© Libro No. 481. Juventud. Coetzee, J. M. Colección E.O. Septiembre 7 de
2013.
Título original: © Youth J. M. Coetzee
Versión Original: © Youth J. M. Coetzee
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
John M. Coetzee
(Ciudad del Cabo, 1940)
Escritor sudafricano en lengua inglesa. John Maxwell Coetzee nació en Ciudad
del Cabo el 9 de febrero de 1940. Cuando tenía ocho años, su familia se
trasladó a Worcester, en la provincia de Karoo, una zona casi desértica. Allí
transcurrió su infancia.
Su identidad étnica nunca le
resultó demasiado clara: en su familia inmediata se hablaba el inglés, pero con
otros parientes pesaba más el lado afrikáner, de cuya cultura, sin embargo,
Coetzee se sentía muy alejado. Su filiación religiosa no fue más diáfana, pues
su familia no era practicante, y a la confusión del niño se añadió el hecho de
crecer con compañeros protestantes, católicos y judíos.
Su padre era abogado y, en
casa, una figura cuya autoridad no siempre era bienvenida. Con su madre,
profesora de escuela, sucedía algo muy distinto: el niño Coetzee desarrolló
frente a ella un fuerte sentimiento de solidaridad, de mutuo apoyo, pero también
de repulsión y de culpa. «Él desearía que se comportase con ella como lo hace
con su hermano», escribió en Infancia, pero aclarando enseguida: «Sabe que se
pondría furioso si ella comenzara a protegerlo constantemente». La niñez de
Coetzee transcurrió en esos espacios alejados de la urbe y sus sofisticaciones.
Cuando tuvo que escoger
estudios universitarios, se decidió por la Universidad de Ciudad del Cabo. En
1961 terminó, con resultados excepcionales, sus estudios de lengua y literatura
inglesa y de matemáticas; esa doble disciplina determinó buena parte de su
futuro inmediato, pues ese mismo año viajó a Londres con la intención de
hacerse escritor, y fue su trabajo como programador informático el que le
permitió costearse la vida en la metrópolis del imperio.
Coetzee fue contratado, no
mucho tiempo después de su llegada, por IBM, pero el exceso de trabajo y la
rutina pronto le resultaron insoportables, y, luego de renunciar a su trabajo,
pudo dedicar más tiempo a la tesis en que estaba trabajando, un examen crítico
de Ford Madox Ford con el que obtuvo, en 1963, su maestría en humanidades por
la Universidad de Ciudad del Cabo. Dos años después subió a bordo de un barco
italiano rumbo a Estados Unidos. Para ser precisos, su destino era Austin,
Texas.
La influencia de Beckett
La Universidad de Texas
sería su hábitat natural durante los años siguientes. Allí, entre varios
trabajos filológicos, Coetzee escribió una disertación doctoral sobre la obra
de Samuel Beckett; en la Sala de Manuscritos de la universidad encontró los cuadernos
en que Beckett había escrito la novela Watt mientras se escondía de los
alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. El descubrimiento lo marcaría para
siempre, y Beckett se convertiría en una de sus influencias más notorias.
Hubo otros encuentros, tan
accidentales como aquél: en la biblioteca encontró las monografías del etnólogo
alemán Carl Meinhof acerca de lenguas sudafricanas como el hotentote. Eso le
llevó a retroceder en el tiempo hasta encontrar los inventarios lingüísticos
hechos por antiguos viajeros y misioneros, entre ellos uno de sus ancestros:
Jacobus Coetzee.
En 1968, cuando se mudó a
Buffalo para trabajar como profesor en la Universidad Estatal de Nueva York,
Coetzee comenzó la redacción de una especie de genealogía o memoria familiar.
El texto acabó por convertirse en su primera novela: Dusklands. Para cuando la
publicó, en 1974, ya había abandonado Estados Unidos, y llevaba dos años
ejerciendo como profesor en la Universidad de Ciudad del Cabo. Ese puesto
ocuparía la siguiente década de su vida.
Durante ese tiempo, Coetzee
escribió y siguió publicando con una regularidad sorprendente, como si se
hubiera fijado plazos de tres años para sus novelas. En 1977 apareció En medio
de ninguna parte; la repercusión de la novela fue extraordinaria, y el Premio
CNA, el más prestigioso del mundo literario sudafricano, fue para Coetzee una
especie de presentación en sociedad.
Luego vinieron Esperando a
los bárbaros (1980), Vida y época de Michael K (1983) y Foe (1986). En las dos
primeras ahondó en la condición de su país, en la culpa de los blancos
colonizadores y su posible expiación. Vida y época... ganó el Premio Booker, y
situó a su autor en el ámbito más amplio de la prosa en lengua inglesa. En Foe,
mientras tanto, Coetzee revisitaba el mito de Robinson Crusoe, desde el punto
de vista de una mujer que según Coetzee estaba en el mismo barco y que la
novela de Defoe deja al margen, y reflexionaba sobre el impulso «marginador» de
los hombres.
Autor consumado
El Premio Fémina de novela
extranjera de 1985 y el Premio Jerusalén de 1987 confirmaron que Coetzee podía
ser leído fuera del ámbito del colonialismo anglosajón. Mientras tanto, su
posición académica se afianzaba, y en 1984 fue nombrado profesor de literatura
general de la Universidad de Ciudad del Cabo.
Para entonces, Coetzee se
había enfrentado con buenos resultados al conflicto que parecía preocupar a sus
críticos más que a él mismo: ¿Cómo producir una literatura comprometida con su
tiempo y a la vez capaz de incorporar los sofisticados rasgos de la prosa
posmoderna? Después del experimento de Foe, Coetzee publicó su novela más
clásica, La edad de hierro (1990), un texto deudor de la literatura
confesional, y El maestro de Petersburgo (1994), dedicado a la figura de Fiodor
Dostoievski. Con esta novela Coetzee saldó una vieja deuda -el escritor ruso es
uno de los demonios presentes en su literatura- y demostró, de paso, que su
trayectoria no estaba definida de antemano: cada nuevo libro significaría un
nuevo desvío.
El siguiente desvío fue
Desgracia, novela con la que ganó en 1999 su segundo Premio Booker. Desgracia
se aleja del estilo alegórico de otros textos y utiliza procedimientos que
pueden ser llamados realistas. La década de los noventa fue para Coetzee la década
de la autobiografía. A pesar de sus dos libros de memorias, Coetzee no se
dejaría absorber por el remolino mediático.
En 2002 se mudó a Australia,
y ejerce desde entonces como profesor de la Universidad de Adelaida. La noticia
de que le había sido concedido el Premio Nobel de Literatura -poco después de
la publicación de Elizabeth Costello- causó una reacción doble en sus lectores:
de justicia, por el reconocimiento de la importancia de su obra, y de
preocupación, pues Coetzee se vería obligado por primera vez a salir de su
refugio y dar la cara ante las cámaras. Era el segundo autor sudafricano en
lograr el galardón, y la Academia sueca destacó la «brillantez y la honestidad
intelectual» del autor, así como su «conciencia crítica».
Como sus libros, Coetzee ha
hecho del aislamiento un valor. Su vida de novelista se ha mantenido al margen
de los círculos sociales de la literatura; Coetzee escribe y trabaja en
privado, y, al contrario de las tendencias contemporáneas, se ha asegurado de
que sus datos biográficos interesen menos que sus novelas.
Desde esa perspectiva, ha
llevado a cabo una de las obras más sólidas de aquello que ha dado en llamarse
literatura poscolonial, aunque las etiquetas le importan poco: en sus novelas,
la experiencia de su país, Sudáfrica, y la suya como hombre blanco en el
territorio del apartheid, se han mezclado felizmente con el ejercicio de la
crítica literaria, y han procurado no hacer del compromiso político el fetiche
que es para tantos novelistas de territorios conflictivos.
El hecho de que haya logrado
prescindir de la propaganda, y al mismo tiempo realizar un cuestionamiento de
las realidades del colonialismo equiparable al de Joseph Conrad, es el
verdadero testimonio de su potencia como artista y crítico social.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/coetzee.htm
Juventud
J. M. Coetzee
Título original: Youth
Juventud J.
M. Coetzee
Vive
en un apartamento de una sola habitación junto a la estación de ferrocarril de
Mowbray que le cuesta once guineas al mes. El último día laborable de cada mes
coge el tren para ir a la ciudad, a Loop Street, donde A. & B. Levy,
agentes inmobiliarios, tienen su placa metálica y su despacho minúsculo. Al
señor B. Levy, el menor de los hermanos Levy, le entrega el sobre con el
alquiler. El señor Levy vacía el sobre encima de su mesa abarrotada y cuenta el
dinero. Gruñendo y sudando, le hace un recibo.
-¡Voilá,
joven! -dice, y se lo da haciendo una floritura.
Se
esfuerza mucho para no retrasarse con el alquiler porque está en el apartamento
de manera fraudulenta. Cuando firmó el contrato de arrendamiento y les pagó la
entrada a A. & B. Levy, no rellenó su ocupación con «estudiante», sino con
«ayudante de bibliotecario», y dio la biblioteca de la universidad como
dirección de trabajo.
No es
mentira, o no del todo. De lunes a viernes trabaja atendiendo el mostrador de
la sala de lectura por las noches. Es un trabajo que la mayoría de los
bibliotecarios, sobre todo mujeres, prefieren no hacer porque por las noches el
campus, situado en la ladera de una montaña, resulta demasiado lúgubre y
solitario. Incluso él siente un escalofrío cuando abre la cerradura de la
puerta y avanza a tientas por el pasillo a oscuras hasta el interruptor
central. A un maleante le resultaría muy sencillo esconderse entre las
estanterías cuando el personal se va a casa a las cinco en punto, luego
desvalijar las oficinas vacías y esperar en la oscuridad para atacarlo a él, el
ayudante de noche, y quitarle las llaves.
No hay
muchos estudiantes que usen la biblioteca por la noche; en realidad, muy pocos
saben que está abierta. Así que no tiene mucho que hacer. Los diez chelines por
noche que gana son dinero fácil.
A
veces se imagina que una chica guapa con un vestido blanco entra en la sala de
lectura y se queda deambulando después de la hora de cierre. Se imagina que le
enseña los misterios del taller de encuadernación y de la sala de catalogación
y que luego sale con ella a la noche estrellada. Nunca sucede.
Trabajar
en la biblioteca no es su único empleo. Los miércoles por la tarde ayuda en las
tutorías de primer año del departamento de matemáticas (tres libras a la
semana); los viernes dirige comedias escogidas de Shakespeare con los alumnos
de diplomatura de teatro
(dos
libras con diez), y a última hora de la tarde trabaja en una escuela de
refuerzo de Rondebosch enseñando a unos cuantos bobos a pasar el examen de
matriculación (tres chelines por hora). Durante las vacaciones trabaja para el
municipio (Departamento de Vivienda)
sacando
datos estadísticos de encuestas a domicilio. En conjunto, cuando suma todo lo
que gana, anda bastante holgado de dinero: lo bastante como para pagar el
alquiler, las tasas de la universidad, aguantar el tipo e incluso ahorrar un
poco. Puede que solamente tenga diecinueve años, pero se las apaña solo y no
depende de nadie.
Las
necesidades corporales las trata como cuestiones de simple sentido común. Todos
los domingos hierve huesos con tuétano, judías y apio para preparar una olla
grande de sopa que le dure toda la semana. Los viernes visita el mercado de
Salt Lake en busca de una caja de manzanas o guayabas o la fruta que esté de
temporada. Todas las mañanas el lechero le deja una pinta de leche en la
puerta. Cuando le sobra, la cuelga encima del fregadero en una media vieja de
nailon y hace queso. Además, compra pan en la tienda de la esquina. Es una
dieta que aprobaría Rousseau, o Platón. En cuanto a la ropa, tiene una chaqueta
y unos pantalones buenos que se pone para ir a clase. El resto del tiempo, hace
durar la ropa vieja.
Está
demostrando algo: que todo hombre es una isla. Que uno no necesita padres.
Algunas
noches, mientras camina penosamente por Main Road con su impermeable, sus
pantalones cortos y sus sandalias, el pelo aplastado por la lluvia y
deslumbrado por los faros de los coches que pasan, es consciente de lo extraño
que debe de ser su aspecto. No excéntrico
(tener
un aspecto excéntrico resulta de alguna forma distinguido), simplemente
extraño. El disgusto le hace rechinar los dientes y acelera el paso.
Es
delgado y ágil, pero al mismo tiempo es flácido. Le gustaría ser atractivo,
pero sabe que no lo es. Le falta algo esencial, algún rasgo bien definido.
Sigue teniendo un aire de niño. ¿Cuánto tiempo va a tardar en dejar de ser un
niño? ¿Qué le va a curar de la niñez y lo va a convertir en hombre?
Lo que
le curaría, si llegara, sería el amor. Puede que no crea en Dios, pero sí cree
en el amor y en los poderes del amor. La amada, la señalada por el destino,
será capaz de ver de inmediato más allá de su exterior extraño e incluso
insulso y percibir el fuego que arde en su interior. Mientras tanto, tener un
aspecto insulso o extraño es parte de un purgatorio que tiene que pasar a fin
de salir algún día a la luz: la luz del amor y la luz del arte. Porque será
artista, eso ya hace tiempo que está decidido. Si de momento tiene que ser
desconocido y ridículo, se debe a que el destino del artista es sufrir el
anonimato y el ridículo hasta el día en que se revelen sus verdaderos poderes y
quienes se burlan y se mofan de él tengan que callarse.
Cada
par de sandalias le cuesta dos chelines y seis peniques. Son de goma y las
confeccionan en algún lugar de África, quizá en Malawi.
Cuando
se mojan, resbalan de la planta del pie. En el invierno de Ciudad del Cabo
llueve durante semanas seguidas. Cuando camina bajo la lluvia por Main Road, a
veces tiene que pararse para recoger una sandalia que se le ha salido. En esos
momentos puede ver a los burgueses de Ciudad del Cabo riéndose al pasar
cobijados dentro de sus coches. ¡Reíos!, piensa. Pronto me marcharé.
Su
mejor amigo se llama Paul y estudia matemáticas igual que él. Paul es alto y
moreno y tiene una aventura con una mujer mayor, una mujer llamada Elinor
Laurier, pequeña, rubia y bonita de una forma nerviosa, como un pájaro. Paul se
queja de los impredecibles cambios de humor de Elinor y por las exigencias que
le plantea. A pesar de todo, envidia a Paul. Si él tuviera una amante hermosa y
con mucho mundo que fumara con boquilla y hablara francés, no le cabe duda de
que pronto viviría una transformación, incluso una transfiguración.
Elinor
y su hermana gemela nacieron en Inglaterra; llegaron a Sudáfrica con quince
años, tras la guerra. Su madre, según Paul, según Elinor, solía enfrentar a las
dos niñas, otorgando su apoyo y amor primero a una y luego a la otra,
confundiéndolas, haciendo que dependieran de ella. Elinor, la más fuerte de las
dos, conservó la cordura, aunque todavía llora en sueños y guarda un osito de
peluche en un cajón. Su hermana, sin embargo, durante un tiempo estuvo lo
bastante loca como para que la encerraran. Todavía está en tratamiento, y sigue
luchando con el fantasma de la madre muerta.
Elinor
enseña en una escuela de idiomas de la ciudad. Desde que empezó con ella, Paul
fue absorbido por el grupo de Elinor, un grupo de artistas e intelectuales que
viven en los Jardines, visten jerséis negros, vaqueros y sandalias de esparto,
beben vino tinto y fuman Gauloises, citan a Camus y García Lorca,
escuchan jazz progresivo. Uno de ellos toca la guitarra española y se le puede
convencer para que haga una imitación de cante jondo. Al no tener trabajos
normales, pasan en vela toda la noche y duermen hasta el mediodía. Odian a los
nacionalistas, pero no están politizados. Si tuvieran dinero, dicen, dejarían
la ignorante Sudáfrica y se mudarían a Montmartre o las islas Baleares.
Paul y
Elinor le llevaron a una de sus reuniones, organizada en un bungalow de la
playa Clifton. La hermana de Elinor, la inestable de quien le habían hablado,
es una de las asistentes. Según Paul, la hermana de Elinor tiene una aventura
con el propietario del bungalow, un hombre de rostro rubicundo que escribe para
el Cape Times.
La
hermana se llama Jacqueline. Es más alta que Elinor, sus rasgos no son tan
delicados, pero aun así es bonita. Está llena de una energía nerviosa, encadena
un cigarrillo tras otro, gesticula al hablar. Se lleva bien con ella. Es menos
cáustica que Elinor, lo cual para él es un alivio.
La
gente cáustica le incomoda. Sospecha que intercambian agudezas sobre él a sus
espaldas.
Jacqueline
propone dar un paseo por la playa. De la mano (¿cómo ha ocurrido?) y a la luz
de la luna, pasean por toda la playa. En un rincón solitario entre las rocas
ella se gira hacia él, hace un mohín, le ofrece sus labios.
Él
responde, pero incómodo. ¿Adónde le conducirá esto? Nunca le ha hecho el amor a
una mujer mayor que él. ¿Y si no da la talla?
Le
conduce, descubre, hasta el final. Él continúa sin resistirse, hace cuanto
puede, sigue con la función, incluso finge al final dejarse llevar.
En
realidad no se ha dejado llevar. No solo está la cuestión de la arena, que se
cuela por todos lados, también está el insidioso tema de por qué esta mujer, a
quien nunca había visto, se le entrega. ¿Resulta creíble que en el decurso de
una conversación casual ella detectara la llama que arde oculta en su interior,
la llama que lo identifica como artista?
¿O
simplemente es una ninfómana y eso era sobre lo que Paul, a su manera delicada,
le advertía al decirle que ella continuaba «en tratamiento»?
No es
un completo lego en el sexo. Si el hombre no ha disfrutado haciendo el amor,
entonces la mujer tampoco habrá disfrutado: eso sí lo sabe, es una de las
reglas del sexo. Pero ¿qué ocurre después, entre un hombre y una mujer que han
fracasado en el juego? ¿Están condenados a recordar su fracaso cada vez que
vuelvan a encontrarse, y a sentirse avergonzados?
Es
tarde, la noche se está enfriando. Se visten y regresan en silencio al
bungalow, donde la fiesta ha empezado a decaer. Jacqueline recoge los zapatos y
el bolso.
–Buenas
noches –dice a su anfitrión, besándolo en la mejilla.
-¿Te
vas? –pregunta él.
-Sí,
voy a llevar a John a casa –responde ella.
Su
anfitrión no parece desconcertado.
–Bueno,
pues que lo paséis bien –dice–. Los dos.
Jacqueline
es enfermera. Él nunca ha estado con una enfermera, pero le han contado que,
por el hecho de trabajar entre enfermos y moribundos y atender a las
necesidades corporales, las enfermeras son cínicas en cuestiones morales. Los
estudiantes de medicina esperan con ilusión la época en que cubrirán turnos de
noche en el hospital. Las enfermeras se mueren por tener relaciones sexuales,
dicen. Follan en cualquier sitio, en cualquier momento.
Jacqueline,
sin embargo, no es una enfermera cualquiera. Es una enfermera del Guy, se
apresura a explicarle ella, formada en obstetricia en el Guy's Hospital de
Londres. En la pechera de la casaca, con las insignias rojas, lleva una chapita
de bronce, un casco y un guante con la divisa PER ARDUA. No trabaja en Groote
Schuur, el hospital público, sino en una clínica de maternidad privada, donde
la paga es mejor.
Dos
días después del encuentro en la playa de Clifton él se pasa por la residencia
de las enfermeras. Jacqueline le está esperando en el vestíbulo principal,
vestida para salir, y se van de inmediato. Varias caras se asoman a mirarlos
desde una ventana del piso superior; se da cuenta de que otras enfermeras le
observan con curiosidad. Es demasiado joven, está claro que es demasiado joven
para una mujer de treinta años; y con sus ropas sosas y sin coche, también está
claro que no es un gran partido.
Al
cabo de una semana Jacqueline ha abandonado la residencia de enfermeras y se ha
mudado al apartamento con él. Al echar la vista atrás, él no recuerda haberla
invitado: sencillamente no supo resistirse.
Nunca
ha vivido con nadie antes, desde luego, no con una mujer, una amante. Incluso
de niño tenía una habitación propia con cerrojo en la puerta.
El
piso de Mowbray se compone de una habitación grande, con una entrada que
conduce a la cocina y el baño. ¿Cómo va a sobrevivir?
Intenta
recibir de forma acogedora a su repentina compañera nueva, intenta dejarle
sitio. Pero pasados unos días ha empezado a molestarle la acumulación de cajas
y maletas, la ropa tirada por todos lados, el desorden del lavabo. Le tiene
pavor al ruido del escúter que anuncia el regreso de Jacqueline tras el turno
de día. Aunque todavía hacen el amor, crece el silencio entre los dos, con él
sentado a la mesa fingiéndose absorto en sus libros y ella deambulando, sin que
nadie le haga caso, suspirando, fumando un cigarrillo tras otro.
Jacqueline
suspira mucho. Es el modo en que se expresa su neurosis, si es que se trata de
eso, de una neurosis: suspirar y sentirse exhausta y llorar a veces en
silencio. La energía, las risas y el descaro de su primer encuentro han quedado
en nada. La felicidad de aquella noche fue un simple claro en las nubes de la
melancolía, tal vez el efecto del alcohol, o incluso puede que Jacqueline le
tomara el pelo.
Duermen
juntos en una cama individual. En la cama, Jacqueline habla sin parar de
hombres que la han utilizado, de terapeutas que se han apoderado de su mente y
la han convertido en su muñeca. El se pregunta si también es uno de esos
hombres. ¿La está utilizando? ¿Hay otro hombre con el que se queje de él? Él se
duerme mientras Jacqueline sigue hablando, por la mañana se despierta ojeroso.
Jacqueline
es una mujer atractiva, se mire como se mire, más sofisticada, con más mundo de
lo que él merece. La cruda verdad es que, de no ser por la rivalidad entre las
dos mellizas, no se acostaría con él. Es un peón en la partida de ellas, un
juego que antecede con mucho a su entrada en escena: no se engaña al respecto.
No obstante, ya que ha sido el elegido, no debería cuestionarse su buena
suerte.
Comparte
apartamento con una mujer diez años mayor que él, una mujer experimentada que
durante su época del Guy's Hospital se ha acostado (dice) con ingleses,
franceses, italianos, hasta con un persa.
Si no
puede proclamar que le quieren por sí misma, al menos se le ha dado la
oportunidad de ampliar su educación en el campo de la erótica.
Tales
son sus esperanzas. Pero tras un turno de doce horas en la maternidad seguido
de una cena consistente en coliflor con bechamel y una velada de silencio
taciturno, Jacqueline no se siente muy generosa consigo misma. Cuando le besa,
si es que le besa, lo hace por obligación, porque si el sexo no es la razón de
que dos adultos se hayan encerrado en un espacio vital tan incómodo y apretado,
¿qué otro motivo pueden tener para estar allí?
La
crisis estalla mientras él está fuera. Jacqueline busca su diario y lee lo que
él ha escrito sobre su vida en común. Al regresar la encuentra haciendo las
maletas.
-¿Qué
ocurre? -pregunta él.
Con
los labios apretados, Jacqueline señala el diario abierto que hay sobre la
mesa.
Él
monta en cólera.
-¡No
vas a impedir que escriba! -promete. Es una incongruencia, y lo sabe.
Ella
también está enfadada, pero de un modo más frío y profundo.
-Si
tal como dices, te resulto una carga insoportable -dice ella-, si estoy
destruyendo tu paz y tu privacidad y tu capacidad de escribir, déjame que te
diga que por mi parte he odiado vivir contigo, cada minuto que he pasado aquí,
y no veo el momento de ser libre.
Lo que
él debería haber dicho es que no deben leerse los papeles privados de los
demás. De hecho, debería haber escondido su diario, no dejarlo donde ella
pudiera encontrarlo. Pero ahora es demasiado tarde, el mal está hecho.
Contempla
a Jacqueline hacer las maletas, la ayuda a asegurar la bolsa en el sillín del
escúter.
-Con
tu permiso, me quedaré la llave hasta que haya recogido el resto de mis cosas
-dice. Se coloca bruscamente el casco-. Adiós. Me has decepcionado, John. Puede
que seas listo, yo qué sé, pero todavía te queda madurar mucho. -Aprieta el
pedal. El motor no arranca. Pisa otra vez el pedal, y otra. El olor a gasolina
llena el aire. El carburador está inundado; solo puede esperarse a que se
seque.
-Entra
-le sugiere él. Imperturbable, ella se niega-. Lo siento. Todo.
El
entra en el piso dejándola en el callejón. A los cinco minutos oye el motor y
la motocicleta que se aleja.
¿Lo
lamenta? Desde luego, lamenta que Jacqueline leyera lo que leyó.
Pero
la verdadera cuestión es: ¿por qué motivos escribió lo que escribió? ¿Lo
escribió tal vez para que ella lo leyera? ¿Dejar sus verdaderos pensamientos
donde ella acabaría encontrándolos ha sido su modo de decirle lo que era
demasiado cobarde para explicarle a la cara? ¿Cuáles son sus verdaderos
pensamientos, de todos modos? Unos días se siente feliz, incluso privilegiado,
por vivir con una mujer bella, o al menos por no vivir solo. Otros días se
siente de otro modo. ¿Qué es verdad: la felicidad, la infelicidad o un punto
medio entre una y otra?
La
cuestión de qué debería tener entrada en su diario y ser guardado para siempre
afecta al corazón de todo lo que escribe. Si tiene que censurarse la expresión
de emociones innobles -el resentimiento ante la invasión de su apartamento o la
vergüenza ante sus errores como amante-, ¿cómo van a transfigurarse nunca tales
emociones y convertirse en poesía? Y si la poesía no ha de ser el medio que lo
transfigure de innoble a noble, ¿para qué interesarse por la poesía?
Además,
¿quién dice que los pensamientos que escribe en su diario son sus sentimientos
verdaderos? ¿Quién dice que mientras mueve el bolígrafo está siendo en todo
momento él mismo de verdad? Puede que en un momento sea él y en otro
simplemente esté inventando. ¿Cómo puede estar seguro? ¿Por qué tendría que
querer estarlo?
Rara
vez las cosas son lo que parecen: esto es lo que debería haberle dicho a
Jacqueline. Sin embargo, ¿qué oportunidades tenía de que le hubiera entendido?
¿Cómo iba a creer ella que lo que había leído en el diario no era la verdad, la
innoble verdad, de lo que pasaba por la cabeza de su compañero durante esas
densas tardes de silencio y suspiros, sino una ficción, una de las muchas
ficciones posibles, verdad solo en el sentido en que lo es una obra de arte
-verdad con respecto a sí misma, verdad con respecto a sus objetivos
inmanentes-, cuando la innoble lectura coincidía tantísimo con su propia
sospecha de que su compañero no la amaba, de que a él ni siquiera le gustaba?
Jacqueline
no le creerá por la sencilla razón de que él tampoco se lo cree. No sabe lo que
cree. A veces piensa que no cree en nada. Pero una vez pasado todo, queda el
hecho de que su primer intento de convivencia con una mujer ha terminado en
fracaso, en la ignominia.
Tiene
que volver a vivir solo, lo cual no es poco consuelo. Sin embargo, no puede
vivir siempre solo. Tener amantes forma parte de la vida del artista: incluso
si esquiva la trampa del matrimonio, tal como desde luego hará, tendrá que
encontrar el modo de vivir con mujeres. No puede alimentarse el arte solo con
privaciones, añoranza, soledad.
Tiene
que haber intimidad, pasión, también amor.
Picasso,
un gran artista, tal vez el más grande, es un ejemplo evidente.
Picasso
se enamora de mujeres, una tras otra. Una tras otra se van a vivir con él,
comparten su vida, posan para él. De la pasión que se enciende de nuevo con
cada nueva amante, las Doras y Pilares a quienes la suerte trae hasta la puerta
del artista renacen en arte imperecedero. Así es como se hace. ¿Y él? ¿Puede
prometer que todas las mujeres de su vida, no solo Jacqueline sino todas las
mujeres inimaginables que vendrán, tendrán idéntico destino? Le gustaría
creerlo, pero tiene sus dudas. Solo el tiempo dirá si resultará ser tan grande
como Picasso, pero una cosa es segura: él no es Picasso. Su sensibilidad es
diferente de la de Picasso. Él es más tranquilo, más lúgubre, más del norte.
Tampoco tiene los hipnóticos ojos negros de Picasso. Si alguna vez intenta
transfigurar a una mujer, no lo hará con tanta crueldad como Picasso, doblando
y retorciendo el cuerpo de ella como si fuera metal en un horno feroz. De todos
modos, los escritores no son como los pintores: son más obstinados, más
sutiles.
¿Es
ese el sino de toda mujer que se mezcle con artistas, dejar que extraigan y
transformen en ficción lo mejor o lo peor de ella? Piensa en la Elena de Guerra
y paz. ¿Empezó Elena como amante de Tolstoi?
¿Supuso
que, mucho después de muerta, hombres que jamás le habían puesto la vista
encima desearían sus bellos hombros desnudos?
¿Tiene
que ser todo así de cruel? Seguro que existe alguna forma de cohabitación en la
que hombre y mujer comen juntos, duermen juntos, viven juntos y no obstante
permanecen inmersos en sus respectivas exploraciones interiores. ¿Por eso la
relación con Jacqueline estaba condenada al fracaso: porque, al no ser ella
artista, no podía apreciar la necesidad de soledad interior del artista? Si
Jacqueline hubiera sido escultora, por ejemplo, si hubieran destinado un rincón
del apartamento para que cincelara mármol mientras en otro rincón él se peleaba
con las palabras y las rimas, ¿habría florecido el amor? ¿La moraleja del
cuento de Jacqueline y él consiste en que es mejor que los artistas tengan
aventuras solo con artistas?
2
La
aventura ha terminado. Tras semanas de intimidad sofocante por fin vuelve a
tener una habitación para él solo. Apila las cajas y las maletas de Jacqueline
en un rincón y espera a que pasen a recogerlas. No ocurre. En cambio, una
noche, reaparece Jacqueline. Ha vuelto, dice ella, no para reanudar su
convivencia («Es imposible vivir contigo»), sino para hacer las paces («No
quiero que haya mala sangre, me deprime»), unas paces que comportan primero
acostarse con él y luego, ya en la cama, arengarle a propósito de lo que dijo
de ella en su diario. Jacqueline no se calla: no se van a dormir hasta las dos
de la madrugada.
Él se
despierta tarde, demasiado tarde para su clase de las ocho. No es la primera
que se salta desde que Jacqueline entró en su vida. Se está rezagando en los
estudios y no alcanza a vislumbrar cómo logrará ponerse al día. En los dos
primeros años de universidad ha sido uno de los lumbreras de la clase. Todo le
parecía fácil, siempre iba un paso por delante del profesor. Pero últimamente
parece que una niebla espesa le embote el cerebro. Las matemáticas que estudian
se han vuelto más modernas y abstractas y ha empezado a perderse. Todavía sigue
la explicación de la pizarra línea a línea, pero cada vez con más frecuencia se
le escapa el razonamiento global. Le dan ataques de pánico en clase que oculta
lo mejor que puede.
Curiosamente,
parece ser el único afectado. Ni siquiera los compañeros que solo cuentan con
su buena voluntad parecen tener más problemas de los habituales. Mientras que
las calificaciones de él bajan mes a mes, las de los otros se mantienen
estables. En cuanto a los lumbreras, los verdaderos lumbreras, sencillamente le
han dejado esforzándose por seguir su estela.
Jamás
en la vida ha tenido que recurrir a sus máximas capacidades.
Siempre
le ha bastado sin tener que hacerlo lo mejor que podía. Ahora lucha a vida o
muerte. A menos que se dedique plenamente a su trabajo, se hundirá.
Sin
embargo, pasa días enteros rodeado de una niebla gris de cansancio. Se maldice
por dejarse atraer de vuelta a una aventura que le cuesta tanto. Si esto es lo
que implica tener una amante, ¿cómo se las apañan Picasso y los demás?
Sencillamente, carece de la energía para ir de clase a clase, de un trabajo a
otro y después, al final del día, prestar atención a una mujer que pasa de la
euforia a rachas de la melancolía más negra en las que lo destroza todo
amargándose con rencores acumulados a lo largo de toda una vida.
Aunque
teóricamente ya no vive con él, Jacqueline no tiene reparos en presentarse en
su puerta a cualquier hora del día o de la noche. A veces viene a acusarle de
alguna palabra que se le ha escapado y cuyo significado velado acaba de ver
claro. A veces simplemente se siente deprimida y quiere que la animen. Lo peor
es el día de después de la terapia: se presenta para repetir una y otra vez lo
que ha ocurrido en la consulta de su terapeuta, para examinar las implicaciones
del gesto más nimio. Jacqueline suspira y llora, bebe un vaso de vino tras
otro, rompe la comunicación en mitad de la relación sexual.
-Deberías
ir a terapia -le dice Jacqueline, expulsando humo.
-Me lo
pensaré -replica él. A estas alturas ya sabe que no debe contradecirla.
En
realidad, no iría a terapia ni en sueños. La meta de la terapia es hacerte
feliz. ¿Qué sentido tiene? La gente feliz no es interesante. Mejor aceptar la
carga de la infelicidad e intentar transformarla en algo que valga la pena,
poesía, Música o pintura: es lo que él cree.
No
obstante, escucha a Jacqueline con toda la paciencia que puede. Él es el
hombre, ella la mujer: él ha obtenido placer de ella, ahora debe pagar el
precio. Parece que las aventuras amorosas funcionan así.
La
historia de Jacqueline, contada noche tras noche en versiones contradictorias y
coincidentes en parte a su oreja aturdida por el sueño, es que le ha robado su
verdadero yo un perseguidor que a veces es su tiránica madre, a veces el padre
que huyó, a veces un amante sádico u otro, a veces un terapeuta mefistofélico.
Lo que estás abrazando, le dice ella, es solo un caparazón de la verdadera
Jacqueline, que solo recuperará la capacidad de amar cuando se recupere a sí
misma.
Él
escucha pero no se la cree. Si su terapeuta tiene puestos los ojos en ella,
piensa él, ¿por qué no lo deja? Si su hermana la menosprecia, ¿por qué no deja
simplemente de ver a su hermana? En cuanto a él mismo, sospecha que si
Jacqueline ha acabado tratándolo más como a un confidente que como a un amante
es porque no es lo bastante bueno como amante, no es lo bastante fogoso,
apasionado. Sospecha que de ser mejor amante Jacqueline encontraría enseguida
su yo y su deseo perdidos.
¿Por
qué continúa abriendo la puerta cuando llama Jacqueline? ¿Es porque eso es lo
que hacen los artistas -pasar la noche en vela, complicarse la vida- o es
porque, pese a todo, le desconcierta esta mujer elegante de belleza innegable
que no se avergüenza de pasear desnuda por el apartamento ante sus ojos?
¿Por
qué Jacqueline es tan libre en presencia de él? ¿Es para provocarle
(puesto
que siente sus ojos clavándose en ella, eso lo sabe) o es que todas las
enfermeras se comportan así en privado, dejan caer la ropa, se rascan, hablan
con total naturalidad de la excreción, cuentan los mismos chistes soeces que
los hombres explican en los bares? Sin embargo, si Jacqueline se ha liberado de
todas las inhibiciones, ¿por qué hace el amor de forma tan distraída, a la
ligera, decepcionante?
No fue
idea de él empezar con esta aventura ni tampoco continuarla.
Pero
ahora que está en ello carece de la energía para escapar. Le domina el
fatalismo. Si la vida con Jacqueline es una especie de enfermedad, mejor dejar
que la enfermedad siga su curso.
Paul y
él son lo bastante caballerosos como para no comparar amantes.
No
obstante, él sospecha que Jacqueline Laurier habla de él con su hermana y esta
informa a Paul. Le avergüenza que Paul sepa lo que ocurre en su vida íntima.
Está seguro de que, de los dos, Paul maneja mejor a las mujeres.
Un día
que Jacqueline está trabajando en el turno de noche de la maternidad, él se
pasa por el piso de Paul. Le encuentra preparándose para irse a la casa de su
madre en Saint James, a pasar el fin de semana. ¿Por qué no te vienes, sugiere
Paul, al menos a pasar el sábado?
Pierden
el último tren por los pelos. Si insisten en ir a Saint James tendrán que andar
veinte kilómetros. La noche es buena. ¿Por qué no?
Paul
lleva la mochila y el violín. Ha cogido el violín, dice, porque es más fácil
practicar en Saint James, donde los vecinos están más lejos.
Paul
ha estudiado violín desde niño, pero nunca ha llegado demasiado lejos. Parece
contentarse con tocar los mismos pequeños minués y gigas que hace una década.
Las ambiciones musicales de él son mucho mayores. En el piso tiene el
instrumento que le compró su madre cuando a los quince años empezó a pedir
clases de piano. Las lecciones no fueron un éxito, era demasiado impaciente
para el lento método paso a paso de su maestro. De todos modos, está decidido a
tocar algún día, por muy mal que lo haga, el opus 132 de Beethoven y después la
trascripción Busoni de la chacona en re menor de Bach.
Alcanzará
sus objetivos sin dar el habitual rodeo por Czerny y Mozart.
En
lugar de eso ensayará esas dos piezas y nada más, incansablemente, aprendiendo
las notas a fuerza de tocarlas primero muy, muy lento e incrementando luego el
tempo día a día durante el tiempo que sea necesario. Es su método para aprender
a tocar el piano, inventado por él. Mientras siga el programa sin flaquear, no
ve por qué no iba a funcionar.
Sin
embargo, lo que está descubriendo es que si intenta pasar del muy, muy lento a
un simple muy lento, se le tensan y bloquean las muñecas, se le agarrotan las
articulaciones de los dedo, y le resulta imposible tocar. Entonces se enfurece,
aporrea las teclas con los puños y se va presa de la desesperación.
Pasa
de la medianoche y Paul y él todavía no han pasado de Wynberg.
Ha
disminuido el tráfico, la carretera principal está vacía salvo por el
barrendero que pasa empujando la escoba.
En
Diep River se cruzan con la carreta tirada por un caballo del lechero.
Se
paran a verle detener el caballo, recorrer al trote el sendero de un jardín,
dejar un par de botellas llenas, recoger las vacías, sacudir las monedas y
regresar corriendo al carro.
-¿Nos
vende un vaso de leche? -pregunta Paul, y le entrega cuatro peniques.
El
lechero sonríe mientras los observa beber.
El
lechero es joven y guapo y rebosa energía. Ni siquiera al gran caballo blanco
de cascos peludos parece importarle estar en pie en mitad de la noche.
Él se
maravilla. No sabe nada de estos asuntos que se llevan a cabo mientras la gente
duerme: se barren las calles y ¡se entrega la leche a la puerta de casa! Pero
le desconcierta una cosa. ¿Cómo es que no roban la leche? ¿Por qué no hay
ladrones que siguen los pasos del lechero y birlan las botellas que va
repartiendo? En una tierra donde la propiedad es delito y todo puede ser
robado, ¿qué salva a la leche? ¿El hecho de que sea demasiado fácil robarla?
¿Tienen principios que rijan su conducta los ladrones? ¿o sienten lástima de
los lecheros, en su mayoría jóvenes negros y sin recursos?
Le
gustaría creer en esta última explicación. Le gustaría creer que se siente
cierta lástima por los negros y su suerte, un deseo de tratarlos de manera
íntegra, de compensar la crueldad de las leyes. Pero sabe que no es así. Entre
los negros y los blancos se abre un abismo. Más profunda que la lástima, más
profunda que los tratos íntegros, más profunda que la buena voluntad es la
conciencia por ambas partes de que la gente como Paul y él mismo, con sus
pianos y violines, están en esta tierra, en la tierra de Sudáfrica, con el más
inestable de los pretextos. Incluso este lechero, que hace un año debía de ser
un niño que cuidaba el rebaño en las profundidades de Transkei, debe de
saberlo. De hecho, siente emanar de los africanos en general, incluso los mestizos,
una ternura curiosa y divertida: la impresión de que debe de ser bobo y
necesitar que lo cuiden si es que imagina que podrá salir adelante a fuerza de
miradas directas y tratos íntegros cuando el suelo que pisa está empapado de
sangre y las vastas profundidades de la historia pasada resuenan con gritos de
ira. ¿Por qué si no este joven, con los primeros indicios del viento diurno
acariciando las crines de su caballo, sonríe con amabilidad mientras contempla
a los dos hombres beberse la leche que les ha dado?
Llegan
a la casa de Saint James al romper el alba. Cae dormido en el sofá al instante
y duerme hasta el mediodía, cuando la madre de Paul los despierta y les sirve
el desayuno en un porche con vistas a toda la extensión de False Bay.
Paul y
su madre cruzan conversaciones en las que él se siente incluido con facilidad.
La madre de Paul es fotógrafa con estudio propio. Es de constitución pequeña y
viste bien, tiene voz ronca de fumadora y aire inquieto. Después de comer se
va: tiene trabajo que hacer, dice.
El y
Paul se acercan a la playa, nadan, vuelven, juegan al ajedrez.
Luego
él coge el tren de vuelta a casa. Es el primer atisbo de la vida doméstica de
Paul, y se siente lleno de envidia. ¿Por qué no puede tener una relación bonita
y normal con su madre? Le gustaría que su madre fuera como la de Paul, que
tuviera una vida propia fuera del estrecho ámbito familiar.
Fue
para escapar de la opresión de la familia para lo que se fue de casa. Ahora
rara vez ve a sus padres. Aunque vive a un paseo de su casa, no va a
visitarlos. Nunca ha llevado a Paul a verlos, ni a ninguno de sus otros amigos,
por no hablar de Jacqueline. Ahora que dispone de ingresos propios, emplea su
independencia para excluir a sus padres de su vida. A su madre le angustia esta
frialdad, lo sabe, la frialdad con la que él le devuelve el amor que ella le ha
dado toda la vida. Toda la vida su madre ha querido mimarle, toda la vida él se
ha resistido. Aunque él insiste, su madre no se cree que gane lo suficiente
para vivir. Cuando se ven intenta colarle algo de dinero en el bolsillo, un par
de libras.
«Una
nadería», lo llama ella. A poco que le diera ocasión, su madre le cosería
cortinas para el apartamento y le haría la colada. Tiene que endurecer su
corazón en contra de ella. Ahora no es momento de bajar la guardia.
3
Está
leyendo la correspondencia de Ezra Pound. A Ezra Pound lo despidieron de su
puesto en el Wabash College de Indiana por meter a una mujer en su habitación.
Furioso por semejante estrechez de miras provinciana, Pound abandonó América.
En Londres conoció a la bella Dorothy Shakespeare, con la que se casó, y se
trasladaron a Italia. Tras la Segunda Guerra Mundial fue acusado de ayudar y
secundar a los fascistas.
Para
eludir la pena de muerte alegó demencia y lo recluyeron en un manicomio.
Ahora,
en 1959, ya libre, Pound ha regresado a Italia y sigue trabajando en el
proyecto de su vida, los Cantos. Todos los Cantos publicados hasta la fecha
están en la biblioteca de la universidad de Ciudad del Cabo, en ediciones de
Faber en las que la procesión de versos en elegante tipografía queda
interrumpida de vez en cuando, como a golpes de gong, por caracteres chinos
enormes. Los Cantos le han absorbido; los lee y relee (saltándose con
sentimiento de culpa las densas secciones sobre Van Buren y los Malatesta) con
el libro de Hugh Kenner sobre Pound a modo de guía. T. S. Eliot, de forma
magnánima, llamó a Pound il migliorfabbro, el mejor artesano. Pese a lo
mucho que admira la obra de Eliot, cree que el poeta tiene razón.
Ezra
Pound ha sido perseguido la mayor parte de su vida: empujado al exilio,
encarcelado, expulsado de su patria por segunda vez. Sin embargo, pese a ser
considerado un loco, Pound ha demostrado ser un gran poeta, quizá tan grande
como Walt Whitman. Obedeciendo a su genio, ha sacrificado la vida por el arte.
como Eliot, aunque el sufrimiento de Eliot ha sido de una naturaleza más
privada. Eliot y Pound han llevado una vida de padecimiento y en ocasiones de
ignominia.
De
esto se extrae una lección, oculta en cada página de la poesía de ambos: de la
de Eliot, con la que tuvo su primer encuentro sobrecogedor cuando todavía iba
al colegio, y ahora de la de Pound.
Como
Pound y Eliot, tiene que estar preparado para soportar todo lo que la vida le
tenga reservado, incluso si significa el exilio, la labor no reconocida y el
oprobio. Y si no supera el supremo examen del arte, si resulta que después de
todo no está bendecido con el don, también tiene que estar preparado para
soportar eso: el veredicto irrevocable de la historia, el destino de ser, pese
a todos sus sufrimientos presentes y futuros, un artista menor. Muchos son los
llamados y pocos los elegidos. Por cada gran poeta hay una nube de poetas
menores, como mosquitos zumbando alrededor de un león.
Solo
uno de sus amigos comparte su pasión por Pound, Norbert.
Norbert
nació en Checoslovaquia, se trasladó a Sudáfrica tras la guerra, y habla inglés
con un leve deje alemán. Estudia para convertirse en ingeniero como su padre.
Viste con elegante formalidad europea y mantiene un noviazgo de lo más
respetable con una guapa muchacha de buena familia con la que sale de paseo una
vez por semana. Él y Norbert se reúnen en un salón de té a los pies de la
montaña donde comentan los últimos poemas de cada uno y se leen en voz alta sus
pasajes favoritos de Pound.
Le
sorprende e interesa que Norbert, un futuro ingeniero, y él, un futuro
matemático, sean discípulos de Ezra Pound mientras que otros estudiantes poetas
que conoce, los que estudian literatura y dirigen la revista literaria de la
universidad, siguen a Gerard Manley Hopkins. Él mismo pasó por una breve fase
de afición a Hopkins en el instituto durante la cual atiborró sus versos con
montones de monosílabos tónicos y evitó las palabras de origen latino. Pero con
el tiempo perdió interés por Hopkins, igual que ahora se encuentra en proceso
de perderlo por Shakespeare. Los versos de Hopkins están demasiado plagados de
consonantes; los de Shakespeare, de metáforas. Hopkins y Shakespeare también
dan demasiado valor a las palabras poco frecuentes, en particular a las del
inglés antiguo: mnw, recé, pef No ve por qué el verso siempre debe ir
ascendiendo hacia una cima declamatoria, por qué no puede contentarse con
seguir las flexiones de la lengua hablada ordinaria; de hecho, no ve por qué
tiene que ser tan diferente de la prosa.
Ha
comenzado a preferir a Pope antes que a Shakespeare, y a Swift antes que a
Pope. Pese a la cruel precisión de su fraseo, el cual aprueba, le sigue
pareciendo que Pope se encuentra demasiado como en su casa entre enaguas y
pelucas, mientras que Swift sigue siendo un salvaje, un solitario.
También
le gusta Chaucer. La Edad Media es aburrida, está obsesionada con la castidad,
infestada de clérigos; los poetas medievales son en su mayoría tímidos, siempre
recurren a los padres latinos en busca de guía. Pero Chaucer mantiene una
agradable distancia irónica con respecto a sus maestros. Y, a diferencia de
Shakespeare, no suelta una perorata sobre cualquier asunto y empieza a
despotricar.
En
cuanto a los demás poetas ingleses, Pound le ha enseñado a detectar el
sentimiento fácil en el que se regodean los románticos y los victorianos, por
no hablar de su descuidada versificación. Pound y Eliot intentan revitalizar la
poesía angloamericana devolviéndole la mordacidad de la francesa. Está
completamente de acuerdo con ellos.
No
entiende cómo en otro tiempo Keats pudo emocionarle hasta el punto de imitarle
al escribir sonetos. Keats es como la sandía, suave y dulce y carmesí, cuando
la poesía debería ser fuerte y clara como una llama. Leer media docena de
páginas escritas por Keats es como ceder a la seducción.
Si
supiera francés, se sentiría más seguro al tomar a Pound como maestro. Pero
todos sus esfuerzos por aprenderlo no le han servido de nada. No tiene sentido
de la lengua francesa, cuyas palabras arrancan con brusquedad solo para
perderse en un murmullo final. De manera que debe confiar en Pound y Eliot
cuando afirman que Baudelaire y Nerval, Corbiére y Laforgue marcan el camino a
seguir.
Su
plan, cuando ingresó en la universidad, consistía en licenciarse en
matemáticas, luego marcharse al extranjero y consagrarse al arte. Ahí acababa
el plan, tampoco necesitaba más, y hasta la fecha continúa según lo trazado.
Mientras perfeccione su destreza poética en el extranjero se ganará la vida con
alguna ocupación gris y respetable. Ya que los grandes artistas están
destinados a vivir en el anonimato durante un tiempo, imagina que cumplirá sus
años de prueba de oficinista, añadiendo humildemente columnas de cifras en una
trastienda. Desde luego no será ningún bohemio, es decir, un borracho gorrón y
haragán.
Lo que
le atrae de las matemáticas, aparte de los símbolos arcanos que se emplean, es
su pureza. Si en la universidad existiera un departamento de pensamiento puro
es probable que también se inscribiera, pero por lo visto las matemáticas puras
son lo más cercano al reino de las formas que la academia ofrece.
No
obstante, su plan de estudios se enfrenta a un obstáculo: la normativa no
permite estudiar matemáticas puras de manera exclusiva.
La
mayoría de los estudiantes de su clase combinan matemáticas puras, aplicadas y
física. Él no se siente capaz de seguir por ahí.
Aunque
de niño le interesaron vagamente los cohetes y la fisión nuclear, carece de
sensibilidad para lo que llaman el mundo real, no logra entender por qué en
física las cosas son como son. Por qué, por ejemplo, una pelota que bota acaba
por dejar de hacerlo. A sus compañeros de estudios la pregunta no les plantea
dificultades: porque su coeficiente de elasticidad es inferior a uno, dicen.
Pero ¿por qué tiene que serlo?, se pregunta. ¿Por qué no puede ser exactamente
uno o más de uno? Sus compañeros se encogen de hombros. Vivimos en el mundo
real, le dicen: en el mundo real el coeficiente de elasticidad es siempre
inferior a uno. A él esto no le parece una respuesta.
Puesto
que parecería que no siente la menor simpatía por el mundo real, evita las
ciencias y rellena los huecos de su currículo con cursos de inglés, filosofía y
clásicas. Le gustaría que pensaran en él como en un estudiante de matemáticas
que sigue unos cuantos cursos de letras, pero lamentablemente los estudiantes
de ciencias le consideran un intruso, un diletante que se presenta en las
clases de matemáticas y desaparece para ir Dios sabrá adónde.
Como
va a ser matemático, debe invertir la mayor parte de su tiempo en las
matemáticas. Pero las matemáticas son fáciles y el latín no. Latín es la
asignatura que lleva más floja. Años de instrucción en la escuela católica han
arraigado en él la lógica de la sintaxis latina; escribe con corrección cuando
batalla con la prosa ciceroniana; pero Virgilio y Horacio, con su orden azaroso
de las palabras y repugnante repertorio de términos, continúan frustrándole.
Le
asignan un grupo de tutoría de latín en el que la mayoría estudia también
griego. Saber griego les facilita el aprendizaje de latín; él tiene que
esforzarse para mantener el ritmo, para no quedar en ridículo.
Ojalá
hubiera ido a una escuela que enseñara griego.
Uno de
los atractivos secretos de las matemáticas es que emplea el alfabeto griego.
Aunque no conoce más palabras griegas que hibris, areté y eleuteria, pasa
horas perfeccionando la caligrafía del alfabeto griego, apretando más en los
trazos descendentes para darle el efecto de una Bodoni.
El
griego y las matemáticas constituyen a sus ojos las asignaturas más nobles que
puedan estudiarse en la universidad. Desde la distancia reverencia a los
profesores de griego, a cuyos cursos no puede asistir:
Anton
Paap, papirólogo; Maurice Pope, traductor de Sófocles; Maurits Heemstra,
comentarista de Heráclito. Junto con Douglas Sears, catedrático de matemáticas
puras, habitan un reino elevado.
Pese a
sus mayores esfuerzos, sus notas de latín no son altas. La historia romana le
baja siempre la media. El profesor encargado de impartir historia romana es un
inglés joven, pálido e infeliz interesado en realidad en Digenis Akritas. Los
estudiantes de derecho, obligados a estudiar latín, adivinan su falta de
carácter y le atormentan. Entran tarde y salen pronto; lanzan aviones de papel;
cuchichean en voz alta mientras habla; cuando suelta uno de sus flojas agudezas
se ríen a voz en cuello y dan golpes con los pies en el suelo sin parar.
La
verdad es que a él le aburren tanto como a los estudiantes de derecho, y quizá
también al profesor, las fluctuaciones del precio del trigo durante el reinado
de Cómodo. Sin hechos no hay historia, y él nunca ha tenido cabeza para los
hechos: cuando llegan los exámenes y se le invita a dar su opinión sobre qué
causó el qué en el Imperio tardío, se queda mirando la página en blanco con
amargura.
Leen a
Tácito traducido: áridos recitales sobre los excesos y atrocidades de los
emperadores donde únicamente la inexplicable prisa por enlazar frase tras frase
insinúa cierta ironía. Si va a convertirse en poeta debería estar estudiando a
Catulo, poeta del amor, al que traducen en las tutorías; pero es Tácito el
historiador, cuyo latín es tan difícil que no puede leerlo en el idioma
original, lo que le mantiene ocupado.
Siguiendo
el consejo de Pound, ha leído a Flaubert, primero Madame Bovary y después
Salambó, la novela de Flaubert sobre la Cartago de la Antigüedad, de igual
manera en que se ha negado tozudamente a leer a Victor Hugo. Hugo, dice Pound,
es un charlatán, mientras que Flaubert aplica a la escritura de la prosa la
difícil artesanía joyera de la poesía.
Siguen
a Flaubert, primero Henry James, después Conrad y Ford Madox Ford.
Le
gusta Flaubert. Emma Bovary en particular, con sus ojos negros, su sensualidad
inquieta, su disposición a entregarse, le tiene subyugado.
Le
gustaría acostarse con Emma, oír el famoso cinturón silbar como una serpiente
mientras ella se desviste. Pero ¿lo aprobaría Pound? No está seguro de que el
hecho de querer conocer a Emma sea una razón lo bastante buena para admirar a
Flaubert. Sospecha que en su sensibilidad queda todavía algo podrido, algo
keatsiano.
Desde
luego, Emma Bovary es un personaje de ficción, nunca se la encontrará en la
calle. Pero Emma no fue creada de la nada: sus orígenes se remontan a las
experiencias de carne y hueso de su autor, experiencias que luego fueron
sometidas al fuego transfigurador del arte. Si Emma tuvo un original, o varios,
de ello se deduce que en el mundo real deberían existir mujeres como Emma o
como su original. E incluso de no ser así, incluso si ninguna mujer del mundo
real acaba de ser como Emma, tiene que haber muchas mujeres a quienes la
lectura de Madame Bovary haya afectado tan hondamente que hayan caído bajo el
embrujo de Emma y se hayan convertido en versiones de ella.
Tal
vez no sean la Emma real pero en cierto sentido son su personificación en vida.
Ambiciona
leer todo lo que merezca ser leído antes de irse al extranjero, así no llegará
a Europa siendo un paleto de provincias.
Como
guías de lectura confía en Eliot y Pound. Siguiendo la autoridad de estos
poetas, desestima sin pensárselo estantería tras estantería de Scott, Dickens,
Thackeray, Trollope, Meredith. Tampoco nada salido del siglo XIX alemán,
italiano, español o escandinavo merece atención.
Puede
que Rusia haya producido algunos monstruos interesantes, pero como artistas los
rusos no tienen nada que enseñar. Desde el siglo XVIII la civilización ha sido
un asunto anglofrancés.
Por
otra parte, existen reductos de alta civilización en tiempos remotos que uno no
puede permitirse obviar: no solo Atenas y Roma, sino también la Alemania de
Walther von Vogelweide, la Provenza de Arnaut Daniel, la Florencia de Dante y
Guido Cavalcanti, por no hablar de la China Tang, la India mongola y la España
almorávide. De manera que, a menos que aprenda chino, persa y árabe, o al menos
idiomas suficientes para leer a los clásicos en traducciones, podría
considerarse un bárbaro. ¿De dónde sacará tiempo?
Al
principio, las clases de inglés no le fueron bien. Su tutor de literatura era
un joven galés llamado señor Jones. El señor Jones acababa de llegar a
Sudáfrica; era su primer trabajo como Dios manda. Los estudiantes de derecho,
que acudían a las clases solo porque el inglés, igual que el latín, eran
asignaturas obligatorias, habían olido su falta de seguridad al momento:
bostezaban en sus narices, hacían el idiota y parodiaban su manera de hablar
hasta que en ocasiones el hombre se desesperaba.
El
primer ejercicio consistió en escribir un análisis crítico de un poema de
Andrew Marvell. Pese a no estar seguro de lo que se entendía por análisis
crítico, lo hizo lo mejor que pudo. El señor Jones le puso un gamma. No era la
peor nota de la escala -por debajo quedaba todavía el gamma bajo, por no hablar
de las variantes del delta- pero no era buena. Varios estudiantes, algunos de
derecho, obtuvieron betas; incluso hubo un solitario alfa bajo. Por muy
indiferente que les resultara la poesía, sus compañeros de clase sabían algo
que él desconocía. Pero
¿el
qué? ¿Cómo se consigue ser bueno en inglés?
El
señor Jones, el señor Bryant, la señorita Wilkinson: todos sus profesores eran
jóvenes y, en su opinión, desvalidos, resignados a sufrir en silencio las
persecuciones de los estudiantes de derecho con la esperanza de que acabaran
por cansarse y amainarse. En cuanto a él, no se compadecía de su difícil
situación. Lo que quería de sus profesores era autoridad, no una exhibición de
vulnerabilidad.
En los
tres años transcurridos desde que tuviera al señor Jones, sus notas en inglés
había mejorado lentamente. Pero nunca había sido el primero de la clase, en
cierto sentido siempre había tenido que pelear, sin saber con seguridad en qué
debería consistir el estudio de la literatura. Comparado con la crítica
literaria, el aspecto filológico de la asignatura había supuesto un alivio. Al
menos con las conjugaciones verbales del inglés antiguo o los cambios fonéticos
del inglés de la Edad Media uno sabe qué terreno pisa.
Ahora,
en cuarto de carrera, se ha inscrito en un curso sobre los primeros prosistas
ingleses a cargo del catedrático Guy Howarth. Es el único alumno. Howarth tiene
reputación de hombre seco y pedante, pero eso a él no le importa. No tiene nada
en contra de los pedantes.
Los
prefiere a los teatrales.
Se
reúnen una vez por semana en el despacho de Howarth. Howarth lee la clase en
voz alta mientras él toma notas. Al cabo de unas cuantas sesiones, Howarth le
presta el texto para que se lo lea en casa.
Los
textos, escritos a máquina con una cinta gastada sobre papel crujiente,
amarillento, son extraídos de un mueble que parece guardar una carpeta sobre
todos los autores ingleses desde Austen a Yeats.
¿Eso
es lo que hay que hacer para convertirse en catedrático de inglés:
leer a
los autores del canon y escribir una clase sobre cada uno de ellos? ¿Cuántos
años se vida se te lleva por delante algo así? ¿Qué le hace a tu alma?
Howarth,
que es australiano, parece haberle cogido aprecio, aunque él no logra
entenderlo. Por su parte, si bien no puede afirmar que le guste Howarth, sí le
despierta instinto protector por su torpeza, su falsa creencia de que a los
estudiantes sudafricanos les importa mínimamente lo que piense de Gascoigne o
Lyly, o para el caso, de Shakespeare.
El
último día del trimestre, después de la última tutoría, Howarth le invita.
-Pásese
mañana a tomar una copa en casa a última hora de la tarde.
Obedece,
pero a desgano. Más allá de las conversaciones en torno a los prosistas
isabelinos, no tiene nada que decirle a Howarth. Además, no le gusta beber.
Hasta el vino, después del primer sorbo, le sabe agrio, agrio, pesado y
desagradable. No comprende por qué la gente finge disfrutar con él.
Se
sientan en la sala de estar oscura y de techo alto que Howarth tiene en su casa
de los Jardines. Por lo visto es el único invitado. Howarth habla de poesía
australiana, de Kenneth Slessor y A.D. Hope. La señora Howarth entra y sale a
placer. Intuye que a ella le desagrada, que le parece un mojigato, falto de joie
de viere, falto de conversación.
Lilian
Howarth es la segunda mujer de Howarth. No hay duda de que en sus tiempos fue
una belleza, pero ahora solo es una mujercita achaparrada de piernas largas y
flacas y con demasiado maquillaje.
También
se dice que es una borrachina propensa a montar escenas cuando está bebida.
Resulta
que le han invitado con un fin. Los Howarth se van al extranjero por seis
meses. ¿Le importaría quedarse en la casa y cuidarla? No tendrá que pagar
alquiler, ni facturas, solo algunas responsabilidades.
Acepta
en el acto. Le halaga que se lo pidan, incluso aunque sea solo porque parece
soso y de fiar. Además, si deja el apartamento de Mowbray podrá ahorrar más
rápido para el pasaje a Inglaterra. Y la casa -un enorme montón de gradientes
de pasillos oscuros y habitaciones húmedas que nadie usa- tiene su encanto.
Hay
una pega. El primer mes tendrá que compartirla con unos invitados de los
Howarth, una mujer de Nueva Zelanda y su hija de tres años.
La
mujer de Nueva Zelanda resulta ser otra bebedora. Al poco de mudarse, la mujer
entra en su dormitorio en plena noche y se mete en su cama. Le abraza, se
aprieta contra él, le da besos húmedos. Ella no le gusta, no la desea, le
repelen sus labios flácidos buscándole la boca.
Primero
le recorre un escalofrío, luego siente pánico.
-¡No!
-chilla él-. ¡Váyase! -Y se acurruca.
Ella
sale de la cama con paso inestable.
-¡Hijo
de puta! -dice entre dientes, y se va.
Siguen
compartiendo la enorme casa hasta final de mes, evitándose, atentos a los
crujidos del suelo de madera, apartando la vista cuando sus caminos se cruzan
por casualidad. Han hecho el ridículo, pero al menos ella ha sido una tonta
temeraria, lo cual es perdonable, mientras que él se ha comportado como un
mojigato y un bobo.
Nunca
en la vida se ha emborrachado. Aborrece la embriaguez. Se va pronto de las
fiestas para evitar la charla torpe, idiota, de la gente que ha bebido
demasiado. En su opinión, a los conductores borrachos deberían doblarles la
sentencia en lugar de reducírsela. Pero en Sudáfrica todo exceso cometido bajo
la influencia del alcohol se trata con indulgencia. Los granjeros pueden azotar
a sus trabajadores hasta matarlos siempre y cuando en ese momento estuvieran
borrachos. Los feos pueden molestar a las mujeres, las feas pueden insinuarse;
si te resistes, no estás jugando limpio.
Ha
leído a Henry Miller. Si una mujer borracha se hubiera colado en la cama de
Henry Miller, el folleteo y sin duda la bebida se habrían prolongado toda la
noche. De haber sido Henry Miller solo un sátiro, un monstruo de apetito
indiscriminado, no le habría hecho ni caso. Pero Henry Miller es un artista, y
sus historias, por escandalosas que sean y por plagadas de mentiras que
probablemente estén, son las historias de una vida de artista. Henry Miller
escribe sobre el París de los años treinta, una ciudad de artistas y mujeres
que amaban a artistas. Si las mujeres se lanzaban a los brazos de Henry Miller,
entonces, mutatis mutandis, debían de lanzarse también a los de Ezra Pound,
Ford Madox Ford, Ernest Hemingway y todos los grandes artistas que vivieron en
París esos años, por no hablar de Pablo Picasso. ¿Qué hará él una vez esté en
París o Londres? ¿Seguirá sin jugar limpio?
Además
de su horror a la bebida, aborrece la fealdad física. Cuando lee el Testamento
de Villon, solo puede pensar en lo fea que parece la belle heaumiere, arrugada,
sucia y malhablada. ¿Para ser artista hay que amar a las mujeres de manera
indiscriminada? ¿Implica la vida del artista acostarse con todas en nombre de
la vida? ¿Si eres un remilgado en el sexo, estás rechazando la vida?
Otra
cuestión: ¿qué le hizo pensar a Marie, de Nueva Zelanda, que valía la pena irse
a la cama con él? ¿Simplemente el hecho de que estuviera a mano, o le había
oído decir a Howarth que era un poeta, un futuro poeta? A las mujeres les
gustan los artistas porque arden con una llama interna, una llama que consume
y, sin embargo, paradójicamente, renueva todo lo que toca. Cuando se coló en su
cama, Marie debió de haber pensado que la tocaría la llama del arte y
experimentaría un éxtasis imposible de explicar en palabras. En lugar de eso,
un chico víctima del pánico la echó fuera de la cama. Está claro que de una u
otra manera se tomará la revancha. Está claro que en la próxima carta que
reciban los Howarth conocerán una versión de los hechos en la que quedará como
un pánfilo.
Sabe
que condenar a una mujer por fea es moralmente despreciable.
Pero
afortunadamente, los artistas no tienen que ser gente de moral admirable. Lo
único importante es que creen gran arte. En cuanto a él, si su arte tiene que
surgir de su lado más deleznable, que así sea. Las flores crecen mejor en los
estercoleros, como Shakespeare no se cansa nunca de recordar. Incluso Henry
Miller, que se presenta como un tipo de lo más directo, listo para hacerle el
amor a cualquier mujer sin tener en cuenta su forma o su tamaño, probablemente
tenga un lado oscuro que se cuida de esconder.
A la
gente normal le cuesta ser mala. La gente normal, cuando notan que aflora en
ellos la maldad, beben, insultan, cometen actos violentos.
Para
ellos la maldad es como una fiebre: quieren expulsarla de su organismo, quieren
volver a la normalidad. Pero los artistas tienen que vivir con su fiebre, de la
naturaleza que sea, buena o mala. La fiebre es lo que los hace artistas; hay
que mantenerla con vida. Por eso los artistas nunca pueden mostrarse plenamente
al mundo: tienen que tener siempre un ojo mirando a su interior. En cuanto a
las mujeres que persiguen artistas, no son del todo de fiar. Puesto que así
como el espíritu del artista es al tiempo llama y fiebre, la mujer que anhela
el roce de las lenguas de fuego hará cuanto pueda por enfriar la fiebre y hacer
que el artista tenga los pies en el suelo. Por tanto, hay que resistirse a las
mujeres incluso cuando se las ama. No puede permitírseles que se acerquen a la
llama lo suficiente para arrancarla.
4
En un
mundo perfecto solo se acostaría con mujeres perfectas, mujeres de feminidad
perfecta pero con un núcleo oscuro que respondería al yo aún más oscuro de él.
Pero no conoce mujeres así. Jacqueline -en cuyo núcleo no ha detectado
oscuridad alguna- ha dejado de visitarle sin previo aviso y él ha tenido la
sensatez de no intentar descubrir por qué.
De
modo que tiene que apañárselas con otras mujeres, de hecho, con chicas que
todavía no son mujeres y quizá no tengan ningún núcleo verdadero en absoluto o
ninguno del que hablar: chicas que se acuestan con un hombre solo de mala gana,
porque las han convencido o porque sus amigas lo hacen y no quieren quedarse
atrás o porque a veces es la única manera de conservar el novio.
Deja
embarazada a una. Cuando la chica telefonea para darle la noticia se queda
estupefacto, helado. ¿Cómo puede haber dejado a alguien embarazada? En cierto
sentido, sabe exactamente cómo. Un accidente:
prisas,
confusión, un lío de los que nunca aparecen en las novelas que él lee. Pero al
mismo tiempo no se lo cree. En el fondo no se siente mayor que un niño de ocho
años, de diez a lo sumo. ¿Cómo puede ser padre de un niño?
A lo
mejor no es verdad, se dice. A lo mejor es como uno de esos exámenes que estás
seguro de haber suspendido y, sin embargo, cuando salen las calificaciones
resulta que después de todo no te ha ido tan mal.
Pero
no va así. Otra llamada de teléfono. En un tono pragmático, la chica le informa
de que ha ido al médico. Se produce una pausa mínima, lo bastante larga para
que él aproveche la oportunidad y hable.
Podría
decir «Te apoyaré». Podría decir «Déjamelo a mí». Pero ¿cómo puede decir que la
apoyará cuando en realidad lo que significaría apoyarla le llena de aprensión,
cuando siente el impulso de colgar el teléfono y salir corriendo?
Se
acaba la pausa. Sabe de alguien, continúa ella, que se ocupará del problema. Ha
concertado una cita para el día siguiente. ¿Está dispuesto a llevarla en coche
hasta el lugar de la cita y traerla de vuelta después, porque le han advertido
que después no estará en condiciones de conducir?
Se
llama Sarah. Sus amigos la llaman Sally, un nombre que a él no le gusta. Le
recuerda el verso «Come down to the sally gardens». ¿Qué diantre serán
los «sally gardens»? Sally es de Johannesburgo, de uno de esos barrios
residenciales donde la gente pasa los domingos cabalgando por sus fincas y
gritándose «¡Divino!» mientras criados negros con guantes blancos les sirven
las bebidas. Una infancia de montar a caballo y caerse y hacerse daño pero no
llorar ha convertido a Sarah en una persona de confianza. Puede oír a su grupo
de Johannesburgo diciendo «Sal es una persona de confianza». No es guapa -tiene
la constitución demasiado fornida y una cara demasiado lozana-, pero está sana
de pies a cabeza. Y no finge. Ahora que ha estallado el desastre, no se esconde
en su habitación fingiendo que todo va bien. Al contrario, se ha enterado de lo
que hacía falta enterarse -cómo abortar en Ciudad del Cabo- y se ha encargado
de los trámites oportunos. De hecho, le ha dejado en evidencia.
Van a
Woodstock en el pequeño coche de Sarah y aparcan delante de una hilera de
adosados idénticos. Sarah baja del coche y llama a la puerta de una de las
casas. Él no ve quién abre la puerta, pero solo puede ser la abortista en
persona. Se imagina a las abortistas como mujeres con un aspecto ordinario y el
pelo teñido, el maquillaje resquebrajado y las uñas no demasiado limpias. Le
dan a la chica un vaso de ginebra sola, la tumban, luego llevan a cabo alguna
manipulación innombrable dentro de ella con un alambre, algo que implica
enganchar y arrastrar. Él, sentado en el coche, se estremece.
¡Quién
iba a sospechar que en una casa anodina como esa, con hortensias y un enanito
de yeso en el jardín, tienen lugar atrocidades así!
Pasa
media hora. Se va poniendo cada vez más nervioso. ¿Será capaz de hacer lo que
se le pida?
Entonces
sale Sarah y la puerta se cierra tras ella. Lentamente, con aire de
concentración, se dirige al coche. Cuando está más cerca la ve pálida y
sudorosa. Sarah no dice nada.
La
lleva a la gran casa de los Howarth y la instala en el dormitorio con vistas a
Table Bay y el puerto. Le ofrece un té, una sopa, pero no quiere nada. Sarah se
ha traído una maleta; se ha traído toallas y sábanas. Ha pensado en todo. El no
tiene más que estar presente, listo por si algo sale mal. Poca cosa.
Sarah
pide una toalla caliente. Él mete una en el horno eléctrico. La toalla sale
oliendo a chamusquina. Para cuando la sube a la habitación apenas está tibia.
Pero Sarah se la coloca en el vientre y cierra los ojos, parece que le alivia.
Cada
pocas horas se toma una de las pastillas que le ha dado la mujer acompañada de
un vaso de agua tras otro. Por lo demás, permanece tumbada con los ojos
cerrados, aguantando el dolor. Consciente de la aprensión de él, Sally le
oculta las pruebas de lo que está ocurriendo en el interior de su cuerpo: los
paños ensangrentados y demás.
-¿Cómo
te encuentras? -pregunta él.
-Bien
-musita ella.
Él no
tiene ni idea de lo que hará si Sarah deja de encontrarse bien. El aborto es
ilegal, pero ¿hasta qué punto? Si llamara a un médico, ¿les denunciaría a la
policía?
Duerme
en un colchón junto a la cama. Como enfermero es un inútil, peor que un inútil.
De hecho, lo que hace no puede calificarse de cuidar a nadie. Es una simple
penitencia, una penitencia estúpida e inútil.
A la
mañana del tercer día, Sarah aparece en la puerta del estudio de la planta
baja, pálida y tambaleante, pero completamente vestida. Está lista para irse a
casa, dice.
El la
acompaña en coche a la habitación donde vive, llevando la maleta y la bolsa que
presumiblemente contiene las toallas y las sábanas ensangrentadas.
-¿Quieres
que me quede un rato?
Ella
dice que no con la cabeza.
-Estaré
bien -contesta.
El la
besa en la mejilla y se va a casa a pie.
No ha
habido por parte de ella ninguna reprobación, ninguna exigencia, incluso ha
pagado el aborto. De hecho, Sarah le ha dado una lección de maneras. En cuanto
a él, se ha comportado de forma vergonzosa, imposible negarlo. La poca ayuda
que le ha prestado ha sido pusilánime y, lo que es peor, incompetente. Reza
para que Sarah no se lo cuente nunca a nadie.
No
para de pensar en lo que han destruido dentro del cuerpo de Sarah:
en el
bulto de sangre, el cuerpecillo carnoso. Ve a la pequeña criatura
desapareciendo por el inodoro de la casa de Woodstock, girando en el laberinto
de cloacas, lanzada finalmente a algún bajío, parpadeando bajo la repentina luz
del sol, peleando contra las olas que la empujarán hacia la bahía. Antes no
quería vivir y ahora no quiere morir. Sin embargo, aunque saliera corriendo
hacia la playa, encontrara la criatura y la salvara del mar, ¿qué haría con
ella? ¿Llevarla a casa, darle calor entre algodones, intentar criarla? ¿Cómo
podría él, que todavía es un niño, criar a otro?
Anda
muy perdido. Apenas acaba de poner el pie en el mundo y ya se ha anotado una
muerte en su contra. ¿Cuántos de los hombres con los que se cruza por la calle
cargan con niños muertos como patucos colgados del cuello?
Preferiría
no volver a ver a Sarah. Si se quedara solo quizá lograra recuperarse, volver a
ser el de antes. Pero se pasa todos los días por la habitación de Sarah y se
sienta a darle la mano para consolarla durante un rato decoroso. Si no tiene
nada que decir es porque carece del valor necesario para preguntarle a ella lo
que le ocurre por dentro. ¿Será como una enfermedad, se pregunta, de la que se
está recuperando, o como una amputación de la que uno nunca llega a
recuperarse? ¿Cuál es la diferencia entre un aborto provocado y uno natural y
lo que en los libros llaman perder el niño? En los libros, la mujer que pierde
el niño se aísla del mundo y llora su pérdida. ¿Estará Sarah pendiente de
entrar en la fase de llorar la pérdida? ¿Y él? ¿También él la llorará?
¿Durante
cuánto tiempo se llora, en el caso de que se llore? ¿Se acaba alguna vez de
llorar y vuelve uno a ser el mismo de antes, o se lamenta siempre la pérdida de
la cosita que cabecea entre el oleaje frente a Woodstock, como el joven grumete
que cayó por la borda sin que nadie lo echara en falta? «¡Bua, bua!» llora el
grumete que no se hundirá ni será apaciguado.
Para
conseguir más dinero, acepta una segunda tutoría por las tardes en el
departamento de matemáticas. Los alumnos de primero que asisten a la tutoría
pueden hacerle preguntas sobre matemáticas aplicadas, así como de matemáticas
puras. Con un solo año de matemáticas aplicadas cursado, apenas sabe más que
los estudiantes a los que se supone que debe ayudar: tiene que pasarse varias
horas a la semana preparándose.
Aunque
no atiende más que a sus propios asuntos, no puede evitar darse cuenta de que
el país vive en una gran confusión. Las leyes de paso, a las que única y
exclusivamente están sujetos los africanos, se están endureciendo aún más y las
protestas se generalizan. La policía dispara a la muchedumbre en el Transvaal,
y luego, enloquecidos, siguen disparando por la espalda a hombres, mujeres y
niños que huyen del lugar. El asunto le asquea de principio a fin: las leyes en
sí mismas; la policía macarra; el gobierno, que defiende ruidosamente a los
asesinos y denuncia a los muertos; y la prensa, demasiado asustada para dar la
cara y decir lo que cualquiera con ojos en la cara puede ver.
Tras
la matanza de Sharpeville nada vuelve a ser lo mismo. Incluso en la pacífica
Ciudad del Cabo se producen huelgas y manifestaciones.
Dondequiera
que se organice una manifestación hay policías armados por los alrededores,
esperando una excusa para disparar.
La
situación llega al punto crítico una tarde mientras él imparte una tutoría. El
aula está en silencio; él patrulla de un pupitre a otro comprobando cómo se las
arreglan los estudiantes con los ejercicios, intentado ayudar a los que se
encuentran en dificultades. La puerta se abre de pronto. Uno de los profesores
adjuntos entra a grandes zancadas y da un golpe en la mesa. «¡Presten
atención!», grita. Le falla la voz por los nervios y tiene la cara enrojecida.
«¡Dejen los bolígrafos y préstenme atención, por favor! En estos momentos, una
manifestación de trabajadores recorre De Waal Drive. Por razones de
seguridad, se me pide que les comunique que hasta nuevo aviso nadie está
autorizado a salir del campus. Repito: no puede salir nadie. Órdenes de la
policía. ¿Alguna pregunta?»
Hay
como mínimo una pregunta, pero no es el momento oportuno para plantearla:
¿adónde está yendo a parar el país cuando uno no puede dar una tutoría de
matemáticas en paz? En cuanto a la orden policial, no cree ni por un momento
que la policía esté acordonando el campus por el bien de los estudiantes. Lo
acordonan para que los estudiantes de este consabido hervidero de izquierdismo
no se sumen a la protesta, así de simple.
No hay
ninguna posibilidad de continuar con la tutoría de matemáticas.
Un
murmullo de conversaciones llena la sala; los estudiantes están recogiendo sus
cosas excitados, ansiosos por enterarse de lo que ocurre.
Sigue
al gentío hasta el terraplén que da a De Waal Drive. Han cortado el
tráfico. Los manifestantes se aproximan por Woolsack Road formando una gruesa
serpiente, en columna de diez o veinte en fondo, y luego giran hacia el norte
por la autopista. Son hombres, la mayor parte vestidos con ropas monótonas
-sobretodos, abrigos de excedentes del ejército, gorras de lana-, algunos
llevan palos, todos marchan rápido, en silencio. La vista no alcanza el final
de la columna. Si fuera policía, estaría asustado.
«Es el
CPA», dice un estudiante de color a su lado. Le brillan los ojos, tiene una
mirada concentrada. ¿Está en lo cierto? ¿Cómo lo sabe?
¿Debería
uno reconocer ciertos signos? El CPA no es como el CNA. Es peor señal. «¡África
para los africanos! -proclama el CPA-. ¡Al mar con los blancos!»
La
columna de hombres se abre camino colina arriba, por millares. No parece un
ejército, pero lo es, un ejército surgido de repente de los arrabales de Cape
Flats. ¿Qué harán cuando lleguen a la ciudad? Sea lo que sea, no hay
policías suficientes en el país para detenerlos, ni balas suficientes para
matarlos.
Cuando
tenía doce años lo metieron en un autobús lleno de colegiales y los condujeron
a la calle Adderley, donde les dieron banderas tricolores de papel anaranjado,
blanco y azul y les dijeron que las ondearan al paso del desfile de carrozas
(Jan van Riebeeck y su esposa con sobrios trajes burgueses, voortrekkers con
mosquete, el corpulento Paul Kruger). Trescientos años de historia, trescientos
años de civilización cristiana en la punta de África, decían los políticos en
sus discursos:
demos
gracias al Señor. Ahora, ante sus ojos, el Señor está retirando su mano
protectora. Contempla deshacerse la historia a la sombra de la montaña.
En el
silencio que le envuelve, entre esos productos pulidos y bien vestidos del
Instituto Masculino Rondebosch y la Escuela Diocesana, esos jóvenes que hace
media hora se ocupaban en calcular ángulos de vector y soñar con sus carreras
de ingenieros civiles, siente la misma sacudida de consternación. Esperaban
disfrutar de un espectáculo, reírse de una procesión de jardineros, no
contemplar este lúgubre huésped. Les han arruinado la tarde; ya solo quieren
irse a casa, tomarse un bocadillo y una CocaCola y olvidar lo ocurrido.
¿Y él?
No es diferente. ¿Seguirán zarpando los barcos mañana?, es lo único en lo que
piensa. ¡Tengo que salir de aquí antes de que sea demasiado tarde!
Al día
siguiente, cuando todo ha terminado y los manifestantes se han marchado a casa,
los periódicos encuentran modos de abordar el incidente. «Dar rienda suelta a
la rabia contenida», lo llaman. «Una más de las numerosas marchas de protesta
que siguen la estela de Sharpeville. Disgregada -dicen- gracias (por una vez) a
la sensatez policial y la cooperación de los líderes de los manifestantes. El
gobierno
-dicen-
haría bien en tomar nota.» Así minimizan el acontecimiento, presentándolo como
menos importante de lo que es. No está decepcionado. Al menor silbido, el mismo
ejército de hombres de las chozas y barracas de Cape Flats se alzará,
más fuerte que antes, más numeroso. Armado, además, con pistolas chinas. ¿Qué
esperanza hay en enfrentarse a ellos cuando no se cree en lo que se defiende?
Está
la cuestión de la Fuerza de Defensa. Cuando acabó el colegio reclutaban solo a
uno de cada tres muchachos blancos para el servicio militar. Ahora todo está
cambiando. Hay normas nuevas. En cualquier momento puede encontrarse una
notificación de reclutamiento en el buzón: «Debe presentarse en el Castillo a
las 9.00 horas de tal día.
Traiga
únicamente sus artículos de aseo». Voortrekkerhoogte, en algún lugar del
Transvaal, es el campamento del que más ha oído hablar. Es donde envían a los
reclutas de Ciudad del Cabo, lejos del hogar, para domarlos. En menos de una
semana podría encontrarse tras una alambrada en Voortrekkerhoogte, compartiendo
tienda con matones afrikáners, comiendo carne de vaca enlatada,
escuchando a Johnnie Ray en Radio Springbok. No podría soportarlo; se cortaría
las venas.
Solo
le queda un camino: la huida. Pero ¿cómo huir antes de licenciarse?
Sería
como iniciar un largo viaje, el viaje de toda una vida, sin ropa, sin dinero,
sin (la comparación se le ocurre de más mala gana)
armas.
5
Es
tarde, pasada la medianoche. Está tumbado en el sofá de la habitación alquilada
de su amigo Paul en Belsize Park, en el saco de dormir azul descolorido
que se ha traído de Sudáfrica. En el otro extremo del cuarto, en la cama de
verdad, Paul ha empezado a roncar.
Entre
las cortinas vislumbra el cielo nocturno, de un anaranjado como de sodio con
tintes violeta. Aunque se ha tapado los pies con un cojín, siguen helados. No
importa: está en Londres.
Hay
dos, tal vez tres lugares en el mundo donde se puede vivir con intensidad
plena: Londres, París, quizá Viena. París va primero: es la ciudad del amor, la
ciudad del arte. Pero para vivir en París tienes que haber estudiado en el tipo
de colegio de clase alta donde enseñan francés. En cuanto a Viena, Viena es
para los judíos que regresan a reclamar sus derechos de nacimiento: positivismo
lógico, música dodecafónica, psicoanálisis. Queda Londres, donde los
sudafricanos no necesitan papeles y la gente habla inglés. Puede que Londres
sea glacial, laberíntica y fría, pero tras sus muros intimidatorios hombres y
mujeres trabajan escribiendo libros, pintando cuadros, componiendo música. Uno
se cruza con ellos a diario por la calle sin adivinar su secreto gracias a la
famosa y admirable discreción británica.
Por
compartir la habitación, consistente en un dormitorio y un anexo con cocina de
gas y fregadero con agua fría (en el piso de arriba están el baño y el retrete
que usa toda la casa), paga a Paul dos libras por semana. Todos sus ahorros,
que ha traído consigo de Sudáfrica, ascienden a ochenta y cuatro libras. Tiene
que encontrar un trabajo inmediatamente.
Acude
a las oficinas municipales y apunta su nombre en una lista de profesores en
paro listos para cubrir vacantes a corto plazo. Le envían a una entrevista de
trabajo en una escuela de secundaria de Barnet, al final de la Northern Line.
Él se ha licenciado en matemáticas e inglés. El director quiere que enseñe
ciencias sociales; además, debería supervisar las clases de natación dos tardes
a la semana.
-Pero
si yo no sé nadar -objeta.
-Pues
entonces tendrá que aprender, ¿no le parece? -dice el director.
Sale
de las instalaciones escolares con un ejemplar del libro de ciencias sociales
bajo el brazo. Tiene el fin de semana para preparar la primera clase. Para
cuando llega a la estación, se maldice a sí mismo por haber aceptado el
trabajo. Pero es demasiado cobarde para regresar y anunciar que ha cambiado de
opinión. Devuelve el libro de texto con una nota desde la oficina de correos de
Belsize Park: «Sucesos inesperados me impiden cumplir con mis obligaciones.
Ruego acepte mis más sinceras disculpas».
Un
anuncio en el Guardian le lleva hasta Rothamsted, la explotación rural
en las afueras de Londres donde solían trabajar Halsted y Maclntyre, autores de
El diseño de experimentos estadísticos, uno de sus libros de texto
universitarios. La entrevista, precedida de una visita por los jardines e
invernaderos de la explotación, va bien. El puesto que ha solicitado es de
agente de experimentos subalterno. Las obligaciones de un AES, le explican, consisten
en preparar las cuadrículas para las plantaciones de ensayo, anotar
producciones según regímenes distintos y luego analizar los datos en el
ordenador de la explotación, todo ello bajo la supervisión de uno de los
agentes jefe. El trabajo agrícola lo llevan a cabo jardineros supervisados por
agentes agrícolas; no se espera de él que se manche las manos.
A los
pocos días recibe una carta confirmando que ha sido aceptado para el puesto con
un salario de seiscientas libras anuales. No puede contener la alegría. ¡Menuda
suerte! ¡Trabajar en Rothamsted! ¡En Sudáfrica no se lo creerán!
Hay
una pega. La carta termina así: «Puede conseguirse alojamiento en el pueblo o
en las viviendas subvencionadas por el ayuntamiento».
Contesta
por correo: acepta la oferta, dice, pero preferiría seguir viviendo en Londres.
Irá a Rothamsted en tren.
Recibe
una llamada telefónica de la oficina de personal. Le explican que no puede ir y
venir de Londres a diario. Lo que se le ofrece no es un trabajo de oficina con
horario regular. Algunas mañanas tendrá que empezar muy temprano; otras veces
tendrá que trabajar hasta tarde o en fin de semana. Por tanto, como todos los
demás agentes, deberá residir cerca de la explotación. ¿Hará el favor de
reconsiderar la situación y comunicarles lo que finalmente decida?
Su
victoria hecha añicos. ¿Qué sentido tiene ir de Ciudad del Cabo hasta Londres
para alojarse en una vivienda municipal subvencionada a varias millas de la
ciudad y levantarse al romper el alba a medir la altura de las judías? Quiere
unirse al equipo de Rothamsted, quiere descubrirle una utilidad a las
matemáticas con las que ha trabajado durante años, pero también quiere acudir a
recitales de poesía, conocer a escritores y pintores, tener aventuras amorosas.
¿Cómo iba a conseguir que la gente de Rothamsted -hombres con chaqueta de tweed
que fuman en pipa, mujeres de pelo greñudo y grasiento con gafas de sabihondas-
lo entendiera? ¿Cómo podría pronunciar delante de ellos palabras como «amor»,
«poesía»?
Sin
embargo, ¿cómo rechazar la oferta? Está muy cerca de conseguir un trabajo de
verdad, y en Inglaterra, además. Le basta con decir una palabra -«Sí»- y podrá
escribirle a su madre las noticias que ella está esperando escuchar, en
concreto que su hijo gana un buen sueldo en una ocupación respetable. Entonces
su madre a su vez podrá telefonear a las hermanas del padre de él y anunciar:
«John trabaja como científico en Inglaterra». Eso pondría fin a sus críticas y
comentarios mordaces. Científico: ¿qué puede haber más sólido que eso?
Solidez
es lo que siempre le ha faltado. La solidez es un talón de Aquiles.
Inteligencia no le falta (aunque no es tan inteligente como su madre cree y
como él mismo pensaba antes); pero nunca ha sido una persona sólida. Rothamsted
le daría, si no solidez, o no de inmediato, por lo menos un título, un
despacho, una estructura. Agente de experimentos subalterno, después un día
agente de experimentos, agente jefe de experimentos: seguro que detrás de una
pantalla tan eminentemente respetable, en privado, en secreto, podrá seguir con
la labor de transmutar la experiencia en arte, la labor para la que fue traído
al mundo.
Es el
argumento a favor de la explotación agrícola. El argumento en contra de la
explotación agrícola es que no está en Londres, ciudad del romance.
Escribe
a Rothamsted. Tras una madura reflexión, dice, y teniendo en cuenta todas las
circunstancias, cree que es mejor declinar la oferta.
Los
periódicos están llenos de anuncios en busca de programadores informáticos. Se
recomienda tener una licenciatura en ciencias, pero no es imprescindible. Ha
oído hablar de la programación informática, pero no tiene una idea clara de lo
que es. Nunca ha visto un ordenador, excepto en los dibujos animados, donde los
ordenadores son objetos parecidos a una caja que escupen rollos de papel. Que
él sepa, en Sudáfrica no hay ordenadores.
Responde
al anuncio de IBM, puesto que IBM es la mejor y la mayor empresa del ramo, y
acude a una entrevista vestido con el traje negro que compró antes de salir de
Ciudad del Cabo. El entrevistador de IBM, un hombre de treinta y tantos años,
también lleva un traje negro, pero más elegante y de mejor corte.
Lo
primero que quiere saber el entrevistador es si ha dejado Sudáfrica para
siempre.
-Así
es -replica él.
-¿Por
qué? -pregunta el entrevistador.
-Porque
el país se encamina a la revolución -contesta.
Se
produce un silencio. «Revolución»: tal vez no sea la palabra adecuada para los
salones de IBM.
-¿Y
cuándo diría usted -pregunta el entrevistador- que tendrá lugar esa revolución?
Tiene
la respuesta preparada.
-Dentro
de cinco años.
Es lo
que dice todo el mundo desde lo de Sharpeville. Sharpeville marcó el principio
del fin del régimen blanco, del cada vez más desesperado régimen blanco.
Después
de la entrevista pasa un test de coeficiente intelectual.
Siempre
ha disfrutado con este tipo de test, siempre los ha hecho bien.
Por lo
general se le dan mejor los tests, concursos y exámenes que la vida real.
Al
cabo de unos días, IBM le ofrece un puesto de aprendiz de programador. Si le va
bien en el cursillo de formación y luego supera el período de prueba, se
convertirá primero en programador propiamente dicho y luego, algún día, en
programador jefe. Iniciará su carrera en IBM en la oficina de procesamiento de
datos de la calle Newman, junto a la calle Oxford, en el corazón del West
End. El horario es de nueve a cinco. El salario inicial será de setecientas
libras anuales.
Acepta
las condiciones sin dudarlo.
El
mismo día pasa junto a un cartel en el metro de Londres, un anuncio de trabajo.
Se admiten solicitudes para el puesto de aprendiz de jefe de estación, con un
salario de setecientas libras al año. Titulación mínima requerida: certificado
escolar. Edad mínima: veintiún años.
¿Es
que en Inglaterra todos los trabajos se pagan igual?, se pregunta.
De ser
así, ¿qué sentido tiene licenciarse?
En el
cursillo de programación se encuentra con otros dos aprendices -
una
chica de Nueva Zelanda bastante atractiva y un joven londinense con la cara
llena de granos- y con una docena más o menos de clientes de IBM, hombres de
negocios.
Por
derecho debería ser el mejor del grupo, él y quizá la chica de Nueva Zelanda,
que también está licenciada en matemáticas; pero de hecho le cuesta entender
las clases y no le van bien los ejercicios escritos. Al final de la primera
semana hacen un examen, que pasa por los pelos. El instructor no está contento
con él y no duda en manifestarlo. Está metido en el mundo de los negocios, y en
el mundo de los negocios, descubre, no hay necesidad de ser educado.
La
programación tiene algo que le desconcierta y, sin embargo, ni siquiera los
hombres de negocios de la clase parecen tener problemas.
Inocentemente
había imaginado que la programación informática trataría sobre los modos de
traducir la lógica simbólica y la teoría a códigos digitales. En cambio, solo
se habla de inventarios y salidas de efectivo, de cliente A y cliente B. ¿Qué
son los inventarios y las salidas de efectivo, y qué tienen que ver con las
matemáticas? Lo mismo podría ser un oficinista clasificando fichas; lo mismo
podría ser un aprendiz de jefe de estación.
Al
final de la tercera semana se presenta al examen final, aprueba con resultados
mediocres y se gradúa para poder trasladarse a la calle Newman, donde lo
destinan a una sala con otros nueve programadores jóvenes. Todo el mobiliario
de la oficina es de color gris. En el cajón del escritorio encuentra papel, una
regla, lápices, un sacapuntas y una pequeña agenda con cubiertas de plástico
negro. En la tapa, en mayúsculas, pone PIENSA. PIENSA es el lema de IBM. Lo que
tiene de especial IBM, deduce, es su constante compromiso con el hecho de
pensar. Los empleados deben pensar todo el tiempo, y así vivir de acuerdo con
los ideales del fundador de IBM, Thomas J. Watson. Los empleados que no piensan
no pertenecen a IBM, que es la aristocracia del mundo de las máquinas para
negocios. En las oficinas centrales de White Plains, en Nueva York, IBM posee
un laboratorio donde se llevan a cabo investigaciones en ciencia informática
más punteras que en todas las universidades del mundo juntas. Los científicos
de White Plains ganan más que los profesores de universidad y consiguen
cualquier cosa que puedan necesitar. Todo lo que tienen que hacer a cambio es
pensar.
Aunque
el horario de la agencia de la calle Newman es de nueve a cinco, pronto
descubre que miran con mala cara a los empleados que dejan las instalaciones a
las cinco en punto. Las empleadas con familia a la que atender pueden marcharse
a las cinco sin reproches; de los hombres se espera que trabajen al menos hasta
las seis. Cuando hay un trabajo urgente cabe la posibilidad de que tengan que
trabajar toda la noche, con una pausa para ir al pub a comer algo. Como a él no
le gustan los pubs, se limita a trabajar sin descanso. Rara vez llega a casa
antes de las diez.
Está
en Inglaterra, en Londres; tiene trabajo, un trabajo como Dios manda, mejor que
la enseñanza, por el que le pagan un sueldo. Ha escapado de Sudáfrica. Todo va
bien, ha alcanzado su primer objetivo, debería estar contento. De hecho, a
medida que pasan las semanas, se siente más y más abatido. Tiene ataques de
pánico, que le cuesta superar. En la oficina no hay nada más que superficies
metálicas a la vista. Bajo el destello sin sombra de la iluminación de neón,
siente su alma amenazada. El edificio, un bloque de hormigón y cristal
desnudos, parece desprender un gas inodoro, incoloro, que se le cuela en la
sangre y lo atonta. IBM, podría jurarlo, le está matando, le está convirtiendo
en un zombi.
Pero
no puede rendirse. Escuela de secundaria Barnet Hill, Rothamsted, IBM: no se
atreve a fracasar por tercera vez. Fracasar sería demasiado propio de su padre.
El mundo real le ha puesto a prueba por medio de la agencia gris y sin corazón
de IBM. Debe endurecerse y resistir.
6
Se
refugia de IBM en el cine. El Everyman de Hampstead le abre los ojos a
películas de todo el mundo, realizadas por directores cuyos nombres le resultan
nuevos. Va a ver todo el ciclo de Antonioni. En una película titulada El
eclipse, una mujer deambula por las calles de una ciudad desierta, bañada
por el sol. La mujer está inquieta, ansiosa. No acaba de estar claro lo que le
causa ansiedad; su cara no revela nada.
La
mujer es Monica Vitti. Con sus piernas perfectas, sus labios sensuales y su
mirada abstraída, Monica Vitti le persigue; se enamora de ella. Sueña que, de
entre todos los hombres del mundo, él es el elegido para darle consuelo y
solaz. Llaman a la puerta. Monica Vitti está de pie frente a él, pidiendo
silencio con un dedo en los labios. El da un paso adelante, la abraza. El
tiempo se detiene; Monica Vitti y él son uno solo.
Pero
¿es el amante que Monica Vitti busca? ¿Calmará la ansiedad de Monica Vitti
mejor que los hombres de las películas? No está seguro.
Incluso
si encontrara una habitación para los dos, un lugar secreto en algún barrio
londinense tranquilo y dominado por la niebla, sospecha que ella seguiría
escabulléndose de la cama a las tres de la madrugada para sentarse a la mesa
iluminada por una única lámpara, perturbadora, presa de la ansiedad.
La
ansiedad que sufren Monica Vitti y otros personajes de Antonioni es de un tipo
que no le resulta familiar. De hecho, no se trata de ansiedad en absoluto, sino
de algo más profundo: angustia. A él le gustaría probar la angustia, aunque
solo sea para saber cómo es. Pero, por mucho que lo intente, no encuentra en su
corazón nada reconocible como angustia. La angustia parece ser una cosa
europea, totalmente europea; en Inglaterra todavía está por llegar, no digamos
ya en las colonias de Inglaterra.
En un
artículo del Observer se explica la angustia del cine europeo como una
emanación de la incertidumbre derivada de la muerte de Dios. No le convence. No
puede creer que lo que empuja a Monica Vitti hacia las calles de Palermo bajo
la furiosa esfera solar, cuando lo mismo podría quedarse en la fresca
habitación de un hotel y que un hombre le hiciera el amor, es la bomba de
hidrógeno o el fracaso de Dios en su intento de hablar con ella. Cualquiera que
sea la verdadera explicación, tiene que ser más compleja.
La
angustia también corroe a los personajes de Bergman. Es la causa de su soledad
irremediable. Sin embargo, en relación a la angustia de Bergman, el Observer
recomienda no tomársela demasiado en serio.
Huele
a pretenciosidad, dice el Observer; se trata de una afectación no sin
cierta conexión con los largos inviernos nórdicos, las noches de excesos
alcohólicos y las resacas.
Empieza
a pensar que incluso los periódicos supuestamente liberales -el Guardian,
el Observer- se muestran hostiles a la vida del espíritu. Ante algo
profundo y serio enseguida adoptan un aire despectivo, se lo quitan de en medio
con agudezas. Solo en cotos minúsculos como el
«Third
Programme» se toma en serio el arte nuevo: la poesía americana, la música
electrónica, el expresionismo abstracto. La Inglaterra moderna está resultando
ser un país inquietantemente ignorante, muy poco diferente de la Inglaterra de
W. H. Henley y las marchas de Pompa y Circunstancia contra las que Ezra Pound
abominaba en 1912.
¿Qué
está haciendo, entonces, en Inglaterra? ¿Cometió un gran error al venir? ¿Es
demasiado tarde para mudarse? ¿Se sentiría más a gusto en París, ciudad de
artistas, si lograra aprender francés? ¿Y Estocolmo?
Sospecha
que espiritualmente en Estocolmo se sentiría como en casa.
Pero
¿qué pasa con el sueco? ¿Y cómo se ganaría la vida?
En IBM
tiene que guardarse sus fantasías sobre Monica Vitti para sí, y también el
resto de veleidades artísticas. Por razones que no acaba de ver claras, se ha
hecho muy amigo de un colega programador llamado Bill Briggs. Bill Briggs es
bajo y está lleno de granos; tiene una novia llamada Cynthia con la que se va a
casar; espera con ilusión pagar la entrada para un adosado en Wimbledon.
Mientras que los otros programadores hablan con acento de escuela privada
imposible de ubicar geográficamente y comienzan el día hojeando las páginas
financieras del Telegraph para comprobar el precio de las acciones, Bill Briggs
tiene un marcado acento de Londres e invierte su dinero en una cuenta de ahorro
para la vivienda.
Pese a
sus orígenes, no hay razón para que Bill Briggs no tenga éxito en IBM. IBM es
una empresa norteamericana, que no tolera la jerarquía de clases británica. Ahí
radica la fuerza de IBM: hombres de todo tipo pueden alcanzar la cima porque lo
único que le importa a IBM es la lealtad y el trabajo duro y concentrado. Bill
Briggs trabaja duro y guarda una lealtad incuestionable a IBM. Más aún, Bill
Briggs parece captar los objetivos más generales de IBM y del centro de
procesamiento de datos de la calle Newman, que es más de lo que puede decirse
de él.
Los
trabajadores de IBM reciben talonarios con vales para almorzar. Por un vale de
tres libras con seis peniques se consigue una comida bastante decente. Él se
inclina por el bar-restaurante Lyons, en Tottenham Court Road, con barra
libre de ensaladas. Pero el Schmidt's de la calle Charlotte es la presa
preferida por los programadores de IBM. De manera que va al Schmidt's con
Bill Briggs y come escalope a la milanesa o estofado de liebre. Para variar, a
veces van al Athena de la calle Goodge a comer musaka. Después de
almorzar, si no llueve, dan un breve paseo por la calle antes de regresar al
trabajo.
La
gama de temas que él y Bill Briggs han acordado de forma tácita no abordar en
sus conversaciones es tan amplia que le sorprende que quede alguno. No hablan
sobre sus deseos y aspiraciones. No dicen nada de sus vidas privadas, sus
familias o su infancia, ni de política, religión o arte. El fútbol sería
aceptable si no fuera por el hecho de que él no sabe nada de los equipos
ingleses. Así que les quedan el tiempo, las huelgas de tren, los precios de la
vivienda e IBM: los planes de futuro de IBM, los clientes de IBM y los planes
de los mismos, quién dice qué en IBM.
Basta
para una conversación aburrida, pero tiene su contrapartida.
Hace
dos meses escasos era un provinciano ignorante desembarcando bajo la llovizna
en los muelles de Southampton. Ahora está en el corazón de Londres, imposible
de distinguir de cualquier otro oficinista londinense con su uniforme negro,
intercambiando opiniones sobre temas cotidianos con un londinense de pura
sangre, superando con éxito todas las convenciones de la conversación. Pronto,
si continúa progresando y pronuncia con cuidado las vocales, nadie le dedicará
una segunda mirada. Entre la multitud pasaría por londinense, y hasta puede
que, a su debido tiempo, por inglés.
Ahora
que tiene ingresos puede alquilar una habitación para él solo en una casa junto
a Archway Road, en la zona norte. La habitación está en el segundo piso, con
vistas a un depósito de agua. Tiene un calentador de gas y un pequeño hueco con
una cocina de gas y estanterías para la comida y la vajilla. El contador está
en un rincón: metes un chelín y obtienes gas por valor de un chelín.
Su
dieta no varía: manzanas, gachas de avena, pan y queso y unas salchichas
especiadas llamadas «chipolatas», que fríe en la cocina.
Prefiere
las chipolatas a las salchichas normales porque no necesitan nevera.
Tampoco rezuman grasa al freírlas. Sospecha que llevan un montón de harina de
patata mezclada con la carne. Pero la harina de patata no hace daño a nadie.
Como
por la mañana se va temprano y vuelve a casa tarde. Apenas ve a los otros
inquilinos. Enseguida se establece una rutina. Pasa los sábados de librerías,
museos y cines. Los domingos lee el Observer en la habitación, y luego
sale a dar una vuelta por el Heath o va a ver una película.
Las
tardes de los sábados y los domingos son lo peor. La soledad, que normalmente
consigue mantener bajo control, se le echa encima, una soledad indistinguible
del tiempo deprimente, gris y húmedo de Londres o del frío duro como el metal
de los pavimentos. Nota que la cara se le vuelve rígida y estúpida por el
mutismo; hasta IBM y sus intercambios de mero formulismo son mejor que ese
silencio.
Tiene
la esperanza de que de las multitudes anodinas entre las que se mueve emergerá
una mujer que responderá a su mirada fugaz, se deslizará en silencio a su lado,
regresará con él (todavía sin decir palabra; ¿cuál podría ser la primera?: es
inimaginable) a su habitación alquilada, le hará el amor, se desvanecerá en la
oscuridad, reaparecerá a la noche siguiente (él estará sentado leyendo, se oirá
un golpe en la puerta), le abrazará de nuevo, otra vez, con las campanadas de
medianoche se desvanecerá y seguirá así, transformando su vida y liberando un
torrente de versos reprimidos al estilo de los Sonetos de Orfeo de Rilke.
Llega
una carta de la Universidad de Ciudad del Cabo. Por la excelencia de sus
exámenes de licenciatura, dice, se le ha concedido una beca de doscientas
libras para estudios de postgrado.
La
cantidad es, con mucho, demasiado pequeña para permitirle entrar en una
universidad inglesa. De todos modos, ahora que ha encontrado trabajo no puede
plantearse dejarlo. A menos que rechace la beca, le queda una única opción:
inscribirse en la Universidad de Ciudad del Cabo como estudiante de un master
in absentia. Rellena el formulario de inscripción. Tras meditarlo debidamente,
rellena la casilla «Área de estudio» con «Literatura». Estaría bien poner
«Matemáticas», pero la verdad es que no es lo bastante listo para seguir con
las matemáticas.
Tal
vez la literatura no sea tan noble como las matemáticas, pero al menos no le
intimida. En cuanto al tema de investigación, fantasea con la idea de proponer
los Cantos de Ezra Pound, pero al final se decanta por las
novelas de Ford Madox Ford. Al menos para leer a Ford no hace falta saber
chino.
Ford,
nacido Hueffer, nieto del pintor Ford Madox Brown, publicó su primer libro en
1891 a los dieciocho años de edad. En adelante y hasta
1939,
fecha de su muerte, se ganó el pan por medios exclusivamente literarios. Pound
le llamó el estilista más grande de la prosa de su tiempo y vilipendió al
público inglés por dejarlo de lado.
Por el
momento, él ha leído cinco novelas de Ford -El buen soldado y los cuatro
volúmenes que constituyen No más desfiles-, y está convencido de que
Pound tiene razón. Le deslumbra la complicada cronología escalonada de los
argumentos de Ford, la astucia con que una nota, casual y repetida toscamente,
se revela capítulos más adelante como un tema fundamental. También le conmueve
el amor entre Christopher Tietjens y la jovencísima Valentine Wannop, un amor
que Tietjens se abstiene de consumar pese a la buena disposición de Valentine
porque (dice Tietjens) no se debe ir por ahí desflorando vírgenes. La actitud
de lacónica decencia elemental de Tietjens le parece del todo admirable, la
quintaesencia del inglés.
Si
Ford pudo escribir cinco obras maestras como esas, se dice a sí mismo, seguro
que todavía quedan otras, no reconocidas, entre el corpus creciente y solo
catalogado de sus escritos, obras maestras que él puede ayudar a sacar a la
luz. Se embarca de inmediato en la lectura de la obra completa de Ford, se pasa
sábados enteros en la sala de lectura del British Museum, además de las dos
tardes por semana en que la sala abre hasta tarde. Aunque las obras primerizas
resultan decepcionantes, sigue adelante, excusando a Ford porque todavía debía
de estar aprendiendo.
Un
sábado se pone a charlar con la lectora de la mesa contigua y toman juntos el
té en la cafetería del museo. Ella se llama Anna; es de origen polaco y todavía
habla con un suave deje. Le cuenta que trabaja como investigadora; las visitas
a la sala de lectura forman parte de su trabajo. En la actualidad está buscando
material para una biografía de John Speke, descubridor del nacimiento del Nilo.
Por su parte, él le habla de Ford y de la colaboración de Ford con Joseph
Conrad. Charlan del tiempo que Conrad pasó en África, de sus primeros años de
vida en Polonia y de su posterior aspiración a convertirse en un señorito
inglés.
Mientras
conversan él se pregunta: ¿Es un presagio que él, un estudioso de E M. Ford, se
encuentre en la sala de lectura del British Museum a una compatriota de Conrad?
¿Es Anna su elegida del destino? Desde luego, no es ninguna belleza: es mayor
que él; tiene la cara huesuda, incluso demacrada; viste prácticos zapatos
planos y falda gris sin forma. Pero ¿quién dice que él merezca algo mejor?
Está a
punto de pedirle una cita, tal vez para ir al cine, pero le falta valor. ¿Y si,
a pesar de habérsele declarado, no hay chispa? ¿Cómo se libraría de forma
digna?
Hay
otros habituales de la sala de lectura tan solitarios, sospecha, como él mismo.
Un indio de cara picada, por ejemplo, que huele a forúnculos y vendas. Parece
que cada vez que va al lavabo el indio le sigue, a punto de hablarle, pero
incapaz de atreverse.
Al
final, un día, mientras se lavan las manos, el hombre le habla. «¿Es del King's
College?», le pregunta rígido. «No -contesta-, de la Universidad de Ciudad del
Cabo.» «¿Le apetece tomar un té?», pregunta el hombre.
Se
sientan juntos en la cafetería; el hombre se lanza a dar explicaciones sobre su
investigación, que trata sobre la composición social del público del Globe
Theatre. Aunque no le interesa especialmente, le presta atención lo mejor
que puede.
La
vida de la mente, piensa para sí: ¿a eso es a lo que nos hemos dedicado, yo y
esos otros trotamundos solitarios en las entrañas del British Museum? ¿Nos
espera alguna recompensa? ¿Se disipará nuestra soledad, o la vida de la mente
es en sí misma una recompensa?
7
Son
las tres de la tarde del sábado. Lleva en la sala de lectura desde que han
abierto, leyendo Mr. Humpty Dumpty de Ford, una novela tan tediosa que
tiene que esforzarse por permanecer despierto.
Falta
poco para que la sala de lectura cierre por hoy, todo el gran museo cerrará.
Los domingos la sala de lectura no abre; entre hoy y el próximo sábado, la
lectura será cuestión de una hora robada aquí y allá al final del día. ¿Debería
seguir al pie del cañón hasta la hora de cierre aunque bostece sin parar? De
todos modos, ¿qué sentido tiene su empeño? ¿En qué beneficia a un programador
informático, si es que la programación va a ser su vida, tener un master en
literatura inglesa?
¿Y
dónde están las obras maestras desconocidas que iba a descubrir?
Desde
luego, Mr. Humpty Dumpty no es una de ellas. Cierra el libro, recoge sus
cosas.
Fuera,
la luz del día se apaga. Recorre con dificultad la calle Great Russell en
dirección a Tottenham Court Road, y luego gira hacia el sur camino de Charing
Cross. La mayor parte del gentío que llena las aceras son jóvenes. En sentido
estricto son sus contemporáneos, pero no se siente así. Se siente de mediana
edad, de mediana edad prematura: uno de esos eruditos exhaustos, hinchados, sin
sangre, cuya piel se escama al menor roce. Más adentro sigue siendo un niño,
desconocedor de cuál es su lugar en el mundo, asustado, indeciso.
¿Qué
está haciendo en esta inmensa ciudad fría donde el mero hecho de seguir vivo
significa mantenerse en tensión todo el tiempo, intentando no hundirse?
Las
librerías de Charing Cross Road abren hasta las seis. Hasta las seis tiene a
donde ir. Después se encontrará a la deriva entre los buscadores de diversión
del sábado por la noche. Sigue al gentío durante un rato, fingiendo que también
busca diversión, fingiendo que va a alguna parte, a ver a alguien; pero al
final tendrá que rendirse y coger el último tren a Archway y a la soledad de su
cuarto.
Foyles,
la librería cuyo nombre se conoce incluso en Ciudad del Cabo, ha resultado
decepcionante. Está claro que la fanfarronada de que Foyles almacena todos los
libros publicados es mentira, y de todos modos los dependientes, la mayoría más
jóvenes que él, no saben dónde encontrar las cosas. Prefiere Dillons, por muy
caprichosa que sea la ordenación de las estanterías. Intenta pasarse por
Dillons una vez por semana para estar al corriente de las novedades.
Entre
las revistas que encuentra en Dillons está The African Communist.
Ha
oído hablar de The African Communist, pero hasta ahora nunca la había
visto porque en Sudáfrica está prohibida. Para su sorpresa, algunos
colaboradores resultan ser contemporáneos suyos de Ciudad del Cabo: estudiantes
de los que se pasan el día durmiendo y van a fiestas nocturnas, se emborrachan,
sablean a sus padres, suspenden los exámenes y tardan cinco años en sacarse
carreras de tres. Sin embargo, ahí los tiene escribiendo artículos con
apariencia seria sobre los aspectos económicos de la mano de obra emigrante o
los levantamientos de las zonas rurales del Transkei. ¿De dónde han sacado
tiempo, entre tanto baile, bebida y libertinaje, para aprender esas cosas?
Pero
lo que en realidad va a buscar a Dillons son revistas de poesía.
Hay
una pila desordenada de revistas detrás de la puerta principal:
Ambit y Agenda y Pawn;
folletos ciclostilados procedentes de lugares remotos como Keele; números
raros, anticuados hace mucho tiempo, de publicaciones americanas. Compra uno de
cada una y se lleva el montón a su cuarto, donde los estudia minuciosamente,
tratando de descubrir quién escribe qué, dónde encajaría él si también
intentara publicar.
Las
revistas británicas están copadas de poemitas desoladoramente modestos sobre
los pensamientos y experiencias cotidianos, poemas que hace medio siglo no
habrían provocado ni un levantamiento de ceja. ¿Qué ha ocurrido con las
ambiciones de los poetas en Gran Bretaña? ¿No han digerido la noticia de que
Edward Thomas y su mundo han desaparecido para siempre? ¿No han aprendido la
lección de Pound y Eliot, por no hablar de Baudelaire y Rimbaud, de los
epigramistas griegos, de los chinos?
Pero
tal vez juzgue a los británicos con demasiada precipitación. Tal vez lee las
revistas equivocadas; tal vez haya otras publicaciones más audaces que no
tienen cabida en Dillons. O tal vez exista un círculo de espíritus creativos
tan pesimistas, dado el clima dominante, que no se molestan en enviar a
librerías como Dillons las revistas donde publican.
Botthege
Oscure, por
ejemplo: ¿dónde se compra uno Botthege Oscure? Si existen esos círculos
progresistas, ¿cómo los descubrirá, cómo entrará en ellos?
En
cuanto a sus propios escritos, tiene la esperanza de que, en caso de que
muriera mañana, dejaría tras de sí un puñado de poemas que, editados por algún
estudioso desinteresado e impresos en privado en forma de un pequeño y cuidado
panfleto, harían sacudir la cabeza a la gente y murmurar entre dientes: «¡Qué
promesa! ¡Qué pérdida!». Tal es su esperanza. La verdad, sin embargo, es que
los poemas que escribe no solo son cada vez más cortos, sino -no puede evitar
verlo así-también cada vez menos sólidos. Ya no parece ser capaz de producir
poesía del tipo que escribía a los diecisiete o dieciocho años, piezas a veces
de varias páginas, laberínticas, a ratos faltas de fluidez pero no obstante
atrevidas, plagadas de novedades. Aquellos poemas, o la mayor parte de ellos,
surgieron de un enamoramiento angustiado, además del torrente de lecturas que
se traía entre manos. Ahora, cuatro años después, sigue angustiado, pero su
angustia se ha vuelto habitual, incluso crónica, como un dolor de cabeza que se
resiste a marcharse. Cualquiera que sea el tema explícito, es él -atrapado,
solo, abatido- el que ocupa el centro; sin embargo -no puede evitar verlo-, los
poemas nuevos carecen de la energía e incluso del deseo de explorar en serio su
punto muerto espiritual.
De
hecho, está agotado todo el tiempo. En su mesa gris de la gran oficina de IBM
le vencen los ataques de bostezos que se esfuerza por disimular; en el British
Museum le bailan las palabras ante los ojos.
Solo
quiere hundir la cabeza entre los brazos y dormir.
Sin
embargo, no puede aceptar que la vida que lleva en Londres carece de proyecto o
sentido. Hace un siglo los poetas se enajenaban con opio o alcohol para
informar de sus experiencias visionarias desde el borde de la locura. De este
modo se convertían en videntes, profetas del futuro. El opio y el alcohol no
son para él, le asustan demasiado los efectos que podrían tener en su salud.
Pero ¿es que el cansancio y el abatimiento no pueden llevar a cabo el mismo
trabajo? ¿Es que vivir al borde del colapso psicológico no equivale a vivir al
borde de la locura?
¿Por
qué es un sacrificio mayor, una renuncia mayor de la personalidad, esconderse
en una buhardilla de la Rive Gauche por la que no pagas alquiler o vagar
de café en café, sin afeitar, sucio, maloliente, gorreando copas a los amigos,
que vestir un traje oscuro y hacer un trabajo de oficina que te aniquila el
alma y rendirse a la soledad hasta la muerte o al sexo sin deseo? Sin duda, la
absenta y las ropas harapientas ya han pasado de moda. Y de todas maneras ¿qué
tiene de heroico timarle el alquiler al casero?
T. S.
Eliot trabajaba en un banco. Wallace Stevens y Franz Kafka trabajaban en una
compañía de seguros. A su modo particular, Eliot, Stevens y Kafka sufrieron
tanto como Poe o Rimbaud. No tiene nada de deshonroso optar por seguir a Eliot,
Stevens y Kafka. El ha optado por vestir un traje oscuro como ellos, llevarlo
como si fuese una camisa en llamas, sin explotar a nadie, sin timar a nadie,
pagando a su paso. En la época romántica los artistas enloquecían a escala
desmesurada. La locura manaba de ellos en ríos de versos delirantes o grandes
goterones de pintura. Esa época ha terminado: la locura de él, si es que su
destino ha de ser el de padecer locura, será diferente: tranquila, discreta. Se
sentará en un rincón, tenso y encorvado, como el hombre de la toga del grabado
de Durero, esperando pacientemente a que acabe su temporada en el infierno. Y
cuando haya pasado será más fuerte por haber resistido.
Esta
es la historia que se cuenta en sus mejores días. Los otros días, los días
malos, se pregunta si emociones tan monótonas como las suyas alimentarán alguna
vez grandes poemas. El impulso musical de su interior, en otro tiempo intenso,
ya se ha desvanecido. ¿Está ahora en el proceso de perder el impulso poético?
¿Se verá empujado de la poesía a la prosa? ¿Eso es la prosa en el fondo: su
segunda mejor opción, el recurso del espíritu creativo en declive?
El
único poema que le gusta de los que ha escrito en el último año tiene solo
cinco versos.
Las
esposas de los pescadores de langostas se han acostumbrado a despertarse solas,
sus hombres han pescado al alba durante siglos, pero su sueño no es tan
inquieto como el mío.
Si te
has ido, ve pues con los pescadores de langostas portugueses.
«Los
pescadores de langostas portugueses»: está satisfecho de haber introducido una
expresión tan mundana en un poema, incluso si el poema, mirado de cerca, tiene
muy poco sentido. Tiene listas de palabras y expresiones que ha recolectado,
mundanas o recónditas, esperando encontrar su lugar. «Férvido», por ejemplo: un
día colocará
«férvido»
en un epigrama cuya historia oculta consistirá en que habrá sido creado para
acomodar una sola palabra, igual que un broche puede ser hecho para acomodar
una joya en particular. El poema tratará aparentemente sobre el amor o la
desesperación y sin embargo habrá florecido a partir de una sola palabra de
sonido maravilloso de cuyo significado todavía no estará seguro del todo.
¿Bastarán
los epigramas como base para labrarse una carrera en la poesía? En tanto que
forma el epigrama no tiene nada de malo. Todo un mundo de sentimientos puede
comprimirse en una sola línea, como los griegos demostraron una y otra vez.
Pero sus epigramas no siempre alcanzan la compresión griega. Demasiado a menudo
carecen de sentimiento; demasiado a menudo son simplemente librescos.
«La
poesía no es un dejar libre la emoción, sino una huida de la emoción», dice
Eliot en palabras que él ha copiado en su diario. «La poesía no es una
expresión de personalidad, sino una huida de la personalidad.» Luego, a modo de
amarga ocurrencia tardía, añade:
«Pero
solo aquellos que tienen personalidad y emociones saben lo que significa huir
de tales cosas».
Le
horroriza derramar mera emoción en la página. Una vez ha empezado a derramarse,
no sabe cómo detenerla. La prosa, afortunadamente, no requiere emoción: eso
puede decirse en su favor.
La
prosa es como una extensión lisa de agua tranquila sobre la que uno puede ir
añadiendo cosas a placer, dibujando sobre la superficie.
Se
reserva un fin de semana para su primer experimento en prosa. El cuento que
emerge del experimento, si es que eso es lo que es, un cuento, en realidad no
tiene argumento. Todo lo importante ocurre dentro de la mente del narrador, un
joven sin nombre demasiado parecido a él que lleva a una chica sin nombre a una
playa solitaria y la contempla mientras nada. A partir de una nimia acción de
la chica, algún gesto inconsciente, de pronto él se convence de que la muchacha
le ha sido infiel; más aún, se da cuenta de que ella ha visto que lo sabe y no
le importa. Ya está. Acaba así. Eso es todo.
Una
vez escrito el cuento, no sabe qué hacer con él. No tiene prisa por enseñárselo
a nadie, salvo quizá al modelo original de la chica sin nombre. Pero ha perdido
el contacto con ella, y de todos modos ella no le reconocería, no sin ayuda.
El
cuento transcurre en Sudáfrica. Le inquieta ver que sigue escribiendo sobre
Sudáfrica. Preferiría dejar atrás su yo sudafricano como ha dejado Sudáfrica.
Sudáfrica fue un mal comienzo, una desventaja. Una familia rural anodina, una
mala educación, el idioma afrikaans: ha escapado, más o menos, de cada una de
estas desventajas. Está en el gran mundo ganándose la vida y no le va mal, o al
menos no ha fracasado, no estrepitosamente. No necesita que le recuerden
Sudáfrica. Si mañana se levantara un maremoto desde el Atlántico y barriera el
extremo sur del continente africano, no derramaría ni una sola lágrima. Él se
contaría entre los supervivientes.
Aunque
ha escrito un cuento menor (de eso no hay duda), no es malo.
No
obstante, no le ve sentido a intentar publicarlo. Los ingleses no lo
entenderían. En la playa de la historia verían la idea inglesa de una playa,
unos pocos guijarros bañados por las olas. No verían un espacio deslumbrante de
arena al pie de colinas rocosas golpeadas por grandes olas, con gaviotas y
cormoranes chillando en lo alto mientras luchan contra el viento.
Por lo
visto, hay otros modos en los que la prosa se distingue de la poesía. En poesía
la acción puede desarrollarse en todas partes y en ninguna: no importa si las
solitarias esposas de los pescadores viven en Kalk Bay, en Portugal o en Maine.
La prosa, por otra parte, parece demandar persistentemente un escenario
específico.
Todavía
no conoce Inglaterra lo bastante bien para recrearla en prosa.
Ni
siquiera está seguro de que pueda recrear las partes de Londres con las que
está familiarizado, el Londres de las multitudes arrastrándose al trabajo, del
frío y de la lluvia, de habitaciones alquiladas sin cortinas en las ventanas y
bombillas de cuarenta vatios. Si lo intentara, sospecha que lo que saldría no
sería distinto del Londres de cualquier otro oficinista soltero. Puede que
tenga su propia visión de Londres, pero esa visión no tiene nada único. Si
posee cierta intensidad, es solo porque es estrecha, y es estrecha porque no
conoce nada fuera de sí misma. No ha dominado Londres. Si alguien domina a
alguien, es Londres quien le domina a él.
8
¿Presagia
su primera incursión en la prosa un cambio de rumbo en su vida? ¿Está a punto
de renunciar a la poesía? No está seguro. Pero si va a escribir prosa, entonces
tal vez deba lanzarse a por todas y convertirse en jamesiano. Henry James
muestra cómo situarse por encima de la mera nacionalidad. De hecho, no siempre
queda claro el escenario en que transcurren sus obras, si es Londres, París o
Nueva York, hasta tal punto James está supremamente por encima de los aspectos
prácticos de la vida cotidiana. La gente de las obras de James no tiene que
pagar el alquiler; desde luego, no tiene que aferrarse a un trabajo; lo único
que se les exige es que mantengan conversaciones supersutiles que
desencadenarán minúsculos trasvases de poder, cambios tan mínimos como
invisibles para todos excepto para el ojo experimentado. Cuando ha tenido lugar
un número suficiente de tales cambios, se revela que el equilibrio de poder
entre los personajes de la historia (Voilá!) ha cambiado de modo repentino e
irreversible. Eso es todo: la historia ha cumplido su misión y puede terminar.
Se
pone ejercicios al estilo de James. Pero el estilo jamesiano resulta menos
fácil de dominar de lo que había pensado. Conseguir que los personajes con los
que sueña mantengan conversaciones supersutiles es como intentar que los
mamíferos vuelen. Por un instante, tal vez dos, agitan los brazos, se sostienen
en el aire. Luego se desploman.
La
sensibilidad de James es más refinada que la suya, no cabe duda.
Pero
eso no basta para explicar su fracaso. James quiere que creamos que las
conversaciones, el intercambio de palabras, son lo único que importa. Aunque él
está dispuesto a aceptar este credo, descubre que no puede seguirlo, no en
Londres, la ciudad sobre cuyas ruedas grises está siendo desmembrado, la ciudad
sobre la que tiene que aprender a escribir, si no ¿por qué está aquí?
Una
vez, cuando todavía era un niño inocente, creyó que la inteligencia era el
único criterio importante, que mientras fuera lo bastante listo podría
conseguir cualquier cosa que deseara. Ir a la universidad le puso en su sitio.
La universidad le enseñó que no era el más listo, ni mucho menos. Y ahora se
enfrenta a la vida real, donde ni siquiera hay exámenes en los que apoyarse.
Por lo visto, en la vida real lo único que sabe hacer bien es sentirse
deprimido. En el sufrimiento sigue siendo el mejor de la clase. La cantidad de
miserias que es capaz de atraer y mantener parece no tener límite. Incluso
mientras camina lenta y pesadamente por las frías calles de esta ciudad
extraña, sin rumbo, andando solo para cansarse y que así cuando regrese a su
cuarto al menos pueda dormir, no siente en su interior la menor disposición a
romper el peso del sufrimiento. El sufrimiento es su elemento. Se siente en
casa en el sufrimiento, como pez en el agua. Si abolieran el sufrimiento, no
sabría qué hacer con su vida.
La
felicidad, se dice, no enseña nada. El sufrimiento, por otra parte, te curte
para el futuro. El sufrimiento es la escuela del alma. Entre las aguas del
sufrimiento se emerge en la lejana orilla purificado, fuerte, listo para
afrontar de nuevo los retos de la vida del arte.
Sin
embargo, el sufrimiento no sienta como un baño purificador. Al contrario, te
sientes como en una piscina llena de agua sucia. De cada nuevo sufrimiento no
se emerge más brillante y más fuerte, sino más tonto y blando. ¿Cómo actúa en
realidad la acción limpiadora que se atribuye al sufrimiento? ¿Es que no se ha
sumergido uno a suficiente profundidad? ¿Habrá que nadar más allá del mero
sufrimiento en pos de la melancolía y la locura? Todavía no ha conocido a nadie
que pueda calificarse con propiedad de loco, pero no ha olvidado a Jacqueline,
que, en sus propias palabras, «estaba en tratamiento», y con quien compartió a
intervalos un apartamento de una sola habitación durante seis meses. En ningún
momento Jacqueline resplandeció con el divino y estimulante fuego de la
creatividad. Al contrario, estaba obsesionada consigo misma, era impredecible,
una compañía agotadora. ¿Esa es la clase de persona con la que debe rebajarse a
estar antes de convertirse en artista? Y en cualquier caso, loco o abatido,
¿cómo escribir cuando el cansancio es como una mano enguantada que te agarra el
cerebro y te lo estruja? ¿O, de hecho, lo que a él le gusta llamar cansancio es
una prueba, una prueba disimulada, una prueba que falla siempre? Después del
cansancio, ¿vendrán más pruebas, tantas como círculos hay en el infierno de
Dante? ¿Es el cansancio simplemente la primera prueba que tuvieron que pasar
los grandes maestros, Holderlin y Blake, Pound y Eliot?
Ojalá
se le concediera la oportunidad de despertar y, solo por un minuto, solo por un
segundo, saber lo que es arder con el fuego sagrado del arte.
Sufrimiento,
locura, sexo: tres maneras de convocar en él el fuego sagrado. Ha visitado los
tramos inferiores del sufrimiento, ha estado en contacto con la locura; ¿qué
sabe del sexo? El sexo y la creatividad van juntos, todo el mundo lo dice, y él
no lo pone en duda. Porque son creadores, los artistas conocen el secreto del
amor. Las mujeres ven el fuego que arde en el artista gracias a una facultad
instintiva. Ellas no poseen el fuego sagrado (salvo excepciones: Safo, Emily
Bronté). En la búsqueda del fuego que les falta, el fuego del amor, las mujeres
persiguen a los artistas y se entregan a ellos. Al hacer el amor los artistas y
sus amantes experimentan brevemente, de manera tentativa, la vida de los
dioses. De esta experiencia el artista regresa a su trabajo enriquecido y
fortalecido, la mujer vuelve a su vida transfigurada.
¿Y
entonces él? Si ninguna mujer ha detectado todavía tras su inexpresividad, su
adustez, ninguna chispa del fuego sagrado; si ninguna mujer parece entregársele
sin los más serios reparos; si la unión amorosa con la que está familiarizado,
tanto por parte de la mujer como por la suya, es ansiosa o aburrida o ambas
cosas a un tiempo, ¿significa que no es un verdadero artista o significa que
todavía no ha sufrido bastante, que todavía no ha pasado suficiente tiempo en
un purgatorio que incluye obligatoriamente encuentros sexuales desapasionados?
Henry
James, con su altiva despreocupación por el simple hecho de vivir, ejerce una
fuerte atracción sobre él. Sin embargo, por mucho que lo intente, no logra
sentir la fantasmal mano de James alargándose para tocarle la frente a modo de
bendición. James pertenece al pasado:
Henry
James llevaba muerto veinte años cuando él nació. James Joyce todavía vivía,
aunque solo por los pelos. Admira a Joyce, hasta sabe recitar pasajes del
Ulises de memoria. Pero Joyce está demasiado ligado a Irlanda y a lo irlandés
para entrar en su panteón. Ezra Pound y T. S. Eliot, por mucho que vacilen y
por mucho que los rodee el mito, aún viven, uno en Rapallo, el otro aquí, en
Londres. Pero si va a dejar la poesía (o la poesía lo va a dejar a él), ¿de qué
ejemplo pueden servirle Pound y Eliot?
Eso le
deja solo con una de las grandes figuras del presente: D. H.
Lawrence.
Lawrence también murió antes de que él naciera, pero puede considerarse un
accidente, puesto que Lawrence murió joven. Leyó a Lawrence por primera vez en
el colegio, cuando El amante de lady Chatterley era el libro prohibido
de peor fama. Al llegar al tercer año de universidad ya había leído todo
Lawrence, a excepción de las obras primerizas.
También
sus compañeros estaban asimilando a Lawrence. De Lawrence estaban aprendiendo a
romper el precario caparazón de las convenciones civilizadas y a dejar emerger
el corazón secreto de su ser.
Las
chicas se ponían vestidos floreados y bailaban bajo la lluvia y se entregaban a
hombres que les prometían conducirlas hasta su corazón más negro. Descartaban
con impaciencia a los que no lo conseguían.
El
había recelado de convertirse en un seguidor del culto a Lawrence.
Las
mujeres de los libros de Lawrence le incomodaban; se las imaginaba como
insectos sin remordimientos, arañas o mantis. Bajo la mirada penetrante de las
pálidas sacerdotisas universitarias del culto ataviadas de negro se sentía
nervioso, un minúsculo insecto soltero y escurridizo. Le habría gustado irse a
la cama con algunas, no podía negarlo -al fin y al cabo, solo conduciendo a una
mujer hasta su negro corazón podía un hombre alcanzar el suyo-, pero le
asustaban demasiado. Los éxtasis de esas mujeres serían volcánicos; él era
demasiado enclenque para sobrevivir a ellos.
Además,
las mujeres que se enamoraban de Lawrence seguían un código de castidad propio.
Caían en largos períodos de frialdad durante los cuales únicamente deseaban
estar a solas o con sus hermanas, períodos durante los que la idea de ofrecer
sus cuerpos equivalía a una violación. Solo podía despertarlas de su sueño
glaciar la llamada imperiosa del yo oscuro del macho. Él no era ni oscuro ni
imperioso, o al menos su oscuridad y su imperiosidad estaban todavía por
emerger.
Así
que lo hacía con otras chicas, chicas que todavía no se habían convertido en
mujeres y que no tenían ningún corazón negro o al menos ninguno del que
mereciera la pena hablar, chicas que por dentro no querían hacerlo, igual que
en lo más profundo de su corazón tampoco podría decirse que él quisiera.
En las
últimas semanas que pasó en Ciudad del Cabo había iniciado una aventura amorosa
con una chica llamada Caroline, una estudiante de teatro que ambicionaba
subirse a los escenarios. Habían ido juntos al teatro, habían pasado noches
enteras debatiendo sobre los méritos de Anouilh frente a Sartre, de Ionesco
frente a Beckett; habían dormido juntos. Su preferido era Beckett, pero no el
de Caroline: Beckett era demasiado fúnebre, decía ella. El sospechaba que la
verdadera razón era que Beckett no escribía papeles femeninos. Animado por
Caroline, incluso había llegado a embarcarse en una obra, un drama en verso
sobre Don Quijote. Pero pronto llegó a un punto muerto; la mente del viejo
español le resultaba demasiado remota, -no lograba abrirse camino en ella- y lo
dejó.
Ahora,
meses después, Caroline se presenta en Londres y le llama.
Quedan
de encontrarse en Hyde Park. Ella conserva todavía el bronceado del hemisferio
sur, está llena de vitalidad, eufórica por estar en Londres, eufórica también
por verle a él. Pasean por el parque. Ha llegado la primavera, las tardes se
alargan, los árboles han echado hojas. Cogen un autobús de vuelta a Kensington,
donde ella vive.
Caroline
le ha impresionado, por su energía y empuje. Unas semanas en Londres y ya se ha
habituado. Tiene trabajo; todos los agentes teatrales tienen ya su currículo; y
vive en un apartamento en un barrio de moda, que comparte con tres chicas
inglesas. Cómo ha conocido a sus compañeras de piso, pregunta él. Amigas de
amigas, responde ella.
Reanudan
su relación, pero desde el principio la cosa es difícil. Caroline trabaja de
camarera en un club nocturno del West End; el horario es impredecible. Ella
prefiere que vaya a verla a su apartamento, que no pase a recogerla por el
club. Como las otras dos chicas ponen reparos a darle las llaves a
desconocidos, tiene que esperar en la calle. Así que al final de la jornada
laboral coge el metro de regreso a Archway Road, cena pan con salchichas en su
cuarto, lee durante una o dos horas o escucha la radio y luego coge el último
autobús a Kensington y espera.
A
veces Caroline regresa del club a medianoche, a veces a las cuatro de la
madrugada. Pasan un rato juntos, se duermen. A las siete en punto suena el
despertador: tiene que salir del apartamento antes de que las amigas de
Caroline se despierten. Coge el autobús de vuelta a Highgate, desayuna, se pone
el uniforme negro y sale hacia la oficina.
Pronto
se convierte en rutina, una rutina que, cuando es capaz de alejarse un momento
y reflexionar, le sorprende. Está teniendo una aventura en la que las reglas
las dicta la mujer, única y exclusivamente. ¿Esto es lo que la pasión hace con
un hombre: robarle el orgullo? ¿Siente pasión por Caroline?
No lo
habría imaginado. Durante el tiempo que pasaron separados apenas pensó en ella
un momento. Entonces, ¿por qué esta docilidad, esta cobardía vil? ¿Quiere que
lo hagan infeliz? ¿En eso se ha convertido para él la infelicidad: una droga
sin la que no puede pasarse?
Lo
peor son las noches en que Caroline no vuelve a casa. Él camina de un lado a
otro por la acera o, cuando llueve, se acurruca en la entrada.
¿De
veras está trabajando hasta tarde, se pregunta desesperado, o el club de Bayswater
es una gran patraña y en ese mismo instante Caroline está en la cama con
otro?
Cuando
la acusa directamente, no obtiene más que excusas vagas. Ha sido una noche
agobiante en el club, ha estado abierto hasta el amanecer, dice ella. O no
tenía dinero para el taxi. O tenía que ir a tomar una copa con un cliente. En
el mundo del espectáculo, le recuerda ella con aspereza, los contactos son
importantísimos. Sin contactos su carrera nunca despegará.
Todavía
hacen el amor, pero ya no es como antes. Caroline tiene la cabeza en otro lado.
Peor aún: él se está convirtiendo en una carga con sus melancolías y
enfurruñamientos, lo nota. Si le quedara algo de sentido común rompería de
inmediato, se largaría. Pero no lo hace. Tal vez Caroline no sea la amada
misteriosa de ojos oscuros que vino buscando a Europa, tal vez no sea más que
una chica de Ciudad del Cabo de orígenes tan aburridos como los suyos, pero por
el momento es lo único que tiene.
9
En
Inglaterra las chicas no le prestan atención, quizá porque su persona todavía
desprende cierto aire de torpeza colonial, quizá sencillamente porque no lleva
la ropa adecuada. Cuando no lleva uno de sus trajes IBM, solo tiene los
pantalones de franela gris y la cazadora verde que se trajo de Ciudad del Cabo.
Los jóvenes que ve en el metro y en la calle, en cambio, llevan pantalones
negros estrechos, zapatos puntiagudos y chaquetas ceñidas con muchos botones.
También llevan el pelo largo, caído sobre la frente y las orejas, mientras que
él todavía lleva el peinado corto por los lados y la nuca y con raya bien
definida que le inculcaron de niño los barberos de la ciudad rural y al que IBM
dio el visto bueno. En los vagones, los ojos de las chicas resbalan sobre él o
lo miran fugazmente con desdén.
Su
situación no acaba de ser justa: protestaría si supiera dónde y a quién. ¿Qué
clase de trabajo tienen sus rivales que les permite vestir como quieran? Y, de
todos modos, ¿por qué debería seguir la moda?
¿Es
que las cualidades internas no cuentan nada?
Lo
sensato sería comprarse ropa como la de los demás y ponérsela los fines de
semana. Pero cuando se imagina vestido de esa guisa, con una indumentaria que
no solo le parece ajena a su carácter sino latina más que inglesa, nota crecer
su resistencia. No puede hacerlo: sería como rendirse a una farsa, puro teatro.
Londres
está lleno de chicas guapas. Vienen de todo el mundo: como au-pairs,
estudiantes de inglés o simples turistas.
El
pelo les tapa las mejillas, se maquillan los ojos, tienen un aire de
sofisticado misterio. Las más guapas son las suecas, altas y con la piel color
de miel; pero las italianas, menudas y de ojos almendrados, también tienen su
encanto. Imagina que las italianas hacen el amor de forma brusca y apasionada,
de un modo muy distinto a las suecas, que deben de mostrarse lánguidas y
sonrientes. Pero ¿alguna vez tendrá la oportunidad de descubrirlo en persona?
Si alguna vez lograra reunir el valor para hablar con una de esas bellas
extranjeras, ¿qué diría? ¿Mentiría si se presentara como matemático en lugar de
simple programador informático? ¿Impresionarían las atenciones de un matemático
a una chica europea o sería mejor decirle que, pese a su exterior aburrido, es
poeta?
Lleva
un libro de poemas con él en el bolsillo, a veces Hólderlin, a veces Rilke, a
veces Vallejo. En los vagones lo saca ostensiblemente y se concentra en la
lectura. Es una prueba. Solamente una chica excepcional apreciará lo que está
leyendo y reconocerá en él a otro espíritu excepcional. Pero ninguna de las
chicas de los vagones le presta la menor atención. Por lo visto, es una de las
primeras cosas que las chicas aprenden al llegar a Inglaterra: no prestar
atención a las señales masculinas.
Lo que
llamamos belleza es sencillamente un primer presentimiento de terror, le cuenta
Rilke. Nos postramos ante la belleza para agradecerle que renuncie a
destruirnos. ¿Le destruirían si se aventurara a acercase demasiado a esas
bellas criaturas de otros mundos, o les parecería demasiado insignificante para
eso?
En una
revista de poesía -Ambit quizá, o Agenda- encuentra el anuncio de
un taller semanal organizado por la Sociedad Poética en apoyo de los
escritores jóvenes que aún no han publicado nada. Se presenta a la hora y en el
lugar anunciados vestido con su traje negro. La mujer de la puerta lo repasa
con desconfianza, le pregunta la edad.
-Veintiuno.
Es
mentira: tiene veintidós.
Sus
colegas poetas, sentados en círculo en butacas de cuero, le pasan revista, le
saludan con gesto distante. Parecen conocerse entre ellos; es el único nuevo.
Son más jóvenes que él, de hecho son todos adolescentes, salvo un hombre de
mediana edad con cojera que parece ser alguien en la Sociedad Poética.
Leen por turnos sus poemas más recientes. El poema que lee él acaba con las
palabras «los furiosos embates de mi incontinencia». El hombre de la cojera
juzga la elección de palabras desafortunada. Para cualquiera que haya trabajado
en un hospital, dice, la incontinencia significa incontinencia urinaria o algo
peor.
Vuelve
a la semana siguiente, y después de la sesión toma café con una chica que ha
leído en voz alta un poema sobre la muerte de un amigo en accidente de coche, a
su modo un buen poema, sereno, nada pretencioso. Cuando no escribe poesía, le
cuenta la chica, estudia en el King's College de Londres; viste con la
severidad adecuada una falda oscura y medias negras. Acuerdan volverse a ver.
Quedan
de verse en Leicester Square un sábado por la tarde. Tenían casi decidido ir a
ver una película; pero los poetas están obligados a vivir al límite, así que en
lugar de al cine van a la habitación que ella tiene junto a la calle Gower,
donde le deja desvestirla. Le maravilla la hermosa forma de su cuerpo desnudo,
la blancura de marfil de su piel.
¿Son
todas las inglesas así de guapas sin ropa?, se pregunta.
Se
acuestan desnudos abrazándose uno al otro, pero sin calidez; y la calidez,
queda claro, no surgirá. Al final la chica se despega de él, cruza los brazos
sobre los pechos, estira las manos, sacude la cabeza en silencio.
Podría
intentar convencerla, inducirla, seducirla; hasta puede que lo consiguiera;
pero le falta ánimo. Después de todo no solo es una mujer, con intuiciones de
mujer, sino que además es artista. El trata de atraerla a una mentira; seguro
que ella lo sabe.
Se
visten en silencio.
-Lo
siento -dice ella.
El se
encoge de hombros. No está enfadado. No la culpa. También él tiene sus
intuiciones. El veredicto al que ha llegado sobre él sería el mismo que él
dictaría.
Después
de este episodio deja de acudir a la Sociedad Poética. De todas maneras,
nunca se ha sentido bienvenido.
No
tiene más suerte con las chicas inglesas. En IBM hay chicas inglesas de sobra,
secretarias y operadoras de perforadoras, y oportunidades para charlar con
ellas. Pero nota cierta resistencia, como si no estuvieran seguras de quién es
él, cuáles son sus motivos, qué va a hacer en su país. Otros flirtean con ellas
con un jovial estilo inglés, con mucha mano izquierda. Ellas responden al
flirteo, es evidente: se abren como flores. Pero él no ha aprendido a flirtear.
Ni siquiera está seguro de que le parezca bien. Y, de todas maneras, no puede
permitir que las chicas de IBM sepan que es poeta. Se reirían entre ellas,
propagarían el cuento por todo el edificio.
Su
máxima aspiración, por encima de una novia inglesa, por encima incluso de una
sueca o una italiana, es conseguir una chica francesa. Si mantuviera un
apasionado romance con una francesa está seguro de que la gracia del idioma
francés, la sutileza del pensamiento francés, le conmovería y mejoraría. Pero
¿por qué iba a dignarse una chica francesa, con más razón aún que una inglesa,
a hablarle? Y, de todos modos, tampoco ha visto tantas francesas en Londres.
Las francesas, al fin y al cabo, tienen Francia, el país más bello del mundo.
¿Por qué iban a venir a la fría Inglaterra en busca de nativos?
Los
franceses son el pueblo más civilizado del mundo. Todos los escritores que
respeta se han empapado de cultura francesa; la mayoría consideran Francia su
patria espiritual; Francia y, hasta cierto punto, Italia, pese a que Italia
parece estar pasando por una mala época. Desde los quince años, cuando envió un
giro postal de cinco libras y diez chelines al Instituto Pelman y
recibió a cambio un libro de gramática y un juego de ejercicios para hacer y
remitir al instituto para que los corrigieran, intenta aprender francés.
En el
baúl que ha traído desde Ciudad del Cabo tiene quinientas tarjetas con
vocabulario francés básico, una palabra por tarjeta, para llevarlas encima y
memorizarlas; por su cabeza se pasean varias locuciones francesas: je viens
de, acabo de; il me faut, tengo que.
Pero
tanto esfuerzo no le ha llevado a ninguna parte. No tiene sentido del francés.
Cuando escucha discos franceses, la mayor parte del tiempo no sabe dónde acaba
una palabra y empieza la siguiente.
Aunque
puede leer textos en prosa sencilla, no logra imaginar cómo suenan. El idioma
se le resiste, le excluye; no encuentra la manera de entrar en él.
En
teoría, el francés tendría que resultarle fácil. Sabe latín; a veces lee
pasajes latinos en voz alta por puro placer; no del latín de las épocas dorada
o de plata, sino del latín de la Vulgata, con su indiferencia desenvuelta hacia
el orden clásico de las palabras. Capta el español sin problemas. Lee a César
Vallejo en edición bilingüe, lee a Nicolás Guillén, lee a Pablo Neruda. El
español está plagado de palabras de sonido brutal cuyo significado ni siquiera
acierta a adivinar, pero da igual. Al menos se pronuncian todas las letras,
hasta la erre doble.
Sin
embargo, el idioma para el que tiene verdadera facilidad es el alemán.
Sintoniza las emisiones de Colonia y, cuando no son demasiado tediosas, también
las de Berlín Oriental, y entiende la mayor parte; lee poesía alemana y la
sigue bastante bien. Aprueba el modo en que el alemán concede a cada sílaba el
peso debido. Con el fantasma del afrikaans todavía en sus oídos, se siente como
en casa con la sintaxis alemana. De hecho, disfruta de la longitud de las
frases, del complejo amontonamiento de verbos al final. Hay veces en que, al
leer alemán, olvida que es un idioma aprendido.
Lee
una y otra vez a Ingeborg Bachmann; lee a Bertolt Brecht, a Hans Magnus
Enzensberger. El alemán esconde un trasfondo sardónico que le atrae aunque no
está seguro de entender qué hace ahí; de hecho, se pregunta si no se lo estará
imaginando. Podría preguntarlo, pero no conoce a nadie más que lea poesía
alemana, como tampoco conoce a nadie que hable francés.
Sin
embargo, en esta inmensa ciudad tiene que haber miles de personas empapadas de
literatura alemana, miles más que lean poesía en ruso, húngaro, griego,
italiano; que la lean, la traduzcan, incluso que la escriban: poetas exiliados,
hombres de pelo largo y gafas de carey, mujeres de rostro marcadamente
extranjero y labios apasionados y carnosos. En las revistas que compra en
Dillons descubre pruebas suficientes de su existencia: traducciones que deben
ser obra de ellos.
Pero
¿cómo conocerlos? ¿Qué hacen estos seres especiales cuando no están leyendo,
escribiendo y traduciendo? ¿Se sienta con ellos sin saberlo en Hampstead
Heath?
Movido
por un impulso, sigue a una pareja prometedora por el Heath. El hombre
es alto y con barba, la mujer lleva una larga melena rubia peinada hacía atrás
con descuido. Está seguro de que son rusos. Pero cuando se acerca lo suficiente
para escuchar a escondidas resultan ser ingleses; charlan sobre el precio de
los muebles en Heal's.
Queda
Holanda. Al menos posee un conocimiento privilegiado del holandés, al menos
cuenta con esa ventaja. Entre todos los círculos londinenses, ¿existe también
un círculo de poetas holandeses? De ser así, ¿le dará acceso inmediato su
conocimiento del idioma?
La
poesía holandesa siempre le ha parecido más bien aburrida, pero el nombre de
Simon Vinkenoog aparece constantemente en las revistas especializadas.
Vinkenoog es el único poeta holandés que parece haber alcanzado reconocimiento
internacional. Lee todo lo que encuentra de Vinkenoog en el British Museum, y
no le entusiasma. Los escritos de Vinkenoog son estentóreos, burdos, faltos de
cualquier tipo de misterio.
Si
Vinkenoog es todo lo que Holanda tiene que ofrecer, sus peores sospechas se
confirman: de todas las naciones, la holandesa es la más apagada, la más
antipoética. Otro tanto puede decirse de su herencia neerlandesa. Para el caso
podría ser monolingüe.
De vez
en cuando Caroline le telefonea de nuevo al trabajo y concierta una cita. Una
vez juntos, sin embargo, no oculta su impaciencia con él.
¿Cómo
puede haber hecho todo el camino hasta Londres, le dice Caroline, y luego
pasarse los días sumando números en una máquina?
Mira
alrededor, le dice: Londres es una galería de novedades, placeres y
diversiones. ¿Por qué no sales de tu caparazón y te diviertes?
-Algunos
no hemos nacido para la diversión -replica él. Ella se lo toma a broma, no
intenta comprenderle.
Caroline
todavía no le ha explicado nunca de dónde saca el dinero para el piso de
Kensington y los modelitos siempre nuevos con los que se presenta. Su
padrastro, que vive en Sudáfrica, trabaja en el negocio del automóvil. ¿El
negocio del automóvil es lo bastante lucrativo para financiarle una vida de
placer a una hijastra en Londres? ¿Qué hace en realidad Caroline en el club
donde pasa las noches? ¿Cuelga abrigos en el guardarropía y recoge propinas?
¿Lleva bandejas con bebidas? ¿O trabajar en un club es un eufemismo?
Uno de
los contactos que ha hecho en el club, le informa, es Laurence Olivier.
Laurence Olivier se interesa por su carrera artística. Le ha prometido un papel
en una obra todavía por concretar; también la ha invitado a su casa de campo.
¿Qué
deducir de esta información? Lo del papel en una obra suena a mentira; pero
¿miente Laurence Olivier a Caroline o Caroline a él? A estas alturas, Laurence
Olivier debe de ser un viejo con dentadura postiza. ¿Sabe Caroline protegerse
de Laurence Olivier, si es que el hombre que la ha invitado a su casa de campo
es realmente Olivier?
¿Qué
hacen los hombres de esa edad con las chicas para divertirse? ¿Es correcto
sentir celos de un hombre que probablemente ya no pueda mantener una erección?
En cualquier caso, ¿los celos son un sentimiento anticuado aquí, en Londres, en
1962?
Lo más
probable es que Laurence Olivier, si es que es él, le administre el tratamiento
de casa de campo completo, incluido chofer que pase a recogerla por la estación
y mayordomo que les sirva la cena. Luego, cuando el clarete la haya aturdido,
se la llevará a la cama y la toqueteará, y ella le dejará hacer, por educación,
para agradecerle la velada y también por el bien de su carrera. ¿Se molestará
Caroline en comentar en sus encuentros que existe un rival, un oficinista que
trabaja para una empresa de máquinas de sumar y vive en una habitación junto a
Archway Road en la que a veces escribe versos?
No
entiende por qué Caroline no rompe con él, el novio oficinista.
Mientras
se arrastra hacia casa en la oscuridad de la madrugada después de pasar la
noche juntos, solo ruega que Caroline no vuelva a llamarle. Y de hecho, a veces
pasa una semana sin tener noticias suyas.
Luego,
justo cuando empieza a pensar en su aventura como agua pasada, le telefonea y
el ciclo vuelve a empezar.
El
cree en el amor apasionado y su poder transfigurador. Sin embargo, su
experiencia dice que las relaciones amorosas le comen el tiempo, le cansan y
paralizan su trabajo. ¿Es posible que no esté hecho para amar a las mujeres,
que en realidad sea homosexual? Si fuera homosexual, eso explicaría sus
tribulaciones de principio a fin. No obstante, desde que cumplió los dieciséis
se ha sentido fascinado por la belleza femenina, por el aire de misteriosa
inaccesibilidad de las mujeres. De estudiante sufría la fiebre continua de la
enfermedad del amor, unas veces por culpa de una chica, otras por culpa de
otra, en ocasiones a causa de dos al mismo tiempo. Leer a los poetas solo le
subía la fiebre.
A
través del éxtasis cegador del sexo, decían los poetas, se alcanza un
resplandor incomparable, el corazón del silencio; te haces uno con las fuerzas
elementales del universo. Aunque hasta la fecha no ha alcanzado el resplandor
incomparable, no duda ni por un momento que los poetas tengan razón.
Una
noche se deja abordar en la calle por un hombre. El tipo es mayor que él; de
hecho, de otra generación. Van en taxi a Sloane Square, donde vive el hombre
-al parecer solo- en un piso lleno de cojines adornados con borlas y tenues
lamparillas de mesa.
Apenas
hablan. Deja que el hombre le toque a través de la ropa; no le da nada a
cambio. Si el hombre tiene un orgasmo, consigue llevarlo con discreción.
Después se va y vuelve a casa.
¿Eso
es la homosexualidad? ¿Eso es todo? Incluso aunque haya algo más, parece una
actividad penosa comparada con el sexo con mujeres:
rápida,
ausente, carente de pavor pero también de atractivo. Parece que no haya nada en
juego: nada que perder, pero tampoco nada que ganar. Un juego para gente
temerosa de participar en la gran liga; un juego para perdedores.
10
El
plan que tenía en mente al venir a Inglaterra, en la medida en que tenía un
plan, consistía en encontrar trabajo y ahorrar dinero. Cuando tuviese
suficiente dinero dejaría el trabajo y se dedicaría a escribir.
Cuando
se le acabaran los ahorros buscaría otro trabajo y vuelta a empezar.
Pronto
descubre lo inocente del plan. El salario de IBM, antes de impuestos, es de
sesenta libras mensuales, de las cuales logra ahorrar diez como máximo. Un año
de trabajo le reportaría dos meses de libertad; gran parte de este tiempo libre
se lo comería la búsqueda del siguiente empleo. El dinero de la beca de
Sudáfrica apenas le llegará para pagar la matrícula de estudios.
Más
aún, descubre que no es libre para cambiar de empleo a voluntad.
Las
nuevas normativas que afectan a los extranjeros en Inglaterra especifican que
cualquier cambio de empleo debe ser aprobado por el Ministerio de Exteriores.
Está prohibido vivir libre como el viento: si se despide de IBM tiene que
encontrar otro trabajo enseguida o abandonar el país.
Ya
lleva en IBM el tiempo suficiente para haberse acostumbrado a la rutina. Sin
embargo, todavía le cuesta soportar la jornada laboral. Pese a que a sus
compañeros y a él se les recuerda continuamente en reuniones y memorandos que
están a la cabeza de los profesionales del procesamiento de datos, se siente
como un oficinista aburrido en una novela de Dickens, sentado en un taburete
copiando documentos mohosos.
Las
únicas interrupciones del tedio diario llegan a las once y a las tres y media,
cuando la señora del té aparece con su carrito a dejar una taza de cargado té
inglés delante de cada uno de ellos («¡Aquí tienes, cariño!»). Solo cuando ha
pasado el trajín de las cinco -las secretarias y perforadoras se marchan a las
cinco en punto, con ellas ni se plantean las horas extras- y avanza la tarde
puede levantarse de la mesa, pasear y relajarse. La sala de máquinas de abajo,
dominada por los inmensos armarios de memoria del 7090, está vacía la mayor
parte de las veces, sabe utilizar programas en el pequeño ordenador 1401, e
incluso, a escondidas, se entretiene con juegos de ordenador.
En
tales ocasiones su trabajo le resulta no solo llevadero, sino agradable. No le
importaría pasarse la noche entera en el despacho, utilizando programas de su
propia invención hasta que le venciera el sueño, lavarse luego los dientes en
el lavabo y extender un saco de dormir debajo de la mesa. Sería mejor que coger
el último tren y subir por Archway Road hasta su cuarto solitario. Pero a IBM
no le gustaría un comportamiento tan irregular.
Traba
amistad con una de las perforadoras. Se llama Rhoda; tiene los muslos algo
gruesos, pero también una tez cetrina sedosamente atractiva. Rhoda se toma en
serio el trabajo; a veces él se queda de pie en la puerta, observándola
inclinada sobre el teclado. Ella es consciente de que la mira, pero no parece
importarle.
Nunca
habla con Rhoda de nada más que de trabajo. El inglés de ella, con sus
triptongos y oclusiones glóticas, no es fácil de entender. Es nativa de un modo
que sus colegas programadores, con su educación privada, no lo son; la vida que
lleva fuera de las horas de trabajo son un libro cerrado.
Al
llegar al país estaba preparado para enfrentarse a la famosa frialdad
británica. Pero las chicas de IBM no le parecen frías en absoluto. Poseen una
acogedora sensualidad propia, la sensualidad de los animales criados juntos en
la misma guarida húmeda, acostumbrados a los hábitos corporales de cada uno.
Aunque
no pueden competir en glamour con las suecas y las italianas, a él le atraen
estas chicas inglesas por su ecuanimidad y su falta de gracia. Le gustaría
conocer mejor a Rhoda. Pero ¿cómo? Rhoda es de otra tribu. Las barreras que
tendría que superar, por no hablar de las convenciones del cortejo tribal, le
frustran y descorazonan.
La
eficiencia de la sede de la calle Newman se mide por el uso que hace del 7090.
El 7090 es el corazón de la oficina, la razón de su existencia.
Cuando
el 7090 no trabaja se habla de tiempo ocioso. El tiempo ocioso significa
ineficiencia, y la ineficiencia es pecado. El fin último de la oficina es
mantener el 7090 en funcionamiento noche y día; los clientes más valorados son
los que ocupan el 7090 durante horas enteras. Tales clientes forman el feudo de
los programadores superiores; él no tiene nada que hacer.
Un
día, sin embargo, uno de los clientes importantes tiene dificultades con sus
tarjetas de datos y le ordenan ayudarle. El cliente se llama señor Pomfret, un
hombrecillo con traje arrugado y gafas. Viene a Londres los jueves desde algún
lugar del norte de Inglaterra con cajas y más cajas de tarjetas perforadas;
tiene una reserva regular de seis horas en el 7090 a partir de medianoche. Por
los cotilleos de la oficina se entera de que las tarjetas contienen datos sobre
el túnel aerodinámico de un nuevo bombardero británico, el TSR2, en el que está
trabajando la RAF.
El
problema del señor Pomfret, y el problema de sus compañeros del norte, es que
los resultados de las sesiones de las dos últimas semanas son anómalos. No
tienen sentido. O bien los datos de las pruebas están mal, o bien hay algún
error en el diseño del avión. A él se le ha encargado que repase las tarjetas
del señor Pomfret en la máquina auxiliar, la 1401, y realice diversas
comprobaciones para determinar si han sido mal perforadas.
Trabaja
hasta pasada la medianoche. Serie a serie, pasa las tarjetas del señor Pomfret
por el lector de tarjetas. Al final puede informar de que no hay ningún error
de perforación. Los resultados eran anómalos; el problema existe.
El
problema existe. De la manera más casual, más nimia, ha entrado en el proyecto
TSR2, ha entrado a formar parte de las fuerzas de defensa británicas; ha
favorecido los planes británicos de bombardear Moscú.
¿Para
esto vino a Inglaterra: para participar en el mal, un mal sin recompensa, ni
siquiera imaginaria? ¿Qué tiene de romántico pasar la noche en vela para que el
señor Pomfret, ingeniero aeronáutico, con su aire indefenso y blando y su
maletín lleno de tarjetas, pueda coger el primer tren al norte para llegar a
tiempo a la reunión de los viernes por la mañana en el laboratorio?
Menciona
en una carta a su madre que ha estado trabajando en datos del túnel
aerodinámico para el TSR2, pero su madre no tiene la menor idea de lo que es el
TSR2.
Finalizan
las pruebas del túnel aerodinámico. Cesan las visitas del señor Pomfret a
Londres. Busca más noticias sobre el TSR2 en los periódicos, pero no hay nada.
El TSR2 parece haber desaparecido en el limbo.
Ahora
que es demasiado tarde, se pregunta qué habría ocurrido si, mientras tenía las
tarjetas del TSR2 en sus manos, hubiera adulterado los datos. ¿Habría provocado
una confusión general del proyecto o los ingenieros del norte habrían detectado
la intromisión? Por una parte, le gustaría aportar su granito de arena para
salvar a Rusia de ser bombardeada. Por otra, ¿tiene derecho moral a disfrutar
de la hospitalidad británica mientras sabotea sus fuerzas aéreas? Y, en
cualquier caso, ¿cómo iban a enterarse los rusos de que un oscuro simpatizante
de una oficina londinense de IBM les había conseguido unos días de tranquilidad
en la guerra fría?
No
entiende qué tienen los ingleses en contra de los rusos. Gran Bretaña y Rusia
han compartido bando en todas las guerras de las que tiene noticia desde 1854.
Los rusos nunca han amenazado con invadir Gran Bretaña. Entonces, ¿por qué los
británicos se alían en el bando de los estadounidenses, que se comportan como
matones en Europa, al igual que en el resto del mundo? No es como si a los
británicos les gustaran de verdad los norteamericanos. Los caricaturistas de la
prensa siempre están metiéndose con los turistas norteamericanos, con sus
puros, sus barrigotas, sus camisas hawaianas y los puñados de dólares de los
que van alardeando. En su opinión, los británicos deberían desmarcarse de los
franceses y salir de la OTAN, abandonar a los norteamericanos y a sus nuevos
compinches, los alemanes del oeste, en su ajuste de cuentas con los rusos.
Los
periódicos vienen llenos de noticias sobre la CDN, la Campaña pro Desarme
Nuclear. Las fotografías que publican de tipos enclenques y mujeres feas de
pelo enmarañado ondeando pancartas y gritando consignas no le predisponen en
favor de la CDN. Por otro lado, Jruschov acaba de asestar un golpe estratégico
maestro: ha construido lanzamisiles en Cuba para contraatacar a los misiles
norteamericanos que cercan Rusia. Ahora Kennedy amenaza con bombardear Rusia si
no retira sus misiles de Cuba. Es contra lo que protestan los de la CDN: un
ataque nuclear en el que participarían las bases estadounidenses en Gran
Bretaña. Él no puede apoyar su postura.
Los
aviones espía norteamericanos fotografían cargueros rusos que cruzan el
Atlántico en dirección a Cuba. Según los norteamericanos, estos buques
transportan más misiles. En las fotografías, los misiles -
formas
vagas cubiertas por lonas- se destacan con círculos blancos. A él le parece que
también podrían ser botes salvavidas. Le sorprende que los periódicos no
cuestionen la versión norteamericana.
¡Despertad!,
clama la CDN, estamos al borde de la aniquilación nuclear.
¿Podría
ser verdad?, se pregunta. ¿Vamos a perecer todos?
Acude
a una gran concentración de la CDN en Trafalgar Square, con cuidado de
permanecer en el borde para demostrar que solo ha ido de mirón. Es la primera
manifestación masiva a la que acude: los puños alzados, las consignas coreadas,
en general el exaltamiento de las pasiones le repelen. Solo el amor y el arte
son, en su opinión, dignos de una entrega sin reservas.
El
mitin culmina una marcha de ochenta kilómetros de los incondicionales de la CDN
que partió hace una semana de las afueras de Aldermaston, la central de
armamento nuclear británico. Durante días el Guardian ha mostrado fotografías
de manifestantes empapados en la carretera. Ahora, en Trafalgar Square, reina
el pesimismo.
Mientras
escucha los discursos se da cuenta de que estas personas, o al menos algunas de
las presentes, creen de verdad lo que dicen. Creen que van a bombardear
Londres; creen que van a morir todos.
¿Tienen
razón? De ser así, parece terriblemente injusto: injusto para los rusos,
injusto para la gente de Londres, pero sobre todo injusto para él, que será
incinerado por culpa de la belicosidad norteamericana.
Piensa
en el joven Nikolai Rostov en el campo de batalla de Austerlitz, contemplándolo
todo como un conejo hipnotizado mientras los granaderos franceses cargan contra
él con sus macabras bayonetas.
¿Cómo
es posible que quieran matarme, protesta para sus adentros, a mí, que le gusto
tanto a todo el mundo?
¡Salió
del fuego para caer en las brasas! ¡Qué ironía! ¡Haber escapado de los
afrikáners que querían forzarle a entrar en el ejército y de los negros que
querían empujarlo al mar para acabar en una isla que pronto terminará
convertida en cenizas! ¿En qué tipo de mundo vive?
¿Dónde
puedes librarte de la furia política? Solamente Suecia parece estar por encima
del conflicto. ¿Debería dejarlo todo y coger el primer barco a Estocolmo? ¿Hay
que hablar sueco para entrar en Suecia?
¿Necesitan
programadores informáticos en Suecia? ¿Tienen ordenadores en Suecia?
Acaba
el mitin. Regresa a su habitación. Debería estar leyendo La copa dorada o
trabajando en sus poemas, pero ¿qué sentido tendría, qué sentido tiene nada?
Luego,
al cabo de unos días, de repente la crisis ha pasado. Jruschov capitula ante
las amenazas de Kennedy. Ordena a los cargueros que den marcha atrás. Desarma
los misiles que ya tenía en Cuba. Los rusos dan una explicación formal de su
actuación, pero está claro que han sido humillados. Los únicos que salen bien
parados de este episodio histórico son los cubanos. Impertérritos, los cubanos
prometen solemnemente que, con misiles o sin ellos, defenderán su revolución
mientras les quede un aliento de vida. A él le gustan los cubanos y Fidel
Castro. Al menos Fidel no es un cobarde.
Se
pone a charlar en la Tate Gallery con una chica a la que toma por turista. Es
fea, con gafas, de aspecto cabal, la clase de chica que no le interesa pero que
probablemente le corresponde. Se llama Astrid, le dice. Es de Austria; de
Klagenfurt, no de Viena.
Resulta
que Astrid no es turista, sino aupair. Al día siguiente la lleva al cine.
Enseguida se da cuenta de que tienen gustos bastante diferentes.
No
obstante, cuando lo invita a acompañarla a la casa donde trabaja, no le dice
que no. Echa un breve vistazo a su cuarto: una buhardilla con cortinas de
algodón a cuadros azules y colcha a juego y un oso de peluche sobre la
almohada.
Torna
el té en la planta baja con Astrid y su patrona, una inglesa que le repasa de
arriba abajo con una mirada fría y juzga que no da la talla.
Esta
es una casa europea, dicen los ojos de la mujer: no necesitamos a ningún tosco
oriundo de las colonias, y encima bóer.
No es
un buen momento para los sudafricanos en Inglaterra. Con grandes demostraciones
de superioridad moral, Sudáfrica se ha declarado república y acto seguido ha
sido expulsada de la Commonwealth. El mensaje de la expulsión no deja lugar a
los equívocos. Los británicos están hartos de los bóers y la Sudáfrica que
lideran, una colonia que siempre ha dado más problemas que alegrías.
Les
encantaría que Sudáfrica se desvaneciera silenciosamente en el horizonte. Desde
luego, no quieren tener a sudafricanos blancos desesperados llamando a sus
puertas como huérfanos en búsqueda de padre. No le cabe duda de que esta sutil
inglesa informará indirectamente a Astrid de que él no es un tipo aconsejable.
La
soledad, quizá también la lástima que le despierta esa infeliz extranjera sin
gracia y un pésimo inglés, le empuja a verse con ella otra vez. Después, sin
ninguna razón, la convence para que vaya a su habitación. Astrid no tiene ni
siquiera dieciocho años, todavía es una niña; él nunca ha estado con alguien
tan joven, con una niña, en realidad. Cuando la desnuda nota su piel fría y
pegajosa. Ha cometido un error, lo sabe. No la desea; en cuanto a Astrid, a
pesar de que las mujeres y sus necesidades suelen parecerle un misterio, está
seguro de que tampoco le desea. Pero han llegado demasiado lejos, los dos, para
echarse atrás, así que siguen adelante.
Durante
las semanas siguientes pasan varias noches juntos. Pero tienen problemas de
tiempo. Astrid solo puede salir después de acostar a los hijos de la patrona;
como mucho consiguen pasar juntos una hora apresurada antes de que parta el
último tren hacia Kensington. Un día, Astrid se atreve a pasar toda la noche
fuera. Él finge disfrutar de tenerla a su lado, pero la verdad es que no es
así. Duerme mejor solo.
Comparte
la cama tenso e inmóvil toda la noche, y se despierta agotado.
11
Hace
años, cuando era todavía un niño de una familia que se esforzaba por ser
normal, sus padres solían salir a bailar los sábados por la noche.
El les
miraba prepararse; si se quedaba despierto hasta tarde, interrogaba a su madre
a la vuelta. Pero nunca llegó a ver lo que realmente ocurría en el salón de
baile del hotel Masónico de Worcester:
qué
tipo de bailes bailaban sus padres, si fingían mirarse a los ojos mientras
bailaban, si solo bailaban juntos o si, como en las películas norteamericanas,
se permitía que un desconocido tocara el hombro de la mujer y se la robara a su
compañero, que tenía que buscar otra pareja o quedarse en un rincón fumando un
cigarrillo de mal humor.
Le
costaba entender por qué gente que ya estaba casada tenía que tomarse la
molestia de vestirse de fiesta e ir a un hotel a bailar cuando podrían haber
hecho lo mismo en el salón de casa con música de la radio. Pero, por lo visto,
para su madre las noches de sábado en el hotel Masónico eran importantes, tan
importantes como montar a caballo o, cuando no había caballo, en bicicleta.
Bailar y montar representaban la vida que había llevado antes de casarse, antes
de, en su versión de la historia de su vida, convertirse en prisionera («¡No
seré una prisionera en mi propia casa!»).
La
firmeza de su madre no le llevó a ningún sitio. Quien fuera que les animara en
la oficina de su padre a ir a los bailes del sábado por la noche se mudó o dejó
de acudir. El vestido azul brillante con una aguja de plata, los guantes
blancos, el divertido sombrerito que su madre se ponía ladeado, desaparecieron
en roperos y cajones, y fin de la historia.
En
cuanto a él, se alegró de que los bailes acabaran, aunque no lo dijo.
No le
gustaba que su madre saliera, no le gustaba el aire ausente que tenía al día
siguiente. De todos modos, no le veía ningún sentido a bailar. Evitaba las
películas que prometían incluir números de baile, desanimado por la cara
sentimentaloide y boba que se le ponía a la gente.
-Bailar
es un buen ejercicio -insistía su madre-. Aprendes ritmo y equilibrio.
No le
convenció. Si la gente necesitaba ejercicio, podía hacer calistenia o levantar
pesas o correr alrededor de la manzana.
En los
años transcurridos desde que Worcester quedara atrás no ha cambiado de opinión
con respecto al baile. Cuando en su época de estudiante universitario le
avergonzaba demasiado ir a las fiestas y no saber bailar, se apuntó a unos
cursillos en una escuela de baile pagados de su propio bolsillo: quickstep,
vals, twist, chachachá. No funcionó: a los pocos meses lo había olvidado todo,
en un acto de mala memoria premeditada. Sabe perfectamente el porqué. Nunca, ni
por un momento, se aplicó de lleno al baile durante las clases. Aunque seguía
los pasos, por dentro permanecía siempre rígido. Y así sigue: en lo más hondo
sigue sin ver la razón por la que la gente necesita bailar.
Bailar
solo cobra sentido cuando se interpreta como otra cosa, algo que la gente
prefiere no admitir. Esa otra cosa es lo verdaderamente importante: el baile no
es más que la máscara. Sacar a bailar a un chica significa hacerle
proposiciones; aceptar la invitación a bailar significa el consentimiento a las
proposiciones; y bailar es la representación y prefiguración de la relación.
Las correspondencias son tan obvias que se pregunta por qué la gente se molesta
en bailar. ¿Para qué arreglarse, para qué los movimientos rituales, para qué la
gran parodia?
La
música de baile antigua con sus ritmos torpes, la música del hotel Masónico,
siempre le ha aburrido. En cuanto a la burda música norteamericana con la que
baila la gente de su generación, simplemente no le gusta.
En
Sudáfrica, todas las canciones que sonaban en la radio eran norteamericanas. En
la prensa se seguían de manera obsesiva las payasadas de las estrellas de cine
estadounidenses, se imitaban ciegamente las modas norteamericanas como el hula
hoop. ¿Por qué?
¿Por
qué mirar a Norteamérica para todo? Repudiados por los holandeses y ahora por
los británicos, ¿habían decidido los sudafricanos convertirse en
norteamericanos de pega pese a que la mayoría no le había puesto la vista
encima a uno de verdad en la vida?
El
había esperado perder de vista Norteamérica en Gran Bretaña: la música
norteamericana, las modas norteamericanas. Pero, para su consternación, los
británicos no están menos ansiosos por imitar a Norteamérica. La prensa popular
lleva fotografías de chicas gritando como posesas en los conciertos. Hombres
con melenas hasta los hombros berrean y aúllan con acentos norteamericanos
falsos y luego hacen añicos sus guitarras. La cosa le supera.
Lo que
salva a Gran Bretaña es el «Third Programme». Si hay algo que espera con
ilusión tras pasar el día en IBM es llegar a casa, a la tranquilidad de su
cuarto, encender la radio y disfrutar de música que nunca antes había escuchado
o de una charla inteligente, fresca. Noche tras noche, sin excepción y sin
coste, las puertas se abren a su paso.
«Third
Programme» emite solo en onda larga. Si fuera en onda corta tal vez podría
haberlo sintonizado en Ciudad del Cabo. En tal caso, ¿qué necesidad habría
tenido de venir a Londres?
En la
serie «Poetas y poesía» emiten un charla sobre un ruso llamado Joseph Brodsky.
Acusado de parásito social, Joseph Brodsky ha sido sentenciado a cinco años de
trabajos forzados en un campo de la península Aijanguelsk, en el gélido norte.
La sentencia está en curso.
Mientras
él permanece sentado en su cálido cuarto londinense, sorbiendo café,
mordisqueando un postre de uvas y almendras, un hombre de su misma edad, poeta
como él, pasa los días cortando troncos, cuidando de sus dedos congelados,
remendando las botas con harapos, alimentándose de sopa de repollo con cabezas
de pescado.
«Oscuro
como el interior de una aguja», escribe Brodsky en uno de sus poemas. No puede
sacarse el verso de la cabeza. Si se concentrara, si se concentrara de verdad,
noche tras noche, si convocara mediante la pura atención el don de la
inspiración, quizá lograra dar con algo que estuviera a la altura. Porque está
en él, lo sabe, su imaginación es del mismo color que la de Brodsky. Pero ¿cómo
hablar después con Arjanguelsk?
A
partir tan solo de los poemas que ha escuchado en la radio, y nada más, conoce
a Brodsky, lo conoce al dedillo. Es el poder de la poesía. La poesía es verdad.
Pero Brodsky no puede saber nada de él, que está en Londres. ¿Cómo contarle al
hombre helado que está con él, a su lado, día a día?
Joseph
Brodsky, Ingeborg Bachmann, Zbigniew Herbert: desde solitarias balsas
bamboleantes en los oscuros mares de Europa lanzan sus palabras al viento, y
con la radio las palabras corren hacia su cuarto, las palabras de los poetas de
su tiempo, hablándole de nuevo de lo que puede ser la poesía y por tanto de lo
que él puede ser, haciendo que se alegre por vivir en el mismo mundo que ellos.
«Señal recibida en Londres: por favor, continúen transmisión»: les enviaría
este mensaje si pudiera.
En
Sudáfrica había escuchado una o dos piezas de Schoenberg y Berg:
La
noche transfigurada, el concierto para violín. Ahora escucha por primera vez la
música de Anton von Webern. Le han advertido en contra de Webern. Ha leído que
Webern va demasiado lejos: lo que Webern escribe ya no es música, solo sonidos
al azar. Escucha inclinado sobre la radio. Primero una nota, luego otra, luego
otra más, frías como cristales de hielo, tensas como estrellas en el cielo. Un
minuto o dos de este embelesamiento, y luego todo ha terminado.
Un
soldado norteamericano mató a Webern en 1945. Un malentendido, dijeron, un
accidente de guerra. El cerebro que planificaba aquellos sonidos, aquellos
silencios, aquel sonidoysilencio, se extinguió para siempre.
Visita
una exposición de expresionistas abstractos en la Tate Gallery.
Permanece
un cuarto de hora de pie frente a un Jackson Pollock, dándole la oportunidad de
que le penetre, intentando aparentar que tiene criterio por si acaso algún
sofisticado londinense echa un vistazo a este ignorante provinciano. No le
ayuda. El cuadro no significa nada para él. Hay algo que no acaba de captar.
En la
sala siguiente, en lo alto de una pared, cuelga un cuadro enorme consistente
solo en una mancha negra alargada sobre un fondo blanco.
Homenaje
a la República española 24, obra de Robert Motherwell, informa el rótulo. Queda
petrificado. Amenazadora y misteriosa, la forma negra le conquista. La mancha
emite un sonido similar al golpe de un gong, dejándole tembloroso; le fallan
las rodillas.
¿De
dónde procede el poder de esta mancha amorfa sin ningún parecido con España ni
con nada y que sin embargo ha agitado el pozo de oscuros sentimientos de su
interior? No es bella, sin embargo habla como la belleza, imperiosamente. ¿Por
qué Motherwell posee este poder y Pollock no, o Van Gogh o Rembrandt? ¿Es el
mismo poder que hace que el corazón le dé un salto cuando ve a una mujer y no a
otra?
¿Concuerda
Homenaje a la República española con alguna forma que habita su alma? ¿Y la
mujer que le depara el destino? ¿Guarda ya su femenina forma en su oscuridad
interior? ¿Cuánto habrá que esperar a que se manifieste? ¿Cuando lo haga,
estará preparado?
No
sabe la respuesta. Pero si puede reconocerla como a una igual, a ella, a la
Destinada, entonces su manera de hacer el amor no tendrá precedentes, está
seguro, será un éxtasis cercano a la muerte; y cuando después vuelva a la vida
será un ser nuevo, transformado. Un fogonazo de excitación como el contacto de
dos polos opuestos, como la unión de dos gemelos; luego seguirá el lento
renacer. Tiene que estar listo. La disposición es esencial.
En el
cine Everyman programan una temporada sobre Satyajit Ray. Ve la trilogía de Apu
en noches sucesivas en un estado de embelesamiento. En la madre de Apu,
amargada, atrapada, en su padre atractivo, irresponsable, reconoce, con un
aguijonazo de culpa, a sus propios padres. Pero lo que le engancha por encima
de todo es la música, interacciones de complejidad mareante entre tambores e
instrumentos de cuerda, largas arias de flauta cuya escala o modo -no sabe
bastante de teoría musical para estar seguro de cuál- le roban el corazón,
arrastrándolo a un estado de melancolía sensual que perdura mucho después de
acabada la película.
Hasta
ahora ha encontrado en la música occidental, sobre todo en Bach, todo lo que
necesita. Ahora encuentra algo que Bach no tiene, aunque incluye algunas
imitaciones: una feliz complacencia de la mente racional, dominadora, con el
baile de los dedos.
Busca
en las tiendas de discos y en una encuentra un álbum de un músico que toca el
sitar llamado Ustad Vilayat Khan, con su hermano -
más
joven, a juzgar por la foto- a la vina y un desconocido a la tabla.
No
tiene tocadiscos, pero escucha los diez primeros minutos en la tienda. Ahí está
todo: la exploración de las secuencias tonales, la emoción estremecida, los
arrebatos de éxtasis. No acaba de creerse su buena suerte. Un continente
nuevo... ¡por tan solo nueve chelines! Se lleva el disco a su cuarto, lo guarda
en la funda de cartón hasta el día en que pueda volver a escucharlo.
En la
habitación de debajo vive una pareja india. Tienen un bebé que a veces llora
quedamente. Se saluda con el hombre cuando se cruzan en la escalera. La mujer
apenas sale.
Una
noche llaman a la puerta. Es el indio. ¿Le apetecería cenar con ellos al día
siguiente?
Acepta,
pero con dudas. No está acostumbrado a las especias fuertes.
¿Podrá
comer sin resoplar ni quedar en ridículo? En cuanto llega le tranquilizan. La
familia procede del sur de la India; son vegetarianos.
Las
especias picantes no forman parte esencial de la comida india, le explica su
anfitrión: fueron introducidas sólo para disimular el sabor de la carne en mal
estado. La comida del sur es bastante suave. Y, efectivamente, lo es. Lo que le
ponen delante -sopa de coco con cardamomo y clavo y una tortilla- es
decididamente lechoso.
Su
anfitrión es ingeniero. Su mujer y él llevan varios años en Inglaterra. Son
felices aquí, dice. Su alojamiento actual es el mejor que han tenido hasta la
fecha. La habitación es espaciosa, la casa silenciosa y ordenada. Desde luego,
no les entusiasma el clima inglés. Pero -se encoge de hombros- unas cosas
compensan otras.
La
mujer apenas interviene en la conversación. Les sirve sin comer, luego se
retira al rincón donde el bebé descansa en la cuna. No habla bien inglés,
explica su marido.
Su
vecino ingeniero admira la ciencia y la tecnología occidentales, se queja del
retraso de la India. Aunque las odas a las máquinas suelen aburrirle, no le
lleva la contraria al anfitrión. Son los primeros en Inglaterra en invitarle a
su casa. Más aún: son gente de color, conscientes de que es sudafricano, y aún
así le ha tendido la mano.
Está
agradecido.
La
cuestión es qué debería hacer con esa gratitud. ¿Es inconcebible que deba
invitarlos, al marido, su mujer y, sin duda, al bebé llorón, a su habitación
del último piso a comer sopa envasada seguida de, ya que no salchichas,
macarrones con salsa de queso? Pero ¿cómo retornar su hospitalidad?
Pasa
una semana sin que haga nada, luego otra semana. Cada vez se siente más
avergonzado. Empieza a escuchar a través de la puerta por las mañanas,
esperando a que el ingeniero se vaya a trabajar para salir al rellano.
Tiene
que haber algo que pueda hacer, algún acto sencillo de reciprocidad, pero no se
le ocurre, o no quiere que se le ocurra, y de todos modos empieza a ser
demasiado tarde. ¿Qué le pasa? ¿Por qué las cosas más normales le resultan
complicadísimas? Si la respuesta es que se trata de una cuestión de carácter,
¿qué tiene de bueno ser como es? ¿Por qué no cambiar?
Pero
¿es cuestión de carácter? Lo duda. No tiene esa impresión, tiene la impresión
de que es una enfermedad, una enfermedad viral: tacañería, pobreza de espíritu,
de esencia similar a su frialdad con las mujeres.
¿Puede
obtenerse arte de una enfermedad así? Si no, ¿qué se deduce sobre el arte?
En el
tablón de anuncios de una inmobiliaria de Hampstead lee: «Se busca inquilino
para compartir piso en Swiss Cottage con tres personas más. Habitación propia,
cocina compartida».
No le
gusta compartir piso. Prefiere vivir solo. Pero mientras siga viviendo solo no
saldrá nunca de su aislamiento. Telefonea, concierta una cita.
El
hombre que le enseña el piso es unos años mayor que él. Lleva barba, y una
chaqueta tipo Nehru azul con botones dorados por toda la pechera. Se llama
Miklos y viene de Hungría. El piso está limpio y aireado; la habitación que
sería la suya es más amplia que la que tiene ahora y más moderna.
-Me la
quedo -le dice a Miklos sin dudarlo-. ¿Dejo algo de depósito?
Pero
no es tan sencillo.
-Deje
su nombre y dirección y le apuntaré en la lista –dice Miklos.
Espera
tres días. Al cuarto telefonea. Miklos no está, dice la chica que contesta. ¿La
habitación? Oh, la habitación ya está alquilada hace días.
La voz
de la chica tiene una leve ronquera extranjera; sin duda es bella, inteligente,
sofisticada. No le pregunta si es húngara. Pero si hubiera conseguido la
habitación ahora compartirían piso. ¿Quién es ella?
¿Cómo
se llama? ¿Era el amor que le estaba destinado y ahora se le ha escapado el
destino? ¿Quién es el afortunado que ha conseguido la habitación y el futuro
que habían de ser los suyos?
Cuando
visitó el piso tuvo la impresión de que Miklos se lo enseñó por obligación.
Piensa que Miklos buscaba a alguien que aportara algo más a la economía
doméstica que una cuarta parte del alquiler, alguien que ofreciera también
alegría, estilo o posibilidad de romance. Al calarle de una mirada, Miklos le
consideró falto de alegría, estilo y posibilidad de romance, y le rechazó.
Debería
haber tomado la iniciativa. «No soy lo que parezco -debería haberle dicho-.
Puede que parezca un oficinista, pero en realidad soy poeta, o un proyecto de
poeta. Además, pagaré mi parte del alquiler puntualmente, que es más de lo que
harían la mayor parte de los poetas.» Pero no dijo nada, no defendió, por
lamentable que hubiera podido parecer, su persona y su vocación; y ahora es
demasiado tarde.
¿Cómo
consigue un húngaro disponer de un piso en el moderno Swiss Cottage, vestir a
la última, despertarse tarde por las mañanas con la bella muchacha de voz ronca
a su lado mientras que él tiene que regalar su día a IBM y vivir en una
habitación deprimente junto a Archway Road? ¿Cómo ha conseguido Miklos las
llaves que abren la puerta a los placeres londinenses? ¿De dónde saca esa gente
el dinero para costearse una vida de lujo?
Nunca
le ha gustado la gente que se salta las reglas. Si no se siguen las reglas la
vida deja de tener sentido: lo mismo podría uno devolver su billete y
retirarse, como Iván Karamazov. Sin embargo, Londres parece estar lleno de
gente que se salta las reglas y no tiene problemas. Por lo visto, es el único
lo bastante idiota para jugar de acuerdo con las reglas, él y los demás
oficinistas apresurados de traje oscuro y gafas que ve en el metro. Entonces,
¿qué debería hacer? ¿Debería seguir el ejemplo de Iván? ¿El de Miklos? Decida
lo que decida, sale perdiendo.
Porque
carece de talento para mentir, engañar o saltarse las normas, igual que tampoco
lo tiene para el placer y la ropa moderna. Solo tiene talento para la tristeza,
la tristeza sincera y aburrida. ¿Qué va a hacer si esta ciudad no recompensa la
tristeza?
12
Todas
las semanas recibe una carta de su madre, un sobre azul pálido de correo aéreo
con la dirección escrita en mayúsculas. Le exasperan estas muestras del amor
inmutable de su madre. ¿Es que su madre nunca entenderá que cuando se fue de
Ciudad del Cabo cortó todos los lazos con el pasado? ¿Cómo puede hacerle
entender que el proceso de convertirse en otra persona que inició cuando tenía
quince años seguirá adelante sin remordimientos hasta que se haya extinguido
todo recuerdo de la familia y el país que dejó atrás? ¿Cuándo comprenderá que
ha crecido tan lejos de ella que podría ser un total desconocido?
En las
cartas su madre le cuenta noticias de la familia, le informa de sus últimos
trabajos (va de escuela en escuela sustituyendo a maestros de baja por
enfermedad). Acaba las cartas deseándole buena salud, que no haya sucumbido a
la gripe que ha oído que arrasa Europa. Por lo que respecta a los problemas de
Sudáfrica, no le escribe sobre el tema porque él le ha dejado claro que no le
interesa.
Menciona
que ha perdido los guantes en un tren. Error. De inmediato recibe un paquete
por correo aéreo: un par de manoplas de piel de borrego. Los sellos cuestan más
que las manoplas.
Su
madre escribe las cartas los domingos a última hora de la tarde y las envía a
tiempo para la recogida del lunes por la mañana. A él no le cuesta nada
imaginar la escena, en el piso al que sus padres y su hermano se mudaron cuando
tuvieron que vender la casa de Rondebosch. Han terminado de cenar. Ella recoge
la mesa, se pone las gafas, se acerca la lámpara. «¿Qué haces?», pregunta su
padre, que teme las tardes del domingo, cuando ya ha leído de cabo a rabo el
Argus y no tiene nada más que hacer. «Tengo que escribirle a John», responde
ella con los labios enfurruñados, haciéndole callar. «Queridísimo John»,
empieza.
¿Qué
espera conseguir con las cartas esta mujer obstinada y sin gracia?
¿Es
que no ve que las pruebas de su fidelidad, por mucho que se empeñe, nunca le
harán ablandarse y regresar? ¿Es que no puede aceptar que su hijo no es normal?
Debería concentrar su amor en su hermano y olvidarse de él. Su hermano es un
ser mucho más simple e inocente. Su hermano tiene un corazón tierno. Que cargue
él con la responsabilidad de quererla; que le digan a su hermano que de ahora
en adelante es el primogénito, el más querido de su madre. Entonces él, el
olvidado, podrá llevar la vida que le plazca.
Eso es
lo peor. La trampa que su madre ha construido, una trampa de la que todavía no
ha encontrado el modo de escapar. Si cortara todas las ataduras, si no
escribiera nunca, su madre deduciría lo peor, la peor conclusión posible; y
solo pensar en el dolor que la atravesaría en ese momento le da ganas de
taparse los ojos y los oídos. Mientras viva su madre él no se atreve a morir.
Mientras viva su madre, por tanto, su vida no le pertenece. No puede
derrocharla. Aunque no se quiere demasiado a sí mismo, debe cuidarse por su
madre, hasta el punto de abrigarse, comer sano y tomar vitamina C. En cuanto al
suicidio, no cabe ni planteárselo.
Las
únicas noticias sobre Sudáfrica que recibe le llegan a través de la BBC y del
Manchester Guardian. Lee los artículos del Guardian con terror. Un granjero ata
a un árbol a uno de sus trabajadores y lo azota hasta matarlo. La policía
dispara al azar a la multitud. Un prisionero aparece muerto en su celda,
colgado de una tira de sábana, con la cara amoratada y ensangrentada. Un horror
tras otro, una atrocidad tras otra, sin descanso.
Sabe
lo que piensa su madre. Su madre cree que el mundo no entiende a Sudáfrica. En
Sudáfrica los negros tienen mucho más dinero que en cualquier otro lugar de
África. Las huelgas y las protestas están fomentadas por agitadores comunistas.
Por lo que respecta a los trabajadores del campo que reciben el salario en
forma de maíz y tienen que vestir a sus hijos con bolsas de yute para
protegerlos del frío invernal, su madre admite que es una desgracia. Pero esas
cosas solo ocurren en el Transvaal. Son los afrikáners del Transvaal, con sus
odios, sus resentimientos y sus corazones insensibles, los que dan mal nombre
al país.
Él
opina, como no duda en comunicarle a su madre, que en lugar de dar un discurso
tras otro en Naciones Unidas, los rusos deberían invadir Sudáfrica sin más
dilación. Deberían lanzar paracaidistas sobre Pretoria, capturar a Verwoerd y
sus compinches, alinearlos contra una pared y dispararles.
Lo que
los rusos tendrían que hacer luego, después de matar a Verwoerd, no lo dice,
porque aún no lo ha pensado. Hay que hacer justicia, es lo único que importa;
el resto es política, y a él no le interesa la política. Hasta donde llega su
memoria, los afrikáners han pisoteado a la gente porque, según ellos, una vez
también fueron pisoteados. Bueno, pues que la rueda gire otra vez, que se
responda a la fuerza con una fuerza mayor. Se alegra de estar fuera.
Sudáfrica
es como un albatros alrededor del cuello. Quiere que se lo quiten, le da igual
como para poder respirar.
No
tiene que comprar el Manchester Guardian. Hay otros periódicos más fáciles: The
Times, por ejemplo, o el Daily Telegraph. Pero puede confiar en que el
Manchester Guardian no se saltará ninguna noticia de Sudáfrica que haga que se
le encoja el corazón. Al menos, leyendo el Manchester Guardian puede estar
seguro de estar al corriente de lo peor.
No se
ha puesto en contacto con Astrid desde hace semanas. Ahora ella le telefonea.
La estancia de Astrid en Inglaterra ha terminado, se vuelve a Austria.
-Supongo
que no volveré a verte -dice ella-, así que he llamado para despedirme.
Intenta
no parecer afectada, pero tiene la voz llorosa. Sintiéndose culpable, le
propone a Astrid una nueva cita. Toman café juntos; ella le acompaña a su
habitación y pasa la noche con él («nuestra última noche», lo llama Astrid),
llorando quedamente sin soltarlo un momento.
Por la
mañana temprano (es domingo) la oye escabullirse de la cama y dirigirse de
puntillas al baño del rellano para vestirse. Cuando regresa finge estar
dormido. Bastaría la menor insinuación para que ella se quedara. Si él
prefiriera hacer otras cosas antes de prestarle atención, como por ejemplo leer
el periódico, Astrid se sentaría a esperar en silencio en un rincón. Parece que
a las chicas de Klagenfurt les enseñan a comportarse así: no pedir nada,
esperar a que el hombre esté listo y entonces servirle.
Le
gustaría ser más amable con Astrid, que es muy joven y está muy sola en una
gran ciudad. Le gustaría secarle las lágrimas, hacerla sonreír; le gustaría
demostrarle que su corazón no es tan duro como parece, que es capaz de
responder a su buena voluntad con buena voluntad, con la buena voluntad de
abrazarla como ella quiere ser abrazada y de escuchar las historias sobre su
madre y sus hermanos.
Pero
tiene que ir con cuidado. Demasiada calidez y Astrid podría cancelar su
billete, quedarse en Londres, mudarse a su casa. Dos derrotados dándose cobijo
uno en los brazos del otro, consolándose: la perspectiva es demasiado
humillante. Lo mismo podrían casarse y pasar luego el resto de la vida cuidando
el uno del otro como inválidos.
Así
que no insinúa nada, sino que permanece tumbado con los ojos bien cerrados
hasta que oye el crujido de las escaleras y el ruido de la puerta principal al
cerrarse.
Es
diciembre, y el tiempo ha empeorado. Nieva, la nieve se convierte en nieve
fangosa, la nieve fangosa se congela: hay que andar por las aceras buscando
puntos de apoyo como un montañero. Un manto de niebla cubre la ciudad, niebla
cargada de sulfuro y polvo de carbón. Hay cortes de electricidad; los trenes se
detienen; los ancianos mueren congelados en sus casas. El peor invierno en
siglos, anuncian los periódicos.
Sube
por Archway Road resbalando y patinando sobre el hielo, cubriéndose la cara con
una bufanda, tratando de no respirar. Le huele la ropa a sulfuro, tiene mal
sabor de boca, cuando tose expulsa una flema negruzca. En Sudáfrica es verano.
Si estuviera allí estaría en la playa de Strandfontein, corriendo kilómetros y
kilómetros sobre arena blanca y bajo un gran cielo azul.
Por la
noche revienta una cañería de la habitación. El suelo está inundado. Se
despierta rodeado de una capa de hielo.
Los
periódicos aseguran que es otra vez como durante el bombardeo de la Segunda
Guerra Mundial. Publican historias de sopas sosas para pobres organizadas por
voluntarias, de brigadas de reparaciones trabajando toda la noche sin descanso.
Dicen que la crisis está sacando a relucir lo mejor de los londinenses, que se
enfrentan a la adversidad con fortaleza serena y rapidez de reacción.
En
cuanto a él, tal vez vista como un londinense, vaya a trabajar como un
londinense, sufra el frío como un londinense, pero no es de reacciones rápidas.
Los londinenses no le tomarían por auténtico ni por casualidad. Al contrario,
los londinenses le reconocen en el acto como uno de esos extranjeros que por
razones que ellos sabrán deciden vivir en un lugar al que no pertenecen.
¿Cuánto
tiempo tendrá que vivir en Inglaterra hasta que le tomen por auténtico, por
inglés? ¿Bastará con conseguir el pasaporte británico, o un apellido extranjero
que suena extraño le excluirá para siempre? Y, de todos modos, ¿qué significa
«convertirse en inglés»? Inglaterra son dos naciones: tendrá que elegir, elegir
si quiere ser inglés de clase media o inglés de clase obrera. Por lo visto, ya
ha elegido. Viste el uniforme de la clase media, lee periódicos de clase media,
imita el habla de la clase media. Pero no bastará con detalles externos como
esos para ganarse la admisión, ni mucho menos. Por lo que sabe, la admisión en
la clase media -la admisión de pleno derecho, no una entrada temporal válida
para ciertas horas del día en determinados días al año- se decidió hace años,
incluso generaciones, de acuerdo a reglas que él nunca entenderá.
En
cuanto a la clase obrera, no comparte sus diversiones, apenas les entiende
cuando hablan y nunca se ha sentido bienvenido en lo más mínimo. Las chicas de
IBM tienen novios de clase obrera, no piensan más que en casarse y tener hijos
y una casa de protección oficial, y responden con frialdad a sus acercamientos.
Puede que viva en Inglaterra, pero desde luego no por invitación de la clase
obrera inglesa.
Hay
más sudafricanos en Londres, miles, según dicen. También hay canadienses,
australianos, neozelandeses, hasta estadounidenses. Pero no son inmigrantes, no
están aquí para quedarse, para convertirse en ingleses. Han venido a divertirse
o a estudiar o a ganar algo de dinero antes de salir de viaje por Europa.
Cuando hayan tenido bastante del Viejo Mundo se volverán a casa y reanudarán
sus vidas reales.
En
Londres también hay europeos, no solo estudiantes de idiomas, sino también
refugiados del bloque del Este y, desde hace más tiempo, de la Alemania nazi.
Pero su situación es diferente. El no es un refugiado; o mejor, aunque
presentara una petición de asilo político en el Ministerio de Exteriores no se
lo otorgarían. ¿Quién le tiene oprimido?, preguntarían en el Ministerio. ¿De
qué huye? Del aburrimiento, respondería.
De la
ignorancia. De la atrofia moral. De la vergüenza. ¿Adónde le llevaría una
petición así?
Además,
está Paddington. Pasea por Maida Vale o Kilburn High Road a las seis de la
tarde y, a la fantasmal luz de las farolas de sodio, ve multitud de antillanos
que vuelven a casa protegiéndose del frío.
Caminan
con la espalda encorvada, con las manos hundidas en los bolsillos, tienen la
piel de un tono grisáceo, como el polvo. ¿Qué les traerá de Jamaica y Trinidad
hasta esta ciudad sin corazón donde el frío se filtra desde las piedras de la
calle, donde las horas de luz diurna se pasan en un trabajo monótono y los
anocheceres acurrucado alrededor de una estufa de gas en alguna habitación
alquilada con el papel de las paredes pelado y los muebles combados? Seguro que
no están todos aquí para convertirse en poetas famosos.
La
gente con la que trabaja es demasiado educada para manifestar su opinión sobre
los visitantes extranjeros. No obstante, por sus silencios sabe que no le
quieren en el país, no de verdad. Sobre la cuestión de los antillanos también
mantienen silencio, pero puede leer lo que piensan. En las paredes hay pintadas
que dicen NEGRATAS FUERA. En las ventanas de las pensiones se anuncia
ABSTENERSE GENTE DE COLOR. Mes a mes, el gobierno endurece las leyes de
inmigración. Se detiene a los antillanos en el puerto de Liverpool y se les
retiene hasta desesperarlos, y luego se les embarca de vuelta al lugar de donde
vinieron. Si a él no le hacen sentirse tan indefenso e inoportuno como a ellos
es solo gracias a su coloración protectora: traje Moss Brothers, piel blanca.
13
«Tras
considerarlo seriamente he llegado a la conclusión...» «Después de meditarlo
profundamente he llegado a la conclusión...»
Lleva
más de un año al servicio de IBM: invierno, primavera, verano, otoñó, otro
invierno y ahora comienzos de otra primavera. Incluso dentro de la agencia de
la calle Newman, un edificio con ventanas selladas y aspecto de caja, nota el
suave cambio del aire. No puede seguir así. No puede seguir sacrificando su
vida según el principio de que los seres humanos deben padecer los sinsabores
del trabajo para ganarse el pan, un principio que por lo visto comparte sin
saber dónde lo aprendió. No puede pasarse la vida demostrándole a su madre que
se ha labrado una vida sólida y que por tanto ya puede dejar de preocuparse por
él. Normalmente no sabe lo que quiere, no se molesta en averiguarlo. Saber
demasiado bien lo que se quiere augura, en su opinión, la muerte de la chispa
creativa. Pero en este caso no puede permitirse seguir vagando a la deriva en
su indecisión habitual. Tiene que dejar IBM. Tiene que escapar, por muy
humillante que sea.
En los
últimos años su caligrafía ha ido empequeñeciendo sin que pudiera controlarlo,
empequeñeciendo y volviéndose más hermética.
Ahora,
sentado a la mesa de trabajo, escribiendo lo que será la notificación de su
dimisión, intenta a conciencia hacer las letras más grandes, los bucles más
anchos y transmitir más confianza.
«Tras
reflexionarlo largamente –escribe al fin–, he llegado a la conclusión de que mi
futuro no está en IBM. Por lo tanto, y de acuerdo con lo señalado en el
contrato, aviso de mi dimisión con un mes de adelanto.»
Firma
la carta, la sella, la dirige al doctor B.L. McIver, director de la división de
programación, y la deja discretamente en la bandeja de correo interno. En la
oficina nadie le dedica ni una mirada. Vuelve a sentarse.
Hasta
las tres en punto, cuando pasan a recoger el correo, tiene tiempo para
reconsiderar la decisión, tiempo para recuperar la carta de la bandeja y
romperla. Una vez hayan repartido la carta, sin embargo, la suerte estará
echada. Mañana la noticia se habrá extendido por todo el edificio: uno de los
chicos de McIver, uno de los programadores de la segunda planta, el
sudafricano, ha dimitido. Nadie querrá que le vean hablar con él. Le enviarán a
Coventry. Así van las cosas en IBM. Sin resentimientos. Le catalogarán de
rajado, perdedor, impuro.
A las
tres en punto aparece la mujer del correo. El se concentra en sus papeles, le
va a estallar el corazón.
Media
hora más tarde lo convocan al despacho de McIver. McIver es presa de una furia
fría.
–¿Qué
es esto? –dice, señalando la carta abierta que está sobre la mesa.
–He
decidido presentar la dimisión.
–¿Por
qué?
Había
supuesto que McIver se lo tomaría a mal. McIver es la persona que le entrevistó
para el puesto, el que le aceptó y le dio el visto bueno, el que se tragó el
cuento de que no era más que un tipo normal de las colonias que planeaba hacer
carrera en el mundo de los ordenadores.
Mclver
también tiene jefes a los que tendrá que explicar su error.
McIver
es alto. Viste con pulcritud, habla con acento de Oxford. No le interesa la
programación como ciencia, habilidad, oficio o lo que sea.
Simplemente
es directivo. Es lo que sabe hacer bien: asignar tareas a la gente,
organizarles el tiempo, dirigirlos, hacerlos rentables.
-¿Por
qué? –vuelve a preguntar McIver con impaciencia.
–No me
parece que trabajar en IBM sea demasiado gratificante a nivel humano. No me
llena.
-Siga.
–Esperaba
algo más.
–¿Como
qué?
-Esperaba
amistad.
–¿Considera
que el ambiente es poco amigable?
–No,
poco amigable no, en absoluto. La gente ha sido muy amable.
Pero
la amabilidad y la amistad no son lo mismo.
Había
esperado que le permitieran que la carta fuera su última palabra.
Pero
había sido una esperanza ingenua. Debería haberse dado cuenta de que la
considerarían el primer disparo de la guerra.
-¿Qué
más? Si tiene algo más en mente, este es el momento de decirlo.
–Nada
más.
–Nada
más. Comprendo. Echa de menos tener amigos. No ha hecho amigos.
-Sí,
exacto. No culpo a nadie. Probablemente sea culpa mía.
–Y por
eso quiere dimitir.
–Sí.
Ahora
que lo ha dicho le parece una estupidez, es una estupidez. Le están manipulando
para que diga estupideces. Pero debería haberlo supuesto. Así le harán pagar el
que los rechace a ellos y al trabajo que le han dado, un trabajo en IBM, el
líder del mercado. Como un ajedrecista principiante, arrinconado en las
esquinas y al que han hecho mate en diez movimientos, en ocho, en siete. Una
lección de dominación. Bien, adelante. Que muevan sus fichas, que el seguirá
con sus movimientos de retirada estúpidos, fácilmente previsibles, fácilmente
predecibles, hasta que se aburran del juego y le dejen marchar.
McIver
da por terminada la entrevista con brusquedad. De momento ya está. Puede
regresar a su mesa. Por una vez ni siquiera tiene la obligación de trabajar
hasta tarde. Puede salir a las cinco, con toda la tarde para él.
A la
mañana siguiente, a través de la secretaria de McIver –se ha cruzado con
McIver, que no le ha devuelto el saludo–, se le ordena que se reporte sin
dilación a la oficina central de IBM en la City, al departamento de personal.
Está
claro que al hombre de personal que atiende su caso le han contado la queja
sobre las amistades que IBM ha sido incapaz de ofrecerle. Tiene una carpeta
abierta sobre la mesa; empieza el interrogatorio, va marcando temas tratados.
¿Cuánto hace que no es feliz en el trabajo? ¿En algún momento habló de su
insatisfacción con su superior? Si no fue así, ¿por qué no lo hizo? ¿Sus
colegas de la calle Newman han sido abiertamente antipáticos? ¿No? ¿Podría
ampliar entonces el motivo de su queja?
Cuanto
más repiten las palabras «amigo», «amistad», «amigable», más raras suenan. Se
imagina al hombre diciéndole que si está buscando amigos, se inscriba en un
club, juegue a bolos, haga volar maquetas de aviones o coleccione sellos. ¿Por
qué esperar que su empresa, IBM, International Business Machines, fabricante de
calculadoras electrónicas y ordenadores, se los proporcione?
Por
supuesto, el hombre tiene razón. ¿Qué derecho tiene a quejarse, sobre todo en
este país, donde todos son fríos con los demás? ¿Acaso no es por eso por lo que
admira a los ingleses, por su contención emocional? ¿No es por eso por lo que
escribe, en su tiempo libre, una tesis sobre la obra de Ford Madox Ford, un
fanático medio alemán del laconismo inglés?
Confuso
y dubitativo, explica mejor su queja. Su explicación le resulta tan
impenetrable al tipo de personal como la queja en sí misma.
«Malentendido»:
esa es la palabra que el hombre anda buscando. «Ha sido un malentendido del
empleado»: esta formulación le parecería apropiada. Pero a él no le apetece
ayudarle. Que busquen ellos solos la manera de encasillarlo.
Lo que
el hombre tiene un mayor interés en descubrir es lo que hará a continuación.
¿Es toda su cháchara sobre la falta de amistades una simple tapadera para
pasarse de IBM a uno de los competidores de IBM en el campo de las máquinas de
negocios? ¿Se le han hecho promesas, se le han ofrecido incentivos?
No
podría mostrarse más contundente en sus negativas. No tiene otro empleo a la
vista, ni con un competidor ni con nadie. No ha ido a ninguna entrevista. Se va
de IBM simplemente para irse de IBM. Quiere libertad, nada más.
Cuanto
más habla, más tonto parece, más fuera de lugar en el mundo de los negocios.
Pero al menos no dice «Me voy de IBM para convertirme en poeta». Como mínimo
sigue siendo su secreto.
-He
dejado IBM dice.
-Bien.
¿Qué vas a hacer?
-No
sé. Estaré un tiempo sin hacer nada, creo.
Caroline
espera más explicaciones, espera oír sus planes. Pero él no tiene nada más que
decir, ni planes, ni ideas. ¡Será zopenco! ¿Por qué una chica como Caroline se
molesta en tenerle a remolque, una chica que se ha aclimatado a Inglaterra, ha
tenido éxito en la vida, le ha superado en todos los sentidos? Solo se le
ocurre una explicación:
todavía
le ve como era en Ciudad del Cabo, cuando todavía podía presentarse como poeta
en ciernes, cuando todavía no se había convertido en lo que hoy es, en lo que
IBM ha hecho de él: un eunuco, un zángano, un chico preocupado por no perder el
tren de las 8.17 a la oficina.
Cuando
menos lo esperaba, en mitad de todo esto, recibe una llamada de Caroline. Está
de vacaciones en la costa sur, en Bognor Regis, sin nada que hacer. ¿Por qué no
coge el tren y pasa el sábado con ella?
Pasa a
recogerle a la estación. Alquilan unas bicicletas en una tienda de la calle
Main; pronto están pedaleando por solitarios caminos rurales entre campos de
trigo tierno. Hace un calor excepcional. Suda. No va vestido para la ocasión:
pantalones de franela gris y chaqueta. Caroline lleva un túnica corta de color
tomate y sandalias. Su melena rubia brilla, sus largas piernas relucen mientras
pedalea; parece una diosa.
¿Qué
está haciendo en Bognor Regis?, le pregunta a Caroline. Visitar a una tía, una
tía inglesa a la que hace tiempo que no veía. No le pregunta más.
Se
paran en la cuneta, cruzan una cerca. Caroline ha traído bocadillos, encuentra
sitio a la sombra de un castaño y comen. Después nota que a ella no le
importaría que le hiciera el amor. Pero está inquieto, está al aire libre,
donde en cualquier momento un granjero o incluso un policía podría verlos y
preguntarles qué se creen que están haciendo.
En
otros lugares de Gran Bretaña se organiza una despedida para los empleados que
se van: si no se les regala un reloj de oro, al menos se celebra una reunión
durante la pausa para el té, se le ofrece un discurso, una ronda de aplausos y
buenos deseos, sean sinceros o no.
Lleva
suficiente en el país para saberlo. Pero no en IBM. IBM no es Gran Bretaña. IBM
es la nueva ola, las nuevas maneras. Por eso IBM va a abrirse camino entre la
oposición británica. La oposición sigue atrapada en las viejas, ineficientes y
relajadas costumbres británicas. IBM, por el contrario, es eficiente, dura e
inmisericorde. Así que no tiene despedida el último día de trabajo. Recoge su
mesa en silencio, se despide de los colegas programadores.
-¿Qué
vas a hacer? -le pregunta con cautela uno de ellos. Todos han oído el cuento de
las amistades, que los incomoda.
-Bueno,
ya veré.
Resulta
interesante levantarse a la mañana siguiente sin tener que ir a ningún sitio en
particular. Es un día soleado: coge un tren a Leicester Square, da una vuelta
por las librerías de Charing Cross Road. Lleva barba de un día; ha decidido
dejársela crecer. A lo mejor con barba no queda tan fuera de lugar entre los
jóvenes elegantes y las chicas guapas que salen de las escuelas de idiomas y
viajan en metro.
Dejemos
que la cosa siga su curso.
Ha
decidido que en adelante buscará la suerte en cada esquina. Las novelas están
plagadas de encuentros fortuitos que acaban en romance; en romance o en
tragedia. Está listo para el romance, listo incluso para la tragedia, de hecho,
está listo para lo que sea siempre y cuando le consuma y renueve. Al fin y al
cabo, para eso está en Londres: para deshacerse de su antiguo yo y dar vida al
nuevo, al verdadero y apasionado; y ahora ya no hay ningún impedimento.
Pasan
los días y hace simplemente lo que le viene en gana.
Técnicamente
hablando, su situación es ilegal. Enganchado al pasaporte tiene el permiso de
trabajo que le autoriza a residir en Gran Bretaña.
Ahora
que no tiene empleo, el permiso carece de valor. Pero si no llama la atención,
quizá las autoridades, la policía o quienquiera que sea el responsable, le
pasen por alto.
En el
horizonte asoma el problema monetario. Sus ahorros no durarán indefinidamente.
No tiene nada que vender. Prudentemente, deja de comprar libros; cuando el
tiempo acompaña pasea en lugar de coger el tren; se alimenta de pan con queso y
manzanas.
La
suerte no le acompaña. Pero la suerte es impredecible, hay que darle tiempo.
Solo puede estar preparado para el día en que la suerte le sonría.
14
Libre
para hacer cuanto le plazca, pronto ha leído hasta el final el gran corpus de
escritos de Ford. Se acerca el momento de emitir un juicio.
¿Qué
dirá? En ciencias se pueden presentar resultados negativos, la imposibilidad de
confirmar una hipótesis. ¿Y en letras? Si no tiene nada nuevo que decir sobre
Ford, ¿lo correcto, lo honorable, sería confesar que ha cometido un error,
renunciar a la beca y devolver el dinero, o sería permisible entregar en lugar
de una tesis un informe del chasco que se ha llevado con el tema, de lo
decepcionado que está de su héroe?
Maletín
en mano, sale del British Museum y se suma a la muchedumbre que recorre la
calle Great Russell: miles de almas y a ninguna de ellas le importa un pimiento
lo que piense de Ford Madox Ford ni de cualquier otra cosa. Cuando llegó a
Londres solía mirar fijamente a la cara de los transeúntes a la caza de la
esencia única de cada uno. Era una forma de decir: «¡Mira, te estoy mirando!».
Pero las miradas descaradas no le llevaron a ninguna parte en una ciudad donde,
enseguida lo descubrió, ni hombres ni mujeres le devolvían la mirada, sino que,
al contrario, la esquivaban con frialdad.
Cada
rechazo a su mirada le sentaba como un pinchazo con un cuchillo minúsculo. Una
y otra vez le veían, notaban su espera y le rechazaban.
Pronto
empezó a perder los nervios, a estremecerse antes incluso de que llegara el
rechazo. Con las mujeres le resultaba más fácil mirar de modo encubierto, robar
miradas. Cualquiera diría que así era como se miraba en Londres. Pero las
miradas robadas tenían algo de sospechosas, sucias; no conseguía quitarse de
encima esa sensación.
Era
preferible no mirar. Era preferible no sentir curiosidad por los vecinos de
uno, ser indiferente.
Ha
cambiado mucho en el tiempo que lleva aquí; no está seguro de si para bien.
Durante el invierno recién terminado hubo ocasiones en que pensó que moriría de
frío, tristeza y soledad. Pero lo ha superado, a su manera. Para cuando llegue
de nuevo el invierno, el frío y la tristeza tendrán menos poder sobre él.
Entonces estará en camino de convertirse en un verdadero londinense, duro como
una piedra.
Convertirse
en una piedra no era uno de sus objetivos, pero tal vez tenga que
acostumbrarse.
En
general, Londres está resultando una gran lección. Sus ambiciones son ya más
moderadas de lo que solían, mucho más moderadas. Los londinenses le
decepcionaron al principio por su falta de ambición.
Ahora
va camino de unírseles. Cada día la ciudad le alecciona, le castiga; está
aprendiendo como un perro, a fuerza de palos.
No
sabiendo qué quiere decir sobre Ford, si es que quiere decir algo, cada día se
queda en la cama hasta más tarde. Cuando finalmente se sienta a la mesa, es
incapaz de concentrarse. El verano contribuye a su confusión. El Londres que
conoce es una ciudad invernal donde vas tirando con la única expectativa de que
caiga la noche y la hora de dormir para olvidar. En los días de verano, que
parecen pensados para la buena vida y la diversión, la prueba continúa: lo que
ya no tiene claro es qué parte está a prueba. A veces le parece que se le pone
a prueba por el placer de hacerlo, para comprobar si lo soportará.
No
lamenta haber dejado IBM. Pero ahora no tiene a nadie con quien hablar, ni
siquiera Bill Briggs. Pasan días y días sin que por sus labios salga una sola
palabra. Empieza a marcarlos en su diario con una S:
días
de silencio.
Junto
a la salida del metro choca sin querer contra un viejo que vende diarios.
–¡Perdón!
–Mire
por dónde va! –gruñe el hombre.
–¡Perdón!
–repite.
«Perdón»:
le cuesta pronunciar esta palabra, pesada como una piedra.
¿Una
palabra de clase indeterminada cuenta al hablar? ¿Lo que ha ocurrido entre el
viejo y él puede considerarse un ejemplo de contacto humano, o es mejor
describirlo como una mera interacción social, como un roce de antenas entre
hormigas? Desde luego, para el viejo no ha sido nada. El viejo pasa todo el día
allí con su pila de periódicos, refunfuñando consigo mismo; siempre a la espera
de poder meterse con algún transeúnte. Mientras que en su caso el recuerdo de
una sola palabra persistirá durante semanas, quizá durante el resto de su vida.
Chocarse
con la gente, pedir perdón, ser insultado: una treta, una manera barata de
forzar una conversación. Cómo engañar a la soledad.
Está
en el valle de las pruebas y no le está yendo demasiado bien. Sin embargo, no
puede ser el único que está a prueba. Tiene que haber otras personas que hayan
atravesado el valle y llegado al otro lado, tiene que haber personas que hayan
esquivado las pruebas. También él podría ahorrárselas si quisiera. Por ejemplo,
podría salir huyendo hacia Ciudad del Cabo y no regresar jamás. Pero ¿es lo que
quiere? Por supuesto que no, aún no.
Pero
¿y si se queda y fracasa en las pruebas, fracasa vergonzosamente?
¿Y si
a solas en su cuarto se echa a llorar y no puede parar? ¿Y si una mañana
descubre que le falta valor para levantarse, descubre que es más fácil pasar el
día en la cama: ese día y el siguiente, y el otro, entre sábanas cada vez más
mugrientas? ¿Qué le ocurre a la gente así, a la gente que no está a la altura
de las pruebas y se viene abajo?
Conoce
la respuesta. Los facturan a algún lugar para se ocupen de ellos: a algún
hospital, asilo, institución. En su caso se limitarían a facturarlo de vuelta a
Sudáfrica. Los ingleses ya tienen bastante con ocuparse de los suyos, ya tienen
bastante gente que fracasa en las pruebas. ¿Por qué tendrían que ocuparse
también de los extranjeros?
Se
entretiene delante de un portal en la calle Greek, en el Sobo.
«Jackie:
Modelo», anuncia la placa de encima del timbre. Necesita contacto humano: ¿qué
hay más humano que el contacto sexual? Los artistas han frecuentado prostitutas
desde tiempo inmemorial y no por ello son peores, artistas y prostitutas
comparten bando en el campo de batalla social. Pero «Jackie: Modelo»... ¿En
este país las modelos son siempre prostitutas, o en el negocio de venderse
existen gradaciones, gradaciones de las que nadie le ha hablado? ¿Es posible
que en la calle Greek «modelo» signifique algo muy especializado, gustos
especiales:
una
mujer posando desnuda bajo un foco, por ejemplo, rodeada por hombres en
chubasquero que la miran furtivamente entre las sombras, con lascivia? En
cuanto haya llamado al timbre, ¿habrá manera de preguntar, de descubrir lo que
es antes de que lo hagan entrar? ¿Y si resulta que Jackie es vieja o gorda o
fea? ¿Y el protocolo? ¿Es así como se visita a alguien como Jackie -sin
anunciarse-, o se supone que hay que telefonear antes y concertar una cita?
¿Cuánto se paga? ¿Existe una escala que todos los hombres en Londres conocen,
todos menos él?
¿Y si
ven de inmediato que es un paleto, un bobo, y le cobran de más?
Titubea,
se bate en retirada.
En la
calle se cruza con un hombre de traje negro que parece reconocerle, parece a
punto de pararse a hablar. Es uno de los programadores superiores de la época
de IBM, alguien con quien no tuvo mucho trato pero al que siempre consideró con
buena disposición hacia él. Duda, y luego, con gesto incómodo, aprieta el paso.
«Y así
qué, ¿a qué te dedicas ahora? ¿Llevas una vida de placer?», le habría
preguntado el hombre con una sonrisa cordial. ¿Qué podría contestarle? ¿Que no
se puede estar siempre trabajando, que la vida es corta, que hay que disfrutar
de los placeres mientras se pueda?
¡Menuda
broma! ¡Y qué escándalo para las vidas miserables y tenaces que llevaron sus
antepasados, sudando con sus ropas negras bajo el calor y el polvo del Karoo
para acabar en esto: un joven que se pasea como si tal cosa por una ciudad
extranjera, se come sus ahorros, va de putas, finge ser artista! ¿Cómo ha
podido traicionarlos tan tranquilamente y esperar que escaparía de sus
fantasmas vengadores?
Esos
hombres y mujeres no estaban hechos para ser felices y disfrutar, y él tampoco.
Él es su hijo, condenado de nacimiento a ser sombrío y sufrir. ¿De dónde si no
surge la poesía, salvo del sufrimiento, como sangre extraída a una piedra?
Sudáfrica
es una herida interna. ¿Cuánto tiempo más tardará en dejar de sangrar? ¿Cuánto
más seguirá teniendo que apretar los dientes y aguantar antes de poder decir
«Hace tiempo vivía en Sudáfrica, pero ahora vivo en Inglaterra»?
De vez
en cuando, por ejemplo, se ve desde fuera: un chicohombre preocupado,
susurrante, tan aburrido y normal que nunca lo mirarías dos veces. Estos
instantes de iluminación le perturban; no intenta alargarlos, trata de
enterrarlos en la oscuridad, olvidarlos. ¿Es el yo que ve en esos momentos la
persona que parece ser o lo que es en realidad? ¿Y si Oscar Wilde tiene razón y
no hay verdad más profunda que la apariencia? ¿Se puede ser aburrido y normal
no solo en la superficie sino también en lo más hondo y aun así ser artista?
¿Es posible, por ejemplo, que T. S. Eliot fuera en el fondo un aburrido y que
su afirmación de que la personalidad del artista es irrelevante para su obra no
fuese más que una estratagema para ocultar su sosería?
Es
posible, pero no lo cree. Si la cuestión se reduce a elegir entre creerse a
Wilde o a Eliot, siempre creerá a Eliot. Si Eliot elige parecer aburrido, elige
vestir traje y trabajar en un banco y llamarse a sí mismo J. Alfred Prufrock,
tiene que ser un disfraz, parte de la malicia que el artista necesita en la era
moderna.
A
veces, para descansar de pasear por las calles de la ciudad, se retira a
Hampstead Heath. Allí se respira un aire cálido y agradable, los senderos están
llenos de madres jóvenes con cochecitos o charlando entre ellas mientras los
niños retozan ¡Tanta paz y satisfacción! Solían impacientarle los poemas sobre
flores brotando y brisas de céfiro.
Ahora,
en la tierra donde fueron escritos, empieza a comprender la profunda alegría
que puede nacer con el regreso del sol.
Una
tarde de domingo, cansado, pliega la chaqueta a moda de cojín, se estira en la
pradera y cae en un sueño o duerme-vela en que la conciencia no se desvanece,
sino que continúa planeando. Es un estado que no conocía: parece notar en la
sangre la rotación constante de la tierra. Los gritos lejanos de los niños, el
canto de los pájaros y el zumbido de los insectos se unen en un himno de
alegría. Le da un vuelco el corazón ¡Por fin!, piensa. ¡Por fin ha llegado el
momento de unidad extasiada con el Todo! Temeroso de que se le escape el
momento, intenta frenar el traqueteo de pensamiento, intenta ser simplemente un
conductor de la gran fuerza universal que no tiene nombre.
Este
acontecimiento señalado no dura más que unos segundos de reloj.
Pero
cuando se incorpora y sacude la chaqueta, se siente fresco, renovado. Viajó a
la gran ciudad tenebrosa para ser puesto a prueba y transformado y, aquí, en
esta parcela de césped bajo el suave sol primaveral, por fin han llegado,
sorprendentemente, señales de que progresa. Si no ha sido totalmente
tranfigurado, al menos ha sido bendecido con la insinuación de que pertenece a
este mundo.
15
Debe
encontrar maneras de ahorrar dinero. El alquiler es su único gasto importante.
Se anuncia en la sección de clasificados del periódico local de Hampstead: «Se
ofrece profesional responsable para cuidar casa por poco o mucho tiempo». A los
dos interesados que responden les da la dirección de IBM como referencia y
espera que no comprueben si todavía trabaja. Intenta transmitir impresión de
estricto decoro. Le sale lo bastante bien para conseguir cuidar un piso en
Swiss Cottage durante el mes de junio.
No
tendrá el piso para él solo, lástima. El piso pertenece a una divorciada con
una hija pequeña. Mientras la mujer está en Grecia, la niña y su niñera
quedarán a su cargo. Sus responsabilidades serán simples: atender al correo,
pagar las facturas, estar disponible en caso de emergencia. Tendrá habitación
propia y derecho a cocina.
El
cuadro incluye también un ex marido. El ex marido aparecerá los domingos para
recoger a la niña. En palabras de la patrona, el hombre es «un poco
temperamental» y no debe permitírsele «que se salga siempre con la suya». ¿Qué
puede querer el marido?, pregunta él.
Quedarse
a la niña toda la noche, le informan. Cotillear por el piso.
Llevarse
cosas. Bajo ningún concepto, no importa el cuento con el que le venga -la
divorciada le lanza una mirada elocuente-, debe permitírsele que se lleve algo.
De
modo que empieza a entender por qué le necesitan. La niñera, originaria de
Malawi, no muy lejos de Sudáfrica, es perfectamente capaz de limpiar el piso,
hacer la compra. alimentar a la niña, llevarla a la guardería y pasar a
recogerla Incluso quizá sea capaz de pagar las facturas. De lo que no es capaz
es de plantarle cara al hombre que hasta hace poco era su patrón y al que
todavía se refiere como «el señor». El trabajo que ha aceptado es, de hecho, el
de guarda, guarda el piso y lo que contiene del hombre que hasta fecha reciente
solía vivir allí.
El
primer día de junio coge un taxi y se muda con el baúl y la maleta desde los
sórdidos alrededores de Archway Road a la discreta elegancia de Hampstead.
El
piso es grande y aireado; la luz del sol entra a raudales por las ventanas; hay
moquetas blancas y suaves, estanterías llenas de libros prometedores. Es todo
bastante diferente de lo que ha visto en Londres hasta ahora. No puede creerse
la suerte que tiene.
Mientras
deshace el equipaje, la niña, su nueva responsabilidad, vigila desde la puerta
todos sus movimientos. Nunca ha tenido que cuidar de un niño. ¿Tiene un vínculo
natural con los niños porque en cierto sentido es joven? Despacio, con suavidad
y la más reconfortante de sus sonrisas le cierra la puerta a la niña. Al cabo
de un rato ella la vuelve a abrir y sigue inspeccionándolo con gravedad. Mi
casa, parece estar diciendo. ¿Qué haces tú en mi casa?
Se
llama Fiona. Tiene cinco años. Un poco más tarde intenta trabar amistad con
ella. En el salón, mientras la niña juega, se arrodilla y acaricia al gato, un
macho enorme, lento, capado. El gato le deja hacer, por lo visto tolera todo
tipo de atenciones.
-¿Querrá
leche? ¿Le traemos algo de leche al gatito? La niña no se inmuta, no parece
haberle oído.
Él va
a la nevera, sirve leche en el cuenco del gato, regresa y se lo coloca delante.
El gato olisquea la leche fría pero no se la bebe.
La niña está enrollando las muñecas con
un cordón, las embute en una bolsa para la colada y las vuelve a sacar. Si, un
juego, es un juego cuyo significado no alcanza a imaginar.
-¿Cómo
se llaman las muñecas?
La
niña no contesta.
-¿Cómo
se llama el muñequito negro?
-No es
negro -dice la niña.
Se
rinde.
-Tengo
trabajo -dice, y se retira.
Le han
dicho que la niñera se llama Theodora. Theodora todavía no ha comunicado cómo
le llamará: desde luego no será «el señor». Ocupa un cuarto al final del
pasillo, cerca del de la niña. Se sobreentiende que esos dos cuartos y el de la
ropa son territorio de Theodora. El salón es territorio neutral.
Theodora
aparenta cuarenta y pico años. Lleva al servicio de los Merrington desde la
última temporada que los señores pasaron en Malawi. El ex marido temperamental
es antropólogo; los Merrington estaban en el país de Theodora en viaje de
campo, grabando música tribal y reuniendo instrumentos. Enseguida Theodora se
convirtió, en palabras de la señora Merrington, «no solo en una ayuda para la
casa, sino en una amiga». Se la trajeron a Londres por los lazos que había
establecido con la niña. Cada mes envía a casa dinero para alimentar, vestir y
escolarizar a sus hijos.
Y
ahora, de pronto, un desconocido al que este tesoro dobla en edad ha sido
puesto al cargo de los dominios de Theodora. Theodora le da a entender con sus
modales y sus silencios que no le agrada su presencia.
No la
culpa. La cuestión es: ¿su resentimiento esconde algo más que orgullo herido?
Debe saber que no es inglés. ¿Le molesta que sea sudafricano, blanco,
afrikáner? Seguro que sabe lo que son los afrikáners. Hay afrikáners
-barrigudos de nariz roja con pantalón corto y sombrero, gordinflonas con
vestidos amorfos- por toda África: en Rodesia, Angola, Kenia y, desde luego, en
Malawi. ¿Hay algo que pueda hacer para que comprenda que no es uno de ellos,
que se ha ido de Sudáfrica y está decidido a dejarla atrás para siempre? África
te pertenece, puedes hacer con ella lo que quieras: si se lo dijera, sin venir
a cuento, desde el otro lado de la mesa de la cocina, ¿cambiaría de opinión
sobre él?
África
es tuya. Lo que parecía perfectamente natural mientras todavía consideraba su
hogar ese continente, desde la perspectiva europea empieza a parecer cada vez
más ridículo: que un puñado de holandeses hubiesen desembarcado en la playa de
Woodstock y reclamaran en propiedad un territorio extranjero que jamás habían
visto y que sus descendientes ahora consideren suyo el territorio por derechos
de nacimiento. Doblemente absurdo, dado que el grupo que llevó a cabo el primer
desembarco entendió mal las órdenes o eligió entenderlas mal.
Las
órdenes eran cavar un huerto y criar espinacas y cebollas para la flota de las
Indias Orientales. Dos acres, tres, cinco a lo sumo: no necesitaban más. Nunca
hubo intención de que robaran la mejor zona de África. Solo con que hubieran
obedecido las órdenes él no estaría aquí, ni tampoco Theodora. Theodora estaría
feliz moliendo mijo bajo el cielo de Malawi y él estaría... ¿haciendo qué?
Estaría sentado en la mesa de un despacho de la lluviosa Rotterdam, añadiendo
anotaciones en un libro de contabilidad.
Theodora
está gorda, de los pies a la cabeza, desde los mofletes gordezuelos hasta los
tobillos hinchados. Al caminar se bambolea de un lado a otro, resollando por el
esfuerzo. Dentro de casa calza zapatillas, cuando lleva a la niña al colegio
por la mañana embute los pies en unas deportivas, se pone un abrigo largo y
negro y un sombrero de punto.
Trabaja
seis días a la semana. Los domingos va a misa, pero por lo demás pasa su día de
asueto en casa. Nunca llama por teléfono; no parece tener vida social. Es
inimaginable lo que hace cuando está sola.
Él no
se atreve a entrar en el cuarto de Theodora ni en el de la niña, ni siquiera
cuando no están en casa: a cambio espera que ellas no curioseen en el suyo.
Entre
los libros de los Merrington encuentra un volumen de láminas pornográficas de
la China imperial. Hombres con sombreros de formas extrañas se abren la ropa y
apuntan con grosería sus penes erectos hacia los genitales de mujeres
minúsculas que separan y levantan las piernas atentamente. Las mujeres son
pálidas y de aspecto suave, como larvas de abeja; sus piernas enclenques
parecen pegadas con cola al abdomen. ¿Todavía tienen este aspecto las chinas
desnudas, se pregunta, o la reeducación y el trabajo en los campos les han dado
cuerpos adecuados, piernas adecuadas? ¿Qué oportunidades tiene de descubrirlo
algún día?
Como
ha conseguido alojamiento gratis simulando ser un profesional de fiar, tiene
que mantener la farsa de que tiene un empleo. Se levanta temprano, más de lo
que tiene por costumbre, para desayunar antes de que Theodora y la niña
empiecen a molestar. Luego se encierra en su cuarto. Cuando Theodora vuelve de
acompañar a la niña a la escuela, sale de manera ostentosa para ir a trabajar.
Al principio hasta se pone el traje negro, pero enseguida prescinde de esa
parte del disfraz.
Regresa
a las cinco, a veces a las cuatro.
Es una
suerte que sea verano, que no esté limitado al British Museum, las librerías y
el cine, sino que pueda pasear por los parques. Más o menos así debió de vivir
su padre en los largos períodos en que no tenía trabajo: vagando por la ciudad
con su ropa de trabajo o sentado en los bares mirando girar las agujas del
reloj, esperando a que fuera una hora prudente para regresar a casa. ¿Es que al
final va a acabar siendo como su padre? ¿Es muy profunda su vena irresponsable?
¿Acabará
convertido también él en bebedor? ¿Se necesita un temperamento concreto para
darse a la bebida?
Su
padre bebía brandy. Él lo probó una vez, no recuerda nada más que un regusto
metálico desagradable. En Inglaterra la gente bebe cerveza, cuyo amargor
tampoco le gusta. Si no le gustan los licores, ¿está salvado, vacunado contra
la posibilidad de convertirse en alcohólico?
¿Le
esperan otros medios, todavía por descubrir, por los que se manifestará en él
su padre?
El ex
marido no tarda mucho en hacer acto de presencia. El domingo por la mañana,
dormita en la cama, cómoda y grande, cuando llaman de pronto al timbre de la
puerta principal y se oye una llave en la cerradura. Salta de la cama
maldiciéndose. «¡Hola, Fiona, Theodora!», llama alguien. Se oye un correteo.
Luego su puerta se abre sin previo aviso y los tiene a los dos allí, al hombre
con su hija en brazos. Casi no ha tenido tiempo de ponerse los pantalones.
«¡Caramba! -dice el hombre-. ¿Qué tenemos aquí?»
Es una
de esas expresiones que usan los ingleses; un policía inglés, por ejemplo, al
atrapar a alguien con las manos en la masa. Fiona, que podría explicar qué
tenemos aquí, decide no hacerlo. En cambio, desde lo alto de los brazos
paternos, le mira con frialdad evidente. Es la hija de su padre: tiene los
mismos ojos fríos, el mismo ceño.
-Cuido
del piso en ausencia de la señora Merrington -dice.
-Ah,
sí, el sudafricano. Lo había olvidado. Permítame que me presente.
Richard
Merrington. Solía ser el señor de esta casa. ¿Qué le parece el sitio? ¿Está a
gusto?
-Sí,
estoy bien.
-Bien.
Theodora
aparece con el abrigo y las botas de la niña. El hombre baja a la niña.
-Haz
pipí -le dice- antes de subir al coche.
Theodora
y la niña se van. Se quedan los dos solos, él y ese hombre guapo y bien vestido
en cuya cama ha estado durmiendo.
-¿Cuánto
tiempo piensa quedarse? -pregunta el hombre.
-Solo
hasta fin de mes.
-No,
quiero decir en el país.
-Ah,
de manera indefinida. He dejado Sudáfrica.
-La
cosa pinta mal por allí abajo, ¿eh?
-Sí.
-¿Incluso
para los blancos?
¿Cómo
se responde a una pregunta como esa? «¿Si no quieres morir de vergüenza?» «¿Si
quieres escapar del cataclismo inminente?» ¿Por qué en este país las grandes
palabras parecen fuera de lugar?
-Sí.
Eso creo, al menos.
-Lo
cual me recuerda... -El hombre cruza la habitación hacia la hilera de discos,
rebusca y elige uno, dos, tres.
Es
exactamente contra lo que le previnieron, exactamente lo que no debe permitir
que ocurra.
-Perdone
-dice-, la señora Merrington me pidió específicamente...
El
hombre se levanta cuan alto es y le mira de frente.
-¿Qué
le pidió específicamente Diana?
-Que
no saliera nada del piso.
-Tonterías.
Estos discos son míos, ella no los quiere para nada. -
Reanuda
la búsqueda sin inmutarse, eligiendo más discos-. Si no me cree, telefonéela.
La
niña entra en la habitación haciendo ruido con las botas.
-¿Listos
para irnos, cielo? -pregunta el hombre-. Adiós. Espero que vaya todo bien.
Adiós, Theodora. No te preocupes, volveremos antes de la hora del baño.
Y se
va, con su hija y los discos.
16
Llega
una carta de su madre. Su hermano se ha comprado un coche, dice, un MG que
había tenido un accidente. En lugar de estudiar, su hermano se pasa el día
reparando el coche, intentando ponerlo en marcha. También ha hecho amigos
nuevos, que no le presenta a su madre. Uno parece chino. Se sientan a fumar en
el garaje; su madre sospecha que los amigos traen alcohol. Está preocupada. Su
hermano va por el mal camino; ¿cómo puede salvarlo?
Por su
parte, está intrigado. Así que por fin su hermano ha empezado a soltarse del
abrazo materno. Aunque ha elegido un modo curioso de hacerlo: ¡la mecánica! ¿De
veras su hermano sabe arreglar coches?
¿Dónde
ha aprendido? Siempre había pensado que, de los dos, él era el más habilidoso
con las manos, el más dotado para la mecánica.
¿Siempre
estuvo equivocado? ¿Qué más esconde en la manga su hermano?
La
carta incluye más noticias. Su prima Ilse y una amiga llegarán en breve a
Inglaterra de camino a Suiza, adonde van de acampada. ¿Les enseñará Londres? Su
madre le manda la dirección del hostal de Earls Court donde se hospedarán.
Le
sorprende que, después de todo lo que le ha dicho a su madre, ella todavía crea
que quiere tener contacto con sudafricanos y, en particular, con la familia de
su padre. No ha visto a Ilse desde que eran niños. ¿Qué podría tener en común
con su prima, una chica que fue a la escuela en un lugar perdido en ninguna
parte y a la que no se le ocurre nada mejor que hacer con unas vacaciones por
Europa -vacaciones que sin duda pagan sus padres- que patearse la gemütliche
Suiza, un país que en toda su historia no ha dado ni un solo gran artista?
Sin
embargo, ahora que le han recordado su nombre, no puede sacarse a Ilse de la
cabeza. La recuerda como una niña largirucha y de pies ligeros con la melena
rubia recogida en una cola de caballo. Ahora debe de tener como mínimo
dieciocho años. ¿En qué se habrá convertido? ¿Y si la vida al aire libre ha
hecho de ella, aunque sea por un fugaz momento, una belleza? Ha presenciado
este fenómeno muchas veces en los hijos de los granjeros: una primavera de
perfección física antes de que empiece el proceso de engorde y embrutecimiento
que los convertirá en copias de sus padres. ¿Debería rechazar la oportunidad de
pasearse por las calles de Londres con una alta cazadora aria a su lado?
Reconoce
el cosquilleo erótico de su fantasía. ¿Qué tienen sus primas, incluso la mera
idea de ellas, que le despierta el deseo? ¿Es sencillamente que están
prohibidas? ¿Así opera el tabú: creando deseo mediante la prohibición? ¿O la
génesis de su deseo es menos abstracta:
recuerdos
de peleas, chico contra chica, cuerpo contra cuerpo, almacenados desde la
infancia y liberados ahora en una descarga de deseo sexual? Eso y quizá la
promesa de facilidad, de naturalidad: dos personas con una historia en común,
un país, una familia, una intimidad de siempre encarnada desde antes de
pronunciar la primera palabra.
No se
necesitan instrucciones, ni tanteos.
Deja
un mensaje en la dirección de Earls Court. Al cabo de unos días recibe una
llamada: no de Ilse, sino de su amiga, la compañera, que habla inglés con
dificultad y confunde «es» y «son». Tiene malas noticias: Ilse está enferma,
con una gripe que ha desembocado en neumonía. Está hospitalizada en Bayswater.
Han pospuesto sus planes de viaje hasta que Ilse mejore.
Va a
visitar a Ilse en la clínica. Todas sus esperanzas se van a pique.
Ilse
no es ninguna belleza, ni siquiera es alta, es solo una chica normal de cara
redonda y pelo castaño que resuella al hablar. La saluda sin besarla por miedo
a la infección.
La
amiga también está en la habitación. Se llana Marianne; es baja y rellenita;
lleva pantalones de pana y botas y rebosa buena salud.
Durante
un rato hablan todos en inglés, luego él se relaja y cambia al idioma de la
familia, el afrikaans. Aunque lleva un año sin hablar afrikaans, nota que se
siente mejor al instante, como si se metiera en un baño de agua templada.
Había
previsto poder alardear de su conocimiento de Londres. Pero el Londres que Ilse
y Marianne quieren ver no es el Londres que él conoce. No puede decirles nada
del museo de madame Tussaud, de la Torre de Londres, de la catedral de San
Pablo, porque no ha visitado ninguno de esos lugares. No tiene ni idea de cómo
llegar a Stratfordon Avon. Lo que sí es capaz de decirles -qué cines pasan
películas extranjeras, qué librerías son las mejores según para qué- no les
interesa.
Ilse
toma antibióticos; tardará días en recuperarse. Entretanto, Marianne no tiene
nada que hacer. Él le propone dar un paseo por la orilla del Támesis. Con sus
botas de escalada y su peinado estúpido, Marianne de Fricksburg está fuera de
lugar entre las modernas chicas de Londres, pero a ella no parece importarle.
Tampoco le importa que la gente la oiga hablar afrikaans. En cuanto a él,
preferiría que Marianne bajara la voz. Le entran ganas de decirle que hablar
afrikaans en este país es como hablar nazi, si tal lengua existiera.
Estaba
equivocado con las edades. No son unas niñas: Ilse tiene veinte años, Marianne
veintiuno. Están en el último curso de la Universidad del Estado Libre de
Orange estudiando trabajo social. No le da su opinión, pero para él el trabajo
social -ayudar a las ancianas a hacer la comprano es materia digna de ser
impartida en la universidad.
Marianne
nunca ha oído hablar de la programación informática y tampoco le interesa. Pero
sí que le pregunta cuándo volverá, como ella dice, a casa, tuis.
No lo
sabe, le contesta. A lo mejor nunca. ¿Es que no le preocupa el camino que lleva
Sudáfrica?
Marianne
ladea la cabeza. Sudáfrica no está tan mal como dice la prensa inglesa. Los
negros y los blancos se llevarían bien si los dejaran en paz. De todos modos,
no le interesa la política.
La
invita a ver una película en el Everyman. Es Bande á part de Godard, una
película que él ya ha visto pero que podría ver muchas veces más porque la
protagoniza Anna Karina, de quien ahora está tan enamorado como lo estuvo hace
un año de Monica Vitti. Puesto que no es una película pedante, no de manera
obvia, sino una historia sobre una banda de criminales aficionados e
incompetentes, no ve razón para que a Marianne no le guste.
Marianne
no es quejica, pero la nota inquieta durante toda la proyección. Cuando la mira
fugazmente, la ve mordiéndose las uñas, sin mirar la pantalla. «¿No te ha
gustado?», le pregunta después. «No he entendido de qué iba», contesta. Resulta
que nunca había visto una película con subtítulos.
A la
vuelta la lleva a su piso, o al piso que por el momento es el suyo, a tomar una
taza de café. Son casi las once; Theodora se ha acostado. Se sientan con las
piernas cruzadas en la gruesa moqueta del salón con la puerta cerrada, hablan
en voz queda. Marianne no es su prima, pero es la amiga de su prima, es de
casa, la rodea un excitante aire de ilegitimidad. La besa; no parece molestarle
que la besen. Se tumban cara a cara en la moqueta; empieza a desabotonarla,
desligarla, a bajarle cremalleras. El último tren al sur sale a las 23.30. Está
claro que lo perderá.
Marianne
es virgen. Lo descubre cuando por fin la tiene desnuda sobre la cama doble.
Nunca antes se ha acostado con una virgen, nunca le ha dedicado un solo
pensamiento a la virginidad como estado físico. Ahora aprende la lección.
Marianne sangra mientras hacen el amor y sigue sangrando después. Con riesgo de
despertar a la criada, Marianne tiene que salir al baño para lavarse. Mientras
está fuera él enciende la luz.
Hay
manchas de sangre en las sábanas, tiene sangre por todo el cuerpo. Han estado
-la imagen le viene con gran desagrado- retozando en sangre como cerdos.
Marianne
regresa envuelta en una toalla de baño.
-Tengo
que irme -dice.
-El
último tren ya ha salido -contesta él-. ¿Por qué no te quedas a pasar la noche?
No
para de sangrar. Marianne se duerme envuelta en la toalla, cada vez más
empapada y llena de sangre entre las piernas. Él permanece tumbado a su lado
poniéndose nervioso. ¿Debería llamar a una ambulancia? ¿Puede hacerlo sin
despertar a Theodora? Marianne no parece preocupada, pero ¿y si solo lo finge
por él? ¿Y si es demasiado inocente o demasiado confiada para juzgar lo que
pasa?
Está
convencido de que no dormirá, pero se queda dormido. Le despiertan voces y el
sonido del correr del agua. Son las cinco en punto; los pájaros cantan en los
árboles. Se levanta atontado y escucha a través de la puerta: oye la voz de
Theodora, luego la de Marianne. No consigue entender lo que dicen, pero seguro
que él no sale bien parado.
Aparta
la ropa de cama. La sangre ha penetrado hasta el colchón, ha dejado una mancha
irregular enorme. Sintiéndose culpable y enfadado, da la vuelta al colchón.
Solo es cuestión de tiempo que descubran la mancha. Para entonces será mejor
que no esté, se asegurará de haberse marchado.
Marianne
regresa del lavabo con un camisón que no es suyo. Le desconciertan el silencio
y la mirada enfadada de él.
-No me
habías dicho que no lo hiciera -dice Marianne-. ¿Por qué no iba a hablar con
ella? Es una anciana encantadora. Una vieja aia.
El
telefonea a un taxi, y luego, de forma harto significativa, espera en la puerta
principal mientras Marianne se viste. Se va por la mañana temprano y vuelve
tarde. Si hay mensajes para él, no lo pregunta.
Cuando
aceptó el trabajo, se comprometió a cuidar la casa de las visitas del marido y
a estar disponible. Ha incumplido sus obligaciones una vez y ahora las está
incumpliendo de nuevo, pero no le importa. La inquietante relación sexual, las
mujeres cuchicheando, las sábanas ensangrentadas, el colchón manchado: le
gustaría olvidar todo el asunto, pasar página.
Llama
al hostal de Larls Court disimulando la voz y pregunta por su prima. Se ha ido,
le dicen, ella y su amiga. Cuelga el teléfono y se relaja. Están lejos, no
tendrá que volver a verlas.
Queda
la cuestión de qué deducir del episodio, de cómo encajarlo en la historia de su
vida, la que se cuenta a sí mismo. Se ha comportado de forma deshonrosa, no
cabe duda, se ha comportado como un bellaco.
Puede
que la palabra sea anticuada, pero es exacta. Se merece que le abofeteen,
incluso que le escupan a la cara. A falta de alguien que le dé el bofetón, no
duda de que le remorderá la conciencia. Agenbyte of inwit. Ese será el
trato con los dioses, pues: se castigará a sí mismo, y a cambio espera que la
historia de su mal comportamiento no se conozca.
Sin
embargo, ¿qué importa al final que la historia no se conozca? Él pertenece a
dos mundos separados herméticamente. En el mundo de Sudáfrica no es más que un
fantasma, una voluta de humo que se va perdiendo rápidamente y pronto se habrá
desvanecido para siempre. En cuanto a Londres, aquí es igual de desconocido. Ya
ha empezado a buscarse otro alojamiento. Cuando haya encontrado una habitación
cortará todo contacto con Theodora y el hogar de los Merrington y desaparecerá
en un mar de anonimato.
Pero
este triste asunto implica más cosas que la simple vergüenza. Ha venido a
Londres para hacer lo que en Sudáfrica es imposible: explorar las
profundidades. Sin descender a las profundidades no se puede ser artista. Pero
¿qué son exactamente las profundidades? Había creído que recorrer calles
heladas con el corazón aturdido por la tristeza. Pero quizá las profundidades
de verdad son otras y se presentan con formas inesperadas: como un arranque de
maldad contra una chica a primera hora de la madrugada, por ejemplo. Quizá las
profundidades en las que quería zambullirse han estado dentro de él todo el
tiempo, encerradas en su pecho: profundidades de frialdad, crueldad,
bellaquería. ¿Dar rienda suelta a sus inclinaciones, a sus vicios, y después
torturarse como hace ahora le ayuda a ser artista? No ve cómo.
Al
menos el episodio ha terminado, está cerrado, consignado al pasado, sellado en
la memoria. Pero no es cierto, no del todo. Recibe una carta con matasellos de
Lucerna. La abre sin pensárselo dos veces y empieza a leerla. Está en
afrikaans. «Querido John, pensé que debía hacerte saber que estoy bien.
Marianne también. Al principio no entendía por qué no llamabas, pero al poco
tiempo se animó y lo estamos pasando muy bien. No quiere escribirte, pero he
pensado en hacerlo yo para decirte que espero que no trates igual a todas tus
chicas, ni siquiera en Londres. Marianne es una persona especial, no se merece
que la traten así. Deberías reconsiderar la vida que llevas. Tu prima, Ilse.»
«Ni
siquiera en Londres.» ¿Qué quiere decir? ¿Que incluso para los estándares
londinenses se ha comportado con deshonor? ¿Qué saben Ilse y su amiga, recién
salidas de las inmensidades del Estado Libre de Orange, de Londres y sus
estándares? Quiere decirle: Londres empeora. Si estás aquí un tiempo, en lugar
de escapar a las praderas y los cencerros, lo descubrirías por ti misma. Pero
en realidad no cree que Londres tenga la culpa. Ha leído a Henry James. Sabe lo
fácil que es ser malo, que basta con relajarse para que emerja la maldad.
Los
momentos más dolorosos de la carta son el principio y el final. Uno no se
dirige a un miembro de la familia con Beste John, es la fórmula empleada
para los desconocidos. Y «Tu prima, Ilse»: ¡quién iba a imaginar que una
granjera daría estocadas tan certeras!
Durante
días y semanas, incluso después de haberla arrugado y tirado, la carta de su
prima le persigue; no las palabras exactas de la página, que enseguida consigue
borrar, sino el recuerdo del instante en que, pese a haberse fijado en el sello
suizo y en la infantil caligrafía redondeada, abrió el sobre y leyó. ¡Qué
tonto! ¿Qué se esperaba: un panegírico de agradecimiento?
No le
gustan las malas noticias. En particular, no le gustan las malas noticias sobre
él. Ya soy lo bastante duro conmigo mismo, se dice; no necesito la ayuda de los
demás. Es una sofistería en la que se apoya de vez en cuando para acallar las
críticas: aprendió su utilidad cuando Jacqueline, desde la perspectiva de una
mujer de treinta años, le dijo lo que pensaba de él como amante. Ahora, en
cuanto una relación empieza a perder fuelle, se retira. Detesta las escenas,
los estallidos de mal humor, las verdades desagradables (¿Quieres saber la
verdad sobre ti?), y hace todo lo que está en su mano por evitarlos. De todos
modos, ¿qué es la verdad? Si él es un misterio para sí mismo, ¿cómo puede no
serlo para los demás? Ha pensado en un pacto que está dispuesto a ofrecerle a
las mujeres de su vida: si le tratan como a un misterio, las tratará como a un
libro cerrado. Solo y exclusivamente sobre esta base se podrá comerciar.
No es
tonto. Sabe que su currículo amatorio es del montón. Nunca ha despertado la
pasión de un corazón femenino, lo que él llamaría una gran pasión. De hecho, al
mirar atrás, no puede recordar haber sido objeto de pasión, de una verdadera
pasión de ningún grado. Seguro que esto dice algo de él. En cuanto al sexo en
sí, entendido en su sentido más concreto, sospecha que lo que él da es bastante
pobre; y lo que obtiene a cambio también. Si la culpa es de alguien, es suya.
Porque
si no pone corazón, si se contiene, ¿por qué no habría de hacer lo mismo la
mujer?
¿El
sexo es el baremo para todo? Si fracasa en el sexo, ¿fracasa en la prueba
global de la vida? Las cosas serían más fáciles si esto no fuese cierto. Pero
cuando mira alrededor, no encuentra a nadie que no reverencie al dios del sexo,
salvo quizá algunos dinosaurios, vestigios de la época victoriana. Hasta Henry
James, tan correcto en la superficie, tan victoriano, tiene páginas en las que
sugiere que todo, al final, es sexo.
De
todos los escritores que admira, en el que más confía es Pound. En Pound hay
pasión a raudales -el dolor de la ausencia, el fuego de la consumación-, pero
es pasión apacible, sin un lado oscuro. ¿Cuál es la clave de la ecuanimidad de
Pound? ¿Es que, en tanto que adorador de los dioses griegos en lugar del dios
hebreo, Pound es inmune a la culpa? ¿O está tan empapado de gran poesía que su
ser físico está en armonía con sus emociones, una cualidad que se comunica
inmediatamente a las mujeres y abre su corazón? ¿O, al contrario, el secreto de
Pound es simplemente cierto brío vital, un brío atribuible a su educación
americana más que a los dioses o a la poesía y que las mujeres reciben como
signo de que el hombre sabe lo que quiere y de un modo firme pero amistoso
tomará el mando de hacia dónde van los dos? ¿Eso quieren las mujeres: que se
las domine, que se las guíe?
¿Por
eso los bailarines siguen el código que siguen, donde el hombre marca el paso y
la mujer le sigue?
Su
propia explicación de sus fracasos amorosos, ya vetusta y cada vez menos
creíble, es que todavía no ha encontrado a la mujer adecuada.
La
mujer adecuada verá, a través de la superficie opaca que presenta al mundo,
hasta las profundidades interiores; la mujer adecuada liberará las intensidades
de pasión escondidas en él. Hasta que dicha mujer aparezca, hasta el día
destinado, se limita a pasar el tiempo. Por eso puede olvidarse de Marianne.
Todavía
le corroe una cuestión, que no va a dejarle en paz. ¿La mujer que libere la
pasión almacenada en su interior, si es que esa mujer existe, liberará también
el flujo de poesía bloqueado o, por contra, depende de él convertirse en poeta
y demostrar que es digno de su amor? Estaría bien que la primera opción fuera
la buena, pero sospecha que no lo es. Igual que se ha enamorado a distancia de
Ingeborg Bachmann en cierto sentido y de Anna Karina en otro, sospecha que la
mujer que busca tendrá que reconocerle por sus obras, tendrá que enamorarse de
su arte antes de llegar a ser tan loca como para enamorarse de él.
17
Recibe
una carta del profesor Howarth, que le supervisa la tesis en Ciudad del Cabo,
pidiéndole algunas tareas académicas. Howarth está trabajando en la biografía
del dramaturgo del siglo XVII John Webster:
quiere
que saque copias de ciertos poemas de la colección de manuscritos del British
Museum que Webster podría haber escrito de joven y, ya puestos, de cualquier
poema manuscrito que encuentre firmado con las iniciales I. W. que parezca una
posible obra de Webster.
Aunque
los poemas que lee no tienen un mérito especial, le halaga el encargo, porque
implica que se le considera capaz de reconocer al autor de La duquesa de Malí
solo por el estilo. De Eliot ha aprendido que la prueba del crítico es su
habilidad para discriminar. De Pound ha aprendido que el crítico debe ser capaz
de reconocer la voz del auténtico maestro entre el balbuceo de la moda. Ya que
no sabe tocar el piano, al menos cuando enciende la radio distingue entre Bach
y Telemann, Haydn y Mozart, Beethoven y Spohr, Bruckner y Mahler; ya que no
sabe escribir, al menos tiene un oído que Eliot y Pound aprobarían.
La
cuestión es: ¿Ford Madox Ford, en quien está invirtiendo un tiempo
considerable, es un auténtico maestro? Pound promocionó a Ford como el único
heredero en Inglaterra de Henry James y Flaubert. Pero ¿habría estado tan
seguro Pound si hubiese leído la obra completa de Ford? Si Ford era un escritor
tan bueno, ¿por qué hay tanta basura mezclada con sus cinco novelas excelentes?
Aunque
se le supone escribiendo sobre la ficción de Ford, le interesan menos las
novelas menores de Ford que sus libro sobre Francia. Para Ford no existe
felicidad mayor que pasar los días junto a una buena mujer en una casa soleada
al sur de Francia, con un olivo frente a la puerta trasera y buen vin du
pays en la bodega. Provenza, dice Ford, es la cuna de todo lo que de
gracioso, lírico y humano hay en la civilización europea; en cuanto a las
mujeres de Provenza, con su temperamento fogoso y su bello aspecto aquilino,
dejan en ridículo a las mujeres del norte.
¿Hay
que creer a Ford? ¿Verá Provenza algún día? ¿Le prestarán alguna atención las
fogosas mujeres provenzales, a él, con su notable falta de pasión?
Ford
afirma que la civilización de Provenza debe su ligereza y su gracia a una dieta
de pescado y aceite de oliva y ajo. En su nuevo alojamiento de Highgate, por
deferencia a Ford, compra barritas de pescado en lugar de salchichas, las fríe
en aceite de oliva en lugar de mantequilla y las sazona con sal al ajo.
La
tesis que está escribiendo no dirá nada nuevo sobre Ford, está claro.
Sin
embargo, no quiere abandonar. Abandonar cosas es el estilo de su padre. No va a
ser como su padre. De modo que empieza a reducir los cientos de páginas con
anotaciones en letra minúscula a una red de prosa conexa.
Los
días que, sentando en la gran sala de lectura de techo abovedado, se encuentra
demasiado cansado o aburrido para seguir escribiendo, se permite el lujo de
hojear libros sobre la Sudáfrica de los viejos tiempos, libros que solo se
encuentran en grandes bibliotecas, memorias de gente que visitó Ciudad del Cabo
como Dapper y Kolbe, Sparrman, Barrow o Burchell, publicados en Holanda,
Alemania o Inglaterra hace dos siglos.
Le
produce una sensación extraña e inquietante sentarse en Londres a leer sobre
calles -Waalstraat, Buitengracht, Buitencingel- por las que únicamente él, de
todos los que le rodean con la cabeza hundida entre libros, ha paseado. Pero
más aún que las historias sobre la antigua Ciudad del Cabo le cautivan los
relatos de aventuras por el interior, exploraciones en carro tirado por bueyes
por el desierto del Gran Karoo, donde un viajero podía andar durante días
seguidos sin ver un alma.
Zwartberg,
Leeuwrivier, Dwyka: está leyendo sobre su país, el país de su corazón.
Patriotismo:
¿estará empezando a aquejarle? ¿Está demostrando ser incapaz de vivir sin un
país? Después de haberse sacudido el polvo de la fea Sudáfrica actual de los
pies, ¿añora la Sudáfrica de los viejos tiempos, cuando el Edén todavía era
posible? ¿Los ingleses que le rodean sienten el mismo tirón en la fibra
sensible cuando se menciona el monte Rydal o la calle Baker en un libro? Lo
duda. Este país, esta ciudad, viven envueltos en siglos de palabras. A los
ingleses no les extraña pasear por los mismos sitios que Chaucer o Tom Jones.
Sudáfrica
es distinta. Si no fuera por el puñado de libros que ha encontrado, no estaría
seguro de si el Karoo no es algo que soñó ayer.
Por
eso se centra en Burchell en particular, en sus dos gruesos volúmenes. Puede
que Burchell no sea un maestro como Flaubert o James, pero lo que escribe
ocurrió de verdad. Bueyes de verdad los transportaron a él y a sus cajas de
especimenes botánicos de parada en parada por el Gran Karoo; estrellas de
verdad brillaron sobre su cabeza y la de sus hombres mientras dormían. Se marea
solo de pensarlo. Burchell y sus hombres estarán muertos y sus carros reducidos
a polvo, pero vivieron de verdad, sus viajes fueron de verdad. La prueba es el
libro que tiene entre las manos, el libro titulado para abreviar Los viajes de
Burchell, concretamente el ejemplar depositado en el British Museum.
Si Los
viajes de Burchell demuestra que los viajes de Burchell ocurrieron de verdad,
¿por qué otros libros no habrían de hacer reales otros viajes, viajes que de
momento solo son hipotéticos? La lógica, por supuesto, es engañosa. No
obstante, le gustaría hacerlo: escribir un libro tan convincente como el de
Burchell y depositarlo en esta biblioteca que define a todas las bibliotecas.
Si, para que su libro sea convincente, tiene que haber un bote de grasa
bamboleándose bajo el suelo del carro mientras el vehículo va dando botes sobre
las piedras del Karoo, pondrá un bote de grasa. Si tiene que haber cigarras
cantando en el árbol bajo el que se detengan a mediodía, pondrá cigarras. El
traqueteo del bote de grasa, el canto de las cigarras: confía en que sabrá
conseguirlos. La parte difícil será dar al conjunto el aura que lo colocará en
las estanterías y por tanto en la historia del mundo:
el
aura de lo verdadero.
No se
está planteando una falsificación. Ya se ha intentado antes:
simular
encontrar, en un arcón del ático de alguna casa de campo, un diario amarilleado
por el tiempo y manchado de humedad donde se describe una expedición por los
desiertos tártaros o los territorios del Gran Mogol. Esa clase de engaños no le
interesan. El reto al que se enfrenta es puramente literario: escribir un libro
cuyo horizonte de conocimiento sea el de la época de Burchell, la década de
1820, y cuya respuesta al mundo siga no obstante viva de un modo en que
Burchell, pese a su energía, inteligencia, curiosidad y sangre fría, no podría
haber conseguido porque era un inglés en un país extranjero, con la mente
puesta parcialmente en Pembrokeshire y las hermanas que había dejado atrás.
Tendrá
que aprender a escribir desde la década de 1820. Antes de lograrlo necesitará
saber menos de lo que ahora sabe; tendrá que olvidar cosas. Sin embargo, antes
de poder olvidar tendrá que saber qué olvidar; antes de poder saber menos
tendrá que saber más.
¿Dónde
encontrará lo que necesita saber? No tiene formación de historiador, y de todas
maneras lo que persigue no son libros de historia, puesto que esta pertenece a
lo mundano, tan común como el aire que respira. ¿Dónde encontrará los
conocimientos comunes de un mundo pasado, unos conocimientos demasiado humildes
para saber que lo son?
18
Lo que
ocurre a continuación es un visto y no visto. En el correo de la mesa del
recibidor aparece un sobre beis con las siglas OHMS (Al Servicio de Su
Majestad) dirigido a él. Se lo lleva a su cuarto y lo abre con el corazón
encogido. Tiene veintiún días, le dicen en la carta, para renovar su permiso de
trabajo, pasados los cuales se le retirará el permiso de residencia en el Reino
Unido. Puede renovar el permiso presentándose con el pasaporte y una copia del
formulario I48, rellenado por su patrón, en las oficinas del Ministerio del
Interior de Holloway Road cualquier día laborable de 9.00 a 12.30 y de 13.30 a
16.00.
De
modo que IBM le ha delatado. IBM ha comunicado al Ministerio del Interior que
ha dejado su empleo.
¿Qué
tiene que hacer? Tiene dinero para un viaje de ida a Sudáfrica.
Pero
es inconcebible reaparecer en Ciudad del Cabo como un perro con el rabo entre
las piernas, derrotado. De todos modos, ¿qué le espera en Ciudad del Cabo?
¿Reanudar las tutorías en la universidad? ¿Cuánto tiempo podría aguantar? Es
demasiado viejo para las becas, tendría que competir con estudiantes más
jóvenes y con expedientes mejores. El hecho es que si vuelve a Sudáfrica no
volverá a escapar jamás. Se convertirá en una de esas personas que se reúnen en
la playa Clifton al atardecer a beber vino y charlar de los viejos tiempos en
Ibiza.
Si
quiere permanecer en Inglaterra, se le ocurren dos vías posibles.
Puede
apretar los dientes e intentar dar clases de nuevo o puede volver a la
programación.
Existe
una tercera opción, hipotética. Podría dejar su residencia actual y fundirse
con las masas. Podría vivir de la prostitución en Kent (para eso no se
necesitan papeles), trabajar en la construcción. Puede dormir en albergues
juveniles, en cocheras. Pero sabe que no lo hará. Es demasiado incompetente
para vivir fuera de la ley, demasiado mojigato, tendría demasiado miedo de que
le pillaran.
Los
anuncios laborales de los periódicos están llenos de demandas de programadores
informáticos. Cualquiera diría que Inglaterra nunca tiene bastantes. La mayoría
son para vacantes en departamentos de nóminas. Los pasa por alto, solo responde
a las empresas informáticas, a los rivales, grandes o pequeños, de IBM. Al cabo
de unos días consigue una entrevista con International Computers, cuya oferta
acepta sin dudarlo. Está exultante. Vuelve a tener trabajo, está a salvo, no le
expulsarán del país.
Hay
una pega. Aunque International Computers tiene su sede central en Londres, el
puesto para el que le quieren es en el campo, en Berkshire. Para llegar hasta
allí tiene que ir hasta Waterloo y hacer una hora de viaje en tren, seguida de
un trayecto en autobús. No podrá vivir en Londres. Otra vez la historia de
Rothamsted.
International
Computers está dispuesta a prestar a los empleados nuevos la entrada para una
casa modesta. En otras palabras, con un golpe de bolígrafo podría convertirse
en propietario (¡propietario, él!) y por tanto comprometerse a pagar una
hipoteca que le ataría al trabajo durante los diez o quince años siguientes.
Dentro de quince años será viejo. Bastaría una decisión precipitada y habría
renunciado a su vida, renunciado a cualquier oportunidad de convertirse en
artista. Con una casita en propiedad en una hilera de casitas de ladrillo
rojizo sería absorbido sin dejar rastro por la clase media británica. Lo único
que haría falta para completar el cuadro serían el coche y la mujercita.
Inventa
una excusa para no firmar el préstamo hipotecario. En cambio, firma un contrato
de arrendamiento del piso superior de una casa en las afueras del pueblo. El
casero es un ex oficial del ejército, en la actualidad agente de bolsa, al que
le gusta que le llamen mayor Arkwright. Le explica al mayor Arkwright lo que
son los ordenadores, la programación informática, la sólida carrera que
prometen («La industria está a punto de experimentar una enorme expansión»). El
mayor Arkwright le llama «cerebrito» con intención jocosa («Nunca habíamos
tenido a un cerebrito en el piso de arriba»), designación que acepta sin
rechistar.
Trabajar
para International Computers no se parece en nada a trabajar para IBM. Para
empezar, puede empaquetar el traje negro. Tiene despacho propio, un cubículo en
un cobertizo prefabricado del jardín trasero de la casa que International
Computers ha convertido en laboratorio informático. La Casa Solariega, la
llaman: una casona vieja y laberíntica al final de un camino de tres kilómetros
sembrado de hojas en las afueras de Bracknell. Se supone que tiene una
historia, aunque nadie la conoce.
Pese a
la designación «laboratorio informático», en las instalaciones no hay ningún
ordenador. Para probar los programas que debe confeccionar tendrá que ir a la
Universidad de Cambridge, que posee uno de los tres ordenadores Atlas que
existen, todos ligeramente distintos entre sí. El ordenador Atlas -lo lee en
las instrucciones que le entregan la primera mañana- es la réplica británica a
IBM. En cuanto los ingenieros y programadores de International Computers hayan
acabado los prototipos, Atlas será el mayor ordenador del mundo, o al menos el
más grande que se pueda comprar en el mercado libre (los militares
norteamericanos tienen ordenadores propios, de capacidad desconocida, y
presumiblemente también el ejército ruso). Gracias a Atlas la industria informática
británica asestará un golpe del que IBM tardará años en recuperarse. Es lo que
hay en juego. Por eso International Computers ha reunido un equipo de
programadores jóvenes y brillantes, del que ahora él forma parte en su retiro
campestre.
Lo que
Atlas tiene de especial, lo que le hace único entre todos los ordenadores del
mundo, es que posee cierta conciencia de sí mismo. A intervalos regulares -cada
diez segundos, o incluso cada segundo- se interroga, se pregunta qué tareas
está realizando y si las realiza con eficiencia óptima. Si no las está
realizando de manera eficiente, las reordena y las lleva a cabo en otro orden
mejor, y así ahorra tiempo y, por tanto, dinero.
Él se
encargará de confeccionar la rutina que deberá seguir la máquina al final de
cada cambio de cinta magnética. ¿Debería leer otra tira de cinta magnética?,
tendría que preguntarse el ordenador. ¿O, por el contrario, debería partirla y
leer una tarjeta perforada o una tira de cinta de papel? ¿Debería escribir
parte de las salidas acumuladas en otra cinta magnética o debería optar por una
ráfaga de computación?
Estas
preguntas deben contestarse de acuerdo con el principio de eficiencia
preponderante. Dispondrá de todo el tiempo que necesite
(pero
preferiblemente solo seis meses, porque International Computers se ha embarcado
en una carrera contra el tiempo) para verter las preguntas y respuestas a un
código que la máquina sepa leer y para comprobar que estén formuladas de manera
óptima. Todos sus colegas programadores tienen tareas comparables y un
calendario similar.
Entretanto,
los ingenieros de la Universidad de Manchester trabajarán día y noche para
perfeccionar el hardware electrónico. Si todo sale conforme a lo previsto,
Atlas entrará en producción en 1965.
Una
carrera contra el tiempo. Una carrera contra los norteamericanos.
Esto
puede entenderlo, puede comprometerse con algo así con más empeño del que podía
poner en el objetivo de IBM de ganar más y más dinero. Y la programación es
interesante. Exige ingenio mental; para hacerla bien exige un dominio virtuoso
del lenguaje binario internacional del Atlas. Por las mañanas llega al trabajo
con ganas de cumplir con las tareas asignadas. Para mantenerse alerta bebe una
taza de café tras otra; le martillea el corazón, le bulle el cerebro; pierde
conciencia del tiempo, tienen que llamarlo para almorzar.
Por la
tarde se lleva los papeles a sus habitaciones y trabaja por la noche.
Así
que, sin saberlo, ¡se estaba preparando para esto! ¡Esto era a lo que le
conducían las matemáticas!
El
otoño se convierte en invierno; apenas se da cuenta. Ya no lee poesía. En su
lugar lee libros de ajedrez, sigue las partidas de los grandes maestros,
soluciona los problemas de ajedrez del Observer.
Duerme
mal; a veces sueña con programación. Observa este desarrollo interior con
interés distante. ¿Se convertirá en uno de esos científicos cuyos cerebros
resuelven problemas mientras duermen?
Nota
otra cosa. Ha dejado de estar anhelante. Ya no le preocupa buscar a la
desconocida bella y misteriosa que había de liberar su pasión interior. En
parte, sin duda, porque Bracknell no tiene nada que ofrecer en comparación al
desfile de chicas de Londres. Pero no puede evitar ver la conexión entre el
final de su anhelo y el fin de la poesía.
¿Significa
que está madurando? ¿En eso se resume madurar: superar los anhelos, la pasión,
todas las intensidades del alma?
La
gente con la que trabaja -hombres todos, sin excepción- son más interesantes
que la gente de IBM: más despiertos, puede que también más listos, de un modo
que entiende, de un modo muy similar a como se es listo en la escuela.
Almuerzan juntos en la cantina de la Casa Solariega. No se andan con tonterías
con la comida: pescado con patatas fritas, salchichas con puré, salchichas en
pasta, repollo con patatas, pastel de ruibarbo con helado. Le gusta la comida,
repite si puede, convierte el almuerzo en la comida principal del día. Por la
noche, en casa (es lo que ahora son sus habitaciones en casa de los Arkwright)
no se molesta en cocinar, simplemente come pan con queso mientras juega al
ajedrez.
Uno de
sus compañeros es un indio llamado Ganapathy. Ganapathy llega tarde al trabajo
a menudo; algunos días ni siquiera se presenta.
Cuando
va, no parece trabajar demasiado: se sienta en su cubículo con los pies sobre
la mesa y aire soñador. Explica sus ausencias con las excusas más someras («No
me encontraba bien»). Sin embargo, no le reprenden. Resulta que Ganapathy es
una adquisición particularmente valiosa de International Computers. Ha
estudiado en Norteamérica, tiene una licenciatura norteamericana en
informática.
Ganapathy
y él son los dos únicos extranjeros del grupo. Cuando el tiempo lo permite,
pasean juntos por los terrenos de la casa después de almorzar. Ganapathy
desdeña International Computers y todo el proyecto Atlas. Se equivocó al volver
a Inglaterra, dice. Los ingleses no saben pensar a lo grande. Debería haberse
quedado en Norteamérica.
¿Cómo
es la vida en Sudáfrica? ¿Tendría futuro en Sudáfrica?
Disuade
a Ganapathy de probar suerte en Sudáfrica. Sudáfrica está muy atrasada, le
cuenta, no hay ordenadores. No le cuenta que los foráneos no son bienvenidos a
menos que sean blancos.
Llega
una racha de mal tiempo, llueve y hace viento un día detrás de otro. Ganapathy
no va a trabajar. Puesto que nadie más se pregunta el porqué, decide
investigar. Como él, Ganapathy ha esquivado la opción de comprarse una casa.
Vive en un piso de la tercera planta de un bloque de protección oficial. Tarda
mucho en contestar a la puerta. Al final Ganapathy abre. Va en pijama y
sandalias; del interior emana un chorro de aire caliente y olor a podrido.
–¡Adelante,
adelante! –dice Ganapathy–. ¡No te quedes al frío!
En el
salón no hay más muebles que un sillón delante de un televisor y dos estufas
eléctricas encendidas. Detrás de la puerta se amontona una pila de bolsas de
basura negras. De ahí procede el mal olor. Con la puerta cerrada el olor
resulta nauseabundo.
-¿Por
qué no sacas las bolsas?
Ganapathy
se muestra evasivo. Tampoco tiene intención de explicar por qué no va a
trabajar. De hecho, no parece que tenga ganas de charlar.
El se
pregunta si Ganapathy tendrá una chica en el dormitorio, una chica local, una
de las coquetas mecanógrafas o dependientas de los pisos de protección oficial
que ve en el autobús. O, quizá, una chica india. Quizá sea la explicación a
todas las ausencias de Ganapathy: vive con una bonita india y prefiere hacerle
el amor, practicar el tantra, postergar el orgasmo durante horas, a escribir
lenguaje de máquinas para el Atlas.
Sin
embargo, cuando se dispone a marcharse, Ganapathy sacude la cabeza.
–¿Quieres
un vaso de agua? –le ofrece.
Ganapathy
le ofrece agua del grifo porque se le han acabado el café y el té. También se
ha quedado sin comida. Resulta que no compra comida, a excepción de plátanos,
porque no cocina: no le gusta cocinar, no sabe cocinar. Las bolsas de basura
contienen sobre todo pieles de plátano.
Vive a
base de plátanos, chocolatinas y, cuando lo tiene, té. No es el estilo de vida
que quisiera. En India vivía en casa, y su madre y sus hermanas cuidaban de él.
En Norteamérica, en Columbus, Ohio, vivía en una residencia donde la comida
aparecía en la mesa a intervalos regulares. Si tenías hambre entre horas salías
y te comprabas una hamburguesa. Había un lugar donde vendían hamburguesas
abierto las veinticuatro horas del día en la calle de la residencia. En
Norteamérica siempre estaba todo abierto, no como en Inglaterra. Nunca debería
haber vuelto a Inglaterra, un país sin futuro donde ni siquiera funciona la
calefacción.
Le
pregunta a Ganapathy si está enfermo. Ganapathy le quita importancia a la
situación: va en pijama para estar calentito, nada más.
Pero
él no está convencido. Ahora que sabe lo de los plátanos, ve a Ganapathy de
otro modo. Ganapathy está como un palillo, no le sobra ni un gramo de carne.
Está demacrado. Si no está enfermo, como mínimo se está muriendo de hambre. He
aquí que en Bracknell, en el corazón de la periferia londinense, un hombre se
muere de hambre porque es demasiado incompetente para alimentarse a sí mismo.
Invita
a almorzar a Ganapathy al día siguiente, dándole instrucciones precisas de cómo
llegar a casa del mayor Arkwright.
Luego
se marcha, busca una tienda que abra el sábado por la tarde y compra lo que
encuentra: pan en bolsa de plástico, fiambres, guisantes congelados. A mediodía
del día siguiente sirve la mesa y espera.
Ganapathy
no llega. Como Ganapathy no tiene teléfono, no puede hacer nada, aparte de
llevarle la comida a su piso.
Absurdo,
pero tal vez sea lo que quiere Ganapathy: que le lleven la comida. Como él,
Ganapathy es un chico listo y malcriado. Como él, Ganapathy ha huido de su
madre y la vida fácil que le ofrecía. Pero en el caso de Ganapathy, parece
haber agotado toda su energía en la huida. Ahora espera a que lo rescaten.
Quiere que su madre o alguien como ella venga a salvarle. De lo contrario, se
consumirá hasta morir en su piso lleno de basura.
International
Computers debería estar al corriente de la situación. Han confiado a Ganapathy
una misión clave, la lógica de las rutinas que planifican las tareas. Si
Ganapathy cae, todo el proyecto Atlas se retrasará. Pero ¿cómo hacer entender a
International Computers el mal que aqueja a Ganapathy? ¿Cómo podría entender
alguien en Inglaterra lo que trae a la gente desde rincones remotos del planeta
a morir en una isla húmeda y triste que detestan y a la que nada les ata?
Al día
siguiente Ganapathy está en su mesa como si nada. No da ninguna explicación de
por qué no acudió a la cita. A la hora del almuerzo, en la cantina, está de
buen humor, excitado, incluso.
Participa
en una rifa para un Morris Mini, dice. Ha comprado cien boletos: ¿qué iba a
hacer si no con el enorme salario que le paga International Computers? Si gana,
podrán ir juntos en coche a Cambridge para las pruebas de programación en lugar
de coger el tren.
O
podrían ir a pasar el día a Londres.
¿Hay
algo en todo este asunto que no ha acabado de entender, algo indio? ¿Pertenece
Ganapathy a una casta para la que es tabú comer en la mesa de un occidental? Si
es así, ¿qué está haciendo con un plato de bacalao con patatas en la cantina de
la Casa Solariega? ¿Debería haberle invitado de manera más formal y confirmado
la invitación por escrito? Al no presentarse, ¿estaba Ganapathy ahorrándole la
vergüenza de encontrarse en la puerta con un convidado al que había invitado
por impulso pero al que realmente no deseaba recibir? ¿Dio de algún modo la
impresión, al invitar a Ganapathy, de que la invitación no iba de veras, no iba
en serio, sino que era un simple gesto y que la buena educación por parte de
Ganapathy consistiría en agradecer el gesto sin poner a su anfitrión en el
compromiso de darle de comer?
¿Tiene
el mismo valor la comida teórica que iban a compartir (fiambres y guisantes
congelados hervidos con mantequilla) que los fiambres y los guisantes
congelados hervidos ofrecidos y consumidos de verdad? ¿Las cosas entre
Ganapathy y él están como antes, mejor que antes o peor?
Ganapathy
ha oído hablar de Satyajit Ray, pero cree que no ha visto ninguna de sus
películas. Solo un pequeño sector del público indio, dice, se interesaría por
ese tipo de cine. En general, dice, los indios prefieren ver películas
norteamericanas. Las películas indias todavía son muy primitivas.
Ganapathy
es el primer indio que conoce un poco, si es que se puede considerar que lo
conoce: juegan al ajedrez y comparan desfavorablemente Inglaterra con
Norteamérica, además de la visita sorpresa al piso de Ganapathy. Sin duda, la
conversación ganaría mucho si Ganapathy fuera un intelectual en lugar de
simplemente listo.
Sigue
sorprendiéndole que la gente pueda ser tan lista como lo es en la industria
informática y que sin embargo no tengan otros intereses más allá de los precios
de la vivienda y los coches. Había creído que se trataba de una manifestación
de la famosa ignorancia de la clase media inglesa, pero Ganapathy no es mejor.
¿Esta
indiferencia hacia el mundo es consecuencia de un exceso de trato con máquinas
que parecen pensar? ¿Cómo le iría a él si un día dejara la industria de la
informática y regresara a la sociedad civilizada?
Después
de invertir sus mejores energías durante tanto tiempo en jugar con máquinas,
¿sería capaz de mantener una conversación? ¿Habría ganado algo en todos los
años pasados entre ordenadores? ¿No habría aprendido al menos a pensar de forma
lógica? Para entonces, ¿no se habría convertido la lógica en su segunda
naturaleza?
Le
gustaría creer que sí, pero no puede. En el fondo no siente el menor respeto
por ninguna versión de pensamiento que pueda materializarse en el sistema de
circuitos de un ordenador. Cuanto más se mete en la informática, más le
recuerda al ajedrez: un mundo pequeño y cerrado definido por reglas inventadas
que atrae a chicos con cierto temperamento susceptible y los vuelve medio
locos, igual que él está medio loco, para que en todo momento piensen,
engañados, que están jugando cuando en realidad el juego está jugando con
ellos.
Es un
mundo del que puede escapar: todavía no es demasiado tarde. Si no, podría hacer
las paces con él, como ve que hacen los jóvenes que le rodean, uno tras otro:
conformarse con el matrimonio, la casa y el coche, conformarse con lo que la
vida tiene que ofrecer siendo realistas, concentrar toda su energía en el
trabajo. Le disgusta ver lo bien que opera el principio de realidad, cómo,
aguijoneado por la soledad, el chico de los granos se conforma con la chica del
pelo sin brillo y los muslos gruesos, cómo todo el mundo, por improbable que
parezca, al final encuentra un compañero. ¿Es ese su problema, así de simple:
que todo este tiempo ha sobrestimado su valía en el mercado, engañándose con la
idea de que le correspondían las escultoras y las actrices cuando en realidad
le corresponde la maestra de guardería del piso de protección oficial o la
aprendiz de la zapatería?
Matrimonio:
¡quién habría imaginado que sentiría la tentación, por leve que sea, del
matrimonio! No piensa rendirse, todavía no. Pero es una opción que se plantea
en las largas tardes de invierno, comiéndose su pan con salchichas delante de
la estufa de gas en casa del mayor Arkwright y escuchando la radio mientras de
fondo la lluvia golpea la ventana.
19
Llueve.
Ganapathy y él están solos en la cantina, jugando al ajedrez rápido con el
juego de bolsillo de Ganapathy. Ganapathy le está dando una paliza, como de
costumbre.
–Deberías
irte a Norteamérica –dice Ganapathy. Aquí estás perdiendo el tiempo. Todos
nosotros estamos perdiendo el tiempo.
El
niega con la cabeza.
–No
eres realista –le contesta.
Ha
pensado más de una vez en intentar buscar trabajo en Norteamérica y ha decidido
que no. Una decisión prudente, pero correcta. No tiene dotes especiales como
programador. Sus colegas del equipo Atlas tal vez no tengan licenciaturas, pero
sí mentes más claras que la suya, entienden los problemas computacionales más
rápido y mejor de lo que él los entenderá nunca. En las discusiones apenas da
el pego; siempre tiene que estar simulando que comprende las cosas cuando en
realidad no las entiende; luego las descubre por sí solo. ¿Para qué iban a
querer a alguien como él en Norteamérica? Norteamérica no es Inglaterra.
América
es dura y sin piedad: si por algún milagro consiguiera trabajo allí, le
descubrirían enseguida. Además, ha leído a Allen Ginsberg, ha leído a William
Burroughs. Sabe lo que Norteamérica hace con los artistas: los vuelve locos,
los encierra, los expulsa.
–Podrías
conseguir una beca en la universidad –dice Ganapathy–. A mí me dieron una, no
tendrías problemas.
Le
mira fijamente. ¿De verdad Ganapathy es tan ingenuo?
Hay
una guerra fría en marcha. Estados Unidos y Rusia counpiten por los corazones y
las mentes de indios, iraquíes, nigerianos; las becas universitarias son parte
de los incentivos que les ofrecen. Los corazones y las mentes de los blancos no
les interesan; desde luego, no los corazones y las mentes de unos pocos blancos
fuera de lugar en África.
-Lo
pensaré -dice, y cambia de tema. No tiene ninguna intención de pensárselo.
En una
fotografía de primera plana del Guardian un soldado vietnamita con uniforme
estadounidense mira impotente un mar de llamas.
TERRORISTAS
SUICIDAS SIEMBRAN EL PÁNICO EN EL SUR DE VIETNAM dice el titular. Un grupo de
zapadores del vietcong se han abierto camino a través de la alambrada que rodea
la base aérea norteamericana de Pleiku, han volado veinticuatro aviones y han
prendido fuego a los tanques de almacenaje de combustible. Han perdido la vida
en la acción.
Ganapathy,
que le muestra el periódico, está exultante; él mismo siente la necesidad de
reinvindicar sus derechos. Desde que llegó a Inglaterra, los periódicos
británicos y la BBC incluyen historias de las proezas del ejército
norteamericano en las que los vietcong mueren por millares mientras que los
norteamericanos salen indemnes. Si alguna vez se insinúa alguna crítica a
Estados Unidos, se hace de la manera más imperceptible.
Apenas
consigue forzarse a leer las noticias sobre la guerra del asco que le dan.
Ahora el vietcong ha respondido de forma heroica e innegable.
Ganapathy
y él nunca han hablado del Vietnam. Como Ganapathy estudió en Estados Unidos,
él ha dado por sentado que el indio apoya a los norteamericanos o que no le
interesa la guerra, como ocurre con todos los demás en International Computers.
Ahora, de pronto, ve en la sonrisa y el brillo de sus ojos la cara oculta de
Ganapathy. Pese a su admiración por la eficiencia norteamericana y su añoranza
por las hamburguesas norteamericanas, Ganapathy está de parte de los
vietnamitas porque son sus hermanos asiáticos.
Ya
está. Fin de la historia. No vuelven a mencionar la guerra. Pero él se pregunta
más que nunca qué está haciendo Ganapathy en Inglaterra, en la periferia de
Londres, trabajando en un proyecto por el que no siente ningún respeto. ¿No
estaría mejor en Asia, combatiendo contra los norteamericanos? ¿Debería tener
una conversación con Ganapathy, decírselo?
¿Y qué
pasa con él? Si el destino de Ganapathy está en Asia, ¿dónde está el suyo?
¿Prescindirían los vietcong de sus orígenes y le aceptarían a su servicio, si
no como soldado u hombre bomba, entonces como humilde camillero? Si no, ¿qué
tal los amigos y aliados del vietcong, los chinos?
Escribe
a la embajada china en Londres. Puesto que sospecha que los chinos no necesitan
ordenadores, no menciona la programación informática. Está listo para enseñar
inglés en China, dice, como contribución a la lucha mundial. No le importa lo
que cobre.
Envía
la carta y espera respuesta. Mientras tanto se compra Aprenda chino usted
mismo y empieza a practicar los extraños sonidos mascullados del mandarín.
Pasan
varios días; no tiene noticias de los chinos. ¿Han interceptado y destruido la
carta los servicios secretos británicos? ¿Interceptan y destruyen todas las
cartas dirigidas a la embajada? Si es así, ¿qué sentido tiene que les dejen
tener una embajada en Londres? ¿O, después de interceptar la carta, los
servicios secretos la han pasado al Ministerio del Interior con una nota para
comunicar que el sudafricano que trabaja para International Computers en
Bracknell ha delatado sus inclinaciones comunistas? ¿Va a perder el empleo y a
ser expulsado de Inglaterra por culpa de la política? Si ocurre, no protestará.
El destino habrá hablado; está preparado para aceptar la palabra del destino.
En sus
viajes a Londres todavía va al cine, pero sus problemas de vista le estropean
cada vez más la diversión. Tiene que sentarse en primera fila para poder leer
los subtítulos e, incluso así, tiene que forzar la vista.
Visita
a un oftalmólogo y sale con un par de gafas de carey negro. En el espejo se
parece aún más al cerebrito cómico del mayor Arkwright. Por otra parte, al
mirar por la ventana descubre asombrado que distingue las hojas de los árboles
una a una. Los árboles han sido un borrón verde desde que tiene uso de razón.
¿Habría tenido que llevar gafas toda la vida? ¿Explica esto que fuera un pésimo
jugador de críquet, que la pelota siempre pareciera acercársele salida de
ninguna parte?
Acabarnos
pareciéndonos a nuestro yo ideal, dice Baudelaire. Poco a poco la cara que
deseamos, la cara de nuestros sueños secretos, arrolla a la cara con la que
nacemos. ¿Es la cara del espejo la cara de sus sueños, esta cara larga y
lúgubre con una boca flácida y vulnerable y unos ojos que ahora se parapetan
tras unos cristales?
La
primera película que ve con las gafas nuevas es El Evangelio según san Mateo,
de Pasolini. Resulta una experiencia perturbadora. Después de cinco años de
educación católica, había creído superado para siempre el atractivo del mensaje
cristiano. Pero no es así. El pálido y huesudo Jesús de la película, que
retrocede encogido ante el contacto de otros, que camina descalzo profiriendo
profecías y diatribas, es real de un modo en que nunca lo fue el Jesús de
corazón sangrante. Se estremece cuando le clavan las manos a Jesús; cuando el
sepulcro aparece vacío y el ángel anuncia a las mujeres llorosas «No miréis
aquí, porque ha resucitado», y empieza la misa luba y las gentes de la tierra,
los cojos y lisiados, los despreciados y rechazados, llegan corriendo o
renqueando, con los rostros iluminados por la alegría, a compartir la buena
nueva, también su corazón quiere estallar; lágrimas de exaltación que no
entiende le ruedan por las mejillas, lágrimas que tiene que secarse a
escondidas antes de poder regresar al mundo.
En
otra de sus excursiones a la ciudad, en el aparador de una librería de segunda
mano de Charing Cross Road, descubre un pequeño pero grueso libro con la
cubierta violeta: Watt, de Samuel Beckett, publicado por Olympia Press. Olympia
Press tiene mala fama: publica pornografía en inglés para suscriptores de
Inglaterra y Norteamérica desde su refugio parisino. Pero, como actividad
suplementaria, publica también los escritos más audaces de la vanguardia; Lolita,
de Vladimir Nabokov, por ejemplo. Es muy poco probable que Samuel Beckett,
autor de Esperando a Godot y Fin de partida, escriba pornografía.
Entonces, ¿qué tipo de libro será Watt?
Lo
hojea. Está impreso en la misma serif de cuerpo denso que los Poemas escogidos
de Pound, un tipo que para él evoca intimidad, solidez. Compra el libro y se lo
lleva a casa del mayor Arkwright. Desde la primera página sabe que ha dado con
algo. Recostado en la cama con la luz colándose por la ventana, lee sin parar.
Watt
no se parece a las obras de teatro de Beckett. No hay enfrentamiento, no hay
conflicto, únicamente el flujo de una voz contando una historia, un flujo
continuamente asaltado por dudas y escrúpulos, con el ritmo exactamente
acompasado con el ritmo de la mente. Watt también es divertido, tan divertido
que se desternilla de risa. Cuando llega al final lo empieza otra vez por el
principio.
¿Por
qué nadie le dijo que Beckett escribía novelas? ¿Cómo pudo haber imaginado que
quería escribir a la manera de Ford cuando Beckett rondaba por ahí todo el
tiempo? En Ford ha encontrado siempre un componente de camisa almidonada que no
le gustaba, pero que dudaba en reconocer, algo relacionado con el valor que
Ford otorgaba a saber en qué lugar del West End se compran los mejores guantes
para automóviles o cómo distinguir un Médoc de un Beaune; mientras que en
Beckett no hay clases, o, como él preferiría, Beckett es un desclasado.
La
comprobación de los programas que confecciona tiene que realizarse en la
máquina Atlas de Cambridge durante la noche, cuando los matemáticos que
disfrutan de preferencia sobre el ordenador duermen.
Así
que cada dos o tres semanas coge el tren a Cambridge, cargado con una cartera
de papeles y rollos de cinta perforada, además del pijama y el cepillo de
dientes. Mientras está en Cambridge se aloja en el hotel Royal, con cargo a
International Computers. Trabaja en el Atlas de seis de la tarde a seis de la
mañana. A primera hora de la mañana regresa al hotel, desayuna y se va a la
cama. Tiene la tarde libre para vagar por la ciudad, para ver películas. Luego
debe volver al laboratorio matemático, el inmenso edificio con aspecto de
hangar donde se guarda el Atlas, para reanudar la jornada nocturna.
Es una
rutina que le va al dedillo. Le gusta viajar en tren, le gusta el anonimato de
los hoteles, le gustan los abundantes desayunos ingleses a base de beicon con
salchichas y huevos y tostadas con mermelada y café. Como no tiene que llevar
traje, puede mezclarse sin dificultad con los estudiantes de la calle, hasta
pasar por uno más. Y pasar la noche con el gran Atlas, solos él y el ingeniero
de guardia, observando cómo el lector lee el rollo de código informático que él
mismo ha confeccionado, cómo los discos de cinta magnética empiezan a girar y
las luces de la consola a brillar a una orden suya: le proporciona una
sensación de poder que sabe que es infantil pero en la que, como no le ve
nadie, puede deleitarse.
A
veces tiene que quedarse en el laboratorio matemático hasta la mañana para
hablar con los miembros del departamento de matemáticas. Porque todo lo
verdaderamente innovador del software del Atlas no procede de International
Computers, sino de un puñado de matemáticos de Cambridge. Desde cierto punto de
vista, él no es más que un miembro de un equipo de programadores profesionales
de la industria informática que el departamento de matemáticas de Cambridge ha
contratado para aplicar sus ideas, igual que, desde el mismo punto de vista,
International Computers es una firma de ingenieros contratada por la
Universidad de Manchester para construir un ordenador según sus diseños. Desde
ese punto de vista, él es un simple trabajador a sueldo de la universidad, no un
colaborador con derecho a hablar en igualdad de condiciones con esos
científicos jóvenes y brillantes.
Porque
son realmente brillantes. A veces sacude la cabeza sin acabar de creerse lo que
ocurre. Aquí está él, un licenciado del montón de una universidad colonial de
segunda fila, dirigiéndose por el nombre de pila a hombres con doctorados en
matemáticas, hombres que, en cuanto se ponen a hablar, le dejan atrás y
aturdido. Problemas con los que él ha estado semanas batallando torpemente,
ellos los solucionan en un abrir y cerrar de ojos. Con frecuencia, detrás de lo
que él había creído que era un problema ellos ven el problema de verdad y
simulan por él que también él lo había detectado.
¿Realmente
están tan perdidos en las altas esferas de la lógica computacional que no ven
lo estúpido que es o -por razones que a él se le escapan, ya que no debe de ser
nadie para ellos- tienen la deferencia de cuidar de que pueda mantener las
apariencias en su presencia?
Puede
creérselo de Japón; ¿es aplicable también a Inglaterra? En cualquier caso,
¡verdaderamente admirable!
Está
en Cambridge, en las instalaciones de una universidad antigua, codeándose con
los grandes. Hasta le han dado una llave del laboratorio matemático, una llave
de la puerta lateral, para que pueda entrar y salir. ¿Qué más podría esperar?
Pero debe ir con cuidado de no dejarse llevar, de no hacerse ideas exageradas.
Está aquí por suerte y nada más. Nunca habría podido estudiar en Cambridge, no
era lo bastante bueno para obtener una beca. Debe seguir pensando en sí mismo
como en mano de obra contratada: si no, se convertirá en un impostor, igual que
Jude Fawley entre los chapiteles de Oxford. Un día de estos, pronto, su trabajo
habrá terminado, tendrá que devolver la llave, las visitas a Cambridge se
acabarán. Pero al menos que le dejen disfrutar mientras pueda.
20
Es su
tercer verano en Inglaterra. Después de almorzar, en el césped de detrás de la
Casa Solariega, los programadores se han acostumbrado a jugar al críquet con
una pelota de tenis y un bate viejo que encontraron en un armario de la
limpieza. No juega al críquet desde que acabó el colegio, cuando decidió
dejarlo al considerar que los deportes de equipo eran incompatibles con la vida
de un poeta e intelectual. Ahora descubre sorprendido lo mucho que sigue
gustándole.
No
solo disfruta, sino que es bueno jugando. Todos los golpes que de niño se
esforzó sin éxito en dominar vuelven espontáneamente, con una facilidad y una
fluidez nuevas porque sus brazos son más fuertes y porque no hay razón para
temer una bola blanda. Es mejor, mucho mejor bateador y lanzador que sus
compañeros. ¿Cómo pasaban los días de colegio estos jóvenes ingleses?, se
pregunta. ¿Tiene que venir él, un oriundo de las colonias, a enseñarles a jugar
a su propio juego?
Su
obsesión por el ajedrez va declinando, está empezando a leer otra vez. Aunque
la biblioteca de Bracknell es pequeña y poco adecuada, los bibliotecarios le
encargan cualquier libro que desee de la red del condado. Está leyendo la
historia de la lógica, siguiendo la intuición de que la lógica es un invento
humano, no una parte de la estructura del ser, y por tanto (hay muchos pasos
intermedios, pero ya los rellenará luego) los ordenadores son meros juguetes
inventados por niños
(encabezados
por Charles Babbage) para divertir a otros chicos. Está convencido de que
existen muchas lógicas alternativas (pero
¿cuántas?),
todas tan buenas como la lógica del «o... O...». La amenaza del juguete con el
que se gana la vida, la amenaza que lo convierte en algo más que un simple
juguete, consiste en que grabará rutas «o... O...» en los cerebros de los
usuarios, condenándolos así, de manera irreversible, a la lógica binaria.
Devora
Aristóteles, Peter Ramus, Rudolf Carnap. No entiende la mayor parte de lo que
lee, pero está acostumbrado a no entender las cosas.
De
momento solo está buscando el momento histórico en que se eligió
«o...
O...» y se descartó «y/o».
Tiene
sus libros y sus proyectos (la tesis sobre Ford, casi terminada, el
desmantelamiento de la lógica) para llenar las tardes, el críquet a mediodía y,
cada dos semanas, unos días en el hotel Royal con las noches de lujo a solas
con el Atlas, el ordenador más imponente del mundo. ¿Puede ser mejor la vida de
soltero, si es que ha de ser de soltero?
Solo
hay un pero. Hace un año que escribió su último verso. ¿Qué le ha pasado? ¿Es
verdad que el arte solo surge en la tristeza? ¿Debe volver a sufrir para
escribir? ¿No existe también una poesía del éxtasis, incluso una poesía del
criquet a la hora del almuerzo como forma de éxtasis?
¿Importa
de dónde nazca el ímpetu poético mientras sea poesía?
Aunque
el Atlas no ha sido construido para manejar textos, él aprovecha las horas
muertas de la noche para imprimir miles de líneas al estilo de Pablo Neruda,
usa como léxico una lista de las palabras más poderosas de «Alturas del Machu
Picchu», en traducción de Nathaniel Tarn. Se lleva el fajo de papel al hotel
Royal y lo lee. «La nostalgia de las teteras.» «El ardor de las persianas.»
«Jinetes furiosos.» Ya que de momento es incapaz de escribir poesía que emane
del corazón, si su corazón no está en el estado adecuado para generar poesía
propia, ¿puede al menos hilar seudopoemas compuestos de frases generadas por la
máquina y así, repasando los movimientos de la escritura, aprender otra vez a
escribir? ¿Es justo emplear ayudas mecánicas para escribir: justo para otros
poetas, justo para los maestros muertos? Los surrealistas escribían palabras en
trocitos de papel y los mezclaban en un sombrero, después sacaban palabras al
azar para construir versos.
William
Burroughs cortaba páginas en pedazos, los barajaba y unía los trozos. ¿Acaso él
no está haciendo algo parecido? ¿O estos grandes recursos -qué otro poeta en
Inglaterra, en el mundo, tiene a su disposición una máquina de este tamaño-
convierten la cantidad en calidad? Sin embargo, ¿no podría argüirse que la
invención del ordenador ha modificado la naturaleza del arte al hacer del autor
y el estado de su corazón elementos irrelevantes? Ha oído en «Third Programme»
música de los estudios de Radio Colonia, música ensamblada a partir de
chillidos y crujidos electrónicos y ruidos de la calle, fragmentos de habla y
de grabaciones viejas. ¿No es hora de que la poesía se ponga a la altura de la
música?
Envía
una selección de sus poemas de Neruda a un amigo de Ciudad del Cabo, que los
publica en la revista que dirige. Un periódico local reproduce uno de los
poemas del ordenador con un comentario burlón.
Durante
un par de días, es conocido en Ciudad del Cabo como el bárbaro que quiere
reemplazar a Shakespeare por una máquina.
Además
de los ordenadores Atlas de Cambridge y Manchester, existe un tercer Atlas. Se
encuentra en el centro de investigación atómica del Ministerio de Defensa, a
las afueras de Aldermaston, no muy lejos de Bracknell. Una vez comprobado y
aprobado en Cambridge el software del Atlas, hay que instalarlo en la máquina
de Aldermaston. Los instaladores son los mismos programadores que lo
escribieron. Pero primero tienen que superar un control de seguridad. Se les
entrega un largo cuestionario sobre su familia, historia personal, experiencia
laboral; reciben en casa la visita de unos hombres que se presentan como
policías, pero que lo más probable es que pertenezcan al servicio secreto.
Todos
los programadores británicos reciben el visto bueno y acreditaciones con su
fotografía para colgárselas del cuello durante las visitas. Después de
presentarse en la entrada de Aldermaston y dirigirse escoltados al edificio
donde está el ordenador, pueden moverse más o menos con total libertad.
Sin
embargo, Ganapathy y él no reciben la autorización porque son extranjeros o,
como dice Ganapathy, extranjeros no norteamericanos.
Por
tanto, en la verja de entrada se les asigna un guardia a cada uno que los
acompaña de un sitio a otro, los vigila todo el tiempo y se niega a dar
conversación. Cuando van al lavabo, el guardia espera de pie junto a la puerta
del cubículo; cuando comen, el guarda espera de pie detrás de ellos. Tienen
permiso para hablar con otros miembros del personal de International Computers,
pero con nadie más.
Su
relación con el señor Pomfret en los tiempos de IBM y su colaboración en el
desarrollo del bombardero TSK2, vistas en retrospectiva, le parecen ahora tan
triviales, incluso cómicas, que no le cuesta tranquilizar su conciencia.
Aldermaston es harina de otro costal.
Trabaja
un total de diez días repartidos en varias semanas. Cuando por fin termina, las
rutinas de planificación magnética funcionan igual de bien que lo hacían en
Cambridge. Su trabajo ha concluido. Sin duda había otras personas que podían
haber instalado las rutinas, pero no tan bien como él, que las escribió y se
las conoce al dedillo. Otros podrían haber hecho el trabajo, pero no lo han
hecho. Aunque podría haberse librado (por ejemplo, podría haber sacado a
relucir lo antinatural de tener a un guardia con cara de póquer observando
todos sus actos y el efecto de esta circunstancia en su estado mental), no lo
hizo. Tal vez el señor Pomfret hubiera sido una broma, pero no puede simular
que Aldermaston lo sea.
Nunca
había visto un lugar como Aldermaston. El ambiente dista mucho del de
Cambridge. El cubículo donde trabaja, como todos los demás cubículos y objetos
que contienen, es barato, funcional y feo. Toda la base, compuesta de edificios
bajos de ladrillo dispersos por el recinto, es fea con la fealdad de un lugar
que sabe que nadie se molestará en mirarlo; quizá con la fealdad de un lugar
que sabe que en caso de guerra será borrado de la faz de la tierra.
Sin
duda, en el complejo hay tipos listos, tan listos como los matemáticos de
Cambridge, o casi. Sin duda, de todos los que ve por los pasillos, supervisores
de operaciones, agentes de investigaciones, agentes técnicos de grado I, II y
III, agentes técnicos superiores, gente con la que no le está permitido hablar,
algunos son licenciados por Cambridge. El ha creado las rutinas que está
instalando, pero la planificación previa fue obra de la gente de Cambridge,
gente que no podía ignorar que la máquina del laboratorio matemático tenía una
siniestra hermana en Aldermaston. La gente de Cambridge no tiene las manos
mucho más limpias que él. No obstante, al cruzar estas puertas, al respirar el
aire de este lugar, ha colaborado en la carrera armamentística, se ha
convertido en cómplice de la guerra fría, y encima del bando equivocado.
Parece
que en estos tiempos las pruebas ya no se avisan con una antelación prudencial
como hacían cuando era un colegial, o ni siquiera se anuncian. Pero en este
caso es difícil excusarse en que le pilló desprevenido. Desde la primera vez
que se pronunció la palabra
«Aldermaston»
supo que Aldermaston sería una prueba y supo que no la iba a pasar, que iba a
faltarle lo que había que tener para pasarla. Al trabajar para Aldermaston se
ha prestado al mal y, desde cierto punto de vista, se ha prestado con más
culpabilidad que sus colegas ingleses, quienes de haberse negado a participar
habrían arriesgado sus carreras mucho más que él, un intruso temporal en la
pelea entre Gran Bretaña y Estados Unidos, por un lado, y Rusia, por el otro.
«Experiencia».
Es la palabra en la que se gustaría apoyarse para justificarse ante sí mismo.
El artista debe probar todas las experiencias, desde la más noble hasta la más
baja. Igual que el destino del artista es experimentar la alegría creativa
suprema, también debe estar preparado para cargar con todo lo que en la vida
hay de miserable, escuálido, ignominioso. En nombre de la experiencia padeció
Londres, los días muertos en IBM, el gélido invierno de 1962, una humillación
tras otra: etapas, todas, de la vida del poeta que pone a prueba su alma. De
idéntica manera Aldermaston -el cubículo espantoso en el que trabaja, con su
mobiliario de plástico y su vista a la parte de atrás de una caldera y el
hombre armado a sus espaldas- puede considerarse simplemente como una
experiencia, como otra etapa más del viaje hacia las profundidades.
Es una
justificación que no le convence ni por un momento. Es sofistería, nada más,
sofistería deleznable. Y si va a seguir afirmando que, igual que acostarse con
Astrid y su osito de peluche fue conocer la miseria moral, contarse a uno mismo
mentiras para justificarse es conocer la miseria intelectual de primera mano,
la sofistería solo devendrá más deleznable todavía. Nada puede decirse a su
favor, tampoco, para ser verdaderamente sincero, nada puede decirse a favor de
que no tenga nada que decir. En cuanto a la sinceridad despiadada, la
sinceridad despiadada no es un truco difícil de aprender. Al contrario, es la
cosa más fácil del mundo. Del mismo modo que un sapo venenoso no se envenena a
sí mismo, así enseguida endurecemos la piel contra nuestra propia sinceridad.
¡Muerte a la razón, muerte al habla! Lo único importante es hacer lo que debes,
ya sea por la razón correcta, por la equivocada o por ninguna.
No es
difícil adivinar qué es lo que debes hacer. No necesita pensar mucho para saber
qué debe hacer. Si quisiera, podría hacer lo correcto con precisión casi
infalible. Lo que le da que pensar es si puede seguir siendo poeta mientras
hace lo correcto. Cuando trata de imaginar el tipo de poesía que fluiría de
hacer lo correcto una y otra vez, solo ve un rotundo vacío. Lo correcto es
aburrido. De modo que se encuentra en un punto muerto: preferiría ser malo a
aburrido, no respeta a las personas que preferirían ser malas a aburridas y
tampoco respeta el ingenio que le permite ser capaz de plantear este dilema en
palabras claras.
Pese
al criquet y los libros, pese a los pájaros siempre contentos saludando al alba
con sus gorjeos desde el manzano de debajo de su ventana, los fines de semana
se le hacen muy duros, en particular los domingos. Teme despertarse los
domingos por la mañana. Hay algunos rituales que ayudan a pasar el domingo,
principalmente salir a comprar el periódico, leerlo en el sofá y recortar los
entretenimientos de ajedrez.
Pero
el periódico no dura mucho más allá de las once de la mañana; y, de todos
modos, leer los suplementos dominicales es un modo demasiado evidente de matar
el tiempo.
Está
matando el tiempo, está intentando matar el domingo para que el lunes llegue
antes y con él el alivio que proporciona el trabajo. Pero, en un sentido más
amplio, el trabajo también es un modo de matar el tiempo. Todo lo que ha hecho
desde que desembarcó en Southampton ha sido matar el tiempo mientras espera a
que se cumpla su destino. El destino no iría a buscarle a Sudáfrica, se dijo;
solo saldría a su encuentro (¡como una novia!) en Londres, París o tal vez
Viena, porque solo en las grandes ciudades de Europa reside el destino. Durante
casi dos años esperó y sufrió en Londres, y el destino no llegó. No ha sido lo
bastante fuerte para seguir soportando Londres y se ha batido en retirada hacia
el campo, una retirada estratégica. No está seguro de si el destino visita el
campo, ni siquiera tratándose de la campiña inglesa, ni siquiera aunque esté a
apenas una hora en tren de Waterloo.
Por
supuesto, en el fondo sabe que el destino no irá a visitarle a menos que él lo
obligue. Tiene que sentarse y escribir, es la única manera.
Pero
no puede empezar a escribir hasta el momento adecuado, y da igual lo
escrupulosamente que se prepare, vaciando la mesa, colocando la lámpara,
dibujando un margen con regla en la página en blanco, sentándose con los ojos
cerrados, dejando la mente en blanco: pese a todo, no le vendrán las palabras.
O mejor dicho, le vendrán muchas palabras, pero no las correctas, la frase que
reconocerá en el acto, por su peso, por su aplomo y equilibrio, como la
destinada.
Detesta
estas confrontaciones con la página en blanco, las detesta hasta el extremo de
empezar a evitarlas. No soporta el peso de la desesperación que se abate sobre
él después de cada sesión infructífera, el darse cuenta de que ha vuelto a
fracasar. Es mejor no torturarse de esta manera, una y otra vez. Podría dejar
de ser capaz de responder cuando por fin llegue la hora, podría estar demasiado
débil, ser demasiado cobarde.
Es muy
consciente de que su fracaso como escritor y su fracaso como amante van tan
estrechamente ligados que muy bien podrían ser la misma cosa. Es el hombre, el
poeta, el hacedor, el principio activo, y se supone que el hombre no debe
esperar a que la mujer se le aproxime.
Al
contrario, es la mujer la que se supone que debe esperar al hombre.
La
mujer es la que duerme hasta que el beso del príncipe la despierta, la mujer es
el capullo que se abre bajo la caricia de los rayos solares. A menos que se
disponga a actuar, nunca ocurrirá nada, ni en el amor ni en el arte. Pero no
confía en su fuerza de voluntad. Igual que no puede empujarse a escribir sino
que debe esperar la ayuda de alguna fuerza del exterior, una fuerza que solía
llamarse musa, tampoco puede obligarse a aproximarse a una mujer sin algún
indicio (¿de dónde?, ¿de ella?, ¿de él?, ¿de arriba?) de que ella es su
destino. Si se acerca a una mujer con otro ánimo, el resultado es un enredo
como la desastrosa aventura con Astrid, un enredo del que trató de escapar casi
antes de que empezara.
Hay
otra manera más brutal de decir lo mismo. De hecho, hay mil maneras: podría
pasarse el resto de la vida escribiendo una lista. Pero la más brutal es decir
que tiene miedo: miedo de escribir, miedo de las mujeres. Tal vez ponga mala
cara a los poemas que lee en Ambit y Agenda, pero al menos están impresos,
están en el mundo. ¿Cómo va a saber si los hombres que los escribieron se
pasaron años debatiéndose con las mismas exigencias que él ante la página en
blanco? Se debatieron, pero al final recuperaron la compostura y escribieron lo
mejor que pudieron lo que tenían que escribir, y lo enviaron por correo y
sufrieron la humillación del rechazo o la humillación equivalente de ver sus
efusiones en fría impresión, en toda su pobreza. Del mismo modo, estos hombres
habrían encontrado una excusa, por pobre que fuera, para hablar con alguna
chica guapa en el metro, y si ella girase la cabeza o dejase caer algún
comentario mordaz en italiano a alguna amiga, bueno, habrían encontrado el modo
de sufrir el revés en silencio y al día siguiente lo habrían vuelto a intentar
con otra chica. Así es como se hace, así es como funciona el mundo. Y un día,
estos hombres, estos poetas, estos amantes, tendrán suerte: la chica, no
importa la excelencia de su belleza, les responderá, y una cosa llevará a la
otra y sus vidas se transformarán, las de ambos, y punto. ¿Qué más hace falta
sino una especie de obstinación estúpida e insensata como amante y escritor
unida a la buena disposición para fracasar una y otra vez?
Su
problema es que no está preparado para el fracaso. Quiere una A, un alfa, o un
cien por cien en cada intento, con un gran «¡Excelente!»
al
margen. ¡Ridículo! ¡Infantil! No tienen que decírselo: lo ve él solito.
No
obstante. No obstante, no puede hacerlo. Hoy no. Tal vez mañana.
Tal
vez mañana estará de humor, tendrá valor.
Si
fuera una persona más cálida, no hay duda de que todo le resultaría más
sencillo: la vida, el amor, la poesía. Pero no es su carácter. De todos modos,
de la calidez no nace poesía. Rimbaud no era cálido.
Baudelaire
no era cálido. Ardiente, sí, eso sí, cuando hacía falta -
ardiente
en la vida, ardiente en el amor-, pero no cálido. Él también puede ser
ardiente, nunca ha dejado de creerlo. Pero, por el momento, por un tiempo
indefinido, es frío: frío, gélido.
¿Y en
qué queda toda esta falta de calor, esta falta de corazón? El resultado es que
está sentado solo un domingo por la tarde en la habitación de arriba de una
casa en las profundidades de la campiña de Berkshire, con cuervos graznando en
los campos y una neblina gris suspendida en lo alto, jugando ajedrez contra sí
mismo, envejeciendo, esperando a que caga la noche para poder freírse unas
salchichas con pan para la cena sin tener mala conciencia. A los dieciocho años
pudo haber sido un poeta. Ahora no es poeta, ni escritor, ni artista. Ahora es
programador informático, un programador informático de veinticuatro años en un
mundo donde no hay programadores informáticos de treinta años. A los treinta
estás demasiado viejo para ser programador: te conviertes en otra cosa -una
especie de hombre de negocios- o te pegas un tiro. Solamente porque es joven,
porque las neuronas de su cerebro todavía disparan más o menos con puntería
infalible, ha conseguido entrar en la industria informática británica, en la
sociedad británica, en Gran Bretaña. Ganapathy y él son dos caras de la misma
moneda: Ganapathy no se muere de hambre porque haya cortado los lazos con la
madre India, sino porque no come lo suficiente, porque pese a su master en
ciencia computacional no sabe nada de vitaminas, minerales y aminoácidos; y él
está atrapado en un final atenuante, empujándose con cada movimiento un poco
más hacia el rincón, hacia la derrota. Un día de estos los hombres de la
ambulancia llamarán al piso de Ganapathy y lo sacarán en un camilla con la cara
cubierta por una sábana. Cuando hayan acabado con Ganapathy podrían pasar a
buscarle a él.
FIN.


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