©
Libro No. 463. Eso que llamamos Lógica. Macluskey.
Colección
E. O. Agosto 10 de 2013.
Título
original: © 2011-2012 Macluskey, excepto donde
se indique lo contrario.
© 2011-2012 Javier “J” Sedano, Apéndices II y
III.
Versión Original: © Eso que llamamos Lógica. 2011-2012
Macluskey, excepto donde se indique lo contrario. © 2011-2012 Javier “J”
Sedano, Apéndices II y III.
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Portada E.O. de
Imagen:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Eso
que llamamos Lógica
Macluskey
Resumen de los apuntes de la asignatura “Metodología”, del Segundo Curso de Informática, curso 1973-74
Recopilación de artículos publicados en
El Cedazo
Macluskey, 2012
con la colaboración
de Javier “J” Sedano
© 2011-2012
Macluskey, excepto donde se indique
lo contrario.
© 2011-2012
Javier “J” Sedano,
Apéndices II y III.
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miso del titular de los derechos de autor.
• Nada en esta licencia menoscaba o restringe los derechos morales
del autor.
Estas páginas están dedicadas a José “Pepe” Cuena Bartolomé, quien, en los
albores de la informática, nos
enseñó no solamen- te Lógica, sino también a pensar…
Tus alumnos nunca Te lo agradeceremos lo suficiente.
Índice
Prefacio............................................................................ 7
Introducción ..................................................................... 9
I-
El Álgebra de Boole .......................................................19
II- La Forma Normal Disyuntiva en el Álgebra
de Boole .........35
III-
Álgebra de Circuitos ....................................................47
IV-
El álgebra de Conjuntos, revisitada ................................63
V- El Cálculo
Proposicional .................................................79
VI-
La escurridiza Implicación Lógica ...................................95
VII-
El proceso de deducción lógica ................................... 117
VIII- El cálculo de predicados ........................................... 137
IX-
La inferencia lógica .................................................... 149
Apéndice
I: Solución al Problema del
Maquinista. ............... 167
Apéndice II: La reducción de Karnaugh, por J ..................... 173
Apéndice
III - Lógica digital, por J..................................... 183
Prefacio
Querido lector: tienes en tus manos, o mejor, en tu ordenador, un… no sé cómo llamarlo: un libro electrónico, un documento, un
estudio arqueológico, unas apostillas, un... qué sé yo, un conjunto de
páginas, en definitiva, donde he
recopilado los artí- culos de la serie “Eso que llamamos Lógica” que se fueron publicando en El Cedazo (es decir, el blog comunitario de El Ta-
miz: www.eltamiz.com/elcedazo) entre octubre de 2011 y mayo
de 2012.
Podéis acceder al contenido de la serie completa en esta direc- ción de internet: www.eltamiz.com/elcedazo/eso-que-llamamos- logica.
Además de los artículos publicados por
mí, he recopilado tam- bién los dos artículos relacionados con la serie que publicó nues- tro amigo Javier
“J” Sedano, otro editor de El Cedazo: uno, so-
bre el método de reducción de Karnaugh,
y el otro, sobre lógica digital, donde explicaba cómo se diseñan las puertas
lógicas que forman la circuitería de todos los artilugios electrónicos. Estos dos artículos se publicaron como
“Anexos”, y los encontraréis como
Apéndices (II y III,
respectivamente) al final del libro.
Todos estos artículos, publicados cada pocas semanas, están escritos con la tónica lógica y
esperable en una serie de artícu- los publicados a lo largo de varios meses en un blog. Ahora, pa- ra esta recopilación en un
único documento, he intentado ade- cuar la estructura
y el discurso al hecho de que la serie está ya completamente escrita, y por tanto no tienen sentido
frases muy normales en el blog, como “Dentro
de unos días veremos tal y tal cosa” o “Si tenéis
dudas, no dudéis en preguntar en los
comentarios”, etc.
Sin embargo, a pesar de esta adecuación, en
los diferentes capí- tulos del libro se sigue
notando claramente su origen “blogue-
ro”. Eliminarlo hubiera sido tanto como reescribirlo de arriba abajo, y no creo que merezca la
pena hacer tal cosa, pues ade-
más así, en caso de duda, siempre se
puede buscar en las en- tradas originales publicadas en el blog, ver los comentarios que los lectores hicieron, etc.
Algo parecido ocurre con las notas al pie de página de los artícu- los originales: al convertirlos a formato libro he preferido
incluir- las en el texto principal,
pero no todas, sólo las que no se des- viaban
en exceso del discurso
principal. Lo que tiene todo el sentido en el mundo de Internet no tiene por qué ser lo más adecuado en
un texto completo. Espero que no se haya perdido mucho con el cambio.
En fin: ojalá que estas páginas os sean de
utilidad y que, leyén- dolas, aprendáis
mucho, pero mucho, mucho, sobre Eso que lla- mamos Lógica.
Macluskey,
2012
Introducción
Como
buen
informático del Neolítico que soy, soy bastante bue- no en Lógica. De veras, bastante
bueno, y yo nunca miento. Nunca, jamás... Bueno, casi nunca, al menos.
Soy bueno quizá no en la lógica aristotélica,
por llamarla de al- gún
modo, pero sí, al menos,
en la lógica que se debe usar en
los algoritmos informáticos… de la lógica
o lo
que sea por la que se rigen los humanos en sus acciones
reconozco que entiendo más bien poco. Aunque, para ser precisos, era bueno en lógica:
con el paso de los años cada vez
entiendo menos mi profesión, mi
pueblo, mi país, mi mundo… seguro que
soy yo, claro, que son mis
neuronas las que han perdido
capacidad con el tiempo y ya no entienden montones de cosas que antes
comprendían bien. Pero el caso es que en los años 70 y 80 del siglo pasado
había que ser bueno en lógica informática si querías
prosperar en mi profesión. Y yo lo era.
José Cuena Bartolomé, delante
de su amada pizarra, en 1973
O sea, que, además de tener una rara habilidad para
desarrollar algoritmos eficacísimos para resolver complicados problemas de todo tipo, resulta que también
soy bastante bueno
en lógica formal. Y no es que lo sea por ciencia infusa, no, sino más
bien porque disfruté en mi ya lejana carrera, allá por el principio de los setenta del siglo pasado, de las lecciones
de uno de los mejores
profesores que he tenido a lo largo de mi vida:
Don José Cuena Bartolomé. El hecho de que cuarenta años después re-
cuerde perfectamente su nombre, mientras
que he olvidado el de la mayoría de los demás profesores que tuve antes y des- pués, ya significa
algo.
Aunque, por alguna oscura razón, su
asignatura no se denomi-
naba “Lógica”, como sería lógico,
sino “Metodología”,
vaya Vd. a saber las razones de tal nombre, él nos enseñó la lógica
for- mal de una manera tal que jamás la olvidaríamos ninguno de los
alumnos que asistimos a sus lecciones.
Nos enseñó que la lógica
formal era sencilla. Sencillísima.
Con cuatro conceptos básicos bien aprendidos
(y esta vez son,
literalmente, cuatro) estabas ya preparado para enfrentarte al ominoso
mundo de los silogismos y del cálculo proposicional
sin el menor problema.
En definitiva: No hay nada más lógico
que la Lógica, valga la redundancia…
En este librito intitulado “Eso
que llamamos Lógi-
ca” intentaré, antes simplista que incomprensible,
hacer a los amables lectores
de El Cedazo y a aquellos en cuyas manos cai-
ga partícipes de estos conocimientos, siguiendo a rajatabla
el método de Don José, apoyándome en mis tal vez maravillosos
(aunque obviamente amarillentos,
emborronados y encima es- critos con una letra infame)
apuntes de Segundo de Carrera que conservo como oro en paño.
Don José Cuena, después de haberme enseñado todo lo que sé sobre
Lógica, a mí y a los compañeros que
me siguieron en cur- sos
subsiguientes, escribió un libro de
culto para los informáti- cos de pro: Lógica Informática, publicado en 1985 por Alianza Editorial y en la actualidad
debidamente agotado. Luego se de-
dicó al desarrollo de la Inteligencia Artificial, publicó artículos, más libros… Y Don José
nos dejó un mal día de 1999. Allá donde
te encuentres, Pepe, pues era así, Pepe, como todo el mundo le conocía, este humilde librillo está dedicado a ti.
En realidad,
al principio de mi desempeño profesional
yo no sa- bía que lo que yo sabía
sobre lógica era rara avis.
Ingenuo como soy, pensaba
que todo buen informático dominaba sus misterios al menos igual que yo.
Pero poco a poco me di cuenta de
que no, no todo el mundo en mi mundo sabía lo que yo sabía. Es más, me di cuenta de que en
realidad pocos
colegas sabían lo que yo sabía de la forma que lo sabía. Que yo era un caso raro, vaya.
Luego, mucho tiempo más tarde, hace sólo cuatro o cinco años, me
ocurrió un sucedido
que definitivamente me convenció de que mi acervo lógico era como
era simplemente por lo
bien es- tructurado que
estaba desde el principio (mérito de Pepe Cuena, desde luego). Un compañero de trabajo, más joven que yo (co-
sa que no es muy difícil),
pero ya con sus añitos,
ante ciertos cambios drásticos
en su vida decidió, entre otras cosas, comen-
zar la Carrera de Filosofía. Vocación tardía, pero intensa.
En Primero de Filosofía las asignaturas eran algo así como Histo- ria Histérica
de la Filosofía, Ética
Rimbombante, Ontología Cre- puscular, Epistemología de la Semántica Asintótica
y otros arca- nos similares (supongo
que se nota mucho que yo, de Filosofía, entiendo más bien
poco). Y Lógica.
Parece que la Lógica era (y seguramente
sigue siendo) el coco de Primero
en Filosofía. En realidad, a poco que lo pen- semos, es lógico. En un sistema
educativo como el español, los alumnos deciden cursar estudios
de “Ciencias” o de “Letras” (se llamen como rayos se llamen ahora; en mis tiempos era así y,
con matices, así sigue siendo),
y esa decisión la han de tomar
muy pronto, algo así como con catorce años o quince.
Disculpad que no sepa cómo se llaman
ahora las diferentes eta- pas educativas españolas; tenemos aquí la sabia
costumbre de cambiarlo todo, casi siempre para peor, cada tres o cuatro años, así que hace tiempo,
desde que mi hija
pasó por el proceso, que no sigo estos procelosos asuntos.
En los estudios de Ciencias se enseñan
Matemáticas, Trigono- metría, Física,
Química y todas esas cositas; en los de Letras se da Literatura, Historia, Latín, Griego clásico, Filosofía, y cosas así. En los currícula
de cada tipo de estudios hay alguna asigna-
tura del otro tipo (por ejemplo, los de Ciencias dan un poco de Literatura y Filosofía, y los
de Letras algo de Matemáticas, etc),
pero por lo que he podido ver esas asignaturas “del lado oscuro” son consideradas como “marías”, por lo que los conocimientos
de matemáticas que tienen los alumnos que llegan a Primero de
Filosofía
son, por decirlo de una forma
caritativa, escasos.
Aclaro que en España llamamos “marías” a las asignaturas que, aunque haya que darlas y aprobarlas para pasar el curso, no son muy
importantes para lo que se denomina
“el tronco” del currículo. Por ejemplo, la Gimnasia, la Religión, la Educación pa- ra la Ciudadanía o como se llame ahora y cosas así son marías.
A menudo tienen fama de ser asignaturas
fáciles, aunque no siempre sea el
caso.
Pero no es lo peor que sean escasos, es que además están… cómo lo diría… mal vistos. Si vas
a ser filósofo (o
juez, o histo- riador, o académico de la Real Academia de la Lengua,
igual da), da la sensación de que cuanto
menos sepas de álgebra o de cálculo diferencial,
mejor. Y lo mismo pasa al revés,
desde lue- go: si estudias física, o una ingeniería naval o de caminos, puentes y autopistas, o de lo que sea, está poco menos que prohibido que sepas una palabra de latín
o griego clásico,
o que sepas quién
fue Ciro el Grande,
Pedro el Cruel o el mismísimo
Platón… Así nos va.
Volviendo
a mi colega, el filósofo de tardía vocación… No re- cuerdo qué estudios tenía antes de decidirse a estudiar Filosofía, probablemente algunos de la rama de ciencias, pero en cual- quier
caso seguro que con el tiempo los tenía
satisfactoriamente
olvidados. Se encontró,
obviamente, en un curso donde
sus compañeros eran
en su gran mayoría adolescentes recién sali- dos del Bachillerato, que habían cursado por la “rama de Letras” y que, por tanto, hacía tiempo
que no veían en serio nada que tuviera ver con matemática de ningún
tipo.
Cuando empezaron las clases en la
asignatura de Lógica… fue el desparrame. Nadie entendía nada. Lo que
allí se contaba parecía chino capuchino
para todos, incluido mi colega. No tenían armas ni
bagajes como para entender la asignatura y, desde luego (y conste que hablo de
oídas, pero no creo equivocarme), el profe- sor tampoco ayudaba, con explicaciones
seguramente muy “filo- sóficas” pero muy poco didácticas.
Primer examen
parcial, al final del primer trimestre. Suspenso general, o casi. Incluyendo a
mi amigo. Un desastre, vaya.
Conste aquí que mi
opinión es que cuando nadie en una clase entera de varias decenas (¡o
centenares!) de alumnos es capaz de
aprobar la asignatura, la culpa es
exclusivamente del profe- sor, y esto es extensivo a si
sólo aprueban dos o tres: siempre hay fieras que se buscan la vida para
aprender la asignatura como sea. Un tipo
que, tras esforzarse en enseñar su
asignatu- ra, consigue semejante marca de
suspensos, no merece dar cla-
se ni
en un parvulario. Y éste es
un tipo de profesor que abunda
muchísimo, sobre todo en la Universidad.
Pero lo peor de todo es que esta gente, ¡encima se jacta de que su asignatura es
taaan difícil que no la aprueba nadie! Se pavo- nean: “Ja, ja… Mira qué duro soy y qué
importante
es mi asig- natura, que sólo aprueban el 2%
de mis estudiantes”. Por fa-
vor...
¡¡INÚTIL, que eres un inútil,
hombre ya!! A ver si te enteras de
que tú estás allí única y exclusivamente para enseñar a
tus alumnos todo lo que sabes, y
nada más. Si no lo consi- gues, no estás haciendo tu trabajo, aquello por lo
que te pagan. Por lo que te pagamos.
Todos, pues de nuestros
impuestos sa- len tus emolumentos. Pero no, claro, no le echan.
En realidad, luego, en vez de echarle a patadas de la docencia, que es
lo único que se merece, encima el tipo está casi siempre bien con- siderado por sus superiores. Así nos va, ya digo.
Me vuelvo a ir por las ramas… ya vuelvo, ya.
Bien, el caso es que tomando un café con mi colega, y tras co-
mentar debidamente el tiempo
y el resultado del partido de tur-
no, le pregunté educadamente por su experiencia universitaria,
y me dice: “la Epistemología, bien;
la Ética, muy bien; la Histo- ria de
la Filosofía, muy de hincar codos y
aprendérsela de me- moria… lo que me va fatal es la Lógica: ¡no entiendo nada! ”.
Yo me extraño: “¿la Lógica? ¡Pero si es sencillísima! ”.
Y él se extraña más: “¿¿SENCILLÍSIMA?? ¿Tu café
es alucinógeno, o qué? Pero si no la entendemos ni uno…”.
Evidentemente
se trataba de una discusión completamente ba- ladí. Por mucho que yo le contara y porfiara, agarrado a mi va- sito de plástico con el brebaje
que la máquina de la oficina hace
pasar por café, que la Lógica formal
era en realidad muy senci- lla, no iba a convencerle a él, que la estaba
sufriendo en sus carnes.
Se me ocurrió entonces una idea
feliz (ya dije alguna vez que lo mío son
las ideas felices): busqué en el desván mis semiapoli- llados apuntes de Lógica
de Segundo, los fotocopié
tal cual, y le pasé el tocho de
fotocopias, disculpándome por mi mala letra, la que tenía
entonces.
Aunque intentó pagarme las fotocopias, no se
lo permití… bas- tante tenía el
hombre con descifrar mis añejas
cagadas de mos- ca. Aceptó las disculpas… de hecho me aseguró que
mi letra
es ahora mucho peor que hace casi cuarenta años, y tiene
razón. En fin. Tampoco le di muchas más indicaciones: sólo los viejos
apuntes manuscritos, emborronados y amarillentos.
Aprobó. Con notable alto. Parece que los apuntes corrieron co- mo la pólvora entre
sus colegas estudiantes. Y parece
que el profesor casi se suicida cuando, al final del curso, tuvo que aprobar a
la mayor parte de la clase. ¡Con lo bien que
lo llevaba el buen hombre al
acabar el primer trimestre, con prácticamente todos
sus alumnos suspensos…!
Posteriormente charlamos, con otro café en la mano,
al que esta vez invitó mi colega (aunque, eso sí, estaba igual de malo que
el primero) (el café, quiero decir),
y me
corroboró que, efecti- vamente, la Lógica es sencilla…
siempre que se enseñara de la forma
correcta, con la orientación correcta, y dando las bases apropiadas a los alumnos para ir comprendiendo lo que va vi- niendo a
continuación.
El caso es
que, conociendo cómo funciona la
Universidad espa- ñola, a mí no me extraña nada
que en la Facultad de Filosofía siguieran contando
la Lógica con silogismos y demás, como en
el Siglo XVII, pero al menos estaba
seguro de que en las carre- ras “de ciencias”, y particularmente
en las de ingeniería de in-
formática, la enseñanza de Lógica formal (cuyo dominio es bási- co para poder ser un buen ingeniero informático, o al menos lo era), se haría con todos
los predicamentos de calidad, al
menos igual de bien como a mí me lo
contaron cuarenta años ha.
¡Ja! Pues va a ser que no.
Mi hija, estudiante de ingeniería informática,
me contó una anécdota lamentable cuando el profesor
(o profesora, no re- cuerdo) de alguna asignatura sobre Lógica fue incapaz de expli- car a la concurrencia por qué la implicación lógica tiene la fór- mula
que tiene… cosa que veremos con detalle dentro de unos cuantos
capítulos.
Les venía a decir que “esto es así porque es
así… es como la suma, ¿por qué dos más dos son cuatro?, pues porque sí, es
así, y punto”.
Y punto. Sí, sí, habéis leído bien:
¡¡¡¡Y punto!!!! Toma ya. ¡Na-
da menos que en tercero o cuarto de Carrera!
En fin.
Es completamente inadmisible que cualquier profesor universita- rio, y
más en una asignatura que tiene que ver con la matemá- tica, es más: ¡con la lógica!, diga que las cosas son así porque…
¡son así! En dos palabras: Im…presionante. Espero que Jesulín de Ubrique no me cobre
derechos de autor
por usar su mejor
frase… Así nos va. Naturalmente, me senté con mi hija exacta-
mente cinco minutos, le conté
por qué la implicación lógica es
como es (de veras: es una deducción
completamente lógica), lo comprendió perfectamente… y se indignó
porque toda una profesora universitaria que, se supone,
se gana la vida enseñando
su asignatura, no fuera capaz de
explicar algo tan sencillo. Repi- to: ¡Así nos va!
En definitiva, mi intención
es ir repasando con vosotros,
ama- bles lectores, esos prodigiosos apuntes
de Metodología (o
sea, Lógica y adláteres) de mi Segundo Curso de Informática,
impar- tidos hace cerca de cuarenta años por ese gran profesor y gran profesional que fue Don José Cuena
Bartolomé.
No esperéis un curso completo de Lógica; para eso habrá
que ir a alguna Universidad y aprenderla allí; más bien os conta- ré lo mismo que a mí me ha servido para ganarme la
vida todos estos años. Y… antes simplista que incomprensible,
siempre.
Pero… aviso, y el que avisa no es traidor:
Habrá fórmulas.
Fórmulas matemáticas.
No una, ni dos. Un puñao. En ninguno de los
párrafos anteriores dije que el
libro se llamaría “Lógica sin fórmulas”. Eso sí,
aseguro que todas y cada
unas de las fórmu- las y pasos de cálculo que iremos
viendo son sencillos, lógicos, casi inevitables en muchos casos.
No veréis más operaciones que sumas y
multiplicaciones. No habrá integrales, ni derivadas, ni raíces cuadradas, ni series de
Taylor, ni números imaginarios, ni numero e, ni PI, ni ná
de ná.
Con sólo los signos + y · (pues ni
siquiera restar o dividir
nos hará falta) nos apañaremos para descifrar cualquier
intríngulis lógico que nos echen. En una palabra:
Creo que podréis se-
guir bien las fórmulas. Si os ponéis a ello, claro.
Si os ponéis.
Y dicho esto, he de hacer igualmente una precisión:
si sois lógi- cos, filósofos, matemáticos o, incluso, informáticos
de carrera, igual esta forma de contar algo tan lógico como la Lógica os pa- rece, cuando menos, naïf, ingenua, poco formal y escandalosa-
mente simplista, incluso en algunos casos, errónea.
Quizá. Es más: Seguramente.
Hay que tener en cuenta que estoy contando una historia en buena parte olvidada
basada en engorrinados apuntes de hace casi 40 años (y, diga lo que diga el tango, veinte años sí que son
algo, y cuarenta… ¡mucho más!) de
una carrera sobre una
disciplina, la informática, que por entonces se estaba definiendo día a día, y en la que la experiencia profesional de los
profeso- res y su capacidad didáctica contaba
mucho más que cátedras,
programas, currícula y otros diversos rollos típicos de la excesi-
vamente procedimentada Universidad actual…
Perdonad,
pues, estas carencias evidentes del relato,
todas ellas culpa mía y no de D. José Cuena, a cambio de poder observar por una
mirilla algo sucedido 40 años atrás…
es seguramente un raro privilegio que pocas veces se puede tener.
Aprovechadlo,
pues, si gustáis.
Y como todas las cosas bien hechas, este libro sobre
Eso que
llamamos Lógica empieza, lógicamente, por el principio, por la
base fundamental en que todo lo
demás se asienta. El primer capítulo tratará, como no puede ser de otro modo, de lo que pa-
só aquel lejano primer día de clase. Tratará
del Álgebra de Boole.
I- El Álgebra
de Boole
Tras la breve (bueno, vale, no tan breve)
introducción, hoy em- pezaré a destripar cómo es la Lógica
por el principio, siguiendo los apuntes
de la asignatura de Segundo de Carrera que impar-
tió D. José Cuena allá por 1973… Y
empezaré, como es lógico, por sus bases más fundamentales.
Por lo que es imprescindible conocer para
poder seguir el resto de capítulos y para poder ra-
zonar mínimamente. Por el Álgebra de
Boole.
Primer día de clase. Octubre de 1973. A la hora en
punto apare- ce el profesor
de la asignatura (muy mal síntoma: el primer día
y llegar puntual a la hora… ¿dónde se ha visto eso?) y se pre-
senta: “Soy José Cuena, y aunque el nombre de la asignatura
sea ‘Metodología’, en realidad lo que yo voy a enseñarles a Vds. es Lógica”.
Pues vale, ningún problema. Total, sólo un par de horas antes
se había presentado el profesor
de otra asignatura de nombre “Informática Básica II”, y
nos dijo algo similar: “Como no tengo
ni idea de qué es lo que hay que dar en esta asignatura, yo les contaré de arriba abajo las tripas del ordenador que yo conozco,
que a la sazón es el UNIVAC 1110”…
Estábamos en 1973, se trataba de una Carrera
nueva, los profe- sores, que también
eran nuevos, eran todos, sin excepción, pro- fesionales que trabajaban en las
incipientes empresas informáti- cas de la época (IBM, Bull, NCR, UNIVAC, Iberia, RENFE, etc), y
los temarios de las asignaturas se iban construyendo sobre la
marcha.
Menuda diferencia con lo que pasa ahora, donde
prácticamente ni uno solo de los profesores de las facultades de informática
españolas ha trabajado jamás en la
empresa privada…
Y sé muy bien que esta frase es injusta
para algunos profesores, desgraciadamente pocos, que son la excepción que confirma
la regla. Mis disculpas para todos ellos:
eso es lo que tiene genera- lizar, que en ocasiones hace confundir churras con
merinas…

George Boole.
El caso es que D. José (en realidad
Pepe para todo el mundo), tras presentarse, comenzó
inmediatamente a explicar el Álge- bra de Boole, lo que fue el mal síntoma definitivo: ¿empezar
a explicar la asignatura… el primer día? ¿Así, por las buenas? Eso sí que no se había visto nunca hasta entonces. Todos mis profe-
sores de todos los cursos anteriores nos habían instruido
acerca del axioma que reza: “La primera
clase no se da, y la última
se perdona”. Pues resulta que no
era un axioma, mire usted.
Rápidamente todos sacamos, nuestros
cuadernos/folios/papeles de tomar apuntes
muy aplicadamente, y comenzamos a copiar
lo que nos iba explicando. ¿He dicho alguna vez que, en 1973,
no había ni un solo libro que pudiéramos usar
para estudiar una asignatura de informática?
Pues lo digo.
Seguramente
sí existían libros sobre ciertas
disciplinas… ¡en in- glés! O sea,
como si fuese chino o arameo : el “idioma moder-
no” que estudió mi generación en el Colegio o en el Instituto era français, bien sûr. ¿Y el inglés?
Non, non, pas d’anglais. El poco inglés que yo sabía lo aprendí en una Academia
privada, en cur- sos
de verano, obligado
por mi madre (a quien nunca se lo agradeceré lo suficiente, pues
mis preferencias iban más por holgazanear, jugar –mal- al fútbol
e ir
a hacer el burro a la pis- cina). Los demás, ni eso.
Como consecuencia, los apuntes tomados
de las explicaciones de los profesores y sus gráficos y fórmulas escritos en la pizarra
eran oro molido, casi el único medio de poder seguir y aprobar
la asignatura.
Sí, en las pizarras, esas añejas
pizarras hechas de auténtica pi- zarra, normalmente de color verde oscuro,
en las que se escri- bía
con tiza y se borraba con unos artilugios que, más que bo-
rrar, lo que hacían era esparcir los trazos de tiza, en forma
de yeso pulverizado, por toda
la clase. Todos mis recuerdos de mis años de estudiante están difuminados por una nube blanca de polvo de tiza…
Cedamos, pues, la palabra a Don José:
El
Álgebra de Boole
Se trata de un sistema
[S,+,·] compuesto
de un conjunto (S),
y dos operaciones definidas sobre él (+,·), en el que se verifican
unas ciertas propiedades. Las operaciones deben
ser cerradas, es decir,
aplicadas a dos elementos pertenecientes a S, su re-
sultado es otro elemento perteneciente a S.
Atención: aunque esto mismo lo repetiré varias veces a lo lar- go del libro, aviso aquí por primera
vez que los signos (+,·) no representan
la suma o la multiplicación tal como estamos
acos- tumbrados. Tomémosles
simplemente como un par de garaba-
tos que representan un par de operaciones que se
aplican a los elementos del conjunto
S, y ya veremos cómo se comportan.
Las propiedades del conjunto se definen
exclusivamente me- diante unos
ciertos axiomas de entrada; una vez
definidos estos axiomas, todos los teoremas resultantes serán demostrados
a partir de ellos.
Los axiomas del álgebra de Boole fueron postulados por
Edward Vermyle Huntington en 1904. Como sabréis, un axioma es un
postulado indemostrable, que se toma como cierto siempre y
en toda ocasión y que sirve de base para cualquier demostración posterior de un determinado teorema. Así como los
axiomas de Peano son la base formal de la aritmética, del mismo modo los de Huntington son la base del álgebra
de Boole.
Y estos axiomas de Huntington son solamente cuatro, aunque, como son duales, como veremos en un momento, podríamos decir que en realidad son ocho.
Unos años más tarde, en 1933, Huntington
revisó esos axiomas,
simplificándolos, pero Pepe Cuena nos contó los de 1904 y esos son también los que voy a contar yo
aquí a continuación.
Axiomas
de Huntington (1904)
Axioma 1: Ambas operaciones son conmutativas (Ley conmu-
tativa).
a+b = b+a a·b = b·a
Axioma 2: Ambas operaciones, (+,·), tienen un elemento
neu- tro.
a+0 = 0+a = a a·1 = 1·a = a
Axioma 3: Ambas operaciones son distributivas respecto de la
otra operación (Ley distributiva).
a·(b+c) = a·b+a·c
(b+c)·a = b·a+c·a
a+(b·c) = (a+b)·(a+c)
(b·c)+a = (b+a)·(c+a)
Axioma 4: Para cada elemento existe su complementario.
Todo elemento a perteneciente a S tiene un complementario a’, también perteneciente a S, tal que:
a+a’ = 1 a·a’ = 0
Y esto es todo, amigos.
Aviso para navegantes: Si habéis detectado algo raro…
eso no es nada. Esperad y
ved.
Bien, esto
es todo lo que necesitamos
para definir un ál- gebra de Boole
(y para que los informáticos podamos ganar- nos
la vida: nunca estaremos
lo bastante agradecidos a Mr. Boole y a Mr. Huntington). No
hace falta nada más.
Si nos fijamos bien, vemos que el
conjunto de propiedades defi- nidas por los axiomas se dividen
en dos subconjuntos simétri- cos, pues el lado
izquierdo es idéntico al lado derecho tras una
simple transformación, cambiando
+ por · y viceversa, y cam-
biando 0 por 1 y viceversa. Entonces, usando exclusivamente estos axiomas,
comenzaremos a demostrar una serie de teore- mas que nos harán la vida más fácil en el futuro.
En cada transformación que hagamos en las fórmulas identifica- remos debido a qué axioma concreto podemos hacer esa trans- formación, marcando el número de
Axioma utilizado (A1, A2, A3 o A4) y de qué lado (Izquierdo o
Derecho).
Comencemos.
Teoremas
básicos
Teorema 1: Idempotencia. a+a = a;
a·a = a
|
a+a = a |
a·a = a |
||
|
a = a+0 = a+(a·a’) =
(a+a)·(a+a’) = (a+a)·1 = (a+a) |
A2 Izq. A4 Der.
A3 Der. A4 Izq. A2 Der. |
a = a·1 = a·(a+a’) = (a·a)+(a·a’) =
(a·a)+0 = (a·a) |
A2 Der. A4 Izq.
A3 Izq. A4 Der. A2 Izq. |
Teorema 2: a+1 = 1; a·0 = 0
|
a+1 = 1 |
a·0 = 0 |
||
|
1 = a+a’ = a+(a’·1)
= (a+a’)·(a+1) = 1·(a+1) = a+1 |
A4 Izq. A2 Der.
A3 Der. A4 Izq. A2 Der. |
0 = a·a’ = a·(a’+0) = (a·a’)+(a·0) = 0+(a·0) = a·0 |
A4 Der. A2 Izq.
A3 Izq. A4 Der. A2 Izq. |
Teorema
3: Ley de absorción.
a+(a·b) = a; a·(a+b) = a
Para demostrar este teorema usaremos no sólo los cuatro axio- mas iniciales,
sino también el recién demostrado Teorema 2, co- sa que podemos
hacer porque ya hemos
demostrado dicho Teo-
rema 2 a partir de los axiomas del álgebra.
De aquí en adelante, siempre que use un teorema ya demostra- do, lo marcaré como Tx en vez de Ax, indicando como siempre si se usa su parte izquierda o
su parte derecha.
|
a+(a·b) = a |
a·(a+b) = a |
||
|
a+(a·b)
= (a·1)+(a·b) = a·(1+b) = a·1 = a |
A2 Der. A3 Izq.
T2 Izq. A2 Der. |
a·(a+b) = (a+0)·(a+b) = a+(0·b)
= a+0 = a |
A2 Izq. A3 Der.
T2 Der. A2 Izq. |
Teorema
4: Propiedad
asociativa.
a+(b+c)
= (a+b)+c; a·(b·c) = (a·b)·c
Para demostrar este teorema es preciso
demostrar antes dos lemas independientes.
Lema 1:
|
a·(a+(b+c)) = a·((a+b)+c) |
a+(a·(b·c)) = a+((a·b)·c) |
||
|
a·(a+(b+c))
= a = a+(a·c) = (a·(a+b))+(a·c) = a·((a+b)+c) |
T3 Der. T3 Izq.
T3 Der. A3 Izq. |
a+(a·(b·c))
= a = a·(a+c) = (a+a·b)·(a+c) =
a+((a·b)·c) |
T3 Izq. T3 Der.
T3 Izq. A3 Der. |
Lema 2:
|
a’·(a+(b+c)) = a’·((a+b)+c) |
a’+(a·(b·c)) = a’+((a.b)·c) |
||
|
a’·(a+(b+c))=(a’·a)+(a’·(b+c)) = 0+(a’·(b+c))
= a’·(b+c) = (a’·b)+(a’·c) = (0+(a’·b))+(a’·c) = ((a’·a)+(a’·b))+(a’·c) = (a’·(a+b))+(a’·c) = a’·((a+b)+c) |
A3 Izq. A4 Der.
A2 Izq. A3 Izq. A2 Izq. A4 Der. A3 Izq. A3 Izq. |
a’+(a·(b·c))=(a’+a)·(a’+(b·c))= 1·(a’+(b·c))
=
a’+(b·c) =
(a’+b)·(a’+c) = (1·(a’+b))·(a’+c) = ((a’+a)·(a’+b))·(a’+c) =
(a’+(a·b))·(a’+c) =
a’+((a·b)·c) |
A3 Der. A4 Izq.
A2 Der. A3 Der. A2 Der. A4 Izq. A3 Der. A3 Der. |
Bien: teniendo convenientemente demostrados ambos lemas, ahora aplicamos a cada lado respectivamente las operaciones
“+” y “·” (que,
ojo, no tenemos por qué saber que se llaman “suma” o “multiplicación”) miembro a miembro, el primer
miembro de ambos lemas por un lado, y
el segundo, por el otro. Ambas
ecuaciones serán iguales, pues aplican la misma opera- ción “+” o “·” a los dos lados de la igualdad.
Para que quede claro: si tenemos dos igualdades (los dos
le- mas) que son, por ejemplo, a=b
y c=d, evidentemente es cierto que
se cumple a·c=b·d,
y por supuesto ocurre lo mismo con el
signo +: a+c=b+d.
Exactamente eso es lo que haremos ahora.
|
Lema 1: a·(a+(b+c)) = a·((a+b)+c) Lema
2: a’·(a+(b+c)) = a’·((a+b)+c) |
Lema 1: a+(a·(b·c)) = a+((a.b)·c) Lema 2: a’+(a·(b·c)) = a’+((a.b)·c) |
||
|
Lado izquierdo [a·(a+(b+c))]+[a’·(a+(b+c))] = (a+a’)·(a+(b+c))
= 1·(a+(b+c)) = a+(b+c) Lado derecho [a·((a+b)+c)]+[a’·((a+b)+c)] =
(a+a’)·((a+b)+c)) = 1·((a+b)+c) = (a+b)+c Igualando ambos
lados: a+(b+c) =
(a+b)+c |
A3 Izq. A4 Izq.
A2 Der. A3 Izq. A4 Izq.
A2 Der. |
Lado izquierdo [a+(a·(b·c))]·[a’+(a·(b·c))] = (a·a’)+(a·(b·c))
= 0+(a·(b·c)) = a·(b·c) Lado derecho [a+((a·b)·c)]·[a’+((a·b)·c)] = (a·a’)+((a·b)·c)) = 0+((a·b)·c) = (a·b)·c Igualando ambos
lados: a·(b·c) = (a·b)·c |
A3 Der. A4 Der.
A2 Izq. A3 Der. A4 Der.
A2 Izq. |
Nota de Macluskey en 2012: Sinceramente, nunca pensé que costara tanto definir
algo tan obvio como la propiedad asociati- va… para que
veáis lo que cuesta establecer las bases formales de cualquier disciplina.
Teorema
5: Para cada
elemento a de S existe un comple-
mentario a’ y sólo uno.
Atención: Este teorema
no dice lo mismo que el axioma A4, aunque
en una visión apresurada
podría parecerlo. Allí estable-
cíamos que existe la noción de
complementario, es decir, que cada
elemento de S tiene elementos complementarios, al menos uno, mientras que este Teorema
5 afirma que el complementa- rio de cada elemento
de S es uno y sólo uno, exactamente uno y ni más ni menos que uno. O sea: uno.
Supongamos que existieran dos complementarios
de
a,
por
ejemplo x e y. Se cumplirían las
siguientes 4 ecuaciones:
|
Por x complementario de a: 1) a+x
= 1 2) a·x =
0 |
A4 Izq. A4 Der. |
Por y complementario de a: 3) a+y
= 1 4) a·y =
0 |
A4 Izq. A4 Der. |
|
x=1·x =
(a+y)·x = (a·x)+(y·x) = 0+(y·x) =
(a·y)+(y·x) = (y·a)+(y·x) =
y·(a+x) = y·1 = y Luego ambos complementarios, x e y, son iguales. Por tanto hay
un único complementario
de a, que es a’. |
A2 Der. (3) A3 Izq. (2) (4) A1 Der. A3 Izq.
(1) A2 Der. |
||
Teorema
6: El complementario del
complementario de un ele-
mento a de S es igual al propio a.
Es decir: (a’)’=a
Sabemos por el Axioma 2 que: a’+a=1 y también que a’·a=0. Suponiendo que (a’)’=x, ocurrirá
que: a’+x=1, y a’·x=0, dado que ese x es el complementario de a’. Igualando los unos y los ceros de ambas
ecuaciones (de éstas y de las de arriba)
tene- mos que: a’+a = a’+x, y que a’·a
= a’·x; el único valor que cumple ambas ecuaciones
es x=a, luego a es el complementario
del complementario de a.
Y no es un trabalenguas, que conste.
Teorema
7: Los dos términos
neutros de las dos operaciones
+,·
son complementarios entre sí, es decir: 0’=1 y 1’=0
Según el Axioma 2: a+a’=1 y a·a’=0.
Suponiendo a=0, queda 0+a’=1; luego a’=1; por tanto 0’=1
Suponiendo a=1, queda 1.a’=0; luego a’=0; por tanto 1’=0
Teorema
8: Leyes
de De Morgan.
(a+b)’ = a’·b’ ; (a·b)’ = a’+b’
Los informáticos usamos muy a menudo las leyes de De Morgan para simplificar una fórmula lógica.
O, al menos en mis tiempos, las
usábamos a menudo...
He aquí su demostración:
|
(a+b)’ =
a’·b’ |
(a·b)’ = a’+b’ |
||
|
Sea x = (a+b)’
Entonces: 1) (a+b)·x=0 y 2) (a+b)+x=1 Probamos x=(a’·b’) en 1): (a+b)·(a’·b’) =
(a·a’·b’)+(b·a’·b’) = (a·a’·b’)+(b·b’·a’) = (0·b’)+(0·a’)
= 0+0 = 0 Probamos x=a’·b’ en 2): (a+b)+(a’·b’) = a+(b+(a’·b’)) = a+(b+a’)·(b+b’) = a+(b+a’)·1 = a+b+a’ = a+a’+b = 1+b = 1 Luego x =
(a+b)’ = a’·b’ |
A4 Der. A4 Izq. A3 Izq. A1 Der.
A4 Der. T2 Der. T1 Izq. T4 Izq. A3 Der.
A4 Izq. A2 Der. A1 Izq. A4 Izq. T2 Izq. T5 |
Sea x = (a·b)’ Entonces: 1) (a·b)·x=0 y 2) (a·b)+x=1 Probamos x=(a’+b’) en 1): (a·b)·(a’+b’) = (a·b·a’)+(a·b·b’) = (a·a’·b)+(b·b’·a) = (0·b)+(0·a) = 0+0 = 0 Probamos x=(a’+b’) en 2): (a·b)+(a’+b’) = (a’+b’)+(a·b)
= a’+(b’+(a·b))
= a’+(b’+a)·(b’+b) = a’+(b’+a)·1 = a’+b’+a
= a’+a+b’
= 1+b’ = 1 Luego x = (ab)’
= a’+b’ |
A4 Der. A4 Izq. A3 Izq. A1 Der.
A4 Der. T2 Der. T1 Izq. A1 Izq. T4 Izq.
A3 Der. A4 Izq. A2 Der. A1 Izq. A4 Izq. T2 Izq. T5 |
En fin: al llegar a este punto, Don
José miró satisfecho la pizarra toda llenita de fórmulas,
miró el reloj y nos dijo:
“Hasta
la se- mana que viene. Buenos días.”,
y se fue rápidamente, dejándo- nos hechos un auténtico
lío, mirando incrédulos las tres páginas escasas de apuntes donde, aunque nosotros
no lo sabíamos, acababa de plantar los mejores cimientos sobre los que cons-
truir nuestra futura vida
profesional.
No entendíamos casi nada, claro, porque, consecuencia de no- sé-cuántos años de estudios reglados
de matemáticas-como- Dios-manda, no podíamos evitar ver el signo “+” como una su-
ma, y el signo “·” como un producto, por
mucho que hubiéra- mos sido
advertidos… y aquel amasijo de
fórmulas no tenía el menor sentido.
Lo de que a+0=a lo veíamos claro y nos parecía muy bien y muy lógico,
y
lo
de
que
a·1=a,
también, pero… ¿Cómo que 1+a=1? ¿Qué es eso de que
a+a=a? ¿No será
2a, como toda la vida…? ¿Y, para más escarnio, cómo es que de pronto existe la propiedad distributiva de la suma respecto
de la multi- plicación? ¡Y como axioma, nada menos!
El caso es que nadie interrumpió a Don José
ese día. Nos limi- tamos a tomar apuntes como si
nos los hubiera dictado un ex-
traterrestre… y a un extraterrestre no se le discute cuando
te cuenta su conocimiento superior,
y menos aún en la época de Franco.
Yo me fui
a mi casa. Repasé los apuntes.
Tres veces (ya digo, hasta aquí son sólo tres páginas escasas). Nada. Al día siguien- te,
en lugar de ir a la sacrosanta cafetería en los descansos en- tre
clases, nos quedamos unos pocos recalcitrantes para desci-
frar aquello… Y al día siguiente… Y de pronto a alguien (creo que fue a mí, que siempre
he sido muy listo… ejem, pero no estoy
seguro) se le ocurrió proponer: “Oye,
digo yo… ¿y si cambiamos el + por la Unión de Conjuntos y el · por la Intersección…? ¿Qué pasaría?”…
Pues lo
que pasó es que de pronto, instantáneamente, se nos hizo la luz a todos. Evidentemente, naturalmente, ciertamente…
todo tenía sentido entonces.
Tengo que decir aquí que todos nosotros
habíamos estudiado “Conjuntos” en el Bachillerato, como una cosa nueva que
se había incorporado recientemente al currículum y que no se sabía muy bien para qué servía. Así eran
las cosas en aquella
Espa- ña… El caso es
que todos conocíamos el rollo ése de los conjun- tos, las uniones y las intersecciones y tal, aunque nadie sabía
para qué servía, y entonces
todo nos cuadró. Ahora sí que tenía
sentido que algo “Unión” el conjunto
universal diera siempre
el conjunto universal. Etc, etc.
En aquel momento nos acordamos de los
ancestros de Don José Cuena, por no habernos puesto en la pista y facilitarnos la vida… Pero haciéndolo de esta forma nos hizo pensar, razonar y buscar analogías hasta comprender todo el
asunto. No sólo nos enseñó lógica: nos enseñó a pensar. ¡Menudo era Don José!
Y uno se ha tirado toda su vida pensando,
analizando, critican- do… no sé si me ha servido de mucho, pero, qué le vamos
a hacer, no voy a cambiar a estas alturas.
Ha sido éste un capítulo denso. Muy denso. Pero en él están las bases de toda la Lógica y de mucho más.
No es necesario que lo aprendáis de memoria, creo yo,
sino
más bien tenerlo de referencia para cuando haga falta. Si el capítulo es en definitiva un rollo soberano,
es mi culpa. Pero si ha resul- tado un buen capítulo, quizá excepcional, no es mérito mío,
pues me he limitado a descifrar mis viejos apuntes
y ponerlos en un formato
inteligible… ¡Y eso sí que ha tenido mérito!
A partir de aquí seguiremos escuchando,
vía el túnel del tiempo, a Pepe
Cuena en 1973, enseñándonos a seguir
pensando.
II- La Forma Normal Disyuntiva
en el
Álgebra de Boole
En el espeso
y lleno de formulas, aunque tremendamente didác- tico (espero), capítulo anterior
de este libro dedicado a algo pa-
recido a la lógica,
vimos cómo en dos patadas Don José Cuena se despachó toda la definición del Álgebra de Boole.
Al día siguiente (en realidad a la semana
siguiente, porque las clases eran semanales,
de dos horas cada una), a
mediados de octubre de 1973, nuestro profesor apareció,
nuevamente a la hora en punto, para
seguir iluminándonos.
Sigamos con él, pues.
Bien, lo que Don José nos contó ese
día fue cómo se definía una
determinada relación en el álgebra de Boole, introduciendo para
ello el signo , que relaciona dos elementos del conjunto S.
Evidentemente, esa relación se llama “Menor o igual
que”, hasta ahí podíamos
llegar…
En un álgebra
de Boole se puede definir
esta relación mediante la siguiente ecuación:
Como ya
nos habíamos dado cuenta los de clase, o al menos la mayoría, que para algo el descubrimiento
de la semana pasada había corrido como la pólvora, de
que el álgebra de Boole era la que regulaba la Teoría de Conjuntos,
rápidamente nos dimos cuenta de que la relación en conjuntos era exactamente la re- lación “Contiene”
que estudiamos en dicha teoría.
Mejor dicho, puesto que aquí es “menor o igual
que” y no “ma- yor o igual que”, en realidad
se trata de la relación
“Es Conteni- do por”.
Y claro, a partir de aquí todo fue coser y cantar.
Si el conjunto A es contenido por B, esto implica que la intersección de A y el
complementario de B es el conjunto vacío…
ergo implica que .
Naturalmente. Evidentemente. Claro. ¡Qué
tontería!
En la figura siguiente queda claro.
B contiene a A, así que A es menor o igual que B, es decir, . Por
tanto, la intersección de A (el conjunto azul) con B’ (la zona gris clarita), que es el complementario de B (la parte amarilla),
es el conjunto vacío,
pues no tienen ningún elemento en común, luego es evidente que .
Toda la clase estuvo dedicada a demostrar las
diferentes pro- piedades de tal relación,
en demostrar que es una relación
de orden, y, dentro de las de orden, de “orden parcial”,
puesto que la relación “Menor o Igual” no abarca a todos los elementos
del conjunto S.
Por muy
intimidante que parezca el párrafo anterior, en reali- dad es una tontería, es muy sencillo
de entender: La relación en los números naturales o en los reales, por ejemplo, es de or- den total:
cada uno de todos los números es o menor
o mayor (o igual) que todos
los demás, pero tratando, por ejemplo, con conjuntos no tiene por qué ser así: pueden existir conjuntos que ni
contienen ni son contenidos por otros conjuntos.
El ejemplo más claro es lo que
ocurre entre un conjunto y su complementario, por ejemplo, “los españoles” con “los extranje- ros (los no españoles, vaya)”: ninguno de los dos conjuntos contiene al otro, es más, es que en ese caso no comparten ni uno sólo de sus elementos.
Como toda buena relación de orden, cumple con
las tres conoci- das
propiedades: es Reflexiva (es decir,
, pues todo ele-
mento es
menor o
igual que
sí mismo, en
este
ca- so estrictamente igual) es Transitiva (lo que quiere decir que
si
y
, entonces
, cosa que es bastante eviden- te), y es Antisimétrica (es
decir, que si
y simultánea- mente
, entonces necesariamente , lo que es también
sencillo de entender).
En realidad,
como supongo os habéis dado cuenta, la cosa fun- ciona al revés: como en esta relación “” se cumplen las
tres propiedades, entonces la relación “
” es de orden. Ahora sí.
Esta relación “Menor o igual que”, como
consecuencia de ser una relación de orden, cumple un par de propiedades adiciona- les:
Por un lado, si entonces
. Y por el otro, si
entonces
.
No voy a demostrar estas fórmulas: no son muy complicadas, por
no decir que son intuitivas. Pensando
en conjuntos se ve
muy fácilmente: si x está contenido en y,
también estará conte- nido en la Unión de y con cualquier otra cosa; y si x
está conte- nido en y, entonces
los complementarios cumplan la relación
opuesta:
el complementario de y está contenido en el de x. Muy
evidente, como veis.
Quedémonos finalmente con esto: la relación “” en un álge-
bra de Boole es de orden
parcial, y con eso nos sirve.
Le íbamos cogiendo el tranquillo a
esto de la Lógica…
Siguiente día, siguiente semana. Hora en punto, nuevamente. Esto ya se está convirtiendo en todo un síntoma… Hoy D. José nos
hablará de La Forma Normal Disyuntiva de las expresio- nes (funciones) en un álgebra de
Boole.
Mmmm. La… ¿qué? Sí, la
Forma Normal Disyuntiva, ¿qué pasa? Será
algo importantísimo para lo que sigue más adelante, así que hagamos menos chiribitas con los
ojos, y vayamos al grano.
Primero habrá que definir qué es una función booleana.
Toda aplicación de que
venga dada por una expresión en álge- bra de
Boole es una función booleana. Fácil, ¿no?
…
Venga, que
es sencillo: dado que las dos operaciones definidas
para el álgebra (+,·) son cerradas,
es decir, que aplicadas a dos
elementos de S dan como
resultado otro elemento de S, el re-
sultado de toda función f(x,y,z,…)
expresada en álgebra
boolea- na también pertenece a S.
…
Bueno, vale, ya voy.
Sea, por ejemplo,
la siguiente función
definida en un sistema
que obedece al álgebra de Boole:
, .
Como tanto
x como y como z son elementos de S (y, por tanto, sus complementarios también lo
son), cualquier operación
(+,·) realizada sobre ellos (y entre ellos)
y sus complementarios dará
obligatoriamente un resultado que será también un elemento de S.
Truco: Pensad nuevamente en conjuntos y lo veréis claro. Da- dos varios conjuntos cualesquiera y unidos e intersecados entre sí y sus complementarios como nos venga en gana, el
resultado será siempre… sí, otro conjunto. Eso es una aplicación de .
Teóricamente,
las expresiones del álgebra de Boole podrían
lle- var constantes; de hecho hay dos constantes “de oficio”: los dos
elementos neutros, 0 y 1. Pero las
constantes en el sentido al- gebraico habitual no tienen mucho sentido. ¿Qué sería 6a, por ejemplo?
Pues a, claro, dado que 6a=a+a+a+a+a+a. Y como
sabemos que a+a=a, entonces 6a=a,
obviamente. ¿Y qué se-
ría , entonces? Pues (a+b),
naturalmente,
dado que (a+b)·(a+b)=(a+b). En definitiva, nunca aparecerán constantes en las expresiones que usaremos
aquí (ni en las que usaremos
normalmente en nuestra vida cotidiana de relación con el álge- bra de Boole).
Como
diría Forrest
Gump: “Mejor, ¡una cosa menos!”.
Pues bien, si tenemos una función booleana cualquiera en la que no aparecen constantes, (, por
ejemplo), entonces dicha función se puede representar co- mo una suma de productos
, tales que:
1) En todo término aparecen reflejadas todas
las variables que aparecen
en la fórmula original (bien complementadas, bien
sin complementar).
2) Todos los productos son distintos entre sí.
Cabe decir aquí que a partir
de ahora haré lo mismo que Don José
hizo hace casi cuarenta años, simplificando la notación de las fórmulas de la misma manera
que lo hacemos en el “álgebra normal”, la numérica: no escribiendo el signo “·”, salvo en los casos donde su uso sea preciso
para hacer más descriptiva la fórmula.
Es decir, la fórmula del ejemplo de
arriba (y todas las demás) la escribiré preferentemente a partir de
ahora del siguiente modo:
Se entiende, ¿no? Pero recordad que “+” no es “suma” ni “·”
es “multiplicación” en el sentido numérico habitual, sino que son
“sumas booleanas” o “productos
booleanos”, que ya veremos cómo se definen en según que sistemas…
En con- juntos, por ejemplo, “+” es “Unión y “·” es “Intersección”, como
ya sabéis. En otros sistemas, serán…
otras cosas… Paciencia.
Volviendo a la afirmación de hace un ratito (eso de que toda función se puede descomponer en sumas de productos), vere-
mos cómo se llega a esto, procediendo a la reducción sistemáti- ca de las
expresiones en tres pasos:
Paso 1: Quitar sistemáticamente toda complementación a
fór- mulas entre paréntesis. Para ello
usaremos extensivamente las Leyes de De Morgan. Éstas fueron demostradas
en el Teorema 8 que vimos en el capítulo anterior.
Y no, no son las Leyes “de Morgan”, como las
llama casi todo el mundo que habla en español, sino Leyes de
De Morgan, puesto
que son debidas al matemático indio-británico Augustus De Mor- gan
Por ejemplo,
si tenemos , quedaría, aplicando la Ley de De Morgan,
.
Al final de este paso sólo están complementadas las variables
individuales, no operaciones con ellas.
Paso 2: Quitar sistemáticamente el signo “·” entre
paréntesis, aplicando la propiedad distributiva. Así, quedaría .
Por ejemplo, quedaría .
En realidad, ése es el resultado final, tras dos pasos. El primero de ellos dejaría , y en un segundo
paso queda- ría
; reordenando los términos queda la fórmula
del texto.
![]()
Por supuesto, si algún
término tiene simultáneamente una va-
riable x y su complementaria, x’, al estar ambas multiplicándose
entre sí, el resultado de esta multiplicación es cero, por lo
que podemos eliminar sin pudor alguno el término completo. Así, si, por ejemplo,
resultara un término
, al ser
, queda
, y
podemos eliminar el término completo, pues sa- bemos que
. Además, si quedan dos o más términos
exactamente iguales,
se
pueden
eliminar todos menos uno,
puesto que sabemos también que .
Bien, ahora tenemos ya la expresión reducida a una suma de productos distintos… pero no es suficiente, porque es posible
que no en todos los productos estén
representadas todas las va- riables,
lo que era uno de los requisitos iniciales.
De hecho, en el
ejemplo anterior son 4 las variables y ningún término tiene más
que
dos…
Hay
que
hacer
algo
para
que todos
los términos tengan todas las variables,
bien
com-
plementadas, bien sin complementar, que era el
requisito pre- vio, si os acordáis.
Para solucionarlo:
Paso 3: Multiplicar los términos a los que les falte alguna varia-
ble x por (x+x’), que, como es igual
a 1, no cambia el resultado.
Por ejemplo, si son tres las
variables de una cierta función f(x,y,z), y tenemos un término
xy’ (sin z), entonces éste se
multiplica por (z+z’), quedando entonces .
Nuevamente, si como
consecuencia de todas estas operaciones resultan dos o más
términos iguales, se eliminan todos ellos menos uno, debido a la
consabida idempotencia:
En fin, tras la aplicación secuencial de estos
tres pasos tenemos la misma fórmula
original, bien masajeada, vale, pero la misma
original, expresada de la forma pedida.
A esta forma de organizar las fórmulas booleanas se le denomi- na Forma Normal
Disyuntiva (FND), y veremos que nos será de
gran utilidad más adelante… y hasta aquí puedo contar
de momento.
Veamos un ejemplo:
Sea . Con tres variables, como podemos
ver: x,y,z. ¿Cuál es su Forma Normal
Disyuntiva?
Aconsejo a los que os interese todo esto que intentéis realizar el
proceso vosotros solos, tenéis
conocimientos y argumentos
más que suficientes para hacerlo… y es fácil.
Según el
paso 1, se eliminan los complementos en paréntesis
(por
Ley de De Morgan).
queda, en primer lugar,
, que a su vez queda
. Reordenando los productos (gracias a la
propiedad conmutativa) queda, por fin:
.
Ahora aplicamos la distributiva (paso 2).
Primero, sacamos en los dos
primeros
términos como sumando común a x (mira que
resulta raro lo de sacar “sumando común”… más vale acostum- brarse), y entonces queda:
. Ahora aplicamos
de nuevo la distributiva en el primer paréntesis, y queda:
; zz’ es cero, así que lo
eliminamos, y queda:
. Otra vez la distributiva, y queda:
, y otra vez
más y queda, finalmente:
.
Como xx’ es igual a cero, lo mismo que yy’, queda finalmen-
te: .
¿Ya está? Pues no, aún queda el último paso.
Uno de los dos términos
(xy’) no tiene la variable
z, así que lo multiplicamos por (z+z’), que es, obviamente, 1 (paso 3), y
te- nemos que la fórmula
original, ésa tan fea de ahí arriba, es equivalente a , mucho más bonita, dónde va a
parar, que ya está en Forma Normal Disyuntiva.
Si os lo estabais preguntando, sí, efectivamente, también hay una Forma Normal Conjuntiva, que es parecida
a la FND, pe- ro
sustituyendo los + por · y viceversa,
así que lo que resulta es un producto de términos tal que
cada uno de ellos es una suma que contiene todas las variables, complementadas
o no, en vez de una suma de
productos…
La demostración es idéntica, en realidad, a la de la Forma Nor-
mal Disyuntiva, cambiando, en los pasos 2 y 3, el 1 por el 0 y el
+ por el ·, y viceversa. Ya lo sabéis:
todo en álgebra de Boole es dual.
Podríamos ahora definir
una Forma Normal
Disyuntiva Com-
pleta, que es, para
n variables, la suma
de todos los productos
posibles de esas n variables complementadas y sin complemen- tar, que, como es fácil
comprobar, son en total : las permuta- ciones de 2 elementos (los dos
estados: complementado-sin complementar) tomados de n en
n.
Se demuestra fácilmente
que esta Forma Normal Disyuntiva
Completa es igual a la unidad (a
1, en realidad: es algo muy in- tuitivo, yo no voy a hacerlo aquí).
Por otra parte, se
demuestra también fácilmente
que, suponien- do como conjunto de valores posibles sólo 0 y 1, y
dando a las variables valores
arbitrarios entre estos valores 0 ó 1, en la Forma Normal Disyuntiva Completa sólo habrá un único término que valdrá 1 y todos los demás, 0 (y su suma, 1, claro, al sumar
muchos ceros y un único 1).
Esto es así porque para que un término (producto) cualquiera
valga 1 en estas condiciones, todas
las variables que lo compo- nen
tienen que valer 1, por lo
que habrá sólo una combinación plausible: cualquier otra combinación variará en al menos un valor de una variable, que será
entonces 0 y anulará al término completo, al estar esa variable que es igual a cero multiplicando al resto.
Y lo mismo ocurre con la Forma
Normal Conjuntiva, pero al re- vés,
claro: la Forma Normal Conjuntiva Completa será siempre cero, por los mismos argumentos, aunque cambiando
el 0 por el
1 y la suma por la multiplicación, y viceversa. Ah, la dualidad, siempre la dualidad en el
álgebra de Boole.
Un pequeño ejemplo
para fijar las
ideas (recordad que en este caso
concreto los valores permitidos de
las variables sólo pue- den ser 0 y 1):
Mirando la Forma
Normal Disyuntiva
Completa de un conjunto
de tres variables, x,y,z,
uno de los términos que la forman es,
necesariamente, .
Este término sólo puede valer 1 para los valores
siguientes de
las variables: x=1; y=0; z=1. Si los valores de las variables fue- ran exactamente estos, ¿qué les ocurrirá
al resto de términos
de la FNDC, por ejemplo al ?
Pues que variarán en al menos la
complementación de una va- riable, en nuestro
ejemplo en dos: x e y. Y al variar
en alguna variable, quiere decir que alguno de
los términos del producto
será 0, por lo que el producto
completo será cero.
Efectivamente, siendo x=1; y=0; z=1, el producto es cero. Y todos los demás también, salvo el que cité al principio, el
, que valdrá 1.
Luego la FNDC se compone de la suma de un único término que
vale 1 y otros siete que valen
todos 0, por lo que la suma final
es… 1. Siempre 1.
Vale, todo
esto está muy bien, pero… ¿Para qué
diablos sirve esta dichosa Forma Normal Disyuntiva?
Pues para saber si dos funciones son en
realidad la misma, puesto que toda función que sea igual
a otra tendrá su misma
Forma Normal Disyuntiva
(y también su misma
For- ma Normal Conjuntiva, claro).
Esto nos será de gran utilidad más adelante, porque
podemos representar la FND de cualquier función booleana
en for- ma de tabla… y esto será crucial para comprender según qué
sistemas. Habrá que esperar
a los siguientes capítulos del libro
para irlo descubriendo.
Paciencia.
Veamos entonces cómo quedaría
la fórmula que habíamos visto antes, aquella tan fea en la que,
tras operar convenientemente, habíamos visto que su Forma Normal Disyuntiva era finalmente la siguiente: .
Para rellenar la dichosa tabla, representamos todos los
valores posibles de la Forma Normal Disyuntiva
Completa (en este caso serán ), y entonces
marcamos con un 0 los
términos que no están en su FND, y con un 1 los que
sí están, proceso que convendréis conmigo que es bastante sencillo.
Y el resultado es:
|
V: x |
V: y |
V: z |
f(x,y,z) |
|
x |
y |
z |
0 |
|
x |
y |
z’ |
0 |
|
x |
y’ |
z |
1 |
|
x |
y’ |
z’ |
1 |
|
x’ |
y |
z |
0 |
|
x’ |
y |
z’ |
1 |
|
x’ |
y’ |
z |
0 |
|
x’ |
y’ |
z’ |
0 |
Las cosas
empiezan a tener sentido, ¿no?
Aquí se acabó
la clase, aquel frío otoño
de 1973. Y el capítulo
con ella. En los capítulos que vienen a continuación usaremos continuamente estas tablas
de valores, así que mejor compren- derlas muy bien…
III- Álgebra de Circuitos
En el
capítulo anterior trasteamos con la definición de la Forma Normal Disyuntiva en un Álgebra de Boole. Dije allí que sería
importante para todo lo que vendría más adelante; aquí comen-
zaremos a ver cuál es esa importancia.
Repito una vez más que uso para confeccionar este pequeño li- bro
los apuntes de Lógica de mi Segundo de Carrera, allá por
1973-74, impartidos por D.
José Cuena, Pepe para casi todo el
mundo.
Nueva semana, nueva clase. Don José
Cuena aparece con cinco
minutos de retraso (¡Pardiez, él
también es humano!) y comien- za su clase, definiendo qué es un interruptor… un interruptor
eléctrico. Bueno, no es
que nos describiera físicamente
dicho artilugio infernal
(materiales, tamaños, tolerancias, etc), no, si- no para qué sirve.
Un interruptor
es, definido de este modo, un artefacto
eléctri- co que sirve para dejar pasar
la corriente en un circuito o para cortarla, según que esté en estado Cerrado o Abier-
to, respectivamente. Es decir,
“la llave de la luz”, vaya.
Un interruptor eléctrico,
y su diagrama
Un interruptor puede estar en dos posiciones, mediante el ac- cionamiento del mecanismo, que
lo pone bien en estado “A” (y la corriente se corta),
bien en estado “C” (y la corriente sigue su curso). O sea, mismamente una llave de la luz,
sin ir más lejos.
Entonces, tras esta ingenua definición, comenzó Don José a modelizar cómo son los circuitos eléctricos, compuestos de ca- bles e interruptores… Veamos qué es lo que pasa. Qué es lo que pasó, en realidad.
En primer lugar, un determinado interruptor puede ser modeli- zado por una variable, digamos “x” por ser originales, que sólo puede adoptar dos valores,
que denotaremos como x y x’, ya
que el interruptor puede estar en uno u otro de los estados, pe- ro no al mismo tiempo: Abierto(A)/Cerrado(C).
Por convención asignamos
el valor 1 al estado
Cerrado (pasa la corriente) y 0 al estado Abierto (no pasa la
corriente), aunque nada nos
impediría hacerlo al revés. Asimismo, ambos estados son complementarios entre sí: lo
contrario a Abierto es Cerrado,
y viceversa, como es evidente.
Representado en una tabla, queda algo tan soso
como:
|
x |
x’ |
|
A |
C |
|
C |
A |
En cuanto a cómo podemos conectar cables e
interruptores, o sea, qué operaciones es
posible realizar con ellos, hay dos ma-
neras, y sólo dos:
En serie: Dos interruptores x e y
están conectados en serie si están conectados uno a continuación
del otro sobre la misma línea. La corriente sólo pasa si ambos interruptores están simul- táneamente
cerrados.
En paralelo: Dos interruptores x e y
están conectados en para-
lelo si están conectados cada uno
en un ramal de la línea, vol- viendo a unirse ambos
inmediatamente después. La corriente
pasa si cualquiera de los interruptores (o los dos) están cerra-
dos.
El esquema de ambos casos es el siguiente:
Entonces, el esquema
de funcionamiento puede establecerse mediante las siguientes tablas, recordando
siempre que 0 signi-
fica Abierto y 1 significa Cerrado. Y
sí, evidentemente, ¡aquí es- tamos usando la Forma Normal
Disyuntiva!, la que vimos en el capítulo anterior.
Empezamos ya a vislumbrar cuál es su enorme utilidad.
|
Serie (·) |
x |
y |
x·y |
|
Paralelo (+) |
x |
y |
x+y |
|
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
|||
|
1 |
0 |
0 |
1 |
0 |
1 |
|||
|
0 |
1 |
0 |
0 |
1 |
1 |
|||
|
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
Es evidente
por su comportamiento que podemos llamar “·” a la operación “conectar
en serie” y “+” a la operación “conectar
en paralelo”, dado que tiene como representación su misma tabla.
Entonces, a partir de este momento
usaré esta notación: cuan- do ponga “+” significa
conectar
en paralelo, y cuando diga “·”, significa conectar en serie.
Ahora lo que corresponde es comprobar qué es el Conjunto
(S,+,·) siendo S un conjunto
de variables (interruptores) que admiten sólo dos valores (Abierto = 0 y Cerrado = 1, porque
para algo son interruptores y sólo pueden estar en esas dos po- siciones) y las operaciones “+,·”, es
decir, las conexiones en pa- ralelo y en serie, respectivamente.
¿Será acaso este conjunto una hermosa Álgebra
de Boo- le? Para que ello fuera cierto debería
cumplir los cuatro axiomas de Huntington que vimos en el primer
capítulo del libro, pero si
lo fuera… entonces no tendríamos que calcular nada más: todos los axiomas y hallazgos
que hicimos para un Álgebra de Boole
cualquiera servirían automáticamente
para el cálculo de circui- tos… Y eso seguramente sería una buena cosa.
Veamos, pues:
¿Son, quizá, conmutativas las operaciones + y ·?
Si escribimos la tabla anterior
como tabla de doble entrada,
po- niendo cada variable
x,y una en abscisas y otra en ordenadas,
tenemos:
|
|
y |
|
y |
||||
|
x |
+ |
0 |
1 |
x |
· |
0 |
1 |
|
0 |
0 |
1 |
0 |
0 |
0 |
||
|
1 |
1 |
1 |
1 |
0 |
1 |
||
Si nos fijamos bien, ambas tablas son simétricas
respecto a la
diagonal “ángulo superior izquierdo
– ángulo inferior derecho”; podemos deducir, por tanto,
que ambas son conmutativas, pues. Además, el sentido común nos
dice que si tenemos dos interruptores a y b conectados en serie,
es indiferente que esté
físicamente antes el a o el b… el resultado
es el mismo, pues só-
lo pasa la corriente si ambos están cerrados, y lo mismo,
o me- jor dicho, lo contrario, si están en paralelo.
Por lo tanto,
sí, los circuitos eléctricos cumplen
con el axioma 1 del álgebra de Boole. Sigamos.
¿Existirán,
tal vez, elementos neutros
para ambas opera- ciones, + y · ? Estos elementos
neutros serán 0 (abierto), pa- ra la suma (conexión en paralelo) y 1 (cerrado), para la multi-
plicación (conexión en serie).
Dado un interruptor cualquiera, si le conectamos un interruptor Abierto (0) en paralelo
(operación “+”), el resultado del circuito,
si circula o no corriente por él, depende exclusivamente
del es- tado (Abierto-0 o Cerrado-1)
del interruptor original.
A su vez,
dado un interruptor cualquiera, si le conectamos un interruptor Cerrado
(1) en serie (operación
“·”), el resultado del circuito, si circula
o no corriente por él, depende
exclusivamente
del estado (Abierto-0 o Cerrado-1) del interruptor
original (de hecho este último caso es equivalente
a alargar el cable conec- tando un
nuevo trozo al trozo original).
Una imagen
que vale más que mil palabras:
En términos algebraicos, pues: x+0 =
0+x = x, por un lado, y
x·1 = 1·x = x, por el otro.
Por tanto, existe un elemento neutro de cada operación, y se cumple el Axioma 2 del álgebra de Boole.
No va mal la cosa. Prosigamos.
¿Serán, por ventura, distributivas las operaciones + y ·
respecto de la otra?
Si nos acordamos, la propiedad distributiva de un álgebra de
Boole obligaba
a que se cumplieran las siguientes ecuaciones:
x·(y+z) = xy+xz, por un lado, y por el otro:
x+(yz) = (x+y)(x+z).
Para ver si, por ventura, se cumplen estas propiedades distribu- tivas, construimos una tabla de valores, con la que comproba-
remos si el circuito resultante tiene o
no corriente al final.
Primero, para la distributiva de
la multiplicación respecto de
la suma, con la FND completa, de
nuevo!, que tendrá 8 filas, es decir, , dado que son tres las variables: x,y,z.
|
x |
y |
z |
y+z |
x·(y+z) |
xy |
xz |
xy+xz |
|
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
|
1 |
1 |
0 |
1 |
1 |
1 |
0 |
1 |
|
1 |
0 |
1 |
1 |
1 |
0 |
1 |
1 |
|
1 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
0 |
1 |
1 |
1 |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
0 |
1 |
0 |
1 |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
0 |
0 |
1 |
1 |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
Esta tabla la
hemos construido, paso a paso,
fijándonos siempre
en si la corriente circula
o no en cada uno de los 8 casos repre- sentados por la combinación de las tres primeras columnas.
El esquema de construcción es el siguiente:
La quinta columna de la tabla, x·(y+z), muestra el resultado del circuito
mostrado en el primer dibujo; mientras que la última columna, xy+xz, muestra
el comportamiento del representado
en el segundo dibujo.
Se ve con claridad que ambos
son perfectamente equivalentes, pues con cada posible posición de todos los
interruptores, siem- pre que la
corriente circula en el primer
circuito, circula también en el segundo
circuito, luego ambos circuitos son equivalentes, y por consiguiente
cumplen esta propiedad.
Sólo queda comprobar la propiedad distributiva
equivalente, es decir, si la propiedad distributiva de la
suma respecto de la mul- tiplicación se cumple también, y lo haremos de la misma
forma, construyendo también
su correspondiente tabla de valores.
En este caso, el esquema de construcción es el siguiente:
Veamos la tabla de valores correspondiente:
|
x |
y |
z |
Yz |
x+(yz) |
x+y |
x+z |
(x+y)(x+z) |
|
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
|
1 |
1 |
0 |
0 |
1 |
1 |
1 |
1 |
|
1 |
0 |
1 |
0 |
1 |
1 |
1 |
1 |
|
1 |
0 |
0 |
0 |
1 |
1 |
1 |
1 |
|
0 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
1 |
|
0 |
1 |
0 |
0 |
0 |
1 |
0 |
0 |
|
0 |
0 |
1 |
0 |
0 |
0 |
1 |
0 |
|
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
0 |
Esta tabla la hemos construido también paso a
paso, fijándonos siempre en si la corriente circula o no en cada caso.
La quinta
columna, x+(yz), muestra
el resultado del circuito del primer dibujo, cuándo circula
la corriente y cuándo no circula, mientras que la última columna,
(x+y)(x+z), muestra el com- portamiento del circuito del segundo dibujo. Idénticas.
Por tanto,
podemos asegurar que en los circuitos se cum-
plen ambas propiedades
distributivas, es decir, cumplen
también el axioma 3 del álgebra de Boole.
Bien, bien, vamos
bien… Sigamos con el último
axioma que nos queda por comprobar.
¿Existirá, por una afortunada
coincidencia, un elemento
complementario para
cada elemento de S, es decir, para cada conmutador?
Ésta sí que es fácil, pues refleja la característica
más caracterís- tica (valga
la redundancia) de un interruptor: que puede estar
abierto o cerrado…
y nada más: no puede estar casi abierto
y medio cerrado a la vez, al
menos si no tenemos en considera-
ción efectos cuánticos y demás… y
aquí no encontraréis ni una palabra sobre cuántica,
que para eso ya está la prodigiosa serie de Pedro en El Tamiz.
Y dado que un interruptor puede estar Abierto
(0) o Cerrado (1), estados que, si al interruptor lo llamamos x, denominare-
mos x’ y x, respectivamente, por convención (es decir, un inter- ruptor puede estar en estado
x, cerrado, o x’, abierto), entonces
cumplen que x+x’=1 y que x·x’=0.
Los siguientes dibujos representan ambas situaciones, donde se puede
comprobar fácilmente el cumplimiento de ambas suposi- ciones.
En el primero,
en serie, sea cual fuera el valor de x, Abierto o Cerrado, su complementario
x’ tiene el valor contrario. Por tan-
to, uno de los dos está siempre Abierto…
y como consecuencia no hay corriente
en el final del circuito. Lo contrario pasa si es- tán conectados en
paralelo; uno de los dos estará necesaria- mente Cerrado, lo que
garantiza que al final del circuito
haya siempre corriente.
Por lo
tanto, los circuitos cumplen
también el Axioma 4 del ál-
gebra de Boole. Y como éste postulado
era el último que queda- ba, eso quiere decir
que los circuitos cumplen todos los axio- mas del álgebra de Boole.
Estupendo.
¿…Y entonces?
Pues que vamos a poder representar circuitos
eléctricos con funciones booleanas. Ni más, ni menos. Así que lo pri-
mero que haremos es denominar
Álgebra de Circuitos a las
operaciones que podemos hacer con circuitos, añadiendo o qui- tando interruptores… Y el álgebra de Circuitos
es un álgebra de Boole, una vulgar y nada especial
álgebra de Boole, un ál- gebra de Boole monda y lironda.
Como consecuencia, todas
las transformaciones,
teoremas y cositas
varias (como la Forma
Normal
Disyuntiva) que hemos encontrado y demostrado para el álgebra de Boole
son inmediata y directamente aplicables al diseño de cir- cuitos.
¡Casi nada! Ya habéis aprobado el primer curso de Electricis- ta. Hala. Ya sólo os queda aprender
todas esas tonterías de la Ley de Ohm, los voltajes y los amperios
y cuándo no conviene
tocar con los deditos
un cable pelado para no tener que bailar
claqué sin pretenderlo, pero eso, leyendo el libro que sobre Electricidad escribió Pedro en El Tamiz, es pan comido.
Bueno… o no.
Algunos electricistas me he topado yo a lo largo de mi vida que
si tuvieran algún conocimiento de álgebra
de Boole hubieran mucho mejor su trabajo, porque… ¡tengo cada chapuza de co- nexiones de cables en mi casa!, como,
por ejemplo, que la luz del pasillo esté simultáneamente
conectada a dos diferenciales diferentes, o que cuando se va una zona determinada, la de la cocina, porque salta el diferencial al enchufar la plancha, la la-
vadora y el horno a la vez, entonces el salón, que no tiene nada que ver en
teoría, se queda a media luz…
Misterios de las co- nexiones escondidas en tubos, cajas y empalmes. Escondidas,
sí, pero mal hechas.
Volviendo a lo nuestro, Don José
Cuena estuvo varios días dan- do vueltas a la teoría de Circuitos; hablando sobre Diseño de Circuitos, o viendo, por ejemplo, el método de Karnaugh para simplificar circuitos. Esto de simplificar circuitos es útil cuando
te dan un circuito embarullado, como los de mi casa sin ir más lejos, y tienes que
buscar un circuito equivalente más
sencillo que haga lo mismo…
Ojo, lo mismo, no lo correcto, que eso es otra cosa.
No voy a entrar en detalle en esta parte, sin
duda muy intere- sante, pues a mí me ha servido muchas veces ante el dilema de
cómo conectar de la mejor manera posible algún cacharro en casa, pero
que se escapa del alcance de este libro. No quiero entrar en conflicto con ningún
sindicato de electricistas.
Además, Javier “J” Sedano publicó
un magnífico artículo sobre el
método de Karnaugh dentro de la propia serie Eso que llama- mos Lógica
en El Cedazo, artículo que encontraréis como Apén-
dice II al final de este libro.
Sólo voy a poner un único ejemplo de cómo diseñar un circuito
que probablemente sea de los más
útiles que necesitaremos en nuestras mansiones: cómo instalar
un foco, lámpara o simple bombilla desnuda regulada por dos conmutadores.
Un conmutador es parecido a un interruptor, tan parecidos como que por fuera son igualitos, pero con
dos salidas en vez de una; por lo tanto lo
que
hace en realidad es enviar (conmutar) la co-
rriente por uno u otro camino,
en vez de simplemente interrum-
pir o no la corriente.
Su diagrama es el siguiente:
Fijaos que en realidad el conmutador no interrumpe nada, tan sólo deriva (conmuta)
la corriente eléctrica por uno u otro cable, según que su mecanismo esté situado
en una u otra posición. O sea, siempre
tiene un lado abierto y el otro cerrado
(salvo los nanosegundos en que el mecanismo en movimiento, en que no está en contacto con ningún borne…
pero mejor vamos a obviar esto, ¿no?).
En realidad, bien se podría usar un conmutador
como mero in- terruptor, simplemente no conectando
nada a una de las dos salidas. De hecho la mayoría de
aparatos comerciales que se venden
hoy por ahí son todos conmutadores, pues el pequeño sobrecoste de la circuitería adicional no compensa
comercial- mente fabricar y distribuir varios tipos de mecanismo.
Son cosas
de la economía moderna: en mis tiempos eso no pa- saba, había conmutadores e interruptores, que eran bastante más baratos,
aunque hay que reconocer que los interruptores eran
redondos, con una especie de palomillas
giratorias que, en una posición, por ejemplo en vertical, estaban abiertos,
mien- tras que en la otra, en horizontal, estaban cerrados…
a ver quién es el artista
que diseña un conmutador con semejantes características.
Volviendo a nuestro caso, lo que tenemos es una habitación normal y corriente
en la que hay dos llaves
de la luz (conmuta- dores en este caso), una en cada extremo de la habitación, y
queremos que cualquiera de las llaves encienda/apague la luz independientemente de la posición de la otra, es decir, que si la
luz está encendida, al accionar cualquier conmutador se apague, y
viceversa, si está apagada,
que se encienda cuando accione-
mos cualquiera de los dos. Lo mismito que tenemos en el salón
o el dormitorio, vaya.
Lo primero de todo es modelizar el comportamiento de nuestro sistema, teniendo
en cuenta que llamaremos a los dos conmu-
tadores x e y, para variar. Para ello crearemos la tabla de esta- dos, en la que modelizaremos nuestro sistema de dos conmuta-
dores.
¿Cómo hacemos
eso?
Mediante la Forma Normal Disyuntiva, desde
luego. La tabla resultante es la siguiente:
|
x |
y |
¿Hay luz? |
|
1 |
1 |
1 |
|
1 |
0 |
0 |
|
0 |
1 |
0 |
|
0 |
0 |
1 |
El primer valor (un 1) lo ponemos arbitrariamente, pues en
principio igual nos da que en este caso haya luz
o no
en la habi- tación… salvo que seáis unos frikis
como yo y os empeñéis
en que cuando todos los interruptores o conmutadores
de la casa están hacia abajo, esté toda la casa apagada… Ese truco permi- tiría dejar todas las luces de la casa apagadas incluso cuando no hubiera electricidad. En fin, cosas
mías.
Lo importante, digo, es que una vez fijado este caso inicial,
con una única pulsación
sobre cualquier conmutador la luz se apa-
gue, y una vez apagada,
con una única pulsación sobre cual- quier conmutador la
luz se encienda. Eso quiere decir
que, des- de el estado
inicial (1,1), una única variación en cualquiera de los dos
conmutadores (0,1) ó (1,0), debe apagar la luz; mien- tras que a partir de cualquiera de estos dos estados, un único
cambio en cualquier variable, o sea, una pulsación en cualquier conmutador, encienda la luz. Esos dos estados son
el (1,1) ori- ginal o el (0,0).
¿Se ve claro? Espero que sí.
Pues ahora podemos
darnos cuenta de una pequeña sutileza:
si sumamos (ojo: esta vez, y sin que sirva de
precedente, utiliza- remos una suma numérica
normal, no booleana) los valores 0 ó
1 de cada fila, si la suma da un valor cero o par ( (1,1) suma 2, y (0,0) suma 0), el sistema debe estar encendido; mientras que
si el resultado de la suma es
impar ( (0,1), (1,0), que
ambos suman 1), el sistema
debe estar apagado. Interesante,
¿no?
Bien, ahora escribamos la función booleana que describe el sis- tema a partir de la tabla de funcionamiento, que ya sabéis que
es la Forma Normal Disyuntiva de la Variable. La función “Bom- billa encendida” se representa por la función
f(x,y)=xy+x’y’. Es
decir, ambos conmutadores pueden estar o bien “hacia arri- ba” o “hacia abajo” para que la corriente transite por la bombilla y podamos
leer a su luz algún buen libro…
¿Cómo se implementa
esta función xy+x’y’ con los conmutado- res? Fácil; mediante su conexión
de la forma siguiente:
Ahora, sabiendo esto, podemos
diseñar circuitos donde no haya dos conmutadores para encender/apagar
un sistema, sino que haya tres, cuatro…
Se crea la tabla de valores de todos los esta- dos
posibles de todos
los conmutadores
( posibilidades), y se marca cuáles de ellos deben dar como resultado de la
función “Apagado” (0) ó “Encendido” (1). Para
no equivocarse al asignar
valores, se puede uno ayudar por el
truco de sumar todos los valores (con una suma numérica
normal) y asegurarse que to- dos los valores impares tengan el
mismo valor final (0 ó 1, igual da), y los valores pares o cero, el contrario. Este truco garantiza que desde cualquier posición,
el cambio de una única variable (o
sea, el accionamiento de un conmutador cualquiera) cambia el resultado de la suma en 1, en más o en menos, y eso cambia la
paridad del resultado final, y por tanto, el
valor Encendi- do/Apagado de nuestra bombilla.
Así que, si os viene en gana y queréis practicar, podéis diseñar cómo sería el circuito para tener tres
conmutadores que go- biernen el encendido de una bombilla: uno en la entrada de la habitación,
otro al lado de la cama y el tercero
al lado de la me- sita. No deberíais
tener ningún problema en llegar a la función.
Pero quizá sí lo tengáis
al diseñar el circuito… porque necesita- réis de un nuevo mecanismo que llamaremos conmutador de cruce,
conmutador/cruzador, o simplemente “cruzador”, cuyo diagrama de actuación es el
siguiente:
En la imagen no sólo está el diagrama del cruzador, sino tam-
bién el diagrama técnico de un
cruzador comercial, para mayor información.
En una de sus posiciones, el
conmutador-cruzador permite el paso directo de corriente, de a a c y de b a d, mientras que en
la otra permite el paso cruzado de la corriente,
de a a d, y de b a c.
Como veis, este conmutador no interrumpe nunca la corriente, sino que deriva ambas entradas por un camino o por su contra-
rio, dependiendo de su posición. Ya sólo os queda diseñar el cir-
cuito…
Para terminar
el capítulo, uno de los problemas que nos puso Don
José en el examen sobre circuitos, allá por las navidades
del 73, aunque lo he tuneado un poco … No es muy difícil, pero sí muy divertido.
No voy a dar la solución para no chafaros
el disfrute de hacerlo y
aprender un poco más sobre circuitos eléc-
tricos. Dice así:
“Pedro, J y Mac, como no tienen otra cosa que hacer, están ju-
gando a cara o cruz con una moneda cada uno y un dispositivo eléctrico con tres botones,
cada uno de ellos asociado
a cada uno de los jugadores,
que denominaremos p, j y m.
“Cada jugador lanza su moneda y
pulsa el botón correspondien-
te si sale cara y no lo pulsa si sale cruz.
“Gana el juego el jugador que tenga un valor en su moneda dis- tinto al de
los otros dos. Por ejemplo, si Pedro tiene
cara y J y Mac tienen cruz, gana Pedro. O si
J tiene cruz y Pedro y Mac tie-
nen cara, gana J. Si los tres valores son iguales, no gana nadie.
“Se pide
diseñar un circuito con un origen (una toma única de corriente) y cuatro bombillas que se iluminan: la
bombilla 1, si gana Pedro; la bombilla 2, si gana J; la bombilla
3, en
el alta- mente improbable
caso de que gane Mac; y, por fin, la bombilla
4
si no gana nadie.”
Que sepáis que aquél que logre resolverlo (no es tan difícil) no
va a
poder patentarlo… ¡Ya lo hice yo, je, je!
Incluso me sirvió para aprobar el primer
parcial de la asignatura.
Hasta aquí lo que voy a contar sobre circuitos eléctricos. En la red podéis encontrar
mucho más y mejor que esta breve intro-
ducción. Y, desde luego, en cualquier
curso sobre electricidad.
Pero no contado de esta manera, me temo.
En el próximo capítulo, una vez
bien sentadas las bases, empe- zaré
a hablar (mejor dicho: Pepe Cuena empezará a hablar), de una vez por todas, de algo parecido a la Lógica.
IV- El álgebra
de Conjuntos, revisitada
En el
capítulo anterior de este libro
dedicado más o menos a la
Lógica dimos un vistazo
necesariamente rápido
al álgebra de Circuitos. Me dejé por contar
bastantes cosas sobre simplifica- ción de circuitos,
diseño, etc,
sobre
todo
por
el
método
de Karnaugh (en realidad
se suponía que muchos
de nosotros nos tendríamos
que dedicar al diseño de hardware,
así que se contaban todas estas cosas; luego, el 95% o más de nosotros nos dedicamos al software) pero creo que no aportaba gran co-
sa a lo que quería contar.
Además, en la red se encuentra bastante documentación al res- pecto para los electricistas en ciernes,
incluyendo el estupendo artículo de J en El Cedazo que encontraréis en el
Apéndice II de este librito.
Así que seguiré
con la asignatura de Metodología de mi Segundo
de Carrera, impartida por Don José
Cuena Bartolomé en el Insti- tuto de Informática (antes de que se convirtiera en Facultad), allá
por finales del año 1973…
Bueno, pues
tras contar teoría sobre al álgebra
de Boole y su
inmediata aplicación a los Circuitos
eléctricos, Pepe Cuena entró a saco a la Teoría de Conjuntos (ésa que conocíamos malamen- te desde el Bachillerato, con sus diagramas de
Venn y todo eso), pero con una orientación
bastante diferente de la que habíamos visto entonces, con una orientación muy… lógica, si se me permite
la expresión.
Enseguida veréis por qué digo esto…
Los conjuntos, definidos de la forma clásica,
es decir, todos aquellos grupos de elementos dentro del
“Conjunto Universal” que son
factibles de agruparse por cualquier criterio,
más las operaciones Union (+) e Intersección (·), forman un álgebra de Boole, eso es algo bastante claro. De hecho, fue este conoci- miento (al que llegamos tras horas de frustrantes especulacio-
nes, como conté en el primer capítulo del libro) el que nos libró de
ser ingresados en un frenopático cuando nos enfrentamos
por vez primera
con el álgebra de Boole, así que lo dábamos por descontado.
Aviso: A lo largo
de este capítulo dedicado al álgebra
de con- juntos, y en contra de lo normalmente aceptado,
usaré siempre
![]()
· y + en vez de y . Con ello pretendo afianzar la idea de que el álgebra de conjuntos es un álgebra
de Boole de lo más nor-
malita.
Para aquellos de vosotros
que tengáis un poco oxidados los con-
juntos, justo a continuación tenéis un
par de ellos para vuestro uso y disfrute, A (azul)
y B (rojo), inmersos en un “Conjunto
Universal” verde que te quiero verde…
Dos conjuntos típicos
en un Diagrama de Venn
La intersección entre A y B es la
parte gris rayada; la unión en-
tre
A y B es… todo lo que no es verde; el complementario de A
es lo que le falta para ser el Universal, es decir,
lo que no es azul (y el complementario de B,
lo que no es rojo), etc, etc. Pa-
ra fijar ideas, suponed, por ejemplo, que el
conjunto A son “los
rubios” y el conjunto B, “los que tienen más de cincuenta años”, y
rápidamente podéis poner cara y ojos a todos y cada uno de los grupitos que aparecen en el dibujo.
También os acordaréis de que un conjunto puede contener a otro. Por ejemplo,
el conjunto de los europeos contiene al con-
junto de los españoles, y a su vez el conjunto de los españoles está contenido
en el conjunto de los europeos, y decimos que “los
españoles” son un subconjunto de “los
europeos”… Hasta aquí no creo que haya descubierto
nada nuevo.
Entremos, pues, en materia:
Es evidente que, lidiando con conjuntos:
1- Las dos operaciones
(+,·, es decir, Unión e Intersección) son conmutativas.
2- Existe un elemento neutro para
cada operación: el Conjunto Vacío, o 0, para la unión (+) y el Conjunto
Universal, o 1, para la intersección (·).
3- Ambas operaciones cumplen la
propiedad distributiva respec- to de la otra ( A·(B+C) = A·B+A·C; y A+(B·C) = (A+B)·(A+C)
).
4- Todo Conjunto A tiene su complementario A’ tal que A+A’=1
y A·A’=0, es decir, el Conjunto
Universal menos el propio
con- junto A.
Así que, al cumplir con los axiomas de Huntington, no queda
duda de que los conjuntos, con la Unión y la Intersección,
forman un álgebra de Boole.
En teoría de conjuntos, una cierta información aplicada a un cierto
conjunto permite determinar un
subconjunto de él. Por ejemplo, si tenemos
el conjunto de todas las ovejas de un reba- ño,
aplicando una cierta información,
un cierto atributo de ellas (el de ser negras, por ejemplo)
define un subconjunto
del ante- rior, el que forman las ovejas negras del
rebaño, o sea, aquellas ovejas que, perteneciendo al rebaño, son negras, es decir,
aquellas ovejas en las que se cumple que la frase “ser negra” es verdadera, siendo una oveja negra
la intersección entre las ove- jas y las cosas que son negras... o
algo así.
Como no todas las ovejas del rebaño son negras (o
sí, quién sa- be, pero en principio esto es irrelevante),
se define la relación
“Estar contenido en” () por la que denotamos que todos
los elementos de un determinado conjunto
pertenecen también a otro conjunto de rango superior. Estrictamente, un conjunto A es contenido por uno B (
) cuando todos los elementos de A
están también en B, pero el conjunto B puede tener más ele- mentos que no estén contenidos en A… o no, en cuyo caso A y
B serían iguales (
). En este caso, tanto A contiene
a B como B contiene a A.
Si os acordáis del
segundo capítulo del libro, dedicado
funda- mentalmente a definir la Forma Normal Disyuntiva, comenzaba explicando qué era la relación
, y cómo esta re- lación “menor o igual que”
definía en un álgebra de Boole una
relación de orden parcial. Pues bien, tratándose de conjuntos, la relación “es contenido
por” es equivalente a la relación
, y, por tanto, es también de orden parcial.
Como consecuencia, sólo queda decir que es lo mismo
que decir que . O sea, en español
corriente, que si un con- junto A está contenido en otro conjunto B, entonces la in- tersección de
A
con
el
complementario de B
es el conjunto vacío.
No… no pongáis
caras raras, que es algo evidente.
Echad una ojeada al siguiente dibujo (que
ya salió hace un par de capítu- los), y lo entenderéis.
Si A está contenido en B, entonces la intersección de A (la zona
azul) con el complementario de B (B’, o sea, la zona gris) es el conjunto vacío, pues no comparten ni un solo elemento… Fácil.
Bien, pues ya tenemos todo lo
que necesitamos para operar con
conjuntos. Porque al saber que el
álgebra de conjuntos es un álgebra de Boole, sabemos que en la
relación de orden se cum- ple la propiedad
transitiva,
es
decir,
si y
, enton- ces
… y
eso nos lleva probablemente a entender de una
forma nueva (o, bueno, quizá no tan nueva) las implicaciones
de la teoría de conjuntos…
Veamos un ejemplo.
Supongamos que tenemos una serie de
afirmaciones que se su- ponen ciertas referidas
a un cierto entorno, un país, pueblo… o a toda la humanidad, tanto da:
1 – Un hombre que no es feliz no es dueño de sí
mismo.
2 – Todo hombre casado tiene responsabilidades.
3 – Todo hombre, o bien está casado o es dueño de sí mismo o
ambas cosas.
4 – Ningún hombre con responsabilidades puede pescar todos los días.
¿Qué podemos decir de esta comunidad de vecinos, aplicando lo que sabemos de teoría de conjuntos y del álgebra de
Boole?
En primer lugar,
definimos un Conjunto
Universal, que engloba a
todos los hombres de ese entorno
al que se refiere el enuncia- do, y definimos luego una serie de
conjuntos (contenidos en ese
Conjunto Universal) que definimos
según la propiedad o propie- dades definidas por las frases.
En una palabra,
cada afirmación está definiendo de forma implí- cita un subconjunto del Conjunto Universal… y estos subconjun-
tos son (en todos los casos, x representa a un hombre pertene-
ciente al Conjunto Universal):
Conjunto F: x es
feliz.
Conjunto D: x es
dueño de sí mismo.
Conjunto C: x está
casado.
Conjunto R: x tiene
responsabilidades.
Conjunto P: x puede
pescar todos los días.
Si no supiéramos nada más, esto podríamos
representarlo, grosso modo, de la siguiente
manera (siendo el conjunto H de todos
los hombres, el Universal), o
de cualquier otro modo don- de los
conjuntos tengan cualquier otra
configuración posible:
Posibles Conjuntos y
Subconjuntos de H
Pero, claro, en realidad
sí que tenemos información adicio-
nal que nos ayuda
a establecer determinadas relaciones entre esos conjuntos… veamos cómo:
1 – Un hombre
que
no
es
feliz
no
es dueño de sí mis-
mo podemos expresarlo
como que el conjunto de los “no felices” está contenido en el conjunto de los “no dueños de sí mismos”,
y lo representamos como , pero también podemos
co- mo
, pues al complementar ambos términos de la ecuación cambia el signo de la relación, o sea,
el orden.
Traduciendo
esta afirmación, , al español corriente, lo que
dice es que el conjunto
de los Dueños de sí mismos está conte-
nido en el de los Felices, es decir,
los dueños de sí mismos son felices, cosa implícita en la frase del enunciado, pero que no es, ni mucho menos, tan evidente. Es
decir, de la imagen genérica que teníamos antes, ya podemos
decir algo más sobre este par de conjuntos
en particular.
A continuación, una representación de estos dos conjuntos, Dueños de sí mismos y
Felices (subconjuntos del Universal H, en realidad) tal como son uno respecto del otro.
Sigamos con el resto de enunciados:
2 – Todo hombre
casado
tiene
responsabilidades. Es de- cir: , pero también
, por la misma
razón que antes.
![]()
![]()
3 – Todo hombre, o bien está casado o es dueño de sí mismo o ambas cosas. En una palabra: , pues la unión entre los
conjuntos C (los casados) y D (los
dueños de sí mismos) abarca a todos los hombres. Por lo tanto, siendo H el universal, pode- mos reescribir la
ecuación como … o , que,
como sabéis, es lo mismo, gracias a la
tan
socorrida Ley de De Morgan.
Sí, sí, es
así, es lógico: si C
y D
cubren conjuntamente todo el
Universal, el H, podemos
decir que todos los hombres (elemen- tos del conjunto universal) pueden
estar en una de estas tres
situaciones, y sólo en una: pertenecen
a C, pero no a D; perte- necen a D, pero no a
C; o
bien pertenecen simultáneamente a C
y a D. No hay nadie que esté en C’·D’.
El siguiente diagrama lo ilustra, siendo la parte
marcada en tur- quesa la intersección de ambos
conjuntos C y D.
Los Casados y los
Dueños
de sí mismos.
Luego la intersección de
los complementarios de cada conjunto es el conjunto vacío. ¿De acuerdo
hasta aquí?
![]()
Bien, entonces tenemos
que . Si
recordamos la defini- ción de la relación de orden parcial “Es Contenido” (), sabía- mos
que
. Luego el hecho de que sea
quiere
decir, simultáneamente, dos cosas:
Una: que . Dos:
que
.
![]()
No os hagáis cruces, que es algo evidente: si lo hacemos ahora
al revés, vemos que la relación
implica que . Pe-
ro también la relación
implica que . Luego ambas relaciones de inclusión
son
válidas. Echad un ojo al diagrama
de más arriba para entenderlo, si aún os quedan dudas.
Por lo tanto,
el tercer enunciado podemos
descomponerlo en dos ecuaciones independientes: y
(que, por cierto,
si os fijáis bien, son cada una de ellas la complementación de la otra).
4 – Ningún hombre con responsabilidades puede pescar todos los días. Es decir: (los que tienen
responsabilidades son un subconjunto
de
los
que
no
pescan
cada
día), y tam- bién
(los que pescan
cada día no tienen responsabilida- des).
De (4) y (2), tenemos que : Los que pescan no están casados. De
la anterior y (3), tenemos que : Los que
Bueno, pues si ahora empezamos a ir tomando los enunciados,
y aplicando la propiedad transitiva inherente a la relación de or- den
, tenemos que:
![]()
![]()
![]()
![]()
pescan son dueños de sí mismos.
De la anterior y
(1), tenemos
que
: Los que pescan son felices.
Bueno, ¡tampoco es tanta sorpresa!
Con todo este conocimiento podríamos representar
todos estos conjuntos, por ejemplo, mediante
la imagen siguiente:
Configuración final de los diversos
conjuntos
Donde los
que pescan son el grupito amarillo que ni
están casa- dos ni tienen
responsabilidades, pero sí que son dueños
de sí mismos y felices; el grupo de los
que tienen responsabilidades son todos
los casados más el grupito azul claro, que sí que son dueños de sí mismos y,
por
lo tanto, felices, pero en cambio no
están casados.
Además, el grupo de los felices
son todos los dueños de sí mis- mos más la franja roja (que están casados, y no son dueños de sí mismos)… en fin, creo que es suficiente.
Igual esta ristra de ecuaciones
os ha dejado temblando… porque
he hecho una serie de conversiones y operaciones que quizá os hayan sorprendido, puesto que estamos hablando de casados,
de gente que pesca y de los que
son felices o no, y no estamos acostumbrados en absoluto a pensar en conjuntos
de personas en términos algebraicos. Llega entonces el tándem
Cuena- Macluskey y se lía a poner ecuaciones…
Lo que he hecho han sido, en realidad, tres
pasos, a saber:
Primero: He convertido los enunciados del problema a ecuacio- nes
algebraicas (de álgebra de Boole,
pero algebraicas, al fin).
Segundo: He operado
con las ecuaciones,
simplificado, etc, hasta llegar a un resultado (o varios
parciales, tanto da).
Tercero: He “traducido”
el resultado o resultados parciales nuevamente
a lenguaje cotidiano: Los que pescan son felices, por ejemplo. Hala.
Y todo esto es una forma de proceder bastante extraña.
¡Un momento! ¿Seguro
que ésta es una forma extraña de proceder? ¿Seguro... seguro?
Pongamos otro problema diferente:
“Pepito tiene diez caramelos
que le ha regalado su tía. Le da tres a su hermana. ¿Cuántos caramelos tiene ahora Pepito?”.
¿Qué hacemos para resolver este singular y dificilísimo proble- ma de Quinto de Carrera?
Primero: Convertimos el enunciado del problema a
ecuaciones algebraicas (de álgebra
numérica “normal”). Decimos que
, siendo x el número de caramelos de Pepito antes de la dádiva a
su hermana, y que , siendo
y el
número de caramelos que le quedan a Pepito al final y 3, los caramelos que intervie-
nen en la transacción.
Segundo: Operamos
con las ecuaciones, simplificado,
etc, has- ta llegar a un resultado (o varios
resultados parciales, tanto da).
Aquí diremos que . El resultado
final buscado es, por tanto,
.
Tercero: Traducimos
el resultado nuevamente a lenguaje coti- diano. Los caramelos que le quedan a Pepito son 7. Hala.
Luego… ¿Qué he hecho yo en el problema de los felices y los ca- sados
que no pescan que sea distinto
a lo que hacemos nor- malmente para resolver
problemas de cualquier tipo? Na- da. Nada de nada.
Únicamente he usado
álgebra de Boole
en lugar de la “normal”, pero
el método
utilizado es ni más ni me- nos que el
de toda la vida.
Espero que esta diatriba
os haya tranquilizado. Un poco, al me-
nos.
Llegados, en fin, a este punto en el que ya no estamos seguros de que si somos felices es porque pescamos o que si nos casa-
mos es porque no sabemos lo que hacemos, vamos a hablar de las ecuaciones
booleanas y las cosas que les pasan que son de
utilidad para nosotros.
Pues es, simultáneamente, y . La
primera da origen a que , mientras que
la
segunda
da
origen
a![]()
En
primer lugar, cualquier ecuación
puede reducirse a una equi- valente
en que el segundo miembro es nulo, lo que no debería sorprendernos, puesto que pasa también en las ecuaciones
al- gebraicas normales. Así,
se reduce simplemente a
, esto es obvio, pero ¿qué hacemos con
la igualdad, ?
![]()
![]()
que
.
Sumamos
miembro a miembro, y tenemos que .
O sea, podemos
sustituir por
.
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
![]()
Además, y como acabamos de observar, podemos reducir
cualquier sistema de ecuaciones booleanas a un única ecuación (lo acabamos
de hacer, de hecho, en el ejemplo). Si tenemos un par de ecuaciones del tipo y
(como
aca- bamos de ver, toda ecuación puede reducirse a una igualdad con el segundo miembro
igual a
cero),
podemos concluir que .
Por si quedan dudas, tomamos la primera ecua- ción, , y sumamos
la identidad a cada miembro, lo que
nos deja . Pero B es cero,
así que . Por
cierto, el sistema es dual, como casi todo en álgebra de Boole:
si las ecuaciones fueran y
, entonces podríamos redu- cirlas a .
Este procedimiento puede generalizarse para
cualquier número de ecuaciones, por lo que es evidente que efectivamente es po- sible reducir cualquier sistema de ecuaciones booleanas a una única ecuación.
Lo que sí puede ocurrir es que un sistema de
ecuaciones boo- leanas sea inconsistente, es decir, que no haya ningún valor
po- sible de sus variables que cumpla
todas las restricciones. Esto se puede ver fácilmente al reducir el sistema de ecuaciones ori- ginal a una sola ecuación y
luego aplicar reducciones… por ejemplo, el sistema
de estas tres ecuaciones es inconsisten-
te: ;
;
. No voy a decir por qué, para no estropearos el placer de descubrirlo vosotros mismos…
Y en el hipotético caso de que os quedéis con ganas de más, in- tentad demostrar si es inconsistente
o no el sistema de tres ecuaciones
booleanas siguiente:
![]()
;
;
Veamos ahora un ejemplo
muy característico, en forma de acer-
tijo de tipo de los que podéis encontrar
en los dominicales, de-
bajo del crucigrama y al lado del
Sudoku. Dice así:
« Del mítico reino de Thule no se sabe nada…
ha estado sumido en la bruma del misterio
años y años. Y más años. Pero cua-
tro
thulianos, de turismo en un barco, naufragan frente a las costas de Galicia y, antes de perecer ahogados, dan alguna in-
formación sobre el reino de Thule.
Esto es lo que cuentan:
« El náufrago
número 1 dice que “En el reino de Thule todo el mundo que lleva pluma roja, o está casado o tiene perro o am- bas cosas”, y a continuación expira, con una
expresión beatífica en su faz.
« El náufrago
número 2 asegura
que “En el reino de Thule no hay ningún casado que no lleve pluma
roja, a menos que sea brujo”, e inmediatamente
fallece plácidamente.
« El náufrago
número 3 afirma que “Todos los thulianos propie- tarios de perro que llevan
pluma roja están casados”, y muere tranquilamente al instante.
« Por fin, el náufrago
número 4, entre estertores, asevera que “No hay brujos en Thule”, y exhala su último suspiro con una
sonrisa en su faz.
« ¿Qué información nos han dado, en realidad, estos cuatro
náufragos? »
¿!!?
No, no me preguntéis por qué razón cuatro honrados y felices ciudadanos del mismísimo y misterioso reino de
Thule, en su última hora, dan una información tan idiota.
Es lo que tienen los acertijos booleanos…
Vamos con las ecuaciones que descifran los cuatro mensajes, teniendo en cuenta que los conjuntos
básicos que aparecen en las declaraciones de los thulianos son:
R: x lleva una pluma roja.
P: x es propietario de un perro.
C: x está casado.
B: x es brujo.
1 – En el reino
de Thule todo el mundo
que lleva pluma
roja, o está casado o tiene
perro o ambas cosas, que se representa
como , o sea,
, o sea, (por
la
Ley de De Morgan).
2 – En el reino
de Thule no hay ningún
casado que no lleve
pluma roja, a menos que sea brujo, lo que se representa co- mo , es decir, .
3 –
Todos los thulianos propietarios de perro que llevan pluma
roja están casados, que se representa como , o lo que es lo mismo, .
4 – No hay brujos en Thule, que se representa
(y ésta sí que es fácil) como .
Espero que, hasta aquí, no haya habido problema para entender de dónde
salen estas ecuaciones.
Ahora sumamos todos los primeros
miembros por un lado, y por
el otro los segundos, que obviamente darán 0, y tenemos que: .
Ahora se
trata de simplificar un poco, a ver qué sale.
Reorde-
nando:
![]()
Ahora, los dos términos
centrales podemos sustituir- los por
.
Esto podemos hacerlo porque
sabemos
que y por consiguiente .
Entonces: . Por tanto, reordenando, queda:
![]()
; sacando factor
común (por la pro-
piedad distributiva) ,
queda:
![]()
, y como , queda
finalmente:
.
Ahora, en base a los términos de la ecuación, e igualando a cero
cada uno de ellos (todos ellos son
cero; si no, recordad, no po- drían sumar cero)
calculamos las relaciones “contenido por” (). Recordemos que en álgebra
de Boole, para que una suma de
términos a+b+…c dé 0 es necesario
que cada uno de los su- mandos, a, b…c, sea 0, es decir, el conjunto vacío si hablamos de
Conjuntos. Obviamente esto no es ni mucho menos cierto en álgebra numérica, la “normal”, pero sí en la de Boole.
Entonces, como , podemos inferir que:
![]()
![]()
, luego
. Por otra parte , luego
. Y por
fin, .
De las dos primeras deducimos que C contiene a
R, pero tam- bién que R contiene a C… ergo
. Así que podemos por fin
informar a nuestros superiores que:
![]()
, es decir, traduciendo de nuevo al lenguaje cotidia- no, todos los casados de Thule, y sólo los casados, llevan
pluma roja, y , o sea, no hay brujos en
Thule.
Ésta es, en definitiva, la información obtenida de los cuatro náu-
fragos.
¿Dolor de
cabeza? Psé, tampoco es para tanto,
de veras.
Si os han quedado ganas de más, ahí va un clásico, que no voy
a resolver de inmediato para no estropear el disfrute:
“En un tren viajan tres empleados
de ferrocarriles, el jefe de tren, el
maquinista y el camarero,
de nombres White, Black y Brown, aunque no necesariamente en ese orden, y viajan tam- bién tres viajeros que tienen los mismos nombres, White, Black
y Brown. Tenemos además los siguientes
datos sobre ellos:
“El viajero Black vive en Washington, pero el camarero vive a mitad de camino entre Washington
y New York, mientras que el
viajero que se llama igual que el camarero vive en New York. El viajero
Brown gana doscientos mil dólares justos al año. El em-
pleado de ferrocarriles de nombre White gana siempre al aje- drez al jefe del tren. Uno de los viajeros es vecino del camarero
y gana exactamente, hasta el último céntimo, el triple que él.
Y la pregunta es… ¿Cómo se llama el maquinista?”
Aunque yo conozco este acertijo desde hace más de cuarenta años,
incluso mucho antes de estudiar
lógica, es relativamente fácil encontrar el acertijo y su solución en la Red. Recomiendo que
no lo hagáis: con un poquito de paciencia y cuidado se
re- suelve bien, y es muy agradecido
de resolver… ¡y siempre po- déis torturar a algún amigo o pariente con el dichoso problema
del maquinista!
En cualquier caso, en el Apéndice I, al
final del libro tenéis la
so- lución, pero exclusivamente para aquellos que queráis compro-
bar si habéis acertado...
Hasta aquí esta visión de la teoría
de conjuntos con un poco de…
lógica. En el próximo capítulo entraré, de una santa vez, en el Cálculo Proposicional, antes simplista que incomprensible.
V- El Cálculo
Proposicional
Este libro
se denomina “Eso que llamamos Lógica”, creo que
os habréis dado cuenta, sobre todo porque lo pone en el enca- bezamiento. Presuntuoso nombre, seguramente. Sin embargo, el
caso es que hasta ahora poco hemos visto de Lógica-Lógica, no sé si me explico…
Sirva en
mi descargo que nos hemos estado preparando para ello, pues hasta ahora hemos visto cómo es
el álgebra de Boo- le con su Forma Normal Disyuntiva, luego
entramos en la base
del álgebra de Circuitos, y por fin, en el capítulo anterior vimos el álgebra de Conjuntos desde la
óptica del álgebra de Boole… pero ya con una cierta aplicación a la resolución de problemas
lógicos, lo que muchos de vosotros llamaríais “Acertijos”, como el ínclito e incombustible “¿Cómo
se llama el maquinista?”, que os dejé de regalo en el capítulo anterior. Espero que su resolu- ción no os haya destruido muchas neuronas.
Como sabéis,
porque lo he dicho en cada capítulo, en realidad estoy siguiendo mis
emborronados apuntes de la asignatura de “Metodología” de Segundo de Informática, curso 1973-74, im- partido por José Cuena Bartolomé, desgraciadamente fallecido en 1999, uno de los mejores profesores que
he tenido en mi vi- da.
Supongo que os habréis dado cuenta del
método didáctico se- guido por Pepe
Cuena para desasnarnos en estas lógicas lides…
Empezó por la base teórica, el álgebra de Boole, luego nos ex-
plicó aplicaciones de la misma a
problemas distintos (los circui-
tos eléctricos, los conjuntos),
para llegar al cálculo proposicio- nal.
Iba paulatinamente definiendo los ladrillitos con los que se construirían los edificios cada vez más altos de la Lógica. No da-
ba nada por sentado, sino que definía las cosas de lo particular a lo general…
Al final de
este capítulo hallaréis
unos párrafos explicando todo esto
de forma más
detallada, para que no os perdáis
en lo que sigue. Leedlo y podréis seguir lo que queda de libro con facili- dad… espero.
En fin, a estas alturas del curso
(debía ser enero o febrero de
1974), Don José nos dijo que ya estaba
bien de holgazanear, que ya iba siendo hora de entrar
en materia, lógicamente,
con
la Lógica de verdad… y eso haremos en este capítulo dedicado
al Cálculo Proposicional. Sigamos
el razonamiento y las explica-
ciones de Don José…
Si estamos hablando
de Cálculo Proposicional, es decir, Cálculo
de Proposiciones, lo primero que habrá que definir es
qué es pa- ra nosotros una Proposición:
Una frase a la que podemos atribuir, sin el menor asomo de duda, un valor de Verdad o de Falsedad.
Atención: “Podemos
atribuir” no indica que
tengamos que saber exactamente si la frase es
verdadera o falsa en un
contexto, si- no que tenemos
los medios para saberlo. Por ejemplo, la frase “Está lloviendo” es una proposición a la
que podemos asignar sin duda alguna un valor de verdad o falsedad… una vez que hayamos
mirado por la ventana para ver lo que pasa fuera. Aunque hay veces que no sé yo… como decía un amigo mío se-
villano, preguntado sobre el tiempo que hacía cierto día en Sevi-
lla: “Llover, llover, lo que se dice llover… llueve. Pero llover, llo-
ver, lo que se dice llover… pues ¡no llueve!
¡Ah, qué maravillosa riqueza la del idioma español!
Entonces, frases del estilo “La
frase que está Vd. leyendo es fal- sa” no es una proposición, pues no
podemos asignarle un valor de verdad ni
de falsedad ni de nada de nada,
salvo quizá acor- darnos amablemente de los ancestros del autor de la frase. En una palabra, el cálculo proposicional no es pertinente para tratar frases de esas tan comunes que cualquiera calificaría de “Ver- dades a Medias” o de “Medias
Mentiras”,
que para el caso es lo mismo. No es, por lo tanto,
una herramienta adecuada para analizar frases
y afirmaciones de políticos, economistas,
aboga- dos… Si lo hacemos llegaremos continuamente a contradicciones
y sinsentidos, así que mejor dejar el
análisis de sus afirmaciones a avezados analistas y tertulianos varios, aunque
me dé la sen- sación de que acertarían más leyendo los posos del
té…
En fin, dejemos
este espinoso tema para los citados avezados analistas y tertulianos que nos siguen,
y centrémonos en el cál- culo de proposiciones, de ésas
de las que con todo rigor pode- mos estar seguros si son verdaderas
o falsas…
Naturalmente,
podemos unir varias
proposiciones elementales (del estilo de “Llueve”, “Soy agricultor” o “La Tierra se mueve”)
en una proposición compuesta, para lo que tenemos que unirlas mediante
nexos.
Estos nexos posibles son ni más ni menos que las conjunciones copulativas
y/o las disyuntivas. Resumiendo, mediante
las con- junciones Y y O.
Y
también podemos negarlas (“No llueve”),
mediante la partícula NO. Naturalmente, la conjunción NI, que
la RAE define como copulativa también,
en realidad es la suma de NO y de Y,
así que no es atómica.
Podemos decir,
por tanto, que “Llueve Y NO me mojo”,
o que “Llueve O me mojo”. En este último caso, y que quede
claro de aquí para siempre jamás, decir “Llueve O me mojo” quiere en realidad decir “Llueve O me mojo O ambas
cosas”. Si lo que
queremos decir es que “O bien Llueve, o bien Me mojo, pero no simultáneamente”, cosa que en cálculo proposicional
y en la vi- da real es perfectamente posible,
veremos más adelante que
se trata de un “O lógico exclusivo”, y no de un “O” normal. Lo digo porque en el lenguaje cotidiano se usa muchas veces el “O” con
sentido exclusivo, y todo el mundo lo entiende así.
Por ejemplo,
si alguien nos pregunta “¿Dónde quieres que va-
yamos, al cine o al teatro?”, prácticamente todo el mundo en- tiende que ambas opciones
son exclusivas: si vamos al cine
queda descartado el teatro y viceversa.
Si a esa pregunta contestas “¡A ambos
sitios!” lo más normal es que quien
pregunta se quede sorprendido… no
espera tal con- testación (e incluso puede ser directamente imposible, si ambos
son a la misma hora).
Repito para que quede claro, cristalino:
En cálculo proposicional, el “O” implica
siempre “Uno u
Otro
o Ambos
a la vez”.
Veamos, pues,
usando la ínclita Forma Normal
Disyuntiva, que para algo
la expliqué hace tres capítulos, cómo se comportan estas proposiciones compuestas (aquí, obviamente, V significa “Verdadero” y F,
“Falso”):
|
Llueve |
Me mojo |
Llueve Y Me mojo |
|
V |
V |
V |
|
V |
F |
F |
|
F |
V |
F |
|
F |
F |
F |
|
Llueve |
Me mojo |
Llueve O Me mojo
O Ambas |
|
V |
V |
V |
|
V |
F |
V |
|
F |
V |
V |
|
F |
F |
F |
A estas tablas tan monas se les denomina,
de forma no muy imaginativa pero ciertamente descriptiva,
“Tablas de Verdad”, y serán muy importantes en
todo lo que sigue.
Repito: Tablas de Verdad. Anotadlo en algún rinconcito
del ce- rebro para que no se
olvide. Las usaremos continuamente.
Desde luego, también
podemos negar una proposición, dan- do origen a una proposición nueva,
como “No llueve”, que será verdadera cuando
“Llueve” sea falsa y viceversa. Entonces
la tabla de verdad de una negación
sería algo tan tonto como:
|
Llueve |
No llueve |
|
V |
F |
|
F |
V |
En jerga “cálculoproposicionalística”, las proposiciones genéricas
no suelen designarse con las letras
x, y,
z… como es habitual en
casi todas las ramas de la Matemática, sino más bien con las le- tras
p, q, r….
![]()
![]()
![]()
![]()
Y por si fuera poco, en lugar de “Y”, “O” o “NO”, se usan los
símbolos siguientes: , para
el “y”, para
el “o”, y para el “no”,
aunque también se puede usar el símbolo
para
denotar la negación; de ambas formas podéis
encontrarlo, aunque yo usaré normalmente el signo .
Además, y ya puestos, podemos
cambiar la representación de los propios
valores posibles, asignando un “1” al valor Verdade- ro y un “0” al valor “Falso”. En
realidad no hemos cambiado na- da, tan sólo la forma de escribirlo…
Sabiendo todo esto, podemos reescribir
las tres tablas de ver- dad anteriores de la forma siguiente:
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1 |
1 |
1 |
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1 |
0 |
0 |
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0 |
1 |
0 |
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0 |
0 |
0 |
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1 |
1 |
1 |
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1 |
0 |
1 |
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0 |
1 |
1 |
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0 |
0 |
0 |
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1 |
0 |
|
0 |
1 |
Obviamente,
si tenemos varias proposiciones
(frases) mezcladas con “o” e “y”,
algunas de ellas negadas y otras no,
por muy complicada que sea la frase y muchos paréntesis que tenga,
siempre podemos conocer el valor de verdad de la proposición
completa en base a la explotación de la correspondiente tabla
de verdad. Muy útiles las tablas de verdad, como veis.
Por ejemplo, sea la proposición , de la que queremos establecer su tabla de verdad en función de los valores de las proposiciones elementales p, q y r. Para ello llamamos
s al
re- sultado de la proposición
(ahora la fórmula
original
se-
rá
, y llamamos
luego t al resultado de
.
Construyendo
como siempre, paso a paso, la tabla de verdad (que debido a que son tres las variables, tendrá
ocho posibles combinaciones de
valores, como supongo os habéis dado
cuen- ta, pues son dos posibles estados elevado a tres), llegamos fi- nalmente
a los valores de verdad resultantes:
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1 |
1 |
1 |
0 |
0 |
1 |
1 |
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1 |
1 |
0 |
1 |
1 |
1 |
1 |
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1 |
0 |
1 |
0 |
0 |
1 |
1 |
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1 |
0 |
0 |
1 |
0 |
1 |
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0 |
1 |
1 |
0 |
0 |
0 |
0 |
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0 |
1 |
0 |
1 |
1 |
1 |
1 |
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0 |
0 |
1 |
0 |
0 |
0 |
0 |
|
0 |
0 |
0 |
1 |
0 |
0 |
0 |
NOTA: Podemos obtener con toda
sencillez la fórmula equiva- lente en Forma Normal Disyuntiva, creo que se ve claro anali- zando la
tabla de verdad, ¿no es cierto?
Ahora queremos, por fin, conocer la tabla de verdad del O lógico
exclusivo, al que llamaré
por llamarlo de alguna forma, pues
así al menos es como se identifica
el XOR en el diseño de puer-
tas lógicas (XOR es el nombre de guerra del
Exclusive Or, pero
normalmente las instrucciones de ordenador que lo implemen-
tan se llaman "XOR", así que todo el mundo lo llama así) al que antes
hice referencia (donde es
cierta una proposición u otra, pero no ambas a la vez).
Dicha tabla de verdad del “Or Lógico Exclusivo” no
es ni más ni menos que
la siguiente:
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1 |
1 |
0 |
|
1 |
0 |
1 |
|
0 |
1 |
1 |
|
0 |
0 |
0 |
Y, por tanto, su fórmula resultante (en Forma
Normal Disyunti- va) será la siguiente:
.
Bueno, pues
ahora sólo queda pensar un poco acerca de la na- turaleza
íntima de las proposiciones y las operaciones que las afectan. Mmmmm… veamos qué es lo
que tenemos…
Un conjunto de elementos que pueden admitir
cada uno sólo dos valores (0, 1), y dos operaciones cerradas
que operan sobre ellos ()… Vaya, esto me suena.
¿No será
esto, por una casualidad, un álgebra
de Boole?
Vamos a comprobarlo inmediatamente; como ya sabéis,
para ello habrá que verificar si todo
este sistema cumple los axiomas de Huntington (1904). En el primer capítulo del libro
conté cuá- les eran estos axiomas. Volved allí si queréis refrescarlos.
Habría que verificar, sucesivamente, si las
operaciones “Y” y “O” referidas a
proposiciones que pueden ser Verdaderas o Falsas exclusivamente
(ya sabéis, eso de las “Verdades a
Medias” no funciona muy bien en Cálculo Proposicional)
cumplen los cuatro
axiomas.
No voy a detallar paso a paso las demostraciones, dejando al lector, si lo desea, probar
los axiomas uno a uno, demostrando si se cumplen o no. Para ello
utilizará seguramente las corres-
pondientes tablas de verdad que tan útiles se nos muestran…
Comprobémoslo, pues:
Uno: ¿Son las operaciones “Y” y “O” conmutativas?
Pues sí, lo son. Intuitivamente, parece que igual da decir “Llueve
o Me mojo” que “Me mojo o Llueve”, y lo mismo ocurre con el
“y”…
Dos: ¿Tienen las operaciones un elemento neutro? Eviden- temente. El valor “Falso”
(0) es el elemento neutro del
“O” (“Llueve O Cualquier Cosa Falsa” es equivalente a “Llueve”, pues tiene su misma tabla de verdad),
mientras que el valor “Verdadero” (1) es el elemento
neutro del “Y” (“Llueve Y Cual-
quier Cosa Verdadera” es equivalente a “Llueve”, pues también
tiene su misma tabla de verdad).
A estos efectos, “Cualquier Cosa Falsa”
sería una proposición que resulte siempre falsa, como por ejemplo 1=0 (y
veremos más adelante que se llama “Contradicción”), mientras que “Cualquier
Cosa Verdadera” sería una
proposición que resulte en todo caso
verdadera, como por ejemplo 1=1 (y veremos más adelante que se llama “Tautología”).
Tres:
¿Cumplen las operaciones la propiedad distributiva?
Esto es menos evidente,
pero si construís las tablas de verdad,
veréis que, efectivamente, se cumple a rajatabla la propiedad
distributiva, tanto del “Y” respecto
del “O”, como del “O” respec- to del “Y”. Hacedlo si no me creéis.
Cuatro: ¿Tiene cada elemento un complementario? Esto
sí que es sencillo: al haber sólo dos valores posibles, es sencillo ver que “Verdadero” es el complementario
(el contrario) de “Falso”, y viceversa.
Truco para descreídos: cuando hablé
de circuitos eléctricos en el tercer capítulo del libro, sí que demostré con santa paciencia
todos y cada uno de los dichosos
axiomas. Si vais allí y cambiáis
“Cerrado” por “Verdadero”, y “Abierto” por “Falso”, y además
cambiáis “En Serie” por “Y” y “En
Paralelo” por “O”... pues ya lo tenéis
todo demostrado. Y el vago de mí, de paso, se ahorra es- cribirlo todo de nuevo. O sea que, en realidad, lo que ocurre es
que las estructuras matemáticas subyacentes a la Lógica Propo-
sicional son las mismas que las de los Circuitos eléctricos. Ufff,
ahora que lo pienso... ¿A ver si va a ser verdad que al final las máquinas dominarán el mundo…?
En fin, sigamos a lo nuestro.
Las proposiciones,
con la negación, el “O” y el “Y”, cumplen los cuatro axiomas de Huntington. Por lo tanto, Señoras y Seño- res, el cálculo proposicional es un álgebra
de Boole. Listo.
Es decir: Todos los artilugios, teoremas y procedimientos que
funcionan para un álgebra de Boole
funcionan también en Cálcu- lo Proposicional.
Hala! Ya sabemos bucear entre Verdades y
Mentiras…
Ya os podéis imaginar que todo esto es vital para poder diseñar
y escribir programas eficientemente.
Efectivamente, todo aquél que haya
escrito un programa en su
vida (y eso incluye haber metido
alguna fórmula medianamente compleja en una hoja electrónica) ha tenido que lidiar
con el famoso “IF”. El
“Si” condicional que gobierna el flujo de los pro- gramas.
Muchas veces sirve escribir el “IF”
consultando una única propo-
sición. Por ejemplo, en un cajero automático: Si el saldo de
la cuenta es menor que el dinero que el cliente desea llevarse, de- negar la
operación. Fácil
Pero es muy normal tener que
lidiar con proposiciones comple- jas que hay que evaluar para decidir
por dónde debe seguir el programa…
Verbigracia: Si el cliente es nuevo
y tiene una marca de capta-
ción mayor de 7, o, siendo antiguo, tiene un saldo superior a x Euros y
no tiene ninguna marca de “Cliente especial” siempre que el director de la sucursal no le haya calificado
como de tipo
1 ó 3, o bien el director
de la regional le haya calificado como de tipo 6, pero no de tipo 9, y además está como titular en una
cuenta en la que alguno de los otros
titulares sea un cliente pre-
ferente… entonces le concedemos el préstamo.
(!!)
Estaréis pensando… ¡pero qué condiciones tan retorcidas se ha
sacado de la manga el amigo Macluskey…!
Pues no, amigos, no.
Cosas mucho más complicadas todavía
he tenido que escribir a lo largo de mi vida profesional…
Y lo
peor no es que esa condi-
ción sea alambicada, no: lo peor es que ¡Hay que programar- la!, es decir, hay que escribir un programa que refleje
fielmente esa condición de negocio.
Y, atención, no sólo tiene que reflejar con fidelidad la condición de negocio, sino que tiene que hacerlo de la manera más simple y eficaz
posible. Es más, de éstas
habrá muchas, pero muchas,
en cualquier Sistema que se precie…
¿Os dais cuenta ahora de lo importante que
resulta cono- cer el Cálculo
Proposicional para poder
hacer esto correc- tamente?
La de programas
que han fallado miserablemente por no tener
correctamente programado el “if” correspondiente… Éste es, con gran diferencia, el principal motivo de fallo de los
programas de todas partes: un
if mal programado.
El verbo inglés
“IF” (IF significa “Si”, por si alguno no anda muy versado en la lengua de Shakespeare) es
el usado univer- salmente para designar
la instrucción condicional; luego, según el lenguaje de programación usado, se
escriben de una forma u otra tanto
las comparaciones que forman las proposiciones indi- viduales, como las uniones
entre ellas: Y (que
casi siempre se pone en inglés: AND), O
(lo mismo: OR)
o NO (NOT).
Así, en el ejemplo anterior las condiciones a probar serían: Cliente Nuevo=SI; Marca de Captación>7;
Saldo>X; Tipo de Cliente=1; etc,
etc, etc.
En Cobol, por ejemplo, se usan en inglés tal
cual (AND, OR, NOT), lo mismo que en otros muchos
lenguajes, como en SQL, pero en C, por ejemplo, igual que en Java o en PHP, se usa &&
para el Y, || para el O y ! para el NOT (que ya son ganas de fas-
tidiar, con lo sencillo que es usar AND, OR y NOT), y
en Excel, versión española,
se usa O(a,b,…), Y(a,b,…)
y NO(a), y así.
Obviamente, la misma explicación
sirve para las condiciones de
terminación de los bucles DO-UNTIL o DO-WHILE, así que me ahorro seguir.
Un ejemplo: el Funcionamiento
de una Alarma
Además, hoy en día hay muchísimos componentes
y mecanis- mos industriales
(como la alarma que funciona según el diagra-
ma de más arriba) que tienen empotrado un cierto software… un software que casi siempre está
todo llenito de IF’s…
Bueno, pues ahora ya sabéis que, como todo esto es un ál-
gebra de Boole, podéis aplicar
todas sus reglas (que
son las mismas del Cálculo
Proposicional) para simplificar el con- tenido del if, o bien usar su FND para tratar de comprender
uno que ya está programado.
Como bien dice nuestro amigo J, «Ay,
si me hubieran dado un mísero euro por cada vez que me he encontrado un IF kilomé-
trico (programado, naturalmente, por algún otro), que siempre
era “true” (verdadero) o “false”
(falso, claro), o bien
que se po- día simplificar a uno mucho más sencillo»… Lo malo
es que na- die da un euro por estas cosas, salvo quizá
en algún ”reality” de la tele. Y no estamos dispuestos a ir a
ninguno.
En el Apéndice
III encontraréis, además,
el artículo que Javier
“J”
Sedano escribió en la serie de El
Cedazo para explicar cómo
funcionan las puertas lógicas que configuran tu ordenador, sin las que tanto IF, bien o mal programado, no valdría para nada.
Ya para acabar, dije antes que, como el Cálculo Proposicional
forma un álgebra de Boole, armados
con él ya sabemos bucear cómodamente entre Verdades y Mentiras… pero no. No del todo.
Los humanos somos
tan raros hablando
y formulando frases, que hay que profundizar un poco
más para poder usar esta herramienta en proposiciones formales.
Pero eso lo iremos vien- do en siguientes capítulos, que éste es ya largo.
Para empezar, hablaremos de la implicación lógica, la dichosa
y a priori tan po- co comprendida implicación lógica. A ver si,
antes simplista que incomprensible,
consigo explicarme y que se entienda tan “en- revesada” cosa, y por qué es como es y no de otra manera…
Pero eso
lo veremos en el siguiente capítulo.
NOTA
IMPORTANTE
… para
poder seguir el resto del libro
sin perderse.
Dije al principio del capítulo
que el método seguido por José Cuena para enseñarnos Lógica, dentro
de su asignatura de “Me- todología”, se basaba en introducir poco a
poco los conceptos teóricos de lo particular a
lo general, de tal modo que cada con- cepto explicado tuviera siempre otros
conceptos en los que asentarse. En un símil del mundo de la construcción,
primero definía cómo fabricar
un ladrillo, luego cómo construir una pared
con esos ladrillos, luego cómo construir una habitación a base de paredes, una casa a base de habitaciones, una urbanización
a base de casas…
Este método se denomina en la
jerga informática “bottom-up”, de abajo arriba,
de lo particular a lo general,
en contraposición al método “top-down”, de arriba abajo, que funciona exacta- mente al revés: de lo general a
lo particular. Ambos métodos
funcionan, claro, pero bajo mi modestísimo punto de vista, en la
enseñanza de cualquier tipo de temario se
debe preferir el mé- todo “bottom-up”. Por
ejemplo, antes de enseñar al niño a leer
palabras completas se le enseña a
leer letras individuales, y an-
tes de leer frases, se le enseña a
leer palabras. Y antes de en-
señar a multiplicar, se enseña a sumar…
Todo esto puede parecer evidente, obvio, casi de Perogrullo.
Pe- ro resulta que, para todo lo que
viene a continuación, para la exposición de los intríngulis de la Lógica, este sistema “bottom- up” quizá podría resultar contraproducente, puede dificultar la comprensión de lo expuesto
en cada momento. No es que falte nada, que no falta, está todo, todo, lo aseguro, pero… no sé cómo decirlo, descolocado, desordenado… al menos desde cierto
punto de vista.
Me he dado cuenta de ello, poco a poco, en los
intensos deba- tes que hemos mantenido Pedro, J y yo durante
la revisión de los artículos de la serie mientras se publicaban en El Cedazo. Ellos ponían pegas, porque no entendían ni las explicaciones ni los
ejemplos, no porque estuvieran mal, sino
porque les faltaban cosas obvias para ellos que yo (o
sea, Pepe Cuena) estaba pa- sando por alto… Luego, al revisar el siguiente
capítulo, decían: “Ah!,
claro, es que lo que yo echaba en
falta en el capítulo x, lo explicas
luego en el capítulo x+1, o en el x+2…”.
Disculpadme:
No puedo ser mucho más preciso
al
respecto si no quiero destripar lo que queda de
libro; sólo contaros que estos malosentendidos son debidos
fundamentalmente, según mi en-
tender, a la diferencia entre su formación (de J y de Pedro) y la mía: mientras su enorme formación es de corte marcadamente científico, la escasa mía es más bien
de corte generalista: ellos echaban en falta,
necesitaban para entender
bien los concep- tos que las cosas se expusieran de
un modo diferente, mejor, en un orden diferente al que se exponen
en este libro.
Y hasta aquí puedo leer… de momento.
En fin, tras todos estos intensos intercambios, he modificado sustancialmente los capítulos restantes para, sin perder esa
orientación “bottom-up” ni destripar nada de lo que quede ni usar nada que no haya sido explicado,
ir dando al lector las ar- mas para ir siguiendo
la explicación y que no se pierda en dis- quisiciones que serán resueltas más adelante.
En una palabra:
no voy a dar por sentado nada. Nada de na- da. Voy a ir avanzando
pasito a pasito por el proceloso
mundo lógico
hasta llegar a su glorioso
final. Pero, por favor, creedme,
¡no os impacientéis! Cuando terminéis el libro,
todo lo necesa- rio para razonar
e inferir cosas a
partir de otras estarán explica- das, desde lo particular a lo general,
“bottom-up”. Nada faltará,
el
círculo estará cerrado, todo encajará.
Como si fuera una buena novela de suspense, por favor, seguid la
exposición, aceptar las cosas como las iré contando y en el orden
en que las iré contando,
y el final seguro que os satisfará.
Seguro.
Pero,
permitidme que insista…
¡Paciencia!
VI- La escurridiza Implicación Lógica
En el
capítulo anterior de este libro
sobre Lógica, que estoy es- cribiendo sobre los añejos apuntes de la asignatura de “Metodo- logía” de
mi virtualmente olvidado Segundo de Informática, allá por
1973, impartida por Don José
Cuena Bartolomé, vimos có- mo las
proposiciones (frases a las que sin duda alguna podemos
asignar un valor de verdad o de falsedad), junto con las opera-
ciones “O” e “Y” formaban un álgebra de Boole.
Una vez fijado este extremo, ya
podemos operar tranquilamente
con proposiciones para ver qué hay y qué no en cada una de ellas. Una vez que tenemos una frase
o un conjunto de frases, podemos construir su Forma Normal Disyuntiva, tal como vimos en el segundo capítulo del libro, y determinar cuál es su fórmula
final, aplicando únicamente
los axiomas y teoremas ya demos-
trados para el álgebra de Boole,
aunque hablando de proposi- ciones decimos
más bien “tablas de verdad”.
Esto está
muy bien para proposiciones simples. Ya podemos de- cir “Llueve”, “O no llueve o voy al
cine”, “Soy español y me gus-
ta el atletismo y el fútbol pero no el
béisbol”… y cosas así, y po-
demos saber si la proposición, por muy compleja que sea, es o no
cierta en función de los valores de
verdad de cada proposi- ción
individual, valores que podemos determinar mirando,
por ejemplo, si la calle está mojada
o no. Pero esto no es suficiente para poder comunicarnos. De ninguna
manera. Porque, claro…
Si habláramos así, entonces esta
frase sería imposible. Necesitamos
algo más. Y ese
algo
más
es,
como
poco,
la implicación lógica. La escurridiza y tantas veces discutida im- plicación lógica. Escurridiza, porque cuando parece que uno por
fin ha entendido bien el concepto, de pronto
se topa con un caso que parece desbaratar lo entendido. Y discutida… no os podéis
imaginar la de amigables discusiones que propicia
debatir sobre ella.
A intentar desbrozarla dedicaré este capítulo, siguiendo las ex-
plicaciones de Pepe Cuena en aquel
lejanísimo (y convulso)
ene- ro o febrero de 1974.
Bien, nos quedamos
en que… Si habláramos así, entonces esta frase sería imposible.
Analicemos la frase, aunque, por comodidad, le cambiaremos el tiempo verbal al más sencillo presente
de indicativo: Si habla- mos así, entonces esta frase es imposible.
Pues esto es lo que se llama una implicación lógica (su nom- bre técnico es “implicación material”, pero
en informática, al menos, todo el mundo la conoce como “implicación”, a secas), que se representa como .
En este caso, p es la proposición “hablamos así”,
a la que se co-
noce como “antecedente”, y q es la proposición “esta frase es imposible”, conocida como “consecuente”, y el “entonces” se re-
presenta con la flecha, obviamente. Esta implicación nos dice intuitivamente que, si la primera
frase es cierta,
entonces la segunda también debe serlo. Ya
es curioso que para definir una implicación lógica estemos usando precisamente una impli- cación lógica… forman parte natural del lenguaje y todo el mun- do las
entiende sin más complicaciones. Pero cuando se formali- zan… entonces la cosa
ya no es tan sencilla, ya veréis.
En este punto
hay que elegir entre dos aproximaciones didácti-
cas posibles:
ƒ Definir la implicación lógica, escribiendo su tabla de verdad
y su
formulación, y usamos con suficiencia el argumento de
autoridad: “esto es así… y punto” (que es una forma ligera-
mente maleducada de decir que “es así por definición”). Luego nos ponemos a
analizarla… y descubrimos que… ¡qué casualidad!, representa bastante bien lo que queremos decir cuando
hablamos.
ƒ Pensamos en la frase anterior escrita
en español corrien- te (Si habláramos así, esta frase sería imposible)
y pensa- mos…”Mmmm… ¿cómo podríamos
representar esto mate-
máticamente?”… y recorrer juntos el camino hasta llegar a
su tabla de verdad y, por consiguiente, a su formulación.
Yo prefiero la segunda aproximación,
que es también la seguida por José Cuena en aquellos lejanos tiempos
del cuplé, porque
nos ayuda a desbrozar poco a poco los
porqués de la implicación lógica, no sólo su fórmula desnuda.
En una palabra, esa aproxi-
mación es la que vamos a seguir de aquí en adelante.
Dicho lo cual, voy
a cambiar la frase de ejemplo, que ha servido
para introducir el concepto de la forma elegante a la par que in- geniosa que
caracteriza mis escritos (!!), usando
una frase bas- tante más sencilla y adecuada
para explicar el concepto:
Si estornudo, cierro los ojos.
O sea, cuando
YO estornudo, YO cierro los ojos.
Fijaos que no me
estoy refiriendo a lo que
te ocurra a ti, querido y sufrido lector, ni tampoco al resto
de la humanidad, sino ex- clusivamente al caso particular de
lo
que me ocurre a mí al estornudar… esto es importante para más adelante, pero de momento lo dejaremos aquí.
Ya volveremos a estas cuestiones cuando sea oportuno.
Bien, el quid del asunto reside no en determinar la certeza o fal-
sedad de las frases individuales que
componen la implicación,
sino en cómo determinar la certeza o falsedad de la propia
implicación lógica en
función de los valores de verdad o falsedad de las dos proposiciones que
la forman: el ante- cedente (p) y el consecuente (q).
Por favor, releed el párrafo anterior… volveremos a él una y otra vez.
Esto quiere decir ni más ni menos lo siguiente: Si teníamos una frase compuesta
por un conjunto de
proposiciones elementales unidas como sea, con “NO”, “O” e “Y” como nos venga en gana, y con tantos paréntesis como nos venga
en gana, podíamos fá- cilmente averiguar si la frase compuesta era verdadera o falsa
en función de los valores de verdad o falsedad de las proposi-
ciones elementales.
Pues ahora lo que debemos
hacer es determinar el valor de ver-
dad o falsedad de la frase que contiene la implicación según sean
verdaderas o falsas
p y q, las dos proposiciones implica- das.
Insisto: el valor de certeza o falsedad de la propia implicación en sí. Que no deja de ser una frase, una mera proposición más compuesta a su vez por un
par de proposiciones elementales.
Bueno, en realidad
las proposiciones p y q no tienen por qué ser elementales-elementales, no sé si me explico. Tanto
p como q pueden
ser proposiciones tan complicadas como queramos, lle- nas de paréntesis y de Oes y de Yes
y de NOes,
e incluso de otras implicaciones, si os
lo estabais preguntando: al final del capítulo
espero que ya no os asuste tal
cosa. Como ya sabemos determinar sin problemas el valor
de verdad de esas proposicio- nes compuestas en función de los valores de verdad de las pro-
posiciones elementales que las forman, para lo que aquí nos in- teresa son eso
y nada más: proposiciones elementales.
Sentado esto, introduciremos ahora otro ejemplo de la realidad
cotidiana; a lo largo del capítulo iremos haciendo
referencia a uno u otro ejemplo para ver cómo
se comporta el uno o el otro ante
la prueba de la verdad… de la tabla de verdad, queremos
decir.
Imaginemos a un político
cualquiera de un país cualquiera que, en su programa electoral, hace la siguiente afirmación: “Si gano la
elección, construiré un hospital”.
Seguramente esta frase (o alguna otra equivalente) os sonará de algo, igual
habéis escu- chado cosas similares
a alguien en la tele o en un mitin o donde sea…
Podríamos representar esta promesa electoral finamente co- mo Político gana la elección Hospital Construido. Analicemos qué pasa con esa frase.
Si, en el momento de
leer el programa electoral, miramos
el si- tio donde se supone que se construiría el dichoso hospital, ve- mos que no hay nada allí. Es un barrizal lleno de excrementos de perro. No hay hospital que valga, luego
podemos concluir que Hospital Construido=0, o sea, la proposición “Hay un hospi- tal
construido en tal zona” es falsa.
De momento es falsa, para ser precisos.
Como la elección aún no se ha producido,
es evidente también que Político gana la elección=0; de momento la proposición “El político tal ganó la elección” es falsa también, no puede ser cier-
ta entre otras cosas porque todavía
no se ha producido la dicho- sa
elección.
Pero… daros cuenta que no es eso
lo que queremos conocer, en realidad. La frase que queremos saber
si es cierta o falsa no es ninguna de
esas dos, que ya sabemos de antemano que, de momento, son falsas, sino, recordad,”Si gano la elección,
construiré un hospital”, que es la promesa que, entre otras, se
supone, contiene su programa electoral. Esa frase, esa pro-
mesa concreta, en esa elección
concreta… ¿Es verdadera o es
falsa?
Fijaos bien que, en el fondo,
lo que de verdad es importante
aquí, lo que estamos decidiendo, no es si la frase dichosa es verdadera o falsa, sino que en realidad estamos determinan- do si el que la dice es un tipo que dice la verdad o que
miente al respecto.
Si el tipo en cuestión dice la verdad
entonces es un tipo honrado que cumple lo que promete,
por lo que entonces
seguro que su promesa electoral es verdadera también;
si gana la elección, tendremos hospital, fijo. En cambio,
si el
tipo es un falsario, un mentiroso, si nos ha engañado, en definitiva, entonces, por mu- cho que salga elegido, no tendremos
hospital nos pongamos como nos pongamos: la frase en sí, su promesa, esa promesa, es falsa de toda falsedad.
Lo malo es que no podremos demostrárselo hasta dentro de al-
gún añito. Y para acabarlo de complicar… ¡también puede resul- tar que no salga elegido!
Ojo, que
no estoy prejuzgando nada. No estoy diciendo
que “todos los políticos mienten siempre”, ni tampoco que “todos los políticos dicen siempre la verdad”. Ése no es el caso, y de hecho estaréis de acuerdo en que con toda seguridad ambas frases
universales, aplicadas a la totalidad de la clase política,
son fal- sas.
Me estoy
refiriendo al caso particular de un político concreto
que hace una promesa concreta en un lugar concreto y para una elección concreta (es decir, en un momento
temporal concre- to). Y tenemos que decidir si ese político
miente o no al prome- ter la promesa que analizamos (que
construirá un hospital
si gana la elección), ni siquiera en saber si todas sus promesas
son verdaderas o falsas…
Ésa sería otra historia, pues habría que analizar una por una su
certidumbre o falsedad: “si gano la
elección: bajaré el paro;
subiré los subsidios y los sueldos; eliminaré los impuestos; in-
crementaré el número de colegios, traeré a Lady Gaga a las fiestas del pueblo,
etc, etc”).
Aquí y ahora, en este nuestro
ejemplo, intentaremos exclusiva- mente saber qué va a pasar con nuestro hospital…
Bien, dejemos por un rato a nuestro político y su promesa y si-
gamos con la exposición.
La implicación lógica en sí, por tanto, no es más que una frase que
contiene un par de proposiciones elementales. Sólo eso, nada más. En cálculo proposicional, la determinación de tal cosa (la certeza
o falsedad de una proposición
lógica) se hacía cons- truyendo
la tabla de verdad… ¿recordáis?
Podemos, efectivamente, construir con facilidad
esa tabla de verdad de la implicación lógica teniendo en cuenta, como siem-
pre, qué ocurre en los diferentes posibles estados de verdad
de las dos variables involucradas
p y q, ¿no? En nuestro
ejemplo primigenio, el de “Si estornudo,
cierro los ojos”: “estornudo”, que es p, es el antecedente; y “cierro los ojos”, que es q, es el consecuente.
Construir esa
tabla de verdad es fácil. Total, si
son solamente cuatro casos de nada…
Vamos allá:
|
p |
q |
|
|
V |
V |
V |
|
V |
F |
F |
|
F |
V |
¿? |
|
F |
F |
¿? |
Vaya, ya estamos
en la mata… (expresión muy española para decir: ya nos hemos metido en el lío).
Veámoslo línea
a línea. Los dos primeros casos son fáciles: siempre que p
(“estornudo”) es Verdadero, podemos
discernir claramente si la propia implicación es Verdadera o Falsa en fun- ción del valor de q (“cierro los ojos”). Así, en la primera línea, si cuando
estornudo efectivamente cierro
los ojos, podemos con- cluir que la implicación lógica es cierta. Y en la segunda línea, si
cuando estornudo no cierro los ojos,
podemos decidir que la im- plicación en sí es decididamente falsa. Hasta aquí de acuerdo.
Pero… ¿Qué
pasa si no estornudo? ¿Cómo resolvemos las dos
últimas líneas? ¿Qué podemos decir sobre el valor de verdad de la propia implicación lógica, “si p entonces q”,
si el anteceden- te p es
falso?
Buena pregunta, pardiez.
¿Qué hacemos en ese caso?
Intentemos representar esta situación
recurriendo al álgebra de Conjuntos, de la forma que vimos en el capítulo correspondien- te del libro, a ver si así
se nos ocurre algo.
En el Conjunto Universal de situaciones
aplicable (no sé, ¿los milisegundos que estoy vivo, quizá?), podemos establecer dos posibles
conjuntos: el de aquellas situaciones en las
que estor- nudo, y el de aquellas situaciones en las que cierro
los ojos.
Estos dos conjuntos de situaciones
pueden, en principio, ser in-
dependientes uno del otro, por lo que podemos representarlos
de forma genérica, por ejemplo
representando en color amarillo las situaciones en que “cierro los ojos”, y en color azul las situa-
ciones en que “estornudo” (y en verde, aquellas en que simultá-
neamente estornudo y cierro los ojos). Por fin, en gris quedan las situaciones en que ni una cosa,
ni la otra.
El dibujo podría ser algo similar al siguiente:
Si estornudo, Cierro los Ojos. Situación genérica: Todo es posible.
En esta situación genérica puede haber casos en que “estornu-
do” y “cierro los ojos” sin relación
alguna entre ambos conjun- tos; todas las situaciones de estornudos y
parpadeos son posi- bles. Puede que estornude y yo no cierre los ojos (la zona azul),
o que
cierre los ojos
sin estornudar (la zona amarilla), o que es-
tornude y realmente cierre los ojos
(la zona verde), o que inclu- so ni estornude ni cierre
los ojos (la zona gris).
Ahora bien, para que la proposición de marras,
“Si estornudo, cierro los ojos”, sea verdadera, lo que estamos diciendo en rea- lidad es que el conjunto
de situaciones en que estornudo
deben ser también situaciones en las que cierro los ojos, puesto que no debe haber ninguna situación en que al estornudar no cierre
yo los ojos.
Si hubiera alguna situación en que,
estornudando, no cerrara yo los ojos (situación representada por la zona
azul del dibujo de arriba), entonces la implicación,
la frase “Si estornudo, cierro los
ojos”, sería falsa.
Bastaría un único contraejemplo, una única vez que me ocurriera tal cosa,
para falsar la implicación.
Para que sea verdadera, pues, el
rectángulo azul no debería existir, debería ser el conjunto
vacío…
Resumiendo, para que eso ocurra, para que la implicación sea verdadera,
es necesario que el conjunto
de situaciones en que estornudo esté
contenido en el conjunto de aquellas
situaciones en las que
cierro
los ojos, es decir, como de- cíamos
ayer, .
Luego para que la implicación en sí sea válida, o mejor dicho,
verdadera, el dibujo de los conjuntos
tiene que ser el siguiente:
Si Estornudo, Cierro los Ojos. Resultado de la implicación.
Lo que
implica
(je, je, he aquí nuevamente la implicación en el lenguaje natural) que,
además
de
las
situaciones en que estornudo y simultáneamente cierro los ojos (la zona ver- de),
pueden existir también
situaciones en que estornudan- do, cierro los ojos de
todos modos (la zona amarilla), o bien
puede haber situaciones en que no cierro los ojos de ninguna
manera (la zona gris clarita),
donde, desde luego, tampoco es- toy estornudando. Ambas situaciones (“no estornudo y cierro los ojos”, y “no estornudo y no cierro lo ojos”; la primera ocurre cuando estoy durmiendo, por ejemplo, y la segunda es exacta- mente el
estado en que estoy ahora, escribiendo estas líneas) son perfectamente compatibles con la veracidad de la frasecita dichosa: “Si estornudo, cierro los ojos”.
Relee ahora el último párrafo, por favor. ¿Te das cuentas de que
lo que hemos descrito en él, en roman paladino, son las dos úl-
timas líneas de nuestra tabla de
verdad? Sí, las que tenían una
interrogación en el resultado.
Ninguna de ellas nos hace sospechar que la
frase original, la im- plicación lógica
de marras:
sea falsa, en definitiva.
O sea, que no es falsa.
Luego es verdadera.
El valor de la implicación lógica en estos
dos últimos casos
es
“V”. Es cierta.
Cuando la proposición antecedente, p, es
falsa, la implicación
lógica es verdadera. Si no estoy estornudando, no hay forma de sacar como conclusión que “Si estornudo cierro los ojos” sea una proposición falsa, tanto si efectivamente los cierro
como si no.
Como curiosidad… al
parecer esto es cierto para todos,
no sólo para mí.
A los humanos (a no ser que tengamos
alguna enfermedad rara
o algún superpoder) nos resulta imposible estornudar sin cerrar los ojos. Dicen los expertos que el estornudo
es un acto reflejo que
implica el movimiento concertado e
irrefrenable de centena- res de
músculos de todo el cuerpo, entre ellos, los de
los párpa- dos… Desde luego, al menos, siempre que yo lo
he intentando he sido incapaz de todo punto de
mantener los ojos abiertos al estornudar. Ni una vez.
Por lo tanto, aunque hasta ahora
nuestra estereotipada frase “Si
estornudo, entonces cierro los ojos” se refería exclusivamente a mi caso particular, puesto que
es una frase en primera persona,
como parece que se trata
de un caso general rige para todo el
mundo, podemos reescribirla de modo que afecte a la
totalidad del género humano: “Si
un hombre estornuda, cierra los
ojos”. Acabamos de convertir una observación particular
que afecta a un individuo concreto (yo) en una Ley, una
observa- ción universal que afecta a la totalidad de la
humanidad.
Más adelante veremos cómo afecta esta generalización a la de-
terminación del valor de verdad de la implicación lógica, es de- cir, qué diferencias conlleva
que la implicación lógica se refiera
a un caso particular o a uno universal…
Cada cosa a su tiempo.
Cambiando de ejemplo, en el de la promesa electoral, que, re- cordad, es otra proposición particular, puesto que se refiere a la
promesa concreta de un político
concreto, si el político que la hizo
ganó efectivamente la elección y construyó el hospital, es claro que su promesa era cierta
y no
nos engañó. Ahora bien, si sí ganó la elección pero durante su mandato, sorprendentemen- te, no se construyó el hospital, entonces el tipo nos mintió:
su promesa era falsa.
Pero
si no ganó la elección
puede que el hospital se construyera
al fin (porque el candidato que salió elegido
de todos modos lo
construyó), o puede que no se construyera… en ambos casos no
podemos asegurar que la promesa
electoral fuera falsa, puesto que al no cumplirse el antecedente
(el político no ganó la elec-
ción), no tuvo los medios para
cumplir el consecuente (construir el hospital).
Y si la promesa
no es falsa, es que es verdadera. No hay vuelta de hoja.
En español decimos
que “le otorgamos el beneficio de la duda”. Recordad
siempre que, al juzgar la certeza o
falsedad de una implicación lógica, en realidad
estamos normalmente juzgando
“por elevación” la condición de honrado o de mentiroso de la persona que la
hace. Por esta razón es tan habitual escuchar promesas electorales del estilo de “Si gano la elección, haré… lo que hay que
hacer”. Ole con ole y ole. Eso sí
que es concreción…
Vale. Tras
toda esta diatriba, resulta que la
tabla de verdad de la implicación lógica es,
por fin, la siguiente:
|
p |
q |
|
|
V |
V |
V |
|
V |
F |
F |
|
F |
V |
V |
|
F |
F |
V |
Por tanto podemos definir la fórmula matemática de la implica-
ción lógica, simplemente creando
la Forma Normal Disyuntiva a partir de su tabla de verdad, es decir:
Simplificando,
.
Ergo , o bien, en la notación propia del cálculo
proposicional:
.
Es decir, el antecedente implicando el consecuente es igual a la disyunción de la negación del antecedente con el consecuente.
O sea, una implicación es cierta
bien cuando el consecuente (q) es
cierto, bien cuando el antecedente (p) es falso, o ambas co-
sas. Y no hay más.
Es la base, esto es la base. Las
implicaciones lógicas son fun- damentales para el cálculo proposicional, el cálculo de predica- dos y el desarrollo mismo de la ciencia… No puede haber duda
alguna al respecto.
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Con estos mimbres, es fácil averiguar cómo es la doble implica-
ción, en la que ocurre
simultáneamente que y
, o,
expresado formalmente . Esto se suele represen- tar como , así con doble flecha.
En términos matemáticos se
dice que algo (p) ocurre si y sólo si ocurre esto otro (q). Y
viceversa.
![]()
Sabiendo cómo se representa la implicación , podemos fácilmente encontrar la tabla de verdad de la doble implicación, escribiendo la tabla de verdad de
cada implicación y la de su conjunción ( ):
|
p |
q |
|
|
|
|
V |
V |
V |
V |
V |
|
V |
F |
F |
V |
F |
|
F |
V |
V |
F |
F |
|
F |
F |
V |
V |
V |
En Forma Normal Disyuntiva, será, pues, .
![]()
![]()
De todos modos, no hacía falta escribir la tabla de verdad para llegar a esa conclusión. Conociendo que es , como
hemos visto hace un poquito, y que por tanto será
… determinar
cómo es es tan sencillo como hacer
la reduc- ción de
(que, por cierto,
es el resultado de escribir la misma tabla en Forma Normal Conjuntiva, en vez de Disyun-
tiva), y listo.
Hacedlo, si os place, para que comprobéis
que no me he equi- vocado. Que espero que no…
Ahora que ya sabemos cómo es la tabla de
verdad (y la fórmula, claro) de la implicación lógica, incluso la de la doble implicación,
nos será muy sencillo saber cómo discernir si una
frase condi- cional (o sea, una implicación) es cierta o no. Basta
con fijarse si simultáneamente el antecedente p es cierto
y el consecuente q falso. O sea, fijarse en que se cumple .
Si esto ocurre, hemos encontrado un contraejemplo, y la implicación es falsa. Pero si no hemos encontrado un con- traejemplo,
en todos los otros casos, es cierta.
Por raro
que nos suene. Cierta como que
el hierro tiene 26 electrones o que la Tierra gira alrededor
del Sol.
Vamos ahora a analizar brevemente algunos ejemplos de frases
que se usan cotidianamente:
“Si llueve, me mojaré”. Frase que decimos muchos cuando vemos que se acerca un
nublado. ¿Es cierta o es falsa?
Mmmm… pues… depende. Puede que llueva, me
pille a descu- bierto y efectivamente me empape:
es cierta. Y puede que no llueva, y entonces
es cierta también.
Ojo, si no llueve, es cier- ta
independientemente de que me moje (porque
me moje una vecina que está regando
los tiestos, por ejemplo)
o no. Claro que también puede ocurrir que al
final llueva, pero yo tenga la
suerte de que me pille debajo de una marquesina y pueda res- guardarme:
entonces es falsa. Sólo entonces es falsa.
¿Cuándo sabremos, pues, si la frase es cierta o falsa? Pues, co- mo siempre,
cuando detectemos un contraejemplo: llovió y no
me mojé. Entonces y sólo entonces
sabremos que la frase es falsa.
Pero mientras tanto… ¡Es
verdadera, pase lo que pase! No
he mentido.
Otro:
“Si eres hombre, eres mortal”. Frase paradigmática de la
filo- sofía clásica. ¿Es cierta o es falsa? Estaremos de acuerdo en que las pruebas empíricas
nos indican que debe ser cierta: hasta ahora no se ha encontrado ningún contraejemplo, no se ha en- contrado a ningún hombre inmortal, salvo en novelas
de ciencia ficción, como en “Tú, el inmortal”, de Roger Zelazny, y me han dicho
que los ejemplos literarios no sirven…
Así que, en ausencia de contraejemplo, la
daremos por cierta siempre y en toda ocasión. Y como se refiere a todos los hom-
bres, sin excepción, la elevamos a la categoría de Ley Universal.
Otro:
“Si todo el mundo fuese mío,
todo lo daría por yacer con
la Reina de Inglaterra”.
Frase escrita en el
Siglo XIII, extraída de Carmina Burana,
a la que puso música
inmortal Carl Orff, que con variantes diversas
hemos oído o dicho muchas veces a
lo largo de nuestra vida. Tampoco es una frase tan extraña,
fra- ses similares son de uso común en nuestra vida diaria: “Si fuera
rico haría esto o lo otro”, “Si pudiera,
iría a tal sitio”, “Si lo hubiera
sabido, no habría hecho tal cosa”, etcétera.
En definitiva, ¿Cierta o Falsa?
Pues en tanto no nos hagamos asquerosamente ricos, pero ri- cos-riquísimos,
no se cumple el antecedente, y desde luego no
es probable que el goliardo que escribió la
frase hace 700 años fuera dueño de algo más que su
desgastada ropa, así que,
en- tretanto, la frase
es verdadera. Sólo se demostrará como falsa si alguna vez todo el mundo es
nuestro y nos pensamos mejor eso de darlo todo por yacer con la Reina de
Inglaterra.
Y otro
más:
“Si soy un hombre, tengo ocho patas”. Frase que quizá os suene rara, pero cosas parecidas
decimos también en nuestras
doctas conversaciones de cada día: “Si mi abuela tuviera rue- das,
sería un camión”, o “Si eso es verdad, yo soy el Papa de Roma”… En fin: ¿Verdadera o falsa?
Vaya, ésta es
realmente fácil: siendo hombres (del
género
homo, quiero decir, que no se me acuse de machista) como so- mos, basta con mirarse de cintura para abajo (y saber contar)
para darse cuenta de que al menos hay un humano que no tiene ocho patas… hemos encontrado al
menos un contraejemplo: la frase es falsa, por tanto.
Bien. Unos pocos párrafos
antes nos preguntábamos cuál sería
la diferencia entre una implicación particular (que afecta a una única situación, individuo, etc) y una universal (que afecta a to- do el “Conjunto
Universal” aplicable: la humanidad, los españo-
les, las ardillas del parque,
lo que sea), de cara a la determina- ción de su certidumbre o falsedad.
Es decir: ¿Afecta en algo para determinar si una implica- ción
es cierta o falsa el que ésta se refiera a un particular
o a un universal, por ejemplo que se aplique sólo a mi estor-
nudo concreto o al estornudo
de todo ser humano, incluso al es-
tornudo de todo bicho viviente?
Pensadlo un momento…
Efectivamente. En nada en absoluto. Su tabla de verdad es exactamente la misma, y el método de comprobación, el mis-
mo: en cuanto encontremos un contraejemplo (cuando, cum-
pliéndose el antecedente p, no se cumple
el consecuente q, o sea cuando ), podemos determinar que la implicación es
falsa. Se trate de una tontería mía del estilo de “Si voy al cine,
como palomitas”, que ya ves tú qué importancia puede tener, o de una Ley Universal del estilo de “Si estamos
en este Universo, no hay nada que pueda ir más rápido que la luz”. Da igual.
Si voy al cine dispuesto a comprar palomitas
de maíz (así se llaman en España:
palomitas;
en inglés se denominan “pop- corn”,
y en HispanoAmérica me consta que se llaman de
múlti- ples maneras… por ejemplo, en Ecuador se llama
canguil), pero
la máquina está estropeada y no puedo comprarlas (ni, por lo tanto, comerlas),
o bien ese día no tengo hambre y paso de co-
mer palomitas, en
cualquier caso mi “palomitera”
afirmación es falsa.
Y si alguien detecta en este Universo un neutrino díscolo que va más rápido
que la luz, uno solo, pero que de verdad
vaya más rápido, entonces la
Relatividad Especial es falsa, se ponga Eins- tein como se ponga… Total, fue Albert Einstein
quien se “cargó” la Teoría de la Gravitación Universal
de Newton, así que…
Por fin un último ejemplo, que nos servirá, además,
de nexo con el siguiente capítulo. Está extraído directamente de los íncli- tos Les Luthiers, lo que garantiza su plena vigencia e idonei-
dad…
Una madre desesperada le dice a su hijito: “Mirá
nene… Si no tomás la sopa, viene el
Hombre de la Bolsa”.
Una implicación
lógica como una casa de quince pisos, como podéis ver: .
Por cierto, en España decimos
“El Hombre del Saco”, y este per- sonaje popular está basado en hechos reales: parece que
a fines del Siglo XIX hubo un asesino,
un tal Francisco Ortega, El Moru- no, que secuestraba a sus víctimas, las metía en un saco de ar- pillera, las desangraba,
descuartizaba y qué sé yo qué más, y luego echaba los pedazos
en otro saco para esconderlos por el campo… La realidad supera a la ficción.
Volviendo a la mamá y su desganado nene, tras
lo que ya sa- bemos, que es mucho, ¿qué
podemos decir de tan amenazante
implicación?
Si el nene se achanta y se toma la sopa,
entonces podemos concluir que la implicación era cierta; si el Hombre
de la Bolsa no viene, pues nada, normal, pero
incluso aunque al Hombre de la Bolsa le
diera por ir de todos modos, la implicación en sí sería cierta, es decir, si el nene sí se comió la sopa, mamá
dijo la verdad.
Pero ¿qué pasa si el nene no se toma la sopa
de ninguna mane- ra…? Pues puede que efectivamente el Hombre de la Bolsa vaya y haga lo que quiera que hagan los
Hombres de la Bolsa: nue- vamente, mamá dijo la verdad, no mintió, la implicación era cierta. Lo que luego
le pase al nene en su estrecho
diálogo con el Hombre de la
Bolsa es otra historia…
Claro está, también
puede pasar que el dichoso Hombre de la
Bolsa no vaya. ¡Catástrofe! ¡La mamá mintió! La implicación lógica base de la amenaza sopera
no era cierta, ergo quien la dijo mintió:
Mamá.
Eso es lo que se llama deducir… A formalizar la deducción ló- gica estará dedicado el siguiente
capítulo del libro, así que, por ahora,
mejor lo dejamos
así. Únicamente comentar que, tras
la deducción, que ya veremos cómo se
hace, cómo se formaliza, el nene
aprende… ¡Vaya si aprende! La próxima vez tampoco to- mará la sopa, aunque le amenacen con ponerle la
discografía completa de David Bisbal…
¡Dos veces! ¡Esto es lo que se llama “Educación”!
… Pero es que aún hay un caso peor… Sí, mucho
peor.
Como se preguntan
Les Luthiers, ¿qué pasaría si El Hombre de
la Bolsa tampoco quiere tomar la sopa? ¿Eh? Esto sí que se- ría
como para convertirse en adorador del Gran Spaghetti Vola- dor… Así que cuidadín con amenazar: igual luego no podemos cumplir la amenaza y quedamos como
unos embusteros, ade- más de como Cagancho
en Almagro.
Para acabar con este kilométrico capítulo, unas breves frases para
desmontar de una vez por todas una de
las falacias más habituales hablando de implicaciones lógicas:
El que una im-
plicación entre dos frases sea cierta no quiere decir que sea cierta la implicación entre
la negación de esas mis- mas frases. Me explico:
Supongamos como
cierta
la implicación que todos los padres decimos a nuestros hijos en alguna ocasión:
“Si comes, crece- rás”, con todas sus múltiples variantes: “Si comes te pondrás
más fuerte”, “Si comes serás más alto que tu primo”, etc. Po- demos
suponer a priori que es mayormente verdadera: para crecer es preciso comer, pues
no es sencillo encontrar contra- ejemplos de casos en que, no
comiendo, alguien crezca o que, directamente, no acabe por morirse.
Ahora bien, de la presumible certeza de esta
frase no se puede extraer de ninguna manera que “Si
NO comes, NO crecerás”.
En absoluto.
Representemos todo esto en nuestras conocidas, las ecuaciones booleanas amigas.
Siendo p: “Comer” y q: “Crecer”,
podemos representar:
“Si comes, crecerás” como , y
“Si NO
comes, NO crecerás” como . O, lo que es lo mismo,
“Si comes,
crecerás”: , y
“Si NO
comes, NO crecerás”: .
Para que la segunda frase sea cierta (suponiendo
cierta la pri- mera) debe tener su misma Forma
Normal Disyuntiva, o lo que
es lo mismo, su misma tabla de verdad. ¿De acuerdo en esto?
La FND de la primera frase (es decir, “Si comes, crecerás”, es:
, y
La FND de la segunda frase (o sea, “Si NO comes, NO crecerás”)
es:
.
No son iguales.
El segundo término
es diferente en ambos ca- sos:
en el primero
y
en el segundo. ¿Qué quiere esto de-
cir? Traduzcamos al español:
Los términos “Comes y Creces” ( ) y “No comes y No Creces”
() forman parte de la FND de las dos implicaciones, pero en la primera de ellas está el término “No Comes y Creces” (
, es
decir, que puede que crezcas aunque no comas) mientras que en la segunda el término que está es “Comes y No Creces” (
, es decir, que puede que, aunque te atiborres de comida, seas de esos afortunados que no crecen ni un milímetro, ni siquiera a lo ancho…).
Dejamos para el que lo desee construir la tabla de verdad de ambas
frases, para que constate visualmente, además de alge-
braicamente, que de ningún modo es lo mismo una frase que otra.
Algunos pueden pensar,
no obstante, que la diferencia entre una cosa y la otra es sutil, casi
irrelevante, que no es para tan- to,
que en definitiva es prácticamente lo mismo… pues no lo es. Y, desde luego, en un razonamiento científico no se puede de ningún modo
caer en esta falacia.
Ah! ¿Hay
algunos de entre vosotros, sufridos lectores, que aún no veis claro por qué este tipo
de frases son una falacia? Vale, volvamos un momento a la frase que
nos ha introducido en los intríngulis de las implicaciones lógicas, a saber: “Si estornudo,
cierro los ojos”. Os acordáis,
¿no?
Bien. Pues aplicar esta falacia aquí implica que, asumiendo
co- mo verdadera la implicación
original, aceptamos igualmente como cierta la siguiente perla: “Si NO estornudo,
NO cierro los ojos”. Es decir, el conjunto
de situaciones en que “No Estornu- do” está contenido en el conjunto de situaciones en que “No Cierro los Ojos”, o, escrito según los
dictados del álgebra de conjuntos, . ¿Es eso cierto?
Para empezar, según
las propiedades de la relación de orden
parcial que vimos en el
segundo capítulo del libro,
implica necesariamente que
. ¿Recordáis?
¿Qué significa esto?
Veamos: el dibujo
sería algo como el si- guiente:
Lo que pasa en “Si NO estornudo, NO cierro
los ojos”. Falacia
enorme.
Supongo que ya os
dais cuenta de que algo hay que no funcio-
na… Porque ésta es también la representación en diagra- mas
de Venn de la implicación “Si cierro los ojos, estor-
nudo”…. y no era esto lo que nosotros
queríamos decir, que era: “Si NO estornudo, NO cierro los ojos”.
¡Ja! Exactamente: una y otra son la misma frase,
tienen la misma fórmula,
la misma tabla de
verdad. Es lo mismo. En una palabra: son idénticas.
Así que, para probar definitivamente si la frase es cierta o no, como hemos dicho unas doce veces ya, basta con
encontrar un contraejemplo, es decir, una única situación
en que No Estornu- dando, de todos modos Cierro los Ojos. No es muy difícil, me parece a mí, encontrar una situación tal: basta con echarse una siestecita…
Luego, suponiendo como verdadero que “Si estornudo, Cierro los ojos”, entonces “Si NO estornudo, NO cierro los ojos” (o “Si cierro los ojos, estornudo”, que ya hemos visto que es exacta- mente la misma frase)
es una falsedad como un piano de
cola.
¿Se ve claro ahora?
En un ejemplo tan tonto, tan evidente como éste, parece obvio que una y
otra frase no son la misma cosa, pero
pensad en co- sas más serias,
como cuando un candidato a alcalde asegura vehementemente que “si me elegís,
habrá una carretera entre Villarriba y Villabajo”.
Lo que sibilinamente él quiere que entendáis es que “si no me
elegís, no habrá
tal carretera”…
pero eso no es la misma cosa. En absoluto. Puede, por
ejemplo, que los otros candidatos tam- bién tengan pensado hacer la
carretera. De nuevo, estos ejem- plos son fáciles, pero a menudo
esta falacia se esconde
detrás de dobles negaciones y enrevesadas frases con muchas más condiciones, y no es tan sencillo
darse cuenta de ella.
Los perió- dicos están cada día llenitos
de frases como éstas…
Avisados quedáis.
Aquí acaba este
capítulo dedicado a la implicación lógica.
Ha si- do un capítulo bastante intenso, me parece. En realidad, po- dríamos seguir y seguir… las discusiones sobre implicaciones ló- gicas son,
además de interesantísimas, eternas, pero en algún momento hay que cortar…
En el próximo
capítulo continuaré profundizando en el fascinante
cálculo proposicional, en concreto
sobre el proceso
deductivo, siempre de la mano de Don José Cuena, a ver dónde acabamos.
Además de en el psiquiátrico, quiero decir.
VII- El proceso
de deducción lógica
En el
capítulo anterior de este libro sobre Lógica, para escribir el cual
estoy usando extensivamente los amarillentos apuntes
de la asignatura de
“Metodología” de Segundo de Carrera,
año aca- démico 1973-74,
impartida por Don
José Cuena Bartolomé, vi- mos qué son las implicaciones lógicas, y sobre todo cuál es su formula y cómo se traducen en cálculo proposicional.
Llegamos a que , o sea, la implicación es cierta si
el antecedente
es falso
o verdadero el consecuente (o ambas
cosas, claro), e intenté justificar
por qué es así y no de otra manera. Espero haberlo conseguido. Y eso, en álgebra de Boole, se
representa:
.
Estamos más
o menos en marzo de 1974. Semana Santa ace- cha,
con sus consabidas vacaciones y sus exámenes
parciales, se acercan los exámenes finales, y hay que apretar. Veamos cómo empieza hoy la clase Pepe
Cuena…
Pero antes de comenzar a deducir nada debo insistir una vez
más en cuál es la función
de la Lógica formal que
estoy con- tando con la inestimable ayuda de Pepe Cuena a través del Tú- nel
del Tiempo.
Hemos visto que, teniendo de unas
ciertas proposiciones indivi-
duales, éstas se pueden combinar de mil y una
formas, median- te disyuntivas,
conjuntivas o negaciones, con implicaciones, etc. En todos
los casos hemos visto cómo calcular el
valor de verdad de la proposición
compuesta resultante
en base a los valores
de verdad de las proposiciones atómicas que las componen, bien de
forma algebraica, bien mediante las tan útiles tablas de ver-
dad. Hemos puesto diversos ejemplos,
rebatido falacias… y hay que reconocer que el resultado
de alguna de estas frases era, cuando menos, chocante, sobre todo
cuando lidiábamos con las
consecuencias de la escurridiza
implicación lógica del capítulo anterior.
Por ejemplo, una frase como “Si
la arcilla es un metal entonces es maleable”
es radicalmente verdadera, por mucho
que todos sepamos que la arcilla no es de ninguna manera un metal. Y es
así porque sólo resultaría falsa
en el caso de que siendo verda- dero el antecedente (“La arcilla es un metal”)
entonces fuera falso el consecuente (“la arcilla
es maleable”). Como resulta que la arcilla sí que es maleable, ese caso no se da, y por tanto la
implicación es verdadera. Y eso nos choca, nos suena a cuento
chino y nos hace desconfiar
de los resultados de la aplicación de las fórmulas… ¡Si ya decía yo
antes que la implicación era escu- rridiza!
Entonces ¿qué es lo que ocurre? Pues dos cositas, dos nimios detalles que muchas
veces damos por sentado y otras…
olvida- mos, a saber:
Primero: La Lógica trata con proposiciones,
y dije en el capítulo correspondiente, he
repetido varias veces desde entonces y re- pito una vez más ahora que “Una
proposición es una frase a la que
podemos atribuir sin ningún género
de duda un va- lor de certeza
o falsedad”. Atención: “sin ningún género de duda”.
Esto elimina todas las frases que no sean
objetivamente catalo- gables en cierto
momento como verdad o mentira, es
decir, mu- chísimas afirmaciones de
filósofos y pensadores
de todos los tiempos que tienen que ver con la divinidad, la naturaleza
humana, la moral, etc, etc. Por ejemplo, la frase “Los arios son una raza
superior” seguramente sería clasificada como verdad inmutable por los jerarcas y pensadores nazis, pero sería termi- nantemente catalogada como falsa de toda falsedad
por casi to- dos los demás. ¿Es
verdadera o es falsa? ¿Qué
conclusiones po- demos obtener de cualquier proposición compleja en la que apa-
rezca esta frasecita? Pues eso.
Y segundo, y casi más importante: La Lógica formal no en-
tiende nada acerca de si una proposición individual
es verdadera o falsa. No tiene ni la menor idea de si
p o q son
verdaderas o falsas, ni le importa ni
le interesa lo más mínimo. Lo que sí formaliza
es qué les ocurre a
las diferentes propo- siciones
complejas que se forman
conjugando o negando o implicando
proposiciones individuales, en función de los dife- rentes
valores de verdad de las proposiciones
individua- les que las forman.
Asegura la Lógica
que si tenemos la proposición (p·q), esa pro-
posición compleja sólo será cierta si tanto p como q son ciertas, y en cualquier
otro caso, p·q es falsa. ¿Qué es lo que dice esta
aseveración acerca del valor de verdad o falsedad de p y de q? Efectivamente: Nada. Nada de nada.
Entonces, ¿quién es el responsable de fijar en cada caso si p o q
son verdaderas o falsas? Nosotros, desde luego. No
“La Lógi- ca”, sino nuestra percepción o nuestro
conocimiento o nuestras costumbres
o lo que sea. Para fijar qué proposiciones son cier- tas y cuáles falsas están
otras disciplinas
filosóficas (Ética, Mo- ral, Ontología,
etc), o científicas (Termodinámica, Trigonome- tría, Floricultura, Cromodinámica cuántica, etc). No la Lógica.
En este aspecto la Lógica
es como la Matemática: ésta última permite transformar ecuaciones
en base a una serie de reglas (por ejemplo, los axiomas de Peano) sin
entrar a descifrar su
significado. Son otras ramas
de la ciencia quienes “descifran” las ecuaciones y las
aplican a casos concretos del mundo real.
Por ejemplo, la fórmula V=I·R (la famosa Ley de Ohm) sale co- mo consecuencia de la aplicación estricta de
las reglas matemá- ticas sobre una
serie de otras ecuaciones iniciales.
Quien decide si las ecuaciones de partida son verdaderas o falsas no es la Ma-
temática, claro, sino los físicos
de la Electricidad. La Matemática garantiza nada más (¡y nada menos!) que todas las
transforma- ciones matemáticas realizadas
hasta llegar a V=I·R son correc-
tas, así que si las ecuaciones iniciales son verdaderas, entonces la conclusión lo es también.
Pues lo mismo
ocurre con la Lógica. Dadas una serie de proposiciones iniciales combinadas de
cierta manera, por com- plicada que ésta sea, la Lógica (que
no deja de ser una rama de la Matemática) nos dice
cómo podemos transformarlas y nos asegura qué les ocurre a las
proposiciones que con ellas se
for- man, según sea el valor de verdad o falsedad de esas proposi-
ciones iniciales… valor
de certeza o falsedad que tienen que proporcionar otras personas
u otras ciencias. No la Lógica.
Espero haber aclarado un poco más este concepto, que será muy
importante para ver lo que viene
a continuación: cómo se
razona formalmente usando las reglas de la Lógica, es decir,
cómo se pueden deducir unas cosas a partir de otras mediante
la aplicación razonada de todos los
artefactos que hemos visto
hasta ahora. Vamos a usar los
ladrillitos que hemos ido fabri- cando en los capítulos
anteriores para construir primero pare-
des, luego edificios, luego ciudades… En una palabra, vamos ya a destripar el proceso de Deducción
Lógica.
En
primer lugar hay
que definir formalmente qué
es una Tautología, puesto que nos hará falta manejar
bien este concepto en todo lo
que sigue.
Una Tautología es una proposición lógica que es siempre ver- dad, pero siempre, siempre, como las promesas de un político,
cualesquiera sean los valores de verdad de las
proposiciones atómicas que la componen.
Por ejemplo, la estúpida
frase “Hace calor O No hace calor”, es una tautología: tanto da si hace calor
como si no, por fas o por nefas, la frase resultante es obviamen- te
cierta. Muchos políticos, analistas, consultores,
economistas y demás
basan sus discursos en
tautologías más o menos elabo- radas
para que no resulten
tan evidentes a primera vista, de tal modo que sea poco menos que imposible
que se equivoquen en sus predicciones. Y aún así, no consiguen acertar…
El caso contrario, cuando una proposición lógica es intrínseca- mente falsa, independientemente de los valores de verdad
de las proposiciones atómicas
individuales que la forman,
se lla- ma Contradicción. “Llueve y no llueve” es una contradicción: pa- se lo que pase en la calle,
es falsa. Frase idiota, y encima falsa
(aunque, para ser precisos, ciertamente
hay casos en que… ¡a saber si está lloviendo o no!).
Definidos estos dos conceptos, para seguir con la exposición hay que definir matemáticamente cómo es la deducción. Según la
Real Academia de la Lengua, deducir es “Inferir,
sacar conse- cuencias de un principio, proposición o supuesto”. No es ésta una
definición matemática, como podréis comprobar, así que habrá que ponerse a ello…
Desde ese punto de vista formal, la deducción, que es una de
las herramientas matemáticas y
lógicas más potentes, consiste en deducir (inferir, construir, crear)
nuevas frases a par-
tir de otras preexistentes, llamadas premisas, de tal modo
que, si las premisas son todas ellas ciertas, también lo sea la frase deducida,
la conclusión.
Esto es intuitivo, de acuerdo, pero hay
que asegurarse bien de que cuando
deducimos algo, estamos haciéndolo bien, es de- cir,
tenemos que asegurar formalmente que el proceso de deducción
en sí mismo es correcto.
En una palabra, si las premisas en que nos basamos, los antecedentes, son verdaderos, entonces, de forma
irreme- diable, obligatoria, necesaria, el consecuente, lo deducido, debe ser verdadero también. Si no fuera así es que el propio proceso deductivo es erróneo.
En realidad, estamos tan acostumbrados a deducir
cosas a par- tir de otras, a
inferir resultados, comportamientos y acciones a partir de otros, que damos el proceso por sentado.
Y no es así.
Bueno, no es que no sea así, entendedme, pero hay que for- malizarlo para
que podamos decir
sin temor a equivocarnos
que cuando deducimos unas cosas
a partir de otras lo hacemos
bien, es decir: que podemos fiarnos del resultado de la de- ducción,
para poder seguir deduciendo otras frases a par-
tir de ahí.
Es la base, esto es la base de prácticamente todo en la ciencia
y la matemática. Si esto no funciona…
se nos cae todo el edificio matemático, así que
mejor formalizarlo, y hacerlo bien.
Veamos:
Si tenemos tres premisas A, B y C, y queremos
deducir una conclusión D, debe ocurrir
que cuando todas las premisas son verdad ( ), entonces la conclusión (D) debe
ser también verdad, es decir, igual a 1, lo que expresado
lógi- camente requiere de una buena implicación,
que para eso las conocemos ya y no nos asustan.
La fórmula es, evidentemente:
Fórmula que en español leeríamos, más o menos: “Si
ocurren simultáneamente A, B y C, entonces
ocurre D, y esto pasa siempre, pero siempre, siempre”.
¿Cómo se interpreta esta formulita de arriba?,
fórmula impor- tantísima, en realidad, pues ella es
la base de todo el asunto deductivo.
Pues que siempre que se cumple que las tres
premisas son cier- tas (que todas las premisas son ciertas,
en realidad) la conclu- sión
debe serlo también, por lo
que
la propia implicación lógica debe
ser también siempre
verdad… o sea, una tautología.
Re- cordad que acabamos
de definir tautología como una expresión que siempre es
verdadera, sean cuales sean los valores de ver-
dad de las proposiciones individuales que la componen.
Luego la
tabla
de
verdad de
la
expresión
anterior, debe ser una tautología,
es decir,
todos los valores resultado para todas las combinaciones
posibles de valores deben ser 1. Si no fuera una tautología, si con alguna cierta combinación de valores de A, B y C, por un lado, y de D,
por el otro, la implicación diera un
resultado falso, no podríamos
deducir nada, no sería una deducción válida, o mejor dicho,
se trataría de una deducción no válida, incorrecta.
Ni que decir tiene que lo mismo nos daría que hubiera
tres pre- misas, como en el ejemplo que estoy siguiendo, que dos, diez
o cincuenta, es lo mismo.
Entonces, si recordáis la tabla de verdad de la implicación
lógi- ca, (en nuestro ejemplo
p sería la conjunción de las
tres premisas originales: ), hay un caso en que el resultado de la implicación es falso.
¿Recordáis? Sí, seguro que recordáis:
|
p |
q |
|
|
V |
V |
V |
|
V |
F |
F |
|
F |
V |
V |
|
F |
F |
V |
Esto choca
con lo que acabo de decir, que para que la deducción sea posible es preciso que
, y esto para cualquier va- lor, luego debe
ser obligatoriamente una tautología…
O sea, que hay que quitarse de en medio esa fatídica “F”… y conste que no vale con plantarle una “V” a la
brava…
¿Cómo resolverlo? No queda más remedio que obligar a
que, cuando p sea verdad,
q sea obligatoriamente verdad. Y hay que darle una forma formal, valga la
redundancia.
Desde hace muchos cientos de años los filósofos y pensadores se han
ocupado de este problema, que no es ni más ni menos que la forma común de razonar de
la gente, pero central a la
matemática en sí. En el lenguaje corriente se ha llegado a una
fórmula que representa fielmente
esta forma de razonar, de de-
ducir cosas a partir de otras;
esta fórmula tiene desde tiempos antiguos un llamativo nombre
en latín que a muchos
os sona- rá: modus ponens
(o, para los más precisos, “modus ponendo
ponens”, toma ya).
El modus
ponens se representa de la forma siguiente:
Que las fórmulas no nos acobarden: es muy
sencillo, en reali- dad, e
intuitivo. Veámoslo con un ejemplo
que ya hemos anali- zado hasta la saciedad en el
capítulo anterior, con estornudos y ojos que se cierran:
Estoy estornudando.
Si estornudo, cierro
los ojos. Luego:
Cierro
los ojos.
El sentido común
nos dice que esto es efectivamente así, que el razonamiento es plenamente correcto: si es cierto que “estoy estornudando”, y es también
cierto que “si
estornudo, entonces cierro los ojos”,
si ambas son ciertas, repito, y sólo en ese caso,
entonces indefectiblemente debo estar con los ojos cerra- dos.
Ciego total. Sin ver ni un
pimiento. Por cierto, ¿habéis de- tectado la doble implicación en la
frase anterior? Je, je, desde luego, la Lógica formal es como un bulldozer…
Y en el ejemplo del prometedor (porque promete
cosas) político del último capítulo, ése que decía que “Si gano la elección cons- truiré un hospital”, imaginemos que le hemos creído y
al final ganó la elección. Por tanto, podríamos asegurar que:
El político ganó la elección.
Si gana la elección, entonces construirá un hospital.
Ergo: Construirá un hospital.
Es indefectible, inevitable como el devenir de las estaciones: en unos meses o
años habrá un nue-
vo hospital en la zona…
Ah ¿Que no lo construyeron…? Vaya. ¡Qué
cosas!
Pues conste que el razonamiento está muy bien
hecho, es un razonamiento correcto, ni René
Descartes lo hubiera hecho me- jor… así que habrá que examinar la certeza o falsedad de las
premisas. Como parece
que es innegable que nuestro político ganó la elección, que yo le he visto celebrarlo efusivamente en la tele, parece que la única posibilidad factible para que
no ten- gamos hospital nuevo es que la frase “Si gano la elección, cons- truiré un hospital”
sea falsa. Falsa como un billete de 38 euros y
medio…
Y si la frase de marras, la promesita electoral de nuestro amigo, es falsa, es porque quien
la dijo, mintió. Nos la ha dado con queso. Nos ha engañado, nos ha hecho
un trile, un truco. Así que, en justa correspondencia, en las próximas elecciones no le votamos más, por mentiroso.
Ah, ¿que esto tampoco funciona
exactamente así…? Bueno, ya decía yo que, de Lógica humana, sabía yo
más bien poco…
Sigamos con el razonamiento. El modus ponens
se especificaba como:
Bien. Si escribimos todo esto según los dictados del cálculo pro- posicional,
llegaremos a que .
Efectivamente, la conjunción (Y) de las dos premisas implicando la conclusión es una tautología. El que una de las dos premisas sea otra
implicación es, en realidad, irrelevante, pues no deja de ser una proposición, ni más ni menos
que una proposición mon- da y
lironda como otra cualquiera, que puede
ser evaluada co- mo cierta
o falsa sin dificultad.
Supongo, además,
que os habéis dado cuenta de que para ob- tener un modus ponens
con toda la barba, y a la luz del Cálculo
Proposicional y su propiedad conmutativa, el orden en que se
presentan las dos premisas es irrelevante.
Es decir, también sería
un modus ponens válido si expresamos
las proposiciones de la siguiente
forma (imaginad que la rayita de
debajo de la p fuera
más larga… no he sabido cómo conse- guir
alargar la rayita en la fórmula: os ruego perdonéis mi
tor- peza con la cosa de la tecnología moderna):
Sólo queda comprobar una pequeña cosita… ¿en
verdad esta construcción es una tautología?
No os fiéis de mi palabra:
comprobémoslo, como siempre, cons- truyendo su tabla de verdad.
![]()
|
p |
q |
|
|
|
|
V |
V |
V |
V |
V |
|
V |
F |
F |
F |
V |
|
F |
V |
V |
F |
V |
|
F |
F |
V |
F |
V |
Efectivamente, resulta una tautología, su resultado siempre es verdadero. ¿No lo ves? Espera, vamos a hacerlo mediante nues- tra amiga, la eficacísima álgebra de Boole, verás qué rápido lo entiendes.
Listo.
Sí, ya sé
que en realidad es más fácil comprobar
la tabla de verdad, pero así veis
que el método algebraico también
funciona perfectamente.
Por lo tanto, el hecho de deducir
es ver si puede exis- tir formalmente una relación tal que, cuando la conjun- ción
de todas las premisas sea verdad (o
sea, todas ellas
son simultáneamente verdad)
entonces la conclusión ha de ser necesariamente verdad.
Si alguna
de las premisas es falsa entonces la
conclusión puede ser verdadera, falsa o mediopensionista, no podremos asegurar nada en absoluto sobre
ella, como ocurre en el ejemplo
de la hospitalaria promesa del
político.
Por cierto, y esto es importante, el razonamiento puede ser correcto o incorrecto, nunca verdadero
o falso. Las premi- sas lo son, verdaderas o falsas; el razonamiento en sí no lo
es. Si el razonamiento que hemos
hecho es correcto, en-
tonces, cuando todas las
premisas sean verdad, y sólo en ese caso, podemos asegurar que la conclusión es verda-
dera también. Eso es lo que se
llama una buena deducción…
Atención: Podría parecer que el
proceso deductivo sólo puede hacerse con Leyes Universales, con enunciados que
abarquen a todo un conjunto
universal, incluso a
todo un Uni- verso… Pues no, señores,
esto no es así. El proceso
descrito hasta ahora
es correcto sean como sean los enunciados sobre los que se aplica… siempre que las premisas sean
ciertas, insisto por enésima vez. Tanto da que
apliquemos el proceso deductivo a la Ley de la Relatividad General, como al hecho de
si como o no como palomitas en el cine. Tanto da.
En el primer caso tenemos como Premisas: 1: Si la luz pasa cer- ca de una masa, se curva; 2: La luz pasa cerca de una masa; y
como Conclusión: La luz se curva. Y en el segundo, las Premi- sas son: 1: Si voy
al cine, como palomitas; 2: Ayer fui al cine; y
la Conclusión: Ayer comí palomitas.
En ambos casos el proceso de falsamiento es el mismo: buscar contraejemplos. Por ejemplo: Cierta
luz pasa cerca de una
masa, pero no se
curva: La Ley de la Relatividad General es fal-
sa. O bien: Ayer no comí palomitas, así que: o no fui al cine, o
no es cierto que “si voy al cine como palomitas”, o ambas cosas
a la vez, como siempre.
Desde luego, las repercusiones que
tendría falsar la Relatividad General no son en absoluto comparables a las de falsar mi im- penitente avidez por comer palomitas en el
cine… pero el proce-
so en sí es idéntico.
Idéntico.
Pongamos un ejemplito de proceso deductivo.
Chiquitín. Bueno… más o menos chiquitín:
Ver si lo siguiente es un razonamiento correcto… o no.
El ejemplo es el siguiente:
¿Entendéis algo? ¿No? Vaaaale,
pongámosle nombre a las pro-
posiciones, a ver si ayuda:
a: Soy español.
b: Tengo bigote.
c: Me gusta el futbol.
d: Me gustan los toros.
Dadas estas frases iniciales, el razonamiento a comprobar es el siguiente:
Las dos premisas son:
“Si soy español y tengo bigote,
entonces me gustan el fútbol y los toros”.
“O no tengo bigote o no me gustan los toros (o ambas cosas, como siempre)”.
Y la conclusión sería: “O no
soy español o no tengo bigote”.
¿Se ve mejor así…? Se trata de comprobar si éste es un razo- namiento correcto, si se puede deducir
la conclusión de esas dos premisas.
![]()
Vamos con ello. Hay dos premisas, , por un lado, y por el
otro .
Si ambas son ciertas, y sólo en ese caso,
entonces la conclu- sión, ,
debe serlo también. Es
decir,
Para comprobarlo, construyamos
la fórmula de la deducción en álgebra de Boole y, simplificando, veamos si es efectivamente su valor es 1 en toda
ocasión. Esa fórmula es:
, que es lo mismo que:
Aplicando
las Leyes de De Morgan:
Reordenando:
Aplicando la distributiva
del + sobre el · (ésa que tan rara se nos hace):
tributiva del + sobre el ·
Y aplicando nuevamente la dis-
Reordenando de nuevo:
Y otra vez
la distributiva del + sobre el ·
![]()
![]()
Bufff. Efectivamente, la tabla de verdad del razonamiento
es una tautología. O sea, que, sólo en
el caso de que las dos pre- misas sean verdaderas, o no soy español o no tengo bigote (o ambas cosas, recordemos que el O no
es exclusivo). El razona- miento está bien hecho, pues. Es
correcto. Pero, no nos olvide- mos,
insisto, sólo podemos asegurar que la conclusión es cierta cuando ambas premisas, y sean
cier- tas. Si alguna no lo es… vaya Vd.
a saber lo que le pasará a la conclusión, igual podría ser cierta que falsa, nada podemos decir de ella.
A continuación dejo una serie de
razonamientos correctos. Mu- chos de ellos completamente obvios, además.
Dejo al lector la tarea de demostrarlo
(advierto: son muchísimo
más sencillos que el ejemplo anterior,
y todos ellos muy interesantes). Para hacerlo, recordad, bastará demostrar si la conjunción de las premisas (o la única premisa, si es que sólo hay
una) implicando la conclusión es o no
una tautología:
Aconsejo echarle una miradita a estos
razonamientos correctos. Alguno de ellos seguramente os parecerá sorprendente, por ejemplo el último…
pero a poco que lo penséis (¡o lo
calculéis!) os daréis cuenta que
todos son correctos y, además, obvios.
Naturalmente,
en la vida real no siempre se conoce de antema- no
la conclusión. Es posible que un científico suponga que ocu-
rre algo (la conclusión buscada) y realice
el razonamiento de- ductivo correspondiente para asegurarse de que la conclusión puede derivarse de las premisas conocidas. Bueno,
un
científi-
co… o un agricultor, o un fresador, o
un vendedor, o un sexador de pollos, o
una ama de casa… recordemos
que esto funciona no sólo con “Leyes Universales” y
fórmulas matemáticas, sino con
proposiciones normalitas de la vida
corriente.
Pero es más común, creo yo,
tener una serie de premisas que
son (o se suponen) ciertas y, a partir
de ellas, elaborar el razo- namiento deductivo
hasta llegar a una conclusión. Si el razona- miento está bien hecho, si no es falaz, la conclusión debe ser
cierta también (si y sólo si las premisas
son ciertas, lo repito una vez más).
Veamos ahora el razonamiento que hizo el nene luthierano
sopa que vimos en el último
ejemplo del capítulo anterior, aquel po- bre niño
al que su mamá amenazaba con el Hombre de la Bolsa si no tomaba
la sopa.
Le decía su mamá: “Si no tomás la sopa, viene
el Hombre de la Bolsa”. Y el
nene, a pesar de la amenaza, no se
tomó la sopa, que no le gustaba ni un poquito.
Entonces, el nene se planteó
el siguiente modus ponens (él
no lo sabía, claro, pero estaba mo-
dusponensizando de lo lindo):
Evidentemente, el nene no tomó la sopa.
El nene esperó, aterrado, a que el Hombre de la Bolsa viniera a hacer lo que
sea que se supone que haga ese
siniestro indivi- duo. Siguió esperando… Pero, pasado un
rato prudencial, El Hombre de
la Bolsa no vino. La conclusión del razonamiento
era, definitivamente, falsa.
¿Qué conclusión, valga la redundancia, sacó el nene de todo es- to? Pues que hay algo mal en el planteamiento anterior. O el
ra- zonamiento está mal hecho, o alguna de las premisas
era falsa (o las dos a la vez).
El nene rápidamente se da cuenta de que el razonamiento es impecable: ¡Si es un modus ponens que
ni el mismísimo Aristó- teles
lo hubiera mejorado! Luego
entonces deben ser las premi- sas; alguna
de ellas es falsa, no hay duda. Tan sólo mirando el plato lleno de sopa, y el vacío
en su estómago, ya se da cuen- ta de que la
proposición “El nene no tomó la sopa”
es cierta, es- tá clarísimo. Luego, por
eliminación, debe ser la otra premisa la que está mal, la que es falsa…
Vaya. Entonces, no es cierto que “Si no me tomo la sopa, Viene el Hombre de la
Bolsa”. Amenazante frase pronunciada por su mamá, que ha quedado retratada como
una… mentirosa. Aman- te, sí, pero mentirosa. El nene aprendió
que no todas las cosas que dicen los adultos, ni siquiera su mamá, son ciertas… ¡Ya se
está preparando para la vida adulta!
De todos modos, como los mismos Les Luthiers concluyen al
respecto, “Señora… ¿A quién se le ocurre
amenazar con un fol-
klórico personaje imaginario…?
Puestos en el caso es mucho
mejor amenazar con horrores más tangibles:
El lobo, la araña, una buena víbora…”. Grandes, Les Luthiers.
MUY grandes.
Volviendo a lo que nos ocupa, es sencillo ver que si el razona- miento es cierto para dos premisas y una conclusión será
tam- bién válido para tres premisas (pues basta con considerar que una de las premisas es la conjunción
de las otras dos).
No hay que ser muy listo,
entonces, para darse cuenta de que
sirve igual para un número cualquiera de premisas
. En
este caso, podemos tranquilamente decir que
No me voy a detener en la demostración, porque es muy senci- lla
e intuitiva y, queridos lectores, tenéis herramientas más que
suficientes para poder demostrarlo fácilmente. Y pasar un buen rato. Supongo.
Igual alguno de vosotros está pensando “Yo estudié alguna vez
no sólo el modus ponens, sino también el modus tollens y no sé cuántos modus
más… y no los veo por parte alguna”. Tenéis ra-
zón. Ni los veis ni los vais a ver:
no hacen ninguna
falta. Sa- biendo cálculo
proposicional y cómo es el modus ponens, todos los demás modus aparecen naturalmente de él.
Veamos, por ejemplo,
el “modus tollendo tollens”, más conocido
por modus tollens
a secas, y que tan importante resulta
para el Falsacionismo. Dice
el modus tollens:
O sea, si se cumple que A implica a B, y se cumple la negación
de B, entonces la conclusión es la negación
de A. ¿En qué se di-
ferencia esto de un modus ponens? En poco: que las proposicio- nes A y B están negadas
y sin negar en diferentes sitios… ¿y, a
estas alturas, eso nos asusta?
Fijaos bien, para saber si esta forma de razonar llamada modus
tolllens es correcta,
hay que hacer exactamente lo mismo que hicimos con el modus ponens:
descubrir si la conjunción de las premisas implicando la conclusión es
una tautología.
O sea,
debe ser una tautología, igual a
1,
en otras palabras. ¿Lo es?
La fórmula equivalente a comprobar, eliminando sucesivamente las implicaciones
y reduciendo, es:
El resultado es siempre 1, es verdadero:
Tautología al canto. Luego el
modus tollens es un razonamiento correcto. Y lo mismo
con el resto
de modus.
Conociendo bien el modus ponens, pues, y las reglas del Cálculo Proposicional, que en realidad son las del álgebra de Boole, to-
dos los demás… salen solos.
Sigamos un poco más. Cuando tenemos una cadena
de premi- sas con implicaciones encadenadas, se puede alcanzar la con- clusión usando extensivamente el modus ponens, en una suerte de propiedad transitiva
encadenada,
usando
la
conclusión
del modus
ponens anterior como premisa
del siguiente, y así.
Por ejemplo:
Es fácil de ver: al ir aplicando
modus ponens sucesivos, vemos
que:
Imaginad que la cadena de frases de ahí arriba es del estilo: “Soy español”;
“si soy español me gusta el fútbol”; “si me gusta
el fútbol veo la tele”; “si veo la tele me voy tarde a la cama”,
etc, etc. Es evidente que, si todas las frases
son ciertas, y sólo en ese caso, si soy español entonces… pues me voy tarde a la cama.
Cosa que suele ocurrir, por cierto.
Un último ejemplo por hoy: Un vecino mío es de costumbres fi-
jas. Muy
fijas:
Si toma café, no toma leche.
Toma galletas sólo si bebe leche.
No toma sopa a menos que haya tomado galletas. Hoy al mediodía se tomó
una taza de café.
La pregunta es: ¿Ha tomado hoy sopa?
Designemos, en primer lugar, las proposiciones
elementales:
c: Toma
café.
l: Toma leche.
g: Toma galletas.
s: Toma
sopa.
Bien. Ahora escribamos las diferentes implicaciones del enun- ciado, que son la base deductiva:
Creo que no habrá problema
alguno en entenderlo. Ahora orde-
namos y reducimos:
La conclusión,
pues, es s’. La negación de s.
Luego no, no tomó
sopa hoy. Se ve que no
le hemos amenaza- do con ningún
Hombre de la Bolsa si no se la tomaba...
Basta por ahora, deduzco que ya ha habido
bastantes deduccio- nes por esta vez… El próximo capítulo, más píldoras lógicas de la mano de Don José Cuena,
hablándonos, vía el Túnel del Tiempo,
desde mis apolillados apuntes del curso 1973-74.
VIII- El cálculo
de predicados
En el capítulo anterior de este quizá anticuado (pero inten-
so) libro sobre Lógica
de aplicación para la informática, para confeccionar el cual estoy
usando los apuntes de la asignatura de “Metodología” de mi lejanísimo Segundo de Carrera,
de In- formática, del año académico 1973-74, impartida
por el desgra- ciadamente fallecido
profesor D. José Cuena Bartolomé, llega- mos a definir el proceso de deducción lógica dentro del cálculo
proposicional. Habíamos visto cómo usar la implicación lógica, el modus ponens y alguna cosilla más.
Como veréis, en el libro no
aparecen hasta aquí ni los silogismos ni, prácticamente, el “modus tollens”, ni mucho menos el “mo- dus ponendo tollens”,
el “modus tollendo ponens” ni ningún otro
tipo de inferencia clásica,
todas esas cosas tan de buen ver en la Lógica filosófica tradicional, por no decir medieval, o escolás-
tica, o aristotélica, o sanagustiniana, vaya Vd. a
saber. Sabien- do álgebra
de Boole y cálculo
proposicional, no hacen ninguna
falta.
La cosa es que en aquella asignatura de tan misterioso
nombre, “Metodología”, de un
par de horas semanales nada más, nos
quedamos siempre “en el chasis”, en
los fundamentos que nos permiten definir, con sólo pensar un poco, todos los demás mo-
dos de “modus”, etc.
Todo está, en realidad, gobernado por el álgebra de Boole. Ah,
si los afanosos silogistas medievales hubieran conocido el álge-
bra de Boole, las cosas hubieran sido mucho
más sencillas… pe- ro aún faltaban algunos
siglos para que George Boole, que nació en
1815, definiera su famosa
álgebra, y para que Huntington
formalizara sus axiomas, en 1904. Ya al final del libro
hablaré someramente de los silogismos,
para aquellos lectores que no
los conozcan y sientan alguna curiosidad
sobre cómo razonaban los pensadores medievales.
Además, el método de exposición que siguió Pepe Cuena, como
ya dije hace un par de capítulos,
era desde lo particular a lo ge- neral,
definiendo bien los ladrillitos y luego construyendo con
ellos cada vez edificios
más y más altos y complejos... Es lo que
los consultores llamarían un método “bottom-up”, o de abajo arriba, en contraposición al método “top-down”, de arriba abajo, o desde
lo general a lo particular. Pues ya nos estamos aproxi-
mando a “lo general”…
Estamos ya a mediados, casi finales de abril, el curso se está acabando. Las clases finalizaban por entonces a mediados de
mayo, para realizar los últimos parciales y dedicar casi todo ju- nio a los finales, y luego septiembre a los exámenes
de recupe- ración. Ahora, con todo eso de “Bolonia”,
el calendario universi- tario tradicional ha cambiado
tanto que ya no sé cómo funciona.
El caso es que aquel curso de 1974 se está acabando…
y el libro con él. El último tema del curso, y el que cierra el círculo,
tendrá que ver con el Cálculo de predicados. Cedamos un día más la palabra a Don José…
Cálculo de predicados, sí, pero… ¿qué es un predicado?
Pues un predicado
es alguna cosa que se dice de algo, una cier- ta
información que se da o se sabe
acerca de un término (en gramática o lingüística, diríamos del
sujeto).
Supongamos la frase “Juan es fontanero”.
Aquí el término es “Juan”, mientras
que el predicado es “es fontanero”, que
nos informa de que Juan tiene ciertas habilidades que le permiten,
entre otras muchas cosas,
arreglar un grifo que gotea. En este
caso se trata de un predicado “monádico”, puesto que se refiere a un solo término (Juan)
y se
representa por P(x), siendo la
va- riable x cada término a los que se refiere el predicado, aquellos términos para los que el predicado P(x) es cierto. En este ca- so P
sería “ser
fontanero” y x
se referiría a todos aquellos
humanos para los que “ser fontanero”
sería cierto, entre ellos Juan, claro está. Podríamos decir
algo como “Ser fontane- ro(x)”,
por ejemplo.
Por cierto, permitidme una pequeña digresión...
Atentos
al dato: Lo que yo tengo anotado en mis apuntes, el ejemplo que usó Pepe Cuena en 1974,
no era “Juan es fontane-
ro”, no, sino que era… “Juan es negro”. En aquella época decir de alguien
que “era negro”
no tenía ninguna
acepción extraña: su piel era de color negro o de algún
tono más o menos choco- late, y punto.
Si ahora se me ocurre poner como
ejemplo principal de la expo- sición, “Juan es negro”, así por las buenas, sirviéndome además para casi todos los ejemplos y diatribas posteriores,
seguro que me cae la del pulpo. Ay, ¡cómo ha cambiado la sociedad espa- ñola en cuarenta años! ¡Y qué mal llevo yo lo de la “corrección
política”, eso de “personas
de color”, “ciudadanos y ciudada- nas”, “miembros y miembras”
y demás sandeces, memeces y
estupideces por el estilo...!
Sigamos. Los predicados que usamos en la vida corriente
no son todos monádicos, ni mucho menos, sino que muchos de ellos se refieren a dos términos a los que ponen en relación,
como en “Luis es amigo de Juan”, que expresaríamos como P(x,y) (P se- ría aquí “ser amigo”, y x e y, dos personas que cumplen esa re-
lación de amistad, como en “Ser amigo(Luis, Juan)”), o también
tres términos, como en
“Zaragoza está entre Madrid y Barcelo- na”, que denotaríamos P(x,y,z), o cuatro…
y así sucesivamente. Serían
predicados diádicos, triádicos, etc,
respectivamente.
Sentadas las bases, vamos de cabeza al lío.
Si tenemos un cierto Conjunto Universal (los españoles, los his-
panoparlantes, la Humanidad en pleno,
las plantas de mi jar- dín… lo que sea),
podemos definir un cierto predicado que sea cierto
para todos y cada uno
de los componentes de
dicho Conjunto Universal
(como en “Todos los hombres son morta-
les”), o bien que sea cierto
solamente para algunos
de
ellos (como en “Algunos hombres son fontaneros”), o, por
fin, que no sea cierto para ninguno (por
ejemplo, “Ninguna
planta de mi jardín sabe hablar”).
Creo que os habéis dado cuenta de que ésta es la definición formal de un concepto que estaba apareciendo de rondón en capítulos anteriores del libro, sobre todo en el de la implicación lógica y en el anterior, el del proceso deductivo. Me refiero a la
distinción entre los predicados
Universales, que aplican a todos
los elementos que componen
un cierto Conjunto
Universal, y los Particulares, que sólo aplican
a algunos elementos
de di- cho Conjunto Universal
y no a otros.
Todo lo que hemos visto hasta ahora, la escurridiza implicación lógica y el proceso
deductivo, se aplican a cualquier proposición,
sea del tipo que sea. Tanto nos da que las proposiciones sean ciertas en todo el universo conocido o sólo en el rellano de
mi escalera: el método para
tratarlas es idéntico.
Es ahora, mediante
el Cálculo de Predicados,
donde se in- troduce el concepto Universal/Particular
y donde
se hacen distinciones
evidentes según que un predicado sea de un tipo o de otro. Ladrillito a ladrillito, la casa cada vez es más alta y re-
sistente…
Bueno, pues para la definición formal de estos predicados, que se refieren a todo un conjunto o a sólo una parte, necesita-
mos algo
más, algo que nos ayude
a cuantificar cuántos
ele- mentos están afectados. Este algo más
son los cuantificadores (), que junto con la negación ( ) permiten
expresar todos es- tos tipos de predicados.
Estos cuantificadores se definen de la forma
siguiente:
Todos los hombres
son mortales: (siendo H: “Los Hombres”, y P: “ser mortal”, y se lee: “Para todo x pertenecien- te a Los Hombres, x
es mortal”).
Algunos hombres son fontaneros: (siendo H:
“Los Hombres”, y P: “ser fontanero”, y se lee: “Existe algún
x perteneciente a Los
Hombres, donde x es fontanero”).
Ninguna planta de mi jardín sabe hablar: (sien- do J: “Las Plantas
de mi Jardín”, y P: “saber
hablar”, y se lee:
“Para todo x perteneciente a Las Plantas de mi Jardín, x no
sabe hablar”) (o, al menos, no sabe hablar en español...).
Como veis, hasta aquí no es muy complicado… Veamos
ahora cuáles son las propiedades de los dos cuantificadores, el univer- sal (Para todo) y el existencial (Existe), y cómo podemos repre-
sentarlos en nuestra vieja conocida forma, como
variables booleanas extraídas directamente del Cálculo Proposicio-
nal.
No nos acobardemos: veréis que, en realidad
es todo muy sen- cillo e intuitivo…
![]()
implica que
, es decir, todos
y cada uno de los que forman el conjunto
universal estudiado cumplen que
En nuestro ejemplo
de “todos los hombres son mortales”,
esto quiere decir que Juan es mortal, Luis es mortal… etc, hasta El Tato es mortal: todos los
individuos comprendidos
en el conjun- to de “Los Hombres” son mortales, por lo que “mortal(x)=1, pa- ra
cualquier x”. Y esto lo podemos
formular de forma sencilla como proposiciones, como vimos en el capítulo correspondiente:
o, en álgebra de Boole:
,
Tranquilidad en la Sala… Esta formulita de
nada no hace ni más ni menos que decir lo siguiente: si todo x perteneciente a X cumple P(x) implica que si tomamos
por separado todos y cada uno
de los “x” que integran el conjunto
X, y miramos qué le
pa- sa a P(x), entonces resulta
que la proposición P(x) es cierta, o
sea, 1, para todos los x. Si no fuera así, no sería “Para
todo…”.
Por tanto, la
conjunción (·) de todos los P(x) individuales
es 1 también (puesto que 1·1·1…·1=1, evidentemente).
Por otra parte, implica que habrá algún
, al menos 1,
en que ocurrirá que
. Por ejemplo,
como Juan es fonta-
nero,
(siendo P “ser fontanero”, en este caso).
En notación proposicional, esto quedaría:
o, en álgebra de Boole:
.
Ahora, lo que decimos con Existe un x
perteneciente a X que
cumple P(x) es, ni más ni menos, que al
menos uno de todos los x que pertenecen al
conjunto X
debe
cumplir
que P(x)=1. Por tanto, la disyunción (la suma lógica,
el +) de todos los P(x) tendrá como resultado
1, dado que hay uno, al menos un
P(x), ése que “existe”, cuyo valor es 1. Entonces,
por mucho que todos los demás P(x)
valgan 0 (sean falsos, es decir, no
son fontaneros ni siquiera en ratos libres), ese único valor verdadero (ese único Juan que sí que es
un fontanero de rompe y rasga) hará verdadera la suma lógica.
Sencillo, ¿no?
¿Y qué pasa con la negación de un
cuantificador? Veamos:
, debido a la aplicación de la siem- pre tan útil Ley de De Morgan, y por
tanto:
Es natural y lógico. Decir que “No todo x cumple
P(x)” es lo mismo
que decir que “Existe un x tal que no se cumple P(x)”, o lo que es lo mismo, “Existe un x
para el que no se cumple
P(x)”, y por fin, “Existe un x tal que P(x)=0”.
O sea, traduciendo al lenguaje natural, si no todo el mundo
es fontanero, es porque hay alguien,
al menos uno, yo mismo sin ir más lejos, que para la fontanería soy
un negado, que no es fon- tanero. Una perogrullada como una casa.
¿Veis cómo
en realidad las fórmulas son muy sencillas? Impo-
nen, con tanta x y tanto simbolito raro, pero son evidentes.
Al contrario, es fácil
demostrar que
. Es decir, si no existe nadie que sea fontanero
es porque todo el mun- do no es fontanero. Otra vez evidente, al traducirlo al lenguaje
cotidiano.
Entonces, refiriéndose al producto
lógico, o sea, booleano, y no a la multiplicación “normal”, como supongo
que os habréis dado cuenta, y en cuanto al cuantificador existencial:
Por cierto, no tendré que repetir aquí que se
trata de una suma lógica, booleana, y no aritmética… ¿verdad?
Por otra parte, ¿qué pasaría si nuestro predicado no fuera
mo- nádico, sino que se refiriera a dos
términos a los
que pone en relación?
Pues bien, si tenemos la expresión
, podemos operar con ella de la siguiente manera:
![]()
![]()
![]()
…
.
Este tocho de fórmulas es intimidante, de acuerdo, pero en len- guaje cotidiano
es, nuevamente, una obviedad. En realidad no
quiere decir ni más ni menos que
lo siguiente: que todas las po- sibles combinaciones de P(x,y),
tomemos
como
tomemos
los x’s y lo y’s, los emparejemos como los emparejemos, ten- drán
siempre como resultado 1, y por tanto, la conjunción (con Y, con ·) de todas ellas, como todas valen 1, será 1 también.
Así, por ejemplo,
si decimos que en un pueblo todo el mundo es
amigo de todo el mundo, con lo que el predicado básico es Ser Amigo(x,y), que valora si x e y son amigos, y valdrá 1 si
sí que son amigos, y 0 si no lo son (y no, no vale un 0,5 si sólo se conocen pero no son íntimos... sólo 0 o 1)
entonces, elijamos como elijamos
las x’s y las y’s, sean quienes
sean esos x e y, aunque vivan en los extremos
más alejados del pueblo, son efectivamente amigos, así que para ellos el predicado Ser Ami-
go(x,y) es igual a 1, y por tanto la conjunción (el producto
lógi- co) de todos ellos será
1 también. No es tan difícil, como
veis.
Para tres variables (x,y,z), cuatro, etc, procederíamos de igual manera, generalizando esta misma
fórmula.
Y naturalmente, dada la simetría
del álgebra de Boole, podemos de la misma forma asegurar que
No lo voy a escribir, pero tan sólo cambiando el + y el · sale del tirón…
Por otra parte, es sencillo demostrar que los cuantificadores pueden “saltar” por los signos de conjunción o disyunción a tra-
vés de las funciones. Veamos (y que
no os intimiden las fórmu- las, que parecen muy complicadas pero no lo son en absoluto).
En primer lugar, supongamos que tenemos los dos siguientes
predicados individuales:
: “Hace frío”, y
: “Todas las vacas tienen cuernos”, o, mejor expresado,
“Para todo x perteneciente al conjunto de
las vacas, x tiene
cuernos”.
Entonces el predicado significaría “Hace frío y todas las
vacas tienen cuernos”.
Es evidente que “p” es aquí un predicado que no tiene
nada que ver con la variable
y,
es independiente a ella (porque
hace frío, o no,
independientemente de que las vacas tengan o no cuer- nos).
Operemos ahora un poco con este
predicado compuesto:
Es decir: , lo que quiere decir en nuestro ejemplo que “Para todo x perteneciente al conjunto de las va- cas,
hace frío y x tiene
cuernos”. Como veréis es incluso real-
mente difícil expresar esta sutil distinción en español.
Ahora veamos qué le ocurre a este otro predicado:
Sustituyendo los cuantificadores universales por su equivalente
como conjunción de todos los predicados, tenemos:
Aplicando la distributiva:
. . .
y sacando factor común:
Aquí, cada predicado
es independiente de
(aplica a la variable x, que es obviamente distinta
de y), así que podemos
aplicar la propiedad que demostramos
unas líneas más arriba.
Queda que:
![]()
Entonces podemos finalmente
afirmar que:
y que el cuantificador “Para todo” puede saltar como si fuera un vulgar saltimbanqui a través de la
fórmula de los predicados.
Análogamente (y esto ya no lo demuestro: es prácticamente inmediato en base a lo anterior):
y por fin:
Bello, ¿no?
Se define entonces
la Forma Normal PRENEX para represen-
tar fórmulas en Cálculo de
Predicados, donde las funciones
adoptan la forma siguiente:
Primero, todos los cuantificadores, en cabeza
de la fórmula, aprovechando que pueden “saltar” a través de ellas.
![]()
Después, todas las expresiones, ligadas
exclusivamente por conjunciones, , o disyunciones, , y donde la negación, las que
haya, están aplicadas exclusivamente a las proposiciones sim- ples, no a
expresiones.
Esta última parte es sencilla de ver, pues
ya vimos cómo se po- día convertir cualquier expresión booleana a una suma de pro- ductos, para llegar a expresar
toda función booleana en su
For- ma Normal Disyuntiva (o Conjuntiva, tanto da)… y dado que los cuantificadores pueden “saltar” a
través de la expresión (siem- pre que se refieran a las propias variables sobre las que saltan,
o bien sean independientes de ellas), no es muy difícil
llegar a escribir cualquier predicado, por compleja que
sea su expresión, en Forma Norma PRENEX.
Con ello se consigue tener una forma de expresión que permite comparar diferentes expresiones
con predicados, para ver si
son iguales o, si no lo son, en qué se diferencian (algo similar a lo
que se obtenía mediante la Forma
Normal Disyuntiva, si os acordáis).
Toca ahora un ejemplo. Se pide
escribir en
Forma Normal PRE- NEX la siguiente expresión:
Veamos…
implicación “ ” …
en primer lugar,
una simplificación de la
ahora un cambio del cuantificador nega- do: No existe
ningún x tal que R(x) es lo mismo que Para Todo
x se
cumple que No R(x). R(x) aquí hace referencia a la expre- sión compleja que hay dentro del
paréntesis…
![]()
![]()
la negación entra dentro del paréntesis, y en
el camino cambia el
por el , según la Ley de De
Morgan…
otro nuevo cambio
de cuantificador nega- do: No todo y cumple Q(y) es lo mismo que Existe un y tal que
No se cumple Q(y)…
ahora el cuantificador existencial salta, a mo-
do de saltimbanqui, a través del
paréntesis…
, et voilà!, la expresión resultante
ya está escrita en Forma Normal PRENEX.
Vaya. Ha sido éste un capítulo relativamente cortito para mis costumbres. Pero otra vez intenso. Creo.
Se ha terminado el mes de abril… el de 1974. Sólo quedan un par de clases,
como mucho, antes
de los exámenes finales, ¡y eso si no hacemos huelga por
alguna importante razón! A me- diados de los setenta del siglo pasado ésa era una situación bas- tante
común… los únicos que podían hacer huelga sin terminar en el trullo éramos los
estudiantes, aunque la autoridad
compe- tente de entonces lo llamaba
más bien “hacer pellas”.
Usamos, pues, esas dos clases finales para terminar con algún detalle y hacer
ejercicios para ejercitarnos antes de dichos exá-
menes… cosa que explicaré en el próximo capítulo, que será el
último de este libro
sobre Eso que llamamos Lógica
que reme- mora las clases que Don José Cuena nos impartió
a nosotros, los alumnos
de Segundo de Informática aquel calentito año
de
1974.
… Sí,
calentito. En diciembre de 1973 fue asesinado
por ETA el Almirante Carrero Blanco, a la sazón Presidente del Gobierno del General
Franco. Toda la primavera de 1974 fue de lo más movi- dita, con huelgas (prohibidas), manifestaciones (prohibidas), declaraciones (prohibidas) y demostraciones (prohibidas). Y to- das ellas reprimidas, claro. Franco, ya con más de 80 años y en- fermo
de Parkinson, estaba cada
día más decrépito (falleció en noviembre del año siguiente), y el ambiente general
en España ante el inminente cambio de ciclo oscilaba
entre el miedo y
la esperanza.
Años muy interesantes, aquellos. Interesantes, por decirlo de
alguna manera… ¡Y nosotros, pobres pipiolos, intentando apren- der y
aplicar la Lógica!!
IX- La inferencia lógica
En el
capítulo anterior
de este libro sobre Lógica de
aplicación para la informática que finaliza con este capítulo
se definió el Cálculo de Predicados
como una generalización del Cálculo Pro-
posicional que vimos algunos capítulos
atrás…
Repito una vez más que para confeccionar
este escrito estoy usando
extensivamente los apuntes de la asignatura de “Meto- dología” de aquel año académico 1973-74, en Segundo de In- formática, asignatura impartida
entonces por el desgraciada- mente desaparecido profesor D. José Cuena
Bartolomé.
José Cuena Bartolomé, 1987.
Estamos llegando ya al final de
la asignatura (y del curso). Es-
tamos ya con los calores de
mayo y los sudores fríos que a to- dos nos dan los inminentes exámenes
finales. D. José dedicó estas últimísimas clases a acabar de
perfilar el Cálculo
de Predi- cados y a hacer ejercicios para preparar los dichosos finales.
Pe- ro descuidad, yo no voy a examinaros
de nada… allá cada cual con lo que haya aprendido
(o desaprendido, quién sabe) leyen- do
este librito tan amarillento como los añejos apuntes
en que se basa…
Hace un par de capítulos
vimos cómo era, desde el punto de vista del cálculo proposicional,
el proceso de deducción.
Recordemos que, teniendo una serie de premisas que se supo- nen ciertas, se puede deducir
una nueva proposición… Supo-
niendo las premisas , esto lo representábamos de la
forma:
, es decir, la conjunción de to- das las premisas implicando la conclusión tiene
que ser cierta. Esto era, ni más ni menos,
el modus ponens, si os acordáis. Y nos indica que, si todas y cada una de las premisas son cier-
tas, y sólo en ese caso, entonces la conclusión lo es también.
Vamos a
generalizar este proceso, utilizando los cuantificadores
universal (Para Todo: ) y existencial (Existe:
), para definir el proceso de inferencia lógica. Para ello, primero definiremos las
diferentes formas de deducción
que emanan de los cuantificado- res. Tienen todas ellas
nombres bastante
intimidatorios, pero… son no sólo sencillas, sino evidentes; más aún, como decía mi abuela, son de cajón de madera de pino…
Ved cómo es así:
Especificación Universal
Esto quiere decir que si para todo x se cumple
A(x),
evidente- mente el predicado A se cumplirá también
para todos los ele- mentos y.
Así, si tenemos la aserción siguiente: a todo español le gus-
tan los toros (es decir, para todo hombre perteneciente al con- junto de los
españoles, “le gustan los toros” es cierto),
podemos convertirla simplemente en “a
los españoles les gustan los toros”.
En lenguaje corriente tendríamos
dificultades en distin- guir una forma de
decir las cosas de la otra… porque son equi- valentes, eso es.
Y, evidentemente, la frase es un ejemplo.
Porque, en realidad, no a todos los españoles
les gustan los toros, yo mismo entre
ellos: la premisa inicial es falsa, así que, por muy bien hecho
que esté el razonamiento, que lo está, su conclusión no es váli- da, puesto que el predicado inicial
no lo es.
Recordad siempre:
un razonamiento puede ser correcto o in- correcto, no verdadero o falso. Verdaderas o falsas son las fra-
ses, las aserciones, los predicados que se usan en el razona- miento, pero
nunca el razonamiento en sí.
También es cierta la contraria de la Especificación
Universal, llamada:
Generalización Universal
Si siempre se cumple A(x), entonces también se cumple que pa- ra todo y se cumple A(y). Si el predicado A es “Los turcos tie- nen bigote”,
es bastante sencillo ver que “para
todo x perte- neciente a
los hombres turcos, x tiene bigote”. Incluso, nuevamente, en el lenguaje corriente ambas formas de
hablar (“los (hombres) turcos tienen bigote” y “todo (hombre) turco
tiene bigote”) son equivalentes, por no decir indistinguibles.
En Lógica formal, lo son también, puesto que se infieren una de la
otra, y viceversa: si no fuera así, ya
me contaréis para qué ser-
viría la Lógica…
En el ejemplo paradigmático de la filosofía clásica, de “los hom- bres son mortales”, proposición normalmente dada por verdade- ra, puesto que no se ha observado ningún contraejemplo hasta el momento, según esta generalización universal se
convertiría en “Todo hombre es mortal” (para todo
x perteneciente a “Los Hombres”,
x es
mortal), llegando así a convertirse en Ley Uni- versal.
Sigamos.
Especificación
Existencial
Aquí representa un cierto elemento que cumple el predicado
A. Alguno debe de haber, claro, pues
si no, no sería cierta la
es- pecificación “Existe un x tal que
A(x)”.
Si decimos que “existe algún inglés que
sabe hablar correcta- mente el español”,
por ejemplo, es evidente que para un cierto valor de x perteneciente a “los ingleses”, digamos un tal John
Smith que estudió en los Salesianos
de La Almunia de Doña Go- dina, se cumplirá
que ese caballero inglés en concreto
habla es- pañol
correctamente. Si no hay disponible en las cercanías nin- gún
John Smith hispanoparlante, entonces la propia
premisa de especificación existencial sería falsa, puesto que NO existiría ningún inglés que hable
español como es debido…
Nuevamente, su contraria:
Generalización Existencial
![]()
Si hay un cierto elemento que cumple A, entonces existe al menos un x
tal que A(x) se cumple,
que será precisamente ese elemento , al menos. Efectivamente, si conocemos a un tal Mi-
ke Taylor que estudió en los Escolapios de Puente del Arzobispo
y habla en español por los codos, entonces podemos
afirmar sin titubear que “existe al menos
un inglés que habla
español co- rrectamente”.
El tal Mike Taylor, al menos.
No creo que haya que explicar
más estas formulitas: son
bas- tante evidentes, casi
infantiles, perogrullescas… ¡y
potentes!
Armados con
ellas y con lo que ya sabemos de cálculo de predi- cados y proposicional, somos capaces de resolver inferencias lógicas como el que lava… en la Edad Media
nos hubiéramos po- dido ganar bien la
vida como resolvedores (¡o inventores!) de
silogismos… eso si antes no nos habían quemado en la hoguera,
por brujos.
Veamos algunos ejemplos. Ahí va el primero de ellos:
1. – Ningún ser humano es cuadrúpedo.
2. – Todos los pigmeos son humanos
Conclusión: Ningún pigmeo es cuadrúpedo
Por cierto: Qué cosas pasaban… en la clase anterior aparecían negros, por aquello de “Juan es
negro”, y aquí aparecen pig- meos… que también
son negros. Y nadie
se extrañó ni lo tomó como
ofensivo para nadie. Ya digo
yo que la corrección política imperante en la actualidad no había hecho todavía
su aparición en los años 70.
Veamos cómo llegamos, lógicamente, a
la conclusión de que nuestros queridos aborígenes africanos de baja estatura no se desplazan normalmente sobre cuatro patas, cosa por otra parte bastante
sencilla de demostrar simplemente
viendo una foto de pigmeos. Pero
vamos a hacerlo como preconizan las reglas de la Lógica,
como si no lo supiéramos.
Primero, definamos las proposiciones individuales:
H(x): x es
un ser humano C(x): x es un cuadrúpedo P(x): x es pigmeo
Una vez hecho esto, definimos ahora los
predicados 1 y 2, es decir, las dos
premisas, en términos del cálculo lógico:
Se entiende,
¿no? Bueno: por si acaso no se ve…
La primera:
Para todo x, si x es un hombre, entonces x no es un cuadrúpedo.
La segunda:
Para todo x, si x es un pigmeo, entonces
x es un hombre.
¿Queda claro? Supongo que sí. Entonces, vamos a operar un poco con cada uno de los dos predicados
originales, aplicando en primer lugar la Especificación Universal:
Bien, ya sabemos, pues, que los “humanos
no son cuadrúpe- dos”, y que “los pigmeos son humanos”. Con este par de especi- ficaciones
nos hemos librado (de momento) de los cuantificado- res, con lo que nos han quedado dos
proposiciones de lo más normalitas. Por lo tanto, podemos aplicar sin más las
reglas del cálculo proposicional que conocemos.
Tomamos ahora ambas conclusiones y:
Naturalmente:
Si A implica B y B implica C, entonces, por la
propiedad transitiva, A implica C.
Si aún tenéis dudas, pensad en
conjuntos, en relaciones
de pertenencia entre los conjuntos
involucrados, y lo veréis
clarísimo.
En definitiva: “Los pigmeos no son
cuadrúpedos”. Ya casi está.
Ahora sólo nos queda generalizar:
O sea, que todo
Pigmeo no es cuadrúpedo. Es decir: Para
todo x, si x es Pigmeo, entonces x no es cuadrúpedo. Como se quería demostrar.
¡Menudo descubrimiento! Pero es lo que hay.
En el mundo
de los silogismos, siempre que mi escuálida memo- ria no me falle,
éste de los pigmeos es un ejemplo del tipo “Ce- larent”,
es decir: Universal Negativo +
Universal Positivo dan como conclusión otro Universal Negativo. En este caso, Premi- sa-Universal Negativo: “Ningún
humano es cuadrúpedo”; Premi- sa-Universal Positivo: “Todos los pigmeos
son humanos”;
Con- clusión (Universal Negativo): “Ningún
pigmeo es cuadrúpedo”.
Así se
las
gastaban los monjes medievales… Había decenas y decenas de tipos de silogismos, que se
sabían de memoria.
Y, en cambio, nosotros,
en aquella “Metodología” de Segundo de Informática, nunca jamás citamos siquiera el nombre “Silogis-
mo”, cuando no hacíamos más que
resolver uno tras otro, aun- que tampoco muchos, no os creáis.
Al final del capítulo dedicaré algunos párrafos a describir, muy por encima
(porque uno no da para más), cómo eran los silo- gismos y cómo se usaban,
por si alguno de vosotros tiene curio-
sidad.
Pongamos un último ejemplo. De hecho yo tengo cinco de ellos
en mis descoloridos apuntes del siglo pasado, pero no voy a tor- turaros con más… si es caso, dejaré uno último para
que quien quiera divertirse un rato, pueda hacerlo… pero a solas. Veamos
este último ejemplo:
1 – Todos los números
racionales son números reales
2 – Algún número racional es entero.
Conclusión: Algunos números reales son enteros
De Perogrullo, sí, pero hay que
demostrarlo, que, si no, nues- tros amigos matemáticos se enfadan mucho.
Veamos primero los predicados
involucrados:
Q(x): x es racional.
R(x): x es real. E(x):
x es entero.
Las
premisas son las siguientes:
Traducción: Para todo número x que es ra-
cional entonces x es real.
Traducción: Existe al menos un número x tal que es simultáneamente racional y
entero.
Y la conclusión propuesta es:
Traducción: Existe al
menos un número x tal que
x es simultáneamente real y entero.
Evidente, ¿no? Espero que sí. Venga,
vamos a operar
otro po- co.
Por una parte, mediante especificación
universal:
Por otra parte, y ahora mediante especificación existencial:
Al ser éste último un predicado conjugado, o
sea, los dos predi- cados están unidos con “Y”, para ser cierto deben ser ciertos a
la vez y
; podemos, pues,
tomarlos independientemen-
te, y eso es justo lo que vamos a hacer, uniéndolos por partes
con el otro enunciado.
(Esto es un modus ponens de lo más normalito)
(La otra parte
de la conjunción)
, y por generalización existencial:
, que era la conclusión
buscada.
O sea, efectivamente algunos
racionales son, sorpresivamente,
también enteros.
El último ejemplo que prometí, para aquellos
masoquistas que quieran ejercitarse… Demostrar si la siguiente inferencia lógica es correcta:
1 – Algunos franceses son amigos de todos los monegascos.
2 – Ningún francés es amigo de los aficionados
al cricket.
Conclusión: Ningún monegasco es aficionado al cricket.
No es difícil,
ni mucho menos. Ya podéis lidiar con
silogismos sin despeinaros, tengan una premisa,
dos, tres o las que hagan fal- ta…
ya no hace falta cantar, como
yo canté en mi lejanísimo Ba- chillerato, aquello
de “Barbara, Celarent, Darii, Ferio… du-duá, du-duá…”. Sí, es que en mis tiempos se aprendían muchas co- sas cantando,
la
primera
de
ellas
la
tabla
de
multipli-
car, naturalmente: dos por una es dos; dos por doooos, cuatro;
dos por treees, seis… y así hasta el
infinito. Y más allá.
El caso es que he citado bastantes veces a lo largo del libro eso de “los
silogismos”, y acabo de explicar que conociendo lo que
hoy he terminado de exponer
sobre Lógica y sobre inferencias lógicas, no hace falta
conocer nada acerca de silogismos,
y que se podía olvidar uno tranquilamente de lo
del “Bárbara, Cela- rent,
Darii”…
Podría parecer que estoy menospreciándolos
como algo anticua- do y obsoleto,
pero no es así, en absoluto.
Los silogismos fue- ron la
piedra angular sobre la que se
basó toda la ciencia medieval e incluso la
de los Siglos XVI, XVII y XVIII.
Muchos grandes pensadores, algunos conocidos, como es el ca- so del gran
Guillermo de Ockham, pero la gran mayoría anóni- mos, aportaron a lo largo de los siglos su grano
de
arena al corpus de los silogismos…
Yo los estudié, no mucho, pero sí lo suficiente,
en mi aún más lejana Filosofía de Quinto de Bachillerato (tenía yo catorce o quince
años por entonces), y la
verdad es que me acuerdo
más bien poco.
Pero parece
que en nuestros tiempos ya no se
explican los silo- gismos. Nada, o prácticamente nada.
Es lógico, en realidad: sabiendo álgebra de
Boole, cálculo propo- sicional y de predicados, todo lo demás sale
solo.
No obstante, aunque sólo sea por
lo importantes que fueron en su día, voy a dedicarles algunos
párrafos para explicar a gran- des
rasgos qué eran y cómo se usaban los
silogismos en la os- cura Edad
medieval.
LOS
SILOGISMOS
O cómo se razonaba en la Edad Media
Fue Aristóteles,
nada menos, quien definió por
primera vez el término silogismo (que
en griego clásico
quiere decir “razona- miento”), aunque luego fueron
los escolásticos los que afinaron
su definición,
los
estudiaron
a
conciencia y explicaron
cómo usarlos.
Monje en su scriptorium,
calculando silogismos.
Para definir un silogismo se precisan tres proposiciones: Una, denominada “Mayor”,
otra, “Menor” y otra, por
fin, llamada “Conclusión”, que, como podéis
imaginar, es la que se deduce de las otras dos proposiciones, las premisas. Estas proposicio- nes deben
tener en total tres términos, denominados mayor,
menor y medio, y además resulta
que hay que… bueno, la cosa
se empieza a complicar.
Mejor
ver un ejemplo clásico (pero clásico – clásico):
Proposición Mayor: “Todos
los hombres son mortales”
Proposición Menor: ”Sócrates
es un hombre” Conclusión:
“Sócrates es mortal”
Ya veis que se trata
de un modus ponens de lo más sencillito, de una inferencia muy evidente, según acabamos de observar. Sabiendo cálculo proposicional y de predicados todo esto está chupado, es sencillísimo. Sólo había
un pequeño problema: ¡¡No estaban inventados!! En el Siglo XII toda noción de cálculo, y no digamos de álgebra, estaba en
pañales; ni siquiera se había importado de los indios, pasando por los árabes, el sistema de notación numérico actual, con su cero tan redondito incluido.
¿Cómo se las apañaron, pues, Tomás de
Aquino, Guillermo de Ockham y demás escolásticos de rompe y
rasga para lidiar con cualesquiera razonamientos…? De Memoria. Se aprendían los silogismos de memoria.
Bueno, en realidad no se dedicaban
a
hacer
cualesquie- ra razonamientos, no. Casi todos eran para demostrar ésta o
aquella faceta de la divinidad,
para demostrar la infalibilidad
del Papa o la venida del Espíritu Santo o la mendacidad de algún obispo casquivano… La poquísima cultura que subsistía en Occi-
dente durante los oscuros años medievales se guardaba o prac-
ticaba en monasterios y conventos. Sin excepción, silogismos
incluidos.
¿Cómo se las apañaron? Primero,
codificaron los diferentes pre- dicados según su tipo, de la forma siguiente:
Universal afirmativo: Letra A. (Traducido: Para todo x, ocurre
P(x) )
Universal negativo: Letra E. (Traducido: Para todo x, ocurre
No P(x) )
Particular afirmativo: Letra I. (Traducido:
Existe un x en que ocurre P(x) )
Particular negativo: Letra
O. (Traducido: Existe un x en que ocurre No P(x) )
Luego, siglo tras
siglo, en base a sesudos razonamientos
y pruebas llegaron a
determinar qué tipos de razonamientos eran válidos y cuáles no. Razonamientos en los que no podían reducir
fórmulas según el álgebra de Boole o las Leyes de De Morgan, porque tanto
a George Boole
como a
Augustus De Morgan les faltaban quinientos años o más para nacer, o sea, todo a pu-
ro pelo.
Los dividieron y categorizaron una y otra vez: en hipotéticos y disyuntivos, condicionales,
chiripitifláuticos y qué sé yo, dando así lugar a diferentes figuras,
modos, sistemas…
Luego, a cada figura le asignaron una o varias
consonantes ini- ciales que indicaban
de qué figura era el silogismo. No me pre- guntéis más detalles sobre esto de
las figuras y tal, que no llego más que hasta aquí.
Teniendo tres predicados y cuatro tipos de
predicado posibles (A,E,I,O), encontraron que había
64 posibles modos de ordenar- los, a base de escribir todos
uno a uno y contarlos. No creo que supieran siquiera que las variaciones con repetición de cuatro
tipos tomados de tres en tres era “4
elevado a 3”… ni siquiera sabían qué rayos era una “variación con repetición”,
pero sí sa- bían que en total había 64 modos posibles, del A-A-A al O-O-O.
También se dieron cuenta de que no todos los modos posibles eran silogismos correctos. Por ejemplo, si las dos premisas son negativas, no se puede inferir conclusión alguna, como en “Nin- guna
planta de mi jardín sabe hablar”; “Mi perro Toby (o mi primo Luis) no es una planta”… No es posible sacar ninguna
conclusión sobre si Toby (o mi primo) sabe o no sabe hablar en base a estas dos premisas iniciales, y por lo tanto no encontra-
réis ningún silogismo que empiece
por E-E o por E-O.
Así, de los 64 modos posibles, tras siglos de
estudio, encontra-
ron que sólo 19 eran correctos. ¿Cómo hacer para recordarlos, en
aquellos tiempos en que la matemática simplemente no exis- tía? Fácil: escribieron esos 19 modos válidos que encontraron, de
forma exhaustiva, buscando palabras mnemotécnicas que les ayudaran a recordarlas. De ahí lo de “Barbara, Celarent, Darii, Ferio…”. Y se las aprendieron de memoria. Ventajas de no tener televisión:
no tenían que aprenderse la
alineación de ningún equipo de nada ni la relación
de sucesivos amantes,
líos y que- rid@s de cada
concursante de cada edición de Gran Hermano…
Así, Barbara señala un razonamiento en el que todas las propo-
siciones son universales afirmativas (A-A-A: bArbArA,
para que se vea más claro), por ejemplo: “Todos los hombres son morta-
les”; “Todos los pigmeos
son
hombres”; Conclusión: “Todos los pigmeos son mortales”.
En nuestro africano ejemplo de hace unos párrafos, el de los pigmeos: “Ningún hombre es cuadrúpedo”, “Todos los pigmeos son
hombres”; Conclusión: “Ningún
pigmeo es cuadrúpedo”, es un silogismo
de tipo Celarent (EAE: cElArEnt). Sus proposi- ciones son: Universal Negativo
(E)-Universal Afirmativo (A)-
Universal Negativo (E).
En el tan famoso de “Todos los hombres son mortales”; “Sócra- tes
es un hombre”; Conclusión: “Sócrates
es mortal”, las propo- siciones son: Universal Afirmativo
(A), Particular Afirmativo (I), Particular Afirmativo (I)… es un
Darii (dArII, para que se vea más claro). Y así, con todo.
¿Cómo usaban esto los filósofos medievales? Bien, estaban ellos elucubrando sobre la flamigerez
de los bordosíes, sin ir más le-
jos, y se planteaban entonces el siguiente razonamiento:
Premisa Mayor: “Nadie que esfirulice a un churrimano es un flamígero
descendente”;
Premisa
Menor: “Tengo
un bordosí emperifollado que esfiruliza
a un churrimano”.
¿Qué conclusión puedo yo sacar de estas dos premisas tan esfi-
rulizadoras?
Como no sé álgebra
de Boole… lo llevo claro. Pero, por suerte, en su lugar, tengo mi lista de
silogismos…
A ver… la primera premisa
es una Universal Negativa:
una E. La segunda es un
Particular Afirmativo: una I. Luego tengo que buscar en la lista de silogismos
válidos y aceptados por los Pa- dres
de la Iglesia (no vaya a cometer herejía y acabe
en el potro de tortura) a ver si hay alguno
con ese comienzo “E-I”, aunque lo
normal es
que no me haga falta, porque
me los sepa de me- moria… Pues sí,
hay
uno:
Festino. La tercera sílaba
de Festino lleva
una O. Eso quiere decir que la conclusión es de
tipo
O: particular negativo. Y como Festino empieza por F, es de
no sé qué figura (según la
Wikipedia, de la segunda figura,
sig- nifique lo que signifique eso y tenga las consecuencias que eso
tenga).
O sea,
la conclusión sería “Este bordosí emperifollado esfiruli-
zador no es un flamígero descendente”.
O algo parecido…
Bueno, más o menos así sería el
método. Además, para ayudar-
se en
su tarea, inventaron uno de los primeros prontuarios
de la historia: las cartas silogísticas. No me preguntéis cómo se usa- ban. No me acuerdo, si es que alguna
vez lo supe.
La realidad es que, aunque soy viejo, nunca
llegué a usar acti- vamente ni las cartas
silogísticas ni los propios silogismos (ya habían pasado de moda cien años antes de que yo naciera), y los tengo bastante olvidados. Espero, eso sí, que gracias a es-
tas pocas palabras os quede, al menos, una idea de cómo fun-
cionaba todo el asunto.
Y, como decía Forrest Gump, “Esto
es todo lo que tengo que de- cir sobre
esto”. Nada más sé de silogismos, así que nada más
puedo contar.
En fin. El curso académico se acababa. Don José nos propuso
dos o
tres ejercicios más, luego… Vinieron los exámenes parcia- les (en las asignaturas que los hacían, que no eran tantas), y después los finales. Aprobé todo,
incluyendo esta tan lógica asignatura de “Metodología”. Con buena nota, creo recordar. La mayoría de mis compañeros
y yo estuvimos de acuerdo en que
estas clases impartidas por Pepe Cuena habían sido
de las más divertidas y útiles que habíamos recibido
en nuestras vidas.
El verano siguiente me dediqué
a cumplir mis obligaciones como
ciudadano español de pro de la época: me fui la mili, el Servicio
Militar Obligatorio, que terminé año
y pico después, simulta- neando las
guardias y las imaginarias con el curso de Tercero de Informática… Y fui a la mili aunque aún era menor de edad: en
aquellos años la mayoría de edad no se alcanzaba hasta cumplir los 21 años, y yo aún no los tenía.
Sí, era menor de edad para
casi todo, menos para ir
pegando tiros por ahí. Y en los ratos libres, estudiaba.
En fin: no me fue muy bien en
ninguna de las dos actividades: del curso me quedaron unas cuantas asignaturas para el año siguiente
(aunque aprobé dos o tres, que algo
es algo), y en la mili comprobé que toda la
estupenda Lógica que había aprendi-
do
ese curso 1973-1974 no me sirvió absolutamente de nada: no puede decirse que el Servicio Militar
de aquellos años se ri- giera por parámetros excesivamente lógicos. Menos mal que no estábamos en guerra con nadie, que si
no…
Queridos lectores, aquí se acaba esta
historia. Y el libro.
Seguramente os habrá aburrido mortalmente a la mayoría
(aunque
ellos seguramente no leerán esta
breve despedida, pues lo habrían dejado mucho antes), a otros os habrá parecido limitada, pedante y, sobre todo, ingenua, y, por fin, a dos o tres
de vosotros igual os ha servido para algo, os ha ayudado a en- tender un
poco cómo se razona, y sobre todo cómo razonamos los
informáticos… perdón,
cómo razonábamos los informáticos de los tiempos del cuplé.
Con que alguno de vosotros haya aprendido algo, me doy por satisfecho.
Hasta otra.
Pero, un momento,
antes de terminar este último capítulo del libro y de dejaros con los
Apéndices, un último consejo de un
viejo que en muchas ocasiones no ha hecho caso de sus propios
consejos (ya sabéis el refrán: “consejos vendo; que para mí, no tengo”):
Disfrutad de la vida, mientras podáis.
Apéndice I - Solución al Problema del
Maquinista.
En el capítulo
IV, dedicado al Álgebra de Conjuntos, enuncié un
conocido problema: El problema del maquinista, un añejo
problema lógico que ha dado dolores
de cabeza a varias genera-
ciones de estudiantes, aficionados
y curiosos. En este Apéndice voy a dar la solución, aunque
recomiendo encarecidamente a quienes hayáis llegado hasta aquí que intentéis resolverlo por vuestros medios, pues tenéis recursos más que
suficientes para hacerlo. Y os divertiréis
mucho, os los aseguro.
Su enunciado
es el siguiente:
“En un tren viajan tres empleados
de ferrocarriles, el jefe de tren, el
maquinista y el camarero,
de nombres White, Black y Brown, aunque no necesariamente en ese orden, y viajan tam- bién tres viajeros que tienen los mismos nombres, White, Black
y Brown. Tenemos además los siguientes
datos sobre ellos:
“El viajero Black vive en Washington, pero el camarero vive a mitad de camino entre Washington
y New York, mientras que el
viajero que se llama igual que el camarero vive en New York. El viajero
Brown gana doscientos mil dólares justos al año. El em-
pleado de ferrocarriles de nombre White gana siempre al aje- drez al jefe del tren. Uno de los viajeros es vecino del camarero
y gana exactamente, hasta el último céntimo, el triple que él.
“Y la pregunta es…
¿Cómo se llama el maquinista?”
Bien, para resolverlo definiremos primero los conjuntos más im- portantes de nuestro “Conjunto Universal” de tan sólo seis per-
sonas:
Ferro: los Ferroviarios.
Viaje: los
Viajeros.
Ambos conjuntos son disjuntos (Ferro·Viaje=0, debido a que o los protagonistas de la historia son viajeros o son ferroviarios, pero no ambas cosas a la vez (aunque en
realidad no quepa la menor duda de que, técnicamente, los ferroviarios del tren
tam- bién viajan, ¿no?), y constan
de exactamente tres elementos cada uno.
Por otra parte,
tenemos:
Black: las
personas llamadas “Black”. Brown: las personas llamadas “Brown”. White: las personas llamadas “White”.
Cada uno de estos conjuntos
es disjunto con el resto (por ejem- plo Black·White=0, y así con todos, pues cada persona se llama de una y sólo de una forma), y tienen, por
la definición del pro- blema,
exactamente dos elementos cada
uno: un viajero y un ferroviario. O sea, la intersección
de cada uno de estos conjun-
tos con “Ferro” y “Viaje” no es nula:
hay exactamente una única
persona que está en cada
intersección: por ejemplo,
Ferro·Black ó Viaje·White, etc.
Además, tenemos otros tres conjuntos unipersonales:
Maq: el Maquinista.
JefT: el Jefe de Tren. Cam:
el Camarero.
Sí, son conjuntos
también, aunque sólo tengan un elemento
ca- da uno. Conjuntos
pequeñitos, vale, minúsculos, pero conjun-
tos, al fin.
De nuevo, todos ellos son disjuntos entre sí (Maq·Jeft=0, y así
con todos), y sólo tienen un único componente, pero todos ellos son subconjuntos de Ferro, es decir, Maq ≤Ferro, JefT≤Ferro y Cam≤Ferro (o sea, Maq·Ferro’=0, etc).
Ya tenemos los
conjuntos básicos definidos
y sus relaciones in-
trínsecas... ahora hay que averiguar quién es
quién, que es lo
divertido.
Una buena opción es escribir la
Forma Normal Disyuntiva Completa del problema, es decir, cuál sería la tabla de posibles
situaciones correspondiente a la función
buscada, sabiendo que
de todos sus términos sólo uno será 1 y el resto, 0.
Y para escribir la
FNDC correctamente,
lo primero que hay que tener en cuenta es qué combinaciones de
nombres con cada uno de los ferroviarios son posibles. Tenemos tres nombres a asig- nar a tres personas, lo que
implica unas buenas permutacio- nes de 3 elementos, o sea, factorial de 3, es decir, 3!, o sea,
3·2·1, en definitiva 6 combinaciones posibles. Son las siguientes:
Maq≤Black · JefT≤Brown · Cam≤White
+ Maq≤Black · JefT≤White · Cam≤Brown + Maq≤Brown · JefT≤Black · Cam≤White +
Maq≤Brown · JefT≤White · Cam≤Black
+ Maq≤White · JefT≤Black
· Cam≤Brown + Maq≤White · JefT≤Brown · Cam≤Black
No hay más posibilidades: como augura la FNDC (y el sentido
común) sólo una de las seis combinaciones es válida,
siendo las otras cinco el conjunto
vacío.
Hay ahora que ir aplicando
las pistas que nos dan para ir po- dando
opciones que sepamos que su valor
es cero, o sea, impo- sibles. Vamos con ello.
Reordenemos en primer
lugar las pistas en el orden que nos viene mejor:
Pista 1: El empleado de ferrocarriles
de nombre White ga- na siempre al ajedrez al jefe del tren.
Esta pista nos indica simplemente
que White NO es el Jefe de Tren. O sea, que JefT≤White’,
o sea, JefT·White=0. Aquellos términos de la FNDC donde aparezca
el término JefT≤White
los podemos descartar.
Esto es bastante sencillo, me parece. ¿De
acuerdo hasta aquí?
Bien. Una vez eliminadas estas dos
combinaciones imposibles, quedan solamente cuatro posibilidades:
Maq≤Black · JefT≤Brown · Cam≤White
+ Maq≤Brown · JefT≤Black · Cam≤White +
Maq≤White · JefT≤Black
· Cam≤Brown + Maq≤White · JefT≤Brown · Cam≤Black
Mmmm. En realidad, ésta era la pista fácil.
Veamos cómo se- guimos.
Pista 2: El
viajero Black vive en Washington.
Pista 3:
El viajero que se llama igual que el camarero
vive en New York.
A partir de aquí, para ser riguroso,
necesitaría definir todos los conjuntos que van apareciendo en el enunciado,
tales como NY (el conjunto de los que viven en New York), o 200K
(el conjun- to de aquellos
afortunados que ganan exactamente
200.000 dó- lares anuales), etc, etc, y luego
ir definiendo las ecuaciones per- tinentes, tales como Viaje·Black≤Wash, (el viajero Black es
de los que vive en Washington), etc.
Sin embargo, creo que no es
necesario, así que a partir de aquí utilizaré
un lenguaje “nor- mal”, creo que se entenderá mejor
y, sobre todo, que se seguirá mejor la explicación. Siempre podéis definir vosotros mismos esos conjuntos “auxiliares” para hacerlo más formal, si
os place.
Volvamos a nuestras pistas 2 y 3. El viajero que se llama igual
que el camarero vive en New York, por
un lado, y por otro, el viajero Black
vive en Washington... que, por lo que
sabemos, no es la misma ciudad que New York. Eso quiere decir ni más ni
menos que el viajero que vive en New York no es Black (o sea,
Viaje·NY≤Black’), y, de rebote,
tampoco el
camarero es Black, por lo tanto.
Por lo tanto, Black NO es el Camarero. O sea, que Cam≤Black’, o sea, Cam·Black=0. Aquellos
términos de la FNDC donde apa- rezca que Cam≤Black los podemos
descartar. El término, en
realidad, pues sólo quedaba uno.
Suprimida ésta única combinación
que sabemos que es imposi- ble,
quedan estas tres:
Maq≤Black · JefT≤Brown · Cam≤White
+ Maq≤Brown · JefT≤Black · Cam≤White +
Maq≤White · JefT≤Black
· Cam≤Brown
Vamos ya con el resto de pistas.
Pista 3: El camarero vive
a mitad de camino entre Was- hington y New York.
Pista 4:
El viajero Brown gana doscientos mil dólares jus-
tos al año.
Pista 5:
Uno de los viajeros es vecino del camarero y gana
exactamente, hasta el último céntimo,
el triple que él.
Tenemos situado al viajero Black, que vive en Washington. Un viajero vive junto al camarero
(digamos que en Philadelphia, a mitad de camino entre
Washington y New York), y gana el
triple exacto que él, mientras que Brown,
el viajero, gana doscientos mil dólares justos.
Resulta que 200.000
no es divisible “hasta el último céntimo”
por
3.
Brown, por tanto, no puede ser
el viajero que gana tres veces
exactas más que el camarero. Ése, que vive al lado del camare- ro, decíamos que en Philadelphia, debe ser White por elimina- ción, ya que Black vive en Washington, según la pista 2. Es de- cir, el viajero Black vive en Washington
y el viajero White, en
Philadelphia.
Luego el viajero
Brown, que es el que queda por situar, vive, por eliminación,
en New York, y se
llama igual que el camarero,
según la pista 2. Luego el Camarero
es Brown, es decir: Cam≤Brown. Por tanto, podemos desechar aquellas combina- ciones de las restantes que
impliquen que el camarero NO se llame Brown,
o dicho en álgebra
de conjuntos, donde Cam≤Brown’
(es decir, Cam≤Black y Cam≤White),
pues en am- bos casos son 0,
el conjunto vacío.
Tras esta eliminación, sólo ha quedado una
combinación factible de las seis originales:
Maq≤White · JefT≤Black
· Cam≤Brown
Por consiguiente, así se reparten definitivamente los nombres:
El camarero se llama Brown,
el Jefe de Tren se llama
Black
y el Maquinista, White.
White es, pues, el nombre del maquinista. Y, por tanto, la solu-
ción al acertijo.
Fácil... ¿no?
Apéndice II - La reducción de Karnaugh,
por J
A lo largo de este librito
hemos visto la lógica booleana y cómo
reducir cualesquiera funciones booleanas a su Forma Normal
Disyuntiva. Luego, en el artículo dedicado al Álgebra de Circui-
tos, vimos que ésta era una vulgar álgebra de Boole, y cómo aplicarla para diseñar circuitos
eléctricos. En aquel capítulo se citaba
de pasada que D. José Cuena dedicó quizá un par de cla-
ses a describir cómo se simplificaban circuitos
y, en concreto, al método de
Karnaugh aplicado a circuitos
eléctricos, pero no en- tramos a describirlo,
ni siquiera a definirlo.
Pero hete aquí que nuestro amigo J vino a solucionar esta ca- rencia en un artículo en el que
nos definió cómo era y cómo fun- cionaba la así llamada “reducción de Karnaugh”.
Cedamos, pues, la palabra a J:
La reducción de Karnaugh
es un método poco formal,
pero muy ingenieril y astucioso, de buscar la manera de usar los mí- nimos términos posibles para definir una función lógica, y que además
esos términos tengan los
mínimos componentes posi- bles.
Para ello, empecemos por un
ejemplo: supongamos que tene- mos una función lógica F con dos
entradas A y B, y que su defi-
nición, en Forma Normal Disyuntiva, es:
F= AB’ + A’B + A’B’
Pensando un poco podríamos
llegar a darnos cuenta de que esta fórmula es bastante complicada, pues tiene muchos términos,
y que podríamos simplificarla a:
F=A’+B’
¿Estáis de acuerdo
en que ambas fórmulas son la misma fun- ción? Haced las tablas de estados de ambas funciones y veréis
que es la misma.
¿Ya habéis vuelto?
¿Habéis necesitado hacer las tablas para verificar que son
en realidad la misma
función?
¿O quizá habéis utilizado el
método algebraico para generar la FND de ambas funciones y comprobar que son
la misma? En el fondo, ambas cosas son lo mismo.
Pero… ¿no parece que en este caso la FND es una cosa muy en- gorrosa? ¿No parece que tiene demasiados términos? Está bien,
nos confirma que ambas funciones
son la misma, pero además de eso a mí me gustaría
que, si me dieran la primera
función, fuera capaz de llegar a la segunda con facilidad, ¿no?
Y eso que esta función sólo tiene dos variables… imaginaos que tuviera
más.
Pues eso es lo que intenta solucionar el método de Kar-
naugh: encontrar
una forma simplificada de una función dada.
Para ello, nos aprovecharemos de que el cerebro humano
es muy bueno reconociendo patrones visuales. No tengo nada claro que pueda contar el
procedimiento de manera muy formal,
por- que además estoy hablando sobre todo de
memoria (tiré todos mis apuntes en los que aprendí esto)… pero vaya, es como me
lo contaron a mí. Y además he mirado un poco en la Wikipedia,
lo confieso.
El problema es que para reconocer esos patrones visuales, te- nemos que dibujar,
y a día de hoy sólo somos capaces de dibu- jar
en 2D en un papel. Eso limita mucho la cantidad de variables
que podemos manejar. A mí me resulta
difícil hacer mapas de Karnaugh que tengan más de 4 variables,
y cuando intento hacerlos de 5 ó más variables,
ya empiezo a pensar en cómo
sería el programa que podría hacerlo. Así que voy a contaros el ejemplo de 4 variables, que es el
más complejo que podemos pintar con facilidad.
Vamos a suponer una función de 4 variables, que hemos re- presentado según una tabla. Las
columnas A, B, C y D son, obviamente,
las 4 variables, y F es el resultado
de la función.
Lo primero que
debemos
hacer
es
conocer
el
concepto de código circular de Gray.
¿Qué es
eso? En un
código de Gray
tenemos que
hacer que entre dos valores
consecutivos cualesquiera la única
diferencia sea el valor de una sola de las variables.
Jo, qué difícil. Cuando a mí me lo
contaron lo hicieron aprove- chando los conceptos de bit y código binario, que ya conocía de
antemano, así que contároslo sin recurrir a ello se me hace complicado… en fin, probemos
con un ejemplo.
Si tenemos 2 variables, solemos ordenarlas así:
0 - 0
0 - 1
1 - 0
1 - 1
Entre la primera
fila y la segunda sólo cambia un valor: el se- gundo 0 se ha convertido en un 1. Pero entre la segunda
fila y la tercera cambian dos valores: el 0 se ha convertido en un 1, y el 1 se ha convertido
en un 0.
Peor aún: hemos dicho circular… es decir, que cuando llegamos
al final, volvemos a empezar por el principio. Es decir, también
tenemos que mirar que tras la fila 4ª viene la fila 1ª. En este caso, los dos 0’s se han convertido en sendos 1’s.
No podemos decir que esto siga el
código de Gray, tal como lo hemos definido
antes…
El código de Gray de 2 variables es el siguiente:
0 - 0
0 - 1
1 - 1
1 - 0
Fijaos que ahora sí que sólo hay un cambio entre la fila 2ª y 3ª,
y lo
mismo entre la fila 4ª y 1ª, así como entre todas las demás filas consecutivas.
En este momento, a las personas que saben la representación
binaria y cómo se codifican los números decimales en notación
binaria (que probablemente son todos nuestros
lectores, porque hoy en día esto se enseña en el
colegio, aunque a gente de la edad de Macluskey
le costara una carrera
entera para enterar- se), se les revuelven las tripas, porque
parece como si estuvié-
ramos desordenando los números… pues no.
Destierra esa idea de tu cabeza, no traduzcas
esos números bi- narios a decimal. Sólo estamos describiendo el comportamiento de nuestra
función ante las distintas entradas…
¿qué más da que primero escribamos una fila o la otra? Lo importante es que
las escribamos todas.
Podríamos generalizar esta idea
para 3 ó 4 bits, pero en realidad no nos hace falta para nuestro mapa de Karnaugh. Consultar la página de la Wikipedia sobre el Código de
Gray si lo necesitáis algún día.
Vale, pues ahora dibujamos una matriz bidimensional, donde
en cada eje pongamos 4 valores, ordenados según el código de
Gray:
Como tenemos 4 variables de entrada,
ponemos 2 variables en filas y 2 en columnas,
es decir, 4 filas y 4 columnas, y así cu-
brimos todas las 16 posibles combinaciones. Si
tuviéramos 3 va- riables, podríamos sólo 2 filas
y cuatro columnas, por ejemplo. Y si tuviéramos sólo 2 variables, pondríamos solamente
2 filas y 2 columnas.
Esta tabla se llama mapa de Karnaugh, y es el corazón del método.
Ahora trasladamos los valores desde nuestra tabla de estado de la función a nuestro
mapa de Karnaugh, pero con cuidado de
darnos cuenta de que las filas y
columnas están ordenadas de una forma
“rara”:
Hasta aquí, fácil.
Ahora es cuando viene el arte: hay que buscar los grupos que
tengan 16, 8, 4, 2 y 1 unos juntos en un rectángulo (no valen
formas raras: tienen que ser obligatoriamente rectángulos).
Empezamos buscando grupos de 16 unos
todos juntos.
Obviamente, no tenemos ninguno, porque entonces
tendríamos una función que siempre
tiene unos… vaya tontería
de función, que siempre da el
mismo resultado sea cuales fueran
sus entra- das… pero bueno, teóricamente
sí es posible.
Como no hay, buscamos
grupos de 8 unos
juntos. Tampoco te-
nemos ninguno.
Buscamos entonces los grupos de 4 unos juntos. Yo veo uno
muy obvio.
Existe otro más, que se solapa parcialmente con el
grupo ante- rior. No hay ningún problema en que solapen, así que lo mar- camos también.
Ya no hay más grupos de 4 unos
juntos, así que empezamos
a buscar los grupos
de 2 unos juntos. Encontramos un grupo y lo
marcamos.
No es necesario marcar los grupos de 2
unos que ya formen
parte completamente de los grupos de 4 (o de 8, etc) que hayamos marcado
antes (como por ejemplo, tomar
de 2 en 2 los que ya tenemos
en el grupo azul), pero sí
los que se solapen parcialmente, si los hay.
También debemos tener cuidado
para no crear más grupos de
los necesarios, pues existen situaciones en que, por ejemplo,
dos grupos astutamente elegidos
serían suficientes, pero si nos
confundimos podríamos necesitar 3. No sé si existe un algoritmo óptimo que encuentre
los grupos y te garantice que son como deben
ser… yo siempre lo he hecho
a ojo; al fin y al cabo con 16 celdas tampoco es tan difícil.
Luego ya no hay más grupos de 2 unos…
…
¿Seguro?
…
Pues sí, hay otro. Al haber usado un código circular de Gray, lo que “sale” por la
derecha, “entra” por la izquierda
y viceversa: técnicamente se dice que tiene
topología de toro o de toroide. Por lo tanto, sí existe un grupo
más, que marcamos en amarillo:
Obviamente, lo mismo
ocurre entre arriba y abajo (lo que
“sale” por abajo, “entra” por arriba). Además, podría habernos ocurri- do esto mucho antes de haber llegado a los grupos de 2, por ejemplo cuando buscábamos grupos
de 4 ó de 8. Este ejemplo
lo hemos elegido cuidadosamente para ir mostrando las cosas poco a poco, pero en cualquiera
de
nuestras búsquedas debe- mos tener esto en cuenta.
Bueno, finalmente debemos marcar los unos que
queden suel- tos… son grupos de 1 elemento. Un grupo de 1 único uno
es muy triste, pero también tiene derecho,
el pobre. En el ejemplo no hay ninguno: todos los unos han sido
asignados ya a grupos.
Bien, pues cada uno
de esos grupos será
un término en
nuestra función simplificada. En
nuestro ejemplo, tenemos 4 términos.
Para construir cada uno de los términos debemos fijarnos en las únicas variables que sean fijas en
todo el grupo.
Por ejemplo, para el grupo azul vemos que A siempre vale 0 y B
siempre vale 0, mientras que C y D recorren todo el espectro
de posibles valores.
Así que tenemos que para el grupo azul sólo es importante que A=0 y B=0. Sabemos cuál
es la fórmula de eso: A’B’. Debemos darnos cuenta de
que podemos hacer esto por- que hemos
ordenado las filas y columnas según
un código de Gray, donde un elemento y el siguiente se diferencian sólo en uno de los
valores… ahora entiendes por qué lo hacíamos, ¿ver- dad?
Deduciendo de la misma forma encontramos que el grupo rojo es
A’C', porque sólo B y D
barren todos los valores posibles.
Los grupos verde y amarillo, como son
de sólo 2 elementos, necesi- tan
3 variables, pero podemos deducir
del mismo modo que son ABD y B’CD’
respectivamente.
Así que nuestra fórmula completa
es: F=A’B’ + A’C’ + ABD + B’CD’
Podemos entender este método de Karnaugh
como lo contrario a la Forma Normal Disyuntiva. La FND pretendía
tener todas las variables en cada término, mientras
que este método pretende tener el
mínimo posible de variables en cada término. A lo largo del libro hemos visto que estas dos
aproximaciones tienen su
utilidad en el mundo real.
Si hubiéramos querido hacerlo
para 5 ó 6 variables, tendríamos que haberle dado “profundidad” a la matriz, con una tercera
di- mensión. Pero como no podemos pintar en 3D, se suele poner una
segunda matriz a la derecha (para el caso
de 5 variables) y otras dos más debajo (para el caso de 6 variables)… pero en
esos casos ya resulta muy complicado buscar los patrones
vi-
sualmente. El procedimiento es el mismo, sólo
hace falta ser capaz de buscar los patrones saltando de matriz en matriz…
y no es nada sencillo.
Finalmente, podemos pensar un
poco y darnos cuenta de que si, en vez de agrupar
los unos,
agrupamos los ceros,
podemos
construir una suma para cada uno de los grupos y luego multi- plicarlos todos, y así llegamos a la fórmula equivalente donde, en vez de tener sumas de productos, tenemos
productos de sumas. Todo, todo en el álgebra de Boole es dual, y esto no iba
a ser menos.
Y hasta aquí el método de
Karnaugh de reducción de funciones.
Apéndice III - Lógica digital, por J
A lo largo del libro hemos visto lo importante que era la asigna-
tura en que dicho libro se basa (Metodología, de Segundo de In- formática,
allá por 1973) para los informáticos
en ciernes, y hemos visto algunos ejemplos por el camino, como
su aplicación a la redacción
de los if de los lenguajes de programación.
Una de dichas aplicaciones, quizá una de las más importantes, es el diseño y fabricación de los circuitos digitales, que permiten tomar un conjunto de entradas digitales
binarias y ob-
tener un resultado 1 ó 0. Pero, claro, como estamos siguiendo los
apuntes de hace un porrón de años, en aquel momento no se contaba nada de eso en la Escuela de Informática. Por enton- ces las grandes empresas tenían uno o dos ordenadores enor- mes (de tamaño), la memoria de esos ordenadores era de ferri-
tas, y si tenías 64 Kb ya eras un afortunado, así que no se con- taba nada de
esto, salvo algún profesor avanzado que avanzaba que “había una cosa nueva, de nombre
flip-flop, que revolucio- naría la informática del futuro…”.
¡Qué tiempos!
Así que nuestro querido
J acudió a ponernos
al día acerca de cómo se
diseñan puertas lógicas en base a la tecnología actual…
y al impasible álgebra de Boole, que todo lo gobierna. Cedamos
nuevamente la palabra a J:
Cuando Macluskey estudió aquella
asignatura en los tiempos del cuplé, les contaron interruptores
(pero no puertas lógicas)
pro- bablemente porque se pensaba que muchos ingenieros informá-
ticos tendrían que dedicarse al hardware, y el tiempo ha demos- trado que… se equivocaron. La inmensa mayoría de los ingenie- ros informáticos se dedican al software. De hecho, yo soy teleco
y también estudié interruptores
en la carrera (aunque unos po- cos años después de Mac), y después de
eso, puertas lógicas, pensando en que probablemente los telecos, esos sí, se iban a dedicar
al hardware… pero jamás lo he usado en mi vida profe- sional, aunque sí en la privada…
pero, ejem, es que yo soy bas- tante friki.
En este anexo repasaremos un poquito cuáles son
las principa- les tecnologías
hardware
para hacer esto.
Para empezar a ver la utilidad
de esto, y antes de entrar en formalismos, vamos a tratar de
poner un ejemplo. Supongamos
que yo tengo:
ƒ Un sensor que detecta
si entra luz por la ventana.
Si entra luz genera un 1, y si
no, un 0 (ya veremos luego cómo re- presentamos
todo esto físicamente).
ƒ Un sensor de movimiento que me detecta
si estoy en la habitación, generando un 1 si
estoy, y un 0 en caso con- trario.
ƒ Una luz que se enciende cuando
recibe un 1, y que se
apaga cuando recibe un 0.
¿Podría yo crear un circuito digital que encienda la luz cuando estoy en la habitación pero no entra luz por la ventana? A lo
mejor me gustaría que la luz del
pasillo se encienda automáti- camente cuando viene alguien, pero, claro, sólo cuando no haya luz natural,
que hay que ahorrar…
La respuesta es sí, podría diseñar un circuito digital
que haga eso exactamente. El circuito más sencillo que lo logra es el si- guiente:
¡Hey! ¿Qué son esos dibujos extraños que hemos
puesto entre los sensores y la bombilla? Esos dibujos son puertas lógicas.
La primera de las puertas lógicas, la que parece una D mayús- cula, es una puerta AND. Su trabajo
(la veremos formalmente un poco más adelante) es poner un 1 en la salida si en ambas entradas hay un 1, y un 0 en
cualquier otro caso.
La segunda de las puertas lógicas,
la que parece un triángulo con un círculo en la punta,
es una puerta NOT.
Su trabajo es poner
en la salida lo contrario
de lo que haya en la entrada, y la
veremos también en un ratito.
Piénsalo un poco, y resumamos en la siguiente tabla cuáles son los cuatro
posibles estados del sistema:
|
Sensor de
presencia |
Sensor
de luz |
Bombilla |
|
0 |
0 |
0 |
|
0 |
1 |
0 |
|
1 |
0 |
1 |
|
1 |
1 |
0 |
Si lo pensáis un poco, esa tabla resume exactamente lo que queríamos hacer: la luz se enciende si detecta a alguien,
pero solamente si es de noche, o al
menos no entra luz suficiente por la ventana.
Fácil, ¿verdad?
Existen 3 puertas lógicas básicas: AND, OR y
NOT. Supongo que, dado el
punto del libro en el que estamos, y dado que qui- zá adivinas algo de lo que vamos a decir en los próximo párra- fos, no te sorprenderán esos
nombres.
Veamos ahora cómo funciona
y cómo se representa cada tipo de puerta.
Una puerta AND se representa
por el siguiente símbolo, y defi- ne su comportamiento según la siguiente tabla:
|
Entrada1 |
Entrada2 |
AND |
|
|
0 |
0 |
0 |
|
|
0 |
1 |
0 |
|
|
1 |
0 |
0 |
|
|
1 |
1 |
1 |
Una puerta OR se representa por el siguiente símbolo, y define
su comportamiento según la siguiente tabla:
|
Entrada1 |
Entrada2 |
OR |
|
|
0 |
0 |
0 |
|
|
0 |
1 |
1 |
|
|
1 |
0 |
1 |
|
|
1 |
1 |
1 |
Finalmente, una puerta
NOT se representa por el siguiente símbolo, y define su comportamiento según la siguiente tabla:
|
Entrada |
NOT |
|
|
0 |
1 |
|
|
1 |
0 |
¿Será, por un casual, el conjunto (S, OR, AND), junto con la
puerta NOT, siendo S los dos posibles valores {0,1}, un
álgebra de Boole?
Ya sabemos cómo demostrarlo, si fuera necesario, por anterio-
res artículos del libro… pero no creo que haga falta hacerlo: sí, obviamente, es un álgebra de
Boole. De hecho, a poco in-
glés que sepamos, sabemos que AND significa Y, OR significa
O y NOT significa NO… y eso nos da muchas pistas.
No vamos a demostrarlo aquí, porque ya lo ha hecho Macluskey en otros capítulos del
libro,
y aquí se haría igual.
Eso significa que podemos
definir funciones a base de combinar puertas lógicas, y que podemos
aplicarles a esas funciones
to- das las operaciones que veíamos en un álgebra de Boole, tales como la conmutatividad y asociatividad, las leyes de De Morgan,
la simplificación de Karnaugh, su descripción en Forma Normal Disyuntiva (FND) o Conjuntiva (FNC), o muchas
otras.
De
hecho, es muy habitual definir las
funciones de lógica digital precisamente
con la misma notación que se lleva usando en el resto del libro: el
símbolo de +
para el OR; y el punto
de multi- plicación o simplemente nada para el AND. Para el NOT se usa a
menudo una barra horizontal sobre la variable o una tilde tras
ella… como hemos ido haciendo en el resto del libro, vaya.
Por ejemplo, para definir nuestro circuito de arriba, si llamamos
L al
sensor de luz exterior, P al sensor de presencia y S a la
sa- lida, podemos decir que S=P·L’.
Saber que las puertas
lógicas forman un álgebra
de Boole tiene su importancia. Por ejemplo, si definimos nuestra función digital en forma de tabla, podemos usar la
simplificación de Karnaugh para encontrar la función digital que menos términos tiene (es decir, que menos puertas lógicas necesita). Esto es importante,
porque a veces tener más puertas significa utilizar más mm2 de la oblea de silicio
en que se fabrican los componentes y, por lo tanto, el circuito resulta más caro.
O también podemos encontrar la FND de cualquier circuito para comprobar si dos circuitos lógicos son en realidad
el mismo. Por cierto, que esta
FND tiene una ventaja adicional: al
parecer es relativamente sencillo,
por la forma en que se fabrican
los cir-
cuitos integrados, tomar todas las entradas,
pasarlas agrupadas por un montón de puertas AND y el resultado
pasarlo por una única puerta OR... Es decir, la representación en FND de la fun- ción. Al parecer, dependiendo de la
tecnología que se utilice, es- to puede ser más fácil (es
decir, más barato de fabricar) que el circuito de Karnaugh equivalente,
aunque aparentemente tenga más puertas (parece
ser que este hecho tiene
que ver con la
distribución física de las distintas
bandas de dopaje sobre el sili- cio).
Por comodidad, se suelen
definir también unas cuantas puertas lógicas más: XOR,
NOR, XNOR y NAND.
Pero no olvidemos que todas
ellas se pueden representar simplemente como una combinación de AND, OR y NOT, como supongo que ya sabrás si has leído el resto del libro.
XOR es el OR eXclusivo que ya ha salido otras veces en el libro, y se suele representar con un + rodeado
con
círculo:
. A menudo se dice que ésta es la puerta de la
suma (y no el OR, como podría parecer
por el símbolo), porque si sumo con sumas “normales”, en realidad me sale lo que dice
la puerta XOR…
¡Por Tutatis! ¿Y qué pasa con el 0 de la última fila? Ten en cuen- ta
que estamos lidiando con sumas binarias, y 1+1=… 0… ¡y me llevo 1!, del mismo modo que en
nuestro sistema decimal habi-
tual, “5+5=0 y me llevo 1″.
A este “me llevo 1” se
suele llamar acarreo, y se puede calcular simplemente con un AND.
A continuación la representación del XOR y la tabla que define su comportamiento:
|
A |
B |
XOR |
|
|
0 |
0 |
0 |
|
|
0 |
1 |
1 |
|
|
1 |
0 |
1 |
|
|
1 |
1 |
0 |
Sigamos. NOR es simplemente la combinación de NOT y OR.
Así, por ejemplo:
Y ahora, su representación y la tabla que define
su comporta- miento:
|
A |
B |
NOR |
|
|
0 |
0 |
1 |
|
|
0 |
1 |
0 |
|
|
1 |
0 |
0 |
|
|
1 |
1 |
0 |
En cuanto a XNOR, es nada más que la combinación de NOT y XOR,
y se suele representar
mediante un punto rodeado de un
círculo. Así, por ejemplo, tenemos:
.
Se suele decir que ésta es la puerta de la equivalencia, porque si
os fijáis en la tabla veréis que esta función
comprueba si A y
B son iguales, cosa que igualmente hace la puerta
XOR, natu- ralmente,
pero con las salidas cambiadas.
Como siempre,
su representación y su tabla
de funcionamiento:
|
A |
B |
XNOR |
|
|
0 |
0 |
1 |
|
|
0 |
1 |
0 |
|
|
1 |
0 |
0 |
|
|
1 |
1 |
1 |
Y finalmente, la puerta NAND es la combinación de NOT y AND, como por ejemplo en:
Representación y tabla al canto:
|
A |
B |
NAND |
|
|
0 |
0 |
1 |
|
|
0 |
1 |
1 |
|
|
1 |
0 |
1 |
|
|
1 |
1 |
0 |
Bueno, ¿y todo esto qué tiene que ver con el álgebra de circui- tos? Porque mucho decir que es continuación del álgebra de cir-
cuitos, pero hasta ahora sólo lo
hemos tratado como una cosa independiente.
Pues sí tiene que ver, porque hasta ahora estas puertas
lógicas que hemos visto son solamente un concepto abstracto, que vive
en el mundo de las ideas de Platón.
¿Cómo trasladamos esas puertas ideales
a componentes físicos con los
que construir un ordenador?
En realidad, cómo lo hagamos
depende de la tecnología que empleemos, pero hoy en día casi
siempre es con interruptores como los que vimos en el capítulo
III, el dedicado al álgebra
de circuitos.
Pero antes… vaya… antes aún tenemos que dar un paso inter- medio. Vamos a definir primero un
interruptor ideal controlado por una señal. Bueno, mejor dicho, vamos a definir dos (en rea- lidad hay ciertas tecnologías que
usan un componente más: un atenuador o debilitador, pero son bastante poco usados):
El interruptor de la izquierda,
cuando recibe un 1 por la patilla de control, cierra el circuito (es decir, deja pasar la corriente); y
cuando recibe un 0, lo abre (interrumpe el paso de la corriente).
En cuanto al de la derecha,
funciona exactamente al revés que el otro: cierra el circuito cuando recibe un 0 y lo abre
cuando recibe un 1 por la patilla de control.
Bueno, pues combinando estos dos interruptores podemos cons- truir todos los tipos de puerta que hemos definido antes. Por
ejemplo, veamos cómo es una puerta
AND construida con estos interruptores:
Si lo pensamos un poco,
vemos que este circuito cumple la tabla de
la puerta AND: si alguna
de las entradas A ó
B es
un 0, la parte superior del circuito está abierta, por lo que el 1 nunca llega hasta la salida, mientras que al menos uno de los interrup- tores de la parte de abajo lleva el 0 hasta
la salida. Sólo si am- bas entradas son un 1 se cierra la
parte superior y se abre la inferior,
llevando el 1 hasta la salida.
De forma similar podemos construir todas las demás puertas
ló- gicas (aunque no vamos a
verlas… hacedlo mentalmente o con
lápiz y papel si lo deseáis).
Así que ya sólo nos queda definir qué son ese 0 y ese 1,
y cómo son esos interruptores. De nuevo, eso depende de la tec- nología que estemos usando,
pero es muy habitual decir que el
1 son 5V y el 0 son 0V (eso se
llama “lógica TTL”). En otras tec- nologías se usan +12/-12V, 3.3/0 ó cosas así.
Para los interruptores, la tecnología más antigua que conozco se
basa en relés. Tan antigua es esa tecnología que existen má- quinas basadas en piezas mecánicas o
en tuberías que consi- guen cosas parecidas… ¡y tienen siglos
de antigüedad! aunque
es cierto que no dejan de ser unos meros juguetes
ingeniosos.
Y es que un relé es en realidad
una cosa muy tonta: un elec- troimán
que cierra o abre un circuito.
Veamos a continuación el dibujo:
El muelle mantiene el circuito
abierto por defecto. Cuando en las
patillas de control metemos
por ejemplo 5V, circula
un montón de corriente por
ahí, produciendo un electroimán que
atrae al metal del interruptor,
cerrando así el circuito. Ingenioso.
La tecnología es muy sencilla,
fácil de fabricar, y se conoce des- de que se conoce el electromagnetismo. La desventaja principal es que se basa
en el movimiento de componentes físicos muy grandes, que tardan un montón de tiempo en moverse.
Cuando empieza a circular
corriente por la bobina
de control, empieza a atraer al interruptor para cerrarlo… pero ese cierre
tarda unos cuantos milisegundos.
Puede parecer que unos pocos milisegundos es muy poco tiem- po, pero piensa en que tu ordenador
funciona probablemente, como poco, a un par de GHz… 2 mil millones de conmutaciones
por segundo. O más. Es decir, que cada conmutación debe tar- dar menos de medio nanosegundo…
decididamente, unos pocos milisegundos es muuuuuucho tiempo. Y eso por no hablar del precio.
Eso no impidió que se
construyeran ordenadores con esta tecno- logía. Eran ordenadores
primitivos, lentos (lentos
si los compa- ramos con la
actualidad: en su momento eran rapidísimos)…
pe- ro vaya, ordenadores al fin y al cabo.
Como curiosidad, para los
que se dediquen a la programación,
parece ser que el término bug proviene de que con esta tecno-
logía los bichos (insectos, arañas, cosas así) se metían física- mente entre los contactos (bug es “bicho” en inglés) e impedían que
los
terminales
hicieran
contacto…
y
por
lo
tanto debu- gar (debugging) era ir con insecticida y pinza a quitar físicamen- te los bichos achicharrados del
circuito.
Parece que fue Grace Hopper, la contraalmirante de la US Navy
Grace Hopper, más bien, una de las mujeres más importantes
en la
historia de la informática (entre otras cosas, fue práctica-
mente ella la inventora del Cobol), quien acuñó el término “de-
bug” cuando trabajaba con el UNIVAC 1, seguramente el primer ordenador
utilizable comercialmente de la historia.
También de esta época es la palabra
hacker. Al parecer,
si un relé pasaba mucho
tiempo en una determinada posición,
sus terminales se empezaban a oxidar y ya no se movían. Así que unos expertos iban a darle un
golpecito a la máquina, un ono- matopéyico
hack!,
en
donde
lo
necesitaba, para despegarlos
(hack
en inglés es algo así como “hachazo”).
Válvula de vacío (RJB1, cc-by-sa)
Con el tiempo vinieron
a sustituir a los relés los conmutadores
de válvulas de vacío.
No conozco en detalle el principio
físico en que se basan las vál- vulas, pero las más comunes de ellas
se basan en que, cuando pasa corriente por los terminales
de control, sube la temperatu-
ra, aumentando la cantidad de electrones libres, lo que permite el paso de corriente
entre los bornes del interruptor.
También pueden usarse como amplificadores, aprovechando la parte de
su curva de comportamiento en que hay una relación lineal en- tre entrada y salida. De hecho
Macluskey comenzó a ver la tele- visión (el único canal que había) a fines de
los cincuenta, en un televisor de válvulas
de enorme tamaño
y diminuta pantalla…
¡qué bien se veía “Bonanza” en
aquel televisor!
Su principal desventaja, además del
precio, es el tamaño. Y el calor que desprenden. Aunque muchos melómanos siguen di- ciendo que los amplificadores de válvulas dan un sonido mucho
más fiel al original que los de transistores (parece que tiene que
ver con que el comportamiento de las válvulas es más lineal que el de los transistores, aunque con mi oído patatero soy incapaz de diferenciarlo), cuando se usan como conmutadores no les conozco
ninguna ventaja frente a los transistores…
Y con esto, finalmente, llegamos
a los transistores.
Distintos tipos
de transistores... en encapsulados estandarizados
Si el principio de funcionamiento de las válvulas era complicado,
del de los transistores no te
digo nada… Al parecer, existen compuestos (típicamente de silicio con pequeñas cantidades de otros elementos, aunque se pueden usar
otros, como el germa- nio) que no se pueden catalogar simplemente como conductores o aislantes… sino que, a pesar de que por defecto
son aislantes, dependiendo de si por uno de los
lados se les mete más o me- nos voltaje (o corriente, depende), empiezan
a conducir (por eso se les llama precisamente semiconductores).
Uhm… ¿eso no es básicamente nuestro interruptor controlado
por tensión?
Transistor bipolar NPN y PNP
El comportamiento detallado de un transistor (o sea, sus ecua-
ciones) depende del tipo que sea (bipolar, JFET,
MOSFET…), pe- ro cualitativamente
podríamos describirlo así:
ƒ Si la tensión entre Base y Emisor es muy pequeña, no cir- cula
corriente entre Colector y Emisor (es decir, son un in- terruptor abierto). A esto se
le llama zona de corte.
ƒ Si la tensión entre Base y Emisor es muy grande,
no sólo circula
corriente entre Colector
y Emisor, sino que es vir-
tualmente un cortocircuito, un interruptor cerrado. A esto se le llama zona de saturación.
ƒ Si no es ni muy pequeña
ni muy grande, la corriente que circula por el Colector
es proporcional a la corriente que
circula por la
Base. A esto se le llama zona
lineal.
Lo que hemos descrito es un transistor bipolar
NPN. El PNP fun- ciona igual, pero cambiando los signos de las tensiones y de las corrientes… la flecha da una pista de cómo circula
la corriente. Los transistores JFET y MOSFET, aunque siguen ecuaciones dis- tintas y tienen nombres distintos, son cualitativamente pareci- dos.
Cuando estamos usando un transistor para hacer un amplifica-
dor se utiliza la zona lineal, mientras
que si lo que estamos haciendo es un interruptor controlable, se usan las zonas de sa- turación y corte… pues bien, podemos
aprovechar eso para fa- bricar nuestros circuitos digitales.
Las ventajas de los transistores son muchas: pequeño tamaño (estamos hablando de nanómetros), pequeño consumo, muy baratos (aunque
el proceso de fabricación es
complicado, mucho más que el de un relé, está muy trillado ya en la industria),
ve- locidades de conmutación asombrosamente altas (en electrónica de consumo estamos acostumbrados,
por ejemplo, a micropro- cesadores que van a varios GHz… y eso es sólo la electrónica de consumo).
La única desventaja que se me ocurre de los transistores frente a
los relés es que en general estos soportan más corriente y más voltaje. Además… parece que empezamos a encontrar el límite. Parece que
estamos haciendo ya transistores muy
pe- queños, en los que los “microcomponentes” (el tamaño de las
puertas) de los transistores se mide en “unos pocos átomos”, y en esas situaciones empezamos a encontrar efectos cuánticos,
el “efecto túnel” deja de ser despreciable
y ya no está tan claro que podamos hablar de “circuitos abiertos” o “circuitos cerra- dos” y toda esa terminología
electrónica. No sé yo cómo se po- drían usar componentes que pueden estar
“cerrados al 95%” o
“abiertos al 80%” para representar
señales digitales (0’s y 1’s, vaya).
Antes de despedirnos, una última
salvedad: aquí hemos usado
continuamente el término
“digital” para referirnos a 1’s y 0’s, es
decir, lógica digital binaria. Obviamente
es posible otra lógica digital que no sea binaria, sino
ternaria, cuaternaria… Esa lógica
ya no
sería un álgebra de Boole, pero es matemáticamente po- sible (aunque poco usada, ya que no sé si hay alguna situación no-binaria que no
pueda resolverse con un uso ingenioso
de la lógica binaria).
Y con esto nos despedimos. Hemos repasado las tecnologías in- volucradas de las puertas lógicas hacia abajo, hacia la física (por supuesto,
sólo un análisis cualitativo; la
fabricación real es sen- siblemente más complicada).
Queda para otra ocasión la introducción
de lo que hay desde las puertas lógicas
de abajo hacia arriba, desde esas humildes
puertas lógicas hasta llegar al ordenador
que tienes en tus ma- nos.
Fue un placer.


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