© Libro No. 483. Tesis
Provisionales para la reforma de la Filosofía. Principios de la Filosofía del
Futuro. Feuerbach,
Ludwig.
Colección E.O. Septiembre 7 de
2013.
Títulos originales: ©
Vorlaüfige
Thesen zur Reform der Philosophie (1842)
Grundsätze
der Philosophie der Zukunft (1843)
Prólogo y
traducción de Eduardo Subirats Rüggeberg
Dirección
de la colección: Virgilio Ortega
©
Editorial Labor, S.A., 1976
© Por la
presente edición, Ediciones Orbis, S.A., 1984
ISBN:
84-7530-677-2
D.L.B.
33.344-1985
Impreso y
encuadernado por
Gráficas
Ramón Sopeña, S. A.
Provenza,
95 - 08029 Barcelona
Printed
in Spain
Versión Original: © Vorlaüfige Thesen zur Reform der Philosophie
(1842)
Grundsätze
der Philosophie der Zukunft (1843)
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Feuerbach Ludwig
Tesis Provisionales para la Reforma de la
Filosofía.
Principios De La Filosofia Del Futuro
ÍNDICE
Prólogo……………….……….............................................................................. 2
La filosofía y la carne
…………………………....................................................... 2
Nota a la edición
………………………................................................................ 4
Tesis provisionales para la reforma de
la filosofía……………………….. ...... 5
Principios de la filosofía del futuro
………………………................................ 13
Prefacio de la primera edición
………………………........................................... 13
Principios de la filosofía del futuro
…………………………................................. 13
Feuerbach
Ludwig
Tesis
Provisionales Principios De La Filosofia Del Futuro
Ludwig
Andreas Feuerbach (28 de julio de 1804 – 13 de septiembre de
1872) fue un filósofo alemán, antropólogo, biólogo y crítico de la religión. Es
considerado el padre intelectual del humanismo ateo contemporáneo, también
denominado ateísmo antropológico. Para él la inmortalidad es una creación
humana y constituye el germen básico de la antropología de la religión.
Feuerbach nació en Landshut, Baviera, en 1804, hijo de Paul Johann Anselm
von Feuerbach. Estudió teología en Berlín. En esta misma ciudad fue discípulo
de Hegel. Si bien al principio estuvo muy influenciado por él, rápidamente
criticó la ideología de su maestro siguiendo dos ejes que fueron la base de su
pensamiento: la concepción antropológica de toda religión y la crítica
materialista de todo pensamiento especulativo. Su carácter crítico sobre la
religión no le permitió ejercer la docencia hasta la revolución de 1848,
cuando, reclamado por sus alumnos de Heidelberg, profesó durante un semestre su
teoría de la religión.
Feuerbach se convirtió en el maestro del pensamiento de los jóvenes hegelianos.
Sobre todo tuvo influencia en Marx y Engels, aunque éstos más tarde se
delimitarían de su materialismo en obras como las Tesis sobre Feuerbach (1845)
y La ideología alemana (1846). Entre sus obras, cabe destacar su poema
Pensamientos sobre la muerte y la inmortalidad (1830), que niega la existencia
de Dios y de otra vida, Crítica de la filosofía de Hegel (1839), La esencia del
cristianismo (1841) y Principios fundamentales de la filosofía del futuro (1843).
En 1870 se afilió al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Murió en 1872
en Rechenberg, cerca de Núremberg (Alemania).
http://www.4shared.com/file/80231265/157fa219/42096.html
PRÓLOGO
LA
FILOSOFÍA Y LA CARNE
Un motivo parece alentar sobre todo el pathos antiteológico
y antiespeculativo de Feuerbach: la confrontación con una filosofía descarnada,
con un cogito sin cuerpo ni sexo, sin pasión ni dolor, tan reseco y
carente de vida como la misma iconología cristiana de cuyo espíritu proviene.
Pensar ha sido, para la filosofía alemana, el acto supremo de desencarnarse a
sí misma y al mundo —piensa Feuerbach—. Es en este desencanto del cuerpo y la
sensualidad, en ese momento de «desilusión decisiva y universal», donde
comienza su filosofía. Mejor aún, de él parte la exigencia feuerbachiana de una
«filosofía hecha carne».
La filosofía, escribe, niega «lo natural, material,
sensible... lo mismo que la teología niega la naturaleza emponzoñada por el
pecado original». En las tesis de Feuerbach reaparecen estos pasajes en los
que se vuelve a la vez contra el rechazo idealista de lo material y sensible, y
la perversión Cristiana de la sensualidad. Lo empírico, fuente de toda
heteronomía, es también el origen del mal para Kant, y sólo tos intereses de la
razón que se erigen a sus espaldas pueden dar acceso al Bien supremo que el
cristianismo sustento sobre su degradación como pecado. Bajo este doble aspecto,
sin embargo, la crítica de Feuerbach no puede orillar en un materialismo
dogmático ni escolástico. Es cierto que epistemológicamente el cometido de
Feuerbach se limita a la asunción de todo aquello que la constitución de la
razón había expulsado de algún modo de su propia demarcación. O si se prefiere,
la filosofía de Feuerbach confiere, fundamentalmente, un estatuto
epistemológico a lo que la razón idealista había desterrado como condición
misma de su cumplimiento. Así se rebajaba lo particular en su oposición a lo
universal, el deseo en beneficio de la autoconciencia, el interés propio de la
felicidad individual se sacrificaba en aras del interés general y estandarizado
de la razón, o lo diferente y empírico se supeditaba a lo incondicionado y absoluto.
Esta crítica epistemológica se resume en la
exigencia de que la nueva filosofía adopte como punto de partida «este ser en
nosotros distinto del pensar, antifilosófico, absolutamente antiescolástico»,
«lo que está contra la filosofía», es decir, el hombre finito y determinado, la
inmediatez de la vida, el deseo. Y, sin embargo, en el suelo intelectual alemán,
esta reivindicación de la pasión y de la vida sensible, de la naturaleza y el
cuerpo, sólo podía adquirir directamente un sentido polémico e histórico que
escapa a la pura dimensión epistemológica.
La violencia sobre lo sensible, sobre la inmediatez
de la vida y el deseo, que jalona el ascenso de la razón especulativa, es
también la violencia que ejerce el orden universal de la economía política. En
esta misma medida, la ley universal que postula el idealismo alemán constituye
la representación filosófica del orden burgués. Por otra parte, la determinación
de éste, el sistema de la moral, de la sociedad y la historia, aparece desde la
perspectiva de la crítica del cristianismo de Feuerbach como la versión
desacralizada de la determinación teológica de Dios. La moral cristiana contrae
con ello un compromiso con la producción burguesa en el seno mismo de la
filosofía idealista. Así, en Kant, por ejemplo, para el que el sistema de las
relaciones intersubjetivas es una imagen, una copia del Reino de Dios,
mancillada por las adherencias de lo sensible de las que el hombre, a pesar de
todo, no puede librarse. Así también en Hegel, que, bajo una perspectiva
equivalente, celebra en el trabajo del esclavo la conciliación del
desgarramiento cristiano y el espíritu burgués de empresa.
La crítica epistemológica y antiteológica de
Feuerbach se Vuelca, en definitiva, contra la depravación cristiana de la carne
que la filosofía alemana había incorporado a la moral del trabajo y al interés
histórico de la razón. Feuerbach cuestiona con ello el interés especulativo de
la razón y su interés práctico, el reino del trabajo y el reino de la
intersubjetividad; lo que quiere decir que pone en entredicho el sistema de la
cultura tal como había sido determinado por el idealismo.
El concepto de «naturaleza», o más bien las
antítesis de naturaleza y conciencia, naturaleza y cultura, materia y forma,
sujeto y objeto, tiene en este contexto una importancia central. Toda la
crítica de Feuerbach remite a ellas y las disuelve y asienta sobre un nuevo
fondo, las absuelve del rígido aprisionamiento en el que habían sido
encerradas bajo el racionalismo idealista.
Con la crítica del empirismo, en efecto, éste había
reculado también su determinación de la cultura como sistema integrado a la
naturaleza. Si la cultura remitía, para Hume, a las necesidades de la
naturaleza humana, en Kant sólo se erige contra ellas. Es un entendimiento sin
pasión, luego inapetente, y formal el que rige su producción; la sola razón
instaurada en y por sus propios intereses determina asimismo sus fines. En la
misma revolución kantiana de la oposición del sujeto y el objeto se traduce la
miseria de su determinación de la cultura. Bajo la cosa en sí, la naturaleza
enmudece como mera materia muerta, incapaz de «sonreír con un resplandor
poético y sensual a todo hombre», como escribiera Marx. Ella no es sino en la
medida en que se somete a la legislación del entendimiento, al trabajo de la
cultura. Y así como a lo material se le usurpa su aliento vital, así también
al alma le arrebatará su pasión la razón moral. El sistema de la cultura oscila
en Kant entre una naturaleza muerta y una fría subjetividad amordazada. Tampoco
Hegel reconoce en la naturaleza más que la pura resistencia a la actividad del
concepto, ni en la vida sensible y el deseo más que la oscura carga que lastra
el trabajo de la razón. La cultura es en la fenomenología hegeliana, y con
mayor univocidad que en Kant, el doble esfuerzo penoso del trabajo del esclavo
contra la opacidad de la cosa y la vanidad del deseo.
La crisis de la filosofía alemana, y no en última
instancia la de la cultura burguesa, se pone de manifiesto primeramente en la
rehabilitación de la sensualidad y el deseo del hombre finito y real
(Feuerbach), la individualidad y la autorrevelación de sí (Stirner) y el
trabajo concreto en su forma social dada (Marx). Ello no debe sugerir, por lo
que se refiere a Feuerbach, la idea de una contraposición esquemática y rígida
contra la razón especulativa de todo lo que el sujeto absoluto había sujetado y
sometido —reproche que puede hacerse al Único stirneriano—. Hecho remarcable
por cuanto el sensualismo de Feuerbach puede evocar un naturalismo metafísico o
incluso místico. Parece que la naturaleza, degradada por los sueños de la
razón, se oponga en Feuerbach contra sus vuelos. La naturaleza asaltaría a la
autoconciencia desbaratando su dialéctica; el deseo estremecería los pilares
de la cultura. Nos hallaríamos, en fin, frente a una filosofía naturalista de
signo impugnador y aun revolucionario. A esa interpretación contribuiría, en
efecto, una crítica del «naturalismo» que con su celo esclarecedor ha acabado
por confundir conceptos, en la medida en que da por entendido, naturalista y
anhistóricamente, un pensamiento naturalista natural a todos los tiempos, si no
a la misma naturaleza humana[1].
Es impensable en Feuerbach una esquemática confrontación
de naturaleza y cultura. Del mismo modo sería erróneo atribuirla a una crítica
que, directa o indirectamente, remite al sensualismo feuerbachiano, ya sea la
perspectiva cultural implícita en el psicoanálisis o el análisis de la racionalidad
técnica de los autores de Dialéctica de la ilustración. El sensualismo
feuerbachiano supone más bien la remisión de la cultura a la naturaleza, que
sólo el idealismo había hipostasiado como fantasma, como la sombra del
concepto. La cultura como «artificio», determinada como puro sistema formal, y
sólo ella, segrega el mito de una naturaleza inculta. Y ello es tan cierto con
respecto al concepto especulativo de cultura como de la sociedad burguesa que
él abona. No en vano es el más artificial de los artificios culturales, los medios
de comunicación de masas, quien propaga hoy propagandística y
publicitariamente el mito de una naturaleza pura como información
metalingüística y, al fin, ideológica
El mito de una naturaleza redentora es más bien el
alibi histórico de una naturaleza depravada en el seno de un sistema abstracto
y formal de la cultura; es su compensación y su correlato. Si Feuerbach delata
en esta naturaleza negada el secreto de su desencanto, de la desilusión de la
razón y su progreso, ello tiene, en primer lugar, un sentido crítico e histórico.
Positivamente, esta crítica se resuelve en la reformulación de la «gran
cuestión» de la filosofía: la relación entre el sujeto y el objeto. Plantearla
en el seno de la vida, anuncia Feuerbach, no en el marco del conocimiento. El
punto de partida de la sensibilidad desentraña al Yo como afecto y no sólo
como entendimiento —no se limita al cogito de un sujeto lógico—. El Yo
es también pasión, el objeto es asimismo vida y tormento. Y así también la
formación de la cultura se abre como juego de artificio con la materia del
deseo, y como forma que prolonga —no se pone ni aliena— la vida del objeto.
Esta perspectiva que Feuerbach arroja sobre la
cultura hace obligada, también, la mención de la crítica de Marx. La polémica
suscitada desde los años veinte entre una sensualidad emancipada y la lucha de
clases, a la que esta confrontación alude entre otras cosas, no ha quedado, ni
mucho menos, cerrada. Reseñar aquí el erudito trabajo sobre Feuerbach de
Alfred Schmidt[2] es
doblemente interesante: no sólo aviva, una vez más, la actualidad del problema,
sino que también muestra indirectamente sus límites. Uno de los propósitos más
importantes que guía el ensayo de Schmidt es el de mostrar una continuidad, una
especie de compenetración, entre la emancipación de la sensualidad y la
subjetividad material de Feuerbach, y la noción marxiana de praxis y el
proyecto teórico del comunismo. Que este propósito se lleve a término en un
suelo intelectual muy cercano a la Teoría crítica y, en particular, a
Marcuse, debe entenderse más bien en el sentido de una dilatación de esta
problemática, que tampoco la Escuela de Frankfurt ha cerrado, que en el
de un puro dato de filiación intelectual.
Se puede, en efecto, sostener la tesis de una
identidad fundamental de la sensualidad emancipada inherente al materialismo
sensualista de Feuerbach y la praxis emancipadora de Marx. Salta a la vista,
sin embargo, el precio que el estudio de Schmidt paga por ella: la limitación
del concepto de praxis a las primeras obras de Marx, especialmente los Manuscritos.
La legitimidad de semejante limitación no está, ni mucho menos, al amparo
de toda objeción. Si se acuerda que uno de los momentos característicos de la
crítica materialista de la filosofía alemana de Feuerbach y sobre todo de
Marx, es la atribución de un estatuto epistemológico a la praxis real e
histórica, el estatuto epistemológico y teórico general del marxismo debe
buscarse, en consecuencia, en la historia práctica de esta praxis. Tal fue una
de las premisas, y no por cierto la más inapreciable, del marxismo crítico de
Luckács o Korsch. Desde este punto de vista el problema de la praxis marxiana
se vuelve más espinoso. Parece existir una sustancial diferencia entre la
praxis «sensualizada», o «naturalizada», por usar un término caro a Feuerbach,
de los Manuscritos de 1844, y la praxis históricamente dada de la lucha
de clases que más bien se determina concretamente en la producción económica y
se define como trabajo, como producción y actividad controladora. Este
conflicto es fundamental asimismo para la constitución de la Teoría crítica de
Frankfurt y no en última instancia ha alimentado su tan impugnado
distanciamiento de una praxis que, al menos por ser reciente, goza del título
de actualidad. Pues, ¿se agota esa crítica del sistema de la cultura en y por
la pasión, la sensibilidad y el dolor, en la dimensión emancipadora atribuida
al trabajo?
eduardo subirats rüggeberg
NOTA A LA EDICIÓN
Las Tesis provisionales para la reforma de la
filosofía, escritas en 1842, estaban destinadas a los Deutsche
Jahrbücher, de Ruge, la continuadora de los Halle’ schen Jahrbücher. La
prohibición de aquella revista en 1843 impidió la publicación de las tesis de
Feuerbach, que fueron publicadas en Suiza en forma de libro.
Escritos un año más tarde (1843), los Principios
de la filosofía del futuro no conocieron mejor suerte con la censura
alemana y se editaron asimismo en el exilio.
La versión de ambas obras se ha basado en las obras
completas de Feuerbach editadas por Jodl (Frommann Verlag, Stuttgart-Bad
Connstatt 1959, t. II).
Tesis provisionales
para la reforma
de la filosofía
El secreto de la teología es la antropología,
pero el secreto de la filosofía especulativa es la teología —la
teología especulativa—, que se distingue de la teología común en que
traspone a lo aquende la esencia divina, es decir, actualiza, determina y
realiza la esencia divina que ésta, por miedo e incomprensión, transfiere
a la esencia divina distanciada a lo allende.
Spinoza es el verdadero fundador de la filosofía
especulativa moderna; Schelling, su rehabilitador y Hegel, su culminador.
El «panteísmo» es la consecuencia
necesaria de la teología (o del teísmo) —la teología consecuente—; el
«ateísmo» es la consecuencia necesaria del «panteísmo» —el
panteísmo consecuente—.[3]
El cristianismo es la contradicción del politeísmo
y el monoteísmo.
El panteísmo es el monoteísmo con el predicado
del politeísmo: es decir, el panteísmo convierte los seres[4]
independientes del politeísmo en predicados, en atributos del ser uno y
autónomo. Así, Spinoza convirtió el pensar como conjunto de las cosas
pensantes, y la materia, como conjunto de las cosas extensas, en atributos de
la sustancia, esto es, de Dios. Dios es una cosa pensante: Dios es una cosa
extensa.
La filosofía de la identidad únicamente se
distinguía de la filosofía spinozista en que animó la cosa muerta y pasiva de
la sustancia con el espíritu del idealismo. En particular Hegel hizo de la
autoactividad, de la fuerza de autodiferenciación, de la autoconciencia,
atributos de la sustancia. La paradójica proposición de Hegel: «La conciencia
de Dios es la autoconciencia de Dios», reposa en el mismo fundamento que la
paradójica proposición de Spinoza: «La extensión o materia es un atributo de la
sustancia», y no tiene otro sentido que el siguiente: la autoconciencia es un
atributo de la sustancia o de Dios; Dios es Yo. La conciencia que el teísta
atribuye, a diferencia de la conciencia real, a Dios, sólo es una
representación sin realidad. Pero la proposición de Spinoza, la materia es un atributo
de la sustancia, no expresa sino que la materia es entidad (Wesenheit) sustancial
divina; del mismo modo, la proposición de Hegel no expresa sino que la
conciencia es la esencia divina.
El método de la crítica reformadora de la filosofía
especulativa en general no se distingue del empleado en la filosofía de
la religión. Basta con convertir el predicado en sujeto y a
éste, en tanto que sujeto, en objeto (Objekt) y principio —es
decir, solamente invertir la filosofía especulativa, para obtener la verdad
manifiesta, pura y desnuda—.
El «ateísmo» es el «panteísmo» invertido.
El panteísmo es la negación de la teología desde
el punto de vista de la teología.
Así como en Spinoza (Ética, I parte, def. 3,
prop. 10) el atributo o predicado de la sustancia es la sustancia misma, así
también en Hegel, el predicado de lo absoluto, del sujeto en general, es
el sujeto mismo. Según Hegel, lo absoluto es ser, esencia, concepto
(espíritu, autoconciencia). Pero lo absoluto pensado únicamente en tanto que
ser no es otro que el ser, lo absoluto, en la medida en que es pensado bajo
ésta o aquella determinación o categoría se agota enteramente en esta
categoría o determinación, de modo que dejando a ello de lado, es un mero
nombre. Pero, prescindiendo de esto, lo absoluto subyace todavía como sujeto,
y el verdadero sujeto, en virtud del cual lo absoluto no es un mero
nombre, sino algo, la determinación, sigue conservando, sin
embargo, el significado de un mero predicado, exactamente como el atributo en
Spinoza.
Lo absoluto o infinito de la filosofía especulativa
no es, considerado psicológicamente, más que lo no determinado, lo indefinido
—la abstracción de todo lo determinado puesto como un ser distinto de esta
abstracción, al tiempo que identificado nuevamente con ella—; pero, considerado
históricamente, no es diferente del antiguo ser o no-ser (Unwesen) teológico
metafísico, no-finito, no-humano, no-material, no-determinado, no-condicionado
—la nada anterior al mundo puesta como acto—.
La lógica hegeliana es la teología vertida a la razón
y el presente, la teología hecha lógica. Así como el ser divino
de la teología es el conjunto ideal o abstracto de todas las realidades, es
decir, de todas las determinaciones y finitudes, así también la lógica.
Todo lo terrenal se encuentra de nuevo en el cielo de la teología; así
también, todo lo que se encuentra en la naturaleza se encuentra
de nuevo en el cielo de la lógica divina: cualidad, cantidad,
medida, esencia, quimismo, mecanismo, organismo. En la teología todo lo tenemos
por partida doble: una abstracta, la otra concreta; todo es doble en la
filosofía hegeliana: como objeto de la lógica y luego, una vez más, como objeto
de la filosofía de la naturaleza y del espíritu.
La esencia de la teología es la esencia trascendente
del hombre puesta fuera del hombre; la esencia de la lógica de Hegel es el
pensar trascendente, el pensar del hombre puesto fuera del hombre.
De la misma manera que la teología escinde y aliena al
hombre, para identificar después con él la esencia alienada, así también Hegel multiplica
y disgrega la esencia simple de la naturaleza y del hombre, idéntica
consigo misma, para mediatizar después por la violencia lo que con
violencia ha sido separado.
La metafísica o lógica sólo es una ciencia real e
inmanente cuando no se separa del llamado espíritu subjetivo. La
metafísica es la psicología esotérica. ¡Qué arbitrariedad, qué barbaridad
considerar la cualidad para sí y la sensibilidad para sí, escindiéndolas en dos
ciencias especiales, como si la cualidad fuera algo sin la sensibilidad y la
sensibilidad algo sin la cualidad!
El espíritu absoluto de Hegel no es otro que
el espíritu abstracto, separado de sí mismo, el llamado espíritu finito,
del mismo modo que el ser infinito de la teología no es otro que el ser finito abstracto.
Según Hegel, el espíritu absoluto se revela o se
realiza en el arte, la religión y la filosofía. En alemán esto significa: el
espíritu del arte, de la religión y de la filosofía es el espíritu absoluto. Pero
el arte y la religión no pueden separarse de los sentimientos, de la fantasía y
de la intuición humanas, ni la filosofía puede separarse del pensar: en suma,
no puede separarse el espíritu absoluto del espíritu subjetivo o esencia del
hombre sin volver a restablecer el viejo punto de vista de la teología, sin
restablecer de nuevo el espíritu absoluto en tanto que otro espíritu,
distinto de la esencia humana, es decir, sin reflejárnoslo como un espectro de
nosotros mismos, pero existente fuera de nosotros.
El «espíritu absoluto» es el «espíritu fallecido» de
la teología que todavía merodea como un espectro en la filosofía
hegeliana.
La teología es una creencia en espectros. Pero
si la teología común alberga sus espectros en la imaginación sensible,
la teología especulativa los guarda en la abstracción no-sensible.
Abstraer significa poner la esencia de la
naturaleza fuera de la naturaleza, la esencia del pensar fuera del acto
de pensar. La filosofía hegeliana ha enajenado al hombre de sí mismo en la
medida en que todo su sistema reposa en estos actos de abstracción. Ella
identifica de nuevo, ciertamente, lo que separa, mas sólo de una manera a su
vez separable, mediata. La filosofía carece de unidad inmediata, de
certeza inmediata, de verdad inmediata.
La identificación inmediata, transparente y veraz de
la esencia del hombre, sustraída al hombre a través de la abstracción, con el
hombre mismo, no puede derivarse por vía positiva de la filosofía hegeliana;
por el contrario, sólo puede derivarse de ella como la negación de la
filosofía hegeliana; y, en general, sólo puede concebirse, sólo puede comprenderse,
si es concebida como la negación total de la filosofía
especulativa, aunque ella sea la verdad de la misma. Es cierto que todo
entra en la filosofía hegeliana, pero siempre entra junto con su negación, con
su contrario.
El arte es la prueba evidente de que el
espíritu absoluto es el llamado espíritu finito, es decir, el espíritu
subjetivo, y, por consiguiente, no puede ni debe separarse de él. El arte emana
del sentimiento de que la vida en el aquende es la verdadera vida, de que lo finito
es lo infinito; emana del entusiasmo por un ser determinado, real,
en tanto que el ser supremo, en tanto que el ser divino. El monoteísmo
cristiano no tiene en sí ningún principio de formación artística y científica.
Sólo el politeísmo, el llamado culto de los ídolos, es la
fuente del arte y de la ciencia. Los griegos sólo se elevaron hasta el punto
culminante de las artes plásticas porque para ellos la figura humana
significaba incondicional e irremisiblemente la figura suprema,
la figura de la divinidad. Los cristianos sólo llegaron a la poesía cuando negaron
prácticamente la teología cristiana y adoraron al ser femenino como
ser divino. Como artistas y poetas, los cristianos se contradecían con
la esencia de su religión tal como la representaban, tal como ella era objeto
(Gegenstand) de su conciencia. Petrarca se arrepintió a causa de la
religión de las poesías en que había divinizado a su Laura. ¿Por qué, al
contrario de los paganos, los cristianos carecen de obras de arte adecuadas a
sus representaciones religiosas? ¿Por qué carecen de una imagen de Cristo que
les satisfaga plenamente? Porque el arte de los cristianos sucumbe frente a la
perniciosa contradicción entre su conciencia y la verdad. La
esencia de la religión cristiana es, en verdad, la esencia humana, mientras
que, en la conciencia de los cristianos, es otra esencia no-humana.
Cristo debe ser hombre y, a su vez, ser no-hombre: es una anfibología. El arte,
sin embargo, sólo puede representar la verdad, lo inequívoco.
La conciencia resuelta, hecha carne y sangre, de que
lo humano es lo divino, de que lo finito es lo infinito, es la fuente de una
poesía y un arte nuevos que superarán en energía, profundidad y ardor a todos
sus predecesores. La creencia en el más allá es una creencia absolutamente
apoética. El dolor es la fuente de la poesía. Sólo el que siente la pérdida de
un ser finito como una pérdida infinita posee la fuerza y el ardor líricos. El
solo estímulo doloroso del recuerdo de lo que ya no es es el primer artista,
el primer idealista, en el hombre. La creencia en el más allá, sin embargo,
convierte cada dolor en apariencia, en falsedad.
La filosofía que infiere lo finito de lo infinito,
lo determinado de lo indeterminado, nunca llega a una verdadera posición
de lo finito y determinado. Lo finito se infiere de lo infinito, es decir:
lo infinito, lo indeterminado, es determinado; se admite que lo infinito sin
determinación, es decir, sin finitud, es nada; se pone lo finito como
la realidad de lo infinito. Mas el negativo no-ser (Unwesen) de
lo absoluto sigue subyacente y la finitud puesta siempre será, por
consiguiente, suprimida de nuevo. Lo finito es la negación de lo infinito y
lo infinito, a su vez, es la negación de lo finito. La filosofía
de lo absoluto es una contradicción.
Así como en la teología la verdad, la realidad
de Dios, es el hombre —pues todos los predicados que realizan a Dios
en tanto Dios y convierten a Dios en un ser real, como poder, sabiduría,
bondad, amor, incluso infinitud y personalidad, que tienen como condición la
diferencia respecto de lo finito, sólo son puestos en y con el hombre—,
así también en la filosofía especulativa lo finito es la verdad de lo infinito.
La filosofía absoluta sólo formula la verdad de lo
finito de manera indirecta e invertida. Si lo infinito sólo es,
sólo posee verdad y realidad cuando es determinado, es decir,
cuando no es puesto como infinito, sino como finito, en este caso lo finito
es, en verdad, lo infinito.
La tarea de la verdadera filosofía no consiste en
reconocer lo infinito como finito, sino en reconocer lo finito como lo no
finito, como lo infinito; en otras palabras, en no poner lo finito en lo
infinito, sino lo infinito en lo finito.
El comienzo de la filosofía no es Dios, no es lo
absoluto, no es el ser como predicado de lo absoluto o de la idea; el
comienzo de la filosofía es lo finito[5],
lo determinado, lo real. Lo infinito no puede pensarse de ningún modo sin
lo finito. ¿Se puede pensar la cualidad, definirla, sin pensar en una cualidad
determinada? Por consiguiente, lo primero no es lo indeterminado sino lo
determinado: pues la cualidad determinada no es otra que la cualidad real; a la
cualidad pensada le precede la cualidad real.
El origen y el curso subjetivos de la
filosofía son también su curso y su origen objetivos. Antes de pensar la
cualidad, se siente la cualidad. Al pensar le precede el padecer.
Lo infinito es la verdadera esencia de lo finito —lo finito verdadero—. La especulación
verdadera o filosofía no es sino la empina verdadera y universal.
Lo infinito de la religión y de la filosofía no es
ni ha sido nunca algo distinto de un finito, determinado, cualquiera, pero mixtificado,
es decir, un finito, un determinado, con el postulado de ser
no-finito y no-determinado. La filosofía especulativa ha cometido el mismo
error que la teología: ha convertido las determinaciones de la realidad o
finitud, sólo a través de la negación de la determinación por la que
ellas son lo que son, en determinaciones, predicados de lo infinito.
La honestidad y la honradez son provechosas para
todas las cosas, y también lo son para la filosofía. Pero la filosofía sólo es
honesta y honrada si admite la finitud de su especulativa infinitud; si
admite, por consiguiente, que, por ejemplo, el secreto de la naturaleza en
Dios no es otro que el secreto de la naturaleza humana, que la noche que pone
en Dios para engendrar a partir de ella la luz de la conciencia no es sino su
propio sentimiento oscuro e instintivo de la realidad y necesidad
absoluta de la materia.
El camino de la filosofía especulativa de lo
abstracto a lo concreto, de lo ideal a lo real, ha sido hasta ahora un camino
invertido. Por esta vía nunca se llega a la realidad verdadera, objetiva, sino
siempre y únicamente a la realización de sus propias abstracciones, y, justamente
a causa de esto, nunca se llega a la verdadera libertad del espíritu;
pues sólo la intuición de las cosas y seres en su realidad objetiva hace libre
al hombre y le absuelve de todos los prejuicios. El paso de lo ideal a lo
real sólo tiene cabida en la filosofía práctica.
La filosofía es el conocimiento de lo que es. Pensar
y conocer las cosas y seres tal como ellos son: ésta es la ley suprema
y la más elevada tarea de la filosofía.
Lo que es tal como es —luego lo verdadero verdaderamente
expresado parece superficial—; lo que es tal como no es —luego lo
verdadero expresado falsa e invertidamente, parece profundo—.
La veracidad, la sencillez y la exactitud son los signos formales de la filosofía real.
El ser con el que comienza la filosofía no puede
separarse de la conciencia, ni la conciencia puede separarse del ser. Así como
la realidad de la sensación es la cualidad, e inversamente, la sensación es la
realidad de la cualidad, así también el ser es la realidad de la conciencia, al
tiempo que, inversamente, la conciencia es la realidad del ser —sólo la
conciencia es el ser real—. Únicamente la conciencia es la unidad real
del espíritu y la naturaleza.
Todas las determinaciones, formas, categorías o como
quiera que se las llame, que la filosofía especulativa ha sustraído de lo
absoluto y repudiado al dominio de lo finito, de lo empírico, contienen
precisamente la verdadera esencia de lo finito, el verdadero
infinito, los verdaderos y últimos misterios de la filosofía.
Espacio y tiempo son las formas de existencia de todo ser. Sólo es existencia
la existencia en el espacio y el tiempo. La negación del espacio y el
tiempo siempre es la sola negación de sus límites, no la de su ser. Una
sensación intemporal, una voluntad intemporal, un ser intemporal, son
absurdos. Quien carece de tiempo en general, carece también de tiempo y apremio
para querer o para pensar.
La negación del espacio y el tiempo en la
metafísica, en el ser de las cosas, conduce a las más perniciosas consecuencias
prácticas. Sólo quien se coloca, dondequiera que esté, en el punto de vista del
tiempo y el espacio, tiene también tacto y entendimiento práctico en la
vida. Un pueblo que excluya el tiempo de su metafísica y divinice la existencia
eterna, es decir, abstracta, separada del tiempo, también excluye, por
consiguiente, de su política al tiempo y diviniza el principio antihistórico de
la estabilidad, antagónico al derecho y a la razón.
La filosofía especulativa ha convertido el desarrollo
separado del tiempo en una forma, un atributo, de lo absoluto. ¡Esta
separación entre el desarrollo y el tiempo constituye una pieza maestra de la
arbitrariedad especulativa y una prueba concluyente de que los filósofos
especulativos han hecho con su absoluto precisamente lo mismo que los teólogos
han hecho con su Dios, que posee todos los afectos del hombre, pero sin
afectos, ama sin amor, se enardece sin ardor. Desarrollo sin
tiempo significa tanto como desarrollo sin desarrollo. La proposición:
el ser absoluto se desarrolla a partir de sí mismo, sólo es una proposición
verdadera y racional invirtiéndola. Debe decirse, por consiguiente: sólo un ser
que se desarrolla, que se despliega en el tiempo, es un ser absoluto, es
decir, verdadero, real.
Espacio y tiempo son las formas de revelación del
infinito real.
Donde no hay límite, ni tiempo, ni necesidad,
tampoco hay cualidad, ni energía, ni espíritu, ni ardor, ni amor. Sólo el ser necesitado (notleidend) es el ser
necesario (notwendig). La existencia carente de necesidades es una
existencia superflua. Lo que está libre de necesidades en general, tampoco
tiene necesidad de existencia. Lo mismo da si es como si no es —tanto para sí
mismo, como para otro—. Un ser innecesitado es un ser infundado. Sólo
lo que puede padecer merece existir. Sólo el ser lleno de dolor es ser
divino: un ser sin padecimiento es un ser sin ser. Un ser sin
padecimiento no es distinto de un ser sin sensibilidad, sin materia.
Una filosofía que no tenga en sí ningún principio
pasivo, una filosofía que especule sobre la existencia atemporal, sobre
el ser-ahí carente de duración, sobre la cualidad sin sensación, sobre
el ser sin ser, sobre la vida carente de vida, de carne y de
sangre —una filosofía semejante como, en general, la filosofía de lo absoluto,
es necesariamente contraria, en tanto que filosofía absolutamente
unilateral, a la empina—. Spinoza convirtió, en efecto, la materia en
un atributo de la sustancia, mas no es un principio de padecimiento, y
precisamente porque la materia no padece, por ser única, indivisible e
infinita, tiene las mismas determinaciones que su atributo opuesto, el
pensamiento, en suma, porque ella es una materia, abstracta, una
materia, sin materia, del mismo modo que el ser de la Lógica de
Hegel es el ser de la naturaleza y el
hombre, pero sin ser, sin
naturaleza, sin hombre.
El filósofo tiene que incorporar al texto de la
filosofía lo que en el hombre no filosofa, lo que más bien está contra
la filosofía, se opone al pensamiento abstracto; por consiguiente, lo que
en Hegel es rebajado a mera nota. Sólo así la filosofía se convertirá en un
poder universal, acontradictorio, irrefutable e irrevocable. La
filosofía no tiene que comenzar consigo misma, sino con su antítesis,
con la no-filosofía. Este ser distinto en nosotros distinto del
pensar, afilosófico, absolutamente antiescolástico, es el principio del
sensualismo.
Los instrumentos, los órganos esenciales de la
filosofía son la cabeza, fuente de la actividad, de la libertad, de la
infinitud metafísica, y el corazón, fuente del padecimiento, de la
finitud, de la necesidad, del sensualismo —o formulado teóricamente: pensamiento
e intuición; pues, el pensar es la necesidad (Bedürfnis) de
la cabeza; y la intuición, el sentido, la necesidad del corazón—.
El pensar es el principio de la escuela, del sistema; la intuición es el principio
de la vida. En la intuición soy determinado por el objeto; en el
pensar soy yo quien determino al objeto; en el pensar yo soy yo; en
la intuición soy no yo. Sólo desde la negación del pensar, desde
el ser-determinado por el objeto, desde la pasión, desde la
fuente de todo deseo y necesidad, se engendra el pensamiento verdadero y
objetivo, la filosofía verdadera y objetiva. La intuición proporciona la
esencia inmediatamente idéntica con la existencia; el pensamiento
proporciona la esencia mediatizada por la diferenciación, por la
separación, de la existencia. Por consiguiente, sólo donde la existencia se une
con la esencia, la intuición con el pensamiento, la pasividad con la actividad,
el principio antiescolástico y sanguíneo del sensualismo y del materialismo
francés con la impasibilidad escolástica de la metafísica alemana, sólo allí
hay vida y verdad.
Como la filosofía, así el filósofo, e inversamente:
las cualidades del filósofo, las condiciones subjetivas y los elementos
de la filosofía son también sus condiciones y elementos objetivos. El
filósofo verdadero, idéntico a la vida y el hombre, ha de ser de
estirpe galo-germánica. ¡No os atemoricéis, castos alemanes, ante esta
mezcla! Ya en el año 1716, las Acta philosophorum formularon esta idea.
«Si comparamos los alemanes con los franceses, estos últimos
tienen ciertamente más ágil el ingenio, pero aquéllos son más sólidos, y podría
decirse con razón que el temperamento galo-germánico es el más idóneo para la
filosofía, o que un niño que tuviera un francés por padre y una madre alemana
tendría que adquirir —caeteris paribus— un buen ingenio filosófico.»
Muy cierto; sólo que deberíamos hacer francesa a la madre y alemán al padre. El
corazón —el principio femenino, el sentido de lo finito, la sede del
materialismo— es francófilo; la cabeza —el principio masculino, la sede
del idealismo— es germanófilo. El corazón revoluciona, la cabeza
reforma; la cabeza pone las cosas en su sitio, el corazón las pone en movimiento.
Pero sólo donde hay movimiento, efervescencia, pasión, sangre,
sensibilidad, hay también espíritu. Sólo el esprit de Leibniz, su
principio sanguíneo, materialista-idealista, fue lo que pudo arrancar por
primera vez a los alemanes de su pedantería y escolasticismo filosóficos.
Hasta ahora la filosofía ha considerado el corazón
como bastión de la teología. Pero precisamente el corazón es el principio más
antiteológico, y el más incrédulo y ateo, en el sentido de la teología, que
existe en el hombre. Pues el corazón no cree más que en sí mismo, en la
realidad irreductible, divina y absoluta de su ser. Pero la cabeza, que
no comprende al corazón, transforma (puesto que separar, distinguir
entre sujeto y objeto, es su cometido) la esencia del corazón en una esencia,
distinta, objetiva, exterior al corazón. Es cierto que para el corazón el
otro ser constituye una necesidad (Bedürfnis), pero sólo un ser tal que
sea igual y no distinto del corazón, que no contradiga el corazón. La
teología niega la verdad del corazón, la verdad del afecto religioso. El
afecto religioso, el corazón, dice, por ejemplo: «Dios no padece», es
decir, el corazón niega la diferencia entre Dios y el hombre allí
donde la teología la sostiene.
El teísmo reposa en la escisión entre la cabeza y
el corazón; el panteísmo es la supresión de esta escisión en el
seno, mismo de la escisión —pues sólo hace inmanente al ser divino en
tanto que trascendente—; el antropoteísmo es esta misma supresión sin
escisión. El antropoteísmo es el corazón convertido en entendimiento; sólo
le dice razonablemente a la cabeza lo que el corazón le cuenta a su manera. La
religión sólo es afecto, sentimiento, corazón, amor, es decir, negación, disolución
de Dios en el hombre. Por eso la nueva filosofía, en tanto que negación
de la teología, la cual niega la verdad del afecto religioso, es la posición
de la religión. El antropoteísmo es la religión autoconsciente, la
religión que se comprende a sí misma. La teología, por el contrario, niega
a la religión bajo la apariencia de ponerla.
Schelling y Hegel son antitéticos. Hegel
representa el principio masculino de la independencia, de la autoactividad, en
suma, el principio idealista; Schelling, el principio femenino de la
receptividad, de la pasividad —primero acogió a Fichte, después a Platón y a
Spinoza, y por último a J. Bóhme—, en suma, el principio materialista. Hegel
carece de intuición; Schelling carece de la fuerza del pensamiento
y la determinación. Schelling sólo es pensador en lo general y en
cuanto llega a las cosas en su particularidad y determinación, cae en el
sonambulismo de la imaginación. El racionalismo de Schelling es sólo apariencia,
su irracionalismo, verdad. Hegel tan sólo proporciona una existencia
y una realidad abstractas, contrapuestas al principio irracional;
Schelling tan sólo proporciona una existencia y una realidad místicas e
imaginarias, contrapuestas al principio racional. Hegel compensa la falta
de realismo con palabras rudas, Schelling, con palabras bellas. Hegel
expresa lo extraordinario en términos ordinarios, Schelling, lo ordinario en
términos extraordinarios. Hegel convierte las cosas en meros pensamientos, Schelling,
los meros pensamientos —la aseidad de Dios, por ejemplo— en cosas. Hegel
confunde a las cabezas que piensan, Schelling, a las que no piensan. Hegel
convierte en razón a la sinrazón; Schelling, a la inversa, convierte la razón
en sinrazón. Schelling es la filosofía real en sueños, Hegel, en conceptos.
Schelling niega el pensamiento abstracto en la fantasía, Hegel lo niega
en el pensamiento abstracto. Autonegación del pensamiento negativo,
culminación de la vieja filosofía, Hegel es también el comienzo negativo de la
nueva filosofía; Schelling es la vieja filosofía con la pretensión, la
ilusión, de ser la nueva filosofía real.
La filosofía hegeliana es la supresión de la
contradicción entre el pensar y el ser, tal como la ha formulado en especial
Kant; pero, téngase bien en cuenta, la supresión de esta contradicción sólo en
el seno de la contradicción: en el seno de un elemento, en el seno del
pensar. El pensamiento es, para Hegel, el ser —el pensamiento
es el sujeto, el ser es el predicado—. La lógica es
el pensar en el elemento del pensar o el pensamiento que se piensa a sí mismo
—el pensamiento como sujeto sin predicado o el pensamiento que es
sujeto al tiempo que predicado de sí mismo—. Pero el pensar en el elemento
del pensar sigue siendo abstracto; de ahí que se realice, se aliene. Este
pensamiento realizado, alienado, es la naturaleza, lo real en general, el ser.
Pero, ¿qué es lo real verdadero en esto real? El pensamiento, el cual se vuelve
a sustraer inmediatamente del predicado de la realidad para poner su ausencia
de predicado como su verdadera esencia. Pero, precisamente por ello, Hegel no
llegó al ser en tanto que ser, al ser libre, independiente y dichoso en
sí mismo. Hegel pensó los objetos como predicados del pensamiento que se
piensa a sí mismo. La contradicción, ya admitida entre la religión existente
y la religión pensada, en la filosofía de la religión de Hegel,
procede únicamente de que también aquí, lo mismo que en otros lugares, se
convierte el pensamiento en sujeto, y el objeto, es decir, la religión, en un
mero predicado del pensamiento.
Quien no abandona la filosofía hegeliana, tampoco
abandona la teología. La
doctrina hegeliana, según la cual la naturaleza, la realidad, es puesta por
la idea, no es más que la expresión racional de la doctrina teológica según la
cual la naturaleza es creada por Dios, el ser material por un ser inmaterial,
es decir, abstracto. Al final de la lógica la idea llega incluso a una
«determinación», para documentar con su propio puño y letra su descendencia del
cielo teológico.
La filosofía hegeliana es el último refugio, el
último pilar racional de la teología. Si antaño los teólogos católicos se hicieron
aristotélicos de hecho para poder combatir el protestantismo, en la
actualidad los teólogos protestantes tienen que hacerse hegelianos de
derecho para poder combatir el «ateísmo».
La verdadera relación entre el pensar y el ser es
únicamente la siguiente: el ser es sujeto, el pensar es predicado. El
pensar procede del ser, mas no el ser del pensar. Ser es por sí y a través de
sí —ser sólo es dado a través del ser—; ser tiene su fundamento en sí
mismo, pues sólo ser es sentido, razón y necesidad, en resumen, es todo en todo
—se es, pues no-ser es no-ser (Nichtsein), es decir, nada, lo carente de
sentido—.
La esencia del ser en tanto que ser es la
esencia de la naturaleza. La génesis temporal afecta tan sólo a las figuras y
no a la esencia de la naturaleza.
El ser sólo se deriva del pensar allí donde se
desgarra la verdadera unidad del pensar y el ser, allí donde primero se le
sustrae al ser su alma, su esencia, a través de la abstracción,
para encontrar en segundo lugar en la esencia sustraída al ser el sentido y el
fundamento de este ser para sí vacío; de la misma manera se deriva y tiene que
derivarse el mundo a partir de Dios allí donde la esencia del mundo se separa
arbitrariamente del mundo.
Quien especula con arreglo a un principio real especial
como los llamados filósofos positivos:
Es como un animal en un árido erial
guiado en círculo por un mal espíritu,
mientras alrededor se extienden bellos y verdes
prados.
Estos bellos y verdes prados son la naturaleza y el
hombre, pues ambos se pertenecen. ¡Contémplese la naturaleza! ¡Contémplese al
hombre! ¡Ahí están a la vista los misterios de la filosofía!
La naturaleza es la esencia no distinta de la
existencia; el hombre, la esencia que se distingue de la existencia. La esencia
que no se distingue es el fundamento de la esencia que distingue; por tanto, la
naturaleza es el fundamento del hombre.
La nueva filosofía, la única filosofía positiva, es
la negación de toda filosofía de escuela, y, pese a contener en sí misma
la verdad de la misma, es la negación de la filosofía como cualidad
abstracta, especial, es decir, escolástica; ella no tiene ni contraseña
ni lenguaje especial; ni nombre especial, ni principio especial;
ella es el mismo hombre pensante: el hombre que es y se sabe la
esencia autoconsciente de la naturaleza, la esencia de la historia, la esencia
de los Estados, la esencia de la religión; el hombre que es y se sabe como la identidad
real (no imaginaria), absoluta, de todos los principios y
contradicciones, de todas las cualidades activas y pasivas, espirituales y
sensibles, políticas y sociales; el hombre que se sabe como el ser panteísta,
que los filósofos especulativos o, mejor dicho, los teólogos separaban del
hombre, objetivándolo como un ser abstracto, no es sino su propia esencia,
indeterminada, mas susceptible de infinitas determinaciones.
La nueva filosofía es la negación tanto del racionalismo
cuanto del misticismo; tanto del panteísmo cuanto del personalismo;
tanto del ateísmo cuanto del teísmo; ella es la unidad de
todas estas verdades antitéticas, en tanto que verdad absolutamente
independiente y transparente.
La nueva filosofía se ha declarado ya, tanto negativa
como positivamente, como filosofía de la religión. Basta convertir
las conclusiones de su análisis en premisas, para reconocer
en éstas los principios de una filosofía positiva. Pero la nueva filosofía no
pretende halagar al público. Segura de sí misma, desprecia el parecer lo
que ella es; pero precisamente en razón a nuestra época, que considera los
intereses esenciales de la apariencia como la esencia, la ilusión como la
realidad, el nombre como la cosa, ella tiene que ser lo que ella no
es. ¡Así se complementan los opuestos! Allí donde la nada se tiene
por algo y la mentira por verdad, allí también, en consecuencia,
se debe tener el algo por nada y la verdad por mentira.
Y allí donde se lleva a cabo la tentativa —tentativa ridícula precisamente
en el momento en que la filosofía es concebida en un acto de autodesilusión
decisiva y universal— hasta ahora insólita de fundar una filosofía
únicamente en el favor y la opinión del público y los periódicos,
allí también tiene que intentarse refutar honesta y cristianamente
las obras filosóficas, meramente difamándolas públicamente en las columnas del
Allgemeinen Zeitung de Augsburgo. ¡Qué dignas y morales son las circunstancias
públicas en Alemania!
Un principio nuevo siempre se presenta bajo un nuevo
hombre; es decir, eleva un hombre de bajo y atrasado rango a la dignidad
de principado, lo convierte en signo de lo supremo. Si el nombre de la nueva
filosofía, el nombre «hombre», se vertiera por autoconciencia, se
expondría la nueva filosofía en el sentido de la vieja, se la remitiría al antiguo
punto de vista; pues la autoconciencia de la vieja filosofía, en tanto que separada
del hombre, es una abstracción sin realidad. El hombre es la
autoconciencia.
Con arreglo a la lengua, el nombre «hombre» es un
nombre particular, pero con arreglo a la verdad, es el nombre de todos los
nombres. Corresponde al hombre el predicado polinómico. Todo lo que el hombre
nombra y enuncia, expresa siempre su propia esencia. El lenguaje constituye por
esta razón el criterio del grado, bajo o elevado, de la formación de la
humanidad. El nombre de Dios sólo es el nombre de aquello que para el hombre
constituye la fuerza suprema, la esencia suprema, es decir, el sentimiento y
el pensamiento supremos.
Por lo general, el nombre «hombre» sólo significa el
hombre con sus necesidades, sensaciones y convicciones: el hombre como persona,
a diferencia del espíritu y de todas sus cualidades públicas generales; a
diferencia, por ejemplo, del artista, del pensador, del escritor, del juez,
como si ser pensador, artista, juez, etc., no fuera una propiedad característica,
esencial, del hombre, como si en el arte, en la ciencia, etc., el hombre
estuviera fuera de sí. La filosofía especulativa ha fijado teóricamente
esta separación del hombre de las cualidades esenciales del hombre,
divinizando con ello como seres independientes a cualidades puramente
abstractas. Así, por ejemplo, en el Derecho natural de Hegel se dice
(párrafo 190): «En el derecho, el objeto es la persona; desde el punto
de vista moral, lo es el sujeto; en la familia, lo es el miembro
familiar; en la sociedad civil, lo es el ciudadano en general (en tanto que bourgeois),
y aquí, desde el punto de vista de las necesidades (Bedürfnisse), el
concreto de la representación denominada hombre: es, por tanto, sólo aquí y
propiamente aquí que entra en cuestión el hombre en este sentido». En este sentido:
por consiguiente, cuando se habla del ciudadano, del sujeto, del miembro de la
familia, de la persona, no se trata, en verdad, sino de uno y el mismo ser del
hombre, sólo que en otro sentido, sólo que bajo otra cualidad.
Toda especulación sobre el derecho, la voluntad, la
libertad, la personalidad, sin el hombre, fuera o incluso por encima del
hombre, es una especulación sin unidad, sin necesidad, sin sustancia, sin
fundamento, sin realidad. El hombre es la existencia de la libertad, la
existencia de la personalidad, la existencia del derecho. Sólo el hombre es el fundamento
y la base del Yo fichteano, el fundamento y la base de
la mónada leibniziana, el fundamento y la base de lo absoluto.
Todas las ciencias tienen que fundarse en la
naturaleza. Una teoría, mientras no haya encontrado su base natural, sólo
es una hipótesis. Ello tiene una vigencia particular con respecto a la
teoría de la libertad. Únicamente la nueva filosofía podrá naturalizar la
libertad que hasta ahora era una hipótesis antinatural y supranatural.
La filosofía tiene que unirse nuevamente con las
ciencias naturales y las ciencias naturales con la filosofía. Esta unión
fundada en una necesidad (Bedürfnis) mutua, en una necesidad (Notwendigkeit)
interna, será más duradera, más afortunada y fecunda que el maridaje que
hasta ahora ha reinado entre la filosofía y la teología.
El hombre es la esencia del Estado. El Estado es la
totalidad realizada, desarrollada y explicitada de la esencia humana. En el
Estado se realizan las cualidades o actividades esenciales del hombre en
estamentos particulares; pero son reducidas de nuevo a la identidad de la
persona en el jefe del Estado. El jefe del Estado tiene que representar a todos
los estamentos sin distinción; ante él, todos son necesarios por igual e
igualmente legítimos. El jefe del Estado es el representante del hombre
universal.
La religión cristiana ha unido el nombre del hombre
y el nombre de Dios en el nombre del hombre-Dios, y, por consiguiente, ha
elevado el nombre del hombre a atributo del ser supremo. La nueva filosofía ha
convertido, de acuerdo con la verdad, este atributo en sustancia y el
predicado, en sujeto; la nueva filosofía es la idea realizada: la verdad
del cristianismo. Mas, justamente al contener en sí la esencia del
cristianismo, renuncia al nombre del cristianismo. El cristianismo ha
enunciado la verdad sólo en contradicción con la verdad. La
verdad no contradictoria, pura y no falsificada, es una verdad nueva: un
acto nuevo y autónomo de la humanidad.
Principios de la
filosofía del futuro
PREFACIO DE LA PRIMERA EDICIÓN
Estos Principios constituyen la continuación
y el desarrollo de los fundamentos de mis Tesis para la reforma de la filosofía,
que la ilimitada arbitrariedad de la censura alemana condenó al exilio. El
manuscrito primitivo estaba previsto como un libro extenso. Pero, al comenzar
la redacción definitiva se apoderó de mí el espíritu de la censura alemana, la
cual —sin que me pueda explicar el cómo— intervino con brutales tachaduras.
Todo lo que esta indiscreta censura dejó en pie se reduce a estos pocos pliegos.
Los titulé Principios de la filosofía del futuro porque
la época actual en general, este período de astutas ilusiones y repugnantes
prejuicios, es incapaz de asimilar y menos aún de apreciar, precisamente por su
simpleza, las sencillas verdades de las que se extraen estos Principios.
La filosofía del futuro tiene por misión conducir a
la filosofía del reino de las «almas desaparecidas» al reino de las almas
encarnadas y vivas; de hacerla descender de la beatitud del pensamiento
divino, carente de necesidades, a la miseria humana. Para este fin sólo
requiere un entendimiento humano y un lenguaje humano. Y, sin embargo, pensar,
hablar y actuar de manera pura y verdaderamente humana es algo que le está
reservado exclusivamente a las generaciones venideras. En el momento presente
todavía no se puede exponer al hombre, sino que se trata más bien de arrancarlo
del lodazal en que está sumergido. El fruto de este limpio y áspero cometido
son estos Principios. Su tarea consistió en inferir la necesidad de la
filosofía del hombre, es decir, de la antropología, a partir de la filosofía de
lo absoluto, o sea, de la teología, y en fundar sobre la crítica de la
filosofía divina la crítica de la filosofía humana. Por esa razón, ellos
suponen, para que puedan ser apreciados, un conocimiento preciso de la
filosofía de la época moderna.
Las consecuencias de estos Principios no se
harán esperar.
Bruckberg, 9 de julio de 1843
1
La misión de la época moderna fue la realización y
la humanización de Dios; la transformación y disolución de la teología en
antropología.
2
La manera religiosa o práctica de esta
humanización fue el protestantismo. El Dios que es hombre, el Dios humano, es
decir, Cristo: sólo él es el Dios del protestantismo. El protestantismo ya no
se preocupa, como el catolicismo, de lo que Dios es en sí mismo, sino
únicamente de lo que Él es para el hombre; de ahí que ya no tenga, como
aquél, ninguna tendencia especulativa o contemplativa; el protestantismo ya
no es teología: en lo esencial, no es más que cristología, es decir, antropología
religiosa.
3
El protestantismo, sin embargo, sólo negaba a Dios
en sí o a Dios en tanto Dios —pues sólo Dios en sí es propiamente Dios—, sólo
lo negaba prácticamente; teóricamente lo dejaba subsistir. Él es; pero
no en cambio para el hombre, es decir, para el hombre religioso: Él es
un ser del más allá, un ser que sólo allá en el cielo se convertirá en un
objeto (Gegenstand) para el hombre. Pero lo allende la religión
se halla aquende la filosofía; lo que para aquélla no es un objeto (Gegenstand)
constituye precisamente el objeto de ésta.
4
La elaboración y disolución racional y teorética
del Dios inobjetivo del más allá, de la religión, es la filosofía
especulativa.
5
La esencia de la filosofía especulativa no es
otra que la esencia racionalizada, realizada y actualizada de Dios. La
filosofía especulativa es la teología verdadera, consecuente y racional.
6
Dios en tanto que Dios: en tanto que ser espiritual
o abstracto, o sea, no humano, no sensible únicamente accesible
y objetivo para la razón o la inteligencia, no es otro que el ser de la razón
misma, el cual, sin embargo, es representado mediante la imaginación
por la teología común o el teísmo como un ser distinto e independiente. Es
por ello una necesidad interna y sagrada el identificar definitivamente
la esencia de la razón distinguida por la razón con esta razón misma, el
reconocer, por tanto, realizar y actualizar el ser divino como el ser de la
razón. En esta necesidad reposa la elevada significación histórica de la
filosofía especulativa.
La prueba de que el ser divino es el ser de la razón
o inteligencia reside en que las determinaciones o atributos de Dios —en
la medida, claro está, de que éstos sean racionales o espirituales— no
son determinaciones de la sensibilidad o de la imaginación, sino atributos
de la razón.
«Dios es el ser infinito, el ser carente de
limitaciones.» Pero
lo que no es linde ni límite de Dios, tampoco es límite de la razón. Allí
donde, por ejemplo, Dios es un ser que excede
de los límites de la sensibilidad allí, lo es
también la razón. Quien no pueda pensar otra existencia que la sensible, quien,
por consiguiente, posea una razón limitada por la sensibilidad, también posee,
precisamente por esto, un Dios limitado por la sensibilidad. La razón que
conciba a Dios como un ser limitado, sólo concibe en Dios su propia ilimitación.
Lo que para la razón es el ser divino es también su verdadero ser racional; es
decir, el ser que corresponde plenamente a la razón y en esta misma medida le
satisface. Pero aquello en lo que se satisface un ser no es sino su ser objetivo
(gegenständlich). Quien encuentra satisfacción en un poeta es también una
naturaleza poética, quien la halla en un filósofo es asimismo una naturaleza
filosófica, y el serlo sólo se convierte en objeto (Gegenstand) para él
mismo y para los otros en esta satisfacción. La razón, «sin embargo, no se
detiene en las cosas sensibles y finitas; ella tan sólo se satisface en el ser
infinito»; luego sólo en este ser se nos revela la esencia de la razón.
«Dios es el ser necesario.» Pero esta su necesidad reposa en que Él es un ser racional,
inteligente. El mundo, la materia, no tienen en sí mismos el fundamento de
su ser y de su ser así; le es completamente indiferente ser o no ser, ser así o
ser de otra manera[6].
Por consiguiente, presupone necesariamente, en tanto que causa, otro ser, a
saber, un ser inteligente, autoconsciente, que actúe según causas y
fines. Pues si a este ser se le sustrae la inteligencia, surge de nuevo la
cuestión de su causa. La necesidad del ser primero y supremo reposa, por
consiguiente, en la premisa de que sólo el entendimiento es el ser
primero y supremo, el ser necesario y verdadero. Así
como, en general, las determinaciones metafísicas u ontoteológicas sólo
adquieren verdad y realidad cuando se las remonta a determinaciones
psicológicas o más bien antropológicas, así también la necesidad del ser divino
en la vieja metafísica o la ontoteología sólo adquiere sentido y entendimiento,
verdad y realidad, en la determinación psicológica o antropológica de Dios en
tanto que ser inteligente. El ser necesario es el ser que tiene que pensarse
necesariamente, afirmarse incondicionalmente, es incondicionalmente innegable
o irrecusable; pero sólo como un ser a su vez pensante. En el ser necesario,
por tanto, la razón sólo prueba y muestra su propia necesidad y realidad.
«Dios es el ser incondicionado, universal —"Dios no es esto o aquello"— inmutable,
eterno o intemporal.» Pero la incondicionalidad, la inmutabilidad, la
eternidad, la universalidad, son también, incluso según el juicio de la
teología metafísica, atributos de las verdades de la razón o leyes de la razón
y, por consiguiente, atributos de la razón misma; pues, ¿qué son estas verdades
inmutables, universales, incondicionadas, siempre y por doquier válidas, de la
razón, sino expresiones del ser de la razón?
«Dios es el ser independiente y autónomo que no
necesita de ningún otro ser para su existencia y, en consecuencia, es por y a
través de sí mismo.» Pero
tampoco esta determinación abstracta y metafísica tiene sentido y realidad
sino como definición del ser del entendimiento, y no sólo expresa que Dios es
un ser pensante, inteligente, o, a la inversa, que sólo el ser pensante es el
ser divino; pues sólo un ser divino necesita para su existencia otras cosas
fuera de sí. El aire lo necesito para respirar, el agua para beber, la luz para
ver, las sustancias vegetales y animales para comer; pero no necesito nada, al
menos inmediatamente, para pensar. A un ser que respire no lo puedo pensar sin
aire, a uno que vea no lo puedo pensar sin luz, pero al ser pensante lo puedo
pensar aisladamente para sí. El ser que respira se remite necesariamente a
un ser exterior a él, y su objeto (Gegenstand) esencial, en virtud del
cual es lo que es, está fuera de él; pero el ser pensante se remite a sí
mismo, es su propio objeto (Gegenstand), tiene su ser en sí mismo,
es lo que es por sí mismo.
7
Lo que en el teísmo es objeto (Objekt), en
la filosofía especulativa es sujeto; lo que en aquél es el ser
únicamente pensado, representado, de la razón, en la filosofía
especulativa es el ser pensante de la razón misma.
El teísta se representa a Dios como un ser personal
existente juera de la razón, fuera del hombre en general; piensa en tanto
que sujeto sobre Dios en tanto que objeto. Concibe a Dios como un ser, es
decir, de acuerdo con su representación, como un ser espiritual,
no-sensible, pero de acuerdo con su existencia, es decae, con la
verdad, lo concibe como un ser sensible; pues la
característica esencial
de una existencia
objetiva, de una existencia exterior al pensamiento o la representación, es la
sensibilidad. El teísta distingue a Dios de sí mismo de la misma manera
que distingue de sí mismo las cosas y seres sensibles en tanto que existentes
fuera de él; en síntesis, concibe a Dios desde el punto de vista de la
sensibilidad. El teólogo especulativo o filósofo concibe a Dios, por el
contrario, desde el punto de vista del pensar; por consiguiente, entre
él y Dios no se interpone la perturbadora representación de un ser sensible;
de esta manera identifica sin obstáculo el ser objetivo, pensado, con el ser subjetivo,
pensante.
La necesidad interna de que Dios, de ser objeto del
hombre, se convierta en sujeto, en yo pensante del hombre se
desprende, a partir de lo que se acaba de desarrollar, de la siguiente manera:
Dios es objeto (Gegenstand) del hombre y solamente del hombre, no del
animal. Pero lo que un ser es sólo puede reconocerse a partir de su objeto (Gegenstand);
el objeto (Gegenstand) al que se refiere necesariamente un ser no es
otro que su ser manifiesto (offenbar). Así, el objeto de los animales
herbívoros es la planta; pero a través de este objeto (Gegenstand) dichos
animales se distinguen esencialmente de los otros, los animales carnívoros. Del
mismo modo, el objeto del ojo es la luz, y no el sonido, ni el olor. En el
objeto (Gegenstand) del ojo se manifiesta, sin embargo, su ser. Por
ello viene a ser indistinto el no ver que el carecer de ojos. Por eso también,
en la vida sólo designamos las cosas y los seres con arreglo a sus objetos (Gegenstand).
El ojo es el «órgano de la luz». Quien labra la tierra es un labrador;
quien hace de la caza el objeto (Objekt) de su actividad es un cazador;
quien pesca peces es un pescador, etcétera. Si, por consiguiente, Dios es un
objeto (Gegenstand) —y lo es necesaria y esencialmente—, en el ser de
este objeto sólo se expresa el propio ser del hombre. Imagínate que un ser
pensante de un planeta o de un cometa viera un par de párrafos de una dogmática
cristiana que tratara del ser de Dios. ¿Qué colegiría este ser de dichos
párrafos? ¿Acaso la existencia de un Dios en el sentido de la dogmática
cristiana? ¡No! Únicamente deduciría de ello que también en la Tierra hay
seres pensantes; en las definiciones de los terrícolas de su Dios no vería más
que las definiciones de su propio ser[7];
así, por ejemplo, en la definición: Dios es un espíritu, sólo vería la prueba y
la expresión de su propio espíritu; en suma, a partir del ser y de los
atributos del objeto (Objekt) inferiría el ser y atributos del sujeto.
Y con toda razón; pues la distinción entre lo que el objeto (Gegenstand) inmediata
y sensiblemente da para el hombre no es válida para este
objeto (Objekt). Esta distinción sólo es legítima en un objeto (Gegenstand)
inmediata y sensiblemente dado y, precisamente por ello, dado también para
otros seres además del hombre. La luz no se da únicamente para el hombre, sino
que afecta también a los animales, a los vegetales e incluso a las materias
inorgánicas: es un ser universal. Para percibir lo que es la luz no sólo
observamos, por este motivo, las impresiones y efectos que ejerce sobre nosotros,
sino también los que ejerce sobre otros seres distintos de nosotros. De ahí
que en este caso la distinción entre el objeto (Gegenstand) en sí mismo y
el objeto (Gegenstand) para nosotros, y particularmente, entre el
objeto (Gegenstand) en la realidad y el objeto (Gegenstand) en
nuestro pensar y nuestra representación, está objetiva y necesariamente
fundada. Pero Dios únicamente es un objeto (Gegenstand) del hombre. Los
animales y las estrellas veneran a Dios sólo en la mente del hombre. Por
consiguiente, pertenece a la misma esencia de Dios el no ser objeto de ninguna
otra esencia que el hombre, el ser un objeto (Gegenstand) específicamente
humano, el ser el misterio del hombre. Pero si Dios es un objeto (Gegenstand)
únicamente del hombre, ¿qué se nos manifiesta en el ser de Dios? Nada que
no sea el ser del hombre. Quien tiene por objeto (Gegenstand) al ser
supremo, es, él mismo, el ser supremo. Cuanto más sea el hombre Objeto (Gegenstand)
de los animales, tanto más elevados, tanto más próximos estarán éstos del
hombre. Un animal cuyo objeto (Gegenstand) fuera el hombre en tanto
hombre, el ser humano propiamente dicho, no sería ya un animal, sino también
hombre. Sólo seres iguales son objetos (Gegenstand) recíprocamente, a
saber, tal como ellos son en sí. Con todo, la identidad del ser divino y
humano es propia también de la conciencia del teísmo. Pero, como el teísmo, a
pesar de poner el ser de Dios en el espíritu, lo representa a su vez, sin
embargo, como un ser sensible exterior al hombre, esta identidad no es para él
objeto (Gegenstand) sino como identidad sensible, como semejanza
o parentesco. El parentesco expresa lo mismo que la identidad;
pero, a su vez, se vincula a ella la representación sensible de que los seres
emparentados son autónomos, es decir, seres sensibles que existen
separadamente.
8
La teología común convierte el punto de
vista del hombre en el punto de vista de Dios; la teología especulativa,
por el contrario, convierte el punto de vista de Dios en el punto
de vista del hombre, o, más bien, del pensador.
Para la teología común, Dios es objeto (Objekt),
a saber, del mismo modo, precisamente, que cualquier otro objeto (Objekt)
sensible; pero, al mismo tiempo, Él es una vez más sujeto, a saber, sujeto
en el mismo sentido que el sujeto humano: Dios engendra cosas fuera de sí, se
relaciona consigo mismo y con otros seres existentes fuera de él, se ama
y se piensa al tiempo que ama y piensa a otros seres. En resumen, el hombre
convierte sus pensamientos e incluso sus afectos en pensamientos y afecto de
Dios; convierte su esencia y su punto de vista en la esencia y punto de vista
de Dios. La teología especulativa, sin embargo, invierte este nexo. En la
teología común, Dios es, por esta razón, una contradicción consigo
mismo; pues Él debe ser un ser no-humano, sobre-humano, y, no obstante, con
arreglo a todas sus determinaciones, es, en verdad, un ser humano. En la
teología especulativa o filosofía, por el contrario, Dios es una
contradicción con el hombre: Él debe ser el ser del hombre —o, al menos, de
la razón—, y, no obstante, es un ser no-humano, sobre-humano, es decir, un ser
abstracto. Él Dios sobre-humano no es, en la teología común, más que una
edificante fórmula retórica, una representación, un juguete de la fantasía; en
la filosofía especulativa es, por el contrario, verdad, amarga veracidad. La
violenta contradicción en que ha incurrido la filosofía especulativa sólo tiene
su fundamento en que ha convertido a Dios, que en el teísmo sólo es un ser de
la fantasía, un ser lejano, indeterminado y nebuloso, en un ser actual y
determinado, con lo que ha roto el hechizo ilusorio que posee un ser alejado en
los vahos azulados de la representación. Así, los teístas se encolerizaron
porque la lógica, según Hegel, era la exposición de Dios en su ser eterno y
preterrenal y, no obstante, por ejemplo, en la teoría de la cantidad, trataba
sobre las magnitudes extensas e intensas, las fracciones y las potencias, las
relaciones de medida, etc. ¿Cómo, exclamaron con ira, este Dios ha de ser
nuestro Dios? Y sin embargo: ¿Qué es Él sino el Dios sustraído de las tinieblas
de la representación indeterminada y expuesto a la luz del pensamiento determinante?
¿Qué es sino el Dios del teísmo tomado, por así decirlo, literalmente, el Dios
que ha ordenado y creado todo según medida, número y peso? Si Dios ha ordenado
y creado todo según medida y número, es decir, que la medida y el número,
antes de hacerse realidad en las cosas extradivinas, ya estaban comprendidos en
el entendimiento de Dios y, por consiguiente, en su ser —pues entre el entendimiento
de Dios y su ser no existe ninguna diferencia—, y todavía están comprendidos
hoy, ¿no pertenecen entonces las matemáticas a los misterios de la teología?
Pero, claro está, un ser tiene un semblante completamente distinto en la
imaginación y la representación, que en la verdad y en la realidad; no tiene
nada de extraño que para aquellos que se rigen por la semblanza, por la
apariencia, uno y el mismo ser aparezca como dos seres enteramente distintos.
9
Los atributos o predicados esenciales del ser divino
son los atributos o predicados esenciales de la filosofía especulativa.
10
Dios es espíritu puro, ser puro, actividad pura —actus
purus—, sin pasiones, sin determinaciones exteriores, sin sensibilidad,
sin materia. La filosofía especulativa es este espíritu puro, esta
actividad pura, realizados como acto del pensar; es el ser absoluto en tanto
que pensar absoluto.
Así como anteriormente la abstracción de todo lo
sensible y material era la condición necesaria de la teología, así también lo
era de la filosofía especulativa; con la sola diferencia de que la abstracción
es una abstracción a su vez sensible, por cuanto su objeto, aun cuando
alcanzado a través de la abstracción, se volvía a representar de nuevo como un
ser sensible, mientras que la abstracción de la filosofía especulativa es una
abstracción espiritual, pensada, sólo tiene una significación científica o teorética,
pero no práctica. El comienzo de la filosofía cartesiana, la abstracción de la
sensibilidad, de la materia, es también el comienzo de la filosofía
especulativa moderna. Pero Descartes y Leibniz sólo consideraban esta
abstracción como una condición subjetiva para conocer el inmaterial ser
divino; representaban la inmaterialidad de Dios como un atributo objetivo,
independiente de la abstracción y del pensamiento; se hallaban todavía en
el punto de vista del teísmo, convertían al ser inmaterial solamente en objeto
(Objekt), pero no en sujeto, en principio activo, en esencia
real de la filosofía misma. Con todo, también en Descartes y en Leibniz,
Dios es el principio de la filosofía; pero sólo como un objeto (Objekt)
distinto del pensar —y, por ello, sólo como principio en general, sólo en
la representación, y no de hecho y en verdad—. Dios es únicamente la causa primera
y universal de la materia, del movimiento y de la actividad; pero los movimientos
y actividades particulares, las cosas materiales reales y determinadas, se
consideran y reconocen en tanto que independientes de Dios. Leibniz y Descartes
sólo son idealistas en lo universal; en lo particular, en cambio, son materialistas.
Sólo Dios es el idealista consecuente, integral, verdadero: pues sólo Él se
representa todas las cosas sin oscuridad, es decir, en el sentido de la
filosofía de Leibniz, sin los sentidos y la imaginación. Él es entendimiento
puro, o sea, entendimiento separado de toda sensibilidad y materialidad; por
eso, todas las cosas materiales son para Él puros seres del entendimiento,
puros pensamientos; para Él no existe absolutamente ninguna materia, pues ésta
tan sólo reposa en representaciones oscuras, o sea, sensibles. Pero también el
hombre tiene en sí, para Leibniz, una buena parte del idealismo —¿cómo sería
posible, de lo contrario, representarse un ser inmaterial sin tener una
facultad inmaterial, y, por consiguiente, sin representaciones inmateriales?—,
pues, además de los sentidos y la imaginación, tiene entendimiento, y el
entendimiento, por cuanto es un ser pensante, es precisamente inmaterial, puro;
sólo que el entendimiento del hombre no es tan puro, no es puro en
la ilimitación y extensión del entendimiento divino o del ser divino. El hombre
y, respectivamente, este hombre, Leibniz, es, por consiguiente, un idealista
parcial, un idealista a medias, y sólo Dios es un idealista
integral, sólo Él es el «consumado sabio universal», como también lo
denominó explícitamente Wolff; es decir, Dios es la idea, del idealismo
absoluto de la posterior filosofía especulativa consumada y realizada hasta lo
singular. Pues, ¿qué es el entendimiento, qué es en general el ser de Dios? No
es otro que el entendimiento, el ser del hombre, separado de las
determinaciones que, en una época determinada, son limitaciones del hombre, ya
sean reales o supuestas. Quien no tiene un entendimiento escindido de sus
sentidos, quien no considera a sus sentidos como limitaciones, éste tampoco se
representa un entendimiento sin sentidos como el entendimiento supremo y
verdadero. Pero, ¿qué es la idea de una cosa sino su esencia, purificada de las
limitaciones y oscuridades de que adolece en la realidad, en la que está en
relación con otras cosas? Así, el límite del entendimiento humano reside, según
Leibniz, en que está afectado por el materialismo, es decir, por
representaciones oscuras; estas representaciones oscuras proceden a su vez
únicamente de que el ser humano está en relación con otros seres, con el mundo
en general. Pero esta vinculación no pertenece al ser del entendimiento; más
bien se contradice con él, pues, en sí, es decir, en la idea, es
un ser inmaterial, esto es, un ser que es para sí mismo, un ser aislado.
Y esta idea, este entendimiento depurado de todas las representaciones
materialistas es precisamente el entendimiento divino. Pero lo que en Leibniz
sólo era idea se convirtió en la filosofía posterior en verdad y
realidad. El idealismo absoluto no es sino el entendimiento divino
del teísmo leibniziano realizado, el entendimiento puro llevado a
cabo sistemáticamente, el entendimiento que despoja a todas las cosas de su
sensibilidad, convirtiéndolas en puros seres del entendimiento no afectadas
por nada extraño, que sólo se ocupan de sí mismos en tanto que ser de los
seres.
11
Dios es una esencia pensante; pero los objetos (Gegenstand)
que piensa, que concibe en sí, al igual que su entendimiento, no
difieren de su esencia, de suerte que al pensar las cosas sólo se piensa
a sí mismo y, por tanto, sigue en ininterrumpida unidad consigo mismo. Esta
unidad de lo pensante y lo pensado constituye, empero, el secreto del
pensamiento especulativo.
Así, por ejemplo, en la lógica de Hegel, los objetos
(Gegenstand) del pensamiento no son distintos de la esencia del pensar.
El pensar se halla aquí en ininterrumpida unidad consigo mismo; los objetos (Gegenstand)
del mismo sólo son determinaciones del pensar, se absorben puramente en el
pensamiento, nada tienen para sí que permanezca fuera del pensamiento. Pero lo
que constituye la esencia de la lógica, es también la esencia de Dios. Dios es
una esencia espiritual, abstracta; pero, a su vez, es la esencia de las
esencias que abarca en sí todas las esencias y, a saber, en unidad con esta su
esencia abstracta. Pero, ¿qué son las esencias idénticas a una esencia
abstracta, espiritual? Son, a su vez, esencias abstractas, pensamientos. Las
cosas, en Dios, no son como son fuera de Dios; por el contrario, son tan
distintas de las cosas reales, como distintas son las cosas en tanto que objeto
(Gegenstand) de la lógica, de las cosas en tanto que objeto (Gegenstand)
de la intuición real. ¿A qué se reduce, pues, la diferencia entre el pensamiento
divino y el metafísico? Sólo a una diferencia de la imaginación, a la sola
diferencia entre el pensar representado y el pensar real.
12
La diferencia entre el saber o el pensar de Dios,
en tanto que imagen original (Urbild) que precede y crea a
las cosas, y el pensamiento humano que sigue a las cosas como copia
(Nachbild) de ellas, no es otra que la diferencia entre el saber
apriorístico o especulativo y el saber aposteriorístico o empírico.
El teísmo se representa a Dios como una esencia que,
si bien pensante o espiritual, es, a su vez, sensible. Por esta razón
vincula con el pensar y la voluntad de Dios efectos inmediatamente sensibles,
materiales: efectos que se contradicen con la esencia del pensar y la
voluntad, y que no expresan más que el poder de la naturaleza. Un efecto
material semejante —que, en consecuencia, es la mera expresión de un poder
sensible— es ante todo la creación o producción del mundo real, material. La
teología especulativa en cambio transforma este acto sensible que contradice la
esencia del pensar en un acto lógico o teorético, transforma la producción
material del objeto (Gegenstand) en el engendramiento especulativo a
partir del concepto. En el teísmo, el mundo es un producto temporal de Dios: el
mundo existe hace algunos milenios y, antes de ser, sólo era Dios; en la
teología especulativa, por el contrario, el mundo o la naturaleza sólo son
posteriores a Dios en cuanto su rango y significación: el accidente presupone
la sustancia, la naturaleza presupone la lógica; pero según el concepto, no
según la existencia sensible y, por consiguiente, no según el tiempo.
El teísmo, sin embargo, no sólo transfiere a Dios el
saber especulativo, sino también el saber sensible, empírico y, concretamente,
en su plenitud suprema. Y de la misma manera que el saber preterrenal y
preobjetivo de Dios halló su realización, su verdad y realidad en el saber
apriorístico de la filosofía especulativa, así también el saber sensible de
Dios sólo las ha encontrado en las ciencias empíricas de la época
moderna. El saber sensible más pleno, es decir, el saber sensible divino no es,
en efecto, sino el más sensible de los saberes, el saber de las mayores
minucias y de las singularidades más imperceptibles —«Dios es por ello
omnisciente», dice santo Tomás de Aquino, «porque sabe de las cosas más
singulares»—, el saber que no agrupa indiscretamente en un mechón todos
los cabellos de la piel humana, sino que los cuenta y conoce uno por uno. Pero
este saber divino que en la teología no es más que una representación, una
fantasía, se convirtió en un saber racional y real en el saber
telescópico y microscópico de la ciencia natural. Ella contó las estrellas del
firmamento, los huevos de los cuerpos de los peces y las mariposas, los
topitos de las alas de los insectos, a fin de distinguirlos entre sí; sólo en
la oruga del bombicílido del sauce ha probado anatómicamente la existencia de
288 músculos en la cabeza, de 1.647 en el cuerpo, y en el estómago y los
intestinos otros 2.186. ¿Qué más puede pedirse? Ahí tenemos, por esa razón, un
ejemplo palmario de la verdad de que la representación humana de Dios es la
representación del individuo humano de su género, de que Dios como conjunto de
todas las realidades y plenitudes no es sino el conjunto, sintetizado a modo
de compendio para el uso del limitado individuo, de los atributos genéricos
repartidos entre los hombres que se han ido realizando a lo largo del curso de
la historia. En su extensión cuantitativa, el dominio de las ciencias de la naturaleza
es completamente inconmensurable e inabarcable para el individuo. ¿Quién es
capaz de contar al mismo tiempo las estrellas del firmamento, y los músculos y
nervios del cuerpo de la oruga? Lyonet perdió la vista en aras de la anatomía
de la oruga. ¿Quién puede observar a la vez las diferencias entre las cimas y
abismos de la Luna y las diferencias entre los incontables ammonites y
terebrátulas? Pero lo que no sabe ni puede el hombre individualmente, lo saben
y pueden los hombres en su conjunto. Así pues, el saber divino, que conoce a la
vez todas las singularidades, tiene su realidad en el saber del género.
Como con la omnisciencia divina, así también sucede
con la omnipresencia divina, la cual se ha realizado igualmente en el hombre.
Mientras un hombre anota lo que acaece en la Luna o Urano, otro observa lo que
sucede en Venus o en las vísceras de la oruga o en cualquier otro lugar en el
que hasta ahora no había penetrado, bajo la hegemonía del Dios omnisciente y
omnipresente, ningún ojo humano. E incluso, mientras el hombre observa a esta
estrella desde Europa, la observa también y al mismo tiempo desde América. Lo
que resulta absolutamente imposible para un solo hombre, es posible para dos.
Mas Dios está, sin embargo, en todos los lugares a la vez y lo conoce todo,
todo a la vez y sin distinción. Ciertamente, pero debe señalarse que esta
omnisciencia y omnipresencia existen meramente en la representación, en la
imaginación y, por consiguiente, no debe omitirse la ya mencionada e importante
distinción entre la cosa únicamente imaginada y la cosa real. En la imaginación
se puede abarcar, evidentemente, de una sola ojeada los 4.059 músculos de una
oruga; en la realidad, empero, en la que estos músculos están separados unos
de otros, sólo se pueden observar uno tras otro. Del mismo modo, el limitado
individuo puede representarse en su imaginación la extensión del saber humano
en tanto que limitado, mientras que si quisiera apropiarse realmente de este
saber, no llegaría, ni ahora ni nunca, a un término del mismo. Se puede pensar,
por ejemplo, en una ciencia, así, la historia, y dividir en el pensamiento la historia
universal en la historia de los países en particular, la de éstos, a su vez, en
la historia de cada una de las provincias, éstas, en fin, en las crónicas de
cada ciudad, y las crónicas de las ciudades en historias familiares, en
biografías. ¿Cómo podría llegar un solo individuo a aquel punto en que pudiera
exclamar: aquí he llegado al término del saber histórico de la humanidad? De
idéntica manera, en la imaginación, la duración de nuestra vida, tanto el
tiempo pasado como el futuro posible, y aun cuando pudiéramos prolongar
ampliamente a este último, aparece como extraordinariamente breve, por lo que
en los momentos en que tenemos esta imaginación nos sentimos impulsados a
completar esa efímera brevedad en nuestra representación con una vida
inabarcable, infinita, después de la muerte. Pero ¡cuán larga es en la realidad
la duración de un solo día, o incluso una sola hora! ¿De qué procede esta
diferencia? De que el tiempo representado es un tiempo vacío, es, pues,
nada entre un punto inicial y un punto final de nuestro cálculo; pero el tiempo
real de la vida es el tiempo lleno, en que, en medio del ahora y del después,
se encuentran montañas de dificultades de toda clase.
13
La absoluta ausencia de premisas —el comienzo
de la filosofía especulativa— no es sino la ausencia de premisas y de comienzo,
la aseidad de la esencia divina. La teología distingue entre las
propiedades activas y pasivas de Dios. La filosofía, sin embargo, transforma
también las propiedades pasivas en activas: a toda la esencia de Dios en
actividad, pero actividad humana. Ello rige también para el predicado de este
párrafo. La filosofía no presupone nada, lo cual no significa más que: ella
hace abstracción de todos los objetos (Objekt) inmediata, es decir,
sensiblemente dados, distinguidos del pensar; en síntesis, hace abstracción de
todo lo que puede abstraerse sin cesar de pensar, convirtiendo este acto de
abstracción de toda objetividad (Gegenständlichkeit) en el comienzo de
sí misma. ¿Qué otra es, sin embargo, la esencia absoluta, sino la esencia a la
que nada precede, para la que ninguna cosa está dada fuera de ella ni es
necesaria, la esencia sustraída de todos los objetos (Objekt), de todas
las cosas distintas e inseparables de ella, la esencia, en fin, que sólo se
convierte en objeto (Gegenstand) para los hombres a través de la
abstracción precisamente de estas mismas cosas? Aquello de lo que Dios es libre
es de lo que debes liberarte tú mismo si quieres alcanzar a Dios, y te haces,
por consiguiente, realmente libre cuando tú te lo representas en ti. Si, en
consecuencia, concibes a Dios como una esencia sin premisas de cualquier otra
esencia u objeto (Objekt) entonces eres tú mismo quien piensas sin la
premisa de un objeto (Objekt) exterior; la propiedad que transfieres a
Dios es una propiedad de tu pensar. Sólo en el actuar del hombre se
encuentra lo que constituye el ser de Dios o lo que se representa como
tal. ¿Qué es el Yo de Fichte, el cual dice: «Yo soy simplemente porque yo soy»,
qué es el pensamiento puro, carente de premisas, de Hegel, sino la esencia actual,
activa y pensante del hombre transformada en la esencia divina de la vieja
teología y metafísica?
14
La filosofía especulativa, como realización de Dios,
es la posición, al tiempo que la superación o negación de Dios; es teísmo,
al tiempo que ateísmo: pues Dios sólo es Dios —Dios en el sentido de la
teología— en tanto se represente como una esencia autónoma y distinta de la
esencia del hombre y de la naturaleza. El teísmo que, en tanto posición de Dios
es, a la vez, negación de Dios, o, inversamente, en tanto negación de Dios
todavía es, al mismo tiempo, afirmación del mismo, es panteísmo. El
teísmo propiamente dicho o teológico, empero, no es otro que el panteísmo imaginario,
y éste no es otro que el real y verdadero teísmo.
Lo que distingue al teísmo del panteísmo es
únicamente la imaginación, la representación de Dios como una esencia personal.
Todas las determinaciones de Dios —y Dios es necesariamente determinado, pues
de lo contrario es nada, ni siquiera el objeto (Objekt) de una
representación— son determinaciones de la realidad, ya sea de la naturaleza,
ya sea del hombre, o de ambos a la vez, es decir, son determinaciones panteístas;
pues lo que no distingue a Dios de la esencia de la naturaleza o del hombre
es panteísmo. Dios, por consiguiente, sólo difiere del mundo, del conjunto de
la naturaleza y la humanidad, por su personalidad y existencia, mas no por sus
determinaciones o esencia: es decir, únicamente es representada como
otra esencia, pero en verdad no es otra esencia. El teísmo es la
contradicción entre apariencia y esencia, entre representación y verdad; el panteísmo
es la unidad de ambos: el panteísmo es la verdad desnuda del teísmo.
Cabalmente comprendidas, consideradas seriamente, ejecutadas y realizadas,
todas las representaciones del teísmo conducen necesariamente al panteísmo.
El panteísmo es el teísmo consecuente. El teísmo concibe a Dios como la
causa original y, más concretamente, como una causa viva y personal, como el
creador del mundo: Dios ha producido el mundo por su voluntad. Pero la
voluntad no es suficiente. Allí donde hay voluntad, debe haber también
entendimiento: lo que se pretende es un asunto del entendimiento. Sin
entendimiento no hay objeto (Gegenstand). Las cosas producidas por Dios
eran por esa razón, antes de su producción en Dios, objetos (Objekt)
de su entendimiento, esencias del entendimiento. El entendimiento de Dios,
se dice en la teología, es el conjunto de todas las cosas y esencias. ¿De
dónde habrían surgido sino de la nada? Y es indistinto que te representes esta
nada en tu imaginación en tanto que autónoma o la transfieras a Dios. Pero Dios
contiene o es todo únicamente de un modo ideal, en el modo de la
representación. Este panteísmo ideal conduce, pues, necesariamente al
panteísmo real o auténtico, ya que el entendimiento de Dios no está lejos de su
esencia, y su esencia no está lejos de la realidad de Dios. ¿Cómo sería posible
la separación entre el entendimiento y la esencia, entre la esencia y la
realidad o existencia de Dios? Si las cosas están en el entendimiento de Dios,
¿cómo podrían estar lucra de su esencia? Si son consecuencia de su entendimiento,
¿cómo no van a ser consecuencia de su esencia? Y si en Dios su esencia es
inmediatamente idéntica a su realidad, es decir, si la existencia de Dios no
se deja separar de su concepto, ¿cómo podría separarse en el concepto de las
cosas de Dios el concepto de la cosa y la cosa real? ¿Cómo puede tener lugar en
Dios, por consiguiente, la distinción que sólo constituye la naturaleza del
entendimiento finito y no-divino, la distinción entre la cosa en la
representación y la cosa fuera de la representación? Sin embargo, si no tenemos
ya ninguna cosa fuera del entendimiento de Dios, ello quiere decir
consecuentemente que tampoco tenemos ninguna fuera de su esencia y, por
último, ninguna tampoco fuera de su existencia: todas las cosas son en
Dios, y ello de hecho y en verdad, no sólo en la representación; pues, allí
donde sólo son en la representación (tanto en la de Dios, cuanto en la del
hombre) y, por tanto, sólo son ideal o más bien imaginariamente en Dios, allí
existen a la vez fuera de la representación: fuera de Dios. Pero no tenemos
ninguna cosa, ningún mundo, fuera de Dios, tampoco tenemos ningún Dios fuera
del mundo: no tenemos una esencia ideal, representada, sino una esencia real;
tenemos, por consiguiente, y en una palabra, el spinozismo, el panteísmo.
El teísmo se representa a Dios como una esencia puramente
inmaterial. Sin embargo, determinar a Dios en tanto que inmaterial no significa
más que determinar la materia como una cosa vana, como un no-ser (Unwesen); pues
sólo Dios es la medida de lo real, sólo Dios es ser, verdad, esencia; sólo es
lo que es válido por Dios y en Dios; lo que es negado por Dios no es. Inferir
la materia a partir de Dios no significa, por consiguiente, más que pretender
fundar su ser en su no-ser; pues la inferencia es el resultado de un
fundamento, de una fundamentación. Dios ha hecho la materia. Mas, ¿cómo, por
qué, a partir de qué? Respecto a esto, el teísmo no da ninguna respuesta. Para
él, la materia es una existencia puramente inexplicable, es decir, ella
es el límite, el fin de la teología, el lugar en que ésta fracasa, lo
mismo en la vida que en el pensamiento. ¿Cómo, por consiguiente, puedo inferir
el fin, la negación de la teología, sin negarla? ¿Cómo buscar un principio de
explicación, una aclaración, allí donde su entendimiento claudica? ¿Cómo a
partir de la negación de la materia o del mundo, negación que constituye la
esencia de la teología, cómo a partir de la proposición: la materia no es, puedo
desprender la afirmación de la materia, la proposición: ella es, y esto
último a pesar del Dios de la teología? ¿De qué otro modo sino mediante puras
ficciones? Las cosas materiales sólo pueden derivarse de Dios si Dios mismo es
determinado como una esencia materialista. Sólo así, de causa sólo
representada, imaginada, Dios se convierte en causa real del mundo.
Quien no se avergüenza de hacer zapatos, que tampoco se avergüence de ser
zapatero, ni de llamarse así. Hans Sachs era ciertamente zapatero, al tiempo
que poeta. Mas sus zapatos eran obra de sus manos y sus poesías obra de su cabeza.
A tal efecto, tal causa. La materia, sin embargo, no es Dios, más bien es lo
finito, lo no-divino, lo que niega a Dios; los incondicionales veneradores y
partidarios de la materia son ateos. El panteísmo une por esta razón el ateísmo
con el teísmo; une la negación de Dios con Dios: Dios es un ser material
o, en el lenguaje de Spinoza, un ser extenso.
15
El panteísmo es el ateísmo teológico, el materialismo
teológico, la negación de la teología, pero, a su vez, desde el punto
de vista de la teología; pues convierte la materia, la negación de Dios, en
un predicado o atributo de la esencia divina. Sin embargo, quien
convierte la materia en atributo de Dios, declara la materia como una esencia
divina. La realización de Dios tiene en general como premisa la divinidad
de lo real, esto es, la verdad y esencialidad de lo real. La
divinización de lo real, de lo materialmente existente —el materialismo,
el empirismo, el realismo, el humanismo—, la negación de la teología es,
sin embargo, la esencia de la época moderna elevada a esencia
divina, a principio filosófico-religioso.
El empirismo o realismo, bajo el cual se comprenden
aquí las llamadas ciencias reales en general y, en particular, las ciencias de
la naturaleza, niega a la teología, pero no teorética, sino prácticamente —mediante
el acto, en la medida en que el realista convierte en cometido esencial
de su vida, en objeto (Gegenstand) esencial de su actividad, lo que
es negación de Dios o, al menos, lo que no es Dios—. Mas quien concentra
el espíritu y el corazón únicamente en lo material, en lo sensible, niega de
hecho la realidad de lo suprasensible, pues, para el hombre al menos, sólo
es real lo que es objeto (Objekt) de una actividad real y efectiva.
«Aquello que no sé, me deja indiferente.» El aserto de que nada puede saberse
de lo suprasensible no es más que una evasiva. De Dios y las cosas divinas tan
sólo no se sabe nada cuando no quiere saberse de ellas. ¡Cuánto se sabía
de Dios, de los demonios y los ángeles, mientras estos seres suprasensibles
fueron objeto (Gegenstand) de una verdadera fe! Para aquello por
lo que uno se interesa también se es capaz. Los místicos y
escolásticos de la Edad Media no tuvieron dotes ni habilidades para las
ciencias de la naturaleza, únicamente porque no les movía el menor interés por
ella. Allí donde no falta el sentido, tampoco se carece de los sentidos, de
los órganos. Aquello a lo que se abre el corazón no constituye ningún secreto
para el entendimiento. Así también, en la época moderna, la humanidad ha
perdido los órganos para el mundo suprasensible y sus misterios por la sola
razón de que, con la fe en ellos, ha perdido también el sentido para ellos;
porque su tendencia esencial ha sido anticristiana, antiteológica, es decir,
una tendencia antropológica, cósmica, realista, materialista[8].
Por ello acertó Spinoza con su paradójica proposición: Dios es un ser extenso,
esto es, material. Él encontró la expresión filosófica verdadera, al menos
para su tiempo, relativa a la tendencia materialista de la época moderna; la
legitimó y la sancionó: Dios mismo es materialista. La filosofía de Spinoza era
religión; él mismo era un carácter. En él, el materialismo no se contradecía,
como en tantos otros, con la representación de un Dios inmaterial,
antimaterial, que, consecuentemente, convierte las solas tendencias y
cometidos antimaterialistas, celestes, de los hombres en deber; pues
Dios no es sino la imagen original y el modelo del hombre: como es Dios
y lo que Él es, así y esto es lo que debe ser el hombre, así y
esto quiere ser o tiene al menos esperanza de ser el hombre. Pero sólo
allí donde la teoría no desmiente la praxis, ni la praxis la teoría, hay
carácter, verdad y religión. Spinoza es el Moisés de los librepensadores y
materialistas.
16
Él panteísmo es la negación de la
teología teórica; el empirismo, la negación de la
teología práctica. El panteísmo niega el principio; el empirismo
niega las consecuencias de la teología.
El panteísmo convierte a Dios en una esencia actual,
real, material; el empirismo, al que también pertenece el racionalismo, lo
convierte en una esencia ausente, lejana, irreal, negativa. El empirismo no
niega a Dios la existencia, pero sí todas las determinaciones positivas, pues
su contenido sólo es finito, empírico, mientras que, según él, lo infinito no
es objeto (Gegenstand) para el hombre. Pero cuantas más determinaciones
nieguen a un ser, tanto más lo pongo fuera de su relación conmigo, tanto menos
poder e influencia le otorgo sobre mí, tanto más libre me hago de él. Cuantas
más propiedades tenga yo, tanto más seré yo también para los otros, tanto mayor
será asimismo la amplitud de mis acciones, de mi influencia. Y cuanto más uno es,
tanto más se sabe también de él. Cada negación de una propiedad de
Dios es, por eso mismo, un ateísmo parcial, una esfera del ateísmo. En la
medida en que le sustraigo a Dios una propiedad, le sustraigo también el ser.
Si, por ejemplo, la compasión y la misericordia no son propiedades de Dios, en
tal caso estoy solo con mi dolor: Dios ya no está ahí como consuelo. Si Dios es
la negación de todo lo finito, en tal caso, consecuentemente, lo finito también
es la negación de Dios. Sólo si Dios piensa en mí —así colige el religioso—
tengo razón y causa para pensar en Él; sólo en su ser-para-mí reposa el
fundamento de mi ser-para-Él. Por ello, para el empirismo, la esencia teológica
no es en verdad más que nada, es decir, nada real; pero él transfiere este
no-ser no en el objeto (Gegenstand), sino en sí mismo, en su saber.
No le niega a Dios el ser, es decir, el ser muerto e indiferente; pero le
niega el ser que se muestra como ser, el ser eficaz, el ser susceptible
de sentirse, el ser que afecta a la vida. Afirma a Dios, pero niega todas
las consecuencias necesariamente ligadas a esta afirmación. Rechaza la
teología, la abandona; mas no por razones teoréticas, sino por repugnancia,
por aversión a los objetos (Gegenstand) de la teología, es decir, por
un sentimiento oscuro de su irrealidad. La teología es nada, piensa el
empirista en su fuero interno; pero añade a ello: para mí, en otras
palabras, su juicio es subjetivo, patológico; pues no sólo no tiene la
libertad, sino tampoco las ganas ni la misión de hacer comparecer a los objetos
(Gegenstand) de la teología ante el foro de la razón. Ésta es la misión
de la filosofía. La tarea de la filosofía moderna no es otra, por consiguiente,
que la de elevar el juicio patológico del empirismo de que nada tiene que
ver con la teología, a un juicio teorético, objetivo: que la de
transformar la negación indirecta, inconsciente, negativa, de la teología en
una negación directa, positiva, consciente. ¡Qué ridículo resulta pues
pretender la supresión del «ateísmo» de la filosofía, sin suprimir a su vez el
ateísmo de la empiría! ¡Qué ridículo perseguir la negación teorética del
cristianismo y al mismo tiempo dejar en pie, sin embargo, las negaciones
fácticas del cristianismo que bullen en la época moderna! ¡Y qué ridículo es
presumir que, con la conciencia, es decir, con el síntoma del mal, también se
suprimirá al mismo tiempo su causa! ¡Qué ridículo, realmente! Y, sin embargo,
¡qué llena está la historia de semejantes ridiculeces! Se repiten en todas las
épocas críticas. Nada extraordinario: todo se permite en el pasado, se
reconoce la necesidad de los cambios y revoluciones que han acaecido; pero que
se apliquen al caso presente, contra ello se resiste siempre con pies y manos;
al presente se le convierte siempre, ya sea por estrechez de miras, ya sea por
comodidad, en una excepción de la regla.
17
La elevación de la materia a entidad divina es a su
vez e inmediatamente la elevación de la razón a entidad divina. Lo
que el teísta niega a Dios por necesidad emocional o por su anhelo de
ilimitada dicha, lo afirma de Dios el panteísta por necesidad racional. La
materia es un objeto esencial para la razón. Si no hubiera materia la razón
carecería de impulso y de material para pensar, carecería de
contenido. No puede abandonarse la materia sin abandonar también la
razón; no se la puede reconocer, sin reconocer también la razón.
Los materialistas son racionalistas. Pero el panteísmo sólo afirma indirectamente
la razón como una entidad divina: sólo en la medida en que convierte a
Dios, de una esencia de la imaginación, como lo es en tanto que esencia personal
en el teísmo, en una esencia racional; la apoteosis directa de la razón
es el idealismo. El panteísmo lleva necesariamente al idealismo.
El idealismo se conduce respecto del panteísmo exactamente igual que éste
respecto del teísmo.
Como el objeto, así también el sujeto. Para
Descartes, la esencia de las cosas corpóreas, la esencia de los cuerpos en
tanto que sustancias no son objeto para los sentidos, sino únicamente
para el entendimiento; mas precisamente por eso, la esencia del sujeto
percibiente, del hombre, tampoco es, según Descartes, los sentidos, sino el
entendimiento. Sólo a la esencia le es dada la esencia como objeto (Objekt).
Según Platón, la opinión sólo tiene por objeto las cosas insubsistentes, y
por ello mismo sólo es el saber insubsistente, mutable —justamente mera
opinión—. La esencia de la música es, para el músico, la suprema esencia, y el
oído, por esto mismo, el órgano supremo; prefiere perder la vista que el oído;
el investigador natural, por el contrario, prefiere perder el oído que la
vista, pues su esencia objetiva es la luz. Si divinizo el sonido, divinizo
también el oído. Y si, por consiguiente, digo, como el panteísta: la divinidad
o, lo que quiere decir lo mismo, la esencia absoluta, la verdad y la realidad
absolutas, sólo es para la razón, sólo es objeto (Gegenstand) para la razón,
declaro a Dios como una cosa de la razón o una esencia racional, y con
ello, indirectamente, tan sólo expreso la verdad y la realidad absolutas de la
razón. De ahí la necesidad de que la razón vuelva a sí misma, que invierta
este autorreconocimiento invertido, se enuncie directamente como la
verdad absoluta, se convierta a sí misma inmediatamente, sin la mediación de un
objeto (Objekt), en la verdad absoluta. El panteísta dice lo mismo que
el idealista, sólo que aquél enuncia más objetiva y realistamente, lo que aquél
formula más subjetiva e idealistamente. Aquél tiene su idealismo en el objeto
(Gegenstand): nada es fuera de la sustancia, fuera de Dios, todas las cosas
son únicamente determinaciones de Dios. Éste, el idealista, tiene su panteísmo
en el Yo: nada es fuera del Yo, todas las cosas sólo son como objetos (Objekt)
del Yo. El idealismo, sin embargo, es la verdad del panteísmo; pues Dios o
la sustancia únicamente es objeto (Objekt) de la razón, del Yo, de la
esencia pensante. Si no creo, si no pienso absolutamente en ningún Dios,
tampoco tengo un Dios; Él es para mí sólo a través de mí, para la razón
sólo a través de la razón; el a priori, el ser primero, no es el
ser pensado, sino el ser pensante; no es el objeto, sino
el sujeto. Con la misma necesidad con que la ciencia de la naturaleza se
remonta de la luz al ojo, se remonta la filosofía de los objetos (Gegenstand)
del pensar al: Yo pienso. ¿Qué es la luz como ser que ilumina y difunde
claridad, como objeto (Objekt) de la óptica, sin el ojo? Nada. Hasta
aquí llegan las ciencias de la naturaleza. Pero, ¿qué es —sigue preguntando la
filosofía— el ojo sin la conciencia? Igualmente nada: ver sin conciencia o
no ver son la misma cosa. Sólo la conciencia del ver es la realidad del
ver o el ver real. ¿Pero, por qué crees que existe algo fuera de ti? Porque
ves, oyes o sientes algo. Luego este algo sólo es algo real, un objeto
real, en tanto que objeto de la conciencia; por consiguiente, la conciencia
es la realidad absoluta, la medida de toda existencia. Todo lo que es sólo es
como existente (seiend) para la conciencia en tanto que consciente; pues
conciencia es únicamente ser. Así se realiza en el idealismo la esencia de la
teología; así se realiza en el Yo, en la conciencia, la esencia de Dios. Sin
Dios nada puede ser, nada puede pensarse; esto significa, en el sentido del
idealismo: todo es solamente en tanto que objeto (Gegenstand) de la
conciencia, ya sea real o posible; ser significa ser objeto (Gegenstand) y presupone,
por consiguiente, conciencia. Las cosas, el mundo en general, son una obra, un
producto del ser absoluto, de Dios; pero este ser absoluto es un Yo, un
ser consciente, pensante; por consiguiente, como Descartes dice
acertadamente desde el punto de vista del teísmo, el mundo es un ens
rationis divinae, una cosa pensada, un espectro de la mente de Dios. Pero
en el teísmo, en la teología, esta misma cosa pensada sólo es, una vez más,
una vaga representación. Si, pues, realizamos esta representación, si llevamos
a cabo prácticamente lo que en el teísmo, por así decirlo, sólo es teoría,
entonces tendremos al mundo en tanto que producto del Yo (Fichte), o —al menos
tal como se nos aparece, tal como lo intuimos— como una obra o un producto de
nuestra intuición, de nuestro entendimiento (Kant). «La naturaleza se deriva,
en general, de las leyes de la posibilidad de la percepción.» «El entendimiento
no crea sus leyes (a priori) a partir de la naturaleza, sino que las
prescribe a ésta.» El idealismo kantiano en el cual las cosas se rigen según
el entendimiento y no el entendimiento según las cosas, no es, por
consiguiente, sino la realización de la representación teológica del entendimiento
divino, el cual no es determinado por las cosas sino que, por el contrario, las
determina. ¡Qué necedad, pues, reconocer como verdad divina el idealismo del
cielo, es decir, el idealismo de la imaginación, y rechazar al mismo tiempo el
idealismo de la tierra, es decir, el idealismo de la razón, como un error
humano! ¿Negáis el idealismo? ¡Sea! ¡Pero entonces, negad también a Dios! Dios
no es más que el inventor del idealismo. ¡Si no queréis las consecuencias,
abandonad también el principio! El idealismo no es más que el teísmo racional
o racionalizado. Pero el idealismo kantiano todavía es un idealismo
limitado: el idealismo desde el punto de vista del empirismo. Para el
empirismo, en consonancia con las explicaciones desarrolladas en lo que
antecede, Dios no es más que un ser en la representación, en la teoría —teoría
en el sentido usual, en el mal sentido—, pero no de hecho, ni en verdad; es
una cosa en sí, pero ya no una cosa para él[9];
pues para él sólo son cosas las cosas empíricas, las cosas reales. La materia
es la única materia de su pensar: ya no tiene materiales para Dios; Dios
es, pero es para nosotros una tabula rasa, un ser vacío, un mero
pensamiento. Dios —Dios tal como lo representamos y pensamos— es nuestro Yo,
nuestro entendimiento, nuestra esencia; pero este Dios es solamente una apariencia
fenoménica (Erscheinung) de nosotros para nosotros, no Dios en sí. Kant es
el idealismo fijado todavía al teísmo. A menudo sucede que nos hemos liberado
tiempo atrás de una cosa, una doctrina, una idea, pero nos hemos liberado de
hecho y no todavía en la cabeza; ella ya no es verdad en nuestro ser —acaso no
lo fuera nunca— y, sin embargo, no deja de ser una verdad teórica, es decir, un
límite de nuestra mente. En la medida en que aprende las cosas desde lo más
profundo, la cabeza es también la que más tarda en liberarse. La libertad
teórica es, al menos respecto de muchas cosas, la última libertad. Cuántos hay
que son republicanos de corazón, por convicción, pero en su mente no pueden
rebasar la monarquía; su corazón republicano sucumbe a las objeciones y
dificultades que le pone el entendimiento. Así sucede también con el teísmo de
Kant. Kant ha realizado y negado la teología en la moral, al ser divino
en la voluntad. La voluntad es para Kant el ser verdadero, original,
incondicionado, que comienza a partir de sí mismo. Kant reivindica, pues, de
hecho los predicados de la divinidad para la voluntad; su teísmo sólo tiene por
esta razón la significación de un límite teorético. El Kant liberado del límite
del teísmo es Fichte: el «mesías de la razón especulativa». Fichte es el
idealismo kantiano pero desde el punto de vista del idealismo. Sólo
desde el punto de vista empírico hay, para Fichte, un Dios distinto de
nosotros, existente fuera de nosotros; pero en verdad, desde el punto de vista
del idealismo, la cosa en sí, Dios —Dios es la cosa propiamente en sí— sólo es
el Yo en sí, es decir, el Yo distinguido del individuo, distinguido del
Yo empírico. Fuera del Yo no hay ningún Dios: «Nuestra religión es la razón».
Pero el idealismo de Fichte sólo es la negación y realización del teísmo
abstracto y formal, del monoteísmo; no lo es del teísmo religioso, formal y
lleno, del teísmo cuya realización no es sino el idealismo «absoluto», el
idealismo hegeliano. En otras palabras: Fichte ha realizado el Dios del
panteísmo sólo en tanto que ser pensante, pero no en tanto que ser extenso,
material. Fichte es el idealismo teísta, Hegel es el idealismo panteísta.
18
La filosofía moderna ha realizado y superado el ser
divino separado y distinguido de la sensibilidad, del mundo, del hombre; pero
sólo en el pensar, en la razón y, más exactamente, en una razón
asimismo separada y distinguida de la sensibilidad, del mundo, del hombre. Eso
quiere decir que la filosofía moderna sólo ha probado la divinidad del
entendimiento: sólo ha reconocido, en efecto, el entendimiento abstracto
como lo divino, como ser (Wesen) absoluto. La definición de Descartes de
sí mismo como Espíritu —mi ser consiste únicamente en que yo pienso— es
la definición de la filosofía moderna de sí misma. La misma voluntad
del idealismo kantiano y fichteano es un puro ser del entendimiento, y
la intuición que Schelling, en oposición a Fichte, vinculó al entendimiento,
sólo es fantasía y ninguna verdad, y por tanto no entra en consideración.
La filosofía moderna ha partido de la teología; no
es sino la teología disuelta y transformada en filosofía. La esencia abstracta
y trascendente de Dios sólo podía, pues, realizarse y superarse de una
manera abstracta y trascendente. Para poder convertir a Dios en razón, la
razón misma tenía que adoptar la condición de la abstracta esencia divina. Los
sentidos, dice Descartes, no proporcionan ninguna realidad verdadera, ninguna
esencia, ninguna certidumbre —sólo el entendimiento sustraído a los sentidos proporciona
la verdad—. ¿De dónde proviene esta escisión entre el entendimiento y los
sentidos? No proviene más que de la teología. Dios no es un ser sensible, más
bien es la negación de todas las determinaciones de la sensibilidad, sólo es
reconocido a través de la abstracción de las mismas; sin embargo, él es Dios,
es decir, el más verdadero, real y cierto de todos los seres. ¿Cómo
entonces se va a revelar la verdad a los sentidos —los sentidos, que son ateos
de nacimiento—? Dios es el ser cuya existencia no puede separarse de la
esencia, del concepto, ni puede pensarse de otro modo que en tanto existente.
Descartes transforma este ser objetivo en un ser subjetivo, convierte el
argumento ontológico en el argumento psicológico; convierte el «Dios es
pensable, luego existe» en el «pienso, luego existo». Así como en Dios no puede
separarse el ser del ser-pensado (Gedachtwerden), así tampoco en mí —en
tanto que espíritu y, por tanto, como mi ser— puede separarse el ser del
pensar, y lo mismo que en Aquél, también en mí esta inseparabilidad constituye
el ser. Un ser que sólo es —independientemente de que sea en sí o para
mí— en tanto que pensado, en tanto que objeto (Gegenstand) de la
abstracción de toda sensibilidad, únicamente se realiza y subjetiviza
necesariamente en un ser que sólo es también en tanto que pensante, cuya
entidad sólo es el pensamiento abstracto.
19
La culminación de la filosofía moderna es la
filosofía hegeliana. La necesidad histórica y la legitimación de
la filosofía moderna se basa por ello fundamentalmente en la crítica de
Hegel.
20
Atendiendo a su punto de partida histórico, la
filosofía moderna tiene la misma misión y lugar respecto a la filosofía
anterior que la de ésta respecto a la teología. La filosofía
moderna es la realización de la filosofía hegeliana, de la filosofía
anterior en general —pero una realización que, a su vez, es la negación, más
exactamente, la negación sin contradicción de la misma—.
21
La contradicción de la filosofía moderna y
del panteísmo en particular, a saber, que es la negación de la teología
desde el punto de vista de la teología o la negación de la teología que es,
a su vez, teología: esta contradicción caracteriza en particular a la
filosofía hegeliana.
En la filosofía moderna, así como en la hegeliana,
sólo el ser inmaterial, el ser como puro objeto (Objekt) del entendimiento,
es el ser verdadero, absoluto: Dios. Incluso la materia, que Spinoza convierte
en atributo de la sustancia divina, es una cosa metafísica, un puro ser del
entendimiento; pues se le ha sustraído la determinación esencial de la materia
que constituye su diferencia con respecto al entendimiento, a la actividad
pensante, a saber, el ser un ser sufriente. Pero Hegel se distingue de la
filosofía anterior en que determina de manera distinta la relación entre el ser
material, sensible, y el inmaterial. Los filósofos y teólogos anteriores
concibieron el ser verdadero, el ser divino, como un ser separado y liberado de
la naturaleza, como un ser separado y liberado en sí de la sensibilidad o
materia; tan sólo se transferían a sí mismos el esfuerzo y el trabajo de
la abstracción, de la liberación de lo sensible, para alcanzar lo que en sí
mismo es libre de ellos. En este ser libre depositaban la beatitud
del ser, en este hacerse libre ponían la virtud del ser
humano. Hegel, por el contrario, convirtió esta actividad subjetiva en la autoactividad
del ser divino. Dios mismo tiene que someterse a este trabajo, lo mismo que
los héroes paganos tienen que conquistar con la virtud su dignidad. Sólo así,
la libertad de lo absoluto respecto de la materia, que, por lo demás, sólo es
un presupuesto, una representación, se convierte en acción y verdad. Mas esta
autoliberación de la materia sólo puede ponerse en Dios si al mismo tiempo se
pone la materia en él. Pero, ¿cómo puede ponerse la materia en Él? Sólo en
virtud de que el Él mismo la ponga. Pero en Dios sólo es Dios. Por
consiguiente, sólo en la medida en que Él mismo se ponga como materia,
como no-Dios, como su alteridad. La materia no es, de este modo, un contrario
que incomprensiblemente preceda al Yo, al espíritu: ella es la autoalienación
del espíritu. Con ello, la materia misma adquiere espíritu y entendimiento;
es incorporada al ser absoluto como un momento de la vida, de la formación y el
desarrollo del mismo. A su vez, empero, es puesta de nuevo como un ser nulo,
no-verdadero, en la medida en que sólo el ser (Wesen) que se produce a
partir de esta alienación, es decir, que abandona la materia, la sensibilidad,
es reconocido como el ser en su plenitud, en su forma y figura verdaderas. Lo
natural, material, sensible —lo sensible no en el sentido común, moral, sino
metafísico— es también aquí, pues, lo que ha de negarse, lo mismo que
la teología niega la naturaleza emponzoñada por el pecado original. Ello es
incorporado, ciertamente, a la razón, al Yo, al espíritu; pero es lo no-racional
en la razón, el no-Yo en el Yo, el negativo del mismo: del mismo
modo que en Schelling, la naturaleza en Dios es lo no-divino en Dios, está en
Él fuera de Él; lo mismo que en la filosofía cartesiana, el cuerpo, aunque
unido a mí, al espíritu, está fuera de mí, no me pertenece, no pertenece a mi
ser, por lo que resulta indiferente que esté o no unido a mí. La materia sigue
en contradicción con el ser presupuesto por la filosofía como el verdadero ser.
La materia es puesta, en efecto, en Dios, es decir,
en tanto que Dios, y poner la materia en tanto que Dios es como decir: no hay
Dios; equivale, pues, a la supresión de la teología, a reconocer la verdad del
materialismo. Pero, a su vez, se sigue presuponiendo la verdad del ser de la
teología. Por tanto, el ateísmo, la negación de la teología, es negado de
nuevo, es decir, la teología es repuesta por la filosofía. Dios sólo es Dios en
la medida en que supera, niega la materia, la negación de Dios. Y sólo la
negación de la negación es, para Hegel, la posición verdadera. Al final, por
consiguiente, nos encontramos una vez más en el punto de donde habíamos
partido al principio: en el regazo de la teología cristiana. De esta suerte,
en el principio supremo de la filosofía hegeliana ya tenemos el principio y el
resultado de su filosofía —de la religión, según la cual la filosofía no
suprime los dogmas de la teología, sino que solamente los restablece, los
mediatiza, a partir de la negación del racionalismo—. El misterio de la
dialéctica hegeliana reside en último análisis en que niega la teología a
través de la filosofía, para negar luego una vez más la filosofía a través de
la teología. El comienzo y el fin lo constituye la teología; en medio se halla
la filosofía en tanto que negación de la primera posición; pero la negación de
la negación es la teología. Primero se echa todo abajo, luego se coloca todo en
su antiguo lugar, como en Descartes. La filosofía hegeliana es la última gran
tentativa de restablecer a través de la filosofía el perdido, sucumbido
cristianismo, y precisamente, como sucede en general en la época moderna, identificando
la negación del cristianismo con el cristianismo mismo. La muy
predicada identidad especulativa del espíritu y la materia, de lo infinito y lo
finito, de lo divino y lo humano no es más que la funesta contradicción de la
época moderna: la identidad de la fe y la incredulidad, de la teología y la
filosofía, de la religión y el ateísmo, del cristianismo y el paganismo, en su
cima más elevada, en la cima de la metafísica. En Hegel, esta contradicción
sólo se oculta a la mirada, se oscurece, porque convierte la negación de Dios,
el ateísmo, en una determinación objetiva de Dios —Dios es determinado como un
proceso y el ateísmo, como un momento de este proceso—. Pero, ni la fe
restablecida a partir de la incredulidad es verdadera, pues siempre será una fe
ligada a su contrario, ni el Dios restablecido a partir de su negación es un
Dios verdadero, sino más bien un Dios que se contradice consigo mismo, un Dios
ateo.
22
Así como la esencia divina no es otra que la esencia
humana liberada de la limitación de la naturaleza, así también la esencia del
idealismo absoluto no es otra que la esencia del idealismo subjetivo
liberada de la limitación, precisamente racional, de la subjetividad, es decir,
de la sensibilidad u objetividad (Gegenständlichkeit) en general. De ahí
que la filosofía hegeliana pueda derivarse inmediatamente del idealismo
kantiano y fichteano.
Kant dice: «Si, como corresponde, consideramos los
objetos de los sentidos como meros fenómenos, con ello admitimos al
mismo tiempo que a ellos les subyace la cosa en sí misma, por mucho que
no conozcamos cómo está constituida en sí, sino únicamente su apariencia
fenoménica, es decir, el modo en que nuestros sentidos son afectados por este
algo desconocido. El entendimiento pues, precisamente porque aprehende los
fenómenos, admite también la existencia de cosas en sí mismas y, en esta
medida, podemos decir que la representación de estos seres que subyacen a los
fenómenos y, por lo tanto, son meros seres del entendimiento, no sólo
es admisible, sino también inevitable». Los objetos (Gegenstand) de
los sentidos, de la percepción, son, pues, para el entendimiento, puro
fenómeno, ninguna verdad; no satisfacen, por tanto, al entendimiento, es
decir, no corresponden a su esencia. Consecuentemente, el entendimiento
no está limitado de ningún modo en su esencia por la sensibilidad; de lo
contrario no consideraría las cosas sensibles como fenómenos, sino como la
pura verdad. Lo que no me satisface, tampoco me limita ni restringe. ¡Y sin
embargo, los seres del entendimiento no deben ser objetos (Objekt) reales
para el entendimiento! La filosofía kantiana es la contradicción de sujeto y
objeto, de esencia y existencia, de pensamiento y ser. La esencia
corresponde aquí al entendimiento, la existencia a los sentidos. La existencia
sin esencia es mero fenómeno —son las cosas sensibles—, la esencia
sin existencia es mero pensamiento —son los seres del entendimiento, los noumena—;
ellos son pensados, pero carecen de existencia —al menos de existencia para
nosotros—, de objetividad (Objektivität); son las cosas en sí, las
cosas verdaderas; pero no son cosas reales y, por consiguiente,
tampoco son cosas para el entendimiento, es decir, no son cosas determinables
ni cognoscibles por el entendimiento. ¡Qué contradicción separar la verdad de
la realidad y la realidad de la verdad! Pero si suprimimos esta contradicción tendremos
la filosofía de la identidad en que los objetos (Objekt) del entendimiento,
las cosas pensadas, en tanto que verdaderas, son también reales; en
que la esencia y la condición del objeto (Objekt) del entendimiento,
corresponden a la esencia y a la condición del entendimiento o sujeto; en
que, por tanto, el sujeto no está limitado ni condicionado por una materia
existente fuera de él que contradiga su esencia. Pero el sujeto que no tiene
ninguna cosa fuera de sí y, en consecuencia, ya no tiene ninguna limitación en
él, no es más sujeto «finito»; ya no es el Yo al que se contrapone un objeto (Objekt):
es el ser absoluto, cuya expresión teológica o popular es la palabra Dios.
Es, ciertamente, el mismo sujeto, el mismo Yo que en el idealismo subjetivo,
pero sin limitaciones; el Yo que por ello mismo ya no parece ser Yo,
ser subjetivo y que, por la misma razón, ya no se llama Yo.
23
La filosofía hegeliana es el idealismo invertido,
teológico, así como la filosofía spinozista es el materialismo
teológico. Ella ha supuesto la esencia del Yo fuera del Yo, la ha
segregado del Yo, la ha objetivado como sustancia, corno Dios; pero con ello,
una vez más —y, por consiguiente, indirecta, inversamente— ha expresado
la divinidad del Yo que ella convertía, lo mismo que la materia en
Spinoza, en un atributo o forma de la sustancia divina: la
conciencia que tiene el hombre de Dios es la autoconciencia de Dios. Es
decir, el ser pertenece a Dios, el saber al hombre. Mas, de hecho, la esencia
de Dios, para Hegel, no es otra que la esencia del pensamiento, o el
pensamiento abstraído del Yo, del pensador. La filosofía hegeliana, por
tanto, ha convertido el pensar, o sea el ser subjetivo, pero pensado
sin sujeto, es decir, el ser subjetivo representado como un ser distinto de
éste, en el ser divino, absoluto.
De ahí que el misterio de la filosofía «absoluta»
sea también el misterio de la teología. Así como ésta convierte las
determinaciones del hombre en determinaciones divinas, que ella usurpa al ser
determinado por el que ellas son lo que son, de la misma manera procede también
la filosofía absoluta. «El pensar de la razón debe atribuirse a cada uno; para
pensarla como absoluta y acceder así al punto de vista que yo exijo
tiene que abstraerse del pensar. Para aquel que efectúa la abstracción,
la razón deja inmediatamente de ser algo subjetivo, como la mayoría
se la representa; y tampoco ella misma puede pensarse ya como algo objetivo,
puesto que algo objetivo o pensado sólo es posible en
oposición a algo pensante, del que aquí se abstrae por entero; así
pues, a través de aquella abstracción, ella se convierte en el verdadero
en sí, el cual recae precisamente en el punto de indiferencia de lo
subjetivo y lo objetivo.» Hasta aquí Schelling. Y lo mismo encontramos en
Hegel. El pensar despojado de su determinación en la cual pensar es
actividad de la subjetividad es la esencia de la lógica hegeliana. La
tercera parte de la Lógica es, e incluso se titula explícitamente,
lógica subjetiva, y, no obstante, las formas de la subjetividad que
constituyen su objeto (Gegenstand) no deben ser subjetivas. El concepto,
el juicio, la conclusión, incluso las mismas formas particulares de las
conclusiones y los juicios, como el juicio problemático y asertórico, no son de
ningún modo conceptos, juicios y conclusiones de nosotros mismos, sino formas
objetivas, existentes en y para sí, formas absolutas. Es así como la filosofía
absoluta enajena (entaussem) y aliena (entfremden) al hombre su
propia esencia, de su propia actividad. De ahí la violencia y la tortura que
ella ejerce sobre nuestro espíritu. Lo que es nuestro no debemos pensarlo como
nuestro, debemos abstraer la determinación por la que algo es lo que es, es
decir, debemos pensarlo sin sentido, debemos asumirlo en el sinsentido
(Unsinn) de lo absoluto. Sinsentido es la esencia suprema de la
teología —de la común tanto como de la especulativa—.
Lo que Hegel observa reprobatoriamente a propósito
de la filosofía de Fichte, a saber que cada cual cree tener el Yo en sí mismo,
se recuerda a sí y, no obstante, no encuentra en sí al Yo, puede decirse
también de la filosofía especulativa en general. Ella considera a casi todas
las cosas en un sentido en que estas cosas ya no se reconocen. Y el origen de
esta desdicha es precisamente la teología. El ser divino, absoluto, tiene que
distinguirse de los seres finitos, esto es, reales. Pero no tenemos otras determinaciones
para lo absoluto que, precisamente, las determinaciones de las cosas reales,
ya sean naturales, ya sean humanas. Mas, ¿cómo estas determinaciones se
convierten en determinaciones de lo absoluto? Únicamente en la medida en que se
las concibe en un sentido distinto de su sentido real, es decir, sólo porque
se las concibe en un sentido enteramente invertido. En lo absoluto está todo lo
que está también en lo finito; pero todo, en lo absoluto, es completamente
distinto de aquí; allí rigen leyes completamente diferentes de las que rigen
entre nosotros; la razón y la sabiduría son allí lo que entre nosotros es un
puro sinsentido. De ahí la ilimitada arbitrariedad de la especulación
que usa del nombre de una cosa sin aceptar por ello la validez del concepto que
a este nombre está ligado. La especulación se disculpa de esta arbitrariedad
diciendo que elige para sus conceptos términos de la lengua a los que la «conciencia
común» vincula representaciones que tendrían una remota semblanza con dichos conceptos;
ella echa la culpa, pues, al lenguaje. Y, sin embargo, la culpa reside en la
cosa, en el principio mismo de la especulación. La contradicción entre
el nombre y la cosa, entre la representación y el concepto, no es otra que la
vieja contradicción teológica entre las determinaciones del ser divino y el
ser humano, determinaciones que respecto al hombre se conciben en su propio y
real sentido, pero respecto a Dios sólo se consideran en un sentido simbólico
o analógico. En cualquier caso, la filosofía no debe volverse hacia las
representaciones que el uso o el abuso comunes vincula a un nombre; pero ella
tiene que ligarse a la naturaleza determinada de las cosas, cuyos signos son
los nombres.
24
La identidad de pensar y ser, cuestión
central de la filosofía de la identidad, no es sino la consecuencia
necesaria y la prolongación del concepto de Dios en tanto que ente (Wesen) cuyo
concepto o esencia contiene el ser (Sein). La filosofía especulativa
tan sólo ha generalizado, tan sólo ha convertido en una propiedad del
pensar, lo que la teología convertía en una propiedad exclusiva del
concepto de Dios. La identidad del pensar y el ser sólo es, por ese motivo,
la expresión de la divinidad de la razón: la expresión de que el pensar
o la razón es el ser absoluto, el conjunto de toda verdad y realidad,
de que no exista ninguna oposición de la razón, de que la razón más
bien es Todo, de la misma manera que en la teología estricta Dios es Todo, esto
es, todo lo esencial y verdaderamente existente. Pero un ser no distinto
del pensar, un ser que sólo es un predicado o una determinación de
la razón, sólo es un ser pensado, abstracto, pero en verdad no es un
ser. La identidad de pensar y ser no expresa, por consiguiente, sino la identidad
del pensar consigo mismo. Es decir, el pensamiento absoluto no se abandona
a sí mismo, no sale fuera de sí para llegar al ser. Ser sigue siendo un
más allá. La filosofía absoluta, ciertamente, ha convertido el allende de
la teología en el aquende, pero al precio de convertir el aquende
del mundo real en allende.
El pensar de la filosofía especulativa absoluta
determina al ser, a diferencia de sí mismo como actividad mediadora en
tanto que lo inmediato, no mediado. Para el pensamiento —o, cuando menos,
para el pensamiento con el que tenemos que ver ahora— el ser no es sino él
mismo. El pensamiento pone al ser frente a sí mismo, pero en el seno de sí
mismo, con lo que suprime así inmediatamente y sin dificultad la oposición
del ser y el pensar; pues el ser como opuesto del pensar en el pensamiento
mismo no es, a su vez, sino pensar. Cuando el ser no es más que lo inmediato, y
la inmediatez por sí sola constituye su diferencia respecto del pensar, es
fácil probar que también al pensamiento le corresponde la determinación de la
inmediatez y, por tanto, el ser. Cuando es una mera determinación del
pensamiento la que constituye la esencia del ser, ¿cómo puede distinguirse el
ser del pensar?
25
Probar que algo es sólo tiene el sentido de que este
algo no es solamente pensado. Esta prueba, sin embargo, no puede
engendrarse a partir del pensamiento mismo. Si a un objeto del pensar se
le debe atribuir el ser, tiene también que atribuirse al pensamiento
mismo algo distinto del pensar.
El ejemplo que eligió Kant en la crítica de la
prueba ontológica para mostrar la diferencia entre el pensar y el ser, y que
Hegel ridiculizó, sobre la diferencia entre cien Thalers en la representación y cien Thalers en la
realidad, es, en lo esencial, completamente exacto. Pues a unos Thalers los
tengo tan sólo en la cabeza, mientras que a los otros los tengo en el bolsillo;
aquéllos sólo existen para mí, éstos, en cambio, también para los
otros —pueden sentirse y ser vistos—; y sólo existe lo que es, a la vez, para
mí y para los otros, sólo aquello en lo que acordamos yo y el otro, lo que no
sólo es mío sino general.
En el pensamiento como tal me hallo en identidad conmigo
mismo, soy señor absoluto; nada se contradice allí conmigo; allí soy juez y
parte al mismo tiempo, y no hay, en consecuencia, ninguna distinción crítica
entre el objeto y mis pensamientos sobre él. Pero cuando se trata, en definitiva,
del ser de un objeto, entonces ya no puedo pedir consejo únicamente a
mí mismo, sino que tengo que escuchar testigos distintos de mí. Estos
testigos distintos de mí en tanto que pensante son los sentidos. Ser ese algo
en lo que no participo Yo sólo, sino también los otros, y, sobre todo,
también el objeto mismo. Ser significa ser sujeto, quiere decir ser para
sí. Y no es verdaderamente lo mismo ser yo sujeto o ser sólo objeto, ser un
ser para mí mismo, o sólo un ser para otro ser, o sea sólo un pensamiento. Si
soy un mero objeto de la representación y, en consecuencia, ya no soy yo mismo,
como acontece al hombre después de la muerte, en tal caso tengo que admitirlo
todo; en tal caso el otro podrá forjarse una imagen de mí que será una
auténtica caricatura, sin que por ello pueda yo protestar. Pero si yo todavía
soy realmente puedo hacer cruz y raya, puedo hacerle sentir y probar que entre
yo, tal como soy en su representación, y yo tal como soy en la realidad, o sea
entre yo en tanto que objeto suyo y yo en tanto que sujeto, existe una diferencia
tan grande como el firmamento. En el pensamiento yo soy sujeto absoluto; no
otorgo validez a Todo sino como objeto o predicado mío, del pensante; en él soy
intolerante. En la actividad sensible, en cambio, soy liberal; permito que el
objeto sea lo que yo mismo soy: sujeto, ser real que actúa por sí mismo. Sólo
los sentidos, sólo la intuición, me dan algo en tanto que sujeto.
26
Un ser únicamente pensante y, además, abstractamente,
no tiene ninguna representación del ser, de la existencia, de la
realidad. El ser es el límite del pensar; el ser en cuanto ser no es el
objeto de la filosofía o al menos no lo es de la absoluta y abstracta. La
misma filosofía especulativa manifiesta indirectamente este nexo en la medida
en que para ella el ser es idéntico al no-ser —la nada es—. Pero nada no es
objeto (Gegenstand) del pensar.
El ser, en cuanto objeto (Objekt) del pensar
especulativo, es lo simplemente inmediato, esto es, indeterminado; por consiguiente,
nada hay en él para distinguir, nada hay para pensar. Pero el pensar
especulativo es para sí mismo la medida de toda realidad; sólo declara como
algo aquello que entretiene su actividad, lo que tiene materia para pensar. El
ser, por consiguiente, es para el pensamiento abstracto —puesto que es la nada
del pensamiento, es decir, nada para el pensar, lo carente de pensamiento— en
y para sí mismo nada. Y precisamente por ello, también el ser, tal como lo
introduce en su dominio la filosofía especulativa y como reivindica su
concepto, es un puro espectro que se contradice absolutamente con el ser real
y con lo que el hombre comprende bajo ser. Por ser entiende el hombre,
con arreglo a la cosa y la razón, el ser ahí (Dasein), el ser para sí
(Fürsichsein), la realidad (Realität), la existencia (Existenz), la realidad
efectiva (Wirklichkeit), la objetividad (Objektivität). Todas estas
determinaciones o nombres expresan una y la misma cosa, sólo que desde
diferentes puntos de vista. Ser en pensamientos, ser sin objetividad, sin
realidad efectiva, sin ser para sí, es, por supuesto, nada; pero en esta
nada sólo expreso la nadidad de mi abstracción.
27
El ser de la lógica hegeliana es el ser de
la vieja metafísica que se enuncia indistintamente de todas las
cosas, pues, según ella, todas las cosas coinciden en que ellas son. Este
ser indistinto es, sin embargo, un pensamiento abstracto, un pensamiento
sin realidad. El ser es tan diferente como las cosas que son.
En una metafísica de la escuela de Wolf se dice, por
ejemplo, que Dios, el mundo, el hombre, la mesa, el libro, etcétera, coinciden
entre sí en que son. Y Christ. Thoomasius dice: «El ser es por doquier el
mismo. La esencia es tan múltiple como las cosas». Este ser por doquier igual,
indistinto y carente de contenido es también el ser de la lógica hegeliana. El
mismo Hegel señala que la polémica contra la identidad del ser y nada no
procede sino de suponer en el ser un contenido determinado. Pero precisamente
la conciencia del ser está siempre y necesariamente ligada a un contenido
determinado. Si hago abstracción del contenido del ser y, precisamente,
de todo contenido, pues Todo es contenido del ser, no me queda sin lugar a
dudas nada, excepto el pensamiento de nada. Y cuando Hegel reprocha en
consecuencia a la conciencia común que atribuya algo que no pertenece al ser,
al ser en cuanto objeto de la lógica, este reproche más bien cabe hacérselo a
él, en la medida en que atribuye una abstracción carente de fundamento a lo que
la conciencia humana entiende legítima y racionalmente por ser. El ser no
es un concepto general que pueda segregarse de las cosas. Es uno con lo que es.
Sólo es pensable mediatamente; sólo es pensable a través de los predicados
que fundamentan la esencia de una cosa. El ser es la posición de la esencia. Lo
que es mi esencia, es también mi ser. El pez está en el agua, pero tú no
puedes separar su esencia de este ser. El mismo lenguaje ya identifica el ser y
la esencia. Sólo en la vida humana, así como en los casos anormales y
desdichados, se separan el ser de la esencia; sucede que allí donde se tiene el
ser no se tiene también la esencia, pero precisamente a causa de esta escisión
no se está verdaderamente con el alma donde se está realmente, con el cuerpo.
Únicamente allí donde está tu corazón eres también Tú. Pero todos
los seres —exceptuando los casos antinaturales— están y son de buen grado allí
donde están y aquello que son, en otras palabras, su esencia no está separada
de su ser, ni su ser está separado de su esencia. Y Tú, por consiguiente, no
puedes fijar para sí el ser como algo simplemente idéntico, a diferencia de la
diversidad de esencia. Tras la sustracción de todas las cualidades
esenciales de las cosas, el ser no es más que tu representación del
ser; un ser construido, ideado, un ser sin la esencia del ser.
28
La filosofía hegeliana no ha rebasado la
contradicción entre pensar y el ser. El ser con el que comienza la fenomenología no
es nada menos que el ser con el que empieza la lógica, en la
contradicción más directa con el ser real.
En la fenomenología, esta contradicción se pone de
relieve en forma del «esto» y de lo «general»; pues lo singular pertenece al
ser, y lo general al pensar. Pero en la fenomenología, «esto» y «esto»
convergen indistintamente para el pensamiento; y, sin embargo, qué poderosa es
la diferencia entre el «esto» en cuanto objeto del pensar abstracto, y el mismo
«esto» en cuanto objeto de la realidad. Esta mujer, por ejemplo, es
mi mujer; esta casa es mi casa, por mucho que cada cual diga de su casa y
de su mujer, al igual que yo: esta casa, esta mujer. La indiferencia e
indistinción del «esto» lógico las interrumpe y suprime aquí el sentido del
derecho. Si al «esto» lógico le otorgáramos validez en el derecho natural
accederíamos directamente a la comunidad de los bienes y de las mujeres, en
donde no existe diferencia alguna entre aquél y éste, y en que cada cual tiene
a cada una —o más bien precisamente a la supresión de todo derecho; pues el
derecho únicamente reposa sobre la realidad de la diferencia entre éste y
aquél—.
Al comienzo de la fenomenología nos encontramos únicamente
con la contradicción entre la palabra, que es general, y la cosa, que
siempre es particular. Y el pensamiento que solamente reposa sobre la palabra
no rebasa esta contradicción. Pero así como la palabra no es la cosa, así tampoco
el ser enunciado o pensado es el ser real. Si se objeta que en Hegel no
se plantea la cuestión del ser desde el punto de vista práctico, sino
únicamente desde el punto de vista teorético, debe responderse que aquel punto
de vista es aquí enteramente pertinente. La pregunta por el ser es precisamente
una pregunta práctica, una pregunta en que está comprometido nuestro ser, una
pregunta de vida o muerte. Y si nos atenemos a la legitimidad de nuestro ser,
no dejaremos que él nos sea arrebatado por la lógica. También debe ser
reconocido por la lógica a menos que se obstine en contradecirse con el ser
real. Por lo demás, incluso el punto de vista práctico —el punto de vista del
comer y el beber— es invocado por la fenomenología para refutar la verdad del
ser sensible, esto es, del ser singular. Aquí tampoco debo yo mi existencia,
ahora y siempre, al pan lingüístico o lógico —al pan en sí— sino siempre y
únicamente a este pan, al pan «indecible». El ser, fundado en multitud
de indecibilidades semejantes, es por ello él mismo algo indecible. Más aun,
lo indecible. Sólo allí donde terminan las palabras comienza la vida, sólo allí
se revela el misterio del ser. Si, en consecuencia, la indecibilidad es
irrazonabilidad, entonces toda existencia, ya que siempre es únicamente esta
existencia, es también irrazón. Y, sin embargo, no lo es. La existencia,
aun siendo indecible, tiene para sí misma sentido y razón.
29
El pensar que se «extiende» «a su otro» —lo
«otro del pensar» es, sin embargo, el ser— es el pensar que rebasa su límite
natural. El pensar se extiende a su contrario quiere decir: el pensar reivindica
para sí lo que no pertenece al pensar, sino al ser. Al ser, sin
embargo, le pertenece la singularidad, la individualidad, y al pensamiento
la generalidad. El pensar, pues, reivindica para sí la
singularidad; convierte la negación de la generalidad, la forma esencial
de la sensibilidad, la singularidad, en un momento del pensar. De esta
suerte el pensar «abstracto» o el concepto que tiene el ser fuera de sí, se
convierte en concepto «concreto».
¿Cómo llega el hombre, sin embargo, a esta extensión
del pensar al dominio del ser? A través de la teología. En Dios el ser está
unido inmediatamente con la esencia o concepto, la singularidad, la forma de
existencia, con la generalidad. El «concepto concreto» es Dios transformado
en concepto. Pero, ¿cómo llega el hombre desde el pensar «abstracto» al
pensar «concreto» o absoluto? ¿Cómo llega de la filosofía a la teología? La
misma historia da la respuesta a esta cuestión en el tránsito de la antigua filosofía
pagana a la llamada filosofía neoplatónica; pues la filosofía
neoplatónica sólo se distingue de la filosofía antigua por ser teología,
mientras que aquélla sólo es filosofía. La filosofía antigua tenía como
principio la razón, la «idea»; pero «la idea no ha sido establecida por Platón
y Aristóteles como lo que contiene a Todo». La filosofía antigua dejaba
subsistir algo fuera del pensar: un residuo que no era absorbido por el pensar.
La imagen de este ser fuera del pensar es la materia: el sustrato de la
realidad. En la materia la razón encontraba su límite. La filosofía
antigua vivía aún en la diferencia entre el pensar y el ser; en ella, el
pensar, el espíritu, la idea, no eran todavía la realidad que Todo lo
abarca, esto es, la realidad única, exclusiva, la realidad absoluta. Los
filósofos antiguos todavía eran sabios universales —fisiólogos,
políticos, zoólogos, en suma antropólogos—; y no eran teólogos o al menos sólo
teólogos en parte —y precisamente por ello, sólo en parte, eran antropólogos,
sólo lo eran limitada, defectuosamente—. Para los neoplatónicos, por el contrario,
la materia, el mundo material, real, ya no es ninguna instancia, ninguna
realidad. La patria, la familia, los lazos y bienes mundanos en general, que la
filosofía peripatética consideraba como la dicha del hombre, todo ello es nada
para el sabio neoplatónico. Incluso la muerte es para él mejor que la vida
corporal; no considera el cuerpo como perteneciente a su esencia; desplaza la
dicha únicamente al alma separándose de todas las cosas corporales, en suma, de
las cosas exteriores. Mas, cuando el hombre no tiene ya nada fuera de sí, busca
y encuentra Todo en sí, pone en el lugar del mundo real el mundo
imaginario, inteligible, en el cual hay todo lo que existe en el mundo real,
pero de una manera abstracta, representada. Incluso la materia se encuentra,
para los neoplatónicos, en el mundo inmaterial, por más que allí sólo sea una
materia ideal, pensada, imaginaria. Y cuando el hombre no tiene ya ningún ser fuera
de sí mismo, se pone entonces en pensamientos un ser que, en cuanto ser
del pensamiento, tiene empero a su vez las propiedades de un ser real, un
ser que en cuanto ser no-sensible es, a su vez, ser sensible, y en
cuanto objeto (Objekt) teorético es, a su vez, un objeto práctico. Este
ser es Dios —el bien supremo de los neoplatónicos—. Sólo en el ser se
satisface el hombre. De ahí que sustituya la carencia del ser real con un ser
ideal, es decir, que atribuya ahora el ser de la realidad sacrificada o
perdida a sus representaciones o pensamientos: la representación ya no es para
él representación, sino el objeto (Gegenstand) mismo; la imagen no es
ya una imagen, sino la cosa misma; el pensamiento, la idea, es realidad.
Precisamente porque ya no se comporta como sujeto en relación al mundo real en
tanto que su objeto, sus representaciones se convierten para él en objetos
(Objekt), en seres, en espíritus y dioses. Cuanto más abstracto sea él,
cuanto más negativo sea con respecto a lo sensible real, tanto más sensible es
él precisamente en lo abstracto. Dios, lo Uno —el objeto (Objekt) y
ser supremos de la abstracción de toda multiplicidad y de toda diferencia, es
decir, de la sensibilidad— es reconocido por contacto, por presencia
inmediata. Lo supremo, lo Uno es conocido, sí, al igual que lo más bajo, la
materia, a través del no-saber, de la insapiencia. Eso quiere
decir que sólo el ser pensado, abstracto, el ser no-sensible, suprasensible,
es, a su vez, un ser realmente existente, un ser sensible.
Allí donde el hombre se desencarna, allí donde niega
el cuerpo, este obstáculo racional de la subjetividad, allí también cae
en una praxis fantástica y trascendente, relacionándose con encarnadas
apariciones divinas y espirituales y, por tanto, suprimiendo prácticamente la
diferencia entre la imaginación y la intuición; y así también se pierde teoréticamente
la diferencia entre el pensar y el ser, entre lo subjetivo y lo objetivo,
entre lo sensible y lo no-sensible, allí donde la materia ya no es una
realidad para él ni, por consiguiente, tampoco un límite para la razón
pensante, allí donde la razón, el ser intelectual, el ser de la
subjetividad en general, en esta su ilimitación, es el ser único y absoluto
para él. Todo lo niega el pensar, mas sólo para poner Todo en él. Ya no tiene
ningún límite en algo exterior a él, pero por este mismo motivo se sale
él mismo de su límite inmanente, de su límite natural. De esta
suerte la razón, la idea, se hace concreta, esto es, lo que debe dar
la intuición es atribuido al pensar, y lo que es la función, la cosa de
los sentidos, del sentimiento, de la vida, se convierte en una función, una
cosa del pensar. Así, lo concreto es convertido en un predicado
del pensamiento, el ser en una mera determinación del pensamiento; pues
la proposición: el concepto es concreto, es idéntica a la proposición: el
ser es una determinación del pensar. Lo que en los neoplatónicos es
representación, fantasía, Hegel lo ha transformado únicamente en conceptos, lo
ha racionalizado. Hegel no es «el Aristóteles alemán o cristiano» sino el
Proclo alemán. La «filosofía absoluta» es la filosofía alejandrina
renovada. Según expresa determinación de Hegel, la filosofía absoluta no
es la aristotélica, ni la antigua filosofía pagana en general, sino la
filosofía alejandrina —la filosofía cristiana, pero entremezclada todavía con
ingredientes paganos—, aunque todavía en el elemento de la abstracción de la
autoconciencia.
Debe observarse aún que la teología neoplatónica
muestra con particular claridad que así como es el objeto, así también el
sujeto, y a la inversa; que, en consecuencia, el objeto (Objekt) de la
teología no es sino la esencia objetivada del sujeto, del hombre. Dios es,
para los neoplatónicos, la potencia suprema, lo simple; lo Uno, lo puramente
indeterminado e indistinto: no es un ser, sino que está por encima del ser,
pues el ser todavía está determinado por cuanto es ser; no es concepto ni
entendimiento, sino que está por encima del entendimiento, pues también el entendimiento
está determinado por cuanto es entendimiento; y donde hay entendimiento hay
distinción, hay escisión entre lo pensante y lo pensado, la cual,
consecuentemente, no puede caber en lo sencillamente simple. Pero lo que el ser
supremo es objetivamente, también lo es, para el neoplatónico, subjetivamente;
lo que él pone en el objeto (Gegenstand), en Dios en tanto que ser, eso
mismo lo pone en sí como actividad, como aspiración. No ser ya diferencia, ni
entendimiento, ni sí mismo, es y significa ser Dios. Pero lo que Dios es, es
también aquello a lo que el neoplatónico aspira devenir: es la meta de
su actividad, es dejar «de ser sí mismo, dejar de ser razón, dejar de ser
entendimiento». El éxtasis y el arrobamiento es para el neoplatónico el supremo
estado psicológico del hombre. Este estado, objetivado como esencia, es la
esencia divina. De esta suerte, Dios únicamente emana del hombre, mas no es el
hombre quien, a la inversa, emana de Dios, al menos originalmente. Esto se
manifiesta con especial claridad en la determinación de Dios, asimismo
procedente de los neoplatónicos, como una esencia innecesitada, como una
esencia dichosa. Pues, ¿dónde sino en los dolores y necesidades del hombre encuentra
su fundamento y su origen esta esencia carente de dolor y de necesidades? Con
la indigencia de la necesidad y el dolor, desaparece asimismo la representación
y el sentimiento de la dicha. Sólo en su oposición a la desdicha es la dicha
una realidad. Sólo en la miseria humana encuentra Dios su lugar de nacimiento.
Solamente del hombre adopta Dios todas sus determinaciones —Dios es lo que el
hombre quiere ser—, su propia esencia, su propia meta, representada como
esencia real. En esto reside también la diferencia entre los neoplatónicos y
los estoicos, los epicúreos y los escépticos. La ausencia de pasiones, la
dicha, la ausencia de necesidades, la libertad, la independencia, fueron
también la meta de estos filósofos, pero sólo en tanto que virtudes humanas; es
decir, en ello subyacía aún el hombre concreto, el hombre real, en tanto
que la verdad; la libertad y la dicha debían atribuirse a este sujeto
como predicado. En los neoplatónicos, sin embargo, a pesar de que para ellos la
virtud pagana todavía era la verdad —de ahí su diferencia con respecto a la
teología cristiana, la cual traspuso la dicha, la perfección y la semblanza con
Dios del hombre al más allá—, este predicado se convirtió en sujeto, un adjectivum
del hombre se convirtió en sustantivo, en esencia real. Pero precisamente
por eso, el hombre real se convirtió entonces en un mero abstractum sin
carne y sin sangre, en una figura alegórica de la esencia divina. Plotino, al
menos, según cuenta su biógrafo, se avergonzaba de tener cuerpo.
30
La determinación según la cual sólo el concepto «concreto»,
aquel que es portador en sí mismo de la naturaleza de lo real, es el
concepto verdadero, expresa el reconocimiento de la verdad de lo
concreto o realidad. Pero, en la medida en que a su vez se presupone de
antemano el concepto, esto es, el ser del pensar, como ser absoluto, el
único ser verdadero, en esta medida, pues, lo real o realmente efectivo
sólo puede reconocerse de una manera indirecta, sólo como el adjectivum
esencial y necesario del concepto. Hegel es realista, pero un realista
puramente idealista o más bien un realista abstracto —realista en
la abstracción de toda realidad—. Hegel niega el pensar, a saber,
el pensar abstracto; pero lo niega de nuevo en el pensar abstracto
mismo, de modo que la negación de la abstracción es, a su vez, una
abstracción. Para él, sólo «lo que es» constituye el objeto de la filosofía;
pero este «es», no es, a su vez, más que un «es» abstracto, pensado. Hegel
es un pensador que se rebasa en el pensar —quiere aprehender la cosa misma,
mas en el pensamiento de la cosa; quiere estar fuera del pensar,
pero en el seno del pensamiento mismo—; de ahí las dificultades para
comprender el concepto «concreto».
31
Reconocer la luz de la realidad en la oscuridad
de la abstracción es una contradicción; es la afirmación de lo real en el
seno mismo de su negación. La nueva filosofía, la cual no piensa
lo concreto de una manera abstracta, sino concreta, que reconoce lo real
en su realidad, es decir de una manera adecuada a la esencia de lo
real, como lo verdadero y lo eleva a principio y objeto de
la filosofía, esta filosofía es por ello la verdad de la hegeliana, la verdad
de la filosofía moderna en general.
La necesidad histórica o la génesis de la nueva
filosofía a partir de la vieja es aproximadamente la siguiente. El concepto
concreto, la idea, es por lo pronto, según Hegel, sólo abstracto, únicamente
existe en el elemento del pensar —el Dios racionalizado de la teología antes
de la creación del mundo—. Pero así como Dios se exterioriza, se
revela, se hace mundo, se realiza, así también se realiza la idea: Hegel es la
historia de la teología convertida en un proceso lógico. Pero en cuanto
llegamos, con la realización de la idea, al reino del realismo, la verdad de
la idea es que ella es real, que ella existe, y encontramos,
pues, en la existencia el criterio de la verdad: sólo lo
que es real es verdadero. Únicamente cabe preguntarse: ¿qué es
real? ¿Lo solamente pensado? ¿Lo que únicamente es objeto del pensar, del
entendimiento? De ser así, sin embargo, no saldríamos de la idea in
abstracto. Objeto del pensar lo es también la idea platónica; objeto
interior lo es también el más allá celeste: objeto de la fe, de la
representación. Si la realidad del pensamiento es la realidad en tanto que pensada,
entonces la realidad del pensamiento sólo es, a su vez y de nuevo, el
pensamiento, y permanecemos permanentemente en la identidad del pensamiento
consigo mismo, en el idealismo', un idealismo que sólo se distingue del
idealismo subjetivo porque comprende todo el contenido de la realidad y lo
convierte en una determinación del pensamiento. Si, por consiguiente, se
considera con auténtica seriedad la realidad del pensamiento o de la
idea, se le debe añadir algo distinto de lo que él mismo es, o: como pensamiento
realizado tiene que ser algo distinto que en tanto que pensamiento no
realizado, es decir, como mero pensamiento —no sólo objeto del
pensar, sino también del no-pensar—. Que el pensamiento se realiza quiere
decir que el pensamiento se niega, deja de ser mero pensamiento. Pero, ¿qué es
entonces este no-pensar, este algo distinto del pensar? Lo sensible. Que el
pensamiento se realiza quiere decir, según esto, que se convierte en objeto
de los sentidos. La realidad de la idea es, pues, la sensibilidad,
pero la realidad es la verdad de la idea —es decir, sólo la
sensibilidad es la verdad de la misma—. No obstante, la sensibilidad no es de
este modo más que predicado, mientras que la idea o el pensamiento lo
convertimos en sujeto. ¿Por qué entonces se sensibiliza la idea? ¿Por qué no
es ella verdadera si no es real, es decir, si no es
sensible? ¿No se hace depender con ello su verdad de la sensibilidad? ¿No
se confiere significación y valor a lo sensible para sí mismo,
independientemente de que lo sensible sea la realidad de la idea? ¿Si la
sensibilidad no es nada para sí misma, para qué necesita de la idea? Si sólo la
idea confiere valor y contenido a la sensibilidad, ésta no es entonces más que
un puro lujo, pura vanidad —no es más que una ilusión que se imagina el
pensamiento—. Y, sin embargo, no es así. Al pensamiento únicamente se le pone
la exigencia de realizarse, de sensibilizarse, porque inconscientemente se
presupone que la realidad, la sensibilidad independiente del
pensamiento es la verdad del pensamiento. El pensamiento se garantiza a
través de la sensibilidad; ¿cómo sería esto posible si inconscientemente no
se la considerara como la verdad? No obstante, puesto que conscientemente se
parte de la verdad del pensamiento, la verdad de la sensibilidad sólo se
expresará subsiguientemente, y la sensibilidad se convierte tan sólo en un
atributo de la idea. Esto es, sin embargo, una contradicción; pues ella sólo es
atributo y, no obstante, sólo ella confiere verdad al pensamiento, es, pues, al
mismo tiempo la cuestión fundamental y la cuestión secundaria, al mismo tiempo
esencia y accidente. De esta contradicción no nos libramos sino cuando
convertimos lo real, lo sensible, en sujeto de sí mismo; cuando le
otorgamos una significación absolutamente autónoma, divina, primaria, y no
solamente derivada de la idea.
32
Lo real en su realidad o en tanto que
realidad es lo real en tanto que objeto de los sentidos, es lo sensible.
Verdad, realidad, sensibilidad, son idénticos. Sólo un ser sensible es un
ser verdadero, un ser real Sólo a través de los sentidos se da un
objeto (Gegenstand) en el verdadero sentido —no se da a través del
pensar para sí—. El objeto dado al pensar u objeto
idéntico no es más que pensamiento.
Un objeto (Objekt), un objeto real, sólo me
es dado, pues, allí donde me es dado un ser que actúa sobre mí, allí donde mi
autoactividad —si parto del punto de vista del pensar— encuentra su límite en
la actividad de otro ser —allí donde encuentra su resistencia—. Originalmente,
el concepto del objeto (Objekt) no es otro que el concepto de otro Yo
—así el hombre en su niñez concibe todas las cosas como seres espontáneos,
arbitrarios—, y de ahí que el concepto de objeto, en general, esté mediatizado
por el concepto del Tú, del Yo objetivo. No es al Yo, sino al no-Yo en
mí, para usar el lenguaje de Fichte, que le es dado un objeto (Objekt), esto
es, otro Yo; pues sólo allí donde Yo soy transformado en un Tú, allí donde
sufro, emerge la representación de una actividad existente fuera de mí, es
decir, de una objetividad. Pero sólo a través de los sentidos es el Yo no-Yo.
Característica de la anterior filosofía abstracta es
la pregunta: ¿Cómo pueden influirse distintos seres autónomos, sustancias,
como por ejemplo el cuerpo sobre el alma, sobre el Yo? Esta cuestión, sin
embargo, era irresoluble para ella, toda vez que hace abstracción de la
sensibilidad; toda vez que las sustancias que tenían que influirse recíprocamente,
no eran más que seres abstractos, puros seres del entendimiento. El misterio de
la influencia recíproca sólo lo resuelve la sensibilidad. Sólo los seres
sensibles actúan unos sobre otros. Yo soy Yo —para mí— y a su vez Tú —para
otros—. Pero solamente lo soy como ser sensible. El entendimiento abstracto,
sin embargo, aísla este ser para sí en tanto que sustancia, átomo, Yo, Dios —de
ahí que sólo pueda unirlo arbitrariamente con el ser para otros; pues la
necesidad de esta unión reside únicamente en la sensibilidad, de la
cual, empero, él hace abstracción—. Lo que yo pienso sin sensibilidad, lo
pienso también carente y fuera de toda unión. ¿Cómo puedo pensar entonces lo
no-unido al mismo tiempo como unido?
33
La nueva filosofía contempla y considera el ser tal
como es para nosotros no sólo como pensante, sino como ser realmente
existente —el ser, pues, como objeto (Objekt) del ser—, como objeto (Objekt)
de sí mismo. El ser en tanto que objeto (Gegenstand) del ser —y
solamente este ser es ser, y sólo él merece el nombre de ser— es el ser
de los sentidos, de la intuición, del sentimiento, del amor. El ser es,
pues, un misterio de la intuición, del sentimiento, del amor.
Sólo en el sentimiento, sólo en el amor, tiene el
«esto» —esta persona, esta cosa—, es decir, lo individual, valor absoluto;
sólo en ellos lo finito es lo infinito: en ello y sólo en ello
reside la infinita profundidad, divinidad y verdad del amor. Sólo en el amor en
el Dios que cuenta cada uno de los pelos de la piel es verdad y realidad. El
mismo Dios cristiano no es más que una abstracción del amor humano, no es más
que una imagen de este amor. Pero precisamente porque «esto» sólo tiene valor
absoluto en el amor, tan sólo se revela también en él, y no en el pensar
abstracto, el misterio del ser. El amor es pasión, y sólo la pasión es el signo
distintivo de la existencia. Sólo lo que —ya sea real, ya posible— es objeto
(Objekt) de la pasión, es. El pensamiento abstracto carente de sentimiento
y de pasión suprime la diferencia entre el ser y el no-ser, mas
para el amor esta diferencia que se disuelve en el pensamiento es una
realidad. Amar no quiere decir más que apercibirse de esta diferencia. A quien
nada ama —cualquiera que sea el objeto— le resulta completamente indiferente
que algo sea o no sea. Pero así como el ser sólo se me da diferente del no-ser
a través del sentimiento en general, así también sólo se me da un objeto
(Objekt) como diferente de mí a través de ellos. El dolor es una fuerte
protesta contra la identificación de lo subjetivo y lo objetivo. El dolor del
amor consiste en que no está en la realidad lo que está en la
representación. Lo subjetivo es aquí lo objetivo, la representación, es el
objeto (Gegenstand); pero esto precisamente es lo que no debe ser, esto
es una contradicción, una falsedad, una desdicha —de ahí la demanda de
establecer una relación verdadera en que lo subjetivo y lo objetivo no sea
idéntico—. El mismo dolor animal manifiesta con suficiente claridad esta diferencia.
El dolor del hambre sólo consiste en que no hay nada objetivo en el estómago,
en que el estómago es objeto de sí mismo, en que sus paredes vacías se rozan
entre sí, en lugar de rozar un material. Los sentimientos humanos no poseen por
ello una significación empírica, antropológica, en el sentido de la vieja
filosofía trascendente, sino una significación ontológica, metafísica: en
los sentimientos, incluso en los sentimientos cotidianos, se albergan las
verdades más profundas y elevadas. Así, el amor es la verdadera prueba ontológica
de la existencia de un objeto (Gegenstand) fuera de nuestra cabeza
—y no existe otra prueba del ser que no sea el amor, el sentimiento en
general—. Sólo es aquello cuyo ser te proporciona dicha y cuyo no-ser
te depara dolor. La diferencia entre el objeto y el sujeto, entre
el ser y el no-ser, es tanto una diferencia dichosa, cuanto dolorosa.
34
La nueva filosofía reposa en la verdad del amor, en la verdad
del sentimiento. En el amor, en el sentimiento en general, cada hombre
reconoce la verdad de la nueva filosofía. Con respecto a su misma base, la
nueva filosofía no es sino la esencia del sentimiento elevada a la
conciencia: ella sólo afirma en y a través de la razón lo que todo
hombre —el hombre real— reconoce en el corazón. Ella es el corazón
transportado al entendimiento. El corazón no quiere objetos (Gegenstand) ni
seres abstractos, metafísicos o teológicos —quiere objetos y seres
reales, sensibles—.
35
Si la vieja filosofía decía: lo que no es
pensado, no es; la nueva filosofía, por el contrario, dice: lo que
no es amado ni puede ser amado, no es. Pero lo que no puede ser amado,
tampoco puede ser adorado. Sólo lo que puede ser objeto (Objekt) de la
religión, es objeto de la filosofía.
Pero no sólo objetiva, sino también subjetivamente
es el amor el criterio del ser: el criterio de la verdad y la realidad. Donde
no hay amor, no hay tampoco verdad. Y sólo es algo lo que algo ama: no
ser y no amar son idénticos. Cuanto más uno es, tanto más ama, y a
la inversa.
36
Si el punto de partida de la vieja filosofía era
la proposición: Yo soy un ser abstracto, un ser únicamente pensante,
el cuerpo no pertenece a mi ser, la nueva filosofía comienza, por el
contrario, con la proposición: Yo soy un ser real, un ser sensible; más aún,
incluso el cuerpo en su totalidad es mi Yo, es mi ser mismo. De ahí que el
viejo filósofo pensara en contradicción y disensión continuas con los
sentidos, a fin de librarse de las representaciones sensibles, a fin de no
mancillar los conceptos abstractos; el nuevo filósofo, por el contrario,
piensa en consonancia y armonía con los sentidos. La vieja
filosofía concedía en la verdad de la sensibilidad —incluso en el concepto de
Dios que concibe el ser en sí mismo—; pues este ser, sin embargo, debía ser a
su vez un ser distinto del ser pensado, un ser exterior al espíritu
exterior al pensar, un ser realmente objetivo, esto es, un ser
sensible —pero sólo lo admitía solapadamente, sólo conceptualmente,
sólo inconscientemente y contra su voluntad, sólo porque tenía
que hacerlo así—. La nueva filosofía, por el contrario, reconoce la verdad
de la sensibilidad con alegría, con conciencia: ella es la
filosofía sinceramente sensible.
37
La filosofía moderna buscaba algo inmediatamente
cierto. Recusó en consecuencia el pensamiento de la escolástica, carente
de fundamento y de base, y fundó la filosofía en la autoconciencia; es
decir, puso en el lugar del ser únicamente pensado, en el lugar de Dios,
del ser supremo y último de toda filosofía escolástica, al ser pensante, al
Yo, al espíritu autoconsciente; pues, para el pensador, lo
pensante está infinitamente más próximo, más presente y es más cierto que
lo pensado. Dudable es la existencia de Dios, dudable es, en general, lo
que yo pienso; es indudable, en cambio, que yo soy, yo, es decir, el que
piensa, el que duda. Pero la autoconciencia de la filosofía moderna sólo es,
una vez más, un ser pensado, mediado a través de la abstracción y, por
consiguiente, un ser susceptible de duda. Indudable, inmediatamente cierto
lo es tan sólo lo que es objeto (Objekt) de los sentidos, de la
intuición, del sentimiento.
38
Sólo es verdadero y divino lo que no
necesita de ninguna prueba, lo que es cierto inmediatamente por sí
mismo, lo que se manifiesta y se sostiene inmediatamente por sí mismo, lo
que suscita inmediatamente la afirmación de que es —lo simplemente decidido,
simplemente indudable, lo que es claro como la luz del sol—. Pero sólo es
claro como la luz del sol lo sensible; únicamente allí donde comienza la
sensibilidad se acaba toda duda y todo litigio. El misterio del saber inmediato
es la sensibilidad.
Todo está mediado, sostiene la filosofía hegeliana.
Pero sólo es verdadero algo cuando ya no es mediado, sino inmediato.
Las épocas históricas sólo surgen por eso allí donde lo que precedentemente no
era más que pensado, mediado, se convierte en objeto (Objekt) de la
certeza inmediata, sensible —se convierte en verdad lo que antes no era
más que pensamiento—. Es propio de la escolástica hacer de la mediación una
necesidad divina y una propiedad esencial de la verdad. Su necesidad es
solamente condicionada; ella únicamente es necesaria allí donde todavía
subyace una falsa premisa; donde se presenta una verdad, una doctrina,
en contradicción con una doctrina que es considerada como verdadera, que es
respetada. La verdad que se media a sí misma es la verdad todavía
atada a su antítesis. Se comienza con la antítesis, mas después se la
suprime. Pero si ella es algo que debe ser suprimido, negado, ¿por qué debo comenzar
con ella y no, en cambio, directamente con su negación? Un ejemplo. Dios, en
tanto que Dios, es un ser abstracto; Él se particulariza, se determina, se
realiza en mundo, en hombre; sólo así es concreto, sólo así está negado el ser
abstracto. ¿Por qué no, pues, comenzar directamente con lo concreto? ¿Por qué
lo cierto y probado por sí mismo no ha de ser superior que lo cierto a
través de la nadidad de su contrario? ¿Quién, pues, puede elevar la mediación a
necesidad, a ley de la verdad? Sólo el que todavía es prisionero de lo que hay
que negar, el que todavía lucha y litigia consigo mismo, todavía no está
perfectamente conforme consigo mismo: en suma, sólo aquel para el cual una
verdad no es más que talento, el cometido de una facultad particular, aunque
eminente, y no genio, es decir, el cometido de todo el hombre. El genio es el
saber inmediato, el saber sensible. Lo que el talento únicamente tiene en la
cabeza, el genio lo lleva en la carne y en la sangre; es decir, lo que para el
talento todavía es un objeto (Objekt) del pensar, para el genio es un
objeto de los sentidos.
39
La vieja filosofía absoluta ha desplazado los
sentidos al dominio de la apariencia, de la finitud; y, sin
embargo, en contradicción con ello, ha determinado lo absoluto, lo divino,
como el objeto (Gegenstand) del arte. Pero el objeto del
arte es —mediatamente en el arte literario, inmediatamente en el arte
pictórico— objeto de la vista, del oído, del sentimiento. Así pues, no
sólo lo finito, lo fenoménico, es objeto de los sentidos, sino también
el ser verdadero y divino: los sentidos son el órgano de lo absoluto. El
arte «presenta la verdad en lo sensible»; es decir, concebido y expresado
correctamente: el arte presenta la verdad de lo sensible.
40
Lo mismo que en el arte sucede también en la religión.
La intuición sensible, y no la representación, es la esencia de
la religión cristiana —la forma, el órgano del ser supremo, del
ser divino—. Pero si se considera la intuición sensible como el órgano
del ser divino, del ser verdadero, se expresa con ello y se reconoce al ser
divino como un ser sensible, y al ser sensible como el ser divino; pues así
como es el sujeto, así también es el objeto (Objekt).
«Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y
vimos su gloria.» Sólo para la posteridad el objeto de la religión cristiana
es un objeto de la representación y la fantasía; pero la intuición original se
restablece de nuevo. En el cielo, Cristo, Dios, es objeto de la intuición inmediata,
sensible; de un objeto (Gegenstand) de la representación, del
pensamiento y, por consiguiente, de un ser espiritual, se convierte
allí en lo que es para nosotros: un ser sensible, susceptible de sentirse
y de verse. Y esta intuición —así el comienzo, así también el
final— es, por consiguiente, la esencia del cristianismo. La filosofía
especulativa ha concebido y representado por este motivo el arte y la religión
no a la luz verdadera, a la luz de la realidad, sino en el crepúsculo de la
reflexión, en la medida en que, en consonancia con su principio, que es la
abstracción de la sensibilidad, degradaba la sensibilidad a una sola
determinación formal de la misma: el arte es Dios en la determinación formal de
la intuición sensible, la religión es Dios en la de la representación. Pero
lo que en la reflexión sólo aparece como forma, en la verdad es precisamente el
ser. Allí donde Dios aparece y es adorado en el fuego, se adora en verdad el
fuego en tanto que Dios. El Dios en el fuego no es otro que la esencia que
sorprende al hombre por sus efectos y propiedades —del fuego—; el Dios en el hombre
no es otro que la esencia del hombre. Y de la misma manera, lo que
el arte presenta bajo la forma de sensibilidad no es sino la propia esencia
de la sensibilidad, inseparable de esta forma.
41
No sólo las cosas «exteriores» constituyen el
objeto (Gegenstand) de los sentidos. El hombre sólo se da a sí mismo
a través de los sentidos; él es objeto (Gegenstand) para sí mismo en
tanto que objeto de los sentidos (Sinnesobjekt). La identidad del sujeto y
el objeto, que en la autoconciencia no es más que una idea abstracta,
sólo es verdad y realidad en la intuición sensible del hombre por el hombre.
No sólo sentimos las piedras y la madera, no sólo la
carne y el hueso; también sentimos sentimientos al estrechar la mano o al rozar
los labios de un ser sensitivo; por nuestros oídos no sólo percibimos el
murmullo del agua y el susurro de las hojas, sino también la voz espiritual del
amor y la sabiduría; no sólo vemos superficies especulares y espectros de
colores, sino que también miramos la mirada del hombre. No sólo, pues, lo
exterior, sino también lo interior, no sólo la carne, sino también el espíritu,
no sólo la cosa, sino también el Yo constituye el objeto (Gegenstand) de
los sentidos. Todo es, por eso, sensiblemente perceptible, aun cuando no inmediatamente,
sino mediatamente; aun cuando no con los sentidos vulgares, burdos, sino con
los sentidos cultivados; aun cuando no con los ojos del anatomista o del
químico, sino con los ojos del filósofo. Con razón infiere también el empirismo
el origen de nuestras ideas a partir de los sentidos; sólo que él olvida que el
objeto sensible más importante y esencial del hombre es el hombre mismo; que
sólo en la mirada del hombre en el hombre mismo se enciende la luz de la
conciencia y del entendimiento. De ahí que el idealismo tenga razón cuando
busca en el hombre el origen de las ideas; y no la tenga, sin embargo, cuando
pretende derivarlas del hombre aislado, fijado como ser existente para sí,
como alma, en una sola palabra: cuando pretende derivarlas del Yo sin un Tú
sensiblemente dado. Sólo de la comunicación, únicamente de la conversación del
hombre con el hombre, surgen las ideas. No es por sí solo, sino en la relación
mutua que se accede a los conceptos, a la razón en general. Se necesitan dos
hombres para la generación del hombre, tanto la espiritual como la física: la
comunidad del hombre con el hombre es el primer principio y criterio de la
verdad y la universalidad. La misma certeza de la existencia de otras cosas
fuera de mí está mediada para mí por la certeza de la existencia de otro hombre
fuera de mí. De lo que yo veo solo, dudo; únicamente cuando otro también lo ve,
es ello cierto.
42
Las diferencias entre el ser y la apariencia,
causa y efecto, sustancia y accidente, necesario y contingente,
especulativo y empírico, no fundan dos reinos o mundos —un mundo
suprasensible al que pertenece el ser y otro mundo sensible al
que pertenece la apariencia—, sino que estas diferencias coinciden en el
ámbito de la sensibilidad misma.
Un ejemplo procedente de las ciencias naturales. En
el sistema botánico de Linneo, las primeras clases se determinan con arreglo
al número de los estambres. Pero ya en la undécima clase, en la que existen de
doce a veinte estambres, y con mayor razón en la clase de los veinte estambres
múltiples y en la clase poliándrica, la determinación numérica es indiferente;
a este nivel ya no se cuenta. Aquí tenemos a la vista, por consiguiente, en uno
y el mismo dominio, la diferencia entre la multiplicidad determinada y la
indeterminada, entre la necesaria y la indistinta, entre la racional y la
irracional. No necesitamos, pues, rebasar la sensibilidad para llegar al
límite de lo solamente sensible, de lo únicamente empírico, en
el sentido de la filosofía absoluta; sólo es preciso que no separemos
el entendimiento de los sentidos para hallar lo suprasensible, esto es, el
espíritu y la razón, en lo sensible.
43
Lo sensible no es lo inmediato en el
sentido de la filosofía especulativa, en el sentido de que es lo profano,
lo que se halla al alcance de la mano, lo que carece de
pensamiento, lo que es de suyo evidente. La intuición sensible
inmediata es más bien posterior a la representación y la fantasía. La
primera intuición del hombre no es sino la intuición de la representación
y la fantasía. La tarea de la filosofía, de la ciencia en general, no consiste
por eso en apartarse de las cosas sensibles, esto es, reales, sino
en llegar a ellas; no consiste en transformar los objetos
(Gegenstand) en pensamientos y representaciones, sino en poner a la
vista, es decir, hacer objetivo (gegenständlich) lo que para el ojo
común no es visible.
Al comienzo los hombres sólo ven las cosas tal como aparecen
a él, no tal como ellas son; no ven en las cosas las cosas mismas, sino
sólo sus ideas sobre ellas; introducen su propia esencia en ellas, no
distinguen entre el objeto (Gegenstand) y la representación de este
objeto. El hombre inculto, subjetivo, está más cerca de la representación
que de la intuición; pues en la intuición se ve arrancado de sí mismo,
mientras que en la representación permanece dentro de sí. Pero, lo mismo
que sucede con la representación, sucede también con el pensamiento. Los
hombres se ocupan antes y por más tiempo de las cosas celestes, divinas, que de
las terrenas, humanas, es decir, se ocupan antes y por más tiempo de las cosas vertidas
al pensamiento, que de las cosos en el original, en su idioma
original. Sólo en los tiempos modernos la humanidad ha vuelto, como otrora
en Grecia tras la antesala del onírico mundo oriental, a la intuición sensible,
es decir, verídica, objetiva, de lo sensible, esto es, de lo real; y
sólo en virtud de ello ha vuelto de nuevo a sí misma; pues un hombre que
sólo se entregue a seres de la imaginación o del pensamiento abstracto, no es,
él mismo, más que un ser abstracto y fantástico, pero no un ser real y
auténticamente humano. La realidad del hombre sólo depende de la realidad de
su objeto (Gegenstand). Si Tú no tienes nada, Tú no
eres nada.
44
El espacio y el tiempo no son meras formas
fenoménicas; son condiciones del ser, formas de la razón, leyes del ser lo
mismo que del pensar.
La existencia (Dasein) es el primer ser, el
primer ser-determinado (Bestimmtsein). Estoy aquí —tal es el primer
signo de un ser real, vivo—. El dedo índice es el indicador que señala
de la nada al ser. Aquí es el primer límite, la primera fisura. Aquí estoy yo,
allí estás tú; estamos el uno fuera del otro; de ahí que ambos podamos ser sin
menoscabo del uno o del otro; para ambos hay espacio suficiente. El Sol no está
donde se encuentra Mercurio, Mercurio no ocupa el lugar de Venus, el ojo no
está en el lugar de la oreja, etcétera. Allí donde no hay espacio, tampoco
tiene cabida sistema alguno. La determinación espacial es la primera
determinación racional en que reposa toda determinación ulterior. Con la
distribución en distintos lugares —pues con el espacio se establecen
inmediatamente diferentes lugares— comienza la naturaleza organizadora. Sólo en
el espacio se orienta la razón. ¿Dónde estoy? es la pregunta de la conciencia
que despierta, la primera cuestión de la sabiduría de la vida. La limitación en
el espacio y el tiempo es la primera virtud, la diferencia de lugar es la
primera diferencia de lo adecuado e inadecuado que enseñamos al niño, al hombre
en estado bruto. Para el hombre en estado bruto, el lugar es indiferente; todo
lo hará en cualquier lugar, sin diferencia; lo mismo sucede con el loco. De ahí
que los locos vuelvan a la razón cuando se ligan nuevamente al espacio y al
tiempo. Colocar lo distinto en lugares diferentes, distinguir espacialmente lo
cualitativamente distinto, es la condición de toda economía, incluso de la
espiritual. No poner en el texto lo que corresponde a la nota, no colocar en el
comienzo lo que sólo pertenece al final, en una palabra, la distinción y
delimitación espaciales pertenecen también a la sabiduría del escritor.
En todo caso siempre se trata aquí de un lugar
determinado; pero tampoco se pone aquí en cuestión otra cosa que la
determinación de lugar. Y no puedo separar el lugar del espacio cuando quiero
aprehender el espacio en su realidad Sólo a través del dónde surge
en mí el concepto de espacio. ¿Dónde? es general y válido para todo
lugar sin distinción y, sin embargo, el dónde es determinado. Con este dónde
se establece simultáneamente aquel dónde, con la determinación del
lugar se establece también la universalidad del espacio; pero precisamente por
eso, el concepto universal de espacio sólo es un concepto real, un concepto
concreto, en unión con la determinación de lugar. Del espacio como, en
general, de la naturaleza, Hegel sólo da una determinación, negativo. Únicamente
el ser-aquí es positivo. Yo no estoy allí, pues estoy aquí —este
no-estar-allí es, por consiguiente, la sola consecuencia del ser-aquí
positivo, expresivo—. El que el aquí no sea allí, el que uno esté fuera del
otro, sólo es un límite para tu representación, mas no un límite en sí. Es un
estar fuera del otro que debe ser, que no contradice, sino que corresponde
a la razón. Este estar fuera del otro es, sin embargo, para Hegel, una
determinación negativa, pues es el estar fuera del otro de aquello que no
debe estar fuera del otro —porque el concepto lógico, en tanto que la
identidad absoluta consigo mismo, es considerado como verdad— y el espacio es
incluso la negación de la idea, de la razón, a la que sólo se puede llevar de
nuevo la razón en la medida en que esta negación sea negada, Pero
dejando aparte que el espacio es la negación de la razón —en el espacio más
bien se hace sitio para la idea, para la razón—, el espacio es la primera
esfera de la razón. Donde no hay una separación espacial, no hay tampoco
separación lógica. O inversamente: si, como Hegel, pasamos de la lógica al
espacio —donde no hay diferencia, no hay tampoco espacio—. Las diferencias en
el pensar tienen que realizarse como lo diferente; pero lo diferente se separa
espacialmente entre sí. Sólo la separación espacial es, por ello, la verdad
de las diferencias lógicas. Pero lo que está separado, no puede pensarse
sino por separado. El pensar real es el pensar en el espacio y el
tiempo. La negación del espacio y el tiempo (duración) cae siempre en el seno
del espacio y el tiempo mismos. No queremos ahorrar espacio y tiempo, sino para
ganar espacio y tiempo.
45
Las cosas no deben pensarse de otro modo que
aquel en que se presentan en la realidad. Lo que en la realidad está
separado, tampoco debe ser idéntico en el pensamiento. Eximir al
pensar, a la idea —al mundo intelectual en los neoplatónicos— de las leyes
de la realidad, es el privilegio de la arbitrariedad teológica. Las
leyes de la realidad son también las leyes del pensar.
46
La unidad inmediata de determinaciones opuestas
sólo es posible y sólo es válida en la abstracción. En
la realidad, los opuestos siempre están ligados únicamente por un
término mediador. Este término mediador es el objeto (Gegenstand), el
sujeto de las oposiciones.
De ahí que nada sea más fácil que mostrar la unidad
de predicados contrapuestos; no hace falta más que abstraerlos del objeto o del
sujeto de los mismos. Con el objeto desaparece el límite entre los opuestos; y
puesto que así pierden su fundamento y sostén, coinciden inmediatamente entre
sí. Si, por ejemplo, considero al ser como tal, si hago abstracción de toda
determinación, que es, obtendré naturalmente la identidad del ser y la nada.
La diferencia, el límite entre el ser y la nada es únicamente la determinación.
Si dejo de lado lo que es, ¿qué es entonces? ¿Es mero «es»? Pero lo que
es válido para esta antítesis y su identidad, lo es también para la
identidad de los restantes opuestos en la filosofía especulativa.
47
El medio para conciliar determinaciones
antitéticas o contradictorias de una manera conforme a la realidad en uno
y el mismo ser únicamente es: el tiempo.
Así sucede al menos en los seres vivos. Sólo así se
presenta en el hombre la contradicción, por ejemplo, de que ahora me llena y
domina esta determinación —este sentimiento, este propósito—, luego otra
determinación, una determinación incluso opuesta a aquélla. Sólo allí donde
una representación reprime a la otra, donde un sentimiento reprime al otro,
donde no se alcanza ninguna decisión, ni ninguna determinación persistente,
donde el alma se halla en permanente cambio de estados contrapuestos, sólo allí
se encuentran en el tormento infernal de la contradicción. Pero si al mismo
tiempo conciliara las determinaciones antitéticas, éstas se neutralizarían, se
obstaculizarían, al igual que los opuestos del proceso químico que, existiendo
a un mismo tiempo, pierden su diferencia en un producto neutral. Mas
precisamente en ello reside el dolor de la contradicción, a saber, que ahora
quiero y soy con pasión lo que en el instante siguiente no quiero ni soy con la
misma energía, que la posición y la negación se siguen mutuamente y, sin
embargo, ambas antítesis me afectan con toda su determinación y su agudeza,
pero cada una de ellas con exclusión de la otra.
48
En el pensamiento lo real no puede representarse
en números enteros, sino únicamente en fracciones. Esta diferencia
es una diferencia normal: reposa en la naturaleza del pensar, cuya esencia es
la universalidad, a diferencia de la realidad, cuya esencia es la
particularidad. Pero sólo puede impedirse que esta diferencia conduzca a una contradicción
formal entre lo pensado y lo real porque el pensar no se desarrolla en
línea recta, en identidad, sino que se interrumpe por la intuición sensible. Únicamente
el pensar que se determina y rectifica a través de la intuición
sensible es un pensar real, un pensar objetivo: el pensar de
la verdad objetiva.
Lo más importante es reconocer que el pensar
absoluto, es decir, el pensar aislado y separado de la sensibilidad, no rebasa la
identidad formal: no rebasa la identidad del pensar consigo mismo; pues
aunque el pensar o el concepto sea determinado como la unidad de
determinaciones antitéticas, estas determinaciones no son, a su vez, sino
abstracciones, determinaciones del pensamiento —es decir, de nuevo,
identidades del pensar consigo mismo, únicamente múltiples de la identidad, de
la que se ha partido como de la verdad absoluta—. Lo otro que se contrapone a
la idea, en tanto que puesto por ella, no se distingue verdaderamente, realiter,
de ella, no está libre de la idea, sino a lo sumo pro forma, aparentemente,
para dar muestras de su liberalidad; pues este otro que la idea, no es,
a su vez, más que idea, sólo que no todavía bajo la forma de la idea, es decir,
todavía no puesto, no realizado como idea. Así pues, el pensar por sí mismo
no llega a una diferencia positiva ni a una oposición respecto de sí, y
precisamente por ello no tiene otro criterio de la verdad que el que algo no
contradiga la idea, no contradiga el pensar; es decir, tan sólo un criterio formal,
subjetivo, el cual no decide sobre si la verdad pensada es también una verdad
real. El criterio que decide sobre esto último es únicamente la intuición. Siempre
debe escucharse al enemigo. Y precisamente la intuición sensible es el partido
contrincante del pensar. La intuición aprehende las cosas en un sentido amplio,
el pensamiento en el más estricto de los sentidos; la intuición deja
las cosas en su libertad más ilimitada, el pensamiento les impone leyes
que a menudo son despóticas; la intuición ilumina la cabeza, pero
no determina ni decide nada; el pensar determina, pero también embota
a menudo la cabeza; la intuición carece para sí de principios, el
pensar carece para sí de vida; la regla es la meta del pensar, la
excepción de la regla es la meta de la intuición. Y así como
sólo la intuición determinada por el pensar es verdadera, así también, a la
inversa, sólo el pensar ampliado y abierto a través de la intuición es
el pensar verdadero, el pensar conforme a la esencia de la realidad. El
pensamiento continuo, idéntico consigo mismo, deja, en contradicción con la
realidad, que el mundo gire en torno a su centro; pero el pensar interrumpido
por la observación de la irregularidad de este movimiento, es decir,
interrumpido por la anomalía de la intuición, convierte conforme a la
verdad este círculo en una elipse. El círculo es el símbolo, el
blasón de la filosofía especulativa, del pensar que sólo reposa en sí
mismo —y también la filosofía de Hegel es, como se sabe, un círculo de
círculos, aunque por lo que a los planetas se refiere y determinado a ello
únicamente por la empina declare la órbita circular como «la trayectoria
de un movimiento irregular»—; la elipse, por el contrario, es el
símbolo, el emblema de la filosofía sensible, del pensar que reposa en
la intuición.
49
Las determinaciones que proporcionan el conocimiento
real siempre son únicamente aquellas que determina el objeto
(Gegenstand) a través del objeto mismo —sus determinaciones propias,
individuales— y no son, por consiguiente, determinaciones generales como
las determinaciones lógico-metafísicas, las cuales no determinan
ningún objeto (Gegenstand) toda vez que se extienden a todos los
objetos sin distinción.
De ahí que Hegel haya convertido con toda razón las
determinaciones lógico-metafísicas de determinaciones de objetos en
determinaciones autónomas —autodeterminaciones del concepto—; que, de
predicados que eran en la vieja metafísica, los haya convertido en sujetos y,
con ello, haya conferido a la metafísica o la lógica el significado del saber
autosuficiente, divino. Y, sin embargo, es contradictorio que estas sombras
lógico-metafísicas, al igual que en la vieja metafísica, se conviertan luego,
una vez más, en las ciencias concretas, en determinaciones de las cosas
reales, lo que naturalmente sólo es posible en la medida en que a las
determinaciones lógico-metafísicas se unan determinaciones concretas
engendradas a partir del objeto mismo y, por consiguiente, adecuadas; o bien en
la medida en que se reduzca el objeto a determinaciones completamente abstractas,
en que aquél ya no puede recordarse.
50
Lo real en su realidad y totalidad, el objeto
(Gegenstand) de la nueva filosofía, únicamente es objeto también para un
ser real y completo. La nueva filosofía tiene por ello corno principio
epistemológico, como sujeto, no el Yo, no el espíritu absoluto, esto
es, abstracto, en una palabra, no la razón por sí sola, sino el ser
real y total del hombre. La realidad, el sujeto de la razón sólo es el hombre.
Sólo el hombre piensa, no el Yo, no la razón. La nueva filosofía no se
funda, pues, en la divinidad, es decir, en la verdad de la razón sólo para sí
misma, sino que se funda en la divinidad, esto es, en la verdad de
la totalidad del hombre. En otras palabras, ella se funda por supuesto en
la razón, pero en la razón cuya esencia es la esencia humana; por
consiguiente, no en una razón carente de esencia, de color y de nombre, sino
en una razón embebida de la sangre del hombre. De ahí que donde la
vieja filosofía decía: sólo lo racional es lo verdadero y real, la
nueva filosofía diga, por el contrario: sólo lo humano es lo verdadero y lo
real; pues sólo lo humano es lo racional; el hombre es la medida de la
razón.
51
La unidad del pensar y el ser sólo tiene sentido y
verdad cuando se concibe el hombre
como fundamento, como sujeto de esta unidad. Sólo un ser real reconoce
cosas reales; sólo donde el pensar no es sujeto para sí mismo, sino
predicado de un ser real, sólo allí el pensamiento tampoco está
separado del ser. De ahí que la unidad del pensar y el ser no sea
una unidad formal, de suerte que al pensar en y para sí le
correspondiera el ser como una determinación; ella sólo depende del objeto
(Gegenstand), del contenido del pensar.
De aquí resulta el siguiente imperativo categórico.
No quieras ser filósofo a diferencia de ser hombre; no seas otra cosa
que un hombre pensante; no pienses como pensador, es decir, en
una facultad desgarrada de la totalidad de la esencia real del hombre y aislada
para sí misma; piensa como ser vivo y real, como aquel que, como Tú,
está a la merced de las vivificadoras y refrescantes olas del mar del universo;
piensa en la existencia, en el mundo, como uno de sus miembros, y no pienses en
el vacío de la abstracción como una mónada aislada, como un monarca absoluto,
como un Dios impasible y extramundano —y entonces podrás asegurarte de que tus
pensamientos son unidades de ser y pensar—. ¿Cómo no podría aprehender cosas y
seres reales el pensar, en cuanto actividad de un ser real? Sólo cuando se
separa el pensar de la esencia del hombre, cuando aquél se fija para sí mismo,
sólo entonces surgen las cuestiones penibles, estériles e irresolubles desde
este punto de vista: ¿Cómo llega el pensar al ser, al objeto (Objekt)? Pues,
fijado para sí mismo, esto es, puesto fuera del hombre, el pensar
se halla fuera de toda unión y de todo nexo con el mundo. Sólo te elevas al
objeto (Objekt) rebajándote para ello a objeto, siendo Tú mismo objeto
para otro. Tú sólo piensas porque tus pensamientos mismos pueden ser pensados,
y éstos sólo son verdaderos si pasan la prueba de la objetividad, si
asimismo los reconoce otro fuera de Ti, para el que ellos son objeto (Objekt).
Tú sólo ves en la medida en que tú mismo eres un ser visible; sólo sientes,
en la medida en que eres un ser susceptible de ser sentido. Sólo está abierto
el mundo para la cabeza abierta, y las únicas aberturas de la cabeza son
los sentidos. Mas el pensamiento aislado para sí y encerrado en sí
mismo, el pensamiento carente de sentidos, carente del hombre, el
pensamiento exterior al hombre, es sujeto absoluto, que no puede ni debe
ser objeto para otro, mas, precisamente por ello, e incluso a pesar de todos
los esfuerzos, no encuentra ni ahora ni nunca una transición al objeto
(Objekt), al ser, de la misma manera que una cabeza que esté separada del
tronco tampoco encuentra una transición para la apropiación de un objeto (Gegenstand),
pues le faltan los medios, los órganos de aprehensión.
52
La nueva filosofía es la completa, absoluta y
acontradictoria disolución de la teología en la antropología; pues ella es
la disolución de la misma no sólo en la razón, como la vieja filosofía, sino
también en el corazón, en suma, en la esencia total y real del
hombre. En este sentido, ella no es más que el resultado necesario de la
vieja filosofía —pues lo que se disuelve en el entendimiento también tiene que
disolverse finalmente en la vida, en el corazón, en la sangre del
hombre—, pero, a su vez, ella sólo es la verdad de la misma, a saber,
en tanto que una verdad nueva, autónoma; pues sólo la verdad
convertida en carne y sangre es verdad. La vieja filosofía
retrocedió de nuevo y necesariamente a la teología: lo que sólo se
suprime en el entendimiento, únicamente en el concepto, eso tiene todavía su antítesis
en el corazón; la nueva filosofía, por el contrario, ya no puede experimentar
una recidiva: lo que ha muerto a la vez en cuerpo y alma sólo puede
reaparecer como espectro.
53
El hombre no se distingue de ningún modo del animal
solamente por el pensar. Todo su ser constituye más bien su diferencia con respecto
al animal. Ciertamente, quien no piensa, no es hombre; mas
no porque el pensar sea la causa del ser, sino únicamente porque es un efecto y
una particularidad necesaria del ser humano.
De ahí que tampoco aquí tengamos necesidad de
rebasar el dominio de la sensibilidad para reconocer al hombre como ser que
está por encima de los animales. El hombre no es un ser particular, como lo es
el animal, sino un ser universal y, por ello, no es un ser limitado y
no-libre, sino un ser ilimitado y libre; pues universalidad, ilimitación y
libertad son inseparables. Y esta libertad no existe, por ejemplo, en una
facultad particular, en la voluntad, del mismo modo que esta
universalidad no reside en una facultad particular de la capacidad de
pensar, en la razón; esta libertad y esta universalidad se extienden a todo
su ser. Los sentidos de los animales son, ciertamente, más agudos que los
del hombre, pero sólo en relación con determinadas cosas que están en necesaria
conexión con las necesidades de los animales, y son más agudos precisamente en
virtud de esta determinación, de esta delimitación exclusiva a algo determinado.
El hombre no tiene el olfato de un perro de caza, ni el de un cuervo; pero ello
es así únicamente porque su olfato es un sentido que comprende toda clase de
olores, siendo así un sentido más libre e indiferente respecto de olores
particulares. Allí donde, empero, un sentido se eleva por encima de los límites
de la particularidad y su dependencia de la necesidad, allí también se eleva a
un significado y a una dignidad autónomas y teoréticas: el sentido universal
es entendimiento, la sensibilidad universal es espiritualidad.
Incluso los sentidos inferiores, el olfato y el gusto, se elevan en el
hombre a actos espirituales, a actos científicos. El olor y el sabor de las
cosas son objetos (Gegenstand) de las ciencias naturales. Incluso el estómago
del hombre, a pesar del menosprecio con que lo consideramos, no es un ser
animal, sino humano, pues es un ser universal no limitado a determinadas
clases de alimentos. Precisamente en virtud de esto es libre el hombre de la
furia voraz con que el animal se lanza sobre su presa. Déjale al hombre su
cabeza, pero ponle el estómago de un león o de un caballo; sin duda, dejará de
ser un hombre. Un estómago limitado sólo se aviene con un sentido limitado,
esto es, animal. La relación moral y razonable del hombre con el estómago
reside, pues, también en el solo hecho de tratarlo como un ser humano, y no
como un ser animal. Quien considera que la humanidad termina en el estómago y
rebaja el estómago a la clase de los animales, también autoriza al hombre a la
bestialidad en el comer.
54
La nueva filosofía convierte al hombre,
comprendida la naturaleza, en tanto que base del hombre, en el objeto
único, universal y supremo de la filosofía; y, por consiguiente, convierte
la antropología, comprendida la fisiología, en ciencia universal.
55
Arte, religión, filosofía o ciencia no son más que fenómenos o revelaciones de la verdadera
esencia humana. Hombre, perfecto y verdadero hombre, sólo es aquel que
tiene sentido estético o artístico, religioso o moral, filosófico o científico;
sólo es hombre, en general, aquel que no excluye de sí nada que sea
esencialmente humano. Homo sum, humani nihil a me alienum puto: esta
proposición, considerada en su significado más universal y supremo, es
el lema del nuevo filósofo.
56
La filosofía absoluta de la identidad ha invertido
completamente el punto de vista de la verdad. El punto de vista natural del hombre, el punto de vista de la distinción entre
el Yo y el Tú, entre el sujeto y el objeto, es el punto de
vista verdadero y absoluto y, en consecuencia, es también el punto de
vista de la filosofía.
57
La unidad, conforme a la verdad, de la cabeza y el
corazón no reside en la
extinción u ocultamiento de su diferencia, sino más bien en que el objeto
(Gegenstand) esencial del corazón sea también el objeto esencial de la
cabeza; es decir, consiste únicamente en la identidad del objeto
(Gegenstand). La nueva filosofía, que convierte el objeto esencial y supremo
del corazón, el hombre, en el objeto esencial y supremo del entendimiento,
funda por ello una unidad racional de la cabeza y el corazón, del pensar y la
vida.
58
La verdad no existe en el pensar, no existe en el
saber para sí. La verdad es únicamente la totalidad de la vida y de la
esencia humanas.
59
El hombre particular para sí no tiene la esencia
del hombre ni en sí como ser moral, ni en sí como ser pensante. La
esencia del hombre reside únicamente en la comunidad, en la unidad del
hombre con el hombre: una unidad que, empero, no reposa sino en la realidad
de la diferencia entre el Yo y el Tú.
60
La soledad es finitud y limitación;
la comunidad es libertad e infinitud. El hombre para
sí es hombre (en el sentido usual); el hombre con el hombre —la unidad
del Yo y el Tú— es Dios.
61
El filósofo absoluto, a imagen de L'état
c'est moi del monarca absoluto y de l'être c'est moi del Dios
absoluto, decía o al menos pensaba —de sí en tanto que pensador, no en
tanto que hombre—: la vérité c'est moi. El filósofo humano dice, por el
contrario: también en el pensar, también como filósofo, soy hombre entre
los hombres.
62
La verdadera dialéctica no es un monólogo del
pensador solitario consigo mismo, sino un diálogo entre el Yo y el Tú.
63
La Trinidad era el misterio supremo, la cuestión
central de la filosofía y la religión absolutas. Pero el misterio de éstas, como se demostró
histórica y filosóficamente en La esencia del cristianismo, es el
misterio de la vida comunitaria, de la vida social —el misterio de la necesidad
del Tú para el Yo—, la verdad de que ningún ser, ya sea o se denomine
hombre o Dios, espíritu o Yo, que sólo sea para sí mismo no es un ser verdadero,
completo, absoluto, que la verdad y perfección, en fin, no es más
que la unión, la unidad de seres esencialmente iguales. El principio
supremo y último de la filosofía es, por eso mismo, la unidad del hombre con
el hombre. Todas las relaciones esenciales —los principios de las diferentes
ciencias— no son más que diferentes especies y maneras de esta unidad.
64
La vieja filosofía posee una doble verdad, la
verdad para sí misma que no se preocupa por el hombre —la filosofía— y
la verdad para el hombre —la religión—. La nueva filosofía, por el
contrario, en tanto que filosofía del hombre, es también y esencialmente la filosofía
para el hombre; sin que por ello perjudique la dignidad y la autonomía de
la teoría, incluso en la más íntima consonancia con la misma, ella posee
esencialmente una tendencia práctica, a saber, práctica en el sentido
más elevado; ella se presenta en el lugar de la religión, ella posee en sí
misma la esencia de la religión, ella misma es en verdad religión.
65
Hasta ahora, las tentativas de reformar la filosofía
sólo se han distinguido en mayor o menor grado de la vieja filosofía en cuanto
a la especie, no en cuanto al género. La condición más indispensable de
una filosofía realmente nueva, es decir, de una filosofía autónoma que responda
a la necesidad del hombre y de futuro, reside en que se distinga de la vieja
filosofía en cuanto a su esencia.
[1] clement rosset, La anti-naturaleza (Taurus: Madrid,
1974).
[2] alkked schmidt, La sensualidad emancipada (Taurus:
Madrid, 1975).
[3] Estas designaciones teológicas no
se utilizan aquí sino en el sentido de apodos triviales.
[4] El concepto de Wesen comprende en
Feuerbach tanto el ser existente, que en otros lugares denomina Sein, como
a la esencia o verdad interna de este ser. Se trata más bien de una ambigüedad
deliberada que de una inconsistencia terminológica. El término alemán Wesen la
permite por cuanto comprende ambas acepciones, la del ser tanto como la de
esencia. No existiendo en castellano un concepto que abarque a un tiempo ambos
significados se ha traducido aquí Wesen indistintamente como «esencia»
o como «ser» según fuera su sentido en el contexto de cada proposición. (N.
del T.)
[5] Utilizo siempre la palabra finito en el
único sentido de la filosofía «absoluta», para la cual, desde el punto de vista
de lo absoluto} lo real, lo realmente efectivo aparece como lo irreal, lo nulo,
toda vez que tiene lo irreal, lo indeterminado, por lo real, aunque a su vez, y
por otra parte, desde el punto de vista de la nadidad, lo finito, lo
nulo, le aparezca como lo real —una contradicción que aparece particularmente
en la filosofía temprana de Schelling, pero que también subyace en la
hegeliana—.
[6] Ni que decir tiene que aquí, como en
todos los parágrafos que conciernen a objetos históricos y los desarrollan, no
hablo ni argumento en mi propio sentido, sino en el sentido del
correspondiente objeto, es decir, en este caso, en el del teísmo.
[7] De
los terrícolas. (N. del T.)
[8] Aquí, en esta obra, las diferencias
entre materialismo, empirismo, realismo, humanismo, carecen naturalmente de
validez.
[9] Para el empirismo. (N. del T.)


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