, no tiene idea positiva alguna; la ideología del reformismo, con la

 

212 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 297.

 

 

 

que se encubre, no es más que una máscara. En realidad, los caballeros del anticomunismo han perdido el derecho hasta a llamarse reformistas. ¿Qué reformistas son cuando para impedir la colaboración con los Partidos Comunistas sacrifican los más perentorios intereses de los trabajadores? Cualquier socialista honesto considera, al menos, que lucha en defensa de los intereses de los trabajadores, y no despreciará a los aliados que se sumen a esa lucha. Los anticomunistas, en cambio, no son reformistas, sino enemigos jurados del movimiento obrero.

Está claro que con esas gentes los comunistas no podrán encontrar nunca un lenguaje común. Pero otra cosa completamente distinta son los reformistas de buena fe, que desean sinceramente los cambios sociales progresivos.

El  socialismo,  tal  como  lo  entienden  los marxistas-leninistas, presenta diferencias de principio con  el  que  los  reformistas  propugnan.  Los comunistas criticaron y criticarán la errónea posición de  los  reformistas  en  el  problema  de  la  lucha  de clases, de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado. El ejemplo de los éxitos de la construcción del socialismo en la U.R.S.S. y en las democracias populares les servirá para hacer ver a los trabajadores socialistas la razón que les asiste en cuanto al camino del socialismo que el marxismo- leninismo marca.

Pero   ahora   ya,   en   la   noción   que   sobre   el socialismo     tienen     los     comunistas     y     los

socialdemócratas sinceros podemos encontrar lo que

hay de común y que abre el camino para la lucha conjunta por los ideales básicos de la clase obrera. Para unos y otros el socialismo significa, lo primero de todo, el establecimiento de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción. Para los  comunistas  se  trata  de  un  axioma,  pero  este mismo fin se proclama en los programas oficiales de bastantes partidos socialistas. En su Declaración de principios el Partido Socialista francés lo formula diciendo que "tiene como fin llevar a cabo la sustitución del régimen de la propiedad capitalista por un régimen en el que las riquezas naturales, que son   el   medio  de   producción  y  de   cambio,   se conviertan en propiedad de la colectividad y en el que, por tanto, sean abolidas las clases".

¿Qué impide, pues, a los socialistas franceses, o al menos a quienes toman en serio este punto de su programa, la colaboración con los comunistas para sustituir la propiedad privada capitalista por un régimen en el que impere la propiedad social? ¿No pueden, por ejemplo, socialistas y comunistas apoyar conjuntamente las reivindicaciones de las masas obreras de que sea nacionalizada la propiedad de los monopolios?

Los comunistas y los socialistas, cierto, explican de diferente manera la posibilidad del paso pacífico

al socialismo, pero en este problema se han puesto de

 

relieve, sin duda, bastantes puntos de contacto. Allí donde se dan condiciones favorables para este paso, pueden colaborar perfectamente. Y cuanto más unido se encuentre el movimiento obrero, más factible será en una serie de países el paso pacífico al socialismo.

Un  amplio  campo  de  comprensión  entre  los comunistas  y  socialistas  es  el  de  la  lucha  por  las

reformas que alivian la situación de los trabajadores

de los países capitalistas. Los comunistas discrepan de  los  socialistas  en  cuanto  al  criterio  que  les

merecen       tales       reformas.       Para       muchos

socialdemócratas,  las  reformas  son  la  única  vía posible del socialismo. Hoy, piensan, el Estado aplica determinadas medidas de tipo económico; mañana, otras  de  carácter  social  (concesión  de  pensiones, etc.); de este modo, según los reformistas, dentro de la sociedad burguesa se empieza ya a estructurar el socialismo. Este, según el pensamiento de los reformistas, es insertado fragmentariamente en la sociedad  capitalista,  de  tal  manera  que,  con  el tiempo, la "reforma" completa del capitalismo lo convertirá en socialismo.

Los comunistas estiman totalmente errónea esta noción de los reformistas. No niegan que dentro del

Estado capitalista, hasta cuando se encuentra al servicio  de  los  monopolios,  se  puedan  conseguir

algunas reformas que beneficien a los trabajadores. Pero las concesiones que se consigue arrancar al Estado capitalista están muy lejos de ser socialismo.

El carácter de clase del Estado capitalista se mantiene en pie como instrumento que es en manos de los

monopolios capitalistas. No puede asombrarnos por eso que, en cuanto la presión de las masas se debilita,

el Estado se desdiga de todas sus concesiones o las adapte a las necesidades de los monopolios, de tal modo que no queda más que el recuerdo del carácter

que tenían en un principio.

Para  iniciar  la  construcción  del  socialismo  hay que              desposeer             antes      del          poder     a              las           clases

dominantes y entregarlo a los trabajadores; y la larga

experiencia   del   movimiento   obrero  internacional avala esta profunda convicción de los comunistas.

Eso  no  quiere  decir  que  los  comunistas  sean

enemigos  de  las  reformas.  Niegan,  sí,  que  las reformas puedan llevar a la transformación paulatina del capitalismo en socialismo. Al mismo tiempo, los comunistas proponen a los socialistas una amplia colaboración en la lucha por toda clase de reformas que mejoran las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, por la nacionalización de los monopolios, por el mejoramiento de los seguros sociales, la ampliación de los derechos sindicales y democráticos, el robustecimiento de las garantías de una paz general, etc. Y cuanto más amplia sea la unidad de acción y la colaboración de las distintas corrientes del movimiento obrero, más fácil será conseguir de los monopolios y su Estado concesiones que fortalezcan la capacidad de combate de la clase obrera.

 

Necesidad de explicaciones pacientes y amistosas. Los  comunistas  consideran  como  un  deber  el luchar por la superación de la ideología reformista, con la que se encubren los escisionistas de derecha en el movimiento obrero. La tarea no es fácil, sin embargo.                Los          comunistas            ven         en           las           teorías reformistas no sólo una equivocación, sino también una especulación con las aspiraciones reales de las

masas.

Estas, que advierten las enormes diferencias que hay entre las condiciones en que viven y la vida de las capas privilegiadas de la sociedad, que tropiezan con la arbitrariedad de la policía y presencian el constante menoscabo de los derechos del trabajador, tienden espontáneamente hacia un régimen democrático y de igualdad social. Pero a menudo, las masas no ven las vías que realmente pueden conducirlas a una auténtica vida democrática. Sobre muchos trabajadores gravitan las ilusiones de la democracia burguesa, fuertes sobre todo en Europa Occidental y en Estados Unidos. Bastantes obreros buscan una ruta fácil que les lleve al socialismo sin lucha ni choques de clases, sin que haya necesidad de romper con el modo de vida habitual. Los ideólogos del reformismo se valen de todo esto para pasar de contrabando sus teorías, que frenan el desarrollo de la conciencia de clase de los trabajadores.

Hemos de tener presente también que en los últimos decenios ha cambiado sustancialmente la composición social de muchos partidos socialdemócratas. En sus filas disminuye sin cesar el número de obreros, mientras que aumenta el de personas salidas de las capas pequeñoburguesas, de empleados y de intelectuales burgueses. Así, en el Partido Socialista francés los obreros no representan más de una cuarta parte.

Pero lo principal es que las teorías de los reformistas cuentan con el apoyo de las clases dominantes. La burguesía no teme a estas teorías. Más bien permite de buen grado que se haga su propaganda y las elogia en las páginas de sus periódicos y revistas, a la vez que los comunistas son objeto de persecuciones. Las clases dominantes no vacilan en conceder a los ideólogos del reformismo carteras  gubernamentales,  mientras  que  los comunistas son expulsados de todos los cargos a la primera oportunidad. Más aún, en algunos sitios la burguesía llega a permitir a los socialdemócratas sus experimentos "socialistas", que no afectan para nada a las bases de su dominación de clase, y en ciertos casos hasta los sostienen, apoyando al mismo tiempo las ilusiones reformistas entre las masas.

Para superar la ideología reformista se requieren pacientes   métodos   de   explicación,   de   cambio

amistoso  de  opiniones,  sin  limitarse  a  repetir  las consignas propias. El comunista no debe sentirse en

 

el papel de mentor que no tolera objeciones, no debe desestimar, ni mucho menos despreciar, las convicciones  del  obrero  socialdemócrata.  La polémica con los socialistas ha de ser cordial y en el plano de las ideas, sin descender a un tono de violencia personal innecesaria.

Los  comunistas  que  hacen  su  labor  entre  las masas de trabajadores socialdemócratas ponen de manifiesto el error de las teorías reformistas ("socialismo democrático", etc.), a las que enfrentan el socialismo científico de Marx y Lenin y las históricas victorias que éste ha conseguido. Las discusiones  públicas  en  la  prensa  y  las conversaciones  con  los  trabajadores  socialistas pueden contribuir a dispersar en ellos los prejuicios anticomunistas y a mostrar la coincidencia de los principios del marxismo-leninismo con los intereses vitales de los trabajadores.

Los comunistas, que denuncian a los verdaderos servidores   de   la   burguesía   imperialista,   están

dispuestos a colaborar con todos quienes en las filas

del  movimiento  socialdemócrata  aspiran sinceramente   a   acabar   con   el   capitalismo,   con quienes quieren luchar por unas mejores condiciones de   vida   para   los   trabajadores,   por   la   paz,   la democracia y el socialismo.

 

4. La política de unidad  democrática

Los  Partidos  Comunistas  no  defienden  sólo  el frente  obrero  único;  también  tratan  de  agrupar  a capas más amplias del pueblo. La unidad obrera ha de ser la base para la unidad de un vasto movimiento democrático.

Jamás se dieron en el pasado condiciones tan favorables para la acción común de la clase obrera con las capas más diversas de la población. En la etapa presente de la crisis general del capitalismo -y así se indicaba en el capítulo X- junto al antagonismo fundamental de clase entre el capital y el trabajo se hacen  cada  vez  más  patentes  las  contradicciones entre un puñado de monopolios y las restantes clases y capas de la sociedad. Conforme el yugo del capital monopolista y la subordinación del Estado a él aumentan, más amplias y diversas son las fuerzas que se le ponen enfrente. El capital monopolista no mantiene su ofensiva solamente contra los intereses de los obreros y campesinos, sino también contra las capas medias de la población y hasta contra determinados estratos de la burguesía. Llegan a verse amenazados los intereses inmediatos de todas estas capas e incluso los más importantes intereses de la nación. Republicanos, patriotas, pacifistas, todos cuantos permanecen fieles a la democracia y a la libertad nacional, experimentan honda inquietud al ver cómo prosperan las tendencias a establecer la dictadura reaccionaria de los monopolios y crece el peligro de una nueva guerra.

Así, en el seno de diversas capas sociales aparece

 

 

 

un interés común que puede servir de base objetiva para acciones conjuntas contra la dominación del capital monopolista. La situación a veces es tal, que fuerzas sociales que antes preferían actuar por separado se ven ante la necesidad objetiva de agruparse para defender los intereses generales del pueblo.

El  partido  marxista-leninista  de  la  clase  obrera está  llamado  a  ser  la  vanguardia  de  esa  unidad

democrática. Como abanderados de la paz y la democracia, los Partidos Comunistas de los países

capitalistas buscan su puesto en las primeras filas del frente  de  todo  el  pueblo  contra  la  política reaccionaria     del     capital     monopolista     y     el

imperialismo.

La política de los Partidos Comunistas conducente al  establecimiento  de  la  unidad  de  acción  y  la

colaboración  con  todas  las  fuerzas  nacionales  y

democráticas es la política de unidad democrática;

es democrática porque la agrupación de todas las capas del pueblo se produce sobre todo alrededor de reivindicaciones y consignas democráticas. Esto no significa, ciertamente, que una vez cumplidas las tareas democráticas desaparece el terreno para una amplia unidad del pueblo. Hemos visto ya que la transformación socialista de la sociedad responde en nuestra época a los intereses vitales de capas cada vez más amplias de la población. De ahí que la política de unidad democrática tenga también como objeto el incorporar estas capas al cumplimiento de las tareas socialistas. Para lograrlo, sin embargo, hay que ir antes a la organización de las masas para la lucha por las reivindicaciones democráticas generales y los intereses materiales de los trabajadores.

Después de la guerra se ha reunido bastante experiencia de acciones conjuntas de capas diversas

de la población sobre una plataforma de reivindicaciones democráticas. El mejor ejemplo que

en este plano tenemos es el movimiento en defensa de la paz. Las campañas internacionales por la prohibición de la bomba atómica y por el cese de las

pruebas de armas termonucleares son una prueba brillante de que la colaboración de las corrientes y

organizaciones más diversas de la sociedad, aun de las que están alejadas del comunismo, es algo perfectamente posible.

En las colonias y países dependientes, los comunistas   luchan   por   crear   un   amplio   frente

antiimperialista y antifeudal.

 

Qué se requiere de los partidos obreros.

Cuando aparecen las premisas objetivas para la agrupación de capas diversas de la población contra el yugo de los monopolios, el centro de gravedad pasa a la labor del partido más revolucionario de la clase obrera, a su capacidad para encontrar un lenguaje común con los distintos movimientos y organizaciones   políticas   y   sociales.   La   unidad

 

combativa y organizada de las fuerzas populares no aparece de por sí, por generación espontánea.

Hay que tener presente que el conseguir la colaboración   de   fuerzas   sociales   heterogéneas,

muchas de las cuales están lejos del comunismo y que   en   ocasiones   han   sido   contagiadas   por   el

anticomunismo, es una empresa difícil, que exige paciencia y tacto. Son inevitables los manejos de la reacción, las fluctuaciones de los grupos burgueses y

pequeñoburgueses, que mostrarán la tendencia a subordinar  el  movimiento  entero  a  sus  intereses

exclusivos.

La  experiencia  nos  dice  que  para  alcanzar  la unidad de acción de las fuerzas democráticas son de

importancia trascendente los factores siguientes:

Un  movimiento  obrero   fuerte   y  unido  es  la premisa principal para conseguirla. No todos los que

hoy luchan por la paz y la democracia son aliados de

la clase obrera en el sentido exacto de la palabra. Defienden la paz y la democracia, pero cuando se

trata   de   una   colaboración   permanente   con   los

comunistas, vacilan y se dejan influir fácilmente por la propaganda oficial.

La propaganda y la agitación no son bastante para

establecer la unidad de acción con fuerzas sociales de este  género.  Es  necesario,  primeramente,  que  el propio movimiento obrero sea fuerte y organizado, que infunda a todas las capas nacionales y democráticas   seguridad   en   la   victoria   final   del pueblo. En segundo lugar, las otras clases y capas otorgan su confianza y apoyo a la clase obrera únicamente  cuando  ésta  defiende  los  legítimos  y justos intereses de aquéllas como si fueran los suyos propios.

La clase obrera dispone de muchos recursos para hacerlo.  En  el  Parlamento  sostiene  las  reformas  y

medidas beneficiosas para los campesinos, artesanos y           patronos    medios.    Estudia    atentamente    las

reivindicaciones  de  los  partidos  campesinos, radicales, republicanos, etc., y presta todo su apoyo a las que responden a los intereses de los trabajadores.

El Partido apoya las propuestas de cualquier líder campesino, demócrata o pacifista que correspondan a

las aspiraciones de los trabajadores y tiendan a mejorar su situación.

El robustecimiento de los vínculos fraternales con

todos los trabajadores, hasta ganarse la reputación del defensor  más  consecuente  y  decidido  de  sus intereses, es prenda de la victoria de la clase obrera en su lucha contra la dominación de la burguesía reaccionaria.

Acertada elección del programa para la colaboración. El partido revolucionario de la clase obrera no puede exigir a sus posibles aliados una colaboración basada exclusivamente en las condiciones que él presente. Sin perder de vista ni un momento las necesidades e intereses específicos de la clase obrera, a los que procurará por todos los medios dar satisfacción, el Partido trata a la vez de formular reivindicaciones generales que puedan ser aceptadas por los posibles aliados. También otras fuerzas sociales están interesadas en combatir la opresión de los monopolios, por lo que no es tan difícil encontrar esas reivindicaciones generales. Ahora bien, la experiencia nos dice que incluso en este caso es imposible llegar a un acuerdo inmediato sobre todos los puntos. El programa de unidad de acción ha de ser elaborado gradualmente, comenzando por cuestiones  parciales.  Esto  permite  a  cuantos colaboran   convencerse   de   la   sinceridad   de   sus aliados, con lo que se establecen corrientes de confianza mutua. Y la confianza es un elemento absolutamente imprescindible, sin el cual ningún frente único puede ser estable.

La  capacidad  para  aceptar  los  compromisos y hacer las concesiones necesarias es otra condición importante para el partido obrero que desee organizar la colaboración de fuerzas de clase heterogéneas. V. I. Lenin lo consideraba imprescindible para la vanguardia consciente de la clase obrera. Sin esa capacidad, decía, es imposible aliarse ni con otros grupos de trabajadores ni con las capas medias, que indefectiblemente dan muestras de vacilación e inconsecuencia. "Quien no ha comprendido esto - escribió Lenin-, no ha comprendido ni un ápice del marxismo ni del contemporáneo socialismo científico en general."213

Sin renunciar a sus principios, que se desprenden de la ideología marxista, el partido revolucionario de la clase obrera es flexible y toma en consideración los legítimos intereses de las otras fuerzas sociales y políticas a las que se alía. Lo importante, enseñaba Lenin, es que los compromisos y concesiones no rebajen,   sino   que   eleven   el   nivel   general   de conciencia de la parte avanzada de la clase obrera, su capacidad para ir a la lucha y alcanzar la victoria.

¿Cómo   se   traduce   esto  en   la   práctica?   Por ejemplo,  uno  de  los  principios  básicos  del socialismo, relacionados con la esencia misma del nuevo régimen social que reemplaza al capitalismo, dice: la industria capitalista privada está sujeta a nacionalización. Sin embargo, en la práctica este principio puede ser llevado a cabo por métodos distintos. Si bien la clase obrera triunfante tiene el derecho legítimo a desposeer a los capitalistas de su propiedad,  amasada  con  la  explotación,  estimando los méritos de determinadas capas de la burguesía en la lucha contra los monopolios, puede hacerles concesiones. Puede, después del triunfo de la revolución, respetar la propiedad de la burguesía media. El Estado popular puede, incluso, prestarle ayuda (créditos, materias primas, exenciones fiscales, un mercado garantizado). Y cuando en el futuro se plantea el problema de culminar la nacionalización de toda la economía, el Estado puede llevarla a cabo

 

213 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 52.

 

por vía pacífica, gradualmente, atendiendo los intereses legítimos de los propietarios; por ejemplo, adquiriendo sus medios de producción, es decir, concediéndoles una indemnización determinada.

Este ejemplo confirma una vez más que los comunistas son sinceros en sus propuestas de colaboración. No se lanzan a promesas irrealizables, sino que llevan al programa del frente único lo que la clase obrera puede realmente garantizar a sus aliados después del triunfo. Sus concesiones y compromisos tienen una base profunda y se avienen con la manera como los comunistas conciben la posibilidad de construir  el  socialismo  en  colaboración  con  sus aliados del frente democrático. Esta línea de los comunistas  es  trascendental  para  el  éxito  de  la política de unidad democrática.

La  flexibilidad  política  de  los  Partidos Comunistas se combina con su energía frente a los elementos  revisionistas,  dispuestos  a  aceptar cualquier trato, no importa su clase, como consecuencia del cual el Partido Comunista acabase por disolverse en movimientos nacionales, perdiendo su independencia y conduciendo, en última instancia, a una debilitación de la unidad de las fuerzas democráticas.

Una vez conseguido el acuerdo político, el partido obrero    trata    obligatoriamente    de    darle   forma

orgánica.  El frente único sólo se convierte en una

fuerza poderosa cuando los aliados no se limitan a declarar   la   comunidad   de   fines,   sino   que   se

comprometen a crear una organización única (Frente

Patrio, Frente de Unidad Democrática Nacional, etc.) y concretan las acciones comunes a realizar dentro de esta organización. Esto presupone la institución de un organismo en el que se elabore conjuntamente una política  única  y  el  firme  compromiso  de  que  las partes  se  someten  a  los  acuerdos  adoptados  en común. Todo esto, se comprende, no significa que los partidos y movimientos que integran el frente único pierdan su independencia orgánica y política.

El papel de vanguardia del partido marxista de la clase    obrera     en    el    bloque    democrático    es

conquistado  con  su  lucha  abnegada  y  activa;  es

consecuencia de la justeza de su línea política, de su capacidad para valorar acertadamente la situación en todo momento y de lanzar consignas que prenden en las masas. Resumiendo, la influencia dirigente del partido  obrero  es  resultado  de  su  propia  labor política,  y  no  de  presión  o  imposición  alguna. Cuando   el   Partido   mantiene   una   política  justa, cuando su voz es escuchada por todo el pueblo y su prestigio  crece  no  por  días,  sino  por  horas,  los propios partidos y grupos políticos reconocen su influencia dirigente y le conceden la voz decisiva en la elaboración de la política del frente único.

La experiencia de las democracias populares demuestra   que   después   del   triunfo   del   bloque

democrático no están excluidos los intentos del ala derecha de los partidos burgueses -encaminados a apartar de la dirección al partido obrero- para frenar la   puesta   en   práctica   de   reformas   sociales   ya maduras. Pero esa misma experiencia nos dice que cuando el partido marxista obrero se ha ganado la simpatía y el apoyo de la gran masa de afiliados de los partidos democrático-burgueses, consigue aislar a los  líderes  de  derecha,  robustecer  la  unidad  del bloque democrático y avanzar por el camino de las radicales transformaciones de la sociedad.

El  papel  dirigente  del  partido  marxista  en  el bloque democrático no significa que pueda recurrir al

método de ordeno y mando. Aun en el caso de que

disponga de la mayoría, procura no imponer sus decisiones, sino que busca la aprobación unánime de

las  mismas  sin  escatimar  tiempo  y  paciencia  para

explicarlas y convencer a sus aliados. Si el Partido no tuviera presente los intereses legítimos de éstos y tratara de imponerse, se vería ante el riesgo de quedarse solo, con lo que sería imposible alcanzar los fines que el bloque democrático se fija. El interés de los comunistas no reside en aprovecharse por algún tiempo  de  sus  compañeros  del  frente  democrático para luego prescindir de ellos, como afirma la propaganda reaccionaria. Al contrario, su afán es ir todos juntos hasta llevar verdaderamente a término todas las tareas democráticas, hasta satisfacer por completo las justas reivindicaciones de las más amplias capas del pueblo, lo cual es posible sólo con el socialismo. El método de la persuasión es el principal método de trabajo del Partido dentro del bloque, lo cual no excluye, sin embargo, el derecho a criticar las vacilaciones e inconsecuencias de sus compañeros, ni tampoco la lucha enérgica contra los enemigos declarados de la unidad que actúan en sus filas.

Los comunistas no ocultan que su apoyo no se extiende a todas las reivindicaciones de las capas pequeñoburguesas de la población. La clase obrera puede tener con estas capas intereses comunes, pero también tiene contradicciones. Los Partidos Comunistas lo consideran así desde un principio y, en el caso necesario, hacen saber firmemente su posición respecto  de  unas u  otras  reivindicaciones que la clase obrera no puede aceptar. La unidad no es fruto  de  concesiones  infinitas,  sino  del  enérgico apoyo de las justas reivindicaciones de los aliados, que se simultanea con la lucha contra las vacilaciones de cierta parte de ellos cuando resultan peligrosas para los fines comunes del frente único del pueblo.

La política de unidad democrática es imposible sin  una  lucha  enérgica   con  el  sectarismo  y  el

oportunismo de derecha. En el periodo de formación

de un amplio frente representan un peligro especial los elementos sectarios de izquierda, pues con su resistencia  a  considerar  los  intereses  legítimos  de otras capas de la población apartan de la clase obrera a sus aliados potenciales. Y cuando el frente único es un hecho, el principal peligro puede venir del oportunismo  de  derecha,  que  capitula  plenamente ante los aliados burgueses, debilita la posición independiente del partido revolucionario de la clase obrera y se desliza al campo del nacionalismo burgués.

La política de unidad democrática tropieza con las mayores dificultades en los países de Europa Occidental, donde son aún fuertes los prejuicios anticomunistas y la clase obrera ha de enfrentarse con una burguesía astuta y ducha en toda clase de maniobras. A los comunistas se enfrentan en esos países numerosos y hábiles partidos burgueses acostumbrados a engañar a las masas con las frases más "democráticas" y "pacifistas". No obstante, los Partidos Comunistas trabajan con tesón para forjar, contra los monopolios capitalistas en el poder, un poderoso frente democrático nacional que cierre el paso al fascismo y la guerra y abra el camino para un mayor progreso social.

 

Capitulo  XV. La  alianza  de la clase obrera y los campesinos bajo el régimen capitalista

  1. La lucha por los intereses de los campesinos

 

Obreros y campesinos son hermanos por su origen y  por  la  situación  que  ocupan  en  la  sociedad

capitalista. La clase obrera se formó históricamente por la ruina de los campesinos que eran despojados de sus tierras. El campo, explotado por el capital,

sigue nutriendo sin cesar las filas de la clase obrera. Obreros temporeros acuden del campo a la ciudad. El

campesino y el obrero tienen de común que ambos son trabajadores y se ganan el pan con el sudor de su

frente. Ambos se enfrentan al mismo enemigo de clase. En realidad, como indicaban Marx y Engels, la explotación  de  que  son  objeto  los  campesinos  se

diferencia de la explotación de los obreros sólo por la

forma, mientras que el explotador de unos y otros es el mismo: el capital.

A pesar de la semejanza y afinidad de los obreros

y campesinos, la alianza entre ellos no se establece de  por  sí.  La  burguesía  dominante  ha  conseguido

mantener  separados  durante  largo  tiempo  a  los

obreros y los campesinos. En muchos países lo logra todavía.

De  todos  los  partidos  políticos  que  la  historia

conoce, el único que ha trabajado consecuentemente por robustecer la alianza de obreros y campesinos es el Comunista. La necesidad de esta alianza la señalaron por primera vez Marx y Engels, sacando enseñanzas de la derrota del proletariado en las revoluciones de 1848, y también del trágico fin de la Comuna de París en 1871. Las manifestaciones de Marx y Engels sobre el problema campesino, dadas al olvido por los oportunistas de la II Internacional, sirvieron a Lenin de punto de partida al elaborar el programa del Partido bolchevique. La alianza de la clase obrera y los campesinos se convirtió en una de las  ideas  fundamentales  del  leninismo.  Esta  idea marca una diferencia entre los Partidos Comunistas y los socialdemócratas, los cuales no creen en los campesinos e imbuyen su desconfianza a los obreros. Esta misma idea marca también una diferencia entre los Partidos Comunistas y los partidos campesinos, cuyos líderes enfrentan de ordinario los campesinos a los obreros, de lo que sólo salen gananciosos la gran burguesía y los grandes terratenientes.

 

Necesidad de la alianza de los obreros y los campesinos.

Los  comunistas  no  se  ven  impulsados simplemente    por    sus    buenos    deseos    cuando

defienden la alianza de la clase obrera y de los campesinos.  Se  basan  en  las  leyes  objetivas  del

desarrollo social y saben que los intereses del capital acaban inevitablemente por chocar con los intereses de la inmensa mayoría de los campesinos. La acción

de la ley general de la acumulación capitalista en la agricultura     conduce     a     la     desintegración     y

diferenciación de los campesinos. Desaparecen las capas medias y se incrementan los grupos extremos: los ricos de la aldea y los campesinos pobres. Los

campesinos acomodados o granjeros, cuya economía se basa en la explotación del trabajo asalariado, se

convierten en capitalistas. Hállanse más o menos relacionados con el capital industrial y bancario, aunque últimamente suelen sentir a menudo el peso

de los capitostes de los monopolios. La inmensa mayoría de los campesinos cae bajo la dependencia

económica del capital: parte de ellos marchan a la ciudad,  incrementando  las filas  del  proletariado,  y

quienes se quedan en la aldea se van convirtiendo en semiproletarios. El estudio de las relaciones agrarias en  Rusia,  Europa  Occidental  y  Estados  Unidos

permitió a Lenin establecer que buena parte de los pequeños   labradores   y   la   mayoría   de   los   más

pequeños no son, en esencia, sino obreros provistos de un lote de tierra. Los dueños de pequeñas economías son necesarios al capitalista en calidad de

reservas de una mano de obra asalariada que puede adquirir a bajo precio.

La proletarización de los campesinos, por tanto, no   significa   solamente   que   parte   de   ellos   son lanzados  a  la  ciudad;  también  se  traduce  en  que

masas cada vez mayores arrastran una existencia mísera  en  sus  trozos  de  tierra,  siempre  bajo  la

dependencia del usurero, del banco agrícola y de los monopolios comerciales, viéndose obligadas, para salir adelante, a trabajar parte del año por contrata.

El capitalismo convierte despiadadamente en ilusiones el deseo de la mayoría de los campesinos de

verse dueños independientes de su propia tierra. De ahí que, en su lucha por sus propios intereses, no puedan   contar   con   el   apoyo   de   la   burguesía

dominante. Necesitan buscar un aliado, y éste lo encuentran en la clase obrera. Tal es la lógica de la

 

historia y tal es la tendencia del desarrollo. Pero el proceso histórico, como ocurre a menudo, sigue unos caminos tortuosos y complejos.

¿En qué se basa concretamente la seguridad de los comunistas             en           la             inevitable              ruptura  de           los

campesinos con la burguesía y en que la alianza de la

clase obrera y los campesinos ha de llegar forzosamente?

Cuando la burguesía luchaba por el poder político,

contra   la   dominación   de   los   señores   feudales, utilizaba como fuerza de choque a los campesinos, que  aspiraban  a  romper  las  cadenas  de  la servidumbre de la gleba. Las guerras e insurrecciones campesinas quebrantaron los soportes del feudalismo y sentaron las premisas para el triunfo de las revoluciones burguesas en Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y otros países. Pero en la aldea, los frutos de la revolución burguesa los recogieron principalmente los campesinos ricos, los usureros, los traficantes y especuladores, que se enriquecían con la explotación  de  los  campesinos  trabajadores.  Los ricos  de  la  aldea  se  convirtieron  en  baluarte  del Estado burgués y en su reserva para la lucha contra el movimiento   revolucionario   de   la   clase   obrera. Pasaron a ser los portadores de la influencia burguesa en  el  medio  campesino.  La  diferenciación  social acabó prontamente con la relativa unidad de intereses que existía en la comunidad campesina colocada bajo la planta del señor feudal. Mientras que los campesinos ricos se sentían atraídos por la burguesía urbana, los campesinos pobres inclinábanse cada vez más hacia la clase obrera.

El triunfo de las revoluciones burguesas despejó al  gran  capital  el  camino  del  campo,  donde  por

doquier destruía la pequeña producción y obligaba a

masas enormes de campesinos a abandonar sus hogares.  El  desarrollo  del capitalismo  significó en

Europa   una   verdadera   migración   de   pueblos.

Millones de campesinos arruinados se trasladaban a lejanos países con la esperanza de convertirse en labradores independientes. Pero también allí les alcanzaba el férreo abrazo del capital.

Una  vez  vio  consolidado  su  poder  político,  la burguesía de Europa Occidental se convirtió en el

peor   enemigo   del   movimiento   campesino.   Sus

gobiernos  burgueses  apoyaron  hasta  el  fin  a  la dinastía  de  los  Románov  en  Rusia,  que  tenía  su

principal   apoyo   en   los   terratenientes.   En   todo

momento acudían los burgueses en ayuda de las monarquías salvadas del naufragio del feudalismo, cuando los tronos se tambaleaban al empuje del movimiento campesino. La burguesía imperialista de Europa y América del Norte hizo cuanto estaba a su alcance para mantener las formas feudales de explotación en las colonias y semicolonias. Gracias a sus esfuerzos, hoy, a mediados del siglo XX, en Asia, África, Iberoamérica y hasta en algunos lugares de Europa, como España o el Sur de Italia, se conservan casi intangibles formas de la agricultura feudal y de la subordinación económica que son propias de la Edad Media.

Por lo tanto, la burguesía no ha resuelto el problema campesino; antes al contrario, ha sido el

freno principal para la liberación de los campesinos

en todos los países donde había de llevarse a cabo la justa tarea impuesta por la historia de suprimir las caducas formas feudales y semifeudales de propiedad agraria. Esto sienta las premisas para una alianza anticapitalista de la clase obrera y los campesinos.

La experiencia de la Gran Revolución Socialista de Octubre y de las revoluciones democrático- populares   de   Europa   y   Asia   confirma   la   tesis marxista-leninista de que, en los países donde se plantea la tarea de suprimir las supervivencias del feudalismo, todos los campesinos pueden ir de la mano con la clase obrera, pues ésta es la única clase capaz de llevar hasta el fin la revolución agraria, es decir, de dar la tierra a los campesinos. En las revoluciones  democrático-populares  de  Europa  y Asia, la alianza de la clase obrera y los campesinos ha salido brillantemente airosa de la prueba. Aliados a los obreros, los campesinos se han convertido, por primera vez en la historia, en clase gobernante, que construye la nueva sociedad socialista.

Mas la alianza de la clase obrera y los campesinos no  es  necesaria  solamente  en  los  países  en  que perdura una agricultura feudal o semifeudal. Es también una necesidad vital allí donde las relaciones capitalistas están desarrolladas. En estos países el capital monopolista ha desplegado después de la segunda   guerra   mundial   una   inusitada   ofensiva contra los campesinos, contra los granjeros, con el propósito de arruinar y suprimir las economías de tipo campesino y sustituirlas por grandes empresas capitalistas. El proceso de concentración de la producción y del capital barre en estos países inexorablemente  la  granja familiar.  De  ahí  que  se haya planteado la necesidad práctica de que la masa entera de granjeros o campesinos se una a la clase obrera para rechazar la ofensiva de los monopolios.

A su vez, la clase obrera, en el curso de la lucha por     sus     intereses     de     clase,     se     convence

inevitablemente   de   que   sin   el   apoyo   de   los

campesinos, sin la alianza con ellos, no tiene fuerza suficiente para oponerse a la rapaz oligarquía de los

grandes capitalistas, que se apoyan en todo el poderío

del Estado.

Así, pues, el problema campesino, alrededor del cual  giraron  todos  los  movimientos  populares  de

pasados siglos, sigue en pie, con toda su agudeza política, en nuestra época de la gran industria. Su

contenido objetivo cambia, sin embargo. Antes era antifeudal  y ahora  se transforma,  cada vez más, en antimonopolista y antiimperialista.

La importancia del problema es tanto mayor por cuanto, hasta hoy día, los campesinos representan la

 

parte más nutrida de la población del mundo capitalista. Si bien a lo largo de los últimos 150 años el volumen de la población ocupada en la agricultura ha venido disminuyendo sin cesar, en 1952 era aún del 59 por ciento. Incluso en la Europa capitalista, los campesinos representan cerca de un tercio de su población.

Ahora   bien,   aunque   los   campesinos   son   la mayoría  de la población en  muchos  países,  sin el

apoyo de la clase obrera no pueden sacudirse el yugo de los terratenientes y del capital monopolista.

La teoría marxista explica que en la alianza de los obreros y campesinos la fuerza dirigente son los primeros.  Así  se  desprende  de  la  circunstancia  de

que, por las mismas condiciones de vida, los obreros están incomparablemente mejor organizados que los

campesinos; están concentrados en grandes ciudades y poseen ya una larga experiencia de lucha contra las clases   explotadoras.   Casi   en   todos   los   países

capitalistas     poseen     sus     combativos     Partidos

Comunistas, que demuestran no ya su deseo, sino su capacidad para defender los intereses de todos los

trabajadores. La preponderancia de la clase obrera en

la alianza es necesaria como garantía de éxito, y no significa que vaya a sacar de ella mayores ventajas o

privilegios    que    los    campesinos.    Los    obreros

conscientes cargan con el peso principal de la lucha y están  dispuestos  a  hacer  los  mayores  sacrificios, como realmente ocurre.

 

Esencia de las supervivencias feudales.

Los fines y tareas de la lucha conjunta de la clase obrera y los campesinos cambian en dependencia de sus condiciones de vida. En los países en que aún se mantienen las relaciones feudales o son fuertes sus supervivencias, pasa a primer plano la lucha contra el feudalismo,  contra  las  formas  feudales  de explotación de los campesinos por los terratenientes. Esto se refiere, como ya se ha dicho, a las comarcas meridionales de Italia, a toda España y también a muchos países de Oriente y de Iberoamérica.

Los restos de las relaciones económicas feudales se manifiestan en formas diversas. Enumeraremos las principales, las más típicas.

Es, primeramente, la propiedad de los grandes terratenientes  extendida  a  regiones  enormes.  La

mayoría de los campesinos, a causa de sus escasos recursos,   no   pueden   adquirir   tierra   y   han   de

arrendarla a los grandes propietarios en condiciones onerosas.

En segundo lugar, es la aparcería. Los campesinos

entregan al terrateniente una parte importante de la cosecha, que a veces llega a la mitad, y aun pasa de ella.

En tercer lugar, el sistema de pagos en trabajo en la hacienda del gran propietario. Los campesinos han

de cultivar las tierras de éste con sus toscos aperos. Esto los coloca de hecho en la situación de siervos de la gleba, que cumplen su prestación personal en beneficio del señor.

En cuarto lugar, es la espesa telaraña de deudas que envuelve a la mayoría de los campesinos, que los

convierte en morosos y refuerza su dependencia de los terratenientes y usureros.

Las consecuencias de todas estas supervivencias del feudalismo son conocidas: extremo atraso técnico de  la  agricultura,  mísera  situación  de  la  inmensa

mayoría de los campesinos, raquitismo del mercado interior y falta de recursos para la industrialización

del país.

En los países donde se mantienen las relaciones feudales es imposible suprimir el atraso económico y

la miseria del pueblo sin una revolución agraria o sin una  radical  reforma  en  el  campo.  Esta  misión

histórica únicamente la puede cumplir la alianza de la clase obrera y los campesinos, que es la sola fuerza capaz de acabar por completo con las supervivencias

del feudalismo y entregar en propiedad a los campesinos, a título gratuito, la tierra de los grandes

propietarios.

La alianza de la clase obrera y los campesinos, que dirige su filo contra el yugo de los terratenientes

feudales, es condición necesaria para que pueda formarse una amplia coalición democrática de todas

las fuerzas progresistas.

 

Los monopolios capitalistas  son los expoliadores principales de los obreros y campesinos.

En los países capitalistas desarrollados el enemigo principal de todas las clases oprimidas -sin exceptuar a los campesinos- es el capital monopolista. Las grandes asociaciones de capitalistas predominan no sólo sobre la industria, sino también sobre la agricultura. Explotan a los campesinos al igual que a los obreros.

A través de su extensa red de instituciones crediticias, bancos agrícolas, compañías de seguros,

etc., el capital financiero ha puesto bajo su control a

millones de economías campesinas. Los altos precios de los artículos industriales, mientras que para los

productos  del  campo  se  mantienen  a  bajo  nivel,

unidos al incremento de los impuestos y de los arriendos,  obligan  a  los  campesinos  a  pedir préstamos a los bancos con la garantía de la tierra o de otros bienes. Esto aumenta constantemente el volumen de sus deudas y significa un incremento de la dependencia en que se encuentran respecto del capital. Cuando la deuda no es satisfecha, y esto es un fenómeno cada vez más frecuente, la tierra del cultivador pasa a ser propiedad de los bancos y compañías  aseguradoras.  Así,  en  Estados  Unidos, una sola compañía de este género, la Metropolitan Life Insurance, en 1949 poseía y administraba más de siete mil granjas.

 

precios  de  los  monopolios  capitalistas.  Tradúcese ésta en la compra a los granjeros de productos alimenticios   y   materias   primas   a   bajo   precio, mientras encarecen los artículos industriales que les proporcionan. Esta política de cambio no equivalente forma una diferencia de precios ("tijeras") en virtud de la cual los campesinos, por una cantidad igual de producción agrícola, obtienen una cantidad cada vez menor  de  aperos  y  maquinaria,  abonos  y combustible. En Francia, por ejemplo, los precios de los artículos industriales adquiridos por los campesinos eran en 1958 hasta 36 veces superiores a los   de   1938,   mientras   que   los   precios   de   su producción habían aumentado 16 veces solamente.

Las "tijeras" son una forma velada de explotación de los campesinos por los monopolios. La forma patente son los elevados impuestos, que sirven para cubrir los gastos de la militarización de la economía y la carrera de armamentos, para sostener el hinchado aparato  estatal  y  para  subsidiar  a  los  monopolios. Casi todo el fardo de los impuestos recae sobre los hombros de los obreros y campesinos. Estos últimos, en Francia, por ejemplo, han de satisfacer casi 40 impuestos distintos. En su tiempo, Marx dio una atinada definición del odio del campesino francés a estas cargas. "Cuando el campesino francés quiere imaginarse al diablo -decía- se lo representa en forma de recaudador de impuestos."214

Un gran tributo satisfacen los campesinos a los grandes  propietarios  agrícolas  y  a  los  bancos  en

forma  de  arrendamiento.  Entre  1950  y  1956  los

granjeros norteamericanos han satisfecho por este concepto una media anual de 3.000 millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a las ganancias que los monopolios del mismo país obtienen de sus inversiones en el extranjero.

El incremento del yugo de los monopolios y la agudizada competencia de las grandes haciendas, que emplean maquinaria para el cultivo de sus campos, traen consigo la ruina en masa de los campesinos. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de granjas (como   ya   se   hacía   constar   en   el   capítulo   X) disminuyó en 1.315.000 entre 1940 y 1954. En la República Federal Alemana, entre 1949 y 1958 se han  arruinado  más  de  200.000  economías campesinas; en Francia, sin contar las economías inferiores a una Ha, han sido más de 834.000 de 1929 a 1956. En cambio, crece el número de grandes haciendas capitalistas.

El capitalismo monopolista de Estado mantiene una política que acelera la desaparición de economías

campesinas pequeñas y medias. A ello contribuyen los   denominados   programas   de   "ayuda"   a   la

agricultura, que en realidad significan una ayuda a los grandes capitalistas del campo. Los créditos y subsidios  que  el  Estado  concede  a  los  grandes

 

Son  muy  graves  las  repercusiones  que  sobre  la                 

 

situación  de  los  campesinos  tiene  la  política  de

 

214 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I, Moscú, 1955, pág.

181.

 

 

 

terratenientes   para   la   adquisición   de   máquinas, abonos y materiales de construcción crean al mismo tiempo, artificialmente, un ventajoso mercado para las corporaciones capitalistas dedicadas a la venta de esos artículos.

Una característica que se observa en los países capitalistas  desarrollados  después  de  la  segunda

guerra mundial es la invasión directa de la agricultura

por el gran capital. A ello se debe, como una de las causas principales, los grandes cambios producidos

en los últimos diez a quince años en la renovación

técnica de la agricultura capitalista de los Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia, República Federal Alemana y otros países. Es cada vez un fenómeno más típico la mecanización completa de las  empresas  agrícolas,  con  un  gran  empleo  de abonos  químicos,  simientes  escogidas  y  cría  de ganado de raza. El economista norteamericano V. Perlo escribe refiriéndose a los cambios producidos en la agricultura de su país: "El capital monopolista, siempre en busca de nuevas esferas para sus inversiones, no se satisface ya con la apropiación indirecta («tijeras de precios» e interés de las deudas) de la renta de la tierra y de la plusvalía creada en la agricultura. Comienza a participar directamente en la formación de grandes empresas agrícolas en amplia escala... El gran empleo de maquinaria moderna y una mano de obra pagada a muy bajos precios, integrada principalmente por negros, portorriqueños y mexicanos, permite al capital monopolista obtener una  cuota  de  ganancia  suficiente  a  pesar  de  las

«tijeras» de precios."

No en vano los ideólogos del capital monopolista de  los  Estados  Unidos  y  otros  países  afirman  sin

cesar que ha llegado el momento de acabar con las

"economías técnicamente débiles" y de que el Estado preste su generoso apoyo a las grandes haciendas. La

amenaza de ruina se cierne de nuevo sobre millones

de economías campesinas. En 1957 el ministro de Agricultura de los Estados Unidos declaraba que dos millones de granjeros norteamericanos habían de abandonar la tierra. En Francia existe el propósito de acabar con unas 800.000 economías campesinas. Proyectos análogos existen en Alemania Occidental y en algunos otros países capitalistas. El capitalismo monopolista de Estado amenaza la existencia misma de los campesinos como clase.

Todo  esto  hace  que  en  los  principales  países capitalistas la lucha de los campesinos adquiera un

carácter  preferentemente  antimonopolista.   En  las

colonias y países dependientes se ha acentuado también mucho el yugo de los monopolios, que se

combina con las formas feudales de explotación de

los campesinos. El hambre de tierra no es allí consecuencia únicamente de la concentración del suelo en manos de los grandes propietarios: se debe también a que superficies enormes están ocupadas por  las  plantaciones  propiedad  de  los  monopolios extranjeros. Por eso, si antes el problema principal de los campesinos era sacudirse el yugo de los terratenientes feudales, ahora, junto a él, por doquier existe el problema de la lucha contra el yugo de los monopolios.

 

2.   Los   comunistas    defienden    los   intereses vitales de las masas campesinas

La política de los Partidos Comunistas en relación

con el problema campesino toma en consideración los cambios objetivos producidos en él en nuestra época. Al mismo tiempo, no olvida nunca las características que la situación de los campesinos presenta en los distintos países.

Allí  donde  las  supervivencias  feudales  son grandes, los campesinos sufren actualmente un doble yugo: el de los terratenientes y el de los monopolios capitalistas (propios o extranjeros).

En los países capitalistas avanzados el opresor principal de los campesinos es el capital monopolista.

Pero  cualquiera  que  sea  el  enemigo  de  los

trabajadores del campo, una de las direcciones principales de la lucha es la defensa de los intereses inmediatos de los campesinos. Los Partidos Comunistas y Obreros hacen íntegramente suyas y las defienden reivindicaciones de los campesinos y de  los  obreros  agrícolas  como  la  equiparación  de estos últimos en cuanto a derechos a los obreros de otros sectores, la supresión de las "tijeras" de precios, la   rebaja   de   impuestos  y  de   los   arriendos,  la concesión de créditos ventajosos, la ampliación del mercado  de  venta de los  productos  agrícolas mediante el aumento de salarios a todos los trabajadores y la normalización de las relaciones comerciales con todos los países. En la República Federal Alemana, Japón, España y otros países, aumenta la resistencia de los campesinos a la confiscación de sus tierras para bases militares norteamericanas, aeródromos, etc. Cada vez es más popular entre los campesinos la consigna de "tierra, y no guerra".

Los comunistas tienen presentes las características de la situación de los campesinos no ya dentro de cada  país  en  su  conjunto,  sino  también  en  sus distintas regiones. En el Sur de Italia, por ejemplo, lo principal es el hambre de la tierra. Por eso, los comunistas italianos consideran una tarea primordial la de ayudarles en esta lucha. En el Norte del país (y lo mismo en muchas comarcas de Francia), donde existen muchas grandes empresas agrícolas de tipo capitalista, lo principal es la defensa de los obreros del campo y sus intereses vitales: apoyo y organización de su lucha por el aumento de salarios, por el mejoramiento de las condiciones de trabajo, por la obtención de subsidios de paro, etc.

En la defensa de las reivindicaciones de los campesinos, los comunistas prestan gran valor a las

formas  parlamentarias  de  lucha.  En  este  sentido poseen gran experiencia los Partidos Comunistas de Italia y Francia. Los comunistas italianos no cejan en sus enérgicas intervenciones en el Parlamento; piden que sean mejoradas las cláusulas de los contratos agrícolas en favor de los arrendatarios que trabajan por sí mimos las tierras, el control de los arriendos, etc. En abril de 1946, a instancias de los diputados comunistas, la Asamblea Constituyente de Francia aprobó el Estatuto de granjeros y aparceros, por el que se reglamentaban los contratos de arrendamiento. Los comunistas de Italia y Francia han conseguido la aprobación de distintas leyes beneficiosas para los campesinos.

En la defensa de los intereses de los campesinos, los comunistas han de vencer muchas dificultades y

obstáculos. Los partidos y grupos burgueses, y en

gran   número   de   países   la   Iglesia   Católica,   se esfuerzan por mantener a los campesinos bajo su influencia y mantienen entre ellos una demagógica propaganda, en la que difaman a la clase obrera y a los comunistas. Su propósito es impedir la formación y consolidación de la alianza de la clase obrera y los campesinos, no dejar que la influencia de los Partidos Comunistas se extienda en el campo. Las dificultades se deben a que buena parte de las organizaciones campesinas de América del Norte (Estados Unidos y Canadá)  y  de  Europa  Occidental,  a  excepción  de Italia, están influidas por partidos y grupos reaccionarios que mantienen vínculos con el capital monopolista.

 

Lucha de los campesinos por la reforma agraria.

La gran masa de los campesinos está formada por aquellos que carecen de tierra o que la poseen en cantidad  insuficiente.  De  ahí  que  su  aspiración principal sea la reforma agraria.

Los círculos dirigentes de bastantes países capitalistas, bajo la presión de las masas campesinas, se han visto obligados después de la guerra a llevar a cabo cierta redistribución de la tierra. Pero las reformas implantadas por la burguesía y los terratenientes se han quedado a medias, como no podía por menos de suceder. Incluso en Italia, donde la lucha por la tierra adquirió las mayores proporciones, la reforma fue muy limitada y no satisfizo las esperanzas de los campesinos. Únicamente afectó al once por ciento de la gran propiedad. La distribución de la tierra no sufrió cambios sustanciales. En el país hay todavía dos millones   y   medio   de   campesinos   sin   tierra   y

1.700.000 que poseen parcelas inferiores a 0.6 Ha.

Actualmente, muchos Partidos Comunistas y Obreros organizan a los campesinos para la lucha por una reforma agraria  auténticamente democrática. Su reivindicación principal es: "La tierra, para quien la trabaja."  Junto  a  ello,  en  los  programas  de  los partidos marxistas se determina que el problema de dar la tierra a los campesinos habrá de ser resuelto de conformidad con las características de las relaciones agrarias concretas del país.

El             Partido   Comunista             francés  defiende               la expropiación de la tierra y los bienes de los grandes

terratenientes, que habrán de ser entregados en propiedad a los campesinos trabajadores: pequeños

arrendatarios, aparceros, obreros agrícolas y campesinos con poca tierra.

El   Partido   Comunista   de   Italia   considera   la reforma agraria general como una de las "reformas estructurales" llamadas a limitar y quebrantar el poderío económico de los monopolios. El proyecto propone la reducción del volumen de las grandes haciendas, con lo que cinco millones de Ha podrían ser entregadas a los arrendatarios y obreros agrícolas.

Las reformas agrarias que proponen los Partidos

Comunistas iberoamericanos establecen la confiscación de los latifundios y su entrega a título gratuito (o mediante un pago mínimo) y en propiedad a  los  campesinos  carentes  de  tierra  o  que  no  la poseen en medida suficiente. En los documentos de estos Partidos se dice que el Estado democrático que habrá de formarse en el curso de la lucha nacional de liberación reconocerá la propiedad de los campesinos a la tierra que ocuparon los latifundistas y les dará los títulos de propiedad correspondientes. Se garantizará también la propiedad a los campesinos que pongan en cultivo baldíos de terratenientes o del Estado y que  carezcan  de  los  títulos  necesarios.  Los campesinos que trabajan en tierras tomadas en arriendo, las recibirán en propiedad. La lucha por la tierra es un factor primordial dentro de los movimientos democráticos generales de estos países. Es evidente que su éxito no puede ser separado de la suerte   que   corra   el   movimiento   de   liberación nacional de sus pueblos contra el imperialismo norteamericano.

La  lucha  tenaz  y  consecuente  de  los  partidos marxistas por la entrega de la tierra a quien la trabaja

prueba la falsedad de la propaganda burguesa cuando

dice a los campesinos que los comunistas quieren desposeerles de la que ya tienen. Lo cierto es que los

comunistas les garantizan no ya la conservación de la

tierra  que  poseen,  sino  también  un  aumento razonable de la misma.

 

3. Qué da a los campesinos el triunfo de la clase obrera

Los   defensores   del   gran   capital   y   de   los

terratenientes siguen hasta hoy día difundiendo la calumnia de que la revolución proletaria no da nada a

los campesinos y que les es hostil.

Nada  mejor  puede  refutar  esa  calumnia  que  la experiencia histórica de Rusia y de los demás países

del campo socialista. Los hechos demuestran que la

revolución proletaria está muy lejos de ser hostil a los   campesinos   y   que   ella   precisamente   dio

satisfacción a sus seculares aspiraciones: les entregó la tierra y los emancipó del yugo de terratenientes y capitalistas.

En Rusia, el 8 de noviembre de 1917, es decir, al día siguiente de la revolución, el II Congreso de la

Soviets  abolió,  sin  indemnización  alguna,  la propiedad de los terratenientes y anunció que toda la

tierra del país era declarada patrimonio del pueblo entero, siendo entregada para su disfrute a quienes la trabajaban.

En todas las democracias populares se han implantado asimismo reformas agrarias por las que

se ha suprimido la gran propiedad y ha sido puesto en práctica el principio de "la tierra, para quien la trabaja". En las democracias populares europeas, las

reformas agrarias han puesto en manos de los campesinos 14 millones de Ha de tierra de labor.

En China, la reforma agraria, implantada con la participación activa de los propios campesinos, hizo que   300   millones   de   personas   recibieran   en

propiedad cerca de 50 millones de Ha. Los campesinos han sido eximidos del pago de arriendos,

que significaban por término medio de la mitad a tres cuartas partes del valor de la cosecha, y de otras cargas y contribuciones.

V. I. Lenin, recogiendo la experiencia de la revolución  socialista  en  Rusia,  insistió  repetidas

veces en que, al ser establecido el poder de los trabajadores, su deber primordial será la adopción de medidas   que   mejoren   de   manera   inmediata   y

enérgica la situación económica de las masas campesinas. Lenin veía en estas medidas una de las

condiciones decisivas para la consolidación del poder de los obreros y campesinos, de la alianza de estas

clases bajo la dirección de la clase obrera.

Al  mismo  tiempo,  indicaba  Lenin,  el  simple reparto de la tierra, la mera entrega de las haciendas

de los grandes propietarios a los campesinos, no resuelve el problema del campo, no emancipa a los

campesinos trabajadores de la miseria, de su dependencia de los ricos de la aldea, del atraso y la baja productividad de la pequeña economía. Sólo el

cultivo en común de la tierra, la cooperación sobre bases  socialistas,  puede  abrir  a  los  campesinos  el

camino hacia una vida acomodada.

Los comunistas de todos los países, guiándose por estas indicaciones de Lenin, llaman a los campesinos

trabajadores  a  marchar  por  la  senda  de  la construcción socialista.

Cientos de millones de agricultores se han convencido ya por propia experiencia de que sólo la cooperación  socialista  permite  mejorar  la  vida  de

todos los campesinos y poner fin a la explotación y opresión   del   hombre   por   el   hombre.   Sólo   la

agrupación socialista abre ante todos los campesinos trabajadores las más grandes posibilidades para cultivar la tierra según los últimos adelantos de la que alivia el trabajo y aumenta extraordinariamente su productividad; es decir, permite producir, por cada campesino, una cantidad cada vez mayor de bienes materiales.

V. I. Lenin enseñaba que el ingreso en las cooperativas de producción había de ser voluntario, como   consecuencia   del   interés   personal   de   los mismos campesinos. A éstos hay que convencerlos de que la gran hacienda colectiva, con el empleo de la maquinaria más moderna, es económicamente mucho más ventajosa para él que el trabajo en su reducido terreno.215

Cuando los enemigos del socialismo afirman que los campesinos, como clase que son de propietarios

privados, son por naturaleza ajenos y hostiles al régimen socialista, no demuestran sino su desprecio

hacia los hombres del agro, el desdén olímpico que sienten por el sentido común y las posibilidades creadoras de los campesinos como clase. La clase

obrera  y  el  Partido  Comunista  rechazan  esto  de plano. Tienen confianza profunda en la capacidad de

los trabajadores del campo, creen en sus energías y están convencidos de que los campesinos, bajo la dirección    amistosa    de    la    clase    obrera,    son

perfectamente capaces de ser constructores activos del  avanzado  régimen  socialista.  Y  la  experiencia

demuestra que les asistía toda la razón al pensar así.

V. I. Lenin enseñaba que precisamente la utilización   de   formas   diversas   de   cooperación

voluntaria permite realizar en el campo, por una vía

"sencilla, fácil y al alcance de los campesinos", el paso a un sistema de trabajo nuevo, socialista.

El   primer   país   en   que  se   llevó   a   cabo  la

cooperación  socialista  en  masa  del  campo  fue  la Unión Soviética. Desde hace más de veinte años los campesinos soviéticos viven dentro del régimen socialista, koljosiano. En lugar de los 25 millones de economías pequeñas y minúsculas que existían en el país al comienzo de la colectivización, la Unión Soviética cuenta hoy con más de 70.000 granjas agrícolas, que son grandes haciendas socialistas. Sus dimensiones permiten emplear en gran escala la abundante maquinaria que produce la industria del Estado.

El incremento de los recursos técnicos de que disponen   los   koljoses   y   la   superioridad   que

representa  en    la  hacienda  grande  hacen  que  se eleve el nivel de vida de los trabajadores del agro, y

no de un grupo o puñado de campesinos, sino de

todos ellos.

El   triunfo   de   la   cooperación   en   la   Unión

Soviética, China y Bulgaria y los grandes éxitos conseguidos en cuanto a la transformación socialista del agro en los otros países del campo del socialismo, significan una gran conquista de la alianza de la clase obrera   y   los   campesinos   de   estos   países.   La ciencia,  elevar  el  nivel  técnico  de  la  agricultura  y                               emplear racionalmente la maquinaria más moderna,

 

215  Sobre el plan leninista de cooperación volveremos con más detalle en el capítulo XXII.

 

 

 

cooperación del campo es el único camino acertado y seguro para mejorar radicalmente la vida de los propios campesinos e incorporarlos al desarrollo de una   agricultura   moderna,   altamente   mecanizada, sobre bases socialistas. Es el camino del socialismo, común para los campesinos de muy diversos países. Al propio tiempo, los Partidos Comunistas y Obreros toman en consideración las características sociales, económicas, históricas y de otra clase que puedan existir en la agricultura de cada país. Limitarse a copiar   mecánicamente   experiencias   ajenas   es   ir contra el espíritu del marxismo-leninismo.

En las circunstancias actuales, el paso de los pequeños campesinos al cauce de la gran producción

puede ser realizado en cualquier país mucho más fácilmente  por  la  existencia  del  sistema  socialista

mundial, que se robustece de año en año, y gracias a la enorme experiencia reunida por los propios campesinos    en    la    gestión    de    sus    haciendas

cooperativas. Las ventajas de la agrupación son ya tan  evidentes,  que  hasta  en  los  países  capitalistas

tienden los campesinos a formar sus cooperativas, para, con ayuda de ellas, organizar la defensa común contra la ofensiva de los monopolios.

La historia de estos últimos decenios nos muestra la gran fuerza que la alianza de la clase obrera y los

campesinos representa, los muchos beneficios que puede reportar y reporta a ambas clases. Por esto, la creación y robustecimiento de esta alianza es una de

las    tareas    más    importantes    de    los    Partidos

Comunistas y Obreros.

 

Capitulo XVI. El movimiento de liberación nacional de los pueblos contra el colonialismo

  1. El  movimiento  obrero y el  problema nacional-colonial

 

Las          naciones                se            formaron              a              medida   que maduraban las relaciones capitalistas y se iba superando la dispersión económica de los pueblos. El advenimiento del capitalismo en una serie de países del mundo condujo a la estructuración de los Estados nacionales. Con esto recibió un poderoso impulso el desarrollo de la economía y de la cultura nacional.

Mas  la  aparición  de  los  Estados  nacionales burgueses, que era un acontecimiento de progreso en la historia humana, tenía su reverso: incrementóse la tendencia a la subordinación de unas naciones por otras. Adquirió así gran virulencia el problema nacional, es decir, el problema que se refiere a las relaciones entre una nación y otra, a sus derechos y a las condiciones de su libre desenvolvimiento.

 

Dos tendencias en el problema nacional.

El problema nacional se circunscribía en un principio a los límites de un mismo Estado, y singularmente de aquellos que, en virtud de las circunstancias   históricas,   se   habían   estructurado como  multinacionales.  En  ellos  (por  ejemplo,  la

 

Rusia zarista, Austria-Hungría) había naciones preponderantes y subordinadas, naciones opresoras y oprimidas. El problema nacional se refería principalmente   a   las   minorías   nacionales,   a   su derecho a una existencia autónoma, al progreso de su economía, su cultura, su literatura, su lengua, etc.

Ahora  bien,  cuando  el  capitalismo  entra  en  la época imperialista, el marco del problema nacional se ensancha. Antes era una cuestión interna de cada Estado; ahora se convierte en un asunto de volumen internacional, podríamos decir que mundial.

Ello es así porque la época de desarrollo del capitalismo presenta dos tendencias contrarias en el problema nacional. La una toma cuerpo en la aparición de los movimientos nacionales, en el despertar de la conciencia nacional, en la creación de Estados nacionales. La otra conduce a la ampliación de los vínculos internacionales, a la ruptura de los tabiques que separan a las naciones, a la creación de un mercado mundial.

Si bien ambas tendencias responden a las necesidades reales del desarrollo social, ninguna de

las dos adquiere bajo el capitalismo campo libre para

su desarrollo. Más aún, las condiciones sociales del capitalismo orientan su acción en un sentido falso.

Esto   se   manifiesta   con   vigor   especial   bajo   el

imperialismo.

Después  del  triunfo  de  los  movimientos nacionales burgueses en los países económicamente

desarrollados de Europa y América, el proceso de formación de Estados nacionales se ve interrumpido

por largo tiempo. Al iniciarse la expansión colonial de las potencias capitalistas, la inmensa mayoría de

los países asiáticos y africanos se vieron desposeídos de su derecho al progreso nacional y fueron convertidos en colonias.

En cuanto a la tendencia a la unificación de las naciones,  al  establecimiento  de  vínculos  político-

económicos internacionales, bajo el capitalismo se cumple en forma extremadamente dolorosa para los pueblos. Porque el capitalismo no puede "unificar"

las naciones por otro procedimiento que no sea la violencia y la esclavización, la conquista y la guerra,

la despiadada explotación de los pueblos atrasados y su  conversión  en  apéndices  encargados  de suministrar materias primas y productos agrícolas a

los países capitalistas desarrollados.

Paulatinamente, muchos países, pueblos y continentes      enteros      cayeron      víctimas      del

colonialismo. Hoy día, el problema nacional no se

refiere ya a la suerte de determinadas minorías nacionales, sino de la mayoría del género humano, de

esa   mayoría   que   los   imperialistas   esclavizaron

mediante la fuerza o la perfidia y que convirtieron en súbditos de sus imperios coloniales. "El imperialismo

-escribía  Lenin-  significa  que  el  capital  rebasa  el

marco de los Estados nacionales, es la ampliación y agravación del yugo nacional sobre una nueva base histórica." Lenin indicaba que la división de las naciones en opresoras y oprimidas es la esencia del imperialismo.216

Dentro de las condiciones que el imperialismo crea, el problema nacional se ha convertido en nacional-colonial. Lo que principalmente le da contenido es la lucha de liberación de los pueblos de las colonias y países dependientes, su esfuerzo por sacudirse el yugo extranjero y conquistar la independencia.

Esto no significa, ciertamente, que en nuestra época haya desaparecido el problema de las minorías

nacionales dentro de los Estados capitalistas y que

éstos hayan puesto fin a la opresión nacional, dentro de sus fronteras al menos. En absoluto. La burguesía

reaccionaria es incapaz por completo de dar solución

al problema nacional, y buena prueba de ello es, siquiera sea, la virulencia que presenta el problema de los negros en los Estados Unidos de América.

Los imperialistas prefieren "resolver" el problema nacional aplastando a los pueblos pequeños y débiles,

estimulando el odio y los conflictos de carácter racial y reprimiendo brutalmente todo movimiento de liberación. El espíritu reaccionario y la putrefacción

del capitalismo se revelan bien a las claras en esta incapacidad suya para resolver el problema nacional.

Pues fue precisamente la burguesía, en la época en que aún era una clase en ascenso, la que proclamó el derecho   de   los   pueblos   a   la   unidad   y   a   la

independencia nacional. Y ahora, en el ocaso del capitalismo, la burguesía se convierte en verdugo de

las naciones y en el peor enemigo de la libertad de los pueblos. Como escribía Lenin, "el capitalismo,

que era liberador de las naciones durante la lucha contra el feudalismo, al convertirse en imperialista se ha transformado en el más grande opresor de aquéllas".217

 

La clase obrera es un enemigo irreconciliable de la opresión nacional.

Para  la  parte  consciente  de  la  clase  obrera,  en

primer plano figuran siempre los intereses de la lucha por la emancipación social, por el socialismo. Esto no significa, empero, que al movimiento obrero le sean indiferentes las aspiraciones nacionales de las masas y no le importen las relaciones nacionales existentes en uno y otro país.

El  acabar  con  la  opresión  nacional  es consustancial  con  los  intereses  vitales  de  la  clase

obrera, pues esta opresión recae siempre y ante todo

sobre los trabajadores, frena su desarrollo espiritual y retarda  su  incorporación  a  la  lucha  de  clases.  Al

engendrar  la  desconfianza  entre  los  obreros  de

diversas naciones y contribuir a su distanciamiento, se opone a la unificación y fusión de sus fuerzas para la lucha por reivindicaciones comunes de clase, con lo que la burguesía ve facilitada su tarea de explotación de las masas. "...Nada retiene tanto el desarrollo y consolidación de la solidaridad proletaria de clase como la injusticia nacional...",218 señalaba Lenin.

El marxismo, desde el principio mismo, se mostró como  enemigo  decidido  de  la  opresión  nacional cualquiera  que  fuese  su  forma,  y  luchó enérgicamente por la igualdad nacional de derechos, por la libertad completa y la autodeterminación de las naciones. La fórmula de Marx y Engels: "Un pueblo no puede ser libre si oprime a otros pueblos", era para  Lenin  el  "principio  básico  del internacionalismo". Y el internacionalismo proletario es parte inseparable del marxismo.

Cuando el problema nacional se convierte en nacional  y  colonial,  los  partidos  marxistas  apoyan

enérgicamente la lucha de liberación de los pueblos

de las colonias contra la burguesía imperialista que los  oprime.  V.  I.  Lenin  escribía  en  1916:  "Los

socialistas no han de limitarse a pedir la liberación

incondicional, sin rescate alguno, e inmediata de las colonias, reivindicación que en su expresión política significa el reconocimiento del derecho a la autodeterminación; los socialistas han de apoyar de la manera más enérgica a los elementos más revolucionarios de los movimientos democrático- burgueses de liberación nacional en esos países y ayudarles en su levantamiento -y si llega el caso en su guerra revolucionaria- contra las potencias imperialistas que los oprimen."219

Frente a esta posición de los obreros conscientes, la burguesía presenta su programa de mantenimiento de  las  colonias.  La  propaganda  burguesa  -no  sin ayuda de los socialistas de derecha- trata de hacer creer a los obreros sin conciencia de clase que la continuación de los imperios coloniales les favorece. El abandono de las colonias, afirma, tendrá fatales consecuencias de orden económico y social: dejarán de afluir materias primas a las metrópolis, se reducirá la producción y advendrá una época de desocupación y de privaciones. A esta intensa propaganda son sometidos los obreros de Gran Bretaña, Francia, Holanda y demás potencias coloniales donde las tradiciones y los prejuicios "imperiales" conservan más su vitalidad. Los comunistas y demás elementos progresivos que reclaman la inmediata independencia de las colonias son acusados por los imperialistas de realizar "labor subversiva", de ir contra los "vínculos históricamente establecidos", etc.

Los comunistas no niegan en absoluto en valor de los   vínculos   económicos   establecidos   entre   las

metrópolis y las colonias. No niegan tampoco que la

industria de los países desarrollados depende de las materias primas que recibe de Asia, África y el Cercano Oriente. Inglaterra, por ejemplo, no podría

 

 

 

216 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXI, págs. 371-372 y pág. 373.

217 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI. pág. 273.

 

218 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVI, pág. 556.

219 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 140.

 

 

 

prescindir del petróleo de esta última región, que cubre el setenta por ciento de sus necesidades. ¿Pero quiere decir esto que los países árabes han de seguir siendo  colonias  del  imperialismo  británico? Inglaterra debe y puede adquirir el petróleo del Cercano Oriente, el caucho de Malaya o el algodón africano, pero en condiciones comerciales ordinarias, y no expoliando a los legítimos dueños de estas riquezas. Se trata, pues, no de romper los vínculos económicos establecidos históricamente entre las metrópolis y las colonias, sino de quitar a esos vínculos su carácter imperialista y de violencia y de convertirlos en voluntarios y mutuamente ventajosos. De  esto  podrán  resentirse  los  beneficios  de  los grandes capitalistas, pero en manera alguna los intereses de las masas populares.

La experiencia enseña a los obreros conscientes que el colonialismo causa daños formidables a los intereses  vitales  de  los  trabajadores  no  ya  de  la nación oprimida, sino también de la opresora. Los superbeneficios obtenidos por los monopolios en las colonias  no  llevan  la  felicidad  a  ningún  pueblo. Cierto es que la burguesía imperialista arroja las migajas de esos superbeneficios a ciertos elementos privilegiados de la clase obrera, con el deseo de sobornarlos   y   de   ganárselos.   Esta   "aristocracia obrera" forma, sin embargo, una capa muy delgada, y su existencia no trae más que perjuicios a la causa general de los trabajadores, puesto que la tal "aristocracia" se convierte con gran facilidad en portadora de la influencia burguesa en el seno de la clase obrera.

No hay que olvidar tampoco que el colonialismo ha sido un vivero de la reacción más negra en las

propias metrópolis. Las colonias se convirtieron en

vertedero de las heces de la sociedad burguesa, de gentes  que,  al  servicio  de  los  colonizadores,  se

ejercitan en los métodos terroristas de represión de

las masas trabajadoras. En 1936, en las colonias africanas de España se incubó el levantamiento de Franco contra la República. La historia se ha repetido en el verano de 1958, cuando los bandoleros fascistas enrolados en las tropas francesas de paracaidistas se sublevaron en Argelia contra el régimen republicano y  luego  se  convirtieron  en  apoyo  de  la  reacción dentro de la misma metrópoli. Los obreros franceses han podido convencerse así, lo mismo que antes los españoles, de la gran verdad que asiste al marxismo cuando afirma que el pueblo que oprime a otros pueblos pone en riesgo su propia libertad.

 

La  clase  obrera  y  el  nacionalismo contemporáneo.

La lucha de las colonias es mantenida frecuentemente hoy día bajo la bandera del nacionalismo. Y escudándose en ello, los servidores del imperialismo afirman calumniosamente que los

 

tácticas cuando apoyan la lucha de liberación de los pueblos coloniales; siendo como son internacionalistas, dicen, los comunistas no pueden simpatizar con las aspiraciones nacionales de los pueblos de Asia y África.

Tales invenciones son falsas del comienzo al fin. Los   partidarios   del   colonialismo   fallan   en   sus

intentos de sembrar la confusión en el claro problema

de quiénes son los amigos y los enemigos del movimiento de liberación nacional.

El  marxismo-leninismo  enfoca  el  nacionalismo

como todos los fenómenos de la vida social, con un criterio histórico concreto y guiándose por los intereses del progreso social. V. I. Lenin puso en guardia  en  repetidas  ocasiones  contra  el planteamiento abstracto del problema, y sobre todo en lo que se refiere a mezclar el nacionalismo de la nación opresora y el de la oprimida.

Una  cosa  son  los  Estados  imperialistas  como

Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, etc. El nacionalismo burgués se ha convertido en ellos en bandera del exclusivismo nacional, de la soberbia racista, del chovinismo militante. Está puesto al servicio de la burguesía monopolista para justificar la esclavización  de  otras  naciones.  Los  comunistas, como internacionalistas proletarios, no tienen nada que ver con este nacionalismo reaccionario y colonizador.

Otra  cosa  distinta  es  el  nacionalismo  de  los pueblos  de  las colonias  y países dependientes.  En

este nacionalismo, de ordinario, encuentra reflejo el

sano espíritu democrático de los movimientos de liberación nacional, la protesta de las masas contra la opresión imperialista, las ansias de independencia nacional y de transformaciones sociales. A esto se refería  Lenin  cuando  escribió:  "En  cada nacionalismo burgués de la nación oprimida hay un contenido democrático general contra la opresión, y este  contenido  tiene  nuestro  apoyo incondicional..."220

Y el actual nacionalismo de los países de Asia y

África es, por regla general, de ese género. Es el nacionalismo de las naciones oprimidas que entran en lucha con sus opresores y combaten por su independencia política y económica. Manifiéstase en países donde, en la mayoría de los casos, apenas si empiezan a anudarse los vínculos nacionales y donde la burguesía en su conjunto es aún capaz, en determinadas condiciones, de cumplir un papel históricamente progresivo. Refiriéndose a esta característica, Lenin escribía: "Está podrida la burguesía occidental, que ya tiene ante sí a su sepulturero, al proletariado. Pero en Asia existe aún una burguesía capaz de representar una democracia sincera, combativa y consecuente, digna compañera de los grandes propagandistas y los grandes hombres de fines del siglo XVIII en Francia.

 

comunistas   se   guían   por   meras   consideraciones                            

220 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 384.

 

 

 

"El representante principal o el principal apoyo social de esta burguesía asiática, capaz aún de una obra históricamente progresiva, es el campesino."221

La formación de las naciones y de la conciencia nacional en los países de Asia y África se produce en lucha contra el imperialismo y el feudalismo, hace despertar a las masas de su sueño medieval y las conduce a la batalla contra el colonialismo, el atraso y la reacción. Todo esto es lo que proporciona al nacionalismo de Oriente en nuestros días un carácter democrático y progresista. En lo que se refiere a los millones de campesinos, la conciencia nacional es la primera fase de la conciencia antiimperialista.

Un nacionalismo así los comunistas lo pueden apoyar con tranquilidad de conciencia, y en efecto lo

apoyan, sin separarse ni un ápice de los principios del

internacionalismo proletario.

Ahora bien, se comprende, los comunistas apoyan el nacionalismo sólo en la medida y hasta tanto sirve

a la causa de la libertad nacional, a la victoria sobre el imperialismo y el feudalismo, al despertar en las

masas del sentimiento de dignidad personal que tanto humillaron y que de tal manera se burlaron los opresores.   Cualquier   intento   de   aprovechar   el

nacionalismo con fines reaccionarios, como instrumento del egoísmo nacional y para someter a

otros pueblos, o para luchar contra las justas reivindicaciones de las masas populares, no puede tener la simpatía de los comunistas.

 

2. Auge del movimiento  de liberación nacional y desintegración del sistema colonial

Hace unos pocos decenios la dominación colonial de las potencias imperialistas parecía inconmovible. El  orden  por  el  cual  el  mundo  se  dividía  en  un puñado de naciones privilegiadas y opresoras y en una gigantesca mayoría de pueblos sin derechos y oprimidos, era sostenido por los imperialistas como algo natural e intangible. Los ideólogos del colonialismo no se cansaban de hablar de la inferioridad racial de los pueblos esclavizados, a los que presentaban como un enorme conglomerado humano dominado para siempre por la apatía y la indiferencia, sin que fuesen capaces de salir de su situación.

En 1939 los colonizadores se mantenían aún fuertes en su poder sobre casi dos terceras partes de

la humanidad. La situación ha dado, sin embargo, un

radical viraje después de la segunda guerra mundial. Los imperios coloniales, levantados durante varios siglos, empezaron a desmoronarse con creciente rapidez. Entre 1945 y 1957 se han emancipado de la dominación imperialista y han entrado en la vía de la independencia casi 1.250 millones de seres humanos. Las colonias que aún se mantienen en pie no reúnen más de 150 millones de habitantes, lo que no llega al seis por ciento de la población de la tierra. Se avanza,

 

221 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVIII, pág. 145.

 

pues,   hacia   la   supresión   completa   del   sistema colonial. Con su desaparición definitiva se pondrá fin a una de las páginas más bochornosas en los anales del capitalismo.

 

Condiciones   internacionales    del   ascenso   del movimiento de liberación nacional.

La            crisis       del          sistema  colonial  se            inició paralelamente a la crisis general del capitalismo. El

momento  crucial  fue  también  la  Gran  Revolución

Socialista de Octubre, la cual, al sacudir las mismas bases del imperialismo, dio un poderoso impulso al

movimiento de liberación nacional en Oriente y abrió

ante él perspectivas de victoria sobre los colonizadores. La propia Revolución de Octubre unió

por  primera  vez  con  éxito  en  un  cauce  común  la

insurrección del proletariado contra el régimen capitalista y la lucha de los pueblos esclavizados de la Rusia zarista por el derrocamiento de la opresión nacional y colonial.

El primer Estado socialista se convirtió para los pueblos   oprimidos   del   mundo   en   una   fuente

inagotable de apoyo moral y político. Un ejemplo

alentador era para ellos, en particular, el de las repúblicas centroasiáticas de la Unión Soviética, que

en un brevísimo plazo histórico pasaron del atraso

colonial a la prosperidad, en todos los órdenes, de su economía y su cultura nacionales.

La  segunda  guerra  mundial  trajo  consigo  el

comienzo de una nueva etapa en la lucha de las colonias por su liberación. El conflicto bélico afectó a muchos países del mundo colonial; algunos de ellos (en Asia y Norte de África) fueron teatro de las operaciones  militares.  Las  necesidades  de  la economía de guerra obligaron a las potencias imperialistas   a   forzar   el   desarrollo   de   algunos sectores de la industria en sus dominios coloniales, lo que condujo a un rápido incremento numérico del proletariado indígena.

El             carácter de           liberación             de           la             guerra, condicionado por la participación en ella de la Unión

Soviética, tuvo gran repercusión entre todos los oprimidos. Otro factor que contribuyó a incrementar

la conciencia política y organización de las masas fue la debilidad interna de las potencias coloniales de Occidente, puesta de relieve en los años del conflicto.

No podían ser más propicias, para el avance y el éxito  del  movimiento  de  liberación  nacional,  las

condiciones que se produjeron con la nueva distribución de fuerzas en el campo internacional, a consecuencia de la derrota del fascismo alemán y del

imperialismo  japonés,  del  robustecimiento  del poderío de la Unión Soviética y de la aparición de las

democracias populares. La formación del sistema mundial del socialismo, con la profunda debilitación consiguiente     de     las    posiciones     del     campo

imperialista, facilitó la conquista de la independencia a  muchos  países  de  Asia  y  África.  La  lucha  de liberación  nacional  adquirió  proporciones gigantescas y la crisis del colonialismo entró en su fase definitiva: la fase de desintegración del sistema colonial.

La desintegración del sistema del colonialismo es, pues, resultado del poderoso ascenso de la lucha de liberación nacional en condiciones internacionales propicias  derivadas  de  la  debilitación  del imperialismo y de la transformación del socialismo en sistema mundial.

Los imperialistas tratan por todos los medios de disminuir el papel y el significado del movimiento de

liberación  nacional.  Con  este  objeto  propagan  y

sostienen la versión de que las colonias y países semicoloniales han alcanzado la libertad política no

como fruto de la lucha y la revolución, sino casi, casi

con la ayuda de las propias potencias imperialistas. Simultáneamente, quieren hacer ver que la larga dominación de los monopolios capitalistas en las colonias era un período necesario de "preparación" de estos países para la independencia. A este respecto se habla mucho acerca de la "misión civilizadora" del capitalismo en las colonias.

Lo cierto es que la "misión" del capitalismo en las colonias  no  ha  tenido  nada  de  común  con  los

intereses  de  sus  pueblos.  Los  imperialistas  no  se

preocuparon jamás de impulsar el desarrollo de la economía de las colonias en todos los órdenes ni de prepararlas  para  una  vida  independiente.  Los infundios que acerca de esto se propalan quedan desmentidos por el simple hecho de que todos los países emancipados del yugo imperialista y que lograron su independencia son países subdesarrollados,  es decir, países que, justamente a consecuencia de la dominación extranjera, han quedado muy atrás en el aspecto económico.

Se comprende que durante los largos años de su dominación en las colonias, los imperialistas, objetivamente,   sin   que   en   ello   interviniera   su voluntad, han llevado a cabo en ellas cierto trabajo históricamente útil. Guiándose por sus cálculos egoístas e interesados, contra su voluntad, han acelerado objetivamente el proceso de maduración de algunas premisas de la revolución política y social en Asia. A ello se refería Marx cuando calificaba a los colonizadores de "arma inconsciente de la historia". Al mismo tiempo, sin embargo, subrayaba Marx que la labor "civilizadora" de la burguesía imperialista no auguraba a las masas ni la liberación nacional ni la social. "Nada de cuanto la burguesía británica se vea obligada a realizar en la India -escribía- emancipará a las masas populares ni mejorará sustancialmente su situación social, pues lo uno y lo otro depende no sólo del desarrollo de las fuerzas productivas, sino también de si el pueblo es dueño de ellas." Los hindúes, seguía Marx, no podrán recoger los frutos

 

siempre el yugo británico".222

La historia ha venido a dar la razón a Marx. Ha señalado también que, desde el punto de vista de los

"civilizadores"   imperialistas,   ningún   pueblo   ni

ninguna colonia estarán "maduros" y "perfectamente preparados" para la independencia hasta que no se levanten contra la opresión de los colonizadores. Los hechos demuestran que éstos sólo se retiran cuando les obliga a hacerlo la acción de las masas populares. La independencia ha sido arrancada por los pueblos de  las  colonias  a  los  imperialistas,  y  no  recibida como merced especial de ellos.

Como     no           podía      por         menos    de           ser,         la emancipación  de  cientos  de  millones  de  esclavos

coloniales se ha producido y se produce por vías diversas:  tanto  por  la  lucha  armada  como  por  los

métodos de la presión política. Mas, cualesquiera que sean los caminos concretos, la base de la emancipación   ha   sido  siempre  la   lucha   de  las

grandes masas populares.

 

Fuerzas   motrices   de   la   lucha   de   liberación nacional.

El yugo colonial de los imperialistas presiona, si bien no en el mismo grado, casi sobre todas la capas de  la  población  de  los  países  sometidos, empujándolas a la lucha por su emancipación. Partiendo de sus intereses de clase, los obreros, los campesinos y capas importantes de la burguesía indígena no pueden aceptar la gestión de los monopolios  extranjeros,  que  para  los  países oprimidos equivale a dilapidar sus riquezas naturales, el hambre, la miseria y toda clase de abusos. A excepción de un puñado de señores feudales, cuyo poder es mantenido por las bayonetas extranjeras, y de los grupos parasitarios de la burguesía indígena, que se benefician de la colaboración con los colonizadores, la mayoría absoluta de la población simpatiza con la lucha de liberación o se incorpora directamente a ella.

La parte más activa en esta lucha corresponde a la

clase obrera. A pesar de ser en las colonias relativamente poco numerosa, ella y los Partidos Comunistas que la dirigen ocupan la vanguardia del movimiento de liberación nacional. Los obreros adquieren antes que ningún otro grupo conciencia de clase y nacional, puesto que sufren más que cualquier otra clase la explotación y la discriminación racial. Como clase avanzada que es, enemiga de toda opresión y que no se mueve por cálculos egoístas, el joven proletariado de las colonias expresa mejor que nadie los intereses vitales de su pueblo. Es, según demuestra la experiencia, la fuerza antiimperialista más consecuente, capaz de arrastrar a amplias capas de campesinos y de trabajadores de la ciudad.

Una enorme fuerza potencial son los campesinos, de               la             civilización            mientras                "no          sean       lo                            suficientemente  fuertes  como  para  sacudirse  para

 

222  Marx y F. Engels, Obras escogidas. t. I, Moscú, 1955, págs.

314, 315.

 

 

 

que sufren el doble yugo de los señores feudales indígenas y de los monopolistas extranjeros. Los campesinos representan la base más amplia del movimiento de liberación nacional. Para ellos, la supresión  del  yugo  nacional  va  indisolublemente unida a la eliminación de las supervivencias feudales en la aldea y a la resolución del problema agrario, del problema de la tierra. Pero, como indicaba Lenin, los campesinos   son   la   capa   de   la   población   más numerosa y, al mismo tiempo, la que más tarda en ponerse en marcha. Por las mismas condiciones de vida, su analfabetismo y su atraso, los campesinos de las  colonias  no  pueden  ponerse  a  la  cabeza  de  la lucha de liberación del pueblo. Con esto, los comunistas no rebajan en modo alguno el papel histórico de los campesinos en esa lucha; no hacen sino señalar hechos objetivos. No olvidan jamás que los campesinos forman la mayoría de la población en las colonias y países dependientes y que, por lo tanto, sólo estableciendo una estrecha alianza con ellos puede la clase obrera ponerse a la cabeza del movimiento de liberación nacional.

El             elemento              más         contradictorio      de           este movimiento  es  la  burguesía.   La  actitud  de  los

distintos grupos que la componen hacia la lucha de liberación  nacional  no  sólo  es  diferente,  sino  a

menudo diametralmente opuesta. Las altas capas de la burguesía, dominadas por un espíritu reaccionario, y la burguesía comercial intermediaria, vinculada al

imperialismo, suelen mantener una posición hostil hacia    las    fuerzas    nacionales.    Unida    a    los

terratenientes feudales, interesados en mantener sus privilegios, esta parte de la burguesía es un baluarte

de la dominación imperialista en las colonias.

Una  posición  distinta  suele  ocupar  la  llamada burguesía nacional, que, por lo común, invierte sus

capitales en la producción y está por ello interesada en la creación y asimilación de un mercado nacional

protegido de la rapiña de los monopolios extranjeros. El  camino  para  ello lo  ve  en  la  formación  de  un Estado nacional libre de la dependencia extranjera.

La            burguesía              nacional,               que         padece  la preponderancia de los monopolios extranjeros y sufre

constantes agravios de los imperialistas, trata de incorporarse al movimiento nacional y hasta de colocarlo   bajo   su   control.   En   virtud   de   las

condiciones propias de la opresión colonial, la burguesía   tiene   más   abiertas   las   puertas   de   la

instrucción y de la actividad política; es lógico, pues, que en muchos países hayan salido de su seno los líderes del movimiento de liberación y que sea ella la

que trata de imponerle sus consignas.

Los marxistas reconocen los esfuerzos patrióticos de esta parte de la burguesía, pero no pueden por

menos  de  ver  el  doble  carácter  que  su  conducta

encierra, su inconsecuencia y sus fluctuaciones, su tendencia a conservar muchas supervivencias de lo

viejo en la vida social, así como la existencia en su

 

seno de grupos antipatrióticos inclinados al compromiso y al acuerdo con los colonizadores a expensas de las masas del pueblo.

Tal es, brevemente, el planteamiento que el marxismo-leninismo  hace  en  cuanto  a  las  fuerzas

motrices de la lucha nacional. No es necesario decir

que la situación concreta presenta extraordinaria variedad en los distintos países. Además de las clases fundamentales que participan en la lucha de liberación, existe gran número de capas intermedias, las cuales, en la mayoría de los casos, ocupan una posición  vacilante,  o  especial  en  todo  caso.  Están muy lejos de ser iguales los intereses y posiciones de clases y capas homogéneas no proletarias en los distintos países. Los hechos confirman que la fuerza más segura y consecuente del movimiento de liberación nacional, capaz de llevarla hasta el fin sin vacilaciones, es la clase obrera, la clase más revolucionaria  de  la  sociedad  moderna.  La experiencia de las colonias y países semicoloniales muestra  una  vez  más  el  carácter  específico  de  la lucha de la clase obrera, la cual, al emanciparse, consigue también la liberación de toda la sociedad en su conjunto.

Al mismo tiempo, el análisis de la actual correlación de fuerzas en las colonias nos convence de que en ellas existen condiciones para crear un frente único patriótico nacional de la lucha de liberación contra los imperialistas. La base de esta unidad es el interés común de las más amplias capas sociales por el progreso económico y cultural y por emanciparse de la esclavitud colonial, de la rapacidad de los monopolios extranjeros y de las humillaciones a que su dignidad nacional se ve sometida.

 

Significado histórico de la desintegración del sistema colonial.

El imperialismo se opone al progreso humano no

ya porque mantiene bajo su férula a las clases trabajadoras de los países capitalistas desarrollados, sino también porque desplaza a un segundo plano de la historia a pueblos enteros, como son los pueblos de las colonias y semicolonias. El poderoso ascenso de  la  lucha  de  liberación  nacional  significa  el despertar de la mitad del género humano a la labor histórica activa y su incorporación a la tarea de resolver los destinos del mundo. De este modo se amplía en grado formidable el volumen del progreso y se acelera su avance.

Las masas populares de Asia y África que se han incorporado  al  movimiento  de  liberación  nacional

son un factor poderoso que contribuye a destruir el imperialismo y a agudizar todas sus contradicciones.

Las colonias y países dependientes tienen aún gran valor para los imperialistas. Los monopolios extraen de allí a bajo precio las materias primas que les son

necesarias,   a   la   vez   que   venden   con   grandes ganancias sus artículos industriales. Los imperialistas mantienen en las colonias y semicolonias bases militares y puntos de apoyo para asegurar las comunicaciones.

El movimiento de liberación nacional quebranta, y a veces suprime por completo, estas posiciones del

imperialismo.  Y  por  si  fuera  poco,  convierte  las

colonias y países dependientes, que eran reserva del imperialismo, en aliados de las fuerzas progresivas antiimperialistas.   Después   de   la   formación   del sistema mundial del socialismo, el hundimiento de los  imperios  coloniales  es  el  segundo  golpe demoledor que el imperialismo recibe.

La desintegración del sistema colonial repercute seriamente en sentido favorable sobre el desarrollo

de  las  relaciones  internacionales.  Muchos  jóvenes

Estados nacionales de Asia y África mantienen una política independiente y se incorporan a la amplia

"zona de paz". Su posición antibelicista es una de las

causas de que una nueva guerra haya dejado de ser una fatalidad inevitable. El movimiento de liberación

nacional robustece también la causa de la paz porque

rompe las formas desiguales, basadas en la violencia, de relación entre los países, ayuda a la aproximación de los pueblos y reduce la posibilidad de nuevos conflictos bélicos.

Al cesar la rapaz explotación de las colonias y al iniciarse el desarrollo de su economía nacional, se

hace posible la utilización mucho más fecunda de los

recursos mundiales. Esto acerca el tiempo en que se conseguirá superar la escandalosa diferencia actual

en el nivel de desarrollo económico de los distintos

países y asegurar a todas las gentes de la tierra una vida digna del hombre. Finalmente, el renacimiento y progreso de la milenaria cultura de los pueblos de Oriente, que los colonizadores desdeñaron y destruyeron desde un principio, enriquecerá el acervo del saber humano.

Así, pues, la desintegración del sistema colonial es  un  éxito  formidable  que  se  han  apuntado  los

pueblos que se liberaron del yugo imperialista y que

hace suyo toda la humanidad progresiva.

 

Estados  aparecidos           sobre    las          ruinas    del colonialismo.

La gran diversidad de condiciones y formas en que   las   antiguas   colonias   han   conquistado   la

independencia hace que se encuentren en escalones distintos  en  cuanto  al  desarrollo  político.  Esto  se

refiere  singularmente  a  los  países  que  se emanciparon del yugo del colonialismo después de la segunda guerra mundial.

Allí donde la dirección del frente antiimperialista estaba en manos de la clase obrera y de sus partidos

marxistas, de los comunistas, la revolución no se ha detenido en la etapa democrático-burguesa, sino que se    ha    transformado    en    revolución    socialista,

siguiendo la vía de la democracia popular.

Allí   donde   a   la   cabeza   del   movimiento   se

 

encontraba la burguesía, o donde en el seno del frente nacional antiimperialista predominaba la influencia burguesa, la burguesía nacional, una vez llegada al poder, ha orientado la sociedad por la vía del desarrollo capitalista, dilatando con ello el paso a una etapa más elevada de la revolución.

La desintegración del sistema colonial ha dado origen a los siguientes grandes grupos de países:

1. Países que después de sacudirse el yugo del

imperialismo han entrado en la vía de la construcción socialista. Este grupo no se ha separado sólo del sistema colonial, sino también del sistema capitalista, entrando a formar parte del campo del socialismo (República Popular China, República Democrático- Popular de Corea y República Democrática de Vietnam).

2. Países que han conquistado la independencia política y que mantienen una política exterior autónoma, que se han emancipado de la dominación imperialista, pero que siguen dentro del sistema económico capitalista (India, Indonesia, Birmania, Irak, República Árabe Unida, Ghana, Guinea, Sudán, Túnez, Marruecos, Libia y Cambodia).

3. Países que inmediatamente después de lograr la independencia  la  vieron  muy  recortada  aceptando

onerosos  convenios  económicos  y  participando  en

bloques  agresivos  de  las  potencias  imperialistas

(Pakistán, Tailandia y Filipinas).

Hay países, en fin, que aún permanecen en la esclavitud    (colonias    africanas,    restos    de    las

posesiones  coloniales  en  Asia  e  Iberoamérica,  y

algunas posesiones insulares de Gran Bretaña, Portugal, Estados Unidos y otras potencias imperialistas).

Hemos de tener presente que, a excepción de los países que han entrado con pie firme en la vía de la

construcción socialista, los jóvenes Estados que se formaron  sobre  las  ruinas  del  sistema  colonial  se

encuentran aún en un proceso de formación política. El desarrollo social en estos países se ha acelerado intensamente  al   adquirir  la   independencia   y  se

produce  en  un  ambiente  de  aguda  lucha  de  las distintas fuerzas de clase. La preponderancia de unas

u otras de estas fuerzas -reaccionarias o progresistas- determina la política de cada uno de esos países y su posición en el concierto mundial. Ello hace que los

límites entre los grupos segundo y tercero de países sean aún poco estables.

La rapidez con que se puede llevar a cabo el paso de un grupo a otro nos lo muestra el ejemplo de Irak. Hasta la revolución de julio de 1958 este país era en

el terreno político uno de los más atrasados de todo el

Cercano Oriente. Pero el pueblo iraquí se levantó, y en  poco  tiempo  supo  sacudirse  las  cadenas  de  la

dependencia  colonial,  poner  freno  a  la  reacción

interior y pasar a una política exterior e interior independiente    determinada    por    sus    intereses

nacionales. Se comprende que no hay que excluir la posibilidad de que algunos países de los que han ganado su independencia experimenten retrocesos de orden político, tanto más que se ven sometidos a la presión incesante de los opresores imperialistas.

 

3. Conquistas de la revolución antiimperialista y antifeudal en los países de Asia incorporados a la vía del socialismo

La revolución antiimperialista y antifeudal se ha

cumplido de la forma más acabada en China, Corea del Norte y Vietnam del Norte, donde estuvo encabezada por la clase obrera, dirigida por los partidos marxistas.

La experiencia de estos países muestra que la hegemonía  del  proletariado  permite  alcanzar  los

mayores éxitos en la lucha de liberación nacional y

en la supresión de las consecuencias del dominio de los   colonizadores.   Muy   significativo   es   a   este respecto el camino recorrido por la gran China. Este país se encontró con tareas semejantes a las que la historia había planteado a otros pueblos de Asia y África que se sacudieron el yugo del imperialismo. Figuraba  entre  esas  tareas,  ante  todo,  la consolidación de su independencia, extendiéndola de la esfera política a la esfera de la economía y de la cultura. En íntima relación con ello se encontraba la formidable tarea de acelerar el progreso económico, social y cultural, con objeto de superar el secular atraso, poner fin al predominio de las relaciones semifeudales y acabar con el embrutecimiento y el analfabetismo de las grandes masas trabajadoras.

En el curso de su guerra de liberación, el pueblo chino, bajo la dirección de su probado Partido Comunista, enriqueció la historia de los movimientos populares con una revolución de un tipo no conocido hasta entonces, el de nueva democracia. Según la define Mao Tse-Tung, la revolución de nueva democracia es "la revolución antiimperialista y antifeudal de las grandes masas del pueblo bajo la dirección del proletariado",223  con objeto de instituir la dictadura democrática de todas las fuerzas antiimperialistas y antifeudales.

¿Cómo ha cumplido la China popular las gigantescas     tareas     del     renacimiento     y     la reconstrucción  nacional,  esas  tareas  que  todos  los pueblos de Asia esperaron en vano ver cumplidas por sus viejos gobernantes durante largos años?224

Empezaremos por el problema agrario, tan capital y de tan perentoria urgencia en Oriente. La China popular fue la primera entre los grandes Estados de Asia en valerse de su independencia para llevar a

 

 

223  Mao Tse-Tung, Obras  escogidas, t. III, Moscú, 1953, pág.

174.

224 Acerca de la construcción del socialismo en China y otras democracias  populares  de  Asia,  véanse  los  capítulos  XXI  y XXII. Aquí nos detendremos brevemente en la experiencia reunida en  el  cumplimiento de  las  tareas  que  se  desprenden

directamente de la revolución antiimperialista y antifeudal de liberación nacional.

 

cabo amplias reformas democráticas, y ante todo para resolver el problema de la tierra en favor de los campesinos trabajadores. La reforma agraria, llevada a cabo en tres años (1949-1952), acabó con la propiedad feudal. Los campesinos recibieron en propiedad alrededor de 50 millones de Ha de tierras que antes pertenecían a los terratenientes.

Inmediatamente después de terminada la reforma agraria, se desplegó en el campo, en gran escala, el

movimiento de intensificación de la ayuda mutua en el trabajo. Su propia experiencia convenció pronto a

los campesinos de las ventajas del trabajo colectivo. A mediados de 1956, en menos de cuatro años desde la   implantación   de   la   reforma   agraria,   había terminado en lo fundamental la transformación socialista de la agricultura.

La China popular acabó sin vacilaciones y por completo con la dependencia económica de los monopolios  capitalistas  extranjeros,  nacionalizando

sin indemnización todas las empresas industriales, de transporte y comerciales que les pertenecían, al igual

que los bancos y compañías de seguros. Simultáneamente fue nacionalizada la propiedad de la  burguesía  comercial  intermediaria,  de  los  altos

funcionarios del régimen de Chiang Kai-Shek y de todos los contrarrevolucionarios.

La conversión en propiedad de todo el pueblo de los medios fundamentales de producción y el paso de los puestos de mando de la economía a manos del

Estado popular permitió iniciar la industrialización planificada del país y la utilización más racional de

todos sus recursos. Con ayuda de la Unión Soviética y   de   otros   países   del   campo   socialista,   China

restableció en menos de cuatro años su destruida economía, y otros cuatro años después -en 1957- iniciaba la emulación económica con Inglaterra, uno

de  los  países  capitalistas  de  industria  más desarrollada.

La consigna lanzada en China: "En los próximos quince   años,   o   antes,   alcanzar   y   sobrepasar   a Inglaterra en la producción de hierro, acero y otros

tipos importantes de producción industrial" es, a la vez,   un   espléndido   balance   de   la   construcción

económica y un índice de las enormes posibilidades potenciales del país, que ha entrado por la vía socialista de desarrollo. La República Popular China

ha conseguido mejorar sensiblemente la situación material de los trabajadores de la ciudad y el campo,

desplegar en gran escala la revolución cultural y capacitar numerosos especialistas propios para la industria, la agricultura y la ciencia.

Como consecuencia de ello, la China popular se ha convertido, en un breve plazo histórico, en una

verdadera  gran  potencia,  en  una  fuerza antiimperialista y anticolonialista de escala mundial. Su     independiente     política     de     paz     influye

sensiblemente sobre la situación en Asia y en todo el mundo  y  hace  aumentar  con  rapidez  su  prestigio internacional. Los intentos emprendidos por el imperialismo norteamericano para aislar a la República Popular China fracasan vergonzosamente.

Un camino análogo es el que siguen la República

Democrático-Popular de Corea y la República Democrática de Vietnam, países en que, al igual que en China, se formó un frente único democrático- popular dirigido por la clase obrera y sus partidos marxistas. La reforma agraria, la confiscación y nacionalización de los bienes de los monopolios extranjeros y de los traidores a la patria, junto a la amplia democratización de la vida social y política, han robustecido rápidamente la independencia nacional, la economía y la cultura de estos países.

Lo mismo el pueblo coreano que el vietnamita, después de ver afirmado su poder popular, hubieron de resistir una cruenta guerra con los agresores extranjeros   y   con   las   fuerzas   reaccionarias   del interior. A pesar de las grandes dificultades que esto significaba para ellos, los jóvenes Estados resistieron airosamente  la  prueba  y  defendieron  su independencia. Un papel de inestimable valor desempeñó en este terreno la ayuda fraternal y el apoyo que recibieron de otros Estados del campo socialista.

La República Democrático-Popular de Corea y laRepública Democrática de Vietnam tienen de común que la parte sur de una y otra se encuentran aún bajo la planta de reaccionarios gobiernos burgueses- terratenientes y de sus protectores imperialistas. La lucha de liberación nacional no se podrá considerar terminada hasta tanto no sea restablecida la unidad nacional de sus pueblos. La República Democrático- Popular de Corea y la República Democrática de Vietnam cumplen un papel históricamente progresivo como abanderados de esta unidad.

Los Estados de democracia popular -República Popular China, República Democrático-Popular de Corea  y  República  Democrática  de  Vietnam-, situados  en  la  vía  del  socialismo,  superan rápidamente  las  consecuencias  del  colonialismo  y son un ejemplo vivo para los demás pueblos que se sacudieron el yugo de la esclavitud imperialista, mostrando todas las ventajas y la gran superioridad de la ruta que han elegido.

 

4. Los jóvenes  estados  de oriente en la lucha por la consolidación de su independencia

La  marcha  de  los  acontecimientos  en  nuestros días ha venido a confirmar por entero la tesis marxista-leninista    de    que    el    movimiento    de

liberación nacional de los pueblos oprimidos es por su esencia antiimperialista y robustece las fuerzas de

la paz, de la democracia y del progreso. Esto no se refiere sólo a los países que después de conquistar la independencia     iniciaron     la     construcción     del

socialismo, sino también a aquellos que, una vez independientes, permanecieron en el terreno de las

 

relaciones capitalistas.

 

Por la vía del progreso.

Si   bien   el   volumen   de  las  transformaciones sociales  operadas  en  muchos  Estados  jóvenes  de

Oriente  y  la  profundidad  de  los  cambios  que  ha

conocido la vida del pueblo no pueden compararse con lo ocurrido en los países socialistas de Asia, su avance por la vía del progreso es innegable. Refiriéndose a esta nueva situación, el XX Congreso del P.C. de la Unión Soviética manifestaba que "ha llegado el nuevo período de la historia universal, previsto por el gran Lenin, en que los pueblos de oriente toman parte activa en la solución de los problemas de todo el mundo y se convierten en un nuevo y poderoso factor de las relaciones internacionales".225

La aparición en la palestra internacional de estos jóvenes      Estados      nacionales      ha      cambiado

profundamente la correlación de fuerzas en favor de la paz. Estos Estados se manifiestan cada vez más

contra las tendencias de agresión de las potencias imperialistas, denuncian el colonialismo y aspiran al mantenimiento  de  la  paz  en  el  mundo.  La  paz

duradera es una necesidad objetiva para los países que  han  conquistado  la  independencia  y  han  de

superar, con la mayor rapidez posible, el atraso económico que el colonialismo les dejó en herencia. Nada podrían ganar en la guerra y su independencia

se vería amenazada. De ahí que la mayoría de los

Estados jóvenes mantengan una política de paz y colaboración internacional. Los esfuerzos realizados

en esta dirección por la India, por ejemplo, le han

granjeado  la  estimación  de  todos  los  pueblos  que aman la paz. No es casual tampoco que Asia fuera la cuna de los famosos "cinco principios" de la coexistencia pacífica aprobados en la Conferencia de Bandung (abril de 1955).

Se han producido también cambios sustanciales en la situación interna de la India, Indonesia, Birmania,  Ceilán,  República  Árabe  Unida,  Irak  y otros países. Una vez conquistada la libertad política, hacen esfuerzos considerables para desarrollar su economía nacional y debilitar la dependencia en que se encuentran respecto de las potencias imperialistas. Con este objeto, en Egipto se llevó a cabo la nacionalización del Canal de Suez y se tomaron medidas para limitar la influencia extranjera en la banca. Indonesia se ha negado a pagar las "deudas" a la antigua metrópoli y ha tomado en sus manos la gran propiedad de los holandeses en el país. Casi en todos los Estados jóvenes de Oriente ha crecido el papel del sector estatal en la economía, sobre todo en lo que se refiere a la industria pesada.

Durante estos      últimos   años       ha           aumentado

 

225  XX Congreso del Partido  Comunista de la Unión Soviética,

14-25  de  febrero  de  1956.  Actas  taquigráficas,  t.  II, Gospolitizdat, Moscú, 1956, pág. 411.

 

 

 sensiblemente  en  esos  países  la  producción industrial,  se  fabrican  artículos  que  antes  llegaban sólo del extranjero y la clase obrera se ha hecho más numerosa.

Se han dado los primeros pasos, si bien tímidos, para la reforma de las relaciones agrarias, aunque en general marcha lentamente la superación de las consecuencias  del  feudalismo  en  el  campo.  En  la India no se ha suprimido en lo fundamental más que el sistema feudal de intermediarios -djahirdar y semindar- implantado por los ingleses. En la parte egipcia de la República Árabe Unida se confisca a los  terratenientes  las  tierras  que  sobrepasan  de  la cuota individual de 200 feddan (1 feddan 0,42 Ha).

Quien más ha ganado con todas las reformas implantadas hasta la fecha, se comprende, es la burguesía nacional, que ha visto consolidada su situación y ampliada la esfera de su actividad. Con esto ha venido a confirmarse por completo la observación de Lenin de que "desde el punto de vista de las relaciones nacionales, las condiciones mejores para el desarrollo del capitalismo las ofrece, sin duda, el   Estado   nacional”.226     Al   mismo   tiempo,   sin embargo, la independencia nacional ha aportado un buen número de factores nuevos y favorables a la vida de grandes capas de la población de los jóvenes Estados de Oriente. El simple hecho de que los trabajadores de la ciudad y el campo no sufran ya el doble yugo que antes pesaba sobre ellos, cambia las condiciones de su vida y de la lucha por sus derechos económicos y políticos. Dentro de un Estado independiente, la situación es bastante más favorable para esta lucha que la que existía en los años en que los monopolios extranjeros hacían y deshacían a su antojo.

El ritmo del avance de los jóvenes Estados de

Oriente  por  la  ruta  del  progreso,  lo  mismo  el volumen de sus transformaciones sociales, depende ahora, más que nunca, del incremento de la conciencia, la organización y la madurez política de la  clase  obrera,  de  la  medida  en  que  ésta  sepa estrechar sus vínculos con las masas campesinas y conducirlas a la conquista de más amplias realizaciones.

 

El despertar de los pueblos del Oriente Árabe.

Los pueblos del Cercano Oriente y del Norte de África ocupan estos últimos años el primer plano de la lucha de liberación nacional por la gran ofensiva que han desplegado contra las posiciones del colonialismo. A partir de 1953 en esta zona han aparecido siete Estados nuevos: Siria, Líbano, Jordania, Libia, Sudán, Túnez y Marruecos. También en los viejos países árabes han tenido lugar grandes cambios. Egipto proclamó la república y se emancipó plenamente  de la  ocupación  británica.  Este  país  y Siria  han  formado  la  República  Árabe  Unida.  La

 

226 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XX, pág. 372.

 

revolución del 14 de julio de 1958 hizo triunfar el régimen republicano en Irak, país que durante largo tiempo había sido el soporte de la dominación británica en el mundo árabe. No se debilita el movimiento de liberación nacional en Argelia.

La lucha de los árabes contra el imperialismo y por   la   independencia   nacional   tiene   un   valor

internacional extraordinario. Sus resultados  no son

sólo   importantes   para   los   propios   árabes,   sino también  para  la  suerte  del  imperialismo  en  su

conjunto y de su política colonial. Esto es así porque

el Cercano Oriente se ha convertido en una zona de trascendental valor para la estrategia económica, política y militar de los principales Estados imperialistas, y singularmente de Gran Bretaña y Estados Unidos. Es una zona en la cual abundan las bases militares inglesas y norteamericanas. Los monopolios extranjeros extraen allí cantidades enormes de petróleo a bajo precio, cuyo monto equivale casi a la cuarta parte de la producción mundial.

No es, pues, difícil de comprender el golpe que para los imperialistas representó el incremento de la lucha de liberación nacional de los árabes, cuando éstos se proponían recobrar la independencia y convertirse en dueños de las riquezas naturales de su suelo.

El golpe les venía tanto más de sorpresa si consideramos que por la gestión de los colonizadores

extranjeros y de los señores feudales que les apoyaban, los pueblos árabes se habían quedado muy

atrás en el sentido cultural y económico y que la tierra habitada por ellos era uno de los rincones más

míseros del mundo. Los imperialistas se figuraban que  la  elemental  lucha  por  la  existencia  absorbía todas las energías de los árabes y que la ignorancia y

el atraso les impediría elevarse hasta la guerra anticolonialista organizada.

Estas ilusiones se vinieron abajo primeramente en Egipto, donde la acción del ejército, dirigido por oficiales de ideas nacionalistas, puso fin al régimen

del  rey  Faruk  y  de  su  camarilla  probritánica.  La

República de Egipto nacionalizó el Canal de Suez, quitando  así  la  aureola  de  "santidad"  con  que  los

monopolios  imperialistas  trataban  de  rodear  sus

propiedades en el Cercano Oriente. El intento de los imperialistas  anglo-franceses,  de  restablecer  por  la

fuerza de las armas el statu  quo y de recobrar el

Canal  de  Suez,  terminó  con  la  derrota  de  los agresores, y esto hizo crecer aún más la seguridad de los árabes en el triunfo de su justa causa.

Dos circunstancias han influido singularmente sobre los éxitos de la revolución nacional-colonial en

el Oriente Árabe.

Primeramente, las potencias occidentales demostraron,  sin  dejar  lugar  a  dudas,  que  eran

enemigas juradas de la independencia de los árabes. Inglaterra y Francia perdieron los últimos residuos de confianza que en este sentido pudieran tener hacia ellas con su agresión armada a Egipto en otoño de

1956. Los Estados Unidos, que habían conseguido durante  más  tiempo  cubrirse  con  la  máscara  del

"anticolonialismo", hubieron también de arrojarla. Al proclamar  en  1957  la  "doctrina  Eisenhower",  es

decir, el propósito de emplear, si así lo consideraban oportuno, la fuerza armada en el Cercano Oriente, y con su ilegítimo desembarco de tropas en el Líbano,

en 1958, Washington ha demostrado a los pueblos árabes  que  su  política  viene  determinada  por  los

intereses de los monopolios norteamericanos del petróleo. Esto ha tenido consecuencias de largo alcance  y  así  nos  lo  prueban,  por  ejemplo,  la revolución antiimperialista de Irak y la quiebra del

Pacto de Bagdad, amañado por los imperialistas y que ha perdido al último de los países árabes que de

él formaban parte.

En segundo lugar, la amistosa política y la ayuda económica a los pueblos árabes de parte de la Unión

Soviética y demás países del campo socialista. Este

desinteresado apoyo ha sacado a los países árabes del aislamiento económico, político y moral en que los mantenían los imperialistas y ha decuplicado sus fuerzas. En los días de prueba, como con ocasión del conflicto de Suez, los árabes han tenido ocasión de ver quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos.

Una de las características del movimiento de liberación en el Cercano Oriente es que se desarrolla

bajo las consignas de la unidad árabe. Esta idea nació

en el curso de la lucha contra los colonizadores, por la independencia nacional, y ha aproximado a los pueblos árabes.

La unidad de los Estados árabes, como expresión de  solidaridad  antiimperialista  y  como  forma  de

colaboración fraternal y de ayuda mutua, repercute muy    favorablemente    en    esta    lucha    por    su

independencia. La idea de la unidad es comprendida particularmente por las masas trabajadoras, las cuales sufren por igual las consecuencias de la explotación

capitalista   y   del   atraso   cultural   y   económico. Mientras la consigna de unidad conserve su carácter

antiimperialista   y   no   se   proponga   elevar   unos Estados árabes sobre otros, encontrará el apoyo de todas las fuerzas progresistas y democráticas.

Ahora bien, también las corrientes reaccionarias que existen en el seno del mundo árabe tratan de

servirse  de  esta  popular  idea.  Los  grupos nacionalistas  extremos  la  interpretan  como  la consigna  de  unificación  inmediata  de  todos  los

pueblos árabes alrededor de su Estado más fuerte y de subordinarlos a un gobierno común.

Es de una claridad meridiana, sin embargo, que la unificación política es un problema muy complejo y delicado, en el que no se puede proceder con prisas y

que  únicamente  llegará  a  ser  resuelto  con  éxito cuando se den las necesarias premisas objetivas. No puede ser duradera ni conveniente una unificación en la que no sea respetado el derecho de las naciones a la autodeterminación y en la que uno u otro pueblo pierda cualquiera de las realizaciones sociales y libertades políticas que conquistaron anteriormente.

 

Perspectivas de desarrollo de los Estados nacionales de Oriente.

Al            día          siguiente               de           haber     conquistado          su independencia nacional, ante los jóvenes Estados de Oriente se levantó el problema de las vías y perspectivas  de  su  desarrollo.  Lo  más  importante para   ellos   era   superar  el   terrible   atraso   de   la economía nacional, consecuencia de la dominación de los colonialistas, y el gradual avance hacia la independencia económica, sin la cual resulta difícil mantener la independencia política.

Decíamos anteriormente que la India, Indonesia, Birmania, algunos Estados nuevos de África y otros

países han iniciado el cumplimiento de estas tareas dentro del terreno de las relaciones capitalistas. Esto

no significa, sin embargo, que se limiten a repetir el camino  de  desarrollo  capitalista  por  el  que marcharon,   por   ejemplo,   los   viejos   Estados   de Europa.

Esto es imposible porque en nuestra época no se dan las condiciones exteriores e interiores precisas.

Sabemos   que   en   los   países   de   Occidente   la

industrialización capitalista fue llevada a cabo, en buena  parte,  con  recursos  que  proporcionaba  la

explotación  de  las  colonias  y  de  otros  Estados

débiles.  Esta  posibilidad  no  la  tiene  el  capital nacional de los jóvenes Estados de Oriente; no se halla en condiciones de "asimilar" mercados ajenos y fuentes de materias primas; antes al contrario, hasta hoy día se ve obligado a mantener una difícil lucha por su existencia contra los viejos expoliadores imperialistas.

Tampoco es real la perspectiva de emprender la reconstrucción nacional a expensas de una intensa explotación de la clase obrera y de la ruina de los campesinos, como ocurrió en los países del capitalismo "clásico". Los dirigentes de la burguesía nacional advierten que las masas populares no tolerarían   ahora   en   absoluto   la   vía   capitalista "clásica", con las privaciones de la acumulación originaria y con las grandes calamidades que ello representaría para las capas trabajadoras del pueblo. Influyen también factores como el descrédito del capitalismo entre los pueblos y la influencia creciente del ejemplo y la experiencia de los países del campo socialista.

A ello obedece la circunstancia de que la construcción  económica  iniciada  en  los  Estados

nacionales de Oriente después de haber conquistado

la independencia, aunque no rebasa el marco del capitalismo,  presente  una  serie  de  características

propias. Ante todo, observamos el activo papel del

 

 

 Estado en la vida económica, con objeto de crear y ampliar el sector estatal en la economía. En la India, por ejemplo, las ramas principales de la industria pesada son objeto de atención preferente por parte de las empresas estatales. También en Egipto se está creando un importante sector estatal en la industria, en los transportes, en la producción de energía eléctrica y en la construcción de obras de riego. Tendencias análogas se observan en Indonesia y algunos otros países.

Entre  las  medidas  del  tipo  de  capitalismo  de

Estado hay que incluir los intentos de planificación emprendidos  en  muchos  Estados  de  Oriente.  La India, Egipto e Indonesia han aprobado y llevan adelante, por ejemplo, planes cuatrienales y quinquenales de desarrollo económico, que significan la inversión por el Estado de importantes capitales en la economía nacional. Estos esfuerzos por planificar la economía tropiezan en dichos países con la acción de  las  leyes  espontáneas  del  capitalismo;  además, bajo el control del Estado se encuentra sólo una parte muy reducida de la economía. Y con todo y con eso, los planes de desarrollo económico ayudan a utilizar de manera más conveniente los recursos nacionales con objeto de superar lo antes posible el atraso colonial en que se encontraban.

Las formas de capitalismo de Estado que aparecen en la vida económica de estos países no han de ser confundidas con lo que actualmente se observa en los Estados  capitalistas  de  Occidente.  En  éstos predomina el capitalismo monopolista de Estado, que significa la dominación reaccionaria de los monopolios  sobre  un  aparato  del  Estado  sometido por completo a ellos. En los países de Oriente, el capitalismo de Estado no es, en su forma actual, instrumento de los monopolios imperialistas; al contrario, debe su origen al movimiento antiimperialista y objetivamente va dirigido contra la expansión de estos monopolios.

Hay  que  agregar  que  en  estos  países  el capitalismo de Estado surge con un bajo nivel de

desarrollo económico y con el fin de terminar cuanto antes con el atraso en este terreno, de facilitar el paso

de la pequeña producción semiartesana a la gran producción moderna.

Todo esto da pie para afirmar que en los países de

Oriente el capitalismo de Estado cumple una función de progreso. La misma extensión de estas formas es a la vez un índice muy sintomático de la quiebra del capitalismo. Hasta los círculos dirigentes de la burguesía nacional se ven obligados a admitir que la empresa privada no es capaz, en las condiciones actuales, de asegurar el desarrollo independiente de los Estados jóvenes. Así nos lo dice el hecho de que la construcción de una "sociedad de tipo socialista" sea oficialmente el objeto que se persigue en la India, Birmania y algún otro país. Si bien este "tipo" está muy lejos de las nociones científicas, marxistas, del

 

socialismo, es una prueba irrefutable de la creciente popularidad de que gozan las ideas socialistas y de cómo  ha  caído  el  prestigio  del  capitalismo  en Oriente.

No hay que exagerar, se comprende, el valor progresivo de las formas capitalistas de Estado y suponer  que  automáticamente,  y  cualesquiera  que sean las condiciones, contribuirán a robustecer las fuerzas antiimperialistas. Las distintas clases que en los jóvenes Estados de Oriente apoyan estas formas nuevas como un arma contra los imperialistas, persiguen  a  la  vez  fines  propios  de  clase.  La burguesía trata de eliminar la dominación de los monopolios extranjeros que le privaría de la parte del león  en  las  ganancias.  Pero  de  lo  que  más  se preocupa es de sus beneficios. Un sector de la burguesía está dispuesto a llegar a un compromiso con el capital extranjero, a participar en "compañías mixtas" siempre y cuando hubiera una distribución "equitativa" de las ganancias. La clase obrera lucha por mejorar su situación, por construir una industria nacional fuerte como base para los avances del país por  la  vía  socialista.  Los  campesinos  están interesados en recibir tierra y en poder adquirir a precios  asequibles  artículos  industriales  y maquinaria.

Hay que tener presente que en los países subdesarrollados el capitalismo de Estado determina el incremento no sólo de la clase obrera, sino también de la burguesía nacional. Los nuevos avances del capitalismo, con la concentración de la producción que le es propia, pueden conducir a que el sector estatal se convierta también en esos países en la base económica de un régimen reaccionario; así ocurriría si el poder fuese a parar a manos de las grandes compañías nacionales, que en el fondo presentan un carácter monopolista. Entonces el capitalismo de Estado  se  puede  convertir  en  capitalismo monopolista de Estado y ser puesto al servicio de los medios más reaccionarios de la burguesía, que no vacilarían en utilizar los resortes del poder en contra de los intereses del pueblo.

Ahora bien, la marcha por ese camino de países que se han emancipado de la dominación imperialista

traería  consigo,  sin  duda,  una  profunda  crisis  del

capitalismo y aumentaría formidablemente las simpatías de las masas por el socialismo.

En las condiciones actuales, es extraordinaria la

responsabilidad de las fuerzas progresistas y democráticas en cuanto a la dirección que los países de Oriente sigan en su desarrollo. Dichas fuerzas pueden paralizar la influencia de los elementos imperialistas y reaccionarios y hacer frente a la inconsecuencia y las contradicciones de la política que sigue la burguesía nacional.

Los partidos marxistas de estos países ven su tarea primordial e inmediata en la lucha por consolidar la

independencia nacional recién conquistada y por el avance incesante por el camino de la paz y de la democracia en todos los lugares donde este camino permanece abierto. Eso significa, ante todo, el mantenimiento de una consecuente política exterior de paz, la garantía de los derechos democráticos para todos los ciudadanos y la aplicación en todos los órdenes de la vida social de reformas amplias y constructivas que mejoren las condiciones de trabajo y la vida de las grandes masas del pueblo.

Se observan muchos ejemplos de inconsecuencia y de contradicciones en la política de la burguesía de los jóvenes Estados de Oriente. Así, la aspiración a crear una economía nacional no es obstáculo a menudo para el mantenimiento de actitudes liberales hacia el capital extranjero, que sigue extrayendo grandes beneficios en los países liberados.

Los avances son también lentos en la esfera social y política. En la mayoría de los jóvenes Estados han sido abolidos los privilegios feudales y de casta, ha mejorado la situación jurídica de la mujer y se han llevado a cabo algunas reformas democrático- burguesas. Pero, al mismo tiempo, se mantienen en pie sensibles limitaciones de la democracia y los Partidos Comunistas sufren persecuciones o se ven prohibidos en absoluto. La actividad política de las masas  trabajadoras  se  ve  a  veces  duramente reprimida.

La inconsecuencia de la burguesía nacional no se revela, sin embargo, tan claramente en ningún otro

punto  como  en  el  problema  agrario.  Es  donde mayores concesiones hace a los elementos feudales y

terratenientes, sacrificando los intereses de millones de campesinos que soportaron sobre sus espaldas el

peso principal de la opresión colonialista.

Ni el ritmo a que se llevan ni las condiciones de las reformas agrarias aseguran la rápida entrega de la

tierra a los campesinos ni la elevación de la productividad en la agricultura. El canon de rescate

que los campesinos han de satisfacer es tal, que de ordinario sólo está al alcance de los labradores acomodados.

Los terratenientes reciben una indemnización enorme  por las  expropiaciones  de  que  son  objeto,

mientras que masas considerables de campesinos siguen sufriendo por la falta o escasez de tierra, por la miseria, los elevados impuestos y la rapacidad de

los usureros. Las supervivencias feudales en la agricultura  continúan  siendo  el  principal  obstáculo

que se opone a la creación de una economía nacional desarrollada. Y la burguesía nacional que se halla en el poder, aun interesada como está en acabar con las

relaciones feudales, teme tocar las propiedades de los terratenientes. De ordinario prefiere dejar en manos

de éstos las grandes haciendas, y lo único que hace es favorecer el paso a la vía de la explotación capitalista del  campo.  Está  claro  que  se  trata  de  una  vía  de

desarrollo   económico   lento   y   doloroso   para   el pueblo, realizado principalmente a expensas de los intereses de las grandes masas campesinas.

No  hemos  de  olvidar  estos  factores  cuando  se trata  de  enjuiciar  las  perspectivas  de  los  jóvenes

Estados de Oriente.

Los pueblos orientales han dado un salto histórico al emanciparse de la dependencia colonial o semicolonial. El capital extranjero conserva, sin embargo,  muchas  de  sus  posiciones  económicas, desde  las  cuales  sigue  influyendo  sobre  la  vida interna y sobre la política exterior de bastantes países de Oriente, en los que presta apoyo a las fuerzas y tendencias reaccionarias. El carácter nocivo de esta influencia  puede  advertirse  fácilmente  en  países como Pakistán, Tailandia y Filipinas, que al día siguiente de su liberación se vieron arrastrados a bloques agresivos creados por los imperialistas, y que continúan marchando a remolque de su política colonial.

 

5. Los países iberoamericanos en la lucha  por una auténtica independencia

La experiencia de los países iberoamericanos es una clara confirmación de que la independencia política que no se apoya en una economía nacional

desarrollada no es bastante para que los pueblos se emancipen del yugo imperialista. Hace ya tiempo que

la veintena de Estados que integran esta parte del mundo se consideran independientes, pero la mayoría de ellos siguen aún bajo la planta de los imperialistas.

Muchos  han  de  resolver  todavía  los  mismos problemas que la historia ha planteado a los países

dependientes de Asia y África.

La prolongada dominación del capital extranjero - principalmente  del  norteamericano-  ha  frenado  su

desarrollo económico, cultural y político. Ni siquiera

los  más  importantes  de  ellos  puede  decirse  que posean una industria pesada moderna, y su papel se

reduce  al  de  apéndice  encargado  de  proporcionar

materias primas a los Estados Unidos. La economía de casi todos los países iberoamericanos es una economía de monocultivo y proporciona a los monopolios norteamericanos determinado tipo de materias primas minerales o agrícolas (petróleo, minerales, lana, café, carne, frutas, etc.). Esto hace que su economía nacional dependa en alto grado de la exportación y la importación, de los precios que rigen  en  el  mercado  mundial  sobre  las  materias primas y los artículos industriales. El capital extranjero se vale de ello para imponerles las más desfavorables condiciones de cambio. De ordinario, los Estados Unidos adquieren las materias primas a bajo precio y venden sus artículos industriales a los elevados precios que dictan los monopolios.

Por  efecto  de  esta  situación,  Iberoamérica  es como un imán para los capitales norteamericanos que buscan  inversiones  favorables.  Sólo  entre  1929  y

1957  estas  inversiones  han  crecido  2,5  veces,  de

3.500 a 8.400 millones de dólares, lo cual representa un  tercio  de  todas  las  inversiones  extranjeras  de

Estados Unidos.

Las condiciones históricas en que muchos países iberoamericanos  adquirieron  la  independencia, unidas a la dominación del capital monopolista extranjero, son causa de su estancamiento y atraso no ya en el terreno económico, sino también en lo social y político. En la mayoría de los casos, el poder fue a parar a manos de representantes de la oligarquía de terratenientes reaccionarios. Los propietarios de rebaños inmensos y de enormes plantaciones no aspiraban más que a enriquecerse y a conservar los privilegios de su clase, aunque ello redundase en perjuicio de los intereses nacionales. Siempre se hallaban dispuestos a entenderse con el capital norteamericano, en el que veían al comprador al por mayor de sus mercancías. Una mano de obra extraordinariamente barata y unas relaciones feudales y  semifeudales  en  la  agricultura,  con  formas  de trabajo semiesclavistas (peonaje) proporcionaban beneficios gigantescos a la oligarquía agraria, a pesar de los bajos precios que sobre la producción agrícola establecían los monopolios de Estados Unidos.

La burguesía nacional de los países iberoamericanos fue durante largo tiempo débil y no

podía  soñar  siquiera  con  hacer  la  competencia  al

capital  extranjero.  Simultáneamente,  la  gran burguesía comercial trataba de conservar un orden de cosas dentro del cual podía revender las mercancías importadas de Estados Unidos.

Esta es la causa de que muchos países iberoamericanos se convirtiesen en viveros de la más

negra  reacción  conservadora.  En  muchos  de  ellos

dominaban dictadores militares vinculados a la oligarquía terrateniente y a los monopolios norteamericanos. Con la ayuda de Estados Unidos aplastaban ferozmente las menores acciones de las masas trabajadoras por mejorar sus condiciones de vida.

En la inmensa mayoría de los países iberoamericanos no se han realizado hasta hoy día las

más elementales reformas agrarias, y millones de campesinos   carecen   de   tierra.   A   pesar   de   sus

regímenes republicanos y de las añejas tradiciones de amor a la libertad de sus pueblos, hasta hace poco no tenían vigencia las libertades democrático-burguesas;

los partidos progresistas, de izquierda, habían de actuar en la clandestinidad; muchos intelectuales, aun

los de orientación liberal burguesa, habían de emigrar a otros países.

Después de largos años de independencia en el

papel, los pueblos iberoamericanos se ven abocados a una nueva etapa de la lucha de liberación nacional, que ha de darles la independencia real, y no imaginaria. Por el carácter de las tareas que figuran ante dichos pueblos, se trata del desarrollo de una revolución democrática y antiimperialista.

Los          acontecimientos  de           los           últimos   años

 

demuestran que esta nueva etapa de la lucha de liberación nacional ha comenzado ya y se desarrolla con éxito, a pesar de los contraataques de la reacción y de la descarada injerencia de los Estados Unidos. A esto contribuye, ante todo, el incremento numérico de la clase obrera, su mayor organización y la mayor madurez de sus partidos marxistas, que han roto con los errores sectarios de otros tiempos.

Entre 1940 y 1955 el número de obreros se había elevado casi al doble, aumentando de 6.400.000 a

11.600.000.  En  muchos  países  iberoamericanos,  la

clase obrera lucha ya ahora no sólo por sus intereses económicos inmediatos, sino también por problemas de carácter nacional, por reivindicaciones democráticas que afectan a otras capas de la población. Un ejemplo de ello puede ser el de Argentina, donde el Partido Comunista presentó en las elecciones presidenciales de 1958 un programa que  tuvo  la  aprobación  de  otros  partidos democráticos y que contenía los siguientes puntos: respeto a las libertades democráticas y sindicales, subida de salarios, respeto a las conquistas obreras, cese de los desahucios entre los campesinos arrendatarios y defensa de las riquezas nacionales y de la industria nacional frente al imperialismo. A la vanguardia del amplio movimiento en defensa de las riquezas nacionales y contra las depredaciones a que se  ven  sometidas  por  los  monopolios norteamericanos marchan los obreros de Chile, Venezuela, Cuba, Brasil, Uruguay y otros países.

Avanza   rápidamente   el   despertar   político   de millones de campesinos, que piden tierra y quieren

poner fin a las relaciones feudales imperantes en el

campo. Los campesinos se agrupan en grandes sindicatos y federaciones, y a veces se levantan a la lucha armada por el reparto de tierra y contra la preponderancia de los latifundistas. Pero en Iberoamérica no existe aún una alianza sólida entre ellos y la clase obrera, y ésta es una de las grandes debilidades del movimiento de liberación nacional. Será preciso superarla para que la lucha antiimperialista alcance nuevos éxitos.

Las arbitrariedades de los monopolios extranjeros empujan a parte de la burguesía iberoamericana a

ocupar una posición antiimperialista, si bien en su

conjunto no ha vencido su dependencia del capital extranjero y mantiene estrechas relaciones con los

grandes terratenientes. Conforme las cosas avanzan,

más fuerte es el choque de los intereses económicos fundamentales   de   la   burguesía   nacional   con   la política del capital monopolista de Estados Unidos. La orientación agresiva de los militaristas norteamericanos incrementa también las tendencias antimilitaristas  de  la  burguesía  nacional,  que  no quiere la guerra.

Por  lo  tanto,  en  Iberoamérica  van  apareciendo condiciones objetivas, que antes no se daban, para la

unidad democrática nacional en la lucha contra el imperialismo.   Esto   ha   tenido   ya   repercusiones directas en la vida política de bastantes países iberoamericanos. Durante los dos o tres últimos años, en algunos de ellos han sido derribados los gobiernos dictatoriales, que se mantenían con la ayuda de los monopolios  de  Estados  Unidos,  y  al  poder  han llegado representantes de la burguesía liberal que proclaman sus propósitos de luchar contra el imperialismo extranjero y de atender los intereses del pueblo. Ciertos países sudamericanos -Chile, Perú, Bolivia,  Colombia-  han  conocido  una democratización de sus regímenes. Una gran victoria obtuvo en 1958 el pueblo de Venezuela, donde la revolución nacional barrió en un día el régimen dictatorial de Pérez Jiménez, que durante diez años venía disfrutando del apoyo de Estados Unidos. El comienzo de 1959 trajo el triunfo de la revolución popular   en   Cuba,   donde   ha   sido   derribada   la dictadura de Batista, que durante largos años había tenido la ayuda incondicional de los gobernantes norteamericanos.

Pruebas de la debilitación de las posiciones que ocupan los monopolios de Estados Unidos son también la nacionalización de sectores importantes de la industria en México, Uruguay y Argentina, las crecientes reivindicaciones de que sea nacionalizado el Canal de Panamá y el aislamiento, ya iniciado, de los elementos antipatrióticos.

Este proceso, se comprende, es bastante lento, presenta contradicciones, zigzags y retrocesos. Los

círculos reaccionarios tratan, con el apoyo de Estados

Unidos, de presentar la batalla al movimiento de liberación nacional. Los monopolios norteamericanos no se detienen ni ante la intervención más descarada, como  ocurrió  en  Guatemala.  Pero  en  última instancia, tales acciones no hacen sino enfrentar todavía más a los pueblos iberoamericanos contra los imperialistas.

Los progresos de la lucha de liberación nacional de los países iberoamericanos dependerán principalmente del incremento del movimiento popular y de la conciencia política y organización de las masas trabajadoras, de la creación de un amplio frente nacional antiimperialista de todas las fuerzas democráticas,  en  el  que  los  Partidos  Comunistas están llamados a desempeñar un señalado papel.

 

6. La lucha por la liberación de los pueblos de África

Si descontamos las posesiones insulares de Gran

Bretaña, Estados Unidos, Francia, Portugal y alguna otra potencia imperialista, África es en nuestros días

el     último     gran     baluarte     del     colonialismo.

Precisamente por ello es campo donde se enfrentan violentamente  dos  tendencias  opuestas:  la incontenible aspiración de los pueblos africanos a lograr la independencia y los esfuerzos de los imperialistas por mantenerse a cualquier precio en

 

África, para dilatar el derrumbamiento definitivo del sistema colonial.

A pesar de estos esfuerzos, la lucha de liberación nacional ha dado también sus frutos en esta parte del

mundo. Después de ciento cincuenta años, durante los   cuales   África   fue   coto   cerrado   del   capital

europeo,  han  aparecido  nueve  Estados independientes. Casi todo el Norte del continente africano (a excepción de Argelia y de las pequeñas

posesiones españolas) se ha sacudido el fardo del colonialismo.   Han   alcanzado   su   independencia

Sudán, Ghana y la República de Guinea. A mediados de 1959 se había desprendido de la esfera de la dominación   colonial   casi   una   cuarta   parte   del

territorio y el 30 por ciento de la población africana.

No obstante, cerca de 140 millones de africanos se   encuentran  aún   en  la   situación   de  esclavos

coloniales.  Hoy  día  el  "continente  negro"  sigue

siendo el mayor foco de explotación colonial directa de todo el mundo.

Una característica del movimiento de liberación

nacional en África es el escaso peso y la insuficiente organización del proletariado, unidos a la debilidad de la burguesía nacional. La razón de esto es el enorme atraso económico de la mayoría de los países africanos y la dura discriminación racial a que se hallan sometidos. Los colonizadores se aprovechan hábilmente del bajo nivel cultural y político de la población, que en muchas regiones no ha salido del feudalismo e incluso del régimen gentilicio. La dominación extranjera se ve robustecida en África por la denominada "barrera de color", es decir, por todo un sistema de limitaciones raciales en perjuicio de  los  africanos  y  que  aseguran  numerosos privilegios a la población blanca. La discriminación racial es un instrumento que mantiene separados a los africanos y facilita a los imperialistas la explotación de las masas.

No obstante, durante los últimos decenios también ha variado allí la correlación de fuerzas en sentido favorable para la lucha por la libertad y la independencia. Masas cada vez mayores de africanos se trasladan a la ciudad, atraídos por la creciente expansión industrial (sobre todo, en lo que se refiere a  la  industria  minera  y  a  la  transformación  de materias primas agrícolas). Los obreros de las empresas, minas y transportes son los primeros en pasar por la escuela de la conciencia de clase y nacional. Después de la guerra han aparecido sindicatos y organizaciones de jóvenes, de mujeres, etc. Entre los intelectuales indígenas madura con especial rapidez el espíritu de protesta contra la discriminación y la opresión racial. Millones de campesinos,  expulsados  de  las  tierras  que  ellos habían puesto en cultivo y empujados a zonas desfavorables para la agricultura, no quieren conformarse tampoco con la situación actual.

Los abusos, el terror y las limitaciones de todo género impuestas en la mayoría de las colonias, han hecho nacer entre los pueblos de África un odio profundo hacia los imperialistas. Las agudas formas que puede adoptar la resistencia de los pueblos africanos a los colonizadores nos la muestra el ejemplo de Kenya, donde las tropas británicas han tenido que mantener durante muchos meses grandes operaciones militares contra las tribus insurreccionadas, con pérdidas cuantiosas por ambas partes. A pesar del duro terror policiaco, las colonias africanas, ya una, ya otra, se ven sacudidas por grandes conmociones, como nos lo prueban los sangrientos acontecimientos de Nyassalandia y del Congo Belga en 1959. El primer congreso político de partidos africanos del Congo Belga exigió la creación en este país, en 1961, de un gobierno africano. (Este gobierno establecióse en julio de 1960. N. del E.) Otros congresos africanos han reclamado la independencia  de  Nyassalandia  y  de  Rodesia  del Norte y la disolución de la Federación del África Central, que había sido impuesta a aquellos pueblos.

Las potencias coloniales recurren a la maniobra, atemorizadas como se encuentran por el auge del movimiento de liberación nacional. Antes apoyaban por todos los medios a los jefecillos de gens y tribus, entre los que encontraban su principal soporte; ahora tratan de "domesticar" a la burguesía indígena, principalmente a la comercial. Los imperialistas quieren ganársela y convertirla en un factor de lucha contra  las  masas.  A  este  fin  se  adoptan  ciertas medidas para estimular a la burguesía indígena y se le hacen pequeñas concesiones de orden financiero y político. Los imperialistas procuran ahora velar su dominación en las colonias haciendo proclamar Constituciones y concediendo una aparente autonomía.

Todo esto, sin embargo, no cambia esencialmente la situación de los africanos. Las ventajas de la autonomía recaen principalmente sobre la minoría blanca y un sector reducidísimo de la burguesía indígena que ha encontrado un lenguaje común con los colonizadores. Y para colmo, en las regiones africanas con una población blanca más o menos importante (Unión Sudafricana, posesiones belgas y portuguesas) la administración colonial no ha variado lo  más  mínimo,  si  no  es  para  adoptar  formas terroristas aún más acentuadas.

Los imperialistas no tienen gran confianza en la solidez de las posiciones que ocupan; así nos lo dice

la  aparición  de  toda  clase  de  proyectos  que  se

refieren a la explotación de las colonias africanas. Tal es, por ejemplo, el proyecto de "Euráfrica", que

es  un  plan  de  creación  de  un  supertrust  de  las

potencias europeas para entrar a saco en las riquezas naturales del continente africano y mantener sumisos a los pueblos que lo habitan. Pero una cosa es proclamar planes semejantes y otra muy distinta llevarlos  a  la  práctica.  Los  Estados  Unidos,  que

 

abrigan el propósito de sustituir en el continente africano a las potencias europeas desplazadas, tienen también sus planes propios; las contradicciones desgarran asimismo el campo de los viejos explotadores del África.

Las condiciones presentes son propicias para la lucha de los pueblos africanos por su independencia.

Cuentan con la simpatía de las fuerzas democráticas

del mundo. Tienen también el importante apoyo de los jóvenes Estados africanos que ya se sacudieron el

yugo  colonial.  La  primera  Conferencia  de  esos

Estados, celebrada en abril de 1958 en Acera, declaró solemnemente que la independencia de los mismos era prenda de la completa liberación del continente. "Nosotros proclamamos nuestra unidad y solidaridad con los pueblos dependientes de África y también nuestra amistad con todos los países", decía la Declaración aprobada en la Conferencia.

Dentro de las propias colonias africanas existen grandes posibilidades para la creación de un amplio

frente   antiimperialista.   La   discriminación   racial,

contrariamente a lo que esperaban de ella sus defensores, contribuye a unir a las distintas capas sociales de las naciones oprimidas, estimula el sentimiento nacional y empuja a la lucha contra los opresores. La joven clase obrera africana puede encontrar fácilmente aliados y amigos entre los campesinos, entre la burguesía nacional en formación y entre los intelectuales, capas con las que tiene muchísimos más elementos de afinidad que con los imperialistas   europeos.   En   algunas   regiones   de África existen ya amplias organizaciones de este género, como son los congresos de la población africana, que dirigen con éxito las campañas de desobediencia civil y de boicot a las autoridades coloniales. La política de opresión, si continúa, conducirá indudablemente a formas más activas de lucha, haciendo que el movimiento de liberación nacional se eleve a un nivel más alto.

La consigna más popular en África es hoy día la de  "independencia  ya  en  nuestra  generación".  Los

pueblos africanos tienen la posibilidad real de ver llevada  a  cabo  esta  consigna.  Bajo  la  presión  del

movimiento de liberación nacional, los colonizadores se han visto obligados a conceder la independencia a Nigeria, Camerún y Togo, que será efectiva en 1960.

Este año, por acuerdo de la O.N.U., ha de ser proclamada la independencia de la antigua Somalia

Italiana. Cuando esto se consiga, más de la mitad de la población de África se habrá visto libre de la dominación   extranjera.   Es   indudable   que,   en

adelante,  dicha  liberación  avanzará  con  pasos  aún más rápidos, por mucha que sea la resistencia que

opongan los colonizadores.

 

7. El anticomunismo como instrumento de desintegración y división del movimiento de liberación nacional

 

Desde hace muchos años los Partidos Comunistas marchan en las primeras filas del movimiento de liberación nacional. A pesar del terror impuesto por las autoridades de las colonias y de las persecuciones de que son objeto por parte de la reacción burguesa y feudal indígena, los comunistas aportan una formidable contribución a la lucha de los pueblos por su libertad e independencia. En su defensa de los intereses nacionales y de las reivindicaciones de los obreros y campesinos, dan pruebas de un valor indomable y no se detienen ante los mayores sacrificios.  Los  pueblos  conocen  bien  a  los comunistas como luchadores firmes contra el imperialismo, la injusticia social y toda clase de opresiones.

Allí donde las masas populares colocaron a los comunistas en la dirección de los asuntos públicos,

como  ocurrió  en  la  República  Popular  China,  la

República   Democrático-Popular   de   Corea   y   la

República Democrática de Vietnam, se ha visto coronada por el éxito más completo la lucha por la independencia, por el poderoso desarrollo de la economía y la cultura nacionales y por el mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida de toda la población.

En los países en que los comunistas participan en el frente único de liberación nacional, luchan activa y

abnegadamente   por   la   causa   común,   tratan   de

conseguir una solución radical de los problemas nacionales  y  de  dar  satisfacción  a  las  perentorias

necesidades y demandas de las masas trabajadoras.

Colaboran honradamente con las demás fuerzas patrióticas, dan muestras de lealtad hacia sus compañeros de lucha antiimperialista y son fieles a los compromisos adquiridos. Sin los comunistas no se   puede   concebir   actualmente   el   éxito   de   la liberación  nacional  y  del  renacimiento  en  ningún país.

Tanto más peligroso es para el movimiento de liberación nacional el anticomunismo, que si no se corta a tiempo es capaz de llevar la desintegración y la división a las filas de quienes combaten contra el imperialismo.

El anticomunismo es fomentado sobre todo por los imperialistas arrojados de las colonias y que se resisten  a  transigir  con  la  pérdida  de  éstas.  Los agentes del imperialismo buscan siempre el punto débil en los países emancipados. Asustan a los políticos  poco  sagaces  con  el  "peligro  comunista" para   distraerlos   de   la   lucha   contra   el   peligro verdadero que es el imperialismo; siembran la sospecha en las filas del frente nacional y enfrentan entre sí a los países y a las distintas capas de la población. De esta manera, los imperialistas tratan de quebrantar la unidad interna, tan necesaria en los Estados jóvenes, de poner obstáculos a su solidaridad internacional y, si la ocasión se presenta, de llevarlos al choque directo, con la esperanza de que esto los

 

convertirá en presa fácil de los apetitos imperialistas. Ejemplos de esta pérfida táctica se han podido observar repetidas veces en el Cercano Oriente y en Indochina.

Los colonizadores se sirven principalmente para su propaganda del anticomunismo de las altas capas feudales y burguesas, que siempre les fueron propicias. Especulan también hábilmente con las equivocaciones de algunos elementos nacionalistas que   han   llegado   al   poder   en   ciertos   Estados orientales.   Incapaces   a   veces   de   comprender   y valorar acertadamente las causas de las dificultades que de tiempo en tiempo surgen en esos Estados, los elementos nacionalistas cargan la culpa a los comunistas, con lo que objetivamente ayudan a las potencias imperialistas en sus intrigas.

El carácter limitado de la ideología del nacionalismo se manifiesta en este aspecto con singular relieve. En efecto, el nacionalista burgués acepta como algo natural el hecho de la unificación de todas las fuerzas patrióticas de la nación en la lucha  por  la  independencia  y  contra  los colonizadores. Pero el nacionalista burgués, con su estrechez de miras, se resiste a considerar que la unidad de las fuerzas patrióticas no cae del cielo y que   es   imposible   tomarla   como   algo   dado   e invariable, de una vez para siempre. Una vez expulsados los colonizadores, cuando las tareas generales de la nación han sido en lo fundamental cumplidas, dentro de la sociedad se empieza inevitablemente a buscar solución a los problemas que la vida plantea, y aparecen diversos criterios acerca  de  las  vías  de  su  desarrollo.  Surge,  por ejemplo, la necesidad de la reforma agraria, y en este plano resulta que la opinión de los campesinos discrepa de la de los terratenientes. Hay también disparidad de criterios entre los obreros y patronos, que poco antes combatían juntos contra los imperialistas. Esto es lógico y natural, puesto que el nacionalismo no suprime las diferencias de clase ni elimina las contradicciones de los intereses de clase.

De ahí que el estadista de amplias miras haya de preocuparse, una vez alcanzada la independencia nacional, de encontrar el camino que permita resolver acertadamente los trascendentales problemas del progreso social que se plantean ante cada país. Pero ciertos nacionalistas burgueses no lo quieren ver así. Insisten en que, en aras de la unidad nacional, los obreros se sacrifiquen y no pretendan la reducción de las jornadas y la elevación de salarios, que los campesinos renuncien a un justo reparto de la tierra, etc. Y cuando esto no ocurre, cuando las relaciones sociales se atirantan, los elementos nacionalistas de este género comienzan a buscar la cabeza de turco. Por doquier sueñan con "complots comunistas", aunque en realidad se trata de procesos objetivos del desarrollo social, que no son originados por la voluntad o el deseo de determinados partidos, sino por  la  existencia  misma  de  las  clases  con  sus intereses distintos.

Los ataques a los comunistas pueden agradar únicamente  a  los  enemigos  de  la  independencia

nacional de los pueblos, pues los comunistas son la fuerza más activa y combativa en la lucha contra el

imperialismo.

Refiriéndose a esta cuestión, N. S. Jruschov decía en su informe ante el XXI Congreso del P.C. de la

Unión Soviética: "...No hay razón para acusar a los comunistas de que contribuyan a la debilitación o

desunión de los esfuerzos nacionales en la lucha contra el imperialismo. Ocurre todo lo contrario, no hay hombres más firmes y fieles a la causa de la

lucha contra los colonizadores que los comunistas... "La lucha contra los Partidos Comunistas y otros

partidos progresivos es una obra reaccionaria. La política anticomunista no agrupa a las fuerzas nacionales,  sino  que  las  desune;  por  consiguiente,

debilita los esfuerzos de toda la nación en la defensa de sus intereses frente al imperialismo."227

Todo el desenvolvimiento social de los últimos años   confirma   la   razón   de   este   aserto.   Y   no olvidemos que la turbia ola del anticomunismo, las

persecuciones contra los partidos marxistas-leninistas y su prensa se levantan principalmente en los países

en que los círculos dirigentes se preparan para confabularse con las fuerzas imperialistas. Esto tiene su lógica. Quien de veras es fiel a los ideales de la

independencia y la libertad nacional, quien no piensa en compromisos con los imperialistas a espaldas del

pueblo, quien, una vez resueltos los problemas generales de tipo nacional, quiere trabajar de veras

para la emancipación social de los trabajadores, no tiene motivo alguno para odiar y temer a los comunistas.

 

8. Nuevas formas de la política colonial

Los imperialistas no se conforman con la pérdida de las colonias y buscan medios que les permitan salvar   el   colonialismo.   Así   han   aparecido   las

numerosas teorías del "neocolonialismo", es decir, de un colonialismo nuevo que no adolece de los vicios

del   pasado   y   que   concilia   armónicamente   los intereses de los oprimidos y los opresores. En realidad, el nuevo colonialismo no es sino el deseo de

alcanzar los fines ordinarios del imperialismo mediante el control indirecto de los países que en el

papel han alcanzado la independencia.

De por sí, el método de control indirecto no es nuevo en la política colonial. Lo es, sí, el deseo de

convertirlo en instrumento principal del colonialismo contemporáneo, pues los viejos métodos de violencia

 

 

227 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años  1959-1965",  en  Materiales   del  XXI  Congreso extraordinario  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, págs.

89-90.

 

directa sobre los pueblos están tan desacreditados, que ni siquiera los imperialistas se atreven a salir en su defensa.

Ante todo, los colonizadores se esfuerzan en ampliar la base social de su dominación y encontrar

nuevos   medios   político-militares,   económicos   e

ideológicos  que  la  consoliden.  Antes  decíamos  ya que el tradicional soporte social de los imperialistas eran los círculos feudales y de la burguesía comercial intermediaria. Estas clases descansan en relaciones económicas caducas, por lo que su posición se ha debilitado  extraordinariamente.  Además,  con pequeñas excepciones, se han comprometido definitivamente ante los ojos de las masas populares. Los imperialistas, aun apoyando siempre que pueden a los señores feudales y a la burguesía comercial intermediaria, se preocupan por eso de buscar otros aliados, principalmente entre el ala derecha de la burguesía nacional, que es la que más alejada se encuentra de los intereses del pueblo, y también entre algunos grupos de intelectuales y del clero reaccionario.

Para  imponer  el  acuerdo  con  ellos,  los imperialistas   los   atemorizan   con   la   inexistente

"amenaza comunista", ejercen presiones de tipo político-militar     y     presentan     el     señuelo     de

determinadas ayudas económicas.

La vieja política colonial -"clásica"- trataba de impedir,   en   cuanto   estaba   al   alcance   de   los

imperialistas, la creación en las colonias de toda industria que no fuese la extractiva. Los inspiradores

del "neocolonialismo" defienden de palabra la industrialización,   aunque   como   tal   entienden   la

construcción de empresas de la industria ligera y minera y de medios de comunicación y transporte, es decir,  de  sectores  en  los  que  no  pueden  verse

sensiblemente  amenazadas  las  posiciones económicas de los monopolios extranjeros. Al propio

tiempo, siguen encontrando feroz resistencia las aspiraciones de los países asiáticos, africanos e iberoamericanos      por      llevar      a      cabo      una

industrialización verdadera. Se conocen, por ejemplo, numerosos  casos  de  negativa  de  los  países  de

Occidente a vender a los Estados jóvenes equipo industrial y maquinaria. En último extremo, los imperialistas  transigen  con  crear  en  dichos  países

empresas propias, si bien reservándose la libertad de retirar  sus  beneficios  y  pidiendo  toda  clase  de

garantías contra la nacionalización. La aparición de un sector estatal en la economía de las antiguas colonias   y   países   dependientes   tropieza   con   la

resistencia de los monopolios imperialistas, que no lo pueden ver con buenos ojos.

La forma principal político-militar del nuevo colonialismo son los bloques agresivos al estilo de la S.E.A.T.O. y del antiguo Pacto de Bagdad, en los que

sobre  una  base  "mixta"  entran  Estados independientes   sobre   el   papel   y   los   opresores imperialistas de ayer. Estos bloques, reunidos bajo la bandera   del   "anticomunismo",   se   proponen   en realidad abrir a las fuerzas militares del imperialismo las puertas de las antiguas colonias, establecer un control político y estratégico sobre ellas y utilizarlas para la lucha contra el movimiento de liberación nacional.

En estos últimos años se ha procedido a cierta revisión  de  las  bases  ideológicas  de  la  política

colonial.  En  las  condiciones  actuales,  los imperialistas,  cada  vez  más,  se  ven  obligados  a

abandonar la defensa abierta del racismo y de las caducas teorías de la "superioridad" del hombre blanco.  Acomodándose  al ambiente  social,  incluso

los imperialistas más recalcitrantes no tienen a menos hablar  ahora  de  una  familia  humana  única  y  del

derecho de todos los pueblos a una vida independiente. Pero en realidad los nuevos rótulos no han  cambiado  la  esencia  de  sus  propósitos  de

esclavización colonial.

No se halla inspirada, por ejemplo, por un espíritu colonialista la teoría del "vacío", expuesta en 1950

por Dulles? Después de que los colonizadores fueron

expulsados de los países oprimidos, nos decía, se ha formado allí un peligroso "vacío" o hueco que los

pueblos   emancipados   no   pueden   llenar   por  

mismos. Esto han de hacerlo las potencias occidentales,   y   en   primer   término   los   Estados Unidos. La teoría del "vacío" expresa claramente un desprecio racista hacia la capacidad de los pueblos de Oriente y sirve como justificación de la política expansionista del imperialismo norteamericano. No en vano la teoría del "vacío" se concretó posteriormente en la "doctrina Dulles-Eisenhower", que proclama el "derecho" de los Estados Unidos a la intervención  armada  en  los  asuntos  del  Oriente Árabe.

Entre las "novedades" ideológicas se encuentran las diversas teorías del "colonialismo colectivo", bajo

la  bandera  del  cual  se  han  manifestado  repetidas

veces en estos últimos años los imperialistas norteamericanos.   El    fin   de   esta   empresa   es

reemplazar la dominación individual de las potencias

occidentales en las colonias por la explotación conjunta de las mismas bajo la obligada dirección del capital  de Estados  Unidos.  Excusado es  decir  que esto no significa el menor alivio para los pueblos oprimidos; a la víctima de un atraco le es igual que quien lo asaltó sea un salteador o toda una banda.

El portavoz del nuevo colonialismo y su principal soporte en escala mundial es hoy día el imperialismo

norteamericano. Después de la segunda guerra mundial,      Estados      Unidos      ha      redondeado

sensiblemente  el  imperio  del  dólar.  Además  de ocupar de hecho parte de China -la isla de Taiwán o Formosa- y de varias islas japonesas, los monopolios

norteamericanos se han establecido en Vietnam del

Sur y en Corea del Sur, y han ganado importantes

 

posiciones económicas y estratégicas en el Norte de

África y en el Oriente Cercano y Medio.

Hasta últimamente, sin embargo, el imperialismo norteamericano seguía alardeando con sus plumas de pavo real de defensor y campeón del "anticolonialismo" y de la "liberación" de los pueblos oprimidos.  Esta  reputación  la  ganó  por  el  camino más fácil: con una crítica demagógica de algunos de los  actos  más  escandalosos  de  las  potencias coloniales europeas y con ofrecimientos de "ayuda" económica a los países subdesarrollados. Ciertas gentes miopes no comprendieron en un principio que el "anticolonialismo" de los monopolios norteamericanos era fingido, que sólo se negaban a ir del  brazo  con  los  colonizadores  europeos  cuando deseaban su derrota con la esperanza de ocupar su puesto. En cuanto a la "ayuda" económica, todo se reduce a atar a los países que la aceptan al carro de guerra   del  imperialismo   norteamericano.  Bastará decir que de los 3.800 millones de dólares asignados por Estados Unidos en 1957 para "ayuda" a países extranjeros,  sólo  350,  o  sea  menos  del  diez  por ciento, estaban destinados a fomentar el desarrollo económico. No puede extrañarnos, pues, que muchos países de Asia y África, aun necesitados como se encuentran de capitales, hayan rechazado en más de una  ocasión  las  ofertas  de  ayuda  sugeridas  por Estados Unidos.

Los pueblos abren los ojos y advierten que, en el mundo actual, Norteamérica se ha convertido en el

principal soporte del sistema colonialista, sin el que

todo éste se derrumbaría con mucha mayor rapidez.

 

9. El sistema socialista mundial,  baluarte de los pueblos en la lucha contra el colonialismo

Los éxitos del movimiento de liberación nacional

en Oriente no pueden ser separados de la existencia de los países socialistas y de la firme posición que éstos ocupan respecto del colonialismo. Ello es manifestación de los profundos vínculos objetivos y de la comunidad que existe entre los intereses antiimperialistas de los pueblos oprimidos y de los pueblos del sistema socialista.

Con sus consecuentes intervenciones contra el colonialismo, los países socialistas no persiguen fines egoístas  de  ningún  género.  A  diferencia  de  los Estados Unidos, no quieren ocupar el puesto que los colonizadores dejan al ser expulsados ni aspiran a "esferas de influencia". La economía socialista es incompatible con la explotación y la opresión. No necesita exportar capitales, puesto que la tarea de elevar constantemente el bienestar de los trabajadores exige una afluencia continua y creciente de inversiones en el interior de cada país. Los Estados socialistas tienen interés en ampliar el comercio internacional y la colaboración económica, pero no buscan mercados para la venta de excedentes: la economía   socialista   no   conoce   las   crisis   de superproducción.

Cuando la Unión Soviética, la República Popular China y todas las democracias populares salen en defensa   de   las   aspiraciones   nacionales   de   las colonias, se guían por los principios de la ideología socialista. Y ésta es contraria en absoluto a toda opresión y proclama la igualdad de derechos y la amistad de los pueblos. Por tanto, cuando los países socialistas se enfrentan al colonialismo, luchan también por reducir el peligro de una nueva guerra. Todos los intentos de salvar o de restablecer el colonialismo han conducido en los últimos diez o doce años a un gran número de guerras "locales". Los apetitos  coloniales  del  imperialismo  siguen  siendo una de las causas de la actual tirantez internacional.

Los años transcurridos desde la segunda guerra mundial han demostrado cumplidamente el papel de

los  Estados  socialistas  como  factor  poderoso  que

hace de freno a la agresividad de los imperialistas, los cuales, en otras condiciones, se habrían lanzado

con  todas  sus  fuerzas  sobre  el  movimiento  de

liberación nacional y habrían conseguido ahogarlo.

El  significado  de  los  países  socialistas  como factor anticolonial crece constantemente. En primer

término, la firme política exterior de los Estados socialistas,  que  no  se   desvía   un  ápice  de  sus

principios, ejerce una función cada vez más directa y decisiva, que contribuye a echar por tierra los planes colonizadores   de   los   imperialistas.   Los   países

socialistas, por ejemplo, ayudaron valiosísimamente al   pueblo   egipcio   a   vencer   a   los   agresores

imperialistas e impidieron sucesivamente la agresión de   los   colonizadores   contra   Siria   y   la   joven

República del Irak. En segundo, el campo socialista se convierte en baluarte de los jóvenes Estados nacionales de Oriente en los esfuerzos que llevan a

cabo para alcanzar su independencia económica.

 

Significado de la colaboración  económica de los

Estados socialistas con los países de Oriente.

Los          Estados  socialistas              están      en           perfectas condiciones para ayudar a los países de Asia, África

e Iberoamérica en sus aspiraciones a construir una

economía nacional independiente. El campo del socialismo proporciona de buen grado y en medida creciente a los Estados orientales utillaje y material industrial de toda clase.

La  Unión  Soviética  ocupa  el  primer  lugar  del mundo en cuanto a la concesión a esos países de

equipo completo para sus empresas. Esto da realidad

completa a la perspectiva de que los jóvenes Estados de  Oriente  alcancen  la  independencia  económica.

"Ahora no necesitan -decía N. S. Jruschov ante el XX

Congreso del P.C. de la Unión Soviética- acudir humildemente a sus antiguos opresores en busca de equipo moderno. Este equipo lo pueden recibir en los países del socialismo, sin necesidad de adquirir por ello   compromiso   alguno   de   índole   militar   o

 

política."228

Un ejemplo brillante de ayuda a los países liberados que quieren industrializarse lo tenemos en

las  relaciones  de  la  Unión  Soviética  y  la  India.

Organizaciones soviéticas proyectan y dirigen la construcción de la factoría metalúrgica de Bhilai, que ha  dado  ya  el  primer  hierro  y  le  proporciona  el equipo más moderno. A diferencia de las casas extranjeras, la Unión Soviética no se reserva en absoluto participación alguna en el capital, en los beneficios o en la dirección de la empresa. El interés del crédito soviético es casi tres veces menor que el del empréstito concedido por un grupo de bancos ingleses para la construcción de la acerería de Durgapur.

Los Estados socialistas comparten también voluntariamente   su   experiencia   de   construcción

económica  y  ayudan  a  la  formación  de  personal

técnico propio a los países de Oriente.

La  colaboración  económica  de  los  países socialistas y los jóvenes Estados nacionales se caracteriza por unos rasgos sustancialmente nuevos. Es la colaboración sobre una base de auténtica igualdad  de  derechos.  No  impone  ningún compromiso  militar  o  político,  ni  ata económicamente, ni admite humillantes restricciones.

La posibilidad de apoyarse en el campo socialista robustece la posición de los países de Asia y África en sus relaciones con Occidente. Los imperialistas han perdido la exclusiva en la concesión de empréstitos, de exportación de utillaje industrial y de conocimientos técnicos; y de ahí que se vean obligados a hacer concesiones que jamás habrían aceptado en otros tiempos.

El carácter desinteresado y amistoso de la colaboración  de  los  Estados  socialistas  con  las

antiguas colonias y países dependientes es motivo de que   entre   ellos   se   ensanchen   rápidamente   las

relaciones  económicas.  Durante  los  últimos  seis  o siete años el intercambio comercial de la Unión Soviética con los países de Asia y África ha crecido

casi 4,5 veces.

La  idea  de  la  estrecha  colaboración  entre  los países socialistas y los jóvenes Estados nacionales se

abre cada vez más camino. Se hace popular también

en  los  países  en  que  la  imposición  de  los imperialistas sigue siendo hasta ahora un obstáculo

que les impide mantener una política independiente.

 

Capitulo   XVII.  Lucha  de  los  pueblos  de  los países capitalistas por el mantenimiento de su soberanía

La soberanía es la independencia completa de un

Estado  para  decidir  en  todas  las  cuestiones  que afecten a su vida interna y a sus relaciones exteriores.

 

 

228 N. S. Jruschov, Informe del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética al XX Congreso del Partido, 14 de febrero de 1956, Gospolitizdat, Moscú, 1956, pág. 25.

 

 

 

Es, pues, soberano el Estado que ejerce por sí mismo en su territorio el poder supremo, sin que nada ni nadie pueda desde fuera limitar su libertad de acción. La soberanía es como una muralla bajo cuya protección los pueblos pueden estructurar su Estado, impulsar la economía y la cultura y entrar en relaciones voluntarias e iguales con otros pueblos.

 

1. Agudización del problema de la soberanía en la época del imperialismo

Hace ya tiempo que el derecho burgués admite

sobre el papel el principio de la soberanía. Esta circunstancia, por lo demás, no ha detenido nunca a las clases dominantes de los Estados capitalistas cuando se trataba de atentar contra la independencia de otros pueblos. Toda la secular historia del colonialismo es un relato de las sistemáticas y profundas violaciones que las potencias coloniales hicieron de la soberanía nacional de otros pueblos.

En la época del capitalismo premonopolista la burguesía reaccionaria demostró con miles de ejemplos lo poco que le importaba el principio de la soberanía.  Y  menos  aún  lo  tienen  presente  los círculos dirigentes de los países capitalistas al entrar en la época del imperialismo.

El capital monopolista de las agresivas potencias imperialistas no se conforma ya con poner fin a la

soberanía de los países atrasados y económicamente

débiles. También atenta contra la independencia de los Estados burgueses económicamente desarrollados

y soberanos desde hace largo tiempo. En la primera

guerra mundial se ventilaba principalmente un nuevo reparto  de  las  colonias;  en  la  segunda,  el imperialismo alemán no aspiraba ya, como fin único, a apoderarse de determinadas colonias, sino también a establecer su dominación sobre las metrópolis europeas, a sojuzgar a todo el viejo continente.

Después  de  la  segunda  guerra  mundial,  es  el capital monopolista norteamericano el que pretende

dominar  el  mundo.  Los  imperialistas  de  Estados

Unidos quieren aumentar la esfera de influencia de los monopolios de Wall Street y convertir el territorio

de los otros países capitalistas en plazas de armas y a

sus pueblos en carne de cañón. Por esta razón, los círculos reaccionarios norteamericanos tratan de conseguir, en beneficio propio, mermas en la soberanía de los Estados capitalistas independientes, con el fin de incrementar su expansión económica y de  convertir  esos  Estados  en  instrumento  de  la política de Estados Unidos.

Esta tendencia del expansionismo norteamericano provoca la aparición en el terreno internacional de

corrientes diversas, y a veces contradictorias.

La mayoría de los Estados nacionales de Asia y África que conquistaron hace poco la independencia política se muestran firmes en la defensa de su soberanía. Procuran mantenerse al margen de los grupos   militares   amalgamados   por   los   Estados

 

Unidos, se niegan a la concesión de su territorio para bases de guerra y no aceptan la ayuda económica norteamericana, que siempre se hace depender de obligaciones políticas y tiende a incluir dentro de su órbita a los países que la reciben. Y paralelamente, muchos de los viejos Estados capitalistas que durante siglos enteros mantuvieron su independencia, ceden paso a paso sus derechos soberanos y facultades a los Estados Unidos de América y a todo género de agrupaciones imperialistas "supranacionales".

¿Por qué los medios dirigentes de algunos países capitalistas incurren, mirando las cosas como son, en

un delito de traición nacional, al aceptar la merma de

su soberanía política? A eso les empujan sus egoístas y estrechos intereses de clase, que inspiran y presiden

su reaccionaria política interior y exterior.

Primeramente, la alianza con el imperialismo norteamericano asegura a los monopolios de esos países beneficios fabulosos en la industria de guerra y en todos los sectores de la producción de materiales estratégicos. Porque la piedra angular de tal alianza es el desenvolvimiento al máximo de la carrera de armamentos y la militarización de la economía de cada uno de quienes participan en el Pacto Atlántico o en otros bloques agresivos del brazo con los imperialistas norteamericanos. Y los grandes pedidos de material de guerra que los Estados hacen constantemente, unidos a la militarización de la economía del país, son la principal veta de oro para el actual capitalismo monopolista de Estado.

En segundo lugar, Gran Bretaña, Francia y otros países se ven impulsados hacia los bloques agresivos

del imperialismo norteamericano por las aspiraciones

imperialistas que muestran los círculos reaccionarios de su gran burguesía. Estos círculos se muestran inquietos por los progresos que el movimiento democrático ha alcanzado después de la segunda guerra mundial, por la creciente popularidad de las ideas del socialismo y por la tendencia a la unidad, cada día mayor, que se observa en la clase obrera. Las esferas reaccionarias de Gran Bretaña, Francia y algunos otros países, al igual que los imperialistas de Estados Unidos, se resisten a aceptar el hecho de que en   amplias   zonas   de   Europa   y   Asia   se   haya establecido   un   régimen   de   democracia   popular; sueñan con restaurar allí el capitalismo para de nuevo convertirlos en países satélites. También querrían, a cualquier   precio,   detener   la   desintegración   del sistema colonial y recuperar para sus imperios los países que se han emancipado de su yugo. Ahora bien,  como  la  burguesía  reaccionaria  de  Estados antes  poderosos, pero ahora  sensiblemente debilitados, no cree que sus propias fuerzas fueran bastantes como para aplastar el movimiento democrático dentro del propio país y llevar a cabo sus agresivos propósitos en el exterior, busca y encuentra tutores en los monopolistas de Estados Unidos.

 

En esta alianza imperialista, los capitalistas europeos  esperan  encontrar  las  fuerzas  necesarias para la defensa de sus intereses de clase. En pago de tal servicio no vacilan en sacrificar la soberanía nacional de sus propios países. Y cierran los ojos al hecho de que los bloques militares dirigidos por los Estados Unidos sirven en último término de instrumento a la política expansionista del imperialismo norteamericano, que éste lleva a cabo en detrimento de sus compañeros.

Semejante política antinacional hace que en el mundo  capitalista  se  haya  llegado  a  un  peculiar

sistema de dominación y subordinación. Los Estados

burgueses  que  quedan  subordinados  a  los  Estados

Unidos ostentan a la vez la supremacía respecto de terceros países; pierden buena parte de su independencia política y, al mismo tiempo, juntos o separadamente, siguen conculcando la soberanía de otros Estados más débiles.

Un ejemplo típico de este doble papel lo tenemos en Gran Bretaña. Todos sabemos que ha renunciado en provecho de los Estados Unidos a muchos de sus derechos soberanos: sobre suelo inglés hay bases norteamericanas, aéreas y de proyectiles dirigidos, el mando de las cuales se sale prácticamente de la jurisdicción del gobierno británico. Sobre el cielo inglés vuelan bombarderos atómicos norteamericanos cuyas  tripulaciones  no  se  subordinan  a  las autoridades británicas. Y paralelamente, la propia Inglaterra   viola   la   soberanía   de  los   países   del Cercano Oriente.

Podría decirse que la política impuesta por los intereses de la burguesía monopolista ha llevado a algunos Estados europeos a un círculo vicioso. Si las esferas dirigentes de Inglaterra, Francia, Italia y otros países quisieran defender los intereses nacionales, y no los imperialistas, podrían mantener una política propia sin caer bajo la dependencia de Estados Unidos.   Para   esa   política   tendrían   energías   y recursos, y no necesitarían buscar apoyo en ultramar ni pignorar su independencia en la casa de empeños de  la  política  norteamericana.  Pero  lo  primero  de todo es para ellos sus fines imperialistas, para la consecución de los cuales no tienen bastantes fuerzas ni recursos; y de ahí que se vean obligados a buscar la ayuda norteamericana, aunque saben muy bien el alto precio a que han de pagarla. Así, pues, la independencia de los países capitalistas desarrollados se ve amenazada por un peligro doble: la amenaza interior de la burguesía reaccionaria "propia", para la que sus estrechos intereses de clase están por encima de todo, y la amenaza exterior, que parte ante todo de la oligarquía financiera de los Estados Unidos.

Norteamérica puede subordinar a otros países capitalistas apoyándose en un creciente potencial económico y bélico. A raíz de la terminación de la guerra, Estados Unidos proporcionaban alrededor del

60 por ciento de la producción industrial de todo el

 

mundo capitalista. Los deseos de encontrar mercados seguros  para  sus  "excedentes"  industriales  y agrícolas, de garantizarse nuevas fuentes de materias primas a bajo precio y de disponer de ventajosas esferas de inversión de capitales: tales son los impulsos económicos que mueven a la expansión imperialista a los monopolios norteamericanos. La subordinación  de  otros  Estados  es  para  ellos  el camino mejor para alcanzar fabulosos beneficios. Las cuentas no pueden ser más sencillas: cuanto más acentuada es la dependencia en que un país se encuentra respecto de Norteamérica, tanto más fácil les será a los monopolios norteamericanos explotar su economía, echar raíces en ella y obtener ganancias complementarias.

No hay que olvidar tampoco las consideraciones de carácter militar y político. La oligarquía financiera

de  Estados  Unidos  ve  su  expansión  en  los  países

capitalistas de Europa y de otros continentes como parte del plan general de lucha contra los países del

socialismo y por la dominación mundial. No en vano

la ofensiva de Estados Unidos sobre los países capitalistas   va   acompañada   de   la   tendencia   a convertir casi toda Europa Occidental y una serie de países de Oriente en terreno propicio para establecer plazas de armas y bases militares.

Finalmente,  los  monopolios  norteamericanos tratan de influir directamente en la política interior de otros países. Al afirmar su dominación sobre Estados capitalistas más débiles, Norteamérica se pone en condiciones de inmiscuirse en sus asuntos interiores, haciendo triunfar a la reacción y exigiendo que se persiga a las fuerzas democráticas.

 

Formas y métodos de la ofensiva sobre la soberanía.

Entre  los  distintos  métodos  de  que  el imperialismo norteamericano se vale, el principal es

el de establecer su control político-militar sobre otros países. Instrumento de dicho control y amenaza constante para la independencia de dichos países son

las bases militares instaladas en sus territorios.

La creación en tiempo de paz de un sistema de bases  extranjeras  en  territorio  de  grandes  Estados

capitalistas independientes es un fenómeno nuevo en

las relaciones internacionales. Es una forma peculiar de  anexión.  Reduce  a  la  nada  los  derechos  de

soberanía, singularmente en la zona donde las bases

se instalan. Además, el Estado que concede a una potencia extranjera bases aéreas pierde la soberanía sobre una parte importante de su cielo, y en caso de bases navales, sobre parte de sus aguas territoriales. Por ejemplo, durante la crisis de 1958 en el Cercano Oriente, el mando norteamericano utilizó sin miramiento alguno las bases de Alemania Occidental e Italia para el envío de tropas al Líbano. De hecho, ni  siquiera  se  solicitó  a  esos  países  su consentimiento. Las bases militares extranjeras son un serio impedimento para la libertad de acción de los Estados en cuyo suelo se encuentran, porque siempre  se  hallan  bajo  la  amenaza  de  una intervención militar y fácilmente pueden ser objeto de la "política de fuerza".

Hay  que  tener  presente,  en  fin,  que,  si  los imperialistas desencadenasen una guerra, los Estados

que han cedido territorio suyo para bases militares

extranjeras correrían el riesgo de atraer sobre sí los primeros golpes de respuesta. Por consiguiente, los

gobiernos  europeos  que  han  aceptado  el  papel  de

escuderos del imperialismo norteamericano podrían conducir  a  sus  países  a  una  catástrofe  militar  en interés exclusivo de los monopolios del otro lado del Atlántico.

El control absoluto e indiviso sobre las fuerzas militares  propias  ha  sido  siempre  una  de  las  más

importantes   funciones   del   Estado   soberano.   La

existencia del Bloque del Atlántico Norte (N.A.T.O.)

ha hecho que los problemas básicos de la política militar   sean   resueltos   en   las   reuniones   de   los dirigentes de dicho Bloque, donde marcan la pauta los representantes norteamericanos. Todo cuanto se refiere al armamento, a la instrucción y al acuartelamiento  de  las  tropas  ha  sido  de  hecho retirado  de  la  competencia  de  los  gobiernos nacionales y puesto en manos extrañas.

Es  también  muy  intensa  la  ofensiva  de  los monopolios norteamericanos sobre los otros países

capitalistas en la esfera económica. Las formas de esta   ofensiva   son   muy   variadas:   concesión   de

subsidios, de créditos a largo y corto plazo, de empréstitos,    etc.    Los    empréstitos    y    créditos

norteamericanos son concedidos bajo determinadas condiciones de carácter militar, político o económico, condiciones que están llamadas a apretar el nudo que

ata a quienes los reciben al carro de guerra del imperialismo  norteamericano.  Así,  a  cambio  del

empréstito de 3.700 millones de dólares concedido en

1946  a  Gran  Bretaña,  los  Estados  Unidos consiguieron de ella el relajamiento del sistema de

preferencias imperiales, es decir, la renuncia a una serie  de  ventajas  de  que  Inglaterra  goza  en  el

comercio con los países de su Imperio, una brecha en la "zona esterlina" y, poco más tarde, la instalación de  bases  militares  norteamericanas  en  las  Islas

Británicas.

La exportación de capitales por los monopolios norteamericanos -que conduce a poner en sus manos

gran número de empresas y hasta sectores completos

de la industria en otros países- es también un arma importante que contribuye a quebrantar la soberanía

de los Estados menos fuertes. En los primeros años

que  siguieron  a  la  guerra,  Norteamérica  era  en realidad el único país exportador de capitales en el mercado mundial. Hasta 1950 habían duplicado sus inversiones,  que  en  1955  alcanzaban  la  suma  de

45.000 millones de dólares. Si bien la competencia se ha reanudado posteriormente en este terreno, los monopolios norteamericanos han conseguido crear fuertes  puntos  de  apoyo  en  los  más  importantes países capitalistas. En Inglaterra, unas 800 compañías norteamericanas o filiales de éstas ocupan un lugar nada   despreciable   en   su   producción   industrial. Dentro de Alemania Occidental son más de 500 las compañías y empresas que se encuentran bajo el control norteamericano. También es grande el peso del capital de Estados Unidos en Francia.

Así es como se manifiesta en el plano económico una   de   las   tendencias   principales   del       mundo

capitalista  de  nuestros  días:  la  tendencia  de  los

monopolios norteamericanos a privar también de su independencia  económico-financiera  a  los  países

capitalistas.   Existe   también   la   tendencia   a   la

"agrupación" de los monopolistas, a la formación de grandes alianzas internacionales de monopolios que redundan asimismo en perjuicio de la soberanía nacional de los países. Dicha tendencia va implícita en la naturaleza del capital monopolista, que se siente estrecho en el marco de un solo Estado.

La            formación             de           alianzas  de           capitalistas pertenecientes a distintos países acaba siempre por

llevar al predominio de la parte más fuerte. Por consiguiente,   todo   termina   en   que   los   Estados

capitalistas más débiles pierden o ven mermada su soberanía.

Después de la segunda guerra mundial, en Europa

se ha revelado con particular intensidad la tendencia a la concentración del poderío de los monopolios. Han aparecido, como antes ya lo dijimos, grandes agrupaciones de monopolistas como son la Unión Europea del Acero y el Hierro, el "Mercado Común" y el Euratom. En todos estos casos se trata de convenios de los monopolios sobre el reparto de mercados, regulación de precios, tarifas aduaneras, etc. Los imperialistas airean en todos los tonos el carácter "supranacional" de estas organizaciones, si bien, en realidad, tal carácter se manifiesta en que los países que las integran han perdido la independencia en determinados aspectos importantes de su política económica. Muchas funciones de los gobiernos nacionales han sido transferidas a organismos sometidos  de  hecho  al  control  del  miembro  más fuerte de la alianza. A título de tal, como fuerza preponderante en la Europa capitalista, cada vez se encumbra más Alemania Occidental, que después de la guerra se ha convertido en el agente número uno del capital monopolista norteamericano.

Así, pues, la expansión militar y económica del imperialismo norteamericano significa una amenaza

para la soberanía y la independencia de una serie de

países capitalistas. Se va formando un sistema de satélites que, en uno u otro grado, se hallan bajo la dependencia de la primera potencia imperialista: de los Estados Unidos de América.

 

 

2. El cosmopolitismo,  y no el patriotismo, es la ideología de la burguesía imperialista

Nos hemos referido antes a los móviles por que se

guían las fuerzas reaccionarias cuando quebrantan la soberanía y la independencia de los Estados. De esos

móviles  nadie  habla,  se  comprende,  pues  no  son

como para explicárselos abiertamente a los pueblos. Todo  lo  contrario,  se  procura  enmascarar celosamente  los  verdaderos  fines  de  la  ofensiva contra la soberanía; a este objeto se echa mano de diversos recursos de tipo ideológico, entre los que corresponde un lugar importante a la propaganda del cosmopolitismo. No se trata, se comprende, del viejo cosmopolitismo del siglo XIX, que a menudo equivalía a una visión amplia del mundo, por encima de las limitaciones nacionales. Se tiene en cuenta la ideología, estimulada por los imperialistas, según la cual el principio de la soberanía ha "envejecido", es un fenómeno "regular" la restricción de la independencia, las tradiciones nacionales no son dignas de tenerse en cuenta y se desprecia la cultura nacional; una ideología que sostiene que, en las condiciones actuales, la noción de patria carece de valor alguno.

El cosmopolitismo es para la oligarquía financiera de Estados Unidos una tapadera excelente para encubrir su lucha por la dominación mundial y por acabar con la independencia de otros países. Para los monopolistas europeos es un cómodo argumento que les permite justificar el abandono de los intereses nacionales y sus arreglos con el capital financiero de Estados Unidos, a expensas de sus propios pueblos.

El cosmopolitismo de nuestros días presenta diversas  manifestaciones.  Es  lo  que  inspira,  por

ejemplo,  la  propaganda  que  exalta  los  convenios

intermonopolistas europeos y defiende la conclusión de otros convenios del mismo tipo. Las alianzas de

los  monopolistas  son  presentadas  como  algo  que

supera  la  "limitación  nacional".  No  ha  de extrañarnos, pues, que tal propaganda sea apoyada abiertamente  y  financiada  por  los  grandes monopolios.

Hay, sin embargo, formas más veladas y sutiles en la propaganda del cosmopolitismo. De ordinario, son

presentadas  como  ideas  humanas,  democráticas  y

hasta "socialistas".

La tesis favorita de los ideólogos del cosmopolitismo, sobre todo entre los socialistas de derecha, es que el principio de la soberanía se ha convertido en un estorbo para el desarrollo de las fuerzas productivas en el mundo moderno.

Ahora  bien,  ¿cómo  se  puede  propiciar  el desarrollo de las fuerzas productivas sobre la base de una amplia unión de Estados? De ninguna manera lastimando los derechos soberanos e intereses de uno u otro Estado, sino todo lo contrario, concordando estos intereses mediante una colaboración en pie de

 

contribuir la ampliación en vasta escala del comercio internacional. Otro factor de gran peso es la colaboración en el plano científico y técnico (intercambio de especialistas y de información científica y técnica, realización conjunta de obras, etc.).

Cierto que todo esto no asegura aún un completo y libre desarrollo de las fuerzas productivas en escala internacional. Para ello se requieren medidas esenciales a adoptar entre los Estados: coordinación de los planes económicos, cooperación de la industria de diversos países, capacitación conjunta de especialistas,  etc.  Mas  esto  únicamente  es  posible con un sistema económico planificado, que no conozca la anarquía de la producción ni la competencia, dentro de un sistema basado en la confianza completa entre los pueblos y los Estados. Dicho sistema tiene el nombre de socialismo.

Los enemigos del marxismo afirman que cuando los   comunistas   defienden   los   principios   de   la

independencia   y   la   soberanía   van   contra   las

tendencias del desarrollo social y quieren mantener la división  de  los  Estados  y  la  dispersión  de  las naciones que existen en el mundo. V. I. Lenin dio ya cumplida respuesta a invenciones análogas cuando escribía: "Nosotros exigimos la libertad de autodeterminación, es decir, la independencia, es decir, la libertad de separación para las naciones oprimidas; y no porque soñemos con la dispersión económica o veamos nuestro ideal en los Estados pequeños;   todo   lo   contrario,   porque   queremos Estados grandes y el acercamiento, hasta la fusión, de las naciones; pero sobre una base genuinamente democrática e internacionalista, esto no puede concebirse sin la libertad de separación."229

Otro argumento que se esgrime a menudo es el de que la supresión o limitación de la soberanía abre el

camino a la prosperidad económica y permite elevar

el nivel de vida de los pueblos. La renuncia a la "limitación nacional", dicen, permite establecer unos vínculos más estrechos entre los países, unir sus recursos y ampliar el mercado de venta. Y esto ha de repercutir favorablemente sobre la situación económica de cada uno de ellos.

Todo esto sería así si la renuncia a la soberanía diese  verdaderamente  solución  a  parte  de  estos

problemas siquiera. Pero la realidad es que no ocurre nada  de  eso.  Dentro  del  capitalismo,  en  lugar  de

unificar los recursos de países iguales en derechos, todo se reduce a un convenio entre los monopolios. El mercado común se convierte en palestra de una

competencia abierta o velada en la que el más fuerte es el que vence. Eso hace que las relaciones entre los

países se conviertan en una serie interminable de choques, discusiones y conflictos más o menos encubiertos.    Inevitablemente,    todo    termina    en

menoscabo de los derechos económicos de los países más débiles; la situación de su economía nacional empeora y se incrementa la explotación de sus recursos económicos.

Además de          los          argumentos                          de           carácter económico,          los           partidarios            del                cosmopolitismo

manejan razonamientos diversos de índole política.

 

 

igualdad  y  de  conveniencia  mutua.  A  ello  podría               

229 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 377.

 

 

 Dicen, por ejemplo, que es necesario renunciar a la soberanía para asegurar la defensa de la democracia, para eliminar el peligro de guerra y robustecer la paz. Los países capitalistas, aseguran, han de sacrificar su soberanía en favor de los Estados Unidos a fin de defender  conjuntamente  la  democracia  de  la "amenaza del comunismo".

Esto es falso del principio al fin. Primeramente, que la democracia no se ve amenazada en los países

occidentales por el comunismo, sino por la ofensiva

de los monopolios, que imponen la reacción en todos los órdenes.230  En segundo lugar, es precisamente la renuncia  a  la  soberanía  en  favor  de  los  Estados Unidos lo que significa una amenaza formidable para la democracia del Occidente europeo. Esta se ve sometida a la doble presión de los monopolios "propios" y de ultramar. Así nos lo prueban, por ejemplo, hechos como la aprobación en distintos países de leyes antiobreras copiadas de la legislación norteamericana, la implantación de los métodos de "comprobación de la lealtad", etc.

Por lo que se refiere a la amenaza de guerra, es imposible      eliminarla              con         campañas              contra    la

soberanía. Las guerras no son originadas en nuestra época por la fidelidad a la soberanía nacional, como

afirman los ideólogos del cosmopolitismo burgués, sino  que  se  deben  a  causas  económico-sociales

derivadas de la rapaz naturaleza del capital monopolista. Además de que, como decíamos antes, una de las razones más importantes de la ofensiva de

los monopolios norteamericanos sobre la soberanía de los Estados capitalistas independientes es, ni más

ni menos, el deseo de convertirlos en zonas supeditadas a sus fines estratégicos.

Finalmente,          los           propagandistas    del

cosmopolitismo sostienen que el principio de la soberanía se ha hecho viejo, porque se opone al progreso de la cultura humana y retarda la fusión de los pueblos en una familia común. Ahora bien, la cultura humana es la suma de los avances culturales de cada nación, y no algo que permanezca al margen de ellos. La literatura, el arte, la música florecen esplendorosamente en el terreno nacional, pero languidecen cuando no echan raíces en el pueblo. Las grandes obras de arte que adquirieron valor para la humanidad entera eran expresión del genio nacional. Y al contrario, el arte que rompe con su suelo natal es incapaz en absoluto de crear grandes obras.

Quiere   decirse,   pues,   que   la   lucha   por   la soberanía, por la independencia nacional y contra el

cosmopolitismo es, al mismo tiempo, la defensa de un auténtico desarrollo y progreso de la cultura.

 

 

 

230 A ello volveremos con más detalle en el capítulo XVIII.

 

3. La defensa  de la soberanía coincide con los intereses vitales de todas las fuerzas sanas de la nación

En los países capitalistas cuya independencia se ve mermada por la ofensiva de los monopolios norteamericanos se crean premisas objetivas para la unificación de las más amplias capas de la población en defensa de su soberanía nacional y de la paz.

La lucha por la soberanía nacional es una de las formas del movimiento democrático. La experiencia

nos dice que cuando su éxito es mayor es cuando se

ve dirigida por la clase obrera y su partido revolucionario.

 

La clase obrera, guardián de la independencia de los pueblos.

El             movimiento   obrero   defendió   siempre   el

derecho de las naciones a la existencia independiente y luchó contra toda forma de opresión nacional.

El marxismo-leninismo se atiene al principio de que el respeto a las demás naciones es la premisa para la existencia de relaciones normales entre los

pueblos. F. Engels escribía en 1888: "Para asegurar la paz  internacional,  lo  primero  que  se  necesita  es

eliminar, en la medida de lo posible, las fricciones nacionales; cada pueblo ha de ser independiente y dueño de su propio país."231

En el prefacio a la segunda edición polaca del

Manifiesto del Partido Comunista, escrito en 1892, subraya    de    nuevo    Engels    que    "la    sincera

colaboración internacional de los pueblos europeos

es sólo posible a condición de que cada uno de estos pueblos sea dueño absoluto en su propia casa".232

V. I. Lenin defendió también siempre, con energía

y consecuencia, el principio de la independencia e igualdad de derechos de las naciones. La expresión más completa de dicho principio, tal como lo ve la ciencia  marxista-leninista,  es  el  derecho  de  los pueblos   a   la   autodeterminación.   Según   escribía Lenin, "el socialismo triunfante ha de aplicar necesariamente una democracia completa, y, por consiguiente, no sólo dar vida a la completa igualdad de derechos de las naciones, sino también aplicar el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas, es decir, el derecho a la libre separación política".233

La defensa de la libertad de las naciones que el proletariado lleva a cabo, de su independencia y de sus caracteres específicos, es manifestación del patriotismo de la clase obrera, que representa el polo opuesto    lo    mismo    del    chovinismo    que    del

 

 

231  C. Marx y F. Engels, Obras. ed. cit., t. XVI, parte 1, 1937, pág. 453.

232   C.  Marx  y  F.  Engels,  Manifiesto  del  Partido  Comunista,

Gospolitizdat, Moscú, 1958, pág. 27.

233 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 132.

 

 

 

cosmopolitismo burgués. El patriotismo de la clase obrera se desprende, ante todo, del sentimiento de orgullo por la aportación que su pueblo o nación hicieron a la lucha de las masas explotadas y oprimidas para liberarse de la explotación y de la opresión. De ahí que el patriotismo de la clase obrera sea profundamente progresista y revolucionario.

 

A los obreros no les es indiferente el destino de la patria.

Los propagandistas de la burguesía reaccionaria

se esfuerzan por presentar a los capitalistas como exclusivos portadores de los sentimientos patrióticos. Tratan de ocultar el hecho de que el patriotismo de la burguesía se ha visto siempre supeditado a sus estrechos y egoístas intereses de clase, y se empeñan en desacreditar el patriotismo de la clase obrera y de los comunistas. Los propagandistas burgueses se remiten a veces al lugar del Manifiesto del Partido Comunista en que se dice que "los obreros no tienen patria". Es, sin embargo, de una evidencia absoluta que  esto  no  significa  la  negación  de  la  patria;  lo único que afirma es que, en la sociedad gobernada por los capitalistas, la patria ha sido usurpada de hecho por los explotadores y que para la clase obrera no es una buena madre, sino una mala madrastra. Cuando la clase obrera pone fin a la dominación de los explotadores, crea las condiciones mejores para la manifestación más completa de su patriotismo, del que es genuino portador en la época contemporánea.

Sabemos también que Marx y Engels apoyaron siempre  la  lucha  de  los  obreros  en  defensa  de  la

independencia  de  su  país  frente  a  la  amenaza  de

esclavización extranjera. Y jamás afirmaron que, dentro del régimen capitalista, a la clase obrera le es indiferente la suerte que pueda correr su patria.

Ampliando el punto de vista del marxismo sobre la patria, Lenin escribía en 1908: "La patria, es decir,

el medio político, cultural y social dado, es el factor más poderoso en la lucha de clase del proletariado... El proletariado no puede mirar con indiferencia las

condiciones  políticas,  sociales  y  culturales  de  su lucha; por consiguiente, tampoco puede mostrar indiferencia ante la suerte de su país."234

En relación precisamente con la actitud de la clase obrera hacia la patria escribió Lenin su conocida observación contra una visión dogmática del marxismo: "Todo el espíritu del marxismo -decía-, todo su sistema exige que cada proposición sea examinada a) sólo históricamente; b) sólo en relación con otras proposiciones; c) sólo en relación con la experiencia concreta de la historia."235

Aplicado al patriotismo, esto significa que el proletariado  no  estima  suficiente  el  planteamiento

abstracto del problema relativo a la defensa de la

patria. Lo que en primer término le interesa es qué

 

 

234 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XV, págs. 171-172.

235 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXV, pág. 200.

 

situación histórica, qué clase y con qué objeto proclama  la  necesidad  de  defender  la  patria.  Una cosa es la situación producida por la guerra imperialista, cuando esta consigna es manejada por la burguesía dominante para engañar a las masas y encubrir las verdaderas razones que mueven a los magnates imperialistas. Otra cosa es la situación a que se llega cuando se ven amenazadas la independencia nacional y la libertad del país, cuando crece el movimiento de liberación nacional. En este último   caso,  la  clase  obrera   es  la   primera  en levantarse para defender la libertad de su país, su soberanía y su independencia. En estas condiciones, la defensa de la patria no es para ella una frase vacía, sino una tarea de vital importancia, al cumplimiento de la cual le llaman sus intereses de clase, tanto los inmediatos como los más profundos.

Hoy  día,  en  la  nueva  situación  en  que  nos encontramos,  el  patriotismo  de  la  clase  obrera  -

inseparable como es del internacionalismo proletario- se ha convertido en una fuerza particularmente activa

y poderosa. En los años de ocupación hitleriana y de amenaza mortal para la civilización a que el mundo fue   llevado   por   los   bárbaros   fascistas,   fueron

precisamente los obreros quienes, en los países ocupados por los alemanes, demostraron con hechos

su devoción a la patria y la fe en su futuro. Mientras que los "patriotas" patentados de la burguesía reaccionaria colaboraban con los invasores fascistas,

los comunistas luchaban en las primeras filas de la

Resistencia, de la que eran el núcleo más combativo y abnegado. Sabemos, por ejemplo, que el Partido

Comunista Francés perdió 75.000 miembros en las

batallas por la libertad de la patria.

Un heroísmo jamás visto en el trabajo y en la defensa  de  su  patria  revelaron  los  pueblos  de  la

Unión Soviética, China, Corea, Vietnam; los de todos los países socialistas. La propia vida se ha encargado

de demostrar que el Estado socialista es una escuela de patriotismo como jamás fue ni pudo ser ninguno de los Estados burgueses.

Los ideólogos de la burguesía afirman que cuando los marxistas combaten el cosmopolitismo, reniegan

del carácter internacionalista de su doctrina y se convierten en nacionalistas. Pero los autores de tales amaños    mienten    por    partida    doble:    primero,

equiparan el cosmopolitismo de la burguesía y el internacionalismo   de   la   clase   obrera;   segundo,

atribuyen a los marxistas las ideas nacionalistas que son precisamente propias de los teóricos burgueses.

El internacionalismo de la clase obrera, como ya

se ha dicho, es expresión de la unidad de intereses de los obreros de todos los países en su lucha contra el enemigo común, que es el capitalismo; es expresión de la unidad de fines, porque todos tienden a suprimir la explotación del hombre por el hombre, y de la unidad de ideología, puesto que todos defienden la amistad y la fraternidad de los pueblos.

 

En este sentido, todos los obreros pertenecen a una misma "nación", al ejército mundial de los hombres del trabajo, a los que en todos los países burgueses oprime y explota una misma fuerza: el capital. Ello no significa en modo alguno, sin embargo, que por pertenecer al ejército internacional del trabajo, el obrero deje de ser francés, inglés, italiano,  etc.  ¡Todo  lo  contrario!  Del internacionalismo proletario se deduce como algo natural y lógico un patriotismo auténtico, y no falso.

En efecto, ¿acaso la fidelidad a los ideales últimos de la clase obrera no origina el ardiente deseo de ver

al pueblo propio libre y floreciente, prosperando en

el campo del progreso social? La clase obrera, que aspira a suprimir todas las formas de explotación y

opresión, no desea esto sólo para ella misma, sino

para todos los trabajadores y toda la nación. Justamente la realización de los objetivos finales de la clase obrera -derrocamiento del poder de los explotadores, que se oponen al progreso de la nación, y construcción del socialismo- es lo único capaz de proporcionar a cada pueblo una libertad, una independencia y una grandeza nacional verdaderamente auténticas. Resulta que la clase más internacionalista, la clase obrera, es a la vez la más patriótica.

Tales son algunos de los principios generales que determinan la posición de la clase obrera frente al problema de la soberanía. Al adoptar la actitud más consecuente en cuanto a la defensa de la independencia, los obreros actúan como portavoces de los intereses de la nación entera. Y por esta razón, ellos y su partido marxista-leninista pueden agrupar en torno suyo a las demás capas y clases de la población.

Los Partidos Comunistas de los países capitalistas mantienen  en  alto  la  bandera  de  la  independencia

nacional  y  de  la  libertad.  El  mantenimiento  de  la

soberanía y la aplicación de una política exterior independiente son reivindicaciones que figuran en los programas del movimiento comunista en Francia, Italia y otros países.

El Partido Comunista de Gran Bretaña ha escrito en su programa la reivindicación de "mantener una

política     inglesa     independiente".     El     Partido

Progresista Obrero de Canadá llama a sus compatriotas a "reconquistar a los Estados Unidos

nuestra    independencia    nacional".     El     Partido

Comunista del Japón pide que se ponga fin a la opresión nacional y el restablecimiento de la independencia  del  país,  pisoteada  por  los imperialistas americanos. El Partido Comunista de Noruega ha lanzado la consigna: "Noruega debe ser un Estado libre e independiente."

Las acciones de la clase obrera en defensa de la soberanía contribuyen a agrupar a todas las fuerzas

sanas  de  la  nación  para  la  lucha  contra  el imperialismo y la reacción, por la paz, la libertad y la independencia.

 

El principio  de la soberanía  es sentido por  las capas más amplias del pueblo.

La  necesidad  de  mantener  la  autonomía  del

Estado  en  cuanto  a  la  definición  de  su  política interior y exterior viene impuesta, en las condiciones

actuales, por los intereses comunes a toda la nación.

El             mantenimiento    de           la             soberanía              interesa vitalmente no sólo a la clase obrera, sino también a

los campesinos. Tal como ahora están las cosas, la

competencia de los capitalistas agrícolas norteamericanos,  que  disponen  de  grandes excedentes de producción, hace muy difícil la situación de los campesinos en muchos países capitalistas. El torrente de productos del campo que llegan  del  extranjero  y  que  son  vendidos  a  bajo precio, arruina a los campesinos de Europa Occidental. Entre éstos cunde la idea de que únicamente podrán defender sus intereses si se incorporan a la lucha contra la invasión de los monopolios extranjeros y por la independencia económica y la soberanía.

La   lucha   por   la   soberanía,   por   la   dignidad nacional,  encuentra  también  vivo  eco  entre  los

intelectuales,  que  sufren  al  ver  el  colapso  de  la

cultura  nacional  por  la  intervención  americana  en este terreno. Los países de Europa Occidental se ven inundados por las peores muestras de la literatura norteamericana, por películas que exaltan el crimen y la corrupción, por revistas que hacen propaganda del "modo americano de vida"; todo esto hace que se pervierta el gusto de las gentes e influye perniciosamente sobre la moral de las jóvenes generaciones. Además, la "intervención" norteamericana en el plano cultural significa un daño directo para los intelectuales de cada país -pintores, escritores, compositores, artistas, etc.-, por cuanto les resulta más difícil encontrar aplicación a su talento y capacidad.

A excepción de los representantes del gran capital monopolista, que, según la expresión de Lenin, "no

tiene patria", una parte bastante considerable de la

burguesía tampoco puede mostrarse conforme con la grosera intervención norteamericana en los asuntos ajenos.  De  ninguna  manera  se  siente  dispuesta  a sufrir calladamente las imposiciones de los monopolistas extranjeros, que únicamente se guían por sus intereses y su afán de lucro, mientras que a los demás les llevan la opresión y la humillación nacional. El sentimiento de dignidad ofendida que experimentan muchos hombres de la burguesía se ve caldeado por los "agravios" de carácter económico que se ven obligados a soportar.

V.   I.   Lenin   hacía   notar   en   1920   que   "los imperialistas son opresores no sólo de los obreros de

sus propios países, sino también de la burguesía de los Estados pequeños".236

La pérdida o la merma de la soberanía del país hace que la burguesía (a excepción de una pequeña

parte) haya de "estrecharse" en un mercado interior

que  acostumbraba  a  mirar  como  propio;  sus beneficios se restringen, puesto que parte de ellos, a veces muy importante, va a parar al bolsillo de los capitalistas extranjeros. De dueña y señora que era, se convierte en vasalla de estos últimos, y en ocasiones no se libra de ser puesta en una situación humillante. Así llega a caer en la cuenta del valor de la soberanía y de las ventajas de la independencia, y comienza  a  mirar  con  simpatía  a  quienes  luchan contra la preponderancia norteamericana.

Por lo tanto, las fuerzas interesadas en conservar la independencia y la soberanía representan en los países capitalistas la mayoría de la nación. Esto proporciona la posibilidad real de aislar al ala reaccionaria extrema de la burguesía -a la oligarquía financiera que traiciona los intereses de la patria- y poner fin a la subordinación de los países independientes al imperialismo norteamericano.

 

Capitulo XVIII. La lucha en defensa de la democracia en los países burgueses

 

Hace ya mucho que pasaron los tiempos en que la burguesía de Europa Occidental y de América del Norte era una clase revolucionaria y campeona de la democracia. En cuanto llegó al poder y consolidó su dominación de clase, dio la espalda a los principios que sus ideólogos habían proclamado en la época de la lucha contra la reacción feudal absolutista. Conforme el tiempo avanzaba, sus ponderaciones de la democracia, la libertad y la igualdad se convertían, dentro de la sociedad burguesa, en una ilusión, en un engaño   manifiesto.   Democracia   para   los   ricos, libertad para los ricos, derechos civiles para los ricos: tal era la interpretación que recibían los principios proclamados solemnemente en el período de las revoluciones burguesas. Cuando el capitalismo entra en su fase imperialista, se intensifica singularmente el proceso de desintegración de la democracia burguesa, que se ve sustituida por formas abiertas de despotismo político del capital monopolista.

Pero la burguesía, aun convertida en una fuerza reaccionaria, no consiguió jamás apagar en las masas

las aspiraciones democráticas. La clase obrera y los trabajadores en general, que por propia experiencia

saben lo mucho que para ellos significan en su vida diaria unas libertades y unos derechos democráticos, aunque reducidos al mínimo, continúan ejerciendo la

presión más intensa sobre las clases dominantes. Gracias a esa presión justamente, en muchos países

burgueses se ha establecido el régimen republicano, se han desarrollado las formas democráticas en la vida política y se ha implantado el sufragio universal.

Las conquistas democráticas de que ahora tanto habla  la  burguesía  de  algunos  países  no  son  obra suya en absoluto. No han sido concedidas por ella a las masas populares, sino arrancadas literalmente a lo largo  de  muchos  años  de  empeñada  lucha.  Los hechos nos dicen que en los países burgueses la democracia  se  ha  afirmado  a  pesar  de  las vacilaciones, traiciones y tendencias contrarrevolucionarias de la burguesía. Sólo por los esfuerzos de la clase obrera, apoyada por otras clases y capas de trabajadores, triunfó, por ejemplo, la República  en  Francia.  En  Inglaterra  fueron necesarios   decenios   enteros   de   lucha,   el   gran esfuerzo del movimiento cartista, para conseguir elementales reformas de la ley electoral. Es muy instructivo también cuanto se refiere a la creación de sindicatos de la clase obrera, que hubo de regar con su sangre el camino de lucha hasta conseguir que se les reconociera existencia legal.

La lucha constante de la tendencia democrática y la antidemocrática en el seno de la sociedad burguesa

fue ya señalada por V. I. Lenin. "El capitalismo en

general y el imperialismo en particular -escribía- convierten la democracia en una ilusión; al propio tiempo, el capitalismo engendra aspiraciones democráticas en las masas, crea instituciones democráticas y agudiza el antagonismo entre el imperialismo, que niega la democracia, y las masas, que la quieren."237

Este antagonismo  pervive  por  completo en nuestros días. Más aún, se ha agudizado por la creciente tendencia de la burguesía imperialista a arrebatar  a  los  trabajadores  sus  derechos democráticos, por recortar y quitar raíces a la democracia. La lucha en defensa de la democracia ha adquirido en nuestros días el carácter de tarea primordial para todas las fuerzas progresivas de los países burgueses. Y el peso principal de esa lucha recae sobre los hombros de la clase obrera.

Hay que tener presente que la democracia, tal y como se estructuró en los países capitalistas desarrollados, es un conjunto de fenómenos muy variados  y  heterogéneos.  Dentro  de  ella  se encuentran las formas y métodos de dominación política y de poder, elaborados por la burguesía y que responden a sus necesidades (sustitución del monarca hereditario  por  un  presidente  electivo  y  un Parlamento, implantación del sistema de partidos, etc.). Por mucho que estas formas y estos métodos de poder hayan evolucionado, por su esencia son formas y métodos de que la burguesía se vale para mantener sujetos a sus enemigos de clase.

Al mismo tiempo, la noción de democracia comprende todo el conjunto de derechos y libertades que los trabajadores conquistaron en el transcurso de una larga lucha: libertad de palabra, de prensa, de reunión, de manifestación y huelga, derecho a formar organizaciones profesionales y políticas, etc. Estos

 

 

 

236 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXX. pág. 420.

 

237 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 13.

 

 

 

derechos, aunque muy incompletos y limitados por la desigualdad económica que impera en la sociedad burguesa, permiten a los trabajadores defender sus intereses:   exigir   la   promulgación   de   leyes   que pongan límites a la arbitrariedad de los patronos en cuanto al establecimiento de salarios y a la duración de la jornada, que implanten los seguros sociales, etc.

Así,   pues,   no   todo   lo   que   se   refiere   a   la democracia burguesa es indiferente para las masas

trabajadoras. Estas tienen el interés máximo en conservar  y  ampliar  sus  derechos  civiles,  pues  el

conjunto de éstos es lo que, dentro del régimen capitalista, da más amplio campo a la libertad de la lucha de clases, a la posibilidad de defender por vía

legal sus reivindicaciones e intereses inmediatos y de luchar  por  los  objetivos  últimos  que  como  clase

obrera tienen.

Ahora bien, a la clase obrera no le es indiferente la suerte de la democracia burguesa en su conjunto

cuando las fuerzas de la reacción se lanzan a la ofensiva contra ella. La democracia burguesa como

forma de dominación de clase de la burguesía, con todos sus defectos, coloca a los trabajadores en condiciones  infinitamente  más  ventajosas  para  la

defensa de sus derechos que otras formas de dominación burguesa, como son el fascismo y demás

variedades de dictadura descarada de la oligarquía financiera.

La   posición   de   los   marxistas   frente   a   la

democracia burguesa no puede ser la misma en todos los casos. Sabemos, por ejemplo, que durante la Gran Revolución Socialista de Octubre, Lenin y los comunistas rusos lucharon contra todos los partidos políticos que, amparándose en la defensa de la democracia burguesa, se mostraban contrarios a la instauración de la democracia proletaria. Y ello fue así porque en aquel período la democracia burguesa se había convertido en Rusia en la bandera alrededor de la cual se movilizaban todas las fuerzas contrarrevolucionarias para la lucha contra la clase obrera y la revolución socialista.

La situación es distinta ahora en los países capitalistas donde la reacción ataca a la democracia burguesa. Los trabajadores no han de optar entre revolución proletaria y democracia burguesa, como ocurría en Rusia en 1917, sino entre democracia burguesa y dictadura de los elementos más reaccionarios y agresivos del capital monopolista. No es difícil comprender hacia dónde se inclinan.

 

1. Lenin,  acerca de la necesidad  de luchar por la democracia dentro del capitalismo

Lenin vio como ninguno otro la limitación y el convencionalismo de la democracia burguesa y supo descubrir inflexiblemente sus lacras y vicios. Mas el fuego  de  la  crítica  leninista  iba  dirigido  contra  la

 

marxismo-leninismo. Lenin combatió las ilusiones pequeñoburguesas acerca de que, dentro del capitalismo, es posible alcanzar un auténtico poder del pueblo. Así demostró que tras la fachada democrática   de   cualquier   república   burguesa   se oculta el mecanismo de la dominación de clase del capital y que la burguesía trata de poner al servicio de esa dominación todas las instituciones de la democracia.

Pero aun criticando a quienes se hallaban prisioneros de las ilusiones democráticas pequeñoburguesas, a quienes estaban dispuestos a posponer a ellas los grandes objetivos finales de la clase obrera, Lenin veía perfectamente el beneficio que la clase obrera podía sacar hasta de las libertades, a menudo recortadas, que había conseguido al precio de su sangre y de grandes sacrificios, y que la burguesía trata de arrebatarle. Por eso consideraba que "la democracia tiene un valor formidable en la lucha de la clase obrera contra los capitalistas y por su liberación".238

Lenin no daba por esta razón cuartel a las ideas y concepciones atrasadas de quienes afirmaban que la clase obrera no tiene nada que ver con la democracia y que al preocuparse por ésta puede perder de vista la lucha por sus intereses de clase.

Oponiase Lenin a estos absurdos izquierdistas y hacía ver la importancia que en el plano de los principios y en la práctica tiene la lucha por la democracia, en el curso de la cual el movimiento obrero adquiere madurez y se desarrolla, al tiempo que mejora las condiciones en que puede desenvolverse. Sin arrancar a la burguesía y sin consolidar determinados derechos políticos, la clase obrera no puede ver satisfechas ni siquiera sus reivindicaciones económicas. "Ninguna lucha económica   -enseñaba   Lenin-   puede   traer   a   los obreros  una  mejora  estable  en  su  situación;  ni siquiera puede ser mantenida en amplia escala si los obreros no tienen derecho a celebrar libremente reuniones, a sindicarse, a publicar sus periódicos, a enviar representantes suyos a las Asambleas Nacionales..."239

Pero la importancia de la democracia para la clase obrera no deriva únicamente del hecho de que de ella dependen las condiciones de la lucha que mantiene. Lenin subrayó en repetidas ocasiones que la reivindicación de la democracia corresponde a los objetivos finales del movimiento obrero, a su meta histórica, que consiste en la supresión del dominio de clase en general. Lenin llamaba a la clase obrera a llevar a cabo la transformación económica necesaria para construir la sociedad socialista, mas, al mismo tiempo, indicaba que "el proletariado que no se educó en la lucha por la democracia es incapaz de realizar

 

democracia  burguesa,  y no  contra la democracia  en                           

 

general, como tratan de presentar los enemigos del

 

238 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXV, pág. 443.

239 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 193.

 

 

 

la transformación económica".240

Después de esto se comprende muy bien la profunda   convicción   con   que   Lenin   manifiesta:

"Sería  un  craso  error  pensar  que  la  lucha  por  la

democracia es capaz de apartar al proletariado de la revolución socialista o entorpecerla, llevarla a un segundo plano, etc. Al contrario, de la misma manera que el socialismo triunfante es imposible sin haber implantado la democracia completa, no puede prepararse para el triunfo sobre la burguesía el proletariado que no mantiene una lucha en todos los sentidos, consecuente y revolucionaria, por la democracia."241

Lenin tenía presente, se comprende, que la lucha por la democracia dentro de la sociedad burguesa,

por mucha que sea la energía con que se mantenga y

los éxitos que proporcione, únicamente puede proporcionar a la clase obrera resultados parciales, limitados de antemano al marco del régimen capitalista. Bajo este régimen no hay ni puede haber una democracia completa y consecuente para las grandes masas trabajadoras, pues la dominación de clase  de  la  burguesía  permanece  intangible cualquiera  que  sea  la  estructura  del  Estado capitalista. Bajo el capitalismo es completamente imposible implantar un auténtico poder del pueblo, como, llevados por su fantasía, sueñan ciertos elementos pequeñoburgueses. Mas la lucha por la democracia, según lo concebía Lenin, prepara a la clase  obrera  para  el  mejor  cumplimiento  de  su misión, que consiste en acabar con toda opresión de clase y en crear una sociedad auténticamente democrática, que es la sociedad socialista.

Por consiguiente, cuando la clase obrera sale en defensa de la democracia tiene en cuenta por igual los intereses de su lucha diaria y sus tareas y planes para el futuro.

Tal es la base de principio que determina la posición de los partidos marxistas-leninistas hacia la

lucha por la democracia en los países burgueses.

 

2.   Ofensiva   de   los   monopolios   capitalistas contra  los  derechos  democráticos  de  los trabajadores

En  la  época  del  imperialismo,  la  lucha  por  la

democracia adquiere un valor especial por la razón de que el capital monopolista trata de imponer en

todos    los    terrenos    un    orden    extremadamente

reaccionario,  que  guarda  relación  con  sus aspiraciones a una dominación ilimitada, a la explotación inhumana de los trabajadores, con objeto de   obtener   beneficios   máximos   sin   reparar   en recursos ni en medios. Estas aspiraciones se desprenden, ante todo, de la naturaleza económica del capital monopolista: la consolidación de su poderío significa el paso de la libre competencia a los

 

monopolios y a la lucha entre los monopolios que se disputan el poder y la influencia. Pero el monopolio es   siempre   el   antípoda   de   la   libertad,   vence aplastando a la libertad en todas las esferas de la vida económica y política. "La superestructura política sobre la nueva economía, sobre el capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo monopolista) -indica Lenin-, es un viraje de la democracia a la reacción política. A la libre competencia corresponde la democracia. La reacción política corresponde al monopolio."242

 

La            oligarquía              financiera,            enemiga de           la democracia.

En su análisis de las consecuencias económicas y políticas a que conduce la instauración del poder de

los monopolios, Lenin subraya que, en la época del imperialismo, la ofensiva de la reacción sobre las instituciones,  sistemas  y  tradiciones  democráticas

adquiere la forma de violencia abierta contra la totalidad de las clases y capas (a excepción de la gran

burguesía) y se extiende a los sectores más amplios de la vida política y social.

Esta ofensiva de los monopolios centra sus fuegos

contra la democracia en general, pues monopolio y democracia se encuentran en contradicción flagrante. V. I. Lenin decía a este respecto: "Lo mismo en política exterior que interior, el imperialismo tiende por igual a la violación de la democracia, a la reacción. En este sentido es indudable que el imperialismo es la «negación» de la democracia en general, de toda la democracia...”243

Las tendencias antidemocráticas de la burguesía monopolista se acentúan sin cesar en el período de

crisis general del capitalismo. La agudización de la

lucha de clases, la debilitación progresiva de las posiciones del capitalismo y el miedo al socialismo,

cuyas fuerzas crecen sin cesar, es lo que empuja a los

monopolios a las posiciones extremas en política interior y exterior.

Después de la primera guerra mundial, en algunos

países capitalistas venció el fascismo y se estableció una dictadura descarada y sangrienta de los grupos más reaccionarios y aventureros de la burguesía monopolista y los terratenientes. El fascismo, como lo demuestra la experiencia de Alemania e Italia, significa la supresión completa de la democracia. La disolución de las organizaciones obreras, la represión implacable de toda muestra de oposición, sin exceptuar la de los liberales burgueses; la negación de los derechos democráticos elementales a los trabajadores, la subordinación completa del pueblo al arbitrio de los monopolios y de su máquina estatal, la muerte de los mejores hombres en cárceles y campos de concentración, la barbarie racial y la preparación desesperada para la guerra, y por último, la agresión

 

 

 

240 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 13.

241 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 133.

 

242 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 31.

243 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 31.

 

 

 

que desencadena una nueva matanza mundial. Todo eso es lo que trajo consigo la dictadura fascista.

La segunda guerra mundial, mantenida por los pueblos para poner fin al fascismo, desorganizó de

momento la ofensiva de las fuerzas reaccionarias en muchos países capitalistas. Pero la victoria sobre la

coalición hitleriana de los pueblos que aman la paz estuvo muy lejos de acabar con la amenaza de reacción  desenfrenada  que  el  imperialismo  lleva

consigo. La tendencia de la burguesía imperialista a la reacción política dentro del país y a la agresión en

el exterior no tardó en levantar cabeza en los países burgueses,  y  en  primer  término  en  los  Estados Unidos,    que    son    la    ciudadela    principal    del

capitalismo.  En  el  período  postbélico  se  ha desplegado una nueva y amplia ofensiva del capital

monopolista contra los derechos y libertades democráticos de los pueblos dentro de los países capitalistas.  Y  el  peligro  que  se  cierne  sobre  las

conquistas democráticas de los pueblos viene acentuado por los dos factores siguientes:

Primero, el incremento tomado por el capitalismo monopolista de Estado, la subordinación cada vez mayor   del   Estado   burgués   a   los   monopolios

capitalistas. La participación directa de los monopolios en la gestión de los asuntos públicos les

permite dar de lado a cualquier norma democrática que se oponga a su dominación ilimitada. En estas condiciones, la maquinaria estatal se convierte en un

simple   instrumento   que   el   capital   monopolista maneja a su antojo.

Segundo, el creciente papel del imperialismo norteamericano. Este ha envuelto en sus redes a una

serie de países capitalistas y se entromete descaradamente en sus asuntos internos. En todos los sitios busca el apoyo de la reacción extrema; estimula

todo género de medidas antidemocráticas y concede a los gobiernos burgueses recursos financieros, y a

veces armas, para llevarlas a la práctica. Los círculos reaccionarios de Estados Unidos son en la palestra internacional la principal fuerza antidemocrática que

ejerce presión sobre todo el mundo capitalista.

A esto hay que agregar la creciente influencia reaccionaria   de   las   agrupaciones   monopolistas

interestatales   y   de   los   bloques   agresivos.   Los

diversos  organismos  "supranacionales"  creados  en

Europa escapan de hecho al control de los propios pueblos y alivian a los monopolistas la tarea de combatir en común los derechos democráticos y las libertades dentro de cada nación.

 

La reacción atenta contra los intereses vitales de la clase obrera.

La ofensiva de la reacción contra la democracia es sostenida,  pues,  en  distintas  direcciones  y  en  un frente muy amplio.

Dicha ofensiva se traduce, por ejemplo, en la revisión abierta de las normas constitucionales y de

 

los  sistemas  electorales.  En  algunos  países capitalistas se han aprobado últimamente numerosas enmiendas a la Constitución por las que se incrementan  las  facultades  de  los  gobiernos burgueses y se debilita el control que sobre ellos ejercen los Parlamentos. Son revisadas, para recortarlas, las leyes electorales; prescindiese del principio de la representación proporcional, con lo que salen ganando los partidos burgueses de extrema derecha, y la clase obrera pierde su representación en los  Parlamentos.  Cada  vez  se  restringe  más  la función legisladora de éstos, transmitiéndose dichas facultades a un poder ejecutivo que se encuentra subordinado a los monopolios.

Estas tendencias se han manifestado, más o menos intensamente, en todos los países burgueses, sin que se salven los Estado Unidos, Gran Bretaña, la República Federal Alemana ni Italia; han podido observarse, sobre todo, en Francia, donde la Constitución democrática de 1946 ha sido sustituida, en 1958, por otra que suprime de hecho el régimen parlamentario e instaura un sistema presidencialista.

Obsérvase también un proceso de limitación constante   de   los   derechos   democráticos   de   los

trabajadores y un incremento de la arbitrariedad y el terror policíacos. En 1950 se aprobaba en Estados

Unidos la ley MacCarran, por la que se establecía el control de la policía sobre la correspondencia privada y las conversaciones telefónicas, dando así, de hecho,

fuerza  legal  al  control  de  las  ideas.  También  en

Inglaterra  se  practica  la  escucha  de  las conversaciones telefónicas. Las proporciones que el

desenfreno  policíaco  puede  alcanzar  en  los  países

burgueses nos lo demuestra la historia del maccarthismo, que en poco tiempo supo imponer su sello a toda la vida del pueblo norteamericano.

Ningún país del mundo posee actualmente una policía  política  tan  ramificada  como  los  Estados

Unidos. Bastará remitirse al testimonio de Cirus Eaton, industrial multimillonario y significada personalidad  social  de  Norteamérica.  En  mayo  de

1958 decía en una entrevista televisada: "Si tomamos la   policía   de   las   ciudades,   distritos,   estados   y

organismos gubernamentales y la unimos, hay que decir que Hitler en el período de su esplendor, aun disponiendo  de  la  Gestapo,  no  tuvo  jamás  una

organización de vigilancia como la que nosotros poseemos hoy en nuestro país."

Quienes más sufren de este desenfreno de la reacción son la clase obrera y sus organizaciones. El período    postbélico   se   ha    distinguido    por    la

implantación de leyes antiobreras en la mayoría de los países capitalistas. Así "agradece" la burguesía el

abnegado trabajo de los obreros y sus privaciones durante la guerra. Un modelo de ley antiobrera es la de    Taft-Hartley,    aprobada    por    el    Congreso

norteamericano en 1947, que pone estrechos límites a uno de los más importantes derechos constitucionales de los obreros, como es el derecho de huelga. En realidad, se trata de un intento de colocar al Estado burgués sobre el movimiento obrero y de convertir a dicho Estado en árbitro de los conflictos entre los obreros y los patronos. Si recordamos que el aparato estatal  de  los  países  capitalistas  se  encuentra  en manos de los monopolios o de gentes suyas, comprenderemos fácilmente qué pueden esperar los obreros de semejante arbitraje.

La experiencia de Inglaterra nos dice bien a las claras  al  lado  de  quién  se  encuentra  el  Estado burgués; las huelgas más reñidas son casi en este país las que se mantienen en los sectores nacionalizados de la economía, es decir, allí donde las empresas se encuentran directamente en manos del Estado.

La legislación antiobrera tiene en nuestra época características que la hacen particularmente peligrosa

para  los  trabajadores.  Se  trata  de  una  de  tantas

manifestaciones de la política del capitalismo monopolista de Estado en el plano de las relaciones

entre  las  clases.  Valiéndose  del  Estado,  el  capital

monopolista trata de apoderarse del movimiento obrero y de mantenerlo sometido a su control para que nada se oponga ya a la explotación de los trabajadores.

Hay que señalar, en fin, el incremento general de los  métodos  terroristas  con  que  se  persigue  a  los

trabajadores en los países burgueses. Se trata del Ku-

Klux-Klan, que vuelve a levantar cabeza, de la actividad  de  organizaciones  fascistas  militarizadas

como la "Legión Americana" (Estados Unidos) y los

"Cascos de Acero" (República Federal Alemana), de la formación de todo género de "grupos de producción" o "para el mantenimiento del orden" en las fábricas de Estados Unidos, Alemania Occidental, Francia e Italia. Todo esto son eslabones de una misma cadena.

La   ofensiva   de   la   reacción   tropieza   con   la creciente  resistencia  de  las  masas  populares.  No

obstante, el peligro está lejos de haber sido eliminado

y exige una vigilancia atenta por parte de todas las fuerzas  progresistas  y  democráticas  de  los  países

burgueses.

 

El anticomunismo como táctica favorita de los enemigos de la democracia.

Entre las distintas formas que adopta la ofensiva de   la   reacción   contra   la   democracia,   un   lugar

específico corresponde a los ataques que se emprenden bajo la bandera de la "lucha contra el comunismo".

Los comunistas son las primeras víctimas de la reacción porque son los enemigos más decididos de

la esclavitud capitalista, los más consecuentes defensores de las libertades democráticas y derechos de los trabajadores. Cuando la burguesía imperialista

descarga sobre los Partidos Comunistas sus más fuertes golpes, lo que pretende es privar a la clase

 

obrera de su vanguardia y paralizar su lucha.

Largos años de experiencia demuestran, sin embargo,    que    las    persecuciones    de    que    los

comunistas   son   objeto   buscan   unos   fines   más

amplios. Sirven siempre de señal para la ofensiva de la reacción contra todos los partidos y organizaciones democráticas. Contra todos los sindicatos y todos los elementos de oposición. La persecución, iniciada contra los comunistas, se amplía después a los socialistas   de   izquierda,   y   luego   a   todos   los socialistas; más tarde les llega la vez a los liberales burgueses,  y  a  continuación  a  todos  cuantos  se oponen lo más mínimo a la dictadura del capital monopolista.

Así ocurrió en la Italia fascista y en la Alemania hitleriana. El mismo procedimiento siguen ahora los círculos reaccionarios de distintos países europeos y de Estados Unidos. De ahí la inquietud que entre los hombres avanzados de Occidente despiertan los intentos de la reacción de poner fuera de la ley a los comunistas norteamericanos, el acuerdo del gobierno de Bonn de prohibir el Partido Comunista de Alemania y actos antidemocráticos análogos en otros países.

Actualmente, los Partidos Comunistas están prohibidos en más de 30 países del "mundo libre"; esto demuestra una vez más el desenfreno a que han llegado las fuerzas reaccionarias y la gran amenaza que se cierne sobre las conquistas democráticas de la clase obrera. Esta amenaza se acentúa sobre todo allí donde la reacción consigue aislar a los comunistas de los otros partidos y organizaciones democráticas, donde la separación y la división reina entre comunistas y socialistas. La división facilita hoy día a las fuerzas reaccionarias la lucha contra los comunistas; mañana le permitirá lanzarse contra quienes contemplan indiferentes las persecuciones de que los comunistas son objeto.

Con el fin de embotar la vigilancia de las masas populares, se difunde la falsa versión de que esas persecuciones no afectan a nadie que no sean los comunistas.  Se  engañan  peligrosamente  ciertos líderes socialistas y liberales, demasiado miopes, cuando suponen que podrán evitar los golpes y represiones si dejan a los comunistas abandonados a su suerte, si no se "ponen a mal" con la reacción y se comportan "sensatamente". Toda la experiencia histórica del movimiento obrero, en particular la amarga experiencia de los obreros alemanes durante la orgía de la reacción hitleriana, clama contra esa cobarde táctica. Únicamente los esfuerzos conjuntos de todas las fuerzas democráticas son capaces de detener la ofensiva de la reacción y de rechazar sus ataques.

Toda la historia de la lucha de los trabajadores en los países capitalistas nos lleva a la conclusión de

que   la   democracia   es   indivisible.   Es   suficiente aceptar que los Partidos Comunistas sean excluidos de su esfera para que se vean en peligro los derechos, los intereses y a veces la existencia misma de otras organizaciones progresistas.

 

La democracia como base de los movimientos populares de masas.

La lucha de la clase obrera en defensa de la democracia tiene tanto más valor por cuanto del éxito de  la  misma  depende, en buen  grado,  el  de  otros

importantes movimientos populares de nuestros días en defensa de la paz, de la independencia nacional y

de la soberanía. Todos estos movimientos guardan relación íntima entre sí y en la práctica se interfieren a  menudo.  Es  imposible,  por  ejemplo,  apartar  la

lucha por la democracia de la lucha por la paz, pues la   preparación   de   la   guerra   va   acompañada

inevitablemente de ataques en masa contra la democracia y del incremento de la reacción política y de la explotación de la clase obrera. Hay que tener en

cuenta, sin embargo, que la capacidad de las masas populares para influir sobre la política de las clases

gobernantes depende del nivel de desarrollo de la democracia en cada país capitalista concreto.

Para expresar su voluntad de paz y su protesta

contra los preparativos bélicos, los trabajadores han de tener derecho de manifestación y de reunión, han de poder celebrar mítines, tener cabida en la prensa, etc.   Al   objeto   de   influir   sobre   la   política   del gobierno, han de tener representantes suyos en el Parlamento.  Para  defender  con  éxito  la independencia nacional y la soberanía se requiere un determinado grado de democracia, de tal modo que las masas puedan expresar su voluntad e insistir en sus reivindicaciones.

Así, pues, la defensa de la democracia es, en las condiciones actuales, deber y obligación de todos los

hombres y organizaciones progresistas, de todos los amigos  de  la  paz,  de  todos  cuantos  estiman  la

independencia de su patria. Con su defensa de la democracia frente a los ataques de la reacción, al no permitir  que  les  sean  arrebatados  los  derechos  y

libertades de las masas trabajadoras, la clase obrera de los países capitalistas sienta la base para el triunfo

de la causa de la paz y la independencia nacional.

 

3. La unificación de las fuerzas democráticas, condición primordial para la victoria sobre la reacción y el fascismo

Contrariamente a todos los deseos y cálculos de la reacción, sus intentos de recortar o suprimir la democracia   han   puesto   en   movimiento   fuerzas

poderosas que se oponen a tales propósitos. Justamente porque el menoscabo de la democracia

afecta a los intereses de las más diversas clases y capas de la población, se hace objetivamente posible en los países capitalistas la formación de un amplio

frente de lucha en defensa de la democracia.

 

Ampliación de la base social del movimiento democrático.

Una reserva de singular importancia para el ascenso del movimiento democrático es la pequeña

burguesía. Refiriéndose a la doble situación que ésta ocupa, Lenin escribía: "El marxismo nos enseña que,

mientras exista el capitalismo, las masas pequeñoburguesas sufrirán inevitablemente a consecuencia de los privilegios antidemocráticos...,

sufrirán las consecuencias de la opresión económica."244

El capital monopolista asfixia y arruina a la pequeña burguesía de la ciudad y el campo, produciendo en ella un sentimiento de irritación y

protesta. Pero este sentimiento de irritación del pequeñoburgués, en virtud de la doble naturaleza que

le es propia, puede ser utilizado por la reacción. Esta trata  de  despertar  en  él  los  bajos  instintos  del pequeño  propietario;  procura  sembrar  ilusiones  y

esperanzas de que en calidad de tal podrá recobrar su bienestar.

El fascismo demuestra que, en determinadas condiciones, la camarilla monopolista puede arrastrar a la pequeña burguesía y aprovecharla para combatir

a la democracia. Así ocurrió en Italia y Alemania. Pero el fascismo ha sido también una severa lección

para la pequeña burguesía a la que él engañó.

En la situación actual, las condiciones objetivas facilitan la lucha de la clase obrera y de los Partidos

Comunistas por incorporar a la pequeña burguesía a las filas del movimiento democrático.

La posición hacia la democracia y su suerte futura ha cambiado también sensiblemente entre los propios

capitalistas. Los monopolistas y sus cómplices ven en la democracia una supervivencia del pasado y una carga manifiesta; aspiran a terminar con ella porque,

hasta en sus formas burguesas, representa un valladar para sus deseos de conseguir la dominación ilimitada

dentro del cuerpo social. Otra parte de la burguesía, sin embargo, no está interesada en modo alguno en una  omnipotencia  de  los  monopolios  que  no  le

augura nada bueno.

El capital monopolista no se desarrolla sólo por la explotación   inhumana   de   la   clase   obrera,   los

campesinos y la pequeña burguesía de la ciudad, sino

también por la absorción o supresión de un gran número de empresas capitalistas pequeñas y medias.

Lenin dice, refiriéndose a la situación en que se

ven los dueños de estas últimas en la época del capitalismo monopolista: "Ante nosotros no tenemos ya la competencia y lucha de empresas pequeñas y grandes, técnicamente atrasadas y técnicamente avanzadas. Ante nosotros vemos cómo los monopolistas aplastan a quienes no se subordinan a ellos..., a la opresión y la arbitrariedad de los monopolios."245

 

 

244 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVII, pág. 57.

245 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 194.

 

 

 

La ofensiva de los monopolios contra las capas medias de la burguesía va acompañada por un incremento  de  la  opresión  política.  La  vida  nos ofrece en el mundo capitalista buen número de ejemplos de violación de los derechos e intereses de la burguesía media, de persecución de las organizaciones, los partidos y la prensa que salen en su defensa.

Hay  que  agregar  que  parte  de  la  burguesía  se opone  a  la  limitación  excesiva  de  los  derechos  y

libertades  democráticos,  por  el  temor  de  que  eso

agudice la lucha de clases, con las grandes conmociones sociales que lleva aparejadas.

La clase dominante ha de tener presente asimismo

la experiencia de las dictaduras fascistas de Alemania e Italia; ve que la dominación sin freno de los grupos reaccionarios extremos de la burguesía monopolista amenaza con escindir profundamente el campo imperialista y provoca una incontenible reacción antifascista en todo el mundo. Por eso, los políticos burgueses más sensatos exhortan a la "moderación", sosteniendo que, desde el punto de vista de los intereses de clase de la burguesía en su conjunto, la democracia parlamentaria es un método de gobierno más "seguro" que la dictadura fascista.

La diferenciación producida en el campo burgués amplía las posibilidades de agrupar a grandes capas

del pueblo para la defensa de la democracia.

 

La lucha de la clase obrera por la agrupación de todas las fuerzas democráticas.

Lo mismo que en los demás movimientos progresistas, en la lucha por la democracia la clase

obrera  está  llamada  a  cumplir  un  papel  de vanguardia. Esto es así porque, de todas las clases de la   sociedad   burguesa,   el   proletariado,   por   su

naturaleza misma, es la clase que aspira a una democracia más profunda y consecuente; al mismo

tiempo, es la más audaz y organizada, la más capaz de ir a la cabeza contra los manejos de la reacción. Dando   a   las   otras   clases   y   capas   ejemplo   de

consecuencia y fidelidad a los principios en la lucha por  la  democracia,  la  clase  obrera  se  asegura  la

hegemonía dentro de esta lucha, en la que está dispuesta a ir más lejos que ninguna otra. "La hegemonía de la clase obrera es su influencia política

(de ella y de sus representantes) sobre los demás elementos de la población en el sentido de expurgar

su espíritu democrático (cuando existe tal espíritu) de impurezas no democráticas..."246

Los Partidos Comunistas de los países capitalistas

trabajan incansablemente para agrupar a las más amplias  capas  del  pueblo  en  defensa  de  la democracia.

Palmiro Togliatti, secretario general del Partido

Comunista Italiano, decía en diciembre de 1956, en su  informe  ante  el  VIII  Congreso  del  Partido,

 

246 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XVII. pág. 56.

 

refiriéndose a la encarnizada ofensiva de la burguesía contra las conquistas democráticas del pueblo: "Nosotros sabemos la tenacidad con que se resisten al progreso las clases y partidos que hoy se encuentran en el poder, y no excluimos la posibilidad de intentos de golpes reaccionarios. Y considerando esa posibilidad, llegamos a la conclusión de que es necesario mantener aún más fuerte en nuestras manos la bandera del progreso democrático y de defensa de la libertad, no sólo en interés nuestro, sino de todas las capas del pueblo, de toda la sociedad italiana."

Una tenaz lucha en defensa de la democracia mantiene el Partido Comunista francés en estos momentos en que las fuerzas reaccionarias se muestran tan activas. El Partido denuncia enérgicamente la doblez y la falsedad de la propaganda burguesa cuando ésta afirma que los males  de  Francia  se  deben  al  "exceso  de democracia". El Pleno del C.C. del P.C.F., celebrado en junio de 1958 después de que De Gaulle había formado su gabinete, manifestaba: "La causa de las calamidades  que  afligen  a  Francia  no  es  la democracia o el régimen parlamentario, sino al revés, es la constante violación, por medio del anticomunismo, de la voluntad de los electores y de los principios del régimen parlamentario... El medio para superar el desorden y la impotencia del gobierno no está en lanzar por la borda la democracia, sino, al contrario, en asegurar su funcionamiento normal... "

El Pleno llamaba a la creación de un amplio frente antifascista contra la reacción. "Prenda de la victoria en esta lucha -decía la resolución del Pleno- es la unidad de la clase obrera basada en la unidad de comunistas y socialistas y en la agrupación, en torno a la clase obrera, de todas las fuerzas democráticas y nacionales."

La tarea de agrupar a las fuerzas democráticas se plantea   como   una   necesidad   aguda   en   Estados Unidos e Inglaterra, en Francia y Bélgica, en la República Federal Alemana e Italia y en todos los demás países capitalistas. Los comunistas se encuentran siempre en las primeras filas de quienes luchan por la democracia.

Los representantes de los Partidos Comunistas de Italia, Francia y otros países capitalistas que hablaron en el XXI Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, se detuvieron muy especialmente en las tareas de la lucha por la democracia y por la agrupación de todas las fuerzas democráticas. Según indicaban, en Europa Occidental está madurando otra gran   ofensiva   de   las   fuerzas   de   la   reacción. Numerosos hechos prueban que la burguesía dominante abandona cada vez más los métodos democrático-burgueses de gobierno y pasa a métodos semifascistas y hasta descaradamente fascistas.

En el informe de N. S. Jruschov ante el XXI Congreso se decía: "Para millones de hombres, el

fascismo   va   relacionado   de   ordinario   con   los nombres de Hitler y Mussolini. Sin embargo, no hay que excluir que el fascismo pueda renacer en otras formas, que no sean las anteriores, desacreditadas ya ante los pueblos.

"Ahora, cuando existe el poderoso campo del socialismo, cuando el movimiento obrero tiene gran experiencia de lucha contra la reacción y cuando la clase obrera está más organizada, son mayores las posibilidades de los pueblos para cerrar el paso al fascismo. Contra el fascismo se puede y se debe agrupar a las más amplias capas del pueblo, a todas las fuerzas democráticas auténticamente nacionales."247

 

Capitulo   XIX.  Las  amenazas   de  guerra y  la lucha de los pueblos por la paz

  1. El imperialismo amenaza  más que nunca  el futuro de la humanidad

 

La            consecuencia       más         monstruosa          del imperialismo son las guerras mundiales. Desde que el capitalismo entró en su última fase, la humanidad ha sido arrastrada ya a dos catástrofes de este género que se prolongaron en total durante diez años. Si a este  tiempo  unimos  las  guerras  locales desencadenadas por los imperialistas en la primera mitad de siglo, resulta que en más de la mitad de todo este período no cesaron las matanzas.

La segunda guerra mundial dejó muy atrás a la primera     por     sus     proporciones     y     por     el

encarnizamiento con que se llevó a cabo. En la primera  tomaron  parte  36  países,  con  un  total  de

1.050 millones de habitantes (el 62 por ciento de la población mundial); la segunda atrajo a su órbita a 61

países con una población de 1.700 millones de habitantes  (el  80  por  ciento  de  la  población  del globo). En la primera, las operaciones militares se

desarrollaron en un territorio de cuatro millones de kilómetros   cuadrados,   y  en   la   segunda,   de   22

millones. En la primera guerra mundial fueron llamados bajo las armas 70 millones de hombres, y en la segunda 110 millones.

Lo mismo puede decirse en cuanto a las víctimas. En la primera guerra mundial hubo 10 millones de

muertos  y 20  millones  de heridos.  La  segunda  se llevó  32  millones  de  vidas  humanas  y  dejó  35 millones de inválidos.

En cuanto a las pérdidas materiales, podemos hacernos  una  idea  por  las  cifras  siguientes:  en

Europa, durante la segunda guerra mundial quedaron destruidos 23,6 millones de viviendas, 14,5 millones de edificios públicos y empresas industriales y más

de  200.000  kilómetros  de vías  férreas.  Sólo  en la

Unión  Soviética,  los  invasores  fascistas  alemanes

 

 

247 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años  1959•1965",  en  Materiales   del  XXI  Congreso extraordinario  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.

99.

 

incendiaron y destruyeron 1.710 ciudades y más de

70.000 aldeas, con lo que perdieron su hogar 25 millones de personas.

A pesar de las terribles armas aparecidas en el

siglo XX, que llevaban a los militaristas a enunciar las aventureras teorías de la "guerra relámpago", la duración de las guerras no disminuye, sino que va en aumento.  La  primera  guerra  mundial  duró  51.5 meses, y la segunda 72.

Vivo  testimonio  del  creciente  espíritu reaccionario y agresivo del imperialismo en nuestros días es la constante amenaza de una nueva guerra mundial, que por su fuerza destructiva dejaría muy atrás a todo cuanto la humanidad ha conocido hasta ahora.

En efecto, durante las guerras de 1914-1918 y de

1939-1945 hubo extensas zonas y continentes enteros (por ejemplo, toda América y gran parte de África) a los que no llegó el fragor de la contienda. Actualmente, el cambio, los puntos más alejados de la tierra se encuentran al alcance de la aviación moderna y de los proyectiles dirigidos. No sólo los ejércitos en el frente, sino también la población civil de  la  retaguardia  más   profunda  conocerían  sus efectos. Estrategas y teóricos del imperialismo preparan ya abiertamente a esta idea a la opinión pública. Lyddel Hart, escritor militar inglés, afirma sin rodeos que "la guerra ha dejado de ser una lucha entre dos ejércitos. La guerra se ha convertido en un simple proceso de destrucción".

Las calamidades de una tercera conflagración mundial se incrementarían muy especialmente por las

circunstancias de que los imperialistas la proyectan y

preparan como una guerra nuclear. Y el radio de acción del arma atómica y de hidrógeno es tan extenso, el peligro de contaminación radiactiva de la atmósfera es tan grande, que la explosión de una o dos bombas de hidrógeno podría ser catastrófica para cualquier país europeo de extensión media. Y no hablemos ya de los Estados pequeños.

No olvidemos tampoco que las pruebas de armas atómicas,  a  la  prohibición  de  las  cuales  tanto  se

resisten los imperialistas, someten a la humanidad a

un grave peligro. La continuación de estas pruebas, incluso al nivel actual, puede tener consecuencias irreparables para la salud de las futuras generaciones.

Así, pues, la carrera de armamentos, desencadenada por las potencias imperialistas, nos ha

llevado a una situación de extraordinario peligro.

La historia del capitalismo abunda en páginas negras que rezuman sangre. Pero los preparativos que

los imperialistas hacen para una tercera guerra mundial empujan a la humanidad a un crimen que

sobrepasa  y  eclipsa  todo  cuanto  hasta  ahora  se conoce.

 

Una estrategia peligrosa para la paz.

Los círculos agresivos del capital monopolista de

 

 

 

Estados Unidos representan una amenaza muy seria para  la  paz.  En  vísperas  de  la  segunda  guerra mundial, ciertos prohombres de los monopolios norteamericanos expusieron ya sus pretensiones a la dominación del mundo. La oligarquía financiera de Wall Street ha aprovechado la victoria de la coalición antihitleriana para tratar de establecer el imperio mundial del dólar.

Con su programa de expansión, los monopolios de

Estados Unidos perseguían fines de largo alcance: robustecer su posición dominante en el campo capitalista; aplastar el movimiento de liberación nacional e impedir la desintegración definitiva del sistema colonial, arrebatando el control de éste a los viejos  imperios;  detener  la  decadencia  del capitalismo,   resolviendo   las   contradicciones   que dicho régimen encierra a costa del campo socialista, organizando contra él una nueva guerra.

La clave para la realización de este programa era la  "guerra  fría"  contra  la  Unión  Soviética  y  las

democracias  populares.  Porque  la  existencia  de  la

Unión Soviética y de la comunidad de Estados socialistas entraña graves riesgos para cualquier plan de conquista de la dominación del mundo y lo condena al fracaso.

Quienes  organizaron  y  planearon  la  guerra  fría comprendían que serían necesarios muchos esfuerzos

y  tiempo  para  cambiar  en  recelo  y  hostilidad  la

estimación   y   la   confianza   que   los   pueblos   de

Occidente sentían hacia la Unión Soviética, su valeroso aliado del día de ayer en la lucha contra el fascismo hitleriano. El primer fin de la guerra fría fue, por eso, envenenar la atmósfera internacional hasta tal punto que resultara posible la agrupación de un amplio bloque antisoviético y antisocialista.

El mismo término de "guerra fría" presupone un estado intermedio e inestable entre la paz y la guerra,

un estado de hostilidad política que se halla a un paso

del conflicto armado. El núcleo de la guerra fría es una tensión internacional artificialmente creada y mantenida,  la  negativa  a  colaborar internacionalmente en pie de igualdad y la proclamación de los métodos de imposición y de presión sobre los países socialistas (política "desde la posición de fuerza"). La guerra fría trae consigo la restricción máxima del comercio normal entre Occidente y Oriente, la adopción, en tiempos de paz, de listas prohibitivas de mercancías, el embargo y el bloqueo económico; el cese o la reducción al mínimo del  intercambio  cultural  y  de  los  contactos  en  el plano científico, y un amplio trabajo de zapa y sabotaje contra los Estados socialistas, con los que exteriormente se mantienen normales relaciones diplomáticas.

Esta táctica de los medios agresivos de Estados

Unidos  no  se  propone  únicamente  fines antisoviéticos y antisocialistas. Entre el alboroto de la

guerra  fría,  Norteamérica  aspira  a  subordinar  por completo  a  los  demás  países  imperialistas  y reducirlos a la situación de dóciles ejecutores de su voluntad. Si se pusiera fin a la guerra fría y se cesase de perturbar al mundo con la supuesta amenaza del "peligro comunista", en esos países renacerían inevitablemente   las   tendencias   a   mantener   una política nacional autónoma.

Los círculos agresivos norteamericanos imitan en este aspecto a Hitler, quien, como todos saben, se

sirvió del antisovietismo y el anticomunismo para arrancar concesiones a otros países capitalistas a los

que más tarde había de hacer sus víctimas.

Bajo la falsa bandera de la lucha contra el "peligro comunista", durante los años de la guerra fría ha sido

creado un amplio sistema de bloques militares y de bases estratégicas en territorios extranjeros. Todo ese

sistema gira alrededor de la Alianza Nordatlántica (N.A.T.O.), que comprende 15 países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania Occidental,

Canadá, Italia, Bélgica, Holanda, Noruega, Dinamarca, Turquía, Portugal, Grecia, Luxemburgo e

Islandia). En el Oriente Cercano y Medio, como continuación del anterior, nos encontramos con el antiguo Pacto de Bagdad, que ahora se conoce como

Pacto de Ankara, o S.E.N.T.O. (Gran Bretaña, Turquía, Pakistán, Irán y, de hecho, Estados Unidos,

que participan en tres importantes comisiones del mismo: económica, militar y de lucha contra la "actividad   subversiva").   En   el   Asia   Sudoriental

tenemos  la  S.E.A.T.O.,  bloque  que  comprende  a ocho países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia,

Australia,  Nueva  Zelandia,  Pakistán,  Filipinas  y

Tailandia). Paralelamente, en la zona del Pacífico, existe   el   A.N.Z.U.S.   como   bloque   imperialista

auxiliar   (Australia,   Nueva   Zelandia   y   Estados

Unidos).

La creación de este sistema de bloques militares ha dado un impulso como jamás se viera a la carrera de  armamentos.  Según  datos  oficiales  de  la N.A.T.O., los gastos militares de los países que la componen se han triplicado entre 1950 y 1957. Durante diez años, esta organización ha invertido en preparativos bélicos un total superior a 500.000 millones de dólares.

Simultáneamente, los Estados Unidos han conseguido de sus aliados y satélites el derecho a

construir y sostener en su territorio bases militares propias,   principalmente   aéreas   y   de   proyectiles

dirigidos. Según datos expuestos en el Senado norteamericano en 1958, Estados Unidos tienen en el extranjero unos 275 "conjuntos principales de bases";

y si se cuentan todos los puntos donde ahora hay tropas norteamericanas y los que se proyecta ocupar

en caso de necesidad, ascienden a ¡más de 1.400 bases!

Los militaristas norteamericanos dicen y repiten

incansablemente  que  sus  bases  son  "defensivas";

cualquiera sabe, sin embargo, que están destinadas a la agresión contra la Unión Soviética, la República Popular China y todo el campo socialista, alrededor del cual están montadas.

Finalmente, para comprender bien la naturaleza de la             guerra    fría          desatada               por         los           círculos

imperialistas    de    Estados    Unidos,    hemos    de

considerar los estrechos vínculos que mantiene con la política económica de los monopolios norteamericanos. Las enormes inversiones que el gobierno hace para la adquisición de material bélico son consideradas en Estados Unidos como un medio de mantener la coyuntura y de combatir las crisis económicas. El Departamento de Guerra es el principal cliente de la industria norteamericana. De ahí que los monopolios y las esferas políticas relacionadas con ellos tengan interés en mantener la tensión, y no en volver a la normalidad de las relaciones internacionales.

El             Presidente            de           Estados  Unidos   anunció públicamente el 6 de mayo de 1958 que en los cinco

años  anteriores  su  país  había  invertido  con  fines

militares 200.000 millones de dólares. Al mismo tiempo manifestaba el propósito de destinar anualmente más de 40.000 millones de dólares a gastos   militares   durante   "diez,  quince   y  acaso cuarenta años".

 

Los imperialistas juegan con fuego.

En Occidente hay quien se consuela pensando que los preparativos militares de Estados Unidos son una

amenaza sólo para la Unión Soviética y los países del

campo   socialista.   El   error   no   puede   ser   más profundo. En realidad, la estrategia a que los militaristas más desenfrenados se atienen y a la que dan el nombre de "global", encierra la amenaza de una guerra "global". En unas condiciones en que el campo socialista cuenta con cerca de mil millones de personas y abarca una parte importante del globo, la agresión a cualquiera de los países que lo componen puede  conducir  a  un  conflicto  mundial.  Hay  que tener presente asimismo el peligro que para la paz general  representan  las  injerencias  de  los imperialistas norteamericanos y de otros países en los asuntos internos de Estados no socialistas. Cualquier guerra "local" impuesta por los imperialistas en un ambiente  de  tirantez  internacional  puede transformarse en un gran incendio bélico.

El peligro se hace aún mayor si consideramos que los  elementos  expansionistas  de  Estados  Unidos

manifiestan  una  tendencia  evidente  a  sobreestimar

presuntuosamente sus fuerzas y posibilidades, a un desvergonzado  aventurerismo  en  política.  Dulles, que durante algunos años dirigió la política exterior norteamericana, lo confirmó así al afirmar que mantenía una política de "equilibrio al borde de la guerra".

Es también puro aventurerismo la doctrina militar de los generales norteamericanos, que se basa en el

 

golpe "masivo" por sorpresa. Todo el mundo protestó airadamente al saber que el mando norteamericano, en tiempos de paz, mantiene en el aire de un tercio a la mitad de su aviación de bombardeo, dotada de bombas atómicas. No otra cosa que aventurerismo y provocación es el envío a las fronteras de la Unión Soviética de aviones cargados con bombas atómicas, las amenazas del Pentágono de utilizar en el Cercano y Extremo Oriente bombarderos atómicos y la tenaz resistencia a poner fin para siempre a las pruebas de armas nucleares, a pesar del evidente daño que esto significa para la salud de millones de seres.

Todos estos actos de los círculos más agresivos de

Estados Unidos vienen a confirmar las palabras de

Lenin cuando afirmaba que la burguesía imperialista "está  dispuesta  a  toda  clase  de  ferocidades, crueldades y crímenes para defender la agonizante esclavitud capitalista".248

En las amenazas de los militaristas norteamericanos hay, ciertamente, una gran dosis de chantaje o bluff. Mas, con todo y con eso, la política de provocaciones y amenazas, combinada con una desenfrenada carrera de armamentos, encierra serios peligros de guerra. Los intereses vitales de todos los pueblos, sin excluir al pueblo norteamericano, exigen que se ponga fin a este continuo jugar con fuego.

 

2. La clase obrera y la guerra

De  entre  todas  las  clases  que  componen  la

sociedad, son los obreros y los campesinos quienes siempre sufrieron más las calamidades de las guerras y sus consecuencias. Los ejércitos se componen ordinariamente de hijos de obreros y campesinos que visten el capote militar. Y si los campesinos, por su atraso y falta de organización, se mostraron durante largo  tiempo  pasivos  hacia  las  guerras,  hace  ya mucho que la clase obrera de los países capitalistas avanzados ha escrito en la historia páginas brillantes de valerosa resistencia a convertirse en carne de cañón.

Sabemos, por ejemplo, que en el período de la guerra   civil   norteamericana   (1861-1865)   fue   la

acción  de  las  masas  trabajadoras,  dirigidas  por  el

proletariado, lo que contuvo a Inglaterra y otros Estados europeos de intervenir en el conflicto en ayuda de los esclavistas del Sur. "No es la sabiduría de las clases dominantes, sino la heroica resistencia de la clase obrera de Inglaterra a su criminal insania lo que salvó a la Europa Occidental de la aventura de una vergonzosa cruzada emprendida para perpetuar la esclavitud y extenderla al otro lado del Atlántico",249 escribió con orgullo Carlos Marx.

Toda la historia del movimiento obrero ha sido una lucha constante y decidida contra las guerras,

que tan grandes sufrimientos y privaciones traen a las

 

 

248 . I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XIX, pág. 77.

249  C. Marx y F. Engels, Obras  escogidas, t. 1. Moscú, 1955, págs. 342-343.

 

 

 

masas trabajadoras. Nadie que estime la paz olvidará jamás a tan abnegados luchadores contra el militarismo y el peligro bélico como Juan Jaurés, Carlos Liebknecht, Eugenio Debs y otros lideres del movimiento obrero.

A principios de siglo escribía Lenin que la parte consciente de la clase obrera condena rotundamente

las guerras por ver en ellas un método bestial de resolver las diferencias entre los hombres.250 Más tarde,  en  los  años  de  la  primera  guerra  mundial, señala de nuevo que "los socialistas han condenado siempre  las  guerras  entre  los  pueblos  como  algo brutal y bárbaro".251

Las acciones del proletariado en defensa de la paz adquieren singular vigor porque, a diferencia de otros muchos grupos que participan en los movimientos contra la guerra, los obreros conscientes conocen las raíces económico-sociales que la engendran en la época moderna.

Carlos Marx escribía en los años 60 del pasado siglo que los propios crímenes cometidos por las clases reaccionarias "señalaban a la clase obrera su obligación de conocer los secretos de la política internacional, de seguir la labor diplomática de sus gobiernos y, en caso necesario, oponerse a ella con todos los medios que tuviesen a su alcance".252

Desde que fueron escritos estos renglones, la clase obrera ha reunido una experiencia formidable, ha cursado una escuela que la preparó bien para cumplir sus elevados deberes como defensor de la paz.

Ahora, cuando el imperialismo ha hecho crecer tanto el peligro de guerra, sobre los hombros de la

clase obrera y de sus partidos revolucionarios pesa

una gran responsabilidad. Siendo como son la clase más numerosa y organizada, los obreros ocupan posiciones  clave  en  la  lucha  contra  una  nueva matanza  mundial.  Hoy  en  día  la  guerra  es,  sobre todo, una guerra de máquinas, de material técnico, y las máquinas las construyen los obreros; ellos son también  los  que  constituyen  la  armazón  de  los grandes ejércitos. "Los obreros de los países avanzados determinan hasta tal punto la marcha de la guerra que, contra su voluntad, es imposible hacerla...",253   decía  Lenin  refiriéndose  a  la experiencia de la primera guerra mundial. Y posteriormente aún ha crecido más la dependencia en que   los   ejércitos   se   encuentran   respecto   de   la industria, así como de la retaguardia en general.

Por consiguiente, la clase obrera está en condiciones  de  obligar  a  las  clases  dominantes  a tener en cuenta su voluntad. Para ello, sin embargo, esa  voluntad  ha  de  ser  claramente  expresada  en forma de grandes acciones contra la guerra, en forma

 

 

250 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. VIII, pág. 529.

251 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, pág. 271.

252 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. 1, Moscú, 1955, pág.

343.

253 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXXII. pág. 252.

 

de  una  presión  constante  sobre  los  partidos burgueses, laboristas y socialdemócratas, sobre los parlamentos y la prensa, denunciando los manejos e intrigas de los gobiernos imperialistas, sus planes militares y sus convenios secretos.

No hemos de olvidar que la clase obrera tiene en sus  manos  un  arma  tan  fuerte  de  lucha  contra  la

guerra  y  sus  preparativos  como  es  la  huelga,  la

negativa a fabricar armas y a transportar material militar  destinado  a  la  agresión.  Si  se  presenta  el

peligro real de una guerra nuclear, la clase obrera es

capaz de conseguir con sus acciones políticas, apoyadas por las masas trabajadoras, hasta la eliminación del gobierno que quiera la guerra y su sustitución  por  otro  inspirado  por  propósitos pacíficos. El apoyo general del pueblo a semejantes acciones de la clase obrera en momentos de peligro para la nación es tanto más probable si pensamos que, en la lucha contra la guerra, defiende no sólo sus intereses específicos, sino los intereses de toda la sociedad y, podríamos decir, de todo el género humano.

Se comprende que para estar a la altura de las circunstancias la clase obrera ha de poner fin, antes

que nada, a todo espíritu de apatía política y de tranquilidad en sus propios medios. Un peligro muy

digno de tenerse en cuenta es la envenenada propaganda de los mandatarios de la burguesía en el seno del movimiento obrero, cuando aseguran que la

carrera de armamentos "favorece" a los trabajadores por  asegurarles  ocupación  y  altos  salarios  en  la

industria de guerra; que la creación de enormes reservas de armamento, incluido el termonuclear, es

un factor que "detiene" la guerra. Mas la experiencia demuestra que la carrera de armamentos lleva a la inflación y, en último término, aumenta las cargas

económicas de los trabajadores. La acumulación de reservas   de   bombas   atómicas   y   de   hidrógeno

exacerba la agresividad de los imperialistas, que amenazan con convertir cualquier conflicto bélico en una catastrófica guerra nuclear.

Los defensores más consecuentes de la paz son en nuestro  tiempo  los  Partidos  Comunistas.  Según  se

dice en la Declaración aprobada en Moscú, en noviembre de 1957, "los Partidos Comunistas ven en la   lucha   por   la   paz   una   tarea   de   primordial

importancia. Unidos a todas las fuerzas que quieren la paz, harán cuanto de ellos dependa para impedir la guerra".254 En la Declaración, lo mismo que en el Manifiesto de la Paz, aprobado al mismo tiempo, los Partidos Comunistas tienden la mano a todos los hombres de buena voluntad, llaman a todos cuantos quieren la paz a unirse para, en un esfuerzo común, acabar con la carrera de armamentos que pesa sobre los pueblos, y liberar al mundo de la amenaza de guerra, muertes y destrucciones.

 

 

 

254    Documentos  de  las  reuniones  de  representantes  de  los Partidos Comunistas y Obreros celebradas en Moscú, en noviembre de 1957, Gospolitizdat, Moscú, 1958, página 11.

 

 

 

Cuando la clase obrera y sus partidos marxistas llaman a la unidad de todas las fuerzas dispuestas a

luchar  contra  la  guerra,  no  pretenden  ocupar  una

posición exclusiva, ni mucho menos el monopolio del movimiento antibélico. Todo lo contrario, apoyan de   buen   grado   cualquier   iniciativa   pacífica   no importa de donde proceda. Están dispuestos a obrar en común con todas las organizaciones que persiguen fines antiguerreros y antiimperialistas, cualesquiera que sean los motivos que lleven a ello: pacifistas, religiosos, morales o de otra índole. Y esto no es una maniobra política, como afirma la propaganda reaccionaria, sino fruto de la honda convicción que los comunistas tienen de que, en las condiciones actuales, la guerra arrastraría inevitablemente a toda la humanidad a un abismo de calamidades sin cuento, que por largo tiempo detendría su progreso social, económico y cultural.

Un papel singular en la defensa de la paz pueden desempeñar las acciones conjuntas de todos los partidos de la clase obrera, comunistas y socialistas, el establecimiento de la unidad de acción entre ellos. Si ello se consigue, el movimiento contra la guerra adquirirá una potencia tal, que echará por tierra todos los planes criminales de quienes quieren encender un nuevo conflicto bélico.

 

3. La defensa de la paz es tarea primordial de todos los demócratas

Las terribles consecuencias de una guerra mundial

imponen imperiosamente la necesidad de poner en marcha  un  amplio  movimiento  contra  los preparativos bélicos y por la paz entre los pueblos.

La gran fuerza destructora de las armas modernas hace que la defensa de la paz se convierta en la causa

común de todas las clases y de todas las capas de la población  dentro  de  cada  país,  presta  un  carácter

amplio y genuinamente democrático al actual movimiento  contra  la  guerra.  Cuando  se  trata  de evitar ésta, de crear unas condiciones en las que el

arma nuclear no sea nunca empleada, los intereses de las más diversas capas de la sociedad coinciden y

adquieren la categoría de interés nacional. Esto es lo que  caracteriza  a  la  etapa  actual  del  movimiento contra   la   guerra,   a   diferencia   de   todos   los

movimientos en defensa de la paz que existieron en el pasado. Y en ello se basan los llamamientos de los

comunistas a los demás partidos políticos, a las organizaciones sociales, de jóvenes, de mujeres, etc., para unirse en defensa de lo que está por encima de

todo: una paz duradera en la tierra.

La guerra es una calamidad terrible para la clase obrera. No lo es menos para las grandes masas de

campesinos, que en la mayoría de los países son el

principal proveedor de carne de cañón, son gravados con   altos   impuestos   para   financiar   los   gastos

militares y, una vez iniciadas las operaciones, son

 

víctima de toda clase de requisas y tasas. ¡Cuántas casas y dependencias de los campesinos fueron destruidas   por   los   beligerantes   durante   las   dos guerras mundiales! ¡Cuántos campos fueron removidos por las orugas de los tanques y cubiertos de hoyos por las explosiones de los proyectiles! Y las calamidades  y  destrucciones  de  una  nueva  guerra, con  sus  medios  radiactivos  y  biológicos  de exterminio,  no  podrían  por  menos  de  ser infinitamente mayores.

A esto hay que agregar que los campesinos de los países capitalistas sufren también cuando la guerra se

está preparando. En muchos países europeos es un

fenómeno habitual la confiscación de tierras para aeródromos,  almacenes  y  bases  militares,  o  para

pistas de lanzamiento de proyectiles dirigidos. Es ya

algo común y ordinario la pérdida de las sementeras a   consecuencia   de   toda   clase   de   maniobras   y ejercicios militares realizados por los generales de la N.A.T.O. Por esto, la normalización de las relaciones internacionales, la reducción de las fuerzas armadas y el cese de la carrera de armamentos significarían un beneficio inmediato para los campesinos y los salvarían de  calamidades  incomparablemente mayores en el futuro.

La militarización y la preparación de una nueva guerra, que los gobiernos burgueses llevan a cabo,

repercute también gravemente sobre la situación de

grandes capas de intelectuales. Se ha deformado, en particular, la orientación de la ciencia, puesta por los

monopolios al servicio de la guerra y la destrucción.

De los 5.400 millones de dólares asignados en 1957 para la investigación científica en Estados Unidos, más del 83 por ciento han sido invertidos en trabajos de carácter militar. Muchos centros de enseñanza superior se han convertido en apéndices del Departamento de Guerra, con el colapso consiguiente para los sectores de la ciencia sin valor militar práctico.

Hay         que         agregar  que         el            incremento          del militarismo se ve acompañado inevitablemente por

restricciones de la libertad científica y de la creación artística, por epidemias de espiomanía y recelo, por

humillantes "comprobaciones de la lealtad", etc. La psicosis bélica causa daños enormes a la escuela, influye desfavorablemente sobre la educación de las

generaciones jóvenes y propicia la penetración en la literatura y el arte de tendencias decadentistas, del

fatalismo y de falta de fe en el futuro.

La idea de una nueva matanza siembra el horror hasta en amplios medios de la burguesía. Gran parte

de ésta no desea tampoco una nueva guerra mundial, puesto que conoce su fuerza destructora y recuerda la

amarga experiencia de un pasado próximo. Dentro del campo de la burguesía va cambiando el criterio acerca de las "ventajas" de la agresión a medida que

se pone en claro que el imperialismo americano y sus aliados no poseen el monopolio de los nuevos tipos de armamento, sino que, en sectores importantes de la técnica militar, como son los proyectiles dirigidos, van muy por detrás de la Unión Soviética. El riesgo que significa una nueva guerra mundial es admitido también en los medios militares que antes apoyaban calurosamente la idea de una "cruzada" contra los países   del   socialismo.   El   teórico   militar   inglés general Fuller escribe: "En la época de la civilización industrial resulta desventajoso recurrir a la guerra... La civilización basada en la producción maquinizada no puede conseguir una paz ventajosa en las condiciones de la guerra atómica..." La sensata tendencia a poner fin a la guerra fría, a debilitar la tensión y a normalizar la situación internacional, se va abriendo también camino en algunas capas influyentes de los Estados Unidos.

Los hombres más perspicaces de la burguesía comienzan a preguntarse si el capitalismo resistiría una nueva guerra mundial, si ésta no pondría en peligro la existencia misma del régimen capitalista. No son pocas las razones que llevan a pensar así. Los pueblos no perdonarían al imperialismo los crímenes de una nueva guerra mundial.

Quiere decirse que a las fuerzas de la guerra y la agresión, que operan en los países imperialistas, se

oponen   otras   fuerzas   no   menos   poderosas   que

tienden hacia la paz.

La creación de la N.A.T.O. significaba un paso hacia la formación del frente único de las fuerzas

agresivas del imperialismo; pero simultáneamente, en todo  el  último  período  se  ha  ido  desarrollando  el

proceso,  que  prosiguen  en  nuestros  días,  de formación del frente único de las masas populares en

defensa de la paz.

Expresión de este proceso ha sido, por ejemplo, la creación y la labor del Consejo Mundial de la Paz, en

el que toman parte muchas personalidades sociales y políticas, hombres de ciencia y famosos maestros de

la cultura. La humanidad de nuestros días está en deuda con estos hombres que, a semejanza del gran sabio francés Federico Joliot-Curie, del investigador

inglés Juan Bernal y de sus colegas, han hecho tanto para movilizar a la opinión pública mundial contra

las negras fuerzas de la guerra. En las condiciones presentes, los intelectuales que lo son de veras no pueden servir de mejor manera a su pueblo y a la

humanidad entera que ayudando a dispersar los nubarrones del peligro bélico.

Las masas trabajadoras y sus organizaciones se incorporan cada vez más a la lucha por la paz, por la colaboración  internacional  y  por  la  coexistencia

pacífica. Sin embargo, esto no da aún motivo alguno para la tranquilidad. En el plano de la lucha contra el

peligro de guerra, se pone en cierto grado de manifiesto el retraso en que la conciencia social se halla respecto de la realidad. Las proporciones del

peligro que entraña una nueva guerra mundial están lejos de haber sido comprendidas por todos y en toda

 

su magnitud; algunas capas de la población de los países capitalistas se hallan contagiadas de apatía y de falta de fe en las fuerzas de la paz. Además, la propaganda militarista y hasta determinados medios eclesiásticos imponen y cultivan premeditadamente un espíritu de fatalismo. El arzobispo de Canterbury, jefe de la Iglesia inglesa, ha dicho, por ejemplo: "¡Acaso Dios tiene determinado que la humanidad haya de aniquilarse a sí misma con bombas de hidrógeno!"

Para combatir la pasividad, para movilizar las grandes  masas  del  pueblo  y  llevarlas  a  una  lucha

activa  y  abnegada  por  la  paz,  se  requieren  los

esfuerzos  constantes  de  todos  los  hombres avanzados, y en primer término de la clase obrera.

Sobre  todo,  hay  que  explicar  pacientemente  a  las

masas las posibilidades que hay para conservar la paz e impedir una nueva guerra.

 

4.   Posibilidades    de   impedir   la   guerra  en nuestra época

El  XX  Congreso  del  Partido  Comunista  de  la

Unión Soviética indicó la existencia de una posibilidad real para impedir la guerra, hacer fracasar

los planes de quienes quieren desencadenarla y conservar  la  paz  para  nuestra  generación  y  las

generaciones venideras. La declaración hecha en los documentos del Congreso de que en nuestra época las guerras no son una fatalidad inevitable, tiene una

formidable importancia de principios y práctica y es un ejemplo de aplicación creadora de los principios

del marxismo-leninismo.

Se comprende que hoy día permanece en pie la base económica que da origen a las guerras, puesto

que  es  consustancial  con  la  naturaleza  misma  del

imperialismo. Este no ha perdido la agresividad que le es propia, la tendencia a la conquista por la fuerza

de las armas y a las guerras. Al contrario, está aún

más belicoso. Pero en el último período se han producido tales cambios en la distribución de las fuerzas mundiales, que permiten enfocar de modo distinto el problema de un posible éxito de la lucha por la paz.

Los marxistas no son fatalistas. Antes bien, admiten que lo mismo en la marcha general de la historia humana que en la resolución de los destinos del mundo, tienen un valor primordial la voluntad consciente y la organización de las grandes masas del pueblo. Y en las condiciones a que hemos llegado, la lucha de las fuerzas de la paz y su resistencia a los planes de una nueva guerra pueden ser un factor decisivo y obligar a los agresores a detenerse.

No siempre fue así. En un pasado no lejano todavía, las fuerzas que no tenían interés en la guerra

y que luchaban contra ella se encontraban débilmente

organizadas y dispersas, tanto en el plano nacional como en el internacional. Carecían de medios para

oponer   su   voluntad   a   los   propósitos   de   los incendiarios de guerra. Así ocurrió en vísperas de la primera guerra mundial, cuando la fuerza mayor que se  manifestaba  contra  el  peligro  bélico  -el proletariado internacional- seguía desorganizada por la traición de los líderes socialdemócratas.

La segunda guerra mundial fue también posible porque las fuerzas de la paz, aunque considerables,

eran insuficientes para oponerse al imperialismo. La

posición escisionista de los líderes socialdemócratas de  derecha  impidió  de  nuevo  que  el  proletariado

internacional cumpliese su papel en la lucha por la

paz. Y los esfuerzos de la Unión Soviética -el único Estado consecuente en la lucha contra la guerra- fueron insuficientes para detener la agresión.

La  situación  es  distinta  ahora,  cuando  en  la palestra mundial tenemos el campo del socialismo,

que se ha convertido en una fuerza poderosa. Actualmente, las fuerzas de la paz pueden apoyarse en el indestructible baluarte que forman los países

socialistas. Además, en el mundo ha aparecido un importante   grupo   de   Estados   que,   después   de

evadirse de la dependencia colonial, se manifiestan activamente  contra  una  nueva  guerra.  Es infinitamente más fuerte y templado el movimiento

obrero de los países capitalistas. El movimiento de los partidarios de la paz ha adquirido proporciones

como jamás se conocieron.

Así las cosas, la lucha activa de todas las fuerzas de la paz puede impedir el estallido de una nueva

guerra mundial. Hay también grandes posibilidades para  impedir  que  los  imperialistas  desencadenen

guerras locales.

El XXI Congreso del P.C. de la Unión Soviética ha señalado con toda razón en sus resoluciones que la

conclusión del XX Congreso de que las guerras no

son una fatalidad inevitable se ha visto confirmada por completo. Después de analizar las consecuencias

que   para   los   destinos   del   mundo   tendrá   el

cumplimiento feliz del plan septenal de desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. y de los planes económicos  de  los  países  socialistas,  el  Congreso llega a la conclusión de que los cambios producidos en  la  correlación  de  fuerzas  en  escala  mundial pueden obligar a los círculos militaristas del imperialismo a retroceder en sus propósitos de desencadenar guerras mundiales. "Así, pues -indica la   resolución   del   Congreso-,   antes   del   triunfo completo del socialismo en la Tierra, aun manteniéndose   el   capitalismo   en   una   parte   del mundo, se presenta la posibilidad real de eliminar las guerras mundiales en la vida de la sociedad humana."255

Esto  no  quiere  decir,  se  comprende,  que  haya aparecido una garantía automática contra la guerra.

No, mientras el imperialismo subsista, el peligro de

 

 

255  XXI Congreso extraordinario  del Partido  Comunista de la Unión Soviética, 27 de enero a 5 de febrero de 1959. Actas taquigráficas, t. II, Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág. 448.

 

guerra permanecerá en pie. Además, sobre la suerte de la paz universal influyen muchos factores concretos. Lo más importante, sin embargo, es recordar que depende de la lucha infatigable de las fuerzas pacíficas, de su capacidad para crear un poderoso frente único en defensa de la paz y de movilizar  a  tiempo  a  las  más  grandes  capas  del pueblo para emprender enérgicas acciones contra el estallido de un nueva guerra.

 

La política pacífica de los países socialistas como baluarte de la paz universal.

Una  importante  característica  histórica  de nuestros tiempos, de la que se derivan condiciones

muy propicias para el mantenimiento de la paz, es la existencia misma del campo socialista, que mantiene

en este sentido una política consecuente. Se trata de un factor sustancialmente nuevo en las relaciones internacionales. Con la Unión Soviética, la República

Popular China y demás países socialistas, que poseen una población de casi mil millones de habitantes y

toda clase de recursos, en el campo internacional ha aparecido una nueva fuerza material capaz de sujetar al agresor si éste se atreve a despreciar la voluntad de

los pueblos pacíficos.

Movida por su deseo de deformar el significado de este factor y de engañar a los trabajadores de los

países  capitalistas,  la  propaganda  reaccionaria  no

deja de insistir en la amenaza del "comunismo internacional",  que,  según  ellos,  atenta  contra  la

libertad del mundo de Occidente. Se hacen grandes

esfuerzos para presentar torcidamente las intenciones de la Unión Soviética y de su Partido Comunista, para  atribuirles  propósitos  de  conquista  y  cargar sobre ellos la responsabilidad de la carrera de armamentos y de la tensión en las relaciones internacionales. Los autores de tales despropósitos se atienen al método hitleriano de la "mentira grande", suponiendo  que  las  gentes  incautas  y  poco informadas acabarán por creer las calumnias que se lanzan contra el comunismo y la Unión Soviética.

Pero las grandes masas de todo el mundo comienzan  a  comprender  que  los  Partidos Comunistas y los países socialistas no tienen motivos para desear una guerra y para preparar la agresión militar contra otros Estados.

En la Unión Soviética, como en todos los demás países socialistas, no hay clases ni fuerzas sociales para las que la guerra pudiera ser un negocio. La Unión Soviética tiene en su inmenso territorio todo cuanto se requiere para el desarrollo de su economía. No necesita ni territorios nuevos, ni nuevas fuentes de materias primas, ni nuevos mercados exteriores de venta,   ni   esferas   de   inversión   de   capitales,   ni colonias. La economía socialista planificada no conoce las crisis de superproducción, y por eso no necesita de "estímulos" tales como la militarización y la carrera de armamentos.

 

 

 

Y no se trata sólo del aspecto material del problema. Socialismo y agresión son ideas incompatibles. El fin de los comunistas es alcanzar la fraternidad y la amistad de los pueblos, la paz eterna en la tierra. En el país soviético el poder está en manos de los obreros y campesinos, clases que en todas  las  guerras  sufrieron  más  que  ninguna  otra.

¿Cómo podrían desear una nueva guerra?

Todo cuanto en la Unión Soviética se hace es con objeto   de   aumentar   constantemente   el   bienestar

material  y  el  nivel  cultural  de  las  grandes  masas

trabajadoras.  ¿Puede  la  guerra  ayudar  al cumplimiento de estas tareas?

Los  hombres  soviéticos  construyen  viviendas,

empresas industriales, palacios de cultura, institutos, gigantescas  centrales  eléctricas  y  canales,  no  para que, al cabo de cierto tiempo, se convierta todo esto en blanco para las bombas. La guerra, que inevitablemente significa la interrupción de la labor pacífica y creadora de los hombres, que consume gigantescos valores materiales con fines no productivos, que destruye lo ya construido, va contra los fines fundamentales del socialismo. ¿Cómo imaginarse, pues, que los comunistas, los marxistas- leninistas,  para  quienes  la  construcción  del socialismo y del comunismo es la causa de toda su vida, puedan mostrarse partidarios de la agresión y de la guerra?

Las ideas pacíficas del socialismo encuentran expresión completa en los principios que sirven de

base a la política exterior de la Unión Soviética. Es

una política de paz entre los pueblos, de honesta colaboración internacional y de desarme.

Los pueblos ven a cada paso pruebas de que esto es así. Después de la guerra, los representantes de la Unión  Soviética  en  la  O.N.U.  y  fuera  de  esta

organización han llevado siempre la iniciativa en las propuestas  de  reducción  de  los  armamentos,  de

prohibición del arma atómica y de hidrógeno y de disolución de los bloques militares, o, al menos, de acuerdos de no agresión y de renuncia al empleo de

la fuerza entre las agrupaciones militares opuestas, de supresión de las bases militares en países extranjeros

y de la aplicación, en las relaciones entre todos los países, de los principios de la coexistencia pacífica. Ni la Unión Soviética ni los demás países socialistas

tienen la culpa de que los Estados de la N.A.T.O. se resistan tenazmente a aceptar tales propuestas.

Los deseos de paz de los países del campo socialista tienen un vivo reflejo en su consecuente política  de  reducción  de  armamentos,  con  lo  que

muestran a todo el mundo un buen ejemplo a seguir. Bastará decir que entre 1955 y 1958 los países del

Tratado   de   Varsovia   han   reducido   sus   fuerzas armadas en 2.477.000 hombres (la Unión Soviética en 2.140.000). Y eso cuando los países del Bloque

 

atómicas a las divisiones del Bundeswehr, el ejército de Alemania Occidental, imbuido de un espíritu de desquite, que se está convirtiendo en la fuerza de choque de la agresión en Europa.

La doctrina oficial de la política exterior soviética es el principio leninista de la coexistencia pacífica de los Estados, cualquiera que sea su régimen social y político.

N. S. Jruschov, primer secretario del C.C. del P.C. de la U.S. y presidente del Consejo de Ministros de la

U.R.S.S.,  ha  dicho,  refiriéndose  a  la  concepción

soviética de la coexistencia pacífica: "Su esencia, expresándonos brevemente, consiste: primero, en que cualquier forma del Estado y cualquier estructura social de uno u otro país han de ser determinadas por los propios pueblos de esos países; segundo, en que ningún Estado y ninguna fuerza exterior pueden ni deben  imponer  a  los  pueblos  de  otros  Estados  su modo de vida y su organización política y social; tercero, en que la aparición de un Estado con régimen socialista, en virtud de las leyes objetivas del desarrollo  social,  es  tan  regular  como  en  otros tiempos lo fue la aparición de los Estados burgueses..."256

Si el principio de la coexistencia pacífica se convirtiese  en  norma  de  las  relaciones internacionales de nuestra época, como lo es en las relaciones entre la Unión Soviética y algunos Estados de Asia y Europa (India, Birmania, Indonesia, República Árabe Unida, Finlandia, Austria y otros), hace tiempo que en el mundo se habrían fundido los últimos hielos de la guerra fría.

Los comunistas están convencidos de que una nueva   guerra   mundial   significaría   el   fin   del

imperialismo, porque los pueblos no le perdonarían

este nuevo crimen. Pero esto de ningún modo quiere decir que los comunistas deseen una nueva guerra.

Lo  que  quieren  es  el  más  rápido  triunfo  del

régimen socialista para hacer felices a los hombres.

¿Y puede llevar a la felicidad del género humano la guerra   moderna,   con   sus   bárbaros   medios   de

exterminio y de destrucción en masa? Tengamos presente  también  que,  además  de  las  incontables

víctimas y de los sufrimientos que esa guerra impondría a los pueblos, traería la devastación, la desaparición de infinitos valores materiales, la ruina

de la industria y la agricultura.

¿Pueden desear esto los marxistas? ¡De ningún modo! Además, no tienen por qué pagar a tan terrible

precio la muerte del capitalismo, cuando se hallan

convencidos de que el sistema capitalista está condenado por la historia, de que saldrán perdiendo

inevitablemente  en  la  emulación  pacífica  con  un régimen social más elevado como es el socialismo.

 

Las fuerzas de la paz son capaces de detener la agresión.

 

 

Atlántico               continúan              incrementando    sus          fuerzas                    armadas,   cuando   instruyen   y   dotan   de   armas

 

256  Respuestas de N. S. Jruschov a John Waters, redactor del periódico australiano Herald, en Pravda, 25 de junio de 1958.

 

 

 

El marxismo-leninismo tiene la más grande confianza en las masas populares y en su actividad consciente. No en vano considera que el pueblo es el creador de la historia. Esta tesis marxista sirve de base a la conclusión del XX Congreso de la Unión Soviética de que la acción de los pueblos en defensa de la paz puede impedir la guerra.

Así lo confirma la experiencia del movimiento antibélico.  La  manifiesta  voluntad  de  las  masas

populares, respaldada por el apoyo de los Estados

que componen el campo socialista, ha contribuido repetidas veces en estos últimos años a frenar a los agresores imperialistas; les ha obligado a renunciar a actos que habrían llevado adelante si no les hubiese detenido  el  temor  a  enfrentarse  con  la  opinión pública de sus propios países y del mundo entero.

Bajo la presión de la opinión pública mundial, los

Estados  Unidos  hubieron  de  desistir  de  sus propósitos de emplear el arma atómica en Corea. En

última  instancia,  se  vieron  obligados  a  aceptar  la

forma del armisticio, aunque esferas influyentes del país deseaban continuar y prolongar la intervención. Todos  están  conformes  en  que  el  miedo  a  la explosión de los pueblos hizo que los imperialistas se abstuvieran   de   emplear   la   bomba   atómica   en Vietnam y transigiesen con el armisticio.

En  ambos  casos  tuvo  importancia  la  política firme, encaminada a devolver la paz al Asia, de los

países del campo socialista, y singularmente de la

Unión Soviética y de la República Popular China, aunque esto no desmerece en absoluto los méritos del

movimiento popular en defensa de la paz. Todo lo

contrario, demuestra una vez más la fuerza enorme que, en las circunstancias actuales, significa la combinación de la presión social sobre los incendiarios de guerra y la presión de la política de paz de los Estados socialistas.

Un ejemplo brillante de eficaces acciones de las fuerzas de la paz es el de la crisis del Canal de Suez, en otoño de 1956. Si entonces se pudo poner fin a la agresión  anglo-franco-israelí  contra  Egipto,  es porque los imperialistas se vieron entre dos fuegos: la presión de la opinión pública mundial y la política de los Estados socialistas, que salieron en defensa de los legítimos derechos de Egipto y de los intereses de la paz  general.  La  nota  del  Gobierno  soviético  a Londres y París (5 de noviembre de 1956) fue debidamente valorada en Inglaterra y Francia. Al día siguiente se anunciaba el alto el fuego. A su vez, los pueblos  inglés  y  francés  condenaron  la  agresión contra Egipto e influyeron sobre sus respectivos gobiernos. El alto el fuego en Egipto significaba una gran victoria de la causa de la paz que no podía llegar más a tiempo. "En el caso contrario -dijo más tarde N.  S.  Jruschov-,  la  guerra  de  Egipto  podía  haber

 

después en una guerra mundial."257

Los hechos demuestran irrefutablemente que las fuerzas de la paz crecen en madurez y poderío y son

capaces  de  dejar  sentir  su  influencia  favorable  y

decisiva  sobre  el  curso  de  los  grandes acontecimientos de la vida internacional. Sin temor a las amenazas de los imperialistas ni a sus baladronadas,  los  países  del  poderoso  campo socialista seguirán manteniendo sin vacilaciones la causa de la paz. Sus deseos de que sea garantizada la seguridad general se corresponden con los intereses de todos los pueblos y propician en el plano internacional la agrupación de todas las fuerzas que quieren la paz.

 

Capitulo XX.         Las          diversas                formas   de transición a la revolución socialista

La  despiadada  explotación  de  los  obreros,  la

rapacidad de que los monopolios hacen víctimas a los campesinos y capas medias de la población urbana,

la ofensiva contra la democracia y la amenaza del

fascismo,  la  opresión  y  el  peligro  de  una  nueva guerra  mundial  tienen  en  última  instancia,  como antes quedó demostrado, un mismo origen: el capitalismo. Para librar a los trabajadores del yugo de clase, acabar para siempre con las guerras y asegurar una  democracia  auténtica  y  la  libertad  e independencia de los pueblos, hay que poner fin al propio régimen capitalista, hay que llevar a cabo la revolución socialista.

La  revolución  socialista,  en  su  sentido  amplio, abarca todo el conjunto de transformaciones políticas

y económicas que conducen a la supresión completa

del capitalismo y a la construcción del socialismo. Su comienzo es un viraje político: el poder de los capitalistas es derribado y se instaura el poder de los trabajadores. Esto es lo que en la teoría marxista se conoce con el nombre de revolución proletaria.  Está claro que a esta revolución no conduce un camino llano,  por  el  que  se  pueda  avanzar  sin  esfuerzo alguno y sin gran capacidad política. El paso de millones de hombres, de clases y capas sociales enteras a la lucha decidida por el poder significa un proceso complejo y que ofrece múltiples formas.

 

1. Los antagonismos de clase, al desarrollarse, hacen inevitable la revolución proletaria

Por muy amplias y diversas que sean las fuerzas

sociales que participan en el derrocamiento del capitalismo, el papel decisivo en la revolución socialista corresponde a la clase obrera. Esta es su principal fuerza de choque, el destacamento de vanguardia de los trabajadores que se lanzan al asalto de la vieja sociedad.

Hasta  en  los  países  de  un  capitalismo  poco desarrollado, donde la clase obrera es una minoría en

 

derivado  hacia  una  guerra  grande  y  transformarse                            

257  N. S. Jruschov, Por  una  paz duradera  y una  coexistencia pacifica, Gospolitizdat, Moscú, 1958, pág. 96.

 

 

 

el grueso de la población, es ella la clase más organizada y consciente de la sociedad, y como tal, bajo la dirección de su vanguardia marxista-leninista, puede agrupar en torno suyo a todas las capas trabajadoras del pueblo para la lucha por el socialismo. Y esto es tanto más factible en los países de capitalismo desarrollado.

La probabilidad y el éxito de la revolución socialista  se  hallan  en  dependencia  directa  de  la

amplitud de la lucha de clase del proletariado y de la conciencia y organización del mismo. Quien quiera

aproximar la revolución y ver su triunfo habrá de desplegar la lucha de clase de los obreros y trabajar tenazmente  con  objeto  de  elevar  su  conciencia

política y su capacidad de combate.

La lucha del partido obrero revolucionario por la revolución socialista se halla en consonancia con la

tendencia   fundamental   del   desarrollo   social.   La

propia evolución del capitalismo contemporáneo empuja  a  los  trabajadores  en  este  sentido.  En  el

capitulo  X  se  indicaba  ya  que  el  incremento  del

poderío y la opresión del capitalismo monopolista de Estado, la ofensiva que éste despliega contra el nivel de  vida  y  los  derechos  de  los  trabajadores  y  su política archirreaccionaria agudizan el antagonismo fundamental de la sociedad capitalista, que es el que existe entre la clase obrera y sus explotadores. Al ahondarse todavía más este antagonismo, en combinación con todas las demás contradicciones sociales del capitalismo, la revolución socialista se convierte en ley objetiva de nuestra época. La revolución socialista no es un producto imaginario inventado por los teóricos comunistas, como afirma la propaganda reaccionaria, sino algo hacia lo cual llevan imperiosamente las necesidades del desarrollo social. Esto es lo que, en último término, infunde inagotables energías a la lucha revolucionaria de la clase obrera y de su vanguardia comunista.

No hemos de imaginarnos las cosas, sin embargo, de una manera simplista. El nivel de la madurez política y de la conciencia revolucionaria de los obreros no siempre está a la altura de las tareas de clase históricamente maduras del proletariado. La burguesía reaccionaria y sus agentes en el seno del movimiento obrero consiguen a veces, por el engaño y la violencia, detener el incremento de la conciencia de clase de los obreros, o, al menos, derivar su lucha hacia cauces menos peligrosos para la dominación de los monopolios. En este sentido es particularmente dañoso el papel de los líderes socialdemócratas de extrema derecha, que se esfuerzan por apartar a los trabajadores de su lucha contra el capitalismo y de toda colaboración con el movimiento comunista.

Nadie logrará, empero, detener el proceso de maduración   revolucionaria   de   los   obreros   y   el ascenso  de  su  lucha  de  clase.  El  proletariado  se

 

Ordinariamente, una simple huelga, aunque no dé fruto inmediato, enriquece la experiencia de la clase obrera y eleva su capacidad de combate. La misma lucha por los intereses inmediatos tiene, pues, una orientación revolucionaria más o menos acusada. Todo eso prepara a la clase obrera para la futura revolución socialista, incorpora a las grandes masas trabajadoras a la lucha contra el capitalismo y se convierte en escuela de educación política y organización, capacitando a las masas para formas más elevadas del movimiento obrero.

No conseguirá la reacción sus propósitos de aplastar  la  lucha  de  clase  del  proletariado  con medidas represivas ni de franca violencia. El terror reaccionario puede, sí, convertir, en algunos países, en una empresa extraordinariamente difícil y hasta imposible, y eso sólo por cierto tiempo, la lucha de masas contra el capital. Mas esos períodos, por penosos que sean para los trabajadores y por muchos que sean los sacrificios que de ellos se exijan, preparan el terreno para que la lucha de clases resurja con nuevo impulso y vigor. No puede ser de otra manera, puesto que las medidas de violencia a que la burguesía reaccionaria recurre, hacen crecer vertiginosamente el odio de clase y acumulan leña seca  que  se  enciende  con  la  primera  chispa.  El partido marxista-leninista da expresión a este odio de clase así estimulado y lo orienta hacia la lucha consciente por el socialismo.

 

Vías de acceso a la revolución proletaria.

La revolución proletaria es el choque directo y abierto entre las dos grandes fuerzas antagónicas, entre la clase obrera y la burguesía. Eso no quiere decir que la revolución social sea un duelo de esos dos adversarios. "Quien espere la revolución social «pura» -decía Lenin- no la verá jamás."258  Lenin se burlaba  de  la simplista  y doctrinaria  noción  de  la

revolución proletaria según la cual "se alineará en un lugar un ejército y dirá: «queremos el socialismo», y frente a él otro ejército que diga: «queremos el imperialismo», y esto será la revolución social".259

La revolución socialista "pura" no puede producirse, siquiera sea, porque el capitalismo "puro" no existe. En la vida real pesan sobre él los restos de formas  precapitalistas de economía,  supervivencias de las relaciones feudales, de la pequeña producción mercantil, etc. Las contradicciones entre la clase obrera y la burguesía pueden entrelazarse con contradicciones entre los campesinos y los terratenientes y entre éstos y la burguesía, entre la pequeña  burguesía  y  la  grande  y  entre  los monopolios y todas las demás capas de la población. Más  aún,  el  antagonismo  de  clase  entre  el proletariado y la burguesía puede verse eclipsado por los conflictos nacionales, religiosos o de otra índole.

 

templa en los combates diarios con el capital, en las               

 

huelgas,  en  las  grandes  acciones  de  solidaridad.

 

258 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXII, pág. 340.

259 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXII, pág. 340.

 

 

 

La opresión nacional hace que la clase obrera se vea a un mismo lado de las barricadas no sólo con los campesinos, sino también con capas importantes de la burguesía.

Tal es, de ordinario, el complejo fondo sobre el que se desarrolla la lucha de las masas que conduce a la revolución socialista. Y cuando esta revolución estalla, arrastra consigo como un alud a todos los movimientos de los oprimidos y explotados, reúne en un mismo torrente todas las acciones de las masas contra la opresión nacional, imperialista, latifundista, etc.

Lenin  escribía:  "La  historia  en  general  y  la historia   de   las   revoluciones   en   particular   tiene

siempre un contenido más rico, es más variada, diversa, viva y «astuta» de lo que se imaginan los

mejores partidos y las vanguardias más conscientes de las clases más avanzadas. Y esto se comprende, puesto  que  las  mejores  vanguardias  expresan  la

conciencia, la voluntad, la pasión y la fantasía de decenas  de  miles  de  hombres,  mientras  que  la

revolución la llevan a cabo, en los momentos de especial  entusiasmo  y  tensión  de  todas  las capacidades humanas, la conciencia, la voluntad, la

pasión   y   la   fantasía   de   decenas   de   millones espoleados por la más aguda lucha de clases."260  De aquí sacaba Lenin dos importantes conclusiones prácticas: Primera, que la clase revolucionaria, para llevar a cabo su tarea, ha de "dominar, sin excepción alguna, todas las formas o aspectos de la actividad social". Segunda, que "ha de estar siempre dispuesta a la sucesión más rápida e inesperada de una forma por otra".261

¿Por qué es esto importante? ¿Por qué el partido marxista ha de participar activamente él mismo e incorporar a los obreros a la lucha en todos los terrenos de la vida social? Porque cualquiera de las corrientes sociales dirigidas contra la reacción puede, al producirse un determinado viraje de los acontecimientos, convertirse en la vía concreta que conduzca a las masas "a la gran lucha revolucionaria, a la lucha auténtica, decisiva y última".262

A la revolución proletaria pueden conducir diversos  movimientos  de  las  masas  oprimidas  y

descontentas,   siempre   y   cuando   la   vanguardia

consciente de la clase obrera sea capaz de orientarlos hacia el cauce de la lucha revolucionaria. Por algo

insistía   tanto   Lenin,   en   sus   llamamientos   al

movimiento comunista internacional, en que se concentrasen todas las energías y la atención "en buscar formas de paso o de acceso a la revolución proletaria".263

El partido marxista se ve obligado a esta búsqueda por  la  circunstancia  de  que  las  grandes  masas

 

 

260 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXI, pág. 75.

261 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 76.

262 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 77.

263 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 73.

 

trabajadoras sólo pueden elevarse a la lucha por el socialismo cuando su propia experiencia las ha convencido de que la revolución es el único modo que hay para resolver los problemas maduros de la vida social. A esta convicción han de llegar las masas fundamentales de la clase obrera y también, particularmente, las grandes masas de los campesinos y  las  capas  medias,  las  cuales,  en  virtud  de  la posición que ocupan en la sociedad, tardan más en llegar a las ideas del socialismo.

Durante las últimas décadas se han abierto nuevas grandes   perspectivas         en           este        sentido, como

consecuencia   del   inusitado   incremento   de   los

movimientos democráticos de masas contra el capital monopolista y el imperialismo. Si bien es verdad que

estos movimientos no se proponen fines socialistas,

objetivamente están unidos a la lucha de la clase obrera por el socialismo y, en determinadas circunstancias,   pueden   fundirse   con   ella   en   un torrente único ante el que no podrá resistir el poder del capitalismo. Sobre la base de estos movimientos se descubren nuevas posibilidades para la unidad de acción de la clase obrera con todos los trabajadores y demás  capas  de  la  población  que  se  manifiestan contra la dominación de la burguesía monopolista.

 

2.  Los  movimientos  democráticos  de  nuestro tiempo y la revolución socialista

En los capítulos anteriores hemos examinado los

tipos fundamentales de movimientos democráticos modernos dirigidos contra el capital monopolista y el imperialismo: son la lucha de las masas campesinas contra los residuos del feudalismo conservados por el imperialismo y su movimiento antimonopolista, el movimiento de liberación nacional entre los pueblos de las colonias y países dependientes, la lucha patriótica por el mantenimiento de la soberanía, la lucha en defensa de la democracia, el movimiento de los pueblos por la paz universal y los movimientos humanistas de los intelectuales y sus acciones en defensa de la cultura. Entre los movimientos democráticos figuran también la lucha por la nacionalización de los monopolios capitalistas, por la ampliación de derechos a las mujeres y los jóvenes y otras  reivindicaciones  de  las  grandes  masas  del pueblo  que  han  ganado  actualidad  precisamente como consecuencia de la dominación de los monopolios.

 

Algunas  características      de          los           movimientos democráticos de nuestros días.

Los  movimientos  enunciados  son  democráticos porque  defienden  reivindicaciones  no  socialistas,

sino democráticas. Esta lucha no representa de por sí nada nuevo. Se mantuvo ya, y muy intensamente, en la época de las revoluciones burguesas, cuando las

masas   pedían   la   libertad   y   la   democracia,   la supresión  de  la  gran  propiedad  agraria  y  de  los privilegios de la nobleza, la separación de la Iglesia y el Estado, etc. Pero, a diferencia de los actuales, los movimientos del pasado ostentaban un carácter democrático-burgués, es decir, reclamaban reivindicaciones que no rebasaban el marco de la democracia burguesa y se hallaban vinculadas al triunfo de la revolución burguesa. Su filo iba dirigido contra el feudalismo y sus supervivencias.

Los movimientos democráticos contemporáneos conservan el carácter antifeudal sólo en los países

económicamente  subdesarrollados  y  en  los  países

burgueses desarrollados donde se mantienen residuos de las supervivencias feudales. No obstante, también presentan en ellos, simultáneamente, un carácter antiimperialista y antimonopolista (por ejemplo, la lucha de liberación nacional en las colonias, la lucha por la reforma agraria en el Sur de Italia).

En nuestra época, el terreno para los movimientos democráticos  no  es  una  exclusiva  de  los  países

subdesarrollados o con vigorosas supervivencias del feudalismo. También pueden producirse en los países

capitalistas desarrollados. En estos últimos van enfilados directamente contra los círculos dirigentes de   la   burguesía,   contra   el   imperialismo   y   la

dominación de los monopolios.

Esto no quiere decir, ciertamente, que todos esos movimientos sean ya de naturaleza anticapitalista. De

la  incompleta  relación  de  los  mismos  que  antes

hemos expuesto se deduce que pueden ofrecer gran diversidad por las fuerzas motrices que los impulsan

y por su contenido político-social; pueden orientarse

hacia el socialismo o rechazarlo, encontrarse bajo la dirección de la clase obrera o de elementos democráticos de la burguesía, etc.

Mas con todo y con eso, no los podemos definir ya como movimientos democrático-burgueses. y ello

porque  la  democracia  ordinaria  (aun  la  más avanzada)      no      puede      dar      satisfacción      a

reivindicaciones   como   son   la   supresión   de   la amenaza de guerra, la liberación nacional formal y real,  la  nacionalización  de  la  propiedad  de  los

monopolios, la limitación de su poderío político, etc. Esto  sólo lo  puede  hacer la  democracia  de  nuevo

tipo, una democracia que se hace eco de los intereses de las grandes masas trabajadoras y de otras capas progresivas del pueblo.

Así, pues, aunque los movimientos democráticos de nuestro tiempo tienen antecedentes en el pasado,

de ordinario van íntimamente unidos a la etapa histórica actual; se derivan particularmente del ahondamiento de la crisis general del capitalismo y

de la creciente resistencia de las masas populares a la dominación de los monopolios capitalistas.

Estos movimientos han alcanzado su punto culminante  en  las  últimas  décadas.  El  viraje  se produjo   en   el   período   subsiguiente   a   la   crisis

económica mundial de 1929-1933, que agudizó hasta extremos inusitados las contradicciones sociales en el

 

seno del mundo capitalista. Los grupos dominantes de la gran burguesía buscaron la salida en el fascismo y la guerra. En 1933 los nazis subían al poder en Alemania;  la  amenaza  fascista  se  cernió  también sobre Austria, Francia y España. Como respuesta, en muchos países capitalistas se levantó un poderoso movimiento antifascista, que plasmó en acontecimientos tan señalados como la formación del Frente Popular en Francia y España, y en el apoyo que los demócratas de todo el mundo prestaron a la justa lucha del pueblo español de 1936-1939. Pero la lucha democrática antifascista alcanzó sus mayores proporciones durante la segunda guerra mundial. El carácter de liberación que esta guerra llegó a tomar, hizo que las masas populares se incorporaran activamente a ella, fundiendo sus esfuerzos con la guerra liberadora de la Unión Soviética.

Después de la segunda guerra mundial adviene un nuevo ascenso de los movimientos democráticos, los

cuales, junto a la lucha de la clase obrera, se hacen eco de las principales inquietudes sociales del mundo

capitalista.

Los actuales movimientos democráticos tienen, pues,   raíces   profundas   en   la   propia   sociedad

capitalista, y esto es lo que les infunde un vigor al que   nada   se   puede   oponer.   Son   movimientos

gestados, ante todo, por una de las contradicciones principales del capitalismo contemporáneo: por el antagonismo  que  existe  entre los  monopolios  y la

inmensa mayoría del pueblo.

En  el  capítulo  X  examinábamos  la  base económica  de  este  antagonismo:  un  puñado  de

monopolios  subordina  el  Estado  a  sus  intereses  y

expolia  a  toda  la  sociedad,  ya  mediante  la explotación  del  trabajo  de  otras  clases  y  capas sociales (esto no se refiere sólo a los obreros, sino también   a   los   campesinos   trabajadores,   a   los artesanos, empleados y a la mayor parte de los intelectuales), ya apropiándose del producto complementario que otros capitalistas habían hecho suyo (fenómeno característico en las relaciones de los   monopolios   con   los   capitalistas   medios   y pequeños y con los campesinos ricos).

Pero,  además  de  la  base  económica,  el antagonismo de los monopolios con la inmensa mayoría  del  pueblo  tiene  también  una  importante base política.

Los monopolios sólo pueden enriquecerse a expensas de toda la sociedad subordinando a tal fin

toda la política interior y exterior del Estado. A esto

obedece la política de limitar y suprimir los derechos democráticos,    la    carrera    de    armamentos,    el

aventurerismo   agresivo   en   política   exterior,   la

expoliación  de  las  colonias,  etc.  Es  evidente  que dicha política va contra los intereses no de la clase obrera solamente, sino también de los campesinos, de las capas medias de la población urbana, de los intelectuales y de cierta parte de la burguesía media.

 

La resistencia que provoca en esas clases y capas plasma precisamente en los diversos movimientos democráticos.

De  ahí  que  todos  esos  movimientos,  de  una manera o de otra, vayan contra la dominación del

gran  capital,  que  en  algunos  países  adopta  ya  el

carácter de dictadura de los monopolios.

Esta  dictadura  se  presenta  bajo  envolturas distintas. En la Alemania hitleriana adoptó la forma

de descarada barbarie fascista, con la supresión del

Parlamento y de todas las instituciones de la democracia  burguesa.  Actualmente,  en  Francia,  la

dictadura reaccionaria es implantada gradualmente,

para lo cual se van castrando las facultades de las tradicionales     instituciones     parlamentarias.     En

algunos   otros   países,   especialmente   en   Estados

Unidos, el régimen parlamentario se conserva sobre el papel, aunque impera la más auténtica dictadura de los grandes monopolios. Elementos esenciales de la dictadura del capital monopolista se observan, en uno u otro grado, en otros países burgueses.

Es   evidente   que   cada   vez   se   presenta   con caracteres más perentorios la necesidad de que todas las fuerzas democráticas y progresistas luchen contra esta dictadura. La lucha puede adquirir formas diversas, según sea la profundidad del antagonismo que divide a los monopolios y el pueblo, y en dependencia también de la situación interior e internacional.

No está excluida la posibilidad de que, en determinadas condiciones, los movimientos democráticos contra la política de la burguesía imperialista conduzcan a revoluciones democráticas.

Estas  revoluciones  serían  antimonopolistas, puesto que tendrían por objeto derribar la dictadura de los grandes monopolios. Sus fuerzas motrices serían la clase obrera, los campesinos, las capas medias de la población urbana y los intelectuales democráticos.  Con  otras  palabras,  serían revoluciones populares democráticas en las que tomarían parte las capas más amplias del pueblo.

 

Transformación de las revoluciones democráticas en socialistas.

La  experiencia  histórica  demuestra  que,  en  la época      del      imperialismo,      las      revoluciones

democráticas  no  se  limitan  a  cumplir  tareas puramente  democráticas,  sino  que  manifiestan  la

tendencia a ir más allá y elevarse a un nivel más alto.

Esta tendencia la captó genialmente V. I. Lenin, quien  en  los  años  de  la  primera  revolución  rusa

(1905)  expuso  la  teoría  científica  de  la transformación    de    la    revolución    democrático-

burguesa en revolución socialista.

Lenin se apoyaba en las valiosas indicaciones contenidas  en  las  obras  de  los  fundadores  del

marxismo. En el Manifiesto del Partido  Comunista,

después   de   señalar   que  la   revolución   burguesa transcurría en Alemania en unas condiciones de capitalismo más desarrollado y con un proletariado mucho más dispuesto que la revolución inglesa del siglo XVII y la francesa del XVIII, Marx y Engels llegaban a la siguiente conclusión: "La revolución burguesa alemana, por consiguiente, sólo puede ser el prólogo directo de la revolución proletaria."264

En una carta de 1856 a Engels, Marx expone la interesante idea de la combinación de la revolución

proletaria   con   el   movimiento   campesino.   "En

Alemania -escribía- todo dependerá de la posibilidad de mantener la revolución proletaria con alguna segunda edición de la guerra campesina."265

Los oportunistas de la II Internacional no atribuyeron  importancia  alguna  a  estas  ideas  de Marx. Únicamente Lenin vio en ellas el germen de una nueva táctica revolucionaria. Partiendo del análisis de la situación real, y apoyándose en dichas ideas, elaboró su teoría de la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista.

Lo principal en esa teoría es la idea de la hegemonía (papel dirigente) de la clase obrera en la revolución  democrático-burguesa.  Era  una  idea nueva, que se oponía a las concepciones habituales hasta entonces.

Los socialdemócratas europeos (y con ellos los mencheviques rusos) pensaban de un modo simplista: puesto que la revolución es democrático-burguesa, la dirección ha de corresponder a la burguesía. Así ocurrió en Europa Occidental y así será en todas las revoluciones burguesas, cualquiera que sea el sitio en que se produzcan. Sólo después de un intervalo más o menos prolongado, cuando el capitalismo haya cumplido  hasta  el  fin  su misión  de  arruinar  a  las capas medias y el proletariado constituya la mayoría de la población, le llegará la vez a la revolución proletaria, que podrá ser dirigida por la clase obrera.

Lenin rompió este petrificado esquema, que no respondía a las necesidades del tiempo y a las posibilidades del movimiento obrero. Tal como él demostró, en la época del imperialismo, entre la revolución burguesa y la proletaria no es obligatorio un período de dominio de la burguesía; en un país más  o  menos  desarrollado,  la  revolución democrático-burguesa  puede  convertirse  en revolución proletaria.

La época del imperialismo proporcionaba base suficiente para dicha conclusión.

Primero, el            sistema   capitalista              mundial ha

madurado en conjunto para el paso al socialismo. En estas  condiciones,  cierto  atraso  de  los  países  de

Oriente no podía ser, de ningún modo, un obstáculo

insuperable para dicha transición.

Segundo,   toda   lucha   contra   los   restos   del

 

 

264 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 459.

265  C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas. Gospolitizdat, 1953, pág. 86.

 

 

 

feudalismo, en una situación en que el imperialismo mantiene y apoya las caducas relaciones feudales, se transforma,  tarde  o  temprano,  en  lucha  decidida contra el imperialismo, es decir, que lleva a la revolución socialista.

Tercero, en la época del imperialismo aparece un factor  nuevo,  que  no  existía  en  el  período  de  las

revoluciones  democrático-burguesas  de  Occidente:

en bastantes países, que se encontraban en vísperas de  la  revolución  antifeudal,  se había formado  una

clase obrera numerosa y combativa, que poseía su

propio partido político.

En estas condiciones, si la clase obrera se ponía a la  cabeza  de  la  revolución  democrático-burguesa,

ésta podía llegar a transformarse en socialista.

En  cierto  sentido,  estimaba  Lenin,  los  obreros están más interesados en la revolución democrático-

burguesa que la propia burguesía, a la cual, en su

lucha contra el proletariado, le conviene apoyarse en los restos de las viejas instituciones, como es, por

ejemplo, la monarquía.

El  nuevo  tipo  de  revolución  democrático- burguesa dirigida por la clase obrera engendra, según la teoría de Lenin, un tipo nuevo de poder político: la dictadura  democrática  revolucionaria  del proletariado    y  los   campesinos.   Esta   aplica   las medidas que corresponden a los intereses comunes a ambas clases: suprime la monarquía y proclama la república democrática, entrega la tierra a los campesinos, implanta la jornada de ocho horas. etc.

Al mismo tiempo, la clase obrera en el poder adopta medidas para que la revolución democrática

se     transforme     en     socialista.    Atendidas     las

condiciones de Rusia en aquel entonces, esto exigía la  reagrupación  de  las  fuerzas  de  clase:  la  clase obrera no realizaba ya la revolución socialista en alianza con todos los campesinos, sino con la parte más pobre de éstos, que tenía tanto interés como los obreros en pasar al socialismo.

La marcha de la revolución en Rusia, había de escribir más tarde Lenin, vino a confirmar la teoría

de los bolcheviques. La revolución democrático- burguesa se transformó, en efecto, en socialista.

En lo fundamental y principal, la teoría leninista de transformación de la revolución democrático- burguesa  en  socialista  es  aplicable  a   todas   las

revoluciones democráticas  de nuestro tiempo. Esto no  significa,  se  comprende,  que  toda  revolución

democrática  haya  de  convertirse  en  socialista;  lo único que quiere decir es que puede convertirse, siempre y cuando la clase obrera sepa ocupar en ella

posiciones dirigentes. Así nos lo dice, por ejemplo, la experiencia    de    las    revoluciones    democrático-

populares desarrolladas después de la última guerra en la Europa Central y Sudoriental, y también lo que hemos  visto  en  las  revoluciones  democráticas  de

liberación nacional en países asiáticos como China, Corea y Vietnam.

 

Tanto en un caso como en otro, las revoluciones iniciadas sobre una base democrática general no se detuvieron en la etapa democrática, sino que, más o menos rápidamente, con dificultades mayores o menores,  se  transformaron  en  revoluciones socialistas.   Esto   señala   una   vez   más   el   gran significado de la teoría leninista, que quita toda traba a la actividad revolucionaria de la clase obrera y abre amplias perspectivas para el paso al socialismo lo mismo en los países atrasados económicamente que en los que alcanzaron un alto desarrollo capitalista.

Hay que tener presente, se comprende, que la época contemporánea ha aportado muchos factores nuevos que no existían en tiempos de la primera revolución rusa. La revolución de tipo democrático presentaba entonces un carácter principalmente antifeudal. Ahora, en bastantes países, desde el principio mismo concentra sus fuegos no sólo y no tanto sobre las supervivencias del feudalismo como sobre el ala más reaccionaria, monopolista, de la propia burguesía. Con otras palabras, la revolución democrática enfila ahora, en esencia, contra el mismo enemigo que la revolución socialista. Esto significa que se ha producido una aproximación mayor de los dos  tipos  de  revolución.  En  estas  condiciones,  la lucha por el cumplimiento de las tareas democráticas y socialistas puede incluso no derivar en dos revoluciones distintas, sino reducirse a dos etapas de un único proceso revolucionario.

Eso es lo que ocurrió en las revoluciones democrático-populares de Europa Central y Sudoriental, La lucha contra las supervivencias del feudalismo no tenía allí valor por sí misma y no determinaba el carácter de la revolución. Esta dirigió su filo contra el imperialismo extranjero y la gran burguesía y los terratenientes que habían formado un bloque con él. Esta circunstancia le dio desde el principio mismo un carácter nuevo, propiciando extraordinariamente su transformación en revolución socialista.  De  ahí  que  en  unos  países  se  pueda advertir netamente el paso de la etapa democrática a la socialista, mientras que en otros no se observa una frontera tan acusada. En unos, el desarrollo hacia el socialismo ha sido más suave y ha encontrado menos resistencia que en otros, donde el paso se vio acompañado de una intensa agudización de la lucha de clases. Pese, sin embargo, a sus diferencias, en todos los casos se ha podido apreciar perfectamente la ley general de transformación de la revolución descubierta por el marxismo-leninismo.

En  las  democracias  populares  europeas,  la primera   etapa   significó   la   aparición   del   poder

democrático del pueblo, que dirigió sus actividades

contra el fascismo y los traidores nacionales encuadrados en la gran burguesía, los terratenientes y los altos funcionarios. La fuerza dirigente del poder popular fue la clase obrera.

Primeramente, el poder popular liquidó hasta el fin las consecuencias del régimen hitleriano de ocupación y acabó con la dominación política de quienes habían estado al servicio de los invasores - terratenientes y burguesía monopolista-, terminando así la liberación de estos países del yugo del imperialismo, asegurando la independencia nacional y llevando a cabo amplias transformaciones democráticas. En segundo lugar, el poder popular acabó con las supervivencias del capitalismo existentes en algunos países e implantó una reforma agraria democrática, por la que los terratenientes desaparecían como clase y la situación de los campesinos  trabajadores  mejoraba considerablemente.

Lo principal en esta primera etapa eran las transformaciones  democráticas  de  carácter  general; no obstante, desde los primeros días, el poder popular aplicó medidas que rebasaban dicho marco. Así era, por ejemplo, la nacionalización, más o menos amplia, de empresas que antes estuvieron en manos de los invasores y de la burguesía monopolista íntimamente vinculada a ellos.

Una vez quedaron cumplidas las tareas democráticas,   la   clase   obrera   y   los   Partidos

Comunistas se orientaron hacia el paso de la etapa democrática  de  la  revolución  a  la  socialista.  La

transición se vio favorecida por la circunstancia de que en estos países existían Partidos Comunistas fuertes,    templados    en    largos    años    de    lucha

clandestina. La revolución no tuvo soluciones de continuidad en las democracias populares europeas;

las etapas democrática y socialista constituyeron dos fases  de  un  proceso  revolucionario  único,  que  en

todo momento estuvo dirigido por la clase obrera. Una característica de la transformación es que no se produjo una radical reagrupación de las fuerzas de

clase. Casi todos cuantos iban con la clase obrera en la etapa democrática de la revolución -la mayoría de

los campesinos, las capas medias urbanas, parte considerable de los intelectuales y, en ciertos países, hasta  algunas  capas  de  la  burguesía-  apoyaron  el

viraje  hacia  la  construcción  del  socialismo.  No fueron  necesarios,  aquí,  pasos  políticos  como  la

neutralización de las capas campesinas medias. Gracias a ello, la transición de la etapa democrática a la  socialista  se  llevó  a  cabo  en  las  democracias

populares europeas por vía pacífica fundamentalmente, sin insurrección armada ni guerra

civil.

Esto no significa que dentro del bloque democrático no hubiera contradicciones. El bloque se

componía  de  fuerzas  de  clases  heterogéneas:  era, pues, de esperar que, una vez cumplidas las tareas

democráticas generales, se pusieran de relieve las contradicciones de clase. Y en efecto, el paso de la revolución de la primera etapa a la segunda no fue un

proceso tranquilo y suave, sino que se vio acompañado  de  choques  de  clase,  los  cuales,  en

 

algún  país (Checoslovaquia,  1948), llegaron a adoptar un carácter agudo.

Los líderes de la extrema derecha socialdemócrata y   los   elementos   reaccionarios   de   los   partidos

burgueses, con ayuda de la reacción internacional, trataron en repetidas ocasiones de frenar la marcha de

la revolución y de organizar golpes contrarrevolucionarios. Su propósito era separar a la clase obrera de la dirección del bloque democrático y

dirigir el curso de los acontecimientos por el cauce democrático- burgués. Sin embargo, los elementos de

derecha fueron eliminados por el pueblo revolucionario y el paso de la etapa democrática a la socialista se vio coronado plenamente por el éxito, en

los países de la Europa central y sudoriental.

Un ejemplo muy claro de paso de la revolución de su etapa democrática a la socialista es el que nos

ofrecen  la  República  Popular  China,  la  República

Democrático-Popular   de   Corea   y   la   República

Democrática de Vietnam. En estos países se cumplieron primeramente, sobre todo, las tareas relacionadas con la liberación del yugo de los monopolios extranjeros y la supresión de las relaciones feudales y de sus supervivencias. Ahora bien, como a la cabeza del bloque democrático estaba la clase obrera, y no la burguesía nacional, la revolución no se detuvo en la etapa democrático- burguesa, y los pueblos pasaron seguidamente a las transformaciones socialistas.

Actualmente adquiere gran significado para el movimiento obrero el problema de la transformación en revolución socialista de las revoluciones populares democráticas que se pudieran producir en los movimientos democráticos generales de los países capitalistas desarrollados.

¿Hacia dónde pueden avanzar estas revoluciones una   vez   se   haya   puesto   fin   a   la   dominación

económica y política de los monopolios?

En el pasado, las revoluciones democráticas iniciaban la etapa del desarrollo capitalista de la sociedad.  Esta  tarea  no  puede  plantearse  a  las posibles revoluciones populares antimonopolistas en los países de un capitalismo desarrollado. ¡No van a marcarse un fin tan utópico y reaccionario como es, pongamos por caso, la vuelta al régimen del capitalismo premonopolista!

Por consiguiente, el camino más probable de desarrollo de estas revoluciones será el de su transformación en revolución socialista.

El  derrocamiento  de  la  dictadura  de  los monopolios capitalistas en el curso de la revolución

democrática conduciría, primeramente, a eliminar del poder a los mandatarios de los grandes monopolios,

pasando el gobierno a manos del pueblo, es decir, a una coalición de las fuerzas democráticas en la que podrían  entrar  la  clase  obrera,  todas  las  capas

campesinas, las capas medias de la población urbana y los intelectuales demócratas. Esto significaría que

 

 

 

las fuerzas principales de la reacción quedaban aisladas y derribadas ya en la etapa primera, democrática.

En segundo lugar, el derrocamiento de la dominación política de los monopolios permitiría la

nacionalización de los grandes trusts y consorcios.

En los países capitalistas desarrollados, esto conduciría, ya en la etapa democrática de la revolución, a la formación de un poderoso sector estatal dentro de la economía, que quedaría integrado por   el   60   al   80   por   ciento   de   las   empresas industriales.

Por consiguiente, en el principio mismo de la revolución   democrática,   antimonopolista,   en   los

países  de  capitalismo  desarrollado  se  sentarían  ya unos cimientos sólidos para el paso al socialismo.

Quiere decirse que aún se aproximan más las revoluciones democrática y socialista, que tampoco antes se hallaban separadas entre sí por una muralla

china.

A la transformación de la revolución democrática en socialista contribuirían otras premisas objetivas y

subjetivas que existen en los países de capitalismo

avanzado: una base material del socialismo más o menos      preparada,      un      movimiento      obrero

desarrollado, etc.

Hay que tener también presente la correlación de fuerzas en el campo internacional, que es incomparablemente más favorable que nunca.

Importancia decisiva para la transformación de las revoluciones  populares  democráticas  en  socialistas

tiene la existencia de partidos marxistas-leninistas fuertes,  que  gocen  de  amplio  apoyo  en  todas  las

capas del pueblo, y la capacidad de estos partidos para mantener una política flexible y acertada. Por mucho  que  las  etapas  democrática  y  socialista  se

aproximen, la transición de una a otra es imposible sin  una  dirección  consciente,  sin  la  contribución

activa de los partidos marxistas-leninistas.

Todo esto, ciertamente, no da pie para cerrar los ojos a las dificultades específicas que la revolución

democrática  y  socialista  puede  encontrar  en  los países capitalistas desarrollados. Ante todo, tendrá un

enemigo más fuerte que las revoluciones anteriores. Los grandes monopolios capitalistas disponen ahora de un poderoso aparato militar y policíaco, sin contar

con los numerosos recursos que ponen en juego para reforzar  su  influencia  ideológica  sobre  las  masas.

Poseen gran experiencia en cuanto a las combinaciones   políticas   y   a   su   capacidad   para engañar a las masas. De ahí que hoy día conserve

todo su valor la conclusión de Lenin de que en Rusia fue más fácil empezar y sería más difícil continuar. Y

en Occidente, por el contrario, el comienzo será más difícil, pero luego todo resultará más fácil.266

 

Otras  formas de paso de las masas de la lucha

 

266 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 426.

 

por  las  reivindicaciones  democráticas  a  la revolución socialista.

La revolución antimonopolista democrática es una etapa posible, pero no obligatoria, de la lucha por el

socialismo en los países capitalistas contemporáneos. Puede   suceder   que   el   movimiento   democrático

general no conduzca a tales revoluciones (o al menos no en todos los países) y que la revolución socialista se produzca inmediatamente, sin pasar por la etapa

democrática.

Considerando esta posibilidad, ¿con qué criterio hemos de valorar los movimientos democráticos de

nuestros días?

¿No   serán   un   estorbo   en   la   lucha   por   el socialismo? ¿No sería mejor luchar desde el principio

por  el  derrocamiento  de  la  burguesía  y  por  la

dictadura del proletariado, lo que será al mismo tiempo la garantía más segura de que van a ser satisfechos los intereses democráticos generales de la clase obrera y de todos los trabajadores? Preguntas como éstas no es la primera vez que se formulan en el movimiento obrero.

En  realidad,  la  lucha  por  fines  democráticos generales no debilita, antes al contrario, robustece las

posiciones de los trabajadores en la lucha por el socialismo.  Las  robustece,  ante  todo,  porque  el

triunfo obtenido por los trabajadores en su pugna por la democracia, la paz, etc., propicia aún más sus acciones por llegar al socialismo.

Al  mismo  tiempo,  la  lucha  por  los  intereses democráticos   generales   debilita   a   la   burguesía

reaccionaria. Si bien no se trata aún de ir al socialismo, sí representa la lucha contra las fuerzas

principales, contra los destacamentos de choque del capitalismo. La derrota de éstos significa inevitablemente un golpe sensible contra la base de la

dominación de los capitalistas en su conjunto.

Además, la             lucha      por         fines       democráticos generales  facilita  la  empresa  de  poner  en  pie  y

agrupar a las más amplias masas del pueblo contra el

imperialismo, de establecer con ellas una alianza sólida,  de  que  la  clase  obrera  y  su  vanguardia

revolucionaria  ganen  el  prestigio  necesario  para

colocarse a la cabeza de las masas.

La lucha por fines democráticos generales, en fin, es una buena escuela de organización política, en la

que las masas trabajadoras se unen y templan. Esta lucha conduce de lleno a las más grandes masas a la

comprensión de lo que significa el problema del poder, es decir, de en qué manos se encuentra el Estado.  Y  esto  constituye,  como  es  sabido,  el

problema cardinal de la revolución socialista. Pero el entrelazamiento  de  los  movimientos  democráticos

con la revolución socialista no se limita al hecho de que aquéllos creen condiciones más favorables para la lucha de liberación de la clase obrera y de todos

los trabajadores.

Tiene también importancia decisiva el factor de  que, en determinadas condiciones, bajo consignas democráticas  generales  puede  producirse directamente el paso de grandes destacamentos de trabajadores a la lucha por el socialismo, a la alianza con la clase obrera en la revolución socialista. Sabemos, por ejemplo, el formidable papel que para el paso de las grandes masas trabajadoras a la revolución socialista desempeñaron en Rusia las aspiraciones democráticas generales de las masas, la lucha por la paz y la tierra. En octubre de 1917, cuando se convencieron de que el gobierno burgués no les daría ni la paz ni la tierra, los campesinos se pasaron  al  lado  de  los  bolcheviques,  con  lo  que quedó  asegurado  el  triunfo  de  la  revolución socialista. Está claro que situaciones análogas pueden producirse en el futuro.

No tiene sentido entrar en conjeturas acerca de la vía  y  de  las  reivindicaciones  democráticas  que pueden conducir a ello. Cualquiera de ellas, en dependencia de la situación concreta, puede llevar a las masas a la lucha decisiva por el socialismo. Ante la amenaza directa de una guerra atómica preparada por la burguesía reaccionaria, puede ser una acción de las masas por la paz. En otras condiciones, puede llevar a la vía del socialismo un amplio movimiento antifascista, o la lucha en defensa de la soberanía nacional, o un conjunto de movimientos semejantes que se fundan en un torrente único dentro de la lucha democrática.

En todo caso, lo importante es: dentro de las condiciones de nuestro tiempo, el movimiento democrático de las masas contra el imperialismo y la burguesía monopolista se liga cada vez más estrechamente a la lucha por el socialismo.

Mas  comprendiéndolo  así,  no  es  posible considerar los movimientos democráticos como un

mero factor que acerca a las masas a la revolución socialista.  Y  no  lo  es,  ante  todo,  porque  esos

movimientos tienen un formidable valor intrínseco para los pueblos en general y para la clase obrera en particular.  ¿Podemos  tomar  la  lucha  por  la  paz,

contra el exterminio atómico, nada más que como una simple reserva? ¿No es acaso uno de los fines

principales que persigue toda la humanidad democrática  y  progresista?  Y  lo  mismo  podemos decir  de  la  lucha  contra  el  fascismo  o  contra  las

infamias  del  colonialismo,  bajo  el  que  hasta  hace poco gemía una gran parte del género humano.

Al mismo tiempo, la visión marxista-leninista de los movimientos democráticos exige una claridad completa de las posiciones de clase. Por importantes

que sean unos u otros movimientos, todo comunista y todo obrero consciente tiene siempre ante sí y no

olvida los fines que en última instancia persigue el movimiento  obrero.  Esto  no  quiere  decir,  empero, que sea menos consciente y abnegado en la lucha por

los intereses inmediatos de las masas populares, por reivindicaciones  como  la  paz,  la  democracia,  la soberanía nacional y la independencia.

No todo demócrata es partidario del socialismo. Ni mucho menos. Pero cualquier luchador consciente

del socialismo es a la vez un defensor abnegado de la

democracia y de todos los intereses democráticos de los trabajadores.

 

3.  Cómo   maduran  las  condiciones   pana   la revolución proletaria

La revolución socialista es una empresa grande y

compleja en la que toman parte millones de hombres y chocan e interaccionan fuerzas sociales diversas,

partidos  y  organizaciones.  Está  claro  que  incluso

cuando la revolución ha madurado por completo, cuando  el  principal  antagonismo  de  la  sociedad

capitalista ha alcanzado su virulencia máxima, ni aun

siquiera entonces se puede producir en cualquier situación o en cualquier momento elegidos arbitrariamente. Para que la revolución proletaria se desarrolle con éxito y ponga el poder en manos de los trabajadores, se necesita un conjunto de determinadas condiciones.

 

La revolución es la ruptura  de un eslabón débil en el sistema del imperialismo.

En  la  época  del  imperialismo,  la  revolución

proletaria en un país no puede ser considerada como un fenómeno suelto y aislado. El imperialismo es un sistema mundial al que, en mayor o menor grado, se encuentra unido cada país capitalista. Por eso, en nuestra época, no se puede enjuiciar acerca de las perspectivas de la revolución proletaria en un país cualquiera  partiendo  únicamente  de  su  estado interior; el problema hay que examinarlo desde el punto de vista del estado de todo el sistema mundial del imperialismo en su conjunto.

Esto es lo que servía de base a V. I. Lenin cuando elaboró su teoría del posible triunfo del socialismo en un solo país inicialmente. Según él demostró, en virtud de la ley del desarrollo desigual el sistema mundial del imperialismo sufre crisis y conmociones periódicas que lo hacen vulnerable a la revolución proletaria. Esto abre ante los trabajadores de los distintos países la posibilidad de romper el frente del imperialismo mundial en el lugar en que resulta más débil.

¿Qué se entiende por eslabón débil en el sistema del imperialismo? Refiérese al país o grupo de países en que las contradicciones económicas y políticas del capitalismo se han hecho particularmente agudas, en que las clases dominantes son incapaces de hacer frente al movimiento revolucionario, mientras que las fuerzas de la revolución son vigorosas y organizadas; en  que,  por  tanto,  se  dan  las  condiciones  más propicias para el derrocamiento del capitalismo.

Hasta hoy, el movimiento mundial de liberación ha marchado, efectivamente, por este camino, por el

camino de la ruptura de los eslabones débiles de la cadena del imperialismo.

No hay duda de que, por mucho que cambie en el futuro la situación en uno u otro país o en todo el

mundo, la tesis leninista acerca de la maduración de

las condiciones para las revoluciones proletarias conservará todo su valor dentro de la lucha de liberación de la clase obrera. El paso del capitalismo al  socialismo  no  es  un  acto  por  el  que  todos  los países se emancipan simultáneamente de la dominación del capitalismo, sino un proceso en el que los países se van desprendiendo del sistema capitalista mundial. Dicho desprendimiento es producto de la debilitación del frente mundial del imperialismo.

Esto significa que el campo de la revolución socialista se ha ampliado inconmensurablemente. Ahora, cuando el sistema del imperialismo en su conjunto está maduro para el paso al socialismo, no hay ningún país que por su atraso  económico o por otra causa interna cualquiera no pueda entrar en la vía de la revolución socialista. También esos países tienen abierta la perspectiva, con la ayuda económica de los Estados socialistas, de iniciar el avance hacia el socialismo.

 

La revolución no va obligatoriamente unida a la guerra.

El desenvolvimiento histórico se había producido hasta ahora de tal suerte que el derrocamiento del

capitalismo por vía revolucionaria y el desprendimiento de los países del sistema capitalista

iba unido cada vez a guerras mundiales. Tanto la primera como la segunda aceleraron en grado sumo

el estallido revolucionario. Lenin decía de la primera guerra  mundial  que  había  sido  un  "director  de escena"  grande,  poderoso  y  omnipotente  que  "por

una parte fue capaz de acelerar en proporciones gigantescas el curso de la historia universal, y por

otra, de gestar crisis mundiales, de inusitada fuerza, económicas,  políticas,  nacionales  e internacionales".267 La debilitación del sistema capitalista a consecuencia de la primera guerra mundial permitió en 1917 romper el frente del imperialismo en la Rusia zarista.

En este sentido, un "director de escena" aún más poderoso ha sido la segunda guerra mundial. La derrota de las fuerzas principales de la reacción internacional -el fascismo alemán e italiano y el militarismo nipón- hizo posible la emancipación del capitalismo de otros países de la Europa Central y Sudoriental, de la gran China, de Corea del Norte y de Vietnam Septentrional. Esas mismas causas facilitaron la emancipación del imperialismo a los pueblos de la India, Indonesia, Birmania y otras colonias y países dependientes.

Esto nos lleva a la conclusión lógica de que, en la época del imperialismo, al agudizar al máximo las

 

267 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII. pág. 292.

 

contradicciones político-sociales de la sociedad capitalista, las guerras mundiales conducen inevitablemente  a  conmociones  revolucionarias.  Si los imperialistas cierran los ojos a estas enseñanzas de  la  historia  y  se  arriesgan  a  desencadenar  una tercera guerra mundial, ésta no podrá por menos de conducir al hundimiento de todo el sistema del imperialismo  en  su  conjunto.  La  humanidad  no querrá de seguro tolerar por más tiempo un régimen que pone en mortal peligro la existencia de pueblos enteros y condena a millones de seres al sufrimiento y a la muerte.

Esto no significa en absoluto, sin embargo, que las    nuevas    victorias    revolucionarias    sobre    el

capitalismo hayan de venir obligatoriamente como consecuencia de una guerra. Las guerras  mundiales

son inconcebibles sin revoluciones, pero las revoluciones son perfectamente posibles sin guerras.

La guerra no es ni la fuente ni condición necesaria

de las revoluciones. Así lo demuestra, en particular, la experiencia de las revoluciones de liberación nacional de los últimos tiempos. En el pasado, revoluciones de este género únicamente podían alcanzar éxito, de ordinario, en un ambiente de crisis y desconcierto originado por una guerra imperialista. Ahora conocemos ejemplos de revoluciones democráticas victoriosas en épocas de paz, como la revolución de julio de 1958 en Irak y la insurrección popular de Cuba (1959).

El marxismo-leninismo enseña que la revolución proletaria es fruto de una agudización extrema en las contradicciones sociales y políticas. Pero, como ya dijimos antes, esta agudización se ha convertido en nuestra época en un estado crónico por lo que se refiere a la mayoría de los países del capitalismo contemporáneo,  que  es  víctima  de  una  profunda crisis general.

En estas condiciones, para que las contradicciones internas del capitalismo se exterioricen y rompan con

enorme fuerza, no hay que esperar a las guerras o a

cualquier otro impulso de fuera. Con el alto grado de conciencia y organización a que en nuestros tiempos

ha llegado el movimiento obrero revolucionario, si se

dan condiciones internacionales propicias, la explosión revolucionaria puede venir también a consecuencia de los procesos que se desarrollan en la vida económica y política de los países capitalistas.

La creciente debilitación interna del capitalismo es la causa última e ineludible de que los trabajadores

que se encuentran bajo la opresión de este sistema

puedan esperar nuevos y nuevos éxitos en el gran movimiento de su emancipación social.

 

Qué es la situación revolucionaria.

Toda revolución digna de ser llamada así es la acción de grandes masas del pueblo que se levantan a la lucha, plenamente decididas a cambiar el orden de cosas vigente en la sociedad y sus condiciones de vida. Pero cuando se trata de la lucha de clases y pueblos enteros, caeríamos en un ingenuo simplismo si pensásemos que el capricho de alguien podría ponerlos en movimiento. Los pueblos y las clases se lanzan a la lucha bajo la acción de causas muy profundas que tienen origen en las de sus propias condiciones de vida.

El leninismo ha elaborado las normas generales para  juzgar  si  las  condiciones  para  la  revolución

están maduras, si la situación objetiva es favorable para  la  lucha  de  las  masas  por  el  poder.  En  el

lenguaje político este ambiente propicio se denomina

situación revolucionaria.

V.            I.              Lenin      señalaba                que         la             situación revolucionaria se caracteriza por tres grandes signos:

"1)  Imposibilidad  para  las  clases  dominantes  de

conservar su dominación sin producirse cambio alguno; crisis en las «alturas», crisis de la política de la clase dominante, que abre una grieta por la que se filtran el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que la revolución se produzca no es bastante que «los de abajo no quieran», sino que se requiere además que «los de arriba no puedan» vivir como antes. 2) Una agudización, superior a lo ordinario, de las necesidades y calamidades de las clases oprimidas. 3) Una elevación considerable, en virtud de las causas anteriores, de la actividad de las masas, que en una época de «paz» se dejan expoliar tranquilamente, pero que en tiempos turbulentos son incorporadas, tanto por todo el ambiente de la crisis como  por   las   propias   «alturas»,   a  una  acción histórica independiente.

"Sin estos cambios objetivos, que no dependen de la voluntad de los grupos o partidos, ni tampoco de

una u otra clase, la revolución es por regla general

imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es lo que se denomina situación revolucionaria."268

Es en grado sumo importante la observación de

Lenin en el sentido de que para llegar a la situación revolucionaria no basta que las masas se vean dominadas por la indignación y el descontento. También es necesario que las clases dominantes no puedan vivir ni gobernar como antes. Con otras palabras, la revolución es imposible sin una crisis nacional, es decir, una crisis que abarque por igual a las capas bajas y a las altas de la sociedad. De ahí se deduce  que  el  partido  revolucionario  de  la  clase obrera no puede basar su táctica únicamente en el pensar y el sentir de las masas; ha de tener también presente el comportamiento de la clase dominante.

La  situación  revolucionaria  aparece  cuando  la política de los círculos dominantes ha fracasado y se

encuentra en un atolladero, cuando entre las masas

populares crece y se ensancha el descontento y en las "alturas" reina el desconcierto; cuando, como suele decirse, se masca en el aire la idea de que van a producirse   cambios   profundos.   Esto   ocurre   de

 

268 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXI, págs. 189-190.

 

ordinario en los momentos turbulentos de la historia, cuando del viraje que den los acontecimientos depende la suerte de clases y pueblos enteros. En esas  ocasiones  las  masas  se  encuentran  ante  un dilema: han de elegir entre una salida u otra, sin que exista una tercera solución. Las masas se levantan para derrocar el poder existente porque la experiencia les dice que no hay otro modo de ver satisfechos sus intereses vitales más profundos.

En esos momentos, hasta en las capas trabajadoras con menos conciencia de clase se despierta la sensación del sentido general de los acontecimientos y la decisión de actuar. A ello se refería Marx cuando dijo que hay días en los que "se concentran veinte años".

Entre  las  causas  objetivas  que  caldean  la situación,  el  papel  decisivo  corresponde,  por  lo

común,   a   los   factores   económicos,   al   brusco

empeoramiento de la situación en que se encuentran las  clases  oprimidas.  Un  gran  incremento  de  la

explotación,  la  desocupación  en  masa,  el  rápido

encarecimiento de la vida, los fenómenos de crisis en la economía, que privan a las masas de seguridad en el mañana y de perspectivas para el futuro, son factores que, sin duda, hacen muy probable la explosión de la actividad revolucionaria de las masas. Ahora bien, los marxistas no han visto nunca en las causas materiales los factores únicos que radicalizan la conciencia y la voluntad de las masas trabajadoras.

El problema de los factores que dan origen a la situación revolucionaria exige, sobre todo en las circunstancias   actuales,   ser   examinado   con   un criterio amplio, sin perder de vista los procesos que tienen lugar en el mundo capitalista. Elementos para la explosión revolucionaria en los países capitalistas se acumulan, por ejemplo, por el creciente peligro de aventuras bélicas y de renacimiento del fascismo. La amenaza de que un país se vea arrastrado a la catástrofe atómica puede muy bien empujar a las masas a la acción abierta contra el poder de los aventureros políticos que cumplen la voluntad de un reducido grupo de monopolios dedicados a la producción de guerra. La desenfrenada reacción política puede ser asimismo causa de que madure la situación revolucionaria. El mismo papel pueden desempeñar  el  peligro  de  ocupación  del  país  por tropas extranjeras y otros factores de este mismo orden.

Son por ello vanas las esperanzas de quienes piensan que en nuestra época es posible evadirse de la   revolución   con   paños   calientes,   con   ciertas reformas sociales y mejorando parcialmente la vida de los trabajadores. Quienes se hacen tales ilusiones no quieren o no pueden comprender que hoy día las contradicciones de clase en un país u otro pueden agudizarse hasta alcanzar la situación revolucionaria en virtud de causas políticas, y no solamente de las económicas.

 

Pero, según nos enseña Lenin, la revolución no sigue siempre a toda situación revolucionaria; para ello es necesario que a las causas objetivas se unan las subjetivas. Es de una importancia formidable la capacidad  y la  decisión  de  la  clase  revolucionaria para  emprender  acciones  lo  suficientemente vigorosas como para destruir o quebrantar el poder existente, que nunca, ni siquiera en la época de crisis, "cae" por sí mismo si no lo "tiran".

Es precisamente en los momentos de crisis revolucionarias cuando se pone a prueba la madurez política y la capacidad de combate del partido de la clase obrera, sobre el cual recae una responsabilidad enorme: no puede dejar escapar las posibilidades favorables  y  ha  de  escoger  acertadamente  el momento   en   que   su   llamamiento   a   la   acción encuentre el apoyo de las más grandes masas. Lenin subrayó en repetidas ocasiones que en esas horas los jefes de la clase obrera han de poseer un especial sentido revolucionario, sin que sea bastante su capacidad para analizar la situación con un espíritu científico.

Lenin ponía particularmente en guardia a los partidos  revolucionarios  contra  un  peligro  que  no

está excluido en un período en que los acontecimientos se desarrollan vertiginosamente: el

peligro  de  confiar  sólo  en  las  fuerzas  propias,  de creer que todo el pueblo está poseído de la misma decisión que la vanguardia y piensa como ella.

Sin la dirección del Partido, la revolución es imposible; pero el Partido no puede llevarla a cabo

con sus propias fuerzas solamente. Lenin advertía: "Sólo con la vanguardia no se puede vencer. Sería no

ya una estupidez, sino un crimen lanzar sólo la vanguardia al combate decisivo sin que toda la clase, sin  que  las  grandes  masas  no  hayan  ocupado  una

posición  de  apoyo  directo  a  la  vanguardia  o,  al menos,  de  neutralidad  favorable  respecto  a  ella,

quedando excluido todo apoyo que pudiera prestarle al enemigo. Y para que toda la clase, para que las grandes masas trabajadoras y oprimidas por el capital

lleguen realmente a esa posición, no basta con la agitación y la propaganda. Para ello hace falta que

estas masas hayan adquirido su propia experiencia política.  Tal  es  la  ley  fundamental  de  todas  las grandes revoluciones..."269

Estos  son,  resumidos,  los  conceptos  del marxismo-leninismo         sobre        la         situación

revolucionaria, a la que se llega en virtud de causas objetivas, pero que únicamente puede ser utilizada para  la  acción  revolucionaria  por  el  partido  que

comprende  los  requerimientos  del  momento histórico, que se halla estrechamente vinculado a las

masas y que sabe conducirlas.

La situación revolucionaria, en condiciones distintas, puede dar lugar a revoluciones de distinto

tipo.  En  la  revolución  democrática  se  crean  unas

 

269 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 73.

 

condiciones favorables para la llegada al poder de una amplia coalición popular; en la proletaria, significa que el momento es propicio para la clase obrera y sus aliados. La forma en que se producirá la revolución y el modo como llegarán al poder la coalición popular o la clase obrera es cosa que depende de muchas circunstancias.

 

4. El paso del poder a la clase obrera

El problema cardinal de toda revolución es el problema del poder. El problema de las revoluciones

burguesas del pasado era la transmisión del poder, detentado por los señores feudales, a la burguesía, que entonces era una clase en ascenso. La tarea de la

revolución proletaria consiste en privar del poder a la burguesía reaccionaria y a sus mandatarios políticos

y entregarlo a la clase obrera y sus aliados. Esta revolución priva a las clases explotadoras de su dominación  política  y  destruye  las  bases  de  su

poderío económico; significa el paso a un nuevo período histórico: el de transición del capitalismo al

socialismo.

El hecho de que la revolución socialista se plantee en todos los países y en todas las condiciones un

mismo fin no significa que siempre haya de llevarse a cabo con arreglo a unas mismas formas. No. El

imperio de la burguesía reaccionaria puede ser suprimido  de  diversos  modos.  El  marxismo- leninismo rechaza los modos y formas de conquista

del poder político dados de una vez para siempre y aplicables  en  todos  los  tiempos  y  pueblos.  Esos

modos y formas cambian en consonancia con las condiciones generales de la época, con la situación

concreta de cada país y con sus características nacionales, con la virulencia de la situación revolucionaria, la correlación de las fuerzas de clase

y el grado de organización de la clase obrera y de sus adversarios.

Cada partido de la clase obrera, cuando orienta a las masas hacia la revolución proletaria, ha de determinar,  ante  todo,  el  carácter  -pacífico  o  no

pacífico- de la misma. Esto depende, ante todo, de las condiciones  objetivas:  de  la  situación  dentro  del

propio país, sin excluir el nivel de desarrollo de la lucha de clases, la tensión a que ésta ha llegado y la fuerza  de  resistencia  de  las  clases  dominantes,  y

también de la situación internacional.

Hay que tener presente que en toda revolución no depende sólo de uno de los bandos la elección de las

formas  de  lucha.  En  la  revolución  socialista,  no

depende únicamente de la clase obrera, que se lanza al   asalto   del   capitalismo,   sino   también   de   la

burguesía y de quienes están a sueldo de ella para

defender las resquebrajadas murallas del régimen de explotación.

La  clase  obrera  no  tiene  especial  interés  en

resolver  los  problemas  sociales  por  la  violencia. Lenin señaló siempre que "la clase obrera preferiría,

 

 

 

como es lógico, tomar pacíficamente el poder... "270

La burguesía no quiere tenerlo para nada en cuenta y, si puede, impone a los obreros revolucionarios los

métodos y formas de lucha más violentos.

 

Posibilidad de resolver el problema del poder por vía no pacífica.

Las enseñanzas de la historia nos dicen que las clases      dominantes      no      se      retiran      nunca

voluntariamente de la palestra social y no entregan el poder   por      mismas.   Apoyándose   en   toda   la

maquinaria de su Estado, aplastan por la fuerza la más   pequeña   acción   revolucionaria   y   cualquier intento de desposeerlas de sus privilegios de clase.

A eso se debe que, desde tiempos antiguos, la forma   clásica   de   la   revolución   política   sea   la

insurrección armada de la clase revolucionaria contra las viejas clases que se encuentran en el poder. Por lo demás,   nadie   sabe   esto   mejor   que   la   propia

burguesía, cuyos representantes se atreven ahora a acusar   a   los   obreros   revolucionarios   de   sentir

"inclinación" por la violencia. En el período en que la burguesía aspiraba al poder, no tenía inconveniente alguno en recurrir a las armas contra los enemigos de

clase que trataban de cerrarle el camino.

Más aún, en aquel tiempo la burguesía mostraba la suficiente decisión histórica como para proclamar

abiertamente el derecho de las masas a la violencia

en la lucha por el triunfo de un régimen social nuevo y más progresivo. Un documento tan importante de

la  revolución  norteamericana,  burguesa,  como  la

Declaración de Independencia (1776) sostiene sin rodeos no sólo el derecho,  sino hasta  el deber  de cada ciudadano de cambiar e incluso de destruir la vieja forma de gobierno cuando ésta va contra los intereses del pueblo.

La burguesía no llegó al "principio" de negar la violencia dirigida contra su poder "legítimo" más que cuando su propia dominación, degenerada en dictadura de una reducida oligarquía financiera, cuando su forma de gobierno, caduca y que ha dejado de estar al servicio de los intereses sociales, se ha visto amenazada de muerte.

Los enemigos del socialismo llevan muchos años tratando de desfigurar la posición del marxismo- leninismo en cuanto a la insurrección armada y al lugar que ésta ocupa en la revolución socialista. No cesan  los  viejos  intentos  de  presentar  a  los comunistas como conspiradores que, a espaldas de las masas, tratan de adueñarse del poder. Tales afirmaciones no contienen ni un ápice de verdad.

Cuando Lenin exponía la posición del marxismo hacia la insurrección armada, siempre subrayó la gravedad y responsabilidad que encierra esta forma de lucha, poniendo en guardia a los obreros contra todo aventurerismo, contra el juego a la conspiración para  "apoderarse"  del  poder.  Siempre  concibió  la

 

270 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 254.

 

insurrección como una vasta acción de las masas trabajadoras dirigidas por la parte consciente de la clase obrera. Cinco meses antes de la Revolución de Octubre, en mayo de 1917, decía: "Nosotros no queremos «apoderarnos» del poder, puesto que toda la experiencia revolucionaria enseña que únicamente es estable el poder que se apoya en la mayoría de la población."271 Ese poder estable y firme es el que se creó como fruto de la revolución socialista de octubre de 1917 en Rusia.

En los trabajos de Lenin podemos encontrar un análisis completo de la "forma especial de la lucha

política" que, según él, es la insurrección armada.

Lenin      daba       los           consejos siguientes             a              los revolucionarios:

"1) No jugar  nunca con la insurrección, y si se

comienza, hay que saber firmemente que es preciso

ir hasta el fin.

"2) Es necesario reunir una gran superioridad de fuerzas  en  el  lugar  decisivo  y  en  el  momento

decisivo,  pues  de  otra  manera  el  enemigo,  mejor

preparado y organizado, destruirá a los insurrectos. "3)  Una vez la insurrección ha sido empezada,

hay    que    obrar    con    la    mayor    decisión    y

obligatoriamente, forzosamente, pasar a la ofensiva.

«La defensa es la muerte de la insurrección armada.» "4)  Hay  que  tratar  de  coger  de  sorpresa  al

enemigo, aprovechar el momento en que sus tropas

se hallan dispersas.

"5) Hay que conseguir éxitos, aunque sean pequeños,  diariamente  (podríamos  decir  que  cada hora si se trata de una sola ciudad), manteniendo la

«superioridad moral» a toda costa."272

La acertada aplicación de estas indicaciones de Lenin fue una de las condiciones que aseguraron el éxito  de  la  Revolución  Socialista  de  Octubre  en Rusia, que fue casi la más incruenta de cuantas revoluciones registra la historia. En el asalto del Palacio de Invierno, que significaba la caída del gobierno  provisional  y  el  paso  del  poder  a  los Soviets, no pasaron de unas decenas los muertos por ambas partes.

Nadie afirma, se comprende, que la revolución proletaria ha de ostentar forzosamente en otros países

el  mismo  carácter  que  en  Rusia.  Explicando  el

cruento  carácter  que  los  combates  revolucionarios tomaron posteriormente en Rusia, Lenin señalaba dos

circunstancias.

Primeramente, los explotadores habían sido derrotados sólo en un país; inmediatamente después del golpe revolucionario poseían aún una serie de ventajas frente a la clase obrera, y por eso ofrecieron una larga y desesperada resistencia, sin perder hasta el último momento sus esperanzas en la restauración.273

 

 

271 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIV, pág. 332.

272 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 152.

273 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXVIII, págs. 232-233.

 

 

 

En segundo lugar, la revolución era fruto "de la gran matanza imperialista", se había producido en unas condiciones de inusitado incremento del militarismo. Una revolución así no podía seguir adelante "sin complots y atentados contrarrevolucionarios de decenas y cientos de miles de oficiales que pertenecían a la clase de los terratenientes y capitalistas... "274 Y esto no podía por menos de provocar medidas de respuesta del pueblo que había empuñado las armas.

Otros países, indicaba Lenin, irán al socialismo por una vía más fácil.

 

Posibilidades de la revolución por vía pacífica.

Es, sin duda, preferible el paso al socialismo por vía  pacífica.  Ello  permite  conseguir  la transformación completa de la vida social con el mínimo de víctimas entre los trabajadores y con un mínimo de destrucciones de las fuerzas productivas de la sociedad y de interrupción del proceso de producción. La clase obrera toma en este caso de las manos de los monopolios capitalistas el aparato de producción casi intacto y, una vez realizada la reorganización necesaria, lo pone en marcha para, en un plazo corto, hacer que todas las capas de la población vean las ventajas que el nuevo modo de producción y distribución ha traído consigo.

La toma pacífica del poder responde más que ninguna otra a todo el modo de pensar de la clase

obrera. Sus grandes ideales humanos se oponen al empleo de la violencia por la violencia, tanto más

que la fuerza de la verdad histórica, de que ella es portavoz, es tal que puede contar perfectamente con

el apoyo de la inmensa mayoría de la población.

Todo el problema estriba, pues, no en si los marxistas  y  los  obreros  revolucionarios  quieren  o

dejan de querer la revolución pacífica, sino en si existen para ello premisas objetivas.

Marx y Lenin estimaban que, en determinadas condiciones, tales premisas pueden darse. Por ejemplo,  en  los  años  70  del  siglo  pasado  Marx

admitía     esa     posibilidad     para     Inglaterra     y

Norteamérica. Tenían presente que en aquellos años - los    del    máximo    esplendor    del    capitalismo

premonopolista-   esos   dos   países   tenían   menos

ejército y burocracia que cualquiera otro; por consiguiente,  la  revolución  podía  no  provocar  un

intenso  empleo  de  la  violencia  de  parte  de  la

burguesía, por lo que tampoco serían necesarias las acciones  de  respuesta  del  proletariado.  La  clase obrera predominaba ya entre la población inglesa y se distinguía por su gran organización y por una cultura relativamente elevada, mientras que la burguesía mostraba siempre la tendencia a resolver las cuestiones litigiosas por vía de compromiso. En estas   condiciones,   Marx   consideraba   posible   el triunfo   pacífico    del    socialismo;    por   ejemplo,

adquiriendo  los  obreros  los  medios  de  producción que la burguesía detentaba.

Lenin escribió posteriormente acerca de esto: "Marx no se ataba las manos -ni se las ataba a los

futuros líderes de la revolución socialista- acerca de las formas, procedimientos y modos de la revolución,

pues comprendía perfectamente el cúmulo de problemas nuevos que entonces se presentarán, cómo cambiará toda la situación en el curso de la acción

revolucionaria,   con   qué  frecuencia   e  intensidad

cambiará todo en la marcha de la revolución."275

Los auténticos marxistas se han distinguido siempre por la flexibilidad con que emplearon las distintas formas de la revolución.

Los marxistas-leninistas rusos se preparaban para la insurrección armada, pero sin dejar escapar por

ello la más pequeña posibilidad de conseguir la transformación política por medios pacíficos. Cuando en el transcurso de la revolución rusa, de abril a junio

de 1917, se esbozó la perspectiva del paso pacífico a la etapa socialista de la revolución, Lenin propuso

utilizarla sin dilación alguna. En el primer tiempo que siguió a la revolución de febrero, no había otro país más libre que Rusia: el pueblo había conquistado

unos derechos como no existían en los Estados más democráticos. De ahí que en sus famosas Tesis de

Abril plantease Lenin la consigna de la revolución pacífica.  Sólo  después  de  los  acontecimientos  de julio de 1917, cuando el Gobierno provisional hizo

ametrallar en las calles de Petrogrado una manifestación de obreros y soldados, se retiró esa

consigna. A la violencia del poder burgués había que responder con la insurrección armada.

Los bolcheviques no tuvieron la culpa de que en Rusia no fuera posible el paso pacífico a la etapa socialista    de    la    revolución.    Después    de    ser

establecido el poder de los Soviets, como todos sabemos, los obreros y los campesinos hubieron de

derramar abundantemente su sangre en los frentes de la guerra civil. Los bolcheviques hicieron cuanto estaba a su alcance para evitar esa guerra. Lenin, en

nombre del poder soviético, propuso un acuerdo con los  capitalistas  rusos  y  extranjeros,  a  los  que  se

otorgarían  concesiones,  creando  empresas capitalistas de Estado. Pero los capitalistas no aceptaron   la   propuesta   y,   con   el   apoyo   del

imperialismo  internacional,  desencadenaron  en  el país una sangrienta lucha intestina.

En el período comprendido entre las dos guerras mundiales   la   burguesía   reaccionaria   de   muchos países de Europa, que ampliaba y perfeccionaba sin

cesar su maquinaria policíaca-burocrática, persiguió con   saña   los   movimientos   de   masas   de   los

trabajadores, cerrando el camino para la vía pacífica de la revolución socialista. La posibilidad de que ésta pueda desarrollarse así se ha esbozado únicamente en

los  últimos  años,  a  consecuencia  de  los  grandes

 

 

 

274 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXX, pág. 10.

 

275 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 310.

 

 

 

cambios históricos producidos después de la segunda guerra mundial.

Estos cambios, que imponen su huella en la vida de  todos  los  pueblos  y  clases  de  la  sociedad,  así

como  la  experiencia  de  la  lucha  de  los  Partidos

Comunistas  hermanos,  fueron  recogidos  en  el informe de N. S. Jruschov ante el XX Congreso del

Partido   Comunista   de   la   Unión   Soviética.   El

Congreso llegó a la conclusión de que en las condiciones actuales ha aparecido  la posibilidad de

que  los  distintos  países  pasen  al  socialismo  sin

insurrección armada ni guerra civil. Esto se ha visto luego  confirmado  en  la  Declaración  de  la Conferencia de Partidos Comunistas y Obreros, pasando a convertirse en patrimonio de todo el movimiento comunista mundial.

La vía pacífica de la revolución se ha hecho posible en virtud de la aparición de una serie de factores nuevos.

Primeramente, ha cambiado la correlación de fuerzas entre el capitalismo y el comunismo en escala

mundial.  Los  imperialistas  no  son  ya  dueños  y señores absolutos del mundo. Frente a ellos tienen al poderoso   campo   de   los   Estados   socialistas,   al

robustecido movimiento obrero internacional y a las fuerzas   democráticas   de   todo   el   mundo.   Esto

significa que la revolución cuenta con una situación exterior más propicia.

En  segundo lugar, crece sin cesar la fuerza  de

atracción de las ideas del socialismo y en todo el mundo aumenta rápidamente el número de sus partidarios. Cuanto mayores son los éxitos que los países socialistas consiguen en el campo de la economía, la cultura y la democracia socialista, tanto más vigorosamente se acercan al socialismo los trabajadores de los países capitalistas y de las colonias, tanto más amplio es el frente de las fuerzas que aspiran a pasar al nuevo régimen social.

En tercero, después de la guerra ha adquirido realidad en muchos países capitalistas la perspectiva de  que  la  mayoría  de  la  población  se  agrupe alrededor de la bandera antimonopolista y democrática, con lo que se conseguirá una superioridad decisiva de fuerzas sobre los grupos dirigentes de la burguesía.

Así, pues, la revolución pacífica se ha hecho posible   no   porque   las   clases   dirigentes   hayan

cambiado de naturaleza y se muestren inclinadas a

renunciar voluntariamente a su poder. No; es posible porque   en   bastantes   países   se   puede   llegar   a conseguir una superioridad tal sobre la reacción, que las clases afectadas, comprendiendo la inutilidad de la resistencia, no tengan otro recurso que capitular ante el pueblo revolucionario. Por consiguiente, también en este caso la suerte de la revolución viene determinada por la correlación real de fuerzas.

El hecho de que los marxistas-leninistas acepten la  posibilidad  de  la  revolución  pacífica  no  quiere decir en modo alguno que se hayan pasado a las posiciones del reformismo.

Los reformistas propugnan la vía pacífica porque niegan en general la lucha de clases y la revolución.

Según los socialdemócratas de derecha, la sociedad de "justicia social" no es producto de las acciones

revolucionarias de los trabajadores, sino que viene como consecuencia de la evolución elemental de la propia sociedad capitalista. Los marxistas-leninistas

niegan que eso sea así: no lo confirman ni la ciencia de la sociedad ni la experiencia de la vida. Saben que

toda revolución -pacífica o no pacífica- es resultado de la lucha de clases. Y tanto más la revolución socialista  -pacífica  o  no  pacífica-,  que  siempre  es

revolución,  pues  viene  a  resolver  el  problema  del paso    del    poder    que    detentaban    las    clases

reaccionarias a las manos del pueblo.

Además, los reformistas ven la vía pacífica como el  único  camino  que  conduce  al  socialismo.  Los

marxistas-leninistas, aun señalando la posibilidad de una  revolución  pacífica,  ven  algo  más:  ven  como

algo inevitable, en una serie de casos, una gran agudización de la lucha de clases. Donde el aparato policíaco-militar  de  la  burguesía  reaccionaria  es

fuerte, la clase obrera tropezará con una desesperada resistencia. No hay duda de que el derrocamiento de

la  dictadura  burguesa  por  la  lucha  armada  de  las clases será inevitable en algunos países capitalistas.

Lenin advertía ya que la reacción puede lanzarse a

probar todas sus posibilidades en una batalla última y definitiva.  No  tenerlo  presente  y  no  prepararse  a darle respuesta firme sería el mayor de los errores.

 

La revolución y el Parlamento.

Una de las formas posibles de transición pacífica al socialismo puede ser la toma del poder por la clase

obrera  mediante  la  conquista  de  la  mayoría  en  el

Parlamento.

Durante varios decenios los comunistas denunciaron tenazmente las ilusiones parlamentarias que los reformistas sembraban entre los obreros. Esto no significa que los Partidos Comunistas negasen en redondo  la  lucha  parlamentaria.  Admitían,  sí,  su valor para la defensa de los intereses diarios y los derechos democráticos del pueblo. Mas a renglón seguido señalaban que esa lucha no era bastante para alcanzar la meta final de la clase obrera, que es tomar el poder de manos de la burguesía.

Esta posición era correcta y venía impuesta por las condiciones históricas de aquel entonces.

Ahora, sin embargo, la situación ha cambiado, y

la posición de los partidos revolucionarios ante la lucha parlamentaria ha de ser otra. Después de un análisis de las condiciones de la lucha obrera en la época contemporánea, el XX Congreso del P.C. de la U.S. llegaba a la conclusión de que hoy día para la conquista del poder por la clase obrera puede ser utilizado     el     mecanismo     de     la     democracia parlamentaria.

En la resolución del Congreso se decía:

"En algunos países capitalistas la clase obrera, dirigida por su parte avanzada, tiene en las condiciones actuales la posibilidad real de agrupar en torno a ella a la inmensa mayoría del pueblo y de asegurar el paso de los medios fundamentales de producción al pueblo. Los partidos burgueses de derecha y los gobiernos formados por ellos van cada vez más al fracaso. En estas condiciones, la clase obrera, agrupando a su alrededor a los campesinos trabajadores, a grandes círculos de intelectuales y a todas las fuerzas patrióticas, y combatiendo enérgicamente  a  los  elementos  oportunistas, incapaces de abandonar la política de conciliación con los capitalistas y terratenientes, puede derrotar a la reacción, a las fuerzas antipopulares, conquistar una mayoría sólida en el Parlamento y convertir este órgano de la democracia burguesa en instrumento de la verdadera voluntad del pueblo."276

Esta tesis del XX Congreso del P.C. de la U.S. tomaba  en  consideración  el  criterio  de  algunos

Partidos Comunistas de otros países, a los que su

propia experiencia había llevado a las mismas conclusiones.

Se  comprende  muy  bien  que  el  pensamiento

marxista se ocupase de este problema. En el mundo capitalista se está operando un proceso de formación de amplias coaliciones antimonopolistas y antiimperialistas que agrupan a la mayoría de la nación; de ellas puede derivar un tipo nuevo de poder del  pueblo,  y  el  Parlamento  -institución representativa nacional- puede ser su forma orgánica y el instrumento que despliegue una amplia lucha contra la dominación de los monopolios.

La vía parlamentaria de paso al socialismo significaría varias ventajas para la clase obrera. La

formación   del   nuevo   poder,   a   través   de   una

institución tan tradicional en muchos países como es el Parlamento, le otorgaría al instante el prestigio necesario que haría más fácil la aplicación de las subsiguientes transformaciones socialistas. Toda resistencia  a  la  revolución  socialista  sería  en  este caso ilegítima no sólo de hecho, sino también de derecho, pues iría contra la voluntad de la nación expresada por el Parlamento.

Sería erróneo pensar, se comprende, que la conquista  del  poder  por  la  vía  parlamentaria  es posible en cualquier día de elecciones. Eso lo pueden creer sólo los reformistas, convencidos de que las profundas transformaciones sociales se deciden por una simple votación. Los marxistas-leninistas no tienen una visión tan primitiva de la llegada de la clase obrera al poder a través del Parlamento. Los problemas básicos de la vida social serán resueltos

 

 

276  XX Congreso del Partido  Comunista de la Unión Soviética,

14 al 25 de febrero de 1956. Actas taquigráficas, t. II, Gospolitizdat, Moscú, 1956, págs. 415-416.

 

siempre por la lucha de las masas del pueblo y la correlación real de las fuerzas de clase. La lucha parlamentaria sólo asegura el paso al socialismo cuando se apoya en el movimiento revolucionario de las masas obreras y de las grandes capas del pueblo.

Reducirlo  todo  al  libre  juego  de  fuerzas  en  el

Parlamento, a las combinaciones parlamentarias, significaría caer en el "cretinismo parlamentario" del que jamás podrán curarse los líderes reformistas de derecha. Los vínculos permanentes con las grandes masas, con el movimiento revolucionario del pueblo fuera del Parlamento, son la premisa fundamental de que se conseguirá llevar a la práctica las transformaciones  socialistas  por  la  vía parlamentaria.

Cuando en el país crece vertiginosamente el descontento  general,  cuando  se  ha  formado  una

coalición real de las fuerzas democráticas y las masas

piden a los partidos de izquierda la constitución de un   gobierno   revolucionario,   entonces,   y   sólo

entonces,    se    verán    las    clases    reaccionarias

imposibilitadas para una resistencia seria y habrán de someterse a la voluntad del pueblo.

Los partidos obreros revolucionarios necesitan de

la mayoría en el Parlamento para algo muy distinto que  disfrutar  de  agradables  sinecuras.  Utilizan  el poder   que   se   les   ha   concedido   para,   por   vía legislativa, llevar a cabo las transformaciones democráticas y socialistas, como es, entre otras, la nacionalización de las propiedades de los grandes monopolios. El propio Parlamento se convierte entonces en instrumento de la voluntad genuina del pueblo. El nuevo poder revolucionario no sólo conserva los derechos democráticos de que el pueblo goza, sino que los amplía por todos los medios.

Es imposible predecir la forma concreta que adoptará la vía parlamentaria al socialismo en uno u

otro país, aunque la posibilidad de que así ocurra ha

de ser tenida en cuenta desde el principio mismo. No está  excluido  que  allí  donde  la  coalición  de  las fuerzas democráticas obtenga la mayoría en las elecciones, las clases reaccionarias en el poder no quieran subordinarse a la voluntad de la nación y se resistan a entregar el gobierno a los partidos de izquierda. En tal caso, los partidos democráticos se verán obligados a responder con la fuerza al reto de la reacción. El curso pacífico de la revolución puede ser alterado. La virulencia y las formas de la lucha subsiguiente vendrán determinadas por la correlación de  las  fuerzas  de  clase  y  por  la  situación internacional.

La experiencia demuestra que la clase capitalista es bastante hábil como para, antes de que se plantee el problema de la llegada de los partidos de izquierda al poder, levantarles toda clase de obstáculos a fin de impedir que conquisten la mayoría. Cuando los partidos gobernantes ven amenazadas sus posiciones, recurren  a  toda  clase  de  argucias  en  los  sistemas electorales, restringen las facultades del Parlamento, etc.

Considerándolo así, los partidos revolucionarios de la clase obrera procuran dominar todas las formas

de lucha -pacíficas y no pacíficas, parlamentarias y no   parlamentarias-   para   estar   dispuestos   en   el

momento oportuno a poner en juego aquella que más corresponda a la situación y a los intereses de los trabajadores.

 

5. Leyes fundamentales de la revolución socialista y peculiaridades de su manifestación en los distintos países

En  la teoría  marxista-leninista  de la revolución

socialista ocupa importante lugar el problema de la correlación entre las leyes generales de la revolución y las peculiaridades que éstas presentan en el plano nacional. Del acertado criterio con que se enfoque este problema depende mucho el éxito de la revolución. No puede extrañarnos, pues, que en torno a él se desarrolle una enconada lucha ideológica.

Los revisionistas no admiten la existencia de leyes generales de la revolución, desorbitando el valor de las peculiaridades nacionales. Y como este punto de vista se quiere imponer a los partidos de los países donde la revolución no se ha producido todavía, de lo que en realidad se trata es de la renuncia a la revolución.

Los  dogmáticos,  al  contrario,  no  quieren considerar las peculiaridades nacionales en el curso

de la revolución. Exigen que en todos los lugares se

lleve a cabo la revolución socialista con arreglo a un esquema adoptado de una vez para siempre. También esta posición puede causar daño sensible al movimiento revolucionario. La gran fuerza del socialismo  reside  precisamente  en  que  se  afirma como resultado de la creación revolucionaria de las masas y se incorpora a la vida de cada nación en formas que el pueblo comprende y hace suyas, orgánicamente relacionadas con toda la estructura de su vida nacional. Y los dogmáticos, al no tener presentes las peculiaridades nacionales y limitarse a copiar mecánicamente la experiencia de otros países, traban la acción creadora de las masas, debilitan la fuerza de atracción del socialismo y le crean dificultades complementarias en su camino.

Considerando el peligro que el revisionismo y el dogmatismo encierran, la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros (1957) subraya la necesidad de mantener simultáneamente la lucha contra  estas dos tendencias.

El marxismo-leninismo estima que, a pesar de las diferencias en cuanto a las condiciones concretas y a

las  tradiciones  nacionales,  la  revolución  socialista

presenta en todos los países rasgos y leyes comunes de sustancial importancia. Y se comprende que así

sea: la sustitución del capitalismo por el socialismo

 

es en todos los países un proceso idéntico en líneas generales. Su comienzo va señalado por dos transformaciones fundamentales: 1) se aparta del poder político a las clases explotadoras y se implanta el poder de los trabajadores dirigidos por la clase obrera, la dictadura del proletariado; 2) se suprime la propiedad de los capitalistas y terratenientes y se establece la propiedad social sobre los principales medios de producción.

Estas dos transformaciones, según se indicaba antes, pueden sucederse en distintas formas. Pero la clase obrera ha de llevarlas a cabo obligatoriamente en todos los casos en que se realiza el paso al socialismo. Sin ello el socialismo es imposible.

La enunciación más completa de los principios cuya observación es necesaria para el triunfo de la revolución socialista, figura en la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros. En ella se enumeran los siguientes principios y leyes generales, que abarcan al período completo de transición del capitalismo al socialismo:

Dirección de las masas trabajadoras por la clase obrera, el núcleo de la cual es el partido marxista-

leninista, para la realización de la revolución proletaria en una u otra forma y el establecimiento de

la dictadura del proletariado en una u otra forma.

Alianza  de  la  clase  obrera  con  la  masa fundamental de los campesinos y con otras capas de

trabajadores.

Supresión de la propiedad capitalista y establecimiento  de  la  propiedad  social  sobre  los

principales medios de producción.

Gradual  transformación socialista  de  la agricultura.

Desarrollo planificado de la economía nacional,

dirigido a la construcción del socialismo y el comunismo, a la elevación del nivel de vida de los trabajadores.

Aplicación de la revolución socialista al campo de la   ideología   y  la   cultura   y   formación   de   una

intelectualidad numerosa, fiel a la clase obrera, al pueblo trabajador y a la causa del socialismo.

Supresión de la opresión nacional y establecimiento de una amistad fraternal e igual en derechos entre los pueblos.

Defensa de las conquistas del socialismo contra los ataques de los enemigos de fuera y de dentro.

Solidaridad de la clase obrera del país con la clase obrera de los otros países: internacionalismo proletario.

Estos principios y leyes generales no son sino las conclusiones fundamentales, brevemente formuladas,

que se derivan de la teoría marxista-leninista de la revolución proletaria y de la construcción del socialismo.

Los partidos marxistas-leninistas no pretenden la aplicación de sus principios en la misma forma y con iguales métodos cualquiera que sea el país de que se trate. Siempre tienen presentes las condiciones concretas  y  las  peculiaridades  nacionales  de  su propio país. El leninismo enseña que la clave de los éxitos de la política socialista reside en la aplicación con un espíritu creador de los principios generales a las condiciones concretas del país, de conformidad con los rasgos originales de su economía, su política y su cultura, con las tradiciones de su movimiento obrero, las costumbres y psicología de su pueblo, etc.

Mientras existan diferencias nacionales y estatales entre  los  pueblos  y  los  países,  indicaba  Lenin,  la

unidad  de  la  táctica  internacional  del  movimiento

obrero comunista de todos los países no exige que se elimine  la  diversidad,   que   se  ponga  fin  a  las

diferencias  nacionales,  sino  una  aplicación  de  los

principios fundamentales del comunismo que "modifique acertadamente esos principios en lo particular,  que los acomode y aplique acertadamente a  sus  diferencias  nacionales  y  nacionales- estatales."277

Una tarea muy importante de los comunistas es la de adivinar, buscar, captar, investigar y estudiar lo particular y específicamente nacional en el enfoque concreto de la manera como cada país ha de resolver problemas internacionales únicos.

La evolución de la sociedad humana del capitalismo al socialismo es un proceso histórico único. Ahora bien, la revolución socialista, cuando el desarrollo social la pone al orden del día en uno u otro país, es un acto de creación independiente de las masas populares que viven en cada país concreto, en un determinado medio en el que ha transcurrido su vida. Esto impone su huella imborrable a la marcha de los procesos revolucionarios.

El conjunto de formas y modos por los que en un país se realizan las transformaciones revolucionarias

comunes a todos los países es lo que constituye la

característica del paso de ese país al socialismo. Las leyes fundamentales de la transición del capitalismo al socialismo son únicas para todos los países capitalistas. Lo que hay de común en el avance hacia el socialismo predomina sobre las peculiaridades nacionales. Las condiciones específicas de uno u otro país pueden modificar parcialmente las manifestaciones  concretas  de  las  leyes fundamentales, sin que sean capaces de suprimir las propias leyes. Esto no significa, sin embargo, que cada país vaya al socialismo por un camino sustancialmente distinto del que siguen los otros países. Hay un socialismo verdadero: el socialismo científico de Marx y Lenin, que establece principios generales para todos los países y pueblos en cuanto a la organización de la sociedad nueva, principios que se derivan de un estudio profundo de las leyes del desarrollo social.

La teoría marxista-leninista se enriquece a medida

 

que se va reuniendo experiencia de la puesta en práctica de las transformaciones socialistas. La aplicación, con un espíritu creador, de los principios generales del marxismo-leninismo a las condiciones concretas de cada país significa, a la vez, un mayor desarrollo de estos principios. Cualquier país -grande o pequeño- puede enriquecer con su experiencia la teoría marxista de la revolución socialista.

 

 

277 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 72.

 

 

 

 

 

 

 

 

SECCIÓN  QUINTA.

TEORÍA  DEL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO

 

 

 

Capitulo  XXI. Dictadura del proletariado y democracia proletaria

La  revolución  socialista  lleva  al  poder  a  los trabajadores, dirigidos por la clase obrera. Las clases explotadoras    -capitalistas   y   terratenientes-   son

apartadas del poder político, sin que esto signifique

aún su desaparición del campo de la lucha de clases. Iníciase así el período de transición del capitalismo

al socialismo, en el cual se produce la transformación

revolucionaria de la sociedad capitalista en socialista.

Según enseñaban los clásicos del marxismo- leninismo, la única fuerza capaz de llevar adelante

esta transformación  es  la dictadura  revolucionaria del proletariado.

¿Qué es la dictadura del proletariado? Es el poder de los trabajadores,  dirigido por la clase obrera  y que tiene como fin la construcción del socialismo.

"La dictadura del proletariado -escribe Lenin-, si traducimos este término latino, científico, histórico-

filosófico, a un lenguaje más sencillo significa:

"Sólo una clase determinada, los obreros urbanos y, en general, los obreros fabriles, industriales, está

en  condiciones  de  dirigir  a  todo  el  conjunto  de

trabajadores y explotados en la lucha por derribar el yugo  del  capital,  en  el  momento  en  que  éste  es

derribado, en la lucha por mantener y consolidar la

victoria con objeto de crear un régimen social nuevo socialista,  y  en  toda  la  lucha  por  la  completa supresión de las clases."278

 

1. Necesidad histórica de la dictadura del proletariado en el período de transición

La revolución socialista descarga el golpe sobre los intereses vitales de las clases explotadoras, antes dominantes y ahora apartadas del poder. Por eso, la

llegada de la clase obrera al poder y las medidas que

adopta  para  la  construcción  del  socialismo encuentran la desesperada resistencia de las clases explotadoras  derribadas.  Más  aún,  mientras  esas clases permanezcan en pie, mientras se conserven las condiciones económicas para su existencia, no desaparece   el   peligro   de  restauración   del   viejo sistema capitalista.

 

La  resistencia  de  la  burguesía  reaccionaria   es inevitable.

Todas las revoluciones han tenido que vencer la resistencia de las clases reaccionarias. Las clases en

ascenso,  por  lo  común,  hubieron  de  implantar  su

dictadura revolucionaria para escapar al abrazo con que les oprimía la sociedad vieja. La revolución burguesa de 1789 en Francia llevó a cabo profundas transformaciones antifeudales y ejerció honda influencia sobre muchos países, más que nada porque no se detuvo ante el empleo de la violencia para aplastar a los aristócratas y demás partidarios del poder real.

La  revolución  socialista  significa  la transformación social más completa y profunda que se conoce; pone fin a toda explotación del hombre por el hombre y precisamente por ello ha de superar la resistencia más desesperada. Porque la burguesía dominante ha usado y abusado durante tanto tiempo de los privilegios que proporciona el poder, de la riqueza y la cultura, se ha habituado tanto a su situación, que llegó a creer como en algo inmutable en el régimen dentro del cual ella manda y los demás obedecen. No conoce por eso límites la furia de las clases reaccionarias cuando llegan al poder los trabajadores, gentes a quienes ellas siempre trataron como a inferiores y a las que consideran incapaces de regir los asuntos públicos. Y los opresores derribados decuplican su resistencia cuando los hombres del trabajo atentan contra lo que para los explotadores es sacrosanto -su propiedad privada- y ven amenazada la posibilidad misma de una existencia parasitaria.

Hasta tanto no termina el período de transición, decía Lenin, "los explotadores conservan inevitablemente  la  esperanza  de  la  restauración,  y esta  esperanza  se  convierte  en  intentos  de restauración.  Aun  después  de  la  primera  derrota seria, los explotadores derribados, que no esperaban serlo, no creían en ello ni admitían la idea de que así pudiera ser, se lanzan con decuplicada energía, con rabiosa pasión, con un odio cien veces mayor, al combate para recuperar el «paraíso» perdido, para defender a sus familias, que antes conocían una vida tan dulce y a las que ahora «la canalla» condena a la ruina y a la miseria (o al «simple» trabajo...)."279

Obreros, campesinos e intelectuales se muestran

 

 

 

278 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 387.

 

279 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVIII, pág. 233.

 

 

 

orgullosos de su trabajo, que sostiene a la sociedad entera. Pero los explotadores, acostumbrados a atribuirse los frutos del trabajo ajeno, lo consideran una humillación y la mayor de las desgracias.

Las esperanzas de la burguesía reaccionaria en la restauración se ven alimentadas por la circunstancia de que, aun habiendo perdido el poder político, dispone todavía de considerable fuerza. En los primeros tiempos tiene ciertas ventajas sobre la clase obrera triunfante.

La gran burguesía puede apoyarse en la ayuda del capital internacional. La participación de tropas de

catorce potencias imperialistas en la lucha contra la

joven República Soviética, el apoyo armado de los imperialistas al régimen del Kuomintang en China y

a los gobiernos fantoches de Vietnam del Sur y de

Corea Meridional, la rebelión contrarrevolucionaria de  octubre  de  1956  en  Hungría  y  los  ingentes recursos que los Estados Unidos asignan para la labor subversiva en los países del socialismo, son pruebas de  que  la  clase  obrera,  aun  después  de  haber derribado el poder de los capitalistas y terratenientes en su país, ha de rechazar las furiosas acometidas de la reacción internacional.

Todo poder está obligado a defender el país de la agresión exterior. Pero cuando al poder llegan los trabajadores, la defensa adquiere un sentido nuevo, convirtiese en una prolongación de la lucha de clase que   el   proletariado   ha   de   mantener   contra   la burguesía  contrarrevolucionaria  en  el  interior  del país. Actualmente, cuando se ha formado el poderoso campo socialista y las fuerzas de la democracia han crecido en todo el mundo, se presenta la posibilidad real de impedir la intervención militar del imperialismo internacional en los asuntos interiores de  un  país  que  lleve  a  cabo  su  revolución democrática o socialista. No obstante, mientras exista el   campo   imperialista,   subsistirá   el   peligro   de agresión militar contra los Estados socialistas y de apoyo por los imperialistas a las fuerzas descontentas con el régimen nuevo.

Además, las clases explotadoras derribadas conservan ciertas posiciones en la economía hasta tanto no son desprovistas por completo de la propiedad privada sobre los medios de producción. Esas posiciones tratan de utilizarlas para el sabotaje y la desorganización de la vida económica. Perdida su dominación política, la burguesía trata de buscar el desquite en el campo económico y de levantar ante el nuevo poder dificultades insuperables. La burguesía derribada encuentra apoyo en la pequeña producción mercantil, que engendra constantemente capitalismo y,  si  no  se  toman  medidas  en  contrario,  puede conducir a la restauración del mismo. La burguesía trata de aprovechar las inevitables fluctuaciones de los campesinos.

En el período primero que sigue a la revolución, superioridad de una cultura más elevada, de su experiencia en la organización de la producción y en el  gobierno  y  de  sus  relaciones  con  ingenieros  y demás personal técnico y con la oficialidad del ejército. Durante cierto tiempo, la burguesía puede aún influir en las masas políticamente y en el terreno de las ideas. Esta influencia es tanto más peligrosa por cuanto los trabajadores no se ven libres de la noche a la mañana de las seculares costumbres derivadas de la sociedad de explotación. Además, el imperialismo deja tras de sí un sinnúmero de elementos desclasados y delincuentes, que proceden principalmente de la pequeña burguesía arruinada. La contrarrevolución puede reclutar entre ellos sus destacamentos de mercenarios.

No  hay  un  país  socialista  en  el  que  las  clases reaccionarias  no  hayan  prestado  resistencia  a  las

transformaciones         revolucionarias,         variando

únicamente su carácter de conformidad con la correlación  de  las  fuerzas  de  clase.  En  Rusia,  las

clases reaccionarias, ayudadas por los imperialistas

extranjeros, impusieron al pueblo una encarnizada guerra civil, que se prolongó durante varios años y exigió sacrificios sin cuento a los obreros y campesinos. En algunas democracias populares europeas, la resistencia de la reacción tomó la forma de putch.

Por   eso,   para   consolidar   el   triunfo   de   la revolución  y  paralizar  la  resistencia  de  las  clases

derribadas, en todos los sitios ha sido necesario un poder fuerte y enérgico, que no se detuviera, si así

era  preciso,  ante  el  empleo  de  la  fuerza.  Esto confirma la tesis del marxismo-leninismo de que la

dictadura es inevitable siempre que se pasa del capitalismo al socialismo. La dictadura es necesaria para aplastar la resistencia de los explotadores y para

cortar la acción de los bandidos, ladrones, salteadores y   demás   delincuentes   comunes,   de   todos   los

elementos que son producto de la descomposición de la  sociedad  vieja  y  que,  como  una  sucia  espuma, suben a la superficie en este período.

Esto quiere decir que la toma del poder por el proletariado no significa el fin de su lucha de clase

contra los explotadores. Continúa también en el período de transición y en ocasiones alcanza una gran virulencia.  Pero  esta  lucha  transcurre  en  nuevas

condiciones y sus formas son otras. Lo nuevo reside en  que,  por  vez  primera,  las  clases  trabajadoras

disponen del poder político, que antes era exclusiva de los explotadores. "La dictadura del proletariado - escribe Lenin- es la lucha de clase del proletariado

triunfante y que ha tomado el poder político en sus manos   contra   la   burguesía   vencida,   pero   no

destruida,  que  no  ha  desaparecido  y  no  cesa  de ofrecer  resistencia,  contra  la  burguesía  que incrementa su resistencia."280

 

las gentes de las antiguas clases gobernantes tienen la                          

280 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 350.

 

 

 

La clase obrera y la violencia.

No hay otro problema alrededor del cual los enemigos del comunismo hayan amontonado tantos

embustes  y  patrañas  como  el  de  la  dictadura  del proletariado. Movidos por el deseo de asustar a los trabajadores y de explotar sus aspiraciones democráticas, pintan la dictadura del proletariado como negación de toda democracia, como dictadura de determinados grupos o personas, como "totalitarismo",  arbitrariedad  política,  etc.  Insisten con especial celo en que los comunistas, en determinadas condiciones, admiten la necesidad de la violencia. Y apoyándose en ello tratan de presentar la dictadura del proletariado como un régimen de violencia completa que se desprende de las concepciones mismas del comunismo.

No obstante, como decía Lenin, "en nuestro ideal no hay lugar para la violencia sobre los hombres". La clase que durante centurias enteras fue objeto de represión, de vejámenes y de sangrientas persecuciones,  odia  profundamente  los  regímenes que hacen posible la violencia sobre los hombres, la opresión y la humillación. La clase obrera no abriga ningún sentimiento de venganza hacia quienes la explotaban. No toma el poder para vengarse, sino para construir una sociedad nueva que emancipa a los hombres de la explotación y de la opresión en todos los terrenos.

Para  la  consecución  de  sus  humanos  y  nobles fines,    la    clase    obrera    trata    de    escoger    los

correspondientes medios de lucha. "El fin justifica

los medios" es el lema de los jesuitas, pero no de los comunistas.  Estos  no  desdeñan  posibilidad  alguna para evitar la violencia, lo mismo en el curso de la lucha por el poder que en el período de construcción del comunismo. y si, a pesar de todo, la clase obrera ha de recurrir a la violencia, esto se debe a la resistencia de las clases desplazadas; no tiene, por tanto, la culpa la sociedad nueva, socialista, sino la vieja, la capitalista.

Se equivocan los que piensan que la dictadura del proletariado  y  el  empleo  de  la  violencia  contra

quienes   recurren   a   ella   se   contradice   con   el

humanismo.  Ocurre  precisamente  lo  contrario. Cuanto  más  enérgico  se  muestra  el  poder  nuevo, tanto más infundadas son las esperanzas de los reaccionarios en la restauración y menor es la necesidad de recurrir a la fuerza. Y viceversa, cuanto más débil e indeciso se muestra el poder obrero, más furiosos son los intentos contrarrevolucionarios de la burguesía y más graves son las consecuencias de la lucha de clases. Menos sangre se verterá en el futuro si se aplasta a tiempo al puñado de conspiradores contrarrevolucionarios.

La propaganda burguesa trata de presentar esta acción  política  exclusivamente  como  terror,  como

 

únicamente como respuesta a la resistencia activa de la propia burguesía. Si las clases reaccionarias derribadas  empuñan  las  armas,  tropiezan  con  la actitud enérgica del poder obrero, que les priva de base para la resistencia. En otros casos todo puede limitarse a medidas restrictivas no violentas, que conducen a la supresión paulatina de las condiciones de vida de las clases explotadoras: nacionalización de la industria capitalista, incorporación al trabajo y reeducación de la parte de la burguesía que se mantiene en un plano de lealtad, etc.

Ahora  bien,  cualesquiera  que  sean  las condiciones, la dictadura del proletariado no se basa en la arbitrariedad y la ilegalidad, sino todo lo contrario, crea una firme legalidad revolucionaria en el  país,  pidiendo  el  cumplimiento  estricto  de  las leyes, tanto por parte de los ciudadanos como de los funcionarios encargados de la administración pública dentro del nuevo poder.

En la medida que esto depende de ella, la clase obrera prefiere siempre los métodos no violentos a los de represión. Cuanto más amplia sea la capa de la burguesía dispuesta a colaborar con la clase obrera, tanto menores serán las dificultades que ofrezca la implantación  de  las  transformaciones  socialistas, tanto menores serán los sacrificios humanos y las pérdidas materiales, tanto antes encontrarán empleo en la nueva sociedad los conocimientos y los hábitos de organización de la parte leal de los antiguos capitalistas y de los grupos de intelectuales que antes se mantenían a su lado.

Los propios capitalistas y terratenientes de Rusia, que desataron la guerra civil, obligaron al Poder Soviético a aplicar medidas represivas que eran únicamente respuesta a la violencia de los explotadores derribados. Así lo reconocieron muchos observadores objetivos. Herbert Wells, que estuvo en Rusia en 1920, escribía: "No es el comunismo, sino el  imperialismo  europeo  el  que  arrastró  a  este enorme, cuarteado y fracasado imperio a una extenuante   guerra   de   seis   años.   Y   no   es   el comunismo  el  que  desgarró  a  esta  Rusia  mártir  y acaso moribunda con constantes ataques, invasiones y levantamientos subsidiados desde fuera, el que la ahogó con un bloqueo monstruosamente cruel. El vengativo acreedor francés y el obtuso periodista inglés son mucho más responsables de estos atroces tormentos que cualquier comunista."281

En cuanto la situación lo permitió, el Poder Soviético   pasó   a   otra   política   respecto   de   la burguesía. Se sabe, por ejemplo, que V. I. Lenin, después de la toma de Rostov en enero de 1920, anunció que entonces se podía abolir la pena de muerte. Pero los explotadores lo impidieron, al pasar una vez y otra al ataque contra las conquistas de la revolución.

 

represión   y   limitación   directa   de   los   derechos                 

democráticos. Pero medidas tan extremas se aplican

 

281  H. Wells. Rusia en tinieblas,  Gospolitizdat, Moscú. 1958, págs. 19-20.

 

 

 

Lo  que  resultó  inevitable  en  Rusia,  donde  las clases derribadas conservaron hasta el último momento las esperanzas en la restauración, no es, ni mucho menos, ley general de la revolución socialista. En este sentido vemos un factor nuevo en la experiencia de las democracias populares, y especialmente en China, donde ha sido posible extender las medidas de reeducación a capas más o menos considerables de la burguesía.

Más propicias todavía pueden ser las condiciones de  las  revoluciones  socialistas  del  futuro.  En  una serie de países las medidas dictatoriales acaso hayan de aplicarse sólo a un reducido grupo del capital monopolista y de sus mandatarios. En esos países, después de la llegada de la clase obrera al poder, puede ser muy real la aplicación a la gran masa de la burguesía de los métodos de reeducación. Cierto que los métodos de persuasión y reeducación predominarán sólo en el caso de que las fuerzas de la clase obrera y del pueblo hayan alcanzado una superioridad indiscutible, si las clases derribadas saben que todos sus intentos de restauración van a tropezar con la firme y enérgica actitud del poder obrero. La propia función represiva contra las clases explotadoras no desaparece tampoco en este caso: permanecerá,  aunque  será  realizada  por  otros métodos y durante un tiempo más breve.

Ahora bien,  cualesquiera que  sean los  métodos por los que se ejerza, la dictadura del proletariado es

siempre, como subrayaba Lenin, una lucha tenaz contra  las  fuerzas  y  tradiciones  de  la  sociedad vieja.282

Pero  incluso  cuando  el  poder  obrero  se  ve obligado a recurrir a medidas de violencia, los métodos que emplea se diferencian sustancialmente de los procedimientos de dominación de las clases explotadoras, que siempre tienen por base la fuerza. La dictadura del proletariado es fuerte por su amplia base social, porque expresa la voluntad del pueblo y es éste el que la gobierna. Según escribía Lenin, la fuerza en que se apoya el poder de la clase obrera no está en las bayonetas, de que se apropia un puñado de militares, ni en las comisarías de la policía, ni en el dinero. Esta fuerza descansa en la masa del pueblo. Eso es lo que fundamentalmente diferencia al nuevo poder de todos los poderes que existieron anteriormente.  Lenin  decía,  refiriéndose  a  los primeros años de la instauración de los Soviets: "El nuevo poder, como dictadura de la enorme mayoría, pudo mantenerse y se mantuvo exclusivamente por la confianza de las grandes masas, porque incorporó de la manera más libre, más amplia y más fuerte a toda la masa a la participación en el poder."283

Finalmente, mientras que la función principal del Estado de explotación es la represiva, no ocurre lo mismo en cuanto al Estado de la clase obrera. La

 

tarea principal de este último es la transformación de la economía y de toda la vida político-social sobre bases socialistas. "...La esencia de la dictadura proletaria  -escribe  Lenin-  no  reside  en  la  sola violencia ni es principalmente la violencia. Lo principal está en la organización y disciplina del destacamento avanzado de los trabajadores, de su vanguardia, de su único dirigente, que es el proletariado. El fin de éste es crear el socialismo, acabar con la división de la sociedad en clases, convertir en trabajadores a todos los miembros de la sociedad, privar de su terreno a toda explotación del hombre por el hombre."284

 

Ser marxista significa reconocer la necesidad de la dictadura del proletariado.

El problema de la dictadura del proletariado es el centro  alrededor  del  cual  giran  todas  las discrepancias    ideológicas    entre    los    marxistas-

leninistas   y   los   reformistas.   La   doctrina   de   la dictadura  del  proletariado  como  medio  único  para

acabar con todas las infamias y crueldades de la sociedad  de  explotación  ha  sido  siempre,  y  lo  es ahora, la piedra de toque que permite comprobar la

sinceridad y seriedad de las aspiraciones socialistas que muestran los partidos obreros y sus líderes.

Para ser marxista no basta limitarse a reconocer simplemente la lucha de clases. "Únicamente es marxista    -escribe    Lenin-    quien    extiende    el

reconocimiento  de  la  lucha  de  clases  al  de  la

dictadura del proletariado.  Esta es la diferencia más profunda que hay entre el marxista y el adocenado

pequeño (y grande) burgués. En esta piedra de toque

hay que probar la comprensión y admisión real del marxismo."285

Se comprende muy bien que el problema de la

dictadura del proletariado ocupe un lugar especial en el marxismo-leninismo: sin la conquista del poder político, sin la dictadura del proletariado es imposible el  triunfo  del  socialismo.  La  doctrina  de  Marx  y Lenin sobre la sociedad sin clases y sin explotación no pasaría de un simple deseo si la clase obrera y su partido marxista-leninista no concentrasen sus esfuerzos en lo que es decisivo, en la manera de utilizar por todos los medios el poder que acaban de tomar  para la transformación  socialista  de  la sociedad.

También en el plano histórico ha sido el problema de la dictadura del proletariado el punto principal de

la lucha ideológica que se mantuvo y mantiene en el

seno del movimiento obrero internacional. Aquí es donde los líderes de la II Internacional han sometido

a una revisión más profunda al marxismo, al negar de

hecho la idea de la dictadura del proletariado. Frente a ella oponen la teoría oportunista de la democracia "pura", "sobre las clases", que, según ellos, puede ser

 

 

 

282 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 27.

283 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 325.

 

284 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXIX. pág. 358.

285 V. I. Lenin. Obras. ed. cit., t. XXIX. pág. 384.

 

 

 

el  puente  por  el  que  se  pase  al  socialismo.  En realidad, lo que los oportunistas entienden cuando hablan  de  democracia  pura  es  la  democracia burguesa.

Lenin denunció a los líderes de la II Internacional, y en particular a Carlos Kautsky, como renegados del marxismo. Según demostró, la teoría de los socialdemócratas de derecha, en unas condiciones de enconada lucha entre la burguesía imperialista y el proletariado, significa la renuncia al socialismo.

Desde entonces ha pasado cerca de medio siglo.

¿Qué nos demuestra la experiencia histórica?

La  clase  obrera,  aliada  a  los  campesinos, conquistó el poder en uno de los países más grandes

del mundo -Rusia- y ha construido el socialismo. Dirigida     por     los     Partidos     revolucionarios,

comunistas, la clase obrera ha llegado al poder en la gran China y en otros países de Europa y Asia, y ha sabido  llevar  a  cabo  profundas  transformaciones

sociales  e  iniciar  el  rápido  avance  hacia  el socialismo.

¿Qué han conseguido en este tiempo los socialdemócratas? ¿Han sabido realizar, siquiera sea en   un   país,   las   transformaciones   socialistas,   o

emprender su realización? Nada de eso. Y lo que es más, en su afán de acomodar el movimiento obrero a

la democracia burguesa, de conciliar la clase obrera con la burguesía, han renunciado prácticamente a la construcción del socialismo, y un buen número de

ellos han degenerado hasta convertirse en portavoces directos   de   la   influencia   burguesa   entre   los

trabajadores.

Los partidos socialdemócratas consiguieron en algunos  países  vencer  en  las  elecciones  y  formar

gobierno. Los laboristas ingleses permanecieron en el

poder en 1924, 1929-1931 y 1945-1951. El Partido

Socialdemócrata sueco ocupa el poder desde 1946. Los socialdemócratas han presidido en repetidas ocasiones gobiernos en otros países europeos. En ninguno de ellos, sin embargo, se han producido transformaciones económicas y políticas de cierta importancia que ostenten un carácter socialista. Los gobiernos   socialdemócratas   no   han   rebasado   el marco del capitalismo, no se han propuesto siquiera acabar con este régimen y sustituirlo por un régimen socialista.

La admisión del principio de la dictadura del proletariado sirve también en nuestros días de norma para juzgar al verdadero revolucionario. No es casual que los actuales revisionistas -¡todos a una!- se manifiesten contra la idea de la dictadura del proletariado, a la que oponen la democracia "universal" burguesa.

Pero ahora, después de los evidentes éxitos del poder  de  la  clase  obrera  en  la  U.R.S.S.  y  demás países socialistas, muchos oportunistas recurren a métodos más sutiles para "refutar" la necesidad de la dictadura del proletariado. Dicen, por ejemplo, que ésta es necesaria sólo en los países de Oriente, donde antes imperaron regímenes despóticos feudales o semifeudales. En Occidente, en cambio, con su larga tradición de parlamentarismo, aseguran, la burguesía se someterá a la voluntad del pueblo sin que sea preciso recurrir a la dictadura del proletariado.

Tales afirmaciones no tienen base alguna. La burguesía de los países capitalistas muy desarrollados posee una fuerza y una experiencia infinitamente mayores que, por ejemplo, las clases que dominaban en Rusia y China. Está más organizada, hace mucho que detenta el poder y posee una experiencia secular de dirección de los asuntos públicos y en la empresa de engañar a las masas. Los monopolios han echado muy hondas raíces en los países de Occidente, y el capital  monopolista  está  acostumbrado  a  resolver estos  asuntos  por  la  fuerza.  En  defensa  de  sus intereses está dispuesto a ir a todo, hasta a desencadenar   una   nueva   guerra   mundial.   ¿Qué induce a creer que los monopolistas de Occidente van a aferrarse menos al poder y van a ser unos enemigos menos temibles que la burguesía y los terratenientes de los países orientales?

La experiencia histórica de las revoluciones proletarias   en   una   serie   de   países   occidentales

(Francia,  Alemania,  Hungría,  Finlandia)  demuestra

que las clases explotadoras recurren allí también a las más extremas medidas de violencia para conservar su dominación. Cuando la clase obrera no lo tiene presente y no adopta medidas para sujetar a la burguesía, lo paga muy caro.

Una de las causas de la caída de la Comuna de París (1871) fue que el proletariado dejó que la burguesía reuniese sus fuerzas, con lo que pudo ahogar la revolución en sangre. A ello se debe asimismo que la burguesía lograse aplastar la revolución húngara de 1919 y las acciones revolucionarias de los obreros alemanes después de la primera guerra mundial. La ferocidad de la "democrática" burguesía de Occidente no pudo ser más brutal. En la pequeña Finlandia, donde la revolución fue reprimida con ayuda de tropas alemanas,  cerca  de  20.000  hombres,  según estadísticas oficiales, fueron fusilados o murieron en campos de concentración, y otras muchas decenas de miles, entre ellos mujeres, fueron a parar a la cárcel y condenados a trabajos forzados.

Cuando los partidos marxistas-leninistas admiten la  posibilidad  de  la  vía  pacífica  para  la  toma  del

poder, no piensan en modo alguno que la burguesía

reaccionaria vaya a retroceder movida por sus buenos sentimientos  y  su  comprensión.  Esta  vía  de  la

revolución se convierte en real porque se advierte la

perspectiva de crear una absoluta superioridad de fuerza sobre el capital monopolista. Mas incluso en estas condiciones, tienen presente la inevitable resistencia de la burguesía derribada y el peligro de que  ésta  vuelva  a  dominar  si  no  existe  un  poder fuerte y enérgico de los trabajadores, si no es establecida, en una forma o en otra, la dictadura del proletariado.

 

2. La democracia proletaria como democracia de nuevo tipo

El triunfo de la clase obrera pone fin a la época de dominación de una minoría privilegiada y significa el comienzo del verdadero poder del pueblo. Obreros, campesinos, artesanos e intelectuales, hombres que durante siglos se vieron apartados de la vida política y no eran admitidos a las tareas de gobierno, toman en sus manos las riendas del Estado. Esto hace de la democracia proletaria un tipo nuevo de democracia,

muy superior a la democracia burguesa.

 

Democracia para los trabajadores.

La democracia burguesa fue en otros tiempos un gran   avance.   Mas   al   advenir   la   época   de   las

revoluciones proletarias se ve reemplazada por un nuevo  régimen  político.  Este,  según  palabras  de

Lenin, concede "la democracia máxima a los obreros y campesinos y, al mismo tiempo, significa el rompimiento   con   la   democracia   burguesa   y   la

aparición de un tipo nuevo de democracia en la historia: la democracia proletaria o dictadura del proletariado".286

Influidos por la propaganda burguesa y por las manifestaciones de los socialdemócratas, ciertas gentes  de  los  países  capitalistas  piensan  que dictadura  y  democracia  son  términos  que  se excluyen,   Razonan   así:   o   democracia,   que   se extiende por igual para todos, y entonces no hay dictadura, o dictadura de una clase, pero entonces no hay democracia.

Así  pueden  razonar  únicamente  quienes comparten   el   error   de   que   puede   existir   una

democracia  "sobre  las  clases",  "general"  o,  como

también se la llama, "integral". Pero lo cierto es que en cualquier sociedad en la que hay clases con intereses opuestos, el poder político, por democrático que parezca, presenta un carácter de clase y se encuentra al servicio de la clase dominante. En los países de democracia burguesa el poder conserva a menudo sus apariencias democráticas: en el plazo debido  se  celebran  elecciones  generales,  los gobiernos son responsables ante los Parlamentos, etc. Mas  la  faz  verdadera  de  este  poder  se  revela  en cuanto las masas trabajadoras adquieren conciencia de sus intereses de clase y comienzan a presentar reivindicaciones a los capitalistas. El más "democrático" de los poderes toma partido por los patronos y no se detiene ante nada: envía las tropas y la policía contra los obreros, hace ametrallar las manifestaciones   pacificas,   manda   detener   a   los líderes  obreros,  y  así  sucesivamente.  Y  cuando  la que ponen en peligro la dominación misma del gran capital, el poder se despoja definitivamente de sus vestiduras democráticas y pasa a los métodos terroristas abiertos. Resulta que bajo la máscara de la democracia en los Estados imperialistas se oculta la más auténtica dictadura de los grandes monopolios capitalistas, de la que son víctimas la clase obrera, todos los trabajadores.

La esencia de clase del Estado se puso al desnudo en todas las épocas en que el poder lo detentaron los

explotadores. "Todos saben... -escribe Lenin- que las

insurrecciones o, simplemente, una gran agitación entre los esclavos fue motivo en otros tiempos para que inmediatamente apareciese la esencia del Estado antiguo como dictadura de los esclavistas. ¿Destruía esta dictadura la democracia en el seno de los esclavistas,  la  democracia  para  ellos?  Todos sabemos que no."287

Quiere decirse que, según confirma la historia, dictadura  y  democracia  se  combinaban perfectamente. El Estado, que actúa como dictadura respecto de unas clases, puede al mismo tiempo ser democracia para otras.

El problema se reduce a dilucidar de qué clase de dictadura  y  de  qué  clase  de  democracia  se  trata.

Refiriéndose  al  Estado  del  período  de  transición,

Lenin decía que ha de ser "un Estado democrático de una  manera  nueva  (para  los  proletarios  y desposeídos en general) y dictatorial de una manera nueva (contra la burguesía)".288 La dictadura de la clase obrera es por su esencia el poder más democrático, pues significa la dominación de la mayoría sobre la minoría, mientras que la dictadura de la gran burguesía es la dominación de la minoría sobre la mayoría.

No hay por ello contradicción alguna cuando decimos que la dictadura del proletariado es a la vez

un nuevo tipo de democracia. Un mismo poder (el de

la clase obrera) es dictadura y aplica "medidas dictatoriales" (Lenin) con relación a los enemigos del socialismo, y es una auténtica democracia y emplea métodos  democráticos  con  relación  a  los trabajadores. Por lo tanto, dictadura del proletariado y democracia proletaria son dos lados de una misma medalla.  Para  Lenin  eran  sinónimos  ambos conceptos: "democracia proletaria" y "dictadura del proletariado".

Es muy importante en la política del Estado proletario  observar  una  acertada  relación  de  los

métodos dictatoriales y democráticos, aplicando los

primeros a la burguesía contrarrevolucionaria y los segundos    a    los    trabajadores.    Es    igualmente

inadmisible conceder libertad de acción a las fuerzas

reaccionarias y reducir la democracia de que gozan los trabajadores. De las consecuencias que trae el no observar      este      principio      nos      hablan      los

 

lucha  de  los  trabajadores  alcanza  tales  proporciones                       

287 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., t. XXVIII. pág. 215.

 

286 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 32.

 

288 V. I. Lenin. Obras, ed. cit., Ibídem. t. XXV, pág. 384.

 

 

 

acontecimientos de Hungría en 1956, donde no se cortaban con energía suficiente los ataques de los reaccionarios y, a la vez, se toleraban serias transgresiones de los derechos democráticos de los trabajadores.

Los sociólogos y publicistas burgueses esgrimen a menudo   otro   argumento.   La   democracia,   dicen,

presupone obligatoriamente la lucha de partidos, una

oposición en el Parlamento, etc. Al no encontrar ninguna  de  estas  notas  formales  de  la  democracia

burguesa   en   los   Estados   socialistas,   proclaman

triunfalmente  que  el  régimen  de  la  dictadura proletaria no es democrático.

Los  marxistas  tienen  una  noción  distinta  de  la

democracia de un régimen político. De lo que hay que partir es de qué intereses defiende el poder, al servicio de quién está y qué política mantiene. Desde este  punto  de  vista  -el  único  científico-,  en  los Estados burgueses es imposible descubrir el menor rastro de verdadero poder del pueblo. En los Estados Unidos hay partidos rivales, y oposición en el Congreso, pero toda la política del gobierno se encuentra al servicio de un reducido puñado de multimillonarios. En el fondo, lo que impera allí es la dictadura de los monopolios capitalistas.

Sólo        la             democracia           proletaria              significa el auténtico poder del pueblo, puesto que se encuentra

al servicio de los trabajadores, es decir, de la mayoría

de  la  sociedad.  La  política  del  Estado  proletario tiende a la supresión de la explotación, al incremento

del nivel de vida y de la cultura de las masas, a la

defensa de la paz general y al fortalecimiento de la amistad entre los pueblos. Esto responde a las más profundas aspiraciones de las masas populares y de todos cuantos aman el progreso.

Sería  al  mismo  tiempo  erróneo  pensar  que  el problema de los métodos y formas de ejercicio del

poder son secundarios para el Estado proletario. La

fuerza  principal  de  la  dictadura  del  proletariado reside  en  sus  vínculos  con  todas  las  masas  del pueblo. Y estos vínculos sólo son sólidos cuando el poder es democrático por su esencia y por su forma. De ahí que la forma de la dictadura del proletariado sea la república de tipo socialista.

La  democracia  proletaria  amplía  como  ningún otro poder los derechos de los trabajadores, pero no

puede extenderse a las fuerzas reaccionarias de la burguesía  vencida  ni  a  los  demás  elementos  que

luchan por la restauración del capitalismo. Hasta ahí llegan los límites de la democracia proletaria. Se causaría un daño terrible a la revolución socialista si

el proletariado concediese libertades políticas a las organizaciones  de  los  grandes  capitalistas.  ¿No  es

evidente que la disolución de los partidos de la burguesía contrarrevolucionaria y la prohibición de la propaganda    del    fascismo    y    de    otras    ideas

antipopulares, lejos de restringir las libertades y la

 

la defensa de los propios intereses?

 

Forma especial de la alianza de la clase obrera con todos los trabajadores.

La   esencia   democrática   de   la   dictadura   del proletariado  se  pone  singularmente  de  relieve  en

cuanto es la alianza de la clase obrera con todos los trabajadores y con las demás fuerzas democráticas que apoyan la causa del socialismo.

La sociedad socialista no puede ser erigida por la clase obrera solamente, con sus solos esfuerzos. Para

construir el socialismo no basta con socializar la gran propiedad. Hay que pasar también gradualmente al cauce  del  socialismo  la  pequeña  producción  de la

ciudad y el campo, cambiar todas las relaciones sociales y reorganizar sobre principios socialistas las

instituciones culturales: prensa, teatros, escuelas; en una palabra, reestructurar toda la vida social de abajo arriba. La tarea es de una complejidad excepcional, y

únicamente puede ser cumplida a condición de que las   más   amplias   capas   del   pueblo   participen

conscientemente en la construcción de la sociedad nueva.

Por  eso,  la  alianza  de  la  clase  obrera  con  los

campesinos,  con  todos  los  trabajadores  y  demás capas democráticas del pueblo, es el principio supremo de la dictadura del proletariado. "La dictadura  del  proletariado  -escribía  Lenin-  es  la forma especial de alianza de clase entre el proletariado, vanguardia de los trabajadores, y las numerosas  capas  trabajadoras  no  proletarias (pequeña burguesía, pequeños patronos, campesinos, intelectuales, etc.) o con la mayoría de ellas; una alianza que va contra el capital, con objeto de derribarlo por completo y de reprimir por completo la resistencia de la burguesía y los intentos de restauración de parte de ésta; una alianza que se propone crear y consolidar definitivamente el socialismo."289

El carácter especial de esta alianza reside en que el  papel  dirigente  corresponde  en  ella  a  la  clase

obrera. El proletariado actúa con todo derecho como dirigente de todos los trabajadores, puesto que es el

luchador  más  consecuente  y  consciente  del socialismo, el fin común al que tiende todo el pueblo trabajador.

Hay una sólida base objetiva para la alianza de la clase  obrera  con  los  campesinos  y  demás  capas

trabajadoras. Todos los trabajadores tienen profundo interés por emanciparse de la explotación, por una vida    a    cubierto    de    necesidades    y    por    el

establecimiento de la paz y la amistad entre las naciones. Esta perspectiva sólo la abre el socialismo.

Por eso una de las tareas más importantes del Estado dirigido por la clase obrera es la consolidación de su alianza con las capas más amplias del pueblo.

El proletariado, que cuando es necesario aplica democracia para los trabajadores, vienen dictadas por                    medidas dictatoriales respecto de la burguesía reaccionaria,  no  puede  en  modo  alguno  recurrir  a esos  métodos  cuando  se  trata  de  las  masas campesinas y, en general, de todos sus aliados democráticos.  A  éstos  los  lleva  al  socialismo  por otros métodos: por convicción, estímulo, fuerza del ejemplo y organización. Los campesinos, la pequeña burguesía urbana y los intelectuales han de convencerse por propia experiencia de la necesidad de las transformaciones socialistas.

 

289 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXIX, págs. 350-351.

 

 

 

Se comprende que esto no excluye las medidas de coerción  para  quienes  violan  las  leyes  del  Estado

socialista.   Pero   esta   coerción,   cuando   se   hace

necesaria, no va contra una clase, sino contra determinados  delincuentes.  En  última  instancia  se

hace eco de la voluntad y de los intereses de todos

los trabajadores.

 

Garantía  de los derechos y libertades de los trabajadores.

La democracia proletaria significa el paso de la democracia formal de la república burguesa a la participación real de las masas trabajadoras en las tareas de gobierno, es decir, en lo que constituye la esencia real de la democracia. "... La dictadura del proletariado -escribe Lenin- debe traer inevitablemente consigo no sólo el cambio en general de formas e instituciones de la democracia, sino un cambio que permita una ampliación jamás vista en el mundo  del  ejercicio  real  de  la  democracia  por aquellos a quienes el capitalismo oprime, por las clases trabajadoras."290

La democracia proletaria no se limita a abolir por completo toda limitación de los derechos por razones

de  raza,  nacionalidad,  sexo,  creencias  religiosas  y

nivel de cultura. El centro de gravedad lo transporta a las garantías de que los trabajadores puedan gozar de

sus  derechos.  A  este  fin  el  Estado  entrega  en

propiedad a las organizaciones de trabajadores los mejores edificios y locales, donde se celebran sus reuniones y congresos, imprentas, cinematógrafos, emisoras de radio, etc. Con otras palabras, garantiza el ejercicio de los derechos democráticos proporcionando la oportuna base material; y estas garantías crecen conforme la construcción socialista avanza y aumenta la riqueza social.

El sufragio universal es todo lo más que puede dar la democracia burguesa. Las masas pueden votar, sí, pero de hecho siguen apartadas de las funciones de gobierno. Después de la revolución socialista, ante vastas capas del pueblo se abre la posibilidad de participar diaria y prácticamente en las tareas de dirección, tanto directamente, en los organismos estatales,   como   a   través   de   sus   organizaciones sociales y del gran número de secciones, comisiones y consejos adjuntos a los órganos de poder.

Otra  característica  esencial  de  la  democracia proletaria  es  la  ampliación   de  la   esfera   de  la dirección democrática;  la democracia no se limita a la política, sino que se extiende a la dirección de la economía y de la cultura. Bajo el capitalismo, ni siquiera una democracia formal y recortada puede ir más   allá   de   las   instituciones   políticas.   En   la economía  y  la  cultura  -fábricas  y  empresas, periódicos  y  revistas,  cine,  radio-  disponen  por entero, sin el menor control de las masas, los capitalistas propietarios. La falta de democracia para los trabajadores en el terreno económico reduce a la nada sus derechos políticos, pues en la sociedad moderna, con su economía altamente desarrollada, triunfa  más  que  en  ninguna  otra  ocasión  la  regla: quien dispone de la propiedad, dispone de todo.

 

 

290 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVIII, pág. 442.

 

La socialización de los instrumentos y medios de producción,  el  paso  a  manos  del  pueblo  de  los

órganos de prensa y de las instituciones culturales y

educativas amplía enormemente la esfera de la democracia. En estas condiciones, la producción y

las  instituciones  de  cultura  son  dirigidas  no  por

propietarios privados, sino por el pueblo; ya directamente, ya a través de sus mandatarios. De este modo la democracia penetra en toda la vida política, económica y cultural.

 

Sistema de dirección democrática.

La   clase   obrera   crea   un   aparato   nuevo   y democrático  de  dirección,  en  consonancia  con  las

necesidades de la sociedad que construye el socialismo. El nuevo poder rechaza decididamente el

principio del centralismo burocrático del Estado burgués, que concita los odios del pueblo. Eso no

quiere decir que la clase obrera niegue la necesidad de la centralización; todo lo contrario, la defiende porque responde a las necesidades de la producción

socializada. Entre las capas pequeñoburguesas de la población  -con  su  ideal  de  economías  privadas

independientes unas de otras-, y a veces entre cierta parte de los obreros que se encuentran bajo la influencia   de   la   pequeña   burguesía,   se   hallan

extendidas ilusiones en el sentido de que es posible prescindir en absoluto del centralismo. Se trata de

una concepción anarquista, que va contra las necesidades  reales  de  las  actuales  fuerzas productivas.

La clase obrera defiende el centralismo, pero un centralismo   democrático.   Esto   significa   que   la

dirección de los asuntos generales del país se ejerce desde un centro, al que están subordinadas las organizaciones inferiores; esto va unido al carácter

electivo de todos los órganos de poder, que han de rendir cuenta de su gestión ante el pueblo, a la amplia

incorporación de las masas a las tareas de dirección y a la autonomía de los organismos inferiores.

Refiriéndose   a   este   principio   básico   de   la

dirección socialista, Lenin escribía: "Nosotros queremos  el  centralismo  democrático  y  hay  que comprender  claramente  lo  mucho  que  este centralismo se diferencia tanto del centralismo burocrático como del anarquismo… El centralismo entendido en un sentido verdaderamente democrático presupone la posibilidad, por primera vez en la historia, de un desarrollo completo y libre no sólo de las   peculiaridades   locales,   sino   también   de   la iniciativa   de   carácter   local,   de   la   variedad   de caminos, procedimientos y medios de avance hacia el objetivo común."291

El aparato estatal del poder de los trabajadores se estructura                según     el            principio               del          centralismo

democrático.

Las  tareas  de  acabar  con  la  resistencia  de  la burguesía reaccionaria, de castigar y reeducar a los

elementos  antisociales  y  de  organizar  la  defensa

exigen la creación del correspondiente aparato administrativo, tribunales, ejército, milicias (policía) y fuerzas de seguridad.

Uno de los rasgos sustanciales que diferencian los órganos  de  coerción  dentro  de  la  dictadura  del

proletariado de instituciones análogas del Estado burgués es su carácter profundamente popular. El ejército, aquí, no se opone al pueblo, que le dio vida;

no conoce la disciplina del palo ni el espíritu cuartelario o de casta, es fuerte por las ideas que lo

inspiran y por su disciplina consciente. Jefes y soldados proceden de un mismo medio de clase: son obreros,  campesinos  o  intelectuales.  En  la  Unión

Soviética, donde se formó el primer ejército de la dictadura  del  proletariado  -el  Ejército  Rojo-,  las

unidades militares mantuvieron desde los primeros días vínculos permanentes con fábricas, sindicatos y

organizaciones de campesinos pobres.

La   judicatura   adquiere   también   un   carácter profundamente democrático. Está organizada de tal

modo que las grandes masas de trabajadores puedan tomar parte en la labor de los tribunales. Los jueces

son nombrados por elección, su nombramiento puede ser revocado y han de rendir cuenta de su labor. En la vista   de   las   causas   son   asistidos   por   vocales

populares.  Está  garantizada  la  independencia completa de los tribunales. Estos se convierten en

instrumento de educación, el carácter de las penas cambia; siempre que ello es posible, se aplica la condena condicional, se recurre a la censura pública,

la reclusión es sustituida por el trabajo obligatorio sin pérdida  de  libertad,  etc.  Esos  mismos  principios

democráticos inspiran la labor de las milicias.

El   Estado   de   los   trabajadores   crea   también órganos que no pueden concebirse dentro de ningún

otro régimen. Así es, por ejemplo, el aparato de planificación y dirección de la economía nacional,

que  se  hace necesario para la reconstrucción socialista. El poder de la clase obrera instituye asimismo  organismos  para  la  dirección  de la  vida

cultural  y la  educación  de  los  ciudadanos,  que  se

 

291 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, págs. 180-181.

 

caracterizan   muy   especialmente   por   su   amplio espíritu democrático y por el margen que dejan para la iniciativa de los trabajadores.

Todos los organismos estatales de la dictadura del proletariado  se  apoyan  en  las  masas  populares,

mantienen constante relación con ellas, las escuchan

y se encuentran bajo su control. La gran mayoría del personal que pasa a formar parte de los nuevos organismos de la dictadura del proletariado son trabajadores. En Rusia el papel decisivo en esta tarea correspondió  a  la  clase  obrera.  A  través  de  los Soviets, los sindicatos y los comités fabriles, miles y miles de obreros fueron enviados a los Comisariados del Pueblo, a los puestos de mando del ejército y a la dirección de la industria. Así, el núcleo inicial del Comisariado de Asuntos Exteriores lo constituyeron obreros  de  la  fábrica  Siemens-Schuckert (actualmente Elektrosila) y marineros del Báltico; el Comisariado del Pueblo del Interior se formó con obreros de la fábrica Putílov; el de Instrucción Pública, con obreros del barrio de Viborg, de Petrogrado. Muchos miles de obreros y de trabajadores de otras capas sociales han pasado también a ocupar cargos de dirección en las democracias populares.

 

El  partido  marxista-leninista  dentro  de  la dictadura del proletariado.

La conquista del poder por la clase obrera cambia

sustancialmente la situación de su combativa vanguardia, del partido marxista-leninista. Anteriormente  era  el  partido  de  una  clase  que luchaba por el poder; ahora es el partido de la clase gobernante.

La experiencia de los países socialistas demuestra que después de la revolución no decae el papel del

partido marxista como dirigente de la clase obrera y de   todos   los   trabajadores;   al   contrario,   crece

incomparablemente. Es ya responsable de cuanto ocurre en la sociedad, de la política del Estado de dictadura  del  proletariado,  del  desarrollo  de  las

fuerzas productivas y de la cultura, del incremento del bienestar del pueblo.

Las transformaciones revolucionarias que el poder de la clase obrera está llamado a cumplir son tan complejas, y tan grandes las fuerzas que se resisten a

la construcción de la nueva sociedad, que el éxito es únicamente posible asegurando la unánime voluntad

del proletariado y con una profunda comprensión de las leyes del desarrollo social; en una palabra, cuando existe un claro programa de acción. Todo esto se lo

da a la clase obrera su vanguardia, su parte más consciente      y      firme,      capaz      de      expresar

consecuentemente los intereses del proletariado y de todos los trabajadores. Por eso decía Lenin que sin un partido  de  hierro  y  templado  en  la  lucha,  sin  un

partido  que  goce  de  la  confianza  de  cuanto  de honrado  hay  en  la  clase,  sin  un  partido  que  sepa pulsar el sentir de las masas e influir sobre ellas, no se concibe el éxito en la lucha por el socialismo.

En el período de lucha por el poder es posible la existencia de varios partidos obreros, aunque si entre

ellos no hay unidad de acción la lucha de la clase obrera tropieza con grandes dificultades. Después del

triunfo de la clase obrera, la necesidad de fortalecer las posiciones del nuevo poder y de asegurar la unanimidad en la dirección de la sociedad, impone de

ordinario la creación de un solo partido marxista- leninista.  Ese  es  el  camino  que  siguieron,  por

ejemplo, los Partidos Comunistas y Socialdemócratas de Checoslovaquia, Polonia, República Democrática Alemana  y  otras  democracias  populares,  donde  al

iniciarse el período de transición se crearon partidos obreros unificados según la ideología y los principios

orgánicos del marxismo-leninismo.

El   papel   del   partido   marxista   dentro   de   la dictadura de la clase obrera no es el que de ordinario

corresponde a un partido de la clase gobernante. Su situación en el Estado no la determinan sólo los votos

obtenidos en las elecciones, sino también la misión histórica de la clase obrera como dirigente natural de la sociedad en su marcha hacia el comunismo.

Justamente por ello, los enemigos de la clase obrera,   que   luchan   contra   su   poder,   tratan   de

quebrantar  la  fuerza  dirigente  y  orientadora  del Partido Comunista. Este ha de marcar la pauta en todas  las  actividades  del  Estado  y  determinar  su

política, circunstancia que se aprovecha para tergiversar  los  hechos  y  presentarlos  como  si  la

dictadura  del  proletariado  fuese  la  dictadura  del

Partido. A esta falsificación recurrieron, por ejemplo, los zinovievistas en la U.R.S.S.

Entre  los  revisionistas  actuales,  unos  niegan  el

papel dirigente del Partido y otros, aunque lo admiten de palabra, lo combaten de hecho. En todo caso, lo

reducen hasta tal punto, que en realidad empujan al

Partido a la renuncia completa a la dirección de la construcción socialista. Los revisionistas afirman que el Partido ha de limitarse a ser un "factor ideológico", un "factor de desarrollo de la conciencia socialista", pero no una fuerza política. Miran despectivamente la labor del Partido en la economía y su trabajo para organizar las nuevas relaciones económicas, y no admiten la necesidad de su influencia decisiva en la política interior y exterior del Estado. El partido de la clase dirigente es reducido así a la situación de una organización educativa puesta al margen de las tareas más importantes que resuelve la clase. En la práctica, esto puede conducir sólo a un incremento de la influencia de fuerzas políticas hostiles a los trabajadores en el seno de la sociedad y del Estado.

Lo que precisamente da más fuerza a la dictadura del proletariado es que toda su labor se basa en una voluntad única, es orientada por el Partido según una idea única. Apoyándose en la teoría del marxismo-

 

concretas, el Partido traza la línea política en todas las esferas de la construcción socialista -economía, administración, ejército, educación, política exterior- y dirige su aplicación en la práctica.

Después de que la resistencia de las clases derribadas ha sido vencida y de que el poder se ha consolidado,  la  labor  principal  del  Partido  es  el trabajo de organización, sobre todo en el terreno de la construcción económica. "Debemos dedicarnos a los asuntos prácticos", dijo Lenin en cuanto el Partido se vio en condiciones de pasar a la construcción de paz; ahora "la labor económica es obra de todos nosotros. Es para nosotros la política más interesante".292

¿Cómo ejerce el Partido su papel de dirección dentro  de  la  dictadura  del  proletariado?  Para  ello

actúa a través de los organismos de gobierno y de las

organizaciones sociales de masas, orientando sus esfuerzos hacia una misma meta. Pero la dirección de los organismos públicos y de las organizaciones sociales no significa suplantar su labor. La labor del Partido podría compararse a la función del director de orquesta, que armoniza el conjunto sin pretender ocupar el puesto de ninguno de los ejecutantes. El Partido asegura la realización de su política a través de sus miembros, que trabajan en la Administración pública y en las organizaciones sociales.

Los principios por los que se rigen las relaciones de los organismos del Partido y del Estado fueron elaborados por Lenin, y encuentran reflejo en los acuerdos de los Congresos del Partido. El VIII Congreso, celebrado en 1919, indicaba: "En ningún caso se deben interferir las funciones de los comités del Partido y de los órganos del Estado, que son los Soviets... El Partido ha de aplicar sus acuerdos a través de los organismos de los Soviets, dentro del marco de la Constitución Soviética. El Partido trata de dirigir la labor de los Soviets, pero no de reemplazarlos." A este mismo principio se atiene el Partido en cuanto a las organizaciones sociales, sin admitir la imposición ni la tutela en toda clase de asuntos secundarios.

El Partido, para toda su labor, se apoya por entero en las masas trabajadoras. Los comunistas son sólo una parte pequeña en el mar del pueblo y el Partido únicamente  puede  conducir  tras  de    al  pueblo cuando expresa acertadamente lo que el pueblo comprende y cuando sabe convencerlo. Por eso decía Lenin que la tarea del Partido consiste en "saber determinar fielmente en cualquier asunto y momento el sentir de las masas, sus verdaderas aspiraciones, necesidades e ideas; saber determinar, sin sombra de falsa idealización, el grado de su conciencia y la influencia que sobre ellas ejercen unos u otros prejuicios  y  supervivencias  de  tiempos  antiguos; saber ganarse la confianza ilimitada de las masas mostrando hacia ellas un espíritu de camaradería y

 

leninismo   y   en   el   estudio   de   las   condiciones               

292 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, págs. 406, 407.

 

 

 

dando celosamente satisfacción a sus necesidades".293

Los  partidos  marxistas-leninistas  que  se encuentran en el poder gozan del ilimitado apoyo de

los   trabajadores.   Eso   les   da   enorme   fuerza   y

prestigio. Pero esto mismo encierra el peligro de que el Partido gobernante se vea ganado por el engreimiento, crea en su infalibilidad, lo cual puede separarle de las masas. Por eso los Partidos Comunistas, después del triunfo de la revolución, atribuyen   tanta   importancia   a   la   crítica   y   la autocrítica como remedio seguro contra la osificación y el estancamiento, desarrollan la democracia interna y se preocupan por elevar el papel de vanguardia de los comunistas.

Cuando los Partidos Comunistas se encuentran en el poder, se presenta el peligro de la afluencia a sus filas de elementos desaprensivos que no acuden a él por motivos nobles, sino impulsados por la esperanza de beneficiarse. La composición del Partido no puede por menos de influir sobre su trabajo, y de ahí que los Partidos de los países que han entrado en la vía del socialismo  regulen  su  propia  composición, establezcan un período de prueba, con admisión condicional, y adopten otras medidas encaminadas a evitar que se filtren en sus filas elementos extraños. A fin de regular su composición, el P.C. de la U.S. estableció en el período de transición diversas condiciones, por las que se facilitaba el ingreso a los obreros y se ponían dificultades a quienes provenían de  la  pequeña  burguesía.  Esto  ayudó  al  Partido  a hacer frente a las influencias pequeñoburguesas. Además, se llevaban a cabo depuraciones periódicas, que ayudaban a eliminar a los elementos extraños que hubiesen logrado penetrar en el Partido. En la mayoría de las democracias populares europeas, a partir de 1947 y 1948 se establecieron temporalmente restricciones para el ingreso en el Partido.

Esta preocupación por la pureza de sus filas contribuye  a  fortalecer  la  unidad  de  los  Partidos

Comunistas.   La   unidad   del   Partido   tiene   una

importancia todavía mayor dentro de la dictadura del proletariado.  La  lucha de clases no  cesa y adopta

unas formas más complejas, por lo que el Partido

experimenta la presión no sólo de los restos de las clases capitalistas que se oponen a la construcción del socialismo, sino también de las vacilaciones de los elementos inestables dentro de la masa de trabajadores. En estas condiciones, cuando representa la fuerza que orienta y estructura la dictadura del proletariado,  si  el  Partido  no  conserva  su  unidad puede llegarse a una situación grave dentro de la dictadura, a la escisión de la alianza en que ésta se apoya. "Quien debilita lo más mínimo la disciplina de hierro del partido del proletariado (especialmente durante su dictadura) ayuda de hecho a la burguesía contra el proletariado" (Lenin).294

 

 

293 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, págs. 166-167.

294 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 27.

 

La violencia de la lucha de clases en el período de transición del capitalismo al socialismo tuvo en la U.R.S.S. su reflejo en la lucha dentro del Partido. Los trotskistas, oportunistas de derecha y otros grupos antileninistas, que expresaban la ideología de las clases explotadoras suprimidas, trataron por todos los medios de quebrantar la unidad del Partido cuando propugnaban por la libertad de fracciones. Si se hubieran salido con la suya, esto habría significado el comienzo del fin de la dictadura del proletariado.

 

Papel de las organizaciones sociales.

Dentro de la dictadura del proletariado, un papel importante en el Estado corresponde a los sindicatos.

De órganos que eran de lucha contra el capital, se convierten en los auxiliares más activos del poder, en

el semillero de donde sale nuevo personal dirigente y de donde llegan propuestas para mejorar la marcha de   los   trabajos.   Refiriéndose   al   papel   de   los

sindicatos después de la toma del poder, V. I. Lenin los   define   como   escuela   de   administración   y

dirección, como escuela de comunismo.

En la U.R.S.S., la participación de los sindicatos en  la  dirección  del  Estado  y  de  la  producción

adquirió  formas  muy  diversas  inmediatamente después de la Revolución de Octubre. Ayudaron a

crear los organismos económicos, tomaron parte en la elaboración de los planes de las empresas y controlaron la labor de los dirigentes de la economía.

Más tarde, al avanzar la construcción socialista, aparecieron formas de la actividad social como las

reuniones de producción, las conferencias técnicas, las sociedades científicas y técnicas, de inventores y

racionalizadores de la producción, etc.

La participación de los sindicatos en la dirección no   puede   significar,   sin   embargo,   que   se   les

encomienden funciones de gestión administrativa. Esta  desviación  anarcosindicalista,  como  indicaba

Lenin, es teóricamente equivocada y prácticamente dañosa. La organización más universal de la clase obrera después de la revolución es el poder estatal, y

sólo éste, en nombre de la clase obrera y de todos los trabajadores, puede dirigir los medios de producción,

que han sido convertidos en propiedad de todo el pueblo. Además, si los sindicatos ejercen por sí mismos la dirección de los asuntos generales o la

ponen en manos del personal de las empresas, se vendría  abajo  el  principio  del  plan  único  y  la

economía quedaría desorganizada.

Las formas en que los sindicatos participan en la dirección de la producción son distintas en los países

socialistas. En Polonia actúan a través de las conferencias  de  dirección  obrera,  creadas  en  las

empresas. En China existe el sistema de asambleas de representantes de obreros y empleados. Hay también otros muchos métodos de participación de

los  sindicatos  en  la  gestión  de  los  asuntos económicos  y  de  carácter  general.  La  experiencia demuestra que allí donde se opone a los sindicatos otros organismos autónomos -como son los "consejos obreros" de Yugoslavia-, disminuye la influencia sobre la producción de las organizaciones generales de clase, del Partido y de los sindicatos.

Aun cuando la clase obrera se encuentre en el poder, los sindicatos no dejan de cumplir la función

de  defensa  de  los  intereses  económicos  de  los

trabajadores. Los sindicatos, decía V. I. Lenin, "han perdido una base como la lucha económica de clase,

pero  están  muy  lejos  de  haber  perdido,  y  por

desgracia pasarán muchos años antes de que puedan perderla, una base como la «lucha económica» sin carácter de clase, en el sentido de lucha contra las deformaciones burocráticas del aparato soviético, en el sentido de protección de los intereses materiales y espirituales de las masas trabajadoras por caminos y medios que no están al alcance de ese aparato, etc..."295

Junto a los sindicatos, en todos los países de dictadura del proletariado hay otras  organizaciones de masas.  Las cooperativas de campesinos y artesanos,  en  sus  distintas  formas,  permiten incorporar a la dirección democrática de la economía a masas enormes de la población, las educan y estimulan en ellas la conciencia social y socialista. Dentro del Estado y en la vida económica y cultural cumplen un importante papel las organizaciones juveniles. Al establecerse el poder de la clase obrera adquieren gran extensión las sociedades voluntarias de trabajadores, así como las asociaciones de escritores, artistas, compositores, etc.

Por  lo  tanto,  con  la  dictadura  del  proletariado surge  todo  un  sistema  de  dirección  democrática

basado en  la  actividad  e  iniciativa  de  las  grandes

masas. Desaparece por primera vez el divorcio que existía entre el aparato de dirección del pueblo, típico

de  los  Estados  de  explotación  y  que  engendra  un

fenómeno social como es el burocratismo.

La propia naturaleza del Estado burgués lleva en sí  ya  el  burocratismo.  Dentro  del  capitalismo,  el

burocratismo es un sistema de dirección en el que el poder pertenece a funcionarios apartados del pueblo,

fuera de hecho del control del pueblo y que se hallan al servicio de las clases explotadoras. Se comprende que el Estado de la clase obrera no engendra de por sí

el burocratismo, pues se trata de un Estado que es obra del propio pueblo y se encuentra a su servicio y

bajo su control. Y no obstante, la clase obrera ha de combatir el burocratismo durante largo tiempo después de su victoria, sobre todo en manifestaciones

como el formalismo y la indiferencia, el divorcio de las  masas  y  el  papeleo  inútil.  Las  deformaciones

burocráticas bajo la dictadura del proletariado son supervivencias del sistema capitalista. Hay que tener presente también que, en el período de transición del

 

terreno abonado en el atraso de las capas pequeñoburguesas de la población. Sus manifestaciones pueden conservarse, y hasta incrementarse de tiempo en tiempo, si se debilita el control de las masas sobre el aparato del Estado, si no se presta la atención debida al ejercicio de dicho control a través de las formas más diversas. La democracia interna propia de la dictadura del proletariado da la base para superar las tendencias burocráticas mediante una incorporación todavía más amplia de las masas a la dirección y el control desde abajo en sus distintas formas. Obligación primordial del poder obrero es utilizar todas estas condiciones. "De este enemigo -decía Lenin- debernos limpiarnos, y lo conseguiremos con la contribución de todos los obreros y campesinos conscientes."296

 

3. Variedad de formas de la dictadura del proletariado

El poder de la clase obrera se deriva de la lucha

que cada pueblo sostiene por su liberación y se halla orgánicamente relacionado con las características y

condiciones de esa lucha. Por eso adquiere formas

diversas en los distintos países "Todas las naciones llegarán  al  socialismo   -escribía  Lenin-;  esto  es

inevitable.  Pero  no  llegarán  de  la  misma  manera

exactamente, cada una aportará rasgos propios en una u otra forma de democracia, en una u otra variedad de la dictadura del proletariado, en uno u otro ritmo de las transformaciones socialistas dentro de los distintos sectores de la vida social."297

Una cosa es cuando la dictadura del proletariado vence  en  un  país  subdesarrollado  con  una  clase obrera poco numerosa y en el que predominan los campesinos, y otra cuando triunfa en países muy desarrollados donde los obreros son la mayoría de la población. Una cosa es la dictadura del proletariado en un país donde imperaba un régimen monárquico y otra cuando se implanta allí donde la democracia parlamentaria tenía hondas raíces.

Las formas de la dictadura del proletariado se estructuran en dependencia de la correlación de las

fuerzas de clase en la revolución y de la violencia de

su choque. Si las clases dominantes se resisten desesperadamente y la revolución adquiere gran virulencia, la clase obrera se ve obligada a destruir por completo todas las viejas instituciones políticas en que se apoyaba la burguesía. Y al contrario, si en el  curso  de  la  revolución  se  consigue  una superioridad tal sobre la reacción que el poder pasa a la clase obrera, por vía pacífica, resulta posible aprovechar algunos de los viejos órganos políticos, como es, por ejemplo, el Parlamento, aunque transformándolo de conformidad con los intereses de la construcción socialista.

Las  formas  de  la  democracia  política  que  se capitalismo al socialismo, el burocratismo encuentra                     

296 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 199.

 

295 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág. 79.

 

297 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIII, pág. 58.

 

 

 

establecen después del triunfo dependen de cuáles son  las  fuerzas  motrices  de  la  revolución.  Cuanto más amplio es el frente de los aliados de la clase obrera, es decir, cuanto más amplia es la base social de la revolución, tanto más reducida es la capa contra la cual se emplea la violencia y más amplia es la democracia proletaria.

Mas con todo el valor que tienen estos factores objetivos,    lo    más    importante    es    la    acción

revolucionaria de las masas populares y la actividad consciente de los partidos marxistas-leninistas. Estos

partidos, sin abandonar su fidelidad al principio de la dictadura  del  proletariado,  no  convierten  en  un fetiche una u otra de sus formas concretas. Ninguna

de ellas es algo que pueda ser transportado mecánicamente de unas condiciones a otras. En la

elaboración de las formas del poder político de los trabajadores, los partidos revolucionarios de la clase obrera   tienen   presente   tanto   las   condiciones   y

características nacionales de sus países como la experiencia del movimiento obrero internacional.

 

El Poder Soviético.

La primera dictadura del proletariado que la historia conoce triunfó en Rusia bajo la forma de

Soviets   de   diputados   de   obreros,   soldados   y

campesinos. Esta forma de organización estatal era producto  de  las  necesidades  de  lucha  de  la  clase obrera y fue obra de las propias masas.

Los  Soviets  habían  nacido  en  el  curso  de  la primera         revolución         rusa         (1905-1907).

Inmediatamente después de la revolución democrático-burguesa     de     febrero     de     1917,

reaparecieron   los   Soviets,   pero   no   en   algunas ciudades solamente, y no como Soviets de obreros, sino   también   de   soldados   y   campesinos.   La

Revolución de Octubre de 1917 concentró en sus manos todo el poder.

El Poder Soviético daba por primera vez vida a los principios generales de la dictadura de la clase obrera expuestos por el marxismo-leninismo y ponía

de manifiesto los rasgos típicos que diferencian al

Estado proletario del Estado burgués. Al propio tiempo,  reflejaba  ciertas  características  que  venían

determinadas por las condiciones de la construcción

del  socialismo  en  la  U.R.S.S.  Sobre  la  labor  del

Poder Soviético no podía por menos de dejarse sentir la circunstancia de que había aparecido en un país económicamente atrasado, en el que durante largos siglos imperó un régimen monárquico feudal.

La clase obrera rusa, la primera en derribar la dominación del capitalismo, hubo de chocar con la

resistencia  terriblemente  desesperada  de  las  clases

explotadoras.  La  Unión  Soviética  se  vio  durante largo tiempo sola frente al mundo capitalista, del que no podía esperar nada bueno. Por eso, según palabras de Lenin, la dictadura del proletariado tuvo que ser establecida en Rusia "en su forma más rigurosa". A

 

las condiciones específicas de la Unión Soviética se deben ciertas limitaciones de la democracia a que la clase obrera hubo de recurrir en el período de transición del capitalismo al socialismo, como, por ejemplo, la privación de derechos electorales a los individuos  de  las  clases  explotadoras.  Hay  que señalar, sin embargo, que el número de personas desposeídas de sufragio activo y pasivo fue muy reducido.

¿Qué  características  propias  presentan  los Soviets? Desde el primer momento se presentaron abiertamente como organizaciones de clase, que de hecho concedían la posibilidad de elegir y de ser elegido sólo a los obreros y campesinos y a las capas de intelectuales afines a ellos. En el período de transición los Soviets eran elegidos no según el principio territorial, sino directamente en los lugares de trabajo: fábricas, talleres, unidades militares y aldeas y pueblos.

En  un  país  pequeñoburgués  como  era  Rusia, donde predominaban los campesinos, no tenían igual representación en los Soviets la población urbana y la rural. La clase obrera, numéricamente en minoría, necesitaba  tener  durante  algún  tiempo  ciertas ventajas políticas con objeto de dirigir a los campesinos.

Millones de trabajadores pudieron ejercitarse en los Soviets en el trabajo de dirección de los asuntos públicos. Durante los diez primeros años ascendió aproximadamente a 12.500.000 el número de diputados, miembros de los Comités Ejecutivos y delegados a los Congresos de los Soviets.

El Poder Soviético no se limitó a proclamar el derecho de las naciones a la autodeterminación, hasta

llegar  a  la  separación  y  formación  de  Estados

independientes. También garantizó esta libertad en la práctica, mediante la agrupación federal y libre de

todos los pueblos en igualdad de derechos. La Unión

de  Repúblicas  Socialistas  Soviéticas,  formada  en

1922, se basa en una auténtica libertad e igualdad de derechos de las naciones que la integran.

El desarrollo de la lucha de clases en el país condujo al establecimiento del sistema de un partido

único de dirección política de los Soviets. El Partido Comunista, ya entre febrero y octubre de 1917, conquistó   la   mayoría   en   los   Soviets   y   otras

organizaciones de masas. Los trabajadores tuvieron ocasión de convencerse de que era el único partido

con un programa real de lucha por la paz, la tierra y la libertad, por unas profundas transformaciones sociales,  y  que  era  capaz  de  llevar  ese  programa

adelante. Todos los demás partidos perdieron la confianza de las masas.

No obstante, aun disponiendo del apoyo de la inmensa  mayoría  del  pueblo,  los  comunistas  no tenían el menor propósito de expulsar a los demás

partidos de los órganos de poder y de prohibir sus actividades.  "Nosotros  queríamos  -dijo  Lenin  en noviembre de 1917- un gobierno soviético de coalición. Nosotros no excluíamos del Soviet a nadie."298

La terrible guerra civil que se desencadenó en el país puso a todas las fuerzas políticas ante la disyuntiva: o con la burguesía contra el proletariado, o con el proletariado contra la burguesía. Todos los partidos pequeñoburgueses, uno tras otro, se pasaron al campo de la contrarrevolución. La que más tiempo vaciló   fue   el   ala   izquierda   del   partido   de   los socialistas  revolucionarios  (eseristas).  Los comunistas  trataron  de  incorporarlos  a  la participación política en el gobierno. En diciembre de

1917 siete representantes de este partido pasaban a formar parte del Gobierno soviético. Pero en julio de

1918  los  eseristas  de  izquierda  se  lanzaron  a  una

rebelión contrarrevolucionaria. El Partido Comunista quedó en el país como la única fuerza que luchaba por fines que respondían a los intereses de los trabajadores. Por lo tanto, el carácter de partido único que  ostenta  la  dictadura  del  proletariado  en  la U.R.S.S. es fruto de las condiciones concretas de la lucha de clases.

El Poder Soviético sirvió de modelo como dictadura  de  clase  del  proletariado.  Sólo  con  un

instrumento  semejante  fue  posible  resistir  en  la

guerra civil, destrozar a los intervencionistas, poner fin a la desorganización y ruina de la economía, construir el socialismo en un solo país y elevar las capas  más  bajas  del  pueblo  hasta  el  nivel  de  la cultura contemporánea.

 

La democracia popular.

El desarrollo del movimiento internacional de liberación ha dado a conocer otra forma de poder de los trabajadores: la democracia popular. Después de la segunda guerra mundial esta forma se ha consolidado en una serie de países de Europa Central y Sudoriental y de Asia. Aun con todos los rasgos fundamentales comunes que la aproximan a la forma soviética, la democracia popular presenta sus características.

La democracia popular nació en unas condiciones en  que la  distribución  de las fuerzas  de  clase  era

distinta que en el momento de la aparición de los

Soviets en Rusia. Durante la guerra de liberación contra  el  fascismo,  en  Polonia,  Checoslovaquia,

Hungría,   Rumania,   Bulgaria   y   Yugoslavia   se

constituyeron frentes únicos de las fuerzas antifascistas y democráticas. Dicho frente único comprendía a los obreros, que desde el principio mismo desempeñaron el papel dirigente, a todas las capas de campesinos, a las capas medias de la burguesía urbana y también a una parte más o menos considerable de la burguesía media y a los intelectuales movidos por sentimientos patrióticos.

Una  base  social  más  amplia  de  la  revolución

 

298 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, págs. 235-236.

 

exigía una nueva forma del poder de la clase obrera. Esta fue la democracia popular, como nueva forma de poder del pueblo que cumple las funciones de dictadura del proletariado. Su aparición tiene profundas  raíces  en  toda  la  situación  de  la  actual etapa de la crisis general del capitalismo, y refleja los cambios de clase producidos en el mundo capitalista: aislamiento cada vez mayor del gran capital, agrupación de grandes fuerzas del pueblo bajo la dirección de la clase obrera y una aproximación todavía mayor de las tareas democráticas generales y socialistas.

La  democracia  popular,  a  diferencia  del  Poder

Soviético, no comenzó desde el primer momento a cumplir las funciones de dictadura del proletariado.

En  algunos países, durante  la primera  etapa de la

revolución, los Partidos Comunistas y Obreros no disponían aún de una mayoría sólida en los Parlamentos y gobiernos de coalición. Gozaban, sí, de gran influencia entre las masas, pero parte considerable de los campesinos, de los intelectuales y de las capas medias seguía a otros partidos.

En la primera etapa, el Estado popular no era aún dictadura del proletariado. Era el poder democrático

del   pueblo   dirigido   contra   el   fascismo   y   sus servidores dentro del país. Por su esencia de clase,

dicho poder era la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y los campesinos a que   Lenin   se   refiere   en   Dos   tácticas   de   la

socialdemocracia   en   la   revolución   democrática,

aunque manifestada en una forma nueva, que recogía las características de la situación histórica. La clase

obrera, desde el primer momento, cumplió un papel

de dirección en la coalición democrática, si bien en el período  que  sigue  a  la  revolución  popular democrática compartía el poder con otras clases. Era un  Estado  intermedio,  de  transición,  cuya  suerte futura dependía ya de la correlación de las fuerzas de clase en el seno del bloque democrático, de los resultados de la lucha de clase entre los trabajadores y los elementos burgueses de derecha.

Cuando la liberación nacional fue conseguida, los grupos burgueses de derecha, que hasta entonces venían colaborando con la clase obrera, quisieron apartarla de la dirección y orientar la marcha del país por la vía capitalista. Allí donde la burguesía era más fuerte, como, por ejemplo, en Checoslovaquia, trató abiertamente de dar un golpe y adueñarse por completo del poder. La clase obrera, sin embargo, con  el  apoyo  de  las  grandes  masas  del  pueblo, paralizó estos intentos de la burguesía y se puso a la cabeza del movimiento popular hacia el socialismo. Por  iniciativa  del  partido  de  la  clase  obrera  se llevaron a cabo hondas transformaciones de carácter socialista y los comunistas ganaron una influencia absoluta   entre   todas   las   capas   del   pueblo.   La dirección del bloque democrático pasó a la clase obrera  y  sus  partidos,  mientras  que  el  Estado  de democracia popular pasaba a cumplir las funciones de dictadura del proletariado.

Una alianza más amplia de las fuerzas de clase, sobre la cual se asienta la democracia popular, ha

permitido ensanchar el marco de la democracia política. La privación de derechos políticos afectó a

un reducidísimo número de servidores de los nazis, que habían hecho traición a su patria. La democracia, desde el comienzo mismo, se extendió a todas las

capas de campesinos, a la pequeña burguesía urbana, a los intelectuales y a las demás fuerzas nacionales y

democráticas.

Una base social todavía más amplia tuvo el poder popular en China. El frente de liberación nacional

comenzó a formarse en el período de la lucha contra los japoneses y agrupó a todas las capas del pueblo,

sin excluir a la numerosa burguesía nacional. Al constituirse la República Popular China, la gran mayoría  de  los  aliados  de  la  clase  obrera  se  fue

manifestando  paulatinamente  en  favor  del socialismo.

Si bien los Soviets y la democracia popular, como dos formas del poder de los trabajadores dirigido por la  clase  obrera,  tienen  una  misma  esencia  y  son

iguales en lo fundamental, entre ellas hay diferencias, que se explican por la peculiaridad de la situación

histórica en que una y otra aparecieron.

¿Cuáles son esas diferencias?

Primero,  en  diversos  países  de  democracia popular  se  ha  conservado  el  sistema  de  varios

partidos,  correspondiendo  el  papel  dirigente  a  los

partidos marxistas. A diferencia de Rusia, donde la revolución proletaria tuvo enfrente no sólo a los partidos burgueses y de terratenientes, sino también a los pequeñoburgueses, en China y otros países de democracia popular muchos de estos partidos han apoyado el paso a la etapa socialista de la revolución. Admiten el papel dirigente de la clase obrera y de su partido  marxista-leninista,  y  actúan  conjuntamente con él en la empresa de llevar la sociedad por el camino del socialismo. Así son, por ejemplo: en Checoslovaquia, el Partido Socialista, el Popular, el Partido   de   la   Libertad   y   el   del   Renacimiento Eslovaco;  en  Polonia,  el  Partido  Campesino Unificado y el Democrático; en el Frente Nacional de la República Democrática Alemana se encuentran, además de los partidos de la clase trabajadora, varios partidos democrático-burgueses. También hay varios partidos en Bulgaria. Representantes de dichos partidos figuran en los gobiernos de coalición de varios países. El peculiar desarrollo de la revolución ha derivado en Rumania y Albania al establecimiento del sistema de un solo partido. En China, además del Partido Comunista, tenemos: el Comité Revolucionario del Kuomintang, que agrupa a la pequeña burguesía urbana y a parte de la burguesía nacional; la Asociación de la Construcción Nacional Democrática,  que  se  compone  principalmente  de

 

industriales, parte de la burguesía comercial y de técnicos con ellos relacionados; la Liga Democrática, la  Asociación  de  Ayuda  al  Fomento  de  la Democracia, el Partido Democrático Obrero y Campesino, y otros.

Segundo, los Partidos Comunistas y Obreros de las    democracias    populares    cumplen    su    papel

dirigente no sólo a través de los órganos de poder,

sindicatos y demás organizaciones sociales, como ocurre  en  la  U.R.S.S.,  sino  también  a  través  del

Frente  Popular  como nueva forma orgánica de la

alianza de la clase obrera, los campesinos, la pequeña burguesía y los intelectuales. Los Frentes Nacionales, constituidos en el período de lucha por el poder, se mantienen  en  la  etapa  de  construcción  del socialismo: el Frente Nacional de checos y eslovacos en Checoslovaquia, el Frente Patrio en Bulgaria, el Frente Democrático en Albania, el Frente Nacional en la República Democrática Alemana, etc.

Tercero, la democracia popular presenta algunas características en cuanto a la estructura del aparato de poder  y  de  gobierno.  Al  ser  constituido  dicho aparato, en algunos países se conservaron ciertas formas de representación  nacional. En ocasiones se trataba de las tradicionales instituciones parlamentarias, si bien transformadas: la Asamblea Nacional en Checoslovaquia, la Dieta en Polonia, etc.

También  se  ha  seguido  en  los  países  de democracia  popular  un  camino  distinto  para  la

demolición del viejo aparato estatal. En algunos de ellos, ya durante las transformaciones democráticas

se pasó a la supresión de sus partes más reaccionarias

(ejército, policía, etc.), que estuvieron al servicio del fascismo,   siendo   sustituidas   por   organizaciones

nuevas,    democráticas.    Posteriormente,    todo    el

aparato de dirección fue transformado gradualmente en    consonancia    con    las    necesidades    de    la

construcción socialista.

En los bloques nacionales de algunos países de democracia popular figuraban capas más o menos amplias de la burguesía. Esto planteó un nuevo problema: el de organizar simultáneamente la colaboración  y  reeducación  de  clases  enteras  que antes  habían  pertenecido  al  campo  de  los explotadores.

Una experiencia interesante de política de alianza con   la   burguesía,   sin   dejar   de   combatir   sus

fluctuaciones,   ha   sido   reunida   en   la   República

Popular China, donde capas importantes de la burguesía nacional apoyaron la revolución democrático-nacional. La colaboración de la clase obrera con la burguesía prosigue en la etapa de construcción del socialismo. Para la transformación en socialista de la propiedad de esas capas se ha recurrido a métodos que combinan los intereses de la construcción del socialismo con los intereses de los aliados de la clase obrera; por ejemplo, la formación de  sociedades  anónimas  mixtas  con  capital  del

 

 

 

Estado y privado. El Estado adquiere parte de los medios de producción a la burguesía, a la vez que se orienta hacia la limitación de las empresas privadas y la transformación gradual del sector capitalista en socialista. Paralelamente, practica una política de reeducación de la burguesía, la incorpora a un trabajo socialmente útil y pone en juego ampliamente la experiencia de las capas burguesas de la población, sus conocimientos técnicos y sus hábitos de dirección de las empresas.

No tendríamos razón al suponer que las transformaciones socialistas llevadas a cabo en China

y demás democracias populares han transcurrido en

un ambiente idílico de paz y colaboración de clases. La  lucha  entre  las  fuerzas  y  tradiciones  de  la

sociedad vieja, burguesa, y las fuerzas de la sociedad

nueva, socialista, abarca allí a todas las esferas de la vida. Buena confirmación de que esto es así la tenemos  en  las  intentonas  de  los  elementos  de derecha en China, en la rebelión de la contrarrevolución en Hungría y en el recrudecimiento de las acciones antisoviéticas de clericales y revisionistas en Polonia en 1956 y 1957.

La  experiencia  de  las  democracias  populares señala  la  posibilidad  de  una  base  de  clase  de  la

revolución proletaria más amplia de la que existió en

Rusia. Se ha demostrado en la práctica que es posible pasar al socialismo utilizando las instituciones representativas nacionales y conservando el sistema de varios partidos, entre ellos los partidos democrático-burgueses, siempre y cuando que la dirección del movimiento esté en manos del partido marxista de la clase obrera.

 

Posibilidad de otras formas de poder de la clase obrera.

La experiencia de la Unión Soviética y de las democracias  populares,  y  también  del  movimiento

obrero en los países capitalistas, permite llegar a ciertas hipótesis sobre la posibilidad de aparición en el futuro de nuevas formas de dictadura de la clase

obrera, o de un poder del pueblo que cumpla sus funciones.

El Poder Soviético y la democracia popular confirman que los rasgos esenciales del Estado de la clase obrera son siempre los mismos. Ahora bien, la

historia se repite en lo fundamental, y no en los detalles;  de  ahí  que  el  paso  de  otras  naciones  al

socialismo  podrá  engendrar,  sin  duda,  formas distintas del poder de la clase obrera.

¿Qué factores determinan esa posibilidad?

Ante todo, la circunstancia de que, en las condiciones actuales, existe la base para alianzas político-sociales más amplias que antes, puesto que la burguesía monopolista se enfrenta a toda la sociedad, sin excluir a ciertas capas de la pequeña burguesía y aun de la burguesía media. El poder de la clase   obrera   que   surja   de   futuras   revoluciones

 

socialistas puede, por esta razón, apoyarse en una base social más amplia todavía. Eso quiere decir que se estrechará la esfera de aplicación de la violencia. En tal caso, la democracia, en el mismo período de transición, se extendería a capas aún más amplias de la sociedad. Es muy posible que el poder que surja de las grandes alianzas políticas logre aislar y mantener sujetos a los elementos reaccionarios sin recurrir a grandes medidas de violencia.

Las  nuevas  formas  de  poder  del  pueblo  que puedan surgir de más amplias alianzas de clase poseerán, inevitablemente, ciertas características nuevas. No es obligatorio en absoluto que todos estos Estados, desde el principio mismo, cumplan las funciones de dictadura del proletariado. Una cosa es la  dictadura  del  proletariado  como  punto  del programa  y otra como reivindicación inmediata del día. Sin renunciar ni un solo momento a la dictadura del proletariado, los partidos revolucionarios la propugnan como consigna de acción únicamente cuando la situación ha madurado para ello, cuando existen todas las condiciones necesarias para la revolución socialista. En China y otras democracias populares, en la etapa revolucionaria dirigida contra el imperialismo extranjero se lanzó la consigna del poder (dictadura) democrático del pueblo. Y la experiencia ha demostrado que se pisaba terreno firme.

En los países con largas tradiciones democráticas, la forma de la dictadura de la clase obrera, o del

correspondiente  poder  del  pueblo,  puede  ser  la

república parlamentaria. Si la clase obrera, en alianza con  todas  las  fuerzas  democráticas  y  patrióticas, logra conquistar por vía pacífica una mayoría parlamentaria dispuesta a llevar a cabo la nacionalización de la gran industria y otras transformaciones socialistas, este tradicional órgano de la democracia burguesa puede convertirse en instrumento de la efectiva voluntad del pueblo. La conquista de una sólida mayoría parlamentaria, que se apoye en el movimiento revolucionario de masas de la clase obrera y de todos los trabajadores, propiciará las condiciones necesarias para la puesta en marcha de radicales transformaciones socialistas.

Los revisionistas aducen que el parlamentarismo presupone la existencia de varios partidos y de una

oposición, y que la dictadura del proletariado acaba con todo esto. Y eso les lleva a negar la necesidad de

la dictadura del proletariado en los países que poseen hondas tradiciones parlamentarias.

Estas objeciones de los revisionistas no son más

que una simple argucia sin fundamento alguno. La experiencia de las democracias populares demuestra ya la posibilidad de conservar el sistema de varios partidos en el período de construcción del socialismo. Y  aunque  se  haya  revelado  la  conveniencia  de unificar los partidos de la clase obrera, no se puede considerar que éste sea el único camino de evolución

de los partidos políticos en las condiciones propias de la  revolución  socialista.  Además  del  partido marxista-leninista, en el período de transición pueden existir otros partidos, siempre y cuando quieran la supresión de los monopolios capitalistas y apoyen el rumbo a la construcción del socialismo. En tal caso, el partido de la clase obrera habrá de trabajar para incorporar a todos los partidos y a las capas de población que ellos representan a la participación activa  en  la  construcción  del  socialismo, manteniendo  una flexible política de  colaboración. No está excluido, se comprende, que aun conservándose la unidad en los problemas fundamentales,  aparezcan  determinadas discrepancias políticas, que podrán ser salvadas, sin embargo, democráticamente.

No hay duda de que el movimiento de liberación en los países de Asia, América del Sur, África y Oriente Medio -con sus acentuadas características y tradiciones nacionales- dará también origen a formas nuevas de poder político de los trabajadores. Según escribía Lenin, "las nuevas revoluciones en los países de Oriente, con una población infinitamente mayor y con una variedad de condiciones sociales infinitamente más grande, traerán... sin duda una diversidad mayor que la revolución rusa".299

Los marxistas-leninistas estudian atentamente la posibilidad de nuevos caminos de la revolución y de nuevas formas del Estado de la clase obrera; no excluyen, sin embargo, que la marcha de la historia pueda imponer al proletariado métodos más rigurosos de lucha de clases, a los que preferiría no recurrir, pero a la utilización de los cuales ha de estar siempre dispuesto.

Sin embargo, cualquiera que sea la forma en que se  lleve  a  cabo  la  transición  del  capitalismo  al

socialismo en uno u otro país, siempre se hallará sujeta a ciertas leyes generales. Las principales de

ellas, según se indicaba en la Declaración de la Conferencia de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros, son la dirección de la clase

obrera y de su partido marxista en la revolución proletaria  y  el  establecimiento  de  la  dictadura  del

proletariado, la alianza de la clase obrera con la gran masa de los campesinos y con otras capas de trabajadores,  y  la  defensa  de  las  conquistas  del

socialismo de las agresiones de que sean objeto por parte de los enemigos de dentro y de fuera.

Las leyes mediante las cuales la dictadura del proletariado realiza las transformaciones socialistas de la economía son examinadas en el capítulo que

sigue.

 

Capitulo  XXII.  Principales tareas económicas en el periodo de transición del capitalismo  al socialismo

La  clase  obrera  toma  el  poder  con  objeto  de utilizar su dominación política para acabar con el capitalismo  y construir el  socialismo. Y esto requiere, lo primero de todo, una transformación radical de la economía.

 

 

299 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 439.

 

Las tareas que esta transformación presupone son extraordinariamente complejas. A diferencia de las revoluciones del pasado, la revolución socialista no se  lleva  a  cabo  para  reemplazar  una  forma  del régimen de explotación por otra, sino para poner fin a toda clase de explotación del hombre por el hombre. De ahí que el modo socialista de producción, al contrario de todos los anteriores, no puede surgir por sí mismo, espontáneamente, del seno de la sociedad vieja. Para crearlo se requieren los esfuerzos conscientes y dirigidos de la clase obrera, llegada al poder, y de sus aliados.

En la vida de cada país, la transformación socialista de la economía exige un período de transición. Este período es imposible saltárselo ni eludirlo aun en el caso de que en el país hayan madurado por completo todas las premisas materiales del socialismo, aunque no puedan ser más propicias las condiciones interiores y exteriores en que el socialismo haya de ser construido.

Ahora bien, aunque la necesidad del período de transición es una ley general obligatoria para todos los países, en cada uno de ellos dicho período puede presentar características muy acusadas.

Por ejemplo, la industrialización socialista -que, como  veremos,  es  una  condición  esencial  para  el

cumplimiento de las tareas económicas del período

de transición- requerirá esfuerzos mucho menores en los países muy desarrollados. Pueden presentar diferencias las formas y el ritmo de la transformación socialista de la agricultura y de las empresas de los capitalistas medios y pequeños, etc. Finalmente, se observan diferencias esenciales en cuanto al bienestar de los trabajadores en el período de transición. Y se comprende que así sea. La dictadura del proletariado es capaz de asegurar el desarrollo de la economía por la vía más rápida y menos costosa. Pone fin a la desigualdad social en la distribución de los bienes. Pero  no  puede  crear  la  abundancia  en  un  abrir  y cerrar de ojos. Siempre hay que partir del nivel de producción de bienes materiales existente.

Las diferencias entre los países -herencia del pasado- se mantienen largo tiempo. Y está claro que

esas      diferencias      infundirán      obligatoriamente

características especiales a la construcción del socialismo y, en cierta medida, a la joven sociedad socialista de cada país concreto.

No obstante, la experiencia histórica demuestra que,  desde  sus  primeros  pasos,  el  socialismo  es

siempre capaz de asegurar una formidable superioridad sobre el capitalismo. Cierto es que, por la marcha de la historia, los primeros en entrar por la

vía del socialismo han sido países mediana o débilmente  desarrollados,  cosa  que  los  teóricos  y propagandistas reaccionarios manejan para sus especulaciones. ¿Puede haber nada más fácil que "aplastar" al socialismo comparando, por ejemplo, el nivel de vida de Polonia, país arruinado por largos años de guerra y antes relativamente atrasado, con el de  Suecia,  que  no  conoció  ninguna  de  las calamidades impuestas por el conflicto bélico e industrialmente muy desarrollada? Pero tales especulaciones se vienen abajo pronto, tanto más que el rápido avance de los países socialistas aproxima la hora en que el socialismo mundial comience su emulación  con  el  capitalismo  no  sobre  una  base ajena, heredada de la vieja sociedad, sino sobre su propia base.

Ahora bien, ¿cómo se crea esa base propiamente socialista? O con otras palabras, ¿cuáles son las principales tareas económicas (y tanto más sociales) que trata de cumplir en el período de transición la dictadura del proletariado?

 

1.  Por  dónde   empieza   el  poder  de  la  clase obrera

En la esfera económica, lo principal en el período

de transición es la socialización de los medios de producción, el rápido desarrollo del sector socialista

y la organización, sobre esta base, de relaciones de

producción nuevas, socialistas. El primer acto de las transformaciones en el plano económico es la nacionalización de la gran producción capitalista.

 

Nacionalización de la gran industria, transportes y bancos.

En el Manifiesto del Partido  Comunista se dice:

"El proletariado utiliza su dominación política para arrancar a la burguesía, paso a paso, todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado  como  clase  dominante,  y  aumentar,  lo más rápidamente posible, el conjunto de las fuerzas productivas."300

La gran burguesía, se comprende, presenta la nacionalización  socialista  como  un  acto  ilegal  y como un "robo". La realidad es que se trata de una medida absolutamente justa, que, con toda la razón, calificó Marx como "expropiación de los expropiadores". La gran propiedad capitalista es fruto de  la  expoliación  más  implacable  de  millones  de seres, de la apropiación de las tierras de los campesinos, de la ruina de los artesanos, del bandolerismo  en  las  colonias  y  del  saqueo  de  las cajas del Tesoro. La riqueza de los capitalistas aumenta siempre a expensas del trabajo de la clase obrera y de la ruina de los pequeños productores. Por eso, la revolución socialista no hace sino restablecer la justicia cuando convierte en patrimonio del pueblo lo que fue creado por el trabajo del pueblo y por derecho pertenece a los trabajadores.

 

300 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 446.

 

El fin que la nacionalización socialista persigue al quebrantar la potencia económica de la burguesía y poner en manos del Estado proletario los puestos de mando dentro de la economía nacional es crear un nuevo modo de producción.

La historia ha confirmado ya que las formas y métodos   de   la   nacionalización   pueden   ofrecer

diferencias sensibles en cada país.

La nacionalización socialista de los principales medios de producción fue llevada a cabo por primera

vez por la clase obrera de Rusia. Antes de iniciar la

nacionalización,   el   Poder   Soviético   implantó   el control  obrero.  La  industria,  el  comercio  y  las finanzas fueron colocados bajo el control de los obreros y empleados de cada empresa. La respuesta de la burguesía a esta medida y a otras semejantes, encaminadas a regular la economía, fue el sabotaje y la resistencia más desesperada. Esto obligó al Gobierno  soviético  a  llevar  adelante  la nacionalización con gran premura. En diciembre de

1917 eran nacionalizados los bancos, y seguidamente los ferrocarriles, las comunicaciones y los barcos de

mar y de río, así como algunas empresas industriales.

En junio de 1918 se anunciaba la nacionalización de las  empresas  grandes  en  todos  los  sectores  de  la

industria   y   de   los   ferrocarriles   privados.   Estas

medidas se llevaron a cabo mediante confiscación, sin indemnización alguna.

En   las  democracias  populares  europeas,   este

mismo proceso de formación del sistema socialista en la economía transcurrió de manera muy distinta. Los gobiernos democrático-populares sólo nacionalizaron en un principio las empresas pertenecientes a los criminales de guerra, a los traidores a la patria que habían colaborado con el fascismo alemán, y también las empresas de los monopolios capitalistas. La nacionalización de las otras empresas vino más tarde, como respuesta a los manejos antisocialistas de la burguesía.

Características muy acusadas presenta la nacionalización en la República Popular China. El

Gobierno  popular  se  limitó  al  comienzo  a nacionalizar  las  empresas  de  la  industria  pesada

pertenecientes a las altas capas de la burguesía comercial intermediaria y burocrática, tomó en sus manos los bancos más importantes y los ferrocarriles

y estableció el control sobre el comercio exterior y las    operaciones    con    moneda    extranjera.    La

nacionalización no afectó, sin embargo, a capas importantes  de  la  burguesía  nacional  china,  que habían  colaborado  con  la  clase  obrera  durante  la

guerra de liberación y la revolución popular.

En el período subsiguiente de transformación de la propiedad capitalista, se recurrió en gran escala a

formas diversas de capitalismo de Estado, desde la

simple regulación y el control hasta la creación de empresas mixtas estatales-privadas. Los capitalistas

que  toman  parte  en  tales  empresas  perciben,  en

 

 

 

calidad de indemnización, un interés del cinco por ciento del dinero invertido (estos pagos habrán de cesar en 1962).

Cualquiera que sea el modo como se realice la nacionalización socialista, en todo caso sólo afecta a

los  intereses  de  una  minoría  muy  reducida  de  la

sociedad,  a  la  vez  que  favorece  a  su  inmensa mayoría. El desarrollo del capitalismo, al concentrar la propiedad de los medios de producción en manos de un reducido grupo de gentes, prepara por sí mismo las condiciones para que esos grandes medios de producción sean transferidos sin conmoción alguna a su legítimo dueño, que es la sociedad.

La nacionalización socialista no toca en modo alguno  la  propiedad  de  los  pequeños  industriales,

comerciantes y artesanos. Todo lo contrario, en los

primeros tiempos el Estado de la clase obrera victoriosa les presta ayuda en forma de materias primas, créditos y pedidos, y en la marcha de las transformaciones posteriores se preocupa de que puedan ocupar una posición digna en la sociedad nueva. En una carta a los comunistas georgianos escrita en marzo de 1921, inmediatamente después de haberse establecido el Poder Soviético en Georgia, Lenin escribía acerca de los pequeños comerciantes: "Hay que comprender que no trae cuenta alguna nacionalizar y que incluso hay que hacer ciertos sacrificios para mejorar su situación y darles la posibilidad de que sigan su pequeño comercio."301

En los países de capitalismo desarrollado, al procederse a la nacionalización de las grandes empresas capitalistas, se tendrán presentes, sin duda, los intereses de los pequeños accionistas. Esto se refiere a los propietarios de una pequeña renta, de pólizas de seguros, etc.

Por lo tanto, la nacionalización socialista es una de las tareas generales y obligatoriamente necesarias

de la revolución, cualquiera que sea el país donde la

clase   obrera   haya   llegado   al   poder.   La   gran producción capitalista únicamente puede ser convertida en socialista mediante su nacionalización por el Estado de los trabajadores. Así se crean los cimientos del sector socialista de la economía, del nuevo modo de producción. Apoyándose en ese sector, la clase obrera puede iniciar la transformación de toda la vida económica de la sociedad.

 

Confiscación de la gran propiedad agraria.

La clase obrera, que toma el poder en alianza con otros trabajadores, no puede limitarse a suprimir las relaciones capitalistas; en muchos países tropieza también con supervivencias del feudalismo.

Esto se refiere, ante todo, a los países subdesarrollados, y muy especialmente a las colonias

y  países  dependientes,  donde  la  tierra  que  los

campesinos cultivan pertenece en buena parte a los grandes  propietarios.  Mas  las  supervivencias  del

 

301 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág. 137.

 

feudalismo se conservan, en una forma u otra, en muchos países de capitalismo desarrollado. La propia burguesía adquiere tierra en ellos y no se atreve a apartar del camino una barrera tan formidable para el progreso social como es el monopolio de la gran propiedad agraria. De ahí que en todos los países donde  esa  gran  propiedad  exista  -lo  mismo  si  es feudal que capitalista- la confiscación de la misma sea una tarea primordial de la clase obrera.

En Rusia, donde los terratenientes fueron hasta

1917 una de las clases dominantes, la tarea no podía ser  más  perentoria.  Por  eso,  uno  de  los  primeros

actos  del  poder  proletario  fue  la  confiscación  sin

indemnización de sus tierras. El Decreto de la Tierra, aprobado por el II Congreso de los Soviets de toda

Rusia el 26 de octubre (8 de noviembre) de 1917,

convertía  todo  el  suelo  en  patrimonio  del  pueblo. Esto, además de poner fin a la clase de los terratenientes, significaba un rudo golpe para el poderío económico de la burguesía. Al propio tiempo se robustecía la alianza de la clase obrera con los campesinos, y las grandes masas de trabajadores de la  aldea  ligaban  estrechamente  su  suerte  a  la  del Poder Soviético.

En  Rusia  quedó  abolida  la  propiedad  privada sobre toda la tierra, circunstancia ésta que venía dictada por las condiciones históricas concretas. Las tradiciones de la propiedad privada de la tierra eran en Rusia más débiles que en el resto de Europa. Durante largo tiempo en la aldea rusa había imperado la propiedad comunal, con repartos periódicos de los lotes campesinos. En la conciencia de los campesinos estaba arraigada la idea de que "la tierra no es de nadie, es de Dios", y de que sus frutos habían de pertenecer a quien la trabajaba. Por eso la mayoría de los campesinos apoyó la reivindicación de suprimir la propiedad privada sobre la tierra.

La situación era distinta en las democracias populares europeas. La propiedad privada de la tierra

tenía  allí  unas  tradiciones  muy  arraigadas  y  los

campesinos miraban con recelo la consigna de la nacionalización. Esta medida no habría hecho más

que dificultar las relaciones entre la clase obrera y los

campesinos. Por eso el Estado popular se limitó a nacionalizar únicamente las grandes propiedades.

La mayor parte de la tierra confiscada se entregó a

los   braceros,   a   los   campesinos   pobres,   y,   en ocasiones, a los campesinos medios, a precios muy asequibles que habían de satisfacer a plazos, en el transcurso de diez a veinte años, aunque fue mucha la que se cedió a título gratuito. La tierra pasaba a ser propiedad personal, mas con ciertas limitaciones: prohibíase la venta de la misma, salvo casos excepcionales, la entrega en arriendo, el reparto y la donación, es decir, todo cuanto puede servir para convertir la tierra en medio de explotación y de lucro especulativo. Los lotes se calculaban de tal forma que  pudiesen  ser  cultivados  directamente  por  el dueño  y  su  familia.  De  ordinario  se  trataba  de campos que no sobrepasaban de cinco Ha, y sólo en algunos casos llegaban a 10 y 15 Ha.

La confiscación de la propiedad de los grandes terratenientes,    tanto    en    Rusia    como    en    las

democracias populares, tuvo importancia inmensa en

cuanto a la consolidación política del nuevo poder. La historia nos dice que la gran propiedad agraria ha sido siempre un apoyo de la reacción y que los terratenientes son el espinazo de las contrarrevoluciones.

La confiscación de la gran propiedad agraria no es de por sí una medida socialista, por cuanto no afecta a las bases de las relaciones capitalistas. En bastantes países esta confiscación se llevó ya a cabo en el curso de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX, y la única consecuencia fue la de propiciar un desarrollo más rápido del capitalismo en la agricultura. Pero cuando en el poder se encuentran los trabajadores, la confiscación de la gran propiedad del suelo se convierte en una importante premisa de las posteriores transformaciones socialistas.

 

Qué reciben los trabajadores  inmediatamente después de la toma del poder.

La revolución socialista, que inaugura una época de vertiginoso desarrollo de las fuerzas productivas, significa también la redistribución, en favor de los trabajadores, de los bienes materiales de que la sociedad dispone. Solamente esto proporciona ya frutos perceptibles a los obreros y campesinos. Se comprende   que   el   volumen   de   los   bienes   así recibidos no depende de los deseos del poder revolucionario, sino de las posibilidades concretas. Cuanto más rico es el país, cuanto más elevado es el nivel de sus fuerzas productivas, más bienes reciben los trabajadores inmediatamente después de la revolución.

Rusia se encontraba arruinada en vísperas de la Revolución de Octubre; no obstante, a pesar de encontrarse en unas condiciones tan difíciles, la clase obrera y los campesinos no tardaron lo más mínimo en percibir sus resultados. Fue implantada de hecho la  jornada  de  ocho  horas,  viendo  así  cumplida  la clase obrera una reivindicación por la que tantos años llevaba luchando. La jornada de los adolescentes quedó   reducida   a   seis   horas,   se   implantó   la protección del trabajador y se prohibió el empleo de mujeres en labores penosas. Para Rusia, que tenía la jornada de trabajo más larga de Europa, esto era una importante conquista.

La jornada de ocho horas fue implantada también en todas las democracias europeas después de la revolución.

En los países capitalistas de un nivel más elevado en   el   desarrollo   de   las   fuerzas   productivas   es

perfectamente factible, una vez haya sido derribado el poder del capital monopolista, no sólo pasar a una

 

jornada más corta, sino también elevar inmediatamente y en alto grado el nivel de vida de todos los trabajadores.

El  Estado  de  los  trabajadores  implanta  acto seguido  las  vacaciones  anuales  pagadas.  Pasan  a

poder del pueblo balnearios y sanatorios en los que

los hombres del trabajo pueden disfrutar de sus vacaciones  gratuitamente  o  en  condiciones ventajosas. La asistencia médica es gratuita en todos los órdenes. La cultura física y el deporte dejan de ser un privilegio de gentes acomodadas y se convierten en un medio para conservar y robustecer la salud de las masas.

La revolución socialista significa el comienzo de una  gran  revolución  cultural.  Se  va  implantando

gradualmente   la   enseñanza   general   obligatoria,

primero en la escuela primaria y luego en la media. La enseñanza superior es gratuita y la mayoría de los estudiantes perciben becas concedidas por el Estado.

Se pone fin a la desigual situación de la mujer. Esta percibe una remuneración igual a la del hombre

por trabajo igual y adquiere plenos derechos en todas las esferas de la vida económica, cultural y política. El Estado obrero comienza inmediatamente a crear

una amplia red de instituciones infantiles y de comedores públicos, con objeto de emancipar a la

mujer de la sujeción absoluta a los quehaceres de la casa.

El  Estado  obrero  adopta  medidas  enérgicas  y

eficaces para suprimir el paro obrero y para alcanzar una ocupación completa en el plazo más rápido posible. Desaparece, por fin, el sentimiento de inseguridad en el mañana que bajo el capitalismo no deja de perseguir al obrero durante toda la vida. Los trabajadores se ahorran las cuotas del fondo contra el paro y no tienen necesidad de pensar en hacer economías  ante  la  eventualidad  de  quedar despedidos.

El sistema de seguros sociales adquiere un sentido distinto. El Estado obrero corre con las pensiones a los ancianos y con los subsidios por pérdida temporal de la capacidad de trabajo. Los recursos necesarios son allegados mediante aportaciones de las empresas y asignaciones del presupuesto estatal.

La revolución socialista cambia por completo la situación de los trabajadores en cuanto a la vivienda.

En Rusia, millones de obreros salieron de sótanos y buhardillas para instalarse en los departamentos de

los burgueses. También se ha producido una redistribución de viviendas en las democracias populares   de   Europa   y   Asia.   Después   de   la

revolución se dicta una gran rebaja de alquileres. Si la familia obrera tenía que destinar antes a ello del 15

al 30 por ciento de sus ingresos, ahora no pasa del cuatro al cinco por ciento.

Los  trabajadores  dejan  de  encontrarse  en  la

situación  de  humillados  y  ofendidos.  Pierden  la

"libertad" de ser  despedidos  del trabajo  cuando al capitalista se le antoje. Por primera vez, la sociedad estima y valora los derechos humanos del obrero.

En  muchas  democracias  populares,  los  obreros han  visto  ya  mejorar  sensiblemente  su  situación material a los dos o tres años de la revolución. El presupuesto de la familia obrera aumenta también al incrementarse el salario real.

Los campesinos disfrutan inmediatamente de los beneficios   de   la   revolución.   La   Revolución   de

Octubre les entregó a título gratuito más de 150 millones de Ha de tierra que antes pertenecía a los

terratenientes, capitalistas, la familia real y monasterios e iglesias. Además, se vieron eximidos del pago de deudas contraídas anteriormente para la

adquisición de tierra a los grandes propietarios, de los gravosos arriendos y de la necesidad de dedicar

sumas enormes a la compra de tierra.

Como resultado de las reformas agrarias llevadas a cabo en las democracias populares, los campesinos

han recibido la tierra y han visto condonadas sus deudas. Se ha cumplido la aspiración secular de los

braceros y cultivadores modestos: unos y otros trabajan los campos suyos, y no los ajenos.

En todos los países que construyen el socialismo

se produce, además, una gran reducción de los impuestos que pesan sobre los trabajadores y una redistribución de las cargas fiscales.

 

2. Vías para la supresión de la pluralidad de formaciones económicas

Un rasgo distintivo de la economía del período de

transición es la pluralidad de sus formaciones. La clase obrera tropieza inevitablemente con ella en cuanto sube al poder. Por eso, una tarea económica y política muy importante del Partido y del Estado obrero en el período de transición es la de acabar con esta pluralidad de formaciones.

 

Las tres formaciones económicas fundamentales del período de transición.

Lo característico del primer período que sigue al triunfo de la revolución suelen ser tres formaciones: socialismo, pequeña producción mercantil y capitalismo privado, con sus correspondientes clases: obreros, campesinos y burguesía, que ha perdido el poder, pero que aún no ha desaparecido.

El peso del sector socialista queda determinado al principio por el grado de desarrollo de la gran producción capitalista nacionalizada en el país. En la Unión  Soviética,  por  ejemplo,  la  producción  del sector socializado era en 1923-24 del 38,5 por ciento del total; en China, en 1949, ascendía al 34,7 por ciento.  En  un  país  industrialmente  desarrollado, como es Checoslovaquia, la nacionalización de las grandes  empresas  colocó  desde  el  comienzo  en primer término al sector estatal. En octubre de 1945 el Estado poseía ya casi el 60 por ciento de las empresas   industriales   y   todos   los   bancos.   Se comprende muy bien que en Checoslovaquia hubiese unas condiciones más propicias para las ulteriores transformaciones socialistas.

La pequeña producción mercantil se encuentra representada   principalmente   por   las   economías

campesinas,  y  también  por  los  artesanos  y  otros

pequeños  productores  que  no  se  benefician  del trabajo ajeno. En la Unión Soviética, en 1923-24, era la formación predominante y proporcionaba el 51 por ciento   de   la   producción   de   toda   la   economía nacional. Su volumen era aún mayor en la economía de China. En los países de capitalismo desarrollado el peso de la pequeña producción mercantil es relativamente bajo.

El  capitalismo  privado,  como  formación económica del período de transición, lo integran empresas industriales pequeñas y medias pertenecientes a la burguesía urbana y las haciendas de los campesinos ricos. En la U.R.S.S., esta formación representaba, en 1923-24, el 8,9 por ciento de la economía nacional. En China y en algunas democracias populares europeas el sector capitalista significó en un principio un valor bastante más considerable, puesto que no había sido sujeta a nacionalización la propiedad de los burgueses que habían permanecido fieles a la patria.

Las raíces del capitalismo, las condiciones para su renacimiento, se conservarán mientras en el país existan formas de economía basadas en la propiedad privada de los medios de producción. Mantiénese, por tanto, el terreno para la lucha de clases y para la resistencia de las clases y elementos que gozan de propiedad privada a la política de transformaciones socialistas. Y si esas clases y esos elementos son apoyados desde fuera, queda en pie el peligro de restauración de las relaciones capitalistas.

Ese peligro no puede ser eliminado con meras medidas políticas (robustecimiento del Estado proletario, disolución de los partidos contrarrevolucionarios, etc.). Para decidir definitivamente en favor del socialismo el problema de "quién vencerá a quién" se necesitan radicales medidas económicas: la transformación en socialista de las formaciones basadas en la propiedad privada.

Pero el poner fin a la pluralidad de formaciones económicas es un asunto muy complicado que no se

resuelve por orden o decreto.

Lo  primero  y  principal  que  hay  que  tener  en cuenta    son    los    intereses    que    imponen    el

robustecimiento  del  nuevo  poder,  la  consolidación

del nuevo régimen. La correlación de las fuerzas de clase y la virulencia de la lucha entre ellas: eso es lo

que, ante todo, determina el camino a seguir y el

plazo en que se puede poner fin a la pluralidad de formaciones económicas. Se comprende perfectamente, por ejemplo, que en un ambiente de enconada lucha de clases y de resistencia activa de los    elementos    capitalistas,    la    dictadura    del

 

 

 

proletariado habrá de acelerar este proceso, para destruir cuanto antes las posiciones económicas de sus enemigos.

Tampoco han de echarse al olvido las consideraciones  de  índole  económica.  Porque  la

situación   en   el   período   de   transición   es   con

frecuencia  tal,  que  sin  la  aportación  de  las formaciones  basadas  en  la  propiedad  privada  el Estado proletario no se halla de momento en condiciones de satisfacer todas las necesidades de la sociedad. Las pequeñas economías campesinas proporcionan una parte considerable de los productos agrícolas; en manos de particulares hay numerosas empresas  de  la  industria  ligera,  comercios  y servicios. Por regla general, el Estado no puede hacerse cargo de buenas a primeras de una función que,  mal  o  bien,  cumplen  ya  los  pequeños productores. Quiere decirse que, para evitar dificultades económicas y políticas, la supresión de esos sectores ha de ir precedida de medidas económicas más o menos importantes. El triunfo del sector socialista, con la consolidación consiguiente de las posiciones del régimen nuevo, sólo puede ser duradero cuando el socialismo desplaza a las otras formaciones con medidas puramente económicas.

Ahora  bien,  cualesquiera  que  sean  las condiciones, el Estado proletario ha de decidir, en el

período de transición, qué métodos y procedimientos

son los mejores para subordinar la pequeña producción mercantil y el capitalismo privado a los

intereses  de  la construcción  del  socialismo  y para

transformar paulatinamente esos sectores en socialistas.

Esos  métodos  y  procedimientos  fueron encontrados  y  probados,  en  el  curso  de  la construcción socialista, en la Unión Soviética y las

democracias  populares.  La  experiencia  reunida  en este sentido tiene un valor general y permanente. Lo

principal es utilizar hábilmente las relaciones comerciales, con objeto de fortalecer e incrementar el sector socialista y de desplazar económicamente a los

elementos del capital privado. El Estado proletario recurre   a   esas   relaciones   porque   la   pequeña

producción mercantil no acepta otro tipo de vínculos económicos.

La práctica demuestra que el Estado puede ir sin

miedo al desarrollo del mercado. Pensemos que en sus manos tiene las ramas decisivas de la economía nacional (industria pesada, grandes empresas de la industria ligera, transportes, bancos, comercio exterior). Todas las demás formaciones económicas dependen de un modo o de otro del sector estatal, del que reciben máquinas, materias primas, energía, y al que  le  venden  su  producción.  Esto  le  permite  al Estado obrero, manejando las palancas económicas, controlar la situación en los otros sectores y orientar su marcha en la dirección deseable.

 

al Estado proletario, tanto mayores son las posibilidades de que dispone para controlar y regular el mercado, y con tanta más tranquilidad puede admitir el comercio.

Esto no significa que, si la lucha de clases se agudiza, la dictadura del proletariado renuncie de antemano al empleo de medidas reguladoras de tipo administrativo. De ordinario, la dirección de la economía nacional por la dictadura del proletariado comprende  medidas,  tanto  económicas  como políticas, que se complementan y que en conjunto constituyen  lo  que  se  conoce  como  política económica del Estado proletario.

 

Organización de los vínculos económicos de la ciudad y el campo.

La tarea económica más ardua del período de transición es la que se refiere a la socialización de la dispersa  y  dividida  pequeña  producción  mercantil.

Las  dificultades  de la  transformación  socialista  de este sector se derivan de que la pequeña producción

mercantil es la que menos se presta a la regulación directa del Estado proletario. Y ello porque los campesinos son el principal aliado de la clase obrera

y el Estado de los trabajadores no puede aplicarles medida  alguna  de  expropiación:  todo  lo  contrario,

tiene el mayor interés en establecer con ellos sólidos vínculos económicos. Sin dichos vínculos resulta imposible la consolidación de la alianza política de la

clase   obrera   y   los   campesinos,   que   es,   según sabemos, el principio supremo de la dictadura del

proletariado.

La política más acertada, y en ello insistió repetidas veces Lenin, consiste en dar al campo todo

cuanto éste necesita de la gran industria socialista a

cambio de trigo y materias primas. No los cupos de entrega ni los impuestos, decía, sino "el cambio de

productos de la gran industria («socializada») por los

productos  de  los  campesinos:  tal  es  la  esencia

económica del socialismo, tal es su base".302

En Rusia -país campesino, económicamente atrasado,    que    hubo    de   empezar    él    solo    la

construcción del socialismo-, la política económica

de la dictadura del proletariado tuvo sus rasgos específicos. Si bien Lenin, en la primavera de 1918, había elaborado ya las bases de una política económica orientada al establecimiento de relaciones comerciales con la economía campesina, la guerra civil y la intervención extranjera, que convirtieron el país en una fortaleza asediada, obligaron al Poder Soviético a pasar a la política que se conoce con el nombre de "comunismo de guerra".

El  comercio  libre  quedó  prohibido.  Se implantaron severas normas para la distribución de

los productos alimenticios y artículos industriales, en

lo que se siguió el principio de clase. Todos los excedentes del campo fueron sometidos al sistema de

 

Cuanto más potente sea la base industrial que pasa                

302 V. I. Lenin, Obras. ed. cit., t. XXXII, pág. 300.

 

 

 

"cupos de entrega", también con arreglo al principio de clase: al campesino pobre no se le tomaba nada; al medio,   moderadamente,   y   al   rico,   mucho.   La industria quedó centralizada por completo, siendo puesta por entero al servicio de la guerra. Las empresas  recibían  de  los  organismos  estatales materias  primas,  materiales,  utillaje,  etc.,  y entregaban toda su producción sin traducirla a su equivalente  monetario,  mediante  simples libramientos. La vida económica del país venía regulada por medidas puramente administrativas.

El "comunismo de guerra" fue una política impuesta por las condiciones excepcionalmente difíciles de la guerra civil. Ayudó a movilizar los escasos recursos de que entonces disponía Rusia para ponerlos al servicio de la victoria sobre el enemigo, y en este sentido su significado es imperecedero. Esta política, como Lenin escribió, cumplió su misión histórica. Pero el "comunismo de guerra" no era ni podía ser una política que respondiese a la tarea de fortalecer los vínculos económicos con los campesinos. En cuanto las condiciones cambiaron, la dictadura del proletariado pasó a la "nueva política económica" (NEP). Con este nombre figura en la historia, aunque era solamente nueva con relación al "comunismo de guerra"; en realidad era, en líneas generales, la misma política cuya esencia había formulado Lenin a principios de 1918.

Al implantarse la nueva política económica se permitió   el   comercio   privado.   Los   campesinos

empezaron a vender en el mercado los excedentes de

su producción. Los capitalistas pudieron dedicarse al comercio, tanto al por menor como al por mayor. Se autorizó al capital privado para la apertura de empresas industriales pequeñas; más aún, parte de las empresas del Estado fueron desnacionalizadas y se entregaron   en   arriendo   a   los   capitalistas.   Las empresas del sector socialista pasaron al cálculo económico. El abastecimiento de materias primas y la venta de su producción se realizaban por compraventa. El sistema de abastecimiento a la población por cartillas se vio sustituido por el comercio   ordinario.   V.   I.   Lenin   llamó   a   los comunistas a "aprender a vender", para desplazar a los comerciantes privados y sustituirlos por el comercio estatal y de las cooperativas.

La vuelta a las relaciones comerciales no podía por menos de conducir a una reactivación temporal de los elementos capitalistas. De nuevo levantaron cabeza los campesinos ricos, que mediante el arrendamiento de tierras procuraban aumentar sus sementeras y comenzaron a emplear, en proporciones bastante considerables, el trabajo de los braceros. Sus reservas de trigo crecieron cuantiosamente. La diferenciación  de  clases  en  el  campo,  que  en  el primer  periodo  subsiguiente  a  la  revolución  había sido borrada, dando lugar a la nivelación general media de los campesinos, reapareció de nuevo.

 

El Estado proletario no podía permanecer con los brazos cruzados ante todos estos procesos. Los campesinos ricos, si hubieran seguido recobrándose, podían haber llegado a representar un peligro serio para la construcción del socialismo. Por esta razón, la política de unión económica con los campesinos se vio acompañada de medidas restrictivas respecto de los elementos capitalistas de la aldea. El Estado procuraba ayudar a los campesinos pobres y medios a levantar sus economías; concedíales créditos en condiciones ventajosas, les prestaba maquinaria y aperos a través de los centros de alquiler, etc. Con relación a los campesinos ricos se mantenía una política de limitación: el arrendamiento de tierra y la contrata de mano de obra quedaron severamente restringidos, se dictaron medidas para regular el trabajo de los braceros y las haciendas de los campesinos ricos fueron gravadas con elevados impuestos.

En un país como Rusia, el problema de la alianza de la clase obrera con los campesinos era decisivo para la suerte del socialismo. No puede extrañarnos, pues, que en torno a él se desenvolviese una violentísima lucha de clases, que tuvo repercusiones dentro del Partido. Los trotskistas negaban la naturaleza doble de los campesinos, presentándolos como una masa reaccionaria incapaz de tomar parte en la construcción del socialismo. Querían imponer al Partido una política que equivalía a la ruina consciente de los campesinos, a los que querían someter a explotación para construir la industria. Esa política habría significado la muerte de la dictadura del proletariado.

Los  oportunistas  de  derecha  -bujarinistas- negaban también de hecho la doble naturaleza de los campesinos al afirmar que todos ellos, sin exceptuar a los campesinos ricos, "se integrarían en el socialismo" por sí mismos. La política que ellos proponían significaba la renuncia a luchar contra los elementos  capitalistas,  dejando  que  las  cosas siguieran su propio curso, es decir, abría el camino a la restauración del capitalismo.

Era imposible resolver en favor del socialismo las contradicciones del período de transición sin antes

derrotar a los trotskistas y bujarinistas en el terreno

de  las  ideas  y  de  la  organización.  Y  el  Partido

Comunista  combatió  enérgicamente  todos  los intentos de quebrantar la alianza de la clase obrera con los campesinos o de privar a esta alianza de contenido socialista. En el curso de esta lucha se forjaron y sometieron a prueba planteamientos políticos que luego habían de convertirse en acerado instrumento en manos de todos los Partidos Comunistas y Obreros.

Cuando se trataba de pasar a la NEP, Lenin señaló el  valor  universal  de  esta  política.  "La  tarea  que

nosotros cumplimos ahora, por ahora - temporalmente-  solos,  parece  una  tarea  puramente

rusa -escribía-, pero en realidad se trata de algo con lo cual se habrán de enfrentar todos los socialistas... La nueva sociedad basada en la alianza de obreros y campesinos es inevitable. Tarde o temprano, veinte años antes o después, llegará; y a ella, a esa sociedad le ayudamos nosotros al elaborar las formas de la alianza de los obreros y campesinos, cuando trabajamos para resolver nuestra nueva política económica."303

Las palabras de Lenin se han visto confirmadas. La experiencia de la NEP conserva por completo su significado internacional. Las democracias populares, que  se  encuentran  en  el  período  de  transición, realizan una política económica que en el fondo no es otra   cosa   sino   la   aplicación   de   los   principios leninistas de utilización del mercado y de las relaciones del valor en interés de la construcción de la economía socialista.

En los países con un alto nivel de desarrollo del capitalismo, donde los campesinos o granjeros son

una parte reducida de la población, en el período de

transición es otra la distribución de las fuerzas de clase. Allí, junto a los granjeros trabajadores, un gran papel  como  aliado  de  la  clase  obrera  lo  puede cumplir la pequeña burguesía urbana (artesanos, pequeños  comerciantes,  etc.),  así  como  los empleados e intelectuales. En estos países, donde inmediatamente después de la nacionalización de los monopolios se formará un poderoso sector socialista, las condiciones serán sin duda más propicias para incorporar la pequeña burguesía de la ciudad y el campo   al   cauce   de   la   construcción   socialista. Después de dominar a la burguesía monopolista, el problema de "quién vencerá a quién" acaso no presente caracteres tan agudos, puesto que en el aspecto económico el sector socialista será, desde el primer momento, infinitamente más fuerte que todos los elementos no socialistas de la economía nacional.

 

Las cooperativas campesinas de producción.

La política del Estado proletario respecto de los campesinos pobres y medios no se reduce a las solas

medidas de ayuda para mejorar su economía. Tarde o

temprano es necesario ayudar a las grandes masas campesinas a pasar del pequeño cultivo individual a la gran agricultura, con empleo de maquinaria, que es la que trae la abundancia. De la misma manera, la política del Partido respecto de los campesinos ricos ha de pasar, tarde o temprano, de las medidas de restricción a las de su supresión como clase.

El único camino para crear en el campo una gran producción socializada es la transformación gradual

de la pequeña propiedad campesina en cooperativa

(de grupo), a fin de que el trabajo individual sea sustituido por el trabajo en común, colectivo, que elimina la explotación del hombre por el hombre.

 

desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, sino también a los intereses de los propios campesinos. Incluso después de haber sido derribada la dominación de los capitalistas y terratenientes, el pedazo de tierra que el campesino cultiva por sí mismo significa posibilidades muy limitadas para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo. Los propios campesinos se convencen de que la pequeña economía no les libra de las privaciones ni les lleva a una vida acomodada. Por mucha que sea la ayuda del Estado, la pequeña producción mercantil no puede asegurar   la   reproducción   ampliada.   Así   nos   lo muestra el ejemplo de la Unión Soviética. En 1928 la industria del país había sobrepasado en un 32 por ciento el nivel de antes de la guerra y seguía progresando con paso firme, mientras que la producción de cereales apenas si se acercaba al nivel de 1913, con la particularidad de que el grano puesto a  la  venta  se  había  reducido  a  la  mitad.  Quiere decirse que la salida para el propio campesino y para toda   la   economía   del   país   era   solamente   una: convertir la economía campesina, atrasada y dividida, en una hacienda grande y mecanizada.

Bajo el capitalismo, la gran producción agrícola se   levanta   sobre   la   ruina   de   los   pequeños

productores.    Quienes    la    organizan    son    los

terratenientes aburguesados, los grandes capitalistas, los campesinos ricos y los comerciantes. Dentro de la democracia proletaria, como es lógico, es inadmisible este modo capitalista de creación de la gran producción agrícola.

La vía socialista de reestructuración de la agricultura es la voluntaria agrupación de los campesinos en cooperativas. Así lo veían claramente los fundadores del marxismo. F. Engels escribía: "... Cuando tengamos en nuestras manos el poder no podremos pensar en expropiar por la fuerza a los pequeños campesinos (con indemnización o sin ella, es lo mismo), como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra tarea respecto de los pequeños campesinos consistirá, ante todo, en convertir su producción privada y su propiedad privada en cooperativa, pero no por la violencia, sino mediante el ejemplo y ofreciendo la ayuda de la sociedad para que esto se lleve a cabo."304

También en los países capitalistas hay formas diversas  de  cooperación  agrícola.  En  Dinamarca,

Holanda y Finlandia tiene su importancia el comercio

cooperativo de los productos agrícolas. Pero esta cooperación, aunque en cierta medida ayuda al campesino trabajador a defenderse de la arbitrariedad del capital monopolista, no cambia las relaciones de producción en el campo. La cooperación, bajo el capitalismo, agrupa a los campesinos individuales y a las   haciendas   capitalistas,   principalmente,   en   la esfera   del   abastecimiento   y   la   venta.   En   ella

 

Este camino responde no sólo a las necesidades de                

304  C. Marx y F. Engels, Obras  escogidas, t. II, Moscú, 1955,

 

303 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, págs. 151-152.

 

págs. 414-415.

 

 

 

predominan casi siempre los elementos capitalistas, con lo que las cooperativas no pasan de ser empresas capitalistas colectivas.

Cuando la tierra, la industria y los bancos se convierten  en  patrimonio  de  todo  el  pueblo,  la

cooperación    de    la    agricultura    adquiere    una

orientación completamente distinta y cambia en absoluto su significado social. "... El régimen de cooperativistas civilizados, con la propiedad social sobre los medios de producción y con la victoria de clase  del  proletariado  sobre  la  burguesía,  es  el régimen del socialismo" (Lenin).305

La cooperación es la forma más accesible, comprensible y ventajosa en que los campesinos pueden agrupar sus economías. Así lo entendía Lenin al proponer su famoso "plan de cooperación", que si bien se atenía a las condiciones de Rusia, conserva su valor universal como programa por el que se encauza el paso de millones de campesinos a la vía del socialismo.

Lenin proponía empezar por las formas más simples   de   cooperación,   para   la   venta   de   la

producción campesina y la adquisición de artículos

industriales,  y  también  para  la  organización  del crédito     agrícola.     Estas     formas     simples     de

cooperación  acostumbran  ya  al  campesino  a  la

gestión   social   y   colectiva   y   le   hacen   ver   los beneficios de ampliarla a la producción, sin limitarse a la venta y al abastecimiento. Los campesinos, pensaba Lenin, han de convencerse en la práctica de las ventajas del cultivo de la tierra en común. Únicamente después de esto se puede pasar gradualmente a las cooperativas de producción: primeramente, a las formas más simples de laboreo en  común  de  la  tierra,  y  luego,  a  las  formas superiores de la cooperación agrícola. Cualquier intento de trastrocar este orden, y sobre todo de no atenerse al principio leninista del ingreso voluntario en las cooperativas, es capaz de causar perjuicios irreparables y de desacreditar la cooperación ante los campesinos.

Esto no significa dejar que la organización de cooperativas en el campo siga su curso sin intervención alguna. No, exige un apoyo constante y en todos los órdenes por parte del Partido y del Estado: apoyo financiero y de organización (por ejemplo, el envío de personas capaces de ayudar a los campesinos a montar las haciendas colectivas). También es necesaria la ayuda al campesino trabajador, pues, de ordinario, su paso a la colectivización se ve acompañado de una lucha de clases  que  en  ocasiones  puede  adquirir  gran virulencia.

Ello es así porque en el proceso de cooperación del campo se decide la suerte de la última clase explotadora, de los campesinos ricos. Sus posiciones económicas se ven quebrantadas al convertirse las

 

305 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 431.

 

cooperativas en el principal abastecedor de productos agrícolas,  desplazando  del  mercado  al  campesino rico especulador. Las posiciones económicas de éste se  vienen  abajo  cuando  las  grandes  masas campesinas se orientan decididamente hacia el socialismo. Entonces aparecen las premisas para suprimir a los campesinos ricos como clase. No se trata, se comprende, de su eliminación física, sino de acabar  con  las  condiciones  sociales  y  económicas que hacen posible la explotación de los campesinos pobres y braceros por la burguesía rural.

En cuanto a la suerte personal de los antiguos campesinos ricos, todo depende de la actitud que adopten ante los cambios sociales que se han producido.  En  la  Unión  Soviética,  donde  se opusieron desesperadamente a la colectivización, hicieron   propaganda   contra   los   koljoses   y   en ocasiones  empuñaron  contra  ellos  las  armas,  las masas campesinas y el poder proletario hubieron de tomar medidas represivas. En otras condiciones pueden ser innecesarias unas acciones tan enérgicas, si las gentes de esta clase se muestran sensatas y acceden a vivir de su trabajo. Entonces se les abre la perspectiva de convertirse en trabajadores de la sociedad socialista en posesión de todos los derechos.

Una condición primordial para que la reorganización del campo sea coronada por el éxito

es  que  el  país  disponga  de  una  gran  industria

socialista capaz de ayudar  a las cooperativas agrícolas,   poniendo   a   su   disposición   máquinas,

abonos y personal técnico.

La industrialización socialista permite reequipar técnicamente, de la manera más eficaz y mejor, a la agricultura.   Después   de   la   organización   de   los koljoses en la U.R.S.S., mientras eran económicamente débiles, fue el Estado quien tomó sobre sí todo cuanto se refiere a la mecanización del campo. Se crearon centros especiales, las estaciones de máquinas y tractores (E.M.T.), y el Estado se encargó de la capacitación de personal para las mismas. Más tarde, cuando los koljoses se robustecieron, se les vendió la maquinaria de las E.M.T., que quedaron convertidas en estaciones de reparaciones técnicas (E.R.T.).

La  experiencia  de  la  U.R.S.S.  y  de  las democracias populares demuestra que la cooperación

de la producción (colectivización) en la agricultura es objetivamente el camino necesario a seguir para la

transformación socialista del campo. Al mismo tiempo, la práctica confirma que las formas concretas de esta cooperación pueden ser distintas.

A  diferencia  de  la  Unión  Soviética,  donde  la forma fundamental de la hacienda colectiva pasó a

ser pronto el koljós, en las democracias populares la cooperación de los campesinos ha pasado por varias fases  intermedias.  En  todos  los  países  se  crearon

cooperativas de tipo inferior (con distintas gradaciones) y superior, que se distinguen entre sí por el grado en que han sido socializados los medios de producción. En las cooperativas de tipo inferior la distribución de los ingresos se ajusta al trabajo y a los medios aportados (tierra y aperos).

En China y algunas otras democracias populares, la gran masa de los campesinos se ha elevado gradualmente de las formas elementales de ayuda mutua cooperativa a las cooperativas de producción de tipo superior. Esto les ha dado tiempo y posibilidades para convencerse por sus propios ojos de las ventajas de la agricultura colectiva. Después de China, la transformación socialista del campo quedó terminada en la República Democrático- Popular de Corea. La primera democracia popular europea en dar cima a esta empresa ha sido Bulgaria.

A pesar de la diversidad de formas que presentan las  cooperativas  agrícolas,  todas  ellas  tienen  de

común que son haciendas de tipo socialista. El koljós

de la U.R.S.S., las economías trabajadoras de cooperación agrícola de Bulgaria y las cooperativas

agrícolas de producción de otros países combinan los

intereses individuales y sociales de los campesinos y contribuyen a convertir en colectivistas conscientes a los agricultores que hasta el día de ayer trabajaban su trozo de tierra.

Ordinariamente se colectivizan sólo los medios fundamentales de producción (maquinaria agrícola,

aperos,  ganado  de  labor,  simientes,  dependencias

necesarias para los trabajos de la cooperativa) y el trabajo de los miembros de la sociedad. En muchas

democracias  populares  la  tierra,  aunque  reunida,

sigue siendo de propiedad individual de los campesinos. Todo lo demás (viviendas, parte de los animales, aves de corral, pequeños aperos) no pasa a la cooperativa y queda en manos de sus dueños en propiedad personal. La mayor parte de los ingresos de cada cooperador proviene de la hacienda común, aunque representan también cierto valor los que obtienen  de  su  economía  auxiliar  individual.  El trabajo en las cooperativas se organiza y paga según el principio socialista: de cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo.

En la República Popular China, Checoslovaquia y

República Democrática Alemana, en la última etapa de la colectivización en masa se inició la admisión gradual de los campesinos ricos en las cooperativas y su reeducación política y en el trabajo.

Según  demuestra  la  experiencia,  los  Partidos

Comunistas tropiezan a menudo, al llevarse a cabo la cooperación en masa, con el peligro de las tendencias izquierdistas, con intentos de resolver el problema sin tomar en consideración el grado de preparación que posean  los  propios  campesinos,  manifestando premura cuando de lo que se trata es únicamente de convencer.

El  origen  de  las  tendencias  izquierdistas  es  el deseo   de   forzar   el   proceso   de   colectivización

mediante  medidas  administrativas,  sin  un  trabajo

 

paciente  y  meditado  de  organización  y  de explicación. Estos peligrosos métodos, que significan el olvido del principio leninista de que el ingreso en las cooperativas ha de ser voluntario, han de ser combatidos por los Partidos Comunistas no sólo en la fase primera de la colectivización en masa, sino también en los períodos subsiguientes.

No obstante, un peligro mucho mayor representa la  desviación  de  derecha,  la  tendencia  a  demorar

indefinidamente la formación de cooperativas de producción  o  a  realizarla  con  lentitud,  a  paso  de

tortuga, acomodándose a los intereses de los campesinos ricos y al espíritu conservador y rutinario de las demás capas de agricultores. La desviación de

derecha  es  objetivamente  un  reflejo  de  las aspiraciones capitalistas de los campesinos ricos y

significa por ello el peligro máximo para los intereses de la construcción socialista.

La agrupación de las economías campesinas en

cooperativas  de  producción  no  puede  llevarse adelante con éxito sin una lucha decidida tanto contra la desviación de derecha como contra la de izquierda.

La            experiencia          reunida  en           cuanto   a              la transformación socialista de la agricultura no puede

dar lógicamente respuesta a todos los problemas que puedan presentarse en el futuro. Cada país que entre

en el camino del socialismo aportará, sin duda, muchos  elementos  nuevos  sobre  los  métodos  y formas  de  la  cooperación.  Así  hay  que  esperarlo

especialmente de los países capitalistas muy desarrollados,  con  sus  granjas  mecanizadas  y  sus

grandes empresas agrícolas capitalistas.

No           obstante,               cualesquiera        que         sean       las características concretas de cada país, los principios

del plan leninista de cooperación servirán siempre

como base segura y probada de la política de la clase obrera respecto de los campesinos, política que lleva

a superar la pluralidad de formaciones económicas

propia del período de transición.

 

Eliminación de los elementos capitalistas  de la industria.

La reactivación de las relaciones del mercado y del comercio conduce de ordinario a un fenómeno paralelo entre los elementos capitalistas de la ciudad. Según se indicaba antes, en la U.R.S.S. el propio Estado proletario autorizó temporalmente a la burguesía estas actividades, en ciertas ramas y dentro de determinados límites, que venían señalados por su política económica (NEP). En los países donde llegó al poder el bloque democrático de distintas clases y capas de la población, la burguesía nacional conserva una  base  económica  más  o  menos  amplia.  En  el primer momento, la posición de esta capa de la burguesía puede incluso robustecerse.

La política posterior del Estado proletario frente a la  burguesía  depende  en  mucho  de  cómo  ésta  se

comporta.

 

Una cosa es cuando la burguesía apoya lealmente el régimen nuevo y está dispuesta a participar en la labor de construcción económica. En este caso puede contar con la ayuda del Estado: ciertas ventajas, créditos, venta garantizada de la producción, etc. La situación cambia cuando los elementos capitalistas luchan  activamente  contra  el  poder  de  los trabajadores, se entregan al sabotaje económico y recurren a la corrupción y a toda clase de maquinaciones   para   poner   la   zancadilla   a   las empresas   socialistas,   quedarse   con   las   materias primas destinadas a éstas, quitarles la mano de obra o la clientela y lucrarse a costa de ellas. En este caso, la propia burguesía atrae sobre sí las medidas represivas del Estado, que corta enérgicamente todas sus acciones antisocialistas.

No obstante, por mucho que cambien las condiciones, el Estado proletario, en el período de transición, mantiene siempre una política que limita el incremento de los elementos capitalistas. Estos son colocados dentro de un estrecho marco, que impide su conversión en una fuerza económica y política peligrosa  para  las  transformaciones  socialistas.  A este efecto se recurre a las medidas fiscales y de otro género, que se oponen a la concentración excesiva de riqueza en unas mismas manos. Se regula el volumen de la producción, de adquisición de materias primas, los  precios,  las  condiciones  de  contratación  de  la mano de obra, etc.

Todo este sistema defiende al propio tiempo al joven sector socialista de la competencia y de la influencia disgregadora del capitalismo privado. Además, al poner vallas a este último, el Estado de los  obreros  tiene  presente  la  protección  de  los intereses de quienes trabajan en las empresas de los capitalistas.

La dictadura del proletariado se propone vencer al capital privado, sobre todo, en abierta emulación económica con él. El Estado proletario no teme esa emulación. Dispone de una poderosa industria y de los puestos clave de la economía. La superioridad de la gran producción socialista, altamente organizada y concentrada, proporciona tarde o temprano la victoria sobre el capital privado en todas las esferas de la economía nacional. El campo de acción del capital privado se restringe y no le queda otro recurso que la capitulación económica. En este período adviene de ordinario una situación favorable para las grandes transformaciones socialistas en la industria y el comercio privados. Dichas transformaciones pueden llevarse a cabo siguiendo métodos distintos.

La práctica demuestra que entre ellos corresponde un lugar importante a las diversas formas de capitalismo de Estado. V. I. Lenin fue el primero en señalar la posibilidad del empleo de esta forma de economía para la construcción del socialismo. En algunos trabajos suyos (Informe sobre las tareas inmediatas del Poder Soviético, Sobre el impuesto en especie  y  otros)  argumenta  teóricamente  la posibilidad de utilizar el capitalismo de Estado bajo la dictadura del proletariado y señala su papel como una  fase  específica  en  la  transición  del  capital privado al socialismo.

El capitalismo de Estado, dentro de un régimen de dictadura del proletariado, no es el mismo que el que

podemos    observar    en    los    países    burgueses

avanzados. En este último caso es un medio para acelerar    la    acumulación    del    capital    de    las

corporaciones    privadas   utilizando   los   recursos

financieros del Estado, para la regulación por éste de la economía en interés de los grandes capitalistas; es una forma de injerencia del Estado en la lucha de clases entre el trabajo y el capital en beneficio de este último. Con la dictadura del proletariado se trata de un capitalismo sometido al control del Estado de los trabajadores y en beneficio de éstos, es una forma de incorporar el capital privado a la construcción del socialismo, una forma de limitar las tendencias de explotación del capital y un medio para convertir la formación capitalista en socialista.

Guiándose por la doctrina de Lenin, el Estado soviético  mantuvo  en  el  período  de  transición  la

política de atraer al capital ruso y extranjero, con objeto  de  ayudar  a  la  restauración  económica  del

país. Algunas empresas y minas fueron cedidas en concesión a capitalistas extranjeros o entregadas en arriendo   a   otros   particulares.   Así   apareció   la

formación del capitalismo de Estado, que no tuvo, sin embargo,  gran  extensión, puesto  que  la  burguesía,

con la esperanza puesta en el rápido fin del Poder

Soviético,  no  quiso  colaborar  con  el  Estado proletario. En 1923-24 la parte del sector capitalista

de  Estado  no  pasaba  del  uno  por  ciento  en  el

conjunto de la economía nacional.

La experiencia de las subsiguientes revoluciones socialistas ha aportado elementos nuevos acerca del lugar y el papel del capitalismo de Estado dentro del sistema de medidas económicas del período de transición. Las ideas de Lenin han tenido aplicación práctica en la República Popular China, donde el capitalismo de Estado ha sido un factor puesto en juego para la transformación en socialista de la industria capitalista privada. Una experiencia semejante la tenemos en la República Democrática Alemana, que cuenta con empresas mixtas estatales- privadas.

Perspectivas aún mayores se abren en este sentido ante los países de capitalismo desarrollado. Después del establecimiento del poder del pueblo, dirigido por la clase obrera, las empresas capitalistas de Estado pueden convertirse en una forma importante de colaboración del poder con aquella parte de la burguesía que se muestra dispuesta a admitir las transformaciones socialistas. Una forma especial del capitalismo de Estado pueden ser las sociedades mixtas integradas por los monopolios nacionalizados

 

 

 

y las pequeñas empresas capitalistas que antes se hallaban  incluidas  en  la  esfera  de  influencia  de dichos monopolios.

Los patronos que colaboran honestamente con el

Estado salen en ocasiones ganando con la creación de empresas y corporaciones mixtas, estatales-privadas. Encuéntranse  con  un  mercado  seguro,  evitan  el peligro de ser aplastados por contrincantes más poderosos y no tienen que temer a las crisis económicas.  En  cuanto  a  ulteriores  perspectivas, según demuestra la experiencia, el Estado proletario está en condiciones de aliviar y facilitar todo lo posible el paso de los capitalistas leales a una vida de trabajo. Económicamente, dicho paso resulta menos sensible porque durante cierto tiempo los capitalistas perciben ciertas sumas, como indemnización de los bienes expropiados; moralmente, porque el Estado utiliza sus conocimientos y les proporcionan los cargos correspondientes en las empresas, a la vez que les concede derechos políticos dentro del marco de la democracia proletaria.

 

3. La industrialización socialista

El modo socialista de producción (como cualquier otro) tiene su base material y técnica, es decir, un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.  V.  I.  Lenin  decía:  "La  única  base material del socialismo puede ser una gran industria maquinizada capaz de reorganizar también la agricultura."306

Las premisas materiales del socialismo, en una u otra   medida,   son   creadas   ya   en   el   seno   del capitalismo. Pero eso no significa que después de la revolución no se presenten al poder obrero nuevas tareas en este terreno.

Primeramente, inclusive en los países capitalistas desarrollados,     junto     a     la     gran     producción

maquinizada hay muchos sectores en los que un lugar

importante corresponde a las empresas pequeñas, o a talleres dotados de una instalación rudimentaria y al trabajo  manual  de  los  artesanos,  etc.  En  segundo lugar, hacia el socialismo pueden avanzar países con unas fuerzas productivas poco desarrolladas, o que, junto a una industria potente, hay una agricultura atrasada que ocupa a millones de productores. Esto da especial actualidad al problema de cómo ha de proceder el poder obrero cuando recibe del capitalismo en herencia una base material y técnica suficientemente desarrollada.

Los socialistas de derecha invitan a no plantear el problema de la toma del poder hasta tanto toda la

economía nacional no alcance su nivel máximo, el que caracteriza al capitalismo monopolista de Estado

en plena expansión. Sin esto, afirman, la clase obrera no puede aspirar a construir el socialismo. Cuando se llevó  a  cabo  la  Revolución  Socialista  de  Octubre,

según  queda  dicho,  los  jefes  socialdemócratas  la

 

306 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXII, pág. 431.

 

calificaron de "espuria" por la razón de que Rusia no había alcanzado un nivel suficientemente alto de desarrollo de sus fuerzas productivas y su cultura, y no disponía de personal competente para dirigir la economía. Pero la clase obrera de Rusia no prestó oídos a aquellos pedantes. Primeramente conquistó el poder y luego se dedicó con toda energía a enjugar el atraso económico y cultural y a capacitar personal dirigente.

No había terminado aún la guerra civil cuando bajo la dirección personal de Lenin se procedió a elaborar un plan de electrificación de Rusia, que se conoce con el nombre de "Goelro". Era el primer plan de desarrollo de la economía nacional, trazado con un criterio científico, para un período de diez a quince años. En él se determinaba el desarrollo, con la   base   técnica   más   moderna,   de   los   sectores decisivos de la industria pesada: producción de energía, metalurgia, construcción de maquinaria, industria química y transportes. Las ideas de Lenin, plasmadas en el plan "Goelro", sirvieron después de punto de partida para la política de industrialización socialista, gracias a la cual el Estado soviético creó la necesaria base material y técnica de la sociedad socialista.

El atraso económico y técnico no significó, pues, una barrera infranqueable para la construcción del

socialismo. La clase obrera, sin embargo, hubo de

resolver una tarea gigantesca y ardua: crear la base material y técnica del socialismo, impulsar todos los

sectores  de  la  industria  y,  en  primer  término,  la

producción de medios de producción. Así habrán de hacerlo todos los países que entren en la ruta del socialismo,   pero   singularmente   aquellos   que   no tenían en el pasado una base industrial bastante desarrollada. Con otras palabras, todos los países se ven ante la necesidad de emprender la industrialización socialista.

La industrialización socialista significa la construcción de una gran industria, preferentemente pesada, que da la clave para reestructurar toda la economía nacional sobre la base de una técnica maquinizada de vanguardia, asegura el triunfo del socialismo y fortalece la independencia técnica y económica del país y su capacidad de defensa frente al mundo capitalista.

La creación de una industria moderna exige gigantescas inversiones materiales y financieras. En los países capitalistas, los medios para la industrialización  los  proporcionaban  la  expoliación de las colonias, las contribuciones de guerra o los empréstitos exteriores. Las dos primeras fuentes, por motivos de principio, no las puede admitir un país socialista. En cuanto a los empréstitos, los países capitalistas  no  los  conceden  a  aquellos  que construyen el socialismo, si no es que piensen valerse de esto para ejercer determinada presión política. Así ha venido ocurriendo hasta ahora por lo menos. Más aún, en sus deseos de llevar al fracaso la construcción del socialismo, los Estados capitalistas levantan cuantos obstáculo pueden a un normal desarrollo del comercio y de las relaciones culturales y técnicas que pudiesen significar una ayuda en la industrialización, como son la adquisición de maquinaria, los asesoramientos técnicos, etc.

Quiere decirse que los medios para la industrialización socialista hay que buscarlos dentro

del país, son sólo los recursos internos creados por el trabajo de sus obreros, campesinos e intelectuales.

Esto puede, sin duda, exigir ciertos sacrificios y provocar dificultades y privaciones, sobre todo en las primeras etapas de la industrialización socialista. Así

ocurrió en la Unión Soviética, cuyos trabajadores -los primeros    en    lanzarse    a    la    construcción    del

socialismo- hubieron de hacer economías en todos los aspectos y privarse de muchas cosas.

Al mismo tiempo, una vez han sido suprimidas las

clases de capitalistas y terratenientes, aparecen posibilidades nuevas para financiar la industria. Así, la parte de la renta nacional que antes era absorbida por el consumo parasitario de las clases explotadoras, se convierte en acumulación socialista. Los capitalistas extranjeros se apropiaban de sumas ingentes en Rusia, China y algunos otros países que han entrado en la vía del socialismo. La revolución socialista  pone  fin  a  esta  dependencia  económica. Los campesinos se ven libres de hipotecas y arrendamientos. Esto permite incorporar recursos del campo al desarrollo de la industria. Con este mismo fin se utilizan los ingresos de las empresas estatales, del comercio interior y exterior y de los bancos.

El Poder Soviético puso en juego todos sus recursos internos y pudo llevar así a cabo la industrialización con un ritmo como no conocía ningún país capitalista. En el período del primer plan quinquenal (1929-1932) se pusieron en marcha 1.500 nuevas fábricas, y en el segundo (1933-1937), 4.500. En este tiempo el volumen de la producción se hizo

4,5 veces mayor. Tal incremento de la industria en diez años significa un salto como jamás se conoció

en la historia de la economía mundial. Para lograr ese

avance los Estados Unidos necesitaron casi 40 años:

aproximadamente de 1890 a 1929.

También es muy rápido el incremento de la industria de las democracias populares en el período

de transición. La posibilidad de alcanzar un ritmo tan

elevado es prueba manifiesta de la superioridad que representa en sí el régimen socialista.

Para   la   Unión   Soviética   -el   primer   Estado

socialista del mundo- el ritmo de crecimiento de la industria era un problema de vida o muerte. J. V. Stalin  decía  en  1931:  "Los  países  avanzados  nos llevan una ventaja de cincuenta a cien años. Nosotros debemos recorrer esta distancia en diez años. O lo hacemos o nos aplastarán."307  Y únicamente porque

 

307 J. V. Stalin, Obres, ed. rusa, t. XIII, pág. 39.

 

la U.R.S.S. había sabido crear hasta 1941 una potente base industrial, el pueblo soviético estuvo en condiciones de derrotar a la Alemania fascista. La necesidad de un ritmo semejante venía también impuesta por la urgencia de preparar cuanto antes las condiciones para la reorganización socialista de la agricultura y la supresión de los campesinos ricos.

En un período de trece a quince años solamente la

Unión Soviética, país agrario, se convirtió en industrial  y  pasó  a  ocupar  uno  de  los  primeros

puestos entre las grandes potencias industriales del

mundo. Era una gran hazaña que el pueblo soviético llevó a cabo bajo la dirección del Partido Comunista.

Las democracias populares crean la base material

y  técnica  del  socialismo  en  condiciones  más propicias. A diferencia de la U.R.S.S., que no podía contar  más  que  con  ella  misma,  se  apoyan  en  la amplia ayuda que entre sí se prestan todos los países del campo socialista. Los Estados socialistas desarrollados ayudan a crear una industria avanzada a los menos desarrollados. La Unión Soviética contribuye en este terreno valiosamente en forma de créditos, empréstitos, documentación técnica, utillaje y materias primas.

Ahora, cuando existe el sistema mundial del socialismo, no es preciso ya que cada uno de los países  que  lo  integran  impulse  obligatoriamente todos  los  sectores  de  la  industria,  como  hubo  de hacer  la  U.R.S.S.  La  división  internacional  del trabajo dentro del campo socialista permite recurrir en vasta escala a la especialización y cooperación de la producción. Los distintos países socialistas pueden impulsar  en  primer  término  los  sectores  para  los cuales disponen de mejores condiciones económicas y naturales y que responden más a sus tradiciones nacionales y a su experiencia.

Así, pues, no siempre son idénticas las tareas que cada  país  ha  de  llevar  a  cabo  en  el  proceso  de creación de la base material y técnica del socialismo. Los países agrarios han de impulsar el desarrollo de la industria; los países que bajo el capitalismo alcanzaron ya un alto nivel industrial han de reorganizar  su  estructura,  regular  las  nuevas relaciones económicas y superar las desproporciones heredadas del pasado.

 

4. Balance del período de transición

Toda la política económica del Estado proletario en el período de transición va orientada a la lucha de los elementos socialistas contra los capitalistas, a la limitación y desplazamiento de estos últimos y al triunfo completo de las formas socialistas en todas las esferas de la economía nacional. Esa lucha, sostenida principalmente con métodos y medios económicos,  termina  con  la  pluralidad  de formaciones y permite suprimir a la burguesía y a los campesinos ricos como clase.

Lo principal del período de transición es el triunfo del modo de producción socialista. La formación socialista, que iba ya a la cabeza al comienzo de este período, se convierte en predominante y acaba por extenderse por completo a todos los sectores. La pequeña producción mercantil se convierte en socialista mediante la integración en cooperativas de los campesinos y artesanos. La formación capitalista desaparece por completo, como consecuencia de las limitaciones y de su desplazamiento del campo de la economía, o de su transformación.

Así queda resuelta la contradicción fundamental del período de transición: la que existe entre el joven

sistema socialista, que acaba de nacer y se desarrolla,

y el capitalismo, que aun habiendo sido derribado no ha sido suprimido todavía hasta el fin.

El  ejemplo  de  la  Unión  Soviética,  que  fue  el

primer país en la historia que pudo coronar la construcción de la sociedad socialista, es una muestra palpable de lo que puede dar el período de transición.

El  proceso  de  transformación  socialista  de  la economía  quedó  terminado  en  la  U.R.S.S.,  en  lo

fundamental, hacia 1935. En 1937 el 98,7 por ciento de los fondos de producción del país eran propiedad socialista, es decir, pertenecían al Estado socialista o

a los koljoses y cooperativas. Para este tiempo las empresas  socialistas  proporcionaban  el  99,8  de  la

producción global de la industria. En la producción global de la agricultura el sector socialista ocupaba el

98,5 por ciento, y en el comercio al por menor, el 100

por  ciento. Esto significaba que la  economía nacional, en su conjunto, se desarrollaba toda ella sobre una base socialista.

Cambió radicalmente la composición de clase de la   sociedad   soviética.   En   1928   los   elementos

capitalistas no significaban ya más que el 4,6 por

ciento; en 1937 esta clase había desaparecido por completo.

La experiencia histórica de la Unión Soviética y

de las democracias populares confirma plenamente la tesis de la teoría marxista-leninista según la cual el socialismo no puede surgir espontáneamente, por el propio curso de las cosas, ni antes ni después de la revolución proletaria. Ha de ser construido y se construye con el esfuerzo de los obreros, los campesinos y demás trabajadores organizados dentro del Estado y dirigidos por el partido revolucionario marxista-leninista. El reconocimiento de que esto es así, es decir, de la necesidad objetiva de la construcción activa del socialismo, separa a los comunistas de los socialdemócratas, reformistas y revisionistas de toda laya, que admiten el que pueda producirse la conversión espontánea del capitalismo en socialismo y niegan al mismo tiempo el papel organizador y dirigente de los órganos estatales y sociales de la dictadura proletaria.

Algunos líderes de la Unión de Comunistas deYugoslavia,  por  ejemplo,  no  ven  la  contradicción socialismo en ascenso y los restos del capitalismo, sino en el enfrentamiento de la dirección estatal centralizada y las necesidades de los organismos locales y las empresas. La salida que proponen para eliminar esta imaginaria contradicción es la de forzar la "desaparición" del Estado ya en el período de transición. Mas la clase obrera únicamente puede cumplir sus gigantescas tareas de organización y creación si aprende a manejar el poder como una formidable fuerza económica. V. I. Lenin decía que sobre  los  hombros  del  Estado  de  obreros  y campesinos recae una carga económica singular. Cualquiera que sea la forma concreta que adopte el Estado socialista, éste ha de llevar adelante activamente las transformaciones económicas, dirigir la economía nacional, planificarla e influir sobre todo el proceso de la reproducción ampliada en interés del socialismo.  El  papel  del  Estado  socialista  se acrecienta muy especialmente en unas condiciones en que se mantiene en pie el campo imperialista.

El   período   de  transición  ve   formar   también relaciones  nuevas,  socialistas,  en  la  esfera  de  la

distribución. Al ser suprimidas las clases parasitarias,

la renta nacional se convierte íntegramente en patrimonio de los trabajadores.

Con el cumplimiento de las tareas económicas del

período de transición, antes ya del triunfo de las relaciones socialistas, desaparece el paro, el eterno azote de la clase obrera bajo el capitalismo. Se pone fin para siempre a las causas del empobrecimiento en el campo. El derecho al trabajo se convierte por vez primera en realidad y queda garantizado por el desarrollo regular de la economía nacional del país socialista.

La   duración   del   período   de   transición   del capitalismo al socialismo no puede ser igual en todos

los países. Depende en mucho de la situación interna e internacional. Está claro que tanto la sociedad en su

conjunto como cada uno de los trabajadores tienen interés en llevar a cabo cuanto antes las transformaciones  socialistas.  De  ahí  que  una  tarea

muy importante del Partido y del Estado sea la de encontrar y poner en juego todas las reservas capaces

de acelerar la transición al socialismo. Eso no significa, sin embargo, que nos podamos saltar las etapas e ir con precipitaciones. Las prisas infundadas

son nocivas en la construcción del socialismo como en toda obra grande. V. I. Lenin decía: "La Comuna,

es decir, los Soviets de diputados obreros y campesinos, no «implanta», no piensa «implantar» y no  debe implantar  ninguna  transformación  que  no

haya madurado absolutamente en la realidad económica y en la conciencia de la inmensa mayoría del pueblo."308 Estas indicaciones de Lenin sirven de guía a los partidos marxistas-leninistas en su trabajo de organización y de explicación entre las masas.

 

fundamental del período de transición en la lucha del                           

308 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIV, pág. 48.

 

 

 

Capitulo    XXIII.   Rasgos   fundamentales   del modo socialista de producción

El  paso  del  capitalismo  al  socialismo  termina

cuando la propiedad social se ha afirmado en todos los   sectores   de   la   economía.   El   socialismo   se

desarrolla  ahora  apoyándose  en  la  gran  industria

maquinizada  y  en  la  agricultura  mecanizada colectiva.

La  propia  sociedad, los propios trabajadores se colocan en condiciones de planificar y regular el proceso de producción en la escala de toda la economía nacional del país. Bajo el capitalismo, una producción más o menos planificada puede organizarse sólo dentro de una empresa, o todo lo más dentro de un monopolio. Pero se trata de unos planes que constantemente se ven trastrocados por la anarquía de la producción que reina en toda la economía  nacional.  El  socialismo  permite  la dirección planificada de todo el mecanismo de producción social tomado en su conjunto.

Adviene  una  nueva  era: la  era de la  economía planificada. El volumen de la producción social, la

estructura de ésta, la distribución del trabajo y de los

medios de producción entre los sectores de la economía,   los   precios   de   las   mercancías,   las

proporciones del salario: todo esto deja de ser regido

por procesos elementales. La propia sociedad los planifica,  con   vistas   a  dar   la   satisfacción   más completa a las necesidades de sus miembros.

Esto no significa, sin embargo, que en el terreno económico pierdan su vigor las leyes objetivas.

Todo       lo            contrario,              para        que         la             dirección consciente   de   la   economía   alcance   su   eficacia

máxima, la sociedad socialista ha de guiarse por las leyes objetivas de su desarrollo y organizar su economía en consonancia con dichas leyes.

Las  leyes  de  la  nueva  formación  económica tardan en ser dominadas. Se requiere experiencia y

tiempo para que la sociedad socialista conozca las leyes de su propio desarrollo y aprenda a utilizarlas en interés de ella misma.

Se  comprende  la  responsabilidad  que  en  estas condiciones recae sobre los órganos dirigentes del

cuerpo social, tanto del Partido como del Estado. Hay que aprender el arte de dirigir el complejo organismo económico y planificar toda la producción social de

tal suerte que queden asegurados su incremento continuo y el constante ascenso del bienestar de todo

el pueblo.

 

1. La propiedad social y sus formas

Marx consideraba que el modo como se unen los elementos fundamentales del proceso de producción -

fuerza de trabajo y medios de producción- constituye la base de todo régimen social. En el socialismo, esos elementos están unidos de tal manera que los propios

hombres que participan en la producción son dueños

 

emplean. Esto elimina por completo la posibilidad de que los medios de producción se conviertan en instrumento  de  explotación  de  una  parte  de  la sociedad por otra. Como condueños de la propiedad social  y  copartícipes  del  proceso  social  de producción, todos los hombres son iguales y estructuran sus relaciones en un plano de amistosa colaboración y ayuda mutua.

La propiedad social corresponde en el socialismo al nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas

productivas.  En  virtud  de  esto,  dicha  propiedad

ofrece ciertos rasgos y características que son propios del socialismo, o primera fase de la sociedad comunista. La experiencia de la Unión Soviética y de las democracias populares nos dice que la propiedad social  presenta  dos  formas:   de  todo  el  pueblo (estatal) y cooperativa koljosiana.

 

La propiedad estatal en el socialismo.

La propiedad estatal socialista, decíamos ya, surge por la nacionalización de la gran industria, los transportes y los bancos, y por la confiscación de las tierras de los grandes propietarios que el Estado proletario lleva a cabo. El posterior progreso de la economía conduce a un rápido incremento del sector estatal. Lo que fue nacionalizado después de la toma del poder  por la clase  obrera  se convierte en una parte muy reducida de los medios de producción de que dispone la sociedad socialista. Todo lo demás es creado por el pueblo en el proceso de construcción del socialismo. En la Unión Soviética, por ejemplo, los principales fondos de producción de la industria se incrementaron en 30,3 veces, si comparamos las cifras de 1913 y 1956. Por tanto, la propiedad nacionalizada en 1917 y 1918 representaba poco más del tres por ciento de los medios sociales de producción existentes en 1956.

En el período en que aparecía la formación socialista   en   la   U.R.S.S.,   Lenin   indicó   que   la

dificultad principal no estaba en la confiscación de

los medios de producción a la burguesía. "La organización  del  cómputo  -decía-,  el  control  de

empresas gigantescas, la transformación de todo el

mecanismo económico estatal en una gran máquina, en  un  organismo  que  funcione  de  tal  modo  que cientos de millones de personas se gobiernen por un mismo  plan:  tal  es  la  gigantesca  tarea  de organización  que  ha  caído  sobre  nuestros hombros."309

Al  día  siguiente  de  la  nacionalización,  la industria, los transportes y los bancos siguen siendo empresas sueltas y dispersas. Se requiere tiempo y grandes esfuerzos para formar con ellas un todo armónico  y  sujetar  su  funcionamiento  a  un  plan único. Esta tarea es cumplida durante el período de transición. La gran producción socialista, extendida a todo el país y dirigida desde un centro, presenta unas

 

colectivamente    de    los   medios    de    trabajo    que                          

309 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 68.

 

 

 

ventajas con las que el capitalismo no puede soñar siquiera.

La   propiedad   de   todo   el   pueblo   es   en   el socialismo propiedad estatal, puesto que la sociedad,

como conjunto al que pertenecen los medios de producción, se halla en esta fase representada por el

Estado. Este, en nombre de la sociedad, dirige la producción social como un proceso único. El Estado pone  los  medios  de  producción  a  disposición  del

personal de cada empresa, aunque conservando la propiedad de los mismos. Cuando decimos que bajo

el socialismo los hombres orientan conscientemente su desarrollo social, ello significa que lo hacen a través del Partido y del Estado, los cuales cumplen el

papel de dirigentes y organizadores  de la economía socialista.

 

Deformaciones reformistas y revisionistas de la esencia de la propiedad social.

La última moda de los revisionistas es presentar el incremento de la propiedad estatal y del sector estatal

de la economía de los países socialistas como una manifestación de centralismo burocrático. La propiedad estatal no es para ellos más que una fuente

de deformaciones burocráticas.

¿Qué proponen en lugar de la propiedad estatal o de todo el pueblo? En su lugar, llevan a primer plano

diversas formas de propiedad de grupo: municipal,

cooperativa y comunal.

A primera vista habría quien creyese que esto es también socialismo. Pero en realidad se trata de un anarcosindicalismo  pequeñoburgués,  la inconsistencia del cual quedó ya demostrada por los fundadores del marxismo-leninismo y ha sido confirmada por toda la experiencia de la historia.

La necesidad de la propiedad social en su forma estatal no es fruto de lucubraciones vanas de nadie,

sino   consecuencia   directa   de   las   tendencias   de

desarrollo de las modernas fuerzas productivas. Los comunistas se limitan a expresar lo que es propio de dichas tendencias: en cualquier país capitalista desarrollado, las leyes del incremento sucesivo de las fuerzas productivas exigen la conversión de la economía  nacional  en  un  organismo  único  y completo dirigido desde un centro. Sin embargo, sólo el socialismo puede dar satisfacción a las necesidades maduras de las fuerzas productivas y crear un organismo económico realmente único y completo dirigido por el Estado.

Los precursores de los modernos anarcosindicalistas tomaban sus nociones del pasado.

Idealizaban el trabajo de las colectividades inconexas que,  en  sus  formas  más  primitivas,  existió  en  la

cerrada economía natural campesina y en la pequeña producción  mercantil  de  los  artesanos.  Sus  teorías eran   una   utopía   reaccionaria   dirigida   contra   el

socialismo científico. Estas ideas, aun modernizadas y  renovadas,  representan  también  hoy  en  día  una utopía reaccionaria.

La            clase       obrera    no           puede    aceptar  tales planteamientos. El socialismo es producto de la gran

producción. La salvación del yugo de los monopolios

no  está  en  el  retorno  a  la  pequeña  producción dispersa y dividida, sino todo lo contrario, en el paso a  una  producción  social  aún  más  grande  y centralizada subordinada al poder de los trabajadores.

¿Es posible, acaso, cuando nos encontramos con una   gran   producción   maquinizada,   construir   el

socialismo sobre la base de inconexas cooperativas,

comunidades  y  comunas,  sin  quebrantar  los cimientos de un proceso de producción que se apoya en la técnica más moderna? Resulta obvio que no. Bajo   la   dominación   de   la   gran   propiedad   es imposible  evitar  el  predominio  de  los  intereses locales sobre los generales. Cada una de las empresas trabaja a ciegas, sin tomar en consideración las necesidades conjuntas de la economía. El resultado de esto es uno, de ordinario: no obstante haber sido suprimida la propiedad privada de los capitalistas, la anarquía de la producción levanta de nuevo cabeza. De nuevo aparecen constantes desproporciones que ha de "equilibrar" el mercado especulativo. En las aguas turbias de la especulación y en el mercado, con sus elementales fluctuaciones, renacen inevitablemente los elementos capitalistas.

En relación estrecha con esta negación del papel de la propiedad estatal se encuentran los ataques de

los revisionistas contra la función de organización económica  del  Estado  socialista,  y  en  particular

contra la planificación por parte del Estado. Los revisionistas pretenden presentar el Estado socialista

como una excrecencia burocrática en el cuerpo de la sociedad,  que  frena  el  libre  desarrollo  económico. Mas esta deformación del papel del Estado socialista

que nos brindan no prueba sino su resistencia a comprender los vínculos orgánicos que existen entre

el nuevo papel del Estado y el imperio de la sociedad socialista, y también con el carácter específico de la acción  de  las  leyes  económicas  del  socialismo.

Cuando el Estado actúa como representante de la sociedad  como  un  todo,  lógicamente,  él  y  sus

órganos centrales han de determinar, en nombre de la sociedad, la orientación, las proporciones y el ritmo de desarrollo de la economía nacional. Sólo a través

de la labor del Estado se convierten en realidad todas las   posibilidades   objetivas   y   ventajas   que   el

socialismo presenta.

En  este  problema  se  revela  también  la  esencia pequeñoburguesa del          revisionismo.        Con         el

socialismo se consigue, por fin, subordinar la vida económica  al  control  consciente  de  la  sociedad,

lográndose así un ascenso acelerado del bienestar general; pero los revisionistas tiran hacia atrás, hacia los   tiempos   del   "libre   juego"   de   las   fuerzas

económicas,  el  cual,  dicho  sea  de  paso,  hace  ya tiempo  que  dejó  de  existir  incluso  en  los  países capitalistas.

Los revisionistas dan marcha atrás, van de Marx a Proudhon  y  demás  precursores  del anarcosindicalismo. Miran al pasado, y no al futuro. Es lógico, pues, que cada paso adelante en el desarrollo de la gran producción socialista eche por tierra todos sus argumentos.

Los          intentos de           aplicar    los           dogmas anarcosindicalistas a la vida económica se derivan de

la incomprensión de la superioridad que ofrece la forma    estatal    de   propiedad   socialista,   de   la

incapacidad para sacar provecho de tal superioridad. La propiedad social de todo el pueblo no entorpece en modo alguno la función creadora de las distintas

colectividades de producción en las empresas. Ocurre lo contrario: la fecunda labor de esas colectividades

puede desarrollarse verdaderamente sólo dentro del marco de un organismo económico bien estructurado en el que todas sus partes marchen al unísono. Otra

consideración de capital importancia es que la forma estatal de propiedad social mueve a los hombres a

guiarse, por los intereses generales de todo el pueblo, nacionales, y no por intereses de campanario. Eleva, por  tanto,  la  conciencia  de  los  productores,  a  un

plano nacional y les obliga a preocuparse no ya de los problemas de su empresa solamente, sino de las

cuestiones que afectan a todo el pueblo.

Por   esto   calificó   Lenin  la   forma   estatal   de propiedad   como   consecuentemente  socialista,   es

decir, como la forma más perfecta de la propiedad socialista, en la que toma cuerpo el nivel superior de

la socialización de la producción.

 

La propiedad cooperativa koljosiana.

Dentro  del  socialismo  los  marxistas-leninistas admiten        también,                como      forma     perfectamente

legítima,  la  propiedad  cooperativa,  es  decir,  de grupo,  y  la  desarrollan  y  estimulan  por  todos  los

medios. Piensan, eso sí, que la presencia de la cooperación  no  equivale  a  la  existencia  del socialismo.   Así   podían   creerlo   los   socialistas

utópicos del pasado siglo, que se imaginaban poder llegar al socialismo mediante la simple creación de

cooperativas. No comprendían entonces que la cooperación  no  determina  aún  el  modo  de producción.  Ocurre  a  la  inversa,  que  el  propio

carácter  de  la  cooperación  viene  impuesto  por  el modo    de    producción    predominante.    Bajo    el

capitalismo, y así lo acredita la experiencia, la cooperación de pequeños productores adquiere, en la mayoría  de  los  casos,  un  carácter  burgués.  En  el

socialismo, cuando el poder está en manos de la clase obrera y los campesinos y cuando el sector estatal

predomina en la economía, la cooperación adquiere un carácter socialista.

La propiedad cooperativa aparece históricamente

bajo el socialismo como resultado de la vía específica por  la  que  pasan  a  formas  nuevas,  colectivas,  de trabajo los campesinos y las demás capas de la población antes relacionadas con la pequeña producción  mercantil.  La  propiedad  colectiva  que nace de la unión en cooperativas de esos pequeños productores es precisamente la forma cooperativa koljosiana de la propiedad socialista. Es la propiedad de grupo de los koljoses (cooperativas agrícolas), cooperativas industriales de producción y otras semejantes.

En la mayoría de los países socialistas, la formación de cooperativas de producción en la agricultura comienza reuniendo simplemente los medios de producción pertenecientes a los campesinos: ganado de labor, arados, otros aperos y algunas dependencias. Luego, la propiedad cooperativa se multiplica merced al trabajo en común de  los  campesinos,  con  la  ayuda  de  la  industria estatal. Las cooperativas llegan a poseer así máquinas modernas. Varias de ellas unifican sus esfuerzos y construyen centrales eléctricas, canales de riego, pantanos, caminos, escuelas y hospitales, es decir, obras de significado ya para todo el pueblo. En la Unión Soviética, de 1932 a 1958, los fondos indivisibles  de  los  koljoses,  o  sea  la  parte  de  los bienes  de  las  cooperativas  que  no  está  sujeta  a reparto entre sus miembros, se ha hecho 21 veces mayor,  pasando  de  4.700  millones  de  rublos  a

102.000 millones. Una parte muy importante de esos fondos    la    constituyen    actualmente    modernas

máquinas agrícolas, tractores, camiones y otros complejos elementos técnicos.

La propiedad cooperativa es una forma menos madura de propiedad socialista que la estatal. Los

medios de producción y la producción misma no pertenecen a la sociedad en su conjunto, sino a un grupo de la misma. Entre una y otra, sin embargo,

dentro del socialismo no hay diferencias sustanciales. Ambas excluyen la explotación del hombre por el

hombre y presuponen el trabajo colectivo en interés de la sociedad. La propiedad cooperativa, lo mismo que  la  estatal,  abre  grandes  posibilidades  para  el

incremento constante de la producción socialista y para   la   elevación   del   nivel   de   vida   de   los

trabajadores.

Además, la forma cooperativa de producción no es algo petrificado e inestable. En su desarrollo va

pasando por diversos escalones, ascendiendo de las formas inferiores a las superiores. El volumen de la

producción crece sin cesar como consecuencia de la fusión  de  varias  cooperativas  en  una,  de  la renovación   de   sus   recursos   técnicos   y   de   la

formación de empresas intercooperativas. Así, gradualmente,  por  el  nivel  de  socialización  y  el

carácter del trabajo, como también por las formas de organización del mismo y los instrumentos que se emplean,  las  cooperativas  se  van  acercando  a  las

empresas estatales, que pertenecen a todo el pueblo.

La            forma     cooperativa          de           propiedad             puede desarrollarse y robustecerse sólo porque junto a ella existe la propiedad estatal. El Estado socialista hace cuanto está a su alcance para elevar al nivel de esta última   la   propiedad   cooperativa   koljosiana,   con objeto de brindar a los campesinos y otras capas de la población organizadas de tal forma posibilidades aún mayores en cuanto a la ampliación y el perfeccionamiento de la producción y para mejorar su nivel de vida.

 

2. Fin fundamental de la producción socialista

El fin fundamental de la producción capitalista es la ganancia. La producción de por sí, cualquiera que ésta  sea,  interesa  poco  al  capitalista.  Todavía  le

interesa menos si en la sociedad se ven o no satisfechas las necesidades de todos sus miembros.

Lo que en realidad le preocupa es cómo convertir la producción de cualquier mercancía en fuente de ganancias.

Cuando los medios de producción pasan a ser propiedad social, las razones y fines de la producción

cambian por completo. Dentro del socialismo los medios de producción pertenecen a los trabajadores, a la sociedad, y está claro que los trabajadores no

pueden someterse a sí mismos a explotación. No hay, pues,   tampoco   lo   que   es   consecuencia   de   la

explotación, la plusvalía. Ahora, según indicaba Lenin, "el producto complementario no va a parar a la clase de los propietarios, sino a todos los trabajadores y sólo a ellos".310

Todo   el   producto   social   que   anualmente   se produce en la sociedad socialista pertenece a quien es dueño de los medios de producción, a la sociedad, es decir, a los trabajadores tomados como un cuerpo único  de  productores.  Más  adelante  se  demostrará que este producto anual no puede tener otro empleo que el de satisfacer -directa o indirectamente-, las necesidades de los propios trabajadores.

Los trabajadores que tomaron el poder y que han organizado la producción social no pueden marcarse otro objetivo que el de satisfacer sus necesidades sociales y personales. Ahora no hay ya nadie entre el productor   y   el   resultado   de   su   trabajo:   ni   el capitalista, ni el terrateniente, ni el comerciante, ni el usurero. Todo cuanto sale de las empresas sociales pertenece a los propios productores: tal es la esencia del nuevo modo de producción y distribución. Se comprende, pues, que los trabajadores traten de aumentar  sin  cesar  la  producción  de  bienes materiales, puesto que son ellos mismos los que se benefician de los frutos de su trabajo.

Así, pues, el fin de la producción socialista se desprende  de  su  misma  esencia.  Lenin  lo  definía como "organización planificada del proceso de producción social para asegurar el bienestar y el desarrollo  completo  de  todos  los  miembros  de  la

 

 

310   Recopilación  leninista  XI,  Moscú-Leningrado, 1931,  pág.

382.

 

sociedad..."311

Hemos  de  tener  presente  que  las  necesidades humanas  no  permanecen  estancadas  siempre  a  un

mismo  nivel.  No  pueden  por  menos  de  cambiar,

puesto que al incrementarse la riqueza social y la cultura crecen las demandas materiales y espirituales de los hombres y aparecen nuevas necesidades. La tarea de la sociedad bajo el socialismo consiste precisamente en asegurar una satisfacción cada vez más completa a las necesidades materiales y culturales, en constante aumento, de todos sus miembros.

La  satisfacción  cada  vez  más  completa  de  las necesidades  como  fin  de  la  producción  socialista

tiene un carácter necesario, o sea, es una ley. Con otras  palabras,  las  leyes  de  la  misma  producción

basada en la propiedad social dictan objetivamente ese  fin  a  la  sociedad  socialista.  La  producción perdería su principal estímulo de desarrollo si no se

hallase subordinada a la satisfacción de las crecientes necesidades    materiales    y    culturales    de    los

trabajadores.

Por eso, la ampliación de la producción tiene, para el   Estado   socialista,   como   fin   fundamental,   la

elevación constante del bienestar del pueblo. Este fin no es otra cosa sino la expresión consciente de una

ley económica objetiva propia de la producción socialista. En las obras soviéticas de economía se le da  el  nombre  de  ley  económica  fundamental  del

socialismo y se formula así: constante ampliación y perfeccionamiento de la producción, sobre la base de

una técnica avanzada, con objeto de satisfacer de la manera  más  completa  las  necesidades,  siempre  en

aumento, de todos los miembros de la sociedad.

La   acción   de   esta   ley   encuentra   expresión fehaciente en el continuo auge del bienestar de los

trabajadores de los países socialistas. En la Unión

Soviética, los ingresos reales de los obreros y empleados se habían duplicado casi en 1958 respecto

de  1940,  mientras  que  los  ingresos  reales  de  los

campesinos,  por  individuo  activo,  eran  más  del doble.

La  historia  ha  hecho  que  los  primeros  países

socialistas en entrar en emulación con el capitalismo no figurasen, en la mayoría de los casos, entre los más avanzados económicamente. Para vencer en esta emulación se requiere de ellos un elevado ritmo de incremento de la producción; han de poner gran tensión en el trabajo y superar numerosas dificultades relacionadas con su anterior atraso. Un elevado ritmo es imposible de conseguir si no se equipa a todos los sectores de la producción de elementos técnicos perfeccionados, y esto, a su vez, requiere un elevado ritmo  de  acumulación,  es  decir,  destinar  una  gran parte de la renta nacional a la ampliación de la producción.

El volumen del fondo de consumo se ve hasta

 

311 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIV, pág. 430.

 

 

 

ahora limitado también por la circunstancia de que los países socialistas se ven obligados a invertir recursos considerables en su defensa. Si no fuese por todo  esto,  el  fondo  de  consumo  podría  crecer  ya ahora extraordinariamente.

Sin embargo, la potencia económica y defensiva del  campo  socialista  ha  alcanzado  actualmente  tal

nivel,  que  los  países  que  lo  integran  están  en

condiciones de destinar recursos cada vez mayores al fondo de consumo y mejorar así la vida de las masas

populares. El alto ritmo de desarrollo de la industria

pesada y los gastos de defensa son ahora perfectamente compatibles con el rápido incremento de la industria ligera y con un ascenso vertical de la agricultura.

Esto ha permitido a la Unión Soviética y otras democracias populares plantearse, con la seguridad

de  que  será  cumplida,  la  tarea  de  alcanzar  en  un

brevísimo plazo histórico un nivel tal de consumo popular que por todos sus índices supere a cuanto

existe en los países capitalistas más desarrollados.

 

3.   Desarrollo   planificado    de   la   economía nacional

El establecimiento de la propiedad social significa

que cesa la acción de las leyes de la economía capitalista.  La  nueva  forma  de  propiedad,  como

decíamos antes, engendra sus propias leyes objetivas,

entre las que un lugar de primer orden corresponde a la  ley  del  desarrollo  regular,  planificado,  de  la

economía nacional.

 

Ley del desarrollo  regular,  proporcional,  de la economía nacional.

La economía nacional es bajo el socialismo un organismo completo dirigido por una voluntad única.

En estas condiciones, lo primero que la economía reclama    es    que    se    asegure    la    armonía,    el

acoplamiento, el máximo "ajuste" entre sí de todas las partes del mecanismo de producción social del país. Esto queda expresado en la ley del Desarrollo

planificado y proporcional.

¿Qué  significa  esta  ley?  Significa  que  para  el funcionamiento normal de la economía socialista se

necesitan   determinadas   proporciones    entre   sus

distintos sectores. Significa también que estas proporciones  pueden  y  deben  ser  establecidas  y

mantenidas  de   manera   regular,   es   decir,   como

resultado de acciones meditadas del Estado socialista y de sus órganos de planificación.

El  carácter   objetivo  de  la  ley  del  Desarrollo

planificado y proporcional viene dado por la circunstancia de que dichas proporciones no pueden ser establecidas en la economía nacional arbitrariamente, por el capricho o el deseo de nadie, sino que se subordinan a determinados principios, el

 

producción social. A eso se refería ya Marx al indicar que "la necesidad de la división del trabajo social en determinadas proporciones no puede ser destruida en modo alguno por una determinada forma de la producción social; únicamente puede cambiar 1a forma   en   que   se   manifiesta.   Las   leyes   de   la naturaleza no pueden ser abolidas."312

Quiere decirse que la sociedad socialista no puede cambiar  por  arte  de  magia  la  relación  entre  la

producción y el consumo, entre la acumulación y el consumo, sin tener presente la situación real de la

economía y los recursos de que se dispone.

Imaginémonos por un momento que la sociedad o sus  órganos  estatales,  guiándose  por  los  mejores

deseos, quisieran elevar verticalmente el consumo sin preocuparse   antes   de   aumentar   debidamente   la

producción. ¿Qué sucedería? Que las reservas de mercancías se agotarían rápidamente. Lo mismo ocurriría   si   se   quebrantaba   arbitrariamente   la

correspondencia entre el consumo y la acumulación de   medios   destinados   a   la   ampliación   de   la

producción.   La   reducción   de   las   acumulaciones traería inevitablemente consigo una disminución de la  marcha,  y  luego  la  detención  del  desarrollo

económico; el capital fijo sería consumido rápidamente     y     vendría     el     colapso     y     la

desorganización de toda la vida económica. Y si el ritmo de acumulación es excesivo, los productores pueden perder el interés material y, en fin de cuentas,

se originará un descenso de la productividad del trabajo. No queda impune tampoco la transgresión de

las proporciones entre el salario y el nivel de productividad del trabajo, entre el conjunto de los

ingresos monetarios de la población y el volumen de la circulación de mercancías, etc.

Además de los que hemos mencionado, existen

otros muchos sectores de la producción y la distribución  cuyo  normal  funcionamiento  es imposible si no se observan determinadas proporciones. Así, es necesario guardar las proporciones entre las ramas fundamentales de la economía nacional, tales como la industria, la agricultura y los transportes. El retraso de cualquiera de estos elementos amenaza con incalculables dificultades.

Determinada correspondencia exige el desarrollo de               la             industria                pesada,  ligera,     extractiva              y

transformativa.  Prenda  del  progreso  de  todos  los

sectores de la economía es el desarrollo preferente de la industria pesada. De la misma manera, la ampliación de la base de materias primas y de producción de energía ha de preceder al desarrollo de los sectores transformativos de la industria, creando las necesarias reservas para asegurar su crecimiento.

Es            imposible              también conseguir              un funcionamiento normal en la economía cuando no se  asegura la relación correcta entre las necesidades de la economía nacional en personal capacitado y las proporciones en que éste es instruido dentro del país. La proporcionalidad se requiere asimismo en cuanto a la instalación de las empresas por regiones económicas, a la división del trabajo y a la especialización y cooperación de las empresas.

 

incumplimiento   de           los           cuales    produciría                           

 

inevitablemente  un           desajuste              del          proceso de

 

312  C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, Gospolitizdat, 1953, pág. 208.

 

 

 

Por lo tanto, existe un amplio círculo de proporciones    económicas    cuyo    mantenimiento

constante es una tarea fundamental de la sociedad socialista.

Podría argüirse que cualquier régimen económico, sin exceptuar el capitalismo, exige cierta proporcionalidad en el desarrollo de la producción.

Efectivamente es así. Pero bajo el capitalismo las necesarias      correspondencias      económicas      se

establecen elementalmente, con dolorosas fluctuaciones y desproporciones, a través de crisis y colapsos.  La  circunstancia  de  que  los  monopolios

dificultan el paso del capital de un sector a otro complica aún más la situación. A la proporcionalidad

exigida por las leyes objetivas de la economía, el capitalismo va a ciegas, entre tropezones y caídas, con lo que sufre pérdidas enormes.

El volumen de estas pérdidas podemos apreciarlo por  los  datos  expuestos  por  WaIter  Reuter,  líder

sindical norteamericano, en la conferencia sobre el paro celebrada en Washington, en abril de 1959. Durante los últimos cinco años, dijo, a consecuencia

del paro en masa y de la utilización incompleta del potencial de producción de los Estados Unidos, "el

pueblo norteamericano ha perdido para siempre en el producto global del país 152.000 millones de dólares,

lo que equivale, aproximadamente, a 3.000 dólares por familia". No podía ocurrir de otro modo bajo un régimen de explotación en el que imperan la anarquía

de la producción, la competencia y dilapidación del trabajo social.

Otra cosa distinta es bajo el socialismo, donde entra en vigor la ley del desarrollo planificado y planificado, cuando, según palabras de Engels, "se

hace posible la producción social según un plan preconcebido".313 Los hombres, por vez primera en la historia, disponen de todo lo necesario para conseguir el acoplamiento máximo del proceso de producción social  y regularlo racionalmente.  El  hecho de  que bajo el socialismo todos los medios de producción son propiedad social y de que la marcha de la producción  es  planificada  y  orientada  desde  un centro   único,   crea   posibilidades   inusitadas   para lograr economías máximas en la inversión de materiales y trabajo, para alcanzar una elevada productividad del trabajo social.

El  conocimiento  de  la  ley  económica  del desarrollo planificado y proporcional significa para la sociedad socialista formidables ventajas. Esto se refiere  lo  mismo  a  la  economía  nacional  en  su

 

313 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 269.

 

conjunto  que  a  cada  uno  de  sus  elementos:  a cualquier fábrica, mina o koljós. El funcionamiento normal de cada empresa es condición para la buena marcha  de  toda  la  máquina  económica  del socialismo.  Por  eso  es  tan  importante  el  papel  de cada trabajador de la economía socialista, cualquiera que sea el puesto que ocupe.

Esto es tanto más significativo si consideramos que la ley del desarrollo planificado, según decíamos

anteriormente, no aparece automáticamente, de una manera   elemental.   En   la   economía   planificada

socialista no hay ni puede haber una distribución elemental de la mano de obra y de los capitales entre los  distintos  sectores.  Esto  lo  realiza  el  Estado

sopesándolo todo y de conformidad con el fin fundamental    que    en    el    socialismo    tiene    la

producción. Mas ello impone una especial responsabilidad a los órganos estatales encargados de la  planificación  y  dirección  del  desarrollo  de  la

economía.

Su tarea se complica aún más si consideramos que en el socialismo ninguna proporción es eterna. Entre

los  sectores  de  la  economía  nacional  no  pueden

existir jamás unas proporciones fijadas de una vez para siempre. La estabilidad en este caso no sería

indicio de bonanza, sino una señal de alarma. Esto

significaría que la producción social se mantenía en un volumen invariable, que giraba describiendo un mismo círculo y no iba a más. Pero la técnica no permanece estancada, en la organización de la producción se producen hondos cambios y se modifican las necesidades de la sociedad. Todo esto empuja adelante a la economía y cambia la relación entre sus sectores. Aparecen ramas que ofrecen mejores perspectivas y otras retroceden a un segundo plano.

Da  la  misma  manera,  no  puede  existir  una relación, establecida de una vez para siempre, entre la producción y el consumo, y entre el consumo y la acumulación. El incremento de la productividad del trabajo amplía el consumo. La aparición de nuevas tareas de la construcción socialista o el cambio de la situación internacional pueden dar origen a que el anterior ritmo de acumulación sea insuficiente o, por el contrario, excesivo.

El  sistema  socialista  de  planificación  ayuda  a tomar   en   consideración   a   tiempo   los   cambios

producidos, a adoptar las correcciones oportunas en

los planes económicos y a impedir la aparición de desproporciones  en  la  economía  o,  caso  de producirse, a eliminarlas rápidamente.

 

Tareas y métodos de la planificación.

La planificación en el Estado socialista es un proceso  en  el  que  se  entrelazan  íntimamente elementos de investigación científica y de labor de administración  económica.  Es  un  trabajo  que requiere conocimientos profundos de la economía y  

de las leyes objetivas de su desarrollo, y también la capacidad de saber mirar adelante. La dirección de la economía es también imposible sin una contabilidad y  una  estadística  bien  organizadas.  Según  V.  L Lenin, "la contabilidad y el control es lo principal que se requiere para el «acoplamiento» y el buen funcionamiento de la primera fase de la sociedad comunista".314

Las cláusulas de la ley del desarrollo planificado encuentran expresión en los planes de la economía

nacional,    compuestos    por    los    organismos    de

planificación en consonancia con las directrices del Partido  Comunista  y  del  Gobierno.  Dichos organismos   son   de   carácter   central,   existiendo también en las regiones económico-administrativas y en las mismas empresas. Después de sopesar detenidamente  los  recursos  y  posibilidades existentes, y partiendo de las tareas que la sociedad tiene planteadas, los organismos de planificación elaboran programas a corto y a largo plazo, hasta cinco, siete y quince años. Los proyectos son sometidos a la amplia discusión de las masas y, una vez aprobados por el órgano supremo del Estado socialista, adquieren forma de ley.

La participación de los propios trabajadores en la planificación, el hecho de que los planes se basen en la experiencia reunida en las empresas, es garantía de una dirección acertada de la economía nacional. La labor económica del Estado socialista descansa en los principios  leninistas  del  centralismo  democrático. Esto  significa  que  la  planificación  no  va  sólo  de arriba abajo, sino también de abajo arriba. La dirección planificada centralizada del Estado se combina con el espíritu democrático socialista, con la iniciativa de las masas trabajadoras. En la Unión Soviética, en los años de cumplimiento de los primeros planes quinquenales adquirieron ya carta de naturaleza los denominados "contraplanes", es decir, los   planes   enriquecidos   con   las   propuestas   de obreros, ingenieros y demás personal técnico de las empresas y modificados de conformidad con sus sugerencias. Después de la reorganización de 1957 en la dirección de la industria y la agricultura, la planificación se ha orientado aún más decididamente hacia cuanto significa tomar en consideración la experiencia, la iniciativa y las propuestas de carácter local.

La idea es que los planes de la economía nacional se redacten partiendo de los proyectos compuestos

por el propio personal de las empresas. Ello encierra,

sin duda, el peligro del localismo, es decir, que se exageren los intereses de la empresa en perjuicio del

común. Sin embargo, el papel dirigente del Partido

Comunista, que orienta la labor de los órganos centrales del Estado, permite reducir este peligro al mínimo.

Con todo y con eso, sería erróneo pensar que la

 

314 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 444.

 

formidable superioridad de la economía planificada socialista asegura el éxito automáticamente. No hay que confundir la ley del desarrollo planificado con la planificación. Si la ley económica obra siempre certeramente -en el sentido de que su influencia se deja sentir obligatoriamente-, la planificación puede ser acertada y desacertada, exacta o aproximada sólo en líneas muy generales. Se necesita por ello un constante perfeccionamiento de los métodos y del sistema de planificación; hay que cotejar a cada paso los planes con la experiencia, con lo que nos dice la práctica avanzada.

El  éxito  histórico  de  los  planes  económicos soviéticos y los éxitos de la economía planificada en

las  democracias  populares  demuestran  que  la sociedad socialista domina cada vez más la ley del

desarrollo planificado, proporcional, y aprende a tenerla en cuenta en su labor diaria de planificación.

Es obvio que la ley del desarrollo planificado sólo

proporciona al socialismo una superioridad objetiva, la  cual  es  traducida  en  hechos  por  la  actividad práctica de los trabajadores de la sociedad socialista. No basta con disponer de un buen plan de desarrollo de la economía; sin un trabajo abnegado se quedará en el papel. No basta con saber que el socialismo es el régimen que mejor permite economizar los recursos; sin una lucha diaria por las economías, será imposible  sacar  provecho  completo  de  la superioridad del socialismo, y en el caso de grandes omisiones puede incluso no manifestarse en absoluto. Sólo el trabajo fecundo de todos los miembros de la sociedad puede convertir en realidades la enorme superioridad potencial del socialismo. El papel decisivo en esta empresa corresponde a la labor del Estado  socialista  y  de  sus  entidades  en  la organización de la economía. El Estado no se limita a fijar las tareas de producción a los trabajadores, sino que organiza el cumplimiento de las mismas.

 

4. La producción mercantil y la ley del valor en el socialismo

En la fase de desarrollo de las fuerzas productivas

y de la propiedad social que es característica del socialismo,  procesos  económicos  trascendentales  -

como son, por ejemplo, la distribución planificada

del trabajo por sectores de la economía nacional y la distribución de los medios de producción y artículos

de consumo- no pueden tener lugar sin la utilización

de la forma monetaria-mercantil, sin la forma del valor. Esto no se contradice en absoluto con los principios del socialismo, no entorpece, sino que, al contrario, ayuda a poner de relieve la enorme superioridad y las fuerzas internas del sistema socialista de economía.

 

Particularidades   de   la   producción   mercantil socialista.

La   base   de   la   producción   mercantil,   según sabemos, es que todos los tipos de trabajo concreto se reducen al trabajo abstracto que crea el valor de la mercancía. Se trata de una gran ventaja de la producción mercantil que conserva su significado mientras permanezcan en pie las diferencias entre el trabajo del obrero y del koljosiano, entre el trabajo calificado y simple, entre el trabajo intelectual y manual,  y  mientras  la  sociedad  no  esté  en condiciones de medir simplemente por el tiempo el trabajo invertido en la producción de una u otra mercancía.

Las relaciones de valor, es decir, las relaciones de compraventa, impulsan con un interés material a quienes participan en la producción a economizar trabajo y materias primas, a reducir los gastos y a implantar nuevos elementos técnicos y métodos avanzados de producción. Esta importante característica de la producción mercantil se corresponde perfectamente con los intereses del socialismo,   que   la   utiliza   ampliamente.   Porque cuando la sociedad socialista planifica el volumen de la producción de un artículo, está muy lejos de serle indiferente el precio a que resultará dicho artículo, es decir, cuánto trabajo será invertido en la producción de una unidad del mismo. Tiene un interés vital en reducir los gastos de producción, puesto que economizando trabajo en un sector puede ampliar la producción en otro.

De esto no se deduce, sin embargo, que la producción  mercantil  socialista  sea  idéntica  a  la

producción  mercantil  simple  o  capitalista,  de  que

hablábamos en el capítulo VIII. No, entre ellas existe una   diferencia   de   principio,   y   no   es   posible equipararla en modo alguno.

La producción mercantil socialista es una producción sin propiedad privada, sin capitalistas ni

pequeños productores de mercancías. Los elementos que toman parte en ella son las empresas estatales y

las cooperativas agrícolas, de artesanos, etc. Los medios de producción no pueden convertirse en capital, puesto que pertenecen a la sociedad. Y un

medio de producción como es la tierra no es siquiera mercancía, ya que ni se compra ni se vende. Los

trabajadores, que poseen en común los medios de producción, no pueden, como es lógico, venderse a sí mismos la fuerza de trabajo.

Ahora bien, todo lo demás -los medios de producción  y  los  artículos  de  consumo  personal

producidos por las empresas estatales, los productos y  materias  primas  agrícolas  que  procedentes  del sector cooperativo revierten al Estado, y también los

que las cooperativas y sus miembros venden en el mercado koljosiano- son mercancías que tienen su

valor, o sea un trabajo socialmente necesario materializado en ellos. La expresión monetaria del valor es el precio de la mercancía.

Las  empresas  estatales  y  las  cooperativas agrícolas se venden unas a otras su producción y no

 

la entregan simplemente, como, por ejemplo, ocurre entre las secciones de una misma fábrica. Se trata de una circunstancia muy importante, que significa que cada empresa ha de ver compensados los gastos que inevitablemente lleva aparejada consigo su producción. Esto posibilita la marcha normal de la producción  dentro  de  cada  empresa.  Al  mismo tiempo, facilita la planificación de toda la economía nacional y el sostenimiento en ella de las necesarias proporciones.

El cambio que compensa los gastos de producción tiene singular importancia en las relaciones entre el

sector  estatal  y  el  cooperativo.  En  este  caso,  los

productos  pertenecen  a  distintos  propietarios:  al

Estado y a las cooperativas. Lo que la industria produce pertenece al Estado, y lo que se produce en los koljoses es propiedad cooperativa koljosiana. En estas condiciones, la forma necesaria de relación económica entre la industria y la agricultura es el cambio por medio de la compraventa.

Sabemos que, en la Unión Soviética, una de las principales medidas encaminadas a lograr un ascenso

vertical de la agricultura ha sido la de sustituir los

cupos de entrega de la producción koljosiana por la compra  de  la  misma  a  precios  que  compensen  al

máximo los gastos realizados por los koljoses para

obtener tal producción.

Las          relaciones             monetario-mercantiles      sirven también de base en el socialismo para la distribución

de los artículos de consumo. El Estado socialista asegura la satisfacción de las demandas, sociales y

personales,   de   quienes   están   ocupados   en   las empresas e instituciones estatales. Para satisfacer la

parte fundamental de sus necesidades individuales cada uno recibe un salario o sueldo, con el que luego adquiere cuanto se requiere para la vida. El dinero

como pago del trabajo da lugar bajo el socialismo al comercio como forma de distribución de los artículos

de consumo personal. Dentro de este sistema sigue siendo el único mecanismo posible de distribución de los objetos de consumo. El comercio enlaza a éste

con la producción, permite exteriorizar los cambios producidos en el consumo de la sociedad y planificar

mejor  la  producción  de  las  mercancías  necesarias para la satisfacción de estas necesidades.

 

La ley del valer en el socialismo.

Dado,  pues,  que  bajo  el  socialismo  existe  la producción mercantil, sigue en pie la ley del valor, si

bien  su  papel  es  sustancialmente  distinto  del  que

tiene en la economía capitalista. Bajo el capitalismo, la ley del valor sirve para regular elementalmente la

distribución   del   trabajo   y   de   los   medios   de

producción. Bajo el socialismo, donde no existe el intercambio  elemental  del  mercado  ni  la competencia,  esta  función  del  valor  desaparece, puesto que la distribución del trabajo y de los medios de  producción  se  rige  por  la  ley  del  desarrollo planificado proporcional de la economía. Por el contrario, crece formidablemente la función de la ley del valor en cuanto se refiere a medir los gastos de trabajo y a estimular las economías del trabajo social.

¿Qué expresión concreta adopta la acción de la ley del valor en la economía socialista?

Esta ley obliga a producir  y cambiar  las mercancías sobre la base de la inversión socialmente necesaria de trabajo. Y el campo principal donde la

ley del valor actúa bajo el socialismo no es el mercado, sino la producción misma. Engels señala

que al desaparecer la propiedad privada "no se podrá hablar ya del cambio tal como ahora existe", e indica que "la aplicación práctica del concepto de valor se

limitará entonces, cada vez más, a la solución del problema de la producción, y esto es su verdadera esfera".315  Marx escribía, confirmando esta idea: "El tiempo de trabajo queda siempre, aun cuando desaparece   el   valor   de   cambio,   como   esencia creadora  de  la  riqueza  y  medida  de  los  gastos exigidos para su producción."316

En primer lugar, la acción de la ley del valor se tiene en cuenta cuando el Estado determina en sus planes los precios. Dentro del capitalismo los precios los dicta el mercado; pero en la economía socialista actúan  precios  planificados,  que  no  los  podemos tomar  del  mercado.  Se  determinan  por  las condiciones de trabajo en la producción, partiendo de que cada valor mercantil no es sino la medida del trabajo socialmente necesario encerrado en la mercancía.

Cuando el Estado establece los precios de las mercancías no puede partir de los gastos de trabajo realizados de hecho en una empresa concreta. Se orienta  por  los  gastos  socialmente  necesarios,  es decir, por los que se necesitan en el grado concreto de desarrollo de las fuerzas productivas: atendido el nivel de la técnica y el grado medio de capacidad e intensidad del trabajo. Con otras palabras, la base de los precios establecidos por el Estado es el valor de las mercancías.

Este criterio en la determinación de los precios, cuando vienen señalados por el valor, permite que puedan fijarse con arreglo a una base económica segura. Y esto es de importancia trascendental para el desarrollo de la economía. Los precios de las mercancías, en su conjunto, han de reflejar las relaciones reales, en inversión de trabajo, que se forman entre los distintos sectores de la producción social.  Por  ejemplo,  si  en  la  producción  de  un artículo se invierte más trabajo que en la producción de otro, está claro que los precios respectivos habrán de reflejar dicha diferencia. A su vez, los precios fijados con una base económica aseguran proporciones    adecuadas    al    ser    cambiada    la

 

 

315 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. I, pág. 553.

316  C. Marx, Teorías de la plusvalía, ed. rusa, t. III, 1936, pág.

198.

 

producción de un sector por la de otro, y esto ayuda a mantener la proporcionalidad que la sociedad fija en la economía nacional.

Ahora bien, dentro de la economía socialista los precios no reflejan únicamente las relaciones de valor

entre  las  distintas  esferas,  sino  que  en  manos  del

Estado son una valiosa palanca que permite influir activamente sobre la marcha de la producción social. De ahí que la política de precios planificados haya sido siempre un elemento capital de toda la política económica del Estado socialista, un elemento de gran significación política, y no solamente económica. Así se explica, en particular, que dentro de la economía socialista los precios no coincidan siempre y en todos los casos con el valor de las mercancías.

Con ayuda de una política adecuada de precios, el

Estado puede utilizar parte de los ingresos obtenidos en unos sectores para el rápido impulso de otros, cuando así lo aconsejan los intereses generales. Esta política es sobre todo importante cuando se trata de fomentar el desarrollo de industrias nuevas o de implantar nuevos elementos técnicos. Ello permite organizar la producción de la nueva mercancía en gran escala y conseguir una reducción de su valor que corresponda al precio establecido, para después rebajar consecutivamente este precio.

Por lo tanto, la acción sobre el proceso de determinación   planificada   de   los   precios   es   la primera función de la ley del valor en la economía socialista. Otra función de la ley del valor es la de ayudar a reducir los gastos materiales de la producción, a implantar técnicas avanzadas y a elevar la productividad del trabajo.

Al fijar el precio, el Estado es como si dijera a la empresa: ahí tienes el máximo de trabajo y de materiales que la sociedad se puede permitir gastar por unidad de producción y que tú, empresa, estás obligada a no sobrepasar. Las empresas cuyos gastos individuales son inferiores a los socialmente necesarios se colocan en una situación más favorable que aquellas que tienen gastos individuales elevados. Ello fuerza a estas últimas a economizar trabajo, materias   primas   y   energía,   a   perfeccionar   los procesos técnicos y a modernizar sus instalaciones.

Así es como se manifiesta el papel estimulante de la ley del valor en el socialismo, que toma expresión

concreta en el interés material. La sociedad socialista tiende a que las propias necesidades económicas, el

interés material de quienes trabajan, muevan adelante la producción.

A  ello  se  debe  que  las  empresas  socialistas

(industriales y agrícolas) se basen en el cálculo económico.

La empresa cuya gestión se basa en el cálculo económico, a diferencia de las que son sostenidas por el presupuesto estatal, goza de autonomía. Dispone

de los necesarios recursos materiales y monetarios y puede manifestar amplia iniciativa en el modo como los invierte. El sentido de cálculo económico es que cada empresa y organización económica cubra los gastos con sus propios ingresos y obtenga cierto beneficio. Parte de los beneficios engruesan el fondo de la empresa y redundan en provecho de sus obreros y empleados. El cálculo económico mueve a buscar la rentabilidad, cosa que únicamente es posible con una inversión mínima de trabajo, de materiales y de dinero.

La acción de la ley del valor permite comparar y estimar acertadamente la labor de las empresas, y estimula materialmente, tanto a la empresa en su conjunto como al personal de la misma, a conseguir elevados índices de producción.

 

La ley del valor y la planificación.

Ahora bien, ¿cómo se compagina la ley del valor con la planificación socialista? Porque ésta se rige por una ley distinta, la del desarrollo planificado y proporcional.

La experiencia demuestra que ambas leyes son perfectamente     compatibles,     ya     que     no     se

contraponen, sino que se complementan.

La sociedad socialista determina por sí misma el volumen y la estructura de la producción y distribuye

por  sectores  y  zonas  económicas  los  medios  de

producción y los artículos producidos. Esto lo lleva a cabo, sin embargo, por medio de relaciones mercantiles-monetarias, o formas de valor. La necesaria comprobación complementaria de la correspondencia entre los planes de producción y las necesidades de la sociedad la tenemos en el proceso de realización de las mercancías. Este proceso revela a posteriori si, en cada caso concreto, la producción de determinado artículo guarda acertada correspondencia con las necesidades. Así, por ejemplo,  el  movimiento  de  las  reservas  de mercancías   en   la   red   comercial   es   un   índice importante que ayuda a corregir los programas de producción.

Dicho  de  otro  modo,  la  ley  del  valor  ayuda  a

corregir y a concretar la distribución del trabajo y de los medios de producción entre los sectores, de acuerdo  con  la  ley  del  desarrollo  regular  y planificado de la economía.

Cuanto más se acercan los precios de las mercancías a su valor, con tanta mayor exactitud se

puede calcular y planificar el costo, la rentabilidad, la

eficacia de los gastos de trabajo y de las inversiones básicas y el empleo de nuevos elementos técnicos y métodos de organización de la producción.

Cuando el Estado socialista planifica los precios de las mercancías, ha de tener siempre presentes los

gastos de trabajo socialmente necesarios, que constituyen la base de dichos precios y que cambian sin cesar con el progreso de la técnica. Sin esta base

objetiva,  el  precio se convertiría en  una  magnitud palanca de la planificación socialista.

Dentro del socialismo adquiere primordial importancia  la  tarea  de  determinar  exactamente  el

valor,  es  decir,  el  trabajo  socialmente  necesario

invertido. Sólo así es posible eliminar pérdidas innecesarias de trabajo y conseguir una economía racionalizada al máximo. Marx escribía que después de  eliminar  la  producción  capitalista  "la determinación del valor seguirá siendo lo predominante, en el sentido de que la regulación del tiempo de trabajo y la distribución del trabajo social entre los distintos grupos de la producción, la contabilidad,  en  fin,  que  abarque  todo  esto, adquirirán más importancia que nunca".317

La  utilización  adecuada  de  la  ley  del  valor significa realizar de tal modo el cálculo económico y el control en su equivalencia monetaria, planificar de tal modo los precios, el costo, la rentabilidad, la circulación de mercancías, las finanzas y el crédito, que se asegure la tarea de cumplir y sobrepasar los planes   de   la   economía   nacional,   alcanzando   la máxima productividad del trabajo y economizando todo lo posible los recursos de la sociedad.

 

5. El trabajo en el socialismo

El  socialismo  permite  a  todos  los  ciudadanos

ejercer el derecho al trabajo. Así lo garantizan la organización entera de la economía nacional, la ausencia de crisis y la eliminación del paro obrero.

La división de la sociedad en una mayoría de trabajadores   y   una   minoría   ociosa   que   vive   a

expensas de la explotación se hace imposible con el socialismo, pues el trabajo es en él la única fuente de

ingresos.

 

Nuevo carácter del trabajo social.

Cuando todos los medios fundamentales de producción se hallan concentrados en manos del Estado y de las cooperativas, el trabajo del individuo pierde su carácter privado y adquiere un carácter directamente social. Esto significa que el trabajo de cada uno sirve para el cumplimiento de determinada parte del plan económico.

Bajo el capitalismo, cada productor de mercancías trabaja por su cuenta y riesgo. Estos productores se relacionan entre sí únicamente a través del mercado. Las  crisis  son  una  prueba  fehaciente  de  la dilapidación que del trabajo se hace en la sociedad capitalista. El duro trabajo de millones de hombres se alterna con el suplicio de la desocupación.

El carácter directamente social del trabajo en el socialismo,  donde  se  prevén  anticipadamente  las

posibilidades    y    necesidades    de    la    sociedad,

contribuye a despertar nuevos estímulos entre los trabajadores. Al interés material se suman razones de índole moral. El trabajo se hace de esta manera más consciente, convirtiéndose así poco a poco en una

 

convencional   y   cesaría   de   cumplir   el   papel   de                            

317 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. III, pág. 865.

 

 

 

causa de honor, cuando antes era un simple modo de ganarse la vida. Multiplícanse los inventores, racionalizadores y demás innovadores de la producción. En vez de la vieja disciplina de trabajo, basada en la coerción, se robustece una disciplina consciente, producto de la comprensión por cada trabajador de su deber ante la sociedad y del interés personal en la labor que realiza.

Una nueva visión del trabajo, la preocupación de los  trabajadores  por  el  progreso  de  la  producción

social, viene expresada en la emulación socialista.

En el curso de la emulación son superados prácticamente los defectos de organización de la producción y se descubren y ponen en juego reservas hasta entonces ignoradas. La emulación es un método muy eficaz de autocrítica, que es el medio a que el socialismo recurre para superar las contradicciones. La emulación no quiere decir rivalidad y presupone la ayuda amistosa de los avanzados a los retrasados al objeto de lograr un incremento general.

En           los           primeros               años       del          nuevo    régimen aparecieron ya en la Rusia Soviética los domingos

rojos. V. I. Lenin advirtió perspicazmente en ellos los

primeros brotes de una actitud nueva hacia el trabajo. "Es el comienzo -escribía en 1919- de una revolución

más difícil, más esencial, radical y decisiva que el

derrocamiento de la burguesía, pues se trata de la victoria sobre la propia rutina, sobre el abandono y el egoísmo  pequeñoburgués,  sobre  estas  costumbres que el maldito capitalismo dejó en herencia al obrero y  al  campesino.  Cuando  esta  victoria  sea consolidada, entonces y sólo entonces aparecerá la nueva disciplina social, la disciplina socialista; entonces y sólo entonces será imposible la vuelta atrás, al capitalismo, y el comunismo habrá triunfado verdaderamente."318

 

El incremento incesante de la productividad del trabajo, ley de la economía socialista.

Cada   nueva   formación   político-social      vence gracias a que crea una más elevada productividad del

trabajo. La capacidad para asegurar una mayor productividad es la condición decisiva del definitivo

triunfo del socialismo y el comunismo.

Marx  indicaba   que   la   fuerza   productiva   del trabajo viene determinada "por el nivel medio del

arte  del  obrero,  por  el  nivel  de  desarrollo  de  la ciencia y el grado en que se aplica a la técnica, por la

combinación social del proceso de producción, las proporciones y eficacia de los medios de producción y, finalmente, las condiciones naturales”.319

¿Qué   superioridad   presenta   el   socialismo   en cuanto      a              las           condiciones          de           aumento                de                la

productividad del trabajo que Marx señala?

El grado medio del arte del obrero, el nivel de su calificación, crece dentro del socialismo mucho más

 

 

318 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, págs. 379-380.

319 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. 1, pág. 46.

 

de prisa que bajo el capitalismo. Al hacerse la enseñanza accesible a todos los trabajadores y al caer abajo todas las barreras que le impedían ascender a sus escalones superiores, cualquier obrero puede elevarse gradualmente hasta el nivel del ingeniero. Ni siquiera en los países capitalistas más desarrollados tienen las grandes masas de la clase obrera tales posibilidades.

Bajo el socialismo crece formidablemente el valor de  la  ciencia,  cuyas  ilimitadas  posibilidades  son

utilizadas  por  primera  vez en  bien  de la  sociedad

entera y se colocan al servicio del progreso. De ahí el alto grado en que los adelantos científicos se aplican en la producción.

Las          posibilidades        del          socialismo             son particularmente grandes en lo que Marx denomina

"combinación social del proceso de producción", es decir, en la división y cooperación del trabajo. Bajo el capitalismo, la división del trabajo, en escala que

abarque a toda la sociedad, es regulada elementalmente por las relaciones del mercado. Este

modo de regulación trae como secuela las crisis, la desocupación, la depauperación y la degradación física y moral de capas enteras de la población. El

socialismo,  como  antes  se  indicaba,  permite organizar planificadamente el trabajo dentro de cada

empresa y su cooperación en la sociedad entera.

La   cooperación   socialista   del   trabajo   es   la colaboración amistosa de trabajadores no sometidos a

explotación, basada en la propiedad social de los medios de producción y en la técnica más avanzada.

Dicha cooperación permite alcanzar la máxima combinación  racional  de  todos  los  sectores  de  la

producción social. El perfeccionamiento de la cooperación socialista del trabajo en todos sus órdenes, desde la brigada, el taller y la empresa hasta

la economía entera del país y de todo el sistema de

Estados socialistas, es una fuente inagotable de reservas   para   el   constante   incremento   de   la

productividad del trabajo.

Las proporciones y la eficacia de los medios de producción es otro importante resorte que hace crecer

la   productividad   del   trabajo.   La   cantidad   de

producción podemos incrementarla, ya aumentando o alargando la jornada y elevando la intensidad del trabajo,  ya  perfeccionando  la  técnica  y  la organización de la producción. El socialismo da la preferencia al segundo de estos métodos. Dentro de la sociedad socialista, el método principal para alcanzar  una  mayor  productividad  del  trabajo consiste en dotar incesantemente a la producción de nuevos elementos técnicos y en perfeccionar constantemente los procesos tecnológicos, sin alargar la jornada.

El  capitalismo  recurre  a  uno  y  otro  método, aunque   los   dos   le   sirven   para   incrementar   la

explotación, para aumentar la plusvalía absoluta y relativa.  El  patrono  pone  en  marcha  una  máquina nueva no cuando ésta ahorra trabajo, sino cuando le resulta más ventajosa que el pago de los salarios de los obreros a los cuales reemplaza. La divisa del capitalismo es: "Sacar todo lo posible del obrero." La del   socialismo:   "Sacar   todo   lo   posible   de   la máquina."

También bajo el socialismo, se comprende, hay que mantener un determinado nivel de intensidad del trabajo, tal como lo dicta el proceso de producción. Pero el socialismo no acepta una intensidad tal que agote las energías y quebrante la salud del obrero.

Finalmente, el socialismo permite, en grado incomparablemente más eficaz que el capitalismo, utilizar las riquezas naturales para elevar la productividad   del   trabajo.   Bajo   el   capitalismo, cuando la tierra y el subsuelo son propiedad de particulares, la distribución territorial de las empresas se produce espontáneamente, de ordinario sin tomar en consideración la combinación más favorable de las condiciones naturales necesarias para una u otra industria. El socialismo se encuentra incomparablemente mejor adaptado para tomar de la naturaleza cuantos bienes es capaz de proporcionarle al hombre.

En la sociedad socialista existe, por tanto, la posibilidad de poner en juego todos los factores de que depende la productividad del trabajo y asegurar su incesante incremento.

Según hace ver Marx, la lucha por una elevada productividad   del   trabajo   se   reduce,   en   última

instancia, a la economía de tiempo de trabajo, tanto

del invertido directamente como del plasmado en los elementos materiales de la producción.320 Por eso, el principio del socialismo es: economía del trabajo en todos sus aspectos, economía tanto del trabajo vivo como del social. Elemento necesario para conseguir una alta productividad del trabajo y el mejor camino para multiplicar los bienes materiales y acortar la jornada es el esmero en el manejo de la maquinaria y las   economías   en   el   consumo   de   combustible, materias primas y materiales auxiliares.

 

El principio de distribución según el trabajo.

Dentro del socialismo, los bienes materiales y culturales son distribuidos en dependencia de la cantidad y calidad del trabajo invertido por cada individuo   en   la   producción   social.   Esto   lleva aparejada la necesidad de calcular exactamente tanto la medida de trabajo como la de consumo. Quien trabaja más y mejor, es remunerado más y mejor por la sociedad socialista.

El acertado empleo del principio del pago por la cantidad y calidad del trabajo es un poderoso recurso para elevar la productividad y robustecer la disciplina socialista en el trabajo. La combinación del estímulo material y moral que el socialismo lleva consigo produce excelentes resultados.

 

320 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. Hl, 1955, pág. 271.

 

El principio socialista "de cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo" estimula al trabajador a elevar sus conocimientos y su aspiración constante a elevar la productividad. La nivelación de salarios va contra el interés del socialismo.

Bajo el capitalismo, el nivel del salario real se ve limitado por la ley del precio de la fuerza de trabajo y

por el deseo que los capitalistas tienen de obtener los

mayores beneficios. En los países del socialismo no hay límite alguno para el aumento del salario que no

venga impuesto por el nivel de la productividad del

trabajo  social,  por  el  nivel  de  desarrollo  de  las fuerzas productivas de la sociedad.

El incremento de la productividad del trabajo se

convierte en este caso, pues, en un factor esencial del ascenso del pago real del trabajo. Y el aumento del salario, a su vez, estimula la elevación de la productividad del trabajo y trae consigo, por tanto, un descenso del valor de todos los bienes producidos.

Ahora bien, el ritmo de aumento del salario no puede anticiparse al crecimiento de la productividad del trabajo, sino al contrario: es la productividad del trabajo la que debe preceder a la elevación de los salarios. Si el pago del trabajo crece más de prisa, se reducirán las posibilidades de ampliar la producción, se reducirá el ritmo de progreso de la economía y, en último término, descenderán los salarios.

 

6. La reproducción ampliada socialista

La teoría de la reproducción del capital social, expuesta por Marx, nos da las leyes de este proceso,

propio tanto del capitalismo como del socialismo y el comunismo.   A   Marx   se   debe   el   cálculo   que

determina las condiciones en que, en general, puede realizarse la reproducción simple y ampliada.

La más importante de estas condiciones es cierta

proporcionalidad  entre  la  primera  y  segunda secciones de la producción social, es decir, entre la producción de medios de producción (máquinas, combustible, materias primas) y la de artículos de consumo (alimentos, ropas, calzado, etc.). Se exige también determinadas proporciones entre los sectores de cada sección y entre la acumulación de las secciones primera y segunda.

Marx indicaba que sus cálculos eran una abstracción   de   las   condiciones   concretas   de   la

realidad capitalista. Eran, por decirlo así, un modelo sobre  el  que  se  pueden  estudiar  las  condiciones

cuando el proceso de reproducción se desenvuelve sin interrupción alguna. En la economía capitalista tal cual es, según lo dejábamos asentado, la anarquía de

la producción se opone al establecimiento de proporciones  acertadas  y  fijadas  de  antemano.  El

proceso de la reproducción social se ve interrumpido periódicamente por las crisis.

 

Esencia de la reproducción socialista.

En la sociedad socialista, por primera vez en la historia humana, se hace posible la reproducción ampliada de conformidad con las proporciones necesarias indicadas por Marx. No quedan excluidos, es cierto, los casos de ciertas desproporciones en la producción, mas, por el contrario, queda eliminada la ley que hace su aparición obligatoria. La economía socialista no es superior solamente porque no conoce las crisis y porque el crecimiento de la producción es en ella continuo; sobrepasa también al capitalismo por el volumen y el ritmo de la reproducción ampliada. Estas ventajas se dejarán sentir aún más a medida que la sociedad socialista observe de manera más completa las condiciones exigidas por tal reproducción, que son las siguientes:

Para incrementar constantemente la producción de la economía nacional es necesario que la primera sección avance más de prisa que la segunda. Marx demostró  que  la  reproducción  ampliada  sólo  es posible cuando el incremento de medios de producción dentro de la primera sección sobrepasa a su desgaste y al consumo en las secciones primera y segunda. Cuanto mayor es esta diferencia, tanto más elevado es el posible ritmo de la reproducción ampliada.

Al incrementarse los medios de producción, crece la producción global de ambas secciones. El crecimiento preferente  de la producción de medios de producción garantiza la afluencia de elementos técnicos a todos los sectores de la economía nacional, con el consiguiente progreso de la productividad del trabajo.

La  ley  de  la  reproducción  ampliada  de  Marx indica la prolongada tendencia general de desarrollo económico que existe lo mismo bajo el capitalismo que bajo el socialismo. Marx se refería a la sociedad en abstracto, sin tomar ningún país concreto.

Hemos de tenerlo así presente cuando se trata de determinar las leyes de la reproducción ampliada socialista. La aplicación de dichas leyes se ha de ajustar, lógicamente, a las condiciones específicas de cada país socialista. Está claro también que, considerando  el  sistema  socialista  mundial,  la relación concreta entre el ritmo de desarrollo de la primera sección y la segunda no puede ser la misma en todos los países y en todas las etapas. Depende de las condiciones económicas del país, de su posición en el sistema socialista mundial, del carácter de sus riquezas naturales, de la experiencia de producción de sus trabajadores, etc. Estos factores parciales, sin embargo, no echan por tierra la ley general de la reproducción socialista: el crecimiento anticipado de la industria pesada.

La producción socialista eleva sin cesar la productividad  del  trabajo  cuando  se  apoya  en  el

rápido progreso de la técnica y la ciencia. No hay que

esperar a que se desgaste el equipo en funciones para poner en marcha los nuevos elementos técnicos. Ha

de ser reemplazado también el utillaje que, aun en

 

buenas   condiciones   de   uso,   ha   envejecido   por aparecer otras máquinas más perfectas. Este envejecimiento es lo que se llama desgaste moral del equipo.

Bajo el capitalismo, las máquinas moralmente desgastadas han de ser sustituidas por motivos de competencia. La fábrica que pone en marcha maquinaria nueva, mientras que el resto de las empresas sigue utilizando la vieja, obtiene una plusvalía extraordinaria. Deseosa de mantener lo más posible tal situación, la fábrica beneficiada guarda de ordinario el secreto de sus innovaciones. Pero los competidores, tarde o temprano, acaban por descubrirlo, y renuevan también su utillaje.

Bajo el socialismo existen todas las posibilidades para que la totalidad de las empresas pongan en marcha una máquina o un método que hayan demostrado sus excelencias. El único obstáculo que puede presentarse es el de la rutina y el conservadurismo del personal de dirección, deseoso de evitarse las preocupaciones que la modernización de su empresa habría de ocasionarle forzosamente. La sociedad socialista dispone, sin embargo, de energías suficientes como para hacer frente a las dañosas tendencias al conservadurismo.

Para la reproducción ampliada socialista se requiere el crecimiento regular no sólo de los medios

de producción y de los artículos de consumo, sino

también del número de obreros capacitados ocupados en la esfera de la producción material.

La sociedad socialista no tiene la preocupación

del problema del paro, que tantos quebraderos de cabeza proporciona a los economistas y políticos burgueses. Gracias a la reproducción ampliada, está en condiciones de utilizar por completo la mano de obra disponible y de distribuirla regularmente por los distintos  sectores  de  la  economía  nacional  y  la cultura.

Finalmente, una formidable superioridad del socialismo es que no conoce el problema de la venta, que mantiene aherrojada a la economía del capitalismo.  El  incremento  continuo  y  regular  de todas las esferas de la producción asegura a cada una de ellas el mercado de venta. Al no haber obstáculos para el progreso técnico, al elevarse sistemáticamente los ingresos de los trabajadores y al no existir paro obrero, el mercado de cada Estado socialista y de todo el sistema socialista en su conjunto se convierte en algo prácticamente ilimitado.

 

Cómo es utilizado el producto social global.

Todos los bienes materiales de que dispone la sociedad socialista constituyen su riqueza nacional. Los bienes materiales creados en todos los sectores de la producción material durante un año forman el producto social global.

¿Cómo es repartido dicho producto bajo el socialismo?

 

Una parte del producto social global se destina a reponer   los   medios   de   producción   consumidos durante el año. Lo que queda, una vez descontada esa parte, forma la renta nacional. Dicho de otra manera, la renta nacional es el conjunto de valores nuevos creados durante el año, es decir, el conjunto de los ingresos individuales del personal ocupado directamente en la esfera de la producción material y el  ingreso  neto  (producto  complementario)  creado por ellos y que se destina al desarrollo sucesivo de la economía nacional y para satisfacer las necesidades de la sociedad y del Estado (sanidad, enseñanza, defensa, etc.).

El incremento de la renta nacional es un índice muy valioso para juzgar del ritmo de la reproducción

ampliada.  El  crecimiento  medio  anual  de  la  renta

nacional en la U.R.S.S., durante toda la existencia del primer país socialista del mundo, ha sido, aproximadamente, de tres a cinco veces superior que el de los países capitalistas más desarrollados.

La  renta  nacional  de  la  sociedad  socialista  se divide en fondo de consumo y fondo de acumulación.

El fondo de consumo representa en la U.R.S.S. el 75

por ciento de la renta nacional.

La sociedad socialista -en la que no existe el consumo parasitario de las clases explotadoras y su servidumbre,  ni  se  producen  las  pérdidas relacionadas con la anarquía de la producción y las crisis- está en condiciones, al hacer la distribución de la renta nacional, de incrementar sensiblemente la parte  de  la  acumulación.  Así,  por  ejemplo,  en Estados Unidos la acumulación media durante los años más favorables que siguieron a la guerra no ha pasado del 12 por ciento, mientras que en la U.R.S.S. durante muchos años el fondo de acumulación es del

25 por ciento aproximadamente de la renta nacional.

Esto   solamente,   sin   contar   todas   las   demás ventajas de la economía planificada, explica ya por qué el incremento de la producción y de la productividad del trabajo es en los países del socialismo varias veces superior a lo que podemos observar   en   la   economía   capitalista.   El   rápido aumento del fondo de acumulación permite al Estado socialista construir y ampliar fábricas, centrales eléctricas y minas, crear sovjoses y haciendas estatales, perfeccionar los transportes, levantar viviendas, escuelas, hospitales, establecimientos para la infancia, etc.; el fondo de acumulación sirve también para financiar las obras básicas del sector cooperativo koljosiano. Parte de las inversiones sirve para reponer los fondos básicos consumidos (amortización de edificios, maquinaria, utillaje, etc.), mientras que la otra se destina a la ampliación de dichos fondos.

Los trabajadores que tomaron en sus manos los medios de producción y la gestión de la economía

son unos dueños mucho más sensatos y celosos que los capitalistas. Se ha roto como una pompa de jabón

 

la vieja calumnia burguesa de que la clase obrera, puesta en la dirección de la economía, no sabría desarrollar y ampliar la producción y se limitaría a consumir lo que había recibido en herencia del capitalismo. El triunfo y los avances del régimen socialista han confirmado la tesis marxista de que cuando los medios de producción se vieran liberados de las trabas de la propiedad privada, se originaría un desarrollo constante y acelerado de las fuerzas productivas, con un rápido incremento de la producción. La trascendental función de progreso de la sociedad que significa la acumulación es cumplida por los trabajadores incomparablemente mejor que por quienes les explotaban.

Bajo el capitalismo existe la contradicción antagónica entre la producción y el consumo. El consumo de las masas del pueblo se ve limitado por el estrecho marco de los bajos ingresos que obtienen la clase obrera y los campesinos. El socialismo no conoce esa contradicción. La reproducción ampliada, asegurada por el ascenso preferente de la producción de   medios   de   producción,   permite   también   el aumento continuo de la producción de artículos de consumo personal, a fin de satisfacer cada vez más las crecientes necesidades materiales y culturales del pueblo.

Los economistas burgueses y los reformistas propagan la versión de que en los países socialistas todos los esfuerzos se concentran en el desarrollo exclusivo de la industria pesada y de guerra, con merma para la producción de artículos de consumo. El vertiginoso incremento del consumo de las mercancías   más   importantes   per   cápita   que   se observa en los países socialistas echa por tierra esta patraña. La experiencia histórica demuestra que el crecimiento preferente de la producción de medios de producción no es en los países socialistas un fin en sí mismo, sino el medio necesario para cumplir la tarea principal de la producción socialista, para elevar el bienestar de todo el pueblo. En efecto, para elevar los sectores de la economía que se hallan al servicio del consumo de la población -agricultura, industria ligera y de la alimentación, etc.- hace falta dotarles de nuevos elementos técnicos. Y para eso sólo hay un camino: el desarrollo preferente de la producción de medios de producción.

Vemos,  pues,  que  el  socialismo  crea  una economía sustancialmente distinta de cuanto existe en todas las formaciones anteriores; una economía que abre los más vastos horizontes al desarrollo de las fuerzas productivas y a la elevación constante del nivel material de vida de los trabajadores.

La reproducción ampliada no hay que entenderla con un criterio estrecho, sin tomar en consideración

los cambios sociales que ella provoca. Marx señalaba

que bajo el capitalismo, paralelamente a la reproducción  material,  tiene  lugar,  sobre  una  base

ampliada, el desarrollo de las contradicciones propias del capitalismo. La reproducción ampliada socialista origina también cambios en la estructura social de la sociedad. Mas, a diferencia del capitalismo, esto no quebranta, sino que robustece dicho régimen social. El incremento del peso de la propiedad de todo el pueblo en el conjunto de la economía del socialismo, unido   al   aumento   de   la   parte   de   los   fondos indivisibles dentro de las cooperativas de producción, significa una reproducción ampliada de las relaciones socialistas de producción que aproxima el triunfo del comunismo. Por lo tanto, la reproducción ampliada socialista es el camino que conduce a la sociedad comunista.

 

Capitulo XXIV. Fisonomía político-social y cultural de la sociedad socialista

 

La conversión de los medios de producción en propiedad   social   trae   consigo   la   transformación radical   de   todas   las   relaciones   sociales,   de   la superestructura política, la ideología, la cultura, la vida y los usos y costumbres.

De la misma manera que la propiedad privada sobre los medios de producción dio origen a la sociedad de explotación, con sus clases, su Estado y su derecho, con  sus costumbres y su moral, así el modo socialista de producción da lugar a un régimen nuevo, que es el régimen socialista.

Para estudiar las peculiaridades del régimen socialista   hay   que   tomar   fundamentalmente   la

experiencia  de  la  Unión  Soviética  -el  único  país donde  el  socialismo  se  ha  consolidado  hoy  día

definitivamente y por completo- y sólo en parte la experiencia  de  las  democracias  populares,  que  se

encuentran en etapas diversas de la construcción del socialismo. No hemos de olvidar tampoco que el socialismo no es algo inmutable y petrificado. Todo

lo contrario, es una sociedad que se distingue por el rápido perfeccionamiento que le hace avanzar hacia

la fase superior que es el comunismo.

 

1. La democracia socialista

La característica política principal de la sociedad socialista es su profundo espíritu democrático. Este

penetra sin cesar en las distintas esferas de la vida social, dando origen a nuevas relaciones, costumbres, normas de conducta y tradiciones.

La  democracia  socialista  es  un  tipo  histórico nuevo y más elevado de gobierno del pueblo, que se

deriva de la democracia proletaria propia del período de transición del capitalismo al socialismo. Comparándolo  con  las  formaciones  anteriores,  el

socialismo amplía la propia noción de democracia, al no  limitarse  a  los  derechos  políticos  y  abarcar

también los derechos sociales de los trabajadores. Da a la democracia un sentido nuevo también por el hecho de que la extiende a toda la sociedad, hasta

incluir en ella a todo el pueblo en absoluto. El socialismo, en fin, desplaza el centro de gravedad de

 

la democracia -antes limitada a la simple proclamación   de   derechos,   como   ocurre   en   la sociedad burguesa- a las garantías para el ejercicio real de los derechos.

A continuación examinamos los aspectos más importantes de la democracia socialista, relacionados con las características de la estructura de clase de la sociedad, del Estado y de los derechos sociales y políticos de los ciudadanos. Seguidamente, dentro de este mismo capítulo, nos detendremos en algunos otros aspectos relativos a las relaciones entre las nacionalidades, a la cultura y a la situación del individuo.

 

Sociedad de clases trabajadoras amigas.

Las transformaciones económicas y sociales operadas  en  el  período  de  transición  traen  como

consecuencia  una  nueva  estructura  de  clase  de  la

sociedad.

Han desaparecido por completo las clases explotadoras, los capitalistas, los terratenientes y los campesinos ricos. Nos encontramos con una sociedad de trabajadores, compuesta por obreros, campesinos e intelectuales, cuya situación ha cambiado por completo.

Esto se refiere sobre todo a la clase  obrera.  Si antes  carecía  de  medios  de  producción,  ahora  los

posee   junto   con   todo   el   pueblo;   si   antes   era

explotada, ahora es la fuerza dirigente de la sociedad. La  situación  dirigente  de  la  clase  obrera  en  el

socialismo viene determinada por la circunstancia de

que cumplió el papel decisivo en la revolución y se halla vinculada a la forma más avanzada de la economía socialista, que es la propiedad estatal o de todo el pueblo. Es también el principal portador de las ideas comunistas. En el medio obrero hay incomparablemente menos supervivencias de la psicología del propietario privado, las cuales todavía se conservan entre alguna parte de los campesinos, y del individualismo, que se mantiene entre algunos intelectuales. Entre los obreros es donde más profundamente han arraigado las tradiciones de la ayuda mutua socialista, de la solidaridad amistosa.

Bajo el socialismo crece enormemente el nivel profesional y cultural de los obreros.

También se producen cambios profundos entre los

campesinos, que forman la otra clase de la sociedad socialista. Bajo el capitalismo eran una clase de pequeños productores débilmente unidos entre sí y obligados a arrastrar una mísera existencia en sus minúsculas parcelas. La vida de la aldea engendraba un atraso cultural que a veces llegaba hasta el embrutecimiento. La colectivización de la agricultura y la revolución cultural transforman radicalmente la fisonomía del campesino.

La inmensa mayoría de los campesinos de la sociedad  socialista  son  koljosianos.  En  la  Unión

Soviética, por ejemplo, en 1957 apenas si había un

 

 

 

0,5 por ciento de campesinos individuales. Los campesinos socialistas son una clase emancipada de la  explotación  de  los  grandes  propietarios  y labradores ricos, que trabaja colectivamente y emplea gran número de máquinas.

La   superioridad   del   régimen   koljosiano   trae consigo  un  rápido  incremento  cultural  entre  los

campesinos.  Cierto  que  después  del  triunfo  del

socialismo el nivel cultural de los campesinos es durante bastante tiempo inferior al de los obreros, de

la misma manera que la vida rural sigue por debajo

de  la  urbana.  Pero  son  diferencias  que  se  van borrando  paulatinamente.  Crece  el  número  de quienes, por estar encargados del manejo de las máquinas,   se   encuentran   relacionados   con   una técnica y una cultura avanzadas. Y hacia ellos tiende, en su desarrollo, el conjunto de los campesinos.

El sistema koljosiano amplía los horizontes del campesino, lo incorpora a la labor social activa y crea

en  él  el  interés  por  los  éxitos  del  equipo  en  que trabaja (cuadrilla, koljós) y del país en su conjunto.

De esta manera se van superando el egoísmo y el exclusivismo del pequeño propietario, que en la literatura  burguesa son  descritos  como  "cualidades

naturales" del campesino.

A diferencia de la clase obrera, el peso de los campesinos en el conjunto de la población no suele

crecer, sino que disminuye. En los países que antes

de la revolución eran atrasados, agrarios, esto es un fenómeno regular de progreso. La mecanización de la

producción          agrícola          permite          reducir

considerablemente el número de quienes están ocupados en ella; el excedente de mano de obra pasa a otros sectores de la economía, y en especial a la industria, que necesitan un desarrollo vigoroso.

Un   grupo   importante   de   trabajadores   de   la sociedad socialista lo constituyen los intelectuales.

No se los puede incluir ni entre los obreros ni entre

los campesinos. No forman tampoco una clase específica, por cuanto no ocupan una posición independiente en la producción social, aunque su papel es grande en la vida de la sociedad socialista. Los ingenieros y demás personal técnico ocupan un lugar  importante  en  la  producción  material. Escritores, pintores, artistas y hombres de ciencia crean valores espirituales y enriquecen la cultura. Un sector tan nutrido como el de los maestros y médicos tienen   a   su   cargo   la   instrucción   pública   y   la protección de la salud de los trabajadores. Hay, por fin, un gran número de hombres con conocimientos especiales (juristas, economistas, trabajadores de las finanzas) que cumplen una misión necesaria en la dirección de la economía, en el aparato estatal, etc.

Los intelectuales son la clase que con más rapidez crece  dentro  de  la  sociedad  socialista.  A fines  de

1958  había  en  la  U.R.S.S.  cerca  de  7.500.000

especialistas con instrucción superior y media, mientras que en 1913 no pasaban de 190.000, y en

 

1928  eran  521.000.  El  peso  de  los  intelectuales seguirá  creciendo,  de  conformidad  con  las necesidades de la técnica y la cultura. Los intelectuales socialistas no son una capa social cerrada, sino parte inseparable del pueblo, son carne de la carne de los obreros y campesinos. Esto no sólo eleva la cultura de la sociedad, sino que enriquece espiritualmente al intelectual y da una orientación precisa a su trabajo.

La nueva estructura a que se llega en la sociedad socialista cambia por completo todo el cuadro de las relaciones de clase.

El socialismo, que acaba absoluta y definitivamente con la explotación del hombre por el

hombre, elimina para siempre la jerarquía de clases que venía existiendo desde hace miles de años: el

sistema de subordinación de unas clases a otras.

Todas las clases y capas sociales se encuentran en pie  de  igualdad  respecto  de  su  relación  con  los

medios de producción, el Estado y el poder político;

son  también  iguales  en  derechos  y  obligaciones. Nadie puede apropiarse de los medios de producción

y utilizarlos para explotar a otros. Quedan abolidos

todos los privilegios y limitaciones político-sociales, sin exceptuar los que fueron implantados en algunos

países en el período de transición del capitalismo al

socialismo con objeto de defender las conquistas de los  trabajadores  (normas  preferentes  de representación para los obreros y los campesinos pobres, privación de derecho de sufragio a ciertos grupos sociales, etc.). En todas las esferas de la vida se colocan los sólidos cimientos de la igualdad y la justicia sociales.

Eso no quiere decir que bajo el socialismo cambie lo más mínimo el papel dirigente de la clase obrera. Lo que le otorga dicho papel no son derechos exclusivos adquiridos y conservados a expensas de otras clases y capas sociales, sino el elevado prestigio moral y político de que goza.

De todo lo dicho se desprende que, dentro del socialismo, las diferencias sociales no desaparecen, si

bien cambian por completo de carácter. No se hallan ya unidas a relaciones de dominio y subordinación,

sino que son diferencias entre grupos de trabajadores, iguales en derechos, derivadas de las distintas formas de   una   misma   propiedad   socialista   (estatal   y

cooperativa koljosiana). Es la diferencia entre hombres  ocupados  en  sectores  distintos  de  una

economía socialista única, que consagran su esfuerzo a tipos distintos de actividad.

Por lo tanto, las diferencias entre las clases dentro

del socialismo tienen un carácter sustancialmente distinto del que presentan bajo el capitalismo; no son antagónicas y se van borrando sin cesar a medida que la sociedad socialista avanza, a lo cual contribuye la política del Partido y del Estado. Bajo el capitalismo ocurre lo contrario, las barreras sociales no caen, sino que se hacen cada vez más altas; la injusticia social no disminuye, sino que es cada vez más escandalosa.

Finalmente, dentro del socialismo las diferencias de clase no influyen ya sobre la suerte personal de

cada  uno  de  los  individuos,  como  ocurre  con  el

capitalismo. En cualquier país burgués basta ser hijo de un banquero o fabricante para, sin más mérito ni esfuerzo, tener asegurada una vida de comodidades, elevados ingresos, estudios y una envidiable posición en la sociedad. Al hijo del obrero, en cambio, a pesar de la leyenda burguesa de que cualquier limpiabotas puede llegar a millonario, le es casi imposible abrirse camino en la vida. Dentro del socialismo las diferencias en la situación dependen de las virtudes personales, de la capacidad, de los conocimientos, de la  laboriosidad,  y  no  del  origen  o  de  la  posición social.

Tomemos, por ejemplo, los ingresos. Las diferencias  que  en  el  socialismo  se  observan  en cuanto al bienestar material de los hombres van perdiendo su naturaleza de clase. Hay categorías completas de obreros (mineros, metalúrgicos y otros) que ganan más que muchos grupos de intelectuales. En muchos koljoses los ingresos de los trabajadores de vanguardia son superiores a la media del obrero o del empleado, etc.

El prestigio y la fama dejan de ser también en la sociedad socialista monopolio de determinadas clases

o capas sociales, y están al alcance de cuantos sirven

honradamente a la sociedad, de quienes trabajen honradamente en cualquier esfera de la vida. En la

U.R.S.S.,  por  ejemplo,  obreros  como  la  hilandera

Valentina Gagánova o el minero Nikolai Mamai, o koljosianos como Alexandr Guitárov y Nikolai Manukovski, son tan conocidos como los grandes sabios, ingenieros, artistas o líderes políticos.

La movilidad, el carácter relativo de las mismas fronteras entre las clases de la sociedad socialista, la

facilidad  con  que  se  pasa  de  una  clase  a  otra,

contribuyen también a borrar las diferencias entre ellas. Esto no se refiere solamente a las fronteras que separan a los obreros y campesinos, sino también a las que hay entre estas clases (hombres del trabajo físico)  y  los  intelectuales.  Los  intelectuales socialistas proceden en su inmensa mayoría de familias obreras o campesinas. Pero no se trata solamente de esto. No menos importante es el hecho de que entre los obreros y los campesinos hay cada vez   más   hombres   cultos,   cuyo   trabajo   en   la producción se distingue por muchos rasgos propios del trabajo creador intelectual.

Es verdad que para adquirir determinadas profesiones hay que estudiar intensamente. Pero la

enseñanza  superior  pierde  por  completo  bajo  el

socialismo su carácter de privilegio social. La sociedad  vigila  atentamente  para  que  no  se conviertan tampoco en privilegio las ventajas que proporciona un medio familiar más culto, el disponer de  más  tiempo  libre  o  de  mejores  condiciones

 

materiales para el estudio, etc. A ese objeto, en las escuelas  superiores  son  admitidos  preferentemente los que trabajan, se conceden becas a los estudiantes de familia modesta, se desarrolla ampliamente la enseñanza nocturna y por correspondencia, etc.

La igualdad completa de derechos, la desaparición paulatina  de  las  diferencias  entre  las  clases  y  la

justicia   social   son   rasgos   característicos   de   las

relaciones de clase que contribuyen a robustecer la unidad de la sociedad socialista.

Por   cuanto   las   clases   y   capas   sociales   se

componen de trabajadores y todas ellas están unidas por un mismo tipo de propiedad -socialista-, las relaciones entre ellas no ofrecen el menor antagonismo. Sus intereses coinciden en todo lo fundamental y principal. Obreros, campesinos e intelectuales están igualmente interesados, particularmente, en el ascenso de la economía nacional, en el robustecimiento de las bases del régimen  socialista  y  en  los  progresos  de  la democracia y la cultura.

Así, en lugar de la eterna lucha de clases, el socialismo plantea su solidaridad y unidad, que se desprenden de la comunidad de fines, ideología y moral. Después de haber sido suprimidas las clases explotadoras, y con la transformación socialista de todas las clases pequeñoburguesas, son colocados los sólidos cimientos de la unidad político-moral de la sociedad.

 

Cambio de las funciones del Estado.

El triunfo del socialismo trae consigo nuevas e importantes transformaciones del Estado, que se derivan de la supresión de las clases explotadoras y de los progresos de la unidad político-moral de la sociedad.

Al desaparecer las clases hostiles a los trabajadores, el Estado, por lo que se refiere a sus funciones de orden interno, pierde el carácter de instrumento   de   represión   de   clase.   Desaparece aquella actividad del Estado que durante toda su historia había figurado en primer plano y constituía su esencia.

Conforme la sociedad se acerca al socialismo, a medida que se ven quebrantadas las posiciones económicas, políticas e ideológicas de las clases explotadoras, la intensidad de la lucha de clases cede de ordinario. Esto reduce la esfera de la represión de clase, que pierde su sentido cuando el socialismo triunfa.

Por   eso   el   Partido   Comunista   de   la   Unión

Soviética  ha  criticado  enérgicamente,  por considerarla equivocada, la teoría de que la lucha de clases se agudiza a medida que la construcción socialista va logrando nuevos éxitos. Esta teoría era tanto más peligrosa por cuanto justificaba la grave violación de los principios de la democracia y la legalidad socialistas.

 

Pero la desaparición de las funciones represivas de clase no significa que el Estado se extingue bajo el socialismo.  La  sociedad  socialista  no  puede prescindir de él. ¿Por qué?

Primero,  porque  después  del  triunfo  del socialismo el Estado es aún durante un tiempo prolongado la forma más apropiada y razonable de dirección social de la economía, de las relaciones sociales y de la labor cultural. La conveniencia de esta forma viene dictada por el nivel de desarrollo económico, social y espiritual de la sociedad.

Segundo, porque bajo el socialismo aún se conserva  cierta  desigualdad  en  cuanto  a  la satisfacción de las necesidades de los hombres, todavía hay manifestaciones del espíritu de propiedad privada y otras supervivencias del capitalismo en la conciencia de parte de los miembros de la sociedad. En estas condiciones no se puede prescindir de un instrumento que realice el control de la medida del trabajo  y  del  consumo,  que  proteja  la  propiedad social y personal y que corte las acciones antisociales que pudieran representar un peligro para el régimen socialista.

Tercero, por razones de tipo exterior. Mientras el socialismo  no  haya  vencido  en  escala  mundial,

quedará en pie la amenaza de agresión de los Estados

imperialistas; es preciso, pues, disponer de las necesarias fuerzas armadas y de otros órganos encargados de asegurar la capacidad de defensa del país y de luchar contra los espías, saboteadores y demás elementos subversivos enviados por los imperialistas.

Así, pues, los trabajadores tienen aún necesidad del Estado bajo el socialismo. Se mantiene también

la necesidad de algunas medidas de coerción. Pero a

primer plano pasan otras funciones y tareas.

Crece extraordinariamente el papel económico del Estado. Si con la economía de pluralidad de formaciones que presenta el período de transición no podía abarcar aún bajo su control, su labor planificadora y su dirección directa a todos los sectores y ramas de la economía nacional, al llegar al socialismo el Estado reúne efectivamente en sus manos todos los hilos del desarrollo económico del país. La organización de la producción social - dirección de la economía- pasa a convertirse en la primera de sus funciones.

Dentro del socialismo se extiende también ampliamente  la  función  cultural   y  educativa  del

Estado, su labor en pro de la cultura socialista: de la

ciencia, el arte y la literatura, así como lo que se refiere a elevar el nivel cultural del pueblo y a su

educación comunista.

Es asimismo importante la función de protección de la propiedad  socialista,  que es la base sobre la que se asienta en su totalidad el nuevo régimen.

Bajo el socialismo adquiere grandes proporciones la actividad del Estado relacionada con la protección

 

de los derechos e intereses de los ciudadanos, de su propiedad personal y del orden social.

Así, pues, después del triunfo del socialismo el

Estado es, principalmente, el organizador de la labor económica  y cultural,  el organismo  que  orienta  la

actividad creadora de las masas en su trabajo.

Juntamente a todo esto, considerando que el sistema capitalista se mantiene en pie y que no ha sido eliminado el peligro de una agresión militar, se mantiene íntegramente la función de la defensa del país frente a una agresión del exterior. El Estado socialista se ve obligado a fortalecer sus fuerzas armadas, el ejército, la marina, los órganos de contraespionaje e información con el fin de defender con éxito las conquistas del socialismo. Su labor en cuanto al exterior no se limita, sin embargo, a la función de la defensa militar. Comprende también las relaciones económicas, culturales y políticas con Estados extranjeros y tiene como objeto asegurar la coexistencia pacífica de los países con distintos sistemas político-sociales y de robustecer la paz entre los pueblos. La aparición del sistema socialista mundial ha dado también origen a una nueva tarea de política exterior, como es la de fortalecer la amistad indestructible, la colaboración y la ayuda mutua fraternal de los países del socialismo.

El cambio de las funciones y tareas del Estado bajo el socialismo, comparándolas con las que tenía en el período de transición, no puede por menos de reflejarse en los métodos de que se vale para llevarlas a cabo. Disminuye intensamente, ante todo, la esfera de las medidas administrativas de coerción, que van siendo sustituidas por los métodos de la persuasión y de organización de la actividad colectiva.

El perfeccionamiento de los métodos de gobierno es  una  de  las  importantes  tareas  que  se  plantean

después del triunfo del socialismo. Del éxito con que se  cumple  dependen  en  gran  medida  el  ritmo  del

desarrollo económico y los avances en el terreno social, cultural, etc. La elaboración de formas y métodos adecuados de gobierno, que correspondan a

la nueva estructura de clase y al nuevo tipo de economía,  es  una  empresa  ardua,  y  la  sociedad

socialista  no  está  asegurada  en  este  aspecto  de incurrir en errores. De ahí que el Partido Comunista dedique una constante atención a los problemas de

este orden.

El perfeccionamiento del Estado socialista exige una enérgica lucha contra el burocratismo. Después

del   triunfo   del   socialismo   sus   manifestaciones

pueden tolerarse aún menos que durante el período de transición. Porque ahora el Estado ha de entender

en un volumen de asuntos infinitamente mayor. El

Estado   socialista   dirige   toda   la   industria   y   el comercio, a excepción del cooperativo. Orienta la labor  de  la  mayoría  de  los  establecimientos  que tienen a su cargo atender las necesidades diarias de los ciudadanos (sanidad, seguros sociales, instrucción

 

 

 

pública, etc.). El Estado es también el principal contratante de los koljoses. En estas condiciones el burocratismo puede causar grandes daños a la sociedad, tanto políticos como económicos. Considerándolo así, el Partido mantiene una lucha constante contra el burocratismo, por el robustecimiento de los lazos entre la Administración y los trabajadores, y amplía y fortalece la democracia socialista.

 

Ampliación de los derechos políticos y sociales de los trabajadores.

El socialismo crea por primera vez las premisas económicas, sociales y políticas para la implantación

de una democracia que lo sea de veras para todo el pueblo.

Sólo dentro del socialismo se alcanza tal unidad de intereses de todas las capas de la sociedad, que cualquier problema de la vida del Estado puede ser

resuelto sin recurrir a la violencia de clase, por vía democrática.

Sólo dentro del socialismo se consigue llegar a una  auténtica  igualdad  política  de  los  ciudadanos. Ello es así porque los hombres son iguales de hecho

respecto  de  los  medios  de  producción,  y  por  eso tienen igual derecho a intervenir en la elaboración de

los acuerdos que se refieren a la sociedad en su conjunto.

El  socialismo  no  se  limita  a  la  proclamación

formal de los derechos y libertades, sino que asegura a todos los miembros de la sociedad la posibilidad práctica de ejercerlos. Por algo las Constituciones socialistas, cuando proclaman las libertades fundamentales -de palabra, de prensa, de reunión, de manifestaciones en las calles, etc.-, hacen hincapié en las garantías que permiten ejercerlas, y hablan de la entrega a los trabajadores de las existencias de papel, imprentas, locales, etc.

Dentro del socialismo, se comprende, no puede haber una ilimitada libertad individual. Esto no sería libertad,  sino  arbitrariedad,  puesto  que  atentaría contra los intereses de los demás individuos y de la sociedad en su conjunto. El Estado socialista concede las más amplias libertades individuales, pero, al mismo tiempo, prohíbe a una persona hacer cuanto pueda ir en perjuicio de otra. Condena, por ejemplo, la difusión de ideas racistas y fascistas y la propaganda de guerra. A diferencia del Estado burgués, el Estado socialista no tolera los libros, revistas y películas que corrompen a la juventud, que exaltan  la  amoralidad,  la  crueldad  y  la  violencia. Tales restricciones responden sin duda a los intereses del pueblo y por eso no quebrantan, sino que fortalecen el espíritu democrático del nuevo régimen.

La democracia socialista se diferencia, pues, esencialmente de la ilimitada "libertad", sin timón ni

rumbo, de que hablan los anarquistas; libertad que, por lo demás, sólo puede existir en sus acaloradas mentes, pero no en la sociedad. La democracia socialista no carece de timón y rumbo, sino que es una democracia dirigida, orientada por el Partido y el Estado, y cuyo fin es asegurar los avances del socialismo y la construcción del comunismo. Los comunistas lo declaran abierta y francamente.

Esta circunstancia saca de quicio a los revisionistas. Afirman que la democracia es incompatible con limitación o dirección alguna y piden que la democracia socialista sea sustituida por una democracia "ilimitada" o, con expresión todavía más nebulosa, "integral". Detrás de todo el florilegio verbal  de  quienes  esto  propugnan  se  esconde  una clara idea política: la de hacer que el socialismo vuelva   atrás,   a   la   democracia   burguesa;   quiere decirse que aspiran no a una democracia ilimitada, sino a una democracia dirigida por la burguesía y que imponga sus limitaciones de conformidad con los intereses del capitalismo.

Otro fin que los revisionistas persiguen es acabar con la dirección de la sociedad por el Partido, lo cual conduciría de hecho a la reducción, y no a la ampliación de la democracia. Porque el Partido encarna en su labor la voluntad de las grandes masas y es la organización más democrática de la sociedad socialista. Su dirección personifica de la manera más completa  los  principios  del  auténtico  poder  del pueblo.

Los  partidos  marxistas-leninistas,  que  rechazan las  teorías  de  los  revisionistas,  y  tanto  más  sus

recetas de "democratización", consideran como una

tarea de primordial importancia la de impulsar y ampliar la democracia socialista. Mas, a diferencia de los revisionistas, consideran que esto ha de lograrse no  tomando  los  principios  de  la  democracia burguesa,  sino  perfeccionando  el  espíritu democrático del socialismo, es decir, estrechando los lazos que unen al Estado y el Partido con las masas trabajadoras, desarrollando sin vacilaciones su labor de creación e iniciativa en todos los terrenos de la vida social.

En este aspecto el Partido se encuentra ante grandes tareas, pues un espíritu democrático genuinamente socialista no aparece de por sí ni en forma invariable, dada de una vez para siempre, sino que se desarrolla a medida que el socialismo va cobrando fuerzas. Es un proceso que exige atención y esfuerzos constantes de la sociedad, el Estado y el Partido, la lucha contra las ideas equivocadas, contra la burocracia administrativa y la desconfianza en la sensatez y energías de las grandes masas del pueblo.

¿Por   qué   se   preocupa   tanto   el   Partido   del desarrollo de la democracia socialista?

Porque la democracia más amplia, del tipo más elevado que conoce la historia, con el socialismo no sólo se hace ya posible, sino necesaria. Dentro del

socialismo la democracia no es una concesión que se arranca  a  los  círculos  dirigentes,  como  bajo  el

capitalismo, sino una ley de la vida que asegura el desarrollo normal y rápido de la sociedad. V. I. Lenin escribía que "el socialismo triunfante ha de implantar forzosamente    la     democracia    completa...    "321

Socialismo y democracia son inseparables.

Una amplia democracia hace que cada miembro de la sociedad se sienta dueño y señor en ella, y eleve

la  iniciativa  fecunda  de  las  masas,  sin  la  que  el

socialismo no puede avanzar un paso. Estimula la capacidad  y  el  talento  de  millones  de  hombres,

contribuye a sacar a la superficie a nuevos y nuevos

dirigentes e incorpora a los trabajadores a la labor del Estado, asegurando su participación directa y cada vez  más  activa  en  la  dirección  de  los  asuntos públicos. Por ejemplo, el Soviet Supremo (quinta legislatura) elegido en marzo de 1958 cuenta con 614 obreros y koljosianos que trabajan directamente en la producción.   Entre  los  diputados   de  los  Soviets urbanos el 39,4 por ciento son obreros, y entre los Soviets rurales el 58,8 por ciento son koljosianos. En

1959 fueron elegidos para los Soviets locales un total de   cerca   de   340.000   obreros   y   casi   780.000

koljosianos.

A título de comparación, recordaremos que en el

Congreso  norteamericano  los  banqueros  e industriales acaparan el 30 por ciento de los escaños en el Senado y el 34 por ciento en la Cámara de Representantes; el 21 por ciento de los senadores son grandes terratenientes. Los demás puestos los ocupan empleados de los grandes monopolios y políticos profesionales que han prestado buenos servicios al capital. No en vano corre en el país el dicho: "Unos son senadores porque son ricos, y otros son ricos porque son senadores."

Las Constituciones de los países del socialismo se atienen al principio de que las personas que ocupan

cargos públicos son designadas por elección, pueden ser depuestas y han de rendir cuenta de la gestión

realizada; en cuanto a los organismos del Estado, rige también el principio de elección y de rendición de cuentas. Los electores pueden retirar su mandato al

diputado que no justificó su confianza. Las organizaciones  sociales  de  trabajadores  ejercen  un

control cada vez más amplio sobre la labor de los órganos ejecutivos y toman en ella parte activa.

Los órganos estatales del país socialista se hallan

rodeados de un "activo" de ciudadanos que trabajan en las fábricas, koljoses e instituciones culturales y educativas. En la U.R.S.S., durante las campañas que preceden a la elección de los Soviets actúan de 14 a

15 millones de agitadores y organizadores. Millones de personas se hallan incorporadas a las comisiones

permanentes y temporales de los Soviets locales de

diputados de los trabajadores, como instructores sociales, inspectores o miembros de las comisiones de ayuda elegidas en las empresas, instituciones y administraciones de las casas, o bien en los grupos de

 

321 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, pág. 132.

 

control  formados  por  las  organizaciones  sociales. Este enorme ejército participa en las tareas de dirección de los asuntos públicos y cursa una excelente  escuela  política, elevando  su  conciencia, sus conocimientos y su cultura. Las masas populares influyen también sobre la labor de los organismos públicos a través de la prensa, que sirve para difundir experiencias y como instrumento de control y de crítica.

Un rasgo importante de la democracia socialista es el creciente papel del Partido, los Sindicatos, el Komsomol y otras organizaciones sociales, en cuyas actividades participan millones de personas, que ejercen  así  eficaz  influencia  sobre   las   distintas esferas de la vida. Bastará decir que en la Unión Soviética  el  Partido  contaba  en  1958  con  más  de ocho millones de afiliados, la Unión de Juventudes Comunistas con 18 millones y los Sindicatos con más de 50 millones.

Una característica de la comprensión marxista de la democracia es que no la reduce a los derechos y libertades en el plano político, aunque les atribuye esencial importancia. Otra parte consustancial de la democracia es la que rige en los derechos sociales y económico-sociales de los trabajadores: el derecho al trabajo, al descanso, a la instrucción, a la asistencia económica en la vejez o en caso de enfermedad, etc. Porque estos derechos son la base de la libertad verdadera y de la felicidad de los hombres.

La superioridad histórica del régimen socialista se revela con particular vigor en cuanto se refiere a las garantías de los derechos sociales de los trabajadores.

¿La sociedad capitalista, con su desocupación crónica,  puede  asegurar  a  todos  la  posibilidad  de

trabajar, sin referirnos ya a que cada uno pueda elegir

una profesión de su agrado? Está claro que no. El régimen socialista, en cambio, otorga al derecho al

trabajo la categoría de derecho constitucional, con lo

que desaparece el sentimiento de penosa inquietud y de inseguridad en el mañana. El trabajo libre deja de ser un simple medio de subsistencia y se convierte en la principal norma valorativa del valor social del hombre, en causa de honor y valor.

¿Puede la sociedad capitalista garantizar a sus ciudadanos el derecho al descanso? Tampoco. ¿Qué le importa al capitalista la salud de sus obreros y cómo pasan el tiempo libre? Para él no son más que fuente de ganancias. Buena prueba de ello es lo costosa que es la asistencia médica en la mayoría de los países burgueses, hasta el extremo de que representa la ruina para muchos trabajadores. La limitación de la jornada de trabajo por vía legislativa, las vacaciones pagadas y otros derechos sociales de la clase obrera son conseguidos bajo el capitalismo después de una prolongada lucha de los trabajadores, que han de hacer grandes esfuerzos para conservar y ampliar estas conquistas.

En la sociedad socialista, por el contrario, donde los medios de producción y el poder político pertenecen a los propios trabajadores, todo cuanto se refiere a la salud y el bienestar del pueblo es materia de constante preocupación para las organizaciones sociales y el Estado.

¿Puede la sociedad capitalista garantizar a sus ciudadanos el derecho a la instrucción? No, y no sólo

porque no le interesan para nada las necesidades de

los trabajadores en orden cultural, por lo menos fuera de  lo  que  es  imprescindible  para  el  trabajo  en  la

fábrica.   La   burguesía,   como   todas   las   clases

explotadoras en general, toma el monopolio de la enseñanza y la cultura como uno de los principales instrumentos que aseguran su monopolio del poder. Es mucho más fácil mantener sujetos a los trabajadores   cuando   son   analfabetos   e   incultos, cuando se encuentran dominados por toda clase de prejuicios y supersticiones.

La  sociedad  socialista,  al  contrario,  tiene  un interés   vital   en   que   todos   sus   miembros   sean

instruidos y cultos. Allí donde el poder pertenece a

los propios trabajadores, el incremento de su cultura y  conciencia,  la  ampliación  de  sus  horizontes  es fuente de energías para el Estado y la vía para multiplicar   las   riquezas   sociales   y   acelerar   el progreso.

La sociedad socialista presta atención singular al desarrollo político y cultural de la parte de la población que en otros tiempos era la más atrasada socialmente   y   se   veía   sometida   a   una   mayor opresión. Esto se refiere, en particular, a las mujeres.

En algunos países capitalistas las mujeres carecen hasta hoy día de muchos derechos políticos y civiles, perciben un salario menor que el hombre por un trabajo igual y hasta en el seno de la familia ocupan una situación subordinada.

El marxismo-leninismo estima que la emancipación de la mujer presupone, primero, la equiparación completa de sus derechos a los del hombre, tanto en la familia como en la vida política; segundo, su incorporación activa al trabajo y a la vida social, y tercero, la supresión del sistema de esclavitud doméstica, en la que las faenas de la casa consumen todo el tiempo y las energías de la mujer.

El régimen socialista resuelve felizmente esta compleja tarea. Da a la mujer los mismos derechos

que al hombre y rodea a la madre de un ambiente de honor y respeto. El Estado concede a las mujeres que

trabajan prolongadas vacaciones pagadas durante el embarazo  y  después  del  parto,  entrega  una subvención   mensual   a   las   madres   de   familia

numerosa o que son cabeza de familia y recompensa con diversas órdenes y medallas a las madres que

tienen determinado número de hijos. La ley protege los derechos de la mujer y del niño en el seno de la familia.

El socialismo hace entrar a la mujer en la ancha vía del trabajo y de la actividad social. En la Rusia

 

zarista, según el censo de 1897, sólo el 13 por ciento de las mujeres ocupadas en un trabajo asalariado se hallaban incorporadas a las empresas o a la construcción, y el cuatro por ciento se encontraban en establecimientos de enseñanza y sanidad. El 55 por ciento pertenecían al servicio doméstico y el 25 por ciento trabajaban para los campesinos ricos y grandes propietarios. Ahora las mujeres integran el

45 por ciento de cuantos trabajan en la industria soviética.  Entre  los  especialistas  con  instrucción

superior las mujeres son más de la mitad, ¡el 53 por

ciento! Muchos centenares de mujeres han sido elegidas diputadas del Soviet Supremo de la U.R.S.S. y de los Soviets Supremos de las Repúblicas federadas. Y en los órganos locales de poder las mujeres son casi 700.000.

Es verdad que en este sentido queda mucho por hacer.  Los  quehaceres  de  la  casa  llevan  aún  un tiempo excesivo y frenan el progreso político y cultural  de  muchas  mujeres.  Todavía  no  hay  el número suficiente de guarderías infantiles, jardines de la infancia y escuelas-internados, que podrían responsabilizarse con buena parte de la crianza y educación de los niños. En ciertas repúblicas del Asia Central soviética no han desaparecido por completo las  supervivencias  feudales  respecto  de  la  mujer. Pero los éxitos conseguidos en la U.R.S.S. y las democracias populares en cuanto a la emancipación de las mujeres, así como la atención que la sociedad entera pone en este problema, nos dicen que su solución completa no está lejos.

No hay que olvidar que el socialismo es sólo la fase primera e inferior de la nueva formación social. Lógicamente, dentro de él es aún imposible resolver por completo todos los numerosos, difíciles y complejos problemas que el socialismo recibió en herencia de la milenaria dominación de los explotadores. Mas con todo y con eso, hoy día se puede ver ya que el socialismo asegura a los trabajadores, mejor que ningún otro régimen, los derechos democráticos reales y amplía como nunca se vio la esfera de la democracia. No podía ser de otro modo en una sociedad que se preocupa por todos sus  miembros,  de  su  felicidad,  su  bienestar  y  su suerte personal.

A medida que la sociedad socialista marcha adelante, aumentan los bienes sociales concedidos a

los trabajadores y se amplían las posibilidades de su

participación activa en la vida política. Esto hace que todos se sientan profundamente interesados en la prosperidad y progreso de una sociedad que es suya.

 

2. La amistad  de los pueblos de la sociedad socialista

En muchos países el capitalismo deja en herencia a la nueva formación el atraso cultural y económico de algunos pueblos y una vieja enemistad nacional.

Por  eso,  la  tarea  primordial  de  la  clase  obrera triunfante, en cuanto se refiere a las nacionalidades, es la de acabar con toda opresión o desigualdad nacional, la liberación completa y definitiva de todas las naciones y grupos étnicos. V. I. Lenin subrayaba que  "de  la  misma  manera  que  la  humanidad  sólo puede acabar con las clases a través del período de transición de dictadura de la clase oprimida, a la inevitable fusión de las naciones únicamente puede llegar a través de un período de transición, de emancipación completa de todas las naciones oprimidas, es decir, de su libertad de separarse de las otras".322

La emancipación de las naciones oprimidas y su equiparación en derechos con las restantes comienza

inmediatamente después de la revolución socialista. La tesis principal que en cuanto al problema de las

nacionalidades   figura   en   los   programas   de   los Partidos Comunistas es la concesión a todas las naciones del derecho a la autodeterminación, hasta

llegar a la separación y a la formación de un Estado independiente. El reconocimiento de este derecho no

significa, sin embargo, que se invite, y mucho menos que se empuje, a cada nación a separarse y romper los  lazos  políticos  con  la  nación  unida  a  la  cual

formaba antes un Estado único. Semejante interpretación  del  derecho  a  la  autodeterminación

haría sólo el juego al capital internacional, interesado como está en hundir su cuña entre las naciones de los países socialistas para luego entendérselas con cada

una por separado.

Mas no se trata solamente de esto. Los propios intereses  del  desarrollo  de  las  fuerzas  productivas

imponen la necesidad de que las naciones socialistas

estrechen sus lazos. Por eso, las tendencias separatistas pueden perjudicar sensiblemente a la causa del socialismo. Los Partidos Comunistas tienen siempre presente el peligro de dichas tendencias cuando determinan su posición ante el problema de si una nación, en el momento dado, ha de ejercer o no su derecho a la separación.

Son,  sin  embargo,  las  propias  naciones  antes oprimidas  las  que  han  de  decidir  por    mismas

acerca   de   la   conveniencia   de   la   separación.

Únicamente la emancipación completa y hasta el fin puede hacerles olvidar los viejos agravios y humillaciones y marcar un viraje absoluto en sus relaciones con la otra nación. De ahí que los comunistas den tanta importancia al principio de la libre determinación. A la vez que acaba con todos los tipos y formas de la opresión nacional, que reconoce a cada pueblo el derecho a tener su Estado, a emplear su lengua nacional y a cultivar su cultura y sus tradiciones nacionales, el régimen socialista afirma el verdadero internacionalismo, que niega y rechaza cualquiera manifestación de superioridad de una nación sobre otra.

La  liberación  de las  naciones  no significa  sólo acabar simplemente con la opresión y con la desigualdad jurídica en que se encontraban. El imperialismo deja al nuevo régimen social el grave problema del atraso económico y cultural de los pueblos oprimidos. "Por eso -indicaba Lenin-, el internacionalismo de la nación opresora o «grande»... no ha de consistir solamente en observar la igualdad formal de las naciones, sino en una desigualdad por la que la nación opresora o grande compense la desigualdad a que prácticamente se ha llegado en la vida. Quien no comprende esto, no ha comprendido la posición realmente proletaria hacia el problema nacional; mantiene en esencia el punto de vista pequeñoburgués, hacia el que no puede por menos de deslizarse a cada instante."323

Por  esta  razón,  los  marxistas-leninistas  piensan que  el  régimen  socialista  está  obligado  no  ya  a

conceder a los pueblos antes oprimidos el derecho al

libre desarrollo, sino también a crear las condiciones reales para que así suceda, ayudándoles a superar el

atraso en que se encuentran.

La economía de las repúblicas nacionales de la Unión Soviética, antes muy débil, gracias a la ayuda de las naciones socialistas avanzadas, y en primer término del pueblo ruso, crece con una media más elevada que la de la Unión en su conjunto. Así, mientras que la producción global de la industria de la U.R.S.S. en 1958 era 36 veces mayor que en 1913, en la R.S.S. de Kazajia ha crecido 44 veces, en Kirguisia 50 y en Armenia 55 veces. La política de industrialización acelerada se lleva a cabo también en las democracias populares, y ejemplo de ello es la industrialización de Eslovaquia.

La distribución más regular de las fuerzas productivas, sin perder de vista las condiciones de lugar, y la intensa capacitación de especialistas contribuyen al rápido incremento de los cuadros nacionales y ayudan a superar el atraso cultural. Cualquier república soviética puede servirnos de ejemplo. Así, antes de la Revolución, en Turkmenia había solamente 58 escuelas, con una matrícula de

6.780 niños, todos ellos hijos de padres ricos, sacerdotes  y  funcionarios.  La  república  dispone ahora de 1.200 escuelas en las que estudian 225.000 niños, de Universidad, de un Instituto de Medicina y otro de Agricultura y de tres Institutos de Pedagogía, así   como   de   32   establecimientos   de   enseñanza especial media. Se publican 65 periódicos y 13 revistas, la mayoría en turkmeno.

Lo mismo podríamos decir de las demás naciones antes atrasadas de la U.R.S.S. y de las democracias

populares.

La supresión de la opresión nacional y los éxitos económicos y culturales hacen que se conviertan en

naciones muchos grupos étnicos que antes no podían

alcanzar este nivel por su atraso económico, la división administrativa y otras causas. Por otra parte,

 

 

 

322 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXII, págs. 135-136.

 

323 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXVI, pág. 556.

 

 

 

ha cambiado por completo la fisonomía de las naciones formadas ya en la época burguesa.

La nación burguesa, en la que la base económica es  la   propiedad   privada  capitalista   y  donde   la

burguesía tiene la preponderancia, se caracteriza por el  antagonismo  interno  de  clases.  En  su  cultura

nacional hay de hecho dos culturas en pugna: la democrática,  de  las  masas  populares,  y  la reaccionaria,     que     pertenece     a     los     estratos

explotadores de la sociedad. Una concepción típica de la nación burguesa, impuesta por las altas esferas

de  los  explotadores,  es  el  nacionalismo,  que encuentra su base en la contradicción de intereses de la  nación  propia  y  de  los  pueblos  restantes.  El

nacionalismo burgués adopta a menudo formas fanáticas  de  enemistad  nacional  y  racial,  que  los

explotadores cultivan con gran empeño. Así ocurría en la Rusia zarista. Las manifestaciones más infames del racismo eran en Alemania parte consustancial de

la ideología y la política de los hitlerianos, autores de feroces persecuciones contra los judíos, los eslavos y

todos los "no arios". En los Estados Unidos se halla muy extendida la discriminación racial de los negros.

Fenómenos tan vergonzosos son profundamente

extraños a las naciones socialistas, en las que la base de la vida económica es la propiedad social y los obreros son la clase dirigente. La nación socialista no conoce los antagonismos de clase, por lo cual es extraordinariamente  homogénea.  Aparece  por primera vez una cultura nacional única, que expresa con la mayor plenitud el pensar y el sentir de las masas trabajadoras y las peculiaridades de su desarrollo histórico. Y como el régimen socialista determina toda la vida del pueblo, es lógico que la cultura nacional presente un contenido socialista. La cultura de todas las naciones socialistas, revestida como está de las mejores y más variadas formas nacionales, es al propio tiempo internacional, una y única por las ideas que la inspiran. Esto vigoriza las relaciones  de  estrecha  amistad  y  de  ayuda  mutua entre los pueblos, a las que se llega en el proceso del trabajo común para edificar la sociedad nueva. La concepción típica de las naciones socialistas es el internacionalismo socialista.

Ha de comprenderse que esta concepción y estas nuevas  relaciones  internacionalistas  no  se  afirman

por sí mismas, sino que son consecuencia de un paciente     trabajo     que     permite     superar     las

supervivencias  del  nacionalismo.  Tales supervivencias  son  muy  pertinaces,  y  si  se interrumpe el trabajo político contra ellas, no tardan

en brotar de nuevo. Por eso, los partidos marxistas- leninistas ponen tanto empeño en combatir cualquier

deformación en las relaciones nacionales.

La  expansión  de  las  naciones  socialistas  no  se contradice  en  absoluto  con  la  tarea  de  su  ulterior

aproximación; antes bien, la facilita.

 

más vigor la tendencia, que apunta ya bajo el capitalismo, a romper los tabiques nacionales, a consolidar las relaciones entre una nación y otra, a aproximar las naciones en el sentido económico, político y cultural. Pero en las nuevas condiciones, ello no se realiza mediante la esclavización de unos pueblos  por  otros,  sino  por  la  aproximación voluntaria de naciones iguales en derechos. Esto no se refiere únicamente al desarrollo económico. Simultáneamente se opera un proceso de enriquecimiento mutuo de las culturas nacionales por el que se reducen las distancias que antes las separaban.

El socialismo proporciona a los caracteres de la nación un nuevo contenido y nuevos rasgos, con lo

que  se  hace  más  íntima  su  comunidad  en  la  vida

económica, política, ideológica y cultural.

 

3. La cultura de la sociedad socialista

Cuando en Rusia se produjo la revolución, sus enemigos auguraban que el despertar de las masas

ignorantes y analfabetas amenazaba con poner fin a la cultura, que las toscas gentes del pueblo serían incapaces de conservar los viejos valores culturales,

y mucho menos de crear otros nuevos. Profecías de ese   género   han   podido   escuchar   también   los

trabajadores de otros países que entraron por la vía del socialismo.

Todo el mundo ve ahora que eso es un absurdo.

La revolución socialista no significó un colapso de la cultura, sino su expansión inusitada; consecuencia de ella ha sido una revolución cultural sin precedentes por su volumen y su valor.

 

La revolución cultural como parte esencial de la reorganización socialista.

La reorganización socialista de la sociedad no podemos concebirla sin profundas transformaciones

en el campo de la cultura, a las que con toda razón se les da el nombre de revolución cultural. Dichas transformaciones  se  proponen  la  creación  de  una

cultura nueva, socialista.

Pero la revolución cultural no puede ser entendida con  un  criterio  vulgar,  como  negación  de  toda  la

cultura del pasado. La cultura socialista no aparece

en un erial. Es la heredera legítima de cuanto se creó en las sociedades de explotación. V. I. Lenin decía:

"Hay que tomar toda la cultura que el capitalismo

dejó y utilizarla para construir el socialismo. Hay que tomar toda la ciencia, la técnica, todos los conocimientos,   el   arte.   Sin   ello   no   podremos construir la vida de la sociedad comunista."324

Una de las tareas concretas de la revolución cultural consiste en seleccionar de la herencia del pasado todos los valores permanentes y prescindir de lo superfluo, de lo que va contra la naturaleza de la sociedad  socialista,  y  tanto  más  de  lo  nocivo  y

 

Con el socialismo no desaparece, sino que cobra                     

324 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 52.

 

 

 

reaccionario. Sobre esta base se levanta la auténtica cultura, una cultura socialista por el contenido, es decir, que refleja la vida y los ideales de la sociedad nueva, que se embebe en su espíritu, que se pone al servicio   del   pueblo   y   le   ayuda   activamente   a construir el socialismo, y más tarde el comunismo.

Otra gran tarea de la revolución cultural es la de convertir el saber en patrimonio de todos, cuando antes era exclusivo de unos pocos. Esto es necesario en cualquier país, incluso en el más "civilizado" dentro de los criterios burgueses. Porque, en definitiva, el capitalismo siempre limita los conocimientos  de  los  trabajadores  al  mínimo  que éstos  necesitan  para  incorporarse  a  la  producción, pero no más.

Los avances de la instrucción pública en la Unión

Soviética   han   sido   verdaderamente   gigantescos. Antes de la Revolución, el 75 por ciento de la población de Rusia (desde los nueve años) era analfabeta. Entre los kirguises, sólo un 0,6 por ciento sabía leer y escribir; entre los turkmenos y yakutos, un 0,7 por ciento; entre los kazajos, un 2,0 por ciento, y así sucesivamente. Muchas nacionalidades carecían hasta de escritura propia. El Poder Soviético hubo de empezar por lo más elemental: por enseñar a decenas de millones de hombres las primeras letras, a leer un periódico y un libro, proporcionándoles los conocimientos más rudimentarios. La tarea se llevó a cabo con un aliento verdaderamente revolucionario. Por las escuelas de lucha contra el analfabetismo pasaron entre 1929 y 1932 más de 30 millones de personas. En los años del primer plan quinquenal se implantó ya la enseñanza primaria general y obligatoria. Todo esto hizo que al terminar el período de transición se hubiera acabado ya con el analfabetismo.

Todavía son mayores los esfuerzos que se requieren para acabar con el analfabetismo en las democracias populares de Asia, donde más del 90 por ciento de la población no sabía leer ni escribir.

En las democracias populares europeas la revolución  cultural  ofrece  sus  características.  En

algunas  de  ellas,  donde  el  nivel  cultural  de  la

población era relativamente alto, no se presentaba el problema del analfabetismo en masa. Adquiere, en cambio,   a   veces   virulencia   la   lucha   contra   la ideología burguesa, que había echado hondas raíces en la conciencia de los hombres, y la tarea de sacar a los trabajadores de la influencia reaccionaria de la Iglesia.

Elemento imprescindible de la revolución cultural en todos los países es la transformación de la escuela,

que era un instrumento de la dominación de clase de

la   burguesía,   en   un   factor   de   la   reeducación socialista. La escuela es separada de la Iglesia y se la coloca   fuera   de   la   influencia   de   la   ideología burguesa.   La   enseñanza   va   siendo   reformada

 

conocimientos  científicos  avalados  por  la experiencia. Se crea un nuevo sistema de instrucción pública, que da conocimientos técnicos y científicos suficientes para incorporarse a la construcción del socialismo.

Después de la revolución, a la empresa cultural se suman  los  clubs,  bibliotecas,  palacios  de  cultura,

teatros, museos, cines, la radio, la prensa y un gran

número de centros de enseñanza nocturna y libre, que adquieren profundo arraigo en la vida del pueblo.

Como consecuencia directa de la industrialización

del país y de la colectivización de la agricultura, así como de la enorme labor de instrucción y educación del Estado socialista, crece rápidamente el nivel de conocimientos culturales y técnicos de la clase obrera y de los campesinos.

A fin de conseguir ese incremento y de asegurar el ascenso de las fuerzas productivas y de la cultura de la sociedad, hay que dar cima también a otra tarea: la de crear una intelectualidad nueva, genuinamente popular, íntimamente vinculada a la clase obrera y a los campesinos. Antes de la revolución socialista, el proletariado puede decirse que carece casi de intelectuales  propios.  La  burguesía  cierra  a  los obreros y los campesinos las puertas de la enseñanza superior.

La  tarea  de  crear  una  intelectualidad  nueva  se lleva a cabo por un doble camino: incorporando y reeducando  a  los  intelectuales  burgueses  y capacitando a marchas forzadas especialistas salidos de la clase obrera y los campesinos.

La incorporación a la construcción socialista de los viejos intelectuales no es empresa fácil. Resultó particularmente ardua para la clase obrera de Rusia, donde la agudización extrema de la lucha de clases, hasta adoptar las formas más violentas, empujó a buena  parte  de  los  intelectuales  -por  lo  menos durante cierto tiempo- al campo de los enemigos de la revolución.

No obstante, los comunistas soviéticos resolvieron en  líneas  generales  el  problema,  mostrando  los

métodos principales a seguir a los trabajadores de otros países que entran en la vía del socialismo. N. S.

Jruschov decía en 1958 ante la Academia de Ciencias de Hungría: "Nuestro Partido tiene gran experiencia de trabajo con los intelectuales. Nos hemos ganado

no pocos chichones, pero hemos aprendido a comprender     bien     muchas     cuestiones.     Esta

experiencia la compartimos amistosamente con vosotros."325

Y   la   experiencia   dice   que   con   los   viejos

intelectuales hay que ser  atentos, sensibles y pacientes. Si a veces ciertos grupos de intelectuales, aunque sean numerosos, no comprenden de momento el sentido y la necesidad de las transformaciones socialistas y por sus ideas se mantienen apartados de la revolución, no hay que apresurarse a encasillarlos

 

paulatinamente,  haciendo               que         se            apoye     en                         

325 Pravda, 10 de abril de 1958.

 

como enemigos. Los verdaderos intelectuales no pueden permanecer largo tiempo en esa posición y obligatoriamente buscarán el camino que les lleve al pueblo.  Con  paciencia,  prestándoles  ayuda  y dándoles tiempo para que comprendan sus propios errores, se puede facilitar mucho su paso al socialismo.

Esta amplia comprensión no tiene, sin embargo, nada  de  común  con  la  no  intervención,  con  la

pasividad o indiferencia hacia los procesos que los viejos intelectuales atraviesan en la evolución de sus

ideas políticas. Dejarlos abandonados a su suerte equivaldría a permitir que los enemigos de la revolución  envolviesen  en  sus  redes  a  los  viejos

intelectuales que permanecen vacilantes.

V. I. Lenin se preocupó extraordinariamente de los intelectuales, de los viejos especialistas. Hay que

hacer,  decía,  que  vivan  mejor  que  antes,  bajo  el

capitalismo, y no sólo en el aspecto económico, sino también "en el jurídico, en cuanto a la colaboración

amistosa  con  los  obreros  y  campesinos,  y  en  el

sentido ideológico, es decir, en el sentido de que se encuentren satisfechos de su trabajo y que comprendan la utilidad social de éste cuando se independizan de los egoístas intereses de la clase capitalista".326

Tal actitud hacia los intelectuales se ha visto plenamente justificada en la práctica.

Hay motivos para suponer que en muchos países

que todavía no han entrado en la ruta del socialismo la incorporación y reeducación socialista de los intelectuales  será  una  empresa  más  fácil. Señalábamos antes que la creciente opresión de los monopolios empuja a capas cada vez más amplias de intelectuales a la alianza con la clase obrera antes incluso de producirse la revolución. En ellos deja su huella la experiencia de los países socialistas, donde el intelectual encuentra posibilidades ilimitadas para un trabajo de creación al servicio de su pueblo.

Ahora bien, por grandes que sean los éxitos del

Partido  y  de  la  dictadura  del  proletariado  en  el trabajo con los  viejos intelectuales,  esto no  puede

cubrir todas las necesidades de la sociedad socialista.

Desde los primeros días del poder obrero ha de preocuparse de capacitar en amplia escala nuevos técnicos, nuevos científicos y hombres que dominen todas las ramas de la cultura, que salgan ante todo de entre los obreros y campesinos.

El trabajo que el Partido y el Estado de la clase obrera han de llevar a cabo durante la revolución cultural es verdaderamente grandioso. V. I. Lenin decía: "De todos los socialistas que han escrito sobre esto, no puedo recordar una obra que yo haya leído o una opinión relativa a la futura sociedad socialista en la que se señalen las dificultades prácticas concretas que la clase obrera se encontrará al tomar el poder, cuando se proponga convertir todo el conjunto de

 

conocimientos y de técnica acumulada por el capitalismo, de tanto valor y tan inevitablemente necesario para nosotros, todas las reservas de la cultura, que eran un instrumento del capitalismo, en instrumento del socialismo." "... Esto -añadía- es una tarea  histórica  por  sus  dificultades  y  su significado."327

Una vez terminada la revolución cultural, la clase obrera, su Partido y su Estado están en condiciones

de  cubrir  las  necesidades  que  en  cuanto  a especialistas se siente para la construcción socialista,

ayudan a consolidarse a la nueva ideología socialista y, lo que es más, sientan las bases para una expansión de la cultura como jamás conoció la historia.

Un ejemplo fehaciente de que esto es así lo tenemos  en  los  progresos de  la  enseñanza,  en  los

éxitos conseguidos en la capacitación de técnicos y científicos, en los avances de la ciencia, la técnica, la literatura y el arte en la Unión Soviética, y también

en las democracias populares.

 

La cultura para el pueblo.

El régimen socialista convierte la cultura en un instrumento  profundamente  democrático  y  la  hace

patrimonio  de  la  sociedad  entera,  y  no  de  una reducida   capa   de   intelectuales.   Esto   se   refleja

favorablemente, ante todo, en los progresos de la propia cultura espiritual.

Escritores, pintores y actores no pueden quejarse

de la atención de que son objeto bajo el socialismo. Los extranjeros que llegan a los países socialistas muestran a menudo asombro por la rapidez con que se venden los libros y por la gran cantidad de gente que acude a los museos, teatros y salas de conciertos. Este incesante crecimiento de las inquietudes espirituales del pueblo es campo abonado para la creación artística, que se siente constantemente estimulada.

La democratización de la cultura contribuye a que de   las   más   hondas   entrañas   del   pueblo   surjan brillantes figuras en todos los órdenes de la ciencia y del arte. ¿Habrían tenido muchas posibilidades de darse a conocer como escritores Pavel Bazhov, hijo de un minero, o Alexandr Tvardovski, hijo de un herrero de pueblo? Miles y miles de hombres de talento se pierden en el mundo capitalista sin lograr abrirse camino a través de las privaciones y de la indiferencia de la sociedad. El socialismo, por el contrario, propicia su aparición y les presta apoyo. Las  sociedades  científicas  y  técnicas,  las agrupaciones literarias de las empresas o de los órganos de prensa, los conjuntos de aficionados al arte   y   otras   muchas   organizaciones   ayudan   a descubrir y a formarse a hombres de talento, que enriquecen la cultura socialista con nueva savia.

Pero no se trata sólo de las posibilidades materiales; está también la atmósfera espiritual, que

 

 

 

326 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 169.

 

327 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 376.

 

 

 

tan distinta es de lo que el capitalismo puede ofrecer. El escritor o el artista que se encuentra dominado por la ideología burguesa no tiene dónde tomar un ideal positivo de la vida que le permita apreciar debidamente cuanto ocurre. A menudo, la vida se le figura como algo sombrío y absurdo, y los hombres, pequeños y mezquinos. No ve salida a la situación y con frecuencia, al mostrar las infamias del mundo burgués, directa o indirectamente llega a justificarlas, considerando   que   son   propias   de   la   naturaleza humana y de la vida como tal. Esta visión de las cosas se acomoda perfectamente a los deseos de los reaccionarios  que  detentan  el  poder,  empeñados como están en apartar a la gente de todo cuanto sea luchar  por  cambiar  las  inhumanas  condiciones  de vida del capitalismo.

No olvidamos que en Occidente existe también una cultura progresista y democrática, que representa una fuerza muy digna de tenerse en cuenta. Pero no es ella la que impera dentro del mundo burgués y ha de mantener constantemente una reñida lucha contra la reacción.

Las cosas son muy distintas bajo el socialismo, donde la cultura pertenece al pueblo. El ambiente de

rápido progreso social, el incesante ascenso del nivel cultural de las masas y del bienestar del pueblo, la

seguridad en el futuro, asentada en bases científicas, son factores extraordinariamente propicios para la labor de creación.

Esto, como es lógico, impone una grave responsabilidad  a  los  hombres  de  la  cultura.  La

literatura y el arte no se limitan a reflejar la vida del pueblo, sino que modelan el alma humana. La idea

de los vínculos irrompibles de la literatura y el arte con los intereses y con la lucha de las clases sociales

-y  dentro  del  socialismo  con  la  vida  de  todo  el

pueblo-  fue  argumentada  teóricamente  por  V.  I. Lenin, que es quien expuso el principio del espíritu de partido en la literatura. Los propagandistas burgueses arremeten contra él furiosamente en sus intentos de demostrar que quien sirve a los intereses de  una  clase  determinada  y  mantiene conscientemente  determinada  línea  política  es incapaz de una creación artística libre. Pero esto es lanzarse a la palestra con armas melladas.

La creación artística no puede permanecer al margen de la lucha de clases, fuera de la política, por

la  sencilla  razón  de  que  todo  escritor  o  artista  -

quiéralo o no- expresa y recoge en su obra los intereses de una u otra clase. ¿Es que el moderno arte burgués   no   refleja   el   pensar   de   la   burguesía dominante y no es instrumento de su influencia ideológica sobre las masas? ¿Es que las editoriales burguesas, las compañías cinematográficas, los directores de exposiciones artísticas, la prensa influyente, en fin, no dictan su voluntad a los intelectuales y no ejercen una fuerte presión material y   moral   sobre   quienes   tratan   de   resistir   sus imposiciones? Largos años de persecución de científicos, escritores, pintores y artistas progresistas de los países burgueses son buena prueba de ello.

El  socialismo  es  el  primer  régimen  social  que emancipa a la cultura de la opresión del dinero, al

hacer que el artista pueda crear no para satisfacer los

depravados gustos de un puñado de "gordos", sino para las grandes masas del pueblo. ¿Merma esto la libertad del artista? En modo alguno. El artista que lo es de veras busca la verdad y trata de exponer la verdad. Y esto es lo que la sociedad socialista quiere. El postulado principal del realismo socialista es el que impone la necesidad de representar la realidad en su avance. "En las condiciones propias de la sociedad socialista, donde el pueblo es verdaderamente libre, dueño de sus destinos y creador de la nueva vida -se dice en el importante documento del Partido Por una estrecha relación de la literatura y el arte con la vida del pueblo-, al artista que sirve fielmente a su pueblo no se le plantea el problema de si es o no libre en su creación. Este artista ve claramente el problema de cómo enfocar los fenómenos de la realidad, no necesita adaptarse ni forzarse; la exposición veraz de la vida desde las posiciones del Partido Comunista es para  él  una  necesidad  que  le  sale  del  alma,  se mantiene con pie firme en esas posiciones y las defiende en su obra."328 Así es como comprenden su papel los intelectuales socialistas.

 

4. El socialismo y el individuo

Los  críticos  burgueses  del  régimen  socialista tratan de demostrar que éste es incompatible con la libertad personal. El marxismo revolucionario, afirman, no otorga valor alguno al individuo. Cientos de libros y millares de artículos se han escrito sobre el "totalitarismo" del régimen socialista, en el que "la colectividad absorbe al individuo" y se produce una "nivelación" de los hombres. Pero no hay nada más falso que semejantes afirmaciones.

 

Emancipación del individuo por la emancipación de las masas trabajadoras.

La  fisonomía  espiritual  del  hombre,  su  actitud hacia el medio y la conciencia que tiene de sí mismo, dependen del carácter de la sociedad en que vive.

La            propaganda          burguesa               pinta       el            régimen capitalista como si fuera el reino de la libertad personal; y la igualdad jurídica, sobre el papel, es presentada como la única forma posible de igualdad. En la práctica, sin embargo, la dominación del capital es el insulto mayor que pudiera concebirse hacia el individuo.

El  capital  construye  las  relaciones  entre  los hombres  partiendo  del  cálculo  egoísta.  El  dinero

reemplaza   a   todas   las   virtudes   personales   del

 

 

328 N. S. Jruschov, Por una estrecha relación de la literatura y el arte con la vida del pueblo, Gospolitizdat, Moscú, 1957, págs.

24-25.

 

 

 

individuo. En la sociedad capitalista, escribía Marx, "lo que yo soy y lo que estoy en condiciones de hacer no lo determina mi individualidad. Soy monstruoso, pero  puedo  comprarme  la  mujer  más  hermosa. Quiere decirse que no soy monstruoso, pues el dinero reduce a la nada la acción de la monstruosidad, la fuerza que la repele. Supongamos que soy cojo, pero con   dinero   consigo   veinticuatro   piernas;   quiere decirse que no soy cojo. Soy malo, deshonesto, un hombre sin vergüenza o corto de inteligencia; pero el dinero   es   respetado,   es   decir,   que   también   es respetado quien lo posee. El dinero es el bien supremo; quiere decirse que quien lo posee es bueno."329

En un polo, el trabajo agobiador y la constante inquietud por un trozo de pan agotan y embrutecen al individuo. En el otro, la saturación de bienes y la ausencia de una fecunda actividad social engendran el deseo de encerrarse en las íntimas vivencias del "Yo".  Semejante  individualismo  empobrece  el mundo interior del hombre, engendra el sentimiento de vacío, de angustia y de desdoblamiento. Dentro de la sociedad burguesa, en plena descomposición, se convierte muy pronto en un egoísmo zoológico, en la ideología del "superhombre" que tan brillante expresión encuentra en la filosofía de Nietzsche y que fue una de las piedras angulares de las concepciones fascistas. Esto sí que destruye de veras la personalidad.

Esta situación sólo encuentra salida en la revolución socialista. "Si el carácter del hombre lo crean las circunstancias -escribía Marx-, hay que humanizar las circunstancias."330  No puede haber libertad para que el hombre se salga de la sociedad; la libertad es únicamente posible en el seno de la sociedad humana. Para que el individuo sea libre hay que dar la libertad a todo el conjunto de los hombres, modificando  las  condiciones  sociales  que  lo mantienen en la esclavitud. La emancipación del individuo mediante la liberación de las masas resume en esencia la posición de los comunistas, es la piedra angular de su ideología colectivista.

Cuando la propaganda burguesa acusa a los marxistas   de   "destruir   la   personalidad"   admite

tácitamente  que  la  base  de  la  personalidad  es  la

propiedad privada. Pero la supresión de la propiedad privada únicamente puede asustar a quienes ven que

toda su posición social, desde las comodidades hasta

el prestigio y la autoridad entre los que les rodean, se basa en los privilegios que la riqueza confiere, y no en su capacidad personal ni en sus méritos individuales. A esas gentes, la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción - que ellos utilizan para explotar y humillar a otros- ha de parecerles, en efecto, la eliminación de su propia

 

 

329  C. Marx y F. Engels, Obras de juventud, Moscú, 1956, pág.

618.

330 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. II, págs. 145-146.

 

personalidad, tanto más que eso equivale a la desaparición de su vida de ocio; y el trabajo es para el parásito burgués la más espantosa de las calamidades.

Por  el  contrario,  a  los  trabajadores  y  a  los hombres de talento el socialismo les brinda amplias posibilidades, un campo en el que se pueden poner de manifiesto y encontrar aplicación sus dotes individuales. Sólo el régimen socialista permite "... incorporar a la mayoría efectiva de los trabajadores a un  campo  en  el  que  pueden  darse  a  conocer, desplegar su capacidad, revelar los talentos de que el pueblo es manantial inagotable y que el capitalismo aplastaba, presionaba y ahogaba por miles y millones"331 (Lenin).

El socialismo admite por vez primera el derecho al   desarrollo   y   a   la   creación   de   los   simples

trabajadores,  de  aquellos  hombres  a  los  que  la

ideología burguesa trató siempre despectivamente como una "masa gris". Al propio tiempo, garantiza

ese derecho, entregando a la sociedad cuantos medios

materiales  permiten  fomentar  el  talento  y  la capacidad de todos sus miembros. A medida que el régimen socialista se robustece, que crece la abundancia de bienes materiales y espirituales y se perfeccionan  las  relaciones  sociales,  multiplícanse sin   cesar   las   posibilidades   de   desarrollo   y   de creación,   la   expansión   de   la   individualidad   de cuantos integran el cuerpo social.

 

Armonía de los intereses personales y sociales.

La contradicción de los intereses personales y sociales apareció con la propiedad privada, bajo el imperio de la cual el hombre, que ve en la sociedad una fuerza hostil que le oprime, trata de darle lo menos que puede y de quedarse él con la mayor cantidad de bienes posible.

El régimen socialista se preocupa ante todo de los intereses comunes, pues de ellos depende por igual el

bienestar de la sociedad entera y de cada uno de sus

miembros. De ahí que la moral socialista condene las manifestaciones de individualismo y del egoísmo del

pequeño   propietario,   considerándolas   justamente

como supervivencia del pasado capitalista en la conciencia de los hombres. Mas, por otra parte, F. Engels indicaba que "la sociedad no puede liberarse sin liberar a cada uno de los que la componen".332 La solicitud por el hombre, la viva atención hacia él, es uno de los primeros postulados de la moral socialista.

Dentro del socialismo, todos los miembros de la sociedad  tienen  abierto  ante    el  camino  para mejorar su situación mediante un trabajo más productivo y calificado. Lógicamente, el deseo de mejorar así el bienestar individual responde a los intereses de la sociedad y tiene su apoyo. Esta es la base objetiva sobre la que se erige la unidad orgánica

 

 

331 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 367.

332 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 278.

 

 

 

de los intereses personales y sociales dentro de la sociedad socialista. Esta característica del régimen socialista encuentra reflejo en la conciencia de los hombres. A medida que crece la conciencia socialista de las masas populares, cada vez es mayor el papel que cumplen los estímulos morales, y todos toman como algo que les afecta personalmente los asuntos que se refieren al común. El hombre educado en el espíritu de la moral socialista no puede mirar con indiferencia los defectos, todo lo que vaya contra los intereses de la sociedad, aunque sean cosas que no le incumban directamente. El sentimiento de saberse dueño  de  todo,  con  la  conciencia  de  la responsabilidad por la causa común que de ello se deriva, es un rasgo esencial de la fisonomía espiritual del hombre nuevo. Los hombres de la sociedad socialista tienen grandes derechos, pero no son menores los deberes. Son, sin embargo, los deberes del dueño, del auténtico ciudadano, y no los que se derivan de la subordinación del súbdito oprimido.

En  unos  cuantos  decenios,  se  comprende,  es imposible     desarraigar           por         completo              todas      las

nociones  y  costumbres  afirmadas  durante  largos

milenios de vigencia de la propiedad privada. En la conciencia  de  cierta  parte  de  los  miembros  de  la

sociedad  socialista  viven  aún  ciertos  rasgos  de  la

vieja moral: la indiferencia hacia el trabajo, el afán de lucro, el egoísmo, los prejuicios nacionales, el desprecio a la mujer, la afición al alcohol, las concepciones antisociales, que a veces dan lugar a actos desaprensivos y a delitos. A todos estos fenómenos nos referimos como a supervivencias del capitalismo. Así lo confirma la circunstancia de que son extraños al socialismo y de que las relaciones sociales socialistas, de por sí, no los engendran, sino que,  al  contrario,  los  van  desplazando paulatinamente.

Las supervivencias del capitalismo se mantienen con mucho arraigo en la conciencia de parte de los

miembros de la sociedad. No hay que olvidar que

existen amplios sectores de las relaciones humanas, como   es,   por   ejemplo,   la   familia,   en   que   los

conceptos y costumbres antisociales ejercen singular

influencia. Sobre esas relaciones pueden pesar sin duda, no sólo la avanzada moral socialista, la ideología que ha conquistado una situación predominante en la sociedad, sino también las ideas y costumbres  atrasadas,  que  se  mantienen  vivas  en parte de la gente. Si esas ideas y costumbres no son combatidas debidamente, pueden ejercer perniciosa influencia sobre otros, sobre todo entre las generaciones jóvenes.

Esa es la razón de que después del triunfo del socialismo   persista   la   necesidad   de   un   trabajo

educativo paciente y diario. El socialismo no puede

concebirse sin una disciplina social que obligue al ciudadano a cumplir las obligaciones respecto de la

 

socialista. Esto responde también a los intereses del individuo, si comprendemos estos intereses acertadamente y vemos la dependencia en que se encuentran con relación a la sociedad entera.

La unidad de los intereses personales y sociales - cada vez más amplia- da una formidable superioridad moral al régimen socialista, que pone fin a la vieja tragedia de la "escisión" de la conciencia humana y que  educa  a  hombres  íntegros,  optimistas  y valerosos, que no temen las dificultades. El triunfo del socialismo significa una grandiosa revolución moral.  "Es  obvio  -decía  a  este  respecto  el  gran escritor francés Romain Rolland- que esta revolución moral no ha acabado aún, pero se está realizando, y sus consecuencias serán incalculables. Ya ahora podemos decir que salva a la civilización de una quiebra desesperada en la que el espíritu humano entraría  en  el  atolladero  de  su  estéril  y  altiva soledad... Una nueva época de poderoso impulso, de alegre avance, se abre ante la humanidad entera."333

 

5. Fuerzas motrices de la sociedad socialista

El avance de la sociedad no se interrumpe, sino

que, al contrario, se ve acelerado con el triunfo del socialismo.  A  velocidad  vertiginosa,  como  jamás

conocieron  las  formaciones  anteriores,  marcha  el

desarrollo de la industria y de la agricultura, de las relaciones sociales y políticas y de toda la superestructura social, que se va perfeccionando en el avance hacia el comunismo.

Este proceso se basa en las leyes objetivas de desarrollo de la producción social socialista, lo cual

infunde a dicho avance rasgos absolutamente nuevos,

que marcan diferencias profundas entre la sociedad socialista y los regímenes de explotación.

La   sociedad   se   ve   libre   para   siempre   de

antagonismos. Las contradicciones de su desarrollo no son antagónicas. Se trata principalmente de contradicciones  y  dificultades  de  crecimiento, debidas al vertiginoso ascenso de la economía socialista y a un incremento todavía más rápido de las necesidades de los hombres; son contradicciones que surgen en el choque de lo nuevo y lo viejo, de lo avanzado y lo atrasado.

Dichas  contradicciones  no  se  resuelven  por  la lucha de clases -pues en la sociedad socialista no hay

capas o clases sociales interesadas en detener el desarrollo, en defender el régimen viejo y caduco-,

sino por la colaboración de todas las clases y capas, interesadas por igual en la consolidación del socialismo  y  la  construcción  del  comunismo.  El

instrumento principal por el que se descubren y se resuelven  las  contradicciones  es  la  crítica  y  la

autocrítica. Una crítica y autocrítica amplias son necesarias para encontrar a tiempo y eliminar los defectos   y   contradicciones,   para   cortar   en   su nacimiento los brotes de lo viejo y caduco. Donde la sociedad  y a  observar  las normas  de  la  convivencia                      crítica es ahogada, viene el estancamiento y se hace más difícil resolver las contradicciones. Por eso la sociedad socialista tiene un interés vital en estimular constantemente la crítica y la autocrítica, en las que ve un valioso instrumento para movilizar la energía fecunda y la actividad política de los trabajadores y dirigirlas  hacia  la  superación  de  las  dificultades, hacia el cumplimiento de las nuevas tareas de la construcción del comunismo.

 

333 La cultura soviética, 7 de noviembre de 1954.

 

 

La eliminación de las contradicciones antagónicas brinda una superioridad enorme al régimen socialista, al asegurar unas posibilidades nunca vistas de desarrollo armónico de las fuerzas productivas y el consiguiente progreso de la superestructura política e ideológica de la sociedad. Un papel cada vez mayor en el avance de la sociedad corresponde a las fuerzas que no dividen y enfrentan a los hombres, sino que los agrupan y los orientan hacia la consecución de fines que les son comunes. La aparición de estas fuerzas motrices del desarrollo es lo que permite a la sociedad proseguir su avance a velocidad mucho mayor y con menos pérdidas que antes.

Una importante fuerza motriz del desarrollo social es  el  trabajo   colectivo  basado   en  la  propiedad

socialista. Dicho trabajo, que aproxima y une a los hombres, es la fuente principal del avance. El trabajo,

que antes servía para enriquecer a los explotadores, conviértese en una función social que la sociedad estimula material y moralmente; pasa a ser una causa

de honor y valor, un acto de servicio al bien común. El trabajo colectivo y las relaciones de camaradería,

ayuda mutua y colaboración, engendran la emulación socialista,  forma  nueva  de  colaboración  entre  los

hombres que contribuye a poner de relieve y a fomentar sus capacidades. A diferencia de la competencia capitalista, que se basa en los principios

de "cada uno para sí" y de "el hombre es un lobo para el hombre", presupone una ayuda mutua amistosa en

todos los órdenes, el intercambio de las mejores experiencias y la incorporación sistemática de los atrasados hasta el nivel de los avanzados.

En el trabajo colectivo consciente es donde mejor se  revela  un  rasgo  de  la  fisonomía  espiritual  del

hombre de la sociedad socialista como es la preocupación por el bien común, esa sensación de sentirse dueño cuando se trata de los asuntos de la

sociedad.

En  virtud  de  los  hondos  cambios  que  con  el triunfo del socialismo experimentan las relaciones de

clase, se sientan los sólidos cimientos para la unidad

político-moral de la sociedad. Esta unidad de todas las clases y capas sociales respecto de sus principales

intereses  se  convierte  también  en  una  poderosa

fuerza   motriz   del   desarrollo   social.   La   unidad político-moral permite agrupar a todos los trabajadores para el cumplimiento de las más importantes tareas económicas, político-sociales y culturales.  Y  ello  significa  una  fuerza  capaz  de vencer cualquier obstáculo.

Otra fuerza motriz de la sociedad socialista es la amistad de las naciones socialistas, tanto dentro de cada país como por lo que se refiere al sistema mundial   del   socialismo.   Esta   amistad   ayuda   a defender las conquistas de los trabajadores frente a los atentados de los imperialistas y crea las condiciones más favorables para el desarrollo económico y cultural de todos los pueblos que se prestan fraternalmente ayuda.

Las elevadas ideas que inspiran al hombre del socialismo   encuentran   expresión   en   el   fecundo

sentimiento del patriotismo socialista. Se trata de un

patriotismo nuevo, que no refleja ya simplemente el natural cariño que cada uno siente por el lugar donde

nació, por sus personas, costumbres, idioma, etc. Se

trata en primer término de la devoción al régimen socialista, que se basa en la comprensión de su decisiva superioridad frente al capitalismo. Tal patriotismo no separa, sino que une a los hombres de las distintas naciones. El patriotismo socialista no engendra el exclusivismo nacional, sino un profundo sentimiento de solidaridad internacional y de amistad con la clase obrera y con todos los trabajadores de los demás países.

El patriotismo socialista es un sentimiento activo y eficaz, que impulsa a los hombres a entregar a su

patria  todo  cuanto  pueden  y  valen  y,  en  caso

necesario, hasta la vida. Buena prueba de ello la tenemos  en  la  gran  hazaña  del  pueblo  soviético

durante los años de la Gran Guerra Patria.

Las fuerzas motrices de la sociedad socialista no son algo dado de una vez para siempre. Ellas mismas evolucionan a medida que el régimen socialista se perfecciona y robustece.

Una de las principales tareas que la sociedad tiene ante    es  la  de  ayudar  a  esa  evolución,  a  la

consolidación  de  las  nuevas  fuerzas  motrices  del

socialismo.

Ese es el motivo de que se preste tanta atención al perfeccionamiento de las formas del trabajo colectivo

apoyándose en el desarrollo de los estímulos materiales y morales. Tiene también enorme valor el

robustecimiento continuo de la unidad político-moral del pueblo, es decir, de la unidad, la cohesión y la alianza    indestructible    entre    los    obreros,    los

campesinos y los intelectuales. Comprendiendo toda la  trascendencia  de  esta  tarea  para  el  avance  del

socialismo hacia el comunismo, la sociedad y su fuerza dirigente -el Partido- vigilan atentamente para que  en  la  economía,  la  política  y  la  ideología  no

aparezcan fenómenos contrarios a la unidad político- moral del pueblo.

El Partido, el Estado y toda la sociedad socialista no   pierden   tampoco   de   vista   la   necesidad   de fortalecer la amistad de los pueblos. Esta tarea es

cumplida con ayuda de medidas de orden económico, político y cultural-educativo. La experiencia histórica demuestra que el fortalecimiento de la amistad entre los pueblos exige una lucha constante contra las recidivas del nacionalismo en todas sus manifestaciones.

Gran importancia para el desarrollo todo de la sociedad socialista tiene, en fin, el robustecimiento del  patriotismo  socialista,  del  amor  de  los trabajadores a su país socialista, por el que han de estar  dispuestos  a  trabajar  abnegadamente  y,  si llegase el caso, a combatir en defensa de sus conquistas y de su seguridad.

La sociedad socialista posee, pues, poderosas fuerzas  motrices  que  garantizan  un  constante  y rápido progreso en todas las esferas de la vida.

El sistema socialista abre posibilidades nunca vistas  para  el  desarrollo  de  la  sociedad  y  para  la

resolución de los más complejos problemas sociales en interés de la humanidad trabajadora, creando para ello las premisas necesarias. Pero este sistema, de por

sí, se comprende que no resuelve ni puede resolver problema alguno. Son los hombres los encargados de

hacerlo.

Una característica de capital importancia del desarrollo social dentro del socialismo es que elimina

lo elemental o espontáneo y se convierte en un proceso   en   el   que   un   papel   cada   vez   mayor

corresponde a la actividad consciente y regular de los hombres.

En estas condiciones cobra un valor formidable la

función del partido marxista-leninista, vanguardia de los trabajadores, en el que encuentran su expresión más acabada y completa el pensar y el sentir colectivos de la sociedad socialista. La dirección acertada del Partido es condición indispensable para que se traduzcan en realidad todas las posibilidades y ventajas que el sistema socialista encierra.

Considerándolo así, aun después del triunfo del socialismo, los marxistas-leninistas atribuyen un significado esencial al fortalecimiento de la dirección del Partido, que ha de incrementar su papel en todas las esferas de la vida social.

La dirección del Partido Comunista es uno de los factores  decisivos  de  los  grandes  éxitos  del socialismo. Es prenda de que proseguirá el avance, de que será felizmente cumplida la tarea del paso al comunismo,  planteada  ahora  ante  la  sociedad  que supo construir el socialismo.

 

Capitulo  XXV. El sistema socialista mundial

 

Después de que el socialismo rebasó los límites de un solo país y se ha convertido en sistema mundial, ante la teoría y la práctica se presentan problemas

nuevos y de gran trascendencia, relativos a las leyes

que rigen la organización de la economía socialista mundial   y   a   las   relaciones   entre   los   Estados socialistas soberanos e independientes.

Los Partidos Comunistas y Obreros de los países socialistas, como es lógico, han tenido base donde

 

apoyarse para el estudio de estos problemas. Se la proporcionaba la enorme riqueza ideológica que contienen las obras de los clásicos del marxismo- leninismo, y también cierta experiencia práctica de relación entre las naciones sobre los principios del internacionalismo, reunida con anterioridad a la formación del sistema mundial del socialismo.

Con todo y con eso, la aparición de este sistema exigía la resolución de gran número de problemas

nuevos promovidos por la práctica, por un desarrollo fecundo de la teoría marxista-leninista apoyado en la

experiencia de la vida. La tarea de condensar esta experiencia equivale a abrir una página nueva -no terminada todavía- de la ciencia marxista-leninista,

de    verdadera   trascendencia    para   los    Partidos

Comunistas y Obreros de los países socialistas.

 

1. Particularidades  históricas de la formación del sistema socialista mundial

Cuando hablamos de sistema mundial -lo mismo

del socialista que del capitalista- no nos referimos simplemente a un conjunto de Estados que presentan

un régimen social del mismo tipo.

Hubo  tiempos  en  que  en  gran  parte  del  globo existía un mismo régimen social, el feudalismo, por

ejemplo.  Pero  no  existía  ni  podía  existir  ningún

sistema mundial, pues los países en que imperaba dicho régimen no estaban unidos, formando un organismo político-social único, y a menudo hasta era muy poco o nada lo que sabían unos de otros.

Las condiciones para la formación de un sistema mundial  aparecieron  únicamente  en  la  época  del

capitalismo,  cuando  el  desarrollo  de  las  fuerzas

productivas unió con estrechos lazos la economía de los distintos países. El proceso de formación del sistema capitalista mundial se prolongó durante cientos de años y no terminó hasta la época del imperialismo.  Este  sistema  mundial,  empero,  no había de mantener largo tiempo su exclusiva. Los países que se emanciparon de la dominación del capital se han agrupado en un campo socialista y han formado el sistema mundial del socialismo.

 

Vías  y  métodos  en  la  formación  de  los  dos sistemas.

La formación de ambos sistemas obedece a un

mismo factor: las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas. Pero dicho factor no obra por sí mismo, sino a través de la política y la labor de las clases dominantes. En un caso, la fuerza principal que da vida a la tendencia objetiva al acercamiento de los países y pueblos, de su economía y su cultura, es  la  burguesía;  en  el  otro  es  la  clase  obrera.  Es lógico que la formación de los sistemas capitalista y socialista haya seguido caminos distintos, se haya llevado a cabo por métodos diferentes y que sus resultados no sean los mismos.

Se ha observado hace ya tiempo que la política interior y la exterior de cada clase son de una misma naturaleza. Si la burguesía explota y oprime a los trabajadores  de  su propia patria,  ¿podría esperarse que procediera de modo distinto con los obreros y campesinos de otros países? No puede asombrarnos, pues, que la aproximación de los países bajo el capitalismo se parezca a la que hay entre el salteador y su víctima.

La formación del sistema mundial del capitalismo era resultado de una constante lucha en todas sus

formas: militar, política, económica e ideológica. La

comunidad del régimen social no engendraba la solidaridad internacional. Así nos lo confirma plenamente la historia. En la segunda mitad del siglo XVIII existía un solo gran Estado burgués, que era Inglaterra, y su clase dominante era el enemigo número uno de las revoluciones burguesas en otros países. Esto lo demostró, por ejemplo, a lo largo de la revolución francesa de 1789, cuando se puso a la cabeza del bloque contrarrevolucionario de Estados absolutistas feudales que buscaban la restauración del viejo régimen.

Es también digno de señalar que todas las grandes guerras de los siglos XIX y XX, sin exceptuar la

segunda  guerra  mundial,  que  estalló  cuando  ya existía  un  Estado  socialista,  se  produjeron  entre

potencias capitalistas como fruto de las irreductibles contradicciones  que  enfrentaban  a  las  clases dirigentes de los distintos países, a pesar de toda la

afinidad social que entre ellas había.

La misión histórica de la clase obrera impone, por sus principios mismos, vías y métodos distintos para

la formación del sistema socialista mundial. La clase

obrera pone para siempre fin a la explotación y la opresión en su propio país, y en modo alguno desea conservarlas o revivirlas en el terreno internacional. El camino que lleva a la formación del sistema mundial del socialismo es el acercamiento voluntario de  pueblos  iguales  en  derechos,  y  no  la subordinación del débil por el fuerte. La base de las relaciones entre los países socialistas es la profunda unidad y solidaridad social.

La naturaleza social de ambos sistemas mundiales explica otras diferencias de principio que se observan

entre ellos.

El sistema mundial del capitalismo se sujeta a una estricta      jerarquía,              que         se            ve           avalada   por         la

correlación real de fuerzas y, a menudo, en el plano

jurídico. Se asemeja a una pirámide, con un puñado de grandes potencias en la cúspide, y abajo una masa enorme de pueblos atrasados y oprimidos.

El sistema mundial del socialismo no es nada de esto. No es una jerarquía basada en la subordinación

y la dependencia, sino una comunidad de Estados libres e iguales en derechos.

El sistema mundial del capitalismo, por su propia

naturaleza, tiende a mantener y profundizar, y no a eliminar,  las  diferencias  en  cuanto  a  la  situación

 

económica, social y cultural de los países que lo componen. La esencia del sistema mundial del capitalismo es la subordinación de la economía, la política y las relaciones sociales de la mayoría de los países que lo integran a los intereses de la burguesía monopolista de las potencias desarrolladas.

El sistema mundial del socialismo, al contrario, tiende por su carácter a favorecer el rápido desarrollo de todos los países que lo componen y a colocar a los atrasados al nivel de los adelantados.

La            existencia              de           este        sistema  hace

económicamente posible la construcción del socialismo en cualquier país, cualquiera que sea el nivel de su desarrollo en el momento de producirse la revolución, mientras que antes esa posibilidad se circunscribía a los países que, por lo menos, tuvieran un nivel económico medio. Esta circunstancia es de un valor inmenso para los países subdesarrollados.

El sistema mundial del socialismo garantiza la seguridad de cada uno de los países que lo componen

frente al campo imperialista, y ello proporciona la

posibilidad política de la construcción del socialismo en  cualquier  país,  cualesquiera  que  sean  su superficie, su población y su potencial militar. Esto tiene importancia singular para los países pequeños, que   por      solos   nunca   podrían   defender   sus conquistas socialistas frente a la agresión de los imperialistas.

Lo esencial del sistema mundial del socialismo es que crea entre los países las relaciones que mejor

responden a los intereses de cada uno de ellos por

separado y del mundo socialista en su conjunto, que contribuyen a poner de relieve la superioridad histórica del socialismo y, sobre esta base, aceleran el rápido progreso económico, social y cultural de todo el campo socialista en su avance hacia el comunismo.

 

2. Principios de las relaciones entre los estados socialistas (internacionalismo socialista)

El marxismo-leninismo había resuelto ya en líneas

generales, antes de la aparición del sistema mundial del   socialismo,   el   problema   de   cómo   han   de

estructurarse las relaciones entre los países donde el

poder está en manos de la clase obrera. La igualdad de derechos de las naciones y el internacionalismo proletario han sido los principios inconmovibles que siempre guiaron a los partidos marxistas de la clase obrera. Mas los principios del internacionalismo proletario regulaban entonces, en lo fundamental, las relaciones entre los destacamentos nacionales del proletariado  internacional,  entre  los  partidos políticos, los sindicatos y demás organizaciones de los trabajadores. Antes de la conquista del poder por la clase obrera no había ni podía haber experiencia de aplicación de la política del internacionalismo proletario en plano estatal.

La primera experiencia de este género la proporcionó la victoria de la revolución proletaria en

 

 

 

Rusia. Por primera vez, las relaciones entre las naciones y pueblos de un enorme Estado multinacional se vieron regidas por los principios de la igualdad, de la unión voluntaria y la ayuda mutua, del respeto a la soberanía nacional, de consideración hacia los caracteres específicos de cada nación socialista.

Cuando la revolución socialista venció en otros países, la experiencia soviética  sirvió  de  punto de

partida, de modelo y ejemplo. Pero esta experiencia no podía ser proyectada mecánicamente sobre todo el

campo socialista, puesto que se trataba ya no de relaciones   dentro   de   un   mismo   país,   sino   de relaciones entre  Estados  socialistas independientes,

cada uno de los cuales tenía a la cabeza a su Partido

Comunista u Obrero, que gozaba asimismo de plena autonomía.

Había  que  aplicar  con  un  criterio  creador  los

principios generales del internacionalismo proletario a  las relaciones entre  los Estados socialistas.  Esto

significaba, a la vez, la ampliación de esos mismos

principios del internacionalismo proletario, que había de ser enriquecido con un nuevo contenido histórico. Adquirió así una calidad nueva, que lo convirtió en internacionalismo socialista en cuanto se refiere a las relaciones entre los Estados socialistas.

Los principios del internacionalismo socialista descansan sobre la firme base científica que da el conocimiento de las leyes objetivas propias de la época del socialismo.

Una de estas leyes se refiere a la libre autodeterminación, al verdadero despertar de todas

las naciones,  a la expansión  de su  cultura y a  su

desarrollo como entidad estatal. Las condiciones para todo esto aparecen sólo después del triunfo de la revolución socialista, que pone fin a la opresión nacional en todas sus formas.

Al emprender la construcción del socialismo, con un contenido igual y común para todos los países,

cada  nación  que  derrocó  al  capitalismo  procura

definir   el   camino   de   su   desarrollo   económico, político  y  cultural  de  tal  modo  que  se  ajuste  al

máximo a sus características históricas concretas y a

sus tradiciones progresivas.

El marco nacional existirá también en las etapas subsiguientes de construcción de la sociedad nueva.

V. I. Lenin indicaba que las diferencias nacionales y estatales  entre  los  pueblos  se  mantendrán  mucho

tiempo incluso después del triunfo de la clase obrera en escala mundial.334

Esto es así porque la nación, el idioma nacional y

la  forma  nacional  de  la  cultura  son  fenómenos sociales que se distinguen por una estabilidad extraordinaria. El mantenimiento bajo el socialismo de las diferencias nacionales viene impuesto también por  causas  más  profundas  de  orden  económico- social. Las fuerzas productivas de nuestra época no

 

334 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 72.

 

han madurado para la socialización hasta tal punto que puedan ser borradas las fronteras nacionales de la economía socialista y pasar a su dirección planificada como un cuerpo único.

La economía de cada país socialista se desarrolla como una entidad nacional independiente, con sus proporciones y relaciones, las cuales vienen determinadas por los sectores, históricamente estructurados, de la economía nacional, por las características de la experiencia de la población en el trabajo, por los recursos naturales, la situación geográfica del país, etc.

El socialismo se rige también por la ley del acercamiento de las naciones y los pueblos, de la

interacción de los sistemas económicos nacionales y de la aproximación cada vez mayor de las naciones

socialistas. Esta ley se deja sentir con intensidad creciente conforme el socialismo avanza. Se basa, sobre todo, en las necesidades de desarrollo de las

fuerzas productivas. Bajo el capitalismo, estas necesidades     engendran     ya     la     tendencia     al

estrechamiento de los vínculos entre las naciones; dentro del socialismo, aceleran el proceso de acercamiento constante de los Estados y pueblos.

Las dos leyes anteriores no se contradicen, sino, al contrario,    guardan    estrecha    relación   entre    sí.

Únicamente la expansión y desarrollo completos de las  formas  nacionales  abren  el  camino  al acercamiento       voluntario       y       auténticamente

internacionalista, a la unificación de las naciones socialistas.   Y   ese   acercamiento,   a   su   vez,   es

condición   primordial   para   la   expansión   de   la economía y la cultura nacionales.

Estas dos leyes objetivas del sistema mundial del socialismo actúan juntas y en interacción, determinando la dirección en que dicho sistema se

desarrolla. En la evolución de las relaciones entre los

Estados socialistas se deja sentir tanto la una como la otra.

 

Cada país socialista es un Estado soberano.

Una parte importante e inseparable del internacionalismo socialista son los principios de la igualdad de derechos y de la soberanía. Estos principios  democráticos  generales  fueron proclamados ya antes de la aparición y consolidación de las naciones burguesas. Bajo el capitalismo se los admite de una manera más bien formal. De hecho, las relaciones entre los Estados vienen determinadas por la   correlación   real   de   fuerzas.   El   Estado   más poderoso no se atiene a las normas del derecho internacional; si lo considera oportuno, interviene sin miramiento alguno en los asuntos internos de los países débiles y los coloca bajo su dependencia.

Además, el capital no respeta fronteras; penetra en los países débiles, subordina la economía de éstos a

sus intereses propios y les priva de su independencia económica. Por eso, bajo el capitalismo es tan común que un Estado se considere formalmente soberano y que las grandes potencias le dicten su política. Antes de la guerra, por ejemplo, Polonia se consideraba un país independiente y soberano. Mas su orientación política  dependía  en  buena  parte  del  capital extranjero, que en muchos sectores representaba más del 60 por ciento de la industria polaca.

Sólo con el socialismo adquieren su sentido genuino la igualdad de derechos, la independencia

nacional y la soberanía. La soberanía política se ve reforzada  por  el  hecho  de  que  la  sociedad  se

convierte en la propietaria de los medios fundamentales de producción. Cada nación se coloca en  condiciones  de  disponer  de  la  economía,  base

primordial de su existencia, y de orientarla de conformidad con sus propias necesidades.

El   socialismo   no   se   limita   a   proclamar   la verdadera soberanía, sino que pide también que sea estrictamente respetada.

¿Por qué? Porque la construcción del socialismo descansa en la actividad de las grandes masas del

pueblo. Sólo cuando el pueblo de un país determina por sí mismo sus tareas económicas y políticas es posible  la  contribución  consciente  y  activa  de  las

masas en el cumplimiento de las mismas, llegando, si fuera necesario, a soportar privaciones y sacrificios

temporales, siempre y cuando esto las conduzca a la meta que libremente eligieron. Nadie puede conocer las   necesidades   y   posibilidades   de   una   nación

socialista mejor que ella misma; nadie mejor que ella puede considerar acertadamente las características de

su desarrollo económico, político y cultural.

De ahí que toda injerencia, aun la dictada por los mejores propósitos, además de inoportuna, puede ser

contraproducente y causar daño a la construcción del

socialismo dentro de ese país.

El  respeto  mutuo  de  la  soberanía  es  condición para que el desarrollo del socialismo se atenga dentro de cada país a las características nacionales y tradiciones de su pueblo.

Ahora bien, ¿no significará esto un obstáculo para el acercamiento de los pueblos, que es el ideal del

socialismo? En modo alguno. El leninismo enseña

que para que las naciones puedan acercarse unas a otras es necesario respetar todos sus derechos y su soberanía.

Tal es la dialéctica del problema nacional. Sólo cuando las naciones son realmente libres e iguales en

derechos, cuando ninguna de ellas atenta contra la independencia de otra, sólo entonces se impone un clima     de     absoluta     confianza     y     estrechan

voluntariamente los vínculos que dictan el desarrollo de la economía, la defensa y la política exterior.

Cada país socialista, aun manteniéndose como Estado soberano, no puede tampoco recluirse en su concha nacional y cerrar los ojos a los caminos y

métodos que los otros países siguen para resolver los problemas    del    socialismo.    Todos    los    países socialistas -grandes y pequeños- acumulan, como es lógico, su propia experiencia de construcción del socialismo. En esto, como en todo lo demás, son iguales, y cada uno de ellos es capaz de aportar su contribución a la teoría y la práctica del socialismo. Pero, a la vez, tienen un interés vital en utilizar toda la experiencia reunida por los pueblos que están construyendo  el  socialismo,  y  que  les  ayuda  a avanzar más rápidamente en la organización de la sociedad nueva y a evitar los errores y faltas. Es evidente  que  esto  acelera  grandemente  la construcción del socialismo dentro de cada país.

Se comprende que una cosa es utilizar la experiencia y otra la simple imitación. La experiencia

se  adopta  con  un  espíritu  creador,  tomando  lo esencial, lo que tiene un valor permanente y puede

dar  éxito  aplicado  a  las  condiciones  concretas  de cada país.

 

Unidad y ayuda mutua.

La esencia del internacionalismo socialista no se limita a la igualdad de derechos y a la independencia.

Lo   nuevo   y   específico,   lo   que   define   las

relaciones mutuas de los Estados socialistas, es la unificación voluntaria de los esfuerzos para construir

en  común  el  socialismo,  el  apoyo  fraternal  que

mutuamente se prestan. Las relaciones entre los Estados socialistas vienen determinadas, en última instancia, por las relaciones de producción del socialismo. Su base es la colaboración amistosa y la ayuda mutua.

Los intereses nacionales de los Estados socialistas se combinan armónicamente con los intereses y los fines que les son comunes. Estos son los intereses de clase y fines fundamentales de los trabajadores, que encuentran su expresión científica en el marxismo- leninismo. El patriotismo de los pueblos de los países socialistas se funde con el internacionalismo. El amor a la patria socialista comprende orgánicamente el amor a toda la unida familia de los pueblos que integran el campo socialista.

Las relaciones basadas en la buena voluntad y en la amistad de los propios pueblos son las más sólidas que  pueden establecerse  en  el plano internacional. Por eso el campo del socialismo no es una coalición como otra cualquiera de Estados cuyos intereses coinciden por algún tiempo, sino una fuerza monolítica que se opone al campo imperialista como un todo único, como una sólida agrupación política y económica apoyada en los intereses duraderos y básicos de los elementos que la componen.

El socialismo, a diferencia de la democracia burguesa,  no  puede  limitarse  a  proclamar formalmente la igualdad de las naciones. El centro de gravedad lo traslada a la consecución de una igualdad real, y para eso hace falta acabar con la herencia del capitalismo  que  supone  la  desigualdad  en  el desarrollo  económico  y  cultural  de  los  distintos pueblos, hasta alcanzar un ascenso general de todos ellos. Tal es la política nacional dentro de un Estado multinacional socialista. Esos mismos principios encuentran aplicación en el plano de las relaciones internacionales dentro del sistema socialista mundial.

El  principio  de  la  ayuda  mutua  se  extiende también a las relaciones políticas entre los Estados

socialistas.  La  existencia  del  potente  campo  del

socialismo garantiza la soberanía y la seguridad de cada  uno  de  los  países  socialistas,  garantiza  el

mantenimiento de las conquistas de sus revoluciones

populares.  Así  lo  confirma  con  toda  fuerza  el unánime apoyo que la Unión Soviética y los demás países socialistas prestaron a los trabajadores de Hungría en los días de la rebelión contrarrevolucionaria provocada por el imperialismo extranjero. Los enemigos del socialismo levantaron alrededor de esto el ruido que todos conocemos, presentando la fraternal ayuda a Hungría por los pueblos socialistas como una "intervención" en sus asuntos  internos.  Pero  los  obreros  conscientes  de todo el mundo piensan de los acontecimientos de Hungría precisamente lo contrario. En la ayuda prestada al pueblo húngaro en defensa de sus conquistas socialistas ven, y con razón, un digno ejemplo de cómo se cumple el deber internacionalista y de solidaridad proletaria.

Actuando  como  lo  hacen  unidos  en  un  frente único dentro de la palestra mundial, los países del

socialismo multiplican la eficacia de su política exterior,    cuyo    fin    es   la    conservación    y   el

robustecimiento de la paz general, la coexistencia pacífica    y    la    emulación    económica    con    el

capitalismo.

 

Superación  de  las  supervivencias  del nacionalismo.

Así,   pues,   la   comunidad   económico-social   e

ideológica de los Estados que integran el sistema mundial del socialismo, propicia las condiciones objetivas para la resolución de todos los problemas que puedan derivarse de sus relaciones mutuas. El partido  marxista-leninista  de  cada  país  ha  de  ser capaz, sin embargo, de resolver estos problemas de tal modo que los intereses nacionales se armonicen con los intereses comunes del campo socialista.

Los principios del internacionalismo socialista permiten alcanzar perfectamente esa armonía. La experiencia del sistema mundial del socialismo muestra que guiándose por ellos se pueden lograr excelentes  resultados  en  las  relaciones  entre  los países. Ninguna clase de roces o de incomprensiones parciales, inevitables al establecer unos nuevos vínculos entre los pueblos, pueden rebajar el significado histórico de esta experiencia.

Pero  los  principios  del  internacionalismo socialista, al igual que las formas de su aplicación,

son  algo  nuevo  en  las  relaciones  internacionales, mientras que las relaciones del viejo tipo se mantuvieron durante toda la secular historia de las sociedades basadas en la explotación. Entre los distintos países, sin excluir a los que ahora son socialistas, hubo en el pasado discordias y choques que han dejado un sedimento difícil de eliminar. No siempre es tan sencillo librarse rápidamente de él, acabar con la herencia del pasado, pues los recelos nacionales son de los que más hondas raíces echan.

No en vano la reacción imperialista, empeñada como está en debitar el campo socialista mundial, cifra sus esperanzas en la reactivación de los elementos nacionalistas dentro de los países del socialismo. Tampoco puede extrañarnos que sea en la charca nacionalista donde florecen las más venenosas flores del revisionismo. Los prejuicios y recelos nacionalistas son de ordinario la plataforma común sobre la que se agrupan para combatir al nuevo régimen los restos de las clases explotadoras, los agentes directos de los servicios imperialistas de espionaje y los traidores a la causa del socialismo.

¿No nos lo prueba así el caso de Hungría, donde la rebelión contrarrevolucionaria de otoño de 1956 fue precisamente   resultado   de   esa   combinación   de oscuras fuerzas apoyadas por el imperialismo mundial?

Estos últimos años, los elementos revisionistas, en sus deseos de abrir al nacionalismo las puertas del movimiento obrero internacional, han hecho suya la consigna del "comunismo nacional", que había sido inventada por la reacción imperialista. Hacen ver que conocen la receta de un comunismo que puede acomodarse perfectamente con el particularismo y la limitación nacional y que es posible construir al margen de los demás países socialistas y hasta en hostilidad con ellos, desentendiéndose por completo de los principios del internacionalismo socialista y de la solidaridad de clase. Está claro, sin embargo, que tales   recetas   no   tienen   nada   que   ver   con   el comunismo; son, sí, un nuevo intento de dar vida, bajo  una  nueva  etiqueta,  a  la  vieja  política oportunista de acomodación del movimiento obrero a los intereses de la burguesía reaccionaria. Quien se manifiesta en pro del "comunismo nacional", quien atenta   contra   la   unidad   del   sistema   socialista mundial, reniega de hecho del socialismo.

El nacionalismo es una de las armas de que primero echa mano la reacción en sus intentos de romper la unidad y solidaridad de los países socialistas. Pero únicamente puede tener éxito allí donde los dirigentes del Estado olvidan el internacionalismo, donde se muestran propicios a desorbitar las características nacionales y a cerrar los ojos   a   las   leyes   generales   de   la   construcción socialista; donde los intereses del país propio, torcidamente comprendidos, son enfrentados a los intereses de los demás pueblos hermanos. Así ocurrió en Yugoslavia, la política de cuyos dirigentes se vio

 

 

 

dominada por las tendencias de un estrecho nacionalismo.

Pero las enseñanzas que de esto se derivan han sido  tenidas  en  cuenta.  Los  partidos  marxistas-

leninistas de todos los países socialistas han incrementado   su   lucha   con   las   supervivencias

nacionalistas. Tienen presente que estos prejuicios y supervivencias  no  pueden  ser  eliminados  con métodos  de  imposición  y  a  voces.  Junto  a  una

explicación y una crítica paciente de los errores nacionalistas,  un  papel  decisivo  corresponde  a  la

aplicación consecuente de los principios del internacionalismo socialista. En una atmósfera de colaboración amistosa, de constante disposición de

ayudarse unos a otros, de igualdad de derechos y de estimación  mutua  de  los  intereses,  costumbres  y

tradiciones, se extinguen rápidamente los focos de disensión nacional y de pasadas enemistades, se borran y desaparecen las prevenciones de antaño.

Los verdaderos internacionalistas han de recordar siempre    que    en    el    arsenal    de    la    reacción

contemporánea ocupa un lugar muy importante la deformación del papel de la Unión Soviética en el campo  socialista.  La  propaganda  capitalista  y  los

revisionistas que le hacen el coro difunden a este respecto toda clase de patrañas. Dicen, por ejemplo,

que la Unión Soviética "manda" entre los demás países socialistas y que sus Partidos Comunistas "dependen" del P.C. de la U.S. De Belgrado salió la

versión de supuestas pretensiones de la U.R.S.S. a la

"hegemonía", al papel de jefe en el campo socialista.

Tales infundios se propagan con el ánimo de difamar a la Unión Soviética y a todo el sistema socialista, de estimular los prejuicios nacionalistas entre las gentes atrasadas o no informadas y de quebrantar entre las masas populares la confianza en la política soviética.

En realidad, el papel de la Unión Soviética dentro del sistema mundial del socialismo no tiene nada de común  con  lo  que  le  atribuye  la  propaganda  del enemigo.   En   el   movimiento   comunista   no   hay partidos "superiores" e "inferiores", como tampoco hay en el campo socialista Estados "jefes" y Estados "satélites". Todos los países socialistas gozan de independencia completa en cuanto a la resolución de sus problemas nacionales, y cada uno de ellos tiene por igual voz y voto en lo que se refiere a los asuntos generales del campo socialista. De la misma manera, los Partidos Comunistas y Obreros de estos países son completamente independientes y gozan de igualdad de derechos; son responsables ante los trabajadores de su país y ante todo el movimiento obrero internacional, y no ante el partido de cualquier otro país. El Partido Comunista de la Unión Soviética no tiene la menor pretensión a ocupar un puesto especial de dirección en el movimiento comunista internacional.

De ahí que no haya razón alguna para hablar de que la Unión Soviética dirige el campo socialista. La Unión Soviética, y así se hacía constar en el informe de N. S. Jruschov ante el XXI Congreso del P.C. de la U.S., no dirige a ningún otro país. Lo único que hace, gracias a su valiosa experiencia, es mostrar un ejemplo de lucha por el socialismo, un ejemplo de cómo  se  cumplen  felizmente  las  más  complejas tareas de la construcción del socialismo y del comunismo. "En cuanto a la Unión Soviética -decía N. S. Jruschov-, como todos saben, su papel no consiste en dirigir a otros países, sino en que, como primer país que abrió a la humanidad el camino del socialismo, es el más poderoso dentro del sistema socialista mundial y ha entrado el primero en el periodo de amplia construcción del comunismo."335

Este es el origen de la confianza y el prestigio de que la  Unión  Soviética  goza  en  la  comunidad  de  los países socialistas.

 

3. Desarrollo de la economía socialista mundial

 

Al llegar a un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, la economía rebasa el marco de los distintos países y se convierte en mundial. Se trata, según deciamos antes, de un proceso objetivo que se inicia bajo el capitalismo y que, sobre una base nueva y con nuevas formas, se desarrolla rápidamente dentro del socialismo.

¿Qué expresión concreta adopta la transformación de  las  economías  nacionales  en  eslabones  de  una economía mundial? Esto se traduce, ante todo, en una ampliación enorme de la división internacional del trabajo, a la vez que las relaciones económicas entre los pueblos se hacen cada vez más estrechas y se extienden a todas las esferas.

Bajo   el   capitalismo   se   crea   ya   un   sistema complejo, que abarca a todo el mundo, de relaciones económicas entre los Estados. Pero el socialismo no puede limitarse a heredar simplemente este sistema y a ampliarlo sobre las mismas bases que antes tenía. Esto es imposible por consideraciones de principio y por   razones   prácticas.   Dentro   de   la   economía

mundial capitalista las relaciones económicas son antagónicas  y,  por  lo  común,  se  asientan  en  la dominación de unos y la subordinación de otros; tienden a mantener en el atraso a los países menos desarrollados, a una deformada evolución unilateral de  su  economía.  Está  claro  que  el  socialismo  no puede conservar esas relaciones, que son extrañas a la ideología de igualdad, amistad y fraternidad de los pueblos. Además, las relaciones económicas internacionales más desarrolladas desde el punto de vista capitalista no pueden satisfacer las demandas, mucho  más  elevadas,  de  la  economía  socialista mundial.

 

335 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años 1959-1965", en Materiales  del XXI Congreso, extraordinario,  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.

106.

 

 

Hay que agregar a esto que el capitalismo, en sus vanos esfuerzos por impedir la construcción de la nueva   sociedad,   rompe   a   menudo   los   vínculos económicos con los países donde se ha producido la revolución socialista, y organiza contra ellos el bloqueo y la guerra económica. Eso hace que los países que entraron por la vía del socialismo hayan de estructurar una nueva distribución del trabajo y nuevas relaciones económicas.

Esta obra histórica fue iniciada por la revolución socialista  de  Rusia.  El  primer  país  que  rompió  la cadena   del   imperialismo   constituyó   también   el primer eslabón de la futura economía socialista mundial. Por eso escribía Lenin en 1920 acerca de la necesidad de tener presente, al resolver los problemas de la construcción socialista, "la tendencia a la creación  de  una  economía  mundial  conjunta, regulada según un plan general por el proletariado de todas las naciones, tendencia que se ha revelado ya muy claramente bajo el capitalismo y que sin duda se seguirá desarrollando y alcanzará su culminación con el socialismo".336

Se necesitaron casi tres decenios para que esta tendencia señalada por Lenin triunfase en amplia escala internacional. El sistema socialista mundial de economía  comenzó  prácticamente  a  integrarse después de 1945, cuando una serie de países de Europa y Asia entraron en la vía del socialismo. En estas  condiciones,  la  estructura  económica  de  la Unión Soviética, que había creado un poderoso y monolítico  sistema  económico,  manifestó encontrarse bien dispuesta para convertirse en núcleo de la economía socialista mundial.

Desde el momento de la formación del campo socialista  se  inició  el  proceso  de  aproximación económica de los países que lo integraban, de formación gradual de un sistema mundial único de economía. El proceso, además de nuevo, es complejo y exige para su culminación tiempo y grandes esfuerzos. Pero avanza sin cesar, porque es una ley histórica de la época y transcurre bajo la acción de las mismas leyes económicas del socialismo, que son la base del desarrollo de cada uno de los países socialistas.

 

Leyes económicas de la economía socialista mundial.

 

El carácter de las relaciones económicas entre los países del campo socialista viene determinado ya en gran parte por las transformaciones revolucionarias que se producen en la economía nacional de cada uno de   ellos.   La   industrialización   socialista   y   la agrupación de los campesinos en cooperativas de producción dentro de las democracias populares pusieron fin a las viejas proporciones que existían entre los distintos sectores de la economía nacional.

 

336 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXI, pág. 125.

 

Las nuevas ramas de la economía, desde el principio mismo, comenzaron a desarrollarse de conformidad con las posibilidades que brindaba la colaboración con los demás países del campo socialista. La Unión Soviética empezó a coordinar la planificación de su economía con las necesidades económicas de los países socialistas hermanos.

En todos los países del campo socialista se produjeron así cambios, mutuamente condicionados, de las proporciones entre los sectores, a la vez que, en una u otra medida, se modificaba la estructura de la importación y la exportación. Los nexos económicos  entre  los  Estados,  que  cobraban  de nuevo    impulso,    se    convirtieron    en    elemento necesario del proceso de la reproducción socialista ampliada dentro de cada país. Así empezó a regir en escala internacional la ley económica del desarrollo planificado y proporcional, inherente al socialismo, de  conformidad  con  la  cual  se  lleva  a  cabo  la colaboración de los países socialistas.

Hoy día no hay un solo país socialista que desarrolle  su  economía  aisladamente,  sino  que  la considera como parte integrante del sistema socialista mundial. En estas condiciones, la utilización consciente  por  cada  país  de  la  ley  del  desarrollo planificado  y  proporcional  y  de  la  ley  del  valor adquiere excepcional importancia. Esto permite descubrir dentro de cada país socialista nuevas reservas  para  elevar  la  productividad  del  trabajo social y asegurar el más conveniente empleo de la mano de obra y de las riquezas naturales.

Cuando  la  Unión  Soviética  construía  el socialismo, dentro del cerco capitalista, hubo de crear un  sistema  industrial  completo  y  levantar  su economía apoyándose sólo en los recursos internos y en la división del trabajo dentro del país únicamente. Esto determinó las características de la industrialización socialista soviética. Los nuevos países socialistas no tienen necesidad de conseguir esa autarquía, pues disponen de las enormes ventajas que representa la división socialista internacional del trabajo.

 

La división socialista internacional del trabajo.

En la primera etapa, la división del trabajo dentro del   campo   socialista   venía   determinada   por   la necesidad de levantar cuanto antes la economía destruida por la guerra. Se había de hacer también frente a las consecuencias del bloqueo con el que los imperialistas confiaban en impedir, o en todo caso retardar durante largo tiempo, el progreso económico de los países socialistas.

La Unión Soviética entregaba a las democracias populares   materias   primas,   combustible,   equipo industrial y comestibles. Estos países intercambiaban entre sí los artículos que ordinariamente dedicaban a la exportación y de los que tenían excedentes. Esos mismos artículos eran vendidos a la Unión Soviética.

 

 

Las primeras medidas para organizar la división socialista internacional del trabajo se tradujeron, preferentemente, en acuerdos bilaterales. Pero la constante ampliación de las relaciones económicas en todos  los   órdenes   hizo   pronto   insuficiente   este sistema de regulación y coordinación. El desarrollo de las fuerzas productivas del socialismo exigía una coordinación   más   amplia   y   multilateral   de   la actividad económica, que se hizo particularmente necesaria  a  la  vista  de  los  éxitos  de  la industrialización socialista. Para evitar paralelismos innecesarios y gastos inútiles, los Estados socialistas hubieron de tener más en cuenta las necesidades y posibilidades de cada uno respecto de los demás. Por ejemplo,  Polonia,  la  República  Democrática Alemana y Checoslovaquia ampliaron las construcciones   navales;   la   Unión   Soviética,   en interés del resto, incrementó la extracción de mineral de hierro; Hungría, con arreglo a las necesidades de sus vecinos, aumentó la producción de aluminio, etc.

La experiencia demuestra la inconveniencia de crear   en   cada   democracia   popular   europea   un complejo completo de sectores económicos. Se hannhecho patentes las ventajas y la necesidad de una amplia  especialización  y  cooperación  internacional de la producción.

Las medidas de este carácter comenzaron a aplicarse con particular amplitud a partir de 1955-1956, afectando en primer término a la construcción

de maquinaria. La especialización permite reducir al mínimo el paralelismo tanto en la producción como en lo que se refiere a la composición de proyectos y diseños, disminuir en cada país la lista de artículos que se fabrican y aumentar simultáneamente el volumen de la producción global y en serie. Así, los acuerdos conjuntos adoptados en 1956 sobre la especialización de máquinas-herramientas han permitido reducir el número de tipos que se fabrican dentro de cada país. Han contribuido también sensiblemente al incremento de la productividad del trabajo y a la economía de materiales, medidas semejantes sobre la especialización de la producción de  automóviles,  vagones,  maquinaria  agrícola, barcos, equipo de centrales eléctricas, cojinetes, etc.

 

La Conferencia de representantes de los Partidos

 

Comunistas y Obreros de los países socialistas, celebrada  en  Moscú  en  mayo  de  1958,  se  ha manifestado en pro de una mayor coordinación de los planes económicos. Se ha decidido elaborar en todos los países socialistas planes de desarrollo de la economía  nacional  calculados  para  diez  a  quince años y hacer más profunda la especialización y cooperación de los sectores económicos adyacentes sobre la base de la división internacional del trabajo. Este programa se va realizando con éxito.

La coordinación de los planes en los sectores económicos adyacentes, relacionados entre sí, es una forma nueva de vínculos económicos internacionales, que sólo podemos encontrar en el sistema socialista. Esto ha ampliado considerablemente el volumen y la esfera de la colaboración entre los Estados.

La coordinación económica dentro de los países del  socialismo  no  significa,  sin  embargo,  que  la economía   de   cada   uno   de   ellos   se   encuentre subordinada a un plan común. De ninguna manera: al redactar sus planes económicos, estos países se guían ante todo por los intereses del desarrollo y la reconstrucción nacionales. Y no obstante, la coordinación internacional de dichos planes ha demostrado ser una forma muy eficaz de agrupación de los esfuerzos de los países socialistas en el campo productivo, con lo que salen ganando cada uno de ellos y todo el sistema socialista en su conjunto. El organismo internacional con ayuda del cual los Estados  socialistas  soberanos  preparan conjuntamente, sobre el principio de la libre aceptación, las propuestas de división planificada del trabajo es el Consejo de Interayuda Económica (C.I.A.), que fue instituido en 1949.

El C.I.A. no es un organismo supraestatal con facultades para intervenir en los asuntos internos de cada país. Su misión se limita a elaborar y ayudar a la aplicación de medidas relacionadas con la especialización y cooperación de la producción, con la ampliación del intercambio de mercancías y de la colaboración técnico-científica. Se encuentran representados en él Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, la República Democrática  Alemana,  Rumania  y  la  Unión Soviética. A título de observadores, en la labor del C.I.A. y de sus órganos participan representantes de las democracias populares de Asia, los cuales, con su trabajo  práctico,  contribuyen  activamente  al desarrollo de la colaboración entre todos los países del socialismo.

La unificación de los esfuerzos de los países socialistas en el terreno de la producción no se lleva a cabo únicamente en el C.I.A., sino también a través de contactos directos entre los organismos nacionales de planificación. Mediante comisiones bilaterales de colaboración económica se realiza, por ejemplo, la cooperación   en   la   fabricación   de   automóviles, turbinas y maquinaria agrícola entre la República Democrática Alemana y Checoslovaquia; en la construcción  de  vagones,  entre  Polonia  y  la República Democrática Alemana, y en la fabricación de equipo para centrales eléctricas, siderurgia y producción de cemento, entre la U.R.S.S., y la República Democrática Alemana.

La República Popular China, lo mismo que la U.R.S.S., ocupa un puesto especial dentro del sistema de división socialista internacional del trabajo. Este enorme país, con una población de 650 millones de habitantes, según indicaba el VIII Congreso de su Partido Comunista en 1957, ha de desarrollar una economía completa, que asegure el avance en todas sus ramas y les proporcione los necesarios medios de producción. Esto no reduce, sin embargo, la colaboración múltiple y cada vez más amplia de la República Popular China con los otros países del campo socialista. La China popular impulsa también sectores especializados de la economía que no se orientan exclusivamente a la satisfacción de las necesidades internas, sino que también están calculados   para   cubrir   la   demanda   de   toda   la economía socialista mundial.

La  división  socialista  internacional  del  trabajo excluye  por  sus  mismos  principios  la  orientación unilateral  de  la  economía  dentro  de  cada  país,  su estrecha especialización. El progreso de las distintas industrias, que tiende a satisfacer las necesidades de todo  el  campo  socialista,  responde  también  a  los intereses   directos   de   cada   país,   puesto   que   se armoniza con el robustecimiento general de su base productiva y con el ascenso del bienestar del pueblo.

Ningún  país  del  campo  socialista,  por  pequeño que sea, se ve bajo la amenaza de convertirse en un apéndice de materias primas agrícolas o de cualquier otro género, al servicio de un Estado más fuerte y económicamente   desarrollado.   Así   lo   garantizan tanto la ideología del marxismo-leninismo como la misma naturaleza económica del sistema socialista

mundial. Por primera vez en la historia, los pueblos de los países socialistas pueden guiarse únicamente por razones  de  conveniencia económica,  y no  por consideraciones de prestigio y competencia, cuando trazan   sus   planes   económicos   para   el   futuro.

Sintiendo como sienten a sus espaldas el apoyo y la ayuda  de  todo  el  campo  mundial  del  socialismo, pueden orientar tranquilamente sus esfuerzos hacia el progreso de aquellos sectores de la economía para los que    existen    mejores    condiciones    naturales    y  económico-sociales.

Todos     los           países     socialistas              vinculan                sus esperanzas                     en           el           futuro     en           los                           éxitos     y   la colaboración en plano económico. Según indicaba en su resolución el XXI Congreso del P.C. de la U.S., "la  ulterior  especialización  y  cooperación  de  la producción     entre     los     Estados     mediante     la armonización amistosa de los planes en las ramas adyacentes de la economía nacional, significará una etapa nueva en el desarrollo de la división internacional del trabajo dentro de los países socialistas. La distribución racional de la producción, en la que se combinan armónicamente los intereses nacionales de cada Estado socialista y los intereses que imponen el fortalecimiento y desarrollo de todo el campo del socialismo, es una de las fuentes más importantes  para  acelerar  el  crecimiento  de  las fuerzas productivas en todos los países socialistas."337

 

 

 

337  XXI Congreso, extraordinario,  del Partido  Comunista de la Unión Soviética, 27 de enero a 5 de febrero de 1959. Actas taquigráficas, t. II, Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág. 537.

 

Carácter  de los vínculos económicos dentro de la economía socialista mundial.

 

La división del trabajo entre los países socialistas ha dado origen a unos vínculos económicos mucho más variados e íntimos de lo que se pudiera lograr con la división antagónica del trabajo engendrada por el capitalismo. A este propósito, han adquirido una calidad nueva las formas tradicionales de los nexos económicos.

El  comercio  internacional,  el  crédito  y  demás medios  de  intercambio  económico  conocidos  a  lo largo  de  los  siglos,  han  adquirido  un  contenido distinto al ser colocados al servicio de fines nuevos. Al  mismo  tiempo,  el  mercado  socialista  mundial, aunque de existencia relativamente corta, ha promovido    formas    sustancialmente    nuevas    de colaboración económica, que no se conocían y no pueden concebirse dentro del capitalismo.

El comercio, por medio del cual se llevan a cabo trascendentales relaciones de producción entre los países socialistas, lo realizan organismos estatales, y no compañías o individuos movidos por el afán de lucro. No va acompañado por una desesperada competencia que aumenta la anarquía en la esfera económica. El comercio exterior de los países socialistas es regulado y orientado por los gobiernos. Cada uno de ellos se guía por el plan económico de su país y, al mismo tiempo, tiene a la vista las necesidades y perspectivas de la economía nacional de todos los países socialistas.

Se  comprende  muy  bien  que  los  países  del socialismo tengan interés en planificar a largo plazo sus   relaciones   económicas   exteriores.   Esto   es necesario para saber de antemano sus compromisos, que habrán de traducirse en tareas concretas encomendadas a las empresas, y también para tener presentes los stoks exteriores que pueden ser incorporados al fondo de abastecimiento planificado de las empresas, regiones y ciudades.

El             mercado                mundial socialista               planifica el intercambio   de   mercancías   con   varios   años   de antelación y no está sujeto a las fluctuaciones de la coyuntura. No conoce las dificultades de venta, las

barreras y restricciones comerciales, las agrupaciones regionales cerradas ni las preferencias aduaneras. El volumen  de  este  mercado  crece  sin  cesar  bajo  la influencia de especialización y cooperación planificadas de la producción dentro del marco del sistema mundial socialista.

El  sistema  de  precios  del  mercado  socialista mundial se apoya en los precios que rigen en todo el mundo, si bien se hallan depurados de todo elemento de  especulación;  son  únicos  para  cada  clase  de mercancías y permanecen estables durante un largo tiempo. Los países socialistas planifican los precios de  tal  manera  que  contribuyan  a  dar  el  máximo

carácter racional a la cooperación de la producción y ayuden  a  los  países  socialistas  económicamente menos desarrollados a superar su atraso.

El  incremento  del  intercambio  de  mercancías entre los países socialistas es una prueba rotunda de cómo    se    amplían    y   ahondan   sus   relaciones

económicas. De 1950 a 1957 el intercambio dentro del mercado socialista mundial ha crecido en 2,6 veces, mientras que, en el mismo tiempo, el volumen del comercio capitalista sólo aumentaba en 1,5 veces. Dentro de cada país socialista, el intercambio con los demás   países   de   su   mismo   campo   es   lo   que predomina en cuanto al comercio exterior. En la Unión Soviética, por ejemplo, representa las cuatro quintas partes.

Además del comercio, otro factor importante en las relaciones económicas entre los países socialistas es el crédito. En el mercado capitalista mundial el

crédito  sirve  a  los  países  económicamente  más fuertes para imponer onerosas obligaciones a los deudores. No en vano el país acreedor es presentado corrientemente bajo la figura del Shylok de Shakespeare. Dentro del mercado socialista mundial, el crédito cumple por primera vez funciones nuevas como medio de ayuda y de fraternal apoyo. Los créditos y empréstitos son concedidos en las mejores condiciones y a un interés muy bajo. La mayor parte de sus exportaciones de equipo industrial las realiza la Unión Soviética a crédito. Según datos de 1959, con la ayuda de la Unión Soviética habían sido construidas o estaban en construcción 550 empresas industriales, de las que la mitad aproximadamente correspondían a la República Popular China. Prestan también importante ayuda a la industrialización socialista de otros países la República Democrática Alemana, Checoslovaquia y Polonia. China, que ha infundido un vigoroso impulso a su industria socialista, presta ayuda a la República Democrática de Vietnam.

Un           fenómeno             nuevo,                   que         se                            observa exclusivamente    en             las         relaciones                socialistas internacionales, es el intercambio de documentación científica   y   técnica.   En   el   mercado   capitalista mundial,      los      inventos,      descubrimientos      y

realizaciones científicas son materia de compraventa.

Las patentes de invención son una "mercancía" muy valiosa. Lo corriente es que los países de industria desarrollada se resisten a desprenderse de ellas, con objeto de frenar el progreso de los países atrasados en el sentido técnico y económico. El mercado socialista mundial no conoce nada de eso. Los inventos, la documentación técnica y los planos son cedidos a título gratuito por unos Estados socialistas a otros.

Cualquier país socialista está siempre dispuesto a dar   a  conocer  a   todos  los   demás   sus   últimos adelantos técnicos. La Unión Soviética, que figura en primer  término  en  cuanto  a  la  utilización  de  la energía atómica con fines pacíficos, propuso en 1956 la creación del Instituto Unificado de Investigaciones Nucleares  y  ha  construido  reactores  en  algunos países  hermanos  (República  Popular  China, República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Polonia). El intercambio científico significa una economía  gigantesca  de  energías y recursos.  Cada uno de los países socialistas aporta su contribución a la causa común, evitando a los otros penosas y difíciles investigaciones.

La colaboración socialista internacional se traduce también   en   la   ayuda   en   la   capacitación    de especialistas   para   los   distintos   sectores   de   la economía nacional. Es obvia la inestimable ventaja que esto representa para los países socialistas, en particular para aquellos que carecían de una industria moderna y se han marcado la tarea de crearla en un tiempo muy reducido.

A la consolidación de los países socialistas en un sistema económico único contribuye también la construcción conjunta de empresas, faceta ésta que ha adquirido amplios vuelos con la creación de sistemas de transmisión de energía y la construcción de vías de comunicación y de centrales eléctricas internacionales.   Actualmente   se   ha   iniciado   el tendido de líneas de conducción de electricidad que en un futuro no lejano unirán entre sí a todos los países socialistas de Europa.

Los vínculos económicos establecidos entre los países socialistas, que no dejan de ampliarse de día en  día,  acortan  sin  cesar  las  distancias  que  los separan y los funden en todo cuanto se refiere a su economía y su cultura.

 

4.  Relaciones  económicas  de  los  estados socialistas con otros países

 

Los países del sistema socialista tratan de ampliar sus relaciones económicas con todos los Estados y, al mismo tiempo, emulan con las potencias capitalistas más  desarrolladas  en  la  empresa  de  infundir  un vigoroso  impulso  a  la  producción  y  a  la productividad del trabajo. Esta emulación no tiene nada  que  ver  con  la  competencia  entre  los capitalistas, cuyo fin es el derrotar a sus rivales y dominarlos. La emulación de los países socialistas con los capitalistas en cuanto al desarrollo de la producción no aspira a causar daño a nadie y no excluye la colaboración económica entre los países socialistas y capitalistas. Todo lo contrario, un activo comercio internacional puede ser provechoso para todos. Nadie ha de temer o rehuir esta incruenta emulación en el terreno económico, que es un buen antídoto contra la "guerra fría" y robustece la causa de la paz.

Cuando los países socialistas hablan de la emulación con el capitalismo, no toman el mundo no socialista como un conjunto único, se comprende. En la práctica, centran su emulación sobre los países de un    capitalismo    viejo,    desarrollado,    que    han conseguido  los  índice  técnicos  y  económicos  más altos. Los Estados que dan sus primeros pasos en el desarrollo industrial no son tenidos como rivales por los países socialistas. Todo lo contrario, comprenden muy bien sus aspiraciones y les prestan amplia ayuda económica, científica y técnica. Bastará decir que en 1958 la Unión Soviética contribuía a la construcción de más de 150 empresas industriales y otras obras en países  no  socialistas  de  Asia  y  África,  a  los  que

entrega el equipo a crédito y les presta ayuda técnica.

Nadie puede poner ya en tela de juicio que esta amistosa posición del campo socialista ha significado un alivio considerable para los pueblos que acababan de ganar su libertad. Es difícil pasar por alto la importancia del hecho de que los jóvenes Estados de Asia y África no quedasen a merced de los monopolios capitalistas de Occidente y puedan adquirir en condiciones ventajosas las máquinas y demás mercancías que necesitan en el mercado socialista mundial.

Aun  después  de  la  formación  de  este  último, siguen en pie las relaciones comerciales que abarcan a todo el globo. Queda, por tanto, el mercado universal, que comprende las relaciones entre los dos mercados mundiales. Considerándolo así, los países socialistas, interesados como están en utilizar las ventajas que representa la división internacional del trabajo, se muestran partidarios de un amplio desarrollo del comercio entre todos los países, cualquiera que sea su régimen social, y de la eliminación de las barreras artificiales que lo dificultan.

Los países socialistas tienen qué vender incluso a los países capitalistas desarrollados; también pueden comprar en ellos, claro es que en condiciones mutuamente ventajosas. Pero los países capitalistas habían de saber ya que la economía socialista puede progresar perfectamente aun cuando se apoye sólo y exclusivamente en sus propios recursos. El sistema mundial del socialismo dispone de poderosas fuerzas productivas y de inagotables y variadas riquezas naturales  que  lo  independizan  económicamente  de los países capitalistas.

El éxito en la emulación económica con los países capitalistas   más   desarrollados   viene   garantizado también por la circunstancia de que la producción del sistema socialista mundial crece a una velocidad considerablemente  mayor.  Dentro  de  este  sistema, que comprende a casi un tercio de la población del globo, se crea ya más de un tercio de la producción industrial del mundo. Cálculos aproximados de los economistas nos dicen que en 1965 los países del socialismo proporcionarán más de la mitad de la producción industrial de la tierra.

El sistema mundial del socialismo acaba casi de nacer,  pero  ya  se  ha  convertido  en  un  valioso elemento en la vida de todos los países que lo componen. La existencia de este sistema, con el gran establecidos dentro de él, les asegura las condiciones más propicias para la colaboración, la ayuda mutua y el intercambio de experiencias. Esto tiene singular importancia para países antes atrasados en el sentido cultural y económico, pues les permite avanzar rápidamente   y   enjugar   su   atraso.   En   vez   del desarrollo irregular que es característico del sistema mundial del capitalismo, dentro del sistema socialista adquiere la categoría de ley la incorporación de los países atrasados al nivel de los avanzados.

La colaboración internacional de los países socialistas es parte inseparable de sus esfuerzos para construir la nueva sociedad, garantía de sus triunfos en el futuro. Al mismo tiempo, el sistema del socialismo es baluarte de la paz universal, manantial de energías para las fuerzas de la libertad nacional, la democracia, el progreso y el socialismo en el mundo entero. Esta es la razón de que los trabajadores de los países socialistas y los partidos marxistas-leninistas que los dirigen cuiden y estimen tanto la unidad y robustez del sistema mundial del socialismo.

 

Capitulo  XXVI. El periodo de transición del socialismo al comunismo

 

La  construcción  del  socialismo  significa  una victoria histórica de los trabajadores en escala universal. Al mismo tiempo, representa el comienzo del avance de la sociedad hacia el comunismo. El régimen socialista, aun con todas sus grandes conquistas, no es sino la primera fase de la sociedad nueva, la más justa de todas, en cuya realización cifra su meta final la clase obrera. Por eso los trabajadores, al alcanzar el socialismo, comienzan inmediatamente la construcción del comunismo bajo la dirección de su partido marxista-leninista.

"... El socialismo -decía Lenin- es la sociedad que se deriva del capitalismo directamente, es la primera fase de la nueva sociedad. El comunismo, en cambio, es un tipo más elevado de sociedad, y únicamente puede ser alcanzado después de que el socialismo se consolide definitivamente."338

Entre el socialismo y el comunismo no hay pared alguna que los separe. No son dos tipos distintos de sociedad, sino dos fases de una  misma formación, que se diferencian entre sí por el grado de madurez. Por esta razón, el paso del socialismo al comunismo es un proceso gradual.

Esto último hay que entenderlo en el sentido de que    la    transición    tiene    lugar    a    través    del perfeccionamiento,  y  no  de  la  destrucción,  de  las relaciones sociales establecidas.

El comunismo se deriva del socialismo como una continuación  directa  de  éste.  En  el  seno  de  la sociedad socialista aparecen ya sus gérmenes y primeros brotes. Estos brotes del futuro, al desarrollarse en el suelo del socialismo, al llegar a un determinado  grado  de  incremento  de  las  fuerzas número       de           vínculos económicos          y              culturales                            

338 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 260.

 

 

 

productivas, traen consigo la afirmación del comunismo. Se comprende que la entrada en la fase superior de la sociedad nueva no puede ser señalada por una determinada fecha, sino que se sucederá en el curso de un proceso permanente.

La circunstancia de que el paso del socialismo al comunismo  se  produzca  paulatinamente  no  quiere decir  que  se  trata  de  un  proceso  lento.  Todo  lo contrario, es una transición muy rápida que abarca a todas   las   esferas   de   la   vida   social,   desde   el incremento de la producción hasta el ascenso de la cultura y la conciencia de los hombres.

¿Qué factores aceleran este desarrollo? Primeramente, las nuevas posibilidades técnicas que a la producción ofrece la ciencia moderna. La revolución técnica que se está operando permite dar, en un plazo histórico relativamente breve, un salto gigantesco  en  el  desarrollo  de  las  fuerzas productivas.

Además,  en  el  período  de  transición  al comunismo, la sociedad aprende a dominar cada vez mejor las leyes de su propio desarrollo. Esto permite elegir los caminos más cortos, ir sobre seguro, y no a ciegas, consiguiendo el fruto máximo con el mínimo de esfuerzos.

Al mismo tiempo, el avance hacia el comunismo puede ser acelerado decisivamente por la creciente actividad de las grandes masas de trabajadores. La construcción del comunismo no es un proceso que evoluciona  por    mismo,  sino consecuencia de la labor  de  las  propias  masas,  de  su  participación consciente en el incremento de la producción social, en el progreso de la cultura y en la dirección de los asuntos del Estado y de la economía.

Así, pues, aunque la ruta del comunismo no es fácil, la sociedad socialista puede recorrerla en un plazo   histórico   relativamente   corto.   Cuando   el Partido Comunista dice que el comunismo no está lejos, se basa en el análisis científico de los factores reales   que   determinan   la   marcha   del   proceso histórico.

 

  1. La línea general leninista del partido en la nueva etapa

 

Tanto las leyes objetivas del paso del socialismo al comunismo como la aspiración consciente de los trabajadores  a  construirlo  encuentran  su  expresión concentrada en la política del Partido.

Cuando el Partido orienta su política hacia la construcción del comunismo, se apoya en la experiencia de la anterior etapa. Porque muchas de las tareas a cumplir en el paso del capitalismo al socialismo siguen en pie en el período de la construcción  del  comunismo.  Lo  mismo  entonces que ahora, el medio principal para conseguir el ascenso del bienestar de los trabajadores y crear las premisas materiales del progreso social y cultural es el incremento constante de las fuerzas productivas, con el desarrollo preferente de la industria pesada. Lo mismo entonces que ahora, lo principal en el trabajo del Partido es la organización de la labor diaria de la clase obrera y de todos los trabajadores para la construcción   de   la   sociedad   nueva.   Lo   mismo entonces que ahora, una de las premisas fundamentales para el éxito de la sociedad nueva es la lucha por la paz y la seguridad, por una mayor amistad y colaboración entre los pueblos, por el robustecimiento de la solidaridad internacional de los trabajadores.

No son pocas las tareas comunes a ambas etapas. Todas el.las determinan la íntima relación y continuidad que existe entre la política del Partido en el período de la construcción del socialismo y en el que inaugura la construcción del comunismo.

Cuando el Partido se orienta hacia la construcción del comunismo, concreta y desarrolla su línea general adaptándola a las nuevas tareas, a una situación en la que el socialismo ha triunfado definitivamente y el problema de "quién vencerá a quién" en el interior del país ha sido resuelto de manera rotunda e irrevocable en favor del régimen nuevo.

En la Unión Soviética, el socialismo quedó construido,  en  lo  fundamental,  hacia  1935.  En  el

XVIII Congreso del Partido (1939) se planteó la tarea

del paso gradual del socialismo al comunismo. El Partido se dispuso entonces a iniciar el cumplimiento de  esta  gran  empresa.  Pero  la  labor  pacífica  del pueblo soviético se vio de ahí a poco interrumpida por la guerra, que obligó a concentrarse por completo en  la  defensa  de  las  conquistas  socialistas,  y  más tarde en la reconstrucción de las empresas, ciudades y aldeas destruidas. Con su triunfo en la durísima prueba de la guerra y con sus éxitos al liquidar en tan breve plazo histórico las consecuencias de la misma, el socialismo demostró una vez más su superioridad decisiva como régimen económico-social.

La guerra no pudo desviar al país del camino que había escogido. El Partido no interrumpió sus esfuerzos encaminados a la construcción del comunismo. En los Estatutos del P.C. de la U.S., aprobados por el XIX Congreso (1952), se fijaba como tarea principal del Partido el paso gradual del socialismo al comunismo.

Importancia decisiva en el desarrollo de la línea del P.C. de la U.S. han tenido el XX Congreso (1956) y el XXI (1959). Este último señalaba que el país soviético, como consecuencia de las profundas transformaciones operadas en todos los órdenes de la vida social, y sobre la base del triunfo del socialismo, había entrado en un nuevo período de su desarrollo: en el período de la construcción de la sociedad comunista  en  todos  los  frentes.  El  programa  del nuevo y poderoso ascenso de la economía, la cultura y  el  bienestar  del  pueblo  plasmado  en  el  plan septenal de desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S.,  se  refiere  a  la  resolución  del  Congreso como "encarnación concreta de la línea general leninista del Partido en la etapa actual".339

La política del Partido, en la que se determina el cumplimiento  de  las  tareas  fundamentales  de  este período, se desarrolla en las direcciones siguientes: Desarrollo  en  todos  los  órdenes  de  las  fuerzas productivas, de tal manera que asegure la creación de la  base  material  y  técnica  del  comunismo. Incremento  máximo  del  progreso  técnico,  ascenso

continuo de la productividad del trabajo y, sobre esta base,  constante  elevación  del  nivel  de  vida  del pueblo. La U.R.S.S. habrá de vencer en la emulación económica pacífica con los países capitalistas más desarrollados.

Robustecimiento de la propiedad socialista estatal, elevando la propiedad cooperativa koljosiana hasta el nivel  de  esta  última.  Supresión  gradual  de  las fronteras entre la ciudad y el campo y entre los hombres del trabajo intelectual y manual, y, sobre esta base, eliminación paulatina de las diferencias de clase y las diferencias sociales de otro orden dentro de la sociedad soviética.

Incremento del trabajo de educación ideológica, a fin de superar las supervivencias del capitalismo en la   conciencia   de   los   hombres   y   de   elevar   la conciencia comunista de los trabajadores.

Perfeccionamiento sucesivo del régimen socialista soviético, desarrollo de la democracia socialista, ampliación  de  las  funciones  de  las  organizaciones sociales y fomento de la actividad e iniciativa de las grandes masas del pueblo.

Una  política  exterior  consecuente  de consolidación   de   la   paz  general,   basada   en   el principio leninista de coexistencia pacífica de los países con sistemas sociales distintos, y fortalecimiento del sistema socialista mundial.

Así pues, la política del Partido, que responde a las necesidades prácticas concretas del momento, va orientada  a  la  vez  a  la  realización  de  tareas  de enorme alcance histórico: a la construcción del comunismo. La fuerza y la vitalidad de esta política del Partido provienen del hecho de que dicha política se  apoya  en  el  conocimiento  de  las  leyes  del desarrollo social y de que goza del apoyo incondicional de las masas populares, cuyos intereses expresa.

El Partido Comunista de la Unión Soviética y su Comité Central acogieron plenamente preparados las nuevas tareas que se planteaban al país en el período de construcción de la sociedad comunista en todos los  frentes,  y  las  resuelven  con  un  estilo genuinamente leninista.

Ha tenido gran importancia la labor dedicada a superar   decididamente   las   consecuencias   de   los errores cometidos por I. V. Stalin en los últimos años de  su  vida,  que  repercutieron  desfavorablemente sobre todo en la agricultura y en la organización del Estado y del Partido.

 

 

339  XXI Congreso, extraordinario,  del Partido  Comunista de la Unión Soviética, 27 de enero a 5 de febrero de 1959. Actas taquigráficas, t. II, Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág. 429.

 

Las actividades del P.C. de la U.S. como fuerza dirigente  de  la  sociedad  ostentan  un  carácter  de innovación en el más alto grado. Aplicando con un

espíritu fecundo los principios del marxismo- leninismo, el Partido no vacila en romper los caducos métodos de trabajo y formas de organización, que sustituye por otros nuevos, más en consonancia con el momento. Entre los ejemplos que nos ofrece su labor en estos últimos años tenemos: la venta a los koljoses de la maquinaria agrícola perteneciente a las Estaciones de Máquinas y Tractores; la abolición de los cupos de entrega de productos agrícolas y el paso al sistema de compras; la reorganización del sistema de dirección de la industria y de las obras, y la ampliación   de   los   derechos   de   las   repúblicas federadas y de los órganos locales de poder. Todo esto es prueba del amplio espíritu de innovación que preside la labor del Partido.

Otra característica del trabajo de dirección del Partido es su íntima vinculación con las masas, su conocimiento de la vida del pueblo y la constante preocupación por su bienestar. El Partido procura aconsejarse en todas las cuestiones más importantes con los obreros, koljosianos e intelectuales, trata de conocer su pensar y su sentir y lo tiene en cuenta a la hora de redactar los planes para el futuro. A este objeto, se recurre cada vez más a nuevos métodos y formas como la celebración de conferencias sobre problemas concretos de la construcción comunista, se someten a la discusión de todo el pueblo los planes económicos, los proyectos de ley, etc. Los dirigentes del Partido acuden con frecuencia a las empresas y distritos agrícolas para adquirir un conocimiento más perfecto de la marcha de las cosas. Los Plenos del Comité Central se convierten en la tribuna donde se plantean y son objeto de discusión los problemas más esenciales de la construcción del comunismo. En esa tribuna se escuchan ahora las voces de productores avanzados, especialistas y científicos sin partido, y no sólo de los líderes del Partido y de sus organizaciones locales.

El P.C. de la U.S. no podría alcanzar el éxito en la política de construcción del comunismo en todos los frentes si no hubiese puesto fin a las violaciones, cometidas en el pasado, de la democracia interna, si la nueva dirección del Comité Central no hubiese emprendido un decidido viraje hacia los principios y normas    leninistas    de    la    vida    del    Partido.

Actualmente, el P.C. de la U.S. se halla regido por una dirección auténticamente colectiva. Se ha vuelto a la celebración regular de Congresos y Plenos del C.C., el papel de los cuales en la vida del Partido crece de año en año. El Partido da ejemplo de audaz crítica y autocrítica, exponiendo abiertamente los defectos  ante  el  pueblo  e  indicando  la  manera  de corregirlos.

El P.C. de la U.S. ha elevado a un nuevo nivel toda  su  labor  al  impulsar  la  democracia  interna dentro  de  sus  filas,  al  apoyar  la  iniciativa  de  sus organizaciones y al estimular la actividad de sus miembros.

Las  históricas  victorias  logradas  estos  últimos años en la construcción del comunismo son prueba de que el C.C. leninista del P.C. de la U.S. y su dirección han comprendido acertadamente lo que el nuevo período histórico exigía y lo han tomado como base de todo su trabajo. Sólo un reducido puñado de disidentes -Malenkov, Molótov, Kaganóvich, Bulganin, Shepílov- se levantó contra la línea general leninista del Partido, que tuvo el apoyo de todo el pueblo.  Este  grupo  antipartido,  que  recurrió  a  las intrigas de la lucha de fracción y violó el acuerdo del X Congreso del P.C. (b) de Rusia "Sobre la unidad del  Partido",  escrito  por  Lenin,  sufrió  una  derrota política completa en sus intentos de desviar al Partido y al país de la ruta leninista. Después de desbaratar el grupo antipartido de osificados conservadores, divorciados de la vida y del pueblo, el Partido allanó definitivamente el camino para un rápido avance y señaló con firmeza la necesidad absoluta de una política nueva, audazmente leninista, en el período de construcción del comunismo en todos los frentes.

El Partido Comunista de la Unión Soviética y su Comité Central llevan a cabo una gran obra con su lucha incansable y consecuente por la paz en todo el mundo  y contra las fuerzas  del  imperialismo  y la agresión. La distensión internacional y una paz sólida y duradera son para el Partido condición necesaria para llevar  a  cabo  con  éxito  los  planes  de construcción del comunismo. De ahí que el C.C. del P.C. de la U.S. y el Gobierno soviético no escatimen ni tiempo ni energías al objeto de resolver por vía pacífica todas las cuestiones litigiosas, eliminar las causas de los conflictos internacionales y fomentar las relaciones amistosas y la fecunda colaboración entre  los  Estados  y  los  pueblos.  En  su  política exterior, el C.C. del P.C. de la U.S. muestra un ejemplo de cómo se combina la fidelidad estricta a los  principios  con  la  flexibilidad  política  y  una sensata audacia. La labor del Gobierno soviético en política exterior ha aportado a las relaciones internacionales métodos de tan excepcional importancia para fomentar la amistad de los pueblos como las visitas mutuas de delegaciones políticas y culturales,  los  contactos  personales  de  los gobernantes, las entrevistas y conferencias de alto nivel, etc.

La intensa y fecunda labor del P.C. de la U.S. ha incrementado aún más su prestigio, tanto en el país como en el extranjero. Los obreros conscientes de todo el mundo ven en él un ejemplo de devoción a los altos principios del internacionalismo proletario, a   los   que   permanece  fiel   desde  el   día   de   su fundación. Los partidos hermanos y los pueblos de los otros países socialistas lo consideran con razón como excelente camarada y gran amigo. La política del P.C. de la U.S. y del Gobierno soviético respecto de los países del campo del socialismo es la de diaria ayuda moral y material, de una ayuda completamente desinteresada que no busca provecho ni ventajas de ningún género.

 

  1. Creación de la base material y técnica del comunismo

 

El  paso  al  comunismo  es  imposible  sin  antes alcanzar la abundancia de bienes materiales y espirituales:     artículos     industriales,     alimentos, viviendas, todo cuanto se necesita para satisfacer las inquietudes culturales y lugares de descanso para los trabajadores. Esto presupone un incremento gigantesco de la producción en todos los sectores de la  industria,  la  agricultura,  los  transportes  y  la construcción. De hecho se trata de otro salto enorme en el desarrollo de las fuerzas productivas.

Las enormes posibilidades y la superioridad del sistema socialista hacen perfectamente real el cumplimiento de esta grandiosa tarea en un breve plazo histórico.

 

Completa mecanización y automatización de la producción.

 

Lo principal para conseguir un rápido incremento de  la  producción  es  terminar  la  mecanización  de todos los procesos que consumen mucha mano de obra y el desplazamiento del trabajo manual de todos los sectores de la economía.

La experiencia demuestra que, por muy elevada que sea la mecanización de determinados eslabones de la producción, mientras entre uno y otro se interponen operaciones realizadas a mano el efecto económico general de los nuevos elementos técnicos es insuficiente y la productividad del trabajo crece con lentitud.

La solución verdadera la proporciona únicamente la  mecanización  completa,  es  decir,  el  empleo  de máquinas no sólo en los procesos fundamentales de

la producción, sino también en los auxiliares. Una completa mecanización y automatización es el mejor camino para el progreso técnico que conduce a la creación  de  la  base  material  y  técnica  del comunismo. El plan septenal de desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. (1959-1965) fija ya la tarea de desplazar el penoso trabajo manual mediante  la  culminación  de  la  mecanización completa de los procesos productivos en la industria, la agricultura, la construcción, los transportes, los trabajos de carga y descarga y las empresas municipales.

El gran valor sustancial de la mecanización completa  es  que  exige  la  creación,  en  todos  los sectores de la producción, de un sistema de máquinas que  se  complementen  entre  sí,  y  esto  prepara  en todos los sentidos la automatización, que es la forma superior de la producción maquinizada. La automatización significa que los trabajos se llevan a cabo sin la intervención del hombre, al que sólo se encomienda la labor de control. La mecanización elimina el pesado trabajo manual y la automatización evita la excesiva tensión nerviosa a que el productor se ve sometido.

En bastantes sectores, la automatización se convierte en una verdadera necesidad técnica. La velocidad de muchos procesos tecnológicos es tal, y la exactitud requerida ha aumentado tanto, que el hombre no es capaz de por sí de dirigirlos directamente. Únicamente pueden controlarlos dispositivos automáticos.

Las máquinas electrónicas traen consigo una verdadera revolución en el campo de la automática. Reemplazan al hombre en el control y dirección de los sistemas automáticos de máquinas. La actual producción automatizada es un sistema de máquinas perfeccionadas  dirigidas  por  calculadoras electrónicas. El "cerebro" electrónico está en condiciones de dirigir programas de producción extraordinariamente complejos. Al ser transmitidas a las máquinas las funciones de cálculo, análisis y regulación, el hombre se libera de muchos esfuerzos intelectuales monótonos y fatigosos.

Las fábricas automáticas que ya funcionan en la Unión Soviética nos dan una noción de lo que serán las empresas automatizadas del futuro. Así, una fábrica atendida por tres obreros proporciona 30.000 lámparas  cada  ocho  horas.  Otra  produce  12.000 piezas de chasis de automóvil al día, cumpliendo el trabajo de 18.000 obreros. Desde hace varios años funciona  en  una  fábrica  soviética  una  línea automática de montaje, de la que salen 1.000 receptores de radio al día, siendo atendida por dos personas solamente.

Se comprende que esto son sólo los primeros pasos. Hasta ahora es escaso en la Unión Soviética y demás países socialistas el número de líneas automáticas,    talleres    automatizados    y    fábricasautomáticas. Pero hay ya sectores en los que todo el proceso tecnológico se encuentra automatizado (industria  atómica,  algunas  ramas  de  la  industria química, centrales hidroeléctricas).

Actualmente, la política técnica de los países socialistas    se    orienta    decididamente    hacia    la automatización en amplia escala de diversos sectores

de la economía nacional. Bastará decir que, sólo en la construcción de maquinaria, en la Unión Soviética se

proyecta poner en funciones 1.300 líneas automáticas

durante los próximos siete años. Serán automatizados los procesos fundamentales en los sectores decisivos de la industria, y singularmente en la metalurgia no ferrosa y en la industria química, del petróleo, ligera, de  la  alimentación  y de  fabricación  de  celulosa  y

 

papel.

Las  tendencias  que  la  producción  automática sigue en su desarrollo están ya bastante definidas: de

las máquinas-herramientas, a las líneas, las secciones

y las fábricas automáticas. En el futuro existirá un tipo nuevo de economía nacional, en la que la producción automatizada será lo predominante. Esta y sólo ésta puede ser la técnica de producción del comunismo cuando se propone emancipar al hombre del  trabajo  rudo  y  monótono  y  encaminar  sus energías espirituales hacia fines de fecunda creación.

La  automatización  socialista  no  significa amenaza alguna para los trabajadores. Al contrario, éstos la acogen jubilosos, puesto que les ahorra muchos esfuerzos y permite reducir la jornada sin mengua del salario. La automatización capitalista, según sabemos, provoca gran inquietud en la clase obrera, pues significa un aumento de la desocupación y el descenso del salario entre masas importantes de trabajadores.

Ciertamente, la automatización socialista reducirá también  el  número  de  obreros  en  determinadas

empresas  e  incluso  en  sectores  completos  de  la

industria. Pero esto no origina problema alguno de ocupación,  pues  el  personal  que  queda  libre  a

consecuencia  de  la  automatización  encuentra  acto

seguido un puesto en las nuevas empresas y los nuevos sectores de la industria. El Estado socialista se encarga de todo ello, así como de cuanto se relaciona con la cuestión de elevar y ampliar sus conocimientos profesionales.

 

Nuevos sectores de la producción.

El enorme incremento de la producción anuncia el desarrollo de nuevos métodos y nuevos sectores en la industria, que son consecuencia de la revolución técnico-científica operada en nuestro tiempo. Un complejo importantísimo ha surgido, ante todo, por la irrupción de la química en la producción.

No nos referimos únicamente a los progresos de la industria química, sino a la implantación de técnicas

y métodos químicos en otros sectores. La tecnología mecánica,   que   tanta   mano   de   obra   consume,

retrocede   ante   la   química.   La   propia   industria química se convierte en uno de los primeros sectores de la economía. La química está llamada, pues, a

desempeñar un papel primordial en la creación de la base material y técnica del comunismo.

Actualmente no hay una industria que no tenga una relación más o menos directa con la química. Hasta  hace  relativamente  poco,  la  industria  y  la

técnica  empleaban  preferentemente  los  materiales que   la   naturaleza   proporciona.   Los   materiales

artificiales eran considerados como sustitutivos que no podían reemplazar por completo a las materias primas naturales. Ahora está plenamente demostrada

la superioridad de muchos materiales sintéticos. La química   moderna   produce   materiales   con   las

 

 

 

propiedades señaladas de antemano. En muchas ocasiones son muy superiores a lo que la naturaleza nos ofrece y resultan mucho más económicos.

Ahora es ya evidente que la técnica entra en una fase en la que los materiales más importantes en la

fabricación del cuerpo de las máquinas y de otros

instrumentos de producción serán los productos de la química sintética, y sobre todo los altos polímeros, o cuerpos que se componen de gran número de moléculas. Se calcula que en los próximos decenios la producción de polímeros igualará en peso a la del acero.

Calculando acertadamente las posibilidades de la química, los países socialistas toman medidas para

acelerar el progreso de esta importante rama de la industria pesada. En la Unión Soviética, sólo entre

1959 y 1965, la producción química ha de aumentar casi en tres veces. Se impulsará vigorosamente la producción de materiales sintéticos. La fabricación

de fibras artificiales crecerá en casi cuatro veces y la de plásticos y resinas sintéticas en más de siete.

Al lado de la química sintética cobran gran desarrollo la radioelectrónica, la industria de transistores, la producción de cohetes y alguna otra

rama nueva. Paralelamente, las viejas industrias (del carbón, del metal, de la construcción) experimentan

una  revolución,  son  dotadas  de  equipo completamente   nuevo   y   cambian   su   estructura técnico-económica.  En  realidad  se  transforman  en

industrias nuevas.

Los países socialistas, abanderados como son del progreso  técnico,  fuerzan  por  todos  los  medios  el

avance de la producción química y demás sectores

nuevos de la industria, acelerando así la creación de la base material y técnica del comunismo.

 

Desarrollo de la producción de energía.

Las crecientes fuerzas productivas de la sociedad que    está    pasando    al    comunismo,    para    su

funcionamiento   necesitan   poderosas   fuentes   de

energía. En estos momentos, la más importante es la energía eléctrica.

La fórmula leninista: "El comunismo es el Poder

Soviético más la electrificación de todo el país", determina el papel a desempeñar por la energía eléctrica como parte esencial de la base material y técnica de la sociedad nueva. Electrificación significaba para Lenin no ya la construcción de centrales  eléctricas,  sino  también  el  desarrollo  de toda  la  producción  social  apoyándose  en  los elementos técnicos más modernos.

El enorme consumo, cada vez mayor, de energía eléctrica lleva a primer plano la tarea de buscar procedimientos económicos para su producción. La economía planificada socialista permite utilizar de la manera más racional todas las fuentes para la obtención de energía eléctrica: el carbón, el petróleo, el gas natural, la turba, las pizarras bituminosas y el

 

agua, que es el más económico y duradero de todas.

La experiencia de la Unión Soviética indica que para incrementar rápidamente el potencial de energía

hay que construir centrales térmicas, sin limitarse a

las grandes centrales hidroeléctricas. Su construcción es más económica y rápida. Cierto es que la central termoeléctrica proporciona una energía algo más cara que la hidráulica, pero su urgencia impone el empleo de este tipo de central. La construcción de centrales termoeléctricas será la orientación preferente que en este terreno se siga en la U.R.S.S. en 1959-1965, con aprovechamiento  de  carbones  económicos,  gas natural y aceites pesados.

La energía eléctrica ha de penetrar en todas las esferas de la producción industrial, la agricultura y

las necesidades corrientes de la vida en la ciudad y el

campo. Los países socialistas se van a cubrir de una red  única  de  alto  voltaje.  En  la  Unión  Soviética, dentro de unos años existirán sistemas únicos en la parte europea del país y en Siberia Central, así como los sistemas unificados del Noroeste y Oeste, de Transcaucasia, Kazajstán y Asia Central.

Una  nueva  era  en  la  producción  de  energía  se inició  al  ser  puesta  en  marcha  en  la  U.R.S.S.  la

primera central electroatómica del mundo (1954), a continuación de lo cual se emprendió la construcción

de centrales de este tipo con una potencia global de

2-2,5 millones de kilovatios. Actualmente está demostrado que la construcción y explotación de una

central   electroatómica   de  200.000   kilovatios   no resulta más costosa que si se trata de una central

térmica  de  la  misma  potencia;  y  con  centrales  de

400.000 a 500.000 kilovatios, la atómica es más ventajosa que la térmica. Una gran ventaja de las

centrales electroatómicas es que no exigen grandes

gastos para el transporte de combustible. Una central térmica ordinaria de 100.000 kilovatios consume de

20 a 30 vagones diarios de carbón, mientras que la

central atómica de igual potencia tiene suficiente con

500 kilogramos de uranio al año, carga que muy bien puede transportar cualquier avión en un solo vuelo.

Esto   significa   que   las   centrales   electroatómicas pueden ser construidas donde no existen o son muy

escasas otras fuentes de energía capaces de ser transformadas en electricidad.

Transformaciones               aún         más         grandiosas            se

producirán cuando el hombre sea capaz de desencadenar la reacción termonuclear dirigida. La energía la proporcionará entonces el hidrógeno, que existe en todas partes. La humanidad se verá para siempre emancipada de la necesidad de buscar e incrementar sus reservas de energía.

Apuntaremos   como   dato   sintomático   que   un

Estado socialista fue el primero en utilizar la energía atómica con fines pacíficos. Sólo el socialismo puede disponer debidamente de este nuevo tipo de energía y colocar al servicio de la sociedad las poderosas fuerzas del átomo, que el capitalismo proyecta poner

 

 

 

en juego con fines de exterminio.

La energía atómica será, sin duda alguna, parte imprescindible de la base material y técnica de la

sociedad comunista. Gracias a ella resultará factible

la realización de proyectos que ahora parecen imposibles (riego de los desiertos, cambio del curso de los ríos, mejoramiento del clima, etc.).

 

La revolución técnica en la agricultura.

La agricultura sigue siendo hasta ahora el sector donde el hombre depende más de la naturaleza. La productividad es en ella sensiblemente inferior que en la industria, con la preponderancia que presenta del trabajo manual. Si bien bajo el socialismo se lleva a cabo una amplia reorganización de la agricultura, queda todavía mucho por hacer para elevarla hasta el nivel de la industria. La orientación principal a seguir en este terreno es también la creación de sistemas de máquinas, la mecanización completa. Es preciso aplicar asimismo los últimos adelantos de la agroquímica y de la agrobiología. Hace falta igualmente una amplia electrificación del campo, un aumento vertical del consumo de energía eléctrica en las labores agrícolas. Se trata, por consiguiente, de una auténtica revolución técnica en la agricultura.

Estos últimos años ha comenzado a perfilarse en la agricultura de la Unión Soviética el sistema de

máquinas necesarias para la mecanización completa.

Ha   aumentado   mucho   el   número   de   tractores provistos de sistema hidráulico para el trabajo con

herramientas   acopladas,   con   lo   que   se   hace

innecesaria la persona que antes tenía que dirigir el remolque. La siembra en nidos cuadrados de cultivos como la patata, la remolacha, el maíz, etc., permite mecanizar una de las ramas de la producción agrícola que más mano de obra consumía. Se han desplegado los trabajos para la mecanización completa de la producción de plantas industriales, y también de la horticultura y la ganadería.

El invento del tractorista soviético I. G. Lóguinov, consistente   en   un   dispositivo   para   la   dirección

automática  del  tractor,  demuestra  que  la mecanización crea premisas para llegar también a la

automatización en la agricultura.

Otra enorme reserva que permitirá aumentar la productividad del trabajo en la agricultura, además de

la mecanización, es el acertado aprovechamiento de la  tierra.  Esta  no  se  desgasta,  a  diferencia  de  los

demás medios de producción. Su valor aumenta incluso con un buen laboreo y con el empleo abundante  de  abonos  artificiales.  La  química  está

llamada también a ahorrar en la agricultura grandes trabajos en cuanto se refiere a combatir las malas

hierbas y las plagas.

La productividad del trabajo en la agricultura socialista se puede elevar considerablemente con el

empleo de simientes escogidas y la cría de ganado de raza.   La   moderna   agrobiología   permite   hacer

 

milagros. Si en todos los sitios se empleasen exclusivamente simientes seleccionadas, las cosechas aumentarían varias veces. Con el mismo número de cabezas, un ganado de raza daría una cantidad infinitamente mayor de carne y leche.

La mecanización completa y el empleo de la química  y  la  agrobiología  son  los  resortes  que

permitirán superar paulatinamente el atraso en que la

producción agrícola se encuentra respecto de la industria. A medida que se vaya avanzando hacia el

comunismo, el trabajo agrícola se convertirá en una

variedad del industrial.

El Estado socialista se muestra generoso en todo cuanto signifique incrementar la mecanización de la

agricultura. Durante el quinquenio de 1953-1958, que dio comienzo al ascenso vertical de la producción

agrícola en la Unión Soviética, el Gobierno destinó casi dos veces y media más que en el quinquenio precedente  a  la  mecanización  y  construcción  de

dependencias en el campo. Prueba del rápido incremento que en este sentido se alcanza es que en

1965 el campo habrá recibido más de un millón de tractores, alrededor de 400.000 cosechadoras de cereales  y  otras  muchas  máquinas  y  aperos.  Para

entonces ha de quedar terminada, en lo fundamental, la electrificación de todos los koljoses del país.

 

Creciente papel de la ciencia.

La producción moderna no puede dar un paso al margen de la ciencia. Y esto es más cierto todavía

cuando se trata de la construcción del comunismo en

todos los frentes. Los descubrimientos de la ciencia, los inventos de los ingenieros y las realizaciones de los diseñadores encierran enormes reservas para la creación acelerada de la base material y técnica del futuro. Llega el tiempo, previsto por Marx, en que la ciencia  se  transforma  en  una  fuerza  productiva directa.

En los países socialistas, los institutos de investigación científica, los centros de enseñanza superior, las oficinas de diseños y los laboratorios fabriles centran sus esfuerzos en la resolución de problemas trascendentales de la ciencia y la técnica. Ha sido ampliada la base experimental y se ha modernizado el equipo de los laboratorios. En 1957 la  U.R.S.S.  disponía  de  2.756  instituciones científicas,  el  50  por  ciento  más  que  antes  de  la guerra y 9,5 veces más de las que había en Rusia antes de la Revolución.

La construcción de centrales electroatómicas, la botadura de un rompehielos atómico, la producción

de aviones que significan el último adelanto de la ciencia  y  de  la  técnica,  la  creación  de  cohetes

dirigidos intercontinentales y otras muchas realizaciones son buena prueba de los grandes éxitos conseguidos en este terreno. La culminación de los

avances científicos y técnicos de la U.R.S.S. ha sido el  lanzamiento  del  primer  satélite  artificial  de  la

 

 

 

Tierra y el vuelo cósmico de la Tierra a la Luna. La vida se ha encargado de demostrar que la ciencia socialista ha dejado ya atrás, en bastantes aspectos, a cuanto se conoce en los países capitalistas más desarrollados.

Ahora más que nunca adquiere vital importancia la  tarea  de  llevar  cuanto  antes  a  la  práctica,  a  la

producción,  los  descubrimientos  de  la  ciencia.  La

historia de la ciencia abunda en ejemplos de que el descubrimiento  de  un  nuevo  fenómeno  o  de  una

nueva ley de la naturaleza ha traído consigo avances

formidables en la práctica. Así ocurre con la energía atómica. La ciencia y la técnica se han encontrado aquí con una nueva esfera de fenómenos, con nuevos procesos y leyes que a menudo no tienen nada que ver con lo que antes era común y ordinario. Las grandes investigaciones teóricas que se llevan a cabo en la U.R.S.S., en cuanto a la física nuclear, se combinan con enormes trabajos prácticos para poner la energía nuclear al servicio de los hombres. A su vez, la técnica atómica es un poderoso estímulo para el progreso de la física nuclear, que representa la sección  más  avanzada  dentro  de  las  ciencias naturales de nuestra época.

Un papel especial corresponde a las ciencias que abren nuevos caminos al progreso técnico y revolucionan la producción: física nuclear, transistores, química de los polímeros, radioelectrónica, etc. Problemas muy esenciales se presentan en las zonas de confluencia de ciencias diferentes, como la química, la física, la biología y la medicina. Esto nos lleva a comprender los grandes avances que en nuestros tiempos han experimentado la biofísica y la bioquímica, por ejemplo, que además de resolver otros problemas teóricos estudian el mecanismo de formación por los seres vivos de cuerpos multimoleculares como la albúmina, la lana, el  caucho  natural,  etc.,  con  el  fin  de  llegar  a obtenerlos por vía artificial.

Las máquinas electrónicas de calcular ofrecen perspectivas  formidables  para  el  desarrollo  de  la

ciencia y de la técnica. No sólo permiten automatizar la dirección de las máquinas, sino que con ellas se

pueden realizar complejos procesos lógicos (por ejemplo, la traducción de un idioma a otro). Esto amplía  extraordinariamente  las  posibilidades  de  la

investigación científica y facilita sus trabajos.

La humanidad obtendrá beneficios enormes al profundizar en el conocimiento de las leyes que rigen

la   vida   y   el   desarrollo   del   mundo   animal.

Descubrimientos  como  el  del  mundo  de  los microbios,  la  inmunidad  y  los  principios  de  la

quimioterapia  han  conducido  ya  a  la  desaparición

práctica de muchas enfermedades que antes causaban verdaderos  estragos  (viruela,  peste,  cólera,  rabia, etc.), mientras que otras han perdido su anterior virulencia (pulmonía, muchas formas de tuberculosis y otras). La consecuencia de todo esto es una mayor

 

duración media de la vida, que en lo que va de siglo ha aumentado aproximadamente en veinte años. Actualmente las causas principales de la mortalidad son el cáncer (un muerto de cada seis) y las enfermedades cardiovasculares. Cuando la ciencia haya vencido estas dolencias, la vida del hombre se hará aún más larga.

La biología no limitará su campo de acción a la medicina.        Ha        de        repercutir        también

extraordinariamente en las ciencias agrícolas, sobre todo con la aplicación a ella de los adelantos de la

física y la química. Entonces servirán aún más eficazmente al incremento de la productividad de la agricultura    ciencias    como    la    bioquímica,    la

agroquímica, la biofísica, la microbiología, la virología, la selección y la genética.

Los países socialistas no se apoyan únicamente, en su obra de perfeccionar la producción, en los adelantos de su propia ciencia, sino que se sirven

también de la experiencia y los éxitos alcanzados en cualquier  lugar  del  mundo.  El  Partido  Comunista

mantiene una lucha enérgica contra la satisfacción y el engreimiento que pueden prender en algunos dirigentes  de  la  economía  y  especialistas  bajo  la

influencia  de  las  victorias  obtenidas  dentro  del sistema   socialista.   La   ciencia   y   la   técnica   no

permanecen estancadas, y quien, satisfecho de lo hoy conseguido, se duerme en los laureles, corre el riesgo de verse mañana entre los atrasados.

El espíritu conservador y las normas fijas e invariables han sido siempre los peores enemigos del

progreso científico y técnico. En el período de transición del socialismo al comunismo, la rutina y la

resistencia a implantar los adelantos técnicos y científicos  en  la  producción  pueden  ocasionar  un daño     muy     sensible.     Es     necesario     vigilar

constantemente para que la economía nacional recoja y aplique los métodos más avanzados y se renueve

sin cesar el equipo de las empresas; que se produzca sólo el utillaje más moderno y que sean retiradas a tiempo las máquinas moralmente envejecidas.

 

Perfeccionamiento de la organización de la producción.

La técnica nueva y los descubrimientos de la ciencia, por grandes que sean, no pueden producir de

por sí cambios profundos en la industria y la agricultura. Para obtener de ellos el debido efecto

económico es necesario saber ponerlos en juego con acierto, hace falta una buena organización de la producción.

Cuando se habla de organización de la producción en   la   economía   planificada   socialista,   se   tiene

presente tanto las empresas individualmente tomadas como las regiones económicas, los sectores de la industria y la economía nacional en su conjunto.

Indudablemente, cada empresa socialista encierra reservas      enormes      en      cuanto      al      mejor

 

 

 

aprovechamiento del equipo, a la economía de materias primas, materiales y energía, a la reducción de las pérdidas de trabajo y al gran mejoramiento de la calidad de la producción. Toda organización racional  de  la  producción  se  reduce,  en  fin  de cuentas, a la reducción de los gastos por unidad producida y a mejorar las condiciones de trabajo del personal. Esto se consigue aplicando consecuentemente los principios del cálculo económico. Durante todo el período de transición del socialismo al comunismo, el perfeccionamiento del sistema  del  cálculo  económico,  con  el  acertado empleo de los resortes del valor y del dinero, permanecerá en pie como una tarea de capital importancia.  La  correcta  combinación  de  los estímulos materiales y morales ayuda a incorporar a cada productor y al personal entero de las empresas a la lucha por la racionalización de la producción y por la economía de trabajo y de materiales.

El perfeccionamiento de la especialización y la cooperación abre posibilidades enormes para el incremento de la producción en toda la economía nacional.  La  experiencia  demuestra  que  es  mucho más ventajoso montar la producción en serie de artículos de un mismo tipo en unas pocas empresas especializadas que dedicar a ello un gran número de empresas. La productividad del trabajo aumenta extraordinariamente, la producción se abarata y, lo más importante, queda abierto el camino para el empleo de toda clase de dispositivos de automatización.

Considerando las ventajas de la especialización, la Unión   Soviética   y   otros   países   socialistas   van pasando de las empresas de producción múltiple a las especializadas. La producción especializada pide, como es lógico, mucho más a los órganos de planificación, que han de asegurar una cooperación muy precisa en la industria. Y tanto más si pensamos que la interdependencia de los distintos sectores de la economía nacional crece intensamente a medida que la especialización avanza. El trabajo de cada empresa depende cada vez más del cumplimiento de sus compromisos  por  parte  de  cuantas  tienen  relación con ella.

Al incremento de la productividad del trabajo social contribuye también la acertada distribución de

las empresas por regiones económicas del país. La proximidad de la empresa a las fuentes de materias

primas   y   de   energía   abarata   la   producción,   al suprimir los transportes a largas distancias. Por esta causa,   el   plan   septenal   de   la   Unión   Soviética

determina un considerable desplazamiento de las fuerzas  productivas  hacia  el  Este,  donde  existen

enormes reservas de materias primas y de energía barata.  Este  factor  se  tiene  también  presente  en cuanto a la distribución de las industrias dentro del

sistema socialista mundial en conjunto.

Un aspecto importante en la organización de la

 

producción es la estructura de la dirección de la economía. En el período de transición al comunismo adquiere una expresión nueva el centralismo democrático, que sirve de base a la organización de la  producción  de  la  economía  nacional  del socialismo.

La reforma radical del sistema de dirección de la industria y la construcción llevada a cabo en la Unión Soviética en 1957, traslada el centro de gravedad de este  trabajo  a  las  regiones  económicas administrativas, con sus Consejos de la Economía Nacional. Esto favorece las condiciones para una especialización y cooperación más conveniente de la industria, y, por tanto, para una mayor socialización del trabajo y el incremento de su productividad. El Pleno del C.C. del P.C. de la U.S. celebrado en junio de 1959 señalaba: "Los grandes  éxitos conseguidos en el desarrollo  de nuestra economía son prueba de que la formación de los Consejos de la Economía Nacional ha sido una medida auténticamente revolucionaria en cuanto al perfeccionamiento de las formas de dirección de la industria y la construcción."340

Pero la descentralización de la dirección de la economía no es más que un aspecto del problema. El

otro lo tenemos en el mejoramiento de los métodos

de  planificación  y  coordinación  centralizadas  de todos los sectores de la economía y de las regiones económicas. Las organizaciones centrales de planificación, cuyo papel crece sin cesar -pues la economía  es  cada  vez  más  compleja  y  la coordinación precisa de los sectores especializados y de las regiones económicas es aún más necesaria-, irán perdiendo su carácter administrativo para convertirse en Consejos técnico-científicos.

 

Cambio de carácter del trabajo.

El paso a la técnica del comunismo transforma el carácter del trabajo, los hábitos del productor y su

mundo  espiritual.  La  mecanización  completa  y  la

automatización desplazan ya al trabajo poco calificado. Poco a poco desaparecen los oficios duros

y  los  trabajos  nocivos.  La  labor  del  hombre  es

aliviada por la mecanización, y una tras otra son eliminadas las operaciones mecánicas, monótonas y fatigosas. Aparecen profesiones nuevas, en las que el hombre se limita a dirigir el funcionamiento de las máquinas. En su labor cobran cada vez más importancia las funciones del trabajo intelectual. En las líneas automáticas, el trabajo del obrero se aproxima al del especialista. En las fábricas automáticas  se  necesitan  ya  matemáticos programistas, que fijan las tareas de producción a cumplir por las máquinas, y aparatistas de un elevado nivel profesional.

El  desarrollo  de  las  fuerzas  productivas  trae

 

 

340  Materiales del Pleno de junio del C. C. del P.C. de la U. S.

Gospolilizdat, Moscú, 1959, pág. 4.

 

 

 

consigo cambios importantes en la composición profesional de la clase obrera, con una constante elevación de la parte que corresponde a los obreros muy calificados de los oficios principales. Crece rápidamente el nivel de cultura general de los trabajadores. En la industria de la U.R.S.S. casi un tercio de los obreros han acabado estudios en la escuela media o en la media incompleta (diez años y siete, respectivamente). Cada vez es mayor el papel que corresponde a los ingenieros, diseñadores, tecnólogos   y   personal   de   laboratorio   y   de   las secciones experimentales de las empresas.

Por lo tanto, en el proceso de la producción socialista se va forjando la nueva fisonomía de un

obrero que es el paradigma del trabajador del futuro, de   la   sociedad   socialista.   Es   un   especialista

consciente y culto, buen conocedor de su oficio y que, al mismo tiempo, posee amplios horizontes técnicos. Gradualmente, se va precisando también el

camino   que   se   seguirá   hasta   resolver   el   gran problema  de  los  hombres:  su  emancipación  de  la

vieja división del trabajo que los esclavizaba.

Este último problema no se resolverá reduciendo el número de esferas de aplicación del trabajo, es

decir,   de   sectores   de   la   producción.   Todo   lo contrario,  la  tendencia  dominante  hoy  día  en  el

progreso técnico es la de una mayor especialización de la producción, y no hay motivos para suponer que en el futuro cambie. Pero la estrecha especialización

de la producción no significa la estrecha especialización de los hombres. Ocurre lo contrario,

que el progreso técnico pone también de manifiesto otra tendencia: conforme el progreso de la ciencia y

la técnica avanza, tanto más valor adquieren los principios científicos generales sobre los que se asientan   todos   los   procesos   modernos   de   la

producción. De esto se deriva la posibilidad de capacitar a un personal que conozca los fundamentos

de muchas ciencias y procesos de producción, que esté en condiciones, por tanto, de adaptarse en el más corto plazo al trabajo en los distintos sectores de la

industria, de conformidad con las necesidades de la sociedad y las aficiones del individuo.

Al mismo tiempo, al avanzar la mecanización, y singularmente la automatización, en los distintos sectores, también por la forma, el trabajo se acerca a

un mismo género de actividad: a la regulación y control de los procesos que se encargan de efectuar

las propias máquinas.

Así, gradualmente, van apareciendo las premisas para que un trabajador pueda pasar de una esfera de

la producción a otra. Y esto significa que se sientan las condiciones para eliminar el estado de cosas en

que cada uno se encuentra atado de por vida a un mismo oficio, lo cual, según palabras de Marx, es como una losa que gravita sobre todo el mundo de las

capacidades espirituales del hombre.

 

3. Desaparición gradual de las diferencias de clase y de otras diferencias sociales

Conforme se avanza hacia el comunismo, a la vez

que las fuerzas sociales se desarrollan prodúcense hondas   transformaciones   en   la   esfera   de   las

relaciones   sociales.   Todo   evoluciona   hacia   la

desaparición  gradual  de  las  diferencias  de  clase  y otras diferencias sociales relacionadas con la desigualdad  de  los  hombres;  la  sociedad  marcha hacia la igualdad real de todos sus miembros.

Bajo el socialismo existen aún clases, según sabemos:  están  los  obreros  y  los  campesinos.  Así

viene impuesto por la presencia de dos formas de

propiedad social, por el mantenimiento de las diferencias  entre  la  ciudad  y  el  campo,  por  la

existencia de formas distintas de distribución de los

bienes materiales. El socialismo mantiene en pie la división de la sociedad en hombres del trabajo intelectual y del trabajo manual.

Pero en la marcha hacia el comunismo se van borrando  incesantemente  las  diferencias  entre  las

formas de la propiedad socialista, entre la ciudad y el campo y entre el trabajo intelectual y manual. Consecuentemente,     desaparecen     también     las

diferencias entre las clases y capas sociales.

 

Hacia una propiedad social única.

La existencia de dos formas distintas de propiedad social es la base más profunda para el mantenimiento

de los restos de diferencias de clase dentro del socialismo. De ahí que el acercamiento de las dos

formas de propiedad sea lo decisivo en la superación de estas diferencias.

No hay medidas artificiales capaces de eliminar la diferencia entre la propiedad estatal y la cooperativa koljosiana, que se borrará, en última instancia, sólo

como consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas. La base material de la aproximación es

el proceso de socialización de la producción, que no se detiene en modo alguno bajo el socialismo. Todo lo  contrario,  es  un  proceso  que  avanza  dentro  de

ambas   formas   de   propiedad.   Lo   mismo   en   la industria  que  en  la  agricultura,  se  incrementa  la

concentración de la producción, es decir, el volumen de las empresas y de los elementos técnicos de que éstas están dotadas; simultáneamente, se amplía la

división social del trabajo, la especialización y cooperación  de  las  empresas  y  de  las  regiones

económicas.  La  economía  nacional  se  va convirtiendo cada vez más en un organismo único y bien estructurado.

Esto  hace  que  se  estrechen  sin  cesar  los  lazos entre ambos sectores de la economía socialista, el

estatal y el cooperativo. Los vínculos de producción que existen entre ellos dan origen a las premisas económicas     necesarias    para    ir     incorporando

gradualmente  el  sector  cooperativo  al  nivel  del estatal. No obstante, aun manteniéndose la tendencia

 

 

 

general a la aproximación de las dos formas de propiedad, cada una de ellas se va perfeccionando por sus vías específicas.

La propiedad estatal, de todo el pueblo, aumenta sin  cesar  su  peso  en  la  economía  del  país.  Esto

obedece a dos causas. Primeramente, los fondos de

producción de que el Estado dispone experimentan un  crecimiento  gigantesco.  A  medida  que  avanza hacia el comunismo, la sociedad socialista se hace más industrial. En segundo lugar, crecen rápidamente los fondos no productivos pertenecientes al Estado: instituciones científicas, culturales, instructivas y de sanidad, así como los servicios urbanos.

El socialismo empieza con la conversión en propiedad  social  de  los  medios  fundamentales  de

producción. La socialización no se detiene ahí, sin

embargo.  Al  aproximarse  al  comunismo,  la propiedad social ha de abarcar gradualmente a toda la esfera de servicios. Eso quiere decir que la satisfacción de muchas necesidades individuales, atendidas hoy en lo fundamental por la economía doméstica, pasará a la competencia del Estado, de la sociedad. A este objeto se aumentará sin cesar el número de comedores públicos, de escuelas internados, de lavanderías, de establecimientos de cultura y sanidad y de lugares de descanso. Las perspectivas de ampliación de la propiedad estatal son en esta esfera verdaderamente infinitas, lo mismo que ocurre en todo el campo de la producción material.

El impulso que mueve a la sociedad a proceder así es el siguiente: La gran producción mecanizada es

también en la esfera de los servicios muy superior a

la   producción   pequeña   y   poco   productiva   que significa el trabajo dentro de la economía doméstica. La preparación de alimentos bien organizada en grandes  cocinas  mecanizadas,  a  cargo  de especialistas excelentemente capacitados, resulta menos   costosa,   puede   ser   mejor   y,   lo   que   es principal, puede llevarse a cabo teniendo en cuenta las indicaciones de la ciencia.

Eso redunda por igual en beneficio de la sociedad y de sus miembros. La sociedad obtiene grandes economías de trabajo, que ahora se dilapidan en el servicio  doméstico,  y  sus  miembros  pueden conseguir unos alimentos baratos y bien cocinados. Además, los trabajadores ven incrementado así el tiempo de que pueden disponer para cultivarse en todos los sentidos. El tiempo libre del trabajo en la empresa será efectivamente libre, pues la sociedad no cesará de descargar a los trabajadores del peso de las faenas domésticas.

Están muy lejos de haber sido agotadas las posibilidades de la propiedad cooperativa koljosiana.

Hubo  un  tiempo  en  que  en  las  publicaciones

soviéticas sobre economía se sostenía la idea de que la propiedad de grupo de los koljoses comenzaba ya

a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas del

 

campo, por lo que, al avanzar hacia el comunismo, había que reducir esta forma de propiedad. Pero no es de esto de lo que en realidad se trata, sino de robustecer   y   ampliar   por   todos   los   medios   la economía social de las cooperativas, de aprovechar íntegramente las reservas que el sistema koljosiano encierra para conseguir un ascenso vertical de la producción agrícola. Sólo siguiendo esta vía de desarrollo puede la propiedad cooperativa koljosiana pasar a un nivel más elevado.

Singular  importancia  tendrá  el  incremento continuo  y  la  acertada  utilización  de  los  fondos

indivisibles   de   los   koljoses,   que   son   la   base

económica para el mayor avance de su producción. Las posibilidades en este plano son enormes. Cuanto

mejor organizado esté el trabajo en las cooperativas,

tanto mayor será su productividad y mayor será la acumulación de bienes de que podrán disponer los koljoses. Además, el ritmo de acumulación de las cooperativas se acelera por los grandes créditos que el Estado les concede. Esto significa que los koljoses pueden dedicar sumas importantes a la adquisición de  tractores,  cosechadoras  y  otras  máquinas agrícolas. Como resultado de ello, los fondos indivisibles de las cooperativas se aproximarán cada vez más, por su estructura técnica, a los fondos de producción de las empresas estatales. Un poderoso impulso a este proceso ha sido dado en la Unión Soviética con el paso a la venta libre a los koljoses del material que antes pertenecía a las Estaciones de Máquinas y Tractores.

Un papel especial en la ampliación de la producción  cooperativa  koljosiana  ha  de corresponder a la utilización de las relaciones mercantiles  monetarias.  No  es  cierto  que  en  el período de paso al comunismo tales relaciones se vayan a reducir a la nada, siendo sustituidas por el intercambio  directo  de  productos.  La  propia naturaleza de la propiedad cooperativa koljosiana es tal, que exige no la reducción, sino la ampliación máxima de las relaciones de valor. Así lo tenía en cuenta el Partido Comunista de la Unión Soviética al conceder a los koljoses facultades para planificar por sí mismos su producción, al abolir los cupos obligatorios de venta al Estado y al pasar al sistema de compras de la producción agrícola y de venta de maquinaria a los koljoses.

La economía cooperativa va pasando a los principios  del  cálculo  económico.  Esto  obliga  a

muchos koljoses a abandonar las formas de pago en

especie y a optar por el pago en dinero, incluso cuando se trata del trabajo de los propios koljosianos.

Van  pasando  a  primer  plano  los  problemas  de  la

rentabilidad: la capacidad para llevar una buena administración de la hacienda, para reducir los gastos de  producción  y  conseguirla  a  más  bajo  costo. Porque en el futuro, el Estado preferirá, sin duda, adquirir los productos agrícolas allí donde le resulten

 

 

 

más baratos.

Todo esto significa que las posibilidades de la propiedad cooperativa koljosiana son ilimitadas. La

experiencia de la Unión Soviética demuestra que el

nivel de socialización del trabajo y de concentración de la producción no asegura siempre el racional empleo   de   grandes   máquinas,   y  sobre  todo  la creación de sistemas de máquinas. En buena parte esto ha sido salvado con la agrupación de koljoses para formar haciendas mayores, que no han tardado en dar sus frutos. Hay también otros métodos y formas, comprobados ya en la práctica, para superar esa cierta limitación que presenta la propiedad de grupo.

Figuran entre ellos, ante todo, las diversas formas de colaboración entre las cooperativas. Muchos koljoses aúnan ya sus esfuerzos para la construcción conjunta de pequeñas centrales eléctricas, canales de riego y empresas para la transformación de la producción agrícola, para la fabricación de materiales de construcción, etc. Esto da origen a la propiedad interkoljosiana, que por su naturaleza se aproxima a la propiedad de todo el pueblo.

Está también la unión gradual, la peculiar fusión de  los  medios  koljosianos  de  producción  y  los

estatales. Así ocurre, por ejemplo, cuando el koljós

toma la energía necesaria de las redes eléctricas del

Estado.

Finalmente, el marco de la propiedad cooperativa puede  ser   ensanchado  considerablemente  por   la

socialización de nuevas esferas de la vida koljosiana.

Los koljoses avanzados tienen sus hornos para la cocción del pan, comedores públicos, guarderías infantiles, escuelas con internado y casas para ancianos.  En  una  economía  múltiple  y  robusta  es algo perfectamente posible que cada miembro de la cooperativa pueda ver satisfechas todas sus necesidades a expensas del fondo social. Esto hará innecesaria la economía individual auxiliar del koljosiano, que, en fin de cuentas, es desventajosa. En el futuro desaparecerá por sí misma la necesidad de esta economía individual auxiliar, con lo que los koljosianos dispondrán de más tiempo para el trabajo en la hacienda social, para elevar sus conocimientos y también para el descanso.

Así,   pues,   toda   la   evolución   que   sigue   la propiedad  cooperativa  koljosiana  tiende  hacia  el

incremento  constante  de su  nivel de  socialización.

Por su carácter, se aproxima a la propiedad de todo el pueblo. En el futuro será históricamente inevitable la fusión de estas dos formas de propiedad en una propiedad comunista única.

 

Superación de las diferencias entre la ciudad y el campo.

Las diferencias entre los obreros y los campesinos

no se derivan sólo de la existencia de dos formas de propiedad  social.  Son  también  muy  dignas  de  ser

 

tenidas en consideración las diferencias en cuanto al carácter de la producción industrial y agrícola, así como a las condiciones de vida y al nivel de cultura.

El socialismo heredó un gran atraso del campo. Los sociólogos burgueses afirman que dicho atraso

es   históricamente   inevitable   y   se   debe   a   las

características del trabajo agrícola. Pero, en realidad, la  culpa  de  las  calamidades  que  sufren  los campesinos no se debe a la índole específica de la agricultura, sino al régimen que el capitalismo implantó en el agro. Bajo el capitalismo, el campo es sometido a una explotación inhumana por parte de la ciudad, y esto origina la contradicción de intereses entre el uno y la otra.

El socialismo pone fin a esta contradicción. Con el apoyo más decidido de la ciudad, los campesinos empiezan a ver cambiar su vida, encuentran abierto el acceso a los avances de la ciencia y la técnica modernas y a los bienes de la cultura. No obstante, únicamente en el período de paso gradual al comunismo se conseguirá eliminar por completo las diferencias económico-sociales entre la ciudad y el campo.

Se trata, en primer término, de superar el atraso del  campo  respecto  de  la  ciudad.  La  revolución

técnica en la agricultura, de que antes hablábamos,

cambia  radicalmente  el  carácter  del  trabajo campesino, que va convirtiéndose en una variedad del trabajo industrial. Conforme avance la mecanización, y luego la automatización parcial de las faenas agrícolas, el trabajo del koljosiano se acercará al del obrero calificado urbano. También en este sentido se irán borrando poco a poco las diferencias entre las dos clases.

Un gran papel, en cuanto a la elevación del campo hasta  el  nivel  de  la  ciudad,  han  de  cumplir  los

sovjoses, en los que los medios de producción son propiedad del Estado. El personal de los sovjoses,

como el de cualquiera otra empresa estatal, se atiene a las normas generales de la disciplina socialista del trabajo.  Una  forma  más  elevada  de  cooperación

socialista del trabajo, unida a los recursos técnicos de que  disponen,  permite  obtener  en  los  sovjoses  la

producción agrícola con una inversión mínima de trabajo, es decir, a menos precio. Los sovjoses suelen dar de ordinario un mayor porcentaje de producción

para el mercado. Por cada hectárea de cultivo rinden al Estado más producción y a más bajo precio.

Al cambiar el carácter de la producción agrícola y bajo su influencia directa, paso a paso se modifica también todo el modo de vida de la aldea. Cada vez

es mayor el número de máquinas que se concentran en el campo. Se construyen locales donde guardarlas

y talleres donde son reparadas. Aparecen empresas rurales para la transformación de las materias primas agrícolas. En torno a estos centros de producción se

agrupa un gran número de mecánicos, ingenieros y otro   personal   técnico.   Aumenta   el   número   de

 

 

 

agrónomos, veterinarios, médicos y maestros.

Las  grandes  concentraciones  de  población  y  el incremento de su nivel cultural hacen necesaria una

nueva planificación de las aldeas, con casas de tipo

nuevo, provistas de agua corriente, teléfono, etc. Se siente la necesidad de buenos caminos y carreteras, de hospitales, guarderías, jardines de la infancia y escuelas de todos los grados; se multiplican las tiendas, los comedores públicos, los clubs y las bibliotecas. Así, la reorganización de la producción agrícola trae consigo un cambio completo en la fisonomía   tradicional   de   la   aldea,   que   se   va acercando a la ciudad por el nivel de sus servicios y de su cultura. Ya ahora, los koljoses avanzados construyen viviendas que tienen poco que envidiar a las de la ciudad. Y lo mismo puede decirse de sus establecimientos culturales y sociales.

Esto no significa que la aldea haya de convertirse en  ciudad,  tal  como  ésta  es  ahora,  con  todos  los

inconvenientes de la vida urbana, donde se respira un aire viciado, hay toda clase de ruidos y el hombre se

encuentra apartado de la naturaleza. De lo que se trata  es  de  crear  un  nuevo  tipo  de  poblados  que reúnan lo mejor que dio la civilización urbana a lo

largo de los siglos y lo que el campo tiene. Como prototipos  de  dichos  poblados  pueden  servir,  en

cierto sentido, las agrociudades construidas dentro de algunos grandes sovjoses en la Unión Soviética.

La desaparición de las diferencias entre la ciudad

y el campo es un proceso doble, que presupone transformaciones lo mismo del campo que de la ciudad.

En  el  período  de  transición  del  capitalismo  al socialismo   se            plantea   ya           el            problema              de           la

reconstrucción  de  las  ciudades.  Poco  a  poco  es

superado el anterior contraste entre el centro y las barriadas   obreras.   En   los   planes   soviéticos   de

urbanización y construcción de viviendas se ha dado

incluso preferencia a estas últimas. Alrededor de las fábricas nuevas han empezado a nacer ciudades socialistas, proyectadas ya según nuevos principios.

Sin embargo, es mucho lo que resta todavía por hacer para la reconstrucción de las ciudades en el

período  de  transición  al  comunismo.  Aun conservando los valores arquitectónicos y artísticos del pasado, deben ser acomodadas a las condiciones

de la convivencia comunista. Y esto exige una planificación nueva y nuevos tipos de viviendas, de

empresas, de locales para servicios urbanos y de establecimientos culturales y sociales. Los intereses del trabajo comunista han de ser tenidos en cuenta a

la hora de proyectar y construir nuevos edificios industriales. La arquitectura industrial ha de asegurar

que los obreros trabajen en locales espaciosos y bien iluminados, en condiciones sanas y con toda clase de comodidades.

La construcción urbana adquiere mayores vuelos cada día en los países socialistas, estando ya próximo

 

el momento en que se pondrá fin para siempre a un problema tan grave como el de la vivienda, que nos legó  el  capitalismo.  En  la  Unión  Soviética,  entre

1959 y 1965 se construirán viviendas con una superficie  total  de  650  a  660  millones  de  metros

cuadrados.  Esto  equivale  a  la  aparición  de  15

ciudades como Moscú o de casi 100 como Gorki.

Actualmente, la experiencia de que disponemos no  nos  permite  decir  con  precisión  cómo  será  la

ciudad del comunismo. No hay, sin embargo, razones para  suponer  que  las  grandes  ciudades  vayan  a

desaparecer como centros de la industria y de la cultura.  La  cooperación  de  los  sectores  más complejos de la producción y de las instituciones de

investigación científica a su servicio, así como de otros   muchos   establecimientos   culturales   y   de

sanidad, justifican plenamente la existencia de ciudades grandes.

La inevitable afluencia de población del campo,

motivada por el incremento de la productividad del trabajo agrícola y por la necesidad de satisfacer las demandas de mano de obra de otras ramas de la economía nacional, no ha de significar el crecimiento ilimitado de las grandes ciudades. Estas tendrán probablemente proporciones óptimas, que correspondan a los intereses de la producción y a las conveniencias generales de sus habitantes. En la Unión Soviética, por ejemplo, se han puesto severas restricciones a la construcción de nuevas empresas industriales en ciudades como Moscú y Leningrado.

En el futuro, los centros industriales se hallarán seguramente distribuidos de manera más regular por

todo el país, quedando rodeados de un gran número

de pequeñas ciudades satélites, con una planificación adecuada, a fin de ofrecer a sus habitantes todas las condiciones para una vida sana y culta.

Tales son, a grandes rasgos, las vías a seguir para superar las diferencias económico-sociales entre la

ciudad y el campo. Una vez suprimidas, quedarán únicamente las diferencias entre la industria y la agricultura.    Estas    últimas    no    conducirán,    sin

embargo, a una estratificación social de la sociedad;

la diferencia entre el trabajo en la industria y en la agricultura no irá más allá de la que existe entre los

distintos sectores de la industria.

 

Fusión paulatina del trabajo manual e intelectual. En la ruta hacia el comunismo hay que superar la división  de  la  sociedad  en  hombres  del  trabajo

manual y del trabajo intelectual.

Con el socialismo desaparece ya la contradicción

entre uno y otro género de trabajo, que es propia del régimen de explotación. Era consecuencia inevitable de   la   escisión   de   la   sociedad   en   opresores   y oprimidos, cuando el trabajo intelectual, en todos sus órdenes, era monopolio de las clases dominantes y sus acólitos, era un privilegio de los poseedores de medios de fortuna.

 

 

 

El socialismo pone fin a esta situación. En la sociedad  socialista,  los  hombres  del  trabajo intelectual y del trabajo manual tienen intereses comunes, están al servicio de una misma empresa y trabajan en bien de todo el pueblo. Aparecen unos intelectuales nuevos, salidos del pueblo, que no forman ya una capa cerrada al margen de los obreros y los campesinos. Esto no significa, sin embargo, que hayan desaparecido toda clase de diferencias entre los obreros y campesinos y los intelectuales. Por su nivel cultural y sus conocimientos técnicos, éstos son en su conjunto superiores a aquellos. Por eso, una de las tareas primordiales de la sociedad en el período de construcción del comunismo en todos los frentes es  la  de  elevar  el  nivel  cultural  y  técnico  de  los obreros y campesinos hasta el de los intelectuales.

¿Cómo se conseguirá esto?

El papel principal corresponderá a la modificación del  propio  carácter  del  trabajo,  el cual,  según  se

señalaba antes, exigirá un constante incremento del nivel    intelectual,    amplios    horizontes,    elevados

conocimientos y un espíritu creador. La sociedad socialista parte del hecho de que el desarrollo multilateral   del   hombre   tiene   lugar,   en   primer

término,   en   el   trabajo,   que   es   la   esfera   más importante  de la  actividad  humana.  El  trabajo,  tal

como se va convirtiendo en el proceso de transición al  comunismo,  proporciona  precisamente condiciones  favorables  para  el  perfeccionamiento

intelectual del individuo.

Al avanzar la mecanización completa y la automatización, el trabajo deja de ser una actividad

meramente física. El obrero se va emancipando de

las funciones sencillas y puramente mecánicas; su trabajo va incluyendo sin cesar nuevos elementos de actividad intelectual. Hoy día, en las fábricas metalúrgicas  soviéticas,  más  de  la  mitad  de  la jornada del fundidor está ocupada ya por un trabajo intelectual (cálculos relacionados con el régimen del horno, control de la fundición, comparación e interpretación de los datos tecnológicos, etc.). No en vano en la empresa socialista se va haciendo común el obrero en cuyo trabajo se combinan orgánicamente la innovación, su actividad como inventor y racionalizador.

El progreso técnico es el resorte principal que empuja  a  la  aproximación  del  trabajo  manual  e

intelectual. Pero sería erróneo pensar que se trata de

un proceso capaz de por sí de llevar a la desaparición de las diferencias entre uno y otro. En los países capitalistas, la mecanización y la automatización reducen de ordinario el papel del obrero, que se convierte en un simple apéndice de la máquina. Esto no puede ocurrir en los países del socialismo, donde las condiciones sociales son otras, y los obreros participan activamente en la labor de dirigir la producción. La sociedad se preocupa constantemente

 

que sea un hombre culto y de despejados horizontes, creador y señor de la técnica. A ello tiende, dentro del socialismo, todo el sistema de enseñanza general y profesional. La amplitud que todo esto ha tomado podemos deducirla del hecho de que en la Unión Soviética pasan de 50 millones las personas matriculadas en distintos centros de enseñanza.

Condición obligatoria para que los hombres del trabajo manual puedan elevar sus conocimientos y su

cultura es la reducción de la jornada.

En  1960  habrá  terminado  en  la  U.R.S.S.  la implantación  de  la  jornada  de  siete  horas  para

obreros y empleados; en los trabajos del subsuelo

quedará reducida a seis horas. En 1962 se proyecta implantar la jornada de cuarenta horas semanales. A

partir de 1964 se iniciará el paso a la semana de

treinta y cinco horas, y de treinta para los trabajos del subsuelo. Entonces, la mayoría de los obreros y empleados disfrutarán de dos días libres a la semana, con una jornada diaria de seis o siete horas. Hay que agregar que la reducción de la jornada se llevará a cabo sin disminución de salarios.

Otro factor importante que contribuirá a superar las   diferencias   entre   los   hombres   del   trabajo

intelectual y manual es el sistema de instrucción pública   bajo   el   socialismo.   La   reforma   de   la

enseñanza en la U.R.S.S. y otros países del campo socialista establece en los planes la inclusión del proceso  productivo.  Esto  contribuirá  a  mejorar  la

educación  de  las  generaciones  jóvenes  y  las preparará para el trabajo.

Se  comprende  que  la  producción  material  es imposible,    cualquiera             que         sea          el            grado      de

mecanización y automatización, sin determinados esfuerzos físicos. En el futuro, por consiguiente, el trabajo en la producción material incluirá elementos

intelectuales y manuales. Será un tipo de trabajo nuevo, en el que se podrán revelar por completo la

fuerza física y la capacidad espiritual del individuo.

Desaparecerá   también   la   anormal   y   estrecha especialización       de           los           hombres               del          trabajo

intelectual, que excluye cuanto esté relacionado con un esfuerzo físico. Todos los hombres de la sociedad

comunista, cualquiera que sea su especialidad, aportarán su esfuerzo combinado, como decía Marx, el trabajo intelectual y el manual. Estos dos aspectos

se fundirán armónicamente en el trabajo de cada miembro de la sociedad comunista, de conformidad

con su capacidad y sus aficiones.

No   hace  falta  decir  que   la   desaparición  de fronteras entre el trabajo de los intelectuales y el de

los obreros y campesinos será un proceso largo, más prolongado que la supresión de diferencias entre la

clase obrera y los campesinos. V. I. Lenin señalaba que los intelectuales "seguirán como una capa específica hasta que se alcance el nivel más elevado de desarrollo de la sociedad comunista".341

 

de que el obrero no se convierta en un "robot", sino               

341 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXXIII, pág. 169.

 

 

 

 

Supresión de los restos de desigualdad en la situación de la mujer.

Entre las grandes tareas sociales que se cumplen

en  el  avance  hacia  el  comunismo,  un  lugar importante corresponde a la supresión de los restos de desigualdad en la situación de la mujer.

Decíamos ya en el capítulo XXIV que el socialismo equipara a la mujer en derechos con el

hombre en el sentido político y social; no obstante, las   huellas   de   la   desigualdad   de   la   mujer   no

desaparecen  en  absoluto.  Esto  se  debe  a  que  la familia  representa  aún,  dentro  de  la  sociedad,  un cierto   modo   de   unidad   económica   en   la   que

corresponde a la mujer todo el peso de las faenas domésticas. En los primeros años de la Revolución

escribía Lenin que, a pesar de haber sido equiparada en derechos al hombre, aún "la oprime, ahoga, embrutece    y    humilla    la    pequeña    economía

doméstica, que la mantiene sujeta a la cocina y a los hijos y que significa una dilapidación de su trabajo

en  un  esfuerzo  terriblemente  improductivo, mezquino, que agota los nervios y la convierte en una bestia  de  carga.  La  auténtica  emancipación  de  la

mujer, el verdadero comunismo, sólo empezará cuando se inicie la lucha de masas (dirigida por el

proletariado en posesión del poder político) contra esta  pequeña  economía  doméstica,  o  más exactamente,  su  reestructuración   en  masa  en  una gran economía socialista."342

El período de transición al comunismo presenta las más grandes posibilidades para la realización de este programa leninista de emancipación definitiva de la mujer.

Lo principal es desarrollar al máximo el sistema de comedores públicos, de los servicios y de toda

clase de instituciones de la infancia. Cuando la sociedad ofrezca a sus ciudadanos una comida más

económica, mejor condimentada y más variada que la que encuentran en casa; cuando muchas de las necesidades   domésticas   sean   atendidas   por   los

establecimientos de servicios a la población, la mujer se  verá  al  fin  libre  de  las  abrumadoras  y  poco

productivas  faenas  propias  de  la  economía doméstica.  A  medida  que  la  sociedad  cargue  con gran parte del cuidado, educación y sostenimiento de

los niños, la situación de la mujer en el seno de la familia cambiará también y se verá muy aliviada.

Los planes económicos de la Unión Soviética y de los demás países socialistas determinan grandes realizaciones en todos estos sentidos para los años

próximos.

Cuando  la  mujer  se  vea  libre  de  las  fatigosas faenas  de  la  casa,  podrá  cultivar  su  espíritu  y

participar activamente en un trabajo socialmente útil.

Esto significará la supresión real del retraso en que la mujer se encuentra respecto del hombre y que en la

 

sociedad capitalista constituye una verdadera calamidad social. Ante la mujer se abrirán nuevos horizontes y podrá revelar su capacidad y su talento en todos los órdenes de la vida. Esto será una gran revolución liberadora, que cambiará la suerte de la mitad del género humano.

La equiparación de la mujer al hombre en la producción  social  no  quiere  decir  que  de  ella  se espera el cumplimiento de trabajos pesados. V. I. Lenin advertía que "no se trata de igualar a la mujer en cuanto a la productividad del trabajo, al volumen de éste, a su duración, a las condiciones en que se realiza, etc..."343  La mujer seguirá siendo mujer con todas sus características, con su gran misión social de ser madre. El comunismo eleva como ningún otro régimen la dignidad de la mujer, tiene siempre presentes  sus  intereses  y  propicia  en  todos  los aspectos el desarrollo y perfeccionamiento de su personalidad.

 

Perfeccionamiento del sistema de distribución.

La supresión definitiva de las diferencias de clase y de otros residuos de la desigualdad será alcanzada cuando desaparezca la desigualdad real en la distribución de bienes materiales.

Esta desigualdad es hoy una consecuencia natural de las diferencias existentes en el trabajo y en las

formas  de  la  propiedad  social.  El  salario  de  los

obreros viene determinado por el Estado y depende de la cantidad y calidad de su trabajo. El trabajo de

los koljosianos es retribuido por el propio koljós, en

dependencia del volumen de su riqueza social y de la labor hecha. Actualmente hay bastantes diferencias a este respecto entre los koljoses. También hay cierta diferencia en el pago del trabajo entre unas y otras industrias. Y como se conserva la disparidad entre el trabajo intelectual y el manual, las capas superiores de los intelectuales perciben una remuneración superior a la de los simples obreros y campesinos.

Las diferencias en la remuneración del trabajo, y por  tanto en  las  condiciones  de  vida de  todas las

clases y capas sociales de la población, se irán borrando   conforme   la   sociedad   se   acerque   al

comunismo. No es que se vaya a imponer una nivelación en el pago del trabajo, sino que se tratará de un proceso objetivo. Conforme la mecanización se

vaya extendiendo a nuevos sectores de la economía nacional, el trabajo adquirirá en todos ellos un mismo

carácter, todo él se traducirá en el manejo y control de las máquinas, lo cual conducirá lógicamente a un equilibrio en las normas de pago. A esto contribuyen

otros procesos que tienen lugar en la sociedad: la elevación   gradual   de   la   propiedad   cooperativa

koljosiana al nivel de la estatal, la desaparición de las fronteras entre los hombres del trabajo intelectual y manual, el incremento de la renta nacional, etc.

El Estado socialista tiene presente esta tendencia

 

 

 

342 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXIX, pág. 396.

 

343 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 25.

 

 

 

objetiva a la hora de elaborar y poner en práctica la política de salarios. La Unión Soviética se ha orientado hacia la supresión de las diferencias que a este respecto existen entre las distintas categorías de trabajadores,  elevando  los  salarios  más  bajos.  A partir de enero de 1957 los obreros y empleados menos pagados fueron beneficiados con un aumento del  33   por  ciento  aproximadamente.   Al  propio tiempo, se tomaron medidas para regular los sueldos y salarios en las categorías mejor remuneradas, a fin de cortar ciertos excesos. En adelante, aun con un aumento general de salarios, se concederá atención preferente a los obreros y empleados que perciben una remuneración baja o media. Así, según el plan septenal, el salario medio de estas categorías llegará casi a duplicarse para 1965.

Paralelamente, el salario real de todos los trabajadores ha de elevarse como consecuencia de las rebajas de precios. Estas últimas, que afectan a los artículos de amplio consumo, favorecen principalmente, sin embargo, en primer lugar, a quienes más compran, es decir, a las categorías mejor retribuidas. Por eso, en la etapa actual, el Estado destina los recursos que podrían ser dedicados a la rebaja de precios a incrementar el salario de quienes cuentan con ingresos más modestos. La política de precios se aplica con un criterio diferenciado. A medida que crece la producción de determinadas mercancías, se rebajan sus precios y así aumenta la demanda. Hay otros artículos, como las bebidas alcohólicas y el tabaco, cuando la sociedad no tiene interés en ampliar el consumo, a los que no afectan las rebajas de precios; esto se hace con objeto de combatir costumbres y supervivencias del pasado que resultan nocivas para la salud.

Perspectivas singularmente amplias ofrece el aumento  de  bienes  materiales  distribuidos  por  la

sociedad no por el trabajo, sino gratuitamente o en

condiciones ventajosas, y que constituyen el fondo de consumo social. Es el fondo que se destina a la construcción de viviendas, a sanidad, instrucción pública, establecimientos infantiles y deporte. De ahí salen las sumas destinadas a seguros sociales, becas para los estudiantes, subsidios a las familias numerosas, etc.

El fondo de consumo social crece rápidamente. En la U.R.S.S. este capitulo significaba en 1958 el 33

por ciento del presupuesto. Circunstancia digna de

tenerse en cuenta es que la parte de los fondos de consumo distribuidos sin relación directa con la cantidad y calidad del trabajo individual crecen con rapidez mayor que la parte distribuida según el trabajo. A principios del primer quinquenio representaban  alrededor  del  24,4  por  ciento  del salario individual, mientras que en 1958 habían llegado al 41,5 por ciento.

El principio de remuneración según el trabajo y el de distribución gratuita o en condiciones ventajosas

 

no se contradicen, aunque su acción sea simultánea. El principio de distribución a título gratuito ofrece sus beneficios singularmente a los niños, estudiantes, enfermos, inválidos y ancianos, es decir, a miembros de la sociedad que, por una razón u otra, no pueden realizar un trabajo retribuido. Esto, en cambio, alivia la situación de la población activa, al descargarle de parte de los gastos que de otra manera pesarían sobre ella.

A medida que se avance hacia el comunismo, crecerá el peso del fondo de consumo común, pues es el modo más progresivo y económico de satisfacer las   necesidades   de   todos   los   miembros   de   la sociedad. Refiriéndose al incremento del bienestar material del pueblo soviético, N. S. Jruschov decía en su informe ante el XXI Congreso del P.C. de la U.S.: "Se comprende que el Partido y el Gobierno seguirán consecuentemente la orientación trazada en cuanto al aumento de salarios y rebaja de precios. Pero esto es sólo uno de los caminos... Tenemos el camino, realmente comunista, para elevar el bienestar de los trabajadores, por el que se crearán las mejores condiciones de vida para toda la sociedad en su conjunto y cada uno de sus miembros en particular. Entran en él los trabajos para proporcionar vivienda adecuada a las gentes, la organización de comedores públicos, el mejoramiento de los servicios, la ampliación del número de instituciones para la infancia, el perfeccionamiento de la instrucción pública, la organización del descanso y el mejoramiento  de  la  asistencia  médica,  la construcción de instituciones de cultura, etc."344

En este sentido, el socialismo se diferencia radicalmente del capitalismo. El camino que en él se

sigue  para  mejorar  la  vida  de  los  hombres  es

sustancialmente distinto del que existe en la sociedad burguesa.   El   ideal   de   muchos   en   la   sociedad

capitalista se centra en poseer, en propiedad privada,

el mayor número de bienes: su casa, su automóvil, etc. No todos pueden conseguirlo, y así ocurre que la mayoría de estos bienes son exclusiva de las altas capas de la sociedad. Pensar que las diferencias entre el socialismo y el capitalismo se reducen a que todos los ciudadanos posean su casa y su automóvil, significaría tener una noción vulgar de las cosas. El socialismo conoce una vía más rápida y sensata para alcanzar el bienestar general. Consiste en concentrar la máxima cantidad posible de bienes y servicios en manos  de  la  sociedad,  la  cual  se  encarga gradualmente de satisfacer las necesidades que los ciudadanos  sienten  por  lo  que  se  refiere  a  estos bienes y servicios.

La  conveniencia  económica  de  este  modo  de

 

 

344 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años 1959-1965", en Materiales  del XXI Congreso, extraordinario,  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, págs.

52-53.

 

 

 

satisfacer las necesidades es evidente, puesto que los gastos de explotación de la propiedad social (viviendas, automóviles en garajes públicos, etc.) son inferiores a los de la explotación de la propiedad sujeta al uso privado. Por esto, la sociedad puede ofrecer a los ciudadanos una cantidad siempre mayor de bienes y servicios, primero mediante una retribución moderada y luego gratuitamente.

El aprovechamiento conjunto de una serie de bienes,  económicamente  ventajoso  y  que  por  ello

conviene perfectamente a la sociedad, no ha de ir, sin

embargo, en perjuicio de los gustos, aficiones y costumbres individuales. La sociedad ha de estar en condiciones de ofrecer la más amplia variedad de bienes y servicios, a fin de que todos tengan grandes posibilidades de elección.

La rebaja de precios y la constante socialización del consumo, el crecimiento preferente del consumo social respecto del fondo de consumo individual, es el camino que, a juzgar por todo, se seguirá hasta llegar  a  la  distribución  a  título  gratuito.  El mecanismo de esta última -el sistema de depósitos, empresas de servicios, tiendas, comedores públicos- se va estructurando como consecuencia del amplio desarrollo de las relaciones monetario-mercantiles y del comercio en el período de transición del socialismo al comunismo.

 

4. La educación comunista  de los trabajadores

El complejo proceso de paso gradual del socialismo    al    comunismo    comprende    también

cambios profundos en la vida y la superestructura espiritual  de  la  sociedad  en  la  conciencia  y  las

costumbres de los hombres. El Partido lo tiene presente en su labor encaminada a la educación comunista   de   los   trabajadores,   cuando   trata   de

acelerar  por  todos  los  medios  estos  cambios impuestos por las leyes sociales.

La educación comunista se compone de elementos tan importantes como el incremento de la cultura y del nivel profesional de los miembros de la sociedad,

la ampliación de sus conocimientos generales, el arraigo de las ideas comunistas entre los trabajadores,

la transformación en costumbre del trabajo en bien de la sociedad y la observación de las normas y reglas de la moral comunista.

 

Aumento del nivel de instrucción y cultura.

La instrucción es la base de la cultura general y del perfeccionamiento político del hombre; por esta razón, la sociedad sigue prestando el máximo interés a esta empresa en el período de transición del socialismo al comunismo. Es más, todavía aumenta el nivel de conocimientos que se exigen de todos los trabajadores. Esto se debe, ante todo, a la revolución técnica que se está produciendo en nuestra época.

"En nuestra época de centrales electroatómicas, de la conquista del cosmos y de la automatización -decía

 

N. S. Jruschov en el XIII Congreso de las Juventudes Comunistas Leninistas- el Partido y el Gobierno han de preocuparse al máximo de que todos los obreros y obreras, koljosianos y koljosianas tengan instrucción media."345

De aquí que el Estado socialista tenga siempre presente la necesidad de aumentar el número de escuelas y de crear las condiciones para que las generaciones jóvenes reciban una buena instrucción. En la Unión Soviética, el número de alumnos de las escuelas de ocho grados y medias aumentará de 31,3 millones en 1953 a 45 millones en 1965.

Al mismo tiempo, crece rápidamente el número de personas con instrucción superior. Considerando

los cambios que se producen en la industria y la agricultura, el ingeniero y el agrónomo irán pasando

a un primer plano. Ahí está la causa de que la Unión Soviética, que ocupa ya el primer puesto del mundo en la capacitación de especialistas, proyecte ampliar

aún más la enseñanza superior. Entre 1952 y 1958 terminaron  su  carrera  1.700.000  personas,  número

que se elevará hasta 2.300.000 entre 1959 y 1965. El total  de  personas  con  enseñanza  superior  será  en

1965 de más de 4.500.000, lo que significa el 50 por

ciento más que en 1958.

Se trata, pues, de que en el futuro, conforme se vaya  acercando  el  comunismo,  el  conjunto  de  los

ciudadanos  de  la  sociedad  socialista  posea  una

instrucción  superior  y media.  Será en esencia  una

nueva revolución cultural, pero elevada a un plano incomparablemente más alto.

Tiene gran importancia teórica y práctica el problema del carácter de la enseñanza, de cómo debe

ser la escuela media y superior. El rápido progreso de la ciencia y de la técnica impone la necesidad de que todos los alumnos reciban una formación sólida. Pero

esto no se puede conseguir cuando la enseñanza se aparta   de   las   necesidades   del   desarrollo   de   la

producción  material.  Quiere  decirse  que  los miembros de la sociedad, en el curso de sus estudios, han de empezar a incorporarse al trabajo productivo.

Los intereses de la sociedad exigen que se acorten los plazos de "entrada en la vida" de los jóvenes. Esto les

dará antes madurez espiritual y contribuirá favorablemente en su formación como miembros útiles de la sociedad socialista.

Los  clásicos  del  marxismo-leninismo determinaron  en  líneas  generales  el  carácter  de  la

enseñanza que la joven generación ha de recibir bajo el socialismo. Así expusieron la idea de la enseñanza politécnica,  que  presupone  el  aprendizaje  de  las

bases científicas de la producción moderna y del manejo de los más comunes instrumentos de trabajo.

"...Es imposible imaginarse el ideal de la sociedad futura -escribía Lenin- sin la unión de la enseñanza y

 

 

345    XIII  Congreso  de  la  Unión  de  Juventudes  Comunistas

Leninistas de la U.R.S.S. Actas taquigráficas, Ed. Joven Guardia,

1959, pág. 278.

 

 

 

el trabajo productivo de la joven generación: ni la enseñanza y la instrucción sin el trabajo productivo, ni el trabajo productivo sin la enseñanza y la instrucción  paralelas,  podrían  ser  colocados  a  la altura que exige el nivel actual de la técnica y el estado de los conocimientos científicos."346

Sin embargo, únicamente la práctica podía señalar concretamente la forma en que habían de unirse la enseñanza  y  el  trabajo  productivo.  Una  revisión crítica de la experiencia de organización de la instrucción pública en la U.R.S.S. ha permitido encontrar esa forma. Es la que ha servido de base a la profunda reforma que en 1958-1959, por iniciativa del C.C. del P.C. de la U.S., se ha llevado a cabo en todo  el  sistema  de  la  instrucción  pública.  Esta reforma de la escuela soviética tiene sin duda valor general, y no puede extrañarnos que la experiencia de su aplicación sea estudiada por todos los países socialistas.

El sentido de la reforma es una amplia aplicación de los principios de la enseñanza politécnica, la vinculación estrecha de la enseñanza a la producción. Lo primero de todo, se eleva el nivel de la enseñanza obligatoria: se implanta con carácter general y obligatorio la enseñanza de ocho grados, en vez de los siete que existían antes. Esto es la primera etapa de la enseñanza media. En la segunda, se combina ahora la capacitación cultural general con la profesional; la enseñanza va unida al trabajo productivo,  al  aprendizaje  de  un  oficio.  Quienes salen de la escuela general, de ocho grados, pueden continuar sus estudios ya en escuelas medias nocturnas y mixtas de jóvenes obreros o rurales, ya en escuelas medias con un aprendizaje profesional. De base para la enseñanza profesional sirven los talleres  de  las  escuelas,  empresas,  sovjoses, Estaciones de Reparación y de Máquinas y Tractores y  de  los  koljoses,  donde  los  alumnos  trabajan  un tercio del tiempo dedicado a los estudios.

Se presta atención especial al fomento de una nueva forma de educación comunista y de enseñanza

politécnica como son las escuelas internados. En los siete  años  que  van  de  1959  a  1965,  vivirán  y

estudiarán en ellas 2.500.000 niños. En el futuro se proyecta ampliar todavía más este tipo de escuelas.

La capacitación de especialistas en las escuelas

superiores se basa en el principio de íntima combinación de los estudios y los trabajos prácticos. Se presta una atención singular a la capacitación de quienes ya trabajan en una empresa. Los jóvenes ocupados en la industria, los transportes y la agricultura tienen preferencia para el ingreso en los centros superiores de enseñanza.

Así es como se resuelve este problema, tan importante para la sociedad socialista, de combinar la participación de la gran masa de los ciudadanos en la producción   material   -tal   como   lo   impone   la

 

346 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. II, pág. 440.

 

necesidad de desarrollo de la economía nacional- con el ascenso del nivel general de instrucción de los trabajadores. Es lógico que las condiciones sean más propicias para quien está ocupado directamente en la producción.

La atención que la sociedad socialista presta a cuanto   se  trata  de   elevar   la   instrucción   y  los

conocimientos profesionales no ha de ser interpretada

en el sentido de que se propone capacitar únicamente estrechos especialistas. El propósito que se marca es

mucho  más  amplio,  lo  que  se  quiere  lograr  es  el

desarrollo del hombre en todos los sentidos. Y así vemos que cada vez es más común el obrero familiarizado con los grandes valores de la cultura y que sabe apreciar y comprender la literatura, la música, la pintura y el teatro.

 

Elevación del espíritu comunista.

La devoción de las masas populares a las ideas comunistas  es  una  de  las  mejores  conquistas  del

régimen  socialista.  La  sociedad  está  interesada  en

que se incremente aún más la formación ideológica de sus miembros, que da solidez a cada éxito en la construcción del comunismo y multiplica las energías de las masas.

El espíritu comunista no hay que identificarlo con el   conocimiento   de   la   teoría    del   comunismo

científico.   Porque   si   bien   es   cierto   que   tal

conocimiento contribuye a adquirir el espíritu comunista, no es sólo de esta manera como podemos

convencernos de que el comunismo tiene la razón. La

mejor   escuela   de   educación   es   la   construcción práctica del comunismo. En este sentido, los nuevos éxitos en el progreso de la economía nacional y la cultura, en el incremento del bienestar de los trabajadores, han de ser lo decisivo para elevar el espíritu comunista.

Esto no significa, sin embargo, que podamos desestimar  los  medios  ideológicos  de  educación.

Muy al contrario, su importancia crece sin cesar. Nos

referimos, ante todo, a la labor  política de difusión de  las   ideas   comunistas,  de  propaganda   de  la

concepción marxista-leninista.

El Partido Comunista aspira a que su concepción del mundo sea patrimonio no sólo de la vanguardia, no sólo de la parte avanzada de los obreros, campesinos e intelectuales, sino de todos los miembros de la sociedad. La tarea es gigantesca. Su cumplimiento viene facilitado, sin embargo, por la circunstancia de que el marxismo-leninismo coincide con los intereses fundamentales de los trabajadores. Y esto da la garantía de que, a medida que se avance hacia el comunismo, todo el pueblo llegará  a hacer suya la ideología marxista-leninista.

En  los  planes  de  construcción  comunista  de  la

Unión Soviética se asignan las condiciones más propicias   para   el   trabajo   ideológico.   Amplíase

enormemente el campo de acción de la prensa, la

 

 

 

radio, la televisión, el cine y las instituciones de divulgación  cultural.  Aumentan  considerablemente las tiradas de periódicos, revistas y libros.

La asimilación por las masas de la ideología comunista    es    tanto    más    eficaz    cuanto    más

íntimamente va unida su propaganda a la vida. De lo

que se trata no es de explicar simplemente la teoría, sino de enseñar la manera de aplicarla. Por eso el Partido combate tan enérgicamente el divorcio entre el trabajo ideológico y la práctica de la construcción del comunismo.

Ofrecen grandes posibilidades para la educación ideológica  la  literatura,  la  radio,  la  televisión,  el teatro, el cine y las artes representativas. Por su conducto,  los  altos  ideales  del  comunismo  llegan hasta las más extensas capas de la población, y en una forma en que su influencia puede ser particularmente sensible, puesto que actúan a la vez sobre el cerebro y sobre los sentimientos del individuo.

El avance del pueblo hacia el comunismo abre perspectivas espléndidas ante el arte y la literatura.

La   grandeza   de   las   tareas   derivadas   de   la

construcción   comunista   y   de   la   formación   del hombre   nuevo   mueve   a   crear   obras   de   hondo

contenido   y   de   gran   valor   artístico.   Condición

imprescindible para ello es que escritores y artistas conozcan profundamente la vida y las aspiraciones del pueblo.

"La línea principal de desarrollo -se dice en el importante documento del Partido Por una estrecha

relación  de la  literatura  y el arte  con la  vida del pueblo   (1957)-   es   que   la   literatura   y   el   arte

mantengan siempre vínculos indisolubles con la vida del pueblo, que reflejen la riqueza y diversidad de nuestra realidad socialista y muestren, con brillantez

y fuerza de convicción, la gran labor transformadora del pueblo soviético, la nobleza de sus aspiraciones y

fines y sus elevadas virtudes morales. La suprema misión social de la literatura y el arte consiste en llevar al pueblo a la lucha por nuevos éxitos en la construcción del comunismo."347

El trabajo de educación ideológica presenta dificultades y obstáculos a los que hay que combatir tenazmente. Nos referimos a las supervivencias del capitalismo en la conciencia de los hombres, a la deletérea influencia de la ideología burguesa, que se opone a la obra de la construcción de la sociedad comunista. Una tarea importante del período de transición al comunismo es la de superar definitivamente esas supervivencias. En primer término hay que conseguir la desaparición de reminiscencias del pasado, como la actitud ante la propiedad social y el trabajo, el nacionalismo y los prejuicios religiosos, la afición a la bebida, la falta de respeto hacia la mujer y la disipación.

 

 

347 N. S. Jruschov, Por una estrecha relación de la vida y el arte con la vida del pueblo, Gospolitizdat, Moscú, 1957, pág. 20.

 

No tendríamos razón al pensar que las supervivencias del capitalismo pueden aparecer únicamente entre gentes de la generación vieja. Lamentablemente,  su  influencia  se  deja  sentir también entre cierta parte de la juventud, poco templada en sus ideas. Esta juventud se muestra inclinada a admitir confiadamente el oropel exterior de la cultura burguesa y su modo de vida, sin ver detrás   de   todo   esto   la   verdadera   tragedia   del trabajador en el mundo capitalista, con sus secuelas de la desocupación, la carencia de recursos y la inseguridad en el mañana.

Hay que tener presente que los países socialistas no se hallan separados del mundo del capitalismo por

un muro infranqueable. De allí llegan, por los conductos  más  diversos,  las  ideas,  opiniones  y

costumbres burguesas, que ejercen cierta influencia sobre las mentes poco firmes.

El hecho de que los Estados socialistas quieran la

coexistencia pacífica con el capitalismo no da pie en absoluto  para  deducir  que  pueda  haber  un "armisticio" en la lucha de la concepción proletaria con  la  burguesa.  Todo  lo  contrario,  esta  lucha adquiere en ocasiones más virulencia todavía, puesto que  la  burguesía  imperialista,  que  no  acepta  la pérdida de sus posiciones políticas e ideológicas, acentúa en el terreno de las ideas su ofensiva contra los países socialistas.

De ahí que el XXI Congreso del P.C. de la U.S. subrayase una vez más la necesidad de "continuar la

lucha irreductible con la hostil ideología burguesa",

prestando  "especial  atención  a  la  educación comunista de las jóvenes generaciones".

 

Hay que aprender a trabajar  y a vivir a la manera comunista.

Construir el comunismo significa trabajar bien y producir cada vez más.

Para esto no basta con elevar constantemente la cultura y los conocimientos profesionales de los obreros, campesinos e intelectuales; también hay que

educar en ellos la actitud comunista hacia el trabajo.

Esto constituye para el Partido el centro de toda su labor  de  educación;  se  trata  de  conseguir  que  el

trabajo,  como  actividad  que  crea  todos  los  bienes

materiales y culturales, se convierta en la primera necesidad vital de todos los hombres.

La actitud comunista hacia el trabajo significa, en

primer término, la disposición y el deseo de trabajar bien, no porque nadie nos empuje a ello, ni sólo porque de ello depende la cuantía del salario, sino porque así lo impone nuestra conciencia y nuestro deber moral. Es también una visión viva y creadora, el espíritu de innovación, el constante afán de encontrar procedimientos nuevos para elevar la productividad   del  trabajo,   mejorar  la   calidad  y abaratar la producción.

La gran fuerza del socialismo reside en que, al

 

 

 

emancipar a los hombres de la explotación, gesta profundos estímulos morales con relación al trabajo. En la Unión Soviética, el ferviente deseo de ser útil a la sociedad ha llevado estos últimos años a miles de muchachos  y  muchachas  a  las  tierras  vírgenes  y obras de Siberia y el Extremo Oriente. Ese mismo deseo es el que impulsó a Valentina Gagánova, una de tantos ciudadanos soviéticos, y a sus miles de imitadores   a   pasar   de   una   brigada   de   trabajo avanzada a otra atrasada, con objeto de ayudarla a alcanzar a los compañeros que iban por delante, aunque eso significara de momento un descenso de su salario.

A medida que se avanza hacia el comunismo, esa actitud consciente ha de penetrar en la gran masa de

los   trabajadores,   y   no   sólo   en   los   elementos

avanzados de la producción. Esto no significa, ciertamente, que se puede prescindir de los estímulos materiales y reemplazarlos por los de índole moral. El interés material era y es una importante fuerza motriz  en  la  elevación  de  la  productividad  del trabajo. Mas cuando se pasa al comunismo, a ese interés   se   han   de   incorporar   nuevos   y  nuevos impulsos morales, que terminarán por ser lo principal y definitivo.

Muchas medidas de la sociedad socialista tienden a  propiciarlo.  Unas  tratan  de  suprimir  las  últimas

causas que se oponen a que los hombres cobren amor

al   trabajo,   como   cuando   se   encomienda   a   las máquinas la realización de grandes esfuerzos físicos,

labores desagradables y hasta nocivas, la reducción

de la jornada y de la semana de trabajo, etc. Otras medidas se orientan a elevar aún más el prestigio moral del trabajo y la fama del trabajador. Ese fin persiguen, por ejemplo, la concesión de órdenes, medallas y diplomas honoríficos a los mejores obreros, koljosianos y empleados, su promoción a los órganos supremos de poder y a puestos de dirección en el Partido y en las organizaciones sociales, y, finalmente, la diaria atención que por los hombres del trabajo muestran la prensa, la radio, la literatura y el arte.

Pero la actitud comunista hacia el trabajo no es sostenida sólo desde arriba, sino también por abajo.

En    nuestros    días    es    muy    característica    la

preocupación de las propias masas para que todos trabajen  con  un  espíritu  comunista.  Así  nos  lo

demuestra,   por   ejemplo,   el   movimiento   de   las

brigadas  del  trabajo  comunista,  desplegado  en  la

Unión Soviética, que se fijan precisamente esa tarea.

Este  movimiento  se  marca  también  otro  fin:

aprender a vivir a la manera comunista. A vivir de tal manera que en todos los órdenes, en el seno de la familia y en la relación diaria con cuantos nos rodean sean cumplidos los elevados postulados de la moral comunista. En esta consigna encuentra expresión el vivo deseo de los propios miembros de la sociedad de llegar cuanto antes al modo de vida comunista, es

 

decir, al modo de vida más rico en contenido, puro y racional que jamás conocieron los hombres.

La  combinación  del  trabajo  de  educación  del

Partido y del Estado socialista con la iniciativa de las masas permite elevar hasta un nivel genuinamente

comunista la fisonomía moral de todos los hombres.

Y  esto  significa  seguir  los  dictados  de  una  ética basada en la fidelidad al comunismo y la intransigencia hacia sus enemigos, en la conciencia del deber social, en la participación activa en el trabajo para bien de la sociedad, en la observancia voluntaria de las normas fundamentales de la convivencia humana, en la ayuda amistosa, en la honradez,   la   sinceridad   y   la   intolerancia   hacia quienes turban el orden social.

Conforme             se            avance   hacia      el            comunismo crecerán,  sin  duda,  no  sólo  las  demandas  de  los

miembros de la sociedad, sino también las exigencias

de la sociedad hacia sus miembros, hacia el comportamiento de éstos en el lugar de trabajo, en

los sitios públicos y en el seno de la familia. Pero

serán unas exigencias que se apoyarán cada vez más en los métodos de influencia moral y de convencimiento. Simultáneamente, el centro de gravedad de la educación del hombre nuevo se verá desplazado directamente a las colectividades en que se mueve.

La   actividad   práctica   social         de   los   países socialistas ha demostrado ya que el medio más eficaz

de lucha contra el individualismo egoísta -que es el enemigo  principal  de  la  moral  comunista-  es  un

colectivismo activo. El colectivismo es lo que mejor responde al ideal del comunismo, puesto que para él

la norma suprema de conducta es la que se ajusta al bien social. Al propio tiempo, es lo que mejor responde a los intereses del individuo, al cultivar en él las más elevadas virtudes humanas.

Esta  es  la  razón  de  que,  en  el  período  de transición al comunismo, se dé tanta importancia al trabajo  educativo  en  las  reuniones  de  base  del Partido, el Komsomol y los Sindicatos, así como en los lugares de trabajo. La colectividad socialista es capaz de influir poderosamente, y en caso necesario, de reeducar y convertir en miembros útiles de la sociedad a personas que parecían incorregibles por completo. En la acción de la colectividad se basa toda la pedagogía progresista, representada por un innovador tan eminente de esta ciencia como era A. S. Makarenko.

El P.C. de la U.S. trata de incrementar el papel de la colectividad de trabajo en la educación comunista ampliando sus derechos y facultades y su esfera de acción. Porque la colectividad puede influir sobre el individuo tanto más cuanto más unida se encuentra. Y esta unidad únicamente se consigue en la colectividad que conoce una vida intensa, donde sus miembros son activos, dan muestras de iniciativa y se ocupan de veras de sus asuntos.

 

No cabe duda de que es precisamente en el seno de la colectividad donde se formará el hombre del futuro,  para  el  cual  los  principios  del  comunismo serán la base y la voz de su conciencia.

 

5. Desarrollo de la democracia socialista

 

El  desarrollo  y  perfeccionamiento  de  la democracia socialista constituye una tarea de singular valor en el período de transición al comunismo. Así se desprende del carácter mismo de la construcción comunista. Únicamente es posible erigir el edificio de la nueva sociedad con la participación más activa de  masas  de  millones  de  trabajadores;  éstos  no pueden ser meros ejecutores de la voluntad ajena, sino creadores conscientes de las nuevas formas de su  vida  social.  Cuanto  más  cerca  se  halla  del

comunismo, mayor es el interés de la sociedad para que todos sus miembros tomen parte en la resolución de los asuntos del Estado socialista, no se limiten a trabajar y le ayuden con su consejo, con sus valiosas propuestas e ideas.

 

Direcciones principales en que se desarrolla la democracia socialista.

El desarrollo de la democracia socialista se consigue,      ante      todo,      por      el      constante perfeccionamiento de la estructura y los métodos de trabajo de los órganos estatales, robusteciendo sus vínculos con las grandes masas. El sistema político se  reorganiza  de  tal  modo  que  los  trabajadores puedan  tener  una  participación  directa  cada  vez mayor en los asuntos públicos.

En la estructura estatal crece el valor de los elementos  que  de  manera  directa  están  unidos  al pueblo. En la U.R.S.S. se trata, sobre todo, de los Soviets de diputados de los trabajadores. Los Soviets, además   de   órganos   de   poder,   son   las   más representativas organizaciones sociales. Constituyen una peculiar combinación del principio estatal y el social, el punto de confluencia donde la sociedad se convierte en Estado, y viceversa. A diferencia de las demás organizaciones, en las que se reúne una u otra parte del pueblo, los Soviets representan al pueblo entero.

Los diputados a los Soviets no son, en su inmensa mayoría, políticos profesionales, sino gente ocupada en las empresas y que cumple su deber social en el tiempo que les queda libre después de su trabajo. Los Soviets se forman de la manera más democrática: por elección directa. Los electores exponen a los diputados sus deseos y piden que los cumplan. Los diputados a los Soviets dan cuenta periódicamente de su  gestión  ante  sus  electores,  los  cuales  pueden revocar su mandato.

Todo  esto  brinda  a  los  Soviets  amplias perspectivas    en    el    período    de    transición    al comunismo. Sus funciones y su labor crecerán incesantemente  en  la  marcha  de  la  construcción  comunista. Cada vez es mayor el número de asuntos que son puestos bajo su competencia. Su labor se perfecciona en el sentido de que estrechan sus vínculos  con  la  población,  con  el  fin  de  conocer mejor sus deseos  y su voluntad.  A este  objeto se crean numerosas comisiones adjuntas a los Soviets y los diputados toman parte en el examen de cuantas cuestiones plantean los electores.

Contribuye muy especialmente al desarrollo de la democracia  socialista  la  costumbre  de  someter  al

examen de todo el pueblo los proyectos de leyes y

disposiciones del Estado relativas a problemas trascendentales de la economía y la cultura. Así se ha hecho, por ejemplo, con los proyectos de ley sobre la reorganización de la dirección de la industria y la construcción en la U.R.S.S., sobre pensiones, instrucción pública y otros. Este sistema se seguirá aplicando y perfeccionando en el futuro.

Otro fenómeno propio del período de transición al comunismo es la gradual ampliación de los derechos

concedidos   a   los   órganos   locales.   Los   órganos

económicos centrales conservan únicamente las funciones necesarias para la dirección de la economía nacional como un todo único. Los asuntos restantes van  pasando  a  ser  competencia  de  los  órganos locales.  Las  facultades  de  estos  últimos  son ampliadas  sin  vacilación  conforme  aparecen dirigentes capaces de gobernarlos y crece la cultura y la conciencia política de la población.

Durante estos últimos años, en la Unión Soviética han sido ampliados sensiblemente los derechos de las repúblicas, de los órganos republicanos y regionales de poder, de las empresas, los koljoses y los sovjoses. Las autoridades de las repúblicas corren ahora con la gestión de un gran número de empresas que antes dependían del Gobierno central.

Todo esto significa que la dirección se acerca a las masas, que el centro de gravedad se desplaza a los puntos donde es resuelta la suerte de los planes económicos.  Y  la  proximidad  de  los  órganos  de poder a las masas facilita la tarea de incorporar a los trabajadores a la resolución de los asuntos públicos, al control sobre los dirigentes, haciendo más democráticos los propios métodos de dirección. Se comprende que la ampliación de las facultades de los órganos locales tiene sus límites, que vienen determinados por los intereses generales de la nación, por la necesidad de dirigir desde un centro los más fundamentales procesos económicos y político- sociales.

En el período de transición al comunismo es esencial  el  perfeccionamiento  de  los  métodos  de

dirección  de  la  economía  nacional.  Es  la  esfera principal en que actúa el Estado socialista, la esfera que no se estrechará, sino que se ampliará conforme el comunismo se acerque. V. I. Lenin decía en 1918 que organismos del tipo de los Consejos de la economía  nacional  "han  de  crecer,  desarrollarse  y robustecerse, cumpliendo la labor más importante de la sociedad organizada".348

En el curso de la construcción del comunismo, sin embargo,   los           órganos económicos          han         de experimentar igual evolución que los políticos, aproximarse al máximo a la producción e incorporar ampliamente a su labor a todos los trabajadores. El leninismo enseña que, a medida que se avanza hacia el  comunismo,  la  dirección de la economía  ha  de apoyarse en bases cada vez más democráticas.

A este postulado responde la reforma del sistema de dirección de la economía adoptada en la Unión Soviética en 1957. Al formarse los Consejos de la economía nacional, dependiendo de ellos empezaron a funcionar amplios consejos técnico-económicos. Si tomamos  el  país  en  su  conjunto,  de  ellos  forman parte decenas de miles de obreros avanzados, ingenieros y científicos. En las empresas han adquirido  gran  significado  las  asambleas permanentes de producción, con un total de seis millones de miembros: obreros, empleados y representantes de los Sindicatos, de la dirección, de las organizaciones del Partido y del Komsomol y de las  sociedades  científicas  y  técnicas.  Las conferencias gozan de amplias facultades para influir activamente  sobre  todos  los  aspectos  de  la  vida dentro de las empresas.

Una  de  las  misiones  más  importantes  de  esta reforma   es   la   de   cortar   todas   las   tendencias conservadoras y burocráticas en la dirección. Dichas tendencias  se  manifiestan  por  lo  común  en  los intentos de castrar el contenido de la democracia socialista, de reducirla a un simple formalismo, de suplantar el examen práctico de los asuntos por simples apariencias y el intercambio vivo y fecundo de opiniones por discursos vacíos y por resoluciones que a nada comprometen. El formalismo es la manifestación   más   vivaz   de   la   rutina   y   del burocratismo  en  las  condiciones  actuales.  El burócrata, en  el  fondo  de su  alma  no  cree  en  las masas  y  desprecia  sus  consejos  y  deseos.  Pero  el comunismo es obra de las propias masas dirigidas por el Partido, ha de entrar en la conciencia de todos y cada uno y convertirse en carne de su carne. De ahí que el Partido Comunista mantenga siempre viva la lucha   contra   las   manifestaciones   burocráticas   e incorpore a esta labor a los propios trabajadores.

Otra tarea importante en el período de transición al  comunismo  es  la  de  robustecer  e  impulsar  la democracia    en    las    cooperativas    agrícolas.    El desarrollo de las relaciones mercantiles, monetarias no  puede  producirse  sin  que  al  mismo  tiempo  seamplíen las formas y los métodos democráticos de dirección de los asuntos de la cooperativa. El interés económico puede fortalecerse entre los koljosianos únicamente donde la asamblea general de los componentes de la cooperativa ocupa el lugar debido,

 

348 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVII, pág. 372.

 

donde la opción de los koljosianos es lo decisivo cuando se trata de decidir sobre asuntos que a su colectividad competen.

 

Transferencia de diversas funciones del Estado a las organizaciones sociales.

 

Una dirección sustancialmente nueva en el desarrollo  de  la  democracia,  que  aparece  en  el período    de    transición    al    comunismo,    es    la transferencia gradual de funciones del Estado a las organizaciones sociales.

En su informe ante el XXI Congreso del P.C. de la  U.S.,  N.  S.  Jruschov  decía  que  habían  de  ser puestas ya bajo la competencia de las organizaciones sociales las cuestiones relativas a los servicios culturales, a la sanidad, a la dirección de sanatorios y casas de descanso y a la cultura física. Antes todavía se había recurrido a las organizaciones sociales para la   labor   de   divulgación   de   los   conocimientos científicos y técnicos. Las organizaciones sociales, de conjunto  con  instituciones  del  Estado  como  las milicias y los tribunales, han de tomar a su cargo la función del mantenimiento del orden público y la seguridad.

Amplíanse,  pues,  considerablemente,  las funciones y facultades de las organizaciones sociales.

Esto se refiere en primer término a las organizaciones de la clase obrera, a los sindicatos. El problema de la ampliación  de  las  funciones  y  facultades  de  éstos sirvió de tema al Pleno del C.C. del P.C. de la U.S. celebrado  en  diciembre  de  1957.  Los  sindicatos soviéticos tienen actualmente posibilidades aún mayores para incorporar a los obreros y empleados a la dirección de la producción, para controlar cuanto se refiere a la organización del trabajo, a los salarios y a la vida de los trabajadores. Los comités sindicales participan en la elaboración de los planes de trabajo y escuchan informes de los dirigentes de las empresas acerca del cumplimiento de estos planes y de los compromisos adquiridos por contrato colectivo. Sin el consentimiento del comité sindical, la dirección no puede despedir a nadie ni establecer tarifas y normas de trabajo. Los comités de fábrica pueden, si así lo consideran oportuno, proponer medidas de censura contra  los  dirigentes  que  no  cumplen  los compromisos del contrato colectivo, dan muestras de burocratismo o incumplen la legislación laboral.

Según se indicaba en las resoluciones del XXI Congreso del P.C. de la U.S., los sindicatos se han de encargar  también  de  las  cuestiones  de  sanidad, sanatorios y casas de descanso.

¿A qué se debe la transmisión de las funciones del Estado a las organizaciones sociales? A que, en las condiciones propias del socialismo, los métodos sociales  de  dirección  producen  en  muchos  casos mejor efecto que los métodos puramente administrativos. Se basan en la iniciativa de la población; presuponen que los hombres no se rigen de conformidad con órdenes venidas de arriba, sino según  las  soluciones  a  que  ellos  llegan colectivamente, las cuales, por tanto, recogen de la manera más completa y tienen en cuenta los intereses y las condiciones concretas de cada lugar. Es la gran superioridad de los métodos sociales, basados en la iniciativa de los propios trabajadores, que permiten interesarlos al máximo y hacerles pensar en los asuntos de su colectividad e incorporarlos a la participación en la vida social.

Los métodos sociales tienen otra ventaja: todos se muestran más inclinados a cumplir a conciencia los acuerdos   adoptados   con   su   colaboración,   con conocimiento suyo y en los que se recogen sus intereses    y    propuestas.    Por    esta    razón,    la transferencia  de  las  funciones  del  Estado  a  las organizaciones sociales empieza por aquellos asuntos en que más valiosa es la iniciativa y donde puede rendir mejores frutos (cultura, deportes, descanso, etc.).

No           tendríamos           razón      para        contraponer         los métodos  sociales  a  los  administrativos.  El  Estado socialista   pertenece   a   los   trabajadores,   y   sus instituciones representativas, según tuvimos ocasión de ver, son de por sí organizaciones sociales de los trabajadores. No se encuentran sobre la sociedad ni le imponen su criterio. Lo principal en la labor del Estado socialista es el convencimiento, y por eso recurre siempre a la conciencia política de los ciudadanos. En este sentido, no hay diferencias de principio entre las organizaciones sociales y las estatales.

No obstante, el Estado sigue siendo Estado; en la presente etapa no puede renunciar aún por completo a los métodos de coerción. La acertada relación entre las organizaciones estatales y sociales ha de consistir en que unas y otras se complementen, de la misma manera   que   se   complementan   los   métodos   de convencimiento y coerción.

El   papel   de   las   organizaciones   sociales   se incrementará               conforme              nos         acerquemos         al comunismo. A ellas irán pasando nuevas funciones que ahora son cumplidas por los órganos de poder. El Estado podrá dedicarse entonces por completo a los problemas básicos de la economía nacional y de la elevación del bienestar del pueblo. Sus funciones se centrarán en la coordinación de todos los aspectos de la vida social y en las necesidades de la defensa del país.

Esto eleva extraordinariamente la responsabilidad de las propias organizaciones sociales. De su trabajo han de desaparecer los últimos vestigios de burocratismo  y  formalismo;  toda  su  labor  ha  de basarse en la amplia iniciativa de los trabajadores y la máxima aplicación de los principios democráticos.

 

Acerca  de  las  condiciones  de  la  extinción del Estado.

 

El desarrollo de la democracia socialista es simultáneamente un proceso de preparación de las condiciones para la extinción del Estado.

El problema de la extinción del Estado tuvo por primera vez un planteamiento científico en las obras de Marx y Engels, quienes demostraron que no era una institución eterna. Nació al dividirse la sociedad en clases hostiles y desaparecerá cuando sea construida la sociedad comunista sin clases. Esto se producirá, señalaban los fundadores del marxismo, no de la noche a la mañana, sino gradualmente, a medida  que  vayan  cambiando  las  condiciones sociales y la conciencia de los hombres. "El Estado no es «suprimido», sino que se extingue",349 escribía Engels.

La extinción del Estado significa concretamente lo   siguiente:   En   primer   lugar,   la   desaparición gradual,  diluyéndose  en  la  sociedad  de  la  capa específica de hombres ocupados permanentemente en la  dirección  de  los  asuntos  públicos  y  que,  en realidad, encarnan el Estado. Con otras palabras, la extinción  del  Estado  presupone  la  reducción constante,   hasta   desaparecer   por   completo,   del aparato estatal, que transferirá sus funciones a la propia sociedad, es decir, a las organizaciones sociales, a la población en su conjunto. En segundo lugar,  la  extinción  del  Estado  significa  la desaparición gradual de la necesidad de medidas coercitivas respecto de los miembros de la sociedad.

El avance y perfeccionamiento de la democracia socialista se orientan precisamente en ese sentido. Si las  masas  son  incorporadas  cada  vez  más ampliamente a la dirección del Estado y de la producción, si nuevas y nuevas funciones del Estado son transferidas a las organizaciones sociales, está claro   que   la   necesidad   de   un   aparato   estatal específico se irá reduciendo hasta desaparecer por completo con el tiempo. Las organizaciones sociales, que se apoyan en la iniciativa de los trabajadores, hacen innecesario un aparato voluminoso. Cuando la propia población se encarga de vigilar y mantener el orden público, las milicias (policía) pueden ser, como es lógico, reducidas.

La necesidad de la coerción acabará también por desaparecer. Primero se hizo innecesaria en cuanto a las clases  explotadoras, desde el  momento  en  que estas clases fueron eliminadas por completo. Posteriormente se hará innecesaria toda medida coercitiva contra parte alguna de la sociedad, cuando todos los ciudadanos, sin que se lo impongan reglamentos administrativos, cumplan con su deber en el trabajo, en la vida político-social y en lo que se refiere a la defensa de la patria, cuando observen las normas y reglas de la convivencia socialista.

La extinción del Estado no significa, sin embargo, que en el futuro no habrá ningún órgano de gobierno.

La necesidad de dirigir la producción social seguirá siempre en pie, aunque no se encargará de ello el Estado, sino una administración social. "El problema de la extinción del Estado, comprendido dialécticamente -decía N. S. Jruschov en su informe ante el XXI Congreso del P.C. de la U.S.-, se refiere a la evolución del Estado socialista hacia una administración social comunista."350

 

349 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 265.

 

La administración social aparece como fruto del desarrollo  y  perfeccionamiento  de  la  democracia socialista. Por ello puede decirse que, en realidad, se ha iniciado ya el proceso de extinción del Estado.

Vemos cómo los órganos de éste se transforman en órganos de administración social. Por otra parte, el paso  a  esta  administración viene  preparado  por  el desarrollo de las organizaciones sociales existentes. Es muy posible que en el futuro aparezca un nuevo tipo de organización social en la que se combine lo más valioso de la experiencia reunida en el trabajo de las organizaciones del Partido, del Estado y de los Sindicatos.

El  Estado  de  la  dictadura  del  proletariado  ha cumplido un gran papel en la formación de la nueva sociedad. Sin su labor de organización habría sido imposible construir el socialismo. La necesidad del Estado permanece en pie hasta el triunfo completo del comunismo. El Estado sólo se extinguirá definitivamente cuando, como decía Lenin, "los hombres se habitúen gradualmente a observar las elementales normas de convivencia, conocidas desde hace  siglos,  repetidas  durante  milenios  enteros  en toda clase de idiomas, a observarlas sin necesidad de violencia, sin coerción, sin subordinación, sin el aparato especial de coerción que se conoce con el nombre de Estado".351

El  problema  de  la  extinción  del  Estado  no podemos considerarlo al margen de las condiciones internacionales. Estas condiciones, si bien es cierto que no pueden abolir los procesos que conducen a la extinción del Estado, pueden obligar a mantener durante más o menos tiempo las funciones -y por tanto  los  órganos  estatales-  relacionadas  con  la defensa del país, la protección de la paz y la seguridad, la coexistencia pacífica y la colaboración económica internacional.

Mientras exista el peligro de agresión por parte de los Estados imperialistas, no es posible debilitar los órganos del Estado socialista a quienes está encomendada la defensa frente a los manejos de los enemigos exteriores. Durante todo este período se mantendrá plenamente la función de defensa del país frente   a   una   posible   agresión   del   exterior,   se conservarán las fuerzas armadas y los servicios de reconocimiento. Esta función perderá su razón de ser cuando desaparezca el imperialismo.

 

350 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años  1959-1965",  en  Materiales   del  XXI  Congreso extraordinario,  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.

119.

351 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, pág. 434.

Así, pues, la extinción del Estado es un proceso complejo y contradictorio. Su dialéctica se traduce en que   unas   funciones   se   van   transformando   o desaparecen gradualmente, mientras que otras se mantienen y hasta se intensifican.

¿Podemos hablar, así las cosas, de que el Estado se extingue?

   podemos,   pues   la   dirección   general   del desarrollo, en el período de transición al comunismo,  conduce precisamente a ello. La necesidad de mantener y reforzar algunas funciones estatales influye, ciertamente, sobre el proceso de extinción del Estado, sobre sus formas y rapidez con que se lleva a efecto, pero en manera alguna hace que tal proceso desaparezca. Dentro de las condiciones propias del socialismo, el robustecimiento de la capacidad de defensa del país no debe significar obstáculo alguno para los avances de la democracia en el seno de la sociedad, para una incorporación siempre en aumento de las masas trabajadoras a la dirección de los asuntos públicos. Además, el incremento de unas u otras funciones del Estado socialista no se traduce en la ampliación y fortalecimiento del aparato administrativo, y en particular  de  los  órganos  de  coerción.  En  este sentido, el régimen socialista se diferencia sustancialmente del burgués.

Atendiendo a las condiciones de la situación internacional, hay que tener un ejército, un servicio de reconocimiento y una industria de defensa fuertes.

Pero no es esto sólo lo que hace fuerte al Estado socialista. Su fuerza reside, ante todo, en la solidez de su base social, en la devoción del pueblo a la causa  del  socialismo.  "La  burguesía  -decía  Lenin- sólo admite que un Estado es fuerte cuando puede, con ayuda de su aparato administrativo, lanzar a las masas   allí   donde   los   gobernantes   burgueses   lo desean. Nuestra noción de la fuerza es otra. Nosotros consideramos que la fuerza del Estado está en la conciencia de las masas. Es fuerte cuando las masas lo saben todo, pueden juzgar acerca de todo y lo aceptan todo conscientemente."352

Este fortalecimiento del Estado no se contradice con  su  extinción,  y  en  realidad  prepara  las condiciones para llegar a ella.

 

El partido marxista-leninista en el período de transición al comunismo.

Una característica del desarrollo de la democracia socialista en el período de transición al comunismo es el papel creciente del Partido como fuerza que orienta y dirige a la sociedad. Así lo imponen los intereses de la sociedad en su conjunto y de la construcción del comunismo.

Decíamos anteriormente que la construcción de la sociedad   socialista   no   es   un   proceso   que   se desenvuelve por sí mismo, aunque su marcha está sujeta a leyes objetivas. En él corresponde un papel siempre mayor a la labor consciente y orientada de los trabajadores, que se encuentra dirigida por una voluntad  única  de  conformidad  con  planes elaborados de antemano. Entonces es más necesario que nunca un conocimiento profundo de las leyes del desarrollo social y una estimación atenta de la experiencia de millones de trabajadores. En este período, sin embargo, son también más favorables las condiciones para la dirección consciente de los procesos sociales: crece el potencial económico, se perfecciona la organización de la sociedad y se agrupan aún más estrechamente todas las capas que la integran.

 

352 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXVI, pág. 224.

 

 

Estas enormes posibilidades únicamente pueden ser  convertidas  en   hechos   a  condición   de   que aumente y se perfeccione el papel de dirección del partido marxista-leninista, en el que se personifica el principio  consciente  dentro  de  la  construcción  del comunismo. Es precisamente el Partido, provisto de su teoría científica y siempre atento a la voz de la práctica, el que conoce de manera más completa, amplía y profunda las tendencias objetivas de la realidad y, apoyándose en ellas, orienta y organiza la labor creadora y concreta de las grandes masas del pueblo.

El papel del Partido crece también a consecuencia del  cambio  que  se  produce  en  las  relaciones  del Estado  con  las  organizaciones  sociales.  A  medida que  estas  últimas  se  van  haciendo  cargo  de  las funciones   que   eran  competencia   del   Estado,  el Partido pasa a primer plano como dirigente de la sociedad  entera  y  como  primera  fuerza  entre  las organizaciones  sociales.  El  Partido  dirige  tanto  el proceso de extinción del Estado como la labor de los sindicatos     y     demás     organizaciones     sociales, ayudándolas  a  ocupar  el  nuevo  puesto  que  les corresponde en la antesala del comunismo.

Además, sin la dirección unificadora del Partido, la  ampliación  de  funciones  de  las  organizaciones

sociales, las mayores facultades concedidas a los organismos  de  administración  local  y  la  gradual

descentralización -procesos que en su conjunto traen consigo los avances de la democracia- podrían conducir  a  ciertas  consecuencias  negativas  para  la sociedad, como el incremento de las tendencias localistas y departamentales. Entrañarían el peligro de que los intereses de "mi" departamento o de "mi" distrito  pudieran  ser  opuestos  a  los  intereses generales  del  Estado  y  de  todo  el  pueblo,  con  el perjuicio consiguiente para las tareas que afectaban al   común   de   la   nación.   Y   el   Partido   es   una

organización que no depende de influencias departamentales o localistas, que siempre tiene presentes los intereses de todo el pueblo, y así es como enfoca cualquier asunto. Esto es de una importancia  excepcional  en  un  país  multinacional como  es  la  Unión  Soviética.  El  Partido  da consistencia al régimen soviético. Su unidad, basada en la comunidad de fines y de ideas, y su centralismo democrático dan una fuerza inusitada a la sociedad que construye el comunismo.

Se comprende que el creciente papel del Partido incrementa su responsabilidad y lo que de él se exige.

La valiosa experiencia del Partido Comunista de la Unión Soviética -el primer partido marxista que se ve ante   la   empresa   de   dirigir   la   construcción   del comunismo- nos permite juzgar sobre qué aspectos de su labor adquieren particular importancia.

La dirección de una obra tan completa como la construcción  del  comunismo  es  imposible  sin  la capacidad para buscar con espíritu creador lo nuevo, con objeto de cambiar decididamente las formas de organización y los métodos de trabajo caducos, que han  dejado  de  corresponder  a  la  situación.  Esta cualidad es particularmente valiosa si tenemos en cuenta   que   los   aficionados   a   una   vida   sin preocupaciones  se  sienten  a  menudo  tentados  a valerse de los mismos métodos, que eran buenos ayer y anteayer, cuando ya se ve a las claras que han de ser reemplazados por otros nuevos, más avanzados. En  el  período  de  construcción  del  comunismo  en todos los frentes, muchos criterios valorativos de que ayer nos servíamos, ya no pueden valernos. Sólo el éxito que hoy se consigue antes, con más facilidad y al precio de menos inversiones que ayer, corresponde a los dictados del momento. Lo que decide el éxito, lo que se necesita, es avanzar a la velocidad máxima y con los menores gastos, buscar diariamente y poner en juego todas las posibilidades y ventajas que lleva en sí el sistema socialista.

El Partido no permite que nadie se conforme con lo  conseguido.  Llama  a  ir  siempre  adelante,  a marchar  por  caminos  nuevos,  y  da  ejemplo  de espíritu  de  innovación,  sin  ocultar  por  eso  las dificultades   que   hay  que   vencer,   sin   velar   los defectos y concentrando los esfuerzos de todo el pueblo  en  el  cumplimiento  de  las  nuevas  tareas.

Gracias a esta dirección, las energías fecundas del pueblo se decuplican y se avanza con éxito hacia la transformación  de  la  sociedad  socialista  en comunista.

A medida que la sociedad penetra en la nueva formación, se amplía el número de cuestiones y problemas que la teoría del marxismo-leninismo no trató en absoluto o lo hizo tan sólo en términos muy generales. En estas condiciones, un audaz espíritu de creación en el campo de la teoría es premisa indispensable para el avance. El Partido Comunista de la Unión Soviética resuelve airosamente los más complejos problemas que la vida plantea. Bastará señalar la aportación de sus XX y XXI Congresos a la teoría marxista-leninista, al afrontar con un criterio nuevo trascendentales cuestiones de la construcción del  comunismo  en  la  U.R.S.S.,  de  la  situación internacional y del movimiento comunista.

La labor del P.C. de la U.S. demuestra palmariamente  que  el  desarrollo  de  la  teoría  no consiste  en  amontonar  citas  venga  o  no  venga  a cuento, a lo que tan aficionados se mostraban todo género de talmudistas, gentes de espíritu perezoso, sino en el profundo estudio y generalización de la experiencia  que  la  vida  nos  brinda.  Lo  principal ahora no es limitarse a la propaganda de la teoría del comunismo, sino concentrar los esfuerzos en la fecunda aplicación de los principios del marxismo- leninismo a la práctica diaria, al cumplimiento de las tareas de la construcción comunista. En estas condiciones, la unidad de la teoría y la práctica es más importante que nunca.

Para dirigir concretamente la construcción de la sociedad  comunista,  el  Partido  ha  de  disponer  de dirigentes capacitados que sepan imponerse en todos los asuntos. Por eso, el P.C. de la U.S. orienta a todas sus  organizaciones  y  miembros  hacia  el  estudio concreto   de  la   economía,   la   técnica,   las   leyes económicas y las formas en que éstas se manifiestan. Esto desagradará únicamente a quienes querrían limitarse a hacer la propaganda del comunismo "en general", a quienes no comprenden que en el período de construcción del comunismo en todos los frentes se necesitan hombres prácticos, capaces de conducir a las masas al cumplimiento de las grandes tareas de nuestro tiempo.

A ello se debe el gran significado que en este período adquiere el trabajo de organización. Cuando la línea política ha sido trazada, el centro de gravedad se traslada a la selección de los dirigentes, a la organización precisa del trabajo de miles y millones de hombres, a la elaboración de medidas concretas capaces de asegurar el funcionamiento rítmico de las empresas, el incremento de la riqueza social de los koljoses y de los ingresos de los koljosianos y la elevación de la cultura y la conciencia de los trabajadores. Así es como el Partido Comunista de la Unión Soviética ve su papel dirigente, sin limitarse a proclamarlo,  sino  dándole  el  aval  de  un  intenso trabajo práctico.

Un valor formidable tiene el constante fortalecimiento de los vínculos del Partido con las masas. Anteriormente nos hemos detenido ya en las nuevas formas y métodos de esta labor. Los planteamientos políticos y los planes de construcción del comunismo que el Partido presenta tienen tanto más garantizado el éxito cuanto mejor recogen el pensar del pueblo, cuando mejor se hacen eco de su fecunda iniciativa, son comprendidos por millones de trabajadores y se convierten en parte inseparable de ellos mismos. Así lo confirma con todo vigor la experiencia del Partido Comunista de la Unión Soviética, que perfecciona sin cesar las formas de sus vínculos con las masas trabajadoras.

E]  Partido  no  puede  ponerse  a  la  cabeza  del trabajo fecundo de las masas y dirigir el proceso de desarrollo de la democracia socialista si no fomenta la democracia en sus propias filas. El rotundo viraje llevado a cabo estos últimos años por el P.C. de la U.S. hacia los principios y normas leninistas de la vida del Partido no se debía a las necesidades concretas del momento; su alcance es mucho más amplio. Ya sabemos que el Partido se apoya para toda su labor no en la imposición, sino en el convencimiento, en la explicación, en el esclarecimiento   político,   y   en   este   sentido   sus métodos de trabajo son el paradigma de los métodos de  dirección  en  la  sociedad  comunista.  La democracia interna proporciona a los miembros del Partido una conciencia comunista y unos rasgos de carácter y normas de conducta que en muchos aspectos nos permiten ver lo que será el hombre del comunismo. Con el tiempo, se evolucionará en el sentido  de  que  la  ideología,  los  principios  y  las normas de vida del Partido lleguen a convertirse en patrimonio de la sociedad entera. De hecho, todos serán entonces comunistas conscientes.

Ciertamente,        los           enemigos              declarados            y encubiertos del comunismo verían con muy buenos ojos que el Partido comenzase cuanto antes a replegarse en su labor dirigente. Pero no ocurrirá así.

Los intereses de la construcción comunista exigen todo lo contrario, el incremento del papel dirigente del  Partido,  el  perfeccionamiento  constante  de  su actividad en todos los órdenes de la vida social: en política y economía, en la ciencia y la cultura, en la

literatura y el arte.

 

6. Significado  internacional de la construcción del comunismo en la U.R.S.S.

La  Unión  Soviética  construye  el  comunismo cuando en el mundo existen dos sistemas sociales. Esto da valor internacional a la resolución de los problemas de la construcción comunista. Los éxitos conseguidos en el avance hacia el comunismo no son va  solamente  jalones  de  la  vida  interior  de  la U.R.S.S.,  sino  acontecimientos  internacionales  de gran importancia. Las realizaciones económicas y técnicas, el ascenso del nivel de vida y los progresos de la democracia no tienen un significado exclusivo para los ciudadanos soviéticos, sino que su repercusión se extiende a la marcha y la suerte final de  la  gran  emulación  económica,  política  e ideológica que se desarrolla entre los dos sistemas.

 

Perspectivas  de  la  emulación  económica  de  la U.R.S.S. con los países capitalistas.

En  su  marcha  hacia  el  comunismo,  la  Unión Soviética ha de obtener una gran victoria económica sobre el capitalismo. En un breve plazo histórico ha de sobrepasar en la producción por habitante a los países capitalistas más desarrollados.

En  su  emulación  con  el  capitalismo,  la  Unión Soviética ha de alcanzar en este sentido, en lo fundamental, a los cuatro países que poseen un capitalismo más desarrollado: Estados Unidos, Inglaterra,  República  Federal  Alemana  y  Francia. Pero de ordinario, los avances económicos de la U.R.S.S. son comparados con los índices de Estados Unidos,   puesto   que   es   el   más   poderoso   país capitalista. Dejar atrás los índices de Estados Unidos significa superar las mayores realizaciones del capitalismo, el "techo" que ha podido alcanzar como sistema económico-social.

El hecho de que la Unión Soviética se haya propuesto como fin inmediato sobrepasar a Estados Unidos habla ya de las enormes posibilidades de que dispone  hoy  día  el  primer  Estado  socialista  del mundo, de su formidable potencial económico. Actualmente, el nivel de producción de Norteamérica no es ya para la U.R.S.S. algo inaccesible, como lo hubo podido parecer hace veinticinco o treinta años. En algunos tipos de producción, como, por ejemplo, trigo, madera y azúcar, la Unión Soviética va ya por delante de los Estados Unidos. Se ha reducido sensiblemente  la  diferencia  en  la  extracción  de mineral de hierro y carbón y en la producción de tejidos de algodón y lana. El pueblo soviético se ha marcado una tarea perfectamente realizable: en los próximos años, alcanzar a Estados Unidos en la producción por habitante de carne, leche y mantequilla.

Un  jalón  importante  en  el  cumplimiento  de  la tarea económica fundamental será la realización del plan septenal de desarrollo de la economía nacional y la cultura de la U.R.S.S. (1959-1965). El problema básico  de  este  plan  es  el  de  ganar  el  máximo  de tiempo en la emulación económica pacífica con el capitalismo. En estos años, la Unión Soviética ha de infundir otro poderoso impulso a la economía, la cultura y el bienestar material del pueblo. Bastará decir que el volumen global de la producción industrial aumentará en estos siete años el 80 por ciento aproximadamente. Se trata de cifras enormes: el incremento de la producción en este tiempo será igual a lo conseguido en los últimos veinte años.

Un programa más grandioso todavía es el plan trazado en líneas generales para quince años. Las direcciones principales de desarrollo de las fuerzas productivas en este período fueron expuestas por N. S. Jruschov en noviembre de 1957, en su informe ante la sesión conmemorativa del Soviet Supremo de la U.R.S.S. Según los primeros proyectos, en los próximos quince años los sectores fundamentales de la industria soviética incrementarán su producción en dos y tres veces, hasta llegar al siguiente nivel anual: extracción de mineral de hierro, 250 a 300 millones de toneladas; fundición de hierro, de 75 a 85 millones de toneladas; de acero, de 100 a 120 millones de toneladas;  extracción  de  carbón,  de  650  a  750 millones  de  toneladas;  de  petróleo,  de  350  a  400 millones de toneladas; extracción y producción de gas, de 270 a 320 mil millones de metros cúbicos; producción de energía eléctrica, de 800 a 900 mil millones de kilovatios hora; producción de cemento, de 90 a 110 millones de toneladas; de azúcar, de 9 a 10 millones de toneladas; de tejidos de lana, de 550 a 650 millones de metros, y de calzado de cuero, de 600 a 700 millones de pares.

Se trata de cifras aproximadas, que pueden variar en un sentido o en otro. Y lo más probable es que varíen  en  el  sentido  de  verse  reducido  el  tiempo necesario para cumplir estos planes.

Con el cumplimiento de sus planes económicos, en   1965   la   Unión   Soviética   alcanzará   en   la producción absoluta de los artículos más esenciales, y en otros se aproximará, al nivel existente hoy día (1958-1959) en los Estados Unidos. En cuanto a la agricultura, en su conjunto, la producción por habitante será superior a la que los Estados Unidos han logrado actualmente.

Si en 1965 no se consigue rebasar el nivel de producción  industrial  de  los  Estados  Unidos  por habitante,  en  todo  caso  quedarán  atrás  los  países europeos  de  capitalismo  desarrollado,  como  son Inglaterra, República Federal Alemana y Francia.

Después  de  esto  se  necesitarán  probablemente otros  cinco  años  para  alcanzar  y  sobrepasar  a  los Estados  Unidos  en  la  producción  industrial  por habitante. Quiere decirse que entonces, o acaso antes, la Unión Soviética pasará a ocupar el primer puesto

del   mundo,   tanto   por   su   producción   industrial absoluta como por la producción por habitante. Esto será una victoria histórica del socialismo en la emulación pacífica con el capitalismo en el campo internacional.

Sería simplificar las cosas el suponer que la Unión Soviética había acabado la construcción del comunismo al alcanzar a los Estados Unidos en el aspecto económico. No, no se trata de la meta final, como dijo N. S. Jruschov ante el XXI Congreso del P.C. de la U.S., sino únicamente "un apeadero en el que  nosotros  podemos  alcanzar  al  país  capitalista más desarrollado, dejarlo en él y seguir adelante".353

Los trabajadores de la Unión Soviética tienen la seguridad absoluta de que estos planes son perfectamente hacederos. Esta seguridad se basa en la circunstancia de que la economía nacional de la Unión  Soviética  avanza  con  una  rapidez  que  los países capitalistas jamás podrán conseguir. El crecimiento anual de la producción industrial de la U.R.S.S. en cuarenta años (1918-1957) ha sido de 10,1 por ciento, mientras que en los Estados Unidos no ha pasado de 3,2 por ciento. En los siete años que  van de 1952 a 1958, los índices respectivos han sido: para la Unión Soviética de 11,4 por ciento, y para los Estados Unidos de 1,6 por ciento. Todo hace pensar que,  indudablemente,  el  nivel  de  desarrollo económico se mantendrá a la misma altura.

 

353 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años 1959-1965", en Materiales  del XXI Congreso, extraordinario,  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.

112.

 

Esta seguridad descansa también en la circunstancia de que la Unión Soviética dispone de una   potente   industria   socialista,   de   una   gran agricultura   mecanizada,  de   hombres   capaces   de llevar a cabo las más complejas tareas técnicas y de inagotables  recursos  naturales.  Todo  esto  brinda posibilidades ilimitadas para el incremento de la producción y para el ascenso del nivel de vida del pueblo.

El significado de los planes de construcción comunista   en   la   U.R.S.S.   se   ve   todavía   más robustecido y acrecentado por los éxitos y perspectivas de nuevos avances que presentan los demás países socialistas.

 

Avance regular  de los países socialistas hacia el comunismo.

Estos siete años significan una etapa decisiva en la emulación económica con el capitalismo de todo el campo mundial del socialismo, y no sólo en la pugna pacífica   que   la   U.R.S.S.   sostiene   en   el   plano económico con los países capitalistas más desarrollados. Según cálculos de los especialistas, el cumplimiento   de   los   planes   económicos   de   la U.R.S.S. y de los demás países del campo socialista significará que éste va a obtener en 1965 más de la mitad de la producción industrial del mundo. De este modo, el sistema económico preponderante dentro de nuestro planeta pasará a ser el socialismo.

Los éxitos económicos y políticos del campo socialista permiten enfocar con un criterio nuevo el problema de las perspectivas del avance de la humanidad hacia el comunismo.

No hace mucho se debatía en el movimiento comunista la posibilidad de construir el socialismo en un  solo  país.  La  historia  se  ha  encargado  de  dar cumplida respuesta. En la Unión Soviética el socialismo      ha      vencido      por      completo      ydefinitivamente. No hay actualmente en el mundo fuerzas capaces de restaurar el capitalismo en el País Soviético y de destruir el campo socialista. El peligro de una restauración del capitalismo en la U.R.S.S. ha quedado eliminado.

La vida ha planteado ahora otro problema de capital importancia teórica y política. Se trata de la manera  como,  en  adelante,  van  a  evolucionar  los países socialistas hacia el comunismo. Refiriéndose a ello decía N. S. Jruschov en su informe ante el XXI

Congreso del P.C. de la U.S.: "Teóricamente es más acertado suponer que los países del socialismo, utilizando   acertadamente   las   posibilidades   queencierra el régimen socialista, pasarán más o menos simultáneamente  a  la  fase superior de  la  sociedad comunista."354

Esta conclusión tiene un formidable significado práctico para la construcción del comunismo. Quiere decir,  primeramente,  que  la  sociedad  comunista puede ser construida antes del triunfo sobre el capitalismo en todo el mundo. La base para la comunidad comunista de naciones será el campo socialista mundial. En segundo lugar, significa que, a pesar de las diferencias en cuanto a su nivel de desarrollo, los países socialistas pasarán a la sociedad comunista al mismo tiempo aproximadamente.

Estas espléndidas perspectivas infunden nuevos bríos a los trabajadores de los países socialistas y robustecen aún más su seguridad en el triunfo del comunismo.

¿De dónde se desprende la posibilidad de que los países del socialismo entren más o menos al mismotiempo en la fase superior de la sociedad comunista?

Así viene determinado por las leyes del desarrollo económico del sistema socialista mundial.

En el capítulo XXV se indicaba que dentro de este sistema obra la ley del desarrollo planificado y proporcional. Su acción se manifiesta en la circunstancia de que los países antes atrasados económicamente, apoyándose en la colaboración y la ayuda mutua, impulsan rápidamente su economía y su cultura hasta el nivel de los avanzados. En su conjunto, se va equilibrando la línea del progreso económico y cultural de todos los países. Esto hace posible que la Unión Soviética y los demás países socialistas puedan pasar al mismo tiempo, poco más o menos, a la fase superior del comunismo.

¿Qué factores son lo decisivo en este aspecto? Primero,  el  elevado  ritmo  de  la  acumulación socialista. La economía socialista planificada permite a todos los países destinar anualmente grandes recursos a las construcciones básicas, asegurando asíel rápido avance de toda la economía nacional en su conjunto. La experiencia demuestra que los países económicamente atrasados pueden infundir un vigoroso impulso a su expansión en este orden. Se comprende que el salto del atraso al progreso exige gran tensión de fuerzas, pero la industrialización de la Unión Soviética demuestra que los beneficios obtenidos compensan plenamente el esfuerzo.

Segundo, la posibilidad que los países atrasados tienen de apoyarse en la base técnica más moderna, que    les    ayuda    a    crear    Estados    socialistas industrialmente desarrollados. El progreso de los países socialistas atrasados hasta el nivel de los avanzados no es motivo de rivalidades entre ellos, sino que propicia en el más alto grado un desarrollo general,   el   vertiginoso   incremento   de   toda   la economía socialista mundial.

 

 

354 N. S. Jruschov, "Acerca de las cifras de control para el desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. durante los años 1959-1965", en Materiales  del XXI Congreso, extraordinario,  del P.C.U.S., Gospolitizdat, Moscú, 1959, pág.

126.

 

 

Tercero, la superioridad del sistema de especialización y cooperación a que se ha llegado  dentro del campo socialista. Gracias a este sistema, cada  país  está  en  condiciones  de  montar  la producción en masa de los artículos que más le convienen desde el punto de vista de sus propias condiciones, y no sólo para satisfacer las necesidades propias, sino para cubrir la demanda de los países hermanos. Y la producción en gran escala permite recurrir a los métodos y al equipo más moderno, con lo que, como consecuencia del nivel de la productividad del trabajo, se acerca a los países avanzados.

Cuarto,  la  desinteresada  ayuda  mutua  de  los países socialistas. La concesión por los países desarrollados de créditos, los envíos de utillaje, la entrega a título gratuito de documentación técnica y la ayuda en la capacitación de técnicos contribuye a eliminar las diferencias económicas entre los países socialistas. El carácter de la ayuda es tal que contribuye, sobre todo, a la industrialización y a la expansión de los recursos económicos de cada país. Se comprende, sin embargo, que esto no hace innecesarios, sino que presupone, los esfuerzos propios de cada país en la labor de acelerar la marcha hacia el comunismo.

La  construcción  de  la  sociedad  comunista  en todos los países del socialismo significará para sus pueblos un gran triunfo histórico, que no podrá por menos de traer consigo cambios esenciales en todo el

mundo.

 

Influencia de los éxitos de la construcción comunista sobre la marcha del mundo.

Los éxitos de la construcción del comunismo en la U.R.S.S. y los avances de las democracias populares contribuyen en el más alto grado a resolver el problema más importante de nuestros tiempos: el de salvar a la humanidad de la amenaza de una guerra atómica.

El campo socialista mundial, que marcha a la vanguardia de toda la humanidad pacífica, contribuye más que nada a imponer la sensatez a los círculos agresivos del imperialismo. Conforme se produzcan nuevos éxitos en la construcción comunista, esta misión salvadora  del campo del socialismo se hará aún más patente. Según señalaba el XXI Congreso del P.C. de la U.S., eso trae consigo la posibilidad real de eliminar las guerras mundiales de la vida de la sociedad humana.

Imaginémonos el panorama de un próximo futuro. La Unión Soviética se convertirá en la primera potencia industrial del mundo. La China popular será un poderoso Estado industrial. Todas las democracias populares,   económicamente   desarrolladas,   vivirán una vida próspera. Habrá mejorado, sin duda, la situación  económica  de  los  Estados  pacíficos  de Oriente. El movimiento obrero internacional será aún más potente y organizado. Las fuerzas democráticas obtendrán nuevos éxitos en todo el mundo.

Todo esto hará cambiar todavía más la correlación de fuerzas en escala internacional en favor de la paz y el socialismo. Aun antes del triunfo del socialismo en todo el globo, la guerra puede ser eliminada de la vida de los pueblos. Esto no vendrá por sí mismo, ciertamente, y exigirá esfuerzos, una lucha incesante y vigilancia por parte de los pueblos, que no pueden perder de vista los manejos de los incendiarios de guerra. Pero la perspectiva misma de poner fin a los conflictos bélicos no puede por menos de infundir ánimos a todos los pueblos y de incrementar su lucha en pro de la paz universal. Y esto será un gran mérito que el campo mundial del socialismo se apuntará en su haber.

Considerando las perspectivas de la construcción comunista   en   la   U.R.S.S.,   se   esbozan   nuevas posibilidades para la clase obrera de los países capitalistas. La burguesía podía hasta ahora especular con los defectos y dificultades de la construcción de la nueva sociedad. Esas especulaciones se van a caer por  su  base.  No  está  lejos  el  día  en  que  los trabajadores de la Unión Soviética tendrán la jornada más corta, la semana de trabajo más corta y el nivelde vida más alto del mundo.

Esto,  unido  a  los  éxitos  en  el  desarrollo  de  la democracia y de la cultura socialista, será para las grandes masas trabajadoras de los países capitalistas la  prueba  mejor  de  la  superioridad  del  sistema socialista. Aumentará aún más el poder de atracción del marxismo-leninismo, que atraerá a millones de seres al campo del socialismo científico. Todo esto ampliará y robustecerá sensiblemente el frente de las fuerzas que trabajan para alcanzar el paso a un nuevorégimen   social.   Entre   otras   cosas,   cobrará   más realidad  todavía  la  perspectiva  de  la  transición pacífica al socialismo.

Cuando los éxitos de la construcción comunista en la Unión Soviética la conviertan en la primera potencia  económica  y  ayuden  al  campo  del socialismo a sobrepasar en producción industrial al mundo capitalista, la repercusión de estos acontecimientos habrá de ser muy profunda en los países     subdesarrollados     de     Asia,     África     e Iberoamérica.

La ayuda que el campo socialista les preste para vencer su atraso cultural y económico será aún más amplia. Los pueblos de los países socialistas estiman que  con  esta  ayuda  cumplen  su  deber internacionalista para con la parte de la humanidad

trabajadora a la que el capitalismo condenó a los más graves suplicios del trabajo forzado, de la miseria, el hambre y la humillación nacional. Los Estados socialistas darán vida, en escala aún mayor, a los nuevos principios de la solidaridad internacional, según los cuales los países socialistas más avanzados prestan ayuda a los países cuyo desarrollo económico se vio entorpecido por el imperialismo.

Los futuros triunfos del comunismo influirán poderosamente  sobre  los  pueblos  emancipados  deOriente a la hora de elegir la vía de su evolución histórica.  Los  trabajadores  y  todos  los  elementos nacionales y democráticos de estos países se convencerán más y más de que la auténtica independencia, el fin de la miseria y la verdadera democracia están sólo en la ruta que a toda la humanidad    oprimida    y    explotada    muestra    el

socialismo científico de Marx, Engels y Lenin.

Tales son las alentadoras perspectivas históricas que se abren con los éxitos de la construcción del comunismo en la U.R.S.S. A la vez, constituyen un poderoso estímulo para los trabajadores de la Unión Soviética en sus esfuerzos por construir la sociedad comunista,  la  más  justa  de  cuantas  puedan concebirse, y en su lucha por la paz, la democracia y el progreso social en el mundo entero.

 

Capitulo  XXVII. La sociedad comunista

 

Refiriéndose a las condiciones en que se afirmará la fase superior -comunista- del nuevo régimen, Marx escribía:      "...Cuando     haya      desaparecido     la

subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces... la sociedad podrá escribir en sus banderas: «¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades! »"355

Estas condiciones enumeradas por Marx van tomando gradualmente cuerpo en los países socialistas, y sobre todo en la Unión Soviética, como fruto del desarrollo de las tendencias a que nos referíamos  en  el  capítulo  anterior.  En  última instancia, con la necesidad de una ley histórica, conducirán al triunfo completo del comunismo.

El nacimiento del nuevo régimen en su fase superior no es ya cosa de un futuro lejano. De ahí que para millones de trabajadores represente un gran interés  práctico  el  saber  qué  es  el  comunismo. Quieren y deben saber qué sociedad será el fruto de sus esfuerzos, de su labor diaria, de sus actos grandes y pequeños, heroicos y ordinarios.

¿Puede la ciencia social satisfacer este interés? Si no nos adentramos en detalles y nos circunscribimos a las líneas generales de la nueva sociedad, está en condiciones de hacerlo, sin duda alguna.

No hay que olvidar, se comprende, que el triunfo del comunismo no significará un alto en el desarrollo histórico; la sociedad comunista seguirá sin cesar su proceso de modificación y perfeccionamiento. Es imposible predecir, por eso, cómo será a lo largo de los siglos o milenios. Pero hoy día estamos en condiciones de explicar cómo verán el comunismo muchos de los que ahora viven. La respuesta nos la proporciona la teoría marxista-leninista, Esto no quiere decir en absoluto que la teoría trate de adaptar el comunismo a esquemas preconcebidos; se basa por completo en el análisis de las tendencias de  la  sociedad  moderna,  de  las  que  se  deriva  el inmediato futuro comunista de la humanidad.

 

 

 

355  C. Marx y F. Engels, Obras  escogidas, t. II, Moscú, 1955, pág. 15.

 

 

  1. Sociedad de bienestar y abundancia para todos
  2.  

El comunismo es la sociedad que pone fin para siempre a la necesidad y la miseria, y asegura el bienestar a todos los ciudadanos.

Cobran vida los seculares anhelos de abundancia de  los  hombres  del  trabajo.  El  camino  para conseguirla lo inicia la transformación socialista de la sociedad, al poner fin a la propiedad privada sobre los  medios  de  producción,  a  la  explotación  del hombre por el hombre y a las injusticias sociales. Retira las barreras que se oponían al desarrollo de las fuerzas productivas y permite, con el tiempo, la creación de la poderosa base material y técnica que es necesaria para llegar a la abundancia de bienes materiales.

La base material y técnica del comunismo es erigida, según hemos visto, como consecuencia de la mecanización completa y de la automatización socialista  de  la  producción,  del  vertiginoso incremento de la producción de energía, del gran impulso dado a la química y a otros sectores de la industria que ofrecen singulares perspectivas, y a la transformación  radical  de  la  producción  agrícola sobre la base de los últimos adelantos de la ciencia y la técnica.

Cuando nos referimos a la abundancia comunista no hay ya necesidad de soñar con países imaginarios de  que  nos  hablan  los  cuentos.  Los  éxitos  de  los países socialistas en el campo de la ciencia, de la técnica y de la organización de la producción nos brindan una noción suficientemente exacta de los bienes de que los hombres podrán disfrutar en un futuro que ya no está lejos.

La primera preocupación del hombre fue siempre la del pan de cada día. El comunismo resolverá por completo y para siempre este problema.

En la sociedad comunista el trabajo del campo se convertirá en una variedad del trabajo industrial; la

agricultura  dispondrá  en  gran  abundancia  de  las máquinas más modernas y variadas y se regirá por los mejores métodos científicos. Esto traerá consigo un inusitado ascenso de la productividad del suelo y hará posible la tarea de proporcionar a todos los miembros de la sociedad alimentos sanos, sabrosos y variados.

La tarea es perfectamente hacedera. Una base sólida   para   conseguirla   la   proporcionan   ya   los actuales adelantos de la agrotecnia y la biología, asícomo los éxitos logrados en la mecanización de la producción agrícola. Los cálculos nos dicen que si estas realizaciones se pudieran aplicar en todos los países del globo, permitirían atender plenamente las necesidades de una población muchas veces superior a la que ahora existe.

Conforme  el  nivel  de  la  civilización  aumenta, tanto mayor es el número y la variedad de cosas yservicios de que los hombres necesitan. La noción de bienestar comprende ya hoy día, además de buenos alimentos, viviendas cómodas y amplias, ropa bien hecha y de buena calidad. Y toda clase de objetos que alivian el trabajo doméstico y son ornato de la vida. Añadamos a ello cómodos transportes, los artículos necesarios para cultivar el espíritu y el cuerpo (libros, radio, televisión, instrumentos de música, material deportivo) y diez mil cosas más.

El comunismo se propone dar satisfacción completa a todas estas necesidades de los hombres. Los actuales avances de la ciencia, la técnica y la organización de la producción hacen que esto sea perfectamente factible.

En efecto, ¿qué puede impedir el cumplimiento de esta tarea, a pesar de toda la complejidad que encierra?

¿La escasez de materias primas? ¿Se han reducido los depósitos que la naturaleza preparó al hombre?

Actualmente se ve ya que este peligro no existe. El incremento de la agricultura brinda enormes reservas para la producción de artículos de consumo. Pero las posibilidades son aún mayores en lo que se refiere a la  utilización  de  materiales  sintéticos,  de  calidadigual y muchas veces superior a los que la naturaleza nos proporciona. El hombre ha aprendido a obtenerexcelentes materiales partiendo de la hulla y del gas natural, del petróleo y de los residuos de la madera, del agua del mar e incluso del aire. Este es el camino que en un futuro ya próximo permitirá resolver radicalmente el problema de las materias primas.

No puede ser tampoco un obstáculo para la abundancia la escasez de mano de obra, pues no hay límites para la productividad del trabajo humano. Los hombres   han   aprendido   a   poner   a   su   servicio máquinas que aumentan su capacidad de producción

en miles y miles de veces. Han descubierto fuentes inagotables de energía en la propia naturaleza: en el agua, el aire, el subsuelo y, en fin, en el átomo. Han aprendido a construir inteligentes máquinas automáticas  que  en  un  porvenir  no  lejano  podrán inundar literalmente a la humanidad de todo cuanto necesite para la vida.

Los avances de la ciencia y la técnica de nuestros días y los descubrimientos, en el umbral de los cuales se encuentra, hacen tangible y real la perspectiva de poder  satisfacer  todas  las  necesidades  de  los miembros de la sociedad no sólo en cuanto a los objetos más imprescindibles, sino también, gradualmente, en cuanto a artículos y servicios que ahora se consideran un lujo.

El comunismo científico examina, pues, el problema del bienestar y la abundancia para todos en relación íntima con el desarrollo de la producción socialista y la elevación de la productividad del trabajo. Es, sin duda alguna, el único camino real. Es

lo  que  distingue  a  los  marxistas  de todos  cuantos profesaban las ideas del "comunismo de consumo", los cuales, al considerar la vía que puede llevar a la abundancia,  hacían  hincapié  no  en  la  producción, sino en la distribución de los bienes materiales. Su ideal era el simple reparto entre los miembros de la sociedad de todas las riquezas acumuladas, tanto de las que eran de propiedad individual como de las que pertenecían al común y habían de ser utilizadas para fomentar la producción. Pero tal reparto únicamente puede proporcionar una breve ilusión de bienestar general. Inevitablemente traería después el empobrecimiento, y no la abundancia, la igualación en la pobreza, y no en la riqueza. Un sistema justo de distribución, y la experiencia de la vida confirma esta convicción profunda de los marxistas, sólo puede ser beneficioso cuando se apoya en una producción robusta y en constante aumento, cuando la sociedad no se limita a pensar en la manera de repartir los bienes existentes, sino que se preocupa de multiplicarlos sin cesar.

Así, pues, la vía para llegar a la abundancia comunista es el desarrollo rápido y continuo de la gran industria maquinizada de la sociedad socialista. Esto es evidente en nuestros días. Pero en la época en que Marx y Engels llegaban a esta conclusión -que tomaron como base del comunismo científico- significaba un descubrimiento formidable del pensamiento socialista. En aquella época gozaban de gran predicamento las ideas del socialismo utópico, según el cual el bienestar del pueblo sólo era posible abandonando la gran industria maquinizada, fruto del capitalismo, para volver a la pequeña producción. Nadie pondrá ahora en duda que esto habría conducido, en fin de cuentas, a la restauración del capitalismo; habría sido una regresión, y no un progreso de la humanidad.

El hecho de que el marxismo-leninismo vea en la gran producción moderna, en el progreso técnico y científico,  la  única  posibilidad  para  llegar  a  la abundancia, no quiere decir en modo alguno que reduzca el problema a la producción y a la técnica.

Hay también un aspecto social no menos importante.

Se trata de un problema que es imposible resolver al margen de las condiciones sociales que aparecen con el triunfo del socialismo. Bajo el capitalismo, ningún progreso técnico y científico es capaz de asegurar la abundancia a todos los miembros de la sociedad. Un ejemplo vivo es el de los Estados Unidos -el país más rico y poderoso del campo capitalista-, donde el alto nivel de producción parece que podría garantizar una vida desahogada a todo el pueblo y, sin embargo, hay millones y millones de personas que comen mal, que no tienen la vida resuelta y necesitan de lo más imprescindible.

Quiere  decirse  que, sólo  combinada  a  los principios   del   socialismo,   la   alta   técnica   de producción puede proporcionar una verdadera abundancia a todo el pueblo. Sólo después de que el régimen social, la producción y la distribución de bienes materiales y espirituales han sido transformados  según  los  principios  socialistas  -y luego comunistas- comienza esta abundancia a dar sus frutos a cada miembro de la sociedad.

 

2. De cada uno según su capacidad

Con el comunismo, lo mismo que con cualquier otro régimen social, la única fuente de todos los valores es el trabajo humano. "Con el comunismo no habrá una vida señorial, en la que reinen la pereza y el ocio, sino una vida obrera, de trabajo, culta e interesante" (N. S. Jruschov).356

Por esto, por mucho que la técnica avance, por grandes  que  sean  los  triunfos  de  la  ciencia,  el principio inmutable del comunismo será siempre: "de cada uno según su capacidad".

Este principio, según sabemos, rige también bajo el  socialismo,  afirmando  el  deber  que  todos  los miembros de la sociedad tienen de trabajar según su capacidad les permita. El comunismo aporta, sin embargo, cambios profundos al contenido de la fórmula "de cada uno según su capacidad".

Primeramente, al asegurar la expansión del individuo en todos los órdenes, las condiciones del sistema comunista hacen que la capacidad humana se manifieste  en  todos  sus  aspectos,  por  lo  que  el trabajo, realizado en la medida de la capacidad de cada uno, es mucho más productivo. En segundo término, el cumplimiento por cada uno de su deber de trabajar con arreglo a su capacidad se asegura dentro  del  comunismo  por  vías  distintas  a  lo  que ocurre bajo el socialismo. En la sociedad socialista, según sabemos, lo decisivo son los estímulos materiales (remuneración del trabajo), que obran en combinación con los de tipo moral. Dentro del comunismo,  todos  los  miembros  de  la  sociedad trabajarán impulsados exclusivamente por estímulos morales, por su elevada conciencia. Con otras palabras,  será  un  trabajo  gratis,  a  la  vez  que  son satisfechas a título gratuito todas las necesidades del trabajador.

"El trabajo comunista en el sentido más estricto de la palabra -escribía Lenin- es un trabajo gratuito en beneficio de la sociedad, un trabajo que no se realiza como cumplimiento de determinada carga, ni para adquirir derecho a ciertos productos, ni es establecido de antemano por normas legales, sino que se trata de un trabajo voluntario, que se da sin pensar en  la  remuneración,  sin  condiciones  de remuneración, un trabajo que se lleva a cabo por la costumbre de trabajar para el bien común y por la conciencia (convertida en costumbre) de la necesidad de trabajar para el bien común, un trabajo como necesidad del organismo sano."357

 

 

356    XIII  Congreso  de  la  Unión  de  Juventudes  Comunistas Leninistas de la U.R.S.S. Actas taquigráficas, ed. Joven Guardia, 1959, pág. 277.

 

Está claro que el trabajo puede convertirse en costumbre, en necesidad vital de cada persona, cuando, además de haberse llegado a un alto grado de conciencia, el propio trabajo cambie de carácter.

Una de las condiciones principales para que esto ocurra es alcanzada ya bajo el socialismo, cuando desaparece la explotación del hombre por el hombre.

Las otras condiciones se van dando en el período de transición  al  comunismo.  El  trabajo  humano  es sustituido por el de las máquinas en todos los lugares donde se exigen desmedidos esfuerzos físicos, donde el trabajo es monótono y agota al hombre. Se reduce sin cesar el tiempo del trabajo invertido en la producción material. Finalmente, desaparece la vieja división del trabajo, que deformaba al hombre y lo mantenía sujeto de por vida a una misma profesión, como el galeote a su remo, cerrando el camino a la manifestación de su capacidad y sus aficiones.

Así, el trabajo se transforma apoyándose en el reequipamiento técnico de la producción y la amplia aplicación en ella de los avances de la ciencia, así como en el progreso social y cultural de la nueva sociedad. En el comunismo, el trabajo humano se emancipa hasta el fin de todo cuanto en el transcurso de miles de años lo había convertido en una pesada carga. Conviértese en una actividad no ya libre, sino genuinamente creadora. En la producción automatizada de la sociedad comunista, el trabajo del hombre se encargará, cada vez más, de cumplir las funciones   que   no  están  al  alcance   de   ninguna máquina, es decir, principalmente, las funciones relacionadas con el diseño y el perfeccionamiento de las propias máquinas.

Podemos  representarnos  un  cuadro  aproximado del carácter que el trabajo adquirirá en el comunismo si tenemos presentes las siguientes características que le son propias:

Cada individuo, por sus conocimientos y por el tipo de su trabajo, cumple las funciones que en la producción actual están encomendadas al ingeniero.

Los hombres dedican a la producción de veinte a veinticinco horas a la semana (es decir, unas cuatro o cinco horas al día), y, con el tiempo, todavía menos.

El individuo puede elegir ocupación de conformidad   con   su   capacidad   y   aficiones,   y cambiarla si así lo desea.

 

357 V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXX, pág. 482.

 

 Todo el talento y capacidad de los hombres encuentra desarrollo completo y aplicación, ya en su actividad productiva, ya en el tiempo que el trabajo le deja libre.

El  hombre  no  tiene  por  qué  preocuparse  del salario, de la remuneración que percibirá por su trabajo, pues la sociedad se encarga de satisfacer por entero sus necesidades.

El trabajo goza en la sociedad de la estimación más alta y se convierte para todos en el principal criterio valorativo de la persona.

En estas condiciones, como es lógico, el trabajo se convierte en una actividad libre y voluntaria, en una necesidad, en costumbre de todos los miembros de la sociedad,  pues  el  trabajo  creador  es  algo consustancial con el individuo y representa, como decía Engels, "el mayor placer de cuantos se conocen".358

Para que el trabajo sea motivo de gozo, no es necesario convertirlo en una especie de entretenido juego que no exija la menor tensión de las energías físicas y espirituales, como se lo imaginaban ciertos socialistas  utópicos.  Polemizando  con  estas simplistas   concepciones,   Marx   escribía   que   "el trabajo libre, por ejemplo, el trabajo del compositor, es al mismo tiempo un asunto endiabladamente serio, una  tensión  intensísima".  No  menos  serio  es  el trabajo del diseñador, del inventor, del escritor: en una palabra, el verdadero trabajo de creación. ¿Pero acaso la tensión que ese trabajo lleva consigo lo hace menos atractivo?

El trabajo creador y libre proporcionará bajo el comunismo a los miembros de la sociedad una satisfacción tan profunda, que el concepto de ocio no se relacionará en ellos con la idea de no hacer nada en absoluto. Es muy probable que, además de su ocupación principal en la producción, que les tomará una pequeña parte del día, haya muchos que quieran dedicarse a la ciencia, los inventos, el arte, la literatura, etc. El nivel de la cultura general y de los conocimientos  especiales  de  millones  de  hombres será  tan  elevado,  que  estos  "pasatiempos" contribuirán constantemente al avance y progreso de la humanidad.

El gozo supremo del trabajo creador y libre, patrimonio   de   unos   pocos,   el   comunismo   lo convertirá paulatinamente en patrimonio de todos; el tiempo invertido en el trabajo, que para millones de seres fue durante largas siglos un tiempo robado a la vida, se convertirá en un tiempo que enriquece la vida.

Esto será la gran conquista del humanismo comunista. Sus resultados se dejarán sentir en todas las esferas de la vida social, dando origen a nuevas relaciones entre los hombres, creando las premisas para  una  expansión  jamás  vista  del  individuo  yasegurando las condiciones para la nueva formación de distribución que el comunismo trae consigo.

 

3. A cada uno según sus necesidades

El             comunismo           hace       efectiva la             forma     de distribución de los bienes materiales y espirituales que se basa en el principio de "a cada uno según sus necesidades".  Dicho  de  otro  modo,  el  individuo recibe de la sociedad, sin intermedio del dinero, todo cuanto necesita, cualquiera que sea la posición que ocupe y la cantidad y calidad de trabajo que rinda.

Es   fácil   comprender   que   esto   no   significa solamente una grandiosa revolución en el concepto que se tiene del trabajo, el cual deja de ser un simple medio   de   ganarse   la   vida.   Al   desaparecer   la necesidad del control y de la medida del trabajo y del consumo, al ser abolido el dinero y perder vigencia las relaciones monetario-mercantiles, cambia radicalmente el propio carácter de los vínculos existentes entre el hombre y la sociedad. Estos vínculos se desprenden definitivamente de consideraciones basadas en el interés, de todo cuanto ponía en ellos la necesidad de ganar un salario, el provecho material.

La posibilidad de obtener en cualquier tiempo de las reservas sociales cuanto se necesita para una vida culta y desahogada, purificará toda la psicología de los hombres, sobre la que siempre pesa la preocupación por el mañana. En la nueva psicología y la nueva moral no habrá ya lugar a ideas sobre los ingresos y la propiedad privada, que bajo el capitalismo es lo que daba sentido a la vida de muchos. El hombre podrá consagrarse, por fin, a intereses elevados, de entre los cuales pasarán a primer plano los que se refieren a la sociedad.

La   distribución   según   las   necesidades   toma cuerpo,  sin  embargo,  en  el  comunismo,  no  porconsideraciones humanitarias solamente, no por el deseo único de evitar a todos los miembros de lasociedad la preocupación por el futuro. Se lleva a cabo también por una necesidad económica directa que  se  hace  patente  en  este  elevado  escalón  de desarrollo de la producción social. Al distribuir los bienes materiales y espirituales de conformidad con las necesidades de los hombres, el sistema comunista crea  las  mejores  condiciones  para  un  mayor desarrollo de la principal fuerza productiva, que es eltrabajador,   y   para   la   expansión   de   todas   sus facultades. Lo mismo el individuo que la sociedad salen ganando por igual con esto. Refiriéndose a esta circunstancia, escribía Engels que "la distribución, dirigida como se verá por consideraciones puramente

económicas, será regulada por los intereses de la producción, a la vez que el desarrollo de esta última

se ve estimulado principalmente por el modo de distribución que permite a todos los miembros de la sociedad desplegar al máximo, cultivar y manifestar sus facultades".359

 

 

358 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. II, pág. 351.

 

359 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 138.

 

 

Algunos críticos miopes del marxismo recurren a argumentos absurdos en sus intentos de demostrar que los ideales de la sociedad comunista son irrealizables. Si los bienes son distribuidos gratuitamente, preguntan, ¿qué ocurrirá si cada uno quiere tener cada día un traje o un automóvil nuevo?

¿Y si cada miembro de la sociedad pide un palacio con docenas de habitaciones o desea poseer una colección de joyas o de obras únicas de arte?

Los autores de semejantes estupideces miden al ciudadano de la futura sociedad comunista con su propio rasero y le atribuyen los vicios que ellos mismos padecen. El régimen comunista, se comprende, no puede tomar a su cargo la satisfacción de semejantes caprichos y manías. Su fin, como indicaba Engels, es el de satisfacer las necesidades razonables de los hombres en medida siempre creciente.360 ¿Significa esto que en vez de las relaciones monetarias habrá de recurrirse a otras formas  de  reglamentación  obligada  del  consumo? No; bajo el comunismo, hay que pensar, no será preciso establecer qué necesidades son razonables y cuáles no lo son. Los propios hombres serán lo suficientemente cultos y conscientes como para no exigir a la sociedad cosas claramente irrazonables. Según escribía Lenin en 1917, el comunismo "presupone una productividad del trabajo distinta de la  actual  y  un  hombre  distinto  del  actual,  que  es capaz -como los seminaristas de Pomialovski- de echar a perder «porque sí» los depósitos de la riqueza social y de exigir lo imposible".361

Para educar a todos los ciudadanos en un espíritu de visión razonable del consumo se necesitará, sin duda, cierto tiempo; pero es una tarea que está perfectamente al alcance de la sociedad del futuro, con su abundancia de bienes materiales y espirituales y la elevada conciencia del individuo. Y si aparece cierto número de gentes con pretensiones injustificadas,  tampoco  podrán  desorganizar  el sistema comunista de distribución. A las gentes con un apetito descomunal, escribía Engels, la sociedad puede darles... ración doble.362 Pero en la sociedad comunista esto sólo significará que tales individuos se ponen en ridículo ante la opinión pública. Y no es probable  que  después  de  esto  haya  quien  quiera repetir la experiencia.

La empresa de convertir en costumbre las formas comunistas de consumo será tanto más factible por cuanto no se exigirán restricciones artificiales o una vida  de  ascetismo.  El  ascetismo  es,  en  general, extraño al comunismo científico, que ve el fin de la producción social en la satisfacción completa de las necesidades materiales y espirituales de todos los miembros de la sociedad. Además, la propia sociedad comunista,   desde   sus   primeros   pasos,   será   lo suficientemente rica como para cubrir generosamente no ya las necesidades de los ciudadanos en cuanto comida, ropa, vivienda, etc., sino también para poner a su disposición todo lo que el hombre instruido y culto necesita para alcanzar una vida plena y feliz.

 

 

360 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. XV, pág. 421.

361 V. I. Lenin, Obras. ed. cit.. t. XXV, pág. 441.

362 F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 325.

 

Con el comunismo se elevará sin duda el tipo mismo del consumo y la gente adquirirá gustos más  delicados.    Las    relaciones    sociales    comunistas educarán en el hombre sentimientos de aversión orgánica  hacia  la  deformación  de  los  gustos  y necesidades  que  era   propia   de   épocas   pasadas, cuando las cosas y el nivel de consumo eran uno de los índices principales de la posición del individuo en la sociedad. En vez del lujo, lo que se estimará será la comodidad y la verdadera belleza; los hombres dejarán de ver en las cosas algo que satisface su vanidad  y  un  exponente  de  su  éxito  en  la  vida; dejarán de vivir para la adquisición y devolverán a las cosas la misión que realmente tienen: la de aliviar y embellecer la vida del hombre.

Es de suponer que en este mismo sentido obrarán las leyes de la producción en masa, como será la producción de todos los principales artículos dentro del comunismo. Cierto que, al correr del tiempo, la sociedad comunista será tan rica como para poder dar satisfacción  a  las  más  elevadas  demandas  de  los hombres. Mas será también tan sensata, que no deseará malgastar el trabajo humano ni el patrimonio social.  El  uno  y  el  otro  encontrarán  siempre  un empleo  adecuado  y  digno.  No  es  que  vaya  a disminuir el nivel estético; de lo que se trata es de que aparecerán otras normas estéticas que respondan a todo el nuevo modo de vida.

De lo dicho se desprende que la realización del principio comunista, "a cada uno según sus necesidades", será una grandiosa conquista de la humanidad. No tiene sentido lanzarnos a hacer conjeturas acerca de cuáles serán en concreto esas necesidades; está clara una cosa: que serán mucho más elevadas y variadas que ahora. Las necesidades humanas  no  son  algo  estancado  e  inmutable,  sin cesar crecen y se desarrollan. Este proceso adquirirá singular rapidez con el comunismo. De ahí que el régimen comunista se proponga la satisfacción de las necesidades en constante aumento de todos los miembros de la sociedad.

 

  1. El hombre libre en la sociedad libre
  2.  

El comunismo es el más justo de todos los regímenes sociales; da plena vida a los principios de igualdad  y  libertad,  asegura  la  expansión  de  la personalidad humana y convierte la sociedad en una asociación    perfectamente    organizada,    en    una comunidad de hombres del trabajo.

 

Igualdad y libertad.

 

La igualdad y la libertad constituyeron siempre la aspiración   suprema   de   la   parte   mejor   de   la humanidad. Bajo sus banderas se produjeron muchos movimientos sociales del pasado, entre ellos las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Pero esta aspiración era irrealizable en una sociedad basada en la propiedad privada sobre los medios de producción y escindida en clases de explotadores y explotados, de opresores y oprimidos.

Sólo cuando los medios de producción son convertidos en propiedad social y la explotación del hombre  por  el  hombre  es  imposible,  se  abre  el camino para la igualdad real, y no simplemente sobre el papel, de los hombres, y es posible de veras su liberación.

El   comunismo   lleva   hasta   el   fin   esta   obra histórica. Uno de sus grandes principios sociales es la igualdad real y universal de los hombres.

La igualdad se consigue primeramente gracias a que el comunismo es una sociedad sin clases, en la que son suprimidos los últimos residuos de las diferencias sociales y de la desigualdad, de ellas derivada, que se mantenían aún bajo el socialismo, comprendidas las diferencias entre la ciudad y el campo y entre los hombres del trabajo manual e intelectual.

La desaparición de estas diferencias no significa en modo alguno una nivelación de los individuos, la unificación de facultades y caracteres humanos. El comunismo no es un cuartel habitado por seres sin individualidad. Únicamente los vulgarizadores incorregibles o quienes mienten a sabiendas son capaces de presentar una caricatura tal de la sociedad del futuro. Lo cierto es que esta sociedad abre unos horizontes ilimitados, como jamás se conocieron, a la expansión de la individualidad humana en toda su variedad infinita.

La igualdad comunista no quiere decir que vayan a desaparecer todas las diferencias entre los hombres; serán  eliminadas,  sí,  las  diferencias  y  condiciones que colocaban a los hombres en una situación de desigualdad social. Sin que en ello influyan su origen ni su situación, cualquiera que sea su aportación a la producción social, el hombre es colocado bajo el comunismo en igualdad de condiciones para tomar parte en la gestión de los asuntos comunes, para perfeccionarse y gozar de todos los bienes de la vida. Una de las características del comunismo es precisamente que asegura el alto grado de igualdad en la que, como decía Marx, ni siquiera "la diferencia en cuanto a la actividad, al trabajo, trae consigo ninguna desigualdad, ningún privilegio en el sentido de la posesión y del consumo".363 Este es el gran significado social de la forma de distribución de los bienes materiales y espirituales que el sistema comunista implanta.

Al propio tiempo, el comunismo trae el triunfo definitivo de la libertad humana. En la primera fase - hombres adquieren ya la principal de todas las libertarles, al no verse constreñidos a trabajar para los explotadores. El poder de los trabajadores bajo el socialismo proporciona un sentido verdadero a la democracia o poder del pueblo. El comunismo va más allá, creando por primera vez las condiciones bajo las cuales la coerción se hace completamente innecesaria.

¿Por qué esto es posible dentro del comunismo, cuando en el pasado no hubo sociedad alguna que pudiese aspirar siquiera a renunciar a la coerción?

Ello se debe a que durante miles de años reinaron unas condiciones sociales que hacían inevitables las contradicciones  irreductibles,  los  choques  de intereses de individuos y de clases enteras. Esta escisión de la sociedad dio origen a la coerción, haciendo nacer un aparato especial de violencia de clase, así como el sistema de normas jurídicas impuestas a los hombres por la fuerza que las clases dominantes reunían en sus manos.

Tal escisión de la sociedad desaparece ya con el triunfo    del    socialismo.    El    comunismo,    que transforma la producción, la distribución y el trabajo, asegura a la vez la completa fusión de los intereses económico-sociales  de  todos  los  miembros  de  la sociedad.  Desaparece  así  el  terreno  para  cualquiergénero de medidas coercitivas. Las relaciones de dominación y subordinación son reemplazadas definitivamente por la colaboración libre. El Estado deja  de  ser  necesario,  como  también  la reglamentación jurídica. Para los hombres cultos, de elevadas  ideas  y  rígida  moral  -como  serán  los hombres  del  comunismo-  la  observación  de  las normas de la convivencia humana se convertirá en costumbre, en una segunda naturaleza. En estas condiciones, escribía Engels, "el lugar del gobierno de las personas lo ocupa el gobierno de las cosas y la dirección de los procesos productivos".364

La desaparición de la vida social de toda clase de coerción transformará no  sólo  las  condiciones sociales de la sociedad futura, sino también el propio hombre, que en todo momento se mantendrá fiel a sus convicciones y a la conciencia de su deber moral.

 

Expansión de la personalidad humana.

El   fin   supremo   del   comunismo   consiste   en asegurar  la  libertad  completa  de  desarrollo  de  la personalidad  humana,  en propiciar las condiciones para la expansión ilimitada de la personalidad y el perfeccionamiento físico y espiritual del individuo. Ahí  ve  el  marxismo  la  verdadera  libertad  en  el sentido más elevado de la palabra.

Una vida desahogada para todos, un sistema bien montado de higiene y sanidad públicas y un modo de vida razonable, asegurarán al hombre, en la sociedadcomunista, la perfección física y una vida larga y sana. La forma de distribución propia del comunismo le eximirá de las preocupaciones por el pan de cada día. Un trabajo libre y creador dará amplio vuelo a las diversas facultades en él latentes.

 

 

socialista-  de  desarrollo  de  la  nueva  sociedad,  los                            

364  C. Marx y F. Engels, Obras  escogidas, t. II, Moscú, 1955,

 

363 C. Marx y F. Engels. Obras. ed. cit., t. III, pág. 542.

 

pág. 141.

 

 

 

Será muchísimo mayor el tiempo libre de que los hombres dispongan. Ya sabemos la gran importancia que concedía a esta circunstancia Marx, quien afirmaba que bajo el comunismo la riqueza de la sociedad no será medida por el tiempo de trabajo, sino por el tiempo libre de sus miembros. Pues no se trata  de  un  tiempo  destinado  simplemente  al descanso y a la reposición de energías; será, según palabras de Marx, el espacio destinado al perfeccionamiento de su personalidad.

Los hombres de la nueva sociedad, cultivados en todos los órdenes, encontrarán sin duda medios razonables y dignos para llenar ese "espacio". El estudio  será  tan  imprescindible  en  su  vida  como pueda  serlo  el  trabajo,  el  descanso  o  el  sueño. Crecerá inconmensurablemente la necesidad que se sienta por todo género de bienes culturales. La sociedad, más rica, podrá destinar a su producción recursos y trabajo en cantidad creciente.

Otra circunstancia que contribuirá en alto grado al perfeccionamiento del individuo es que la sociedad comunista   proporcionará   posibilidades   ilimitadas para que el hombre encuentre campo de aplicación a todas sus facultades; y éstas ya sabemos que sólo se desarrollan, perfilan y perfeccionan cuando son puestas en juego.

Estas premisas darán alas a la inteligencia humana para desplegarse con todo su vigor. Los caracteres y

sentimientos se elevarán hasta cimas nunca vistas.

Las nuevas condiciones de vida harán nacer nuevos impulsos  morales:  solidaridad,  buena  voluntad mutua, un sentimiento de honda comunidad con los demás  miembros  de  una  misma  familia  humana. Todo esto brindará a la humanidad las más ilimitadas posibilidades para gozar de la vida y disfrutar plenamente de las alegrías que ésta proporciona.

Al mismo tiempo, la expansión de la personalidad será  un  poderoso  factor  que  contribuirá  al  rápido progreso   de   la   sociedad   comunista.   Porque   la inteligencia, el talento y la capacidad de los hombres es la mayor riqueza de que cualquier sociedad dispone. En el pasado, sin embargo, en virtud de las condiciones sociales, esta riqueza era aprovechada en una parte mínima. ¡Qué infinitas perspectivas se ofrecerán cuando la capacidad y el talento de cada individuo puedan desplegarse por completo, cuando encuentren   una   aplicación   fecunda   y   no   sean disipadas sin provecho alguno!

 

Comunidad organizada de hombres altamente desarrollados.

 

La libertad que el comunismo dé al hombre no significará la desintegración de la sociedad en comunas autónomas, y mucho menos en individuos que no admiten vínculos sociales de ningún género.

Para  que  la  producción  social  funcione  y  se desarrolle  normalmente,  para  que  la  cultura  y  la civilización florezcan, proporcionando a los hombres una vida de bienestar, libre y feliz, la sociedad necesita una organización. Por eso el Estado no será sustituido por el reino de la anarquía universal, sino por un sistema de administración social.

No   tendría   sentido   que   nos   dedicásemos   a conjeturar   qué   formas   concretas   adoptará   este sistema, pero sí podemos juzgar de algunos de sus rasgos generales con grandes probabilidades de estar en lo cierto.

La administración social del comunismo será un sistema orgánico que comprenda a toda la población, la cual, a través del mismo, ejercerá la dirección directa de sus asuntos. Este sistema exigirá formas nuevas de organización, tales que permitan conocer acertadamente y a su debido tiempo la voluntad común  y  aplicarlas  eficazmente,  agrupando  a millones y millones de seres para el cumplimiento de las tareas que ante la sociedad se presentan.

La  administración  social  comunista  será,  ante todo,  un  ramificado  sistema  de  organizaciones  de masas y colectividades. Sólo así se puede asegurar la participación constante de todos los miembros de la sociedad en las labores de dirección, el aprovechamiento de su energía, su experiencia y su fecunda iniciativa.

Cambiarán también, en consonancia con ello, los métodos de dirección de los asuntos públicos. En la economía -la esfera principal de la administración social- serán métodos de planificación científica, de organización de vínculos voluntarios y de colaboración  entre  el  personal  de  las  empresas  y entre  las  zonas  económicas.  Otros  asuntos  serán resueltos recurriendo a los métodos de la presión social, de la influencia de la opinión pública. Esta

será, dentro del comunismo, una fuerza suficientemente poderosa para hacer entrar en razón a quienes no deseen seguir las costumbres y normas comunistas de convivencia.

Cambiará sustancialmente la atmósfera en que se desenvuelva la labor de la administración social. Esta presupone   no   sólo   una   completa   publicidad   e información sobre los asuntos de la sociedad, sino también una intensa actividad civil de los ciudadanos y su profundo interés por todas las cuestiones que

afecten a la colectividad. Es muy probable que la discusión pública de los asuntos revele la existencia de opiniones contrarias, pero esto no significará un obstáculo, sino que, al revés, ayudará a encontrar la solución más acertada. Las contradicciones irreductibles, según demuestra la experiencia, son producto de intereses antagónicos y de la ignorancia. Estas  causas  quedarán  eliminadas  bajo  el comunismo; sólo restarán, por tanto, diferencias en cuanto a la experiencia, al grado de información que se tenga sobre determinada materia y a la manera de enfocar  los  asuntos.  No  será,  sin  embargo,  nada difícil salvarlas, considerando la profunda comunidad de intereses, de fines y de ideas existente entre todos los ciudadanos.

Todos estos rasgos de la administración social comunista responden por completo al carácter de las relaciones entre los hombres de la sociedad futura, que serán relaciones de colaboración, fraternidad y comunidad. El hombre comunista no será egoísta ni individualista,  se  distinguirá  por  un  colectivismo consciente y una honda preocupación por el bien común. La moral de este hombre tendrá como base primera y principal la devoción a la colectividad; todos  estarán  dispuestos  en  cualquier  momento  a salir en defensa de los intereses sociales. Estas virtudes  de  los  ciudadanos  libres  e  iguales  de  la nueva sociedad harán del comunismo una comunidad muy organizada y bien coordinada de hombres que dominan a la perfección todos los secretos de su fecundo trabajo.

 

5. Paz y amistad,  colaboración y aproximación de los pueblos El  comunismo  significa  el  establecimiento  de nuevas relaciones entre los pueblos.

 

Dichas relaciones se derivan de los principios del internacionalismo socialista, que hoy día constituyen ya la base sobre la que se desenvuelven los países del sistema mundial del socialismo.

La victoria de la revolución socialista suprime las causas que engendran las guerras entre los países y convierte a la paz y la amistad en el fundamento de

las relaciones entre los pueblos que construyen la sociedad  nueva.  El  comunismo  da  más  solidez todavía a estas relaciones, y así se desprende de la esencia misma del sistema comunista. "...En contraposición a la sociedad vieja, con su miseria económica y su insania política -escribía proféticamente Marx  acerca  del  comunismo-,  nace una sociedad nueva, cuyo principio internacional será la paz, puesto que en cada uno de los pueblos habrá un mismo señor: ¡el trabajo!"365

Vemos que, hoy, en las relaciones entre los países socialistas   impera   el   principio   de   igualdad   de derechos de las naciones, sin que sobre él influyan el número de habitantes de cada una ni su nivel económico y cultural. El triunfo del comunismo elevará este principio a un escalón superior, asegurando la igualdad real de los países donde se afirmó el nuevo régimen. Ya en el período de transición al comunismo, alcanzarán todos el nivel de los avanzados y su entrada en la nueva era será más o menos simultánea.

La  creación  del  sistema  socialista  mundial  ha traído  consigo  una  íntima  colaboración  y  ayuda mutua de los pueblos liberados. El comunismo significará nuevos avances en esta colaboración. Dejará abierto el camino para una inusitada aproximación económica y cultural de todos los pueblos al objeto de facilitar y acelerar su progreso.

Todos estos cambios serán parte inseparable de la transformación comunista de la sociedad, que traerá como  consecuencia  la  desaparición  completa  de cualquier huella de la división y el aislamiento en que antes vivían los pueblos.

Ciertamente que las naciones, y por consiguiente las culturas nacionales y las lenguas, existirán aún largo  tiempo  después  del  triunfo  del  comunismo. Pero la vida y las relaciones entre los pueblos se verán libres de cuanto signifique el más pequeño motivo para la enemistad y la discordia, el particularismo y el aislamiento, el egoísmo y la limitación nacionales.

 

 

 

365 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I, Moscú. 1955. pág.

449.

 

¡Qué formidables beneficios proporcionará todo esto a la humanidad! Sólo con que desapareciera una forma  de  "relaciones"  internacionales  como  es  la guerra -con las destrucciones y muertes que lleva aparejadas-, aun con el nivel actual de la economía, se podrían emprender trabajos gigantescos. Se ha calculado, por ejemplo, que con los recursos consumidos por la segunda guerra mundial se habría podido construir un departamento de cinco habitaciones para cada familia de la tierra, además de un hospital en cada población de más de cinco mil habitantes; y aún habría habido dinero para sostener todos esos hospitales durante diez años. Por lo tanto, los recursos invertidos en una guerra mundial bastarían para resolver radicalmente el problema de la vivienda y el de la sanidad, que tan graves caracteres revisten para la mayoría de los hombres.

¡Y cuántos valores se podrían crear invirtiendo en un trabajo de paz los recursos que ahora se dilapidan en la carrera de armamentos y las energías de las decenas de millones de personas retenidas por los ejércitos y la industria de guerra!

También beneficiará enormemente a los pueblos la aproximación económica de los países comunistas, el desarrollo de su economía hacia un sistema comunista mundial. Una amplia cooperación y especialización  abrirá  horizontes  nuevos, permitiendo ahorrar trabajo humano y aumentar la producción de toda clase de artículos. Esto hará que el desarrollo económico se acelere con velocidades como nunca se conocieron.

Serán también ilimitadas las posibilidades que el comunismo  ofrezca  a  los  avances  culturales  de  la humanidad. Las culturas de los distintos pueblos, nacionales por la forma, se irán penetrando de unmismo espíritu comunista. Esta aproximación significará un poderoso estímulo para el enriquecimiento  recíproco  y  el  progreso  de  las culturas nacionales, haciendo posible, en el futuro, la formación    de    una    cultura    universal    única, profundamente  internacional  y genuinamente humana. El avance de la ciencia será mucho más rápido, pues resultará posible coordinar sus esfuerzos en  escala  internacional,  y  más  tarde  en  escala mundial.   Las   relaciones   entre   los   hombres   de distintos países y nacionalidades serán más íntimas que nunca; las personas se conocerán mejor, podrán aprender unos de otros y cada vez más se sentirán miembros de una misma familia humana.

Se puede decir que el comunismo infundirá un sentido nuevo y más elevado a la noción misma de "humanidad", convirtiendo el género humano -que durante miles de años se vio desgarrado por disensiones, discordias, conflictos y guerras- en una comunidad universal y única.

 

6. Perspectivas ulteriores del comunismo

 

Acabamos             de           referirnos             a              las           perspectivas próximas del comunismo, a lo que espera a las primeras  generaciones  de  hombres  que  tengan  la dicha de vivir en esta sociedad. Sus líneas generales nos demuestran ya que el régimen comunista lleva a la práctica, desde sus primeros pasos, los mejores anhelos de los hombres, su aspiración a lograr para todos el bienestar y la abundancia, la libertad y la igualdad, la paz, la fraternidad y la colaboración del género humano.

Esto es completamente lógico, pues el ideal del comunismo tiene raíces muy hondas en la historia, en el corazón mismo de masas de millones de trabajadores. Estas aspiraciones se encuentran ya en las leyendas populares de la "Edad de Oro" que aparecieron en el amanecer de la civilización. Los movimientos de liberación de las masas trabajadoras plantearon en la Antigüedad y en el medievo muchas reivindicaciones que en el fondo eran comunistas. Y en la confluencia de dos épocas -la feudal y la capitalista-  ilustres  pensadores  de  aquel  tiempo, como eran los socialistas utópicos, se sirvieron del ideal comunista como base de su doctrina de la sociedad   perfecta.   Bien   es   verdad   que   estos pensadores no pudieron penetrar en el secreto de las leyes   del   desarrollo   social   ni   dar   fundamento científico a la posibilidad real y la necesidad histórica del comunismo. Sólo el marxismo convirtió el comunismo  de  utopía  en  ciencia,  y  la  fusión  del comunismo científico con el creciente movimiento obrero dio origen a la invencible fuerza que mueve la sociedad hacia la fase siguiente del progreso social: del capitalismo al comunismo.

El comunismo no perdió su gran valor general humano al fundirse con el movimiento obrero. Tenía toda la razón Engels al decir que el comunismo "es la causa de la humanidad entera, y no solamente de los obreros”.366 El triunfo del comunismo significará la realización de las aspiraciones de toda la humanidad trabajadora.

 

366 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. cit., t. II, pág. 516.

 

Porque el régimen comunista significa el triunfo del espíritu humano, la victoria completa del humanismo real, como decía Marx.

El humanismo comunista es real no solamente porque la creación de una vida interesante, feliz y alegre para todos los hombres será una fuerza motriz de   la   actividad   humana,   poderosa   y   capaz   de vencerlo todo. Posee también valor decisivo la circunstancia de que con el comunismo la sociedad tiene,  por  fin,  la posibilidad  completa  de  alcanzar esos  fines.  La  formidable  base  de  producción,  el poder creciente sobre las fuerzas de la naturaleza, un orden social justo y razonable, la conciencia y las elevadas virtudes morales de los hombres, permitirán dar vida a las aspiraciones a una sociedad perfecta.

Es con el triunfo del comunismo cuando empieza la historia de la humanidad en el sentido más elevado de la palabra. Lo que diferencia al hombre de todos los demás seres vivos es que la inteligencia y el trabajo  le  eximen  de  la  necesidad  de  acomodarse pasivamente  a  las  condiciones  del  medio,  y  le permiten transformar estas condiciones en consonancia  con  sus  intereses.  Y  aunque  la humanidad cuenta ya con muchos miles de años de existencia, sólo con el comunismo empieza la era de su madurez completa y acaba la larga prehistoria en que la vida del individuo y de la humanidad en su conjunto se moldeaba bajo la influencia de fuerzas naturales y sociales extrañas, que no se subordinaban a su poder. Con el triunfo del comunismo, que trae consigo la abundancia de cuanto es necesario para la vida, los hombres pueden eliminar de la sociedad todas las manifestaciones inhumanas que antes la dominaban: las guerras, la cruel lucha dentro de la propia sociedad y las injusticias, la falta de cultura, la ignorancia y el atraso, la delincuencia y demás factores   negativos.   De   las   relaciones   entre   los hombres y los pueblos desaparecerán definitivamente la violencia y la avidez, la hipocresía y el egoísmo, la perfidia y la vanidad.

Así conciben los comunistas el triunfo del verdadero  humanismo  real  que  prevalecerá  en  la futura sociedad comunista.

Mas ni siquiera después de haber alcanzado estas cimas se detendrán los hombres; no se estancarán, no se declararán satisfechos, no caerán en una contemplación pasiva. Aparecerán tareas nuevas, vendrán  objetivos  nuevos, más  seductores  todavía. La rueda de la historia no se detendrá en su avance.

Si  nos  paramos  a  pensar,  ésta  es  la  mayor felicidad que pueden tener los hombres, la garantía de que nunca perderán la satisfacción suprema y la alegría  que  proporcionan  el  trabajo  creador,  un quehacer activo y la audaz superación de los obstáculos.

La  característica  de  la  sociedad  comunista  es, precisamente, su desarrollo excepcionalmente rápido y prácticamente ilimitado. Después de su triunfo, la vida seguirá presentando a los hombres problemas nuevos, para la resolución de los cuales será preciso el esfuerzo fecundo de cada generación.

Lo primero de todo, está claro que nunca se detendrá el progreso de la producción social. ¿Qué factores   estimularán   su   constante   avance?   El continuo incremento de las necesidades de los hombres  dentro  de  la  sociedad  comunista, incremento que, además, se llevará a cabo con inusitada rapidez. Otro factor será el aumento de la población, el cual, como es lógico, impondrá el ascenso de la producción de bienes materiales y culturales. En este mismo sentido obrará la necesidad social de seguir reduciendo la jornada de trabajo y de aumentar el tiempo libre de que disfruten los trabajadores.

No es difícil prever que el propio desarrollo de la producción exigirá la solución de numerosos problemas muy complejos relacionados con el perfeccionamiento de su organización, con la capacitación de especialistas y con la invención y aplicación de toda clase de máquinas y aparatos.

No cesarán de presentarse problemas nuevos ante la ciencia, que ocupará un lugar de primera fila en la sociedad comunista. Hoy día podemos ver ya que el panorama   que   se   le   abre   es   verdaderamente grandioso. El académico soviético V. A. Obruchev escribe así acerca de lo que los hombres tienen derecho a esperar de la ciencia.

"Es necesario:

"Alargar la vida del hombre hasta una media de ciento cincuenta años a doscientos, acabar con las enfermedades infecciosas, reducir al mínimo las no infecciosas,   vencer   a   la   vejez   y   el   cansancio, aprender a devolver la vida en los casos de muerte casual y prematura.

"Colocar al servicio del hombre todas las fuerzas de la naturaleza, la energía del Sol y del viento y el

calor del subsuelo; aplicar la energía atómica en la industria, los transportes y la construcción; aprender a hacer reservas de energía y a enviarla a cualquier lugar por procedimientos inalámbricos.

"Prevenir y evitar definitivamente las consecuencias    de    las    calamidades    naturales: inundaciones,  huracanes,  erupciones  volcánicas  y sismos.

"Fabricar todos los cuerpos que se conocen en la Tierra, hasta los más complejos -las albúminas- y otros que la naturaleza no posee: más duros que el diamante, más resistentes al calor que el ladrillo refractario,   más   resistentes   a   la   fusión   que   el tungsteno y el osmio, más flexibles que la seda y más elásticos que el caucho.

"Obtener nuevas razas de animales y variedades de plantas, que crezcan más de prisa, que den más carne, leche,  lana, cereales,  frutas, fibra  y madera para las necesidades de la economía nacional.

"Adaptar  y  asimilar  para  la  vida  zonas  ahora improductivas como los pantanos, montañas, desiertos, la taiga, la tundra y, acaso, el fondo del mar.

"Aprender a regir el tiempo, a regular el viento y la temperatura, de la  misma  manera  que ahora se regulan los ríos, a desplazar las nubes y a disponer a voluntad de las lluvias y del sol, de la nieve y del calor."367

Se comprende que la ciencia no habrá agotado sus posibilidades ni aun después de haber dado cima a estas  formidables  tareas.  No  hay  ni  puede  haber límite a la inteligencia del hombre, siempre deseoso de saber, ni a su aspiración a servirse de las fuerzas de la naturaleza y a dominar todos sus secretos.

Jamás dejarán tampoco los hombres de esforzarse por perfeccionar la organización de la sociedad en que viven: las formas de la administración social, el modo de vida y las normas humanas de relación y convivencia.

¡Y qué campo infinito se abre ante la sociedad comunista en cuanto al desarrollo de las facultades y la personalidad de todos sus miembros, al perfeccionamiento físico y espiritual de los propios hombres!

El ascenso hacia las resplandecientes cumbres de la civilización comunista generará siempre en los hombres manantiales de fuerza de voluntad e inteligencia, de impulsos creadores, de valor y de esa energía que es el origen y fuente de la vida.

 

 

 

 

 

367 La Ciencia y la juventud, ed. de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., Moscú, 1958, pág.


 

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