© Libro No. 430. Antes Del Fin. Sábato, Ernesto. Colección Emancipación Obrera.
Junio 8 de 2013.
Título
original: © Ernesto
Sábato. Antes Del Fin
Versión Original: © Ernesto Sábato. Antes Del Fin
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros
Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada e Ilustración E.O. de Imagenes:
Ernesto Sabato, Antes del fin.
Memorias. www.analitica.com
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Ernesto Sabato
Antes Del Fin
A la memoria
de mi madre,
de Matilde,
de Jorge Federico
Ernesto Sabato
Antes Del Fin
Palabras preliminares
I
Primeros tiempos y
grandes decisiones
II
Quizá sea el fin
III
El dolor rompe el
tiempo
Epílogo
Pacto entre derrotados
Palabras preliminares
Vengo acumulando
muchas dudas, tristes dudas sobre el contenido de esta especie de testamento
que tantas veces me han inducido a publicar; he decidido finalmente hacerlo. Me
dicen: “Tiene el deber de terminarlo, la gente joven está desesperanzada,
ansiosa y cree en usted; no puede defraudarlos”. Me pregunto si merezco esa
confianza, tengo graves defectos que ellos no conocen, trato de expresarlo de
la manera más delicada, para no herirlos a ellos, que necesitan tener fe en
algunas personas, en medio de este caos, no sólo en este país sino en el mundo
entero. Y la manera más delicada es decirles, como a menudo he escrito, que no
esperen encontrar en este libro mis verdades más atroces; únicamente las
encontrarán en mis ficciones, en esos bailes siniestros de enmascarados que,
por eso, dicen o revelan verdades que no se animarían a confesar a cara
descubierta. También los grandes carnavales de otros tiempos eran como un
vómito colectivo, algo esencialmente sano, algo que los dejaba de nuevo aptos
para soportar la vida, para sobrellevar la existencia, y hasta he llegado a
pensar que si Dios existe, está enmascarado.
Sí, escribo esto
sobre todo para los adolescentes y jóvenes, pero también para los que, como yo,
se acercan a la muerte, y se preguntan para qué y por qué hemos vivido y
aguantado, soñado, escrito, pintado o, simplemente, esterillado sillas. De este
modo, entre negativas a escribir estas páginas finales, lo estoy haciendo
cuando mi yo más profundo, el más misterioso e irracional, me inclina a
hacerlo. Quizás ayude a encontrar un sentido de trascendencia en este mundo
plagado de horrores, de traiciones, de envidias; desamparos, torturas y
genocidios. Pero también de pájaros que levantan mi ánimo cuando oigo sus
cantos, al amanecer; o cuando mi vieja gatita viene a recostarse sobre mis
rodillas; o cuando veo el color de las flores, a veces tan minúsculas que hay
que observarlas desde muy cerca.
Modestísimos mensajes
que la Divinidad nos da de su existencia. Y no sólo a través de las inocentes
criaturas de la naturaleza sino, también, encarnada en esos héroes anónimos
como aquel pobre hombre que, en el incendio de una villa miseria, tres veces entró
a una casilla de chapas donde habían quedado encerrados unos chiquitos —que los
padres habían dejado para ir al trabajo— hasta morir en el último intento.
Mostrándonos que no todo es miserable, sórdido y sucio en esta vida, y que ese
pobre ser anónimo, al igual que esas florcitas, es una prueba del Absoluto.
I
Primeros tiempos
y grandes decisiones
Como un exiliado
camino por las
callejuelas
de la ciudad más
antigua,
la primera en nacer.
Mi alma va delante de
mí,
vacilante y ansiosa.
¿Qué la perturba?
¿Su abandono o su
búsqueda
de una nueva morada?
Allí estoy,
sonámbula,
huérfana y vencida.
Añoro la playa y las
altas colinas
y aquella barca azul
que cerca de la costa
está esperándome.
MATILDE KUSMINSKY-RICHTER
Me acabo de levantar,
pronto serán las cinco de la madrugada; trato de no hacer ruido, voy a la
cocina y me hago una taza de té, mientras intento recordar fragmentos de mis
semisueños, esos semisueños que, a estos ochenta y seis años, se me presentan
intemporales, mezclados con recuerdos de la infancia. Nunca tuve buena memoria,
siempre padecí esa desventaja; pero tal vez sea una forma de recordar
únicamente lo que debe ser, quizá lo más grande que nos ha sucedido en la vida,
lo que tiene algún significado profundo, lo que ha sido decisivo —para bien y
para mal— en este complejo, contradictorio e inexplicable viaje hacia la muerte
que es la vida de cualquiera. Por eso mi cultura es tan irregular, colmada de
enormes agujeros, como constituida por restos de bellísimos templos de los que
quedan pedazos entre la basura y las plantas salvajes. Los libros que leí, las
teorías que frecuenté, se debieron a mis propios tropiezos con la realidad.
Cuando me detienen
por la calle, en una plaza o en el tren, para preguntarme qué libros hay que
leer, les digo siempre: “Lean lo que les apasione, será lo único que los
ayudará a soportar la existencia”.
Por eso descarté el
título de Memorias y también el de Memorias de un desmemoriado, porque me
pareció casi un juego de palabras, inadecuado para esta especie de testamento,
escrito en el período más triste de mi vida. En este tiempo en que me siento un
desvalido, al no recordar poemas inmortales sobre el tiempo y la muerte que me
consolarían en estos años finales.
En el pueblo de campo
donde nací, antes de irnos a dormir, existía la costumbre de pedir que nos
despertaran diciendo: “Recuérdenme a las seis”. Siempre me asombró aquella
relación que se hacía entre la memoria y la continuación de la existencia.
La memoria fue muy
valorada por las grandes culturas, como resistencia ante el devenir del tiempo.
No el recuerdo de simples acontecimientos, tampoco esa memoria que sirve para
almacenar información en las ahora computadoras: hablo de la necesidad de cuidar
y transmitir las primigenias verdades.
En las comunidades
arcaicas, mientras el padre iba en busca de alimento y las mujeres se dedicaban
a la alfarería o al cuidado de los cultivos, los chiquitos, sentados sobre las
rodillas de sus abuelos, eran educados en su sabiduría; no en el sentido que le
otorga a esta palabra la civilización cientificista, sino aquella que nos ayuda
a vivir y a morir; la sabiduría de esos consejeros, que en general eran
analfabetos, pero, como un día me dijo el gran poeta Senghor, en Dakar: “La
muerte de uno de esos ancianos es lo que para ustedes sería el incendio de una
biblioteca de pensadores y poetas”. En aquellas tribus, la vida poseía un valor
sagrado y profundo; y sus ritos, no sólo hermosos sino misteriosamente
significativos, consagraban los hechos fundamentales de la existencia: el
nacimiento, el amor, el dolor y la muerte.
En torno a penumbras
que avizoro, en medio del abatimiento y la desdicha, como uno de esos ancianos
de tribu que, acomodados junto al calor de la brasa, rememoran sus antiguos
mitos y leyendas, me dispongo a contar algunos acontecimientos, entremezclados,
difusos, que han sido parte de tensiones profundas y contradictorias, de una
vida llena de equivocaciones, desprolija, caótica, en una desesperada búsqueda
de la verdad.
23
Me llamo Ernesto,
porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan
Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre
siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. “Aquel niño no era
para este mundo”, decía. Creo que nunca la vi llorar —tan estoica y valiente
fue a lo largo de su vida— pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía
noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al
remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones,
lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella
tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa
de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya
que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos
pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se
me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar,
aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla
en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien
—no lo puedo precisar— que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho
tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde
dormíamos con Arturo, mi hermano menor y, sin tropezar jamás ni despertarme,
iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego, volvía a mi
cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor
conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza —¡tanto
sufrió por mí!—, con voz apenas audible: “Anoche te levantaste y me pediste
agua”, yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo
muchos años mas tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios
secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni
yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado
de la convivencia espartana, regida por mi padre.
La tierra de mi
infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida
por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba
prohibido hacerlo y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a
ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para
protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó
aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana
contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
De alguna manera,
nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he
vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: seré siempre el que esperó a
que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta.
Y así, de una u otra
forma, necesité compasión y cariño.
Cuando me enviaron
desde mi pueblo al Colegio Nacional de La Plata para hacer el secundario, en el
instante en que me pusieron en el ferrocarril, sentí resquebrajarse el suelo
incierto sobre el cual me movía, pero al que aún le aguardaban peores hundimientos.
Durante un tiempo, seguí soñando con aquella madre que veía entre lágrimas,
mientras me alejaba hacia qué infinita soledad. Y cuando la vida había marcado
ya en mi rostro las desdichas, cuántas veces, en un banco de plaza,
apesadumbrado y abatido, he esperado nuevamente un tren de regreso.
Camino por la
Costanera Sur contemplando el portentoso río que, en el crepúsculo del siglo
pasado, cruzaron miles de españoles, italianos, judíos, polacos, albaneses,
rusos, alemanes, corridos por el hambre y la miseria. Los grandes visionarios
que entonces gobernaban el país, ofrecieron esa metáfora de la nada que es
nuestra pampa a “Todos los hombres de buena voluntad”, necesitados de un hogar,
de un suelo en que arraigarse, dado que es imposible vivir sin patria, o
Matria, como pretería decir Unamuno, ya que es la madre el verdadero fundamento
de la existencia. Pero en su mayoría, esos hombres encontraron otro tipo de
pobreza, causada por la soledad y la nostalgia, porque mientras el barco se
alejaba del puerto, con el rostro surcado por lágrimas, veían cómo sus madres,
hijos, hermanos, se desvanecían hacia la muerte, ya que nunca los volverían a
ver.
De ese irremediable
desconsuelo nació la más extraña canción que ha existido, el tango. Una vez el
genial Enrique Santos Discépolo, su máximo creador, lo definió como un
pensamiento triste que se baila. Artistas sin pretensiones, con los
instrumentos que les venían a mano, algún violín, una flauta, una guitarra,
escribieron una parte fundamental de nuestra historia sin saberlo. ¿Qué
marinero, desde algún puerto germánico, trajo entre sus manos el instrumento
que le daría su sello más hondo y dramático: el bandoneón? Creado para servir a
Dios por las calles, en canciones religiosas de los servicios luteranos, aquel
instrumento humilde encontró su destino a miles de leguas. Con el bandoneón,
sombrío y sagrado, el hombre pudo expresar sus sentimientos más profundos.
Cuántos de esos
inmigrantes seguirían viendo sus montañas y sus ríos, separados por la pena y
por los años, desde esta inmensa factoría caótica, esta ciudad levantada sobre
el puerto, y ahora convertida en un desierto de amontonadas soledades.
Y al caminar por este
terrible Leviatán, por las costas que por primera vez divisaron aquellos
inmigrantes, creo oír el melancólico quejido del bandoneón de Troilo.
Cuando la desdicha y
el furor de Buenos Aires
hacen sentir más la
soledad,
busco un suburbio en
el crepúsculo, y entonces,
a través de un brumoso territorio de medio
siglo
enriquecido y
devastado por el amor y el desengaño,
miro hacia aquel niño
que fui en otro tiempo.
Melancólicamente me
recuerdo
sintiendo las
primeras gotas de una lluvia
en la tierra reseca
de mis calles sobre los techos de zinc
“que llueva que
llueva la vieja está en la cueva”
hasta que los pájaros
cantaban y corríamos descalzos
a largar los
barquitos de papel.
Tiempo de las cintas
de Tom Mix
y de las figuritas de colores,
de Tesorieri, Mutis y
Bidoglio,
tiempos de las
calesitas a caballo,
de los manises
calientes en las tardes
invernales
de la locomotora
chiquita y su silbato.
Mundo que apenas
entrevemos cuando
estamos muy solos
en este caos del
ruido y del cemento
ya sin lugar para los
patios con glicinas
y claveles.
Entre esa multitud de
colonizadores, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar
esta “Tierra de promisión”, que se extendía más allá de sus lágrimas.
Mi padre descendía de
montañeses italianos, acostumbrados a las asperezas de la vida, en cambio mi
madre, que pertenecía a una antigua familia albanesa, debió soportar las
carencias con dignidad.
Juntos se instalaron
en Rojas que, como gran parte de los viejos pueblos de la pampa, fue uno de los
tantos fortines que levantaron los españoles y que marcaban la frontera de la
civilización cristiana.
Recuerdo a un viejo
indio que me contaba anécdotas de sangrientas luchas y de malones, que trenzaba
sus tientos con paciencia y que, cuando le dijeron que transmitirían por una
radio a galena la pelea de Firpo con Dempsey, contestó “cuando más cencia más
mandinga”.
En este pueblo
pampeano mi padre llegó a tener un pequeño molino harinero. Centro de
candorosas fantasías para el niño que entonces yo era, cuando los domingos
permanecía en el taller haciendo cositas en la carpintería, o subíamos con
Arturo a las bolsas de trigo, y a escondidas, como si fuera un misterioso
secreto, pasábamos la tarde comiendo galletitas.
Mi padre era la
autoridad suprema de esa familia en la que el poder descendía jerárquicamente
hacia los hermanos mayores. Aún me recuerdo mirando con miedo su rostro surcado
a la vez de candor y dureza. Sus decisiones inapelables eran la base de un
férreo sistema de ordenanzas y castigos, también para mamá. Ella, que siempre
fue muy reservada y estoica, es probable que a solas haya sufrido ese carácter
tan enérgico y severo. Nunca la oí quejarse y, en medio de esas dificultades,
debió asumir la ardua tarea de criar once hijos varones.
La educación que
recibimos dejó huellas tristes y perdurables en mi espíritu. Pero esa
educación, a menudo durísima, nos enseñó a cumplir con el deber, a ser
consecuentes, rigurosos con nosotros mismos, a trabajar hasta terminar
cualquier tarea empezada. Y si hemos logrado algo, ha sido por esos atributos
que ásperamente debimos asimilar.
La severidad de mi
padre, en ocasiones terrible, motivó, en buena medida, esa nota de fondo de mi
espíritu, tan propenso a la tristeza y a la melancolía. Pero también fue el
origen de la rebeldía en dos de mis hermanos que huyeron de casa: Humberto, de
quien luego hablaré, y Pepe, llamado en nuestro pueblo “el loco Sabato”, que
acabó yéndose con un circo, para deshonra de mi familia burguesa. Decisión que
entristeció a mi madre, pero que ella sobrellevó con el estoicismo que mantuvo
hasta su vejez, cuando a los noventa años, luego de largos padecimientos, murió
serenamente en su cama en brazos de Matilde.
Mi hermano Pepe tuvo
pasión por el teatro y actuaba en los conjuntos pueblerinos que se llamaban
“Los treinta amigos unidos” y, cuando en el cine-teatro La Perla, se ponían en
escena sainetes criollos, él siempre conseguía algún papel, por pequeño que fuese.
En su cuarto tenía toda la colección de Bambalinas que se editaba en Buenos
Aires con tapas de colores, donde además de esos sainetes se publicaban obras
de Ibsen y una, que aún recuerdo, de Tolstoi. Toda esa colección fue devorada
por mí antes de los doce años, marcando fuertemente mi vida, ya que siempre me
apasionó el teatro, y aunque escribí varias obras, nunca salieron de mis
cajones.
Debajo de la aspereza
en el trato, mi padre ocultaba su lado más vulnerable, un corazón cándido y
generoso. Poseía un asombroso sentido de la belleza, tanto que, cuando debieron
trasladarse a La Plata, él mismo diseñó la casa en que vivimos. Tarde descubrí
su pasión por las plantas, a las que cuidaba con una delicadeza para mí hasta
entonces desconocida. Jamás lo he visto faltar a la palabra empeñada, y con los
años, admiré su fidelidad hacia los amigos. Como fue el caso de don Santiago,
el sastre que enfermó de tuberculosis. Cuando el doctor Helguera le advirtió
que la única posibilidad de sobrevivir era irse a las sierras de Córdoba, mi
padre lo acompañó en uno de esos estrechos camarotes de los viejos
ferrocarriles, donde el contagio parecía inevitable.
Recuerdo siempre esta
actitud que define su devoción por la amistad y que supe valorar varios años
después de su muerte, como suele ocurrir en esta vida que, a menudo, es un
permanente desencuentro. Cuando se ha hecho tarde para decirle que lo queremos
a pesar de todo y para agradecerle los esfuerzos con que intentó prevenirnos de
las desdichas que son inevitables y, a la vez, aleccionadoras.
Porque no todo era
terrible en mi padre, y con nostalgia entreveo antiguas alegrías, como las
noches en que me tenía sobre sus rodillas y me cantaba canciones de su tierra,
o cuando por las tardes, al regresar del juego de naipes en el Club Social, me
traía Mentolina, las pastillas que a todos nos gustaban.
Desgraciadamente, él
ya no está y cosas fundamentales han quedado sin decirse entre nosotros; cuando
el amor es ya inexpresable, y las viejas heridas permanecen sin cuidado.
Entonces descubrimos la última soledad: la del amante sin el amado, los hijos
sin sus padres, el padre sin sus hijos.
Hace muchos años fui
hasta aquella Paola de San Francesco donde un día se enamoró de mi madre;
entreviendo su infancia entre esas tierras añoradas, mirando hacia el
Mediterráneo, incliné la cabeza y mis ojos se nublaron.
A medida que nos
acercamos a la muerte, también nos inclinamos hacia la tierra. Pero no a la
tierra en general sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo pero tan querido, tan
añorado pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia. Y porque allí dio
comienzo el duro aprendizaje, permanece amparado en la memoria.
Melancólicamente rememoro ese universo remoto y lejano, ahora condensado en un
rostro, en una humilde plaza, en una calle.
Siempre he añorado
los ritos de mi niñez con sus Reyes Magos que ya no existen más. Ahora, hasta
en los países tropicales, los reemplazan con esos pobres diablos disfrazados de
Santa Claus, con pieles polares, sus barbas largas y blancas, como la nieve de
donde simulan que vienen. No, estoy hablando de los Reyes Magos que en mi
infancia, en mi pueblo de campo, venían misteriosamente cuando ya todos los
chiquitos estábamos dormidos, para dejarnos en nuestros zapatos algo muy
deseado; también en las familias pobres, en que apenas dejaban un juguete de
lata, o unos pocos caramelos, o alguna tijerita de juguete para que una nena
pudiera imitar a su madre costurera, cortando vestiditos para una muñeca de
trapo.
Hoy a esos Reyes
Magos les pediría sólo una cosa: que me volvieran a ese tiempo en que creía en
ellos, a esa remota infancia, hace mil años, cuando me dormía anhelando su
llegada en los milagrosos camellos, capaces de atravesar muros y hasta de pasar
por las hendiduras de las puertas —porque así nos explicaba mamá que podían
hacerlo—, silenciosos y llenos de amor. Esos seres que ansiábamos ver,
tardándonos en dormir, hasta que el invencible sueño de todos los chiquitos
podía más que nuestra ansiedad. Sí, querría que me devolvieran aquella espera,
aquel candor. Sé que es mucho pedir, un imposible sueño, la irrecuperable magia
de mi niñez con sus navidades y cumpleaños infantiles, el rumor de las
chicharras en las siestas de verano. Al caer la tarde, mamá me enviaría a la
casa de Misia Escolástica, la Señorita Mayor; momentos del rito de las
golosinas y las galletitas Lola, a cambio del recado de siempre: “Manda decir
mamá que cómo está y muchos recuerdos”. Cosas así, no grandes, sino pequeñas y
modestísimas cosas.
Sí, querría que me
devolvieran a esa época cuando los cuentos comenzaban “Había una vez...” y, con
la fe absoluta de los niños, uno era inmediatamente elevado a una misteriosa
realidad. O aquel conmovedor ritual, cuando llegaba la visita de los grandes circos
que ocupaban la Plaza España y con silencio contemplábamos los actos de magia,
y el número del domador que se encerraba con su león en una jaula ubicada a lo
largo del picadero. Y el clown, Scarpini y Bertoldito, que gustaba de los
papeles trágicos, hasta que una noche, cuando interpretaba Espectros, se
envenenó en escena mientras el público inocentemente aplaudía. Al levantar el
telón lo encontraron muerto, y su mujer, Angelita Alarcón, gran acróbata,
lloraba abrazando desconsoladamente su cuerpo.
Lo rememoro siempre
que contemplo los payasos que pintó Rouault: esos pobres bufones que, al
terminar su parte, en la soledad del carromato se quitan las lentejuelas y
regresan a la opacidad de lo cotidiano, donde los ancianos sabemos que la vida
es imperfecta, que las historias infantiles con Buenos y Malvados, Justicia e
Injusticia, Verdad y Mentira, son finalmente nada más que eso: inocentes
sueños. La dura realidad es una desoladora confusión de herniosos ideales y
torpes realizaciones, pero siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y
artistas, que en sus vidas y en sus obras alcanzan pedazos del Absoluto, que
nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades.
En la soledad de mi
estudio contemplo el reloj que perteneció a mi padre, la vieja máquina de coser
New Home de mamá, una jarrita de plata y el Colt que tenía papá siempre en su
cajón, y que luego fue pasado como herencia al hermano mayor, hasta llegar a
mis manos. Me siento entonces un triste testigo de la inevitable transmutación
de las cosas que se revisten de una eternidad ajena a los hombres que las
usaron. Cuando los sobreviven, vuelven a su inútil condición de objetos y toda
la magia, todo el candor, sobrevuela como una fantasmagoría incierta ante la
gravedad de lo vivido. Restos de una ilusión, sólo fragmentos de un sueño
soñado.
Adolescente sin luz,,
tu grave pena lloras,
tus sueños no
volverán,
corazón,
tu infancia ya
terminó.
La tierra de tu niñez
quedó para siempre
atrás
sólo podes recordar,
con dolor,
los años de su
esplendor.
Polvo cubre tu
cuerpo,
nadie escucha tu
oración,
tus sueños no
volverán,
corazón, tu infancia
ya terminó.
Al terminar la
escuela primaria de mi pueblo, en 1923, en medio del desgarramiento más hondo
de mi vida, mi hermano Pancho me llevó a La Plata para completar mis estudios.
Recuerdo la primera noche, con su enigmática madrugada en la casa de la calle
Pedro Echagüe, oyendo entre sueños un ruido inédito para mí, que a través de
las décadas se ha conservado como una imagen de mi tristeza infantil: el sonido
de los cascos de caballos y de las chatas por el empedrado. Remotísimos tiempos
en que no había jeans, cuando los chicos llevábamos pantaloncitos cortos y los
pantalones largos simbolizaban un terrible acontecimiento en nuestras vidas,
marcado por el orgullo y por la vergüenza.
Muchas veces, lloré
durante la noche en esa ciudad que luego llegó a estar tan entrañablemente
unida a mi destino. En los penosos días que precedieron al comienzo de las
clases, tuve uno de los dolores más grandes. Me había llevado al bosque una
paletita de lata, una humilde imitación de la paleta de un pintor, comprada por
mi hermano en la ferretería del pueblo. Tenía pastillas de acuarelas que para
mí eran un tesoro, con las que copiaba láminas de almanaques. Recuerdo una
troika en la nieve de una Rusia lejana y misteriosa.
Pregunté cómo ir
hasta el famoso bosque de La Plata y allí me fui con las acuarelas, un frasco
con agua, un par de pinceles y un cuaderno de hojas blancas. Me senté en el
pasto entre los enormes eucaliptos y empecé a pintar uno de esos troncos
descascarados, con sus cambiantes matices de verdes, ocres y marrones,
imbricados de una manera que me conmovía. Todo era plácido en aquella mañana y,
por el poder de la belleza, había olvidado mi melancolía. De pronto se produjo
un cataclismo: yo tenía menos de doce años y estaba solo, en una ciudad
desconocida, cuando sorpresivamente apareció un grupo de muchachones, de unos
quince años, que riéndose de mí, me arrebataron la paleta, pisotearon las
humildes pastillas de acuarela, me rompieron los pinceles y arrojaron lejos la
botellita con agua; riéndose, hasta que se fueron. Durante un tiempo que me
pareció infinito, yo permanecí sentado en el césped, mientras me caían las
lágrimas. Luego logré levantarme y volví lentamente hacia mi pensión, pero me
perdí y tuve que preguntar varias veces dónde estaba mi calle.
Cuando por fin
llegué, entré en mi cuartito y permanecí todo el día en la cama. Tiritaba como
si tuviese fiebre, o quizá la tuve.
He vuelto a la
Universidad de La Plata ¡después de tantos años! y se han despertado en mí
recuerdos olvidados, sentimientos que yacían en mi alma. En este colegio y en
esta ciudad, se echaron las raíces de todo lo que luego tuvo que ser. Porque el
tiempo transcurrido, las ciudades que más tarde recorrí por el mundo, no
pudieron borrar sus calles arboladas, estos tilos, estos plátanos. Pasaron los
años, pero una y otra vez vuelve a mi memoria esta ciudad, donde acontecieron
momentos importantes de mi vida. Donde nos conocimos con Matilde, donde
terminamos el bachillerato y luego la Universidad. Aquí nació nuestro hijo
Jorge Federico y aquí murieron también nuestros padres. En estos patios, en
este bosque a veces auspicioso, a veces melancólico, se forjaron las ideas
esenciales que me acompañaron en la vida.
La Universidad,
fundada por don Joaquín V. González, fue famosa en toda Hispanoamérica.
Asistían alumnos que venían de Colombia, de Perú, de Bolivia, de Guatemala,
quienes creaban sus propias colonias en caserones; una Universidad que contrató
en Europa hombres eminentes de ciencia y humanidades, como fue el caso de los
Schiller. Había nacido con una inspiración distinta, estaba formada por grandes
institutos científicos, organizados por notables hombres, como el astrónomo
Hartmann, con un nivel similar a los centros de Heidelberg o Goettingen. La
Universidad llegaba, verticalmente, hasta la enseñanza secundaria y primaria,
donde los chicos tenían hasta una imprenta propia.
¡Cómo añoro aquel
Colegio donde no se fabricaban profesionales!, donde el ser humano aún era una
integridad, cuando los hombres defendían el humanismo más auténtico, y el
pensamiento y la poesía eran una misma manifestación del espíritu. En el ex
libris de la Universidad, se hallaba escrita una frase de aquel noble
científico que fue Emil Bosse: “Toma la verdad y llévala por el mundo”; él era
uno de esos hombres que anhelaban ansiosos el espíritu puro, pero lo deponía o
lo postergaba para arremangarse y ensuciarse las manos forjando esta nación que
hoy es casi un doloroso desecho.
En la época en que
cursaba el primer año, supimos que tendríamos como profesor a un “mexicano” que
en rigor era puertorriqueño. Y se me cierra la garganta al recordar la mañana
en que vi entrar a la clase a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de
sus gestos que con palabra mesurada imponía una secreta autoridad: Pedro
Henríquez Ureña. Aquel ser superior, tratado con mezquindad y reticencia por
sus colegas, con el típico resentimiento de los mediocres, al punto que jamás
llegó a ser profesor titular de ninguna de las facultades de letras.
A él debo mi primer
acercamiento a los grandes autores, y su sabia admonición que aún recuerdo:
“Donde termina la gramática empieza el gran arte”. Porque no era partidario de
una concepción purista del lenguaje, por el contrario, estaba cerca de Vossler y
Humboldt, que consideraban el idioma como una fuerza viva en permanente
transformación. En años posteriores, junto con él y Raimundo Lida, tuvimos
largas conversaciones sobre estos temas en el Instituto de Filología, que por
ese entonces dirigía Amado Alonso.
Cuando alguna vez he
vuelto a viajar en tren, soñé con encontrar a ese profesor de mi secundaria,
sentado en algún vagón, con el portafolio lleno de deberes corregidos, como esa
vez —¡hace tanto!— cuando juntos en un tren, yo le pregunté, apenado de ver cómo
pasaba los años en tareas menores, “¿Por qué, Don Pedro, pierde tiempo en esas
cosas?” Y él, con su amable sonrisa, me respondió: “Porque entre ellos puede
haber un futuro escritor”.
¡Cuánto le debo a
Henríquez Ureña! Aquel hombre encorvado y pensativo, con su cara siempre
melancólica. Perteneció a una raza de intelectuales hoy en extinción, un
romántico a quien Alfonso Reyes llamó “testigo insobornable”, un hombre capaz
de atravesar la ciudad en la noche para socorrer a un amigo. Y por esa noble
concepción de la vida, por la comunión y el valor con que enfrentaba la
desdicha, paradójicamente, junto a aquel intelectual de mi secundaria me viene
a la memoria el rostro de mi hermano Humberto, aventurero que jamás realizó
estudios superiores, pero que fue admirado y respetado por todos los que lo
conocieron y que iban a consultarlo cuando se trataba de tomar una decisión
difícil.
Por eso, cuando la
enfermedad de Humberto se agravó, me entristeció enormemente que se lo engañara
diciéndole que era una simple infección, si en verdad todos sabíamos que se
trataba de un terrible cáncer de estómago. Ese hombre, tan admirado por su rectitud
y entereza, merecía saber y afrontar la verdad como solía hacerlo. Y entonces
tomé la dura decisión de hablar con él.
Jamás olvidaré el
silencio; aquellos ojos bien abiertos parecieron divisar el fin, sin
abatimiento, con esa serenidad que siempre lo había fortalecido. Encendió un
cigarrillo. No lloramos. No debíamos hacerlo. Tampoco pudimos abrazarnos; aún
nos pesaba sobre los hombros la mirada imperativa de nuestro padre.
Todos lloraron la
pérdida de Humberto, alguien que había sido, como dijo durante el entierro uno
de sus grandes amigos, “Nada menos que todo un hombre”.
Sí, querido hermano,
fuiste esa clase de hombres de la talla de Saint-Exupéry, quien luchó en su
avión contra la tempestad, junto con su telegrafista, unidos en el silencio,
por el peligro común pero también, por la esperanza. Esos hombres que
levantaron su altar en medio de la mugre, con su camaradería ante el fracaso y
la muerte.
Los conflictivos años
de mi secundaria, además del tiempo de dolorosas angustias, fueron también de
importantes descubrimientos.
El primer día de
clase aconteció una portentosa revelación. En un banco no demasiado visible,
asustado y solitario chico de un pueblo pampeano, vi a don Edelmiro Calvo,
aindiado caballero de provincia, alto y de porte distinguido, demostrar con
pulcritud el primer teorema. Quedé deslumbrado por ese mundo perfecto y
límpido. No sabía aún que había descubierto el universo platónico, ajeno a los
horrores de la condición humana; pero sí intuí que esos teoremas eran como
majestuosas catedrales, bellas estatuas en medio de las derruidas torres de mi
adolescencia.
Para apaciguar el
caos de mi alma volqué mis emociones y ansiedades en una serie de cuadernos,
diarios, que quemé cuando fui más grande. Por la angustia en que vivía, busqué
refugio en las matemáticas, en el arte y en la literatura, en grandes ficciones
que me pusieron al resguardo en mundos remotos y pasados. De la biblioteca del
colegio, tan vasta, y para mí inexplorada, aunque estaba sabiamente organizada,
leí siempre a tumbos, empujado por mis simpatías, ansiedades e intuiciones.
Recuerdo las
bibliotecas de barrio fundadas por hombres pobres e idealistas que, con grandes
esfuerzos, luego de todo un día de trabajo, aún tenían ánimo para atender
cariñosamente a los chicos, ansiosos de fantasías y aventuras. Desde mi modesto
cuartito de la calle 61, me embargaba hacia los mundos de Salgari y de Julio
Verne; así como más tarde me recreé en las grandes creaciones del romanticismo
alemán: Los bandidos de Schiller, Chateaubriand, el Goetz Von Berlichingen,
Goethe y su inevitable Werther, y Rousseau. Con el tiempo descubrí a los
nórdicos: Ibsen, Strinberg, y a los trágicos rusos que tanto me influyeron:
Dostoievski, Tolstoi, Chejov, Gogol; hasta la aventura épica del Mío Cid y el
entrañable andariego de La Mancha. Obras a las que una y otra vez he vuelto,
como quien regresa a una tierra añorada en el exilio donde acontecieron hechos
fundamentales de la existencia.
Crimen y castigo, que
a los quince años me había parecido una novela policial, luego la creí una
extraordinaria novela psicológica, hasta finalmente desentrañar el fondo de la
mayor novela que se haya escrito sobre el eterno problema de la culpa y la redención.
Aún me veo debajo de las cobijas, devorando con avidez aquella obra en edición
rústica, de doble o triple traducción. Aún me oigo reír por el desenfado y la
encarnecida ironía con que Wilde desnudaba la hipocresía victoriana. O el
temblor que sentía entre las páginas de Poe y sus maravillosos cuentos; o las
paradojas de Chesterton y el misterioso Padre Brown.
Con los años leí
apasionadamente a los grandes escritores de todos los tiempos. He dedicado
muchas horas a la lectura y siempre ha sido para mí una búsqueda febril.
Nunca he sido un
lector de obras completas y no me he guiado por ninguna clase de
sistematización. Por el contrario, en medio de cada una de mis crisis he
cambiado de rumbo, pero siempre me comporté frente a las obras supremas como si
me adentrara en un texto sagrado; como si en cada oportunidad se me revelaran
los hitos de un viaje iniciático. Las cicatrices que han dejado en mi alma
atestiguan que de algo de eso se ha tratado. Las lecturas me han acompañado
hasta el día de hoy, transformando mi vida gracias a esas verdades que sólo el
gran arte puede atesorar.
En la irremediable
soledad de este amanecer escucho a Brahms, y siempre, por sus melancólicas
trompas vuelvo a vislumbrar, tenue pero seguramente, los umbrales del Absoluto.
Pienso en los tiempos
en que Matilde aún podía caminar, apoyada en su bastón, cuando Gladys la traía
al estudio y la sentaba a mi lado, sostenida entre almohadones. Yo ponía algo
de Schubert, de Corelli, o de algún otro músico que tanto bien le hacía en
momentos de tristeza. Escuchábamos la música mientras ella se iba adormeciendo,
poco a poco, hasta quedar dormida, con la cabeza inclinada hacia un costado. Yo
la contemplaba con los ojos humedecidos. Al cabo de un tiempo se despertaba y
preguntaba: “¿Por qué no nos vamos a casa?”, con voz imperceptible. “Sí —le
decía entonces— en seguida nos iremos.” Y con la ayuda de Gladys regresaba a su
habitación.
Recuerdo muy bien un
día lejano de 1968, cuando viajamos con Matilde a la ciudad de Stuttgart, donde
me entregarían un premio. Al llegar, peregrinamos —es la palabra adecuada, ya
que era un momento de religioso respeto— a Tübingen, y entramos en el Seminario
Evangélico, donde contemplamos emocionados el banco en el que se habían sentado
el joven estudiante Schelling y su compañero Hegel. Permanecimos en silencio.
Luego nos llegamos hasta la casita del carpintero Zimmer, donde durante treinta
y seis años vivió loco Hölderlin, cariñosamente protegido por aquel humilde ser
humano; uno de esos hechos absolutos que redimen a la humanidad. Desde la
terrezuela miramos correr el río Neckar, como tantas veces lo habría
contemplado aquel genio delirante.
Creo que más tarde
recorrimos un tramo del Rhin que nos evocó un pasado de baladas, bardos,
héroes, bandidos y leyendas: Rolando, que llega demasiado tarde a la isla de
Nonnenwert, únicamente para saber que su amada, sin consuelo, había tomado los
hábitos, y Lohengrin, y el castillo de Cleves, imponentes y sombríos. En el
lloviznoso atardecer de otoño, contemplamos los restos de los castillos
feudales, las fortalezas en ruinas que presenciaron feroces combates, que
guardaron horribles o bellos secretos de amores incestuosos, de soledades, de
traiciones. Ahí estaba Die Feindlichen Bruder, los restos declinantes de las
torres de los dos hermanos enemigos, y La Muralla de las Querellas. En lo alto
de la montaña, hacia el naciente, las ruinas sombrías entre ráfagas de helada
llovizna. Y también, La Torre de las Ratas, donde el obispo Hatto II, después
de haber mandado quemar a los campesinos hambrientos, fue encerrado vivo en su
torre, para ser devorado por esos horrendos bichos. Hasta que divisamos la
aciaga garganta de Loreley, y miramos hacia arriba, hacia lo alto del
promontorio que cae a pique sobre las aguas del río, como si aún quisiéramos
entrever la silueta de la hechicera que llevaba a la muerte con su canto.
Entonces, resucitando
desde nuestra juventud, acudieron a mi memoria fragmentos de uno de aquellos
lieder que mi alocada profesora de alemán trataba de grabarme con la música de
Schumann, de Brahms, de Schubert. No los sé en el poco alemán que aprendí cuando
tendría unos dieciocho años, pero sí recuerdo unos pocos versos que decían, más
o menos
Warum diese dunkien
ahungen,
mein herz?*
Ruinas majestuosas
aparecían ante los turistas, con sus cámaras y salchichas; como un heraldo que,
después de penosas vicisitudes, con su vestimenta sucia y desgarrada tratara de
transmitirnos un bello y patético mensaje, en medio de empujones, gritos y
vulgaridades. Y lográndolo, a pesar de todo, merced al misterioso poder de la
poesía.
Hacia los dieciséis
años empecé a vincularme con grupos anarquistas y comunistas, porque nunca
soporté la injusticia social, y porque algunos estudiantes eran hijos de
obreros, de inmigrantes socialistas, con quienes nos debatíamos durante la
noche en interminables discusiones, a veces violentas y en ocasiones
fraternales, que solían durar hasta altas horas de la madrugada.
Una de esas reuniones
se hizo en la casa de Hilda Schiller, hija del geólogo alemán Walter Schiller.
Ella había formado un grupo de chicas que llamó Atalanta, a las que aleccionaba
desde el deporte hasta la historia y la literatura. Allí, una jovencita me
escuchó con sus grandes ojos fijos, como si yo —pobre de mí— fuese una especie
de divinidad. Aquella muchacha era Matilde.
De ese tiempo,
recuerdo las manifestaciones del Primero de Mayo, una conjunción de protesta y
a la vez de profunda tristeza por los mártires de Chicago. Eterno funeral por
modestos héroes, obreros que lucharon por ocho horas de trabajo y que luego
fueron condenados a muerte: Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, August
Spies y Louis Lingg, el de veintitrés años que se mató haciendo estallar un
tubito de fulminato de mercurio en la boca. Los cuatro restantes fueron
ahorcados. Posteriormente, la investigación probó que eran inocentes de la
bomba arrojada contra la policía. Estos obreros declararon estar orgullosos de
su lucha por la justicia social y denunciaron a los jueces y al sistema del
cual ellos eran típicos representantes. Hasta el último momento no renegaron de
sus convicciones. Muchos años después, el gobernador reconoció la inocencia de
estos hombres, y se levantó un monumento, la Tumba de los Mártires.
También se
organizaban entonces marchas por el general Sandino y por los nobles y
valientes Sacco y Vanzetti. Las manifestaciones congregaban a unos cien mil
obreros y estudiantes, unos bajo la bandera roja de los socialistas, y los
anarquistas bajo la bandera rojinegra. En todo el mundo se hicieron protestas
en solidaridad por aquellos dos mártires del movimiento, condenados a muerte
por un crimen que no cometieron. Al igual que con los obreros de Chicago, los
tribunales norteamericanos debieron reconocer su inocencia. Hasta el momento
mismo en que fueron salvajemente atados a la silla, declararon su inocencia.
Murieron con coraje y dignidad. En una gran película que luego de un tiempo
hicieron los norteamericanos con la intención de mostrar la verdad, aparece
esta conmovedora carta que Vanzetti le escribió a su hijo:
Querido hijo mío, he
soñado con ustedes día y noche. No sabía si aún seguía vivo o estaba muerto.
Hubiera querido abrazarlos a ti y a tu madre. Perdóname, hijo mío, por esta
muerte injusta que tan pronto te deja sin padre. Hoy podrán asesinarnos, pero
no podrán destruir nuestras ideas. Ellas quedarán para generaciones futuras,
para los jóvenes como tú. Recuerda, hijo mío, la felicidad que sientes cuando
juegas, no la acapares toda para ti. Trata de comprender con humildad al
prójimo, ayuda a los débiles, consuela a quienes lloran. Ayuda a los
perseguidos, a los oprimidos. Ellos serán tus mejores amigos. Adiós esposa mía.
Hijo mío. Camaradas.
BARTOLOMÉ VANZETTI
Las discusiones y
peleas entre anarquistas y marxistas eran frecuentes, pero así y todo, tuve
compañeros de ambos lados con quienes hasta hoy —¡los que sobrevivimos!—
tenemos largas conversaciones recordando aquellos años heroicos.
Con cuánta emoción me
viene a la memoria aquel tiempo en que inventaba —o descubría en el fondo de mi
alma— a ese analfabeto Carlucho, uno de esos anarquistas infinitamente
bondadosos que iban de pueblo en pueblo caminando, hasta llegar a alguna
estancia donde se acostumbraba tener un catre para esos seres que predicaban en
la noche, alrededor del fogón, lo hermoso que era el anarquismo. Y Carlucho,
ese hombretón, que por causa de las torturas había perdido su fuerza, tuvo
finalmente un kiosco donde le explicaba con torpes palabras a un chiquilín
llamado Nacho, proveniente de una familia aristocrática, por qué era hermoso el
anarquismo. Le contaba cómo los hombres encerraban a grandes e inocentes
hipopótamos para servir de diversión a los chicos, lejos de sus praderas
africanas, de sus bellísimos amaneceres y de su remota libertad.
La Revolución Rusa
tenía aún el resplandor romántico de aquel Octubre, y los compañeros comunistas
terminaron por convencerme, decían que los anarquistas eran utópicos y que
jamás lograrían tomar el poder como lo habían hecho ellos en el imperio
zarista. Como aún no habían empezado el stalinismo y sus crímenes, sentí, con
romántico fanatismo, que la revolución del proletariado acabaría trayéndoles a
los hombres el orbe puro que había vislumbrado en las matemáticas.
Me alejé de los
claustros universitarios y me afilié a la Juventud Comunista; y junto a ellos,
recorrí los grandes frigoríficos Armour y Swift, ubicados en Berisso, un pueblo
suburbano de La Plata, donde los obreros vivían en la miseria más aterradora, amontonados
en casuchas de zinc, entre verdes y malolientes pantanos, arriesgándolo todo en
su lucha por un aumento de veinte centavos la hora. Aún hoy recuerdo esa
confraternidad entre obreros y estudiantes, y con profunda emoción la
reivindico.
En 1930 se produjo el
primer golpe militar, terrible y sanguinario, y que fue la consecuencia del
peligro que significaban para los militares y los capitalistas, los movimientos
sociales. La dictadura de Uriburu sería la precursora de los siguientes golpes
de Estado que sufrió nuestro país.
Aquel primer golpe
fue decisivo en mi vida pues tuve que ingresar en la clandestinidad, primero
por mi condición de militante —siempre desprecié a los revolucionarios de
salón— y luego, porque llegué a ser secretario de la Juventud Comunista, y era
muy buscado por los represores. A causa de las persecuciones debí escaparme de
La Plata, interrumpí los estudios y abandoné a mi familia para instalarme en
Avellaneda, el centro obrero más importante. Por la suerte que siempre me ha
acompañado, no caí en manos de la siniestra Sección Especial contra el
Comunismo, famosa por sus torturas, y que andaba detrás de mí. Debí cambiar de
pensión y de nombre cada cierto tiempo; y en una oportunidad me salvé saltando
por una ventana. Entonces llevaba el nombre de Ferri, quizá —ahora lo pienso—
derivado inconscientemente del apellido Ferrari, de mi madre. La militancia era
muy peligrosa y no se limitaba al trabajo, existía también una formación
teórica obligatoria, en la que se estudiaba no sólo a Marx sino también a otros
escritores.
A los obreros se les
hablaba de libertad pero eran encarcelados por participar en las huelgas; se
les hablaba de justicia pero eran reprimidos y bárbaramente torturados; el
hábeas corpus y otros recursos constitucionales se burlaban cínicamente en la
práctica de todos los días. Hasta que las amenazas y peligros de muerte que
padecíamos cayeron sobre dos grandes dirigentes anarquistas: Severino Di
Giovanni y Scarfó. A Di Giovanni lo conocí en el Centro Cultural Ateneo, y, a
pesar de su aspecto de maestro de escuela, con su pistola y su banda, llegó a
ser una figura de leyenda. Ellos cayeron presos y, frente al pelotón de
Fusilamiento, murieron gritando: “¡Viva la anarquía!”; grito que, después de
sesenta y tantos años, aún me sigue conmoviendo.
Ya nada queda de la
pensión de la calle Potosí donde una tarde, traída por un buen amigo, llegó
Matilde de diecinueve años, huyendo de un hogar en que se la adoraba, para
venir a juntarse en una piezucha de Buenos Aires, con esta especie de
delincuente que era yo. Para luchar en la clandestinidad contra la dictadura
del general Uriburu, por un mundo sin miseria y sin desamparo. Una utopía,
claro, pero sin utopías ningún joven puede vivir en una realidad horrible.
Allí, muchas veces soportamos el hambre, cuando compartíamos un poco de pan y
mate cocido, salvo en los días de suerte, en que la generosa Doña Esperanza,
encargada de la pensión, nos golpeaba la puerta para ofrecernos un plato de
comida.
En esos tiempos de
pobreza y persecución, se desencadenó una grave crisis, y finalmente, mi
alejamiento de aquel movimiento por el que tanto había arriesgado.
Los miembros del
Partido que, por supuesto, vigilaban cualquier “desviación”, advirtieron en mí
ciertos indicios sospechosos. En conversaciones con camaradas íntimos yo
sostuve que la dialéctica era aplicable a los hechos del espíritu, pero no a
los de la naturaleza, de modo que el “materialismo dialéctico” era toda una
contradicción. Alguien que no haya conocido a fondo la mentalidad del comunismo
militante podría pensar que eso no era grave, cuando en rigor era gravísimo
para los dirigentes, que consideraban un delito separar la teoría de la
práctica. Sería largo de explicar en qué fundamentos me basaba, lo único que
puedo decir es que esto sucedió hacia 1935, y que muchos años más tarde, en un
encuentro teórico realizado en la Mutualité de París, se debatió ese problema
entre grandes filósofos como Sartre y otros, en el que se sostuvo precisamente
lo mismo.
Sea como fuere,
aquella hipótesis era arriesgadísima porque el marxismo-leninismo estaba
codificado de una manera férrea e inapelable. El Partido —palabra que siempre
se escribía con mayúscula— resolvió mandarme por dos años a las Escuelas
Leninistas de Moscú, donde uno se curaba o terminaba en un gulag o en un
hospital psiquiátrico. Sin duda habría acabado en uno de esos campos de
concentración, dada la convicción profunda que tenía sobre ese disparate
filosófico. Por el espíritu de sacrificio que reinaba en los militantes,
Matilde aceptó tristemente mi viaje a la Unión Soviética por dos años —y quizá
para siempre— quedando ella oculta en casa de mi madre.
Antes de ir a Moscú
debía pasar por el Congreso contra el Fascismo y la Guerra, que presidía en
Bruselas Henri Barbusse, organizado por el Partido y bajo su riguroso control.
El viaje partía de Montevideo, yo atravesé de noche el Delta del Río de la Plata,
en una lancha de contrabandistas, para luego seguir en barco, con documentos
falsos, hasta Amberes; y finalmente, en tren hasta Bruselas. Allí tuve la
oportunidad de escuchar a gente de la Schutzbund, de Austria, y a militantes
que venían de Alemania donde el hitlerismo estaba en ascenso. Me pusieron en un
cuarto de los llamados Auberges de la Jeunesse junto a un compañero que conocí
con el nombre supuesto de Pierre. Era un dirigente del Comité Central de la
Juventud Francesa, de ciega obediencia a la teoría, lo que me hizo poner en
guardia, porque en el Partido no se cometía esa clase de equivocaciones; aquel
muchacho militante luego cayó en manos de la Gestapo, y fue muerto tras
salvajes torturas.
En uno de esos
diálogos que teníamos antes de dormir, surgió una discusión, y cometí el
peligroso error de manifestar mis dudas sobre aquel problema filosófico. A la
mañana siguiente le dije a mi compañero que me dolía el estómago, y que iría en
cuanto me aliviara el dolor. Después de una hora o más, cuando consideré que él
no volvería, arreglé mi valijita y me escapé a París en tren. Ya habían
comenzado los “procesos” del siniestro imperio stalinista y apenas tuve esa
conversación con Pierre, comprendí que si iba a Moscú no volvería jamás. Todos
los diálogos, las experiencias que conocí a través de militantes de otros
países, acabaron por agrietar ya en forma irreversible la frágil construcción
que en mi mente se vino abajo.
Como había ido a
Bruselas ya con graves dudas sobre la dictadura de Stalin, en Buenos Aires, un
amigo ex simpatizante del Partido, me había dado la dirección de un trotskista
argentino director de un semanario francés, que años más tarde moriría en un tanque
en tiempos de la Guerra Civil Española. Él me puso en contacto con un portero
de la École Normale Supérieure, ex comunista, que me ofreció dormir en su
cuartucho, en una de esas grandes camas de París. Como no había calefacción y
el frío era intenso en aquel 1935, además de las mantas, nos cubríamos con una
cantidad de L’Humanité. Durante el día deambulaba a la deriva por las calles de
París, sin llegar a ver hacia qué tierras me arrastraría el naufragio. Hasta
que una tarde, entré en la librería Gibert, del boulevard Saint-Michel y robé
un libro de análisis matemático de Emil Borel y escapé con él escondido en mi
sobretodo. Recuerdo aquel atardecer gélido de invierno, leyendo los primeros
fragmentos, con el temblor de un creyente que vuelve a entrar a un templo luego
de un turbio periplo de violencias y pecados. Aquel sagrado temblor era una
mezcla de deslumbramiento, de recogida admisión y de una paz que hacía tiempo
anhelaba mi espíritu: el orbe matemático me llamaba a sus puertas por segunda
vez.
De regreso en el
país, espiritualmente destrozado me encerré en el Instituto de
Físico-Matemática, y en pocos años terminé mi doctorado. Allí me preparaba casi
a diario para resistir los insultos y los agravios por mi “traición” al
comunismo, cuando en rigor era todo lo contrario. El gran traidor fue ese
hombre monstruoso, ex seminarista, que liquidó a todos los que habían hecho
verdaderamente la revolución, hasta alcanzar en el extranjero al propio
Trotsky, uno de los más brillantes y audaces revolucionarios de la primera
hora, asesinado en México por los hachazos stalinistas.
En medio de la crisis
total de la civilización que se levantó en Occidente por la primacía de la
técnica y los bienes materiales, miles de muchachos volvimos los ojos hacia la
gran revolución que en Rusia pareció anunciar la libertad del hombre. No lo hicimos
luego de haber estudiado minuciosamente El capital, ni por habernos convencido
de la validez del materialismo dialéctico, o por haber comprendido lo que era
la plusvalía sino, simple pero poderosamente, porque en aquella revolución
encontrábamos al fin un vasto y romántico movimiento de liberación. La palabra
justicia prometía llegar a tener un lugar que en la historia nunca se le había
dado. La lucha por los desheredados, y la portentosa frase: “Un fantasma
recorre el mundo”, nos colocaron bajo el justo reclamo de su bandera.
En la época del
famoso “Boom”, más allá de sus valores literarios, muchos escritores me
acusaron de traidor al comunismo, pretendiendo ignorar que yo había vivido
aquella entrega, pero también, la desilusión de ver cómo el stalinismo había
corrompido los principios que el movimiento pretendía enaltecer. Y algunos de
estos comunistas de salón, a los que los franceses llaman la gauche caviar,
alejándose del peligro, se manifestaron detrás de sus escritorios en cómodas
oficinas de Europa, en innoble, cobarde retaguardia. Y otros, habiendo estado
de paseo por el comunismo, se han convertido finalmente en empresarios de la
literatura.
Sin embargo, se
mantuvieron callados ante las atrocidades cometidas por el régimen soviético,
torturas y asesinatos que, como suele suceder, se perpetraron en nombre de
grandes palabras en favor de la humanidad. Camus tenía razón al decir que
“siempre hay una filosofía para la falta de valor”. Ellos guardaron silencio
cuando pudieron y debieron decir cosas sin temor a disentir, lo que es legítimo
en reuniones pero indefendible en hechos que hacen al honor y a los valores por
los que muchos, de manera horrenda y despiadada, perdieron su vida. No hay
dictaduras malas y dictaduras buenas, todas son igualmente abominables, como
tampoco hay torturas atroces y torturas beneficiosas. Y la lucha contra el
capitalismo no debería haberles impedido el repudio de los actos que atentaban
contra la dignidad de la criatura humana, cualquiera haya sido el nombre de la
ideología que pretendía justificarlos.
¡Qué diferente habría
sido la situación si el “socialismo utópico” no hubiera sido destruido por el
“socialismo científico” de Marx!
Equivocadamente se
cree que los anarquistas son espíritus destructivos, hombres con piloto que en
su portafolio trasladan una bomba. Desde luego, al igual que en toda empresa
que lleva la impronta del ser humano, en aquel movimiento se infiltraban delincuentes
y pistoleros —alguno de los cuales conocí en los años treinta—, pero eso no
debe hacernos olvidar a esos seres nobles, que ansiaban un mundo mejor, donde
el hombre no se convirtiera en ese lobo despiadado que vaticinó Hobbes.
Otra falacia
frecuente es considerar que estos espíritus rebeldes eran resentidos sociales,
ya que han sido anarquistas desde el príncipe Bakunin al conde Tolstoi, pasando
por el poeta Shelley, el conde de Saint-Simon, Proudhon, en cierto sentido
Nietzsche, el poeta Whitman, Thoreau, Oscar Wilde, Dickens, y en nuestro tiempo
sir Herbert Read, el arquitecto Lloyd Wrigth, el poeta T. S. Eliott, Lewis
Munford, Denis de Rougemont, Albert Camus, Ibsen, Schweitzer, en buena medida
Bernard Shaw, el conde Bertrand Russel, y años atrás, el Campanella de La cittá
del solé y el Thomas Moro de Utopía. Al igual que todos aquellos vinculados a
grandes pensadores religiosos, como Emmanuel Monuier —cuyo “personalismo” tiene
mucho que ver con la concepción anarquista—, y judíos como Martin Buber.
Quizá, por mi
formación anarquista, he sido siempre una especie de francotirador solitario,
perteneciendo a esa clase de escritores que, como señaló Camus: “Uno no puede
ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la
padecen”. El escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo, con coraje
para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por
sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana. Debe
prepararse para asumir lo que la etimología de la palabra testigo le advierte:
para el martirologio. Es arduo el camino que le espera: los poderosos lo
calificarán de comunista por reclamar justicia para los desvalidos y los
hambrientos; los comunistas lo tildarán de reaccionario por exigir libertad y
respeto por la persona. En esta tremenda dualidad vivirá desgarrado y
lastimado, pero deberá sostenerse con uñas y dientes.
De no ser así, la
historia de los tiempos venideros tendrá toda la razón de acusarlo por haber
traicionado lo más preciado de la condición humana.
Me despierto
sobresaltado. Casi nunca he tenido sueños buenos, excepto en estos últimos
años, quizá porque mi inconsciencia se fue limpiando con las ficciones. Y la
pintura me ha ayudado a liberarme de las últimas tensiones. Probablemente
porque es una actividad más sana, porque permite volcar de modo inmediato
nuestras pavorosas visiones, sin la mediación de la palabra. Sin embargo, en
las telas aún perdura cierta angustia, un universo tenebroso que sólo una luz
tenue ilumina.
He soñado, de vez en
cuando, con grandes profundidades de mar, con misteriosos fondos submarinos
verdosos, azulados, pero transparentes. Hay noches en que me arrastran grandes
corrientes, pero no es nada triste ni angustioso, por el contrario, siento una
poderosa euforia.
Mientras aguardo la
llegada de Silvina Benguria, retomo una pintura en la que he estado trabajando
anoche, hasta tarde, y que tanto bien me hizo, alejándome de las tristezas y de
los horrores del mundo cotidiano. Arrastrado por el olor de la trementina, mi
espíritu regresa a aquel tiempo en que viví tensionado entre el universo
abstracto de la ciencia y la necesidad de volver al mundo turbio y carnal al
cual pertenece el hombre concreto.
Cuando terminé mi
doctorado en Ciencias Físico-matemáticas, el profesor Houssay, premio Nobel de
Medicina, me concedió la beca que anualmente otorgaba la Asociación para el
Progreso de las Ciencias, enviándome a trabajar en el Laboratorio Curie.
Así llegué a París
por segunda vez, en el 38, pero en esta ocasión acompañado por Matilde y
nuestro pequeño Jorge Federico, con quienes vivía en un cuartucho ubicado en la
rué du Sommerard.
El período del
Laboratorio coincidió con esa mitad de camino de la vida en que, según ciertos
oscurantistas, se suele invertir el sentido de la existencia. Durante ese
tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y
probetas, y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dôme
y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la
desmesura, pasábamos horas elaborando “cadáveres exquisitos”.
Uno de los primeros
contactos que recuerdo haber hecho con ese mundo que luego me fascinaría,
ocurrió en un restaurante griego, sucio pero muy barato, donde acostumbraba a
almorzar con Matilde. De pronto vimos entrar a un malayo, alto y flaco, y ella,
temió que se sentara con nosotros, lo que el hombre finalmente hizo.
Dirigiéndose a mi mujer, dijo en un inconfundible acento cubano: “No tenga
miedo, señora, soy una buena persona”; así comenzó la amistad con aquel
excepcional pintor: Wifredo Lam. Pronto me vinculé con todo el grupo
surrealista de Bretón: Oscar Domínguez, Féret, Marcelle Ferri, Matta, Francés,
Tristan Tzara.
Una mañana llegó al
Laboratorio Cecilia Mossin, con una carta de presentación de Sadosky. Y aunque
su intención era trabajar con rayos cósmicos, la disuadí para que se quedara
como mi asistente y se la presenté a Irene Juliot Curie, quien la aceptó de inmediato.
Entre la bruma de los recuerdos, la veo parada, siempre correcta, con su
delantalcito blanco, observando con preocupación ciertos cambios en mi persona.
La propia Irene Curie, como una de esas madres asustadas ante un hijo que se
descarrila, se alarmaba cuando, aún dormitando, me veía llegar cansado y
desaliñado, en horas del mediodía. Pobre, no sabía que el honorable Dr. Jekyll
comenzaba a agonizar entre las garras del satánico Mr. Hyde. Una lucha que se
debatía en el corazón mismo de Robert Stevenson.
Antiguas fuerzas, en
algún oscuro recinto, preparaban la alquimia que me alejaría para siempre del
incontaminado reino de la ciencia. Mientras los creyentes, en la solemnidad de
los templos musitaban sus oraciones, ratas hambrientas devoraban ansiosamente
los pilares, derribando la catedral de teoremas. Había dado comienzo la crisis
que me alejaría de la ciencia. Porque mi espíritu, que se ha regido siempre por
un movimiento pendular, de alternancia entre la luz y las tinieblas, entre el
orden y el caos, de lo apolíneo a lo dionisiaco, en medio de ese carácter
desdichado de mi espíritu, se encontraba ahora azorado entre la forma más
extrema del racionalismo, que son las matemáticas, y la más dramática y
violenta forma de la irracionalidad.
Muchos, con
perplejidad, me han preguntado cómo es posible que habiendo hecho el doctorado
en Ciencias Físico-matemáticas, me haya ocupado luego de cosas tan dispares
como las novelas con ficciones demenciales como el Informe sobre ciegos, y,
finalmente esos cuadros terribles que me surgen del inconsciente. En la mayor
parte de los casos, sobre todo en este período de mi existencia, me es
imposible explicar a los que me interrogan qué quise decir, o qué representan.
Es lo mismo que uno se pregunta cuando ha despertado de un sueño, sobre todo de
una pesadilla; tanta es su ilogicidad, sus contradicciones. Pero de un sueño se
puede decir cualquier cosa menos que sea una mentira.
Es lo que todos los
hombres hacen con su doble existencia: la diurna y la nocturna. Un pobre
oficinista sueña de noche con asesinar a puñaladas al jefe, y durante el día lo
saluda respetuosamente. El ser humano es esencialmente contradictorio, y hasta
el propio Descartes, piedra angular del racionalismo, creó los principios de su
teoría a partir de tres sueños que tuvo. ¡Lindo comienzo para un defensor de la
razón!
Algo parecido es el
caso del desdichado Isidore Ducasse, uno de los patronos del surrealismo, que
en uno de sus primeros Cantos, ya convertido, quién sabe por qué irónico
impulso, en el Comte de Lautréamont, hace el elogio de las matemáticas a las
que se acercó con indiferencia o quizá con desprecio:
Oh, matemática
severa, yo no te olvidé, desde que tus sabias lecciones, más dulces que la
miel, se filtraron en mi corazón, como una onda refrescante; yo aspiraba
instintivamente, desde la cuna, a beber de tu fuente, más antigua que el sol, y
aún continúo recordando cómo osé pisar el atrio sagrado de tu solemne templo,
yo, el más fiel de tus iniciados.
Son muchos los que en
medio del tumulto interior buscaron el resplandor de un paraíso secreto. Lo
mismo hicieron románticos como Novalis, endemoniados como el ingeniero
Dostoievski y tantos otros que estaban destinados finalmente al arte. A mí,
como a ellos, la literatura me permitió expresar horribles y contradictorias
manifestaciones de mi alma, que en ese oscuro territorio ambiguo pero siempre
verdadero, se pelean como enemigos mortales. Visiones que luego expresé en
novelas que me representan en sus parcialidades o extremos, a menudo
deshonrosas y hasta detestables, pero que también me traicionan, yendo más
lejos de lo que mi conciencia me reprocha. Y ahora, desde que mi vista
deteriorada me ha impedido leer y escribir, he vuelto al final de mi existencia
a aquella otra pasión: la pintura. Lo que probaría, me parece, que el destino
siempre nos conduce a lo que teníamos que ser.
En medio de la
espantosa inestabilidad de esa época conocí a un personaje extraño, el gran
pintor español, en realidad canario, Oscar Domínguez. En los frecuentes
encuentros en su taller, me insistía para que abandonase las “pavadas” del
Laboratorio y me dedicase por completo a la pintura. Pasábamos largas horas
literalmente delirando, entre el olor a la trementina y la botella de cognac o
de vino que no cesaba de correr por nuestras manos. La instigación al suicidio,
por momentos aterradora, era una presencia constante luego de acabar cada
botella. Sugerencia que me reiteró un domingo lluvioso, a la vuelta del Marché
aux Puces. Yo que le respondí: “No Oscar, tengo otros proyectos”.
Sus locuras, sus
permanentes divagues eran un espacio de libertad en medio de la estrechez del
mundo cientificista. Su desenfreno era capaz de promover las ocurrencias más
disparatadas. En un tiempo, se había dedicado a la investigación, dentro del
dominio de la escultura, para obtener superficies “litocrónicas”. Como yo venía
de la física, inventé esa palabra que significa “petrificación del tiempo”,
broma que se me ocurrió basándome en la conocida yuxtaposición, hecha por
Oscar, de la Venus de Milo con un violín. Le sugerí entonces la posibilidad de
forrar la escultura con una fina y elástica tela para luego desplazar el violín
en diferentes formas, y lograr así lo que él denominó en su jerga “anquietanz”.
El texto completo
salió publicado en Minotaure, y quedó para mí como testimonio de un tiempo de
crisis. Sin embargo, Bretón lo elogió con su acostumbrada solemnidad, sin
advertir que era una mezcla de disparate y humor negro; lo que prueba, por otro
lado, la ingenuidad de ese gran poeta que, en una delirante mezcla de
materialismo dialéctico y Lautréamont, pretendía disimular su falta de rigor
filosófico.
En otra oportunidad,
Domínguez me habló de un amigo que pintaba la cuarta dimensión y, aunque trató
de convencerme, le dije que era algo imposible de pintar. Pero cómo explicarle,
si Oscar prácticamente no sabía multiplicar, y yo lo adoraba precisamente por
esa clase de ignorancias. Hasta que un día lo acompañé al taller de su amigo,
un muchachote más bien bajo y menudo, que me mostró sus cuadros. Me gustó mucho
lo que hacía pero les dije que no era la cuarta dimensión, ni cosa que se le
pareciera, que necesitaban del conocimiento de matemáticas superiores para
comprender el fundamento. Durante muchos años perdí de vista al joven pintor
amigo de Domínguez, hasta que en 1989, cuando viajé a París con motivo de mi
exposición en el Foye del Centre Pompidou, reencontré con profunda alegría a
aquel ser generoso y de curioso talento que es Matta. Mantiene el encanto que
le había conocido, y está acompañado ahora por la hermosa Germain. Esa misma
tarde cenamos juntos, y recordamos con emoción a personas y acontecimientos que
nos acompañaron en un tiempo fundamental de nuestras vidas. En esa exposición
el gran pensador surrealista Maurice Nadeau tuvo la generosidad de participar
en un homenaje que se me hizo.
Cuando me contacté
con el surrealismo ya se vivía de la nostalgia de lo que habían producido sus
más grandes representantes. Acabada la Primera Guerra, la necesidad de destruir
los mitos de la sociedad burguesa fue el suelo fértil para el demoledor espíritu
de los surrealistas. Pero luego de la bomba atómica, los campos de
concentración y sus seis millones de muertos, esos hombres no supieron cómo
reconstruir un mundo en ruinas. Nunca el espíritu destructivo en sí mismo es
beneficioso, Hitler, espantosamente lo demostró. Y cuando luego de la guerra,
en 1947, volví a París, al provenir de una ciudad como Buenos Aires que no
había sufrido ningún efecto directo de la catástrofe, tuve una dolorosa
impresión. La encontré triste y, cosa curiosa, uno de los detalles que más me
deprimió, quizá por su valor simbólico, fue encontrarme un sábado lluvioso y
gris en un café desmantelado. Recordé entonces aquellas montañas de medialunas
y brioches que se veían en los mostradores de cualquier café de barrio. Pero,
sobre todo, la mayor tristeza fue ver a Bretón, que no se resignaba a dejar en
paz el cadáver de su movimiento.
Sin embargo, el
surrealismo tuvo el alto valor de permitirnos indagar más allá de los límites
de una racionalidad hipócrita, y en medio de tanta falsedad, nos ofreció un
novedoso estilo de vida. Muchos hombres, de ese modo, hemos podido descubrir
nuestro ser auténtico.
Por eso mi aspereza,
y hasta mi indignación, ante los mistificadores que lo ensuciaron, como Dalí,
pero también mi reconocimiento a todos los hombres trágicos que han
salvaguardado lo que de verdadero hubo en ese importante movimiento. Como aquel
alocado, violento Domínguez, uno de los pocos personajes surrealistas que
quise. Surrealista en su modo de concebir y resistir la existencia. Pasó la
última etapa de su vida entre las drogas, el alcohol y las mujeres. Hasta que
se suicidó una noche cortándose las venas, y con su sangre manchó la tela
colocada sobre su caballete.
En el Laboratorio
Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me
encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por
una fuerte inercia que mi alma rechazaba.
La beca me fue
trasladada al Massachusetts Institute of Technology, el MIT, en la ciudad de
Boston, donde publiqué un trabajo sobre rayos cósmicos. Pero yo estaba
fatalmente desgarrado entre lo que había significado para mí esa vocación, a la
que había sacrificado años, y la incierta pero invencible presencia de un nuevo
llamado. Momento pendular en que ya no encontramos la identidad en lo que
fuimos.
En tinieblas volví a
Buenos Aires. La decisión estaba tomada en mi espíritu, pero debía arraigarse
en la lucha con quienes me tentaban con puestos importantes y me agobiaban con
su certeza de la trascendente misión que yo debía a la física. Reivindico con
emoción el profundo apoyo que Matilde me dio en ese momento. Ella jamás
consideró que yo debiera hacer otra cosa que consagrarme a lo que mi intuición
me señalaba, y nunca me recriminó las comodidades que nuestra familia habría de
perder.
Hice ese tránsito,
como un puente que se extendiera entre dos colosales montañas, por momentos
mareado y sin saber lo que estaba haciendo, y en otros, en cambio, con el gozo
irrefrenable que acompaña al nacimiento de toda gran pasión.
Como último deber
hacia las personas que me habían dado la beca, enseñé Teoría Cuántica y
Relatividad en la Universidad de La Plata, donde tuve como alumnos a Balzeiro,
cuyo nombre preside hoy un centro atómico en la ciudad de Bariloche, y a Mario
Bunge.
Cuando a principios
de la década del cuarenta tomé la decisión de abandonar la ciencia, recibí
durísimas críticas de los científicos más destacados del país. El doctor
Houssay me retiró el saludo para siempre. El doctor Gaviola, entonces director
del Observatorio de Córdoba, que tanto me había querido, dijo: “Sabato abandona
la ciencia por el charlatanismo”. Y Guido Beck, emigrado austriaco, discípulo
de Einstein, en una carta se lamenta diciendo: “En su caso, perdemos en usted
un físico muy capaz en el cual tuvimos muchas esperanzas”.
El mundo de los
teoremas y un trabajo sobre rayos cósmicos que acababa de publicar en la
Physical Review, apenas se divisaban en la inmensa polvareda.
Acompañado por
Matilde y Jorge, de cuatro años, me fui a vivir a las sierras de Córdoba, en un
rancho sin agua corriente ni luz eléctrica, en la localidad de Pantanillo. Bajo
la majestuosidad de los cielos estrellados, sentí cierta paz. Algo parecido a lo
que dice Henry David Thoreau: “Fui a los bosques porque deseaba vivir en la
meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales de la vida, y ver si
podía aprender lo que ella tenía para enseñarme; no sucediera que, estando
próximo a morir, descubriese que no había vivido”.
No teníamos ni
vidrios en las ventanas, y en ese invierno soportamos catorce grados bajo cero,
hasta el punto que el río Chorrillos, que cruzaba el terreno, se heló. Nosotros
nos calentábamos con el mismo sol de noche con que nos alumbrábamos, y a las siete
de la mañana volvíamos a la cama, de puro frío que hacía. En la tranquilidad de
una tarde serrana, conocí a un muchacho médico que pasó a visitar a unos
parientes en camino hacia Latinoamérica, donde curaría enfermos y hallaría su
destino. A aquel joven, hoy símbolo de las mejores banderas, lo recuerda la
historia con el nombre de Che Guevara.
Portentosas torres se
derrumbaban frente a mí. Entre los escombros, como un yuyito entre rocas
resecas, mi yo más profundo intentaba resurgir entre dudas, inseguridades y
remordimientos. De mi tumulto interior nació mi primer libro, Uno y el
Universo, documento de un largo cuestionamiento sobre aquella angustiosa
decisión, y también, de la nostálgica despedida del universo purísimo.
Enfurecidos por lo
que llamaban mi empecinamiento, en reiteradas ocasiones, el doctor Gaviola
junto a Guido Beck, vinieron a nuestro rancho para tratar de convencer a mi
mujer de la locura que estaba cometiendo, en el momento en que el país más
necesitaba de científicos. Y aunque traté de explicarles mi crisis espiritual,
y de convencerlos de que mi verdadera vocación era el arte, apenas lo
comprendieron, ya que para esos hombres, la ciencia es la creación suprema del
hombre. Guido Beck atribuía mi decisión a la ligereza sudamericana, y Gaviola
dijo que me perdonaría si algún día lograba escribir una obra como La montaña
mágica. Pobre Gaviola, creo que nunca supo que la lectura de El túnel lo
impresionó al propio Thomas Mann, según anotó en un volumen de sus diarios.
Finalmente acepté
concluir un trabajo sobre termodinámica, que me había preocupado en épocas de
mi doctorado. La termodinámica es una rama fundamental de la física de la cual
depende la evolución del universo; por lo que se comprenderá que haya subyugado
a tantos espíritus inquietos por el acontecer del Gran Todo. Algunos recordarán
el poema “Eureka”, escrito a propósito de este asunto por aquel aficionado a la
ciencia, Edgar Allan Poe. Yo sostuve que había un error en el ordenamiento en
que estaban enunciados sus tres grandes principios. Sería imposible explicar
mis fundamentos, bastantes dolores de cabeza me produjeron en la época en que
estudiaba a fondo la energética. Cuando expuse mis primeras ideas a los
doctores Loyarte y Teófilo Isnardi, ellos pretendieron disuadirme, ya que la
termodinámica era un armonioso edificio imposible de innovar, desde el gran
Leonardo, hasta enormes cabezas como Henri Poincaré y Caratheodory. El segundo
rechazo lo recibiría en el Laboratorio Curie, porque un salvaje sudamericano no
podía cuestionar el fundamento mismo de la termodinámica.
Entonces, aquellos
doctores amigos me convencieron para que asistiera un día a la semana a
concluir mi hipótesis en el gran observatorio de Bosque Alegre, en lo más alto
de las sierras cordobesas. En el silencio sideral de las noches, junto con los
astrónomos, como es frecuente en esos solitarios vigías de la oscuridad,
escuchaba a Bach, Mozart, Brahms. Y mirando las estrellas, sentí por última vez
la atracción de aquel universo ajeno a los vicios carnales. Entonces tuve la
convicción de lo que expresé en el prólogo de mi primer ensayo: “Muchos
pensarán que es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición
humana”.
Cuando volvimos a
Buenos Aires luego de esa temporada en las sierras de Córdoba, nuestra
situación económica era delicada. La vida no fue fácil, debimos vender cuadros
de cierto valor, mientras esperábamos encontrar un trabajo que nos permitiera
sobrevivir. Conseguí algo de dinero dictando clases y haciendo traducciones por
las que me pagaban miserablemente, como ocurrió con el libro de Bertrand
Russell, The ABC of Relativity. También por entonces ofrecí mis ideas de
publicidad a grandes empresas que las rechazaron sistemáticamente. Una de ellas
apareció plagiada en la revista Life.
En medio de esas
tensiones, conocí al biólogo polaco Nowinsky, que por mis antecedentes me
ofreció un cargo en la UNESCO, confirmado al poco tiempo a través de un
telegrama de Julián Huxley. Debí viajar solo rumbo a París, nuevamente hacia la
ciudad en la que había vivido hechos fundamentales, desconociendo aún que allí
me aguardaba una nueva crisis.
El edificio donde
estaba ubicada la UNESCO había sido sede de la Gestapo, y aquella atmósfera
enrarecida con trámites burocráticos resquebrajó una vez más el universo
kafkiano en el cual me movía. Hundido en una profunda depresión, frente a las
aguas del Sena, me subyugó la tentación del suicidio.
Una novela profunda
surge frente a situaciones límite de la existencia, dolorosas encrucijadas en
que intuimos la insoslayable presencia de la muerte. En medio de un temblor
existencial, la obra es nuestro intento, jamás del todo logrado, por
reconquistar la unidad inefable de la vida. A través de la angustia, en una
máquina portátil comencé a escribir de manera afiebrada la historia de un
pintor que desesperadamente intenta comunicarse.
Extraviado en un
mundo en descomposición, entre restos de ideologías en bancarrota, la escritura
ha sido para mí el medio fundamental, el más absoluto y poderoso que me
permitió expresar el caos en que me debatía; y así pude liberar no sólo mis
ideas, sino, sobre todo, mis obsesiones más recónditas e inexplicables.
La verdadera patria
del hombre no es el orbe puro que subyugó a Platón. Su verdadera patria, a la
que siempre retorna luego de sus periplos ideales, es esta región intermedia y
terrenal del alma, este desgarrado territorio en que vivimos, amamos y sufrimos.
Y en un tiempo de crisis total, sólo el arte puede expresar la angustia y la
desesperación del hombre, ya que, a diferencia de todas las demás actividades
del pensamiento, es la única que capta la totalidad de su espíritu,
especialmente, en las grandes ficciones que logran adentrarse en el ámbito
sagrado de la poesía. La creación es esa parte del sentido que hemos
conquistado en tensión con la inmensidad del caos. “No hay nadie que haya jamás
escrito, pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para
salir de su infierno.” ¡Absoluta verdad, querido, admirado y sufriente Artaud!
Años atrás un grupo
de compañeros de la Universidad me había invitado a escribir para una revista
literaria en la que participaban varios escritores platenses. Teseo era
gráficamente muy linda, pero esa clase de revistas que no superan el tercer o
cuarto número, lo que ocurrió. Sin embargo, fue fundamental para mí. Y al igual
que cuando nos creemos perdidos y sin rumbo fijo, así también nuestra vida toma
movimientos en apariencia indeterminados, pero que en el fondo, una voluntad
desconocida para nosotros nos conduce hacia los lugares en que nos
encontraremos con hombres o cosas fundamentales para nuestra existencia.
El artículo que yo
había escrito para la revista, le interesó a Pedro Henríquez Ureña, a quien yo
había dejado de ver. Cuando nos reencontramos, volví a sentir la admiración que
siempre despertó en mí aquel extraordinario humanista, que anteponía la lucha
por la justicia a la propia búsqueda de la perfección intelectual. Alguien
frente a quien yo me sentía confirmado por su visión de la vida. Desde
entonces, perdura mi gratitud y el honor de haber merecido su reconocimiento.
En aquella
conversación Don Pedro me preguntó si yo no querría escribir un artículo para
Sur, la gran revista que dirigía Victoria Ocampo. Nervioso, con gran emoción,
al poco tiempo le entregué mi trabajo en un café. Aún lo veo sugiriendo la
supresión del primer párrafo, preguntándome con suave ironía “Begin here?”,
como para no herirme, para disimular su observación. No olvido su excesiva
delicadeza, esas notas al margen con letra casi ilegible con que nos corregía a
todos los que tuvimos el lujo de ser sus alumnos.
Unos días después me
llamó para decirme que Sur lo publicaría y que José Bianco deseaba conocerme.
Recuerdo la cordialidad con que Bianco me recibió; él me invitó a publicar
regularmente, y luego me encargó el antiguo Calendario que había dejado de
salir años atrás.
A Bianco lo valoré
siempre por su preocupación democrática porque, a diferencia de lo que muchos
creen, Bianco no era un escritor de torre de marfil, sino un fervoroso defensor
de la libertad y de los derechos humanos; con él mantuve largas conversaciones
sobre el nazismo en la época de la guerra. La calidad de la revista era
producto de su lucha con la imprenta y de la revisión de todos los manuscritos,
a los que muy a menudo se veía en la necesidad de corregir, porque de lo
contrario “es imposible publicarlos”, como solía decir, metida su cabeza entre
papeles, haciendo su trabajo de inquisidor.
Se ha acusado a Sur
de ser elitista y reaccionaria, lo que siempre consideré una opinión falsa y
demagógica. Semejantes calificativos pretenden ignorar que allí escribieron
comunistas como Sartre, anarquistas como Camus y Herbert Read, católicos
progresistas como Graham Creen, católicos socialistas como Emanuel Mounier; y
que en su comité participaba una comunista militante como María Rosa Oliver En
Sur se publicaron importantísimos trabajos sobre el nazismo, la justicia
social, la Revolución Rusa, el anarquismo, los derechos humanos. Sin duda, se
cometieron equivocaciones, pero habría que preguntarse en qué revista del mundo
no suceden cosas semejantes.
Se le debe reconocer
a Victoria todo lo que hizo por difundir la cultura universal. Mi relación con
ella fue como la de esos matrimonios en los que hay amor y violentas peleas,
pero en que uno no puede prescindir del otro. Y si Bianco fue un motor indispensable
para la continuidad de Sur, Victoria fue quien creó aquella revista, que jamás
habría alcanzado su notable trascendencia sin la insaciable voracidad que tenía
ella por la cultura, las artes y las letras de todo el mundo. Y por sus
esfuerzos, vinieron al país hombres notables como Ortega y Gasset, Stravinsky,
Tagore y tantos otros.
Las páginas de Sur
fueron educadoras de toda mi generación. A través de ella se conocieron en
todos los países de lengua castellana a autores como Virginia Woolf, D. H.
Lawrcnce, Aldous Huxley, Lawrence de Arabia, Henri Michaux, William Faulkner;
lo mejor del pensamiento desde Japón a los Estados Unidos apareció allí. El
descubrimiento de estas destacadas personalidades lo realizaban no sólo
Victoria y Pepe sino también un Comité de Colaboradores.
Los encuentros en
casa de Victoria significaron para mí una segunda formación, una nueva
universidad de la que resulté finalmente un mal alumno. En ese ámbito eran
infaltables Bianco y la clásica sopa para Borges. También iban Patricio y
Estela Canto, Rodolfo Wilcock y a veces, Mastronardi. En medio de las
discusiones sobre Stevenson, Henry James, Coleridge, Quevedo, Cervantes, eran
frecuentes las conversaciones acerca del tiempo, Nietzsche y el eterno retorno,
los números transfinitos y la expansión del Universo. Al provenir yo del mundo
oscuro de los surrealistas, en medio de aquel límpido ambiente me sentía una
especie de bárbaro; hasta que lograba infiltrar a los escritores rusos y, bajo
la irónica mirada de Borges, las discusiones se extendían hasta la madrugada.
Entonces surgió mi
vínculo con Borges, interminables fueron las conversaciones sobre Platón y
Heráclito de Efeso, siempre con el pretexto de vicisitudes porteñas.
Lamentablemente, en 1956 nos separaron ásperas discrepancias políticas —¡cuánta
pena que esto sucediera!— pero así como, según Aristóteles, las cosas se
diferencian en lo que se parecen, en ocasiones los seres humanos llegan a
separarse por lo mismo que aman.
Yo no fui
antiperonista por defender los privilegios, sino porque no podía soportar el
despotismo y la expulsión de maestras y profesores por no someterse a las
directivas del gobierno. En aquel movimiento hubo un justificado anhelo de
justicia y de dignidad, frente a una sociedad fría y egoísta que explotaba a
los pobres de la manera más denigrante, esclavizándolos en esa especie de
campos de concentración que eran los yerbales y los quebrachales. Mientras
tanto muchos intelectuales, en lugar de responder al drama de estos hombres, se
habían entregado a sus propios y mezquinos intereses.
A todos estos
desamparados, como los llamó Evita, que luchó verdadera y heroicamente por
ellos, los supo movilizar Perón. Medio siglo después, la desvaída foto de Evita
preside, junto a la de la Virgen, los hogares más pobres del país, simboliza la
devoción y la gratitud por aquellos años únicos de prosperidad y respeto para
los más humildes. Con los errores que todos conocemos hubo allí gente tan
honrada como Scalabrini y Jauretche, de quienes fui amigo.
A pesar de haber
perdido mis cátedras durante el gobierno peronista, cuando en 1955 fui nombrado
director de Mundo Argentino, me opuse a toda medida que fuese represiva hacia
la oposición. De inmediato noté que a mis superiores les molestaba que yo aceptase
que en la revista colaboraran personas de distintos sectores; hasta que
finalmente fui forzado a renunciar cuando denuncié la tortura de obreros
peronistas en distintos centros del país y en los sótanos del Congreso de la
Nación. Luego, en un programa de radio, volví a hablar de aquellos
acontecimientos provocando el escándalo y la ruptura con buena parte de los
intelectuales.
En esa oportunidad,
además de las torturas, hice referencia a grandes escritores cuya militancia
les valió la enemistad, el rencor y el silencio. Y hablé del hombre eminente
que fue Leopoldo Marechal.
En esas épocas de
resentimiento político, se le negó el reconocimiento a uno de los más grandes
escritores argentinos; obligándolo a sobrellevar un durísimo exilio en su
propia patria, a la que tanto amor lo unía. Sostenido en el puntal que fue su
compañera, en un momento de extrema amargura, a ese modesto hombre se lo oyó
murmurar: “¿Cuándo mis compatriotas dejarán de orinarme encima?”.
La familia de
Marechal, que había estado escuchando la transmisión de radio, llamó a casa
para agradecer lo que yo había dicho. Desde entonces perduró una amistad que
siempre valoré, de la que da testimonio esta carta tan hermosa:
Queridos Matilde y
Ernesto: Elbia y yo recibimos los cariñosos votos que nos han formulado ustedes
y que, literalmente, son otras tantas “bendiciones”. En este fin de año estamos
pidiendo al cielo para nosotros y para ustedes dos, nuestros amigos: paz y alegría
en la existencia, facilidad y felicidad en la creación literaria y otras buenas
obras, que Dios nos libre de los hijos de puta literales o alegóricos que
pretenden afligirnos, y que nos preserve de todo camelo e impostura; si hemos
de combatir, que Dios nos ubique en la mejor trinchera y en la batalla más
justa. Queridos Matilde y Ernesto, digan con nosotros “amén”, ¡y a vivir!
Reciban los dos el sempiterno abrazo fraternal de Elbia y Leopoldo.
Marechal fue un
hombre atormentado por el destino de su patria, como lo refleja en sus obras, y
en esas tristes reflexiones en que critica a los que la ensucian o arrastran
por el suelo, los que siempre la posponen a sus sórdidos bolsillos. Cuando
alguien de un alma tan noble amonesta a la patria, lo hace porque conoce la
posibilidad de su grandeza. Así lo hicieron, con un corazón desgarrado y
sangrante, desde Hölderlin a Nietzsche, Dostoievski y Tolstoi. Y el maravilloso
Pushkin que, luego de desternillarse de risa con las descripciones que su amigo
Gogol le leía, termina exclamando con la voz quebrada por la amargura: “¡Dios
mío, qué triste es Rusia!”.
Del mismo modo, en un
verso memorable, Leopoldo Marechal dice: “La Patria es un dolor que aún no sabe
su nombre”. Todavía me parece oírlo, con su voz suave, apenas un grave
murmullo.
El túnel fue la única
novela que quise publicar, y para lograrlo debí sufrir amargas humillaciones.
Dada mi formación científica, a nadie le parecía posible que yo pudiera
dedicarme seriamente a la literatura. Un renombrado escritor llegó a comentar:
“¡Qué va a hacer una novela un físico!”. ¿Y cómo defenderme cuando mis mejores
antecedentes estaban en el futuro?
El túnel fue
rechazado por todas las editoriales del país; hasta por Victoria Ocampo, que se
excusó diciéndome: “Estamos medio fundidos, no tenemos un cobre partido por la
mitad”. Qué auténtica me pareció entonces esa frase de Oscar Wilde: “Hay gente
que se preocupa más por el dinero que los pobres: son los ricos”. Aún recuerdo
la tarde en que se abrió la puerta del Querandí —el mismo café que luego
frecuentaría en mis encuentros con Gombrowicz—, y vi aparecer a Matilde
llorando, encorvada, trayendo entre las manos los originales de mi novela, que
yo no me había atrevido a retirar, tanta era mi vergüenza.
Finalmente, el
préstamo de un generoso amigo, Alfredo Weiss, hizo posible la publicación en
Sur, y fue inmediatamente agotada. Al año siguiente, recibí la noticia de su
edición francesa, gracias a la generosa iniciativa de Camus.
París, 13 de junio de
1949
Le agradezco su carta
y su novela. Caillois me la hizo leer y me ha gustado mucho la sequedad y la
intensidad. He aconsejado a Gallimard que la editen, y espero que “El túnel”
encuentre en Francia el éxito que merece. Hubiera deseado poder decirle todo esto
de viva voz, pero la prohibición de una de mis piezas en Buenos Aires me impide
dar allí las conferencias previstas. Si, no obstante, llegara a ir a Brasil,
trataría de acercarme a título personal a Buenos Aires y me alegraría entonces
conocerlo. De aquí a entonces, cuente con toda mi simpatía fraternal.
ALBERT CAMUS
Cuánto le debo a
aquel escritor genial, con quien compartiría luego inquietudes metafísicas y
éticas. En muchas oportunidades se ha hablado de su nihilismo; en todo caso,
fue esa clase de nihilista cuya blasfemia es una manera de creer en Dios. Vivía
un idealismo desesperado, fue un hombre lleno de amor y de pasión.
Cuando años después
comenté la historia en un periódico, Victoria me llamó hecha una furia para
recriminarme el oprobioso recuerdo, ya que el libro había sido recibido
entusiastamente por uno de los máximos escritores de Francia. Pero, c’est la
vie”, como ella hubiera dicho. He hablado acerca de lo importante que ha sido
su aporte a nuestra cultura; pero el mutuo y sincero aprecio que nos teníamos,
no me dispensaba del inconveniente de no ser francés.
Nunca me he
considerado un escritor profesional, los que publican una novela al año. Por el
contrario, a menudo, en la tarde quemaba lo que había escrito durante la
mañana. Y así, cuentos, ensayos y obras para teatro los he visto consumirse en
el fuego, al que también estaba destinado Sobre héroes y tumbas; tantas han
sido siempre mis dudas. Por mi propensión a las llamas, hubo veces en las que
me arrepentí; obras que hoy recuerdo con nostalgia, como El hombre de los
pájaros y la novela que escribí durante mi período surrealista, La fuente muda,
título que tomé de un verso de Antonio Machado, y de la que sobreviven pocos
capítulos y algunas ideas. Quienes conocen mis reticencias y contradicciones,
saben lo difícil que es soportarme en cualquier empresa. Así lo sufrieron todos
los que, desde distintas partes del mundo, me han solicitado autorización para
trabajar en mis novelas, para realizar películas o adaptaciones de teatro,
desde grandes realizadores hasta compañías independientes. Piazzolla quiso hacer
una ópera, sobre una adaptación de mi novela Sobre héroes y tumbas; proyecto
que, a causa de mis cavilaciones, sólo llegó a realizar una hermosa
introducción.
Lamentablemente, en
estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se
ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir
papel moneda. Como he dicho en El escritor y sus fantasmas: “Quedan los pocos
que cuentan: aquellos que sienten la necesidad oscura pero obsesiva de
testimoniar su drama, su desdicha, su soledad. Son los testigos, los mártires
de una época”. Están destinados a una misión superior, no pertenecen a ninguna
capilla literaria o cenáculo y, por eso, no tienen como fin tranquilizar a
individuos encerrados en una sacristía, sino el de derribar todas las
conveniencias, devolviéndonos el sentido de nuestra trágica condición humana.
En esta vocación, muchos han sido empujados a la locura, a las drogas, o a
tantas otras formas del suicidio. Recuerdo cuando el doctor Cárcamo me decía
que debía empezar urgentemente una terapia psicoanalítica, porque estaba al
borde de la locura. Seguramente se preocupaba de verdad, porque era un buen
hombre, pero yo le respondí que sólo me salvaría el arte.
Nunca sabremos la
angustia con que Beethoven compuso su última y maravillosa sinfonía, o los
momentos de soledad en que crearon sus obras los grandes compositores. Por eso,
si el fracaso es triste, el fracaso en el arte es siempre trágico.
Emocionadamente he
estado en varias ocasiones en la tumba de Van Gogh, aquel desdichado que nunca
pudo vender un cuadro, y de quien ahora se disputan sus obras en millones de
dólares, para ser exhibidas en un supermercado. Pobre Vincent; habitado por Dios
y por el Demonio, humilde y bondadoso, que iba a predicar el Evangelio a los
mineros y que a la vez violentamente atacaba a Gaugain; que recogía a pobres
prostitutas de la calle, como aquella con un chiquito, para ser su modelo, y
terminaba llevándola a vivir con él, probablemente porque la comprendía, ya que
los dos sufrían el mismo desamparo. Como señala Artaud, otro poseído a quien
siempre admiré, Van Gogh murió suicidado por una sociedad que no podía seguir
soportando sus terribles revelaciones. Cómo dudar que Artaud estaba hablando
también de sí mismo; en una carta a su médico, luego de terribles
electroshocks, declaró sentirse “tratado como un alienado y maltratado a raíz
de un gesto, de una actitud, de una manera de hablar y de pensar que fueron en
la vida las de un hombre de teatro, del poeta y del escritor que yo era”.
Finalmente murió como un perro; el jardinero lo encontró una mañana, sentado en
su cama con un zapato en la mano. Jamás sabremos hacia dónde se dirigía aquel
día de su última soledad.
Por eso, la raza de
artistas a la que siempre he admirado es aquella a la que pertenecen estos
hombres.
Quienes han unido a
su actitud combatiente una grave preocupación espiritual; y en la búsqueda
desesperada del sentido, han creado obras cuya desnudez y desgarro es lo que
siempre imaginé como única expresión para la verdad.
¿Hacia epifanías de
qué enigmáticos Dioses me conducía el destino? ¿Por qué, a los treinta años,
cuando la ciencia me aseguraba un futuro tranquilo y respetable, abandoné todo
a cambio de un páramo oscuro y solitario? No lo sé. Una y otra vez, como un
náufrago en medio de oscuras tempestades, partí con rumbo insospechado sin
divisar siquiera la existencia de una isla remota. Al mirar hacia atrás,
reitero nuevamente aquel ruego de Baudelaire:
¡Oh, Señor! ¡Dadme la
fuerza y el coraje de contemplar sin asco mi cuerpo y mi corazón!
Aunque terrible es
comprenderlo, la vida se hace en borrador, y no nos es dado corregir sus
páginas.
Y cuando leo la carta
que me envió una chica de diecinueve años en la que dice que me admira, y que a
pesar de vivir a pocas cuadras, nunca se atrevió a acercárseme, siento
vergüenza. ¡Qué hermosa carta. Tan noble, y a la vez tan triste! Dice que la
ayudo a vivir, que está pintando, y que le gustaría mostrarme algún día lo que
hace; cuando pasa por mi casa y ve el jardín abandonado, siempre sueña con
encontrarme. Y yo me siento avergonzado, porque me pone tan arriba cuando quizá
valgo mucho menos que ella, tan pura, tan genuina. En cambio yo, un ser plagado
de gravísimos defectos, con personajes tan siniestros como Fernando Vidal
Olmos. Pero también temblé escribiendo esos fragmentos donde aparecen seres
infinitamente bondadosos como Hortensia Paz, el camionero Busich o el loco
Barragán, el profeta de barrio. Aquellos seres modestos, esos analfabetos
llenos de bondad, y los jóvenes con su candorosa esperanza, son los que me
salvarán. En cambio, todo lo otro, las precarias hipótesis, las ideas y teorías
de los ensayos, no sirven para justificar la existencia.
Y entonces, cuando el
final se aproxima, al repasar tramos de una larga travesía, puedo afirmar que
pertenezco a esa clase de hombres que se han formado en sus tropiezos con la
vida. De manera que, cuando algún exégeta habla de mi “filosofía”, no puedo sino
turbarme, porque tengo la misma relación con un filósofo que la existente entre
un guerrillero y un general de carrera. O quizá, mejor, entre un geógrafo y un
aventurero explorador cuya intuición le sugiere la búsqueda de un tesoro en lo
más profundo de la selva malaya, del que tiene ambiguas noticias, ni siquiera
la seguridad de su existencia. En el arduo trayecto contemplé lugares
maravillosos, pero también tuve que enfrentarme con seres siniestros y
obstáculos casi insuperables, y caí una y otra vez. Desesperado por no dar con
el tesoro, descreyendo de mi capacidad para encontrarlo entre tanta penuria,
perdí reiteradamente la fe.
Digo la verdad cuando
afirmo que desconozco otras regiones, que mi ignorancia de otras realidades es
innumerable, pero en cambio puedo reivindicar la búsqueda apasionada en el
camino que seguí.
II
Quizá sea el fin
Hora de duelo,
taciturna mirada del sol,
es el alma un extraño
en la tierra.
GEORG TRAKL
Veo las noticias y
corroboro que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que el
mundo superará sin más la crisis que atraviesa.
El desarrollo
facilitado por la técnica y el dominio económico, han tenido consecuencias
Funestas para la humanidad. Y como en otras épocas de la historia, el poder,
que en un principio parecía el mejor aliado del hombre, se prepara nuevamente
para dar la última palada de tierra sobre la tumba de su colosal imperio.
“Indudablemente, cada
generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que
no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el
mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones
fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías
extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no
saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio
del odio y de la opresión.” En el ocaso del siglo XX, cómo dudar de la
veracidad de estas palabras de Camus. Sin embargo, hay quienes pretenden seguir
hablando acerca del progreso de la Historia, en un acto suicida que pretende
mirar de soslayo el patético legado racionalista.
La historia no
progresa. Fue el gran Gianbattista Vico el que lo dijo: “Corsi e recorsi”. La
historia está regida por un movimiento de marchas y contramarchas, idea que
retomó Schopenhauer y luego, Nietzsche. El progreso es únicamente válido para
el pensamiento puro. Las matemáticas de Einstein son evidentemente superiores a
las de Arquímedes. El resto, prácticamente lo más importante, ocurre de la
corteza cerebral para abajo. Y su centro es el corazón. Esa misteriosa víscera,
casi mecánica bomba de sangre, tan nada al lado de la innumerable y laberíntica
complejidad del cerebro, pero que por algo nos duele cuando estamos frente a
grandes crisis. Por motivos que no alcanzamos a comprender, el corazón parece
ser el que más acusa los misterios, las tristezas, las pasiones, las envidias,
los resentimientos, el amor y la soledad, hasta la misma existencia de Dios o
del Demonio. El hombre no progresa, porque su alma es la misma. Como dice el
Eclesiastés, “no hay nada nuevo bajo el sol”, y se refiere precisamente al
corazón del hombre, en todas las épocas habitado por los mismos atributos,
empujado a nobles heroísmos, pero también seducido por el mal. La técnica y la
razón fueron los medios que los positivistas postularon como teas que
iluminarían nuestro camino hacia el Progreso. ¡Vaya luz que nos trajeron! El
fin de siglo nos sorprende a oscuras, y la evanescente claridad que aún nos
queda, parece indicar que estamos rodeados de sombras. Náufrago en las
tinieblas, el hombre avanza hacia el próximo milenio con la incertidumbre de
quien avizora un abismo.
En 1951 publiqué
Hombres y engranajes. Desgraciadamente, se ha cumplido aquella intuición por la
que recibí tal cantidad de críticas por parte de los famosos progresistas que,
durante diez años, me quitaron los deseos de volver a publicar.
Más de cuarenta años
han pasado desde la aparición de aquel balance espiritual de mi existencia,
escrito en medio de las grandes convulsiones del mundo. Ahora, gran parte de lo
que allí expuse es una escalofriante realidad. Muchos de los que entonces me atacaron
y me ridiculizaron, acusándome de oscurantista, recién están comprendiendo el
mundo atroz que hemos engendrado.
Allí expuse mi
desconfianza y mi preocupación por el mundo tecnólatra y cientificista, por esa
concepción del ser humano y de la existencia que empezó a sobrevalorarse cuando
el semidiós renacentista se lanzó con euforia hacia la conquista del universo, cuando
la angustia metafísica y religiosa fue reemplazada por la eficacia, la
precisión y el saber técnico. Aquel irrefrenable proceso acabó en una terrible
paradoja: la deshumanización de la humanidad. En ese libro, hace más de medio
siglo, escribí:
Esta paradoja, cuyas
últimas y más trágicas consecuencias padecemos en la actualidad, fue el
resultado de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón. Con ellas,
el hombre conquista el poder secular. Pero —y ahí está la raíz de la paradoja—
esa conquista se hace mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el
clearing, desde la palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente
dominio del hombre sobre el universo ha sido también la historia de las
sucesivas abstracciones. El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las
dos caras de una misma realidad desposeída de atributos concretos, de una
abstracta fantasmagoría de la que también forma parte el hombre, pero no ya el
hombre concreto e individual sino el hombre-masa, ese extraño ser con aspecto
todavía humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de
una gigantesca maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel
semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se
levantó contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las
cosas. Ignoraba que también él llegaría a transformarse en cosa.
No fueron aquellos
pensamientos improvisados, sino avalados por grandes pensadores existenciales,
por espíritus profundos y visionarios como Pascal, Buber, Berdiaev, Nietzsche,
Unamuno, Jaspers, Schopenhauer, Emerson, Thoreau. Muy importantes en mi formación
fueron Dostoievski, con su trascendental subsuelo, y Kierkegaard, que había
colocado sus bombas en los cimientos de la catedral hegeliana. La prensa de su
país y los luteranos lo caricaturizaron bárbaramente, justo a él, que era una
especie de Cristo redivivo. En cuanto a lo que podría llamar fundamentos
sociológicos e históricos, fueron de gran valor los estudios de Munford, Denis
de Rougemont, Pirenne, Von Martin, y tantos otros que, como profetas en el
desierto, anunciaron la tragedia que se avecinaba. Cuando los motores de la
Revolución Industrial se pusieron en movimiento, el hombre se vio trágicamente
desplazado. Pero también aumentó la resistencia de espíritus lúcidos e
intuitivos que encarnaron valiente y tumultuosamente la rebelión romántica. Grandes
poetas y pensadores de aquel movimiento advirtieron las consecuencias que
ocasionaría la desacralización del cosmos y del ser humano. Muchos fueron
calumniados, empujados al alcohol o hacia un triste exilio. Como le ocurrió al
genial Shelley que en unos versos había vaticinado: “Un pueblo muere de hambre
en campos no labrados”.
Aquellas advertencias
no sólo no fueron escuchadas, sino que además fueron burladas por la
prepotencia racionalista. Guerras mundiales, terribles dictaduras de izquierda
y de derecha, suicidios en masa, resurgimiento de neonazismos, aumento de la
criminalidad infantil, profunda depresión. Todo corrobora que en el interior de
los Tiempos Modernos, fervorosamente alabados, se estaba gestando un monstruo
de tres cabezas: el racionalismo, el materialismo y el individualismo. Y esa
criatura que con orgullo hemos ayudado a engendrar, ha comenzado a devorarse a
sí misma.
Hoy no sólo padecemos
la crisis del sistema capitalista, sino de toda una concepción del mundo y de
la vida basada en la deificación de la técnica y la explotación del hombre.
La materialización
del Universo, legítima para los poliedros y las reacciones químicas, ha sido
dramática para la futura supervivencia del hombre. Enloquecidos por ser
aceptados por el hiperdesarrollo, hemos cometido el gravísimo error de perder
nuestro ser original imitando a los imperios de la máquina y del delirio
tecnológico.
Una vez que el logos
se tecnificó, el proceso de industrialización y mecanización ha sido paralelo
al perfeccionamiento de los medios de tortura y exterminio.
El terrorismo
internacional, el horror de Bosnia, el recrudecimiento de los conflictos de
Medio Oriente, y esas heridas sobre la carne del mundo que son las calles de
Calcuta, confirman que Hannah Arendt tenía razón al afirmar, ya en los años
cincuenta, que la crueldad de este siglo sería insuperable.
Hace escasos años,
dos potencias se disputaban el mundo. Fracasado el comunismo, se difundió la
falacia de que la única alternativa es el neoliberalismo. En realidad, es una
afirmación criminal, porque es como si en un mundo en que sólo hubiese lobos y
corderos nos dijeran: “Libertad para todos, y que los lobos se coman a los
corderos”.
Se habla de los
logros de este sistema cuyo único milagro ha sido el de concentrar en una
quinta parte de la población mundial más del ochenta por ciento de la riqueza,
mientras el resto, la mayor parte del planeta, muere de hambre en la más
sórdida de las miserias. Habría que plantearse qué se entiende por
neoliberalismo, porque en rigor, nada tiene que ver con la libertad. Al
contrario, gracias al inmenso poder financiero, con los recursos de la
propaganda y las tenazas económicas, los Estados poderosos se disputan el
dominio del planeta.
El absolutismo
económico se ha erigido en poder. Déspota invisible, controla con sus órdenes
la dictadura del hambre, la que ya no respeta ideologías ni banderas, y acaba
por igual con hombres y mujeres, con los proyectos de los jóvenes y el descanso
de nuestros ancianos.
Un ejemplo de la
deshumanización a que este sistema nos está llevando es Brasil: mientras
cuarenta millones de hambrientos pueblan el nordeste, en San Pablo hay casi un
millón de chiquitos sin hogar, que roban por las calles para poder comer alguna
cosa, forzados a prostituirse en su niñez, rematados por cien o doscientos
dólares, asesinados por comandos especializados, secuestrados y muertos para
vender sus órganos a los laboratorios del mundo.
Me contó un sacerdote
dominico, profesor de teología en la Universidad de San Pablo, que un estudio
elaborado por la policía federal reveló que en los últimos tres años, cuatro
mil seiscientos niños fueron asesinados en el país.
Miles de niños
latinoamericanos son exportados desde su país de origen a Europa, los Estados
Unidos y Japón; y hay suficientes indicios que prueban la existencia de
criaturas sacrificadas, sobre todo en Brasil, Honduras, Guatemala y México.
Trágicamente, la
hermana Martha Pelloni me ha mostrado que hechos atroces similares están
ocurriendo en la Argentina.
Para todo hombre es
una vergüenza, un crimen, que existan doscientos cincuenta millones de niños
explotados en el mundo. Obligados a trabajar desde los cinco, seis años en
oficios insalubres, en jornadas agotadoras por unas monedas, cuando tienen
suerte, porque muchos chiquitos trabajan en regímenes de esclavitud o
semiesclavitud, sin protección legal ni médica.
Estos millones de
niños, analfabetos, más flacos, más bajos que nuestros niños que van a las
escuelas, sufren enfermedades infecciosas, heridas, amputaciones y vejaciones
de todo tipo.
Se los encuentra en
las grandes ciudades del mundo tanto como en los países más pobres. En América
Latina, quince millones de niños son explotados.
Cuando uno se acerca
a esta realidad, de inmediato recuerda la historia de los niños que trabajaban
en las minas de carbón en épocas de la Revolución Industrial. Situaciones que
parecían definitivamente atrás, están hoy al alcance de nuestros ojos. Representan
la involución de las conquistas sociales que se lograron con sangre a través de
siglos. Hoy en el mundo ya no hay respeto por las horas de trabajo, por la
jubilación, por los derechos a la educación y a la salud. Enfermedades que
creíamos vencidas han vuelto: tuberculosis, sífilis, cólera.
El estado de
desprotección y violencia en el que se encuentran expuestos los chiquitos nos
demuestra palmariamente que vivimos un tiempo de inmoralidad. Estos hechos
aberrantes nos absorben como un vórtice, haciendo realidad las palabras de
Nietzsche: “Los valores ya no valen”.
Cada mañana, miles de
personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los
excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica
como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es
lo humano.
Son excluidos los
pobres que quedan fuera de la sociedad porque sobran. Ya no se dice que son
“los de abajo” sino “los de afuera”.
Son excluidos de las
necesidades mínimas de la comida, la salud, la educación y la justicia; de las
ciudades como de sus tierras. Y estos hombres que diariamente son echados
afuera, como de la borda de un barco en el océano, son la inmensa mayoría.
Tantos valores
liquidados por el dinero y ahora el mundo, que a todo se entregó para crecer
económicamente, no puede albergar a la humanidad.
Para conseguir
cualquier trabajo, por mal pago que sea, los hombres ofrecen la totalidad de
sus vidas. Trabajan en lugares insalubres, en sótanos, en barcos factoría,
hacinados y siempre bajo la amenaza de perder el empleo, de quedar excluidos.
Al parecer, la
dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización. La
angustia es lo único que ha alcanzado niveles nunca vistos.” Es un mundo que
vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la
amputación de la vida de la inmensa mayoría. Se ha hecho creer a algún pobre
diablo que pertenece al Primer Mundo por acceder a los innumerables productos
de un supermercado. Y mientras aquel pobre infeliz duerme tranquilo, encerrado
en su fortaleza de aparatos y cachivaches, miles de familias deben sobrevivir
con un dólar diario. Son millones los excluidos del gran banquete de los
economicistas.
Cuando por la calle
veo tantos negocios cerrados, o vecinos del barrio me detienen para decirme que
no podrán seguir manteniendo su tallercito, que no les rinden las ganancias
para cubrir los impuestos, pienso en la corrupción y la impunidad, en el grosero
despilfarro y en la opulencia amoral de unos cuantos individuos, y tengo la
sensación de que estamos en el hundimiento de un mundo donde, a la vez que
cunde la desesperación, aumenta el egoísmo y el “sálvese quien pueda”. Mientras
los más desafortunados sucumben en la profundidad de las aguas, en algún rincón
ajeno a la catástrofe, en medio de una fiesta de disfraces siguen bailando los
hombres del poder, ensordecidos en sus bufonadas.
La educación pública
creada por los grandes intelectuales que nos gobernaron en el siglo pasado, que
tuvieron la iniciativa de construir una educación primaria libre, gratuita y
obligatoria es el fundamento de esta nación hoy en derrumbe.
En esas escuelitas de
mi infancia, humildes maestras nos enseñaban a ser “buscadores de la verdad”,
como la negra Ozán, india, hija de un domador, que nos mantenía al trote, pero
que a la vez, supo educarnos con cariñosa disciplina. Por aquel tiempo, tendría
yo unos once años, era el dibujante de la clase, y en días como el 20 de junio
pintaba con tizas de colores al general Belgrano haciendo jurar por su ejército
dos franjas de género celeste y una blanca, que por aquel acto serían capaces
de convocar batallas y arrastrar a sus hombres a la muerte o a la victoria,
porque ese paño, a menudo sucio y maltrecho, era el símbolo de la Patria.
En un crisol casi
único en el mundo, los hijos de pobres inmigrantes, mientras sus padres les
narraban historias de tierras lejanas, en aquellas escuelas escuchaban con
devoción la vida de sus próceres, Belgrano y San Martín. O como en el día de la
Independencia, cuando izábamos en el patio la bandera a los sones del Himno
Nacional y aguardábamos el chocolate caliente, ateridos por el frío pampeano.
Así aprendimos a amar
a la Patria, con un noble sentimiento que congrega, porque quien ama
verdaderamente a su patria, comprende y respeta a las demás; a la inversa del
patrioterismo, que es bajo y mezquino, presuntuoso, plagado de la vanidad que
nos aleja y nos hace odiar. Lo que ocurre con tantas potencias que se
consideran superiores por el solo hecho de dominar a las demás naciones.
Desde la siniestra
noche en que los estudiantes fueron expulsados de la Universidad a bastonazos,
para encerrarlos en las cárceles, cuando miles de universitarios e
intelectuales debieron irse del país, y luego, cuando fuimos conocidos por las
atrocidades cometidas durante la dictadura, lo único que nos rescató del
menosprecio universal fue el alto nivel de nuestros profesores, ingenieros,
biólogos, médicos, físicos, matemáticos, astrónomos, escritores y artistas que
eran convocados desde todas partes del mundo, poniéndonos por encima de países
altamente desarrollados. Un arquitecto de apellido Pelli ha deslumbrado a los
norteamericanos por la originalidad de sus construcciones. Y un hijo o nieto de
inmigrantes, como Milstein, llegó a ser Premio Nobel por su revolucionario
avance en el campo de la genética, pero debió ir a la Universidad de Cambridge
porque aquí ni siquiera tenía los aparatos necesarios para confirmar sus ideas.
Toda educación
depende de la filosofía de la cultura que la presida; y debido a estos
obsecuentes imitadores de los “países avanzados” —¿avanzados en qué?— corremos
el peligro de propagar aún más la robotización. Debemos oponernos al
vaciamiento de nuestra cultura, devastada por esos economicistas que sólo
entienden del Producto Bruto Interno —jamás una expresión tan bien lograda—,
que están reduciendo la educación al conocimiento de la técnica y de la
informática, útiles para los negocios, pero carente de los saberes
fundamentales que revela el arte.
Esta educación es
sólo accesible a quienes queden incluidos dentro de los muros de nuestra
sociedad, ya que el mundo de la técnica y la informática, que supuestamente nos
iba a acercar unos a otros, significó, para la inmensa mayoría, un abismo
insalvable.
En esta primavera de
1998, esperando las primeras luces del amanecer, que siempre o casi siempre,
renuevan una esperanza, medito en este país destruido y ensuciado por los
gobernantes y la mayor parte de los políticos. Tan lejos, tanto, de la
Argentina de mi adolescencia, con extraordinarias universidades que grandes
hombres ha dado al mundo, pero que hoy es apenas la ruina de un hermosísimo
castillo.
Por todo esto, en
distintas oportunidades he visitado a los maestros que desde hace más de un año
ayunan en la Carpa Blanca, frente al Congreso. Símbolo conmovedor de esa
reserva que salvará al país, si logramos recuperar los valores éticos y
espirituales de nuestros orígenes. La educación es lo menos material que
existe, pero lo más decisivo en el porvenir de un pueblo, ya que es su
fortaleza espiritual; y por eso es avasallada por quienes pretenden vender al
país como oficinas de los grandes consorcios extranjeros. Sí, queridos
maestros, continúen resistiendo, porque no podemos permitir que la educación se
convierta en un privilegio.
Los excluidos no
tienen justicia que los defienda. He ido a la villa treinta y uno, de Retiro,
para solidarizarme con los sacerdotes que ayunan en repudio por la crueldad con
que se pretendió echar a la gente, derribando sus precarias construcciones con
salvajes topadoras.
Al regresar a casa,
durante la noche he podido ver por televisión cómo se agredía a unos obreros
que se negaban a desalojar una fábrica, golpeados con violencia, tratados como
delincuentes por una sociedad que no considera un delito negarles a los hombres
su derecho al trabajo; expropiándoles, incluso, hasta las pocas leyes laborales
que los protegían.
También he visto a la
policía corriendo con palos y tanques hidráulicos a vendedores ambulantes, en
lugar de encarcelar a los que se están robando hasta las últimas monedas y
tienen dinero y poder para comprar a esa justicia que cae con despiadada dureza
sobre un pobre ladrón de gallinas. Como el muchacho que me escribió desde una
cárcel cordobesa pidiéndome un ejemplar del Nunca Más autografiado. Mientras
ese hombre estaba preso por un delito menor, en un gesto aberrante se puso en
libertad a los culpables de haber desangrado a la Patria.
Con gran amargura, la
tarde en que escuché la noticia de los indultos, me encerré en mi estudio sin
deseos de ver a nadie, mientras volvían a mi mente las imágenes del horror,
aquellos escenarios del suplicio.
En los años que
precedieron al golpe de Estado de 1976, hubo actos de terrorismo que ninguna
comunidad civilizada podría tolerar. Invocando esos hechos, criminales de la
más baja especie, representantes de fuerzas demoníacas, desataron un terrorismo
infinitamente peor, porque se ejerció con el poderío e impunidad que permite el
Estado absoluto, iniciándose una caza de brujas que no sólo pagaron los
terroristas, sino miles y miles de inocentes.
Cuando el país
amaneció de esa pesadilla, el presidente Alfonsín, en su condición de jefe
supremo de las Fuerzas Armadas, ordenó a los tribunales militares enjuiciar a
los culpables de ese histórico horror. Luego, como estatuye la Constitución, el
fuero civil daría la última palabra. Finalmente se nombró una comisión de
civiles que, a través de una investigación paralela, aportó pruebas a la labor
de los tribunales.
El horror que día a
día íbamos descubriendo, dejó a todos los que integramos la CONADEP, la oscura
sensación de que ninguno volvería a ser el mismo, como suele ocurrir cuando se
desciende a los infiernos. Siempre recordaré la entereza ética y espiritual de
las personalidades de la ciencia, la filosofía, varias religiones y el
periodismo, que integraron la comisión.
El informe era
transcripto por dactilógrafas que debían ser reemplazadas cuando, entre
llantos, nos decían que les era imposible continuar su labor. En más de
cincuenta mil páginas quedaron registradas las desapariciones, torturas y
secuestros de miles de seres humanos, a menudo jóvenes idealistas, cuyo
suplicio permanecerá para siempre en el lugar más desgarrado de nuestro
corazón.
El terrorismo de
Estado provocó también la destrucción de las familias de los desaparecidos.
Padres y madres, en su atormentada fantasía, enterraron y resucitaron a sus
hijos, sin saber, siquiera, la monstruosa realidad. Será difícil calcular
cuántos padres murieron o se dejaron morir de angustia y de tristeza, cuántos
otros enloquecieron. Como ocurrió con Miguel Itzigson, mi gran amigo, que en
sus años finales tuvo como único objetivo recuperar a su hija, lograr alguna
vez la verdad y la justicia. Pero el enfrentamiento con aquel horror, hecho de
la crueldad de unos y la indiferencia de otros, acabó quebrando su admirable
temple. Se dejó morir de tristeza.
El día en que la
CONADEP entregó el informe al presidente de la Nación, la Plaza de Mayo
desbordaba de hombres, mujeres, jóvenes y madres con sus criaturas en brazos,
que de ese modo daban su apoyo a aquel acontecimiento fundamental de nuestra
historia. Ya que Nunca Más deberíamos reiterar los hechos que nos hicieron
trágicamente famosos, cuando la prensa del mundo entero escribía en castellano
la palabra “desaparecido”.
Lamentablemente, las
leyes de Obediencia debida y de Punto final, y luego los indultos, han abortado
aquella voluntad soberana que hubiese sido un ejemplo de lucha ética, que
hubiera tenido consecuencias ejemplares para el futuro de nuestra patria. Porque
la tragedia que vivió la Argentina no será olvidada jamás por los que poseen un
corazón noble; no sólo por quienes han presenciado aquel infierno, sino también
por la condena de todos los seres de conciencia del mundo. Como lo demuestra la
investigación que en otros países llevan adelante seres como el juez Baltazar
Garzón, con quien estuve durante mi último viaje a España. La sangre, el horror
y la violencia cuestionan a la humanidad entera, y nos demuestran que no
podemos desentendernos del sufrimiento de ningún ser humano.
Con qué indignación
he visto, en un día de huelga nacional, con despótica soberbia, a la policía
arrojando al suelo la comida que unos obreros preparaban en sus ollas
populares. Y entonces me pregunto en qué clase de sociedad vivimos, qué
democracia tenemos donde los corruptos viven en la impunidad, y al hambre de
los pueblos se la considera subversiva.
También de sus
tierras han sido excluidos los hombres. Hace unos años estuve con los indios
wichis en la plaza del Congreso. Desde hacía una semana, realizaban una huelga
de hambre en reclamo por las tierras que, como a tantas comunidades indígenas,
les fueron usurpadas desde el tiempo de la conquista, víctimas de un genocidio
que se realizó a fuerza de guerras, epidemias desconocidas y el infaltable
cautiverio. Desde entonces, el sometimiento y el maltrato que reciben en todo
el continente los obliga a sobrevivir en miserables reservas, incapacitados
para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, salud, vivienda y
educación.
Hoy, uno de los
graves problemas que muchas de estas comunidades deben afrontar, bajo un riesgo
vertiginoso y destructivo, es la necesidad de emigrar hacia las grandes
ciudades, donde viven alienados, impulsados por el hambre pero también por
descabelladas ilusiones, como sucedió en Lima, que en los últimos veinte años
tríptico su población por la llegada de indígenas. Ciudades en las que viven
degradados en suburbios donde cunden el cólera, la meningitis, la tuberculosis
y todas las calamidades que acarrean la pobreza y el desarraigo. Viven, si
puede usarse ese verbo en el sentido grande y misterioso, o tristemente
sobreviven, ajenos y perdidos.
Aquí mismo, a Buenos
Aires, capital de un país que en un tiempo fue casi desierto, con pocas
comunidades autóctonas, están llegando millares de indios bolivianos y
paraguayos que atraviesan la frontera y que son esclavizados en trabajos
clandestinos, por falta de documentos. Duermen en el suelo, hacinados y sucios.
Han perdido su dignidad y sus rituales arcaicos.
En las comunidades
indígenas, los hechos esenciales de la existencia estaban vinculados al ritmo
del cosmos y la naturaleza. Y aún hoy, muchos de ellos conservan sus ritos,
como los mapuches, que se preparan para recibir el Año Nuevo con ceremonias
acompañadas de danzas y oraciones, en las que ruegan a los dioses para quedes
den salud y buenos augurios, para que el año que comienza sea óptimo en lluvias
y cosechas. En cambio, los ritos y las tradiciones de nuestras sociedades se
han desvirtuado, o se han convertido en simulacros en los que ya nadie cree,
consecuencia del barbarismo tecnológico. Escindido el pensamiento mágico y el
pensamiento lógico, el hombre quedó exiliado de su unidad primigenia; se quebró
para siempre la armonía entre el hombre consigo mismo y con el cosmos.
Hace tiempo vi una
extraordinaria película de Emir Kusturica sobre la desaparición de Yugoslavia.
Me impresionó el desgarro con que muestra la crueldad de ese exterminio. Y
cuando miré a esos seres en su inmundo subsuelo, sosteniendo con su dolor la
vida de individuos mezquinos y despiadados, sentí que era la gran metáfora de
este tiempo en que algo de la humanidad del hombre se está eclipsando.
Una sensación similar
me volvió a sobrecoger una tarde, mientras viajaba en tren. Entró una mujer
esmirriada, de tez morena, que, con un acordeón destartalado, hacía sonar una
música lúgubre. Sobre su pecho llevaba colgado un cartel donde explicaba que había
tenido que escapar de Rumania. Escuché su melodía, y me detuve a observar a esa
mujer sin patria y sin hogar, sin importar si provenía de Rumania, de Bosnia o
de la ex Yugoslavia. Era únicamente un ser errante, como los miles de
refugiados en el mundo, o los Sin Tierra de Brasil, o los que desesperadamente
intentan huir de la desvalida Albania. Una entre los millones cuya intemperie
nos hace responsables. Son aquellos que desconocen ideologías o estadísticas
sociológicas, pero que saben bien que ellos no cuentan en la historia. Cuando
ya se alejaba hacia el siguiente vagón, me encontré con la mirada triste de una
chiquita que cargaba sobre sus espaldas. Me hizo pensar en lo que está
sucediendo: un mundo que parece marchar hacia su desintegración, mientras la
vida nos observa con los ojos abiertos, hambrientos de tanta humanidad.
Me estremeció una
noticia que leí esta mañana en el diario; la recorté y la guardé en uno de los
cajones de mi archivo, entre esos tantos retazos que en estos años me han
ayudado a vivir.
Una mujer, en un
crudo invierno, apenas con una remera y un pantalón, se escapó del Hospital
Psiquiátrico con el deseo de ir a buscar a su compañero. Aprovechando la
distracción del maquinista, robó una locomotora y, haciéndola funcionar sin
dificultad, comenzó su odisea. Él había trabajado en el ferrocarril y le había
enseñado a conducir trenes y “muchas cosas más”.
“Si ustedes supieran
lo que es el amor, me dejarían seguir”, le decía al oficial que la detuvo y,
mientras la llevaba a la comisaría, con llantos desesperados, gritaba: “¿Vos
nunca hiciste nada por amor?”.
¡Cuánto más humanos
son estos gestos que los de tantos individuos que corren por la ciudad
enceguecidos con sus proyectos!
He querido rescatar
esta historia de entre mis papeles, ya que de alguna manera, cuando el
razonamiento nos conduce al borde de la psicosis colectiva, estos actos son lo
más parecido a una salvación.
Los que me quieren me
ruegan que no me levante tan temprano, temen por mi salud; los médicos me
revisan, me hacen estudios. En realidad, me estoy humanizando; es una de las
consecuencias del sufrimiento. ¿Sería esto una justificación del dolor?
Hoy intenté descansar
al menos hasta las cinco, pero sobrevino una especie de visión de la que poco a
poco comencé a tomar semiconciencia, algo dislocado, pero que sin embargo se
iba imponiendo sobre mí, y así pasé un rato largo debatiéndome entre la realidad
y el delirio. Hasta que comencé a dar vueltas en la cama, me destapé y esperé
que el frío tranquilizara mis nervios.
Algo turbio,
relacionado con la realidad que estamos viviendo, desde el inconsciente, como
un murmullo, me recordaba lo que estoy pintando en estos últimos años: esos
seres terribles que salen del fondo de mi alma, torres que se desploman,
pájaros en cielos incendiados. No sé lo que significan, quizás advertencias,
acaso secuelas de lo que sufrí escribiendo ciertos pasajes de mis ficciones,
como el Informe sobre ciegos.
No pude dormir de
nuevo, enciendo una linterna y atravieso la oscuridad del estudio. En mi mesa
veo los sobres que contienen algunos fragmentos que incluiré en este libro que
hago sin premeditación, que me sale del alma, no de mi cabeza, dictado por las preocupaciones
y la tristeza de estos años finales.
Reviso los papeles,
algunos, muchos, se encuentran marcados, tachados con innumerables
correcciones. Por la angustia que me produce, intento olvidar esta tarea, pero
vuelve reiterada, obsesivamente, como golpes de puño en el interior de mi
cabeza.
Finalmente me cambio
y en el jardín, aguardo el amanecer que se demora bajo un cielo cargado de
nubes tormentosas. Paso un tiempo sentado, hasta que Gladys me llama para
desayunar, lo hago mientras leo los grandes titulares del diario: la crisis
social, el desempleo, la corrupción, la impunidad, el estado general del mundo.
Más que suficiente para aumentar la tristeza y el desconcierto. Un subtítulo
dice: “En una semana quinientas personas, en su mayoría mujeres y niños, mueren
incinerados en Indonesia”. Recuerdo la expresión con que Dante describe el
infierno: “La sangre mezclada en el llanto, recogida por asquerosos gusanos”.
Entonces voy a mi
estudio y espero la llegada de Diego que, como todas las mañanas,
afectuosamente volverá a reanimarme. Conversaremos largamente y luego podremos
dar una vuelta por las calles del barrio, o por la estación, hasta que yo pueda
recuperar la energía para seguir escribiendo.
La gravedad de la
crisis nos afecta social y económicamente. Y es mucho más: los cielos y la
tierra se han enfermado. La naturaleza, ese arquetipo de toda belleza, se
trastornó.
Nuestro planeta se
encuentra en estado desolador, y si no se toman medidas urgentes va en camino
de ser inhabitable en poco más de tres o cuatro décadas. El oxígeno disminuye
de modo irreversible por el ácido carbónico de autos y fábricas, y por la devastación
de los bosques. El hombre necesita de los árboles para vivir. Parecen no
saberlo o no importarles a quienes están talando las selvas del Amazonas y las
grandes reservas del mundo. Los países desarrollados producen cuatrocientos
millones de toneladas por año de residuos tóxicos: arsénico, cianuro, mercurio
y derivados del cloro, que desembocan en las aguas de los ríos y los mares,
afectando no sólo a los peces, sino también a quienes se alimentan de ellos.
Sólo unos pocos gramos de intoxicación son mortales para el ser humano.
Corremos el riesgo de
consumir vegetales rociados con plaguicidas que dañan al hígado y a los riñones
y producen desórdenes sanguíneos, leucemia, tiroidismo; afectan también al
sistema nervioso central y a los ojos. Entre esos plaguicidas se encuentra el
terrible veneno llamado “agente naranja”.
Los científicos aún
no nos han explicado de qué manera vamos a sobrevivir a la radiactividad
expandida por el efecto de los reactores nucleares. Ocho millones de seres
humanos todavía sufren las consecuencias de la tragedia atómica de Chernobil.
Durante su visita a
la Argentina, conversé largamente sobre estos temas con el presidente de la ex
Unión Soviética, Mijail Gorvachov, ya que los científicos de su país arrojaron
los “corazones” de una gran cantidad de reactores al mar Báltico, ¿acaso pensaban
apagarlos? Entre estos desechos se encuentran productos temibles como el
plutonio, siniestra referencia a Plutón, dios griego del infierno. Desconocemos
lo que en verdad han hecho, por su parte, los países más desarrollados, pero es
alarmante la indiferencia con que han respondido a los reclamos de destacados
organismos ecologistas, como Greenpeace. Parece no contar que estamos al borde
de la destrucción física del planeta, tal es el individualismo y la codicia.
A pesar del alto
riesgo que significan los productos radiactivos, su almacenamiento sigue
constituyendo un inestimable agente de control. Los países más desvalidos, como
la India, o se proclaman orgullosamente como nueva potencia nuclear, o corren
el riesgo de ser vendidos como basureros atómicos. Algo que en reiteradas
oportunidades estuvo a punto de sucederle a nuestro país.
Otro peligro para
tener en cuenta es el agujero de ozono, ¡agujero que ya tiene el tamaño del
continente africano! Además del recalentamiento del planeta, consecuencia de la
emisión de gases industriales y del efecto “invernadero”, está en peligro el
futuro de los países insulares debido al crecimiento del nivel de los ríos y
mares. Sin olvidar las especies en extinción: se calcula que setenta especies
desaparecen por día.
En la antigüedad,
según Berdiaev, el proyecto del universo humano era también tarea de fuerzas
divinas. Desacralizada la existencia y aplastados los grandes principios éticos
y religiosos de todos los tiempos, la ciencia pretende convertir los laboratorios
en vientres artificiales. ¿Se puede pensar algo más infernal que la clonación?
¿Podemos seguir día a día cumpliendo con tareas de tiempos de paz, cuando a
nuestras espaldas se está fabricando la vida artificialmente?
Nada queda por ser
respetado.
A pesar de las
atrocidades ya a la vista, el hombre avanza perforando los últimos intersticios
donde se genera la vida. Con grandes titulares se nos informa que la clonación
es ya un éxito. Y nosotros, todos los hombres del planeta que no queremos esta
profanación última de la naturaleza, ¿qué podemos hacer frente a la inmoralidad
de quienes nos someten?
La humanidad ha
recibido una naturaleza donde cada elemento es único y diferente. Únicas y
diferentes son todas las nubes que hemos contemplado en la vida, las manos de
los hombres y la forma y el tamaño de las hojas, los ríos, los vientos y los
animales. Ningún animal fue idéntico a otro. Todo hombre fue misteriosa y
sagradamente único.
Ahora, el hombre está
al borde de convertirse en un clon por encargo: ojos celestes, simpático,
emprendedor, insensible al dolor o trágicamente, preparado para esclavo.
Engranajes de una máquina, factores de un sistema, ¡qué lejos, Hölderlin, de
cuando los hombres se sentían hijos de los Dioses!
Los jóvenes lo
sufren: ya no quieren tener hijos.
No cabe escepticismo
mayor.
Así como los animales
en cautiverio, nuestras jóvenes generaciones no se arriesgan a ser padres. Tal
es el estado del mundo que les estamos entregando.
La anorexia, la
bulimia, la drogadicción y la violencia son otros de los signos de este tiempo
de angustia ante el desprecio por la vida de quienes nos mandan.
¿Cómo podríamos
explicarles a nuestros abuelos que hemos llevado la vida a tal situación que
muchos de los jóvenes se dejan morir porque no comen o vomitan los alimentos?
Por falta de ganas de vivir o por cumplir con el mandato que nos inculca la
televisión: la flacura histérica.
Cientos de miles de
jóvenes son drogadictos. Andan como bandas por las plazas del mundo.
Todo hace pensar que
la Tierra va en camino de transformarse en un desierto superpoblado. No es
casual que en una de las últimas Cumbres Ecológicas se hayan previsto guerras,
en un futuro no muy lejano, para la obtención de agua potable.
Este paisaje fúnebre
y desafortunado es obra de esa clase de gente que se ha reído de los pobres
diablos que desde hace tantos años lo veníamos advirtiendo, aduciendo que eran
fábulas típicas de escritores, de poetas fantasiosos.
Según esa inversión
semántica que traen las lenguas, el epíteto de realistas señala a individuos
que se caracterizan por destruir todo género de realidad, desde la más
candorosa naturaleza, hasta el alma de hombres y de niños.
Si bien los
optimistas impertérritos arguyen que la humanidad ha sabido siempre
sobreponerse a los bárbaros acontecimientos, de ninguna manera estamos en
condiciones de poder confiar en esta clase de sofismas. En primer lugar, porque
hay civilizaciones enteras que jamás se recuperaron, y en segundo, porque
atravesamos una crisis total y planetaria.
Ya hace unos años, la
capacidad destructiva del mundo era cinco mil veces superior a la que había en
la época de la Segunda Guerra Mundial, el poder de las bombas atómicas en
reserva superaba un millón de veces a la bomba que destrozó Hiroshima.
Un chiquito muere de
hambre cada dos segundos. Lo criminal es que con el medio por ciento del gasto
de armamentos se podría resolver el problema alimentario de todo el mundo. Nada
hace pensar que estas cifras estén variando para mejor. Son tiempos en que el
hombre y su poder sólo parecen capaces de reincidir en el mal. Hemos puesto en
funcionamiento potencias destructoras de tal magnitud que su paso, como señaló
Burckhardt, puede llegar a impedir el crecimiento de la hierba para siempre.
Fue en un café de
Retiro donde te acercaste a pedir unas monedas y yo te pregunté si querías
sentarte. Eras uno de esos tantos que mendigan su inocencia como ángeles
excluidos de algún cielo perverso y extraño. Desde luego, no me conocías, y me
reconfortó compartir el encuentro. Porque vos, con tu corta edad, llevabas la
mirada envejecida por esas atrocidades que, en breve tiempo, realizan en el
cuerpo y el alma la devastación que traen los años.
Cuando en alguna
oportunidad he vuelto al mismo café, te he buscado con el deseo de saludarte.
Ya no estabas, pero te descubro en otros chicos, cuando al regresar de noche a
casa, los veo hurgar entre las bolsas de basura, hundiendo en la inmundicia sus
pequeñas manos, destinadas a los columpios y a las calesitas. Y no sé por qué,
entonces, pienso en Rimbaud. Quizá, porque también él pertenecía a la raza de
los que cantan en el suplicio. Rimbaud, que en las calles de París se
alimentaba con los mendrugos que sacaba de la basura, y que dormía por las
noches acurrucado en los portales. Recordé sus palabras: “La verdadera vida
está ausente”.
Y encerrado en este
viejo estudio, sentado al borde de la cama, vuelvo a ver el dibujito de la casa
que me regalaste, y que yo supuse que era la casa de tus sueños, con flores,
pequeñas ventanas y cortinas, con una gran chimenea en el centro que largaba humo
de colores, toda esa magia encantatoria de los niños que ni la miseria
pareciera borrar.
He estado escribiendo
estas líneas que probablemente nunca leerás; querría resguardarte de alguna
manera. ¡Qué horror, el mundo!
Sobre estos y otros
temas conversé largamente con Cioran, una tarde de 1989. Años atrás me habían
llegado noticias del deseo que él tenía de conocerme; insistencia que
interpreté como mensajes crípticos, reiterados en distintas oportunidades.
Combinamos una cita en su casa de la calle Odeón, a pocos pasos de mi hotel en
el Boulevard Saint-Germain.
Me costó disuadir su
insistente ofrecimiento de esperarme en la entrada, por temor a que yo me
perdiera; lo que me corroboró una vez más su auténtico deseo de verme. Al cabo
de unos minutos llegué a su casa, uno de aquellos viejos edificios franceses; y
luego de subir los seis pisos a pie, me detuve frente a la puerta de madera
donde había colocado, en el lugar reservado para las chambres de bonnes, un
cartel que decía Ici Cioran.
Contrariamente a lo
que muchos presuponen y a lo que yo mismo pensaba, me sorprendió aquel hombre
amable, menudo y apesadumbrado, predicador de un nihilismo que no coincidía con
él. Más bien era un gran pesimista, por momentos subyugado por un otro, escéptico
y descreído. Pero siempre con una sonrisa. En ningún momento un huraño
indiferente, por el contrario, uno de esos hombres solidarios con la
“desventurada muchedumbre”, cómo dijera Mallarmé, en búsqueda de alguien que
exprese su desazón y su tormento. Quizá podamos referir a él la frase de
Strimberg: “No detesto a los hombres, tengo miedo de ellos”.
Conversamos
fraternalmente durante más de cuatro horas, hasta que debí retirarme porque en
un café no muy lejano me esperaba mi amigo Severo Sarduy. Descubrí en Cioran la
coherencia de un hombre auténtico, y compartimos pensamientos de notable
similitud. Como la necesidad de desmitificar un racionalismo que sólo nos ha
traído la miseria y los totalitarismos. Como también la imbecilidad de los que
creen en el progreso y en el avance de la civilización. “Todo se puede sofocar
en el hombre, salvo la necesidad del Absoluto, que sobrevivirá a la destrucción
de los templos, así como también a la desaparición de la religión sobre la
tierra.” Palabras de un filósofo cuya lucidez era producto de sus perplejidades
y de su tormento.
Tengo la convicción
de que su dolor metafísico se habría aliviado si hubiese podido escribir
ficciones, por su carácter catártico, y porque los graves problemas de la
condición humana no son aptos para la coherencia, sino únicamente accesibles a
esa expresión mitopoética, contradictoria y paradojal, como nuestra existencia.
“En la tristeza todo
se vuelve alma”, dice en uno de sus ensayos que tanto han ayudado a
desenmascarar la frivolidad y las sonrisas hipócritas de estos tiempos.
He venido a Santander
a recibir el Premio Menéndez y Pelayo, y esta mañana he querido ir con Elvirita
a ver el mar desde los acantilados, quizá por última vez. Y mientras escuchaba
el rumor de las olas, y el sol comenzaba a ocultarse entre las nubes del
poniente, me invadió esa melancolía que siempre he sentido ante cierta
indescriptible belleza.
Como bien señaló
Berdaiev, la paradoja de los tiempos modernos radica en que el humanismo se ha
vuelto en contra del hombre. La sacralización de la inteligencia nos ha
empujado al borde del precipicio, y el logos, una vez que hubo dominado el
mundo, en vano pretendió responder a lo que sólo se sostiene como enigma o como
llanto. Hemos llegado a la ignorancia a través de la razón. En boca de un
personaje, Virginia Woolf se pregunta: “¿Con qué nombre tenemos que llamar a la
muerte? ¿Y cuál es la frase para el amor? No lo sé. Necesito un lenguaje
elemental como el de los amantes, palabras como las que usan los niños”.
El humanismo
occidental está en quiebra, y el fin del siglo nos encuentra incapaces de
preguntarnos por la vida y por el hombre.
Una vez afirmada en
su poder, la razón prometeica fue incapaz de resolver los problemas
fundamentales, ya que no era suficiente robar el fuego para iluminar la
historia. Al descorrer los últimos velos, el hombre descubrió su impotencia y
su precariedad. Si en estos últimos siglos de historia hemos perdido una
oportunidad, ha sido la de construir una historia en la que el hombre fuera
protagonista, en lugar de ser un nuevo condenado.
Años atrás, como un
Cristo entre ladrones, mataron en Granada a Federico García Lorca. Y a menudo
he pensado que aquel crimen horrendo es uno de los símbolos de este mundo que,
habiendo erradicado la poesía, ha eregido en su lugar la dureza y el espanto.
No sabemos, pero
podemos intuir, en medio de qué honda tristeza, cuando en busca del Absoluto
encontró la mediocridad y el desprecio, aquel joven, maravilloso y desdichado
Rimbaud, escribió las primeras líneas de su infierno:
Antaño, si no
recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en
el que vinos de todas las clases fluían sin cesar. Una noche, senté a la
Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Cuando camino por una
plaza, al contemplar la nobleza de los jacarandaes, o cuando veo aquellos
rostros inefables que siguen estremeciéndose ante un cielo tormentoso, o los
que aún tiemblan al pronunciar palabras sublimes, pienso entonces en la
desdicha de los hombres destinados a la belleza, pero forzados a sobrevivir en
la banalidad de esta cultura donde lo que alguna vez fue sentido, ha degenerado
en burda diversión, en estimulantes o patéticos objetos decorativos. Triste
epílogo de un siglo destrozado entre los delirios de la razón y la crueldad del
acero.
Elie Weisel ha dicho
que en Auschwitz murió el hombre y la idea del hombre. Es lo que ha ocurrido en
las épocas en las cuales pareciera haberse producido una ruptura, un corte tal,
que corremos el riesgo de ser absorbidos por el vacío.
Como se afirma en Los
endemoniados, el ser humano se siente atraído por la creación tanto como por la
destrucción; y es este uno de esos momentos. Vivimos como si hubiéramos llegado
a los límites últimos de la existencia. Ya no estamos tan seguros de poder
decir junto a Goethe que “la humanidad acabará triunfando”. Por el contrario,
en el horizonte parecen oírse los últimos estertores. Basta mirar cualquier
informativo o ver los títulos de un diario para comprender que estamos
convirtiéndonos en las siniestras criaturas que en medio de grotescos
aquelarres pintaba Goya. “Los sueños de la razón engendran monstruos”,
profetizó este artista genial que durante el día retrataba a las señoras gordas
de la corte, y luego se encerraba a hacer esos dibujos, como vómitos, que
desenmascaraban el ciego positivismo de la Ilustración.
Finalmente hemos
llegado al “mundo roto” del que nos habló Gabriel Marcel, y mientras la
realidad se desmorona a pedazos, el hombre desfallece psíquica y
espiritualmente escindido.
Probablemente nunca
comprenderemos del todo lo que nos quiso decir Kafka, que expresó, en una de
las obras más reveladoras y profundas del siglo XX, el desconcierto y el
desamparo del hombre contemporáneo en un universo duro y enigmático. La caída
del hombre en una realidad donde la burocracia y el poder han tomado el espacio
de la metafísica y de los Dioses. Extraviado en un mundo de túneles y pasillos,
atajos y bifurcaciones, entre paisajes turbios y oscuros rincones, el hombre
tiembla ante la imposibilidad de toda meta y el fracaso de todo encuentro.
III
El dolor rompe
el tiempo
en lo hondo no hay
raíces
hay lo arrancado
HUGO MUJICA
Desde que Jorge
Federico ha muerto todo se ha derrumbado, y pasados varios días, no logro
sobreponerme a esta opresión que me ahoga.
Como perdido en una
selva oscura y solitaria, busco en vano superar la invencible tristeza. Antes
—¿cuándo antes?: antes de que este desastre ocurriera—, en momentos de
depresión, pasaba horas en mi estudio de pintura, trabajando en algún cuadro
hasta que la desolación se iba. Pero ahora el tiempo se ha detenido. La
angustia permanece y me siento abandonado en el inconmensurable desierto de
estas cuatro paredes.
Embriagado de dolor,
entre las ruinas de mi mente, resuenan lejanos unos versos de Vallejo:
Hay golpes en la vida
tan duros,
golpes como del odio
de Dios.
La tarde desaparece
imperceptiblemente, y me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las
dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor.
Los tonos de la tarde me invaden con extrañas presencias que antes no percibía.
Ya los cantos de los pájaros son otros, o ninguno. Una luz crepuscular se
derrama sobre cada objeto, como si los elevara a una realidad nueva, ahora
transfigurada por el sufrimiento.
Una suave lluvia de
otoño cae sobre el jardín, y también sobre pájaros y árboles que, ¿quién podrá
saberlo?, quizá meditan igual que nosotros.
Cuántas parejas, en
las calles de este laberíntico Buenos Aires, se acurrucarán protegiéndose del
frío, en esos gestos de un amor inexpresable e imposible.
Desde la ventana de
mi estudio miro hacia el jardín. Los jazmines del Cabo, la rosa china, las
magnolias y las demás plantas y las flores recuerdan a Jorgito. Y entonces la
belleza vuelve a ensombrecerme. Miro, pues, hacia la nada. Observo cosas sin
importancia: una goma de borrar, una lapicera, un calendario, mi reloj. Dios
mío, ¿qué es esto?
Pasa un boeing, con
estruendo. ¿Adónde va? ¿Para qué? En mi mesa de trabajo miro una arañita que
cruza afanosamente, también hacia su destino. Pero, ¿cuál? Aunque pequeñita,
puede tener un destino chiquito, a su escala. La sigo conmovido, hasta que
llega al otro borde y desciende por uno de los hilos de su telaraña; con cuánta
esperanza la sigo observando mientras desaparece de mi vista aquel ser diminuto
que vive sin hacerse tantos planteos, sin esos cuestionamientos que nosotros
hacemos para probar ¿qué?
Mi vida parece ir
acabando como El túnel, con ventanales y túneles paralelos, donde todo es
infinitamente imposible. ¡Qué extraño, qué terrible es que al acercarse la
muerte vuelvan estas tristísimas metáforas!
Elvirita me habla de
Cristo. Me dejo alentar por su sentido religioso de la vida, y del dolor.
Sobre mi escritorio
puse una fotografía de Jorge, y ahora lo miro, lo miro con la añoranza de un
abrazo que me parte el pecho. Cómo querría volver hacia atrás el tiempo.
¿Cuándo acabará este peso agobiante y absoluto?
El pensamiento se me
hunde en el desgarro. ¿Hacia dónde se han vuelto ahora las palabras? Daría
todos mis libros —qué pobres, qué ridículos, qué precarios, qué inválidos, qué
nada al lado de esta pérdida— y daría mi prestigio, ese prestigio que tanto pongo
entre comillas, y los honores y las condecoraciones, por recuperar la cercanía
de Jorgito.
He vuelto de Albania
adonde fui a recibir el Premio Kadaré. Estaba destrozado, pero fui por no
volverme a negar a ese pobre y heroico país que inauguraba conmigo el premio.
En la ciudad de
Tirana tuve uno de los homenajes más emocionantes de la vida. Ese pueblo que
sufrió una tiranía, y en donde aún se ven los restos de la dictadura, las caras
agrietadas por el sufrimiento y los tenebrosos bunkers que había hecho
construir el tirano, me agasajó como a un bienhechor, como a un rey, como a un
hijo amado.
Hubo bailes y cantos
en la inolvidable entrega del Premio. Un poeta me entregó una urna con tierra
que había traído del pueblo natal de mi madre. Y un gran escritor me mostró un
cuaderno que había guardado oculto en la cárcel; con letra minúscula, tenía copiado
un texto de Camus y mi “Querido y remoto muchacho” de Abadon. Me dijo llorando
que en los muchos años que permaneció como preso político en la oscuridad de la
cárcel, diariamente leía estas páginas, a escondidas, para poder resistir. Me
quedé temblando por haber servido con mis palabras a ese héroe de los tantos
que pueblan aquel país, hoy nuevamente en guerra.
Al día siguiente nos
despidieron con música y con flores; fue tan emocionante que me descompuse en
los pasillos del aeropuerto de Viena. Elvira corrió por un médico, y después de
unas horas, pudimos partir para Madrid.
De vuelta en casa,
pienso en lo que vi en aquella tierra de algunos de mis ancestros, un pueblo
que viene padeciendo años de sometimiento; y recordaré siempre aquellas madres
que han visto morir a los hijos de las maneras más atroces y que, sin embargo, son
aún tan generosas. En la soledad de mi cuarto, abatido por la muerte de Jorge,
me he preguntado qué Dios parece esconderse detrás del sufrimiento.
Caminando por esta
casa que en otro tiempo todos compartimos, y en la que hoy deambulo perdido, me
he detenido, Jorgito, ante tu retrato. Silvina Ocampo, gran poeta y autora de
cuentos memorables, también alguna vez lo hizo en la época en que estábamos muy
cerca. Hace tantos años, tantos.
Lentamente he mirado
uno a uno los rasgos de ese niño de diez años que yo llevaba de la mano,
creyendo que para siempre estaría junto a mí. Y entonces, a través de las
arrugas y de las lágrimas, fui recreando aquel tiempo ya ido, pero tan añorado,
y sagrado.
En la soledad de mi
estudio, escucho el quinteto de Schumann para cuerdas y piano que tanto amabas.
Cómo comprendías que aquel entrañable, melancólico y desdichado músico
enloqueciera, y se arrojara al Rhin.
Se te iluminaba la
cara cuando hablabas de él, de su familia y de su historia, a la que siempre
volvías, como si lo extrañaras o te ayudara a vivir. Admirabas en Schumann su
genio musical desbordante de poesía y de ternura y te conmovía el amor de
Clara. Ella lo acompañó, lo sostuvo y lo protegió. Y, a su muerte, fue ella la
que más ayudó a divulgar su obra, y a que se lo valorara en el mundo entero.
Me vienen a la
memoria las tardes que pasábamos conversando con Mario y con vos sobre
innumerables temas, para terminar, muy a menudo, hablando de música.
Coincidíamos en que Brahms era uno de los supremos, y desde luego Beethoven y
Bach. Y el grande y maravilloso Schubert, que nunca llegó a escuchar sus
últimos quintetos.
Dios mío ¿dónde
estás? Si estás en ellos, ¡qué triste debes de ser también vos, qué
melancólico!
Te estoy viendo,
Jorge, sentado al piano sobre un taburete, tocando a cuatro manos con Matilde
aquellas conmovedoras obras que nos ayudan a sobrellevar la condición humana.
Desde muy chico
tuviste una asombrosa condición para la música. Martínez Estrada nos sugirió
que te hiciéramos estudiar con una de las discípulas de Scaramuzza, y fue ella
la que se asombró al comprobar que tenías el oído absoluto. En uno de los
conciertos que se daban a fin de año, D’Urbano, gran crítico musical, dijo:
“Hay dos chicos que prometen ser grandes concertistas; uno es el hijo de
Sabato, la otra, una chica llamada Martha Argerich”. Y sin embargo yo te
arranqué de la música cuando Epstein me aseguró que llegarías muy lejos como
ejecutante, pero no serías un compositor. Lo hice porque consideré que era un
destino cruel vivir subiendo y bajando de aviones, en inhóspitos cuartos de
hoteles, sin hogar, sin familia, sin esas pequeñas cosas cotidianas, acaso
modestas, pero que nos ayudan a vivir. Algo que nunca me reprochaste, a pesar
de tu auténtica pasión por la música, a la que volvías cada tarde, agotado del
trabajo, como se vuelve a un amor secreto y verdadero.
Te estoy rindiendo
homenaje, Jorge, a tu manera de ser, a tu humildad por momentos irritante.
Porque con tu genio nunca te importó que otros utilizaran tus trabajos de
investigación y tus ideas. Debes enorgullecerte de Lidia, tu mujer, que a pesar
del dolor sigue luchando. Y de tus hijas, que heredaron de vos el talento y la
honestidad. Dante y Anne están a su lado.
Nunca he sufrido
tristeza igual. Había muerto uno de los seres más grandes que he conocido,
generoso en el reconocimiento del genio de los otros, de aquellos a quienes
admiraba. Desde Schumann, Brahms, Beethoven, Malraux, Tomas Moro,
Saint-Exupéry, Jorge tuvo respeto por la criatura humana, amor por los pobres y
desvalidos, por quienes trabajó toda su vida. Desde su cargo de ministro, sin
descanso recorrió el país visitando las escuelas en los lugares más apartados.
En este atardecer de
1998, continúo escuchando la música que él amaba, aguardando con infinita
esperanza el momento de reencontrarnos en ese otro mundo, en ese mundo que
quizá, quizá exista.
Salí a caminar por
las calles de Buenos Aires y, conducido por un oscuro presagio llegué hasta los
viejos senderos de Parque Lezama. Abrumado por los recuerdos, me detuve frente
a la estatua de Ceres, donde cuarenta años atrás, misteriosamente, Martín se
encontró con Alejandra. Cuando perdemos el sentido con el cual hemos vivido,
volvemos a los lugares donde nos hemos planteado angustiosos interrogantes
acerca de la existencia.
Y así, en muchas
ocasiones he venido hasta esta plaza y me he sentado en sus bancos, como ayer.
Y he permanecido durante horas observando a esos desamparados que abundan en
Buenos Aires, como ocurre en todas las grandes ciudades. Esos náufragos que, en
medio de un océano tempestuoso, arrojan al mar su botella. Hasta que un día
alguien recoge esos fragmentos ilegibles, sin saber a quién pertenecen, si
acaso hablan del amor o la calamidad. Pero ayer tarde la depresión me ha
ahogado, y Elvira ha tenido que llevarme, casi que empujarme, para poder
caminar, tal es mi congoja.
Hoy quiero contar
quién ha sido Elvira González Fraga en mi vida. Lo hago como símbolo de
gratitud por todo lo que he recibido de ella.
Durante más de
dieciocho años, me ha ayudado en mis tareas con su gran talento y extrema
sensibilidad. Siempre espero que finalmente acepte publicar lo que ha escrito.
Con emoción, pienso
en el amor que ha puesto, en el cuidado de las traducciones de mi obra, en las
exposiciones de mis cuadros, en los seminarios y en los congresos, postergando
por mí tantas posibilidades. También acompañó a Matilde, y fue ella quien ordenó
sus poesías y sus escritos, y los llevó a aquella imprenta artesanal del sur.
Desde que enfermó
Matilde, ella ha sido para mí la persona en quien he volcado mi desazón y mi
angustia. En este tiempo de dolor, sin el apoyo y la fe de Elvirita, me hubiera
muerto. Y ahora, cuando ya no sé si estaré en condiciones de viajar me viene a la
memoria una mañana en que la acompañé en París a St. Julien le Pauvre, la
pequeña y hermosa iglesia, donde asistimos al rito ortodoxo. Fue un momento
trascendente.
Durante meses,
después, fui con ella a las misas que celebraba Hugo Mujica, ese hombre de
tanta fe como talento, y fue entonces cuando comulgué por primera vez. Elvirita
es de las personas más queridas, en la vida.
En la plaza, frente a
la estación, me quedé mirando a un chico. Y una vez más me admiré de cómo en la
infancia el tiempo va despacio, como si estuviera quieto. Es un infinito que se
extiende entre la Fiesta de Reyes que ha pasado y la que vendrá, y los
cumpleaños de los chicos suceden después de tantos hechos, o sueños, que el
próximo aparece tan distante para ellos, como la ancianidad.
Este remanso hace de
la niñez el período más fértil y más vulnerable, los chicos comparten la
serenidad de los árboles y el germinar de la tierra. Viven un tiempo que no se
acaba: ¿cuánto falta para que llegue la Navidad?, ¿cuánto falta para mi
cumpleaños? Para ellos el pasado no existe y el futuro es invisible. Y
entonces, cada día es eterno. Muchas veces me he detenido, solo en mi estudio,
o con amigos, a cavilar sobre este tema, sobre la diferencia entre el tiempo
existencial y el tiempo cronológico: éste es igual para todos; aquél, lo más
personal de cada hombre.
Así como despaciosas
son las horas de la infancia, cuando uno se va haciendo viejo, las horas se
achican, como un astro que girara cada vez en órbitas más pequeñas, y a mayor
velocidad, de modo que los regalos de cumpleaños no se han llegado a gozar cuando
ya viene, emboscado, un nuevo aniversario.
Con los años, el
pasado va aumentando de peso, y la gravedad de la existencia parece desfondarse
hacia ese costado. Cuando uno ya ha abandonado la energía de los trabajos, el
ardor de la pasión, la ilusión de otros proyectos, con frecuencia, queda habitando
el presente, distraídamente, como un juego al que ya no se le prestara
atención, porque el yo más profundo ha quedado anclado en esos momentos cuando
la vida resplandecía.
Pero ¡cuántas veces
he sentido la vida renovada como la de un águila!, ¡cuántas veces la creación
me había entregado un fulgor de eternidad!
He vuelto a leer a
San Agustín, y he recordado aproximaciones y diferencias. Él plantea, creo que
por primera vez en la historia de la filosofía de Occidente, esta idea
existencial del tiempo que tanto me había entusiasmado; en cambio, entonces, yo
ni me había detenido en su valoración de la eternidad.
En la eternidad nada
pasa, sino todo está presente, el pasado viene empujado por un futuro, y el
futuro viene en pos de un pasado, ¿quién detendrá el corazón del hombre para
ver que se pare y vea, cómo estando la eternidad inmóvil, gobierna los tiempos
futuros y pasados, la eternidad ni futura ni pasada?
Antes, en aquellas
épocas, una ansiedad creadora me lanzaba siempre más allá, el ser y el tiempo
me parecían inseparables, y yo avanzaba hacia el futuro como hacia mi destino.
Después, el tiempo fue acelerándose, y yo sentí que debía resignarme y abandonar
tantos proyectos.
Cuando murió Jorge
Federico, la concepción que entonces tenía del tiempo resultó inválida. Ya no
fue vertiginoso su pasar ni agobiante su pasado, todo quedó suspendido en un
vacío desgarrador.
En mi imposibilidad
de revivir a Jorge, busqué en las religiones, en la parapsicología, en las
habladurías esotéricas, pero no buscaba a Dios como una afirmación o una
negación, sino como a una persona que me salvara, que me llevara de la mano
como a un niño que sufre. Lo que antes había leído con juicio crítico, ahora lo
absorbía como un sediento.
Volví a Jaspers. A
las pocas páginas di con una cita de Epicteto: “El origen de la filosofía es
percatarse de la propia debilidad e impotencia”.
¡Cuántas veces,
hundido en negras depresiones, en la más desesperada angustia, el acto creativo
había sido mi salvación y mi baluarte! Creía entonces en Pavese cuando dijo que
al sufrir aprendemos una alquimia que transfigura en oro al barro, la desdicha
en privilegio. Pero la ausencia de Jorge es irreparable. Supe que ninguna obra
nacida de mis manos me podía aliviar, y me pareció hasta mezquino que intentara
distraerme, o aun pintar o escribir algo.
Temblando recordé uno
de esos graves presagios que he tenido en la vida. Varios años antes de su
muerte, yo me había propuesto escribir una historia sobre un hombre mayor, un
artesano de pueblo, uno de esos hombres que son puro corazón y creyentes de la vida.
Iba a tener como único familiar a una nieta a quien amaba y a quien le contaba
hermosas leyendas. Mi intención era ponerlo en una situación límite: si perdía
a su chiquita, por su gran bondad ¿seguiría creyendo en la vida? Yo no sabía
cuál iba a ser la reacción de ese abuelo, esperaba que la intuición me guiara.
Pero estaba tan inmerso en la pintura que no llegué a escribirlo.
Ahora siento a pleno
el límite de la vida y el dolor ha detenido el tiempo en un ardor eterno.
Sé que Jaspers dice
que “hay en las situaciones límite un impulso fundamental que mueve a encontrar
en el fracaso el camino que lleva al ser”, y también “que la forma en que
experimenta su fracaso es lo que determina en qué acabará el hombre”.
No sé. Sí puedo decir
que el tiempo de mi vida se quebró, que después de la muerte de Jorge ya no soy
el mismo, me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de
buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo.
En julio presentamos
el Romance de la muerte de Juan Lavalle, en el Teatro Cervantes con la
desinteresada participación de Mercedes Sosa. Fue para nosotros un homenaje que
nos permitió revivir la emoción de hace treinta años cuando, por primera vez,
le dio su magnífica voz al desconsolado dolor de Damasita Boedo.
Hacía un año que
estábamos llevando esta cantata a las viejas y pobres ciudades del interior del
país, como las antiguas Salta y Corrientes, la hermosa y heroica Jujuy. Ellas
nos han ido rememorando los hechos de la historia y nos han entregado la belleza
de la tierra. En Ushuaia quedé trastornado por las enigmáticas montañas del fin
del mundo; también por los lobos marinos y las ballenas de Puerto Madryn.
Sé que mi idea de
realizar el Romance no habría sido posible si no hubiera contado con un gran
compositor del talento de Eduardo Falú, y con su voz excepcional.
En la ciudad de
Resistencia tuve una experiencia que me parece decisiva. Fue a principio de
año, durante la gran inundación del Paraná. Entonces me conmovió ver tanta
pobreza y a la vez, tanta humanidad. Como si fuesen inseparables, como si lo
esencial del hombre se revelara en sus carencias.
Las correntadas
avanzaban como las crecidas de los grandes ríos de montaña, destruyendo sus
casas, arruinando sus cosechas. En cualquier momento el Paraná podía derribar
los muelles y quedar entonces sepultados la ciudad y los pueblos vecinos.
Cantidades de
familias habían sido evacuadas, y en esa atmósfera de peligro, en medio de
lluvias torrenciales, fue emocionante ver cómo se ayudaban unos a otros,
¡cuánta humanidad vimos aflorar en el peligro!
Fue tan revelador
para Eduardo y para mí que decidimos colaborar con un trabajo que se
desarrollará en un pueblo indígena de la zona del Impenetrable.
Es admirable la
religiosidad con que viven los hombres de estos pueblos del interior; en su
modo de sobrellevar la pobreza he encontrado rastros de una vida más poética.
Son ellos los que tímidamente nos muestran valores que aquí sentimos ya sin
vigencia, ya sin tiempo.
Paso junto a la
puerta del cuarto donde murió Matilde, luego de una dura y larga enfermedad que
la dejó postrada durante años. En estos tiempos en que el mal la vencía recibió
el amoroso cuidado de las enfermeras y de Gladys, la fiel Gladys, que ahora
sufre conmigo este dolor. La cuidaron como a una criatura indefensa. ¡Cuánto
más grande es la mujer que el hombre! Matilde recibió la atención de médicos
notables, y la ayuda de nuestra amiga Stella Soldi fue fundamental para
sobrellevar esta dolencia.
Yo solía apoyarme al
lado de su puerta, y poniendo el oído, me quedaba así, escuchando. La enfermera
le hablaba como si ella le entendiera, hasta que le contestaba con una voz
apenas audible, desde una lejanía indescifrable. En una ocasión, Matilde me contó
que no había dormido en toda la noche. Me hablaba de un pájaro de color negro
azulado, grande, hermoso, que se le acercó para decirle que estaba llegando el
momento de su muerte. Había sido un sueño muy nítido, que le había dado una
especie de paz.
Hasta que volvía la
enfermera y yo me iba a encerrar en el estudio. Durante un tiempo muy largo
permanecía sentado, como tantas veces, mirando hacia el jardín, sin saber qué
hacer, sin ganas de nada, pensando en cosas oscuras e indeterminadas.
¡Cuánta congoja! Cómo
va quedándose a oscuras esta casa en otro tiempo llena de los gritos de los
niños, de cumpleaños infantiles, de los cuentos que Matilde inventaba por la
noche para dormir a los nietos. Qué lejos, Dios mío, aquellas tardes en que venían
a conversar con ella sus amigos, cuando la visitaba Julia Constenla o Ana María
Novik.
Con enorme
desconsuelo pienso en todo lo que ella debió soportar por mi culpa. Recuerdo la
tarde en que la dejé en París, para irme con una mujer que había sido condesa
en los años previos a la Revolución Rusa. Me la había presentado un príncipe
que entonces trabajaba de taxista, con quien hablábamos sobre Chejov,
Dostoievski, Tolstoi. La agitación que vivía durante el período surrealista era
tal que, finalmente, abandoné a Matilde en el puerto, con el pequeño Jorge en
brazos, cometiendo un acto horrendo que jamás ha dejado de atormentarme. Por
eso, cuando en la calle, en el tren, se me acercan a darme la mano, o algunas
mujeres y hasta ancianas religiosas me dicen: “Que Dios lo mantenga por muchos
años todavía”, me pregunto si lo merezco. Tantos fueron mis abandonos a aquella
mujer que dio su alma y su vida por mí, por evitar, precisamente, que mis
desalientos me llevaran a quemar todo lo que escribía. Fue siempre mi primera
lectora, la más severa, pero también la más cariñosa. Sus sugerencias eran
precisas. Matilde hacía una marca suave con lápiz negro al costado de la
página, y siempre tenía razón.
Su coraje no la hizo
aflojar jamás, sosteniéndome a pesar de toda clase de penurias. Pero también
tuve otros dos vínculos, profundos, con mujeres que me cuidaron con infinita
generosidad. Porque siempre necesité que me apuntalaran como a una casa vieja o
mal construida.
En sus años finales,
cuando la he visto desolada por su enfermedad, es cuando más profundamente la
quise. Y pienso en el valor con que sufrió mi vida complicada, azarosa,
contradictoria. A su lado pasé momentos de peligro, de amor, de amargura, de
pobreza, de desengaños políticos y de tristísimos alejamientos, en que esperaba
siempre a que el barco sacudido por oscuras tempestades regresara a la calma, y
yo volviera a divisar el cielo estrellado, esa Cruz del Sur que marcaba
nuevamente el rumbo, la misma que tantas veces, cuando éramos muchachos,
habíamos contemplado desde algún banco de plaza. Y muchos, muchísimos años
ante, el supremo misterio, la recuerdo cuando me farfulló aquellos versos de
Manrique:
cómo se pasa la vida
cómo se viene la
muerte
tan callando...
Esta tarde, mientras
yo estaba jugando con Yasmín, la chiquita de Erika, llegó Luciana con su bebé
de tres meses, mi bisnieto Ignacio, y recordé cuando Juan Sebastián era un
chiquilín y ella lo cuidaba, siempre tan madrecita.
Después vino Mario a
buscarme y me llevó a escuchar el coro que formó. Tiene un gran sentido de la
música y es indudablemente un creador.
En este tiempo volví
a entusiasmarme con la idea de abrir este lugar, donde hemos vivido, a la gente
que me ha demostrado su devoción y su amor, a quienes me leyeron y me
estimularon. Siento que, de algún modo, les pertenece; y me consuela que cuando
ya no esté, esta casa, bajo el cuidado de Gladys, se mantenga con las puertas
abiertas. Le he pedido a Graciela Molinelli que haga lo posible para cumplir mi
deseo, y espero que entre todos la cuiden, las dos familias y los grandes
amigos que siempre nos han acompañado.
Esta es la casa que
con Matilde hemos venido a habitar hace casi sesenta años, donde transcurrió la
infancia de nuestros hijos, donde filmó Mario sus primeras poéticas películas,
donde vino a vivir con Elena y donde nacieron nuestros nietos Luciana, Mercedes
y Guido. Donde pasamos pobrezas, pero también acontecimientos fundamentales de
nuestra vida.
He separado los
cuadros que quiero que permanezcan como patrimonio de la casa, y las primeras
ediciones, junto a los libros de Matilde, a sus poesías y a sus cuentos
inéditos. Quiero que todo en la casa quede tal cual está, con sus roturas y con
sus paredes medio descascaradas. Como también el viejo samovar de la familia
rusa de Matilde y la colección Sur, que albergó mis comienzos en la literatura.
Esta casa donde nació
mi obra y donde murió Matilde, con la vieja araucaria, la morera y estos pinos
centenarios.
Recibo cantidad de
cartas de muchachos que se sienten al borde del abismo, no sólo de nuestro
país, sino del mundo entero. Como la de aquel adolescente de diecisiete años
que había leído mis novelas y me escribió desde una ciudad del interior de Francia.
Me hablaba de Rimbaud en una carta hecha a mano, con tumultuosa desesperación.
Me aterró porque presentí que podía llegar a suicidarse, ya que este drama es
universal. Los chicos me hablan de sus tristezas, de las ganas de morir, me
cuentan, también, cómo se aferran a Martín y a Hortensia Paz, porque los ayudan
a resistir esta vida atroz y despiadada.
Siempre me han
preocupado estos jóvenes cuyos ojos están destinados a la belleza, pero también
al infortunio porque ¿qué más desventurado que un sediento buscador de
absolutos?
En mi juventud, en
distintas oportunidades tuve la tentación del suicidio, pero terminé salvándome
al comprender el sufrimiento de todos los que se entristecerían con mi muerte.
Siempre habrá alguien a quien nuestra ausencia resultará irreparable: una madre,
un padre, un hermano; cualquier ser por remoto que fuera. Un entrañable amigo,
hasta un perro basta.
Diego Curatella, que
en estos últimos años trabaja conmigo, me recuerda lo que dice Camus: “No hay
más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la
vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental
de la filosofía”. Y en momentos en que cavilo sobre la vida, sobre este
enigmático final, cuando ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo, cuando
todo me parece absurdo e inútil, y este libro, sobre todo este libro, ¿qué
clase de ánimo podría darles a quienes desesperadamente me piden auxilio? Diego
me lee a importantes pensadores o me recuerda versos para mí olvidados; con su
formación filosófica, me ha convencido de que debo concluir este libro por los
jóvenes que, en medio del descreimiento, hoy más que nunca necesitan la palabra
de sus escritores. Él me recordó lo que Bruno dice en una de mis novelas:
“Cualquier historia de las esperanzas y desdichas de un solo hombre, de un
simple muchacho desconocido, podía abarcar a la humanidad entera. Escribir
sobre ciertos adolescentes, los seres que más sufren en este mundo implacable,
los más merecedores de algo que a la vez describa su drama y el sentido de sus
sufrimientos”.
Y entonces continúo
este testimonio, o epílogo, o testamento espiritual, de la manera que quieran
nombrarlo, dedicado a esos muchachos y chicas desorientados, que se acercan en
ocasiones tímidamente y, en otras, como los que buscan una tabla en el mar, después
de un naufragio. Porque creo que tan sólo eso puedo ofrecerles: precarios
restos de madera.
Me detengo a observar
la fotografía de un pequeño lustrabotas que en la ciudad de Salta, se acercó a
abrazarme con gran emoción. Paso un tiempo largo observándolo, como uno de esos
antiguos iconos que nos hablan de un Dios remoto pero oculto en algún lugar. En
el brillo de sus ojos parece que hubiera algo que lo elevase por encima de este
mundo donde todo es horror y miseria. Ese chiquito, en su humildad de
lustrabotas, me muestra a Dios. Un Dios en cuya fe nunca me he podido mantener
del todo, ya que me considero un espíritu religioso, pero a la vez lleno de
contradicciones, con instantes en los que soy propenso a creer en actos
demencialmente milagrosos, y épocas en las que vuelvo a caer presa del
pesimismo y la depresión. Quizá porque uno espera mucho y a menudo es
defraudado; sobre todo, en momentos en que la vida nos va despojando de
aquellos que han sido para nosotros, como dijo Cernuda: “Una pausa de amor
entre la fuga de las cosas”. Cómo mantener la fe, cómo no dudar, cuando se
muere un chiquito de hambre, o en medio de grandes dolores, de leucemia o de
meningitis, o cuando un jubilado se ahorca porque está solo, viejo, hambriento
y sin nadie, como sucede ahora, ¿dónde está Dios? ¿Qué respuesta le diste a tu
Hijo, cuando gritó aquella frase trágica? ¿No es lícito en estos casos una
especie de maniqueísmo? Así, todo sería explicable, al menos para los hombres
comunes, no para los teólogos que escriben miles de páginas para justificar tu
ausencia. Como dice Dostoievski, Dios y el Demonio se disputan el alma del
hombre, y el campo de batalla es el corazón de ese desdichado. Y si el combate
es infinito, y si Dios no es tan poderoso como para vencer a su Adversario y
si, como dicen muchos, venció el Demonio y lo tiene encadenado o, lo que aún sería
más perverso, domina ya el mundo y hace creer a los candorosos que es Dios para
desprestigiarlo, ¡qué horror!, ¿qué sentido tendría entonces la vida?
Muchos se han
cuestionado la existencia de ese Dios bondadoso, que, sin embargo, permite el
sufrimiento de seres totalmente inocentes. Una santa como Teresa de Lisieux
tuvo dudas hasta momentos antes de su muerte; y en medio del tormento, las
hermanas la oyeron decir: “Hasta el alma me llega la blasfemia”. Von Balthasar
dice que, mientras hubiera alguien que sufriese en la tierra, la sola idea del
bienestar celestial le producía una irritación semejante a la de Ivan
Karamasov. Sin embargo, luego muere en la fe más inocente, absoluta, como
también Dostoievski, Kierkegaard, y el endemoniado Rimbaud, que en su lecho
suplica a la hermana que le suministren los sacramentos.
Según Simone Weil,
esa especie de mística blasfemadora, “El sufrimiento es la superioridad del
hombre sobre Dios. Fue necesaria la Encarnación para que esa superioridad no
resultara escandalosa”. Y entonces, cuando abandono esos razonamientos que
acaban siempre por confundirme, me reconforta la imagen de aquel Cristo que
también padeció la ausencia del Padre. Y así como Machado ha dicho que ha
buscado a Dios entre la niebla, en mi propia búsqueda he encontrado, en algunos
pasajes de Las confesiones de San Agustín, una puerta que se entreabre,
dejándonos el reflejo de una luz. Y al contemplar aquella escultura de María
Magdalena, de Donatello, tan trágica y expresionista, me pregunto si a la fe se
puede llegar sin esos atroces y, en apariencia, incomprensibles sufrimientos.
¿No ha sido un gran
dolor el que dio nacimiento al Oscar Wilde que preferimos? En aquella
conmovedora carta final, recuerda que cuando era trasladado desde la cárcel
hacia los tribunales, en medio de una muchedumbre, mientras avanzaba esposado
delante de sus custodios, al levantar la cabeza vio cómo un amigo lo saludaba
quitándose el sombrero. Y ante la grave solemnidad de aquel gesto, la multitud
vociferante fue reducida al silencio. En su carta escribe: “Donde hay dolor hay
un suelo sagrado”. Esa experiencia lo alejó para siempre de sus antiguas
extravagancias, y nunca volvió a frecuentar los salones de fiesta. La mayor
nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación,
sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza.
Epílogo
Pacto entre
derrotados
Hemos fracasado
sobre los bancos de
arena del racionalismo
demos un paso atrás y
volvamos a tocar
la roca abrupta del
misterio.
URS VON BALTHASAR
Te hablo a vos, y a
través de vos a los chicos que me escriben o me paran por la calle, también a
los que me miran desde otras mesas en algún café, que intentan acercarse a mí y
no se atreven.
No quiero morirme sin
decirles estas palabras.
Tengo fe en ustedes.
Les he escrito hechos muy duros, durante largo tiempo no sabía si volverles a
hablar de lo está pasando en el mundo. El peligro en que nos encontramos todos
los hombres, ricos y pobres.
Esto es lo que ellos
no saben, los hombres del poder. No saben que sus hijos también están en esta
pobre situación.
No podemos hundirnos
en la depresión, porque es de alguna manera, un lujo que no pueden darse los
padres de los chiquitos que se mueren de hambre. Y no es posible que nos
encerremos cada vez con más seguridades en nuestros hogares.
Tenemos que abrirnos
al mundo. No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una
fogata en el propio comedor de nuestras casas. Es la vida y nuestra tierra las
que están en peligro.
Les escribo un verso
de Hölderlin:
El fuego mismo de los
dioses día y noche nos empuja a seguir adelante. ¡Ven! Miremos los espacios
abiertos, busquemos lo que nos pertenece, por lejano que esté.
Sí, muchachos, la
vida del mundo hay que tomarla como la tarea propia y salir a defenderla. Es
nuestra misión.
No cabe pensar que
los gobiernos se van a ocupar. Los gobiernos han olvidado, casi podría decirse
que en el mundo entero, que su fin es promover el bien común.
La solidaridad
adquiere entonces un lugar decisivo en este mundo acéfalo que excluye a los
diferentes. Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro
compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de
la historia.
Pero antes habremos
de aceptar que hemos fracasado. De lo contrario volveremos a ser arrastrados
por los profetas de la televisión, por los que buscan la salvación en la
panacea del hiperdesarrollo. El consumo no es un sustituto del paraíso.
La situación es muy
grave y nos afecta a todos. Pero, aun así, hay quienes se esfuerzan por no
traicionar los nobles valores. Millones de seres en el mundo sobreviven
heroicamente en la miseria. Ellos son los mártires.
Se los ve bajando de
los trenes, de los ómnibus, después de inhumanas jornadas de trabajo, o
desolados cuando no lo consiguen. Se los ve en las mujeres gastadas a los
treinta años por los hijos y la urgencia de salir a trabajar por pagas
miserables. Se los ve en los chicos de la calle, en los ancianos que duermen en
los subtes. En todos los hombres abandonados en el sufrimiento y en su
indigencia.
Una vez le
preguntaron a Pasolini por qué se interesaba en la vida de los marginados, como
el protagonista de Mama Roma, y él respondió que lo hacía porque en ellos la
vida se conserva sagrada en su miseria.
En un archivo donde
colecciono papeles, recortes que me ayudan a vivir, tengo una fotografía del
terremoto que destruyó hace años Concepción de Chile: una pobre india, que ha
recompuesto precariamente su ranchito hecho de chapas de zinc y de cartones, está
barriendo con una vieja escoba ese pedazo de tierra apisonada delante de su
casucha. ¡Y uno se hace preguntas teológicas! ¡Cuánto más demostrativa es la
imagen de la pobre indiecita que sigue barriendo su casa y cuidando a sus
hijos! Esta clase de seres nos revelan el Absoluto que tantas veces ponemos en
duda, cumpliéndose en ellos, como dijera Hölderlin, que donde abunda el peligro
crece lo que salva.
Cada vez que hemos
estado a punto de sucumbir en la historia nos hemos salvado por la parte más
desvalida de la humanidad. Tengamos en consideración entonces las palabras de
María Zambrano: “No se pasa de lo posible a lo real sino de lo imposible a lo
verdadero”. Muchas utopías han sido futuras realidades.
Son muchos los
motivos, me dirás, podrías decirme, para descreer de todo.
Los jóvenes como vos,
herederos de un abismo, deambulan exiliados en una tierra que no les otorga
cobijo. En este desguarnecimiento existencial y metafísico, sufren huérfanos de
cielo y de techo. Comprendo tu congoja, el desconcierto de pertenecer a un tiempo
en que se han derrumbado los muros, pero donde aún no se vislumbran nuevos
horizontes. Falsas luminarias pretenden cautivar tu voluntad desde las
pantallas. Debes de pensar que no hay un cambio posible cuando el valor de la
existencia es menor que el precio de un aviso publicitario. El escepticismo se
ha agravado por la creciente resignación con que asumimos la magnitud del
desastre. La banalidad con que se degradan los sentimientos más nobles,
degenerando al hombre en una patética caricatura, en un ser irreconocible en su
humanidad.
Yo también tengo
muchas dudas, y en ocasiones llego a pensar si son válidos los argumentos con
que he intentado hallarle sentido a la existencia. Me reconforta saber que
Kierkegaard decía que tener fe es el coraje de sostener la duda. Yo oscilo
entre la desesperación y la esperanza, que es la que siempre prevalece, porque
si no la humanidad habría desaparecido, casi desde el comienzo, porque tantos
son los motivos para dudar de todo. Pero por la persistencia de ese sentimiento
tan profundo como disparatado, ajeno a toda lógica —¡qué desdichado el hombre
que sólo cuenta con la razón!—, nos salvamos, una y otra vez, sobre todo por
las mujeres; porque no sólo dan la vida, sino que también son las que preservan
esta enigmática especie. No en vano, en una de las culturas cuya sabiduría es
milenaria, se creía que el alma de una mujer que moría en medio del parto era
conducida al mismo cielo que el guerrero vencido en un combate.
Por eso te hablo, con
el deseo de generar en vos no sólo la provocación sino también el
convencimiento.
Muchos cuestionan mi
fe en los jóvenes, porque los consideran destructivos o apáticos. Es natural
que en medio de la catástrofe haya quienes intenten evadirse entregándose
vertiginosamente al consumo de drogas. Un problema que los imbéciles pretenden
que sea una cuestión policial, cuando es el resultado de la profunda crisis
espiritual de nuestro tiempo.
Yo reafirmo a diario
mi confianza en ustedes. Son muchos los que en medio de la tempestad continúan
luchando, ofreciendo su tiempo y hasta su propia vida por el otro. En las
calles, en las cárceles, en las villas miseria, en los hospitales. Mostrándonos
que, en estos tiempos de triunfalismos falsos, la verdadera resistencia es la
que combate por valores que se consideran perdidos.
Durante mi viaje a
Albania, conocí a un muchacho llamado Walter, que había dejado su casa en la
provincia de Tucumán, para ir a cuidar enfermos junto a la congregación de
Teresa de Calcuta. Con cuánta emoción lo recuerdo. Siempre que veo las
terribles noticias que nos llegan desde aquel entrañable país, me pregunto
dónde estará, si acaso leerá estas palabras de reconocimiento a su noble
heroísmo.
Son millones los que
están resistiendo, vos mismo lo podés comprobar cuando ves a esos hombres y
mujeres que se levantan a altas horas de la madrugada y salen a buscar un
empleo, trabajando en lo que pueden para alimentar a sus hijos y mantener
honradamente al hogar, por modesto que sea. ¿Te detuviste a pensar cuántos en
todo el país comparten esta hambre por la dignidad y la justicia?
Miles de personas, a
pesar de las derrotas y los fracasos, continúan manifestándose, llenando las
plazas, decididos a liberar a la verdad de su largo confinamiento. En todas
partes hay señales de que la gente comienza a gritar: “¡Basta!”. Lo mismo
ocurre con el movimiento zapatista en México, y con todos los movimientos que
nos advierten del peligro que corre el futuro del planeta.
Hay que recordar que
hubo alguien que derribó al imperio más poderoso del mundo con una cabra y una
rueca simbólica. Una salida posible es promover una insurrección a la manera de
Gandhi, con muchachos como vos. Una rebelión de brazos caídos que derrumbe este
modo de vivir donde los bancos han reemplazado a los templos.
Esta rebelión no
justifica de ningún modo que permanezcas en una torre, indiferente a lo que
pasa a tu lado. Gandhi advirtió que es una mentira pretender ser no violento y
permanecer pasivo ante las injusticias sociales. Por el contrario, creo que es
desde una actitud anarcocristiana que habremos de encaminar la vida.
Ya no quedan locos,
se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma en el desierto. Todo el
mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.
Esa locura cuya
ausencia León Felipe lamenta, es un acto similar a la del estoico Guevara,
cuando abandonó todas las comodidades y partió hacia una lucha insensata en la
selva boliviana, enfermo de asma, ya sin remedios para su mal; para terminar
asesinado por despiadados y repugnantes bichos. ¿Qué importa si se equivocaba
con el materialismo dialéctico? Eso mismo prueba su inocencia, su autenticidad.
Luchaba por aquel Hombre Nuevo que hoy nos urge rescatar de los escombros de la
historia. En su carta final les dice a los padres: “Queridos viejos, otra vez
siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi
adarga al brazo”; y entonces sale en busca de lo que Rilke llamaría su muerte
propia. Esa es su grandeza, que algunos considerarán su chiquilinada, su
tontería; pero estos gestos de heroísmo demencial son los que nos rescatan de
tanta iniquidad, porque no se puede vivir sin héroes, santos ni mártires. Como
esos estudiantes que en la plaza de Tian-An-Men, en una horrible masacre, murieron
al imponerse ante el implacable acero de los tanques. Son ellos los que nos
indican los caminos por los que la vida puede renacer.
Vivimos un tiempo en
que el porvenir parece dilapidado. Pero si el peligro se ha vuelto nuestro
destino común, debemos responder ante quienes reclaman nuestro cuidado.
Hace poco he visto
por televisión a una mujer que sonreía con inmenso y modesto amor. Me conmovió
la ternura de esa madre de Corrientes o del Paraguay, que lagrimeaba de
felicidad junto a sus trillizos que acababan de nacer en un mísero hospital,
sin abatirse al pensar que a éstos, como a sus otros hijos, los esperaba el
desamparo de una villa miseria, inundada en ese momento por las aguas del
Paraná. ¿No será Dios que se manifiesta en esas madres?
¿Por qué tendría que
manifestarse sólo en poetas como Juan de la Cruz o en las sagradas pinturas de
Rouault?
Si toda resistencia
parece absurda cuando se presiente el fin, ¿por qué no detenernos a meditar en
estos santos? ¿Acaso no son una muestra de que algo existe del otro lado del
absurdo?
No sabemos si al
final del camino, la vida aguarda como un mendigo que nos extenderá la mano.
Esta fe demencial, o
milagrosa, se debe precisamente, a que hemos llegado a tocar fondo. Es
necesario preservar los lugares que existen hasta en los suburbios de las
grandes ciudades, donde aún se conservan los atributos del hombre concreto de
carne y hueso.
Cuando el mundo
hiperdesarrollado se venga abajo, con todos sus siderántropos y su tecnología,
en las tierras del exilio se rescatará al hombre de su unidad perdida. Y quizá,
cuando despertemos de esta siniestra pesadilla, cuando un vacío de humanidad nos
duela en el pecho, entonces recordaremos que alguna vez fuimos aquello que dijo
Rene Char: “Seres del salto, no del festín, su epílogo”.
Me hablas de tu
agitación, de una especie de temblor que te sobrecogió y aún perdura, luego de
nuestra conversación en aquel café al oírme decir estas palabras.
Debes perdonarme; a
pesar de los años, no puedo evitar ser desmesurado en lo que considero
fundamental.
Por otro lado, ¡hay
temblores que son tan importantes! Porque anteceden a esa clase de decisiones
que sacuden los cimientos de nuestra existencia y, aunque generen
incomprensión, terminan repercutiendo en el destino de los demás. Los grandes
creadores realizan sus obras bajo tensiones similares. Sólo lo que se hace
apasionadamente merece nuestro afán, lo demás no vale la pena.
También yo quise huir
del mundo. Ustedes me lo impidieron, con sus cartas, con sus palabras por las
calles, con su desamparo.
Les propongo
entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos
en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro,
esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos
levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como
los brotes que laten bajo las tierras del invierno.
Algo por lo que
todavía vale la pena sufrir y morir, una comunión entre hombres, aquel pacto
entre derrotados. Una sola torre, sí, pero refulgente e indestructible.
En tiempos oscuros
nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel
Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte:
Volveremos a brindar
por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría
y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra.
Piensen siempre en la
nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos
entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide
la historia, nos recuerdan que el hombre sólo cabe en la utopía.
Sólo quienes sean
capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de
recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.


Publicar un comentario