© Libro No. 429. El Psicoanalista. Katzenbach, John. Colección Emancipación Obrera.
Junio 8 de 2013.
Título
original: © El
Psicoanalista. John Katzenbach
Versión Original: © El Psicoanalista. John Katzenbach
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo
Molina Miranda
El Psicoanalísta
John Katzenbach
Para mis compañeros de pesca:
Ann, Meter, Phil y Leslie.
El Psicoanalísta John
Katzenbach
PRIMERA PARTE
UNA CARTA
AMENZADORA
1
El año en que esperaba morir se pasó la
mayor parte de su quincuagésimo tercer cumpleaños como la mayoría de los demás
días, oyendo a la gente quejarse de su madre. Madres desconsideradas, madres
crueles, madres sexualmente provocativas. Madres fallecidas que seguían vivas
en la mente de sus hijos. Madres vivas a las que sus hijos querían matar. El
señor Bishop, en particular, junto con la señorita Levy y el realmente
desafortunado Roger Zimmerman, que compartía su piso del Upper West Side y al
parecer su vida cotidiana y sus vívidos sueños con una mujer de mal genio,
manipuladora e hipocondríaca que parecía empeñada en arruinar hasta el menor
intento de independizarse de su hijo, dedicaron sus sesiones a echar pestes
contra las mujeres que los habían traído al mundo.
Escuchó en silencio terribles impulsos de
odio asesino, para agregar sólo de vez en cuando algún breve comentario
benévolo, evitando interrumpir la cólera que fluía a borbotones del diván.
Ojalá alguno de sus pacientes inspirara hondo, se olvidara por un instante de
la furia que sentía y comprendiera lo que en realidad era furia hacia sí mismo.
Sabía por experiencia y formación que, con el tiempo, tras años de hablar con
amargura en el ambiente peculiarmente distante de la consulta del analista,
todos ellos, hasta el pobre, desesperado e incapacitado Roger Zimmerman,
llegarían a esa conclusión por sí solos.
Aun así, el motivo de su cumpleaños, que le
recordaba de un modo muy directo su mortalidad, lo hizo preguntarse si le
quedaría' tiempo suficiente para ver a alguno de ellos llegar a ese momento de
aceptación que constituye el eureka del analista. Su propio padre había muerto
poco después de haber cumplido cincuenta y tres años, con el corazón debilitado
por el estrés y años de fumar sin parar, algo que le rondaba sutil y
malévolamente bajo la conciencia. Así, mientras el antipático Roger Zimmerman
gimoteaba en los últimos minutos de la última sesión del día, él estaba algo
distraído y no le prestaba toda la atención que debería. De pronto oyó el tenue
triple zumbido del timbre de la sala de espera.
Era la señal establecida de que había
llegado un posible paciente.
Antes de su primera sesión, se informaba a
cada cliente nuevo de que, al entrar, debía hacer dos llamadas cortas, una tras
otra, seguidas de una tercera, más larga. Eso era para diferenciarlo de
cualquier vendedor, lector de contador, vecino o repartidor que pudiera llegar
a su puerta.
Sin cambiar de postura, echó un vistazo a su
agenda, junto al reloj que tenía en la mesita situada tras la cabeza del
paciente, fuera de la vista de éste. A las seis de la tarde no había ninguna
anotación. El reloj marcaba las seis menos doce minutos, y Roger Zimmerman
pareció ponerse tenso en el diván.
– Creía que todos los días yo era el último.
No contestó.
– Nunca ha venido nadie después de mí, por
lo menos que yo recuerde –añadió Zimmerman–. Jamás. ¿Ha cambiado las horas sin
decírmelo?
Siguió sin responder.
– No me gusta la idea de que venga alguien
después de mí –espetó Zimmerman–. Quiero ser el último.
– ¿Por qué cree que lo prefiere así? –le
preguntó por fin.
– A su manera, el último es igual que el
primero –contestó Zimmerman con una dureza que implicaba que cualquier idiota
se daría cuenta de eso,
Asintió. Zimmerman acababa de hacer una
observación fascinante y acertada. Pero, como era propio del pobre hombre, la
había hecho en el último momento de la sesión. No al principio, cuando podrían
haber mantenido un diálogo fructífero los cincuenta minutos restantes.
– Intente recordar eso mañana –sugirió–.
Podríamos empezar por ahí. Me temo que hoy se nos ha acabado el tiempo.
– ¿Mañana? –Zimmerman vaciló antes de
levantarse–. Corríjame si me equivoco, pero mañana es el último día antes de
que usted empiece esas malditas vacaciones de agosto que toma cada año. ¿De qué
me servirá eso?
Una vez más permaneció callado y dejó que la
pregunta flotara por encima de la cabeza del paciente. Zimmerman resopló con
fuerza.
– Lo más probable es que quienquiera que
esté ahí fuera sea más interesante que yo, ¿verdad? –soltó con amargura. Luego,
se incorporó en el diván y miró al analista–. No me gusta cuando algo es
distinto. No me gusta nada –dijo con dureza. Le lanzó una mirada rápida y
penetrante mientras se levantaba. Sacudió los hombros y dejó que una expresión
de contrariedad le cruzara el semblante–. Se supone que siempre será
igual–prosiguió–. Vengo, me tumbo, empiezo a hablar. El último paciente todos
los días. Es como se supone que será. A nadie le gusta cambiar. –Suspiró, pero
esta vez más con una nota de cólera que de resignación–o Muy bien. Hasta
mañana, pues. La última sesión antes de que se marche a París, a Cape Cod, a
Marte, o adondequiera que vaya y me deje solo.
Zimmerman se volvió con brusquedad y cruzó
furibundo la pequeña consulta para salir por una puerta sin mirar atrás.
Permaneció un instante en el sillón
escuchando el tenue sonido de los pasos del hombre enfadado que se alejaban por
el pasillo exterior. Después se levantó, resintiéndose un poco de la edad, que
le había anquilosado las articulaciones y tensado los músculos durante la larga
y sedentaria tarde tras el diván, y se dirigió a la entrada, una segunda puerta
que daba a su modesta sala de espera. En ciertos aspectos, esa habitación con
su diseño improbable y curioso, donde había montado su consulta hacía décadas,
era singular, y había sido la única razón por la que había alquilado el piso al
año siguiente de haber terminado el período de residencia y el motivo de haber
seguido en él más de un cuarto de siglo.
La consulta tenía tres puertas: una que daba
al recibidor, reconvertido en una pequeña sala de espera; una segunda que daba
directamente al pasillo del edificio, y una tercera que llevaba a la cocina, el
salón y el dormitorio del resto del piso. Su consulta era una especie de isla
personal con portales a esos otros mundos. Solía considerarla un espacio
secundario, un puente entre realidades distintas. Eso le gustaba, porque creía
que la separación de la consulta del exterior contribuía a que su trabajo le
resultara más sencillo.
No tenía ni idea de a cuál de sus pacientes
se le habría ocurrido volver. Así, de pronto, no recordaba un solo caso en que
alguno lo hubiera hecho en todos sus años de ejercicio.
Tampoco era capaz de imaginar qué paciente
sufriría una crisis tal que lo llevara a introducir un cambio tan inesperado en
la relación entre analista y analizado. Él se basaba en la rutina; en ella y en
la longevidad, con las que el peso de las palabras pronunciadas en la
inviolabilidad artificial pero absoluta de la consulta se abriera finalmente
paso hacia la vía de la comprensión. En eso Zimmerman tenía razón. Cambiar iba
en contra de todo. Así que cruzó la habitación con brío, con el impulso que
genera la expectativa, un poco inquieto ante la idea de que algo urgente se
hubiese colado en una vida que con frecuencia temía que se hubiese vuelto
demasiado imperturbable y totalmente previsible.
Abrió la puerta y observó la sala de espera.
Estaba vacía.
Eso lo desconcertó un instante, y pensó que
a lo mejor había imaginado el sonido del timbre, pero Zimmerman también lo
había oído, y él, además, había reconocido el ruido inconfundible de alguien en
la sala de espera.
– ¿Hola? –dijo, aunque era evidente que no
había nadie que pudiera oído.
Arrugó la frente
sorprendido y se ajustó las gafas de montura metálica sobre la nariz.
– Curioso –afirmó en voz alta.
Y entonces vio el sobre que alguien había
dejado en el asiento de la única silla que había para los pacientes que
esperaban. Soltó el aire despacio, sacudió la cabeza y pensó que eso era algo
demasiado melodramático, incluso para sus actuales pacientes.
Se acercó y recogió el sobre. Tenía su
nombre mecanografiado. –Qué extraño –musitó.
Dudó antes de abrir la carta, que levantó a
la altura de la frente como haría alguien que quisiera demostrar sus poderes
mentales en un número de variedades, intentando adivinar cuál de sus pacientes
la habría dejado. Pero era un acto inusual. A todos les gustaba expresar quejas
sobre sus supuestas deficiencias e incompetencia de forma directa y con
frecuencia, lo que, aunque molesto a veces, formaba parte del proceso.
Abrió el sobre y extrajo dos hojas
mecanografiadas. Leyó sólo la primera línea:
Feliz 53.°
cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte.
Inspiró hondo. El aire cargado del piso
parecía mareado, y apoyó la mano contra la pared para no perder el equilibrio.
El doctor Frederick Starks, un hombre
dedicado profesionalmente a la introspección, vivía solo, perseguido por los
recuerdos de otras personas.
Se dirigió a su pequeño escritorio de arce,
una antigüedad que su esposa le había regalado hacía quince años. Ella había
muerto hacía tres años, y cuando se sentó tras la mesa le pareció que todavía
podía oír su voz. Extendió las dos hojas de la carta delante de él, en el
cartapacio. Pensó que había pasado una década desde la última vez que se había
asustado, y en aquella ocasión se había tratado del diagnóstico que el oncólogo
hizo a su mujer. Ahora, el renovado sabor seco y ácido en su boca era tan desagradable
como la aceleración de su corazón, que sentía desbocado en el pecho.
Dedicó unos segundos a intentar sosegar sus
rápidos latidos y esperó con paciencia hasta notar que recuperaba su ritmo
habitual. Era muy consciente de su soledad en ese momento, y detestó la
vulnerabilidad que esa soledad le provocaba.
Ricky Starks –no solía dejar que nadie
supiera cuánto prefería el sonido afable y amistoso de la abreviación informal
al más sonoro Frederick– era un hombre rutinario y ordenado. Su minuciosidad y
formalidad rozaban sin duda la obsesión; creía que imponer tanta disciplina a
su vida cotidiana era la única forma segura de intentar interpretar el
desconcierto y el caos que sus pacientes le acercaban a diario. No era
espectacular físicamente: no llegaba al metro ochenta, con un cuerpo delgado y
ascético al que contribuía una caminata diaria a la hora del almuerzo y una
negativa férrea a darse el gusto de tomar los dulces y los helados que en
secreto le encantaban.
Llevaba gafas, algo habitual en un hombre de
su edad, aunque se enorgullecía de que su graduación siguiera siendo mínima.
También se sentía orgulloso de que el cabello, aunque menos abundante, todavía
le cubriese la cabeza como trigo en una pradera. Ya no fumaba, y tomaba sólo un
ocasional vaso de vino alguna que otra noche para conciliar mejor el sueño. Era
un hombre acostumbrado a su soledad, y no lo desanimaba comer solo en un
restaurante ni ir a un espectáculo de Broadway o al cine sin compañía. Consideraba
que tanto su cuerpo como su mente estaban en excelentes condiciones. La mayor
parte de los días se sentía mucho más joven de lo que era. Pero no se le
escapaba que el año que acababa de empezar era el mismo que su padre no había
logrado superar, y a pesar de la falta de lógica de esta observación pensaba
que él tampoco sobreviviría a los cincuenta y tres, como si tal cosa fuera
injusta o, de algún modo, inadecuada. Sin embargo, en contradicción consigo
mismo, mientras contemplaba de nuevo las primeras palabras de la carta, pensó
que todavía no estaba preparado para morir. Entonces siguió leyendo, despacio,
deteniéndose en cada frase, dejando que el terror y la inquietud arraigaran en
él.
Pertenezco a algún momento de su pasado.
Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo,
por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y
tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.
Ricky Starks inspiró hondo otra vez. Vivía
en un mundo donde las amenazas y las promesas falsas eran corrientes, pero
aquellas palabras sonaban muy distintas de las divagaciones atroces que estaba
acostumbrado a oír a diario.
Al principio pensé que debería matarlo para
ajustarle las cuentas, sencillamente. Pero me di cuenta de que eso era
demasiado sencillo. Es un objetivo patéticamente fácil, doctor. De día, no
cierra las puertas con llave. Da siempre el mismo paseo por la misma ruta de
lunes a viernes. Los fines de semana sigue siendo de lo más predecible, hasta
la salida del domingo por la mañana para comprar el Times y tomar un bollo y un
café con dos terrones de azúcar y sin leche en el moderno bar situado dos
calles más abajo de su casa.
Demasiado fácil. Acecharlo y matarlo no
habría supuesto ningún desafío. Y, dada la facilidad de ese asesinato, no
estaba seguro de que me proporcionara la satisfacción necesaria. He decidido
que prefiero que se suicide.
Ricky Starks se movió incómodo en el
asiento. Podía notar el calor que desprendían las palabras, como el fuego de
una estufa de leña que le acariciara la frente y las mejillas. Tenía los labios
secos y se los humedeció en vano con la lengua.
Suicídese, doctor.
Tírese desde un puente. Vuélese la tapa de
los sesos con una pistola. Arrójese bajo un autobús. Láncese a las vías del
metro. Abra el gas de la estufa. Encuentre una buena viga y ahórquese. Puede
elegir el método que quiera.
Pero es su mejor oportunidad.
Su suicidio será mucho más adecuado, dadas
las circunstancias de nuestra relación. Y, sin duda, una manera más
satisfactoria de que pague lo que me debe.
Verá, vamos a jugar a lo siguiente: tiene
exactamente quince días, a partir de mañana a las seis de la mañana, para
descubrir quién soy. Si lo consigue, tendrá que poner uno de esos pequeños
anuncios a una columna que salen en la parte inferior de la portada del New
York Times y publicar en él mi nombre. Eso es todo: publique mi nombre.
Si no lo hace...
Bueno, ahora viene lo divertido. Observará que en la segunda hoja de esta carta
aparecen los nombres de cincuenta y dos parientes suyos. Su edad comprende
desde un bebé de seis meses, hijo de su sobrino, hasta su primo, el inversor de
Wall Street y extraordinario capitalista, que es tan soso y aburrido como
usted. Si no logra poner el anuncio según lo descrito, tiene una opción:
suicidarse de inmediato o me encargaré de destruir a una de estas personas
inocentes.
Destruir.
Una palabra muy interesante. Podría
significar la bancarrota financiera. Podría significar la ruina social. Podría
significar la violación psicológica.
También podría significar el asesinato. Es
algo que deberá preguntarse. Podría ser alguien joven o alguien viejo. Hombre o
mujer. Rico o pobre. Lo único que le prometo es que será la clase de hecho que
ellos –sus seres queridos– no superarán nunca, por muchos años que hagan
psicoanálisis.
Y usted vivirá hasta el último segundo del
último minuto que le quede en este mundo sabiendo que fue el único responsable.
Salvo, por supuesto, que adopte la postura
más honorable y se suicide para salvar así de su destino al objetivo que he
elegido.
Tiene que decidir entre mi nombre o su
necrológica. En el mismo periódico, por supuesto.
Como prueba de mi alcance y del extremo de
mi planificación, me he puesto en contacto hoy con uno de los nombres de la
lista con un mensaje muy modesto. Le insto a pasar el resto de esta tarde
averiguando quién ha sido el destinatario y cómo. Así por la mañana podrá
empezar, sin demora, la tarea que le espera.
Lo cierto es que no espero que sea capaz de
adivinar mi identidad, por supuesto.
Así pues, para demostrarle mi deportividad,
he decidido que a lo largo de los próximos quince días voy a proporcionarle una
pista O dos de vez en cuando. Sólo para que las cosas sean más interesantes,
aunque alguien intuitivo e inteligente como usted debería suponer que esta
carta está llena de pistas. Aun así, ahí va un anticipo, y gratis.
La vida era alegre
en el pasado:
un retoño y sus
padres a su lado.
El padre soltó
amarras, se largó,
y entonces todo
eso se acabó.
La poesía no es mi fuerte. El odio sí.
Puede hacer tres preguntas que se contesten
con sí o no. Use el mismo método, los anuncios de la portada del New York
Times.
Contestaré a mi propia manera en
veinticuatro horas. Buena suerte. Tal vez desee también dedicar tiempo a los
preparativos de su funeral. La incineración es probablemente mejor que un
entierro tradicional. Sé cuánto le desagradan las iglesias. No creo que sea
buena idea llamar a la policía. Lo más seguro es que se burlen de usted, y
sospecho que su altanería no lo encajará demasiado bien. Además, podría
enfurecerme más; no se imagina usted lo inestable que soy en realidad. Podría
reaccionar de modo imprevisible, de muchas formas malvadas. Pero puede estar
seguro de algo: mi cólera no conoce límites.
La carta estaba firmada en mayúsculas:
RUMPLESTILTSKIN.
Ricky Starks se reclinó en la silla, como si
la furia que emanaba de aquellas palabras le hubiera propinado un puñetazo en
la cara. Se puso de pie, se acercó a la ventana y la abrió, de modo que los
sonidos de la ciudad irrumpieron en la calma de la pequeña habitación
transportados por una inesperada brisa de finales de julio que auguraba una
tormenta nocturna. Inspiró buscando alivio para el calor que le embargaba. Oyó
el aullido agudo de una sirena de policía y la cacofonía regular de los
cláxones, que es como el ruido uniforme de Manhattan. Respiró hondo dos o tres
veces antes de cerrar la ventana y dejar fuera todos los sonidos de la vida
urbana normal.
Volvió a la carta.
«Tengo un problema», pensó. Pero todavía no
estaba seguro de lo grave que era.
Era consciente de que habla recibido una
amenaza terrible, pero los parámetros de la misma seguían sin estar claros. Una
parte de él le decía que no prestara atención a la carta, que se negara a
participar en algo que no se parecía en nada a un juego. Resopló una vez y dejó
que este pensamiento aflorara. Toda su formación y experiencia sugería que lo
más razonable era no hacer nada. Después de todo, el analista suele encontrarse
con que guardar silencio y no contestar al comportamiento provocador y escandaloso
de un paciente es la forma más inteligente de llegar a la verdad psicológica de
esos actos. Se levantó y rodeó dos veces la mesa, como un perro que husmea un
olor inusual.
A la segunda, se detuvo y observó de nuevo
la carta.
Sacudió la cabeza. Comprendió que eso no
resultaría. Sintió una fugaz admiración por la sutileza del autor. Con un
desapego cercano al aburrimiento, Ricky pensó que seguramente había recibido
una amenaza de muerte. Después de todo, había vivido mucho y bastante bien, así
que una amenaza de esa índole no significaba gran cosa. Pero no se enfrentaba
sólo a eso. La amenaza era más indirecta. Estaba previsto que otra persona
sufriera si él no hacía nada. Alguien inocente, y seguramente joven, porque los
jóvenes son mucho más vulnerables.
Ricky tragó saliva. Se culparía a sí mismo y
el resto de sus días se convertirían en una verdadera agonía.
En eso el autor tenía toda la razón.
O si no, el suicidio. Notó un amargor
repentino en la boca. El suicidio era la antítesis de todo aquello con lo que
siempre se había identificado. Sospechaba que la persona que firmaba como
Rumplestiltskin lo sabía.
De golpe se sintió como si estuviera en el
banquillo de los acusados.
Empezó de nuevo a pasearse mientras evaluaba
la carta. La voz interior insistía en restarle importancia, hacer caso omiso de
todo el mensaje y considerarlo una exageración y una fantasía sin ninguna base
real, pero era incapaz de hacerlo.
«Que algo te incomode no significa que debas
ignorarlo», se reprendió.
Pero no tenía la menor idea de cómo
reaccionar. Dejó de caminar y regresó a su asiento. «Locura –pensó–. Pero una
locura con un inconfundible toque de inteligencia, porque provocará que me sume
a ella.»
– Debería llamar a
la policía –dijo para sí. Pero se detuvo.
¿Qué diría? ¿Marcaría el 911 Y explicaría a
algún sargento gris y sin imaginación que había recibido una carta amenazadora?
¿Y escucharía cómo el hombre le replicaba «¿y qué?»? Hasta donde sabía, no se
había infringido ninguna ley. A no ser que sugerir a alguien que se suicidara
fuera alguna clase de delito. ¿Extorsión, tal vez? Se preguntó qué clase de
homicidio podría ser. Le pasó por la cabeza llamar a un abogado, pero se dio
cuenta de que la situación que planteaba Rumplestiltskin no era legal. Se había
acercado a él en un terreno que dominaba. Sugería que se trataba de un juego de
intuición y psicología; era cuestión de emociones y de miedos. Sacudió la
cabeza y se dijo que podía lidiar en ese ámbito.
– Así pues, ¿qué tenemos aquí? –se preguntó
en la habitación vacía.
«Alguien conoce mis costumbres –pensó–o Sabe
cómo entran mis pacientes a la consulta. Sabe cuándo almuerzo y qué hago los
fines de semana. Ha sido lo bastante inteligente como para preparar una lista
de familiares; eso requiere bastante ingenio. Y sabe cuándo es mi cumpleaños.
–Inspiró fondo de nuevo–. Me ha estudiado. No lo sabía, pero alguien estaba
observándome. Evaluándome. Alguien ha dedicado tiempo y esfuerzo a crear este
juego y no me ha dejado demasiado margen para contraatacar.»
Tenía la lengua y los labios secos. De
repente sintió mucha sed, pero no quería abandonar la inviolabilidad de su
consulta para ir por un vaso de agua a la cocina.
– ¿Qué he hecho para que alguien me odie
tanto? –se preguntó, y fue como un puñetazo en el estómago.
Sabía que, como muchos profesionales, tenía
la arrogancia de pensar que su rinconcito del mundo se había beneficiado del
conocimiento y la aceptación de su existencia. La idea de haber provocado en
alguien un odio monstruoso le producía un profundo desasosiego. –¿Quién eres? –preguntó mirando la carta.
Empezó a repasar precipitadamente la retahíla de pacientes, remontándose
décadas atrás, pero se detuvo. Sabía que tendría que hacer eso, pero de manera
sistemática, disciplinada y tenaz, y aún no estaba preparado para dar ese paso.
No se consideraba demasiado cualificado para
hacer las veces de policía. Pero sacudió la cabeza al percatarse de que, en
cierto modo, eso no era cierto. Durante años había sido una especie de
detective. La diferencia radicaba en la naturaleza de los delitos investigados
y las técnicas utilizadas. Reconfortado por este pensamiento, Ricky Starks
volvió a sentarse tras su escritorio, buscó en el cajón superior derecho y sacó
una vieja libreta de direcciones sujeta con una goma elástica.
«Para empezar –se dijo–, puedes averiguar
con qué familiar se ha puesto en contacto. Debe de ser un antiguo paciente,
alguien que interrumpió el psicoanálisis y se sumió en una depresión. Alguien
que ha albergado una fijación casi psicótica durante varios años.»
Sospechó que, con un poco de suerte y quizás
uno o dos empujoncitos en la dirección adecuada a partir del familiar con quien
se hubiera puesto en contacto, podría identificar al ex paciente contrariado.
Trató de convencerse, empáticamente, de que Rumplestiltskin en realidad le
estaba pidiendo ayuda. Luego, casi con la misma rapidez, descartó este
pensamiento inconsistente. Con la libreta de direcciones en la mano, pensó en
el personaje del cuento de hadas cuyo nombre utilizaba el autor de la carta.
Cruel, pensó. Un enano mágico con el corazón tenebroso que no es superado en
inteligencia, sino que pierde su contienda por pura mala suerte. Esta
observación no lo hizo sentir mejor.
La carta parecía brillar en la mesa, delante
de él.
Asintió lentamente.
«Te dice mucho –pensó–. Mezcla las palabras
de la carta con lo que su autor ya ha hecho y probablemente estarás a medio
camino de averiguar quién es.»
Así que abrió la libreta de direcciones para
buscar el número del primer familiar de los cincuenta y dos de la lista. Hizo
una mueca y empezó a marcar los números del teléfono. En la última década había
tenido poco contacto con sus familiares y sospechaba que ninguno de ellos
tendría demasiadas ganas de tener noticias suyas. En especial, dado el cariz de
la llamada.
2
Ricky Starks se mostró muy poco apto para
sonsacar información a familiares que se sorprendían al oír su voz. Estaba
acostumbrado a interiorizar todo lo que oía a los pacientes en la consulta y a
conservar el control de todas las observaciones e interpretaciones. Pero al
marcar un número tras otro, se encontró en territorio desconocido e incómodo,
incapaz de concebir un guión verbal que pudiera seguir, algún saludo
estereotipado seguido de una breve explicación del motivo de su llamada. En
lugar de eso, sólo oía vacilación e indecisión en su voz cuando se atascaba con
saludos trillados e intentaba obtener una respuesta a la pregunta más idiota: «
¿Te ha ocurrido algo extraño?»
Por consiguiente, aquel atardecer estuvo
lleno de conversaciones telefónicas de lo más irritantes. Sus parientes se
llevaban una sorpresa desagradable al oírlo, sentían curiosidad y pesadumbre
por el hecho de que llamara después de tanto tiempo, estaban ocupados en alguna
actividad que él interrumpía o, sencillamente, se mostraban maleducados. Cada
contacto poseía cierta brusquedad, y más de una vez se lo quitaron de encima
con rudeza. Hubo varios lacónicos: «¿De qué diablos va todo esto?» a los que
mentía asegurando que un antiguo paciente había logrado obtener de algún modo
una lista con los nombres de sus familiares y le preocupaba que pudiera
importunarlos. No mencionaba que alguien pudiera estar enfrentándose a una
amenaza, lo que quizás era la mayor mentira de todas.
Ya casi eran las diez de la noche, la hora
en que se acostaba, y todavía le quedaban más de dos docenas de nombres en la
lista. Hasta entonces no había conseguido detectar nada lo bastante fuera de lo
corriente como para que mereciera investigar más. Pero, a la vez, dudaba de su
habilidad para preguntar. La extraña vaguedad de la carta de Rumplestiltskin le
hacía temer que la conexión se le hubiera pasado por alto. Y también era
posible que, en cualquiera de las breves conversaciones que había mantenido esa
tarde, la persona con que el autor de la carta se había puesto en contacto no
hubiera contado la verdad a Ricky. Por lo demás, había habido unas cuantas
llamadas frustrantes sin contestar, y en tres ocasiones tuvo que dejar un
mensaje forzado y críptico en un contestador automático.
Se negaba a creer que la carta recibida ese
día fuese una mera broma pesada, aunque eso habría estado bien. La espalda se
le había entumecido. No había comido y estaba hambriento. Tenía dolor de
cabeza. Se mesó el cabello y se frotó los ojos antes de marcar el número
siguiente, sintiendo una especie de agotamiento que le martilleaba las sienes.
Consideró que el dolor de cabeza era una pequeña penitencia por la conclusión a
la que estaba llegando: estaba aislado y distanciado de la mayoría de su
familia.
«El pago del olvido», pensó mientras se
disponía a llamar el vigésimo primer nombre de la lista que le proporcionó
Rumplestiltskin. Seguramente no era razonable esperar que los parientes de uno
aceptaran un contacto repentino tras tantos años de silencio, sobre todo los
parientes lejanos, con quienes tenía poco en común. Más de uno se había quedado
callado al oír su nombre, como si tratara de recordar quién era exactamente.
Esas pausas le hacían sentir un poco como un viejo ermitaño que bajara de la
cima de una montaña, o un oso duran te los primeros minutos después de una
larga hibernación.
El vigésimo primer nombre sólo le resultaba
remotamente familiar. Se esforzó en intentar asignar una cara y una categoría a
las palabras que tenía delante. Una imagen se formó despacio en su cabeza. Su
hermana mayor, que había fallecido diez años antes, tenía dos hijos, y éste era
el mayor de los dos. Eso convertía a Ricky en un tío bastante desangelado. No
había tenido contacto con ningún sobrino desde el entierro de su hermana. Se
devanó los sesos tratando de recordar no sólo el aspecto, sino algo del nombre.
¿Tenía esposa? ¿Hijos? ¿Profesión? ¿Quién era?
Sacudió la cabeza. No recordaba nada. La
persona con quien tenía que hablar apenas si poseía más entidad que un nombre
extraído de un listín telefónico. Estaba enfadado consigo mismo. «No está bien
–se dijo–. Deberías recordar algo.»
Pensó en su hermana, quince años mayor que
él, una diferencia de edad que los convertía en miembros de la misma familia
situados en órbitas distintas. Ella era la mayor; él era fruto de un accidente,
destinado a ser siempre el bebé de la familia. Ella había sido poetisa,
titulada por una universidad para mujeres de buena familia en los años
cincuenta. Había trabajado primero en el mundo editorial y se había casado bien
después con un abogado de Boston especializado en derecho mercantil. Sus dos
hijos vivían en Nueva Inglaterra.
Ricky observó el nombre en la hoja que tenía
delante. Leyó una dirección de Deerfield, Massachussets, con el prefijo 413. De
repente recordó algo: su sobrino era profesor en un instituto privado de esa
ciudad. Se preguntó qué enseñaría. La respuesta llegó en unos segundos:
historia; historia de Estados Unidos. Entornó los ojos y visualizó un hombre
bajo y enjuto con chaqueta de tweed, gafas con montura de concha y un cabello
rubio rojizo que le clareaba con rapidez. Un hombre con una esposa como mínimo
cinco centímetros más alta que él.
Suspiró y, provisto por lo menos con algo de
información, marcó el número y esperó mientras el timbre sonaba media docena de
veces antes de que contestara una voz que tenía el tono inconfundible de la
juventud. Grave pero impaciente.
– ¿Diga?
– Hola –dijo Ricky–. Quisiera hablar con
Timothy Graham. Soy su tío Frederick. El doctor Frederick Starks.
– Soy Tim hijo.
– Hola, Tim -dijo Ricky tras vacilar un
momento–. Me parece que no nos conocemos...
– Pues sí, nos conocemos. Nos vimos en el
entierro de la abuela. Estabas sentado justo detrás de mis padres en el segundo
banco de la iglesia y dijiste a papá que era una bendición que la abuela no
hubiera durado más. Recuerdo lo que dijiste porque entonces no lo entendí.
– Debías de tener...
– Siete años.
– Y ahora tendrás...
– Casi diecisiete.
– Pues para ser nuestro único encuentro lo
recuerdas muy bien.
El joven consideró esta afirmación antes de
contestar.
– El entierro de la abuela me impresionó
mucho. –No entró en detalles, sino que cambió de tema–. ¿Querías hablar con
papá?
– Sí, si es posible.
– ¿Para qué?
Ricky pensó que se trataba de una pregunta
poco corriente para alguien joven. No tanto porque Timothy hijo quisiera saber
para qué, ya que la curiosidad es consustancial a la juventud, sino porque su
tono sonó con un ligero matiz protector. Ricky pensó que la mayoría de
adolescentes se habría limitado a llamar a su padre a gritos para que
contestara y habría vuelto a sus quehaceres, ya fuera ver la tele, hacer
deberes o jugar a videojuegos, porque la llamada repentina de un familiar mayor
y lejano no era algo que incluyeran en su lista de prioridades.
– Bueno, se trata de algo un poco extraño
–dijo.
– Hemos tenido un día extraño –contestó el
adolescente.
– ¿Yeso? –quiso saber Ricky.
Pero el muchacho no contestó a la
pregunta.
– No estoy seguro de que papá quiera hablar
con alguien ahora, a no ser que sepa de qué se trata –indicó....
– Entiendo –dijo Ricky con cautela-, pero lo
que tengo que decirle podría interesarle.
El joven, respondió:
– Papá está ocupado en este momento. La
policía todavía no se ha ido...
– ¿La policía? –Ricky inspiró con rapidez–.
¿Ha pasado algo? El muchacho obvió la pregunta para hacer una a su vez:
– ¿Para qué has llamado? Es que no hemos
sabido nada de ti en...
– Muchos años. Diez por lo menos. Desde el
entierro de tu abuela.
– Eso, exacto. ¿Por qué ahora de repente?
Ricky pensó que el chico tenía razón en
recelar. Empezó el discurso que tenía preparado...
– Un antiguo paciente mío... Recuerdas que
soy médico, ¿verdad, Tim? El caso es que podría intentar ponerse en contacto
con algún familiar mío. Y, aunque no hemos estado en contacto en todos estos
años, quería avisaros. Por eso he llamado.
– ¿Qué clase de paciente? Eres psiquiatra,
¿no?
– Psicoanalista...
– ¿Y ese paciente es peligroso? ¿O está
loco? ¿O las dos cosas?
–
Creo que debería hablar de esto con tu padre.
–
Ahora está con la policía, ya te lo dije. Creo que están a punto de
irse.
–
¿Por qué está con la policía?
–
Tiene que ver con mi hermana.
–
¿Con tu hermana? –Ricky intentó recordar el nombre de la chica y
visualizarla, pero sólo recordaba una niñita rubia, varios años menor que su
hermano. Los veía a los dos sentados a un lado en la recepción después del
funeral de su hermana, incómodos con su ropa oscura y rígida, callados pero
impacientes, ansiosos de que aquella sombría reunión se disipara y la vida
volviera a la normalidad.
–
Alguien la siguió… –empezó a contar el chico, pero se detuvo–. Mejor voy
a buscar a mi padre –añadió con energía. Ricky oyó el ruido del auricular al
dejarlo sobre la mesa, y voces apagadas de fondo.
Enseguida recogieron el auricular y Ricky
oyó una voz que sonaba como la del adolescente, sólo que con mayor cansancio.
Al mismo tiempo, contenía una urgencia agobiada, como si su dueño estuviera
presionado o lo hubieran pillado en un momento de indecisión. A Ricky le
gustaba considerarse un experto en voces, en la inflexión y el tono, en la
elección de palabras y el ritmo, todas señales reveladoras de lo que se
ocultaba en ellas. El padre del adolescente habló sin preámbulos.
–
¿Tío Frederick? Es una sorpresa oírte, y estoy en medio de una pequeña
crisis familiar, así que espero que sea algo verdaderamente importante. ¿Qué
puedo hacer por ti?
–
Hola, Tim. Perdona que llame así, de improviso...
– Tim
me ha dicho que tienes problemas con un paciente....
– En cierto
sentido. Hoy he recibido una carta amenazadora de alguien que podría ser un
antiguo paciente. Está dirigida a mí, pero también indica que su autor podría
ponerse en contacto con uno de mis parientes. He estado llamando a la familia
para alertaros y para averiguar si ha ocurrido algo.
Se produjo un silencio frío y sepulcral que
duró casi un minuto.
–
¿Qué clase de paciente? -soltó de golpe Tim padre, haciéndose eco de la
pregunta de su hijo– ¿Se trata de alguien peligroso? –No sé quién es
exactamente. La carta no está firmada. Estoy suponiendo que es un ex paciente
pero no lo sé con certeza. De hecho, podría no serlo. Lo cierto es que todavía
no sé nada seguro.
– Eso
suena vago. Extremadamente vago.
– Es
verdad. Lo siento.
–
¿Crees que la amenaza es real?
Ricky advirtió el tono duro y áspero que
envolvió la voz de su sobrino.
– No
lo sé. Es evidente que me preocupó lo suficiente como para hacer algunas
llamadas…
–
¿Has llamado a la policía?
– No.
Que me envíen una carta no parece algo ilegal, ¿verdad?
– Es
justamente lo que acaban de decirme esos cabrones.
– ¿A
qué te refieres?
– La
policía. Llamé a la policía y han venido a decirme que no pueden hacer nada.
– ¿Por qué los llamaste?
Timothy Graham no contestó enseguida.
Pareció inspirar hondo pero, en lugar de tranquilizarse, fue como si liberara
un arrebato de rabia contenida.
– Ha
sido asqueroso. Un chalado de mierda. Un hijo de puta repugnante. Si alguna vez
le pongo las manos encima, lo mato. Lo mato con mis propias manos. ¿Es un
chalado de mierda tu ex paciente, tío Frederick?
El repentino arranque de cólera sorprendió a
Ricky. Parecía absolutamente impropio de un profesor de historia de un
instituto privado, exclusivo y conservador. Ricky esperó, al principio un poco
inseguro de cómo contestar.
– No
lo sé –dijo–. Cuéntame qué ha pasado que te ha disgustado tanto.
Tim vaciló otra vez mientras inspiraba
hondo, y el sonido recordó el siseo de una serpiente al otro lado de la línea.
– El
día de su cumpleaños, si te lo puedes creer. El día que cumple catorce años ni
más ni menos. Es asqueroso...
Ricky se puso tenso en su asiento. Algo le
estalló de repente en la cabeza, como una revelación. Debería haber visto la
conexión de inmediato. De todos sus parientes, uno cumplía años, por pura
coincidencia, el mismo día que él. La niña cuya cara le costaba tanto recordar
y a la que sólo había visto una vez, en un entierro.
«Ésta debería haber sido tu primera
llamada», se recriminó. Pero no permitió que nada de eso le asomara a la voz.
–
¿Qué pasó? -preguntó sin rodeos.
–
Alguien le dejó una felicitación en la taquilla del colegio. Ya sabes,
una de esas bonitas tarjetas sensibleras y nada originales, de tamaño gigante,
que venden en cualquier centro comercial. Todavía no entiendo cómo ese cabrón
pudo entrar y abrir la taquilla sin que nadie lo viera. ¿Qué coño pasó con la
vigilancia? Increíble. El caso es que, cuando Mindy llegó al colegio, se
encontró la tarjeta, creyó que era de alguno de sus amigos y la abrió. ¿Y sabes
qué? Estaba llena de pornografía asquerosa. Pomo a todo color que no deja nada
librado a la imaginación. Fotos de mujeres atadas con cuerdas, cadenas y
cueros, y penetradas de todas las formas imaginables con todos los objetos
posibles. Pomo duro, triple equis. Y ese bastardo escribió en la tarjeta: «Esto
es lo que te voy a hacer en cuanto te pille sola.»
Ricky se movió incómodo en el asiento.
«Rumplestiltskin», pensó, y preguntó: – ¿y
la policía? ¿Qué te ha dicho?
Timothy Graham soltó un resoplido de desdén
que Ricky imaginó que habría usado con los alumnos vagos durante años y que
debió de paralizarlos de miedo pero que, en este contexto, más bien reflejaba
impotencia y frustración.
– La
policía local es idiota –dijo con energía–. Idiota de remate. Me han dicho tan
tranquilos que, a no ser que haya pruebas de peso y creíbles de que alguien
está acosando a Mindy, no pueden hacer nada. Quieren alguna clase de acto
manifiesto. Dicho de otro modo, tienen que atacarla primero. Idiotas. Creen que
la tarjeta y su contenido son una broma probablemente de alumnos de los últimos
cursos. Tal vez de alguien al que puse mala nota el trimestre pasado. Por
supuesto no deja de ser una posibilidad, pero... –El profesor de historia se
detuvo–. ¿Por qué no me hablas de tu antiguo paciente? ¿Es un obseso sexual?
– No
–aseguró Ricky tras vacilar–. En absoluto. No parece cosa suya. Es inofensivo,
de verdad. Sólo irritante.
Se preguntó si su sobrino percibiría la
mentira en su voz. Lo dudaba. Estaba furioso, nervioso e indignado, y no era
probable que fuera capaz de discernir con claridad durante cierto tiempo.
– Lo
mataré -aseguró Timothy Graham con frialdad tras un instante de silencio–.
Mindy se ha pasado el día llorando. Cree que alguien quiere violarla. Sólo
tiene catorce años y jamás ha hecho daño a nadie. Además, es de lo más
impresionable Y nunca había visto esa clase de porquerías. Parece que fue ayer
que todavía jugaba con el osito de peluche y la muñeca Barbie. Dudo que pueda
dormir esta noche, o en unos días. Sólo espero que el susto no la haya
cambiado.
Ricky no dijo
nada, y su sobrino prosiguió tras tomar aliento.
– ¿Es
eso posible, tío Frederick? Tú eres el bendito experto. ¿Puede de cambiarle a
alguien la vida tan de repente?
Tampoco contestó esta vez, pero la pregunta
resonó en su interior.
– Es
horrible, ¿sabes? Horrible –soltó Timothy Graham–. Intentas proteger a tus
hijos de lo asqueroso y malvado que es el mundo, pero bajas la guardia un
segundo y ¡zas!, ocurre. Puede que no sea el peor caso de inocencia perdida que
hayas escuchado, tío Frederick, pero tú no tienes que oír cómo la niña de tus
ojos llora desconsolada el día que cumple catorce años porque alguien, en
alguna parte, quiere hacerle daño.
Y tras esas palabras, Timothy Graham colgó.
Ricky Starks se inclinó hacia la mesa. Soltó
el aire despacio entre los incisivos produciendo un largo silbido. Estaba
disgustado e intrigado a la vez por lo que Rumplestiltskin había hecho.
Recapituló rápidamente. El mensaje que había enviado a la adolescente no tenía
nada de espontáneo; era calculado y efectivo. Era obvio que, además, había
dedicado cierto tiempo a estudiada. Mostraba también algunas habilidades a las
que sería prudente prestar atención. Rumplestiltskin había logrado superar la
vigilancia del colegio y tenido la pericia de un ladrón para abrir una
cerradura sin destrozarla. Había salido del colegio sin ser descubierto y
viajado después desde Massachussets hasta Nueva York para dejar su segundo
mensaje en la sala de espera de Ricky. No había problemas de tiempo; en coche
el viaje no era largo, quizá cuatro horas. Pero denotaba planificación.
Pero eso no era lo que molestaba a Ricky.
Cambió de postura en el asiento.
Las palabras de su sobrino parecían resonar
en la consulta, rebotando en las paredes y llenando el espacio con una especie
de calor: «inocencia perdida».
Ricky pensó en ello. A veces, en el
transcurso de una sesión, un paciente decía algo que resultaba impactante,
porque eran momentos de conocimiento, fases de comprensión, percepciones que
indicaban un progreso. Eran los momentos que todo psicoanalista buscaba. Solían
ir acompañados de una sensación de aventura y satisfacción, porque señalaban
logros a lo largo del tratamiento.
Esta vez no.
Ricky sintió una incontrolable desesperación
acompañada de miedo.
Rumplestiltskin había atacado a la hija de
su sobrino en un momento de vulnerabilidad infantil. Había elegido un momento
que debería guardarse en el gran baúl de los recuerdos como uno de alegría, de
despertar: su decimocuarto cumpleaños. Y lo había vuelto feo y aterrador. Era
la amenaza más fuerte que Ricky podía imaginar, la más provocadora que podía
concebir.
Se llevó una mano a la frente como si
tuviera fiebre. Le sorprendió no encontrarse sudor en ella.
«Pensamos en las amenazas como en algo que
compromete nuestra seguridad –se dijo–. Un hombre con una pistola o un cuchillo
víctima de una obsesión sexual. O un conductor borracho que acelera sin
precaución por la carretera. O alguna enfermedad insidiosa, como la que mató a
mi esposa, que empieza a carcomernos las entrañas.»
Se levantó de la silla y empezó a pasearse
nerviosamente arriba, abajo.
«Tememos que nos maten. Pero es mucho peor
que nos destruyan.»
Echó un vistazo a la carta de
Rumplestiltskin. Destruir. Había usado esa palabra, junto con arruinar.
Su oponente era alguien que sabía que, a
menudo, lo que nos amenaza de verdad y cuesta más de combatir es algo que
procede de nuestro interior. El impacto y el dolor de una pesadilla pueden ser
mucho mayores que el de un puñetazo. Asimismo, a veces lo que duele no es tanto
ese puñetazo como la emoción tras él. Se detuvo de golpe y se volvió hacia la
pequeña estantería que había contra una de las paredes laterales de la
consulta, repleta de obras, en su mayoría libros de medicina y revistas
profesionales. Esos libros contenían literalmente centenares de miles de
palabras que diseccionaban clínica y fríamente las emociones humanas. De pronto
comprendió que era probable que todos esos conocimientos no le sirvieran de
nada.
Lo que quería era sacar un libro de un
estante, hojear el índice y encontrar una entrada en la R para Rumplestiltskin
que incluyera una descripción sucinta y sencilla del hombre que le había
enviado aquella carta. Sintió miedo porque sabía que no existía tal entrada, y
se encontró volviendo la espalda a los libros que hasta ese momento habían
definido su profesión, y lo que recordó a cambio fue una secuencia de una
novela que no releía desde su época de universitario.
«Ratas –pensó–. Ponían a Winston Smith en
una habitación con ratas porque sabían que era la única cosa del mundo que le
daba miedo de verdad. No la muerte ni la tortura, sino las ratas.»
Miró alrededor; su piso y su consulta eran
dos lugares que en su opinión lo definían bien y donde se había sentido cómodo
y feliz durante muchos años. Se preguntó, en ese instante, si todo eso iba a
cambiar y si de repente iba a convertirse en su Habitación 101 de ficción. El
lugar donde guardaban lo peor del mundo.
3
Ya era medianoche y se sentía estúpido y
completamente solo.
Su consulta estaba llena de carpetas,
montones de cuadernos de taquigrafía, montañas de papeles y un anticuado
minicasete que llevaba una década obsoleto bajo una pequeña pila de cintas.
Todo ello contenía la desordenada documentación que había acumulado sobre sus
pacientes a lo largo de los años. Había notas sobre sueños y entradas anotadas
que enumeraban asociaciones críticas hechas por los pacientes o que se le
habían ocurrido a él durante el tratamiento: palabras, frases, recuerdos
reveladores. Si hubiera alguna escultura concebida para expresar la creencia de
que el análisis era tanto arte como medicina, no podría ser mejor que el
desorden que lo rodeaba. Había formularios nada metódicos donde constaban
estaturas, pesos, razas, religiones y lugares de origen. Tenía documentos sin
orden alfabético que definían tensiones arteriales, temperaturas, pulsaciones y
cantidades de orina. Ni siquiera contaba con tablas organizadas y accesibles
donde figurasen listas de nombres, direcciones, parientes más cercanos y
diagnósticos de los pacientes.
Ricky Starks no era internista, cardiólogo o
patólogo, especialistas que visitan a cada paciente buscando una respuesta
claramente definida a una dolencia y que conservan notas detalladas sobre el
tratamiento y la evolución. La especialidad que había elegido desafiaba la
ciencia que ocupaba a las demás ramas de la medicina. Eso era lo que convertía
al analista en una especie de intruso dentro de la medicina y lo que atraía a
la mayoría de quienes se dedicaban a esta profesión.
Pero en ese momento, Ricky estaba en medio
de un revoltijo creciente y se sentía como un hombre que sale de un refugio
subterráneo después de haber pasado un tornado. Se le ocurrió que había
ignorado el caos que era en realidad su vida hasta que algo grande y
perjudicial había irrumpido en ella desestabilizando los cuidadosos equilibrios
que él le había impuesto. Seguramente sería inútil intentar revisar décadas de
pacientes y centenares de terapias diarias.
Porque ya sospechaba que Rumplestiltskin no
estaba ahí. Por lo menos, no de una manera fácil de identificar.
Estaba convencido de que, si la persona que
había escrito la carta hubiera honrado alguna vez su diván durante cierto
tiempo para recibir tratamiento, lo habría reconocido. El tono. El estilo de la
escritura. Todos los estados evidentes de cólera, rabia y furia. Para él, estos
elementos habrían sido tan distintivos e inconfundibles como las huellas
dactilares para un detective. Pistas reveladoras a las que habría estado
atento.
Sabía que esta suposición contenía bastante
arrogancia. Y pensó que no debería subestimar a Rumplestiltskin hasta que
supiera mucho más sobre él. Pero estaba seguro de que ningún paciente al que
hubiera psicoanalizado con normalidad volvería años más tarde resentido y
enfurecido, tan cambiado como para ocultarle su identidad. Podía regresar,
todavía con las cicatrices internas que lo habían impulsado a acudir a él en
principio. O regresar frustrado y enfurecido porque el análisis no es como un
antibiótico para el alma; no erradica la desesperación infecciosa que
incapacita a algunas personas. O regresar enfadado, con la sensación de haber
desperdiciado años hablando sin que nada hubiera cambiado demasiado para él.
Eran posibilidades, aunque en las casi tres décadas de Ricky como analista,
había habido pocos fracasos así. Por lo menos, que él supiera. Pero no era tan
engreído como para creer que cualquier tratamiento, por largo que fuera,
conseguía invariablemente un éxito total. Siempre habría terapias con peores
resultados que otras.
Tenía que haber pacientes a los que no
hubiera ayudado. O a los que hubiera ayudado menos. O que hubieran retrocedido
de las percepciones que proporciona el análisis hacia algún estado anterior.
Incapacitados de nuevo. Desesperados de nuevo.
Pero Rumplestiltskin presentaba un retrato
muy distinto. El tono de la carta y el mensaje transmitido a la hija de catorce
años de su sobrino mostraban a una persona calculadora, agresiva y, contra toda
lógica, segura de sí misma.
«Un psicópata», pensó Ricky asignando un
término clínico a alguien todavía confuso en su mente. Eso no significaba que
tal vez una o dos veces a lo largo de las décadas de su carrera profesional no
hubiera tratado a individuos con tendencias psicopáticas. Pero nadie había
mostrado nunca el grado de odio y obsesión de Rumplestiltskin. Aun así, el
autor de la carta era alguien relacionado con un paciente al que había tratado
sin éxito.
El secreto estaba en determinar quiénes eran
esos ex pacientes y en seguirles el rastro hasta Rumplestiltskin. Porque, ahora
que lo había meditado varias horas, no le quedaba duda de que ahí estaba la
relación. La persona que quería que se suicidara era el hijo, el cónyuge o el
amante de alguien. Así pues, la primera tarea consistía en determinar qué
paciente había dejado el tratamiento en malas circunstancias.
A partir de ahí podría empezar a retroceder.
Se abrió paso por entre el revoltijo que
había organizado hacia la mesa y tomó la carta de Rumplestiltskin. «Pertenezco
a algún momento de su pasado.» Ricky observó fijamente las palabras y luego
echó un vistazo a los montones de notas esparcidos por la consulta.
«De acuerdo –se dijo–. La primera tarea es
organizar mi historial profesional. Encontrar la partes que puedan eliminarse.»
Soltó un profundo suspiro. ¿Había cometido
algún error como interno en el hospital hacía más de veinticinco años que
volviera ahora para perseguido? ¿Podría recordar siquiera a esos primeros
pacientes? Cuando efectuaba su formación psicoanalítica, había participado en
un estudio de esquizofrénicos paranoides ingresados en la sala psiquiátrica del
hospital Bellevue. El objeto del estudio era determinar los factores
previsibles de los crímenes violentos, pero no había sido un éxito clínico. Sin
embargo, había conocido y participado en el tratamiento de hombres que
cometieron delitos graves. Era lo más cerca que había estado nunca de la
psiquiatría forense, y no le había gustado demasiado. En cuanto su trabajo en
el estudio hubo terminado, se retiró de nuevo al mundo más seguro y físicamente
menos exigente de Freud y sus seguidores.
Ricky sintió una sed repentina, como si
tuviera la garganta reseca.
Se percató de que no sabía casi nada sobre
el crimen y los criminales. No tenía ninguna experiencia especial en violencia.
Lo cierto era que le interesaba poco ese campo. No creía conocer siquiera a
ningún psiquiatra forense. Ninguno figuraba en el reducidísimo círculo de
amigos y conocidos profesionales con que se mantenía de vez en cuando en
contacto.
Miró los libros que ocupaban los estantes.
Ahí estaba Krafft–Ebing, con su influyente obra sobre psicopatología sexual.
Pero eso era todo, y dudaba mucho que Rumplestiltskin fuera un psicópata
sexual, a pesar del mensaje pornográfico enviado a la hija de su sobrino.
– ¿Quién eres? –dijo en voz alta, y sacudió
la cabeza–. No –se corrigió–. En primer lugar, ¿qué eres?
Y se respondió que, si conseguía contestar a
eso, descubriría quién era.
«Puedo hacerlo –pensó, tratando de
fortalecer su confianza– Mañana me sentaré y me esforzaré en preparar una lista
de antiguos pacientes. Los dividiré en categorías que representen todas las
fases de mi vida profesional. Después empezaré a investigar. Encontraré el
fracaso que me conectará con Rumplestiltskin.»
Agotado y en absoluto seguro de haber
logrado nada, Ricky salió de la consulta y se dirigió a su habitación. Era un
dormitorio sencillo y austero, con una mesilla de noche, una cómoda, un modesto
armario y una cama individual. Antes, había habido una cama de matrimonio con
una cabecera elaborada y cuadros de colores muy vistosos en las paredes pero,
tras la muerte de su esposa, se había desprendido de la cama y elegido algo más
simple y estrecho. Los adornos y obras de arte alegres con que su mujer había
decorado la habitación también habían desaparecido en su mayoría. Había dado su
ropa a la beneficencia y enviado sus joyas y objetos personales a las tres
hijas de su cuñada. En la cómoda conservaba una fotografía de los dos tomada
quince años atrás delante de su casa de verano de Wellfleet una mañana clara y
azul de verano. Pero desde su muerte había borrado de modo sistemático la
mayoría de signos externos de su anterior presencia. Una muerte lenta y
dolorosa seguida de tres años de borradura.
Se quitó la ropa, entreteniéndose en doblar con cuidado los pantalones y
en colgar la chaqueta azul. La camisa fue a parar a la cesta de la ropa sucia.
Dejó la corbata en la superficie de la cómoda. Luego, se dejó caer en el borde
de la cama en ropa interior, pensando que le gustaría tener más energía. En el
cajón de la mesilla tenía un frasco de somníferos que rara vez tomaba. Habían
superado con creces su fecha de caducidad, pero supuso que todavía le harían
efecto esa noche. Se tragó uno y un pedacito de otro con la esperanza de que lo
sumieran pronto en un sueño profundo e insensibilizante.
Se sentó un instante, pasó la mano por las
ásperas sábanas de algodón y pensó que era una extraña paradoja que un analista
se enfrentase a la noche deseando desesperadamente que los sueños no
perturbaran su descanso. Los sueños eran acertijos inconscientes e importantes
que reflejaban el alma. Lo sabía, y solían ser vías que le gustaba recorrer.
Pero esa noche se sentía abrumado y se acostó mareado, con el pulso aún
acelerado, y ansioso de que la medicación lo sumiera en la oscuridad. Del todo
agotado por el Impacto de aquella carta amenazadora, en ese momento se sintió
mucho más viejo que los cincuenta y tres años que había cumplido.
Su primera paciente de ese último día antes
de sus proyectadas vacaciones de agosto negó puntualmente a las siete de la
mañana e indicó su presencia con las tres llamadas características del timbre
de su consulta. Le pareció que la sesión había ido bien. Nada apasionante, nada
dramático. Cierto progreso constante. La joven del diván era una asistente
social psiquiátrica de tercer año que quería obtener su titulación en
psicoanálisis sin pasar por la facultad de medicina. No era el camino mejor ni
el más fácil para convertirse en analista, y estaba muy mal visto por algunos
de sus colegas porque no incluía la titulación médica tradicional, pero
constituía un método que él siempre había admirado. Requería una verdadera
pasión por la profesión, una devoción inquebrantable al diván y lo que podía
lograr. A menudo Ricky reconocía que hacía años que no había tenido que
recurrir al «doctor» que precedía su nombre. La terapia de la joven se centraba
en unos padres agresivos que habían rodeado su infancia de un ambiente cargado
de logros pero falto de cariño. Por consiguiente, en sus sesiones con Ricky
solía estar impaciente, ansiosa por lograr percepciones que encajaran con sus
lecturas y trabajo del curso en el. Instituto de Psicoanálisis de la ciudad.
Ricky no dejaba de frenarla y de procurar que entendiese que conocer los hechos
no implica necesariamente comprenderlos.
Cuando tosió un poco, cambió de postura en
el asiento y dijo:
– Bueno, me temo que ya se ha acabado el
tiempo por hoy.
La joven, que había estado hablando sobre un
nuevo novio de dudosas posibilidades, suspiró.
– Bueno, veremos si sigue conmigo de aquí a
un mes... –Lo que hizo sonreír a Ricky.
La paciente se incorporó del diván y, antes
de marcharse con brío, se despidió:
– Que le vayan bien las vacaciones, doctor.
Nos veremos en septiembre.
Todo el día pareció transcurrir con la
normalidad de siempre.
Recibió un paciente tras otro, sin demasiada
aventura emocional. En su mayoría eran veteranos de la época de vacaciones y
más de una vez sospechó que, de modo inconsciente, consideraban mejor no
revelar sentimientos cuyo examen iba a demorarse un mes. Por supuesto, lo que
se omitía era tan interesante como lo que se podía haber dicho, y con cada
paciente estuvo alerta a esos agujeros en la narración. Tenía una confianza
ilimitada en su habilidad de recordar con precisión palabras y frases
pronunciadas que podrían estar provechosamente latentes durante el mes de
paréntesis.
En los minutos entre una sesión y otra se
dedicó a recordar sus años anteriores para empezar a preparar una lista de
pacientes anotando nombres en un cuaderno. A medida que avanzaba el día, la
lista fue creciendo. Pensó que su memoria seguía siendo buena, lo que lo animó.
La única decisión que tuvo que tomar fue a la hora del almuerzo, cuando
normalmente habría salido a dar su paseo diario, como Rumplestiltskin había
descrito. Ese día vaciló. Por una parte quería romper la rutina que la carta
detallaba con tanta exactitud, como una especie de desafío. Pero sería un
desafío mucho mayor seguir la rutina para que Rumplestiltskin viera que su
amenaza no lo había amedrentado. Así pues, salió a mediodía y recorrió la misma
ruta de siempre, pasando por las mismas plazas y aspirando el aire opresivo de
la ciudad con la misma regularidad con que lo hacía cada día. N o estaba seguro
de si quería que Rumplestiltskin lo siguiera o no, pero más de una vez tuvo que
contener el impulso de darse la vuelta de repente para ver si alguien lo
seguía. Cuando regresó al piso, suspiró aliviado.
Los pacientes de la tarde siguieron la misma
pauta que los de la mañana.
Algunos estaban algo resentidos por las
próximas vacaciones; era de esperar. Otros expresaron cierto miedo y bastante
ansiedad. La rutina de las sesiones diarias de cincuenta minutos era poderosa,
y a unos cuantos los desasosegaba saber que carecerían de ese sostén aunque
fuera por tan poco tiempo. Aun así, tanto ellos como él sabían que el tiempo
pasaría y, como todo en psicoanálisis, el tiempo pasado lejos del diván podría
conllevar nuevas percepciones sobre el proceso. Todo, cada momento, cualquier
cosa durante la vida cotidiana podía asociarse a la percepción. Yeso hacía que
el proceso fuera fascinante tanto para el paciente como para el analista.
Cuando faltaba un minuto para las cinco,
miró por la ventana. El día estival seguía dominando el mundo fuera de la
consulta: sol brillante, temperaturas que superaban los 33°C. El calor de la
ciudad poseía una insistencia que exigía reconocimiento. Escuchó el zumbido del
aire acondicionado y, de repente, recordó cómo era todo en sus inicios, cuando
una ventana abierta y un viejo ventilador oscilante y ruidoso eran el único
alivio que podía permitirse para el ambiente sofocante y neblinoso de la ciudad
en el mes de julio. A veces le parecía como si no hubiera aire en ninguna
parte. Apartó los ojos de la ventana
al oír los tres toques del timbre. Se puso de pie y se dirigió a abrir la
puerta para que el señor Zimmerman entrara con toda su impaciencia. A Zimmerman
no le gustaba esperar en la sala. Llegaba unos segundos antes del inicio de la
sesión y esperaba ser recibido al instante. En una ocasión, Ricky había
observado cómo se paseaba en la acera frente a su edificio, una tarde fría de
invierno, sin dejar de consultar frenéticamente el reloj cada pocos segundos,
deseando con todas sus fuerzas que pasara el tiempo para no tener que esperar
dentro. En más de una ocasión, Ricky había tenido la tentación de dejar que
esperara con impaciencia unos minutos para ver si así podía estimular su
comprensión sobre por qué le resultaba tan importante ser tan preciso. Pero no
lo había hecho. En lugar de eso, abría la puerta a las cinco en punto todos los
días laborables para que ese hombre enojado entrara como una exhalación en la
consulta, se echara en el diván y se pusiera de inmediato a contar con sarcasmo
y con furia todas las injusticias que esa jornada le había deparado. Ricky
inspiró hondo y puso su mejor cara de póquer. Tanto si Ricky sentía que tenía
en la mano un full como una mano perdedora, Zimmerman recibía todos los días la
misma expresión imperturbable; Abrió la puerta y empezó su saludo habitual:
– Buenas tardes...
Pero en la sala de espera no estaba Roger
Zimmerman.
En su lugar, Ricky se encontró frente a una
joven escultural y atractiva.
Llevaba una gabardina negra, con cinturón,
que le llegaba hasta los zapatos, muy fuera de lugar en ese caluroso día
veraniego, y unas gafas oscuras, que se quitó dejando al descubierto unos
penetrantes y vibrantes ojos verdes. Tendría treinta y pocos años. Una mujer
cuya belleza estaba en su punto álgido y cuyo conocimiento del mundo se había
agudizado más allá de la juventud.
– Perdone... –se excusó Ricky, vacilante–,
pero...
– Descuide -dijo la joven con displicencia a
la vez que sacudía su melena rubia hasta los hombros y hacía un ligero gesto
con la mano-. Hoy Zimmerman no vendrá. Estoy aquí en su lugar.
– Pero él...
– Ya no lo necesitará más -prosiguió la
joven-o Decidió terminar su tratamiento exactamente a las dos treinta y siete
de esta tarde. Aunque parezca mentira, tomó esa decisión en la parada de metro
de la calle Noventa y dos después de una breve conversación con el señor R. Fue
el señor R quien lo convenció de que ya no necesitaba ni deseaba sus servicios.
Y, para nuestra sorpresa, a Zimmerman no le costó nada llegar a esa conclusión.
Y, dicho eso, pasó junto al sorprendido
médico y entró en la consulta.
4
– Así que es aquí donde se desvela el
misterio –dijo la joven alegremente.
Ricky la observaba mientras ella echaba un
vistazo alrededor de la pequeña habitación. Su mirada pasó por el diván, su
silla, su mesa. Avanzó y examinó los libros que había en los estantes,
inclinando la cabeza a medida que leía los títulos densos y aburridos. Pasó un
dedo por el lomo de un volumen y, al comprobar el polvo que se le acumulaba en
la yema, meneó la cabeza.
–Poco usado...
–murmuró. Levantó los ojos hacia él y comentó en tono de reproche–: ¿Cómo? ¿Ni
un solo libro de poesía, ninguna novela?
Se acercó a la pared de color crema donde
colgaban los diplomas y algunos cuadros de pequeñas dimensiones, junto con un
retrato enmarcado en roble del Gran Hombre en persona. Freud sostenía en la
foto su omnipresente puro y lucía una mirada triste con sus ojos hundidos. Una
barba blanca le cubría la mandíbula precancerosa que iba a resultarle tan
dolorosa en sus últimos años. La joven dio unos golpecitos al cristal del
retrato con uno de sus largos dedos, en los que lucía uñas pintadas de rojo.
– Es interesante ver cómo cada profesión
parece tener algún icono colgado de la pared. Me refiero a que si fueras
sacerdote, tendrías a Jesús en un crucifijo. Un rabino tendría una estrella de
David, o una menorá. Cualquier político de tres al cuarto tiene un retrato de
Lincoln o de Washington. Debería haber una ley que lo prohibiese. A los médicos
les gusta tener a mano esos modelos de plástico desmontables de un corazón, una
rodilla o algún otro órgano. Hasta donde sé, un programador informático de Sillicon
Valley tiene un retrato de Bill Gates en su despacho, donde lo venera cada día.
Un psicoanalista como tú, Ricky, necesita la imagen de san Sigmund. Eso indica
a quien entra aquí quién estableció en realidad las directrices. Y supongo que
te confiere una legitimidad que, de otro modo, podría cuestionarse.
Ricky Starks agarró en silencio una silla y
la situó frente a su escritorio. Luego lo rodeó e indicó a la joven que tomara
asiento.
– ¿Cómo? –dijo ésta con brío–. ¿No voy a
ocupar el famoso diván?
–Sería prematuro –contestó Ricky con
frialdad. Le indicó que se sentara por segunda vez.
La joven recorrió de nuevo la habitación con
sus vibrantes ojos verdes como si procurara memorizar todo lo que contenía y,
finalmente, se dejó caer en la silla. Lo hizo con languidez, a la vez que metía
la mano en un bolsillo de la gabardina negra y sacaba un paquete de
cigarrillos. Se colocó uno entre los labios y encendió un mechero transparente
de gas, pero detuvo la llama a unos centímetros del pitillo.
– Oh –dijo la joven con expresión
sonriente–. Qué mal educada soy. ¿Te apetece fumar, Ricky?
El psicoanalista negó con la cabeza.
– Claro que no –prosiguió ella sin dejar de
sonreír– ¿Cuándo fue que lo dejaste? ¿Hace quince años? ¿Veinte? De hecho,
Ricky, creo que fue en 1977, si el señor R no me ha informado mal. Había que
ser valiente para dejar de fumar, Ricky. En esa época mucha gente encendía el
cigarrillo sin pensar en lo que hacía, porque, aunque las tabacaleras lo
negaban, la gente sabía que era malo para la salud. Te mataba, era cierto. Así
que la gente prefería no pensar en ello. La táctica del avestruz aplicada a la
salud: mete la cabeza en un agujero e ignora lo evidente. Además, pasaban
tantas otras cosas por aquel entonces. Guerras, disturbios, escándalos. Según
me dicen, fueron unos años maravillosos de vivir. Pero Ricky, el joven doctor
en ciernes, logró dejar de fumar cuando era un hábito popularísimo y estaba
lejos de ser considerado socialmente inaceptable como ahora. Eso me dice algo.
La joven encendió el cigarrillo, dio una
larga calada y dejó escapar parsimoniosamente el humo.
– ¿Un cenicero? –pidió.
Ricky abrió un cajón del escritorio y sacó
el que guardaba allí. Lo puso en el borde del escritorio. La joven apagó el cigarrillo de inmediato.
– Listos –dijo–. Sólo un ligero olor acre a
humo para recordarnos esa época.
– ¿Por qué es importante recordar esa época?
–preguntó Ricky tras un momento.
La joven entornó los ojos, echó la cabeza
atrás y soltó una larga carcajada. Fue un sonido discordante, fuera de lugar,
como una risotada en una iglesia o un clavicémbalo en un aeropuerto. Cuando su
risa se desvaneció, dirigió una mirada penetrante a Ricky.
– Es importante recordarlo todo. Todo lo de
esta visita, Ricky. ¿No es eso cierto para todos los pacientes? No sabes qué
dirán o cuándo dirán lo que te abrirá su mundo, ¿verdad? De modo que tienes que
estar alerta todo el rato. Porque nunca sabes con exactitud cuándo podría
abrirse la puerta que te revele los secretos ocultos. Así que debes estar
siempre preparado y receptivo. Atento. Siempre pendiente de la palabra o la
historia que se escapa y te descubre muchas cosas, ¿no? ¿No es ésta una buena
evaluación del proceso?
Ricky asintió.
– Muy bien –soltó la joven con brusquedad–.
¿Por qué deberías pensar que esta visita es distinta de las demás? Aunque
resulta evidente que lo es.
De nuevo, él permaneció callado unos
segundos, contemplando a la joven con la intención de desconcertada. Pero
parecía extrañamente fría y serena, y el silencio, que sabía que a menudo es el
sonido más inquietante de todos, no parecía afectarla. Por fin, habló en voz
baja.
– Estoy en desventaja. Parece saber mucho
sobre mí y, como mínimo, un poco de lo que pasa aquí, en esta consulta, y yo ni
siquiera conozco su nombre. Me gustaría saber a qué se refiere cuando dice que
el señor Zimmerman ha terminado su tratamiento, porque el señor Zimmerman no me
ha dicho nada. Y me gustaría saber cuál es su conexión con el individuo al que
usted llama señor R y que supongo es la misma persona que me mandó la carta
amenazadora firmada a nombre de Rumplestiltskin. Quiero que conteste a estas
preguntas de inmediato. Si no, llamaré a la policía.
La joven volvió a sonreír. Nada nerviosa.
–¿Vamos a lo práctico?
– Respuestas –la urgió él.
– ¿No es eso lo que buscamos todos, Ricky?
¿Todos los que cruzan la puerta de esta consulta? ¿Respuestas?
Él alargó la mano hacia el teléfono.
– ¿No imaginas que, a su manera, eso es
también lo que quiere el señor R? Respuestas a preguntas que lo han atormentado
durante años. Vamos, Ricky. ¿No estás de acuerdo en que hasta la venganza más
terrible empieza con una simple pregunta?
Ricky pensó que ésa era una idea fascinante.
Pero el interés de la observación se vio superado por la creciente irritación
que le despertaba la actitud de la joven. Sólo mostraba arrogancia y seguridad.
Puso la mano en el auricular. No sabía qué otra cosa hacer.
– Conteste mis preguntas enseguida, por
favor –dijo–. De lo contrario llamaré a la policía y dejaré que ella se
encargue de todo. – ¿No tienes espíritu deportivo, Ricky? ¿No te interesa
participar en el juego?
– No veo qué clase de juego implica enviar
pornografía asquerosa y amenazadora a una chica impresionable. Ni tampoco qué
tiene de juego pedirme que me suicide.
– Pero, Ricky –sonrió la mujer–, ¿no sería
ése el mayor juego de todos? ¿Superar a la muerte?
Eso detuvo la mano de Ricky, aún sobre el
teléfono. La joven le señaló la mano.
– Puedes ganar, Ricky. Pero no si descuelgas
ese teléfono y llamas a la policía. Entonces alguien, en algún sitio, perderá.
La promesa está hecha y te aseguro que se cumplirá. El señor R es un hombre de
palabra, y cuando ese alguien pierda, tú también perderás. Estamos sólo en el
primer día, Ricky. Rendirte ahora sería como aceptar la derrota antes del saque
inicial. Antes de haber tenido tiempo de pasar siquiera del medio campo.
Ricky apartó la
mano.
– ¿Su nombre? –preguntó.
– Por hoy y con objeto del juego, llámame
Virgil. Todo poeta necesita un guía.
– Virgil es nombre de hombre. La mujer se
encogió de hombros.
– Tengo una amiga que responde al nombre de
Rikki. ¿Tiene eso alguna importancia?
– No. ¿Y su relación con Rumplestiltskin?
–Es mi jefe. Es muy rico y puede contratar
todo tipo de ayuda.
Cualquier clase de ayuda que quiera. Para
lograr cualquier medio y fin que prevea para cualquier plan que tenga en mente.
Ahora está concentrado en ti.
– Así pues, imagino que si es su jefe, usted
tiene su nombre, una dirección, una identidad que podría darme y terminar con
esta locura de una vez por todas.
– Lo siento pero no, Ricky –dijo Virgil
sacudiendo la cabeza–. El señor R no es tan ingenuo como para revelar su
identidad a meros factótums como yo. Y, aunque pudiera ayudarte, no lo haría.
No sería deportivo. Imagina que cuando el poeta y su guía vieron el cartel que
ponía «Abandonad, los que aquí entráis, toda esperanza», Virgil se hubiera
encogido de hombros y contestado: «¡Joder! Nadie querría entrar ahí...» Eso
habría arruinado el libro. No puedes escribir una epopeya cuyo héroe se dé la
vuelta ante las puertas del infierno, ¿no crees, Ricky? No. Tienes que cruzar
esa entrada.
– Entonces ¿por qué ha venido?
– Ya te lo dije. Creyó que podías dudar
sobre su sinceridad, aunque esa jovencita con el papá aburrido y previsible de
Deerfield cuyas emociones adolescentes se alteraron con tanta facilidad debería
de haberte bastado como mensaje. Pero las dudas siembran vacilación y sólo te
quedan dos semanas para jugar, lo que es poco tiempo. De ahí que te haya
enviado un guía de fiar para que arranques. Yo.
– Muy bien –dijo Ricky–. Usted insiste con
lo de un juego. Pero no es ningún juego para el señor Zimmerman. Lleva poco
menos de un año de psicoanálisis, y su tratamiento está en una fase importante.
Usted y su jefe, el misterioso señor R, pueden joderme la vida si quieren. Eso
es una cosa. Pero otra muy distinta es que involucren a mis pacientes. Eso
supone cruzar un límite.
Virgil levantó una mano.
– Procura no sonar tan pomposo, Ricky
–ronroneó.
Él la miró con dureza. Pero ella hizo caso
omiso y, con un ligero gesto de la mano, añadió:
– Zimmerman fue elegido para formar parte
del juego.
Ricky debió de parecer asombrado, porque
Virgil prosiguió. –No demasiado contento al principio, según me han dicho, pero
con un extraño entusiasmo después. Yo no participé en esa conversación, de modo
que no puedo darte detalles. Mi función era otra. Sin embargo, te diré quién
intervino. Una mujer de mediana edad y algo desfavorecida llamada Lu Anne, un
nombre bonito y, sin duda, inusual y poco adecuado dada su precaria situación
en este mundo. El caso, Ricky, es que cuando me vaya de aquí, te convendría
hablar con Lu Anne. Quién sabe lo que podrías averiguar. Y estoy segura de que
buscarás al señor Zimmerman para que te dé una explicación, pero también estoy
segura de que no te será fácil encontrarlo. Como dije, el señor R es muy rico y
está acostumbrado a salirse con la suya.
Ricky iba a pedirle que se explicara, pero
Virgil se levantó – ¿Te importa si me
quito la gabardina? –preguntó con voz ronca.
– Como quiera –dijo Ricky con un gesto
amplio de la mano; un movimiento que significaba aceptación.
Virgil sonrió de nuevo y se desabrochó
despacio los botones delanteros y el cinturón. Después, con un movimiento
brusco, dejó caer la prenda al suelo.
No llevaba nada debajo.
Se puso una mano en la cadera y ladeó el
cuerpo provocativamente en su dirección. Se volvió y le dio la espalda un
momento, para girar de nuevo y mirarlo de frente. Ricky asimiló la totalidad de
su figura con una sola mirada. Sus ojos actuaron como una cámara fotográfica
para captar los senos, el sexo y las largas piernas, y regresar, por fin, a los
ojos de Virgil, que brillaban expectantes.
– ¿Lo ves, Ricky? –musitó ella–. No eres tan
viejo. ¿Notas cómo te hierve la sangre? Una ligera animación en la entrepierna,
¿no? Tengo una buena figura, ¿verdad? –Soltó una risita–. No hace falta que
contestes. Conozco bien la reacción. La he visto antes, en muchos hombres.
Siguió mirándolo, como segura de que podía
adivinar la dirección que seguiría la mirada de él.
– Siempre existe ese momento maravilloso,
Ricky comentó Virgil con una ancha sonrisa–, en que un hombre ve por primera
vez el cuerpo de una mujer. Sobre todo el cuerpo de una mujer que no conoce.
Una visión que es toda aventura. Su mirada cae en cascada, como el agua por un
precipicio. Entonces, como pasa ahora contigo, que preferirías contemplar mi
entrepierna, el contacto visual provoca algo de culpa. Es como si el hombre
quisiera decir que todavía me ve como una persona mirándome a la cara pero, en
realidad, está pensando como una bestia, por muy educado y sofisticado que
finja ser. ¿No es acaso lo que está pasando ahora?
Él no contestó. Hacía años que no estaba en
presencia de una mujer desnuda, yeso parecía generar una convulsión en su
interior. Le retumbaban los oídos con cada palabra de Virgil, y era consciente
de que se sentía acalorado, como si la elevada temperatura exterior hubiese
irrumpido en la consulta.
Virgil siguió sonriéndole. Se dio la vuelta
una segunda vez para exhibirse de nuevo. Posó, primero en una posición y luego
en otra, como la modelo de un artista que trata de encontrar la postura
correcta. Cada movimiento de su cuerpo parecía aumentar la temperatura de la
habitación unos grados más. Finalmente, se agachó despacio para recoger la
gabardina negra del suelo. La sostuvo un segundo, como si le costara volver a
ponérsela. Pero enseguida, con un movimiento rápido, metió los brazos por las
mangas y empezó a abrochársela. Cuando su figura desnuda desapareció, Ricky se
sintió arrancado de algún tipo de trance hipnótico o, por lo menos, como creía
que debía sentirse un paciente al despertar de una anestesia. Empezó a hablar,
pero Virgil levantó una mano.
– Lo siento, Ricky –le interrumpió–. La
sesión ha terminado por hoy. Te he dado mucha información y ahora te toca
actuar. No es algo que se te dé bien, ¿verdad? Lo que tú haces es escuchar. Y
después nada. Bueno, esos tiempos se han acabado, Ricky. Ahora tendrás que
salir al mundo y hacer algo. De otro modo... Será mejor que no pensemos en eso.
Cuando el guía te señala, tienes que seguir el camino. Que no te pillen de
brazos cruzados. Manos a la obra y todo eso. Ya sabes, al que madruga Dios le
ayuda. Es un consejo buenísimo. Síguelo.
Se dirigió con rapidez a la puerta.
– Espera –dijo Ricky impulsivamente–.
¿Volverás?
– Quién sabe –contestó Virgil con una
sonrisita–. Puede que de vez en cuando. Veremos cómo te va. –Abrió la puerta y
se marchó.
Escuchó un momento el taconeo de sus zapatos
en el pasillo. Luego, se levantó de un brinco y corrió hacia la puerta. La
abrió, pero Virgil ya no estaba en el pasillo. Se quedó ahí un instante y
volvió a entrar en la consulta. Se acercó a la ventana y miró fuera, justo a
tiempo de ver cómo la joven salía por el portal del edificio. Una limusina
negra se acercó a la entrada y Virgil subió en ella. El coche se alejó calle abajo, de forma
demasiado repentina para que Ricky pudiese haber visto la matrícula o cualquier
otra característica de haber sido lo bastante organizado e inteligente como
para pensar en ello.
A veces, frente a las playas de Cape Cod, en
Wellfleet, cerca de su casa de veraneo, se forman unas fuertes corrientes de
retorno superficial que pueden ser peligrosas y, en ocasiones, mortales. Se
crean debido a la fuerza del océano al golpear la costa, que acaba por excavar
una especie de surco bajo las olas en la restinga que protege la playa.
Cuando el espacio se abre, el agua entrante
encuentra de repente un nuevo lugar para regresar al mar y circula por este
canal subacuático. Entonces, en la superficie se produce la corriente de
retorno. Cuando alguien queda atrapado en esta corriente, hay un par de cosas
que debe hacer y que convierten la experiencia en algo perturbador, quizás
aterrador y sin duda agotador, pero más que nada molesto. Si no las hace, lo
más probable es que muera. Como la corriente de retorno superficial es
estrecha, no hay que luchar nunca contra ella. Hay que limitarse a nadar
paralelo a la costa, y en unos segundos el tirón violento de la corriente se
suaviza y lo deja a uno a poca distancia de la playa. De hecho, las corrientes
de retorno superficial suelen ser también cortas, de modo que uno se puede
dejar llevar por ellas y cuando el tirón disminuye situarse en el lugar
adecuado y nadar de vuelta a la playa. Ricky sabía que se trataba de unas
instrucciones sencillísimas que, comentadas en un cóctel en tierra firme, o incluso
en la arena caliente a la orilla del mar, hacen que salir de una corriente de
retorno superficial no parezca más difícil que sacudirse una pulga de mar de la
piel.
La realidad, por supuesto, es mucho más
complicada. Ser arrastrado inexorablemente hacia el océano, lejos de la
seguridad de la playa, provoca pánico al instante. Estar atrapado por una
fuerza muy superior es aterrador. El miedo y el mar son una combinación letal.
El terror y el agotamiento ganan al bañista. Ricky recordaba haber leído en el
Cape Cod Times por lo menos un caso cada verano de alguien ahogado, a escasos
metros de la costa y la seguridad.
Intentó controlar sus emociones, porque se
sentía atrapado en una corriente de retorno superficial.
Inspiró hondo y luchó contra la sensación de
que lo arrastraban hacia un lugar oscuro y peligroso. En cuanto la limusina que
llevaba a Virgil hubo desaparecido de su vista, encontró el teléfono de
Zimmerman en la primera página de su agenda, donde lo había anotado y después
olvidado, ya que nunca se había visto obligado a llamado. Marcó el número pero
no obtuvo respuesta. Ni Zimmerman. Ni su madre sobreprotectora. Ni un
contestador ni servicio automático. Sólo un tono de llamada reiterado y
frustrante.
En ese momento de confusión decidió que
debía hablar directamente con Zimmerman. Aunque Rumplestiltskin lo hubiera
sobornado de algún modo para que abandonara el tratamiento, quizá lograse
arrojar algo de luz sobre la identidad de su torturador. Zimmerman era un
hombre amargado pero incapaz de callarse nada. Ricky colgó con brusquedad el
auricular y agarró la chaqueta. En unos segundos estaba fuera.
Las calles de la ciudad seguían llenas de
luz diurna, aunque ya era el atardecer. El resto del tráfico de la hora punta
atascaba aún la calzada, aunque la multitud de peatones que saturaba las aceras
se había reducido un poco. Nueva York, como toda gran ciudad, aunque presumiera
de veinticuatro horas de vida al día, seguía los mismos ritmos que cualquier
otro sitio: energía por la mañana, determinación a mediodía, apetito por la
noche. No prestó atención a los restaurantes abarrotados, aunque más de una vez
percibió un olor apetitoso al pasar por delante de alguno. Pero en ese momento
el apetito de Ricky Starks era de otro tipo.
Hizo algo que no hacía casi nunca. En lugar
de tomar un taxi, se dispuso a cruzar Central Park a pie. Pensó que el tiempo y
el ejercicio le ayudarían a dominar sus emociones, a controlar lo que le estaba
pasando. Pero, a pesar de su formación y de sus cacareados poderes de
concentración, le costaba recordar lo que Virgil le había dicho, aunque no
tenía dificultad en evocar hasta el último matiz de su cuerpo, desde su sonrisa
juguetona hasta la curva de sus senos o la forma de su sexo.
El calor del día se había prolongado el
anochecer. Al cabo de pocos metros, notó que el sudor se le acumulaba en el
cuello y las axilas. Se aflojó la corbata, se quitó la chaqueta y se la echó al
hombro, lo que le daba un aspecto desenvuelto que contradecía lo que sentía. El
parque todavía estaba lleno de gente que hacía ejercicio y más de una vez se
hizo a un lado para dejar pasar a un grupo de corredores. Vio gente
disciplinada que paseaba al perro en las zonas habilitadas para ello y pasó
junto a varios partidos de béisbol en campos dispuestos de tal modo que los
perímetros se tocaban. A menudo, un jugador exterior derecho estaba más o menos
junto al exterior izquierdo de otro partido. Parecía existir una extraña
etiqueta urbana para este espacio compartido, de modo que cada jugador
concentraba la atención en su propio partido sin inmiscuirse en el otro. De vez
en cuando, una pelota bateada invadía el terreno del otro campo, y los
jugadores encajaban diligentemente esa interrupción antes de seguir con el
suyo. Ricky pensó que la vida rara vez era tan sencilla y tan armoniosa.
«Normalmente, nos estorbamos los unos a los
otros», pensó.
Tardó otro cuarto de hora de paseo a buen
ritmo en llegar a la manzana de la casa de Zimmerman. Para entonces estaba
sudado de verdad, y deseaba llevar unas zapatillas de deporte viejas en lugar
de aquellos mocasines de piel que parecían irle pequeños y amenazaban con
provocarle llagas. Tenía empapada la camiseta y manchada la camisa azul, el
cabello apelmazado y pegado a la frente. Se detuvo frente al escaparate de una
tienda para comprobar su aspecto y, en lugar del médico disciplinado y sereno
que saludaba a sus pacientes con el rostro inexpresivo a la puerta de su
consulta, vio a un hombre desaliñado y ansioso, perdido en un mar de
indecisión. Parecía agobiado y acaso un poco asustado. Dedicó unos instantes a
recobrar la compostura.
Nunca antes, en sus casi tres décadas de
profesión, había roto la relación rígida y formal entre paciente y analista.
Jamás había imaginado que iría a casa de un paciente a ver cómo estaba. Por muy
desesperado que pudiese sentirse el paciente, era éste quien se desplazaba con
su depresión hacia la consulta. Él quien se acercaba a Ricky. Si estaba
angustiado y abrumado, lo llamaba y pedía hora. Eso formaba parte del proceso
de mejora. Por difícil que les resultara a algunas personas, por mucho que sus
emociones las incapacitaran, el mero acto físico de ir a su consulta era un
paso fundamental. Verse fuera de la consulta era algo totalmente excepcional. A
veces, las barreras artificiales y las distancias que creaba la relación entre
paciente y médico parecían crueles, pero gracias a ellas se llegaba a la
percepción.
Vaciló en la esquina, a media manzana del
piso de Zimmerman, un poco sorprendido de estar ahí. Que su vacilación se
diferenciara poco de las veces en que Zimmerman caminaba arriba y abajo frente
a su edificio le pasó inadvertido.
Dio dos o tres pasos y se detuvo. Sacudió la
cabeza y, en voz baja, masculló:
– No puedo hacerlo.
Una pareja joven que pasaba cerca debió de
oír sus palabras, porque el chico dijo:
– Claro que puedes, tío. No es tan difícil.
La chica se echó a reír y simuló darle un
golpecito como si lo reprendiera por ser tan ingenioso y maleducado a la vez.
Siguieron adelante, hacia lo que les esperara esa noche, mientras que Ricky
seguía parado, balanceándose como un bote amarrado, incapaz de desplazarse,
pero aun así zarandeado por el viento y las corrientes.
Recordó las palabras de Virgil: Zimmerman
había decidido dejar el tratamiento a las dos y treinta y siete de esa tarde en
una parada de metro cercana.
No tenía sentido.
Miró hacia atrás y vio una cabina telefónica
en la esquina. Se acercó, introdujo una moneda y marcó el número de Zimmerman.
De nuevo el teléfono sonó una docena de veces sin que nadie contestara.
Esta vez, sin embargo, Ricky se sintió
aliviado. La ausencia de respuesta en casa de Zimmerman parecía eximirlo de la
necesidad de llamar a su puerta, aunque le sorprendía que la madre no
contestara. Según su hijo, se pasaba casi todo el día postrada en cama,
incapacitada y enferma, salvo para sus inagotables exigencias y comentarios
denigrantes que soltaba sin cesar.
Colgó y
retrocedió. Echó un largo vistazo al edificio donde vivía Zimmerman y sacudió
la cabeza. «Tienes que controlar esta situación», se dijo.
La carta amenazadora, el acoso a la hija de
su sobrino y la aparición de aquella despampanante mujer en su consulta habían
alterado su equilibrio. Necesitaba reimplantar el orden en los acontecimientos
y trazarse un camino a seguir para salir del juego en que estaba atrapado. Lo
que no debía hacer era malograr casi un año de análisis con Roger Zimmerman por
estar asustado y actuando con precipitación.
Decirse estas cosas lo tranquilizó. Se dio
media vuelta, decidido a regresar a su casa y hacer las maletas para irse de
vacaciones.
Sin embargo, vio la entrada de la parada de
metro de la calle Noventa y dos. Como muchas otras, consistía en unas simples
escaleras que se hundían en la tierra, con un discreto rótulo de letras
amarillas arriba. Avanzó en esa dirección, se detuvo un momento en lo alto de
las escaleras y bajó, impulsado de repente por una sensación de error y de
miedo, como si algo estuviera saliendo despacio de la niebla y volviéndose
nítido. Sus pasos resonaron en los peldaños. La luz artificial zumbaba y se
reflejaba en las baldosas de la pared. Un tren distante gruñó en un túnel. Lo
asaltó un olor rancio, como al abrir un armario que lleva años cerrado, seguido
de una sensación de moderado calor, como si las temperaturas del día hubiesen
calentado la parada y ésta recién empezara a enfriarse. En ese momento había
poca gente en la estación, y en la taquilla vio a una mujer negra. Esperó un
momento hasta que no la atosigara nadie pidiéndole cambio y se acercó. Se
inclinó hacia la rejilla plateada para hablar a través del cristal.
– Perdone –dijo.
– ¿Quiere cambio? ¿Direcciones? En aquella
pared de allí tiene los planos.
– No es eso. Me gustaría saber algo. Sé que
suena extraño pero...
– ¿Qué es lo que quiere?
– Bueno, me gustaría saber si hoy ocurrió
algo aquí. Esta tarde...
– Para eso tendrá que hablar con la policía
–afirmó la mujer con energía–. Ocurrió antes de mi turno.
– Pero ¿qué...?
– Yo no estaba. No vi nada.
– Pero ¿qué pasó?
– Un hombre se lanzó a las vías. O se cayó,
no lo sé. La policía vino y se fue antes de que empezara mi turno. Lo limpiaron
todo y se llevaron a un par de testigos. Eso es todo lo que sé.
– ¿Qué policía?
– La comisaría de la Noventa y seis con
Broadway. Hable con ellos. Yo no tengo detalles.
Ricky retrocedió
con un nudo en el estómago. La cabeza le daba vueltas y sentía náuseas.
Necesitaba aire y ahí dentro no lo había. Un tren inundó la estación Con un
chirrido insoportable, corno si reducir la velocidad para parar fuera una
tortura. El sonido lo taladró y lo sacudió como si le dieran puñetazos.
– ¿Se encuentra bien? –gritó la mujer de la
taquilla por encima del estrépito–. Parece enfermo.
Él asintió y Susurró una respuesta que la
mujer no pudo oír. Y como un borracho que intenta conducir un coche por una
carretera sinuosa, zigzagueó hacia la salida.
5
A Ricky le resultaba desconocido todo lo
referente al mundo en que se sumió esa noche.
Las imágenes, los sonidos y los olores de la
comisaría de la Noventa y seis con Broadway constituían una ventana a la ciudad
a la que él nunca se había asomado y de cuya existencia sólo era vagamente
consciente. Nada más entrar se notaba un ligero hedor a orina y vómito que
pugnaba con otro más potente a desinfectante; como si alguien hubiese devuelto
copiosamente y la posterior limpieza se hubiera hecho sin cuidado y con prisas.
La acritud le hizo vacilar, lo suficiente para verse asaltado por una algarabía
insólita, mezcla de lo rutinario y lo surrealista. Un hombre gritaba palabras
ininteligibles desde alguna área de detención fuera de la vista, palabras que
parecían reverberar incongruentemente en el vestíbulo, donde una mujer hecha un
basilisco sostenía a un niño lloroso frente al ancho mostrador de madera del
sargento de guardia a la vez que le soltaba imprecaciones en un español
graneado. A su lado pasaban policías con la camisa azul empapada de sudor, y
sus pistoleras de cuero hacían un extraño contrapunto al crujido de sus
relucientes zapatos negros. Un teléfono sonó en alguna parte, pero nadie
contestó. Había idas y venidas, risas y lágrimas, todo ello salpicado de
juramentos de agentes bruscos o de los visitantes esporádicos, algunos de ellos
esposados, que eran conducidos bajo los fluorescentes implacables de la
recepción.
Ricky cruzó la puerta, confundido por todo
lo que veía y oía, nada seguro de lo que debía hacer. Un policía le rozó al
pasar veloz a su lado mientras decía «Cuidado, que paso», lo que le hizo
apartarse de golpe, como si hubieran tirado de él con una cuerda.
La mujer del mostrador levantó un puño y lo
blandió ante el sargento de guardia con un torrente final de palabras que
fluyeron como una sólida muralla de improperios y, tras dar al niño una
sacudida para que se volviera, se giró con el entrecejo fruncido y, al salir,
empujó a Ricky como si fuera tan insignificante como una cucaracha. Ricky se
recompuso y se acercó al sargento. Alguien había grabado a escondidas JODT en
la madera del mostrador, una opinión que, al parecer, nadie se había molestado
en borrar.
– Disculpe –empezó Ricky, pero fue
interrumpido.
– Nadie pide disculpas realmente. Lo dicen,
pero nunca es de verdad. Pero, qué caray, yo escucho a todo el mundo. Así que,
¿por qué pide disculpas?
– No me ha entendido bien. Lo que quería
decir es...
– Nadie dice lo que quiere decir. Eso es
algo importante que te enseña la vida. Todo iría mejor si más gente lo
aprendiera.
El sargento debía de tener cuarenta y pocos
años y exhibía una sonrisa indiferente que parecía indicar que, llegado a este
punto de su vida, ya había visto todo lo que valía la pena ver. Era un hombre
fornido, de cuello ancho, de culturista, y un cabello negro y lacio que llevaba
peinado hacia atrás. El mostrador estaba lleno de formularios e informes de
incidentes, dispuestos, al parecer, sin orden ni concierto. De vez en cuando,
agarraba un par y los grapaba con un puñetazo que propinaba a la anticuada
grapadora antes de lanzarlos a una bandeja metálica de rejilla.
– Si me lo permite, volveré a empezar –dijo
finalmente Ricky con brusquedad.
El sargento sonrió de nuevo sacudiendo la
cabeza.
– Nadie puede volver a empezar, por lo menos
que yo sepa. Todos decimos que queremos encontrar una manera de empezar la vida
de nuevo, pero las cosas no son así. Pero, qué caray, pruebe. Quizá sea el
primero. A ver, ¿en qué puedo ayudarle?
– Hoy ha habido un incidente en la parada de
metro de la calle Noventa y dos. Un hombre se cayó...
– Saltó, he oído. ¿Es usted un testigo?
– No. Pero conocía a ese hombre, creo. Era
su médico. Necesito información...
– Médico, ¿eh? ¿Qué clase de médico?
– Seguía un tratamiento psicoanalítico
conmigo.
– ¿Es psiquiatra?
Ricky asintió
– Un trabajo interesante –comentó el
policía–. ¿Usa un diván de ésos?
– Exacto.
– ¿De veras? ¿Y la gente todavía tiene cosas
que contar? En mi caso, me parece que me echaría una siesta en cuanto recostara
la cabeza. Un bostezo y me quedaría frito. Pero la gente habla mucho, ¿verdad?
– A veces.
– Genial. Bueno, hay uno que ya no hablará
más. Será mejor que hable con quien lleva el caso. Cruce la puerta doble, siga
el pasillo, la oficina queda a la izquierda. Se lo han dado al detective
Riggins. O lo que quedaba de él después de que el expreso de la Octava Avenida
pasara por la estación de la calle Noventa y dos a casi cien kilómetros por
hora. Si quiere detalles, ahí se los darán. Hable con Riggins.
El policía señaló un par de puertas que
daban a las entrañas de la comisaría. En ese momento, Ricky oyó cómo un sonido
creciente surgía de algún lugar que parecía situado debajo y encima de ellos
alternativamente. El sargento sonrió.
– Ese tío me va a destrozar los nervios
antes de que acabe mi turno –comentó, y se volvió para recoger un fajo de
papeles y lo grapó, produciendo un ruido parecido a un disparo–. Si no se
calla, lo más probable es que yo mismo precise un psiquiatra al final de la
noche. Lo que usted necesita, doctor, es un diván portátil.
Se rió e hizo un movimiento con la mano para
alejar a Ricky en la dirección correcta, y la brisa que levantó hizo vibrar los
papeles.
A la izquierda había una puerta con el
rótulo DETECTIVES. Ricky Starks la empujó para entrar en un despacho pequeño
con mesas deprimentes de metal gris y la misma iluminación hiriente. Parpadeó
un instante, como si el resplandor le escociera los ojos como agua salada. Un
detective con camisa blanca y corbata roja sentado en la mesa más cercana lo
miró.
– ¿Qué quiere?
– ¿Detective Riggins?
– No, no soy yo. –Sacudió la cabeza–. Está
allí, hablando con el último testigo del hombre que se suicidó hoy.
Ricky miró al otro lado de la habitación y
vio a una mujer de mediana edad con una camisa de hombre azul celeste y una
corbata de seda a rayas con el nudo muy suelto, más como una soga alrededor del
cuello que otra cosa, unos pantalones grises que parecían fundirse con la
decoración y unas incongruentes zapatillas de deporte blancas con una banda
naranja iridiscente. Llevaba el cabello rubio oscuro recogido con severidad en
una coleta, lo que la hacía parecer un poco mayor de los treinta y cinco años
que Ricky podría haberle dado. Tenía unas diminutas patas de gallo. La mujer
estaba hablando con dos muchachos negros que vestían vaqueros exageradamente
holgados y gorras colocadas en un ángulo extraño, como si se las hubieran
pegado torcidas a la cabeza. Si Ricky hubiese estado un poco más al corriente
de las cuestiones mundanas, habría reconocido la moda del momento, pero sólo
pensó que su aspecto era extraño y un poco inquietante. Si se hubiese
encontrado a ese par en la calle, sin duda se habría asustado.
El detective que estaba sentado frente a él
le preguntó de golpe: – ¿Ha venido por el hombre que se suicidó hoy en el
metro? Ricky asintió. El hombre descolgó el teléfono y señaló unas sillas junto
a una pared de la oficina. En una de ellas había una mujer desaliñada y sucia
de edad indefinida, cuyo cabello plateado e hirsuto parecía explotarle en
múltiples direcciones y que al parecer hablaba sola. La mujer llevaba un abrigo
raído que no dejaba de ceñirse cada vez con más fuerza, y se balanceaba levemente
en el asiento, como siguiendo el compás de la electricidad que le invadía el
cuerpo. El diagnóstico de Ricky fue inmediato: indigente y esquizofrénica. No
había atendido profesionalmente a nadie con su afección desde sus días de
universidad, aunque a lo largo de los años se había cruzado con muchas personas
parecidas que caminaban por las calles como casi cualquier otro neoyorquino. En
los últimos años, el número de indigentes en la calle parecía haber disminuido,
pero Ricky suponía que simplemente los habían enviado a otras ubicaciones en
una maniobra política destinada a lograr que los turistas entusiastas y las
personas acomodadas y adineradas que transitaban el centro de la ciudad no
tuvieran que verlos con tanta frecuencia.
–Tome asiento al Iado de Lu Anne –dijo el
detective–. Informaré a Riggins de que está usted aquí.
Ricky se puso tenso al oír el nombre de la
mujer. Inspiró hondo y se acercó a la hilera de sillas.
– ¿Puedo sentarme aquí? –preguntó a la vez
que señalaba la que estaba situada junto a la mujer. Ella levantó los ojos,
algo sorprendida.
– El señor quiere saber si se puede sentar
aquí. ¿Quién cree que soy yo? ¿La reina de las sillas? ¿Qué debería decirle?
¿Sí? ¿No? Puede sentarse donde quiera...
Lu Anne tenía unas uñas mugrientas y rotas,
cicatrices y ampollas en las manos y, en una, un corte que parecía infectado,
con la piel hinchada alrededor de una costra morada. Ricky pensó que debía de
ser doloroso, pero no dijo nada. Lu Anne se frotó las manos como un cocinero
que espolvorea un plato con sal.
Ricky se sentó en la silla. Se movió, como
si tratara de ponerse cómodo, y preguntó:
– ¿Así que usted estaba en el andén cuando
ese hombre se cayó a la vía?
Lu Anne levantó la mirada hacia los
fluorescentes y contempló el resplandor brillante e implacable.
– Así que el señor quiere saber si yo estaba
ahí cuando el hombre saltó delante del tren –contestó después de estremecerse
ligeramente–. No se imagina lo que yo vi, toda la sangre y la gente que
gritaba, algo terrible. Y después llegó la policía.
– ¿Usted vive en la estación de metro?
– El señor quiere saber si vivo ahí. Pues
bien, debería decirle que a veces. A veces vivo ahí.
Lu Anne apartó por fin la mirada de los
fluorescentes y, con un rápido parpadeo, pareció mover la cabeza como si viera
fantasmas por la habitación. Pasado un momento, se volvió hacia Ricky.
– Lo vi –dijo–. ¿Estaba usted también ahí?
– No, pero conocía al hombre que murió.
– Oh, qué triste. –Lu Anne sacudió la
cabeza–. Muy triste para usted. Algunos conocidos míos han muerto. Fue triste
para mí entonces.
– Sí –respondió Ricky–, es muy triste. – Se
obligó a sonreírle y ella le devolvió el gesto–. Dígame, Lu Anne, ¿qué vio?
La mujer tosió un par de veces, como para
aclararse la garganta.
– El señor quiere saber qué vi –soltó
mirando a Ricky–. Quiere saber sobre el hombre que murió y la mujer bonita.
– ¿A qué mujer bonita se refiere? –preguntó
Ricky intentando conservar la calma.
– El señor no sabe lo de la mujer bonita.
– No, no lo sé. Pero me interesa –aseguró
para animarla.
Los ojos de Lu Anne se desviaron a lo lejos,
como si se concentrara en algo más allá de su visión, como un espejismo, y
habló con tono amable.
– El señor quiere saber lo de la mujer
bonita que se me acerca justo después de que el hombre hiciera ¡zas! Y me habla
muy bajito cuando me pregunta: «¿Lo has visto, Lu Anne? ¿Has visto cómo el
hombre hombre se lanzaba bajo el tren? ¿Has visto cómo se acercaba al borde
cuando el tren iba a pasar? Era el expreso, claro, y no para, no, nunca para,
tienes que tomar el metropolitano si quieres subirte a un tren. Y ¿has visto
cómo se tiraba? ¡Terrible, terrible!» Ella me dice: «Lu Anne, ¿has visto cómo
se suicidaba? Nadie lo empujó. Nadie en absoluto, Lu Anne. Tienes que estar
totalmente segura de eso, Lu Anne. Nadie empujó al hombre. ¡zas!, sólo se
lanzó.» Eso me dice la mujer. Qué triste. Debía de tener muchas ganas de
morirse de repente, ¡zas! y entonces hay un hombre a su lado, al Iado de la
mujer bonita y me dice: «Lu Anne, tienes que contarle a la policía lo que has
visto, decirle que viste que el hombre pasó entre los demás hombres y mujeres
que había en el andén y saltó, izas! Muerto.» y la mujer bonita me dice: «Se lo
dirás a: la policía, Lu Anne. Es tu obligación como ciudadana contarles que
viste saltar al hombre.» y me da diez dólares. Diez dólares sólo para mí. Pero
me lo hace prometer. Me dice: «Lu Anne, promete que irás a la policía y les
contarás que viste al hombre saltar a la vía.» Y yo le digo: «Sí, lo prometo.»
y he venido a contárselo a la policía, tal como ella me dijo y como yo le
prometí. ¿También le dio diez dólares a usted?
– No –musitó Ricky–. No me dio diez dólares.
– Oh, qué lástima –contestó Lu Anne meneando
la cabeza–. Mala suerte.
– Sí. Es una lástima –coincidió Ricky–. Y
mala suerte, también.
Levantó la mirada y vio que la detective
cruzaba la oficina hacia ellos.
Parecía aún más agotada por los
acontecimientos del día de lo, que Ricky había supuesto antes, al verla al otro
lado de la oficina. La detective Riggins se movía con una parsimonia que
revelaba músculos doloridos, fatiga y un estado de ánimo socavado en parte por
el calor del día y, sin duda, por pasarse la tarde tratando laboriosamente de
recoger los restos del infortunado señor Zimmerman, y reconstruyendo después
sus últimos momentos antes de lanzarse a las vías. Que lograra esbozar una leve
sonrisa a modo de presentación le sorprendió.
– Hola –dijo–. Creo que está aquí por el
señor Zimmerman.
– Pero antes de que pudiera contestar,
Riggins se volvió hacia Lu Anne y añadió–: Lu Anne, pediré a un agente que la
lleve a pasar la noche al albergue de la calle Ciento dos. Gracias por venir.
Ha sido de gran ayuda. Quédese en el albergue, ¿entendido? Por si necesito
volver a hablar con usted.
– La señorita dice que me quede en el
albergue pero no sabe que detestamos el albergue. Está lleno de gente mezquina
y loca que te roba y te apuñala si se entera de que una mujer bonita te ha dado
diez dólares.
– Me aseguraré de que nadie se entere y no
correrá peligro. Por favor.
– Lo intentaré, detective –dijo Lu Anne, lo
que contradecía la negación que hacía con la cabeza.
Riggins indicó la puerta, donde un par de
agentes uniformados estaban esperando.
– Esos hombres la llevarán, ¿vale?
Lu Anne se levantó y sacudió la cabeza.
– El viaje en coche será divertido, Lu Anne.
Si quiere, les pediré que pongan las luces y la sirena.
Eso hizo sonreír a Lu Anne, que asintió con
entusiasmo infantil.
La detective hizo señas a los policías de
uniforme y dijo:
– Ponedle la alfombra roja a esta testigo.
Luces y acción todo el trayecto, ¿de acuerdo?
Ambos agentes se encogieron de hombros,
sonrientes. No tenían objeciones, siempre y cuando Lu Anne subiera y bajara del
coche lo bastante rápido como para que su hedor a sudor y suciedad no se
quedara impregnado en el interior.
Ricky observó que la mujer perturbada
asentía y hablaba de nuevo consigo misma mientras se alejaba arrastrando los
pies acompañada por los policías. Se volvió y vio que la detective Riggins
también contemplaba su marcha.
– No está tan mal como otros –suspiró ella–.
Y no se mueve demasiado. Siempre puedes encontrada detrás del ultramarinos de
la calle Noventa y siete, en la parada de metro donde estaba hoyo en la entrada
al Riverside Park de la calle Noventa y seis. Desde luego está loca, pero no es
desagradable, como otros. Me gustaría saber quién es realmente. ¿Cree que puede
haber alguien en algún lugar preocupado por ella, doctor? ¿En Cincinnati o
Minneapolis? Familia, amigos, parientes que se pregunten qué ha sido de su
excéntrica tía o prima. A lo mejor es heredera de una fortuna del petróleo o
ganadora de la lotería. Eso estaría bien, ¿verdad? Me gustaría saber qué le
pasó para acabar así. Para que todas las sustancias químicas del cerebro le
burbujeen descontroladas. Pero ése es su ámbito, no el mío.
– No soy demasiado partidario de las
medicaciones –dijo Ricky–, a diferencia de algunos de mis colegas. Pero una
esquizofrenia tan profunda como la suya necesita medicación. Lo que yo hago
seguramente no ayudaría demasiado a Lu Anne.
Riggins le indicó su mesa, que tenía una
silla dispuesta al Iado.
Cruzaron juntos la oficina.
– Usted se basa en hablar, ¿eh? La
articulación de los problemas, ¿no? ¿Venga a hablar y hablar, y más hablar, y
tarde o temprano todo se resuelve?
– Eso sería una simplificación excesiva,
detective. Pero no imprecisa.
– Tengo una hermana que estuvo en terapia
después de divorciarse. Le sirvió para enderezar su vida. Por otra parte, mi
prima Marcie, que es una de esas personas que está siempre hundida, asistió a
una durante tres años y acabó más jodida que antes de empezar.
– Lamento oír eso. Como en cualquier
profesión, hay muchos grados de competencia. –Ambos se sentaron a la mesa–.
Pero...
Riggins le interrumpió.
– Dijo que era el terapeuta del señor
Zimmerman. ¿Correcto?
– Sacó un bloc y un lápiz.
– Sí. Se psicoanalizó durante un año.
Pero...
– ¿Y detectó alguna tendencia suicida
agudizada el último par de semanas?
– No. En absoluto –aseguró Ricky.
– ¿De veras? –La mujer arqueó las cejas con
leve sorpresa–. ¿Nunca?
– Así es. De hecho...
– Entonces ¿estaba haciendo progresos con su
análisis?
Ricky vaciló.
– ¿Y bien? –le urgió ella–. ¿Estaba
mejorando? ¿Logrando el control? ¿Se sentía más seguro? ¿Más preparado para
enfrentarse al mundo? ¿Menos deprimido? ¿Menos enfadado?
De nuevo, Ricky dudó antes de responder.
– Diría que no había hecho lo que usted o yo
consideraríamos un gran avance. Seguía luchando con los temas que lo
atormentaban.
Riggins sonrió cansinamente. Sus palabras
sonaron tensas:
– Así que, después de cerca de un año de
tratamiento casi constante, cincuenta minutos al día, cinco días a la semana,
pongamos cuarenta y ocho semanas al año, ¿podría decirse que seguía deprimido y
frustrado?
Ricky se mordió el labio un instante y luego
asintió.
Riggins hizo una anotación en el bloc. Ricky
no pudo ver qué escribía.
– ¿Sería «desesperación» una palabra
demasiado fuerte para describir su estado?
– Sí –respondió Ricky, irritado.
– ¿Aunque ésa sea la primera palabra que usó
su madre, con quien vivía? ¿Y la misma que dijeron sus compañeros de trabajo?
–Sí –insistió Ricky.
– Así pues, ¿no cree que fuera suicida?
– Ya se lo dije, detective. No presentaba
ninguna sintomatología clásica. De lo contrario yo habría adoptado medidas... –
¿Qué clase de medidas?
– Habría intentado concentrar de modo más
específico las sesiones. Tal vez medicación, si hubiese creído que el peligro
era real...
– ¿No me ha dicho que no le gusta recetar
pastillas?
– Ya, pero...
– ¿No se va de vacaciones muy pronto?
– Sí. Mañana, por lo menos eso tengo
previsto, pero ¿qué tiene eso que...?
– Así pues, a partir de mañana su cabo de
salvamento terapéutico se iba de vacaciones.
– Sí, pero no alcanzo a ver...
– Palabras interesantes para que las diga un
psiquiatra –sonrió la detective.
– ¿Qué palabras? –preguntó Ricky, levemente
exasperado.
– «No alcanzo a ver…» –repitió ella–. ¿No se
acerca mucho eso a lo que se llama desliz freudiano?
– No.
– ¿No cree que se suicidara?
– No. Sólo...
– ¿Se había suicidado antes algún paciente
suyo?
– Sí, por desgracia. Pero en ese caso los
signos eran claros. Mis esfuerzos, sin embargo, no fueron suficientes para
aliviar la profunda depresión de ese paciente.
– ¿Ese fracaso le persiguió algún tiempo,
doctor?
– Sí –contestó Ricky con frialdad.
– Sería malo para su consulta y muy malo
para su reputación que otro de sus pacientes habituales decidiera tener un cara
a cara con el expreso de la Octava Avenida, ¿verdad?
Ricky se recostó en la silla con el
entrecejo fruncido. –No me gusta lo que insinúa con esa pregunta, detective.
– Bueno, sigamos adelante. –Riggins sonrió y
meneó la cabeza–. Si no cree que se suicidara, la alternativa es que alguien lo
empujó. ¿Le habló alguna vez el señor Zimmerman de alguien que lo odiara, o que
le guardara rencor, o que pudiera tener algún motivo para matarlo? Hablaba con
usted cada día, de modo que cabe suponer que, si lo hubiera amenazado algún
desconocido, se lo habría mencionado. ¿Lo hizo?
– No. Jamás mencionó a nadie que encajara en
las categorías que usted menciona.
– ¿No dijo nunca: «Fulano de tal quiere
verme muerto...?»
– No.
– ¿Y lo recordaría si lo hubiese dicho?
– Por supuesto.
– De acuerdo. En principio, al parecer nadie
intentaba acabar con él. Pero y ¿un socio? ¿Una antigua amante? ¿Un marido
cornudo? Usted cree que alguien pudo empujarle a la vía del tren. Pero ¿por
qué? ¿Por simple diversión? ¿Alguna otra razón misteriosa?
Ricky vaciló. Era su oportunidad de contar a
la policía lo de la carta, la visita de Virgil, el juego en que se le exigía
participar. Lo único que tenía que hacer era decir que se había cometido un
crimen y que Zimmerman era una víctima de un acto que no tenía nada que ver con
él salvo su muerte. Empezó a abrir la boca para revelar todos estos detalles,
para dejarlos fluir con libertad, pero lo que vio fue una detective aburrida y
cansada que deseaba acabar una jornada absolutamente desagradable con un formulario
mecanografiado que no disponía de ninguna casilla para la información que iba a
proporcionarle.
En ese instante decidió abstenerse. Era su
personalidad de psicoanalista, que no le dejaba compartir especulaciones u
opiniones con facilidad.
– Quizá –dijo–. ¿Qué sabe de esa otra mujer,
la que dio diez dólares a Lu Anne?
Riggins arrugó el entrecejo al parecer
confusa. – ¿Qué pasa con ella?
– ¿No le resulta sospechoso su
comportamiento? ¿No parece que haya puesto palabras en la boca de Lu Anne?
– No lo sé –contestó la detective
encogiéndose de hombros–. Una mujer y un hombre ven que uno de los ciudadanos
menos afortunados de nuestra gran ciudad podría ser un testigo importante de un
hecho y se aseguran de que el pobre testigo reciba alguna compensación por
ofrecer su ayuda a la policía. Sería más civismo que algo sospechoso, porque Lu
Anne se ha presentado y nos ha ayudado gracias, por lo menos en parte, a la
intervención de esa pareja.
– ¿Ha averiguado quiénes eran? –quiso saber
Ricky tras dudar un momento.
– Lo siento. –La mujer movió la cabeza–.
Llevaron a Lu Anne a uno de los primeros policías en llegar al andén y se
marcharon después de informarle de que ellos no habían visto qué había pasado
exactamente. Y no, no tengo el nombre de ninguno de los dos porque no eran
testigos. ¿Por qué lo pregunta?
Ricky no sabía si quería contestar esa
pregunta. En parte, pensaba que debería contarlo todo, pero ignoraba lo
peligroso que eso podía ser. Intentaba calcular, adivinar, valorar y examinar,
pero de repente le pareció como si todos los acontecimientos que lo rodeaban
fueran borrosos e indescifrables, confusos y escurridizos. Sacudió la cabeza,
como si así pudiera lograr que sus emociones adquirieran alguna definición.
– Dudo mucho que el señor Zimmerman quisiera
suicidarse. Su estado no parecía tan grave –aseguró Ricky–. Anote eso,
detective, y póngalo en su informe.
Riggins se encogió de hombros y sonrió con
una fatiga mal disimulada y teñida de sarcasmo.
– Lo haré, doctor. Su opinión, en la medida
de lo que vale, está anotada para que conste.
– ¿Hubo algún otro testigo? ¿Alguien que
quizá viera a Zimmerman separarse de la multitud en el andén? ¿Alguien que lo
viera moverse sin ser empujado?
– Sólo Lu Anne, doctor. Los demás sólo
vieron parte del hecho.
Nadie vio que no lo empujaran. Dos chicos
vieron que estaba solo, separado del resto de la gente que esperaba el metro.
El perfil de los hechos, por cierto, es bastante habitual en este tipo de
casos. La gente suele tener la mirada fija en el túnel por donde llegará el
tren. Es típico que quienes se lanzan a la vía se sitúen detrás de la gente, no
delante. Quieren acabar con su vida por los motivos que sea, no dar un
espectáculo a la multitud del andén. Así que noventa y nueve de cada cien
veces, se separan de la gente, hacia atrás. Tal como el señor Zimmerman hizo.
–La detective sonrió y prosiguió–: Apuesto lo que quiera a que encontraré una
nota entre sus pertenencias, en alguna parte. O puede que usted reciba una
carta por correo esta semana. Si es así, mándeme una copia para mi informe.
Claro que, como se va de vacaciones, a lo mejor no la recibe hasta su regreso.
Aun así, resultaría útil.
Ricky quería replicar, pero contuvo el enojo
que sentía. – ¿Podría darme su tarjeta, detective? Por si necesitara ponerme en
contacto con usted –pidió con frialdad.
– Por supuesto. Llámeme cuando quiera
–contestó con un tono despectivo que daba a entender justo lo contrario. Le
entregó una tarjeta con una leve floritura.
Ricky se la guardó en el bolsillo sin mirada
y se levantó para marcharse. Cruzó deprisa la oficina y no miró atrás hasta
cruzar la puerta. Entonces vio a la detective Riggins encorvada sobre una
máquina de escribir anticuada, empezando su informe sobre la muerte al parecer
intrascendente de Roger Zimmerman.
6
Ricky Starks cerró de un golpe la puerta de
su casa al entrar. El ruido retumbó en sus oídos y resonó en el rellano vacío y
poco iluminado de la escalera. Giró la llave en el doble cerrojo de la puerta
principal que tan pocas veces usaba. Movió el picaporte para asegurarse.
Después, inseguro de que bastara con los cerrojos, atrancó una silla contra la
puerta a modo de anticuado refuerzo. Le costó refrenarse para no amontonar
también el escritorio, cajas, estanterías, todo lo que tuviera a mano, contra
la puerta para atrincherarse dentro. El sudor le escocía los ojos y, aunque el
aire acondicionado zumbaba afanoso fuera de la ventana de la consulta, sentía
oleadas repentinas de calor. Un soldado, un policía, un piloto, un montañista,
cualquiera versado en las diversas vertientes del peligro, las habría
reconocido como lo que eran: ataques de pánico. Pero Ricky se había pasado
tantos años apartado de todos esos extremos que desconocía hasta los signos más
evidentes.
Se alejó de la puerta y contempló su casa.
Una tenue luz sobre la puerta proyectaba unas extrañas sombras en los rincones
de la sala de espera. Oyó el aire acondicionado y, más allá, los ruidos
apagados de la calle, pero aparte de eso, sólo un silencio agobiante.
La puerta de la consulta estaba abierta. De
pronto tuvo la sensación de que, cuando había dejado el refugio de su hogar esa
tarde minutos después de la visita de Virgil, había cerrado esa puerta tras él,
como era su costumbre. La aprensión le carcomió y lo llenó de dudas. Contempló
la puerta abierta mientras trataba de recordar con desesperación sus pasos
exactos al irse.
Se vio poniéndose la corbata y la chaqueta,
inclinándose para anudarse los cordones de los zapatos, dándose unas palmaditas
en los bolsillos para comprobar que llevaba la cartera y las llaves. Se vio
cruzando el piso y saliendo por la puerta principal, esperando a que bajara el
ascensor del tercer piso, saliendo a la calle, donde el bochorno seguía. Todo
esto estaba de lo más claro. No había sido una salida distinta a millares de
otras en millares de días. Fue a la vuelta cuando todo parecía torcido o algo
deforme, como ver su imagen reflejada en un espejo de feria, distorsionada por
mucho que uno se contorneara y girara.
«¿Cerraste esta puerta?», gritó para sus
adentros. Se mordió el labio, frustrado, y procuró recordar el tacto del pomo
en la mano, el ruido de la puerta al cerrarse a su espalda. El recuerdo le
eludió, y permaneció inmóvil, incapaz de recordar ese simple acto cotidiano. Y
entonces se hizo una pregunta aún peor, aunque todavía no se percató demasiado
de ello: «¿Por qué no puedes recordarlo?»
Inspiró hondo y se tranquilizó pensando que
debió de dejarla abierta por descuido.
Pero siguió sin moverse. De repente se
sintió desfallecer. Casi como si se hubiese estado peleando, o al menos, lo que
imaginaba que sería pelear con alguien, porque de golpe cayó en la cuenta de
que nunca se había peleado con nadie, aparte de las esporádicas peleas de
adolescentes que parecían increíblemente distantes en el tiempo.
La oscuridad parecía burlarse de él. Aguzó
el oído hacia la habitación oscura. «Ahí dentro no hay nadie», se aseguró.
Pero, como si quisiera subrayar la mentira, dijo en voz alta:
– ¿Hola?
El sonido de esa única palabra pronunciada
en aquel reducido espacio tensó a Ricky. Lo invadió la sensación de estar
haciendo el ridículo. Se dijo que un niño se asustaba de las sombras, no un
adulto. En particular, uno como él, que había pasado toda su vida adulta
tratando con secretos y terrores ocultos.
Avanzó intentando recobrar la compostura. Se
recordó que estaba en casa. Estaba a salvo.
Aun así, quiso encender la luz deprisa
mientras vacilaba en el penumbroso umbral y palpó la pared con la mano hasta
encontrar el interruptor, que accionó al instante.
No pasó nada. La negrura de la habitación
permaneció intacta. Soltó un grito ahogado. Pulsó el interruptor varias veces,
como si se negara a admitir que no había luz en la habitación.
– ¡Por todos los demonios! –maldijo en voz
alta, pero no entró. En lugar de eso, esperó a que los ojos se le acostumbraran
a la penumbra, sin dejar de escuchar atentamente para intentar captar cualquier
ruido revelador de que no estaba solo. Se tranquilizó pensando que, cuando se
tenía una experiencia inquietante como le había pasado a él esa tarde, la mente
jugaba toda clase de malas pasadas. Aun así, esperó unos segundos hasta que
pudo distinguir la habitación oscura y la recorrió con los ojos varias veces.
Luego cruzó el reducido espacio en dirección a la mesa y la lámpara que había
en un rincón. No se sentía distinto a un ciego, con las manos extendidas
delante para intentar detectar obstáculos en un lugar donde no había ninguno.
Al calcular malla distancia se dio un buen golpe en la rodilla contra la mesa,
lo que desató un torrente de improperios: varios «mierda» y «coño» y un solo
«joder», nada propios de Ricky, quien antes de los acontecimientos de aquel día
rara vez soltaba un juramento.
Rodeó con cuidado la mesa, encontró por fin
la lámpara con la mano y, con un suspiro de alivio, accionó el interruptor.
Tampoco funcionaba.
Ricky se agarró a la mesa para
tranquilizarse. Se dijo que probablemente se trataba de algún tipo de apagón,
debido al calor y la demanda de electricidad de la ciudad, pero por la ventana
podía ver que las farolas de la calle brillaban, 'y el aire acondicionado
seguía zumbando alegremente. Se dijo entonces que no era imposible que dos
bombillas se fundiesen a la vez. Poco probable, pero posible.
Con una mano en la mesa, se volvió hacia la
tercera lámpara que tenía en la consulta. Era una lámpara de pie negra, de
hierro fundido, que su mujer había comprado varios años atrás para llevar a su
casa de veraneo en Wellfleet, pero de la que él se había adueñado para el
rincón de su consulta, tras su butaca, a la cabeza del diván. La utilizaba para
leer y, los días oscuros y lluviosos, para aligerar la habitación de la
penumbra de la ciudad, de modo que la climatología no influyese demasiado en
los pacientes. Se encontraba a unos cuatro metros de la lámpara, una distancia
que ahora le pareció mucho mayor. Visualizó la consulta, sabiendo que lo
separaban sólo unos cuantos pasos y no había nada entre él y su butaca, y que,
una vez ahí, encontraría la lámpara. Deseó que entrara más luz de la calle por
las ventanas, pero la poca que había parecía detenerse en el cristal, como si
no fuera capaz de penetrar en la habitación. «Cuatro pasos –se dijo–. Y no te
golpees la rodilla con la butaca.»
Avanzó con cuidado, palpando el vacío con
los brazos extendidos. Doblaba la cintura un poco y alargaba las manos en busca
del tacto tranquilizador de su vieja butaca de piel. Pareció tardar más de lo
que había imaginado, pero la butaca estaba donde siempre, y encontró el brazo,
el respaldo, y ocupó el asiento de piel con un crujido acogedor que agradeció.
Localizó con las manos la mesita donde tenía el dietario y el reloj, y alargó
la mano hacia la lámpara situada detrás. El conmutador estaba justo debajo de
la bombilla y lo buscó a tientas hasta encontrado. La encendió con un tirón
decidido.
La oscuridad no cambió.
Accionó el conmutador una docena de veces y
la habitación se llenó de clics.
Nada.
Ricky se quedó inmóvil en el asiento,
intentando dar con una explicación lógica para que ninguna de las lámparas de
su consulta funcionara. No la encontró.
Respiraba hondo escuchando la noche,
buscando distinguir los sonidos secundarios de la ciudad. Con los nervios de
punta, aguzó el oído a la vez que el resto de sus sentidos se aunaba para
decidir si estaba realmente solo. Una parte de él quería salir disparado hacia
la puerta, huir por el pasillo y buscar a alguien que lo acompañara de vuelta a
su casa. Contuvo este impulso y reconoció el pánico que implicaba. Se obligó a
conservar la calma.
No oyó nada, pero eso no significaba que no
hubiera nadie en su casa. Trató de imaginar dónde podría esconderse alguien, en
qué armario o rincón, bajo qué mesa. Y se concentró en esos sitios, como si
desde su asiento de analista tras el diván pudiera examinar esas zonas ocultas.
Pero ese esfuerzo fue también infructuoso o, como mínimo, insatisfactorio.
Intentó recordar dónde tenía una linterna o velas. Seguramente en un estante de
la cocina, junto a las bombillas de recambio. Siguió sentado un minuto más,
reacio a abandonar su conocido asiento, y sólo logró levantarse convenciéndose
de que buscar alguna clase de luz era la única reacción razonable.
Se dirigió con cautela hacia el centro de la
habitación, de nuevo con las manos extendidas delante, igual que un ciego.
Estaba a mitad de camino cuando sonó el teléfono de la mesa.
El ruido lo paralizó.
Se volvió tambaleante hacia el escritorio y
se inclinó sobre él. Con la mano tumbó un cubilete de bolígrafos y lápices.
Agarró el teléfono justo antes del sexto timbrazo, que habría puesto en marcha
el contestador automático.
– ¿Diga? ¿Diga?
No hubo respuesta.
– ¿Diga? ¿Quién llama?
La comunicación se cortó de golpe.
Ricky sostuvo el auricular en la oscuridad y
maldijo, en silencio primero y no tan silenciosamente después.
– ¡Por todos los demonios! –exclamó–.
Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea.
Colgó y apoyó las manos en la superficie de
la mesa, como si estuviera cansado y necesitara recuperar el aliento. Maldijo
otra vez, aunque en voz más baja.
El teléfono volvió a sonar.
Dio un respingo, sorprendido, antes de
alargar la mano para buscar a tientas el auricular, que golpeó el escritorio.
Se lo llevó a la oreja. –No tiene gracia –dijo.
– Doctor Ricky –susurró la voz profunda,
aunque juguetona, de Virgil–. Nadie ha sugerido en ningún momento que se
tratara de una broma. De hecho, el señor R no tiene demasiado sentido del
humor, o eso me han dicho.
Ricky contuvo la sarta de improperios que le
subió por la garganta y dejó que, en su lugar, el silencio hablara por él.
Pasados unos segundos, Virgil soltó una
carcajada. El sonido resultó terrible a través de la línea telefónica.
– Todavía estás a oscuras, ¿verdad, Ricky?
– Sí –contestó–. Seguro que has estado aquí.
Tú o alguien como tu entró mientras yo estaba fuera y...
– Tú eres el analista, Ricky –susurró
Virgil, casi seductora–. Cuando estás a oscuras respecto a algo, en especial
algo sencillo, ¿qué haces?
No respondió. Virgil rió de nuevo.
– Vamos, Ricky. ¿Y tú te consideras un
maestro del simbolismo y de la interpretación de todo tipo de misterios? ¿Cómo
arrojas luz sobre algo cuando sólo hay oscuridad? Vamos, es tu trabajo, ¿no?
No le permitió contestar.
– Sigue el camino más fácil hacia la
respuesta.
– ¿Cómo?
– Veo que vas a necesitar que te ayude mucho
los próximos días si quieres esforzarte como es debido para salvar tu propia
vida. ¿O prefieres quedarte sentado a oscuras hasta que llegue el día en que
tengas que suicidarte?
Se sintió confundido.
– No entiendo –admitió.
– Lo harás muy pronto –aseguró Virgil y
colgó, dejándolo agarrado al auricular con impotencia.
Pasaron unos segundos antes de que lo
devolviera al soporte. La penumbra que reinaba en la habitación parecía
envolverlo, cubriéndolo de desesperación. Repasó las palabras de Virgil, que le
parecían obtusas, crípticas e incomprensibles. Quiso gritar que no tenía idea
de su significado, frustrado tanto por la oscuridad que lo rodeaba como por la
sensación de que su espacio privado había sido perturbado y violado. Apretó los
dientes, aferrando el borde de la mesa y gruñendo de rabia. Quería coger algo y
romperlo.
– ¡Un camino fácil! ––casi gritó–. ¡En la
vida no hay caminos fáciles! El sonido de sus propias palabras extinguiéndose
en la habitación oscura tuvo el efecto inmediato de acallarlo. Le hervía la
sangre, al borde de la furia.
– Fácil, fácil... –masculló.
Y entonces tuvo una idea. Le sorprendió que
hubiera logrado superar su creciente cólera.
– No puede ser... –dijo mientras alargaba la
mano izquierda hacia la lámpara de sobremesa. Palpó la base y encontró el
cable. Lo sostuvo entre los dedos y lo siguió hacia abajo, hacia donde estaba
empalmado a un alargo que recorría la pared hasta el enchufe. Se arrodilló en
el suelo y encontró el extremo. Estaba desconectado. Tuvo que palpar unos
segundos más para encontrar el final del alargo, pero lo logró. Lo conectó al
cable y, de golpe, la habitación se iluminó. Se incorporó y se volvió hacia la
lámpara situada tras el diván y vio que también estaba desenchufada. Alzó los
ojos hacia la lámpara que colgaba del techo y supuso que simplemente habrían
aflojado la bombilla del portalámparas.
En el escritorio, el teléfono sonó por
tercera vez.
– ¿Cómo conseguiste entrar? –preguntó al
descolgar.
– ¿Crees que el señor R no puede permitirse
un buen cerrajero? –repuso Virgil con coquetería–. ¿O un atracador profesional?
¿Alguien experto en los cerrojos antiguos y pasados de moda que tienes en la
puerta principal, Ricky? ¿No has pensado nunca en algo más moderno? ¿Sistemas
de cerradura eléctricos con detectores de movimientos por infrarrojos y láser?
¿Tecnología dactilar o incluso esos sistemas de reconocimiento retinal que usan
en las instalaciones del gobierno? Ya sabes que la gente puede conseguir bajo
cuerda ese tipo de cosas a través de contactos turbios. ¿No has sentido nunca
la necesidad de modernizar un poco tu seguridad personal? La luz sólo da una
apariencia de seguridad.
– Nunca he necesitado esas tonterías –gruñó
Ricky pomposamente.
– ¿No te han entrado nunca en casa? ¿Nunca
te han robado? ¿En todos los años que llevas en Manhattan?
– No.
– Bueno –dijo Virgil con petulancia–,
supongo que nadie ha pensado que tengas nada valioso. Pero ya no es así,
¿verdad, doctor? Mi jefe lo cree, y parece más que dispuesto a conseguir su
objetivo.
Ricky no contestó. Levantó los ojos de golpe
para mirar por la ventana.
– Puedes verme –dijo, agitado–. Me estás
viendo ahora mismo, ¿no? ¿Cómo, si no, ibas a saber que he conseguido dar la
luz? –Muy bien, Ricky –ironizó Virgil–. Estás haciendo algún progreso si puedes
por fin afirmar lo evidente.
– ¿Dónde estás?
– Cerca –respondió Virgil tras una pausa–.
Detrás de ti, Ricky. Soy tu sombra. ¿De qué te serviría tener un guía hacia el
infierno si no estuviera ahí cuando lo necesitaras?
Ricky no respondió.
– Bueno –prosiguió Virgil, y su voz volvió a
adoptar el tono cantarín que Ricky empezaba a encontrar irritante–, te daré una
pista, doctor. El señor R tiene un sano espíritu deportivo. Después de toda la
planificación necesaria para su venganza, ¿crees que querría jugar con normas
que no puedas percibir? ¿Qué has averiguado esta noche, Ricky?
– Que tú y tu jefe sois unas personas
enfermas y asquerosas. Y no quiero tener nada que ver con vosotros.
La risa de Virgil sonó gélida y monocorde a
través de la línea telefónica.
– ¿Eso es lo que has averiguado? ¿Y cómo has
llegado a tal conclusión? Fíjate que no te lo estoy negando. Pero me
interesaría saber con qué teoría psicoanalítica o médica has llegado a esté
diagnóstico cuando, según mi modesta opinión, no nos conoces en absoluto. Por
Dios, si tú y yo sólo tuvimos una sesión. Y todavía no tienes idea de quién es
Rumplestiltskin. Pero estás dispuesto a sacar toda clase de conclusiones
apresuradas. Mira, Ricky, me parece que eso es peligroso para ti, dada la
precariedad de tu situación. Deberías intentar mantener una actitud más
abierta.
– Zimmerman... –empezó él con una mezcla de
frialdad y furia–. ¿Qué le pasó a Zimmerman? Tú estabas ahí. ¿Lo empujaste a la
vía? ¿Le diste un golpecito para que perdiera el equilibrio? ¿Crees que puedes
quedar impune de un asesinato?
– Sí, Ricky, lo creo –contestó Virgil con
rotundidad tras una pausa–. Creo que hoy en día la gente queda impune de todo
tipo de delitos, incluso el asesinato. Pasa continuamente. Pero, en el caso de
tu infortunado paciente (¿o debería decir ex paciente?) las pruebas de que él
se lanzó son irrefutables. ¿Qué te hace pensar que no se suicidó mediante una
técnica barata y eficiente de uso habitual en Nueva York? Un método que pronto
podrías verte obligado a plantearte tú mismo. Pensándolo bien, un modo no demasiado
terrible de acabar con todo. Una sensación momentánea de miedo y de duda, una
decisión, un único paso valiente adelante en el andén, un chirrido, un destello
y después la bendita inconsciencia.
– Zimmerman no se habría suicidado nunca. No
presentaba ninguno de los síntomas clásicos. Tú o alguien lo empujó delante de
ese metro.
– Admiro tu seguridad, Ricky. Debe de
proporcionar mucha felicidad estar tan seguro de todo.
– Voy a ir a la policía.
– Bueno, no hay inconveniente en que lo
intentes otra vez si crees que te va a servir de algo. ¿Los encontraste
especialmente serviciales? ¿Mostraron mucho interés en escuchar tu
interpretación analítica de unos hechos que no presenciaste?
Esta pregunta silenció a Ricky. Hizo una
pausa antes de contestar. –Muy bien –dijo por fin–. ¿Y ahora qué?
– Te hemos dejado un regalo. En el diván.
¿Lo ves?
Ricky vio un sobre manila mediano donde sus
pacientes solían recostar la cabeza.
– Lo veo –afirmó.
– Muy bien –dijo Virgil–. Esperaré a que lo
abras. –Antes de dejar el auricular en el escritorio, la oyó tararear una
melodía que le sonaba, pero que no consiguió identificar. Si hubiese mirado más
la televisión, habría sabido que se trataba de la conocida música del concurso
televisivo «Jeopardy».
Se levantó, cruzó la habitación y agarró el
sobre. Era delgado; lo abrió rápidamente y extrajo una hoja. Era la página de
un calendario. La fecha de ese día, primero de agosto, aparecía tachada con una
gran equis roja. Los trece días siguientes estaban en blanco. Un círculo rojo
rodeaba el decimoquinto. El resto de días del mes estaban borrados.
A Ricky se le secó la boca. Miró en el
sobre, pero no había nada más. Regresó despacio a la mesa y cogió el auricular.
– Muy bien –comentó–. No es difícil de
entender.
– Un recordatorio, Ricky. –La voz de Virgil
seguía fluida y casi dulce–. Nada más. Algo para ayudarte a ponerte en marcha.
Ricky, Ricky, ya te lo he preguntado: ¿qué has averiguado?
Esa pregunta le enfureció y estuvo a punto
de estallar de indignación. Pero contuvo la furia acumulada y, con un férreo
control de sus emociones, contestó:
– He averiguado que no parece haber límites.
– Muy bien, Ricky, muy bien. Eso es un
avance. ¿Qué más?
– Que no debo subestimar lo que está
pasando.
– Excelente, Ricky. ¿Algo más?
– No. Hasta este momento.
Virgil chasqueó la lengua parodiando a una
maestra de escuela.
– No es cierto, Ricky. Lo que has averiguado
es que en este juego todo, incluido el probable resultado, se juega en un campo
diseñado especialmente para ti. Creo que mi jefe ha sido de lo más generoso, si
tenemos en cuenta sus opciones. Tienes una oportunidad, pequeña por supuesto,
de salvar la vida de otra persona y la tuya propia contestando a una sencilla
pregunta: ¿Quién es Rumplestiltskin? Y, como no quiere ser injusto, te ha dado
una solución alternativa, menos atractiva para ti, sí, pero que dará a tu
lamentable existencia algún significado en tus últimos días. No mucha gente
tiene esa clase de oportunidad, Ricky, me refiero a irse a la tumba sabiendo
que su sacrificio ha salvado a otra persona de algún horror desconocido. Es
algo que raya en la santidad, Ricky. Y se te ofrece sin los encantadores tres
milagros que la Iglesia católica suele exigir, aunque creo que perdonan uno o
dos cuando el candidato es encomiable. ¿Cómo se hace para perdonar un milagro
cuando es necesario para ser aceptado en el club? Bueno, ésa es una pregunta
fascinante que podremos debatir con detenimiento en otro momento. Ahora, Ricky,
deberías volver a las pistas que has recibido y ponerte en marcha. Estás
perdiendo tiempo y no te queda mucho. ¿Has hecho alguna vez un análisis con una
fecha límite, Ricky? Porque de eso se trata. Seguiré en contacto contigo.
Recuerda, Virgil nunca está lejos. –Inspiró hondo y añadió–: ¿Lo has entendido
todo, Ricky? –Como él guardó silencio, lo repitió, esta vez en tono más
amenazador–. ¿Lo has entendido todo, Ricky?
– Sí –contestó él antes de colgar. Pero, por
supuesto, no era así.
7
El fantasma de Zimmerman parecía estar
riéndose de él.
Era por la mañana, después de una mala
noche. No había dormido demasiado, pero cuando lo había hecho había soñado
vívidamente con su difunta mujer sentada a su lado en un coche deportivo
biplaza color rojo que no había reconocido, pero que no obstante era suyo. Se
habían detenido junto al mar, en una playa cercana a su casita de veraneo en
Cape Cod. En el sueño, Ricky tenía la impresión de que las aguas grisáceas del
Atlántico, color que adoptaban antes de una tormenta, se acercaban cada vez más
a él y amenazaban con cubrir el coche en pleamar, de modo que trató de abrir la
puerta pero, cuando fue a accionar el tirador, había visto una mancha de sangre
y de pie, fuera del coche, a un sonriente Zimmerman que mantenía la puerta
cerrada para dejado atrapado en su interior. El coche no arrancaba y sabía que,
de todos modos, las ruedas estaban hundidas en la arena. En el sueño, su
difunta esposa parecía tranquila, atractiva, casi como si le diera la
bienvenida. Le había costado poco interpretarlo todo mientras estaba en la
ducha y dejaba que el agua templada, ni demasiado caliente ni demasiado fría,
le cayera sobre la cabeza en una cascada que resultaba un poco desagradable,
pero que concordaba con su sombrío estado de ánimo.
Se puso unos pantalones caqui descoloridos y
raídos que tenían las perneras deshilachadas y mostraban todos los signos de un
prolongado uso por el que los adolescentes pagarían muchísimo en una tienda
pero que, en su caso, eran consecuencia de haberlos usado años ante las
vacaciones de verano, la única época en que los llevaba. Se calzó un par de
náuticas igual de ajadas y se puso una camisa azul demasiado gastada para
exhibida en la calle. Se pasó un peine por el cabello. Se contempló en el
espejo y pensó que tenía todo el aspecto de un triunfador que se vestía de modo
informal para empezar las vacaciones. Pensó cómo durante años se había
despertado el 1 de agosto y puesto, feliz, las ropas viejas y cómodas que
señalaban que el mes que empezaba iba a abandonar la personalidad
cuidadosamente elaborada y estricta del psicoanalista del Upper East Side de
Manhattan para transformarse en algo distinto. Para Ricky, las vacaciones se
definían como un tiempo para ensuciarse las manos en el jardín de Wellfleet, para
que se le metiera arena entre los dedos de los pies al dar largos paseos por la
playa, para leer novelas populares de misterio o de amor y para beber de vez en
cuando un brebaje asqueroso llamado Cape Codder, una mezcla desafortunada de
zumo de arándano y vodka. Estas vacaciones no prometían tal vuelta a la rutina,
incluso aunque, con lo que alguien podría haber calificado de terquedad, o
acaso esperanza ilusa, iba vestido para el primer día de las vacaciones.
Sacudió la cabeza y se arrastró hacia la
cocina. Para desayunar se preparó una tostada y un poco de café solo que sabía
amargo por mucho azúcar que le pusiera. Masticó la tostada con una desgana que
lo sorprendió. No tenía nada de apetito.
Llevó el café a la consulta, donde puso la
carta de Rumplestiltskin en el escritorio, frente a él. De vez en cuando
lanzaba una mirada hacia la ventana, como si esperase vislumbrar a Virgil,
desnuda, merodeando en la calle o asomada a una ventana de uno de los pisos de
enfrente. Sabía que estaba cerca o, por lo menos, así lo creía conforme a lo
que ella le había dicho.
Se estremeció de modo involuntario y
contempló la carta. Por un instante, sintió una mezcla de mareo y
acaloramiento. – ¿Qué está pasando? –se preguntó en voz alta.
Roger Zimmerman pareció entrar en la
habitación en ese momento, aun muerto tan irritante y exigente como en vida.
Como siempre, quería respuestas a todas las preguntas equivocadas.
Marcó de nuevo el número del difunto con la
esperanza de encontrar a alguien. Se sentía obligado a hablar con alguien sobre
la muerte de Zimmerman, pero no sabía con quién exactamente. De modo
inexplicable, la madre seguía sin aparecer, y Ricky se reprochó no haber
preguntado a la detective Riggins por su paradero. Supuso que estaba con alguna
vecina, o en un hospital. Zimmerman tenía un hermano menor que vivía en
California y con quien no se relacionaba demasiado. El hermano trabajaba en la
industria cinematográfica de Los Ángeles y no había querido tener nada que ver
con los cuidados de su madre, una mujer difícil y parcialmente inválida,
renuencia que había provocado que Zimmerman se quejara de él sin cesar.
Zimmerman había sido un hombre que se deleitaba con lo espantosa que era su
vida, y prefería quejarse a cambiarla. Para Ricky, era esa cualidad la que
hacía casi imposible que se hubiese suicidado. Sabía que lo que la policía y
sus compañeros de trabajo habían considerado desesperación era la verdadera y
única dicha de Zimmerman. Vivía para sus odios. La tarea de Ricky como analista
era darle la capacidad de cambiar. Había esperado que, a la larga, llegaría el
momento en que Zimmerman se daría cuenta de cómo limitaba su vida el estar
eternamente enfadado. El momento en que el cambio fuera posible habría sido
peligroso porque probablemente la idea de que no necesitaba dirigir su vida del
modo en que lo hacía habría sumido a Zimmerman en una depresión importante.
Habría sido vulnerable entonces, cuando por fin se hubiera dado cuenta de la
cantidad de días desperdiciados. Comprender eso podría haberle provocado una
desesperación real y acaso mortal.
Pero para ese momento faltaban muchos meses,
y más probable aún muchos años.
Zimmerman acudía todos los días a su
consulta pensando que el análisis era sólo una oportunidad de desahogarse
cincuenta minutos, como el silbato de vapor de una locomotora a la espera del
tirón del maquinista. Lo poco que había logrado percibir lo había usado para
preparar nuevas vías para su cólera.
Quejarse le divertía. No estaba acorralado
ni agobiado por la desesperación.
Ricky sacudió la cabeza. En veinticinco años
había tenido tres pacientes que se habían suicidado. A dos de ellos se los
habían enviado con todos los síntomas clásicos del suicida potencial y solo los
había tratado poco tiempo antes de que acabaran con sus vidas. En esas
ocasiones se había sentido impotente, pero era una impotencia libre de culpa.
La tercera muerte, en cambio, había sido de un paciente de mucho tiempo, cuya
espiral descendente no había sido capaz de detener, ni siquiera con fármacos
antidepresivos, tratamiento que rara vez recetaba, y no había querido
mencionarlo a la detective Riggins, ni siquiera ahorrándole los detalles.
«Ese era el retrato de un suicida. Zimmerman
no», pensó con un ligero estremecimiento, como si la habitación se hubiese
enfriado de repente.
Pero la idea de que hubieran empujado a
Zimmerman bajo un metro para enviarle a él una advertencia era mucho más
horrenda. Le partía el alma. Era la clase de idea que evocaba una chispa
alcanzando un charco de gasolina. Una idea imposible de transmitir con
verosimilitud. Se imaginó volviendo a la oficina demasiado iluminada y bastante
caótica de la Riggins para denunciar que unos desconocidos habían asesinado a
una persona que no conocían y que no les importaba en absoluto para obligarle a
él a participar en una especie de juego mortal. «Es cierto pero inverosímil, en
especial para una detective mal pagada y con exceso de trabajo», pensó.
Y, al mismo tiempo, comprendió que ellos lo
sabían.
El hombre que decía llamarse Rumplestiltskin
y la mujer que se apodaba Virgil sabían que no había ninguna prueba sólida que
los relacionase con este crimen horrendo aparte de las inconsistentes
alegaciones de Ricky. Aunque la detective Riggins no lo echara riendo de su
oficina (que lo haría), ¿qué motivo tendría para seguir la rocambolesca pista
propuesta por un médico de quien creía, de modo acertado, que preferiría más
una explicación grotesca, digna de una novela de misterio, para esa muerte
antes que el evidente suicidio que profesionalmente lo dejaba en tan mal lugar?
Podía contestar a esa pregunta con una sola
palabra: ninguno.
La muerte de Zimmerman había sido planeada
para contribuir a la de Ricky. Y nadie lo sabría, salvo él. Aquello le dio
náuseas.
Se retrepó en la silla y comprendió que
estaba en un momento crítico. En las horas pasadas desde la aparición de la
carta en la sala de espera, se había visto atrapado en una serie de hechos
sobre los que carecía por completo de perspectiva. El análisis requiere
paciencia y ahora él no tenía ninguna. Requiere tiempo y tampoco disponía de
él. Miró el calendario que le había dado Virgil. Los catorce días que quedaban
parecían un período demasiado corto. Pensó un instante en un condenado en el
corredor de la muerte al que comunican que finalmente el gobernador ha firmado
su sentencia con la fecha, la hora y el lugar de la ejecución. Era una imagen
demoledora y la apartó diciéndose que, hasta en la cárcel, los hombres luchaban
por sobrevivir. Inspiró con fuerza.
«El mayor lujo de nuestra existencia, por
miserable que sea, es que no sabemos los días que nos han tocado en suerte»,
pensó. El calendario que había sobre el escritorio parecía burlarse de él.
– No es un juego –dijo a nadie–. Nunca lo ha
sido.
Tomó la carta de Rumplestiltskin y examinó
el poemita.
« Es una pista –se dijo–. La pista de un
psicópata. ¡Mírala con atención!»
Un retoño y sus padres a su lado...
«Bueno –pensó–, es interesante que el autor
utilice la palabra «retoño», porque así no especifica el sexo.»
El padre soltó amarras, se largó...
El padre se marchó. «Soltar amarras» podría
ser literal o simbólico, pero en cualquier caso, el padre dejó a la familia.
Fueran cuales fueran las causas del abandono, Rumplestiltskin debía de haber
albergado su resentimiento durante años. Tuvo que ser alimentado por la madre
que se quedó sola. Él, Ricky, había colaborado en el desarrollo de una rabia
que había tardado años en volverse asesina. Pero ¿de qué manera? Eso era lo que
tenía que averiguar.
Llegado a ese punto, pensó que
Rumplestiltskin era hijo de algún paciente. La pregunta era: ¿qué clase de
paciente?
Un paciente infeliz y fracasado,
evidentemente. Alguien que había interrumpido el tratamiento, lo más seguro.
Pero ¿qué posición ocupaba el paciente: la madre que se quedó con los hijos
sola y resentida o el padre que había abandonado a la familia? ¿Había fracasado
en el tratamiento de la mujer abandonada o había dado ímpetu al hombre para
dejar a su familia? Era un poco como la película japonesa Rashomon, en que se
examina el mismo hecho desde posiciones diametralmente opuestas, con
interpretaciones muy dispares. Él había interpretado un papel en una situación
que desembocaba en una cólera asesina, pero no sabía en qué bando. Ricky pensó
que todo debió de ocurrir veinte o veinticinco años atrás, porque
Rumplestiltskin tuvo que convertirse en un adulto con los recursos necesarios
para planear su venganza.
Se preguntó cuánto tiempo tardaría en
forjarse un asesino. ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Un solo instante? No lo sabía, pero
supuso que conseguiría averiguarlo.
Eso le proporcionó la primera sensación de
satisfacción desde que había abierto la carta en la sala de espera. Lo invadió
una sensación que no era precisamente de confianza, sino de capacidad. Lo que
no logró ver fue que en el mundo real y mugriento de la detective Riggins
estaba perdido, superado y fuera de lugar, y que una vez había vuelto al mundo
que conocía, al mundo de la emoción y la acción definidas por la psicología, se
sentía cómodo.
Zimmerman, un hombre desdichado y necesitado
de mucha ayuda, desapareció de sus pensamientos, pero Ricky no se percató de
una segunda cosa, la que podría haberlo parado en seco: comenzaba a participar
en el juego y en un terreno concebido a propósito para él, como Rumplestiltskin
había predicho que haría.
Un analista no es como el cirujano, que
puede observar el monitor de ritmo cardíaco y comprobar su éxito o fracaso con
el paciente a partir de los pitidos de la pantalla. Las mediciones son mucho
más subjetivas. La curación, una palabra con toda clase de absolutos ocultos,
no va unida a un tratamiento analítico, a pesar de que la profesión emplea
muchas conexiones médicas.
Ricky había retomado la tarea de redactar
una lista. Había tomado un período de diez años, desde 1975, cuando empezó su
trabajo como residente, hasta 1985, y anotaba el nombre de todos aquellos a
quienes había tratado en ese lapso de tiempo. Descubrió que era bastante fácil,
mientras avanzaba año a año, recordar los nombres de los pacientes de hacía
tiempo, aquellos que se habían sometido a análisis tradicionales. Esos nombres
le venían a la cabeza, y le satisfacía poder recordar rostros, voces y detalles
sobre sus situaciones. En algunos casos, recordaba los nombres de los cónyuges,
familiares, hijos, dónde trabajaban y dónde se habían criado, además de su
diagnóstico clínico y la evaluación de su problema. Todo ello le parecía muy
útil, pero dudaba que nadie que se hubiera sometido a un tratamiento largo
hubiera dado lugar a la persona que ahora lo amenazaba.
Rumplestiltskin debía de ser el hijo de
alguien cuya relación había sido menos estrecha. Alguien que dejó el
tratamiento de golpe. Alguien que había dejado de acudir a su consulta tras
unas pocas sesiones.
Recordar esos pacientes era una tarea más
difícil.
Se sentó en su despacho, con un bloc
delante, estableciendo asociaciones mes a mes mientras trataba de imaginar a
personas de hacía un cuarto de siglo. Era el equivalente psicoanalítico a
levantar pesas; los nombres, las caras y los problemas le volvían despacio a la
memoria. Deseó haber llevado unos archivos mejor organizados, pero lo poco que
había podido encontrar, las contadas notas y documentos que conservaba de ese
período, eran todos de pacientes que habían seguido un tratamiento y, a su
propio modo, con el paso de los años se sinceraron con él, dejando huella en su
memoria.
Tenía que encontrar a la persona que le
había dejado una cicatriz.
Enfocaba el dilema de la única forma que
sabía. Admitía que no era demasiado eficiente, pero no se le ocurría otro modo
de actuar.
Se trataba de un proceso lento, y los
minutos de la mañana se evaporaban en silencio a su alrededor. La lista que
estaba elaborando crecía de forma azarosa. Un observador lo habría visto algo
inclinado en la silla, con el bolígrafo en la mano, como un poeta bloqueado que
buscara una rima imposible para una palabra como «impávido».
Ricky trabajó mucho y solo.
Se acercaba mediodía cuando sonó el timbre
de la puerta.
El sonido pareció sacarlo de su
ensimismamiento. Se enderezó con brusquedad y notó que los músculos de la
espalda se le tensaban y la garganta se le secaba de repente. El timbre sonó
una segunda vez, lo que indicaba que era alguien que desconocía la llamada
asignada a sus pacientes.
Se levantó y salió de la consulta, cruzó la
sala de espera y se acercó con cautela a la puerta que tan pocas veces cerraba
con llave. En medio de la hoja de roble había una mirilla, que no recordaba
cuándo había usado por última vez, a la que acercó el ojo mientras el timbre
sonaba por tercera vez.
En el umbral había un joven con una camisa
azul de Federal Express manchada de sudor que sujetaba un sobre y una tablilla
en la mano. Cuando parecía a punto de marcharse, algo irritado, Ricky abrió la
puerta, pero sin quitar la cadena.
– ¿Si? –preguntó.
– Traigo una carta para el doctor Starks.
¿Es usted?
– Sí.
– Tiene que firmar.
Ricky vaciló.
– ¿Lleva alguna identificación?
– ¿Qué? –Soltó el hombre una sonrisa–. ¿No
le basta el uniforme? –Suspiró y le enseñó una identificación plastificada con
su fotografía que llevaba sujeta a la camisa–. ¿La ve bien? Solo necesito una
firma.
Ricky abrió a regañadientes la puerta.
– ¿Dónde tengo que firmar?
El mensajero le pasó la tablilla y señaló la
vigésima segunda línea.
– Aquí –dijo.
Ricky firmó. El mensajero comprobó la firma
y pasó un lector electrónico por encima de un código de barras. El chisme pitó
dos veces. Ricky no tenía idea de qué iba todo eso. El mensajero le entregó un
sobre pequeño de envío urgente.
– Buenos días –se despidió, en un tono que
indicaba que en realidad no le importaba que fuesen buenos o malos para Ricky,
pero que le habían enseñado que debía decirlo y por tanto así lo hacía.
Ricky se quedó en la puerta comprobando la
etiqueta del sobre.
El remitente era la Sociedad Psicoanalítica
de Nueva York, una organización de la que hacía mucho tiempo que era miembro,
pero con la que apenas había tenido relación a lo largo de los años. La
asociación era una especie de organismo rector para los psicoanalistas de Nueva
York, pero Ricky siempre había rehuido el politiqueo y las relaciones sociales
que acompañaban a cualquier organización de ese tipo. Iba a alguna que otra
conferencia patrocinada por la asociación, y hojeaba la revista semestral para
seguir en contacto con sus colegas y sus opiniones, pero evitaba participar en
los debates que celebraban así como en sus cócteles y veladas.
Regresó a la sala de espera y cerró las
puertas, sin dejar de preguntarse por qué le escribían en ese momento. Suponía
que la asociación cerraba durante las vacaciones en agosto. Como tantos
aspectos del proceso, en el mundo del psicoanálisis, el mes veraniego era
sagrado.
Ricky abrió el sobre acolchado. En su
interior había un sobre tamaño carta con el membrete de la asociación en
relieve en una esquina. Llevaba su nombre mecanografiado y en la parte inferior
figuraba una única línea: POR MENSAJERO – URGENTE.
El sobre contenía dos hojas. La primera
llevaba el membrete oficial y era una carta del presidente de la asociación, un
médico unos diez años mayor que él y a quien conocía ligeramente. No recordaba
haber hablado con ese hombre, sólo un apretón de manos y las cortesías de
rigor.
Leyó deprisa:
Estimado doctor
Starks:
Tengo el desagradable deber de informarle de
que la Sociedad Psicoanalítica ha recibido una queja importante con respecto a
su relación con una antigua paciente. Le adjunto una copia de la carta de
denuncia.
Según las normas de la sociedad, y tras
comentar este tema con la dirección, he traspasado todo este asunto a los
investigadores del Colegio de Médicos. Muy pronto recibirá noticias de ellos.
Me permito recomendarle que consulte a un
abogado competente lo antes posible. Confío en que podremos mantener la
naturaleza de esta denuncia fuera del alcance de los medios de comunicación, ya
que imputaciones como éstas desacreditan a toda nuestra profesión.
Ricky apenas miró la firma antes de pasar a
la segunda hoja de papel. También se trataba de una carta, pero iba dirigida al
presidente de la asociación, con copias al vicepresidente, al presidente de la
comisión de ética profesional, a los seis médicos que formaban esta comisión,
al secretario de la sociedad y al tesorero. De hecho, como pudo observar Ricky,
cualquier médico cuyo nombre estuviera vinculado de algún modo a la dirección
de la sociedad había recibido una copia. Rezaba así:
Apreciado señor o señora:
Hace más de seis años inicié un tratamiento
psicoanalítico con el doctor Frederick Starks, miembro de su organización.
Pasados unos tres meses a razón de cuatro consultas semanales, empezó a hacerme
lo que podría considerarse preguntas inoportunas. Siempre eran sobre mis
relaciones sexuales con mis diversas parejas, incluido un marido del que me
separé. Supuse que esas preguntas formaban parte del proceso analítico. Sin
embargo, a medida que avanzaban las consultas, seguía pidiéndome detalles cada
vez más explícitos de mi vida sexual. El tono de esas preguntas iba adquiriendo
matices pornográficos. Cada vez que intentaba cambiar de tema, me obligaba a
reanudado, siempre con una mayor cantidad de detalles. Me quejé, pero contestó
que el origen de mi depresión residía en mi incapacidad de entregarme por
completo en los encuentros sexuales. Poco después de esa sugerencia me violó
por primera vez. Me dijo que si no accedía, jamás me sentiría mejor.
Practicar el sexo durante las consultas se
convirtió en un requisito para el tratamiento. Era un hombre insaciable. Al
cabo de seis meses, me dijo que mi tratamiento había terminado y que no podía
hacer nada más por mí. Afirmó que yo estaba tan reprimida que seguramente
necesitaría tratamiento farmacológico y hospitalización. Me instó a ingresar en
una clínica psiquiátrica de Vermont, pero no quiso ni siquiera llamar al
director de ese hospital. El día que finalizó el tratamiento, me obligó a
practicar sexo anal con él.
He tardado varios años en recuperarme de mi
relación con el doctor Starks. Durante este tiempo he sido hospitalizada en
tres ocasiones, cada vez durante más de seis meses. Tengo cicatrices de dos
intentos fallidos de suicidio. Por fin ahora, con la ayuda constante de un
terapeuta abnegado, he empezado el proceso de curación. Esta carta forma parte
de ese proceso.
Por el momento, creo que debo permanecer en
el anonimato, aunque el doctor Starks sabrá quién soy. Si deciden investigar
este asunto, les ruego se pongan en contacto con mi abogado y/o mi terapeuta.
La carta no estaba firmada, pero incluía el
nombre de un abogado con bufete del centro de la ciudad y el de un psiquiatra
de las afueras de Boston.
A Ricky le temblaban las manos. Se sintió
mareado y se apoyó contra la pared para conservar el equilibrio. Se sentía como
un boxeador que ha recibido una paliza: desorientado, dolorido, a punto de caer
a la lona en el momento en que la campana lo deja milagrosamente de pie.
No había una sola verdad en la carta. Por lo
menos que él supiera. Se preguntó si eso tendría importancia.
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Releyó las mentiras de aquella carta y
sintió una aguda contradicción en su interior. Tenía el ánimo por los suelos y
el corazón frío de desesperación, como si le hubieran arrebatado toda
tenacidad, reemplazándola por una rabia tan alejada de su carácter normal que
resultaba casi irreconocible. Empezaron a temblarle las manos, se le enrojeció
la cara y unas gotitas de sudor le perlaron la frente. El mismo calor le subía
por la nuca, las axilas y la garganta. Desvió la mirada de las cartas en busca
de algo que romper, pero no encontró nada a su alcance, lo que lo encolerizó
más aún.
Empezó a pasearse por la consulta. Era como
si todo su cuerpo se viese asaltado por un tic nervioso. Por último, se dejó
caer en su vieja butaca de piel, detrás de la cabeza del diván, y permitió que
los crujidos familiares y el tacto de la tapicería lo tranquilizaran al menos
un poco.
No tenía ninguna duda sobre quién se había
inventado aquella denuncia. El anonimato de la falsa víctima se lo dejaba muy
claro. Lo más importante era averiguar por qué. Sabía que había algo previsto y
tenía que aislar e identificar qué era.
Ricky tenía un teléfono en el suelo, junto a
la butaca, y se inclinó hacia él. En unos segundos obtuvo en información el
número del despacho del presidente de la Sociedad Psicoanalítica. Rechazó la
oferta electrónica de marcar el número por él y pulsó con rabia los dígitos del
aparato. Se recostó para esperar que contestaran.
La voz vagamente familiar de su colega
analista contestó al teléfono. Pero tenía el cariz artificial y monótono de una
grabación.
«Hola. Ha llamado al despacho del doctor
Martin Roth. Estaré fuera del 1 al 29 de agosto. En caso de emergencia, marque
el 555 1716 para acceder a un servicio localizador durante mis vacaciones.
También puede llamar al 555 2436 y hablar con el doctor Albert Michaels del
hospital Columbia Presbyterian, que me sustituye este mes. Si cree que es una
crisis grave, le ruego llame a ambos números. El doctor Michaels y yo nos
pondremos en contacto con usted.»
Ricky colgó y marcó el primero de los dos
números. Sabía que el segundo era el de un psiquiatra en su segundo o tercer
año de residente en el hospital. Los residentes sustituían a los médicos de
reconocido prestigio durante las vacaciones y eran una opción en que las
recetas sustituían las charlas, que constituían el puntal del tratamiento
analítico.
El primer número pertenecía a un servicio de
contestador.
– Buenos días –respondió Una voz de mujer
cansada–. Al habla con el servicio del doctor Roth.
– Necesito dejar un mensaje para el doctor
––dijo Ricky.
– El doctor está de vacaciones. En caso de
urgencia, debe llamar al doctor Alben Michaels en el…
– Ya tengo ese número –la interrumpió
Ricky–, pero no es esa clase de urgencia ni esa clase de mensaje.
– Bueno... –vaciló la mujer, más sorprendida
que confusa––. No sé si debería llamarle durante sus vacaciones por un mensaje
cualquiera...
– Querrá oír éste –le aseguró Ricky. Le
costaba ocultar la frialdad de su voz.
–No sé –dijo la mujer–. Tenemos un
procedimiento.
– Todo el mundo tiene un procedimiento –le
espetó Ricky–. Los procedimientos existen para impedir el contacto, no para
favorecerlo. La gente sin imaginación y sin ideas llena su cabeza con programas
y procedimientos. La gente con carácter sabe cuándo prescindir de los
procedimientos. ¿Es usted esa clase de persona, señorita?
– ¿Cuál es el mensaje? –le preguntó la mujer
tras vacilar un instante.
– Diga al doctor Roth que el doctor
Frederick Starks Será mejor que lo anote, porque quiero que me cite con
exactitud.
– Lo estoy anotando –dijo la mujer con
aspereza.
– Dígale que el doctor Starks recibió su
carta y examinó la denuncia. Y que desea informarle de que no hay ni una sola
palabra cierta en ella. Es una fantasía total y absoluta.
– Ni una sola palabra cierta... Muy bien.
Fantasía. ¿Quiere que lo llame para darle este mensaje? Está de vacaciones.
– Todos estamos de vacaciones. Sólo que
algunos tienen vacaciones más interesantes que otros. Este mensaje hará que las
del doctor sean mucho más interesantes. Asegúrese de que lo reciba en estos
términos exactos o me encargaré de que en septiembre tenga que buscarse otro
empleo. ¿Está claro?
– Descuide –contestó la mujer. No parecía
intimidada–. Pero ya se lo dije: tenemos unos procedimientos muy estrictos. No
me parece que esto se ajuste a nada...
– Intente no ser tan previsible –aconsejó
Ricky–. De ese modo, podrá salvar su trabajo. –y colgó.
Se reclinó en el asiento. No recordaba haber
sido tan grosero y exigente, por no decir amenazador, en años. Además, no era
su forma de ser. Pero sabía que probablemente tendría que actuar en contra de
su forma de ser muchas veces a lo largo de los siguientes días.
Volvió a mirar la carta del doctor Roth y, a
continuación, re1eyó la denuncia anónima. Luchando todavía con la indignación
de quien es acusado falsamente, trató de medir e] impacto de las cartas y dar
una respuesta a la pregunta «¿por qué?» Era evidente que Rumplestiltskin tenía
en mente algún efecto concreto, pero ¿cuál?
Empezó a ver con claridad algunas cosas.
La denuncia en sí era mucho más sutil de lo
que cabía suponer. La autora anónima lo acusaba de violación pero situaba el
momento del delito tan atrás en el tiempo que había prescrito. La policía no
intervendría, pero desencadenaría una investigación enojosa e inútil del
Colegio de Médicos. Sería lenta e ineficaz y era poco probable que entorpeciera
el avance del juego. Una denuncia que exigiera la intervención de la policía
obtendría una respuesta inmediata, y estaba claro que Rumplestiltskin no quería
que la policía interviniese, salvo tangencialmente. Y, al hacer la denuncia de
forma provocativa pero anónima, la autora mantenía la distancia. Nadie de la
Sociedad Psicoanalítica seguiría el asunto. Lo pasarían, como al parecer habían
hecho, a un tercer organismo y se lavarían las manos para evitar lo que podría
ser una verdadera lacra para su reputación.
Ricky leyó las dos cartas por tercera vez, y
vio una respuesta. – Me quiere solo –dijo en voz alta.
Se recostó un instante y contempló el techo,
como si su blanco liso pudiese ofrecerle claridad de algún modo. Hablaba solo,
y su voz parecía resonar huecamente en la consulta.
– No quiere que consiga ayuda. Quiere que
juegue sin el menor apoyo. Por eso ha tomado medidas para asegurarse de que no
pudiera hablar con nadie más de la profesión.
Casi sonrió ante la índole modestamente
diabólica del plan de Rumplestiltskin. Sabía que Ricky estaría trastornado por
los interrogantes que rodeaban la muerte de Zimmerman. Sabía que sin duda
estaría asustado por el allanamiento de su hogar y su consulta. Sabía que
estaría inquieto e inseguro, quizás sobrecogido ante la rápida sucesión de los
acontecimientos. Rumplestiltskin había previsto todo eso y especulado sobre la
primera reacción de Ricky: buscar ayuda. ¿Y adónde hubiera recurrido? Habría
querido hablar, no actuar, porque ésa era la naturaleza de su profesión, y por
tanto habría acudido a otro analista. Un amigo que pudiera servirle de caja de
resonancia. Alguien que habría vacilado y escuchado todos los detalles y
ayudado a Ricky a revisar la multitud de cosas desencadenadas con tanta
rapidez.
Pero eso ya no ocurriría.
La carta con las acusaciones de violación,
incluida la gratuita y desagradable descripción de la última sesión, había sido
enviada a la jerarquía de la Sociedad Psicoanalítica justo cuando todos se
preparaban para las vacaciones de agosto. No había tiempo para negar con
razones la acusación, ni ningún foro disponible donde hacerla con efectividad.
La horrible acusación recorrería veloz el mundo del psicoanálisis neoyorquino
como un chisme en un estreno de Hollywood. Ricky era un hombre con muchos
colegas y pocos amigos de verdad, y él lo sabía. No era probable que esos
colegas quisieran mancillar su reputación entrando en contacto con un médico
que podía haber violado el tabú más importante de la profesión. La acusación de
haber abusado de su posición como terapeuta y analista para obtener los favores
sexuales más abyectos y sucios, y de haber dado la espalda al daño psicológico
que había provocado era el equivalente psicoanalítico de la peste, lo que le
convertía a él en una moderna «María Tifoidea», la famosa portadora de la
bacteria Salmonella typhi que contagió a tanta gente en Nueva York. Con esta
acusación pendiendo sobre su cabeza, no era probable que nadie lo ayudara, por
más que suplicara y por más que la negara, hasta que el asunto estuviera resuelto.
Y eso tardaría meses.
Había otro efecto secundario: la gente que
creía conocer a Ricky se plantearía ahora qué sabía de él y cómo. Comprendió
que era una mentira envenenada porque el mero hecho de negada haría que los
miembros de su profesión pensaran que se estaba encubriendo.
«Estoy solo –se dijo–. Aislado.
Desorientado.» Respiró hondo, como si el aire de la consulta se hubiese
solidificado. Comprendió que eso era lo que Rumplestiltskin quería: que
estuviese solo.
Volvió a mirar las dos cartas. En la
denuncia falsa, su autora había incluido los nombres de un abogado de Manhattan
y de un psiquiatra de Boston. No pudo evitar estremecerse. Sabía que esos
nombres figuraban ahí para él. Se suponía que era el camino que debía seguir.
Pensó en la espantosa oscuridad de la
consulta la noche anterior.
Lo único que había tenido que hacer para
tener luz era seguir el camino fácil y enchufar lo que estaba desconectado.
Sospechaba que esto era más o menos lo mismo. Sólo que no sabía dónde podría
conducirlo ese camino.
Dedicó el resto del día a examinar todos los
detalles de la carta de Rumplestiltskin, tratando de diseccionarla más, y a
escribir notas precisas sobre todo lo ocurrido, prestando la mayor atención a
cada palabra hablada, recreando los diálogos como un reportero que prepara una
noticia, buscando una perspectiva que se le escapaba con facilidad. Lo que le
resultaba más escurridizo eran las palabras exactas de la mujer, Virgil. No
tenía problemas para recordar su figura o la picardía de su voz, pero su belleza
era como una cubierta protectora de sus palabras. Eso le inquietaba, porque
contradecía su preparación y su costumbre. Como cualquier buen analista, se
preguntó por qué era tan incapaz de concentrarse, cuando la verdad era tan
evidente que cualquier adolescente reincidente se la podría haber dicho.
Estaba acumulando notas y observaciones,
buscando refugio en el mundo interior en el que se sentía cómodo. Pero, a la
mañana siguiente, después de haberse puesto traje y corbata, y de haber
dedicado un momento a marcar con una equis otro día en el calendario, empezó de
nuevo a sentir la presión de tener el tiempo en contra. Pensó que era
importante formular por lo menos su primera pregunta y llamar al Times para
publicarla en un anuncio.
El calor de la mañana parecía burlarse de él
y se le condensó debajo del traje casi de inmediato. Supuso que lo seguían,
pero se negó a volverse para comprobarlo. De todos modos, tampoco sabría
descubrir a una persona que lo siguiera. En las películas, al héroe no le
costaba demasiado detectar las fuerzas del mal que lo acechaban. Los malos
llevaban sombreros negros y una mirada furtiva en los ojos. En la vida real era
muy distinto. Todo el mundo es sospechoso. Todo el mundo está absorto. El
repartidor de la esquina delante de una tienda de comestibles, el empresario
que caminaba deprisa por la acera, el indigente en un hueco, los rostros tras
los cristales del restaurante o un coche que pasaba. Cualquiera podría estar
observándole o no. Imposible saberlo. Estaba acostumbrado al mundo concentrado
de la consulta de analista, en que los papeles eran mucho más claros. En la
calle, era imposible saber quién podía estar tomando parte en el juego y
vigilándole, y quién era sólo uno más de los ocho millones de personas que
poblaban de repente su mundo.
Ricky se encogió de hombros y paró un taxi
en la esquina. El taxista tenía un nombre extranjero impronunciable y estaba
escuchando una extraña emisora de música de Oriente Medio. Una cantante se
lamentaba con una voz aguda que vibraba al cambiar de tono. Cuando empezó una
nueva melodía, sólo cambió el compás; los gorgoritos parecían los mismos. No
entendía ninguna palabra, pero e! conductor, encantado, tamborileaba el volante
con los dedos siguiendo el ritmo.
Asintió cuando Ricky le dio la dirección, y se internó con rapidez en e!
tráfico. Ricky se preguntó cuánta gente subiría a ese taxi cada día. El taxista
no tenía forma de saber si llevaba a sus pasajeros a algún acontecimiento
trascendental de su vida o a sólo un momento más. El taxista hizo sonar el
claxon en un cruce y lo condujo a través de las calles abarrotadas sin
pronunciar palabra.
Un camión de mudanzas blanco bloqueaba el
lado de la calle donde estaba situado el bufete del abogado, sólo dejando
espacio para que los coches pasaran justito. Tres o cuatro hombres fornidos
entraban y salían por la puerta principal del modesto y corriente edificio de
oficinas, y subían una rampa de acero hacia el camión con cajas de cartón y
algún que otro mueble, sillas, sofás y similares. Un hombre con una chaqueta
azul y una insignia de seguridad vigilaba cómo trabajaban los transportistas a
la vez que observaba a los transeúntes con un recelo que indicaba que su
presencia obedecía a un solo objetivo y su rigidez se encargaría de que éste se
cumpliera. Ricky bajó del taxi y se acercó al hombre de la chaqueta.
– Estoy buscando las oficinas del señor
Merlín. Es abogado...
– Sexto piso, arriba del todo –contestó el
hombre sin apartar la vista del desfile de transportistas– ¿Tenía hora
concertada? Están muy ocupados con lo del traslado.
– ¿Se trasladan?
– Ya lo ve –señaló el hombre de la
chaqueta–. Les va muy bien; ganan mucho, según tengo entendido. Puede subir,
pero no estorbe.
El ascensor zumbaba pero, gracias a Dios, no
tenía música ambiental. Cuando se abrieron las puertas en el sexto piso, Ricky
vio de inmediato el bufete del abogado. Una puerta se abrió de golpe y
aparecieron dos hombres que se peleaban con una mesa, levantándola e
inclinándola, para pasar por el umbral. Una mujer de mediana edad con vaqueros,
zapatillas de deporte y una camiseta de diseño los contemplaba atentamente.
– Ésa es mi mesa, maldita sea, y me conozco
todas sus manchas y rayas. Si le hacen una nueva, tendrán que comprar otra.
Los dos hombres se esmeraron con el
entrecejo fruncido. La mesa pasó por la puerta con unos milímetros de margen.
Detrás de los hombres había cajas amontonadas en el pasillo interior,
estanterías vacías y mesas: todos los elementos que se relacionarían
normalmente con una oficina ajetreada, preparados para ser trasladados. La
mujer de los vaqueros echó la cabeza atrás y agitó su melena color caoba con
evidente irritación. Tenía el aspecto de una mujer a la que le gustaba la
organización, y el caos de la mudanza le resultaba casi doloroso. Ricky se
acercó a ella.
– Estoy buscando al señor Merlín –dijo.
– ¿Es un cliente? –La mujer se volvió hacia
él–. Hoy no hemos dado ninguna hora. Es el día del traslado. – En cierto modo
–contestó Ricky.
– Bueno, ¿a qué modo se refiere? –repuso la
mujer con frialdad.
– Soy el doctor Frederick Starks. El señor
Merlín y yo tenemos algo que discutir. ¿Está en la oficina?
La mujer pareció sorprendida. Sonrió de modo
desagradable a la vez que asentía con la cabeza.
– Sé quién es usted. Pero no creo que el
señor Merlín esperara su visita tan pronto.
– ¿De veras? Yo me imaginaba que era justo
lo contrario.
La mujer aguardó mientras salía otro hombre
con una lámpara en una mano y una caja de libros bajo el otro brazo. Se volvió
y le comentó;
– Una cosa en cada viaje. Si lleva
demasiadas, se romperá algo. Deje eso y vuelva a buscarlo después.
El hombre se encogió de hombros y dejó la
lámpara sin demasiado cuidado.
La mujer se volvió hacia Ricky.
– Como verá, doctor, ha llegado en un mal
momento...
Ricky tuvo la impresión de que iba a
despacharlo, cuando un hombre más joven, de treinta y pocos años, algo obeso y
un poco calvo que llevaba unos pantalones caqui planchados, una camisa sport de
diseño y unos relucientes mocasines con borlas, saltó de la parte trasera de la
oficina. Su aspecto era incongruente porque iba demasiado bien vestido para
levantar y cargar cosas, y demasiado informal para hacer negocios. La ropa que
llevaba era ostentosa y cara, y ponía de manifiesto que su aspecto, incluso en
esas circunstancias, seguía unas normas rígidas. Además, en aquella vestimenta
no había nada relajado para sentirse cómodo.
–Yo soy Merlín –dijo el hombre, que se sacó
un pañuelo impecablemente doblado del bolsillo y se limpió las manos antes de
tender una a Ricky–. Si no le importa todo este caos, podríamos hablar unos
momentos en la sala de reuniones. Todavía conserva la mayoría del mobiliario,
aunque es imposible saber por cuánto tiempo. –El abogado señaló una puerta.
– ¿Quiere que tome notas, señor Merlín?
–preguntó la mujer.
– No creo que sea necesario.
Ricky fue conducido a una habitación
presidida por una larga mesa de cerezo con sillas. En el otro extremo había una
mesilla auxiliar con una cafetera y una jarra de agua con vasos. El abogado
indicó un asiento y fue a comprobar si había café. Se volvió hacia Ricky
encogiéndose de hombros.
– Lo siento, doctor –dijo–. No queda café y
la jarra de agua está vacía. No puedo ofrecerle nada.
– No importa. No he venido hasta aquí porque
tuviera sed.
– No. –Su respuesta hizo sonreír al
abogado–. Por supuesto que no. Bien, en qué puedo ayudarlo…
– Merlín es un nombre poco corriente –le
interrumpió Ricky–. ¿Acaso es usted una especie de mago?
– En mi profesión, doctor Starks, un nombre
como el mío es una ventaja –afirmó el abogado, sonriente de nuevo–. Los
clientes nos piden a menudo que saquemos el consabido conejo de la chistera.
– ¿Sabe hacerlo?
– Pues, por desgracia, no. No tengo ninguna
varita mágica. Sin embargo, se me ha dado muy bien obligar a conejos
adversarios reacios y recalcitrantes a salir de escondrijos en todo tipo de
sombreros, no tanto con la ayuda de poderes mágicos como de avalanchas de
documentos legales y oleadas de demandas, por supuesto. Quizás en este mundo,
esas cosas vengan a ser lo mismo. Ciertos juicios parecen funcionar de un modo
muy parecido a las maldiciones y hechizos que lanzaba mi tocayo Merlín.
– Veo que se trasladan.
El abogado sacó un tarjetero de piel de un
bolsillo. Tomó una tarjeta y se la pasó por encima de la mesa Ricky.
– El nuevo local–dijo–. El éxito exige
expandirse. Contratar más abogados. Más espacio.
– ¿Y yo voy a ser otro trofeo en la pared?
–preguntó Ricky. La tarjeta indicaba una dirección en el centro de la ciudad.
– Es probable –asintió Merlín con una
sonrisa–. De hecho, es bastante seguro. No debería hablar con usted, sobre todo
sin estar presente su abogado. ¿Por qué no le pide que me llame para que
comentemos su póliza de seguros por negligencia…? Está asegurado, ¿verdad,
doctor? Así podremos arreglar este asunto con rapidez y de modo satisfactorio
para ambas partes.
–Tengo un seguro, pero dudo que cubra la
denuncia que se ha inventado su dienta. No creo haber tenido motivo para leer
la póliza desde hace décadas.
– ¿No está asegurado? Es una pena... E
«inventado» es una palabra que podría desaprobar.
– ¿Quién es su clienta–preguntó Ricky.
– Todavía no estoy autorizado a divulgar su
nombre. –El abogado meneó la cabeza–. Está en proceso de recuperación y...
– Nada de eso ha pasado –le espetó Ricky–.
Todo es pura fantasía. Una invención. No hay ni una palabra cierta. Su cliente
verdadero es otra persona, ¿no?
– Puedo asegurarle que mi clienta es
verdadera –dijo el abogado tras una pausa–. Lo mismo que sus acusaciones. La
señorita X es una mujer muy angustiada…
– ¿Por qué no la llama señorita R? –repuso
Ricky–. R de Rumplestiltskin. ¿No sería más adecuado?
– Me parece que no le entiendo, doctor.
–Merlín parecía algo confundido–. X, R, como quiera. Eso no importa en
realidad, ¿no?
– Exacto.
– Lo que importa, doctor Starks, es que está
metido en un buen lío. Y le aseguro que le interesa que este lío desaparezca de
su vida lo antes posible. Si tengo que presentar una demanda, bueno, el daño ya
estará hecho. La caja de Pandora, doctor. Todas las cosas malas saldrán a la
luz pública. Acusaciones y desmentidos, aunque según mi experiencia, el
desmentido nunca logra el mismo impacto que la acusación, ¿verdad? No es el
desmentido lo que recuerda la gente, ¿no?
–Meneó la cabeza.
– Yo nunca he abusado de ningún paciente.
Ni siquiera creo que exista esta persona. No tengo ningún historial de esta
paciente.
– Bueno, doctor, me alegra saberlo. Espero
que esté del todo seguro de eso. – Mientras hablaba, la voz del abogado bajó de
tono y cada palabra se afilaba cada vez más–. Porque, para cuando me haya
entrevistado con todos sus pacientes de la última década, haya hablado con
todos los colegas con quienes haya tenido alguna disputa y haya diseccionado
todas las facetas de su vida, que mi clienta exista o no carecerá de
importancia, porque ya no le quedará ni vida ni reputación. Ninguna en
absoluto.
Ricky se abstuvo de replicar. Merlín siguió
mirándole directamente, sin flaquear ni un segundo.
–Tiene algún enemigo, doctor? ¿Algún colega
envidioso? ¿Cree que todos sus pacientes han quedado satisfechos con su
tratamiento? ¿Dio alguna vez una patada a un perro? ¿No pudo frenar a tiempo
cuando una ardilla se te cruzó delante del coche cerca de su casa de veraneo en
Cape Cod? –El abogado sonrió de nuevo, ahora de modo desagradable–. Ya estoy
informado de ese sitio –aseguró–. Una bonita casa al borde de un bosque, con
jardín y vistas al mar. Cinco hectáreas. Compradas en 1984 a una mujer de
mediana edad cuyo marido acababa de morir. ¿Cómo no aprovecharse de una
afligida viuda en esas circunstancias? ¿Tiene idea de cómo ha aumentado el
valor de esa propiedad? Estoy seguro de que sí. Permítame que le comente .una
cosa nada más, doctor Starks. Haya o no algo de cierro en la acusación de mi
cuenta, me quedaré con esa propiedad antes de que esto haya acabado. Y también
con su piso, su cuenta bancaria en el Chase y su plan de jubilación en Dean
Witter que todavía no ha tocado, y con la modesta cartera de valores que
mantiene en la misma agencia de corredores. Pero empezaré por su casa de
veraneo. Cinco hectáreas. Creo que podré subdivididas y forrarme. ¿Qué le
parece, doctor?
A Ricky todo le daba vueltas.
– ¿Cómo sabe...? –empezó sin convicción.
– Me encargo de saber esas cosas –le
interrumpió Merlín–... Si usted no tuviera nada que yo quisiera, no me tomaría
ninguna molestia. Pero lo tiene y puedo asegurarle que no vale la pena luchar,
doctor. Y su abogado le dirá lo mismo.
– Luchar por mi integridad sí –contestó
Ricky.
– No está viendo las cosas con claridad,
doctor. –Se encogió de hombros otra vez–. Estoy intentando decide cómo dejar su
integridad más o menos intacta. Usted, como un ingenuo, parece creer que esto
tiene relación con tener razón o no. Con decir la verdad en lugar de mentir. Me
resulta curioso viniendo de un psicoanalista veterano como usted. ¿Es la
verdad, la verdad autentica y clara, algo que oiga a menudo? ¿O más bien
verdades ocultas y encubiertas por toda clase de trucos psicológicos, esquivas
y escurridizas una vez identificadas? Y jamás blancas o negras por completo,
más bien de tonalidades grises, marrones e incluso rojas. ¿No es eso lo que
predica su profesión?
Ricky se sintió como un imbécil. Aquellas
palabras le sacudían como otros tantos puñetazos en un combate desigual.
Inspiró hondo y pensó en lo estúpido que había sido ir al bufete, y que lo más
inteligente era marcharse. Iba a levantarse, cuando Medio añadió:
– El infierno puede adoptar muchas formas,
doctor Starks. Piense en mí como en una de ellas.
– ¿A qué se refiere? –repuso Ricky, y
recordó lo que Virgil había dicho en su primera visita: que iba a ser su guía
hacia el infierno, y que de ahí procedía su nombre.
– En tiempos del rey Arturo – prosiguió el
abogado, sonriente y nada desagradable, con la confianza de un hombre que ha
medido al adversario y lo ha visto claramente inferior–, el infierno era muy
real para toda clase de personas, incluso las educadas y refinadas. Creían de
verdad en demonios, diablos, posesiones de espíritus malignos, lo que usted
quiera. Podían oler el fuego y el azufre que esperaban a los impíos y creían
que los abismos en llamas y las torturas eternas eran consecuencias razonables
de una mala vida. En la actualidad, las cosas son más complicadas, ¿verdad,
doctor? No creemos que vayamos a sufrir la maldición del fuego eterno. Y ¿qué
tenemos en su lugar? Los abogados. Y le aseguro doctor que puedo convertirle
fácilmente la vida en algo que recuerde una imagen medieval plasmada por uno de
esos artistas de pesadilla. Tendría que elegir el camino fácil, doctor. El
camino fácil. Será mejor que vuelva a comprobar su póliza de seguros.
La puerta de la sala de reuniones se abrió
de golpe y dos de los hombres de la mudanza vacilaron antes de entrar.
– Nos gustaría llevarnos esto ahora –comentó
uno de ellos–. Es lo único que falta.
– Muy bien. –Merlín se levantó–. Creo que el
doctor Starks ya se iba.
– Sí. –Ricky asintió y también se puso de
pie. Echó un vistazo a la tarjeta del abogado–. ¿Es aquí dónde debería ponerse
en contacto con usted mi abogado.
– Exacto.
– Muy bien –dijo–. ¿Y podremos localizarlo…?
– Cuando quiera doctor. Creo que lo mejor
sería que lo solucionara cuanto antes. Seguro que no le apetece desperdiciar
las vacaciones preocupándose por mí, ¿no?
Ricky no contestó, aunque se percató de que
no le habla mencionado su intención de irse de vacaciones. Se limitó a asentir,
se volvió y salió de la oficina sin mirar atrás.
Ricky subió a un taxi para ir al hotel
Plaza. Estaba a sólo doce manzanas de distancia. Para lo que Ricky tenia en
mente, parecía la mejor elección. El taxi recorrió veloz el centro de ese modo
tan particular que tienen los taxis urbanos, con aceleraciones rápidas,
adelantamientos, frenazos, cambios de marcha y eslálones a través del tráfico,
sin lograr ni mejor ni peor tiempo que si hubieran seguido un camino regular,
tranquilo y recto. Ricky observó la licencia del taxista que, como era de
esperar, tenia otro incomprensible apellido extranjero. Se recostó y pensó en
lo difícil que resulta a veces encontrar taxi en Manhattan. Era extraño que
hubiera uno libre para él con tanta facilidad cuando salió, aturdido, del bufete del abogado. Como si lo hubiese estado
esperando.
El taxista se detuvo en seco junto al
bordillo de la entrada del hotel. Ricky pagó la carrera a través de la separación de plexiglás y, bajó
del coche. Sin prestar atención al portero, subió presuroso la escalinata y
cruzó las puertas giratorias. El vestíbulo estaba repleto de gente. Avanzó con
rapidez entre varios grupos, montones de maletas y botones apresurados, hacia
The Palm Court. En el extremo donde estaba el restaurante se detuvo, observó el
menú un instante y luego se dirigió hacia el pasillo al paso más rápido que
podía sin atraer la atención, más bien como alguien que va a perder un tren.
Fue directo a la puerta del hotel que daba al sur de Central Park y salió a la
calle.
Había un portero que estaba pidiendo taxis
para los clientes que salían. Ricky se adelantó a una familia reunida en la
acera.
– ¿Me permiten? –dijo a un padre de mediana
edad vestido con una camisa de estampado hawaiano y rodeado por tres niños
alborotadores de entre seis y diez años.
Junto a ellos una esposa anodina cuidaba de toda la prole––. Se trata de
una emergencia. No quisiera ser grosero, pero... –El padre miró a Ricky como si
ningún viaje familiar de ldaho a Nueva York estuviera completo si alguien no te
roba el taxi, y asintió sin decir nada. Ricky subió y oyó cómo la mujer decía:
– ¿Qué estás haciendo, Ralph? Era nuestro
taxi.
«Este taxista, por lo menos, no es alguien
contratado por RumpIestiltskin», pensó Ricky mientras le daba la dirección del
local de Merlín.
Como sospechaba, el camión de mudanzas ya no
estaba aparcado a la puerta. El guarda de seguridad con la chaqueta azul
también había desaparecido.
Ricky se inclinó y dio un golpecito al
plástico que lo separaba del conductor.
– He cambiado de idea –dijo–. Lléveme a esta
dirección, por favor. –Leyó la dirección que aparecía la tarjeta del abogado–.
Pare a una manzana de distancia, ¿de acuerdo? No quiero bajarme delante.
El taxista se encogió de hombros y asintió.
Tardaron un cuarto de hora a causa del
tráfico. La dirección en la tarjeta de Merlín estaba cerca de Wall Street. Olía
a prestigio.
El conductor Se detuvo una manzana antes de
la dirección. –Es ahí –indicó el hombre–. ¿Quiere que lo acerque más?
– No –respondió Ricky–. Aquí está bien.
–Pagó y abandonó el reducido asiento trasero.
Como medio sospechaba, no había rastro del
camión de mudanzas frente al gran edificio de oficinas. Miró arriba y abajo,
pero no vio rastro del abogado, de la empresa ni del mobiliario de oficina.
Comprobó la dirección de la tarjeta y se aseguró de estar en el sitio correcto.
Echó un vistazo al interior del edificio y vio un mostrador de seguridad en el
vestíbulo. Un guardia uniformado leía una novela de bolsillo detrás de un grupo
de pantallas de video y de un tablero electrónico que mostraba los movimientos
del ascensor. Ricky entró en el edificio y se acercó a un directorio de
oficinas colocado en la pared. Lo comprobó deprisa y no encontró a nadie
llamado Merlín. Se dirigió hacia el guardia, que levantó la vista.
– Puedo ayudarte? –preguntó.
– Sí –contestó Ricky–. Tal vez me he
confundido. Tengo la tarjeta de este abogado, pero no lo encuentro en el
directorio. Debería instalarse aquí hoy.
El guardia estudió la tarjeta, frunció el
entrecejo y meneó la cabeza.
– La dirección es correcta –afirmó–. Pero no
tenemos a nadie con este nombre.
– ¿Quizás una oficina vacía? Como le dije,
se trasladaban hoy.
– Nadie avisó de eso a seguridad. Y no hay
ningún local vacío, desde hace años.
– Qué extraño. Debe de ser un error de
imprenta.
– Podría ser –dijo el guardia, Y le devolvió
la tarjeta.
Ricky pensó que había ganado su primera
escaramuza con el hombre que lo acechaba. Pero no estaba seguro de qué obtenía
con ello.
Cuando llegó a casa, todavía se sentía algo
petulante. No sabía muy bien a quién había conocido en aquel bufete y se
preguntaba si Merlín no sería en realidad el propio Rumplestiltskin. Pensó que
era una posibilidad cierta, porque no había duda de que el cerebro del asunto
querría ver a Ricky en persona, cara a cara. No estaba seguro de por qué lo
creía, pero parecía tener algún sentido. Era difícil imaginar a alguien que
obtuviera placer torturándolo sin desear ver sus logros personalmente.
Pero esta observación no empezaba siquiera a
colorear el retrato que sabía que tendría que trazar para adivinar la identidad
de ese hombre.
«¿Qué sabes sobre los psicópatas?», se
preguntó mientras subía la escalinata del edificio de piedra rojiza que
albergaba su vivienda y consulta, además de otros cuatro pisos. «No mucho», se
contestó. Sus conocimientos se referían a los problemas y las neurosis de
personas normales y corrientes, y a las mentiras que se contaban a sí mismas
para justificar su conducta. Pero no sabía nada sobre alguien que creara todo
un mundo de mentiras para provocar una muerte. Se trataba de un territorio
desconocido para él.
La satisfacción que había sentido al ser por
una vez más hábil que Rumplestiltskin se evaporó. Se recordó con frialdad lo
que había en juego.
Vio que habían repartido el correo y abrió
su buzón. Un sobre largo y estrecho llevaba el membrete de la policía de Nueva
York en la esquina superior izquierda. Lo abrió y comprobó que contenía un
troto de papel unido a una hoja fotocopiada. Leyó la carta pequeña.
Estimado doctor Starks:
En nuestra investigación descubrimos la hoja
adjunta entre los efectos personales de Zimmerman. Como le menciona y parece
comentar su tratamiento, se la envío. Por cierto, el caso sobre su muerte está
cerrado.
Atentamente,
DETECTIVE J.
RIGGINS
Ricky leyó la fotocopia. Era breve, estaba
mecanografiada y le provocó un miedo difuso.
A quien lo lea:
Hablo y hablo pero no mejoro. Nadie me
ayuda. Nadie escucha a mi yo real. He dejado todo dispuesto para los cuidados
de mi madre. Lo encontrarán en mi oficina junto con mi testamento, los papeles
del seguro y los demás documentos. Pido perdón a todos los implicados, salvo al
doctor Starks. Adiós a los demás.
ROGER ZIMMERMAN
Hasta la firma estaba mecanografiada. Ricky
contempló la nota de suicidio y sintió que sus emociones lo abandonaban.
9
Para Ricky, la nota de Zimmerman no podía
ser auténtica.
En su fuero interno se mantenía firme: era
tan poco probable que Zimmerman se suicidara como que lo hiciera él mismo. No
mostraba ningún signo de tendencias suicidas, inclinaciones a la
autodestrucción ni propensión a la violencia contra sí mismo. Zimmerman era
neurótico y testarudo, y estaba apenas empezando a comprender la percepción
analítica; era un hombre al que todavía había que empujar para que consiguiese
algo, como sin duda habían tenido que empujarlo a la vía del metro. Pero Ricky
empezaba a tener problemas para discernir la realidad de lo que no lo era.
Incluso con la nota de Riggins delante, tras su visita a la estación de metro y
la comisaría, seguía costándole aceptar la realidad de la muerte de Zimmerman.
Seguía alojado en algún lugar surrealista de su mente. Bajó los ojos hacia la
carta de suicidio y comprendió que él era la única persona nombrada. Volvió a
reparar en que no estaba firmada a mano, sólo habían mecanografiado el nombre.
O lo había hecho el propio Zimmerman si es que él la había escrito.
La cabeza le daba vueltas y sintió un mareo
acompañado de náuseas que sin duda eran psicosomáticas. Subió en ascensor con
la sensación de arrastrar un peso atado a los tobillos y otro sobre los
hombros. Las primeras sombras de autocompasión se cernieron sobre su corazón y
la pregunta « ¿por qué yo?» perseguía sus pasos lentos. Para cuando llegó a su
consulta, estaba agotado.
Se desplomó sobre la silla del despacho y
cogió la carta de la Sociedad Psicoanalítica. Tachó mentalmente el nombre del
abogado, aunque no era tan tonto como para pensar que ya no sabría nada más de
Merlín, quienquiera que fuese. En la carta figuraba el nombre del terapeuta de
Boston que su supuesta víctima estaba visitando, y Ricky supo que sin duda se
pretendía que ése fuera su siguiente contacto. Por un momento deseó ignorar el
nombre, no hacer lo que se esperaba de él, pero al mismo tiempo pensó que no
proclamar con decisión su inocencia se consideraría propio de un hombre
culpable, de modo que, aunque estuviera previsto y resultara inútil, tenía que
hacer esa llamada.
Todavía con el estómago revuelto, marcó el
número del terapeuta.
Sonó una vez y, como medio esperaba, saltó
un contestador automático:
«Le habla el doctor Martin Soloman. En este
momento no puedo atender su llamada. Por favor, deje su nombre, su número y su
mensaje y le llamaré lo antes posible».
«Por lo menos no se ha ido aún de
vacaciones» pensó Ricky.
– Doctor Soloman –dijo, intentando sonar con
rabia e indignación–, soy el doctor Frederick Starks, de Manhattan. Una
paciente suya me ha acusado de una grave falta de ética. Me gustaría informarle
de de que todas esas acusaciones son totalmente falsas. Son una fantasía, sin
ninguna base en lo esencial ni en la realidad. Gracias.
Y colgó. La solidez del mensaje lo reanimó
un poco. Consultó su reloj. «Cinco minutos –pensó–. Diez como mucho, para que
me devuelva la llamada.»
En eso acertó. Al cabo de siete minutos,
sonó el teléfono. Contestó con un grave y sólido:
– Al habla el doctor Starks.
Su interlocutor pareció inspirar hondo antes
de hablar.
– Soy Martin Soloman, doctor. Recibí su
mensaje y me pareció que lo mejor sería llamarle de inmediato.
Ricky esperó un momento antes de hablar, lo
que llenó la línea de silencio.
– ¿Quién es esa paciente que me ha acusado?
Fue correspondido con un silencio igual
antes de que Soloman contestara.
– No estoy autorizado aún a divulgar su
nombre. Me ha dicho que, cuando los investigadores del Colegio de Médicos se
pongan en contacto conmigo, se pondrá a su disposición. El mero hecho de
denunciarlo a la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York ha sido un paso
importante en su recuperación. Necesita seguir con precaución. Pero esto me
parece increíble, doctor. Seguro que sabe quiénes han sido sus pacientes en un
margen tan corto de tiempo. Y acusaciones como la suya, con los detalles que me
ha dado en los últimos seis meses, sin duda dan crédito a lo que dice.
– ¿Detalles? ¿Qué clase de detalles?
– Bueno, no sé si debo... –vaciló el médico.
– No sea ridículo. No he creído ni por un
momento que esta persona exista –lo interrumpió Ricky con brusquedad.
– Le aseguro que es real. Y su dolor es
considerable replicó el terapeuta, en una imitación de lo que el abogado Merlín
había afirmado antes ese mismo día–. Francamente, doctor, encuentro sus
desmentidos muy poco convincentes.
– A ver, entonces, ¿qué detalles?
– Le ha descrito física e íntimamente
–afirmó Soloman tras vacilar–. Ha descrito su consulta. Puede imitar su voz de
un modo que ahora me resulta asombrosamente exacto...
– Imposible –soltó Ricky.
– Dígame, doctor –quiso saber Soloman tras
otra pausa–, en la pared de su consulta, junto al retrato de Freud, ¿tiene una
xilografía azul y amarilla de un ocaso en Cape Cod?
Ricky se quedó sin respiración. De las pocas
obras de arte que quedaban en su monástica casa, ésa era una. Se la había
regalado su mujer en su decimoquinto aniversario de bodas, y era una de las
pocas cosas que habían sobrevivido a la purga de su presencia después de que
sucumbiera al cáncer.
– La tiene, ¿verdad? –continuó Soloman–. Mi
paciente dijo que se concentraba en esa obra e intentaba transportarse a la
imagen mientras usted abusaba sexualmente de ella. Como una experiencia
extracorpórea. He conocido otras víctimas de delitos sexuales que hacían lo
mismo, imaginarse en otro sitio fuera de la realidad. Es un mecanismo de
defensa bastante habitual.
– Nada de eso tuvo lugar nunca. –Ricky tragó
saliva con dificultad.
– Bueno –repuso Soloman con brusquedad–, no
es a mí a quien tiene que convencer.
Ricky vaciló antes de preguntar:
– ¿Cuánto tiempo hace que atiende a esta
paciente?
– Seis meses. Y todavía nos queda mucho camino por
recorrer.
– ¿Quién se la mandó?.
– ¿Cómo dice?
– ¿Quién la mandó a su consulta?
– No lo recuerdo...
– ¿Me está diciendo que una mujer que sufre
esta clase de trauma emocional eligió su nombre en la guía telefónica?
– Tendría que buscarlo en mis notas.
– Seria suficiente con que lo recordara.
– Aun así, tendría que buscarlo.
– Comprobaría que nadie se la mandó –siseó
Ricky–. Lo eligió por alguna razón evidente. Así que se lo preguntaré otra vez:
¿por qué usted, doctor?
– Tengo fama en esta ciudad por mis logros
con las víctimas de delitos sexuales –afirmó Soloman tras pensado.
– ¿A qué se refiere con eso de «fama»?
– He escrito algunos artículos sobre mi
trabajo en la prensa local.
– ¿Declara a menudo en juicios? –Ricky
pensaba con rapidez.
– No tan a menudo. Pero estoy familiarizado
con el proceso.
– ¿Qué a menudo es no tan a menudo?
– Dos o tres veces. Y sé adónde quiere ir a
parar. Sí, han sido casos prominentes.
– ¿Ha sido alguna vez un testigo experto?
– Pues sí. En varios pleitos civiles,
incluido uno contra un psiquiatra acusado más o menos de lo mismo que usted.
Soy profesor en la Universidad de Massachussets, donde enseño diversos métodos
de recuperación para las víctimas.
– ¿Apareció su nombre en la prensa poco
antes de que esta paciente fuera a vedo? ¿De modo destacado?
– Sí, en un artículo del Boston Globe. Pero
no veo qué...
– ¿E insiste en que su paciente es creíble?
– Sí. He hecho terapia con ella durante seis
meses. Dos horas a la semana. Ha sido de lo más coherente. Nada de lo que ha
dicho hasta este momento me haría dudar de su palabra. Doctor, usted y yo
sabemos que resulta casi imposible mentir a un terapeuta, sobre todo durante un
espacio prolongado de tiempo.
Unos días antes, Ricky habría estado de
acuerdo con esta afirmación. Ahora ya no estaba tan seguro.
– ¿Y dónde se encuentra ahora su paciente?
– De vacaciones hasta la tercera semana de
agosto.
– ¿No le dejó un número de teléfono donde
poder localizarla en agosto?
– No. Creo que no. Le di hora para finales
de mes y nada más.
Ricky se lo pensó muy bien e hizo otra
pregunta:
– ¿Y tiene unos extraordinarios,
sorprendentes y penetrantes ojos verdes?
Soloman vaciló. Cuando habló, fue con una
reserva glacial.
– Así pues, la conoce.
– No –dijo Ricky–. Sólo intentaba adivinar.
Y colgó.
«Virgil», se dijo.
Ricky contemplaba el grabado que figuraba de
modo tan prominente en los recuerdos ficticios de la falsa paciente de Soloman.
No tenía ninguna duda de que Soloman era real, ni de que había sido escogido
con cuidado. Tampoco había duda de que el famoso doctor Soloman no volvería a
ver a la joven tan bella y tan angustiada que había solicitado sus cuidados.
Por lo menos en el contexto que Soloman esperaba. Ricky sacudió la cabeza.
Había muchos terapeutas cuya vanidad era tan grande que les encantaba la atención
de la prensa y la devoción de sus pacientes. Actuaban como si tuvieran una
percepción totalizadora y completamente mágica de las costumbres del mundo y
los actos de las personas, y expresaban opiniones y hacían declaraciones
apresuradas con ligereza muy poco profesional. Ricky sospechaba que Soloman
correspondía al tipo de esos psiquiatras de tertulia que adoptan la postura de
saber las cosas sin el trabajo que cuesta llegar a percibirlas. Es más fácil
escuchar a alguien un rato e improvisar que sentarse día tras día y penetrar
las capas de lo mundano y trivial en búsqueda de lo profundo. Lo único que le
inspiraban los miembros de su profesión que se prestaban a dictámenes
judiciales y artículos periodísticos era desprecio.
Pero Ricky comprendía que la reputación., la
fama y la popularidad de Soloman darían credibilidad a la acusación. Al
aparecer su nombre en esa carta, ésta ganaba el peso suficiente para el
propósito de la persona que la concibió.
«¿Qué has averiguado hoy?», se preguntó
Ricky.
Mucho. Pero sobre todo que los hilos de la
red en que se encontraba atrapado habían sido tendidos meses antes.
Volvió a contemplar el grabado de la pared.
«Estuvieron aquí –pensó––. Mucho antes del
otro día.» Recorrió la consulta con la mirada. No había nada seguro. Nada era
privado. Habían estado ahí meses atrás y él no lo había sabido.
La rabia le sacudió como un puñetazo en el
estómago, y su primera reacción fue agarrar aquel grabado y arrancado de la
pared. Lo tiró a la papelera que tenía junto a la mesa, con lo que se partió el
marco y el cristal se hizo añicos. Resonó como un disparo en las reducidas
dimensiones de la habitación. De sus labios salieron palabrotas, inusitadas y
fuertes, que llenaron el aire de dardos. Se volvió y se aferró a los lados del
escritorio, como para no perder el equilibrio.
Con la misma rapidez que surgió, la cólera
desapareció, sustituida por otra oleada de náuseas. Se sentía mareado y la
cabeza le daba vueltas, como cuando uno se levanta demasiado deprisa, sobre
todo si tiene una gripe o un fuerte resfriado. Ricky se tambaleó
emocionalmente. Respiraba con dificultad, más bien resollaba, y parecía que
alguien le hubiera ceñido una cuerda alrededor del tórax.
Tardó varios minutos en recobrar el
equilibrio y, aun así, seguía sintiéndose débil, casi agotado.
Echó un nuevo vistazo alrededor de la
consulta, pero ahora parecía distinta. Era como si todos los objetos cotidianos
se hubieran vuelto siniestros. Pensó que ya no podía fiarse de nada de lo que
tenía a la vista. Se preguntó qué más habría contado Virgil al médico de
Bastan; qué otros detalles de su vida estarían ahora expuestos en una denuncia
presentada al Colegio de Médicos. Recordó las veces en que pacientes suyos lo
habían visitado, consternados, después de que les entraran a robar en casa o de
que los atracaran, y habían hablado de cómo una sensación de violación les
había afectado la vida. Él los escuchaba con comprensión y objetividad clínica,
sin haber entendido nunca en realidad lo primaria que era esa sensación. Ahora
lo comprendía mejor. Él también se
sentía violado.
De nuevo recorrió la habitación con la
mirada. Lo que antes le parecía seguro estaba perdiendo con rapidez esa
cualidad. «Hacer que una mentira parezca real es complicado –pensó–. Exige
planificación.» Se ubicó detrás del escritorio y vio que el contestador
automático parpadeaba. El contador de mensajes estaba también iluminado en
rojo, y marcaba el número cuatro. Pulsó la tecla que activaba la máquina para
escuchar el primer mensaje. Reconoció de inmediato la voz de un paciente, un
redactor de mediana edad del New York Times; un hombre atrapado en un empleo
bien remunerado pero monótono, dedicado a revisar textos para la sección de
ciencia escritos por reporteros más jóvenes e impetuosos. Era un hombre que
ansiaba hacer más cosas con su vida, investigar la creatividad y la
originalidad, pero que temía el trastorno que satisfacer ese deseo pudiera
acarrear a una vida muy bien reglamentada. Sin embargo, este paciente era
inteligente, culto, y efectuaba grandes avances en la terapia desde que había
comprendido la relación entre la rígida educación que le habían inculcado sus
padres, profesores de universidad del Medio Oeste, y su miedo a correr riesgos.
A Ricky le caía bastante bien, y creía muy probable que terminara el
psicoanálisis y viera la libertad que le proporcionaría como una oportunidad,
lo que es una enorme satisfacción para cualquier terapeuta.
«Doctor Starks –decía el hombre despacio,
casi renuente, al identificarse–, lamento dejarle un mensaje en el contestador
durante sus vacaciones. No quiero importunarle pero en el correo de esta mañana
me ha llegado una carta muy inquietante.»
Ricky inspiró hondo. La voz del paciente
siguió despacio.
«Es una fotocopia de una denuncia presentada
en su contra ante el Colegio de Médicos y la Sociedad Psicoanalítica de Nueva
York. Soy consciente de que la naturaleza anónima de la acusación la hace muy
difícil de rebatir. Por cierto, la fotocopia fue remitida a mi casa, no a mi
oficina, y carecía de remitente o de cualquier otra característica
identificadota.»
El paciente vaciló de nuevo.
«Me encuentro ante un serio conflicto de
intereses. No tengo duda de que la denuncia es una noticia importante y de que
debería pasarla a uno de nuestros periodistas de información local para que la
investigara. Por otra parte, eso comprometería mucho nuestra relación. Estoy
muy preocupado por las acusaciones, que supongo usted negará...»
El paciente pareció recuperar el aliento
para añadir con un tinte de amargura:
«Todo el mundo niega siempre haber obrado
mal. "No lo hice, no lo hice, no lo hice"... Hasta que los hechos y
las circunstancias son tan evidentes que ya no pueden mentir más. Presidentes,
funcionarios, empresarios, médicos... Hasta monitores de boyscouts y
entrenadores de ligas infantiles, por el amor de Dios. Cuando por fin se ven
obligados a decir la verdad, esperan que todo el mundo entienda que se vieron
obligados a mentir, como si fuese correcto seguir mintiendo hasta que estás tan
atrapado que ya no puedes hacerlo más.»
El paciente se detuvo otra vez y, después,
colgó. El mensaje parecía cortado, como si faltara la pregunta que quería que
Ricky contestara.
A Ricky le temblaba la mano cuando pulsó de
nuevo el play del contestador. El siguiente mensaje era sólo el llanto de una
mujer. Por desgracia, lo reconoció y supo que era otra paciente de hacía
tiempo. Sospechó que ella también habría recibido una copia de la carta. Avanzó
la cinta. Los dos mensajes restantes eran asimismo de paciente. Uno, un
destacado coreógrafo de Broadway, farfulló de rabia apenas contenida. El otro,
una fotógrafa de estudio de cierto renombre, parecía tan confundida como
consternada.
Lo invadió la desesperación. Quizá por
primera vez en su carrera profesional, no sabía qué decir a sus pacientes.
Imaginó que los que todavía no habían llamado no habrían abierto aún el correo.
Uno de los elementos fundamentales del
psicoanálisis es la curiosa relación entre paciente y terapeuta, en que el
paciente revela cada detalle íntimo de su vida a una persona que no corresponde
del mismo modo y que muy rara vez reacciona a una información incluso de lo más
provocadora. En el juego infantil de la verdad, se establece la confianza a
través del riesgo compartido. Tú me cuentas, yo te cuento. Tú me muestras lo
tuyo, yo te muestro lo mío. El psicoanálisis desnivela esta relación y la
convierte en totalmente unilateral. Ricky sabía que la fascinación de los
pacientes por quién era él, por lo que pensaba y sentía y por cómo reaccionaba
eran dinámicas importantes y formaban paree del gran proceso de transferencia
que tenía lugar en su consulta, en el que sentado en silencio detrás de sus
pacientes tumbados en el diván, se convertía simbólicamente en muchas cosas
pero, sobre todo, pasaba a simbolizar algo distinto y perturbador para cada uno
de ellos, y así, al adoptar esos diferentes papeles para cada paciente, podía
guiarlos a través de sus problemas. Su silencio pasaba a representar
psicológicamente la madre de un paciente, el padre de otro, el jefe de un
tercero. Su silencio pasaba a representar el amor y el odio, la cólera y la
tristeza. Podía convertirse en pérdida, y también en rechazo. En ciertos
sentidos, en su opinión, el analista era un camaleón, que cambia de color ante
la superficie de cualquier objeto que toca.
No devolvió ninguna de las llamadas de sus
pacientes. Por la noche, todos habían telefoneado. Pensó que el redactor del
Times tenía razón. Vivimos en una sociedad que ha cambiado el concepto de la
negación. La negación va acompañada ahora de la suposición de que es sólo una
mentira de conveniencia para ser adaptada en algún momento posterior, cuando se
ha negociado una verdad aceptable.
Una sola mentira bien elaborada había
atacado de un modo salvaje horas que sumaban días y semanas que se convertían
en meses y se volvían años con cada uno de los pacientes. No sabía muy bien
cómo reaccionar ante sus pacientes o si no debería hacerlo en absoluto. El
clínico que había en él sabía que examinar la reacción de cada paciente a las
acusaciones seria provechoso, pero a la vez parecía inútil.
Para cenar se preparó una sopa de pollo
enlatada.
Mientras la tomaba, se preguntó si algunos
de los cacareados poderes medicinales y
reconstituyentes de aquel brebaje le fluirían hasta el corazón.
Todavía no tenía ningún plan de actuación.
Ningún mapa que pudiera seguir. Un diagnóstico, seguido de un tratamiento.
Hasta ese momento Rumplestiltskin le recordaba una especie de cáncer insidioso
que atacaba distintas partes de su persona. Aún tenía que definir cómo
abordarlo. El problema era que eso contrariaba su formación. Si hubiera sido
oncólogo, como los médicos que trataron sin éxito a su esposa, o incluso un
dentista, que podía ver el diente cariado y extraerlo, lo habría hecho. Pero la
formación de Ricky era muy distinta. Un analista, aunque reconoce algunas
características y síndromes definibles, deja en última instancia que el
paciente invente el tratamiento en el simple contexto del proceso. Ricky se
veía limitado en su forma de abordar la cuestión de Rumplestiltskin y sus
amenazas por la misma cualidad que lo había mantenido en tan buen lugar durante
tantos años. La pasividad que constituía el sello de su profesión era, de
repente, peligrosa.
A última hora de la noche, le preocupó por
primera vez que Rumplestiltskin pudiera matarlo.
10
Por la mañana, marcó otro día en el
calendario de Rumplestiltskin y redactó los siguientes versos:
Me dediqué a
buscar a destajo
en veinte años de
mi trabajo.
¿Es ese número
acertado?
El tiempo casi se
ha terminado
y no puedo dejar
de preguntar:
¿a la madre de R
debo encontrar?
Se dio cuenta de que se estaba apartando de
las normas de Rumplestiltskin. En primer lugar, hacía dos preguntas en lugar de
una, y además no las formulaba para obtener una simple respuesta afirmativa o
negativa como le habían instruido. Pero intuía que si usaba la misma rima
infantil que su torturador, lo induciría a pasar por alto la violación de las
normas y. tal vez, a contestar con un poco más de claridad. Sabía que
necesitaba información para deducir quién le había tendido esa trampa. Mucha
más información. No se hacía ilusiones de que Rumplestiltskin fuera a revelar
algún detalle que le indicara con exactitud dónde buscarlo, ni que pudiera
proporcionarle al instante una vía hacia un nombre que podría dar a las
autoridades (si lograba deducir con qué autoridades debía ponerse en contacto).
Ese hombre había planeado su venganza con demasiada precisión para que eso
pasara ahora mismo. Pero un analista se considera un científico de lo indirecto
y lo oculto. Así que Ricky debería ser un especialista en las cosas escondidas
y encubiertas, y si tenía que averiguar el nombre real de Rumplestiltskin,
debería hacerlo a partir de un desliz que él, por muy intrincados que fueran
sus planes, no hubiera previsto.
La mujer del Times que tomó el pedido para
el anuncio de una columna en portada pareció agradablemente intrigada por el
poema.
– No es habitual –comentó–. Suelen ser
anuncios del cipo .Felices bodas de oro, papá y mamá o ganchos publicitarios para algún producto
nuevo que alguien quiere vender. Esto parece distinto. ¿Cuál es el motivo?
–preguntó.
– Forma parte de un elaborado juego
––contestó Ricky, procurando ser educado con una mentira eficiente–. Una
diversión veraniega de un par de amigos a los que nos gustan los acertijos y
los rompecabezas.
– Vaya –replicó la mujer–. Suena divertido.
Ricky no respondió, porque aquello no tenia
nada de divertido.
La mujer del periódico le leyó el poema una
última vez para asegurarse de haberlo anotado bien, y luego le tomó los datos.
Le preguntó si quería que le mandara una factura o que le cargara el importe a
una tarjeta de crédito. Se decidió por esta última opción. Oyó a la mujer
teclear en el ordenador los números de su Visa a medida que se los iba
diciendo.
– Bien, eso es todo –añadió la mujer–. El
anunció saldrá mañana. Buena suerte con el juego. Espero que gane.
–Yo también –dijo. Le dio las gracias y
colgó.
Volvió a concentrarse en el montón de notas
y expedientes. «Delimita y elimina –pensó–. Sé sistemático y meticuloso.
Descarta a los hombres o descarta a las mujeres. Descarta a los viejos,
concéntrate en los jóvenes. Encuentra la secuencia temporal adecuada. Encuentra
la relación correcta. Eso te: dará un nombre. Un nombre llevará a otro.»
Respiraba con fuerza. Se había pasado la
vida intentando ayudar. la gente a conocer las fuerzas emocionales que
motivaban su comportamiento. Lo que hace un analista es aislar la culpa e
intentar traducirla en algo manejable, porque la necesidad de venganza es tan
incapacitante como cualquier neurosis. El analista busca que el paciente
encuentre un modo de superar esa necesidad y esa cólera. No es inusual que un
paciente empiece una terapia manifestando una furia que parece exigir una
actuación. Se elabora un tratamiento destinado a eliminar ese impulso, de modo
que pueda seguir con su vida sin la necesidad compulsiva de vengarse.
Vengarse, en su mundo, era una debilidad.
Quizás hasta una enfermedad.
Ricky meneó la cabeza.
Mientras procuraba revisar lo que sabía y
cómo aplicarlos su situación sonó el teléfono del escritorio. Lo sobresaltó y
dudó antes de cogerlo, pensando que podía ser Virgil.
No lo era. Se trataba de la mujer de los
anuncios del Times.
– ¿El doctor Starks?
– Sí.
– Lamento tener que llamarle, pero hemos
tenido un problema.
– ¿Un problema? ¿Qué clase de problema?
La mujer vaciló, como si le costara hablar.
– La tarjeta Visa que me dio está cancelada.
¿Está seguro de haberme dado bien el número?
– ¿Cancelada? –Ricky se sonrojó y afirmó,
indignado–: Eso es imposible.
– Bueno, a lo mejor lo anoté mal.
Ricky sacó la tarjeta para volver a leer los
números, pero esta vez despacio.
– Pues es el número para el que pedí
autorización –dijo la mujer–. Me lo devolvieron diciendo que la tarjeta había
sido cancelada recientemente.
– No lo entiendo –repuso Ricky con
frustración creciente––. Yo no he cancelado nada. Y pago todo el saldo cada
mes...
– Las compañías de tarjetas de crédito
cometen muchos errores –comentó la mujer, apenada–. ¿Tiene otra tarjeta? ¿O
prefiere que se mande una factura para pagar con un talón?
Ricky empezó a sacar otra tarjeta de la
cartera pero se detuvo.
Tragó saliva con fuerza.
– Lamento las molestias –dijo despacio, y de
repente le costaba mucho contenerse–. Llamaré a los de Visa. Mientras tanto,
mándeme la factura, por favor.
La mujer accedió y comprobó su dirección.
– Suele pasar –añadió–. ¿Perdió la cartera?
A veces los ladrones obtienen el número en extractos viejos que se han tirado.
O compramos algo y el dependiente vende el número a un sinvergüenza. Hay
millones de maneras de falsificar las tarjetas, doctor. Pero será mejor que
llame a Visa y lo solucione. O acabar recibiendo cargos que no son suyos. En
cualquier caso, seguramente le mandarán una tarjeta nueva en un par de días.
– Descuide –dijo Ricky, y colgó.
Despacio, extrajo todas sus tarjetas de
crédito. «No sirven de nada –se dijo–. Las han cancelado todas. No sabía cómo
pero sabía quién.
No obstante, empezó el tedioso proceso de
llamar para averiguar lo que ya sabía. El servicio de atención al cliente de
las distintas compañías fue agradable pero no demasiado servicial. Cuando
intentaba explicar que él no había cancelado las tarjetas, le informaban que si
lo había hecho. Era lo que aparecía en el ordenador, y lo que ponía el
ordenador tenía que ser cierto. Preguntó a cada compañía cómo había sido
cancelada la tarjera y cada vez le contestaron que la petición se había hecho
electrónicamente a través de Internet. Le indicaron, diligentes, que esas
operaciones sencillas podían hacerse con unos cuantos golpes de teclado, que
era un servicio que el banco ofrecía para facilitar la situación financiera de
sus clientes, aunque Ricky, en su situación actual, podría haber discutido ese
punto. Todos le ofrecieron abrirle nuevas cuentas.
Dijo a cada compañía que ya la llamaría.
Luego tomó unas tijeras y, cortó los inservibles plásticos por la mitad. No se
le escapaba que eso era precisamente lo que algunos pacientes se habían visto
obligados a hacer cuando habían superado su crédito e incurrido en gravosas
deudas.
Ricky no sabía hasta qué punto habría
logrado Rumplestiltskin penetrar en sus finanzas. Ni cómo.
«"Deuda"
es un concepto próximo a su juego –pensó–. Cree que le debo algo que no puede
pagarse con un talón o una tarjeta de crédito.»
Por la mañana tendría que hacer una visita a
la sucursal de su banco. También telefoneó al hombre que se encargaba de su
modesta cartera de inversiones y le dejó un mensaje pidiendo que el corredor le
devolviera la llamada lo antes posible. Después se recostó un momento e intentó
imaginar cómo Rumplestiltskin habría accedido a esa parte de su vida.
Ricky no sabía nada de informática. Sus
conocimientos de Internet, páginas web, chats y ciberespacio se limitaban a
estar vagamente familiarizado con las palabras, pero no con la realidad. Sus
pacientes hablaban a menudo de una vida conectada a Internet y, de ese modo, se
había hecho alguna idea de lo que un ordenador podía hacer, pero más aún de lo
que un ordenador les hacía a ellos. Jamás había tenido interés en aprender nada
de eso. Efectuaba sus anotaciones con bolígrafo en libretas. Si tenía que redactar
una carta usaba una antigua máquina de escribir eléctrica que tenía más de
veinte años y que guardaba en un armario. Pero tenía ordenador. Su mujer había
comprado uno el año en que había enfermado y lo había actualizado un año antes
de morir. Sabía que ella lo utilizaba para conectarse con grupos de apoyo a los
enfermos de cáncer y para hablar con otras víctimas de la enfermedad en ese
mundo curiosamente impersonal de Internet. No había participado con ella en
esas cosas, pensando que respetaba su intimidad al no inmiscuirse, aunque
también podría haber pensado que no mostraba suficiente interés. Poco después
de su muerte, había quitado la máquina de la mesa del rincón del dormitorio que
su mujer ocupaba cuando conseguía reunir energía suficiente para levantarse de
la cama y la había guardado en los trasteros del sótano del edificio. Tenía
intención de tirado o de donarlo a una escuela o biblioteca, pero aún no lo
había hecho. Pensó que ahora lo necesitaría.
Porque sospechaba que Rumplestiltskin sabía
usar muy bien un ordenador.
Se levantó del asiento, decidido a recuperar
el ordenador de su difunta esposa. En el cajón superior derecho de la mesa
guardaba la llave de un candado, y la cogió.
Se aseguró de cerrar con llave la puerta de
su casa y bajó en ascensor hasta el sótano. Hacía meses que no iba a los
trasteros y arrugó la nariz al oler su aire mohoso y viciado. Tenía un matiz
rancio y nauseabundo que el calor diario incrementaba. Salir del ascensor le
produjo una opresión en el pecho. Se preguntó por qué la dirección del edificio
no limpiaba nunca esa zona. Pulsó el interruptor de la luz y se encendió una
bombilla pelada que daba escasa luz al sótano. Donde quiera que se dirigiera,
proyectaba sombras y cruzaba oscuridad y humedad. Cada uno de los seis pisos
del edificio tenía un trastero delimitado por tela metálica clavada a unas
estructuras baratas de madera con el número del piso. Era un lugar de sillas
rotas y cajas de papeles viejos, bicicletas oxidadas, esquíes, baúles y maletas
innecesarias. La mayoría de las cosas estaba cubierta de polvo y telarañas, y
casi todo se incluía en la categoría de algo un pelín valioso para tirar pero
no tanto como para tenerlo a mano cada día. Cosas reunidas con el tiempo que
habían descendido a la categoría de «mejor guardado porque algún día podríamos
necesitarlo» aunque eso es difícil.
Ricky se agachó un poco a pesar de que no
tocaba el techo, impulsado por el ambiente cerrado. Se acercó a su trastero con
la llave en la mano.
Pero el candado estaba abierto. Colgaba del
cerrojo como un adorno olvidado en un árbol de Navidad. Lo observó más de cerca
y vio que lo habían reventado.
Retrocedió un paso, sorprendido, como si una
rata hubiera pasado corriendo frente a él.
Su primer impulso fue dar media vuelta y
correr; el segundo, avanzar. Fue lo que hizo. Abrió la puerta de tela metálica
y vio que lo q había ido a buscar, la caja que contenía el ordenador de su
mujer no estaba allí. Se adentró más en el trastero. Su cuerpo tapaba en parte
la luz, así que sólo unas franjas afiladas de iluminación horadaban el espacio.
Echó un vistazo alrededor y vio que faltaba otra cosa: un archivador plástico
donde guardaba sus ejemplares de las declaraciones de la renta.
El resto de las cosas parecía intacto, sí
eso servía de algo. Prácticamente paralizado por una sensación abrumadora de
derrota, regresó al ascensor. De vuelta a la luz del día y al aire más puro, y
fuera de la suciedad y el polvo de los recuerdos almacenados abajo, empezó a
pensar en el impacto que podrían tener el ordenador y las declaraciones de
renta desaparecidos.
«¿Qué me han robado?» se preguntó. Y se
estremeció al responderse: «Es probable que todo.»
Las declaraciones de la renta desaparecidas
le provocaron una sensación horrible. No era extraño que Merlín supiera tanto
sobre sus activos; seguramente lo sabía todo sobre sus modestas finanzas. Una
declaración de la renta es como un mapa de carreteras que abarca desde la
identidad hasta las donaciones benéficas. Muestra todas las rutas recorridas en
la existencia de uno, sin la historia. Como un mapa, indica a alguien como ir
de aquí a allá en la vida de otra persona, dónde están las autopistas y dónde
empiezan las carreteras secundarias. Lo único que le falta es color y
descripción.
El ordenador desaparecido también le
preocupaba. No tenía idea de lo que quedaba en el disco duro, pero sabía que
había algo. Intentó recordar las horas que su mujer había pasado ante esa
máquina antes de que la enfermedad le robara incluso las fuerzas para teclear.
Desconocía qué cantidad de su dolor, recuerdos, ideas y recorridos electrónicos
habría en él. Lo único que sabía era que un informático cualificado podía
recuperar todo tipo de trayectos a partir de la memoria del ordenador. Supuso
que Rumplestiltskin tenía la habilidad necesaria para extraer de la máquina lo
que ésta contuviera.
Ricky se desplomó al llegar a su casa. Se
sentía como si lo hubiesen cortado con una hoja de afeitar caliente. Miró
alrededor y supo que todo lo que creía tan seguro y privado en su vida era
vulnerable.
Nada era secreto.
De haber sido un niño, se habría echado a
llorar en ese mismo instante.
Esa noche sus sueños estuvieron poblados de
imágenes sombrías y violentas. En uno, se vio intentando avanzar por una
habitación mal iluminada, sabiendo todo el rato que si tropezaba y se caía,
sería engullido por la penumbra del olvido, pero aun así cruzaba la estancia
con paso vacilante, agarrándose a paredes vaporosas con dedos entumecidos, en
un recorrido que parecía imposible. Despertó en medio de la negrura de su
habitación, nena de ese pánico momentáneo que se tiene al pasar de la
inconsciencia a la conciencia, con la chaqueta del pijama manchada de sudor, la
respiración superficial y la garganta seca, como si nevara horas gritando
desesperado. Por un instante no estuvo seguro de haber dejado atrás la
pesadilla y, hasta que encendió la lámpara de la mesilla y vio el conocido
espacio de su habitación, su corazón no empezó a recuperar su ritmo normal.
Dejó caer la cabeza de nuevo sobre la almohada, necesitado de reposo y a
sabiendas de que no lo obtendría. No le costó interpretar sus sueños. Eran tan
malignos como estaba empezando a serIo su vida.
El anuncio apareció esa mañana en la portada
del Times, en la parte inferior, como Rumplestiltskin había especificado. Lo
leyó varias veces y pensó que, por lo menos, daría a su torturador algo en qué
pensar. No sabía cuánto tiempo tardaría en contestarle, pero esperaba alguna
clase de respuesta con rapidez, tal vez en el periódico de la mañana siguiente.
Mientras tanto, decidió que lo mejor sería seguir trabajando en el
rompecabezas.
Con la publicación del anuncio, sintió un
sentimiento momentáneo e ilusorio de triunfo, como animado por haber dado un
paso adelante. La desesperación abrumadora del día anterior al descubrir la
falta del ordenador y el robo de las declaraciones de la renta quedaba, si no
del todo olvidada, por lo menos apareada. El anuncio dio a Ricky la sensación
de que por lo menos ese día no era una víctima. Se encontró concentrado, capaz
de centrarse, con una memoria más aguda Y precisa. El día le pasó volando, tan deprisa
como lo habría hecho uno normal con pacientes, mientras recuperaba recuerdos y
viajaba por su propio paisaje interior.
Al final de la mañana había elaborado dos
listas de trabajo independientes. Limitándose aún al período que empezaba en
1975 y acababa en 1985, en la primera lista identificó unas setenta y tres
personas a las que había proporcionado tratamiento, este variaba, desde un
máximo de siete años para un hombre muy perturbado hasta tres meses para una
mujer que pasaba por una crisis matrimonial. Como promedio, la mayoría de sus
pacientes se situaba en la gama de tres a cinco años. En casi todos los casos
se trataba de tradicionales análisis freudianos, de cuatro a cinco sesiones
semanales, con el uso del diván y las diversas técnicas de la profesión. En
unos pocos no era así; se trataba de encuentros cara a cara, sesiones más
sencillas de conversación en los que había actuado menos como analista y más
como un terapeuta corriente, con opiniones y consejos, que son precisamente las
cosas que un analista más se esfuerza en evitar. A mediados de los años ochenta
había ido dejando esta clase de pacientes para limitarse exclusivamente a la
experiencia exhaustiva del psicoanálisis.
Sabía que también había varios pacientes,
tal vez dos docenas en esos diez años, que habían empezado tratamientos y los
habían interrumpido. Los motivos para abandonar la terapia eran diversos:
algunos no disponían del dinero o el seguro médico necesarios para pagar las
sesiones; otros se habían visto obligados a mudarse debido a exigencias
profesionales o escolares. Unos pocos habían decidido que no recibían
suficiente ayuda o que ésta no era lo bastante rápida, o estaban demasiado
enfadados con el mundo como para continuar. Eran pocos, pero existían.
Integraban su segunda lista, mucho más
difícil de elaborar.
Se dio cuenta enseguida de que se trataba de
una lista más peligrosa. Incluía personas que podían haber transformado su
rabia en una obsesión por Ricky, y haber transmitido ésta después.
Ubicó ambas listas en la mesa, frente a él,
y pensó que debería empezar el rastreo de nombres. Cuando tuviera la respuesta
de Rumplestiltskin, podría eliminar a varias personas de cada una de ellas y
seguir adelante.
Toda la mañana había esperado que sonara el
teléfono, con una respuesta de su agente de bolsa. Le sorprendía un poco no
tener noticias de él, porque en el pasado había manejado siempre el dinero de
Ricky con diligencia y seriedad. Marcó el número otra vez y volvió a salirle la
secretaria.
Pareció algo nerviosa al oír su voz.
– Oh, doctor Starks, el señor Williams
estaba a punto de llamarle.
Ha habido cierta confusión con su cuenta
–aseguró.
– ¿Confusión? –A Ricky se le hizo un nudo en
el estómago–. ¿Cómo puede confundirse el dinero? Las personas pueden
confundirse. Los perros pueden confundirse. El dinero no.
– Le pasaré con el señor Williams ––dijo la
secretaria.
Tras un breve silencio se oyó en la línea la
no exactamente conocida pero tampoco irreconocible voz del corredor. Todas las
inversiones de Ricky eran conservadoras, fondos mutuos y bonos. Nada arriesgado
ni agresivo, sólo crecimiento modesto y regular. Tampoco eran demasiado
considerables. De todos los profesionales relacionados con el ámbito de la
medicina, los psicoanalistas figuraban entre los más limitados en cuanto a lo
que podían cobrar y a la cantidad de pacientes que podían atender. No eran como
los radiólogos, que tenían tres pacientes a la misma hora en salas distintas,
ni como los anestesistas, que iban de una operación a otra como si de una
cadena de montaje se tratara. Los psicoanalistas no solían hacerse ricos, y
Ricky no era la excepción. La casa de Cape Cod y el piso eran de propiedad,
pero eso era todo. Ningún Mercedes. Ningún yate fondeado en Long Island Sound.
Sólo algunas inversiones prudentes destinadas a proporcionarle suficiente
dinero para jubilarse, si alguna vez decidía reducir el volumen de pacientes.
Ricky hablaba con su corredor una o dos veces al año, nada más. Siempre había
supuesto que era uno de los peces más pequeños de la firma.
– ¿Doctor Starks? –El agente de bolsa se
dejó oír con brusquedad y hablando deprisa–o Disculpe que le haya hecho
esperar, pero estábamos intentando resolver un problema...
– ¿Qué clase de problema? –Ricky parecía
tener el estómago contraído.
– Bueno, ¿ha abierto usted una cuenta
bursátil con uno de esos nuevos corredores de bolsa on line? Porque...
– No, no lo he hecho. En realidad, no sé de
qué me está hablando.
– Bueno, eso es lo extraño. Al parecer ha
habido muchas operaciones de un día en su cuenta.
– ¿Operaciones de un día?
– Es contratar operaciones bursátiles con
rapidez para intentar mantenerse por delante de las fluctuaciones del mercado.
–Entiendo. Pero yo no lo he hecho.
– ¿Alguien más tiene acceso a sus cuentas?
Tal vez su esposa...
– Mi esposa murió hace tres años –repuso
Ricky con frialdad.
– Por supuesto –contestó el agente de
inmediato––. Lo recuerdo. Disculpe. Pero acaso alguien más. ¿Tiene hijos?
– No. ¿Dónde está mi dinero? –Ricky fue
cortante, exigente.
– Bueno, estamos comprobándolo. Puede
convertirse en un asunto para la policía, doctor Starks. De hecho, es lo que
estoy empezando a pensar. Es decir, si alguien logró acceder de modo ilegal a
su cuenta... – ¿Dónde está mi dinero? –insistió Ricky.
– No puedo afirmarlo con precisión –contestó
el agente tras vacilar–. Nuestros auditores internos están revisando la cuenta.
Lo único que puedo decirle es que ha habido una actividad importante .
– ¿Qué quiere decir? El dinero estaba ahí...
– Bueno, no exactamente. Hay literalmente
docenas, puede que incluso centenares de contrataciones, transferencias,
ventas, inversiones…
– ¿Dónde está ahora?
– Una serie de transacciones complicadas y
agresivas –prosiguió el corredor.
– No está contestando mi pregunta –se quejó
Ricky con exasperación–. Mi dinero. Mi plan de jubilación, mis fondos en
efectivo…
– Estamos comprobándolo. He puesto a mis
mejores hombres a trabajar en ello. Nuestro jefe de seguridad lo llamará en
cuanto hayan hecho algún progreso. No puedo creer que con toda esta actividad
nadie haya detectado nada extraño.
– Pero mi dinero…
– Ahora mismo no hay dinero –indicó el
agente lentamente–. O por lo menos no lo encontramos.
– No es posible.
– Ojalá, pero lo es. No se preocupe doctor
Starks. Nuestros investigadores rastrearán las transacciones. Llegaremos al
fondo de esto, y sus cuentas, o parte de ellas, están aseguradas. Al final lo
arreglaremos. Sólo llevará algo de tiempo y, como le dije, puede que tengamos
que involucrar a la policía ya la comisión de vigilancia del mercado de valores
porque, por lo que me dice, cabe suponer algún tipo de robo.
– ¿Cuánto tiempo?
– Es verano y tenemos parte del personal de
vacaciones. Supongo que un par de semanas, como mucho.
Ricky colgó. No disponía de un par de
semanas.
Al final del día había podido determinar que
su única cuenta que no había sido robada y reventada era la cuenta corriente
del First Cape Bank de Wellfleet. Era una cuenta destinada sólo a facilitar las
cosas en verano. Su saldo era de diez mil dólares, dinero que usaba para pagar
facturas en el mercado de pescado y la tienda de ultramarinos, la tienda de
licores y la ferretería. Con ella pagaba sus herramientas de jardinería y las
plantas y semillas. Era dinero para disfrutar de las vacaciones sin problemas.
Una cuenta doméstica para el mes que pasaba en la casa de veraneo.
Le sorprendió un poco que Rumplestiltskin no
hubiera arremetido también contra esos fondos. Estaba jugando con él, casi como
si hubiera dejado en paz esa parte de dinero para burlarse de él. A pesar de
esa, pensó que necesitaba encontrar una forma de hacerse con los fondos antes
de que desaparecieran también en algún extraño limbo financiero. Llamó al
director del First Cape Bank y le dijo que iba a cerrar la cuenta y quería
retirar el saldo en efectivo.
El director le informó que tendría que estar
presente para esa transacción. Ricky deseó que las demás instituciones que
manejaban su dinero hubieran seguido la misma política. Explicó al director que
había tenido algunos problemas con otras cuentas y que era importante que nadie
excepto él tuviera acceso al dinero. El director se ofreció a librar un cheque
bancario, que guardaría personalmente hasta la llegada de Ricky.
Ahora el problema era cómo ir hasta allí.
Olvidado en el escritorio, había un billete
de avión abierto de La Guardia a Hyannis, Massachussets. Se preguntó si la
reserva seguiría operativa. Abrió la cartera y contó unos trescientos dólares
en efectivo. En el cajón superior de la cómoda de su dormitorio tenía otros mil
quinientos dólares en cheques de viaje. Era un anacronismo; en esta era de
electivo al instante obtenido en cajeros automáticos que pululaban por todas
partes, la idea de que alguien guardara cheques de viaje para emergencias era
arcaica. Ricky sintió cierta satisfacción al pensar que sus ideas anticuadas
resultaran inútiles. Se preguntó si no sería una noción que debería tener más
presente.
Pero no tenía tiempo para cavilar acerca de
ello.
Podría ir a Cape Cod, y volver. Tardaría
veinticuatro horas como mínimo. De pronto, lo invadió una sensación de letargo,
casi como si no pudiera mover los músculos, como si las sinapsis cerebrales que
emitían órdenes a los tendones y los tejidos de todo su cuerpo se hubieran
declarado en huelga. Un profundo agotamiento que parodiaba su edad le recorrió
el cuerpo. Se sintió torpe, estúpido y fatigado.
Se balanceó en la silla con la cabeza echada
atrás. Reconoció los signos de una incipiente depresión clínica con la misma
rapidez con que una madre identificaría un resfriado al primer estornudo de su
hijo. Extendió las manos delante para detectar algún temblor. Su pulso seguía
firme.
« ¿Durante cuánto tiempo más?», se preguntó.
11
Ricky tuvo una respuesta en el Times de la
mañana siguiente, pero no del modo que esperaba. Le dejaron el periódico a la
puerta de su casa como cada día salvo los domingos, cuando solía caminar hasta
el quiosco del barrio para comprar el grueso periódico antes de dirigirse a la
cafetería cercana, como Rumplestiltskin había mencionado en su carta. La noche
anterior había tenido más problemas para dormir, así que cuando oyó que el
repartidor dejaba caer el periódico a la puerta, estaba pendiente y, en unos
segundos, lo había recogido y abierto en la mesa de la cocina. Sus ojos se
dirigieron a los pequeños anuncios de la parte inferior de la portada, pero
sólo vio una felicitación de cumpleaños, el gancho de un servicio informático
de citas y un anuncio de una sola columna: OPORTUNIDADES ESPECIALIZADAS, VÉASE
PÁGINA B–16.
Ricky lanzó el periódico al otro lado de la
pequeña cocina, frustrado. Al chocar contra la pared, hizo el ruido de un
pájaro que intentara volar con un ala rota. Enfurecido, se sintió presa de un
arrebato de cólera. Había esperado un poema o alguna respuesta enigmática y
burlona en la parte inferior de la primera plana, del mismo modo que él había
formulado la pregunta. «Ningún poema, ninguna respuesta», gruñó para sí.
– ¿Cómo esperas que lo consiga antes de tu
maldita fecha límite si no contestas de modo oportuno? –increpó a alguien que no estaba físicamente presente
pero que ocupaba todos sus pensamientos.
Notó que le temblaban las manos y se preparó
un café. La infusión no sirvió demasiado para tranquilizarlo. Intentó relajarse
con unos ejercicios de respiración profunda, pero sólo le redujeron el ritmo
cardíaco. La rabia le invadía el cuerpo como si fuera capaz de alcanzar hasta
el último órgano y oprimirlo. Tenía la cabeza a punto di estallar y se sentía
atrapado dentro del apartamento que antes consideraba su hogar. El sudor le
resbalaba por las axilas, la frente le ardía y tenía la garganta seca y rasposa.
Debió de estar sentado a la mesa, inmóvil
por fuera y revuelto por dentro, durante horas, casi en trance, incapaz de
imaginar su próximo paso. Sabía que tenía que hacer planes, tomar decisiones y
actuar en determinadas direcciones, pero no obtener una respuesta cuando la
esperaba lo había paralizado. Le pareció que apenas podía moverse, como si de
repente todas sus articulaciones se hubiesen paralizado y no estuvieran
dispuestas a obedecer órdenes.
No tenía idea de cuánto rato había
permanecido sentado así antes de fijó la mirada en el Times que seguía donde lo
había tirado. Ni tampoco cuánto tiempo había contemplado el revoltijo de
páginas antes de fijarse en una raya roja que asomaba bajo el montón. Y
entonces, tras captar esta anomalía (después de todo. en el pasado no se
llamaba al Times la Dama Gris por nada), de relacionada con él. Observó la raya
y, por fin, se dijo: «El Times no utiliza tinta roja. Suele ser de un sobrio
blanco y negro dispuesto en un formato de siete columnas y dos secciones con
una regularidad absoluta. Incluso las fotografías en color del presidente o las
modelos que exhiben la última moda de París parecen adoptar automáticamente el
tinte monótono, y apagado del periódico.»
Se levantó de la silla y se agachó sobre el
revoltijo del periódico.
Alargó la mano hacia la salpicadura de color
y tiró de ella.
Era la página B–16. Las necrológicas.
Pero, escrito en una tinta roja fluorescente
sobre las imágenes, artículos y esquelas, leyó lo siguiente:
Siguiendo la pista
estás
al volver la vista
atrás.
Veinte años sitúa
cuándo,
y a mi madre estás
buscando.
Saber su nombre es
otro cantar,
así que una pista
te voy a dar.
Te diré que,
cuando la atendiste,
como señorita la
conociste.
y los días que se
sucedieron,
sus labios jamás
sonrieron.
Dejaste tus
promesas sin cumplir.
y la venganza de
su hijo vas a sufrir.
El padre lejos, la
madre fallecida:
por eso quiero
acabar con tu vida.
Y será mejor que
termine esta rima,
o el tiempo se te
echará encima.
Bajo el poema había una gran R roja y,
debajo, en tinta negra, un rectángulo dibujado alrededor de una necrológica, con una gran flecha que
señalaba la cara y la reseña del fallecido. Y las palabras: «Aquí encajarás a
la perfección.»
Estudió el poema durante un momento que se
convirtió en minutos y, por último, se acercó a la hora, mientras digería cada
palabra del modo que un gourmet haría con una excelente comida parisina, sólo
que Ricky encontraba un sabor amargo y salado. Ya era bien entrada la mañana,
otro día más tachado, cuando se percató de lo evidente:
Rumplestiltskin había tenido acceso a su
periódico entre la llegada al edificio de piedra rojiza y la entrega en su
puerta. Sus dedos volaron hacia el teléfono y, en unos minutos, obtuvo el
número del servicio de reparto. El teléfono sonó dos veces antes de que
contestara una grabación:
«Si desea suscribirse, por favor, pulse uno.
Si tiene alguna queja sobre el reparto o si no ha recibido su periódico, por
favor, pulse dos. Para obtener información sobre su cuenta, por favor, pulse
tres.»
Ninguna de estas opciones le pareció
adecuada, pero sospechó que una queja podría arrancarle una respuesta humana,
así que probó el dos: Eso provocó un timbre de llamada, seguido de una voz de
mujer:
– ¿Cuál es su dirección, por favor? –dijo
sin más.
Ricky dudó pero se la dio.
– Todos los repartos a esa dirección
aparecen como efectuados –afirmó la mujer.
– Sí, recibí mi periódico, pero quiero saber
quién lo repartió.
– ¿Cuál es el problema, señor? ¿Necesita un
segundo reparto?
– No.
– Este número es para las personas que no
han recibido el periódico.
– Ya lo sé –replicó él, empezando a
exasperarse–. Pero hubo un problema en el reparto.
– ¿No fue a tiempo?
– Sí fue a tiempo.
– ¿Hizo demasiado ruido el repartidor?
– No.
– Este número es para quejas del reparto.
– Sí, ya me lo ha dicho. O no exactamente
eso, y lo entiendo.
– ¿Cuál es su problema, señor?
Ricky vaciló mientras buscaba palabras
corrientes para hablar con la joven.
– Mi periódico estaba pintarrajeado –soltó
al fin.
– ¿Quiere decir que estaba roto, mojado o
ilegible?
– Quiero decir que alguien lo había
alterado.
– A veces los periódicos salen de prensa con
errores en la paginación o el doblado. ¿Se trata de esa clase de problema?
– No –respondió Ricky–. Lo que quiero decir
es que alguien escribió cosas ofensivas en mi periódico.
– Ésta es nueva –comentó la mujer tras una
pausa. Su reacción casi la convirtió en una persona real en lugar de la típica
voz incorpórea–. Nunca la había oído antes. ¿Qué clase de cosas ofensivas?
Ricky decidió mostrarse vago. Habló deprisa
y con agresividad. – ¿Es usted judía, señorita? ¿Sabe cómo sería recibir un
periódico en el que alguien hubiera dibujado una esvástica? ¿O puertorriqueña?
¿Cómo le sentaría que alguien le hubiera puesto «Vuélvete a San Juan»? ¿Es
afroamericana? Conoce la palabra que genera odio ¿verdad?
– ¿Alguien le dibujó una esvástica en el
periódico? –preguntó la chica, a quien parecía costarle seguirle el ritmo.
– Algo así. Por eso necesito hablar con la
persona encargada del reparto.
– Creo que será mejor que hable con mi
supervisor.
– De acuerdo. Pero antes quiero el nombre y
el teléfono de la persona que efectúa los repartos en mi edificio.
La mujer vaciló, y Ricky pudo oír cómo
revolvía unos papeles.
Luego hubo una serie de repiqueteos de
teclas de fondo. Cuando ella volvió a hablar fue para leer el nombre de un
supervisor de ruta, un conductor, sus números de teléfono y sus direcciones.
– Me gustaría que hablara con mi supervisor
–dijo tras darle la información.
– Pídale que me llame –respondió Ricky antes
de colgar.
En unos segundos estaba llamando al número
que acababan de darle. Le contestó otra mujer.
– Reparto de Prensa.
– Con el señor Ortiz, por favor –pidió con
educación.
– Ortiz está en la zona de carga. ¿De qué se
trata?
– Un problema con el reparto.
– ¿Ha llamado a Envíos?
– Sí. Es cómo conseguí este número y su
nombre.
– ¿De qué clase de problema se trata?
– ¿Qué le parece si comento eso con el señor
Ortiz?
– A lo mejor no vuelve hasta mañana –repuso
la mujer tras un momento de duda.
– ¿Por qué no lo comprueba? –sugirió Ricky
con frialdad–. De este modo podemos evitar una situación tan innecesaria como
desagradable.
– ¿Qué clase de situación desagradable?
–preguntó la mujer, a la defensiva.
– Pues que me presentara ahí acompañado de
un policía y tal vez de mi abogado. –Ricky se marcó un farol con su mejor tono
patricio de «soy un varón blanco rico y el mundo me pertenece».
La mujer hizo una pausa.
– Espere un momento –dijo después–. Avisaré
a Ortiz.
Unos segundos más tarde, un hombre con
acento hispano cogió el teléfono.
– Soy Ortiz. ¿Qué ocurre?
– Hacia las cinco y media de esta mañana
dejaron un ejemplar del Times en la puerta de mi casa, como todos los días
–explicó Ricky–. La única diferencia es que hoy alguien me ha puesto un mensaje
dentro del periódico, por eso llamo.
– No sé nada sobre...
– Señor Ortiz, no ha infringido ninguna ley
y no es usted quien me interesa. Pero si no coopera conmigo, montaré un buen
escándalo. Dicho de otro modo, todavía no tiene ningún problema, pero se lo
vaya crear a no ser que me dé unas cuantas respuestas útiles.
Ortiz intentó asimilar la amenaza de Ricky.
– No sé de ningún problema –aseguré–. Ese
tío me dijo que no habría ningún problema.
– Yo diría que mintió. Cuéntemelo –exigió
Ricky en voz baja.
– Enfilamos la
calle donde mi sobrino Carlos y yo tenemos repartos en seis edificios. Ésa es
nuestra ruta. Había una limusina negra aparcada en mitad de la calle con el
motor en marcha, esperándonos. Un hombre bajó y nos dijo que necesitaba un
periódico de ese edificio. Le pregunté por qué. Dijo que no era asunto mío y
que no me preocupase, que sólo quería dar una sorpresa a un viejo amigo en su
cumpleaños. Quería escribirle algo en el periódico.
– Continúe.
– Me dijo el piso y la puerta. Entonces sacó
un bolígrafo y escribió en una página del periódico. Lo hizo sobre el capó de
la limusina, pero no pude ver qué ponía.
–- ¿Había alguien más?
Ortiz reflexionó un momento.
– Bueno, tenía que haber alguien al volante,
eso seguro. Las ventanillas de la limusina eran oscuras, pero tal vez había
alguien más. El hombre miró dentro, como si comprobara con alguien si lo estaba
haciendo bien, y terminó, me devolvió el periódico y me dio veinte dólares...
– ¿Cuánto?
– Puede que fueran cien... –rectificó Ortiz
en tono vacilante.
– ¿Y luego qué?
– Hice lo que me pidió, dejar el periódico
en la puerta correcta.
– ¿Le esperaba fuera cuando salió?
– No. La limusina se había ido.
– ¿Podría describirme a ese hombre?
– Blanco, de traje oscuro, quizás azul.
Corbata. Ropa muy buena. Parecía un tío forrado. Sacó el billete de cien de un
fajo como si fura calderilla para un mendigo.
– ¿Y su aspecto?
– Gafas oscuras, no demasiado alto, con Un
cabello bastante curioso, como si se lo hubieran dejado caer sobre la cabeza.
– ¿Como si llevase peluquín?
– Si, podría haber sido un peluquín, y una
barbita, también. A lo mejor también era postiza. No era corpulento, pero sin
duda estaba bien alimentado. De unos treinta años... –Ortiz vaciló.
– ¿Qué?
– Recuerdo que las farolas se le reflejaban
en los zapatos. Los llevaba muy lustrados. Eran carísimos. Esos mocasines con
borlitas delante, ¿cómo se llaman?
– No lo sé. ¿Cree que podría reconocerlo si
lo viera?
– Lo dudo. La calle estaba muy oscura. La
única luz era la de las farolas, y me parece que miré más el billete de cien
que a él.
A Ricky eso le pareció razonable.
– ¿Anotó la matrícula de la limusina?
Ortiz tardó un momento en contestar.
– No, joder. No se me ocurrió. Mierda.
Debería haberlo hecho, ¿verdad?
– Sí –dijo Ricky. Pero sabía que no era
necesario, porque ya conocía al hombre que había estado esa mañana en la calle
esperando la furgoneta de reparto: era el abogado que decía llamarse Merlín.
A media mañana recibió una llamada
telefónica del director del Fiest Cape Bank, el hombre que guardaba el efectivo
que le quedaba en un cheque bancario a su nombre. El directivo del banco
parecía nervioso y alterado. Mientras hablaba, Ricky intentó recordar su cara,
pero no pudo, aunque estaba seguro de que lo había visto en persona alguna vez.
–
¿Doctor Starks? Soy Michael Thompson, del banco. Hablamos el otro día.
– Sí.
Me está guardando un dinero ¿verdad?
– Lo tengo bajo llave en el cajón de mi
escritorio. No le llamo por eso. Ha habido un movimiento inusual en su cuenta.
–
¿Qué clase de movimiento inusual? – quiso saber Ricky. El hombre pareció
reflexionar antes de contestar.
– Bueno, no me gusta especular. pero parece
que han intentado acceder a su cuenta sin autorización,
– ¿De qué modo?
Pareció dudar de nuevo.
– Bueno, como ya sabe, estos últimos años
hemos incorporado la banca electrónica, como todo el mundo. Pero como somos una
entidad pequeña y localizada..., bien, nos gusta consideramos anticuados en
muchos sentidos...
Ricky sabía que esas palabras eran el
eslogan publicitario del banco. También sabía que el consejo de administración
del banco acogería con entusiasmo cualquier absorción por parte de uno de los
megabancos el día en que le llegara alguna oferta lo bastante jugosa,
– Sí –afirmó–. Ése ha sido siempre uno de
los mayores atractivos que ofrecen a los clientes.
– Gracias. Nos gusta pensar que ofrecemos un
servicio personalizado.
– Pero ¿qué hay de ese acceso sin
autorización?
– Poco después de haber cerrado la cuenta de
acuerdo con sus instrucciones, alguien quiso efectuar cambios en ella a través
de nuestros servicios de banca electrónica. Nos enteramos de estos intentos
porque un individuo llamó después de que el acceso les fuera denegado.
– ¿Llamaron?
– Alguien que afirmó ser usted.
– ¿Qué dijo?
– Era para quejarse. Pero en cuanto oyó que
la cuenta estaba cerrada, colgó. Fue todo muy misterioso y algo desconcertante,
porque nuestros registros informáticos indican que conocía su contraseña. ¿Se
la ha proporcionado a alguien?
– No –dijo Ricky, pero por un momento se
sintió idiota. Su contraseña era 37383, el equivalente en cifras de las letras
que componían la palabra FREUD, y era tan obvio que casi se sonrojó. Usar la
fecha de su cumpleaños podría haber sido peor, pero lo dudaba.
– Bueno, supongo que hizo bien en cerrar la
cuenta. Ricky reflexionó por un instante antes de preguntar:
– ¿Tiene alguna forma de rastrear el número
de teléfono o el ordenador que se usó para intentar acceder a mi cuenta?
El hombre vaciló.
– Pues sí –dijo–. Pero la mayoría de
ladrones electrónicos saben burlar a los investigadores. Usan ordenadores
robados, códigos de teléfono ilegales y ese cipo de cosas para ocultar su
identidad. A veces el FBI tiene éxito, pero disponen del sistema de seguridad
informático más sofisticado del mundo. Nuestro sistema local es bastante menos
efectivo. Y no se produjo ningún robo, de modo que la responsabilidad penal es
limitada. La ley nos exige que informemos del intento a las autoridades
bancarias, pero se tratará sólo de una entrada más en lo que lamentablemente es
un archivo creciente. De todos modos, pediré que se ejecute ese programa para
usted. Aunque no creo que nos lleve a ninguna parte. Los ladrones de banca
electrónica son muy listos. Solemos acabar en un callejón sin salida.
– ¿Podría intentado y decirme cómo ha ido,
por favor? Enseguida. Tengo algunas limitaciones de tiempo –dijo Ricky.
– Lo probaremos y le llamaremos –contestó el
hombre antes de colgar.
Ricky se reclinó en la silla y se permitió
la fantasía de que el banco le daría un nombre y un número de teléfono y que
así descubriría la identidad de su torturador. Luego sacudió la cabeza, porque no se imaginaba que Rumplestiltskin,
tan meticuloso y precavido en todo, cometiera un error tan simple. Era más
probable que hubiese accedido a esa cuenta y hecho la llamada posterior con la
precisa intención de proporcionar a Ricky un camino a seguir. Esa idea le
preocupó.
Aun así, a medida que el día empezó a
escapársele de las manos, Ricky se percató de que sabía mucho más sobre el
hombre que lo acechaba. La pista de Rumplestiltskin en el poema había sido
curiosamente generosa, en especial para alguien que había insistido al
principio en que sus preguntas pudieron contestarse con un «sí» o un «no». La
respuesta había acortado mucho la distancia que le separaba del nombre del
hombre. Veinte años atrás lo situaban en un período entre 1978 y 1983. Y su
paciente era una mujer soltera, lo que descartaba bastante gente. Ahora tenía
una base para trabajar.
Se dijo que sólo necesitaba reconstruir
cinco años de terapias.
Examinar todas las pacientes femeninas de
ese período. En algún lugar estaría la mujer que poseía la combinación adecuada
de neurosis y trastornos que habría sido dirigida después al niño.
«Encuentra la psicosis en flor», pensó.
Siguiendo su formación y su costumbre, se
sentó e intentó aislarse para recordar.
« ¿Quién era yo hace veinte años? –se
preguntó–. ¿A quién trataba?»
El psicoanálisis tiene un principio que está
en la base de toda terapia: todo el mundo lo recuerda todo. Puede que no se
recuerde con precisión fotográfica, que las percepciones y las reacciones estén
enturbiadas o sesgadas por todo tipo de fuerzas emocionales, que los hechos
recordados con claridad sean en realidad turbios pero, cuando por fin se
revisa, todo el mundo lo recuerda todo. Las heridas y los temores pueden
acechar escondidos bajo capas de estrés, pero están ahí y pueden encontrarse,
por muy potentes que sean las energías psicológicas de la negación. Ricky, era
partidario de este proceso de eliminación de capas para llegar al meollo de los
recuerdos y descubrir la capa dura de debajo.
Así pues, empezó a sondear su propia
memoria. De vez en cuando lanzaba una mirada a los retazos de notas que
constituían sus archivos, enfadado consigo mismo por no ser más preciso. A
cualquier otro médico, enfrentado con un asunto de años anteriores, le bastaría
con quitar el polvo a una carpeta y extraer de ella los datos necesarios. Pero
su tarea era mucho más compleja, porque todas sus carpetas estaban archivadas
en su memoria. Aun así, Ricky sintió que podía lograrlo. Muy concentrado, con
un bloc en el regazo, se dedicó a reconstruir su pasado.
Una tras otra, fueron cobrando forma
imágenes de personas. Era un poco como intentar conversar con fantasmas.
Descartó a los hombres para dejar sólo a las
mujeres. Los nombres le acudieron despacio; de modo bastante curioso, casi era
más fácil recordar las quejas. Anotó en el bloc cada imagen de una paciente,
cada detalle sobre un tratamiento. Todavía era disperso, inconexo, ineficiente
y poco coherente, pero se dijo que estaba avanzando.
Cuando alzó los ojos, la consulta se había
llenado de sombras. El día había pasado mientras él estaba absorto. En las
hojas que tenía delante había plasmado doce recuerdos distintos del período en
cuestión. En esa época, dieciocho mujeres como mínimo habían hecho algún tipo
de terapia con él. Era una cifra manejable, pero le preocupaba que hubiera
otras que era incapaz de recordar. Del grupo que recordaba, sólo tenía el
nombre de la mitad. Y se trataba de pacientes de mucho tiempo. Tenía la
inquietante sensación de que la madre de Rumplestiltskin era una mujer a la que
sólo había visto brevemente.
La memoria y los recuerdos eran como las
amantes de Ricky: ahora le parecían esquivas y veleidosas.
Al levantarse de la silla, tenía las
rodillas y los hombros entumecidos. Se estiró despacio, se agachó y se frotó la
recalcitrante rodilla, como si pudiera vigorizarla. Se dio cuenta de que no
había probado bocado en todo el día y, de repente, se sintió hambriento. No
tenía demasiadas cosas para preparar en la cocina, y se volvió para mirar por
la ventana la noche que caía sobre la ciudad, a sabiendas de que tendría que
salir a comprar algo. La idea de salir de casa casi apagó su hambre y le secó
la garganta.
Era una reacción curiosa. Había tenido tan
pocos miedos en la vida, tan pocas dudas. Ahora, el mero hecho de salir de casa
le hacía vacilar. Pero se armó de valor y decidió dirigirse dos manzanas al
sur, a un bar donde podría tomar un bocadillo. No sabía si le estarían
vigilando (esto se estaba convirtiendo en una duda constante para él), pero
decidió ignorar la sensación y continuar. Y se recordó que había hecho
progresos.
El calor de la calle pareció abofetearle,
como si hubiera encendido una estufa de gris en su cara. Caminó las dos
manzanas como un soldado, con la mirada al frente. El local estaba a mitad de
la manzana, con media docena de mesitas fuera en verano y un interior estrecho
y mal iluminado, una barra situada en un lado y otras diez mesa apiñadas en el
resto del espacio. Había una mezcla de adornos en las paredes que iban desde
recuerdos deportivos hasta pósters de Broadway, fotografías de actores y
actrices y algún que otro político. Era como si el local no hubiese logrado
forjarse del todo una identidad como punto de reunión de un grupo concreto y,
por ello, procurara satisfacer a una clientela diversa creando un batiburrillo
en su interior. Pero la cocina, como en muchos sitios parecidos de Manhattan,
preparaba una hamburguesa y un bocadillo de carne con queso más que aceptables
y de vez en cuando, incluía algún plato de pasta en el menú, todo a precios
bastante económicos, algo en lo que Ricky no pensó hasta entrar por la puerta.
Ya no tenía ninguna tarjeta de crédito disponible, y su efectivo era escaso.
Tomó nota mentalmente de que debía empezar a nevar cheques de viaje encima.
El interior del local estaba en penumbra, y
parpadeó para que sus ojos se habituasen a la luz mortecina. Había unas cuantas
personas en el bar y una mesa o dos vacías. Una camarera de mediana edad lo vio
vacilar.
– ¿Quieres cenar, cariño? –le preguntó con
una familiaridad que parecía fuera de lugar en un bar que favorecía el
anonimato.
– Sí –contestó.
– ¿Mesa para uno? –Su tono indicaba que
sabía que iba solo y que comía solo todas las noches, pero que alguna cortesía
anticuada, fuera de lugar en la gran ciudad, le exigía hacer esa pregunta.
– Sí otra vez.
– ¿Prefieres sentarte a la barra o a una
mesa?
– Una mesa. A ser posible, en el fondo.
La camarera se giró, vio una vacía en la
parte de atrás y asintió.
– Sígueme –indicó. Lo condujo hasta una mesa
y abrió un menú delante de Ricky–. ¿Algo de beber?
– Una copa de vino. Tinto, por favor.
– Marchando. El especial del día son los
linguini con salmón. Están de rechupete.
Ricky observó cómo la camarera se dirigía
hacia la barra. El menú tenía cubiertas de plástico y era mucho más grande
físicamente de lo necesario para una modesta selección que ofrecía. Ricky
estudió la lista de hamburguesas y de entrantes descritos con un florido
entusiasmo literario que quería ocultar la simplicidad de su realidad. Dejó el
menú sobre la mesa, a la espera de que la camarera le sirviese el vino. La
chica había desaparecido; seguramente había ido a la cocina.
En su lugar, delante de él, estaba Virgil.
Sostenía en las manos dos copas de vino
tinto. Vestía unos vaqueros desteñidos y una camiseta lila, y llevaba bajo el
brazo un caro portafolios de piel color caoba. Dejó las bebidas en la mesa,
apartó una silla y se sentó frente a él. Alargó la mano y le arrebató el menú.
– Ya he pedido el especial para los dos
–dijo con una sonrisita seductora–. La camarera tiene toda la razón: está de
rechupete.
12
La sorpresa lo atenazaba, pero no reaccionó
exteriormente. Miró con dureza a la joven, con esa inexpresiva cara de póquer
que tan bien conocían sus pacientes.
– ¿Así que crees que el salmón será fresco?
–se limitó a decir.
– Seguro que da coletazos y boqueadas
–contestó Virgil.
– Eso parecería apropiado.
La joven bebió un sorbo de vino. Ricky
apartó su vaso a un lado y bebió agua.
– Con la pasta y el pescado se bebe vino
blanco –indicó Virgil–. Pero bueno, no estamos en la clase de lugar que sigue
las normas, ¿no? No me imagino a ningún sumiller que se acerque con ceño para
comentarnos lo inadecuado de nuestra elección.
– Yo tampoco contestó Ricky.
Virgil continuó hablando con rapidez pero
sin ningún nerviosismo. Sonaba más bien como un niño entusiasmado por su
cumpleaños.
– Por otra, parte, beber cinto da un aire
más despreocupado, ¿no crees, Ricky? Un atrevimiento que sugiere que, en
realidad, no nos importa lo que digan las convenciones y hacemos lo que
queremos. ¿Puedes sentir eso, Ricky? Me refiero a cierto espíritu de aventura y
anarquía, a alejarse de las normas. ¿Qué opinas?
– Opino que las normas están cambiando todo
el rato.
– ¿Las de etiqueta?
– ¿Estamos hablando de eso? –repuso.
Virgil sacudió la cabeza, con lo que su
melena rubia se agitó seductora. Echó un poco la cabeza atrás para reír y Ricky
pudo ver su cuello largo y atractivo.
– No, claro que no, Ricky. En eso tienes
razón.
La camarera les llevó una cestita de mimbre
llena de panecillos y mantequilla, lo que les sumió en un silencio glacial, un
momento de complicidad compartida. Cuando la camarera se marchó. Virgil cogió
un panecillo.
– Estoy hambrienta –afirmó.
– ¿Arruinarme la vida quema calorías?
–repuso Ricky.
– Eso parece –sonrió ella–. Me gusta, de
verdad. ¿Cómo deberíamos llamarlo, doctor? ¿Qué tal «diera de la destrucción?
¿Te gusta? Podríamos amasar una fortuna y marcharnos a alguna exótica isla
paradisíaca, solos tú y yo.
– No me parece –soltó Ricky con aspereza.
– Lo imaginaba –contestó Virgil mientras
untaba el panecillo con abundante mantequilla. Mordió la punta con un cuido
crujiente.
– ¿Por que estás aquí? –preguntó Ricky en
voz baja, calmada, pero que contenía toda la insistencia que podía imprimirle–.
Tú y tu jefe parecéis tener muy bien planeada mi ruina. Paso a paso. ¿Has
venido a burlarte de mí? ¿A añadir un poco de tormento a su juego?
– Nadie ha descrito nunca mi compañía como
un tormento–dijo Virgil con fingida expresión de sorpresa–. Querría pensar que
la encontrabas, si no agradable, por lo menos interesante. Y piensa en tu
propia situación, Ricky. Viniste aquí solo, viejo, nervioso, lleno de dudas y
ansiedad. Quien se hubiera dignado siquiera a mirarte habría sentido una
lástima fugaz y habría seguido comiendo y bebiendo sin hacer caso del anciano
en que te has convertido. Pero todo eso cambia cuando yo estoy sentada frente a
ti. De repente ya no eres tan previsible, ¿verdad? –Sonrió–. No puede ser tan
malo.
Ricky sacudió la cabeza. Se le había hecho
un nudo en el estómago y tenía mal sabor de boca..
– Mi vida... –empezó.
– Tu vida ha cambiado. Y seguirá cambiando.
Por lo menos durante unos días más. Y entonces... Bueno, ése es el problema,
¿no?
– ¿Disfrutas con esto? –preguntó Ricky–.
¿Con verme sufrir? Es curioso porque no te habría tomado por una sádica tan
entregada. A tu señor R puede que sí, pero no estoy tan seguro sobre él porque
sigue un poco distante. Aunque acercándose, supongo. Pero tú, señorita Virgil,
no creía que poseyeras la psicopatología necesaria. Claro que podría
equivocarme. Y de eso se trata, ¿no? De cuándo me equivoqué en algo, ¿no es
así?
Ricky bebió un sorbo de agua con la
esperanza de haber inducido a la joven a revelarle algo. Por un instante vio
que la cólera le dibujaba unas arruguitas en las comisuras de los ojos y unas
minúsculas señales oscuras en las de los labios. Pero se recobró y ondeó el
panecillo a medio comer en el aire que los separaba como si desechara sus
palabras.
– Interpretas mal mi función, Ricky.
– Vuelve a explicármela.
– Todo el mundo necesita un guía que lo
lleve hacia el infierno, Ricky. Ya te lo dije.
– Lo recuerdo.
– Alguien que te conduzca por las costas
rocosas y los bajíos escondidos del averno.
– Y tú eres ese alguien, ya lo sé. Me lo
dijiste.
– Bueno, ¿estás ya en el infierno, Ricky?
Él se encogió de hombros buscando
enfurecerla. No lo logró.
– ¿Quizá llamando a las puertas del
infierno? –sonrió la joven. Ricky sacudió la cabeza, pero ella lo ignoró.
– Eres un hombre orgulloso, doctor Ricky. Te
duele perder el control de tu vida, ¿no? Demasiado orgulloso. Y todos sabemos
lo que sigue directamente al orgullo. Oye, este vino no está mal. Deberías
probarlo.
Ricky tomó su copa y se la llevó a los
labios, pero habló en lugar de beber:
– ¿Eres feliz delinquiendo, Virgil?
– ¿Qué te hace pensar que he cometido algún
delito, doctor?
– Todo lo que tu jefe y tú habéis hecho es
delictivo. Todo lo que habéis planeado lo es.
– ¿De veras? Creía que eras experto en
neurosis de la clase alta y ansiedad de la clase media alta. Pero supongo que
estos últimos días has desarrollado una vena forense.
Ricky dudó. No le gustaba jugar a las
cartas. El psicoanalista las reparte despacio, en busca de reacciones,
intentando propiciar recuerdos, pero sin participar. Sin embargo, tenía muy
poco tiempo, y mientras observaba cómo la joven cambiaba de postura en la
silla, no estuvo del todo seguro de que esa reunión fuera tal como el esquivo
señor R había previsto. Sintió cierta satisfacción al pensar que estaba
desbaratando las consecuencias precisas, aunque sólo fuera un poco.
– Por supuesto –afirmó–. Hasta ahora habéis
cometido varios delitos graves, empezando por el posible asesinato de Roger
Zimmerman.
– La policía lo ha considerado un suicidio.
– Conseguisteis que un asesinato pareciera
un suicidio. Estoy convencido.
– Bueno, si vas a ser tan obstinado, no
intentaré que cambies de opinión. Pero creía que tener una actitud abierta era
una característica de tu profesión.
Ricky no hizo caso de esa pulla e insistió.
–También robo y fraude.
– Oh, dudo que haya alguna prueba de ello,
Es un poco como lo del árbol que cae en el bosque: si no hay nadie presente,
¿hace ruido? Si no existe prueba, ¿tuvo realmente lugar un delito? Y si la hay,
está en el ciberespacio, junto con tu dinero.
– Por no mencionar tu pequeña difamación con
esa denuncia falsa a la Sociedad Psicoanalítica. Fuiste tú, ¿verdad? Engañaste
a ese idiota de Boston con una actuación muy elaborada. ¿También te quitaste la
ropa para él?
Ella se apartó de nuevo el cabello de la
cara y se retrepó en la silla.
– No fue necesario. Es uno de esos hombres
que se comportan como cachorros cuando les reprochas algo. Se pone boca arriba
y expone los genitales con unos patéticos gemidos. ¿No es sorprendente lo mucho
que puede creer una persona cuando quiere creer?
– Limpiaré mi reputación –le espetó Ricky.
– Para eso tienes que estar vivo, y ahora
mismo tengo mis dudas. –Virgil sonrió.
Él no contestó porque también tenía sus
dudas. Vio que la camarera se acercaba con los platos. Los puso en la mesa y
les preguntó si deseaban algo más. Virgil pidió Un segundo vaso de vino, pero
Ricky negó con la cabeza.
– Eso está bien –afirmó Virgil cuando la
camarera se marchó–. Mantente despejado.
Ricky observó la comida humeante frente a
él.
– ¿Por qué estás ayudando a ese hombre?
–preguntó de pronto–, ¿Qué ganas tú con ello? ¿Por qué no te olvidas de toda
esta patraña, dejas de portarte como una idiota y vas conmigo a la policía?
Podríamos detener este juego y yo me encargaría de que recuperaras alguna
apariencia de vida normal. Sin cargos. Podría hacerla.
Virgil mantuvo la mirada en el plato
mientras Con el tenedor jugueteaba con la pasta y el trozo de salmón. Cuando
levantó la mirada para encontrarse con la de Ricky, sus ojos apenas ocultaban
la rabia.
– ¿Tú te encargarías de que volviera a tener
una vida normal? ¿Eres mago? Y ¿qué te
hace pensar que una vida normal sea tan maravillosa?
– Si no eres una delincuente, ¿por qué estás
ayudando a uno? –insistió él, sin hacer caso a su pregunta–. Si no eres una
sádica, ¿por qué trabajas para uno? Si no eres una psicópata, ¿por qué te unes
uno? Y si no eres una asesina, ¿por qué ayudas a uno?
Virgil lo siguió mirando. Toda la
excentricidad y la vivacidad despreocupada de su actitud habían desaparecido,
sustituidas por una repentina severidad glacial.
– Quizá porque me paga bien –dijo despacio–.
Hoy en día hay mucha gente dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero.
¿Podrías creer eso de mí?
– Me costaría –contestó Ricky, prudente,
aunque probablemente no le costaría nada.
– Así que descartas el dinero como mi móvil.
¿Sabes?, no estoy segura de que debas hacerla. –Meneó la cabeza–. ¿Otro motivo
tal vez? ¿Qué otros motivos podría tener? Tú debes ser el experto en ese
terreno. ¿No define bastante bien lo que haces el concepto «búsqueda de
motivos»? ¿Y no forma también parte del juego que estamos practicando? Vamos,
Ricky. Ya hemos tenido dos sesiones juntos. Si no es el dinero, ¿cuál es mi
motivo?
– No te conozco suficiente... –empezó sin
convicción mientras la miraba con dureza. La joven dejó el cuchillo y el
tenedor con una lentitud que indicaba que no le gustaba esta respuesta.
– Hazlo mejor, Ricky. Por mí. Después de
todo, a mi modo, estoy aquí para guiarte. El problema es que la palabra «guía»
tiene connotaciones positivas que pueden ser incorrectas. Puede que tenga que
dirigirte hacia dónde no quieras ir. Pero una cosa sí es segura: sin mí no te
acercarás a una respuesta, lo que significará tu muerte, o la de alguien
cercano a ti y que no sabe nada de todo esto. Y morir a ciegas es estúpido,
Ricky. Un crimen peor en cierto sentido. Así que contesta a mi pregunta: ¿qué
otros motivos podría tener?
– Me odias. Tanto como ese R, sólo que no sé
por qué.
– El odio es una emoción imprecisa, Ricky.
¿Crees que la conoces?
– Es algo acerca de lo que oigo todos los
días en mi consulta.
– No, no, no. –Virgil sacudió la cabeza–.
Oyes hablar de cólera y frustración, que son elementos secundarios del odio.
Oyes hablar de abuso y crueldad, que también tienen papeles destacados en ese
escenario, pero que son sólo comparsas. Y, sobre todo, oyes hablar de
inconveniencias. Las aburridas y monótonas inconveniencias de siempre. Y eso
guarda tan poca relación con el puro odio como una aislada nube negra con una
tormenta. Esa nube tiene que unirse a otras y crecer vertiginosamente antes de
descargar.
– Pero tú…
– No te odio Ricky. Aunque quizá podría
llegar a hacerlo. Prueba con otra cosa.
No se lo creyó en absoluto, pero en ese
momento se sentía perdido al intentar dar con una respuesta. Inspiró con
fuerza.
– Amor, entonces. –soltó Ricky de repente.
– ¿Amor? – Virgil sonrió de nuevo.
– Intervienes porque estás enamorada de ese
hombre, Rumplestiltskin.
– Es una idea curiosa. Sobre todo porque te
dije que no sé quién es. Nunca lo he visto.
– Sí, ya me lo dijiste. Pero no me lo creo.
– Amor. Odio. Dinero. ¿Son los únicos
motivos que se te ocurren?
– Acaso miedo –aventuró Ricky tras dudar.
– Eso está bien pensado, Ricky –asintió
ella–. El miedo puede provocar todo tipo de comportamiento inusual, ¿verdad?
– Sí.
– ¿Sugiere tu análisis que tal vez el señor
R me amenace de algún modo? ¿Como un secuestrador que obliga a sus víctimas a
desembolsar dinero con la patética esperanza de que les devuelva al perro, al
hijo o a quien sea que se haya llevado? ¿Me comporto como una persona a la que
piden que actúe en contra de su voluntad?
– No –admitió Ricky.
– Muy bien. ¿Sabes, Ricky?, eres un hombre
que no aprovecha las oportunidades que se le presentan. Es la segunda vez que
me he sentado frente a ti, y en lugar de intentar ayudarte a ti mismo, me has
suplicado que te ayude, cuando no tienes nada que te haga merecedor de mi
colaboración. Debería haberlo previsto, pero tenía esperanzas. De verdad. Ya no
muchas, sin embargo... –Agitó la mano en el aire para descartar una respuesta–.
Vamos al grano. ¿Recibiste la respuesta a tus preguntas en el periódico de esta
mañana?
– Sí –confirmó Ricky tras una pausa.
– Perfecto. Es por eso que me ha enviado
aquí esta noche. Para comprobarlo. Pensó que no sería justo que no recibieras
las respuestas que estabas buscando. Me sorprendió, por supuesto. El señor R ha
decidido acercarte mucho a él. Más de lo que a mí me parecería prudente. Elige
bien tus próximas preguntas, Ricky, si quieres ganar. Me parece que te ha dado
una gran oportunidad. Pero mañana por la mañana sólo te quedará una semana.
Siete días y dos preguntas más.
– Sé el tiempo que tengo.
– ¿De verdad? Creo que aún no lo has
captado. Aún no. Pero, ya que hemos estado hablando sobre motivaciones, el
señor R te manda algo para ayudarte a acelerar el ritmo de tu investigación.
Virgil se agachó y levantó el portafolios,
que había dejado en el suelo. Lo abrió con lentitud y sacó un sobre de papel
manila parecido a los otros que Ricky había recibido. Se lo tendió por encima
de la mesa. –Ábrelo –dijo–. Está lleno de motivación.
Ricky lo hizo. Contenía media docena de
fotografías en blanco y negro de 20x 25. Las sacó y las examinó. Había tres
sujetos distintos, cada uno en el centro de dos fotografías. Las primeras
instantáneas eran de una joven de unos dieciséis años, de vaqueros y con una
camiseta manchada de sudor; llevaba un cinturón de herramientas a la cintura y
empuñaba un martillo. Parecía estar trabajando en unas obras. Las dos
fotografías siguientes eran de otra chica, más joven, de unos doce años que
remaba en una canoa en un lago de una región boscosa. La primera instantánea
tenía mucho grano, mientras que la segunda, tomada al parecer con un
teleobjetivo, era un primer plano tan cercano que permitía verle el aparato
corrector en la boca. Y, por último, dos más de otro adolescente, un muchacho
de pelo largo y sonrisa despreocupada que hablaba con un vendedor ambulante en
lo que parecía una calle de París.
Las seis fotografías tenían todo el aspecto
de haber sido tomadas sin que los que aparecían en ellas lo supieran.
Ricky las observó con atención y alzó los
ojos hacia Virgil. La joven ya no sonreía.
– ¿Reconoces a alguien? –preguntó con
frialdad. Ricky negó con la cabeza.
– Vives en un aislamiento increíble, Ricky.
Míralas un poco más. ¿Sabes quiénes son estos chicos?
– No. No lo sé.
– Son fotografías de algunos de tus
parientes lejanos. Cada uno de esos chicos está en la lista de nombres que el
señor R te envió al principio del juego.
Ricky observó de nuevo las fotografías.
– París, Francia, Habitat for Humanity,
Honduras, y el lago Winnipesaukee en Nueva Hampshire –enumeró ella–. Tres
chicos de veraneo. Igual que tú.
Ricky asintió.
– ¿Ves lo vulnerables que son? ¿Crees que
costó demasiado sacarles esas fotos? ¿Podría cambiar alguien la cámara por un
fusil de largo alcance? ¿Sería fácil eliminar a alguno de esos chicos del
ambiente que están disfrutando? ¿Crees que alguno de ellos tiene idea de lo
cerca que podría estar de la muerte? ¿Imaginas que alguno tiene siquiera la más
remota sospecha de que su vida podría terminar de modo repentino y sangriento
en siete breves días? –Virgil señaló las fotografías–. Échales otro vistazo,
Ricky –pidió. Esperó a que él asimilara las imágenes y luego alargó la mano
hacia las fotografías–. Creo que bastará con que conserves los retratos
mentales, Ricky. Métete en la cabeza las sonrisas de esos chicos. Intenta
imaginar las sonrisas que podrían esbozar en el futuro cuando crezcan y lleguen
a ser adultos. ¿Qué clase de vida podrían tener? ¿En qué clase de personas se
convertirían? ¿Le robarás el futuro a uno de ellos, o a alguien como ellos, con
tu empeño en aferrarte a los pocos y patéticos años que te quedan? –Hizo una
pausa y luego, con la rapidez de una serpiente, le arrebató las fotografías de
las manos–. Yo me las quedaré –comentó mientras volvía a guardadas en el
portafolios. Apartó la silla a la vez que dejaba caer un billete de cien
dólares sobre el plato a medio comer–. Me has hecho perder el apetito –dijo–.
Pero sé que tu situación financiera se ha deteriorado. Así que invito yo.
Se volvió hacia la camarera, que estaba en
una mesa cercana.
– ¿Tienen pastel de chocolate? –preguntó.
– De queso con chocolate –respondió la
mujer.
Virgil asintió.
–Tráigale un trozo a mi amigo –pidió–. Su
vida se ha vuelto amarga de repente y necesita algo dulce para superar los
próximos días.
Luego se giró y se marchó. Ricky se quedó
solo. Cogió el vaso de agua y la mano le tembló, haciendo vibrar los cubitos.
Volvió a casa en la oscuridad creciente de
la ciudad, en un aislamiento casi total.
El mundo a su alrededor parecía una
desaprobación llena de conexiones, un fastidio casi constante de gente que se
encontraba con gente en la interacción de la existencia. Sintió que era casi
invisible a su paso por las calles de vuelta a casa. Casi transparente. Nadie
que pasara a su lado a pie o en coche, ni una sola persona, repararía en él en
su visión del mundo. Su rostro, su aspecto, su ser, no significaban nada para
nadie salvo para el hombre que lo acechaba. Y su muerte se había convertido en
algo de, y nunca mejor dicho, vital importancia para un familiar anónimo.
Rumplestiltskin, y en su nombre Virgil y Merlín, y puede que otros personajes
que todavía no conocía, eran puentes entre la vida y la muerte. Ricky tenía la
impresión de haber entrado en el infierno que ocupaban las personas a las que
un médico había dado el peor diagnóstico o a las que un juez había fijado la
fecha de su ejecución, las pocas que conocían el día de su muerte. Notaba una
especie de nube de desesperación suspendida sobre su cabeza. Recordó el famoso
personaje de dibujos animados de su juventud, el fabuloso Joe Bflspk de Al
Capp, condenado a caminar bajo una nube de lluvia personal de la que caían
gotas de agua y relámpagos allá donde fuera.
Las caras de los tres adolescentes de las
fotografías eran como fantasmas para él: etéreas, diáfanas. Sabía que tenía que
rodeados de sustancia para que le resultaran reales. Le hubiera gustado conocer
su nombre, y sabía también que tenía que tomar algunas medidas para
protegerlos. Mientras fijaba sus caras en su memoria reciente, apretó el paso.
Vio el aparato corrector en una sonrisa, la melena, el sudor del esfuerzo
desinteresado, y a medida que veía cada fotografía con la misma claridad que
cuando Virgil se las había enseñado en el restaurante, sus músculos se tensaron
y se dio más prisa. Oía el repiqueteo de sus zapatos en la acera, casi como si
el sonido procediera de algún lugar ajeno a su vida, hasta que reparó en que
casi estaba corriendo. Algo se desató en su interior, y se dejó vencer por una
sensación que no reconoció, pero que para los que se apartaban a un lado para
dejarlo pasar debía de parecer verdadero pánico.
Ricky corrió, y el aire no le llegaba a los
pulmones y le raspaba los labios. Una manzana después de otra, sin detenerse
para cruzar las calles y dejando a su paso un estallido de cláxones de taxis y
palabrotas, sin ver ni oír, con la cabeza llena sólo de imágenes de muerte. No
redujo la velocidad hasta que vio la entrada de su casa. Entonces se detuvo y
se agachó para tomar aliento, con los ojos escocidos de sudor. Permaneció así,
intentando recobrarse durante lo que parecieron varios minutos, eliminándolo
todo salvo el calor y el dolor muscular, sin oír otra cosa que su respiración
dificultosa.
«No estoy solo», pensó cuando levantó por
fin los ojos.
No era una sensación distinta a la
experimentada los últimos días al verse desbordado por esa misma ansiedad. Era
casi previsible, basada sólo en una brusca paranoia. Intentó controlarse para
no rendirse a la sensación, casi como si no quisiera ceder a una pasión
secreta, con el antojo de comer un dulce o las ganas de fumar. No fue
capaz.
Se volvió rápidamente para descubrir a quien
lo estuviera observando, aunque sabía que eso era inútil. Sus ojos volaron de
los posibles sospechosos que paseaban sin prisas por la calle a las ventanas
vacías de los edificios cercanos. Fue girando como si buscase algún movimiento
delator que desenmascarase la persona encargada de vigilarlo, pero todas las
posibilidades parecían remotas, escurridizas.
Observó su casa. Se le ocurrió que alguien
la había allanado en su ausencia. Virgil había sido el cebo. Avanzó y se
detuvo, con un acopio de fuerza de voluntad, se obligó a controlar las
emociones que se revolvían en su interior y se ordenó conservar la calma,
concentrarse y estar atento. Inspiró hondo y se recordó que había muchas
probabilidades de que, en cuanto salía de su casa, con independencia del
motivo, Rumplestiltskin o sus secuaces se colaran en ella. Esa vulnerabilidad
no podía remediarse con una visita del cerrajero y había quedado demostrado el
otro día, cuando se había encontrado sin luces al negar.
Tenía el estómago tenso, como un atleta al
llegar a la meta. Pensó que todo lo que le había pasado operaba a dos niveles.
Cada mensaje j de Rumplestiltskin era a la vez simbólico y literal.
Su casa ya no era segura.
Inmóvil en la calle frente a la casa en que
había vivido la mayoría de su vida adulta, Ricky se sonrió casi apabullado al
darse cuenta de que quizá no quedara ningún rincón de su existencia en el que
Rumplestiltskin no hubiera penetrado.
«Tengo que encontrar un lugar seguro», pensó
por primera vez. Sin tener idea de dónde podría descubrir tal sitio (si interna
o externamente), subió los peldaños de la entrada.
Para su sorpresa, no había ningún indicio de
intrusión. La puerta no estaba entornada. Las luces iban bien. El aire
acondicionado zumbaba de fondo. No tuvo la sensación abrumadora de temor ni la
intuición de que hubiera entrado nadie. Cerró la puerta con llave con alivio.
Sin embargo, el corazón le seguía palpitando y tenía el mismo temblor en las
manos que había notado antes en el restaurante, cuando Virgil se había ido.
Levantó una mano frente a la cara para comprobar la existencia de tics
nerviosos, pero tenía d pulso engañosamente firme. Ya no se fiaba de eso; era
casi como si pudiera notar que una flojedad se había apoderado de sus músculos
y tendones, y que en cualquier instante perdería el control.
El agotamiento alcanzaba hasta el último
rincón de su cuerpo con un rnartilleo terrible. Le costaba respirar, pero no
encendía por qué.
– Necesitas una buena noche de descanso –se
dijo en voz alta, y reconoció el tono que usaría con un paciente dirigido a sí
mismo––. Tienes que dormir, pensar y avanzar.
Por primera vez, se planteó coger el
recetario y prescribirse algún medicamento que le ayudara a relajarse. Sabía
que tenía que concentrarse y le parecía que eso le estaba resultando cada vez
más difícil. Detestaba las pastillas pero pensó que, por esta vez, podía
necesitarlas. Un antidepresivo. Un somnífero para descansar un poco. Y quizás
unas anfetaminas para concentrarse por la mañana y el resto de la semana hasta
que se cumpliera el plazo de Rumplestiltskin.
Ricky tenía en el escritorio un vademécum
que rara vez usaba y se dirigió hacia ahí con la idea de que la farmacia
abierta veinticuatro horas que había a un par de manzanas le mandaría a casa lo
que pidiera por teléfono. Ni siquiera tendría que aventurarse a salir.
Sentado tras el escritorio, repasó con
rapidez las entradas del vademécum y no tardó en decidir lo que necesitaba.
Encontró el recetario y, al llamar a la farmacia, leyó su número de colegiado
por primera vez en lo que le parecieron años. Tres fármacos distintos.
– ¿Nombre del paciente? –preguntó el
farmacéutico.
– Son para mí –dijo Ricky.
– No son medicamentos que puedan mezclarse,
doctor Starks –comentó el farmacéutico tras vacilar–. Debería ir con cuidado
con las dosis y las combinaciones.
– Descuide. Iré con cuidado.
– Sólo quería que supiera que una sobredosis
podría ser mortal.
– Ya lo sé –aseguró Ricky–. Pero cualquier
cosa tomada en exceso puede matarnos.
El farmacéutico lo consideró un chiste y
rió.
– Supongo que sí –contestó–. Pero con
algunas cosas te vas de este mundo con una sonrisa en los labios. El chico
estará en su casa antes de una hora. ¿Quiere que se lo anote en la cuenta? Hace
mucho que no la usa.
– Sí, gracias –dijo Ricky tras pensar un
momento. Sintió una punzada de dolor, como si el hombre le hubiese atravesado
el corazón con la pregunta más inocente del mundo. La última vez que había
usado la cuenta de la farmacia había sido cuando su mujer yacía agonizante y
había comprado morfina para que le enmascarara el dolor.
De eso hacía por lo menos tres años.
Aplastó el recuerdo mentalmente, e inspiró
hondo.
– Diga al chico que llame a la puerta tal
como voy a decirle, por favor: tres timbres cortos, tres timbres largos, tres
timbres cortos ––explicó–. De ese modo sabré que es él y abriré.
El farmacéutico pareció pensar un instante.
– ¿No es eso un SOS en código Morse?
–preguntó.
– Exacto –confirmó Ricky.
Colgó y se reclinó en la silla. Tenía la
cabeza llena de imágenes de su esposa en sus últimos días. Era demasiado
doloroso para él, así que sus ojos se dirigieron hacia el escritorio. Observó
que la lista de familiares que Rumplestiltskin le había enviado estaba situada
en un lugar destacado en el centro del cartapacio y, en un ofuscante momento de
duda, no recordó haberlo dejado en ese sitio. Alargó la mano despacio hacia la
hoja, pensando de repente en las imágenes de los adolescentes de las fotografías
que Virgil le había enseñado. Empezó a repasar los nombres para tratar de
relacionar las caras con las palabras, que se mostraban borrosas como un
espejismo en una carretera. Intentó serenarse, pensando que tenía que
establecer la relación, que era importante, que la vida de un inocente podría
correr peligro.
Mientras intentaba concentrarse, bajó la
mirada.
Se sintió súbitamente confuso. Empezó a
mirar alrededor con rapidez mientras lo asaltaba una inquietud terrible. Se le
secó la boca y, de golpe, sintió náuseas.
Recogió las notas, los blocs y demás papeles
de la mesa, buscando. Pero, a la vez, supo que lo que buscaba ya no estaba.
Alguien se había llevado de la mesa la carta
de Rumplestiltskin, la que describía los parámetros del juego y contenía la
primera pista. La prueba material de la amenaza a Ricky había desaparecido. Lo
único que quedaba, como supo de inmediato, era la realidad.
13
Tachó otro día con una equis en el
calendario y anotó dos números de teléfono en un bloc. El primero era el de la
detective Riggins. El segundo era uno que no usaba desde hacía años y, aunque
dudaba que siguiera en funcionamiento, había decidido probar de todos modos.
Era del doctor William Lewis. Veinticinco años antes, el doctor Lewis había
sido su mentor, el médico que psicoanalizó a Ricky mientras éste obtenía su
título. Es una faceta curiosa del psicoanálisis que cualquiera que quiera
practicarlo deba antes someterse a él un cirujano cardíaco no ofrecería su
propio tórax al bisturí como parte de su formación, pero un analista lo hace.
Esos dos números representaban polos
opuestos de ayuda. No estaba seguro de que ninguno de ellos pudiera
proporcionarle ninguna pero, a pesar de la recomendación de Rumplestiltskin de
que no contara los hechos a nadie, ya no creía poder evitarlo. Necesitaba
hablar con alguien. Pero ¿quién?
La detective contestó al segundo tono
anunciando simplemente y con brusquedad quién era:
– Riggins al aparato.
– Soy el doctor Frederick Starks. No sé si
se acordará pero la semana pasada hablamos sobre la muerte de uno de mis
pacientes.
Hubo un momento de duda que no obedecía a la
dificultad de reconocerlo, sino más bien a la sorpresa.
– Claro, doctor. Le mandé una copia de la
nota de suicidio que encontramos el otro día. Creía que eso dejaba las cosas
bastante claras. ¿Qué le preocupa ahora?
– ¿Podría hablar con usted sobre algunas de
las circunstancias que rodearon la muerte del señor Zimmerman?
– ¿Qué clase de circunstancias, doctor?
– Preferiría no comentarlo por teléfono.
– Eso suena muy melodramático, doctor.
–Soltó una risita–. De acuerdo. ¿Quiere venir aquí?
– Supongo que tendrán alguna sala donde
podamos hablar en privado.
– Por supuesto. Tenemos una horrible sala de
interrogatorio, donde obtenemos confesiones de los sospechosos. Más o menos lo
mismo que usted hace en su consulta, sólo que menos civilizado y más
expeditivo.
Ricky paró un taxi en la esquina y pidió que
le nevara unas diez manzanas al norte y le dejara en la esquina de Madison con
la Noventa y seis. Entró en la primera tienda que vio, una zapatería femenina,
dedicó noventa segundos exactos a examinar los zapatos a la vez que miraba con
disimulo por el escaparate a la espera de que cambiara el semáforo de la
esquina. En cuanto lo hizo, salió, cruzó la calle y paró otro taxi. Pidió al
conductor que se dirigiera al Sur hasta la estación Grand Central.
Grand Central no estaba demasiado abarrotada
para ser un mediodía de verano. Un flujo regular de gente se dispersaba por el
interior cavernoso hacia los trenes de cercanas o los enlaces del metro
evitando los esporádicos indigentes que cantaban o murmuraban cerca de las
entradas sin prestar atención a los grandes anuncios vibrantes que llenaban la
estación de una luz que parecía de otro mundo. Ricky se incorporó a la
corriente de personas que procuraba vacilar lo menos posible en su paso por la
estación. Era un lugar en que la gente intentaba no mostrar indecisión, y se
unió al desfile de personas decididas y resueltas con esa pétrea expresión
urbana que parecía servirles de armadura frente a los demás, de modo que todos
los que viajaban eran como una pequeña isla emocional, anclada interiormente,
que no iba a la deriva flotando, sino que se movía de modo constante en una
corriente diferenciada y reconocible. Él, por otro lado, carecía de rumbo pero
disimulaba. Tomó el primer metro que llegó, en dirección al oeste, viajó sólo
una parada y bajó deprisa para abandonar el sofocante andén y sumergirse en el
aire caliente de la calle y parar de nuevo el primer taxi que vio. Se aseguró
de que el coche estuviera orientado hacia el sur, que era el sentido contrario
al que se dirigía. Pidió al taxista que diera la vuelta a la manzana y bajara
por una calle lateral, en la que tuvo que abrirse paso entre camiones de
reparto sin que Ricky dejara de mirar por la ventanilla trasera para detectar
si alguien lo seguía.
Pensó que si Rumplestiltskin, Virgil, Merlín
o cualquier otro secuaz podía seguirlo a lo largo de esa ruta sin que él lo
viera, no tenía la .menor posibilidad. Se arrellanó en el asiento y viajó en
silencio hasta la comisaría de la Noventa y seis con Broadway.
Riggins se levantó cuando Ricky cruzó la
puerta de la oficina de detectives. Parecía menos exhausta que la primera vez
que se vieron, aunque su vestimenta no había cambiado demasiado: elegantes
pantalones oscuros, zapatillas de deporte, camisa de hombre azul celeste, y una
corbata roja anudada con holgura. La corbata rozaba la pistolera que llevaba en
el hombro izquierdo. A Ricky le pareció un aspecto de lo más curioso. La mujer
combinaba la ropa masculina con una presencia femenina: el maquillaje y el perfume
contradecían la masculinidad del atuendo. El cabello le caía en rizos lánguidos
sobre los hombros, pero las zapatillas de deporte delataban urgencia e
inmediatez.
Le estrechó la mano con firmeza.
– Me alegro de verle, doctor. Aunque debo
decir que es un poco inesperado.
Pareció valorar con rapidez su aspecto,
mirándolo de arriba a abajo como un sastre examina a un caballero poco en forma
que quiere encajarse un traje moderno y con estilo.
– Gracias por recibirme –empezó, pero ella
le interrumpió.
– Tiene un aspecto terrible, doctor. Quizá
se esté tomando demasiado en serio el pequeño enfrentamiento de Zimmerman con
el metro.
– No duermo muy bien –admitió Ricky a la vez
que meneaba la cabeza con una leve sonrisa.
– No me diga –contestó ella. Hizo un ademán
con el brazo en dirección a una sala anexa.
La sala de interrogatorios era lóbrega e
inquietante, un recinto es trecho desprovisto de cualquier adorno, con una mesa
metálica en el centro y tres sillas plegables de metal, iluminada por un
fluorescente. La mesa tenía la superficie de linóleo, estropeada con arañazos y
manchas de tinta. Ricky pensó en su consulta y, en particular, en el diván en
cómo cada objeto a la vista del paciente tenía un efecto en el análisis. Pensó
que esta sala, tan yerma como un paisaje lunar, era un lugar horrible para explicarse
pero, acto seguido, comprendió que las explicaciones que se daban en ese sitio
eran terribles de por si.
Riggins debió de percatarse del modo en que
examinaba la habitación porque dijo:
– El presupuesto oficial para decoración es
muy exiguo este año. Tuvimos que prescindir de los Picasso en las paredes y de
los muebles de Roche Bobois. –Señaló una de las sillas de metal–. Siéntese,
doctor. Cuénteme qué le preocupa. – La detective Riggins intentó contener una
sonrisa–, ¿No es eso más o menos lo que diría usted?
– Más o menos. Aunque no sé qué le resulta
tan divertido. Ella asintió y parte del humor de su voz desapareció.
– Disculpe –dijo–. Es la inversión de
papeles, doctor Starks. No solemos recibir profesionales destacados de la Zona
residencial. Solemos tratar con delitos bastante rutinarios y feos. Atracos en
su mayoría. Bandas. Indigentes que entablan peleas que acaban en homicidios.
¿Qué le preocupa tanto? Prometo tomármelo muy en serio.
– Le divierte verme...
– Estresado. Sí, lo admito.
– ¿No le gusta la psiquiatría?
– No. Tuve un hermano clínicamente deprimido
y esquizofrénico. Entró y salió de todas las instituciones mentales de la
ciudad, y todos los médicos hablaron y hablaron pero no lo ayudaron en
absoluto. Esta experiencia me predispuso en contra. Dejémoslo así.
Ricky esperó un momento y dijo:
– Mi mujer murió hace unos años de cáncer de
ovarios, pero yo no detesté a los oncólogos que no lograron salvarla. Detesté
la enfermedad.
–Touché –admitió Riggins.
Ricky no sabía muy bien por dónde empezar,
pero decidió que Zimmerman era un comienzo tan bueno como cualquier otro.
– Leí la nota de suicidio –comentó–. Para
serie franco, no sonaba demasiado a mi paciente. ¿Podría decirme dónde la
encontró? –Claro. –Riggins se encogió de hombros–. Estaba sobre la almohada de
su cama, en su casa. Bien doblada y colocada con cuidado; era imposible no
verla.
– ¿Quién la encontró?
– Pues yo. El día después de hablar con los
testigos y con usted, y de acabar con el papeleo, fui a casa de Zimmerman y la
vi en cuanto entré en su habitación.
– La madre de Zimmerman es inválida…
– Estaba tan consternada tras recibir la
llamada telefónica inicial que tuve que mandar una ambulancia para que la
llevara al hospital a pasar un par de noches. Creo que la van a trasladar a un
centro de viviendas con asistencia en el condado de Rockland en los próximos
días. El hermano se está encargando de eso. Por teléfono, desde California. No
parece muy afectado por lo ocurrido ni rebosar bondad humana, en especial en lo
que a su madre se refiere.
– A ver si lo entiendo. Llevan a la madre al
hospital y al día siguiente usted encuentra la nota.
– Exacto.
– Así que no tiene modo de saber cuándo
pusieron esa nota en la habitación, ¿verdad? La casa estuvo vacía bastante
tiempo.
La detective Riggins sonrió.
– Bueno, sé que Zimmerman no la puso después
de las tres de la tarde porque fue entonces cuando tomó ese tren antes de que
parara, lo que no es una idea nada acertada –comentó.
– Alguien más pudo ponerla ahí.
– Claro. Lo creería si yo fuese la clase de
persona que ve conspiraciones por todas partes y cree en la teoría de los
múltiples francotiradores en el asesinato de Kennedy. No era feliz y se lanzó a
la vía, doctor. Esas cosas pasan.
– Esa nota estaba mecanografiada –prosiguió
Ricky–. Y sin firmar, salvo a máquina.
– Sí. En eso tiene razón.
– Escrita en un ordenador, supongo.
– Bingo. Está empezando a sonar como un
detective, doctor.
– Creo haber oído en algún sitio que las
máquinas de escribir podían localizarse, que el modo en que las teclas golpean
el papel es reconocible –comentó Ricky tras pensar un momento–. ¿Pasa lo mismo
con una impresora?
– No. –Riggins meneó la cabeza.
– No sé demasiado sobre ordenadores –dijo
Ricky tras vacilar por un instante. Nunca los necesité en mi trabajo –prosiguió
con la mirada fija en la mujer, que parecía algo incómoda con sus preguntas–.
Pero ¿no conservan un registro interno de todo lo que se ha escrito en ellos?
– También acierta en eso. Normalmente en el
disco duro. Y ya veo dónde quiere llegar. No, no comprobé el ordenador personal
de Zimmerman para asegurarme de que hubiera escrito realmente la nota en él.
Tampoco verifiqué el ordenador de su trabajo. Un hombre se lanza a la vía del
metro y encuentro una nota de suicidio sobre su almohada en su casa. Esta
situación no incita a investigar más.
– En cuanto al ordenador del trabajo, mucha
gente podría acceder a él ¿verdad?
– Supongo que tendría una contraseña para
proteger sus archivos. Pero la respuesta es sí.
Ricky asintió y guardó silencio un momento.
Riggins se movió en la silla antes de
continuar:
– Dijo que quería hablar de las
«circunstancias» que rodearon su muerte. ¿Cuáles son?
Ricky inspiró hondo antes de contestar.
– Un pariente de una antigua paciente me ha
estado amenazando a mí y a los miembros de mi familia con daños indeterminados.
Con este fin, ha adoptado algunas medidas para trastornarme la vida. Entre
ellas están acusaciones falsas contra mi integridad profesional, ataques
electrónicos a mi situación financiera, robos en mi casa, invasiones en mi vida
personal y la sugerencia de que me suicide. Tengo motivos para creer que la
muerte de Zimmerman formaba parte de este sistema de acoso que he estado
sufriendo esta última semana. No creo que fuera un suicidio.
Riggins enarcó las cejas.
– Por Dios, doctor Starks, parece que está
metido en un buen lío. ¿Una antigua paciente?
– No. El hijo de una antigua paciente.
Todavía no sé cuál.
– ¿Y cree que esta persona que quiere
perjudicarlo convenció a Zimmerman de que se lanzara a las vías del metro?
–No lo convenció. Probablemente lo
empujaron.
– Estaba lleno de gente y nadie vio nada
semejante. En absoluto.
– La falta de testigos no descarta que
sucediera. Cuando el metro se acerca, todos los que están en el andén miran en
la dirección que llega el convoy. Si Zimmerman estaba detrás de la gente, lo
que viene sugerido por la falta de testigos presenciales precisos, ¿cuánto
habría costado darle el codazo o empujón necesario?
– Bueno, eso es cierto, doctor. No sería
difícil. Ni mucho menos. A lo largo de los años, hemos tenido unos cuantos
asesinatos con esas características, y también tiene razón en que la gente se
vuelve en una dirección cuando se acerca el tren, lo que permite que al final
del andén pueda pasar casi cualquier cosa más o menos inadvertida. Pero en este
caso tenemos a Lu Anne, que dice que saltó, y aunque no sea demasiado fiable,
es algo, y tenemos una nota de suicidio y un hombre deprimido, enfadado y desdichado
que mantenía una relación difícil con su madre y se enfrentaba a una vida que
muchos considerarían más bien decepcionante...
– Ahora es usted quien parece dar excusas
–comentó Ricky sacudiendo la cabeza–. De lo que más o menos me acusó a mí la
primera vez que hablamos.
Este comentario silenció a la detective
Riggins, que dirigió una larga mirada a Ricky antes de proseguir.
– Me parece que debería hablar de esto con
alguien que pueda ayudarle, doctor.
– ¿Con quién? Usted es policía. Le he
hablado de delitos, o de lo que podrían serio, ¿No debería hacer alguna clase
de informe?
– ¿Quiere presentar una denuncia formal?
Ricky la miró con dureza.
– ¿Debería hacerla? ¿Cómo sigue el trámite?
– Yo le presento a mi supervisor, que
pensará que es una locura y la canalizará a través de la burocracia policial, y
en un par de días recibirá una llamada de algún detective que se mostrará
todavía más escéptico que yo. ¿A quién ha contado todo esto?
– Bueno, a mi banco y a la Sociedad
Psicoanalítica.
– Si creen que existe actividad delictiva
deberían pasar el asunto al FBI o a la policía estatal. Tal vez deba usted
hablar con alguien de Extorsión y Fraudes. Yo en su lugar, me plantearía
contratar un detective privado. Y un buen abogado, porque podría necesitarlos.
– ¿Cómo puedo ponerme en contacto con el
departamento de Extorsión y Fraudes?
– Le daré un nombre y un teléfono.
– ¿No cree que usted debería investigar
estas cosas como seguimiento del caso Zimmerman?
Esta pregunta hizo dudar a la detective
Riggins. No había tomado ninguna nota durante la conversación.
– Podría hacerla –indicó con precaución–. Me
lo pensaré. Cuesta reabrir un caso una vez se ha cerrado.
– Pero no es imposible.
– Difícil. Pero no imposible.
– ¿Puede obtener autorización de un
superior? –preguntó Ricky.
– No creo que quiera abrir aún esa puerta.
Si digo a mi jefe que hay un problema oficial, deberán seguirse muchos pasos
burocráticos. Creo que echaré un vistazo por mi cuenta. ¿Sabe qué, doctor?,
comprobaré algunas cosas y luego hablaré con usted. Primero iré a examinar el
ordenador personal de Zimmerman. Puede que el archivo que contiene la nota de
suicidio indique la hora. Lo haré esta noche o mañana. ¿Qué le parece?
– Bien. Esta noche sería mejor que mañana.
Tengo algunas limitaciones de tiempo. Y entonces podría darme también el nombre
y el teléfono de alguien de Extorsión y Fraudes.
Parecía un acuerdo razonable. La mujer
asintió. Ricky sintió cierta satisfacción al observar que su tono algo burlón y
sarcástico había cambiado después de que él plantease la posibilidad de que
hubiera metido la pata. Incluso aunque considerara remota esta posibilidad, en
un mundo donde las promociones y los ascensos estaban tan relacionados con las
investigaciones bien acabadas, haber pasado por alto un asesinato y haberlo
catalogado de suicidio era un error muy perjudicial para la hoja de servicios.
– Espero que me llame lo antes que pueda
–dijo Ricky. Después se levantó, como si se hubiera anotado un punto. No era
una sensación de victoria pero, por lo menos, le hacía sentir menos solo en el
mundo.
Fue en taxi hasta el Metropolitan Opera
House, que estaba vacía salvo por unos cuantos turistas y algunos guardias de
seguridad. Sabía que había una hilera de cabinas telefónicas frente a los
lavabos. La ventaja era que desde ese sitio podía hacer una llamada a la vez
que vigilaba que nadie intentara acercarse lo suficiente para averiguar a quién
llamaba.
El número del doctor Lewis había cambiado,
como esperaba.
Pero lo pasaron a otro número con un prefijo
distinto.
Tuvo que insertar la mayoría de monedas de
veinticinco centavos que tenía. Mientras el teléfono sonaba, pensó que Lewis
debía de tener ya unos ochenta años, y no estaba seguro de si sería de ayuda.
Pero Ricky sabía que era el único modo en que podría apreciar su situación más
o menos como era debido y, por desesperado que fuera ese paso, debía darlo.
El teléfono sonó por lo menos ocho veces
antes de que contestaran.
– ¿Diga?
– El doctor Lewis, por favor.
– Al habla.
Ricky llevaba veinte años sin oír aquella
voz, y aun así se emocionó, lo que le sorprendió. Era como si en su interior se
desatara de repente un torbellino de odios, miedos, amores y frustraciones. Se
obligó a conservar cierta calma.
– Doctor Lewis, soy el doctor Frederick
Starks.
Ambos guardaron silencio un momento, como si
el mero encuentro telefónico después de tantos años resultara abrumador.
Lewis habló primero.
– ¡Vaya! Me alegro de oírte, Ricky, incluso
después de tantos años. Estoy bastante sorprendido.
– Siento ser tan brusco, doctor. Pero no
sabía a quién más recurrir.
De nuevo se produjo un breve silencio.
– ¿Tienes problemas, Ricky?
– Sí.
– Y las herramientas del autoanálisis no son
suficientes.
– Así es. Me preguntaba si tendría un rato
para hablar conmigo.
–Ya no recibo pacientes –dijo Lewis–. La
jubilación. La edad. Los achaques. El envejecimiento, que es terrible. Vas
perdiendo toda clase de cosas.
– ¿Me recibirá?
– Por tu voz parece bastante urgente
–comentó el anciano tras una pausa–. ¿Es importante? ¿Son problemas graves?
– Corro un gran peligro, y tengo poco
tiempo.
– Vaya, vaya, vaya. –Ricky pudo captar la
sonrisa en el rostro del viejo analista–. Eso suena verdaderamente enigmático.
¿Crees que puedo ayudarte?
– No lo sé. Pero podría ser.
El viejo analista reflexionó antes de
contestar.
– Has hablado como alguien de nuestra
profesión. Está bien, pero tendrás que venir aquí. Ya no tengo consulta en la
ciudad.
– ¿Dónde debo ir?
– Estoy en Rhinebeck –dijo Lewis, y añadió
una dirección en River Road–. Un lugar maravilloso para un jubilado, excepto
que en invierno hace un frío terrible. Pero ahora está precioso, puedes tomar
un tren en la estación Pennsylvania.
– ¿Le iría bien esta tarde?
– Cuando quieras. Ésa es una de las ventajas
de la jubilación. No hay compromisos impostergables. Toma un taxi en la
estación y te estaré esperando hacia la hora de cenar.
Se apretujó en un asiento del rincón lo más
al final del tren y se pasó la mayoría de la tarde mirando por la ventanilla.
El tren viajó directo al norte siguiendo el curso del río Hudson, a veces tan
cerca de la orilla que el agua quedaba sólo a unos metros de distancia. Ricky
se sintió fascinado por las distintas tonalidades de azul verdoso que adquiría
el río: el casi negro cerca de las orillas, que se convertía en un azul más
claro y vibrante hacia el centro. Unos veleros surcaban el agua y dejaban una
estela blanca a su paso, y algún que otro buque portacontenedores enorme y
desgarbado navegaba por la zona más profunda. A lo lejos, las Palisades se
elevaban convertidas en columnas de roca entre grises y marrones, coronadas por
grupos de árboles verde oscuro. Había mansiones con amplios jardines; casas tan
enormes que la riqueza que encerraban parecía inimaginable. En West Point
atisbó la academia militar en lo alto de una colina con vistas al río; los
edificios imperturbables le parecieron tan grises y tensos como las líneas
uniformadas de cadetes. El río era ancho y cristalino, y le resultó fácil
imaginar al explorador que dio su nombre a esas aguas quinientos años antes.
Observó un rato la superficie, sin saber muy bien en qué sentido discurría la corriente,
si hacia la ciudad de Nueva York para desembocar en el océano, o si ascendía al
norte, empujada por las mareas y la rotación de la Tierra. El hecho de no
saberlo, de ser incapaz de decir en qué dirección corría el agua a partir de la
observación de su superficie, le inquietó un poco.
Sólo un grupo reducido de personas bajó del
tren en Rhinebeck, y Ricky se entretuvo en el andén para observarlas,
preocupado aún por si, a pesar de sus esfuerzos, alguien hubiera logrado
seguirle. Unos adolescentes con vaqueros o pantalón corto se reían; una madre
de mediana edad tiraba de tres niños e intentaba mostrarse paciente con un
chiquillo rubio que no paraba de corretear; un par de empresarios agobiados
hablaban por el móvil mientras salían de la estación. Ninguna de las personas
que bajaron del tren miró siquiera a Ricky, salvo el niño rubio, que se detuvo
y le dirigió una mueca antes de subir corriendo el tramo de escaleras que
conducía al exterior del andén. Ricky esperó hasta que el tren se puso en
marcha con unos fuertes resoplidos metálicos a medida que ganaba impulso.
Seguro de que nadie se había rezagado, subió al vestíbulo. Era un viejo
edificio de ladrillo con un suelo embaldosado donde los pasos resonaban y
recorrido por un aire fresco que desafiaba el calor de última hora de la tarde.
Un único cartel con una flecha roja sobre una ancha puerta doble rezaba: TAXIS.
Salió de la estación y vio uno solo: un sedán blanco enlodado, con un
distintivo en la puerta, un símbolo apagado en el techo y una abolladura enorme
en el guardabarros delantero. El conductor parecía a punto de marcharse, pero
vio a Ricky y retrocedió con brusquedad hacia el bordillo.
– ¿Quiere que lo lleve? –preguntó. –Si, por
favor.
– Pues soy el único que queda. Ya me iba
cuando le vi salir por la puerta. Suba.
Ricky lo hizo y le dio la dirección del
doctor Lewis.
– Ah, una propiedad excelente –afirmó el
conductor, y aceleró haciendo rechinar los neumáticos.
Una estrecha carretera serpenteante llevaba
hasta la casa del viejo analista. Unos robles majestuosos creaban una cubierta
que sombreaba el asfalto, de modo que la tenue luz de la tarde veraniega se
filtraba lentamente, como harina a través de un cedazo, y proyectaba sombras a
derecha e izquierda. El paisaje mostraba unas colinas suaves, como las olas de
un modesto mar. Vio manadas de caballos en algunos campos y, a lo lejos,
grandes mansiones. Las casas más cercanas a la carretera eran antiguas, a menudo
de madera, y tenían placas en un lugar destacado, de modo que se supiese que
tal casa se había construido en 1788 o tal otra en 1802. Vio jardines coloridos
y más de un propietario en camiseta montado en una cortadora de césped para
segar con dinamismo una franja inmaculada de hierba. Le pareció que era un
lugar de escapada. Supuso que la mayoría de esa gente tenía su vida principal
en el ajetreado Manhattan, trabajando con dinero, poder y/o prestigio. Eran
casas de fin de semana y de veraneo, carísimas pero con un auténtico concierto
de grillos por la noche.
El taxista comentó:
– No está mal ¿verdad? Algunas de estas
casas cuestan unos cuantos dólares.
– Imagino que ha de ser imposible encontrar
mesa en un restaurante los fines de semana –contestó Ricky.
– Así es, en verano y en vacaciones. Pero no
todos son de ciudad. Hay algunas personas que han echado raíces, las
suficientes para que no sea un pueblo fantasma. Es un lugar bonito. –Redujo la
velocidad y dobló a la izquierda para tomar un camino de entrada–. El problema
es que está demasiado cerca de la ciudad. Bueno, ya hemos llegado. Es aquí
–dijo.
El doctor Lewis vivía en una vieja casa de
labranza reacondicionada, con un diseño sencillo de dos plantas, pintada de un
blanco reluciente y con una placa que indicaba 1791. No era ni mucho menos más
grande de las casas que habían pasado. Tenía un enrejado con parras, flores
plantadas en el sendero de entrada y un pequeño estanque con peces al borde del
jardín. A un lado había una hamaca y unas cuantas tumbonas de madera con la
pintura blanca medio desconchada. Un Valvo familiar azul de diez años estaba
estacionado frente a un antiguo establo que ahora servía de garaje.
El taxi se marchó y Ricky se detuvo al final
del camino de grava. De repente, se dio cuenta de que había ido con las manos
vacías. No llevaba ninguna bolsa, ningún detalle, ni siquiera la proverbial
botella de vino blanco. Inspiró hondo y sintió una oleada de emociones
contradictorias. No era precisamente miedo, pero sí la sensación que un niño
tiene al saber que debe informar de alguna travesura a sus padres. Ricky
sonrió, porque sabía que ese nerviosismo era normal; la relación entre analista
y analizado es profunda y provocadora, y opera de muchas formas distintas,
incluso como entre alguien con autoridad y un niño. Eso formaba parte del
proceso de transferencia, en el que el analista va adoptando distintos papeles
que conducen, en última instancia, a la comprensión. Pocas profesiones médicas
ejercen un impacto así en sus pacientes. Seguramente un traumatólogo ni
siquiera recuerda la rodilla o la cadera que operó años atrás. Pero es probable
que el analista recuerde, si no todo, sí gran parte, ya que la mente es mucho
más sofisticada que una rodilla, aunque a veces no tan eficiente.
Avanzó despacio hacia la entrada, asimilando
todo lo que veía. Se recordó que ésta es otra de las claves del análisis: el
terapeuta conoce casi todas las intimidades emocionales y sexuales del
paciente, que por su parte apenas sabe nada sobre el terapeuta. El misterio
imita los misterios fundamentales de la vida y la familia; y adentrarse en lo
desconocido produce siempre fascinación e inquietud.
– «El doctor Lewis me conoce –pensó–. Pero
ahora yo sabré algo de él, y eso cambia las cosas.» Esta observación le
inquietó aún más.
A mitad de los peldaños de la entrada, la
puerta principal se abrió de golpe. Oyó su voz antes de verlo.
– Me apuesto a que te sientes algo incómodo.
– Me ha leído los pensamientos –contestó
Ricky, en lo que era una especie de broma entre analistas.
Lewis lo condujo a un estudio, junco al
recibidor de la vieja casa.
Ricky dirigió los ojos de un lado a otro
para grabarse los detalles mentalmente. Libros en un estante. Una pantalla de
Tiffany. Una alfombra oriental. Como muchas casas antiguas, el interior tenía
una atmósfera oscura, en contraste con unas relucientes paredes blancas. Le
pareció fresco, nada cargado, como si las ventanas hubiesen estado abiertas la
noche anterior y la casa hubiese conservado el recuerdo de unas temperaturas
más bajas. Detectó un ligero olor a lila y oyó los ruidos distantes de una
cocina en la parte de atrás.
El doctor Lewis era un hombre delgado, algo
encorvado, calvo, con unos agresivos mechones de pelo que le salían detrás de
las orejas, lo que le confería un aspecto de lo más curioso. Llevaba unas gafas
apoyadas en la punta de la nariz, de modo que rara vez parecía mirar realmente
a través de ellas. Tenía algunas manchas de la edad en el dorso de las manos y
un ligerísimo temblor de dedos. Se movió despacio, cojeando un poco, y se
instaló por fin en un sillón de orejas de piel roja, muy mullido, a la vez que
indicaba a Ricky que se sentara en una butaca algo más pequeña. Ricky se
arrellanó entre los cojines.
– Estoy encantado de verte, Ricky, incluso
después de tantos años. ¿Cuánto hace?
– Más de una década, sin duda. Tiene buen
aspecto, doctor.
Lewis sonrió y meneó la cabeza.
– No deberías empezar con una mentira tan
evidente, aunque a mi edad las mentiras se agradecen más que la verdad. Las
verdades son siempre inoportunas. Necesito una cadera nueva, una vejiga nueva,
una próstata nueva, ojos y orejas nuevos, y unos cuantos dientes nuevos. Unos
pies nuevos también me irían bien. Quizá necesitaría también un corazón nuevo.
Además, no estaría de más renovar el coche del garaje y las cañerías de la
casa. Ahora que lo pienso, las mías también. El tejado está bien, sin embargo.
–Se dio unos golpecitos en la frente y añadió en tono socarrón–: El mío
también. Pero no has venido para saber cómo estoy. He olvidado tanto mi
formación como mis modales. Supongo que te quedarás a cenar, y he pedido que te
preparen la habitación de huéspedes, y ahora será mejor que cierre la boca, que
es lo que creemos hacer tan bien en nuestra profesión, para dejar que me
cuentes el motivo de tu visita.
Ricky vaciló, sin saber muy bien por dónde
empezar. Miró al anciano hundido en el sillón de orejas y sintió como si una
cuerda se rompiera de repente en su interior. Notó que perdía el dominio de sí
mismo, y habló con labios temblorosos:
– Creo que sólo me queda una semana de vida.
Lewis enarcó las cejas.
– ¿Estás enfermo?
Ricky meneó la cabeza.
– Me parece que tendré que suicidarme
–contestó. El viejo analista se inclinó hacia delante.
– Eso es un problema –dijo.
14
Ricky habló durante más de una hora sin ser
interrumpido por el menor comentario o pregunta. Lewis permaneció casi inmóvil
en su asiento balanceando el mentón en la palma de una mano. Ricky se levantó
un par de veces y se paseó por la habitación, como si el movimiento de los pies
fuera a facilitarle la narración, antes de regresar a la mullida butaca y
proseguir su relato. En más de una ocasión notó que le sudaban las axilas,
aunque la temperatura de la habitación era agra dablemente fresca, con las ventanas
abiertas a esa primera hora de la noche en el valle del Hudson.
Oyó un trueno lejano procedente de las
montañas Catskills, a kilómetros de distancia al otro lado del río, en una
ráfaga explosiva que parecía fuego de artillería. Recordó que según una leyenda
local ese sonido era el ruido que hacían unos elfos y unos enanos al jugar a
bolos en las verdes hondonadas. Le contó de la primera carta, del poema y de
las amenazas, de lo que estaba en juego. Describió a Virgil y a Merlín, y el
bufete inexistente del abogado. Intentó no dejarse nada, desde las intrusiones
electrónicas en sus cuentas bancarias y de valores hasta el mensaje
pornográfico que recibió su pariente lejana en su cumpleaños. Habló largo y
tendido sobre Zimmerman, su tratamiento, su muerte y las dos visitas a la
detective Riggins. Le contó lo de la falsa acusación de abusos sexuales
presentada ante el Colegio de Médicos, y se ruborizó un poco al hacerlo. A
veces divagaba, como cuando mencionó los robos en su consulta y la extraña
sensación de violación que sentía, o cuando describió su poema en el Times y la
respuesta de Rumplestiltskin. Terminó mencionando las fotografías de los tres
adolescentes que le había enseñado Virgil. Después se reclinó, guardó silencio
y, por primera vez, miró al viejo analista, que se había llevado ambas manos al
mentón para apoyar la cabeza meditabundo, como si intentara valorar la
totalidad de la maldad que se había abatido sobre Ricky.
– Muy interesante dijo por fin Lewis, que se
reclinó y soltó un largo suspiro–. Me gustaría saber si ese tal Rumplestiltskin
es un filósofo. ¿No era Camus quien afirmaba que la única verdadera elección de
cualquier hombre es si suicidarse o no? La pregunta existencial por excelencia.
– Tenía entendido que era Sartre–contestó
Ricky, encogiéndose de hombros.
– Supongo que ésta es la pregunta clave del
caso, Ricky; la primera y más importante que te ha hecho Rumplestiltskin.
– Perdone, pero ¿qué...?
– ¿Te matarías para salvar a otra persona?
– No estoy seguro –balbuceó Ricky,
desconcertado por la pregunta–. Me parece que no me he planteado realmente esta
opción.
– No es una pregunta poco razonable –dijo
Lewis, cambiando de postura en su asiento–. Y estoy seguro de que tu torturador
hi dedicado muchas horas a intentar adivinar tu respuesta. ¿Qué clase de hombre
eres, Ricky? ¿Qué clase de médico? Porque, a fin de cuentas, ésa es la esencia
de este juego: ¿te suicidarás? Parece haberte demostrado la seriedad de sus
amenazas o, por lo menos, te ha hecho creer que ya ha cometido un asesinato, de
modo que es probable que no te importe cometer otro. Y se trata, aunque suene
duro, de asesinatos muy fáciles de cometer. Los sujetos no significan nada para
él. Son meros vehículos para llegar a ti. Y tienen la ventaja añadida de ser
homicidios que seguramente ningún detective del mundo, ni siquiera un Maigret,
un Hercules Poirot o una miss Marple, ni una de las creaciones de Mickey
Spillane o de Roben Parker, podría resolver con efectividad. Piénsalo. Ricky,
porque es verdaderamente diabólico y extraordinariamente existencial: un
asesinato tiene lugar en París, en Honduras o en el lago Winnipesaukee, Nueva
Hampshire. Es repentino, espontáneo, y la víctima ignora lo que le va a pasar.
La ejecutan en un segundo. Como si la partiera un rayo. Y la persona que se
supone que va a sufrir debido a esta muerte está a centenares, a miles de
kilómetros. Una pesadilla para cualquier policía, que tendría que encontrarte,
encontrar al asesino creado en tu pasado y, después, relacionaros de alguna
forma con este crimen en un lugar lejano, con todo el papeleo y la burocracia
que eso conlleva. Y eso suponiendo que pudieran dar con el asesino. Seguro que
se ha protegido tanto con identidades y pistas falsas que eso sería imposible.
La policía ya tiene bastantes problemas para obtener condenas cuando tiene
confesiones, pruebas de ADN y testigos presenciales. No, Ricky, supongo que
sería un crimen que quedaría impune.
– Me está diciendo que...
– Tu elección, a mi entender, es bastante
simple: ¿puedes ganar? ¿puedes averiguar la identidad de Rumplestiltskin en los
pocos días que te quedan? En caso contrario, ¿te suicidarás para salvar a otra
persona? Es la pregunta más interesante que se le puede hacer a un médico.
Después de todo, nuestra profesión consiste en salvar vidas. Pero nuestros
recursos para la salvación son los medicamentos, los conocimientos, la
habilidad con el bisturí. En este caso, puede que tu vida signifique la
curación de alguien. ¿Puedes hacer ese sacrificio? Y, si no estás dispuesto a
ello ¿podrás vivir contigo mismo después? En apariencia, como mínimo, no es
demasiado complicado. La parte complicada es..., bueno, interna.
– Está sugiriendo... –empezó Ricky con un
ligero balbuceo. Vio que el viejo analista se había recostado en el sillón, de
modo que una sombra que proyectaba la lámpara de la mesa parecía bisecarle la
cara.
Lewis hizo un gesto con una mano similar a
una garra, con los dedos largos, adelgazados por la edad.
– No estoy sugiriendo nada. Sólo estoy
comentando que hacer lo que este caballero ha pedido es una opción viable. La
gente se sacrifica sin cesar para que otros puedan vivir. Los soldados en
combate. Los bomberos en un edificio en llamas. Los policías en las calles de
la ciudad. ¿Es tu vida tan feliz, tan productiva y tan importante para que
asumamos automáticamente que es más valiosa que la que podría costar?
Ricky se movió en la butaca, como si la
suave tapicería se hubiese vuelto de madera bajo su cuerpo.
– No puedo creer que... –empezó, pero se
interrumpió.
– Lo siento –dijo Lewis, y se encogió de
hombros–. Por supuesto, no te lo has planteado de modo consciente. Pero me
pregunto si no te has hecho estas preguntas en tu subconsciente, que es lo que
te indujo a buscarme.
– He venido a pedir ayuda –replicó Ricky,
quizá demasiado deprisa–. Necesito ayuda para participar en este juego.
– ¿De veras? Tal vez, en cierto nivel. Pero
en otro has venido para otra cosa. ¿Permiso? ¿Bendición?
– Debo rebuscar en el período de mi pasado
en que la madre de Rumplesti1tskin era paciente mía. Necesito que me ayude a
hacerlo, porque he bloqueado esa parte de mi vida. Es como si estuviera fuera
de mi alcance. Necesito que me ayude a llegar a ella. Sé que puedo identificar
a la paciente relacionada con Rumplestiltskin, pero necesito ayuda, y creo que
esa paciente era una mujer a la que atendía en la misma época en que seguía el
tratamiento con usted, cuando era mi mentor. Debo de haberle mencionado a esta
mujer durante nuestras sesiones. Así que lo que necesito es una caja de
resonancia. Alguien que despierte esos recuerdos dormidos. Estoy seguro de que
puedo desenterrar ese nombre de mi inconsciente.
Lewis asintió de nuevo.
– No es una petición poco razonable, y no
cabe duda de que el planteamiento es inteligente. Es el planteamiento de un
psicoanalista. Hablar y no actuar es una curación. ¿Sueno cruel, Ricky? Supongo
que la vejez me ha vuelto irascible y estrafalario. Claro que te ayudaré. Pero
me parece que, a medida que analicemos, sería conveniente mirar también el
presente, porque vas a tener que encontrar respuestas tanto en el pasado como
en el presente. Acaso también en el futuro.
¿Podrás hacerlo?
– No lo sé.
– Es la respuesta clásica de un
psicoanalista. –Lewis sonrió torcidamente–. Un futbolista, un abogado o un
empresario moderno dirían: «¡Ya lo creo que sí!» Pero nosotros, los analistas,
siempre cubrimos nuestras apuestas, ¿verdad? La certeza es algo que nos resulta
incómodo. –Inspiró hondo y se movió en el sillón–. El problema es que este
hombre que quiere tu cabeza en una bandeja no parece tan indeciso o inseguro
sobre las cosas, ¿me equivoco?
–No –contestó Ricky de inmediato––. Parece
tenerlo todo bien planeado. Al parecer ha previsto todos mis actos, casi como
si los hubiera dispuesto de antemano.
– Estoy seguro de que lo ha hecho.
Ricky asintió. El doctor Lewis siguió con
sus preguntas. – ¿Dirías que es psicológicamente astuto?
– Ésa es mi impresión.
– En algunos juegos eso es fundamental.
–Lewis asintió–. En el fútbol quizás. En el ajedrez sin duda.
– ¿Está insinuando que...?
– Para ganar una partida de ajedrez hay que
ser más previsor que el adversario. Ese único movimiento que escapa a su
perspicacia es lo que permite derrotarlo. Creo que deberías hacer lo mismo.
– ¿Cómo voy a…?
– Lo pensaremos durante una cena sencilla y
el resto de la velada. –Lewis, que se había levantado, esbozó una leve
sonrisa–. Has tenido en cuenta un factor importante, ¿verdad?
– ¿Cuál? –quiso saber Ricky.
– Bueno, parece bastante evidente que
Rumplestiltskin ha pasado meses, tal vez años, planeando todo esto. Es una
venganza que toma en consideración muchos elementos y, como tú señalas, ha
previsto prácticamente todos tus pasos.
– Sí, es cierto.
– No entiendo entonces por qué supones que
no me ha reclutado a mí, quizá mediante amenazas o presiones de algún tipo,
para ayudarle a cumplir su propósito –dijo el doctor Lewis despacio–. Quizá me
haya pagado de alguna forma. ¿Por qué supones que estoy de tu parte en todo
esto, Ricky? y con un amplio gesto para que Ricky lo acompañara en lugar de
contestar a su pregunta, el viejo analista lo condujo a la cocina, cojeando un
poco mientras avanzaba.
Había dos cubiertos dispuestos en una mesa
antigua en medio de la cocina. Una jarra de agua fría y unas rebanadas de pan
en una cesta de mimbre adornaban el centro de la mesa. Lewis cruzó la
habitación y retiró una fuente del horno, la puso en un salvamanteles y sacó
luego una ensalada del frigorífico. Mientras terminaba de poner la mesa,
tarareó un poco. Ricky reconoció unos cuantos compases de Mozart.
– Siéntate, Ricky. Este mejunje que tenemos
delante es pollo. Sírvete, por favor.
Ricky vaciló. Alargó la mano Y se sirvió un
vaso de agua, que se bebió como un hombre que acabara de cruzar un desierto. El
liquido apenas sació su repentina sed.
– ¿Lo ha hecho'? –preguntó de golpe. Apenas
reconoció su propia voz, que sonó aguda y estridente.
– ¿Si ha hecho qué?
– ¿Se ha puesto Rumplestiltskin en contacto
con usted? ¿Forma parte de todo esto?
El doctor Lewis se sentó, se puso con
cuidado la servilleta en el regazo y se sirvió una generosa ración de pollo y
ensalada antes de responder.
– Permíteme que te pregunte algo,
Ricky–dijo–. ¿Qué importancia tendría eso?
– Toda la importancia del mundo –balbuceó
Ricky–. Necesito saber que puedo confiar en usted.
– ¿De verdad? Creo que la confianza está
sobrevalorada. Por otra parte, ¿qué he hecho hasta ahora para que me retires la
confianza que te trajo hasta aquí?
– Nada.
– Entonces deberías comer. El pollo lo ha
preparado mi criada y te aseguro que es bastante bueno, aunque no tanto, por
desgracia., como el que mi mujer solía cocinar antes de su muerte. Y estás
pálido, Ricky, Como si no te cuidaras.
– Tengo que saberlo. ¿Le ha reclutado
Rumplestiltskin?
Lewis sacudió la cabeza, pero no era una
respuesta negativa a la pregunta de Ricky, sino más bien un comentario de la
situación.
– Me parece que lo que necesitas son
conocimientos, Ricky. Información. Comprensión. Nada de lo que hasta ahora ha
hecho este hombre ha sido concebido para engañarte. ¿Cuándo ha mentido? Bueno,
quizás el abogado cuyo bufete no estaba donde se suponía, pero eso parece un
engaño bastante simple y necesario. En realidad, todo lo que ha hecho hasta
ahora está concebido para llevarte hasta él. Por lo menos, podría interpretarse
así. Te da pistas. Te manda una joven atractiva para que te ayude. ¿Crees que
en realidad desea que no seas capaz de averiguar quién es?
– ¿Le está ayudando?
– Estoy intentando ayudarte a ti, Ricky.
Ayudarte a ti podría ayudarle a él también. Es una posibilidad. Ahora siéntate
y come. Es un buen consejo.
Ricky apartó una silla pero el estómago se
le cerró ante la mera idea de probar bocado.
– Tengo que saber que está de mi parte.
– Tal vez consigas la respuesta a esta
pregunta al final del juego.
– El viejo psicoanalista se encogió de
hombros. Clavó el tenedor en el pollo y se llevó un trozo enorme a la boca.
– He venido a verle como amigo. Como antiguo
paciente. Usted fue la persona que me ayudó a formarme, por el amor de Dios. Y
ahora...
El doctor Lewis agitó el tenedor en el aire,
como un director con una batuta frente a una orquesta descoordinada.
– ¿Consideras amigos tuyos a las personas a
las que tratas?
– No. –Ricky sacudió la cabeza, vacilante––.
Claro que no. Pero la función del mentor es distinta.
– ¿De verdad? ¿No tienes algún paciente en
más o menos la misma situación?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Ricky sabía que la respuesta era afirmativa, pero no lo dijo en voz alta.
Pasados unos momentos, Lewis movió la mano para descartar la pregunta.
– Necesito saberlo –insistió Ricky con
brusquedad a modo de respuesta.
El doctor Lewis esbozó un gesto
exasperantemente inexpresivo, apto para una mesa de póquer. Ricky se exaltó al
reconocer esa actitud vaga: la misma expresión evasiva que no indica
aprobación, desaprobación, espanto, sorpresa, temor ni cólera que él utilizaba
con sus pacientes. Es la especialidad del analista, una parte fundamental de su
coraza. La recordaba de su tratamiento hacía un cuarto de siglo y le irritó
volverla a ver.
– No lo necesitas, Ricky. –El anciano meneó
la cabeza–. Sólo necesitas saber que estoy dispuesto a ayudarte. Mis motivos
son irrelevantes. Quizá Rumplestiltskin tiene algo para presionarme. Quizá no.
Si blande una espada sobre mi cabeza o tal vez sobre uno de los miembros de mi
familia, es algo independiente de tu situación. La pregunta pende siempre en
nuestro mundo, ¿no? ¿Existe alguien absolutamente fiable? ¿Hay alguna relación
carente de peligro? ¿No nos lastiman aquellos a quienes amamos y respetamos más
que aquellos a quienes odiamos y tememos?
Ricky no contestó; Lewis lo hizo por él.
– La respuesta que no puedes articular en
este momento es: si. Ahora, cena un poco. Nos espera una noche muy larga.
Los dos analistas comieron en relativo
silencio. El pollo estaba exquisito, y lo siguió un pastel de manzana casero
con una pizca de canela. También tomaron café solo, que parecía anunciar que
les esperaban horas que requerían energía. Ricky pensó que jamás había tenido
una cena tan corriente y tan extraña a la vez. Estaba hambriento e indignado
por igual. La comida sabía maravillosa un instante y, acto seguido, se le
volvía terrosa y fría en el paladar. Por primera vez en lo que le parecieron
años, recordó comidas que había tomado solo, en unos minutos robados a la
cabecera de la cama de su mujer cuando medicación contra el dolor la sumía en
una especie de sopor los últimos días de su agonía. El sabor de esa cena le
resultó muy parecido.
El doctor Lewis retiró los platos y los
amontonó en el fregadero. Se llenó la taza de café por segunda vez e hizo un
gesto a Ricky para regresar al estudio. Se sentaron en los asientos que hablan
ocupado antes, uno frente a otro.
Ricky contuvo su enfado ante el carácter
esquivo del anciano. Se propuso usar la frustración en beneficio propio. Era
más fácil decido que hacerla. Se movió en la butaca sintiéndose corno un niño
al que riñen injustamente.
Lewis lo miró, y Ricky supo que el anciano
era perfectamente consciente de todos los sentimientos que lo invadían, con la
misma habilidad de un adivino en una feria.
– A ver, Ricky, ¿por dónde quieres empezar?
– Por el pasado. Hace veintitrés años. La
primera vez que nos vimos.
– Recuerdo que eras todo teorías y
entusiasmo.
– Creía que podía salvar al mundo de la
desesperación y la locura. Yo solo.
– ¿Y fue así?
– No. Ya lo sabe. Es imposible.
– Pero salvaste a unos cuantos…
– Espero que sí. Eso creo.
– Una vez más –dijo Lewis con una sonrisita
algo felina–, la respuesta de un psicoanalista. Evasiva y escurridiza. La edad
proporciona otras interpretaciones, por supuesto. Las venas se endurecen, lo
mismo que las opiniones. Deja que te haga una pregunta más concreta: ¿a quién
salvaste?
Ricky dudó, como si rumiara la respuesta.
Quiso guardarse lo primero que le vino a la cabeza pero le resultó imposible, y
las palabras le resbalaron de la lengua como si estuvieran recubiertas de
aceite.
– No pude salvar a la persona que más
quería.
– Sigue, por favor.
– No. Ella no tiene nada que ver en esto.
– ¿De verdad? –El viejo psicoanalista enarcó
las cejas–, Supongo que estás hablando de tu mujer.
– Sí. Nos conocimos. Nos enamoramos. Nos
casamos. Fuimos inseparables durante años. Después se puso enferma. No tuvimos
hijos debido a su enfermedad. Murió. Seguí adelante solo. Fin de la historia.
No está relacionada Con esto.
– Claro que no –dijo Lewis–; pero ¿cuándo os
conocisteis?
– Poco antes de que usted y yo empezáramos
mi análisis. Nos conocimos en una fiesta. Los dos acabábamos de titularnos;
ella era abogada y yo médico. Nuestro noviazgo tuvo lugar mientras hada mi
análisis con usted. Debería recordado.
– Lo recuerdo. ¿Y cuál era su profesión?
– Abogada. Acabo de decirlo. También debería
record arlo.
– Sí, pero ¿que clase de abogada?
– Bueno, cuando nos conocimos acababa de
incorporarse a la Oficina de Defensores de Oficio de Manhattan como abogada de
acusados por delitos de poca importancia. Se fue abriendo paso hasta el
departamento de delitos graves, pero se cansó de ver que todos sus clientes
iban a la cárcel o, peor aún, que no iban. Así que de ahí pasó a un bufete
privado muy exclusivo y modesto. En su mayoría, litigios de derechos civiles y
trabajos para la Unión Americana de Derechos Civiles. Demandar a caseros de
apartamentos de los barrios pobres y presentar apelaciones para condenados
equivocadamente. Era una persona bien intencionada que hada lo que podía. Le
gustaba bromear diciendo que pertenecía la pequeña minoría de licenciados de
Yale que no ganaba dinero. –Ricky sonrió, oyendo mentalmente las palabras de su
mujer. Era una broma que habían compartido felices muchos años.
– Entiendo. En el período en que empezaste
el tratamiento, el mismo en que conociste y cortejaste a tu mujer, ella se
dedicaba a defender a delincuentes. Siguió adelante y trató con muchos tipos
marginales enfadados a los que, sin d enfureció aún más al emprender acciones
legales en su contra. Y ahora tú pareces estar mezclado con alguien que se
incluye en la categoría de delincuente, aunque mucho más sofisticado que los
que tu mujer debió de conocer; pero ¿crees que no hay ningún posible vinculo?
Ricky vaciló con la boca abierta antes de
contestar. Se había que dado helado.
– Rumplestiltskin no ha mencionado...
– Sólo era una sugerencia –comentó Lewis,
agitando una mano en el aire–. Algo en qué pensar.
Ricky dudó mientras se esforzaba en
recordar. El silencio se prolongó. Ricky empezó a imaginarse como un hombre
joven, como si de golpe se hubiera abierto una fisura en un muro en su
interior. Podía verse mucho más joven, rebosante de energía, en un momento en
que el mundo se abría para él. Era una vida que guardaba poco parecido y
relación con su existencia actual. Esa incongruencia, que tanto negaba e
ignoraba, de repente lo asustó.
Lewis debió de notario, porque dijo:
– Hablemos de quién eras hace unos veinte
años. Pero no del Ricky Starks ilusionado con su vida, su profesión y su
matrimonio, sino del Ricky Starks lleno de dudas.
Quiso contestar deprisa, descartar esta idea
con un movimiento rápido de la mano, pero se detuvo en seco. Se sumergió en un
recuerdo profundo y rememoró la indecisión y la ansiedad que había sentido el
primer día que cruzó la puerta de la consulta del doctor Lewis en el Upper East
Side, Miró al anciano sentado frente a él, que al parecer estudiaba cada gesto
y movimiento que hacía, y pensó lo mucho que el hombre había envejecido. Se
preguntó si a él le había pasado lo mismo. Tratar de recuperar los dolores
psicológicos que lo habían llevado a un psicoanalista tantos años atrás era un
poco como el dolor fantasma que sienten los amputados: la pierna ha sido
cortada, pero la sensación permanece, emana de un vacío quirúrgico real e
irreal a la vez.
« ¿Quién era yo entonces?–, pensó Ricky.
Pero contestó con cautela.
– Me parece que había dos clases de dudas;
dos clases de ansiedades, dos clases de temores que amenazaban con
incapacitarme. La primera clase se refería a mí mismo y surgía de una madre
demasiado seductora, un padre frío y exigente que murió joven, y una infancia
llena de logros en lugar de cariño. Era, con mucho, el más joven de mi familia,
pero en lugar de tratarme como a un bebé querido, me fijaron unos niveles
imposibles de alcanzar. Por lo menos, ésa es la situación simplificada, Es el
tipo que usted y yo examinamos a lo largo del tratamiento. Pero el acopio de
esas neurosis hizo mella en las relaciones que tenía con mis pacientes. Durante
mi tratamiento trataba pacientes en tres sitios: en la clínica para pacientes
externos del hospital Columbia Presbyterian, una breve temporada atendiendo
enfermos graves en Bellevue…
– Sí –asintió el doctor Lewis–, Un estudio
clínico. Recuerdo que no te gustaba demasiado tratar a los verdaderos enfermos
mentales.
– Sí. Exacto. Administrar medicaciones
psicotrópicas e intentar evitar que las personas se lastimen a sí mismas o a
los demás... –Ricky pensó que la afirmación de Lewis contenía alguna
provocación, un anzuelo que él no había picado–. Y también en esos años, quizá
de doce a dieciocho pacientes en terapia que se convirtieron en mis primeros
análisis. Eran los casos que le mencioné mientras estaba en terapia con usted.
– Sí, lo recuerdo. ¿No tenías un analista
supervisor, alguien que observaba tus progresos con esos pacientes?
– Sí. El doctor Martín Kaplan. Pero él...
– Murió –lo interrumpió el viejo analista–.
Le conocía. Un ataque cardíaco. Muy triste.
Ricky empezó a hablar pero reparó en que
Lewis hablaba con un tono extrañamente impaciente. Tomó nota de ello y
prosiguió.
–Tengo problemas para relacionar nombres y
caras.
– ¿Están bloqueados?
– Sí. Debería recordarlos perfectamente,
pero resulta que no consigo relacionar caras y nombres. Recuerdo una cara y un
problema, pero no logro asignarle un nombre, y viceversa.
– ¿Por qué crees que te pasa?
– Estrés –contestó Ricky tras una pausa–.
Debido a la clase de tensión a la que estoy sometido, las cosas sencillas se
vuelven imposibles de recordar. La memoria se distorsiona y deteriora.
El anciano asintió de nuevo.
– ¿No te parece que Rumplestiltskin lo sabe?
¿No te parece que conoce bastante los síntomas del estrés? Tal vez, a su modo,
tiene mucho más conocimiento que tú, el médico. ¿Y eso no te dice mucho sobre
quién podría ser?
– ¿Un hombre que sabe cómo reacciona la
gente ante la presión y la ansiedad?
– Claro. ¿Un soldado? ¿Un policía? ¿Un
abogado? ¿Un empresario?
– Un psicólogo.
– Sí. Alguien de nuestra propia profesión.
– Pero un médico nunca...
– Nunca digas nunca.
Ricky se reclinó, escarmentado.
– He de concretar más –dijo–. Debo descartar
a las personas que atendí en Bellevue, porque estaban demasiado enfermas para
producir a alguien tan malvado. Eso me deja mi consulta privada y los pacientes
que traté en la clínica.
– Empecemos por la clínica.
Ricky cerró los ojos por un momento, como si
eso pudiera ayudarle a evocar el pasado. La clínica para pacientes externos del
Columbia Presbyterian era un laberinto de pequeñas salas en la planta baja del
enorme hospital, cerca de la entrada de urgencias. La mayoría de los pacientes
provenía de Hadem o del South Bronx. Eran sobre todo personas de clase obrera,
pobres y luchadoras, de varias razas, tendencias y posibilidades, que
consideraban la enfermedad mental y la neurosis como algo exótico y distante.
Ocupaban la tierra de nadie de la salud mental, entre la clase media y la
indigencia. Sus problemas eran reales: drogadicciones, abusos sexuales, malos
tratos físicos, madres abandonadas por su marido con hijos de ojos fríos y
endurecidos, cuyas metas en la vida parecían reducirse a unirse a una banda
callejera. Sabía que en este grupo de desesperados y necesitados había
bastantes personas que se habían convertido en peligrosos delincuentes o
traficantes de droga, proxenetas, ladrones y asesinos. Recordó que algunos
pacientes producían una sensación de crueldad, casi como un olor perceptible.
Eran los padres que contribuían diligentemente a crear la generación siguiente
de psicópatas criminales de las zonas deprimidas de la ciudad, personas crueles
que dirigirían su cólera contra los suyos. Si atacaban a alguien de un nivel
económico distinto, era por casualidad, no por designio: el ejecutivo en un
Mercedes que tiene una avería en el Cross Bronx Expressway de camino a su casa
en Darien después de trabajar hasta tarde en la oficina del centro, el turista
rico de Suecia que toma la línea de metro equivocada a la hora equivocada en la
dirección equivocada.
«Vi mucha maldad –pensó–. Pero me alejé de
ella»
– No lo sé –contestó Ricky por fin–. Las
personas que atendí en la clínica eran todas desfavorecidas. Gente marginada.
Yo diría que la persona que busco está entre los primeros pacientes que tuve en
mi consulta. Rumplestiltskin ya me ha dicho que se trata de su madre. Pero yo
la conocí por su apellido de soltera. Se refirió a una «señorita»
– Significativo –afirmó el doctor Lewis, al
parecer muy interesado–. Entiendo por qué piensas eso. Y creo que es importante
limitar los ámbitos de una investigación. Así que, de todos esos pacientes,
¿cuántos eran mujeres solteras?
Ricky lo pensó y recordó un puñado de
rostros.
– Siete –contestó.
– Siete –repitió Lewis tras una pausa–. Muy
bien. Ahora ha llegado el momento de hacer un acto de fe, ¿no crees? Debes
tomar una decisión.
– No le entiendo.
El anciano esbozó una lánguida sonrisa.
– Hasta este instante te has limitado a
reaccionar a la horrenda situación en que estás atrapado, Ricky. Fuegos que
necesitaban sofocarse y extinguirse. Tus finanzas. Tu reputación profesional.
Tus pacientes. Tu carrera. Tus parientes. De todo este embrollo has logrado
plantear una sola pregunta a tu torturador, y eso te ha proporcionado otra
dirección: una mujer que engendró al niño que se ha convertido en el psicópata
que busca tu suicidio. Pero lo que tienes que plantear te es esto: ¿te han
dicho la verdad?
Ricky tragó saliva con dificultad.
–Tengo que suponer que si.
– ¿No es una suposición peligrosa?
– Claro que sí –contestó Ricky–. Pero ¿qué
opción tengo? Si creyera que Rumplestiltskin me está llevando en una dirección
equivocada, no tendría posibilidad alguna, ¿no?
– ¿Has pensado que tal vez no debas tener
ninguna posibilidad? Era una afirmación tan directa y aterradora que sintió la
nuca húmeda de sudor.
– En ese caso, debería suicidarme y punto.
– Supongo que sí. O no hacer nada; vivir y
ver qué le pasa a otro. Quizá se trate de un farol, ¿sabes? Quizá no pase nada.
Quizá tu paciente, Zimmerman, se lanzó a esa vía del metro en un momento
inoportuno para ti y ventajoso para Rumplestiltskin. Quizá, quizá, quizá. A lo
mejor el juego consiste en que no tengas ninguna posibilidad. Sólo estoy
pensando en voz alta, Ricky.
– No puedo abrir la puerta a esa idea.
– Una respuesta interesante para un
psicoanalista –aseguré Lewis–. Una puerta que no puede abrirse. Va en contra de
todo aquello en lo que creemos.
– Es que no tengo tiempo, ¿sabe?
– El tiempo es elástico. Quizá si. Quizá no.
Ricky se movió incómodo. Tenía la cara
enrojecida y se sentía como un adolescente con pensamientos y sentimientos de
adulto pero considerado aún un niño.
Lewis se frotó el mentón con la mano,
todavía pensativo.
–Creo que tu torturador es alguna clase de
psicólogo –indicó, casi sin darle importancia, como si hiciera una observación
sobre tiempo–. O de una profesión relacionada.
– Creo que tiene razón. Pero su
razonamiento...
– El juego, como lo definió Rumplestiltskin,
es como una sesión en el diván. Sólo que dura más de cincuenta minutos. En
cualquier sesión de un psicoanálisis, debes examinar una serie mareante de
verdades y ficciones.
– Tengo que trabajar con lo que hay.
– Ya. Pero nuestro trabajo consiste a menudo
en ver lo que el paciente no dice.
– Cierto.
– Entonces...
– Quizá sea todo mentira. Lo sabré en una
semana. Justo antes de suicidarme o de poner otro anuncio en el Times. Lo uno o
lo otro.
15
Siete mujeres.
De las siete que acudieron a él por aquel
entonces para recibir tratamiento, dos estaban casadas, tres prometidas o con
relaciones estables y dos sexualmente inactivas. Su edad oscilaba entre los
veinte y pocos y los treinta y pocos años. Todas eran lo que solía llamarse
«mujeres profesionales», en el sentido de que eran corredoras de bolsa,
secretarias ejecutivas, abogadas o empresarias. Había también una editora y una
profesora universitaria. Cuando Ricky se concentró, empezó a recordar las
distintas neurosis que habían llevado a cada una de ellas a su puerta. Cuando
estas enfermedades empezaron a aflorar a su memoria, los tratamientos hicieron
lo mismo.
Despacio, volvieron a él voces, palabras
pronunciadas en su consulta. Momentos concretos, avances, comprensiones que
regresaron a su conciencia, propiciados por las preguntas directas del viejo
médico. La noche envolvió a los dos hombres y lo anuló todo salvo la pequeña
habitación y los recuerdos de Ricky Starks. No estaba seguro de cuánto rato
había pasado en el proceso, pero sabía que era tarde. Se detuvo casi a mitad de
un recuerdo y miró de repente al hombre sentado frente a él.
Los ojos del doctor Lewis seguían brillando
con una energía de otro mundo, alimentada, en opinión de Ricky, por el café,
pero más bien por los recuerdos o quizá por otra cosa, alguna fuente oculta de
entusiasmo.
Ricky sintió sudor en la nuca. Lo atribuyó
al aire ht1medo que se colaba por las ventanas abiertas y que auguraba una
lluvia refrescante que no llegaba.
– No está ahí. ¿Verdad, Ricky? –preguntó de
pronto el doctor Lewis.
– Son las mujeres que traté.
– Y todos los tratamientos tuvieron más o
menos éxito por lo que me cuentas y por lo que recuerdo que me dijiste en
nuestras sesiones, y apostaría a que todas ellas siguen llevando una vida
relativamente productiva. Detalle, añadiré, que podría comprobarse investigando
un poco.
– Pero ¿qué...?
– Y las recuerdas a todas. Con precisión y
detalle, y ése es el fallo, ¿no crees? Porque la mujer que buscas en tu memoria
es alguien que no sobresale. Alguien a quien has bloqueado de tu capacidad de
recuerdo.
Ricky empezó a tartamudear una respuesta,
pero se detuvo porque la veracidad de esta afirmación le resultaba evidente.
– ¿No recuerdas ningún fracaso, Ricky?
Porque ahí es donde encontrarás tu relación con Rumplestiltskin. No en los
éxitos.
– Creo que ayudé a esas mujeres a solucionar
los problemas a que se enfrentaban. No consigo recordar a ninguna que se
marchara aún trastornada.
– No seas orgulloso, hombre. Inténtalo otra
vez. ¿Qué te dijo el señor R en su pista?
Ricky se sorprendió un poco cuando el viejo
analista usó la misma abreviatura que a Virgil le gustaba emplear. Intentó
recordar con rapidez si había dicho «señor R» durante la tarde, y le pareció
que no. Pero, de repente, ya no estuvo seguro. Pensó que podría haberlo dicho.
La indecisión, la incapacidad de estar seguro, la pérdida de convicción eran
como vientos encontrados en su interior. Se sintió zarandeado y mareado, a la
vez que se preguntaba cómo su capacidad de recordar un simple detalle había desaparecido
de modo tan vertiginoso. Se movió en el asiento, con la esperanza de que la
alarma que sentía no se reflejara en su cara o su postura.
– Me dijo que la mujer que buscaba estaba
muerta –comentó–, y que yo le prometí algo que luego no cumplí.
– Bueno, concéntrate en esa segunda parte.
¿Hubo alguna mujer a la que negaras tratamiento que se sitúe en este margen de
tiempo? ¿Quizá brevemente, unas cuantas sesiones, y que después se marchara?
Sigues queriendo pensar en las mujeres con las que empezaste tu consulta
privada. ¿Tal vez fuera alguien en la clínica donde trabajabas?
– Podría ser, pero ¿cómo podría…?
– De algún modo, este otro grupo de
pacientes era menos importante para ti, ¿verdad? ¿Acaso no eran tan prósperas?
¿Tenían menos talento? ¿Menos educación? Y tal vez no aparecieron con tanta
nitidez en la pantalla del radar del joven doctor Starks.
Ricky se abstuvo de responder, porque vio
tanto la verdad como el prejuicio en lo que decía el viejo médico.
– ¿No constituye una especie de promesa que
un paciente cruce la puerta y empiece a hablar? La de desahogarse. Tú, como
analista, ¿no estás a la vez afirmando algo? ¿Y, por lo tanto, prometiendo? Tú
ofreces la esperanza de una mejora, de una readaptación, de un alivio para el
tormento, como cualquier otro médico.
– Por supuesto, pero...
– ¿Quién vino y después dejó de hacerlo?
– No lo sé...
– ¿A quién atendiste durante quince
sesiones, Ricky? –La voz del viejo analista era de repente exigente e
insistente.
– ¿Quince? ¿Por qué quince?
– ¿Cuántos días te dio Rumplestiltskin para
averiguar su identidad?
– Quince.
– Dos semanas más un día. Una cifra que se
suele mencionar pero no significar. Deberías haber prestado más atención a ese
número, porque ahí está la conexión. ¿Y qué quiere que hagas?
– Que me suicide.
– Así pues, Ricky, ¿con quién tuviste quince
sesiones y después se suicidó?
Ricky cambió de
postura. De repente le dolía la cabeza. «Debería haberlo visto –pensó–. Es muy
obvio.» –No lo sé –balbució.
– No lo sabes –dijo el viejo analista, con
cierto enfado–. Lo que sucede es que no quieres saberlo. Hay una gran
diferencia. –Lewis se levantó–. Es tarde y estoy decepcionado. He pedido que te
prepararan la habitación de huéspedes. Está en el primer piso, a la derecha.
Tengo algunas cosas que resolver esta noche. Quizá por la mañana, después de
que hayas reflexionado un poco más, podamos hacer verdaderos progresos.
– Creo que necesito más ayuda –indicó Ricky
con voz débil.
– Has recibido ayuda –contestó Lewis, y
señaló el hueco de la escalera.
El dormitorio, pulcro y ordenado, tenía el
toque impersonal de una habitación de hotel. Estaba claro que no solía usarse.
A mitad del pasillo había un baño con un aspecto parecido. Ninguno de los dos
espacios proporcionaba demasiada indicación sobre el doctor Lewis o su vida. No
había frascos de medicamentos en el armario del baño ni revistas junto a la
cama o libros en algún estante, ni fotografías familiares en las paredes. Ricky
se metió en la cama tras comprobar en el reloj que ya pasaba mucho de la
medianoche. Estaba agotado y necesitaba dormir, pero no se sentía seguro y la
cabeza le daba vueltas, de modo que al principio el sueño le fue esquivo. El
canto de los grillos y alguna que otra luciérnaga que chocaba contra la ventana
armaban el doble de jaleo que la ciudad. Echado en la cama en medio de la
penumbra, fue filtrando ruidos hasta que pudo distinguir la voz distante del
doctor Lewis. Aguzó el oído y, pasado un momento, decidió que el viejo analista
estaba enfadado por algo, que su tono, tan regular y modulado durante las horas
que pasó con Ricky, tenía ahora un mayor apremio y tenor. Intentó distinguir
las palabras, pero no lo consiguió. Luego oyó el sonido inconfundible de un
teléfono al ser colgado de golpe. Unos segundos más tarde, oyó los pasos del
viejo médico en las escaleras y una puerta que se abría y cerraba con rapidez.
Luchó por mantener los ojos abiertos en la
oscuridad. «Quince sesiones y después murió –pensó–. ¿Quién fue?»
No supo cuándo se durmió, pero despertó
cuando unos haces de luz brillante entraron por la ventana y le dieron en la
cara. La mañana de verano podría haber parecido perfecta, pero Ricky arrastraba
el peso del recuerdo y la decepción. Había esperado que el viejo médico le
condujese directo a un nombre, pero en lugar de eso seguía tan a la deriva como
antes en el mar embravecido de la memoria. Esta sensación de fracaso era como
una resaca que le martilleaba las sienes. Se puso los pantalones, los zapatos y
la camisa, cogió la chaqueta y, después de mojarse la cara y peinarse para
procurar tener un aspecto algo presentable, bajó las escaleras. Caminaba con
determinación, pensando que lo único en que se concentraría sería en el
escurridizo nombre de la madre de Rumplestiltskin. Iba con la sensación de que
la observación del doctor Lewis sobre relacionar días y sesiones era acertada.
Aún seguía oculto el contexto de la mujer. Tal vez había descartado con
demasiada rapidez y arrogancia a las modestas mujeres que había atendido en la
clínica psiquiátrica para concentrarse en las que habían sido sus primeros
psicoanálisis particulares. Pensó que había atendido a esa mujer en un momento
en que él mismo estaba haciendo elecciones: sobre su rumbo profesional, sobre convertirse
en analista, sobre enamorarse y casarse. Era una época en que miraba
directamente al frente, y su fracaso se había producido en un mundo que había
querido descartar.
Pensó que por eso estaba tan bloqueado. Su
paso escaleras abajo cobró vigor con la idea de que podría atacar estos
recuerdos como un bombardero de la Segunda Guerra Mundial: bastaría con lanzar
una bomba lo bastante potente al tejado de la historia reprimida para hacerla
saltar por completo. Confiaba en que, con la ayuda del doctor Lewis, podría
llevar a cabo ese ataque.
La luz solar y el calor del campo que
entraban en la casa parecían disipar todas las dudas y preguntas que hubiera
podido tener sobre el viejo analista. Los aspectos inquietantes de su anterior
conversación se desvanecieron con la claridad de la mañana. Asomó la cabeza en
el estudio en busca de su anfitrión, pero la habitación estaba vacía. Cruzó el
pasillo central de la casa hacia la cocina, donde podía oler aroma de café.
El doctor Lewis tampoco estaba ahí.
Ricky probó con un «hola» en voz alta, pero
no obtuvo respuesta.
Miró la cafetera y vio que el recipiente se
calentaba sobre la placa térmica y que había preparada una taza para él. Había
un papel apoyado contra ella, con su nombre escrito a lápiz en la parte
exterior. Se sirvió café y abrió la nota mientras sorbía la infusión amarga y
caliente. Leyó:
Ricky:
He tenido que irme de modo inesperado y no
creo que regrese a tiempo de verte. Creo que para encontrar a la persona
fundamental deberías examinar el ámbito que dejaste y no el ámbito al que
llegaste. También me pregunto si al ganar el juego no perderás o, al revés, si
al perder puedes ganar. Evalúa bien tus alternativas.
Te ruego que no vuelvas a ponerte en
contacto conmigo por ninguna razón ni propósito.
DOCTOR LEWIS
Retrocedió de golpe, como si le hubiesen
abofeteado.
El café pareció escaldarle la lengua y la
garganta. Se sonrojó, lleno de confusión y rabia. Releyó las palabras tres
veces, pero en cada ocasión se .volvían más confusas y menos claras, cuando
debería vedas más nítidas. Dobló la hoja de papel y se la metió en el bolsillo.
Se acercó al fregadero y vio que el montón de platos de la noche anterior
estaban lavados y ordenados sobre la encimera. Vertió el café en la pila de
porcelana blanca, abrió el grifo y observó cómo el líquido marrón se
arremolinaba desagüe abajo. Aclaró la taza y la dejó a un lado. Se agarro un
momento al borde del mármol para intentar tranquilizarse. Entonces .oyó un
coche que subía por el camino de entrada de grava.
Lo primero que se le ocurrió fue que se
trataba de Lewis, que volvía con una explicación, así que casi corrió hasta la
puerta. Pero lo que vio, en cambio, lo sorprendió.
Era el mismo taxista que lo había recogido
el día anterior en la estación de Rhinebeck. El hombre le saludó con la mano y
bajó la ventanilla a la vez que el coche se detenía.
– Hola, doctor. ¿Cómo está? Será mejor que
se dé prisa si no quiere perder el tren.
Ricky vaciló. Se volvió hacia la casa porque
le pareció que tendría que hacer algo, dejar una nota o hablar con alguien
–pero, por lo que sabía, estaba vacía–. Una mirada al establo reacondicionado
le indicó que el coche de Lewis tampoco estaba.
– Venga, doc. No tenemos mucho tiempo y el
próximo tren no sale hasta última hora de la tarde. Se pasará el día en la
estación si pierde éste. Suba, tenemos que ponemos en marcha.
– ¿Cómo ha sabido que tenía que recogerme?
–preguntó Ricky–. Yo no lo llamé.
– Pues alguien lo hizo. Seguramente el
hombre que vive aquí. Recibí un mensaje en el busca personas diciendo que
viniera aquí a recoger al doctor Starks enseguida, y que me asegurara de que
llegara al tren de las nueve y cuarto. Así que quemé neumáticos y aquí estoy,
pero si no sube no va a tomar ese tren, y le aseguro que aquí no hay demasiado
que hacer para distraerse todo un día.
Poco después, Ricky se sentaba en el asiento
trasero. Sintió algo de culpa por dejar la casa abierta, pero la desechó con un
interior «a la mierda».
– Muy bien –dijo–. Vámonos.
El taxista aceleró con brusquedad,
levantando grava y polvo.
En unos minutos, llegaron al cruce en que la
carretera de acceso al puente de Kingston–Rhinecliff sobre el Hudson se
encuentra con River Road. Un policía de tráfico de Nueva York ocupaba el centro
de la calzada y bloqueaba el paso por la serpenteante carretera nacional. El
policía, un hombre joven con un sombrero de ala ancha, una guerrera gris y una
típica expresión dura de estar de vuelta de todo que contradecía su juventud,
indicó al taxi que se parara a la izquierda. El conductor bajó la ventanilla y
le gritó desde el otro lado de la carretera.
– Oiga, ¿no puedo pasar? Tengo que llegar
antes de que salga el tren.
– Imposible –dijo el policía sacudiendo la
cabeza–. La carretera está bloqueada a un kilómetro de aquí hasta que la
ambulancia y la grúa terminen con su trabajo. Tendrán que dar un rodeo. Si se
dan prisa, llegarán a tiempo.
– ¿Qué ha pasado? –preguntó Ricky. El
taxista se encogió de hombros.
– ¡Oiga! –gritó el hombre al policía–. ¿Qué
ha pasado?
– Un hombre mayor que iba con prisas se
salió de la carretera en una curva –explicó el policía–. Se estrelló contra un
árbol. Puede que tuviera un ataque cardíaco y perdiera el conocimiento.
– ¿Ha muerto? –quiso saber el taxista.
El policía se encogió de hombros.
– Los de la ambulancia están ahí ahora. Han
pedido unas tijeras hidráulicas.
– ¿Qué coche era? –preguntó Ricky, que se
incorporó de golpe y, asomado a la ventanilla del conductor, repitió gritando–:
¿Qué clase de coche era?
– Un viejo Volvo azul–dijo el policía
mientras indicaba al taxi que siguiera la marcha.
El taxista aceleró.
– Mierda –dijo–. Tenemos que dar la vuelta.
Vamos a llegar justos.
– ¡He de verlo! –exclamó Ricky, presa del
nerviosismo–. El coche...
– Si nos paramos no llegaremos al tiempo.
– Pero ese coche, el doctor Lewis...
– ¿Cree que es su amigo? –preguntó el
taxista, y siguió alejándose del lugar del accidente, de modo que Ricky no
alcanzó a verlo. –Tenía un viejo Volvo azul.
– Joder, aquí haya montones.
– Pare, por favor...
– La policía no le dejará acercarse. y
aunque pudiera, ¿qué haría?
Ricky no tenía respuesta a eso. Se dejó caer
de nuevo en el asiento, como si le hubieran abofeteado. El taxista aceleró
bruscamente.
– Llame a la policía de tráfico de
Rhinebeck. Ahí le darán detalles. O llame a urgencias del hospital y ellos le
informarán. A no ser que quiera ir ahora, pero no se lo aconsejo. Estaría
sentado esperando a los médicos de urgencias y tal vez al forense y al policía
que lleve la investigación, y seguiría sin saber mucho más que ahora. ¿No tiene
que ir a algún lugar importante?
– Sí –afirmó Ricky, aunque no estaba seguro
de ello.
– ¿Era un buen amigo suyo?
–No –contestó Ricky–. No era ningún amigo.
Sólo alguien a quien conocía. A quien creía conocer.
–Pues ya ve –dijo el taxista–. Creo que
llegaremos a tiempo a la estación. –Volvió a acelerar para pasar un semáforo en
ámbar justo cuando se ponía rojo.
Ricky se recostó en el asiento, tras echar
un solo vistazo por encima del hombro a través de la ventanilla trasera, donde
el accidente y quien lo hubiera tenido permanecían fuera de su vista. Intentó ver luces parpadeantes y oír
sirenas, pero no lo consiguió.
Arribaron a la estación en el último minuto.
Las prisas en llegar parecían haber obstaculizado cualquier oportunidad de analizar su visita
al doctor Lewis. Corrió frenético por el andén casi vacío, sus zapatos
resonando con fuerza, mientras el tren se detenía con el ruido agresivo de sus
frenos hidráulicos. Como en el viaje de ida, sólo había unas pocas personas
esperando para viajar a Nueva York entre semana y a media mañana. Un par de
hombres de negocios que hablaban por sus móviles, tres mujeres que al parecer
iban de compras y algunos adolescentes con ropa informal. El calor creciente
del verano parecía exigir un ritmo lento que no era habitual en Ricky. Le
pareció que la urgencia del día estaba fuera de lugar y que no volvería a la
normalidad hasta que hubiese regresado a la ciudad.
El vagón estaba casi vacío, sólo había unas
pocas personas repartidas por las hileras de asientos. Se dirigió a la parte
posterior, se sentó en un rincón y apoyó la mejilla contra la ventanilla para
contemplar el paisaje, sentado de nuevo en el lado donde podía ver el río
Hudson.
Se sentía como una boya soltada de su
amarre: antes, un indicador sólido y fundamental de bajíos y corrientes
peligrosas; ahora, a la deriva y vulnerable. No sabía muy bien qué pensar de la
visita al doctor Lewis. Tal vez había avanzado algo, pero no estaba seguro. No
se sentía más próximo a lograr encontrar su relación con el hombre que le
amenazaba que antes de haber viajado río arriba. Después, pensándolo mejor, se
dio cuenta de que eso no era cierto. El problema era que tenía alguna clase de
bloqueo entre él y el recuerdo adecuado. La paciente correcta, la relación
correcta parecía estar fuera de su alcance, por mucho que alargara la mano
hacia ella.
Había algo de lo que estaba seguro: todo lo
que había logrado en la vida era irrelevante.
El error que había cometido, origen de la
cólera de Rumplestiltskin, se situaba en sus inicios en el mundo de la
psiquiatría y el psicoanálisis. Se situaba justo en el momento en que había
abandonado el difícil y frustrante trabajo de tratar a los necesitados y se
había dirigido hacia los más inteligentes y adinerados: los ricos neuróticos,
como un colega suyo solía llamar a sus pacientes. Los hipocondríacos.
Admitirlo le enfureció. Los hombres jóvenes
cometen errores, eso es inevitable en cualquier profesión. Ahora ya no era
joven y no cometería el mismo error, fuera cual fuese. La idea de que le
siguieran considerando responsable de algo que había hecho hacía más de veinte
años y de una decisión similar a las que tomaban decenas de otros médicos en
las mismas circunstancias le sacaba de quicio. Lo encontraba injusto y nada
razonable. Si no hubiera estado tan afectado por todo lo ocurrido, podría haber
visto que en esencia su profesión se basaba más o menos en el concepto de que
el tiempo sólo agrava las heridas de la psique. Reconduce estas heridas, pero
nunca las cura.
Al otro lado de la ventanilla, el río fluía.
No sabía cuál debería ser su siguiente paso, pero había algo de lo que estaba
seguro: quería regresar a su casa, quería estar en un lugar seguro, aunque sólo
fuera un rato.
Siguió mirando por la ventanilla todo el
viaje, casi en trance. En las distintas paradas, apenas alzó los ojos o se
movió en su asiento. La última parada antes de la ciudad era Croton–on–Hudson,
a unos cincuenta minutos de la estación Pennsylvania. El vagón seguía vacío en
un noventa por ciento, con muchos asientos libres, así que a Ricky le
sorprendió que otro pasajero se sentara a su lado, dejándose caer en el asiento
con un ruido sordo.
Se volvió de golpe, asombrado.
– Hola, doctor –le saludó el abogado
Merlín–. ¿Está libre este asiento?
16
Merlín parecía agitado y tenía la cara un
poco sonrojada, como alguien que ha tenido que correr los últimos cincuenta
metros para alcanzar el tren. El sudor le perlaba ligeramente la frente y se
secó la cara con un pañuelo de hilo blanco.
– Casi pierdo el tren –explicó
innecesariamente–. Tengo que hacer más ejercicio.
Ricky inspiró hondo antes de preguntar:
– ¿Por qué está aquí? –Aunque pensó que era
una pregunta bastante estúpida, dadas las circunstancias.
El abogado terminó de secarse la cara y se
extendió el pañuelo en el regazo, alisándolo antes de doblarlo y volvérselo a
guardar en el bolsillo. Luego dejó un maletín de piel y una pequeña bolsa de
viaje impermeable junto a sus pies.
– Para animarlo, doctor Starks –contestó
tras aclararse la garganta–. Para animarlo.
La sorpresa inicial de Ricky había
desaparecido. Cambió de postura para procurar ver mejor al hombre que tenía
sentado a su lado. –Me mintió. Fui a su nueva dirección.
– ¿Fue a las nuevas oficinas? –El abogado
pareció algo aturdido.
– En cuanto acabamos de hablar. No habían
oído hablar de usted, nadie del edificio. Y no habían alquilado ninguna oficina
a nadie llamado Merlín. ¿Quién es usted, señor Merlín?
– Soy quien soy –afirmé–. Esto es insólito.
– Sí –coincidió Ricky–. Insólito.
– Y un poco desconcertante. ¿Por qué fue a
mis nuevas oficinas después de hablar conmigo? ¿Cuál era el propósito de su
visita, doctor Starks? –El tren ganó algo de velocidad y dio una sacudida que
hizo que los hombros de ambos entrechocaran con una intimidad incómoda.
– Porque no creí que fuera quien dijo ser,
ni tampoco nada más de lo que me contó. Una sospecha que poco después confirmé,
porque cuando llegué al lugar que indicaba su tarjeta de visita...
– ¿Le di una tarjeta? –Merlín meneó la
cabeza y esbozó una sonrisa.
– Sí –aseguró Ricky, irritado–. Lo hizo.
Estoy seguro de que lo recordará.
– ¿El día del traslado? Eso lo explica todo.
Fue un día difícil. Turbador. ¿Acaso no dicen que la muerte, un divorcio y una
mudanza son las tres cosas más estresantes que existen? Afectan el corazón, y
apuesto que también la mente.
– Eso me han dicho.
– Bueno, el primer lote de tarjetas de
visita que ordené a la imprenta llegó con una dirección equivocada. Las nuevas
oficinas están sólo a una manzana. El encargado de la tienda lo anotó mal y no
nos dimos cuenta enseguida. Debí de haber entregado una docena antes de ver el
error. Son cosas que pasan. Según tengo entendido, a ese pobre hombre lo
despidieron porque la imprenta tuvo que comerse todo el pedido y hacer tarjetas
nuevas. –Merlín se metió la mano en el interior de la chaqueta y sacó un
tarjetero de piel–. Tenga. Ésta está bien.
Ricky la observó e hizo un gesto de
rehusarla.
– No le creo –soltó–. No voy a creer nada de
lo que me diga.
Ni ahora ni nunca. También merodeó por mi
casa con el mensaje en el Times un par de días después. Sé que era usted.
– ¿Por su casa? Qué extraño. ¿Cuándo fue
eso?
– A las cinco de la mañana.
– Vaya. ¿Cómo puede estar tan seguro de que
era yo?
– El repartidor describió sus zapatos a la
perfección. Y el resto de su persona de forma aceptable.
Merlín sacudió de nuevo la cabeza. Sonrió
del modo felino que Ricky recordaba de su primer encuentro. El abogado confiaba
en su habilidad de seguir mostrándose escurridizo para que no pudiera
comprometerlo. Una aptitud importante para cualquier abogado.
– Bueno, supongo que me gusta pensar que mi
ropa y mi aspecto son exclusivos, doctor Starks, pero imagino que la realidad
es menos exigente. Mis zapatos, por bonitos que sean, pueden comprarse en
muchas zapaterías y no son demasiado inusuales en el centro de Manhattan. Mis
trajes son de confección, los típicos azul oscuro de raya diplomática que se
llevan en la ciudad. Bonitos, pero que puede comprar cualquiera que tenga
quinientos dólares en el bolsillo. Quizás en un futuro próximo me incorpore al
grupo que viste ropa hecha a medida. Tengo aspiraciones en ese sentido. Pero de
momento sigo estando en la franja del cuarto piso, moda de caballero, de la
plebe. ¿Le describió ese repartidor mi cara? ¿Y mi calva incipiente? ¿No? Por
su expresión adivino la respuesta. Así pues, yo dudaría que cualquier
identificación que usted crea que hizo alguien resistiera un intenso examen
profesional. Sin duda, una identificación que le ha convencido de un modo tan
absoluto. Creo que esto es más bien consecuencia de su profesión, doctor.
Valora demasiado lo que la gente le dice. Considera las palabras dichas como un
medio de llegar a la verdad. Yo las considero un medio para ocultarla.
El abogado lo miró sonriendo y añadió:
– Parece estar bajo presión, doctor.
– Seguro que lo sabe bien, señor Merlín.
Porque usted o su jefe son quienes han creado esta situación.
– Me ha contratado una mujer joven de quien
usted abusó, como ya le dije antes, doctor. Eso es lo que me ha puesto en
contacto con usted.
– Por supuesto. Pues bien, señor Merlín
–soltó Ricky a medida que su rabia crecía–, vaya a sentarse a otra parte. Este
sitio está ocupado. Por mí. No quiero seguir hablando con usted. No me gusta
que me mientan tan descaradamente, y no pienso escucharlo más. Hay muchos
asientos en este tren... –Ricky señaló el vagón casi vado–. Siéntese por ahí y
déjeme solo. O por lo menos deje de mentirme.
Merlín no se movió.
– Eso no sería sensato –aseguró.
– Puede que esté cansado de comportarme de
modo sensato –contestó Ricky–. Tal vez debería actuar sin reflexionar. Déjeme
solo. –Pero no esperaba que el abogado lo hiciera.
– ¿Es así cómo se ha comportado? ¿De modo
sensato? ¿Se ha puesto en contacto con un abogado como le aconsejé? ¿Ha tomado
medidas para protegerse y proteger también sus posesiones de un juicio y del
bochorno? ¿Ha sido racional e inteligente en sus acciones?
– He tomado medidas –contestó Ricky. No
estaba seguro de que eso fuera exacto.
Era evidente que el abogado no le creía.
– Bueno, me alegra oír eso –sonrió–. Tal vez
podríamos llegar a un acuerdo entonces. Usted, su abogado y yo.
– Ya sabe cuál es el acuerdo que yo quiero,
señor Merlín, o comoquiera que se llame. Así que, por favor, ¿podría dejar la
farsa que se obstina en representar y decirme el motivo de que esté en este
tren y sentado a mi lado?
– Ah, doctor Starks, detecto cierta
desesperación en su voz.
– Bueno, ¿cuánto tiempo cree que me queda,
señor Merlín?
– ¿Tiempo, doctor Starks? ¿Tiempo? Todo el
que necesite, hombre...
– Hágame un favor, señor Merlín: váyase o
deje de mentir. Sabe muy bien de qué hablo.
Merlín lo miró con atención, con la misma
sonrisita de gato de Cheshire en los labios. Pero, a pesar de ese aire de
autosuficiencia, había abandonado parte de su afectación.
– Bueno, doctor. Tictac, tictac. La
respuesta a su última pregunta es: diría que le queda menos de una semana.
– Por fin una afirmación veraz. –Ricky
inspiró con fuerza–.Y ahora dígame quién es usted.
– Eso no importa. Un jugador más. Alguien
contratado para hacer un trabajo. Y no soy la clase de persona que usted cree,
ni mucho menos.
– Entonces, ¿por qué está aquí?
– Ya se lo dije: para animarlo.
– Muy bien –dijo Ricky con firmeza–.
Anímeme.
Merlín pareció pensar por un instante y,
acto seguido, contestó:
– Creo que la frase inicial de Cuidados del
bebé y del niño, del doctor Spock, sería adecuada en este momento.
– No he tenido ocasión de leer ese libro
–comentó Ricky con amargura.
– La frase es: «Sabe más de lo que piensa.»
Ricky reflexionó un momento antes de
contestar con sarcasmo:
– Espléndido. Genial. Intentaré recordarlo.
– Valdría la pena que lo hiciera.
Ricky no respondió.
– ¿Por qué no me da su mensaje? –dijo en
cambio–. Después de todo, es eso, ¿no? Un mensajero. Así que, adelante. ¿Qué
quiere decirme?
– Urgencia, doctor. Ritmo. Velocidad.
– ¿Cómo?
– Acelere –soltó Merlín, sonriente, con un
acento desconocido–. Tiene que hacer su segunda pregunta en el periódico de
mañana. Tiene que avanzar, doctor. Si no desperdiciando el tiempo, por lo menos
está dejándolo escapar.
– Todavía no he elaborado la segunda
pregunta.
El abogado hizo una ligera mueca, como si
estuviera incómodo en el asiento o notara los primeros indicios de un dolor de
muelas.
– Eso se temían en ciertos círculos
–indicó–. De ahí la decisión de darle un empujoncito.
Merlín levantó el maletín de piel que tenía
entre los pies y se lo puso en el regazo. Cuando lo abrió, Ricky vio que
contenía un ordenador portátil, varias carpetas y un teléfono móvil. También
había una pistola semiautomática azul acero en una funda de piel. El abogado
apartó el arma y sonrió al ver que Ricky la observaba. Cogió el teléfono y lo
abrió, haciendo brillar ese exclusivo verde electrónico tan habitual en el
mundo moderno. Se volvió hacia Ricky.
– ¿No le queda ninguna pregunta por hacer
sobre esta mañana?
Ricky siguió mirando la pistola antes de
responder:
– ¿A qué se refiere?
–
¿Qué vio esta mañana, de camino a la estación?
Ricky vaciló. No sabía que Merlín, Virgil o
Rumplestiltskin supieran lo de su visita al doctor Lewis, pero entonces, de
repente, comprendió que debían de saberlo si habían enviado a Merlín a reunirse
con él en el tren.
– ¿Qué vio? –insistió Merlín.
– Un accidente –contestó con voz dura.
El abogado asintió.
– ¿Tiene la certeza de eso, doctor?
– Sí.
– La certeza es una presunción maravillosa
–comentó Merlín–. La ventaja de ser abogado en lugar de, pongamos por caso,
psicoanalista es que los abogados trabajan en un mundo desprovisto de certeza.
Vivimos en el mundo de la persuasión. Pero ahora que lo pienso, quizá no sea
demasiado distinto para usted, doctor. Después de todo, ¿no lo persuaden de
cosas?
– Vaya al grano.
– Apuesto a que nunca usó esta frase con un
paciente –sonrió el abogado de nuevo.
– Usted no es paciente mío.
– Cierto. Así que cree que vio un accidente.
¿De quién?
Ricky no estaba seguro de cuánto sabía
Merlín sobre el doctor Lewis. Era posible que lo supiera todo. O que no supiera
nada. Guardó silencio.
El abogado contestó por fin a su propia
pregunta.
– De alguien que conocía y en quien
confiaba, y a quien fue a visitar con la esperanza de que pudiera ayudarle en
su situación actual. Tenga... –Pulsó una serie de números del móvil y se lo
pasó a Ricky–. Haga su pregunta. Pulse OK para conectar la llamada.
Ricky vaciló antes de hacerlo. El timbre
sonó una vez y una voz contestó:
– Policía de tráfico de Rhinebeck. Agente
Johnson. ¿En que puedo servirle?
Ricky dudó lo suficiente para que el policía
repitiera:
– Policía de tráfico, ¿diga?
– Buenos días –dijo entonces–, soy el doctor
Frederick Starks.
Esta mañana me dirigía hacia la estación de
trenes y, al parecer, en River Road había un accidente. Me preocupa que pudiera
tratarse de un conocido mío. ¿Podría informarme?
La respuesta del policía fue curiosa, pero
enérgica:
– ¿En River Road? ¿Esta mañana?
– Sí –afirmó Ricky–. Había un agente de
policía que dirigía el tráfico hacia un desvío...
– ¿Dice que fue hoy?
– Sí. Hará menos de dos horas.
– Lo siento, doctor, pero no tengo noticia
de que haya habido ningún accidente esta mañana.
– Pero vi... Se trataba de un Volvo azul.
–Ricky se reclinó con fuerza–. El nombre de la víctima era doctor William
Lewis. Vive en River Road.
– Hoy no. De hecho no hemos tenido ningún
aviso de accidente desde hace semanas, lo que no es nada habitual en verano. Y
he estado le servicio en centralita desde las seis de la mañana, de modo que,
si hubiera habido cualquier llamada a la policía o petición de ambulancia, la
habría recibido yo. ¿Está seguro de lo que vio?
– Debo de haberme confundido –dijo Ricky
tras inspirar hondo–. Gracias.
– De nada –contestó el hombre, y colgó.
– Pero yo vi... –empezó Ricky. La cabeza le
daba vueltas.
– ¿Qué vio? –Merlín meneó la cabeza–. ¿Lo
vio realmente? Piense doctor Starks. Píenselo bien.
– Vi un policía de tráfico.
– ¿Vio el coche patrulla?
– No. Estaba dirigiendo el tráfico y dijo...
– «Dijo…» qué gran palabra. Así que «dijo»
algo y usted pensó que era cierto. Vio a un hombre con aspecto de policía de
tráfico y supuso que lo era. ¿Lo vio desviar a otro vehículo mientras estuvo en
ese cruce?
Ricky se vio obligado a sacudir la cabeza.
–No.
– Así que, en realidad, podría haber sido
cualquiera con un sombrero de ala ancha. ¿Examinó con atención su uniforme?
Ricky visualizó al joven, y lo que recordó
fueron unos ojos que asomaban bajo el sombrero de ala ancha. Intentó recordar
otros detalles, pero no lo logró.
– Parecía un policía de tráfico –aseguró.
– Las apariencias no significan demasiado.
Ni en su profesión ni en la mía, doctor. ¿Sigue estando seguro de que hubo un
accidente? ¿Vio alguna ambulancia? ¿Un coche de bomberos? ¿Otros policías o
miembros del equipo sanitario? ¿Oyó sirenas? ¿Quizás el chop-chop–chop delator
de un helicóptero de salvamento?
– No.
– ¿De modo que aceptó la palabra de un
hombre de que había habido un accidente que posiblemente afectaba a alguien con
quien usted había estado el día antes, pero no le pareció necesario comprobar
nada más? ¿Salió corriendo para tomar un tren porque creía que tenía que
regresar a la ciudad? Pero ¿cuál era la urgencia real?
Ricky no respondió.
– Y, por lo visto, al parecer no hubo ningún
accidente en esa carretera.
– No lo sé. Puede que no. No puedo estar
seguro.
– No, no puede estarlo –admitió Merlín–.
Pero podemos estar seguros de algo: pensó que lo que tuviera que hacer era más
importante que averiguar si alguien necesitaba ayuda. Quizá debería recordar
esta observación, doctor.
Ricky intentó moverse en el asiento para
mirar a Merlín a los ojos.
Era difícil. Merlín siguió sonriendo, con el
irritante aspecto de quien controla la situación por completo.
– ¿Quizá debería intentar llamar a la
persona a la que visitó?
– Señaló con la mano el móvil–. Para
asegurarse de que está bien.
Ricky marcó deprisa el número del doctor
Lewis. Sonó varias veces, pero nadie contestó.
La sorpresa asomó a su rostro, lo que Merlín
detectó. Antes de que Ricky pudiera decir nada, el abogado hablaba de nuevo.
– ¿Por qué está tan seguro de que esa casa
era realmente el lugar de residencia del doctor Lewis? –preguntó Merlín con
formalidad profesional–. ¿Qué vio que relacionara al doctor directamente con'
ese sitio? ¿Había fotos familiares en las paredes? ¿Vio algún signo de otras
personas? ¿Qué documentos, adornos, lo que podríamos llamar mobiliario de la
vida, probaba que usted estaba en la casa del doctor? Aparte de su presencia,
claro.
Ricky se concentró, pero no recordó nada. El
estudio donde habían estado sentados la mayoría de la noche era un estudio
típico. Libros en las paredes. Sillas. Lámparas. Alfombras. Algunos papeles
sobre la mesa, pero ninguno que hubiera examinado. Nada que fuera exclusivo y
destacara en su recuerdo. La cocina era simplemente una cocina. Los pasillos
conectaban las habitaciones. La habitación de huéspedes donde había dormido era
impersonal.
Siguió sin decir nada, pero sabía que su
silencio era tan bueno para el abogado como una respuesta.
Merlín inspiró hondo con las cejas arqueadas
a la espera de una respuesta. Después las bajó, relajado, y pasaron a formar
parte de la sonrisa de complicidad que esbozó. Ricky recordó una ocasión en su
época de universidad, sentado ante una mesa de póquer mirando a otro estudiante
y sabiendo que, tuviera las cartas que tuviese, no bastarían para vencer a su
adversario.
– Permita que resuma la situación, doctor
–dijo Merlín–. Siempre va bien dedicar un momento a evaluar, sacar una
conclusión y, después, proceder. Éste podría ser uno de esos momentos. Lo único
de lo que puede estar seguro es de que pasó unas horas en presencia de un
médico al que conocía de tiempo atrás. No sabe si estuvo en su casa o no, o si
tuvo un accidente o no. No sabe con certeza si su antiguo analista está vivo o
no, ¿verdad?
Ricky fue a contestar, pero se contuvo.
Merlín prosiguió, y bajó la voz con tono de
complicidad.
– ¿Cuál fue la primera mentira? ¿Cuál fue la
mentira fundamental? ¿Qué vio? Todas estas preguntas... –Agitó un dedo y meneó
la cabeza, como se haría para corregir a un niño díscolo––. Ricky, Ricky,
Ricky. Le preguntaré una cosa: ¿hubo un accidente de coche esta mañana?
– No.
– ¿Está seguro?
– Acabo de hablar con la policía de tráfico.
El agente dijo...
– ¿Cómo sabe que habló con la policía de
trafico?
Ricky vaciló. Merlín sonrió.
– Marqué el número y le pasé el teléfono.
Usted pulsó OK, ¿no? por lo tanto, podría haber marcado cualquier número, de
modo que hubiera alguien .esperando la llamada. Puede que ésa sea la mentira,
Ricky. Puede que ahora mismo su amigo, el doctor Lewis, esté en el depósito del
condado de Dutchess esperando a que algún familiar vaya a identificarlo.
– Pero...
– No está captando la idea, Ricky.
– De acuerdo –soltó con brusquedad–. ¿Cuál
es la idea?
Los ojos del abogado se entrecerraron un
poco, como si la respuesta brusca de Ricky le hubiera irritado. Indicó la bolsa
de viaje impermeable que tenía a los pies.
– Puede que no hubiera ningún accidente pero
que, en cambio, en esta bolsa tenga su cabeza cortada. ¿Es eso posible?
Ricky dio un respingo, sorprendido.
– ¿Es posible, Ricky? –insistió el abogado,
con voz sibilante.
Los ojos de Ricky se dirigieron a la bolsa.
Tenía una forma corriente, sin ningún indicio externo acerca de su contenido.
Era bastante grande como para que cupiera la cabeza de una persona, e
impermeable, de modo que no habría manchas ni filtraciones.
Mientras tenía en cuenta todos estos
detalles, notó que se le secaba la garganta y no sabía qué le aterraba más: la
idea de que a sus pies hubiera la cabeza de un hombre que conocía o la duda de
si era así.
– Es posible –susurró a la vez que alzaba
los ojos hacia Merlín.
– Es importante que entienda que todo es
posible: simular un accidente automovilístico, presentar una denuncia por acoso
sexual ante el organismo rector de su profesión, invadir sus cuentas bancarias,
matar a sus familiares, sus amigos o incluso sus conocidos. Tiene que actuar,
Ricky. ¡Actúe!
– ¿Hay algún límite? –preguntó Ricky con un
ligero temblor en la voz.
– Ninguno. –Merlín sacudió la cabeza–. Eso
es lo que hace que todo sea tan fascinante para nosotros, los participantes. En
las reglas de juego que estableció mi jefe todo puede formar parte de la
actividad. Lo mismo es válido para su profesión, imagino. ¿No es así, doctor
Starks?
– Supongo –repuso Ricky en voz ronca,
mientras se movía inquieto en su asiento–. Tendría que largarme ahora mismo.
Dejarlo aquí sentado con lo que contenga esa bolsa.
Merlín sonrió de nuevo. Se agachó y dobló un
poco la parte superior de la bolsa para dejar al descubierto las letras F.A.S.
grabadas en ella. Ricky observó las iniciales.
– ¿Cree que no hay nada en esta bolsa con
una cabeza que le relacione a usted, Ricky? ¿No cree que la bolsa fue comprada
con una de sus tarjetas de crédito antes de que fueran canceladas? ¿Y no cree
que el taxista que le recogió esta mañana y le llevó a la estación recordará
que lo único que llevaba era una bolsa de viaje azul de tamaño mediano? ¿Y que
lo dirá a cualquier policía que se moleste en preguntárselo?
Ricky intentó humedecerse los labios para
encontrar algo de humedad en este mundo.
– Por supuesto –prosiguió Merlín–, yo podría
llevarme la bolsa. Y usted podría actuar como si no la hubiera visto nunca.
– ¿Cómo...?
– Haga su segunda pregunta, Ricky. Llame
ahora al Times.
– No creo que...
– Ahora, Ricky. Estamos llegando a la
estación Pennsylvania y, cuando estemos en un túnel subterráneo, el teléfono no
tendrá cobertura y esta conversación terminará. Decídase de una vez.
– Para subrayar sus palabras, empezó a
marcar un número en el móvil–. Tenga –dijo–. He marcado el departamento de
clasificados del Times. Haga la pregunta, Ricky.
Ricky tomó el teléfono y pulsó el OK. Oyó la
misma voz de mujer que había atendido su llamada la semana anterior.
– Soy el doctor Starks –dijo despacio–. Me
gustaría poner otro anuncio clasificado en la portada– Mientras hablaba buscaba
desesperadamente las palabras.
– Por supuesto, doctor. ¿Cómo va la gincana?
–quiso saber la mujer.
– Voy perdiendo –contestó Ricky; y añadió–:
El anuncio tendría que decir lo siguiente... –Se detuvo, inspiró profundamente
y dijo:
Hace veinte años,
como profesional,
traté a gente
pobre en un hospital.
Me marché para
mejorar de posición.
¿Fue eso lo que
motivó esta situación?
¿Que, al irme, en
el olvido la dejara
provocó que esa
mujer se suicidara?
La mujer repitió las palabras de Ricky...
–Es una pista muy extraña para una gincana –concluyó.
– Es un juego extraño –respondió Ricky. Le
dio de nuevo la dirección para que mandara la factura y colgó.
– Muy bien, muy bien –dijo Merlín asintiendo
con la cabeza–.
Muy inteligente, teniendo en cuenta el
estrés al que está sometido. Es usted muy hábil, doctor Starks. Quizá mucho más
de lo que se imagina.
– ¿Por qué no llama a su jefe y le informa?
–replicó Ricky. Pero
Merlín sacudió la cabeza.
– ¿No le parece que nosotros estamos tan
aislados de él como usted? ¿No le parece que un hombre con sus capacidades
habrá interpuesto suficientes barreras entre él y la gente que ejecuta sus
órdenes?
Ricky pensó que probablemente fuera cierto.
El tren reducía la velocidad y se metió de
repente en un túnel dejando atrás la luz del mediodía mientras avanzaba hacia
la estación. Las luces del vagón se encendieron y confirieron a todo y a todos
un aspecto pálido, amarillento. Al otro lado de la ventanilla, se veía pasar la
forma oscura de vías, trenes y columnas de hormigón. A Ricky le pareció una
sensación parecida a la de ser enterrado.
Merlín se levantó cuando el tren se detuvo.
– ¿Lee alguna vez el New York Daily News,
Ricky? No, supongo que no le va la prensa sensacionalista. El mundo de la
refinada clase alta del Times es más su estilo. Mis orígenes son mucho más
humildes. Me gustan el Post y el Daily News. A veces cuentan historias que el
Times no publicaría. Ya sabe, el Times cubre cosas sobre el Kurdistán y el News
y el Post sobre el Bronx. Pero me parece que hoya su mundo le iría bien leer
esos periódicos en lugar del Times. ¿He hablado suficientemente claro, Ricky?
Lea el Post y el News hoy porque incluyen una noticia que puede importarle. Yo
diría que le resultará fundamental.
Merlín hizo un ligero movimiento con la
mano.
– Ha sido un viaje muy interesante, ¿no le
parece, doctor? –prosiguió–. Los kilómetros han pasado volando. –Señaló la
bolsa de viaje–. Es para usted, doctor. Un regalo. Para animarlo, como dije.
Acto seguido, Merlín se alejó, dejando a
Ricky solo en el vagón.
– ¡Espere! –gritó Ricky–. ¡Alto!
Merlín siguió andando. Unas cuantas cabezas
se volvieron hacia Ricky. Otro grito iba a salir de sus labios, pero lo
contuvo. No quería que se fijaran en él. No quería llamar la atención de nadie.
Quería sumergirse en la penumbra de la estación y unirse al anonimato general.
La bolsa de viaje con sus iniciales le bloqueaba la salida al pasillo, como un
iceberg inmenso en su camino.
No podía dejar la bolsa, y tampoco
llevársela.
El ánimo y las manos de Ricky temblaban. Se
inclinó y la levantó del suelo. Algo cambió de posición en su interior y Ricky
sintió náuseas. Levantó los ojos en busca de algo en el mundo a lo que
aferrarse, algo normal, rutinario, corriente, que le recordara alguna clase de
realidad y lo anclara a ella.
No lo encontró.
Así que sujetó la cremallera de la bolsa,
vaciló, inspiró hondo y la abrió despacio. Contempló el interior.
La bolsa contenía un melón. Del tamaño de
una cabeza y redondo. Ricky soltó una risotada. El alivio lo invadió en un
estallido de carcajadas y risitas. El sudor y el nerviosismo se disiparon. El
mundo que había girado fuera de control a su alrededor se detuvo y pareció
volver a ordenarse.
Cerró la cremallera y se puso de pie. El
vagón estaba vacío, lo mismo que el andén, salvo por un par de mozos y dos
revisores de chaqueta azul.
Ricky se echó la bolsa al hombro y recorrió
el andén. Empezó a planear su siguiente paso. Estaba seguro de que
Rumplestiltskin iba a ofrecerle datos sobre el tratamiento de su madre. Se
permitió la ferviente esperanza de que la clínica hubiera conservado los
historiales de los pacientes de hacía dos décadas. El nombre que su memoria
había encontrado tan escurridizo podría figurar en una lista en el hospital.
Siguió adelante y sus zapatos resonaron en
el andén en penumbras. El vestíbulo central de la estación Pennsylvania estaba
más adelante y avanzó a un ritmo constante y rápido hacia el brillo de las
luces. Mientras caminaba con determinación militar hacia el iluminado
vestíbulo, divisó a uno de los mozos, sentado en una carretilla y enfrascado en
la lectura del Daily News mientras esperaba la llegada del siguiente tren. En
ese mismo instante, el hombre abrió el periódico de modo que Ricky pudo ver el
gran titular de portada, impreso en esas mayúsculas inconfundibles que buscan
llamar la atención: UNA AGENTE DE POLICÍA EN COMA TRAS UN ATROPELLO CON FUGA. Y
debajo el subtítulo: SE SOSPECHA DEL VIOLENTO MARIDO.
17
Ricky se sentó en un banco de madera en
medio de la estación con un ejemplar del News y otro del Post en el regazo,
ajeno al flujo de gente que lo rodeaba, encorvado como un árbol solitario que
se inclina bajo la fuerza de un vendaval. Cada palabra que leía parecía
acelerarse, deslizándose por su imaginación como un coche fuera de control, con
los frenos bloqueados y un chirrido de impotencia, incapaz de detenerse en su
trayectoria hacia un choque inevitable.
Las dos historias contenían los mismos
detalles: Joanne Riggins, una detective de treinta y cuatro años de la policía
de Nueva York, había sido víctima de un atropello con fuga la noche anterior a
menos de media manzana de su casa cuando cruzaba la calle. La mujer estaba en
coma, conectada a sistemas de mantenimiento de vida, en el Brooklyn Medical
Center después de una operación de urgencia. Pronóstico reservado. Los testigos
contaron a ambos periódicos que habían visto huir del lugar del accidente un Pontiac
Firebird rojo, un vehículo como el que poseía el ex marido de la detective.
Aunque todavía no se había encontrado el automóvil, la policía estaba
interrogando al ex marido. El Post informaba que el hombre afirmaba que le
habían robado el coche la noche anterior al atropello. El News revelaba que la
víctima había obtenido una orden de restricción contra él durante el divorcio y
que otra mujer policía había obtenido una segunda, precisamente la misma mujer
que había acudido en ayuda de la detective Riggins segundos después de ser
embestida por el coche. El periódico informaba también que el ex marido había
amenazado en público a su esposa durante el último año de su matrimonio.
Era una historia ideal para un periódico
sensacionalista, llena de indicios de un sórdido triángulo sexual, de una
infidelidad tempestuosa y de pasiones desatadas que al final habían desembocado
en violencia.
Ricky sabía también que era básicamente
falsa.
No la mayoría de la historia, por supuesto;
sólo un pequeño aspecto: el conductor del coche no era el ex marido, aunque
éste fuese el sospechoso más obvio. Ricky sabía que tardarían mucho tiempo en
llegar a creer las declaraciones de inocencia del ex marido y todavía más en
examinar cualquier coartada que arguyera. Probablemente al hombre se lo podría
acusar de pensar y desear que se produjera un hecho así, y sin duda quien había
preparado este accidente también lo sabía.
Estrujó el News, furioso, casi como si
retorciera el cuello de un animalito, y lo arrojó a un lado, esparciendo las
hojas sobre el banco de madera. Pensó en llamar a los policías que investigaran
el caso, incluso al jefe de Riggins en la comisaría. Intentó imaginar a uno de
los compañeros de trabajo de Riggins escuchando su relato. Sacudió la cabeza
con creciente desesperación. No había ninguna posibilidad de que alguien
prestara atención a su historia. Ni una palabra.
Levantó la cabeza despacio, una vez más con
la sensación de que lo estaban observando. Inspeccionando. Sus reacciones eran
medidas como si fuera objeto de algún siniestro estudio clínico. La sensación
le dejó la piel fría y sudorosa. Se le puso carne de gallina en los brazos.
Miró alrededor del amplio vestíbulo. En pocos segundos, decenas, centenares,
quizás hasta millares de personas pasaron por su lado. Pero él se sentía
completamente solo.
Se levantó y, como un hombre herido, se
dirigió hacia el exterior de la estación, en dirección a la parada de taxis.
Junto a la entrada había un indigente que pedía limosna, lo que sorprendió a
Ricky; la policía solía desalojarlos de los lugares destacados. Se detuvo y
echó toda la calderilla que tenía en el vaso de plástico vacío del hombre.
– Tenga –dijo Ricky–. No lo necesito.
– Gracias, señor, gracias –contestó el
menesteroso–. Que Dios le bendiga.
Ricky lo observó un momento y vio llagas en
sus manos y lesiones que le marcaban la cara medio ocultas por una barba
raquítica. Suciedad, mugre, harapos. Con estragos debidos a las calles y a la
enfermedad mental, el hombre podría tener cualquier edad entre cuarenta y
sesenta años.
– ¿Se encuentra bien? –preguntó Ricky.
– Sí, señor. Sí, señor. Gracias. Que Dios le
bendiga por su generosidad. Que Dios le bendiga. ¿Tiene calderilla? – El
indigente había girado la cabeza hacia otra persona que salía de la estación–.
¿Tiene calderilla? –Repetía el estribillo sin prestar atención a Ricky, que
seguía de pie frente a él.
– ¿De dónde es? –le preguntó Ricky.
El vagabundo lo observó con repentina
desconfianza.
– De aquí –afirmó con cautela señalando su
lado de la acera–. De allá –añadió, señalando el otro lado de la calle–. De
todas partes –concluyó haciendo un círculo con los brazos alrededor de la
cabeza.
– ¿Dónde está su hogar?
El hombre se señaló la frente. Eso tenía
sentido para Ricky.
– Bueno, pues, que le vaya bien –dijo Ricky.
– Sí, señor. Sí, señor. Que Dios le bendiga
–retornó su letanía el hombre–. ¿Tiene calderilla?
Ricky se alejó y, de repente, se preguntó si
habría condenado a ese indigente por el mero hecho de hablar con él. Se dirigió
hacia la parada de taxis. ¿Acaso todas las personas con las que se relacionase
se convertirían en un blanco? Le había sucedido a la detective, podía haberle
ocurrido a Lewis. Y Zimmerman. Un herido, un desaparecido, un muerto.
«Si tuviera un amigo, no podría llamarlo
–pensó–. Si tuviera una amante, no podría ir a verla. Si tuviera un abogado, no
podría pedirle hora. Si tuviera dolor de muelas, ni siquiera podría ir a que me
pusieran un empaste sin poner en peligro al dentista. Las personas a quienes
toco se convierten en vulnerables.»
Ricky se detuvo en la acera y se observó las
manos. «Veneno –pensó–. Me he convertido en veneno. »
Abatido por esa idea, pasó de largo la fila
de taxis que esperaban.
Siguió por la ciudad en dirección a Park
Avenue. Los ruidos y el ajetreo de la ciudad, un movimiento y un sonido
incesantes, no lo alcanzaban, de modo que avanzaba en lo que le parecía un
silencio absoluto, ajeno al mundo que lo rodeaba, mientras era como si su
propio mundo se redujera con cada paso que daba. Estaba a unas sesenta manzanas
de su casa y las recorrió todas apenas consciente de haber respirado siquiera
durante el trayecto.
Se encerró en su casa y se desplomó en la
butaca de su consulta.
Ahí pasó el resto del día y toda la noche,
temeroso de salir, temeroso de estarse quieto, temeroso de recordar, temeroso
de dejar la mente en blanco, temeroso de estar despierto, temeroso de dormir.
Debió de haber echado una cabezada en algún
momento hacia la madrugada porque, cuando se despertó, el día ya brillaba en
las Ventanas. Tenía el cuello rígido y todas las articulaciones le crujieron
irritadas por haber pasado la noche sentado. Se levantó con cuidado y fue al
cuarto de baño, donde se cepilló los dientes y se mojó la cara. Se miró un
momento en el espejo y observó que la tensión parecía haber dejado huella en
todas sus líneas y ángulos. Pensó que desde los últimos días de su mujer no
había tenido un aspecto tan cercano a la desesperación, sentimiento que, según
admitió compungido, era el más parecido emocionalmente a la muerte.
El calendario con la equis en la mesa ya
tenía más de dos terceras partes llenas.
Marcó otra vez el número del doctor Lewis en
Rhinebeck, en vano. Llamó a información de esa zona, pensando que tal vez
tuviera un nuevo teléfono, pero no logró nada. Pensó en llamar al hospital o al
depósito de cadáveres para averiguar qué era cierto y qué era falso, pero se
abstuvo. No estaba seguro de querer saber la respuesta.
Lo único a lo que podía aferrarse era un
comentario que había hecho Lewis durante su conversación. Todo lo que
Rumplestiltskin estaba haciendo era, al parecer, para acercar más a Ricky hacia
él.
Pero Ricky no podía imaginar con qué fin,
aparte de la muerte.
El Times estaba frente a su puerta, lo
recogió y vio su pregunta en la parte inferior de la portada, junto a un
anuncio que pedía hombres para un experimento sobre la impotencia. El rellano
de su casa estaba silencioso y vacío. Era un espacio poco iluminado,
polvoriento. El único ascensor pasó de largo con un crujido. Las demás puertas,
pintadas todas de negro con un número dorado en el centro, estaban cerradas.
Supuso que la mayoría de los inquilinos estarían de vacaciones.
Repasó con rapidez las páginas del
periódico, con cierta esperanza de que la respuesta estuviera en su interior
porque, después de todo, Merlín había oído la pregunta y seguramente la habría
transmitido a su jefe. Pero no encontró ningún indicio de Rumplestiltskin en el
periódico. No le sorprendió. No le parecía probable que usara la misma técnica
dos veces, porque eso lo haría más vulnerable, tal vez más reconocible.
La idea de tener que esperar la respuesta
veinticuatro horas le resultaba agobiante. Sabía que tenía que avanzar incluso
sin ayuda Lo único que le pareció viable fue intentar encontrar los historiales
de las personas que atendió en la clínica donde había trabajado tan poco tiempo
veinte años atrás. Era una posibilidad muy remota pero, por lo menos, le daría
la impresión de que estaba haciendo algo más que esperar que venciera el plazo.
Se vistió deprisa y se dirigió a la puerta de su piso. Pero una vez estuvo con
la mano en el pomo, a punto de salir, se detuvo. Una oleada repentina de
ansiedad le recorrió el cuerpo; el corazón se le aceleró y las sienes empezaron
a palpitarle. Era como si un calor insoportable le hubiese traspasado hasta el
centro de su cuerpo. Una parte de él le gritaba advirtiéndole que no saliera,
que fuera de su casa no estaba seguro. Por un instante, le hizo caso y
retrocedió.
Inspiró hondo para intentar controlar este
pánico desmedido. Reconoció lo que le estaba pasando. Había tratado a muchos
pacientes con ataques de ansiedad parecidos. En el mercado había Xanax, Prozac
y antidepresivos de toda clase, y a pesar de su renuencia a recetar, se había
visto obligado a hacerlo en más de una ocasión.
Se mordió el labio inferior al comprender
que una cosa es tratar algo y otra vivirlo. Se alejó otro paso de la puerta con
la mirada puesta en la hoja mientras imaginaba lo que había al otro lado, tal
vez en el rellano, sin duda en la calle, donde le esperaban todo tipo de
terrores. Había demonios aguardándole en la acera, como una muchedumbre
enfurecida. Un oscuro viento parecía envolverlo y pensó que, si salía,
seguramente moriría.
En ese instante fue como si todos los
músculos le gritaran que retrocediera, que se refugiara en la consulta y se
escondiera.
Clínicamente, conocía la naturaleza de su
pánico. La realidad, sin embargo, era mucho más dura.
Combatió el impulso de retroceder y notó
cómo sus músculos se tensaban y se quejaban, igual que cuando uno tiene que
levantar algo muy pesado del suelo y se produce esa medición instantánea de la
fuerza frente al peso, términos de una ecuación que da como resultado
levantarlo y transportarlo o dejarlo en el suelo. Éste era uno de esos momentos
para Ricky, y necesitó hasta el último ápice de voluntad para superar la
sensación de miedo total y absoluto.
Como un paracaidista que se lanza a la
oscuridad sobre territorio enemigo, logró obligarse a abrir la puerta y salir.
Dar ese paso le resultó casi doloroso.
Cuando llegó a la calle, estaba sudando y
mareado por el esfuerzo.
Debía de tener los ojos desorbitados, estar
pálido e ir desaliñado, porque un joven que pasaba se volvió y lo miró antes de
acelerar el paso y alejarse deprisa. Ricky avanzó casi tambaleante hacia la
esquina, donde podía parar con más facilidad un taxi.
Llegó a la esquina, se paró para enjugarse
el sudor de la cara y se acercó al bordillo con la mano en alto. En ese
instante, un taxi amarillo se detuvo milagrosamente delante de él para que
bajara un pasajero. Ricky sostuvo la puerta abierta para quien se apeaba, de
ese modo tan habitual en la ciudad, parar conseguir taxi.
Quien salió fue Virgil.
– Gracias, Ricky –dijo la mujer con
ligereza. Se ajustó las gafas de sol que llevaba y sonrió ante la consternación
que debió de reflejar el rostro de él–. Te he dejado el periódico para que lo
leas –añadió.
Y sin más, se alejó deprisa por la calle. En
unos segundos, había doblado la esquina y desaparecido.
– Oiga, ¿quiere que lo lleve o no? –le urgió
con brusquedad el taxista. Ricky seguía sujetando la puerta, de pie en el
bordillo. Miró dentro y vio un ejemplar del Times de ese día doblado en el
asiento, así que subió al coche–. ¿Adónde? –preguntó el hombre.
Ricky fue a contestar pero se detuvo.
– La mujer que acaba de bajar, ¿dónde la
recogió? –preguntó a su vez.
– Era muy rara –contestó el taxista–. ¿La
conoce?
– Sí. Más o menos.
– Bueno, me para a dos manzanas de aquí, me
dice que siga allí mismo con el taxímetro en marcha todo el rato mientras ella
está ahí sentada sin hacer nada excepto mirar por la ventanilla y tener el
móvil pegado a la oreja, pero sin hablar con nadie, sólo escuchando. De repente
me dice «j Vamos allí!» y me señala dónde está usted. Me pasa un billete de
veinte por el cristal y me dice: «Ese hombre es su próximo cliente. ¿Lo
entiende?» Le contesto: «Lo que usted diga, señora», y hago lo que me ha
pedido. Y aquí está usted. Era muy atractiva, la señora. ¿Adónde vamos?
– ¿No se lo dijo ella? –preguntó Ricky tras
una pausa.
– Ya lo creo, joder –sonrió el taxista–.
Pero me dijo que tenía que preguntárselo de todos modos, para ver si lo
adivinaba.
– Al hospital Columbia Presbyterian –asintió
Ricky–. La clínica para pacientes externos de la Ciento cincuenta y dos con
West End.
– ¡Bingo! –exclamó el conductor, que puso en
marcha el taxímetro y aceleró para unirse al tráfico de media mañana.
Ricky tomó el periódico que yacía en el
asiento. Al hacerlo, se le ocurrió una pregunta y se inclinó hacia la mampara
de plástico entre conductor y pasajero ..
– Oiga –dijo–. ¿Esa mujer le dijo qué hacer
si yo le daba otra dirección? ¿Un sitio distinto del hospital?
El taxista sonrió.
– ¿Qué es esto, alguna clase de juego?
– Podría decirse así –contestó Ricky–. Pero
no creo que le gustara jugarlo.
– No me importaría jugar a una o dos cosas
con ella, ya me entiende.
– Sí le importaría –le contradijo Ricky–.
Puede pensar que no, pero yo le aseguro que sí.
–Ya –asintió el hombre–. Algunas mujeres con
el aspecto de ésa causan más problemas de lo que valen. Podría decirse que no
valen lo que cuesta la entrada.
– Exactamente –aseguró Ricky.
– En cualquier caso, tenía que llevarle al
hospital dijera lo que dijera. Me explicó que usted lo entendería cuando
llegáramos. Me dio cincuenta dólares para que lo llevara.
– Tiene dinero –dijo Ricky, y se reclinó en
el asiento. Respiraba con dificultad y el sudor le seguía nublando los ojos y
manchándole la camisa. Abrió el periódico.
Encontró lo que buscaba en la página A–13,
escrito con el mismo bolígrafo rojo y en mayúsculas sobre un anuncio de
lencería de los almacenes Lord & Taylor, de modo que las palabras cubrían
la figura esbelta de la modelo y tapaban la ropa interior que lucía.
Ricky se acerca
cada vez más,
en su búsqueda
hacia atrás.
La ambición la
mente le nubló,
y lo que decía la
mujer ignoró.
La dejó confusa, a
la deriva,
tan perdida que le
costó la vida.
El hijo, que vio
la equivocación,
quiere vengarse
sin dilación.
Antes era pobre y
rico ahora;
cumplirá su deseo
sin demora.
¿Visitar los
archivos del hospital
bastará para
lograr el triunfo final?
Hay algo que Ricky
no puede olvidar:
tiene setenta y
dos horas para jugar.
Los versos parecían burlones y cínicos a
pesar de su estructura infantil. Le recordó un poco la infinita tortura del
patio de un jardín de infancia, con burlas e insultos cantarines. Sin embargo,
los resultados que Rumplestiltskin tenía en mente no tenían nada de infantil.
Ricky arrancó la página, la dobló y se la metió en un bolsillo. Arrojó el resto
del Times al suelo del taxi. El conductor maldecía entre dientes al tráfico,
manteniendo una conversación constante con todos los camiones, coches y algún que
otro ciclista o peatón que le obstruían el paso. Lo más interesante de su
conversación era que nadie podía oírla. No bajaba la ventanilla y gritaba
palabrotas, ni tocaba el claxon como hacen algunos taxistas en una reacción
nerviosa al tráfico que los rodea. En lugar de eso, ese hombre se limitaba a
hablar, daba instrucciones, lanzaba desafíos e indicaba maniobras mientras
conducía, con lo que, en cierto modo extraño, debía sentirse relacionado, o por
lo menos como si interactuara con todo lo que se situaba en su campo visual. O
en su punto de mira, según como se viera. Ricky pensó que era algo insólito
pasarse todos los días de la vida teniendo conversaciones que nadie oía. Pero
después se preguntó si no hacemos todos lo mismo.
El taxi lo dejó frente al enorme complejo
del hospital. Vio la entrada de urgencias al final del edificio, con un rótulo
de grandes letras rojas y una ambulancia delante. Un escalofrío le recorrió la
espalda a pesar del sofocante calor del verano. Fue un frío determinado por la
última vez que había estado en el hospital, con ocasión de una visita a su
esposa, cuando ésta todavía luchaba contra la enfermedad que acabaría con su
vida, sometiéndose a radio y quimioterapia así como a las demás medidas contra
la terrible dolencia que destruía su cuerpo. La sección de oncología ocupaba
otra parte del complejo, pero eso no lo libró de la sensación de impotencia y
temor que volvió a surgir en él, idéntica a la última vez que había estado en
la calle frente al hospital. Alzó los ojos hacia los imponentes edificios de
ladrillos. Pensó que había estado en el hospital tres veces en su vida: la
primera, cuando trabajó seis meses en la clínica para pacientes externos, antes
de montar una consulta privada; la segunda, cuando ese centro se sumó a la
larga serie que su mujer recorrió en su batalla fútil contra la muerte; y esta
tercera, en que regresaba para averiguar el nombre de la paciente a la que
había ignorado o desatendido y que ahora amenazaba su propia vida.
Avanzó en dirección a la entrada y,
curiosamente, detestó el hecho de saber dónde se guardaban los historiales
médicos.
En el mostrador de los archivos de
historiales médicos había un empleado panzudo de mediana edad con una
estridente camisa de estampado hawaiano y unos desastrados pantalones caqui.
Miró a Ricky con asombro cuando éste le explicó el motivo de su visita.
– ¿Qué quiere exactamente de hace veinte
años? –dijo con incredulidad.
– Todos los historiales de la clínica
psiquiátrica para pacientes externos correspondientes al período de seis meses
en que trabajé en ella. Cada paciente que venía recibía un número clínico y se
le abría un expediente, incluso aunque sólo viniera una vez. Esos expedientes
contienen todas las notas que se tomaban del caso.
– No estoy seguro de que esos historiales se
hayan introducido en el ordenador –comentó el empleado.
– Apuesto a que sí. Vamos a comprobarlo.
– Llevará algún tiempo, doctor –aseguró el
hombre–. Y tengo muchas otras peticiones.
Ricky reflexionó un momento sobre lo fácil
que les resultaba a Virgil y Merlín lograr que la gente hiciera cosas sencillas
ofreciéndoles dinero. Llevaba doscientos cincuenta dólares en la cartera y sacó
doscientos, que dejó sobre el mostrador.
– Esto facilitará las cosas –dijo–. Quizá me
ponga el primero de la cola.
El empleado miró alrededor, vio que nadie lo
estaba observando y cogió el dinero.
– Estoy a su disposición, doctor –repuso con
una sonrisita. Se metió el dinero en el bolsillo y movió la mano–. Veamos qué
podemos encontrar –dijo, y empezó a teclear en el ordenador.
Los dos hombres tardaron el resto de la
mañana en obtener una lista de números de expediente. Si bien consiguieron
aislar el año en cuestión, no se podía determinar informáticamente si esos
números eran de hombres o de mujeres, y tampoco había ningún código que
identificara qué médico había visitado a cada paciente. Ricky había estado en
la clínica desde marzo hasta principios de septiembre. El empleado logró
ceñirse a ese período. Para reducir aún más la selección, Ricky supuso que la
madre de Rumplestiltskin había acudido en los meses de verano, hacía veinte
años. En ese lapso se habían abierto doscientos setenta y nueve expedientes de
nuevos pacientes en la clínica.
– Si quiere encontrar a una persona concreta
–dijo el hombre–, tendrá que examinar cada expediente. Yo se los puedo buscar,
pero después es cosa suya. No será fácil.
– No pasa nada –aseguró Ricky–. No esperaba
que lo fuera.
El empleado condujo a Ricky a una mesita
metálica en un rincón de su oficina. Ricky se sentó en una silla de madera
mientras el hombre empezaba a llevarle los expedientes. Tardó por lo menos diez
minutos en reunir los doscientos setenta y nueve, que depositó en el suelo al
lado de Ricky. Luego le proporcionó un bloc y un bolígrafo y se encogió de
hombros.
– Procure no desordenarlos –pidió–. Así no
tendré que archivarlos de nuevo uno a uno. Y vaya con cuidado con todas las
entradas, por favor; no mezcle los documentos y las notas de un expediente Con
los de otro. No es que piense que alguien quiera volver a consultarlos, desde
luego. No sé ni por qué los guardamos. Pero yo no dicto las normas. ¿Usted sabe
quién dicta las normas?
– No –contestó Ricky mientras alargaba la
mano hacia el primer archivo–. No lo sé. La dirección del hospital,
seguramente.
El hombre se carcajeó con desdén.
– Diga –dijo mientras regresaba al
mostrador–. Usted es psiquiatra, doctor. Creía que lo suyo era ayudar a la
gente a crear sus propias normas.
Ricky no contestó pero consideró que era una
afirmación inteligente. El problema era que todas las personas seguían sus
propias normas. Sobre todo Rumplestiltskin. Tomó el primer expediente del
primer montón y lo abrió. De repente pensó que era como abrir una carpeta de la
memoria.
Las horas le pasaron volando. Leer aquellos
expedientes era un poco como estar en medio de una catarata de desesperación.
Cada uno contenía el nombre de una paciente, su dirección, parientes cercanos e
información del seguro, si la había. En las hojas de diagnóstico, había notas
mecanografiadas. También había el tratamiento sugerido. De forma sucinta y
rápida, cada nombre estaba des glosado en su esencia psicológica. La
terminología utilizada era incapaz de ocultar las amargas verdades que yacían
tras la llegada de cada persona a la clínica: abusos sexuales, rabia, palizas,
drogadicciones, esquizofrenia, delirios: una caja de Pandora de las
enfermedades mentales. La clínica para pacientes externos del hospital había
sido un vestigio del activismo de los años sesenta, un plan de buenas obras
para ayudar a los menos afortunados abriendo las puertas del hospital a la
comunidad. La palabra clave de la época era «devolver». La realidad había sido
más dura y menos utópica. Los pobres de la ciudad padecían una amplia serie de
enfermedades, y muy pronto la clínica había descubierto que no era más que un
mero dedo en un dique que tenía millares de fugas de agua. Ricky había llegado
al término de su formación psicoanalítica. Al menos, ésta había sido su razón
oficial. Pero cuando se incorporó al personal de la clínica, estaba lleno del
idealismo y la determinación de la juventud. Recordaba haber cruzado las
puertas con aversión por el elitismo de la profesión a la que accedía, decidido
a llevar las técnicas analíticas a una amplia gama de personas desesperadas.
Este sentido liberal del altruismo le había durado una semana.
Los cinco primeros días, un paciente que
quería muestras de fármacos había disparado contra la mesa de Ricky; un loco
que oía voces y lanzaba puñetazos le había atacado; un proxeneta furioso había
interrumpido una sesión con una mujer joven, provisto de una navaja con la que
logró rajar la cara a su ex novia y el brazo al guardia de seguridad antes de
ser reducido; y había tenido que enviar a una preadolescente a urgencias para
que le curaran quemaduras de cigarrillo en brazos y piernas cuya autoría no quiso
revelar. La recordaba muy bien; era puertorriqueña y tenía unos bonitos y
dulces ojos negros del mismo color que su cabello, y había ido a la clínica
sabiendo que alguien estaba enfermo y que muy pronto ella aprendería en carne
propia que los malos tratos generan malos tratos de una forma mucho más
dramática de lo que cualquier estudio gubernamental de ensayos clínicos llegara
a determinar nunca. No tenía seguro ni forma de pagar, así que Ricky la visitó
cinco veces, que era lo que el Estado permitía, e intentó sonsacarle
información, pero ella sabía que revelar quién la torturaba probablemente le
costaría la vida. Ricky recordaba que era un caso perdido. Y sabía que, si
sobrevivía, seguiría estando condenada.
Tomó otro expediente y se preguntó cómo
había logrado durar seis meses en la clínica. Pensó que todo ese tiempo se
había sentido impotente, y que la impotencia que ahora sentía ante
Rumplestiltskin no era distinta.
Con ese pensamiento impulsando sus
emociones, se dedicó a la lectura de los doscientos setenta y nueve expedientes
de las personas que había tratado tantos años atrás.
Dos terceras partes de esas personas eran
mujeres. Como muchas de las casadas con la pobreza, exhibían los harapos de la
enfermedad mental de modo tan evidente como los cortes y cardenales de los
malos tratos que recibían a diario. Lo había visto todo, desde la adicción
hasta la esquizofrenia. Cuán impotente se había sentido. Había huido de vuelta
a la clase media alta de donde procedía, donde la baja autoestima y los
problemas que la acompañaban podían hablarse para lograr, si no su curación, sí
su aceptación. Se había sentido estúpido al intentar hablar con algunos de los
pacientes de la clínica, como si el diálogo pudiera resolver su angustia
mental, cuando lo más probable era que un revólver y unas buenas agallas les
hubieran sido más útiles, elección que, según recordaba, unos cuantos habían
hecho después de darse cuenta de que una cárcel era preferible a la otra.
Abrió otro expediente y vio sus notas
escritas a mano. Las sacó y procuró relacionar el nombre del paciente con las
palabras que había garabateado. Pero las caras parecían etéreas, ondulantes,
como el calor distante sobre una carretera un día de verano.
«¿Quién eres? –preguntó en silencio, y
añadió–: ¿Qué ha sido de ti?»
A unos pasos de distancia, al empleado de
los archivos se le cayó un lápiz al suelo y, soltando un juramento, se agachó a
recogerlo.
Ricky lo observó incorporarse de nuevo ante
la pantalla de su ordenador. Y en ese instante vio algo. Fue como si el modo en
que la espalda del hombre se encorvaba un poco, el tic nervioso que le llevaba
a repiquetear la mesa con el lápiz y la forma en que se inclinaba hablaran un
lenguaje que Ricky debería haber entendido desde el primer momento, a partir
del modo en que el hombre había cogido el dinero. Pero Ricky era sólo un
principiante en estos menesteres y pensó que eso explicaba por qué había tardado
en comprender. Se levantó de la mesa y se situó detrás del hombre.
– ¿Dónde está? –preguntó en voz baja, y
sujetó con fuerza la nuca del hombre.
– ¡Oiga! ¿Qué...? –Lo había pillado por
sorpresa. Intentó cambiar de posición, pero la presa de Ricky le limitaba los
movimientos–. ¡Ay! ¿Qué demonios hace?
– ¿Dónde está? –repitió Ricky con fiereza.
– ¿De qué habla? ¡Joder! ¡Suélteme!
– No hasta que me diga dónde está –dijo
Ricky, y con la otra mano empezó a apretar el cuello del hombre–. ¿No le
dijeron que yo era un desesperado? ¿No le dijeron la presión a la que estoy
sometido? ¿No le dijeron que puedo ser inestable, que podría hacer cualquier
cosa?
– ¡No! ¡Por favor! ¡Ay! ¡No, mierda, no lo
dijeron! ¡Suélteme!
– ¿Dónde está?
– ¡Se lo llevaron!
– No le creo.
– ¡De verdad!
– De acuerdo. ¿Quién se lo llevó?
– Un hombre y una mujer. Hace dos semanas.
Vinieron aquí.
– ¿El hombre iba bien vestido, era barrigón
y se presentó como abogado? ¿La mujer era muy atractiva?
– ¡Sí! Los mismos. ¿De qué mierda va todo
esto? Ricky soltó al hombre, que al instante se apartó de él.
– Dios mío –exclamó mientras se frotaba la
clavícula–. ¿A qué viene tanto follón?
– ¿Cuánto le pagaron?
– Más que usted. Mucho más. No pensé que
fuese tan importante, ¿sabe? Sólo era un viejo expediente que nadie había
mirado en dos décadas. ¿Qué problema hay?
– ¿Para qué le dijeron que era?
– El hombre explicó que tenía relación con
un asunto legal referente a una herencia. No lo vi claro, ¿sabe? La gente que
viene a esta clínica no suele recibir gran cosa en herencia. Pero el hombre me
dio su tarjeta y me dijo que devolvería el expediente cuando ya no lo
necesitase. No vi ningún problema en ello.
– Sobre todo cuando le dio dinero.
El hombre parecía renuente, pero se encogió
de hombros.
– Mil quinientos. En billetes nuevos de
cien. Los sacó de un fajo, como un gángster antiguo. Tengo que trabajar dos
semanas para ganar ese dinero, ¿sabe?
La coincidencia de la cantidad no pasó
desapercibida a Ricky. El valor en centenares de quince días. Echó un vistazo
al montón de expedientes y se desesperó al pensar en las horas desperdiciadas.
Miró otra vez al empleado.
– ¿Así que el archivo ya no está?
– Lo siento, doctor. No pensé que fuera tan
importante. ¿Quiere la tarjeta de ese abogado?
– Ya tengo una. –Siguió mirándolo
fijamente–. Tomaron el expediente y le pagaron, pero usted no es tan estúpido,
¿verdad?
– ¿Qué quiere decir? –El hombre se movió con
nerviosismo.
– Quiero decir que no es tan estúpido. Y no
ha trabajado en un archivo de historiales todos estos años sin aprender algo
sobre guardarse las espaldas, ¿no? Por lo tanto, en estos montones falta un
expediente, pero usted hizo algo.
– ¿De qué está hablando?
– No entregó ese expediente sin fotocopiarlo
antes, ¿verdad? No importa cuánto le pagara ese hombre, pensó que tal vez
alguien más interesado podría tener más dinero que el abogado y la mujer. De
hecho, puede que incluso ellos le dijeran que alguien podría venir a buscado,
¿me equivoco?
– Puede que lo dijeran.
– Y tal vez, usted pensó que podría sacar
otros mil quinientos o incluso más si lo fotocopiaba, ¿correcto?
– ¿Va a pagarme también? –repuso el hombre.
– Considere como pago que no llame a su jefe
–dijo Ricky.
El hombre suspiró a la vez que calibraba
esta afirmación, hasta que vio suficiente cólera y estrés en la cara de Ricky
para creérsela.
– No había gran cosa en el expediente
–indicó despacio–. Un formulario de ingreso y un par de hojas con notas e
instrucciones unidas a un formulario de diagnóstico. Es lo que fotocopié.
– Deme esos papeles –exigió Ricky.
El hombre vaciló.
– No quiero más problemas –soltó–. Suponga
que viene alguien más buscando este material.
– Yo soy la única persona que podría venir
–aseguró Ricky.
El hombre se agachó y abrió un cajón, de
donde sacó un sobre que entregó a Ricky.
–Tenga –dijo–. Y ahora déjeme en paz.
Contenía los documentos necesarios. Ricky
resistió el impulso de estudiarlos ahí mismo, diciéndose que tenía que estar
solo cuando investigara su pasado. Se guardó el sobre en la chaqueta.
– ¿Eso es todo? –preguntó.
El hombre vaciló, volvió a agacharse y sacó
otro sobre, éste más pequeño, del cajón de la mesa.
–Tenga –dijo–. Esto también va. Estaba
sujeto al exterior del expediente, con un clip. No se lo di al hombre. No sé
por qué. Imaginé que ya lo tenía, porque parecía saberlo todo sobre el caso.
– ¿Qué es?
– Un informe policial y un certificado de
defunción.
Ricky inspiró hondo y se llenó los pulmones
con el aire viciado del sótano del hospital.
– ¿Qué es tan importante sobre una pobre
mujer que vino al hospital hace veinte años? –preguntó el empleado.
– Alguien cometió un error –contestó Ricky.
– Y ahora alguien tiene que pagar, ¿eh?
–comentó el hombre, que pareció aceptar esa explicación.
– Eso parece –respondió Ricky mientras se
disponía a marcharse.
18
Ricky salió del hospital sintiendo aún un
cosquilleo en las manos, en especial en los dedos que había hincado en la nuca
del empleado. No recordaba ningún momento de su vida en que hubiera usado la
fuerza para lograr algo. Pensaba que vivía en un mundo de persuasión y de
diálogo; la idea de haber usado la fuerza física para amenazar al empleado,
aunque fuera de modo tan modesto, le indicaba que estaba cruzando algún tipo de
barrera extraña o superando alguna clase de demarcación tácita. Él era un
hombre de palabras o, por lo menos, eso había creído hasta recibir la carta de
Rumplestiltskin. En el bolsillo llevaba el nombre de la mujer que había tratado
en un momento de transición en su propia vida. Se preguntó si había llegado a
otra demarcación de ese tipo. Y, al mismo tiempo, si estaría al borde del
camino que lo llevaría a convertirse en algo nuevo.
Se dirigió hacia el río Hudson cruzando el
enorme complejo hospitalario. Había un patio pequeño cerca de la parte
delantera del Harkness Pavilion, una rama de las instalaciones que se encargaba
de los especialmente ricos y especialmente enfermos. Eran edificios inmensos,
de varias plantas, construidos con ladrillo y piedra, lo que reflejaba solidez
y resistencia, y se elevaban desafiantes ante las muchas caras de los
infinitesimales y enclenques organismos patógenos. Recordaba el patio como un
lugar tranquilo, donde uno podía sentarse en un banco y dejar que los ruidos de
la ciudad se desvanecieran para quedarse a solas con el odioso problema que lo
corroyera por dentro.
Por primera vez en casi dos semanas, la
sensación de ser seguido y observado había desaparecido. Estaba seguro de estar
solo. No esperaba que esta situación durara.
No tardó mucho en localizar un banco y en
unos momentos estaba sentado, con el expediente y el sobre que le había dado el
empleado en el regazo. Para un transeúnte, parecería sólo un médico o un
familiar que dedicaba un rato fuera del hospital a reflexionar sobre alguna
cuestión o a dar un bocado para almorzar. Ricky vaciló, un poco inseguro sobre
lo que podría desenterrar al leer los documentos, y abrió la carpeta.
El nombre de aquella paciente que había
visitado hacía veinte años era Claire Tyson.
Contempló las letras del nombre. No le
decían nada.
Ninguna cara le vino a la memoria. Ninguna
voz le resonó en el oído, recordada tras tanto tiempo. Ningún gesto, expresión
ni tono cruzó la barrera de los años. Los acordes de la memoria permanecieron
silenciosos. Sólo era un nombre entre los muchos de aquella época.
Su incapacidad de recordar un solo detalle
lo dejó frío.
Leyó con rapidez el formulario de ingreso.
La mujer presentaba un estado de depresión aguda acompañada de ansiedad fóbica.
Había llegado a la clínica desde urgencias, donde había ido por contusiones y
laceraciones. Había indicios de violencia doméstica con un hombre que no era el
padre de sus tres hijos pequeños, de diez, ocho y cinco años. Tenía sólo
veintinueve años y había dado la dirección de un piso cerca del hospital; Ricky
recordó que era una parte inmunda de la ciudad. No tenía seguro de enfermedad y
trabajaba de dependienta a tiempo parcial en una tienda de comestibles. No era
originaria de Nueva York, y en la casilla de parientes próximos figuraba su
familia en una pequeña población al norte de Florida. Sus números de la
seguridad social y de teléfono eran los únicos otros datos incluidos en el
formulario de ingreso.
Pasó a la segunda hoja, un formulario de
diagnóstico, y reconoció su letra. Las palabras le llenaron de terror. Eran
sucintas, secas, concisas. Carecían de pasión y compasión.
La señorita Tyson afirma tener veintinueve
años y ser madre de tres hijos pequeños. Actualmente mantiene una relación
conflictiva con un hombre que no es el padre de los niños. Afirma que éste la
abandonó hace unos años para irse a trabajar a una plataforma petrolífera en el
suroeste. No tiene seguro de enfermedad y sólo puede trabajar a tiempo parcial,
ya que no dispone de medios para contratar una niñera que se ocupe de sus
hijos. Recibe prestaciones sociales del estado, del programa federal de ayuda a
familias con menores dependientes, vales canjeables por alimentos y vivienda
subvencionada. También manifiesta que no puede regresar a su Florida natal
porque se distanció de sus padres debido a su relación con el padre de sus
hijos. Afirma, además, que no dispone de fondos para ese traslado.
Clínicamente, la señorita Tyson parece una
mujer de inteligencia superior a la media, que se preocupa mucho por sus hijos
y su bienestar. Posee titulación secundaria y dos años de universidad, estudios
que dejó al quedarse embarazada. Parece muy desnutrida y presenta un tic
persistente en el párpado derecho. Evita el contacto visual al comentar su
situación y sólo levanta la cabeza cuando se le pregunta por sus hijos, a
quienes afirma querer mucho. Niega oír voces, pero admite llantos espontáneos
de desesperación que no puede controlar. Dice que sólo sigue viva por sus
hijos, pero niega cualquier tendencia suicida. Niega tener dependencia o
adicción a las drogas y no se han detectado signos visibles de consumo de
narcóticos, pero se ha ordenado un estudio toxicológico.
Diagnóstico inicial: depresión aguda
persistente debida a la pobreza. Trastornos de la personalidad. Posible consumo
de drogas.
Recomendación: tratamiento como paciente
externo durante las cinco sesiones que establece el estado.
Y había firmado al final de la página.
Mientras observaba su firma se preguntó si en realidad no habría firmado su
sentencia de muerte.
En otra hoja se señalaba que Claire Tyson
había vuelto a verlo a la clínica cuatro veces pero que no se había presentado
a la quinta y última sesión. Ricky pensó que al menos en eso su viejo mentor,
el doctor Lewis, estaba equivocado. Pero entonces se le ocurrió otra cosa, así
que desdobló la copia del certificado de defunción y comparó su fecha con la
inicial del tratamiento en el formulario de la clínica.
Quince días.
Se retrepó en el banco. La mujer había ido
al hospital, se la habían pasado a él, y medio mes después estaba muerta.
El certificado de defunción parecía quemarle
la mano. Claire Tyson se había ahorcado en el cuarto de baño de su casa con un
cinturón de hombre pasado por una cañería descubierta. La autopsia reveló que
poco antes de su muerte había recibido una paliza y que estaba embarazada de
tres meses. Un informe policial grapado al certificado de defunción indicaba
que se había interrogado a un hombre llamado Rafael Johnson respecto de la
paliza, pero no había sido detenido. Los tres niños habían pasado a disposición
del Departamento de Servicios a Asistencia al Menor.
«Aquí está» pensó Ricky.
Ninguna de las palabras impresas en los
formularios conseguía transmitir el horror de la vida y la muerte de Claire
Tyson. La palabra «pobreza» no reflejaba un mundo lleno de ratas, suciedad y
desesperación. La palabra «depresión» a duras penas sugería el peso terrible
que debió de sobrellevar. En el remolino de la vida que atrapó a la joven
Claire Tyson sólo había habido una cosa que le daba significado: los tres
niños.
«El mayor –pensó Ricky–. Debió de contarle
al mayor que iba al hospital a verme y recibir ayuda. ¿Le diría que era su
única posibilidad? ¿Que era la promesa de algo distinto? ¿Qué dije que le dio
alguna esperanza; esperanza que transmitió a sus hijos?
Fuera lo que fuese, resultó insuficiente
porque se había suicidado.
El suicidio de Claire Tyson tuvo que ser el
momento fundamental en la vida de esos tres niños, en particular del mayor.
Pero no había dejado la menor huella en su propia vida. Cuando la mujer no se
presentó a su última cita, él no había hecho nada. No recordaba haber hecho
siquiera una llamada para interesarse por ella. En lugar de eso, había
archivado los documentos en una carpeta y se había olvidado de ella. Y de los
niños.
Y ahora, uno de ellos quería acabar con él.
«Encuentra a ese niño y encontrarás a
Rumplestiltskin», pensó. Se levantó del banco pensando que tenía mucho que
hacer, extrañamente satisfecho de que las presiones de tiempo fueran tan
acuciantes porque, de otro modo, se habría visto obligado a reflexionar sobre
lo que había hecho, o no hecho, veinte años antes.
Ricky pasó el resto del día en el infierno
burocrático de Nueva York.
Provisto sólo de un nombre y una dirección
de hacía veinte años, lo fueron pasando de una oficina a otra y de un
funcionario a otro por todo el Departamento de Asistencia al Menor del centro
de Manhattan en su intento de averiguar qué les había ocurrido a los tres hijos
de Claire Tyson. Lo más frustrante de su incursión en el mundo administrativo
era que él, y todos los funcionarios de todas las oficinas que recorrió, sabían
que en alguna parte había algún archivo sobre los niños. Encontrarlo entre los
registros informáticos inadecuados y las salas llenas de archivadores resultó
imposible, por lo menos en principio. Era evidente que iba a ser una indagación
larga y persistente. Ricky deseó haber sido un periodista de investigación o un
detective privado, el tipo de personalidad con paciencia para pasar
interminables horas con viejos registros. Él no la tenía. y tampoco tiempo.
«Hay tres personas en este mundo unidas a mí
a través de este frágil hilo y podría costarme la vida», se dijo mientras se
enfrentaba a otro funcionario de otra oficina. La idea le confirió una urgencia
extrema.
Estaba de pie frente a una mujer corpulenta
y agradable de origen hispano en el registro del tribunal de menores. Tenía una
mata enorme de cabello negro que se apartaba con brusquedad de la cara para que
unas gafas de montura plateada extrañamente modernas dominaran su aspecto.
– No es mucho para empezar, doctor –dijo.
– Es lo único que tengo –contestó él.
– Si estos tres niños fueron adoptados,
seguramente los registros fueron sellados. Pueden abrirse, pero sólo con orden
judicial. No es imposible de obtener, pero sí difícil, ya me entiende. Lo que
tenemos, en su mayoría, son niños que han crecido y buscan a sus padres
biológicos. Existe un procedimiento para estos casos, pero lo que usted pide es
distinto.
– Lo entiendo. Y tengo ciertas limitaciones
de tiempo.
– Todo el mundo tiene prisa. Siempre vamos
con prisas. ¿Qué es tan urgente después de veinte años?
– Es una emergencia médica.
– Hombre, pues seguro que un juez le
escuchará. Aporte documentos y consiga una orden judicial. Entonces podríamos
ayudarle en su búsqueda.
– Tardaría días en conseguir una orden
judicial.
– Cierto. Los asuntos de palacio van
despacio. A no ser que conozca a algún juez. Vaya a verlo y que le firme algo
deprisa.
– El tiempo es importante.
– Lo es para la mayoría de la gente. Lo
siento. Pero ¿sabe cómo podría irle mejor?
– ¿Cómo?
– Podría lograr más información sobre estas
personas que busca si se instala uno de esos fantásticos programas de búsqueda
en su ordenador. Puede que lo consiga. Sé que algunos huérfanos que
investigaban su pasado lo han hecho. Va muy bien. Si contrata a un investigador
privado, es lo primero que hará después de meterse su dinero en el bolsillo.
– No uso demasiado el ordenador.
– ¿No? Es el mundo moderno, doctor. Mi hijo
de trece años puede encontrar cosas que ni se creería. De hecho, localizó a mi
prima Violetta, de la que no sabía nada desde hacía diez años. Trabajaba en un
hospital de Los Ángeles, pero la encontró. Y no le llevó más de un par de días.
Debería intentarlo.
– Lo tendré presente –contestó Ricky.
– Iría muy bien que consiguiera el número de
la Seguridad Social o algo así –comentó la funcionaria.
Su voz con acento era melodiosa, y resultaba
evidente que hablar con Ricky suponía para ella una pausa interesante en su
rutina diaria. Era casi como si, aunque le estaba diciendo que no podía
ayudarlo, fuera reacia a dejarle partir. Era última hora de la tarde y Ricky
pensó que ella tal vez se iría a casa después de atenderle a él, de modo que
prolongaba la conversación. Pensó que debería marcharse, pero no estaba seguro
de cuál podría ser su siguiente paso.
– ¿Qué clase de médico es usted? –quiso
saber la mujer.
– Psicoanalista –dijo Ricky, y vio cómo la
respuesta le hacía entornar los ojos.
– ¿Puede leer la mente de la gente, doctor?
– No se trata de eso.
– No, tal vez no. Eso le convertiría en una
especie de brujo, ¿no? –Soltó una risita–. Pero seguro que se le da bien
adivinar qué va a hacer la gente a continuación.
– Un poco. No tanto como se imagina.
– Bueno, en este mundo, si tienes un poco de
información y sabes tocar las teclas adecuadas, puedes hacer buenas
suposiciones –sonrió la mujer–. Así es cómo funciona. –Señaló con la cabeza el
teclado y la pantalla que tenía delante.
– Supongo que sí.
Ricky vaciló y bajó los ojos hacia las hojas
del expediente del hospital. Miró el informe policial y vio algo que podría
ayudarle. Los agentes que habían interrogado a Rafael Johnson, el compañero
violento de la difunta, habían anotado su número de la Seguridad Social.
–.Oiga –dijo de repente–, si le doy un
nombre y un número de la Seguridad Social, ¿ese ordenador suyo me encontraría a
alguien?
– ¿Vive aún aquí? ¿Vota? ¿Lo han detenido,
tal vez?
– Puede que las tres cosas. O por lo menos
dos de ellas. No sé si vota.
– Podría. ¿Qué nombre es?
Ricky le mostró el nombre y el número que
figuraban en el informe policial. La mujer echó un vistazo rápido alrededor
para comprobar que nadie la estaba observando.
– No debería hacer algo así –murmuró–. Pero
como usted es médico y todo eso, bueno, vamos a ver,
Movió unas uñas pintadas de rojo por el
teclado.
El ordenador emitió unos ruidos y unos
pitidos electrónicos. Ricky vio que aparecía una entrada en la pantalla. La
mujer arqueó las cejas, sorprendida.
– Se trata de un chico muy malo, doctor.
¿Seguro que quiere encontrarlo?
– ¿Qué ha salido?
– Tiene un robo, otro robo, una agresión,
sospechoso de una red de robo de automóviles, cumplió seis años en Sing Sing
por agresión con agravantes. Eso son palabras mayores. Son antecedentes
bastante feos.
La mujer siguió leyendo.
– ¡Oh! –exclamó de repente.
– ¿Qué?
– No podrá ayudarlo, doctor.
– ¿Por qué?
– Alguien debió de atraparlo.
– ¿Y?
– Ha muerto. Hace seis meses.
– ¿Muerto?
– Sí. Aquí pone «fallecido», y una fecha.
Seis meses. Diría que nos libramos de un buen elemento, la verdad. Hay un
informe con la entrada. Lleva el nombre de un inspector de la comisaría 41, del
Bronx. El caso sigue abierto. Parece que alguien apaleó a Rafael Johnson hasta
la muerte. Oh, asqueroso, muy asqueroso.
– ¿Qué pone?
– Parece que después de la paliza, alguien
lo colgó de una cañería con su propio cinturón. Eso es feo. Muy feo. –La mujer
sacudió la cabeza pero con una sonrisita. No sentía compasión por Rafael
Johnson, un hombre que seguramente habría visitado su oficina demasiado a
menudo.
Ricky dio un respingo. No le costó adivinar
quién había encontrado a Rafael Johnson. Y por qué.
Desde el teléfono del vestíbulo pudo
localizar al inspector que había efectuado el informe de la investigación sobre
la muerte de Rafael Johnson. No sabía si la llamada daría grandes resultados,
pero pensó que, de todos modos, debía hacerla. El inspector mostró una actitud
eficiente y enérgica por teléfono, y después de que Ricky se identificara,
pareció sentir curiosidad por el motivo de su llamada.
– No recibo demasiadas llamadas de médicos
del centro. No suelen moverse en los mismos círculos que el difunto y poco
llorado Rafael Johnson. ¿Por qué le interesa este caso, doctor Starks?
– Johnson estaba relacionado con una antigua
paciente mía, hace unos veinte años. Estoy intentando ponerme en contacto con
sus familiares y esperaba que él pudiera guiarme en la dirección adecuada.
– Lo dudo, doctor, a no ser que estuviera
dispuesto a pagarle. Rafi habría hecho cualquier cosa por cualquiera, siempre
que hubiera dinero de por medio.
– ¿Conocía a Johnson?
– Bueno, digamos que era uno de los puntos
de interés de unos cuantos policías de la zona. Era una especie de indeseable.
Le costaría mucho encontrar a alguien por aquí que dijera algo bueno de él.
Traficante. Matón a sueldo. Allanamientos de morada, robos, agresiones
sexuales. Más o menos el típico hijoputa de mierda. Y acabó como cabía esperar
y, para serie sincero, doctor, no creo que se derramaran muchas lágrimas en su
entierro.
– ¿Sabe quién lo mató?
– Ésa es la pregunta del millón, doctor.
Pero tenemos una idea bastante clara.
El corazón le dio un vuelco a Ricky.
– ¿De veras? –preguntó–. ¿Han detenido a
alguien?
– No. Y no es probable que lo hagamos. Por
lo menos, no demasiado pronto.
Con la misma rapidez con que se había
llenado de esperanza, volvió a poner los pies en la tierra.
– ¿Y eso por qué?
– Bueno, el caso es que no hay demasiadas
pruebas forenses. Ni siquiera encontramos restos de sangre del agresor porque
al parecer Rafi estaba muy bien amarrado cuando lo apalearon y su verdugo
llevaba guantes. Así que lo que esperamos es sacarle un nombre a uno de sus
colegas y preparar el caso pasando de un tío a otro hasta llegar el asesino.
– Entiendo.
– Pero nadie quiere delatar a quien creemos
que mató a Rafael Johnson.
– ¿Por qué no?
– Ah, lealtad entre la escoria. El código de
Sing Sing. Pensamos en un hombre con quien Rafael tuvo problemas mientras
compartían celda. Parece que se trató de un verdadero problema. Probablemente
discutieron sobre quién poseía qué parte del mercado de drogas carcelario, e
intentaron matarse mutuamente. Con cuchillos caseros. Una forma muy
desagradable de morir, según dicen. Parece que los dos se llevaron la mala
sangre a la calle. Puede que sea una de las historias más viejas del mundo.
Tendremos al tipo que se cargó a Rafi cuando detengamos por algo serio a alguno
de sus colegas. Tarde o temprano uno de ellos caerá y entonces haremos un
trato. Necesitamos poder apretar las clavijas, ¿sabe?
– ¿Así que creen que el asesino fue alguien
que Johnson conoció en la cárcel?
– Con toda seguridad. Un tipo llamado
Rogers. ¿Conoce a alguien con ese nombre? Un mal bicho. Tan malo como Rafael
Johnson, y puede que incluso algo peor porque todavía sigue suelto mientras que
Johnson está criando malvas en Staten Island.
– ¿Por qué están tan seguros de que fue él?
– No debería decírselo...
– Comprendo que no quiera darme detalles...
–dijo Ricky.
– Bueno, fue poco corriente –prosiguió el
policía–. Mire, no pasa nada porque usted lo sepa, siempre que no se lo cuente
a nadie. Rogers dejó una tarjeta de visita. Al parecer quería que todos los
colegas de Johnson supieran quién se lo había cargado de una forma tan brutal.
Un mensaje para los que seguían en la trena, me imagino. Mentalidad de preso.
En cualquier caso, tras atizar a Johnson, dejarle la cara hecha un mapa,
romperle ambas piernas y seis dedos, y antes de colgarlo por el cuello, el
cabrón dedicó un momento a grabar su inicial en el pecho de Johnson. Una R
enorme Y sangrienta abierta en la carne. Muy desagradable, pero el mensaje será
efectivo, sin duda.
– ¿La letra R?
– Exacto. Menuda tarjeta de visita, ¿eh?
«Lo es –pensó Ricky–. Y la persona a quien
iba dirigida acaba de recibirla.»
Ricky prefirió no imaginarse los instantes
finales de Rafael Johnson. Se preguntó si el ex convicto y matón habría tenido
la menor idea de quién le estaba dando muerte. Cada golpe que Johnson había
infligido a la desdichada Claire Tyson veinte años antes le había sido devuelto
con intereses. Ricky se dijo que no debería dar demasiadas vueltas a lo que
había averiguado, pero había algo evidente: Rumplestiltskin había concebido su
venganza Con considerable atención y cuidado. Y el alcance de esa venganza era
mucho mayor de lo que Ricky había imaginado.
Por tercera vez, marcó el número de la
sección de anuncios del New York Times para hacer su última pregunta. Todavía
estaba en la cabina del vestíbulo del Palacio de Justicia y tenía que taparse
una oreja con un dedo para mitigar el ruido de la gente que salía del trabajo.
Al empleado del periódico pareció molestarle que Ricky hubiera llamado un
minuto antes de las seis, la hora límite para poner un anuncio.
– Muy bien, doctor. ¿Qué quiere que diga el
anuncio? –Su voz fue cortante, directa.
Ricky pensó y dijo:
¿Es quien busco
uno de tres?
¿Huérfano de niño,
rico después,
busca a quienes
fueron crueles?
El empleado le leyó las frases sin hacer
ningún comentario, como si fuera inmune a la curiosidad. Tomó deprisa la
información para enviarle la factura y con la misma rapidez colgó. Ricky no
consiguió imaginar qué cosa tan interesante podría esperarle en casa para que
su extraño anuncio no le suscitara el menor comentario, pero se sintió
agradecido por ello.
Salió a la calle y fue a parar un taxi pero,
curiosamente, pensó que prefería ir en metro. Las calles estaban abarrotadas
del tráfico de la hora punta y un flujo regular de gente se adentraba en las
entrañas de Manhattan para tomar un tren hasta casa. Se unió a él y encontró un
refugio extraño entre la multitud. El metro iba lleno y no encontró asiento,
así que viajó al norte aferrado a una barra de metal, sacudido y empujado por
el vaivén del tren y la masa humana. Era casi un lujo ser engullido por tanto
anonimato.
Procuró no pensar que por la mañana sólo le
quedarían cuarenta y ocho horas. Aunque había hecho la pregunta en el
periódico, seguramente ya sabía la respuesta, lo que le daba dos días para
averiguar los nombres de los hijos huérfanos de Claire Tyson. Ignoraba si lo
lograría pero, por lo menos, era algo en lo que podía concentrarse, una
información concreta que podría obtener o no, un hecho puro y simple que
existía en algún lugar del mundo documental y judicial. No era. un mundo en el
que se sintiera cómodo, como había quedado demostrado esa tarde. Pero, como
mínimo, era un mundo reconocible, y eso le daba alguna esperanza. Escarbó en su
memoria, a sabiendas de que su difunta esposa había tenido amistad con varios
jueces, y pensó que a lo mejor uno de ellos podría firmarle una orden para
registrar los archivos de adopciones. Sonrió al pensar que eso sería una
maniobra que Rumplestiltskin no había previsto.
El vagón, que se balanceaba y sacudía,
redujo la marcha, lo que le obligó a aferrarse con más fuerza a la barra de
metal. Era difícil conservar el equilibrio y chocó contra un joven de pelo
largo y mochila, que ignoró el repentino contacto físico.
La parada de metro estaba a dos manzanas de
su casa, y Ricky salió de la estación, agradecido de volver al aire libre. Se
detuvo, inspiró el aire caliente de la calle y avanzó con rapidez. No se sentía
precisamente seguro, sólo lleno de resolución. Decidió que buscaría la libreta
de direcciones de su mujer en el trastero del sótano y que esa noche empezaría
a llamar a los jueces que ella conocía. Alguno estaría dispuesto a ayudarlo. No
era un gran plan pero, por lo menos, era algo. Mientras caminaba con rapidez,
se preguntó si había llegado hasta ese punto porque así lo quería
Rumplestiltskin o porque había sido inteligente. Y, de forma extraña, la idea
de que Rumplestiltskin se hubiera vengado de modo tan terrible de Rafael
Johnson, el hombre que había atormentado a su madre, le animó de repente. Pensó
que tenía que haber una gran diferencia entre la pequeña negligencia que él
había cometido, debida en realidad a las deficiencias burocráticas, y los malos
tratos físicos que Johnson había infligido. Se permitió la idea optimista de
que tal vez todo lo que le había pasado a él, a su carrera, a sus cuentas
bancarias y a sus pacientes, y todos los trastornos y la confusión que había
sufrido su vida podrían terminar ahí, con un nombre y algún tipo de disculpa, y
que después podría dedicarse a reorganizar su vida.
No se permitió reflexionar sobre la
verdadera naturaleza de la venganza, algo con lo que no estaba familiarizado en
absoluto. Tampoco pensó en la amenaza a uno de sus familiares que todavía lo
acechaba en segundo plano.
Lleno, en cambio, de pensamientos si no del
todo positivos, por lo menos con cierto viso de normalidad, y con la creencia
de que podría tener una oportunidad de ganar el juego, dobló en la esquina de
su calle y se detuvo en seco.
Delante de su edificio de piedra rojiza
había tres coches de policía con las luces parpadeando, un camión de bomberos y
dos vehículos amarillos de obras públicas. Las luces de emergencia se fundían
con el tenue atardecer.
Ricky se tambaleó hacia atrás, como un
hombre borracho o uno que acaba de recibir un puñetazo en la cara. Cerca de los
peldaños de entrada varios policías charlaban con obreros que llevaban cascos y
petos manchados de sudor. Había un par de bomberos junto al grupo, pero, cuando
él se acercó, se separaron y se subieron al camión. Con un rugido de motor
mezclado con la estridencia de una sirena, el vehículo se marchó calle abajo.
Ricky avanzó a grandes zancadas, consciente
sólo a nivel subliminal de que aquellos hombres no tenían prisa. Llegó al
portal de su casa casi sin aliento. Uno de los policías se volvió para mirarlo.
– Pare, hombre –dijo.
– Es mi casa –contestó Ricky con ansiedad–.
¿Qué ha pasado?
– ¿Vive aquí? –preguntó el policía, aunque
ya había oído la respuesta a esta pregunta. –Sí. ¿Qué ha pasado?
– Vaya. –El policía no contestó de forma
directa–. Será mejor que hable con el caballero del traje –indicó.
Ricky dirigió la mirada hacia otro grupo de
hombres. Uno de sus vecinos, un corredor de bolsa que vivía dos pisos más
arriba y que presidía la asociación de vecinos discutía y gesticulaba con un
hombre de Obras Públicas que llevaba un casco amarillo. Había otros dos hombres
cerca. Ricky vio que uno de ellos era el supervisor del edificio y el otro, el
encargado de mantenimiento.
El hombre de Obras Públicas hablaba fuerte
y, cuando Ricky se acercó al grupo, le oyó decir:
– Me da lo mismo lo que digan sobre las
molestias. Yo soy quien decide la habitabilidad, y ya les digo que ni hablar.
El corredor de bolsa se volvió frustrado
hacia Ricky. Lo saludó con la mano y se dirigió hacia él mientras los demás
seguían discutiendo.
– Doctor Starks –dijo a la vez que le tendía
la mano–. Creía que ya se había ido de vacaciones.
– ¿Qué ha pasado? –preguntó Ricky.
– Un desastre. Un desastre terrible.
– ¿El qué?
– ¿No se lo ha dicho la policía?
– No. ¿Qué ha pasado?
– Al parecer ha habido un problema serio con
la instalación de agua en el tercer piso –explicó el corredor tras suspirar y
encogerse de hombros–. Varias cañerías han reventado a la vez porque habían
acumulado presión. Explotaron como bombas. El agua ha inundado los dos primeros
pisos y los del tercero y el cuarto no tienen ningún servicio. Luz, gas, agua,
teléfono... Nada funciona.
El corredor debió de advertir el asombro de
Ricky porque siguió con solicitud.
– Lo siento –añadió–. Sé que su piso fue uno
de los más afecta– dos. No lo he visto, pero...
– ¿Mi piso...?
– Sí. Y ahora este idiota del Departamento
de Obras Públicas quiere que evacuemos el edificio hasta que lo compruebe un
equipo de ingenieros y contratistas.
– Pero mis cosas...
– Alguien de Obras Públicas lo acompañará
para que recoja lo que necesite. Dicen que todo el edificio corre peligro.
Espero que tenga a quien acudir. Un lugar adonde ir. ¿No solía pasar el agosto
en Cape Cod? Creía que estaría allí.
– Pero ¿cómo...?
– No lo saben. El problema empezó en el piso
que está justo encima del suyo. Y los Wolfson están veraneando en los
Adirondacks. Mierda, tengo que llamarles. Espero que figuren en la guía.
¿Conoce algún buen contratista general? ¿Alguien que se encargue de techos,
suelos y todo lo que hay en medio? Y será mejor que llame a su compañía de
seguros, aunque no creo que se alegren mucho. Tendrán que venir enseguida para
hacer un peritaje, aunque ya hay un par de hombres dentro sacando fotos.
– Todavía no lo entiendo.
– El hombre dijo que las cañerías explotaron
sin más. Tal vez debido a una obstrucción. Pasarán semanas antes de que lo
sepamos. Puede haber sido una acumulación de gas. En todo caso, bastó para
provocar una explosión. Fue como una bomba.
Ricky retrocedió y alzó los ojos hacia su
hogar durante un cuarto de siglo. Era un poco como enterarse de la muerte de
alguien viejo y conocido, importante y cercano. Tuvo la sensación de que tenía
que vedo de primera mano, examinado, tocar para creer. Como aquella vez que
había acariciado la mejilla de su mujer y tenía el tacto de la porcelana fría;
y de pronto comprendió lo que había ocurrido por fin. Hizo un gesto hacia el
encargado de mantenimiento.
– Lléveme dentro –pidió–. Enséñemelo.
– No le gustará –asintió el hombre con
tristeza–. No, señor. Y se le van a arruinar los zapatos. –Y le entregó un
casco plateado, surcado de arañazos.
Cuando Ricky entró en el edificio, todavía
había agua que goteaba del techo, se deslizaba por las paredes del vestíbulo y
desconchaba la pintura. La humedad era palpable; el ambiente de repente húmedo
y mohoso, como en la selva. Se notaba un ligero hedor a excrementos humanos en
el aire, y en el suelo de mármol se habían formado charcos, volviéndolo
resbaladizo, como la superficie helada de un lago en invierno. El encargado de
mantenimiento caminaba unos pasos delante y observaba con cuidado dónde ponía los
pies.
– ¿Nota ese olor? No querrá pillar algún
tipo de infección, ¿verdad? –soltó por encima del hombro.
Subieron despacio las escaleras zigzagueando
entre el agua estancada, aunque los zapatos de Ricky ya emitían ruidos fangosos
a cada paso, y notaba que la humedad se iba filtrando hacia sus pies. En el
segundo piso, dos hombres jóvenes con peto, botas de caucho, guantes de látex,
mascarillas y unas fregonas enormes, intentaban recoger las aguas residuales.
Las fregonas hacían un ruido como de manotazos cuando las pasaban por el
estropicio. Los hombres trabajaban despacio y a conciencia. Un tercer hombre, también
con botas de caucho y mascarilla, pero con un traje marrón barato y la corbata
floja, estaba de pie a un lado. Sujetaba una cámara Polaroid y sacaba una
instantánea tras otra de la destrucción. Los destellos de los flases semejaban
pequeñas explosiones, y Ricky vio una bolsa enorme en el techo, como un
furúnculo gigantesco a punto de reventar, donde el agua se había acumulado y
amenazaba con descargar sobre el hombre que sacaba fotografías.
La puerta del piso de Ricky estaba abierta
de par en par.
– Lo siento, tuvimos que abrirla –se
disculpó el encargado de mantenimiento–. Estábamos intentando encontrar la
causa del problema... –Se detuvo, como si no fuera necesaria más explicación,
pero añadió una palabra–: Mierda. –Eso tampoco necesitaba explicaciones.
Ricky entró a su casa pero se detuvo en
seco.
Era como si un huracán hubiera arrasado su
hogar. El agua lo cubría todo un par de centímetros. Las bombillas se habían
fundido Y olía a cable quemado. Las alfombras estaban empapadas Y la mayor
parte de los muebles estropeados por el agua. Grandes secciones del techo
estaban arqueadas y combadas, otras se habían desplomado y había polvo de yeso
esparcido por todas partes. En más sitios de los que podía contar seguía
goteando una nociva agua amarro nada. Al adentrarse en el piso, el hedor a
excrementos que se había insinuado en el vestíbulo aumentó y se volvió casi
insoportable.
Había destrozos por todas partes. Sus cosas
estaban anegadas o esparcidas, como si una ola gigante hubiese golpeado su
casa. Llegó con precaución hasta su consulta sin pasar del umbral. Una enorme
placa de mampostería había caído sobre el diván y la mesa. En el techo había
por lo menos tres agujeros, todos goteando y con cañerías destrozadas que
colgaban al descubierto como estalactitas en una cueva. El agua cubría el
suelo. Algunos cuadros, sus diplomas y el retrato de Freud habían caído, de
modo que había trozos de cristal en más de un lugar.
– Parece un ataque terrorista, ¿verdad?
–comentó el encargado de mantenimiento. Cuando Ricky avanzó, le agarró por el
brazo a la vez que le indicaba–: Ahí no.
– Mis cosas... –protestó Ricky.
– Me parece que el suelo ya no es seguro
–dijo el hombre–. Y esas cañerías que cuelgan podrían soltarse en cualquier
momento. Además, lo más probable es que todo esté destrozado. Mejor dejarlo.
Este sitio es mucho más peligroso de lo que cree. Huela un momento, doctor. ¿Lo
nota? No es sólo a mierda y demás. También huele a gas.
Ricky vaciló y luego asintió.
– ¿Y el dormitorio? –preguntó.
– Igual. Toda la ropa estropeada y la cama
aplastada bajo un trozo de techo.
– Tengo que verlo –dijo Ricky.
– No –contestó el hombre–. Ninguna pesadilla
que pueda imaginarse igualará la realidad, así que mejor déjelo y vámonos de
aquí. El seguro se lo pagará todo.
– Pero mis cosas...
– Las cosas sólo son cosas, doctor. Un par
de zapatos o un traje pueden reemplazarse con bastante facilidad. No vale la
pena arriesgarse a pillar una infección o lastimarse. Tenemos que salir de aquí
y dejar que los expertos hagan su trabajo. No confío en que lo que queda del
techo vaya a aguantar. Y tampoco respondo del suelo. Tendrán que derruir el
edificio, de arriba a abajo.
Así era como se sentía Ricky en ese momento.
Derruido de arriba. a abajo. Se volvió y salió detrás del hombre. Un trocito de
techo cayó a su espalda, como para subrayar lo que éste le había dicho.
De nuevo en la calle, el supervisor del
edificio y el corredor de bolsa, acompañados del hombre de Obras Públicas, se
acercaron a él.
– Muy mal, ¿no? –preguntó el corredor–.
Menudo desastre. Ricky sacudió la cabeza.
– Los del seguro ya están de camino –dijo el
corredor, y le dio su tarjeta de visita–. Llámeme a la oficina en un par de
días. Mientras tanto, ¿tiene adónde ir?
Ricky asintió mientras se guardaba la
tarjeta en el bolsillo. Sólo le quedaba un lugar intacto en su vida. Pero no
tenía muchas esperanzas de que siguiera así.
19
El final de la noche lo cubrió como un traje
que le sentara mal, ajustado e incómodo. Apoyó la mejilla contra el cristal de
la ventanilla y sintió que la frialdad de la madrugada lo traspasaba, casi como
si pudiera calarle directamente, mientras la oscuridad que reinaba fuera se
unía a la penumbra que sentía por dentro. Ansiaba la llegada del amanecer, ya
que esperaba que la luz del sol pudiera vencer la negrura de su porvenir,
aunque sabía que era una esperanza fútil. Inspiró despacio, saboreando el aire
viciado, intentando deshacerse del peso de la desesperación que lo aplastaba.
No lo logró.
Estaba en la sexta hora del viaje nocturno
del autobús Bonanza desde Port Authority hasta Provincetown. Oía el zumbido del
motor diesel, un constante sube y baja, a medida que el conductor cambiaba de
marcha. Tras una parada en Providence, el autobús había llegado por fin a la
carretera 6 hacia Cape Cod, y avanzaba lento y decidido por la carretera
descargando pasajeros en Bourne, Falmouth, Hyannis, Eastham y, por último, en
la parada de Wellfleet, antes de dirigirse a Provincetown en la punta de Cape
Cod.
Dos terceras partes del autobús ya iban
vacías. A lo largo del recorrido, los pasajeros habían sido hombres o mujeres
jóvenes que habían terminado la universidad y entraban en la edad laboral, y
que iban a pasar el fin de semana a Cape Cod.
«La previsión meteorológica debe de ser
buena –pensó–. Cielos despejados, temperaturas cálidas.»
Los jóvenes se habían mostrado bulliciosos
las primeras horas del viaje, riendo, charlando y relacionándose mediante ese
método que resulta tan fácil a la juventud, y habían ignorado a Ricky, que iba
sentado solo en la parte posterior, separado de ellos por abismos más
insalvables que la mera edad. Pero la vibración sorda y regular del motor había
tenido su efecto en casi todos los pasajeros, salvo en él, y ahora dormían en
diversas posturas, de modo que Ricky era el único que observaba los kilómetros
que se deslizaban bajo el vehículo mientras sus pensamientos pasaban con la
misma rapidez que el asfalto.
Estaba seguro de que ningún accidente de la
instalación de agua había destrozado su piso.
Esperaba que no hubiera ocurrido lo mismo con su casa de veraneo.
Sabía que eso era casi lo único que le
quedaba.
Calculó qué le esperaba, en un inventario
modesto que sirvió más para deprimido que para animado. Una casa llena de
recuerdos. Un Honda Accord de diez años algo abollado y rayado que guardaba en
el granero, detrás de la casa, para usar sólo durante las vacaciones, ya que en
Manhattan nunca había necesitado un vehículo. Unas prendas de vestir gastadas:
pantalones caqui, polos y jerséis con el cuello raído y agujeros de polilla. Un
cheque bancario por diez mil dólares (más o menos) en el banco. Una profesión
hecha jirones. Una vida sumida en la confusión.
Y unas treinta y seis horas antes del plazo
de Rumplestiltskin.
Por primera vez en días, se concentró en sus
opciones: encontrar el nombre, o su propio obituario. De otro modo, alguien
inocente se enfrentaría a un castigo que Ricky no podía ni imaginarse.
Cualquier cosa terrible desde la ruina hasta la muerte. Ya no le quedaba
ninguna duda del empeño de ese hombre. Ni de su alcance y resolución.
«A pesar de todas mis idas y venidas, de mis
especulaciones y mis intentos de resolver los enigmas que se me planteaban, las
opciones no han cambiado –pensó Ricky–. Estoy en la misma posición que cuando
la primera carta llegó a mi consulta.»
Eso no era del todo cierto. Su situación
había empeorado. El doctor Frederick Starks que había leído aquella carta en su
consulta de la zona alta de la ciudad, rodeado de una vida bien ordenada, con
control sobre cada minuto de cada día, ya no existía. Había sido un hombre de
chaqueta y corbata, sereno e inmutable. En la ventanilla del autobús captó su
imagen reflejada en el cristal oscuro. El hombre que lo miraba apenas se
parecía al que creía haber sido antes. Rumplestiltskin había querido jugar.
Pero lo que le había ocurrido a Ricky no tenía nada de deportivo.
El autobús dio una ligera sacudida y el
motor aminoró las revoluciones, lo que indicaba que se acercaba otra parada.
Ricky echó un vistazo al reloj y vio que llegaría a Wellfleet hacia el
amanecer.
Quizá lo más maravilloso del inicio de las
vacaciones anuales era la llegada. El ritual era el mismo cada año, un conjunto
de pequeños actos que tenían la familiaridad del reencontrarse con un viejo
amigo después de una larga ausencia. Tras la muerte de su mujer, Ricky había
sido inflexible en cuanto a seguir llegando del mismo modo a la casa de
veraneo. Cada año, el 1 de agosto, tomaba el mismo vuelo desde La Guardia hasta
el pequeño aeropuerto de Provincetown, donde la misma compañía de taxis lo
recogía y lo llevaba por carreteras viejas y conocidas los veinte kilómetros
que había hasta su casa. El proceso de abrir la casa era el mismo, desde abrir
las ventanas de par en par para que entrara el aire limpio de Cape Cod hasta
quitar y doblar las sábanas viejas y raídas que cubrían el mobiliario y limpiar
el polvo acumulado en las superficies y los estantes. Tiempo atrás había
compartido todas las tareas con su mujer. Los últimos años las había hecho
solo, pensando siempre, mientras repasaba el habitual montoncito de correo (la
mayoría inauguraciones de galerías e invitaciones a fiestas que rechazaría),
que seguir haciendo estas cosas antes compartidas confería a su mujer una
presencia fantasmagórica en su vida, lo que no le molestaba. Curiosamente, le
hacía sentir menos aislado.
Este año todo era distinto. No llevaba nada
en las manos, pero el equipaje que cargaba pesaba más que nunca, más incluso
que el primer verano tras la muerte de su esposa.
El autobús lo depositó en el macadán negro
del estacionamiento del restaurante Lobster Shanty. En todos los años que
llevaba yendo a Cape Cod, nunca había comido allí, suponía que desanimado por
la sonriente langosta con babero y un tenedor en las pinzas que adornaba el
cartel sobre la puerta del local. Dos coches esperaban a dos pasajeros y se
marcharon deprisa después de recogerlos. La mañana era fría y húmeda, y una
neblina cubría algunas colinas. La luz del alba convertía el mundo que lo
rodeaba en gris y vaporoso, como una fotografía algo des enfocada. Se
estremeció, de pie en la acera, al sentir cómo la mañana le traspasaba la ropa.
Sabía muy bien dónde estaba, a unos cinco kilómetros de su casa, en un lugar
por el que había pasado cientos de veces. Pero verlo a esa hora y en esas
circunstancias le daba un aspecto desconocido, un poco falto de armonía, como
un instrumento que tocara las notas correctas en el tono equivocado. Barajó la
idea de llamar a un taxi, pero finalmente se marchó andando por la carretera
con el paso vacilante de un soldado cansado del combate.
Tardó poco menos de una hora en llegar al
camino rural que llevaba a su casa. Para entonces, el calor y la luz del sol de
aquella mañana de agosto habían disipado parte de la niebla de las laderas
circundantes. Cerca de la entrada de su casa vio tres cuervos negros que
picoteaban el cadáver de un mapache, a unos veinte metros camino abajo. El
animal había elegido un mal momento para cruzar la noche anterior y se había
convertido en el desayuno de otro animal. Los cuervos tenían una forma de comer
que llamó la atención de Ricky: picoteaban al animal muerto sin dejar de
volverse a derecha e izquierda para detectar cualquier amenaza, como si
supieran el peligro que suponía estar en medio del camino y ni siquiera el
hambre, por grande que fuera, les impidiese abandonar su cautela. Introducían
sus largos picos en el cadáver y lo desgarraban con crueldad, y se picaban
entre sí, reacios a compartir la abundancia que les había procurado un BMW o un
SUV la noche anterior. Era una imagen habitual y normalmente Ricky apenas se
habría fijado en ella. Pero esta mañana le enfureció, como si la exhibición de
los pájaros estuviera dirigida a él.
«Carroñeros –masculló Ricky–. Comecadáveres.» Empezó a agitar los
brazos, frenético, en su dirección. Pero los pájaros hicieron caso omiso de él
hasta que dio unos pasos amenazadores hacia ellos. Entonces, graznando de
alarma, se elevaron, describieron círculos sobre los árboles y volvieron
segundos después de que Ricky accediese al sendero de entrada a su casa.
«Son más decididos que yo», pensó, casi
sumido en la frustración, y volvió la espalda a la escena para recorrer con
paso regular pero tembloroso el túnel de árboles levantando nubecitas de polvo
con los pies.
Su casa estaba a sólo medio kilómetro de la
carretera, pero no se veía desde ella.
La mayoría de las construcciones nuevas de
Cape Cod exhibían la arrogancia del dinero tanto en el diseño como en la
ubicación. En todas las laderas y los promontorios había casas grandes,
dispuestas para tener el máximo de vistas del Atlántico. Y, si eso no era
posible, estaban inclinadas de tal modo que daban a los claros o a los
raquíticos bosques –debido a los fuertes vientos– que dominaban el paisaje. Las
casas nuevas estaban diseñadas para ver algo. La de Ricky era distinta.
Construida más de cien años atrás, había sido en su día una granja y estaba
situada junto a unos campos donde antaño crecía maíz y que ahora formaban parte
de una zona protegida, con lo que el lugar estaba aislado. La casa no
proporcionaba paz y soledad por las vistas que ofrecía sino más bien por su
antigua conexión con la tierra bajo sus cimientos. Era un poco como un jubilado
viejo y canoso, algo maltrecho Y deteriorado, un poco ajado, que lucía sus
medallas en vacaciones pero prefería pasarse las horas echando una cabezada al sol.
La casa había cumplido su misión durante décadas y ahora descansaba. Carecía de
la energía de las viviendas modernas, donde la relajación es casi una exigencia
y un requisito apremiante.
Ricky cruzó las sombras bajo los árboles
hasta que el sendero surgió del bosquecillo y vio la casa asentada en el
extremo de un campo abierto. Casi le sorprendió que siguiera en pie.
Se detuvo en la entrada, aliviado de haber
encontrado la llave de repuesto bajo la losa gris suelta, como era de esperar.
Vaciló un momento y luego abrió la puerta y entró. El olor a cerrado fue casi
un alivio. Sus ojos absorbieron con rapidez aquel mundo interior. Polvo y
calma.
Mientras consideraba las tareas que lo
esperaban (ordenar, barrer y acondicionar la casa) un agotamiento casi mareante
se apoderó de él. Subió el angosto tramo de escaleras hacia el dormitorio. Las
tablas del suelo, combadas y viejas, crujieron bajo su peso. En su habitación,
abrió la ventana para sentir el aire cálido. Conservaba una foto de su mujer en
un cajón de la cómoda; un lugar curioso para guardar su imagen y su recuerdo.
Lo sacó y, aferrado a ella como un niño a un osito de peluche, se echó en la
cama de matrimonio donde había dormido en soledad los tres últimos veranos.
Casi de inmediato se sumió en un sueño profundo pero agitado.
Cuando abrió los ojos a primera hora de la
tarde, notó que el sol había recorrido el cielo. Estuvo desorientado un momento
hasta que el mundo a su alrededor se enfocó, un mundo conocido y entrañable,
pero verlo le resultaba duro, casi como si la vista más reconfortante quedara
curiosamente fuera de su alcance. No le daba placer contemplar el mundo que lo
rodeaba. Como la fotografía de su mujer que seguía sujetando en la mano, era
distante y, de algún modo, lo había perdido.
Fue al baño para mojarse la cara. Su imagen
en el espejo parecía la de un hombre más viejo. Apoyó las manos en el borde del
lavabo y, mientras se observaba, pensó que tenía mucho que hacer y poco tiempo
para hacerlo.
Encaró con rapidez las tareas habituales del
verano. Fue al granero para retirar la lona que cubría el viejo Honda y
conectar el cargador de baterías que tenía para ese momento de cada verano.
Después, mientras el coche se llenaba de energía, regresó a la casa para quitar
las cubiertas de los muebles y barrer el suelo. En el armario había un plumero,
que usó, convirtiendo el interior de la casa en un mundo de ácaros del polvo
arremolinados en los haces del sol.
Como tenía por costumbre en Cape Cod, dejó
la puerta abierta al salir. Si lo habían seguido, lo que era posible, no quería
que Virgil, Merlín o quienquiera que fuese se viera obligado a forzar la
entrada.
Era como si con ello minimizara de algún
modo la violación. No sabía si podría soportar que se rompiese algo más en su
vida. Su piso de Nueva York, su carrera, su reputación, todo lo relacionado con
lo que Ricky creía ser y todo lo que había construido en su vida había
sido sistemáticamente destruido. Sintió
que una especie de fragilidad inmensa descendía sobre su alma, como si una sola
rajadura en el cristal de una ventana, una raya en la madera, una taza rota o
una cuchara doblada fuera más de lo que podría soportar.
Soltó un suspiro de alivio cuando el Honda
arrancó. Probó los frenos y parecieron funcionar. Sacó el coche marcha atrás
con cautela, sin dejar de pensar todo el rato: «Así es como uno debe de
sentirse al estar cerca de la muerte.»
Una recepcionista simpática señaló a Ricky
el despacho acristalado del director del banco. El First Cape Bank era un
edificio pequeño con revestimiento de madera, como muchas de las casas más
antiguas de la zona. Pero el interior era tan moderno como el que más, y las
oficinas combinaban lo antiguo con lo nuevo. Algún arquitecto lo había
considerado una buena idea, pero a Ricky le pareció que sólo se había creado un
espacio que no pertenecía a ninguna parte. Aun así, se alegró de que estuviera
ahí y todavía abierto.
El director era un hombre bajo,
extrovertido, con un vientre prominente y una calva que el sol había quemado en
exceso ese verano. Estrechó la mano de Ricky con fuerza. Luego retrocedió y lo
evaluó con la mirada.
– ¿Se encuentra bien, doctor? ¿Ha estado
enfermo?
– Estoy bien –contestó Ricky tras vacilar–.
¿Por qué lo pregunta?
El director sacudió la mano como si quisiese
borrar la pregunta que acababa de formular.
– Disculpe. No quiero ser indiscreto.
Ricky pensó que su aspecto debía de reflejar
el estrés de los últimos días.
– He tenido uno de esos resfriados
veraniegos. Me dejó hecho polvo –mintió.
– Pueden ser difíciles –asintió el
director–. Espero que se haya hecho las pruebas de la enfermedad de Lyme. Aquí,
a la que alguien no anda muy fino, es lo primero en lo que pensamos.
– Estoy bien –mintió Ricky de nuevo.
– Bueno, le estábamos esperando, doctor
Starks. Creo que lo encontrará todo en orden, pero debo decide que es el cierre
de cuenta más extraño que he visto nunca.
– ¿Y eso por qué?
– En primer lugar, hubo un intento de
acceder a su cuenta sin autorización. Eso ya fue bastante extraño para una
institución como ésta. Y hoy un mensajero nos entregó un sobre a su nombre.
– ¿Un sobre?
El director le entregó un sobre de correo
urgente. Llevaba el nombre de Ricky y el del director del banco. Procedía de
Nueva York. En la casilla del remitente había el número de un apartado de
correos y el nombre: «R. S. Skin.» Ricky lo cogió, pero no lo abrió.
– Gracias –dijo–. Perdone las
irregularidades.
El director sacó un sobre más pequeño de un
cajón de la mesa. –El cheque bancario –aclaró–. Por diez mil setecientos
setenta y dos dólares. Lamentamos cerrar su cuenta, doctor. Espero que no vaya
a llevar el dinero a la competencia.
– No. –Ricky echó un vistazo al cheque.
– ¿Ha puesto en venta la casa, doctor?
podríamos ayudarle en esa transacción.
– No. No la vendo.
– ¿Por qué cierra entonces la cuenta?
–preguntó el director–. La mayoría de las veces, cuando cerramos una cuenta
antigua es porque ha habido un cambio importante en la familia. Una muerte o un
divorcio. Una quiebra en ocasiones. Alguna especie de tragedia que provoca que
la gente se reorganice y empiece de nuevo en otra parte. Pero en este caso...
El director estaba sondeándolo.
Ricky no quería contestar. Observó el
cheque.
– ¿Puedo cobrado en efectivo aquí mismo?
– Podría ser peligroso llevar tanto dinero
encima, doctor. –El director entornó los ojos–. ¿Tal vez cheques de viaje?
– No, gracias, pero le agradezco su
preocupación. Prefiero el efectivo.
– Muy bien. –El director asintió–. Enseguida
vuelvo. ¿De cien?
– De acuerdo.
Ricky permaneció sentado unos instantes.
Muerte, divorcio, quiebra. Enfermedad, desesperación, depresión, chantaje,
extorsión. Pensó que a él se le podría aplicar cualquiera de esas palabras, o
quizás todas.
El director regresó y le entregó otro sobre
que contenía el efectivo.
– ¿Quiere contado? –preguntó.
– No; confío en usted –aseguró Ricky
mientras se lo guardaba en el bolsillo.
– Tenga mi tarjeta, doctor Starks. Por si
precisara nuestros servicios otra vez.
Ricky la aceptó murmurando su
agradecimiento. Se volvió para irse, pero de repente miró de nuevo al director.
– ¿Por qué motivos dijo que la gente suele
cerrar sus cuentas?
– Bueno, suele haberles pasado algo muy
grave. Tienen que mudarse a otro sitio, empezar una nueva carrera. Crear una
nueva vida para ellos y para su familia. Muchas, debería decir la inmensa
mayoría, se cierran porque fallecen clientes muy mayores, de toda la vida, y
los hijos que heredan el patrimonio que hemos administrado se lo llevan a
mercados más rentables o a Wall Street. Creo que casi el noventa por ciento de
los cierres de nuestras cuentas están relacionados con una defunción. Puede que
un porcentaje aún mayor. Por eso me preguntaba sobre el suyo, doctor. No se
ajusta a lo que estamos acostumbrados.
– Interesante –comentó Ricky–. No sé qué
decide. Pero le aseguro que si en el futuro necesito un banco, acudiré aquí.
Eso apaciguó un poco al director.
– Estaremos a su disposición –dijo mientras
Ricky, que de repente reflexionaba sobre las palabras del director, salía para
vivir lo que quedaba de su penúltimo día.
Cuando llegó a la casa, la penumbra
ingrávida del atardecer ya lo envolvía todo. Recordó que en verano la verdadera
noche, densa y negra, se demoraba hasta casi la medianoche. En los campos que
se extendían alrededor cantaban los grillos, y las primeras estrellas
salpicaban el cielo.
«Todo parece tan apacible –pensó–. En una
noche como ésta nadie debería tener inquietudes ni preocupaciones.»
Esperaba encontrarse con Merlín o Virgil,
pero la casa estaba silenciosa Y vacía. Encendió las luces y se dirigió a la
cocina para prepararse una taza de café. Se sentó en la mesa de madera en la
que había compartido tantas comidas con su mujer a lo largo de los años y abrió
el sobre acolchado que había recibido en el banco, que a su vez contenía un
sobre con su nombre impreso.
Ricky lo abrió y extrajo una hoja. El
membrete de la parte superior confería a la carta el aspecto de una transacción
comercial más o menos corriente. El membrete ponía:
Investigaciones
Privadas R. S. Skin
«Máxima
confidencialidad»
Aptdo. de correos
66–66
Church Street
Station
Nueva York, N. Y.
10008
Debajo del membrete leyó lo siguiente,
escrito en un estilo comercial, sucinto y rutinario:
Apreciado doctor Starks:
Con relación a su reciente consulta a esta
oficina, nos satisface informarle de que nuestros agentes han confirmado que
sus suposiciones son correctas. Sin embargo, en este momento no podemos
facilitarle más detalles sobre los individuos en cuestión. Sabemos que cuenta
con limitaciones importantes de tiempo. Por lo tanto, a menos que recibamos una
petición suya, en el futuro no podremos proporcionarle más información. Si sus
circunstancias cambiaran, le rogamos se ponga en contacto con nuestra oficina
para cualquier consulta adicional.
Será facturado por nuestros servicios en
veinticuatro horas.
Muy atentamente,
R. S. SKIN, presidente Investigaciones
Privadas R. S. Skin
Ricky leyó la carta tres veces antes de
dejarla sobre la mesa.
Le pareció un documento verdaderamente
excepcional. Sacudió la cabeza casi con admiración y sin duda con
desesperación. Seguro que la dirección y la empresa eran falsas por completo.
Pero ése no era el mérito de la carta, sino lo nimia que resultaría a
cualquiera salvo a Ricky. Cualquier otra relación con Rumplestiltskin había
sido erradicada de su vida. Los poemitas, la primera carta, las pistas y las
instrucciones habían sido destruidos o robados. Y la carta decía a Ricky lo
que necesitaba saber, pero de tal forma
que si alguien más la leía, no le llamaría la atención. Y conduciría a
cualquiera que pudiera sentir curiosidad hacia un callejón sin salida. Un
rastro que no iba a ninguna parte.
«Es inteligente», pensó Ricky. Sabía quiénes
querían que se suicidara, pero no conocía sus nombres. Sabía por qué querían
que se suicidara. Y sabía que, si no satisfacía su exigencia, tenían la
capacidad de cumplir lo que le habían prometido desde el primer día. La factura
por sus servicios.
Sabía que el caos desatado en esas dos
últimas semanas se evaporaría cuando se cumpliera el plazo. Los falsos abusos
sexuales que habían arruinado su carrera; el dinero, el piso, todo lo que le
había ocurrido en el transcurso de catorce días se aclararían al instante en
cuanto él estuviera muerto.
Pero más allá de eso, lo peor era que a
nadie le importaría.
Los últimos años se había aislado
profesional y socialmente. Estaba, si no separado, sí alejado y distanciado de
sus familiares. No tenía una verdadera familia, ni verdaderos amigos. Pensó que
a su funeral asistiría gente en traje negro, con expresiones de dolor y pesar
meramente formales. Serían sus colegas. Tal vez algunos asistentes serían
antiguos pacientes a los que creía haber ayudado, y mostrarían sus emociones de
modo adecuado. Pero el pilar del psicoanálisis es que un tratamiento exitoso
lleva al paciente a un estado libre de ansiedad y depresión. Eso era lo que
había buscado proporcionar a sus pacientes durante los años de sesiones
diarias. Así que no sería razonable pedirles que ahora derramaran lágrimas por
él.
La única persona que experimentaría
verdadera emoción en el banco de la iglesia sería el hombre que le había
causado la muerte.
«Estoy completamente solo», pensó Ricky.
¿De qué serviría rodear con un círculo el
nombre «R. S. Skin» de la carta y dejado para algún inspector con la nota:
«Éste es el hombre que me obligó a suicidarme»?
Ese hombre no existía. Por lo menos, a un
nivel en el que fuera capaz de encontrado un policía local de Wellfleet,
Massachusetts, en plena temporada veraniega, cuando los delitos consistían
básicamente en hombres de mediana edad que conducían a casa borrachos después
de una fiesta, en riñas domésticas entre los ricos y en adolescentes
escandalosos que querían comprar sustancias ilegales.
Y peor aún: ¿quién lo creería? En lugar de
eso, lo que cualquiera que investigara su vida descubriría casi de inmediato
sería que su mujer había muerto, que su carrera estaba destrozada debido a una
acusación por abusos sexuales, que sus finanzas eran un caos y que un accidente
había destruido su casa. Una base fértil para una depresión suicida.
Su suicidio tendría sentido para cualquiera
que lo examinara. Incluidos todos sus colegas de Manhattan. En apariencia, que
se hubiera quitado la vida sería un caso típico de manual. Nadie vería en ello
nada de raro.
Por un instante, sintió un arrebato de
cólera contra a sí mismo:
«Te has convertido en un blanco muy fácil.»
Cerró los puños y golpeó con fuerza el tablero de la mesa.
– ¿Quieres vivir? –dijo en voz alta tras
inspirar hondo.
La habitación permaneció en silencio.
Escuchó, como si esperara alguna respuesta fantasmagórica.
– ¿Qué hay en tu vida que haga que valga la
pena vivirla? –preguntó.
De nuevo, la única respuesta fue el rumor
distante de la noche veraniega.
– ¿Podrás vivir si eso le cuesta la vida a
otra persona?
Inspiró otra vez y se respondió sacudiendo
la cabeza.
– ¿Tienes elección?
El silencio le respondió.
Ricky comprendió algo con una claridad
meridiana: en veinticuatro horas, el doctor Frederick Starks tenía que morir.
20
Pasó el último día de su vida efectuando
preparaciones febriles.
la tienda de suministros del puerto
deportivo compró dos depósitos de veinte litros para combustible de motores
fueraborda, del tipo pintado en rojo que va al fondo de un esquife, conectado
con el motor. Eligió el par más barato, después de pedir ayuda a un adolescente
que trabajaba en la tienda. El muchacho intentó convencerlo de que se llevara
unos depósitos un poco más caros que iban provistos de indicador del
combustible y de válvula de seguridad, pero Ricky los rechazó con fingido
desdén. El chico le preguntó para qué necesitaba dos y Ricky le indicó que uno
solo no le bastaba para lo que tenía en mente. Simuló cólera e insistencia, y
fue todo lo prepotente y desagradable que pudo hasta el momento en que pagó en
efectivo.
Entonces aparentó recordar algo y pidió con
brusquedad al adolescente que le mostrara pistolas de bengalas. El muchacho le
enseñó media docena y Ricky eligió también la más barata, aunque el dependiente
le advirtió que era de muy poco alcance, y tal vez no más de quince metros de
altura. Sugirió otros modelos, un poco más caros, de mayor potencia y que
proporcionaban más seguridad. Pero Ricky siguió desdeñoso y comentó que sólo
esperaba usar la bengala una vez. Luego pagó en efectivo, tras quejarse del precio
total.
Ricky imaginó que el adolescente estaría
encantado de verlo marchar.
Su siguiente parada fue en una farmacia,
donde pidió ver al farmacéutico encargado. El hombre, con una chaqueta blanca y
un aire algo oficioso, salió de la trastienda. Ricky se presentó.
– Necesito que me suministre una receta
–dijo, y le dio su número de colegiado–. Elavil. Una dosis de pastillas de
treinta miligramos para treinta días. Nueve mil mili gramos en total.
El hombre sacudió la cabeza, sorprendido.
– No he suministrado una cantidad así en
mucho tiempo, doctor. Y en el mercado hay algunos fármacos nuevos que son mucho
más efectivos, con menos efectos secundarios y no tan peligrosos como el
Elavil. Es casi una antigualla. Hoy en día apenas se usa. Verá, tengo algo
almacenado que todavía no ha caducado, pero ¿está seguro de que lo quiere?
– Por completo –contestó Ricky.
El farmacéutico se encogió de hombros,
sugiriendo que había hecho todo lo posible por convencerlo de que se llevara un
antidepresivo más eficaz.
– ¿Qué nombre debo poner en la etiqueta?
–preguntó.
– El mío –indicó Ricky.
Al salir, Ricky se dirigió a una pequeña
papelería. Sin prestar atención a las hileras de tarjetas de felicitación para
desear una pronta recuperación, dar el pésame, felicitar por el nacimiento de
un bebé, por un cumpleaños o por un aniversario que abarrotaban los pasillos,
tomó un bloc barato de papel de carta pautado, doce sobres gruesos y dos
bolígrafos. En el mostrador, donde pagó, también consiguió sellos para los
sobres. Necesitaba once. La joven cajera ni siquiera le miró a los ojos
mientras marcaba los precios.
Lanzó todo al asiento trasero del viejo
Honda y condujo deprisa por la carretera 6 hacia Provincetown. Esta población,
al final del cabo, tenía una relación curiosa con los demás centros vacacional
es cercanos. Recibía visitantes mucho más jóvenes y modernos, a menudo gays o
lesbianas, que parecían el polo opuesto de los médicos, abogados, escritores y
académicos que atraían Wellfleet y Truro. Estas dos poblaciones eran para
relajarse, tomar Cócteles y hablar de libros y de política, y de quién se
divorciaba y quién tenía alguna aventura amorosa y, por lo tanto, estaban
rodeadas de una especie de pesadez y monotonía casi constantes. En verano,
Provincetown poseía ritmo musical y energía sexual. No se trataba de relajarse
y recuperar biorritmos, sino de divertirse y relacionarse. Era un lugar donde
las exigencias de la juventud y la energía eran primordiales. Había pocas
oportunidades de que allí lo viera algún conocido. Por consiguiente, era el
lugar ideal para su siguiente compra.
En una tienda de deportes se proveyó de una
mochila negra como las que usan los estudiantes para llevar los libros. También
de la billetera más barata y de un par de zapatillas de deporte normales. Al
hacer estas compras, habló lo menos posible con el dependiente y evitó el
contacto visual aunque no actuó de modo furtivo, lo que podría haber atraído su
atención, sino que tomó las decisiones con presteza para que su presencia en la
tienda pasara inadvertida.
Luego se dirigió a otra farmacia, donde
compró tinte negro para el pelo, unas gafas de sol baratas y unas muletas
ajustables de aluminio, no del tipo que llega hasta la axila y que prefieren
los atletas lesionados, sino de la clase que utilizan las personas
incapacitadas por alguna que otra enfermedad, con un asidero y un soporte
semicircular para la mano y el antebrazo.
Hizo otra parada en Provincetown, en la
terminal de autobuses Bonanza, una pequeña oficina junto a la carretera con un
solo mostrador, tres sillas para esperar y un estacionamiento asfaltado con
capacidad para varios autobuses. Esperó fuera con las gafas de sol puestas
hasta que llegó un autobús del que bajó un grupo de visitantes de fin de semana
y entró a efectuar su compra con rapidez.
En el Honda, de regreso a casa, pensó que
apenas le quedaba tiempo suficiente ese día. La luz del sol daba en el
parabrisas y el calor circulaba por las ventanillas abiertas. Era ese momento
de la tarde veraniega en que las personas se reúnen en la orilla del mar,
llaman a los niños para que salgan del agua, recogen las toallas, las neveras
portátiles, los cubos y las palas de plástico y emprenden el camino algo
incómodo hacia sus vehículos: un momento de transición antes de sumergirse en
la rutina nocturna de la cena y una película, una fiesta o un rato tranquilo
leyendo una vieja novela en rústica. Era el momento en que Ricky, los años
anteriores, habría disfrutado de una ducha caliente y luego habría charlado con
su mujer sobre cosas corrientes de su vida: alguna fase especialmente difícil
de un paciente en su caso, un cliente que no podía salir de un aprieto en el de
ella. Pequeños momentos que llenaban días, sencillos pero fascinantes, en el
esquema de su apacible vida conyugal. Recordó esos momentos y se preguntó por
qué no había pensado en ellos desde que ella había muerto. Recordar no lo puso
triste, como sucede a veces al pensar en el cónyuge desaparecido, sino que lo
reconfortó. Sonrió porque, por primera vez en meses, pudo recordar el sonido de
su voz. Se preguntó si ella había pensado en las mismas cosas, no en los
momentos grandes y extraordinarios de la vida sino en los pequeños momentos que
rayan en lo corriente, cuando se preparaba para la muerte. Sacudió la cabeza.
Supuso que lo habría intentado pero que el dolor del cáncer era demasiado
intenso y, cuando la morfina lo enmascaraba, esos recuerdos quedaban
bloqueados. Ricky lamentó haberse dado cuenta de ello.
«Mi muerte parece distinta», se dijo.
¡Muy distinta!
Entró en una gasolinera Texaco y se detuvo
frente a los surtidores. Bajó del Honda y sacó el par de bidones del maletero
para proceder a llenarlos de gasolina normal. Un empleado joven vio lo que
hacía Ricky en la zona de autoservicio y le gritó:
– Oiga, si son para un fuera borda tiene que
dejar espacio para el aceite. Algunos van con una mezcla de cincuenta a uno,
otros de cien a uno.
– No son para un fueraborda, gracias. –Ricky
meneó la cabeza.
– Son depósitos de fueraborda –insistió el
muchacho.
– Sí. Pero yo no tengo un fueraborda.
El chico se encogió de hombros. Debía de
trabajar ahí todo el año Ricky supuso que sería un alumno local de secundaria
que no imaginaba que los depósitos pudieran usarse para otra cosa distinta que
para la que estaban concebidos, y que le había incluido en la categoría que los
habitantes de Cape Cod reservaban a los veraneantes, consistente en un ligero
desprecio y en el convencimiento de que nadie de Nueva York o Boston tenía la
menor idea de lo que estaba haciendo en ningún instante. Ricky pagó, puso los
depósitos llenos en el maletero, algo que incluso él comprendió que era muy
peligroso, y se marchó a su casa.
Dejó los depósitos de gasolina en el salón y
fue a la cocina. Se sintió repentinamente agotado, como si hubiese gastado
mucha energía, y se bebió con avidez una botella de agua que había en el
frigorífico. Su corazón parecía aumentar su ritmo a medida que las horas de su
último día menguaban. Se obligó a conservar la calma.
Extendió los sobres y el bloc de papel en la
mesa de la cocina, se sentó y escribió la siguiente nota:
Al Departamento de Protección de la
Naturaleza:
Les ruego acepten el donativo adjunto. No
busquen más porque no tengo nada más que dar y, después de esta noche, no
estaré aquí para darlo.
Atentamente,
DOCTOR FREDERICK
STARKS
Tomó un billete de cien dólares del fajo y
lo metió junto con la carta en uno de los sobres con estampilla.
Después redactó notas parecidas e incluyó
una cantidad similar en los demás sobres, salvo uno. Hizo donativos a la
Sociedad Americana contra el Cáncer, al Sierra Club, a la Asociación de
Conservación Costera, a la organización benéfica CARE y al Comité Nacional
Demócrata. En cada caso, se limitó a escribir el nombre de la institución en el
sobre.
Cuando terminó, miró el reloj y vio que se
aproximaba la hora límite del Times para aceptar anuncios. Fue al teléfono y
por cuarta vez llamó a la sección de clasificados.
Esta vez, sin embargo, el mensaje para el
anuncio que dictó al empleado era distinto. Nada de rima, poemas o preguntas.
Sólo la sencilla frase:
Señor R: Usted
gana. Lea el Cape Cod Times.
Ricky volvió a sentarse en la cocina y tomó
el bloc. Mordisqueó la punta del bolígrafo y luego se puso a redactar una
última carta. Escribió con rapidez:
A quien pueda interesar:
He hecho esto porque estoy solo y no soporto
el vacío de mi vida. Me resultaría imposible causar más daño a ninguna otra
persona.
He sido acusado de cosas de las que soy
inocente. Pero soy culpable de cometer errores con personas a las que amaba,
yeso me ha llevado a dar este paso. Agradecería que alguien enviara por correo
los donativos que he dejado. Todos los bienes y fondos restantes de mi
patrimonio deberían ser vendidos y lo recaudado entregado a las mismas
organizaciones benéficas. Lo que quede de mi casa aquí, en Wellfleet, debería
convertirse en zona protegida.
A mis amigos, si los hay, espero que me
perdonéis. A mis familiares, espero que lo entendáis.
Y al señor R, que
me ayudó a llegar a esta situación, espero que encuentre muy pronto su propio
camino hacia el infierno, porque ahí le estaré esperando.
Firmó esta carta con una rúbrica, la metió
en el último sobre y la dirigió al Departamento de Policía de Wellf1eet.
Con el tinte y la mochila en la mano, se
dirigió hacia el baño del piso superior. Minutos después, tenía un cabello casi
negro azabache. Se echó un vistazo en el espejo, le pareció que ofrecía un
aspecto algo tonto y se secó con una toalla. Eligió ropas viejas y raídas de
verano que guardaba en la cómoda y las metió, junto con una cazadora gastada,
en la mochila. Tomó una muda más, doblada con cuidado, y la puso encima.
Después volvió a ponerse la ropa que había llevado ese día. En un bolsillo
exterior de la mochila metió la fotografía de su difunta esposa. En otro
bolsillo metió el último mensaje de Rumplestiltskin y los pocos documentos que
revelaban la causa de lo ocurrido. Los documentos sobre la muerte de la madre
de Rumplestiltskin.
Llevó la mochila y la muda de ropa, las
muletas de aluminio y el montón de cartas al coche y los dejó en el asiento del
pasajero junto a las gafas de sol y las zapatillas de deporte. Volvió dentro y
se sentó tranquilamente en la cocina a esperar que pasaran las horas que
quedaban de la noche. Estaba inquieto y un poco intrigado, y de vez en cuando
le asaltaba el miedo. Intentó no pensar en nada y tarareó para sí mismo para
dejar la mente en blanco. Sin resultado, por supuesto.
Sabía que no podía causar la muerte de otra
persona, ni siquiera de alguien a quien no conocía y con quien sólo estaba
relacionado a través de lazos de sangre y matrimonio. En eso Rumplestiltskin
había tenido razón desde el primer día. Nada en su vida, en su pasado, en todos
los pequeños momentos que lo habían convertido en quien era, en quien se había
transformado, en quien podría aún llegar a ser, valía algo frente a esta
amenaza. Sacudió la cabeza al pensar que R le Conocía mejor que él mismo. Lo
había calado desde el principio.
Ignoraba a quién podría estar salvando, pero
sabía que se trataba de alguien.
«Piensa en eso», se dijo.
Poco después de medianoche, se levantó y se
permitió un último recorrido por la casa para recordar cuánto amaba cada
rincón, y cada crujido de las tablas del suelo.
Le tembló un poco la mano cuando llevó un
depósito de gasolina al primer piso, donde lo vertió abundantemente por el
suelo. Roció la ropa de cama.
Utilizó el otro de la misma forma en la
planta baja.
En la cocina, abrió todas las llaves de la
vieja cocina de gas, de modo que la habitación se llenó al instante del olor
característico a huevos podridos mientras la cocina siseaba. Se mezcló con el
hedor a gasolina que ya le había impregnado la ropa.
Tomó la pistola de bengalas y se dirigió al
viejo Honda. Lo puso en marcha y lo alejó de la casa, orientado hacia la
carretera con el motor en marcha.
Después se situó frente a las ventanas del
salón. El olor a gasolina que rezumaba la casa se mezclaba con el que tenía en
las manos y la ropa. Pensó en lo incongruentes que resultaban esos olores
fuertes, en contraste con el calor del verano, la madreselva y las flores
silvestres más un ligerísimo toque salobre del mar que impregnaban la brisa que
se deslizaba inocentemente entre los árboles. Inspiró hondo una sola vez,
procuró no pensar en lo que estaba haciendo, apuntó con la pistola, la
amartilló y disparó a la ventana central. La bengala formó un arco en medio de
la noche y dejó una estela de luz blanca en la oscuridad entre su posición y la
casa para atravesar la ventana con un tintineo de cristales rotos. Esperaba una
explosión, pero en su lugar oyó un ruido sordo y apagado, seguido de un
brillante chisporroteo. En unos segundos vio las primeras llamas danzando por
el suelo y propagándose por el salón.
Corrió hacia el Honda. Para cuando había
subido al coche, toda la planta baja estaba en llamas. Mientras bajaba por el
sendero de entrada, oyó la explosión cuando el fuego alcanzó el gas de la
cocina.
Decidió no mirar atrás y aceleró hacia la
noche cada vez más oscura.
Condujo con cuidado y sin pausa hasta un
lugar que conocía desde hacía años, Hawthorne Beach. Estaba a unos cuantos
kilómetros por un angosto y solitario camino asfaltado, alejado de toda
urbanización, aparte de un par de casas viejas parecidas a la suya. Al pasar
frente a cualquier casa que pudiera estar habitada, apagaba las luces. En la
zona de Wellfleet había varias playas que habrían servido para su propósito,
pero ésta era la más aislada y en la que tenía menos probabilidades de
encontrar algún grupo de adolescentes de juerga. Había un pequeño
estacionamiento a la entrada de la playa, donde solía operar el Trustees of
Reservations, la asociación ecológica de Massachussets dedicada a proteger los
lugares naturales del estado. El aparcamiento tenía capacidad para unos veinte
coches y a las nueve y media de la mañana solía estar lleno porque la playa era
espectacular: una amplia extensión de arena a los pies de un acantilado de unos
quince metros recubierto de matas de Zostera verde, con algunas de las olas más
fuertes del cabo. La combinación gustaba tanto a las familias que disfrutaban
del paisaje como a los surfistas que gozaban con las olas y la fuerza de la
marea, de modo que su deporte incluía siempre algo de riesgo. Al final del
estacionamiento había un cartel de advertencia: CORRIENTES FUERTES Y RESACA
PELIGROSA. NO NADAR SIN LA PRESENCIA DEL SALVAVIDAS. ATENCIÓN A LAS CONDICIONES
AMENAZADORAS.
Ricky aparcó junto al cartel. Dejó las
llaves puestas. Colocó los sobres con los donativos en el salpicadero y dejó el
sobre con la carta dirigida a la policía de Wellfleet en el asiento del
conductor.
Tomó las muletas, la mochila, las zapatillas
de deporte y la muda, y se alejó del coche. Puso esas cosas en lo alto del
acantilado, a unos metros de la valla de madera que señalaba el angosto sendero
que bajaba a la playa, después de sacar la fotografía de su mujer del bolsillo
exterior de la mochila y ponérsela en el bolsillo de los pantalones. Oía el
batir de las olas y notó una leve brisa del sureste. Eso le alegró, porque le
indicaba que el oleaje había aumentado en las horas posteriores al atardecer y
golpeaba la costa como un luchador frustrado.
Había luna llena y su resplandor se extendía
por la playa. Eso facilitó su recorrido lleno de resbalones y tropezones desde
el acantilado hasta la orilla.
Como había previsto, el oleaje rugía como un
hombre enloquecido y rompía lanzando una lluvia de espuma blanca a la arena.
Un ligero frío, llegado con un soplo de
viento, le golpeó el pecho y le hizo vacilar e inspirar hondo.
Después se desnudó; dobló la ropa y la dejó
en un montón ordenado, que situó con cuidado en la arena lejos de la marca que
la marea alta de la tarde había dejado, donde lo vería la primera persona que
se asomara. en lo alto del acantilado por la mañana. Tomó el frasco de
pastillas, se lo vació en la mano y dejó el recipiente de plástico con la ropa.
«Nueve mil miligramos de Elavil–pensó–.
Tomados de golpe, dejarían a una persona inconsciente en cuatro o cinco
minutos.»
Lo último que hizo fue colocar la fotografía
de su mujer en lo alto del montón, sujeto por la punta de un zapato.
«Hiciste mucho por mí cuando estabas viva
–pensó–. Hazme este último favor.»
Levantó la cabeza y observó el inmenso
océano negro frente a él.
Las estrellas salpicaban el cielo, como si
estuviesen encargadas de señalar la línea de demarcación entre el oleaje y el
firmamento.
«Una noche
bastante bonita para morir», se dijo.
Y entonces, desnudo como el amanecer que
estaba sólo a unas horas, caminó despacio hacia el agua embravecida.
SEGUNDA PARTE
EL HOMBRE QUE
NUNCA EXISTIÓ
21
Dos semanas después de la noche en que
murió, Ricky estaba en una habitación de motel, sentado a los pies de una cama
llena de bultos que crujía cada vez que cambiaba de postura, escuchando el
ruido del tráfico distante que se mezclaba con el sonido del televisor de una
habitación contigua. Estaban viendo un partido de béisbol con el volumen alto.
Se concentró un momento en el sonido y supuso que los Red Sox jugaban en Fenway
y la temporada estaba acabando, lo que significaba que estaban cerca del primer
puesto pero no lo bastante. Se planteó encender el televisor de su habitación,
pero decidió no hacerlo. Se dijo que perderían y no quería experimentar ninguna
pérdida, ni siquiera la pasajera que le proporcionaría el siempre frustrado
equipo de béisbol. En lugar de eso, se volvió hacia la ventana y contempló la
noche. No había cerrado las persianas y veía cómo las luces bajaban por la
cercana carretera interestatal. Junto al camino de entrada del motel había un
cartel de neón rojo que informaba de tarifas diarias, semanales y mensuales,
además de ofrecer habitaciones con cocina como la que él ocupaba, aunque Ricky
no concebía que nadie quisiera permanecer en ese sitio más de una noche.
«Nadie excepto yo», pensó con tristeza.
Se dirigió al pequeño cuarto de baño.
Examinó su aspecto en el espejo del lavabo. El tinte negro desaparecía deprisa
Del cabello, que empezaba a recuperar su gris habitual. Pensó que era algo
irónico, porque si alguna vez volviera a parecerse al hombre que era antes,
jamás volvería a ser en realidad esa persona.
Durante dos semanas apenas había salido de
la habitación del motel. Al principio se había sumido en una especie de shock
autoprovocado, como un yonqui viviendo una abstinencia obligada, temblando,
sudando y retorciéndose de dolor. Luego, esta fase inicial fue sustituida por
una indignación abrumadora, una furia atroz, candente, que le hizo pasearse
enfurecido por la reducida habitación con los dientes apretados y el cuerpo
casi contorsionado de rabia. Más de una vez había dado, frustrado, un puñetazo
a la pared. En una ocasión, había sujetado un vaso del cuarto de baño con tanta
fuerza que lo rompió y se cortó. Se había inclinado sobre el retrete y visto
cómo la sangre goteaba en el agua de la taza mientras deseaba vaciarse hasta de
la última gota que tuviera en su interior. Pero el dolor que sentía en la mano
lastimada le recordó que seguía vivo y acabó conduciéndole a otra fase en que
el temor y la rabia por fin remitieron, como el viento después de una tormenta.
Esta nueva fase le parecía fría, como el tacto del metal pulido una mañana de
invierno.
En esta fase empezó a urdir planes.
La habitación del motel era un lugar
destartalado, decrépito, que hospedaba a camioneros, viajantes y adolescentes
del lugar que necesitaban unas horas de intimidad lejos de las miradas
indiscretas de los adultos. Estaba situado en las afueras de Durham, Nueva
Hampshire, un sitio que Ricky había elegido al azar porque era una ciudad
universitaria y, por el1o, albergaba a una población díscola. Había creído que
el ambiente académico le garantizaría el acceso a los periódicos nacionales que
necesitara y le proporcionaría un entorno transitorio que le permitiría
esconderse. Esto había resultado cierto hasta el momento.
A finales de su segunda semana de fallecido,
empezó a hacer salidas al mundo exterior. En una de las primeras ocasiones, se
limitó a la distancia que lo l1evaron los pies. No habló con nadie, evitó el
contacto visual, se mantuvo en calles poco frecuentadas y barrios tranquilos,
temiendo ser reconocido o, peor aún, oír a su espalda los tonos burlones de
Virgil o Merlín. Pero su anonimato permaneció intacto y su confianza creció.
Amplió con rapidez su horizonte tras encontrar un autobús que recorría la ciudad
y del que se bajaba en puntos aleatorios para explorar el mundo en que se había
introducido.
En uno de esos trayectos, había descubierto
una tienda de ropa de segunda mano donde consiguió una chaqueta azul barata que
le iba muy bien, unos pantalones raídos y camisas. Había encontrado una cartera
de piel en una tienda de consignación cercana. Cambió las gafas por las
lentillas, que compró en una óptica. Estos elementos, junto a una corbata, le
daban el aspecto de un profesor respetable pero no importante. Pensó que no
desentonaba nada, y agradeció su invisibilidad.
En la mesa de la cocina de su habitación
tenía ejemplares del Cape Cod Times y del New York Times de los días
inmediatamente posteriores a su muerte. El periódico de Cape Cod había
publicado la historia en la parte inferior de la portada, con el titular:
SUICIDIO DE UN DESTACADO PSICOANALISTA; ANTIGUA CASA DE VERANEO CONSUMIDA POR
EL FUEGO. El periodista había logrado obtener la mayoría de los detalles
dispuestos por Ricky, desde la gasolina comprada esa mañana en recipientes
recién adquiridos hasta la nota de suicidio y los donativos a organizaciones
benéficas. También había conseguido averiguar que recientemente se había
presentado una «acusación por una acción inmoral» contra Ricky, aunque el
reportero ignoraba lo esencial: que era una invención planeada por
Rumplestiltskin y llevada a cabo por Virgil de modo muy eficaz. El artículo
también mencionaba el fallecimiento de su mujer tres años atrás y sugería que
Ricky había sufrido hacía poco «reveses financieros» que podrían haber
contribuido a su suicidio. A Ricky le pareció un texto excelente, bien
documentado y lleno de detalles convincentes, tal como había esperado. La nota
necrológica del New York Times, que apareció un día después, había sido
desalentadoramente breve, con sólo una o dos sugerencias sobre los motivos de
su muerte. La había leído con irritación, un poco enfadado y ofendido al ver
que todos los logros de su vida parecían poder resumirse a la perfección en
cuatro párrafos de jerga periodística sucinta y opaca. Creía haber aportado más
al mundo, pero comprendió que quizá no era así, lo que le hizo vacilar unos
momentos. La necrológica indicaba también que no había previsto ningún oficio
religioso, algo que supuso una consideración mucho más importante para Ricky.
Sospechaba que la falta de un oficio en su memoria era una consecuencia del
trabajo de Rumplestiltskin y Virgil con la acusación de abusos sexuales.
Ninguno de sus colegas de Manhattan querría mancillarse con la asistencia a un
acto que recordara la vida y la obra de Ricky cuando una parte tan importante
de ella se había visto cuestionada. Supuso que habría muchos compañeros
analistas en la ciudad que, al leer la noticia de su muerte, pensarían que era
una prueba de la veracidad de la acusación y que, a la vez, era algo afortunado
porque la profesión se ahorraba el mal trago de que la desagradable noticia
fuese publicada por el New York Times, como habría sido inevitable que pasara.
Esta idea enfureció un poco a Ricky con sus colegas y por un momento se dijo
que tenía suerte de haber terminado con su vida profesional.
Se preguntó si hasta el primer día de esas
vacaciones había sido igual de ciego.
Ambos periódicos contaban que, al parecer,
había muerto ahogado y que los guardacostas estaban rastreando las aguas de
Cape Cod en busca del cadáver. Sin embargo, el Cape Cod Times, para alivio de
Ricky, citaba al comandante local, que afirmaba que era muy poco probable
recuperar el cuerpo dadas las fuertes mareas de la zona de Hawthorne Beach.
Cuando reflexionó al respecto, Ricky pensó
que era la mejor muerte que se le podía haber ocurrido con tan poca antelación.
Esperaba que encontraran todas las pistas de
su suicidio, desde la receta para la sobredosis que al parecer se había tornado
antes de adentrarse en el mar hasta sus malos modos con el joven de la tienda
de artículos náuticos. Se dijo que eso bastaría para satisfacer a la policía
local, a pesar de no tener ningún cadáver al que practicarle la autopsia.
Esperaba que bastara también para convencer a Rumplestiltskin de que su plan
había salido bien.
Leer sobre su propio suicidio lo impresionó
profundamente. El estrés de sus últimos quince días de vida, desde el momento
en que había aparecido Rumplestiltskin hasta el momento en que se había
acercado a la orilla del agua con cuidado de dejar huellas en la arena húmeda,
había sometido a Ricky a algo que no creía que saliese en ningún texto de
psiquiatría.
Lo había invadido el miedo, la euforia, la
confusión, el alivio (toda clase de emociones contradictorias) casi desde el
primer paso, cuando, con el agua lamiéndole los pies, había lanzado el puñado
de pastillas al mar y luego había caminado por la zona cubierta de agua unos
cien metros, lo bastante lejos para que el nuevo grupo de huellas al salir del
agua que le rodeaba los tobillos pasara desapercibido a la policía o a
cualquier persona que inspeccionara el lugar de su desaparición.
Solo en la cocina, las horas siguientes le
parecían el recuerdo de una pesadilla, corno esos detalles de un sueño que
permanecen después de despertarse y confieren una sensación de inquietud al
nuevo día. Se veía vistiéndose en el acantilado con la muda extra, poniéndose
las zapatillas con prisa frenética para escapar de la playa sin ser visto.
Había sujetado las muletas a la mochila, que se había cargado a los hombros.
Era una carrera de unos diez kilómetros hasta el estacionamiento del Lobster
Shanty, y sabía que tenía que estar ahí antes del amanecer, antes de que
llegase alguien que tornara el expreso de las seis de la mañana a Boston.
El aire le quemaba los pulmones mientras
cubría la distancia. El mundo seguía sumido en la oscura noche, y mientras sus
pies tocaban la carretera, pensó que era como correr por una mina de carbón. Un
único par de ojos que detectara su presencia habría acabado con la remota
probabilidad de supervivencia a que se aferraba, y tuvo que correr con toda esa
urgencia imprimida en cada zancada que daba en el asfalto oscuro.
Cuando llegó, el estacionamiento estaba
vacío, y se deslizó hacia las sombras que proyectaba la esquina del
restaurante. Allí soltó las muletas de la mochila y se las colocó. En unos
instantes, oyó el sonido distante de unas sirenas. Le satisfizo un poco cuánto
habían tardado en advertir que su casa se quemaba. Unos momentos después,
algunos coches empezaron a dejar personas en el estacionamiento para esperar el
autobús. Era un grupo heterogéneo, en su mayoría gente joven de vuelta a su
trabajo en Boston y un par de empresarios de mediana edad que parecían molestos
por tener que ir en autobús, a pesar de la comodidad que suponía. Ricky se
había mantenido atrás pensando que era la única de esas personas que esa mañana
fresca y húmeda de Cape Cod esperaba bañada en sudor debido al miedo y al
esfuerzo. Cuando el autobús llegó dos minutos tarde, se había puesto en la
cola. Dos jóvenes se apartaron para dejarle subir con las muletas. Una vez
arriba, entregó al conductor el billete comprado el día antes. Se sentó en el
fondo pensando que, incluso aunque Virgil, Merlín o cualquier secuaz que
Rumplestiltskin designara para comprobar el suicidio tuviera la idea de
preguntar al conductor del autobús o a cualquier pasajero de ese viaje a
primera hora de la mañana, lo único que éstos recordarían sería a un hombre con
el cabello oscuro y muletas, sin saber que había llegado corriendo a la parada.
Había tenido que esperar una hora hasta la
salida del autobús a Durham. En ese rato, se había alejado dos manzanas de la
terminal de autobuses de South Street hasta encontrar un contenedor de basuras
frente a un edificio de oficinas. Había echado las muletas en él y regresado a
la terminal.
Pensó que Durham tenía otra ventaja: nunca
había estado en esa ciudad y no conocía a nadie que viviera allí. Lo que le
gustaba eran las matrículas de Nueva Hampshire, con el lema del estado: «Vive
en libertad o muere.» Pensó que era un sentimiento adecuado para él.
« ¿He logrado escapar?», se preguntó. Creía
que sí, pero no estaba seguro.
Se dirigió a la ventana y volvió a observar
una penumbra que le resultaba desconocida. «Hay tanto que hacer», se dijo. Sin
dejar de contemplar la noche que envolvía la habitación del motel, Ricky apenas
distinguía su reflejo en el cristal. «El doctor Frederick Starks ya no existe
–pensó–. Es otra persona.»
Inspiró hondo y supo que su primera
prioridad era crearse una nueva identidad. Una vez lo lograse, podría encontrar
un hogar para el invierno que se acercaba. Necesitaría trabajar para
complementar el dinero que le quedaba, así como consolidar su anonimato y
reforzar su desaparición.
Echó un vistazo a la mesa. Había conservado
el certificado de defunción de la madre de Rumplestiltskin, el informe policial
del asesinato de su antigua pareja y la copia del archivo de sus meses en la
clínica del Columbia Presbyterian, donde la mujer había acudido a pedirle una
ayuda que él no había sabido darle. Pensó que había pagado un precio muy caro
por Un solo acto de negligencia.
El pago estaba hecho y no había vuelta
atrás.
«Pero ahora yo también tengo una deuda que
cobrar –pensó con frialdad–. Le encontraré –se prometió–. Y le haré lo que él
me hizo a mí.»
Apagó la luz para sumir la habitación en la
penumbra. De vez en cuando, el barrido de unos faros recorría las paredes. Se
echó en la cama, que crujió bajo su peso.
«Tiempo atrás estudié mucho para salvar
vidas –se recordó–. Ahora debo aprender a acabar con una.»
Ricky se sorprendió de la organización que
era capaz de imponer a sus pensamientos y sentimientos. El psicoanálisis, la
profesión que acababa de abandonar, es quizá la disciplina médica más creativa,
precisamente debido a la naturaleza cambiante de la personalidad humana. Si
bien hay enfermedades reconocibles y tratamientos establecidos en el ámbito de
la terapia, en último extremo todos se individualizan porque no hay dos
tristezas exactamente iguales. Ricky había pasado años aprendiendo y
perfeccionando la flexibilidad del terapeuta, ya que cualquier paciente
concreto podía acudir a su consulta cualquier día con algo idéntico o algo
distinto por completo, y tenía que estar preparado a todas horas para los
increíbles cambios de los estados de ánimo. Ahora debía valerse de las
capacidades que había desarrollado durante los años pasados junto al diván y
aplicarlas al único objetivo que le permitiría recuperar su vida.
No iba a permitirse soñar con volver a ser
quien era. No se haría ilusiones de recuperar su hogar en Nueva York y reanudar
la rutina de su vida. Ése no era el objetivo. El objetivo era conseguir que el
hombre que le había arruinado la vida pagara por su diversión.
Cuando la deuda estuviera pagada, tendría
libertad para convertirse en lo que quisiera. Hasta que el fantasma de
Rumplestiltskin no desapareciera de su vida, no tendría un momento de paz ni un
segundo de libertad.
De eso no tenía la menor duda.
Tampoco estaba seguro aún de que
Rumplestiltskin creyera que se había suicidado. Era posible que sólo hubiese
ganado algo de tiempo para él o para el familiar inocente que hubiese sido
elegido. Era una situación de lo más inquietante. Rumplestiltskin era un
asesino. Y Ricky tenía que lograr jugar mejor que él a su propio juego.
Lo primero sería convertirse en alguien
nuevo y totalmente distinto al hombre que había sido.
Tenía que inventar ese nuevo personaje
evitando cualquier indicio que revelara que el doctor Frederick Starks seguía
existiendo. Su pasado le había sido arrebatado. No sabía dónde Rumplestiltskin
podía haber puesto una trampa, pero estaba seguro de que había una esperando el
menor indicio de que su cuerpo no estaba flotando en las aguas de Cape Cod.
Sabía que necesitaba un nuevo nombre, una
historia inventada, una vida verosímil.
Se percató de que, en ese país, la gente era
ante todo números. Un número de la Seguridad Social. Números de cuentas
bancarias y tarjetas de crédito. Un número de identificación fiscal. Un número
de carné de conducir. Números de teléfonos y direcciones. Así pues, lo más
importante era crear esos números. Y después tendría que encontrar un empleo,
una casa, crear un mundo a su alrededor que resultara verosímil a la vez que
anónimo. Tenía que convertirse en un hombre insignificante, para así empezar a
obtener la información que necesitaba para localizar y ejecutar al hombre que
le había obligado a suicidarse.
Crear la historia y la personalidad de su
nuevo yo no le preocupaba. Al fin y al cabo era un experto en la relación entre
los hechos y las impresiones que dejan en el yo. Más preocupante era cómo
obtener los números que harían verosímil al nuevo Ricky. Su primera salida con tal fin fue un
fracaso. Fue a la biblioteca de la Universidad de Nueva Hampshire y resultó que
necesitaba una tarjeta de identificación de la institución para que el guardia
de seguridad le dejara pasar. Observó con nostalgia a los estudiantes que
deambulaban por los estantes llenos de libros. Sin embargo, había una segunda
biblioteca, mucho más pequeña, situada en la calle Jones. Pertenecía a las
bibliotecas del condado y, si bien carecía del espacio y la tranquilidad de la
universidad, tenía lo que Ricky creía necesitar, es decir libros e información.
También tenía una ventaja secundaria: la entrada era libre. Cualquiera podía
ir, leer un periódico, una revista o un libro en una de las cómodas sillas
dispersas por el edificio de dos plantas. Pero para sacar un libro se
necesitaba un carné. Aquella biblioteca disponía también de cuatro ordenadores
para los usuarios. Vio una lista impresa de normas para el funcionamiento de
los mismos, que empezaba por la de que su uso se asignaría por riguroso orden
de llegada, seguida de las instrucciones de manejo.
Ricky echó un vistazo a los ordenadores y
pensó que quizá le serían útiles. Sin saber muy bien por dónde empezar, con una
especie de actitud antigua hacia los aparatos modernos, Ricky, el antiguo
hombre de diálogo, recorrió los estantes de libros en busca de una sección de
informática. No tardó más de unos minutos en encontrarla. Ladeó un poco la
cabeza para leer el título de los lomos hasta que dio con Informática para
principiantes – Una guía para profanos y miedicas.
Se sentó en una silla y empezó a leer. La
prosa le pareció irritante y empalagosa, dirigida a verdaderos idiotas. Pero
contenía mucha información, y si Ricky hubiese sido un poco más perspicaz, se
habría dado cuenta de que ese léxico infantil estaba pensado para personas como
él, porque cualquier niño de once años podría entenderlo.
Tras una hora de lectura, se acercó a los
ordenadores. Era media mañana, a mitad de semana a finales de verano, y la
biblioteca estaba casi vacía. Tenía la zona para él solo. Hizo clic en una de
las máquinas y se dispuso a ello. En la pared, como había visto, había
instrucciones y pasó a la parte en que explicaban cómo acceder a Internet.
Siguió las instrucciones y la pantalla del ordenador cobró vida ante él. Siguió
haciendo clics y tecleando instrucciones y en unos momentos se había sumido por
completo en el mundo de la informática. Abrió un buscador, como había visto en
las instrucciones, e introdujo la expresión: Falsa identidad.
Menos de diez segundos después, el ordenador
le decía que había más de cien mil entradas en esa categoría. Empezó a leer
desde el principio.
Al final de la mañana había averiguado que
el negocio de crear identidades nuevas era próspero. Había docenas de empresas
esparcidas por todo el mundo que le proporcionarían cualquier clase de
documentación falsa, toda ella vendida con una declinación de responsabilidad
que rezaba A EFECTOS DE OCIO SOLAMENTE. Pensó que había algo delictivo en una
empresa francesa que vendía carnés de conducir de California. Pero, aunque
obvio, no era claramente ilegal.
Preparó listas de lugares y documentos, y
reunió así una cartera ficticia. Sabía lo que necesitaba, pero obtenerlo era
algo difícil, ya que la gente que buscaba una identidad falsa ya era alguien.
Él no.
Tenía un bolsillo lleno de efectivo y
lugares donde podría gastarlo. El problema era que todos ellos pertenecían al
mundo de la informática. El efectivo que tenía era inútil. Pedían números de
tarjetas de crédito. Él no tenía ninguna. Pedían direcciones electrónicas. Él
no tenía ninguna. Pedían una dirección real donde entregar el material. Él no
tenía ninguna.
Afinó la búsqueda y empezó a leer sobre
robos de identidades.
Descubrió que era una floreciente actividad
delictiva en Estados Unidos. Leyó uno tras otro relatos terribles sobre
personas que un día se despertaban y su vida era un caos porque alguien había
incurrido en cuantiosas deudas a su nombre.
No le costó nada recordar cómo habían
intervenido sus cuentas bancarias y de valores, y sospechó que Rumplestiltskin
lo había conseguido fácilmente tras haber obtenido algunos números de Ricky.
Eso explicaba por qué la caja que contenía sus antiguas declaraciones de la
renta había desaparecido. No era demasiado complicado ser otra persona en el
mundo de la informática. Se prometió que quienquiera que llegara a ser no
volvería a tirar a la basura una solicitud preaprobada de tarjeta de crédito
que hubiera recibido por correo sin haberla pedido.
Se levantó del ordenador y salió de la
biblioteca. El sol brillaba con fuerza y el aire seguía lleno del calor del
verano. Caminó casi sin rumbo hasta encontrarse en un barrio de sencillas casas
de dos pisos con estructura de madera y jardines pequeños donde a menudo había
desparramados juguetes de plástico de colores vivos. Oyó voces infantiles que
procedían de un jardín trasero, fuera de la vista. Un perro de raza indefinida
lo miró desde donde estaba echado, sujeto con una correa a un grueso roble. El
perro movió la cola con vivacidad, como si invitara a Ricky a acercarse y
acariciarle las orejas. Ricky echó un vistazo alrededor, a las calles
arboladas, donde las tupidas ramas creaban zonas de sombra en la acera. Una
ligera brisa recorría las copas verdes y hacía que las vetas y las manchas de
penumbra de la calle cambiaran de forma y posición antes de volver a detenerse.
Avanzó calle abajo y en la ventana delantera de una casa vio un cartelito
escrito a mano: SE ALQUILA HABITACIÓN. INFORMACIÓN AQUÍ.
Ricky se dijo que era lo que necesitaba,
pero se detuvo. «No tengo nombre. Ni pasado. Ni referencias», pensó.
Anotó mentalmente la dirección de la casa y
siguió adelante mientras pensaba: «Tengo que ser alguien. Alguien que no pueda
rastrearse. Alguien solo pero real.»
Una persona muerta podía volver a la vida.
Pero eso suscitaba un interrogante, un pequeño desgarro en la tela, que alguien
podía descubrir. Una persona inventada podía surgir de repente de la
imaginación, pero eso también suscitaba interrogantes.
El problema de Ricky era distinto al de los
delincuentes, al de los hombres que querían huir del pago de una pensión
alimenticia, al de los antiguos miembros de una secta que temían que los
siguieran, al de las mujeres que se escondían de maridos violentos.
Tenía que convertirse en alguien que
estuviera muerto y vivo a la vez.
Pensó en esta contradicción y sonrió.
Levantó la cabeza hacia el sol abrasador.
Sabía exactamente lo que tenía que hacer.
No tardó demasiado en encontrar una tienda
de ropa del Ejército de Salvación. Se encontraba en un pequeño centro
comercial, por donde pasaba la principal línea de autobús. Era un lugar con
edificios cuadrados, de pintura descolorida y desconchada, no exactamente
decrépito y no precisamente venido a menos, sino un lugar que reflejaba el
desgaste del abandono en las papeleras sin vaciar y en las grietas del
estacionamiento asfaltado. La tienda del Ejército de Salvación estaba pintada
de un blanco monótono y reflectante, de modo que brillaba al sol de la tarde.
El interior era parecido a un pequeño almacén, con electrodomésticos como
tostadoras y planchas para hacer gofres en un lado, e hileras de ropa donada en
percheros que ocupaban el centro de la tienda. Algunos jóvenes repasaban los
percheros en busca de pantalones anchos de faena y otros artículos anodinos, y
Ricky se deslizó tras ellos para inspeccionar el mismo montón de ropa. A
primera vista le pareció que nadie donaba al Ejército de Salvación nada que no
fuera marrón o negro, lo que se ajustaba a su idea.
Encontró enseguida lo que buscaba: un abrigo
largo y desgarrado de lana que le llegaba a los tobillos, un jersey gastado y
unos pantalones dos tallas más grandes que la suya. Todo era barato, pero
eligió lo más barato, casi lo más estropeado e inadecuado para el final todavía
cálido del verano de Nueva Inglaterra.
El cajero era un voluntario mayor, con
gafas gruesas y una camiseta incongruentemente roja que destacaba en el ámbito
sombrío de la ropa donada. El hombre se acercó el abrigo a la nariz y lo
olisqueó.
– ¿Está seguro de que quiere éste?
– Sí –contestó Ricky.
– Huele como si hubiese estado en algún
sitio desagradable –dijo el hombre–. A veces tenemos material que logra llegar
a los percheros pero no debería hacerla. Hay cosas más bonitas si busca un poco
más. Éste apesta y se le tendría que haber remendado ese desgarrón antes de
ponerlo a la venta.
– Es justo lo que necesito –dijo Ricky.
El hombre se encogió de hombros, se ajustó
las gafas y miró la etiqueta.
– Bueno, no pienso cobrarle los diez dólares
que piden por él. ¿Qué le parece tres? Me parece más justo. ¿Qué dice?
– Muy generoso por su parte –dijo Ricky.
– ¿Para qué quiere esta basura? –quiso saber
el hombre, con una curiosidad nada malsana.
– Es para una producción teatral –mintió
Ricky.
– Espero que no sea para la estrella del
espectáculo –asintió el dependiente–. Porque si huele este abrigo, exigirá que
contraten a otro encargado de vestuario.
El hombre soltó una carcajada ruidosa con la
broma, y sus sonidos entrecortados sonaron más fatigosos que divertidos. Ricky
se le unió con una risa falsa.
– Bueno, el director me dijo que consiguiera
algo raído, así que Supongo que la culpa será suya –afirmó–. Yo sólo soy el
recadero. Teatro local, ¿sabe? El presupuesto es reducido.
– ¿Quiere una bolsa?
Ricky asintió, pagó y salió de la tienda con
su compra bajo el brazo. Vio que un autobús llegaba a la parada del centro
comercial y corrió para tomarlo. El esfuerzo le hizo sudar y, una vez se sentó
en el asiento trasero, sacó el jersey viejo y se secó la frente y las axilas
con él.
Antes de llegar a la habitación del motel
esa noche, Ricky llevó todas sus compras a un parque, donde se dedicó a
ensuciadas con algo de tierra junto a unos árboles.
Por la mañana, metió la ropa vieja que había
comprado en una bolsa de papel marrón. Todo lo demás (los pocos documentos que
tenía sobre Rumplestiltskin, los periódicos y las otras prendas que había
comprado) fue a parar a la mochila. Pagó la cuenta en la recepción del motel y
dijo al hombre que seguramente regresaría en unos días, información que no hizo
que éste alzara los ojos de la sección de deportes del periódico que lo
mantenía absorto.
Había un autobús de Trailways que salía para
Boston a media mañana y con el que Ricky ya estaba algo familiarizado. Como
siempre, se sentó en la parte posterior y evitó el contacto visual con el
pequeño grupo de pasajeros para mantener la soledad y el anonimato en cada
paso. Se aseguró de ser el último en bajar en Boston. Al inhalar la mezcla de
gases de escape y de calor que parecía estar suspendida en la calle, tosió.
Pero el interior de la terminal de autobuses tenía aire acondicionado, aunque
incluso ese ambiente parecía sucio. Había filas de asientos de plástico de
color naranja y amarillo sujetos al suelo de linóleo, muchos de los cuales
exhibían señales y marcas dejadas por personas aburridas que habían tenido que
esperar horas a que llegara o saliera su autobús. Se notaba un fuerte olor a
fritura, y a un lado de la terminal había una hamburguesería junto a una tienda
de Donuts. Un quiosco ofrecía los periódicos del día y revistas además de la
pseudopornografía más corriente. Ricky se preguntó cuántas personas comprarían
en aquella terminal un ejemplar de U. S. News & World Report y la revista
pornográfica Hustler a la vez.
Se sentó lo más cerca posible frente a los
aseos de hombres y esperó. En unos veinte minutos, se convenció de que los
aseos estaban vacíos, en especial después de que un policía con su camisa azul
manchada de sudor hubiera entrado y salido poco después quejándose en voz alta
a su compañero, de lo más divertido, sobre el desagradable efecto de un perrito
caliente ingerido hacía poco. Ricky entró deprisa en cuanto los dos policías se
alejaron con un repiqueteo de tacones en el sucio suelo de la terminal.
Con movimientos rápidos, se encerró en un
retrete y se quitó la ropa normal que llevaba para cambiada por las prendas
compradas al Ejército de Salvación. Arrugó la nariz ante la dura combinación de
sudor y almizcle que le llegó al ponerse el abrigo. Metió la ropa en la
mochila, junto con todo lo demás, incluido el dinero en efectivo, salvo cien
dólares en billetes de veinte, que hundió dentro de un desgarro del abrigo, de
modo que si bien no estaban del todo seguros, por lo menos estaban
resguardados. Tenía un poco de calderilla, que se metió en el bolsillo de los
pantalones. Al salir del retrete se miró en el espejo del lavabo. No se había
afeitado en un par de días y eso ayudaba.
Un grupo de taquillas de metal azul cubría
una pared de la terminal. Metió la mochila en una, aunque conservó la bolsa de
papel que había usado para llevar las prendas viejas. Echó dos monedas de
veinticinco y giró la llave. Cerrar los pocos objetos que tenía le hizo
vacilar. Pensó un instante que ahora estaba más aislado que nunca. Ahora, salvo
la llave cita de la consigna número 569 que llevaba en la mano, no había nada
que lo vinculara a nada. No tenía identidad y ninguna relación con nadie.
Inspiró hondo y se metió la llave en el
bolsillo.
Se marchó deprisa de la terminal y sólo se
detuvo una vez, cuando creyó que nadie le observaba, para coger algo de tierra
del suelo y restregársela por el cabello y la cara.
Para cuando había recorrido dos manzanas,
las axilas y la frente habían empezado a sudarle, y se los secó con la manga
del abrigo.
Antes de haber llegado a la tercera manzana,
pensó: «Ahora parezco lo que soy. Un sin techo.»
22
Durante dos días Ricky caminó por las
calles, invisible para todo el mundo.
Su aspecto era el de un indigente, un
alcohólico trastornado por las drogas o esquizofrénico, o incluso las tres
cosas, aunque si alguien le hubiera mirado con atención a los ojos, habría
visto un propósito claro, lo que no es habitual en un vagabundo. Ricky se
encontró observando a la gente de la calle, imaginando quién era y lo que
hacía, casi envidioso del sencillo placer que la identidad proporciona a una
persona. Una mujer de cabello plateado que avanzaba con prisas cargada con
paquetes de compra de las tiendas de Newbury Street le sugirió una historia,
mientras que el adolescente que llevaba unos vaqueros cortados, una mochila y
una gorra de los Red Sox ladeada le apuntó otra. Vio empresarios y taxistas,
repartidores de electrodomésticos e informáticos. Había corredores de bolsa,
médicos, técnicos y un hombre que pregonaba periódicos en un quiosco de una
esquina. Todos, desde la loca más indigente que murmuraba y oía voces hasta el
ejecutivo con traje de Armani que se subía a una limusina, tenían una identidad
definida por lo que eran. Él no tenía ninguna.
En lo que él se había convertido asustaba y
era un lujo a la vez. No pertenecer a ninguna parte era como ser invisible. A
pesar del alivio que sentía de momento por estar a salvo del hombre que había
destruido su vida anterior, sabía que eso era algo fugaz. Su existencia estaba
inextricablemente unida al hombre que sólo conocía como Rumplestiltskin pero
que había sido el hijo de una mujer llamada Claire Tyson, a quien él había
fallado cuando lo necesitaba. Y ahora estaba lo debido a ese fallo.
Pasó la noche solo bajo un puente sobre el
río Charles. Se envolvió con el abrigo, sudando aún debido al calor residual
del día, y se apoyó contra un muro para intentar robarle unas horas a la noche.
Un calambre en el cuello lo despertó poco después del alba, y todos los
músculos de la espalda y las piernas se quejaron indignados. Se levantó y se
desperezó lentamente, intentando recordar la última vez que había dormido al
aire libre y pensando que no lo hacía desde la infancia. La rigidez de las
articulaciones le indicó que no era muy recomendable. Imaginó su aspecto y
pensó que ni siquiera el más dedicado actor de método lo habría hecho así.
Una niebla se elevaba del río Charles con
masas grises y vaporosas suspendidas sobre las orillas. Ricky salió del paso
inferior y avanzó hacia el carril de bicicletas que seguía el margen del río.
De pie, pensó que el agua tenía el aspecto sedoso de una anticuada cinta negra
de máquina de escribir, en su serpenteo a través de la ciudad. Lo contempló y
se dijo que el sol tendría que elevarse mucho más antes de que el agua se
volviera azul y reflejara los edificios majestuosos de la ribera. A esa primera
hora de la mañana, el río ejercía un efecto casi hipnótico en él, y por unos
instantes se quedó inmóvil contemplando la vista que tenía delante.
Su ensueño se vio interrumpido por el sonido
de pasos presurosos en el carril de bicicletas. Se volvió y vio a dos hombres
que corrían juntos y se acercaban a él deprisa. Llevaban unos relucientes
pantalones cortos y modernas zapatillas de deporte. Supuso que ambos tenían una
edad parecida a la suya.
Uno de los hombres gesticuló con el brazo en
dirección a Ricky.
– ¡Apártate! –le gritó.
Ricky dio un paso atrás con brusquedad y los
dos hombres pasaron por delante.
– ¡Quítate de en medio, tío! –exclamó uno de
los dos mientras se ladeaba para no rozar a Ricky.
– ¡Muévete! –soltó el otro hombre–. ¡Joder!
Mientras se alejaban, uno de ellos gritó: –¡Vagabundo de mierda! ¡Búscate un
trabajo!
Su compañero rió y comentó algo, pero Ricky
no distinguió las palabras. Dio un par de pasos tras los hombres, lleno de una
cólera repentina.
– ¡Oigan! –gritó–. ¡Alto!
No le hicieron caso. Uno de ellos se volvió
para mirarlo por encima del hombro antes de acelerar. Ricky los siguió unos
metros más.
– No soy... –empezó–. No soy lo que creen.
Pero entonces se dio cuenta de que podría
muy bien serlo.
Regresó hacia el río. En ese instante
comprendió que estaba más cerca de ser lo que parecía que de lo que había sido.
Inspiró hondo y admitió que se encontraba en la más precaria de las situaciones
psicológicas. Había matado a quien había sido para poder huir de un hombre
dispuesto a arruinarlo. Si pasaba mucho más tiempo sin ser alguien, ese
anonimato terminaría por engullirlo.
Con la idea de que estaba tan en peligro en
ese momento como cuando sentía el aliento de Rumplestiltskin en la nuca, avanzó
decidido a poner en práctica la primera y fundamental medida.
Se pasó el día yendo de un albergue a otro
por toda la ciudad, buscando.
Fue un viaje por el mundo de los
necesitados. Un desayuno temprano con huevos mal cocidos y tostadas frías
servido en la cocina de una iglesia católica de Dorchester. Luego una hora
delante de una agencia de trabajo temporal, donde se reunió con hombres que
buscaban trabajo para un día rastrillando hojas o vaciando papeleras. De ahí se
dirigió a un albergue estatal en Charlestown, donde el hombre de recepción le
dijo que no podía entrar sin algún documento oficial, lo que a Ricky le pareció
una exigencia tan demencial como los delirios que sufrían los propios enfermos
mentales. Salió enfadado a la calle, donde un par de prostitutas que buscaban
clientes durante la hora del almuerzo se rieron de él cuando les preguntó por
una dirección. Avanzó por la acera, pasando por delante de callejones y
edificios abandonados. A veces, cuando alguien se le acercaba demasiado,
refunfuñaba para sí. El lenguaje es el aspecto brusco de la locura, y junto con
su creciente hedor, una coraza muy buena frente al contacto con cualquiera que
no fuese un indigente. Los músculos se le entumecieron y los pies empezaron a
dolerle, pero siguió buscando. En una esquina, un policía lo observó con
atención y avanzó hacia él, pero al parecer se lo pensó mejor y siguió su
camino.
Ya bien entrada la tarde, con un sol que aún
provocaba onduladas estrías de calor en las calles, Ricky detectó una
posibilidad.
El hombre estaba hurgando en un cubo de
basuras en el linde de un parque, cerca de! río. Era de una estatura y un peso
parecidos a los suyos, con un pelo castaño de incipiente calvicie. Llevaba un
gorro de lana, unos pantalones cortos hechos jirones y un abrigo de lana hasta
los tobillos que casi le tapaba el calzado, compuesto por un mocasín marrón y
una bota de obrero. Farfullaba en voz baja, absorto en el contenido del cubo de
basuras. Ricky se acercó lo suficiente para ver sus lesiones en la cara y en el
dorso de las manos. Mientras escarbaba, tosió varias veces, sin advertir la
presencia de Ricky. A unos diez metros había un banco, y Ricky se sentó en él.
Alguien había dejado ahí parte del periódico del día, y Ricky lo agarró y
simuló leer mientras se dedicaba a observar al hombre. Vio que sacaba una lata
de refresco del cubo y la echaba en un carrito de la compra del tipo de los que
hay que tirar de ellos. El carrito estaba casi lleno de latas vacías.
Ricky contempló al hombre y se dijo: «Hace
sólo unas semanas eras médico. Haz tu diagnóstico.»
El hombre pareció enfurecerse cuando sacó de
la basura una lata que no le gustó. La lanzó con brusquedad al suelo y la envió
de un punta ié a un arbusto cercano.
«Bipolar pensó Ricky–. Y esquizofrénico. Oye
voces y no recibe medicación, o por lo menos una que esté dispuesto a tomarse.
Propenso a ataques repentinos de energía frenética. Seguramente violento,
además, pero más una amenaza para él mismo que para los demás. Las lesiones
podrían ser llagas abiertas por vivir en la calle o también sarcoma de Kaposi.»
El sida era una posibilidad evidente. Así
como la tuberculosis o el cáncer de pulmón, dada la tos convulsiva del hombre.
También podía ser neumonía, aunque la estación no era la adecuada. Estaba tan
cerca de la vida como de la muerte.
Pasados unos minutos, el hombre decidió que
ya tenía todo lo que había de valor en la basura y se dirigió al siguiente
cubo. Ricky permaneció sentado sin perderlo de vista. Tras unos momentos
dedicados a hurgar en la basura, el hombre se marchó tirando del carrito. Ricky
lo siguió.
No tardó mucho en llegar a una calle de
Charlestown llena de tiendas mugrientas. Era un lugar para los necesitados de
todo tipo. Una tienda de muebles de saldo que ofrecía en grandes letras
escritas en los escaparates facilidades y créditos. Dos casas de empeños, una
tienda de electrodomésticos, una tienda de modas cuyos maniquíes parecían
carecer todos de un brazo o una pierna, como si hubieran quedado mutilados o
marcados en algún accidente. Ricky observó cómo el hombre se dirigía directo
hacia la mitad de la manzana, hacia un edificio cuadrado pintado de amarillo
con un cartel prominente en la fachada: REFRESCOS Y LICORES DE AL. Debajo había
un segundo cartel, con las mismas letras, casi igual de grandes: CENTRO DE
CANJE. Este cartel tenía una flecha que señalaba la parte posterior.
El hombre que tiraba del carrito lleno de
latas dobló la esquina del edificio. Ricky lo siguió.
En la parte trasera de la tienda había una
puerta de postigo, con un cartel sobre el dintel: CANJEAR AQUÍ. El hombre tocó
un timbre que había a un lado. Ricky se apretó contra la pared para no dejarse
ver.
En unos segundos apareció un joven. La
transacción sólo llevó unos minutos. El vagabundo entregó la colección de
latas, el muchacho las contó y después tomó un par de billetes de un fajo que
se sacó del bolsillo. El hombre cogió el dinero, se metió la mano en un
bolsillo del abrigo y sacó una gruesa y vieja cartera de piel llena de papeles.
Puso los billetes en ella y entregó otro al chico. El adolescente desapareció y
regresó instantes después con una botella, que entregó al hombre.
Ricky se sentó en el suelo del callejón y
esperó a que el hombre pasara por su lado. La botella, que Ricky supuso sería
de vino barato, ya había desaparecido entre los pliegues del abrigo. El hombre
lanzó una mirada a Ricky, pero no pudo verle los ojos porque éste agachó la
cabeza. Ricky aguardó unos segundos y luego le siguió.
En Manhattan, Ricky había servido de ratón a
los gatos Virgil, Merlín y Rumplestiltskin. Ahora estaba en el lado opuesto de
la misma ecuación. Aminoraba o aceleraba el paso para no perder de vista al
vagabundo en ningún momento, lo bastante cerca para seguirlo, lo bastante
alejado para no ser descubierto. Provisto ahora de una botella, el hombre
caminaba con resolución, como en una rápida marcha militar con un destino
determinado. Giraba a menudo la cabeza para mirar en todas direcciones, sin
duda temeroso de que le siguieran. Ricky pensó que su comportamiento paranoico
estaba bien fundado.
Cubrieron decenas de manzanas y se
adentraron y se alejaron del tráfico mientras el barrio se volvía cada vez más
sórdido. El sol menguante del día proyectaba sombras en la calzada, y la
pintura desconchada y las fachadas decrépitas parecían imitar el aspecto de
Ricky y su objetivo.
De pronto el hombre vaciló en mitad de una
manzana se volvió hacia Ricky, que se apretujó contra un edificio para
esconderse. Con el rabillo del ojo vio cómo el hombre se adentraba en un
callejón, angosto pasaje entre dos edificios de ladrillo. Inspiró hondo y lo
siguió.
Se acercó a la boca del callejón y se asomó
con cuidado. Era un lugar que parecía acoger la noche con bastante antelación.
Ya estaba a oscuras; el tipo de lugar confinado que jamás se caldeaba en
invierno ni se refrescaba en verano. Sólo pudo distinguir un montón de cajas de
cartón abandonadas y un contenedor de basuras verde al fondo. El callejón
lindaba con un edificio, y Ricky supuso que no tenía salida.
A una manzana de distancia había pasado por
una tienda de ocasión y por otra de bebidas alcohólicas baratas. Se dirigió
hacia allí. Sacó uno de sus valiosos billetes de veinte dólares del forro del
abrigo y lo sujetó en la palma de la mano, donde quedó impregnado de sudor.
Fue primero a la tienda de bebidas. Era un
local pequeño, con las ofertas anunciadas con letras rojas en el escaparate,
pero estaba cerrado. Por el escaparate vio a un dependiente sentado tras la
caja registradora. Intentó entrar y la puerta vibró. El dependiente miró en su
dirección, se agachó y habló por un micrófono. Una vocecita salió por un
altavoz pegado a la puerta.
– Lárguese si no tiene dinero, viejo de
mierda.
– Tengo dinero –dijo Ricky.
El dependiente era un hombre barrigón de
mediana edad, de más o menos los mismos años que él. Cuando cambió de postura,
vio que llevaba un revólver enfundado a la cintura.
– ¿Sí? ¿Tiene dinero? Ya. Muéstremelo.
Ricky levantó el billete de veinte dólares.
El hombre le echó un vistazo desde detrás de la caja .
– ¿De dónde lo ha sacado?
– Me lo encontré en la calle –contestó
Ricky.
Se oyó el zumbido de la puerta, y Ricky la
empujó para entrar.
– Sí, seguro –comentó el dependiente–. Muy
bien, tiene dos minutos. ¿Qué quiere?
– Una botella de vino.
El hombre alargó la mano hacia un estante
que tenía detrás y eligió una botella. No era como ninguno de los vinos que
Ricky había bebido hasta entonces. Llevaba tapón de rosca y en la etiqueta
ponía Silver Satin. Costaba dos dólares. Ricky asintió y entregó el billete de
veinte. El hombre metió la botella en una bolsa de papel, abrió la caja y sacó
un billete de diez y dos de un dólar. Se los dio a Ricky.
–¡Oiga! –se quejó éste–. Falta cambio.
– Creo que el otro día le vendí a crédito
–contestó el hombre con una sonrisa torcida y la mano en la culata del
revólver–. Sólo me estoy cobrando la deuda, viejo.
– Eso es mentira –soltó Ricky, enfadado–.
Nunca he estado aquí.
– ¿Cree que voy a discutir, escoria? –El
dependiente hizo un amago de lanzarle un puñetazo. Ricky retrocedió y lo miró
con dureza. El hombre se rió y añadió–: Ya le he dado algo de cambio. Y más del
que se merece. Ahora lárguese. Márchese de aquí, si no quiere que lo eche. Y si
me hace salir de detrás del mostrador, le quitaré la botella y el cambio de una
buena patada en el culo. ¿Qué decide?
Ricky se dirigió despacio hacia la puerta.
Se volvió mientras intentaba pensar en una réplica adecuada, pero sólo
consiguió que el dependiente dijera:
– ¿Qué pasa? ¿Tiene algún problema?
Ricky salió oyendo la risa del dependiente a
su espalda.
Fue hasta la tienda de ocasión, donde lo
recibieron con la misma pregunta: « ¿Tiene dinero?» Mostró el billete de diez
dólares. Dentro, compró un paquete de los cigarrillos más baratos que encontró,
un par de chocolatinas, un par de magdalenas y una linterna pequeña. El
dependiente de la tienda era un chico joven, que echó las cosas en una bolsa de
plástico y dijo con sarcasmo:
– Buena cena.
Ricky regresó a la calle. La noche había
invadido la zona. La tenue luz de las tiendas que seguían abiertas lanzaba
cuadraditos de claridad a la penumbra. Ricky cruzó hacia la boca del callejón.
Se metió con el menor ruido posible, se apoyó contra la pared de ladrillo y se
deslizó hacia abajo para sentarse y esperar, sin dejar de pensar que hasta esa
noche no había sabido lo fácil que es ser odiado en este mundo.
Fue como si la oscuridad lo envolviera poco
a poco del mismo modo que el calor durante el día. Era una negrura densa que le
traspasó el cuerpo. Ricky dejó pasar un par de horas. Estaba en un estado de
semisueño, con la cabeza llena de imágenes de quién había sido, de la gente que
había llegado a su vida para destruida y del plan que había elaborado para
recuperarla. Le habría reconfortado, al estar ahí apoyado contra la pared de un
callejón sombrío de una parte de una ciudad que le era desconocida, haber
recordado a su mujer, o quizás a un viejo amigo, o tal vez incluso algún
momento feliz de su infancia: una mañana de Navidad, una graduación, el momento
de lucir su primer esmoquin en el baile del instituto o el ensayo de la cena la
víspera de su boda. Pero todos esos momentos parecían pertenecer a otra
existencia y otra persona. Jamás había creído demasiado en la reencarnación,
pero era casi como si hubiese vuelto al mundo como alguien distinto. Al
percibir el hedor creciente de su abrigo de vagabundo, levantó la mano en la
oscuridad e imaginó que tendría las uñas llenas de tierra. Antes, las tenía así
los días felices porque significaba que se había pasado horas en el jardín de
su casa de Cape Cod Se le hizo un nudo en el estómago y pudo oír el estrépito
de la gasolina encendida al propagarse por la casa. Era un recuerdo auditivo que parecía
proceder de otra época, recuperado de un pasado distante por un arqueólogo.
Ricky levantó la vista y vio a Virgil y
Merlín sentados en el callejón frente a él. Distinguió sus rostros, cada matiz
y expresión del corpulento abogado y de la escultural joven.
«Me dijo que sería mi guía hacia el infierno
–pensó–. Tenía razón, quizá más de lo que se imaginaba.»
Sintió la presencia del tercer miembro del
triunvirato, pero Rumplestiltskin seguía siendo una sombra que se fundía con la
noche e inundaba el callejón como una marea que sube de forma constante.
Se le habían entumecido las piernas. No
sabía cuántos kilómetros habría caminado desde su llegada a Bastan. Tenía el
estómago vacío, así que abrió el paquete de magdalenas y se las comió de dos o
tres mordiscos. El chocolate le sentó como una vulgar anfetamina y le
proporcionó cierta energía. Se puso de pie y se volvió hacia el fondo del
callejón.
Oyó un leve sonido y miró en esa dirección
antes de reconocer lo que era: alguien cantando en voz baja y desentonada.
Avanzó con cuidado hacia la voz. A su lado
oyó algún animal, supuso que una rata que se escabullía con un sonido de
arañazos. Sujetó la linterna con la mano, pero intentó dejar que los ojos se le
adaptaran a la oscuridad del callejón. Eso era difícil, y tropezó una o dos
veces cuando los pies se le enredaron con desperdicios indefinidos. Estuvo a
punto de caerse en una ocasión, pero conservó el equilibrio y siguió adelante.
Cuando estaba casi sobre el hombre, éste
dejó de cantar.
Hubo un silencio tenso durante un par de
segundos.
– ¿Quién anda ahí? –oyó preguntar.
– Soy yo –contestó Ricky.
– No se acerque más –dijo la voz–. Le haré
daño. Puede que le mate. Tengo un cuchillo.
Arrastraba las palabras con la imprecisión
que confiere la bebida. Ricky había esperado que el vagabundo hubiese perdido
el conocimiento pero, en cambio, seguía bastante alerta, aunque no demasiado
ágil porque no oyó que se apartara de su camino o procurara esconderse. No
creía que tuviera ningún arma, pero no estaba seguro del todo. Permaneció
inmóvil.
– Este callejón es mío –advirtió el hombre–.
Váyase.
– Ahora también es mío –replicó Ricky.
Inspiró hondo y se metió en el terreno que tendría que encontrar para
comunicarse con el hombre. Era como sumergirse en un lago de agua oscura, sin
saber lo que hay bajo la superficie.
«Acepta la locura –se dijo mientras
intentaba evocar todos los conocimientos que había adquirido en su anterior
vida y existencia–. Crea el delirio. Establece la duda. Alimenta la paranoia.»
– Me dijo que teníamos que hablar
–aventuró–. Eso me dijo: «Encuentra al hombre del callejón y pregúntale cómo se
llama.»
– ¿Quién se lo dijo? –preguntó el hombre en
tono vacilante.
– ¿Quién crees? Él. Me habla y me dice a
quién buscar, y tengo que hacerlo porque él me lo dice, y por eso estoy aquí
–contestó con rapidez.
– ¿Quién te habla? –Sus preguntas llegaban
en medio de la oscuridad con un torpor que luchaba contra la bebida que le
nublaba una mente ya de por sí entrecruzada.
– No estoy autorizado a decir su nombre, no
en voz alta o donde alguien pueda oírme. ¡Chitón! Pero dice que sabrás por qué
he venido si eres quien debes ser, y que no tendré que explicar nada más.
El hombre pareció dudar mientras procuraba
comprender este galimatías.
– ¿A mí? –preguntó.
– Si eres quien debes ser. –Ricky asintió en
la oscuridad–. ¿Lo eres?
– No lo sé –contestó y, tras una pausa,
añadió–: Eso creía. Ricky siguió deprisa para reforzar el delirio.
– Él me da los nombres, ¿sabes? Y yo tengo
que buscarlos y hacerles las preguntas porque tengo que encontrar al que es. Es
lo que hago, una y otra vez, yeso es lo que tengo que hacer. ¿Eres tú? Tengo
que saberlo, ¿comprendes? Si no, he perdido el tiempo.
El hombre parecía intentar asimilar todo
eso.
– ¿Cómo sé que puedo fiarme de ti? –dijo el
hombre con lengua estropajosa.
Ricky se puso la linterna bajo el mentón,
del modo que haría un niño que quisiera asustar a sus amigos. La encendió para
iluminarse la cara y luego la dirigió hacia el hombre, dedicando unos segundos
a examinar lo que los rodeaba. El vagabundo estaba sentado, apoyado contra la
pared de ladrillos, con la botella de vino en la mano. Había desperdicios, y
una caja de cartón a su lado, que Ricky supuso sería su casa. Apagó la
linterna.
– ¿Y bien? –soltó Ricky, tajante–.
¿Necesitas más pruebas? El hombre cambió de posición.
– No puedo pensar –gimió–. Me duele la
cabeza.
Ricky estuvo tentado de agacharse y agarrar
lo que necesitaba.
Las manos le temblaron con la seducción de
la violencia. Estaba solo en un callejón desierto con aquel vagabundo y se le
ocurrió que las personas que lo habían puesto en esa situación no habrían
dudado en utilizar la violencia. Para vencer el impulso tuvo que controlarse al
máximo. Sabía lo que necesitaba, pero quería que el hombre se lo diera.
– ¡Dime quién eres! –exclamó Ricky en un
susurro.
– Quiero estar solo –suplicó el hombre–. No
he hecho nada. Ya no quiero estar aquí.
– No eres el que busco –soltó Ricky–. Podría
jurado. Pero necesito estar seguro. Dime tu nombre.
– ¿Qué quieres? –gimoteó el hombre.
– Tu nombre. Quiero tu nombre.
Ricky podía oír las lágrimas que se formaban
con cada palabra que decía el hombre.
– No lo diré –contestó–. Tengo miedo. ¿Vas a
matarme?
– No –respondió Ricky–. No te haré daño si
me demuestras quién eres.
El hombre vaciló.
– Tengo una cartera –afirmó despacio.
– jDámela! –ordenó Ricky con brusquedad–.
¡Es el único modo de estar seguro!
El hombre se levantó como pudo y se metió la
mano en el abrigo.
Con los ojos a duras penas adaptados a la
oscuridad, Ricky pudo ver que le tendía algo. Lo agarró y se lo metió en el
bolsillo.
El hombre empezó a sollozar. Ricky suavizó
la voz.
– Ya puedes dejar de preocuparte –dijo–.
Ahora me iré.
– Por favor –suplicó el hombre–. Vete.
Ricky se agachó y sacó la botella de vino
que había comprado.
También tomó un billete de veinte dólares
del forro del abrigo. Se los dio al hombre.
– Toma –dijo–. Te lo doy porque no eres el
hombre que busco, pero no es culpa tuya, y él quiere que te compense por
haberte molestado. ¿Te parece bien?
El hombre agarró la botella, sin contestar,
pero luego pareció asentir. .
– ¿Quién eres? –preguntó otra vez con una
mezcla de temor y confusión.
Ricky sonrió para sí y pensó que tener una
formación clásica tenía sus ventajas.
– Me llamo Nadie –anunció.
– Nadia es nombre de mujer.
– No. Nadie. Así que, si alguien te pregunta
quién te visitó esta noche, puedes decir que fue Nadie. –Ricky suponía que el
policía de ronda tendría la misma paciencia para esa historia que los hermanos
cíclopes de Polifemo para la ficción que había creado siglos antes otro hombre
perdido en un mundo desconocido y peligroso–. Bebe un poco y duerme. Cuando te
despiertes, todo seguirá igual.
El hombre gimoteó. Pero acto seguido bebió
un largo sorbo de vino.
Ricky se levantó y avanzó con cuidado por el
callejón, pensando que no había robado lo que buscaba y tampoco lo había
comprado. Se dijo que había hecho lo necesario y que se ajustaba a las reglas
del juego. Por supuesto, Rumplestiltskin no sabía que seguía jugando. Pero
pronto lo sabría. Se dirigió sin detenerse por la penumbra hacia la luz de la
calle que veía delante.
23
Ricky no abrió la cartera del hombre hasta
después de haber llegado a la terminal de autobuses siguiendo una ruta que le
obligó a cambiar dos veces de metro y después de haber recuperado la ropa de la
taquilla. En los aseos, logró limpiarse un poco la suciedad de cara y manos y
frotarse los sobacos y el cuello con toallas de papel mojadas con agua templada
y jabón muy perfumado. No podía hacer gran cosa respecto a la graseza que le
cubría el cabello o al olor corporal que sólo una ducha lograría eliminar. Tiró
las ropas sucias de vagabundo a la papelera y se puso los pantalones caqui y la
camisa que llevaba en la mochila. Contempló su aspecto en el espejo y pensó que
había cruzado una línea invisible de regreso hacia donde otra vez parecía un
participante en la vida más que un habitante del infierno. Un peine barato de
plástico contribuyó a su imagen, pero pensó que seguía situado en un extremo, o
cerca de él, y muy alejado del hombre que era antes.
Salió de los aseos y compró un billete de
autobús a Durham. Tenía que esperar casi una hora, así que se compró un
bocadillo y un refresco y se dirigió a un rincón vacío del vestíbulo. Echó un
vistazo alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y desenvolvió el
bocadillo en el regazo. Después, abrió la cartera, que tapó con la comida.
Lo primero que vio le iluminó la cara y lo
llenó de alivio: una tarjeta destrozada y descolorida, pero legible, de la
Seguridad Social.
El nombre estaba mecanografiado: Richard S.
Lively.
A Ricky le gustó. Lively significa «animado»
en inglés y, por primera vez en semanas, era así como se sentía. Vio que había
tenido una buena suerte adicional: no tendría que aprender a usar un nombre
nuevo; la abreviatura corriente de Richard y de Frederick, el suyo, era la
misma
Echó la cabeza atrás y contempló los
fluorescentes del techo. Pensó que había renacido en una terminal de autobuses.
Supuso que había lugares mucho peores para reintegrarse al mundo.
La cartera olía a sudor seco, y Ricky repasó
con rapidez su contenido. No había gran cosa, pero lo que contenía era una
especie de mina de oro. Además de la tarjeta de la Seguridad Social había un
carné de conducir de Illinois caducado, un carné de biblioteca de un sistema
suburbano de las afueras de San Luis, Misuri, y una tarjeta de la cadena de
estaciones de servicio Triple A del mismo estado. Ninguna de esas
identificaciones requería foto, salvo el carné de conducir, que aportaba
detalles como el color del cabello y los ojos, la estatura y el peso, junto a
una fotografía algo desenfocada de Richard Lively. También había una tarjeta de
identificación de un hospital de Chicago señalada con un asterisco rojo en una
esquina.
«Sida –pensó Ricky–. Seropositivo.»
Había tenido razón sobre las llagas en la
cara del hombre. Todos los documentos identificativos incluían direcciones
distintas. Ricky se los metió en el bolsillo. Había también dos recortes de
periódico ajados y amarillentos, que desdobló con cuidado y leyó. El primero
correspondía a la necrológica de una mujer de setenta y tres años. El otro era
un artículo sobre reducciones de personal de una fábrica de recambios de
automóvil. Ricky supuso que la primera era la madre de Richard Lively y el
segundo, el empleo que el hombre había tenido antes de hundirse en el mundo del
alcohol que lo había conducido a las calles. No tenía idea de qué le habría
impulsado a viajar del centro del país a la Costa Este, pero ese cambio le era
propicio. Las probabilidades de que alguien le relacionara con ese hombre se
reducían mucho.
Leyó deprisa los dos recortes y memorizó los
detalles. Observó que sólo se mencionaba un miembro de la familia de la mujer,
al parecer un ama de casa de Albuquerque, Nuevo México. Supuso que sería una
hermana que se habría olvidado de su hermano hacía muchos años. La madre había
sido bibliotecaria del condado y antigua directora de colegio, lo que
constituía la pequeña aportación al mundo que había propiciado la necrológica.
Se decía que su marido había fallecido unos años antes. La fábrica donde había
trabajado Richard Lively producía pastillas de freno y había sido víctima de la
decisión empresarial de trasladarse a un lugar de Guatemala donde se fabricaría
la misma pieza con costes más reducidos. Ricky pensó que eso provocaba
amargura, y era una razón más que suficiente para dejar que la bebida dominara
la vida de uno. No tenía modo de saber cómo el hombre había contraído la
enfermedad. Probablemente a través de alguna aguja. Devolvió los recortes a la
cartera y echó ésta a una papelera. Pensó en la tarjeta de identificación del
hospital con su delatora señal roja y se la sacó del bolsillo. La dobló hasta
partida por la mitad, la envolvió con el papel del bocadillo y la dejó en el
fondo de la papelera.
«Sé lo suficiente», pensó.
Por la megafonía se anunció su autobús,
pronunciado casi ininteligiblemente por algún empleado tras una mampara de
cristal. Ricky se levantó, se cargó la mochila al hombro, recluyó al doctor
Starks en algún lugar recóndito de su interior y dio su primer paso como
Richard Lively.
Su vida empezó a tomar forma con rapidez.
En una semana había logrado dos trabajos a
tiempo parcial. El primero como cajero de un establecimiento Dairy Mart local
durante cinco horas por la noche y el segundo reponiendo estantes en un
supermercado de alimentación Stop and Shop otras cinco horas por la mañana, un
horario que le dejaba libres las tardes. En ninguno de los dos sitios le habían
hecho demasiadas preguntas, aunque el encargado de la tienda de comestibles
quiso saber si participaba en un programa de Alcohólicos Anónimos, a lo que
Ricky contestó afirmativamente. Resultó que el encargado también y, tras darle
una lista de iglesias y centros cívicos con sus reuniones previstas, le entregó
el consabido delantal verde y le puso a trabajar.
Usó el número de la Seguridad Social de
Richard Lively para abrir una cuenta corriente donde depositó el efectivo que
le quedaba. Una vez hecho esto, encontró que las salidas del laberinto
burocrático eran bastante sencillas. Obtuvo una tarjeta nueva de la Seguridad
Social con sólo rellenar un formulario en el que había plasmado su propia
firma. En la dirección de Tráfico ni siquiera ojearon la fotografía del carné
de Illinois cuando Ricky se presentó para solicitar un carné de conducir de
Nueva Hampshire, esta vez con su fotografía y su firma, su color de ojos, su
estatura y su peso. También alquiló un apartado de correos en un centro de
servicios postales Mailboxes Etc., lo que le proporcionó una dirección para los
extractos bancarios y la demás correspondencia que podría originar con rapidez.
Agradeció recibir catálogos. Se hizo socio de un videoclub y del YMCA.
Cualquier cosa que le proporcionara otra tarjeta con su nuevo nombre. Otro
formu¬lario y un cheque de cinco dólares le valió una copia del certificado de
nacimiento de Richard Lively, que un funcionario le envió por correo desde
Chicago.
Procuró no pensar en el verdadero Richard
Lively. No le había costado demasiado engañar a un hombre borracho, enfermo y
des¬quiciado para arrebatarle su cartera y su identidad. Aunque se decía que
haberlo hecho así era mejor que sacársela a golpes, eso no lo tran¬quilizaba
del todo.
Se fue sacudiendo el sentimiento de culpa a
medida que ampliaba su mundo. Se prometió que devolvería su identidad a Richard
Lively cuando hubiera logrado recuperar la suya de Rumplestiltskin. Lo único
que no sabía era cuánto tiempo le llevaría.
Sabía que tenía que marcharse del motel, así
que regresó a la zona cercana a la biblioteca pública en busca de la casa con
el cartel de SE ALQUILA HABITACIÓN. Le alivió ver que seguía en la ventana de
la mo¬desta casa de madera.
Tenía un jardín pequeño, sombreado gracias a
un roble y repleto de juguetes de plástico esparcidos. Un niño de cuatro años
jugaba con un volquete y una colección de soldaditos en la hierba, mientras que
una mujer mayor sentada en una silla de jardín a poca distancia leía el
periódico sin dejar de echar de vez en cuando un vistazo al niño, que emitía
sonidos de motor y de combate mientras jugaba. Ricky vio que el niño llevaba un
audífono en una oreja.
La mujer alzó los ojos y vio a Ricky.
– Hola –la saludó–. ¿Es suya esta casa?
– Sí. –La mujer asintió a la vez que doblaba
el periódico en el regazo y dirigía la mirada hacia el niño.
– He visto el cartel. Sobre la habitación
–explicó Ricky.
– Solemos alquilarla a estudiantes –contestó
la mujer, que lo observaba con cautela.
– Soy una especie de estudiante –dijo
Ricky–. Es decir, espero cursar un postrado, pero voy un poco despacio porque
también ten¬go que trabajar para ganarme la vida. Eso complica las cosas
–con¬cluyó con una sonrisa.
– ¿Qué clase de postrado? –preguntó la mujer
a la vez que se le¬vantaba.
– En criminología –improvisó Ricky–. Permita
que me presente. Me llamo Richard Lively. Mis amigos me llaman Ricky. No soy de
por aquí. De hecho, he llegado hace poco, necesito un lugar donde vivir.
– ¿No tiene familia? –La mujer seguía
mirándolo con recelo–. ¿Ni raíces?
Ricky sacudió la cabeza.
– ¿Ha estado en la cárcel? –quiso saber la
mujer.
Ricky pensó que la verdadera respuesta a eso
era que sí. Una cár¬cel concebida por un hombre al que no conocía pero que lo
odiaba. –No –contestó–. Pero es una pregunta razonable. He estado en el
extranjero.
– ¿Dónde?
– En México –mintió.
– ¿Qué hacía en México?
– Un primo mío se fue a Los Ángeles y se
involucró en el tráfico de drogas. Luego desapareció –inventó con rapidez–. Fui
para in¬tentar encontrarlo y viví seis meses de evasivas y mentiras. Pero eso
fue lo que me llevó a interesarme por la criminología.
La mujer sacudió la cabeza, recelosa de ese
relato descabellado.
– Ya –dijo–. ¿Y qué le trajo a Durham?
– Quería alejarme para siempre de ese mundo
–explicó Ricky–. No me gané demasiados amigos haciendo preguntas sobre mi
primo. Imaginé que tendría que ir a algún lugar lejos de ese mundo, y el mapa
me sugirió Nueva Hampshire o Maine, y así fue cómo aterricé aquí.
– No sé si creerlo –respondió la mujer–. Es
toda una historia. ¿Cómo sé que es de fiar? ¿Tiene referencias?
– Cualquiera puede conseguir referencias que
digan lo que sea –aseguró Ricky–. Sería mucho mejor que me escuchara la voz y
me mirara a la cara y sacara sus propias conclusiones después de charlar un
rato conmigo.
– Una actitud muy de Nueva Hampshire –sonrió
la mujer–. Le enseñaré la habitación, pero aún no estoy segura.
– Está bien –concedió Ricky.
La habitación era un desván acondicionado,
con cuarto de baño propio y espacio suficiente para una cama, un escritorio y
un sillón viejo demasiado relleno. Contra una pared había una estantería vacía
y una cómoda. Una cortina rosa, de niña, enmarcaba una bonita ventana con una
media luna superior que daba al jardín y a la tranquila calle lateral. Las
paredes estaban decoradas con pósters de viaje que anunciaban los cayos de
Florida y las montañas de Vail, en Colorado: una submarinis¬ta en bikini y un
esquiador que daba un puntapié a una capa de nieve inmaculada. Al lado de la
habitación había un huequecito que contenía un pequeño frigorífico y una mesa
con una placa térmica. Un estante atornillado a la pared sostenía algunos
elementos de vajilla blanca. Ricky pensó que aquel sitio tenía muchas
características de la celda de un monje, que era como se veía en ese momento a
sí mismo.
– No podrá cocinar en realidad –indicó la
mujer–. Sólo ten¬tempiés y pizzas, ese tipo de cosas. No ofrecemos servicio de
cocina.
– Suelo comer fuera –comentó Ricky–. De
todos modos, tam¬poco soy demasiado comilón. – ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
–La propietaria seguía ob¬servándolo–. Solemos alquilarla por un año académico.
– Eso me iría bien –aseguró–. ¿Quiere que
firmemos un con¬trato?
– No. Sólo exigimos un apretón de manos.
Nosotros pagamos los servicios, excepto el teléfono. Tiene una línea
independiente. La compañía se la activará en cuanto quiera. Nada de huéspedes.
Nada de fiestas. Nada de música a todo volumen. Nada de trasnochadas...
– ¿Y suele alquilarla a estudiantes? –la
interrumpió Ricky con una sonrisa.
La mujer captó la contradicción.
– Bueno, a estudiantes serios.
– ¿Vive sola con su hijo?
– Me halaga. –La propietaria meneó la cabeza
con una sonrisi¬ta–. Es mi nieto. Mi hija está en clase. Está divorciada y
estudia con¬tabilidad. Yo cuido del niño mientras ella trabaja o estudia, que
suele ser todo el tiempo.
– Soy bastante reservado –dijo Ricky–. Y
bastante tranquilo. Tengo un par de trabajos, lo que me ocupa gran parte del
día. Y en el tiempo libre, estudio.
– Es mayor para ser estudiante. Puede que
demasiado.
– Nunca es demasiado tarde para aprender,
¿no cree?
– ¿Es usted peligroso, señor Lively? ¿O está
huyendo de algo?
Ricky reflexionó antes de contestar:
– He dejado de huir, señora...
– Williams, Janet. El niño se llama Evan y
mi hija, Andrea.
– Bueno, aquí es donde me detengo, señora
Williams. No estoy huyendo de la justicia, de una ex mujer o de una secta
cristiana de de¬rechas, aunque usted podría dejar volar su imaginación en
alguna de esas direcciones o en todas a la vez. Y, en cuanto a ser peligroso...
Bue¬no, si lo fuera, ¿por qué tendría que huir?
– En eso lleva razón –dijo la señora
Williams–. Es mi casa, ¿sabe? Y somos dos mujeres solas con un niño...
– Tiene motivos para ser precavida. No la
culpo por preguntar.
– No sé si creo mucho de lo que me ha
contado –contestó ella.
– ¿Es tan importante creerlo, señora
Williams? ¿Sería distinto si le dijera que soy un extraterrestre que ha sido
enviado aquí para in¬vestigar los estilos de vida de la población de Durham,
Nueva Hampshire, antes de que invadamos la Tierra? ¿O si le contara que soy un
espía ruso o un terrorista árabe y le preguntara si no le impor¬ta que use el
cuarto de baño para fabricar bombas? Podría inventarme todo tipo de historias
pero, a la larga, todas serían irrelevantes. Lo que en realidad necesita saber
es que no causaré problemas, que seré reser¬vado, que pagaré el alquiler
puntualmente y, en general, que no la mo¬lestaré a usted, ni a su hija o a su
nieto. ¿No es eso lo que verdadera¬mente importa?
– Me cae bien, señor Lively. –La señora
Williams sonrió–. To¬davía no sé si fiarme demasiado de usted y, desde luego,
no le creo. Pero me gusta su manera de decir las cosas, lo que significa que ha
su¬perado la primera prueba. ¿Qué le parece un mes de depósito y otro de
alquiler, y luego pagos mensuales, de modo que si uno u otro se siente
incómodo, podemos llevar las cosas a una rápida conclusión?
– Hasta donde sé, las conclusiones rápidas
son difíciles de lograr –sonrió Ricky mientras estrechaba la mano de la mujer–.
¿Y cómo definiría «incómodo»?
La sonrisa de ella se ensanchó, sin soltar
la mano de Ricky.
– Yo definiría la palabra «incómodo» con el
número de la policía, marcado en el teléfono y la consiguiente serie de
preguntas desagrada¬bles de hombres serios con uniforme azul. ¿Está claro?
–Perfectamente, señora Williams –aseguró Ricky–. Me parece que estamos de
acuerdo.
– Eso creo –contestó la mujer.
La rutina llegó a la vida de Ricky con la
misma rapidez que el oto–o a Nueva Hampshire.
En la tienda de comestibles pronto le
aumentaron el sueldo y le dieron nuevas responsabilidades, aunque el encargado
le preguntó por qué no le había visto en ninguna reunión. Así que Ricky fue a
va¬rias en el sótano de una iglesia y en un par de ocasiones incluso acudió a
una sala llena de alcohólicos para soltarles la típica historia de una vida
arruinada por la bebida, lo que suscitó murmullos de compren¬sión y después
varios abrazos sinceros que le resultó hipócrita aceptar. Le gustaba el trabajo
en la tienda de comestibles y se llevaba bien, aunque sin explayarse, con los
demás empleados, con quienes com¬partía de vez en cuando el almuerzo y bromeaba
con una simpatía que ocultaba su aislamiento. El inventario era algo que
parecía dársele bien, lo que le llevó a pensar que llenar los estantes de
artículos no era del todo distinto a lo que había hecho con sus pacientes.
Ellos tam¬bién necesitaban que les rellenaran y repusieran los estantes.
Un paso más importante se produjo a mediados
de octubre, cuando vio un anuncio de un trabajo a tiempo parcial como ayudan¬te
de mantenimiento en la universidad. Dejó el empleo de cajero en el Dairy Mart y
empezó a barrer y fregar en los laboratorios de cien¬cias cuatro horas al día.
Se dedicaba a esta tarea con tal determina¬ción que impresionó a su supervisor.
Pero lo más importante era que le proporcionaba un uniforme, una taquilla donde
podía cambiarse de ropa y una tarjeta de identificación de la universidad que,
a su vez, le daba acceso al sistema informático. Valiéndose de la biblioteca
local y los teclados de los ordenadores, Ricky emprendió la tarea de crearse un
mundo nuevo.
Se proporcionó un nombre electrónico:
Ulises.
Eso dio origen a una dirección electrónica y
al acceso a todo lo que Internet ofrecía. Abrió varias cuentas domiciliándolas
en el apar¬tado de correos de Mailboxes Etc.
Después, dio otro paso para crear una
persona totalmente nueva.
Alguien que no había existido nunca pero que
tenía un lugar en este mundo en forma de una pequeña historia crediticia,
licencias y la cla¬se de pasado que puede documentarse con facilidad. Parte de
ello era sencillo, como obtener una identificación falsa con otro nombre. Le
maravillaron de nuevo los cientos de empresas que ofrecían en Internet
identidades falsas «a efectos de ocio solamente». Empezó a pedir
iden¬tificaciones de universidades y carnés de conducir falsos. También pudo
conseguir un título de la Universidad de Iowa, promoción de 1970, y un
certificado de nacimiento de un hospital inexistente de Des Moines. Asimismo,
se incorporó a la lista de alumnos de un desapareci¬do instituto católico de
esa ciudad. Se inventó un número ficticio de la Seguridad Social. Provisto de
este material nuevo, fue a un banco distin¬to al que poseía la cuenta de
Richard Lively y abrió otra a otro nombre, que eligió significativamente:
Frederick Lazarus. Su nombre de pila asociado al de Lázaro, el hombre que se levantó
de entre los muertos.
Fue con el personaje de Frederick Lazarus
con el que Ricky em¬pezó su búsqueda.
La idea era muy sencilla: Richard Lively
sería real y llevaría una existencia segura y sin riesgos; estaría en casa. Frederick Lazarus sería
ficticio. Y no existiría relación entre los dos personajes. Uno sería un hombre
que respiraría el anonimato de la normalidad. El otro sería una vez creación y,
si alguna vez llegaba alguien preguntando por Frederick Lazarus descubriría que
no poseía nada más que números falsos y una identidad imaginaria. Podría ser un
hombre arriesgado. Pero sería una ficción concebida con un único objeto:
descubrir al hombre que había arruinado la vida de Ricky y pagarle con la misma
moneda.
24
Ricky dejó que las semanas se convirtieran
en meses, dejó que el invierno de Nueva Hampshire lo envolviera y lo ocultase
de todo lo que había sucedido. Dejó que su vida como Richard Lively fuera
cre¬ciendo a diario, al tiempo que seguía añadiendo detalles a su persona¬je
secundario, Frederick Lazarus. Richard Lively iba a partidos de ba¬loncesto de
la universidad cuando tenía una noche libre, hacía de vez en cuando de niñera
para sus caseras, que habían depositado pronto su confianza en él, tenía un
índice de asistencia ejemplar al trabajo y se había ganado el respeto de sus
compañeros en la tienda de comestibles y el departamento de mantenimiento de la
universidad al adoptar una personalidad simpática, bromista, casi
despreocupada, que parecía no tomarse nada demasiado en serio salvo el trabajo
diligente y duro. Cuando le preguntaban por su pasado, inventaba una historia,
nada demasiado estrafalario que no pudiera creerse, o evitaba la pregunta con
otra. Ricky, el antiguo psicoanalista, descubrió que era un experto en crear
situaciones en que la gente solía pensar que había estado hablando de sí mismo
cuando en realidad estaba hablando de su interlo¬cutor. Le sorprendió lo fácil
que le resultaba mentir.
Al principio trabajó una temporada como
voluntario en un alber¬gue y, después, convirtió eso en otro trabajo. Dos veces
a la semana atendía como voluntario la línea local del Teléfono de la
Esperanza, en el turno de diez de la noche a dos de la madrugada, con mucho el
más interesante. Se pasó más de una noche hablando en voz baja con estu¬diantes
amenazados por varios grados de estrés y curiosamente, esa conexión con
individuos anónimos pero atribulados le daba energía. Pensaba que era una buena
forma de mantener afinadas sus aptitudes de analista. Cuando colgaba el
teléfono tras haber convencido a algún chico de que no se precipitara, sino que
fuera a la clínica de la universidad a buscar ayuda, pensaba que en cierto
sentido estaba haciendo penitencia por su falta de atención veinte años antes,
cuando Claire Tyson había ido a su consulta en aquella clínica con problemas
que él no había sabido escuchar y en un peligro que no había sabido ver.
Frederick Lazarus era alguien distinto.
Ricky elaboró este perso¬naje con una frialdad sorprendente.
Frederick Lazarus era socio de un gimnasio,
donde corría a solas kilómetros en una cinta de andar, levantaba pesos, se
ponía en forma y ganaba fuerza a diario, con lo que el antiguo cuerpo delgado
pero en esencia blando del analista de Nueva York cambió. Se le redujo la
cin¬tura y se le ensancharon los hombros. Hacía ejercicio solo y en silen¬cio,
salvo algún que otro gruñido mientras los pies golpeteaban la cin¬ta mecánica.
Empezó a peinarse el cabello rubio hacia atrás, apartado de la frente, alisado
con pulcritud. Se dejó barba. Sentía un placer gla¬cial en el esfuerzo a que se
sometía, en especial cuando dejó de jadear al acelerar el ritmo. El gimnasio
ofrecía clases de autodefensa, básica¬mente para mujeres, pero se reorganizó
los horarios para poder asistir y aprender las nociones elementales de los
golpes con los codos y de los puñetazos rápidos y efectivos a la garganta, la
cara o la entrepier¬na. Al principio las mujeres de la clase parecían algo
incómodas con su presencia, pero ofrecerse como blanco para sus prácticas le
valió una especie de aceptación. Por lo menos estaban dispuestas a arrearle sin
piedad. Ello consideraba una forma de endurecerse aún más.
La tarde de un sábado de finales de enero,
caminó por la nieve y el hielo resbaladizo de las calles hasta la tienda de
artículos deportivos R & R, situada fuera del área de la universidad en un
centro comercial que incluía tiendas de neumáticos de saldo y una estación de
servicio con engrasado rápido. R & R (no había ninguna indicación clara de
lo que significaban las letras) era un discreto local cuadrado, lleno de dianas
de plástico en forma de ciervo, prendas de caza anaranjadas, cañas y aparejos
de pesca, arcos y flechas. En una pared había una am¬plia gama de rifles de
caza, escopetas y armas de asalto modificadas que carecían incluso de la
modesta belleza de las culatas de madera y los cañones bruñidos de sus hermanos
más aceptables. Los AR–15 y los AK–47 tenían un aspecto frío y militar, un
objetivo claro. En la vi¬trina del mostrador había hileras y más hileras de
pistolas diversas. Azul acero. Cromo pulido. Metal negro.
Pasó un rato agradable comentando las
virtudes de varias armas con un dependiente, un hombre barbudo y calvo de
mediana edad que llevaba una camisa de caza y una pistola corta del calibre 38
remetida en su amplia cintura. Ambos debatieron sobre las ventajas de los
revólveres frente a las pistolas automáticas, del tamaño contra la po¬tencia,
de la precisión en comparación con la velocidad de disparo. La tienda tenía un
local de tiro en el sótano con dos carriles estrechos, uno junto a otro,
separados por una pequeña mampara, un poco como una pista de bolos abandonada y
oscura. Un sistema eléctrico de po¬leas bajaba dianas en forma de silueta
contra una pared situada a unos quince metros y reforzada con sacos de serrín.
El dependiente enseñó con entusiasmo a Ricky, que no había disparado un arma en
su vida, cómo apuntar y qué postura adoptar, sujetando el arma con las dos
manos de modo que el mundo se estrechara y sólo importasen la vi¬sión, la
presión del dedo en el gatillo y el blanco que se tenía en la mira. Ricky
disparó decenas de veces con una pequeña automática del 22, y una Magnum 357,
la 9 milímetros que prefieren las fuer¬zas del orden y la del calibre 45 que se
popularizó durante la Segunda Guerra Mundial y cuyo retroceso le sacudía hasta
el hombro y el pe¬cho al dispararla.
Se decidió por algo intermedio, una Ruger
semiautomática 380 con un cargador de quince balas. Era un arma situada en la
gama entre el gran disparo que prefería la policía y las mortíferas armas
pequeñas que gustaban a las mujeres y los asesinos profesionales. Ricky eligió
la misma arma que había visto en el maletín de Merlín en aquel tren, algo que
le parecía ocurrido en un mundo totalmente distinto. Pensó que era una buena
idea estar igualados, aunque sólo fuera en cuanto al arma.
Rellenó la solicitud de licencia de armas
con el nombre de Frede¬rick Lazarus y usó el número de la Seguridad Social
falso que había conseguido para esta finalidad concreta.
– Tarda un par de días –comentó el
dependiente–. Aunque aquí es más fácil que en Massachussets. ¿Cómo la va a
pagar?
– En efectivo.
– Un método anticuado –sonrió el hombre–.
¿No va a ser con tarjeta?
– Las tarjetas sólo te complican la vida.
– Una Ruger 380 la simplifica.
– De eso se trata, ¿no? –repuso Ricky.
El dependiente asintió mientras terminaba el
papeleo.
– ¿Está pensando en simplificar a alguien en
particular, señor La¬zarus?
– Qué pregunta tan extraña –contestó Ricky–.
¿Tengo el aspecto de ser un hombre con un enemigo por jefe? ¿Con un vecino que
te suelte el chucho cada vez que pasas por su casa? ¿O casado con una mujer que
te haya fastidiado demasiado a menudo?
– No –dijo el dependiente con una sonrisa–.
No lo tiene. Pero es que tampoco tenemos muchos clientes nuevos. La mayoría son
bastante habituales, de modo que al menos les conocemos la cara, SI no el
nombre. –Bajó los ojos hacia el formulario–. ¿Se la van a con¬ceder, señor
Lazarus?
– Claro. ¿Por qué no?
– Bueno, eso es más o menos lo que estoy
preguntando. Detesto todo este follón legal.
– Las normas son las normas –dijo Ricky. El
hombre asintió.
– Ya lo puede decir, ya.
– ¿Y para practicar? –quiso saber Ricky–.
Porque ya me dirá de qué sirve una buena arma como ésta si no la maneja un
experto.
– Tiene toda la razón, señor Lazarus
–asintió el dependiente–.
Mucha gente cree que cuando ha comprado la
pistola ya no necesita nada más para protegerse. Pero es sólo el principio,
coño. Hay que saber manejar el arma, sobre todo cuando las cosas se ponen,
diga¬mos, tensas, como cuando tienes un atracador en la cocina y tú estás en
pijama en el dormitorio.
– Exacto –asintió Ricky–. No se puede estar
tan asustado...
– ...que uno termine cargándose a la mujer o
al perro o al gato de la familia. –El dependiente terminó la frase por él y
rió–. Aunque puede que eso no fuera lo peor. Si usted estuviera casado con mi
pa¬rienta, después invitaría al atracador a tomar una cerveza. Y más si
tu¬viera también ese maldito gato suyo que me hace estornudar a todas horas.
– Así pues, ¿el local de tiro...?
– Puede usado siempre que quiera. Las dianas
cuestan sólo cincuenta centavos. El único requisito es que compre aquí la
munición. Y que no entre por la puerta con un arma cargada. Tiene que. llevada
enfundada y con el cargador vacío. Llenado aquí, donde alguien pue¬da ver qué
hace. Luego podrá disparar todo lo que quiera. Al llegar la primavera
organizamos un curso de combate en el bosque. A lo mejor le interesa probado.
– Por supuesto –dijo Ricky.
– ¿Quiere que le llame cuando llegue la
licencia, señor Lazaros?
– ¿Cuarenta y ocho horas? Ya me pasaré por
aquí. O telefonearé.
– Como quiera. –El hombre lo observo con
atención–. A veces las licencias de armas son rechazadas debido a algún
problema técni¬co. Igual hay algún que otro problema con los números que me
dio, ¿sabe? Aparece algo en algún ordenador, ya me entiende.
– Todo el mundo puede equivocarse, ¿verdad?
–dijo Ricky.
– Parece buena gente, señor Lazaros. Me
daría rabia que le negaran la licencia por alguna metedura de pata burocrática.
–El depen¬diente habló despacio, casi con cautela. Ricky oyó su tono–. Todo
depende del funcionario que repasa la solicitud. Algunos se limitan a teclear
los números sin apenas prestar atención. Otros se toman su trabajo muy en
serio.
– Al parecer hay que asegurarse de que la
solicitud llegue a la per¬sona adecuada.
– No tendríamos que saber quién hace las
comprobaciones –asin¬tió el dependiente–, pero tengo amigos que trabajan ahí.
Ricky sacó la cartera y puso cien dólares en
el mostrador.
– No es necesario –comentó el hombre
sonriendo de nuevo pero cogió el dinero–. Me aseguraré de que llegue al
funcionario adecuado, uno que procesa las cosas con mucha rapidez y eficiencia.
– Es usted muy amable –aseguró Ricky–. Muy
amable. Le de¬beré una.
– No es nada. Queremos que nuestros clientes
queden satisfe¬chos. –Se guardó el billete en el bolsillo–. Oiga, ¿le
interesaría un rifle? Tenemos en oferta uno muy bueno del calibre 30 con mira
teles¬cópica para cazar ciervos. Y también escopetas...
– Tal vez –asintió Ricky–. Tengo que ver
antes qué necesito. Cuando sepa que no hay problemas con la licencia, estudiaré
mis ne¬cesidades. Tienen una pinta impresionante. –Señaló la colección de armas
de asalto.
– Una ametralladora Uzi o una Ingram del 45
o un AK–47 que puede ir muy bien para acabar con cualquier disputa a la que se
esté enfrentando –informó el hombre–. Suelen desalentar la disconfor¬midad y
favorecer la aceptación.
– Lo recordaré –contestó Ricky.
Ricky tenía cada vez más destreza con el
ordenador.
Con su nombre informático hizo un par de
búsquedas electróni¬cas sobre su árbol genealógico y, con rapidez
desalentadora, descu¬brió lo fácil que le había sido a Rumplestiltskin obtener
la lista de familiares que había constituido la base de su amenaza inicial. Los
aproximadamente cincuenta miembros de la familia del doctor Frede¬rick Starks
surgieron a través de Internet en sólo un par de horas de búsqueda. Una vez
obtenidos los nombres, no se tardaba demasiado en conseguir direcciones. Las
direcciones se convertían en profesiones. No costaba imaginar cómo
Rumplestiltskin (que tenía todo el tiempo y la energía necesarios) había
logrado información sobre esas personas y encontrado a varios miembros
vulnerables del extenso grupo.
Ricky estaba sentado frente al ordenador,
algo perplejo.
Cuando su nombre apareció y el segundo
programa de árboles genealógicos le mostró como recientemente fallecido, se
puso tenso en la silla, sorprendido, aunque no debería haberlo estado; fue como
el susto que se tiene cuando por la noche un animal cruza la carretera frente a
un coche y desaparece entre los matorrales. Un instante de miedo que remite al
instante.
Había trabajado décadas en un mundo de
privacidad donde los secretos permanecían ocultos bajo nieblas emocionales y
capas de du¬das encerrados en la memoria, oscurecidos por años de negaciones y
depresiones. Si el análisis, en el mejor de los casos, consiste en ir
des-prendiéndose de frustraciones para dejar verdades al descubierto, el
ordenador le pareció el equivalente clínico del bisturí. Los detalles y los
datos simplemente se iluminaban en la pantalla, arrancados al instante con unas
meras pulsaciones en el teclado. Lo detestaba y le apa¬sionaba a la vez.
También se dio cuenta de lo desfasada que
parecía su profesión, y también comprendió las pocas posibilidades que había
tenido de ganar el juego de Rumplestiltskin. Cuando recordaba los quince días
entre la carta y su pseudomuerte, veía lo fácil que le había sido a su
perseguidor anticiparse a cada paso que él daba. La previsibilidad de su
reacción ante cada situación era de lo más evidente.
Reflexionó sobre otro aspecto del juego.
Cada momento había sido pensado por anticipado, cada momento lo había lanzado
en d¬irecciones que estaban claramente previstas. Rumplestiltskin lo había
sabido tan bien como él mismo ahora. Virgil y Merlín habían sido el señuelo
usado para distraerlo y evitar que pusiera las cosas en pers¬pectiva. Le habían
impuesto un ritmo vertiginoso, llenado sus últimos días de exigencias y
convertido en real y palpable cada amenaza.
Cada escena de la obra figuraba en el guión.
Desde la muerte de Zimmerman en el metro hasta la visita al doctor Lewis en
Rhinebeck, pasando por el empleado del hospital donde tiempo atrás había
aten¬dido a Claire Tyson.
« ¿Qué hace un psicoanalista? –se
preguntó––. Establece normas muy sencillas pero inviolables.»
Una vez al día, cinco días a la semana, sus
pacientes se presentaban a su puerta y tocaban el timbre de una forma muy
concreta. A partir de eso, el caos de su vida cobraba forma. Y con ello, la
capacidad de ha¬cerse con el control.
Para Ricky, la lección era simple: no podía
seguir siendo previ¬sible.
Aunque eso no era del todo cierto, pensó.
Richard Lively podía ser tan normal como fuera necesario, tan normal como él
quisiera. Un hombre corriente. Pero Federick Lazarus sería alguien diferente.
« Un hombre sin pasado puede forjar
cualquier futuro», pensó.
Frederick Lazarus obtuvo un carné en la
biblioteca y se sumergió en la cultura de la venganza. Cada página que leía
rezumaba violencia. Leyó historias, obras de teatro, poemas y ensayos sobre el
género del crimen verídico. Devoró novelas, desde narraciones de suspense
es¬critas el año anterior hasta obras terroríficas del siglo XIX. Profundizó en
el teatro y casi se aprendió de memoria Otelo, y después todavía más La
Orestíada. Recuperó fragmentos de su memoria y releyó par¬tes que recordaba de
sus días de universitario. Absorbió la escena en que Ulises cierra las puertas
de golpe a los pretendientes y asesina a todos los hombres que le suponían
muerto.
Ricky no sabía, demasiado sobre el crimen y
los criminales, pero pronto se convirtió en un experto; por lo menos en la
medida en que la palabra Impresa es capaz de educar. Aprendió de Thomas Harris
y Robert Parker, así como de Norman Mailer y Truman Capote. Mez¬cló Edgar AIlan
Poe y sir Arthur Conan Doyle con los manuales de formación del FBI disponibles
en las librerías a través de Internet. Leyó La máscara de la cordura de Hervey
Cleckley y terminó conociendo mucho mejor la naturaleza de los psicópatas. Leyó
libros como Por qué asesinan y Enciclopedia de los asesinos en serie. Leyó
sobre asesinatos en masa y con bombas, crímenes pasionales y asesi¬nos
considerados perfectos. Nombres y crímenes llenaban su imaginación, desde Jack
el Destripador hasta Billy el Niño, John Wayne Gacy y el Asesino de la Zodiaco
Del pasado al presente. Leyó sobre crímenes de guerra y francotiradores, sobre
sicarios y rituales satánicos sobre mafiosos y sobre adolescentes
desconcertados que iban a clase con fusiles de asalto para vengarse de
compañeros que se habían burlado de ellos demasiado a menudo.
Le sorprendió descubrir que era capaz de
compartimentar todo lo que leía. Cuando cerraba otro libro que detallaba
algunos de los actos más truculentos que un hombre podía hacer a otro, dejaba a
un lado a Frederick Lazarus y volvía a Richard Lively. El primero estudiaba
cómo ejecutar con un garrote a una víctima desprevenida y por qué un cuchillo
no servía como arma asesina, mientras que el segundo leía cuentos al nieto de
cuatro años de su casera y se aprendía de memoria En la granja de mi abuelo,
que el niño no se cansaba de escuchar a cualquier hora del día o la noche. Y
mientras el primero estudiaba el impacto de las pruebas de ADN en la
investigación de un rimen, el se¬gundo se pasaba una larga noche hablando con
un estudiante con so¬bredosis hasta que el peligroso colocón remitía.
«Jekyll y Hyde», pensó.
De modo perverso, descubrió que le gustaba
la compañía de ambos hombres.
Quizás, y eso era bastante curioso, más que
el hombre que era cuando Rumplestiltskin apareció en su vida.
Bien entrada una
noche de principios de primavera, nueve meses después de su muerte, Ricky se
pasó tres horas al teléfono con una mujer joven angustiada y muy deprimida que
llamó, desesperada, al teléfono de la esperanza con un frasco de somníferos
delante de ella, en la mesilla. Ricky habló con ella sobre aquello en que se
había con¬vertido su vida y en lo que podría convertirse. Le trazó con la voz
una imagen verbal de un futuro libre de las penas y dudas que la habían llevado
a su actual situación. Tejió esperanza en cada hilo de lo que dijo, y al final
la muchacha se olvidó de la sobredosis que amenazaba con tomar y dijo que
pediría hora al médico de una clínica.
Cuando él se marchó a casa, más vigorizado
que exhausto, decidió que había llegado la hora de hacer su primera
investigación.
Ese mismo día cuando terminó su turno en el
departamento de mantenimiento, usó su pase electrónico para acceder a la sala
de in¬formática de la facultad de ciencias. Era una habitación cuadrada,
dividida en cubículos individuales, cada uno de los cuales tenía un ordenador
conectado al sistema central de la universidad. Encendió uno, introdujo su
contraseña y se metió en el sistema. En una carpeta a su izquierda, tenía .la
pequeña cantidad de información que había obtenido en su anterior vida sobre la
mujer a la que no había sabido ayudar. Dudó un momento antes de continuar.
Sabía que podría en¬contrar la libertad y una vida tranquila y sencilla si
seguía el resto de sus días como Richard Lively. Tenía que admitir que la vida
de em¬pleado de mantenimiento no era tan mala. Se preguntó si no saber se¬ría
mejor que saber, porque era consciente de que, en cuanto empeza¬ra el proceso
de averiguar las identidades de Rumplestiltskin y sus acólitos Merlín y Virgil,
ya no podría detenerse. Se dijo que pasarían dos cosas: todos los años vividos
como doctor Starks dedicado a la idea de que desenterrar la verdad de lo más
profundo de cada ser era una tarea valiosa, se apoderarían de él, y Frederick
Lazarus exigiría venganza.
Ricky libró una batalla interior durante un
rato, tal vez sólo unos segundos o tal vez horas ante la pantalla, con los
dedos inmóviles so¬bre el teclado.
Decidió que no se comportaría como un
cobarde. Pero dudó si la cobardía sería esconderse o actuar. Una sensación fría
lo recorrió al tener que elegir.
« ¿Quién eras, Claire Tyson? ¿Y dónde están
ahora tus hijos?»
Pensó que había muchas clases de libertad.
Rumplestiltskin le ha¬bía matado para lograr una clase de libertad. Ahora él
iba a encontrar la suya.
25
Esto era lo que Ricky sabía: hacía veinte
años una mujer había muerto en Nueva York y las autoridades habían dado en
adopción a sus tres hijos. Debido a ese único hecho, él se había visto obligado
a suicidarse.
Los primeros intentos de Ricky en busca del
nombre de Claire Tyson no dieron fruto. Era como si su muerte también la
hubiese erradicado de los registros a que él tenía acceso electrónico. Al
princi¬pio ni siquiera la copia del certificado de defunción lo sacó del
atasco. Los programas para facilitar árboles genealógicos que habían mostra¬do
la relación de sus familiares con tanta rapidez, resultaron bastante menos
efectivos a la hora de localizar a Claire. Parecía que sus oríge¬nes tenían una
categoría mucho inferior, y esta falta de identidad pare¬cía disminuir su
presencia en el mundo. Le sorprendió un poco la fal¬ta de información. Los
programas del tipo «encuentre a sus familiares desaparecidos» prometían servir
para encontrar a casi todo el mundo, y la aparente desaparición de Claire de
todos los registros era inquie¬tante.
Pero las primeras tentativas no fueron del
todo inútiles. Una de las cosas que había aprendido en los últimos meses era a
pensar de un modo bastante más práctico. Como psicoanalista, su método había
consistido en seguir símbolos para llegar a realidades. Ahora usaba técnicas
parecidas pero de una forma más concreta. Cuando el nombre de Claire Tyson no
obtuvo resultado, empezó a buscar por otras vías. Los registros de la propiedad
inmobiliaria de Manhattan le pro¬porcionaron el propietario actual del edificio
donde ella había vivido. Otra consulta
le aportó nombres y direcciones de la burocracia municipal donde la mujer
habría tenido que solicitar cualquier prestación social, vales canjeables por
alimentos y ayuda a las familias a cargo de menores. El truco era imaginar la
vida de Claire Tyson veinte años atrás y limitar eso a fin de conocer todos los
elementos que estaban en juego en ese momento. En algún lugar de ese retrato
había un víncu¬lo con el hombre que lo había acechado.
También consultó guías telefónicas
electrónicas del norte de Flo¬rida. Claire Tyson era de esa zona y Ricky
sospechaba que, si tenía al¬gún familiar vivo (aparte de Rumplestiltskin), ahí
lo localizaría. En el certificado de defunción figuraba la dirección del
pariente más cerca¬no, pero cuando la comprobó con el nombre, descubrió que
otra persona vivía en ese sitio. Había varios Tyson en las afueras de
Pen¬sacola, y parecía una tarea desalentadora intentar averiguar quien era
quién, hasta que Ricky recordó las notas que él mismo había garaba¬teado
durante sus pocas sesiones con la mujer. Recordaba que habla terminado la
secundaria y estudiado dos años en la universidad antes de dejada para seguir a
un marinero destinado en una base naval, el padre
de sus tres hijos.
Imprimió los nombres de posibles parientes y
la dirección de to¬dos los institutos de secundaria de la zona.
Al contemplar hojas impresas le pareció que
debería haber hecho aquello muchos años antes: intentar conocer y comprender a
una mujer joven.
Pensó que los dos mundos no podían ser más
distintos. Pensaco¬la, Florida, es una zona muy religiosa. Fanatismo cristiano,
alabado sea el Señor y ve a misa los domingos y cualquier otro día en que Su
presencia sea necesaria. En opinión de Ricky, Nueva York debía de significar
todo lo que cualquier persona crecida en Pensacola conside¬raría malo y
diabólico. Le pareció una combinación inquietante. Pero estaba bastante seguro
de algo: tenía más probabilidades de encontrar a Rumplestiltskin en la ciudad
que en aquella zona rural del norte de Florida. Sin embargo no creía que su
perseguidor no hubiera dejado huella en el sur.
Decidió empezar por ahí.
Solicitó un carné de conducir falso de
Florida y una tarjeta de identificación de militar retirado a uno de los puntos
de venta de este tipo de cosas en Internet. Los documentos tenían que ser
remitidos al apartado de correos de Frederick Lazarus en Mailboxes Etc. Pero la
identificación era a nombre de Rick Tyson.
Pensó que la gente estaría dispuesta a
ayudar a un familiar desapa¬recido hacía mucho tiempo y que parecía querer
encontrar sus raíces del modo más inocente. Para guardarse aún más las
espaldas, inventó un centro ficticio para el tratamiento del cáncer y, con
papel de carta falso, escribió «a quien corresponda» explicando que un pariente
del señor Tyson, aquejado de la enfermedad de Hodgkin, precisaba una médula
ósea compatible, y que cualquier ayuda para localizar a miem¬bros de su
familia, cuya médula ósea tenía más probabilidades de ser¬Io, sería agradecida
y quizás incluso serviría para salvarle la vida.
Ricky sabía que esta carta era de lo más
cínica. Pero seguramente le abriría algunas puertas.
Hizo una reserva de avión, ultimó detalles
con sus caseras y su jefe del departamento de mantenimiento de la universidad
con objeto de cambiar algunas jornadas laborables. Después fue a una tienda de
ropa de segunda mano y se compró un traje negro de verano, sencillo y muy
barato. Era más o menos lo que, según él, llevaría alguien de pompas fúnebres y
lo consideró adecuado a sus circunstancias. A últi¬ma hora de la tarde del día
antes de su partida, con la camisa y los pan¬talones de empleado de mantenimiento,
entró en el departamento de teatro de la universidad. Una de sus llaves
maestras abría el almacén donde se guardaban los trajes de las diversas
producciones. No tardó mucho en encontrar lo que necesitaba.
El calor de la costa del Golfo contenía una
altísima humedad ocul¬ta como una amenaza velada. Sus primeras bocanadas de
aire al salir del aire acondicionado del vestíbulo del aeropuerto hacia la zona
de alquilar de coches fueron de una calidez empalagosa y opresiva, des¬conocida
en Cape Cod hasta en los días más calurosos, e incluso en Nueva York durante la
canícula de agosto. Era casi como si el aire tuviera consistencia, como si
transportara algo invisible y peligroso. Al principio pensó que serían enfermedades.
Pero después supuso que esa idea era exagerada.
Su plan era sencillo: se alojaría en un
motel barato e iría a la direc¬ción, que figuraba en el certificado de
defunción de Claire Tyson. Llamaría a algunas puertas, haría preguntas,
averiguaría si alguien que viviera ahí ahora conocía el paradero de su familia.
Luego recorrería los institutos más cercanos a esa dirección. No era un plan
demasiado brillante pero poseía cierta tenacidad periodística: llamar a puertas
y averiguar quien tenía algo que decir.
Encontró un Motel 6 situado en un bulevar
lleno de centros co¬merciales, restaurantes de comida rápida de todas las
cadenas y tien¬das de saldos. Era una calle bañada por el implacable sol del
Golfo.
Las esporádicas zonas de palmeras y
matorrales parecían haber llega¬do con la corriente hasta aquella costa de
comercio barato como res¬tos flotantes tras una tormenta. Podía saborear el mar
cercano, cuyo aroma llenaba el aire, pero la vista era la de un terreno
urbanizado, casi infinito, como un período decimal de edificios de dos plantas
y carte¬les chillones.
Se inscribió con el nombre Frederick Lazarus
y pagó una estan¬cia de tres días en efectivo. Dijo al recepcionista que era
viajante, aunque el hombre no le prestó demasiada atención. Dejó la bolsa en la
modesta habitación y luego cruzó el estacionamiento hacia la tien¬da de una
gasolinera. Allí compró un plano detallado de la zona de Pensacola.
La extensión de viviendas cerca de la base
naval poseía una unifor¬midad que le recordó un poco a uno de los primeros
círculos del in¬fierno. Hileras de casas de bloque de hormigón, con manchas de
hier¬ba achicharrada al sol y aspesores omnipresentes que salpicaban el césped.
Al recorrer la zona en coche, Ricky pensó que cada manzana presentaba
características que parecían definir aspiraciones de sus habitantes: las
manzanas con la hierba bien cortada en jardines cuidados y la casas recién
pintadas de blanco reluciente al sol del Golfo parecía significar esperanza y
posibilidades. Los coches aparcados en los senderos de entrada estaban limpios,
pulidos, brillantes y nue¬vos. En algunos jardines había columpios y juguetes
de plástico, y a pesar del calor de la mañana, algunos niños jugaban bajo la
mirada atenta de sus padres. Pero la línea de demarcación era clara: unas
man¬zanas más allá las casas tenían un aspecto notoriamente desgastado. La
pintura vieja, pelada, y los canalones manchados por el uso. Franjas de tierra,
alambradas, un par de coches sobre bloques, sin ruedas, oxi¬dándose. Pocas
voces de niños jugando, cubos de basuras desbordantes de botellas. Manzanas de
sueños limitados.
El Golfo, a lo lejos, con su extensión de
vibrantes aguas azules, y la base, con enormes barcos grises de la armada
alineados, eran el eje sobre el que giraba todo. Pero, a medida que se alejaba
del mar y se entraba más en las carencias, el mundo que veía parecía limitado,
sin rumbo y tan inútil como una botella vacía.
Encontró la calle donde vivía la familia de
Claire Tyson y se estreme¬ció. No era ni mejor ni peor que las demás, pero su
mediocridad impulsaba a huir de allí.
Ricky buscaba el número trece, que estaba
hacia mitad de la calle. Frenó y aparcó.
La casa en sí era similar a las demás de la
calle, de una planta con dos o tres dormitorios y aparatos de aire
acondicionado colgando de un par de ventanas. En el cochambroso porche había
una oxidada bar¬bacoa negra. La casa estaba pintada de un rosa apagado y lucía
un es-trafalario trece negro escrito a mano junto a la puerta. El uno era
mu¬cho más grande que el tres; lo que casi indicaba que la persona que había
pintado la dirección en la pared había cambiado de idea a medio brochazo. Había
un aro de baloncesto clavado sobre la puerta de un garaje que le pareció, a
pesar de no ser ningún experto, estar entre quince y treinta centímetros por
debajo de lo reglamentario. Además estaba doblado. No tenía red. Una pelota
vieja y descolorida descan-saba junto a un puntal. El jardín delantero tenía
aire de abandono, la hierba invadida de maleza. Un perro grande, encadenado a
una pared y limitado por una valla metálica al reducido jardín trasero, empezó
a ladrar con furia cuando él subió el sendero de entrada. El periódico del día
había caído cerca de la calle, y Ricky lo recogió y lo llevó hasta la puerta
principal. Pulsó el timbre y lo oyó sonar en el interior. Un niño lloraba, pero
se calló casi a la vez que una voz contestaba:
– Ya voy, ya voy.
La puerta se abrió y una joven negra con un
pequeño a la cadera apareció frente a él. No abrió la puerta mosquitera.
– ¿Qué quiere? –le espetó–. ¿Ha venido por
el televisor? ¿Por la lavadora? ¿Acaso por los muebles o el biberón del niño?
¿Qué se llevarán ahora? –Miró hacia la calle, buscando con los ojos un ca¬mión
y un grupo de hombres.
– No he venido a llevarme nada –contestó
Ricky.
– ¿Es de la compañía de la luz?
– No. No soy cobrador de facturas y tampoco
vengo a llevarme nada pendiente de pago.
– ¿Quién es entonces? –quiso saber. Su voz
seguía sonando agre¬siva. Desafiante.
– Soy alguien que quiere hacer un par de
preguntas –sonrió Ricky–. Y, si obtengo algunas respuestas, usted podría ganar
algún dinero.
La mujer siguió observándolo con recelo,
pero ahora también con curiosidad.
– ¿Qué clase de preguntas? –dijo.
– Preguntas sobre alguien que vivió aquí
antes, hace tiempo.
– No sé demasiado –dijo la mujer.
– Una familia apellidada Tyson.
– Será el hombre al que desalojaron antes de
que nos instaláramos nosotros –asintió la joven.
Ricky sacó un billete de veinte dólares de
la cartera. Lo levantó y la mujer abrió la puerta mosquitera.
– ¿Es usted policía? –preguntó–. ¿Una
especie de detective?
– No soy policía. Pero podría ser una
especie de detective. –Entró en la casa.
Parpadeó un instante ya que tardó unos
segundos en adaptarse a la oscuridad. El calor de la entrada era sofocante.
Siguió a la mujer y al niño hacia el salón, donde las ventanas estaban abiertas
pero el calor acumulado lo asemejaba a la celda de una cárcel. Había una silla,
un sofá, un televisor y un corralito rojo y azul, que fue donde la mujer
depositó al niño. Las paredes estaban vacías, salvo por un retrato del pequeño
y una fotografía de boda que mostraba a la mujer y a un joven negro con
uniforme de la Marina en una pose forzada. Ricky le echo diecinueve años a la
pareja. Veinte como mucho. «Diecinueve –pensó tras lanzar una mirada furtiva a
la muchacha–. Pero esta envejeciendo deprisa.» Volvió a mirar la fotografía e
hizo la pregunta obvia:
– ¿Es su marido? ¿Dónde está?
– Embarcó ––contestó la mujer. Su voz, una
vez serena, poseía una dulzura cantarina. Hablaba con un acento inconfundible
del sureste, y Ricky supuso q e sería de Alabama o de Georgia, quizá de
Misisipí. Imaginó que al alistarse había sido la ruta de escape de alguna zona
rural y que ella lo había seguido sin sospechar que tan sólo iba a sustituir
una clase de pobreza por otra–. Esta en algún sitio del golfo Pérsico, a bordo
del Essex. Es un destructor. Le faltan dos meses para volver a casa.
– ¿Cómo se llama usted?
– Charlene. ¿Son éstas las preguntas con las
que voy a ganar dinero?
– ¿Tan mala es su situación?
– Y que lo diga. –Rió como si fuera una
broma–. La paga de .la Marina es una miseria si no asciendes un poco. Ya nos
quedamos sin coche y debemos dos meses de alquiler. También debemos parte de
los muebles, Les ocurre más o menos lo mismo a todos los que vivimos en esta
parte de la ciudad.
– ¿La amenaza el casero? –quiso saber Ricky.
La mujer, para su sorpresa, negó con la cabeza.
– El casero debe de ser un hombre bueno, no
lo sé. Cuando tengo el dinero, lo ingreso en una cuenta bancaria. Pero un
hombre del banco, o tal vez un abogado, me llamó y me dijo que no me
preocupara, que pagara cuando pudiera. Dijo que comprendía que las cosas a
veces eran difíciles para los militares. Mi marido Reggie no es más que
marinero raso. Tiene que ascender si quiere recibir una buena paga. Pero aunque
el casero es legal, nadie más lo es. Los de la compañía de luz dicen que la van
a cortar. Por eso no puedo encender el aire acondicionado ni nada.
Ricky se sentó en la única silla, y Charlene
lo hizo en el sofá. –Cuénteme lo que sepa sobre la familia Tyson –pidió él–.
¿Vivía aquí antes de que llegaran ustedes?
– Sí. No sé demasiado sobre esa gente. Sólo
sé algo del viejo. Vivía aquí solo. ¿Le interesa ese viejo?
Ricky tomó la cartera y mostró a la joven el
carné de conducir falso a nombre de Rick Tyson.
– Es un pariente lejano y puede haber
recibido una pequeña suma en herencia –mintió–. La familia me ha mandado para
intentar localizado.
– No creo que necesite dinero donde está
–soltó Charlene.
– ¿Dónde está?
– En el asilo de veteranos del ejército que
hay en Midway Road. Si todavía vive.
– ¿Y su mujer?
– Murió hace más de dos años. Estaba
delicada del corazón, o eso dijeron.
– ¿Los llegó a conocer?
– Lo único que sé es lo que me contaron los
vecinos –comentó Charlene, y meneó la cabeza.
– ¿Y qué le contaron?
– Que el viejo y la vieja vivían aquí solos.
– Creía que tenían una hija.
– Eso parece, pero dicen que murió. Hace
mucho.
– Ya. Continúe.
– Vivían de la Seguridad Social. Puede que
cobraran algo de retiro, no lo sé. La vieja se puso enferma del corazón. No
tenía seguro de enfermedad, sólo la sanidad pública. Las facturas se
acumulaban. La vieja murió y dejó al viejo con un montón de facturas. Sin
seguro. Era un hombre desagradable que no caía demasiado bien a ningún vecino,
sin amigos y sin familia, que se supiera. Tenía sólo lo mismo que yo: facturas,
gente que quería cobrar su dinero. Un día se retrasó con la hipoteca de la casa
y descubrió que el banco ya no era el propietario de la deuda como él creía,
porque alguien se la había comprado. No hizo ese pago, puede que tampoco otros,
y los alguaciles vinieron con una orden de desalojo. Lo pusieron de patitas en
la calle. Y ahora está en el asilo de veteranos del ejército. No creo que vaya
a salir nunca de allí, a no ser con los pies por delante.
– ¿Ustedes se instalaron aquí inmediatamente
después del desalojo? –preguntó Ricky tras reflexionar un minuto.
– Exacto. – Charlene suspiró y meneó la
cabeza–. Toda esta manzana era mucho más bonita hace un par de años. No había
tanta basura, ni bebida, ni peleas. Creía que sería un buen lugar para empezar
de cero, pero ahora o tenemos dinero para mudamos. En todo caso, los vecinos de
aquí enfrente fueron quienes me contaron la historia del viejo. Ya no están
aquí. Seguramente ya no queda ninguno de los que conocían al viejo. Pero no
parecía que hubiese tenido muchos amigos. El viejo tenía un pitbull encadenado
donde ahora está nuestro perro. El nuestro sólo ladra, arma escándalo, como
cuando usted se acercó. Si lo suelto lo más probable es que le lama la cara en
lugar de morderlo. El pitbull de Tyson no era así. Cuando ese hombre era más
joven, le gustaba que peleara, ya sabe, en peleas con apuestas. En esos sitios
hay muchos hombres blancos sudorosos que apuestan lo que o tienen, beben,
blasfeman y arman jaleo. Ésa es la parte de Florida no apta para turistas. Es
como Alabama o Misisipí. La mentalidad cerrada de Florida. La mentalidad
cerrada y los pitbulls.
– Entiendo –dijo Ricky.
– En este barrio hay muchos niños. Los
perros como ése pueden morder a alguno. Puede que hubiera otras razones por las
que no cayera muy bien a la gente de por aquí.
– ¿Qué otras razones?
– He oído historias.
– ¿Qué clase de historias?
– Historias perversas. De cosas horribles,
llenas de maldad. No sé si serán ciertas y, como mis padres me dicen que no
repita cosas que no sepa seguro, quizá debería preguntar a alguien que no sea
tan temeroso de Dios como yo, Pero no sé quién. Ya no quedan personas de esa
época.
– ¿Tiene el nombre o la dirección del hombre
al que usted paga el alquiler? –preguntó Ricky tras reflexionar otro momento.
Charlene pareció sorprendida pero asintió.
– Claro. Hago el cheque a nombre de un
abogado del centro y se lo mando a un hombre del banco. Cuando tengo el dinero.
–Recogió un lápiz del suelo y anotó un nombre y una dirección en el dorso de un
sobre de una casa de alquiler de muebles. El sobre llevaba estampado en rojo
SEGUNDO AVISO–. Espero que esto le sirva de algo.
Ricky sacó dos billetes más de veinte
dólares y se los entregó. Ella asintió para darle las gracias. Después de dudar
un momento, él sacó un tercer billete.
– Para el niño –dijo.
– Es muy amable.
Se protegió los ojos del sol con la mano al
salir a la calle. No había una sola nube en el cielo y el calor se había
intensificado. Recordó los días veraniegos de Nueva York y cómo él huía hacia
el clima más fresco de Cape Cod.
«Eso se acabó», pensó.
Miró hacia donde tenía aparcado el coche y
trató de imaginarse a un anciano sentado entre sus escasas pertenencias en la
acera. Sin amigos y desalojado de la casa donde había vivido una vida difícil,
pero por lo menos suya propia, durante muchos años. Expulsado con rapidez y sin
consideración. Abandonado a la vejez, la enfermedad y la soledad. Ricky se
guardó el papel con el nombre y la dirección del abogado en el bolsillo. Sabía
quién había desalojado al anciano. Sin embargo, se preguntó si aquel hombre
mayor sentado en la acera sabía que el hombre que lo había echado a la calle
era el hijo de su hija, a quien muchos años antes Ricky había dado la espalda.
A menos de siete manzanas de la casa de
donde Claire Tyson había huido había un gran instituto de secundaria. Ricky
aparcó en la Zona de estacionamiento y contempló el edificio mientras intentaba
imaginar cómo un adolescente podría encontrar individualidad, y mucho menos
educación, entre aquellas paredes. Era un edificio enorme de color arena, con
un campo de fútbol y una pista circular a un lado, tras una valla de tres
metros de altura. Ricky tuvo la impresión de que quienquiera que hubiese
diseñado aquella estructura se había limitado a dibujar un rectángulo inmenso y
a añadir después un segundo rectángulo para crear un conjunto en forma de T y
dar así por finalizada su obra. En la pared de ladrillo del edificio había un
enorme mural de un antiguo barco griego junto con la leyenda: HOGAR DE LOS
ESPARTANOS DEL SUR en una fluida y apagada letra roja. Todo el lugar estaba
cocido como una crep en una sartén bajo el cielo despejado y el sol abrasador.
En la puerta principal había un control de
seguridad, donde un guarda con camisa azul, cinturón y zapatos de charol negro
que, si no le conferían la categoría de policía, sí por lo menos el mis
aspecto, manejaba un detector de metales. El guarda dijo a Ricky cómo llegar a
las oficinas administrativas y luego le hizo pasar entre los postes paralelos.
Los zapatos de Ricky repiquetearon en el suelo de linóleo del vestíbulo. Era
horario de clase, de modo q e avanzó casi en solitario entre hileras de
taquillas de color gris. Sólo algún que otro alumno pasó apresurado a su lado.
Al otro lado de la puerta que indicaba
ADMINISTRACIÓN había una secretaria sentada a una mesa. Una vez le explicó el
motivo de su visita, el a lo condujo a la oficina de la directora. Esperó fuera
mientras la secretaria entró y luego aparecía en la puerta para hacerle pasar.
Una mujer de mediana edad con una camisa blanca abrochada hasta la barbilla
alzó los ojos del ordenador por encima de las gafas para dirigirle u a mirada
de maestra de escuela, casi regañona. Parecía un poco desconcertada por su presencia,
y le señaló una silla mientras se desplazaba para situarse detrás de una mesa
abarrotada de papeles. Ricky se sentó y pensó que aquel asiento habría sido
utilizado sobre todo por alumnos atribulados, pillado s en alguna fechoría, o
por padres consternados a los que se informaba de ello.
– ¿En qué puedo ayudarlo exactamente?
–preguntó la directora sin rodeos.
– Estoy buscando información –asintió
Ricky–. Necesito detalles de una joven que estudió en este instituto a finales
de los años sesenta. Su nombre era Claire Tyson.
– Los expedientes académicos son
confidenciales –replicó la directora–. Pero recuerdo a la joven.
– ¿Lleva aquí mucho tiempo?
– Toda mi carrera –dijo la mujer–. Pero
aparte de dejarle ver el anuario de 1967, no creo que pueda proporcionarle gran
ayuda. Como le he dicho, los expedientes son confidenciales.
– Bueno, en realidad no necesito su
expediente académico –Indicó Ricky, que se sacó la carta del falso centro para
el tratamiento del cáncer y se la entregó–. Lo que estoy buscando es alguien
que pueda conocer a un familiar.
La mujer leyó la carta con rapidez. Su
expresión se suavizó.
– Oh –exclamó a modo de disculpa–. Lo siento
mucho. No sabía...
– Descuide. Es una posibilidad muy remota.
Pero cuando tienes una sobrina tan enferma, estás dispuesto a aferrarte a
cualquier posibilidad, por remota que sea.
– Por supuesto –dijo la mujer con rapidez–.
Por supuesto que sí. Pero no creo que quede ningún Tyson de la familia de
Claire por aquí. Por lo menos que yo recuerde, y recuerdo a casi todo el mundo
que cruza esas puertas.
– Me sorprende que recuerde a Claire
–comentó Ricky.
– Dejaba huella, en más de un sentido. Por
aquel entonces yo era su tutora de orientación profesional. He ido subiendo de
categoría. –Es evidente –dijo Ricky–. Pero recordada, en especial después de
tantos años...
La mujer hizo un leve gesto, como para
interrumpir su pregunta. Se levantó y se dirigió a una estantería para coger un
viejo anuario encuadernado en imitación piel correspondiente a 1967. Se lo dio
a Ricky.
Era un anuario de lo más típico. Páginas y
páginas de cándidas instantáneas de alumnos en actividades o juegos diversos,
reforzadas con algo de prosa entusiasta. El grueso del anuario lo formaban los
retratos formales de la última clase. Eran retratos de estudio de gente joven
que intentaba parecer mayor y más seria de lo que era. Ricky repasó las
imágenes hasta que llegó a Claire Tyson. Le costó un poco identificar a la
mujer a la que había visto una década después con la muchacha del anuario.
Llevaba el cabello más largo, que le caía ondulado, sobre el hombro. Esbozaba
una leve sonrisa, un poco menos forzada que la mayoría de sus compañeros de
clase, con el tipo de expresión de adoptaría alguien que sabe un secreto. Leyó
el texto junto a su foto. Relacionaba sus actividades extraescolares (francés,
ciencias, el club de Futuras Amas de Casa y la sociedad teatral) y los deportes
que practicaba, voleibol y béisbol universitarios. También figuraban sus
méritos académicos, que incluían ocho semestres en el cuadro de honor y una
distinción del programa de becas al mérito escolar. Había una cita, de cariz
humorístico, pero que para Ricky tenía un tono algo premonitorio: «Haz a los
demás antes de que los demás tengan ocasión de hacerte a ti.» Una predicción,
«Quiere vivir a tope», y un vistazo a la bola de cristal adolescente: «De aquí
a diez años estará en Broadway o bajo él.»
La directora miraba por encima de su hombro.
– No tenía ninguna posibilidad –aseguró.
– ¿Perdone? –replicó Ricky, y la palabra
formó una pregunta.
– Era la hija única de una pareja... bueno,
difícil. Vivían en el límite de la pobreza. El padre era un tiran. Quizá peor
aun...
– Quiere decir...
– Mostraba muchos signos clásicos de abusos
sexuales. Hablé con ella a menudo cuando tenía sus ataques incontrolables de
depresión. Lloraba y se ponía histérica. Después se quedaba tranquila, fría,
casi ida, como si estuviera en otra parte, aunque estaba sentada conmigo en
el despacho. Habría llamado a la policía
si hubiera tenido alguna prueba, pero ella jamás admitió ante mí ningún abuso.
En mi posición hay que ser prudente, y entonces no hablamos tanto sobre estas
cosas como ahora.
– Por supuesto.
– Y, claro, sabía que huiría a la primera
ocasión. Ese chico...
– ¿Un novio?
– Sí. Estoy casi segura de que ya estaba
embarazada cuan o terminó aquella primavera.
– ¿Cómo se llamaba? ¿Vive todavía por aquí?
Sería fundamental encontrarlo, ¿sabe? Con eso del acervo genético ... No
entiendo la jerga de los médicos, pero…
– Hubo un hijo. Pero no sé qué pasó. No
echaron raíces, aquí, eso seguro. El chico pensaba alistarse en la Marina,
aunque no se si llego a hacerlo y ella se marchó a la universidad local. No
creo que se casaran. Me la encontré una vez por la calle. Se paró para
saludarme, pero nada más. Era como si ya no pudiera hablar sobre nada. Claire
pasaba de sentirse avergonzada por una cosa a sentirse avergonzada por otra.
Sin embargo era brillante, maravillosa en un escenario. Podía interpretar
cualquier papel, desde Shakespeare, a Ellos y Ellas, y hacerlo muy bien. Tenía
verdadero talento para la interpretación. Su problema era la realidad.
– Comprendo.
– Era una de esas personas a las que te
gustaría ayudar pero no puedes. Su empeño era encontrar a alguien que cuidara
de ella, pero siempre encontraba a la persona equivocada. Sin excepción.
– ¿Y el chico?
– ¿Daniel Collins? –La directora tomó el
anuario y hojeó unas páginas hacia atrás antes de devolvérselo a Ricky –Guapo,
¿eh? Volvía locas a las chicas. Jugaba a fútbol y a baloncesto, aunque no era
ninguna estrella. Bastante listo, pero no se esforzaba en clase. El tipo de
chico que siempre sabe dónde es la fiesta, dónde se obtiene alcohol o hierba o
lo que sea, y al que no pillan nunca. Uno de esos muchachos que salía de una
para meterse en otra. Tenía a todas las chicas en el bolsillo, pero sobre todo a
Claire. Era una de esas relaciones que sabes que sólo pueden acabar mal pero no
puedes hacer nada.
– Veo que no le gustaba demasiado ese chico.
– ¿Por qué iba a gustarme? Era una especie
de depredador. Y sin duda era bastante egoísta, sólo miraba por él mismo.
– ¿Tiene la dirección de su familia?
La directora se sentó al ordenador y tecleó
un nombre. Luego anotó un número en un trozo de papel que entregó a Ricky. Él
asintió a modo de respuesta.
– ¿Piensa que la abandonó?
– Seguro, después de haberla Utilizado. Eso
era lo que se le daba bien: utilizar a la gente y deshacerse de ella después.
Si tardó un año o diez, no lo sé. Cuando te dedicas a este trabajo, llegas a
pronosticar muy bien lo que ocurrirá a los chicos. Algunos te pueden
sorprender, en un sentido u otro, pero no muchos. –Señaló la predicción del
anuario. «En Broadway o bajo él.» Ricky sabía cuál de esas dos alternativas se
había hecho realidad–. Los chicos siempre bromean cuando predicen. Pero la vida
no suele ser tan divertida, ¿verdad?
Antes de dirigirse al hospital para veteranos
del ejército, Ricky pasó por el motel para ponerse el traje negro. También
recogió el objeto que había tomado prestado del departamento de teatro en la
Universidad de Nueva Hampshire, se lo colocó en el cuello y se contempló en el
espejo.
El edificio del hospital tenía el mismo
aspecto impersonal que el instituto. Era de ladrillo blanqueado, de dos
plantas, como si lo hubieran dejado caer en un espacio abierto entre por lo
menos seis iglesias distintas, según el cómputo de Ricky. Pentecostal,
baptista, católica, congregacionalista, unitaria y metodista episcopal
africana, todas ellas con esos esperanzadores tableros de anuncios en el jardín
de entrada que proclamaban una felicidad infinita ante la llegada inminente de
Jesús, o como mínimo, el consuelo en las palabras de la Biblia, pronunciadas
con fervor en un oficio diario y en dos los domingos. A Ricky, que había
adquirido una saludable falta de respeto por la religión en su ejercicio
profesional, le gustó bastante la yuxtaposición del hospital para veteranos del
ejército y las iglesias: era como si la dura realidad de los abandonados,
representada por el hospital, sirviera para equilibrar en cierta medida todo el
optimismo que circulaba sin control en las iglesias. Se preguntó si Claire Tyson
habría asistida can regularidad a la iglesia. Sospechaba que sí, dado el
ambiente en que había crecida. Todo el mundo iba a la iglesia. El problema era
que esa no impedía que las feligreses maltrataran a sus mujeres o a sus hijas
los demás días de la semana; alga que estaba seguro de que Jesús desaprobaba,
si es que opinaba al respecto.
El hospital para veteranos del ejército
tenía dos mástiles con la bandera, de Estados Unidos y la del Estado de
Florida, una junto a otra, colgando lánguidamente en aquel calor impropio de
finales de primavera. Había unos arbustos plantados sin tan ni san junta a la
entrada, y Ricky vio unos cuantos ancianos con batas andrajosas y en sillas de
ruedas, sentados solos en un pequeño porche lateral bajo el sol de la tarde. No
estaban en grupo, ni siquiera en parejas. Cada uno parecía funcionar en una
órbita exclusiva, definida par la edad y la enfermedad. Avanzó y cruzó la
entrada. El interior estaba en penumbra. Se estremeció. Los hospitales a los
que había llevado a su mujer antes de morir eran claras, modernas, diseñados
para reflejar todos los avances de la medicina. Eran sitios que parecían llenos
del propósito de sobrevivir. O, como era su caso, de la necesidad de luchar
contra lo inevitable. De robar días a la enfermedad, como un jugador de fútbol
americano que intenta ganar yardas, por muchas defensas que lo plaquen. Este
hospital era todo lo contrario. Era un edificio en el peldaño inferior de la
asistencia médica, donde los tratamientos eran tan anodinos y poco creativo
como el menú diario. La muerte, tan regular y sencilla como el arroz blanco.
Ricky sintió frío al adentrarse, parque supo que era un lugar triste al que
aquellos ancianos iban a morir.
Vio a una recepcionista tras una mesa y se
acercó.
– Buenas días, padre –le dijo la mujer
afablemente–. ¿En qué puedo servirle?
– Buenas días, hija mía –contestó Ricky
mientras se tocaba el alzacuellos que había tomada prestado del cuarto de
atrezo–. Qué calor para llevar el traje elegido por el Señor –bromeó–. A veces
me preguntó par qué el Señor no elegiría una de esas bonitas camisas hawaianas
de colores tan alegres en lugar del alzacuellos –prosiguió–. Sería más cómodo
en días como éste.
La recepcionista saltó una carcajada.
– ¿En qué estaría pensando nuestro Señor?
–añadió.
– He venida para ver a un paciente. Se llama
Tyson.
– ¿Es pariente suyo, padre?
– Pues no, hija mía. Pero su hija me rogó
que lo visitara cuando algún asunto de la Iglesia me trajese aquí.
Esta respuesta pareció colar, tal como Ricky
había previsto. No creía que nadie de aquella zona de Florida fuera a rechazar
nunca a un sacerdote. La mujer comprobó unos datos en el ordenador. Sonrió
cuando el nombre apareció en pantalla.
– Qué extraño –comentó–. Aquí no consta
ningún familiar vivo. Ningún pariente próximo. ¿Está seguro de que era su hija?
–Han estado muy distanciados, y ella le volvió la espalda hace tiempo. Ahora,
con mi ayuda y la bendición del Señor, quizás exista la probabilidad de una
reconciliación en su vejez.
– Eso estaría bien, padre. Espero que así
sea. De todos modos, ella debería figurar en nuestro ordenador.
– Le diré que le envíe sus datos –aseguró
Ricky.
– Puede que él la necesite...
– Que Dios la bendiga, hija mía –dijo Ricky,
disfrutando de la hipocresía de sus palabras y de su relato, del mismo modo que
en el escenario un actor disfruta de esos momentos llenos de tensión y alguna
duda, pero vigorizados por el público. Después de tantos años pasados tras el
diván guardándose sus opiniones sobre la mayoría de las cosas, Ricky estaba
ahora radiante por poder salir al mundo y mentir.
– No parece que haya mucho tiempo para una
reconciliación, padre. Me temo que el señor Tyson está en la unidad de
desahuciados –anunció la recepcionista–. Lo siento, padre.
– ¿Está...?
– Terminal.
– Entonces puede que mi visita sea más
oportuna de lo que esperaba. Tal vez pueda proporcionarle algo de consuelo para
sus últimos días.
La recepcionista asintió. Señaló un plano
esquemático del hospital.
– Tiene que ir aquí. La enfermera de guardia
le ayudará.
Ricky recorrió el laberinto de pasillos que
parecían descender a mundos cada vez más fríos y anodinos. Todo lo que había en
el hospital le resultaba un poco raído. Le recordaba las distinciones entre las
tiendas de ropa cara de Manhattan, que conocía de sus días de psicoanalista, y
el mundo de segunda mano del Ejército de Salvación que había descubierto como
empleado de mantenimiento en Nueva Hampshire. En aquel hospital para veteranos
del ejército nada era nuevo, nada era moderno, nada parecía funcionar
debidamente, todo tenía aspecto de usado. Hasta la pintura estaba descolorida y
amarillenta. Le resultaba curioso caminar por un lugar que debería estar aseado
y dedicado a la ciencia y tener la sensación de necesitar una ducha.
«La clase marginada de la medicina», pensó.
Y, cuando pasó por las unidades de cardiología y pulmonar, y junto a una puerta
cerrada que indicaba psiquiatría, el ambiente pareció volverse cada vez más
DECRÉPITO Y DETERIORADO, HASTA QUE LLEGÓ A LA FASE FINAL, UNA SERIE DE PUERTAS
DOBLES CON EL RÓTULO UNIDAD DE DESAHUCIADOS, con las palabras mal alineadas.
Ricky observó que el alzacuellos y el traje
de clérigo cumplían su objetivo de modo impecable. Nadie le pidió ninguna
identificación; nadie pareció preguntarse qué hacía allí. Al entrar en la
unidad, vio un punto de enfermería y se acercó al mostrador. La enfermera de
guardia, una corpulenta mujer negra, alzó los ojos hacia él.
– Ah, padre –dijo–, me han avisado de que
venía hacia aquí. El señor Tyson está en la habitación 300. La primera cama al
entrar.
– Gracias –contestó Ricky–. ¿Podría decirme
qué tiene?
La enfermera le entregó con diligencia un
historial médico. Cáncer de pulmón. Le quedaba poco tiempo y, en su mayoría,
doloroso. Sintió un poco de compasión. «Bajo la capa de ser serviciales
–pensó–, los hospitales hacen mucho por degradar.»
Eso era así, sin duda, en el caso de Calvin
Tyson, que estaba conectado a varias máquinas y yacía incómodo en la cama,
apuntalado con almohadas para ver el viejo televisor que colgaba entre su cama
y la de su vecino. El aparato ofrecía una telenovela, pero el sonido estaba
apagado. Además, la imagen se veía borrosa.
Tyson estaba escuálido, casi esquelético.
Llevaba puesta una mascarilla de oxígeno que le colgaba del cuello y levantaba
de vez en cuando para respirar mejor. Su nariz estaba teñida del inconfundible
tono azulado del enfisema, y sus descarnadas piernas desnudas se extendían en
la cama como ramitas que una tormenta hubiera arrancado de un árbol y
desparramado por la calzada. El hombre que ocupaba la cama de al Iado estaba en
una situación muy parecida, y ambos resollaban en una agonía a dúo. Cuando
Ricky entró, Tyson volvió la cabeza para mirado.
– No quiero hablar con ningún sacerdote
–dijo.
– Pero este sacerdote quiere hablar con
usted –sonrió Ricky con frialdad.
– Quiero que me dejen solo –insistió Tyson.
Ricky lo observó.
– Según parece –dijo con brío–, pronto va
estar solo toda la eternidad.
– No necesito ninguna religión, ya no.
–Tyson sacudió la cabeza con dificultad.
– Y yo no voy a ofrecerle ninguna –contestó
Ricky–. Por lo menos, no como piensa.
Ricky cerró la puerta de la habitación. Vio
que había unos auriculares para escuchar la televisión colgados en la pared.
Rodeó los pies de la cama y observó al compañero de Tyson. El hombre lo miró
con una expectación indiferente. Ricky le señaló los auriculares de su cama.
– ¿Quiere ponérselos para que pueda hablar
en privado con su vecino? –preguntó, pero en realidad ordenó.
El hombre se encogió de hombros y se los
colocó en las orejas con cierta dificultad.
– Bien –dijo Ricky mientras se volvía hacia
Tyson para preguntarle–: ¿Sabe quién me ha enviado?
– Ni idea –dijo con voz ronca Tyson–. No
queda nadie a quien yo le importe.
– En eso se equivoca. –Se acercó y se
inclinó hacia el hombre agonizante para susurrarle con frialdad–: Dígame la
verdad, viejo, ¿cuántas veces se folló a su hija antes de que ella se marchara
para siempre?
26
El anciano, sorprendido, abrió unos ojos
como platos. Levantó una mano huesuda que agitó en el reducido espacio entre
Ricky y su tórax hundido, como si pudiera alejar la pregunta, pero estaba
demasiado débil para hacerlo. Tosió, se atragantó y tragó saliva antes de
preguntar:
– ¿Qué clase de sacerdote es usted?
– Un sacerdote de la memoria –contestó
Ricky.
– ¿Qué quiere decir con eso? –Las palabras
del hombre eran apresuradas y atemorizadas. Recorrió la habitación rápidamente
con la mirada como si buscara a alguien que lo ayudara.
Ricky esperó antes de responder. Bajó los
ojos hacia Calvin Tyson, que, aterrado de repente, se retorcía en la cama, e
intentó adivinar si tendría miedo de él o de la historia que parecía conocer.
Sospechó que el viejo había pasado años solo sabiendo lo que había hecho y,
aunque las autoridades escolares, los vecinos y su mujer hubieran sospechado de
él, seguramente se habría convencido de que era un secreto que sólo compartía
con su hija.
Ricky, con su provocadora pregunta, debía de
parecerle una especie de ángel vengador. El anciano alargó la mano para buscar
el timbre que colgaba de un cable en la cabecera, pero Ricky lo apartó de su
alcance. –No vamos a necesitar esto –aseguró–. Nuestra conversación será en
privado.
El viejo dejó caer la mano en la cama y
agarró la mascarilla de oxígeno para aspirar bocanadas profundas con los ojos
todavía desorbitados de miedo. La mascarilla era anticuada, verde, y cubría la
nariz y la boca con un plástico opaco. En unas instalaciones modernas, Tyson
tendría un artilugio más pequeño sujeto entre los orificios de la nariz. Pero
aquel hospital para veteranos del ejército era el tipo de sitio donde se envía
el equipo viejo para que sea utilizado antes de desecharlo, más o menos como muchos
de los pacientes que ocupaban aquellas camas. Ricky apartó la mascarilla de
oxígeno de la cara de Tyson.
– ¿Quién es usted? –preguntó el viejo,
temeroso. Tenía acento del Sur. Ricky pensó que había algo de infantil en el
terror que asomaba a sus ojos.
– Soy un hombre con algunas preguntas
–dijo–. Un hombre que busca algunas respuestas. Verá, esto puede ser fácil o
difícil; depende de usted
Para su sorpresa, no le costó nada amenazar
a un anciano decrépito que había abusado de su única hija y que después había
vuelto la espalda a sus nietos huérfanos.
– Usted no es ningún predicador –dijo
Tyson–. Usted no trabaja para el Señor.
– En eso se equivoca –aseguró Ricky–. Y
teniendo en cuenta que va a estar frente a Él en cualquier momento, quizás
haría bien en pecar de creyente.
Este argumento pareció tener algún sentido
para el anciano, que cambió de postura y asintió.
– Su hija... –empezó Ricky, pero no pudo
concluir la frase.
– Mi hija está muerta. No era buena. Nunca
lo fue.
– ¿No cree que usted tuvo algo que ver en
eso?
– Usted no sabe nada. –Calvin Tyson sacudió
la cabeza–. Nadie lo sabe. Lo que ocurrió ya es historia.
Ricky lo miró a los ojos. Vio que se
endurecían como el cemento que fragua deprisa bajo un sol riguroso. Efectuó una rápida valoración
psicológica. Tyson era un pedófilo despiadado, impenitente e incapaz de
comprender el daño que había causado a su hija. Y yacía ahí, en su lecho de
muerte, seguramente más asustado por lo que lo esperaba que por lo que había
hecho en el pasado. Decidió seguir ese camino para ver adónde lo conducía.
– Puedo darle el perdón... –insinuó Ricky.
– No hay ningún predicador tan poderoso
–gruñó el anciano con desdén–. Correré el riesgo.
– Su hija Claire tuvo tres hijos... –dijo
Ricky tras una pausa.
– Era una puta; se marchó con ése de las
prospecciones petrolíferas, y después acabó en Nueva York. Eso la mató. No yo.
– Cuando murió se pusieron en contacto con
usted –prosiguió Ricky–. Era su pariente vivo más cercano. Alguien de Nueva
York lo llamó para saber si se haría cargo de los niños.
– ¿Para qué iba a querer a esos bastardos?
Mi hija nunca se casó. Yo no los quería.
Ricky observó a Calvin Tyson y pensó que
debió de ser una decisión difícil de tomar para él. Por una parte, no quería la
carga económica de criar a los tres huérfanos de su hija. Pero, por otra, eso
le habría proporcionado nuevas fuentes para saciar sus pervertidos impulsos
sexuales. Eso debió de ejercer en él una seducción muy fuerte, casi
irresistible. Un pedófilo dominado por el deseo es una fuerza poderosa e
imparable. ¿Qué le haría rechazar una nueva fuente disponible de placer? Ricky
siguió contemplando al anciano y entonces, en un instante, lo supo: Calvin
Tyson tenía otros recursos. ¿Los hijos de los vecinos? ¿En la misma calle? ¿A
la vuelta de la esquina? ¿En un parque? No lo sabía, pero era cerca.
– Así que firmó unos documentos para darlos
en adopción, ¿no?
– Sí. ¿Por qué quiere saberlo?
– Porque tengo que encontrarlos.
– ¿Para qué?
Ricky echó un vistazo alrededor. Señaló con
un ligero gesto la habitación del hospital.
– ¿Sabe quién lo echó a la calle?
–preguntó–. ¿Sabe quién ejecutó la hipoteca de su casa y lo desalojó de modo
que terminó aquí, esperando solo la muerte?
– Alguien compró la deuda sobre la casa a la
sociedad hipotecaria –comentó el anciano sacudiendo la cabeza–. No me dio la
oportunidad de saldar la deuda cuando me atrasé en el pago de una cuota y
¡zas!, me quedé en la calle.
– ¿Y qué le pasó entonces?
Los ojos del anciano se volvieron legañosos,
de repente llenos de lágrimas. Ricky lo encontró patético. Pero refrenó
cualquier sentimiento incipiente de lástima. Lo que Calvin Tyson había recibido
era menos de lo que se merecía.
– Estaba en la calle. Enfermé. Me dieron una
paliza. Ahora me estoy muriendo, como usted ha dicho.
– Pues el hombre que lo condujo a esta cama
es el hijo de su hija –anunció Ricky.
Calvin Tyson abrió unos ojos como platos y
meneó la cabeza.
– ¿Cómo es posible?
– Él compró la deuda. Él lo desalojó. Lo más
probable es que él organizara también que lo apalearan. ¿Lo violaron?
Tyson meneó la cabeza.
«Eso es algo que Rumplestiltskin no sabía
–pensó Ricky–.
Claire Tyson no debió de contar ese secreto
a sus hijos. El viejo tuvo suerte de que Rumplestiltskin no se molestara en
hablar con los vecinos ni con nadie del instituto de secundaria.»
– ¿Me hizo todo eso? ¿Por qué?
– Porque usted les dio la espalda a él y a
su madre. Así que le pagó con la misma moneda.
– Todo lo malo que me ha ocurrido...
–sollozó el viejo.
–
...es obra de un hombre –terminó Ricky por él–. El hombre que yo estoy
intentando encontrar. Así que se lo preguntaré de nuevo: firmó unos documentos
para dar a los niños en adopción, ¿verdad?
Tyson asintió.
–
¿Recibió también dinero?
– Un par de los grandes –asintió otra vez el
anciano.
– ¿Cómo se llamaba la pareja que adoptó a
los tres niños?
– Tengo un documento.
– ¿Dónde?
– En la caja de mis cosas, en el armario.
–Señaló una taquilla de metal gris cubierta de arañazos.
Ricky la abrió y vio unas cuantas prendas
raídas colgadas en perchas. En el suelo había una caja de caudales barata. El
cierre estaba roto. Ricky la abrió y revolvió con rapidez unos documentos
viejos hasta que encontró unos sujetados con una goma elástica. Vio un sello
del estado de Nueva York. Se metió los documentos en el bolsillo de la
chaqueta.
– No los va a necesitar –dijo al anciano.
Bajó los ojos hacia el hombre echado sobre las sucias sábanas de la cama del
hospital y cuya bata apenas cubría su desnudez. Tyson aspiró un poco más de
oxígeno. Estaba pálido–. ¿Sabe qué? –dijo Ricky despacio, con una crueldad que
lo asombró–. Ahora ya puede morirse. Creo que será mejor que se dé prisa porque
estoy seguro de que lo espera más dolor. Mucho más dolor. Tanto como el que
usted causó en este mundo pero multiplicado por cien. Así que adelante, muérase.
– ¿Qué va a hacer? –preguntó Tyson. Su voz
era un suspiro horrorizado, con jadeos y resuellos provocados por la enfermedad
que le carcomía los pulmones.
– Encontrar a esos niños.
– ¿Por qué quiere hacer eso?
– Porque uno de ellos también me mató a mí
–le espetó Ricky mientras se volvía para irse.
Justo antes de la hora de cenar, Ricky llamó
a la puerta de una casa en buen estado, de dos habitaciones, en una calle
tranquila bordeada de palmeras. Todavía llevaba la indumentaria sacerdotal, lo
que le daba un poco más de seguridad, como si el alzacuello s le proporcionara
un anonimato que desalentaría a cualquiera que pudiera hacer preguntas. Esperó
hasta que la puerta se entreabrió y vio a una mujer mayor. La puerta se abrió
un poco más cuando la mujer vio el traje clerical, pero no salió de detrás de
la mosquitera.
– ¿Sí? –preguntó.
– Hola –contestó Ricky con tono afable–.
Estoy intentando averiguar el paradero de un joven llamado Daniel Collins.
La mujer soltó un grito ahogado y se llevó
la mano a la boca para ocultar su sorpresa. Ricky guardó silencio mientras
observaba cómo la mujer se esforzaba en recobrar la compostura. Trató de
interpretar los cambios que experimentó su rostro, desde la impresión inicial
hasta una dureza que contenía una terrible frialdad. Por fin su cara compuso
una expresión rígida y su voz, cuando pudo usarla, pareció utilizar palabras
arrancadas al invierno.
– Lo damos por perdido –dijo. Unas lágrimas
pugnaban por asomarle a los ojos y contradecían la fortaleza de su voz.
– Lo siento –comentó Ricky todavía en un
tono jovial que escondía su repentina curiosidad–. No entiendo a qué se refiere
con «perdido».
La mujer sacudió la cabeza sin contestar de
modo directo. Miró su ropa de sacerdote y preguntó:
– ¿Por qué busca a mi hijo, padre?
Ricky sacó la carta falsa y supuso que la
mujer no la leería con tanta atención como para cuestionarla.
Cuando ella fue a ojear el documento, él
empezó a hablar para que no pudiera concentrarse en lo que leía. Distraerla
para que no le hiciera preguntas no parecía una tarea difícil.
– Verá, señora... Collins, ¿correcto? La
parroquia está intentando encontrar a alguien que pueda ser donante de médula
para esta joven que es pariente lejana suya. ¿Ve el problema? Le pediría que se
hiciera un análisis de sangre pero supongo que supera la edad límite para la
donación de médula. Tiene más de sesenta años, ¿verdad?
Ricky no tenía idea de si la médula ósea
dejaba de ser viable a ninguna edad. Así que hizo una pregunta ficticia para
una respuesta que era evidente. La mujer alzó los ojos de la carta para
responder y Ricky aprovechó para arrebatársela de las manos.
– Esta carta incluye mucha terminología
médica –comentó–. Se lo puedo explicar, si lo prefiere. ¿Podríamos sentamos?
La mujer asintió a regañadientes y abrió del
todo la puerta. Ricky entró en una casa que parecía tan frágil como su anciana
ocupante. Estaba llena de objetos y figuritas de porcelana, jarrones vacíos y
ador¬nos, y el olor a cerrado superaba el aire viciado del aparato de aire
acondicionado que funcionaba con un golpeteo que le hizo suponer que tendría
alguna pieza suelta. Encima de la moqueta había alfom¬brillas de pasillo de
plástico y el sofá una funda también de plástico, como si la mujer temiera ensuciar
algo. Daba la impresión de que todo tenía su lugar en aquella casa, y de que la
mujer que vivía en ella notaría al instante cualquier objeto fuera de su sitio,
aunque sólo fue¬se unos milímetros.
El sofá chirrió cuando él se sentó.
– ¿Podría localizar a su hijo? Verá, podría
ser compatible –dijo
Ricky, que cada vez mentía con facilidad.
– Está muerto –indicó la mujer con más
frialdad.
– ¿Muerto? Pero ¿cómo…?
– Muerto para todos nosotros. –La señora
Collins sacudió la cabeza–. Muerto para mí. Muerto y despreciable. Sólo nos ha
causado sufrimiento, padre. Lo siento.
– ¿Cómo ocurrió?
– Todavía no ha ocurrido –aclaró la mujer,
sacudiendo de nuevo la cabeza–. Pero muy pronto, creo.
Ricky se recostó, lo que provocó el mismo
chirrido.
– Me parece que no acabo de entenderla
–dijo.
La mujer se agachó y tomó un álbum de
recortes de un estante bajo la mesilla de centro. Lo abrió y volvió unas
páginas. Ricky pudo atisbar artículos periodísticos sobre deportes y recordó
que Daniel Collins era deportista en el instituto. Había una fotografía de su
gra¬duación, seguida de una página en blanco. La mujer se detuvo en ella y le
pasó el álbum.
– Vuelva esa página –dijo con amargura.
Centrado en una sola hoja del álbum figuraba
un único artículo del Tampa Tribune. El titular rezaba: HOMBRE DETENIDO TRAS
UNA MUERTE EN UN BAR. Había pocos detalles, aparte de que habían detenido a
Da¬niel Collins hacía poco más de un año, acusado de homicidio después de una
pelea en un bar. En la página adyacente, otro titular: EL ESTADO PEDIRÁ LA PENA
DE MUERTE PARA EL HOMICIDA DEL BAR. Este artículo, re¬cortado y pegado en el
centro de otra página iba acompañado de una fotografía de un Daniel Collins de
mediana edad mientras era conduci¬do esposado a un juzgado. Ricky echó un
vistazo al artículo del perió¬dico. Los hechos del caso parecían bastante
simples. Dos borrachos se habían peleado. Uno de ellos había salido a la calle
y esperado a que el otro hiciera lo mismo. Empuñando un cuchillo, según la
fiscalía. El asesino, Daniel Collins, había sido detenido en la escena del
crimen, in¬consciente, borracho, con el cuchillo ensangrentado cerca de la mano
y la víctima a unos metros de distancia. El periódico insinuaba que la víc¬tima
había sido eviscerada con particular crueldad antes de robarla. Al parecer,
después de haberle asesinado y robado el dinero, Collins se había tomado otra
botella de whisky, y al final se había caído incons¬ciente en la misma escena
del crimen. Un caso clarísimo.
Leyó artículos más breves sobre un juicio y
una sentencia. Collins había afirmado que no era consciente del crimen porque
había bebido mucho esa noche. No era una coartada demasiado buena y no había
convencido al jurado. Sus miembros sólo deliberaron noventa minu¬tos. Tardaron
un par de horas más en recomendar la pena de muerte, después de que la misma
justificación se presentara como atenuante y fuera denegada. Una muerte
oficial, clara, envuelta y servida del modo menos desagradable.
Ricky alzó los ojos. La anciana sacudía la
cabeza.
– Mi querido muchacho –se lamentó–. Lo perdí
primero por culpa de esa zorra, después por culpa de la bebida, y ahora está en
el corredor de la muerte.
– ¿Han fijado la fecha?
– No –respondió la anciana–. Su abogado dice
que pueden apelar. Lo va a intentar en un juzgado y en otro. No lo entiendo
de¬masiado bien. Lo único que sé es que mi muchacho dice que él no lo hizo,
pero eso no sirvió de nada. –Dirigió una mirada llena de dure¬za al alzacuellos
que llevaba Ricky–. En este estado, todos amamos a Jesús, y la mayoría de la
gente va a la iglesia los domingos. Pero cuan¬do la Biblia dice «No matarás»,
no parece aplicarse a nuestros tribu-nales. Ni a los nuestros ni a los de Georgia
o Tejas. Son un mal sitio para cometer un delito en el que muera alguien,
padre. Me gustaría que mi chico lo hubiera tenido en cuenta antes de coger ese
cuchillo y meterse en esa pelea.
– ¿Y él dice que es inocente?
– Sí. Dice que no recuerda nada de la pelea.
Dice que se despertó cubierto de sangre y con ese cuchillo al lado cuando un
policía lo tocó con la porra. Supongo que no recordar no es una defensa muy
buena.
Ricky volvió la página, pero no había nada.
– Supongo que tengo que guardar una página
–comentó la mu¬jer–. Para un último artículo. Espero haber muerto antes de que
lle¬gue ese día porque no quiero vedo. –Sacudió la cabeza y añadió–: ¿Sabe una
cosa, padre?
– ¿Qué?
– Esto siempre me ha molestado. Cuando mi
chico consiguió aquella victoria contra el South Side High, en el campeonato
munici¬pal, publicaron su foto en la portada. Pero todos estos artículos en
Tampa donde nadie sabía gran cosa sobre mi chico, eran artículos pe¬queños, en
el interior del periódico, donde apenas nadie los ve. En mi opinión, si vas a
arrebatar la vida a un hombre en un tribunal, deberías darle más importancia.
Debería ser especial y aparecer en portada. Pero no lo es. Sólo es otro articulito
que figura junto a la noticia de al¬cantarilla rota y a la sección de
jardinería. Es como si la vida ya no fuera importante.
Se levantó y Ricky la imitó.
– Hablar sobre esto me enferma el corazón,
padre. Y no encuen¬tro consuelo en ninguna palabra, ni siquiera en la Biblia.
– Creo que debería abrir su corazón a la
bondad que recuerda, hija mía, y de ese modo podrá consolarse.
Ricky pensó que en su intento de sonar como
un sacerdote sus palabras resultaban trilladas e inútiles, que era más o menos
lo que quería. Aquella mujer había criado a un muchacho que era, según to¬das
las apariencias, un verdadero hijo de puta que había empezado su lamentable
vida seduciendo a una compañera de clase, arrastrándola con él unos años para
después abandonada a ella y a sus hijos, y ter¬minado matando a un hombre por
ninguna razón que no fuera el ex¬ceso de alcohol. Si había algo positivo en la
vida tonta e inútil de Da¬niel Collins, él todavía no lo había visto. Este
cinismo, que le bullía en su interior, quedó más o menos confirmado por las
palabras que dijo a continuación la anciana.
– La bondad terminó con esa chica. Cuando se
quedó embaraza¬da de mi hijo por primera vez, él se arruinó la vida para
siempre. Ella lo sedujo, usó toda la astucia de una mujer, lo atrapó y después
lo uti¬lizó para marcharse de aquí. Ella tuvo la culpa de todos los problemas
que tuvo mi hijo para ser alguien, para abrirse camino en el mundo.
La voz de la mujer no dejaba lugar a la
duda. Era fría, abrupta y estaba totalmente aferrada a la idea de que su
adorado hijo no había tenido nada que ver en los problemas que había encontrado
en la vida.
Y Ricky, el antiguo psicoanalista, sabía que
existían pocas probabili¬dades de que ella advirtiese su culpabilidad. «Creamos
y después, cuando la creación sale mal, queremos culpar a otros, cuando
normal¬mente somos nosotros los responsables», pensó.
– ¿Pero usted cree que es inocente?
–preguntó Ricky. Sabía la respuesta. Y no dijo «del crimen» porque la anciana
creía que su hijo era inocente de todo.
– Por supuesto. Si él lo dijo, yo le creo.
–Sacó del álbum de re¬cortes la tarjeta de un abogado y se la entregó a Ricky.
Un abogado de oficio de Tampa. Observó el nombre y el teléfono y dejó que la
mujer lo acompañara a la puerta.
– ¿Sabe qué ocurrió con los tres niños? ¿Sus
nietos? –preguntó Ricky mientras hacía un gesto con la carta falsa.
– Los dieron en adopción, según oí –contestó
ella sacudiendo la cabeza–. Danny firmó algún documento cuando estaba en la
cárcel, en Tejas. Lo pillaron robando pero no me lo creí. Estuvo un par de años
en la cárcel. No volvimos a saber de ellos. Supongo que ya ha¬brán crecido,
pero nunca he visto a ninguno, de modo que no es como si pensara en ellos.
Danny hizo bien en darlos en adopción cuando esa mujer murió. Él solo no podía
criar a tres niños a los que apenas co¬nocía. Y yo tampoco podía ayudarle, al estar
aquí sola y enferma. Así que se convirtieron en el problema de otras personas y
en los hijos de otras personas. Como dije, nunca supimos nada de ellos.
Ricky sabía que esta última afirmación no
era cierta.
– ¿Sabe por lo menos sus nombres? –preguntó.
La mujer negó con la cabeza. La crueldad de
ese gesto casi le sacu¬dió como un puñetazo, y supo de dónde había sacado el
joven Daniel Collins su egoísmo.
Al sol de última hora de la tarde,
permaneció un momento en la acera preguntándose si el alcance de
Rumplestiltskin sería tal que hu¬biera llevado a Daniel Collins al corredor de
la muerte. Suponía que sí. Lo que no sabía era cómo.
27
Ricky regresó a Nueva Hampshire y a la vida
como Richard Li¬vely. Todo lo que había averiguado en su viaje a Florida le
inquietaba.
Dos personas habían marcado la vida de
Claire Tyson en momen¬tos críticos. Una la había abandonado junto a sus hijos y
estaba ahora en una celda del corredor de la muerte clamando por su inocencia
en un estado célebre por prestar oídos sordos a tales protestas. La otra había
vuelto la espalda a la hija de la que había abusado y a los nietos que
necesitaban ayuda y, años después, la habían echado a la calle con la misma
crueldad y estaba ahora condenada a resollar sus últimos días en un corredor de
la muerte distinto, pero igual de implacable.
Ricky amplió la ecuación que empezaba a
formarse en su cabeza: el novio de Claire Tyson en Nueva York había muerto de
una paliza con una R sangrienta grabada en el pecho. El perezoso doctor Starks,
que debido a su indecisión no había prestado ayuda a una angustiada Claire
Tyson, fue obligado a suicidarse después de que todos los re¬cursos que podían
proporcionarle ayuda hubieran sido sistemática¬mente destruidos.
Tenía que haber más. Eso le heló el corazón.
Al parecer Rumplestiltskin había planeado
varias venganzas si¬guiendo un simple principio: a cada cuál según quién era.
Los delitos por omisión eran juzgados y las sentencias ejecutadas años más
tarde. El novio, que sólo era un matón y un criminal, había sido tratado de una
forma acorde a su condición. El abuelo que no había atendido las súplicas de su
descendencia había sido castigado en consonancia. A Ricky le pareció un método
muy original de infligir el mal. Su pro¬pio juego había sido planeado teniendo
en cuenta su personalidad y formación. Los demás habían sido tratados con mayor
brutalidad porque procedían de mundos donde ese rasgo prevalecía. Otra cosa
parecía evidente: en la mente de Rumplestiltskin no existía plazo de
prescripción.
Al final, los resultados parecían ser
idénticos. Un camino impla¬cable de muerte o perdición. Y cualquiera que se
encontrase en me¬dio, como el desventurado señor Zimmerman o la detective
Riggins, era considerado un impedimento que se eliminaba sumariamente con la
misma compasión que se concedería a un mosquito posado en el brazo.
Ricky se estremeció al comprender lo
paciente, dedicado y despiadado que Rumplestiltskin era en realidad.
Empezó a elaborar una pequeña lista de
personas que quizá tam¬poco hubieran ayudado a Claire Tyson y a sus tres hijos
pequeños cuando lo necesitaban: ¿habría habido un casero en Nueva York que
exigiera el alquiler a la indigente? En ese caso, seguramente estaría en el
arroyo, sin saber qué le había pasado a su edificio. ¿Un asisten¬te social que
no la hubiera incluido en una programa de ayuda? Se¬guramente se habría
arruinado y se vería ahora obligado a solicitar su inclusión en ese mismo
programa. ¿Un sacerdote que le hubiese sugerido que la plegaria podría llenar
un estómago vacío? Lo más se¬guro es que para entonces estuviera rezando para
sí mismo. Le cos¬taba imaginarse lo lejos que la venganza de Rumplestiltskin
habría llegado. ¿Qué le habría ocurrido al empleado de la compañía eléc¬trica
que hubiera cortado la luz de su casa por impago? No sabía con exactitud dónde
habría trazado Rumplestiltskin su línea divi¬soria para separar a las personas
que consideraba culpables de las demás. Aun así, estaba seguro de algo: varias
personas no habían estado a la altura tiempo atrás y ahora estaban pagando por
ello. Se-guramente ya habían pagado. Todas las personas que no habían ayu¬dado
a Claire Tyson, provocando que su única opción fuese suici¬darse, desesperada.
Era el concepto más aterrador de justicia
que Ricky había imaginado nunca. Asesinatos tanto del cuerpo como del alma.
Desde que Rumplestiltskin había aparecido en su vida, había tenido miedo a
me¬nudo. Antes era un hombre de rutina y percepción. Ahora, nada era sólido y
todo inestable. El miedo que sentía ahora era distinto. Algo que le costaba
catalogar, pero le dejaba la boca seca y un regusto amargo. Como analista,
había vivido las ansiedades intrincadas y frustraciones debilitantes de sus
pacientes adinerados, pero éstos re¬sultaban ahora uniformemente
insignificantes y patéticamente autocompasivos.
El alcance de la furia de Rumplestiltskin lo
dejaba estupefacto.
Y, a la vez, tenía todo el sentido del
mundo.
El psicoanálisis enseña una cosa: nada de lo
que ocurre está aisla¬do. Un solo acto malo puede tener toda clase de
repercusiones. Se acordó de los chismes de movimiento continuo que algunos de
sus colegas tenían, en su escritorio. Una serie de cojinetes de bola colga¬ban
en fila, de modo que si movías uno haciéndolo chocar contra el siguiente, la
fuerza provocaba que sólo el último de la línea se despla¬zara como un péndulo,
dando inicio a un movimiento de vaivén per-petuo en los cojinetes de los
extremos que sólo se detenía si ponías la mano en medio. La venganza de
Rumplestiltskin, de la que él sólo ha¬bía sido una parte, era como esos
chismes.
Había otros muertos. Otros destruidos. Sólo
él, con toda proba¬bilidad, veía la totalidad de lo ocurrido. Movimiento
continúo.
Ricky sintió un gélido escalofrío.
Todos esos crímenes se situaban en un nivel
definido por la impu¬nidad. ¿Qué detective, qué autoridad policial podría
vinculados nun¬ca entre sí? Lo único que las víctimas tenían en común era una
rela¬ción con una mujer que llevaba muerta veinte años.
Pensó que eran crímenes en serie, con un
hilo tan invisible que desafiaba toda lógica. Como el policía que le había
explicado alegre¬mente lo de la R grabada en el pecho de Rafael Johnson,
siempre ha¬bía alguien con más probabilidades de cargar con la culpa que el
etéreo señor R. Las razones de su propia muerte eran de lo más evi¬dentes: una
carrera destrozada, una casa destruida, una mujer falleci¬da, unas finanzas
arruinadas, relativamente sin amigos e introspecti¬vo. ¿Por qué no iba a
suicidarse?
Y había otra cosa que le resultaba muy
clara: si Rumplestiltskin averiguaba que se había escapado, si tan sólo
sospechaba que seguía respirando el aire de este planeta, le seguiría la pista
con renovada fu¬ria. Ricky no creía que fuera a tener la oportunidad de
participar en ningún otro juego. También sabía lo fácil que sería cargarse a su
nueva identidad: Richard Lively era una persona insignificante. Su mismo
anonimato convertía su probable muerte rápida y brutal en algo muy fácil.
Richard Lively podía ser ejecutado a plena luz del día, y ningún policía de
ninguna parte podría establecer las conexiones necesarias que le condujeran
hasta Ricky Starks y hasta alguien apodado Rum¬plestiltskin. Lo que
averiguarían sería que Richard Lively no era Ri¬chard Lively y, acto seguido,
pasaría a ser un individuo no identifica¬do, enterrado sin demasiadas
ceremonias y sin lápida. Quizás algún inspector se preguntaría por un momento
quién sería en realidad, pero, agobiado de trabajo, olvidaría pronto la muerte
de Richard Lively. Para siempre.
Lo que tanta seguridad daba a Ricky lo
volvía asimismo del todo vulnerable.
Así que, a su vuelta a Nueva Hampshire,
reanudó las simples rutinas de su vida en Durham con un entusiasmo febril. Era
como si qui¬siera abandonarse por entero a la monótona regularidad de
levantarse cada mañana e ir a trabajar con el resto de los empleados de
manteni¬miento de la universidad, de fregar suelos, limpiar lavabos,
abrillantar pasillos y cambiar bombillas, intercambiar bromas con los
compañe¬ros de trabajo y especular sobre las posibilidades de los Red Sox la
temporada siguiente. Se movía en un mundo normal y mundano que parecía pedir a
gritos que lo pintaran con los azules pálidos y los ver¬des claros
institucionales. Una vez, mientras aplicaba una limpiadora de vapor a la
moqueta de la facultad, descubrió que la sensación de la máquina que zumbaba y
vibraba en sus manos y de la franja de alfom¬bra limpia que creaba le resultaba
casi hipnóticamente agradable. Era como si, en la nueva simplicidad de este
mundo, pudiera dejar atrás quién había sido. Era una situación extrañamente
satisfactoria: soledad, un trabajo que rezumaba rutina y regularidad, y las
noches que atendía la centralita del Teléfono de la Esperanza, donde recordaba
sus técnicas de terapeuta para dar consejo y tender la mano de una forma
modesta y sencilla. Descubrió que no echaba demasiado de menos la dosis diaria
de angustia, frustración y cólera que caracterizaba su vida de analista. Se
preguntó si la gente que había conocido, o incluso su mujer, lo reco¬nocería.
De modo extraño, Ricky creía que Richard Lively estaba más cerca de la persona
que quería ser, más cerca de la persona que se encon¬traba a sí misma durante
los veranos en Cape Cod, de lo que había esta¬do nunca el doctor Starks al
tratar a los ricos, poderosos y neuróticos.
«El anonimato es atractivo», pensó.
Pero escurridizo. Cada segundo que se
obligaba a sentirse cómo¬do siendo Richard Lively, el personaje vengativo de
Frederick Laza¬rus gritaba órdenes contradictorias. Reanudó los ejercicios
físicos y pasó las horas libres perfeccionando su puntería en local de tiro. A
medida que el tiempo seguía mejorando, con el consiguiente calor estallido de
colores, decidió que necesitaba añadir técnicas de prácticas al aire libre a su
repertorio, así que se inscribió con el nombre de Frederick Lazarus a un curso
de orientación que daba una compañía de excursionismo y cámping.
En cierto sentido se había triangulado a sí
mismo, del mismo modo en que uno conoce su situación cuando se pierde en el
bosque. Tres columnas: la persona que era antes, la persona en que se había
convertido y la persona que necesitaba ser.
Por la noche, sentado solo en la penumbra de
su habitación al¬quilada mientras una única lámpara de mesa apenas recortaba
las sombras, se preguntó si podría dejar todo atrás. Abandonar cual¬quier
conexión emocional con el pasado y lo que le había ocurrido, y convertirse en
un hombre de sencillez absoluta. Vivir de sueldo en sueldo. Obtener placer de
la rutina básica. Redefinirse. Dedicarse a pes¬car o cazar, incluso sólo a
leer. Relacionarse con la menor gente posi¬ble. Vivir de modo monacal y en una
soledad de ermitaño. Dejar atrás cincuenta y tres años de vida y convencerse de
que todo se había rei¬niciado de cero el día en que había prendido fuego a su
casa de Cape Cod. Era algo parecido al zen, y tentador. Podía evaporarse del
mun¬do como un charco de agua un día soleado y caluroso, y elevarse hacia la
atmósfera.
Esta posibilidad era casi tan aterradora
como su alternativa.
Le pareció que había llegado el momento en
que tenía que tomar una decisión. Como para Ulises, su nombre informático, su
camino estaba entre Escila y Caribdis. Cada opción tenía costes y riesgos.
Por la noche, en su modesta habitación
alquilada de Nueva Hamp¬shire, extendió sobre la cama todas las notas que tenía
sobre el hombre que le había obligado a abandonar su vida. Retazos de
información, pistas y direcciones que podía seguir. O no. O bien iba a
perseguir al hom¬bre que le había hecho eso, con lo que se arriesgaba a ponerse
al des¬cubierto, o bien iba a olvidarse de todo y a llevar la vida que pudiera
con lo que ya había establecido. Se sintió un poco como un explora¬dor español
del siglo XV contemplando vacilante en la cubierta de una carabela la enorme
extensión del océano y acaso un nuevo e incierto mundo más allá del horizonte.
Entre el material diseminado estaban los
documentos que se había llevado del lecho de muerte del viejo Tyson en el
hospital. En ellos fi¬guraban los nombres de los padres adoptivo s que habían
acogido a los tres niños hacía veinte años. Sabía que ése era el paso
siguiente.
La decisión era darlo, o no.
Una parte de él insistía en que podía ser
feliz como Richard Live¬ly, encargado de mantenimiento. Durham era una ciudad
agradable. Sus caseras eran amables.
Pero otra parte de él veía las cosas de otro
modo.
El doctor Frederick Starks no se merecía
morir. No por lo que ha¬bía hecho, aunque estuviera mal, en un momento de
indecisión y de dudas. Era innegable que podría haberlo hecho mejor con Claire
Tyson. Podría haberle tendido la mano y tal vez ayudarla a encontrar una vida
que valiera la pena vivir. Desde luego Ricky había tenido esa oportunidad y no
la había aprovechado. Rumplestiltskin no se equivocaba en eso. Pero su castigo
excedía con creces su culpabilidad.
Y esa idea enfurecía a Ricky. –Yo no la maté
–susurró.
Creía que aquella habitación era tanto un
ataúd como un bote salvavidas.
Se preguntó si podría inspirar aire que no
supiera a duda. ¿Qué clase de seguridad le ofrecía esconderse para sIempre?
¿Sospechar siempre que cualquier persona al otro lado de una ventana era el
hombre que lo había llevado al anonimato? Era una idea terrible. El juego de
Rumplestiltskin no terminaría nunca para él. Ricky nunca sabría, nunca estaría
seguro, nunca tendría un momento de paz, sin preguntas.
Tenía que encontrar una respuesta.
Tomó los papeles de la cama. Quitó la goma
elástica de los docu¬mentos de adopción con tanta rapidez que emitió un
chasquido. –Muy bien –se dijo en voz baja a sí mismo y a todos los fantas¬mas
que pudieran estar escuchándolo–. El juego vuelve a empezar.
Los servicios sociales de Nueva York habían
colocado a los tres niños en sucesivos hogares de acogida los primeros seis
meses tras la muerte de su madre, hasta que los adoptó una pareja que vivía en
Nueva Jersey. Un informe de un asistente social afirmaba que había sido difícil
colocar a los niños; que salvo en su último y no identificado hogar de acogida,
se mostraban indisciplinados, ariscos, groseros en cada lugar. El asistente
recomendaba terapia, en especial para el mayor. El informe estaba redactado en
un lenguaje sencillo y buro¬crático con intención de cubrirse las espaldas, sin
la clase de detalles que podría haber indicado a Ricky algo sobre el niño que
se había convertido en el hombre que había destruido su vida. Averiguo que la
Diócesis Episcopal de Nueva York se había encargado de la adop¬ción a través de
su ala benéfica. No había constancia de ningún inter¬cambio de dinero, pero
Ricky supuso que lo había habido. Había co¬pias de documentos legales de
renuncia a todo derecho sobre los niños firmados por el viejo Tyson, y un
documento firmado por Da¬niel Collins durante su estancia en la cárcel, en
Tejas. Ricky observó la simetría de ese elemento: Daniel Collins había
rechazado a sus tres hijos cuando estaba en prisión. Años después, había vuelto
a ella bajo la escabrosa batuta de Rumplestiltskin. Ricky pensó que, fuera como
fuese que el hombre que había sido rechazado de niño lo hu¬biera conseguido,
debía de haberle proporcionado una satisfacción increíble.
La pareja que había adoptado a los tres
niños abandonados eran Howard y MarthaJackson, que vivían en West Windsor, una
urbaniza¬ción de clase media a unos kilómetros de Princeton, pero no se ofrecía
más información sobre ellos. Habían adoptado a los tres niños, lo que interesó
a Ricky. Cómo habían logrado permanecer juntos suscitaba interrogantes tan
poderosos como por qué no los habían separado. Los niños eran Luke, de doce
años; Matthew, de once, y Joanna, de nueve. Ricky reparó en que eran nombres
bíblicos. Dudaba que esos nombres hubieran seguido relacionados con los niños.
Hizo algunas búsquedas informáticas, pero no
obtuvo resultados.
Eso lo sorprendió. Le parecía que debería
haber alguna información disponible en Internet. Comprobó las páginas blancas
electrónicas y encontró muchos Jackson en Nueva Jersey, pero ninguno que
encaja¬ra con los nombres que aparecían en los documentos.
Sólo tenía la dirección que figuraba en
ellos. Yeso significaba que había una puerta a la que podía llamar. Era su
única opción.
Se planteó usar el traje de sacerdote y
aquella carta falsa sobre el cáncer, pero decidió que ya habían cumplido su
misión una vez y que era mejor reservarlos para otra ocasión. En lugar de eso,
se dejó crecer una barba irregular. Compró en Internet una identificación falsa
de una agencia inexistente de detectives privados. Otra visita nocturna al
departamento de teatro le proporcionó una barriga postiza, una especie de cojín
que podía sujetarse bajo la camiseta y que le daba el aspec¬to de pesar unos veinte
kilos más de lo que su esbelta figura pesaba en realidad. Para su alivio,
también encontró un traje marrón que se ajus¬taba a su nueva silueta en las
cajas de maquillaje consiguió un poco de ayuda adicional. Metió todos los
objetos en una bolsa de plástico y se los llevo a casa. Cuando llegó a su
habitación, añadió a la bolsa la pistola semiautomática y dos cargadores.
Alquiló un coche de cuatro años en la
agencia Rent–A–Wreck lo¬cal, que solía trabajar con estudiantes; sin hacer
preguntas, el emplea¬do anotó los datos del carné de conducir falso que Ricky
le mostró.
El siguiente viernes por la noche, cuando
terminó su turno en el de¬partamento de mantenimiento, Ricky condujo hacia el
sur, hacia Nueva Jersey. Dejó que la noche lo envolviera, mientras los
kilóme¬tros zumbaban bajo las ruedas del coche con rapidez y regularidad,
siempre a diez kilómetros por hora por encima del límite de veloci¬dad. Cuando
bajó la ventanilla, sintió un soplo de aire cálido y pensó que el verano volvía
a acercarse con rapidez. Si hubiese estado en la ciudad, habría empezado a
conducir a sus pacientes hacia alguna cer¬teza a la que pudieran aferrarse
cuando llegaran las vacaciones de agosto. Unas veces lo conseguía, otras no.
Recordó sus paseos por la ciudad a finales de la primavera y principios del
verano y cómo el es¬tallido de vegetación y flores parecía derrotar las torres
de ladrillo y hormigón que constituían Manhattan. En su opinión, era la mejor
época de la ciudad, pero efímera, ya que enseguida era sustituida por un calor
y una humedad agobiantes. Duraba sólo lo suficiente para ser fascinante.
Pasaba de la medianoche cuando bordeó la
ciudad. Al cruzar el puente George Washington, lanzó una mirada hacia atrás por
encima del hombro. Incluso a altas horas de la madrugada, Nueva York pare¬cía
resplandecer. El Upper West Side se alejaba de él, y sabía que ahí mismo estaba
el hospital Columbia Presbyterian y la clínica donde había trabajado una
temporada hacía tantos años, ajeno a las conse¬cuencias de su proceder.
Mientras dejaba atrás los peajes y llegaba a Nueva Jersey lo embargó una
curiosa mezcla de emociones. Era como si se encontrase atrapado en un sueño, en
una de esas series de imágenes y acontecimientos inquietantes y tensos que
ocupan el in¬consciente y rayan en la pesadilla, y estuviera saliendo de él. Le
pare¬ció que la ciudad representaba todo lo que él era, el coche que vibraba
mientras conducía por la autopista representaba aquello en lo que se había
convertido, y la oscuridad que tenía delante, lo que podría llegar a ser.
Un cartel de habitaciones libres en un motel
Econo, en la carretera 1, le llamó la atención y se detuvo. El recepcionista de
noche era un indio o paquistaní de ojos tristes, con una pegatina que lo
identificaba como Omar, que pareció un poco molesto cuando se vio interrumpi¬do
por la llegada de Ricky. Le dio un plano de la zona antes de volver a su silla,
a unos libros de química y a un termo con algún líquido caliente.
Por la mañana, Ricky pasó un rato en el
lavabo de la habitación para pintarse con el maquillaje teatral un moratón y
una cicatriz falsos Junto al ojo izquierdo. Le añadió un tono rojo violáceo que
seguro que atraen a la atención de cualquiera con quien hablara.
«Psicología bastante elemental», pensó. Así
como en Pensacola la gente no recordaría quién era, sino lo que era, aquí sus
ojos se dirigirían inexorablemente hacIa la Imperfección facial, sin fijarse en
los de¬talles de su cara propiamente dichos. La barba rala contribuía también a
ocultar sus facciones. La barriga postiza colocada bajo la camiseta se añadía
al retrato. Deseó haber conseguido además unas alzas para los zapatos, pero
pensó que podría probar eso en el futuro. Tras ponerse el traje, se metió la
pistola en el bolsillo, junto con el cargador de re¬cambio.
La dirección a la que se dirigía suponía un
paso importante hacia el hombre que había querido su muerte. Por lo menos, eso
esperaba.
La zona que recorrió en coche le pareció
sometida a una especie de pugna. Era un paisaje básicamente llano, verde,
entrecruzado por carreteras que seguramente habrían sido rurales y tranquilas
tiempo atrás, pero que ahora parecían soportar el peso del urbanismo a gran
escala. Pasó ante varios complejos de viviendas que comprendían des¬de casas de
clase media de dos y tres habitaciones hasta mansiones lu¬josas, con pórticos y
columnas, con piscinas y garajes de tres coches para los inevitables BMW, Range
Rover y Mercedes. «Viviendas de ejecutivos –pensó–. Lugares impersonales para
hombres y mujeres que ganan dinero y lo gastan con la mayor rapidez posible y
que pien¬san que, de algún modo, eso tiene sentido.»
La mezcla de lo viejo y lo nuevo era
desconcertante; era como si esta parte del estado no pudiera decidir qué era y
qué quería ser. Su¬puso que los antiguos propietarios de granjas y los actuales
empresarios y corredores no se llevarían demasiado bien.
La luz del sol llenaba el parabrisas, y bajó
la ventanilla. Le pareció un día perfecto: cálido y repleto de augurios
primaverales. Notaba el peso de la pistola en el bolsillo de la chaqueta y
pensó que él, en cam¬bio, se llenaría de fríos pensamientos invernales.
Encontró un buzón junto a una carretera
secundaria en medio de unos terrenos de labranza que concordaban con la
dirección que te¬ma. Vaciló, sin saber qué esperar. En el camino de entrada
sólo había un cartel: CRIADERO DE PERROS «LA SEGURIDAD ES LO PRIMERO».
ALOJA¬MIENTO, CEPILLADO Y ADIESTRAMIENTO. SISTEMAS DE SEGURIDAD «TO¬TALMENTE
NATURALES.» Junto a esta frase había una imagen de un rott weiler, y Ricky
intuyó sentido del humor en ello. Siguió el camino de entrada, bajo el dosel
que formaban los árboles.
Después subió por un camino circular hasta
una casa de una sola planta, estilo años cincuenta, con fachada de ladrillo. Se
habían añadi¬do elementos a la construcción en varias fases, con una parte de
made¬ra blanca que conectaba con un laberinto de jaulas de alambrada. En cuanto
se detuvo y bajó del coche, lo recibió una cacofonía de ladri¬dos. El olor a
excrementos lo impregnaba todo, favorecido por el ca¬lor y el sol de última
hora de la mañana. A medida que avanzaba, el barullo fue aumentando. En la parte
añadida, un cartel indicaba: OFI¬CINAS. Un segundo cartel, similar al de la
entrada, adornaba la pared. En una jaula cercana, un gran rott weiler negro,
fornido, de más de cuarenta kilos, se levantó sobre las patas traseras
enseñando los dien¬tes. De todos los perros que había en aquella perrera, y
Ricky podía ver decenas moviéndose, corriendo, midiendo las dimensiones de su
encierro, éste parecía el único tranquilo. El animal lo observó con atención,
como si lo estuviera midiendo, lo que, según cabía suponer, estaba haciendo.
En las oficinas había un hombre de mediana
edad sentado tras una vieja mesa metálica. El aire estaba cargado de hedor a
orina. El hom¬bre era delgado, calvo, larguirucho, con unos antebrazos gruesos
que Ricky imaginó que el manejo de los animales había musculado.
– Enseguida lo atiendo –dijo. Estaba
tecleando números en una calculadora.
– No se preocupe, me espero –contestó Ricky.
Observó cómo marcaba unas cifras más y cómo sonreía al ver el total.
El hombre se levantó y se acercó a él.
– ¿En qué puedo servirle? –preguntó–.
Caramba, parece que ha tenido problemas.
Ricky asintió y bromeó:
– Ahora es cuando me tocaría decir: «Tendría
que ver cómo quedó el otro.»
– Y a mí creerlo –rió el criador de perros–.
Bueno, usted dirá. Aunque me permito comentarle que, si hubiera tenido a Brutus
a su lado, no habría habido pelea. No señor.
– ¿Es Brutus el perro de la jaula junto a la
puerta?
– Lo ha adivinado. Desanima al más pintado.
Y ha engendrado unos cuantos cachorros que podrán ser adiestrados en un par de
se¬manas.
– Gracias, pero no.
El criador de perros pareció confundido.
Ricky sacó la falsa identificación de
detective privado. El hombre la observó un instante y comentó:
– Supongo que no está buscando un cachorro,
¿verdad, señor Lazarus?
– No.
– Bueno, ¿en que puedo ayudarle?
– Hace algunos años vivía aquí una pareja.
Howard y Martha Jackson.
El hombre se puso rígido y su aspecto
cordial desapareció, susti¬tuido por un recelo repentino, que se vio acentuado
por el paso atrás que dio, casi como si aquellos nombres le hubieran dado un
empujón en el pecho. Su voz adoptó un tono cauteloso.
– ¿Por qué está interesado en ellos?
– ¿Eran parientes suyos?
– Compré la finca a sus sucesores. De eso
hace mucho tiempo.
– ¿Sus sucesores?
– Murieron.
– ¿Murieron?
– Exacto. ¿Por qué está interesado en ellos?
– Estoy interesado en sus tres hijos.
El hombre vaciló de nuevo, como si sopesara
las palabras de Ricky.
– No tenían hijos. Murieron sin
descendencia. Sólo un hermano que vivía cerca de aquí. Él fue quién me vendió
la finca. Yo la arreglé muy bien y convertí su negocio en algo rentable. Pero
no había hijos. Nunca los hubo.
– Se equivoca –aseguró Ricky–. Los había.
Adoptaron a tres huérfanos a través de la Diócesis Episcopal de Nueva York.
– No sé de dónde ha sacado esa información,
pero no es así –re¬plicó el criador con una repentina cólera apenas
disimulada–. Los Jackson no tenían familia directa salvo ese hermano que me
vendió la finca. Era sólo el matrimonio y murieron juntos. No sé de qué está
hablando y creo que puede que ni siquiera usted mismo lo sepa.
– ¿Juntos? ¿Cómo?
– Eso no fue asunto mío. Y creo que tampoco
suyo.
– Pero sabe la respuesta, ¿verdad?
– Todos los que vivían aquí saben la
respuesta. Puede verlo en los periódicos. O quizás ir al cementerio. Están
enterrados carretera arriba.
– Pero ¿usted no va a ayudarme?
– Pues no. ¿Qué clase de detective privado
es usted?
– Ya se lo dije –contestó Ricky–. Uno que
está interesado en los tres hijos que los Jackson adoptaron en mayo de 1980.
– Y yo ya le dije que no había ningún hijo.
Adoptado ni de otra clase. Así pues, ¿qué le interesa en realidad? .
– Mi cliente necesita algunas respuestas. El
resto es confidencial –repuso Ricky.
El hombre entrecerró los ojos e irguió los
hombros, como si la impresión inicial hubiese dado paso a la agresividad.
– ¿Un cliente? ¿Alguien le paga para que
venga aquí a hacer pre¬guntas? ¿Tiene tarjeta? ¿Un número al que pueda llamarlo
si por ca¬sualidad recordara algo?
– Soy forastero.
– Las líneas telefónicas van de un estado a
otro, hombre. –El criador de perros siguió observando a Ricky–. ¿Cómo puedo
poner¬me en contacto con usted? ¿Dónde le localizo si necesito hacerla?
Era el turno de Ricky de ser precavido.
– ¿Qué cree que va a recordar que no
recuerde ahora? –pre¬guntó.
La voz del hombre adquirió por fin una
frialdad absoluta. Ahora lo estaba midiendo, evaluando, como si tratara de
grabarse todos los detalles de su cara y su físico.
– Déjeme ver otra vez esa identificación
–pidió–. ¿Tiene alguna placa?
El cambio repentino del hombre lanzaba
advertencias a Ricky. En ese segundo comprendió que, de golpe, estaba cerca de
algo peligroso, como si hubiera caminado a oscuras hasta el borde de algún
terraplén escarpado.
Retrocedió un paso hacia la puerta.
– ¿Sabe qué? Le daré un par de horas para
pensárselo y le llamaré.
Si quiere hablar, si ha recordado algo,
entonces podemos vemos.
Ricky salió deprisa de la oficina y se
dirigió hacia su coche. El cria¬dor salió detrás de él, pero se dirigió hacia
la jaula de Brutus. El hom¬bre abrió la puerta y el perro, con las fauces
abiertas, pero todavía silen¬cioso, se puso de inmediato a su lado. El criador
le hizo una pequeña señal con la mano y el perro se quedó inmóvil con los ojos
fijos en Ricky, a la espera de la siguiente orden.
Ricky se volvió hacia el perro y su
propietario y dio los últimos pasos hasta la puerta del coche retrocediendo
despacio. Se metió la mano en el bolsillo y sacó las llaves del automóvil. El
perro emitió un gruñido grave, tan amenazador como los músculos tensos de las
pale¬tillas y las orejas levantadas, a la espera de la orden de su amo.
– Me parece que no volveré a verlo –dijo el
criador–. Y no creo que regresar aquí a hacer más preguntas sea muy buena idea.
Ricky se pasó las llaves a la mano izquierda
y abrió la puerta. A la vez, metió la mano derecha en el bolsillo de la
chaqueta para empuñar la pistola. No apartó los ojos del perro y se concentró
en lo que tal vez tendría que hacer. Quitar el seguro. Sacar la pistola.
Amartillarla. Adoptar una posición de disparo y apuntar. Cuando lo hacía en el
local de tiro no estaba acuciado, y aun así tardaba unos segundos. No sabía si
podría disparar a tiempo, ni si haría blanco. Se le ocurrió, ade¬más, que
podría necesitar varias balas para detener a aquella bestia.
El rottweiler seguramente cruzaría el
espacio que los separaba en dos o tres segundos como mucho. El perro, ansioso,
avanzó unos cen¬tímetros.
«No –pensó Ricky–. Menos aún. Un solo
segundo.»
El criador vio que Ricky deslizaba la mano
hacia el bolsillo.
– Señor detective privado, aunque lo que
tenga en el bolsillo sea una pistola, no le servirá de nada, se lo aseguro
–sonrió–. No con este perro. Ni hablar.
Ricky cerró la mano alrededor de la culata y
rodeó el gatillo con el índice. Tenía los ojos entrecerrados y apenas reconoció
los tonos re¬gulares de su propia voz.
– Puede –dijo despacio y con cuidado–. Puede
que ya lo sepa. Tal vez ni siquiera me moleste en intentar disparar a su perro,
sino que le atraviese el pecho a usted con una bala. Es usted una diana ideal,
se lo aseguro. Y estará muerto antes de tocar el suelo y ni siquiera ten¬drá la
satisfacción de ver cómo su chucho me destroza.
Esta respuesta hizo vacilar al criador, que
cogió el collar del perro para contenerlo.
– Matrícula de Nueva Hampshire –comentó tras
una tensa pausa–. Con el lema «Vive en libertad o muere». Memorable. Y ahora
lárguese.
Ricky subió al coche y cerró la puerta de
golpe. Se sacó la pistola de la chaqueta y encendió el motor. Al alejarse vio
al criador por el retrovisor, con el perro aún a su lado, observando cómo se
iba.
Respiraba con dificultad. Era como si el
calor del exterior hubiese invadido el aire acondicionado del automóvil.
Mientras recorría el ca¬mino de entrada hacia la carretera bajó la ventanilla y
aspiró una bo¬canada de viento. Tenía un sabor caliente.
Se detuvo a un lado de la carretera para
recuperarse y, mientras lo hacía, vio la entrada del cementerio. Calmó sus
nervios y trató de eva¬luar lo ocurrido en el criadero de perros. Era evidente
que la mención de los tres huérfanos había desencadenado una reacción.
Imaginaba que era muy profunda, casi un mensaje subliminal. Aquel hombre no
pensaba en esos tres niños desde hacía años, hasta que Ricky llegó con su
pregunta, y eso había suscitado una respuesta desde lo más profun¬do de su ser.
La reunión había tenido un cariz más
peligroso que el propio Bru¬tus. Era como si aquel hombre hubiera estado
esperando durante años que él, o alguien como él, apareciera haciendo preguntas
y, tras sor¬prenderse de que lo que llevaba años esperando hubiese llegado por
fin, hubiese sabido exactamente qué hacer.
Se le revolvió un poco el estómago mientras
este pensamiento cobraba forma.
Al cruzar la entrada del cementerio había un
pequeño edificio de madera blanca a cierta distancia de la calle que separaba
las hileras de tumbas. Ricky imaginó que era algo más que un cobertizo y se
detuvo frente a él. Un hombre canoso con un uniforme de trabajo azul pare¬cido
al que él usaba en el departamento de mantenimiento, salió del edificio y se
dirigió hacia una cortadora de césped, pero se detuvo al ver a Ricky bajar del
coche.
– ¿Puedo ayudarle? –preguntó el hombre.
– Estoy buscando un par de tumbas –dijo
Ricky.
– Aquí hay mucha gente enterrada. ¿A quién
está buscando en concreto?
– A un matrimonio llamado Jackson.
– Hace mucho tiempo que nadie viene a
visitarlos –sonrió el hombre–. Puede que la gente piense que da mala suerte,
pero yo creo que cualquiera que establezca aquí su residencia ya: ha vivido
toda su suerte, buena o mala, así que no me importa demasiado. Los Jackson
están al fondo, en la última fila, a la derecha. Siga la calle hasta el final y
tuerza a la derecha. Lo encontrará enseguida.
– ¿Los conocía?
– No. ¿Es pariente?
– No –contestó Ricky–. Soy detective. Estoy
interesado en sus hijos adoptivos.
– No tenían familia. No sé nada sobre hijos
adoptivos. Eso habría salido en los periódicos cuando murieron, peto no lo
recuerdo, y los Jackson fueron portada uno o dos días.
– ¿Cómo murieron?
– ¿No lo sabe? –soltó el hombre, algo
sorprendido.
– ¿Cómo?
– Bueno, fue lo que la policía denomina
asesinato–suicidio. El hombre mató a su mujer de un disparo después de una de
sus peleas y luego se suicidó. Los cadáveres estuvieron dos días en la casa
antes de que el cartero se diera cuenta de que nadie recogía el correo,
sospechara algo y llamara a la policía. Al parecer, los perros habían tenido
acceso a los cuerpos, con lo que no quedaba mucho de ellos, sólo restos de lo
más desagradables. Había mucho odio en esa casa, por lo visto.
– El hombre que la compró...
– No lo conozco, pero dicen que es un sujeto
de cuidado. Tan repugnante como los perros. Se hizo cargo del criadero de los
Jackson, aunque por lo menos sacrificó a todos los animales que se habían
co¬mido a los anteriores propietarios. Pero es probable que él acabe igual.
Puede que eso le pase por la cabeza. Y que por eso sea tan mal bicho. –El
hombre soltó una risa espeluznante y señaló la pendien¬te–. Ahí arriba. De
hecho, un lugar bastante bonito para reposar eternamente.
– ¿Sabe quién compró la tumba? –preguntó
Ricky tras pensar un momento–. ¿Y quién paga el mantenimiento?
– Recibimos los cheques, pero no lo sé. –El
hombre se encogió de hombros.
Ricky encontró la tumba sin dificultad.
Permaneció un segundo en medio del silencio del sol del mediodía preguntándose
un momen¬to si alguien habría pensado en ponerle una lápida después de su
suici¬dio. Lo dudaba. Él había vivido tan aislado como los Jackson. También se
preguntó por qué no había puesto algún monumento conmemorati¬vo para su mujer.
Había ayudado a establecer un fondo para libros en su facultad de derecho y
cada año hacía una contribución a la organi¬zación Nature Conservancy en su
nombre, y se había dicho que esos actos eran mejores que un pedazo de piedra
frío que montara guardia sobre una angosta franja de tierra. Pero al estar ahí
de pie, no estuvo tan seguro. Se encontró absorto en la muerte, pensando en sus
conse-cuencias permanentes para los que quedan. «Cuando alguien muere
aprendemos más sobre la vida de lo que sabemos sobre el fallecido», pensó.
Estuvo largo rato ahí, frente a las tumbas,
antes de examinarlas.
Tenían una lápida común, que se limitaba a
dar sus nombres y las fe¬chas de su nacimiento y su muerte. Algo no encajaba, y
observó esta breve información para intentar averiguar qué era. Le llevó unos
se¬gundos establecer una relación.
El mes de la fecha del asesinato–suicidio
coincidía con el de la fir¬ma de los documentos de adopción.
Ricky dio un paso atrás. Y entonces
comprendió algo más.
Los Jackson habían nacido en la década de
los veinte. Ambos te¬nían más de sesenta años al morir.
Sintió calor de nuevo y se aflojó la
corbata. La barriga postiza pa¬recía tirar de él hacia abajo, y el moratón y la
cicatriz pintados en la cara empezaron a picarle. «Nadie puede adoptar a un
niño, y mucho menos a tres, a esa edad –pensó–. Las normas de las agencias de
adopción descartarían a una pareja sin hijos de esa edad en favor de una pareja
más joven y vigorosa.»
Permaneció junto a las tumbas pensando que
estaba contemplan¬do una mentira. No sobre su muerte, eso era cierto, sino
sobre algo de su vida.
«Todo está mal–pensó–. Todo es distinto de
lo que debería ser.» La sensación de caminar por el borde de algo más terrible
de lo que había previsto le produjo un estremecimiento. Una venganza sin
límites.
Se dijo que lo que tenía que hacer era
regresar a la seguridad de Nueva Hampshire y examinar lo que había averiguado
para dar a continuación un paso racional e inteligente. Detuvo el coche frente
a la recepción del motel Econo y entró. Otro empleado, James, que llevaba una
corbata de nudo fijo que aun así seguía torcida, había sus¬tituido a Ornar.
– Me marcho –dijo Ricky–. Lazarus.
Habitación 232.
El recepcionista obtuvo una factura en la
pantalla del ordenador. –Está todo listo. Pero tiene dos mensajes telefónicos.
– ¿Mensajes telefónicos? –repitió Ricky tras
vacilar un instante.
– Llamó un hombre de un criadero de perros y
preguntó si todavía se alojaba aquí –contestó James–. Quería dejarle un mensaje
en el teléfono de su habitación. Después hubo otro mensaje.
– ¿Del mismo hombre?
– No lo sé. No hablé con la persona. Me
aparece un número en el registro de llamadas. Habitación 232. Dos mensajes. Si
quiere, descuelgue y teclee el número de su habitación. Así podrá oír los
mensajes.
Ricky lo hizo. El primer mensaje era del
propietario de Brutus.
«Pensé que alojaría en algún lugar barato y
cercano. No fue de¬masiado difícil averiguar en cuál. He estado pensando en sus
pregun¬tas. Llámeme. Me parece que tengo información que podría serle útil.
Pero vaya preparando el talonario. Le va a costar una pasta.»
Ricky marcó el tres para borrar el mensaje.
El siguiente se reprodujo automáticamente. La voz sonó abrupta, fría e
incongruente, casi como encontrar un trozo de hielo en una acera caliente.
– «Señor Lazarus, acabo de enterarme de su
interés por los difuntos señores Jacson y creo que dispongo de información que
facilitaría su investigación. Llámeme al 212 5551717 cuando le vaya bien y
pode¬mos quedar para vernos.»
La persona no dejó nombre. No era necesario.
Ricky reconoció la voz.
Era Virgil.
TERCERA PARTE
HASTA LOS MALOS
POETAS AMAN LA MUERTE
28
Ricky huyó.
Hizo los petates a toda prisa y aceleró con
un chirrido de neumáticos para alejarse de aquel motel de Nueva Jersey y de
aquella voz odiosa. Apenas se detuvo a lavarse la cicatriz postiza de la
mejilla. En el lapso de una mañana, al hacer unas preguntas en los lugares
equivocados, había logrado compartir el tiempo de aliado en enemigo. Había
pensado que iría arañando la identidad de Rumplestiltskin y, cuando lograse
descubrir todo lo que necesitaba, se sentaría a planificar con calma su
venganza. Se aseguraría de que todo estuviese a punto, con las trampas a punto,
y aparecería en igualdad de condiciones. Ahora ya no podría darse ese lujo.
No tenía idea de cuál era la relación entre
el hombre del criadero de perros y Rumplestiltskin, pero seguro que la había,
porque mientras él permanecía ante la tumba de aquel matrimonio, el hombre
había estado haciendo llamadas telefónicas. La facilidad con que había
averiguado el motel donde se alojaba era desalentadora. Se dijo que tenía que
preocuparse de borrar sus huellas.
Condujo mucho y deprisa, de vuelta a Nueva
Hampshire, mientras intentaba valorar lo comprometido de su situación. En su
interior retumbaban temores difusos y pensamientos pesimistas.
Pero una idea era primordial: no podía
volver a la pasividad del psicoanalista. Ése era un mundo en el que uno
esperaba a que algo ocurriera, para luego procurar interpretar y comprender
todos los elementos en juego. Era un mundo de reacción lenta. De calma y
sensatez.
Si caía en esa trampa, le costaría la vida.
Sabía que tenía que actuar. Por lo menos, se había creado la ilusión de que era
tan peligroso como Rumplestiltskin.
Acababa de pasar el cartel de la carretera
que rezaba BIENVENIDOS A MASSACHUSSETS cuando tuvo una idea. Vio una salida y,
más adelante, el indicador habitual del paisaje estadounidense: un centro
comercial. Salió de la autopista para dirigirse al aparcamiento. En unos
minutos se incorporó a la demás gente que se dirigía a la serie de tiendas que
vendían más o menos lo mismo por más o menos los mismos precios pero envasado
de modo distinto, lo que daba a los compradores la sensación de haber
encontrado algo único en medio de la semejanza. Ricky, que lo veía con una
pizca de humor, consideró que era un lugar adecuado para lo que iba a hacer.
No tardó en encontrar unas cabinas
telefónicas, cerca de la hamburguesería. Recordó el primer número con
facilidad. A sus espaldas se oía el murmullo de las personas sentadas comiendo
y charlando, y tapó un poco el auricular con la mano mientras marcaba el
número.
– Anuncios clasificados del New York Times,
buenos días.
– Sí –dijo Ricky en tono agradable–.
Quisiera poner uno de esos anuncios pequeños que salen en la portada. –Leyó con
rapidez el número de una tarjeta de crédito.
– ¿Cuál es el mensaje, señor Lazarus?
–preguntó el empleado después de anotar los datos.
Ricky vaciló un
instante y dijo:
– «Señor R, empieza el juego. Una nueva
Voz."
– ¿Es correcto? –preguntó el empleado tras
leérselo.
– Correcto. No olvide poner «Voz» en
mayúscula, ¿de acuerdo?
El empleado confirmó la petición y Ricky
colgó. Se dirigió a un local de comida rápida, pidió una taza de café y cogió
un puñado de servilletas. Encontró una mesa un poco apartada y se instaló con
un bolígrafo en la mano mientras bebía la infusión. Se aisló del ruido y de la
actividad y se concentró en lo que iba a escribir, dándose de vez en cuando
golpecitos con el bolígrafo en los dientes, tomando después un sorbo de café,
sin dejar de planificar. Usó las servilletas a modo de papel improvisado y, por
fin, tras unos cuantos arranques e inicios, escribió lo siguiente:
Sabe quién era, no
quién soy.
Por eso está en un
lío hoy.
Ricky se fue;
murió en el mar.
Y yo su sitio vine
a ocupar.
Como Lázaro me he
levantado,
y ahora le toca
morir a otro pringado.
Otro juego, señor
R, en un viejo lugar,
y cara a cara nos
vamos a enfrentar.
Veremos a favor de
quién está la suerte,
porque hasta los
malos poetas aman la muerte.
Después de admirar su poema un momento,
regresó a las cabinas.
En unos instantes estaba hablando con la
sección de clasificados del Village Voice.
– Quiero poner un anuncio en la sección de
personales –dijo.
– Muy bien. Yo mismo le tomo los datos
–contestó el empleado.
A Ricky le divirtió que este empleado
pareciese menos estirado que sus equivalentes del Times, lo que, mirándolo
bien, era de esperar–. ¿Qué título quiere para el mensaje?
– ¿Título? –se sorprendió Ricky.
– Ah –dijo el empleado–. Es su primera vez,
¿verdad? Pues me refiero a abreviaturas como HB para hombre blanco, SM para
sadomasoquista...
– Entiendo –contestó Ricky. Pensó un momento
y dijo–: El encabezamiento debe decir: «HM, 50 a., busca Sr. Regio para
diversión y juegos especiales.»
El empleado lo repitió y añadió:
– ¿Algo 'más?
– Ya lo creo –repuso Ricky, y le leyó el
poema. Luego le pidió que repitiera el texto entero dos veces para asegurarse
de que lo había anotado bien.
Cuando terminó de leer, el empleado guardó
silencio un segundo.
– Vale –dijo–. Es distinto. Muy distinto.
Seguramente los hará salir de todas partes. A los curiosos, como mínimo. Y
quizás a unos cuantos chiflados. ¿Querrá tener un buzón de respuestas? Le damos
un número de buzón y puede acceder a las respuestas por teléfono. Tal como
funciona, mientras lo pague, sólo usted podrá escuchar las respuestas.
– Sí, gracias –dijo Ricky.
El empleado tecleó en un ordenador.
– Muy bien –indicó al terminar–. Su buzón es
el 1313. Espero que no sea supersticioso.
– En absoluto –aseguró Ricky. Anotó en la
servilleta el número de acceso a las respuestas y colgó.
Se planteó un instante llamar al número que
le había dejado Virgil.
Pero resistió la tentación. Antes tenía que
preparar unas cosas más.
En El arte de la guerra, Sun– Tzu comenta la
importancia de la elección del campo de batalla. Obtener un emplazamiento
protegido y valerse de esa ventaja. Ocupar el terreno elevado. Ser capaz de
esconder la propia fortaleza. Obtener ventaja a partir del conocimiento
topográfico. Ricky pensó que estas lecciones también se le podían aplicar. El
poema en el Village Voice era como un disparo que cruzara las defensas de su
adversario, una salva inicial destinada a captar su atención.
Comprendió que no pasaría demasiado tiempo
antes de que alguien fuera a Durham a buscarlo. La matrícula que el propietario
de la perrera había observado lo garantizaba. No creía que resultara demasiado
difícil averiguar que la matrícula pertenecía a un Rent–a– Wreck, y muy pronto
aparecería alguien preguntando el nombre de quien había alquilado ese coche. Se
enfrentaba a una cuestión compleja pero que se podía resumir en una pregunta
sencilla: ¿donde quería librar la próxima batalla? Tenía que elegir el terreno.
Devolvió el coche de alquiler, pasó un
momento por su habitación y luego se dirigió a su trabajo nocturno en la línea
directa, aturdido por estas preguntas, pensando que no sabía cuánto tiempo
había ganado con los anuncios del Times y el Voice, pero seguro que un poco. El
Times lo publicaría a la mañana siguiente; el Voice, a fmales de semana. Era
razonable suponer que Rumplestiltskin no actuaría hasta haber leído ambos. De
momento sólo sabía que un detective privado gordo y con una cicatriz había ido
a un criadero de perros de Nueva Jersey a hacer preguntas inconexas sobre la
pareja que, según los informes, lo había adoptado a él y a sus hermanos hacía
años. Un hombre persiguiendo una mentira. No se engañaba pensando .que
Rumplestiltskin no vería las relaciones ni encontraría con rapidez otros signos
de su existencia. Frederick Lazarus, sacerdote, aparecería investigando en
Florida. Frederick Lazarus, detective privado, había llegado a Nueva Jersey. Su
ventaja era que no había ningún vínculo evidente entre Frederick Lazarus y el
doctor Frederick Starks o Richard Lively. Uno había sido dado por muerto. El
otro seguía aferrado al anonimato. Al sentarse a una mesa en la oscura oficina
de la centralita telefónica, se alegró de que el semestre universitario estuviera
acabando. Esperaba que las llamadas obedecieran al estrés habitual, a la
desesperación de los exámenes finales, algo que le resultaba cómodo. No pensó
que alguien fuera a suicidarse por un examen final de química, aunque había
oído cosas más tontas: Y, a altas horas de la noche, resultó que podía
concentrarse con claridad.
« ¿Qué quiero conseguir?», se preguntó.
¿Quería asesinar al hombre que lo había
obligado a simular su propia muerte? ¿Que había amenazado a sus familiares
lejanos y destruido todo lo que le convertía en lo que era? Pensó que en
algunas de las novelas de misterio y de suspense que había devorado los últimos
meses, la respuesta habría sido un simple sí. Alguien le había hecho mucho
daño, de modo que le volvería las tornas a ese alguien. Lo mataría. Ojo por
ojo, la esencia de todas las venganzas.
Torció el gesto y se dijo: «Hay muchas
formas de matar a alguien.» En efecto, él había experimentado una. Tenía que
haber otras, desde la bala de un asesino hasta los estragos de una enfermedad.
Encontrar el crimen adecuado era fundamental. Y, para ello, tenía que conocer a
su adversario. No sólo saber quién era, sino qué era.
Y tenía que resurgir de esa muerte con su
vida intacta. No era como un piloto kamikaze que se tomaba una copa ritual de
sake y se dirigía a su propia muerte sin la menor preocupación. Ricky quería
sobrevivir.
Nunca volvería a ser el doctor Frederick
Starks. Adiós al cómodo ejercicio de escuchar a diario los lamentos de los
ricos y trastornados durante cuarenta y ocho semanas al año. Eso se había
acabado, y él lo sabía.
Echó un vistazo alrededor, a la pequeña
oficina donde se encontraba la línea directa para los desesperados. Era una
habitación en el pasillo principal del edificio de servicios médicos para
estudiantes. Era un lugar estrecho, nada cómodo, con una sola mesa, tres
teléfonos y varios carteles dedicados a los programas de fútbol americano y
béisbol, con fotografías de los deportistas. Había también un plano grande del
campus y una lista mecanografiada de números de servicios de urgencias y de
seguridad. También había unas normas que debían seguirse cuando el voluntario
que atendía la línea estaba seguro de que alguien había intentado quitarse la
vida. Los pasos a seguir consistían en llamar a la policía y hacer que el
telefonista comprobara la línea, lo que localizaría el origen de la llamada.
Este procedimiento sólo debía usarse en las emergencias más graves, cuando
había una vida en juego y era necesario enviar ayuda. Ricky no había tenido que
usarlo nunca. En las semanas que había trabajado en el turno de noche, siempre
había conseguido hacer entrar en razones, o por lo menos entretener, incluso a
las personas más desesperadas. Se preguntaba si alguno de los muchachos a los
que había ayudado se habría asombrado de saber que la voz tranquila que le
hacía recuperar la sensatez pertenecía a un empleado de mantenimiento de la
facultad de química.
«Es algo que vale la pena proteger», se dijo
Ricky.
Esa conclusión le hizo tomar una decisión.
Tendría que alejar a Rumplestiltskin de Durham. Si quería sobrevivir a la
confrontación que se acercaba, Richard Lively debía estar a salvo y seguir
siendo anónimo.
– De vuelta a Nueva York –se susurró a sí
mismo.
En ese momento sonó el teléfono en la mesa.
Pinchó la línea correspondiente y descolgó el auricular.
– Teléfono de la Esperanza. ¿En qué puedo
ayudarte? –dijo. Hubo un instante de silencio y luego un sollozo apagado. Acto
seguido oyó una serie de palabras entrecortadas que por separado significaban
poco pero que juntas decían mucho:
– No puedo, es que no puedo, es demasiado,
no quiero, oh, no sé... «Una mujer joven», pensó Ricky.
Pronunciaba las palabras con claridad,
aparte de los sollozos de emoción, así que no parecía haber problemas de drogas
o alcohol. Sólo soledad y humana desesperación en plena noche.
– ¿Podrías hablar más despacio e intentar
contarme lo que pasa? –sugirió con dulzura–. No hace falta que sea todo. Sólo
lo de ahora mismo, en este momento. ¿Dónde estás?
– En el dormitorio de la residencia. –La
respuesta llegó tras una pausa.
– Muy bien –la animó Ricky con suavidad,
para empezar con las preguntas–. ¿Estás sola?
– Sí.
– ¿No hay una compañera de habitación?
¿Amigos?
– No. Sola.
– ¿Es así como estás siempre? ¿O sólo tienes
esa sensación?
Esta pregunta pareció hacer reflexionar a la
joven.
– Bueno, he roto con mi novio y mis clases
son todas terribles, y cuando regrese a casa mis padres me van a matar porque
ya no estoy en el cuadro de honor. Puede que no apruebe el curso de literatura
comparada y todo parece haber llegado a un punto crítico y...
– Y algo te hizo llamar a este teléfono,
¿verdad?
– Quería hablar. No es que quisiera hacerme
algo...
– Eso es muy razonable. Al parecer no has
tenido un semestre muy bueno...
– Ni que lo digas. –La muchacha rió con
amargura.
– Pero habrá otros semestres, ¿verdad?
– Pues sí.
– Y tu novio, ¿por qué te dejó?
– Dijo que no quería estar atado...
– ¿Y cómo te sentó esta respuesta? ¿Te
deprimió?
– Sí. Fue como una bofetada. Me sentí como
si me hubiera estado usando sólo por el sexo, ¿sabes? Y ahora que se acerca el
verano habrá imaginado que ya no valía la pena. He sido como una especie de
caramelo. Pruébame y tírame.
– Una buena forma de decirlo –aseguró
Ricky–. Un insulto, entonces. Un golpe a tu dignidad.
La joven volvió a guardar silencio un
momento.
– Supongo, pero no lo había visto de ese
modo.
– Bueno –prosiguió Ricky con voz firme y
suave–. En lugar de estar deprimida y de pensar que te pasa algo, deberías
estar enfadada con ese cabrón, porque es evidente que el problema lo tiene él.
Y el problema es el egoísmo, ¿no?
Pudo percibir cómo la muchacha asentía con
la cabeza. Pensó que era una llamada de lo más típica. Había llamado
desesperada por lo del novio y los estudios pero, al examinarla más de cerca,
en realidad no lo estaba.
– Creo que eso es cierto –corroboró–. Es un
cabronazo.
– Entonces, puede que estés mejor sin él. No
es el único chico del mundo.
– Creía que lo quería –dijo la muchacha.
– Duele un poco, lo sé. Pero el dolor no es
porque te haya roto el corazón. Es más bien porque comprendes que te engañó. Y
ahora tu confianza se resiente.
– Tienes razón –dijo. Ricky notaba cómo se
secaba las lágrimas al otro lado de la línea. Pasado un momento, la muchacha
añadió–: Debes de recibir muchas llamadas como ésta. Todo parecía tan
importante y tan terrible hace dos minutos. Lloraba sin parar y ahora...
– Todavía están las notas. ¿Qué pasará
cuando llegues a casa?
– Se cabrearán. Mi padre dirá: «No me estoy
gastando el dinero que tanto me cuesta ganar para que apruebes por los pelos.»
La joven había emitido un carraspeo e
imitado la voz grave de su padre. Ricky rió, y ella hizo lo mismo.
– Lo superará –comentó él–. Sé sincera.
Cuéntale las tensiones que has sufrido y lo de tu novio, y dile que intentarás
mejorar. Lo comprenderá.
– Tienes razón.
– Mira, te daré una receta para esta noche y
mañana –dijo Ricky–. Ahora acuéstate y duerme bien. Por la mañana, levántate y
coge uno de esos cafés tan ricos, con mucha espuma y todas las calorías habidas
y por haber. Luego sal fuera, siéntate en un banco, toma el café despacio y
admira el tiempo. Y, si por casualidad ves al chico en cuestión, ignóralo. Y si
él quiere hablar, aléjate. Busca otro banco. Piensa en lo que el verano te
depara. Siempre hay posibilidades de que las cosas mejoren. Sólo tienes que
encontradas.
– De acuerdo –contestó la joven–. Gracias
por hablar conmIgo.
– Si en los próximos días te sientes
estresada hasta el punto de que la situación te resulte insoportable, deberías
pedir hora a un consejero de los servicios médicos. Él te ayudará a superar tus
problemas.
– Sabes mucho sobre la depresión –comentó la
muchacha.
– Oh, sí. Es cierto. Suele ser transitoria,
aunque a veces no. La primera es una situación corriente de la vida. La segunda
es una auténtica enfermedad, y terrible. Creo que tú has tenido la primera. –Me
siento mejor –aseguró–. Puede que me compre una pasta con esa taza de café. Al
infierno con las calorías.
– Ésa es una buena actitud –dijo Ricky. Iba
a colgar, pero se de– tuvo–. Oye, ayúdame en algo...
La joven pareció un poco sorprendida, pero
contestó:
– ¿Qué? ¿Cómo? ¿Necesitas ayuda?
– Ésta es la línea directa para crisis
–contestó Ricky con una nota de humor–. ¿Por qué crees que los que estamos a
este lado no tenemos crisis?
– Ya –dijo la muchacha tras una breve pausa,
como si asimilara la evidencia de esta frase––. ¿Cómo puedo ayudarte?
– Cuando eras pequeña, ¿a qué jugabas?
–preguntó Ricky.
– Pues a juegos de mesa, ya sabes, la oca,
el parchís...
– No. Me refiero a juegos al aire libre.
– ¿Como el corro o la gallinita ciega?
– Sí. Pero ¿y si querías competir con los
demás niños, jugar a algo en lo que uno tiene que perseguir a otro, mientras
que a la vez lo persiguen a él? ¿Qué se te ocurre?
– El escondite.
– Sí. ¿Alguno más?
La muchacha vaciló y dijo, como si
reflexionara en voz alta:
– Bueno, estaba la muralla, pero era más
bien un desafío físico. Y las gincanas, pero eso era para encontrar objetos.
También estaba el ¿quién para? y el rey...
– No. Estoy buscando algo que suponga un
desafío un poco mayor...
– Pues entonces zorros y sabuesos –soltó–.
Era el más difícil de ganar.
– ¿Y cómo se juega?
– En verano, al aire libre. Hay dos equipos,
los zorros y los sabuesos, evidentemente. Los zorros salen con quince minutos
de ventaja. Llevan bolsas de plástico llenas de trocitos de periódico. Cada
diez metros tienen que dejar un puñado. Los sabuesos siguen el rastro. La clave
es dejar pistas falsas, volver sobre los pasos, confundir a los sabuesos. Los
zorros ganan si regresan al punto de partida después del tiempo establecido,
dos o tres horas más tarde. Los sabuesos ganan si atrapan a los zorros. Si ven
a los zorros al otro lado de un campo, pueden perseguirlos. Y los zorros tienen
que esconderse. Así que los zorros se aseguran de saber dónde están los
sabuesos. Los espían, ya me entiendes.
– Ése es el juego que busco –afirmó Ricky
con calma–. ¿Qué equipo solía ganar?
– Eso era lo bueno. Dependía de la
ingenuidad de los zorros y la determinación de los sabuesos. Así que cualquier
bando podía ganar en un momento dado.
– Gracias –dijo Ricky. Las ideas bullían en
su mente.
– Buena suerte –contestó la joven antes de
colgar.
Ricky pensó que eso era justamente lo que
iba a necesitar: un poco de buena suerte.
A la mañana siguiente empezó a hacer
preparativos. Pagó el alquiler del mes siguiente, pero explicó que seguramente
tendría que ausentarse por un asunto familiar. Tenía una planta en su
habitación y pidió que la regasen con regularidad. Le pareció el modo más
simple de engañar a las mujeres; ningún hombre que pide que le rieguen una
planta estaría pensando en marcharse. Habló con el supervisor del personal de
mantenimiento y éste le autorizó a tomarse unos días y los que le correspondían
por las horas extra acumuladas. Su jefe fue igual de comprensivo y, gracias al
menor trabajo del final del semestre, le dio permiso para ausentarse sin poner
en peligro su empleo.
En el banco local donde Frederick Lazarus
tenía su cuenta, Ricky hizo una transferencia a una cuenta que había abierto
electrónicamente en un banco de Manhattan.
También efectuó una serie de reservas de
hotel en Nueva York, para días sucesivos. Eran hoteles nada recomendables, el
tipo de lugar que no aparece en las guías turísticas de la ciudad. Confirmó
todas las reservas con las tarjetas de crédito de Frederick Lazarus, excepto en
el último hotel. Los dos últimos que había seleccionado se encontraban en la
calle Veintidós Oeste, más o menos uno frente al otro. En uno reservó una
estancia de dos noches a nombre de Frederick Lazarus. El otro ofrecía
apartamentos por semanas. Reservó uno para quince días, usando la tarjeta Visa
de Richard Lively...
Cerró los apartados de correos de Frederick
Lazarus en Mailboxes Etc. y dejó el penúltimo hotel como dirección para que le
remitieran la correspondencia.
Lo último que hizo fue meter el arma y la
munición junto con varias mudas en una bolsa, y volver al Rent–A–Wreck. Como
antes, alquiló un coche sencillo y anticuado. Pero esta vez procuró dejar un
mayor rastro.
– Tiene kilometraje ilimitado, ¿verdad?
–pregunto al empleado–. Porque tengo que ir a Nueva York y no quiero que me
cobren porcentaje por los kilómetros recorridos.
El empleado era un joven universitario que
habla cogido aquel trabajo para el verano y, tras haber pasado sólo unos días
en la oficina, ya estaba mortalmente aburrido.
– Sí. Kilometraje ilimitado. Por lo que
respecta a nosotros, puede ir a California y volver.
– No; tengo negocios en Manhattan –repitió
Ricky adrede–. Pondré mi dirección en la ciudad en el contrato de alquiler.
–Escribió el nombre y el número de teléfono del primero de los hoteles donde
había hecho una reserva a nombre de Frederick Lazarus.
– Claro. –El dependiente observó los
vaqueros y la camisa sport de Ricky–. Negocios. Ya.
– Y si tengo que prolongar mi estancia…
– El contrato de alquiler pone un número.
Llame ahí. Le cargaremos el importe adicional a la tarjeta de crédito, pero
necesitamos tener constancia. Si no, pasadas cuarenta y ocho horas denunciamos
el robo del coche.
– No quiero que eso ocurra.
– ¿Quién lo querría? –contestó el muchacho.
– Sólo una cosa más –comentó Ricky,
eligiendo las palabras con cierta cautela.
– Usted dirá.
– Dejé un mensaje a un amigo mío para que
alquilara un coche aquí. Verá, los precios están bien, los vehículos son buenos
y resistentes, y no hay tanto papeleo como en las grandes compañías de
alquiler.
– Por supuesto –dijo el muchacho, como si le
sorprendiera que alguien pudiera perder el tiempo teniendo cualquier clase de
opinión sobre coches de alquiler.
– Pero no estoy seguro de que recibiera bien
el mensaje.
– ¿Quién?
– Mi amigo. Viaja mucho por negocios, como
yo, así que siempre está buscando un buen trato.
– ¿Y?
– Pues que si llega a venir para ver si es
aquí donde yo alquilé el coche, oriéntelo y trátelo bien, ¿de acuerdo? –dijo
Ricky.
– Si es mi turno... –dijo el empleado.
– Está aquí de día, ¿verdad?
El joven asintió con un gesto que parecía
indicar que pasarse los primeros días de verano tras un mostrador era algo
parecido a estar en la cárcel, y Ricky pensó que probablemente lo fuera.
– De modo que lo más seguro es que sea usted
quien le atienda.
– Lo más seguro.
– Bueno, pues si pregunta por mí, dígale que
me fui de viaje de negocios. A Nueva York. Él sabrá mis planes.
– Ningún problema. –El joven se encogió de
hombros para añadir–: Eso si pregunta. En otro caso...
– Claro. Pero si alguien pregunta, ya sabe
que será mi amigo.
– ¿Y cómo se llama? –preguntó el empleado.
– R. S. Skin –sonrió Ricky–. Es fácil de
recordar: señor R. S. Skin.
En el viaje por la carretera 95 hacia Nueva
York se detuvo en tres centros comerciales distintos, situados todos junto a la
carretera. U no justo antes de Boston y los otros dos en Connecticut, cerca de
Bridgeport y en New Haven. En cada uno de ellos, recorrió los pasillos
centrales entre las hileras de tiendas de modas y los puestos de galletas de
chocolate hasta encontrar un lugar donde vendían teléfonos móviles. Para cuando
terminó de comprar, había adquirido cinco móviles diferentes, todos a nombre de
Frederick Lazarus y todos con la promesa de cientos de minutos gratis y tarifas
de larga distancia reducidas. Los teléfonos correspondían a cuatro compañías
distintas y, aunque cada vendedor preguntó a Ricky al rellenar el contrato de
compra y uso anual si tenía otros móviles, ninguno se molestó en comprobar que
fuera cierto que no. Ricky contrató todos los extras de cada teléfono, con
identificación de las llamadas, llamadas en espera y demás prestaciones, lo que
hacía que los vendedores estuvieran ansiosos por finalizar el papeleo.
También se detuvo en un pequeño centro
comercial donde, tras una pequeña búsqueda, encontró una tienda de material de
oficina. En ella compró un ordenador portátil bastante barato y el hardware
necesario. También compró una bolsa para llevado.
A primera hora de la tarde llegó a Nueva
York. Dejó el coche en un aparcamiento descubierto junto al río Hudson, en la
calle Cincuenta Oeste, y después tomó el metro hasta el hotel, situado en
Chinatown. Se registró con un recepcionista llamado Ralph, que había tenido
acné galopante de pequeño y lucía las marcas en las mejillas, lo que le
confería un aspecto desagradable. Ralph no tenía mucho que decir, aparte de
parecer algo sorprendido de que la tarjeta de crédito de Frederick Lazarus
funcionara bien. La palabra «reserva» también le sorprendió. Ricky pensó que no
era la clase de hotel que recibía muchas. Una prostituta que trabajaba en la
habitación del final del pasillo le dirigió una sonrisa sugerente y una mirada
invitadora, pero él negó con la cabeza y abrió la puerta de su habitación. Era
un sitio tan mediocre como había imaginado. Era también la clase de lugar donde
el hecho de que Ricky llegara sin equipaje y saliera de nuevo a los quince
minutos no llamaría demasiado la atención.
Tomó otro metro hacia el último hotel de la
lista, donde había alquilado un apartamento. Ahí se convirtió en Richard Lively
y contestó con monosílabos al hombre de recepción. Al dirigirse a su
apartamento llamó la menor atención posible.
Esa noche salió a comprarse un bocadillo y
un par de refrescos. Se pasó el resto de la velada en silencio, haciendo
planes, salvo por una salida a medianoche.
Un chaparrón aislado había dejado la calle
brillante. Unas farolas amarillas lanzaban arcos de luz pálida sobre el
asfalto. El aire nocturno era algo cálido, con un espesor que indicaba la
proximidad del verano. Contempló la acera y pensó que nunca había sido
consciente de la cantidad de sombras que ocupaban la noche de Manhattan. Supuso
que él también era una.
Caminó por las calles con rapidez hasta que
encontró una solitaria cabina de teléfono. Le pareció que había llegado el
momento de comprobar si tenía mensajes.
29
Una sirena rasgó la noche a una manzana de
la cabina. Ricky no sabía si sería la policía o una ambulancia. Sabía que los
coches de bomberos tenían un sonido más grave y de inconfundible estridencia.
Pero la policía y las ambulancias sonaban muy parecidas. Pensó que había pocos
ruidos en el mundo que auguraran problemas como el de una sirena.
Era algo inquietante y temible, como si la
estridencia del sonido atacase el equilibrio y la esperanza. Esperó a que el
estrépito se desvaneciera en la oscuridad y regresara la tranquilidad habitual
de Manhattan: el ruido regular de los coches y autobuses que circulaban por las
calles y algún que otro temblor bajo la superficie al pasar un metro por los
túneles subterráneos que entrecruzaban la ciudad.
Marcó el número del Village Voice y accedió
a las respuestas a su anuncio personal en el buzón 1313. Había casi tres
docenas.
La mayoría eran insinuaciones y promesas de
aventuras sexuales. Casi todos mencionaban la «diversión y juegos especiales»
del anuncio de Ricky, que parecían apuntar, como había imaginado, en una
dirección determinada. Varias personas habían preparado pareados para contestar
al suyo, pero incluyendo promesas de vigoroso sexo. Percibió un entusiasmo
desenfrenado en sus voces.
El trigésimo era, como había esperado, muy
distinto. La voz era fría, casi monótona, amenazadora. También poseía un sonido
metálico, casi mecánico. Ricky supuso que habían usado un distorsionador de
voz. Pero no escondía el ataque psicológico de la respuesta.
Ricky es listo,
Ricky es muy astuto,
pero ha cometido
un error absoluto.
Cree que está a
salvo y quiere jugar,
pero escondido se
debería quedar.
Que escapara una
vez es impresionante
pero no por ello
debería estar exultante.
Otro juego, en una
segunda ocasión
volverá a llegar a
la misma conclusión.
Sólo que ahora lo
que me debe pagar,
por fin completo
me lo vaya cobrar.
Escuchó la respuesta tres veces, hasta
memorizarla. La voz tenía algo más que le inquietaba, como si las palabras
dichas no fueran suficiente e incluso el tono estuviera cargado de odio. Pero,
más allá de eso, le pareció que la voz tenía algo reconocible, casi familiar,
que se sobreponía a la falsedad del distorsionador. Esta idea le sacudió, en
especial al percatarse de que era la primera vez que oía hablar a
Rumplestiltskin. Todos los demás contactos habían sido indirectos, sobre papel
o repetidos por Merlín o Virgil. Oír la voz de ese hombre le hizo ver imágenes
pesadillescas y sentir un escalofrío. Se dijo que no debía subestimar la
magnitud del reto que se había impuesto.
Reprodujo los demás mensajes, a sabiendas de
que al final habría otra voz mucho más conocida. La había. A continuación del
silencio que acompañó al breve poema, Ricky oyó la voz grabada de Virgil.
Escuchó con atención para captar matices que pudieran indicarle algo.
«Ricky, Ricky, Ricky. Qué agradable tener
noticias tuyas, y qué sorprendente, además.»
– Seguro –murmuró Ricky para sí–. Me lo
imagino.
Siguió escuchando a la joven. Los tonos que
utilizaba eran los mismos que antes, agresivos, engatusadores y burlones un
instante y duros e intransigentes al siguiente. Ricky pensó que Virgil
participaba en el juego tanto como su jefe. Su peligro radicaba en los colores
camaleónicos que adoptaba; tanto intentaba resultar amable como furiosa y
directa. Si Rumplestiltskin simbolizaba la determinación para lograr un
propósito, frío y concentrado, Virgil era voluble. Y Merlín, del que todavía no
tenía noticias, era como un contable, desapasionado, con el enorme peligro que
eso implicaba.
« ...Cómo escapaste, bueno, debo decir que
es algo que tiene a algunas personas de círculos importantes revisando su modo
de enfocar las cosas. Un segundo examen minucioso de tu caso. Sirve para
demostrar lo escurridiza que puede ser la realidad, ¿verdad, Ricky? Yo se lo
advertí, ¿sabes? De veras. Les dije: "Ricky es muy inteligente. Intuitivo
y de gran rapidez mental. "Pero no me creyeron. Pensaban que eras tan
tonto e inocente como los demás. Y mira dónde nos ha llevado eso. Eres el alfa
y omega de los cabos sueltos, Ricky. El plato fuerte. Diría que muy peligroso
para todos los implicados. –Resopló, como si sus propias palabras le dijeran
algo. Prosiguió–: Me cuesta imaginar por qué quieres echar unas partidas más
con el señor R. Es lo que cabría pensar al ver tu querida casa de veraneo
consumida por las llamas; fue muy hábil e inteligente por tu parte, Ricky.
Quemar toda esa felicidad junto con todos los recuerdos, era un mensaje claro
para nosotros. De un psicoanalista, nada menos. No lo previmos, en absoluto.
Pero habría imaginado que esa experiencia te habría enseñado que el señor R es
un hombre muy difícil de superar en una contienda, en especial en las que
planea él mismo. Deberías haberte quedado donde estabas, Ricky, bajo la piedra
que hayas encontrado para esconderte. O quizá deberías huir ahora. Huir y
ocultarte para siempre. Empezar a cavar un agujero en algún lugar lejano, frío
y oscuro, y seguir cavando. Porque sospecho que esta vez el señor R querrá
tener una prueba más clara de su victoria. Una prueba incontestable. Es una
persona muy concienzuda. O eso tengo entendido.»
Virgil enmudeció, como si hubiera colgado el
auricular de golpe.
Ricky oyó un siseo electrónico y accedió al
siguiente mensaje telefónico. Era Virgil por segunda vez.
«Mira, Ricky, detestaría verte repetir el
resultado del primer juego, pero si eso es lo que hace falta, bueno, tú lo has
querido. ¿Cuál es ese "otro juego" del que hablas y cuáles son las
reglas? A partir de ahora leeré el Village Voice con más atención. Y mi jefe
está..., bueno, ansioso no parece la palabra más adecuada. Consumido de
impaciencia, como un caballo de carreras, quizás. Así que estamos esperando la
salida.»
– Ya ha pasado –dijo Ricky en voz alta tras
colgar el auricular. «Zorros y sabuesos –pensó–. Piensa como el zorro. Tienes
que dejar un rastro para saber dónde están, pero mantener suficiente ventaja
para que no te detecten y capturen. Y, a continuación, llevarlos directamente a
donde quieres.»
Por la mañana, Ricky tomó el metro al centro
hacia el primer hotel en el que se había registrado. Devolvió la llave de la
habitación a un recepcionista que leía una revista pornográfica titulada
Profesiones del amor tras el mostrador. El hombre ofrecía un aspecto de lo más
desastrado, con prendas que le caían mal, la cara picada de acné y una cicatriz
en un labio. Ricky pensó que en un cásting no podrían haber el elegido a nadie
mejor para ese puesto. El hombre tomó la llave sin pronunciar palabra, enfrascado
en lo que se mostraba con imágenes vibrantes y explícitas en la revista.
– Hola –saludó Ricky, con lo que logró una
mínima atención del hombre–. Podría ser que alguien viniera preguntando por mí
para dejarme un paquete.
El hombre asintió distraídamente, absorto en
los personajes retozones de la revista.
– El paquete significa algo –insistió Ricky.
– Claro –contestó el otro, casi sin hacer el
menor caso a lo que Ricky decía.
Ricky sonrió. No podría haber imaginado una
conversación más adecuada a sus intereses. Echó un vistazo alrededor para
comprobar que estaban solos en aquel vestíbulo soso y deslucido, metió una mano
en el bolsillo de la chaqueta y, por debajo del mostrador, amartilló su
pistola, lo que hizo un ruido característico.
El recepcionista levantó la mirada con los
ojos como platos.
– Conoce ese sonido, ¿verdad, imbécil?
–Ricky le dedicó una sonrisa torcida.
El hombre levantó las manos y las puso sobre
el mostrador. –Quizás ahora me preste atención –dijo Ricky.
– Le estoy escuchando –aseguró el hombre.
Parecía un veterano en el arte de ser robado o amenazado.
– Permita entonces que empiece otra vez
–dijo Ricky–. Un hombre traerá un paquete para mí. Vendrá aquí a preguntar y
usted le dará este número. Coja un lápiz y anote: 212 5552798. Aquí podrá
localizarme. ¿Entendido?
– Entendido.
– Pídale cincuenta dólares –sugirió Ricky–.
Tal vez cien. Lo vale.
– ¿Y si no estoy aquí? –El hombre pareció
decepcionado, aunque había asentido–. Suponga que está el del turno de noche.
– Estará aquí si quiere los cien dólares
–contestó Ricky. Y añadió–: Y a cualquier otra persona que venga preguntando, y
me refiero a cualquiera que no traiga un paquete, usted le dirá que no sabe
adónde fui, quién soy ni nada de nada. Ni una palabra. Ninguna información.
¿Entendido?
– Sólo al del paquete –confirmó el hombre–.
Entendido. ¿Qué contiene el paquete?
– Es mejor que no lo sepa. Y estoy seguro de
que no espera que yo se lo diga.
Esta respuesta parecía decirlo todo.
– Suponga que no veo ningún paquete. ¿Cómo
sabré que es el hombre correcto?
– En eso tiene razón –asintió Ricky–. Le
diré qué haremos. Le preguntará si conoce al señor Lazarus y él le responderá
algo así como «Todo el mundo sabe que Lázaro se levantó al tercer día».
Entonces usted le dará el número. Si lo hace bien, puede que consiga más de
cien.
– El tercer día. Lázaro se levantó. Suena
como sacado de la Biblia.
– Puede.
– Muy bien. Entendido.
– Perfecto –dijo Ricky, y volvió a guardarse
el arma en el bolsillo después de devolver el percutor a su sitio con un sonido
tan característico como el de amartillar–. Me alegra que hayamos tenido esta
charla. Ahora mi estancia aquí me resulta mucho más satisfactoria. No
interrumpiré más su educación –soltó con una sonrisa a la vez que señalaba la
revista pornográfica. Y acto seguido se marchó.
Por supuesto, no existía el tal hombre del
paquete. Pero alguien distinto llegaría pronto al hotel. Con toda probabilidad,
el recepcionista soltaría la información pertinente a quien fuera, sobre todo
ante el anzuelo del dinero o la amenaza de daño físico, que Ricky estaba seguro
de que el señor R, Merlín o Virgil, o quienquiera que fuera, usaría en una
sucesión relativamente rápida. Y entonces Rumplestiltskin tendría algo de que
preocuparse. Un paquete que no existía. Con una información inexistente. Entregado
a una persona que nunca existió. A Ricky le gustaba. Le daba a su perseguidor
algo ficticio en lo que preocuparse.
Fue a registrarse al siguiente hotel.
La decoración era muy parecida a la del
primero, lo que le tranquilizó. Un recepcionista distraído y desganado, sentado
detrás de un largo mostrador de madera arañado. Una habitación sencilla,
deprimente y deslucida. Se había cruzado con dos mujeres con falda corta,
maquillaje brillante, tacones de aguja y medias negras de malla, de profesión
inconfundible, que aguardaban en el pasillo y que lo habían observado con
entusiasmo financiero cuando pasó. Había meneado la cabeza cuando una de ellas
le había dirigido una mirada sugestiva. Oyó decir a una de ellas: «Policía», y
se fueron, lo que le sorprendió. Pensó que se estaba adaptando bien, o por lo
menos visualmente, al mundo al que había descendido. Pero tal vez fuera más
difícil de lo que creía desprenderse del lugar que uno ha ocupado en la vida.
Llevamos nuestras señas de identidad tanto interior como exteriormente.
Se dejó caer en la cama y los muelles
cedieron bajo su peso. Las paredes eran delgadas y oyó el éxito de una
compañera de trabajo de aquellas mujeres filtrarse a través del yeso: una serie
de gemidos y traqueteos al hacer un buen uso de la cama. De no haber estado tan
concentrado, se habrían deprimido bastante los sonidos y los olores, en
particular el ligero hedor a orín que se filtraba por los conductos de aire.
Pero ese entorno era justo lo que quería. Necesitaba que Rumplestiltskin
pensara que se había familiarizado de algún modo con los barrios bajos.
Ricky alargó la mano hacIa el teléfono.
La primera llamada que hizo fue al agente de
bolsa que habla manejado sus cuentas de inversiones cuando aun vivía. Hablo con
su secretaria.
– ¿En qué puedo ayudarle? –preguntó ésta.
– Hola –dijo Ricky–. Me llamo Diógenes… –
Deletreó despacio el nombre y tras pedirle que lo anotara, prosiguió–:
Represento al señor Frederick Lazarus, albacea testamentario del difunto doctor
Frederick Starks. Queremos informarle de que estamos investigando las
importantes irregularidades relativas a su situación financiera antes de su
fallecimiento.
– Creo que nuestro personal de segundad ya
investigó esa situación.
– No a nuestra entera satisfacción. Les
enviaremos a alguien para revisar esos registros y encontrar los fondos
desaparecidos para que puedan ser entregados a sus legítimos herederos. Añadiré
que hay personas muy disgustadas con el modo en que fue tratado este asunto.
– Ya veo, pero ¿quién...? –La secretaria se
habla puesto nerviosa, desconcertada por los tonos autoritarios y abruptos
utilizados por Ricky.
– Me llamo Diógenes. Por favor, recuérdelo.
Me pondré en contacto con ustedes mañana o pasado. Pida a su jefe que reúna los
registros correspondientes a todas las transacciones, sobre todo las
transferencias telegráficas y electrónicas para que no perdamos tiempo en
nuestra reunión. En este examen inicial no me acompañarán los Inspectores de la
Comisión de Vigilancia del Mercado de Valores, pero tal vez sea necesario en el
futuro. Es una cuestión de cooperación, ¿comprende?
Ricky supuso que aquella velada amenaza
surtiría un efecto inmediato. A ningún corredor le gusta oír hablar de
investigadores de la Comisión de Vigilancia.
– Creo que será mejor que usted hable con...
– Sin duda, pero cuando vuelva a llamar
mañana o pasado. Ahora tengo una reunión, y otras llamadas que hacer respecto a
este asunto, así que tengo que colgar. Gracias.
Y, dicho esto, colgó con una perversa
sensación de satisfacción.
No creía que su antiguo corredor de bolsa,
un hombre aburrido, interesado sólo en el dinero que ganaba o perdía,
reconociera el nombre del personaje que vagaba por la antigüedad en su búsqueda
infructuosa de un hombre honesto. Pero Ricky conocía a alguien que lo
comprendería de inmediato.
Su siguiente llamada fue al presidente de la
Sociedad Psicoanalítica de Nueva York.
Había coincidido con ese médico sólo un par
de veces en el pasado, en la clase de reuniones del establishment médico que
tanto evitaba, y le había parecido un mojigato y un presuntuoso entusiasta de
Freud, dado a hablar incluso a sus colegas con largos silencios y pausas
vacías. Era un psicoanalista veterano de Nueva York y había tratado a muchos
famosos con las técnicas del diván y el silencio, y de algún modo había usado
todos esos pacientes destacados para darse importancia, como si tener a un
actor ganador de un Oscar, a un escritor ganador del Pulitzer o a un financiero
multimillonario en el diván lo convirtiera en mejor terapeuta o mejor ser
humano. Ricky, que había vivido y ejercido su profesión en aislamiento y
soledad hasta su suicidio, no creía que hubiera la menor posibilidad de que
aquel hombre reconociera su voz, así que ni siquiera intentó disimulada.
Esperó a que faltaran nueve minutos para la
hora. Sabía que tenía más probabilidades de que el médico contestara el
teléfono en persona entre un paciente y otro.
Contestaron al segundo tono. Lo hizo una voz
monótona, áspera, que se ahorró hasta el saludo:
– Soy el doctor Roth.
– Doctor, me alegra encontrarle. Soy el
señor Diógenes, y represento al señor Frederick Lazarus, el albacea
testamentario del difunto doctor Frederick Starks.
– ¿En qué puedo ayudarle? –repuso Roth.
Ricky hizo una pausa, un poco de silencio que incomodaría al doctor, más o
menos la misma técnica que él mismo solía utilizar.
– Estamos interesados en saber cómo se
resolvió exactamente la denuncia contra el malogrado doctor Starks –contestó
Ricky con una agresividad que le sorprendió.
– ¿La denuncia?
– Sí. La denuncia. Como usted sabe, poco
antes de su muerte se hicieron algunas acusaciones relativas a abusos sexuales
con una paciente. Queremos saber cómo se resolvió la investigación.
– No sé si hubo ningún veredicto
oficial–dijo Roth con firmeza–. Desde luego, no de la Sociedad Psicoanalítica.
El suicidio del doctor Starks tornó superfluas las investigaciones.
– ¿De veras? ¿No se le ocurrió a usted ni a
nadie de la sociedad que preside que tal vez su suicidio estuvo provocado por
la injusticia y la falsedad de esas acusaciones, en lugar de ser una especie de
confirmación de ellas?
– Por supuesto que lo tuvimos en cuenta
–contestó Roth tras una pausa.
«Seguro que sí –pensó Ricky–. Mentiroso.»
– ¿Le sorprendería saber que la joven que
presentó las acusaciones ha desaparecido?
– ¿Cómo dice?
– No volvió para continuar con la terapia de
seguimiento con el médico de Boston a quien presentó las acusaciones iniciales.
– Es curioso...
– ¿Y que sus intentos por localizada
arrojaron como resultado el inquietante hecho de que su identidad era falsa?
– ¿Falsa?
– Y se averiguó también que sus acusaciones
formaban parte de un engaño. ¿Lo sabía, doctor?
– Pues no, no. No lo sabía. Como le dije, el
asunto se abandonó después del suicidio.
– Dicho de otro modo, se lavaron las manos.
– El caso se trasladó a las autoridades
competentes.
– Pero ese suicidio les ahorró a ustedes y a
su profesión una gran cantidad de publicidad negativa y embarazosa, ¿verdad?
– No lo sé. Bueno, por supuesto, pero...
– ¿Ha pensado que quizá los herederos del
doctor Starks querrían una reparación? ¿Que limpiar su nombre, incluso tras la
muerte, podría ser importante para ellos?
– No me lo había planteado en esos términos.
– ¿Sabe que se les podría considerar
responsables de la muerte del doctor Starks?
Esta afirmación obtuvo una previsible
respuesta violenta.
– ¡En absoluto! Nosotros no...
– Hay otras clases de responsabilidad en el
mundo además de la legal, ¿no es así, doctor? –le interrumpió Ricky.
Le gustó esta réplica. Se refería a la
esencia misma del psicoanálisis. Pudo imaginar cómo aquel colega suyo cambiaba,
incómodo, de postura en la silla. Tal vez el sudor empezaba a perlarle la
frente.
– Por supuesto, pero...
– Pero nadie en la Sociedad Psicoanalítica
quería realmente saber la verdad, ¿no? Era mejor que desapareciera en el mar
junto con el doctor Starks, ¿correcto?
– No creo que deba contestar esta clase de
preguntas, señor... esto...
– Claro que no. No en este momento. Quizá
más adelante. Pero es curioso, ¿no cree, doctor?
– ¿Qué?
– Que la verdad sea incluso más fuerte que
la muerte –le espetó, y colgó.
Se echó de nuevo en la cama y contempló el
techo blanco y la bombilla desnuda. Notaba que le sudaban las axilas como si
hubiese hecho un gran esfuerzo para mantener esa conversación, pero no era un
sudor nervioso, sino más bien el resultado de una justicia satisfactoria. En la
habitación contigua, la pareja había vuelto a empezar, y por un momento escuchó
los ritmos inconfundibles del sexo, que le resultaron divertidos y hasta
placenteros.
«Más de uno se lo pasa en grande durante la
jornada laboral», pensó.
Luego se levantó y buscó hasta encontrar un
pequeño bloc de papel en el cajón de la mesilla de noche y un bolígrafo.
En el papel escribió los nombres y los
teléfonos de los dos hombres a los que acababa de llamar. Bajo ellos, anotó
«Dinero. Reputación.» Puso señales junto a esas palabras y escribió a
continuación el nombre del tercer hotel sórdido en el que había hecho una
reserva. y debajo garabateó la palabra «casa».
Después arrugó el papel y lo lanzó a una
papelera de metal. Dudaba que limpiaran con demasiada regularidad la habitación
y pensó que había muchas probabilidades de que quien fuera a buscarlo a él
encontrara el papel. Además, sería lo bastante listo como para comprobar las
llamadas telefónicas de esa habitación, lo que reflejaría los números que
acababa de marcar. Relacionar esos números con las conversaciones no era
demasiado difícil.
«El mejor juego es aquel en el que no te das
cuenta de que estás jugando», pensó.
30
En su recorrido por la ciudad, Ricky
encontró una tienda de excedentes del ejército y la armada en la que compró
varias cosas que tal vez le fueran de utilidad para la siguiente fase del juego
que tenía en mente: una palanca pequeña, un candado para bicicletas, unos
guantes de látex, una linterna minúscula, un rollo de cinta adhesiva de
fontanería de color gris y el par más barato de prismáticos que tenían. También
un aerosol de repelente de insectos que contenía cien por cien de DEET, lo que,
como pensó compungido, era lo más cercano al veneno que se había planteado
nunca ponerse en el cuerpo. Era una extraña colección de objetos, pero no
estaba demasiado seguro de lo que iba a necesitar para la tarea que tenía
prevista, así que con la variedad compensó la incertidumbre.
Esa tarde, temprano, regresó a su habitación
y metió estas cosas, junto con la pistola y dos de los recién adquiridos
teléfonos móviles, en una mochila pequeña. Usó el tercer teléfono móvil para
llamar al siguiente hotel de su lista, el único en el que todavía no se había
registrado, para dejar un mensaje urgente a Frederick Lazarus con la petición
de que devolviera la llamada en cuanto llegara. Dio el número del móvil a un
recepcionista y, acto seguido, metió ese teléfono en un bolsillo exterior de la
mochila, después de marcado con un bolígrafo. Cuando llegó al coche, sacó el
móvil y volvió a llamar al hotel para dejarse otro mensaje urgente a sí mismo.
Lo hizo tres veces más mientras circulaba por la ciudad en dirección a Nueva
Jersey y, en cada ocasión, pedía con más insistencia que el señor Lazarus le
devolviera la llamada enseguida porque tenía que darle una información
importante.
Tras el tercer mensaje con ese móvil, se
paró en el área de descanso Joyce Kilmer, en la autopista de Jersey. Fue al
aseo, se lavó las manos y dejó el teléfono en el borde de la pila. Al salir,
varios adolescentes se cruzaron con él en dirección a los lavabos. Encontrarían
el teléfono y lo usarían muy deprisa, que era lo que él quería.
Era casi de noche cuando llegó a West
Windsor. El trafico habla sido denso a lo largo de toda la autopista, con los
coches sin demasiada separación y circulando a excesiva velocidad hasta que
todos aminoraron con un estrépito de cláxones, en medio de un calor sofocante,
debido a un accidente cerca de la salida 11. Curiosear aminoraba aún más la
marcha a medida que los coches pasaban junto a dos ambulancias media docena de
coches de policía y las carrocerías retorcidas y destrozadas de dos
automóviles. Un hombre de camisa blanca y corbata se tapaba la cara con las
manos, medio en cuclillas, junto a la cuneta. Cuando Ricky pasaba, una
ambulancia arrancó con un agudo ruido de sirena y un policía de tráfico
examinaba la marca de un patinazo. Otro estaba apostado junto a unos conos
colocados en la carretera haciendo señas a los conductores de que circularan,
con una expresión severa y de reproche, como si la curiosidad, la más humana de
todas las emociones, estuviera fuera de lugar en esas circunstancias y sólo
constituyese una molestia para él. Ricky pensó que la perspicacia de un
analista, lo que él había sido antes, era como la mirada que exhibía en ese
momento el policía.
Se detuvo en una cafetería de la carretera
1, cerca de Princeton, y para matar el tiempo tomó una hamburguesa con queso y
patatas fritas que, por imposible que parezca, eran preparadas por una persona
y no por máquinas y temporizadores. La luz de julio alargaba el día y, cuando
salió, todavía faltaba un rato para que remara la oscuridad. Condujo hasta el
cementerio donde había estado dos semanas atraso El encargado se había
marchado, como él esperaba. Tuvo suerte de que la entrada no estuviera cerrada
con llave, de modo que, llevo el coche hasta detrás del cobertizo de madera
blanca y lo dejó ahí, mas o menos escondido de la carretera y, sin duda, con un
aspecto bastante anodino para cualquiera que pudiera vedo.
Antes de colgarse la mochila al hombro,
dedicó un momento a rociarse con el repelente de insectos y ponerse los guantes
de látex. Sabía que no taparían su olor corporal, pero por lo menos le
servirían para protegerse de las garrapatas. La luz del día empezaba a
desvanecerse y el cielo de Nueva Jersey adquiría un anormal color gris
amarronado, como si los extremos del mundo se hubiesen quemado con el calor de
la tarde. Se puso la mochila al hombro y, con una sola mirada a la desierta
carretera rural, echó a correr hacia el criadero de perros donde le esperaba la
información que necesitaba. Del asfalto oscuro todavía se elevaba mucho calor,
que pronto se le metió en los pulmones. Respiraba con dificultad pero sabía que
no era debido al esfuerzo físico.
Dejó la carretera y se escondió entre los
árboles para pasar frente al cartel de la entrada con la imagen del enorme
rottweiler. Después, se adentró en la vegetación que ocultaba el criadero de la
carretera, eligiendo con cuidado su ruta hacia la casa. Todavía oculto en el
follaje y sumido en las primeras sombras de la noche que se aproximaba, sacó
los gemelos de la mochila y examinó el exterior, cuya distribución pudo
observar mejor que en su primera visita.
Dirigió primero la vista a las jaulas que
había junto a la oficina, donde detectó a Brutus, que se paseaba con
nerviosismo.
«Huele el repelente –pensó Ricky–. Y por
debajo percibe mi olor. Pero aún está confundido.
Para el perro aún era una leve señal de
alarma. Ricky no se había acercado todavía lo suficiente para ser considerado
una amenaza. Envidió un momento el mundo elemental de ese animal, definido por
olores e instintos y libre de los caprichos de las emociones.
Describió un arco con los prismáticos y
detectó una luz en el interior de la casa. Observó fijamente por un par de
minutos y vio el inconfundible resplandor de un televisor en una habitación
cercana a la entrada. La oficina, que quedaba un poco a su izquierda, estaba a
oscuras, y supuso que cerrada con llave. Hizo un último reconocimiento visual y
vio un gran reflector cuadrado más o menos a la altura del tejado. Imaginó que
se activaba por movimiento y que su radio de acción se situaba delante de la
casa. Guardó los gemelos en ~; la mochila y avanzó en paralelo al edificio, sin
salir del margen de la maleza, hasta llegar al borde de la finca. Una carrera
rápida lo situaría en la entrada de la oficina y quizás evitaría que se
encendieran las luces exteriores.
Su presencia no sólo había puesto nervioso a
Brutus. Otros perros se movían en sus recintos husmeando el aire. Unos cuantos
ladraron una o dos veces, inquietos y recelosos ante un olor desconocido.
Ricky sabía con exactitud qué quería hacer y
pensó que, como plan, tenía sus virtudes. No sabía si lo lograría, pero era
consciente de algo: hasta ahora sólo había rozado la ilegalidad. Este paso era
de otro tipo. Y era consciente de otro detalle: para ser un hombre al que le
gustaba jugar, Rumplestiltskin no tenía normas. Por lo menos, ninguna impuesta
por cualquier moralidad conocida. Ricky sabía que, aunque el señor R aún no se
hubiera dado cuenta, él estaba a punto de introducirse un poco más en ese terreno.
Inspiró hondo. Pensó que el viejo Ricky
jamás se habría imaginado en esta situación. El nuevo Ricky tenía una
determinación fría e inquebrantable.
«Lo que era no es lo que soy –se dijo–. Y lo
que soy no es aún lo que puedo ser.»
Se preguntó si había sido alguna vez algo de
lo que era o algo de lo que iba a ser. Ésa era una cuestión complicada. Sonrió
para sí. Una cuestión que tiempo atrás podía haberse pasado horas o días
analizando en el diván. Ya no. La sepultó en lo más profundo de su ser.
Alzó los ojos al cielo y vio que la última
luz del día había desaparecido por fin y que pronto iba a reinar la oscuridad.
«Es el momento más variable del día –pensó–. Ideal para lo que vaya hacer.»
Así pues, sacó la palanca y el candado para
bicicletas y los sujetó con la mano derecha. Luego volvió a ponerse la mochila
al hombro, inspiró hondo y salió disparado de los arbustos a toda carrera hacia
la fachada del edificio.
Un estrépito de perros nerviosos perturbó al
instante la creciente penumbra. Aullidos, ladridos y gruñidos de toda clase y
potencia rasgaron el aire, tapando el ruido de sus zapatos en la grava del
camino de entrada. Era periféricamente consciente de que todos los animales
corrían en sus reducidos recintos, retorciéndose y revolviéndose con una
repentina agitación canina. Un mundo de marionetas espasmódicas, cuyos hilos
eran manejados por la confusión.
En unos segundos había llegado a la parte
delantera de la jaula de Brutus. El enorme perro parecía el único animal con
algo de compostura, pero lleno de amenaza. Caminaba de un lado a otro por el
suelo de cemento, pero se detuvo cuando Ricky llegó a la puerta. Lo miró un
segundo para gruñirle y enseñarle los dientes y luego, con una velocidad
asombrosa, lanzó sus más de cuarenta kilos contra la alambrada que lo contenía.
La fuerza del ataque hizo estremecer a Ricky. Brutus cayó hacia atrás, echando
espuma de rabia, y volvió a abalanzarse, entrechocando los dientes contra el
metal.
Ricky se movió deprisa y logró pasar con
rapidez el candado para bicicletas alrededor de las dos jambas de la puerta y
cerrarlo antes de que el animal tuviera tiempo de llegar a él. Hizo girar la
combinación del candado y lo dejó caer. Brutus rasgó de inmediato el forro de
goma negra que envolvía la cadena.
– Que te jodan –susurró Ricky imitando el
acento de un tipo duro–. No irás a ninguna parte.
Se dirigió a la entrada de la oficina. Pensó
que sólo le quedaban unos segundos antes de que el propietario reaccionara por
fin al creciente alboroto. Supuso que el hombre iría armado, pero no estaba
seguro. Quizá la confianza que le inspiraba la compañía de Brutus lo hubiera
hecho pensar que no necesitaba llevar armas.
Aplicó la palanca a la jamba de la puerta y
arrancó el cerrojo con un crujido de madera astillada. Era vieja, estaba algo
combada por los años y se partió con facilidad. Supuso que el propietario no
tenía nada de demasiado valor en la oficina y no imaginaba que algún ladrón
quisiera poner a prueba a Brutus. La puerta se abrió y Ricky entró. Metió la
palanca en la mochila, sacó la pistola y la amartilló.
En el interior se oía un recital de ansiedad
canina. El ruido era ensordecedor, lo que hacía difícil pensar, pero dio una
idea a Ricky. Encendió la linterna y avanzó por el pasillo húmedo y maloliente
donde había perros encerrados para abrir todas las jaulas a su paso.
En unos segundos estaba rodeado de un montón
de pequeños animales de distintas razas que saltaban y ladraban. Algunos
estaban aterrados, otros encantados. Husmeaban y aullaban confusos, pero
conscientes de estar libres. Había unas tres docenas de perros, inseguros de lo
que estaba pasando, pero más o menos resueltos a participar de todos modos.
Ricky contaba con esa característica básica de los perros que hace que, a pesar
de no entender demasiado qué ocurre, quieran participar en ello. Ver cómo los
perros le olisqueaban las piernas le arrancó una sonrisa a pesar del
nerviosismo de lo que estaba haciendo. Rodeado del grupo de animales que
saltaban y brincaban, regresó a la oficina. Agitaba los brazos para animar a
los perros a seguirle, como un Moisés impaciente a orillas del mar Rojo.
El foco se encendió en el exterior y oyó
cerrarse una puerta de golpe.
«El propietario –pensó–. El jaleo lo ha
alertado por fin y se pregunta qué mosca ha picado a los animales.»
Contó hasta diez. Tiempo suficiente para que
el hombre se acercara a la jaula de Brutus. Oyó un segundo ruido por encima de
los perros: el hombre estaba intentando abrir la jaula del rottweiler. Un ruido
metálico y después una maldición, al caer en la cuenta de que la jaula no se
abriría.
En ese momento Ricky abrió la puerta
delantera de la oficina.
– Muy bien, chicos. Estáis libres –dijo
agitando los brazos. Casi tres docenas de perros se abalanzaron hacia la noche
cálida de Nueva Jersey, elevando un confuso concierto de ladridos en
celebración de la libertad.
El propietario soltó palabrotas como un
loco y corrió para situarse en el límite de la luz del foco.
Los impetuosos animales lo derribaron,
haciéndolo permanecer hincado de rodillas ante la oleada de perros. Se
incorporó con dificultad y trató de atrapados a la vez que saltaban a su
alrededor y le empujaban. Un maremágnum de emociones animales mezcladas:
algunos perros asustados, otros felices, unos cuantos desorientados, todos
inseguros de lo que estaba pasando, sabiendo sólo que se alejaba mucho de su
rutina habitual y ansiosos de aprovechado, fuera lo que fuese. Ricky sonrió con
picardía. Se figuró que era una distracción muy efectiva.
Cuando el propietario alzó los ojos, detrás
de la masa revuelta de perros que husmeaban y saltaban vio la pistola de Ricky
apuntándole a la cara. Soltó un grito ahogado y se echó hacia atrás
sorprendido, como si la boca del cañón fuera tan contundente como la avalancha
de perros.
– ¿Está solo? –gritó Ricky para hacerse oír
por encima de los ladridos.
– ¿Qué?
– Si está solo. ¿Hay alguien más en la casa?
El hombre sacudió la cabeza.
– ¿Hay algún colega de Brutus en la casa?
¿Su hermano, su madre o su padre?
– No. Sólo yo.
Ricky acercó más la pistola al hombre, lo
suficiente para que el olor acre del metal y el aceite, y acaso de la muerte,
le llenara la nariz sin necesidad de tener el olfato de un perro.
– Convencerme de que está diciendo la verdad
es importante si quiere seguir con vida –indicó Ricky. Le sorprendió la
facilidad con que lo amenazaba, aunque no se hacía ilusiones de engañarse a sí
mismo con su farol.
Detrás de la alambrada, Brutus sufría un
ataque de furia. Seguía lanzándose hacia el metal y clavaba los dientes en el
obstáculo. La espuma le chorreaba por la boca y sus gruñidos vibraban en el
aire. Ricky observó al perro con recelo.
«Tiene que ser duro que te críen y adiestren
con un único objetivo y, cuando llega el momento de aplicar todo lo que has
aprendido, te veas frenado por una puerta cerrada con una cadena para
bicicletas», pensó Ricky.
El perro parecía casi abrumado por la
impotencia y a Ricky le recordó a un microcosmos de la vida de algunos de sus
ex pacientes.
– Sólo estoy yo. Nadie más.
– Muy bien. Entonces podremos hablar.
– ¿Quién es usted? –quiso saber el hombre.
Ricky tardó un segundo en recordar que en su
primera visita había ido disfrazado. Se frotó la mejilla con la mano. «Soy
alguien con quien desearía haber sido más agradable la primera vez que nos
vimos», pensó.
– Soy alguien a quien preferiría no conocer
–dijo a la vez que con el arma le indicaba que se moviese.
Tardó unos segundos en conseguir que el
propietario estuviera donde quería, es decir, sentado en el suelo con la
espalda apoyada contra la jaula de Brutus y las manos en las rodillas, a la
vista. Los otros perros no se acercaban demasiado al furioso rottweiler. Para
entonces, algunos habían desaparecido en la oscuridad y el campo, otros se
habían reunido a los pies del propietario y unos cuantos más saltaban y jugaban
en el camino de grava.
– Sigo sin saber quién es usted –dijo el
hombre. Miraba a Ricky con los ojos entrecerrados e intentaba identificarlo. La
combinación de las sombras y el cambio de aspecto eran ventajosos para Ricky–.
¿Qué quiere? Aquí no tengo dinero y...
– No quiero robarle, a no ser que obtener
información se considere un hurto, algo que yo antes creía así en cierto
sentido –contestó Ricky enigmáticamente.
– No lo entiendo –dijo el hombre a la vez
que sacudía la cabeza–. ¿Qué quiere saber?
– Hace poco, un detective privado vino a
hacerle unas preguntas.
– Sí. ¿Y qué?
– Me gustaría que las contestara.
– ¿Quién es usted? –insistió el hombre.
– Ya se lo dije. Pero ahora lo único que
necesita saber es que yo voy armado y usted no. Y el único medio con que podría
defenderse está encerrado en esa jaula y, por lo visto, le sienta fatal.
El propietario asintió, y de pronto
aparentó recuperarse un poco.
– No parece la clase de persona que usaría
una pistola. Así que a lo mejor no le digo nada sobre lo que sea que le
interesa tanto. Váyase a la mierda, quienquiera que sea.
– Quiero saber detalles sobre el matrimonio
que poseía este sitio, y sobre cómo lo compró usted. Y, en particular, sobre
los tres niños que ellos adoptaron aunque usted lo niegue. Y me gustaría que me
hablara sobre la llamada telefónica que hizo después de que mi amigo Lazarus le
hiciera una visita el otro día. ¿A quién llamó?
El hombre sacudió la cabeza.
– Le diré una cosa: me pagaron por hacer esa
llamada –explicó–. Y también me salía a cuenta intentar retener aquí a ese
hombre, quienquiera que fuera. Fue una lástima que se largara. Habría recibido
una prima.
– ¿De quién?
– Eso es cosa mía, señor tipo duro. –El
hombre sacudió la cabeza–. Como le dije: jódase.
Ricky le encañonó la cara y el hombre sonrió
burlón.
– He visto a tipos que saben usar ese chisme
y apuesto lo que sea a que usted no es uno de ellos. –Su voz era un poco la de
un jugador nervioso. Ricky supo que no estaba del todo seguro ni en un sentido
ni en otro.
A Ricky no le temblaba la mano. Le apuntó
entre los ojos. A medida que pasaban los segundos, más incómodo parecía el
hombre, lo que, en opinión de Ricky, era bastante razonable. El sudor perló su
frente. Pero, en ese sentido, cada segundo de demora respaldaba la
interpretación que el hombre había hecho de él. Se dijo que podría tener que
convertirse en un asesino, pero no sabía si podría matar a alguien que no fuera
el blanco principal. Alguien simplemente superfluo y secundario, aunque
detestable. Se lo planteó un momento y luego sonrió con frialdad. «Hay una gran
diferencia entre disparar al hombre que te ha arruinado la vida y disparar a
una pieza de ese engranaje», pensó.
– ¿Sabe? –dijo despacio–. Tiene toda la
razón. No me he encontrado muchas veces en esta situación. Resulta claro que no
tengo mucha experiencia en este terreno, ¿verdad?
– Sí –respondió el hombre–. Es de lo más
evidente. –Cambió un poco de postura, como si se relajara.
– Puede –concedió Ricky con tono
inexpresivo–. Debería practicar un poco.
– ¿Como?
– He dicho que debería practicar. ¿Cómo voy
a saber si seré capaz de usar este chisme con usted si no me entreno antes con
algo menos importante? Quizá mucho menos importante.
– Sigo sin entender –dijo el propietario.
– Claro que entiende. Pero no se está
concentrando. Lo que le estoy diciendo es que no me gustan los animales.
A continuación, levantó un poco la pistola
y, con todas las prácticas de tiro en Nueva Hampshire en mente, inspiró hondo
lentamente, se calmó por completo y apretó el gatillo. El retroceso del arma en
su mano fue brutal. Una única bala rasgó el aire y zumbó en la oscuridad.
Ricky supuso que había dado en la alambrada
y se había desviado.
No sabía si habría tocado o no al
rottweiler. El hombre se quedó atónito, casi como si le hubieran abofeteado, y
se tocó la oreja con una mano para comprobar si la bala le había rozado.
En el patio se armó de nuevo un revuelo
canino, en una combinación de aullidos, ladridos y carreras. Brutus, el único animal
encerrado, comprendió la amenaza a la que se enfrentaba y se lanzó otra vez con
violencia hacia la alambrada que le impedía el paso.
– Debo de haber fallado –comentó Ricky con
indiferencia–. Mierda. Y pensar que soy muy buen tirador. –Apuntó al furioso y
frenético perro.
– ¡Dios mío! –exclamó el propietario.
– Aquí no. –Ricky sonrió–. Ahora no.
Caramba, yo diría que esto no tiene nada que ver con la religión. Lo importante
es: ¿quiere a su perro?
– ¡Dios mío! ¡Espere! –El hombre estaba casi
tan frenético como los demás animales que corrían por el camino de entrada.
Levantó la mano, como para detener a Ricky.
Éste le observó con la misma curiosidad que
podría sentirse si un insecto empezara a suplicar piedad antes de recibir un
manotazo. Interesada pero insignificante.
– ¡Espere! –insistió el hombre.
– ¿Tiene algo que decir? –preguntó Ricky.
– ¡Sí, maldita sea! Espere, hombre.
– Estoy esperando.
– Ese perro vale miles de dólares –indicó el
propietario–. Dios mío, es el macho alfa y he pasado años adiestrándolo. Es un
campeón y usted va a dispararle, joder.
– No me deja opción. Podría dispararle a
usted, pero entonces no averiguaría lo que quiero saber y si, por alguna
casualidad, la policía lograra encontrarme, me enfrentaría a unas acusaciones
graves, aunque eso no le produciría demasiada satisfacción a usted, por
supuesto, ya que estaría muerto. Por otra parte, como le dije, no me gustan
demasiado los animales. Y Brutus, bueno, puede que para usted represente un
dinero y quizá más, puede que represente años de trabajo y puede que incluso le
tenga algún cariño, pero para mí no es más que un chucho furioso y baboso que
podría destrozarme, y el mundo estaría mucho mejor sin él. Así que, puestos a
elegir, me parece que ha llegado la hora de que Brutus se dirija a la gran
perrera del cielo –añadió con frío sarcasmo. Quería que el hombre lo creyera
tan cruel como sonaba, lo que no era demasiado difícil.
– Espere –pidió el propietario.
– ¿Lo ve? –contestó Ricky–. Ahora tiene algo
en que pensar. ¿Sacrifico la vida del perro por no revelar la información?
Usted decide, imbécil. Pero hágalo ya, porque se me está acabando la paciencia.
Hágase esta pregunta: ¿a quién soy leal? ¿Al perro, que ha sido mi compañero
durante tantos años, o a unos desconocidos que me pagan para que guarde
silencio? Elija.
– No sé quién es usted –empezó el hombre, lo
que hizo que Ricky apuntara al perro. Esta vez sujetó el arma con ambas manos–.
De acuerdo, le diré lo que sé…
– Eso sería lo más inteligente. Y
seguramente Brutus le resarcirá con devoción y engendrando muchas camadas de
bestias igual de bobas y salvajes.
– No sé gran cosa... –dijo el propietario.
– Empezamos mal. Da una excusa antes de
haber dicho nada.
Acto seguido disparó por segunda vez en
dirección a la jaula, acertando a la caseta de madera en la parte posterior del
recinto. Brutus aulló, humillado y furioso.
– ¡Alto! ¡Maldita sea! Se lo contaré.
– Pues empiece, por favor. Esta sesión ya se
ha prolongado bastante.
– Se remonta a tiempo atrás –empezó el
hombre tras pensar un momento.
– Lo sé.
– Tiene razón sobre el matrimonio que poseía
este sitio. Desconozco los entresijos del plan, pero adoptaron a esos tres
niños sólo sobre el papel. Los niños no estuvieron nunca aquí. No sé a quién
servía de fachada la pareja porque yo llegué después de que los dos murieran.
Había intentado comprarIes este sitio un año antes de su muerte y, después de
su muerte, recibí una llamada de un hombre que dijo ser el albacea
testamentario de su herencia y me preguntó si quería la finca y el negocio. Y
el precio era increíble.
– ¿Bajo o alto?
– Estoy aquí, ¿no? Bajo. Era una ocasión, en
especial con toda la finca incluida. Un negocio redondo. Firmamos los
documentos enseguida.
– ¿Con quién cerró el trato? ¿Con un
abogado?
– Sí. En cuanto dije que sí, un abogado
local se hizo cargo. Es un idiota. Sólo se dedica a cerrar ventas de
propiedades y a multas de tráfico. Y estaba muy molesto, además, porque no
dejaba de decir que lo que yo estaba haciendo era un robo. Pero mantuvo la boca
cerrada porque supongo que le pagaban bien.
– ¿Sabe quién vendió la finca?
– Sólo vi el nombre una vez. El abogado
comentó que era el pariente más cercano del matrimonio. Un primo muy lejano. No
recuerdo el nombre, salvo que era doctor en algo.
– ¿Doctor?
– Exacto. Y me dijeron una cosa, y muy clara
además.
– ¿Qué cosa?
– Si alguna vez, entonces o después, llegaba
alguien preguntando por el trato, por el matrimonio o por los tres niños que
nunca había visto nadie, tenía que llamar a un número.
– ¿Le dieron algún nombre?
– No, sólo un número de Manhattan. Y unos
seis o siete años después, un hombre me llamó un día y me dijo que el número
había cambiado. Me dio otro número de Nueva York. Unos años después de eso, el
mismo hombre me llamó y me dio otro número, esta vez del norte del estado de
Nueva York. Me preguntó si había venido alguien. Le contesté que no. Dijo que
muy bien. Me recordó el acuerdo y dijo que habría una prima si alguien se
presentaba. Yeso no ocurrió hasta el otro día, cuando apareció ese tal Lazarus.
Me hizo unas preguntas y lo eché. Luego llamé al número. Un hombre contestó el
teléfono. Era viejo; se le notaba en la voz. Muy viejo. Me dio las gracias por
la información. Cinco minutos después recibí otra llamada, de una mujer joven.
Me dijo que me enviaba dinero en efectivo, mil dólares, y que si podía
encontrar a Lazarus y retenerlo aquí, me darían mil más. Le dije que
seguramente se alojaría en algún motel de por aquí. Yeso es todo, hasta que
apareció usted. Y sigo sin saber quién demonios es.
– Lazarus es mi hermano –afirmó Ricky con
calma. Pensó un momento, añadió años a una ecuación que retumbaba en su
interior y, por último, preguntó–: El número al que llamó, ¿cuál es?
El hombre soltó los diez números de un
tirón.
– Gracias –dijo Ricky con frialdad. No
necesitaba anotarlo. Era un número que conocía.
Le hizo un gesto con la pistola para que se
echara de bruces.
– Ponga las manos a la espalda –ordenó.
– Venga, hombre. Se lo he dicho todo. Sea lo
que sea, yo no soy importante, coño. –Eso seguro.
–Entonces,
suélteme.
–Tengo que limitar
sus movimientos unos minutos. Los suficientes para irme antes de que usted
encuentre una cizalla y libere a Brutus. Sin duda a ese perro le gustaría pasar
unos momentos a solas conmigo en la oscuridad.
Eso hizo sonreír al propietario.
– Es el único perro que conozco capaz de
guardar rencor. De acuerdo. Haga lo que tenga que hacer.
Ricky lo maniató con cinta adhesiva. Luego
se levantó.
– Les llamará, ¿verdad?
– Si le dijera que no, se cabrearía porque
sabría que estoy mintiendo –asintió el hombre.
– Muy perspicaz. –Ricky sonrió–. Tiene
razón.
Reflexionó un momento qué quería que aquel
hombre dijera. Se le ocurrieron unos versos.
– Muy bien, quiero que les diga lo
siguiente:
Lázaro el cerco ha estrechado. Ahora ya no
está desorientado. ¿Está aquí? ¿Está allá? Vete a saber. En cualquier parte
puede aparecer. El juego despacio va avanzando y Lázaro cree que lo está
ganando. Quizás el señor R ya no pueda elegir y las instrucciones del Voice
deba seguir.
– Parece un poema –comentó el hombre, que
yacía sobre el estómago en la grava e intentaba volver la cabeza hacia Ricky.
– Una especie de poema. Bien, hora de ir a
clase. Repítamelo.
El propietario necesitó varios intentos para
recitarlo más o menos bien.
– No lo entiendo –dijo al final–. ¿Qué está
pasando?
– ¿Juega al ajedrez? –preguntó Ricky.
– No muy bien –asintió el hombre.
– Bueno, puede estar contento de ser sólo un
peón. Y no tiene que saber más de lo que necesita saber un peón. Porque, ¿cuál
es el objetivo del ajedrez?
– Capturar a la reina y matar al rey.
– Bastante cerca –sonrió Ricky–. Ha sido un
placer hablar con usted y con Brutus. ¿Quiere un consejo? –Diga.
– Llame y recite el poema. Luego salga y
procure reunir a todos los perros. Eso le llevará cierto tiempo. Después,
mañana, despiértese y olvide que todo esto ha ocurrido. Vuelva a su vida
habitual y no vuelva a pensar en ello.
El propietario se movió incómodo, con lo que
provocó un sonido a arañazo en la grava del camino.
– Será difícil.
– Puede –repuso Ricky–. Pero podría ser
prudente intentado.
Se levantó y dejó al hombre en el suelo.
Algunos perros se habían echado, y se agitaron cuando él se movió. Guardó el
arma en la mochila y echó a correr camino abajo con la linterna en la mano.
Cuando hubo salido del haz que iluminaba el patio delantero, aceleró el paso,
salió a la carretera y se dirigió hacia el cementerio, donde había estacionado
el coche. Sus pies resonaban en el asfalto negro, y apagó la linterna, de modo
que corría en medio de una oscuridad absoluta. Pensó que era un poco como nadar
en un mar embravecido por una tormenta, cortando las olas que tiraban de él en
todas direcciones. A pesar de la noche que lo había engullido, se sentía
iluminado por un dato: el número de teléfono. En ese instante era como si todo,
desde la primera carta que recibió en la consulta hasta ese momento, formara
parte de la misma corriente arrolladora. Y cayó en la cuenta de que tal vez se
remontaba mucho más atrás. Meses y años en su pasado, en que algo lo atrapaba y
arrastraba sin que él fuera consciente de ello. Saberlo debería haberle
desanimado pero, en cambio, sentía una energía extraña y una liberación igual
de extraña. Le pareció que saber que había estado rodeado de mentiras y haber
visto de golpe algo de verdad era un acicate que le impulsaba hacia adelante.
Esa noche tenía que viajar kilómetros.
Kilómetros de carretera y de espíritu que conducían hacia su pasado a la vez
que indicaban el camino hacia su futuro. Se apresuró, como un corredor de
maratón que presiente la línea de meta, fuera de su vista pero intuida en el
dolor de los pies y las piernas, en el agotamiento que le invade a cada
respiración.
31
Ricky llegó al peaje del lado occidental del
río Hudson, al norte de Kingston, Nueva York, poco después de medianoche. Había
conducido deprisa, al límite de velocidad permitida para evitar que lo parara
algún irritado policía de tráfico de Nueva York. Le recordó un poco a un
microcosmos de gran parte de su vida anterior. Quería correr, pero no estaba
dispuesto a asumir el riesgo de ir volando. Pensó que Frederick Lazarus habría
puesto el coche a ciento sesenta kilómetros por hora, pero él no podía hacerlo.
Era como si ambos hombres, Richard Lively, que se escondía, y Frederick
Lazarus, que estaba dispuesto a luchar, condujeran a la vez. Se percató de que,
desde que había preparado su propia muerte, mantenía el equilibrio entre la
incertidumbre de asumir riesgos y la seguridad de ocultarse. Pero sabía que
seguramente ya no era tan invisible como antes. Supuso que , su perseguidor
estaba cerca, que habría encontrado todas las migas e ::' hilos dejados a modo
de pistas e indicaciones desde Nueva Hampshire hasta Nueva York y, después,
hasta Nueva Jersey.
Pero sabía que también él estaba cerca.
Era una carrera con sabor a muerte. Un
fantasma que perseguía a un difunto. Un difunto que buscaba a un fantasma.
Pagó el peaje, el único vehículo que en ese
momento cruzaba el puente. El empleado de la taquilla estaba a mitad de un
ejemplar del Playboy, que contemplaba más que leía, y apenas lo miró. El puente
{en sí es una curiosidad arquitectónica. Se eleva decenas de metros por encima
de la franja de oscuras aguas qué constituye el Hudson, iluminado por una
hilera de farolas de sodio amarillo verdosas, y desciende ara encontrarse con
la tierra del lado de Rhinebeck en un oscuro terreno de labranza rural, de modo
que, desde lejos, parece un collar reciente suspendido sobre un cuello de
ébano, envuelto en la oscuridad de la orilla. Mientras avanzaba hacia la
carretera que parecía desaparecer en un foso, se le antojó un viaje
inquietante. Sus faros dibujaban débiles conos de luz en la noche que lo
rodeaba.
Encontró un lugar donde detenerse y tomó uno
de los dos teléfonos móviles restantes. Marcó el número del último hotel donde
estaba previsto que se hospedara Frederick Lazarus. Era un establecimiento
barato, el tipo de hotel que sólo está un paso por encima de los que reciben a
prostitutas y a sus clientes por horas. Supuso que el recepcionista de noche
tendría poco que hacer, suponiendo que esa noche no hubieran disparado ni
apaleado a nadie en el hotel.
– Hotel Excelsior, ¿en qué puedo servirle?
– Me llamo Frederick Lazarus –dijo Ricky–.
Tenía una reserva para esta noche. Pero no llegaré hasta mañana.
– No hay problema –aseguró el hombre, que se
rió un poco ante la idea de una reserva–. Habrá tantas habitaciones libres
entonces como ahora. No tenemos lo que se dice overbooking esta temporada
turística.
– ¿Podría comprobar si me han dejado algún
mensaje?
– Espere –dijo el hombre. Ricky oyó cómo
dejaba el auricular en el mostrador. Regresó pasado un minuto–. Pues sí, oiga
–soltó–. Debe de ser muy conocido. Tiene tres o cuatro mensajes.
– Léamelos –pidió Ricky–. Y me acordaré de
usted cuando llegue. El hombre lo hizo. Eran sólo los que Ricky se había dejado
a sí mismo. Eso le hizo vacilar.
– ¿Ha ido alguien a preguntar por mí? Tenía
una cita prevista.
El recepcionista dudó de nuevo y, con esa
duda, Ricky averiguó lo que quería. Antes de que pudiera mentir diciendo que
no, se le adelantó:
– Es preciosa, ¿verdad? Del tipo que logra
lo que quiere, cuando quiere y sin preguntas. De una clase muy superior a las
que suelen cruzar esa puerta, ¿o me equivoco?
El hombre tosió.
– ¿Sigue ahí? –preguntó Ricky.
– No. Se marchó –susurró el recepcionista al
cabo de un par de segundos–. Hace poco menos de una hora, después de recibir
una llamada en su móvil. Se fue muy deprisa. Lo mismo que el hombre que la
acompañaba. Llevan toda la noche viniendo a preguntar por usted.
– ¿El hombre es bastante rechoncho, pálido y
recuerda un poco al niño al que solíamos pegar en el colegio? –preguntó Ricky.
– Exacto –dijo el hombre, y rió–. El mismo.
Una descripción perfecta.
«Hola, Merlín», pensó Ricky.
– ¿Dejaron un número o una dirección?
– No. Sólo dijeron que volverían. Y no
querían que yo dijera que habían estado aquí. ¿De qué va todo esto?
– Sólo negocios. ¿Sabe qué? Si vuelven deles
este número –Ricky leyó el del último móvil–. Pero haga que aflojen algo a
cambio. Están forrados.
– De acuerdo. ¿Les digo que va a llegar
mañana?
– Sí. Más vale que sí. Y dígales que llamé
para saber si tenía mensajes. Nada más. ¿Echaron un vistazo a los mensajes?
– No –mintió el hombre–. Son confidenciales.
No se los enseñaría a ningún desconocido sin su autorización.
«Seguro –pensó Ricky–. No por menos de
cincuenta dólares.» Se alegraba de que el recepcionista hubiera hecho justo lo
que había esperado. Colgó y se recostó en el asiento. «No estarán seguros
–pensó–. Ahora no saben quién más está buscando a Frederick Lazarus, ni por
qué, ni qué relación tiene con lo que está pasando. Eso les preocupará y su
siguiente paso será algo incierto.»
Era lo que quería. Consultó su reloj. Estaba
seguro de que el criador de perros se habría liberado por fin y, después de
apaciguar a Brutus y de reunir todos los perros que hubiera podido, habría
hecho ya su llamada, así que esperaba que en la casa a la que se dirigía habría
por lo menos una luz encendida.
Como había hecho antes esa noche, dejó el
coche estacionado en el arcén, a un lado de la carretera, fuera de la vista.
Faltaban unos dos kilómetros para su destino, pero pensó que el trayecto a pie
le iría bien para reflexionar sobre su plan. Sentía cierta agitación interior,
como si estuviera cerca por fin de obtener respuestas a algunas preguntas. Pero
iba acompañada de una sensación de indignación que se habría convertido en
furia si no se hubiera esforzado en dominarla. «La traición puede volverse mucho
más fuerte que el amor pensó.»
Tenía el estómago algo revuelto, y supo que
obedecía a la decepción mezclada con una rabia desenfrenada.
Ricky, tiempo atrás un hombre introspectivo,
comprobó que su arma estuviera bien cargada mientras pensaba que el único plan
posible era el enfrentamiento, que es un enfoque que se define a sí mismo, y
comprendió que se estaba acercando con rapidez a uno de esos momentos en que el
pensamiento y la acción se funden. Corrió a través de la oscuridad y sus
zapatillas resonaban en el asfalto para incorporarse a los sonidos de aquel
paisaje nocturno: una zarigüeya que escarbaba en la maleza, el zumbido de los insectos
en un campo cercano... Deseó formar parte del aire.
« ¿Vas a matar a alguien esta noche ?», se
preguntó mientras corría. No conocía la respuesta.
Entonces se preguntó: « ¿Estás dispuesto a
matar a alguien esta noche?»
Esta pregunta parecía más fácil de
contestar. Supo que una gran parte de él estaba preparada para hacerlo. Era la
parte que había construido durante meses a partir de trocitos de identidad
después de que le hubieran arruinado la vida. La parte que había estudiado en
la biblioteca local todos los métodos asesinos y violentos y que había
adquirido experiencia en el local de tiro. La parte inventada.
Se detuvo en seco al llegar al camino de
entrada a la casa. En su interior estaba el teléfono con el número que había
reconocido. Recordó por un momento haber ido ahí casi un año antes, expectante
y casi aterrado, con la esperanza de alguna clase de ayuda, desesperado por
conseguir cualquier tipo de respuestas. «Estaban aquí, esperándome –pensó–,
ocultas bajo mentiras. Pero no logré verlas. Jamás se me ocurrió que el hombre
que consideraba mi mejor ayuda resultara ser el hombre que quería matarme.»
Desde el camino vio, como esperaba, una luz
solitaria en el estudio.
«Sabe que vengo a verle –pensó–. Virgil y
Merlín, que podrían ayudarle, siguen en Nueva York.» Aunque hubieran conducido
sin parar a toda velocidad desde la ciudad, todavía estarían a una hora larga
de distancia. Avanzó y oyó el ruido de sus pies en la grava del camino. Quizás
él sabía que Ricky estaba ahí fuera, así que miró alrededor buscando un modo de
entrar a escondidas. Pero no estaba seguro de que el elemento sorpresa fuera
necesario.
Así que, en lugar de eso, empuñó la pistola
y la amartilló. Quitó el seguro y caminó con tranquilidad hacia la puerta
principal, como haría un vecino simpático en medio de una tarde de verano: No
llamo a la puerta, sino que giró el picaporte sin más. Como imaginaba, estaba
abierta.
Tras entrar, oyó una voz en el estudio, a su
derecha.
– Aquí, Ricky.
Levantó la pistola, preparado para disparar,
y avanzó hacia la luz que salía por la puerta.
– Hola, Ricky. Tienes suerte de estar vivo.
– Hola, doctor Lewis. –El anciano estaba de
pie detrás de la mesa con las manos apoyadas sobre su superficie, inclinado y
expectante–. ¿Lo mato ahora o quizá de aquí a unos minutos? –preguntó Ricky con
voz in expresiva, tratando de contener la rabia.
– Supongo que tendrías motivos para disparar
en ciertos ámbitos –sonrió el viejo psicoanalista–. Pero quieres respuestas
para ciertas preguntas y he esperado esta larga noche para contestar a lo que
pueda. Eso es, al fin y al cabo, lo que hacemos, ¿no es así, Ricky? Contestar
preguntas.
– Quizá lo hice antes –dijo Ricky–. Pero ya
no.
Apuntó al hombre que había sido su mentor.
Al hombre que le había formado. El doctor Lewis pareció un poco sorprendido.
– ¿De veras has venido hasta aquí sólo para
matarme? –preguntó.
– Sí –mintió Ricky.
– Adelante, pues. –El anciano le miraba
fijamente.
– Rumplestiltskin siempre ha sido usted
–dijo Ricky.
– No, te equivocas –repuso Lewis a la vez
que sacudía la cabeza–. Pero yo soy quien lo creó. Por lo menos en parte.
Ricky se desplazó a un lado, adentrándose
más en el estudio sin dejar de dar la espalda a la pared. Las mismas
estanterías. Las mismas obras de arte. Por un instante, casi pudo creer que el
año transcurrido entre las dos visitas no había existido. Era un lugar frío,
que parecía reflejar neutralidad y una personalidad opaca; nada en las paredes
ni en la mesa que revelara algo sobre el hombre que ocupaba el estudio, lo que,
como Ricky pensó de modo sombrío, seguramente lo decía todo. No se precisa un
diploma en la pared para acreditar que se es perverso. Se preguntó cómo no se
había dado cuenta antes. Hizo un gesto con el arma para indicarle que se
sentara en la silla giratoria de piel.
El doctor Lewis se dejó caer en ella con un
suspiro.
– Me estoy haciendo viejo y, ya no tengo la
energía de antes –dijo con aspereza.
– Ponga las manos donde pueda verlas –exigió
Ricky.
El anciano levantó las manos y se dio unos
golpecito s en la frente Con el dedo índice.
– Las manos no son lo verdaderamente
peligroso, Ricky. Ya deberías saberlo. Lo verdaderamente peligroso, es lo que
tenemos en la cabeza.
– Tiempo atrás podría haber coincidido con
usted, doctor, pero ahora tengo mis dudas. Y una confianza absoluta en este
chisme, que, por si no lo sabe, es una Ruger semiautomática. Dispara a gran
velocidad balas de punta hueca. El cargador contiene quince balas, cada una de
las cuales le arrancará una parte del cráneo, incluso la que acaba de
señalarse, y le matará con rapidez. ¿Y sabe qué es lo realmente enigmático de
esta arma, doctor?
– ¿Qué?
– Que está en manos de un hombre que ya
murió una vez. Que ya no existe en este mundo. Debería considerar las
implicaciones de esa circunstancia existencial, ¿no cree?
El doctor Lewis observó el arma por un
instante.
– Lo que dices es interesante, Ricky, pero
te conozco. Sé cómo eres por dentro. Estuviste en mi diván cuatro veces a la
semana durante casi cuatro años. Conozco cada temor. Cada duda. Cada esperanza.
Cada sueño. Cada aspiración. Cada ansiedad. Te conozco tan bien como te conoces
tú mismo, y puede que mejor, y sé que no eres un asesino. Sólo eres un hombre
muy trastornado que tomó algunas decisiones muy malas en su vida. Dudo que un
homicidio demuestre lo contrario.
Ricky sacudió la cabeza.
– En su diván estuvo un hombre al que usted
conocía como doctor Frederick Starks. Pero él está muerto y a mí no me conoce.
No al nuevo yo. En absoluto.
Dicho esto, disparó.
El tiro retumbó en la pequeña habitación y
le ensordeció un momento. La bala pasó por encima de la cabeza de Lewis y dio
en una estantería situada detrás. El lomo de un grueso volumen de medicina se
partió al recibir el impacto. Era una obra sobre psicología patológica, detalle
que casi arrancó una carcajada a Ricky.
Lewis palideció, se tambaleó por un instante
y soltó un grito ahogado.
– Dios mío –gimió tras recobrar el
equilibrio. Ricky vio algo en sus ojos que no era del todo miedo, sino más bien
una sensación de asombro, como si hubiese sucedido algo completamente
inesperado–. No creí... –empezó.
Ricky le interrumpió con un ligero
movimiento de la pistola.
– Un perro me enseñó a hacer eso.
El doctor Lewis giró un poco la silla y
examinó el lugar donde se había incrustado la bala. Soltó un sonido que era a
la vez carcajada y grito ahogado, y sacudió la cabeza.
– Menudo disparo, Ricky –comentó despacio–.
Muy adecuado. Más cerca de la verdad que de mi cabeza. Quizá quieras tenerlo en
cuenta durante los siguientes minutos.
– Deje de ser tan obtuso –dijo Ricky–. Vamos
a hablar sobre respuestas. Es extraordinario cómo un arma permite centrarse en
las cuestiones importantes. Piense en todas esas horas con todos esos
pacientes, incluido yo mismo, doctor. Todas esas mentiras, distracciones,
salidas tangenciales y métodos complicados de engaños y rodeos. Todo ese
laborioso tiempo dedicado a separar las verdades. ¿Quién habría podido imaginar
que las cosas podían volverse sencillas tan deprisa con un objeto como éste? Un
poco como el nudo gordiano de Alejandro, ¿no le parece, doctor?
Lewis parecía haber recobrado la compostura.
Su semblante cambió deprisa y pasó a observar a Ricky con ceño y ojos
entrecerrados, como si aún pudiera imponer cierto control a la situación. Ricky
ignoró todo lo que implicaba esa mirada y, de modo muy parecido al año
anterior, dispuso una butaca frente al viejo médico.
– Si no es usted, ¿quién es entonces
Rumplestiltskin? –preguntó con frialdad.
– Lo sabes, ¿no?
– Explíquemelo.
– El hijo mayor de tu antigua paciente. La
mujer a la que no ayudaste.
– Eso ya lo he averiguado. Continúe.
– Mi hijo adoptivo –dijo encogiéndose de
hombros.
– Eso lo descubrí esta misma noche. ¿Y los
otros dos?
– Sus hermanos pequeños. Los conoces como
Merlín y Virgil. Por supuesto, sus nombres son otros.
– ¿También adoptados?
– Sí. Nos quedamos con los tres. Primero
como familia de acogida, a través del estado de Nueva York. Después lo organicé
todo para que mis primos de Nueva Jersey nos sirvieran de fachada para la
adopción. Fue sencillo burlar la burocracia, a la que, como estoy seguro de que
ya habrás averiguado, no le importaba demasiado el futuro de los tres niños.
– Así pues, ¿llevan su apellido? ¿Desechó
Tyson y les dio el suyo?
– No. –El anciano sacudió la cabeza–. No
tienes tanta suerte, Ricky. No figuran en ninguna guía telefónica como Lewis.
Fueron reinventados por completo. Un apellido distinto para cada uno. Una
identidad distinta. Un plan distinto. Una escuela distinta. Una educación
distinta y un tratamiento distinto. Pero hermanos en el fondo, que es lo que
cuenta. Eso ya lo sabes.
– ¿Por qué? ¿Por qué este elaborado plan
para ocultar su pasado? ¿Por qué no...?
– Mi mujer ya estaba enferma y habíamos
superado la edad requerida para adoptar. Mis primos servían para nuestros
propósitos. Y, a cambio de dinero, estaban dispuestos a ayudar. Y a olvidar.
– Claro –contestó Ricky con sarcasmo–. ¿Y su
pequeño accidente? ¿Una riña doméstica?
– Una coincidencia –aclaró Lewis meneando la
cabeza. Ricky no estaba seguro de creérselo. No pudo evitar una pulla: –Freud
decía que las coincidencias no existen.
– Cierto –asintió Lewis–. Pero hay
diferencia entre desear y actuar.
– ¿De veras? Creo que se equivoca. Pero da lo
mismo. ¿Por qué ellos? ¿Por qué esos tres niños?
– Engreimiento. Arrogancia. Egoísmo. –El
viejo psicoanalista se encogió de hombros otra vez.
– Eso sólo son palabras, doctor.
– Sí, pero explican muchas cosas. Dime,
Ricky, un asesino..., un auténtico psicópata despiadado y asesino, ¿es alguien
creado por su entorno? ¿O nace así debido a un error infinitesimal en el acervo
genético? ¿Cuál de las dos cosas, Ricky?
– El entorno. Eso es lo que nos enseñan.
Cualquier analista diría lo mismo. Aunque los especialistas en genética podrían
discrepar. Pero, psicológicamente, somos resultado de nuestro entorno.
– Estoy de acuerdo. Así que tomé a un niño y
a sus dos hermanos. El muchacho era una rata de laboratorio para la maldad.
Abandonado por su padre biológico. Rechazado por sus demás familiares. Sin
haber gozado de algo parecido a la estabilidad. Expuesto a toda clase de
perversidades sexuales. Maltratado por la serie de novios sociopáticos de su
madre, la única persona en la que confiaba en este mundo y a la que finalmente
vio suicidarse, impotente, sumida en la pobreza y la desesperación. Una fórmula
infalible para la maldad, ¿no estás de acuerdo?
– Sí.
– Y yo creí que podría tomar a ese niño y
anular el peso de la injusticia. Contribuí a preparar el sistema que lo
separaría de ese pasado terrorífico. Pensé que podría convertirlo en un miembro
productivo de la sociedad. Ésa fue mi arrogancia, Ricky.
– ¿Y no pudo?
– No. Pero, curiosamente, engendré lealtad.
Y quizá cierta clase de cariño. Es algo terrible y aun así fascinante, ser
amado y respetado por un hombre dedicado al mal. Y así es Rumplestiltskin. Es
un profesional. Un asesino consumado. Provisto de la mejor educación que podía
darle. Exeter. Harvard. La facultad de derecho de Columbia. Además de un breve
período en el ejército para una formación adicional. ¿Sabes lo curioso de todo
esto, Ricky?
– Dígamelo.
– Su trabajo no es tan diferente del
nuestro. La gente con problemas va a verlo. Le pagan bien por solucionarlos. El
paciente que llega a nuestro diván está desesperado por desahogarse, lo mismo
que sus clientes. Sus medios son, bueno, más inmediatos que los nuestros. Pero
menos profundos.
Ricky respiraba con dificultad. Lewis
sacudió la cabeza.
– ¿Y sabes qué más, Ricky? Aparte de ser muy
rico, ¿sabes qué otra cualidad posee?
– ¿Cuál?
– Es implacable. –El viejo analista suspiró
antes de añadir–: Aunque quizá ya lo has comprobado. Esperó años mientras se
preparaba y después persiguió a todos los que hubiesen hecho daño a su madre
alguna vez y los destruyó del mismo modo que ellos hicieron con ella. En cierto
sentido, supongo que podría considerarse conmovedor. El amor de un hijo. El
legado de una madre. ¿Hizo mal, Ricky, por haber castigado a todas esas
personas que arruinaron por malicia o por ignorancia la vida de esa mujer que
se vio obligada a dejar desamparados a tres niños pequeños y necesitados en el
más cruel de los mundos? Yo no lo creo, Ricky. En absoluto. Pero si hasta los
políticos más necios no cesan de decir que vivimos en una sociedad que elude
las responsabilidades. ¿No es la venganza limitarse a aceptar las deudas de uno
y pagarlas de otro modo? La gente que él eligió merecía un castigo. Eran
personas que, como tú, habían ignorado a alguien que suplicaba ayuda. Eso es lo
que falla en nuestra profesión, Ricky. A veces queremos explicar tantas cosas,
cuando la respuesta real se encuentra en una de ésas... –Señaló el arma de
Ricky.
– Pero ¿por qué yo? Yo no...
– Claro que sí. Fue a pedirte ayuda,
desesperada, pero tú estabas demasiado ocupado decidiendo el rumbo de tu
carrera y no pudiste prestarle atención y la ayuda que necesitaba. Desde luego,
Ricky, una paciente que se suicida cuando la estás tratando, aunque sólo haya
sido unas pocas sesiones... ¿No sientes ningún remordimiento? ¿Ninguna
sensación de culpa? ¿No mereces pagar algún precio? ¿Cómo puedes ignorar que la
venganza implica tanta responsabilidad como cualquier otro acto humano?
Ricky no contestó. Pasado un momento,
preguntó:
– ¿Cuándo supo...?
– ¿Tu relación con mi experimento adoptado?
Hacia el final de tu análisis. Y decidí ver cómo terminaría con el paso de los
años.
Ricky sintió que su rabia se mezclaba con el
sudor. Tenía la boca seca.
– Pero cuando él fue a por mí, usted podría
haberme advertido.
– ¿Traicionar a mi hijo adoptado por un ex
paciente? ¿Que ni siquiera era mi favorito, además? –Estas palabras dolieron
mucho a Ricky. Aquel anciano era tan malvado como el niño que había adoptado.
Quizá peor aún–. Lo consideré un acto de justicia. –El viejo analista rió en
voz alta–. Pero no sabes ni la mitad, Ricky.
– ¿Cuál es la otra mitad?
– Creo que tendrás que descubrirlo por ti
mismo.
– ¿Y los otros dos?
– El hombre que conoces como Merlín es
abogado de verdad, y muy bueno. La mujer que conoces como Virgil es una actriz
bastante prometedora. Sobre todo ahora que ya casi han acabado de atar los
cabos sueltos de sus vidas. Lo otro que deberías saber es que ambos creen que
fue su hermano mayor, el hombre al que tú conoces como Rumplestiltskin, quien
les salvó la vida, no yo, aunque contribuí a su salvación. No; fue él quien los
mantuvo juntos, quien evitó que quedaran desamparados, quien se ocupó de que
estudiasen y sacaran buenas notas para después tener éxito en la vida. Hay algo
que tienes que entender, aunque sea lo único: le profesan devoción. Son leales
por completo al hombre que te matará. Que ya te mató una vez y que volverá a
hacerla. ¿No te parece fascinante desde el punto de vista psiquiátrico? Un
hombre sin escrúpulos que genera una devoción ciega y absoluta. Un psicópata
que te matará con la misma despreocupación con que podrías aplastar una araña
que se cruzara en tu camino. Pero que es amado y que ama a su vez. Pero sólo
los ama a ellos dos. A nadie más. Excepto, quizás, un poquito a mí, porque le
rescaté y le ayudé. Así que a lo mejor me he ganado el cariño de alguien muy
leal.
Es importante que lo recuerdes, Ricky,
porque tienes muy pocas probabilidades de sobrevivir ante Rumplestiltskin.
– ¿Quién es? –Cada palabra que decía el
viejo analista parecía ennegrecer el mundo que lo rodeaba.
– ¿Quieres su nombre? ¿Su dirección? ¿El
lugar donde trabaja?
– Sí. –Ricky apuntó al anciano.
Lewis sacudió la cabeza.
– Como en el cuento, ¿verdad? El emisario de
la princesa oye cómo el enano saltarín que danza en torno a la hoguera repite
su nombre. La reina no hace nada inteligente ni sabio, ni siquiera refinado.
Sólo tiene suerte, y cuando él le hace la tercera pregunta, sabe la respuesta
gracias a una suerte ciega y tonta, de modo que sobrevive, conserva a su hijo
primogénito y vive feliz el resto de su vida. ¿Crees que ocurrirá lo mismo? ¿La
suerte que te ha permitido llegar aquí y blandir un arma frente a un viejo te
servirá para ganar el juego?
– Dígame su nombre –ordenó Ricky con voz
fría e implacable–. Quiero todos sus nombres.
– ¿Por qué crees que todavía no los sabes?
– Estoy cansado de tantos juegos.
– La vida no es más que eso –indicó el viejo
analista meneando la cabeza–. Un juego tras otro. Y la muerte es el mayor juego
de todos.
Los dos se miraron a través de la
habitación.
– Me pregunto cuánto tiempo nos quedará
–dijo Lewis con cautela, pronunciando las palabras una a una, tras alzar los
ojos un momento hacia el reloj de pared.
– El suficiente –contestó Ricky.
– ¿De verdad? El tiempo es elástico, ¿no?
Los momentos pueden durar una eternidad o evaporarse enseguida. El tiempo
depende en realidad de nuestra visión del mundo. ¿No es eso algo que aprendemos
en el análisis?
– Sí. Es cierto.
– Y esta noche hay muchas interrogantes
sobre el tiempo, ¿no? Estamos aquí, solos en esta casa. Pero ¿por cuánto
tiempo? Sabiendo como sabía que venías hacia acá, ¿no crees que tomé la
precaución de pedir ayuda? ¿Cuánto faltará para que llegue?
– Lo suficiente.
– Ah, yo no estaría tan seguro. –El anciano
sonrió de nuevo–. Pero quizá deberíamos complicado un poco.
– ¿Cómo?
– Supongamos que te dijera que la
información que buscas se encuentra en algún lugar de esta habitación. ¿Podrías
encontrarla a tiempo? ¿Antes de que vengan a rescatarme?
– Ya se lo dije: estoy harto de juegos.
– Está a la vista. Y te has acercado más de
lo que te imaginarías. Ya está. Se acabaron las pistas.
– No jugaré.
– Bueno, creo que te equivocas. Tendrás que
jugar un poco más porque esta partida no ha terminado. –Lewis levantó de golpe
las manos y añadió–: Tengo que sacar algo del cajón superior de la mesa. Es
algo que cambiará la forma en que está discurriendo el juego. Algo que querrás
ver. ¿Puedo?
– Adelante –asintió Ricky a la vez que le
apuntaba a la cabeza. El anciano esbozó una sonrisa desagradable y fría. La
mueca de un verdugo. Sacó un sobre del cajón y lo puso en la mesa.
– ¿Qué es eso?
– Puede que sea la información que buscas.
Nombres, direcciones, identidades.
– Démelo.
– Como quieras... –dijo el doctor Lewis, y
se, encogió de hombros. Deslizó el sobre por la mesa y Ricky lo agarro con
impaciencia.
Estaba cerrado y Ricky apartó los ojos del
viejo un instante para examinarlo. Fue un error, y lo supo al punto.
Levantó la mirada y vio que el anciano
exhibía ahora una ancha sonrisa en la cara y un pequeño revólver del calibre 38
en la mano derecha.
– No es tan grande como tu pistola, ¿verdad,
Ricky? –Soltó una sonora carcajada–. Pero seguramente igual de eficiente. Has
cometido un error que ninguna de las tres personas implicadas cometería. Y
mucho menos Rumplestiltskin. Él jamás habría desviado los ojos de su objetivo,
ni por un segundo. No importa lo bien que conociera a la persona a la que
estaba apuntando, jamás se habría fiado para apartar los ojos ni siquiera un
brevísimo instante. Tal vez eso debería advertirte sobre las pocas
probabilidades que tienes.
Los dos hombres se miraban de un lado a otro
de la mesa, apuntándose mutuamente.
Ricky entre cerró los ojos y sintió que
empezaban a sudarle las axilas.
– Esto es una fantasía analítica, ¿no crees?
–susurró Lewis–. En el sistema de transferencia, ¿no queremos matar al
analista, lo mismo que queremos matar a nuestra madre, a nuestro padre o a
cualquiera que ha pasado a simbolizar todo lo malo de nuestras vidas? Y el
analista, a cambio, ¿no siente una pasión malsana que le gustaría explotar a su
vez?
Ricky guardó silencio.
– El niño puede haber sido una rata de
laboratorio para la maldad, como usted ha dicho –masculló por fin–, pero podría
haberse corregido. Usted podría haberlo conseguido, pero no quiso, ¿verdad? Era
más interesante ver qué pasaría dejándole emocional mente a su aire, y mucho
más fácil para usted echar la culpa a toda la maldad del mundo e ignorar la
suya, ¿no?
Lewis palideció.
– Usted sabía que era tan psicópata como él,
¿verdad? –prosiguió Ricky–. Quería un asesino y encontró uno, porque era lo que
usted siempre había querido ser: un asesino.
– Siempre has sido muy astuto, Ricky. –El
anciano frunció el entrecejo–. Piensa en lo que podrías haber logrado en la
vida si hubieses sido más ambicioso. Y más sutil.
– Baje el arma, doctor. No va a dispararme
–dijo Ricky. Lewis siguió apuntándole a la cara, pero asintió.
– No necesito hacerlo, ¿sabes? –dijo–. El
hombre que te mató una vez volverá a hacerlo. Y ahora no se contentará con una
necrológica en el periódico. Querrá ver cómo mueres. ¿Y tú?
– No, si puedo evitarlo. Cuando encuentre
todas estas pistas que, según usted, están aquí, quizá vuelva a desaparecer. Ya
lo logré una vez e imagino que puedo repetirlo. Quizá Rumplestiltskin tenga que
conformarse con lo que logró la primera vez que jugamos. El doctor Starks está
muerto y desaparecido. Ganó la partida. Pero yo seguiré adelante y me
convertiré en lo que quiera. Puedo ganar huyendo. Ganar escondiéndome,
siguiendo vivo y en el anonimato. ¿No le resulta extraño, doctor? Nosotros que
trabajamos tanto para ayudamos a nosotros mismos y a nuestros pacientes a
enfrentarse con los demonios que los persiguen y atormentan, podemos protegemos
escapando. Ayudamos a los pacientes a convertirse en algo, pero yo puedo
convertirme en nada y de este modo ganar. ¿No le parece irónico?
Lewis sacudió la cabeza.
– Había previsto esta reacción –afirmó
despacio–. Imaginé que me darías esta respuesta.
– Pues entonces se lo repito: baje el arma y
me marcharé –dijo Ricky–. Suponiendo que la información que busco esté en este
sobre.
– En cierto modo –aseguró el anciano.
Susurraba con una sonrisa desagradable–. Pero tengo un par de preguntas más, si
no te importa.
Ricky asintió.
– Te he hablado del pasado de ese hombre. Y
contado mucho más de lo que has asimilado hasta ahora. ¿Y qué te he dicho de su
relación conmigo?
– Habló de una especie de lealtad y amor
extraños. El amor de un psicópata.
– El amor de un asesino por otro. ¿No te
parece muy interesante?
– Fascinante. Y si todavía fuera
psicoanalista, sentiría curiosidad y estaría ansioso por estudiarlo. Pero ya no
lo soy.
– Pues te equivocas. –Lewis se encogió de
hombros–. Creo que uno no puede dejar de ser analista con la facilidad que tú
pareces considerar posible. –El anciano negó con la cabeza. Todavía no había
soltado el revólver ni dejado de apuntar a Ricky–. Creo que la sesión ha
terminado, Ricky –prosiguió–, y ha sido la última. Pero antes de dar por
concluido tu análisis quiero que te plantees la siguiente pregunta: si
Rumplestiltskin tenía tantos deseos de ver cómo te suicidabas después de
haberle fallado a su madre, ¿qué querrá que te pase cuando crea que me has
matado?
– ¿Qué quiere decir? –preguntó Ricky.
Lewis no contestó. En lugar de eso, se
dirigió el revólver a la sien, sonrió como un demente y apretó el gatillo.
32
Ricky medio gritó y medio aulló de la
impresión y la sorpresa. Su voz pareció fundirse con el eco de la detonación.
Se balanceó en la butaca, casi como si la
bala que había explotado en la cabeza del viejo psicoanalista se hubiera
desviado y le hubiera acertado en el pecho. Para cuando el estruendo del
disparo se perdió en el aire de la noche, estaba de pie junto a la esquina de
la mesa observando al hombre en quien antes había confiado sin reservas. El
doctor Lewis había caído hacia atrás, un poco retorcido por la fuerza del
impacto en su sien. Le habían quedado los ojos abiertos y mantenía la mirada
fija con macabra intensidad. Una salpicadura escarlata de sangre y materia
encefálica había manchado la estantería, y de la herida abierta manaba sangre a
borbotones, de un granate intenso, que le bajaba por la cara y el mentón y le
goteaba en la camisa. El revólver le resbaló entre los dedos y cayó al suelo,
amortiguado por la elegante alfombra persa. Ricky soltó un grito ahogado al ver
cómo el cuerpo del anciano se estremecía en un último estertor, cuando sus
músculos sintonizaron con la muerte.
Inspiró hondo. Recordó que no era la primera
vez que veía la muerte. Cuando era residente y hacía turnos en medicina interna
y urgencias, más de una persona había muerto en su presencia. Pero siempre
había estado rodeada de aparatos y personas que intentaban salvarle la vida.
Incluso cuando su mujer había sucumbido al cáncer, había formado parte de un
proceso que le resultaba conocido y que proporcionaba contexto, aunque fuera
terrible, a lo que sucedía.
Esto era distinto. Era salvaje. Era
asesinato, y especializado. Notó que le temblaban las manos como a un anciano.
Tuvo que esforzarse en dominar el impulso de echar a correr dominado por el
pánico.
Trató de organizar sus ideas. Todo estaba en
silencio y oía su respiración jadeante, como un hombre en la cima de una
montaña respirando el aire puro sin sentir demasiado alivio. Parecía como si
todos los tendones de su cuerpo se hubieran hecho un nudo, y que sólo salir
huyendo liberaría la tensión. Se agarró al borde de la mesa e intentó calmarse.
– ¿Qué me ha hecho, doctor Lewis? –dijo en
voz alta. Su voz parecía fuera de lugar, como una tos en medio de un solemne
oficio religioso.
Al instante supo la respuesta: había
intentado matarle. Esa bala podía matar a dos hombres, porque había tres
personas en este mundo que no ponían límite a sus reacciones y que se iban a
tomar muy malla muerte del viejo médico. Y culparían a Ricky, con independencia
de cualquier indicio de suicidio.
Pero era aún más complicado. Lewis no sólo
quería matarlo. Había apuntado a Ricky con un arma y podría haber apretado el
gatillo sin problemas, aun sabiendo que Ricky podría devolverle el disparo
antes de morir. Lo que el viejo quería era dotar a todas las personas que
participaban en el mortífero juego de una depravación moral que igualara la
suya. Eso era más importante que la mera muerte de Ricky y de él mismo. Ricky
intentó respirar por encima de las ideas que lo ahogaban. Comprendió que nunca
se había tratado sólo de la muerte, sino del proceso; de cómo se llegaba a la
muerte.
Un juego digno de ser inventado por un
psicoanalista.
Inspiró de nuevo el aire cargado del
estudio. Rumplestiltskin podía haber sido el agente de la venganza y también el
instigador, pero el diseño del juego era obra del hombre que tenía muerto
frente a él. De eso estaba seguro.
Lo que significaba que, cuando Lewis
afirmaba conocer los hechos, lo más probable es que fuera verdad. O por lo
menos, de alguna versión perversa y retorcida de ellos.
Tardó unos segundos en percatarse de que
seguía sosteniendo el sobre que su mentor le había entregado. Le costó
apartados ojos del cadáver del anciano. Era como si el suicidio fuera
hipnótico. Pero, por fin, lo hizo y, tras abrir el sobre, sacó una única hoja.
Leyó con rapidez:
Ricky:
El pago de la maldad es la muerte. Piensa en
este último momento como en un impuesto que he pagado por todo lo que he hecho
mal. Tienes delante de ti la información que buscas, pero ¿podrás encontrarla?
¿No es eso lo que hacemos? ¿Explorar el misterio que es evidente? ¿Encontrar
pistas que tenemos delante de las narices y que nos gritan a la cara? No sé si
tendrás suficiente tiempo ni si eres bastante inteligente para ver lo que
tienes que ver. Lo dudo. Creo que probablemente mueras esta noche, de un modo
más o menos parecido a mí. Sólo que tu muerte será más dolorosa porque tu culpa
es menor que la mía.
La carta no estaba firmada.
Ricky absorbía bocanadas de pánico con cada
inspiración. Empezó a buscar por la habitación. El tictac del reloj de pared
señalaba serenamente cada segundo que pasaba, y Ricky fue consciente de repente
de ese sonido. Hizo cálculos: ¿cuándo habría llamado el anciano a Merlín y
Virgil, y tal vez a Rumplestiltskin, para advertirles que él iba de camino? De
la ciudad a esa casa había dos horas, tal vez algo menos. ¿Cuánto le quedaría?
¿Segundos? ¿Minutos? ¿Un cuarto de hora? Sabía que debía irse, alejarse de la
muerte que tenía delante de los ojos, aunque sólo fuera para poner en orden su
cabeza e intentar decidir el paso siguiente, si es que le quedaba alguno. De
golpe, se le antojó que era estar en una partida de ajedrez con un gran maestro
e ir moviendo las piezas al azar, sabiendo cada vez que el adversario podía
prever ver dos, tres, cuatro o más movimientos.
Tenía la boca seca y se sentía sofocado.
«Justo delante», pensó.
Rodeó con cuidado la mesa para evitar rozar
el cadáver del analista y alargó la mano hacia el cajón superior, pero se
detuvo. « ¿Qué puedo dejar? –pensó–. ¿Algún cabello? ¿Huellas dactilares? ¿ADN?
¿He cometido siquiera un delito?»
Entonces pensó que había dos clases de
delitos. La primera provocaba sólo que la policía y los fiscales reclamaran
justicia. La segunda también sacudía el corazón de las personas. y a veces las
dos se mezclaban. La mayoría de lo que había ocurrido se inscribía en la
segunda, pero lo que le preocupaba realmente era el juez, el jurado y el
verdugo que se dirigían hacia allí.
No había forma de esquivar estas cuestiones.
Se dijo que debía confiar en el simple hecho de que el hombre cuyas huellas y
demás sustancias iban a quedar en el estudio del fallecido también estaba
muerto y que eso podría proporcionarle cierta protección, aunque sólo fuera de
la policía, que seguramente acudiría a la casa en algún momento de la noche.
Abrió el cajón.
Estaba vacío.
Con rapidez, hizo lo mismo con los demás
cajones. También vacíos. Era evidente que el doctor Lewis había dedicado tiempo
a limpiarlos a fondo. Ricky pasó los dedos bajo la superficie del tablero,
pensando que tal vez habría algo escondido. Se agachó y buscó, en vano. Luego
devolvió la atención al hombre muerto. Inspiró hondo y metió los dedos en sus
bolsillos. También vacíos. Nada en el cuerpo. Nada en la mesa. Era como si el
viejo analista se hubiera ocupado de limpiar bien su mundo. Ricky asintió. Un psicoanalista
sabe mejor que nadie qué revela la identidad de uno. De lo que se desprende
que, al desear borrar la pizarra de la identidad, sabrá mejor que nadie como
erradicar señales reveladoras de la personalidad.
Recorrió otra vez la habitación con la
mirada. Se preguntó si habría alguna caja fuerte. Vio el reloj, y eso le dio
una idea. Lewis había hablado sobre el tiempo. Tal vez fuera una pista. Se
abalanzo hacia la pared y buscó detrás del reloj.
Nada.
Quería gritar de rabia. «Está aquí», se
insistió.
Inspiró de nuevo. A lo mejor, lo único que
pretendía el anciano era que siguiera ahí cuando llegara su asesina
descendencia adoptada. ¿Cuál era el juego? A lo mejor quería que todo terminara
esa noche. Recogió su arma y se volvió hacia la puerta...
Sacudió la cabeza. No, eso sería una mentira
sencilla, y las mentiras del doctor Lewis eran muy complejas. En el estudio
había algo.
Se volvió hacia la estantería. Hileras de
libros de medicina y psiquiatría, la obra completa de Freud y Jung, algunos
estudios y ensayos clínicos modernos. Libros sobre la depresión. Libros sobria
ansiedad. Libros sobre los sueños. Decenas de libros que contenían sólo una
modesta parte de los conocimientos acumulados sobre las emociones humanas.
Incluido el libro que había recibido la bala de Ricky. Observó el título:
Enciclopedia de psicopatología; el disparo había arrancado las cuatro últimas
letras. Se detuvo, con la mirada fija al frente.
¿Un texto sobre psicopatología? En su
profesión se trataba casi exclusivamente con emociones poco alteradas, no con
las realmente oscuras y retorcidas. De todos los libros en los estantes, era el
único que desentonaba ligeramente, y eso sólo lo captaría otro analista.
El doctor Lewis se había reído al ver dónde
había ido a parar la bala, se había reído y había comentado que era adecuado.
Ricky se abalanzó hacia la estantería y
cogió el libro. Estaba encuadernado en negro con letras doradas en la cubierta,
era grueso y pesado. Lo abrió.
En la primera página había escritas unas
gruesas palabras en rojo: «Buena elección, Ricky. ¿Podrás encontrar ahora las
entradas correctas?»
Levantó la mirada y oyó el tictac del reloj.
No creía que en ese momento tuviera tiempo de contestar a esa pregunta.
Se alejó un paso de la estantería, a punto
de echar a correr, pero se detuvo. Se giró, cogió otro libro de otro estante y
lo colocó en el espacio que había dejado libre el que había quitado para
ocultar su ausencia.
Echó otro vistazo alrededor, pero no vio
nada que le llamara la atención. Lanzó una última mirada al cadáver del viejo
analista, que parecía haberse vuelto gris en los pocos instantes que la muerte
llevaba con él. Pensó que debería decir o sentir algo, pero no estaba seguro de
lo que podría ser, así que salió corriendo.
La noche lo cubrió en cuanto salió con
sigilo de la casa. Con unas cuantas zancadas se alejó de la puerta principal y
de la luz que salía del estudio, y la oscuridad veraniega lo engulló. Entre las
sombras negras, miró atrás con rapidez. Los apacibles sonidos rurales
interpretaban su habitual melodía nocturna, sin tonos discordantes que
indicaran que una muerte voluntaria formaba parte del paisaje. Se detuvo un
instante e intentó valorar cómo ese último año había sido eliminado hasta el
último resquicio de su ser. La identidad es una capa de experiencia pero le
parecía que quedaba muy poco de lo que había creído ser. Lo único que le
quedaba era su infancia. Su vida adulta estaba destrozada. Pero habían separado
de él ambas mitades de su existencia, sin que pareciera poder recuperarlas.
Esta idea le dio náuseas.
Siguió huyendo.
Adoptó un ritmo cómodo y, con pasos que se
mezclaban con los sonidos de la noche, se dirigió al coche. Llevaba la
enciclopedia de psicopatología en una mano y el arma en la otra. Sólo había
recorrido la mitad de la distancia cuando oyó el ruido de un vehículo avanzando
deprisa por la carretera hacia él. Levantó la mirada y vio unos faros aparecer
por una curva distante, acompañados del sonido ronco de un motor potente que
aceleraba.
De inmediato supo quién se dirigía hacia
allí con tanta prisa. Medio se agachó y gateó hacia un grupo de árboles. Se
mantuvo agachado y vio un gran Mercedes negro pasar a toda velocidad. Los
neumáticos chirriaron en la siguiente curva.
Se levantó y salió disparado. Fue una
carrera frenética que provocó que los músculos se le quejaran y los pulmones le
quedaran al rojo vivo por el esfuerzo. Alejarse era lo primordial, su única
preocupación. Corrió con una oreja puesta en lo que ocurría detrás, atento al
sonido del coche. Tenía que ganar distancia. Obligó a sus pies a avanzar,
convencido de que no se quedarían mucho rato en la casa; solo unos momentos
para evaluar la muerte del anciano y comprobar si el seguía ahí. O si estaba
cerca. Sabrían que sólo habían transcurrido unos minutos entre los hechos y su
llegada, y querrían cubrir esa distancia.
En unos minutos había llegado al coche.
Buscó a tientas las llaves, que le resbalaron y tuvo que recoger del suelo,
jadeando de tensión. Se puso al volante y encendió el motor. Todos sus
instintos le decían que acelerara. Que huyera. Que se alejara. Pero contuvo
esos impulsos e intentó mantener la atención.
Se obligó a pensar.
No podría escapar con ese automóvil. Había
dos rutas de vuelta a Nueva York, la autopista por la ribera occidental del
Hudson y la Taconic Parkway por la otra. Tendrían un cincuenta por ciento de
probabilidades de acertar y alcanzado. La matrícula de Nueva Hampshire en la
parte trasera del coche de alquiler era un signo que les revelaría quién iba al
volante. Tal vez habían obtenido una descripción del vehículo y su matrícula en
la compañía de alquiler de Durham. De hecho, eso era lo más probable.
Tenía que hacer algo que los desconcertara.
Algo que sus tres perseguidores no hubieran
previsto. Mientras decidía qué hacer le temblaban las manos. Se preguntó si le
resultaría más fácil jugar con su vida ahora que ya había muerto una vez.
Puso una marcha y condujo despacio hacia la
casa del viejo analista. Se apretujó hacia abajo en el asiento todo lo que pudo
para no resultar visible y no superó el límite de velocidad. Se dirigió al
norte por la vieja carretera, dejando atrás la relativa seguridad de la ciudad.
Se acercaba al camino de entrada de la casa
donde acababa de estar, cuando vio los faros del Mercedes bajar hacia la
carretera. Oyó el crujido de la grava bajo las ruedas. Redujo un poco la marcha
(no quería pasar justo frente a los faros del coche) y les dio tiempo a que
salieran a la carretera y se dirigieran en su dirección con una fuerte
aceleración. Llevaba puestas las luces largas y, cuando el Mercedes cubrió la
distancia, puso las cortas como se supone que hay que hacer y, cuando lo tuvo
encima, puso otra vez las largas como cualquier conductor irritado que hace
señales al coche que se le acerca. El efecto fue que ambos vehículos pasaron
muy cerca con las largas puestas. Ricky sabía que, igual que lo habían
deslumbrado un instante, él a ellos también. Pisó el acelerador y se escabulló
con rapidez tras una curva. Esperaba que nadie del otro coche hubiese tenido
tiempo de volverse y detectar la matrícula.
Dobló a la derecha en la primera carretera
secundaria que vio y apagó las luces. Trazó una U a oscuras, iluminado sólo por
la luna. Evitó pisar el freno para que no se encendieran las luces rojas en la
trasera. Después, esperó para ver si lo seguían.
La carretera permaneció vacía. Esperó cinco,
diez minutos, lo suficiente para que los del Mercedes se decidieran por una de
las dos rutas alternativas y pusieran el coche a ciento sesenta kilómetros por
hora para intentar darle alcance.
Arrancó de nuevo y siguió conduciendo al
norte casi sin rumbo, por carreteras y caminos secundarios. Sin dirigirse a
ningún sitio en especial. Pasada casi una hora, dio media vuelta para regresar
a la ciudad. Era bien entrada la noche y no circulaban muchos vehículos.
Condujo a un ritmo constante pensando lo próximo y oscuro que se había vuelto
su mundo y tratando de encontrar una manera de devolverle la luz.
Llegó a la ciudad de madrugada. Nueva York
parece estar cambiando de manos a esa hora, cuando la energía de los
trasnochadores en busca de aventura, tanto la gente guapa como la decrépita,
cede paso a los trabajadores, con el mercado de pescado y los transportistas
que empiezan a apoderarse del día. La transición en las calles relucientes de
humedad y luces de neón es inquietante. Ricky pensó que era un momento
peligroso de la noche. Un momento en que las inhibiciones y las moderaciones
parecen reducirse y el mundo está dispuesto a correr riesgos.
Había vuelto al apartamento alquilado, donde
tuvo que dominar el impulso de echarse sobre la cama y dejarse vencer por el
sueño. Se dijo que las respuestas figuraban en aquel libro sobre
psicopatología. Sólo tenía que leerlas. La pregunta era dónde.
La enciclopedia tenía setecientas setenta y
nueve páginas y estaba organizada alfabéticamente. Hojeó unas cuantas páginas,
pero no encontró ningún dato que le indicara nada. Aun así, mientras estaba
enfrascado en el libro como el monje de un antiguo monasterio, sabía que lo que
buscaba estaba en alguna parte.
Se retrepó en la silla y se dio golpecito s
en los dientes con un lápiz. Estaba en el lugar adecuado pero, a no ser que
estudiara todas las páginas, no sabía muy bien qué hacer. Se dijo que tenía que
pensar como su viejo analista. Un juego. Un desafío. Un acertijo.
«Las respuestas están aquí –pensó–. Dentro
de un texto sobre psicopatología. »
¿Qué le había dicho? Virgil era actriz.
Merlín, abogado. Rumplestiltskin, un asesino a sueldo. Tres profesiones
aunadas. Mientras hojeaba las páginas intentando reflexionar sobre el problema
al que se enfrentaba, pasó las dedicadas a la letra V. Casi por casualidad, sus
ojos captaron una señal en la primera página de esa letra, que empezaba en la
559. En el margen superior, escrito con el mismo bolígrafo que Lewis había
usado para su saludo en la primera página, figuraba el quebrado uno es a tres.
Un tercio.
Eso era todo.
Buscó las entradas de la M. En un sitio
parecido había otro par de números, pero ahora se trataba de un cuarto, escrito
uno barra cuatro. En la página inicial de la R encontró una tercera indicación:
dos quintos. Dos barra cinco.
No tuvo la menor duda de que eran claves.
Ahora tenía que descifrarlas.
Se inclinó en el asiento y se balanceó
despacio atrás y adelante, como si quisiera aplacar un estómago algo revuelto;
movimientos casi involuntarios mientras se concentraba en el problema. Era el
acertijo sobre la personalidad más complejo que se le había presentado nunca.
El hombre que lo había tratado para conducirlo a través de su propia
personalidad, que había sido su guía hacia la profesión y que al final había
facilitado los medios para su muerte, le entregaba un último mensaje. Ricky se
sintió como un antiguo matemático chino trabajando con un ábaco mientras las
bolitas negras repiqueteaban al pasarlas de un lado a otro para efectuar
cálculos a medida que la ecuación crecía.
« ¿Qué sé en realidad?», se preguntó.
Empezó a formarse mentalmente un retrato,
empezando por Virgil. El doctor Lewis había dicho que era actriz, lo que tenía
sentido porque había actuado todo el rato. La hija de la pobreza, la menor de
los tres, que había pasado vertiginosamente de tan poco a tanto. Ricky se
planteó cómo le habría afectado eso. Ocultos en su inconsciente habría
cuestiones de identidad, dudas sobre quién era en realidad. De ahí la decisión
de dedicarse a una profesión que requería rediseñarse a uno mismo sin cesar. Un
camaleón. Los papeles predominaban sobre las verdades. Ricky asintió. Un rasgo
de agresividad, además, y una tensión nerviosa que indicaba amargura. Pensó en
todos los factores que habían intervenido en formada tal como era y en lo
ansiosa que había estado por figurar en el drama que había arrastrado a la
muerte al doctor Lewis.
Ricky cambió de postura en la silla. «Haz
una suposición –se dijo–. Una hipótesis inteligente.»
Trastorno narcisista de la personalidad.
Buscó en la enciclopedia la N de
«narcisismo» y luego esa patología en particular.
El pulso se le aceleró. Lewis había señalado
varias letras entre las palabras con un marcador amarillo. Anotó las letras y
se recostó de golpe con la mirada fija en el galimatías. No tenía sentido.
Volvió a la definición de la enciclopedia y recordó la clave: un tercio. Esta
vez anotó la tercera letra después de las señaladas. Fue inútil de nuevo.
Se replanteó el dilema. En esta ocasión,
tomó las letras que estaban a tres palabras de distancia. Pero antes de
escribirlas se le ocurrió que era uno partido por tres, y buscó las letras tres
líneas más abajo.
Al hacerla, las dos primeras señaladas
formaban una palabra: LA. Siguió con rapidez y obtuvo una segunda palabra:
AGENCIA. Había cinco señales más. Con el mismo esquema, formaban JONES.
Se dirigió a la mesilla de noche, donde
había una guía telefónica de Nueva York. Buscó en la sección teatral y, en
medio de varias entradas, encontró un pequeño anuncio con un número de
centralita a nombre de «la Agencia Jones. Una agencia teatral y de talentos
dedicada a las estrellas del mañana».
Uno menos. Ahora, el abogado Merlín.
Se lo imaginó: cabello bien peinado; traje
sin arrugas, adaptados a los matices de su cuerpo. Hasta su ropa informal era
elegante. Recordó sus manos. Manicuradas. Un hijo mediano: quería que todo
estuviera ordenado, porque no soportaba el desbarajuste de la vida anómala de
donde procedía. Debía de odiar su pasado, adorar la seguridad que veía en su
padre adoptivo, incluso a pesar de que el viejo analista lo había manipulado
sistemáticamente. Era el que arreglaba las cosas, el que las hacía posibles, el
hombre que se había ocupado de las amenazas y del dinero, y que había
arremetido contra la vida de Ricky sin miramientos.
Este diagnóstico fue más sencillo: trastorno
obsesivo–compulsivo de la personalidad.
Se dirigió con rapidez a ese apartado de la
enciclopedia y vio la misma serie de letras destacadas. Usó la clave
proporcionada y enseguida obtuvo una palabra que le sorprendió: ARNESON. No era
lo que se dice un revoltijo de letras pero tampoco algo reconocible.
Se detuvo un momento porque no parecía tener
sentido. Luego vio que la siguiente letra era una C.
Retrocedió, comprobó la clave, frunció el
entrecejo y, de repente, lo comprendió. Las letras restantes deletreaban la
palabra: FORTIER.
Un caso judicial.
No estaba seguro del juzgado donde
encontraría Arneson contra Fortier, pero era probable que una visita a un
funcionario con un ordenador y el acceso a la lista de casos en trámite
sirviera para averiguarlo.
A continuación pensó en el hombre situado en
el centro de todo lo que había ocurrido: Rumplestiltskin. Consultó las entradas
de la P que trataban sobre los PSICÓPATAS. Había un subapartado para HOMICIDAS.
Y ahí estaban las señales que esperaba.
Descifró pronto las letras y las anotó en
una hoja. Al terminar, enderezó la espalda y suspiró profundamente. Después
arrugó el papel y lanzó la bola a la papelera.
Soltó una serie de juramentos, que sólo
ocultaban lo que medio había esperado.
El mensaje obtenido decía: ÉSTE NO.
Ricky no durmió demasiado, pero la
adrenalina le daba energías.
Se duchó, se afeitó y se puso chaqueta y
corbata. Una visita a la hora del almuerzo a los tribunales y untar un poco a
un funcionario detrás del mostrador le había proporcionado información sobre
Arneson contra Fortier. Era un litigio civil en un tribunal superior, cuya
vista previa estaba fijada para la mañana siguiente. Por lo que entendió, las
dos partes litigaban por una transacción inmobiliaria que había salido mal.
Había demandas y contrademandas y cantidades considerables de dinero
extraviadas entre un par de promotores acaudalados de Manhattan. Ricky supuso
que era la clase de caso en el que las partes son ricas y están enfadadas y
poco dispuestas a llegar a un acuerdo, lo que significa que todos terminan
perdiendo salvo los abogados, que se llevan unos jugosos emolumentos. Era tan
mundano y corriente que Ricky casi sintió desdén. Pero con una sombría
sensación desagradable, supo que, en medio de todos esos alegatos, actitudes,
poses y amenazas entre un puñado de abogados, encontraría a Merlín.
La lista de casos le aportó los nombres de
todas las partes involucradas. Ninguno le resultó conocido. Pero uno
correspondía al hombre que estaba buscando.
La vista estaba fijada para la mañana
siguiente, pero Ricky fue al Palacio de Justicia esa tarde. Permaneció unos
instantes frente al enorme edificio de piedra gris contemplando la escalinata
que conducía a las columnas de la entrada. Pensó que, años atrás, los
arquitectos del edificio habían pretendido dotar a la justicia de grandiosidad
e importancia, pero después de todo lo que le había ocurrido, Ricky creía que
la justicia era un concepto mucho más pequeño y menos noble, la clase de
concepto que cabría en una cajita de cartón.
Entró, recorrió los pasillos entre los
juzgados y se sumó al ir y venir de la gente mientras observaba los ascensores
y las escaleras de emergencia. Se le ocurrió que, si podía averiguar el juez
asignado al caso Arneson contra Fortier, seguramente descubriría quién era
Merlín con sólo describirlo a la secretaria del juez. Pero eso levantaría
sospechas. Alguien le recordaría más tarde, si conseguía la información que
quería.
Ricky (sin dejar de pensar como Frederick
Lazarus) quería que su proceder resultara totalmente anónimo.
Vio algo que podría ayudarle: había muchos
tipos diferenciados que deambulaban por el edificio. Los que llevaban traje con
chaleco eran sin duda los abogados con asuntos importantes. También había
algunos de aspecto no tan adinerado, pero todavía presentables. Ricky los
incluyó en la categoría que comprendía a la policía, los jurados, los
demandantes, los acusados y el personal de los juzgados. Todos los que parecían
tener más o menos una razón para estar ahí y sabían qué función desempeñaban.
Por último, había una tercera categoría, marginal, que le fascinaba: la de los
mirones. Su mujer se los había descrito una vez, mucho antes de que le
diagnosticaran su enfermedad y su vida se volviera una serie de visitas al
médico, tratamientos, dolor e impotencia. Eran jubilados o personas sin nada
mejor que hacer a los que les resultaba entretenido ver juicios y pasearse por
los juzgados.
Como los observadores de aves en el bosque,
iban de un caso a otro, buscando declaraciones espectaculares y conflictos
interesantes, reservándose quizá los asientos en las salas donde se ventilaban
casos prominentes, cargados de publicidad. Su aspecto era modesto, en ocasiones
sólo algo superior al de quienes vivían en la calle. Estaban a un paso del
hospital para veteranos del ejército o de una residencia de la tercera edad y
llevaban prendas de poliéster sin importarles el calor que hiciera. A Ricky le
pareció un grupo en el que le sería fácil infiltrarse.
Al salir del Palacio de Justicia ya estaba
urdiendo su plan. Tomó un taxi hasta Times Square, donde entró en una de las
muchas tiendas de artículos de broma donde se puede comprar una edición falsa
del New York Times con el nombre de uno en un titular. Pidió al encargado de la
impresora media docena de tarjetas de visita falsas. Después tomó otro taxi que
lo llevó hasta un edificio de oficinas en el East Side. En la entrada había un
guardia jurado que le pidió que firmara, lo que hizo con una floritura estampando
el nombre de Frederick Lazarus, y escribió «productor» en la casilla de
«ocupación». El guardia le dio un plástico con el número seis, que designaba la
planta a la que iba. Ni siquiera echó un vistazo al registro de entradas cuando
Ricky se lo devolvió. «La seguridad se basa en impresiones», pensó Ricky. Tenía
el aspecto adecuado y actuaba con una confianza brusca que desafiaba al guardia
a que le hiciera preguntas. Creía que era una interpretación discreta, pero
Virgil habría sabido apreciada. Al entrar en las oficinas de la Agencia
Jones le recibió una atractiva recepcionista.
– ¿En qué puedo servirle? –preguntó.
– He hablado antes con alguien acerca de un
anuncio publicitario que vamos a rodar –mintió Ricky–. Estamos buscando caras
nuevas y qué talentos hay disponibles. Iba a echar un vistazo a su
portafolio...
– ¿Recuerda con quién habló? –preguntó la
recepcionista, algo recelosa.
– No, lo siento. Telefoneó mi secretaria
–dijo Ricky. La mujer asintió–. Tal vez podría echar un vistazo a algunas fotos
y usted orientarme después.
– Por supuesto. –La joven sonrió y sacó una
carpeta grande, de piel, de debajo de la mesa–. Éstos son nuestros clientes
actuales. Si ve alguno que le interese, le dirigiré al agente que se encarga de
sus compromisos.
Le señaló un sofá de piel en un rincón.
Ricky tomó el portafolio y empezó a hojeado.
La séptima foto de la carpeta era la de
Virgil.
– Hola –dijo Ricky en voz baja cuando volvió
la página y vio su nombre real, dirección, número de teléfono y nombre del
agente junto con una lista de interpretaciones teatrales off Broadway y de
intervenciones en anuncios publicitarios. Lo anotó todo en su libreta. Luego,
hizo otro tanto con dos actrices más. Devolvió el portafolio a la recepcionista
y consultó su reloj.
– Lo siento pero llego tarde a otra cita –se
disculpó–. Hay un par que parecen tener el aspecto adecuado, pero habrá que
verlas en persona antes de llegar a un acuerdo.
– Por supuesto –dijo la joven.
Ricky siguió aparentando prisa y agobio.
– Mire, voy muy mal de tiempo. ¿Podría
llamar usted a estas tres y citadas para que se reúnan conmigo? Veamos, ésta
para almorzar a mediodía en el Vincent's, en la 82 Este. Y las otras dos,
pongamos a las dos y a las cuatro de la tarde en el mismo sitio. Se lo
agradecería. Es que corre un poco de prisa, no sé si me entiende.
– Los agentes son quienes suelen acordar
todas las citas, señor... –indicó la recepcionista, que parecía desconcertada.
– Lo sé. Pero sólo estaré en la ciudad hasta
mañana y después regresaré a Los Ángeles. Lamento tener que tratar el asunto
con tanta urgencia.
– Veré qué puedo hacer. ¿Me da su nombre?
– Ulysses –dijo Ricky–. Richard Ulysses.
Pueden localizarme en este número.
Sacó una de las tarjetas de visita falsas.
Ponía PRODUCCIONES EL VELO DE PENÉLOPE. Como si fuera lo más natural del mundo,
tomó un bolígrafo de la mesa y tachó el teléfono falso de California para
escribir en su lugar el número del último móvil. Se aseguró de tachar bien el
número inexistente. Confiaba en que nadie de allí tuviera conocimientos de
literatura clásica.
– Vea qué puede hacer –pidió–. Si hay
cualquier problema, llámeme a este número. Venga, princesa, oportunidades más
grandes han surgido de cosas más pequeñas. ¿Recuerda lo de Lana Turner en el
drugstore? Bueno, tengo que irme. Más fotografías que ver, ya me entiende. En
Nueva York hay muchas actrices. Detesto que alguien pierda una oportunidad por
no acudir a una comida gratis.
Y Ricky se volvió y se marchó. No estaba
seguro de que su enfoque dinámico y despreocupado funcionara.
Pero creía que sí.
33
Antes de dirigirse al Palacio de Justicia a
la mañana siguiente, Ricky confirmó con el agente de Virgil la cita del
almuerzo, además de las reuniones posteriores con las otras dos
modelos–actrices, a las que Ricky no tenía intención de asistir. El hombre le
había preguntado algunas cosas sobre los anuncios que Ricky, el productor,
quería rodar, y éste había contestado con toda tranquilidad, mintiendo al
detalle sobre la colocación de cierto producto en Extremo Oriente y Europa del
Este, y los nuevos mercados que se abrían en esas zonas requerían que la
industria publicitaria promocionara caras nuevas. Ricky pensó que se había
vuelto un experto en hablar mucho sin decir nada, lo que, en su opinión, era la
clase más efectiva de mentira que se podía decir. Cualquier duda que el agente
pudiera haber albergado se disipó con rapidez en el entramado de ficciones de
Ricky. Después de todo, de aquellas entrevistas podría salir algo y él
recibiría un diez por ciento, o no salir nada, lo que no empeoraba su situación.
Ricky sabía que si Virgil hubiese sido una artista de cierto renombre, podría
haber tenido problemas. Pero todavía no lo era, lo que le había sido útil
cuando le tocó arruinarle la vida, y ahora él se aprovechaba de su ambición sin
sentir culpa alguna. Dejó la pistola
en el apartamento. No podía arriesgarse a que se disparara un detector de metal
en el Palacio de Justicia. No obstante, se había acostumbrado a la seguridad
que le daba el arma, aunque todavía no sabía si sería capaz de usarla para su
verdadero propósito; un momento que creía se estaba acercando deprisa. Antes de
irse se contempló en el espejo del baño. Se había vestido impecablemente:
pantalones, chaqueta, camisa blanca y corbata. Ahora podría mezclarse con
facilidad entre las personas que cruzaran los pasillos de los juzgados, lo que,
de modo extraño, suponía la misma clase de protección que ofrecía la pistola,
aunque fuera menos inapelable en sus acciones. Sabía lo que quería hacer y que
era como caminar en la cuerda floja.
Era consciente de que, para él, la línea que
separaba matar, morir y ser libre era muy fina.
Mientras se miraba en el espejo, recordó una
de las primeras clases que recibió sobre psiquiatría, en que el profesor de la
facultad de medicina había explicado que daba lo mismo lo mucho que supieras
sobre la conducta y las emociones, y lo muy seguro que estuvieras del
diagnóstico y del comportamiento que esa neurosis y psicosis generaba, pues en
última instancia jamás podías prever con total seguridad cómo iba a reaccionar
un individuo. Según aquel profesor, había predictores y la mayoría de veces la
gente hacía lo que uno esperaba. Pero, en ocasiones, los pacientes desafiaban
el pronóstico, lo que ocurría con suficiente frecuencia para que toda la
profesión pareciera a menudo una sarta de conjeturas.
Se preguntaba si esta vez habría acertado.
Si era así, recuperaría su libertad. Si no,
moriría.
Repasó la imagen reflejada en el espejo. «
¿Quién eres ahora? –se preguntó–. ¿Alguien o nadie?»
Este pensamiento le hizo sonreír. Sintió una
maravillosa sensación casi de hilaridad. Libre o muerto. Como rezaba la
matrícula de Nueva Hampshire del coche: «Vive en libertad o muere». Por fin
tenía algún sentido para él.
Sus pensamientos se dirigieron hacia las
tres personas que lo perseguían. Los hijos de su fracaso. Criados para odiar a
cualquiera que no les hubiera ayudado.
– Ahora te conozco –dijo en voz alta
pensando en Virgil–. Y ahora voy a conocerte a ti –prosiguió, pensando en
Merlín.
Pero Rumplestiltskin seguía esquivo, una
sombra en su imaginación.
Éste era el último temor que le quedaba.
Pero era un temor considerable.
Asintió a la imagen del espejo. Había
llegado la hora de actuar. En la esquina había un supermercado grande,
perteneciente a una cadena, con hileras de medicamentos para el resfriado que
no precisaban receta, champú y pilas. Lo que tenía pensado para Merlín esa
mañana lo recordaba de un libro que había leído sobre los gángsteres en el sur
de Filadelfia. Encontró lo que necesitaba en una sección de juguetes baratos.
El segundo elemento, en una parte de la tienda que ofrecía una discreta
selección de material de oficina. Pagó en efectivo y, después de meterse los
objetos en el bolsillo de la chaqueta, salió a la calle y paró un taxi.
Entró en el Palacio de Justicia como el día
anterior, con el aspecto de un hombre con un objetivo muy distinto al que en
realidad tenía en mente. Entró en los lavabos del segundo piso, sacó los
objetos comprados y los preparó en unos segundos. Después, dejó pasar algo de
tiempo antes de dirigirse hacia la sala donde el hombre al que conocía como
Merlín estaba argumentando una demanda.
Como imaginaba, la sala no estaba del todo
llena. Varios abogados esperaban que les tocara el turno a su caso. Una docena
de mirones ocupaban asientos en la parte central de la sala; algunos echaban
una cabezadita, otros escuchaban con atención. Ricky entró sin hacer ruido con
la puerta y se sentó detrás de unas personas mayores. Actuó con sigilo para
resultar lo más discreto posible.
Más allá de la balaustrada había media
docena de abogados y litigantes, sentados ante sólidas mesas de roble frente al
estrado. La zona situada delante de ambos equipos estaba llena de documentos y
expedientes. Todos eran hombres, y estaban muy concentrados en las reacciones
del juez. En esta vista previa no había jurado, lo que significaba que siempre
hablaban hacia delante. Tampoco había necesidad de volverse para actuar ante el
público porque eso no tendría ningún efecto en la causa. Por consiguiente,
ninguno de los hombres prestaba la Ínenor atención a las personas sentadas
aleatoriamente en las filas de asientos detrás de ellos. Tomaban notas,
comprobaban citas de textos legales y trabajaban en la tarea que tenían entre
manos, que consistía en intentar ganar algo de dinero para su cliente, pero
sobre todo para ellos. A Ricky le pareció una especie de teatro estilizado en
el que a nadie le importaba nada el público, sino sólo el crítico teatral que
tenía delante, de toga negra. Cambió de postura en la silla y se mantuvo oculto
y anónimo, que era lo que quería.
El entusiasmo le embargó cuando Merlín se
levantó.
– ¿Tiene alguna objeción, señor Thomas?
–preguntó el juez con brusquedad.
– Por supuesto, señoría –contestó Merlín con
petulancia. Ricky repasó la lista que había preparado con todos los abogados
implicados en el caso. Mark Thomas, con despacho en el centro, figuraba en el
centro del grupo.
– ¿Cuál? –quiso saber el juez.
Ricky escuchó unos instantes. El tono seguro
y auto suficiente del abogado era el mismo que recordaba de sus encuentros.
Hablaba con idéntica confianza tanto si lo que decía tenía alguna base real o
legal como si no. Merlín era el hombre que había invadido la vida de Ricky con
resultados tan desastrosos.
Sólo que ahora tenía un nombre. Y una
dirección. Y lo mismo que había ocurrido con Ricky, eso serviría para saber
quién era Merlín.
Visualizó de nuevo las manos del abogado.
Llevaba hecha la manicura. Y sonrió. Porque en la misma imagen mental observó
la presencia de una alianza. Eso significaba una casa. Una esposa. Tal vez
niños. Todos los símbolos del que asciende, del joven profesional urbano que se
dirige agresivamente hacia el éxito.
Sólo que el abogado Merlín tenía unos cuantos fantasmas en el pasado. Y
era hermano de un fantasma de primera. Ricky le escuchó hablar y pensó en el
complicado sistema psicológico de aquel hombre. Analizarlo habría sido un
desafío apasionante para el psicoanalista que era antes. Para el hombre en que
se había visto obligado a convertirse era algo más sencillo. Metió la mano en
el bolsillo y tocó el juguete que llevaba en él.
En el estrado, el juez meneaba la cabeza y
empezaba a sugerir que la vista se continuase por la tarde. Era la señal para
que Ricky se marchara, lo que hizo en silencio.
Tomó posición junto a la escalera de
emergencia, junto a unos ascensores. En cuanto vio al grupo de abogados salir
de la sala, se escondió en la escalera. Esperó lo suficiente para ver que
Merlín llevaba dos pesados maletines, llenos a rebosar de documentos y papeles
del caso. Demasiado pesados para pasar del ascensor más cercano.
Ricky bajó las escaleras de dos en dos hasta
el segundo piso. Ahí había unas cuantas personas esperando el ascensor para
bajar. Se sumó a ellas con la mano alrededor del juguete que llevaba en el
bolsillo. Levantó los ojos hacia el dispositivo electrónico que mostraba la
posición del ascensor y vio que estaba parado en el tercer piso. Luego, empezó
a bajar. Ricky sabía algo: Merlín no era el tipo de persona que se situaría en
el fondo para dejar sitio a otro.
El ascensor se detuvo y las puertas se
abrieron con un crujido. Ricky se puso detrás de la gente. Merlín estaba justo
en el centro del ascensor.
El abogado alzó los ojos, y Ricky fijó su
mirada en ellos.
Hubo un momento de reconocimiento y Ricky
vio asomar un pánico instantáneo al rostro del abogado.
– Hola, Merlín –dijo Ricky con calma–. Ahora
sé quién eres. Y a continuación se sacó el juguete del bolsillo y lo apuntó
hacia el pecho del abogado. Era una pistola de agua con forma de Lüger alemana
de la Segunda Guerra Mundial. Apretó el gatillo y un chorro de tinta negra
acertó a Merlín en el pecho.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, las
puertas se cerraron. Ricky regresó deprisa a las escaleras. No bajó corriendo
porque sabía que no podía llegar antes que el ascensor. Así que subió hasta el
quinto piso y fue al lavabo de hombres. Allí, echó la pistola de agua a una
papelera después de limpiarla para borrar sus huellas dactilares, como habría
hecho si el arma fuera de verdad, y se lavó las manos. Esperó unos instantes
antes de salir y recorrió los pasillos hacia el lado opuesto del edificio. Como
había averiguado el día anterior, en esa parte también había ascensores,
escaleras y otra salida. Para bajar, se sumó subrepticiamente a un grupo de
abogados que salían de otras vistas. Como esperaba, no había ni rastro de
Merlín en la zona del vestíbulo a la que accedió. Merlín no estaba en posición
de querer dar ninguna explicación sobre el motivo real de las manchas en su
camisa y su traje.
Y muy pronto se daría cuenta de que la tinta
que Ricky había usado era indeleble. Esperaba haber arruinado mucho más que una
camisa, un traje y una corbata esa mañana.
El restaurante que Ricky había elegido para
almorzar con la ambiciosa actriz era el favorito de su difunta esposa, aunque
dudaba que Virgil pudiese relacionarlo. Lo había seleccionado porque tenía una
característica importante: un gran cristal separaba la acera de los comensales.
La iluminación del restaurante dificultaba ver el exterior, pero no costaba
tanto observar el interior. Y la colocación de las mesas hacía más frecuente
ser visto que ver. Era lo que quería.
Esperó hasta que un grupo de turistas,
quizás una docena de hombres y mujeres que hablaban alemán y llevaban camisas
chillonas y cámaras colgadas al cuello, pasara por delante del restaurante. Y
entonces se unió a ellos, como había hecho antes en el Palacio de Justicia. «Es
difícil reconocer una cara conocida entre un grupo de desconocidos cuando no se
espera», pensó. Mientras la bandada de turistas pasaba, se giró con rapidez y
vio que Virgil estaba sentada en un rincón del restaurante, como él había previsto,
y aguardaba ansiosa. Y sola.
Una vez pasado el cristal, inspiró hondo una
vez.
«Recibirá la llamada en cualquier momento»,
pensó Ricky. Merlín no lo había hecho de inmediato, como él había imaginado.
Antes se había limpiado y disculpado con los demás abogados, que se habrían
quedado horrorizados. ¿Qué excusa habría inventado? Un adversario legal
disgustado por haber perdido un juicio. Los demás podrían identificarse con
eso. Los habría convencido de que no cabía llamar a la policía; él se pondría
en contacto con el abogado del chalado de la pistola de tinta y quizás
obtendría una orden de restricción. Pero se encargaría de ello él mismo. Los
demás habrían estado de acuerdo y se habrían ofrecido a atestiguar o incluso a
prestar declaración a la policía, si era necesario. Pero eso le habría llevado
algo de tiempo, lo mismo que limpiarse, porque sabía que, pasara lo que pasase,
tendría que volver al juzgado esa tarde. Cuando Merlín hiciera por fin su
primera llamada, sería a su hermano mayor. Sería una conversación sustancial,
que no se limitaría sólo a la descripción de lo ocurrido, sino a efectuar una
valoración de sus implicaciones. Analizarían su situación y sus alternativas.
Por fin, aun sin saber muy bien qué iban a hacer, colgarían. La siguiente
llamada sería para Virgil, pero Ricky se había adelantado a esa llamada.
Sonrió, dio media vuelta bruscamente y entró
en el restaurante con rapidez. Una recepcionista lo miró y empezó a hacerle la
inevitable pregunta, pero él la interrumpió con un gesto de la mano a la vez
que decía «Mi cita ya está aquí» y cruzaba veloz el restaurante.
Virgil estaba de espaldas y se movió al
notar que alguien se acercaba.
– Hola –dijo Ricky–. ¿Me recuerdas? La
sorpresa se reflejó en el rostro de ella.
– Porque yo sí te recuerdo a ti –aseguró él,
y se sentó.
Virgil no dijo nada, aunque se había echado
hacia atrás, atónita.
Tenía un book y un currículo en la mesa en
previsión de la entrevista con el supuesto productor. Ahora, despacio, con
parsimonia, los tomó y los dejó en el suelo.
– Supongo que no voy a necesitarlos
–comentó.
Ricky captó dos cosas en su respuesta:
exploración y necesidad de recobrar un poco la compostura. «Eso lo enseñan en
las clases de interpretación –pensó–. Y ahora mismo está buscando en ese
compartimiento concreto?»
Antes de que Ricky contestara, se oyó un
zumbido procedente del bolso de Virgil. Un teléfono móvil. Ricky meneó la
cabeza.
– Será tu hermano mediano, el abogado, para
advenirte que aparecí en su vida esta mañana. Y muy pronto recibirás otra
llamada, de tu hermano mayor, el que mata para ganarse la vida. Porque él
también querrá protegerte. No contestes.
Virgil detuvo la mano a medio camino.
– ¿O qué?
– Bueno, deberías hacerme la pregunta:
«¿Está Ricky muy desesperado?» Y luego la que es evidente que le sigue: « ¿Qué
podría hacerme?»
Virgil no hizo caso del teléfono, que dejó
de zumbar.
– ¿Qué podría hacerme Ricky? –preguntó.
– Ricky murió una vez –contestó éste con una
sonrisa–, y ahora tal vez no le quede nada por lo que vivir. Lo que haría que
morir por segunda vez fuera menos doloroso y puede que hasta un alivio, ¿no
crees? –La observó con dureza, traspasándola con la mirada–. Podría hacerte
cualquier cosa.
Virgil se movió incómoda. Ricky había
hablado con dureza e intransigencia. Se recordó que la fuerza de su actuación
de ese día radicaba en que era un hombre diferente al que se había dejado
manipular y aterrorizar hasta el suicidio un año antes. Y se percató de que eso
no se alejaba demasiado de la realidad.
– Así pues, ahora soy imprevisible.
Inestable. Con una vena maníaca, además. Una combinación peligrosa, ¿no? Una
mezcla volátil.
– Sí. Cierto –asintió la joven, que estaba
recobrando algo de la compostura perdida mientras hablaba, justo como él había
esperado que ocurriera. Sabía que era una mujer muy centrada–. Pero no vas a
dispararme aquí, en este restaurante, delante de toda esta otra gente. No lo
creo.
– Al Pacino lo hace –indicó Ricky
encogiéndose de hombros–. En El padrino. Estoy seguro de que la has visto.
Cualquiera que desee ganarse la vida con la interpretación la ha visto. Sale
del lavabo de hombres con un revólver en el bolsillo y dispara al otro mafioso
y al capitán de policía corrupto en la frente, arroja el revólver a un lado y
se va. ¿Lo recuerdas?
– Sí –contestó, inquieta–. Lo recuerdo.
– Pero este restaurante me gusta. Antes,
cuando era Ricky, venía con alguien a quien amaba, pero cuya presencia jamás
aprecié en realidad. ¿Y por qué querría arruinar el delicioso almuerzo de los
demás comensales? Además no es imprescindible que te dispare aquí, Virgil.
Puedo hacerlo en muchos otros sitios. Ahora sé quién eres. Conozco tu nombre.
Tu agencia. Tu dirección. Y, lo más importante, sé quién quieres ser. Conozco
tu ambición. A partir de eso, puedo extrapolar tus deseos. Tus necesidades.
¿Crees que ahora que se el quien, el que y el dónde sobre ti no puedo deducir
todo lo que necesite saber en el futuro? Podrías mudarte. Podrías incluso
cambiarte de nombre. Pero no puedes cambiar quién eres ni quién quieres ser. Y
ése es el problema, ¿no? Estás tan atrapada como lo estuvo Ricky. Igual que tu
hermano Merlín, un detalle que averiguó esta mañana de forma bastante sucia.
Una vez jugasteis conmigo sabiendo todos los pasos que daría y por qué. Y ahora
yo jugaré un nuevo juego con vosotros.
– ¿Qué juego es ése?
– Se llama « ¿Cómo puedo seguir vivo?». Va
de venganza. Creo que ya conoces algunas de sus reglas.
Virgil palideció. Cogió el vaso de agua con
hielo y tomo un largo trago sin apartar los ojos de Ricky.
– Te encontrará, Ricky –susurró–. Te
encontrara y te matara, y me protegerá porque siempre lo ha hecho.
Ricky se inclinó hacia delante, como un
sacerdote que comparte un oscuro secreto en un confesionario.
– Como cualquier hermano mayor? Bueno, puede intentarlo. Pero ¿sabes qué?,
apenas sabe nada acerca de quién soy ahora. Los tres habéis estado persiguiendo
al señor Lazarus y creíste que lo
teníais acorralado. ¿Cuántas veces? ¿Una? ¿Dos? ¿Tal vez tres? ¿Pensasteis que
había sido cuestión de segundos que se os escapara la otra noche de la casa del
hombre que se cruzo en nuestros caminos? Y además, ¡puf!, Lazarus está a punto
de desaparecer. En cualquier momento, porque casi ha prestado ya todo su
servicio en esta vida. Aunque antes de irse, quizá le cuente a quienquiera que
vaya ser yo a continuación todo lo que necesite saber sobre ti y Merlín, y
ahora también sobre el señor R. Y si lo juntamos todo, Virgil, me parece que me
convierte en un adversario muy peligroso. –Hizo una pausa y añadió–:
Quienquiera que sea hoy. Quienquiera que pueda ser mañana.
Ricky se recostó en la silla y observó cómo
sus palabras se reflejaban en la cara de la joven.
– ¿Qué me dijiste una vez, Virgil, sobre el
nombre que usabas? Todo el mundo necesita un Virgilio que lo guíe hacia el
infierno, o algo así.
– Sí. –Ella asintió y tomó otro sorbo de
agua.
– Fue una buena observación –dijo Ricky con
una sonrisa irónica. Y entonces se levantó, apartando la silla hacia atrás con
rapidez. –Adiós, Virgil –dijo inclinándose hacia ella–. Creo que no querrás
volver a verme la cara porque podría ser lo último que vieras nunca.
Sin esperar respuesta, se volvió y salió con
paso decidido del restaurante. No se quedó a ver cómo le temblaba la mano ni la
mandíbula a Virgil, reacciones más que probables. «El miedo es algo extraño
–pensó–. Se manifiesta de muchos modos externos, pero ninguno de ellos tan
poderoso como el acero que te atraviesa el corazón y el estómago o la corriente
que te recorre la imaginación.» Por una u otra razón se había pasado gran parte
de su vida teniendo miedo de muchas cosas, en una secuencia interminable de
temores y dudas. Pero ahora él provocaba miedo, y no estaba seguro de que la
sensación le desagradara. Se perdió entre la masa de gente que iba a almorzar,
dejando que Virgil, a la que dejó atrás, como había hecho con uno de sus
hermanos, intentase evaluar en qué clase de peligro se encontraban en realidad.
Avanzó con rapidez entre la multitud, esquivando los cuerpos de las personas
como un patinador en una pista concurrida, pero tenía la cabeza en otra parte.
Estaba intentando imaginar al hombre que tiempo atrás le había acechado hasta
una muerte perfecta. Se preguntaba cómo reaccionaría ese psicópata cuando las
dos únicas personas que quedaban en este mundo por las que sentía estima habían
sido seriamente amenazadas.
Avanzó con rapidez por la acera.
«Querrá actuar deprisa –pensó–. Querrá
resolver este asunto de inmediato. No querrá elaborar un plan como hizo antes.
Ahora dejará que la cólera domine todos sus instintos y toda su preparación. Y
lo más importante: ahora cometerá un error.»
34
Normalmente, una o dos veces cada verano en
aquellos años y vacaciones que le parecían ahora tan distantes, cuando su mujer
seguía pautas normales y reconocibles, Ricky hacía una reserva con uno de los
viejos y consumados guías de pesca que operaban en las aguas de Cape Cod para
encontrar róbalos y bancos de anjovas. No era que se considerara un pescador
experto, y tampoco estaba especialmente dotado para las actividades al aire
libre, pero le gustaba salir en una pequeña embarcación abierta a primera hora
de la mañana, cuando la niebla todavía cubre el océano gris, y sentir aquel
frío húmedo que desafiaba los primeros rayos de sol en el horizonte mientras el
guía pilotaba el esquife por canales, bordeando bancos de arena, hasta las
zonas de pesca. Y lo que le gustaba era la sensación de que, entre las olas
siempre cambiantes, el guía sabía en qué parte había peces, incluso aunque se
escondieran en las aguas profundas. Lanzar un cebo a través de tanto espacio
frío con tantas variables como la marea y la corriente, la temperatura y la luz
y saber encontrar el objetivo era algo que Ricky, el psicoanalista, había
admirado y encontrado siempre fascinante.
Al reflexionar en su apartamento de Nueva
York, pensó que se había embarcado en un proceso muy parecido. El cebo estaba
en el agua. Ahora tenía que lograr que la presa tragara el anzuelo. No creía
que fuera a tener más de una oportunidad con Rumplestiltskin.
Después de enfrentarse a sus hermanos
pequeños se le había ocurrido que podía huir, pero no le serviría de nada. Se
pasaría todo lo que le quedaba de vida sobresaltándose con cada ruido en la
oscuridad, nervioso al escuchar cualquier cosa detrás de él, temeroso de cada
desconocido que entrara en su campo de visión. Una vida imposible, siempre
escapando de algo y de alguien imposible de percibir, siempre con él, rondando
cada paso que diera.
Sabía, con toda la certeza que podía saber,
que tenía que vencer a Rumplestiltskin en esta fase final. Era el único modo de
recuperar el control sobre algo parecido a la vida que esperaba vivir.
Pensó que lo conseguiría. Los primeros pasos
de su plan ya habían tenido lugar. Podía imaginarse la conversación que
estarían manteniendo los hermanos en ese mismo instante, mientras él permanecía
en aquel apartamento de alquiler. No sería por teléfono. Tendrían que reunirse,
porque querrían verse para asegurarse de que estaban a salvo. Habría voces
levantadas. También unas cuantas lágrimas y un enfado considerable, quizás
incluso insultos y acusaciones. Todo les había ido sobre ruedas al cobrarse su
venganza contra todos los objetivos de su pasado. Sólo uno había salido mal, y
ese uno era ahora origen de una ansiedad importante. Podía oír la frase « ¡Tú
nos metiste en estol» gritada en la habitación hacia el psicópata que tanto
significaba para ellos. Ricky pensó, con cierta satisfacción, que esa acusación
contendría pánico, porque había conseguido abrir una brecha en los vínculos que
unían al trío. Por muy persuasiva que hubiese sido la necesidad de venganza,
por muy astuta que hubiese sido la conspiración contra Ricky y todos los demás,
había un elemento que Rumplestiltskin no había previsto: a pesar de su
compulsión a secundario, los dos hermanos menores seguían aspirando a llevar
una vida convencional, normal a su propio modo. Una vida en el escenario y una
vida en los tribunales, siguiendo ciertas reglas y restricciones reconocibles.
Rumplestiltskin era el único de los tres que estaba dispuesto a vivir fuera de
todo límite. Pero los otros no, yeso los volvía vulnerables.
Ricky había descubierto esa diferencia. Y
sabía que era su mejor baza.
Sabía que se dirían palabras duras. A pesar
de lo cruel y sanguinario que había sido el juego, en realidad los empujones,
disparos y asesinatos habían quedado a cargo de uno solo de ellos. Arruinar una
reputación o destrozar unas cuentas de inversiones eran trabajos bastante
desagradables, pero en ellos no se vertía sangre. Había habido una separación
de las maldades, y las más oscuras habían quedado en unas únicas manos.
Estos trabajos habían recaído en el señor R.
Del mismo modo que había soportado el peso de las palizas y la crueldad cuando
crecían, la violencia en sí era cosa suya. Los demás sólo le habían ayudado y
cosechado con ello la satisfacción psicológica que proporciona la venganza. Era
la diferencia entre quien facilita las cosas y quien las lleva a cabo. Pero
ahora se daban cuenta de que su complicidad se había vuelto en su contra.
«Creían que les había salido bien, pero no ha sido así», pensó Ricky. Sonrió para
sus adentros. Decidió que no había nada tan devastador como darse cuenta de que
ahora eres el perseguido cuando estás acostumbrado a ser el perseguidor. Y ésa
era la trampa que había preparado, porque ni siquiera aquel psicópata dejaría
de intentar recuperar la posición de superioridad que tan natural le es a un
depredador. La amenaza a Virgil y a Merlín lo empujaría en esa dirección. Los
pocos jirones de normalidad que conservaba el señor R eran los que lo
conectaban con sus hermanos. Si en lo más profundo de su mundo psicopatológico
quedaba algún vínculo con la humanidad, procedía de su relación con ellos.
Estaría desesperado por protegerlos. Ricky se dijo que, de hecho, era sencillo.
Había que asegurarse de que el cazador creyera que está cazando, acercándose a
la presa, cuando en realidad estaba siendo conducido a una emboscada.
«Una emboscada basada en el amor», pensó con
cierta ironía. Encontró un papel y se esforzó un rato con un poema. Cuando le
quedó como quería, llamó a la sección de anuncios del Village Voice. De nuevo,
como antes, se encontró hablando con un empleado. Le dio algo de conversación,
como había hecho en otras ocasiones. Pero esta vez procuró hacerle unas
preguntas clave y proporcionarle información vital:
– Perdone, pero si estoy fuera de la ciudad,
¿puedo llamar y recibir igualmente las respuestas?
– Por supuesto –dijo el empleado–. Sólo
tiene que marcar el código de acceso. Puede llamar desde cualquier sitio.
– Fantástico –contestó Ricky–. Verá, es que
este fin de semana tengo que atender unos asuntos en Cape Cod, así que me voy
allí unos días y quiero seguir recibiendo las respuestas.
– No será ningún problema –aseguró el
empleado.
– Espero que haga buen tiempo. Han
pronosticado lluvia. ¿Ha estado alguna vez en Cape Cod?
– En Provincetown. Hay mucha marcha el fin
de semana después del Cuatro de Julio.
– Ni que lo diga –corroboró Ricky–. Yo
siempre voy a Wellfleet. O por lo menos eso hacía antes. Tuve que vender la
casa. Liquidación total por incendio. Ahora voy a ir para arreglar unas
cuestiones pendientes, y después de vuelta a la ciudad y a toda esta rutina.
– Ya. Ojalá tuviera yo una casa en Cape Cod.
– Es un sitio especial. –Ricky hablaba con
cuidado, pronunciando despacio cada palabra–. Sólo vas en verano, tal vez un
poco en otoño y primavera, pero cada estación te acaba calando a su modo. Se
convierte en tu hogar. Más que un hogar, en realidad. Un lugar para empezar y
terminar. Cuando muera, quiero que me entierren allí.
– Yo sólo puedo desearlo –aseguró el
empleado, algo envidioso.
– Quizás algún día –respondió Ricky, y se
aclaró la garganta para decir el mensaje que deseaba publicar en la sección de
clasificados. Lo había incluido bajo un discreto titular: BUSCANDO AL SR. R.
– ¿No querrá decir señor Regio? –preguntó el
hombre.
– No –contestó Ricky–. Señor R está bien.
A continuación pronunció lo que esperaba
fuera el último poema que tuviera que componer nunca:
¿Está aquí? ¿Está
allá? Vete a saber.
En cualquier parte
puede aparecer.
Puede que a Ricky
le guste vagar,
puede que haya
vuelto a su hogar.
O quizá Ricky se
quiera ocultar
para que no lo
puedan encontrar.
Un viejo lugar o
un nuevo lugar,
Ricky siempre
logrará escapar.
Y aunque lo busque
con apuro,
el señor R nunca
sabrá seguro
cuándo Ricky pueda
estar presente,
no como amigo sino
como oponente,
para sembrar la
muerte y el mal,
y provocar de
alguien el final.
– Vaya –dijo el empleado con un silbido
largo y lento–. ¿Y dice usted que se trata de un juego?
– Sí –respondió Ricky–. Pero no habría mucha
gente dispuesta a jugarlo.
El anuncio se iba a publicar el viernes
siguiente, lo que dejaba a Ricky poco tiempo. Sabía lo que pasaría: el
periódico llegaría a los quioscos la noche anterior, y sería entonces cuando
los tres hermanos leerían el mensaje. Pero esta vez no contestarían en el
periódico. Ricky supuso que sería Merlín, con sus tonos bruscos y exigentes de
abogado y unos modales indirectamente amenazadores. Merlín llamaría al
supervisor de los anuncios y descendería con rapidez por la jerarquía del
periódico hasta encontrar al empleado que había recibido el poema por teléfono.
Y le preguntaría a fondo sobre el hombre que llamó. Y el empleado recordaría
enseguida la conversación sobre Cape Cod. Ricky imaginó que a lo mejor el
hombre incluso recordaría su comentario de que le gustaría que algún día lo
enterraran ahí; un pequeño deseo, en cierto sentido, pero que tendría mucho
significado para Merlín o Después de obtener la información, la transmitiría a
su hermano. Luego, los tres volverían a discutir. Los dos hermanos pequeños
estaban asustados, probablemente como nunca desde que eran niños y su madre los
abandonó al suicidarse. Querrían acompañar al señor R en su búsqueda,
sintiéndose responsables del peligro y también culpables de que tuviera que
cuidar de ellos una vez más. Pero no sería verdad, y el hermano mayor tampoco
querría aceptar. Esta muerte querría infligirla solo.
«Y, por lo tanto, actuará solo», pensó
Ricky.
Solo y con la esperanza de terminar de una
vez para siempre lo que le habían hecho creer que ya había concluido. Iba a
tener prisa por dirigirse hacia otra muerte.
Dejó el apartamento tras comprobar que no
dejaba ningún rastro de su existencia. Luego, antes de salir de la ciudad,
efectuó otra serie de tareas. Cerró sus cuentas bancarias en las sucursales de
Nueva York y fue a una oficina del centro para buscar un banco con agencias en
el Caribe, donde abrió una simple cuenta corriente y de ahorros a nombre de
Richard Lively. Cuando hubo terminado el papeleo y depositado una cantidad
modesta del efectivo que le quedaba, salió del banco y caminó dos manzanas por
la avenida Madison hasta la sucursal del Crédit Suisse frente a la que tantas
veces había pasado en los días en que era un neoyorquino más.
Una empleada estuvo más que dispuesta a
abrir una cuenta al señor Lively. Era una mera cuenta de ahorros tradicional,
pero con una característica interesante. Un día al año, el banco transferiría
el noventa por ciento de los fondos acumulados directamente al número de cuenta
que Ricky dio del banco caribeño. Sus comisiones se deducirían del resto.
Eligió la fecha para esta transferencia con una especie de aleatoriedad
cuidada. Al principio pensó en usar el día de su cumpleaños y luego el de su
mujer. Después se planteó usar el día en que había fingido su muerte. También
consideró usar el cumpleaños de Richard Lively. Pero, por fin, preguntó a la
agradable joven, que se había esmerado en asegurarle la confidencialidad total
y la inviolabilidad de las regulaciones bancarias suizas, cuándo era su
cumpleaños, Como había esperado, no guardaba relación con ninguna fecha que
pudiera recordar. Un día de finales de marzo. Eso le gustó. Marzo era el mes
que marcaba el final del invierno y anunciaba la primavera, pero estaba lleno
de falsas promesas y de vientos engañosos. Un mes variable. Le dio las gracias
a la joven y le dijo que ése era el día que elegía para las transferencias.
Una vez terminados sus asuntos, Ricky volvió
al coche. Mientras recorría las calles hacia la Henry Hudson Parkway en
dirección al norte, no miró hacia atrás ni una sola vez. Tenía muchas cosas que
hacer y poco tiempo.
Devolvió el coche de alquiler y se pasó el
día acabando con Frederick Lazarus. Cerró, canceló o liquidó cada carné,
tarjeta de crédito y cuenta telefónica, todo lo relacionado con ese personaje.
Incluso fue a la armería donde había aprendido a disparar, se compró una caja
de balas y se pasó una hora productiva en el local de tiro disparando a una
diana con la silueta negra de un hombre que él atribuía con facilidad a su
implacable perseguidor. Después, charló un poco con el dependiente de la
armería y le dejó caer que se iba de la zona por varios meses. El hombre se
encogió de hombros, pero Ricky pudo ver que, aun así, tomaba nota de su marcha.
Así pues, Frederick Lazarus se desvaneció.
Por lo menos sobre el papel y los documentos. Dejó también las pocas relaciones
que ese personaje tenía. Para cuando hubo terminado, lo único que quedaba de
aquel individuo eran las posibles venas asesinas que él mismo hubiera
absorbido. Por lo menos, creía que eso seguiría pesando en su interior.
Richard Lively no sería tan fácil, porque
Richard Lively era un poco más humano que Lazarus. Y era Richard Lively quien
tenía que vivir. Pero también necesitaba desaparecer de su vida en Durham,
Nueva Hampshire, con el mínimo de fanfarria y en muy corto plazo. Tenía que
dejarlo todo atrás, pero no parecer que lo hacía, por si acaso alguien, algún
día, aparecía haciendo preguntas y relacionaba la desaparición con ese fin de
semana concreto.
Consideró este dilema y pensó que el mejor
modo de desaparecer es dar a entender lo contrario. Hacer creer a la gente que
tu marcha es sólo temporal. La cuenta bancaria de Richard Lively permaneció
intacta, con un depósito mínimo. No canceló ninguna tarjeta de crédito ni carné
de biblioteca. Dijo al supervisor del departamento de mantenimiento de la
universidad que un problema familiar en la Costa Oeste requería su presencia
allí por unas semanas. El jefe lo comprendió pero le comentó que no podía
prometerle que el trabajo le esperaría, aunque haría todo lo posible para que
no lo ocupara nadie. Tuvo una conversación parecida con sus caseras, a las que
explicó que no estaba seguro del tiempo que estaría fuera. Pagó el alquiler de
un mes extra por adelantado. Se habían acostumbrado a sus idas y venidas y no
dijeron demasiado, aunque Ricky sospechó que la mujer mayor sabía que no
volvería nunca, sencillamente por la forma en que lo miró y asimiló todo lo que
decía. Ricky admiraba esta cualidad. Le pareció que era una cualidad típica de
Nueva Hampshire aceptar aparentemente lo que otra persona dice, mientras se
comprende la verdad subyacente. Aun así, para subrayar la impresión de que iba
a regresar, aunque no le creyeran del todo, dejó todas las pertenencias que
pudo. Ropa, libros, una radio despertador, las cosas modestas que había reunido
al reconstruir su vida. Sólo se llevó un par de mudas y el arma. Lo que tenía
que dejar atrás eran indicios de que había estado ahí y de que podría regresar,
pero nada que indicara realmente quién era o dónde podría haber ido.
Mientras bajaba por la calle, sintió un
arrepentimiento momentáneo. Si sobrevivía al fin de semana, algo de lo que sólo
tenía el cincuenta por ciento de probabilidades, sabía que no volvería nunca.
Había llegado a estar muy a gusto y familiarizado con aquel pequeño mundo y le
entristecía abandonarlo. Pero reestructuró la emoción en su interior y procuró
reconvertirla en una fortaleza que lo sostuviera durante lo que iba a suceder.
A mediodía tomó un autobús Trailways hacia
Boston, con el que volvió a recorrer una ruta conocida. No pasó mucho rato en
la terminal de Boston, sólo el suficiente para preguntarse si el verdadero
Richard Lively seguiría vivo; tal vez fuese interesante ir a Charlestown para
intentar localizarlo en alguno de los parques y callejones por donde lo había
seguido una vez con tanta diligencia. Sabía, por supuesto, que no tenía nada
que decir al hombre, aparte de darle las gracias por proporcionarle una vía
hacia un futuro dudoso. En todo caso, no tenía tiempo. Tomó el autobús Bonanza
del viernes por la tarde a Cape Cod y se apretujó en un asiento trasero con una
agitación creciente. «A esta hora ya habrán leído el poema –pensó–. Y Merlín
habrá interrogado al empleado de los anuncios. En este preciso momento los tres
hermanos estarán hablando.» Podía imaginar cómo las palabras volaban de un lado
a otro. Y no necesitaba oírlos porque sabía lo que harían. Miró la hora en su
reloj.
«Pronto saldrá –pensó–. Conducirá sin
paradas, impulsado a concluir una historia que se ha escrito de modo distinto
al que él esperaba.»
Sonrió, viendo la inmensa ventaja que tenía.
Rumplestiltskin se movía en un mundo acostumbrado a las conclusiones. El de
Ricky era justo lo contrario. Uno de los principios del psicoanálisis es que, a
pesar de que las sesiones terminen y la terapia diaria finalice por fin, el
proceso no se completa nunca. Lo que la terapia aporta es, en el mejor de los
casos, una nueva forma de ver quién es uno, y permitir que esa nueva definición
de la vida de uno influya en las decisiones y las elecciones que conlleve el
futuro. En el mejor de los casos, esos momentos ya no se verán limitados por
los acontecimientos del pasado y las elecciones tomadas estarán liberadas de lo
que todo el mundo debe al entorno en que ha crecido.
Tenía la sensación de estar llegando a la
misma clase de final inacabado.
Era el momento de morir o de proseguir. Y
cuál de los dos iba a ser se sabría en las próximas horas.
Aceptó la frialdad de su situación y
contempló el paisaje por la ventanilla. Observó que, a medida que el autobús
zumbaba rumbo a Cape Cod, el tamaño de los árboles y los arbustos parecía
reducirse. Era como si la vida en la tierra arenosa cercana al océano fuera más
dura y le costara crecer cuando los vientos marinos soplaban en invierno.
Una vez fuera de Provincetown, en la
carretera ó, Ricky vio un motel que todavía no había colgado el cartel de
COMPLETO debido, lo más seguro, a la poco optimista previsión meteorológica.
Pagó en efectivo por el fin de semana y el recepcionista cogió el dinero con
desinterés. Ricky supuso que lo tomaba por un confuso empresario de mediana
edad de Boston que se había rendido por fin a sus fantasías e iba a esa ciudad
de alborotada vida nocturna en verano para unos días de sexo y culpa. Ricky no
hizo nada por contradecir tal suposición y, de hecho, preguntó al recepcionista
por los mejores clubes de la ciudad, la clase de sitios donde los solteros iban
a buscar compañía. El hombre le dio algunos nombres y no preguntó nada.
Ricky encontró una tienda de artículos de
acampada y compró más repelente de insectos, una linterna potente y un capote
verde oliva mayor de lo normal. También compró un sombrero de camuflaje de ala
ancha que tenía un aspecto ridículo pero que llevaba cosida al ala una
mosquitera que cubría la cabeza y los hombros. De nuevo, la previsión
meteorológica para el fin de semana le era favorable: humedad, tormentas
eléctricas, cielos grises y temperaturas cálidas. Un fin de semana horrible.
Ricky dijo al dependiente que aun así iba a cuidar un poco del jardín, lo que
en ese contexto confirió un sentido de normalidad a cada una de las compras.
Regresó fuera y vio cómo por el oeste crecía
lo que supuso sería un gran frente de nubes de tormenta. Prestó atención para
intentar oír el estruendo distante de los truenos y vio un cielo gris que
parecía señalar la llegada de la noche. Percibía el sabor de la inminente
lluvia y apresuró el paso para efectuar sus preparativos.
El día se prolongó con una luz que no
desaparecía, como si compitiera con las condiciones meteorológicas que
avanzaban hacia él. Cuando llegó a la carretera que conducía a su antigua casa,
el cielo había adoptado un extraño tono amarronado. El autobús que recorría la
carretera ó le había dejado a unos tres kilómetros y había corrido la distancia
sin problemas, la mochila con las compras y el arma a la espalda. Recordó haber
efectuado la misma ruta casi un año antes y se acordó de cómo le costaba
respirar, cómo sus pulmones absorbían el viento debido al pánico y a la
impresión de lo que había hecho y lo que aún le faltaba hacer. Este trayecto
era extrañamente distinto. Notaba una sensación de fortaleza y, al mismo
tiempo, otra de aislamiento con un matiz de complacencia, como si no corriera
hacia donde había dejado tantos recuerdos, sino hacia uno que significaba un
cambio. Cada paso de ese recorrido le resultaba familiar y, aun así,
surrealista, como si existiera a un nivel distinto de existencia. Aceleró el
paso, contento de estar más fuerte que la anterior vez, rogando que ningún
antiguo vecino apareciera por un camino de entrada y viera al difunto corriendo
hacia la casa incendiada.
Tuvo suerte: la carretera estaba desierta a
la hora de la cena. Enfiló el camino de entrada, redujo el paso a una caminata
y quedó oculto tras los grupos de árboles y los arbustos que crecen con rapidez
en Cape Cod durante los meses de verano. No sabía muy bien qué esperar. Se le
ocurrió que el pariente que hubiera logrado hacerse con su finca podría haber
limpiado el área, empezado incluso a construir otra casa. Su carta de suicidio
indicaba que la tierra se entregara a un grupo de protección del medio ambiente,
pero suponía que, cuando los miembros de su lejana familia se hubieran enterado
del valor real de ese excelente terreno edificable en Cape Cod, eso habría
quedado paralizado por los pleitos. La idea le hizo sonreír porque le pareció
irónico que personas a las que apenas conocía pudieran disputarse su finca,
cuando él había muerto meses atrás para proteger a una de ellas del hombre que
seguramente se dirigía hacia allí esa noche.
Cuando salió de entre los árboles, vio lo
que esperaba: los restos de su casa calcinada. Incluso a pesar de la vegetación
que crecía en el terreno, la tierra seguía ennegrecida varios metros alrededor
del esqueleto descarnado de la vieja casa.
Ricky se acercó hacia donde había estado la
puerta principal a través de los hierbajos de lo que tiempo atrás había sido su
jardín. Entró y recorrió despacio las ruinas de la casa. Incluso pasado un año,
le pareció oler la gasolina y la madera quemada, pero enseguida comprendió que
su imaginación estaba jugándole una mala pasada. Se oyó retumbar un trueno a lo
lejos, pero no prestó atención y se movió lo mejor que pudo por los espacios
dejando que su memoria añadiera paredes, muebles, obras de arte y alfombras. Y,
cuando todos estos recuerdos habían reconstruido su hogar a su alrededor, dejó
que su memoria dibujara en él momentos con su mujer, mucho antes de que
enfermara y de que el cáncer le arrebatara las fuerzas, la vitalidad y, por
último, la vida. A Ricky le resultó agradable y estremecedor a la vez deambular
por los escombros. Era, de modo extraño, tanto un regreso como una partida, y
se sentía un poco como si fuera a emprender algo que lo llevaría a un lugar muy
distinto y que, por fin, podría despedirse de todo lo que el doctor Frederick
Starks había sido y prepararse para recibir a la persona que surgiera de la
noche que se cerraba deprisa a su alrededor.
El sitio que esperaba encontrar lo estaba
aguardando Justo a un lado de la chimenea central del salón. Un bloque de techo
y unas cuantas vigas gruesas de madera habían caído al lado formando una
especie de cobertizo decrépito, casi una cueva. Ricky se puso el capote, se
encasquetó el sombrero con la mosquitera y sacó la linterna y la pistola de la
mochila. Después retrocedió hacia la oscuridad de los escombros, se escondió y
esperó a que llegaran la noche, la tormenta que se acercaba y un asesino.
Le resultó un poco cómico: ¿qué había hecho?
Había actuado como un psicoanalista. Había provocado emociones eléctricas y
arrolladoras en la persona que quería descubrir. «Hasta los psicópatas son
vulnerables a sus deseos», pensó. Y ahora, como había hecho durante años en su
consulta, esperaba a que este último paciente llegase trayendo consigo toda su
cólera, odio y furia dirigidos contra Ricky, el terapeuta.
Tocó el arma y quitó el seguro. Esta sesión,
sin embargo, no iba a ser tan plácida.
Se recostó, midió cada sonido y memorizó
todas las sombras a medida que se alargaban en la penumbra. Esa noche la visión
iba a ser un problema. Las nubes taparían la luna. La luz de otras casas y de
la lejana Provincetown se desvanecería bajo la lluvia. Ricky esperaba contar
tanto con la certeza como con la incertidumbre: el terreno donde había decidido
aguardar era la zona que mejor conocía. Eso sería una ventaja. Y, aún más
importante, la incertidumbre de Rumplestiltskin jugaba a su favor. No sabría con
exactitud dónde estaba Ricky. Era un hombre acostumbrado a controlar el
escenario en que operaba y Ricky esperaba que ése fuera el terreno menos
controlado en que pudiera encontrarse. Un mundo desconocido para el asesino. Un
buen lugar para esperarlo esa noche.
Ricky confiaba en que el asesino llegaría, y
bastante pronto, para buscarlo. Mientras se dirigía hacia allí, se habría
percatado de que Ricky sólo podía estar en dos lugares: la playa donde fingió
ahogarse o la casa que había incendiado. Iría a esos dos sitios, a la caza,
porque, a pesar de lo que pudiera haberle contado el empleado del Village
Voice, no creía que ese viaje a Cape Cod tuviera ningún otro motivo que la
muerte. Sabría que todo lo demás era pura invención y que el juego real
consistía en un conjunto de recuerdos enfrentado a otro.
35
La lluvia cayó a rachas las primeras horas
de la noche, con fuerza, con truenos y relámpagos sobre el mar durante el
inicio de su espera, antes de reducirse a una irritante llovizna constante.
Cuando la tormenta pasó sobre él, la temperatura descendió seis grados o más,
lo que aportó a la oscuridad un frío que parecía totalmente fuera de lugar.
Algo de viento había acompañado al frente borrascoso; corrientes fuertes que le
jalaban de los bordes del capote y hacían que los escombros y los restos
chamuscados de alrededor crujieran, como si ellos también tuvieran algún asunto
pendiente esa noche. Ricky permaneció oculto, como un cazador en un escondite a
la espera de que apareciera la presa. Pensó en todas las horas pasadas en
silencio detrás de las cabezas de sus pacientes tendidos en el diván, sentado
sin apenas moverse, casi sin hablar, y le pareció divertido que esa experiencia
le hubiera preparado bien para la espera de esa noche.
Sólo se movió esporádicamente y sólo para
estirar y flexionar los músculos para que no se le agarrotaran y estuvieran
listos cuando los necesitara. La mayoría del tiempo estuvo recostado, con la
mosquitera sobre la cabeza y el capote extendido sobre el cuerpo, de modo que
parecía un bulto más informe que humano. Desde donde estaba escondido podía ver
el otro lado del descampado que había dado la bienvenida a las visitas que iban
a su casa, en especial cuando algún rayo cruzaba el cielo. Estaba situado en un
sitio que le permitía ver los haces de los faros que penetraban los árboles
desde la carretera principal y también oír el motor de los coches a través de
la densa penumbra.
Sólo temía una cosa: que Rumplestiltskin
tuviera más paciencia que él.
Lo dudaba, pero no estaba seguro. Después de
todo, el niño había acumulado mucho odio durante años y esperado tanto tiempo
antes de acometer su venganza que tal vez ahora, en esta última fase, vacilara
y se limitara a apostarse en la línea de árboles y hacer más o menos lo que él
estaba haciendo, es decir, esperar algún movimiento delator antes de acercarse.
Ése era el riesgo que Ricky corría esa noche. Pero pensaba que era una apuesta
bastante segura. Todo lo que había hecho estaba destinado a provocar al señor
R. La cólera, el miedo y las amenazas exigen respuestas. Un asesino a sueldo es
un hombre de acción. Un psicoanalista no. Ricky creía haber creado una
situación en que sus propios puntos fuertes compensaban los de su contrincante.
Su formación contrarrestaba la del asesino. «Él dará el primer paso. Todo lo
que sé sobre la conducta me dice que será así» En el juego de recuerdos y
muerte en que se encontraban sumidos ambos hombres, Ricky ostentaba el terreno
más elevado. Luchaba en un lugar que conocía.
Pensó que era todo lo que podía hacer.
Hacia las diez de la noche el mundo
circundante se redujo a un terreno húmedo y oscuro. Tenía los sentidos
aguzados, la mente alerta a cualquier matiz de la noche. No había oído ningún
coche ni divisado faros durante más de una hora y la lluvia parecía haber
alejado los animales nocturnos hacia sus madrigueras, de modo que ni siquiera
se oía el ruido de una zarigüeya o una mofeta. Pensó que estaba en ese momento
en que el ánimo y la resolución le fallarían, en que la duda se apoderaría de
su mente e intentaría convencerle de que estaba esperando tontamente a alguien
que no iba a aparecer. Frustró esta sensación insistiéndose en que lo único que
sabía seguro era que Rumplestiltskin estaba cerca, y todavía lo estaría más si
perseveraba y esperaba. Deseó haber llevado una botella de agua. O un termo de
café, pero no lo había hecho. «Es difícil planear un asesinato y recordar a la
vez las cosas cotidianas», se dijo.
Movía los dedos de vez en cuando y
tamborileaba con el índice sobre la culata del arma sin hacer ruido. En una
ocasión lo sobresaltó un murciélago que bajó en picado hacia él; en otra, un
par de cervatillos salieron unos segundos del bosque. Sólo distinguió sus
siluetas, hasta que se asustaron y, al volverse, le enseñaron las colas blancas
mientras se alejaban a saltitos.
Siguió esperando. Supuso que el asesino era
un hombre acostumbrado a la noche y que se sentía cómodo en ella. El día
comprometía mucho a un asesino. Le permitía ver, pero también ser visto. «Te
conozco, señor R –pensó–. Querrás terminar todo esto en la oscuridad. Muy
pronto estarás aquí.»
Unos treinta minutos después de que los
últimos faros de automóvil hubiesen pasado a lo lejos, vio que otro coche se
acercaba por la carretera. Éste circulaba más despacio, casi vacilante. Con un
mínimo matiz de indecisión en la velocidad a que avanzaba.
El brillo se detuvo cerca del camino de
entrada a su finca, y luego aceleró y desapareció en una curva a cierta
distancia.
Ricky retrocedió más en su escondite.
«Alguien ha encontrado lo que buscaba pero
no quiere demostrarlo», pensó.
Siguió esperando. Pasaron veinte minutos de
oscuridad total, pero Ricky estaba enroscado como una serpiente, aguardando. Su
reloj de pulsera le servía para valorar lo que estaba ocurriendo más allá.
Cinco minutos, tiempo suficiente para dejar escondido el coche. Diez minutos
para regresar a pie hasta el camino de entrada. Otros cinco para deslizarse en
silencio entre los árboles. «Ahora está en la última línea de árboles –pensó–.
Observando las ruinas de la casa a distancia prudencial.» Se hundió más en su
guarida y se tapó los pies con el capote.
Se armó de paciencia. Notaba cómo la
adrenalina le subía a la cabeza y el pulso se le aceleraba como el de un
deportista, pero se calmó recitando en silencio pasajes literarios. Dickens:
«Era el mejor y el peor de los tiempos.» Camus: «Hoy mamá ha muerto. O tal vez
fue ayer, no lo sé.» Este recuerdo le hizo sonreír a pesar del miedo que
sentía. Le pareció una cita adecuada. Sus ojos se movieron con rapidez para
escrutar la oscuridad. Era un poco como abrirlos bajo el agua. Había formas en
movimiento pero no eran reconocibles. Aun así, aguardó, porque sabía que su
única oportunidad consistía en ver antes de ser visto.
La llovizna había parado por fin, dejando el
mundo reluciente y resbaladizo. El frío que había acompañado las tormentas
desapareció, y Ricky notaba que un calor húmedo y denso se apoderaba del lugar.
Respiraba despacio, temeroso de que la aspereza asmática de cada inspiración
pudiera oírse a kilómetros. Observó el cielo y vio el contorno de una nube gris
recortada contra el negro mientras surcaba el aire, casi como si la propulsaran
unas remeras invisibles. Un poco de luz de luna se coló entre las nubes que
pasaban y cayó como una saeta a través de la noche. Ricky miró a derecha e
izquierda y vio una forma que se apartaba de los árboles.
Mantuvo los ojos fijos en la figura, cuya
silueta distinguió un instante bajo la tenue luz: una forma oscura de un negro
más intenso que la noche. En aquel momento, la persona se llevó algo a los ojos
y giró despacio, como un vigía en lo alto del mástil de un barco que busca
icebergs en las aguas de proa.
Ricky retrocedió aún más y se apretujó
contra las rumas. Se mordió el labio con fuerza, porque supo de inmediato a lo
que se enfrentaba: un hombre con prismáticos de visión nocturna.
Se mantuvo inmóvil, sabiendo que el
estrafalario conjunto del capote y el sombrero con mosquitera era su mayor
defensa. Eso le permitía confundirse con las tablas carbonizadas y los montones
de escombros quemados. Como el camaleón, que cambia de color según la tonalidad
de la hoja que ocupa, permaneció en su sitio con la esperanza de no ofrecer el
menor indicio de humanidad.
La silueta se movió con sigilo.
Ricky contuvo el aliento. ¿Lo había
detectado?
Le costó hasta el último ápice de energía
mental no moverse de su sitio. El pánico acuciaba su mente y le gritaba que
huyera mientras todavía podía. Pero se contestó que su única posibilidad
consistía en hacer lo que estaba haciendo. Después de todo lo que había pasado,
tenía que llevar al hombre que se movía entre los árboles hacIa él hasta
tenerlo al alcance de la mano. La silueta cruzó el campo visual de Ricky en
diagonal. Se movía con cautela, despacio pero sin miedo, algo agazapado para
ofrecer poco contorno: un depredador experimentado.
Ricky exhaló despacio: aún no lo había
visto.
La silueta llegó al antiguo jardín, y Ricky
lo vio vacilar. Llevaba algo que le cubría la cabeza, a juego con sus ropas
oscuras. Más parecía parte de la noche que una persona. Volvió a llevarse algo
a los ojos, y de nuevo a Ricky lo consumió la tensión cuando los prismáticos de
visión nocturna recorrieron las ruinas de la casa donde tiempo atrás había sido
feliz. Pero otra vez el capote le convirtió en un escombro más, y el hombre
vaciló, como frustrado. Bajó los binoculares de visión nocturna a un costado,
como si descartara los alrededores.
Avanzó con más agresividad y se situó en la
entrada para escrutar las ruinas. Dio un paso adelante con un ligero tropezón,
y Ricky oyó una maldición apagada.
«Sabe que yo debería estar aquí –pensó
Ricky–. Pero empieza a tener dudas.»
Apretó los dientes. Sintió un impulso frío,
asesino, en su interior.
«No estás seguro, ¿verdad? No es lo que
esperabas. Y ahora dudas. Sientes duda, frustración y toda esa cólera acumulada
por no haberme matado antes, cuando te lo puse tan fácil. Es una combinación
peligrosa, porque te obliga a hacer cosas que normalmente no harías. Estás
dejando de tomar precauciones a cada paso y tu incertidumbre se refleja en tus
movimientos. Y ahora, de repente, estás jugando en mi terreno. Porque ahora el
doctor Starks te conoce y sabe todo lo que hay en tu cabeza, porque todo lo que
sientes, toda esa indecisión y confusión, es habitual en su vida, no en la
tuya. Eres un asesino cuyo blanco de pronto no está claro, y todo por culpa del
escenario que he organizado.»
Observó la sombra. «Acércate más», dijo en
silencio.
El hombre avanzó y tropezó con un pedazo de
viga mientras intentaba cruzar una habitación que no conocía.
Se detuvo y dio un puntapié a la viga.
– Doctor Starks –susurró como un actor que
pronuncia en escena un secreto que hay que compartir–. Sé que está aquí.
La voz pareció rasgar el aire de la noche.
– Vamos, doctor. Salga. Ha llegado el
momento de terminar con esto.
Ricky no se movió. No contestó. Todos sus
músculos se tensaron, pero no había pasado años detrás del diván escuchando las
afirmaciones más provocadoras y exigentes para caer ahora en la trampa de ese
psicópata.
– ¿Dónde está, doctor? –prosiguió el hombre,
moviéndose de un lado a otro–. No estaba en la playa. De modo que debe estar
aquí, porque es un hombre de palabra. Y aquí es donde dijo que iba a estar.
Avanzó de una sombra a otra. Volvió a
tropezar y se golpeó la rodilla con lo que había sido la contrahuella de una
escalera. Maldijo por segunda vez y se enderezó. Ricky pudo ver confusión e
irritación mezcladas con frustración en el modo en que se encogía de hombros.
El hombre se volvió a izquierda y derecha
una vez más. Luego suspiró.
Cuando habló, lo hizo con resignación: –Si
no está aquí, doctor, ¿dónde coño está?
Se encogió de hombros de nuevo y, por fin,
dio la espalda a Ricky. Y en cuanto lo hizo, Ricky sacó la mano con que
empuñaba la pistola y, tal como le habían enseñado en la armería de Nueva
Hampshire, sujetándola con ambas manos, situó el punto de mira en el centro de
la espalda de Rumplestiltskin.
– Estoy detrás de ti –contestó en voz baja.
El tiempo pareció entonces perder control
sobre el mundo circundante. Los segundos, que normalmente se habrían agrupado
en minutos en una progresión ordenada parecieron esparcirse como pétalos
arrastrados por el viento. Se mantuvo inmóvil, apuntando a la espalda del
asesino y respirando con dificultad. Sentía impulsos eléctricos que le
recorrían las venas Y le costó mucha energía conservar la calma.
El hombre permaneció inmóvil.
– Tengo un arma –espetó Ricky con voz ronca
debido a la tensión–. Estoy apuntándote a la espalda. Es una pistola
semiautomática del calibre 380 cargada con balas de punta hueca, y si haces el
menor movimiento dispararé. Lograré hacer dos disparos, quizá tres, antes de
que te vuelvas y puedas apuntarme a tu vez. Por lo menos uno dará en la diana,
y seguramente te matará. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? Porque conoces el arma
y la munición. De modo que ya has hecho estos cálculos mentalmente, ¿no?
– En cuanto oí su voz, doctor –contestó
Rumplestiltskin con tono sereno e inexpresivo. Si se había sorprendido, no lo
reflejaba. De pronto, soltó una carcajada y añadió–: y pensar que me puse tan
campante en su línea de tiro. Ah, supongo que era inevitable. Ha Jugado bien,
mucho mejor de lo que yo esperaba, y ha hecho gala de recursos que no creía que
poseyera. Pero ahora nuestro jueguecito ha llegado a sus últimos movimientos,
¿verdad? –Hizo una pausa–. Creo, doctor Starks, que haría bien en dispararme ahora.
En la espalda. En este momento tiene ventaja. Pero, a cada segundo que pasa, su
posición se debilita. Como profesional que se ha encontrado antes en esta clase
de situaciones, le aconsejaría que no desperdiciara la oportunidad que ha
creado. Dispáreme ahora, doctor. Mientras todavía puede hacerlo.
Ricky no contestó.
– Venga, doctor –insistió el hombre–.
Canalice toda esa cólera. Concentre toda su rabia. Tiene que reunir esas cosas
en su cabeza, convertirlas en algo único y centrado. Así podrá apretar ese
gatillo sin sentir la menor culpa. Hágalo ahora, doctor, porque cada segundo
que me deje vivir es un segundo que puede estar arrebatándole a su propia vida.
Ricky siguió apuntándole.
– Levanta las manos donde pueda verlas
–ordenó.
Rumplestiltskin soltó una carcajada de
desdén.
– ¿Qué? ¿Lo vio en algún programa de
televisión? ¿O en el cine? No funciona así en la vida real.
– Suelta el arma –insistió Ricky.
– No. –El hombre meneó la cabeza–. Tampoco
vaya hacer eso. De todos modos es un cliché. Verá, si dejo caer el arma al
suelo, renuncio a cualquier opción que pueda tener. Examine la situación,
doctor: según mi criterio profesional, ya ha desperdiciado su oportunidad. Sé
lo que pasa por su cabeza. Sé que, si quisiera disparar, ya lo habría hecho.
Pero asesinar a un hombre, incluso a alguien que te ha dado muchos motivos para
ello, es más difícil de lo que había imaginado. Usted vive en un mundo de
muerte imaginaria, doctor. Todos esos impulsos asesinos que ha escuchado
durante años y contribuido a sofocar. Para usted sólo existen en el reino de la
fantasía. Pero esta noche, aquí, no hay nada salvo la realidad. Y en este
momento está buscando la fuerza para matar. Y apuesto a que no la está
encontrando con facilidad. Yo, por otra parte, no necesito recorrer tanto
camino. A mí no me habría preocupado nada la ambigüedad moral de disparar a
alguien por la espalda. O por delante, en realidad. Como se dice, las cosas
sólo se aprenden con la práctica. Siempre y cuando el blanco esté muerto, ¿qué
más da? Así que no dejaré caer mi arma, ni ahora ni nunca. Permanecerá en mi
mano derecha, amartillada y a punto. ¿Me volveré ahora? ¿Probaré suerte en este
momento? ¿O esperaré un poco?
Ricky guardó silencio. La cabeza le daba
vueltas.
– Debería saber algo, doctor: si quiere ser
un buen asesino, no debería preocuparse por su penosa vida.
Ricky escuchó aquellas palabras a través de
la oscuridad y sintió una terrible inquietud.
– Yo te conozco –dijo–. Conozco esa voz.
– Sí, es verdad –contestó Rumplestiltskin
con tono algo burlón–. La ha oído bastante a menudo.
Ricky se sintió de repente como si estuviera
de pie sobre hielo resbaladizo.
– Date la vuelta –ordenó, y la inseguridad
se reflejó en su voz. Rumplestiltskin negó con la cabeza.
– Es mejor que no me pida eso. Porque si lo
hago, casi toda la ventaja que tiene habrá desaparecido. Veré su posición
exacta y le aseguro, doctor, que una vez le tenga localizado, pasará muy poco
tiempo antes de que lo mate.
– Te conozco –repitió Ricky en un susurro.
– ¿Tanto le cuesta? La voz es la misma. La
postura. Todas las inflexiones y los tonos, los matices y las peculiaridades.
Debería reconocerlos todos –dijo Rumplestiltskin–. Después de todo, hemos
estado viéndonos cinco veces a la semana durante casi un año. Y tampoco me
habría vuelto entonces. Y el proceso psicoanalítico, ¿no es más o menos lo
mismo que esto? El médico con los conocimientos, el poder y, me atrevería a
decir, las armas justo a la espalda del pobre paciente, que no puede ver qué
pasa y sólo cuenta con sus recuerdos míseros y patéticos. ¿Tanto han cambiando
las cosas para nosotros, doctor?
Ricky tenía la garganta reseca, pero aun así
se le atragantó el nombre.
– ¿Zimmerman?
– Zimmerman está muerto. –Rumplestiltskin
rió de nuevo.
– Pero tú eres...
– Soy el hombre que conoció como Roger
Zimmerman. Con una madre inválida y un hermano indiferente, y un trabajo que no
iba a ninguna parte, y toda esa cólera que jamás parecía aplacarse a pesar de
toda la cháchara que soltaba en su consulta. Ése es el Zimmerman que usted
conoció, doctor Starks. Y ése es el Zimmerman que murió.
Ricky estaba mareado. Estaba comprendiendo
más mentiras.
– Pero el metro...
– Ahí es donde Zimmerman, el verdadero
Zimmerman, que tenía tendencias suicidas, murió. Empujado a la muerte. Una
muerte oportuna.
– Pero yo no...
Rumplestiltskin se encogió de hombros.
– Doctor, un hombre va a su consulta y le
dice que es Roger Zimmerman y que sufre de esto y aquello, se presenta como un
paciente adecuado para el análisis y tiene los medios económicos para pagar sus
honorarios. ¿Comprobó alguna vez que ese hombre fuese en realidad quien decía
ser? –Ricky guardó silencio–. No creo. Si lo hubiera hecho, habría averiguado
que el auténtico Zimmerman era más o menos como yo se lo presenté. La única
diferencia consistía en que no era la persona que iba a su consulta. Ése era
yo. Y, cuando llegó la hora de que muriese, ya me había proporcionado lo que
necesitaba. Me limité a tomar prestada su vida y su muerte. Porque yo tenía que
conocerlo a usted, doctor. Tenía que verlo y estudiarlo. Y tenía que hacerla
del mejor modo. Me costó algo de tiempo, pero averigüé lo que necesitaba.
Despacio, sí, pero usted sabe que tengo mucha paciencia.
– ¿Quién eres? –preguntó Ricky.
– No lo sabrá nunca. Y sin embargo, ya lo
sabe. Conoce mi pasado. Sabe cómo crecí. Sabe lo de mis hermanos. Sabe mucho
sobre mí, doctor. Pero nunca sabrá quién soy en realidad.
– ¿Por qué me has hecho esto?
Rumplestiltskin sacudió la cabeza, como si
le asombrara la sencilla audacia de la pregunta.
– Ya conoce las respuestas. ¿Tan difícil es
pensar que un niño que ha visto cómo infligían sufrimiento a su madre, cómo la
pegaban y la sumían en una desesperación tan profunda que tuvo que suicidarse
para lograr la salvación, se dedique a vengarse de todas las personas que no la
ayudaron, incluido usted, cuando alcanza una posición en la que puede hacerlo?
– La venganza no resuelve nada –aseguró
Ricky.
– Ha hablado como un hombre que nunca se ha
dado el gusto –gruñó Rumplestiltskin–. Está equivocado, por supuesto. Como
tantas otras veces. La venganza sirve para limpiar el corazón y el alma. Ha
existido desde que el primer cavernícola bajó de un árbol y golpeó a su hermano
en la cabeza por alguna cuestión de honor. Pero, sabiendo todo lo que sabe
sobre lo que le ocurrió a mi madre y a sus tres hijos, ¿aún cree que las
personas que nos descuidaron no nos deben nada? Niños que no habían hecho nada
malo, pero que fueron abandonados a su suerte por muchas personas que deberían
haber actuado de otro modo si hubieran tenido un mínimo de compasión o empatía,
o sólo una pizca de humanidad. ¿No nos deben, después de haber superado esos
tormentos, nada a cambio? Es una pregunta muy sugerente.
Se detuvo y, al oír el silencio de Ricky
como respuesta, habló con frialdad:
– Verá, doctor, la verdadera pregunta que se
plantea esta noche no es por qué busco su muerte, sino por qué no debería
hacerlo.
De nuevo, Ricky no contestó.
– ¿Le sorprende que me haya convertido en un
asesino? No le sorprendía, pero no lo mencionó.
El silencio envolvió a los dos hombres un
momento y, luego, igual que pasaría en la inviolabilidad de su consulta, con un
diván y la tranquilidad, uno de los hombres interrumpió el fantasmagórico
silencio con otra pregunta.
– ¿Le puedo preguntar algo? ¿Por qué cree
que no merece morir? Ricky pudo notar la sonrisa del hombre, sin duda una
sonrisa fría, cruel.
– Todo el mundo merece morir por algo
–añadió–. Nadie es inocente, doctor. Ni usted. Ni yo. Nadie. –Rumplestiltskin
pareció estremecerse en ese momento. Ricky se imaginó los dedos del hombre
cerrándose sobre su arma–. Mire, doctor Starks –dijo con una fría resolución
que indicaba lo que estaba pensando–. Creo que, a pesar de lo interesante que
ha sido esta última sesión y aunque hay mucho más que decir, se ha acabado el
tiempo de hablar. Ha llegado el momento de que alguien muera. Y usted es quien
tiene más números.
Ricky ajustó la mira de la pistola e inspiró
hondo. Estaba apretujado contra los escombros, incapaz de moverse y con el
camino detrás de él también bloqueado. Toda la vida que había vivido y toda la
que tenía por vivir descartadas, todo por un solo acto de negligencia cuando
era joven y debió haber actuado de otro modo. En un mundo de opciones, no le
quedaba ninguna. Puso el dedo en el gatillo de la pistola y se armó de fuerza y
voluntad.
– Olvidas algo –dijo despacio, con
frialdad–. El doctor Starks ya está muerto. Y disparó.
Fue como si el hombre reaccionara al menor
cambio en la voz de Ricky, que reconoció en el primer tono duro de la primera
palabra, y su preparación y la comprensión de la situación tomaran el control,
de modo que su reacción fue incisiva, inmediata y sin vacilación. Cuando Ricky
apretó el gatillo, Rumplestiltskin se arrojó a un lado, girando al hacerlo, con
lo que el primer disparo, dirigido al centro de su espalda, le desgarró, en
cambio, el omóplato y el segundo le atravesó el brazo derecho con un sonido de
rasgadura, sordo al dar en la carne y crujiente al pulverizar el hueso.
Ricky disparó una tercera vez, por reflejo,
y la bala, sibilante, se perdió en la oscuridad.
Rumplestiltskin se retorció con un grito
ahogado mientras una oleada de adrenalina superaba la fuerza de los impactos
que había recibido y le llevaba a intentar levantar el arma con el brazo
destrozado. Agarró el arma con la mano izquierda y procuró mantenerla firme
mientras se tambaleaba hacia atrás en precario equilibrio. Ricky se quedó
paralizado al ver elevarse el cañón de la pistola automática, como la cabeza de
una cobra, yendo de un lado a otro y buscándole con su único ojo, mientras el
hombre que la empuñaba se tambaleaba como al borde resbaladizo de un
precipicio.
La detonación fue irreal, como si le pasara
a otra persona, a alguien lejano que no guardara relación con él. Pero el
silbido de la bala que surcó el aire sobre su cabeza sí fue real y catapultó a
Ricky de vuelta a {a acción. Un segundo disparo rasgó el aire, y notó el viento
caliente de la bala al atravesar la masa informe del capote que le colgaba de
los hombros. Inspiró y olió a pólvora y humo. A continuación levantó su arma a
la vez que combatía los nervios eléctricos que amenazaban con hacerle temblar
las manos y encañonó la cara de Rumplestiltskin mientras el asesino se
desplomaba frente a él.
El asesino pareció balancearse hacia atrás
en un intento de incorporarse, como si esperara el disparo final, mortífero. Su
arma había resbalado hacia el suelo y le colgaba a un lado del cuerpo después
de su segundo disparo, sujeta sólo con la punta de unos dedos crispados que ya
no respondían a unos músculos destrozados y sangrantes. Se llevó la mano
izquierda a la cara, como para protegerse del tiro de gracia.
La adrenalina, la cólera, el odio, el miedo,
la suma de todo lo que le había pasado se le juntó, en ese instante, exigiendo,
insistiendo, gritándole órdenes, y Ricky pensó sin reflexionar que por fin, en
ese preciso momento, iba a ganar.
Y entonces se detuvo porque, de repente, se
dio cuenta de que no iba a hacerlo.
Rumplestiltskin había palidecido, como si la
luz de la luna le iluminara la cara. Por el brazo y el tórax le corría sangre,
que semejaba rayas de tinta negra. Intentó otra vez, débilmente, sujetar el
arma y levantarla, pero no pudo. El shock se apoderaba con rapidez de su
cuerpo, lo que entorpecía sus movimientos y nublaba su raciocinio. Era como si
la calma que había descendido sobre los dos hombres cuando los ecos de los
disparos se desvanecieron fuera palpable y cubriera todos sus movimientos.
Ricky contempló al hombre que había conocido
y, sin embargo, no había conocido como paciente, y supo que Rumplestiltskin
moriría desangrado con bastante rapidez. O sucumbiría al shock. Pensó que sólo
en las películas se podía disparar de cerca balas potentes a un hombre y que
éste siguiera teniendo fuerzas para bailar la giga. Calculó que a
Rumplestiltskin sólo le quedaban minutos.
Una parte desconocida de él le insistía que
se quedara a ver cómo ese hombre moría.
No lo hizo. Se puso de pie y avanzó. Dio un
puntapié a la pistola para alejada de la mano del asesino y luego metió la suya
en la mochila. Mientras Rumplestiltskin farfullaba algo en su lucha contra la
inconsciencia que anunciaría la muerte, Ricky se agachó e hizo un esfuerzo para
levantado del suelo y, con el mayor impulso que pudo, se lo cargó al hombro al
modo de los bomberos. Se enderezó despacio para adaptarse al peso y,
reconociendo la ironía de la situación, avanzó tambaleante a través de las ruinas
para sacar de los escombros al hombre que quería vedo muerto.
El sudor le escocía los ojos y tenía que
esforzarse para dar cada paso. Lo que transportaba parecía mucho mayor que
cualquier cosa que hubiese cargado nunca. Notó que Rumplestiltskin perdía el
conocimiento y oyó cómo su respiración se volvía cada vez más ruidosa y
dificultosa, asmática con la cercanía de la muerte. Él, por su parte, inspiraba
grandes bocanadas de aire húmedo y se impulsaba con pasos firmes, automáticos,
cada uno más difícil que el anterior y de un desafío creciente. Se dijo que era
el único modo de lograr la libertad.
Se detuvo al borde de la carretera. La noche
los envolvía a ambos.
Dejó a Rumplestiltskin en el suelo y pasó
las manos sobre sus ropas. Para su alivio, encontró lo que esperaba: un
teléfono móvil.
A Rumplestiltskin le costaba cada vez más
respirar. Ricky sospechaba que la primera bala se había fragmentado al impactar
contra el omóplato y que el sonido borboteante que oía se debía a un pulmón
perforado. Contuvo lo mejor que pudo la hemorragia de las heridas y llamó al
número de Urgencias de Wellfleet que recordaba desde hacía tanto tiempo.
– Servicio de Urgencias de Cape Cod –anunció
una voz abrupta, eficiente.
– Escuche con mucha atención –pidió Ricky,
despacio, haciendo una pausa entre las palabras–. Sólo se lo voy a decir una
vez, así que cáptelo bien. Ha habido un tiroteo accidental. La víctima se
encuentra en Old Beach Road, frente a la antigua casa de veraneo del difunto
doctor Starks, la que se incendió el verano pasado. Está junto al camino de
entrada. La víctima presenta heridas de arma de fuego en el omóplato y en el
antebrazo derecho, y se encuentra en estado de shock. Morirá si no llegan aquí
en unos minutos. ¿Lo ha entendido?
– ¿Quién llama?
– ¿Lo ha entendido?
– Sí. Estoy enviando los equipos de urgencia
a Old Beach Road. ¿Quién llama?
– ¿Conoce el lugar que le he dicho?
– Sí. Pero tengo que saber quién llama.
Ricky reflexionó antes de contestar:
– Nadie que todavía sea alguien. –Colgó el
auricular. Sacó su arma, extrajo las balas que quedaban del cargador y las
lanzó lo más lejos que pudo en el bosque. Luego, dejó caer la pistola junto al
hombre herido. También sacó la linterna de la mochila, la encendió y la colocó
sobre el tórax del asesino inconsciente. A lo lejos se oían sirenas. Los
bomberos estaban a sólo unos kilómetros de distancia, en la carretera 6. No
tardarían demasiado en llegar allí. Supuso que el viaje al hospital llevaría
quince minutos, quizá veinte. No sabía si el personal de urgencias podría
estabilizar al herido o si era capaz de atender heridas graves de bala. Tampoco
sabía si estaría de guardia un equipo quirúrgico adecuado. Echó otro vistazo al
asesino y no supo si sobreviviría las próximas horas. Tal vez sí. Tal vez no.
Por primera vez en toda su vida, Ricky disfrutó de la incertidumbre.
La sirena de la ambulancia se acercaba con
rapidez. Ricky se volvió y se alejó, despacio los primeros pasos pero
aumentando el ritmo hasta correr con grandes zancadas. Sus pies resonaban en la
carretera con un ritmo regular, dejando que la oscuridad de la noche envolviera
su presencia hasta ocultarlo completamente.
Ricky desapareció como un fantasma recién
conjurado.
36
En las afueras de
Puerto Príncipe
Una hora después del alba, Ricky estaba
observando cómo una pequeña lagartija verde lima recorría veloz la pared,
desafiando la gravedad a cada paso. El animalito se movía por rachas y se
detenía de vez en cuando para extender el saco naranja de la garganta antes de
salir disparado unos pasos para volver a pararse y girar la cabeza a derecha e
izquierda como si comprobara si había algún peligro. Ricky admiraba y envidiaba
la maravillosa simplicidad del mundo cotidiano de la lagartija: encontrar algo
que comer y evitar ser devorado.
En el techo, un viejo ventilador marrón de
cuatro palas chirriaba ligeramente a cada revolución mientras removía el aire
caliente y estático de la pequeña habitación. Cuando bajó las piernas de la
cama, los muelles del colchón igualaron el ruido del ventilador. Se desperezó,
bostezó, se pasó una mano por los cabellos que cubrían su calva incipiente y,
tras tomar los raídos pantalones cortos caqui que colgaban del galán de noche,
buscó las gafas. Se levantó y llenó una jofaina de agua con una jarra situada
en una bamboleante mesa de madera. Se mojó la cara y dejó que parte del agua le
bajara por el pecho. Tomó una toallita deshilachada y la enjabonó con una
pastilla acre que guardaba en la mesa. Sumergió la toalla en el agua y se lavó
lo mejor que pudo.
La habitación era casi cuadrada y sus
paredes, estucadas en su día de un blanco vibrante, con el paso de los años
habían adquirido un tono que recordaba el polvo que cubría la calle. Tenía
pocas pertenencias: una radio que en primavera emitía los partidos de
entrenamiento de las Fuerzas Armadas, varias prendas de ropa. Un calendario
actual con una joven en topless y una mirada provocativa tenía ese día señalado
con bolígrafo negro. Colgaba de un clavo a escasa distancia de un crucifijo de
madera tallado a mano que Ricky suponía del anterior ocupante, pero que no
había quitado porque le había parecido que descolgar un icono religioso en un
país en que la religión era tan fundamental –de maneras extrañas y conflictivas
para tantas personas– era buscarse mala suerte. Y, a fin de cuentas, su suerte
había sido bastante buena hasta entonces. En una pared había montado dos
estantes que estaban abarrotados de libros desgastados y muy usados de
medicina, además de otros nuevos. Los títulos abarcaban desde lo practico
(Enfermedades tropicales y sus tratamientos) hasta lo curioso (Estudios sobre
las pautas de las enfermedades mentales para las naciones en vías de
desarrollo). Tenía un grueso cuaderno de piel sintética y unos cuantos
bolígrafos que usaba para anotar observaciones y tratamientos, y que guardaba
en una mesita junto a un ordenador portátil y una impresora. Sobre ésta tenía
una lista manuscrita de farmacias al por mayor en el sur de Florida. También
tenía un talego de lona negro lo bastante grande para un viaje de dos o tres
días, en el que guardaba algo de ropa. Echó un vistazo a la habitación y pensó
que no era gran cosa, pero se ajustaba a su estado de ánimo y a su persona, y
aunque sospechaba que le resultaría fácil trasladarse a un alojamiento mejor, no
estaba seguro de que fuera a hacerla, ni siquiera después de haber acabado con
los recados que iban a ocuparle el resto de la semana.
Se acercó a la ventana y observó la calle.
Estaba a sólo media manzana de la clínica y ya podía ver gente reunida fuera.
Enfrente había una pequeña tienda de comestibles, y el propietario y su mujer,
dos personas de mediana edad disparatadamente corpulentas, estaban sacando unas
cajas y unos barriles de madera que contenían frutas y verduras frescas.
También estaban preparando café y el aroma le llegó más o menos al mismo tiempo
que la mujer se giró y lo vio en la ventana. Lo saludó con alegría, sonriente,
y señaló el café que hervía a fuego lento, invitándole a unirse a ellos. Ricky
levantó un par de dedos para indicar que iría en dos minutos, y la mujer volvió
a su trabajo. La calle ya empezaba a llenarse de gente, y Ricky intuyó que
sería un día ajetreado en la clínica. El calor de principios de marzo era más
intenso de lo normal y se mezclaba con un sabor distante a buganvilla,
hortalizas y humanidad, mientras que las temperaturas ascendían con la misma
rapidez que avanzaba la mañana.
Dirigió la mirada a las colinas, que
alternaban un verde exuberante y vivaz con un marrón yermo, elevándose por
encima de la ciudad. Haití era verdaderamente uno de los países más fascinantes
del mundo. Era el lugar más pobre que había visto nunca pero, en ciertos
sentidos, también el más digno. Sabía que, cuando bajara por la calle hacia la
clínica, sería la única cara blanca en kilómetros. Esto podría haberle
inquietado antes, en el pasado, pero ya no. Le deleitaba ser distinto, y era
consciente de que una extraña clase de misterio le acompañaba a cada paso.
Lo que más le gustaba era que, a pesar del
misterio, la gente de la calle estaba dispuesta a aceptar su extraña presencia
sin hacer preguntas. O, por lo menos, no en la cara, lo que parecía tanto un
cumplido como un compromiso con los que él estaba dispuesto a vivir.
Se reunió con el tendero y su mujer para
tomar una taza de café amargo y espeso, endulzado con azúcar sin refinar. Comió
una corteza de pan recién horneado y aprovechó la ocasión para examinar el
furúnculo que había sajado y drenado tres días antes en la espalda del
propietario. La herida parecía estar cicatrizando rápidamente y recordó al
hombre medio en inglés y medio en francés que la mantuviera limpia y que se
cambiara el vendaje otra vez ese día.
El tendero asintió, sonrió, habló unos
minutos sobre la floja campaña del equipo local de fútbol y suplicó a Ricky que
asistiera al próximo partido. El nombre del equipo era Soaring Eagles y en cada
encuentro despertaba las pasiones del barrio con resultados irregulares que no
le permitían acabar de despegar. El tendero no aceptó que Ricky pagara su
exiguo desayuno. Ya era algo rutinario entre ambos hombres. Ricky se metía la
mano en el bolsillo y el propietario hacía señas para rechazar lo que sacara. Como
siempre, Ricky le dio las gracias, y le prometió ir al partido de fútbol con
los colores rojo y verde de los Eagles. Luego se marchó hacia la clínica, con
el sabor del café aún en la boca.
La gente se aglomeraba alrededor de la
entrada y tapaba el cartel escrito a mano que rezaba en letras negras y
desiguales con algunas faltas ortográficas: EXCELENTE CLÍNICA MEDICA DEL DOCTOR
DUMONDAIS. HORARIOS 7 A 7 Y CITAS CONCERTADAS. TELÉFONO 067–8975. Ricky pasó a
través del gentío, que se apartó para dejarle avanzar. Más de un hombre lo
saludó levantando el sombrero en su dirección. Reconoció los rostros de algunos
pacientes asiduos y les devolvió el saludo con una sonrisa. Las expresiones de
las caras reflejaron respuestas y oyó más de un «Bonjour, monsieur le docteur»
susurrado. Estrechó la mano a un hombre mayor, el sastre llamado Dupont, que le
había confeccionado un traje de lino color habano mucho más elegante de lo que
Ricky pudiese necesitar, después de que él le hubiera proporcionado Vioxx para
la artritis que le aquejaba los dedos. Como había esperado, el fármaco había
obrado maravillas.
Al entrar en la clínica, vio a la enfermera
del doctor Dumondais, una mujer majestuosa que parecía medir metro y medio
tanto vertical corno horizontalmente, pero con una inquebrantable fortaleza en
su rechoncho cuerpo y un amplio conocimiento de los remedios tradicionales y
las curas de vudú aplicables a infinidad de enfermedades tropicales.
– Bonjour, Hélène –dijo Ricky–. Tout le
monde est arrivé ce jour.
– Sí, doctor. Estaremos todo el día
ocupados.
Ricky meneó la cabeza. Él practicaba su
francés isleño con ella, quien, a cambio, practicaba su inglés con él,
preparándose con la esperanza de reunir algún día dinero suficiente en la caja
que guardaba enterrada en el patio de su casa para pagar a su primo una plaza
en su viejo barco pesquero, de modo que éste se arriesgara a navegar por el
traicionero estrecho de Florida y la llevara a Miami para poder empezar de cero
en un lugar donde, según sabía de buena tinta, las calles estaban atestadas de
dinero.
– No, no, Hélène, pas docteur. C'est
monsieur Lively. Je ne suis plus un médecin.
– Sí, sí, señor Lively. Sé lo que me dice
esto tantas veces. Lo siento, porque estoy olvidando de nuevo otra vez. –Esbozo
una sonrisa, como si no lo entendiera del todo pero aun así deseara participar
de la gran broma que hacía Ricky al contribuir con tantos conocimientos médicos
a la clínica y, sin embargo, no querer que lo llamaran doctor. Ricky creía que
Hélène atribuía este comportamiento a las peculiaridades extrañas y misteriosas
de todos los blancos y, corno a la gente reunida a la puerta de la clínica, le
daba lo mismo cómo quería Ricky que lo llamaran. Ella sabía lo que sabía.
– Le docteur Dumondais, il est arrivé ce
matin?
– Sí, monsieur Lively. En su, ah, bureau.
– Se llama despacho.
– Sí, sí, j'oublie. Despacho. Oficina. Sí.
Está ahí. Il vous attend.
Ricky llamó a la puerta y entró. Auguste
Dumondais, un hombre menudo que llevaba bifocales y la cabeza afeitada, estaba
tras su destartalada mesa de madera, al otro lado de la camilla, poniéndose una
bata blanca. Cuando Ricky entró, levantó la vista y le sonrió.
– Ah, Ricky, estaremos ocupados hoy, ¿no?
– Oui –contestó Ricky–. Bien sûr.
– Pero ¿no es hoy el día que nos dejas?
– Sólo para una breve visita a casa. Será
menos de una semana.
El médico, que semejaba un gnomo, asintió.
Ricky advirtió la duda reflejada en sus ojos. Auguste Dumondais no había hecho
mu¬chas preguntas cuando Ricky llegó a la clínica seis meses antes y ofreció
sus servicios a cambio de un salario más que modesto. La clínica había
prosperado después de que Ricky hubiera instalado en ella su consulta, muy
parecida a la que él ocupaba en ese momento, empujando a le docteur Dumondais a
abandonar su pobreza autoimpuesta y permitiéndole invertir en más equipo y más
medicinas. Últimamen¬te los dos hombres habían comentado la adquisición de un
aparato de rayos X de segunda mano en un centro de liquidación de Estados
Unidos que Ricky había descubierto. Ricky veía que el doctor temía que el azar
que lo había llevado a su puerta fuera a arrebatárselo.
– Una semana como mucho. Te lo prometo.
– No me lo prometas, Ricky –dijo Auguste
Dumondais sacudiendo la cabeza–. Tienes que hacer lo que tengas que hacer, por
la razón que sea. Cuando vuelvas, continuaremos nuestro trabajo. –Son¬rió,
corno dando a entender que tenía tantas preguntas que le resulta¬ba imposible
decidir por cuál empezar.
Ricky asintió. Se sacó el cuaderno del
bolsillo ancho de los panta¬lones.
– Hay un caso –comentó–. El del niño que vi
la otra semana.
– Ah, sí –sonrió el doctor–. Por supuesto,
lo recuerdo. Imaginé que te interesaría, ¿no? ¿Cuánto tiene, cinco años?
– Seis. Y tienes razón, Auguste, me interesa
mucho. El niño todavía no ha dicho una sola palabra, según su madre.
– Eso es también lo que yo entendí.
Interesante, ¿no crees?
– Poco corriente. Sí, es verdad.
– ¿Y tu diagnóstico?
Ricky visualizó a aquel niño pequeño, enjuto
y nervudo corno muchos otros isleños, y algo desnutrido, lo que también era
típico, pero no tanto. El niño tenía una mirada furtiva mientras había estado
frente a Ricky, asustado a pesar de seguir en el regazo de su madre. Ésta había
vertido unas lágrimas amargas que le resbalaron por las mejillas oscuras cuando
Ricky le hizo preguntas, porque la mujer creía que el niño era el más
inteligente de sus siete hijos, rápido en aprender, rápido en leer, rápido con
los números, pero sin decir jamás una palabra. Lo consideraba un niño especial
en casi todos los aspec¬tos. La mujer tenía fama de tener poderes mágicos y se
ganaba algún dinero extra vendiendo filtros de amor y amu1etos que, según se
de-cía, protegían del mal. Y Ricky comprendió que, para ella, llevar al niño a
ver al extraño médico blanco de la clínica debía de haber sido una concesión
muy difícil de hacer y que indicaba su decepción res¬pecto a las medicinas
nativas y su amor por el niño.
– No creo que la dificultad sea orgánica
–dijo Ricky despacio.
– ¿Su falta de habla es...? –sonrió Auguste
Dumondais, y convirtió esa expresión en una pregunta.
– Una reacción histérica.
El pequeño doctor negro se frotó la barbilla
y se pasó la mano por el cráneo reluciente.
– Lo recuerdo vagamente de mis estudios.
Quizá. ¿Por qué pien¬sas eso?
– La madre insinuó una tragedia, cuando el
niño era más peque¬ño. Había siete hijos en la familia pero ahora sólo son
cinco. ¿Cono¬ces la historia de esa gente?
– Murieron dos niños, es cierto. Y el padre
también. Recuerdo que fue en un accidente, durante una gran tormenta. Sí, el
niño estaba ahí; eso también lo recuerdo. Podría ser el origen. Pero ¿qué
trata¬miento podríamos aplicarle?
– Lo elaboraré después de estudiar un poco
más el caso. Tendre¬mos que convencer a la madre, claro. No será fácil.
– ¿Le resultará caro?
– No –contestó Ricky. La petición de Auguste
Dumondais de que diera un diagnóstico sobre el niño cuando tenía previsto un
viaje fuera del país obedecía a algún motivo. Un motivo bueno, sin duda,
Imaginaba que él habría hecho más o menos lo mismo–. Creo que no les costará
traerme al niño para que lo vea cuando haya vuelto. Pero primero tengo que
averiguar algunas cosas.
– Excelente –dijo Dumondais, que sonrió y
asintió. Se colgó un estetoscopio al cuello y entregó a Ricky una bata blanca.
Fue un día muy ajetreado, tanto que Ricky
casi perdió su vuelo a Miami en CaribeAir. Un empresario de mediana edad
llamado Ri¬chard Lively, que viajaba con un pasaporte norteamericano reciente
que sólo contenía unos cuantos sellos de varias naciones caribeñas, pasó por la
aduana estadounidense sin demasiada dilación. Compren¬dió que no encajaba en
ninguno de los habituales perfiles delictivos, que se habían inventado más que
nada para identificar a los traficantes de drogas. Ricky pensó que era un
delincuente de lo más especial, im-posible de clasificar. Tenía reserva en el
avión de las ocho de la mañana a La Guardia, así que pernoctó en el Holiday Inn
del aeropuerto. Tomó una larga ducha caliente y jabonosa, que disfrutó tanto
desde un punto de vista higiénico como sensual y que le pareció rayar en
auténtico lujo tras el alojamiento espartano al que estaba acostumbrado. El
aire acondicionado que mitigaba el calor del exterior y refres¬caba la
habitación constituía un placer recordado. Pero durmió de manera irregular, con
sobresaltos, tras una hora dándose vueltas en la cama antes de que se le
cerraran los ojos para despertarse después dos veces, una en medio de un sueño
sobre el incendio de su casa y otra cuando soñaba con Haití y con el niño que
no podía hablar. Yació en la cama, en la oscuridad, un poco sorprendido de que
las sábanas le parecieran demasiado suaves y el colchón demasiado mullido, y
escu¬chó el zumbido de la máquina de cubitos de hielo en el vestíbulo y
al¬gunos pasos en el pasillo apagados por la moqueta. En medio del si¬lencio,
reconstruyó la última llamada que había hecho a Virgil, hacía casi nueve meses.
Era medianoche cuando llegó a la habitación
en las afueras de Provincetown. Había sentido una extraña y contradictoria
sensación de agotamiento y energía, cansado de la larga carrera y entusiasmado
con la idea de haber superado una noche que debería haber visto su muerte. Se
había dejado caer en la cama y había marcado el número de Virgil en Manhattan.
Cuando contestó al primer tono, ésta se
limitó a decir:
– ¿Sí?
– No es la voz que esperabas –contestó
Ricky.
Virgil se quedó callada.
– Tu hermano, el abogado está ahí, ¿verdad?
Sentado frente a ti, a la espera de la misma llamada.
– Si.
– Dile que descuelgue el supletorio y
escuche.
En unos segundos, Merlín estaba también en
la línea.
– Escuche –empezó el abogado, tempestuoso en
su falsa brava¬ta–. No tiene idea...
– Tengo muchas ideas –le interrumpió Ricky–.
Ahora cállate y escúchame, porque las vidas de todos dependen de ello.
Merlín empezó a decir algo, pero Ricky notó
que Virgil le había lanzado una mirada para acallarlo.
– Primero, vuestro hermano. En este momento
está en el Mid Cape Medical Center. Seguirá ahí o lo llevarán a Boston para que
lo operen. La policía querrá hacerle muchas preguntas si sobrevive a sus
heridas, pero creo que les resultará difícil entender qué delito se cometió
esta noche, si es que se cometió alguno. También querrán haceros pregun¬tas a
vosotros, pero creo que necesitará el apoyo de los hermanos a los que ama,
además del consejo de un abogado, suponiendo que sobrevi-va. De modo que lo
primero que tenéis que hacer es ocuparas de él.
Ambos permanecieron en silencio.
– Lo tenéis que decidir vosotros, claro.
Quizá prefiráis dejar que maneje él solo la situación. Quizá no. La elección es
vuestra y tendréis que vivir con vuestra decisión. Pero hay otros asuntos que
hay que atender.
– ¿Qué clase de asuntos? –preguntó Virgil
con voz monótona en un intento de no revelar ninguna emoción, algo que, como
observó Ricky, era tan revelador como cualquier tono que hubiese adoptado.
– Primero, lo mundano: el dinero que me
robasteis de mi plan de jubilación y de mis cuentas de inversiones. Devolveréis
ese importe a la cuenta número 01–00976–2 del Crédit Suisse. Anotadla. Lo
haréis de inmediato.
– ¿O? –quiso saber Merlín.
– Creo que es de manual que ningún abogado
pregunta jamás nada cuya respuesta no sepa de antemano. –Ricky sonrió–. Así que
supongo que ya sabes la respuesta.
Aquello silenció al abogado.
– ¿Qué más? –preguntó Virgil.
– Tengo un nuevo juego –dijo Ricky–. El
juego de seguir con vida. Está pensado para que juguemos todos nosotros. A la
vez.
Ninguno de los hermanos respondió. –Las
reglas son sencillas –indicó Ricky.
– ¿Cuáles son? –preguntó Virgil en voz baja.
– Cuando tomé mis últimas vacaciones,
cobraba a mis pacientes entre 75 y 125 dólares por sesión. –Ricky volvió a
sonreír–. Veía a cada paciente cuatro o cinco veces a la semana, por lo general
cuarenta y ocho semanas al año. Podéis hacer los cálculos vosotros mismos.
– Sí –dijo Virgil–. Conocemos tu vida
profesional.
– Espléndido –repuso Ricky con énfasis–.
Bueno, pues éste es el modo en que funciona el juego de seguir con vida: quien
quiere seguir respirando hace terapia conmigo. Quien paga, vive. Cuanta más
gente entre en la esfera inmediata de vuestra vida, más pagaréis, por¬que eso
garantizará también su seguridad.
– ¿A qué te refieres con «más gente»?
–preguntó Virgil.
– Dejaré que eso lo defináis vosotros
–contestó Ricky con frialdad.
– ¿Y si no hacemos lo que dice? –terció
Merlín.
– En cuanto deje de llegar dinero, supondré
que vuestro hermano se ha recuperado de sus heridas y me persigue otra vez
–contestó Ricky con fría dureza–. Y me veré obligado a empezar a perseguiros.
–Hizo una pausa antes de añadir–: O a alguien cercano a vosotros. Una esposa.
Un hijo. Un amante. Un socio. Alguien que contribuya a que vuestra vida sea
normal.
De nuevo guardaron silencio.
– ¿Cuánto deseáis tener una vida normal?
–preguntó Ricky. No contestaron, aunque él ya sabía la respuesta.
– Es más o menos la misma elección que
vosotros me hicisteis to¬mar tiempo atrás –prosiguió Ricky–. Sólo que esta vez
se trata de una cuestión de equilibrio. Podéis mantener el equilibrio entre
voso¬tros y yo. Y podéis señalar esa equidad con la cosa más fácil y menos
importante: el pago de cierta cantidad de dinero. Así que preguntaos a vosotros
mismos lo siguiente: ¿cuánto vale la vida que quiero vivir?
Ricky tosió para darles un momento, y
continuó:
– En cierto sentido es la misma pregunta que
haría a cualquiera que acudiera a mí para recibir terapia.
Y dicho esto, colgó.
El día era despejado sobre Nueva York y
desde su asiento distin¬guió la estatua de la Libertad y Central Park mientras
el avión sobre¬volaba la ciudad y se aproximaba a La Guardia. Tenía la extraña
sen¬sación de que no regresaba a casa, sino más bien de que visitaba un espacio
largo tiempo olvidado, como ver el campamento de montaña donde uno pasó un
único y desdichado verano durante unas largas vacaciones impuestas por los
padres.
Quería moverse deprisa. Había hecho una
reserva para regresar a Miami en el último vuelo de esa noche y no tenía
demasiado tiempo. En el mostrador de alquiler había cola y tardó un rato en
sacar el co¬che reservado a nombre del señor Lively. Usó su carné de Nueva
Hampshire, que iba a caducar en medio año. Pensó que, a lo mejor, sería
acertado trasladarse ficticiamente a Miami antes de volver a las islas.
Le llevó unos noventa minutos llegar a
Greenwich, Connecticut, con poco tráfico, y descubrió que las indicaciones que
había obtenido en Internet eran exactas hasta la fracción del kilómetro. Eso le
divirtió porqué pensó que la vida no es nunca, en realidad, tan precisa.
Se detuvo en el centro de la ciudad y compró
una botella de vino caro en una licorería. A continuación, condujo hasta una
casa en una calle que tal vez podría considerarse, según los elevados
estándares de una de las comunidades más ricas de la nación, bastante modesta.
Las casas eran sólo ostentosas, no insultantes. Las que se incluían en esta
segunda categoría se encontraban unas manzanas más allá.
Estacionó al final del camino de entrada de
una casa imitación es¬tilo Tudor. En la parte trasera había una piscina y, en
la delantera, un roble que no había florecido aún. Ricky pensó que el sol de
mediados de marzo no era lo bastante fuerte, aunque resultaba algo prometedor
mientras se filtraba entre las ramas que todavía tenían que florecer. Decidió
que se trataba de una época del año extrañamente variable.
Llamó al timbre con la botella en la mano.
No pasó demasiado tiempo antes de que una
mujer que no llega¬ría a los treinta y cinco abriera la puerta. Llevaba unos
vaqueros y un jersey negro de cuello de tortuga, y el cabello rubio rojizo
peinado hacia atrás le dejaba al descubierto unos ojos con patas de gallo y
unas arruguitas en las comisuras de los labios que probablemente se debían al
agotamiento. Pero su voz era suave y atractiva, y al abrir la puerta, habló
casi en un susurro. Antes de que Ricky pudiera abrir la boca para hablar, la
joven se le adelantó:
– Chist, por favor. Los gemelos acaban de
dormirse.
– Deben de dar mucho trabajo –dijo Ricky a
la vez que le devolvía la sonrisa.
– No se lo puede imaginar –contestó la
mujer, que seguía ha¬blando muy bajo–. ¿Qué desea?
– ¿No recuerda cuando nos conocimos?
–preguntó Ricky mientras le tendía la botella de vino. Era mentira, por
supuesto. No se habían visto nunca–. En la fiesta con los socios de su marido
hará unos seis meses.
La mujer le observó. Ricky sabía que la
respuesta debería ser no, que no lo recordaba, pero la habían educado mejor que
a su marido, de modo que contestó:
– Por supuesto, señor...
– Doctor –indicó él–. Pero llámeme Ricky.
–Le estrechó la mano y le entregó la botella de vino–. Le debía esto a su
marido. Hi¬cimos unos negocios juntos hará un año y quería darle las gracias y
recordarle el éxito del caso.
– Vaya –exclamó ella mientras tomaba la
botella, algo perpleja–. Gracias, doctor...
– Ricky –insistió–. Él se acordará.
Se volvió y, con un ligero saludo, se marchó
por el camino de en¬trada hacia el coche de alquiler. Había visto todo lo que
quería, averi¬guado todo lo que quería. Merlín había forjado una bonita vida
para su familia. Una vida que prometía ser mucho más bonita en el futuro. Pero
esa noche, por lo menos, Merlín no dormiría después de descor¬char el vino. Sin
duda le sabría amargo. Es lo que tiene el miedo.
Pensó en visitar también a Virgil pero, en
lugar de eso se limitó a encargar en una floristería que le entregaran una
docena de lirios en el plató donde había logrado un papel, pequeño pero
importante, en una producción costosa de Hollywood. Ricky había averiguado que
era un buen papel y que, si lo hacía bien, podría reportarle otros mu¬cho
mejores en el futuro, aunque Ricky dudaba que interpretara nun¬ca un personaje
más interesante que Virgil. Unos lirios blancos eran perfectos. Normalmente
suelen enviarse a un funeral con una nota de pésame. Supuso que ella lo sabría.
Hizo envolver el ramo con una cin¬ta de raso negro y adjuntó una tarjeta que
rezaba sólo:
Todavía pienso en
ti.
DOCTOR S.
Se había convertido en un hombre de muchas
menos palabras, ad¬mitió para sí.


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