© Libro No. 484. América
Latina entre Sombras y Luces. Vergara,
Alfredo.
Colección E.O. Septiembre 7 de
2013.
Títulos originales: © América Latina entre Sombras y Luces. Alfredo Vergara.
Versión Original: © América Latina entre luces y sombras. Alfredo Vargara.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Alfredo Vergara
America Latina Entre Sombras
y Luces
Alfredo Vergara . América Latina Entre
Sombras y Luces
1
LOS ACREEDORES EN PÁNICO
Fecha: Lunes,
21 de marzo de 1983. Cinco de la tarde.
Lugar: Ciudad
de Panamá, Hotel Marriot.
Entorno: XXIV
Asamblea del BID, reunión colateral.
Y el orador dijo:
‘Debemos
sepultar al liberalismo del siglo pasado, al
liberalismo manchesteriano. Que un nuevo liberalismo nazca, un
liberalismo moderno, un neoliberalismo’.
Con esas palabras culminaba el
discurso del banquero que allí
representaba a uno de los 100 bancos que, entre 1974 y 1982, se habían
convertido en los principales acreedores de América Latina. El agudo silencio
que inmediatamente inundó el salón, parecía revelar que esa era la primera vez
que la mayoría de los allí presentes oíamos pronunciar la palabra ‘neoliberalismo’.
La modernidad que el orador
atribuía a la nueva palabra tenía por objeto confrontarla con el liberalismo
tradicional que aún prevalecía en el mundo financiero. El banquero expresaba
así su urgente avidez por encontrar algún camino que le permitiese seguir
cobrando las deudas de los países de América Latina que ya habían confesado que
no podían continuar pagando.
Como la
filosofía del liberalismo tradicional no permitía imponer ningún mecanismo de
cobro por fuera del mercado libre, era fácil de entender la iracundia del
banquero orador que proponía enterrar al viejo liberalismo para remplazarlo con
un nuevo liberalismo, con un neoliberalismo.
México había
sido el primer país en confesar públicamente que ya no tenía recursos para
continuar pagando su deuda externa. El anuncio fue hecho la tarde del viernes
13 de agosto de 1982, inaugurándose así la modalidad –que desde entonces ha
sido tan popular entre nuestros gobernantes- de anunciarnos las debacles
financieras justo en la víspera de días feriados.
La deuda
mexicana en ese entonces alcanzaba los 80 mil millones de dólares, alrededor de
una quinta parte de la deuda total de América Latina. Al principio muy pocos
entendieron la gravedad de la crisis, ni siquiera aquellos que se supone tienen
acceso a la información financiera más selecta. El New York Times, dos
semanas después del anuncio de México, publicó las declaraciones de Walter
Wriston, presidente del Citicorp, en las cuales ese alto funcionario no
otorgaba mayor importancia al anuncio mexicano bajo el argumento de que ese
país solo era uno de los tantos deudores que tenía el Citicorp y que,
además, ‘ningún país puede quebrar’.
No obstante,
unos días después también Brasil se declaraba en quiebra y -como si fuese un
juego de carambola- uno a uno y en seguidilla fueron colapsando los demás
países: Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Venezuela, Costa
Rica, la República Dominicana y casi toda Centroamérica, también confesaban su
insolvencia. Por lo tanto, en los días en que se efectuaba la reunión en el
hotel Marriot de la Ciudad de Panamá, ya era conocido el hecho de que la
mayoría de los países latinoamericanos no podrían continuar cumpliendo con los
pagos de su deuda externa. El nerviosismo del banquero orador estaba plenamente
justificado.
Pero el colapso financiero no se
había iniciado ese viernes 13 en que México confesó su insolvencia, sino que la
crisis se había engendrado una década antes. Concretamente el 6 de octubre de
1973, el día de acción de gracias o fiesta del Yom Kipur, fecha
profundamente rememorada por el pueblo judío.
Fue precisamente en ese día de
fiesta religiosa, tal vez por equivocada estrategia bélica, que los países
árabes decidieron atacar a su vecino Israel mediante una sorpresiva arremetida
que originó la ‘Batalla del Yom Kipur’. Esa batalla dio inicio a una
guerra que culminó con el triunfo de Israel y la anexión de algunos territorios
árabes. Pero el triunfo de Israel en el plano bélico significó una derrota en
el campo comercial para Estados Unidos y para los países que habían apoyado
militarmente a Israel, contra los cuales el mundo árabe impuso un embargo en
sus ventas de petróleo. El embargo –que sería respaldado por la Organización de
Países Exportadores de Petróleo, OPEP- inició la gran escalada en los precios
del petróleo que perduró hasta el año de 1980.
Un incremento radical en los
precios de un bien de producción primaria, como es el petróleo, era un fenómeno
desconocido hasta ese entonces. A lo largo de muchos años y hasta la batalla
del Yom Kipur, el precio internacional del petróleo se había mantenido
en alrededor de dos dólares por barril. No obstante, a raíz del embargo y en
pocos meses, su precio trepó hasta colocarse en un nivel cuatro veces superior.
Al principio se creía que el incremento solo sería un fenómeno temporal;
creencia que se apoyaba en la certeza de que ningún embargo en la venta de
productos primarios podía tener éxito. Además, esa era la primera vez que se
experimentaba con un cartel comercial formado por países del Tercer Mundo, los
cuales jamás habían logrado actuar en conjunto.
Pero a pesar
que esos antecedentes predestinaban su fracaso, el cartel de la OPEP funcionó
monolíticamente durante varios años. El embargo del petróleo logró multiplicar
su precio 20 veces, hasta alcanzar una cotización de cuarenta dólares por
barril en los mercados internacionales.
La multiplicación del ingreso de los países
petroleros superó varias veces la poca capacidad de consumo del mundo árabe. Al
principio los ingresos sobrantes se destinaron casi de manera exclusiva a
incrementar sus reservas monetarias; reservas que como resultado de una
reacción humanamente lógica, pronto empezaron a generar inmensas cuentas
particulares y estatales en los bancos más grandes de Estados Unidos, Europa y
Japón. Los jóvenes comisionistas y agentes de bolsa que trabajaban en los
mercados de capitales ubicados en Nueva York, Londres y Tokio –más conocidos
con el nombre de Yuppies[1]–
aprendieron a manejar un nuevo instrumento financiero: los petrodólares.
Petrodólares
La acumulación de petrodólares comenzó a
manifestarse de manera discreta en 1974, pero en 1975 se tornó agresivamente
visible. Los saldos depositados en los bancos transnacionales crecieron desde
82 mil millones a principios de 1975 hasta 440 mil millones en 1980. Es decir,
los depósitos de petrodólares se quintuplicaron en apenas cinco años. Pero el
captar depósitos solo constituye la mitad de la actividad bancaria. La otra
mitad que redondea el negocio, consiste en prestar esos depósitos para poder cobrar
intereses.
No obstante el
negocio no podía ser ensamblado en sus dos mitades porque los países del primer
mundo ejercían un férreo control sobre el flujo internacional de capitales, lo
cual impedía que el dinero que con fluidez entraba a engrosar los depósitos,
pudiera salir con la misma fluidez a engrosar los préstamos.
Así, para lograr consolidar las utilidades
bancarias se empezó a presionar para que los gobiernos no solo incentiven la
libre entrada de los petrodólares, sino que también legalicen su libre salida
en calidad de préstamos. El pragmatismo se impuso entre 1975 y 1980. A lo largo
de ese quinquenio Alemania suprimió los limites al pago de intereses sobre
depósitos de no residentes y, además, les otorgó el derecho a invertir en bonos
estatales; Francia eliminó los obstáculos a la repatriación de capitales y suprimió
el 10 por ciento de impuesto a las transacciones en euro-francos; Inglaterra
extirpó los controles cambiarios sobre el movimiento de capitales y, además,
facultó a varias empresas extranjeras para que puedan abrir oficinas y realizar
actividades financieras en el mercado de Londres; Estados Unidos impuso la Ley
de Tratamiento Nacional, la misma que faculta que la banca extranjera pueda
invertir en territorio norteamericano. En la actualidad –principios del Siglo
XXI- más de la tercera parte de los activos bancarios en Norteamérica son
propiedad de extranjeros; y, finalmente, en 1979 el hermético Japón aprobó el Estatuto
Gensaki, el cual autoriza que los extranjeros puedan poseer activos
financieros dentro del Japón y en Yenes.
Como telón de fondo y en respaldo a esa
nueva libertad para transferir capitales, oficialmente se empezó a proteger el
dinero de todos aquellos que intervenían en el mercado: compradores,
intermediarios y vendedores. Es decir, el sistema financiero pasaba a
garantizar el funcionamiento de una gran caja fuerte, en la cual se podría
custodiar los petrodólares hasta que sus dueños aprendieran a gastarlos.
Adicionalmente, el custodiar petrodólares proporcionaba a los
bancos más agresivos la oportunidad de internacionalizar sus operaciones,
lucrando al mismo tiempo de una atractiva utilidad. En la década de los 70, más
de 400 bancos privados del primer mundo otorgaron préstamos al tercer mundo.
Desde luego algunos bancos fueron más agresivos que otros y la mitad de la
deuda de América Latina se originó en apenas 10 bancos: Manufactures
Hanover, Chase Manhattan, Continental Illinois, First Chicago, Bank of America,
Citicorp o Citibank, Bankers Trust, Chemical, Morgan Guaranty y el Lloyds Bank.
Adicionalmente, los gobiernos de
América Latina podían financiar sus déficit fiscales y comerciales sin tener
que cobrar nuevos impuestos, emitir dinero o crear aranceles. Es decir; sin
generar ningún malestar entre los votantes. Desde luego, el monto de los
préstamos no se establecía por la necesidad de financiamiento del deudor, sino
por su capacidad de pago. Así, la deuda de los tres países que tenían una mayor
capacidad de pago en virtud de sus exportaciones de petróleo –Venezuela, México
y Ecuador– se incrementó en alrededor del 25 por ciento anual, mientras que
para el resto de América Latina esa tasa no superó el 15 por ciento anual.
Pero las
ventajas que en el corto plazo obtenían los acreedores, los intermediarios y
los deudores, constituían un imán para otros grupos que también querían lucrar.
Así, los bancos tuvieron que competir con la industria y el comercio para poder
mantenerse activos en el festín de petrodólares. Al promediar la década 70, el
mundo fue testigo de una agresiva campaña publicitaria en favor del consumo
suntuario.
Consumismo
Probablemente hasta el día de hoy en algunos
de nosotros perdura la imagen y los
colores de un anaranjado sol poniente enmarcando un dorado desierto, sobre el
que emergen el rubio opaco de la arena y el bronceado encendido de un camello.
Y, predominando sobre ese apacible escenario, el elegante color blanco de un
poderoso Rolls Royce deslizándose raudo por la ondulante arena.
A la agresiva campaña en favor del consumo
suntuario, se añadían el recién adquirido deseo de los gobiernos árabes por
dotar a sus desnudos territorios de una adecuada infraestructura productiva; el
muy humano afán por satisfacer las necesidades de vivienda, salud y educación
de su gente; la aspiración de modernizar los servicios básicos otorgados por el
soberano; y, quizás ocupando el centro de las prioridades, la febril tendencia
por competir en una abierta carrera armamentista. Cualquiera que fuera el peso
individual de cada uno de esos afanes, tratar de satisfacerlos provocó una
estampida en las necesidades de inversión, consumo y gasto de los países
árabes.
Así, para finales
de los años 70, los gobiernos árabes habían
aprendido técnicas muy ágiles para poder gastar rápidamente su dinero.
Tan ágiles que, en 1981, varios gobiernos de los países petroleros alcanzaron
su primer déficit en más de una década.
Por otro lado y
en dirección contraria, el Primer Mundo se había educado para consumir menos
petróleo. El caso más patético de esa educación se reflejó en el sinuoso camino
recorrido por el primer avión supersónico de pasajeros civiles, el Concorde,
que llegó a constituir el símbolo del poderío tecnológico del primer mundo.
Para su fabricación Francia e Inglaterra crearon una empresa binacional: la Aerospatiale.
El Concorde voló por primera vez el 31 de enero de 1975 y, un año después,
realizó su primer viaje comercial entre París y Río de Janeiro, con una
velocidad que duplicó la del sonido. Así, la velocidad supersónica del Concorde
ofrecía la posibilidad de literalmente ‘congelar el tiempo’.
Para la venta de
los primeros pasajes se publicitó él hasta entonces inconcebible sueño de volar
desde Europa a América en apenas cuatro horas. Los pasajeros que se embarcaban
en Paris a las doce del día, quedaban alucinados al descubrir que habían retrocedido
en el tiempo, porque al llegar a Nueva York los relojes recién marcaban las
nueve de la mañana. Así, la velocidad del Concorde proporcionaba a sus
pasajeros la grata sensación de arribar al otro lado del océano siendo la mitad
de un día más jóvenes, sin necesidad de cremas ni de vitaminas. Ni de gimnasia.
Además, los vuelos especiales de fin de año brindaban a los pasajeros la
posibilidad real de, volando hacia occidente, celebrar cinco veces el mismo año
nuevo, una vez en cada continente.
Sobre la base
de tan prometedoras perspectivas, en una primera etapa la empresa Aerospatiale
proyectó construir 120 aviones Concorde. Pero la demanda cayó drásticamente y
solo pudieron venderse en total 13 aviones: siete a Inglaterra y seis a
Francia.
A pesar de que
la campaña publicitaria lograba promocionar de manera muy convincente todas las
realidades virtuales que el Concorde ofrecía en cada viaje, en la práctica tuvo
más peso un pequeño detalle que no había sido previsto en las etapas del diseño,
construcción y ensamblaje del Concorde: el vertical incremento en el precio de
la gasolina.
Cuando el
Concorde fue concebido, el petróleo era un bien abundante y barato. Por lo
tanto, el precio del combustible no mereció ninguna atención en su diseño y
ensamblaje. En términos del número de pasajeros, el Concorde se daba el lujo de
consumir ocho veces más combustible que su más cercano rival, el Jumbo 747.
Como era previsible, el aumento vertical del precio del petróleo generó un
incremento también vertical en el costo de operación y en el precio de los
pasajes del Concorde. En consecuencia, los aviones permanecían en tierra por
falta de pasajeros. Como ninguna otra aerolínea –además de Air France y British
Air- estaba dispuesta a comprarlos para tener que cubrir un gran costo
operativo para pocos clientes, la empresa Aerospatiale cerró su fábrica
y declaró su bancarrota.
Los 13 Concorde que ya estaban
operando continuaron sus travesías por un tiempo. Pero su mantenimiento sufrió
un claro deterioro por el cierre de la fabrica. Ese deterioro, se supone, fue
la principal causa de la serie de accidentes que finalmente obligó a cancelar sus vuelos hasta principios
del Siglo XXI, cuando la disminución relativa de los precios de la gasolina y
la tecnología del tercer milenio, hicieron creer que el Concorde podría
levantar nuevamente su vuelo, ilusión que en la práctica jamás llego a
concretarse.
La permanencia del Concorde en
tierra fue complementada con las otras estrategias creadas por el mundo
industrializado para consumir menos petróleo: automóviles más livianos y
motores más pequeños; edificios con ventanas herméticamente cerradas para ahorrar
calefacción en invierno y aire acondicionado en verano; implantación
obligatoria de horarios diferenciados de trabajo para utilizar más luz solar;
y, en general, la adaptación de nuevos insumos para sustituir petróleo. Esas
estrategias dieron muy buen resultado. La demanda de petróleo disminuyó y, por
lo tanto, su precio y los ingresos de los exportadores.
Así, al empezar los 80, la banca
internacional constató que los petrodólares estaban fluyendo en dirección
inversa: los países petroleros gastaban más; los países industrializados
consumían menos; los depósitos decrecían; las arcas bancarias se secaban y el
sistema financiero se hundía en una fuerte depresión.
Para salir de
esa depresión la teoría económica recomienda subir las tasas de interés. Si
estas trepan lo suficiente, se asume que la gente ahorrará más y por tanto
depositará más. En efecto, entre 1981 y principios de 1982, las tasas de
interés lograron superar la hasta entonces histórica barrera del 20 por ciento.
Pero contra
esa política conspiraba el hecho de que, si bien las altas tasas de interés
restringen la demanda de nueva deuda, también pueden impedir recuperar la deuda
vieja. Esto último debido a que en la mayoría de contratos el pago de la deuda
se pacta con tasas de interés variable. Es decir, el interés que se paga
no es el que rige a la fecha en que se otorga el préstamo, sino el que rige el
día en que se lo cancela.
En otras
palabras, el deudor conoce el monto que recibe pero desconoce el monto que
tendrá que pagar. Así, si el incremento en los intereses es tan brusco como el
ocurrido en 1981 y 1982, los depósitos bancarios en lugar de aumentar
disminuyen por cuanto los deudores que no pueden cubrir sus deudas. Es decir,
el deseado superávit se convierte en un indeseable déficit.
Ese déficit
permaneció escondido hasta aquel viernes 13 de agosto de 1982 en el que México
confesó que no podría pagar su deuda; confesión que en la práctica involucraba
no solo a los deudores del sector público y privado, sino que también forzaba a
que algunos prestamistas, incluyendo varios de los bancos más grandes del
planeta, tengan que ser legalmente declarados en quiebra.
Además, la
deuda externa de México que alcanzaba los 80 mil millones de dólares,
comprometía a más de la mitad del capital propio de las siguientes
instituciones: Bank of America, Citibank, First Chicago, Manufactures Hanover,
Continental Illinois y Chase Manhattan. Todos son bancos norteamericanos.
Las peligrosas consecuencias que podrían
generarse por el anuncio del gobierno mexicano provocaron una visible alarma
entre los administradores de los mencionados bancos, quienes de inmediato se
lanzaron a la tarea de evitar que sus accionistas entrasen en pánico y en humana reacción,
todos a una y en tropel, tratasen de vender en el mercado todas sus acciones,
tal y como había sucedido en la gran crisis de los años 30.
Temor
Teniendo como telón de fondo ese temor y
utilizando como plataforma los preparativos de la reunión anual del FMI y del
Banco Mundial –a efectuarse en Toronto un par de semanas después del anuncio de
México- se designó un pesado equipo de trabajo integrado por los gerentes y los
abogados de los bancos más grandes, así como por funcionarios del Banco Federal
de la Reserva, del Banco Mundial, del FMI y de la Oficina del Tesoro de los
Estados Unidos, entre otros.
La conformación de ese embrionario cartel de
acreedores tenia dos objetivos, ambos igual de urgentes. El primer objetivo era
el de agrupar los principales bancos y entidades acreedoras bajo un solo
paraguas, comité o club, ante el cual tendrían que comparecer los deudores
mexicanos. El segundo objetivo era el de lograr que el gobierno mexicano
garantice los pagos de la totalidad de la deuda mexicana, tanto la del sector
público como la del sector privado.
El obtener que el gobierno mexicano incluya
bajo la garantía del Estado la deuda del sector privado tenia una importancia
vital para los acreedores. Por un lado, la deuda privada constituía la tercera
parte del total de la deuda mexicana y, por otro lado, era casi imposible
recuperar los préstamos otorgados a los bancos privados si estos –como en
efecto sucedió- también decidían declararse insolventes.
Esos problemas, felizmente, podrían ser
fácilmente resueltos si el gobierno se
comprometía a garantizar el pago total de la deuda privada, con lo cual esta
quedaría solidamente respaldada por los ingresos de las solventes empresas
estatales, por el oportuno incremento de los impuestos, aranceles y tarifas,
así como por la explotación más acelerada de las enormes reservas de petróleo
del subsuelo mexicano.
Finanzas
Los bancos transnacionales raramente otorgan
sus préstamos directamente a las personas, familias o empresas que solicitan el
dinero, sino que el crédito es concedido a través de un banco local que en
calidad de intermediario financiero negocia con el potencial cliente, analiza
su solicitud y su capacidad de pago, examina las garantías y, en definitiva, se
responsabiliza de recuperar el préstamo. Así, jurídicamente, los deudores de la
banca internacional no son los individuos, las familias o las empresas que
solicitan el dinero, sino los bancos locales que tramitan y aprueban el
préstamo.
Ese procedimiento ofrece claras ventajas al
prestamista transnacional. Por un lado,
permite obviar su incapacidad para calificar la solvencia de pago del deudor;
capacidad que si tiene el agente o banco local. Por otro lado, en la
eventualidad de que el deudor quiebre o se declare insolvente, el banco local
se encuentra en una posición mucho más idónea para realizar las acciones
legales pertinentes a la recuperación del dinero.
Sin embargo, cuando sobreviene
una declaración nacional de insolvencia, las posibilidades de que la banca
transnacional pueda recuperar los préstamos otorgados al sector privado son
extremadamente remotas, por una sencilla razón: en la práctica lo único que
posee son los papeles o promesas de pago suscritas por los bancos locales que
pertenecen a un sistema financiero que ha sido declarado insolvente.
Adicionalmente,
debe recordarse que los bancos son dueños solamente de una muy pequeña porción
del dinero que prestan. Cuando un grupo de individuos, familias o empresas,
deciden crear un banco, los integrantes de esa nueva sociedad solo aportan el
dinero que se necesita para realizar los primeros gastos en las edificaciones,
muebles, equipos, adecuaciones y personal que requiere un banco para empezar a
operar.
Ese dinero
inicial –que dependiendo del tipo de contabilidad practicado puede adoptar
nombres como ‘capital patrimonial’, ‘capital suscrito’, ‘capital neto’,
‘capital accionario’, ‘capital bancario’, ‘capital semilla’ y otros- usualmente
esta sujeto a ciertos limites legales mínimos.
En 1981, el
promedio de ese limite legal mínimo en los países de América Latina, incluyendo
México, podía cubrir apenas el 8 por ciento del total del crédito entregado al
sector privado. El restante 92 por ciento, debía concederse utilizando el dinero del público depositante o acudiendo
a los créditos otorgados por la banca internacional.
En otras
palabras, en caso de insolvencia, el prestamista externo solo podría recuperar 8 centavos por
cada dólar que haya prestado al sector privado. Como la deuda de México
totalizaba 80 mil millones, de los cuales la tercera parte era deuda privada, los accionistas de los bancos
acreedores podían llegar a perder cerca de 24 mil millones de dólares. Una
perdida tan grande justificaba cualquier
maniobra para tratar de evitarla.
Con ese temor
en mente, los acreedores contrataron un selecto grupo de funcionarios y
ex-funcionarios públicos y privados,
cuya misión consistía en ensamblar una serie de argumentos destinados a
demostrar la conveniencia y los potenciales beneficios que todos lograrían
obtener si es que el gobierno mexicano aceptaba garantizar o asumir el pago de
la deuda externa privada. La ocasión más propicia para exponer esos argumentos
debía presentarse en la asamblea anual del Banco Mundial y el FMI, programada a
realizarse a partir del 6 de septiembre de 1982 en Toronto.
Pero como
parece que la suerte si existe, siete días antes de la reunión de Toronto
surgió una hada madrina que resolvió el problema de los acreedores justo a
tiempo, de un plumazo y a lo mero macho.
Revolución
En efecto, en la tarde del
martes 31 de agosto de 1982 y sin utilizar innecesarias sutilezas, el
Presidente José López Portillo decretó la nacionalización de los bancos
privados. La mañana siguiente, ante el Congreso, expresaba lo siguiente:[2]
“La banca
privada mexicana ha pospuesto el interés nacional y ha fomentado, propiciado y
aún mecanizado la especulación y la fuga de capitales...
Obviamente, la
nacionalización irá acompañada de la justa compensación económica a los
accionistas.....
Las
decisiones tomadas son expresión vital de nuestra Revolución y su voluntad de
cambio. Que nadie vea en ellas influencias de extremismos políticos.
Las
circunstancias externas e internas llevan una vez más al Estado, a sacar de la
cantera de la Constitución inspiración y fuerza para progresar por el camino de
la revolución nacional. El Estado mexicano nunca ha expropiado por expropiar,
sino por utilidad pública”.
Se dice que en
el mundo aún no se ha logrado inventar una medida de política económica que
pueda satisfacer a todos. No obstante, con el decreto de nacionalizar los
bancos mexicanos todo el mundo estaba feliz: primero, los dueños de los bancos
locales recibían una justa compensación por entregar bancos endeudados
que habían sido declarados en quiebra, sin que a nadie importe que esos mismos
banqueros hayan mecanizado la especulación y la fuga de capitales;
segundo, el Gobierno había logrado progresar por el camino de la revolución
nacional estatizando deudas privadas; tercero, los bancos
extranjeros de un solo plumazo habían logrado que sus perdidas –originadas en
préstamos libremente concedidos al sector privado- sean asumidas por el Estado
y el petróleo mexicano; y, finalmente, aunque nadie supiera el motivo, el
pueblo mexicano también estaba feliz.
Entre el
jueves 2 y el domingo 5 de septiembre de 1982, más de 200 mil trabajadores y
campesinos mexicanos arribaron a la Ciudad de México para, en la plaza del
Zócalo y junto a la plana mayor del gobierno, festejar el patriótico
renacimiento de la revolución nacionalista del PRI.
Lamentablemente
la fiesta duró poco. Aplacada la euforia surgía la inocultable realidad de que
las perdidas de los bancos acreedores no serían pagadas por el gobierno
mexicano, ni por los individuos que recibieron los préstamos, ni por los
técnicos que los analizaron, ni por los banqueros que los aprobaron, sino por
quienes habían bailado en la Plaza del Zócalo.
Graffiti
Pocos días después del festejo,
apareció una caricatura que representaba al Presidente José López Portillo
ataviado con un sombrero de cocinero, mientras sonriendo distribuía entre un
famélico grupo de curiosos, los pedazos de la factura de lo que terminaba de
comer el único y obeso cliente que se encontraba apoltronado en el centro de la
cocina. La nota de pie decía: es tan generoso que regala hasta sus deudas.
Hasta el día de hoy se desconoce
si el caricaturista quiso simbolizar la generosidad del cocinero o la
del comensal. Lo cierto es que en la esquina de las calles Zihuatlán y
Anacahuita de la Colonia Pedregal de Santo Domingo, que colinda con la
Universidad Nacional Autónoma de México, apareció pintado el siguiente
graffiti:
Privatizamos ganancias
Nacionalizamos perdidas
Firma: PRI
Probablemente
el graffiti fue pintado por algún estudiante de la UNAM que así quería
sintetizar la ideología mitad capitalista y mitad nacionalista amasada por el
PRI (las siglas significan: Partido Revolucionario Institucional). El graffiti
continuaba allí el 1 de diciembre de 1982, día en el que el Presidente López
Portillo traspasó a Miguel de la Madrid el cargo de Presidente de México.
El Juez
Tal vez por simple coincidencia, ese mismo
día habían decidido reunirse otros dos presidentes: Ronald Reagan de Estados
Unidos y Joao Baptista de Oliveira Figueiredo del Brasil. La reunión se efectuó
en el Palacio de Itamaraty y, aunque la fecha fuera una simple coincidencia, el
viaje del Presidente Reagan al Brasil si estaba directamente inspirado en la
crisis financiera destapada por México.
A lo largo de
los noventa días transcurridos entre el baile del Zócalo y la reunión de
Itamaraty, en los corrillos financieros se había comentado a gritos que antes
de que expire el próximo pagaré, el General Figueiredo tendría que confesar que
–igual que México- Brasil tampoco podría pagar su deuda externa. Además, entre
los funcionarios del FMI, del Banco Mundial, del BID y de otras instituciones
internacionales, se susurraba que Argentina y Chile también se declararían
insolventes antes de la navidad de ese año, 1982.
Si es que a
México se agregaban Brasil, Argentina y Chile, los nueve bancos más grandes de
Norteamérica tendrían que ser legalmente declarados en quiebra.[3] Por lo
tanto, había llegado la hora de solicitar y, de ser necesario, exigir la ayuda
soberana de los gobiernos y de los pueblos de América Latina.
Enfrentado ante
esa disyuntiva, el Presidente Reagan -que desde el comienzo de su mandato había
demostrado ser mucho más ágil y eficiente que lo que de él se esperaba- decidió
actuar de inmediato. En el transcurso de la cena de bienvenida que el General Figueiredo
le ofreció en el Palacio de Itamaraty la misma noche del primero de diciembre,
aclaró el objetivo que tenia su visita utilizando las siguientes palabras: [4]
‘Los problemas
que la deuda ocasiona a muchos países nos obliga a actuar juntos y así asegurar
que tenemos las herramientas necesarias. Los recursos del Fondo Monetario
Internacional constituyen una de las más importantes de esas herramientas.
Estados Unidos ha propuesto incrementar las cuotas del FMI, para asegurar que
esos recursos sean los adecuados a la demanda de los países...
Nuestras economías están entrelazadas y podemos crecer actuando
concertadamente y no aisladamente. Nada es más destructivo que la decisión
unilateral que pueda tomar un país para individualmente cortar el comercio y
los flujos financieros... Felicitamos a usted, Presidente Figueiredo, y a su
fuerte liderazgo’.
Del estilo transparente y directo
del discurso emergían tres sencillos consejos: el primero sugería al gobierno
del Brasil –y a los otros gobiernos de América Latina- que acudan al FMI, cuyos
funcionarios ya habían recibido las debidas ordenes de otorgar a los países
deudores, en calidad de nuevos préstamos, los recursos necesarios para que
puedan continuar pagando su deuda externa.
En el segundo consejo se
exhortaba a reconocer la mutua dependencia entre las economías del norte y las
del sur. Una década después, esa interdependencia sería más conocida con el
nombre de globalización.
Con el tercer consejo se prohibía
de manera firme y directa, aunque usando un léxico diplomático, la posibilidad
de que los países deudores manejen unilateralmente las políticas para el pago
de la deuda, sino que tendrían que hacerlo de acuerdo a un plan previamente
concertado por los propios acreedores.
Desde luego ningún presidente norteamericano
se tomaría la molestia de visitar un país sudamericano con el único fin de
enumerar tres consejos, pero calificarlos de otra manera sería machacar en el
poder de quien los emitía. Por otro lado, aún en el caso de que en efecto
hubieran sido meros consejos, ninguno de los gobernantes de los tres grandes
deudores de Sudamérica –Brasil, Argentina y Chile- hubiera encontrado en sus
propios países el apoyo suficiente como para atreverse a expresar una opinión
contraría.
En Chile, después
de casi una década del férreo gobierno del General Pinochet, la mayoría de la
gente le exigía un plebiscito. En Brasil, de entre todos los generales de esa
época, al General Figueiredo el destino le tenia deparado el final más triste.
En Argentina, el fracaso de los gobiernos de los generales Videla, Viola,
Galtiere y Bignone, los conduciría a declarar la Guerra de las Malvinas y a su
humillante derrota.
Así, a pesar
de que el FMI hasta fines de la década de los 70 había permanecido limitado a
la discreta y apacible tarea de examinar datos estadísticos y elaborar índices
económicos, en el Palacio de Itamaraty se lo ascendió a la categoría de juez
supremo en el proceso de renegociación de los pagos de las deudas que debería
comenzar a efectuarse entre los bancos acreedores y los países deudores.
Nombrar un juez es lo más
adecuado cuando existe alguna discrepancia entre dos litigantes y, a fines de
1982, entre los bancos acreedores y los países deudores existían varias y
serias discrepancias. Por otro lado, el FMI parecía cumplir con todas las condiciones
de ecuanimidad e imparcialidad que debe tener cualquier juez: la diversidad de
sus 182 países miembros parecía garantizar una perspectiva imparcial y
universal; la ubicación de sus funcionarios guardaba ecuanimidad con el tamaño
y número de sus países miembros; en sus 38 años de existencia, en el FMI no se
había producido ninguna acción discriminatoria contra alguno de sus miembros;
y, en general, sus recursos habían sido equitativamente distribuidos.
Quizás la
única duda sobre la ecuanimidad que el FMI podía tener para actuar como juez
imparcial, se originaba en el hecho de que el salario de todos sus funcionarios
depende en lo básico del gobierno de los Estados Unidos. En todo caso, si esa
circunstancia algún día llegaba a pesar, lo haría en favor de los acreedores.
No obstante, desde la perspectiva bancaria,
el nombramiento del FMI como juez supremo hacia peligrar la posibilidad de
volver a utilizar la nacionalización a la mexicana para salvar a
los acreedores de algún otro país. Esa perspectiva se basaba en el hecho de que
el FMI desde su fundación -casi cuatro décadas antes- siempre había pregonado
que dentro de sus políticas no tendría cabida ningún intento de nacionalizar o
estatizar alguna de las actividades o bienes del sector privado.
Hasta 1982, las
políticas en favor de una economía libre de
nacionalizaciones habían constituido parte del pensamiento de los dueños
de los bancos locales y transnacionales. Pero en los tres meses transcurridos
entre el baile del Zócalo y la reunión en el Palacio de Itamaraty, el criterio
de los bancos acreedores había experimentado una radical metamorfosis.
Mientras que en
la Plaza del Zócalo la nacionalización de los bancos se festejó como un acto
exclusivo del revolucionario gobierno mexicano, en un par de meses se hizo
evidente que en Brasil, Argentina, Chile y quizá en otros países, se
necesitaría aplicar la misma receta. Y fue esa evidencia la que transformó a
los propios banqueros en revolucionarios defensores de la tesis de nacionalizar
los bancos locales.
Lastimosamente para los banqueros, contra la
posibilidad de una nueva nacionalización bancaria ya se habían pronunciado el
FMI, el Banco Mundial, los bancos regionales de desarrollo y casi todas las
otras entidades financieras de Washington, así como la mayoría de los gobiernos
y de los gremios y demás organizaciones del sector privado.
Todos esos opositores fueron despectivamente
calificados por los acreedores con el nombre de liberales manchesterianos.
Es decir, el mismo calificativo que después utilizó en Panamá el banquero
orador. Pero para intuir las razones por las que los acreedores juzgaban
despectivo el apodo de manchesteriano, debemos retroceder brevemente en
la historia.
Manchesteriano
Manchester es la tercera ciudad de
Inglaterra y una de las primeras que fue beneficiada por la revolución
industrial del Siglo XVII, que la convirtió en el centro de la industria textil
algodonera. Además, en Manchester se instalaron las factorías más grandes de la
época y allí se organizó parte del núcleo comercial entre Gran Bretaña, Europa
y América.
No obstante, en
la primera mitad del Siglo XIX, la boyante actividad comercial de Manchester
había sido afectada por la aplicación de la denominada ‘Ley de Granos’,
la cual prohibía importar granos desde territorios ajenos a la Gran Bretaña. En
la práctica, la única región favorecida con esa ‘Ley’ había sido la Isla de
Irlanda, cuya agricultura creció por más de medio siglo aislada y protegida de
la competencia externa.
Pero a mediados
de la década de 1830, un influyente grupo de industriales y comerciantes de la
ciudad de Manchester inició una campaña para derogar la ‘Ley de Granos’,
bajo el argumento lógico y publicable de que los que más ganaban con la
aplicación de la ‘Ley’ eran los terratenientes irlandeses y no los
campesinos. Otro argumento también lógico –aunque no tan publicable- apuntaba
al hecho de que los que más perdían con la vigencia de la ‘Ley’ eran los
comerciantes de Manchester y no los consumidores.
El movimiento
contra la ‘Ley’ estaba liderado por Richard Cobden, un político liberal de
Manchester que, en 1835, había escrito un libro titulado: ‘Inglaterra,
Irlanda y América’, en el cual proponía permitir que todo el comercio fluya
libremente entre Inglaterra, Europa y América; propuesta que llegó a ser
conocida como La Tesis del Liberalismo Manchesteriano.
Cobden al fin
logró que la ‘Ley de Granos’ sea derogada por el Parlamento Inglés en 1846,
tras un polémico y largo debate con los representantes de Irlanda.
Probablemente el día de hoy nadie recordaría aquel debate. Pero en ese mismo
año, 1846, un siniestro personaje apareció en el horizonte: el Phytophthora
Infestons Fungus.
Phytophthora
El Phytophthora es un
hongo especializado en alimentarse y reproducirse en el interior de las papas,
cuando el tubérculo aún permanece bajo tierra. No se puede afirmar que sea un
parásito, porque los parásitos tratan de preservar el lugar donde habitan,
mientras que ese hongo ataca al tubérculo desde el instante mismo en que lo
penetra, y continua atacándolo hasta lograr su total putrefacción.
Las papas son
originarias de América, pero cuando fueron cultivadas por primera vez en
Irlanda alrededor de 1590, se demostró que el suelo y el clima de la isla eran
mucho más favorables para su cosecha que el suelo y el clima de América. Una
hectárea de papas en Irlanda, producía lo que cuatro hectáreas en América.
Se estima que,
en 1590, la población total de Irlanda no sobrepasaba el medio millón de
habitantes. Doscientos años después, como efecto positivo de la productividad
agrícola, la población se había multiplicado 10 veces. En 1846, cuando el liberalismo
manchesteriano logró derogar la ‘Ley de Granos’, la población irlandesa
sobrepasaba los 8 millones, de los cuales las dos terceras partes dependían de
la agricultura y del cultivo de papas. A lo largo de todos esos años, Irlanda
demostró que un buen suelo agrícola –así sea en monocultivo- puede llegar a
impulsar el crecimiento económico de todo un país.
Pero la gran pujanza económica de
la Isla de Irlanda que se apoyaba en el cultivo de papas, fue violentamente
arrasada por el fatídico Phytophthora. Se presume que el hongo
desembarcó en suelo irlandés desde algún barco que zarpó del continente
americano en alguna fecha entre 1845 y el primer trimestre de 1846. Una vez en
la isla, las inmensas extensiones de cultivo, el clima templado en fusión con el
suelo húmedo, así como el hecho de que las papas de Irlanda no habían tenido
tiempo ni necesidad de crear bacterias contra ese hongo, conformaron un medio
ideal y nutritivo para que el Phytophthora se reproduzca violentamente.
En la
primavera de 1846 se encontraban cultivadas 800 mil hectáreas de papas. Para
fines de año, apenas 100 mil hectáreas aún no habían sido diezmadas por el
hongo. La población de Irlanda se redujo desde 8 millones de habitantes en
1846, hasta apenas 2 millones al finalizar la década. Se estima en un millón el
número de irlandeses que murieron de hambre. Otro tanto falleció por
enfermedades causadas por comer papas infectadas y por el hecho de que pueblos
enteros desaparecieron bajo la tifoidea y el cólera. Al final, apenas lograron
escapar 3 millones de personas, la mayoría de las cuales arribaron a
Norteamérica, constituyendo su grupo étnico más numeroso de emigrantes.
A pesar de que la devastación de la Isla de
Irlanda tuvo un origen exclusivamente biológico, la historia forjó una
obscura leyenda económica. Como el
desastre ocurrió en el mismo año en que se derogó la ‘Ley de Granos’ –la cual
había protegido a Irlanda de toda competencia externa- en el inconsciente
social perduró la firme creencia de que la putrefacción de los cultivos, la
descomposición de la tierra, la desaparición de las cosechas, el abandono de los campos, el hambre, las
enfermedades, el desempleo y la miseria en que se sumió Irlanda, eran una
consecuencia directa de la política de libre comercio impulsada por los
empresarios y políticos liberales de Manchester.
Así, el liberalismo
manchesteriano ingresó a la historia con la reputación de ser una doctrina
retrógrada y fundamentalista, dispuesta a sacrificar pueblos enteros en defensa
del dogma económico. Tal y como se sacrificó al pueblo de Irlanda.
Bandos
El calificativo de manchesteriano
resultó ser especialmente útil cuando el FMI –que el 1 de diciembre de 1982 en
Itamaraty, ya había sido nombrado juez supremo de la deuda- se enfrentó a la
decisión de autorizar o no que Brasil, Argentina y Chile, repitan el
experimento de México y nacionalicen la banca.
Para el FMI
resolver el dilema era urgente y trascendental. Era urgente porque ya se había
propagado el rumor que antes de navidad, los tres países admitirían que ellos
tampoco podían seguir pagando la deuda. Era trascendental porque esos países
mantenían las tres deudas más grandes de América del Sur.
Pero resolver el dilema resultaba tan
placentero como sostener con las manos desnudas una papa caliente. La
disyuntiva obligaba a tener que sacrificar el interés económico de uno de los
dos poderosos e influyentes bandos de acreedores que se encontraban frente a
frente.
En el primer bando –que entonces se
denominaba ‘bloque oficialista’- se alinearon las fuerzas opuestas a
nacionalizar la banca. Ocupando el liderazgo se encontraban los organismos
financieros que tienen su sede en Washington. Junto a ellos, aunque no en un
sitio demasiado llamativo, se ubicaron los gobiernos de Brasil, Argentina y
Chile, probablemente tratando de justificar el hecho de que las tres dictaduras
habían tomado el poder y permanecido en él, blandiendo una bandera de lucha
contra los grupos de tendencia socialista, que pugnaban por nacionalizar la
economía de América Latina.
En el segundo bando se congregaban los
grupos económicos cuyas ganancias podían desaparecer si no se nacionalizaban
los bancos. Al frente de este bando se ubicaban los delegados de la banca
transnacional –incluyendo al orador del Hotel Marriot- junto a los empresarios que se habían
endeudado en dólares y que, probablemente, especulaban que sería más fácil
obtener indulgencias teniendo como acreedor un gobierno, en lugar de un banco
privado. Por último, aunque parezca insólito, en este bando también se ubicaban
los propios accionistas de los bancos amenazados con la nacionalización.
La anomalía que engendró este último
masoquismo aún no ha sido descubierta, pero se sospecha que los dueños de los
bancos amenazados intuían que tras la justa compensación económica a los
accionistas –palabras del gobierno mexicano- podría guarecerse un muy buen
negocio. No se equivocaron.
Debido a la influencia económica y política
que ejercían cada uno de los dos bandos, la disyuntiva de nacionalizar o no los
bancos locales había dejado de ser un problema doméstico para transformarse en
un problema continental.
Además, cuando se celebró el baile del
Zócalo en septiembre de 1982, México era el único país oficialmente declarado
en moratoria. No obstante, antes de que finalice ese año también suspendieron
sus pagos Brasil, Argentina y Chile y, poco después, seis países más. Para el
mes de marzo de 1983, cuando se efectuó la reunión del BID en Panamá, 12 países
de América Latina ya habían suspendido los pagos de su deuda externa.
Así, el horizonte se trocaba cada vez más
borrascoso y más urgente la necesidad de encontrar una solución que satisfaga a
los dos bandos. Pero antes se debían resolver dos aspectos: en primer lugar,
decidir que institución, bandera o gremio podría arbitrar un dialogo entre los
bandos; y, en segundo lugar, hallar una ocasión propicia para reunir a todos
los participantes de ambos bandos.
El primer
aspecto –ya lo vimos- fue solucionado por el Presidente Reagan durante su
visita a Itamaraty cuando, el 1 de diciembre de 1982, reveló que el FMI ya
había sido nombrado juez supremo de la deuda. Con relación al segundo aspecto,
lo procedente hubiera sido que también se utilice al FMI como el paraguas bajo
el cual puedan dialogar los dos litigantes. Pero existía un obstáculo de
logística: la próxima Asamblea del FMI debía efectuarse recién en el mes de
septiembre de 1983, fecha demasiado distante.
Esa distancia y
la urgencia de resolver el problema, sugería que la ocasión más propicia para
que los bandos se reúnan, se presentaría en la Asamblea Anual del BID, que ya
había sido convocada para el 21 de marzo de 1983 en Panamá.
Utilizar como paraguas la asamblea del BID,
además, ofrecía la ventaja diplomática de que -a diferencia del FMI- el Banco
Interamericano de Desarrollo tiene un perfil continental que es más adecuado
para tratar un problema latinoamericano. Así y debido a la especial importancia
que tendría esa reunión, a la lista inicial de asistentes integrada por los
Gobernadores del BID y sus principales funcionarios, se agregaron los demás
miembros del ‘bando oficial’, así como un sinnúmero de voceros de la
banca, de los gremios y los organismos regionales y, desde luego, de los bancos
acreedores.
En base a esos
antecedentes, desde principios de 1983 los acreedores –inspirados en el
mecanismo ya utilizado por el gobierno mexicano- comenzaron a manejar sus
contactos de ‘lobby’ o ‘de pasillo’, para lograr que en la agenda
de Panamá se incluya el análisis de la conveniencia de nacionalizar los bancos
domésticos que no podían pagar su deuda externa. La propuesta, obviamente, solo
era formulada de manera verbal y con el carácter de informal. Sin embargo,
desde un inicio fue rechazada por la mayoría de los principales directivos del
FMI, del Banco Mundial y del propio BID.
El rechazo a nacionalizar la banca, se
fundamentaba en el argumento de que ninguna forma de estatización era
compatible con la filosofía del mercado liberal que supuestamente se estaba
intentando implantar en las economías de Latinoamérica.
Parecería que
fue ese argumento el que provocó la hostilidad del banquero orador contra la
filosofía del liberalismo histórico. Y fue esa hostilidad la que inspiró su
discurso pronunciado la tarde del 21 de marzo de 1983 en la Ciudad de Panamá,
cuando exhortó a sepultar para siempre al liberalismo manchesteriano y
sustituirlo con un neoliberalismo.
El discurso del banquero no logró
persuadir a los asistentes de que era conveniente nacionalizar la banca al
estilo mexicano. No obstante, la palabra neoliberalismo que utilizó para
bautizar lo que él consideraba un liberalismo moderno, fue eventual y
ampliamente manipulada por los dos bandos de acreedores para negociar que -de
todas maneras y aunque no se nacionalice- los gobiernos asuman el pago de la
deuda del sector privado.
Para analizar esta nueva opción
retornaremos después de pocas páginas, porque ahora debemos trasladarnos a otra
sala del mismo Hotel Marriot.
2
__________
EL DEUDOR
SOLITARIO
Fecha: Jueves,
24 de marzo de 1983. Tres de la tarde.
Lugar: Ciudad
de Panamá. Hotel Marriot, planta baja.
Entorno: Vivencia
personal.
En el centro de la sala sobresalía una
amplia mesa ovalada rodeada de 24
sillones tapizados en cuero. Varios vasos de cristal simétricamente dispersos
sobre la mesa, escoltaban a ocho jarras que dejaban traslucir el color natural
de agua fresca. Algunos cuadros, un reloj de pared, numerosos floreros, varios
ceniceros de pedestal y una alfombra grande pero discreta, completaban el
mobiliario.
La distribución
de los muebles se apreciaba fácilmente por la sencilla razón de que todavía no
había llegado nadie. Cuando el reloj de la pared aún no marcaba las tres de la
tarde, en una hoja de papel comencé a tratar de organizar las principales ideas
que suponía serían expuestas esa tarde. La próxima vez que miré el reloj sus
manecillas señalaban tres horas con diez minutos. Comencé a sospechar que me
encontraba en una sala equivocada, pero en ese momento ingresó alguien que con
su marcado acento uruguayo y una amigable sonrisa me dijo:
- nadie vendrá.
Sin pronunciar ninguna otra palabra dejó
sobre la mesa un ejemplar del periódico The Wall Street Journal y salió.
Miré la noticia que se destacaba en el periódico abierto y comprendí que, en
efecto, nadie vendría.
La reunión que en ese instante acababa de
fracasar había comenzado a ser planificada tres días antes, desde que en la
apertura de la Asamblea del BID se hizo evidente que los acreedores estaban
tratando de aglutinarse alrededor de un solo objetivo, mientras que los
deudores ni siquiera nos conocíamos unos a otros.
La unión de los acreedores alrededor de un
objetivo común se facilitaba por el hecho de que, desde hace varios años, entre
ellos ya habían logrado organizar algunos gremios, incluyendo los siguientes:
el ‘Club de París’, que representa a los 17 países acreedores que tienen
el mayor grado de bienestar y riqueza a nivel mundial; el ‘Club de Londres’,
que protege los intereses de los principales bancos transnacionales y que
actualmente ya no se reúne en Londres sino en Nueva York; y, el ‘Grupo
Multilateral’, que aglutina al FMI, al Banco Mundial y a los principales
bancos regionales, incluyendo al BID.
Para mirar en perspectiva el sendero que
tuvieron que transitar esos tres grupos hasta lograr una estrategia común,
debemos recordar brevemente las circunstancias de su nacimiento y evolución.
El Club de París
Este club se funda en 1956 con el único
objetivo de gestionar el cobro de la deuda de 700 millones de dólares que
Argentina había contraído con varios países europeos. El origen de esa deuda se
remonta a 1946, año en el que Juan Domingo Perón gana las elecciones
presidenciales. Una vez que asume el poder, Perón encuentra que Inglaterra
adeudaba a la Argentina 500 millones de libras esterlinas por concepto de las
toneladas de carne y de granos que habían sido entregadas a Inglaterra por
Argentina durante la Segunda Guerra Mundial.
Por otro lado, en
esos mismos años de guerra y ante la imposibilidad de importar maquinaria de
Europa, Argentina se había endeudado en una cantidad similar pero en dólares
por maquinarias y equipos comprados a Norteamérica. En vista de que Argentina
tenía que pagar intereses por el monto adeudado a los Estados Unidos, mientras
que no recibía ningún interés por su préstamo a Inglaterra, Perón solicitó
consolidar los créditos entre los tres países con el objeto de que Inglaterra
pague directamente a los Estados Unidos el correspondiente valor de la deuda
que debía a la Argentina.
A pesar de que la
triangulación financiera es un mecanismo de negociación internacionalmente
aceptado, el mecanismo se trabó en virtud de que Inglaterra dictaminó que
pagaría su deuda únicamente con bonos denominados en libras esterlinas y, por
otro lado, Estados Unidos dictaminó que solo aceptaría los pagos que sus deudores realicen en dólares.
Ante la imposibilidad de pagar sus deudas
con el mecanismo de triangulación, Perón decidió nacionalizar el servicio
telefónico, los ferrocarriles, la producción y distribución de gas, así como
otras industrias menores que jurídicamente pertenecían a varias empresas de
capital inglés.
Para indemnizar a
los dueños de las firmas nacionalizadas, Perón decidió utilizar los bonos en
libras esterlinas que habían sido entregados por Inglaterra en pago de la
deuda. Además, con los ingresos generados por las tarifas de los servicios
nacionalizados, empieza a cancelar su deuda a los Estados Unidos. Pero el
proceso se detuvo en 1955, cuando Domingo Perón es derrocado por el General
Pedro Eugenio Aramburu.
El nuevo gobierno
intenta reactivar el deteriorado comercio, para lo cual adquiere un nuevo
préstamo externo para financiar sus importaciones de Europa. Así, contrata con
varios bancos europeos un crédito de 700 millones de dólares, que se suponía
podría ser amortizado en el transcurso de un año.
Pero como es
obvio suponer, el presupuesto argentino -que por casi una década había logrado
funcionar sin incrementar su deuda externa- encuentra insalvables dificultades
para cancelar en el corto plazo de un año esa abultada nueva deuda de 700
millones de dólares. Ante esa imposibilidad, los países de la Comunidad
Económica Europea deciden refinanciar la deuda de Argentina. Así, el Ministerio
del Tesoro Francés organiza con varios de sus funcionarios radicados en París,
una oficina para que efectúe las futuras gestiones de cobro a nombre de los
países acreedores: es esta oficina la que eventualmente llega a ser conocida
bajo el nombre de Club de París.
Después de su fundación en 1956 y por casi
tres décadas, las relaciones del Club de París con América Latina - además de
las gestiones con Argentina- se limitaron a pocas y esporádicas actividades de
renegociación con Brasil en 1961, con Chile en 1965 y con Perú en 1968. Sin
embargo, a raíz de la reunión de Panamá en marzo de 1983, el Club de París se
transformó en la Meca que en peregrinaje deben visitar puntualmente y por lo
menos una vez cada año, todos los ministros de economía y finanzas de América
Latina.
El Club de Londres
Este club ha adoptado varios
nombres desde su fundación en 1968, pero los más populares han sido los
siguientes: ‘Comité de Gestión’ o Steering Committee en las décadas de
los 70 y de los 80; ‘Club de Londres’ en la década de los 90; y ‘Club de Nueva
York’ que -nos atrevemos a pronosticar- será el nombre que adoptará antes de
finalizar la primera década del siglo XXI.
El nacimiento de este Club
comienza a gestarse el 31 de octubre de 1968, día en el cual se plasmó uno de los más fastuosos
matrimonios del jet set financiero: el efectuado entre el Citibank y su
principal accionista, el Citicorp. El hecho conyugal se consumó bajo las leyes
del Estado de Delaware, pero la recepción de la boda se realizó en Park Avenue
No 399, en Nueva York.
El mismo día de la boda y entre los
propios invitados,[5]
corría el rumor de que el matrimonio estaba predestinado al fracaso, porque esa
unión -entre dos socios que en su sangre compartían los mismos accionistas- era
abiertamente incestuosa.
Los invitados que así opinaban estuvieron
equivocados: el Citibank lleva más de tres décadas de feliz y monogámica
convivencia con el Citicorp. Lo cual demuestra que las leyes que prohíben el
incesto entre humanos, no deben aplicarse a las relaciones que libremente
decidan tener entre sí los cuerpos transnacionales.
La criatura que nació de ese matrimonio
fue, a su vez, el primer Steering
Committee –o comité para la gestión de
cobro- que tuvieron los acreedores. Al principio, la criatura se encargó de cobrar solamente los
préstamos del Citibank. Pero en virtud de su visible éxito, pronto se le
unieron otras entidades bancarias. Cuando la crisis financiera se destapó con
la declaración de México, el Steering
Committee ya era un ser independiente y maduro, con
capacidad para reaccionar ágil y eficientemente ante cualquier circunstancia;
como en efecto reaccionó cuando tuvo que hacerlo -ya lo veremos- en Panamá.
La criatura fue bautizada como ‘Club de
Londres’ a raíz de que el comité original centralizó sus actividades en esa
ciudad. Esas actividades incluían las negociaciones con los deudores
latinoamericanos, así como con los otros deudores de África, Asia y Europa del
Este. Pero debido a que la mayoría de las gestiones para renegociar la deuda
actualmente se efectúan en Nueva York, es probable que la criatura
eventualmente adopte el nombre de esta última ciudad.
El Grupo Multilateral
Este grupo esta conformado por el FMI y el
Banco Mundial en calidad de fundadores y socios principales. Actualmente se han
integrado también los tres bancos regionales más importantes: el Banco
Interamericano de Desarrollo, el Banco Africano de Desarrollo y el Banco
Asiático de Desarrollo.
De acuerdo a la partida de nacimiento del
FMI y del Banco Mundial, se pudiera pensar que son hermanos siameses: nacen en
la misma cuna, son concebidos por los mismos padres, son alimentados desde la
misma fuente y comparten los mismos miembros. Ambos nacen el día viernes 21 de
julio de 1944 en una de las salas del Hotel ‘Mount Washington’, que esta
ubicado en una placentera villa vacacional denominada Bretton Woods, localizada
en el Estado de New Hampshire al noreste de los Estados Unidos.
Las dos partidas
de nacimiento son suscritas por los mismos 44 representantes que asistieron al
parto. Su crecimiento ha sido financiado por los mismos bolsillos. Y los dos,
el Fondo y el Banco, comparten los mismos 182 países miembros que tienen en la
actualidad.
Sin embargo, en su adolescencia los hermanos
caminaron por distintos senderos. Hasta el mes de agosto de 1982, el FMI
mantuvo un crecimiento conventual dedicado exclusivamente a hacer honor a sus
siglas. Es decir, a colectar las cuotas de sus miembros y con ellas mantener un
fondo para financiar las necesidades monetarias de los países que
tuviesen problemas en balancear su comercio internacional. El FMI supo cumplir
su papel de manera eficiente, discreta y honesta, mientras otorgaba préstamos
relativamente pequeños y recuperables.
Por el contrario, el Banco Mundial mucho
antes de la crisis del 82 ya había hecho sentir su presencia en los cinco
continentes, especialmente entre 1968 y 1981 bajo la dirección del Coronel
Robert McNamara, quien impulsó la más agresiva política de distribución de
préstamos en la historia de esa institución. Tanto es así que -se dice- los
ascensos e incluso la permanencia de los empleados del Banco, estaban
directamente relacionados con la cantidad y monto de los préstamos que lograsen
colocar.
Fue la época de
los grandes elefantes blancos, en la que muchos gobiernos del tercer mundo
calificaban el éxito de su mandato sobre la base del número de veces que habían
logrado saludar al Coronel McNamara. Así, los bulliciosos años de la pubertad
del Banco Mundial, marcaron un visible contraste con la pacífica y tímida
adolescencia del FMI.
No obstante, a partir del anuncio efectuado
por el presidente Reagan en Itamaraty, los dos hermanos convergieron en una
sola estrategia para enfrentar la crisis de la deuda. Para lograrlo,
establecieron un efectivo reparto de tareas: mientras el FMI, por intermedio de
los ‘préstamos estructurales’, se encarga de fijar las tasas de interés,
las tasas de cambio y el financiamiento presupuestario de los países deudores;
el Banco Mundial, por intermedio de los ‘préstamos sectoriales’, se
encarga de normar en los países deudores las políticas de ajuste al consumo,
así como las políticas en ‘el lado de la oferta’ o ‘políticas
neoliberales’, como también se las denomina.[6]
El Sindicato de Acreedores
La alianza conformada por el Club de París,
el Club de Londres y el Grupo Multilateral, tiene como objetivo fundamental el
de persuadir a los gobiernos de los países deudores a adoptar las políticas
necesarias para asegurar una suficiente disponibilidad de divisas con las
cuales continuar pagando la deuda externa.
Suele asumirse que la formación de este
sindicato fue una acción cuidadosamente planificada entre los gobiernos de los
países acreedores, los bancos prestamistas y los organismos multilaterales. Sin
embargo, los incidentes que precedieron su creación indican que el sindicato
fue gestado espontáneamente y al calor de antagónicas discusiones entre sus
miembros.
Este último razonamiento está especialmente
respaldado por dos circunstancias: en primer lugar, cuando estalló la crisis,
alrededor de las dos terceras partes del total de la deuda de América Latina
pertenecía a los acreedores privados agrupados en el Club de Londres. En
consecuencia, no parece lógico que este Club –que en ese entonces era el
acreedor de casi 7 de cada 10 dólares de la deuda- hubiese estado dispuesto a
supeditar sus propios intereses a las políticas oficialistas del Club de Paris
y del Grupo Multilateral. Además, los préstamos otorgados por los miembros del
Club de Londres tenían tasas de interés flotante y vencían en el corto plazo.
Mientras que la deuda perteneciente a los acreedores oficiales había sido
otorgada a tasas de interés fijo y a largo plazo.
Por lo tanto, al
Club de Londres –en su calidad de acreedor mayoritario- no le convenía
promediar las condiciones de alta rentabilidad que tenían sus préstamos, con
las condiciones menos rentables que tenían los préstamos de las instituciones
oficiales.
En segundo lugar, la posibilidad de repetir
otra nacionalización al estilo mexicano había generado una seria discrepancia
entre los acreedores oficiales y los acreedores privados. Mientras que los
miembros del Grupo Multilateral rechazaban de plano la idea de nacionalizar más
bancos, los miembros del Club de Londres creían que ese era el único camino
disponible para recuperar el dinero adeudado por el sector privado.
Esa discrepancia entre acreedores no había
podido ser resuelta, por lo menos a la luz pública, en los seis meses
transcurridos desde la declaración de insolvencia de México y la reunión de
Panamá. Así, desde un punto de vista humano, sí se justificaba la indignación
del banquero orador que acusaba de liberales manchesterianos a los
acreedores que se oponían a nacionalizar más bancos.
En todo caso –y a
pesar de la discrepancia y la indignación- lo cierto es que el lunes 21 de
marzo de 1983, día en que se inauguró la Asamblea del BID, para varios de
nosotros -ya lo dijimos- ‘se hizo evidente que los acreedores estaban
tratando de aglutinarse alrededor de un solo objetivo, mientras que los
deudores ni siquiera nos conocíamos unos a otros’.
La unión de los acreedores no solo que
eliminaría la libertad de los mercados de capitales –libertad que en la
práctica era lo único que históricamente había permitido distribuir riesgos y
beneficios equitativamente entre acreedores y deudores- sino que crearía un
monopolio de cobradores que podría encarecer sin limites el costo de la deuda
externa.
La constatación
de ese hecho nos obligaba a tratar de reunir a los representantes de los países
deudores para juntos elaborar una propuesta global que pudiese ser negociada en
un mismo nivel con el Sindicato de Acreedores.
Pero para
lograrlo disponíamos únicamente de los cuatro días que duraba la Asamblea y,
además, solo contábamos con los escasos contactos que podíamos establecer en la
propia ciudad de Panamá. Ante esa urgencia, improvisamos un plan cuya primera
tarea consistía en cuantificar los costos que la deuda externa tenía para cada
país, a fin de exponer ante sus representantes las ventajas que tendría el
actuar solidariamente en favor de una sola propuesta y bajo el paraguas
continental que podría ofrecernos la potencial unidad entre nosotros, los
países deudores.
El ‘club’ de Deudores
Todas las delegaciones estaban presididas
por el ministro de finanzas o por el presidente del respectivo Banco Central.
En consecuencia, los argumentos a favor de una estrategia conjunta debían
concentrarse en las ventajas financieras y de estabilidad monetaria que podrían
obtenerse para cada país. Desde luego, presentíamos que en varios casos se
considerarían mucho más importantes las ventajas de imagen personal o de tipo
político que los propios delegados creyesen poder usufructuar.
De conformidad al tamaño de la deuda de cada
país se podían diferenciar cuatro grupos: el primero integrado por México, con
una deuda superior a los 80 mil millones de dólares, Brasil con 83 mil
millones, Argentina con 43 mil millones y Venezuela con 32 mil millones. Un
segundo grupo podría formarse con Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia,
Uruguay y Costa Rica, países que tenían deudas de tamaño intermedio, entre los
tres mil y los quince mil millones de dólares. Un tercer grupo formado por
Paraguay, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Panamá y la República
Dominicana, con deudas de alrededor de 2 mil millones de dólares cada uno. Y,
un cuarto grupo, el formado por aquellos países que, no obstante su ubicación
geográfica, sus gobiernos preferían excluirlos de la geopolítica de América
Latina, tales como Belice, las Guayanas holandesa, inglesa y francesa, Haití y
las colonias caribeñas.
En el caso de
Cuba, resultaba osado inscribirla en alguno de esos grupos. Por un lado, Cuba
no constaba en la información financiera entregada por el FMI, el Banco Mundial
o el BID. Por otro lado, quizás precisamente por esa falta de información, se
presumía que Cuba no tenía ninguna deuda pendiente con la banca internacional.
De todas maneras, cualquier elucubración habría resultado inútil. Ningún
delegado cubano había sido invitado a la reunión de Panamá.
Al principio creímos que los 4 países
ubicados en el primer grupo -México, Brasil, Argentina y Venezuela- serían los
más entusiastas en apoyar una negociación conjunta. Al tener las deudas más
grandes, en una acción global cosecharían los mayores beneficios. No obstante,
la situación particular de sus gobernantes los predisponía en contra de nuestra
propuesta.
En el caso de
México, la nacionalización había convertido a su gobierno en la vedette mimada
por la banca internacional. Esa luna de miel podría agriarse al integrar un
bloque con el resto de América Latina. En el caso de los regímenes militares de
Brasil y Argentina, estos se encontraban en franca retirada y, es de suponer,
preferían que sean sus sucesores quienes asuman la responsabilidad de unirse
con otros gobiernos civiles. Por último, en el caso de Venezuela, a pesar del
gran tamaño de su deuda, esta podía ser fácilmente amortizada con sus abultados
ingresos petroleros. Por lo tanto, su gobierno no visualizaba ninguna ventaja
para integrarse al resto de América Latina.
El cuarto grupo
también tenía que descartarse, por cuanto sus países se excluían de la
geopolítica de América Latina o porque oficialmente carecían de deuda externa.
Así, nuestra tarea tendiente a tratar de unificar a los deudores alrededor de
una propuesta global, tendría que concentrarse en los catorce países que
conformaban el segundo y tercer grupo.
De acuerdo a la nómina de los participantes,
cada delegación estaba presidida por el ‘Gobernador ante el BID’, que había
adquirido ese status por ser el ministro de finanzas de su país. En cada
delegación, además, participaba algún funcionario técnico que, por su trabajo,
era quien más conocía las cifras y la problemática de la deuda externa.
Decidimos que
nuestro primer contacto debía efectuarse a través de esos funcionarios técnicos
porque -así suponíamos- su conocimiento los tornaba sensibles a las ventajas
económicas que cada país obtendría al ser parte de una estrategia común.
Por otro lado,
los ‘gobernadores’ generalmente permanecían acompañados de sus asistentes y –en
algunos casos- hasta de sus guardaespaldas, lo cual hacia difícil tratar de
establecer con ellos algún diálogo informal en los pasillos del hotel, en el
comedor o en el ascensor.
La otra
alternativa, solicitar una cita formal y por escrito, quedaba de plano
descartada, en virtud del escaso tiempo que teníamos antes de que la Asamblea
concluya.
Desde el mismo día lunes 21 de marzo -en que
se inauguró la Asamblea y nos percatamos que los acreedores ya se habían organizado para actuar en bloque y por fuera
del mercado- empezamos a planificar nuestra reunión. Así, para la tarde del
miércoles ya habíamos logrado contactarnos con la mayoría de las delegaciones
del segundo y tercer grupo.
Nuestro primer
objetivo se limitaba a conseguir que los jefes de delegación o ‘gobernadores’,
acepten asistir a una sesión conjunta en donde -así esperábamos- pudiésemos
persuadirlos de la conveniencia de analizar entre todos la posibilidad de
formar un Consorcio de Deudores que, eventualmente, fuese capaz de negociar con
el Sindicato de Acreedores en un mismo nivel jerárquico, diplomático, técnico y
político.
La mayoría de los funcionarios que
contactamos expresaron estar dispuestos a asistir a dicha reunión. Además,
ofrecieron informar lo más pronto posible a sus ‘gobernadores’ sobre el
propósito que tendría la reunión a fin de que tuviesen tiempo para, desde
Panamá, comunicarse con sus respectivos países en caso deseasen realizar
cualquier consulta técnica o política. De esta manera, cada delegación podría
contar con algún criterio oficial de manera previa a la reunión que, así se
programó, se efectuaría a las tres de la tarde del jueves, antes de la clausura
de la Asamblea del BID.
Ecuador
El respaldo de la delegación del Ecuador a
la propuesta de una acción conjunta tenia una especial importancia para quien
estas líneas escribe. Sin ese respaldo, cualquier razonamiento técnico en favor
de un Consorcio de Deudores quedaría debilitado ante la evidencia de que: ni
en su propio país lo apoyan.
Lastimosamente yo no tenía acceso a la
cúpula del gobierno ecuatoriano. Conocía muy someramente al ministro de
finanzas o ‘gobernador’ por Ecuador, sin embargo tenía la impresión de que
sobre la voluntad de dicho ministro, más que su interés personal podía pesar el
interés colectivo. No obstante cualquier decisión debía consultarse
telefónicamente al presidente de la república, quien había asumido ese cargo
pocos meses antes a causa de la muerte del presidente titular en un accidente
de aviación.
Debido a ese antecedente, el Presidente
actuante carecía del respaldo que confiere un triunfo en las urnas. Esa
debilidad se agudizaba por otras dos circunstancias: por un lado, la mayoría de
los congresistas ecuatorianos se habían pasado a formar parte de la oposición
y, por otro lado, los influyentes gremios del sector privado le habían
declarado un radical antagonismo. Así, el Presidente estaba acorralado por la
necesidad de defender su supervivencia en el cargo.
Bajo esas
circunstancias resultaba ilusorio solicitar el apoyo del gobierno ecuatoriano a
la idea de formar un Consorcio de Deudores que, desde luego, se preveía que
podría recibir un feroz rechazo por parte del poderoso grupo de acreedores.
En base a esos
antecedentes decidí esperar hasta el jueves antes de contactar al ‘gobernador’.
Para ese entonces –así yo suponía- algunos delegados latinoamericanos ya se
habrían expresado abiertamente en respaldo a la propuesta de que los países
deudores conformemos un frente unido.
La propuesta
En la tarde y noche del miércoles, en una
maquina de escribir prestada por la administración del hotel –el computador
portátil aún no estaba disponible- me encerré en la habitación para preparar un
documento que podría orientar las discusiones que debían realizarse en la
reunión del jueves. En el documento
resumía los cuatro argumentos que, en nuestro personal criterio,
respaldaban la idea de unificar las gestiones de los países deudores para
lograr negociar en un nivel de igualdad frente al unificado Sindicato de
Acreedores.
El primer argumento puntualizaba la
eficiencia que podría obtenerse al concentrar las negociaciones en una sola
entidad administrativa, en lugar de que cada país tenga que organizar sus
propias oficinas y cuerpos burocráticos. Este argumento en realidad se limitaba
a plagiar uno de los razonamientos que ya habían sido utilizados por los
acreedores para unirse entre sí.
En efecto, a
partir de la moratoria declarada por México, los acreedores –es decir, los
bancos transnacionales asociados en el Club de Londres, los gobiernos agrupados
en el Club de Paris y los organismos financieros integrantes del Grupo
Multilateral- habían justificado su accionar monopólico arguyendo que si cada
prestamista comenzaba a renegociar individualmente con los deudores se
produciría una caótica mezcolanza de tasas de interés, plazos de amortización y
condiciones de pago, que podría quebrantar el equilibrio existente en los
mercados financieros y de capitales.
Para evitar esa
posibilidad, el Chase Manhattan Bank había reunido a un grupo de acreedores en
el centro de conferencias ubicado en el Ditchley Park de Londres, con el
propósito de planificar las acciones necesarias para que los bancos, en lugar
de competir entre sí tratando de ser los primeros en cobrar las deudas, más
bien puedan negociar y enfrentar juntos la poca capacidad de pago de los países
deudores.
Una de las
primeras resoluciones adoptadas por el ‘Grupo Ditchley’ -como inicialmente se
denominó- fue la de organizar un instituto capaz de centralizar toda la
información referente a la deuda del tercer mundo. Efectivamente, en un plazo
más bien corto, el 12 de enero de 1983 se inauguró en Washington el Instituto
de Finanzas Internacionales –el IFI- cuyos fundadores fueron los 35 bancos más
grandes que entonces contabilizaban una acreencia en el tercer mundo superior a
270 mil millones de dólares.
Sobre la base de
ese antecedente –ya en Panamá- creímos
que el mismo argumento de eficiencia administrativa utilizado para crear
el ‘Grupo Ditchley’, podía servir para unificar a 18 países latinoamericanos
cuya deuda conjunta superaba los 320 mil millones de dólares.
El segundo argumento también se inspiró en
el accionar de los propios bancos. Al atardecer del lunes –y como consecuencia
del discurso del banquero orador que puso en evidencia un posible conflicto
entre acreedores- cruzando información con varios asistentes nos percatamos que
a lo largo de los siete meses transcurridos desde la declaración de la
insolvencia de México, los acreedores habían evitado realizar ninguna gestión
de cobro individual; abstencionismo que resultaba insólito en virtud de que los
contratos de la deuda sí habían originalmente sido negociados de manera
individual entre acreedor y deudor.
Ese abstencionismo, entonces, solo podía
indicar un pacto informal entre acreedores para evitar que entre ellos se
realice cualquier competencia desleal.[7]
Eventualmente ese
pacto fue formalizado y reubicado bajo la responsabilidad de los deudores, a
través de los contratos de renegociación de deudas suscritos a partir segundo
semestre de 1983, en los cuales se prohíbe a los deudores dar preferencia de
pago a ningún acreedor en particular. Esta prohibición se oculta bajo la
denominada cláusula del pari passu,
Así, en nuestro
segundo argumento aceptábamos como un hecho consumado la decisión de los
acreedores de no negociar individualmente con nosotros los deudores; pero
concluíamos que los deudores tampoco
debíamos negociar individualmente con los acreedores.
En el tercer argumento rebatíamos la tesis
expuesta por los acreedores, para quienes el unificar las gestiones del Club de
Paris, del Club de Londres y del Grupo Multilateral bajo un solo cartel o
sindicato, tenia como único propósito el de posibilitar una negociación de
suma positiva. Es decir, una negociación en la cual todos los
participantes ganan o, en un caso límite, el participante que no gana tampoco
pierde.
Nosotros
replicábamos que en el sector financiero cualquier negociación de suma
positiva, es factible únicamente cuando ambos participantes están en el
mismo lado: acreedor con acreedor, deudor con deudor, inversionista con
inversionista, etcétera; pero que cuando los participantes se encuentran en
lados opuestos -como es el caso de acreedores versus deudores- la creación de
cualquier cartel o club, necesariamente tendría como resultado final una
negociación de suma cero. Es decir, una negociación donde la mayor
ganancia de un participante, forzosamente requiere una mayor perdida del otro.
El cuarto argumento –el más trascendente-
recalcaba el hecho de que si los acreedores negociaban en bloque y los deudores
lo hacíamos individualmente, quedaríamos excluidos de participar en él -hasta
ese entonces- mercado libre de capitales.
Para explicar este cuarto argumento,
destacábamos que el mercado internacional de capitales esta constituido por dos
segmentos: el mercado primario y el mercado secundario.
El mercado
primario corresponde a aquella instancia en la que el prestamista le
entrega dinero al prestatario quien, en garantía, suscribe los pagarés en los
cuales se especifica el monto, el plazo y los intereses del préstamo. [8]
El mercado
secundario, por otro lado, se genera cuando los pagarés recibidos por el
prestamista son puestos a la venta y adquiridos por un tercero que pasa a ser
el nuevo acreedor. Desde luego, en un mercado libre los pagarés también pueden
ser comprados por el propio deudor que desee rescatar parte de su deuda.
Así, la principal diferencia entre el mercado
primario y el secundario, es
que en el primero la transacción se realiza entre el acreedor y el deudor;
mientras que en el secundario la transacción puede realizarse entre dos
acreedores o también entre acreedor y deudor. Era esta última alternativa la
que se eliminaba con la cláusula del
pari passu, que en definitiva prohibía a los deudores intervenir en el mercado
secundario.
Nuestra preocupación, desde luego, no se
limitaba a tratar de preservar el buen funcionamiento del mercado libre, sino
que la crisis financiera nos hacia prever una drástica caída en el precio de
los pagarés. Desde esa perspectiva, si es que los deudores quedábamos excluidos
de negociar en el mercado secundario, la caída en los precios
beneficiaría exclusivamente a los nuevos acreedores.
En virtud de que esos cuatro precedentes –el
Grupo Ditchley, el pacto del pari passu, la alianza suma
cero y el cierre del mercado secundario- concentraban el poder de
negociación en manos de los acreedores al impedir que el mercado funcione;
presumía que en la reunión una mayoría de asistentes apoyaría nuestra propuesta
a favor de que los países deudores también nos unamos.
La ‘reunión’
El jueves temprano obtuve 24 fotocopias del
documento para distribuirlas en la pretendida sesión de esa tarde. Además, en
la recepción del hotel deposité una lista que contenía los nombres de las
personas que constituían el principal contacto con cada delegación, a fin de
que se les indique la ubicación de la sala y les recuerden que la reunión se
iniciaría a las tres de la tarde.
A media mañana busqué al Ministro de
Finanzas del Ecuador para invitarlo a la reunión y exponerle las ventajas que
una acción conjunta tendría para nuestro país. Fue cuando recibí la primera
sorpresa del día: el ministro ya no estaba en el hotel. Esa mañana había salido
intempestivamente. La sorpresa logró debilitar nuestra estrategia original al
no poder obtener el apoyo ecuatoriano. Desde luego, la imprevista partida del
Ministro no podía estar relacionada con nuestros planes por la sencilla razón
de que él no los conocía. Al menos así yo creía.
La segunda sorpresa la recibí en la sala
donde debía efectuarse la reunión cuando -a las tres y diez de la tarde- entró
el amigo uruguayo que me informó que ‘nadie vendrá’ mientras me
entregaba el periódico The Wall Street Journal. Allí en el periódico,
muy visible, se observaba la noticia que explicaba la deserción de las
delegaciones y el fracaso de la reunión. La noticia tenía un encabezado que, es
de suponer, habrá causado alferecía en más de un funcionario del gobierno ecuatoriano.
La
noticia recogía un hecho verídico, pero dos palabras de su encabezado
-‘Ecuador’ y ‘Club’- deformaban la verdad:[9]
|
Diario El Tiempo jueves,
24 de marzo de 1983
________________________________________________________________________ Formar Club de Deudores propiciado por
Ecuador |
|
|
WASHINGTON, 22 (EFE).– Medios financieros de Washington
indican que el asesor financiero ecuatoriano, Alfredo Vergara, realiza
consultas en Panamá para conseguir respaldo de países como Bolivia, Uruguay y
otros con problemas similares en su deuda externa. Las
consultas las hace Vergara en el marco de la reunión de gobernadores del BID
que se celebra en Panamá y que debe ser clausurada mañana. Por su parte,
fuentes de la banca privada de Nueva York indicaron a ‘The Wall Street
Journal’ que no se daría curso a ningún proyecto que presente un ‘Club de
Deudores’. El
periódico reprodujo las declaracio-nes del presidente del BID, Antonio Ortiz
Mena, que afirmó en Panamá que una propuesta en ese sentido ‘esta destinada
al fracaso’. Ortiz Mena opina que las naciones de la región tienen problemas
con el pago de su deuda pero mantienen su capacidad para hacer frente a sus
compromisos financieros. Monto de
la deuda externa Vergara considera que un acuerdo
de los países que en conjunto
totalicen una |
deuda externa de 50.000 millones de dólares,
podría concederles posibilidades de
negociar con la banca internacional. El
delegado ecuatoriano ante la reunión del BID afirmó que varias naciones
ibero-americanas tienen problemas comunes respecto a su deuda externa. Las
consultas de Vergara giran sobre los siguientes cuatro puntos: -Que se
declare la moratoria para los principales pagos por lo que queda del año,
entre tanto se negocien nuevas condiciones de amortización e intereses. -Que la reprogramación de pagos empiece a
ejecutarse después de los próximos seis años con supresión de las principales
amortizaciones durante los dos primeros. -Que los bancos privados reduzcan las tasas de
interés sobre la reprogra-mación de las deudas. -conseguir el compromiso de las fuentes
financieras privadas de continuar con los préstamos para la región. Vergara
considera que un acuerdo en ese sentido podría dar a los países una capacidad
negociadora que ahora no dis-ponen, pero advirtió que no espera res-paldo de las naciones con mayor deuda. |
El encabezamiento de la noticia deformaba la
verdad debido a dos hechos: en primer lugar, era imposible que el Gobierno
hubiese tenido tiempo para propiciar la formación de un club cuya
necesidad recién se había evidenciado tres días antes. En segundo lugar,
cualquier ‘patrocinio’ -de ser el caso- habría sido canalizado a través de
algún funcionario del gobierno y no por intermedio de un profesional
independiente.
Por otro lado, la utilización de
la palabra ‘Club’ en la edición de los periódicos en idioma español, no
concordaba ni con la noticia en idioma inglés originalmente publicada por The
Wall Street Journal, ni con los argumentos que habíamos expuesto en Panamá.
En efecto, los editores de The Wall Street Journal habían
utilizado la expresión ‘Cartel de Deudores’ (Debtors` Cartel) y no la de
‘Club de Deudores’.
La principal diferencia entre esas dos
expresiones radica en el hecho de que la palabra ‘club’ define a un grupo cuyos
miembros poseen alguna característica exclusiva que excluye a quienes no la
poseen, mientras que la palabra ‘cartel’ define a un grupo cuyos miembros se
unen para impulsar algún objetivo común. Desde esa perspectiva, resultan
adecuados los nombres de ‘Club de París’ y ‘Club de Londres’, en cuanto a que
en ambos casos se excluye a los acreedores que no alcancen un determinado nivel
de acreencias. Pero la propuesta de organizar un consorcio de países deudores
con el propósito común de renegociar juntos la deuda, encaja mejor en el
concepto de ‘cartel’.
En todo caso, la confusión de conceptos fue
inmediatamente utilizada por los acreedores para equiparar nuestra propuesta
con la de un ‘club’ de países que no querían pagar la deuda; ‘club’ del cual
tendrían que excluirse por voluntad propia todos los gobiernos responsables que
sí estaban dispuestos a honrar sus compromisos financieros.
Esa era la
conclusión que explícitamente respaldaban los bancos de Nueva York y el
presidente del BID, Antonio Ortiz Mena, al declarar que ‘no se daría curso a
ningún Club de Deudores’; advertencia que –debemos puntualizar- se había
emitido incluso antes de que los países deudores hubiésemos podido reunirnos
una primera vez. Al inmenso poder de los acreedores solo podía hacer sombra la
claridad de sus objetivos.
Hubiera sido inútil tratar de averiguar a
través de quien se filtró la noticia hasta The Wall Street Journal.
Había conversado con demasiadas personas. En todo caso debo admitir que actué
sin la más mínima y elemental prudencia, sin ninguna estrategia y subestimando
la capacidad de maniobra de la banca acreedora y de sus poderosos aliados. La
única excusa para explicar mi imprudencia quizá pueda basarse en el hecho de
que, en ese momento, era imprescindible y urgente enfrentar la maniobra que los
acreedores se encontraban tramando para impedir que los deudores podamos
participar libremente en el mercado de capitales.
Los hechos, como averiguamos después, habían
seguido una cronología lógica y directa: The Wall Street Journal
había publicado la noticia en su temprana edición del miércoles. Con el
periódico en una mano y el teléfono en la otra –y quizá antes de haber
desayunado- los ejecutivos de los bancos acreedores habían lanzado una colérica
cascada de advertencias, amenazas y exhortaciones que emergían desde Nueva York
y Washington y fluían hacia las capitales de América Latina.
Las amonestaciones, aunque informales,
tuvieron un efecto inmediato. Entre la tarde del miércoles y la mañana del
jueves, todas las delegaciones que hubieran podido estar en nuestra frustrada
reunión, habían receptado desde sus correspondientes países algún tipo de
notificación que les prohibía asistir.
A las tres y
cuarto de la tarde de ese jueves, luego de que el amigo uruguayo tuvo la
amabilidad de avisarme que nadie vendría y mientras recogía las copias que
minutos antes yo mismo había inútilmente distribuido sobre la mesa, no podía
definir si la pesadumbre que sentía afloraba por la evidencia del fracaso o por
el tufillo a soledad.
Sin embargo, al observar la mesa, los
sillones, los vasos, las jarras con agua y los ceniceros que quedaban
inmaculadamente limpios, intuí que mi pesadumbre se originaba al constatar que,
a pesar de tenerla lista y servida, una oportuna propuesta de unidad
latinoamericana había sido sumisamente desechada.
Corolario
Transcurrió más de un año antes de que los
gobiernos de América Latina se percataran que el mercado de capitales había
sido confiscado por el bloque acreedor. Cuando intentaron reaccionar ya era
demasiado tarde.
El 19 de mayo de 1984 –es decir,
transcurridos más de 14 meses desde nuestra abortada reunión- los presidentes
de Argentina, Brasil, Colombia y México, resolvieron enviar una carta a la
cumbre del ‘Grupo de los Siete’ que se encontraban reunidos en Londres; carta
en la cual proponían establecer un ‘diálogo constructivo para buscar
acuerdos conjuntos sobre el tema de la deuda externa’.
A pesar de que
los mandatarios de los siete países acreedores más ricos estaban ocupados,
fueron lo suficientemente amables para dedicar algunos minutos para leer la
carta. La respuesta fue emitida por intermedio del presidente Ronald Reagan,
quien aconsejaba a los presidentes latinoamericanos dirigirse a las oficinas
del FMI en Washington, debido a que esa era la institución que estaba
coordinando los asuntos referentes a la deuda del tercer mundo.
Un mes después,
el 21 y 22 de junio de 1984, se citaron en Cartagena los cancilleres y
ministros de finanzas de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador,
México, República Dominicana, Perú, Uruguay y Venezuela, para firmar un
documento bautizado como el ‘Consenso de Cartagena’, en el cual se
proponía crear una oficina de consulta e información estadística que pudiese
ser usada en conjunto por los países deudores. La oficina –que quizás pretendía
ser la contraparte de la creada por el ‘Grupo Ditchley’- jamás llegó a
funcionar.
Finalmente, en el mes de septiembre de 1984,
los integrantes del ‘Consenso de Cartagena’ volvieron a reunirse, esta
vez en la bella ciudad de Mar del Plata. En el documento oficial de la reunión
–el ‘Comunicado de Mar del Plata’- se formulaba un taciturno llamamiento
a los países acreedores para sostener un diálogo político en torno a los
problemas de la deuda.
Esa fue la última vez que nuestros gobiernos
oficialmente mencionaron, aunque sea de manera indirecta, la posibilidad de
establecer un tratamiento global a la deuda externa. Después de la reunión de
Mar del Plata, la iniciativa en el tratamiento de la deuda fue retomada por los
acreedores con el Plan Baker formalizado a fines de 1985, con el Plan Brady
anunciado en marzo de 1989 y con la serie de diferentes esquemas ‘al margen del
mercado’ y ‘caso por caso’ que, desde principios de la década de los 90 y hasta
la actualidad, han sido propuestos y manejados por el bloque acreedor.
Las consecuencias posteriores son bastante
conocidas. La deuda de América Latina que al iniciarse la crisis en 1982 era de
alrededor de 300 mil millones de dólares, a principios del tercer milenio ya
supera los 850 mil millones; entre 1982 y el año 2000 hemos pagado a los
acreedores un total de 960 mil millones: 576 mil millones por intereses y 384
mil millones por amortización. Por lo tanto, América Latina ha transferido un
total de 1510 mil millones de dólares, contabilizando los 550 mil millones de incremento
de la deuda más los 960 mil millones de transferencias. En consecuencia
-adquiriendo nueva deuda para cubrir deuda antigua- hemos cubierto 5 veces el
valor de la deuda original, sin que ésta haya disminuido.
Por último, si contabilizamos el total
pagado desde 1982 sobre los 300 mil millones de dólares iniciales, los réditos
alcanzan una tasa de rentabilidad bruta del 28 por ciento; rentabilidad que
triplica el promedio de la renta obtenida en el mercado internacional de
capitales. En definitiva, la deuda de América Latina ha constituido un negocio
tres veces más rentable que los otros negocios de la banca acreedora.
Esa rentabilidad,
desde luego, ha sido generada porque la acción conjunta de los acreedores
–especialmente a través del pari passu- ha impedido que el libre juego
de oferta y demanda distribuya el riesgo financiero entre todos los
participantes y reduzca el precio de nuestros pagarés en el mercado
secundario.
En el actual horizonte nos atrevemos
nuevamente a pregonar que -en un mundo ya globalizado- lo que impide que
América Latina pueda dejar atrás el dogal de la deuda es la existencia del
cartel de acreedores formado por el Club de Paris, el Club de Londres y el
Grupo Multilateral; cartel que impide que el mercado pueda funcionar libremente
y sin pari passu, para que podamos negociar y cancelar en su verdadera
cotización los devaluados pagarés de nuestra deuda.
3
__________
EN LA
RESACA
Fecha: Lunes,
28 de marzo de 1983.
Lugar: Las
Capitales de América Latina.
Entorno: Regalando
deudas.
La asamblea del BID en Panamá concluyó
el viernes 25 de marzo de 1983. En el transcurso de los días sábado y domingo,
la mayoría de los asistentes –deudores y acreedores- regresaron a sus
respectivos países para, a partir del día lunes, reanudar sus labores
habituales. Pero los deudores retornaron acarreando una perspectiva
diametralmente distinta a la que habían adquirido los acreedores.
En la perspectiva de los deudores
descollaba esa sensación de congoja que suele brotar al concluir una gran
farra, como deben haberlo comprobado en carne propia los mexicanos que por tres
días y tres noches bailaron en la Plaza del Zócalo. Pero ellos no fueron los
únicos en sentirla. La misma congoja invadió otros países de América Latina una
vez que esa gran parranda de préstamos que por una década fue alimentada con
abundantes petrodólares, finalmente concluyó.
Así, tras la cruda mexicana
vinieron la ressaca brasileña, la cañamala chilena, el ratonado
venezolano, la chaqui boliviana, la encurda argentina, la kaù
koè paraguaya, el chuchaque ecuatoriano, el guayabo
colombiano, la resaca peruana y uruguaya, y la mona, el ratón
y el bolo centroamericanos.
En contraste, en la perspectiva de los
acreedores descollaba esa sensación de
placidez que perdura tras una exitosa primera cita.
La alegría se originaba en el hecho de
que -a pesar de las discrepancias que la ‘nacionalización a la mexicana’
provocó al interior del consorcio formado por el Club de Paris, el Club de
Londres y el Grupo Multilateral- los acreedores habían logrado aglutinarse
alrededor de una sola tesis: aquella que sostenía que los gobiernos de América
Latina, además de pagar la deuda pública, también debían cubrir o solventar el
pago de la deuda del sector privado.
La tesis obtuvo un
entusiasta y poderoso apoyo en el ámbito continental. Sin embargo resultaba
difícil armar un mecanismo que –sin ‘nacionalizar’- posibilite al Estado
absorber las deudas privadas y que pueda ser aplicado de manera uniforme en los
diversos y divididos países de América Latina. Para obviar ese obstáculo se
decidió que cada gobierno ensamblaría su propio mecanismo de absorción de
deudas, conforme a las condiciones
sociales y políticas propias de cada país.
Así, a partir del mes de abril de
1983, tanto los funcionarios de los países deudores como los de la banca
acreedora y de las instituciones multilaterales -especialmente del FMI y del
Banco Mundial- emprendieron una frenética cadena de viajes de ida y vuelta
entre las capitales de América Latina y Washington, ya sea para recibir
instrucciones o ya sea para impartirlas.
Esas correrías pronto dieron sus
frutos. Antes de que el año de 1983 haya finalizado, prácticamente en todos los
países de América Latina se había logrado ensamblar algún mecanismo a través
del cual el Estado solventaba o garantizaba el pago de las deudas contraídas en
dólares por individuos, sociedades o por las empresas del sector privado.
Para armar esos mecanismos se requería
acoplar sofisticados laberintos de ingeniería financiera. Felizmente todos
pudieron ser ensamblados con éxito al combinar trozos de los siguientes modelos: la ‘capitalización’ chilena;
la ‘chucuta’ venezolana; la ‘sucretización’ ecuatoriana; y, la ‘desdolarización’
argentina. Comparémoslos.
La ‘capitalización’ chilena
En 1983 Augusto Pinochet cumplía una
década como jefe del gobierno militar chileno, posición a la cual había
arribado blandiendo como bandera de combate la necesidad de impedir que el
gobierno socialista de Salvador Allende nacionalice los bienes y negocios del
sector privado. Debido a ese antecedente, para Pinochet resultaba patéticamente
embarazoso nacionalizar las deudas del sector privado.
La contradicción,
además, se tornaba más evidente a causa de dos circunstancias adicionales. Por
un lado, a diferencia de los otros países latinoamericanos, en Chile la mayor
parte de la deuda externa había sido contratada por el sector privado; y, por otro
lado, el equipo económico del gobierno estaba firme y genuinamente cohesionado
alrededor de la tesis de que tanto las ganancias como las perdidas de los
negocios privados, debían pertenecer exclusivamente a quien los conciba y los
ejecute.
Esas contradicciones eventualmente
provocarían el encarnizado degüelle de los jefes del equipo económico que se
produjo en relación al manejo de la deuda externa. En poco tiempo fueron
rodando sucesivamente las cabezas de Sergio de Castro, Sergio de la Cuadra,
Rodolfo Lüders, Carlos Cáceres, Luis Escobar y Hernán Büchi.
Ese desgrane de
cabezas, desde luego, no parecía haber sido propiciado por Augusto Pinochet,
porque fue él mismo –por lo menos en un primer momento- quien intentó mantener
en alto
la propuesta de que sean los propios
deudores quienes, sin intervención del gobierno, renegocien las condiciones de
pago con los acreedores externos. No obstante y a pesar del poder interno que
tenía Pinochet -así como del respaldo internacional que abiertamente le habían
otorgado por más de una década los gobiernos de los Estados Unidos y de otros
países del primer mundo- su reticencia a nacionalizar la deuda tuvo que
sucumbir en el instante mismo en que los bancos acreedores amenazaron con
suspender el financiamiento al comercio chileno, si es que Pinochet no aceptaba
absorber y garantizar el pago de la deuda privada.
Pero en una
sociedad como la chilena –que para entonces ya poseía una amplia cultura
económica- resultaba difícil tratar de beneficiar solo a un grupo de la
sociedad, sin que los otros grupos se sientan estafados. Ante ese dilema, el
gobierno tuvo que ensamblar un complejo mecanismo de subsidios, ayuda y rescate
financiero, en cuya confección sobresalió la capacidad creativa de todos –cada
uno en su turno- los distintos jefes del equipo económico.
Al final, el mecanismo consistió en
fusionar tres grupos de deudores clasificados con base a las siguientes
características: un primer grupo conformado por aquellos cuya deuda estaba
contabilizada en dólares; un segundo grupo conformado por aquellos cuya deuda
estaba registrada en pesos chilenos; y, un tercer grupo, conformado por
aquellos bancos domésticos que mantenían deudas pendientes con los acreedores
externos. Los miembros de esos grupos, desde luego, no se excluían entre sí.
Por el contrario, los casos más abundantes eran los de aquellos individuos que
pertenecían simultáneamente a por lo menos dos de los tres grupos.
Una vez establecidas esas tres clases
de deudores, se decretó que el Banco Central financie un fondo destinado a
subsidiar las tres siguientes operaciones: la primera, la venta de dólares a
los individuos del primer grupo,
aplicando un tipo de cambio preferencial y en montos suficientes para cubrir
todas sus deudas externas; la segunda, la concesión de préstamos en condiciones
blandas y a un interés altamente subsidiado a los miembros del segundo grupo;
y, la tercera, la compra por parte del Banco Central de toda la cartera que los
bancos del tercer grupo voluntariamente quisiesen vender al Estado.
Como es obvio suponer, los bancos
privados prefirieron vender al Banco Central de Chile toda aquella cartera
originada en los préstamos que habían sido otorgados a sus propios accionistas
sin garantía real y, por lo tanto, altamente irrecuperable. Esa cartera -que
hasta ahora permanece registrada como si de verdad fuera recuperable- fue
inscrita dentro del balance de los Activos del Banco Central bajo el
nombre de Inactivos, lo cual denota el sutil humor que prevalecía en
aquella época.
El sentido del humor también se hizo
presente en los informes oficiales del gobierno. En esos documentos el proceso
mediante el cual el gobierno utilizó los recursos pertenecientes a todos los
chilenos para pagar las deudas de una selecta parte de la población, se
denominó: ‘Capitalización y Fomento del Sector Privado’.[10]
La ‘chucuta’ venezolana
En Venezuela, el gobierno también decidió repartir a precios bajos
los dólares del Banco Central, pero sin establecer grupos de deudores –como se
hizo en Chile- sino desmembrando el
mercado en cuatro segmentos y en cuatro precios: el precio más
bajo se fijó para el primer segmento, destinado para aquellos que necesitaban
dólares para pagar deudas o para importar bienes y servicios calificados como esenciales;
el segundo segmento estaba destinado a cubrir la demanda de aquellos que
deseaban importar bienes y servicios calificados como no esenciales; el
tercer segmento estaba limitado a varios rubros que obligatoriamente debía
cubrir el Banco Central; y, el cuarto segmento –denominado el ‘segmento del
mercado libre’- en el cual debían efectuarse, a precios de mercado, las
operaciones no contempladas en los tres
segmentos anteriores.
El mecanismo terminó de perfeccionarse el 15 de septiembre de
1983. Para esa fecha, en el primer segmento los dólares del banco central se
vendían en 4 Bolívares con 30 centavos, mientras que en el cuarto segmento los
dólares se negociaban a un precio que oscilaba en alrededor de 10 Bolívares.
Como es obvio suponer, cualquier honesto ciudadano podía duplicar
su fortuna en apenas un par de horas, si era lo suficientemente despierto como
para comprar dólares baratos en el primer segmento y luego venderlos caros en
el cuarto.
Desde luego, aunque el ciudadano
no fuera tan despierto, de todas maneras podía lucrar del negocio si era lo
suficientemente mundano como para tener algún socio, algún amigo o algún
pariente, incrustado en el gobierno.
Parece que quien sí era muy despierto, pero no muy mundano, fue un
ciudadano de nacionalidad venezolana y de nombre Ho Fuk Wing, quien fue
apresado el 1 de junio de 1989 y liberado tres años más tarde, sin que haya
logrado descubrir cual mismo fue el motivo legal de su apresamiento.
Al salir libre
declaró ante los periodistas: ‘Más de 200.000 empresarios se beneficiaron
con la compra de dólares baratos, pero fui el único preso. Fui un preso
político’. A partir de entonces, dicho ciudadano es más conocido bajo el
seudónimo de ‘el chino expiatorio’.
A pesar de esa gran cantidad de
beneficiarios –más de 200 mil de acuerdo al ciudadano Ho Fuk Wing- varios
empresarios expresaron que el subsidio otorgado por el gobierno no les había
satisfecho, que sus ganancias no habían sido suficientes, que en otros países
se podían obtener mayores utilidades y que solo habían recibido una ayuda ‘chucuta’.
La ‘sucretización’ ecuatoriana
En Ecuador, a diferencia de Venezuela,
la estatización de la deuda privada no benefició a un número relativamente
amplio de individuos, sino que se concentró en apenas 410 deudores[11].
Ese relativamente pequeño grupo de
beneficiarios, posibilitó que en la estatización ecuatoriana no se requiera
agrupar a los deudores como en Chile, ni segmentar al mercado como en
Venezuela, sino que la ayuda fue entregada directamente a cada uno de los 410
influyentes deudores.
El mecanismo,
además, hizo gala de una inaudita sencillez: el gobierno bonachonamente se
auto-impuso la obligación de pagar a los bancos extranjeros la totalidad de la
deuda externa de los deudores privados y, en tímida contraparte, los 410
deudores se comprometían a entregar al Banco Central una cierta cantidad de
sucres –la moneda oficial del Ecuador- la misma que eventualmente alcanzó un
máximo de 100 sucres por cada dólar adeudado.
Como el plazo para entregar los sucres
fue pactado en 7 años –plazo en el cual el dólar ya costaba alrededor de 1.000
sucres- el gobierno en la práctica regaló a cada deudor privado, nueve dólares
por cada diez que adeudasen.
Ese obsequio fue bautizado con el
nombre de ‘sucretización’, que reflejaba el hecho de que -mediante un
simple decreto del gobierno y como si fuera un acto de alquimia- convertir una
deuda cara en dólares en una deuda barata en sucres, utilizando el dinero de
todos los habitantes del Ecuador.
Como corolario, a principios del año
2000, el gobierno del Ecuador –que pertenecía al mismo partido político del
gobierno que en 1983 ‘sucretizó’ la deuda- ejecutó la misma alquimia
pero en dirección inversa: devaluó hasta convertir en pomada los salarios en
sucres, para después transmutarlos a su mínimo valor en dólares, la nueva
moneda nacional.[12]
La ‘desdolarización’ argentina
A
diferencia de lo que sucede en Chile, Venezuela y Ecuador, donde las empresas
estatales son las que generan las principales exportaciones, en Argentina son
las empresas privadas las que controlan los dólares necesarios para pagar la
deuda externa.
Esa diferencia
impidió al gobierno argentino utilizar alguno de los artificios de subsidio,
venta barata o entrega directa de dólares que se aplicaron en los otros tres
países. Para esquivar ese obstáculo, se legalizó un mecanismo llamado ‘Seguros
de Cambio’, con el cual el Estado se comprometía a cubrir con pesos
argentinos, cualquier incremento en el precio del dólar que se produzca entre
1982 y el momento en que las empresas e individuos del sector privado debían
pagar su deuda externa. A través de este mecanismo, el Estado asumió el pago
del 90 por ciento –cifra que coincide con el subsidio de la ‘sucretización’
ecuatoriana- de los 15 mil millones de dólares que en 1982 adeudaba el sector
privado de Argentina.
Pero en Argentina las consecuencias de
la estatización de la deuda privada, tuvieron un efecto mucho más profundo que
en el Ecuador, Chile o Venezuela, por cuanto la falta de una fuente propia de
divisas, obligó al gobierno a incrementar de manera permanente la emisión e
impresión de pesos argentinos. Este incremento, a su vez, generó un aumento
también permanente en el déficit fiscal y en la inflación.
El
mecanismo para cubrir las perdidas en dólares entregando subsidios en pesos
–que en un primer momento fue bautizado con el nombre de ‘desdolarización’-
generó el agudo proceso inflacionario que eventualmente desembocó en la
denominada ‘convertibilidad’, la cual colocó a la Argentina en el
callejón sin salida en el que, ya en pleno Siglo XXI, aún permanece.
Rentabilizando
Al final los mecanismos del aguinaldo
estatal que fueron ensamblados antes de la navidad de 1983 en Chile, Venezuela,
Ecuador y Argentina –así como las variantes que brotaron en otros países- no
solo que lograron alcanzar de manera más eficiente y discreta los mismos
objetivos de transferencia de perdidas cosechados por la ‘nacionalización’
mexicana, sino que lograron satisfacer todas las demandas exigidas en Panamá
por el banquero orador.
En efecto, los
ataques del banquero orador contra el liberalismo clásico –o usando sus propias
palabras, contra el liberalismo manchesteriano- como doctrina que
se opone a que el Estado se involucre en los negocios del sector privado; así
como sus elogios a favor de un liberalismo moderno –que él lo
rebautizó con el nombre de neoliberalismo-
y que en definitiva demanda que el Estado asuma las perdidas de los negocios
privados, no solo que fueron entusiastamente aplaudidos sino que a la postre
fueron abiertamente practicados.
El uso de esos mecanismos creados para
que los gobiernos legalmente absorban el pago de las deudas privadas -bajo
cualquiera de los modelos de nacionalización, capitalización, chucutización,
sucretización o desdolarización que se adopte- logró reducir
significativamente el temor de los acreedores de no poder recuperar los
préstamos otorgados al sector privado. Sin embargo, aunque en menor escala, aún
subsistía el temor de que tampoco los gobiernos pudiesen pagar la totalidad de
la deuda.
Con el objeto de mitigar este último
temor, bajo la tutela del Secretario del Tesoro Norteamericano James Baker, en
1985 se estableció una estrategia destinada a facilitar que los gobiernos
puedan cubrir la totalidad de los pagos. La estrategia se basaba en tres
condiciones: primero, que los países deudores reduzcan sus gastos internos;
segundo, que los bancos acreedores concedan nuevos créditos, no solo para
cubrir deuda vieja sino también para financiar nueva inversión; y, tercero, que
los préstamos del FMI y el Banco Mundial, sean económicamente rentables.
Pero como en la práctica ninguna de
esas tres condiciones llegó a cumplirse, el ‘Plan Baker’ jamás llegó a
funcionar. Así, entre 1985 y 1988, Bolivia, Brasil, Costa Rica, Ecuador,
Honduras, República Dominicana y Perú, debieron suspender nuevamente los pagos
de la deuda.
Ante esa realidad,
en 1989 el nuevo Secretario del Tesoro Nicholas Brady creó el ‘Plan Brady’, que
tenía por objeto que los bancos acreedores acepten reducir el monto de la deuda
externa, a condición de que oficialmente se les garantice que la deuda restante
y los intereses serían pagados en su totalidad.[13]
Para cumplir este propósito, los
bancos entregaron los pagarés de la deuda del tercer mundo y a cambio
recibieron los denominados ‘Bonos Brady’ que estaban garantizados por el Tesoro
Norteamericano y, sobre la base de esa garantía, podían ser libremente negociados
en los mercados de capitales.[14]
No obstante los ‘Bonos Brady’ tampoco
lograron sobrevivir por mucho tiempo. A mediados de los años 90 una nueva
crisis financiera emergió en América latina -la del ‘efecto tequila’- la cual amenazaba con reducir el precio de
los pagarés de la deuda en el mercado secundario.
Ante ese peligro, los acreedores
impulsaron la creación de un nuevo sustituto: los ‘Bonos Global’; los cuales
comenzaron a circular en 1995 y lograron –reduciendo tasas y ampliando plazos-
reforzar una vez más el precio de los bonos de la deuda en el mercado
secundario.
Memoria
Suele asumirse que los principales
artificios y mecanismos utilizados en el
tratamiento de la deuda externa de América Latina, fueron creados por la
inspiración de algún banquero o por la
imaginación de algún deudor. Sin embargo, en el caso del ‘Plan Baker’ y del
‘Plan Brady’, estos fueron ensamblados gracias a la buena memoria de algún
antiguo funcionario de la Secretaría del Tesoro de los Estados Unidos, quien ya
conocía
que 60 años antes otros dos planes -el
‘Plan Dawes’ y el ‘Plan Young’- igualmente habían sido acoplados para intentar
obviar las crisis económicas, políticas y sociales originadas en el pago de la
deuda externa.
El ‘Plan Dawes’ fue concebido en 1924
por el financista y político Charles Gates Dawes, en su calidad de
Vicepresidente de los Estados Unidos, para tratar de posibilitar el pago de la
deuda externa impuesta a Alemania como país derrotado en la Primera Guerra
Mundial. La elaboración del ‘Plan’ contribuyó a que Dawes reciba en 1925 el
Premio Nobel de la Paz. No obstante, antes de que la década de los 20 finalice,
oficialmente se admitió que el ‘Plan Dawes’ había fracasado.
En su reemplazo, el
nuevo Presidente de la Comisión de Reparaciones de Guerra, Owen Young, propuso
un nuevo plan –el ‘Plan Young’- que comenzó a operar en 1930 y que, en lo
fundamental, dividía la deuda de Alemania en dos segmentos: el primero,
catalogado de ‘no negociable’, contenía alrededor de la tercera parte de la
deuda; y, el segundo, contenía la deuda remanente calificada de ‘negociable’.
Lastimosamente este plan también fracasó, contribuyendo así al descontento
popular que encumbró a Hitler al poder y que empujó a Alemania a agredir a sus
vecinos e iniciar la Segunda Guerra Mundial.
Entre las dos parejas de planes – el
de ‘Baker y Brady’ por un lado y el de ‘Dawes y Young’ por el otro- existen
tres marcadas coincidencias: todos tuvieron como único objetivo el de lograr
que la deuda externa se pague; todos fueron ensamblados en beneficio de los
países acreedores; y, los cuatro planes fueron bautizados con el nombre de un
alto funcionario de los Estados Unidos. Esperemos que esas sean las únicas
coincidencias.
En todo caso, el fracaso de los planes
solo es visible desde el punto de vista de los deudores. Porque los planes –por
lo menos los de Baker y Brady- sí lograron cumplir con las expectativas de los
acreedores. En la edición del 12 de diciembre de 1992 de la revista The
Economist, se publicó un artículo suscrito por William Rhodes,
Vicepresidente del Citibank, uno de los tres principales acreedores de América
Latina.
El artículo fue publicado bajo el
siguiente título: ‘La Deuda del Tercer Mundo: el desastre que nunca ocurrió’.[15]
Ese título se encontraba plenamente
justificado por la certeza de que -después de haber transcurrido una década
desde que México destapó la insolvencia de América Latina- el peligro de que
los principales bancos sufran alguna perdida, había sido sepultado.
El entierro, desde
luego, no había sido ejecutado de manera violenta, sino que había sido
pulcramente perfeccionado a lo largo de dos jornadas: en la primera jornada, se
consumaron los mecanismos de ‘nacionalización de la deuda’ ya descritos,
con los cuales se logró transferir a los gobiernos la obligación de pagar la
deuda contraída por algunos individuos y empresas del sector privado; mientras
que en la segunda jornada, utilizando como armas de ejecución los ‘planes Baker
y Brady’, se logró que los pagarés de la deuda –cuyo riesgo de cobro debía
recaer en los bancos que habían patrocinado el endeudamiento de América Latina-
se conviertan en papeles oficiales o ‘bonos’, cuyo trámite de cobro quedaba en
manos del FMI, del Banco Mundial y de las otras instituciones del Grupo
Multilateral.
El resultado final es ampliamente
conocido: en 1982 las dos terceras partes de la deuda externa de América Latina
recaían sobre los préstamos otorgados bajo el riesgo de los acreedores
privados, pero una década después cerca del 90 por ciento de
esa deuda había sido trasladada a
manos de los acreedores oficiales. Así, el título del artículo escrito a fines
de 1992 por el Vicepresidente del Citibank, quedaba ampliamente justificado: en
efecto y desde la perspectiva de los bancos acreedores, se podía asegurar que
el desastre financiero de América Latina nunca ocurrió.
No obstante, en América Latina el
desastre sí ocurrió. Todos los indicadores económicos, financieros y
sociales, demuestran que, entre 1982 y 1992, nuestro continente no solo que se
paralizó, sino que retrocedió. Así y por consenso, ese período fue bautizado
como ‘la década perdida’; denominación que eventualmente resultó
benigna, frente al hecho de que abrió el camino para otra década incluso más
desastrosa: ‘la década trágica’, la década de los años 90.
Pero
antes de adentrarnos en la década de los 90 debemos cruzar por un momento el
Océano Atlántico, para así poder presenciar el nacimiento de otro experimento
económico que en forma paralela tenía lugar en el industrializado Primer Mundo.
4
__________
AL MEDIODÍA EMPEZÓ
LA HISTORIA
Fecha: Martes
8 de junio de 1982, al mediodía.
Lugar: Downing Street Nº 10, Londres.
Entorno: Thatcher
y Reagan se acoplan.
La casa número 10 de la calle
Downing en Londres, es una discreta vivienda que en 1732 fue designada
residencia oficial del Primer Ministro de Inglaterra. Por lo tanto, en ella se
han gestado varios e históricos episodios. Al mediodía del martes 8 de junio de
1982, sus muros eran testigos de un nuevo episodio que se forjaba con las
siguientes palabras[16]:
‘Señor Presidente, desde
antes de que usted asuma el cargo ya sabíamos que era un amigo en quien
podíamos confiar en épocas de peligro, alguien que no mancillará los valores
del mundo libre, alguien... que reforzará la paz mundial, alguien que hará lo
posible para incentivar la iniciativa y la empresa privada, alguien que desea
que el ser humano prospere en libertad, justicia y paz.
Usted a tenido ese
espíritu. Esa es una inapreciable garantía para la causa que nosotros dos
compartimos’.
Las
anteriores palabras eran declamadas por la Primer Ministro Margaret Thatcher, al dar la bienvenida al
Presidente Ronald Reagan en su primera visita oficial a Inglaterra.
La calidez del discurso que irradiaba por
sobre la diplomacia tenía su origen en
dos antecedentes: el primero, la inminente victoria de Inglaterra sobre
Argentina en la Guerra de las Malvinas; y, el segundo, la genuina y sincera
coincidencia entre el pensamiento político y económico de la Primer Ministro y
del Presidente ‘desde antes de que usted asuma el cargo’.
El conflicto de
las Malvinas se había iniciado dos meses antes, cuando el 3 de abril el
ejército argentino invadió las islas que habían permanecido bajo el control y
administración de Inglaterra desde 1833. Se podría pensar que la invasión fue
planificada con el único propósito de evitar el colapso de la dictadura militar
de Argentina que, en esos días, se encontraba acorralada por una huelga general
decretada por los poderosos sindicatos obreros. La invasión de las islas en
efecto logró revertir la situación política interna. En pocos días, un masivo y
eufórico movimiento de masas gritaba en las calles de Buenos Aires su total
apoyo al gobierno de la dictadura.
La euforia,
sin embargo, solo duraría unas pocas semanas. Al comenzar la invasión el
ejercito argentino logró controlar con 10.000 soldados la totalidad del pequeño
territorio de las islas. Esta acción se había facilitado por la relativa
cercanía de las Malvinas a las costas de Argentina; cercanía que contrastaba
con la enorme distancia que Inglaterra tenía que recorrer de norte a sur y a lo
ancho de prácticamente todo el océano atlántico, para transportar tropas y
pertrechos bélicos.
Mientras transcurría abril,
parecía que la distancia decidiría la victoria de Argentina. Sin embargo antes
de que terminara ese mes y utilizando todo su poder presidencial, Ronald Reagan
comunicó que Estados Unidos oficialmente se declaraba aliado de Inglaterra en
esa guerra. Esa declaración, formulada el 30 de abril, confirió a Inglaterra el
derecho de usar los territorios e insumos norteamericanos que se requieran para
transportar y abastecer a las tropas. Así, en apenas cinco semanas, Inglaterra
logró revertir la situación y
forzar la rendición de Argentina. Ese era el antecedente que explicaba el
significado real de las palabras de la Primer Ministro al calificar a Reagan
como ‘un amigo en quien confiar en épocas de peligro’.
Pero para el resto del mundo, el segundo
antecedente –es decir, la genuina coincidencia entre el pensamiento económico
de la Primer Ministro y del Presidente- tendría eventualmente un significado
mucho más profundo y duradero. Era esa comunión de ideas la que permitiría
sincronizar la instalación de una misma tesis económica en los dos lados del
Océano Atlántico.
La trascendencia geopolítica que
alcanzaba esa coincidencia fue resaltada por el propio Presidente Reagan, quien
respondió a la Primer Ministro con las siguientes palabras:[17]
‘Son días difíciles para nuestros pueblos. Presionados por la recesión
e inestabilidad mundial, no podemos depender solo en la marcha de nuestras
economías. Juntos y de manera independiente debemos renovar la libertad en
nuestro modo de vida. Ya hemos restaurado incentivos y oportunidades en
nuestros mercados al reducir los excesivos impuestos y regulaciones.
Al
atenuar la pesada mano del gobierno, estamos demostrando nuestra fe en los
hombres y mujeres de Gran Bretaña y de los Estados Unidos’.
Esa respuesta no solo que reflejaba la
coincidencia y simpatía existente entre
los dos personajes, sino que además resumía la política que ya había aplicado
Ronald Reagan desde los inicios de su gestión en 1981 cuando, para ‘atenuar
la pesada mano del gobierno’, impuso una drástica reducción en el monto de
los impuestos que debían pagar las empresas de los estratos económicos más
altos.
Impuestos
Para
rebajar los impuestos se dictaminó que la tasa impositiva máxima se reduzca del
60 al 28 por ciento. Desde luego, esa acción estaba respaldada por la
afirmación teórica de que al rebajar impuestos se estimula la actividad
económica; teoría que fue originalmente formulada por el doctor Arthur Betz Laffer, quien desde 1972 –año en
el que obtuvo el título de Ph.D. en Economía- había pregonado que cuando los
impuestos se han tornado demasiado altos, los empresarios dejan de
sentir ese innato deseo por producir. Así, los impuestos muy altos no
producirían más ingresos para el fisco, sino que en un extraño giro más bien
generarían el efecto inverso.
La tesis fue divulgada en 1977 a través de un
libro titulado The Way the World Works (‘La manera en que funciona el Mundo’) cuyo sexto capítulo se destina
a explicar el significado de un diagrama denominado ‘Curva de Laffer’.
El autor del libro es Jude Wanniski
un antiguo periodista de The Wall Street Journal, quien relata
que el diagrama original fue dibujado por el propio Arthur Laffer sobre una
servilleta del restaurante ‘Two Continents’ de la Ciudad
de Washington, al cual habían invitado a cenar al influyente jefe de gabinete
de la Casa Blanca para exponerle la conveniencia de que el Presidente Gerald
Ford promueva la reducción de impuestos.
Mientras cenaban, Laffer trató de explicar
verbalmente al funcionario de la Casa Blanca, el hecho de que si se
cobra un impuesto del cero por ciento a las utilidades de las empresas,
obviamente no se producirá ningún ingreso para el fisco; pero que tampoco se
conseguiría nada decretando un impuesto del 100 por ciento, porque se mataría
el aliciente empresarial. Por lo tanto, entre esos dos extremos -que se unían
con una línea curva que semejaba el perfil de una campana- debía existir un
punto intermedio en el cual la curva habría alcanzado su vértice más alto. Así,
sí ese punto intermedio ya se había sobrepasado, para recaudar más se debía
reducir la tasa de impuestos.
Según Wanniski, como el asesor de la
Casa Blanca no lograba visualizar la explicación verbal, Arthur Laffer agarró una servilleta y en ella dibujó lo que llegaría a
ser su famosa curva en forma de campana. Lo interesante de esta anécdota
-no refutada por ninguno de los tres protagonistas- es que el asesor de la Casa
Blanca se llamaba Dick Cheney, quien 24 años más tarde sería electo
Vicepresidente de los Estados Unidos.
La
idea de Laffer fue puesta en practica en 1978, cuando en California –donde
Reagan había sido gobernador- se aprobó la denominada ‘Proposición 13’,
que redujo drásticamente la tasa de impuesto predial. La ‘proposición’,
desde luego, fue acogida gratamente por inversionistas y por propietarios, pero
también recibió un amplio apoyo de la gente común que luego respaldó a Reagan
en su campaña presidencial de 1980. Como es fácil de entender, una de sus
primeras acciones al asumir el poder, fue la de nombrar al doctor Laffer como
su asesor económico.
Sin
embargo, Ronald Reagan se caracterizaba por ser un político a tiempo completo.
Por lo tanto, cualquier estrategia de su gobierno primero tenía que ser
destilada a través del filtro de la opinión pública. Pero sobre ese escenario
la tesis de Laffer adolecía de una grave debilidad: podía ser fácilmente
criticada como una hábil maniobra destinada a justificar la reducción del monto
de impuestos que debían pagar los ricos.
Para minimizar esa potencial crítica, Arthur
Laffer hecho mano de un |antiguo axioma económico denominado ‘Ley de la
rentabilidad marginal decreciente’, el cual permite deducir que las
utilidades de las empresas comienzan a decaer una vez que su producción ha
superado ciertos limites. En consecuencia, si
las
empresas están cerca de esos limites, los empresarios preferirán trabajar
menos. Pero si trabajan menos, producirán menos. Si producen menos, ganarán
menos. Y si ganan menos, el fisco recibirá menos impuestos.
Bajo
esa perspectiva, para que en la economía se produzca más y se recaude más, lo
correcto es –aunque suene paradójico-
rebajar los impuestos a las rentas empresariales. Así, la Curva de Laffer brindó el respaldo
teórico requerido por la reducción de impuestos ordenada por Reagan en
Norteamérica y por Thatcher en Inglaterra.
Privatizaciones
En Inglaterra Margaret Thatcher
introdujo en el proceso de gratificación empresarial una variante de su propia
inspiración: la privatización de las empresas públicas. En la implantación de
ese proceso y en su condición de pionera, el principal obstáculo que tuvo que
vencer fue la férrea oposición inicial de los poderosos sindicatos públicos.
Fue precisamente la
firmeza y determinación que demostró en la pugna con tan potente rival, lo que
originó su apelativo de ‘Dama de Hierro’; apelativo que además fue
justificado por el férreo control que mantuvo sobre los miembros de su
gabinete, así como por la firmeza, rapidez y capacidad de respuesta que
demostró en la Guerra de las Malvinas.
Sin embargo, Margaret Thatcher
prefería cubrir su mano de hierro con un guante de seda, especialmente cuando
tenía que distribuir con amplitud y equidad los beneficios económicos. Ese
guante lo utilizó a lo largo de su gobierno, pero de manera especial en los
principales experimentos de privatización.
El primero fue la
privatización de la Corporación Nacional de Transporte de Carga, una de las
empresas más grandes del sector público, cuyo capital fue renovado en acciones
que en un 82 por ciento fueron vendidas a los propios empleados de dicha
Corporación. Como es lógico suponer, esos empleados públicos –una vez obtenida
la doble calidad de asalariados y capitalistas- se convirtieron en los más
fervientes partidarios de la venta de las empresas públicas. Y de las políticas
de Thatcher.
Un segundo experimento fue la venta a
los arrendatarios de una serie de edificios de propiedad del Estado y cuya
renta, que había permanecido congelada desde la II Guerra Mundial, no permitía
cubrir ni siquiera los costos de mantenimiento. En este caso, los propios
arrendatarios a quienes se les suprimió el subsidio y se les extendió el título
de propietarios a un precio adecuado, también se convirtieron en fervorosos
partidarios de la Primer Ministro y de las políticas privatizadoras de su
gobierno.
El tercer
experimento se realizó con la British Airport Authority (BAA), que era
la institución pública encargada de operar los aeropuertos de Heathrow y
Gatwick en Londres. En este caso, simplemente se modificó –y gratis- los
estatutos de la empresa. La privatizada BAA continuó operando con sus mismos y
antiguos empleados, a pesar de lo cual -una vez libre de las regulaciones y
limitaciones burocráticas- logró reducir en una tercera parte sus costos
administrativos.
Desde entonces y
sobre la base de ese exitoso antecedente, la BAA ha obtenido contratos para
dirigir el funcionamiento de diversos aeropuertos en Europa, Australia, África
del Sur y en los Estados Unidos. Así, una pesada institución burocrática que
simplemente se inscribió bajo un nuevo estatuto legal, se transformó en una
eficiente organización rentable y privada, a pesar de que continuaba
funcionando con el mismo equipo humano de funcionarios, administradores,
técnicos y personal de apoyo.
En vista de que esos primeros ensayos
de privatización que presenció el mundo no fueron estructurados para alimentar
el patrimonio de algún intimo y cerrado grupo vinculado al poder, sino para
beneficiar a un conglomerado humano mucho más amplio, el número de personas que en Inglaterra poseían
acciones empresariales pasó de tres millones en 1980 a cerca de ocho millones
al finalizar la década.
Es una lastima que, en sus afanes
privatizadores, la mayoría de los gobiernos de América Latina no hayan logrado
cumplir con la única condición que requiere la sencilla y transparente
estrategia de la Dama de los Guantes de Seda: tener las manos limpias.
El éxito de Margaret Thatcher inspiró
a Ronald Reagan para también él tratar de impulsar la privatización de las
empresas estatales. Pero en Norteamérica el escenario era radicalmente
diferente. Exceptuando las industrias de las fuerzas armadas en todas sus
ramas, las empresas estatales de los Estados Unidos no constituyen monopolios
legalmente estructurados, sino que son organizaciones subsidiadas por el
Estado, pero que tienen que competir con empresas privadas que ofrecen los
mismos bienes y servicios, especialmente en las áreas de educación, salud y
seguridad social. Esta característica permite que los procesos de privatización
puedan efectuarse sin necesidad de
rematar la infraestructura de las empresas del Estado ni de concesionar
las instalaciones de los servicios públicos, sino que solo se requiere suprimir
subsidios.
Pero suprimir subsidios que se supone
están destinados a cubrir las necesidades más elementales y básicas de la
población más pobre de la sociedad, puede generar una reacción adversa en el
electorado, especialmente si ya se ha puesto en práctica la tesis de Laffer de
rebajar los impuestos a la gente más acaudalada.
Así, para evitar que la gente y los
políticos del bando contrario acusen al Gobierno de eliminar la asistencia a
los pobres para financiar la ayuda a los ricos, se requería ensamblar alguna
doctrina que sea económicamente justificable. Esa doctrina fue acoplada bajo el
nombre de ‘Trickle Down Economics’, la cual merece los cortos
comentarios que a continuación siguen.
Goteras
La
‘Trickle Down Economics’
-que puede ser traducida como ‘economía
del goteo’ o ‘economía del chorreo’, de acuerdo al nivel de
optimismo del traductor- se fundamenta en un dogma generosamente patrocinado,
el cual asevera que el dinero que se coloque en el segmento superior de la
pirámide económica, tarde o temprano fluirá hacia los niveles inferiores. [18]
La lectura de ese dogma induce a
concluir que el método más eficiente para estimular el desarrollo y reactivar
el crecimiento, es a través del dinero que el gobierno pueda transferir a los
sectores empresariales. El gobierno, a su vez, puede transferir dinero a esos
grupos a través de dos canales: reduciéndoles los impuestos o entregándoles
subsidios. Pero desde la perspectiva política, el canal menos visible es el de
subsidiar a empresas y a empresarios
reduciendo el nivel de sus impuestos.
Sin embargo, el reducir el nivel de
impuestos podría fecundar un déficit fiscal. Pero la posibilidad de procrear un
déficit fiscal quedaba teóricamente descartada en virtud de que la Curva de
Laffer garantizaba que la disminución de impuestos lograría
inyectar en los empresarios un mayor
deseo de trabajar, invertir y producir más.
El incremento del producto o de la
oferta, a su vez, generaría más demanda
y, en consecuencia, el gobierno podría recolectar una mayor cantidad de
impuestos al consumo. Por lo tanto -así dice la teoría- los impuestos más bajos
hasta podrían forjar un superávit fiscal. En la servilleta del Two
Continents podría dibujarse un pastel menos alto, pero mucho más ancho.
Pero para que el pastel pudiese ser
consumido todavía faltaba un pequeño detalle por resolver: el desfase de tiempo
existente entre siembra y cosecha.
En otras palabras,
la reducción de impuestos podía ser legalizada en un par de días, pero hasta
que los impuestos liberados logren recorrer todo el camino necesario para que
el incentivo sembrado evolucione a producto cosechado, pasarían algunos meses o
años. En el ínterin, los impuestos liberados presionarían para ampliar la
demanda y, por tanto, para aumentar la inflación. Una mayor tasa de inflación,
a su vez, podría mermar o incluso diluir el incentivo ya otorgado por el Estado
a las empresas y a los empresarios.
Afortunadamente, el gobierno también
tenía una herramienta para detener la inflación: aumentar las tasas de interés.
El mecanismo para que esa herramienta funcione adecuadamente se encuentra
incorporado en los estatutos del Banco Federal de la Reserva de los Estados
Unidos –conocido bajo el diminutivo de Fed por la mayoría de
economistas- que tiene la atribución de prestar dinero a los bancos privados
que así lo soliciten.
Para conceder esos
préstamos, el Fed tiene 12 entidades bancarias que están distribuidas a
lo largo de Norteamérica, pero todas ellas operan globalmente bajo una tasa de
interés única, la cual es popularmente denominada ‘tasa de descuento’.
Si el Fed cree que en la
economía esta circulando demasiado dinero –por ejemplo, si se han devuelto o
reducido impuestos- simplemente eleva la ‘tasa de descuento’, con lo cual
recoge el dinero sobrante en razón de que la gente y los bancos privados se
abstendrán de solicitar nuevos préstamos y, además, tratarán de precancelar los
préstamos que se encuentren vigentes. La recolección del dinero sobrante -así
se supone- anula la presión inflacionaria.
Tasas
Cuando a principios de junio de 1982
Reagan viajó a visitar a Margaret Thatcher a Europa, la tasa de interés que
cobraba el Fed fluctuaba en alrededor del 10 por ciento, mientras que
las tasas que efectivamente cobraban los bancos a sus clientes en ciertos casos
la duplicaban hasta alcanzar el 20 por ciento.
Cuando Reagan regresó a Norteamérica
un par de semanas más tarde, constató que varios bancos luchaban abiertamente
por obtener más préstamos del Fed. El motivo de esa pugna era fácil de
entender: los bancos podían medrar buena parte de la diferencia de 10 puntos
entre la tasa que pagaban al Fed y la tasa que podían cobrar a sus
clientes. Esa pugna y el objetivo de reducir la inflación, señalaban la
necesidad de elevar la ‘tasa de descuento’.
Pero elevar las tasas de interés que
cobraba el Fed significaba adoptar una política monetaria ‘contractiva’.
Por lo tanto, en el escenario económico ortodoxo prevaleciente en ese entonces,
la política fiscal también debía contraerse.
Esa creencia
formaba parte del dogma aceptado tanto por los fiscalistas como por los monetaristas.
Para los dos grupos, sí la economía estaba padeciendo inflación, ambas
políticas debían contraerse para reducir la demanda. Al contrario, si la
economía
sufría de recesión, el dogma
dictaminaba que ambas políticas deban expandirse para ampliar el gasto.
En ese escenario, la principal
discrepancia entre fiscalistas y monetaristas se reduce a que
-para estos últimos- lo relevante es el tipo de política monetaria que se
adopte. Una vez que esta es activada, es irrelevante la dirección que adopte la
política fiscal. Mientras que para los fiscalistas, es la política
fiscal la que debe trazar el rumbo que debe seguir la política monetaria.
No obstante, ni los fiscalistas
ni los monetaristas ofrecían una formula adecuada para curar la economía
norteamericana que había sido atacada simultáneamente por ambos virus: el de la
inflación y el del estancamiento. Esa enfermedad, que alguien la bautizó como
‘estanflación’,[19] ya
había sido detectada en los años 70 en América Latina, pero Norteamérica no se
había contagiado sino hasta principios de los años 80.
Por fortuna, entre los asesores de
Reagan se encontraba el doctor Robert Mundell, nacido el Canadá en 1932, Ph.D.
en Economía desde 1956 y premio Nobel en Economía en 1999.
Mundell argumentaba
que la inflación y la recesión son dos enfermedades separadas y que, en
consecuencia, para curarlas también se requería usar las políticas económicas
por separado. Su propuesta se resumía en la siguiente receta: utilizar una
política monetaria contractiva para detener la inflación y, en paralelo,
reducir impuestos para provocar una política fiscal expansiva e impedir la
recesión.
La receta fue inmediata y
entusiastamente adoptada por Reagan y Thatcher, aunque aún tenían que resolver
un pequeño detalle semántico: encontrar un nuevo nombre para bautizar a la
nueva receta. No podía ser llamada monetarista, porque la receta
aconsejaba utilizar también la política fiscal. Pero tampoco podía llamarse fiscalista,
porque no se pretendía instaurar una política monetaria neutra. Definitivamente
se había armado una nueva herramienta y, por lo tanto, merecía un nuevo nombre.
Ese nuevo nombre nacería como secuela
de un programa de radio trasmitido el 5 de febrero de 1983, en el cual el
propio Presidente Reagan bautizó su nueva política con el nombre de ‘Neoconomics’.
Sin embargo, pocos días después,
mientras el programa radial era ampliamente comentado por la prensa escrita,
algunos periodistas recordaron que era el liberal Robert Mundell quien
estaba detrás de la nueva política y que, en consecuencia, no debía ser
bautizada con el nombre de ‘Neoconomics’ sino con el de ‘Neoliberalism’.
[20]
Siete gordos
Contra ese telón de fondo, entre 1982
y 1989, transcurrió lo que alguien denominó ‘los siete años gordos
del neoliberalismo’. Aunque el apelativo suena un tanto grasiento, en
efecto logra describir la bonanza alcanzada en esos años, que se traduce en las
siguientes estadísticas básicas:
Primero, en cada
uno de esos siete años gordos el Producto Interno Bruto creció
3.2 por ciento en promedio anual. Este porcentaje sobrepasa con nitidez al 2.8
por ciento registrado en los 7 años previos y mucho más al 2.1 por ciento
registrado en los 7 años posteriores;
Segundo, la visible
generación de nuevas fuentes de trabajo. La tasa de desempleo que en 1981
alcanzaba el 7.6 por ciento, para 1989 se había reducido al 5.5 por ciento;
Tercero, el nivel
inflacionario decayó desde el 13.5 por ciento en 1980, hasta apenas el 4.1 por
ciento en el último año del gobierno de Reagan;
Cuarto, la tasa de
interés que entre 1981 y 1982 sobrepasó el 21 por ciento –el nivel más alto en
el Siglo XX- paulatinamente fue bajando hasta colocarse en el 8 por ciento; y,
Quinto, el ingreso
promedio por persona creció en dólares de valor constante desde US $ 10.716 en
1981, hasta US $ 13.071 en 1989. Es decir, el ingreso tuvo un incrementó en
valor real de alrededor del 22 por ciento.
La bonanza de esas cifras y la
gordura de esos años, dieron una aura victoriosa a las políticas impulsadas
desde los gobiernos de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher. Los dos fueron
reelectos con sonados triunfos en las urnas –Reagan en 1984 y Thatcher en 1983
y 1987- y al terminar su mandato ambos dejaron el poder en manos del sucesor
que ellos mismos escogieron: George Bush y John Major, respectivamente.
Lamentablemente un viejo adagio de la
sabiduría económica asevera que ‘en el mundo nadie cena gratis’. Por
tanto, alguien tenía que pagar el alimento consumido en los siete años
gordos del neoliberalismo. Y como a lo largo de esos años la mayoría de las
facturas fueron pagadas con tarjeta de crédito, la deuda de los Estados Unidos
que en 1981 alcanzaba los US $ 1.029 billones, casi se triplicó para alcanzar
US $ 2.857 billones al expirar la presidencia de Reagan.
Cuando un gobierno de cualquier país
se endeuda, la deuda queda en herencia
para que la pague el próximo gobierno. Pero si es que el nuevo gobierno también
prefiere que sea otro el que pague, puede renegociar con los acreedores un
nuevo plazo. Así, dilatando y posponiendo los pagos, el plazo definitivo
quedará sujeto a las intermitentes y futuras negociaciones que entre sí
entablen los dos litigantes: los sucesivos gobiernos y los acreedores.
Pero el número de
meses, años o décadas que tendrán que transcurrir para que el plazo negociado
algún día se cumpla, no dependerá del tesón de los litigantes, sino del mayor o
menor predominio internacional que ese país tenga.
En el caso de la
deuda norteamericana, el plazo para pagarla puede llegar a ser extremadamente
largo o puede que jamás llegue a cumplirse. Sin embargo, aunque jamás llegue a
ser cancelada, la deuda si tiene un costo que con frecuencia resulta
impostergable e inevitable: el pago de intereses.
El costo que tienen los intereses es
impostergable debido a que sus tasas comienzan a contabilizarse desde el
instante en que se suscriben los contratos y, son inevitables, debido a que se
contabilizan de manera independiente al ‘plazo’ establecido para cancelarlos.
Así, cuando George Bush[21]
heredó de Reagan la presidencia, también heredó la obligación de pagar los
intereses de la deuda desde el mismo día en que se posesionó del cargo. Como
lógico resultado, en el primer año de la presidencia de Bush, el Estado tuvo
que desembolsar más de 1.000 dólares por cada uno de sus ciudadanos –241
billones de dólares– solo para pagar intereses. Además, como el gobierno
republicano persistió con la política de reducir impuestos, el déficit fiscal
continuó creciendo.
En ese escenario,
desde luego, fácilmente podría generarse una mayor deuda, un estancamiento
económico y un deterioro del desempleo.
En apenas dos años -excepto la tasa de inflación
que permaneció baja- todos los demás
indicadores económicos revertieron la aureola alcanzada en los siete años
gordos.
Golfo
Pero el deterioro de la economía
norteamericana fue eclipsado por el fulgor de otro hecho menos palpable pero
mucho más visible: la Guerra del Golfo, que fue transmitida vía satélite en
vivo y directo a los cinco continentes por la empresa CNN. [22]
La difusión del
programa televisivo que se efectuó desde el 6 de agosto de 1990 hasta el 12 de
febrero de 1991, proyectó el traslado de 510.000 soldados, el emplazamiento de
15 naves entre buques y portaviones, el despegue de 120 aviones desde la base
de Dhahran en Arabia Saudita y de otros 90 desde la base de Incirlik en
Turquía; entre los ajetreos más publicitados.
Adicionalmente y como complemento a la
imagen televisada del incontable número de bombas
lanzadas contra territorio iraquí, se divulgaron las estadísticas que
demostraban que el 85 por ciento de esas bombas habían impactado a menos de 3
metros del centro de los objetivos previamente seleccionados. Además, se
informó que en todas esas operaciones apenas 146 soldados norteamericanos
habían muerto.
La precisión de la información, la fluidez de la
acción, la nitidez de las imágenes y el escaso número de norteamericanos
muertos, esculpió en la mente de la mayoría de los televidentes, el icono de
una guerra perfecta, de una guerra muy diferente a la de Vietnam. Como
consecuencia, el Presidente George Bush alcanzó un 91 por ciento de
aceptación entre los electores.
Un año después Bush
se lanzó a su segunda campaña con la confianza de que su reelección estaba
asegurada, porque la Guerra del Golfo había devuelto a los Estados Unidos el
orgullo que ‘es lo más importante que puede tener un pueblo’.
A pesar de la convicción que exudaba
ese argumento, fue frontalmente refutado por un pequeño letrero que decía: It`s
the economy, stupid ! ; el cual había sido colocado en las oficinas del
Partido Demócrata instaladas en la ciudad de Little Rock, para lanzar la
candidatura presidencial de un no muy conocido político local llamado Bill
Clinton.
Poco tiempo después, el mensaje del
pequeño letrero se había convertido en el tema central de la campaña de los
demócratas, quienes concentraron sus esfuerzos en tratar de demostrar que la
recesión a la que había arribado la economía norteamericana, era una
consecuencia natural de la ‘economía del goteo’ –o de la ‘economía
neoliberal’ como ya se la llamaba en el mundo académico- practicada por los
gobiernos republicanos a lo largo de toda una década.
El mensaje alcanzó su principal
objetivo: Clinton obtuvo 370 votos electorales; más del doble que los 170 votos
que obtuvo Bush. Se rompió así la
enraizada costumbre norteamericana de reelegir a los presidentes del Partido
Republicano.
Se
pensó que esa derrota -complementada con la dimisión de Margaret Thatcher un
año antes- pondría fin a los gobiernos que promovían la ‘economía del
goteo’. No obstante, la misma política retornaría ocho años después
impulsada por otro republicano, George Bush Jr., temática a la cual
volveremos.
Tercer camino
Cuando
Bill Clinton asumió la presidencia, el déficit fiscal de los Estados Unidos
superaba los 290 billones de dólares, cifra que equivalía al 4.9 por ciento del
PIB. Por definición, un déficit fiscal se produce cuando el gobierno gasta más
que lo que recibe. Por lo tanto, desde la primera noche que dormía en la Casa
Blanca, Bill Clinton tenía que enfrentar la disyuntiva de
contrariar
a quienes creían poder beneficiarse del gasto público o, alternativamente, a
quienes creían que por culpa del gasto del Estado debían pagar más
impuestos.
Es decir, tendría que escoger entre uno de
los dos grupos que juntos acoplan la totalidad del electorado. Pero Clinton
–como buen estratega político- aprovechó la disyuntiva para contentar a todos
sin favorecer a nadie con las siguientes palabras:[23]
‘Hemos logrado colocarnos por encima de la estéril
discusión que mantienen aquellos que consideran que el Gobierno es el enemigo
con aquellos que consideran que el Gobierno es la respuesta. A ustedes,
ciudadanos americanos, les digo que nosotros hemos encontrado un tercer
camino.’
Como
es fácil de suponer, el hecho de que un presidente de los Estados Unidos anuncie que ha ‘encontrado
un tercer camino’, provocó una
oleada de especulaciones que trataban de descifrar en que lugar podría estar
localizado ese tercer camino.
En un primer
momento se supuso que podría estar situado en una posición intermedia entre la
política fiscal propuesta por Keynes y la política monetaria propuesta por
Friedman. Pero ese supuesto fue desechado muy pronto, tal vez bajo la creencia
de que, ya en la década de los noventa, ni Keynes ni Friedman constituían
referentes para política alguna.
Una segunda interpretación fue avalada
por Tony Blair, Primer Ministro de
Inglaterra, quien en visita oficial en los Estados Unidos manifestó lo
siguiente:[24]
‘El tercer camino nos conduce a una renovada y moderna
democracia social. No es simplemente un compromiso entre izquierda y derecha,
sino que toma valores esenciales y los aplica a un mundo cambiante; y logra
hacerlo liberándose de ideologías caducas...
El tercer camino práctica una economía que no es la de
laissez-faire, pero tampoco la del Estado interventor.’
Pero
ese idílico camino no conseguía despertar en nadie algún deseo por transitarlo, porque si bien podía
alejarnos de todo lo que nos disguste tampoco nos acercaba a nada que nos
guste.
En
todo caso, la coincidencia entre el Presidente Clinton y el Primer Ministro
Blair fue objeto de un exorbitante despliegue publicitario que, pudiera
sospecharse, más bien se encontraba inspirado en el deseo de contrarrestar el
recuerdo de esa otra pareja formada dos décadas antes por el Presidente Reagan
y la Primera Ministro Thatcher.
Desde
luego también existía la posibilidad de que para lograr descubrir el tercer
camino, tengamos que –con computadora en la mano- calcular el
promedio aritmético en el cual empalmen las ventajas de la regulación del
Estado con los beneficios de realizar en libertad los negocios privados.
En otras palabras,
la formula matemática nos permitiría ubicar el punto de equilibrio donde el estado
interventor logra aumentar
sus ingresos mientras el laissez faire logra reducir sus gastos. Y esa
parece que fue la formula que exitosamente logró ensamblar el gobierno de Bill
Clinton a partir de 1993, año en el cual se ampliaron los cobros de los impuestos a los ingresos y a las rentas,
mientras en paralelo se recortó el gasto fiscal.
Así,
cobrando más y gastando menos, el Presidente Clinton logró exhibir una
partitura casi impecable: entregó un sólido superávit de 237 billones de
dólares, en contraste al déficit de 290 billones que recibió en 1992. Esas buenas
noticias fueron
anunciadas por el propio Bill Clinton
en su último reporte económico del año 2000, con las siguientes palabras:
‘Hoy día la economía norteamericana es más fuerte que
nunca. Estamos rebasando el período más largo de expansión económica en toda
nuestra historia. Ahora tenemos la tasa de desempleo más pequeña en los últimos
30 años y la inflación ha llegado a su nivel más bajo desde 1965’.
Para un gobernante que concluía su
gestión presidencial, esos datos deben haber fecundado una profunda
satisfacción. Las estadísticas no solo que revelaban un nivel óptimo en los
principales índices de crecimiento, desempleo e inflación que sirven para evaluar
el éxito o el fracaso de los gobiernos, sino que esos logros habían sido
obtenidos en el convulsionado mundo de la década de los 90, la misma que había
transcurrido teniendo como telón de fondo el colapso económico de Europa del
Este y el consecuente contagio a Europa del Oeste; la aguda recesión que
penetró la otrora invulnerable burbuja económica del Japón; el fin del
‘milagro’ del sudeste asiático; la difusión del virus financiero que infectó a
tigres y dragones; el hambre y la miseria que continuaron flagelando los
territorios africanos; y, la consolidación del subdesarrollo en la mayoría de
los países de América Latina.
A pesar de que se logró evitar que esas
plagas contagien la economía norteamericana y de que las estadísticas señalaban
que Clinton había logrado superar el crecimiento alcanzado en los siete
años gordos del neoliberalismo, al principiar el año 2001 los adeptos a la
‘trickle down economics’ reingresaban a la Casa Blanca; esta vez liderados por
el Vicepresidente Dick Cheney, el mismo que 24 años atrás había recibido
dibujada en una servilleta del
restaurante ‘Two Continents’, la curva con la cual Arthur Laffer le explicaba los mágicos
recodos a seguir para aumentar los ingresos fiscales cobrando menos impuestos.
Globalización
El reingreso a la Casa Blanca de los
partidarios de la ‘trickle down economics’ se efectuó el 20 de enero del 2001.
En ese día y en menos de 14 minutos, George Walker Bush[25] leyó el discurso con el
cual inauguraba su período presidencial. El discurso contenía 49 párrafos
repartidos en la siguiente forma: en los 3 primeros agradecía la presencia del
ex Presidente Clinton, del ex Vicepresidente Gore en su calidad de contendor en
la campaña electoral y la de los demás asistentes a la ceremonia; en los
siguientes 20 párrafos citaba la importancia histórica de la democracia
norteamericana; y, en los últimos 25
párrafos, enfatizaba que la seguridad, la
libertad y la justicia en el mundo, dependían de la capacidad bélica de Estados
Unidos.
En la mitad del discurso, en el párrafo
número 24, se había introducido la única frase referente a la economía del país
y a la política que planificaba ejecutar el nuevo gobierno. La frase en toda su
extensión decía lo siguiente:[26]
‘Reduciremos los impuestos, para que la
economía recobre su impulso y para incentivar la capacidad empresarial y los
esfuerzos de los norteamericanos que trabajan’.
Esa
era la única frase referente a la economía norteamericana en todo el discurso,
pero la frase lograba resumir la ‘trickle down economics’ tal como la habían
descrito en una servilleta en el dibujo hecho para el Vicepresidente Cheney. No
obstante, en el cuarto de siglo transcurrido desde aquella cena en el
restaurante
‘Two Continents’, en el horizonte había germinado un planeta más
asequible, más abierto y más global.
La
actual globalidad del mundo, además, se torna más palpable por el gran tamaño
de la economía de Estados Unidos y, sobre todo, por el hecho de que sus déficit
han sido financiados –si es que el verbo ‘financiar’ significa posponer el
pago- a través del incremento de la colosal deuda norteamericana. Así, al
empezar el Siglo XXI, la deuda pública de los Estados Unidos superaba los 5.709
billones de dólares;[27]
cifra tres veces superior a los 1.950 billones de dólares que, a la misma
fecha, adeudaban todos los países de Europa del Este, Asia, África y América
Latina.
El peligro que la colosal magnitud de la deuda acumulada por los Estados Unidos conlleva para su estabilidad económica, actualmente esta siendo debatida en el mundo académico. Aquí nos abstenemos de participar en ese debate, porque nuestro único objetivo es tratar de encontrar los posibles orígenes de la actual postración económica de América Latina. No obstante es válido recalcar que la necesidad de financiar el casi permanente déficit fiscal de los Estados Unidos, ha incidido directamente y a través de las tasas de interés, sobre el elevado costo que la deuda externa ha infligido sobre América Latina.
Y también es válido recalcar que, a
diferencia de América Latina, Estados Unidos puede endeudarse en su propia
moneda, lo cual le ha permitido seguir acumulado deudas sin tener que exportar
más o importar menos. Así, en Norteamérica perduran los tres déficit cuya
coexistencia podría desestabilizar cualquier otra economía: el déficit fiscal,
el déficit comercial y el déficit financiero.
Actualmente, el Presidente George Walker Bush
luego de la aplastante victoria militar sobre los Taliban en Afganistán y sobre
Saddam Hussein en Irak, goza de más popularidad que la que gozó su padre. Por
lo tanto, su reelección en la próxima campaña electoral parece asegurada. Sin
embargo, debido a la persistencia de esos tres déficit y sus efectos sobre el
bienestar del norteamericano común, los lideres del Partido Demócrata podrán
retornar a la Casa Blanca.
Desde luego, el retorno se producirá si es
que la campaña electoral no se circunscribe a debatir ante el elector el
derecho o no que tiene Estados Unidos para declarar unilateralmente la guerra a
otro país, sino si también se analiza la economía. Es decir, si es que algún
comedido ha tenido suficiente olfato para guardar aquel pequeño letrerito que
antes ya fue exhibido en la ciudad de Little Rock y que decía: It`s the economy, stupid !.
Hasta
que eso suceda, a partir de la próxima página volvemos a nuestro continente.
5
__________
UN CONTINENTE
SIN BRUJULA
El subdesarrollo
latinoamericano tal vez emane del hecho que, de los libros que han moldeado la
conducta del ser humano, ninguno ha logrado penetrar en nuestro continente.
Los
libros que así merecen ser calificados son muy pocos y su número casi no supera
el de los dedos de una mano. En primer lugar y dentro del orden cronológico, se
encuentran Los Vedas que fueron escritos por varias generaciones que
vivieron hace más de 4.000 años en la región geográfica que hoy se denomina
India y en cuyos preceptos se fundan el hinduismo, el budismo y otras líneas de
religión o filosofía que actualmente influyen sobre el modo de vida de más de
la cuarta parte de la población mundial.
En
segundo lugar se sitúan las Analectas de Confucio, libro
escrito hace 2.500 años por los alumnos del maestro Kong Fuzi –su nombre
original- cuyos proverbios han sido utilizados para justificar los frecuentes
cambios inculcados en la sociedad china desde los tiempos milenarios del
sistema esclavista y de su reemplazo con el sistema feudal sostenido por los
sucesivos emperadores que gobernaron hasta mitad del Siglo XX, quienes a su vez
fueron depuestos por la revolución roja y por sus lideres, los mismos que han
venido impulsando la evolución del sistema económico de producción regulada
que, a inicios del Siglo XXI, aún tiene vigencia.
En tercer lugar debe
colocarse La Biblia que se estima que fue escrita durante un
período de aproximadamente dos mil años por alrededor de 40 personas pertenecientes a
diversas clases sociales y diferentes generaciones. La Biblia se divide en dos
partes: el Antiguo Testamento, en cual describe la evolución del mundo desde su creación mítica
engendrada por un ser llamado Yahvé, hasta la sumisión del Pueblo Elegido
ante el poder del Imperio Romano; y, el Nuevo Testamento, el cual empezó
a ser escrito en el año 50 después de Cristo y culminó 70 años más tarde con la narración del
Apocalipsis, que hasta hoy constituye el último texto bíblico. La Biblia
expandió su influencia a toda Europa de manera paralela al deterioro del
Imperio Romano y, catorce siglos después, se juzgó coherente imponerla por
medio de la fuerza, conquista y colonización en la mayoría del territorio que
hoy conforma América Latina.
En cuarto lugar se ubica El
Corán que contiene los edictos de índole religiosa, filosófica y jurídica
instituidos por Alá o Él, los cuales según la tradición fueron recitados por el arcángel Gabriel al profeta
Mahoma quien, entre los años 612 y 632, los agrupó en un solo libro dividido en
114 episodios. El Corán esta escrito en rima y no debe ser leído como si
fuera un texto común, sino que tiene que ser recitado mirando hacia la ciudad
de La Meca que se encuentra en territorio de lo que hoy se conoce como Arabia
Saudita. El Corán logró aglutinar bajo una sola doctrina a una serie de
estirpes, clanes y grupos nómadas que hasta entonces se encontraban dispersos y
que actualmente constituyen el homogéneo mundo árabe.
En el quinto lugar se
encuentra La Riqueza de las Naciones, libro meditado y escrito entre
1766 y 1775 por el filósofo escocés Adam Smith. Se dice que una revolución se
produce cuando lo que tiene que morir muere y lo que tiene que nacer nace.
Si esa última definición es
correcta, el libro de Smith fue la más eficiente herramienta revolucionaria de
su tiempo, porque sus tesis sepultaron a las dos principales doctrinas de
organización económica que hasta ese entonces imperaban en el mundo: el feudalismo
respaldado por los fisiócratas y el colonialismo defendido por los mercantilistas.
Adam Smith demostró que la riqueza de las naciones no dependía de la
explotación del campo y de los campesinos –como aseguraban los fisiócratas
y la monarquía feudal- ni tampoco del apropiamiento de los metales preciosos
extraídos de tierras extrañas –que tutelaban los mercantilistas- sino de
la organización social y productiva del ser humano.
El sepelio de los
fisiócratas se consumó 14 años después con el triunfo de la Revolución Francesa
en 1789. La defunción del colonialismo mercantilista se inició con la primera
batalla por la independencia norteamericana y el consecuente nacimiento de los
Estados Unidos como nación en 1776. Es decir, en el mismo año en que se publica
el libro de Adam Smith.
En el sexto y más reciente
lugar debe ubicarse El Capital de Carlos Marx, un monumental libro
escrito en 4 partes, de las cuales solo la primera fue editada completamente
por su autor antes de su muerte acaecida
en 1883. La segunda y la tercera parte fueron publicadas en 1885 y 1894
respectivamente, sobre la base de los manuscritos dejados por Marx en manos de
una de sus hijas. Finalmente, debido a varias discrepancias sobre el verdadero
significado de la última porción de los manuscritos, la versión oficial de la
cuarta parte fue aprobada y publicada por el ‘Instituto Marxista de Berlín’
–aunque parezca increíble- recién en 1956.
No obstante, entre los seis
libros mencionados, es el de Marx él que ha logrado captar el mayor número de
adeptos, sí bien solo de manera temporal. En 1989 –año en que se inicia en
Europa la debacle comunista- más de la tercera parte de la población mundial
vivía bajo regímenes marxistas. Hay quienes aseguran que, aunque el
nivel de vida de la mayoría de los pueblos siga en deterioro, el marxismo
permanecerá sepultado para siempre.
En
el escenario económico y desde nuestra perspectiva, el libro más relevante
entre esos seis es La
Riqueza de las Naciones. Así, la frase con la que iniciamos este capítulo,
debería ser sustituida por la siguiente:
El
subdesarrollo latinoamericano tal vez emane del hecho que el pensamiento de
Adam Smith jamás ha logrado penetrar en nuestro continente.
La
frase, desde luego, requiere ser demostrada. A ese objetivo destinamos las
páginas y capítulos que siguen.
Ausencia
Adam
Smith comenzó a escribir La riqueza de las Naciones[28]
a su retorno al pueblo de Kirkcaldy en Escocia, donde había nacido 43 años
antes. Su retorno se producía luego de haber permanecido ausente por casi tres
años en razón de un viaje realizado a Paris, Toulouse y Ginebra, escoltando al
joven Duque de Buccleugh, cuya familia era suficientemente solemne y adinerada
como para haber persuadido al profesor Smith para que trabaje temporalmente en
calidad de tutor particular.
Se
desconoce si el joven aristócrata logró extraer alguna enseñanza del viaje o de
la tutoría. Pero sí se conoce que Adam Smith no perdió su tiempo y aprovechó
esa oportunidad para conocer e intercambiar ideas con varios de los mas
connotados filósofos y escritores, la mayoría de los cuales se encontraban
inmersos en el convulsionado proceso político e intelectual que se vivía en los
tiempos previos a la revolución francesa.
Entre
otros, Pierre Samuel Dupont de Nemours y su libro ‘Fisiocracia o
constitución natural del gobierno más ventajoso para el género humano’; el
Duque de La Rochefoucald, autor de ‘Reflexiones o sentencias y máximas
morales’; François Quesnay y su ‘Tabla Económica’ que constituye el
primer experimento por cuantificar las actividades productivas; Anne Robert
Jacques Turgot, autor de ‘Reflexiones en la formación y la distribución de
las riquezas’, quien además fue el primer ministro de finanzas que tuvo
Luis XVI, el último Rey de Francia; y, François Marie Arouet, también conocido
con el apodo de Voltaire, autor de las Cartas Filosóficas, libro escrito
en 1734 y que constituye la primera obra que exalta al liberalismo como norma
de vida y condena a la monarquía francesa como sistema de gobierno.
Probablemente
esos diálogos y esos libros fortalecieron la idea ya latente en Adam Smith, de
que la estructura productiva, la organización de clases y el sistema de
gobierno de una nación, no son tres procesos independientes, sino que cada uno
de ellos necesariamente se incrusta en los otros dos. Sobre la base de esa idea
global, escribió su obra en los siguientes cinco libros:[29]
Libro
I: De las causas del adelantamiento
y perfección en las facultades del trabajo, y del orden con que su producto se
distribuye naturalmente entre las diferentes clases del pueblo
Libro
II: De la naturaleza, acumulación y
empleo de los fondos o capitales
Libro
III: De los diferentes progresos de
la opulencia en distintas naciones
Libro
IV: De los sistemas de Economía política
Libro
V: De las rentas del Soberano o de la
República
De
la lectura de esos títulos, emerge la inocente tentación de concluir que
ninguno de los cinco libros puede tener algún tipo de coherencia con los otros
cuatro. Sin embargo, si se tiene en cuenta la perspectiva global desde la cual
Smith visualiza lo económico, lo social y lo político, entonces todos los
capítulos giran coherentemente alrededor de la sencilla pero -en aquel
entonces- revolucionaria idea de que la riqueza de una nación no es nada más
que la suma de lo producido por todos y cada uno de sus habitantes.
Por
lo demás, La riqueza de las Naciones esta escrita en un lenguaje ameno y
sus mil cincuenta y un páginas pueden ser leídas de un solo tirón. En pocos
meses la obra se convirtió en lo que hoy llamaríamos un ‘best seller’.
Todos
los libros de la primera edición se vendieron antes de que haya transcurrido un
año y en los cuatro años posteriores tuvieron que imprimirse en Inglaterra seis
ediciones más; parte de las cuales se enviaron a Norteamérica, donde las
enseñanzas de Smith tuvieron una influencia directa en el pensamiento de sus
primeros presidentes. Adicionalmente, antes de 1789 –año de la revolución
francesa- ya se habían traducido, publicado y vendido varias ediciones en
Francia, Alemania, España e Italia.
Sin
embargo, en el Siglo XVIII ninguna edición llegó a publicarse en las colonias
que en el continente americano mantenían España y Portugal, ni tampoco en el
Siglo XIX cuando la mayoría de esas colonias ya se habían independizado.
Fue
necesario que transcurra la mitad del Siglo XX, para que la obra de Adam Smith
finalmente alcance suelo latinoamericano. Recién en 1958, en la ciudad de
México se publica una edición de La riqueza de las Naciones, el libro
que había logrado conferir al pensamiento económico su categoría de ciencia.
Pero para 1958, el pensamiento económico latinoamericano ya se había tornado
inmune a cualquier semilla doctrinaria. Todos los espacios de reflexión
económica se encontraban inundados con la controversia que intentaba calcular
la raíz y la razón de la dependencia de nuestros países, así como su mayor o
menor situación periférica.
La
discusión de fondo giraba alrededor de la tesis que aseguraba que en el mundo
occidental coexisten dos tipos de países: los que están en el centro
produciendo y vendiendo bienes industrializados; y los que se encuentran en la
periferia, cultivando, cosechando y extrayendo recursos de la naturaleza.
Se asumía que los países de América Latina formaban parte de la periferia,
aunque algunos gobiernos preferían ignorarlo.
La
separación de esos dos mundos servía para identificar al desarrollo económico
con las circunstancias que imperaban en el centro y, en contraste, para
identificar al subdesarrollo con las circunstancias propias de la periferia.
Sobre la base de ese contraste, se argumentaba que los países de la
periferia debían tratar de duplicar la organización productiva de los del centro.
Inspirados
en ese reto, en la CEPAL[30]
surgió la idea de instalar en nuestros países algunas de las industrias cuyos
productos eran importados por América Latina. La idea se popularizó a mediados
de la década de los 50 –respaldada por el aval de los economistas que
trabajaban en la CEPAL y el gran peso intelectual de su fundador, el Profesor
Raúl Prebisch- y en seguida se expandió por todos los nichos del pensamiento
económico latinoamericano.
Así,
cuando en 1958 por fin atracó en nuestro continente el libro de Adam Smith, su
arribo pasó inadvertido entre el ruido y la gran efervescencia que entonces
generaba el recientemente ensamblado ‘modelo cepalino’, nombre que
adoptó en honor a la entidad que lo había inventado.
El
Modelo
El
modelo cepalino fue exhibido a lo largo de América Latina bajo la
premisa -o promesa- de que se había descubierto el sendero para salir del
subdesarrollo. En aquel entonces la mitad de nuestros gobernantes tenían un
origen militar y, la otra mitad, un origen civil. La mayoría de los gobiernos
civiles a su vez podían ser catalogados como liberales, como conservadores y
como populistas. Pero todos, sin excepción, expresaban su entusiasmo por
participar en una rápida instalación del Modelo Sustitutivo de Importaciones,
nombre con el que se rebautizó al Modelo una vez que se hizo
evidente que su principal –y quizá único- objetivo era el de sustituir o
suprimir algunos de los productos industrializados importados desde el Centro.
Pero
sustituir o suprimir las importaciones de un producto, solo es posible si es
que se lo puede industrializar domésticamente. Así, antes de ensamblar el Modelo
se debían resolver tres aspectos: el primero, precisar que productos
podían sustituirse; el segundo,
construir un escenario que permita industrializar esos productos; y, el
tercero, asignar a cada país las industrias que le correspondía instalar.
Con
referencia al primer aspecto, la respuesta fue de índole técnica: convenía
sustituir la importación de aquellos artículos cuya producción no requería una
tecnología muy sofisticada, ni maquinaria muy pesada o demasiado capital. Es
decir, podrían sustituirse los bienes de la denominada industria liviana.
Sin
embargo, para industrializar cualquier producto -aunque sea ‘liviano’- se
requería de un mercado de consumo mucho más grande que el que ofrecían por
separado cada uno de los países. Así, la idea de unir los mercados más que por
convicción nació por necesidad. Los primeros en sentir esa necesidad fueron,
desde luego, los mercados más pequeños.
El
10 de junio de 1958, se fundó el MCCA[31],
cuyo objetivo era el integrar en un solo mercado a los pequeños países de
América Central.
Dos
años después, en Montevideo, se creó la ALALC[32] que pretendía unificar los mercados de
América del Sur y México. En complemento, a lo largo de las décadas de los 60 y
70, se fueron creando una serie de entidades y oficinas de carácter local y
regional que, teórica y oficialmente, debían promover la integración de América
Latina.
Pero
pasada la efervescencia inicial y la fase de creación de algunos codiciados
cargos internacionales, la integración se hundió en un limbo ideológico, donde
el objetivo de unificar los países en un solo mercado, se desvaneció ante las
pequeñas y mezquinas pugnas por tratar de ganar en el proceso más que el país
vecino.
Incógnita
Ante
ese fracaso surgió una incógnita que hasta el día de hoy no ha sido resuelta:
¿son los países latinoamericanos desunidos por ser subdesarrollados? o, más
bien, ¿son subdesarrollados por ser desunidos?.
Esa
pregunta ya había sido formulada antes de 1982, pero su respuesta –cualquiera
que hubiese sido- perdió validez ante la urgencia de resolver la crisis de la
deuda. Cuando esta explotó en agosto de ese año, varios círculos académicos
opinaron que la crisis ofrecía la oportunidad de replantear la unidad de
América Latina.
Ese
optimismo provenía de dos fuentes: por un lado, en los 22 años transcurridos
desde la creación de la ALALC en 1960, era la primera vez que un mismo problema
económico afectaba simultánea y conjuntamente a todos los países del
continente. En consecuencia, así parecía, su solución también requeriría de una
acción conjunta; y, por otro lado, como se hizo evidente en la mencionada
reunión de Panamá, los acreedores ya habían formado un consorcio[33]
para unidos poder continuar cobrando sus préstamos. Por lo tanto, parecía obvio
que ante la necesidad de renegociar esos pagos, los países de América Latina
también apoyarían la creación de un cartel que a todos represente.
Desde
luego, la creación de un cartel, club o sindicato –ya sea por iniciativa de los
acreedores o de los deudores- atentaba contra el libre funcionamiento del
mercado de capitales. Sin embargo, una vez que ya existía un consorcio de
acreedores, el propio Adam Smith hubiera propuesto la creación paralela de un
consorcio de deudores. Su pensamiento sobre este aspecto se manifiesta en las
siguientes palabras: [34]
‘El monopolio es el mayor enemigo de la negociación justa y moderada de
las cosas de la sociedad, y por regla general jamás debe ser permitido, sino
cuando en virtud de la libre competencia de otros en un mismo tráfico se ve
obligado cada uno a recurrir a él en defensa de sus propios caudales’.
No
obstante y a pesar del consejo de Adam Smith, la propuesta de anteponer un
consorcio paralelo al de los acreedores, fue desechada por los propios deudores
en la ya evocada tarde del día jueves 24 de marzo de 1983, en una de las salas
del hotel Marriot de la ciudad de Panamá.
La
desunión entre los países latinoamericanos se sintió con más fuerza a partir de
los primeros meses de 1986 cuando, de acuerdo a los contratos ya renegociados,
se debía reanudar el pago de la deuda y, por lo tanto, se requerían los dólares
que el Modelo de sustitución de importaciones no había logrado generar.
Desde
luego, el objetivo del Modelo no era generar dólares, sino todo lo
contrario: prescindir de ellos. Además, desde antes de 1983, el esquema cepalino
ya había sido rebautizado con el nombre de ‘Modelo de crecimiento hacia
adentro’; palabras que resumían la intención de ahorrar dólares consumiendo
con preferencia lo que se produzca dentro del continente. En todo caso,
cualquiera su nombre fuese, la crisis evidenció que el Modelo no había
ahorrado dólares ni los había generado.
Ante
esa realidad, a partir de 1986 la brújula del desarrollo latinoamericano
pareció girar sobre su propio eje. Esta vez, en lugar de mirar hacia adentro se
puso de moda hablar del ‘Modelo de crecimiento hacia afuera’, apelativo
que recoge el nuevo dogma que –hasta el día de hoy, en pleno Siglo XXI- asevera
que América Latina debe exportar más para pagar más.
Inspirados
en la nueva consigna de exportar para pagar, el 29 de julio de 1986, los
presidentes de Brasil y Argentina se reunieron en Buenos Aires para crear una
alianza comercial -el Mercosur- que ‘permita encontrar
soluciones innovadoras que superen los modelos tradicionales’.[35]
Así,
de manera oficial, se decretó la defunción del antiguo y tradicional Modelo
Cepalino que por tres décadas, aunque bajo diferentes nombres, había
señalado el sendero que a lo largo de esos años recorrieron casi todas las
políticas económicas de América Latina.
Sepelio
La
defunción del Modelo Cepalino colocó a los funcionarios de la CEPAL ante
una drástica disyuntiva: cambiar o morir. Ante ese dilema y resueltos a que su institución
sobreviva, eligieron la alternativa de supervivencia más sabia: cambiar para no
morir.
Con
esa consigna en mente y desde mucho antes de finalizar la década de los 80, en
los pasillos de las oficinas de la CEPAL ubicadas en la comuna Vitacura de
Santiago, ya circulaban tres rumores: en lugar de importar menos se insinuaba
que era preferible exportar más; en lugar de aumentar el ahorro se recordaba
que más convenía aumentar el ingreso; y, en lugar de crecer hacia adentro,
se proponía crecer desde adentro.[36]
De
esta manera -así se razonaba- se cumpliría fielmente con la exigencia de los
acreedores de exportar más para pagar más y, adicionalmente, el nuevo objetivo
del Modelo lograba imitar la promesa de generar más divisas ofrecida por
su antecesor: el modelo de crecimiento hacia afuera.
No
obstante, en virtud de que el mundo sigue andando y la historia también, no nos
debería sorprender si es que -desde las brumas del planeta globalizado y en
pleno Siglo XXI- de pronto surge un nuevo exponente: el modelo de crecimiento
desde afuera.
Tras
el sepelio del tradicional Modelo Cepalino, es obvio, también tenía que
ser enterrado su principal mano ejecutora: la respetable ALALC. Este hecho y el
nacimiento del Mercosur,
abrieron camino a una nutrida cadena de acuerdos y alianzas comerciales
bilaterales, trilaterales y multilaterales, a lo largo y a lo ancho de las tres
Américas.
Entre
las principales reuniones oficiales y en cronología, sobresalen las oficiadas
en las siguientes ciudades: Asunción, en marzo de 1991; Foz de Iguazú, en marzo
de 1992; Brasilia, en febrero de 1993; Miami, en diciembre de 1994; Denver, en
junio de 1995; Cartagena, en marzo de 1996; Belo Horizonte, en mayo de 1997;
Santiago, en abril de 1998; Toronto, en noviembre de 1999; Ciudad de Guatemala,
en abril del 2000; Québec, en abril del 2001; Ciudad de Panamá, en Mayo del
2002; y, las demás reuniones que con seguridad ya se habrán efectuado antes de
que estas líneas hayan sido leídas.
Todas
esas citas cumbres están encaminadas a construir un solo mercado
congregando a los consumidores de las tres Américas, las cuales pasarían a
integrar una zona de libre comercio que
ha sido bautizada con la siglas ALCA.[37]
Desde el punto de vista geográfico, el ALCA cubriría los territorios ubicados
desde Alaska en el norte hasta la Patagonia en el sur y congregaría a los
siguientes 34 países: los 10 de Sudamérica que formaban parte de la ALALC
original; los 7 países de Centro América que formaban el MCCA; los 14 países
ubicados en el área del Caribe; y los tres países -México, Estados Unidos y
Canadá- que están en América del Norte. Para englobar a la totalidad del
continente, solo faltaría receptar a la isla de Cuba.
Desde
luego, el ALCA aún tiene que superar a su principal adversario, los TLC –
Tratados de Libre Comercio- impulsados recientemente por aquellos que ven en el
ALCA una potencial herramienta de unidad latinoamericana. En todo caso, si de
acuerdo a lo previsto el ALCA comienza a funcionar en enero del 2006,
aglutinará más de 800 millones de consumidores que, de acuerdo a las
estadísticas oficiales, llegarían a formar el mercado ‘más grande del mundo’.[38] Sin embargo, para
que esos 800 millones de habitantes -no solo en las estadísticas, sino en el
diario convivir- en la práctica logren conformar un solo mercado, deberán tener
la capacidad real para, entre ellos, producir y consumir, comprar y vender, exportar
e importar.
Si
es que esta última condición no se cumple, a pesar de su gran tamaño
geográfico, el ALCA no será el mercado ‘más grande del mundo’ como
aseveran sus promotores, porque la capacidad
de consumo de sus habitantes no logrará superar el potencial del mercado
que actualmente forman los 1.312 millones de herederos de las Analectas de
Confucio o los 1.086 millones de discípulos de Los Vedas, ni tampoco
el que alcanzan los 1.052 millones de fieles agrupados en torno a El Corán;
comparación que es válida por cuanto cada uno de esos grupos humanos desde hace
tiempo han configurado zonas de libre comercio y, además, han estado integradas
bajo una sola cultura: la de China, la de India y la del Mundo Árabe,
respectivamente.
Paradoja
Así,
al empezar el Siglo XXI Latinoamérica afronta una visible paradoja. Por un
lado, el ruido y oleaje provocados desde 1956 por el fracasado afán de crear
una zona de libre comercio, han impedido que Adam Smith pueda atracar en
nuestras costas e impulsar nuestro desarrollo. Pero, por otro lado, la ausencia
de Smith ha restringido las oportunidades de Latinoamérica para alcanzar ese
nivel básico de riqueza y de consumo necesarios para competir en un mundo
irreversiblemente globalizado.
6
__________
SUBDESARROLLO
DE LOS TRÓPICOS
En
nuestro continente hoy existen 2.124 entidades regionales y nacionales cuyo
principal objetivo es apoyar el ‘desarrollo’ de América Latina.[39] Sin
embargo, ninguna de ellas ha logrado definir en consenso cual es el significado
que tiene la palabra ‘desarrollo’. Al contrario, tal como sucede con la
sonrisa de la Mona Lisa, la palabra ‘desarrollo’ ha llegado a tener
tantos significados como observadores la han observado.
Desde
luego, también puede suceder que algunos observadores rehúsen observarla. En 1966, la UNCTAD[40] -que
había sido creada dos años antes como brazo ejecutor de las políticas de
desarrollo de la ONU- encargó a dos renombradas cofradías de profesionales en
ciencias económicas, para que realicen un estudio encaminado a investigar las
fuentes que generan el desarrollo de los países.
Las
dos cofradías escogidas -que entonces tenían y aún tienen un gran prestigio
internacional- fueron la American Economic Association y la Royal
Economic Society. La primera fue
fundada en 1885 y actualmente tiene alrededor de 23.000 miembros. Todos ellos
son profesionales en alguna rama de las ciencias económicas y más de la mitad
realiza labores docentes en universidades norteamericanas, una tercera parte
trabaja en los negocios e industrias del sector privado y, los remanentes, se
desempeñan principalmente como funcionarios de entidades locales, estatales y
federales de los Estados Unidos.
La segunda organización, la Royal Economic
Society, fue fundada en Inglaterra en 1890 y tiene más de
3.300 miembros, de los cuales solo alrededor del 40 por ciento permanece dentro
de Inglaterra, principalmente en los sectores gubernamentales, bancarios y
académicos.
Confiados en el prestigio y experiencia de esas
instituciones, así como en el visible hecho de que –entre los 188 países
miembros que tiene la UNCTAD- más de las cuatro quintas partes pertenecen al
mundo ‘no desarrollado’, se
creyó que en el estudio por fin se lograría definir que significado tiene
el ‘desarrollo’ para los países subdesarrollados. El documento
contiene más de cien páginas, pero algunos latinoamericanos quizá dejaron de
leerlo antes de llegar a la segunda página, debido a que en la primera inesperadamente
se declara que:[41]
‘En este informe... no hemos considerado
pertinente incluir los problemas del ahorro óptimo ni el desarrollo de los
países atrasados.’
A pesar de esa lapidaria afirmación, el informe
encierra una muy valiosa enseñanza: los problemas de los países atrasados
pueden no ser pertinentes ni relevantes para las instituciones de los países
desarrollados. En consecuencia, el buscar una salida al subdesarrollo de
América Latina es una tarea obligatoria solo para los latinoamericanos.
Pero
es una tarea que -tal como hace con sus ojos la Mona Lisa- puede abarcar todo
sin necesidad de observar nada. Así,
Latinoamérica ha explorado casi en todos sus rincones sin saber lo que
está buscando.
No
obstante en la búsqueda sí se han cosechado frutos. En los tres principales
rincones de la izquierda, del medio y de la derecha, se ha descubierto por lo
menos una teoría: la Teoría de la Dependencia en la izquierda; la Teoría de la
Evolución en la mitad; y la Teoría de los Trópicos en la derecha. Cada una de
las tres merece una rápida mirada.
Teoría de la Dependencia
Esta teoría se asienta en el combativo y
combatido dogma que asegura que el desarrollo del primer mundo nace, crece y
vive gracias al subdesarrollo del tercer mundo.
La expresión ‘tercer mundo’, a su vez, se
origina en un artículo publicado en 1952 por el economista francés Alfredo
Sauvy, quien observó que, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el planeta
fue repartido entre los países vencedores del bloque Occidental y del
bloque Oriental, sin tomar en cuenta a los demás países que, al igual
que el Tercer Estado en los años de la Revolución Francesa, quedaron
relegados a un ignorado tercer plano o Tercer Mundo.
En ese contexto, el vocablo ‘tercer’
no expresa un orden numérico, sino que implica una marginación impuesta por
parte de otros dos. Sin embargo, una elemental lógica presupone que si existe
un tercero, necesariamente deben existir un segundo y un primero.
Así, a los países situados en Europa Occidental y Norteamérica, además de
Japón, Nueva Zelanda y Australia, se los denominó bajo el nombre genérico de Primer
Mundo; a los países de Europa Oriental y a sus aliados, se los ubicó en el Segundo
Mundo; y, por exclusión, se designó como Tercer Mundo al conformado
por los demás países.
Desde luego, a raíz de la desaparición del Segundo
Mundo debido al colapso del bloque comunista, vuelve a tener vigencia la
intención original de Alfredo Sauvy. Así, el Tercer Mundo vuelve a
representar a los países que permanecen marginados de los designios y
negociaciones internacionales.
En el lenguaje de la diplomacia
internacional el calificativo de tercermundista suena peyorativo y, por
tanto, raramente se lo utiliza. En esas esferas se prefiere usar términos tales
como ‘países en desarrollo’, ‘países emergentes’, ‘países rezagados’, ‘países
en vías de crecimiento’, entre otros.
En los documentos de la CEPAL se ha
preferido utilizar los apelativos de Centro y Periferia -en lugar
de los de Primer y Tercer mundos- para resaltar el supuesto de
que el desarrollo económico de los países periféricos depende de las
decisiones que adopten los países del Centro. Así como para recalcar que
la dependencia económica tiende a perpetuarse porque los productos que exporta
el centro industrializado se encarecen, mientras simultáneamente los
productos primarios que exporta el mundo periférico se abaratan.
Para salir de esta encrucijada -recordábamos
hace pocas líneas- el Modelo Cepalino sugería reducir la dependencia de
América Latina creciendo hacia adentro. Es decir, produciendo para el
consumo interno. Pero los oponentes de la CEPAL más bien sugerían seguir la
dirección inversa: que América Latina crezca hacia afuera. Es decir, que
produzca para exportar.
La controversia alrededor de esa polémica
teoría se reactivó en 1996, cuando tres conocidos periodistas[42]
publicaron un libro titulado ‘Manual del perfecto idiota latinoamericano’,
a través del cual califican de ‘idiota’ a todo el que simpatice con la
Teoría de la Dependencia.
Un título tan despectivo, como es obvió,
tenía que generar una respuesta drástica e inmediata. En pocos meses, el
argentino Juan Gabriel Labaké elaboró su respuesta y publicó el libro ‘Autorretrato
de Cuatro Idiotas Latinoamericanos’;[43]
título que parecería que incluye como un cuarto idiota al laureado escritor
peruano Mario Vargas Llosa, en razón de que es él quien realiza la presentación
del libro escrito por los otros tres. Debido a la talla y tesón de los
oponentes, es probable que la controversia se dilate unos cuantos años más.
Teoría de la Evolución
Esta teoría intenta equiparar el desarrollo
económico de las naciones con el desarrollo y evolución de las especies. Bajo
esa óptica, los países subdesarrollados necesariamente tendrán que recorrer el
mismo proceso de evolución histórica que ya han recorrido los países desarrollados.
En ese escenario, quienes conducen las
políticas económicas deben actuar exclusivamente en dos circunstancias: la
primera circunstancia se produce cuando, por alguna anomalía externa o interna,
el país se ha desviado del sendero natural que lo conduce a su evolución; y, en
segundo lugar, sí el país se encuentra atrasado en relación a la distancia ya
recorrida por otros países que, desde un punto histórico y geopolítico son
sus contemporáneos.
Para
las dos anomalías –desvío o retraso- la teoría ofrece un distinto
menú de opciones. En el caso de desvío, las medidas sugeridas son las de
corrección de la oferta identificadas con las políticas de tipo fiscal. Para el
caso de retraso, suelen sugerirse las medidas de regulación de demanda
identificadas con las políticas de tipo monetario.
La
Teoría de la Evolución cuenta con el respaldo implícito de las organizaciones
regionales que oficialmente están obligadas a impulsar el desarrollo de
Latinoamérica, incluyendo el Banco Interamericano de Desarrollo, el
Instituto de Investigaciones del Desarrollo de Latinoamérica, el
Consejo Interamericano de Desarrollo Integral, la Agencia de Cooperación
y Desarrollo, la Conferencia Permanente sobre el Desarrollo, el
Centro de Administración del Desarrollo, el Centro de Competitividad y Desarrollo,
etc. En el nombre de todas esos entes se encuentra escrita la palabra desarrollo,
pero ninguno intenta definirla.
Es
decir, aunque solo de manera implícita, se declara que no es necesario definir
el significado del desarrollo, ni tampoco tratar de descubrir el sendero que a
él conduce. Lo único que hace falta es caminar que -caminando y por evolución-
algún día llegaremos a la meta dondequiera que esta se encuentre.
Así,
la Teoría de la Evolución esboza una pincelada optimista en el horizonte del
mundo subdesarrollado: todos nuestros países, tarde o temprano, alcanzarán el
nivel de desarrollo que actualmente ya han alcanzado los países del Primer
Mundo.
Lastimosamente
el optimismo desaparece con una simple mirada a las estadísticas: las tres
cuartas partes de la población mundial están concentradas en América Latina,
Asia y África, pero consumen únicamente la cuarta parte de los recursos y
energía de la Tierra. En cambio, los países ricos que alimentan a solo una
cuarta parte de la población mundial, consumen tres cuartas partes del total de
los recursos naturales del planeta.
Lo
anterior significa que si los pueblos del Tercer Mundo algún día alcanzan
-conforme a la Teoría de la Evolución- un nivel de consumo igual al que tienen
los pueblos del Primer Mundo, se necesitaría poseer tres veces el planeta
tierra. Desde luego, también existiría la alternativa de cercenar la población
en sus dos terceras partes, para lo cual se podría efectuar un imparcial sorteo
que determine cual de las tres partes debe trasladarse a vivir en Marte y cual
a vivir en Venus.
Teoría
de los Trópicos
Esta
teoría se fundamenta en la sorprendente afirmación de que los países
latinoamericanos son subdesarrollados debido a que se encuentran ubicados en
las zonas tropicales.
Lo
que sorprende de esta teoría no es su humilde simpleza o su soberbia estupidez,
sino el hecho de que ha sido respaldada de manera tácita por el Banco
Interamericano de Desarrollo. En efecto, en agosto de 1998, el BID publica un
documento que tiene un efusivo título: ‘Naturaleza, Desarrollo y
Distribución en América Latina. La evidencia del papel de la Geografía,
el Clima y los Recursos Naturales’. [44]
El
documento se respalda en varios escritos publicados a raíz de que la crisis de
pagos de 1994 –la ‘del efecto tequila’- proporcionó la innegable
evidencia de que los mecanismos de ajuste económico impuestos por los
organismos internacionales habían fracasado.
La
evidencia del fracaso debe haber sido percibida también por los funcionarios
que por más de una década habían aplicado la receta prescrita para curar la
enferma economía de América Latina. Pero sí la receta había fracasado no era
forzoso culpar a quienes la habían recetado. Al contrario, se podía exonerar de
culpa al médico e inculpar al enfermo con un simple cambio de diagnóstico.
Así,
apareció un nuevo diagnóstico que –quizá utilizando las mismas técnicas con que
se detecta la leucemia, la hemofilia o la sífilis- había descubierto que el
atraso de América Latina en realidad se debe al hecho que ‘el subdesarrollo
se encuentra en la sangre ibérica que
han heredado los latinoamericanos’.[45]
El
nuevo diagnostico, desde luego, requería respaldarse en nuevas hipótesis, para
lo cual oportunamente se seleccionaron las tres siguientes: [46]
‘Hipótesis 1: Las
condiciones tropicales reducen la eficiencia de los trabajadores y sus
salarios’.
‘Hipótesis 2: En el trópico... los recursos naturales constituyen
tragaderos de capital’.
‘Hipótesis 3: En los
trópicos... la volatilidad económica lidera el bajo crecimiento y la disparidad
de ingresos’.
Cada hipótesis se encuentra acompañada de datos oficiales que señalan
que la productividad de los obreros –y en consecuencia también sus salarios- en
efecto son menores en América Latina que en los países industrializados; que la
bondad del clima tropical y de sus abundantes recursos naturales, absorben gran
parte de nuestro escaso capital; y, que es la volatilidad de nuestras economías
–no la de sus gobiernos y sus políticas- lo que genera un bajo crecimiento y
una aguda desigualdad en la distribución de los ingresos.
A pesar de que esos datos oficiales de hecho describen las
características propias del subdesarrollo, esas características no son
congénitas a los trópicos. Baste señalar el caso de Asia del Este, integrada
por tigres y dragones visiblemente tropicales, pero que -de acuerdo a los
parámetros del propio BID- no pueden ser calificados como ‘subdesarrollados’. Y
también el caso de Argentina, el país menos tropical de América Latina, pero
que actualmente–en los primeros años del Siglo XXI- es el país más destrozado y
empobrecido del continente.
Una segunda interpretación es formulada por Jeffrey Sachs en el
documento ‘Subdesarrollo Tropical’, [47]
en el cual argumenta que el subdesarrollo no se origina en ‘el clima’ de los
trópicos como apadrina el BID, sino en ‘su geografía’.
Para Sachs –que ha sido
consultor internacional y asesor de varios gobiernos de América Latina,
Norteamérica y de la ex Unión Soviética- el subdesarrollo de los países es
directamente proporcional a la distancia que existe entre sus fronteras y las
capitales económicas.
Ante las críticas que provocó el desastre de la ex Unión Soviética que
lo había contratado como asesor y adoptado su receta, Sachs expresó lo
siguiente:[48]
‘En el caso del ex bloque soviético, el único gran factor que explica
el menor éxito de cada país es el mayor número de millas que distan desde
Stuttgart’.
Sobre la base de esta última afirmación, se concluye que los geógrafos
podrán asesorar en la búsqueda del desarrollo mucho más eficientemente que la
mayoría de economistas que ya lo han intentado. Esta potencial supremacía de
los geógrafos sobre los economistas, se confirma al analizar la actual
situación de los países asesorados por economistas, especialmente de los
asesorados por el propio Jeffrey Sachs.
Una tercera variante de la Teoría de los Trópicos, afirma que el
subdesarrollo no se origina en ‘el clima’ ni en ‘la geografía’, sino en ‘la
cultura’ de la gente que vive en los trópicos. Esta variante es apoyada por
varios profesores de la Universidad de Harvard,[49]
siendo Lawrence
Harrison el portavoz más visible.
Harrison trabajó desde 1962 en las oficinas que la AID[50]
mantiene en América Latina. En 1985, tres años después de haberse jubilado,
publicó un libro titulado ‘El subdesarrollo es un estado de la mente: el caso
latinoamericano’. Sus ideas fueron ampliadas 15 años después en un libro de
autoría múltiple: ‘La Importancia de la Cultura’.[51]
En esas obras se argumenta que el nivel de la riqueza o de la pobreza de un
país, se encuentra directamente conectado con el nivel de su cultura, donde la
palabra ‘cultura’ incluye una variedad casi infinita de valores y conceptos
éticos, sociales, administrativos, religiosos, históricos, políticos,
convencionales, institucionales, etc.
En contraste a las dos primeras versiones –la de ‘el clima’, que cotiza
el subdesarrollo en grados Celsius o Fahrenheit y la de ‘la geografía’ que lo
mide en millas o kilómetros- la versión de ‘la cultura’ utiliza valores y
conceptos imposibles de medir.
Pero esa imposibilidad puede obviarse fácilmente si es que se aplica el
criterio inverso: la ‘anti-cultura’; la cual podría medirse sobre la base del
número de políticos y funcionarios públicos y privados que –desde México hasta
Argentina- han sido pillados en abiertos actos de corrupción.
Es probable que la coincidencia estadística que se obtenga entre
corrupción y subdesarrollo, efectivamente logre satisfacer todas las pruebas
econométricas de correlación estadística que deseen verificar los docentes de
Harvard y los demás creyentes en el tropicalismo cultural.
Teoría
y práctica
De
manera independiente al número de creyentes, de disidentes y de opositores que
cada una de tres las teorías tenga, parecería sensato afirmar que en todas
ellas es posible encontrar algo de verdad y algo de falsedad. Sin embargo, en
ninguna de ellas es posible encontrar alguna premisa que en la práctica sirva
para encontrar el sendero que conduce al desarrollo económico de América
Latina.
Así,
bajo cualquiera de esas tres teorías, en Latinoamérica quedaríamos fatalmente
condenados a subsistir en los confines del subdesarrollo: estaríamos condenados
bajo la Teoría de la Dependencia, porque no se puede borrar la historia ya
escrita de la conquista, sumisión y coloniaje que enmarcan el nacimiento de
nuestros países; condenados bajo la Teoría de la Evolución, porque es imposible
transmutar el universal y eterno proceso evolutivo; y, condenados bajo la
Teoría de los Trópicos, porque ni el clima, ni la geografía, ni la longitud del
planeta pueden ser dominados por el accionar humano.
Felizmente
y por fuera de ese influyente fatalismo conceptual, permanece aún inexplorado
el pensamiento del fundador de la economía como ciencia social: Adam Smith. La
relevancia que su pensamiento tiene para el desarrollo económico de América
Latina, es lo que las próximas páginas intentan explorar.
7
__________
EL LIBRO DEL
DESARROLLO
El progreso económico
de las naciones, según Adam Smith, no se basa en su localización geográfica, ni
en los procesos evolutivos, ni tampoco en las características tropicales -como
vimos que afirman las diversas teorías que hasta hoy han liderado el pensamiento
económico de América Latina- sino en el esfuerzo que realicen todos y cada uno
de sus habitantes. ‘La Riqueza de las Naciones’ empieza con la siguiente
frase:[52]
‘El
trabajo anual de cada nación es el fondo que la surte originalmente de todas
aquellas cosas necesarias y útiles para la vida que se consumen anualmente en
ella, y que consisten siempre o en el producto inmediato de aquel trabajo, o en
lo que con aquel producto se adquiere de las demás naciones.
Según,
pues, aquella proporción que este producto, o lo que con él se adquiere, guarde
con el número de los que han de consumirlo, así la nación estará más o menos
abastecida de las cosas necesarias y útiles que más conduzcan para su uso o su
necesidad.’
Esa frase resume el mensaje que cristaliza en su obra y que, en
definitiva, afirma que la riqueza de una nación depende de tres factores: del
eficiente uso de sus recursos naturales y humanos, de un amplio intercambio de
sus productos y de una equitativa distribución del ingreso.
A
pesar de la soberbia sencillez de ese mensaje –sencillez que Smith utiliza en
toda su obra- su significado tiene una profunda relevancia para la búsqueda del
sendero que conduce al desarrollo de América Latina.
Lo
que no dijo:
En
razón de que el número de quienes citan a Adam Smith es inmensamente superior
al número de quienes lo han leído, antes de analizar su obra es necesario
señalar que existen tres grandes mitos que suelen ser falsamente atribuidos a
Smith: primero, la política del ‘dejar hacer, dejar pasar’; segundo, la
existencia de ‘la mano invisible’; y tercero, la defensa del ‘capitalismo’.
‘Laissez faire, laissez passer’
Jean
Claude Marie Vincent de Gournay nació en 1712 en una de las propiedades que su
rica familia mantenía en Paris y llegó a ser uno de los comerciantes más
adinerados en la etapa previa a la
revolución francesa. En 1751 fue nombrado Intendente de Comercio por el penúltimo rey de Francia, Luis
XV, cargo con el que intentó derogar –bajo la consigna del ‘laissez
passer’- todas las
normas que en ese entonces limitaban las actividades comerciales. Ante la
reticencia de la monarquía a ‘dejar pasar’ por la aduana francesa
libremente y sin impuestos los bienes comprados en otros países, Gournay buscó
apoyo en la naciente clase industrial cuyas actividades también estaban
subordinadas al criterio monárquico sobre las industrias que se podían ‘dejar
hacer’ dentro de territorio frances. Así, la consigna se amplió al ‘laissez
faire, laissez passer’ que perdura hasta nuestros días.
En
Latinoamérica la consigna ha sido atribuida a Smith, tanto por algunos de los
que se consideran sus partidarios como por los que se consideran sus
adversarios. Ambos grupos aseguran que la frase ‘dejar hacer, dejar pasar’
demuestra que él -el fundador de la ciencia económica- era radicalmente
contrario a cualquier regulación por parte del Estado. Pero en ese punto
termina la coincidencia entre esos dos grupos que allí toman distintos caminos para arribar a dos
conclusiones frontalmente opuestas: mientras sus ‘partidarios’ afirman que el ‘laissez
faire’ de Smith conduce a una sociedad autorregulada; sus adversarios
concluyen que el ‘laissez passer’ de Smith genera un Estado caótico y un
terrorismo económico.
Ventajosamente
ninguno de los dos grupos tiene razón. En ninguna de las páginas de ‘La
riqueza de las naciones’ -o de la ‘Teoría de los sentimientos morales’,
su otra gran obra- Smith menciona, transcribe, convoca o hace algún tipo de
deferencia a la consigna del ‘laissez faire, laissez passer’; consigna
que, además, coexistía con el entorno de
la doctrina mercantilista, a la cual fue precisamente Smith quien combatió y
sepultó.
‘La
mano invisible’
En
la primera sección del Capítulo II del Libro IV de su obra, refiriéndose a la
acción individual de las personas, Adam Smith escribe la siguiente frase: [53]
‘Ninguno
por lo general se propone originariamente promover el interés público....
Cuando prefiere la industria doméstica a la extranjera, sólo medita su propia
seguridad, y cuando dirige la primera de forma que su producto sea el mayor
valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en este y en muchos
otros casos es conducido, como por una mano invisible, a promover un fin
que nunca tuvo parte en su intención.’
Esa es la única vez que la
palabra ‘invisible’ aparece a lo largo de las mil sesenta y una páginas que
tiene la obra. Sin embargo, la ‘mano invisible’ quizás es la metáfora
más usada en la argumentación económica, tal vez superada solo por aquella otra
famosa metáfora del ‘libre juego’ entre oferta y demanda.
Desde luego, lo que suele
resaltarse es la posibilidad de que la ‘mano invisible’ logre
transformar parte de las ganancias del comerciante y del productor en ganancias
para el resto de la población; posibilidad que no podría ser negada ni siquiera
por el más radical adversario de la economía de mercado.
Pero el mito levantado
alrededor de esa metáfora consiste en convertir esa posibilidad –‘en
este y en muchos otros casos’- en la creencia de que la ‘mano invisible’ siempre
conducirá al bien común; creencia que es negada una y otra vez por el propio
Adam Smith, por ejemplo cuando explícitamente intercede por la necesidad de
legislar: [54]
‘Dos objetos son los que presenta la economía política, considerada
como uno de los ramos de la ciencia de un legislador y que debe cultivar un
estadista: el primero... habilitar a sus individuos y ponerles en estado de
poder surtirse por sí mismos de todo lo necesario; y el segundo, proveer al
Estado o República de rentas suficientes para los servicios públicos y las
expensas o gastos comunes, dirigiéndose en ambos objetos a enriquecer al
Soberano y al pueblo como tales’.
Cuando expresa más temor por la ambición privada que por la tiranía
pública: [55]
‘Puede decirse que la caprichosa
ambición de algunos tiranos y ministros, que en algunas épocas ha tenido el
mundo, no ha sido tan fatal al reposo universal de Europa como el impertinente
celo y envidia de los comerciantes y fabricantes’.
Y
cuando advierte que la codicia de algunos individuos puede juntarlos en
conspiración contra el beneficio común: [56]
‘Rara
vez se verán juntarse los de la misma profesión u oficio, aunque sea con motivo
de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y
sus conversaciones en alguna combinación o concierto contra el beneficio común,
conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías’.
Así,
el propio Adam Smith antepone la necesidad de legislar, frenar ambiciones y
defender el beneficio común, por sobre el imprevisto accionar de la quimérica ‘mano
invisible’.
La
defensa del ‘capitalismo’
Por
otro lado, el capitalismo –bajo cualquiera de sus muchas definiciones e
interpretaciones- es un sistema económico que gira únicamente alrededor del
factor capital. Mientras que en el pensamiento de Smith, el sistema económico
gira alrededor de varios factores -entre los que se incluye al capital como un
factor más- que deben compartir los ingresos y las ganancias, las cuales pasan
a convertirse en las rentas, los fondos, los sueldos y los salarios del resto
de los factores. Así lo expresa en el siguiente párrafo:[59]
‘Un
jardinero, que cultiva su propio huerto con sus mismas manos, reúne en su
persona los tres distintos caracteres de propietario, colono y jornalero, y sus
productos le pagan la renta del primero, las ganancias del segundo y los
salarios del tercero.’
Lo que dijo:
Adam Smith era un reconocido pacifista que,
desde luego, no luchó personalmente en la revolución francesa y probablemente
jamás disparó un arma. Pero desde sus escritos –que es como decir desde su
trinchera- si peleó por los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que
inspiraron la toma de la Bastilla y del Palacio de Versalles.
Tampoco luchó en la guerra de la
independencia de Estados Unidos y ni siquiera conoció al nuevo continente. No
obstante, en sus escritos argumentaba sobre la conveniencia de liberar las
colonias que Inglaterra mantenía al otro lado del Atlántico. El último párrafo
de su obra ‘La riqueza de las naciones’ concluye afirmando lo siguiente:[60]
‘Más de un siglo hace que están los que
gobiernan el Imperio Británico deslumbrando al público con la vana idea de que
poseen unos dominios vastos en la parte occidental del Atlántico. Pero este
Imperio... habrá de costar siempre un inmenso dispendio sin esperanza de
provecho alguno. Si el proyecto no puede llegar a logro debe enteramente
abandonarse; si cualquiera de las provincias del Imperio Británico rehúsa a
contribuir a la conservación del Imperio, excúselas... procurando el Gobierno
acomodar sus futuras miras y designios a la mediocridad real y verdadera de sus
circunstancias nacionales.’
En este, su mensaje final al gobierno
británico, Smith respalda la conveniencia de liberar del coloniaje a
Norteamérica. Pero su respaldo no se basa en ninguna emoción anti-imperialista
o en alguna moral pacifista. Tampoco constituye una apología al ‘laissez
faire’, a la ‘mano invisible’ o al ‘capitalismo’.
Por el contrario, sus argumentos se centran
exclusivamente en un objetivo: el beneficio económico de los habitantes de su
propio país, Inglaterra.
No obstante, Adam Smith trascendió los
limites del siglo en que vivió y de su nacionalidad. Así, aunque entre nosotros
aún sea ignorado, su filosofía tiene plena vigencia para el desarrollo de la
América Latina del Siglo XXI. Demostrar esa vigencia es el objetivo del próximo
capítulo.
8
__________
EN UN MUNDO
GLOBALIZADO
Los problemas que Adam Smith enfoca en ‘La
riqueza de las naciones’ se relacionan, desde luego, con las circunstancias
prevalecientes en la época en que vivió. Sin embargo, en vista de que con su
obra transforma al pensamiento económico en una ciencia social, su doctrina
abarca un horizonte universal que –así creemos- transciende tiempo y espacio.
La obra de Smith se traduce al idioma español
tres años después de la revolución francesa por orden del Rey Carlos IV, quien
desea evitar que se dupliquen en España las mismas causas que provocaron el
colapso de la monarquía francesa. De la traducción se encarga a Josef Alonso
Ortiz, que resume la obra de Smith con el siguiente párrafo:[61]
‘Trata del principio universal de toda
riqueza, que es el trabajo productivo del hombre, de las rentas de la tierra y
de las ganancias de los fondos que se emplean en todas las negociaciones de una
sociedad, habla de las producciones rudas del campo, de las manufacturadas, de
sus comparaciones y valores intrínsecos y extrínse-cos, de la relación y
proporción que tienen con el signo, o moneda que constituye la riqueza nominal,
de los progresos de las Naciones, de sus causas y de las de su decadencia, de los
sistemas mercantil y agricultor, de las obras y establecimientos públicos, de
los gastos del Estado, de las expensas del Soberano y de los fondos que deben
sufragar a todas ellas.’
Es decir, de acuerdo al resumen del traductor
y en el lenguaje propio de aquella época, la riqueza de las naciones se
genera desde tres fuentes: en primer lugar, por la suma del producto rudo
del campo, más las manufacturas, más el comercio y las
negociaciones del hombre; en segundo lugar, por las rentas y ganancias
de los fondos en relación con la estabilidad del signo monetario o
con su decadencia; y, en tercer lugar, por la distribución de los
fondos disponibles entre los gastos del Soberano, las obras públicas
y el trabajo productivo del hombre.
Utilizando
un lenguaje más moderno, se podría interpretar que Adam Smith afirma que las
políticas del desarrollo económico en cualquier país deben tratar de alcanzar
tres objetivos: una tasa de crecimiento del producto superior al crecimiento de
la población;[62] un adecuado índice
de rentabilidad y estabilidad financiera; y, un reparto eficiente y equitativo
del ingreso entre los diversos sectores de la población.
Así,
es en la obra de Smith donde se debería buscar aquel sendero que podría
guiarnos hasta alcanzar el desarrollo de nuestro continente. Sin embargo, es
inevitable que surja por lo menos una
pregunta:
¿Es posible sobreponer en el escenario económico y social de la
América Latina del Siglo XXI, una doctrina que fue meditada y escrita en la
Europa del Siglo XVIII ?
Contestar esa pregunta es el objetivo de las próximas líneas.
Transitando al Siglo XXI
Hasta la segunda guerra mundial, la economía
latinoamericana se había basado en la producción agrícola y en la explotación
de materias primas y minerales del subsuelo. Sin embargo, esa rudimentaria
actividad le había permitido alcanzar un nivel de bienestar económico similar
al de los países que actualmente conforman el industrializado primer mundo.
Pero con el fin de la segunda guerra mundial
empezó el fin de la era colonial. En el transcurso de apenas cinco años, casi
todas las colonias lograron liberarse del control político de sus imperios:
India de Inglaterra; Filipinas de los Estados Unidos; Indonesia de Holanda;
Corea del Japón; Vietnam de Francia; el norte de África de Italia y Francia;
otras partes de África de España y Bélgica; y el Oriente Medio de Inglaterra y
Francia.
Esas antiguas colonias, una vez liberadas,
reorientaron su actividad económica en función de su posición geográfica y
geológica que las capacitaba para cultivar y explotar de manera espontánea la
mayoría de los productos, materias primas y minerales que también se originaban
en suelo latinoamericano. Esa incipiente globalización de la oferta colocó a
las ex-colonias y a Latinoamérica, frente a frente en la competencia de post
guerra por captar y conservar los mercados de consumo de los países industrializados.
Un conocido axioma económico expresa que, en
la guerra por capturar mercados, solo existen dos armas de combate: calidad y
precios. Pero tratándose de la oferta de productos agrícolas, materias primas y
de minerales subyacentes en el suelo y el subsuelo -cuya calidad por definición
no puede por ser diversificada- la única arma disponible para ganar las
batallas por capturar mercados, es la manipulación de precios.
Sin embargo, para poder participar en una
guerra de precios, el país que vende tendrá que aceptar menos dólares aunque
entregue una mayor cantidad de productos. En consecuencia, para que el país
pueda exportar el gobierno debe devaluar. Así, el productor local obtendrá una
cantidad igual o mayor de moneda nacional aunque al país ingresen menos
dólares. Bajo esa modalidad, la devaluación ha sido el mecanismo más
profusamente utilizado desde mediados del Siglo XX por varios países del
Primero, del Segundo y del Tercer Mundo.
No
obstante, cuando devaluar es una política utilizada al mismo tiempo por países
que exportan los mismos productos -como en el caso de Latinoamérica y las
colonias liberadas desde 1945- toda su producción tendrá que venderse en un
precio más bajo. Así, poco después de haber finalizado la II Guerra Mundial, se
hizo evidente que los países de América Latina tenían que entregar más
toneladas de azúcar, arroz, café, cacao, cobre, carne, estaño o banano, para
recibir el mismo automóvil o el mismo tractor.
Ese abaratamiento de los productos primarios y el efecto inverso en
favor de los productos industrializados, obligó a concluir que parte del
subdesarrollo del Tercer Mundo, se debía al avance del Primer Mundo. En 1959,
el fundador de la CEPAL, Raúl Prebisch, escribía el siguiente párrafo: [63]
‘Mientras que los países del Centro han guardado para sí todos los
beneficios del progreso técnico de sus industrias, los países de la Periferia
han transferido gran parte de su propio progreso al Centro.’
La inmensa acogida que en Latinoamérica tuvo
ese argumento, impulsó a la mayoría de nuestros países a tratar de
captar por lo menos parte del beneficio que obtenía el ‘Centro’,
instalando fabricas destinadas a ensamblar algunos de los productos que se
importaban del mundo industrializado.
Los recursos que el
Estado podía ofrecer para incentivar la inversión e instalación de esas nuevas
fabricas, provenían de dos fuentes: por un lado, el gobierno podía exonerar
impuestos; y, por otro lado, podía conceder
abundantes y subsidiadas líneas de crédito. Desde luego, las dos fuentes
generaban un visible déficit fiscal que los gobiernos tenían la obligación de
financiar. Pero como hasta la Batalla del Yom Kipur en 1973, no existían
los abundantes petrodólares depositados en las bodegas de la banca internacional,
el financiamiento no podía surgir de la deuda externa sino que tenía que
buscarse en el ahorro interno o, más fácil, en el sótano del banco central
donde suele guardarse una maquinita para imprimir billetes.
Esa
maquinita fue instalada entre 1917 y 1931 cuando se crearon los bancos
centrales en Latinoamérica. En un inicio la maquina sirvió para que los
gobiernos puedan imprimir billetes en moneda nacional y en una cantidad
equivalente al oro que, en metal o divisas, el país guardaba como ‘reserva
monetaria’. El sistema se denominó ‘patrón oro’ en honor al metal
que lo respaldaba. Por otro lado, el calificativo de ‘divisa’ fue ungido
sobre la Libra Esterlina, hasta que fue sustituida por el dólar al finalizar la
II Guerra Mundial.
El
sistema funcionó adecuadamente mientras la cantidad de oro y divisas en poder
del banco central, resultaba suficiente para cubrir las transacciones diarias
de compra y venta. Sin embargo, financiar la instalación de nuevas fabricas y
generar nuevas fuentes de empleo, requería de una maquinita que pudiese
imprimir billetes a un ritmo más veloz.
Pero en aquellos tiempos apelar a la velocidad del Banco Central para
imprimir billetes, todavía era considerado un acto inconstitucional y, aún
peor, un acto altamente inflacionario. Tratando de cambiar esa opinión, los
técnicos de la CEPAL ensamblaron una serie de argumentos que intentaban
demostrar que la inflación no se origina en el exceso de dinero impreso por la
banca central, sino en las propias estructuras del país. Esos argumentos
eventualmente se recogieron en una sola envoltura teórica denominada ‘Escuela
Estructuralista’.
La
creación de la Escuela Estructuralista [64]
suele atribuirse al economista brasileño Celso Furtado, quien en 1957 recoge
ese concepto en un documento titulado ‘Desequilibrio externo en las
estructuras subdesarrolladas’, cuya tesis central afirma que tanto el
crecimiento como la inflación dependen básicamente de dos factores: primero, de
la infraestructura física -carreteras, sembríos, fabricas, represas, puertos,
viviendas, silos, puentes, hospitales, etc; y, segundo, de las organizaciones
financieras, políticas, sociales, culturales y legales. Es decir, el
crecimiento económico y el nivel de inflación, están subordinados a las
estructuras físicas e institucionales que en el país prevalezcan.
Esta
diferenciación entre estructura y coyuntura –o entre largo y corto plazo- fue
utilizada por los estructuralistas para argumentar que la inflación no
puede ser detenida con medidas monetaristas y de corto plazo, sino que ante
todo se requiere modificar las estructuras prevalecientes.
A pesar del peso
intelectual de los partidarios de la Escuela Estructuralista,[65] su
tesis resultaba demasiado compleja frente a la transparente sencillez de la
tesis de su escuela rival: la Escuela Monetarista, para la cual la
inflación se produce única y exclusivamente por un exceso en la emisión
monetaria. Por lo tanto, para detener la inflación lo único que debía hacerse
era encerrar con siete llaves en el sótano del Banco Central a la maquinita de
hacer billetes.
La controversia
entre estructuralistas y monetaristas sobre el origen de la
inflación aún no había finalizado cuando, desde Londres, surgió una tercera
hipótesis que anulaba a las otras dos. Esta tercera hipótesis aseguraba que la
inflación es un fenómeno que aparece de manera natural, como consecuencia del
mayor número de trabajadores que consiguen empleo. Esta tercera hipótesis fue
bautizada con el nombre de ‘Curva de Phillips’, en honor al profesor
Alban William Housego Phillips.
El
profesor Phillips
Entre sus alumnos de la Escuela de Economía de Londres, el profesor
Phillips tenía la reputación de ser un investigador serio y riguroso; criterio
que era compartido por la mayoría de sus colegas. Por eso, cuando en 1958
publicó un trabajo estadístico en el cual demostraba que, durante casi un
siglo, el nivel de desempleo en Inglaterra se había movido en dirección inversa
al nivel de los precios, inmediatamente quedó sembrada la idea de que desempleo
e inflación son como los dos platos de una misma balanza y que, en
consecuencia, si el uno baja el otro tiene que subir.
A
pesar de que las estadísticas cubrían un solo periodo y solo el caso de Inglaterra[66], en el
mundo académico se expandió la idea de
que la Curva tenía validez en cualquier periodo y en cualquier país. En
consecuencia, así se deducía, para controlar la inflación se debía incrementar
el desempleo. Y viceversa.
Es posible que la Curva hubiese permanecido confinada en algún
rincón del mundo académico hasta el día de hoy, pero un acontecimiento en el
mundo político lo impidió: la elección de Richard Milhous Nixon a la
presidencia de los Estados Unidos.
En América del
Norte
La exitosa campaña del candidato Richard
Nixon por captar la presidencia de los Estados Unidos en 1968, se había basado
en la clásica promesa de lograr una aceptable tasa de crecimiento controlando
al mismo tiempo la tasa de inflación. Sin embargo, una vez electo, descubrió
que un muy antiguo déficit comercial conspiraba contra su promesa.
Ese
déficit se había generado por el hecho de que algunos países de Europa y
Asia –en especial Alemania, Italia y Japón que, prohibidos de producir
armamentos, se concentraron en la manufactura civil- habían ensamblado
industrias más eficientes y con menores costos que las norteamericanas. La
diferencia en los precios, como es obvio, incentivaba al mundo a comprar barato
en Alemania, Japón e Italia, para vender caro en Estados Unidos. Así,
Norteamérica compraba más pero vendía menos. Es decir, adolecía de un déficit
comercial.
Un déficit
comercial puede ser fácilmente curado devaluando la moneda. Pero Estados Unidos
estaba moralmente prohibido de devaluar desde fines de la II Guerra Mundial,
cuando los países victoriosos declararon que el dólar era ‘la divisa
internacional’.
Si
es que un país no puede o no quiere devaluar para curar el déficit comercial,
la alternativa es reducir la capacidad de gasto de la población, para lo cual
se pueden elevar los impuestos, las tarifas y los intereses. Así, los mayores
precios reducirán en la gente su capacidad de consumo y, por tanto, el déficit.
Pero esta alternativa chocaba frontalmente con la publicitada promesa electoral
de Nixon de crecer sin inflación.
A
pesar del conflicto entre promesa y realidad, en su primera declaración de
prensa -el 27 de enero de 1969- el flamante presidente Nixon aseguró que su
gobierno lograría que la economía crezca sin inflación y sin déficit,
ejecutando una ‘entonación técnica’
entre la política fiscal y la política monetaria.
La
expresión textual que utilizó fue la de ‘fine
tuning’, que podría traducirse de varias formas. Por ejemplo, combinando
los conceptos de fino, delicado o sutil, con los de armónico, melódico o
modulado. Pero la expresión ‘entonación
técnica’ resulta más apropiada
para describir la intención de combinar, de manera técnica y precisa, lo
fiscal con lo monetario.[67]
Al
principio, la expresión ‘fine tuning’
fue tratada por los medios académicos y políticos como si fuese un ridículo
cliché. Sin embargo, es de suponer, algún economista del equipo de Nixon debe
haberse percatado que la expresión presidencial podría ganar seriedad, si se
lograba asimilarla a la promesa de balancear inflación con desempleo que se
encontraba inmersa en la ‘Curva de Phillips’.
Así,
en The Economic Report of The President de
1969, el primer año del gobierno
de Nixon, se escribió lo siguiente: [68]
‘Las estadísticas revelan la
existencia de una relación bastante estrecha entre las subidas más rápidas de
los precios y las tasas de desempleo mas bajas... Es probable que se agudicen
las presiones alcistas sobre precios y
salarios cuando la economía opere en un nivel de elevada utilización de la mano
de obra y el capital’.
De
esta manera, la ‘Curva de Phillips’ y la supuesta relación bastante estrecha entre una inflación alta y un bajo
desempleo, fue elevada a la categoría de dogma oficial. Y haciendo honor a esa
categoría, la Curva esta dibujada en casi todos los textos de economía
editados entre 1970 y mediados de los años 80.
La
Curva, como tesis oficial y como axioma económico, sobrevivió la
presidencia de Nixon y continuó prevaleciendo a través de los gobiernos de
Gerald Ford y Jimmy Carter, hasta los inicios del gobierno de Ronald Reagan.
‘Los
políticos y los hombres de negocios son, sin conocerlo, esclavos de las ideas
de algún economista muerto’, es una de las frases que se atribuyen a John
Maynard Keynes, quien es el economista que más influencia tuvo en el Siglo XX y
cuyos proverbios generalmente fueron acertados.
No
obstante, con las ideas del economista Phillips más bien sucedió el fenómeno
inverso: fueron revividas cuando convenía a Nixon y sepultadas cuando convenía
a Reagan.
Un
trato tan diverso a una misma idea, se justificaría si es que los dos políticos
hubieran profesado ideologías opuestas o, por lo menos, diferentes filosofías.
Pero Richard Nixon y Ronald Reagan coincidían en casi todo: los dos pertenecían
a las filas del partido republicano; ambos habían nacido de familias de clase
media, en pueblo chico y con apenas dos años de diferencia; la adolescencia y
juventud de ambos transcurrieron en los tiempos de incertidumbre prevalecientes
entre el fin de la primera gran guerra e inicios de la segunda; ambos habían
logrado frustrar la reelección de gobiernos demócratas; y ambos tenían
suficiente imaginación para autodefinirse como liberales-conservadores. Con
similares características físicas, ambos en su tiempo fueron los personajes
preferidos de los caricaturistas del mundo político.
También
se dice que ‘el político es él y sus circunstancias’. Las circunstancias
que rodearon a los dos políticos, en efecto, fueron muy diferentes. Las
circunstancias en las que Nixon llegó al poder requerían que el Estado
intervenga, aunque sea a través del ‘fine tuning’. Pero las
circunstancias que rodeaban a Reagan permitían que el Estado se limite a ‘reducir
impuestos’.
Así,
en 1982, el primer año de gobierno de Ronald Reagan, The
Economic Report of The President, afirma lo siguiente: [69]
‘Hay algunos que sostienen que una
reducción permanente de la tasa de inflación provoca también un incremento
permanente de la tasa de desempleo. Sin embargo no hay razones para esperar que
exista una asociación sistemática entre la tasa de desempleo y la tasa de
variación del nivel de precios..... El hecho de que los poderes públicos
anteriores no aceptaran esta conclusión es una de las principales razones por
la que hemos tenido una década de estancamiento.’
Con esas palabras, oficialmente concluía la política iniciada en 1969
por Nixon y se desterraba de Norteamérica al profesor Phillips y a su curva.
Sus ideas, sin embargo, permanecerían algunos años más vagando por
Latinoamérica.
En América del Sur
En
Latinoamérica, ya lo vimos, la Curva de Phillips invalidó la polémica
mantenida hasta fines de los 60 entre estructuralistas y monetaristas
sobre el origen de la inflación. Adicionalmente, ya en la década de los 70, la Curva
ofreció un buen argumento para
justificar el vertical incremento en la tasa de inflación que comenzó a trepar
en paralelo y al mismo ritmo que el endeudamiento externo.
A
lo largo del Siglo XX y hasta antes de la Batalla del Yom Kipur, las
tasas de inflación en América Latina rara vez habían llegado a superar el
primer dígito. Es decir, habían permanecido por debajo del 10 por ciento. Pero
en 1974 la tasa de inflación promedio[70] superó
el 40 por ciento anual y, a partir de esa cifra, fue creciendo hasta 1990, año
en que la inflación superó el mil por ciento.[71]
En
vista de que el proceso inflacionario ponía en peligro la relativa estabilidad
que hasta principios de los 70 predominaba en América Latina, algunos de los
pocos monetaristas que aún sobrevivían, empezaron a criticar el
endeudamiento agresivo de sus gobiernos. Pero nuevamente el Profesor Phillips
acudía a zanjar las discrepancias: si se podían crear fuentes de empleo a
cambio de un aumento en la inflación –certeza que, como vimos, hasta 1982 era
oficialmente reconocida incluso por el gobierno de los Estados Unidos-
resultaba antipatriótico oponerse a continuar adquiriendo deuda externa.
Así,
desde la perspectiva oficial, la inflación y el desempleo dejaban de ser dos
indeseables imperfecciones del mercado para, a través del mecanismo de la Curva,
transmutarse en dos fenómenos mutuamente excluyentes pero ambos necesarios. La
política económica consistía en mezclar un poco de inflación con un poco de
desempleo, hasta obtener el cocktail adecuado.
No obstante, la Curva no pudo sobrevivir hasta el Siglo XXI. La
crisis de la deuda y la urgente necesidad de pagar intereses, puso al
descubierto que en los países de América Latina, el desempleo y la inflación no
son dos engendros que combaten entre sí -como sucedía en la Inglaterra del
profesor Phillips- sino que con el crecimiento del uno se alimenta al
otro.
La
estanflación – palabra que denota la existencia paralela de
estancamiento con inflación- desnudó las tres características más visibles del
subdesarrollo: el creciente nivel de desempleo; el progresivo grado de
inestabilidad y dependencia financiera; y la audaz concentración de la riqueza,
agravada por la abierta desigualdad en la distribución del ingreso.
Pero
esas tres lacras tienen su antídoto en el crecimiento, la estabilidad y la
equidad, que son los tres pilares de la economía libre que propone Adam Smith.
Al análisis de esos pilares, se han asignado los próximos cuatro capítulos.
9
__________
DESEMPLEO
Y
CRECIMIENTO
Cuando Carlos IV ordena traducir al castellano La
riqueza de las naciones, se encarga de la traducción al licenciado Josef
Alonso Ortiz, quien escribe un prólogo en el cual –ya lo vimos- resume el
mensaje central de Adam Smith que afirma que la riqueza de un país se alimenta desde tres
fuentes: la primera fuente consiste en la suma del producto rudo del campo, más la producción
manufacturada, más las utilidades del comercio y de las negociaciones
del hombre; la segunda fuente se obtiene de las rentas y ganancias de los
fondos con relación a la estabilidad del signo monetario o a su decadencia;
y, la tercera fuente, de la distribución de los fondos entre los gastos
del Soberano, la obra pública y el trabajo del hombre.
La misma síntesis podría expresarse en lenguaje del Siglo XXI,
proclamando que el desarrollo se engendra por la unión de tres condiciones
económicas: el crecimiento, la estabilidad y la equidad. Conviene analizarlas
de una en una.
Crecimiento
La teoría convencional define el crecimiento de un país como un valor
aritmético que se calcula al dividir la producción total de un año –el famoso
PIB-[72]
para el PIB del año anterior, donde la fracción que exceda a uno representa la
tasa de crecimiento.
Ese método de cálculo se difundió en Latinoamérica a raíz de que
Juscelino Kubitschek, presidente del Brasil entre 1956 y 1960, aplicó con
relativo éxito –por lo menos en los primeros años- su teoría económica del ‘desenvolvimentismo’, la cual se conoce en español con el nombre de ‘desarrollismo’.
El desarrollismo se basa en la creencia de
que ‘primero se debe lograr que el pastel crezca, para después repartirlo’.
Esa creencia, es obvio, requería descubrir un barómetro que mida el crecimiento
del pastel y el PIB parecía ser ese barómetro. No obstante, también se requería
definir el tamaño que debía alcanzar el pastel antes de repartirlo. Y eso jamás
se definió.
El desarrollismo simplemente asumía que si
los países de América Latina lograban crecer a una tasa superior a la del
primer mundo, eventualmente alcanzarían un nivel y calidad de vida similar –o
quizá superior- al de los países industrializados.
Esa elemental lógica se complementaba con el hecho cierto que varios
países de América Latina -en aquella época e incluso hoy- podían lograr superar
el crecimiento del primer mundo. Por ejemplo, en el año 2001, el PIB de Estados
Unidos creció 1.7 por ciento, tasa superior a la del 0.2 por ciento obtenido
por Perú y a la del 1.4 correspondiente a Colombia; pero inferior a la del 1.8
de Brasil, 2.7 de Venezuela, 2.8 de Panamá, 3.3 de Chile, 3.5 de Nicaragua, 3.6
de Costa Rica, 3.9 de Guatemala, 5,2 de Ecuador y el 5.4 por ciento del PIB de
Honduras. [73]
Esas tasas también pueden compararse con las de otros países
representativos del primer mundo, como las obtenidas por Japón 1.2 por ciento,
Alemania 2.1, Inglaterra y Suecia 2.5, Francia 2.7 e Irlanda 7.5 por ciento.
Esta última constituyó la mayor tasa de crecimiento registrada en el mundo
occidental.
Comparando las anteriores cifras, claramente se visualizan cinco
hechos. En primer lugar, la tasa de crecimiento no tiene una relación directa
con el tamaño de la economía: países chicos, medianos o grandes, pueden
alcanzar indistintamente tasas grandes, medianas o chicas.
En segundo lugar, las tasas de crecimiento altas no son en modo alguno
exclusivas de los países ricos, ni a la inversa. Aunque resulte lógico suponer
que a lo largo de su historia los países que hoy son ricos, deben haber tenido
en promedio una tasa de crecimiento superior a la de los países pobres.
En tercer lugar, si se observan las tasas de crecimiento de un mismo
país a lo largo de un mismo periodo, se debe concluir que el PIB logra mantener
la misma dirección solo por un par de años. En la mayoría de los países del
primer y tercer mundo, los años de crecimiento se mezclan sin ninguna secuencia
con los años de estancamiento.
En cuarto lugar, la composición de las exportaciones básicas de América
Latina –productos agrícolas, materias primas o minerales- y su crucial
incidencia sobre el nivel de ingresos, determina que el crecimiento del PIB
dependa más bien de las fuerzas de la naturaleza y de acontecimientos externos,
que de la prudencia de las políticas internas.
Por ejemplo, el ahorro de combustible en Europa y Japón o los
conflictos domésticos y externos del medio oriente, pueden generar drásticos
cambios en el PIB de Venezuela, México, Ecuador, Colombia y Perú; los ciclones
caribeños o filipinos, logran incidir sobre las exportaciones de café, banano y
caña de azúcar de Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Honduras, mucho más que
el propio esfuerzo comercial de esos países; o las nuevas técnicas del primer
mundo en el uso o sustitución del estaño boliviano, del hierro brasileño o del
cobre chileno, que pueden moldear el PIB de esos países más que sus propias
políticas económicas.
En quinto lugar, después de las copiosas remesas de dólares que
Latinoamérica ha transferido al primer mundo desde 1983, la actual diferencia
entre los ingresos de los acreedores y de los deudores es tan amplia, que las
fluctuaciones en el PIB ya no tienen relevancia. Por ejemplo, el PIB por
habitante en el año 2001 sobrepasó los 30.000 dólares en Norteamérica, mientras
que esa misma cifra alcanzó apenas los 2.800 dólares en Latinoamérica. Es
decir, aunque el PIB latinoamericano logre crecer durante 100 años el doble de
lo que crece el PIB de los Estados Unidos, la distancia entre ambos niveles de
ingreso –lo cual puede comprobarse con una simple operación aritmética-
continuará dilatándose año tras año.[74]
Esas cinco realidades matemáticas invalidan la utilización de la tasa
de variación del PIB como sinónimo del crecimiento de un país. En consecuencia
surge una pregunta: ¿Que variable puede sustituir al PIB como termómetro del
crecimiento económico de América Latina?. Y la respuesta es: el nivel de
empleo.
Esa respuesta se fundamenta en el hecho de que los países
latinoamericanos que han tenido un relativo grado de progreso económico, no han
sido los que han alcanzado una mayor tasa de crecimiento del PIB, sino los que
han logrado una menor tasa de desempleo.
A manera de ejemplo, se puede
citar el caso de Costa Rica, Chile y Honduras, como los países que en las
últimas décadas han logrado el mayor índice relativo en el nivel de empleo; el
caso de Brasil, Paraguay y El Salvador, como tres países que han logrado un
índice intermedio; y el caso de Argentina, Ecuador y Nicaragua, como los tres
países que han colapsado en el peor índice de desempleo.
Argentina
En Latinoamérica, Argentina es el país que ofrece él ejemplo más claro
y contundente de la discordancia que puede existir entre el crecimiento del PIB
y el desempleo.
Argentina se convirtió en la vedette de América Latina en los primeros
años de la década de los 90, a raíz de que fue el primer país en cumplir a
cabalidad todas las recetas de política económica recomendadas por los
organismos internacionales, cuya matriz o representación se encuentra en
Washington.
La mayoría de esas recetas habían sido practicadas en forma dispersa
desde el inicio de la crisis financiera de 1982, pero su aplicación como parte
de una misma e integrada política recién se vislumbra en 1990. En ese año y
debido a una publicación del economista John Williamson[75]
-ex funcionario del Banco Mundial y asesor de otras instituciones afincadas en
la capital de Estados Unidos- el conjunto de recetas llegó a ser recogido
dentro un solo paquete que fue bautizado con el nombre de ‘Consenso de Washington’.[76]
El ‘Consenso’, de acuerdo al propio
Williamson, se resume en las siguientes 10 propuestas: disciplina fiscal;
redistribución del gasto público; reforma impositiva; liberación de intereses;
tasas de cambio competitivas; liberación del comercio externo e interno; liberación
de los flujos de fondos; privatizaciones; desregulaciones; y derechos de
propiedad garantizados.
Una forma más compacta de reseñar ese conjunto de propuestas es la
diseñada por Grzegorz Kolodko, profesor de economía de la Universidad de Yale y
ex Ministro de Finanzas de Polonia, quien logró resumir el ‘Consenso de Washington’ dentro de una sola receta:[77]
‘Privatice tan rápido como pueda, liberalice
tanto como sea posible y sea inflexible en los ajustes monetarios y fiscales’.
Esa
receta fue puesta en práctica por el presidente argentino Carlos Menem y su
ministro Domingo Cavallo, quienes habían llegado al poder el 6 de julio de
1989. La aplicación simultanea de las 10 propuestas desencadenó casi de
inmediato varias y agradables secuelas: la inflación empezó a bajar y el
consumo a subir; las tasas de interés se reducían mientras las inversiones se
expandían; la demanda se ampliaba y las importaciones también; el gobierno
gastaba más pero también recibía más.
Para
1992 y después de una década de estancamiento, el crecimiento del PIB logró
alcanzar el 5 por ciento; la tasa de inflación se redujo a un solo dígito; el
consumo y ciertas importaciones crecieron en más de un 10 por ciento; y, en
1993, el gobierno pudo inscribir en la contabilidad fiscal un histórico
superávit de 3 mil millones de dólares.
Para
1993, Menem y Cavallo ya eran mencionados como ejemplos de buen gobierno. En
los eventos regionales, cuando se tenía que enaltecer al país con mayor
dinamismo, el nombre de Argentina sonaba más que el de Chile.
A
lo largo de la década de los noventa, la mayoría de los seminarios y
conferencias económicas que deseaban alcanzar alguna trascendencia, tenían que
contratar como orador central a algún economista o consultor argentino, quienes
ya podían rivalizar con los consultores
de Washington en la experiencia y el conocimiento necesarios para explicar la
correcta aplicación de las recetas del ‘Consenso de Washington’.
Durante
esas conferencias, los expositores explayaban todos los mecanismos que se
requería activar para lograr cumplir con el consejo de ‘privatice tan rápido
como pueda’. Así, en solo un par de años, Latinoamérica se familiarizó con
las reformas legales que el gobierno
argentino había implantado para lograr
privatizar la gigantesca empresa petrolera estatal YPF –cuyas siglas
significaban: Yacimientos Petrolíferos Fiscales- la cual en 1993 fue
transferida en 3 mil millones de dólares; la cifra más alta obtenida hasta
entonces por una oferta pública en la Bolsa de Valores de Nueva York y, quizás por coincidencia, la misma cifra
del superávit fiscal obtenido por Argentina ese año.
La
privatización de la empresa YPF, continuó con la venta de las empresas
estatales de electricidad, de gas natural, de agua potable, de teléfonos y
telecomunicaciones, del transporte aéreo, del transporte urbano y del
subterráneo, del transporte ferroviario y de las redes del ferrocarril, del
agua de riego, del sistema y oficinas de correo, de los aeropuertos y de los
puertos fluviales, de las carreteras y de los peajes, y de todas las demás
empresas en las que el Estado tuviera algún tipo de inversión o participación.
Cuando
el entusiasmo de quienes asistían a esas conferencias comenzaba a decaer a
causa de esa pesada sensación de sopor que suele presentarse después de
almuerzo, para reanimar a la audiencia los expositores solían sacar de la manga
una larga lista de simpáticas anécdotas sobre las seductoras y numerosas
mercancías que habían pertenecido al Estado Argentino: clubes sociales diurnos
y nocturnos, salas de cine, supermercados, hipódromos, casinos, pistas de
bolos, barcos, aviones, tractores, camiones, camionetas y autos. Así como un
cabaret, una iglesia y un circo.
Pero
la anécdota más famosa ocurriría en la última semana del año 2001, la que fue
denominada por la prensa argentina ‘la semana de los cinco
presidentes’, en razón de que esos días ocuparon sucesivamente la Casa
Rosada, sede oficial de la Presidencia de la República, los presidentes
Fernando de la Rúa, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez, Eduardo Camaño y Eduardo
Duhalde. El tercero de ellos, desesperado ante la falta de crédito
internacional, ofreció poner en garantía de pago la Casa Rosada, lo único que
aún pertenecía al Estado Argentino.
La
otra parte de la receta, aquella que aconsejaba ser ‘inflexible en los
ajustes monetarios y fiscales’, también fue fielmente ingerida por el
Gobierno en su primer año de gestión. Sin embargo, la metodología para poder
ingerir la receta fue una creación propia del Gobierno de Menem y Cavallo;
aunque, para ser más preciso, más de Cavallo que de Menem.
La nueva metodología fue bautizada con el
nombre de ‘Ley de Convertibilidad’, en razón de que los pesos pasaban a
ser legalmente convertibles a dólares a la tasa de uno por uno. Por intermedio
de esa ley, se prohibía que el banco central pueda imprimir dinero por
su propia voluntad, como sí lo hace en casi todos los demás países del mundo.
Para
garantizar que la prohibición se cumpla, se escondió la ‘maquinita de hacer
billetes’ y en su lugar se colocó la así denominada ‘caja de conversión’.
El
mecanismo con que funcionaba ‘la caja’ era muy simple pero a la vez muy
efectivo. Dentro de ella se debía mantener un determinado número de billetes
sin que importe si eran pesos o eran dólares. Pero, por cada dólar que en ella
se depositase de ella se debía extraer un peso y, a la inversa, si se quería
extraer un dólar había que depositar un peso: la caja automáticamente
transformaba los dólares en pesos y los pesos en dólares.
Así, sin hacer ruido y con la misma precisión que la de un fino bisturí
en manos de un buen cirujano, la caja logró extirpar de la pampa
argentina al monstruo de la inflación y al fantasma de la devaluación.
Pero
a pesar del éxito logrado, algunos pesimistas continuaban lanzando al aire
varias incógnitas: indagaban si los encargados de administrar la caja
eran lo suficientemente inocentes como para no hacer trampa; dudaban de la
capacidad del exportador para depositar en la caja todos los dólares que
quería sacar el importador; les preocupaba que el fabricante de su país no
pueda producir con menos dólares lo que sí podía el fabricante del país vecino;
sospechaban que, ante la primera necesidad fiscal, el gobierno metería mano en
la caja solo para sacar y no para depositar; y, les afligía pensar que
sembrar en la pampa pudiera tornarse más caro que cosechar en otras
praderas.
Pero sobre todo les angustiaba el recuerdo de una banca privada incapaz
de sobrevivir sin los préstamos y sin la guía del Banco Central ahora
transformado en una simple caja mecánica. Sin embargo, esta angustia
desaparecía ante la certeza de que los acreedores acudirían con más préstamos
si la Argentina -el país que con mayor entusiasmo había ingerido las recetas
del ‘Consenso de Washington’- así lo solicitaba.
Y en efecto así ocurrió. Como si
se tratase de entregar una medalla de premio al mejor alumno, los acreedores
prodigaron la entrega de nuevos préstamos al solícito gobierno. La deuda
externa de Argentina que en 1991 era de 52 mil millones de dólares, se triplicó
en apenas una década. Así, para el 2001, ya alcanzaba los 146 mil millones de
dólares.
La sensación de desarrollo y bienestar duró prácticamente hasta
finalizar la década. Las acuciosas y múltiples privatizaciones, la hermética caja
de convertibilidad, la generosidad de la pampa argentina, el vigor de su
gente, el fiel acatamiento del gobierno a las recetas del Consenso y los
abundantes préstamos externos, habían
engendrado un sólido balance en los índices productivos y financieros, logrando
una tasa de inflación igual a cero y una
de las más altas tasas de crecimiento del PIB.
Desempleo
Pero en ese vigoroso escenario un índice no encajaba: el nivel de
desempleo. A principios de la década, en 1991, la tasa de desempleo en la
Argentina era del 6.5 por ciento, una de las tasas más bajas de América Latina.
Y también más baja que la registrada en los principales países del primer
mundo: el 6.8 por ciento en los Estados Unidos; el 6.9 por ciento en Italia; el
8.8 por ciento en Inglaterra; y solo ligeramente superior a la tasa de
desempleo del 6.3 por ciento registrada en Alemania.
Lamentablemente, en el transcurso de la década de los años 90 y en
forma paralela a la digestión de las recetas del Consenso, la capacidad
de la economía argentina para crear fuentes de trabajo se había hundido de
manera vertical y constante. Para el 2001 la tasa de desempleo ya superaba el
25 por ciento. Ningún país del primero, segundo o tercer mundo, podría mantener
desempleados a la cuarta parte de sus trabajadores sin entrar en una profunda
crisis económica. Y así lo comprobó Argentina en el último mes del año
2001.
Milton Friedman, Premio Nobel de Economía, prominente y reconocido
profesor universitario, autor de influyentes libros de política económica y
asesor de varios gobiernos de los Estados Unidos, sobre la crisis de los años
30 escribió lo siguiente:[78]
‘La depresión que empezó a mediados de 1929 fue una catástrofe de
dimensiones sin precedentes para los Estados Unidos... el desempleo alcanzó la
cifra del 25 por ciento de la población activa.
Para el resto del mundo la recesión no fue más suave. A medida que se
extendía a otros países, la producción bajaba, el desempleo aumentaba, y el
hambre y la miseria llegaban a todas partes. En Alemania, ayudó a Adolf Hitler
a alcanzar el poder, allanando el camino de la Segunda Guerra Mundial. En el
Japón reforzó la camarilla militar que se esforzaba en la creación de una zona
de prosperidad en toda el Asia Oriental. En China condujo a cambios monetarios
que aceleraron la última hiperinflación que sentenció la caída del régimen de
Chiang Kai-shek e iba a conducir a los comunistas al poder’.
Así ayer y ahora, en países pequeños o países grandes, en el primer o
tercer mundo, ha sido en el nivel de empleo donde se refleja el crecimiento
económico o la profundidad de una crisis. No en la azarosa e imprevisible tasa
de variación del PIB.
Así ayer y ahora, solo la creación de fuentes de trabajo genera un
mayor crecimiento económico. Si un país descubre que bajo su suelo se esconden
grandes riquezas minerales en metálico o en aceite, pero no utiliza esa nueva
riqueza para crear empleo, el país no habrá crecido. Aunque las estadísticas
del PIB tengan números más grandes.
Emigrantes
La evidencia estadística y la experiencia histórica de Estados Unidos y
Argentina, indican que un agudo nivel de desempleo puede destruir cualquier
economía. Y el emigrante latino logra probar algo más: las estadísticas del
PIB, paradójicamente, pueden crecer gracias al mayor desempleo.
La principal diferencia entre el actual movimiento migratorio de
América Latina y aquellos que se han originado en otros continentes, es que
esta es la primera vez en la historia que la emigración no significa un éxodo.
Los procesos migratorios anteriores –incluyendo los de la conquista y coloniaje
de los Siglos XVI, XVII y XVIII, y los de Europa hacia América en la primera
mitad del Siglo XX- si causaron éxodos,
porque los viajeros emigraron sin dejar nada atrás y con la firme intención de
jamás volver. Pero el típico emigrante latinoamericano cuando emprende el viaje
lo hace solo por huir del desempleo y consigo lleva el firme deseo de retornar,
porque sabe y siente que todos los suyos quedan atrás.
Esta
característica determina que una importante porción de su recién conquistado
salario, sea devuelta mensualmente a su país y a su familia. Una investigación
dirigida por Donald
Terry, Gerente del Fondo Multilateral de Inversiones del BID,[79]
revela que las remesas que envían los emigrantes superan al total de
transferencias externas que recibe Latinoamérica. Así, el dinero remitido por
los emigrantes constituye una importante porción del PIB de varios países: por
ejemplo, el 17 por ciento en Haití; el 14.4 en Nicaragua; el 12.6 en El
Salvador; el 11.7 en Jamaica; el 10 por ciento en República Dominicana y
Ecuador; y alrededor del 5 por ciento en México y Colombia.
El análisis del BID se
realizó sin contabilizar los emigrantes argentinos, en virtud de que ellos
–ciudadanos del país que más fielmente cumplió con el ‘Consenso de
Washington’- tenían el privilegio de viajar a los Estados Unidos libremente
y sin visa.
Pero ese privilegio fue
confiscado a las doce de la noche del día miércoles 20 de febrero del 2002, en
virtud de que la magnitud de la crisis Argentina hacia prever que muchos
argentinos podrían usar dicho privilegio.
En todo caso, incluyendo o no a los emigrantes argentinos, las
anteriores cifras ponen al desnudo la existencia de un retorcido sendero: el
mayor desempleo genera una mayor migración; la mayor migración genera mayores
remesas; las mayores remesas agradan al PIB.
Así, en el escenario latinoamericano la contabilidad del PIB se
incrementa gracias al desempleo; paradoja que una vez más invalida el uso de la
tasa de variación del PIB como sinónimo de crecimiento económico.
Predicción
La experiencia norteamericana en la crisis de los años 30 con su
desempleo del 25 por ciento, la experiencia latinoamericana en las últimas
décadas y la crisis argentina del Siglo XXI -también causada por un desempleo
del 25 por ciento- son crisis que, aunque de manera indirecta, ya fueron
advertidas hace tantos años por Adam Smith con las siguientes palabras: [80]
‘Sea cual fuere el suelo, el clima o la extensión de territorio de
cualquiera nación, la abundancia o la escasez de su surtido o abastecimiento
anual, no puede menos de depender... de dos circunstancias: la primera por la
pericia, destreza y juicio con que se aplique su trabajo; y la segunda por la
proporción que se guarde en el número de los que se emplean...’.
En otras palabras y según Smith, el crecimiento económico de un país
–de cualquier país- no depende de sus circunstancias históricas, geográficas o
climáticas, sino del número de la gente que trabaja y de su pericia,
experiencia y educación.
Desde la perspectiva de Smith, entonces, la política económica no
debería tener como brújula el caminar ‘hacia adentro’
o ‘hacia fuera’, ni tampoco tratar de favorecer el ‘lado de la
oferta’ o el ‘lado de la demanda’, sino el priorizar la creación de
fuentes de trabajo y la educación de la gente.
Así, antes de erigir o eliminar aranceles, incrementar o reducir
impuestos, drenar o bombear dinero, obstaculizar o ampliar el comercio, liberar
o controlar las tasas de intereses, y regular el superávit o el déficit;
deberíamos tratar de prever ante todo si es que esas políticas favorecen o no
la generación de empleo.
Nuevamente ahora como ayer, aquí y allá, el crecimiento de un país no
depende del valor contable que alcance el PIB, sino del número de sus
trabajadores que se encuentren trabajando. Y no es necesario ‘primero lograr que el pastel crezca, para después repartirlo’,
porque todos y cada uno de los latinoamericanos pueden producir su propio
pastel, sino aquí entonces allá.
Por lo tanto, entre los tres principales objetivos que tiene el
desarrollo económico -crecimiento, estabilidad y equidad- es el crecimiento el
que más fácilmente puede ser contabilizado: basta contar el número de sus
habitantes que tienen empleo.
El próximo capítulo se concentra en el segundo objetivo que debería
perseguir el desarrollo latinoamericano: la estabilidad de sus economías.
10
__________
ENTRE EL FISCO
Y
LA MONEDA
Cualquier padre de familia que se encuentre endeudado sabe que, para
escapar del embrollo, él deberá ganar un poco más y su familia comer un poco
menos. En los endeudados países latinoamericanos -gobernados todos por buenos
padres de familia, no tenemos por qué dudarlo- se ha tratado de usar la
política fiscal para ganar un poco más y la política monetaria para comer un
poco menos.
Pero la costumbre de mezclar esas dos políticas no se origina en
América Latina, sino que constituye parte de una larga tradición que se inicia
hace siglo y medio, a raíz de que el economista Joseph Clement Juglar, en un
libro titulado ‘Las Crisis Comerciales’,[81]
analiza las oscilaciones económicas que en el Siglo XIX golpearon sucesivamente
a Inglaterra, Francia y Estados Unidos.
Juglar concluía que las crisis económicas son inevitables porque
responden a la naturaleza misma del ser humano, que gasta en exceso en épocas de bonanza y ahorra
demasiado en épocas de infortunio. Así, periódicamente el miedo reemplaza a la
euforia y juntos forman los llamados ‘Ciclos Económicos’.
La teoría de los Ciclos se mantuvo en las sombras por varias
décadas hasta que, ya en el Siglo XX y debido a la gran crisis de los años 30,
comenzó a ser revisada por varios economistas que acogieron la conclusión de
que los Ciclos son inevitables.[82]
Sin embargo, la mayoría creía que era factible evitar que los Ciclos se
transformen en Crisis, siempre y cuando se lograse obtener un equilibrio
dinámico entre lo fiscal y lo monetario.
Desde entonces, gran parte de la literatura económica se ha concentrado
en intentar descubrir en que consiste ese equilibrio dinámico. La
fertilidad del mundo académico –en especial la de las universidades de
Norteamérica- ha procreado una amplia gama de potenciales respuestas. Entre las
más populares se encuentran las siguientes: la utilización prioritaria de la
política fiscal a la cual debe subordinarse la política monetaria, como lo
propuso la escuela Keynesiana; el ‘fine tuning’ entre las dos políticas,
tal como lo preconizó el presidente Richard Nixon; la fusión entre el
acelerador fiscal y el multiplicador monetario, que pregonaba Paúl Samuelson; y
la supremacía absoluta que otorga Milton Friedman a la política monetaria, cuya
potencia y efectividad la convierte en un arma tan poderosa, que resulta
peligroso dejarla en manos de los gobiernos.
Todas esas recomendaciones -diseñadas por y para los países
desarrollados- han sido en su momento utilizadas con relativo éxito en el
Primer Mundo que, si bien ha vuelto a soportar ciclos de inestabilidad y
recesión, ha logrado evitar que en sus países se repita una crisis igual a la
de los años 30.
Pero ninguna de esas recomendaciones podría hoy aplicarse con éxito en
suelo latinoamericano. Esta última afirmación no se basa solo en el fracaso de
las políticas de ajuste fiscal y monetario practicadas en todos los países
latinoamericanos desde 1983, sino también en el hecho de que en la América
Latina actual, esas políticas resultan igual de estériles al tener ambas que
subordinarse íntegramente a la necesidad de generar divisas para pagar la
deuda.
Desde luego, afirmar que ambas políticas están subordinadas íntegramente
al pago de la deuda es una evidente exageración; pero es una exageración que no
distorsiona la realidad sino que la
magnifica, como se confirma en las próximas líneas.
La política fiscal
La política fiscal, en su versión más primitiva, se reduce a tratar de
igualar gastos e ingresos dentro de un mismo periodo. Pero su versión moderna se ubica en el otro
extremo: intenta unir presente con futuro al financiar los gastos de hoy con
los ingresos de mañana.
Entre esos dos extremos, Latinoamérica ha practicado varias versiones
intermedias que pueden agruparse en cuatro etapas: la primera etapa, que cubre
hasta la Segunda Guerra Mundial, se caracterizó por gastar solo el dinero ya
ahorrado; en la segunda etapa, que va desde los años 50 hasta mediados de la
década de los 70, se trató de invertir hoy con la ilusión de ahorrar mañana; en
la tercera etapa, que se inicia con la ya mencionada ‘Batalla del Yom Kipur’
y que llega hasta 1982, se consumió hoy para
pagar mañana; y en la última etapa que avanza hasta nuestros días, se
debe pagar hoy y mañana lo que nunca se invirtió ayer.
Es en esta última etapa, que ya forma parte del Siglo XXI, que la
política fiscal queda confinada a la búsqueda de recursos para amortizar y
pagar los intereses de la deuda. A fines del Siglo XX, la deuda externa de
América Latina superó los 700 mil millones de dólares, que demandó un pago
anual de 97 mil millones de dólares. Además, para cubrir la deuda interna, se
pagó el equivalente anual de 34 mil millones de dólares.
Las anteriores cifras indican que más del 50 por ciento del total de
los ingresos fiscales –258 mil millones de dólares- sirvieron exclusivamente
para pagar la deuda externa e interna.
Desde luego, ese 50 por ciento es una cifra promedio y, por lo tanto,
puede exagerar la situación de algún país y minimizar la de otro. Por ejemplo,
la cifra que corresponde a Costa Rica no llega al 30 por ciento, mientras que
en Ecuador y Argentina la cifra supera el 65 por ciento. Sin embargo, resaltar
los diversos matices de cada país nos alejaría del punto central: sí un
gobierno -cualquier gobierno- tiene que sacrificar alrededor de la mitad de sus
ingresos únicamente para pagar deudas, significa que la planificación, gestión
y dirección de la política fiscal, ya no están bajo su control.
Este descontrol se agudiza al final de cada período fiscal, cuando los
recursos para pagar la deuda tienen que dividirse en dos montones: el primero,
para pagar la deuda interna; y, el segundo, para pagar la deuda externa.
El primer montón puede ser
apilado, si así se desea, con billetes fabricados en la maquinita del
Banco Central. Es decir, para pagar la deuda interna puede prescindirse
totalmente de la política fiscal.[83]
Desde luego, esa posibilidad no existe en países dolarizados como Panamá o
Ecuador.
Pero el segundo montón debe ser necesariamente cubierto, por lo menos
hasta hoy, únicamente con dólares. Es decir, se debe recolectar del resto del
mundo una cantidad de dólares lo suficientemente grande como para pagar, año
tras año, las cuotas y los intereses de la deuda externa. Y es aquí donde
América Latina se sumerge año tras año en un inagotable foso.
La recolección de dólares, tradicionalmente, se ha efectuado a través
de una balanza comercial positiva. Es decir, vendiendo al resto del mundo más
que lo que se compra. En la literatura económica se denomina superávit
comercial cuando el valor de lo exportado supera al valor de lo importado.
La situación inversa se denomina déficit
comercial.
Desde 1983, el objetivo de la mayoría de las políticas de ajuste fiscal
y monetario impuestas en América Latina, ha sido el de alcanzar un superávit
comercial. Lo cual efectivamente se ha logrado cumplir en casi todos los
años.[84]
Pero a pesar del constante esfuerzo de nuestra gente por consumir menos y de
las inalterables instrucciones de los organismos internacionales, las cifras de
los superávit han sido patéticamente minúsculas.
El 2001 fue un año positivo para la balanza comercial de Latinoamérica:
se exportaron 312.6 mil millones de dólares y se importaron 301.9 mil millones. El superávit
resultante, 10.7 mil millones, fue el segundo más grande de la última década.
Sin embargo, apenas alcanzó para cubrir un poco más de la décima parte de los
97 mil millones requeridos para pagar las cuotas y los intereses de la deuda
externa por ese año. El restante 90 por ciento fue pagado contratando nueva
deuda. [85]
Y esa ha sido la historia de Latinoamérica en las dos últimas décadas:
la política fiscal se ha visto limitada a contratar nueva deuda para pagar la
vieja.
Desde luego, el proceso de
contratar nueva deuda para pagar la vieja no puede ser infinito y, tarde o
temprano, desbordará sus limites. Desde 1982, año en que se inauguró la crisis,
el monto de la deuda externa se ha duplicado,[86]
a pesar de la sumisión de las políticas económicas y de la esforzada gestión de
todos los gobiernos por renegociar, reestructurar o pagar las deudas propias y
ajenas.
En consecuencia, resulta ineludible enfocar el problema de la deuda
desde la nueva perspectiva que nace en la economía libre propuesta por Adam
Smith; propuesta que luego analizaremos. Ahora nos corresponde examinar la
segunda herramienta de estabilización económica -la política monetaria- la cual
en América Latina debe perseguir un solo objetivo: forjar una moneda única y
estable.
Ese objetivo quizá suene lírico y simple. Sin embargo, esta solidamente
cimentado en la historia económica de América Latina, en sus condiciones
actuales y en las perspectivas del Siglo XXI. Examinemos esos cimientos.
La historia
El origen del dinero se pierde en las penumbras de la historia. Se
supone que el hombre lo inventó cuando dejó de ser nómada y necesitó realizar
los primeros canjes entre tribus sedentarias.
La arqueología señala que al principio se usó como dinero una gran
variedad de artículos, incluyendo piedras, conchas, sal, cuero, ganado,
maderas, ornamentos, flechas, miel, azúcar, tabaco, curtidos, ajonjolí, seda,
papiro, aceite, perlas, cauris y metales, entre otros.
Pero entre todos esos bienes, solo el metal acuñado en moneda coincide
con el despertar de las grandes civilizaciones. Adam Smith señala cuatro
metales como los más utilizados en la acuñación de monedas, cuando expresa lo
siguiente:[87]
‘Para acuñar monedas... varias naciones han usado diferentes especies de metales. El hierro fue
entre los espartanos el instrumento común del comercio, el cobre entre los
antiguos romanos, y el oro y la plata entre las naciones ricas y comerciantes’.
La arqueología señala el Siglo XV antes de Cristo, como la época en que
por primera vez se acuñó monedas. Este dato se basa en el descubrimiento de
varios pequeños discos de metal diseminados entre las ruinas de la Isla de
Creta, que fue cuna de la civilización fundada por el Rey Minos que, según la
leyenda, fue hijo de Zeus y de la bella Europa.
La arqueología también ha permitido determinar que, entre los siglos
octavo y sexto antes de Cristo, varias civilizaciones que se desarrollaron en
el Mar Egeo, ubicado entre las costas de las actuales Grecia y Turquía,
acuñaron las primeras monedas que llevaban el emblema de la nación que las
usaba, que casi siempre se simbolizaba con la figura de algún animal. Allí
se han desenterrado monedas en las que
se encuentran grabados el Caballo de Corinto, el León de Lidia, la Tortuga de
Doria y el Búho de Atenas.
Según Adam Smith, la primera moneda acuñada en Roma se denominó Pondus
y fue fabricada por orden de Servio Tullio, el penúltimo rey que gobernó Roma,
antes de que la monarquía se convirtiera en republica y abriera el camino para
el nacimiento del Imperio Romano.
Pero es probable que el personaje que más ha contribuido a diseminar el
uso de las monedas de metal haya sido el Rey de Macedonia, Alejandro Magno,
quien a partir del año 335 antes de Cristo, impuso el sistema de acuñar monedas
en Persia, Mesopotania, Siria, Egipto y en varios territorios que hoy forman
parte de Turquía, Afganistán, Pakistán y la India. Después de su muerte, en
esos territorios se continuó con la práctica de acuñar monedas y, en gran parte
de ellas, tallando el busto del propio Alejandro Magno.
China también disputa el honor de haber sido una de las primeras
naciones en acuñar monedas. En algunas de las ruinas pertenecientes a la época
de la dinastía Chou, que gobernó por cerca de un milenio hasta el siglo tercero
antes de Cristo, se han encontrado monedas de cobre de forma circular, pero con
un agujero cuadrado en el centro, muy similares a las que se siguen usando en
esos territorios hasta el día de hoy.
La plata fue el metal que sustituyó al hierro, al cobre y al bronce, a
raíz de las guerras púnicas entre Roma y Cartago, ciudad que se ubicaba en lo
que hoy es Túnez. Los cartagineses dominaban el comercio del Mediterráneo,
incluyendo el norte de África y parte de las costas de España e Italia. Durante
el avance territorial por las guerras, Roma confiscó grandes cantidades de
plata, un metal muy apreciado por los fenicios fundadores de Cartago, quienes
ya la habían utilizado para acuñar monedas. Roma adoptó de ellos la costumbre
de acuñar en plata y, cuando finalizó la última guerra púnica 146 años antes de
Cristo, en todo el territorio del imperio –y en sus posteriores conquistas de
Siria, Egipto y en el actual territorio de Israel y Palestina- impuso el uso
del denarius de plata.
Los cristianos sentimos una profunda indignación contra Judas Iscariote
que recibió 30 denarios de plata por delatar a Jesús. Es probable que en
nuestro subconsciente más que el hecho de que hayan sido solo 30 monedas, lo
que nos indigna es que hayan sido de plata y no de un metal más noble como el
oro. Nuestro enfado quizá se aplaque al conocer que en aquella época, para
acuñar monedas, el único metal usado era la plata.
El oro ya había sido utilizado muchos siglos atrás, pero en otros
imperios. Heródoto, el gran historiador griego, nos cuenta que los primeros en
acuñar monedas de oro fueron los reyes de Lidia –ubicada en el Asia Menor- en
el Siglo VIII antes de Cristo. Heródoto también relata que algunas mujeres del
reino de Lidia que deseaban casarse, tenían que alquilar su cuerpo tantas veces
cuantas fuesen necesarias para reunir su dote matrimonial. Así, el oficio de
acuñador de monedas rivaliza en longevidad con ‘la profesión más antigua del
mundo’.
El uso del oro para acuñar monedas comienza a practicarse nuevamente a
fines del oscurantismo de la edad media, cuando a mediados del Siglo XIII de
nuestra era, se acuña el fiorino d’oro para ser utilizado en las
principales transacciones de la renaciente ciudad de Florencia. Esa practica
penetra en España por intermedio de Alfonso XI, Rey de Castilla, cuando en 1350
decreta su uso en todo el territorio castellano. Para 1492 -año glorioso para España porque descubre América
y logra expulsar a los invasores moros que habían permanecido en la península
ibérica cerca de 800 años- el florín de oro ya era una moneda española.
Así, la acuñación de una moneda propia nuevamente coincide con el forjamiento
de una gran nación.
Subdesarrollo Precolombino
Las monedas de oro serían sustituidas por las de plata, a raíz del
descubrimiento y explotación de las minas de México y de Potosí, realizado en
los primeros años de la conquista española.
En la época en que Cristóbal Colon descubre América, esta se encontraba dividida en dos imperios: el
Imperio Azteca, que tenía alrededor de 10 millones de súbditos diseminados en
lo que hoy es México y Centroamérica; y, el Imperio Inca, que con alrededor de
20 millones de habitantes,[88]
cubría el sur de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, el norte de Chile y, según
algunas crónicas, gran parte de la pampa argentina.
Ambos imperios se encontraban en una avanzada etapa de organización
comunitaria que, en varios aspectos, superaba las estructuras sociales
existentes en la Europa de aquella época. El Imperio Azteca –que incluía la
remanente antigua civilización Maya- había alcanzado un nivel de desarrollo
arquitectónico y urbanístico tan avanzado que su capital Tenochtitlan –ubicada
dentro de los limites de la actual ciudad de México- tenía alrededor de 60.000
viviendas y cerca de 300.000 habitantes. El significado de esas cifras se
visualiza mejor si las comparamos con los 50.000 habitantes del Londres de
entonces o con los de Venecia, que era la única ciudad europea que en aquella
época superaba los 100.000 habitantes.
El desarrollo urbanístico se complementaba con una rica actividad
comercial en las plazas de la ciudad, que incluía el intercambio de piedras
preciosas de jade, obsidiana y ámbar. También se transaban varios tipos de
pieles, tejidos, vainilla, añil y lienzos de algodón. Así mismo, podían
intercambiarse aretes, pulseras y collares hechos de piedra y conchas; una gran
variedad de ornamentos hechos en oro y plata; y, colocadas en la cúspide por el
valor que se les asignaba, las plumas de ciertas aves exóticas como el faisán,
el guacamayo y, sobre todo, el quetzal, que se desplumaba sin matarlo y con
cierta técnica que permitía al ave emplumar nuevamente.
Pero casi toda la actividad comercial tenía que ser ejecutada por
intermedio del trueque en vista de que, hasta poco antes de la llegada de los
españoles, se desconocía el uso del dinero. No obstante, aunque en cantidades
mínimas, llegaron a usarse las semillas de cacao para cubrir ciertas
disconformidades en el precio de intercambio de los bienes puestos en trueque.
Pero esa práctica recién se popularizó en los últimos años del Imperio, cuando
los conquistadores ya se encontraban en la Isla de Cuba preparando el abordaje
de tierras aztecas.
El abordaje fue violento y muy eficaz. Es difícil entender como una
banda de apenas 600 españoles consiguió enfrentar, dominar y avasallar a un
ejercito de más de 30.000 hombres que se estima constituía la guardia del
Emperador Moctezuma. Existen varias hipótesis que intentan explicar ese hecho.
Entre esas se mencionan las espadas de brillante acero toledano; las mágicas
armas de fuego; el espantoso trueno de la pólvora; los celestiales o
sobrenaturales caballos; y la viruela u otros virus. También se recuerda la
invalorable ayuda que recibieron los españoles de parte de algunas tribus
resentidas, subrayando el odio y
venganza de los tlaxcaltecas quienes habían dominado el valle de México, hasta
haber sido destronados por los aztecas.
No obstante, quizás la principal ventaja de los españoles se originó en
el hecho de que los aztecas aún no habían inventado el dinero.
Los
Incas
Según
varios cronistas, el Imperio Inca se habría originado a orillas del Lago
Titicaca, donde un grupo de familias fueron organizadas por Manco Capac y su
esposa Mama Ocllo -que también era su hermana- a fin de lanzarse a la conquista
de los cuatro confines del mundo. Pero la conquista eventualmente solo irradió
hacia occidente, por cuanto el oriente se encontraba franqueado por la selva
amazónica y por el desierto del Chaco.
Manco
Capac logró apoderarse de todo el altiplano boliviano y del centro del Perú y,
poco antes de morir, entregó el mando total y absoluto al primero de sus
descendientes, inaugurando así la tradición de transferir el poder sin dividir
el imperio; ese sistema de transferencia de mando continuó sucesivamente con
los incas: Lloque Yupanqui, Mayta Capac, Capac Yupanqui, Inca Roca, Yahuar
Huacac, Viracocha, Pachacutec, Tupac Yupanqui y Huayna Capac.
Este
último rompió la tradición al dividir el imperio entre sus dos hijos: Huascar y
Atahualpa, que lucharon entre sí tratando de obtener el poder total y que, a la
postre, fueron los dos últimos Incas del imperio.[89]
Cuando
los españoles llegaron al Tahuantisuyo – que en idioma quechua significa
‘el imperio de las cuatro partes’- cada una de esas partes estaba organizada
por provincias que, a su vez, se subdividían en ayllus, los cuales, más
que un espacio territorial, eran una
especie de unidades de administración y control de las tareas productivas.
El poder de mando se encontraba altamente
centralizado en el Inca y en su entorno teocrático y familiar. Los miembros de
la teocracia y los jefes militares -por costumbre y por auto defensa- debían
pertenecer por sangre a la tribu original de los incas que partieron de las
orillas del Titicaca, aunque es lógico suponer que a lo largo de los años y a
lo ancho del imperio, deben haberse deslizado numerosas e íntimas
fraudulencias.
El
sistema económico se basaba en la planificación colectiva y dependía
básicamente de la explotación agrícola, pecuaria y minera que, a su vez,
reposaban en la magnifica infraestructura del imperio, así como en la
existencia de nichos de producción artesanal en el campo textil y en la
orfebrería.
Las
obras públicas, a cuya supervisión los incas dedicaban casi todo su tiempo, se
construían usando el sistema de la mita, que era una especie de sorteo
en el que se escogía los miembros de cada ayllu que, forzosamente,
debían trabajar en las minas, en el empedramiento de caminos y calles, en la
excavación y limpieza de canales, en la edificación de palacios y templos, en
el transporte de bienes y cosechas, en el levantamiento de silos e, incluso, en
la construcción de viviendas para la burocracia militar y para los miembros de
la teocracia.
Cuando
algún ayllu o alguna tribu, se negaba a cumplir sus ordenes, el
emperador tenía un método poco sutil pero bastante eficaz para mantener su
autoridad: enviaba a todo el ayllu o a toda la tribu, a poblar el confín
más lejano a su lugar de origen en calidad de mitimaes.
Una
de las primeras etnias mitimaes fueron los indios saraguro, originarios
de la localidad de Pisac en el valle del Cuzco, de donde fueron expulsados a la
provincia de Loja, ubicada en el sur de
lo que hoy es el Ecuador. En Pisac, su hogar ancestral, los saraguro habían
practicado el trueque de artesanías y cereales –en cuya labranza se habían
especializado- a cambio de los textiles coloreados en lana de vicuña, llama,
guanaco, llamingo y alpaca, producidos por las etnias vecinas.
En
su nueva tierra, los saraguro ya en su condición de mitimaes, volvieron
a sembrar rotativamente la cebada, el maíz, el amaranto, la oca, la papa, el
haba, el melloco, la arveja, el chocho, la quinua y los otros cereales que
hasta el día de hoy constituyen su principal alimento diario. Pero al carecer
de ese instrumento llamado dinero y, por tanto, sin poder conseguir a través
del mercado los textiles coloreados en lana –hasta hoy tan característicos de
algunas etnias peruanas y bolivianas- tuvieron que desarrollar la crianza de
una rarísima especie de oveja de pelaje negro, con la cual podrían fabricar sus
textiles sin necesidad del color, ni de la lana de la vicuña, la llama, el
guanaco, el llamingo o la alpaca.[90]
Así,
los saraguro y todas las demás etnias –sean o no mitimaes- por la falta
de un sistema monetario, tenían que adaptar sus patrones de consumo y su modo
de vida al estrecho entorno de su localidad.
El
sistema tributario -que permitía mantener en el imperio una economía estable-
consistía en dividir la producción de cada ayllu en tres partes: una
parte se entregaba al Inca; otra se destinaba a la elite teocrática y militar
encargada de controlar la producción en beneficio propio y del Inca; y, la
restante tercera parte, se distribuía entre la gente del ayllu
respectivo.
El
monto del tributo aplicable a cada ayllu era determinado por los quipucamayos, quienes poseían un
amplio conocimiento matemático y contable. Los quipucamayos -o
‘guardianes del quipu’- eran los responsables de armar y descifrar quipus.
Los quipus, a su vez, eran unas piolas de lana anudadas entre sí y
teñidas en diversos colores. Sobre la base del color, del número y de la
posición de los nudos, los quipus servían para guardar con gran detalle
toda la información referente a los cultivos y cosechas, a la producción
agrícola y pecuaria, a la explotación de minas y canteras, a la elaboración de
artesanías y orfebrería, así como a las características de la población
correspondiente a cada ayllu.
En una sociedad que jamás conoció la
escritura, cuyos habitantes se comunicaban en más de 12 dialectos, con un
extenso territorio cruzado de caminos vírgenes a la rueda y al caballo, los quipus
en sus nudos y colores eran capaces de trasmitir toda la información que el
Inca solicitaba. Cuando en algún museo uno logra encontrar un quipu que
ha aguardado sus mismos nudos y colores por más de 500 años, es difícil no
sentir una profunda admiración.
Sobre
la base de ese sencillo sistema tributario, la economía del Tahuantinsuyo
lograba funcionar sin desempleo, sin inflación, sin deuda, sin déficit, sin
recesión, sin contratos y sin costos ni precios. Adicionalmente, el sistema
tenia la ventaja de que –al carecer de un régimen bancario- la riqueza podía
ser acumulada pero no podía ser dilapidada. Se estima que los silos y bodegas
del Inca hubiesen podido alimentar a todo el imperio por más de tres años
seguidos, sin que a lo largo de ese periodo nadie tenga necesidad de producir,
manufacturar, sembrar o cosechar.
Así,
el sistema económico aparentemente ofrecía un sólido apoyo para la estabilidad
y crecimiento del régimen incaico. Sin embargo, en 1532, bastó que un puñado de
168 españoles capturase en Cajamarca a Atahualpa, el último emperador inca,
para que todo un imperio de 20 millones de súbditos rodase sin sustento por los
suelos. Se repetía así lo ocurrido 12 años antes con Moctezuma, cuya captura
también permitió avasallar casi sin resistencia a todo el imperio azteca.
Nuevamente,
para tratar de explicar un casi increíble hecho, los historiadores imaginan una
amplia gama de potenciales causas, incluyendo espadas, escudos, la pólvora, el
acero, los fusiles, los caballos, la viruela y las venganzas domésticas.
No
obstante, en la historia de los cinco continentes, antes y después de Cristo,
han existido imperios en auge e imperios en decadencia; armas de acero y
escudos de madera; ejércitos y masas; bandoleros aguerridos y guerreros
asustados. Pero solo en Cajamarca y en Tenochtitlan, bastó con cortar una
cabeza para que rodase por los suelos todo un imperio. Y es que solo Cajamarca y Tenochtitlan carecían de esa arma
llamada dinero.
En
los textos de economía suele argumentarse que el dinero se usa porque cumple
tres funciones básicas: posibilita comprar y vender cosas; permite comparar el
valor de distintos bienes; y, provee un adecuado instrumento para ahorrar e
invertir. Pero como esas actividades no se realizaban dentro del Imperio -no se
negociaba, no se valoraba y no se financiaba- la economía había logrado
funcionar bien por muchos siglos, sin necesidad de conocer el valor, la utilidad, ni la importancia del dinero.
Lo
que en los textos de economía rara vez se menciona y lo que rara vez
recordamos, es que la función más importante del dinero, en cualquiera de sus
formas, es la de ser el principal factor aglutinante de una sociedad -función
en la que compite con ventaja contra un himno, un escudo, una bandera o
incluso, un territorio- porque permite a toda la gente consumir de todos y
producir para todos; sentir que pertenecen a una nación y que la nación les
pertenece.
Así,
para los aztecas y los incas -cuya economía nacional se limitaba al reducido
mercado de su comarca y al espacio en el cual podían intercambiar productos en
trueque- al desconocer la existencia del dinero, el único factor aglutinante
del imperio era la cabeza autoritaria del emperador de turno. Cortar esa cabeza
significó defenestrar todo el Imperio.
El
nacimiento de las grandes civilizaciones surgidas alrededor del mediterráneo
–ya lo vimos- coincidió con la acuñación de una moneda. Los incas y los aztecas
completaron la otra cara de esa enseñanza al demostrar lo frágiles que son las
civilizaciones que no usen, en cualquiera de sus formas, ese instrumento
denominado dinero.
Y
la América Latina actual logra demostrarnos algo más: en el Siglo XXI ya no es
suficiente tener ese instrumento llamado dinero, también se requiere tener una
buena moneda. Esa es la enseñanza se desmenuza en el próximo capítulo.
11
__________
LA DOLARIZACIÓN
Y
EL PESO LATINO
Dinero
y moneda son dos conceptos distintos. El primero lo usamos todos los días:
cuando decimos que una persona tiene dinero, lo que queremos afirmar es
que posee bienes y riquezas; cuando susurramos que alguien esta con
dinero, en realidad estamos murmurando sobre el origen de una recién adquirida
fortuna; y, cuando escuchamos que alguien hace buen dinero, entendemos
que recibe un buen sueldo, salario o ingreso.
Pero
el segundo concepto lo usamos muy poco: sabemos el nombre de nuestra moneda;
sospechamos que cada país tiene su propia moneda; y hemos escuchado que el
dólar es una moneda importante. Pero preferimos que sean otros quienes utilicen
ese vocablo.
En realidad tenemos toda la razón para dar un tratamiento distinto
a esas dos palabras: nuestro dinero nos interesa porque somos miembros de una familia, mientras que
nuestra moneda nos interesa porque somos miembros de una nación; valoramos nuestro dinero dentro de las fronteras,
mientras que nuestra moneda tiene valor por fuera de ellas; el dinero lo usamos
a diario, la moneda solo ocasionalmente; el Banco Central puede fijar aunque
sea fugazmente el precio de la moneda, pero jamás el precio del dinero; y,
relacionamos moneda con devaluación y
dinero con inflación.
Los
países latinoamericanos actualmente emiten dinero bajo 10 distintas
denominaciones: Bolívar, Boliviano, Colón, Córdoba, Guaraní, Lempira, Nuevo
Sol, Quetzal, Real y Peso.
Pero ese dinero, bajo ninguno de sus 10
distintos nombres, es aceptado como moneda fuera de las fronteras del país que
lo emite, ni es utilizado como medida de valor o como mecanismo de compra y
venta en el mercado internacional, ni es recibido por los acreedores como
moneda en pago de la deuda externa.
Así, el principal obstáculo que nuestros
países deben vencer para lograr su estabilidad económica, es el hecho de que
tienen dinero pero no tienen moneda. La próxima sección describe el sendero que
creemos se debería transitar para que el dinero
latinoamericano pueda ser utilizado también como moneda.
El sendero
A
principios de este moderno Siglo XXI –cuando la acuñación de monedas de hierro,
cobre o plata y la emisión de papeles bajo el patrón oro, ya son meras
curiosidades históricas- para que el dinero de un país tenga valor para el
resto del mundo, tiene que cumplirse por lo menos una de las siguientes tres
alternativas:
La
primera alternativa es que el resto del mundo crea que la producción de ese
país alcanzará a cubrir la totalidad del dinero emitido por ese país;
La
segunda alternativa es que dos o más países se asocien para comerciar entre
ellos y acuerden recibir en pago la moneda de cualquiera de los países
asociados;
La
tercera alternativa es que, dos o más países, decidan crear y compartir una
misma moneda.[91]
En
la literatura económica se pueden encontrar un sinnúmero de argumentos que
apoyan la primera alternativa. Por ejemplo, cuando Adam Smith identifica la
moneda con el trabajo que es necesario para producir la riqueza de un país, al
afirmar que:[92]
‘El trabajo, pues, fue el precio primitivo,
la moneda original adquiriente que se pagó en el mundo por todas las cosas
permutables. No con el oro, no con la plata, sino con el trabajo se compró
originariamente en el mundo todo genero de riqueza.’
Por
otro lado, Milton Friedman, Premio Nobel en Economía, asegura que todo el mundo
acepta dólares –‘esos pedazos de papel verde’- porque confían que todos
los demás lo harán:[93]
‘La
respuesta más breve –y la correcta- es que las personas privadas aceptan esos
pedazos de papel porque confían en que otras lo harán también. Los pedazos de
papel verde tienen valor porque todos creen que tienen valor. Y todos creen que
lo tienen porque, según la experiencia de todos, siempre lo han tenido...’
Pero
entre esos dos extremos –la moneda respaldada solo por el trabajo y la moneda
respaldada solo por la confianza- subsiste el hecho también cierto de que, si
la economía de un país no es lo suficientemente grande, su moneda no puede
respaldar las transacciones que se efectúen un poco más allá de los estrechos
limites de sus fronteras. Y esa es una condición que, hoy por hoy, ningún país
latinoamericano puede cumplir.
Con
respecto a la segunda alternativa –la asociación comercial- Latinoamérica ha
realizado varios esfuerzos desde los años 50 para tratar de crear algún
mecanismo de integración o de libre comercio. Sin embargo todos esos intentos,
como ya los vimos, han fracasado. El próximo intento en esa línea se concentra
en la creación del ALCA –el Área de Libre Comercio de las Américas- que no es
una iniciativa de Latinoamérica y que ya ha tenido serios cuestionamientos a
pesar de que, se supone, recién empezará a funcionar en enero del año
2006.
Entonces,
parecería que solo la tercera alternativa –la de crear o compartir una moneda
común- todavía permanece abierta para
América Latina. Sin embargo, para crear una moneda común, sería
necesario que los países latinoamericanos logren derribar una serie de barreras
legales –convencionales unas, artificiales otras- gratuitamente levantadas
entre ellos y, adicionalmente, que logren construir el escenario de unidad que
un Peso Latino requeriría para poder transitar libremente.
Visualizar
cuales son esas barreras y cual ese escenario, requiere rememorar la semilla
que dio luz a las dos principales monedas que hoy tiene el Siglo XXI: el Euro y
el Dólar.
El
Euro: breve historia
La
semilla del euro comienza a germinar en una pequeña celda de prisión en la Isla
de Ventotene, en el invierno de 1941. En esa pequeña isla, situada frente a la
línea costera que se forma entre Roma y Nápoles, estaba recluido Altiero
Spinelli, quien había sido arrestado 14 años antes –a la edad de 20 años- por
haber participado en un movimiento clandestino formado para derrocar al
gobierno fascista de Benito Mussolini.
Los largos años de encarcelamiento ofrecieron
a Spinelli la oportunidad de meditar que la tragedia en que se encontraba
inmersa Europa, se originaba en la competencia nacionalista que se había
cultivado a lo largo del continente. El camino para dejar atrás la tragedia,
por lo tanto, no podía encontrarse dentro de los estrechos limites de cada
país, sino en el más amplio escenario de una Europa unida.
Con
esa idea en mente, junto a dos compañeros de prisión,[94]
en 1941 redactó el Manifiesto de Ventotene, el cual empieza con la
siguiente frase:[95]
‘La
línea que divide a los partidos reaccionarios de los partidos progresistas, ya
no coincide con las líneas tradicionales de la democracia o del socialismo,
sino que la división se produce entre los que luchan por la conquista del poder
político en sus naciones... y los que luchan por crear un sólido y unido estado
europeo.’
Spinelli
sería liberado de su prisión cuando Mussolini fue depuesto temporalmente del
poder en 1943. Una vez libre, inició una larga lucha política dirigida en
contra de la existencia de las naciones-estados dentro de Europa.
La
lucha de Spinelli y del Movimiento Federalista Europeo que el mismo
creó, encontró una abierta oposición en todos los partidos políticos, llevaran
o no un membrete liberal, socialista, conservador o demócrata. Parecería que a
lo largo y ancho del mundo es habitual que los intereses de los partidos
políticos estén en abierta confrontación con los intereses de la mayoría de la
gente.
Para
luchar contra la cerrada oposición de los gobiernos y de los partidos
políticos, Spinelli tenia la ventaja de poseer una personalidad paciente, audaz
e inquebrantable. Por más de tres décadas insistió en solicitar directamente al
pueblo europeo que se pronuncie a favor o en contra de la unificación europea.
Bajo esa consigna, la presión ciudadana obligó a que la posibilidad de unificar
Europa sea puesta en debate en casi todas las sesiones del Parlamento Europeo,
entre 1976 y el 14 de febrero de 1984. Ese día -probablemente el más importante
en la vida de Spinelli- el Parlamento tendría que pronunciarse a favor o en
contra del ‘Tratado de la Unión Europea’, documento redactado por el propio
Altiero Spinelli. El Tratado fue aprobado casi por unanimidad. Su discurso de
agradecimiento terminaba con estas palabras:
‘Habiendo
alcanzado el fin de un capítulo y el comienzo de un nuevo capítulo que deberá
ser completado por otros, y reflexionando en el trabajo de toda mi vida, debo
decir que he sido el enfermero que ha ayudado a que el Parlamento de a luz esta
criatura. Ahora tenemos que ayudarla a vivir.’
Pero
el octogenario Spinelli no sobrevivió mucho tiempo a la criatura. El 23 de mayo
de 1986 fallecía en Roma. Y la criatura tampoco habría sobrevivido a su
progenitor, sino hubiera sido por un inesperado evento que sacudió al mundo y a
Europa.
Después
de la aprobación del borrador del Tratado efectuada por el Parlamento Europeo,
los diversos gobiernos y partidos políticos nacionalistas, comenzaron a
bloquear o boicotear las actividades necesarias para oficializar y ejecutar el
Tratado. En su lugar se impuso un documento que, bajo el nombre de Acta
Única, reducía la unión económica a una promesa protocolaria que podía
diluirse en una serie de reuniones intrascendentes y turísticas, al estilo de
las que hasta el día de hoy predominan en Latinoamérica.
Sin
embargo, en 1989 sucedió un evento que nadie esperaba, pero que estremeció los
cimientos mismos del viejo continente: el bloque socialista y comunista de
Europa del Este comenzó a hundirse.
El
colapso alcanzó a Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Rumania, Bulgaria,
Checoslovaquia, Yugoslavia y, después, a todas las repúblicas de la ex Unión
Soviética. Junto con la economía comunista, también se hundieron el Muro de
Berlín y la Cortina de Hierro. Y sin esas barreras se abrió el paso a los ríos
de gente –sobre todo la que había nacido detrás del muro hace menos de 40 años-
que amenazaban con inundar Europa. Esa amenaza estaba justificaba por los
largos años en que el Occidente había acusado al Este de mantener aprisionada a
la gente. Si el Este ya los dejaba salir, la moral dictaminaba que el Occidente
los debía dejar entrar.
El
dictamen era especialmente válido para las dos Alemanias entre las cuales ni
siquiera se interponía la barrera del idioma. Además, la Alemania del Oeste
siempre había expresado que existía una sola Alemania, así que no podría usar
el arbitrio de detener en la frontera a los ciudadanos Alemania del Este. Por
otro lado, no era posible detener la euforia del reencuentro entre parientes y
conciudadanos ni tampoco negar que, a pesar de las décadas de aislamiento,
seguía existiendo una sola nación.
Así,
parecían reprisarse en reversa los eventos ocurridos al fin de la Segunda
Guerra Mundial, cuando la parte occidental fue dividida en tres zonas ocupadas
por tres distintos ejércitos. En esa ocasión y sin realizar ninguna consulta
política, el Banco Central Alemán -el Bundesbank- dictaminó que el Marco circule
como dinero oficial en las tres zonas. Así, aglutinadas por una sola moneda,
las tres zonas casi de manera automática comenzaron a ser parte de un solo
país: la Alemania Federal.
Esos
eventos seguramente fueron recordados por Helmut Khol, Canciller de Alemania
Federal, cuando la tarde del 6 de febrero de 1990 –bajo la intensa presión de
los alemanes del este por ingresar masivamente al Oeste- anunció que, a partir
de ese día, el occidente y el oriente de Alemania compartirían la misma moneda.
El conocimiento histórico del Canciller Khol rindió sus frutos: sin conflictos
y aún antes de que exista un decreto oficial, las dos alemanias se convirtieron
en un solo país.
La
inesperada reunificación convirtió a Alemania en la nación más poderosa de
Europa, al incluir a la Alemania Oriental que por sí sola constituía la novena
potencia económica del mundo. El marco alemán pasaba a ser para Europa lo que
el dólar era para América. El Bundesbank podría controlar en Europa, la
inflación, las tasas de interés y los tipos de cambio, tal como el Fed
controla esas variables en Norteamérica.
Así,
para las dos partes –Alemania por un lado y el resto de países europeos por el
otro- la unidad súbitamente dejaba de ser un formal compromiso protocolario,
para convertirse en una herramienta de sobrevivencia en un mundo globalizado.
Antes de que termine 1991, los gobiernos del continente se reunían en
Maastricht, ubicada junto al río Mosa en Holanda, para analizar la necesidad de
adoptar una moneda común y un solo Banco Central para toda Europa: el Banco
Central Europeo que, desde luego, tendría su casa matriz en Frankfurt, el
corazón financiero del continente.
El
Tratado de Maastricht recoge las condiciones que debían cumplir los
países europeos para ingresar a la Unión y que se resumen en: un déficit fiscal
que no exceda el 3 por ciento del PIB; una deuda estatal que no exceda el 60
por ciento del PIB; una moneda nacional que no se haya devaluado en los últimos
dos años; y, una tasa de inflación que no exceda 1.5 puntos por sobre la tasa
media de los tres países con la inflación más baja. Las condiciones del Tratado
tenían que cumplirse –como en efecto se cumplieron- antes de que finalice el
Siglo XX.
Los
posteriores eventos son bastante conocidos: el 1 de enero de 1999 se estableció
el valor definitivo del euro en
términos de la moneda de cada uno de los 12 países participantes;[96] el 1 de enero del 2002 se puso en
circulación las monedas y billetes del euro; y, el 1 de julio del 2002, se
retiraron del mercado europeo todas las restantes monedas domésticas.
Esta breve historia tiene un
final feliz: Europa empieza a transitar el Siglo XXI como un continente
férreamente unido; no por un gobierno,
ni por un partido político, ni por un trazado territorial, ni por una bandera,
sino por una moneda. Por fin habrá paz en la tumba de Altiero Spinelli.
El
Dólar: breve historia
En
1535, el hijo de Felipe el Hermoso y de Juana la Loca, quien llega a ser
conocido con los nombres de Carlos I Rey de España y Carlos V Emperador de
Alemania, ordena que en las recién descubiertas minas de plata en el territorio
de lo que hoy es México, se empiece a acuñar una moneda similar a la que se
utilizaba en Europa con el nombre de thaler; nombre que es una
abreviatura de Joachimsthaler, el valle al norte de Bohemia en el cual se
encontraban las minas de plata que proveían el metal para acuñarla.
Los
españoles residentes en México cumplieron la orden y acuñaron los thaler.
Sin embargo, al no estar familiarizados con la letra “th” sino con su
correspondiente sonido “d”, sustituyen las dos letras y bautizan la
nueva moneda con el nombre de ‘daler’.
Pero la iniciativa de los acuñadores fue mas allá y -recordando su
travesía y su origen- tallan en los daler las dos
columnas de Hércules reluciendo contra un horizonte formado por las costas del
viejo y el nuevo mundo. Esta efigie estilizada origina la figura de una ‘S’
cruzada por dos barras verticales, la que eventualmente llega a ser el símbolo
del daler. Y de la riqueza.
En el primer siglo de acuñación, los daler
de plata fluían casi en su totalidad directamente a España. Se calcula que
entre 1540 y 1650, en el antiguo reino moro de Granada –en lo que hoy es la
provincia de Andalucía, al sur de España- el exceso en la circulación de
monedas de plata, generó un aumento en el nivel de precios superior al 600 por
ciento,[97]
en un mundo donde la inflación era entonces un fenómeno desconocido. Pero a
mediados del Siglo XVII, los daler comenzaron a circular también en
territorio mexicano. Adam Smith lo relata así: [98]
‘México y Perú, aunque no pueden reputarse por mercados nuevos
para la plata, son a lo menos ahora mucho más extensivos que antes... Un suelo
fecundo y un clima feliz, la abundancia y baratura de terrenos, circunstancia
común a todas las colonias, son ventajas
tan grandes que bastan para compensar muchos de los defectos que no puede menos
de tener un gobierno que está tan distante... América, pues, es un nuevo
mercado para el producto de sus propias minas.’
Pero en las colonias inglesas asentadas al norte de México -sin
minas de plata - si algún daler ingresaba a ellas, su contenido de metal
era inmediatamente reciclado para fines más prácticos. Por otro lado, desde sus
primeros asentamientos, los colonos ingleses habían aprendido a usar como
dinero cualquier objeto que se presentará más o menos manejable, incluyendo
hojas de tabaco, pieles, sal, conchas y, en años previos a la revolución, el
papel.
Fue precisamente la moneda de papel lo que ayudó a financiar la
revolución y liberación de Norteamérica. En 1751, Benjamín Franklin viaja a Londres
para solicitar a los miembros del Parlamento Inglés que permitiesen a sus
colonias de América imprimir moneda, ya que así podrían dejar de depender de
los envíos de las libras esterlinas que llegaban tarde, mal o nunca. La
petición de Franklin fue diplomáticamente escuchada, antes de ser toscamente
negada.
Sin embargo Franklin
era un hombre práctico y, antes de retornar a Norteamérica, adquirió la mejor
imprenta que su profesión de físico le aconsejaba. Pocos años después, esa
imprenta demostró su eficacia al imprimir todos los billetes ‘continental’
requeridos para pagar los gastos de la revolución y liberación de los Estados
Unidos.
El éxito de los continental
como instrumento revolucionario y su fracaso como instrumento económico, es
claramente descrito por el propio Franklin cuando, en 1779 y en plena guerra de
independencia, escribía a su amigo Samuel Cooper lo siguiente:[99]
‘Nuestra moneda se ha
convertido en una máquina maravillosa: ha cumplido todas sus tareas desde el
momento mismo en que la emitimos; con ella pagamos los sueldos y los uniformes
de nuestras tropas; nos sirve para comprar municiones y vituallas; y cuando tenemos
que imprimir una cantidad mayor, ella misma se paga auto depreciándose.’
La frase ‘no vale
un continental’, hasta el día de hoy tiene un tono despectivo en la cultura
norteamericana. En efecto, los continental perdieron todo su valor una
vez que la revolución iniciada el 4 de julio de 1776 había triunfado. Así, la
naciente economía necesitaba de una moneda nueva y confiable.
La necesidad de contar
con una nueva moneda, es percibida por Alexander
Hamilton, Secretario del Tesoro en el gobierno de George Washington, quien
propone y logra que Estados Unidos –con decreto legal suscrito el 4 de abril de
1792- adopte como moneda propia al daler mexicano, que pronto comienza a
ser denominado ‘dollar’ bajo la fonética de la lengua inglesa.
La adopción del dólar
cumplió una doble función: eliminó la práctica de imprimir moneda
indiscriminadamente; y, logró que el mundo se enterará que los Estados Unidos
se habían convertido en una nación unida, soberana e independiente.
El
dólar de plata sobrevivió hasta comienzos de Siglo XX. El 1 de marzo de 1900,
el presidente William MacKinley -que habia declarado la guerra a España-
oficialmente decretó que a partir de ese día el valor del dólar dejaba de ser
cotizado en plata y comenzaba a ser cotizado en oro.
Ese
antecedente sirve para que, poco antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial,
los países vencedores que se habían reunido en el hotel "Mount
Washington", ubicado en un centro vacacional denominado Bretton Woods,
decidan, entre otros asuntos, que las futuras transacciones que realicen entre
sí los países del mundo occidental, debían efectuarse en dólares y que, a su
vez, los Estados Unidos se comprometían a entregar una onza de oro por cada 35
dólares, cuando cualquier país así lo requiriese.
Es
decir, internacionalmente se aceptaba el compromiso de hacer funcionar al patrón-oro
en todo su esplendor.
La
aceptación del dólar como moneda universal se basaba, desde luego, en el
reconocimiento de una innegable realidad: la existencia de un país lo
suficientemente rico como para que todos crean que esos papeles de color
verde –frase de Milton Friedman- en efecto podrían ser cambiados por oro.
Pero
como los acuerdos internacionales solo son inviolables hasta que alguien con
poder suficiente decide violarlos, el 15 de agosto de 1971, el presidente Nixon
anunció que su gobierno había adoptado la medida monetaria más revolucionaria
del Siglo XX. La ‘revolución’ consistió en anular el compromiso de pagar con
oro el valor del dólar. Así se puso en práctica la receta de algún legendario
alquimista, solo que en dirección inversa: el patrón-oro se transformó
en patrón-papel.
Los hechos que sucedieron después son bastante conocidos: la
emisión de dólares sin respaldo deterioró su cotización frente a otras monedas
del Primer Mundo; la inflación mundial, un suceso desconocido hasta ese
entonces, amenazó con aprisionar a todo el mundo occidental; se facilitó el
financiar e inflar la deuda del tercer mundo; y, la disciplina monetaria quedó
sujeta a la voluntad de los gobiernos de turno.
Lo paradójico de esta breve historia es que Europa que ordenó dar vida
al dólar, ya dejó de utilizarlo. Mientras que en América Latina -que lo único
que hizo fue bautizarlo- la metamorfosis que transformó al dólar de plata, en
dólar de oro y en dólar de papel, continua en el dólar de tinta con la que se
contabiliza nuestra creciente deuda externa.
El
Peso Latino
Al
comenzar el Siglo XXI, en los 19 países de América Latina el dinero circula con
11 nombres distintos: Peso en Argentina, Chile, Colombia, Cuba, México,
Republica Dominicana y Uruguay; Colón en Costa Rica y El Salvador;[100]
Boliviano en Bolivia; Real en Brasil; Quetzal en
Guatemala; Lempira en Honduras; Córdoba en Nicaragua; Guaraní
en Paraguay; Nuevo Sol en Perú; Bolívar en Venezuela; y, Dólar
en Ecuador y Panamá.
Pero,
ya lo vimos, bajo ninguno de esos nombres -excepto en el caso del dólar que aún
no es moneda latinoamericana- el dinero es aceptado como medio de pago por los
otros países, ni tampoco es valorado en el mercado de capitales, ni siquiera es
admitido en pago por los acreedores de la deuda externa. Así, aunque todos los
países latinoamericanos han creado su propio dinero, ninguno ha logrado crear
una moneda.
No
obstante la coyuntura actual brinda a Latinoamérica la oportunidad histórica de
crear el Peso Latino,[101]
al ofrecernos las enseñanzas del euro y el rol aglutinante que entre nosotros
podría desempeñar el dólar.
Enseñanzas
De
las enseñanzas del euro se pueden extraer varias lecciones relevantes para
Latinoamérica: el euro se crea por la decisión de 12 naciones de compartir una
moneda única y, por tanto, en la decisión de aceptar los designios de una
autoridad monetaria continental que deja de cubrir las necesidades coyunturales
y de corto plazo de cada país, para poder cumplir exclusivamente las metas del
desarrollo a largo plazo de toda Europa.
Por otro lado, el euro también nos enseña que
las metas continentales pueden ser igual de aplicables en países de diferente
tamaño. Como ejemplo puede citarse el caso de Alemania que tiene una población
200 veces superior a la de Luxemburgo, otro miembro de la unión monetaria
europea.
La
renuncia libre y soberana al derecho de ejercitar una política monetaria
nacionalista se cimentó en el federalismo que, ya lo vimos, fue
cultivado con pasión y constancia por Altiero Spinelli, desde los lejanos días
en que estuvo confinado entre los barrotes de su celda en la prisión de
Ventotene.
A
pesar de que en Latinoamérica no ha nacido ningún Altiero Spinelli, tenemos la
ventaja de que ninguno de nuestros países tiene la condición de país-nación,[102]
que sí ha caracterizado a la mayoría de los países del viejo continente y
que por siglos ha conspirado contra la unidad europea.
En
efecto, nuestros países no solo que comparten el mismo continente, sino que
cualquier egolatría nacionalista tiende a diluirse ante el hecho de que todos
hablamos el mismo idioma;[103]
poseemos más o menos la misma mezcla étnica; conocemos las mismas religiones;
somos parte de la misma historia; gozamos un entorno geográfico semejante;
moldeamos expresiones culturales paralelas; entendemos las mismas pautas
artísticas; y, es probable que amemos los mismos dramas y disfrutemos con las
mismas bromas.
Así,
el nacionalismo latinoamericano solo se sustenta en unos pocos símbolos
-una bandera, un himno, un escudo y, tal vez, un equipo de fútbol- que de todas
maneras mantendrían su individualidad nacional, aunque los países de América
Latina decidan compartir una misma moneda: el peso latino.[104]
En
definitiva, para crear el euro, los países europeos han debido recorrer un
largo camino trazado para esquivar sus visibles y ancestrales diferencias
nacionales. Pero el camino que conduce a la unión monetaria de América Latina
podría ser mucho más corto, porque en nuestros países ni siquiera tendríamos
que sacrificar nuestras simbólicas, coyunturales y casi invisibles diferencias
nacionalistas.
Un
atajo
Para
crear el peso latino, se requiere transitar por al menos uno de los
siguientes tres senderos alternativos: el primero, que es el más tradicional,
requeriría decretar una zona comercial en la cual la única moneda de pago sería
el peso latino; el segundo sendero demandaría que, como en el caso del
euro, los países participantes fijen ciertas metas económicas a las que todos
tendrían que someterse; y, el tercer sendero, consistiría en encontrar un atajo
que evite tener que recorrer los dos senderos anteriores.
América
Latina ha venido intentando recorrer el primer camino, el de la integración,
desde mediados del Siglo XX. Pero todos los esfuerzos, ya lo vimos, se han
diluido en innumerables citas cumbres, conferencias y seminarios de jerarquía
internacional, en cuyos archivos se conservan atesoradas algunas piezas de
brillante oratoria diplomáticamente inocua.
Los
esfuerzos también han sido muy fecundos al momento de gestar las siglas que han
posibilitado distinguir una cumbre de otra. Así, al añejo MCCA y a la
respetable ALALC, se han agregado la JUNAC, el SICA, el CARICOM, la AEC, la
CAN, el G3, el MUEC, el CBI, la ALADI, el MERCOSUR, el SICE, entre otros.
Además, se han suscrito varios acuerdos bilaterales, trilaterales y
multilaterales, con carácter regional, subregional e intraregional, en diversos
aspectos relacionados al transporte, energía, aduanas, correos, migración,
producción e inversión. Las siglas que actualmente están de moda son las del
ALCA.
Medio
siglo de esfuerzos sin alcanzar ningún resultado, nos coloca ante una
disyuntiva: continuar vagando por el mismo camino durante un medio siglo más o
buscar otro sendero.
El
segundo posible sendero para crear el peso latino, sería el trazar un
camino similar al transitado por el euro. Es decir, fijar los objetivos
económicos que, uno a uno, tendrían que alcanzar los países de América Latina. Pero para
recorrer este sendero, necesariamente se requiere que los gobiernos de cada
país, a lo largo de un periodo más o menos extenso –doce años en el caso de
Europa- asuman y cumplan el compromiso de restringir gastos, castigar la
corrupción, no devaluar, crear empleos y no endeudarse más. Es decir,
justamente los objetivos que la mayoría de los gobiernos de América Latina no
han sido capaces de alcanzar.
El
tercer sendero para llegar al peso latino, pasaría a través del atajo
que se abriría si es que –temporalmente- se adopta como dinero propio al dólar.
Seguir este atajo no solo que evitaría el largo y estéril trajinar que se
esconde detrás de los otros dos senderos, sino que gran parte del atajo ha sido
ya recorrido.
En
efecto, en la América Latina actual el dólar ya se utiliza para contabilizar y
pagar al menos los siguientes rubros: la totalidad de la deuda externa; más de
las nueve décimas partes de las reservas en divisas; más de las cuatro quintas
partes del comercio con el exterior; alrededor del 85 por ciento de las
inversiones externas; y, casi todos los contratos mercantiles y financieros de
largo plazo.
Desde
luego, adoptar el dólar como dinero propio –aunque solo sea temporalmente-
generaría varios costos, algunos de los cuales han sido bastante publicitados.
Por
ejemplo, la pérdida de soberanía en el manejo de la política monetaria y
cambiaria; la imposibilidad de devaluar para subsidiar al exportador, para
neutralizar ciclos o para reactivar la producción; la desaparición de las
rentas del gobierno generadas en su facultad de conceder crédito y emitir
dinero; el deterioro en la capacidad de controlar las tasas de interés; y, el
ocaso del Banco Central en su función de prestamista doméstico.
Sin
embargo, esos costos temporales tenderían a desaparecer una vez que el atajo
haya sido recorrido y pueda sustituirse el dólar con el peso latino,
para pasar a cosechar –entre otros- los siguientes beneficios: los mercados de
capitales ya no tendrán que ser forzosamente mercados externos; los depósitos
en los bancos mantendrán su valor, aún en tiempo de crisis; la tasa de interés
dejará de competir con la inflación y con la devaluación, lo cual evitará el
permanente deterioro del ahorro y de sueldos y salarios; con el ahorro
doméstico ya se podrán financiar los proyectos de inversión regional y no solo
los de consumo; los bancos centrales dejarán de funcionar como simples
factorías de imprimir dinero y generar inflación; y, se logrará reducir
drásticamente nuestra actual dependencia en la deuda externa.
Pero
el beneficio más trascendental, desde luego, se genera en la meditada esperanza
de que la creación del peso latino abrirá de par en par las puertas de
la unidad de América Latina.
12
__________
EQUIDAD ECONÓMICA
Y
DESARROLLO
En La Riqueza de
las Naciones, ya lo vimos, afloran las tres condiciones que son
imprescindibles para alcanzar el desarrollo económico: el crecimiento, la
estabilidad y la equidad.
El
crecimiento económico, así quedó demostrado, depende del número de fuentes de
trabajo que la sociedad pueda crear y no de las accidentales circunstancias que
puedan haber generado algún cambio en las estadísticas del PIB.
También
vimos que para obtener la segunda condición -un aceptable grado de estabilidad
económica y financiera- deberá crearse el peso latino; para lo cual el
atajo más directo cruza a través de la dolarización que tendría que ser
adoptada temporal pero simultáneamente por varios países.
En
las próximas líneas se analiza la tercera e ineludible condición del
desarrollo: la equidad económica.
Equidad
En
el escenario de La Riqueza de la Naciones, el concepto de ‘equidad’ no
tiene el significado de moralidad, legalidad o justicia que se le otorga en
otros escenarios, sino que con ese concepto se pretende resumir el objetivo
final que tiene la economía como ciencia social: satisfacer eficazmente las
necesidades materiales del ser humano.
Para
Smith, equidad y eficiencia son conceptos equivalentes y, a su vez, ambos surgen cuando se permite que
el mecanismo productivo funcione libremente. Al analizar la contribución del
trabajo y del capital al proceso productivo, manifiesta:[105]
‘Los
diferentes empleos del trabajo y de los fondos, que se verifican dentro de un
mismo territorio en toda sociedad, no pueden menos de ser unos más ventajosos
que otros; pero todas estas ventajas y desventajas, en general, o han de ser
perfectamente iguales o han de gravitar perpetuamente hacia cierto centro de
igualdad. ... Así, a lo menos, sucedería en una sociedad en la que se dejasen
ir las cosas por su curso natural, en que hubiese en estas negociaciones una
perfecta libertad civil y en donde cada hombre fuese enteramente libre de
elegir la ocupación que tuviese por más conveniente.’
Es
decir, según Adam Smith, el ser humano no solo que debería tener la libertad de
escoger un trabajo de acuerdo a su aptitud y a las oportunidades que se le
presenten, sino también sobre la base de las ventajas y desventajas que ese
trabajo le ofrezca; ventajas y desventajas que, en una economía libre,
tenderían a ser más o menos equitativas.
En
ese escenario, desde luego, la libertad que cada hombre tiene para
elegir la ocupación que tuviese por más conveniente, queda limitada por las
oportunidades que esa sociedad a esa persona ofrezca. Pero esa limitación
tiende a desaparecer en aquellas sociedades que ofrecen sistemas educativos
abiertos a la mayoría de la gente. En palabras del propio Adam Smith:[106]
‘No es tan grande, como vulgarmente se cree,
la dife-rencia de los talentos naturales de los hombres... La diferencia entre
los caracteres más desemejantes, como entre un filósofo y un esportillero,
parece proceder no tanto de la naturaleza como del hábito, costumbre o
educación.’
Además, Smith insiste ‘en lo necesaria que es la educación en todas
las ordenes del Estado según los progresos de sus adelantamientos; pero
especialmente en la de la gente común pobre y artesana, enseñándoles cuando
menos a leer, escribir y contar, y si puede ser el dibujo y la mecánica,
concluyendo con las ventajas que de esta instrucción saca el público.’ [107]
Adicionalmente,
Smith enfatiza en la conveniencia que para la economía tiene el hecho de que el
trabajador sea generosamente remunerado, cuando afirma que:[108]
‘La
recompensa liberal y generosa del trabajo fomenta la propagación, anima y
aumenta el pueblo industrioso. Los salarios del trabajo son los estímulos de la
industria; la cual, como cualquiera otra cualidad del hombre civil, se
perfecciona al paso que se fomenta... En consecuencia, hallamos que
donde los salarios del trabajo son crecidos los operarios son más activos, más
diligentes y más expeditos que donde son cortos.’
Esos conceptos de equidad, eficiencia y productividad tratan de ser
consolidados por el propio Smith, al afirmar que la política económica debe
proteger al ser humano no solo en su función de trabajador y productor, sino
especialmente en su condición de consumidor. En defensa de esta última
afirmación, Smith expresa lo siguiente:[109]
‘El
consumo es el único fin, el objeto único de toda producción, en que interviene
la industria del hombre, y por tanto no existe otro medio de mirar por los
intereses del productor que atender a los del consumidor... No obstante, en el
sistema mercantil vemos constantemente que se sacrifica el interés del
consumidor en favor del productor.’
Y
es esta última frase -‘se sacrifica el interés del consumidor en favor del
productor’- la que sintetiza la tendencia que ha guiado las políticas
económicas implantadas en Latinoamérica a raíz de la crisis financiera
destapada en 1982; políticas que, a su vez, han sido encuadradas dentro de los
estrechos limites de la cerrada disputa
mantenida entre los adeptos a la ‘Economía de la Oferta’ y los
discípulos de la ‘Economía de la Demanda’.
Economía de la Demanda
La
‘Economía de la Demanda’ esta identificada con la obra del economista
Keynes y con el eficaz antídoto que propuso contra la gran depresión económica
de los años 30.
John
Maynard Keynes nació en 1883 en Cambridge; festinó su juventud entre la
despreocupada aristocracia londinense; se propuso no romper las reglas de la
conservadora sociedad de aquella época, propósito que no siempre pudo cumplir;
contrajo matrimonio con la hermosa balletista Lydia Lopokova, enlace que dio
origen a un estribillo que elogiaba ‘de Lydia la belleza y de Keynes la
cabeza’; acumuló una pequeña fortuna jugando en los mercados financieros,
al mismo tiempo que conceptuaba a los hombres de negocios prácticos como los ‘esclavos
de algún economista muerto’; fue el cerebro que, al terminar la II Guerra
Mundial, mentalizó la creación del Banco Mundial y del FMI. El primero para
ayudar a los vencidos y, el segundo, para consolidar a los victoriosos; pero su
mayor trabajo intelectual lo dedicó a buscar un antídoto que pueda neutralizar
los ciclos y depresiones que parecían destinadas a germinar espontánea y
periódicamente en las economías occidentales.
Según Keynes -y según sus discípulos- los ciclos depresivos se
engendran cuando los inversionistas dejan de invertir y los consumidores dejan
de consumir.
Hasta antes de Keynes, la receta tradicional para reactivar la demanda
ordenaba bajar las tasas de interés: bajando los intereses se abarataban los
costos de la inversión y del consumo. Así, el inversionista volvía a invertir y
el consumidor a consumir.
Pero en la crisis de los años 30, tanto el inversionista como el
consumidor, habían caído en una fosa que Keynes denominó la ‘trampa de la
liquidez’. Es decir, una depresión de la cual ni el inversionista ni el
consumidor podían salir, por cuanto las tasas de interés habían llegado a su
nivel mínimo y, en consecuencia, ya no podían descender más. Para salir de esa trampa,
Keynes recetaba que sean los gobiernos quienes reactiven la demanda nacional al
incrementar sus gastos, así sea para ‘cavar y cubrir huecos’.[110]
Desde luego, Keynes no deseaba que se caven huecos, sino que se
construyan viviendas, hospitales, puertos, silos, escuelas, fabricas,
carreteras y todo aquello que engrandece a una nación. Pacifista como era,
tampoco deseaba que se caven fosas.
Sin embargo, su receta de reponer la falta de demanda del sector
privado sustituyéndola con la demanda y el gasto del gobierno, fue manipulada
para justificar en parte la carrera armamentista; justificación que, además,
logró demostrar la validez de la tesis de Keynes al curar en poco tiempo la
depresión y el desempleo de los países industrializados.
En
Latinoamérica también se aplicó la receta de Keynes. Pero la expansión del
gasto fiscal no se destinó a construir obras públicas, sino a tratar de
subsidiar –ya lo vimos- a la demanda que jalaba ‘hacia adentro’; proceso
que fue interrumpido con el arribo de la crisis financiera en 1982, que obligó
a sustituir la ‘Economía de la Demanda’ por la ‘Economía de la Oferta’.
Economía de la Oferta
La
‘Economía de la Oferta’ se identifica con el economista Jean Baptiste
Say, ciudadano francés que nació en 1767 y vivió 65 años, 15 de los cuales los
dedicó a dirigir la
producción de una fábrica de tejidos, actividad en la que logró el objetivo que
todo productor debería buscar: vender toda la mercadería que pueda producir.
A la edad de 40 años,
quizá aburrido al observar que tejido que producía, tejido que vendía;
decidió dejar la gerencia de la fábrica para dedicarse a la filosofía
económica. En ese trabajo también fue
exitoso: escribió un Tratado, un Catecismo y un Curso Completo de Economía
política. Esta última obra – que esta escrita en seis tomos terminados dos años
antes de su muerte- permaneció escondida entre el resto de la literatura
económica por algún tiempo, seguramente debido a que, en esa época, parecía ser
una obra más de aquellas que inútilmente trataban de continuar el trabajo
iniciado por Adam Smith.
Sin embargo, con el correr de los años,
alguien descubrió que los escritos del economista Say contenían un mensaje que tenía una
invaluable utilidad práctica. El mensaje afirmaba que el dinero que recibe el
productor por la venta de sus productos, no permanece en sus bolsillos, sino
que esta inevitablemente destinado a financiar los servicios e insumos
adicionales que requiere para sustituir el producto ya vendido. Es decir, que ‘la
oferta crea su propia demanda’.[111]
En consecuencia, el gobierno debía
concentrar sus políticas en incentivar, proteger e, incluso, subsidiar al
productor: si este producía más el mercado demandaría más, aun en el caso que
el inversionista reduzca su inversión y el consumidor su consumo.
En Latinoamérica, la Economía de la
Oferta comenzó a tener importancia en 1983, el momento que se necesitó
cubrir con algún ropaje teórico y moral los donativos que se entregaron a
través de la ‘nacionalización’ mexicana, la ‘capitalización’
chilena, la ‘chucuta’ venezolana, la ‘sucretización’ ecuatoriana
y la ‘desdolarización’ argentina. Y, además, para justificar los otros
mecanismos que - ya lo vimos- posteriormente fueron ensamblados para que el
Estado continúe asumiendo el riesgo y el pago de las deudas que habían sido
libremente adquiridas por algunos individuos y empresas del sector privado.
Encontrar
un justificativo ‘técnico’ era urgente y prioritario, no solo porque
a través de esos mecanismos impúdicamente se había echado mano del dinero de
todos para pagar las deudas de unos pocos, sino porque era demasiado obvio que
esos pocos eran los que más dinero tenían.
Así, la Economía de la Oferta
latinoamericana se constituyó en la contraparte de la Trickle Down
Economics norteamericana que -ya lo vimos- podría traducirse al español
como ‘economía del goteo’ o ‘economía del chorreo’, dependiendo
del nivel de optimismo del traductor.
Sin embargo, por mucho dinero que se colocara en la parte de arriba,
nada chorrearía –tal vez ni siquiera gotearía- si el nuevo dinero
inmediatamente retornase al gobierno vía impuestos. Ese posible retorno podía
evitarse con una simple reforma en las tasas de recaudación de impuestos. Así,
todos los gobiernos de América Latina estamparon su firma en una lista de
reformas tributarias que modernizaban la recaudación fiscal.
La mayoría de esas reformas, ordenadas entre mediados de la década
de los 80 hasta mediados de la década de los 90, se concentraron en cinco
aspectos: primero, en la eliminación de los gravámenes a la inversión y al
capital; segundo, en una drástica rebaja de la tasa del impuesto a la renta de
los estratos altos; tercero, en la incorporación de algunos estratos de renta
baja al pago del impuesto a la renta; cuarto, en el incremento de las tarifas
de los servicios públicos; y, quinto, en el aumento de la tasa de impuestos al
consumo y al valor agregado.
Finalmente, en la última década del Siglo XX, se descubrió un nuevo
uso para la Economía de la Oferta: el dinero puede ser transferido
directamente desde los bolsillos del consumidor a los bolsillos del productor,
sin necesidad de tener que utilizar las estructuras del mercado.
Ese nuevo mecanismo, además, puede funcionar de una manera muy
efectiva a través de tres simples decretos: con el primer decreto se devalúa la
moneda sin avisar previamente a quienes no pertenezcan al circulo íntimo; en el
segundo decreto se ordena que los depósitos bancarios queden confiscados hasta
un próximo aviso; y, con el tercer decreto se dictamina que – cuando ese aviso
llegue- a los depositantes se les entregará ya devaluadas la misma cantidad de
monedas que tenían antes de la devaluación.
Con esos tres simples decretos se logra que la perdida de los
ahorristas por la devaluación de sus ahorros, se trasforme en la ganancia de
los deudores por la devaluación de sus deudas. Así se procedió en México
durante la crisis del tequila de 1994; así se procedió en el Brasil
durante el coletazo de la crisis asiática en 1998, así se procedió en el
Ecuador en las semanas previas a la caída del gobierno que fue expulsado por la
población en enero del año 2000, y así se procedió con la gente de Argentina y con
su dinero que fue férreamente confiscado en el corralito construido a
fines del 2001.
Y así continuaran procediendo, así proseguirán gobernando y así
seguirán confiscando nuestro dinero mientras permitamos que la equidad
económica continúe ausente.
Equilibrio
Desde la perspectiva de la economía libre concebida por Smith, los
subsidios requeridos por la Economía de la Demanda así como los
donativos exigidos por la Economía de la Oferta, están igualmente
viciados, porque en ambos casos se trata de utilizar el poder del Estado para
despojar de sus recursos a un sector de la población y gratuitamente
obsequiarlos a otro. Es decir, en ambos casos se desprecia a la equidad y al
desarrollo económico. Al finalizar el penúltimo de sus libros, afirma lo
siguiente:[112]
‘Perjudicar los intereses de cierta clase particular de ciudadanos,
con el único fin y con el solo objeto de fomentar otra, es una máxima
evidentemente contraria a la justicia e igualdad que todo Gobierno debe tener
en cuenta.’
En Latinoamérica, la economía libre moldeada por Smith ha sido
atacada por los candorosos discípulos de la Economía de la Demanda, así
como por los pragmáticos defensores de la Economía de la Oferta. Es
decir, utilizando palabras más conocidas, Smith ha sido políticamente censurado
por quienes creen estar ubicados en la izquierda y también por quienes saben
que están ubicados en la derecha.
Desde la izquierda, el principal ataque contra la economía libre se
origina en la creencia –infundada pero muy divulgada- de que las tesis de Adam
Smith defienden aquel sistema bautizado como ‘capitalismo salvaje’;[113] nombre que intenta denunciar un sistema basado en la denominada Ley
de la selva, bajo la cual es lícito que el poderoso rico engulla su débil y
pobre presa. Es contra esta posibilidad que los profesionales o intelectuales
de izquierda, suponen estar combatiendo cuando proponen que sea el Estado -por
intermedio de los gobiernos que lo administran- quien defienda los intereses de
los pobres.
Sin embargo, para Adam Smith -lo cual puede confirmarse leyendo
cualquier capítulo de La Riqueza de las Naciones- la intervención
directa del Estado en la actividad económica, solo puede favorecer a quienes
controlen el Gobierno y administren el Estado. Y no a las masas siempre
carentes de poder.
Por otro lado, es suficiente transcribir unas pocas líneas de su
obra para percibir el concepto que un hombre brillante y, en consecuencia,
modesto como Adam Smith, tenía sobre quienes ostentan o persiguen poder y
fortuna, así como su profunda y racional preocupación por el bienestar de los
trabajadores y de las clases más débiles de cualquier nación.
Las siguientes son algunas de sus expresiones:
‘El rico que no puede distinguirse de la masa del pueblo a
expensas de un vestido costoso, gasta y quiere brillar sus lucimientos con la
variedad y multitud de ellos.’ [114]
‘Entre las gentes ricas, el mayor placer de un poderoso y aun el goce de sus riquezas, suele
consistir en la ostentación de las riquezas mismas.’[115]
‘El
apetito del comer, el deseo de alimento, está ceñido en todo hombre a la corta
capacidad de su estómago y de su digestión; pero el deseo de conveniencias, de
aparato, de edificios, de vestidos, de trenes y equipajes, ni tiene término, ni
conoce límites en la soberbia humana.’ [116]
‘La
última resolución que tomaron los cuáqueros de Pensilvania, de dar libertad a
todos sus esclavos negros puede explicarse por cuanto el número de sus esclavos
no era muy considerable.’ [117]
Y
en cuanto a su preocupación por el bienestar de la mayoría de la población y
especialmente por los segmentos más pobres, su sentimiento probablemente es
mucho más sólido y legítimo que el de cualquiera de sus detractores, porque su
pasión no se basa en el decálogo de algún partido político, ni en un
resentimiento social o en algún interés personal, familiar o de grupo; si no en
la certeza lógica y tan profundamente humana, de que el único objetivo de la
economía como ciencia social es el de satisfacer las necesidades materiales de
la mujer y del hombre.
Las
siguientes tres frases expresan esa certeza: [118]
‘Si
el bienestar... de las clases inferiores del pueblo debe mirarse como
ventajoso, o como perjudicial a la sociedad, es una cuestión cuya respuesta y
decisión a primera vista parece muy clara y sencilla. Los criados, los
trabajadores y los operarios componen la mayor parte de toda sociedad política
y culta. ¿Cómo se ha de mirar pues, como perjuicio del todo la ventaja conocida
de la mayor parte?’
‘Ninguna
sociedad seguramente puede florecer ni ser feliz siendo la mayor parte de sus
miembros pobres y miserables.’
‘Es
muy conforme a la equidad que aquellos que alimentan, visten y albergan a todo
el cuerpo del pueblo en común, de tal modo participen del producto del trabajo
propio que también ellos estén razonablemente alimentados, vestidos y
albergados.’
Así,
es el propio Adam Smith quien, con su despejada visión del permanente objetivo
social que tiene la ciencia económica, se adelanta a responder las preguntas
que, desde la izquierda, sus detractores recién formularían más de un siglo
después.
Desde la derecha, el principal ataque contra la economía libre se
basa en el argumento –asimismo absurdo pero también muy
divulgado- de que el pensamiento de Smith pertenece al remoto pasado y que, por
lo tanto, ya no es aplicable en los modernos tiempos actuales.
Ciertamente este último fue el argumento que utilizó aquel banquero
orador en el Hotel Marriot de Panamá el 21 de marzo de 1983, cuando contra los
fundamentos de la economía libre, instaba a que se nacionalicen las deudas del
sector privado para ‘sepultar al liberalismo del siglo pasado’ e
imponer ‘un neoliberalismo’.
Pero contra esas digresiones –absurdas unas, interesadas otras- se
eleva el claro y firme pensamiento de Adam Smith, cuyos permanentes postulados
en favor de una economía libre son pertinentes al desarrollo económico de
América Latina aquí y ahora, como proclama nuestro próximo y último capítulo.
13
__________
AQUÍ Y AHORA
Dentro
de la coyuntura que despliega el título de este trabajo, ‘América Latina:
entre sombras y luces’, las sombras que más oscurecen nuestro horizonte
económico son aquellas que han sido engendradas por el tiránico y hasta hoy
impotente esfuerzo por pagar la insoluble deuda externa. Las luces, por otro
lado, son aquellas que podríamos alcanzar caminando por el sendero de la
economía libre trazado por Adam Smith.
Sombras
A pesar de que Smith escribe en el escenario del Siglo XVIII, en su
obra ya vislumbra las dos principales plagas que hoy se ciernen sobre los
países que han abusado del endeudamiento público y que actualmente estrangulan
a toda Latinoamérica: la primera, la imposibilidad de terminar de pagar la
deuda; y, la segunda, la creación de sindicatos de acreedores cuyo objetivo no
es recuperar la deuda, sino extraer la mayor ganancia de ella.
Esos peligros son advertidos a lo largo de La
riqueza de las naciones, pero baste citar el siguiente fragmento:[119]
‘Síguese probando lo ruinoso que es formar fondos perpetuos para pagar
intereses por deudas nacionales... que asimismo hay experiencia de que nación
ninguna una vez empeñada se haya visto libre de su deuda.’
Por otro lado, en el capítulo quinto vimos que La riqueza de las naciones fue publicada en América Latina recién en
1958, pero ya en 1933 se había editado en España una versión adaptada al
castellano moderno por José Tallada, quien en referencia a la gran crisis de
los años 30 expresa lo siguiente:[120]
‘Y las propias esencias de
la economía liberal capitalista nunca hasta ahora habían experimentado con
tanta intensidad el falseamiento del espíritu de libre concurrencia por Trust,
Kartells, Consorcios, Ententes, etc,.. que en definitiva no son más que
limitaciones unilaterales al libre juego de la oferta y la demanda.’
En
la América Latina actual, la primera plaga o ‘lo ruinoso que es formar
fondos perpetuos para pagar intereses por deudas nacionales’, se podría
visualizar observando cualquiera de las cifras forzosamente destinadas al pago
de la deuda externa. Pero, para abreviar, analicemos únicamente las
repercusiones que la deuda tiene sobre nuestra capacidad de ahorrar e invertir.
En
los primeros años del Siglo XXI, la deuda latinoamericana supera los 852 mil
millones de dólares, cantidad que genera un pago anual por amortización e
intereses que sobrepasa los 134 mil millones.[121]
Esto significa que más de la mitad de lo que pagamos a los Gobiernos -por
impuestos a la renta, al consumo y al valor agregado; por las tarifas de
electricidad, agua potable, teléfono y demás servicios básicos; así como por
los aranceles al comercio y por todos los demás gravámenes que ingresan a
formar parte del presupuesto del Estado- salen automática e incesantemente
fuera del país, para pasar a engrosar las altas tasas de rentabilidad que
nuestros acreedores obtienen con la tenencia de los pagarés de nuestra deuda.
La
gravedad del estrangulamiento que sufren nuestros países a causa de ese
incesante desangre, puede ser visualizada incluso imaginando el escenario más
optimista.
Supongamos
que en este instante recibimos tres deliciosas noticias: la primera viene desde
Washington y en ella nos informan que el Club de Paris y el Club de Londres han
resuelto donar a Latinoamérica para obras sociales 52 mil millones de dólares,
que serán descontados del monto de la deuda externa; la segunda grata noticia
proviene del FMI, cuyo directorio ha decidido reducir para siempre la tasa de
interés de la deuda y colocarla a un nivel del 5 por ciento anual, que es la
tasa más baja desde la creación del FMI; y la tercera buena noticia procede de
nuestro estimado Ministro de Finanzas, quien nos informa que en su último viaje
a Washington y Europa, ha logrado obtener un generoso plazo de 100 años para
pagar nuestra deuda externa.
De
ser ciertas esas noticias, cada año estaríamos ahorrando 86 mil millones de
dólares, al reducir el pago anual de 134 mil millones a solo 48 mil millones;[122]
cifra que tendría que ser cubierta con nuestro superávit comercial. Es decir,
con lo que logremos exportar en exceso a lo que necesitemos importar.
Sin
embargo, como el superávit comercial después de veinte años de continuo
esfuerzo no ha logrado alcanzar los 12 mil millones de dólares,[123]
apenas lograríamos cubrir una cuarta parte de los pagos que año tras año
tendríamos que entregar a nuestros acreedores.
En
otras palabras, si continuamos aplicando la misma receta impuesta al renegociar
la deuda –incluso dentro del idílico escenario formado por esas tres dichosas
noticias- el monto de la deuda continuará creciendo durante los próximos 100
años.
La
segunda plaga que menciona José Tallada y que la relaciona a los Trust,
Kartells, Consorcios y Ententes identificados con la crisis de los años 30,
actualmente se visualiza en el Club de Paris, el Club de Londres y el Grupo
Multilateral.[124] El
objetivo de estos sindicatos de acreedores es el de utilizar su poder
monopólico para -como también lo afirma José Tallada- impedir una equitativa
distribución entre deudores y acreedores de los costos y los beneficios que
emanan del mercado.
Ese
impedimento coincide con los mecanismos[125]
usados por el Sindicato de Acreedores para prohibir que un país deudor pueda
negociar directamente con un banco acreedor y, además, que los deudores tampoco
puedan negociar libremente en el mercado secundario. Es decir, la segunda plaga
emerge por las trabas creadas para proscribir el funcionamiento del mercado de
capitales que había funcionado libremente hasta 1983 y bajo cuyas normas se
contrató la deuda externa original.
Ante
la imposibilidad matemática de que -algún día y bajo el actual mecanismo-
América Latina pueda terminar de pagar su deuda externa, en la última década
han brotado una serie de sugerencias, entre las que sobresalen las siguientes:
en primer lugar, la posibilidad de ampliar y profundizar el proceso de ajuste
al consumo de la población impuesto desde 1983 y cuya vigilancia ha sido
encomendada por los acreedores a los funcionarios del FMI.
El
problema con esta muy difundida sugerencia que, además, constituye la columna
vertebral del Consenso de Washington,[126]
es su progresivo y cada vez más evidente fracaso -en lo social y en lo
económico- en todos los países que la han aplicado.
Una
segunda sugerencia apunta a la conveniencia de crear, ya en el Siglo XXI, un Cartel
de Deudores que pueda buscar una solución global y negociar en el mismo
plano con el sindicato formado por el Club de Paris, el Club de Londres y el
Grupo Multilateral. Pero esta sugerencia llega con veinte años de retraso,
cuando todos los rincones del mercado de capitales y todas sus herramientas, ya
pertenecen en propiedad exclusiva a los acreedores.
Una
tercera posición tiene un color radicalmente político y propone establecer
–unilateralmente- un limite máximo anual de pagos sobre la deuda, que se
basaría en un porcentaje fijo de las exportaciones que logren vender los países
deudores a los países acreedores. Esta propuesta ya fue ensayada en 1985 por el
presidente peruano Alan García sin éxito y casi a costa de su propia
supervivencia, a pesar de que entonces el poder de los acreedores no era tan
grande como lo es ahora.
Una
cuarta alternativa –que ya fue sugerida hace muchos años por Milton Friedman-
apunta a desmantelar el FMI en vista de su evidente incapacidad para encontrar
un camino al desarrollo económico. El obstáculo para aplicar esta sugerencia –o
alguna otra tendiente a deshacer los monopolios de acreedores y dejar que el
proceso se solucione exclusivamente por intermedio del mercado libre- es que su
ejecución depende de los propios acreedores, para quienes el FMI si ha cumplido
con el único objetivo que hoy justifica su existencia: lograr consolidar las
ganancias de los acreedores; objetivo en el cual el FMI sí ha sido muy exitoso
como ya lo demostramos en el corolario del capítulo dos.
Y
la quinta opción, la cual se basaría en un acuerdo de unidad continental para
crear una moneda diferente al dólar –el Peso Latino- para utilizarla en
las negocios comerciales entre países latinoamericanos.[127]
La creación del peso latino, desde luego, no sería un proceso sencillo,
aunque –como ya lo esbozamos en el capítulo once- un claro atajo puede trazarse
si logramos que varios países adopten una temporal dolarización.
Y el Peso Latino no solo que
engendraría la integración y unidad de América latina, sino que su creación
solo depende de nuestra voluntad y no de la voluntad de los acreedores.
Luces
Las
luces se originan en el pensamiento de Adam Smith, para quien –ya lo vimos- la
riqueza de una nación se nutre desde tres fuentes: la primera, aquella que
resulta al agregar ‘el producto
rudo del campo, más la producción manufacturada, más la utilidad del comercio y
de las negociaciones del hombre’; la segunda, la que nace de las ‘rentas
y ganancias de los fondos con relación a la estabilidad del signo monetario o a
su decadencia’; y, la tercera, aquella que germina con la equitativa ‘distribución
de los fondos entre los gastos del Soberano, la obra pública y el trabajo del
hombre’.
Esas
tres fuentes, además, constituyen el antídoto apropiado para curar las tres
lacras más visibles que tiene el subdesarrollo económico de América Latina: su
creciente nivel de desempleo; el intenso grado de inestabilidad y dependencia
financiera; y, la aguda, inhumana e ineficiente concentración de la riqueza.
Aquí
y ahora
Para
la mayoría de nosotros -ciudadanos de América Latina que no formamos parte de
ningún gobierno ni de ningún partido político, la única oportunidad de influir
en las estructuras del poder radica en el sufragio electoral abierto cada
cuatro o cinco años.
Así, es nuestra ineludible responsabilidad la
de aprovechar esa única oportunidad y elegir buenos gobernantes.
Desde
luego, discernir si un candidato ‘bueno’ o ‘malo’, dependerá exclusivamente de
nuestro propio criterio individual, cualquiera que este sea y como quiera que
se haya moldeado. Pero si creemos que el principal -sino el único- objetivo de
todo ‘buen’ gobierno es el de alcanzar el bienestar de la mayoría de la
población, entonces antes de elegirlo debemos descubrir su verdadera intención
de perseguir el crecimiento, la estabilidad y la equidad que –según Adam Smith
y en lenguaje del Siglo XXI- son los tres pilares básicos del desarrollo
económico.
En
Latinoamérica, el primer pilar del desarrollo se asienta en el crecimiento
económico que –ya lo vimos en el capítulo nueve- solo puede reflejarse
fielmente en el número de fuentes de empleo que el sistema económico sea capaz
de crear. Por lo tanto, es nuestra obligación y nuestro derecho exigir que en
toda política se preserven las fuentes de empleo y, además, exigir que mes a
mes se publicite el número de compatriotas que tienen trabajo. Las tasas del
desempleo que hoy se publican falsean la realidad porque –aunque parezca
paradójico- logran un menor índice cuando mayor sea el número de
emigrantes.
La segunda condición del desarrollo, la
estabilidad financiera, requiere crear el peso latino. Y para crear el peso
latino –así habíamos concluido- el camino más corto cruza a través de la
adopción temporal del dólar: la dolarización.
La dolarización, desde luego, tiene ventajas
y desventajas, varias de las cuales ya fueron resumidas en el capítulo once;
donde también concluimos que las desventajas se desvanecerán cuando el dólar
sea sustituido por el peso latino. Pero para los primeros países que
adopten la dolarización, es obvio, subsiste el peligro adicional de que los
demás países prefieran seguir devaluando para captar el mercado de sus vecinos.
Sin embargo, si logramos que en un año
cercano, un grupo de seis o siete países latinoamericanos adopten el dólar,[128] entre esos países ya
podrán crear el peso latino; el cual no solo que iniciará la unidad de
América Latina, sino que neutralizará los ataques de aquellos que prefieren
seguir devaluando.
Así, nuestra próxima tarea –aquí y ahora- es
la de elegir gobiernos que, antes de ser electos, se comprometan a transitar
por el atajo que conduce a la creación del peso latino.
La
tercera condición del desarrollo, la equidad económica, no puede ser
visualizada con tanta precisión como las otras dos. No obstante, ya lo vimos,
Adam Smith claramente puntualiza que cualquier actuación del gobierno destinada
a ‘perjudicar los intereses de cierta clase particular de
ciudadanos, con el único fin y con el solo objeto de fomentar otra’;
es una agresión contra la equidad y el desarrollo económico.
Y
quizás deberíamos añadir -sobre la base de la experiencia latinoamericana- que toda acción destinada
a favorecer cierta clase particular de ciudadanos
casi siempre ha engendrado esa putrefacta corrupción que ha permanecido sin
castigo y oculta detrás de los ‘objetivos nacionales’ que han sido
enaltecidos por la cínica complicidad entre el favorecedor y el favorecido.
Por
ejemplo, los ‘objetivos nacionales’ que justificaron la nacionalización
mexicana, la capitalización chilena, la chucuta venezolana, la sucretización
ecuatoriana y la desdolarización argentina, así como los otros
mecanismos que, recordábamos en el capítulo tercero, a lo largo de las últimas
décadas han sido manipulados para perjudicar a muchos y favorecer a pocos.
Desde
luego, también existe la posibilidad de que alguna vez algún gobierno pueda
utilizar su poder en la dirección inversa. Es decir, para perjudicar a pocos y
favorecer a muchos.[129]
Pero
incluso sí esto último fuera el caso, debemos insistir que para Adam Smith la
noción de equidad no es importante por su connotación moral, por su carácter
benéfico o por su relación con la justicia y la ética,[130]
sino por el impulso que la equidad irradia sobre el desarrollo económico.
Ultimas
líneas
Estas
últimas líneas están destinadas a tratar de aclarar –porque presentimos que aún
sigue brumoso- el significado que tienen los conceptos de liberalismo y neoliberalismo
en el escenario de la economía libre que propone Adam Smith.
Hasta
antes de 1776 era difícil establecer una línea divisoria entre el liberalismo
político y el liberalismo económico. Pero en ese año se publica La riqueza
de las naciones, con lo cual la política y la economía empiezan a ser
consideradas dos ciencias independientes.
Desde
entonces la filosofía liberal ha seguido evolucionando únicamente dentro de las
ciencias políticas, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, países donde
aún hoy se continúa utilizando la palabra ‘liberal’ para identificar a los
partidos Laborista y Demócrata respectivamente, reservando el vocablo ‘tory’ en
Inglaterra y ‘conservador’ en los Estados Unidos, para identificar a sus dos
tradicionales partidos adversarios.
Sin
embargo, aún en el mundo anglosajón es posible confundir liberalismo político
con liberalismo económico. En 1976, para conmemorar el bicentenario del
nacimiento de la economía como ciencia social, un grupo de estudiantes que
cursábamos en Ottawa el Programa Ph.D.[131],
decidimos organizar un ciclo de conferencias sobre Adam Smith.
Para
dar el discurso inaugural invitamos al Primer
Ministro de Canadá, Pierre Elliot Trudeau, quien también era Presidente del
Partido Liberal Canadiense. El Primer Ministro se excusó de asistir, pero
designó en su reemplazo –para beneplácito de muchos- a su esposa, Margaret
Sinclair, una bellísima mujer que a los 22 años de edad se había convertido en
la Primera Dama más joven en la historia del mundo occidental.
Mientras pronunciaba su corto discurso
inaugural, era fácil apreciar la exótica y exquisita estampa de la Primera
Dama. Mirándola sobre el podio, resultaba extremadamente difícil no sumergirse
en hondas reflexiones para tratar de descifrar cual era el color de sus ojos,
cuya tonalidad variaba entre el gris, el verde y el azul, de acuerdo al ángulo
en que la luz se reflejase sobre el tenue color oliva de la piel de un
rostro de primorosas formas contoneadas contra una ondulante cabellera de color
negro azabache.
Absortos
ante esa danza de formas y colores, muy pocos nos percatamos –y a quienes lo
hicimos, no nos importó- que en su discurso la bellísima joven Primera Dama
había investido a Adam Smith con el título de ‘El Fundador del Partido
Liberal’.
En Latinoamérica, la oposición entre liberales y conservadores
se inicia desde principios del siglo XIX pero, a diferencia del mundo
anglosajón donde ambos partidos aún se turnan en el poder, en la mayoría de los
países de América Latina esos dos partidos en la práctica se han desvanecido.
Desde luego, entre los dos grupos políticos, es el partido liberal el que
parece que mejor podría coexistir con la economía libre visualizada por Smith,
en virtud de que –así se supone- la doctrina liberal alberga tendencias
progresistas al impulsar la educación libre para toda la población, la
tolerancia religiosa y de cultos, la eliminación de privilegios y discrímenes
sociales, así como la libertad individual y social.
El otro concepto que debería aclararse, el neoliberalismo, en
cambio adolece del grave pecado que hasta el día de hoy nadie se ha tomado la
molestia de tratar de definirlo o defenderlo. Esa ambigüedad ha permitido que
el neoliberalismo sea una palabra multifacética, que puede ser esgrimida
como un feo insulto por el atacante, mientras que al mismo tiempo es acogida
con embeleso y orgullo por el atacado.
En algún momento se creyó que el neoliberalismo podría ser
fielmente resumido con los preceptos que recoge el documento denominado
‘Consenso de Washington’. Pero, ya lo vimos, el propio autor del documento se
encargó de descalificar cualquier intención de relacionarlo con el neoliberalismo.
No obstante, desde la perspectiva del banquero orador que en la tarde
del 21 de marzo de 1983 tuvo suficiente inspiración para inventar la palabra neoliberalismo
-o por lo menos para divulgarla- no ha sido necesario definir su significado.
Lo importante ha sido que en la práctica –con la fraternal ayuda de los clubs
bancarios, de los organismos internacionales y de los gobiernos- la exigencia
del banquero se ha cumplido en toda su extensión: la deuda externa no ha sido
pagada por quienes la ofrecieron o la disfrutaron, sino por la población que ni
la solicitó ni la cosechó.
Así, el neoliberalismo
latinoamericano se ha ubicado en una orilla frontalmente
opuesta al pensamiento de Adam Smith y al concepto del desarrollo económico que
–digámoslo una última vez- requiere elegir gobiernos que permanezcan
abiertamente comprometidos con la generación de fuentes de empleo para
garantizar nuestro crecimiento; con la creación del peso latino, que constituye
la única e ineludible herramienta para integrar y consolidar nuestros mercados;
y con la equidad económica que proteja nuestra capacidad doméstica para
producir y consumir.
Hemos llegado al final de esta travesía. En
nuestra profesión tendemos a olvidar que en economía toda idea puede y debe ser
expresada con palabras sencillas; olvido que impide que entre escritor y lector
podamos compartir jornadas más placenteras. Para mí ha sido un placer
haber acompañado a usted hasta aquí.
-
- - - Q
- - - - -
[1] Yuppies: Young Urban
Professional People.
[2] Sexto
Informe de Gobierno - 1 de septiembre de 1982 – México, Presidencia del Lcdo.
José López Portillo. Págs. 227-9.
[3] El Bank of
America, Citibank, Chase Manhattan, Continental Illinois, First Chicago
Manufacturers Hanover, Chemical, Morgan Guaranty y Bankers Trust.
[4] Fuente:
Public Papers. The Presidential Library & Museum Bookstore. Simi Valley, Ca.
Nota:
todas las traducciones en este libro son realizadas por y bajo
responsabilidad del autor.
[5]
Uno de los invitados fue profesor de quien estas líneas escribe.
[6]
Estos términos los discerniremos más adelante.
[7] La competencia desleal, en este caso, se
refiere al hecho de que un banco puede reducir intereses y montos a aquel
deudor que acepte colocarlo primero en su cronograma de pagos.
[8] El vocablo ‘Pagaré’ se
origina en la frase ‘Debo y pagaré...’ que consta en los documentos de crédito.
Según la clase de transacción, pueden usarse otros vocablos: ‘bonos’,
‘certificados’, ‘títulos’, ‘cupones’, ‘opciones’ y otros más sofisticados; pero
el concepto es el mismo: aceptar por escrito el compromiso de pagar en cierto
plazo un determinado monto de capital e intereses.
[9] La noticia
original fue publicada por The Wall Street Journal de Nueva York y
transcrita por varios periódicos. La versión aquí reproducida es la editada por
El Tiempo de Quito. Pág.6-A.
[10]
El eufemismo y el humor contagiaron otros documentos. Ver por ejemplo toda la
pagina 121 de: Hernán Büchi Buc, ‘La transformación económica de Chile’, Grupo
Editorial Norma, 1993.
[11] El nombre de
los deudores se oculta bajo la denominada ‘Ley de Sigilo Bancario’ que prohíbe
divulgar esos nombres. Como la ‘Ley’ hasta hoy no ha sido derogada, es probable
que entre los 410 deudores se encuentren nombres comprometidos con cada uno de
los seis partidos políticos que desde entonces han llegado a ocupar la
Presidencia de la República.
[12]
El proceso es conocido con el nombre de ‘dolarización’ y, como después veremos,
abre un sendero por el cual pudiera caminar toda América Latina.
[13] El Plan original pretendía una reducción del 20 por
ciento del monto de la deuda, mientras que el FMI y el Banco Mundial
garantizarían el pago del restante 80 por ciento.
[14]
En aquel tiempo también se pusieron de moda algunos imaginativos esquemas que
proponían reducir la deuda a cambio de que los gobiernos financien los
proyectos gestados por ciertos grupos sociales y por determinadas
organizaciones privadas sin fines de lucro.
[15] El título original es: ‘Third-World Debt: the Disaster that didn’t
happen’.
[16] Fuente: The Presidential Library & Museum
Bookstore. Simi Valley,
Ca. Doc. 60882.
[17] Fuente: The Presidential Library & Museum
Bookstore. Simi Valley,
Ca. Doc. 60882.
[18] Cuando a un estudiante de Matemáticas que estaba
preparando su tesis de Master sobre Isaac Newton, le explique el mecanismo de
la ‘trickle down economics’, se puso loco de contento y exclamó: ‘Podrán
criticar a Newton como Físico, pero no podrán hacerlo como Economista’.
[19]
Formada al unir las primeras silabas de ‘estancamiento’ con las últimas de
‘inflación’.
[20]
Como el programa radial se trasmitió el
5 de febrero de 1983, es difícil saber si en marzo, el banquero orador
de Panamá inventó la palabra ‘Neoliberal’ o simplemente la reprisó.
[21]
Nos referimos a George Bush padre.
[22] CNN: Cable News Network
[23] Bill Clinton: ‘State of the Union Message’, 1998.
[24]
Washington Post: Visita oficial del Primer Ministro Blair a EE.UU.. Septiembre
21, 1998.
[25]
Hijo de George Bush, el presidente de la década anterior.
[26] Fuente: The White House Public Papers. Disponibles
en página web: www.whitehouse.gov
[27]
La cifra exacta es: $ 5.709.699’281.427 al 31 de diciembre del 2000.
[28] Su título original es: An Inquiry into the Nature
and Causes of the Wealth of Nations.
En
Español: ‘Investigación sobre la
Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones’.
[29]
A causa de la limitada técnica de impresión, las obras muy grandes solían
imprimirse en
tomos separados. De allí la costumbre de
llamar ‘libros’ lo que hoy llamamos ‘capítulos’.
[30]
Las siglas CEPAL significan: Comisión Económica Para América Latina.
[31]
MCCA: Mercado Común Centro Americano.
[32]
La Asociación Latino Americana de Libre Comercio, ALALC, se fundó con
Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, México, Paraguay, Perú,
Uruguay y Venezuela.
[33] Ese consorcio, como ya vimos, esta formado por el Club
de Paris, el Club de Londres y el Grupo Multilateral. Es decir, por los
gobiernos, los bancos y los organismos acreedores.
[34] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 207. De
aquí en adelante, todas las citas de ‘La
Riqueza de las Naciones’, se refieren a la edición publicada el 26-12/96,
por Ediciones Folio, Barcelona.
[35] Acta para la integración de Argentina y Brasil. Buenos
Aires, 29-VII/86. Párrafo segundo.
[36] Esta última tesis está
magníficamente compilada en: Osvaldo Sunkel, editor. ‘El desarrollo desde dentro: un enfoque
neoestructuralista’. México, DF: Fondo de Cultura Económica, 1991.
[37]
ALCA: Ärea de Libre Comercio de las Américas.
[38]
ALCA: ‘Introducción a la Declaración de Principios’, Párrafo 3.
[39] La cifra
tiene vigencia al 31-XII-2002 e incluye entidades públicas y privadas. Si el
lector desea actualizar ese número, le sugerimos empezar en la página web:
www.ulb.ac.be.
[40]
UNCTAD: Conferencia de las Naciones Unidas –ONU- para el Comercio y Desarrollo.
[41]
American Economic Association & Royal Economic Society: Surveys in Economic
Theory Vol.II, Growth & Development; Macmillan, 1967.
[42]
Plinio Apuyelo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa.
[43]
Juan Gabriel Labaké, ‘Autorretrato de cuatro idiotas latinoamericanos’,
Ed. Grijalbo, 1997.
[44] ‘Nature, Development and Distribution in Latin America.
Evidence on the Role of Geography, Climate and Natural Resources’. Michael
Gavin & Ricardo Hausmann. BID: Oficina del Economista
Jefe, Documento de Trabajo 378, agosto 1998.
[45]
Ese diagnóstico es abiertamente enfatizado por Marta Canessa de Sanguinetti en
su libro:‘El bien nacer. Limpieza de oficios y limpieza de sangre: raíces de
un mal latinoamericano’.
[46]
Idem.: BID, Documento de Trabajo 378, páginas 9 y 11.
[47] Jeffrey D. Sachs: Tropical Underdevelopment.
NBER Paper Nº W8119, February 2001.
[48] Citado varias veces por Alexander Stille, en su columna del The New York Times.
[49]Entre
otros: Christopher DeMuth, Nicholas Eberstadt, Benjamín Friedman, Lawrence Harrison, Samuel Huntington y David Landes.
[50]AID:
Agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos.
[51] ‘Culture Matters - How Values Shape Human
Progress’. L.Harrison and S.Huntington Eds. June 2000, Basic Books.
[52] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 45.
[53] Smith, Tomo II, Libro IV, pag. 191. El subrayado es
nuestro.
[54] Smith, Tomo II, Libro IV, pag. 161.
[55] Smith, Tomo II, Libro IV, pag. 259.
[56] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 186
[57] Cassell’s Concise English Dictionary. Revised edition, 1956. Pag. 57.
[58]
Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Edición XIX, 1970. Pag.
252.
[59]
Smith, Tomo I, Libro I, pag. 101. La versión española usa ‘señor’ en vez de
‘propietario’.
[60] Smith, Tomo III, Libro V, pag. 262. Párrafo final.
[61]
Smith, Tomo I, Prólogo del traductor, pags. 40 y 41.
[62]
Lo que la mayoría de economistas denominan ‘tasa de crecimiento del PIB per
capita’.
[63]
R.Prebisch, ‘Política Comercial de los Países Subdesarrollados’, American Economic Review,
Mayo - 1959, página 259.
[64]
Nos referimos al estructuralismo latinoamericano. Existen otras escuelas
estructuralistas en las áreas: de antropología, lingüística, genética,
dialéctica, etc- que se originan en otros lares.
[65] Celso
Furtado, Oswaldo Sunkel, Dudley Seers, Joseph Grunwald, Markos Mamalakis,
Héctor Guillén, Kenneth Jameson, Carlos Mallorquín, Julio Olivera, entre otros.
[66]
A.W.Phillips: “La Relación entre el Desempleo y la Tasa de Cambio de los
Salarios Nominales en el Reino Unido: 1861-1957”. Revista Economica, noviembre de 1958.
[67]
La conferencia original se resume en: ‘The New Yok Times’ del 28 de enero de
1969.
[68]
Tomado de: ECONOMIA, Samuelson-Nodhaus, Ed. McGraw-Hill; 1986, pag. 298.
[69]
Tomado de: ECONOMIA, Samuelson-Nodhaus, Ed. McGraw-Hill; 1986, pag. 300.
[70] Las estadísticas difieren de acuerdo a la
fuente. Los datos que aquí utilizamos corresponden
a: CEPAL, Balance preliminar de la
economía de América Latina y el Caribe. Varios años.
[71]
Concretamente, en 1990, la tasa de inflación promedio fue: 1.191,70 por ciento.
[72] PIB: Producto Interno Bruto. Es decir, la producción
total de un país dentro de sus fronteras.
[73] Fuentes: World Bank y Latin Business
Chronicle. Ediciones del 2002.
[74]
Puede verificarlo en 3 pasos: 1) tome la cifra del PIB per càpita de su país y
añádale una tasa de crecimiento anual 2 veces superior a cualquier tasa que
usted asuma para EE UU; 2) repita la misma operación para varios años; 3)
compare las cifras resultantes para los 2 países.
[75] J. Williamson, ‘What Washington Means by Policy
Reform’, ‘Latin American Adjustment: How Much Has Happened?’, J. Williamson Ed.
Institute for International Economics, 1990.
[76]
El ‘Consenso de Washington’ a veces es equiparado al ‘neoliberalismo’;
comparación que no es aceptada por su mentor.
[77]
Kolodko, Grzegorz W (1998). Transition
to a Market Economy and Sustained Growth: Implications for the Post-Washington
Consensus. The World Bank. December, 1998.
[78]
Milton y Rose Friedman: ‘Libertad de Elegir’. Ed. Grijalbo, 1980. Pag.
105.
[79]
Tomado de Rosa Townsend, ‘Las remesas familiares’. Artículo publicado en
la pagina Web: ‘En defensa del Neoliberalismo’, www.neoliberalismo.com.
[80]
Smith, Tomo I, Introducción y Plan de la Obra, Pag. 45.
[81] J.C.Juglar, "Des crises
commerciales". Annuaire de l'economie politique, 1856.
[82]
Entre otros: de P. Samuelson, J. Shumpeter, R. Hicks, N. Kaldor y J.M. Keynes.
[83]
En Latinoamérica estos pagos equivalen al 25% del total de pagos. Eso no
significa que la deuda interna equivalga al 25% de la deuda total. El servicio
anual de la deuda externa cuesta cerca de 14%, mientras que servir la deuda
interna cuesta más de 27%. En valores absolutos, esos valores equivalen a 700 y
126 mil millones de dólares respectivamente.
[84]
Excepto en 1992-94 y 1997-98.
[85]
El incremento de la deuda sería mayor, si no fuera por las remesas de los
emigrantes.
[86]
La deuda externa creció de 350 mil millones en 1982, a 700 mil millones a fines
del 2001.
[87] Smith, Tomo I, Libro I, pag.68.
[88]
Las estimaciones sobre la población del nuevo continente, varían según el
cronista.
[89]
Dos incas más, Tupac Hualpa y Manco Inca, hermanos del asesinado Atahualpa,
fueron nombrados por los propios españoles con el objeto de controlar mejor al
resto de indígenas.
[90]
Una popular leyenda asegura que los saraguro visten en color negro, debido a
que llevan duelo por el terruño perdido.
Curiosa leyenda que atribuye a los saraguro un rito cristiano.
[91]
Cada alternativa tiene respectivamente su propio ejemplo: la primera, a los
EEUU; la segunda, cualquier acuerdo de integración comercial; y, la tercera, al
euro.
[92] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 75.
[93]
Milton Friedman: ‘Paradojas del dinero’, Ed. Grijalbo, 1992, pag. 25.
[94]
Eugenio Colorni y Ernesto Rossi.
[95]
Documento publicado clandestinamente a fines de 1941, por la esposa de Eugenio
Colorni.
[96]
Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda,
Italia, Irlanda, Luxemburgo y Portugal.
[97] La cifra se deduce de: E.J. Hamilton, Treasure
& Price Revolution in Spain: 1501-1650, Harvard Economic Studies, Vol.
XLIII, 1934.
[98] Smith, Tomo I, Libro I, pags. 267-68.
[99] Tomado de John K. Galbraith, Money, Bantam
edition, 1976, pag. 73.
[100]
El Salvador –aunque con paridad fija de 8.75 al dólar- aún utiliza el
colón.
[101]
La denominación ‘Peso Latino’ sería la más aceptada en la mayoría de
países.
[102]
Es decir, aquellos países cuyos habitantes comparten –además de una frontera-
alguna otra característica que los diferencia de los habitantes de otros
países.
[103]
Incluyendo al brasileño, porque es lo suficientemente cercano al español.
[104]
Desde luego, la moneda individual de cada país también constituye un símbolo.
[105] Smith, Tomo I, Libro I, pag.150.
[106] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 59.
[107]
Smith, Tomo III, índice de la obra, pag. xxxvii.
[108] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 130.
[109]
Smith, Tomo II, Libro IV, pags. 427-8
[110] J. M. Keynes, ‘The General Theory of Employment,
Interest and Money’, Harcourt Brace Jovanovich, New York, 1964, p. 220.
[111]
Esa frase también es conocida en los textos de Economía como la ‘Ley de Say’.
[112] Smith, Tomo II, Libro IV,
pag. 426.
[113] Sistema que
se formaría al unir el ‘Laissez faire, laissez passer’, la ‘mano
invisible’ y el ‘Capitalismo’; conceptos que, como vimos en el
Capítulo 7, son falsamente atribuidos a Smith.
[114]
Smith, Tomo II, Libro IV, pag. 453.
[115] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 234.
[116] Smith, Tomo I, Libro I, pag. 225
[117]
Smith, Tomo II, Libro III, pag. 125
[118] Smith, Tomo I, Libro I, pag.127.
[119]
Smith, Tomo III, Índice General de la Obra, pag. xlvi.
[120]
Smith, Tomo I, Prólogo, pag. 26.
[121]
Fuentes: Banco Mundial y CEPAL. Boletines Estadísticos, 2002.
[122]
Es decir, 8 mil millones anuales por amortización más 40 mil millones por
intereses.
[123]
Se estima que en el año 2002, nuestros países exportaron 325.3 mil millones e
importaron 313.4 mil millones. Lo cual generaría un superávit comercial de
apenas 11.9 mil millones.
[124]
Estos grupos fueron descritos en el capítulo dos.
[125]
Mecanismos que también fueron descritos en el capítulo dos.
[126]
En el acápite sobre Argentina del capítulo 9, se resume el Consenso de
Washington.
[127]
Los dólares así liberados, podrían aliviar el pago de la actual deuda externa.
[128]
Actualmente, además de Panamá, Ecuador y El Salvador, los países con mayor
opción para dolarizarse parecerían ser Argentina, Colombia, Honduras, Paraguay
y Uruguay.
[129]
Se supone que esa debe ser la intención de todo gobierno progresista. Pero como
la historia lo demuestra –y no solo la historia de la Unión Soviética- cuando
un gobierno decide utilizar su poder para depositar riqueza en un determinado
grupo, ese ‘grupo’ termina siendo él mismo.
[130]
La importancia que esos valores tienen desde la perspectiva de la solidaridad
humana, es resaltada en su otra gran obra: ‘Teoría de los sentimientos
morales’.
[131] Ph.D.: Philosophical Doctorate. El
término no tiene una traducción válida al español.


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