© Libro No. 482. El Príncipe
destronado. Delibes, Miguel. Colección E.O. Septiembre 14 de 2013.
Título original: © El Príncipe destronado. Miguel Delibes.
Versión Original: © El Príncipe destronado. Miguel Delibes.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Miguel Delibes
El
Príncipe Destronado
La originalidad
de esta novela estriba en el reducido marco que el autor se ha impuesto, no
sólo en los límites cronológicos —la obra se desarrolla a lo largo de unas
horas de un día de diciembre—, sino al tener la valentía de centrar el peso de
la anécdota sobre un niño de tres años.
Los conflictos
entre los adultos, los barruntos dramáticos que se apuntan sólo valen en cuanto
rozan la psicología de Quico, el pequeño protagonista. Se trata pues, de una
tentativa de aproximación al mundo de la primera infancia, ese mundo inefable y
sepultado en el fondo de los tiempos a que a veces parece aflorar, para
esfumarse de nuevo, al conjuro de un sabor, un aroma o una canción. Por la
sencillez y sensibilidad con que han sido descritos, algunos personajes de esta
obra quedarán como antológicos dentro de los tratados por Miguel Delibes.
Miguel Delibes El
Príncipe Destronado
Entreabrió los
ojos y al instante, percibió el resplandor que se filtraba por la rendija del
cuarterón, mal ajustado, de la ventana. Contra la luz se dibujaba la lámpara de
sube y baja, de amplias alas —el {ángel de la guarda— la butaca tapizada de
plástico rameado y las escalerillas metálicas de la librería de sus hermanos
mayores. La luz, al resbalar sobre los lomos de los libros, arrancaba vivos
destellos rojos, azules, verdes y amarillos. Era un hermoso muestrario y en
vacaciones, cuando se despertaba a la misma hora de sus hermanos, Pablo le
decía: “Mira, Quico, el Arco Iris”. Y él respondía, encandilado:
“Sí, el Arco
Iris; es bonito, ¿verdad?”
A sus oídos
llegaba ahora el zumbido de la aspiradora sacando lustre a las habitaciones
entarimadas, y el piar desaforado de un gorrión desde el poyete de la ventana.
Giró la cabeza rubia sin levantar la nuca de la almohada y, en la penumbra,
divisó la cama, ordenadamente vacía, de Pablo y, a la izquierda, el lecho
vacío, las ropas revueltas, el pijama hecho un gurruño, al pie, de su hermano
Marcos, el segundo. “No es domingo”, se dijo con tenue voz adormilada y estiró
los brazos y entreabrió los dedos de la mano contra el haz de luz y los
contrajo y los estiró varias veces y sonrió y canturreó maquinalmente:
“Están riquitas
por dentro, están bonitas por fuera”. De repente, cesó el ruido de la
aspiradora allá lejos y, de repente, se impacientó y voceó:
—¡Ya me he
despertaooooo!
Su vocecita se
trascoló por los resquicios de la puerta, recorrió el largo pasillo, dobló a la
izquierda, y se adentró por la puerta entreabierta de la cocina y Mamá, que
enchufaba la lavadora en ese instante, enderezó la cabeza y dijo:
—Me parece que
llama el niño.
La Vítora entró
en la habitación en penumbra como un torbellino y abrió los cuarterones de las
ventanas.
—A ver quién es
—dijo— ese niño que chilla de esa manera.
Pero Quico se
había cubierto cabeza y todo con las sábanas y aguardaba acurrucado, sonriente,
la sorpresa de la Vítora. Y la Vítora dijo mirando a la cuna:
—Pues el niño
no está, ¿quién lo habrá robado?
Y él aguardó a
que diera varias vueltas por la habitación y a que dijera varias veces: “Dios,
Dios, ¿dónde andará ese crío?”, para descubrirse y entonces la Vítora se vino a
él, como asombrada, y le dijo:
—Malo, ¿dónde
estabas?
Y le besaba a
lo loco y él sonreía vivamente, más con los ojos que con los labios, y dijo:
—Vito, ¿quién
te creías que me había robado?
—El hombre del
saco —respondió ella.
Y echó las
ropas hacia atrás y tanteó las sábanas y exclamó:
—¿Es posible?,
¿no te has meado en la cama?
—No, Vito.
—Pero nada,
nada.
El niño se pasó
las manos, una detrás de la otra, por el pijama:
—Toca —dijo—.
Ni gota.
Ella le
envolvió en la bata, de forma que sólo asomaban por debajo los pies descalzos,
y le tomó en brazos.
—Espera, Vito
—dijo el niño—.
Déjame coger
eso.
—¿Cuál?
—Eso.
Alargó la
pequeña mano hasta la estantería de los libros y cogió un tubo estrujado de
pasta dentífrica y accionó torpemente el tapón rojo a rosca y dijo, mostrando
los dos paletos en un atisbo de sonrisa.
—Es un camión.
La Vítora entró
en la cocina con él a cuestas.
—Señora —dijo—,
el Quico ya es un mozo; no se ha meado la cama.
—¿Es verdad
eso? —dijo Mamá.
Quico sonreía,
el largo flequillo rubio medio cubriéndole los ojos, erguido y desafiante, se
desembarazó con desmanotados movimientos de la bata que le envolvía y dijo tras
pasarse insistentemente las manos por el pijama:
—Toca; ni gota.
La Vítora se
sentó en la silla blanca y abrió el grifo del baño blanco y la lavadora
mecánica zumbaba a su lado y el niño, mientras el agua caía, enroscaba y
desenroscaba el tapón rojo del tubo con atención concentrada, mientras intuía
los suaves movimientos de la bata de flores rosas y verdes, y, de pronto, la
bata se aproximó hasta él y sintió un beso húmedo, aplastado, en las mejillas y
oyó la voz de Mamá:
—¿Qué tienes
ahí? ¿Qué porquería es ésa?
Quico levantó
de golpe la cabeza.
—No es
porquería —dijo—. Es un camión.
La Vítora le
izó en el aire mientras Mamá le desprendía de los pantalones y, al contacto con
el agua, el niño encogió los dedos del pie y le dijo la Vítora:
—¿Quema?
Y él:
—Sí, quema,
Vito.
La misma
Vítora, con el codo, soltó el grifo frío y, al cabo, le dejó en la bañera y él
se miró, desnudo y rió al divisar el diminuto apéndice.
—Mira, el pito
—dijo.
—Ahí no se
toca, ¿oyes?
—El pito santo
—añadió el niño sin soltar el tubo del dentífrico de la mano izquierda.
—¿Que tonterías
dice ese niño? —dijo Mamá.
Quico deslizaba
el tubo sobre la superficie del agua y hacía “booonboooon”, y dijo:
—Es un barco.
Dijo la Vítora:
—¡Qué sé yo!
Ahora le ha dado por eso, ya ve.
—Alguien se lo
enseñará —dijo Mamá reticente, mientras ponía en la lavadora el pijama del
pequeño.
La Vítora se
sofocó toda:
—Ande, lo que
es una... Digo yo que será al rezar. La criatura oye lo del espíritu santo y ya
ve, ni distingue.
Colocó al niño
de pie y le enjabonó las piernas y el trasero. Luego, le dijo:
—Siéntate. Si
no lloras al lavarte la cara, te bajo conmigo a por la leche donde el señor
Avelino.
El niño apretó
fuertemente los labios y los párpados, en tanto la Vítora le restregaba la cara
con la esponja. Resistió varios segundos sin respirar y, al cabo, chilló:
—¡Ya basta,
Vito!
La Vítora tomó
al niño por las axilas, le envolvió en una gran toalla fresca y pasó con él a
la cocina y, entonces, la Loren, la de doña Paulina, la divisó desde el
descansillo del montacargas a través de la puerta encristalada y le hizo señas
y le gritó:
—¡Quico,
dormilón! ¿Ahora te levantas?
La Vítora le
frotaba con la toalla y le dijo por lo bajo: “Dila, buenos días, Loren”. Y el
niño, bajo la toalla fresa, voceó:
—Buenos días,
Loren.
Y dijo la
Loren:
—Buenos días,
hijo. ¿Sabes que se murió el gato? ¡Mira!
Levantó en el
aire un pingajo negro y el niño lo distinguió, como preso, a través del
enrejado del montacargas y dijo:
—¿Por qué se ha
muerto, Loren?
La Loren le
respondía con voz aguda y chillona que franqueaba los cristales como un rayo de
sol:
—¿Sabes tú por
qué pasan esas cosas? Le llegó su hora y nada más.
El niño no
soltaba el tubo de la mano. Dijo a la Vítora a media voz:
—¿Qué dice la
Loren?
La Vítora no le
hizo caso. Le dijo a la Loren:
—Buena estará
tu señora.
—Calcula.
La Loren arrojó
el cadáver del gato al cubo de desperdicios.
—¿No lo
entierras, Loren? —chilló Quico.
—¿También
quieres que enterremos esa basura?
—Claro —dijo el
niño.
Mamá entraba y
salía de la cocina.
El niño estiró
el bracito con el tubo de dentífrico en la mano y se lamentó:
—¿Ves? Me se ha
mojado el cañón.
Sécamele.
La Vítora le
pasó la toalla dos veces. Le dijo:
—¿No era un
camión?
—No —dijo
Quico, destapándole y mostrando la boca del tubo—, es un cañón, ¿no lo ves?
—¿Y para qué
demontres quieres tú un cañón?
—Para ir a la
guerra de Papá —dijo.
Tosió, al
concluir, y la bata de flores rojas y verdes dijo:
—Este niño se
ha constipado.
Salió después y
el vuelo de la bata de flores rojas y verdes dejó flotando en el aire como una
estela confortadora. La Vítora le dijo al niño, mientras le ponía la elástica:
—Si toses,
llamamos al Longinos.
—¡No!
—¿No quieres
que venga el Longinos?
—¡No!
—Pues a mí me
pinchó una vez y no me hizo daño, ve ahí.
Le embutió en
una blusita azulona y le puso encima un jersey rojo vivo.
Después le puso
un pantalón de pana blanda. Quico frunció levemente el ceño y permanecía
inmóvil, como pensativo. Dijo finalmente:
—Yo no quiero
que venga Longinos.
—Pues no tosas.
Quico protestó:
—Yo no sé
cuándo toso.
La Vítora
concluyó de vestirle y le dejó en el suelo, dobló la toalla fresa y la depositó
sobre el respaldo de la silla blanca, pasó al baño y tiró del tapón para que
desaguara.
Miró al niño,
desamparado, y le dijo:
—El Longinos es
bueno. Viene cuando estás malo y te pincha para que te pongas bueno.
Hablaba alto
para dominar el zumbido de la lavadora eléctrica. El niño levantó la cabeza
para ampliar las perspectivas de los bajos de la bata listada de azul de la
Vítora.
—¿Y dónde te
pincha, Vito?
—dijo—. ¿En el
culo?
—Anda, a ver.
Pero no digas eso; es pecado.
—¿Culo es
pecado?
—Eso; y si lo
dices te llevan los demonios al infierno.
El niño
enroscaba y desenroscaba maquinalmente el tubo estrujado de dentífrico. Sus
ojos azules parecían ausentes. Dijo:
—Juan dice que
los demonios tienen alas, Vito. ¿Es verdad que los demonios tienen alas?
—A ver.
—¿Como los
ángeles?
—A ver.
—¿Y se llevarán
al Moro al infierno?
La Vítora le
consideró con una suerte de lejana compasión. Dijo como para sí: “Qué cosas
tiene esta criatura”. Y alzó la voz para decirle:
—Los gatos no
van al cielo ni al infierno, para que lo sepas.
—Pero si es
negro —dijo el niño, obstinadamente.
—Aunque sea
negro. Los gatos van a la basura y sanseacabó.
Quico se
arrodilló de improviso en las baldosas rojas, incrustadas de pequeños
baldosines blancos, y arrastró un trecho el tubo de dentífrico haciendo
“buuuuuuum” y, de vez en cuando, “piii—piii”, hasta que el tubo tropezó con un
botón negro y, entonces, el niño abandonó aquél en el suelo, tomó el botón, lo
examinó detenidamente por los dos lados, sonrió y se dijo:
“Un disco; es
un disco”. Y, torpemente, lo introdujo en el bolso de su pantaloncillo de pana;
tomó, después, el tubo de dentífrico y lo guardó también. De repente se puso en
pie y agarró el vuelo de la bata listada de azul:
—Vamos a por la
leche, Vito.
—Aguarda.
—Dijiste que si
no lloraba, me bajabas.
—¡Huy, madre,
qué chico éste!
Atravesó el
breve pasillo que la separaba del cuarto de plancha y regresó con un abrigo a
cuadros y una bufanda y una caperuza rojos y se los colocó al niño rápidamente,
sin que la notoria gafedad de sus manos dificultase sus movimientos.
—Anda, vamos
—dijo.
—¿En
zapatillas? —advirtió el niño.
Ella tomó la
cesta:
—Mira, como
vamos tan lejos.
El niño bajaba
las escaleras primero con el pie izquierdo y, seguidamente, juntaba el
izquierdo con el derecho en el mismo escalón, pero lo hacía rápido, casi
automáticamente, a fin de no retrasar el apresurado descenso de la Vítora. La
tienda estaba tres casas más allá y el niño, de la mano de la chica, recorrió
la distancia, restregando su dedo anular por la línea de edificios. En la
tienda olía a chocolate, a jabón y a la tierra de las patatas. Avelino
distribuía el género en rejillas de aluminio y Quico recorrió con los ojos los
casilleros coloreados con alcachofas, zanahorias, cebollas, patatas, lechugas
y, por encima, los paquetes sugestivos de chocolate, galletas, cubanitos,
macarrones y, más arriba aún, las botellas de vino negro y las de vino rojo y
las de vino blanco y, a mano derecha, los tarros con los caramelos.
El señor
Avelino divisó su caperuza roja por encima del mostrador:
—Mucho has
madrugado tú hoy, ¿eh, Quico?
—Sí —dijo el
niño.
La señora Delia
salió de la rebotica y, al verle, dijo:
—¿Qué dice el
mozo? Mucho has madrugado.
Pero Quico,
encuclillado, se metía entre las piernas de la parroquia y bajo el mostrador, y
bajo los tarros de caramelos, y no oía a nadie. Absorto buscaba las chapas de
las botellas de Coca—Cola y de Pepsi—Cola y de Kas y las iba guardando en el
bolsillo del pantalón, junto al botón negro y el tubo dentífrico y la Vítora le
dijo al señor Avelino:
—¿Dónde anda el
Santines?
El señor
Avelino echó una mirada fugaz al reloj enmarcado de azul pálido. Dijo:
—No creo que
tarde, ya hace rato que salió.
La Vítora se
impacientó:
—Tengo mucha
tela que cortar; déme la leche y luego el Santines que me suba esto. —Le tendió
un papel al señor Avelino.
En el extremo
del mostrador, una muchachita con abrigo marrón levantó una vocecita
destemplada:
—¡Qué frescura!
—dijo—. Todas tenemos tela que cortar, señor Avelino.
Y llevo aquí de
plantón más de un cuarto de hora, para que se entere. Y si cada una que llega
se salta la vez...
La Vítora se
volvió a ella, desencajada:
—¿Y para qué
quieres la boca, hija?
Quico apareció
por entre las piernas de la parroquia, mirando atemorizado a la Vítora que
voceaba. El señor Avelino dijo:
—Calma, hay
para todas. —Guiñó un ojo a la Vítora—: Cómo se nota que te han dejado viudita,
¿eh?
La Vítora
sonrió tristemente.
—Mañana —dijo—.
No me lo recuerde, señor Avelino, no sea usted malo.
El Quico ya
estaba junto a ella.
Dijo tomando la
mano de la Vítora y bajando la voz:
—Es malo el
señor Avelino, ¿verdad, Vito?
—¡Calla tú la
boca!
El señor
Avelino se dirigió a los tarros de caramelos y le alargó uno a Quico:
—Toma, pequeño,
un chupa—chups.
La Vítora
llevaba en la cesta las botellas de leche y le dijo al señor Avelino desde la
puerta:
—A ver si aviva
el Santines.
—Descuida.
Quico miraba
ahora el redondo caramelo amarillo y lo hacía girar y girar por el palito
incrustado y cuando le tomaron por la barbilla y le obligaron a levantar la
cabeza experimentó una viva irritación contra el mundo. La Señora le sonreía
desde su altura, entre las pieles, dulcemente, estúpidamente, y, al cabo, le
dijo a la Vito:
—¿No es ésta,
por casualidad, la nena del señor Infante, el de Tapiosa?
—Sí, señorita,
pero es nene.
La señora
acentuó su sonrisa:
—Claro —dijo—,
a esta edad. Le ve una tan rubio y con esos ojos...
Quico se había
puesto serio, casi furioso:
—Soy un machote
—dijo.
Ella rió, ya en
alta voz, divertida:
—¿Así que eres
un machote? —preguntó.
A Quico le
dolía la nuca y la estatura de ella y su condescendencia y experimentó uno de
sus súbitos arrebatos. Chilló:
—¡Mierda,
cagao, culo...!
La sonrisa de
la Señora se cerró instantáneamente, mecánicamente, como un esfínter.
Le regañó:
—Eso está muy
feo. Los niños buenos no dicen esas cosas.
La Vítora se
puso seria y le zarandeó:
—No le haga
usted caso —le dijo a la Señora—. Desde que ha venido la hermanita tiene unos
prontos que qué sé yo.
Dijo el abrigo
de pieles:
—¿Qué número
hace?
—?{éste? El
quinto. Y dicen que no hay quinto malo, ya ve.
Luego, en el
montacargas, la Vítora rezongaba:
—Se lo voy a
decir a tu Mamá, para que lo sepas. ¿Tú crees que son esas maneras de contestar
a una señora? La Vito es demasiado de buena, pero un día se va a cansar y no te
va a querer.
El niño tenía
ahora, al mirarla, los ojos lánguidos, como con mucho blanco, por debajo de las
pupilas.
—¿Es pecado,
Vito? —dijo.
—¿Pecado? ¡Y de
los gordos! Si te agarran ahora los demonios no paran hasta dejarte en los
infiernos.
Al apearse en
el descansillo del montacargas, Quico tenía una expresión sombría. De reojo
miró al otro lado de la rejilla y divisó la madeja desmayada del Moro negreando
lastimosamente entre las basuras. La Vítora dio dos golpes en el cristal. Le
dijo:
—Mira, ya está
tu Mamá bañando a la Cristina.
{él entró
sonriente, triunfal, levantando el chupa—chups por encima de su cabeza. Reparó,
de pronto, en el vientre abombado, liso, de su hermana y dijo:
—Cris no tiene
pito, ¿verdad, Mamá?
—No —respondió
Mamá evasivamente.
—¿Y tú? ¿Tienes
tú pito, Mamá?
—Tampoco; eso
sólo lo tienen los niños.
A Quico se le
redondearon los ojos azules y exclamó:
—Entonces, Papá
¿tampoco tiene pito?
—Mira, Juan, un
avión —dijo Quico.
Giraba sobre sí
mismo sosteniendo el tubo de dentífrico entre dos dedos e imitando con la boca
el zumbido de un motor y, al cabo de un rato, cesó de dar vueltas, arrastró el
tubo por el fogón rojo de sintasol durante un trecho y le detuvo.
—Mira, Juan
—dijo—, ha aterrizado.
La Vítora
examinó un momento a Juan, levemente descolorido, sus ojos concentrados,
profundos y negros ribeteados de ojeras:
—Ha adelgazado
este chico —dijo—.
Se le nota.
Voceó Quico:
—¡Mira, Juan,
ha aterrizado!
Mamá envolvió a
la niña en la toalla fresa y dijo:
—Mañana irá al
colegio. Ayer ya no tuvo fiebre.
Quico tomó el
tubo y giró de nuevo sobre sí remedando el zumbido de un motor.
—Mira, Juan
—dijo—: ¡qué alto vuela!
—Déjame —dijo
Juan.
Los ojos negros
de Juan recorrían ávidamente los carteles de la historieta y sus labios se
movían imperceptiblemente: “Nuestro héroe recibe un golpe en la nuca al entrar
en una de las celdas y cae de bruces al suelo”.
Quico guardó el
tubo de dentífrico en el bolso del pantalón y se aproximó reverentemente a su
hermano:
—¿Es bonito?
—dijo.
—Sí —respondió
Juan, maquinalmente.
Quico estiró un
dedo y lo fue arrimando poco a poco hasta tocar el papel:
—¿Quién es ése?
—preguntó.
—El Cosaco
verde —respondió Juan.
—¿Es malo?
—No; es bueno.
—¿Y ése?
—{ése es Tang;
ése sí que es malo.
Es el jefe de
los piratas.
Quico extrajo
del bolsillo el tubo de dentífrico, lo destapó y dijo:
—Le voy a matar
con mi cañón.
—Quita —dijo
Juan sin alzar los ojos del tebeo, apartando a Quico ásperamente con la pierna.
—¿Por qué no
quieres que lo mate con mi cañón, si es malo?
Juan no le oía.
Leía ávidamente:
“Si intentas
alguna traición dispararé contra ti. ¡Haz que tus hombres arrojen las armas!”
La Vítora
vertía la leche en una cazuela y, al hacerlo, derramó unas gotas en la
superficie de sintasol.
Depositó la
cazuela sobre el hornillo y suspiró hondo.
Dijo Mamá:
—Y de Seve, ¿no
se sabe nada?
—Digo yo que su
madre seguirá igual, cuando no viene —respondió la Vítora y suspiró más hondo
aún.
—¿Ya? —dijo
Mamá.
—Mañana, ya ve.
Para el caso...
Quico se
encaramó en la butaquita de mimbre y, con el dedo, extendió sobre el sintasol
las blancas gotas de leche. Ladeaba la cabeza como buscando una perspectiva y
una vez que consiguió una madeja inextricable voceó gozosamente:
—¡Vito, Juan,
San Sebas!
Juan arrojó el
tebeo al suelo y se acercó a él desganado. Miró el jeroglífico, frunciendo el
ceño y dijo despectivamente:
—¿Es la playa
eso?
Quico había
enrojecido de entusiasmo al tiempo que exclamó:
—¡Mira, unos
señores que van nadando y otro señor que toma el sol y...!
Juan encogió
los hombros y de su rostro irradió un profundo desencanto.
—No se parece
nada —dijo.
La Vítora se
dirigía ahora a Mamá:
—Cinco de cada
ciento van al {áfrica y le va a tocar a él. ¿Qué le parece?
—Mujer —dijo
Mamá—. Alguno había de ir.
—¡Concho!, eso
digo yo, pero ¿por qué todo lo malo tiene que tocarla a una? ¿No hay más gente
en el mundo?
—¿Y el de la
Paqui?
—¿Quién, el
Abelardo? ¡Huy, madre! {ése ha nacido de pie, como digo yo. Yo no sé cómo se
las arregla esa chica que todo le sale a derechas.
El sábado va y
la toca el cupón y, el lunes, sortean y el novio aquí, ¿qué la parece?
La niña
palmoteaba y decía:
—Atata, atata.
Quico se llegó
a ella, le tomó las manos y la hizo palmotear con más fuerza y la niña reía a
carcajadas y el niño rompió a reír también y la niña volvió a decir:
—Atata.
Quico tiró de
la bata de flores rojas y verdes:
—¡Dice patata!
¡Mamá, Cris ha dicho patata!
Y Mamá decía:
—... y, después
de todo, eso no es ninguna desgracia.
La Vítora se
enfurruñó:
—Según se mire.
La Paqui, ya ve, me sale ahora con que lo mismo el Femio se lía allá con una
negra.
—Tonterías
—dijo Mamá.
—A saber. Y el
Abelardo lo mismo, que tal como están ahora los negros, cualquier cosa.
Quico volvió a
tirar de la bata de flores rojas y verdes:
—Mamá, Cris ha
dicho patata.
Mamá le apartó
sin miramientos:
—Hijo, por
Dios, déjame, qué pesado, me tienes aburrida.
La Vítora echó
leche en un tazón y el resto de la cazuela lo distribuyó entre dos platos,
abrió un bote con la efigie de un bebé sonriente y sirvió en cada plato una
gran cucharada con copete de polvos amarillos.
—Hala, a
desayunar —dijo revolviendo, alternativamente, los dos platos.
Sentó a Quico
en una silla blanca, arrimó otra a la mesa para Juan y ella acomodó a la niña
en su regazo.
La niña ingería
la papilla sin rechistar y, a cada cucharada, se le formaba en torno a los
húmedos labios un ribete amarillento. Juan colocó el Capitán Trueno ante sus
ojos, utilizando el azucarero por atril, y al tiempo que migaba un bollo en el
Colacao, devoraba la historieta: “pagaréis cara vuestra osadía”. “¡Aaaag!”
“Adelante,
compañeros, que ya son nuestros”. “¡Toma, canalla; ahora te toca a ti!” En
tanto, Quico golpeaba rítmicamente el mármol blanco con la cuchara y la Vítora
le dijo:
—Vamos, Quico,
come. ¡Ay, qué criatura, madre!
Quico introdujo
torpemente la cuchara en la papilla y la revolvió y los surcos se marcaron
profundamente en el plato. Miró y tornó a revolver.
—Te se va a
quedar fría, come.
Quico
canturreó: “Están riquitas por dentro; están bonitas por fuera”.
La niña
concluía ya su desayuno y la Vítora se alborotó toda:
—¡Mira que
llamo a tu Mamá, Quico!
Quico se llevó
desganadamente a la boca una cucharada de papilla y la paladeó con repugnancia:
—¡Qué asco!
—dijo.
Juan leyó con
los ojos abiertos como platos: “Pero basta ya de charla; ¡vas a morir!” La
Vítora dejó a la niña en el suelo y quitó la cucharilla de la mano a Quico:
—Trae acá;
pareces un niño pequeño.
—¡No soy un
niño pequeño!
—Sí, un
pequeñajo; eso eres tú.
—¡No soy un
pequeñajo!
—¡Pues come!
Así te harás grande como tu Papá, que si no...
Quico abrió la
boca, cerró los ojos y tragó. Quico abrió la boca, cerró los ojos y tragó.
Quico abrió la boca, cerró los ojos y tragó; parecía un pavo:
—Ya no más,
Vito —dijo con los ojos anegados, implorante.
La Vítora le
pasó dos veces el babero por los labios, cogió el plato con los restos de la
papilla, arrojó éstos al cubo de la basura y, luego, tomó cuidadosamente unas
mondas de patatas y los cubrió. Juan le dijo a Quico:
—Quita.
Dijo Quico:
—No me he hecho
pis en la cama, Juan. ¿Verdad, Vito que no me he hecho pis en la cama?
—No; ya eres un
mozo.
—Atito —dijo
Cris.
—¡Dice bonito!
¡La niña ha dicho bonito, Vito!
La Vítora tomó
la aspiradora, el escobón, la bayeta y el recogedor y abrió la puerta:
—¡Ojo! —dijo
asomando la cabeza despeinada por el hueco—. No hagáis barrabasadas.
Quico dio una
vuelta completa sobre sí, gozándose en su independencia. Al cabo se dirigió a
la rinconera, junto al fogón, y la abrió de un tirón. El resbalón hacía “clip”
al abrirse el portillo, y “clap” al cerrarse, y Quico abrió y cerró dos docenas
de veces escuchando atentamente y sonriendo. Cuando se cansó miró dentro y
divisó los paños de cuadros blancos y rojos, amarillos y blancos, blancos y
azules y, arriba, en el estante los frascos y botes de abrillantadores y
detergentes. Cerró, se arrodilló y abrió la pequeña portilla, bajo el fogón:
—El garaje
—dijo.
Cristina,
sentada bajo la mesa, cogía minúsculas migas de pan y se las llevaba a la boca.
Juan, inmóvil, pasaba las hojas sin pestañear.
—¡El garaje,
Juan! —voceó Quico.
—Sí —dijo Juan
mecánicamente.
Arriba estaba
el gigantesco termo blanco —la bomba atómica— y, a la izquierda, la cocina
eléctrica y, a su lado, el fogón de sintasol rojo y, más a la izquierda, la
puerta encristalada del montacargas y, junto a la puerta, la fregadera
empotrada y, sobre ella, el escurreplatos y, poco más allá, la pila, que hacía
esquina con el corto pasillo, donde se abrían las puertas de la despensa y el
aseo de servicio, y comunicaba con el cuarto de plancha.
Y el grifo frío
de la pila siempre goteaba y hacía “tip” y, al cabo de diez segundos, volvía a
hacer “tip”, pero eso era cuando todos, niños y grandes callaban, y, alguna
vez, Quico arrastraba junto a la pila su butaquita blanca de mimbre, se sentaba
y jugaba a decir “tip” al mismo tiempo que la pila y cada vez que su “tip”
coincidía con el “tip” del grifo frío, de modo que hiciera
“tiip”, él
palmoteaba y reía a carcajadas y llamaba a Cris para que fuese testigo.
Frente a la
puerta del montacargas estaba la mesa blanca, con el tablero de mármol blanco y
un armario blanco colgado donde la Vítora guardaba el frutero con las naranjas,
las manzanas y los plátanos, el azucarero, el salero y la tila y el boldo que
Papá tomaba por las noches, después de cenar.
Y, luego, a la
derecha de la puerta, que comunicaba con el resto de la casa, se alzaba la
caldera de la calefacción, brillante de purpurina y una barrita de cristal
encima llena de rayas minúsculas y de números y, atravesándola, un filamento
rojo bermellón, que se estiraba y se encogía como la tripa de Jorge.
Quico accionó
el picaporte poniéndose de puntillas y salió. Andaba mirando al suelo y, de
repente, se agachó, tomó una chincheta con la punta oxidada y la cabeza verde y
corrió hacia su cuarto:
—¡Mamá!
—chilló—. Mira lo que he encontrado.
Mamá, aturdida
con el motor de la aspiradora, recorría los rincones sin oírle. Le vio de
pronto, en la puerta, en la corriente, y gritó:
—¡Vete de ahí!
¿No ves que te vas a enfriar?
Quico agitó el
brazo con la chincheta verde en la punta de los dedos:
—Toma —dijo.
Mamá paró la
aspiradora y se acercó a él. Tenía un cigarrillo en la mano derecha.
—¿Qué quieres?
—preguntó.
—Mira lo que me
he encontrado.
Mamá miró la
chincheta herrumbrosa.
—Muy bien
—dijo—. Has sido muy bueno. ¡Hala, ahora vete!
—Si no, se la
traga Cris, ¿verdad, Mamá? —dijo Quico sin moverse.
Mamá se llevó
el pitillo a los labios y tomó de nuevo el mango de la aspiradora con las dos
manos.
—Claro —dijo
suavemente—. Ahora vete.
—Y se muere,
¿verdad, Mamá?
—Sí, sí, claro
—levantó la voz.
—Como el Moro,
¿verdad, Mamá?
Mamá saltó como
cuando se oprime un resorte. Retiró el cigarrillo de la boca para chillar:
—¡Vamos!
¿Quieres marchar de una vez?
Quico penetró
en la cocina con la cabeza gacha, el ceño fruncido y la niña le miró desde
debajo de la mesa y dijo: “Ata—atata”, pero Quico no reparó en ella, cruzó
hasta el retrete de servicio, se levantó dificultosamente una pernera del
pantalón y lanzó un chorrito transparente y minúsculo.
Luego se llegó
al cuarto de plancha, hurgó unos segundos en la estantería del rincón y sacó de
una caja de hojalata el Chupa—chups amarillo. Sonrió. Regresó a la cocina,
quitó el papel del caramelo, y le dijo a Juan:
—Anda —dijo—,
mira lo que tengo.
Juan,
abstraído, leía: “Voy a tener el gusto de meterte un plomo entre las dos cejas,
amiguito”.
—¡Juan!
—repitió Quico flameando el Chupa—chups y haciéndolo girar sobre el palillo—.
¡Mira!
Juan levantó
sus profundos ojos negros, que se iluminaron de súbito en un relámpago:
—¿De quién es?
—dijo.
—Mío —dijo
Quico.
—Dame un cacho.
—No.
La niña salió
de debajo de la mesa como un perro que captara los vientos de una pieza y se
puso dificultosamente de pie. Sujetó a Quico del jersey y tironeó de él hacia
abajo:
—Atito —dijo.
—No —dijo
Quico—. Un poquito, no.
—Dame un cacho,
anda —repitió Juan.
—Es mío —dijo
Quico.
Juan introdujo
una mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una sucia petaquilla de plástico,
la abrió y le mostró el pequeño cabo de un lapicero de mina roja, un sucio
pedacito de goma de borrar y dos monedas de diez céntimos.
—Te doy el
lápiz si me das un cacho —dijo.
Pero Quico
paladeaba ya el caramelo y, de vez en cuando, lo sacaba de la boca para
desprender de él un pedacito de papel transparente. Cris, la niña, cansada de
tirar de él, empezó a llorar.
—Te doy también
la goma —dijo Juan.
Quico sonreía
triunfalmente y, de nuevo, izó el Chupa—chups como una bandera y sonrió sacando
la lengua y arrebañando con ella los restos de golosina que se pegaban a sus
labios:
—Es mío —dijo—.
Me lo dio el de la tienda.
De pronto,
Juan, cuya garganta se movía lentamente, a intervalos, como si tragase algo, se
llegó a él, le quitó el Chupa-chups de la mano, le propinó un mordisco y se lo
devolvió.
La esferita
quedó truncada por unas estrías blanquecinas, como de hielo, y Quico, al verlo,
se enfureció, arremetió contra su hermano a patadas, al tiempo que lloraba con
rabia. La niña berreaba también, junto a él, levantando sus rollizos bracitos
hacia el caramelo y, súbitamente, la puerta se abrió y penetró como un huracán
la bata de flores rojas y verdes y una voz dijo, desde lo alto de la bata:
—¿Qué escándalo
es éste? ¿Puede saberse qué pasa aquí?
Cris continuaba
con las manitas en alto, mientras Quico y Juan se quitaban la palabra de la
boca, se acusaban mutuamente y, por fin, una mano que emergió de la bata de
flores, atrapó el Chupa—chups y dijo:
—Hala, para
nadie; así todos contentos.
Al cerrarse la
puerta hubo un silencio expectante, como una pausa, que Juan quebró, frotándose
los nudillos de la mano con los de la otra y diciéndole a Quico:
—Anda
chínchate.
Súbitamente,
Quico arrancó hacia el cuarto de plancha y voceó:
—¡Pues ahora me
muero!
—Ta-ta-ta-tá
—dijo Juan, simulando apuntarle con una metralleta mientras su hermano corría,
y Cristina le miró a Juan y remedó con extraño entusiasmo:
—Ata-ata-ata.
Y luego sonrió
y, se le formaban en la carne prieta de las mejillas unos hoyuelos como los que
tenía en los codos.
Sintió
detenerse el montacargas y salió de su rincón entre los dos armarios rojos y,
justo en el momento que abría la puerta encristalada, Santines arrastraba el
cajón con el pedido hasta el descansillo. Pero el cajón topó impensadamente con
una baldosa desnivelada, coleó y atrapó dos dedos de Santines contra el
enrejado. El chico se llevó instintivamente la mano dañada a la boca y dijo con
rabia:
—¡Leche, me
pillé!
Quico le miraba
atentamente, poniendo el mismo gesto de dolor que veía en la cara del otro y
cuando Santines se frotó los dedos lesionados contra el delantalón gris, él lo
hizo también contra las blandas estrías de su pantalón de pana, aunque en forma
apenas perceptible.
—Hola —dijo al
cabo.
El otro
preguntó:
—¿Está tu Mamá
en casa?
Quico asintió
sin palabras. Juan le oyó desde dentro, abrió la puerta del pasillo y voceó:
—¡Mamá, el de
la tienda!
Pero vino la
Vítora y le dijo a Santines, malhumorada.
—Podías haber
subido más tarde, espabilado. Mira la hora que es.
—No uso
—respondió descaradamente el chico, mostrando su desnuda muñeca.
Y dijo la
Vítora con segundas:
—No, ¿eh? Pues
ya le diré a tu jefe que te merque uno, ¡no te amuela!
El chaval se
puso en jarras.
—Oye —dijo—.
Por si no lo sabes te diré que yo no he mandado a nadie al {áfrica.
Por un instante
pareció que los ojos de la Vítora iban a escapar de las cuencas. Se llegó a él,
levantó el antebrazo y dijo mordiendo las palabras:
—¡Calla la boca
o te meto una así que te vas a acordar de la Vítora mientras vivas!
El chico, que
instintivamente había alzado un brazo para protegerse, lo bajó al ver que la
otra lo bajaba.
Silbó.
—Bueno está el
patio —dijo.
Cris, sentada
en el suelo, hurgaba en el cajón, alineaba las cebollas y las naranjas en las
baldosas, mientras Quico y Juan seguían el duelo dialéctico, moviendo
alternativamente la cabeza, como una partida de tenis.
La Vítora fue
tomando las mercancías del cajón y amontonándolas sobre el fogón de sintasol
rojo. Santines la miraba hacer, observaba sus manos torcidas, notoriamente
agarrotadas, y, sin embargo, de movimientos ágiles.
—Vaya manos
—murmuró—. ¿Dónde vas con esas manos?
La Vítora
volvió a mirarle encolerizada:
—¿Qué se te da
a ti de mis manos?, ¿eh? Di.
El otro se
encogió de hombros:
—Eres gafa;
sólo eso.
—Bueno, y a ti,
¿qué?
—Nada.
—Por eso.
Quico se fue
acercando tímidamente a Santines y terminó por agarrarle del blusón gris y
tirar de él hacia abajo:
—Oye —le dijo—.
Hoy no me he hecho pis en la cama.
—¡Vaya!
—¿Verdad, Vito,
que hoy no me he hecho pis en la cama?
—No, majo.
Quico, en vista
de que no lograba hacer descender la atención de Santines, volvió a tirarle del
mandil y cuando el chico le miró, le dijo:
—¿Tú no vas al
colegio?
Santines rió en
corto, con un deje como de aspereza y dijo:
—No, chaval; yo
no voy al colegio.
—¿Porque estás
malo?
Santines se
golpeó el pecho con los dedos apiñados:
—¿Yo, malo? Yo
estoy más bueno que Dios —dijo.
La Vítora le
tendió el cajón:
—Toma, anda,
lárgate y así revientes.
Santines hizo
un gesto burlón:
—¿Tan mal me
quieres?
La Vítora cerró
de golpe la puerta de cristales. Gritó:
—Yo no te
quiero ni bien ni mal, para que te enteres.
Santines, con
el cajón a la espalda, le hacía muecas tras los cristales con la mano izquierda
remedando su gafedad y reía descaradamente. Dijo la Vito.
—Un día le voy
a romper los morros a ése o no sé lo que voy a hacer.
Luego abrió la
trampilla de bajo el fogón, arrimó un cubo y lo llenó de carbón con el cogedor.
—¿Vas a
encender la calefacción, Vito? —preguntó Quico.
Los movimientos
de la Vítora eran bruscos, de un malhumor reprimido.
La bata de
flores rojas y verdes entró, de repente, en la cocina.
—¿No vino Domi
todavía? —dijo.
—Ya ve.
—¿No son las
doce?
—Ya hace rato
que dieron.
Quico se acercó
a la caldera de la calefacción e intentó abrirla. No lo consiguió y, entonces,
sujetó el tirador con ambas manos e impulsó hacia arriba con fuerza. El
portillo saltó y le cogió un dedo contra la silla.
Instintivamente
el niño se llevó la mano a la boca. Chilló:
—¡Leche, me
pillé!
La bata de
flores rojas y verdes se inclinó implacable sobre él:
—¿Qué has
dicho? —dijo—; ¿no sabes que eso no se dice, que es un pecado muy gordo?
La Vítora,
acuclillada junto a la caldera, le miró entre compasiva y socarrona. Dijo.
—¡Qué chico
éste! ¿Dónde aprenderá esas perrerías?
La bata de
flores se había enderezado, mientras Quico se aplastaba contra la mesa, junto a
Juan. Dijo la bata:
—Eso digo yo.
¿Quién le enseñará esas cosas?
La Vítora alzó
su mirada sumisa, unos ojos garzos levemente irritados.
—Si va por mí
—dijo—, se equivoca.
Juan se agachó
un poco y le dijo a Quico al oído: “Ji, leche” y Quico le miró en cómplice y
rió también y tomó la mano de su hermana que hacía corro con ellos en torno a
la caldera.
La Vítora
estrujó el periódico de la víspera, colocó unos palillos encima y, finalmente,
procurando no aplastar el papel, introdujo unas astillas, rascó un fósforo y le
prendió fuego.
Las llamas
ascendieron, zumbando y caracoleando y Juan dijo:
—El infierno.
Quico le miró,
escéptico.
—¿Es eso el
infierno? —preguntó.
Salió la bata
de flores rojas y verdes y la Vítora le dijo:
—Así, sólo que
más grande. Ahí vas a ir tú si te repasas o dices esas cosas.
Quico frunció
las cejas.
—¿Voy al
infierno —preguntó— si digo leche?
—Eso.
—¿Y si me
repaso, Vito?
—También.
Agachó la
cabeza y se miró los pantalones, entre las piernas, y se pasó primero una mano
y luego la otra.
—Toca, Vito
—dijo—. Ni gota.
—A ver lo que
dura —dijo la Vito.
El fuego se
incrementaba, silbaba; era como si la Vítora tratara de enlatar un huracán:
—¡El demonio!
—chilló Juan de pronto—. ¿No viste saltar al demonio, Quico?
—No —dijo Quico
decepcionado.
Los tres niños
miraban el fuego como hipnotizados. Las pupilas de Quico estaban empañadas por
una sombra de terror. Dijo la Vítora compadecida:
—No era el
demonio; era humo.
Quico vaciló.
—¿No era el
Moro? —dijo.
—¿A qué ton el
Moro?
—Como es negro.
La Vítora cargó
la paleta de carbón y la arrojó sobre las llamas, que empezaron a palidecer y a
desparramarse y, poco a poco, con el rojo resplandor, decreció la expectación
de los niños. La Vítora concluyó de cargar la caldera y cerró el portillo.
Dijo Quico a
Juan:
—¿Tiene alas el
demonio, Juan?
—Claro.
—¿Y vuela muy
de prisa, muy de prisa?
—Claro.
—Y si soy malo,
¿viene el demonio volando y me lleva al infierno?
—Claro.
—¿Y el demonio
tiene cuernos?
—Sí.
—¿Y mocha?
Juan levantó
los hombros, sorprendido.
—Eso no sé
—confesó.
La Vítora
manipulaba en la cocina y el fogón y había sobre un hornillo una cazuela de
aluminio que humeaba y ella colocó, sobre el hornillo grande, otra cazuela, y
en éstas llamaron a la puerta. La Vítora ladeó ligeramente la cabeza.
—Abre, Quico
—dijo—. Es Domi.
Juan se
abalanzó a la puerta.
Voceó Quico:
—¡Me ha dicho a
mí!
Añadió la
Vítora:
—Dila “buenos
días, Domi”.
Los dos niños
se peleaban por abrir la puerta y cuando la Domi apareció en el umbral, con el
cuello del abrigo subido, dijo Quico.
—Buenos días,
Domi.
Rutó la vieja:
—¿No vino la
Seve?
—Nada, ya ve
—respondió la Vítora.
—Buenas
vacaciones —gruñó la vieja, contrariada, y agregó—: ¡Madre qué día más perro!
Traía la nariz
y la parte superior de las mejillas arreboladas. Se desembarazó del abrigo.
Quico tiraba de ella y le decía:
—¿Un perro?
¿Qué perro, Domi?
—Vamos, quita
—dijo la Domi de mal talante—. ¡Qué chico éste! No la deja a una ni a sol ni a
sombra.
Se llegó al
cuarto de plancha, guardó el abrigo en uno de los armarios rojos y regresó a la
cocina.
Hizo un gesto
con el dedo pulgar hacia la puerta de comunicación.
Preguntó a la
Vítora:
—¿Está mosca?
—A ver.
Quico terció,
mirando a los altos, girando la cabecita rubia hacia todas partes:
—¿Dónde está la
mosca, Domi?
—¡Vamos, calla
la boca tú!
Entró
súbitamente la bata de flores rojas y verdes. La Domi adoptó una actitud
compungida; apretó fuertemente los párpados hasta que en uno de los ángulos de
los ojos surgió una lágrima. La bata se aplacó:
—¿Ocurre algo,
Domi?
Ella suspiró:
—¿Qué va a ser,
señora? Lo de siempre.
—¿Le han
recluido?
—Eso quisieran,
pero ya ve, ni sitio.
—¿No hay sitio?
—Lo que dice mi
Pepe, ahora hasta para entrar en el manicomio hace falta recomendación.
Suspiró hondo
y, al fin, la lágrima resbaló mejilla abajo y, ya en la comisura de los labios,
la atajó con el envés de la mano. Dijo Quico, a sus pies, alzando la cabeza:
—Domi, hoy no
me he hecho pis en la cama.
La Domi le
acarició la rubia cabeza.
—Madre, ¡qué
mozo! —dijo.
La Vítora
corroboró:
—No se crea que
es broma, señora Domi; el Quico no se ha meado hoy en la cama; ni se ha
repasado tampoco.
La niña
levantaba los bracitos hacia la Domi y la vieja se inclinó y la cogió y roció
su carita de ruidosos, frenéticos besos. Dijo la bata:
—Yo le hablaré
al señor; a lo mejor él puede hacer algo.
La Domi dijo
muy bajo, como si rezase, “Dios se lo pague”, y, después, tan pronto la bata
salió le dijo a la Vítora, cambiando la expresión de su cara:
—Arrima un poco
de leche a la lumbre, tú.
La Vito
suspiró. La asaltó repentinamente una idea, se volvió al armario blanco, abrió
una de las puertas, tomó un transistor, envuelto en una desgastada funda color
tabaco, y lo conectó. La voz salió un poco áspera, un poco gangosa, un poco
rutinaria:
“A Genuino
{álvarez —dijo—, por haberle tocado a {áfrica, de quien él sabe, oirán ustedes
“Cuando salí de mi tierra””. Saltó la canción un poco áspera, un poco
empastada, un poco agria, pero Vítora se llevó las manos al pecho y dijo:
—¡Ay, madre, se
me pone un hueco así!
Quico se acercó
a ella:
—¿Es Femio,
Vito?
—¿Quién, hijo?
—El que canta.
—No, majo, pero
como si lo fuera.
La Domi se
levantó y tomó un plátano del frutero. Vestía toda de negro, vestido, medias y
zapatos negros y, en casa, se ataba a la cintura un delantal blanco. Volvió a
sentarse y cogió a la niña en el regazo. Dijo con la boca llena:
—Peor estoy yo,
mira. El mío ya no vuelve.
La Vítora se
excitó toda:
—Ande, señora
Domi, para eso es usted vieja.
—¿Vieja yo?
—Ande, a ver.
Se llegó Quico
a ella. Juan había vuelto a enfrascarse en la lectura de
“El Cosaco
Verde”. Dijo Quico:
—¿Eres vieja y
te vas a morir pronto, Domi?
—Anda, quita de
ahí. ¡Qué criatura más apestosa, madre! ¿No quieres hacer pis?
—No, Domi.
—Como te hagas
una gota te corto el pito, ya lo sabes.
—Sí, Domi.
De pronto se le
aclaró la mirada a Quico.
—¿Sabes que se
ha muerto el Moro, Domi? —dijo.
—¿El Moro? ¿El
gato?
—Sí.
La Domi se
dirigió ahora a la Vítora:
—¡Madre, cómo
estará la bruja!
—Mire.
Dijo Quico:
—¿Qué bruja,
Vito? ¿Dónde hay una bruja?
—Vamos, quita
de ahí. Es que no la deja a una ni respirar, ¿eh? —
Volvió a
dirigirse a la Vítora—: Habrá que oírla.
Cristina empezó
a lloriquear y la Domi movió acompasadamente las piernas y canturreó: “Arre,
borriquito, vamos a Belén...” y la niña se recostó en su pecho y cerró los
ojos.
Dijo:
—Esta criatura
está muerta de sueño.
La radio dijo:
“A Ezequielín
Gutiérrez, de sus Papás, al cumplir los dos añitos con cariño. Oirán ustedes
“La Violetera”.”
La Vítora iba
del fogón a la cocina, de la cocina al escurreplatos, del escurreplatos al
armario, del armario a la despensa, de la despensa a la caldera y de la caldera
al fogón de sintasol rojo otra vez. De cuando en cuando suspiraba y decía: “Ay,
madre”. Y desde que empezó la música los suspiros eran más profundos y
frecuentes. Quico la miraba cada vez y, una de ellas, le dijo:
—¿Sabes, Vito
que la tía Cuqui va a traerme una pistola?
—¿Una pistola?
El niño asintió
sonriendo y mordiéndose el labio inferior. Añadió la Vítora:
—¿Y para qué
quieres tú una pistola?
—Para matar a
todos —dijo el niño.
—¡Jesús! ¿Y a
la Vito también?
Quico asintió
de nuevo con la cabeza, sin cesar de morderse el labio.
Intervino la
domi:
—Si le das
palique a éste ya vas arreglada.
Cristina
lloriqueó y forcejeó luego por zafarse de los brazos de Domi y escurrirse hasta
el suelo. La vieja se incorporó rutando: “Coña de cría, ¿qué demonios querrá
ahora?” Quico se dirigió de nuevo a ella:
—Domi, ¿sabes
que hemos visto al demonio?
—Sí, ¿verdad?
—Sí, en la
calefacción, ¿verdad, Vito?
Dijo el
transistor:
—A Julio Argos,
al marchar a {áfrica, de sus amigos de la peña.
Oirán ustedes
“El pájaro chogüí”.
La Vítora tomó
el receptor y amplió el volumen.
—Me pirro por
esta copla —explicó—. ¡Y anda que el Femio!
La Domi se
disponía a contestarle cuando Quico interpuso su rubia cabeza y dijo:
—Sí, Domi; era
el demonio y era negro y tenía alas y cuernos y...
La vieja se
irritó:
—¡Anda, quita
del medio que te doy un...!
Se abrió la
puerta y penetró la bata de flores rojas y verdes y la Domi sonrió y le
acarició al niño la rubia cabeza con la mano, que ya tenía levantada, y dijo.
—Ya ve qué
cosas tiene el Quico.
Ahora sale con
que ha visto al demonio. Pues no, majo; el demonio está en los infiernos y no
viene a llevarse a los niños buenos como tú.
La La
habitación se hallaba limpia, ordenada, el suelo brillante, como si nunca
hubiera sido utilizada. La librería de escalerillas metálicas dividía la
estancia en dos y bajo la ventana se tendía una mesa alargada, con la pantalla
de sube y baja encima —el {ángel de la Guarda— donde los chicos hacían sus
deberes al regresar del colegio. En los rincones del fondo estaban las camas de
Pablo y Marcos, cubiertas de colchas de cretona y, entre ellas, la amplia cuna
de Quico con los costados de barrotes, como una cárcel. Al penetrar en la
habitación, Mamá le advirtió:
—Cuando quieras
pis, dilo.
Quico abrió las
piernas y se miró los bajos de los pantalones y, como si aquel examen no le
convenciera, se pasó por ellos, primero la mano izquierda, luego la derecha y,
al concluir, dijo:
—Toca; ni gota.
Domi se
retrasaba y entonces dijo Juan:
—¿Quieres que
veamos el Arco Iris?
—Sí, el Arco
Iris —respondió Quico.
Juan entrecerró
los cuarterones, tomó de la mano a Quico y con precaución, en la penumbra, se
desplazaron hasta los pies de la cuna. Los dos niños levantaron simultáneamente
la cabeza hasta el tercer estante. Un rayo de luz resbalaba por los lomos de
los libros y arrancaba destellos versicolores y Quico dijo:
—Es bonito,
¿eh, Juan?
Juan meneó la
cabeza de un lado a otro.
—Es más bonito
cuando hace sol —dijo.
Quico se lanzó,
de pronto.
—¿Por qué no
haces el {ángel de la Guarda, Juan? —preguntó.
—Espera —dijo
Juan.
Quico sonreía
anhelante mientras Juan se encaramó en la silla, levantó la pantalla de amplias
alas cuanto le dio de sí el brazo y la soltó de repente.
La pantalla
empezó a pendulear en amplios arcos y Juan se arrojó de la silla de un salto y
se colocó al lado de su hermano y Quico le miró sonriente y volvió a mirar a la
lámpara y dijo:
—El {ángel es
bonito, ¿eh, Juan?
Juan entornó
los párpados para reforzar la imaginación:
—¡Dios! —dijo
de pronto—, si no es un ángel; es un demonio, ¿no lo ves?
Quico se apretó
contra él:
—No es un
demonio, Juan —dijo.
—Sí —agregó
Juan—. ¿No le ves las alas y los cuernos y que vuela muy de prisa?
Quico le agarró
por el jersey:
—No es un
demonio, ¿verdad, Juan?
Juan fruncía la
cara para subrayar sus palabras.
—¿No le ves
—dijo— qué furioso está?
Quico se pegó a
él.
—Abre, Juan
—dijo con voz trémula—. Es un demonio. Y hay una bruja también. Domi lo dijo.
Pero Juan no abría la ventana y decía, por el contrario:
—Es el demonio
que viene a por ti para llevarte de los pelos a los infiernos, ¡mírale!
Quico temblaba.
Gimió agarrando a su hermano por la cintura:
—¡Abre, Juan,
anda!
—¡Y mira la
bruja! —chilló Juan señalando la sombra de la pantalla en la pared.
Quico pateó el
suelo nerviosamente y comenzó a llorar.
—¡Abre!
—gritó—. ¡Juan, abre!
Entró la Domi
con la niña de la mano.
—¿Se puede
saber por qué demontres cerráis las ventanas para jugar?
—inquirió.
Quico se
precipitó hacia ella:
—Hay un demonio
y una bruja, Domi. Y el demonio quería llevarme de los pelos al infierno.
La Domi abrió
los cuarterones con la mano libre.
—No empieces
con tus pamplinas —advirtió—. Que tú eres muy pamplinero.
Juan se había
sentado junto a los bajos de la librería, impulsó la corredera y sus ojos
profundos se abismaron en aquella barahúnda polícroma y desconcertante. Sacó
primero el pelotón de colores y lo hizo botar un rato sin levantarse. Después
tomó la caja de pinturas, con la tapa rota, y la cambió de sitio. En el fondo
había un fuerte, quebrado en una esquina, en la empalizada, y Juan lo consideró
un momento y, al cabo de un instante, se volvió a Quico:
—¿No hay
indios, Quico? —dijo.
—No.
Quico se fue
aproximando lentamente a su hermano y, al llegar a su lado, propinó un puntapié
al pelotón de colores:
—¡Gol! —dijo.
Juan se
incorporó de un salto.
—¡Venga!
—dijo—. Yo soy Diestéfano.
Se cambiaba el
balón de pie y Quico le cerraba el paso, torpe, inútilmente. Correteaba tras él
sin esperanza y, a duras penas, lograba, de tarde en tarde, tocar el pelotón.
En su forcejeo
tropezaban en las sillas, se enredaban en el triciclo rojo, chillaban. La Domi
levantaba a la niña a la altura de los cristales y le decía:
“Mira cómo
corren los coches. ¡Huy, cuántos coches!” Y Cris replicaba con sus labios
gordezuelos, siempre húmedos: “A—ta—ta”.
El grito les
dejó paralizados y aguardaron a que la puerta se abriera en posición de firmes.
Mamá ya no era una bata de flores rojas y verdes, sino un jersey a rayas
blancas y azules y una falda gris y unas zapatillas de cuero en chancletas y un
cigarrillo, con una hebra de humo azul, entre los dedos delgados y largos. Mas
la voz era igual a la de la bata.
Les respondió:
—Os he dicho
más de veinte veces que en casa no se juega a la pelota.
—Se volvió a la
Domi—: Y usted, ¿para qué está ahí?
Dijo la Domi:
—Mire, señora,
¿usted cree que hacen caso?
Mamá se agachó
y adoptó una actitud de extrema energía.
—No os lo digo
más veces, ¿me oís?
—dijo— a la
próxima os quedáis sin propina.
Quico merodeó
durante cinco minutos por la habitación sin saber qué hacer.
Juan se sentó
en una silla después de tomar un gran álbum de la librería.
En la portada
decía: “La Conquista del Oeste”. Lo abrió y sus ojos, atentos, se concentraron
en el primer cromo y sorbió el texto como un licor estimulante: “Hace unos
ciento treinta años, el oeste era una misteriosa palabra en boca de los hombres
blancos...”
Quico se
encaramó en el triciclo rojo e hizo con la boca: “Ferren—
ferren—ferren”
y pedaleó hacia atrás con gran agilidad y, luego, salió disparado pasillo
adelante. Frente a la puerta de la cocina dio vuelta al manillar y así, con él
del revés, desanduvo el camino andado. De nuevo en el cuarto, tomó el fuerte
astillado, buscó un cordel, lo amarró al asiento, se subió al sillín y pedaleó
briosamente por el pasillo. El fuerte, al trompicar en el suelo, hacía “boom,
booombooom, booooom”, mientras la rueda delantera, al girar sobre el eje
reseco, hacía “güi—güiiii—güi” y Quico dijo para sí: “La música”. Volvía la
rubia cara sonriente para admitir los saltos del fuerte amarrado y los retumbos
y voceó con fuerza:
—¡Juan, un
camión con remolque!
Súbitamente
descubrió la aspiradora tras las cortinas del vestíbulo y se apeó, tomó el tubo
de goma y subió de nuevo al triciclo. En su habitación desató el fuerte y se
dijo: “Ahora hay que echar gasolina”; se encaramó una vez más y con el tubo en
la mano entró en el cuarto de baño rosa. Se apeó, forcejeó un rato tratando de
meter el grifo por el tubo y, como no lo consiguiera, abrió el grifo y apretó
el tubo contra la boca. Parte del agua salía despedida en abanico y le mojaba
el jersey rojo y la cara y la cabeza, pero Quico no lo advertía porque sus ojos
se concentraban en el otro extremo del tubo por donde escurría un hilillo de
agua que caía sobre la parte trasera del triciclo:
—La gasolinera
—se dijo Quico con una sonrisa radiante.
Dio otras tres
vueltas al grifo hasta el tope, pero al irradiar el abanico con fuerza
creciente, le hacía guiñar los ojos y reía al sentir las cosquillas del agua.
De pronto, sin saber cómo ni por qué, apareció en el marco de la puerta la
maligna cara de la Domi.
—Pero ¿puede
saberse qué estás haciendo aquí tan callado?
Quico se
apresuró, desmanotadamente, a cerrar el grifo y dijo:
—Sólo estoy
echando gasolina al camión, Domi.
La Domi se
llevó las manos a la cabeza:
—¡Huy, madre!
Verás de que lo vea tu Mamá. Ya verás si te da ella gasolina a ti —ladeó la
cabeza para gritar—: ¡Señora!
Quico, con el
flequillo adherido a la frente, palmeando una mano con otra, como para
limpiarse, los ojos infinitamente tristes, esperaba impacientemente, en medio
del charco, la aparición de Mamá. Oyó la puerta de la cocina, luego sus pasos
apresurados y la voz de la Domi cada vez más encendida:
—Venga, señora.
No hay quien pueda con él. ¡Mire cómo se ha puesto! Y cómo lo ha puesto todo...
A Quico le iba
entrando una extraña debilidad en las piernas, pero continuaba frotándose las
manos, los ojos implorantes, inmóvil en medio del charco, mas, al ver los ojos
de Mamá, comprendió que había pecado y se agachó y Mamá voceó: “¡Estoy aburrida
de niños! ¡No puedo más!” Y mientras con el brazo izquierdo le sujetaba, con la
mano derecha le palmeó el trasero hasta hacerse daño. Bajo su brazo, Quico
miraba a Juan, que acababa de aparecer en la puerta y le hacía muecas, como si
le apuntara con algo y, finalmente, dijo: “ta—ta—ta—tá”.
Al fin, Mamá le
soltó y Quico corrió a refugiarse en el hueco que formaba la cama de Marcos con
el armario y cuando llegó Merche del colegio y le vio allí, se acercó, le
revolvió el pelo y le dijo:
—¿Qué dice este
mico?
{él la miraba
esquinadamente. Voceó de pronto:
—¡Mierda,
cagao, culo!
—Vaya, el niño
está enfadado —dijo su hermana displicentemente. Y le volvió la espalda.
—Mamá me ha
pegado —dijo Quico, al fin.
Merche colocó
la cartera de los libros sobre uno de los estantes.
Luego se
desprendió del abrigo y de la boina del uniforme y los arrojó sobre la cama de
Marcos. Tenía unos ademanes de incipiente coquetería, vagamente estudiados.
Juan se llegó hasta ella y le dijo, exagerando el gesto:
—¡Jobar, cómo
le han calentado!
—¿Por
repasarse? —preguntó ella.
—¡Qué va! —dijo
Juan.
Quico abandonó
el rincón. Dijo:
—No me he hecho
pis en la cama, andaaa.
Merche sonreía,
incrédula:
—Sí, es verdad
—aclaró Juan—. No se ha hecho pis en la cama.
Del pasillo
llegaba un leve, estimulante olor a cocina. Entró Marcos lanzando la cartera al
alto y blocándola, al caer, como un guardameta.
—¡Marcos!
—chilló Quico—. ¡Se ha muerto el gato de doña Paulina!
—¿Ah, sí?
—Sí, y la Loren
le tiró a la basura y el demonio le llevó al infierno y lo vio Juan y luego
vino una bruja...
—¿No ha venido
Pablo? —preguntó Merche.
—No —respondió
Marcos.
Merche salió al
pasillo y se topó con Pablo que regresaba del colegio en ese instante y Merche
le dijo abriendo un libro:
—Pablo, por
favor, ¿puedes explicarme esto? No entiendo una palabra.
Pablo tenía ya
la voz grave de un hombre:
—¡Caray, hija!
No le dejáis a uno ni entrar en casa.
Quico se
desplazaba de uno a otro y cuando creyó encontrar un eco en Marcos, éste cogió
el álbum de “La Conquista del Oeste” y le dijo a Juan:
—¡Tres! —dijo
Juan—. Mira, éstos.
Quico avanzó
por el pasillo y entró en la cocina donde el transistor se desgañitaba. El
retorno de sus hermanos siempre provocaba un relajamiento de la disciplina
doméstica. Divisó a Cristina frente a la puerta de la despensa, levemente
inquieta, levemente despatarrada y, al acercarse a ella, percibió el olor y la
miró y lo vio y voceó, hasta hinchársele la vena de la frente:
—¡Mamá, Domi,
Vito, venir!
¡Cris se ha
hecho caca en las bragas!
La niña le
observaba atónita, sus redondos ojos posados en el rostro de su hermano y
cuando concluyó de gritar, murmuró:
—A—ta—tá.
—Sí, caca,
caca, marrana —dijo Quico.
Acudió la Domi
y Quico señaló a Cristina.
—¡Se ha hecho
caca! —dijo.
—¡Bueno! —dijo
la Domi hoscamente—. Y tú te haces pis, y eres un zángano y en cambio nadie te
dice nada.
Quico levantaba
el dedo índice y reconvenía a su hermana:
—Por qué no lo
pides, ¿di?
—Vamos, calla
tú la boca, que tienes por qué callar —dijo la Domi.
El niño salió
corriendo hasta el cuarto de plancha, donde la Vítora se vestía y abrió
poniéndose de puntillas y le dijo:
—Vito, Cris se
ha hecho caca en las bragas.
La Vítora
sujetaba el puño blanco con un automático.
—Ya ves qué
marrana —dijo.
Pero el niño ya
corría por el pasillo y, al llegar al extremo, intentó abrir el cuarto de baño
rosa.
—¿Quién es?
—dijo Mamá desde dentro.
Quico se dobló
por la cintura para imprimir mayor énfasis a su voz:
—¡Mamá, Cris se
ha hecho caca en las bragas!
La pregunta de
Mamá le desconcertó:
—¿Suelta? —dijo
dulcemente.
—¡No sé!
—voceó.
—Bueno, díselo
a Domi.
Quico
permaneció unos instantes, inmóvil, a la puerta del aseo y, al cabo, se
encaminó al despacho y Merche y Pablo hablaban de ángulos y de bisectrices y él
dijo desde la puerta, disminuido por una vaga conciencia de que estorbaba:
—Cris se ha
hecho caca en las bragas.
Dijo Merche:
—Bueno, anda,
vete, acusica.
Dio media
vuelta.
—¡Y cierra!
—chilló Pablo.
Se puso de
puntillas, agarró el picaporte y dio un portazo. Entonces oyó, por encima de la
voz de Lola Beltrán que entonaba “Ay, Jalisco, no te rajes”, un agudo silbido,
un silbido creciente que lo llenaba todo.
Se detuvo y
voceó:
—¡La olla!
Y al entrar en
la cocina vio a la Vítora que la apartaba asiéndola con un trapo de cuadros y
la olla, poco a poco, se amansaba e iba dejando de silbar.
En un rincón,
la Domi embutía a Cristina en unas bragas limpias. Sonó el timbre dos veces,
una timbrada corta y otra larga. Dijo la Vítora:
—Tu Papá; abre
por la otra puerta. Y dile: “Buenos días, Papá”.
Pero Papá no le
dio tiempo, le levantó por las axilas y le dijo:
—¿Qué dice el
hombre?
Le besó. Traía
la cara fría y la barba pinchaba. Al quitarse el abrigo, Quico le dijo:
—Cris se ha
hecho caca en las bragas.
Papá fingió
interesarse en el asunto:
—Ah, sí, ¿eh?
—Sí, y yo no me
he hecho pis en la cama, ni me he repasado, y el Moro se ha muerto y está en la
basura y los demonios le han llevado al infierno y tenían cuernos y...
—Bueno, bueno
—dijo Papá al entrar en el salón—. Son tantas noticias juntas que no me das
tiempo de digerirlas.
Se arrellanó en
un sillón y montó una pierna sobre la otra y bailó reiteradamente la que
colgaba. Entonces apareció Mamá con los párpados azules y los labios rojos y
los dientes blanquísimos, y Papá miró a Mamá y Mamá a Papá y Papá dijo:
—¿Habrá un
cacho wisqui para un sediento?
Mamá abrió el
bar y lo preparó todo en un periquete y se lo dejó a Papá en la mesita enana, y
Papá le dijo suavemente:
—Un glace,
esposa; ya, haz el favor completo.
Papá entró en
el cuarto de baño amarillo y entornó la puerta con el pie.
Apenas había
comenzado cuando sintió a Quico detrás que pugnaba por asomarse:
—¡Quita! —le
dijo.
Pero el niño
insistía en meter la cabeza y Papá culeaba de un lado a otro para impedirlo.
Quico se agarraba a la trasera de sus pantalones y decía:
—¿Tienes pito,
Papá?
—Vamos,
¿quieres marchar de ahí?
—voceó Papá.
Pero Quico
porfiaba en su inspección y los movimientos de cintura de Papá eran cada vez
más rápidos y dislocados a fin de impedir el acceso del pequeño y su voz, en un
principio re—
servadamente
autoritaria, era ahora dura y contundente como la de un general:
—¡Vamos,
aparta! ¿No me oyes?
¡Lárgate!
Quico, ante el
fracaso de sus propósitos, intentó asomarse por entre las piernas de Papá y
entonces Papá las cerró de las rodillas a los muslos y quedó en una actitud
ridícula como de querer bailar el charlestón sin bailarlo, mientras chillaba:
“¡Marcha!, ¿no
me has oído?” y, al cabo, volvió a culear sin separar las piernas, cada vez más
frenéticamente, porque Quico, ante el nuevo obstáculo, trataba ahora de
quebrantar su resistencia atacando por los flancos.
Finalmente pudo
abotonarse y se volvió y le dijo a Quico:
—Eso no se
mira, ¿sabes?
Quico levantó
sus ojos azules, empañados por la decepción.
—¿No tienes
pito? —inquirió.
—Eso no les
importa a los niños —dijo Papá.
—Mamá dice que
tú no tienes pito —añadió Quico.
—¿Eh? ¿Qué es
lo que dices?
Mamá atravesaba
el pasillo llamando a comer. Papá levantó la voz:
—¿Qué tonterías
le dices al niño de si yo tengo pito o no tengo pito?
Mamá se detuvo
un momento. Dijo:
—Si cerraras la
puerta del baño no te ocurrirían estas cosas.
Papá caminaba
tras ella a lo largo del pasillo rezongando:
—Mira qué cosas
se le va a ocurrir decirle al niño. Habráse visto disparate semejante.
Y Quico, que
penetró en el comedor tras él, divisó la mesa puesta con el mantel azul bordado
y los siete platos, y los siete vasos y las siete cucharas, y los siete
tenedores, y los siete cuchillos, y los siete pedazos de pan y palmoteó
jubilosamente y dijo:
—La mesa de los
enanitos.
—Anda, trae el
cojín —le dijo Mamá.
Y Papá, al
sentarse y desdoblar la servilleta sobre los muslos, aún murmuró, haciendo un
gesto de asombro con los labios:
—No me cabe en
la cabeza; no lo comprendo, la verdad.
Marcos, con el
flequillo sobre el ojo izquierdo, se sentó a la mesa levantando la pierna, sin
separar la silla, y entonces dijo lo del avión derribado, y Juan hizo
“ta—ta—tá” y preguntó si iba a tirar una bomba atómica y Pablo afirmó que el
fraile decía que las víctimas de la bomba atómica quedaban como si fueran de
corcho y Marcos adujo que no, que como de esponja, y buscó la corroboración de
Papá y Papá dijo que tenía entendido que más bien como de piedra pómez y, en
éstas, Mamá, que servía a Quico canelones de la fuente que sostenía la Vítora,
les dijo muy seriamente que si no podían cambiar de conversación y para
cooperar a ello le comunicó a Papá que Dora Diosdado se casaba y Papá dijo:
“¿Con ese pelagatos?” y Mamá que “por qué pelagatos” y Papá “no tiene ni oficio
ni beneficio” y Mamá “se quieren y ya es bastante”. Papá permaneció unos
segundos como expectante y al cabo dijo:
—Ya sabes lo
que decía mi pobre padre.
—¿Qué? —dijo
Mamá.
—Mi pobre padre
decía que las mujeres son como las gallinas, que les echas maíz y se van a
picar a la mierda.
Los niños
rieron y Mamá frunció la frente y se le vio muy bien lo azul de los párpados
entre los limones y las hojas verdes, rizadas, de escarola, y las escamas
plateadas, primorosamente pintadas una por una y Mamá se volvió a él y le dijo:
—¡Come!
—No me gusta
—dijo Quico.
Mamá le
arrebató violentamente el tenedor de la mano, cortó un pedacito de canelón y se
lo metió en la boca.
Quico
mordisqueó sin ningún entusiasmo. Dijo Mamá:
—Este chico me
tiene aburrida.
—¿Qué pasa?
—preguntó Papá.
Y Marcos le
dijo a Pablo:
—Tengo que
hacer una composición sobre el Congo y la O.N.U.
Mamá dijo:
—¿No lo ves? No
hay manera de hacerle comer.
Dijo Merche:
—¡Vaya fácil!
—Sí, fácil
—dijo Marcos.
Papá le dijo a
Mamá:
—Déjale, qué
manía de forzarle, cuando sienta hambre ya lo pedirá.
Pablo aclaró:
—Lo del Congo
es como Papá y Mamá; si nos peleamos nosotros, nos separan, pero si se pelean
ellos, hay que dejarles.
—Y si no la
siente, que se muera, ¿verdad? Es muy cómodo eso. Los hombres todo lo veis
fácil. —Se volvió a Quico—: ¡Vamos, traga de una vez!
Quico tragó
estirando el cuello, como los pavos.
Dijo mirando a
Pablo:
—¿Se pegan Papá
y Mamá?
Merche y Marcos
rieron. De pronto se abrió un silencio. Quico recorrió una por una las caras
inclinadas sobre los platos, indiferentes. Sonrió y exclamó súbitamente:
—¡Mierda!
Mamá cortó las
risas de sus hermanos.
—Eso no se
dice, ¿oyes? —dijo enfadada.
Quico consideró
las risas retenidas de Merche y Marcos, sonriendo a su vez, mordiéndose el
labio inferior y repitió con más fuerza, desafiante, implacable:
—!¡Mierda!!
Mamá levantó la
mano, pero no llegó a descargarla; se contuvo ante la nuca encogida de Quico y
dijo:
—¿No me has
oído? ¡Calla o te doy un coscorrón!
La Vítora,
conforme pasaba de uno en uno la fuente con los filetes, le dirigía cálidas
miradas de complicidad. Después, mientras Mamá le cortaba el filete en
fragmentos minúsculos, Quico sacó del bolsillo del pantalón el tubo de
dentífrico y comenzó a girar el tapón rojo con rapidez.
Sonrió
prolongadamente:
—Es la tele
—dijo.
—Déjate de
teles y come —replicó Mamá.
Entonces Pablo
mentó a Guillermito Botín y dijo que las chicas se volvían locas por él y
Merche dejó el tenedor en el plato de golpe, se llevó las dos manos al rostro y
dijo:
—Qué horror,
tan colocadito, me ataca.
—¡Atacan los
indios! —dijo Juan—.
Puso una mano
tras otra y enfiló la mirada con el canto de su ojo derecho.
Hizo:
“ta—ta—tá”.
Quico le imitó,
llevándose el tubo hasta el borde del ojo e hizo también
“ta—ta—tá”, y
Mamá le dijo “come” y él masticó, cambiando de sitio el pedacito de carne, cada
vez más estrujado, cada vez más reseco, bajo la atenta y desesperada
fiscalización de Mamá que, al cabo de unos segundos, le dijo:
—Anda, échalo,
ya se le hizo la bola; las tragaderas de este niño son una calamidad.
Quico lo
escupió. Era una bolita estoposa, de carne sin jugo, triturada, apisonada entre
sus mandíbulas.
Mamá le metió
en la boca un nuevo pedazo de carne. Quico la miró.
Desenroscó el
tapón rojo:
—Es la tele,
¿verdad, Mamá?
—Sí, es la
tele; anda, come.
—No quieres que
se me haga bola, ¿verdad, Mamá?
—No, no quiero.
Come.
—Si como, me
hago grande y voy al cole como Juan, ¿verdad, Mamá?
Mamá suspiró,
pacientemente:
—No veo el día
—dijo.
—Y cuando vaya
al cole no se me hace la bola, ¿verdad, Mamá?
—¿Verdad,
Mamá?; ¿verdad, Mamá?
—dijo Mamá
irritada, sacudiéndole por un brazo—: ¡Come de una vez!
Quico le enfocó
sus ojos implorantes con una vaga sombra de tristeza en su limpia mirada azul:
—¿Verdad, Mamá
que no te gusta que diga “verdad, Mamá; verdad, Mamá?” —dijo.
Mamá tenía los
ojos brillantes, como si fuera a llorar. Musitó: “Yo no sé qué va a ser de esta
criatura”.
Depositó el
pequeño tenedor en el plato de Quico y le dijo:
—Anda, come tú
solo.
Quico cogió el
tenedor con la mano izquierda.
—Con la otra
mano —dijo Mamá, vigilante.
Papá sonrió:
—Le asfixias la
personalidad —dijo.
Mamá estaba
nerviosa:
—Sí, ¿verdad?
¿Por qué no vienes a dárselo tú?
Dijo Papá:
—¿Sabes lo que
decía mi pobre padre sobre los zurdos?
—Ni lo sé, ni
me importa —dijo Mamá.
Papá parecía no
oír a Mamá y prosiguió:
—Mi pobre padre
decía que el zurdo lo es porque tiene más corazón que el diestro, pero los
diestros les corrigen porque no toleran que otros tengan más corazón que ellos,
ya lo sabes.
—Muy
interesante —dijo Mamá.
—El fraile dice
—dijo Juan— que escribir con la izquierda es pecado.
Quico abrió
mucho los ojos:
—¿Y me llevan
los demonios al infierno con la bruja y el gato de doña Paulina?
Papá mondaba
delicadamente una naranja auxiliándose del tenedor y del cuchillo, sin tocarla
con un dedo.
Dijo Marcos:
—¿Está en los
infiernos el Moro o en la basura?
Quico se quedó
pensativo. Dijo, tras una pausa:
—La Loren le
tiró a la basura, pero Juan vio salir un demonio de los infiernos a por él,
¿verdad, Juan?
Entró la Domi
en el comedor con la niña en brazos. La sostuvo un rato en alto:
—Di adiós a
Papá y a Mamá, hija.
Diles adiós.
Cris movió
torpemente los deditos de la mano derecha. Dijo Quico:
—Hace con la
mano como la Vito, ¿verdad, Mamá?
Mamá le aplastó
la cabeza contra el plato:
—Vamos, come y
calla. ¡Dios mío, qué niño!
La Vito rió
limpiamente. Dijo a media voz:
—¡Qué crío
éste, con todo da!
La gafedad de
sus manos se acentuaba ahora, con el azoramiento, al mudar los platos y cuando
la Domi salió con la niña en brazos, Mamá dijo levantando levemente la voz:
—Domi, no le
quite la fajita al acostarla. Está un poco suelta la niña.
Papá miró, de
repente, con insistencia, como escrutándole, a Pablo:
—El domingo te
imponen las insignias —dijo—. A las once en el estadio, no lo olvides. Va a ser
un acto magnífico.
Pablo se sofocó
todo y se encogió de hombros.
Añadió Papá:
—¿Parece como
que te contrariara?
Pablo tornó a
levantar los hombros, resignado. Intervino Mamá:
—¿No se te ha
ocurrido preguntarle si quiere hacerlo? ¿Si sus ideas coinciden con las tuyas?
Pablo ha cumplido ya dieciséis años.
Pablo tenía el
rostro arrebatado.
Los ojos de
Papá revelaban un creciente desconcierto.
—¿Ideas?
—dijo—; sus ideas serán las mías, creo yo. Además, esto no es tanto cuestión de
ideas como de intereses.
No quitaba la
mirada de su primogénito, pero Pablo no despegaba los labios. Encareció Marcos
extemporáneamente:
—Cuéntanos
cosas de la guerra, Papá.
—¿Ves? —dijo
Papá—, éstos son otra cosa. ¿Y qué quieres que te diga de la guerra? Fue una
causa santa.
—Miró profunda,
inquisitivamente a Mamá y agregó—: ¿O no?
—Tú sabrás
—respondió Mamá—.
Esas cosas
suelen ser lo que nosotros queramos que sean.
—La guerra
—dijo Quico, y destapó el tubo de dentífrico—: {éste era un cañón. ¡Boooom!
Los ojos de
Juan se habían hecho redondos:
—¿Tú ibas con
los buenos? —apuntó.
—Naturalmente.
¿Es que yo soy malo acaso?
Juan sonrió,
como relamiéndose.
Dijo:
—Yo quiero ir a
la guerra.
—Tú no sabes
—dijo Quico.
Papá sonrió:
—Eso es bien
fácil —añadió—. En la guerra sólo existen dos preocupaciones: matar y que no te
maten.
—Muy
aleccionador —dijo Mamá, y se volvió a la Vítora—: Haga un zumo de dos naranjas
para el niño.
Papá prosiguió,
adoptando un gesto de hastío:
—Lo malo es la
paz: el teléfono, la Bolsa, los líos laborales, las visitas, la responsabilidad
del mando... —Su mirada, flotante, se concretó súbitamente, implacablemente,
sobre Pablo—: ¿Tú, qué piensas de todo esto?
Pablo volvió a
sofocarse y a levantar los hombros. Se inclinó aún más sobre el plato de
postre.
Papá se
sulfuró:
—¿Es que no
tienes lengua? ¿Es que no sabes decir sí o no, esto me gusta o esto no me
gusta?
Juan no colegía
las desviaciones de Papá. Su cerebro seguía en línea recta. Demandó:
—¿Tú mataste
muchos malos, Papá?
Papá dijo a
Mamá, señalando a Pablo con un movimiento de cabeza:
—Ya le has
malmetido tú, ¿verdad?
Dijo Juan:
—Di.
—Muchos —dijo
Papá, sin mirarle.
Agregó Mamá:
—De sobra sabes
que yo no intervengo en esto. Pero se me ocurre que a lo mejor Pablo piensa que
es más hermoso no prolongar por más tiempo el estado de guerra.
—¿Más de
ciento? —inquirió Juan.
—Más —dijo
Papá, pero miraba a Mamá y agregó—: ¿No será eso lo que tú piensas?
—Quizá —dijo
Mamá.
Quico rió y
dijo “quizá” y miró a Juan y repitió: “quizá” y volvió a reír, pero el plato
que arrojó Papá por encima de su cabeza planeaba ya hacia el salón y se quebró
de pronto, estrepitosamente, en mil pedazos al chocar contra el suelo. El
vozarrón de Papá prolongó el estruendo durante un rato:
—¡Coño, con la
pava ésta! —voceó—.
Esto no
ocurriría si a tu padre le hubiéramos cerrado la boca a tiempo, en lugar de
andar con tantas contemplaciones.
Mamá se sentó
en la butaca, frente a Papá, separados por la mesita enana con los
“Paris—Macth” y el cenicero verde, de Murano, a través del cual se veía el
invierno. La Vítora barría con el escobón los fragmentos del plato roto y el
siseo de las cerdas sobre la cera de la tarima producía un murmullo sedante.
Uno a uno fueron entrando en el salón, con el abrigo puesto y la cartera en la
mano, Merche, Pablo y Marcos. Los tres besaron primero a Mamá —”adiós, hijo”— y
luego a Papá —”que os vaya bien”— y Pablo, antes de salir de la habitación, se
puso como firme y azorado: “Iré el domingo” y Papá respondió: “Conforme”, pero
sin mirarle y Pablo se marchó y en la habitación se hizo, nuevamente, el
silencio. La Vítora ya había recogido los pedazos de loza y entraba ahora con
la bandeja de plata y dos tacitas humeantes y, en medio el azucarero, de plata
también, con dos serpientes enroscadas como asas. “La Selva”, se dijo Quico
casi sin voz.
Observaba a la
Vítora cómo se agachaba y depositaba la bandeja en la mesita enana y a Papá,
luego, con los ojos perdidos, mirando algo que él no veía por encima de la
cabeza de Mamá. Al concluir, la Vítora se acercó al sillón de Mamá, las manos,
de dedos engarfiados, caídas sobre las caderas:
—Señora —dijo
tímidamente—, ¿le traigo un poco de leche?
—No gracias,
Vítora —dijo Mamá.
Quico arrugó el
ceño, miró a la Vítora, después a Mamá y, por último a Papá, que revolvía
indiferente el azúcar con la minúscula cucharita de plata.
Denegó a algo
con la cabeza y se aproximó a su madre:
—Mamá —dijo.
¿Qué quieres?
—La Vito ha
dicho leche —añadió con una vocecita apenas perceptible.
—En esta casa
—respondió Mamáson muchos los que dicen cosas inconvenientes. Luego nos
extrañamos de que los niños hablen lo que no deben.
Quico se mordió
el labio inferior y miró a Papá, sus ojos un poco extraviados por encima de la
taza que se llevaba a los labios. Se llegó hasta él.
—Papá —dijo—.
¿Me pones un disco?
Papá dejó la
tacita sobre el plato.
Se pasó la
lengua, muy vivaz, por los labios en un movimiento mecánico. Cerró los puños:
—¿Más discos?
—dijo—. ¿Te parecen pocos discos todavía? Mira, Quico, en este mundo cada cual
tiene su disco y si no lo toca revienta, ¿comprendes?
Pero eso no es
lo malo, hijo. Lo malo es cuando uno no tiene disco que tocar y se conforma con
repetir como un papagayo el disco que estuvo oyendo toda su vida. Eso es lo
malo, ¿comprendes? No tener personalidad.
Tú eres Quico y
yo soy yo, y si Quico quiere ser yo, Quico no es nada; un don nadie, un pobre
diablo sin nombre y sin apellidos.
Quico abría
mucho los ojos. Papá sacó una pitillera de oro, golpeó el pitillo tres veces
contra la superficie de la mesita enana, lo encendió y recostó la nuca sobre el
respaldo del sillón succionando golosamente. Al cabo, Quico miró a su madre.
Mamá le dijo con rara suavidad:
—Quico, hijo
mío, si en esta vida ves antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el
propio, serás un desgraciado. Lo primero que has de aprender en este mundo es a
ser imparcial. Y lo segundo, a ser comprensivo. Hay hombres que creen
representar la virtud y todo lo que se aparta de su juego de ideas supone un
atentado contra unos principios sagrados. Lo de los demás es circunstancial y
tornadizo; lo de ellos, intocable y permanente. Si te enrolas en un juego de
ideas, tendrás personalidad, de otro modo serás un botarate, ¿me comprendes?
Mamá bebió de
su tacita lentamente y se le movía mucho la nuez al tragar.
Cuando depositó
la taza en la mesa enana le brillaban los ojos. Del cuarto de plancha llegó un
alarido de Juan y, seguidamente, el “ta—ta—tá”
de su
metralleta. Mamá pulsó el timbre con el pie y a los pocos segundos entró la
Domi y Mamá dijo mientras prendía un cigarrillo con el encendedor de mesa:
“Dígale a Juan que no chille así, va a despertar a la niña”. Y cuando la Domi
salió, Quico se acercó a Papá:
—¿Estás
enfadado? —preguntó.
Papá trató de
reír, pero le salió de la boca un ruido raro, como una gárgara. No obstante,
accionaba mucho con las manos y dilataba las aletillas de la nariz, simulando
naturalidad:
—¿Enfadado?
—dijo—. ¿A santo de qué? Lo que a mí me duele... —se interrumpió—: ¿Qué edad
tienes tú, Quico?
Quico abatió
los dedos anular y meñique de su mano derecha y dejó los otros tres enhiestos:
—Tres
—respondió—. Pero voy a hacer cuatro.
Su rostro se
hizo todo sonrisa.
Añadió:
—¿Me regalarás
un tanque el día de mi santo?
—Sí, claro,
naturalmente, pero ahora escucha, Quico, esto es importante, aunque a tu edad
no acabes de entenderlo. Lo que a mí me molesta es que siendo uno un hombre
positivamente honrado, alguien venga a poner en duda la honradez de sus ideas.
Si yo soy honrado, mis ideas serán honradas, ¿no es así, Quico? Por el
contrario, si yo soy un tipo torcido, mis ideas serán torcidas, ¿de acuerdo?
—Quico asentía maquinalmente y le miraba sin pestañear con sus ojos azules,
infinitamente tristes. Papá prosiguió—:
Bueno, esto es
así y no hay quien lo mueva, ¿verdad? Entonces tú estás en la verdad, pero
llega un pazguato o una pazguata, que para el caso es lo mismo, y trata de
desmontar tu verdad con cuatro vulgaridades que le han grabado a fuego cuando
niño. Y ahí está lo grave; a ese pazguato o a esa pazguata difícilmente podrás
convencerles de que no tienen ideas, de que lo único que tienen es aserrín
dentro de la cabeza, ¿me has comprendido?
Quico sonrió:
—Sí —dijo—. ¿Me
comprarás un tanque el día de mi santo?
—Claro que sí.
Lo malo es si alguien piensa que al regalarte un tanque te estoy inculcando
sentimientos belicosos. Hay personas que prefieren hacer de sus hijos unos
entes afeminados antes que verles agarrados a una metralleta como hombres.
Mamá carraspeó:
—Quico —dijo—.
A palabras necias, oídos sordos.
Papá se inclinó
hacia delante. Las aletillas de su nariz temblaban como un pájaro sin plumas;
sin embargo, no miraba a Mamá, sino al niño:
—El día que te
cases, Quico, lo único que has de mirar es que tu mujer no tenga la pretensión
de que piensa.
—En el mundo
—le dijo Mamá, y el cigarrillo se movía a compás de sus labios como si fuera un
apéndice propio— hay personas absorbentes, que creen que sólo lo suyo merece
respeto.
Huye de ellas,
Quico, como de la peste.
Quico asentía,
mirando ora al uno ora a la otra.
Papá estalló:
—La mujer en la
cocina, Quico.
Dijo Mamá,
aureolada de humo, levantando levemente la cabeza:
—Nunca creas
que tú eres la verdad, hijo.
Dijo Papá cada
vez más exasperado:
—La mejor de
todas las mujeres que creen que piensan, debería estar ahorcada, ¿oyes, Quico?
Las manos de
Mamá temblaban ahora como las aletillas de la nariz de Papá. Dijo Mamá:
—Quico, hijo,
las bestias no deberían vivir en el asfalto.
Quico levantó
los ojos, cada vez más redondos, para mirar a Papá que se incorporaba. Le vio
tomar el abrigo y el sombrero del armario ropero y corrió hacia él. Se detuvo
al verle abrir la puerta. Papá se agachó. Su rostro parecía demudado:
—Oye, Quico
—dijo—, ve y di a tu madre que se vaya a freír puñetas.
Hazme este
favor, hijito.
Sonó el portazo
como el estampido de un cañón. Al volverse, Quico divisó a Mamá que lloraba; se
doblaba por la cintura y se estremecía en vivas convulsiones. Se acercó a ella
y Mamá le cogió en brazos y le estrechó y Quico sintió la húmeda tibieza de sus
lágrimas en la mejilla, la misma tibieza que sentía en las posaderas cada vez
que se repasaba. Decía:
“Hijos, hijos”
y le apretaba firme contra su pecho. Quico le acariciaba mecánicamente y cuando
vio a su madre más serena le dijo: “Mamá, ¿vas a freír puñetas?” Y Mamá se sonó
ruidosamente, con un liviano pañuelito color de rosa y le dijo:
—No digas eso,
hijo. Es un pecado.
Se levantó del
sillón y en el espejo del vestíbulo se empolvó las mejillas y se arregló los
ojos y los labios. Quico la miraba hacer, fascinado; luego, Mamá entró en la
cocina y la Vítora, que fregaba los cacharros en la pila, le dijo con repentina
decisión:
—Digo, señora,
que si no la importa bajo yo o sube él. A despedirse, ¿sabe?
El transistor
entonaba música de ayer y de hoy a un volumen destemplado. Mamá levantó el tono
para acceder:
—Está bien,
hija. Mejor que suba, ¿no? Andamos tan agobiados. Esa Seve yo no sé qué estará
pensando.
A través de los
cristales y de la rejilla del montacargas, Quico divisó a la Loren:
—¡Loren!
—gritó—. ¡Loren! ¿Verdad que al Moro se lo han llevado los demonios al
infierno?
La Loren se
llevó las manos a la cabeza. Dijo a voces:
—¡Jesús, qué
cosas se le ocurren a esta criatura! ¿Tan malo le hacías al Moro?
Chilló Quico:
—¡Juan le vio!
—¿Ah, sí, eh?
Ya le voy a dar yo a Juan. El Moro se ha ido al cielo porque era bueno y mataba
a los ratones, para que lo sepas.
—Ta—ta—tá —hizo
Juan detrás de él.
Quico se volvió
y sonrió:
—¿Matas a los
ratones, Juan?
—Mato a los
indios. ¡La Conquista del Oeste! —dijo Juan.
Quico echó a
correr por el pasillo, precediendo a su hermano y, de cuando en cuando, se
volvía y decía:
“ta—ta—tá” y
Juan le perseguía haciendo, a su vez, “ta—ta—tá”, y al entrar en la habitación
Quico se detuvo en seco, mirando con aprensión la lámpara de amplias alas:
—¿Qué pasa?
—inquirió su hermano.
—Es el {ángel
de la Guarda, ¿verdad, Juan?
—No, es el
demonio que...
—¡No! —voceó
Quico—. ¡No es el demonio, Juan!
—Que no, tonto,
¿no ves que es el {ángel?
Quico sonrió,
mordiéndose el labio inferior:
—¡Ah! —dijo.
Advirtió, de
repente, el bulto del pantalón, introdujo la mano en el bolsillo y desparramó
por el suelo las chapas de Coca—Cola y Kas y el botón negro. Recogió éste con
dos dedos y le dijo a su hermano:
—Anda, Juan,
mira lo que tengo.
—¡Bah!, un
botón.
—No es un
botón; es un disco.
—Sí, un disco.
—Claro que sí.
Juan se dirigió
a la librería y empujó con una mano la corredera de los bajos. Hurgaba entre la
infinidad de cachivaches y sus profundos ojos negros se iluminaron al topar con
la escopeta de corcho sin gatillo ni protector. La aculató en el hombro, enfiló
su mirada por el cañón, guiñando un ojo, e hizo, moviéndola de un lado a otro:
“ta-ta-tá”, “ta-ta-tá”.
Quico se acercó
por detrás. Había vuelto a guardar el botón en el bolsillo y sus cejas se
enarcaban en una muda interrogante:
—Juan —dijo.
—¿Qué?
—¿Qué es
puñeta?
—¿Puñeta?
—Sí.
Juan adelantó
mucho el labio inferior y se metió la cabeza entre los hombros:
—No sé
—confesó.
—Mamá dice que
es un pecado.
Juan meditó
unos segundos:
—Será el pito,
a lo mejor —dijo al cabo.
—¿El pito? ¿Es
pecado el pito, Juan?
—Sí, tocarle.
—¿Y si te
escuece? A mí me escuece si me repaso.
—Eso no sé
—dijo Juan. Y aculató, de nuevo, la escopeta, la volvió contra su hermano y le
envió una ráfaga.
—¿Soy un indio?
—preguntó Quico.
—No.
—¿No es la
Conquista del Oeste?
—No. Es la
guerra de Papá.
Quico corrió a
esconderse tras la butaca de plástico.
—Tú eras los
malos —dijo Juan.
Se cruzaron
unas docenas de disparos y finalmente Juan se impacientó:
—Te tienes que
morir —dijo—. Yo tengo que matar más de cien malos, como Papá. ¡Anda, muérete!
Quico se tendió
en el suelo, inmóvil, el tubo dentífrico en la mano derecha, los ojos
entreabiertos observando a Juan. Juan se aproximó:
—No tienes
sangre —dijo desalentado.
—¿Sangre?
—Sí, sangre.
—El Moro se ha
muerto y no tenía sangre.
—Pero no era la
guerra —dijo Juan.
De improviso se
dirigió al primer cajón de la librería, tiró de él y sus ojos se posaron en la
colección de frasquitos de tinta china. Repasó, rápidamente, uno por uno:
—No hay rojo
—dijo.
Mas antes de
acabar de decirlo ya se había incorporado, corrió al aseo y regresó con el tubo
de mercurocromo:
—Túmbate —dijo
con la mirada radiante.
Con el
cuentagotas fue manchando de rojo la frente de Quico y las manos de Quico y las
rodillas de Quico y, para concluir, vertió unas gotas sobre las baldosas y se
alejó para contemplar su obra con perspectiva.
Sonrió
ampliamente:
—Ahora sí
pareces un muerto de la guerra —reconoció.
Pero Quico se
cansaba y se incorporó y, al moverse, barrió las gotas frescas con el trasero.
Se puso en pie de un brinco:
—Quiero pis
—dijo.
—Anda, corre,
no te repases —dijo Juan espantado.
Quico entró en
el cuarto de baño rosa, forcejeó un rato, se levantó la pernera y orinó. Reía a
la nada al hacerlo y canturreaba: “Están bonitas por fuera, están riquitas por
dentro”.
Al concluir
regresó junto a su hermano. Juan le gritó apuntándole con la escopeta:
—¡Alto! Voy a
tener el gusto de meterte un plomo entre las dos cejas, amiguito.
Quico sonreía
sin entenderle.
Añadió Juan:
—Tú tienes que
levantar las manos, Quico.
Quico levantó
las manos.
—Ahora
—prosiguió Juan— tú sacabas la pistola y me matabas a mí.
Quico hurgó
desmanotadamente en el bolsillo y al fin extrajo el tubo de dentífrico, lo
inclinó hacia su hermano y dijo:
——¡Pum!
—No —dijo
Juan—. Di antes:
“Toma,
canalla”.
—Toma, canalla
—dijo Quico.
—No —agregó
Juan—, luego dices:
“¡Pum!”
—¡Pum! —dijo
Quico.
—No —dijo
Juan—. Antes tienes que decir: “Toma, canalla”.
—Toma, canalla
—dijo Quico.
—¡No! —dijo
Juan enfadado—. Di:
“Toma canalla,
¡pum!”
—Toma, canalla,
¡pum! —repitió Quico.
Juan se
desplomó aparatosamente sobre las baldosas con la escopeta en la mano.
—Ya está
—sonrió Quico—. Te he matado.
Juan se
encontraba a gusto allí, soltó la escopeta y cruzó las manos sobre el vientre.
Dijo Quico:
—Ya está, Juan,
levántate.
Pero Juan no se
movía. Puso los ojos en blanco y musitó como una letanía:
—He fallecido
en el día de ayer confortado con los Santos Sacramentos y la Bendición de...
—No, Juan —dijo
Quico—. ¡Levántate!
Juan prosiguió:
—Mi padre, mi
madre y mis hermanos participan tan sensible pérdida y ruegan una oración por
el eterno descanso de mi alma.
—Levántate,
Juan —repitió Quico.
Juan entreabrió
los ojos, miró hacia la pantalla de amplias alas y dijo con voz de ultratumba:
—Y el demonio
con el rabo tieso y los cuernos afilados...
—¡No, Juan,
levántate! —voceó Quico.
Entonces se oyó
el llanto de la niña. Juan se incorporó de un salto:
—¡Cris! —dijo—,
se ha despertado.
Los dos juntos
penetraron en el cuarto de la pequeña que hacía:
“A-ta-ta” y
Juan abrió la ventana y la niña sonreía con los mofletes arrebolados y Quico la
destapó y tocó sus posaderas y salió desalado pasillo adelante, voceando:
—¡Domi, Cris se
ha hecho pis en la cama!
Luego, se llegó
al salón y antes de entrar ya dio el parte a grandes voces y Mamá estaba con la
tía Cuqui que se echó a reír al verle y dijo: “Huy”
y Mamá se
excitó toda:
—¡Ave María!
—dijo—. ¿Quién te ha puesto así?
Quico se detuvo
en medio de la habitación:
—¿Cuál? —dijo.
—Cuál, cuál
—dijo Mamá levantándose y tomándole por un brazo y zarandeándole—. Pero ¿es
posible? El pantalón nuevo —le dio dos azotes—.
¡Vítora, Domi!
Vino la Vítora
y al verle los manchones rojos en la frente y las manos y las rodillas y las
posaderas se asustó:
—¡Jesús!
—dijo—. Le han puesto como a un Santo Cristo.
Después de
lavarle la cara, las manos y las rodillas y mudarle el pantalón, Quico
descansaba en el regazo de tía Cuqui, que era suave y confortable como un
edredón de plumas, y, entre sus brazos, se sentía increíblemente pequeño y
protegido:
—Eres muy
bonito, chiquitín, pero que muy bonito. —Tía Cuqui hablaba bajo y como con
música y sus besos no restallaban junto al oído, como los de la Vítora, hasta
casi ensordecerle.
En el salón
reinaba un orden pulcro y un silencio estimulante y, para no desentonar, o tal
vez porque acababan de lavarle la cara, las manos y las rodillas, Quico
charlaba en un tono de voz casi confidencial:
—Hoy no me he
hecho pis en la cama —dijo.
—Mi chiquitín
es muy limpio, ¿verdad?
—Sí, y Cris se
ha hecho caca en las bragas.
—¿También caca?
—Sí, es una
marrana, no lo pide.
—Es pequeñita,
¿oyes? Cris es pequeñita y no sabe pedirlo. Tú vas a enseñarla a pedir caquita,
¿verdad, mi chiquitín?
—Sí.
Tía Cuqui sabía
tenerle en brazos sin que él se impacientase, sin que notara en los muslos las
costuras del pantalón, sin asfixiarle. La voz de tía Cuqui le amansaba, le
arrullaba, predisponiéndole al sueño y a ser infinitamente bueno y por los
siglos de los siglos. Entró Mamá con su habitual gesto de gravedad un poco
acentuado:
—No lo quieras,
tía —dijo—. Ha sido malo.
Ella lo
estrechó instintivamente:
—{él no es
malito; ha sido sin darse cuenta.
—Y no me he
hecho pis en la cama —dijo Quico.
—Claro. El
chiquitín no se ha hecho pis en la cama.
—Y Cris se ha
hecho caca en las bragas.
—Ya ves —dijo
tía Cuqui.
Quico acomodó
la cabeza entre los frondosos, mollares pechos de tía Cuqui. Entornó los ojos:
—Se ha muerto
el Moro —dijo de pronto.
—¿El Moro?
—El gato de
Paulina, mujer —dijo Mamá, sentándose. Y añadió, después de encender un
cigarrillo y lanzar una bocanada de humo—: Estoy horriblemente fatigada.
Continúo en crisis parcial, ¿sabes? Esto del servicio se pone cada día más
difícil.
—¿La asistenta?
—dijo tía Cuqui.
—Hija, la
asistenta y la Seve.
Hace una semana
que marchó al pueblo.
Dice que su
madre no anda bien. Vete a saber.
La voz de la
tía Cuqui era como un hilito rojo, de tan fino y agudo:
—Yo no sé qué
pasa —dijo riendoque las madres de las criadas casi siempre están muriéndose,
¿no te has fijado?
—El Moro se ha
muerto. Terció Quico incorporándose.
Tía Cuqui le
estrechó contra sí:
—¿De modo que
se ha muerto el gatito? ¿Se ha muerto tu amiguito?
¡Pobre tesoro!
¡Pobre corazón tierno!
Mamá tejía una
lana gris con ágiles movimientos de muñeca y, de cuando en cuando, las agujas
metálicas, al entrechocar, hacían el mismo ruido que las tijeras de Fabián al
cortarle el pelo. Sus ojos seguían el curso de la labor y, al concluir una
vuelta, empujó maquinalmente los puntos contra la cabeza de la aguja y miró a
tía Cuqui. Dijo:
—Le contemplas
demasiado.
—¡Oh, no, no
digas eso! Este niño necesita un cariño especial, Merche.
No olvides que
hasta hace un año era el rey de la casa. Es el príncipe destronado, ¿oyes? Ayer
todo para él; hoy, nada. Es muy duro, mujer.
La voz de Mamá
era suave pero implacable:
—Tonterías
—dijo—. Yo he destronado ya cuatro príncipes sin tantos paños calientes y me ha
ido muy bien.
—Has tenido
suerte, eso es todo.
Pero mira lo
que dicen los psiquiatras.
—¿Qué?
—Los complejos
y eso. Todo eso viene de cuando niños, ya ves. Una cosa a la que no le das
importancia y, a lo mejor, de mayor, un complejo.
Son cosas muy
enrevesadas ésas, pero Pepa Cruz, ya lo oyes, antes una enfermedad que un
complejo. Es muy serio, hija, eso de los complejos.
La voz de Mamá
sonaba entreverada con el chasquido de las agujas:
—Tontunas
—dijo. Y repitió—:
Tontunas. Si te
fueras a fiar de los psiquiatras no podrías dar un paso.
Tía Cuqui bajó
la voz:
—Mira el chico
de la Peláez, bien cerca le tienes.
Cesó el
chasquido de las agujas:
—¿Qué?
—¿Qué? Pues que
Luisa probándose delante de él hasta los quince años y que ahora que se ha
casado y que su mujer no le dice nada. Han pedido la anulación a Roma.
La voz de Mamá
sonó un tanto alarmada:
—¿Es cierto
eso?
—Mira.
Volvió a oírse
el tintineo metálico de las agujas. En el regazo de Mamá había un cilindro de
plástico con una cremallera donde encerraba la labor cuando terminaba. Al
hablar tía Cuqui su pecho subía y bajaba, como si tuviera amortiguadores, y
daba una resonancia especial que adormecía a Quico:
—Son muy
chiquitines —dijo—. Pobrecitos, todo cuidado es poco. A mí me dan mucha lástima
los niños chicos; sufren. Nosotras no lo vemos pero sufren. Hay que ir con
mucho tiento.
Mira este
pobre. Hasta ayer dueño de la casa; hoy, nadie. Poco a poco.
Las cosas hay
que hacerlas poco a poco, sobre todo si andan por medio los complejos. Ponte en
su lugar, Merche, ayer el benjamín, todos alrededor de él; hoy, nada, el quinto
de seis hermanos; lo último.
La voz de Mamá
sonaba ahora rutinaria y fría:
—Me parece que
exageras, Cuqui.
Se abrió un
silencio. Mamá y tía Cuqui hablaron, seguidamente, de los partos y, más tarde,
pasaron revista a los ecos de sociedad. Por último se enzarzaron en animada
conversación sobre cocina. Y se decían: “Tienes que darme la receta, mujer” o
“¿y dices que queda bueno?”, o “sale más económico de lo que parece, ya ves”.
Y Quico
escuchaba la resonancia de la voz de tía Cuqui en su pecho —
el de tía
Cuqui— y, cuando tía Cuqui le dijo a Mamá “fríes una cabeza de ajo en un dedo
de aceite”, el niño se incorporó:
—¿Es una cabeza
de ajo una puñeta, tía Cuqui?
—¡Qué
disparate! —dijo tía Cuqui y Mamá se encendió hasta la raíz del pelo. Quico
prosiguió:
—Papá quiere
que Mamá fría puñetas.
—¡Qué
disparate! —repitió tía Cuqui.
Terció Mamá
ofuscada:
—No le hagas
caso, cosas de chicos.
—Papá lo dijo
—agregó Quico tímidamente.
Mamá, tras una
pequeña vacilación, recuperó su tradicional energía:
—Papá no dice
esas cosas; no mientas —se volvió hacia la tía Cuqui—:
Quisiera saber
dónde aprende este chico esas palabrotas.
Quico la miraba
con sus atónitos ojos azules, el rubio flequillo hasta las cejas, anonadado. En
ese instante se oyó ruido de cristales y las voces de la Domi y la Vítora. Mamá
salió como un relámpago y Quico forcejeó hasta que su tía le dejó libre, resbaló
por sus faldas hasta el suelo y corrió tras de su madre por el pasillo. Al
entrar en la cocina, Mamá golpeaba ya a Juan en el pestorejo y le decía una y
otra vez: “Te he dicho más de veinte veces que en casa no se juega a la pelota
¡sin propina!” El cristal más alto de la puerta del montacargas aparecía
quebrado. Domi, en un rincón, le hacía “tortitas—
tortitas” a
Cris y cuando Mamá le dijo “y usted, ¿para qué está aquí?, la Domi respondió:
“Pero ¿usted cree que me hacen caso, señora?” y la Vítora, que se apoyaba en la
fregona, sonrió imperceptiblemente. Entonces, Mamá dijo que la cocina no era
lugar para los niños y que al cuarto de jugar. Y cuando la Domi, con la niña en
brazos y Juan y Quico detrás, se encaminaban hacia el cuarto de jugar, Mamá les
oseaba, moviendo las dos manos y le dijo a la Domi que a ver si era capaz de
entretenerlos al menos media hora y que si podía pasar media hora tranquila sin
oír a los niños y sin que hicieran alguna se daría por satisfecha, porque
estaba aburrida de niños y de seguir así terminaría en el manicomio. Y al decir
esto, empujaba a Juan y a Quico, y Juan y Quico apresuraban el paso y cuando,
finalmente, se vieron a solas en la habitación, Quico miró para la lámpara
recelosamente y Juan se sentó en la butaca con gesto adusto, sosteniendo en las
piernas
“La Conquista
del Oeste”. La Domi estaba irritada y le dijo a Quico:
—Anda, vete a
orinar. Ahora sólo falta que te mees tú las bragas, marrano.
Quico abrió las
piernas, se pasó las dos manos por los bajos del pantalón y le dijo:
—No, Domi,
toca; ni gota.
—Anda.
Quico salió y
volvió al poco rato.
—No me sale
—dijo.
—Bueno, a ver
si te va a salir cuando menos falta haga.
La Domi
apretujó a Cris y le dijo: “¡Hija!” y, después, tomó su mano regordeta que
tenía hoyos, donde los adultos tienen huesos, y la golpeó simbólicamente la
cabeza mientras decía: “Date—en—la—mochita date—
date—date”.
Quico la observaba, mas, de inmediato, se cansó de aquel juego y se acercó a
Juan y Juan dejó de leer y le dijo confidencialmente:
—Me voy a
escapar de esta casa.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Dónde, Juan?
—Donde no me
peguen.
—¿Cuándo, Juan?
—Esta noche.
—¿Te vas a
escapar esta noche de casa. Juan?
—Sí.
—¿Con otra
Mamá?
—Claro.
Quico se quedó
sin habla. Añadió Juan acentuando el tono confidencial y señalando las camas de
Pablo y Marcos:
—Haré cuerdas
con las sábanas y las ataré y me marcharé por el balcón.
—¿Cómo los
Reyes, Juan?
—Como los
Reyes.
Quico pestañeó
varias veces y, al cabo, dijo abriendo una amplia sonrisa:
—Yo quiero que
los Reyes me traigan un tanque.
—¿Tú, Juan?
—¡Bah! —dijo
Juan.
La Domi se
volvió a ellos:
—¿Qué estáis
tramando ahí?
—Nada
—respondió Juan.
Quico sacó del
bolsillo un tubo de dentífrico y divagó un rato por la habitación arrastrándole
por el suelo remedando el zumbido de un motor y haciendo “piii-piii”, como un
claxon, de cuando en cuando. Bajo la cama de Pablo vio brillar algo y se
acercó.
Era una punta.
La cogió, miró a la Domi y la guardó en el bolsillo. Se puso en pie y guardó
también el tubo de dentífrico. Finalmente se arrimó a Juan:
—Me aburro
—dijo.
Juan leía “La
Conquista del Oeste”. Quico divisó un cromo con mucho azul y agarró a la Domi
de la bata negra y la obligó a mirar y dijo:
—Mira, Domi,
San Sebas.
—Sí —dijo Domi.
—¿Te acuerdas
de Mariloli?
—Y de Bea.
—¿También de
Bea?
—A ver. Bea
también es de Dios, ¿no?
—Yo quiero ir a
San Sebas, Domi.
—Cuando haga
calor. Ahora hace frío.
—En San Sebas
hay vacas, ¿verdad, Domi?
—Claro.
Quico
permaneció unos momentos meditabundo. Dijo:
—Domi, cántanos
lo del niño que comía con las vacas, anda.
Juan cerró el
álbum.
—Sí, Domi
—dijo—, cántalo.
La Domi
sostenía a la niña sobre la mesa—camilla y la niña gateaba y hacía “a—ta—ta” o
se volvía y hurgaba a la Domi en la nariz, y en los ojos, y en las orejas.
—Calla, Cris
—dijo Quico—. La Domi va a cantar.
—Siéntate en tu
silla —dijo la Domi imperativamente.
Quico arrastró
la butaquita de mimbre a los pies de la mujer y se sentó.
Juan y Quico
levantaban sus caritas expectantes. La Domi carraspeó; entonó al fin:
—Prestad mucha
atención al hecho criminal de un padre ingrato, degenerado, hombre sin corazón,
sin ninguna piedad, que en Valdepeñas ha secuestrado a un hijo suyo este hombre
infame en un establo y sin comer La Domi imprimía a la copla unas inflexiones, unos
trémolos que subrayaban el patetismo de la letra. Quico le miraba el hueco
negro de la fila de dientes de abajo, aquel vano oscuro que acentuaba la
gustosa sensación de terror que le recorría la espalda como un escalofrío:
cuando las
vacas toman el pienso, alfalfa fresca como él también, pues los mendrugos no
son constantes no suficientes para comer.
El padre que
cuenta se da y la madrastra por igual, palos le daban al inocente, su cuerpo es
pura llaga por este padre tan cruel la bestia humana del siglo veinte.
La Domi los
miró un instante y, por un momento, se ablandaron sus pupilas, aceradas e
inmóviles como las de un halcón. Suavizó la voz para rematar:
Llorad, madres,
llorad, porque hijos tienes tú, que es una pena ver la criatura sin pan, agua,
ni luz cargar con esta cruz medio enterrado entre la basura.
Quico y Juan
escuchaban con la boca abierta. Tardaron unos segundos en reaccionar. Quico
miró a Juan y sonrió. Juan dijo a la Domi:
—¿Ya está?
—Ya. Por una
perra gorda no dan más.
Quico se
agarraba al borde del asiento de su butaquita de mimbre y la arrastraba sin
cesar de sonreír.
Dijo:
—¡Qué bonito!
¿verdad, Juan?
—{él mismo
asentía a sus palabras con la cabeza. Súbitamente se puso en pie, agarró a la
Domi los bajos de la bata negra y exigió:
—Lo de Rosita
Encarnada, Domi, anda.
El rostro de
Juan irradió:
—Sí, Domi, lo
del puñal de dos filos.
Cris dijo
“a—ti—ta” y Quico dijo, feliz: “Ha dicho Rosita, Juan, ¿la has oído?” Y rió
mientras volvía a sentarse y repitió: “Cris ha dicho Rosita”. Miró a Domi:
“Cris ya sabe hablar, ¿verdad, Domi?”
—Bueno, ¿canto
o no canto?
—Sí, Domi
—dijeron los dos niños a coro.
La Domi se
aclaró la voz que salió, no obstante, de sus labios un poco gangosa, un poco
arrastrada, como la de los ciegos:
Ya venimos de
la guerra de {áfrica y todo esto lo trae la pasión.
Ya venimos del
{áfrica todos a encontrarnos con el viejo amor.
La Domi
oscureció la voz. Siempre que hablaba el Soldado bajaba la voz tanto que
parecía que cantaba dentro de una caja de muerto:
Me juraste Rosa
Encarnada que con otro hombre no te casabas, ahora vengo a casarme contigo y me
encuentro que ya estás casada.
La Domi hizo un
salto estudiado y miró a los dos pequeños, inmóviles, como hipnotizados. Su voz
se aflautó, se hizo implorante y desgarrada, de pronto:
¡No me mates,
por Dios, no me mates!
No me mates,
tenme compasión; ese beso que tú a mí me pides ahora y siempre te lo he de dar
yo.
Juan denegó con
la cabeza. Sabía que el Soldado no la besaría.
Siempre temía,
sin embargo, que cediera y terminara besándola. Quico le miró con el rabillo
del ojo y denegó también sin saber bien a qué. La voz de la Domi se tensó y,
aunque brumosa, se hizo más vivaz y dramática:
Yo no quiero
besos de tus labios, lo que quiero es lograr mi intención, y sacando un puñal
de dos filos en su pecho se lo atravesó.
Los rostros de
los dos niños resplandecían. Dijo Juan arrugando la cara:
—Dos filos.
¡Dios, Domi, cuánta sangre echaría!
—Calcula —dijo
la Domi—. Una mujer joven, bien criada y en sazón, pues ya ves, hijo, como un
choto.
Quico miraba a
la mujer, concentrado, obstinadamente.
—Un choto
—dijo—. Cántanos otra vez lo del niño que comía con las vacas, anda, Domi.
—No —respondió
la vieja—. Ya no canto más. Luego se me irritan las anginas y no me puedo
dormir.
Quico se
hallaba tan trasportado, tan absorto, que no notó las ganas hasta que sintió el
calor y la humedad, de forma que cuando echó a correr y levantó la tapa de la
taza rosa ya se había repasado.
Andaba huido
entre las camas y los armarios y cada vez que la Domi le miraba cruzaba una
pierna con la otra para ocultar la huella delatora. La Domi jugaba con Cristina
y le mostraba los automóviles que desfilaban por la avenida, y le daba en la
mochita y tan sólo, de rato en rato, preguntaba por pura fórmula:
—¿Qué haces,
Quico?
—Nada
—respondía Quico y evitaba andar despatarrado, aunque el pantalón le tiraba y
le raspaba la cara interna de los muslos.
Juan leía de
nuevo “La Conquista del Oeste” y la mayor preocupación de Quico, ahora, era
detectar los ruidos que se producían más allá de la puerta. Sintió tres veces
el teléfono blanco y por tres veces descansó pensando que Mamá respondería. Mas
intuía que la hora de merendar estaba próxima e intuía que a Mamá le bastarían
diez segundos para advertir que se había repasado. Permaneció en un rincón
abanicándose con un libro y luego quieto, un rato, en la mesa camilla, pero
nada era suficiente para borrar aquella mancha de humedad, cada vez más enojosa
y humillante. Y cuando la Domi le preguntaba: “¿Qué haces, Quico?”, él se
sobresaltaba y respondía: “Nada” y una vez le dijo:
“¿No tienes
gana de orinar, Quico?”
Y él respondió
con un tono de voz tan opaco como el del novio de Rosita Encarnada: “No”. Y la
Domi porfió:
“No vengas con
el no y luego vaya a resultar que sí”. “Que no, Domi”, repitió Quico. “Bueno
—añadió la Domi—, tú verás, pero como te repases, te corto el pito.” “Bueno”,
dijo Quico, oculto en el rincón que formaba la cama de Marcos con el armario.
Pero Mamá era
tan fina de olfato como un sabueso y, tan pronto entró en la habitación con las
meriendas —elogiando su comportamiento— y divisó a Quico arrinconado, dijo a
media voz:
“Qué mala
espina me da”, y añadió severamente:
—¡Quico!
—¿Qué?
—Ven.
—No.
—Que vengas.
—No.
—¿No me has
oído?
—No.
—Mira que es
rebelde este niño.
¡Ven aquí ahora
mismo!
Quico se
desplazó unos centímetros del rincón, dando saltitos para no abrir las piernas
y apretando los labios, en una actitud como de desafío:
—Ya estoy
—dijo.
—¡Aquí! —dijo
autoritariamente Mamá.
Quico dio otro
par de saltitos.
Juan le miró y
dijo:
—Eso es que se
ha repasado, seguro.
—No —dijo la
Domi—. No hace dos minutos que el niño salió al retrete, a orinar, ¿verdad,
hijo?
—Pues me temo
que sí —dijo Mamá enojada—. ¡Vamos, Quico, no lo digo más veces!
Mas como Quico
ronceara fue Mamá la que se acercó a él, le palpó la entrepierna y le sacudió
tres sonoros azotes, mientras decía: “¡Cochino, más que cochino, no ganamos
para pantalones!” Luego dijo, por la fuerza de la costumbre, “sin propina” y,
por último, le preguntó malhumorada a la Domi para qué estaba ella allí y la
Domi respondió que “qué iba a hacerle ella, que como no le pusiera una pinza de
la ropa” y, en éstas, Mamá se enfureció y dijo que bastaba con tener un poco de
cuidado y que si la pagaba era para que respondiera no sólo de Cristina sino de
los dos pequeños.
Se enzarzaron
en una viva discusión y Quico se deslizó furtivamente hasta el pasillo y, en
una carrera llegó a la cocina. La Vítora fregaba con una esponja el sintasol
rojo y le dijo al verle:
—¿Qué pasa,
Quico?
—Nada.
Cruzó hasta el
cuarto d plancha y se escondió tras la cortina de la cama—armario. La Vítora le
seguía:
—Ven acá, Quico
—dijo.
A Quico se le
hinchó la vena de la frente:
—¡Mierda,
cagao, culo! —voceó.
La Vítora se
puso en jarras. Descorrió la cortina y se agachó:
—Vamos, a la
Vito le sales ahora con ésas. ¿Qué te ha hecho la pobre Vito?
Quico no
respondía. La Vítora añadió:
—Si no te
quiere la Vito, ¿quién te va a querer? ¿No es buena la Vito?
Vamos, habla.
Quico apretaba
los labios sin responder. Prosiguió la Vítora:
—Te has
repasado, ¿verdad? Cuándo vas a aprender a orinar como un hombre, ¿di?
—No sé —dijo,
al fin, Quico, consternado.
La Vítora se
secó con el trapo de secar los vasos. Sus manos hacían ángulo obtuso con los
antebrazos.
Abrió el
armario rojo, cogió unos pantalones y se sentó en la silla baja.
—Ven acá —dijo.
Quico se acercó
sumisamente. Ella le desabotonó los tirantes:
—Te ha
calentado la Mamá, ¿verdad?
—Sí.
—¿En el culo?
—Sí.
—¿Te vas a
volver a repasar?
—No.
—A ver si es
verdad.
Le sacó de la
cocina. —Le dijo:
—Aguarda aquí;
la Vito se va a arreglar.
—¿Vas a salir
de paseo, Vito?
—No. Va a subir
el Femio.
—Ah.
La oía
desvestirse al otro lado de la puerta y súbitamente exclamó:
—¡Vito!
—¿Qué?
—Me voy a
cortar el pito.
La Vítora
apareció en la cocina en combinación, los ojos dilatados de espanto.
—Ni se te
ocurra —dijo.
—Sí —dijo
Quico—. Con una cuchilla de Papá.
—Mira
—respondió la Vítora—, si haces eso, te mueres, de modo que ya lo sabes.
Tornó al cuarto
de plancha, pero no cerró la puerta. De cuando en cuando se asomaba y veía al
niño inmóvil, bajo el tubo de neón, de espaldas a ella.
Entró Mamá y le
alargó un bollo suizo con jamón dentro.
—Ten —dijo con
el ceño fruncido.
Volvió el
rostro a la puerta entreabierta—: Vítora, cuide que lo coma.
—Descuide —dijo
la Vítora.
Mamá salió.
Quico mordisqueó el bocadillo. Cuando apareció la Vítora con los labios rojos y
el borde de las pestañas azul, embutida en su traje de fiesta, Quico dijo:
—Qué bien
hueles, Vito.
—Ya ves.
—¿Es para que
te huela el Femio?
—A ver.
Y cuando la
Vítora concluía de darle pacientemente el bocadillo, sonó una tímida llamada:
—Riim.
—Es él —dijo la
Vito, excitada.
—¿Femio?
—Femio. Corre a
abrir. —Se sacudió las migas de la falda.
Quico quedó
extrañado ante el uniforme. Le miró de arriba a abajo. El recluta se sentía
acobardado:
—¿Vive aquí...?
—comenzó.
—¡Pasa, Femio!
—gritó la Vítora desde dentro.
Quico le
seguía, observándole las botas, la gorra que portaba en la mano, el fuelle de
la guerrera. Dijo al cabo:
—¿Vas a matar a
Rosita Encarnada?
—Mírala —dijo
Femio—. Ya es espabilada la chavala, ya.
La Vítora
parecía enfadada:
—Es niño, cacho
patoso —dijo—.
Además, ¿qué
sabe la criatura?, siéntate.
Femio se sentó
en una de las sillas blancas; se justificó:
—Estos chavales
de casa fina, ya se sabe; ni carne ni pescado.
Quico le miraba
según hablaba y las palabras de Femio salían de su boca monótonamente, como
empastadas. Atacó la Vítora:
—Oye, majo, ¿es
que quieres que a los cuatro años la criatura tenga bigote?
El soldado
levantó los hombros tres veces seguidas, como si fuese a caballo sin controlar
la cabalgadura:
—Yo no digo
nada —dijo—. A mí que me registren.
Quico
continuaba examinándole maravillado. Le dolió que Femio no le prestase una
atención más próxima y se plantó delante de él:
—Me voy a
cortar el pito —dijo, abriendo las piernas.
Femio le señaló
con el pulgar.
—¡Vaya un
prójimo! Apunta clase el chavea —hizo un cómico visaje—:
No creas
—añadió—, a lo mejor no es mala solución.
—Con una
cuchilla de Papá —añadió Quico.
—¿Estás tonto?
Y te mueres —dijo la Vítora, sofocada.
—Déjale —dijo
Femio—. No quiere problemas.
La Vítora se
puso en jarras:
—Si vienes a
malmeter a la criatura —dijo—, ya te estás largando.
Femio adelantó
las dos manos:
—Calma —dijo—,
calma. Ante todo quiero que sepas que si yo me voy allá no es por voluntario. Y
otra cosa:
que si tú
tienes hoy mala leche, yo la tengo peor.
La Vítora se
dobló hacia él. Le hablaba a gritos:
—No enseñes
esas cosas a la criatura, ¿oyes? ¡No hables así que no estás en la cantina!
Femio calló. La
Vítora fue dejándose resbalar poco a poco hasta quedar sentada en la otra
silla, muy rígida.
Quico observaba
al soldado con atención creciente. Dijo de pronto:
—¿No tienes
puñal?
—No, majo.
—¿Y vas a
{áfrica?
—¡Qué remedio!
—Y cuando
vuelvas, ¿matarás a la Vito?
Femio se
revolvió en la silla.
—¡Qué jodío
chico! —dijo—. No piensa más que en matar, parece qué sé yo.
La Vítora
seguía en silencio.
Femio tarareó
una canción tamborileando acompasadamente en un botón con los dedos y procuró
un armisticio:
—¿Y es el más
chico éste?
—El quinto es
—dijo la Vítora.
—¡Mira, como
yo!
Terció Quico:
—¿Soy como tú?
—A ver.
—Pero yo no
tengo vestido.
—¿Vestido? ¿Qué
vestido?
El niño acercó
reverentemente un dedo hasta rozar el caqui.
—Más te vale
—dijo el Femio.
Volvió los ojos
hacia la Vítora—:
Parla como una
persona mayor. Vaya pico que se gasta. ¿Y es el más chico?
—La niña está
—dijo la Vítora.
—Seis —añadió
el Femio y ladeó la cabeza—. No está mal.
—Y lo que venga
—dijo la Vítora.
—¡Madre! Claro
que mejor puede él con dos docenas que yo con uno.
—¿Y qué sabes
tú?
Con el pulgar,
Femio señaló la puerta de comunicación:
—¿El andoba?
—dijo—. No se ahorca por cien millones, ya ves tú.
—Muchos
millones son ésos.
Femio echó los
brazos por alto:
—A ver —dijo—.
Ahora, que tú estés aquí a gusto por siete reales, ése es otro cantar.
Quico no se
movía, pero cuando Femio acabó de hablar dijo:
—¿Tampoco
tienes pistola?
—Tampoco.
—A mí me va a
traer una la tía Cuqui.
—Mira, pues ya
tienes más que yo.
La Vítora
parecía decepcionada.
Apoyó un codo
en la mesa y recostó la cabeza sobre la mano:
—Y el Abelardo,
¿qué?
—Se queda. Pero
ya se las canté; tenía ganas de cantárselas.
—¿No la habréis
liado?
—Tanto como
eso, pero vamos. De que salimos de la Caja va y me dice:
“Tú eres un
desgraciado”. Y lo que yo le dije: “Oye, oye, padre y madre tengo, cinco dedos
en cada mano y lo otro, así que de eso nada”. El gicho quitó hierro y va y me
dice: “Yo...
no iba por ahí.
Tú todo te lo tomas por donde quema”. Y lo que yo le dije: “Mira, Abelardo,
antes de hablar, avisa la dirección para evitar equívocos”. ¡Qué te parece!
Femio levantó
la cabeza y curioseó la pieza. Luego se puso en pie. Iba afianzándose. Quico le
consideraba en toda su estatura. Femio se desabotonó un bolso de la guerrera y
sacó un “Celta”. Al prenderlo, ladeó la cabeza y entrecerró los ojos. Dijo,
tras una fumada profunda:
—Ya está
curioso esto, ya.
Se recostaba en
el fogón de sintasol rojo y apuntó con el cigarrillo para el termo:
—¿Y esto?
—Para fregar
con agua caliente —dijo la Vítora.
Sonrió el
Femio.
—Hay que ver
—dijo—. A todo lujo.
Quico le tiró
tímidamente del vuelo del pantalón:
—Femio
—preguntó—, ¿vas a matar muchos malos?
—No, majo —se
encorvó hacia el niño—. Yo no gasto.
—Mi Papá mató
cien.
—Tu Papá apunta
por lo fino.
De pronto, sin
que nadie lo sospechara, la Vítora rompió a llorar, con los ojos aplastados
contra el antebrazo:
El Femio se
aproximó a ella.
—Tampoco te lo
tomes así —dijo.
Añadió el
Femio:
—¿Puede saberse
qué mala idea te ha dado? Allá, por no haber, ni mujeres, de modo que ya lo
sabes.
La Vítora alzó
la cara anegada en lágrimas:
—¿Y las negras?
—preguntó.
El Femio hizo
una mueca displicente:
—¿Son mujeres
las negras?
A la Vítora se
le cortó el llanto de repente.
—Mira —dijo—.
Para lo que vosotros andáis buscando, sobran.
El Femio le
pasó el brazo por la espalda y deslizó la mano por el escote:
—A mí me gusta
lo blanco, ya lo sabes; cuanto más blanco, mejor.
La Vítora le
apartó la mano.
—Vamos, quita
—dijo. Sonrió entre las lágrimas—. No veo el momento
—agregó— de
verme otra vez contigo en el guateque del señor Macario, fíjate.
—¿Ahí? —dijo el
Femio—. Ni amarrado, después de lo del domingo.
—¡Anda! ¿Y qué
va a hacerle él?
—Ponerse en
regla, que es lo que debe. ¿Tú crees que es plan aflojar ocho barbos para
pasarse la tarde saltando por la ventana cada vez que asoma la poli?
—Vamos, no
digas, que yo me meé de risa.
Quico se acercó
a ella:
—¿Te has
repasado, Vito? —dijo.
La Vítora se
puso en pie de un salto:
—¡Quita esa
mano, vamos!
El Femio lanzó
la colilla al suelo:
—Mira si se
gasta picardía el chaval.
La Vítora se
ofuscó.
—No te creas
que lo hace con malicia —dijo.
Estaban de pie
el uno junto al otro.
—Yo no creo
nada —la sujetó por la cintura.
Quico tironeó
de nuevo el vuelo de sus pantalones:
—¿Por qué no
duermes aquí, Femio?
La Vítora se
separó del soldado.
—No hay cama,
majo.
—Sí —dijo
Quico.
—¿Dónde, a ver?
El niño señaló
el cuarto de plancha:
—Ahí, en la de
Seve, contigo.
La Vítora se
llevó las manos al rostro.
—¡Válgame Dios!
—dijo—. ¿Quieres callar la boca?
—Como Papá y
Mamá —dijo Quico.
El Femio reía,
levemente acobardado:
—¿Sabes que
aquí, para ser tan joven, no tiene malas ideas?
Le miraba al
chico socarronamente, sacó otro “Celta” y lo encendió entornando los ojos y
haciendo pantalla con las manos. Dijo Quico:
—¿Está lejos
África, Femio?
—Lejos.
—¿Más que el
estanque de los patos?
—Más.
—¿Más que la
feria?
—Más.
Quico meditó
unos segundos:
—¿Y más que la
Otra Casa de Papá?
—Más.
Quico agitó los
dedos de la mano derecha:
—¡Jobar! —dijo.
La Vítora
estaba todavía trastornada. Dijo:
—El crío este
tiene cada cacho salida.
—No es tonto,
no —el Femio se acercó a la Vítora—: Así que tan amigos.
Ella le miró
tiernamente:
—A ver, qué
remedio.
—¿Y no vuelves
a llorar?
La Vítora
denegó con la cabeza.
Estaban frente
a frente, sin obstáculos por medio y él se aproximó aún más, la enlazó por el
talle y la besó en la boca. La mano de la Vítora se engarabitaba sobre la
espalda del muchacho, junto al fuelle de la guerrera.
Y, como no
ofreciera resistencia, el Femio la volvió a besar ahincadamente, con los labios
entreabiertos, ocultando los de la muchacha entre los suyos, un poco
atornillados.
Quico les
miraba, los ojos atónitos, y, como aquello se prolongara, empezó a golpear la
pierna del Femio y a gritar:
—¡No la
muerdas, tú!
Pero ni la
Vítora ni el Femio le oían y él le golpeó de nuevo y de nuevo voceó.
—¡No la
muerdas, tú!
Mas como el
Femio no le hiciera caso, se puso de puntillas, abrió la puerta y salió
corriendo por el pasillo, diciendo a voces:
—¡Mamá, Domi,
Juan, venir!
¡Femio está
mordiendo a la Vito!
Al entrar Mamá,
con la Domi detrás, el Femio estaba como cuadrado, los tacones juntos, las
punteras de las botas separadas, pero agachaba la cabeza como si le interesaran
mucho las vueltas que daba a la gorra entre sus fuertes manazas. La Vítora, a
tres metros de él, se recostaba en el mármol de la mesa, con una sonrisa
violenta entre los labios, a los que rodeaba un salpullido tan rojo como los
labios mismos. Quico precedía a Mamá cogida de la mano, como conduciéndola, y
al ver a la Vítora y al Femio cada uno por su lado, se desmoronó:
—Ya no —dijo.
Dijo Mamá:
—Me asusté.
Pensé que regañaban.
La Vítora
fingía naturalidad, pero cada gesto suyo, cada movimiento, era una
autoacusación:
—Cosas del
Quico —dijo riendo forzadamente.
La Domi, con la
niña en brazos, le guiñó un ojo y reforzó:
—Este chico lo
que no ve, lo inventa.
Mamá estaba
como un espantapájaros, inmóvil, en el centro de la cocina.
—Perdonen
—repitió.
La Vítora se
adelantó de golpe:
—Bueno —dijo—,
que no he hecho las presentaciones. Aquí, mi señora.
Aquí, él.
Mamá tendió la
mano al Femio:
—Mucho gusto
—dijo.
—A la señora
Domi, ya la conoces.
—¿Qué tal,
señora Domi? —preguntó el Femio.
—Ya ves, hijo
—dijo la Domi—.
Aquí andamos.
El Femio
continuaba girando la gorra cuando Mamá le dijo:
—¿Así que se va
usted?
—Mañana, ya ve.
Mamá movió
lentamente la cabeza.
—Antes de que
lo piense estará de vuelta —dijo—. El tiempo se va volando. —Volvió a tenderle
la mano—:
Vaya, pues,
mucho gusto y que tenga suerte.
Al llegar a la
puerta se volvió, tomó a Quico de la mano y le sacó de la cocina. Le dijo en
voz baja, pero enérgica:
—¡Vamos! Tú
siempre metiendo la nariz en lo que no te importa. —Se dirigió a la Domi—:
Lléveles al cuarto.
Por las tardes
las pisadas de Mamá sonaban más que por las mañanas.
La Vítora
decía: “Lo que más me gusta de tu Mamá es cómo pisa”. Su taconeo era firme y
rápido cuando se dirigió al salón. Quico pareó su paso al de Juan y se encaminó
al cuarto de jugar:
—¡Los soldados!
—dijo alegremente cuando logró acompasar su paso al de su hermano.
La Domi cerró
cuidadosamente la puerta después de pasar los niños e hizo sentar a Quico junto
a ella.
Afiló mucho los
ojos para preguntarle:
—Di, hijo,
¿dónde le mordía el Femio?
—Aquí.
—¿En la boca?
—Sí.
—¡Huy, madre!
¿Y fuerte?
—Muy fuerte y
más tiempo.
—¿Mucho tiempo?
—¡Muchísimo!
—dijo Quico.
Juan se acercó
a la mesa—camilla.
Terció:
—¿Le hizo
sangre?
—Vamos, calla
tú la boca, ¿no ves que estoy hablando yo? —Se volvió a Quico—: Di, hijo, y
¿qué decía la Vito, qué decía?
Intervino Juan:
—¿Cómo va a
hablar, Domi, si el Femio le mordía la boca?
—¡Te quieres
callar!
Quico se echó
al suelo y amontonó las chapas de Coca—Cola y de Kas y dijo:
—Yo vendía
ruedas.
Dijo la Domi.
—Ven acá, majo.
Quico obedeció:
—¿Qué quieres?
Tenía una chapa
en cada mano y se le veía impaciente. La Domi inquirió:
—Dime, hijo,
dime: ¿qué dijo la Vito antes de be..., antes de morderla el Femio?
—Ya no me
acuerdo —dijo Quico.
—¿No te
acuerdas? ¿No habrían regañado?
—¡Qué va!
—Oye, majo, ¿y
estaban en la cocina o en... en el cuarto cuando la mordió?
—¡Ya no sé más
cosas, Domi, déjame! —chilló de pronto, Quico.
La Domi levantó
la mano:
—Te metía un
testarazo así —dijo—.
Anda, que
cuando quieres, buen pico te gastas.
Quico se agachó
junto a las chapas.
Repitió:
—Claro, si ya
te he dicho todas las cosas, Domi.
La mirada de la
Domi encerraba ahora un brillo maligno:
—¿No quieres
orinar?
—No.
—Si te repasas
otra vez te corto el pito, ya estás enterado.
Movió la pierna
en que se sentaba la niña y dijo: “Arre, caballito, vamos a Belén, a ver a la
Virgen y al niño también”. Cris palmoteaba.
Quico colocaba
una chapa sobre otra y cada vez que colocaba la séptima, la torre se le venía
abajo. Empezó a desesperarse: “Ayyy”, decía, pero sus manos eran cada vez más
torpes e ineficaces. De pronto, bajo la butaca de plástico rameada, distinguió
un lápiz.
Abandonó las
chapas, agarró el lapicero, se incorporó y revolvió en la librería de sus
hermanos. No encontraba un papel y, entonces, tomó un libro del estante y
arrancó, sin más, la primera hoja. Se tumbó en el suelo y empezó a pintar. Cada
vez que trazaba un borratajo sus labios se entreabrían en una complicada
sonrisa.
Sonorizaba el
grabado conforme nacía de su mano:
—Y aquí había
un señor y aquí iba un tren con muchas ruedas, fafafafafafa—piiiiiiiii, y le
pillaba y el señor iba a su casa y luego un coche que estaba estropeado y el
otro señor...
Al concluir se
puso rápidamente en pie. Se aproximó a Juan:
—Mira, Juan
—sonreía.
Juan examinó el
papel atentamente.
—No lo entiendo
—dijo.
—¿No lo
entiendes?
—No, ¿qué es
esto?
—Un señor del
tren.
—¿Y esto?
—El sol, y eso,
otro señor del coche.
Observaba a su
hermano esperando su adhesión entusiasta, pero Juan repitió otra vez más: “No
lo entiendo”.
La Domi se
levantó dos veces de la silla, entreabrió la puerta y escuchó.
No se oía nada.
Al cabo de diez minutos le dijo a Juan:
—Juanito, hijo,
llégate a la cocina y mira a ver qué hacen la Vito y el Femio.
—Hijaaa —dijo
Juan.
—Anda, majo.
Juan agarró el
picaporte.
—Oye —le
advirtió la Domi sobre la marcha—. Di que vas a beber agua, no te se ocurra
decirles que te lo he dicho yo, ¿oyes?
—Bueno.
Mientras duró
la ausencia de Juan, la Domi paseó a la niña de la mano por la habitación. Cris
se detenía ante cada objeto que encontraba y decía inclinándose hacia él:
“A—ta—ta”.
Y la Domi, por
no agacharse, corroboraba: “Caca, caca. Eso no se toca, ¿verdad, hija?” Al
reaparecer Juan, la Domi inquirió con avidez:
—¿Qué?
—Se ha ido.
—¿Quién se ha
ido?
—¿Quién va a
ser? El Femio.
—¡Se ha ido el
muy sinvergüenza sin decirme una palabra! Eso no se lo perdono. Vamos, que irse
así. Pues no me dijo veces: “Para mí, señora Domi, usted como una madre”. ¡Ya
ves qué madre! —Se inclinó hacia Juan—:
Y la Vito, ¿qué
hace, hijo?
—Llorar.
—A ver qué
quieres que haga.
—Si yo no digo
nada, Domi —aclaró Juan.
La Domi le
entregó a Cristina.
—Mira un poco
por la niña —dijo.
Y salió después
de dar la luz.
Juan reparó en
la mesa haciendo ángulo con la butaca de plástico rameado, cogió las dos
sillitas de mimbre y las colocó encima.
—Mira, Quico
—dijo—. ¡La Cabaña!
—Sí —dijo Quico
enardecido.
Juan condujo a
la niña debajo:
—Nosotros
éramos los guardias y Cris estaba en la cárcel.
Quico colocó
una silla grande, tumbada, a modo de puerta. Después se escurrió hacia el
interior por entre los palos. Dijo:
—Por aquí
entran otros malos, Juan.
—No —dijo
Juan—. No le enseñes eso que se va a escapar.
Cris le sonreía
desde su encierro y decía todo el tiempo: “A—ta—ta”, “A—ta—ta”.
Juan se
arrodilló junto a la prisionera, en tanto Quico daba vueltas y más vueltas en
torno a ella.
Tropezó con una
silla:
—¡Ay! —dijo
Cris.
—¿Ves? Ya la
has pillado.
Se agachó Quico
y divisó a la niña a través de la rejilla del asiento.
—¡Cris!
—llamó—. Te veo.
—A—ta—ta.
—¿Estás presa,
Cris?
—A—ta—ta.
La niña
enredaba con un pájaro de baquelita que había encontrado en su prisión. Dijo
Quico:
—Ese pájaro es
mío. Me lo trajeron a mí los Reyes, ¿verdad, Juan?
Juan despojó de
las faldas a la mesa—camilla y las depositó sobre la cabaña.
—Una casa con
techo —dijo.
—Sí, ¡una casa
con techo!
—No hay que
mover la silla, si no se cae.
Cristina empezó
a gatear entre la silla y la butaca.
Chilló Quico
enfáticamente:
—¡Que se escapa
el ladrón!
—Ya no es un
ladrón —dijo Juan.
Quico le miró
desconcertado, se puso en cuclillas y se metió dentro.
Se sentó junto
a Cris y se acomodó en la silla tumbada:
—Mira, Cris, la
ventana.
—A—ta—ta.
—Yo era un Papá
y tú una Mamá.
—A—ta—ta.
—Están bonitas
por fuera, están riquitas por dentro —canturreó Quico sacando la cabeza por
entre los palitroques—. ¡Mira, Juan, que me escapo!
Juan se había
sentado en la butaca de plástico y sostenía el álbum de
“La Conquista
del Oeste” sobre los muslos.
—Yo ya no juego
—dijo sin levantar los ojos.
Quico retiró la
silla y salió.
Tendió una mano
a Cristina. Una vez la niña a su lado le dijo:
—Cuando quieras
pis lo pides, ¿eh?
Cris le miró
sin comprenderle.
—Si te repasas
te pego. —Se agachó y le tocó las bragas. Añadió—:
¡Huy, qué guapa
es la niña! Juan, Cris no está hecha pis.
—Bueno, quita.
Quico tendió la
vista en derredor suyo y como no hallara nada de interés se acercó a la puerta
y salió. Cristina correteaba torpemente tras él.
El montante de
la puerta del ofice quebraba, al fondo, la obscuridad del pasillo. La casa
estaba en silencio y apenas llegaba hasta ellos el murmullo de la conversación
de la Domi con la Vítora a través del tabique. Dijo Quico, ahuecando la voz:
—Cris, el Coco.
—A—ta—ta —hizo
la niña, atemorizada.
Quico dio la
luz del cuarto de baño rosa y abrió las puertas del armario barnizado.
—Te voy a
afeitar —dijo—. ¿Quieres que te afeite, Cris? —se arrodilló.
Buscó entre los
trastos allí guardados. Su rostro resplandecía de felicidad. Tomó el tubo de
dentífrico:
—Otro cañón
—dijo como para sí—.
Está cargado.
Había allí unas
tijeras con las puntas arqueadas, un curlas, tres barras de labios, dos
polveras, un desinfectante de la boca, un rollo de algodón, la botella de
alcohol, seis cepillos de dientes —blanco, transparente, amarillo, azul y
caramelo—, un cartón de horquillas, una jeringa, un cuentagotas, una caja de
microsupos sedantes, una lima de uñas, un frasco de gotas para la nariz, un
pulverizador, dos peras de goma, un jabón, dos rollos de vendas, una docena de
rulos de plástico blando para el pelo, un cepillo de uñas, otro de cabeza, un
espejo redondo; tubos de maquillaje, endurecedor de uñas, crema limpiadora y
crema nutritiva; frascos de colonia, mercurocromo y sales de fruta; rímel, dos
peines —negro y blanco—, laca, tres lápices —
negro, verde y
azulpara los ojos, un termómetro en su estuche metálico, una cajita plateada de
chinchetas y un tubo azul claro de pomada antihemorroidal.
A Quico se le
hizo la boca agua:
—Cuántas cosas,
¿eh, Cris?
La niña se
situó junto a él. Cogió un rulo de plástico y lo arrojó al retrete.
—A—ta—ta —dijo.
Quico rió. Se
sentía feliz en aquel paraíso.
—No, Cris, —le
reprendió—. Eso es para hacer caca.
—Ca—ca —dijo
Cris.
—¿Quieres caca?
—dijo Quico, distraídamente.
Abrió el
estuche del termómetro.
—Ven que te lo
pongo —dijo.
Sentó a Cris en
el suelo y le sujetó el termómetro en la ingle.
Inmediatamente
se lo quitó y lo miró al trasluz.
—Estás mala
—dijo.
—A—ta—ta.
—¿Te pongo un
supositorio?
Se sentó en la
banquetita blanca, bajó las bragas a su hermana y cogió un microsupo sedante.
Se lo introdujo en el trasero, pero el supositorio volvía a asomar como si
estuviese vivo. Quico decía:
—No, Cris, no
lo cagues.
A horcajadas
sobre las piernas de Quico, Cris agitaba la caja de chinchetas. Finalmente
admitió el supositorio.
—Así, la nena
es buena —dijo Quico, subiéndole las bragas.
Volvió a
encuclillarse frente al armario mágico y apenas oyó rodar la caja plateada de
chinchetas por el inodoro. Denegó con la cabeza:
—Lo de
afeitarse no está —dijo.
Cristina decía
“no, no” con la cabeza y él añadió:
—Lo tiene Papá
guardado, ¿verdad?
La niña
observaba seriamente cada uno de los movimientos. Quico tomó los lápices de los
ojos y dijo:
—¿Te pinto como
a Mamá?
La niña no
decía ni sí ni no.
—Cierra los
ojos.
Cristina los
cerró y Quico trazó varios garabatos sobre sus párpados, con pulso tan
inestable que los rayones se le extendían por las sienes y el caballete de la
nariz.
—Ahora la boca
—dijo.
Cogió una barra
y le echó el aliento y la aplicó insistentemente a los labios húmedos y
gordezuelos de la niña. Cristina sacaba la lengua y la chupaba. Quico reía con
toda su alma:
—No, Cris, si
no es de comer.
Los berretes
rojos le alcanzaban hasta las orejas y Quico dijo, después de mirarla:
—Pareces un
indio de la tele.
Súbitamente
sonaron los tacones de Mamá, allá lejos, en el entarimado, y Quico se asustó,
quiso guardar todo al mismo tiempo, pero su antebrazo topó contra el suelo.
Mamá decía:
“Domi, Domi,
¿cómo están tan callados los niños?” La Domi salió a su encuentro, desde la
cocina, y decía:
“Ahí están,
señora, tan entretenidos”. Y Mamá: “Hay luz en el baño, Domi”. Y Domi: “No sé”,
pero los pasos avanzaban inexorables por el pasillo y Quico tomó de la mano a
Cristina y dijo en voz alta:
—Eso no se
hace, Cris; Mamá da azotes a la nena.
Y Cris, con la
cara tiznada, le miraba indiferente.
Añadió Quico,
agachándose, al oído de la niña:
—A ti no te
pegan, Cris.
Pero antes de
concluir, Mamá ya estaba chillando horrorizada y Quico decía con ojos de
inocencia:
—Se escapó.
Y Mamá aupó a
la niña y se encaró con la Domi y le decía: “Dígame, ¿con qué confianza voy a
dejarle a los niños?” Juan apareció en la puerta del cuarto de jugar.
—¡Ahí va!
—dijo—. Parece un piel roja.
Y dijo la Domi:
—Pues ya ve, en
un momento que he ido a la cocina.
Mamá perdió la
cabeza y le dijo que qué pintaba ella en la cocina y que parecía que lo hacía
aposta y que un día los niños se iban a envenenar y que con qué confianza iba
ella a dejarle a los niños y que qué pintaba en la cocina y que parecía que lo
hacía aposta, hasta que, al fin, la Domi se cansó y dijo:
—Mire, señora,
pues si no está contenta, ya sabe.
Mamá se encaró
con ella.
—Pues, no, Domi
—dijo—. No estoy contenta. Así que decida.
Mamá, con Cris
en brazos, taconeó pasillo adelante y Quico corría tras ellas y le decía a
Mamá:
—¿No le pegas a
Cris?
Mamá le
respondió en el mismo tono con que hablaba a la Domi minutos antes:
—No, es
chiquitina. Ella no tiene la culpa. De pegar a alguien, tendría que pegar a
otras que tienen la culpa.
Ella es
chiquitina y no sabe lo que hace.
La Domi tenía
los ojos enramados, un pañuelito blanco en la mano y parecía mucho más vieja.
La Vítora conectó el transistor para matar el silencio. Sus ojos estaban
también hinchados y se desenvolvía en la cocina con apática desgana. Dijo la
Domi:
—Encima lo del
Femio. ¿Crees que yo merezco que se porte así conmigo, él que decía “para mí,
usted como una madre, señora Domi”. ¡Ya ves qué madre! ¡Y que no es para un día
ni para dos!
La Vítora se
cuadró ante ella:
—Ya está bien,
señora Domi, ¿no?
No me dé más la
murga. Si no me lo ha dicho usted veinte veces, no me lo ha dicho ninguna. Y
¿qué quiere que yo le haga?
—No te pongas
así; tampoco es para que te pongas así, creo yo.
Una voz grave,
henchida, dijo por el transistor:
“La niña
abandonada es ya una mujercita, María Piedad, y una mañana de crudo invierno
llega a pedir colocación en casa de la señora Marquesa”.
Añadió la
Vítora, moviendo la cabeza hacia el aparato:
—Ya verá como
va a resultar que es su hija.
Quico trajinaba
sobre los baldosines y cuando volvió el silencio, de forma que sólo se sentía
la voz meliflua, levemente nasal, de María Piedad, se incorporó y le dijo a la
Domi:
—No te marches,
Domi; yo no quiero que te marches.
La Domi le
apartó bruscamente:
—Tú tienes la
culpa. Si me marcho es por ti, de manera que ya lo sabes.
—No, Domi.
—No, Domi; no,
Domi, ¿y quién ha pintado a la Cris?
—Ella.
—Ella, ella;
¿te crees tú que la Domi se chupa el dedo?
—Yo no me chupo
el dedo, Domi.
—Bueno —dijo la
vieja—. No contestes encima.
Los ojos de
Quico se entristecieron:
—Domi —dijo—,
eso no es contestar, eso es hablar.
El transistor
decía: “La señora Marquesa llegó a considerar a la joven María Piedad como una
pieza insustituible en palacio. Una tarde de primavera le dijo: _”María Piedad,
eres hermosa y discreta..._”.”
Quico salió de
la cocina cariacontecido y cuando cerró la puerta, la señora Marquesa cerró la
boca. El cuarto, a mano derecha, permanecía en tinieblas y él dobló a la
izquierda y penetró en el salón.
Mamá tejía un
ovillo gris bajo la lámpara y tras ella, tendida en la alfombra verde claro,
jugaba Cristina con el gigantesco encendedor de plata.
Juan se sentaba
—”La Conquista del Oeste” entre sus manos— frente a Mamá, que parecía muy
agitada, pero era como si su nerviosismo escapase por las puntas de las agujas
cada vez que entrechocaban. Quico se aproximó a ella. Dijo Mamá sin mirarle:
—No pongas las
manos ahí.
Quico retiró
las manos de los brazos del sillón y quedó con ellas en el aire, sin osar
moverse, temeroso de provocar un nuevo conflicto. Dijo en voz baja:
—Mamá, yo no
quiero que se marche Domi.
—Que lo diga
—dijo Mamá.
Quico aguardó
un rato antes de hablar:
—Si se va Domi
—dijo—. ¿Ya no vuelve nunca, nunca?
—Otra vendrá
—dijo Mamá.
—Yo no quiero
que venga otra.
Se sentó en el
borde del sillón y sacó del bolsillo la punta y el tubo de dentífrico. Tomó
aquélla entre dos dedos, sujetándola por los extremos y la hizo girar:
—¿Qué tienes
ahí? —preguntó Mamá.
—Un clavo —se
lo alargó—; toma, para que no se pinche Cris.
Pero Mamá
contaba los puntos y murmuró: “Un momento” y mientras Mamá producía un bisbiseo
como el de las viejas al rezar, Quico sintió las ganas y cruzó las piernas y se
sofocó todo y cuando Mamá le dijo: “Trae”, él respondió: “¿Cuál?” y Mamá
levantó los ojos y dijo: “la punta, ¿dónde la has puesto?” Y entonces le vio
congestionado y levantó la voz:
“¿Dónde has
puesto la punta? ¿Te la has tragado?” Quico asintió, sin valor para
contradecirla. Mamá se levantó y le cogió la cabeza con las dos manos:
—Vamos, habla,
¿te has tragado la punta?
—Sí —dijo Quico
tímidamente.
—Levanta,
¡anda, levanta! —chilló Mamá y Juan dejó el álbum sobre la mesita enana y miró
envidiosamente para su hermano, mientras Mamá buscaba por la mesa, y por el
sillón, y por el suelo y decía: “¡Dios mío, Dios mío, qué chico! Es de la piel
de Barrabás”. Y levantaba la alfombra y le dijo a Juan: “Ayúdame”, y los dos se
pusieron a revolver todo. “No está, no está en ninguna parte —dijo Mamá—, ¿será
posible?” Le incorporó y le cogió por la cintura agachándose:
—¿Te la has
tragado, verdad que sí?
Quico asintió.
Añadió Mamá toda alborotada:
—¡Dios santo,
qué disgusto! —Volvía a mirar bajo el sillón, en la mesita enana—: Si hace un
momento la tenía en la mano; el niño la tenía en la mano y me la quiso dar.
Mamá estaba a
punto de llorar.
Quico marchó a
la cocina y al empinarse y abrir la puerta oyó la voz sollozante de la señora
Marquesa:
—¡Hija, hija
mía!
La Vítora se
sonó:
—¿Qué le dije?
La Domi se
llevó el pañuelo a los ojos. Quico se plantó en el centro de la cocina y dijo:
—¡Me he tragado
una punta!
Mamá entró tras
él, descompuesta, de forma que todo lo que no era de ella —el rímel, el
colorete, el rojo de los labios, la laca rosada de las uñas—
resaltaba sobre
su palidez de cera. La Domi dio un brinco, agarró a Quico de un brazo y le
zarandeó:
—Esto es más
malo que un dolor.
¿Es cierto eso,
señora?
Mamá apenas
tenía voz:
—Déjele —dijo—.
Yo he tenido la culpa.
—¡Virgen! —dijo
la Vítora.
Pero Mamá iba
de un sitio a otro, desconcertada, se puso un zapato y corrió al teléfono.
Colgó antes de hablar. Juan la seguía. La Vítora, inclinada sobre Quico, le
decía:
—¿Te pincha?
—Sí.
—¿Dónde te
pincha, hijo?
—Aquí. —Quico
se señalaba la boca.
Mamá dejó el
teléfono. Le puso cuidadosamente la mano en el estómago.
—¿Aquí o aquí?
—preguntó desfondada.
Quico apuntó el
estómago, sobre la mano de Mamá:
—Aquí —dijo.
—Dios mío, Dios
mío —dijo Mamá.
Volvió a
agarrar el auricular. Le dijo a la Domi—: Tráigame los zapatos bajos.
Y, luego,
“sí... sí... ya... una punta... ahora mismo... Quico...
grande más
bien... no, roñosa, no...
un descuido...
ya... sí, sí... dice que le pincha... estoy aterrada, Emilio...
no, no él no
sabe nada... ¿ahora?... dos minutos... Gracias, Emilio... sí, sí...
ya... ahora
mismo...
bueno...
bueno... gracias..., Emilio”. Colgó el auricular. Quico la miraba con una
sonrisa radiante. Juan le miraba a él y Quico se le encaró y le dijo:
—Me he tragado
una punta, Juan.
—Ya —dijo Juan.
Y Mamá corría
desatinadamente y decía: “El abrigo de piel”. Y más tarde: “Vítora, llama al
señor, que me mande el coche”. Y más tarde:
“Lávale al niño
las manos y las rodillas”. Y más tarde: “¿Te pincha mucho, hijo?” E iba de su
dormitorio al cuarto de baño, del cuarto de baño a la cocina, de la cocina al
dormitorio, del dormitorio al teléfono.
La Vítora dijo:
—Trae el coche
Uvenceslao, señor; el señor no puede venir, tiene una junta.
La Domi portaba
a Cristina en brazos después de lavarle las manos y las rodillas a Quico y de
ponerle el abrigo a cuadros y la caperuza roja.
El transistor,
en la cocina, decía:
“Madre ¿y
pensar que hemos vivido dos años una junto a la otra sin conocernos?” Pero no
encontraba eco. Las manos de la Vítora tenían los dos dedos agarrotados, corvos
como garras.
Le dijo Quico,
sonriendo:
—Anda, Vito, me
he tragado una punta.
Ella se pasó el
revés de la mano por la nariz. Dijo:
—Dios quiera
que no tengamos algo que lamentar. —Volvió la cabeza hacia el dormitorio—: ¿Le
voy bajando, señora?
—Sí.
El “sí” de Mamá
era algo patético, casi inaudible.
Ya en la puerta
de la calle, Quico se entretuvo viendo el desfile de motocicletas y
automóviles. Cada vez que se detenían le decía a la Vítora:
—Está rojo,
¿verdad, Vito?
—Sí, majo; está
rojo.
La gente
marchaba con las solapas subidas, las manos en los bolsillos, a paso rápido.
Pasó una mujer con un niño como de cinco años que berreaba.
La mujer se
detuvo junto a la puerta:
—Mira, Angelín
—le dijo—, mira qué niña más maja.
La Vítora se
sulfuró:
—¡Es niño, para
que lo sepa!
La mujer se
alejó murmurando y la Vítora dijo de pronto:
—Ve ahí está el
Uvenceslao.
Condujo al niño
hasta el automóvil.
Mamá llegaba en
ese momento.
—Al médico
—dijo—. De prisa.
Cerró la
portezuela.
—Me he tragado
una punta —dijo Quico.
Uvenceslao
volvió ligeramente la cabeza:
—¿Que te has
tragado una punta?
Mamá se
impacientó:
—¿Por qué se
detiene?
—Está rojo,
señora.
En la esquina
estaba la castañera y, en la otra esquina, Julianillo, en su kiosco forrado de
revistas y de tebeos, donde Quico compraba sus juguetes de plástico cada
domingo y, más allá, el Cacharro, en su carrito, pordioseando y, ya en la calle
Mayor, la gente se apiñaba ante las taquillas del Teatro Quevedo, donde un
gigantesco cartelón decía: ““La verbena de la Paloma””. Toda la gente parecía
que fumaba y el coche tan pronto se llenaba de luz como se apagaba.
El médico les
esperaba ya con la bata puesta.
Mamá se echó a
llorar:
—Estoy
aterrada, Emilio —dijo—.
Toda la culpa
es mía.
El médico tomó
a Mamá delicadamente por el brazo:
—Ten serenidad,
bobita —dijo—. No será nada. Pasa.
—¿Tú crees?
—Ahora veremos.
Se encerraron
los tres en un minúsculo cuarto, con una lucecita roja en un rincón y un gran
aparato de hierro y cristal, en el centro. Quico dijo:
—Me he tragado
una punta.
—¿Estás seguro?
—dijo el médico.
—Sí.
Mamá intervino:
—Es seguro,
Emilio; la tenía en la mano cuando miré y, al segundo, cuando le volví a mirar,
ya no la tenía y estaba rojo como la grana. He revuelto la habitación de arriba
a abajo y allí no había punta ni Dios que la fundó.
—Calma —dijo el
médico—. Tranquilízate. ¿Te importa que fume?
—¡Oh, no, por
Dios! —Mamá revolvió en la cartera. Sacó un cigarrillo y se inclinó hacia el
médico—: Dame lumbre a mí también, ¿quieres?
El médico
aproximó el mechero:
—¡Oh, perdona!
—dijo—. En seguida le veo. En unos minutos me acomodo.
Quico reparó en
el fantasma blanco bajo la luz roja, alzó los ojos y todo lo vio bajo un
resplandor espectral.
Inquirió:
—¿Es el
infierno?
Agarró la mano
de Mamá, de pie a su lado.
—No, hijo.
—¿No estarán
los demonios detrás de eso? —apuntó al extraño artefacto de hierro y cristal.
—Aquí no hay
demonios —respondió Mamá.
El fantasma
observaba al niño atentamente. Dio una chupada al cigarrillo y, conforme
expulsaba el humo, dijo:
—Este niño es
imaginativo, ¿verdad?
Mamá rió en
corto, indecisa:
—No sé...
—dijo—. No sé qué decirte. Yo creo que, más o menos, como todos.
El Fantasma
blanquirrojo se agitó un momento:
—Como todos, no
—dijo—. Piensa demasiado y habla demasiado claro para su edad, ¿qué tiempo
tiene?
—Tres años
—dijo Mamá—. En abril hará cuatro.
—Ya ves —dijo
el Fantasma.
Quico oprimía
la mano de Mamá que pateaba el suelo rítmicamente.
El Fantasma
fumó de nuevo y preguntó:
—¿Estás
nerviosa?
Mamá rió otra
vez en corto:
—Si he de
decirte la verdad, se me ahoga con un pelo.
—¿Cómo era la
punta: cinco centímetros, cuatro, tres, menos?
Mamá elevó una
mano en la penumbra rojiza:
—Una cosa así;
aproximadamente dos centímetros y medio, creo yo.
El Fantasma
arrojó la colilla a un cenicero de rincón.
—Vamos a ver
—dijo—, quítale la ropita. Eso no hace falta; levántaselo.
Así —le empujó
tras el cristal, conectó y surgió el zumbido—: Vamos a ver —
repitió.
Quico dijo a
Mamá:
—Dame la mano.
La respiración
de Mamá era muy agitada. El Fantasma murmuraba, con leves intermitencias: “Aquí
no hay nada... nada... nada... ¿te hago daño, pequeño?... bueno nada —le
oprimía el estómago y el vientre—: bueno... aquí tampoco... nada... no se ve
nada... a ver... date la vuelta... ¿te hago daño?...
tampoco... sí
que es raro esto; un cuerpo extraño se acusa en seguida. —Le volvió de nuevo y,
finalmente, dio la luz. Clavó en Quico sus gafas de montura negra y le dijo a
Mamá—: Salvo que el clavo haya quedado horizontal, la punta hacia mí, no hay
explicación posible. No se ve nada.
—Dios mío
—musitó Mamá.
—No, bobita, no
te preocupes. Estas cosas suelen resolverse solas.
Que no se mueva
mucho, en particular evita movimientos violentos, fútbol, saltos —jugueteaba
con un bolígrafo azul—. Y, luego, que coma espárragos, puerros, pero enteros...
—¿Las hebras
también? —preguntó Mamá.
—Eso es
precisamente lo que quiero decir. La estopa envuelve la punta y protege el
estómago y las paredes abdominales.
Mamá denegaba
con la cabeza, cada vez más descorazonada:
—Lo intentaré,
Emilio —dijo con desánimo—. Pero no tengo ninguna fe; las tragaderas de este
niño son una calamidad.
—Es necesario
—dijo el Fantasma.
Mamá continuaba
moviendo la cabeza de un lado a otro y el Fantasma añadió:
—Y con esas
malas tragaderas que dices que tiene, ¿no tosió, ni se atragantó, ni le
sobrevino una arcada cuando...?
—Nada
—corroboró Mamá—. Cuando le miré estaba congestionado, pero de arcadas y eso,
nada.
El Fantasma
golpeó varias veces el hule verde de la mesa con la punta del bolígrafo.
—Es extraño
—dijo, y miró fija, obstinadamente a Quico—: Este chico es el anteúltimo, ¿no
es cierto?
—Sí.
—¿Qué edad
tiene el pequeño?
—Es niña,
Cristina.
—Es igual, ¿qué
edad tiene?
—Un año.
El Fantasma
hacía dibujitos caprichosos en un secante y sus labios se entreabrieron en una
sonrisa.
Quico dijo:
—¿Pintas un
tren?
—Eso —dijo él—,
un tren. —Y añadió—: De forma que durante dos años y medio éste ha sido el
benjamín de la casa, ¿no es cierto?
—Más o menos.
Sobre la cabeza
del Fantasma había un cuadro con muchas cabecitas guillotinadas y, en un
ángulo, decía: “Facultad de Medicina, 1939-1945”. A la izquierda había un
calendario con una cunita, un niño dentro y a su lado un viejo barbudo y, al
otro lado, un perro manchado, color canela, meditabundo. El Fantasma seguía
sonriendo y Mamá dijo:
—¿No irás tú
también a sermonearme sobre esas tonterías de los complejos?
—No es eso,
pero a todos nos duele dejar de ser protagonistas, no te quepa de ello la menor
duda.
—¿El príncipe
destronado?
—Exactamente
—dijo el Fantasma—, tú lo has dicho. Eso no es una invención. Esa teoría no es
una formulación caprichosa. El niño que durante años ha sido eje, al dejar de
serlo se defiende; no se resigna; trata de llamar la atención sobre sí.
Mamá pestañeó
escépticamente:
—¿Y se traga
una punta para eso?
—O lo inventa.
Mamá se
impacientaba:
—Mira, Emilio,
el niño estaba a mi lado y estoy por decirte que soy testigo de cómo se ha
tragado la punta. Le he visto materialmente cómo se la tragaba.
El Fantasma
sonrió:
—Bobita —dijo y
tomó una mano de Mamá entre las suyas—. La experiencia me dice que hay
príncipes destronados que se fingen cojos, se escapan de casa o se sueltan de
la mano de la niñera para cruzar la calzada.
El caso es
atraer sobre ellos una atención que meses antes conseguían sin esfuerzo de su
parte. No te diré que sea una enfermedad psíquica, pero se le parece. En estos
casos hay que actuar con sumo tacto, de manera que la transición sea
insensible. No quiero afirmar que éste sea el caso, pero es muy raro que esa
punta no se acuse a rayos, la verdad.
Mamá retiró la
mano y se levantó como enfadada con el Fantasma:
—Escucha,
Emilio. Desde que me casé me he pasado la vida destronando príncipes y ésta es
la primera vez que uno se traga un clavo en represalia.
El Fantasma se
levantó también y sonreía con un colmillo de oro, reluciente, y dijo:
—Estás
nerviosa, bobita, y lo comprendo. Toma las precauciones que te he dicho, vigila
las deposiciones y tenme al corriente.
Mamá taconeaba
firmemente en las escaleras de mármol. Quico descendía de su mano, pareando los
pies a cada escalón. En el primer rellano se detuvo y levantó su rubia cabeza:
—¿Me ha sacado
la punta el médico de la barriga? —preguntó.
—Claro
—respondió Mamá—. Ahora tendrás que comer espárragos para curarte del todo.
Quico arrugó
las cejas.
—¿Espárragos?
—dijo—: ¡qué asco!
Uvenceslao se
quitó la gorra para abrirles la portezuela. Mamá se arrellanó en el asiento
trasero y cogió al niño en brazos. Por un momento su rostro se ensombreció. Le
palpó una y otra vez las posaderas:
—Te has
repasado, Quico —dijo con la mirada encendida.
—Un poco
—admitió el niño, atemorizado.
Pero Mamá, tras
la reacción inicial de destemplanza, sonrió generosamente:
—A casa —le
dijo a Uvenceslao.
Y, después,
estrujó a Quico contra las pieles:
—Ha sido del
susto, ¿verdad, chiquitín? Pero ya no lo vuelves a hacer.
Ahora te quedas
quietecito con Mamá y mañana ya estás curado.
Quico recostó
la rubia cabeza en el pecho de Mamá y sonrió:
—Claro
—repitió—, ahora me quedo quieto y mañana ya estoy curado, ¿verdad, Mamá?
Mamá se
desprendió del abrigo con majestuosa displicencia y lo entregó a la Vítora y la
Vítora le dijo:
—¿Qué dijo el
médico, señora?
—Que no lo ve.
—Que no lo ve,
¿cuál?
—¿Cuál va a
ser, hija, que preguntáis cada bobada...? La punta.
—¡Ande! ¿Y cómo
la va a ver si el niño se la ha tragado?
—Con los rayos
X, mujer.
La Vítora
redondeó los ojos y la boca, pero no dijo nada. Colgó el abrigo en el ropero y
se volvió hacia el niño. Mientras le quitaba el abrigo y la capucha le decía:
—Ven aquí,
Barrabás; que eres más malo que Barrabás. De la piel del diablo eres tú;
¡madre, qué crío éste!
No gana una
para sustos con él.
Pero Quico oyó
la música en el cuarto del fondo y echó a correr por el pasillo y, desde la
puerta, divisó a Merche y a Teté braceando, culeando, siguiendo el compás del
tocadiscos a toda potencia, y a Marcos y Juan, recostados en la mesa, mirando,
y Merche canturreaba:
Lo bailan las
muchachas y la gente mayor pues es el nuevo ritmo que ha nacido del rock; la
rubia, la morena, pelirroja, da igual.
Tan sólo es
necesario no perder el compás.
Twist, twist,
baila el twist, mi amor.
Twist, twist,
baila sin cesar y sentirás el ritmo en ti con una fuerza que te hará feliz...
De pronto,
Merche le descubrió y corrió hacia él y le levantó en brazos y le dijo:
—¿Qué dice el
rubito? ¿Es verdad que te has tragado una punta, hijo?
Quico asentía.
Le rodearon todos, Teté, Marcos y Juan. Juan dijo, abriendo los dedos pulgar e
índice como una pinza:
—¡Jobar! Una
punta así de larga.
—Me la ha
sacado el médico, anda —dijo Quico.
El disco sonaba
a todo volumen cuando se presentó la Domi con Cris en brazos. La puso en el
suelo:
—Anda, bonita,
échate un tui con el Quico —dijo.
La niña culeó
desganadamente mientras Quico braceaba con todo entusiasmo, se encuclillaba, se
incorporaba, procurando obedecer el compás.
La Domi
rezongaba:
—Me se duerme
en los brazos. No se entretiene con nada, yo no sé qué le pasa.
La irrupción de
Mamá les dejó paralizados:
—¿Están todos
locos? ¿Es que no saben que el niño no se puede mover?
¡Quico, déjate
de bailes y vente a sentar conmigo al salón!, ¿has oído?
Quico salió
sumisamente tras ella seguido de Juan. Al llegar al salón, Mamá le entregó un
montón de postales y le sentó en una silla, bajo la lámpara.
—Anda, míralas
—dijo—. Y a ver si puedes parar quieto hasta que te acuesten.
Dijo Juan.
—¿Son las que
pintan los pobres con los pies?
—Los pobres y
los ricos —dijo Mamá—. Las pintan con los pies los que no tienen manos —les
dejó solos.
Quico le miró
de refilón:
—Con los pies,
Juan —rió.
Las pasó una
tras otra. Juan las contemplaba también por encima de su hombro. Al concluir de
verlas Quico las barajó. Quedó en primera posición una vista de un riachuelo
con un rústico puentecillo de madera. La cara de Quico se iluminó:
—¿Te acuerdas,
Juan —inquirió—, cuando me caí a un río y no me picó nada? ¿Te acuerdas?
—Sí —respondió
Juan.
Del cuarto de
atrás llegaban ritmos de twist, y de madisson y de rock.
Juan agarró una
postal y la volvió:
—Voy a escribir
a Mariloli —dijo.
Quico volvió
otra, como hiciera su hermano:
—Y yo —dijo.
—Tú no sabes.
—Sí sé.
—A que no.
—Sí sé.
—No sabes
porque eres un pequeñajo.
—¡No soy un
pequeñajo!
—Sí.
—¡No! —gimió
Quico.
—Un pequeñajo
que ni va al cole ni nada.
—!¡No!! —Quico
prorrumpió en un llanto rabioso. Instantáneamente apareció Mamá alarmada:
—¿Qué es lo que
pasa?
Quico se
explicó entre sollozos:
—Juan dice que
soy un pequeñajo y que no sé escribir a Mariloli y que...
Impulsivamente
Mamá propinó dos cachetes a Juan. Tras el segundo se quedó con la mano en alto
y musitó:
“Otro príncipe
destronado —agitó la cabeza de un lado a otro y añadió como para sí,
malhumorada—: Yo no sé si esta casa acabará siendo el palacio real o un
manicomio.” Le tendió un bolígrafo a Quico:
—Ten. ¡Escribe!
—dijo.
La mejilla
sonrosada de Quico casi rozaba la postal. Dibujaba con pulso inseguro,
sonriente, palitos y aros bajo la inquisitiva, despectiva, mirada de Juan:
—{ésta es la O
—dijo.
—¿Y la A?
—inquirió Juan.
—{ésa no sé.
—Lo ves, pues
es la O con un rabito; mira, así —le devolvió el bolígrafo.
—¿Así, Juan?
—Sí.
Trazó
torpemente un palo vertical y le coronó con un punto:
—{ésta es la I
—añadió.
Dibujó unos
garabatos entre las letras y al entrar de nuevo Mamá, le mostró la postal
orgulloso:
—Es para
Mariloli —dijo.
—¡Qué bien!
—dijo Mamá—. Escribes ya muy bien. —Retiró las tarjetas.
Agregó con voz
temblona depositando un plato en la mesita enana—:
Ahora el niño
es bueno y va a comerse unos espárragos, ¿verdad, mi vida?
Le subió a
Quico hasta la garganta una irritación sorda:
—¡Pues que se
callen!
—¿Que se calle
quién? —preguntó Mamá pacientemente.
—¡Pues que no
bailen!
—Anda, Juan
—dijo Mamá—, dile a Merche y a sus amigas que dejen el tocadiscos.
—¡Pues que
venga la Vito! —añadió el niño.
—Y dile a la
Vito que venga —voceó Mamá a Juan que ya alcanzaba la puerta.
—¡Pues...
pues...!
Mamá le metió
un espárrago en la boca. Quico mordisqueó la punta.
Dijo entonces
Mamá suavemente:
—Eso son mañas
de niño chico, Quico. Anda, come.
Tardó en
tragar. Apareció la Vítora. La música había cesado ya:
—A ver, majo; a
ver cómo te comes todo el plato como un hombre —dijo la Vítora.
La Domi llegó
detrás, con Cristina recostada sobre su pecho, seguida de Juan:
—Señora —dijo—,
yo no sé qué hacer con esta cría; me se duerme toda, no hago vida de ella.
Cris cerraba
pesadamente los párpados y no conseguía enderezar su negra cabecita. Tan pronto
la Domi lo intentaba, la niña se recostaba en ella.
Dijo Mamá:
—Déle un vaso
de leche y acuéstela. Durmió poca siesta, ¿verdad?
La Domi señaló
para el Quico con encono:
—{éstos la
despertaron, como siempre.
Mamá animaba
incansablemente a Quico, pero Quico cambiaba las hebras estoposas de un lado a
otro de la boca y cada vez que intentaba tragar aquella bola áspera, se le
amorataba el bigote, le lloraban los ojos y le sobrevenía una arcada:
—No me gusta
—dijo tras un esfuerzo.
Pues lo tienes
que comer, tanto si te gusta como si no —replicó Mamá impaciente.
Intervino Juan:
—Los hilos,
¿son para atar el clavo?
—Eso —dijo
Mamá—. ¡Vamos, traga!
Quico amenazaba
volverse del revés cada vez que dejaba resbalar la bola hasta la glotis y de un
golpe de tos la devolvía a la boca y continuaba masticándola, triturándola
incansablemente. Y Mamá musitaba: “Dios mío, qué castigo” y, más tarde, “Vamos,
traga”, y más tarde, “Te doy una peseta por cada bola que tragues, Quico”. Mas
Quico no lo conseguía y al sonar el timbre y entrar la tía Concha se sintió
liberado, se tiró de la silla y corrió hacia ella:
—Tía Cuqui
—dijo—, ¿me traes la pistola?
La tía Cuqui
abrió los brazos para recibirle en ellos y se lamentó:
—Pobre Quico, a
la tía Cuqui se le ha olvidado la pistola; la tía Cuqui tiene muy mala cabeza.
—Le dejó en el suelo y besó a Mamá—.
Hola, guapa —y
luego a Juan—. ¿Ya estás bueno? —y, mientras, Quico hurgaba en el bolsillo y
decía:
—No importa,
como ya tengo otra pistola, ¿verdad, tía?
—¿Tienes otra
pistola?
—Sí, mira.
Extrajo el tubo
de dentífrico del bolsillo y, al volver el forro, la punta cayó sobre la
alfombra verde claro y Mamá chilló:
—¡La punta!
Y Quico miraba
el clavo brillante sin pestañear, la bola de estopa inflándole un moflete,
paralizado, como un pointer ante la pieza. Mamá insistió:
“¡La punta, es
la punta!” —se agachó y la examinó—: “Claro que es la punta” —repitió—, y la
tía Cuqui dijo: “¿Qué ocurre con la punta, mujer?”, y terció Juan: “Decía que
se la había tragado y le han llevado al médico y es mentira”.
Mamá hacía
extraños visajes con los ojos y sonreía y apretaba los labios alternativamente
y, como colofón, zamarreó a Quico con violencia al tiempo que le decía:
—Era para
matarte. ¿No te das cuenta de que has dado a Mamá un susto de muerte?
La tía Cuqui
sonreía con una expresión piadosa:
—Es pequeño
—dijo—. No se da cuenta.
Juan salió
corriendo del salón y a los pocos segundos regresó seguido de Merche, Teté,
Marcos y la Vítora.
Dijo Merche:
—¿Es verdad que
es mentira que Quico se había tragado el clavo?
—Mira —dijo
Mamá mostrándoselo.
Quico
continuaba impasible en el centro del círculo acusador y tan sólo los párpados
subiendo y bajando denotaban vida en su rostro.
—¡Jobar, vaya
cara! —dijo Marcos.
La Vítora se
arrodilló junto a Quico y le miró a los ojos. Sus palabras eran medio caricias,
medio reconvención:
—¡Huy, qué
chico! —dijo— ¿Por qué dices que te has tragado la punta, di, si la tienes en
el bolsillo?
Quico levantó
los hombros y adelantó el labio inferior en señal de protesta. Se sentía
acosado. Respondió débilmente:
—El médico me
la ha sacado, Vito.
Tía Cuqui rió.
Merche rió y dijo riendo:
—¡Qué mentiroso
es!
También la
Vítora rió nerviosamente:
—Para todo
encuentra salida este crío —añadió.
Quico daba
vueltas y más vueltas al tubo de dentífrico con los ojos bajos.
Intervino la
tía Cuqui y le tendió una mano:
—Déjale —dijo—;
el niño ya va a ser bueno, ¿verdad que ya eres bueno, Quico?
A Mamá le
estallaba dentro la alegría, pero se fingía contrariada. Le dijo a la tía
Cuqui:
—Me ha dado un
susto de muerte, mujer; no puedes imaginarte qué tarde he pasado; y lo peor es
qué le digo yo ahora a Emilio después de asegurarle que he visto cómo se la
tragaba —volvió los ojos a Merche—:
Llama a tu
padre y dile que ha aparecido la punta, que todo ha sido una falsa alarma.
—Se sentó en el
sillón frente a la tía Cuqui y añadió—: Vítora, llévese esos espárragos.
Quico la miró
implorante:
—¿Puedo escupir
la bola? —preguntó.
Mamá le puso
bajo la barbilla un cenicero de plata:
—Sí anda,
échala.
Quico la echó.
Entonces la tía Cuqui preguntó a Mamá si Papá aún no había regresado y Mamá
aclaró:
“tiene una
junta”, pero se la veía incómoda, como si también ella necesitase escupir la
bola, y, finalmente, dijo:
—Nos hemos
peleado.
—¿Otra vez?
—inquirió la tía Cuqui.
A Mamá
empezaron a brillarle los ojos:
—Es insufrible,
te lo aseguro.
La tía Cuqui
meneó la cabeza varias veces, de un lado a otro:
—Yo con mi
hermano no hubiera podido vivir ni dos días —confesó—.
Es un carácter
el de Pablo que me puede, me saca de quicio, lo reconozco.
Habían marchado
todos y Quico miraba las manos pequeñas, nerviosas, limpias de todo adorno, de
la tía; Merche se asomó a la puerta seguida de Teté y de Marcos:
—Que bueno
—dijo—. Dice Papá que bueno, ¿podemos poner el tocadiscos?
—Sí —respondió
Mamá y, cuando salieron corriendo, añadió bajando la voz—: Siempre apunta donde
sabe que hace daño. Si sólo fuera discutir, no me importaría, pero Pablo tira
golpes bajos a sabiendas, con el mayor encono.
—Siempre ha
sido así —admitió la tía Cuqui—. Yo con Pablo no hubiera podido vivir ni dos
días.
Mamá carraspeó.
Parecía que encerraba más bolas dentro. Dijo con un hilo de voz:
—Lo nuestro
hace años que ha terminado —señaló a Quico con la barbilla—. Pero éstos están y
hay que fingir. Mi vida es una comedia.
La tía Cuqui se
encampanó:
—Eso no —dijo—.
El matrimonio se hace y se deshace entre dos.
Tuvisteis unas
relaciones lo suficientemente prolongadas para conoceros. El matrimonio no se
rompe si uno no quiere. Y puesta a hacer comedia, ¿por qué no lo tomas más
arriba y finges con tu marido?
Llegaba, muy
acolchada, la voz de Hayley Mills, cantando “America the beautiful” y Quico, al
oírlo, salió disparado hacia el cuarto de jugar.
Marcos, Teté,
Merche y Juan rodeaban al tocadiscos. Teté marcaba el compás con el pie,
mientras Juan se hurgaba en la nariz. Había varias fundas desparramadas sobre
la mesa, bajo el {ángel de la Guarda, y Quico las curioseó una por una. Ante la
efigie de Gelu se detuvo y señaló con la uña negra el pequeño recuadro de la
Voz de su Amo:
—¡Merche!
—chilló—. ¿Por qué se pone ahí el perro? Le va a matar.
Respondió
Merche:
—¡Ay!, Quiquín,
cada día que pasa eres más pequeñajo y entiendes menos las cosas; eso no es una
escopeta, ¿sabes?, es la trompa de un gramófono del tiempo de Maricastaña.
Teté sacó de su
funda el “Speedy Gonzales”, de Ennio Sangiusto, y se lo alargó a Merche:
—”Speedy”,
Merche —dijo—; es que me chifla.
Juan se puso en
pie súbitamente:
—¿Qué hora es?
—preguntó.
—Las ocho y
media.
—Quico. ¡El
Conejo! —voceó Juan.
Salieron los
dos, pero Mamá hablaba por teléfono y decía: “Ya... ya...
ya... el
príncipe destronado... ya...
vais a tener
razón... sí... claro...
no había
forma... gracias a Dios...”.
Quico la
interrumpió:
—Mamá, ¿nos
dejas subir a ver el Conejo a la tele de la tía Cuqui?
—¡Calla! —le
conminó Mamá y sonrió al auricular—: Perdona... es el niño que no me deja
oír... precisamente... lo siento... tú dirás... ya...
se lo diré... a
buena parte vas...
Quico y Juan
esperaban anhelantes el fin de la conversación. Mamá reía ahora nerviosamente,
como suelen reír las colegialas de dieciséis años la primera vez que se les
acerca un muchacho:
—Sí... ya
hablaremos... no me atrevo... cualquier otro sitio...
sí... ya...
claro... sí... de acuerdo... de acuerdo... están aquí... no puedo ahora...
también yo tengo ganas... sí, ya lo sabes... lo sabes de requetesobra...
bueno... eres tonto...
de acuerdo...
adiós.
Colgó sin cesar
de sonreír y Quico se precipitó:
—¿Nos dejas
subir a ver el Conejo?
Mamá no le dejó
terminar:
—Andad —dijo, y
añadió apresuradamente porque Quico se escapaba tan rápido como se lo permitían
sus pequeñas piernas—: ¡Dice el médico que a ver si no le damos más sustos!
Sonó el
estampido de la puerta de la calle. Juan y Quico trepaban por las escaleras
aceleradamente.
Juan chillaba:
—¡Delicioooso!
¡Refrescaaante!
Y Quico
salmodiaba:
—Están bonitas
por fuera, están riquitas por dentro.
Les abrió la
Valen:
—¿Ya estáis
aquí? —dijo malhumorada—. La tía ha salido, de modo que ya os estáis largando
los dos.
Juan levantó
sus ojos oscuros, ribeteados de ojeras, implorantes:
—Valen —dijo—,
¿nos dejas ver el Conejo?
—Sí, ¿verdad?,
y luego me ponéis unos suelos que dan miedo. ¿Y quién tiene que limpiarlos? ¡La
Valen!
—Nos quitamos
las zapatillas, anda.
Vaciló la
Valen. Al cabo dijo:
—Pasar, pero
quitaros las calzas, ¿eh? No os lo digo dos veces.
Los dos niños
se descalzaron. Los muebles de la tía Cuqui brillaban como si tuvieran cristal.
En la caldera de cobre deslumbraba la luz del vestíbulo. El orden, la pulcritud
reinaban en la casa. En el cuarto de la tele la tarima resplandecía como el
diente de oro del Fantasma. Los dos niños se sentaron en el suelo tímidamente y
la Valen conectó el receptor.
El cuadro se
adelantó hasta enmarcar el Conejo:
—Ya ha empezado
—dijo Juan.
El rostro de
Quico se abrió en una sonrisa:
—Mira Porky,
Juan.
Y el Conejo le
dijo a Porky:
—Estos gandules
siempre se nos adelantan.
—Calla —dijo
Juan.
El Conejo y
Porky entraban en el despacho del Jefe y el Jefe les decía:
—Hay una
entrega para la calle de Quincalleros.
Quico pestañeó:
—¿Qué es
entrega, Juan?
—Calla.
El Conejo y
Porky salieron a la calle con el paquete.
—¡Jobar, cómo
corre el Conejo, Juan!
Dijo Juan:
—Es que si lo
lleva antes de diez minutos le dan cinco dólares.
—¿Qué es
dólares, Juan?
—Pesetas.
—¡Ah!
El Conejo había
cogido una patineta y se deslizaba por la calzada, el paquete atado al
manillar. Porky le seguía pedaleando en un triciclo. De repente, el Conejo se
estrelló contra una farola y el paquete se abrió y rodó por la calzada una bola
con un cordel encendido.
—¡Una bomba,
Porky! —gritó el Conejo.
Juan y Quico
sonreían.
—Les va a matar
—musitó Juan morbosamente.
Y la bola
reventó —!¡boooooom!!— y el Conejo y Porky volaron por los aires y aterrizaron
en un alero y al mirarse el uno al otro vieron que Porky tenía la piel del
Conejo y el Conejo la piel del cerdo y Quico y Juan se reían con toda su alma y
antes de que se desahogaran, la Valen, que permanecía erguida en la puerta,
tras ellos, como un gendarme, indiferente a los riesgos del Conejo y de Porky,
les dijo:
—Ale, ahora os
ponéis las calzas y a vuestra casa otra vez; ya es hora de acostaros.
Pablo encendió
la lámpara, abrió el libro, se acodó en la mesa y se sujetó la cabeza entre las
manos. Leía apresuradamente, afanosamente, sin mover los labios y, al pasar las
páginas, producía un ruido exagerado, como si arrebujase un periódico. Quico le
miraba silenciosamente, bajo el marco de la puerta y, al entrar Mamá, corrió
hacia ella y se empinó para ver a Pablo por encima de la mesa:
—Ya has venido
del cole, ¿verdad, Pablo?
—¿No me ves?
—respondió Pablo.
Quico sonrió,
pero al observar el ceño de su hermano se calló. Mamá le revolvió el pelo a
Pablo.
—¿Estás
disgustado? —preguntó.
—Pché —dijo
Pablo.
—Ya sabes que
conmigo no necesitas disimular —añadió Mamá.
—¿A qué ton voy
a estar disgustado? —preguntó Pablo—. Tú siempre quieres saber lo que pasa
dentro de uno.
Mamá hacía como
que no le oía. No respondía a Pablo sino a sí misma.
Dijo:
—Ten valor y
dile que no.
Pablo la miró
de frente con firmeza, y Mamá humilló los ojos. Dijo Pablo:
—He dicho a
Papá que iré e iré, aunque sólo sea por él.
Los ojos de
Quico despedían chiribitas.
—¿Vas a ir a la
guerra de Papá?
—inquirió con
entusiasmo.
Le miró Pablo,
sorprendido.
—Eso —dijo con
aplomada gravedad—, a la guerra de Papá; exactamente es lo que voy a hacer,
¿cómo lo has adivinado?
Mamá examinaba
el rostro de Pablo con minuciosa atención:
—No te agrada,
¿verdad?
Pablo se echó
repentinamente hacia atrás.
—No lo
comprendo, que es otra cosa —respondió, y pareció que iba a continuar, pero se
reprimió y, por último, tras una prolongada pausa, añadió—:
El padre Llanes
dice que asociaciones de veteranos hay en todas partes, pero, en nuestro caso,
sólo serán eficaces si vamos unidos los de un lado con los del otro. Juntos,
¿comprendes? Es la única manera de olvidar viejos rencores.
Mamá asintió
con la cabeza.
—¿Eso dice un
cura? —inquirió.
—Eso, pero
Llanes es de los jóvenes.
Mamá hablaba
ahora como entristecida, como si tuviera mil años.
Aclaró:
—Si los viejos
no les confunden, los jóvenes suelen ver claro; seguramente el padre Llanes
tiene razón.
Pablo entornó
los ojos para preguntarle a Mamá:
—Tú no estás
segura de nada, ¿verdad, Mamá?
Mamá no
respondió al pronto; tomó a Quico de la mano y anduvo dos pasos y, entonces, se
volvió y le dijo a Pablo:
—De pocas
cosas, hijo. Cada día de menos cosas. —Y antes de cerrar la puerta agregó—: Haz
lo que creas más conveniente.
Mamá condujo a
Quico a la cocina.
El transistor
de la Vítora facilitaba el parte meteorológico y hablaba de un anticiclón en
las Azores y Quico dijo:
—¿Es un bicho
muy grande, muy grande?, di, Vito.
—¿Cuál, hijo?
—Lo que ha
dicho la radio.
Mamá intervino:
—El anticiclón
es el sol; es...
cuando hace
bueno.
—Entonces —dijo
Quico—, nos vamos ya a San Sebas con Mariloli...
—Todavía, no
—añadió Mamá y, después, a la Vito—: déle de cenar, pero no le fuerce. El
calcio, sí, lo olvidé a mediodía.
Salió Mamá y
entró Juan, y Quico dijo:
—Juan, Pablo se
va a ir a la guerra de Papá.
—¿Sí?
—Sí, lo ha
dicho.
—¡Dios! —Se
abrió su profunda mirada entoldada—: Yo, cuando sea mayor también quiero ir a
la guerra de Papá y matar más de cien malos.
¿Tú, Quico?
Los ojos de
Quico se iban empequeñeciendo a medida que se ensanchaba la noche. Replicó:
—Yo... yo
cuando sea mayor quiero ser guardia.
—Sí —dijo
Juan—, ¿y si te pilla un coche?
—Pues mato al
señor del coche.
Juan sonrió con
suficiencia de adulto:
—Pero si estás
muerto...
—Pues le mato
yo antes.
La Vítora pasó
la tortilla de la sartén al plato y colocó éste sobre el mármol blanco. Arrimó
una silla:
—Ven acá
—acomodó a Quico en sus piernas.
Quico engullía
la tortilla con relativa rapidez.
—Esto te gusta,
¿eh, granuja?
—dijo la
Vítora.
—Como no me se
hace bola...
El transistor
cantaba ahora “Doña Francisquita”.
—¡Madre, qué
perra han cogido!
Quico cesó de
masticar.
—¿Quién ha
cogido una perra, Vito?
—Anda, come y
calla.
Entró la Domi
y, a poco, Mamá:
—¿Qué tal come?
—Bien, ya ve,
el huevo.
Quico la miró:
—¿Verdad, Mamá,
que Pablo se va a la guerra de Papá, verdad Mamá?
—Mañana —dijo
Mamá.
Quico miró a
Juan.
—¿Ves? —dijo
triunfalmente.
La Domi iba y
venía del cuarto de plancha. Una de las veces se encaró con Mamá y dijo con
resolución:
—Digo, señora,
que la cuenta.
—¿La cuenta?
¿Qué cuenta, Domi?
—Ande, señora,
¿cuál va a ser?, la mía.
Abría y cerraba
los párpados como el muñeco de Cris, como si fuera a llorar. Y como quiera que
Mamá la mirase desconcertada agregó:
—Me marcho.
—¿Se marcha?
—Ande, a ver,
¿no me ha despedido?
Se aclaró la
mirada de Mamá.
Dijo:
—Domi, no
trabuque las cosas a su gusto, yo no la he despedido, la he regañado, que es
distinto, porque creí que debía regañarla, pero los niños la quieren y yo estoy
contenta con usted, de modo que piénselo.
La Domi se
reducía, se arrugaba como una ciruelita pasa. Sacó del pecho la vocecita de
Rosita Encarnada para decir:
—Ande, por mí.
—Pues no
hablemos más —añadió Mamá contundente—. ¿Acostó a la niña?
—Como un
angelito, si usted la viera. Estaba muerta de sueño.
Mamá entornó la
puerta para salir.
Miró a la Domi:
—En cuanto a lo
de su hijo, recuérdemelo. Se lo diré al señor; a ver si él puede hacer algo.
Salió. La Domi
hizo un gesto con el pulgar.
—Ya la has oído
—dijo—, ahora se vuelve atrás.
La Vítora se
sofocó:
—¡Y usted!
—dijo furiosa—, sólo le faltó ponerse de rodillas. Claro que a su edad, ¿dónde
va a ir que más valga?
—Vamos, calla
la boca, tú —respondió la Domi, enfadada.
La Vítora llenó
una cuchara sopera del gran frasco blanco y se la dio a Quico. Quico cerró los
ojos y tragó.
Después se pasó
con fuerza, reiteradamente, el antebrazo por los labios.
—¡Qué asco!
—dijo.
La Domi abrió
el portillo de bajo el fogón y sacó un cantero de jabón.
Miró al Quico.
—No vi nunca
criatura más asquerosa para comer —dijo y se dirigió al cuarto de la plancha.
La Vítora dejó
la cuchara en la fregadera y se puso en jarras:
—Ya está usted
con el jabón; mire que le ha cogido modorra.
Los ojos de
Quico se tornaban pequeñitos y apagados. Metió la mano en el bolsillo y extrajo
el tubo vacío de dentífrico. Lo destapó y sonrió, con una sonrisa lejana y
corta:
—Mira, Vito,
una pistola.
—Sí, majo.
Regresó la
Domi:
—Anda que el
Femio, ni un perro se marcha así.
—No me lo
miente —dijo la Vítora.
Levantó la
voz—: ¡No me lo vuelva a mentar!
Juan salió de
la cocina y Quico tras él. Quico avanzaba por el pasillo cansinamente. En el
cuarto no había nadie. Estaba recién ventilado y olía al frío húmedo,
neblinoso, de la calle. Quico miró con aprensión al {ángel de la Guarda, luego
sus ojos toparon con las tijeras de uñas, sobre la mesa.
Guardó el tubo
de dentífrico y las cogió.
—Yo era Blas
—dijo.
Juan le miraba
desganadamente, pero su interés fue creciendo a medida que Quico se acercaba al
enchufe del zócalo y abría las puntas de las tijeras:
—¿Qué vas a
hacer?
—Arreglar la
luz —respondió Quico—; yo era Blas.
Fue aproximando
lentamente las puntas de las tijeras a los agujeros del enchufe y cuando se
produjo el contacto saltó una llamarada azul y Quico dijo: “¡ay!”, y se oyó el
tintineo de las tijeras contra los baldosines y, simultáneamente, se hicieron
las tinieblas.
—Me he quemado,
Juan —dijo Quico en la oscuridad y se le oía frotar la mano contra la ropa—; me
hace como cosquillas.
Sonó lejana la
voz de Mamá:
—¿Qué pasa?
Y, al cabo, la
voz de la Vítora:
—Nada, señora,
el chivato.
Pero Juan
voceó:
—¡Ha sido Quico
que ha metido las tijeras en el enchufe!
Al tiempo que
se hizo la luz, Mamá apareció por el extremo del pasillo, taconeando firmemente
y, detrás, Pablo, Marcos, Merche, la Domi y la Vítora. Quico permanecía
sentado, mirando el enchufe chamuscado y las tijeras diabólicas en el suelo,
restregando la manita contra el jersey rojo. La voz de Mamá era tonante e
implacable como la de un general:
—¿Cómo está
este niño levantado?
—Le tomó por un
brazo y Quico cerró los ojos y encogió el trasero, esperando el azote, pero el
azote no se produjo y Mamá sólo le zarandeó mientras chillaba—: ¡Un día te vas
a morir! ¿A quién se le ocurre meter las tijeras en el enchufe? Te ha dado la
corriente, ¿verdad?
Quico no
respondió. Observaba los rostros expectantes de sus hermanos y su consuelo fue
grande al ver que Merche le guiñaba un ojo y le sonreía. Luego, uno a uno,
fueron desfilando todos hacia el salón, decepcionados. La Vítora le agarró de
la mano:
—Vamos, hijo
—dijo—; vámonos a la cama.
Entró con él en
el cuarto de baño amarillo, levantó la tapa y le puso de pie sobre la taza.
—Haz un pis
bien grande —añadió sosteniéndole por la cintura.
Quico, la
barbilla incrustada en el pecho, observaba el arco delgado y transparente que,
misteriosamente, proyectaba su cuerpo. Al concluir, escurrieron cuatro gotitas
y el breve apéndice se desmayó.
Se despabiló de
repente.
—¡Huy! —dijo—,
me se dobla el pito.
La Vítora le
tomó por las axilas.
—A ver
—respondió. Apagó la luz del aseo al salir.
¿Por qué me se
dobla el pito, Vito?
—Como es de
carne. Si fuera de madera o de hierro...
La Vítora se
puso de pie sobre la cuna. Dijo Quico:
—De carne
cocida, ¿verdad, Vito?; el pito es de carne cocida.
—A ver; de
carne cocida.
Las manos
agarrotadas de la Vito iban desembarazándole del jersey rojo, los pantalones,
la blusa azul y los calzoncillos y ella depositaba las prendas, cuidadosamente
dobladas sobre la butaca forrada de plástico.
Quico bostezó
aparatosamente.
—Estás que te
caes de sueño, ¿eh?
El niño
asintió. Miraba al {ángel de la Guarda, y al sillón rameado y a las
escalerillas metálicas, y a las camas vacías de sus hermanos flanqueando su
cuna, y al Arco Iris. La Vito se sentó en la cama de Marcos, sentó a Quico
sobre sí y le quitó las zapatillas y los calcetines. Tomó el pijama amarillo:
—Anda, mete...;
no, la otra mano, así.
Le abotonó la
chaqueta hasta el cuello y dijo:
—A ver si no te
meas la cama como ayer, que ya eres un mozo.
Abrió la cuna y
depositó al niño entre las sábanas blancas. Dijo Quico:
—Y si no me
hago pis voy al cole con Juan.
—A ver.
—¿Mañana?
—No hay día más
cerca. A ver:
“Jesusitooo...”
Quico bostezó
de nuevo y, al concluir, paladeó el bostezo y prosiguió:
—De mi vida,
eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón.
Dijo la Vito:
—Tuyo es.
—Mío no
—respondió el niño.
La Vítora le
arropó maternalmente.
Dijo de súbito:
—No hemos
rezado por el Femio.
¿Quieres que
rezemos un poco por el Femio, Quico?
—Sí, Vito
—respondió Quico, medio dormido—. ¿Se va el Femio a la guerra de Papá?
La Vítora
suspiró hondo:
—Para el caso.
A ver, junta las manos, así. “Jesusitooo...”
—... de mi
vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón.
—Tuyo es...
—Mío no.
—Que el Femio
haga buen viaje, amén —concluyó la Vítora.
Le arropó de
nuevo de forma que únicamente asomaran por el embozo los ojos y el gran
flequillo rubio y, finalmente, le besó en la frente ruido—
samente:
—Hasta mañana,
y a ver si no te meas en la cama.
Apagó la luz y
cerró la puerta.
Quico
permaneció unos segundos inmóvil, traspuesto, pero al oír el chasquido abrió
unos ojos terriblemente dilatados y, girándolos en las órbitas, sin moverse,
divisó el resplandor que se adentraba por el montante y, en la penumbra, la
inmovilidad amenazadora del {ángel de la Guarda y sus ojos y sus alas y, de
improviso, los cuernos y el rabo y, entonces, gritó con todos sus pulmones:
—¡Vito!
Pero nadie
acudió y el Demonio empezaba a rebullir y, a su lado, al pie de la cuna divisó
al Moro muerto y tornó a vocear:
—!¡Vito!!
Fue Domi la que
entró:
—¿A santo de
qué armas este escándalo? ¿Qué es lo que quieres, di?
—Agua —dijo
Quico, repentinamente apaciguado y, bajo la luz, al amparo de la Domi, el
Demonio volvía a ser el {ángel de la Guarda, sin cuernos ni rabo, y el Moro, el
orinal verde de plástico, y cuando retornó la Domi y le dijo: “Toma, agua”, él
bebió un buche y dijo: “Sí, Domi”, y la Domi gruñó: “Y no me pidas agua ni vino
porque no vuelvo a venir, ya lo sabes”, y él respondió: “Sí, Domi” y se tumbó y
apretó los párpados para no advertir el advenimiento de las tinieblas, mas al
sentir el ruido de la puerta, abrió un ojo, y, en la penumbra, divisó a
Longinos levantando la mano con una enorme jeringa y, detrás, al Soldado,
acurrucado, con un puñal, en actitud de clavarle, y sin acertar a dominarse
voceó otra vez:
—¡Vito!
Mas, a su
grito, Longinos se puso en marcha y el Soldado se incorporó y Quico, aterrado,
se cubrió cabeza y todo llorando a gritos y repitiendo histéricamente: “Vito,
Vito, ven”, pero, nuevamente, acudió la Domi y dio la luz y se plantó a los
pies de la cuna, los brazos cruzados sobre el pecho:
—¿Puede saberse
qué tripa se te ha roto ahora? —preguntó acremente.
Longinos no era
ya Longinos, ni remotamente, sino el costado de la librería con el jarrón
encima y el Soldado tampoco era el Solado, sino la butaca de plástico, con su
ropita minuciosamente doblada, y Quico dijo:
—Quiero pis.
—¿No te ha
puesto la Vito?
—No.
Le incorporó y
le arrimó el orinal de plástico verde. Aguardó pacientemente:
—Ya ves —dijo,
al cabo— cuánto pis, cuatro gotas. Lo que hace falta es que no te mees la cama,
marrano.
Quico volvió a
tenderse y se tapó los ojos cerrados con el embozo, pero, apenas lo había
hecho, cuando sintió sobre sí un frenético aleteo y chilló de nuevo:
—¡Domi!
La Domi abrió
la puerta:
—Buena nos ha
caído —rutó—. ¿Qué es lo que quieres ahora?
La voz de Quico
era agresiva:
—¡Pues que no
cierres!
La Domi dejó la
puerta entornada, mas al sentir los pasos que se alejaban, Quico volvió a
gritar:
—¡Domi!
—¿Qué?
—¡Pues que se
acueste Pablo!
—Pablo tiene
que cenar, de modo que ya lo sabes.
—¡Pues...
pues... pues que venga Mamá!
—Tu Mamá está
ocupada.
—¡Pues quiero
que venga!
—A dormir
—cerró la puerta.
—!!¡Mamá!!!
Oyó los tacones
de Mamá a lo lejos, en el entarimado y la Domi abrió la puerta. Su voz se hizo
meliflua, extrañamente acariciadora:
—Quico, hijo,
¿no ves que tu Mamá tiene que cenar?
Los tacones de
Mamá repicaban ahora en los baldosines del pasillo. Oyó su voz:
—¿Qué pasa?
—Ya ve, que no
se quiere dormir —respondió la Domi.
Pero Mamá ya
estaba junto a él y se sentó en la cama de Marcos y le decía suavemente:
—¿Qué pasa,
Quico? ¿Tienes miedo?
—Sí —musitó
Quico.
—¿Y a qué tiene
miedo mi niño?
Quico sacó la
mano por el embozo y, a tientas, buscó la de Mamá.
Mamá se la
oprimió entre las suyas y él notó en seguida el calor protector:
—Venía el
Demonio cuando tú no estabas y me llevaba de los pelos al infierno, con el
Moro, y luego Longinos me pinchaba y el Soldado iba con el puñal de dos filos,
y el Fantasma...
—Huy, cuántas
historias; ¿quién te cuenta esas historias, Quico?
La voz de Mamá
amansaba sus nervios y, en la penumbra, todo tenía ahora su perfil normal. Dijo
Quico:
—La Domi.
—Esa Domi...
—dijo Mamá.
Descendía sobre
él el sueño, un sueño pesado, irresistible, pero aún oprimió dos veces la mano
de Mamá antes de que sus deditos se aflojaran y su respiración se acompasase.
Mamá permaneció unos minutos a su lado y, luego, se incorporó quedamente,
introdujo la mano de Quico bajo las ropas y abandonó la habitación andando de
puntillas. Al llegar frente a la puerta de la cocina, la Domi le salió al paso:
—¿Qué quería el
niño, señora?
—Mi mano —dijo
Mamá.
—¿Su mano?
—Tenía miedo.
—¡Ah!
La Domi relajó
su expresión y en sus ojos brilló una chispa de ternura:
—A saber qué
tendrá la mano de una madre —dijo.
Mamá adoptó un
gesto duro para replicar:
—Lo malo es
luego —dijo—, el día que falta Mamá o se dan cuenta de que Mamá siente los
mismos temores que sienten ellos. Y lo peor es que eso ya no tiene remedio.
Fin


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