© Libro No. 428. La
Estrategia de la Ilusión y Crítica al Periodismo. Eco, Umberto.
Colección Emancipación Obrera. Junio 8 de 2013.
Título
original: © La Estrategia de la Ilusión. Umberto Eco
Crítica al
Periodismo. Umberto Eco
Versión Original: © La
Estrategia de la Ilusión. Umberto
Eco
Crítica al
Periodismo. Umberto Eco
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros
Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada e Ilustración E.O. de Imagenes:
http://ecx.images-amazon.com/images/I/412Cq039J4L._AA258_PIkin4,BottomRight,-44,22_AA280_SH20_OU30_.jpg
http://img163.imageshack.us/img163/7107/umbertoeco.jpg
©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Umberto Eco
La Estrategia de la Ilusión
y
Crítica al
Periodismo
CONTENIDO
- La
estrategia de la ilusión
TV: LA TRANSPARENCIA PERDIDA
- Crítica
Al Periodismo
Umberto Eco
La estrategia de la ilusión
TV:
LA TRANSPARENCIA PERDIDA
1.
La Neo TV
Erase una vez la
Paleotelevisión, que se hacía en Roma o en Milán, para todos los espectadores,
y que hablaba de inauguraciones presididas por ministros y procuraba que el
público aprendiera sólo cosas inocentes, aun a costa de decir mentiras. Ahora,
con la multiplicación de cadenas, con la privatización, con el advenimiento de
nuevas maravillas electrónicas, estamos viviendo la época de la Neotelevisión.
De la Paleo TV podía hacerse un pequeño diccionario con los nombres de los
protagonistas y los títulos de las emisiones. Con la Neo TV sería imposible, no
sólo porque los personajes y las rúbricas son infinitos, no sólo porque nadie
alcanza ya a recordarlos y reconocerlos, sino también porque el mismo personaje
desempeña hoy diversos papeles según hable en las pantallas estatales o
privadas. Ya se han realizado estudios sobre las características de la Neo TV
(por ejemplo, la reciente investigación sobre programas de entretenimiento,
llevada a cabo por cuenta de la comisión parlamentaria de vigilancia, por un
grupo de investigadores de la Universidad de Bolonia). El discurso que sigue no
quiere ser un resumen de ésta o de otras investigaciones importantes, pero
tiene en cuenta el nuevo panorama que estos trabajos han descubierto.
La característica principal
de la Neo TV es que cada vez habla menos (como hacía o fingía hacer la Paleo
TV) del mundo exterior. Habla de sí misma y del contacto que está estableciendo
con el público. Poco importa qué diga o de qué hable (porque el público, con el
telemando, decide cuándo dejarla hablar y cuándo pasar a otro canal). Para
sobrevivir a ese poder de conmutación, trata entonces de retener al espectador
diciéndole: “Estoy aquí, yo soy yo y yo soy tú.” La máxima noticia que ofrece
la Neo TV, ya hable de misiles o de Stan Laurel que hace caer un armario, es
ésta: “Te anuncio, oh maravilla, que me estás viendo; si no lo crees, pruébalo,
marca este número, llámame y te responderé”.
Después de tantas dudas, al
fin algo seguro: la Neotelevisión existe. Es verdadera porque es ciertamente
una invención televisiva.
2.
Informacion y Ficcion
Hay una dicotomía
fundamental a la que recurren de modo tradicional (y no del todo erróneo) tanto
el sentido común como muchas teorías de la comunicación para definir lo real. A
la luz de esta dicotomía, los programas televisivos pueden dividirse, y se dividen
en la opinión común, en dos grandes categorías:
1. Programas de información, en
los que la TV ofrece enunciados acerca de hechos que se verifican
independientemente de ella. Puede hacerlo de forma oral, a través de tomas en
directo o en diferido, o de reconstrucciones filmadas o en estudio. Los
acontecimientos pueden ser políticos, de crónica de sucesos, deportivos o
culturales. En cada uno de estos casos, el público espera que la televisión
cumpla con su deber: a) diciendo la verdad, b) diciéndola según
unos criterios de importancia y de proporción,
c) separando la información de los comentarios. Respecto a decir la verdad, sin entrar en
disquisiciones filosóficas, diremos que el sentido común reconoce como
verdadero un enunciado cuando, a la luz de otros métodos de control o de
enunciados procedentes de fuentes alternativas veraces, se confirma que
corresponde a un estado de hecho (cuando el telediario dice que ha nevado en
Turín, dice la verdad si el hecho es confirmado por la oficina meteorológica).
Se protesta si lo que la televisión dice no corresponde a los hechos. Este
criterio es también válido en aquellos casos en que la TV refiere, en resumen o
por entrevista, opiniones ajenas (sea de un político, de un crítico literario o
de un comentarista deportivo): la TV no se juzga por la veracidad de cuanto
dice el entrevistado, sino por el hecho de que éste sea realmente quien
corresponde al nombre y a la función que le son atribuidos y de que sus
declaraciones no sean resumidas o mutiladas para hacerle decir algo que él (con
datos en la mano) no ha dicho.
Los criterios de proporción
y de importancia son más vagos que los de veracidad. De cualquier modo, se
acusa a la TV cuando se cree que privilegia ciertas noticias en detrimento de
otras, o que omite quizás otras consideraciones importantes, o que sólo refiere
algunas opiniones excluyendo otras.
En lo que respecta a la
diferencia entre información y
comentario, también se considera intuitiva, aun cuando se sabe que
ciertas modalidades de selección y montaje de las noticias pueden constituir un
comentario implícito. En cualquier caso, se cree disponer de parámetros (de
diversa irrebatibilidad) para determinar cuando la TV informa “correctamente”.
2. Programas de fantasía o de ficción, habitualmente denominados espectáculos
(dramas, comedias, óperas, películas, telefilms). En tales casos, el espectador
pone en ejecución por consenso eso que se llama suspensión de la incredulidad y
acepta “por juego” tomar por cierto y dicho “seriamente” aquello que es en
cambio efecto de construcción fantástica. Se juzga aberrante el comportamiento
de quien toma la ficción por realidad (escribiendo incluso misivas insultantes
al actor que personifica al “malo”). Sin embargo, se admite también que los
programas de ficción vehiculan una verdad en forma parabólica (entendiendo por
esto la afirmación de principios morales, religiosos, políticos). Se sabe que
esta verdad parabólica no puede estar sujeta a censura, por lo menos no del
mismo modo que la verdad de la información. A lo sumo, se puede criticar
(aportando algunas bases “objetivas” de documentación) el hecho de que la TV
haya insistido en presentar programas de ficción que acentuaban unilateralmente
una particular verdad parabólica (por ejemplo, proyectando películas sobre los
inconvenientes del divorcio cuando era inminente un referéndum sobre el tema).
En todo caso, en lo que se
refiere a los programas informativos, se cree posible lograr una valoración
aceptable intersubjetivamente respecto de la concordancia entre noticia y
hechos; mientras que se discute subjetivamente la verdad parabólica de los programas
de ficción y se intenta al máximo lograr una valoración aceptable
intersubjetivamente respecto a la ecuanimidad con que son proporcionalmente
presentadas verdades parabólicas en conflicto.
La diferencia entre estos
dos tipos de programas se refleja en los modos en que los órganos de control
parlamentario, la prensa o los partidos políticos promueven censuras a la
televisión. Una violación de los criterios de veracidad en los programas de información
da lugar a interpelaciones parlamentarias y artículos o editoriales de primera
plana. Una violación (considerada siempre opinable) de los criterios de
ecuanimidad en los programas de ficción provoca artículos en tercera página o
en la sección televisiva.
En realidad, rige la
opinión generalizada (que se traduce en comportamientos políticos y culturales)
de que los programas informativos poseen relevancia política, mientras que los
de ficción sólo tienen importancia cultural,
y como tales no son de competencia del
político. En efecto, se justifica que un parlamentario, comunicados de ANSA en
mano, intervenga para criticar una transmisión del telediario juzgada facciosa
o incompleta, pero no su intervención, obras de Adorno en mano, para criticar
un espectáculo televisivo como apología de costumbres burguesas.
Esta diferencia se refleja
también en la legislación democrática, que persigue las falsedades en acto
público pero no los delitos de opinión.
No se trata aquí de
criticar esta distinción o de invocar nuevos criterios (antes bien se
desanimaría una forma de control político que se ejercitase sobre las
ideologías implícitas en los programas de ficción). No obstante, se quiere
señalar una dicotomía arraigada en la cultura, en las leyes y en las
costumbres.
3.
Mirar a La Camara
Sin embargo, esta dicotomía
ha sido neutralizada desde los comienzos de la TV por un fenómeno que podía
comprobarse tanto en los programas informativos como en los de ficción (en
particular en aquellos de carácter cómico, como los espectáculos de revista).
El fenómeno tiene relación
con la oposición entre quien habla
mirando a la cámara y quien habla sin mirar a la cámara.
De ordinario, en la
televisión, quien habla mirando a la cámara se representa a sí mismo (el
locutor televisivo, el cómico que recita un monólogo, el presentador de una
transmisión de variedades o de un concurso), mientras que quien lo hace sin
mirar a la cámara representa a otro (el actor que interpreta un personaje
ficticio). La contraposición es grosera, porque puede haber soluciones de
dirección por las que el actor de un drama mira a la cámara, y existen debates
políticos y culturales cuyos participantes hablan sin mirar a la cámara. Sin
embargo, la contraposición nos parece válida desde este punto de vista: quienes
no miran a la cámara hacen algo que se considera (o se finge considerar) que
harían también si la televisión no estuviese allí, mientras que quien habla
mirando a la cámara subraya el hecho de que allí está la televisión y de que su
discurso se produce justamente porque allí está la televisión.
En este sentido, no miran a
la cámara los protagonistas reales de un hecho de crónica tomado por las
cámaras mientras el hecho sucede; no miran a la cámara los participantes de un
debate, porque la televisión los “representa” empeñados en una discusión que
podría suceder también en otro lugar; no mira a la cámara el actor, porque
quiere crear precisamente la ilusión de realidad, como si lo que hace formase
parte de la vida real extratelevisiva (o extrateatral o extracinematográfica).
En este sentido, se atenúan las diferencias entre información y espectáculo,
porque la discusión no sólo se produce como espectáculo (y trata de crear una
ilusión de realidad), sino que también el director, que recoge un
acontecimiento del que quiere mostrar la espontaneidad, se preocupa de que sus
protagonistas no se den cuenta o muestren no darse cuenta de la presencia de
las cámaras, pidiéndoles que no miren (no hagan señas) hacia éstas. En este
caso, se produce un fenómeno curioso: la televisión quiere, aparentemente, desaparecer
en tanto que sujeto del acto de enunciación, pero sin engañar con esto al
público, que sabe que la televisión está presente y es consciente de que eso
que ve (real o ficticio) ocurre a mucha distancia y es visible precisamente en
virtud del canal televisivo. Pero la televisión hace sentir su presencia exacta
y solamente en tanto que canal.
En casos como éste, se
acepta a menudo que el público se proyecte e identifique, viviendo en el suceso
representado sus propias pulsiones o eligiendo como modelos a sus
protagonistas, pero este hecho se considera normal televisivamente (habría que
consultar a los psicólogos acerca de la valoración de la normalidad de la
intensidad de proyección o de identificación actuada por los espectadores
individualmente).
Por el contrario, el caso
de quien mira a la cámara es diferente. Al colocarse de cara al espectador,
éste advierte que le está hablando precisamente a él a través del medio
televisivo, e implícitamente se da cuenta de que hay algo “verdadero” en la
relación que se está estableciendo, con independencia del hecho de que se le
esté proporcionando información o se le cuente sólo una historia ficticia. Se
está diciendo al espectador: “No soy un personaje de fantasía, estoy de veras
aquí y de veras os estoy hablando”.
Resulta curioso que esta
actitud, que subraya de modo tan evidente la presencia del medio televisivo,
produzca en los espectadores “ingenuos” o “enfermos” el efecto opuesto. Estos
espectadores pierden el sentido de la mediación televisiva y del carácter fundamental
de la transmisión televisiva, esto es, que se emite a gran distancia y se
dirige a una masa indiscriminada de espectadores. Es una experiencia común, no
sólo de presentadores de programas de entretenimiento, sino también de
cronistas políticos, el recibir cartas o llamadas telefónicas de espectadores
(calificados de anormales) en las que éstos preguntan: “Dígame si ayer por la
noche usted me miraba de veras a mí, y en la emisión de mañana hágamelo saber a
través de una seña”.
En estos casos (incluso
cuando no están subrayados por comportamientos aberrantes), advertimos que no está ya en cuestión la veracidad del
enunciado, es decir, la concordancia
entre enunciado y hechos, sino más bien
la veracidad de la enunciación, que
concierne a la cuota de realidad de todo lo que sucede en la pantalla (y no de
cuanto se dice a través de ella). Nos encontramos frente a un problema
radicalmente diferente que, como se ha visto, recorre de manera bastante
indistinta tanto las transmisiones informativas como las de ficción.
A este nivel, desde
mediados de los años cincuenta, el problema se ha complicado con la aparición
del más típico de los programas de entretenimiento, el concurso o telequiz. ¿El
concurso dice la verdad o pone en escena una ficción?
Se sabe que provoca ciertos
hechos mediante una puesta en escena preestablecida; pero también se sabe, y
por evidente convención, que los personajes que aparecen concursando allí son
verdaderos (el público protestaría si supiese que se trata de actores) y que
las respuestas de los concursantes son valoradas en términos de verdaderas o
falsas (o exactas y equivocadas). En este sentido, el presentador del concurso
es al mismo tiempo garante de una verdad “objetiva” (o es verdadero o es falso
que Napoleón murió el 5 de mayo de 1821) y está sujeto al control de la
veracidad de sus juicios (mediante la metagarantía del notario público). ¿Por
qué aquí se hace necesario el notario, mientras que no se considera necesario
un garante para autentificar la veracidad de las afirmaciones del locutor del
telediario? No es sólo porque se trata de un juego y porque estén en juego
grandes ganancias, sino también porque no está dicho que el presentador deba
decir siempre la verdad. En realidad, sería aceptable la situación en la que un
presentador del concurso presentara a un cantante célebre con su propio nombre
y luego se descubriera que se trata de un imitador. El presentador puede
hacerlo incluso “por bromear”.
Se perfila así, desde
tiempos ya lejanos, una especie de programas en los que el problema de la
veracidad de los enunciados empieza a ser ambiguo, mientras que la veracidad
del acto de enunciación es absolutamente indiscutible: el presentador está
allí, frente a la cámara, y habla al público, representándose a sí mismo y no a
un personaje ficticio.
La fuerza de esta verdad,
que el presentador anuncia e impone quizás implícitamente, es tal que alguien
puede creer, como hemos visto, que le habla sólo a él.
El problema existía pues
desde el principio, pero estaba, no sabemos con cuánta intencionalidad,
exorcizado, tanto en las transmisiones de información como en las de
entretenimiento. Las transmisiones de información tendían a reducir al mínimo
la presencia de personas que miraran a la cámara. Salvo la anunciadora (que
funciona como vínculo entre programas), las noticias no eran leídas, dichas o
comentadas en video, sino sólo en audio, mientras que en la pantalla se
sucedían telefotos, reportajes filmados, incluso a costa de recurrir a material
de archivo que denunciaba su propia naturaleza. La información tendía a
comportarse como los programas de ficción. La única excepción la constituían
personajes carismáticos como Ruggiero Orlando, a quien el público reconocía una
naturaleza híbrida entre cronista y actor, y a quien podían perdonar incluso
comentarios, gestos teatrales y fanfarronadas.
Por su parte, los programas
de entretenimiento —cuyo ejemplo principal era Lascia o Raddoppia (Lo toma o lo deja)— tendían a asumir las
características de las emisiones de información: Mike Bongiorno no se proponía
como “invención” o ficción, se colocaba como mediador entre el espectador y
algo que sucedía de manera autónoma.
Pero la situación se fue
complicando cada vez más. Un programa como Specchio
segreto (Espejo secreto, una especie
de Cámara indiscreta ) debía su
fascinación a la convicción de que las acciones de sus víctimas (sorprendidas
por la cámara oculta, que no podían ver) era algo verdadero, y sin embargo
todo el mundo se divertía, pues se sabía que eran las intervenciones
provocadoras de Loy las que hacían que ocurriera lo que ocurría, las que hacían
que sucediese en cierta manera como si se estuviera en un teatro. La ambigüedad era
todavía más intensa en programas como Te
la dò io l’America (Te regalo América), donde se asumía que la Nueva York
que Grillo mostraba era “verdadera”, y se aceptaba no obstante que Grillo se
entrometiera para determinar el curso de los acontecimientos como si se tratase
de teatro.
En fin, para confundir más
las ideas, llegó el programa contenedor donde, por algunas horas, un conductor
habla, hace escuchar música, presenta una escenificación y después un
documental o un debate o incluso noticias. En este punto, hasta el espectador superdesarrollado
confunde los géneros. Llega a sospechar que el bombardeo de Beirut sea un
espectáculo y a dudar de que el público de jovencitos que aplaude en el estudio
a Beppe Grillo esté compuesto de seres humanos.
En resumen, estamos hoy
ante unos programas en los que se mezclan de modo indisoluble información y
ficción y donde no importa que el público pueda distinguir entre noticias
“verdaderas” e invenciones ficticias. Aun admitiendo que se esté en situación
de establecer la distinción, ésta pierde valor respecto a las estrategias que
estos programas llevan a efecto para sostener la autenticidad del acto de
enunciación.
Con este fin, tales
programas ponen en escena el propio acto de la enunciación a través de simulacros de la enunciación, como cuando se muestran en
pantalla las cámaras que están filmando lo que sucede. Toda una estrategia de
ficciones se pone al servicio de un efecto de verdad.
El análisis de todas estas
estrategias revela el parentesco que liga los programas informativos con los de
entretenimiento: el TG2 (Telediario 2) puede considerarse como un estudio
abierto, en el que la información ya había hecho suyos los artificios de producción
de realidad de la enunciación típicos del entretenimiento.
Nos encaminamos, por tanto,
hacia una situación televisiva en que la relación entre el enunciado y los
hechos resulta cada vez menos relevante, con respecto a la relación entre la
verdad del acto de enunciación y la experiencia de recepción por parte del
espectador.
En los programas de
entretenimiento (y en los fenómenos que producen y producirán de rebote sobre
los programas de información “pura”) cuenta siempre menos el hecho de que la
televisión diga la verdad que el hecho de que
ella sea la verdad, es decir, que
esté hablando de veras al público y con la participación (también representada
como simulacro) del público.
4.
Estoy Transmitiendo, y es Verdad
Entra así en crisis la
relación de verdad factual sobre la que reposaba la dicotomía entre programas
de información y programas de ficción, y esta crisis tiende cada vez más a
implicar a la televisión en su conjunto, transformándola de vehículo de hechos (considerado neutral) en aparato para la producción de hechos, es decir, de espejo de la realidad pasa a ser
productora de realidad.
A tal fin, es interesante
ver el papel público y evidente
que desempeñan ciertos aspectos del
aparato de filmación, aspectos que en la Paleo TV debían permanecer ocultos al
público.
La jirafa. En la
Paleo TV, había un aullido de alarma que preludiaba las llamadas de atención,
las cartas de despido y el hundimiento de honradas carreras: ¡Jirafa en
pantalla! La jirafa, es decir, el micrófono, no debía verse, ni en sombra (en
el sentido de que la jirafa era temidísima). La televisión se obstinaba
patéticamente en presentarse como realidad y, por tanto, había que ocultar el
artificio. Después, la jirafa hizo su entrada en los concursos, más tarde en
los telediarios y por último en diferentes espectáculos experimentales. La
televisión ya no oculta el artificio, por el contrario, la presencia de la
jirafa asegura (incluso cuando no es cierto) que la emisión es en directo. Por
lo tanto, en plena naturaleza. Por consiguiente, la presencia de la jirafa
sirve ahora para ocultar el artificio.
La cámara. Tampoco debía verse la cámara. Y también la
cámara ahora se ve. Al mostrarla, la televisión dice: “Yo estoy aquí, y si
estoy aquí, esto significa que delante de vosotros tenéis la realidad, es
decir, la televisión que filma. Prueba de ello es que, si agitáis la mano
delante de la cámara, os verán en casa”. El hecho inquietante es que, si en
televisión se ve una cámara, no es ciertamente la que está filmando (salvo en
casos de complejas puestas en escena con espejos). Por tanto, cada vez que la cámara
aparece, está mintiendo.
El teléfono del telediario. La Paleo TV mostraba personajes de comedia que
hablaban por teléfono, es decir, informaba sobre hechos verdaderos o
presuntamente verdaderos que sucedían fuera de la televisión. La Neo TV usa el
teléfono para decir: “Estoy aquí, conectada a mi interior con mi propio cerebro
y, en el exterior, con vosotros que me estáis viendo en este momento”. El
periodista del telediario usa el teléfono para hablar con la dirección:
bastaría con un interfono, pero entonces se escucharía la voz de la dirección
que, por el contrario, debe permanecer misteriosa: la televisión habla con su
propia secreta intimidad. Pero lo que el telecronista oye es verdadero y
decisivo. Dice: “En un momento veremos las imágenes filmadas”, y justifica así
largos segundos de espera, porque lo filmado debe venir del lugar justo, en el
momento justo.
El teléfono de Portobello. El teléfono de Portobello, y de
transmisiones análogas, pone en contacto el gran corazón de la televisión con
el gran corazón del público. Es el signo triunfal del acceso directo, umbilical
y mágico. Vosotros sois nosotros, podéis formar parte del espectáculo. El mundo
del que os habla la televisión es la relación entre nosotros y vosotros. El
resto es silencio.
El teléfono de la subasta. Las Neo TV privadas han inventado la subasta.
Con el teléfono de la subasta, el público parece determinar el ritmo del propio
espectáculo. De hecho, las llamadas son filtradas y es legítimo sospechar que
en los momentos muertos se use una llamada falsa para hacer subir las ofertas.
Con el teléfono de la subasta, el espectador Mario, al decir “cien mil”,
convence al espectador José de que vale la pena decir “doscientas mil”. Si sólo
llamase un espectador, el producto sería vendido a un precio muy bajo. No es el
subastador quien induce a los telespectadores a gastar más, es un telespectador
quien induce a otro, o bien el teléfono. El subastador es inocente.
El aplauso.
En la Paleo TV el aplauso debía parecer verdadero y espontáneo. El público en el estudio
aplaudía cuando aparecía un letrero luminoso, pero el público que veía la
emisión en su televisor no debía saberlo. Naturalmente ha llegado a saberlo y
la Neo TV ha dejado de fingir: el presentador dice “¡Y ahora, un gran aplauso!”
El público del estudio aplaude y el espectador en su casa se siente satisfecho,
porque sabe que el aplauso no es fingido. No le interesa que sea espontáneo,
sino que sea de veras televisivo.
5.
La Puesta en Escena
Entonces, ¿la televisión ya
no muestra acontecimientos, esto es, hechos que ocurren por sí mismos, con
independencia de la televisión y que se producirían también si ésta no
existiese?
Cada vez menos. Cierto, en
Vermicino un niño cayó de veras en un pozo y de veras murió. Pero todo lo
que se desarrolló entre el principio del accidente y la muerte del niño sucedió
como sucedió porque la televisión estaba allí. El hecho captado televisivamente
en su mismo inicio se convirtió en una puesta
en escena.
No vale la pena referirse
aquí a los estudios más recientes y decisivos sobre el tema, y pienso en el
fundamental libro de Bettetini, Produzione
del senso y messa in scena : basta apelar al sentido común. El espectador
de inteligencia media sabe muy bien que cuando la actriz besa al actor en una
cocina, en un yate o en un prado, incluso cuando se trata de un prado verdadero
(con frecuencia es el campo romano o la costa yugoslava), se trata de un prado elegido, predispuesto, seleccionado, y por tanto en cierta medida falsificado a fines del rodaje.
Hasta aquí el sentido
común. Pero el sentido común (y a menudo también la atención crítica) se halla
mucho más desarmado con respecto a lo que se llama transmisión en directo. En
ese caso, se sabe (incluso aunque se desconfía y se supone que el directo es un
diferido enmascarado) que las cámaras transmiten desde el lugar donde sucede
algo, algo que ocurriría de todos modos, aunque no estuvieran presentes las
cámaras de televisión.
Desde los principios de la
televisión, se sabe que incluso el directo presupone una elección, una
manipulación. En mi lejano ensayo “El azar y la intriga” (ahora en Obra abierta ) traté de mostrar cómo un
conjunto de tres o más cámaras que transmiten un partido de fútbol
(acontecimiento que por definición sucede por razones agonísticas, donde el
delantero centro no se prestaría a fallar un gol por exigencias del
espectáculo, ni el portero a dejarlo pasar) opera una selección de los hechos,
enfoca ciertas acciones y omite otras, intercala tomas del público en menoscabo
del juego y viceversa, encuadra el terreno de juego desde una perspectiva
determinada. En suma, interpreta, nos ofrece un partido visto por el realizador
del programa y no un partido en sí.
Pero este análisis no
cuestionaba el hecho indiscutible de que el evento ocurriese con independencia
de su transmisión. Esta transmisión interpretaba un hecho que ocurría de forma
autónoma, ofrecía una parte de éste, una sección, un punto de vista, aunque se
trataba siempre de un punto de vista sobre la “realidad” extratelevisiva.
Tal consideración es, sin
embargo, afectada por una serie de fenómenos que percibimos en seguida:
a) El hecho de saber que el
acontecimiento será transmitido influye en su preparación. A propósito del
fútbol, obsérvese la evolución del viejo balón de cuero tosco al balón
televisivo escaqueado; o el cuidado que ponen los organizadores en colocar
importantes vallas publicitarias en posiciones estratégicas, para engañar a las
cámaras y al ente estatal que no quería hacer publicidad; sin hablar de ciertos
cambios, indispensables por razones cromático–perceptivas, experimentados por
las camisetas.
b) La presencia de las
cámaras de televisión influye en el desarrollo del acontecimiento. En el suceso
de Vermicino, tal vez el socorro hubiese dado los mismos resultados aunque la
televisión no hubiese estado presente por espacio de dieciocho horas, pero
indudablemente la participación hubiera sido menos intensa y quizá menores las
obstrucciones y la confusión. No quiero decir que Pertini no hubiera estado
presente, pero sí ciertamente durante menos tiempo: no es que se tratase de un
cálculo teatral, pero es evidente que estaba allí por razones simbólicas, para
significar ante millones de italianos la participación presidencial; y que esa
participación simbólica fuese, como creo, “buena”, no quita que estuviera
inspirada por la presencia de la televisión. Podemos incluso preguntarnos qué
hubiera sucedido si la televisión no hubiese seguido ese hecho y las
alternativas son dos: o los socorros hubieran sido menos generosos (no importa
el resultado, pensamos en los esfuerzos, y sabemos muy bien que sin la presencia
televisiva aquellos tipos pequeños y delgados que acudieron a prestar ayuda no
hubieran sabido nada del acontecimiento), o bien la menor afluencia de público
hubiera permitido realizar una operación de socorro más racional y eficaz.
En ambos casos descritos,
podemos ver que se perfila ya un esbozo de puesta
en escena : en el caso del partido de fútbol es intencional, aunque no
cambie radicalmente el evento; en el caso de Vermicino es instintivo,
inintencional (al menos a nivel consciente), pero puede cambiar radicalmente el
hecho.
Sin embargo, en la última
década el directo ha sufrido cambios radicales respecto a la puesta en escena:
desde las ceremonias papales hasta numerosos acontecimientos políticos o
espectaculares, sabemos que tales acontecimientos no se hubieran concebido tal
como lo fueron de no mediar la presencia de las cámaras de televisión. Nos
hemos ido acercando cada vez más a una predisposición del acontecimiento
natural para fines de la transmisión televisiva. El matrimonio del príncipe
Carlos de Inglaterra verifica totalmente esta hipótesis. Este ceremonial no
sólo no se hubiera desarrollado tal como se desarrolló, sino que probablemente
ni siquiera hubiera tenido lugar, si no hubiese debido ser concebido para la
televisión.
Para medir del todo la
novedad de esta Royal Wedding es necesario remontarse a un episodio análogo
acaecido hace casi veinticinco años: la boda de Rainiero de Mónaco con Grace
Kelly. Aparte la diferencia de dimensiones de los dos reinos, el acontecimiento
se prestaba a las mismas interpretaciones: el momento políticodiplomático, el
ritual religioso, la liturgia militar, la historia de amor. Pero el matrimonio
monegasco ocurría a principios de la era televisiva y se había organizado sin
tener en cuenta la televisión. Aun en el caso de que los organizadores hubieran
considerado la idea de la televisión, la experiencia era todavía insuficiente.
Así el acontecimiento se desenvolvió verdaderamente por su cuenta y al director
televisivo sólo le quedó interpretarlo. Al hacerlo, privilegió los valores románticos
y sentimentales frente a los políticodiplomáticos, lo privado frente a lo
público. El acontecimiento sucedía: las cámaras enfocaban aquello que contaba
para los fines del tema que la televisión había elegido.
Durante una parada de
bandas militares, mientras tocaba una sección de marines de evidentes
funciones representativas (hay que considerar que en el principado de Mónaco
los marines eran también noticia), las telecámaras
enfocaron en su lugar al príncipe, que se había ensuciado el pantalón al rozar
la balaustrada del balcón, y que, casi a hurtadillas, se inclinaba para
sacudirse el polvo con la mano, sonriendo divertido a la novia. Una elección
ciertamente, un decidirse por la novela rosa frente a la opereta, pero realizada, por así
decirlo, a pesar del acontecimiento, aprovechando los
intersticios no programados. Así, durante la ceremonia nupcial, el realizador
siguió la misma lógica que lo había guiado la jornada precedente: eliminada la
banda de marines, era preciso eliminar también al prelado que
celebraba el rito, y las cámaras permanecieron fijas enfocando el rostro de la
novia, princesa ex actriz, o actriz y futura princesa. Grace Kelly representaba
su última escena de amor, el realizador narraba, pero parasitariamente (y por
ello de manera creativa), usando a modo de collage retazos de aquello que
sucedía de manera autónoma.
Con la Royal Wedding del príncipe
heredero del Reino Unido las cosas fueron muy diferentes. Era absolutamente
evidente que todo lo que sucedía, de Buckingham Palace a la catedral de Saint
Paul, había sido estudiado para la televisión. El ceremonial había excluido los colores
inaceptables, modistos y revistas de modas habían sugerido los colores pastel,
de modo que todo respirase cromáticamente no sólo un aire de primavera, sino un
aire de primavera televisiva.
El traje de la novia, que
tantas molestias causó al novio que no sabía cómo levantarlo para hacer sentar
a su prometida, no estaba concebido para ser visto de frente, ni de lado, ni
siquiera desde detrás, sino desde lo alto, como se veía en uno de los encuadres
finales, en que el espacio arquitectónico de la catedral quedaba reducido a un
círculo dominado en el centro por la estructura cruciforme del transepto y de
la nave, subrayada por la larga cola del traje nupcial, mientras que los cuatro
cuarteles que rodeaban este blasón estaban formados, como en un mosaico
bizantino, por el punteado colorido de la vestimenta de los integrantes del
cortejo, de los prelados y del público masculino y femenino. Si Mallarmé afirmó
una vez que le monde es fait pour aboutir
à un livre, la retransmisión de la
boda real decía que el Imperio Británico estaba hecho para dar vida a una
admirable emisión de televisión.
He podido ver personalmente
diversas ceremonias londinenses, entre ellas la anual Trooping the Colours, donde
la impresión más desagradable la producen los caballos, adiestrados para todo,
excepto para abstenerse de ejercer sus legítimas funciones corporales: en estas
ceremonias, la reina se mueve siempre en un mar de estiércol, ya que los
caballos de la Guardia —sea por la emoción o por la normal ley de la
naturaleza— no saben hacer nada mejor que llenar de excrementos todo el
recorrido. Por otra parte, manejar caballos es una actividad muy aristocrática
y el estiércol equino forma parte de las materias más familiares a un
aristócrata inglés.
Durante la Royal Wedding no fue posible eludir esta ley natural. Pero
quien vio la televisión pudo observar que este estiércol equino no era ni
oscuro ni desigual, sino que aparecía siempre y por doquier de un color también
pastel, entre el beige y el amarillo, muy luminoso, para no llamar demasiado la
atención y armonizar con los suaves colores de los trajes femeninos. Después he
leído (aunque no costaba demasiado imaginarlo) que los caballos reales habían
sido alimentados durante una semana con unas píldoras especiales, para que el
estiércol tuviera un color telegénico. Nada debía dejarse al azar, todo estaba
dominado por la retransmisión.
Hasta el punto de que, en
esa ocasión, la libertad de encuadre e “interpretación” dejada al realizador
había sido, como es fácil de suponer, mínima: era preciso filmar lo que
sucedía, en el lugar y en el momento en que se había decidido que sucediera. Toda
la construcción simbólica estaba “predeterminada” en la puesta en escena
previa, todo el acontecimiento, desde el príncipe hasta el estiércol equino,
había sido preparado como un discurso de base, sobre el que el ojo de las
cámaras, en su obligado recorrido, debería fijarse reduciendo al mínimo los
riesgos de una interpretación televisiva. Es decir que la interpretación, la
manipulación y la preparación para la televisión precedían la actividad de las
cámaras. El acontecimiento nacía ya como fundamentalmente “falso”, dispuesto
para la toma. Londres entero había sido dispuesto como un estudio, construido
para la televisión.
6.
Algunos Petardos, Para Terminar
Para terminar, podríamos
decir que, en contacto con una televisión que sólo habla de sí misma, privado
del derecho a la transparencia, es decir, del contacto con el mundo exterior,
el espectador se repliega en sí mismo. Pero en este proceso se reconoce y se
gusta como televidente, y le basta. Vuelve cierta una vieja definición de la
televisión: “Una ventana abierta a un mundo cerrado.”
Pero, ¿qué mundo “descubre”
el televidente? Redescubre su propia naturaleza arcaica, pretelevisiva —por un
lado— y su destino de solitario de la electrónica. Y esto ocurre especialmente
con la aparición de las emisoras privadas, saludables en un principio como
garantía de una información más vasta, y finalmente “plural”.
La Paleo TV quería ser una
ventana que desde la provincia más remota mostrara el inmenso mundo. La Neo TV
independiente —a partir del modelo estatal de Giochi senza frontiere (Juegos sin fronteras)— apunta la cámara sobre
la provincia, y muestra al público de Piacenza la gente de Piacenza, reunida
para escuchar la publicidad de un relojero de Piacenza, mientras un presentador
de Piacenza hace chistes gruesos sobre los pechos de una señora de Piacenza,
que lo acepta todo mientras gana una olla a presión. Es como mirar con un
largavistas al revés.
El presentador de la
subasta es un vendedor y al mismo tiempo un actor. Pero un actor que
interpretase a un vendedor no sería convincente. El público conoce a los
vendedores, esos que le convencen para que compre un coche usado, la pieza de
género, la grasa de marmota en las ferias campesinas. El presentador de la
subasta debe tener buena presencia y hablar como sus espectadores, con acento y
de ser posible despellejando la gramática. Debe decir “¡Exacto!”, y “¡Oferta
muy interesante!”, como dice la gente que vende de veras. Debe decir “dieciocho
quilates, señora Ida, no sé si me explico”. En realidad no debe explicarse,
sino manifestar, ante la mercancía, la misma sorpresa llena de admiración que
el comprador. En su vida privada, seguramente es probo y honestísimo, pero ante
la cámara debe mostrarse un tanto tramposo, de otro modo el público no se fía.
Así es como se comportan los vendedores.
En otro tiempo había
palabrotas que se decían en la escuela, en el trabajo o en la cama. Pero en
público había que controlar un poco esos hábitos, y la Paleo TV (sometida a
censura y concebida para un público ideal, moderado y católico) hablaba de
manera depurada. Las televisiones independientes, en cambio, quieren que el
público se reconozca y se diga “somos nosotros mismos”. Por lo que tanto el
cómico como el presentador que propone una adivinanza mirando el trasero de la
espectadora, deben decir palabrotas y hablar con doble sentido. Los adultos se
reencuentran, y la pantalla es, al fin, como la vida misma. Los chicos piensan
que aquél es el modo apropiado de comportarse en público, como siempre habían
sospechado. Este es uno de los pocos casos en los que la Neo TV dice la verdad
absoluta.
La Neo TV, especialmente la
independiente, explota a fondo el masoquismo del espectador. El presentador
pregunta a tímidas amas de casa cosas que deberían hacerlas enrojecer de
vergüenza, pero ellas entran en el juego y entre fingidos (o verdaderos) rubores
se comportan como putillas. En Norteamérica, esta forma de sadismo televisivo
ha culminado en el nuevo juego que Johnny Carson propone en el curso de su
popularísimo programa Tonight Show. Carson cuenta la trama de un hipotético dramón
tipo Dallas, en el que aparecen personajes idiotas,
miserables, deformes, pervertidos. Mientras describe a uno de estos personajes,
la cámara enfoca el rostro de un espectador, que al mismo tiempo puede verse en
una pantalla colocada sobre su propia cabeza. El espectador ríe inocente
mientras es descrito como un sodomita, un violador de menores; la espectadora
goza al encontrarse en el papel de una drogada o de una deficiente congénita.
Hombres y mujeres (que, por otra parte, la cámara ha elegido ya con cierta
malicia, porque tienen algún defecto o algún rasgo pronunciado) ríen felices al
verse ridiculizados ante millones de espectadores. Total, piensan, es una
broma. Pero son ridiculizados de verdad.
Cuarentones y cincuentones
saben qué fatigas, qué búsquedas eran precisas para recuperar en alguna perdida
filmoteca una vieja película de Duvivier. Hoy la magia de la filmoteca está
acabada: la Neo TV nos brinda, en una misma noche, un Totó, un Ford de los
primeros tiempos y quizás hasta un Méliès. Así nos hacemos una cultura. Pero
ocurre que para ver un viejo Ford hay que tragarse diez indigeribles bodrios y
películas de cuarta categoría. Los viejos lobos de filmoteca todavía saben
distinguir, pero en consecuencia sólo buscan en su televisor las películas que
ya han visto. De esta manera su cultura no avanza. Los jóvenes, por otra parte,
identifican cualquier película antigua con una de filmoteca. Así su cultura se
aminora más. Afortunadamente, aún están los periódicos que ofrecen alguna
información. Pero, ¿cómo se puede leer periódicos si hay que ver la televisión?
La televisión
norteamericana, para la que el tiempo es dinero, imprime en todos sus programas
un ritmo calcado del jazz. La Neo TV italiana mezcla material norteamericano
con material propio (o de países del Tercer Mundo, como la telenovela
brasileña), que tiene un ritmo arcaico. Así, el tiempo de la Neo TV resulta un
tiempo elástico, con desgarrones, aceleraciones y ralentís. Afortunadamente, el
televidente puede imprimir su propio ritmo seleccionando histéricamente con el
telemando. Todos hemos intentado alguna vez ver el telediario pasando de la
primera a la segunda cadena de la RAI a intervalos, alternativamente, de modo
que hemos visto siempre dos veces la misma noticia y nunca aquélla que
esperábamos. O introducir una escena de pastel en la cara en el momento de la
muerte de la vieja madre. O de romper la gymkhana de Starsky y Hutch con un
lentísimo diálogo entre Marco Polo y un bonzo. Así, cada cual puede crearse su
propio ritmo y ver la televisión del mismo modo que cuando se escucha música
tapándose y destapándose los oídos con las manos, decidiendo por su propia
cuenta en qué cosa se transformará la Quinta de Beethoven o la Bella Gigugin. Nuestra noche
televisiva ya no cuenta historias completas: toda ella es un avance, un
trailer, un “próximamente”. El sueño de las vanguardias históricas.
En la Paleo TV había poca
cosa que ver y antes de medianoche ¡todo el mundo a la cama! La Neo TV, en
cambio, ofrece decenas de programas hasta horas avanzadas de la madrugada. El
apetito se abre comiendo. El aparato de video permite ver ahora muchos programas
más. Las películas pueden comprarse o alquilarse; y pueden grabarse los
programas que se emiten cuando no estamos en casa. ¡Qué maravilla! Ahora es
posible pasarse cuarenta y ocho horas al día delante de la pantalla, de modo
que ya no hay que estar en contacto con esa remota ficción que es el mundo
exterior. Además, un acontecimiento puede hacerse ir hacia adelante y atrás, y
al ralentí y a doble velocidad. ¡Se puede ver a Antonioni a ritmo de Mazinga!
Ahora la irrealidad está al alcance de todos.
El video es una de las
nuevas posibilidades, pero ya aparecen otras y seguirá así hasta el infinito.
En la pantalla televisiva podrán verse los horarios de trenes, la cotización de
Bolsa, los horarios de espectáculos, las voces de la enciclopedia... Pero
cuando todo, absolutamente todo, incluso las intervenciones de los consejeros
municipales, pueda leerse en el televisor, ¿quién tendrá necesidad todavía de
los horarios de trenes o de espectáculos, o de los informes meteorológicos? La
pantalla del televisor nos dará informaciones de un mundo exterior al que ya
nadie saldrá. El proyecto de la nueva
megalópolis MITO, es decir, Milano–Torino, se basa en gran medida en contactos
vía televisión: llegados a tal punto, no hay por qué potenciar las autopistas o
las líneas ferroviarias, puesto que no tendremos necesidad de desplazarnos de
Milán a Turín y viceversa. El cuerpo se volverá inútil; bastarán los ojos.
Se puede comprar juegos
electrónicos, hacerlos aparecer en el televisor, y toda la familia puede jugar
a desintegrar la flota espacial de Dart Vader. Pero, ¿cuándo?, si hay que ver
tantas cosas, incluidas las registradas en video. En todo caso, la batalla galáctica, que ya no
se jugará en el bar, entre un cortado y una llamada telefónica, sino todo el
día, hasta el espasmo (porque, como se sabe, en el bar sólo se abandona la
máquina porque hay alguien detrás echándonos el aliento en el cogote, pero en
casa, en casa se puede jugar hasta el infinito), tendrá los efectos siguientes.
Enseñará a los niños a tener unos reflejos óptimos, de manera que puedan
conducir un caza supersónico. Nos habituará, a niños y adultos, a la idea de
que desintegrar diez astronaves no es gran cosa, y la guerra de los misiles nos
parecerá a la medida del hombre. Cuando después hagamos de veras la guerra
seremos desintegrados en un instante por los rusos, no condicionados por
Battlestar Galactica. Porque, no sé si lo habréis experimentado, después de
haber jugado durante dos horas, por la noche, en un inquieto duermevela, se ven
luces intermitentes y la traza luminosa de los proyectiles. La retina y el
cerebro quedan aniquilados. Es como cuando un flash nos relampaguea ante los
ojos. Durante mucho tiempo sólo vemos delante de nosotros una mancha oscura. Es
el principio del fin.
1983
Umberto Eco
Crítica Al Periodismo
Tomado de Avizora el
23/2/2003
El poder que han adquirido
los medios es incuestionable, algunas veces creen tener más poder del que
realmente detentan y buscan convertirse en protagonistas y jueces de la cosa
pública, en más de una ocasión desvirtuándola hasta convertirla en espectáculo.
A partir de algunos ejemplos de su país, Eco analiza en este ensayo gran parte
de los males de la prensa italiana, los cuales, afirma el pensador italiano,
son comunes a casi todos los países
El documento
Estimado presidente,
señores senadores, colegas directores, lo que estoy por presentarles brevemente
es un cahier de doléances (libro de quejas. N. del T.) sobre la situación de la
prensa italiana, especialmente en sus relaciones con el mundo político. Puedo
hacerlo, no a espaldas sino en presencia de los representantes de la prensa,
porque todo lo que diré ya lo he escrito desde los años 60, y en gran parte de
los diarios y semanarios italianos. Esto significa que en nuestro país existe
una prensa libre y desprejuiciada, capaz de enjuiciarse incluso a sí misma.
La función del cuarto poder
es ciertamente la de controlar y criticar a los otros poderes tradicionales,
pero puede hacerlo en un país libre, porque su crítica no tiene funciones
represivas: los medios pueden influir en la vida política del país solamente
creando opinión.
Los poderes tradicionales
no pueden, en cambio, controlar criticando a los medios sino a través de los
mismos medios, de otra manera su intervención se convierte en sanción ya sea
ejecutiva, legislativa o judicial, lo que puede suceder sólo si los medios
delinquen o parecen configurar situaciones de desequilibrio político e
institucional (véase el debate sobre la par condicio). Pero, como quiera que
los medios, en nuestro caso la prensa, no pueden estar exentos de crítica es
condición de salud para un país democrático que la propia prensa se pueda
cuestionar a sí misma.
Sin embargo, a menudo no
basta que lo haga: es más, el hacerlo puede constituir una sólida coartada, o
bien, para ser estrictos, un caso de "tolerancia represiva", como la
definía Marcuse: una vez demostrada la propia falta de prejuicios autoflagelatoria,
la prensa ya no se interesa en reformarse.
Al presentar mi cahier de
doléances no intento criticar a la prensa ni sus relaciones con el mundo
político como si éste fuera víctima inocente de los abusos de la prensa.
Considero que es plenamente corresponsable de la situación que trataré de
delinear.
Más aún, no seré de esos
provincianos para los cuales está mal sólo aquello que ocurre en nuestro país.
No caeré en el error de mucha de nuestra prensa, a menudo xenófila, que cuando
se refiere a un diario extranjero lo hace adelantando siempre el adjetivo
"autorizado", llegando así a hablar del "autorizado" New
York Post cuando quiere citarlo, ignorando el hecho de que el New York Post es
un periodicucho de cuarta que se avergonzarían de leer en Omaha, Nebraska.
Gran parte de los males de
los que sufre la prensa italiana son hoy comunes a casi todos los países. Pero
tomaré algún ejemplo sólo cuando me parezca que contiene una lección que puede
ser positiva también para nosotros. Una última precisión: usaré como textos de
referencia La Repubblica, Il Corriere della Sera y L´Espresso y esto no sólo
por razones de tiempo sino también de corrección. Son tres publicaciones sobre
las que he escrito y aún escribo y, por tanto, mis críticas no podrán ser
consideradas preconcebidas o inspiradas por la inquina. Pero los problemas que
pondré sobre la mesa se refieren en un alto porcentaje a la prensa italiana en
general
Las polémicas de los años
1960-1970
En los años 60 y 70, la
polémica sobre la naturaleza y función de la prensa se desarrollaba sobre estos
dos temas: 1) diferencia entre noticia y comentario y, por tanto, una llamada a
la objetividad (recuerdo a propósito duelos históricos con Ottone); 2) los
diarios son instrumentos de poder, administrados por partidos o por grupos
económicos, que utilizan un lenguaje intencionalmente críptico en cuanto a que
su verdadera función no es dar noticias a los ciudadanos sino enviar mensajes
cifrados a otro grupo de poder, pasando por encima de los lectores. Al respecto
ya existe una bibliografía vastísima.
El presidente Carlo
Scognamiglio ha citado incluso una expresión como "convergencias
paralelas", que ha quedado en la bibliografía sobre los mass media como
símbolo de este lenguaje, apenas comprensible en los pasillos de Montecitorio,
pero impermeable para la célebre ama de casa de Voghera
Estos dos temas son en gran
parte obsoletos. Por un lado, había tenido lugar una amplia polémica sobre la
objetividad y muchos de nosotros sosteníamos que (con excepción de los
boletines de las precipitaciones atmosféricas) no existe jamás una noticia verdaderamente
objetiva. Aun separando cuidadosamente comentario y noticia, la misma elección
de la noticia y su compaginación constituyen un elemento de juicio implícito
En las últimas décadas se
ha instaurado el estilo de la así llamada tematización: la misma página incluye
noticias de algún modo relacionadas. He tomado, casi al azar, la página 17 de
La Repubblica del 22 de enero. Contiene cuatro artículos: "Brescia: da a
luz y mata a la hija"; "Roma: solo en casa, a los cuatro años juega
sobre el alféizar, el padre termina en Regina Coelli"; "Roma: puede
dar a luz en el hospital aun quien no quiere tener el hijo";
"Treviso: una madre divorciada renuncia a ser mamá". Como ven, se
tematiza el riesgo de la infancia abandonada.
El problema que debemos
plantearnos es: ¿se trata de un caso de actualidad típico de este periodo? ¿Son
todas las noticias sobre casos del mismo tipo? Si se tratara sólo de cuatro
casos, el asunto sería estadísticamente irrelevante; pero la tematización eleva
a la noticia a aquello que la clásica retórica judicial y deliberativa llamaba
exemplum: un solo caso, o pocos casos, de lo que se extrae (o se sugiere
subrepticiamente extraer) una regla. Si se trata sólo de cuatro casos el diario
nos hace pensar que existen más; si hubiesen más, el diario no nos lo diría. La
tematización no proporciona cuatro noticias: expresa una fuerte opinión sobre
la situación de la infancia, aunque el redactor quisiera o pensara que, tal
vez, ya bien entrada la noche ha compaginado así la página 17 porque no sabía
cómo llenarla. Con esto no estoy diciendo que la técnica de la tematización sea
equivocada o peligrosa: sólo digo que nos demuestra cómo se pueden expresar
opiniones dando noticias totalmente objetivas.
En cuanto al problema del
lenguaje críptico, diría que nuestra prensa lo ha abandonado, porque ha
cambiado también el lenguaje de los políticos, los cuales ya no leen sobre una
hoja frente al micrófono frases oscuras y elaboradas, sino que dicen apertis verbis
que su compañero de sector es un traidor, mientras que el otro magnifica a voz
en cuello las cualidades eréctiles del propio órgano reproductivo.
La prensa recurre incluso
en la primera plana al lenguaje de esa entidad magmática que hoy se llama
"la gente"; considera que la gente sólo habla con frases hechas. Y he
aquí (estoy usando los datos recogidos por mis alumnos en un mes de frases
hechas en la prensa italiana) en un solo artículo de Il Corriere della Sera del
11 de enero, la siguiente lista de frases hechas: la esperanza es la última que
muere; estamos contra la pared; Dini anuncia lágrimas y sangre; el Quirinale
listo para la guerra; el recinto se construyó después de que los bueyes dejaron
el establo; Pannella ataca sin piedad; el tiempo apremia; no hay lugar para un
malestar de estómago; el gobierno tiene mucho camino por andar; habremos
perdido nuestra batalla; estamos con el agua hasta el cuello.
En La Repubblica del 28 de
diciembre de 1994 se encuentra: es necesario conciliar intereses; quien mucho
abarca poco aprieta; Dios me salve de los amigos; los peores pasos del vals;
Fininvest vuelve a la lucha; todo está perdido; no hay a quién recurrir; yerba
mala nunca muere; los vientos cambian; la televisión hace la parte del león y
nos deja sólo las migajas; la dolorosa espina en el costado; rendir honor a las
armas del enemigo... Esto no es un periódico es el Barbanera. Hay que
preguntarse si estos clichés son finalmente más transparentes, o menos, que las
"convergencias paralelas".
Se nota que a estas frases
hechas, válidas para la "gente", son en 50% inventadas, en el sentido
de la inventio retórica, encontradas por los articulistas, y en 50% citadas de
declaraciones de parlamentarios. Apenas puse la cabeza dentro del aula del
Senado y escuché decir: señor presidente, queremos hechos no palabras. Tuve una
impresión de dejà vu y de dejà entendu y y me regresé al pasillo. Para usar
otra frase hecha, "el cerco se cierra" y estamos poniendo en el fuego
una diabólica alianza en la que no se sabe quiénes son los corruptos y quiénes
los corruptores
El diario se vuelve
semanario
En los años 60 los diarios
no sufrían todavía por la competencia de la televisión. Sólo Achille Campanile,
en un encuentro sobre la televisión en Grosseto, en septiembre de 1962, había
tenido una intuición luminosa. Decía: hubo un tiempo en que los diarios daban
primero una noticia, después intervenían otras publicaciones que profundizaban
en la cuestión; el periódico era un telegrama que terminaba con "sigue
carta". Ya en 1962, la noticia telegráfica se daba a las ocho de la noche
en el noticiero televisivo. A la mañana siguiente el diario daba la misma
noticia: era una carta que terminaba con "sigue, es más, precede
telegrama"
¿Por qué sólo un genio de
la comicidad como Campanile se había percatado de esta situación paradójica?
Porque la televisión se limitaba entonces a uno o quizá dos canales, no
recuerdo, llamados de régimen y, por tanto, no se consideraba (y en buena parte
no era) una fuente confiable; los diarios decían más cosas y en un modo menos
vago; los cómicos nacían en el cine o en el cabaret y no siempre llegaban a la
televisión; la comunicación política tenía lugar en la plaza, cara a cara, o
mediante manifiestos sobre los muros.
Un estudio sobre el comicio
televisivo de los años 60, hecho por Paolo Fabbri, comprobaba mediante un
análisis de numerosas tribunas políticas que en el intento de adecuar las
propias propuestas a una media de los espectadores televisivos el
representante del PCI
(Partido Comunista Italiano) terminaba por decir cosas muy parecidas a las del
representante de la DC (Democracia Cristiana), o bien se anulaban las
diferencias, y cada uno trataba de aparecer como el más neutro y seguro
posible. Por lo tanto, la polémica, la lucha política, ocurría en otra parte y
en buena medida en los diarios.
Después ocurrió el salto
cuantitativo (los canales se multiplicaron cada vez más) y cualitativo: incluso
dentro de la televisión estatal se distinguían tres canales orientados
políticamente de distinta forma; la sátira, el debate encendido, la fábrica de
primicias, pasaron a la televisión que rompió incluso las barreras del sexo, de
modo que algunos programas de las once de la noche ya eran más audaces que las
monjiles portadas de L´Espresso o de Panorama, que se detenían en la frontera
del glúteo.
Todavía al inicio de los
años 70 recuerdo que publicaba yo una reseña sobre los talk shows
estadounidenses, como el lugar de una conversación civil, animada, que podía
tener a los espectadores clavados hasta altas horas de la noche frente al
televisor y los proponía apasionadamente para la televisión italiana. Después,
apareció cada vez más triunfalmente en la pantalllas caseras italianas el talk
shows que, sin embargo, poco a poco se convertía en lugar de un encuentro
violento, a veces incluso de violencia física, en escuela de un lenguaje sin
términos medios (en honor a la verdad, una evolución de este género tuvo lugar
parcialmente también en algunos talk shows de otros países).
Así, la televisión se
convertía en la primera fuente de difusión de las noticias y frente a los
diarios se abrían solamente dos caminos. Del primer camino posible, que por
ahora definiré como "atención prolongada", hablaré más adelante.
Creo, sin embargo, que se puede afirmar que la prensa siguió en buena medida el
segundo camino: se ha hecho semanal. El diario se ha vuelto más parecido a un
semanario, con el enorme espacio que dedica a la variedad, a la discusión de
sucesos de la moda, de chismes de la vida política, de atención al mundo del
espectáculo. Esto pone en crisis a los semanarios de primer nivel (de Panorama
a L´Espresso) y al semanario le quedan dos alternativas: o se vuelve mensual,
pero ya existen publicaciones mensuales especializadas en embarcaciones de
vela, relojes, computadoras, con un mercado propio fiel y seguro; o bien debe
invadir el espacio de los sociales, que pertenecía y continúa perteneciendo a
los semanarios de nivel medio (Gente y Oggi) para los apasionados de las bodas
principescas, o de bajo nivel (Novella 2000, Stop, Eva Express) para los
devotos del adulterio espectacular y los cazadores de senos descubiertos en la
intimidad de los ministerios de la decencia.
Pero los semanarios de
primer nivel no pueden descender al nivel bajo o medio sino en las páginas
finales, y ya lo hacen; allí es donde hay que buscar los senos, las amistades
afectuosas, los esponsales en Montecarlo. Por otro lado, haciendo esto pierden
la fisonomía del propio público: entre más un semanario de primer nivel roza el
nivel medio o bajo, más consigue un público que no es el suyo tradicional y,
por tanto, ya no sabe a quién se dirige; aumenta el tiraje y pierde identidad.
Por otra parte, el
semanario recibe un golpe mortal sucesivo de los suplementos semanales de los
diarios. A este punto, el semanario tendría una sola solución: tomar la vía de
las publicaciones del tipo de las que en Estados Unidos se dirigen a un altísimo
nivel de lectores como, por ejemplo, el New Yorker, que ofrece la lista de los
espectáculos teatrales, dibujos animados de alto nivel, breves antologías
poéticas, pero puede aparecer un artículo de 50 cuartillas solamente sobre la
biografía de una gran dama del mundo editorial, como ha sucedido con Helen
Wolff. O bien podría tomar la vía del Time o Newsweek, los cuales aceptan ser
semanarios que hablan de acontecimientos de los que ya han hablado los diarios
y la televisión, pero que ofrecen al respecto un resumen esencial o dossiers
que profundizan en otros ángulos, cada uno de los cuales requiere de meses de
programación y de trabajo y una documentación cuidada hasta la exageración, de
modo que es raro que estos semanarios publiquen desmentidos respecto de datos
sobre los hechos.
Por otra parte, también un
artículo para el New Yorker es encargado con meses de anticipación, y si
después se juzga que ya no es actual al autor igualmente se le paga
(generosamente) y el artículo se desecha. Este tipo de semanarios tiene costos
altísimos y puede existir sólo para un mercado mundial de anglófonos y no para
un mercado restringido de italianófonos, donde los índices de lectura son
todavía lamentables.
Por tanto, el semanario se
esfuerza por seguir al diario sobre su misma ruta y cada uno trata de superar
al otro para conquistar a los mismos lectores. Ello explica por qué el glorioso
Europeo cierra, Epoca busca desesperadamente una vía alternativa sosteniéndose
con anuncios televisivos y L´Espresso y Panorama luchan por diferenciarse; lo
hacen, pero el público lo nota cada vez menos. A veces me sucede que encuentro
conocidos incluso cultos, que me felicitan por la hermosa sección que escribo
semanalmente en Panorama; es más, afirman, con adulación, que compran Panorama
y sólo Panorama exclusivamente para leer mi sección.
La ideología del
espectáculo
Para volverse semanales,
los diarios aumentan las páginas; para aumentar las páginas luchan por la
publicidad; para tener publicidad aumentan de nuevo las páginas e inventan los
suplementos; para ocupar todas esas páginas deben entonces contar cualquier cosa;
para hacerlo deben ir más allá de la sola noticia (que por otra parte ya dio la
televisión) y, por tanto, se hacen cada vez más semanales, hasta el punto de
tener que inventar y transformar en noticia lo que no es
Tomo un ejemplo de la vida
cultural y no política, y que se relaciona con un caso personal para no herir
susceptibilidades. Hace unos meses, al recibir un premio en Grinzane, fui
presentado por mi colega y amigo Gianni Vattimo. Quien se dedica a la filosofía
sabe que mis posiciones son divergentes de las de Vattimo, pero nos profesamos
mutua estima. Otros saben que somos amigos fraternos desde la juventud y que
amamos zaherirnos mutuamente en ocasión de algún encuentro. Ese día Vattimo
había elegido precisamente la vía de la convivencia social, había hecho una
presentación afectuosa y animada y yo le había respondido de modo igualmente
bromista, subrayando con aspavientos y paradojas nuestras eternas divergencias.
Al día siguiente, un
periódico italiano dedicaba casi una página completa al encuentro de Grinzane
que habría marcado, según el articulista, el nacimiento de una nueva, dramática
e inédita, fractura en el campo filosófico italiano. El autor del artículo sabía
muy bien que no se trataba de una noticia, ni siquiera cultural; había creado
simplemente un caso que no existía. Les dejo a ustedes encontrar ejemplos
equivalentes en el campo político. Pero también el ejemplo cultural es
interesante: el periódico debía construir un caso porque debía llenar muchas
páginas dedicadas a la cultura, a la variedad y a la moda, dominadas por una
ideología del espectáculo.
Tomemos Il Corriere della
Sera y La Repubblica del lunes 23 de enero. El primero tiene 44 páginas, el
segundo 54, pero considerando la densidad de las páginas del primero, los dos
se corresponden. El lunes es un día difícil, no hay noticias políticas y económicas
frescas, cuando mucho queda el deporte.
Afortunadamente ese día
Italia estaba en plena crisis de gobierno y los diarios podían dedicar los
artículos de fondo al duelo Dini-Berlusconi. Una matanza en Israel el día del
aniversario de Auschwitz permitía llenar la mayor parte de la primera plana, con
el añadido del caso Andreotti y, para Il Corriere della Sera, la muerte de la
matriarca Kennedy que, en cambio, La Repubblica ubica en páginas interiores.
Crónicas de Chechenia, alguna noticia de Bonn. ¿Cómo llenar el resto? La
Repubblica e Il Corriere della Sera dedican respectivamente siete y cuatro
páginas a la crónica de ciudad; 14 y siete páginas al deporte, dos y tres
páginas a la cultura, dos y cinco a la economía y de ocho a nueve a crónicas de
la moda, espectáculos y televisión. En ambos casos, de 32 páginas al menos 15
se dedican a servicios de tipo semanal.
Tomemos ahora el New York
Times del mismo lunes. De 53 páginas, 16 se dedican al deporte, diez a
problemas metropolitanos, diez a la economía; quedan 16 páginas. En Estados
Unidos no hay una crisis en curso. Washington no requiere de mucho espacio y
entonces cinco páginas de national report se ocupan de asuntos internos.
Después de la noticia obvia de la matanza ocurrida en Israel se encuentran al
menos diez artículos sobre Perú, Haití, Ruanda, refugiados cubanos, Bosnia,
Argelia, conferencia internacional sobre la pobreza, Japón después del
terremoto, el caso del obispo Gaillot. Siguen dos densas páginas de comentarios
y análisis políticos.
Dejo de lado entonces que
los diarios italianos no hablan de Perú, Haití, Cuba, Ruanda. Admitamos también
que los tres primeros temas interesen más a los estadounidenses que a los
europeos; el resultado es que eran argumentos de actualidad internacional que
los periódicos italianos han dejado de lado para aumentar la parte dedicada a
los espectáculos y a la televisión.
El New York Times, pero
sólo porque es lunes, un día en que no se sabe qué decir, dedica dos páginas al
media business, pero no se trata de adelantos sobre personajes del espectáculo,
sino de reflexiones y análisis económicos sobre el show business
Que la selección es
explícita lo dicen Il Corriere della Sera y La Repubblica del lunes 30, que
dedican una plana, con anuncio en la primera, al hecho de que Coco Chanel haya
sido espía nazi. Ante todo la noticia ya la habíamos leído hace mucho tiempo. ¿Por
qué se le menciona ahora? Porque la ha mencionado un día antes una transmisión
por televisión de la BBC.
Ahora, Coco Chanel es
francesa, pero el diario Le Monde no toma en cuenta la noticia. ¿Chovinismo
francés, temor de reabrir antiguas heridas de Vichy? Sin embargo, ¿por qué no
lo menciona ni siquiera el Herald Tribune? ¿Por qué el hecho de que un libro o
una transmisión televisiva se ocupen de un acontecimiento histórico es
argumento para un semanario de cultura y espectáculo? ¿A qué se ha renunciado
dando tanto espacio al caso Chanel? Si se confronta con el Herald Tribune se
encuentran 15 noticias de actualidad descuidadas por los diarios italianos:
"Chechenia envía un embajador a Clinton", pero no puede hacerlo
porque no tiene el estatus jurídico necesario; "Francia decide aumentar a
300 hombres su contingente en Bosnia"; "Mandela escoge un blanco como
jefe de policía"; "Muere el director de la UNICEF", y así
tocando China, Pakistán, Camboya, Libia, Egipto y México.
Está claro que yo como
lector me divertí más leyendo la historia de Coco Chanel que la biografía del
director de la UNICEF, pero la selección es clara: el periódico quería
divertirme y lo hizo, y quería divertirme a partir de una noticia ofrecida por
la televisión inglesa
Cuando domina la TV
La lección. La prensa
italiana lo he dicho muchas veces es hoy esclava de la televisión. La
televisión es la que fija la agenda de la prensa. No existe prensa en el mundo
donde las noticias de la televisión terminen en la primera plana, a menos que
la tarde anterior Clinton o Mitterrand hayan hablado en la TV o haya sido
sustituido el administrador delegado de una cadena nacional. No se me responda
que se deben llenar las páginas.
Tengo aquí The New York
Times del domingo 22 de enero: son solamente 569 páginas, porque estamos en
enero, mientras que antes de la Navidad los números eran más voluminosos. En
ese número de páginas se incluyen también los espacios publicitarios, la revista
de los libros, el semanario de variedades, viajes, autos, etcétera. Veamos
dónde se menciona a la TV, que además es un electrodoméstico que ocupa mucho
espacio en el imaginario estadounidense. Se menciona en el suplemento
"Artes y espectáculo" en la página 32, donde hay una reflexión sobre
los estereotipos raciales en los programas y una larga reseña referente a un
magnífico documental sobre los volcanes. Está después el cuaderno con la
programación (es obvio), pero el tema de la TV no aparece ni siquiera en el
suplemento de variedades y modas, que corresponde al "Sette" de Il
Corriere della Sera o a "Il Venerdi" de La Repubblica. Entonces no es
cierto que se necesita hablar de la TV para llenar las páginas e interesar al
público; es una elección y no una necesidad
El mismo día los diarios
italianos daban amplio espacio a un próximo programa de Chiambretti y, por
tanto, se trataba de publicidad gratuita, donde la noticia central era que le
había dado por entrar con las cámaras en las aulas universitarias donde estaba
dando mi clase y yo, por respeto al lugar y su función, no se lo permití. Si
esa era una noticia por qué es noticia que cualquier santuario permanezca
inmaculado para la televisión valía cuatro líneas entre los suplementos de
publicidad.
Pero, ¿si en esa aula
hubiese tocado, cámara en mano, un hombre político cualquiera y yo lo hubiera
invitado a desistir? Hubiera tenido, sin entrar en el aula y sin aparecer en
video, las primeras páginas de los diarios. En Italia, el mundo político puede
fijar la agenda de las prioridades periodísticas afirmando cualquier cosa en la
TV o directamente haciendo saber que lo afirmará, y al día siguiente la prensa
no hablará de lo que ocurre en el país sino de lo que se dijo o podría haberse
dicho en la televisión.
Ciertamente somos un país
en el cual, más que en ningún otro, la vida de la televisión se entreteje
estrechamente con la vida política, de otro modo no se discutiría de par
condicio, y esto ocurría ya en tiempo de Bernabei e incluso antes de que
apareciese en el horizonte la Fininvest; por tanto, la prensa debe dar cuenta
de este entramado.
Un amigo extranjero me
hacía notar, el domingo 29 de enero, que sólo en Italia podía ocurrir que ese
día apareciese en muchas columnas resumida la primera plana, y luego en
interiores, la histórica declaración de Chiambretti: "No me voy"
(sólo porque Santoro había lanzado una provocación el día anterior). Cierto, la
decisión profesional de un cómico no debería ser noticia de primera plana,
especialmente si el cómico decide no interrumpir la transmisión que está
conduciendo.
Si es noticia el hombre que
muerde al perro y no el perro que muerde al hombre, ése era el caso de un perro
que aparentemente no había mordido a nadie
Y, sin embargo, todos
sabemos que detrás de aquel debate, que involucraba incluso a Enzo Biagi, había
un sentimiento de incomodidad, una polémica de claro sabor político. Debemos
decir que la prensa estaba obligada a poner aquella noticia en primera plana y
no por culpa propia sino de la situación italiana. No obstante, es un azar que
la situación italiana sea la que es incluso por responsabilidad de la prensa.
Desde hace tiempo la
prensa, para atraerse al público de la televisión, ha impuesto a la propia
televisión como espacio político privilegiado haciendo publicidad (hecho único
en la historia de la competencia económica) más allá de lo debido, al propio competidor
natural. Los políticos han extraído las debidas consecuencias: han elegido la
TV, han adoptado el lenguaje y las formas, seguros de que sólo así tendrían la
atención de la prensa. La prensa ha politizado el espectáculo más allá de lo
debido. Entonces era obvio que el político tratara de hacerse notar llevando a
la Cicciolina al Parlamento; y el de la Cicciolina es un caso típico porque,
por instintiva pruderie, la TV no le había dado el espacio que le ha asegurado
de inmediato la prensa.
La entrevista. Mientras que
depende de la televisión para su agenda, la prensa ha decidido emularla en su
estilo. La entrevista se ha convertido en el modo más típico de divulgar cada
noticia de política, literatura y ciencia. La entrevista es obligatoria en la
TV, donde no se puede hablar de alguien sin presentarlo pero, en cambio, es un
instrumento que la prensa siempre había usado con mucha cautela.
Entrevistar quiere decir
regalar el propio espacio a alguien para hacerlo decir lo que él quiere.
Piensen en lo que ocurre cuando un autor ha publicado un libro. El lector
espera de la prensa un juicio y una orientación y se fía de la opinión de un
crítico importante o de la seriedad del título. Pero hoy un periódico se siente
abatido si no consigue tener antes que nada una entrevista con el autor.
¿Qué es una entrevista con
el autor? Es fatalmente autopublicidad: es rarísimo que el autor afirme que ha
escrito un libro innoble. Es habitual un chantaje implícito, que sucede también
en otros países: si no se concede la entrevista, no se hace ni siquiera la
reseña. En todo caso el lector ha sido defraudado; la publicidad ha precedido o
sustituido al juicio crítico y a menudo el crítico, cuando finalmente escribe,
ya no discute el libro, sino lo que el autor ha dicho en el curso de varias
entrevistas
Con mayor razón la
entrevista con un político debería ser un gesto de cierta trascendencia: o es
solicitada por el político, que quiere usar al periódico como vehículo (y el
periódico tiene que evaluar si quiere darle el espacio), o es solicitada por el
periódico, que quiere profundizar una cierta posición del político. Una
entrevista seria debe tomar mucho tiempo y el entrevistado como sucede en casi
todo el mundo después debe revisar el entrecomillado para evitar malentendidos
y desmentidos.
Hoy, los diarios publican
una decena de entrevistas al día, cocidas y masticadas, donde el entrevistado
dice lo que ha dicho en otros periódicos pero, para ganarle a la competencia,
se necesita que la entrevista de ese día sea más sabrosa que la del otro.
Entonces el juego está en arrancar al político una ligera aceptación que,
deliberadamente subrayada, hará explotar el escándalo.
Entonces el político,
siempre en escena al día siguiente para desmentir lo que ha declarado el día
anterior, ¿es una víctima de la prensa? Debemos entonces preguntarle:
"¿Por qué no adopta la eficaz técnica del no comment?". Parece que en
octubre pasado Bossi escogió esta vía, cuando prohibió a sus diputados hablar
con los periodistas. ¿Vía errónea, porque lo expone a los ataques de la prensa?
¿Vía acertada, porque le ha redituado al menos dos días de presencia a plana
completa en todos los periódicos, lo que en precio de publicidad vale una
fortuna?
Los periodistas
parlamentarios, por su parte, afirman que en todos los casos de declaración
seguida de virulento desmentido, es el político el que verdaderamente ha hecho
esa media declaración para que la publicase el periódico, con objeto de poder
desmentirla un día después, lanzando mientras tanto un ballon d' essai y
haciendo llegar una insinuación o una señal de amenaza. Después de los cual
habría que preguntarle al cronista parlamentario víctima inocente del político
astuto: "¿Por qué lo permite?", "¿por qué no exige que lo
controlen y subraya el entrecomillado?". La respuesta es simple: en este
juego cada uno tiene algo que ganar y nada que perder. En la medida en que el
juego es vertiginoso, las declaraciones se suceden a diario, el lector pierde
la cuenta y olvida lo que se ha dicho. En compensación, el periódico resume la
noticia y el político logra la ventaja que se ha propuesto previamente.
Es un pactum sceleris a los
daños, al lector y a los ciudadanos, y es tan difuso y aceptado que se ha
vuelto una costumbre no de dación sino permítaseme de dicción ambiental. Como
todos los delitos, sin embargo, al final no paga: el precio, sea para la prensa
o para el político, la inadmisibilidad, y la reacción indiferente del lector.
Para volver la entrevista
más apetitosa, se ha agregado, como ya se decía, el cambio radical del lenguaje
político, el cual asumiendo la forma del debate y del altercado televisivo, ya
no es cuidadoso sino pintoresco e inmediato.
Por mucho tiempo nos
lamentamos de los políticos italianos que leían una parca y oscura declaración
sobre una hoja y admirábamos a esos políticos estadounidenses que frente al
micrófono, con las manos en los bolsillos, parecían hablar espontáneamente, improvisando
e incluso salpicando el discurso con ingeniosas ocurrencias. Y bien, no era
así: la mayor parte de ellos había seguido cursos en varios speech centers de
su universidad; seguía y sigue reglas de una oratoria aparentemente
improvisada, pero en cambio controlada hasta el milímetro; decía y dice
ocurrencias registradas en manuales especializados o preparadas en la noche por
ghost writers
Tomado de la oratoria
curial de la primera República, el político de la segunda improvisa realmente;
habla de un modo más comprensible, pero a menudo incontrolado. No es necesario
decir que para los periódicos, especialmente si han decidido volverse semanales,
esto es maná, para usar una frase hecha. Me perdonarán la comparación
irreverente, pero el mecanismo psicológico normal en la hostería de pueblo es
que, si alguno que ha empinado demasiado el codo suelta una indiscreción, todo
el auditorio hará lo posible para animarlo y llevarlo más allá del límite.
Esta es la dinámica de la
provocación que se establece en el talk show y es la misma que se instaura
entre cronista y político. La mitad de los fenómenos que hoy estamos definiendo
como "envenenamiento de la lucha política" proviene de esta dinámica
incontrolable. He dicho, ciertamente, que en el torbellino los lectores olvidan
la declaración específica, pero lo que se vuelve costumbre es el tono del
debate, el convencimiento de que todo está permitido
La prensa habla de la
prensa
En esta afanosa caza de
declaraciones, sucede cada vez más que la prensa habla solamente de la otra
prensa. Es cada vez más frecuente en el periódico A el artículo que anuncia una
entrevista que aparece al día siguiente en el periódico B. Es cada vez más
frecuente la carta que desmiente haber dado nunca una declaración al diario A,
a la que sigue la respuesta del periodista que afirma haber leído la
declaración en una entrevista en el periódico B, sin preocuparse de si B no
sustrajo indirectamente la noticia del periódico C. Colecciono un dossier sobre
el argumento y no me pidan que lo muestre.
Entonces, cuando no habla
de televisión, la prensa habla de sí misma; ha aprendido de la televisión, que
habla bastante de televisión.
En lugar de suscitar una
preocupada indignación, esta situación anómala hace el juego al político, que
encuentra útil que de cada declaración suya en un solo medio se haga eco la
caja de resonancia de todos los otros medios unidos. Así, los mass media, de
ventana al mundo, se transforma en espejo, los espectadores y los lectores
miran un mundo político que a su vez se mira a sí mismo, como la reina de
Blancanieves.
L'Espresso ha lanzado a
menudo campañas que han hecho época. Piénsese en el célebre e inicial
"Capital corrupta, nación infecta". Pero, ¿cuál era la técnica de
esta campaña? Tengo en casa sólo un año completo de L'Espresso, de 1965, y el
otro día lo estuve hojeando. Del número 1 al 7, los artículos van de la
política a la moda, sin revelaciones extraordinarias. En el número 7 aparece
una investigación de Jannuzzi, "La cedular de San Pedro", donde se
acusa al Vaticano de haber sustraído en tres años 40 mil millones al fisco, con
el consenso del gobierno italiano. Estamos en periodo de sesiones, se está
discutiendo de nuevo el artículo 7 de la Constitución, el tema es candente. En
el número 8 no se retoma el tema fiscal. Aparece en cambio un servicio sobre Il
Vicario de Hochhut, cuya representación había sido bloqueada por la jefatura de
policía de Roma, con comentarios de Scalfari y un artículo no firmado de
indiscreciones sobre el Concilio. Sin que el lector se dé cuenta al primer
golpe, el tema de Il Vicario se retoma en la sección teatral de Sandro De Feo.
En el número 9 cae la polémica, pero del 9 al 13 tenemos un monitoreo, un largo
servicio de Camila Cederna sobre los entretelones del Concilio
Es hasta el número 13 y
estamos a dos meses después que un artículo de Livio Zanetti abre el problema
político de las discusiones sobre la revisión del Concordato y sólo al final
del artículo el problema se liga al de los presuntos fraudes fiscales del Vaticano.
Se regresa al tema en el número 14, no en primera plana. En el número 15
Falconi explora los casos de los curas rebeldes y de la iglesia de Barbiana, en
el número 16 un editorial en primera plana habla del peso político de una
visita de Nenni al Vaticano con la pregunta: ¿sabrá el Estado italiano hacer
valer sus derechos? En el número 18 inicia una nueva indagación, sobre los
misterios de la magistratura.
El periódico tenía
evidentemente su estrategia, sabía que no podía gritar "el lobo, el
lobo" todas las semanas, dosificaba los tonos y las noticias, dejaba que
el lector, poco a poco, se formara una opinión, hacía sentir a la clase
política el peso de una atención discreta pero constante, dejando entender que,
en caso de necesidad, podría volver al descubierto.
¿Podría un semanario
comportarse actualmente de la misma manera? No.
En primer lugar, L'Espresso
de entonces se dirigía, por su tiraje y su presentación gráfica, a la clase
dirigente; hoy sus lectores han aumentado al menos cinco veces; ya no puede
seguir la técnica de la insinuación sutil, progresiva, gradual.
En segundo lugar, hoy la
exclusiva inicial el primer artículo del número 7 sería inmediatamente retomada
y ampliada por el resto de la prensa y de los otros media y para poder retomar
el tema el semanario debería inmediatamente subir el tiraje, encontrar noticias
más explosivas a costa de inflar datos no suficientemente comprobados.
En tercer lugar, en el
mundo político y en sus apariciones en la televisión, el tema habría alcanzado
el nivel del altercado; el objeto de la noticia ya no sería el hecho de que
existe sospecha de fraude fiscal, o un problema de Concordato, sino la pintoresca
confrontación que se ha dado sobre ese problema y el semanario hablaría
solamente de cómo otros periódicos o noticieros televisivos enfrentan la
cuestión.
Finalmente, en cuarto
lugar, entre los elementos de transformación de la prensa, no podemos dejar de
considerar el nuevo comportamiento de la magistratura. La prensa intervenía
allí donde las fuerzas políticas callaban y la magistratura no veía. Después de
Manos Limpias, la magistratura ha conseguido tal intensidad en la denuncia, a
todos los niveles, que a la prensa le queda muy poco por descubrir. No le queda
sino repetir (o anticipar, en una frenética carrera hacia la indiscreción) las
denuncias que parten del Palacio de Justicia, o cambiar de juego y denunciar a
la magistratura, pero también allí a la zaga de la televisión. El juego de las
partes se convulsiona.
Si en un tiempo un
periódico debía enviar sus propios espías a los pasillos de los palacios
romanos para arrebatar alguna cautelosa declaración a personas que sabían, hoy
debe, eventualmente, procurarse alguien que le proporcione, no solicitados,
sabrosos dossier de quien, si no se controla la autenticidad, se convierte en
amplificador truculento, perdiendo credibilidad. Es decir, que debe jugar a la
defensiva, parar golpes que vienen de afuera. No quisiera ser pesimista, pero
se corre el riesgo de que quede Pecorelli (que jugaba a medio camino entre
acontecimientos, mundo político, servicios y periodismo) por encima de Arrigo
Benedetti (que pensaba en el periodismo como un cuarto poder autónomo)
La prensa incómoda. Inicios
de cambio
En cuanto a la exclusiva,
no es que en otras partes las cosas sean diferentes de como son en Italia, y
Francia ha lamentado recientemente que la carrera por la exclusiva a cualquier
costo haya violado la más celosa intimidad del Presidente de la República.
Cuáles serán las consecuencias de esta carrera por la exclusiva, lo dice una
comparación entre el caso Nixon y el caso Clinton.
Antes de la investigación
del Washington Post sobre Watergate, no hubo jamás ataques, que no fueran
políticos, a la Presidencia y a su honorabilidad. Si consideramos en sí la
entidad del dolo, Nixon hubiera salido fácilmente acusando a los colaboradores demasiado
diligentes. Pero ha cometido el error de decir una mentira. A ese punto la
campaña periodística ha señalado el hecho de que el Presidente de Estados
Unidos había mentido y Nixon cayó finalmente, no porque fuera indirectamente
culpable de espionaje, sino por ser reo del embuste. Quiero decir que la
elección fue precisa, puntual, calibrada y justo por eso eficaz.
Lo que hace la campaña
contra Clinton más débil y desarticulada es que ahora ya aparece una exclusiva
por día, y a más de hacerlo no vacila en atribuir a Clinton e
Hillary cualquier falta, de
la especulación inmobiliaria a la alimentación del gato con dinero del Estado.
Es demasiado. La opinión pública está confundida, y permanece fundamentalmente
escéptica. El resultado, también allá, es el envenenamiento de la lucha
política: ahora se sustituye un líder sólo si se logra meterlo a la cárcel
¿Qué hacer?
Para sustraerse a estas
condiciones quedan a la prensa dos caminos, ambos difíciles, porque incluso los
diarios extranjeros que hasta ahora los han practicado deben de alguna manera
transformarse para adaptarse a los nuevos tiempos.
La primera es la que llamo
la "vía fidjiana". En 1990 estuve durante casi un mes en las islas
Fidji y el año pasado casi un mes en el Caribe. Podía leer, en aquellas
islitas, solamente el diario local: ocho o 12 páginas, la mayor parte publicidad
de restaurantes, noticias de carácter local y el resto de agencias. Bien,
estaba en las islas Fidji cuando explotó la crisis del Golfo, y en el Caribe
cuando en Italia se discutía el caso del decreto Biondi, y me mantuve al
corriente de todos los hechos esenciales. Estos periódicos paupérrimos,
trabajando sólo con servicios de agencias, lograban dar en pocas líneas las
noticias más importantes del día anterior. A esa distancia comprendía que
aquello de lo que los periódicos no hablaban no era tan importante.
La vía fidjiana. Seguir la
"vía fidjiana" implica naturalmente, para un periódico, una tremenda
merma en sus ventas. Se convertiría en un boletín para una élite como la que
lee el boletín de la bolsa; porque para comprender el peso de una noticia dada
en forma esencial se necesita un ojo educado. Sería, sin embargo, una fatalidad
incluso para la vida política, que perdería la función crítica de la prensa, su
aguijón. Los políticos superficiales podrían pensar que a este punto les
bastaría la televisión: pero la televisión, como toda forma de espectáculo,
acaba. Fanfani sobrevivió más tiempo que Nilla Pizzi. Una clase política crece
y madura también a través de una confrontación amplia, tranquila y reflexiva,
como sólo lo puede permitir la relación con la prensa.
La clase política es la
primera que tiene todo que perder (aferrando sólo alguna ventaja de breve
alcance: pocos, malditos y rápido), de una prensa diaria totalmente
semanalizada y sometida a la televisión.
La atención prolongada. La
otra vía sería aquella que he definido, al principio, como la atención
prolongada: el diario renuncia a convertirse en un semanario de variedades y se
vuelve una austera y confiable mina de noticias de lo que ocurre en el mundo;
es decir, no hablará del golpe de Estado ocurrido ayer en un país del Tercer
Mundo sino que dedicará a los acontecimientos de ese país una atención
continua, aun cuando los hechos por venir estuvieran en incubación, logrando
explicar al lector por qué (por cuáles intereses económicos o políticos,
incluso nacionales) se debía prestar atención a cuanto ocurría. Sin embargo,
este tipo de prensa cotidiana requiere de una lenta educación del lector. Hoy
en Italia un diario, antes de llegar a educar en ese sentido a los propios
lectores, los habría perdido. Incluso el New York Times, que tenía lectores
educados y funcionaba en Nueva York con un régimen prácticamente monopólico,
enfrenta ahora al muy coloreado y más ligero USA Today que le roba mercado.
Podría suceder también otra
cosa. Con el desarrollo de la telemática y de la televisión interactiva, pronto
cada uno de nosotros podría componer e incluso imprimir en casa con el
telecomando, el propio diario esencial, escogiendo de una gran cantidad de fuentes
El diario telemático
Podrían morir los diarios,
no los editores de diarios que venderían informaciones con costos reducidos.
Sin embargo, el periódico hecho en casa podría decir solamente aquello en lo
que el usuario está ya interesado de antemano y lo alejaría de un flujo de
informaciones, juicios y alarmas que habían podido reclamar su atención; le
quitaría la posibilidad de atrapar, hojeando el resto del periódico, la noticia
inesperada y no deseada. Tendríamos una élite de usuarios informadísimos, que
saben dónde y cuándo buscar la noticia, y una masa de subproletarios de la
información, satisfechos con saber solamente que en los alrededores nació un
becerro con dos cabezas: es lo que ya sucede en los diarios del Middle West
estadounidense.
También en este caso sería
una desgracia para los políticos, obligados a replegarse a la televisión; se
tendría un régimen de república plebiscitaria, donde los electores
reaccionarían solamente a las emociones del momento, transmisión por
transmisión, como se suele decir, en el tiempo real. A alguien le puede parecer
una situación ideal, pero hay que tener cuidado, pues en tal caso no sólo el
hombre político sino los propios grupos y movimientos tendrían la vida breve de
una modelo
¿Un futuro Internet?
Queda abierto un futuro
Internet y políticos como Al Gore lo comprendieron desde hace tiempo. Entonces
la información se difunde por innumerables canales autónomos, el sistema es
acéfalo e incontrolable; cada uno discute con los otros, no sólo reacciona emotivamente
al sondeo en el tiempo real, sino que dirige mensajes incluso profundizados que
descubre poco a poco, relaciones y discusiones entretejidos más allá de lo que
es la dialéctica parlamentaria o la vetusta polémica periodística. Pero, ¿qué
sucedería, al menos por algunos años?
Ante todo, las redes
telemáticas seguirán siendo un instrumento para una élite culturizada y joven,
no para el ama de casa católica, no para el marginado al que se dirige
Refundación Comunista, no para el pensionado al que convoca el PDI (Partido
Democrático de Izquierda, ex PCI), no para la señora burguesa que se manifiesta
por el Polo (se refiere al llamado Polo de la Libertad, coalición de partidos
de derecha. N. del T.).
En segundo lugar, no se ha
dicho que estas redes puedan realmente permanecer acéfalas, sustraídas de todo
control de las alturas, porque estamos ya en una situación de congestionamiento
y mañana un Gran Hermano podría controlar los canales de acceso, ¡y entonces,
olvídense de la par condicio!
En tercer lugar, la
enormidad de informaciones que permiten estas redes podría llevar a una censura
por exceso. El New York Times del domingo contiene realmente all the news
that's fit to print, todo lo que vale la pena publicar, y no se diferencia
mucho del Pravda de los tiempos de Stalin porque, dado que no es posible leerlo
todo en siete días, es como si las noticias que ofrece fueran censuradas;
demasiadas noticias, ninguna noticia. El exceso de información lleva a
criterios casuales de destrucción o a cuidadas selecciones permitidas, de
nuevo, a una élite educadísima
Función fundamental
¿Cómo concluir? Considero
que la prensa, en el sentido tradicional del diario y del semanario hechos de
papel, que se consiguen voluntariamente en el quiosco, tiene aún una función
fundamental, no sólo por la evolución civil de un país, sino también
para nuestra satisfacción y
por el placer de estar acostumbrados, desde hace siglos, a considerar con Hegel
la lectura de los diarios como la plegaria matutina del hombre moderno.
Pero así como van las
cosas, la prensa italiana manifiesta en sus propias columnas una incomodidad de
la que es consciente, sin saber cómo salir de ella. Ya que las alternativas
como hemos visto son difíciles de intentar, es necesario que inicie una lenta
transformación a la cual el mundo político no puede permanecer ajeno.
Para comenzar, ocurre a
menudo que un hombre político envíe a un periódico un artículo que aparece bajo
la leyenda: "recibimos y publicamos con mucho gusto". Es un modo de
contribuir a la reflexión, de asumir la responsabilidad de las propias declaraciones.
Que pida el político que se le permita revisar cada entrevista y que suscriba
el entrecomillado. Aparecerá menos en los periódicos, pero cuando lo haga será
tomado en serio. Ganarán ventaja también los periódicos, que no se verán
condenados a registrar solamente golpes de humor arrancados entre uno y otro
café.
¿Cómo llenará la prensa
estos vacíos? Tal vez buscando otras noticias en el resto del mundo, que no es
el pequeño cuadrado entre Montecitorio y el Palazzo Madama, cuadrado que a
millones de personas no les importa en absoluto. Y también se trata de millones
de personas que deben importarnos, de las que la prensa debe hablar más, no
sólo porque miles de nuestros conciudadanos construyen algo con ellos, sino
porque de su crecimiento o de su crisis depende el futuro de nuestra sociedad,
y querría decir de la sociedad europea, sometida a flujos no ya inmigratorios
sino migratorios de alcance histórico.
Esta es una invitación
tanto para la prensa como para el mundo político, a mirar más al mundo y menos
al espejo.
Texto leído por Umberto Eco
en un seminario promovido por la presidencia del Senado, en Italia, a fines de
enero de 1995 y publicado originalmente en L'Unità, febrero de 1995. etcétera,
en su primera época, lo reprodujo en junio de ese año.


Publicar un comentario