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Libro No. 468. Ejercicios
De Admiración Y Otros Textos. Cioran, E. M. Colección E.O.
Agosto 17 de 2013.
Título original:
© E. M. Cioran. Ejercicios De Admiración Y Otros Textos.
Versión Original: © E. M. Cioran. Ejercicios De Admiración Y Otros
Textos.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
E. M. Cioran
Ejercicios
De
Admiracion
Y
Otros Textos
Indice
Ejercicios de admiración
Ensayo sobre el pensamiento reaccionario
(A propósito de Joseph de Maistre)
François Mauriac: Bloc-notes (abril
1957)
Carta de
E.M. Cioran a François Mauriac
Valéry frente a sus ídolos
Algunos encuentros con Beckett
Un infierno milagroso (Beckett)
Saint‑John Perse o el vértigo de la plenitud
Los comienzos una amistad (Mircea Eliade)
Fascinación del mineral (Roger Caillois)
Michaux o la pasión de lo exhaustivo
Retrato de un filósofo (Gabriel Marcel)
Benjamin Fondane
Valéry y los estragos de la perfección
El último delicado (Carta a Fernando Savater)
(J.L.
Borges)
Fisonomía de un hundimiento (La experiencia
pascaliana de un novelista norteamericano)
(F.
Scott Fitzgerald)
Carta sobre
Mircea Vulcanescu
Una presencia decisiva (María Zambrano)
La supremacía del hastío (Prólogo a Saggi
sul pensiero
leopardiano de Mario Andrea Rigoni)
El romanticismo de la prostitución (Carta a
Jacques
Le Rider a propósito de Weininger)
El infierno del cuerpo (Carta‑prólogo al
editor
francés de El silencio del cuerpo de
Guido Ceronetti)
Por fin una existencia realizada (Mircea
Eliade)
Nicolas de Staël o el vértigo
Apuntes sobre Paul Celan
Sobre un poema de Eminescu (Rugaciunea unui
Dac)
De Vaugelas a Heidegger
Otros textos
Ella no era de aquí
Hacia la desnudez
Manía epistolar
Hechizo de la ceniza
A modo de confesión
Releyendo...
Acorralados en el futuro
APENDICE
Entrevista
a E. M. Cioran
E. M. Cioran Ejercicios De
Admiracion Y Otros Textos
Ensayo sobre el pensamiento reaccionario (1977)
(A propósito de Joseph de Maistre)
Entre los
pensadores que, como Nietzsche o san Pablo, poseyeron la pasión y el genio de
la provocación, Joseph de Maistre ocupa un lugar importante. Elevando el menor
problema a la altura de la paradoja y a la dignidad del escándalo, manejando el
anatema con una crueldad teñida de fervor, edificó una obra llena de excesos,
un sistema que continúa seduciéndonos y exasperándonos. La magnitud y la
elocuencia de sus cóleras, la vehemencia con que se entregó al servicio de
causas indefendibles, su obstinación en legitimar más de una injusticia, su
predilección por la expresión mortífera, definen a este pensador inmoderado
que, no rebajándose a persuadir al enemigo, lo aniquila de entrada mediante el
adjetivo. Sus convicciones poseen una apariencia de gran firmeza: a la
tentación del escepticismo supo responder con la arrogancia de sus prejuicios,
con la violencia dogmática de sus desprecios.
A finales
del siglo pasado, en pleno auge de la ilusión liberal, sus enemigos pudieron
permitirse el lujo de llamarle «profeta del pasado». Pero nosotros, que vivimos
en una época mucho más desengañada, sabernos que es contemporáneo nuestro en la
medida en que fue un «monstruo» y que, gracias justamente al lado odioso de sus
doctrinas, continúa estando vivo, siendo actual. Por lo demás, incluso si
estuviese superado seguiría perteneciendo a esa clase de espíritus que
envejecen espléndidamente.
Envidiemos
la suerte, el privilegio que tuvo de desconcertar tanto a sus detractores como
a sus más fervientes admiradores, de obligarles a preguntarse: ¿hizo realmente
la apología del verdugo y de la guerra o se limitó únicamente a reconocer su
necesidad? En su ataque contra Port‑Royal, ¿expresó el fondo de su pensamiento
o cedió simplemente a un arrebato de mal humor? ¿Dónde acaba en él el teórico y
comienza el partidario? ¿Era un cínico, un exaltado o simplemente un esteta
extraviado en el catolicismo?
Mantener el
equívoco, desconcertar con convicciones tan claras como las suyas es una
proeza. Era inevitable que sus contemporáneos acabaran por interrogarse sobre
la seriedad de su fanatismo, que pusieran de relieve las restricciones que él
mismo había aportado a la brutalidad de sus propósitos y señalaran con
insistencia sus raras complicidades con la sensatez. No seremos nosotros
quienes le hagamos el agravio de considerarle un tibio. Retendremos de él, por
el contrario, su magnífica, su espléndida impertinencia, su falta de equidad,
de moderación y, a veces, hasta de decencia. Si no nos irritase constantemente,
¿tendríamos aún la paciencia de leerle? Las verdades de las que se hizo apóstol
son todavía válidas únicamente por la deformación apasionada que su
temperamento les infligió. Transfiguró las sandeces del catecismo y dio a los
tópicos de la Iglesia un sabor insólito. Las religiones mueren por falta de
paradojas: Maistre lo sabía, o lo sentía, y a fin de salvar el cristianismo se
las ingenió para introducir en él un poco más de mordacidad y de horror. A ello
le ayudó su talento de escritor mucho más que su piedad, la cual, según Madame
Swetchine, que le conoció bien, carecía por completo de ardor. Enamorado de la
expresión corrosiva, ¿cómo habría podido rebajarse a rumiar las fórmulas
insulsas de las plegarias? (Se puede concebir un panfletario que rece, pero es
algo repugnante.) Maistre aspira a la humildad, virtud ajena a su naturaleza,
únicamente cuando recuerda que debe reaccionar como un cristiano. Algunos de
sus exégetas dudaron, no sin pesar, de su sinceridad, en lugar de alegrarse del
malestar que les inspiraba: sin sus contradicciones, sin los malentendidos que,
por instinto o por cálculo, creó sobre sí mismo, su caso habría sido liquidado
hace tiempo, y hoy sufriría la desgracia de ser comprendido, la peor que puede
abatirse sobre un autor.
Lo que de
acerbo y elegante a la vez hay en su genio y en su estilo evoca la imagen de un
profeta del Antiguo Testamento y de un hombre del siglo XVIII. Dejando de ser
irreconciliables en él el ímpetu y la ironía, nos hace participar, a través de
sus furores y sus arrebatos, del encuentro del espacio y de la intimidad, de lo
infinito y del salón. Pero, mientras se sometía totalmente a la Biblia hasta el
punto de admirar indistintamente sus aciertos y sus majaderías, detestaba sin
matices la Enciclopedia, de la cual sin embargo procedía por la forma de su
inteligencia y la calidad de su prosa.
Sus libros,
impregnados de una rabia tonificante, jamás aburren. En cada uno de sus
párrafos se le ve exaltar o rebajar hasta la inconveniencia una idea, un
acontecimiento o una institución, adoptar respecto a ellos un tono de fiscal o
de turiferario. «Todo francés amigo de los jansenistas es un imbécil o un
jansenista.» «Todo es milagrosamente malo en la Revolución francesa.» «El
protestantismo es el mayor enemigo de Europa, un enemigo que debe ser reprimido
por todos los medios posibles excepto los criminales, la úlcera funesta que se
aferra a todas las soberanías y las roe sin tregua, el hijo del orgullo, el
padre de la anarquía, el corruptor universal.» «No existe nada tan justo, docto
e incorruptible como los grandes tribunales españoles, y si a ese rasgo general
añadimos el del sacerdocio católico, nos convenceremos, sin necesidad alguna de
pruebas, de que no puede haber en el universo nada más tranquilo, circunspecto
y humano por naturaleza que el tribunal de la Inquisición.»
Quien ignora
la práctica del exceso puede aprenderla en Maistre, tan hábil para comprometer
lo que ama como lo que detesta. Su libro Del Papa masa de elogios,
avalancha de argumentos ditirámbicos, asustó un poco al Sumo Pontífice, quien
presintió el peligro de semejante apología. Sólo hay una manera de alabar:
atemorizar a quien se elogia, hacerle temblar, obligarle a ocultarse lejos de
la estatua que se le erige, forzarle mediante la hipérbole generosa a calibrar
su mediocridad y a sufrir por ella. ¿Qué es un alegato que no atormente ni
perturbe, un panegírico que no mate? Toda apología debería ser un asesinato por
entusiasmo.
«No hay un
solo gran carácter que no tienda a la exageración», escribe Maistre, pensando
sin duda en sí mismo. Digamos enseguida que el tono tajante y con frecuencia
furioso de sus obras se halla ausente de sus cartas, las cuales sorprendieron
al ser publicadas: ¿quién habría sospechado en un doctrinario furibundo la
afabilidad que mostraban? Aquel movimiento unánime de sorpresa nos parece hoy,
a distancia, un tanto ingenuo. Los pensadores expresan de ordinario su locura
en sus obras y reservan su sensatez para sus relaciones con los demás; serán
siempre más inmoderados y despiadados cuando combatan una teoría que cuando se
dirijan a un amigo o a un conocido. El diálogo a solas con la idea incita al
desvarío, anula el juicio y produce la ilusión de la omnipotencia. En realidad,
el enfrentamiento con una idea desequilibra, priva al espíritu de su seguridad
y al orgullo de su calma. Nuestros trastornos y aberraciones proceden de la
lucha que libramos contra irrealidades y abstracciones, de nuestra voluntad de triunfar
sobre lo que no existe; de ahí el lado impuro, tiránico, divagador de las obras
filosóficas, como por otra parte de toda obra. El pensador que emborrona una
página sin destinatario se cree, se siente árbitro del mundo. Por el contrario,
cuando escribe cartas habla de sus proyectos, de sus debilidades y de sus
fracasos, atenúa las exageraciones de sus libros y descansa de sus excesos. La
correspondencia de Maistre es la correspondencia de un hombre moderado.
Algunos, contentos de haber encontrado en ella a una persona diferente, lo
consideraron rápidamente un liberal, olvidando que fue tolerante en su vida a
causa de lo poco que lo fue en su obra, cuyas mejores páginas son justamente
aquellas en las que glorifica los abusos de la Iglesia y los rigores del Poder.
Sin la Revolución, que, arrancándole de sus costumbres, abatiéndole, despertó
su atención por los grandes problemas, hubiera vivido en Chambéry una vida de
buen padre de familia y de tranquilo francmasón, hubiera continuado dando a su
catolicismo, a su monarquismo y a su martinismo ese toque de fraseología a lo
Rousseau que desluce sus primeros escritos. El ejército francés, invadiendo
Saboya, le obligó a huir; Maistre tomó el camino del exilio: su espíritu ganó
con ello, su estilo también. Para darse cuenta de ello, basta comparar sus Consideraciones
sobre Francia con sus producciones declamatorias y difusas anteriores al
período revolucionario. Afirmando sus gustos y sus prejuicios, la desgracia le
salvó de lo vago, incapacitándole al mismo tiempo para la serenidad y la
objetividad durante el resto de su vida, virtudes éstas raras en el exiliado.
Maistre fue un exiliado incluso durante los años (1803‑1817) en que desempeñó
el cargo de embajador del rey de Cerdeña en San Petersburgo. Todos sus
pensamientos llevan la huella del exilio. «No hay más que violencia en el
universo; pero estamos pervertidos por la filosofa moderna, la cual dice que
todo está bien, cuando en realidad el mal lo ha contaminado todo, y en un
cierto sentido, harto verdadero, todo está mal, puesto que nada se encuentra en
el lugar que debiera.»
«Nada se
encuentra en el lugar que debiera» ‑cantinela de los destierros y a la vez
punto de partida de la reflexión filosófica. La mente se despierta en contacto
con el desorden y la injusticia: lo que se encuentra «en su lugar», lo natural,
deja al espíritu indiferente, lo adormece, mientras que la frustración y la
privación le convienen y estimulan. Un pensador se enriquece con todo lo que
pierde, con todo lo que le usurpan: ¡qué suerte quedarse sin patria! De hecho,
todo exiliado es un pensador involuntario, un visionario oportunista, indeciso
entre la espera y el miedo, al acecho de acontecimientos que aguarda o teme. Si
tiene genio, se eleva, como Maistre, por encima de ellos y los interpreta:
«(...) la condición primera de una revolución decretada por la Providencia es
que nada de cuanto hubiese podido prevenirla existe, y que fracasan todos los
intentos de quienes tratan de impedirla. Pero nunca el orden es más visible,
nunca la Providencia más palpable que cuando la acción superior sustituye a la
del hombre y se ejerce sola: eso es lo que vemos en este momento».
En las
épocas en que nos percatamos de la futilidad de nuestras iniciativas,
asimilamos el destino o bien a la Providencia, disfraz tranquilizador de la
fatalidad, máscara del fracaso, confesión de impotencia para organizar la
historia, pero voluntad de extraer de ella las líneas esenciales y de
descubrirle un sentido, o bien lo asimilamos a un juego de fuerzas mecánico,
impersonal, cuyo automatismo regula nuestras acciones y hasta nuestras
creencias. Sin embargo, a ese juego, por muy impersonal y mecánico que sea, le
conferimos a nuestro pesar prestigios que su propia definición excluye, y lo
reducimos ‑conversión de los conceptos en agentes universales‑ a una potencia
moral, responsable de los acontecimientos y del cariz que éstos deben tomar. En
pleno positivismo, ¿no se evocaba el futuro en términos místicos y se le
atribuía una energía de una eficacia apenas menor que la de la Providencia?
Hasta ese punto es verdad que se infiltra en nuestras explicaciones una pizca
de teología, inherente e incluso indispensable para nuestro pensamiento, por
poco que éste se imponga la tarea de ofrecer una imagen coherente del mundo...
Atribuir al
proceso histórico una significación, incluso si se la hace surgir de una lógica
inmanente al devenir, es admitir, más o menos explícitamente, una forma de
providencia. Bossuet, Hegel y Marx, por el hecho mismo de dar un sentido a los
acontecimientos, pertenecen a una misma familia, o por lo menos no difieren
esencialmente entre sí, ya que lo importante no es definir, determinar dicho
sentido, sino recurrir a él, postularlo; y ellos recurrieron a él, lo postularon.
Pasar de una concepción teológica o metafísica al materialismo histórico es
simplemente cambiar de providencialismo. Si nos habituáramos a mirar más allá
del contenido específico de las ideologías y de las doctrinas, veríamos que
invocar una cualquiera de ellas en lugar de otra no implica derroche alguno de
sagacidad. Quienes se afilian a un partido creen diferenciarse de quienes lo
hacen a otro, cuando todos ellos, desde el momento en que escogen, coinciden en
lo profundo, participan de una misma naturaleza y no se diferencian más que aparentemente,
en la máscara que asumen. Es estúpido imaginar que la verdad depende de la
elección, cuando, en realidad, toda toma de posición equivale a un desprecio de
la verdad. Por desgracia, elegir, tomar posición es una fatalidad a la que
nadie escapa; todos debemos optar por una irrealidad, por un error, como
convencidos a la fuerza, enfermos, agitados que somos: nuestros asentimientos,
nuestras adhesiones son síntomas alarmantes. Todo aquel que se identifica con
cualquier cosa muestra disposiciones mórbidas: no existe posibilidad alguna de
salvación ni de salud fuera del ser puro, tan puro como el vacío. Pero volvamos
a la Providencia, tema apenas menos vago... Si se quiere saber hasta qué punto
una época ha sido marcada por los desastres que ha sufrido y cuál ha sido su
magnitud, evalúese el encarnizamiento con que los creyentes han justificado en
ella los deseos, el programa y la conducta de la divinidad. Nada tiene, pues,
de extraño que la obra capital de Maistre, Las veladas de San Petersburgo,
sea una variación sobre el tema del gobierno temporal de la Providencia: ¿acaso
no vivía en una época en que, para mostrar a sus contemporáneos los efectos de
la bondad divina, se necesitaban los recursos conjugados del sofisma, de la fe
y de la ilusión? En el siglo V, en la Galia devastada por las invasiones
bárbaras, Salvio, al escribir De Gubernatione Dei, había intentado
realizar una tarea semejante: combate desesperado contra la evidencia, misión
sin objeto, esfuerzo intelectual a base de alucinación... La justificación de
la Providencia es el quijotismo de la teología.
Por muy
dependiente que sea de los diversos momentos históricos, la sensibilidad al
destino no deja, sin embargo, de estar condicionada por la naturaleza del
individuo. Todo aquel que emprende tareas importantes se sabe a merced de una
realidad que le domina. Sólo los espíritus fútiles, sólo los «irresponsables»
creen que actúan libremente; los demás, en medio de una experiencia esencial,
raramente se libran de la obsesión de la necesidad o de «la estrella». Los gobernantes
son administradores de la Providencia, dice Saint‑Martin; Friedrich Meinecke
observaba por su parte que, en el sistema de Hegel, los héroes desempeñaban el
papel de simples funcionarios del Espíritu absoluto. Un sentimiento análogo
hizo decir a Maistre que los cabecillas de la Revolución no eran más que
«autómatas», «instrumentos», «criminales» que, lejos de dirigir los
acontecimientos, sufrían por el contrario su curso.
Esos
autómatas, esos instrumentos, ¿de qué eran más culpables que la fuerza
«superior» que los había originado y cuyos decretos ejecutaban fielmente? ¿No
sería esa fuerza también «criminal»? Pero como ella representa para Maistre el
único punto fijo en medio del «torbellino» revolucionario, no la acusará, o se
comportará como si aceptara sin discusión su soberanía. En su pensamiento, esa
fuerza no intervendría de manera efectiva más que en los momentos de desorden y
se eclipsaría en los períodos de tranquilidad, de modo que implícitamente la
asimila a un fenómeno momentáneo, a una providencia circunstancial, útil a la
hora de explicar las catástrofes, superflua en los intervalos que separan las
desgracias y cuando las pasiones se calman. Circunscribiéndola al tiempo,
Maistre reduce su peso. Para nosotros sólo posee plena justificación si se
manifiesta en todas partes y siempre, únicamente si vela sin cesar. ¿Qué hacía
esa fuerza antes de 1789? ¿Dormitaba? ¿No se hallaba en su puesto durante todo
el siglo XVIII, y acaso no había deseado ese siglo, al cual Maistre, a pesar de
su teoría sobre la intervención divina, hace particularmente responsable de la
llegada de la guillotina? Esa fuerza «superior» adquiere para él un contenido,
se convierte verdaderamente en la Providencia, a partir de un milagro, a partir
de la Revolución; «si en pleno invierno un hombre ordenase a un árbol ante mil
testigos que se cubriera súbitamente de hojas y de frutos el árbol obedeciese,
todo el mundo quedaría maravillado y se inclinaría ante el taumaturgo. La
Revolución francesa y todo lo que sucede en este momento es tan increíble como
la fructificación instantánea de un árbol en el mes de enero...».
Ante una
fuerza que realiza semejantes prodigios, el creyente se interrogará sobre la
manera de salvaguardar su libertad, de evitar la tentación del quietismo y la
mucho más grave del fatalismo. Problemas éstos que, planteados al comienzo de
las Consideraciones, Maistre intenta eludir mediante sutilidades o
equívocos: «Estamos todos encadenados al trono del Ser supremo por una cadena
flexible que nos retiene sin esclavizarnos. Lo admirable del orden universal de
las cosas es la acción de los seres libres que están bajo el dominio divino.
Libremente esclavos, actúan a la vez voluntaria y necesariamente: hacen
realmente lo que desean, pero sin poder perturbar los planes generales».
«Cadena
flexible», esclavos que actúan «libremente», son incompatibilidades que revelan
las dificultades del pensador ante la imposibilidad de conciliar la
omnipotencia divina con la libertad humana. Sin duda para salvar esa libertad,
para dejarle un campo de acción más vasto, Maistre postulará la desaparición de
la intervención divina en los momentos de equilibrio, intervalos cortos a decir
verdad, pues la Providencia, que detesta eclipsarse durante mucho tiempo, no
abandona su reposo más que para castigar, para manifestar su inclemencia. La
guerra será su «terreno», en el que no permitirá actuar al hombre «más que de
una manera más o menos mecánica, puesto que en ella los éxitos dependen casi
enteramente de lo que menos depende del hombre». La guerra será, pues,
«divina», «una ley del mundo», y «divina» sobre todo por su manera de estallar.
«En ese momento preciso, suscitado por el hombre y prescrito por la justicia,
llega Dios para vengar las iniquidades que los habitantes del mundo han
cometido contra él.»
«Divino» es
un adjetivo que Maistre utiliza fácilmente: la constitución, la soberanía, la
monarquía hereditaria, el pontificado, son según él obras «divinas», como lo es
toda autoridad consolidada por la tradición, todo orden cuyo origen se remonte
a una época lejana; el resto no es más que usurpación, es decir, obra «humana».
En suma, es «divino» el conjunto de las instituciones y de los fenómenos que el
pensamiento liberal execra. Aplicado a la guerra, el adjetivo parece, a primera
vista, inadecuado; pero en cuanto se le sustituye por «irracional» deja de
serlo. Este género de sustitución, practicado con otras muchas palabras de
Maistre, atenuaría su carácter escandaloso; pero recurriendo a ello, ¿no
acabaríamos volviendo insípido un pensamiento cuyo principal interés reside
precisamente en su virulencia? En cualquier caso, nombrar o invocar
constantemente a Dios, asociándolo a lo horrible, puede hacer temblar al
creyente ligeramente equilibrado, reticente y razonable, pero no al fanático,
el cual, creyente verdadero, se deleita en las calaveradas sanguinarias de la
divinidad.
Divina o no,
la guerra, tal como aparece en las Veladas, ejerce sobre nosotros cierta
fascinación. No sucede lo mismo cuando preocupa a espíritus de segundo orden
como Donoso Cortés, discípulo de Maistre. «La guerra, obra de Dios, es buena
como son buenas todas sus obras; pero una guerra puede ser desastrosa e injusta
si es obra del libre albedrío del hombre.» «(...) nunca he podido comprender a
quienes anatematizan la guerra. Ese anatema es contrario a la filosofía y a la
religión: quienes lo pronuncian no son ni filósofos ni cristianos.»
Instalado ya
en una posición extrema, el pensamiento del maestro apenas soporta el
suplemento de exageración que le aporta el alumno. Las causas mediocres exigen
talento o temperamento. El discípulo, por definición, no posee ni lo uno ni lo
otro.
En Maistre
la agresividad es inspiración; la hipérbole, ciencia infusa. Inclinado a los
extremos, no sueña más que con arrastrarnos a ellos; llega así a reconciliarnos
con la guerra, al igual que con la soledad del verdugo, por no decir con el
verdugo mismo. Cristiano por persuasión más que por sentimiento, casi
totalmente ajeno a los personajes del Nuevo Testamento, amaba en secreto el
boato de la intolerancia, y en el fondo le convenía ser intransigente: por algo
comprendió tan bien el espíritu de la Revolución; ¿habría logrado describir sus
vicios si no los hubiese encontrado en sí mismo? Para combatir el Terror ‑y
nadie se rebela impunemente contra un acontecimiento, una época o una idea‑
debió impregnarse profundamente de él, asimilarlo. Su experiencia religiosa
sufrió las consecuencias: la obsesión por la sangre domina en ella. De ahí que
le sedujera más el antiguo Dios («el Dios de los ejércitos») que el Cristo, del
que habla siempre con frases convencionales, «sublimes», y la mayoría de las
veces para justificar su teoría, interesante sin más, sobre la reversibilidad
del dolor de los inocentes en beneficio de los culpables. El único Cristo que
hubiera podido agradarle era el de la estatuaria española, sanguinolento,
desfigurado, convulsivo, satisfecho hasta el delirio de su crucifixión.
Al relegar a
Dios lejos del mundo y de los asuntos humanos, al desposeerlo de las virtudes y
de las facultades que le hubieran permitido mostrar su presencia y su
autoridad, los deístas lo habían rebajado al nivel de la idea y del símbolo, lo
habían convertido en un comparsa abstracto de la bondad y de la sabiduría. Se
trataba, tras un siglo de «filosofía», de conferirle de nuevo sus antiguos
privilegios, el estatuto de tirano del que tan despiadadamente había sido
desposeído. Bueno y correcto, dejaba de ser temible, perdía todo su poder sobre
los espíritus. Peligro enorme del que Maistre fue más consciente que ninguno de
sus contemporáneos y contra el cual no había más remedio, según él, que la
lucha por el restablecimiento del «verdadero» dios, del dios terrible. Nada se
comprende de las religiones si se piensa que el hombre detesta las divinidades
caprichosas, malvadas e incluso feroces, o si se olvida que ama el miedo hasta
el frenesí.
El problema
del mal sólo perturba verdaderamente a algunos delicados, a algunos escépticos
indignados por la manera que tiene el creyente de acomodarse a él o de
escamotearlo. Es, pues, a ellos en primer lugar a quienes son destinadas las
teodiceas, tentativas de humanizar a Dios, acrobacias desesperadas que fracasan
y se desprestigian sobre el terreno, al ser constantemente desmentidas por la
experiencia por más que lo intentan, éstas no logran persuadirles de que la
Providencia es justa; ellos la declaran sospechosa, la incriminan y le piden
cuentas en nombre de la evidencia del mal, evidencia que un Maistre intentará
negar. «Todo está mal», nos dice; sin embargo, el mal ‑se apresura a añadir‑ se
reduce a una fuerza «puramente negativa» que no tiene nada en «común con la
existencia», a un «cisma del ser», a un accidente. Otros, por el contrario,
pensarán que el mal, tan constitutivo del ser y tan verdadero como el bien, es
algo natural, un ingrediente esencial de la existencia y en absoluto un
fenómeno accesorio, y que los problemas que plantea se vuelven insolubles en
cuanto nos negamos a introducirlo, a integrarlo en la composición de la
sustancia divina. Igual que la enfermedad no es la ausencia de salud sino una
realidad tan objetiva y duradera como ella, así el mal posee el mismo valor que
el bien, al que incluso supera en indestructibilidad y plenitud. Un principio
positivo y un principio negativo coexisten y se amalgaman en Dios, como
coexisten y se amalgaman en el mundo. La idea de la culpabilidad de Dios no es
una idea gratuita, sino necesaria y perfectamente compatible con la de su
omnipotencia: sólo ella confiere cierta inteligibilidad al desarrollo histórico
y nos permite comprender todo lo que posee de monstruoso, de insensato, de
irrisorio. Atribuirle pureza y bondad al autor del devenir es renunciar a
comprender la mayoría de los acontecimientos y en particular el más importante
de todos: la Creación. Dios no podía evitar la influencia del mal, motor de los
actos, agente indispensable para cualquiera; harto de reposar en sí mismo,
aspira a salir fuera para manifestarse y envilecerse en el tiempo. Si el mal,
secreto de nuestro dinamismo, desapareciera de nuestra vida, vegetaríamos en la
perfección monótona del bien, el cual, a juzgar por el Génesis, exasperaba
incluso al Ser Supremo. El combate entre los principios positivo y negativo se
libra en todos los niveles de la existencia, incluida la eternidad. Todos nos
hallamos inmersos en la aventura de la Creación, proeza temible sin «fines
morales» y quizá sin significado; y a pesar de que Dios sea el responsable de
la idea y de la iniciativa, no podríamos reprochárselo, dado el gran prestigio
de que goza ante nosotros, prestigio de primer culpable. Haciéndonos cómplices
suyos, nos ha asociado a este inmenso movimiento de solidaridad en el mal que
sostiene y consolida la confusión universal.
Sin duda
Maistre no podía profesar una doctrina hasta ese punto fundada en la razón:
¿acaso no se proponía hacer verosímil una teoría tan temeraria como la de una
divinidad esencial y únicamente buena? Tentativa difícil, irrealizable incluso,
que esperaba realizar humillando a la naturaleza humana: «(...) ningún hombre
es castigado nunca como ser justo, sino siempre como hombre; de manera que no
es verdad que la virtud sufra en este mundo: es la naturaleza humana la que
sufre, y lo merece siempre».
¿Cómo exigir
del justo que distinga entre su condición de hombre y su condición de justo?
Ningún inocente podría llegar a afirmar: «Sufro como hombre, y no como hombre
bueno». Exigir semejante disociación es cometer un error psicológico,
equivocarse sobre el sentido de la rebelión de un Job y no haber comprendido
que el apestado cedió ante Dios menos por convicción que por fatiga. Nada
permite considerar la bondad como el atributo mayor de la divinidad. El propio
Maistre parece a veces tentado de pensarlo: «¿Qué significa una injusticia que
Dios comete con el hombre? ¿Existe acaso un legislador común por encima de Dios
que le hubiera prescrito su manera de actuar con el hombre? ¿Y quién sería el
juez entre él y nosotros?». «Cuanto más terrible nos parezca Dios, más debemos
redoblar nuestro temor religioso hacia él, más ardientes e infatigables deberán
ser nuestras plegarias: pues nada nos dice que su bondad podrá reemplazarlas.»
Y en uno de los pasajes más significativos de las Veladas escribe estas
consideraciones de una imprudente franqueza: «Dado que la prueba de Dios
precede a la de sus atributos, sabemos que él existe antes de saber lo que es.
Nos hallamos, pues, instalados en un reino cuyo soberano ha publicado de una
vez para siempre las leyes que lo rigen todo. Esas leyes llevan, en general, el
sello de una sabiduría e incluso de una bondad patentes: algunas, sin embargo
(lo supongo en este momento), parecen duras e incluso injustas: a propósito de
éstas, pregunto a todos los descontentos: ¿qué debemos hacer?, ¿salir del
reino, quizás? Imposible: se halla por todas partes y fuera de él nada existe.
¿Quejarse, ofenderse, escribir contra el soberano? Si se desea ser castigado o
aniquilado, de acuerdo. El mejor partido que podemos tomar es el de la resignación
y el respeto, y hasta diré el del amor; pues ya que partimos de la suposición
de que el Señor existe y que debemos servirle necesariamente, ¿no es mejor
servirle por amor que sin amor?».
Confesión
inesperada que hubiese encantado a un Voltaire. La Providencia es descubierta,
denunciada, considerada como algo sospechoso por quien se había dedicado a
celebrar su bondad y su honorabilidad. Admirable sinceridad de la que, sin
embargo, debió de comprender los peligros. En adelante, se moderará cada vez
más, y como de costumbre, volviendo a acusar al hombre, desdeñará el proceso
que la rebelión, el sarcasmo o la desesperación entablan contra Dios. Para mejor
incriminar a la naturaleza humana por los males que soporta, forjará su teoría,
totalmente insostenible, sobre el origen moral de las enfermedades. «Si no
existiese ningún mal moral sobre la Tierra, no existiría ningún mal físico.»
«(...) todo dolor es un suplicio impuesto a causa de algún crimen actual o
antiguo.» «Si no hago ninguna distinción entre las enfermedades es porque todas
ellas son castigos.»
Maistre hace
derivar esta doctrina de la del pecado original, sin la cual, nos dice, «nada
se explica». Se equivoca, sin embargo, cuando considera el Pecado como una
trasgresión primitiva, como una falta inmemorial y voluntaria, en lugar de ver
en él una tara, un vicio innato; se equivoca también cuando, tras haber hablado
con razón de una «enfermedad original», la atribuye a nuestras iniquidades,
puesto que en realidad se hallaba, como el Pecado, inscrita en nuestra propia
esencia: desorden primordial, calamidad que afecta indiferentemente al justo y
al malvado, al honrado y al corrompido. Mientras se limita a describir los
males que nos abruman, Maistre tiene razón; pero en cuanto intenta explicar y
justificar su distribución sobre la Tierra, desbarra. Sus constataciones nos
parecen exactas; sus teorías y sus juicios de valor, inhumanos e
injustificados. Si, como le gusta pensar, las enfermedades son castigos, los
hospitales rebosarían de monstruos y los incurables serían, con mucho, los
mayores criminales que existen. Pero no llevemos la apologética hasta sus
últimas consecuencias mostrémonos indulgentes con quienes, habiéndose
apresurado a declarar inocente a Dios, a eximirle de toda culpa, reservan al
hombre el honor de haber concebido el mal... Como toda gran teoría, la de la
Caída lo explica todo y no explica nada, y tan difícil resulta servirse de ella
como no hacerlo. Pero tanto si la Caída es imputable a una falta como si lo es
a una fatalidad, a un acto de orden moral como a un principio metafísico, ella
explica, al menos en parte, nuestros extravíos, nuestros atolladeros, nuestras
búsquedas infructuosas, la terrible singularidad de los seres, el papel de
perturbador, de animal desquiciado e inventivo que le ha sido deparado al
hombre. Y aunque dicha teoría comporta numerosos puntos dudosos, existe sin
embargo uno de cuya importancia no puede dudarse: el que hace remontarse el
origen de nuestra decadencia a la separación del todo. Punto que no podía
escapársele a Maistre: «Cuanto más examinamos el universo, más nos sentimos
inclinados a pensar que el mal procede de una división que no sabemos explicar
y que el retorno al bien depende de una fuerza contraria que nos empuje sin
cesar hacia una unidad igualmente inconcebible».
¿Cómo, en
efecto, explicar esa división? ¿Atribuyéndola a la insinuación del devenir en
el ser? ¿A la infiltración del movimiento en la unidad primordial? ¿A una
impulsión fatal dada a la indistinción feliz anterior al tiempo? Imposible
saberlo. Lo que parece cierto es que «la historia» procede de una identidad
rota, de un desgarramiento inicial, origen de lo múltiple, fuente del mal.
La idea del
pecado, unida a la de la división, sólo satisface si se usa con precaución, al
revés que Maistre, quien con total arbitrariedad llega a imaginar un pecado
original de segundo orden, responsable según él de la existencia del
salvaje, ese «descendiente de un hombre separado del gran árbol de la
civilización a causa de una prevaricación cualquiera», ese ser degradado que no
podríamos mirar «sin leer el anatema escrito, no solamente en su alma, sino
hasta en la forma exterior de su cuerpo», ese ser «herido en lo más profundo de
su esencia moral», totalmente distinto del hombre primitivo, pues «con nuestra
inteligencia, nuestra moral, nuestras ciencias y nuestras artes, nosotros somos
precisamente, con relación a ese hombre primitivo, lo que el salvaje es para
nosotros».
Y Maistre,
dispuesto siempre a llegar hasta los confines de toda idea, sostiene que «el
estado de civilización y de ciencia es en cierto sentido el estado natural y
primitivo del hombre», que los primeros humanos, seres «maravillosos», habiendo
comenzado por una ciencia superior a la nuestra, percibían los efectos en las
causas y se encontraban en posesión de «comunicaciones muy valiosas», libradas
por «seres de un orden superior», y que ciertos pueblos refractarios a nuestra
manera de pensar parecen conservar aún el recuerdo de la «ciencia primitiva» y
de la «era de la intuición».
¡La
civilización situada antes de la historia! Esa idolatría de los comienzos, del
paraíso ya realizado, esa obsesión por los orígenes, es el signo distintivo del
pensamiento «reaccionario», o si se prefiere, «tradicional». Se puede,
ciertamente, concebir una «era de la intuición», pero a condición de no
asimilarla para nada a la civilización misma, la cual ‑ruptura con el modo de
conocimiento intuitivo‑ supone relaciones complicadas entre el ser y el
conocer, así como una incapacidad del hombre para salir de sus propias
categorías, siendo como es el «civilizado», por definición, ajeno a la esencia,
a la percepción simultánea de lo inmediato y de lo último. Hablar de una
civilización perfecta anterior a la aparición de las condiciones susceptibles
de hacer posible toda civilización es jugar con las palabras; incluir en ella
la edad de oro es ampliar abusivamente la esfera del concepto de civilización.
La historia, según Maistre, debe hacernos regresar ‑mediante el desvío del mal
y del pecado‑ a la unidad de la época paradisíaca, a la civilización
«perfecta», a los secretos de la «ciencia primitiva». Pero no cometamos la
indiscreción de preguntarle en qué consistían esos secretos: ha declarado ya
que son impenetrables, privilegio de hombres «maravillosos» no menos
impenetrables. Maistre jamás emite una hipótesis que no trate inmediatamente a
la certeza con las consideraciones debidas: ¿cómo podría dudar de la existencia
de una ciencia inmemorial cuando sin ella le resultaría imposible «explicarnos»
nuestra primera catástrofe? Siendo los castigos proporcionales a los
conocimientos del culpable, el Diluvio, nos asegura, supone «crímenes
inauditos», los cuales a su vez suponen «conocimientos infinitamente superiores
a los que nosotros poseemos». Bella e improbable teoría, semejante a la que
sostiene sobre los salvajes y que formula en estos términos: «El jefe de un
pueblo, habiendo alterado en él el principio moral con algunas de esas
prevaricaciones que, según las apariencias, ya no son posibles en el estado actual
de las cosas, dado que de ellas no sabemos felizmente lo suficiente para poder
ser hasta ese punto culpables: ese jefe, digo, transmitió el anatema a su
posteridad; y como toda fuerza constante es aceleradora, puesto que se añade a
sí misma continuamente, como esa degradación pesaba sin cesar sobre los
descendientes, ha originado al final eso que nosotros llamamos los salvajes».
Ninguna
clase de precisión nos dará Maistre sobre la naturaleza de esa prevaricación.
No sabremos mucho más de ella cuando nos haya dicho que es imputable a un
pecado original de segundo orden. ¿No resulta demasiado cómodo, para disculpar
a la Providencia, atribuir únicamente a la criatura las anomalías que abundan
sobre la Tierra? Pues si el hombre se hallaba degradado desde el principio, su
degradación, al igual que la del salvaje, no ha podido comenzar a causa de una
falta cometida en un momento dado, por una prevaricación inventada, en
resumidas cuentas, para consolidar un sistema y defender una causa más que
equívoca.
La doctrina
de la Caída ejerce una fuerte seducción sobre los reaccionarios, de cualquier
color que éstos sean; los más inveterados y lúcidos saben además qué recursos
ofrece contra el prestigio del optimismo revolucionario: ¿no postula acaso la
invariabilidad de la naturaleza humana, condenada sin remedio a la decadencia y
a la corrupción? En consecuencia, no existe ningún desenlace, ninguna solución
a los conflictos que asolan a las sociedades, ni tampoco posibilidad alguna de
cambio radical que pudiera modificar su estructura: la historia, tiempo
idéntico, es el marco en que se desarrolla el proceso monótono de nuestra
degradación. El reaccionario, ese conservador que se ha quitado la máscara,
adoptará siempre lo peor y lo más profundo de las sabidurías: la concepción de
lo irreparable, la visión estática del mundo. Toda sabiduría y, con mayor
motivo, toda metafísica, son reaccionarias, como conviene a toda forma de
pensamiento que, a la búsqueda de constantes, se emancipe de la superstición de
lo diverso y de lo posible. Hablar de un sabio o de un metafísico
revolucionarios es incurrir en una contradicción terminológica. La historia, e
incluso el hombre, dejan de interesar a quien haya llegado a un cierto grado de
desapego y clarividencia: romper con las apariencias es triunfar sobre la
acción y sobre las ilusiones que de ella se derivan. Quien reflexiona
profundamente sobre la miseria esencial de los seres no se detiene en la que
resulta de las desigualdades sociales, ni intenta remediarla. (¿Puede imaginarse
una revolución que tomase sus eslóganes de Pascal?)
Con
frecuencia, el reaccionario no es más que un sabio hábil, un sabio interesado
que, explotando políticamente las grandes verdades metafísicas, escruta sin
indulgencia ni piedad lo más recóndito del fenómeno humano para proclamar su
horror. Un explotador de lo terrible cuyo pensamiento ‑paralizado por cálculo o
por exceso de lucidez‑ minimiza o calumnia al tiempo. Mucho más generoso, por
ser mucho más ingenuo, el pensamiento revolucionario, asociando a la
disgregación del devenir la idea de sustancialidad, percibe en la temporalidad
un principio de enriquecimiento, una fecunda dislocación de la identidad y de
la monotonía, y una especie de perfectibilidad jamás desmentida, siempre en
marcha. El sentido último de las revoluciones parece ser el de un desafío
lanzado a la idea del pecado original. Antes de proceder a la liquidación del
origen establecido, desean liberar al hombre del culto de los orígenes al que
la religión le condena; no lo logran más que destruyendo a los dioses,
debilitando su poder sobre las conciencias. Pues son los dioses quienes,
encadenándonos a un mundo anterior a la historia, nos hacen despreciar el
Devenir, fetiche de todos los innovadores, desde el simple descontento hasta el
anarquista.
Nuestras
concepciones políticas nos son dictadas por nuestro sentimiento o nuestra
visión del tiempo. Si la eternidad nos obsesiona, ¿qué nos importan los cambios
que se operan en la vida de las instituciones o de los pueblos? Para
preocuparse, para interesarse por ellos, habría que creer, como el
revolucionario, que el tiempo contiene en potencia la respuesta a todos los
interrogantes y el remedio a todos los males, que su desarrollo implica la
elucidación del misterio y la reducción de nuestras perplejidades, que es el
agente de una metamorfosis total. Pero lo curioso es que el revolucionario
idolatra el devenir únicamente hasta que se instaura el orden por el que había
combatido: surge luego para él la conclusión ideal del tiempo, el siempre de
las utopías, momento extratemporal, único e infinito, suscitado por la llegada
de un periodo nuevo, enteramente diferente a los demás eternidad terrestre que
cierra y corona el proceso histórico. La idea de la edad de oro, la idea del
paraíso simplemente, obsesiona de igual manera a creyentes y ateos. Sin
embargo, entre el paraíso original de las religiones y el paraíso final de las
utopías existe la distancia que separa una decepción de una esperanza, un
remordimiento de una ilusión, una perfección alcanzada de una perfección
irrealizada. Es fácil advertir de qué lado se encuentran la eficacia y el
dinamismo: cuanto más marcada esté una época por el espíritu utópico (que puede
muy bien presentar un disfraz «científico»), más posibilidades tendrá de
triunfar y de durar. Como lo prueba la fortuna del marxismo, es siempre
preferible, en el terreno de la acción, situar lo absoluto en lo posible, y
mejor al final del tiempo que al principio. Como todos los reaccionarios,
Maistre lo situó en el pasado. El calificativo de satánica que aplicó a la
Revolución francesa hubiera podido extenderlo al conjunto de los
acontecimientos: su odio hacia toda innovación equivale a un odio hacia el
movimiento como tal. Lo que él pretende es someter a los hombres de manera
sólida a la tradición, desviarlos de la necesidad de interrogarse sobre el
valor y la legitimidad de los dogmas y de las instituciones: «Si él (Dios) ha
colocado ciertos objetos más allá de los límites de nuestra visión, es sin duda
porque para nosotros sería peligroso percibirlos claramente». «Me atrevo a
decir que lo que debemos ignorar es más importante que lo que debemos saber.»
Partiendo de
la idea de que, sin la inviolabilidad del misterio, el orden se viene abajo,
Maistre opone a las indiscreciones del espíritu crítico las prohibiciones de la
ortodoxia; a la abundancia de herejías, el rigor de una verdad única. Pero
exagera cuando quiere hacernos admitir que «toda proposición metafísica que no
proceda como de ella misma de un dogma cristiano no es ni puede ser más que una
extravagancia culpable». Fanático de la obediencia, acusa a la Revolución de
haber mostrado el trasfondo de la autoridad y revelado su secreto a los no
iniciados, a las masas. «Cuando se le da a un niño uno de esos juguetes que
gracias a un mecanismo interior realizan movimientos inexplicables para él,
tras haberse divertido un rato, lo rompe para ver qué hay dentro. Así han
tratado los franceses al gobierno. Han querido verlo por dentro: han puesto al
descubierto los principios políticos, han abierto los ojos al vulgo sobre
objetos que a él nunca se le hubiera ocurrido examinar, sin pensar que hay
cosas que se destruyen al mostrarlas...»
Palabras
éstas de una lucidez insolente, agresiva, que podrían haber sido pronunciadas
por el representante de cualquier régimen o partido. Nunca, sin embargo, un
liberal (ni un «hombre de izquierdas») se atrevería a hacerlas suyas. ¿Debe la
autoridad, para conservar su poder, reposar sobre un cierto misterio, sobre un
fundamento irracional? La «derecha» lo afirma, la «izquierda» lo niega.
Diferencia puramente ideológica; de hecho, todo orden que desee perdurar sólo
podrá lograrlo si se rodea de cierta oscuridad, si corre un velo sobre sus
móviles y sus actos, sólo lo conseguirá mediante ese algo de «sagrado» que lo
hace impenetrable para las masas. Evidencia que los gobiernos «demócratas» no
pueden invocar, pero que es proclamada por los reaccionarios, quienes,
indiferentes a la opinión y al consentimiento del «pueblo», profieren sin
vergüenza perogrulladas impopulares, trivialidades inoportunas. Los
«demócratas» se escandalizan de ellas, sabiendo sin embargo que la «reacción»
traduce frecuentemente sus propias intenciones ocultas, que expresa algunos de
sus desengaños íntimos y muchas certezas amargas que ellos no pueden aprobar
públicamente. Acorralados en su programa «generoso», no les está permitido
hacer alarde del menor desprecio por el «pueblo», ni siquiera por la naturaleza
humana; no teniendo el derecho ni la suerte de invocar el Pecado original,
están obligados a tratar con consideración al hombre, a halagarlo, a desear
«liberarlo»: no tienen más remedio que ser optimistas, desgarrados en medio de
sus fervores y de sus sueños, movidos y paralizados a la vez por un ideal
inútilmente noble, inútilmente puro. ¡Cuántas veces, en su fuero interno, han
debido de envidiar el descaro doctrinal de sus enemigos! La desesperación del
hombre de izquierdas consiste en combatir en nombre de principios que le
prohíben el cinismo.
Ese género
de tormento le fue ahorrado a un Maistre, quien, temiendo ante todo la
liberación del individuo, se afanará en asentar la autoridad sobre bases lo
bastante sólidas para que pueda resistir a los principios «disolventes»
promulgados por la Reforma y la Enciclopedia. A fin de consolidar mejor la idea
de orden, intentará minimizar la parte que la premeditación y la voluntad han
tenido en la creación de las instituciones y de las leyes; negará incluso que
las lenguas hayan sido inventadas, aunque conceda que hayan podido comenzar; la
palabra, no obstante, precede al hombre, dado que, según él, ésta no es posible
más que a través del Verbo. El sentido político de semejante doctrina nos será
revelado por Bonald en el Discurso preliminar de su Legislación
primitiva. Si el género humano ha recibido la palabra, con ella ha recibido
necesariamente «el conocimiento de la verdad moral». Existe en consecuencia una
ley soberana, fundamental, igual que un orden de deberes y de verdades. «Porque
si, por el contrario, el hombre ha creado su palabra, ha creado entonces
también su pensamiento, su ley, ha creado la sociedad, lo ha creado todo y
puede destruirlo todo; con razón el mismo partido que sostiene que la palabra
es de institución humana considera la sociedad como una convención
arbitraria...»
La
teocracia, ideal del pensamiento reaccionario, se basa a la vez en el desprecio
y en el temor al hombre, en la idea de que éste se halla demasiado corrompido
para merecer la libertad, de que no sabe utilizarla y de que cuando se le
concede la utiliza contra si mismo, debido a lo cual, para evitar su perdición,
las leyes y las instituciones deben hacerse reposar sobre un principio
trascendente, de preferencia sobre la autoridad del viejo «dios terrible»,
siempre presto a intimidar y disuadir las revoluciones.
A la nueva
teocracia le obsesionará la antigua: la legislación de Moisés es la única,
según Maistre, que ha desafiado al tiempo, sólo ella se encuentra fuera «del
círculo trazado alrededor del poder humano»; Bonald, por su parte, verá en ella
«la legislación más fuerte de todas», puesto que ha producido el pueblo más
«estable», destinado a salvaguardar la «reserva de todas las verdades». Si los
judíos deben su rehabilitación civil a la Revolución, le correspondía a la
Restauración reconsiderar su religión y su pasado, exaltar su civilización
sacerdotal, ridiculizada por Voltaire.
Buscando los
antecedentes de su Dios, el cristiano tropieza de manera natural con Jehová; de
ahí que el destino de Israel le intrigue. El interés que por él manifestaban
nuestros dos pensadores no estaba, sin embargo, exento de cálculos políticos.
Ese pueblo «estable», hostil, creían ellos, a la manía de la innovación que
dominaba el siglo, ¡qué reproche era contra las naciones versátiles interesadas
por las ideas modernas! Pero su entusiasmo fue pasajero: cuando Maistre se
percató de que los judíos, infieles a su tradición teocrática, propagaban en
Rusia las ideologías procedentes de Francia, se volvió contra ellos, los trató
de espíritus subversivos y, colmo de la abominación para él, los comparó a los
protestantes. Imagínense las invectivas que les hubiera reservado si hubiera
presentido el papel que más tarde desempeñarían en los movimientos de
emancipación social, tanto en Rusia como en el resto de Europa. Demasiado
absorbido por las tablas de Moisés, Maistre no podía prever las de Marx... Sus
afinidades con el espíritu del Antiguo Testamento eran tan profundas que su
catolicismo parece judaico, totalmente impregnado de ese frenesí profético del
que no encontraba más que una débil traza en la dulce mediocridad de los
Evangelios. Víctima del demonio del vaticinio, buscaba por todas partes signos,
presagios anunciadores del retorno a la Unidad, del triunfo final de los...
orígenes, del fin del proceso de degradación inaugurado por el Mal y por el
Pecado; signos presagios que le ocupan hasta el punto de olvidar a Dios o de
pensar en él menos para penetrar su naturaleza que sus manifestaciones, menos
para comprender su ser que sus reflejos; y esas apariencias mediante las cuales
Dios se exterioriza se llaman Providencia ‑conjunto de objetivos, vías y
artificios de la increíble, de la incalificable estrategia divina.
Porque el
autor de las Veladas no cesa de invocar el «misterio» y de referirse a
él cada vez que, con un razonamiento, se topa con alguna frontera
infranqueable, se ha insistido, ignorando la evidencia, en su misticismo,
cuando el místico verdadero, lejos de interrogarse sobre el misterio, de
rebajarlo a problema o de utilizarlo como un medio de explicación, se instala
en él de entrada, se identifica con él, vive en él como se vive en una
realidad, dado que su Dios no se halla, como el de los profetas, absorbido en
el tiempo, no es un traidor de la eternidad, exterior y superficial, sino ese
Dios de nuestros soliloquios y nuestros desgarramientos, Dios profundo en el
que convergen nuestros gritos.
Maistre optó
visiblemente por el de los profetas, un «soberano» ante el que es inútil
«quejarse» o «irritarse», encargado de las iglesias, indiferente a las almas,
como había optado por un misterio abstracto, anexo de la teología o de la
dialéctica, concepto más que experiencia. Indiferente al encuentro de la
soledad humana con la soledad divina, mucho más abierto a los problemas de la
religión que a los dramas de la fe, inclinado a establecer entre Dios y
nosotros relaciones más jurídicas que confidenciales, insistirá cada vez más en
las leyes (habla del misterio como un magistrado) y reducirá la religión a un
simple «cemento del edificio político», a la función social que desempeña,
síntesis híbrida de preocupaciones utilitarias y de inflexibilidad teocrática,
mezcla barroca de ficciones y de dogmas. Si prefería el Padre al Hijo,
preferirá el Papa a los dos: espíritu positivo pese a todo, reservará al
delegado de Dios sus más claros elogios. «Recibió el catolicismo como si fuese
un golpe» ‑estas palabras suyas inspiradas por la conversión de Zacharias
Werner le convienen igualmente a él, puesto que no fue Dios quien le golpeó
sino una forma ordinaria de religión, una expresión institucional de lo
absoluto. Bonald, pensador preocupado ante todo por la construcción de un
sistema de teología política, fue víctima de un «golpe» parecido. En una carta
de 1818, Maistre le escribe: «¿Cómo es posible que la naturaleza se haya
entretenido en tensar dos cuerdas tan perfectamente acordadas como nuestros dos
espíritus? Se trata de la más rigurosa armonía posible, de un fenómeno único».
Deplorable conformidad de opiniones con un escritor sin ningún brillo y
voluntariamente limitado -del que Joubert decía: «Es una persona con mucho
ingenio y cultura que ha convertido en doctrina sus prejuicios más elementales»‑
pero conformidad que nos informa de la dirección que tomaba el pensamiento de
Maistre, así como de la disciplina que se había impuesto para evitar la
aventura y el subjetivismo en materia de fe. De vez en cuando, no obstante,
triunfa en él el visionario sobre los crepúsculos del teólogo y, alejándose del
Papa y de todo lo demás, se eleva hasta la percepción de la eternidad: «A veces
quisiera lanzarme fuera de los límites estrechos de este mundo; quisiera
anticipar el día de las revelaciones y sumergirme en lo infinito. Cuando la
doble ley del hombre sea suprimida y esos dos centros fundidos, el ser humano
será UNO: pues, no habiendo ya luchas en él, ¿dónde podría brotar la idea de
dualidad? Y considerando a los hombres unos respecto a otros, ¿qué será de
ellos cuando, aniquilado el mal, no existan ya ni pasiones ni intereses
personales? ¿Qué será del YO cuando todos los pensamientos sean comunes como lo
son los deseos, cuando todos los espíritus se vean a si mismos como son vistos
por los demás? ¿Quién puede comprender, quién puede imaginar esa Jerusalén
celeste en la que todos los habitantes, impregnados del mismo espíritu, se
impregnarán mutuamente de felicidad reflejándosela unos a otros?».
«¿Qué será
del YO?» No es ésta una preocupación de místico, para quien el yo es
precisamente una pesadilla de la que espera poder liberarse mediante el
desvanecimiento en Dios, donde conoce la voluptuosidad de la unidad objeto y
término de sus búsquedas. Maistre no parece haber alcanzado nunca la unidad a
través de la sensación, a través del salto del éxtasis, de esa ebriedad en la
que se disuelven los contornos del ser: la unidad no fue para él más que una
obsesión de teórico. Apegado a su «yo», le costaba imaginar la «Jerusalén
celeste», el retorno a la identidad feliz anterior a la división, como también
la nostalgia del paraíso, la cual sin embargo habría de experimentar, aunque
sólo fuese como un estado límite. Para concebir de qué manera esa nostalgia
puede constituir una experiencia cotidiana, debemos hablar de Claude de Saint‑Martin,
espíritu que influyó profundamente en Maistre y que confesaba no poseer más que
dos cosas o, para emplear su lenguaje, dos «puestos» (postes): el
paraíso y el polvo. «En 1817», escribe, «conocí en Inglaterra a un viejo
llamado Best que poseía la facultad de citarle muy oportunamente a cada uno,
sin conocerle de nada, pasajes de las Sagradas Escrituras. Cuando me vio a mí,
dijo: "ha abandonado el mundo".» En una época en que la ideología
triunfaba, en que con gran estrépito se emprendía la rehabilitación del hombre,
nadie permaneció tan aferrado al más allá como Saint‑Martin, nadie se hallaba
más calificado que él para predicar la Caída: él representaba la otra cara del
siglo XVIII. El himno era su elemento o, mejor, él mismo era himno. Hojeando
sus escritos, tenemos la impresión de encontrarnos en presencia de un iniciado
al que se le han transmitido grandes secretos y que, cosa rara, no ha perdido
por ello su ingenuidad. Como a todo verdadero místico, la ironía le repugnaba;
antirreligiosa por definición, la ironía no reza nunca: ¿cómo hubiera podido
recurrir a ella un ser que había abandonado el mundo y que no conoció quizá más
que un orgullo: el del lamento? «La naturaleza entera no es más que un dolor
concentrado.» «Si no hubiera encontrado a Dios, mi espíritu nunca habría podido
fijarse a nada sobre la Tierra.» «He tenido la suerte de sentir y de decir que
me creería muy desgraciado si algo me saliera bien en la vida.» Otras muestras
de su grandiosa decepción metafísica: «Salomón dijo que lo había visto todo
bajo el sol. Yo podría citar a alguien que no mentiría en absoluto si dijera
que ha visto algo más: lo que existe por encima del sol; y esa persona no se
vanagloria en absoluto de ello».
Tan
discretas como profundas, estas citas (pertenecientes principalmente a sus Obras
póstumas) no podrían lograr sin embargo que le perdonáramos el intolerable
lirismo de El hombre de deseo, libro en el que toda irrita, salvo el
título, y en el que, para desgracia del lector, Rousseau se encuentra presente
en cada página. Curioso destino, dicho sea entre paréntesis, el de Rousseau,
autor que sólo influyó por sus lados negativos y cuyo énfasis y jerga fueron
tan funestos tanto para el estilo de un Saint‑Martin como para el de un...
Robespierre. El tono declamatorio anterior, contemporáneo y posterior a la
Revolución, todo lo que anuncia, revela y desacredita al romanticismo, todo lo
que de insoportable hay en la prosa poética en general, procede de aquel espíritu
paradójicamente inspirado y falso, responsable de la generalización del mal
gusto a finales del siglo XVIII y comienzos del siguiente. Influencia nefasta
que marcó a un Chateaubriand y a un Senancour, y que sólo un Joubert logró
evitar. Saint‑Martin cedió a ella tanto más fácilmente cuanto que su instinto
literario no fue nunca muy seguro. Por lo que a sus ideas, limitadas a lo vago,
respecto, no es de extrañar que exasperaran a Voltaire, quien tras la lectura
de De los errores y de la verdad escribirá a D'Alambert: «No creo que se
haya publicado nunca nada más absurdo, oscuro, loco y estúpido». Es de lamentar
que Maistre apreciara tanto ese libro; fue, eso sí, en una época en la que se
apasionaba por Rousseau y por la teosofía. Más tarde, cuando renegó tanto del
uno como de la otra, se alejó del iluminismo y, en un arrebato de ingratitud y
de mal humor, acusó de simpleza a la masonería, siguió conservando toda su
simpatía por el filósofo desconocido, cuyas tesis sobre la «ciencia
primitiva», la materia, el sacrificio y la salvación a través de la sangre
había adoptado y desarrollado. A la idea misma de la Caída, ¿le hubiese dado
Maistre tanta importancia si no hubiera sido afirmada con vigor por Saint‑Martin?
La idea estaba ya, ciertamente, desgastada; pero reactualizándola, formulándola
de nuevo como un espíritu libre de toda ortodoxia, nuestro teósofo le confirió
ese suplemento de autoridad que únicamente los heterodoxos saben dar a los
temas religiosos demasiado manidos. Lo mismo hizo con la idea de providencia,
la cual, preconizada gracias a él en las logias masónicas de su tiempo,
adquirió un atractivo que ninguna Iglesia hubiera podido otorgarle. Otro de los
méritos de Saint‑Martin fue dar, en plena divinización del progreso, un acento
religioso al malestar de vivir en el tiempo, al horror de encontrarse encerrado
en él. Maistre le seguirá por esa vía, aunque con menos exaltación y ardor. El
tiempo, nos dice, es «una cosa antinatural que no desea más que acabar». «El
Hombre está sometido al tiempo; y, sin embargo, es por naturaleza ajeno a él, y
lo es hasta el punto de que la idea de felicidad eterna, unida a la del tiempo,
le fatiga y horroriza.»
Para Maistre
el acceso a la eternidad no se efectúa a través del éxtasis, por medio del
salto individual hacia lo absoluto, sino a través de un acontecimiento
extraordinario capaz de clausurar el devenir, no mediante la supresión
instantánea del tiempo operada en el arrebato, sino mediante el fin de los
tiempos ‑desenlace del proceso histórico en su conjunto. Maistre ‑¿debemos
repetirlo?‑ considera nuestras relaciones con el universo temporal como un
profeta y no como un místico. «Ya no existe religión sobre la Tierra: el género
humano no puede continuar en este estado. Oráculos temibles anuncian que
"los tiempos han llegado".»
Cada época
tiende a pensar que es, de alguna manera, la última, que con ella se cierra un
ciclo o todos los ciclos. Hoy, como ayer, concebimos más fácilmente el infierno
que la edad de oro, el apocalipsis que la utopía, y la idea de una catástrofe
cósmica nos es tan familiar como lo fue para los budistas, los presocráticos o
los estoicos. La intensidad de nuestros terrores nos mantiene en un equilibrio
inestable, propicio a la eclosión del don profético. Ello es particularmente
cierto en los períodos posteriores a las grandes convulsiones. La pasión por
profetizar se apodera entonces de todo el mundo y tanto los escépticos como los
fanáticos se regocijan ante la idea del desastre, entregándose de común acuerdo
a la voluptuosidad de haberlo previsto y proclamado. Pero son sobre todo los
teóricos de la Reacción quienes exultan, trágicamente sin duda, ante la
realidad o la inminencia de lo peor ‑de lo peor que constituye su razón de ser.
«Muero con Europa», escribía Maistre en 1819. Dos años antes, Bonald le había
confiado en una carta una certeza semejante: «No le doy ya más noticias; se
halla usted en condiciones de juzgar lo que somos y adónde vamos. Por lo demás,
existen cosas absolutamente inexplicables para mí cuyo desenlace no creo que se
encuentre en poder de los hombres, dado que actúan según su inteligencia y bajo
la sola influencia de su voluntad; y realmente lo más claro que yo veo en todo
esto... es el Apocalipsis».
Tras haber
concebido teóricamente la Restauración, ambos pensadores fueron decepcionados
por ella cuando vieron que, una vez hecha realidad, no lograba borrar las
huellas que la Revolución había dejado en la gente. Decepción con la que quizá
contaban, a juzgar por la prisa con que los dos se entregaron a ella. Sea como
fuere del curso que ellos le habían asignado a la historia, ésta no hacía el
menor caso, desbaratando sus proyectos e invalidando sus sistemas. Las palabras
más sombrías de Maistre, que revelan una complacencia si se quiere romántica,
datan de la época en que sus ideas parecían haber triunfado. En una carta a su
hija Constance, escribe en 1817: «(...) un brazo de hierro invisible ha estado
siempre sobre mí, como una espantosa pesadilla que me impide moverme e incluso
respirar».
Sus
desengaños con el rey Victor‑Emmanuel fueron sin duda, en gran parte, la causa
de esas crisis de abatimiento; pero lo que a Maistre le inquietaba era sobre
todo la perspectiva de nuevos cambios, el espectro de la democracia. No
queriendo resignarse a la forma de porvenir que se esbozaba ante sus ojos y que
sin embargo él mismo había presentido, esperaba, incurable optimismo de los
vencidos, que, hallándose su ideal amenazado, todo lo demás lo estuviera
también, que con la forma de civilización que él aprobaba desapareciera la
civilización misma. Ilusión tan frecuente como inevitable. ¿Cómo
desolidarizarse de una realidad histórica que se disloca, sobre todo cuando
poco tiempo antes concordaba con lo más profundo de nosotros mismos? En cuanto
nos hallamos ante la imposibilidad de adherirnos al futuro, nos dejamos tentar
por la idea de la decadencia, que, no siendo ni verdadera ni falsa, explica al
menos por qué cada época sólo logra individualizarse sacrificando algunos de
los valores anteriores reales e irreemplazables.
El Antiguo
Régimen estaba condenado a desaparecer: un principio de agotamiento lo minaba
desde bastante antes que la Revolución viniera a rematarlo y destruirlo.
¿Habría que deducir de ello la superioridad de la nueva clase? En absoluto,
pues la burguesía, a pesar de sus virtudes y de sus reservas de vitalidad, no
mostraba, en la calidad de sus gustos, ningún «proceso» respecto a la nobleza
destituida. Los relevos que se efectúan a lo largo de la historia son menos un
signo de la urgencia del cambio que de su automatismo. Si desde un punto de
vista absoluto nada está superado, todo corre el peligro de estarlo en lo
relativo, en lo inmediato, donde lo nuevo constituye el único criterio y la
metamorfosis la única moral. Para comprender el sentido de los acontecimientos
debemos considerarlos desde la perspectiva del observador que está de vuelta de
todo. Quien hace la historia apenas la comprende, y quien participa en ella, de
cualquier manera que sea, es o su victima o su cómplice. Sólo el grado de
nuestro desengaño garantiza la objetividad de nuestros juicios; pero, siendo
como es «la vida» parcialidad, error, ilusión y voluntad de ilusión, hacer
juicios objetivos, ¿no es justamente pasar muy cerca de la muerte?
La clase
media, al afirmarse, debía necesariamente ser impermeable a la elegancia, al
refinamiento, al escepticismo de calidad, a las maneras y al estilo que
definían el Antiguo Régimen. Todo progreso implica un retroceso, toda ascensión
una caída; pero, si se cae avanzando, la caída se limita a un sector
circunscrito. La llegada de la burguesía liberó las energías que había
acumulado durante su alejamiento forzoso de la vida política; desde ese punto
de vista, el cambio provocado por la Revolución representa indiscutiblemente un
paso adelante. Lo mismo sucedió con la aparición sobre la escena política del
proletariado, destinado a su vez a sustituir a una clase estéril y anquilosada;
pero, incluso en este caso, el principio de retrogradación deberá intervenir,
puesto que los recién llegados no podrán salvaguardar una parte de los valores
que compensan los vicios de la época liberal: horror hacia la uniformidad,
sentido de la aventura y del riesgo, pasión por la libertad en materia
intelectual, apetito imperialista del individuo más aún que de la colectividad.
Una ley
inexorable marca el ritmo y gobierna sociedades y civilizaciones. Cuando, por
falta de vitalidad, el pasado zozobra, no sirve de nada aferrarse a él. Y sin
embargo es esa adhesión a formas caídas en desuso, a causas perdidas o
equivocadas, lo que hace patéticos los anatemas de un Maistre o un Bonald. ‑Todo
parece admirable y todo es falso en la visión utópica; todo es execrable y todo
parece verdadero en las constataciones de los reaccionarios.
Ni que decir
tiene que, estableciendo hasta aquí una distinción tan tajante entre la
Revolución y Reacción, nos hemos entregado necesariamente a la ingenuidad o a
la pereza, al confort de las definiciones. Se simplifica siempre por facilidad;
de ahí la atracción de lo abstracto. Lo concreto, denunciando afortunadamente
la comodidad de nuestras explicaciones y de nuestros conceptos, nos enseña que
una revolución que ha triunfado y que se ha instalado, que se ha convertido en
lo contrario de una fermentación y de un nacimiento, deja de ser una
revolución, e imita y está obligada a imitar las características, el aparato y
hasta el funcionamiento del orden que ha derrocado; cuanto más se consagra a
ello (y no tiene más remedio que hacerlo), más destruirá sus principios y su
prestigio. Conservadora en adelante a su manera, luchará, no para defender el
pasado, sino el presente. Nada la ayudará tanto como seguir las vías y los
métodos que usaba para mantenerse el régimen que ha abolido. Por eso, a fin de
asegurar la duración de las conquistas de las que se enorgullece, abandonará
las visiones exaltadas y los sueños de los que hasta entonces había extraído
los elementos de su dinamismo. Sólo es verdaderamente revolucionario el estado
pre‑revolucionario, el estado en el que los espíritus se adhieren al doble
culto del futuro y de la destrucción. Mientras una revolución no es más que una
posibilidad, trasciende los elementos y las constantes de la historia, rebasa,
por así decirlo, sus límites; pero en cuanto se instaura, entra en la historia,
se acomoda a ella y sigue el curso del pasado, prolongándolo; cuanto más
utilice los medios de la reacción que anteriormente había condenado, mejor lo
logrará. Hasta en el anarquista se esconde, en lo más profundo de sus revueltas,
un reaccionario que espera su hora, la hora de la conquista del poder, en la
que la metamorfosis del caos en... autoridad plantea problemas que ninguna
utopía se atreve a resolver y ni siquiera a considerar sin caer en el lirismo o
en el ridículo.
No existe
ningún movimiento de renovación que en el momento en que se aproxima a su
objetivo, en que se realiza a través del Estado, no caiga en el automatismo de
las antiguas instituciones, ni tome la apariencia de la tradición. A medida que
se define y se precisa, va perdiendo energía; lo mismo sucede con las ideas:
cuanto mejor formuladas estén, cuanto más explícitas sean, menor será su
eficacia: una idea clara es una idea sin porvenir. Más allá de su estado virtual,
pensamiento y acción se degradan y anulan: el primero desemboca en el sistema;
la segunda, en el poder. Dos formas de esterilidad y de decadencia. Se puede
hablar indefinidamente del destino de las revoluciones, políticas o de otro
tipo: sólo un rasgo es común a todas, una sola certeza se desprende cuando se
las examina: la decepción que suscitan en todos aquellos que creyeron en ellas
con algún fervor.
La idea de
que la renovación profunda, esencial, de las realidades humanas sea concebible
en sí, pero irrealizable de hecho, debería bastarnos para ser más comprensivos
respecto a Maistre. Por mucho que aborrezcamos algunas de sus opiniones, no
deja por ello de ser el representante de la filosofía inmanente a cualquier
régimen paralizado en el terror y los dogmas. ¿Dónde encontrar un teórico más
encarnizado contra el origen de todo, contra la acción? Odiaba el acto como
prefiguración de ruptura, como posibilidad de advenimiento, pues, para él,
actuar era rehacer. El revolucionario utiliza del mismo modo el presente en el
que se instala y que quisiera eternizar; pero su presente pronto formará parte
del pasado, y, aferrándose a él, acaba uniéndose a los partidarios de la
tradición.
Lo trágico
del universo político reside en esa fuerza oculta que conduce a todo movimiento
a negarse a sí mismo, a traicionar su inspiración original y corromperse a
medida que se arma y avanza. Porque en política, como en todo, nadie se realiza
sino a través de su propia ruina. Las revoluciones surgen para dar un sentido a
la historia; ese sentido, replica la reacción, le ha sido ya dado, hay que
plegarse a él y defenderlo. Eso es exactamente lo que sostendrá toda revolución
que haya triunfado, de manera que la intolerancia resulta de una hipótesis que
ha degenerado en certeza y que ha sido impuesta como tal por un régimen, de una
visión elevada al rango de verdad. Cada doctrina contiene en germen infinitas
posibilidades de desastre: no siendo constructivo el espíritu más que por
inadvertencia, el encuentro entre el hombre y la idea trae consigo casi siempre
consecuencias funestas.
Convencidos
de la futilidad de las reformas, de la vanidad y de la absurdidad de una
posible mejora, los reaccionarios quisieran ahorrar a la humanidad los
desgarramientos y las fatigas de la esperanza, las angustias de una búsqueda
ilusoria: que se satisfaga con lo adquirido, le declaran, que abdique de sus
inquietudes y descanse apaciblemente en la felicidad del estancamiento, y que,
optando por un estado de cosas irrevocablemente oficial, escoja por fin entre
el instinto de conservación y el gusto por la tragedia. Pero al hombre, abierto
a todas las opciones, le repugna precisamente ésa. En ese rechazo, en esa
imposibilidad consiste todo su drama. De ahí que sea, a la vez o
alternativamente, animal reaccionario y revolucionario. Por frágil que sea la distinción
clásica entre los conceptos de revolución y reacción, debemos no obstante
conservarla, so pena de desconcierto o de caos en la consideración del fenómeno
político. Ella constituye un punto de referencia tan problemático como
indispensable, una convención sospechosa pero fatal y obligatoria. Y dicha
distinción nos obliga además a hablar continuamente de «derecha» y de
«izquierda», términos que no corresponden en absoluto a circunstancias
intrínsecas e irreductibles, y términos que son tan rudimentarios que
desearíamos dejar la facultad y el placer de utilizarlos sólo al demagogo. A
veces ocurre que la derecha (recuérdense los levantamientos patrióticos del
siglo XIX) supera a la izquierda en vigor, fuerza y dinamismo; adoptando las
características del espíritu revolucionario, deja entonces de ser la expresión
de un mundo osificado, de un grupo de intereses o de una clase en decadencia;
inversamente, la izquierda, enmarañada en los mecanismos del poder o prisionera
de supersticiones anticuadas, puede muy bien perder sus virtudes, anquilosarse
y padecer las mismas taras que la derecha. No siendo la vitalidad privilegio de
nadie, se trata, para el que analiza, de discernir su presencia y su intensidad
sin preocuparse del barniz doctrinal de este o aquel movimiento o de esta o
aquella realidad política o social. Pensemos en los pueblos: unos hacen su
revolución hacia la derecha; otros, hacia la izquierda. Aunque la de los
primeros a menudo no sea más que un simulacro, existe sin embargo, y ese solo
hecho revela la inutilidad de toda determinación unívoca de la idea de
revolución. «Derecha» e «izquierda», simples aproximaciones de las que, por
desgracia, no podemos prescindir. No recurrir a ellas sería renunciar a tomar
partido, suspender los juicios en materia política, liberarse de las
servidumbres del tiempo, exigir al hombre que despierte a lo absoluto, que sea
únicamente animal metafísico. Pocas personas son capaces de un esfuerzo de
emancipación semejante, de dar un salto fuera de nuestras verdades de durmientes.
Estamos todos adormecidos; y, paradójicamente, obramos a causa de ello.
Continuemos, pues, como si nada sucediera, sigamos practicando nuestras
distinciones tradicionales, felices de ignorar que los valores surgidos dentro
del tiempo son, en última instancia, intercambiables.
Las razones
que llevan al mundo político a forjarse conceptos y categorías son muy
diferentes de las que invoca una disciplina teórica: si bien parecen tan
necesarias para el uno como para la otra, las del primero esconden sin embargo
realidades menos honorables: todas las doctrinas de acción y de combate, con su
aparato y sus esquemas, han sido inventadas únicamente para dar a los hombres
una conciencia limpia, permitiéndoles odiarse... noblemente, sin pudores ni remordimientos.
Examinándolas detenidamente, ¿no seria legítimo concluir que, ante los
acontecimientos, un espíritu libre, rebelde al juego de las ideologías pero aún
sometido al tiempo, sólo puede escoger la desesperación o el oportunismo?
Maistre no
podía ser un oportunista, como tampoco un desesperado: su religión, sus
principios se lo prohibían. Pero, dado que sus estados de ánimo eran más
fuertes que su fe, conoció con frecuencia accesos de desaliento, sobre todo
ante el espectáculo de una civilización sin porvenir. Buena prueba de ello son
sus palabras sobre Europa. No fue el único que creyó morir con ella... Tanto en
el siglo XIX como en el nuestro, más de uno se persuadió de que Europa se hallaba
a punto de expirar o de que sólo le quedaba un recurso: disimular, por
coquetería, su decrepitud. Cada vez que nuestro continente se encontró en el
artículo de la muerte, esa idea se propagó, llegando incluso a adquirir cierta
boga con motivo de las grandes derrotas, en Francia tras 1814, 1870 y 1940, en
Alemania tras el desastre de 1918 o el de 1945. Sin embargo, Europa,
indiferente a los vaticinadores, persevera alegremente en su agonía, y esta
agonía, tan obstinada, tan duradera, quizás equivalga a una nueva vida. Todo
este problema, que se reduce a una cuestión de perspectiva y de ideología, si
bien para el marxista carece de sentido, preocupa en cambio al liberal y al
conservador, aterrados ambos, aunque desde posiciones diferentes, de asistir a
la desaparición de sus razones de existir, de sus doctrinas y de sus ilusiones.
Es innegable que hoy una cierta Europa muere, aunque no haya que ver en ello
más que una simple etapa de un inmenso ocaso. Con Bergson desapareció, según
Valéry, «el último representante de la inteligencia europea». La fórmula podría
servir para otros homenajes o discursos, pues durante mucho tiempo seguiremos
encontrando algún «último representante» del espíritu occidental... Quien
proclama el final de la «civilización» o de la «inteligencia» lo hace por
rencor contra un futuro que le parece hostil, y por venganza contra la
historia, infiel que no se digna conformarse a la imagen que se había hecho de
ella. Maistre se moría con su propia Europa, con la Europa que rechazaba el
espíritu de innovación, «la mayor plaga», según él. Tenía la convicción de que,
para salvar a la sociedad del desorden, era necesaria una idea universal,
reconocida por las buenas o por las malas, que eliminara el peligro de aceptar,
tanto en religión como en política, la novedad, las aproximaciones, los
escrúpulos teóricos. Y no dudaba de que esa idea la encarnaba el catolicismo;
la diversidad de regímenes, de costumbres y de dioses no le preocupaba en
absoluto. Al relativismo de la experiencia opondrá la supremacía del dogma; si
una religión deja de someterse a él, si permite el juicio particular y el libre
examen, la declarará nociva y no dudará en retirarle el título de religión. «El
mahometanismo, o incluso el paganismo, habrían causado políticamente menos daño
si hubiesen sustituido al cristianismo con su especie de dogmas y de fe; pues
son religiones, y el protestantismo no lo es en absoluto.» Mientras conservó
cierta fidelidad a los principios de la francmasonería, Maistre permaneció
relativamente abierto a un cierto liberalismo; desde el momento en que, por
odio a la Revolución, se entregó en cuerpo y alma a la Iglesia, se deslizó
hacia la intolerancia.
Se inspiren
en la utopía o en la reacción, todos los absolutismos se asemejan y se
encuentran. Independientemente de su contenido doctrinal, que les diferencia
únicamente en la superficie, comparten un mismo esquema, un mismo proceso
lógico, fenómeno propio de todos los sistemas que, no contentos con enunciar un
principio incondicional, lo convierten en un nuevo dogma y una nueva ley. Un
modo idéntico de pensamiento preside en la elaboración de teorías de contenido
diferente pero formalmente análogas. En cuanto a las doctrinas de la Unidad, se
parecen tanto todas que analizar una cualquiera de ellas es examinar al mismo
tiempo todos los regímenes que, rechazando la diversidad en la teoría y en la
práctica, niegan al hombre el derecho a la herejía, a la singularidad o a la
duda.
Obsesionado
por la Unidad, Maistre se desata contra toda tentativa susceptible de romperla,
contra la menor veleidad de innovación o simplemente de autonomía, sin darse
cuenta de que la herejía representa la única posibilidad de vigorizar las
conciencias, de que, zarandeándolas, ella las preserva del embotamiento en que
las sume el conformismo, y de que, si debilita a la Iglesia, fortalece en
cambio a la religión. Todo dios oficial es un dios solo, abandonado, amargado.
Sólo se reza con fervor en las sectas, entre las minorías perseguidas, en la
oscuridad y el pavor, condiciones indispensables para el buen ejercicio de la
piedad. Pero, para un Maistre, la sumisión, yo diría la rabia de la sumisión,
es más importante que las efusiones de la fe. Los luteranos, calvinistas y
jansenistas no eran, si se le cree, más que rebeldes, conspiradores, traidores;
los detesta, y preconiza, para aniquilarlos, el empleo de todos los medios que
no sean «crímenes». Sin embargo, leyendo su apología de la Inquisición, uno tiene
la impresión de que este último recurso no le repugnaba demasiado. Maistre es
el Maquiavelo de la teocracia.
Tal como él
la concibe, la unidad se presenta bajo un doble aspecto: metafísico e
histórico. Por una parte significa el triunfo sobre la división, sobre el mal y
el pecado; por otra, la instauración definitiva, la apoteosis final del
catolicismo gracias a la victoria sobre las tentaciones y los errores modernos.
Unidad dentro de la eternidad; unidad dentro del tiempo. Si la primera nos
desborda, si escapa a nuestras posibilidades de control, la segunda en cambio
podemos examinarla y discutirla. Pero digámoslo de entrada: nos parece
ilusoria, nos deja escépticos. Pues nos cuesta discernir qué idea religiosa
seria hoy capaz de lograr la unificación espiritual y política del mundo.
Puesto que el cristianismo se halla demasiado endeble para seducirnos o someternos,
una ideología o un dictador deberá esforzarse en lograrlo. La tarea, ¿incumbirá
al marxismo o a un nuevo cesarismo? ¿O a los dos a la vez? La síntesis puede
parecer desconcertante: pero únicamente para la razón, y no para la historia,
reino de la anomalía.
Que el
catolicismo, más aún que la religión cristiana en su conjunto, se halla en
plena decadencia es algo que nos demuestra la experiencia diaria: tal y como
hoy se presenta, prudente, complaciente, comedido, no toleraría a un apologista
tan feroz, tan magníficamente desenfrenado como Maistre, quien no hubiera
denunciado con tanto furor «el espíritu de secta» en los demás de no haber
estado él mismo impregnado de él más que nadie. El hombre que maldice el Terror
no encuentra una sola palabra para reprobar la Revocación del edicto de Nantes,
e incluso la aplaude: «Respecto a las manufacturas llevadas por los refugiados
a los países extranjeros, y al perjuicio que de ello resulta para Francia, las
personas para quienes esas objeciones de tendero signifiquen algo...».
¡Objeciones de tendero! Su insuperable mala fe tiene algo de juego o de locura:
«Luis XIV pisoteó el protestantismo y murió en la cama, brillante de gloria y
cargado de años. Luis XVI lo trató con mimo y murió en el cadalso». En otro
lugar, en un acceso de... moderación, reconoce que el espíritu critico,
contestatario, empieza a perfilarse bastante antes que Lutero, y lo hace con
razón remontarse a Celso, a los comienzos mismos de la oposición al
cristianismo. Para el patricio romano, en efecto, el cristiano resultaba una
aparición desconcertante, un fenómeno realmente inconcebible, un motivo de
estupor. En su Discurso verdadero ‑texto patético si los hay‑ ataca las
maniobras de la nueva secta que llegó a agravar, a causa de sus intrigas y de
sus locuras, la situación del imperio invadido por los bárbaros. Celso no
comprendía que se pudiera preferir a la filosofía griega una doctrina
sospechosa y confusa que le escandalizaba y asqueaba, y de la cual, no sin
cierta desesperación, presentía la fuerza de contagio y sus terribles
posibilidades. Dieciséis siglos más tarde, su argumentación y sus invectivas
fueron retomadas por Voltaire, quien, estupefacto también ante la sorprendente
carrera del cristianismo, hizo todo lo posible por señalar sus abusos y sus
estragos. Decir que su obra, cuya salubridad salta a la vista, fue la causa del
Terror revolucionario, es otra exageración de Maistre, para el que irreligión y
patíbulo son términos correlativos. «Es absolutamente necesario aniquilar el
espíritu del siglo XVIII», nos dice, olvidando que ese espíritu al que tanto
odiaba no poseyó más que un fanatismo: el de la tolerancia. Y, además, ¿con qué
derecho condenar la guillotina cuando tan indulgente se ha sido con la hoguera?
La contradicción no parece inquietar demasiado a Maistre, que tan complaciente
fue con la Inquisición; servidor de una causa, legitimaba sus excesos execrando
a la vez los cometidos en nombre de otras. Esa es la paradoja de los espíritus
partidarios, y se da en todas las épocas.
Considerar
el siglo XVIII como el momento privilegiado del mal, como su encarnación misma,
es complacerse en las aberraciones. ¿En qué otra época las injusticias fueron
denunciadas con más rigor? Tarea saludable de la que el Terror fue la negación,
en absoluto el coronamiento.
«Nunca»,
escribió Tocqueville, «la tolerancia en materia de religión, la indulgencia en
el mando, la humanidad e incluso la benevolencia han sido más predicadas y, al
parecer, mejor admitidas que en el siglo XVIII; hasta el derecho de guerra, que
es como el último refugio de la violencia, se había restringido y mitigado. Sin
embargo, del seno de costumbres tan suaves iba a surgir la revolución más
inhumana.»
En realidad,
la época, demasiado «civilizada», había alcanzado un refinamiento que la
condenaba a la fragilidad, a una duración brillante y efímera. «Costumbres
suaves» y costumbres licenciosas corren parejas; buena prueba de ello es el
siglo XVIII, la Regencia en particular, el momento más agradable y lúcido, por
tanto el más corrompido, de la historia moderna. Sin embargo, el vértigo de ser
libre acabaría pesando sobre los espíritus. Ya Madame du Deffand, más representativa
del siglo que el propio Voltaire, observaba que la libertad no era «un bien
para todo el mundo», que pocos pueden soportar «su vacío y su oscuridad». Y
fue, a nuestro juicio, para huir de ese «vacío» y de esa «oscuridad» para lo
que Francia se dedicó a hacer la guerra durante la Revolución y el Imperio, en
la que sacrificó de buen grado los hábitos de independencia, insolencia y
análisis que cien años de conversación y de escepticismo le habían procurado.
En peligro de desagregación por exceso de inteligencia y de ironía, tenía que reponerse
mediante la aventura colectiva, mediante un deseo de sumisión a escala
nacional. «Los hombres», nos dice Maistre, «no pueden unirse, sea para el fin
que sea, sin una ley o una regla que les prive de su voluntad: hay que ser
religioso o soldado.»
Este defecto
de nuestra naturaleza, lejos de entristecerle, le regocija y lo utiliza para
elogiar a la monarquía, al papado, a los tribunales españoles y a todos los
símbolos de la autoridad. En cuanto a los jesuitas, esos cómplices de las
autocracias, Maistre comenzó como alumno suyo y acabó siendo su portavoz; y
eran tales su admiración y su agradecimiento hacia ellos que confiesa «no haber
sido, gracias a ellos, orador de la Asamblea constituyente». Los juicios de
Maistre sobre sí mismo se refieren siempre de alguna manera a la Revolución, a
sus relaciones con ella; y siempre que defiende o denigra a Francia lo hace en
relación a ella. Aquel saboyano que se consideraba a sí mismo «el extranjero
más francés que existe» es uno de los que mejor han calado el genio del «pueblo
iniciador» destinado ‑por su cualidad dominante: el espíritu de proselitismo‑ a
ejercer sobre Europa una «verdadera magistratura». Según él, la Providencia ha
decretado «la era de los franceses», y cita a este propósito las palabras de Isaías:
«Cada sentencia de este pueblo es una conjuración». Aplicadas a la Francia de
entonces, estas palabras eran ciertas; lo serán menos en lo sucesivo, hasta
dejar de tener sentido tras la guerra de 1914.
Aunque la
Revolución estuvo presente en todas las conmociones francesas del siglo XIX,
ninguna de ellas pudo igualarla. Obsesionados por las figuras de 1789, los
sublevados de 1848, paralizados por el miedo a traicionar a sus modelos, fueron
epígonos, prisioneros de un estilo de revuelta que no habían creado y que les
fue, por así decirlo, infligido. Una nación nunca produce dos grandes ideas
revolucionarias, ni dos formas de mesianismo radicalmente diferentes. Muestra
de lo que es capaz una sola vez, en una época circunscrita, definida, en un
momento supremo de expansión en el que triunfa con todas sus verdades y todas
sus mentiras; luego se agota, como se agota la misión de la que había sido
investida.
Desde la
Revolución de Octubre, Rusia ejerce la misma clase de influencia, de terror y
de fascinación que ejerció Francia a partir de 1789. A su vez impone sus ideas
al mundo, que las acoge sumiso, temeroso o solícito. La fuerza de proselitismo
de la que dispone es mayor aún que la que había tenido la Revolución francesa;
Maistre sostendría hoy, con más razón que entonces, que la Providencia ha
decretado esta vez «la era de los rusos», les aplicaría incluso las palabras de
Isaías y quizá también diría de ellos que son un «pueblo iniciador». Por lo
demás, durante el tiempo en que vivió en Rusia, se guardó de subestimar sus
capacidades: «No hay hombre que desee tan apasionadamente como el ruso». «(...)
si se pudiera encerrar un deseo ruso en una ciudadela, la haría estallar...» La
nación que en aquel tiempo tenía la reputación de ser indolente, apática, le
pareció a él «la más viva, impetuosa y emprendedora del universo». El mundo
sólo comenzó a darse cuenta de ello tras la insurrección de los deciembristas
(1825), acontecimiento capital a partir del cual reaccionarios y liberales, los
unos por aprensión y los otros por deseo, se dedicaron a predecir desórdenes en
Rusia: se trataba de la evidencia del futuro que para ser proclamada no
requería ninguna facultad profética. Nunca se ha visto una revolución tan
segura, tan esperada como la Revolución rusa: ni las mayores reformas, ni la
humanización del régimen, ni la mejor voluntad, ni las concesiones más
generosas hubieran podido detenerla. No tuvo ningún mérito en estallar, puesto
que ya existía, por así decirlo, antes de aparecer y se la pudo describir hasta
en los mínimos detalles (piénsese en Los poseídos) antes de que se
manifestase.
Como las
únicas garantías del «buen orden» eran a los ojos de Maistre, la esclavitud o
la religión, él deseaba, para la consolidación del poder de los zares, el
mantenimiento de la servidumbre, dado que la Iglesia ortodoxa, a la que
despreciaba, le parecía adulterada, falseada, contaminada por el protestantismo
e incapaz, de todas maneras, de hacer contrapeso a las ideas subversivas. Pero,
¿había logrado la Iglesia católica, en nombre de la verdadera religión, impedir
la revolución en Francia? Esta es una cuestión que Maistre ni siquiera se
plantea; lo que le interesa es el gobierno absoluto y para él todo gobierno lo
es, dado que «desde el momento en que se le puede resistir, con el pretexto del
error o de la injusticia, deja de existir».
Que de vez
en cuando se hallen en Maistre accesos de liberalismo ‑ecos de su primera
formación o expresiones de un remordimiento más o menos consciente‑ es
innegable. Sin embargo, el lado «humano» de sus doctrinas sólo suscita un
interés mediocre. Dado que sus dones no se desarrollaban y revelaban más que en
sus desbordamientos anti‑modernos y en sus ultrajes al sentido común, es
natural que de él sea el reaccionario quien nos atraiga y apasione. Cada vez
que insulta nuestros principios o que arremete contra nuestras supersticiones
en nombre de las suyas, podemos alegrarnos: el escritor sobresale entonces y se
supera a sí mismo, Cuanto más sombría es su visión, mejor la envuelve en una
apariencia ligera, transparente. El impulsivo por placer que era se interesaba,
incluso en medio de sus grandes cóleras, por los minúsculos problemas de
lenguaje; fulminaba como un literato, incluso como un gramático, y sus
frenesíes, no solamente no menoscababan su pasión por la expresión correcta y
elegante, sino que la aumentaban. Un temperamento epiléptico enamorado de las
futilidades del verbo. Trances y ocurrencias, convulsiones y fruslerías, baba y
gracia: todo se mezclaba en él para componer ese universo del panfleto desde
cuyo seno perseguía «el error» a base de invectivas, esos ultimátums de la
impotencia. No poder erigir en leyes sus prejuicios y sus manías fue una
humillación para él. Se vengó de ello mediante la palabra, cuya virulencia
alimentaba en él la ilusión de la eficacia. Sin jamás buscar una verdad por ella
misma, sino siempre para convertirla en un instrumento de combate, incapaz de
inclinarse ante el absoluto de los demás o ser indiferente a él, definiéndose
por sus rechazos y, aún más, por sus aversiones, necesitaba, para el ejercicio
de su inteligencia, execrar constantemente algo o a alguien, y planear su
aniquilación ‑imperativo, condición indispensable para la fecundidad de su
desequilibrio. Sin ello, hubiera caído en la esterilidad, maldición de los
pensadores que no se dignan cultivar sus discrepancias con los demás o consigo
mismos. Si hubiera cedido al espíritu de tolerancia, habría asfixiado su genio.
Digamos también que para alguien tan sinceramente apasionado por la paradoja
como él, la única manera de ser original tras un siglo de declamaciones sobre
la libertad y la justicia era adoptar opiniones opuestas, precipitarse sobre
otras ficciones, sobre las de la autoridad; cambiar, en suma, de errores.
Cuando en
1797 Napoleón leía en Milán las Consideraciones sobre Francia, tal vez
viera en ese libro la justificación de sus ambiciones y como el itinerario de
sus sueños: no tenía más que interpretar en su provecho el alegato en favor del
rey que hacía Maistre. Los discursos y escritos de los liberales (Necker,
Madame de Staël y Benjamin Constant), por el contrario, le irritaron, pues
halló en ellos, según la expresión de Albert Sorel, «la teoría de los
obstáculos a su imperio». Repudiando el concepto de destino, el pensamiento
liberal no podía seducir a un guerrero que, no contento con meditar sobre el
destino, aspira además a encarnarlo, a ser su imagen concreta, su traducción
histórica, dada su propensión natural a confiar en la Providencia y a creerse
su intérprete. Las Consideraciones sobre Francia le revelaban a
Bonaparte a sí mismo.
Se insiste
demasiado sobre la relación amor‑odio, olvidando que existe un sentimiento
mucho más turbio y complejo: la admiración‑odio, sentimiento que Maistre
alimentaba por Napoleón. ¡Qué suerte tener por contemporáneo a un tirano digno
de ser aborrecido, al que poder consagrar un culto a contrapelo y al que,
secretamente, desear parecerse! Al obligar a sus enemigos a elevarse a su
altura, al forzarles a la envidia, Napoleón fue para ellos una verdadera
bendición. Sin él, ni Chateaubriand, ni Constant, ni Maistre hubieran podido
resistir tan fácilmente a la tentación de la moderación: la vanidad del
primero, la versatilidad del segundo y las cóleras del último participaban de
su propia vanidad, de su versatilidad y de sus cóleras. En el horror que les inspiraba
había una buena dosis de fascinación. Combatir a un «monstruo» es poseer
necesariamente misteriosas afinidades con él, y también tomar prestados de él
ciertos rasgos de carácter. Maistre recuerda a Lutero, al que tanto insultó, y
más todavía a Voltaire, el hombre al que más atacó, como también al Pascal de
las Provinciales, el enemigo de los jesuitas, es decir el Pascal que
detestaba. Como todo buen panfletario, atacaba a los panfletarios del extremo
contrario, a quienes comprendía bien, pues poseía su mismo gusto pronunciado
por la inexactitud y el prejuicio. Cuando Maistre hace consistir la filosofía
en el arte de despreciar las objeciones, está definiendo su propio método, su
propio «arte». Sin embargo, por muy exagerada que parezca, su aserción no deja
de ser cierta, o casi: ¿quién defendería una posición, sostendría una idea, si
debiera multiplicar sus escrúpulos, pesar sin cesar el pro y el contra,
conducir con precaución un razonamiento? El pensador original arremete en lugar
de profundizar, es un Draufgänger, un exaltado, un temerario, en todo
caso un espíritu decidido, batallador, un disconforme en el terreno de la
abstracción, cuya agresividad, no por hallarse a veces velada, es menos real y
eficaz. Bajo sus preocupaciones de apariencia neutra, disfrazadas de problemas,
se agita una voluntad, se activa un instinto tan imprescindible como la
inteligencia para la creación de un sistema: sin el concurso de ese instinto y
de esa voluntad, ¿cómo triunfar sobre las objeciones, sobre la parálisis a la
que éstas condenan al espíritu? No existe afirmación que no pueda ser anulada
por la afirmación contraria. Para emitir la mínima opinión sobre cualquier
cosa, una buena dosis de intrepidez y cierta capacidad de irreflexión son
necesarios, así como una propensión a dejarse arrastrar por razones extra‑racionales.
«Todo el género humano» dice Maistre, «procede de una pareja. Esta verdad ha
sido negada, como todas las demás: ¿qué puede importarnos eso?» Esta manera de
despachar la objeción es practicada por todo aquel que se identifica con una
doctrina o adopta únicamente un punto de vista bien definido sobre cualquier
tema; pero raros son quienes se atreven a reconocerlo, quienes son
suficientemente honestos para divulgar el procedimiento que emplean y que deben
emplear, so pena de paralizarse en lo aproximado o en el silencio. Por una de
esas torpezas que le honran, Maistre, enorgulleciéndose del empleo abusivo del
«¿qué puede importarnos eso?», nos da implícitamente el secreto de sus
exageraciones.
En absoluto
exento de esa ingenuidad propia del dogmatismo, se hará el intérprete de todos
los detentadores de certidumbres y proclamará su propia felicidad, así como la
de ellos: «Nosotros, los dichosos poseedores de la verdad», lenguaje triunfal
que para nosotros es inconcebible, pero que alegra y fortalece al creyente. Una
fe que admite otras, que no cree disponer del monopolio de la verdad, está
condenada a la ruina, abandona lo absoluto que la legítima para resignarse a no
ser más que un fenómeno de civilización, un episodio, un accidente. El grado de
inhumanidad de una religión garantiza su fuerza y su duración: una religión
liberal es una bufonada o un milagro. Realidad, constatación terrible y exacta,
totalmente cierta para el mundo judeo‑cristiano; instituir un dios único es
hacer profesión de intolerancia y apoyar, se quiera o no, al ideal teocrático.
Desde un punto de vista más general, las doctrinas de la Unidad proceden todas
de un mismo espíritu: aunque invoquen ideas antirreligiosas, siguen el esquema
formal de la teocracia, es más, se reducen a teocracia secularizada. El
positivismo sacó el mayor partido posible de los sistemas «retrógrados», de los
que no rechazó el contenido y las creencias más que para mejor adoptar su
armazón lógico, su contorno abstracto. Auguste Comte utilizó las ideas de
Maistre, como Marx las de Hegel.
Positivistas
y católicos, interesados de modo diferente por el destino de la religión, pero
igualmente dependientes de sus sistemas respectivos, explotaron a fondo el
pensamiento del autor de Del Papa; mucho más libre que ellos, un
Baudelaire tomó de él, por simple necesidad interior, algunos temas, como el
del mal y el del pecado, o algunos de sus «prejuicios» contra las ideas
democráticas y el «progreso». Cuando escribe que la «verdadera civilización»
consiste en la «disminución de las huellas del pecado original», ¿no se inspira
de ese pasaje de las Veladas en que «el estado de la civilización»
perfecto nos es presentado como una realidad situada fuera del imperio de la
Caída? «De Maistre y Edgar Poe me han enseñado a razonar.» Quizás hubiera sido
más exacto confesar que el pensador ultramontano le había provisto de
obsesiones. Cuando invoca una «providencia diabólica» o profesa el «satanismo»,
Baudelaire invierte los temas maistrianos, agravándolos y prestándoles un
carácter de negatividad vivida. La filosofía de la Restauración tuvo
prolongamientos literarios inesperados: la influencia de Bonald sobre Balzac
fue tan poderosa como la de Maistre sobre Baudelaire. Si se examina el pasado
de un escritor y sobre todo de un poeta, si se analizan detalladamente los
elementos de su biografía intelectual, encontraremos siempre en ellos
antecedentes reaccionarios... La memoria es el fundamento de la poesía; lo
caduco, su sustancia. ¿Y qué afirma la Reacción sino el valor supremo de lo
caduco?
«Lo que se
cree verdadero debe decirse y decirse con valor; quisiera, aunque ello me
costase caro, descubrir una verdad hecha para disgustar a todo el género
humano: se la diría a quemarropa.» El Baudelaire de la «sinceridad absoluta»,
el de los Cohetes y de Mi corazón al desnudo está contenido y
como anunciado en estas palabras de las Veladas, que nos dan la fórmula
de ese incomparable arte de la provocación en el que Baudelaire se distinguió
casi tanto como Maistre. De hecho, se distinguen en él todos aquellos que, sea
por clarividencia o por amargura, rechazan las maravillas hábiles del Progreso.
Si los conservadores manejan tan bien la invectiva y escriben en general más
cuidadosamente que los fanáticos del porvenir es porque, exasperados al verse
contradichos por los acontecimientos, desasosegados se precipitan sobre el
verbo, mediante el cual, a falta de otro recurso más sustancial, se vengan y
consuelan. Los otros recurren a él con despreocupación y hasta con desprecio:
cómplices del futuro, seguros de que «la historia» les dará la razón, escriben
sin arte y hasta sin pasión, conscientes como son de que el estilo es la
prerrogativa y algo así como el lujo del fracaso. Cuando hablamos de fracaso,
no pensamos únicamente en Maistre, sino también en Saint‑Simon. Los dos poseen
el mismo apego exclusivo, estrecho, a la causa de la aristocracia, una gran
cantidad de prejuicios defendidos con una rabia constante, el orgullo de casta
llevado hasta la ostentación y una incapacidad análoga para actuar que explica por
qué fueron escritores tan intrépidos. Cuando el primero examina problemas, así
como cuando el segundo describe acontecimientos, la menor idea, el menor hecho
brilla a causa de la pasión que ponen en ello. Querer disecar su prosa es como
querer analizar una tempestad. Lejos de nosotros, sin embargo, la intención de
colocar al duque y al conde en un mismo plano: el primero restituyó y recreó
una época, su materia era la vida misma, mientras que el segundo se contentó
con animar ideas; ahora bien, ¿cómo lograr con conceptos la plenitud del genio?
Ninguna verdadera creación es posible en filosofía; cualquiera que sea la
profundidad que el pensamiento alcance, se mantiene siempre sobre un plano
derivado, más acá del movimiento y de la actividad del ser; sólo el arte se
eleva hasta allí, sólo él imita a Dios o lo sustituye. El pensador agota la
definición del hombre incompleto.
Saint‑Simon,
según Sainte‑Beuve, hace pensar en una mezcla de Shakespeare y de Tácito;
Maistre nos recuerda ‑combinación menos afortunada‑ a un Bellarmin y un
Voltaire, un teólogo y un literato. Si citamos el nombre del gran
controversista, de aquel profesional de la querella que, en el siglo XVI, actuó
sin ninguna consideración contra el protestantismo, es porque Maistre, con más
ardor e inspiración, participó en la misma campaña: ¿no fue él, en cierto modo,
el último representante de la Contrarreforma?
Considerando
sus cóleras contra las nuevas «sectas», llegamos a preguntarnos si no hay una
buena dosis de humor en todo ese despliegue de rabia: ¿es concebible que
redactando alguna de sus diatribas no haya sido consciente de los excesos que
decía? Y sin embargo, y nunca lo repetiremos suficientemente, si todavía le
leemos es gracias a todos los excesos que realzan sus obras. Cuando, a
propósito de una afirmación de Bacon, exclama: «No, desde que se dijo Fiat
lux! el oído humano no ha escuchado nada parecido», semejante extravagancia
nos seduce, al igual que esta otra: «Son los sacerdotes quienes lo han
conservado todo, quienes lo han regenerado todo, quienes nos lo han enseñado
todo». Palabras insensatas de un sabor innegable: escribiéndolas, ¿no se hace
el autor cómplice de nuestra sonrisa? Y cuando nos asegura que el Papa es el
«demiurgo de la civilización», ¿pretende divertirnos o lo piensa
verdaderamente? Lo más simple sería admitir que era sincero, puesto que no
encontramos en su vida la menor traza de charlatanería: la lucidez jamás llegó
en él hasta la impostura o la farsa... Ese fue el único fallo de su sentido de
la desmesura.
Había en
aquel demoledor en nombre de la tradición, en aquel fanático por disciplina y
método, un deseo de poseer convicciones inquebrantables, una necesidad de ser
de una sola pieza. «Caigo en una idea como en un precipicio», se quejaba un
enfermo; Maistre hubiera podido decir lo mismo, con la diferencia, sin embargo,
de que él quería caer en los precipicios, de que deseaba ardientemente
precipitarse en ellos, y como todos los pensadores agresivos, se hallaba impaciente
por arrastrarnos con él a ellos ‑proselitismo abismal que es el signo del
fanatismo innato o adquirido. El suyo, aunque adquisición, resultado del
esfuerzo y de la deliberación, lo asimiló perfectamente, haciendo de él su
realidad orgánica. Aferrado a lo absoluto por odio hacia un siglo que lo había
puesto todo en tela de juicio, fue demasiado lejos en la dirección opuesta y,
por miedo a la duda, erigió la obcecación en sistema. Su sueño fue no hallarse
nunca escaso dc ilusiones, obnubilarse. Tuvo la suerte de realizarlo.
Clarividente
a veces, se equivocó no obstante en muchas de sus previsiones. Imaginaba que
Francia había recibido la misión de la regeneración religiosa de la humanidad.
Francia cayó en el laicismo... Confiaba en el final de los cismas, el retorno
al catolicismo de las diferentes iglesias, la reconquista, gracias al Sumo
Pontífice, de sus antiguos privilegios. Roma, abandonada a sí misma, es más
modesta y tímida que nunca. Si presintió alguna de las convulsiones que más
tarde agitarían a Europa, no advirtió en cambio aquellas de las que hoy somos
víctimas. Pero la caducidad de sus profecías no debe hacernos perder de vista
los méritos ni la actualidad del teórico del orden y de la autoridad que fue,
el cual, de haber tenido la suerte de ser más conocido, habría sido el
inspirador de todas las formas de ortodoxia política, el genio y la providencia
de todos los despotismos de nuestro siglo. Su pensamiento es actual sin duda
alguna, pero únicamente en la medida en que exaspera o desconcierta: cuanto más
lo leemos, más pensamos en los encantos del escepticismo o en la urgencia de
una apología de la herejía.
1957
François Mauriac: Bloc‑notes
(abril 1957)
Domingo de Resurrección
«Hoy es el
día más bello de la Semana Santa.» ¡Cuántas veces habré repetido este verso de
Jammes! Ayer por la noche no fui a la vigilia pascual. Leímos en voz alta
frente a la chimenea, las profecías del Sábado Santo y el sublime exultet
invocación a la noche radiante que presenció aquella victoria sobre la muerte.
Esta mañana, las campanas en la llanura desgarran la bruma. Resulta extraño que
mi lectura al volver de la misa en este día de la Resurrección sea el prefacio
de E. M. Cioran a una antología de textos de Joseph de Maistre, pues no creo
que pueda mostrarse mayor desprecio por una doctrina que la que muestra Cioran
por el cristianismo, y ello hasta el punto de osar denunciar ¡«la dulce
mediocridad de los Evangelios»!
El gusto de
escandalizar y de irritar que Cioran comparte con Joseph de Maistre salta a la
vista: confieso que me impresionan menos sus blasfemias que el rigor de su
pensamiento y de su estilo. ¿Qué moralista hoy, qué crítico en Francia
puede compararse a este rumano que ha decidido escribir y pensar en francés? Me
agrada que a semejante negador le haya interesado el gentil‑hombre ultramontano
que ha glorificado al verdugo y divinizado la guerra: ese exceso, esa desmesura
del Conde de Maistre, ese «no» proferido contra el mundo moderno, es el mismo
«no» que Cioran profiere contra todo.
Además,
Joseph de Maistre nos muestra con fuerza la imagen de un catolicismo
intransigente, increíble, odioso, semejante al que podría desear una persona
que lo deteste. Cierto es que la honestidad intelectual de Cioran le obliga a
admitir que existe mucha diferencia entre el catolicismo de un Maistre y la
religión de los místicos. Lo admite, pero no insiste en ello.
Y sin
embargo, ahí está el busilis: decir que esa doctrina atroz es diferente de la
de las Bienaventuranzas practicadas por todos los santos que creyeron en el
amor y que, literalmente, murieron de amor, es quedarse corto. Semejante
doctrina no es ni siquiera su caricatura, la cual al menas deformaría sus
rasgos verdaderos: es exactamente su negación. Y si, como debemos creerlo,
aquel gran hombre honesto que fue Joseph de Maistre no dejó por ello de ser un
verdadero cristiano, es porque en privado, en el secreto de sus plegarias,
manifestó seguramente otra parte de sí mismo diferente de la que estalla en sus
escritos y que es horrible. No siempre rechazamos lo peor de nosotros mismos.
Aun así,
prefiero finalmente a Cioran que a Joseph de Maistre, de la misma manera que
hoy me entiendo mejor con algunos paganos o libertinos que con muchos de mis
hermanos en la fe.
X me
inspiraría mucho menos desprecio cuando le veo enriquecerse sin escrúpulos si
no se considerara cristiano. Y yo me soportaría mejor a mí mismo si no supiera
lo que sé sobre Cristo.
Por el
contrario, el negador Cioran no me molesta, dado que no espero de él más que la
honestidad intelectual de la que no carece y el talento que le sobra. Me parece
sin embargo bastante osado cuando considera como una evidencia que no necesita
demostración la decadencia del cristianismo. Yo le propongo que piense en un
hecho contemporáneo: la guerra de Argelia, por ejemplo. Que observe el
comportamiento de algunos soldados cristianos ‑el mismo comportamiento,
dieciocho siglos después, que el de los legionarios romanos que habían recibido
el Evangelio, y que no aceptaban la adoración del César. La decrepitud afecta a
las estructuras de la Iglesia. Pero las propiedades de un ácido no cambian.
El reino de
Dios nunca ha sido algo más que un poco de levadura perdida en la masa, y ello
incluso en las épocas en que el cristianismo triunfaba políticamente y César
utilizaba la Cruz. En ningún momento de la historia el mundo ha sido, ni será,
cristiano. La Cruz será siempre para él una locura y un escándalo, y lo ha sido
siempre, incluso en las épocas del Rey archicristiano. Mas la levadura nunca ha
faltado en el mundo, y no faltará nunca.
Carta de E.M. Cioran a François Mauriac
Hotel Majory
20, rue
Monsieur le Prince
París, 29 de abril de 1957
Estimado
amigo:
Habiendo
adquirido para mí sus observaciones a mi prefacio la importancia de una
intimación, creo que le debo una explicación. Y estoy tanto más dispuesto a
dársela cuanto que su forma de fe es la única que aprecio: ¿acaso no ha opuesto
usted siempre las desgarraduras de la salvación a las de la duda? El escéptico
no posee ninguna ventaja sobre el creyente: el primero soporta la carga de sus
perplejidades, el segundo la de sus certezas. Estemos donde estemos, nos exponemos
al vértigo, tropezamos con lo Insostenible.
Me reprocha
usted las palabras «la dulce mediocridad de los Evangelios». Sin embargo,
¿puede un hijo de pope escribir otras? En cuanto comencé a definirme, lo hice
por reacción contra las verdades de mi padre, contra el cristianismo. A esa
razón exterior se añade otra, íntima: mi incapacidad de comprender a Cristo, e
incluso de imaginarlo. Por el contrario, Dios no ha dejado nunca de
obsesionarme y de torturarme; los sufrimientos que me ha infligido son el honor
de mi vida, un desastre inesperado, un infierno que me redime ante mí mismo.
Pero si El ha sido preservado en mis pensamientos, no lo ha sido en mi corazón:
nunca he podido amarlo... Me considero un creyente sin la gracia. Estoy seguro
de que esta paradoja no le hará sonreír, pues usted conoce sin duda esos
momentos en que daríamos todo el universo por una oración, pero en que ninguna
palabra se adhiere al misterio, esos instantes en los que se permanece
fulminado en el umbral de una llamada, y en los que nos hallamos tan lejos de
nosotros mismos como de todo.
Imposible
enumerar todas mis imposibilidades. Y en el fondo importan tan poco... Pero es
hora ya de que concluya y vuelva a lo esencial: darle las gracias por haberme
turbado y expresarle mi afectuosa admiración.
E. M. Cioran
Valéry frente a sus ídolos
Para un
autor resulta una verdadera desgracia ser comprendido; Valéry lo fue en vida y
lo ha sido después. ¿Era, pues, tan simple, tan comprensible?
Ciertamente no. Pero cometió la imprudencia de dar demasiadas precisiones tanto
sobre sí mismo como sobre su obra, se reveló, se mostró, dio muchas de sus
claves, disipó buena parte de esos malentendidos indispensables para el
prestigio secreto de un escritor: en lugar de dejar para los demás el trabajo
de descubrirle, lo asumió él mismo; exageró hasta el vicio la manía de
explicarse. La tarea de los comentadores quedó así considerablemente reducida:
iniciándoles de entrada en lo esencial de sus preocupaciones y de sus
manifestaciones, les invitaba menos a una reflexión sobre su obra que a una
reflexión sobre sus propios comentarios a propósito de ella. Desde ese momento,
la cuestión respecto a él era saber si sobre un determinado punto había sido
víctima de una ilusión o, por el contrario, de una excesiva
clarividencia, de un juicio disociado de lo real en cualquier caso. Valéry no
solamente fue su propio comentador, sino que además todas sus obras sólo son
una autobiografía más o menos disimulada, una refinada introspección, un diario
de su espíritu, una elevación de sus experiencias, de cualquiera de ellas, al
rango de acontecimiento intelectual, un atentado contra todo lo que podía haber
en él de irreflexivo, una rebelión contra sus profundidades.
Lo que a él
le interesa es saber desmontar el mecanismo de todo, puesto que todo es
mecanismo, suma de artificios, de artimañas o, para emplear una palabra más
respetable, de operaciones; ocuparse de los resortes, transformarse en
relojero, ver por dentro, no dejarse embaucar. El hombre, según él, se
mide únicamente por su capacidad de desacuerdo, por el grado de lucidez que
alcanza. Semejante exigencia de lucidez hace pensar en el grado de despertar
que supone toda experiencia espiritual, determinado por la respuesta dada a la
pregunta capital: «¿Hasta dónde se ha llegado en la percepción de la
irrealidad?».
Podría
señalarse en detalle el paralelismo existente entre la búsqueda de la lucidez
deliberadamente más acá de lo absoluto, tal como se presenta en Valéry,
y la búsqueda del despertar con vistas a lo absoluto, en lo que consiste la vía
mística. Se trata en ambos casos de tentativas de exacerbación de la
conciencia, ávida de librarse de las ilusiones que arrastra. Todo espíritu
crítico despiadado, todo denunciador de apariencias y, con más razón, todo
«nihilista», no es más que un místico bloqueado, y ello únicamente
porque le repugna atribuir un contenido a su lucidez, modificar ésta para
salvarse asociándola a una empresa que la supera. Valéry se hallaba demasiado
contaminado por el positivismo para poder concebir un culto que no fuera el de
la lucidez por sí misma.
«Confieso
que he hecho de mi espíritu un ídolo, pero porque no he encontrado ningún
otro.» Valéry no se repuso nunca del asombro que le producía el espectáculo de
su espíritu. Sólo admiró a quienes divinizaban el suyo propio y poseían
aspiraciones tan desmesuradas que no podían sino fascinar o desconcertar. Lo
que le sedujo de Mallarmé fue su lado insensato, el que en 1885 escribía
a Verlaine: «(...) siempre he soñado e intentado otra cosa, con una paciencia
de alquimista, dispuesto a sacrificar toda vanidad y toda satisfacción, como se
quemaban antiguamente el mobiliario y las vigas del tejado para alimentar el
homo de la Gran Obra. ¿Qué cosa? Resulta difícil decirlo: simplemente un libro,
en varios volúmenes, un libro que sea un libro, arquitectónico y premeditado, y
no una colección de inspiraciones fortuitas, aunque sean maravillosas... Iré
más lejos, diré: el Libro, convencido de que en el fondo no hay más que uno
(...)». Ya en 1867 había formulado, en una carta a Cazalis, el mismo deseo
grandioso y extravagante: «(...) no sin una angustia real entraría yo en la
Desaparición suprema si no hubiera acabado mi obra, que es la Obra, la Gran
Obra, como dicen nuestros antepasados los alquimistas».
Crear una
obra que rivalice con el mundo, que no sea su reflejo sino su doble, no
es una idea que haya tomado de los alquimistas, sino de Hegel, del Hegel a
quien no conocía más que indirectamente a través de Villiers, el cual apenas le
había leído, justo lo suficiente para poder citarle de vez en cuando y llamarle
pomposamente «el reconstructor del Universo», fórmula que debió de impresionar
a Mallarmé, puesto que el Libro aspiraba precisamente a la reconstrucción del
Universo. Pero esa idea pudo también habérsela inspirado su contacto frecuente
con la música, y las teorías de la época, derivadas de Schopenhauer y
propagadas por los wagnerianos, que hacían de ella el único arte capaz de
traducir la esencia del mundo. Por otro lado, la tentativa de Wagner bastaba
para sugerir por sí sola grandes sueños e incitar a la megalomanía, lo mismo
que la alquimia o el hegelismo. Un músico, y sobre todo un músico fecundo,
podría quizás aspirar al papel de demiurgo; pero un poeta, y un poeta
escrupuloso hasta la esterilidad, ¿cómo iba a intentarlo sin caer en el
ridículo o la locura? Todo aquello no era más que divagación, por
decirlo con una palabra por la que Mallarmé tenía especial predilección. Y es
precisamente ese lado el que atraía y convencía en él. Valéry lo prolonga e
imita cuando habla de la Comedia del intelecto que se proponía escribir un día.
El sueño de la desmesura conduce fácilmente a la ilusión absoluta. Cuando, el 3
de noviembre de 1897, Mallarmé enseña a Valéry las pruebas corregidas de Un
lance de dados y le pregunta: «¿No le parece un acto de demencia?», el demente
no es Mallarmé, sino el Valéry que en un acceso de sublimidad escribiría que en
ese poema de tan extraña disposición tipográfica el autor había intentado
«elevar una página a la potencia del cielo estrellado». En esa actitud de
imponerse una tarea imposible de realizar e incluso de definir, de anhelar el
vigor cuando se está minado por la más sutil de las anemias, hay algo de
montaje teatral, un deseo de engañarse a sí mismo, de vivir intelectualmente
por encima de las propias posibilidades, un afán de leyenda y de fracaso,
siendo como es el fracasado, en cierta manera, incomparablemente más cautivante
que el triunfador.
Cada vez nos
interesa más, no lo que un autor ha dicho, sino lo que hubiera querido decir,
no sus actos sino sus proyectos, menos su obra real que su obra soñada. Si
Mallarmé nos fascina es porque satisface los requisitos del escritor
irrealizado, irrealizado en relación con el ideal desproporcionado que se había
propuesto, tan desproporcionado que a veces nos tienta la idea de llamar
ingenuo o impostor a quien en realidad no fue más que un alucinado. Somos
fanáticos de la obra abortada, abandonada a medio camino, imposible de acabar,
minada por sus propias exigencias. Lo extraño, en el caso de Mallarmé, es que
la obra no fue siquiera comenzada, puesto que del Libro, ese rival del
Universo, no queda prácticamente ningún indicio revelador: parece improbable
que sus bases hayan sido establecidas en las notas que Mallarmé mandó destruir;
en cuanto a las que sobrevivieron, no merecen que nos detengamos en ellas.
Mallarmé: una veleidad de pensamiento, un pensamiento que jamás se concretizó,
que cayó en la trampa de lo eventual, de lo irreal, un pensamiento liberado de
todo acto, superior a todo objeto e incluso a todo concepto..., una expectativa
de pensamiento. Y lo que él, el enemigo de lo vago, ha expresado a fin de
cuentas es esa expectativa, que no es más que la vaguedad misma. Pero esa
vaguedad, que es el espacio de la desmesura, implica un aspecto positivo:
permite imaginar con amplitud. Si Mallarmé desembocó en lo único fue
porque soñó con el Libro: de haber sido más sensato, hubiera dejado una
obra mediocre. Lo mismo puede decirse de Valéry, que es el resultado de la
idea, casi mitológica, que se hizo de sus propias facultades, de lo que hubiera
podido obtener de ellas si hubiese tenido la posibilidad o el tiempo de
utilizarlas realmente. ¿Acaso no son sus Cuadernos un enorme esbozo del
Libro que también él deseaba escribir? Valéry intentó ir más allá que Mallarmé,
pero, como él, no pudo llevar a cabo un proyecto que exige una gran obstinación
y una gran invulnerabilidad frente al tedio, esa plaga que según su propia
confesión no dejaba de atormentarle. Y el tedio es la discontinuidad, la fatiga
que produce todo razonamiento constante, fundado, es la obsesión pulverizada,
la aversión por el sistema (el Libro no hubiera podido ser más que sistema,
sistema total), es horror a la insistencia, a la duración de una
idea; el tedio es también incoherencia, fragmento, nota, cuaderno, en
una palabra, diletantismo debido a una carencia de vitalidad y también al miedo
a ser o parecer profundo. El ataque de Valéry contra Pascal podría
explicarse por una reacción de pudor: ¿no es indecente hacer alarde de los
secretos, de las desgarraduras, de los abismos propios? No olvidemos que para
un mediterráneo como Valéry, los sentidos contaban, y que para él las
categorías fundamentales no eran lo que existe y lo que no existe, sino lo que
no existe en absoluto y lo que parece existir, la Nada y la Apariencia; el
ser como tal carecía para él de dimensión y hasta de valor...
Ni Mallarmé
ni Valéry estaban equipados para acometer el Libro. Antes que ellos, Poe
hubiera podido tanto concebir el proyecto como ponerse a trabajar en él, y en
realidad lo hizo: Eureka era una forma de obra‑límite, de extremo, de
fin, de sueño colosal y realizado. «He resuelto el secreto del
Universo.» «No deseo ya vivir, puesto que he escrito Eureka»,
exclamaciones éstas que a Mallarmé le hubiera gustado proferir, pero a las que
apenas tenía derecho, ni siquiera tras ese magnífico callejón sin salida que es
Un lance de dados. Baudelaire había llamado a Poe «héroe» de las Letras;
Mallarmé irá más lejos, le llamará «el caso literario absoluto». Nadie hoy
ratificaría semejante juicio, pero qué importa eso, puesto que cada individuo,
como cada época, no es real más que por sus exageraciones, por su
capacidad de supervalorar, por sus dioses. La serie de modas literarias o
filosóficas demuestra una irresistible necesidad de adorar: ¿quién no ha sido
hagiógrafo alguna vez? Un escéptico encontrará siempre a alguien más escéptico
que él a quien venerar. Incluso en el siglo XVIII, en el que la denigración se
convirtió en una institución, la «decadencia de la admiración» no debió de ser
tan general como lo creyó Montesquieu.
Para Valéry,
el tema tratado en Eureka pertenece a la literatura. «La Cosmogonía es
un género literario de una notable persistencia y de una sorprendente variedad,
uno de los géneros más antiguos que existen.» Lo mismo pensaba de la historia e
incluso de la filosofía, «género literario particular, caracterizado por
ciertos temas y por la frecuencia de ciertos términos y formas». Puede decirse
que, salvo las ciencias positivas, para él todo se reduce a la literatura, a
algo dudoso, por no decir despreciable. Pero ¿dónde encontrar a alguien más literario
que él, alguien en quien la atención a la palabra, la idolatría de la palabra,
sean más vivamente cultivadas? Narciso, enfrentado a sí mismo, desdeñaba la
única actividad que estaba acorde con su naturaleza: predestinado al
Verbo, era esencialmente un literato; pero a ese literato le hubiera gustado
asfixiarlo, destruirlo; como nunca lo consiguió, se vengó de la literatura,
contra la que echó pestes. Este podría ser el esquema psicológico de sus
relaciones con ella.
Eureka
no dejó trazas en la evolución de Valéry. Por el contrario, La génesis de un
poema fue un gran acontecimiento, un encuentro capital. Todo lo que más
tarde iba a pensar sobre el mecanismo del acto poético se halla en ese texto.
Imaginamos la delectación con que debió de leer que la composición de El
cuervo no debe nada al azar o a la intuición, y que el poema fue concebido
con la «precisión y la rigurosa lógica de un problema matemático». Otra
declaración de Poe, esta vez de Marginalia (CXVIII) no debió de
satisfacerle menos: «La desgracia (Valéry hubiera dicho la suerte) de
algunos seres consiste en no contentarse jamás con la idea de que pueden
realizar una cosa, ni siquiera con la de haberla realizado; necesitan además
saber y mostrar a la vez a los demás cómo la han hecho».
La
génesis de un poema era una mixtificación (a mere hoax) de Poe; todo
Valéry procede de una lectura... ingenua, de un fervor por un texto en el que
un poeta se burlaba de sus lectores crédulos. Ese entusiasmo juvenil por una
demostración tan profundamente antipoética prueba bien que originariamente, en
lo más profundo de sí mismo, Valéry no era poeta; pues de lo contrario todo su
ser se hubiera rebelado contra ese frío e implacable desmantelamiento del
delirio, contra esa denuncia del más elemental reflejo poético, de la razón de
ser de la poesía; pero sin duda necesitaba esa ingeniosa incriminación, esa
acusación contra toda creación espontánea, para poder justificar, excusar
su propia falta de espontaneidad. Nada más tranquilizador que esa hábil
exposición de artificios. Era un catecismo no para poetas sino para
versificadores, y que necesariamente debía de halagar el lado virtuoso de
Valéiy, ese gusto suyo por la reflexión recargada, por el arte en segundo
grado, por el arte dentro del arte, esa religión de lo pulido, como
también esa voluntad de estar constantemente fuera de lo que se hace, de evitar
todo vértigo, poético o de otra clase. Sólo un maníaco de la lucidez podía
saborear esa incursión cínica en los orígenes del poema que contradice todas las
leyes de la producción literaria, esa premeditación infinitamente minuciosa,
esa acrobacia inaudita que Valéry convirtió en el artículo primero de su credo
poético. Erigió en teoría y propuso como modelo su ineptitud para ser poeta
naturalmente, se aferró a la técnica para disimular sus lagunas congénitas,
colocó ‑crimen inexpiable‑ la poética por encima de la poesía. Se puede pensar
legítimamente que todas sus tesis hubieran sido muy diferentes de haber sido
capaz de escribir una obra menos elaborada. Preconizó lo difícil por impotencia:
todas sus exigencias son exigencias de artista y no de poeta. Lo que en Poe no
era más que juego es en Valéry dogma, dogma literario, es decir, ficción aceptada.
Técnico excelente, intentó rehabilitar el procedimiento y el oficio en
detrimento del don. Se dedicó a sacar de cada teoría artística la
conclusión menos poética, aferrándose luego a ella, seducido hasta la
obnubilación por la ejecución, por la invención desprovista de
fatalidad, de lo ineluctable, de destino. Creyó siempre que se hubiera podido
ser diferente de lo que se es, y él mismo quiso siempre ser otro; prueba de
ello su frustración de no ser hombre de ciencia, que le corroía y que le había
hecho decir buen número de extravagancias, sobre todo en cuestiones de
estética; fue igualmente esa frustración lo que le inspiró su condescendencia
respecto a la literatura: parece como si se rebajase cuando habla de ella y que
únicamente se dignara dedicarse al verso. En realidad no se dedicó a él, se ejercitó
en él, como tantas veces lo dijo expresamente. Al menos, el no‑poeta que era,
impidiéndole mezclar prosa y poesía, impidiéndole desear, como los simbolistas,
escribir poesía a toda costa y por todas partes, le preservó de esa plaga que
es toda prosa demasiado ostensiblemente poética. Cuando se aborda un espíritu
tan sutil como el suyo, se experimenta una rara voluptuosidad al descubrir sus
ilusiones y sus defectos, que no por ser casi invisibles dejan de ser menos
reales; ellos muestran que la lucidez absoluta resulta incompatible con la
existencia, con el ejercicio del aliento. Y, debemos reconocerlo, un espíritu
desengañado, cualquiera que sea su grado de emancipación respecto al mundo,
vive más o menos en lo irrespirable.
Poe y
Mallarmé existen para Valéry; Leonardo da Vinci, visiblemente, no es más
que un pretexto, un nombre nada más, una figura enteramente construida, un
monstruo que posee todos los poderes que nosotros no poseemos y que nos
gustaría poseer. El satisface esa necesidad de vernos realizados en alguien
imaginario que represente el resumen ideal de todas las ilusiones que nos hemos
hecho sobre nosotros mismos: héroe que ha vencido nuestras propias
imposibilidades, que nos ha liberado de nuestros límites, rebasándolos por nosotros...
La Introducción
al método de Leonardo, que data de 1894, prueba que Valéry desde sus
comienzos era perfecto, quiero decir perfectamente maduro como escritor: el
esfuerzo de perfeccionarse, de progresar, le fue ahorrado de entrada. Su caso
posee ciertas analogías con el de su compatriota Napoleón, quien en Santa
Helena podía afirmar: «La guerra es un arte singular: yo he librado sesenta
batallas; pues bien, puedo asegurar que no he aprendido nada que no supiera
desde la primera». Valéry, al final de su vida, hubiera podido afirmar también
que lo sabía todo desde su primera tentativa, y que, en lo que a sus
exigencias consigo mismo y con su obra se refiere, no había progresado nada
desde los veinte años. A una edad en la que se titubea, en la que se imita a
todo el mundo, él había encontrado ya su método, su estilo, su forma de
pensamiento. Sin duda admiraba todavía, pero ya como un maestro. Al
igual que todos los espíritus perfectos, se hallaba limitado, es decir,
confinado en ciertos temas de los que no podía salir. Es quizá por reacción
contra sí mismo, contra sus fronteras, tan perceptibles, por lo que tanto le
intrigó ese fenómeno que representan los espíritus universales, la posibilidad,
apenas concebible, de una multiplicidad de talentos que se desarrollaran sin
perjudicarse, que cohabitaran sin anularse mutuamente. Valéry no podía no encontrarse
con Leonardo; sin embargo, Leibniz le hubiera convenido más. Pero para
atreverse con él hacía falta, además de una competencia científica y
conocimientos que él no poseía, una curiosidad impersonal de la que era
incapaz. Con Leonardo, símbolo de una civilización, de un universo o de
cualquier otra cosa, lo arbitrario y la desenvoltura eran mucho más fáciles. Si
de vez en cuando lo citaba no era más que para poder hablar mejor de sí mismo,
de sus propios gustos y aversiones, para ajustar las cuentas a los filósofos
invocando un nombre que acumulaba por sí solo facultades que ninguno de ellos
había reunido jamás. Para Valéry los problemas que aborda la filosofía y la
manera en que ésta los enuncia se reducen a «abusos de lenguaje» a falsos
problemas, infructuosos e intercambiables, carentes de todo rigor, tanto verbal
como intrínseco; le parecía que las ideas se corrompían en cuanto los filósofos
se apoderaban de ellas; más aún, que el pensamiento mismo se viciaba en
contacto con ellos. El horror que tenía a la jerga filosófica era tan
convincente, tan contagioso, que nunca pudo disociarse de él, que no pudo
volver a leer a un filósofo serio sin desconfianza o repugnancia, y
rechazó en lo sucesivo todo término falsamente misterioso o culto. La mayor
parte de la filosofía supone un crimen contra el lenguaje, un crimen contra el
Verbo. Toda expresión de escuela debería ser proscrita y considerada un
delito. Es inconscientemente deshonesto todo aquel que, para zanjar una
dificultad o resolver un problema, forja una palabra sonora, pretenciosa, e
incluso simplemente una palabra. En una carta a F. Brunot, Valéry escribía:
«(...) hace falta más espíritu para prescindir de una palabra que para
emplearla». Si se tradujeran las lucubraciones de los filósofos a lenguaje normal,
¿qué quedaría de ellas? La operación sería ruinosa para la mayoría de ellos.
Pero debemos añadir enseguida que lo sería casi en igual medida para cualquier
escritor y particularmente para Valéry: si se despojase a su prosa de su
brillo, si se redujera cualquiera de sus pensamientos a sus contornos
esqueléticos, ¿qué quedaría de ellos? Valéry fue también una víctima del
lenguaje, de otro lenguaje, más real, más existente, eso si. No
inventaba palabras, es cierto, pero vivía de manera casi absoluta en su propio
lenguaje, de modo que su superioridad sobre los filósofos consistía únicamente
en participar de una irrealidad menor que la suya. Criticándoles con tanta
dureza, mostró que también él, tan prudente de ordinario, podía enardecerse,
equivocarse. Por lo demás, un desengaño completo habría suprimido en él no sólo
al «hombre de pensamiento», como a veces se llamaba a sí mismo, sino, pérdida
más grave, al malabarista, al histrión del vocablo. Afortunadamente no alcanzó
nunca la «clarividencia imperturbable» con la que soñaba; de lo contrario, su
«silencio» se hubiera prolongado hasta su muerte.
En el fondo,
había en su aversión por los filósofos algo impuro; de hecho, le obsesionaban,
no podía permanecer indiferente a ellos, les perseguía con una ironía próxima
de la rabia. Durante toda su vida se prohibió a sí mismo la construcción de un
sistema; lo cual no significa que no hubiera en él, como respecto a la ciencia,
una nostalgia más o menos consciente del sistema que no pudo construir. El odio
a la filosofía es siempre sospechoso: se diría que quien lo padece no se
perdona el hecho de no haber sido filósofo y que para disimular esa frustración
o esa incapacidad vilipendia a quienes, por tener menos escrúpulos que él o ser
más aptos para ello, tuvieron la posibilidad de edificar ese pequeño universo
inverosímil que es toda doctrina filosófica bien articulada. Que un «pensador»
eche de menos al filósofo que hubiera podido ser, eso es comprensible; pero lo
que ya no se comprende tanto es que esa nostalgia obsesione aún más a los
poetas: y pensamos de nuevo en Mallarmé, puesto que el Libro no podía ser más
que una obra de filósofo. ¡Prestigio del rigor, del pensamiento sin encanto!
Si los poetas son tan sensibles a él, es por una especie de vergüenza de vivir
desvergonzadamente como parásitos de lo Improbable.
Pero una
cosa es la filosofía de los profesores y otra muy distinta la metafísica.
Hubiera podido esperarse de Valéry alguna indulgencia hacia esta última; sin
embargo, no sólo la denuncia insidiosamente sino que llega casi a tratarla,
como lo hace el positivismo lógico, del que tan cercano está en muchos
aspectos, de «enfermedad del lenguaje». Hizo incluso del hecho de ridiculizar
la ansiedad metafísica una cuestión de honor. Los tormentos de Pascal le
inspiran reflexiones de ingeniero. «Ninguna revelación en Leonardo. Ningún
abismo abierto a su diestra. Un abismo le haría pensar en un puente. Un abismo
podría servirle para ensayar algún gran pájaro mecánico». Cuando se leen
palabras tan imperdonablemente insolentes, no se tiene más que una idea en la
cabeza: vengar a Pascal inmediatamente. ¿A qué viene reprocharle el
abandono de las ciencias cuando esa renuncia fue el resultado de un despertar
espiritual mucho más importante que los descubrimientos científicos que hubiera
podido hacer? En lo absoluto, las perplejidades pascalianas en los confines de
la plegaria tienen mucha más importancia que cualquier secreto obtenido del
mundo exterior. Toda conquista objetiva supone un retroceso interior.
Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, dominar la
Creación, quedará completamente vacío: será a la vez dios y fantasma. Valéry
suscribió sin reservas, sin restricciones, la idolatría de la ciencia, esa gran
ilusión de los tiempos modernos. ¿Es simple casualidad que, en su juventud,
ocupase en Montpellier la misma habitación que años antes había habitado
Auguste Comte, teórico y profeta del cientifismo?
El menos
original de todos los cultos es el de la ciencia. Uno puede, evidentemente,
dedicarse a la actividad científica, pero el entusiasmo por ella, cuando no se
es especialista en la materia, es cuando menos molesto. Valéry creó él mismo su
leyenda de poeta‑matemático. Y todo el mundo la aceptó, a pesar de que él
reconocía no ser más que un «desafortunado amante de la ciencia más bella» y
haber declarado a Frédéric Lefèvre que en su juventud no había podido entrar en
la Marina a causa de su «absoluta incomprensión de las ciencias matemáticas. No
entendía absolutamente nada. Eran para mí la cosa más extraña, más
impenetrable, más desesperante del mundo. Nunca nadie ha comprendido menos que
yo en aquella época la existencia y hasta la posibilidad de las matemáticas
incluso de las más simples». Que más tarde les tomase gusto, es innegable; pero
tomar gusto y ser competente en la materia son cosas diferentes. Se interesó
por ellas, sea para crearse un estatuto intelectual excepcional, por deseo de
ser el héroe de un drama situado en los límites de los poderes del espíritu,
sea para entrar en un terreno donde uno se topa constantemente consigo mismo.
«No hay palabras para expresar la dulzura de sentir que existe todo un mundo
del que el Yo se halla totalmente ausente.» ¿Conoció Valéry estas palabras de
Sofía Kowalevsky sobre las matemáticas? Quizá fuese una necesidad análoga lo
que le llevó a interesarse por una disciplina tan alejada de toda forma de
narcisismo. Pero si es posible dudar de que existiera en él esa necesidad
profunda, sus relaciones con la ciencia, por el contrario, recuerdan el
entusiasmo de aquellas mujeres de la Ilustración de las que habló en su prólogo
a las Cartas persas de Montesquieu y que frecuentaban los laboratorios
apasionándose por la anatomía o la astronomía. Debemos reconocer, para
elogiarla, que en su manera de expresarse sobre las ciencias encontramos el
tono de un mundano de la gran época, el último eco de los antiguos salones.
Podría detectarse también en su persecución de lo inabordable un ligero
masoquismo: adorar, para torturarse, lo que jamás se alcanzará; castigarse por
no ser, en materia de Saber, más que un simple aficionado.
Los únicos
problemas a los que se enfrentó como conocedor, como iniciado, son los de la
forma, o, para ser más exacto, los del estilo. Claudel llamó a Mallarmé «genio
sintáctico»; estas palabras se ajustan también, si no más, para Valéry, quien
confesa deber a Mallarmé el hecho de «concebir y colocar por encima de toda
obra la posesión consciente de la función del lenguaje y el sentimiento de
una libertad superior de la expresión, en comparación con la cual todo
pensamiento no es más que un incidente, un suceso particular». El culto de
Valéry por el rigor se reduce a la propiedad de los términos y al esfuerzo
consciente por lograr un brillo abstracto de la frase. Rigor de la forma
y no de la materia. La joven Parca le exigió más de cien borradores,
hecho del cual se vanagloriaba, tomándolo por el símbolo mismo de una empresa
rigurosa. No dejar nada a la improvisación o a la inspiración (sinónimos
malditos para él), vigilar las palabras, sopesarlas, no olvidar nunca que el
lenguaje es la sola, la única realidad: en eso consiste su voluntad de
expresión, llevada tan lejos que acaba convirtiéndose en un encarnizamiento por
bagatelas, en una búsqueda agotadora de la precisión infinitesimal. Valéry es
un galeote del Matiz.
Llegó hasta
los extremos del lenguaje, allí donde éste, aéreo, peligrosamente sutil, no es
más que esencia impalpable, último grado antes de la irrealidad. No es
posible imaginar una lengua más depurada que la suya, más maravillosamente
exangüe. ¿Por qué negar que en más de un lugar resulta rebuscado o claramente
afectado? El mismo tenía gran estima por el preciosismo, como lo demuestra esta
significativa confesión: «¿Quién sabe si Molière, al ridiculizar a los preciosistas,
no nos ha costado algún Shakespeare?». El reproche que podría hacérsele al
preciosismo es que vuelve al escritor demasiado consciente, demasiado seguro de
su superioridad sobre su instrumento: a fuerza de jugar con él y de manejarlo
con virtuosismo, priva al lenguaje de todo misterio y de todo vigor. El
lenguaje debe resistir; si cede, si se pliega totalmente a los caprichos
de un prestidigitador, se convierte en una serie de hallazgos y de piruetas en
los que triunfa constantemente sobre sí mismo y se divide hasta la anulación.
El preciosismo es la escritura de la escritura: un estilo que se desdobla y se
convierte en el objeto de su propia búsqueda. Sería abusivo, sin embargo,
considerar a Valéry preciosista; pero es justo decir que tenía sobresaltos
de preciosidad. Lo cual es totalmente natural en alguien que no percibía nada detrás
del lenguaje, ningún substrato o residuo de realidad. El fondo de su
pensamiento ‑aunque fondo sea un término del que rechazó tanto la
acepción estética como metafísica‑ parece ser que solamente las palabras nos
preservan de la nada. A pesar de todo, él confió en ellas, demostrando así que
todavía creía en algo. Únicamente si hubiera acabado desinteresándose por las
palabras se le habría podido tratar de «nihilista». De todas formas, no podía
serlo, dada su excesiva sensibilidad a la urgencia de la mentira para existir.
«Nos desalentaríamos si no estuviésemos sostenidos por ideas falsas», ha dicho
Fontenelle, el escritor al que, por la gracia que sabía darle a la menor idea,
más se parece Valéry.
La poesía se
encuentra amenazada cuando los poetas prestan un interés teórico
demasiado vivo al lenguaje, cuando hacen de éste un tema constante de
meditación, cuando le confieren un estatuto excepcional que compete menos a la
estética que a la teología. La obsesión por el lenguaje, siempre grande en
Francia, jamás ha sido tan virulenta y esterilizante como hoy: no se anda muy
lejos de elevar el medio, el intermediario del pensamiento, a la dignidad de
único objeto del pensamiento, e incluso de sustituto de lo absoluto, por no
decir de Dios. No puede haber pensamiento vivo, fecundo, que traduzca lo real,
si la palabra sustituye brutalmente a la idea, si el vehículo cuenta más que la
carga que transporta, si el instrumento del pensamiento es asimilado al propio
pensamiento. Para pensar verdaderamente es necesario que el pensamiento se adhiera
al espíritu; si se independiza de él, si le es exterior, el espíritu se traba
desde el principio, se mueve en el vacío, y no tiene más recurso que él mismo,
en lugar de aferrarse al mundo para tomar de él su sustancia o sus pretextos.
Que el escritor se abstenga de reflexionar sobre el lenguaje, que evite a toda
costa hacer de él la materia de sus obsesiones, que no olvide que las obras
importantes han sido hechas a pesar del lenguaje. Un Dante estaba
obsesionado por lo que tenía que decir y no por el decir. Desde hace
mucho tiempo, desde siempre podríamos casi decir, la literatura francesa parece
haber sucumbido al maleficio, y al despotismo, de la Palabra. De ahí su tenuidad,
su fragilidad, su delicadeza extrema y también su artificiosidad. Mallarmé y
Valéry coronan una tradición y prefiguran un agotamiento; ambos son síntomas de
final de una nación obsesionada por la gramática. Un lingüista ha podido
incluso afirmar que Mallarmé trataba al francés como una lengua muerta «que no
hubiera oído nunca hablar». Conviene añadir que había en él algo de pose, de
«parisino irónico y astuto», como Claudel ha señalado, una pizca de
«charlatanismo» de gran clase, un hastío de hombre desengañado de todo ‑rasgos
que encontramos, más acentuados, en el Valéry del «rechazo indefinido de ser
algo», fórmula clave de su método intelectual, principio director, regla y
divisa de su espíritu. Y Valéry, en efecto, nunca será un ser entero, no
se identificará ni con los seres ni con las cosas, permanecerá siempre al
lado, al margen de todo, y ello no a causa de un desasosiego de orden
metafísico, sino por exceso de reflexión sobre las operaciones, sobre el
funcionamiento de la conciencia. La idea dominante, la idea que da un sentido a
todas sus tentativas, gira en tomo a esa distancia que separa a la conciencia
de sí misma, de esa conciencia de la conciencia, como se precisa sobre
todo en Nota y digresión, de 1919, su obra maestra «filosófica», en la
que, buscando en medio de nuestras sensaciones y de nuestros juicios una invariante,
no lo encuentra en nuestra personalidad inestable, sino en el yo puro,
«pronombre universal», «denominación de aquello que no tiene relación
con un rostro», «que no tiene nombre», «que no tiene historia» y que no es, en
resumen, más que un fenómeno de exacerbación de la conciencia, una existencia
límite, casi ficticia, carente de todo contenido determinado y sin ninguna
relación con el sujeto psicológico. Ese yo estéril, suma de rechazos,
quintaesencia de nada, nada consciente (no conciencia de la nada sino nada que
se conoce y que rechaza los accidentes y las vicisitudes del sujeto
contingente), ese yo, última etapa de la lucidez, de una lucidez decantada y
purificada de toda complicidad con los objetos o los acontecimientos, se sitúa
en los antípodas del Yo ‑productividad infinita, fuerza cosmogónica- tal como
lo había concebido el romanticismo alemán.
La
conciencia sólo interviene en nuestros actos para perturbar su ejecución, la
conciencia es una perpetua interrogación provocadora sobre la vida, es quizá la
ruina de la vida. Bewusstsein als Verhangnis, [La conciencia como
fatalidad] es el título de un libro publicado en Alemania entre las dos guerras
mundiales, cuyo autor, sacando las consecuencias de su visión del mundo, se
suicidó. Existe, ciertamente, en el fenómeno de la conciencia una dimensión dramática,
fatal, que Valéry vio bien (piénsese en la «lucidez mortífera» de El alma y
la danza); pero no podía insistir demasiado en ella sin contradecir sus
teorías habituales sobre el papel benéfico de la conciencia en la creación
literaria, por oposición al carácter equívoco del trance; toda su poética, ¿qué
es sino la apoteosis de la conciencia? Si se hubiese detenido demasiada en la
tensión existente entre lo Vital y lo Consciente, habría tenido que invertir la
escala de valores que había elaborado, a la cual permaneció fiel durante toda
su carrera.
Valéry creyó
que el verdadero conocimiento consistía en el esfuerzo de definirse a sí mismo,
de insistir en las propias operaciones mentales. Pero conocerse no es conocer
o, mejor dicho, no es más que una variedad del conocer. Valéry confundió
siempre conocimiento y clarividencia. Además, la voluntad de ser
clarividente, de hallarse inhumanamente desengañado, va acompañada en él de un
orgullo apenas disimulado: se conoce, y se admira porque se conoce. Pero seamos
justos: no admira su espíritu, se admira como Espíritu. Su narcisismo,
inseparable de lo que llamó «emociones» y «patetismo» del intelecto, no es un
narcisismo de diario íntimo, el apego al yo como aberración única, ni
tampoco el yo de aquellos a quienes les gusta escucharse,
psicológicamente, por supuesto; no, se trata de un yo abstracto o, más
exactamente, del yo de un individuo abstracto, alejado de las complacencias de
la introspección o de las impurezas del psicoanálisis. Digamos que la tara de
Narciso no le era en absoluto consustancial: ¿cómo, si no, explicar que el
único terreno en que la posteridad le ha dado la razón de una manera patente
sea el de las consideraciones y previsiones políticas? Si Valéry perdura,
subsiste, permanece actual, es en gran parte gracias a la Historia, ídolo que se
dedicó a demoler. Por una ironía que él mismo hubiese quizás apreciado, son sus
palabras sobre ella las que más se citan. Se duda de sus poemas, se desdeña su
poética, pero se invoca cada vez más al aforista, al analista atento a los
acontecimientos. Aquel enamorado de sí mismo tenía, en el fondo, madera de
extrovertido. Las apariencias no parecen desagradarle, nada en él toma un
aspecto mórbido, profundo, hondamente íntimo; incluso la Nada, que heredó de
Mallarmé, sólo era para él fascinación exenta de vértigo y no una abertura al
horror o al éxtasis. En un Upanishad se dice que «la esencia del hombre
es la palabra, la esencia de la palabra es el himno». Valéry hubiera suscrito
la primera aserción y negado la segunda. Es en ese consentimiento y en ese rechazo
donde debe buscarse la clave de sus realizaciones y de sus límites.
1970
Algunos encuentros con
Beckett
Para
adivinar a ese hombre separado que es Beckett, habría que insistir en la
expresión «mantenerse apartado», divisa tácita de todos sus instantes, en la
soledad y pertinacia subterránea que ella supone, en la esencia de un ser fuera
de todo que prosigue un trabajo implacable y sin fin. El budismo dice de quien
busca la iluminación, que debe obstinarse tanto como «el ratón que roe un
féretro». Todo verdadero escritor realiza un esfuerzo semejante. Es un
destructor que aumenta la existencia, que la enriquece minándola.
«El tiempo
que debemos pasar en la tierra es demasiado corto para que podamos ocuparnos de
algo más que de nosotros mismos.» Estas palabras de un poeta se aplican a todo
aquel que rechaza lo extrínseco, lo accidental, lo otro. Beckett o el
arte inigualado de ser uno mismo. Sin embargo, ningún orgullo aparente en él,
ningún estigma inherente a la conciencia de ser único: si la palabra urbanidad
no existiese, habría que inventarla para él. Cosa apenas verosímil e incluso
monstruosa: no habla mal de nadie, ignora la función higiénica de la
malevolencia, sus virtudes saludables, su calidad de purgativo. Nunca le he
oído vituperar a nadie, amigo o enemigo. Es ésa una forma de superioridad por
la que le compadezco y a causa de la cual debe sufrir inconscientemente. Si a
mí me impidieran maldecir a la gente, ¡qué trastornos y tormentos, qué
complicaciones en perspectiva!
No vive en
el tiempo sino paralelamente al tiempo. Por eso nunca se me ha ocurrido
preguntarle lo que pensaba de algún acontecimiento particular. Es uno de esos
seres que permiten concebir la historia como una dimensión de la que el hombre
hubiera podido prescindir.
Si fuese
como sus personajes, si no hubiese conocido el menor éxito, sería exactamente
el mismo. Da la impresión de no desear en absoluto afirmarse, de ser tan ajeno
a la idea de un triunfo como a la de fracaso. «Qué difícil es descifrarle, qué
personaje...», me digo cada vez que pienso en él. En el caso improbable de que
no escondiese ningún secreto, seguiría teniendo a mis ojos aspecto de
Impenetrable.
Yo procedo
de un rincón de Europa donde los excesos, la confusión, la confidencia, la
confesión inmediata, no solicitada, impúdica, son de rigor, donde se sabe todo
de todos, donde la vida social se reduce a un confesionario público, donde el
secreto precisamente es inimaginable y la locuacidad raya en el delirio. Ello
bastaría para explicar por qué he sufrido la fascinación por este hombre
sobrenaturalmente discreto.
Pero la
urbanidad no excluye la exasperación. Durante una cena en casa de unos amigos,
acuciado por preguntas inútilmente eruditas sobre su persona y su obra, se
refugió en un mutismo completo y acabó volviéndonos la espalda, o casi. Antes
de que la cena acabase, se levantó de repente y se fue, concentrado y sombrío,
como se puede estarlo antes de una operación o de un apaleamiento.
Hace unos
años, habiéndonos encontrado por casualidad en la calle, me preguntó si
trabajaba, y le respondí que había perdido el gusto por el trabajo, que no
sentía la necesidad de manifestarme, de «producir», que escribir era para mí un
suplicio... El pareció extrañarse, pero más me extrañé yo cuando, justamente a
propósito de escribir, me habló de alegría. ¿Utilizó exactamente esa
palabra? Sí, estoy seguro. En ese instante recordé que durante nuestro primer
encuentro, en la Closerie de Lilas, a principios de los años sesenta, me había
confesado su gran cansancio, su sensación de que no podía sacarse ya nada de
las palabras.
A las
palabras, sin embargo, ¿quién las ha amado tanto como él? Ellas son su sola
compañía, su único soporte. A Beckett, que no se autoriza ninguna certeza, se
le nota sólido en medio de ellas. Sus accesos de desaliento coinciden sin duda
con los momentos en que deja de creer en ellas, en que se imagina que le
traicionan, que huyen de él. Ausentes las palabras, queda despojado,
desaparece. Lamento no haber anotado y enumerado todos los lugares de su obra
donde habla de ellas, donde las examina ‑«gotas de silencio a través del
silencio», como las llama en El Innombrable. Símbolos de la fragilidad
convertidos en cimientos indestructibles.
El texto
francés Sans se titula en inglés Lessness, vocablo creado por
Beckett, al igual que su equivalente alemán Losigkeit.
La palabra Lessness
(tan insondable como el Ungrund de Boehme) me hechizó de tal manera que
una noche le dije a Beckett que no me acostaría sin haberle encontrado un
equivalente digno en francés... Habíamos estado examinando todas las formas
posibles sugeridas por sans y moindre. Ninguna nos había parecido
acercarse al inagotable Lessness, mezcla de privación y de infinito,
vacuidad sinónimo de apoteosis. Nos separamos aquella noche decepcionados. Yo
continué en casa dándole vueltas al pobre sans. Justo cuando me disponía
a capitular se me ocurrió buscar en dirección del término latino sine.
Al día siguiente escribí a Beckett que sinéité me parecía la palabra
buscada. Me respondió que también él había pensado en ella, quizás en el mismo
momento que yo. Sin embargo, tuvimos que reconocer que nuestro hallazgo no era
tal. Decidimos abandonar la búsqueda, concluyendo que no había sustantivo en
francés capaz de expresar la ausencia en sí, la ausencia en estado puro, y que
había que resignarse a la miseria metafísica de una preposición.
Con los
escritores que no tienen nada que decir, que no poseen un mundo propio, sólo se
habla de literatura. Con él raramente, de hecho casi nunca. Cualquier tema
cotidiano (dificultades materiales, problemas de todo tipo) le interesa más, en
la conversación, por supuesto. En cualquier caso, lo que no tolera son las
preguntas como: «¿Cree usted que tal obra va a quedar, que este o aquel
escritor merece el lugar que ocupa?», «¿quién, de X o Y, sobrevivirá, cuál de los
dos es más grande?». Las evaluaciones de ese tipo le exasperan y deprimen. «¿A
qué viene eso?», me dijo tras una cena particularmente penosa en la que la
discusión degeneró en una grotesca versión del Juicio Final. El evita hablar de
sus libros y de sus obras de teatro; no le interesan los obstáculos superados
sino los futuros: se identifica totalmente con lo que está escribiendo en cada
momento. Si se le pregunta por una de sus obras de teatro, no hablará del
fondo, de la significación, sino de la interpretación, de la que imagina hasta
los mínimos detalles, cada minuto de la representación, cada segundo casi. No
olvidaré fácilmente el brío con el que me explicó un día las exigencias que
debe satisfacer la actriz que quiera interpretar Not I, donde una voz
jadeante domina sola el espacio y acaba sustituyéndolo. ¡Qué brillo en sus ojos
cuando veía esa boca ínfima y sin embargo invasora, omnipresente!
Parecía estar asistiendo a su última metamorfosis, al supremo hundimiento de la
Pitia...
Habiendo
sido toda mi vida un aficionado a los cementerios y sabiendo que a Beckett le
gustaban también (recuérdese que Primer amor comienza con la descripción
de un cementerio, que, entre paréntesis, era el de Hamburgo) le hablaba el
invierno pasado, paseando por la Avenue de l'Observatoire, de una visita
reciente al Père‑Lachaise y de mi indignación al no haber encontrado a Proust
en la lista de las «personalidades» enterradas allí. (Por cierto, el nombre de
Beckett lo descubrí hace más de treinta años en la Biblioteca Americana un día
en que encontré su Proust.) No sé cómo llegamos a hablar de Swift,
aunque, pensándolo bien, era normal, dado el carácter fúnebre de su sarcasmo.
Beckett me dijo que estaba releyendo los Viajes y que tenía especial
predilección por «El país de los Houyhnhnms», en particular por la escena en
que Gulliver se siente aterrorizado y asqueado al acercársele una hembra Yahoo.
Me contó ‑lo cual supuso para mí una gran sorpresa y sobre todo una gran
decepción‑ que a Joyce no le gustaba Swift. Contrariamente a lo que se piensa,
añadió, Joyce no tenía ninguna propensión a la sátira. «Nada le escandalizaba,
era imperturbable, lo aceptaba todo. Para él no existía ninguna diferencia
entre la caída de una bomba y la caída de una hoja...»
Juicio que
por su originalidad y su extraña densidad me recuerda la respuesta de Armand
Robin a mi pregunta de por qué, habiendo traducido a tantos poetas, no se había
dejado tentar por Zhuang Zhou, el más poeta de todos los sabios. «Lo he pensado
muchas veces», me respondió, «pero ¿cómo traducir una obra que sólo es
comparable al paisaje desnudo del norte de Escocia?»
Desde que
conozco a Beckett, me he preguntado con frecuencia (interrogación obsesiva y
bastante estúpida, lo reconozco) qué relación puede mantener con sus
personajes. ¿Qué tienen en común? ¿Es imaginable una disparidad más radical?
¿Debemos admitir que no sólo su existencia sino también la de su propio autor
flota en esa «luz de plomo» de la que se habla en Malone muere? Más de
una de sus páginas me parece un monólogo de después del final de algún
periodo cósmico. Sensación de penetrar en un universo póstumo, en alguna
geografía soñada por un demonio liberado de todo, hasta de su desgracia.
Seres que
ignoran si aún están vivos, víctimas de una inmensa fatiga, una fatiga que
no es de este mundo (por utilizar ese lenguaje bíblico que tanto detesta
Beckett), concebidos todos ellos por un hombre al que adivinamos vulnerable y
que lleva por pudor la máscara de la invulnerabilidad ‑no hace mucho tiempo
tuve súbitamente la visión de los lazos que les unían a su autor, a su
cómplice... Lo que en ese instante vi, lo que sentí más bien, no podría
traducirlo a una fórmula inteligible. Sin embargo, desde entonces, cualquier
palabra de sus personajes me recuerda las inflexiones de una voz... Pero añado
enseguida que una revelación puede ser tan frágil y tan falsa como una teoría.
Desde
nuestro primer encuentro, comprendí que Beckett había llegado ante lo
extremo, que quizás había comenzado por ahí, por lo imposible, por lo
excepcional, por el impasse. Y lo admirable en él es que no se ha movido
de ahí, que, habiendo llegado de entrada ante el muro, persevera con el
mismo valor que siempre ha demostrado: ¡la situación‑límite como punto de
partida, el final como advenimiento! De ahí la impresión de que su mundo,
ese mundo crispado, agonizante, podría continuar indefinidamente, incluso
después de que el nuestro desapareciese.
No soy un
admirador de la filosofía de Wittgenstein, pero me apasiona el personaje. Todo
lo que leo sobre él me conmueve. Más de una vez he encontrado rasgos comunes
entre él y Beckett. Dos apariciones misteriosas, dos fenómenos que nos agrada
sean tan desconcertantes, tan inescrutables. En los dos la misma distancia
respecto a los seres y a las cosas, la misma inflexibilidad, la misma tentación
del silencio, del repudio final del verbo, la misma voluntad de toparse con
fronteras jamás presentidas. En otra época les hubiese fascinado el Desierto.
Sabemos hoy que Wittgenstein pensó seriamente, durante una de sus crisis, en
entrar en un convento. En cuanto a Beckett, es fácil imaginarlo hace algunos
siglos en una celda totalmente desnuda, Sin la mínima decoración, ni siquiera
el crucifijo. Quien piense que divago recuerde la mirada lejana, enigmática,
«inhumana» que tiene en algunas fotos.
Nuestros
comienzos son importantes, por supuesto; pero sólo damos el paso decisivo hacia
nosotros mismos cuando nos quedamos sin origen y ofrecemos tan poca
materia para una biografía como Dios... Es y no es importante que Beckett sea
irlandés. Pero lo que con toda seguridad es un error es considerarlo como el
«típico anglosajón». En cualquier caso, nada podría disgustarle más. ¿A causa
del desagradable recuerdo que guarda de su estancia en Londres? Sospecho que
acusa a los ingleses de «vulgaridad». Este veredicto, que él no ha formulado
pero que yo formulo por él, como una síntesis de sus reservas, por no decir de
sus resentimientos, yo no podría compartirlo, dado que, quizá por ilusión
balcánica, los ingleses me parecen el pueblo más desvitalizado y amenazado, es
decir, el más refinado, el más civilizado.
Curiosamente, Beckett se siente en Francia
como en su casa, cuando en realidad no tiene afinidad alguna con esa especie de
prosaísmo tan francés o, mejor, tan parisino. ¿No es significativo que haya
traducido, al inglés en verso, a Chamfort? No todo Chamfort, por supuesto,
únicamente algunas máximas. Pero la tentativa, sorprendente por sí misma, casi
inconcebible (si se piensa en la ausencia de aliento lírico que caracteriza la
prosa esquelética de los moralistas galos), equivale a una confesión, por no decir
a una proclamación. Los espíritus secretos revelan siempre a su pesar el fondo
de su naturaleza. La de Beckett está tan impregnada de poesía que resulta
indistinta de ella.
Le imagino
tan voluntarioso como un fanático. Si el mundo se derrumbase, él no abandonaría
el trabajo en curso, ni cambiaría de tema. En las cosas esenciales es
ciertamente ininfluenciable. Para lo demás, para lo esencial, se halla
indefenso, es probablemente más frágil que todos nosotros, más aún que sus
personajes... antes de escribir estas notas, me había propuesto releer lo que,
desde perspectivas diferentes, Meister Eckhart y Nietzsche escribieron a
propósito del «hombre noble». No he realizado mi proyecto, pero no he olvidado
un solo instante que lo había concebido.
1976
Un infierno milagroso
‑Cuanto
antes acabemos, mejor ‑dijo Camier.
‑Es cierto ‑dijo
Mercier.
Hace unos
meses, oímos en París al actor irlandés Mac Gowran recitar para sí mismo
algunos poemas de Beckett y también fragmentos de sus novelas y de su teatro.
No creo haber visto nunca a un intérprete identificarse hasta tal punto con una
obra: ni siquiera el autor hubiera mostrado más convicción y fervor. Totalmente
absorto en sí mismo, parecía indiferente al mundo exterior e incluso a la idea
misma del público. Con su atuendo de mendigo, de un dios‑mendigo, se movía en
círculo como para expresar mejor que no se dirigía a nadie. Si recuerdo aquella
noche en que ofició más que recitó o actuó, es porque no olvidaré fácilmente el
sobrecogimiento que sentí cuando le oí pronunciar con una claridad definitiva
la frase: «Lamento haber nacido». Creí haber descubierto de repente la clase de
los personajes de Beckett, me pareció que todos ellos hubieran podido proferir
esas palabras, que las proferían, en efecto, de otra manera, que ellas
constituían el fondo de sus apotegmas y de sus bagatelas. Son seres que se extrañan
de estar vivos, que ignoran lo que se llama una vida. Han pasado del nacimiento
a la agonía sin transición, sin existencia: desechos que no tienen ya
nada que aprender ni afrontar, que rumian futilidades risueños o estupefactos,
y que de vez en cuando, por desprecio, lanzan algunas paradojas, algunos
oráculos. Sólo se les comprende si se admite que algo está irremediablemente
roto, terminado, que pertenecen no al fin de la historia sino a lo que vendrá
luego, a ese futuro quizás inminente, quizá lejano, en el cual la degradación
del hombre alcanzará la perfección de una utopía al revés.
La más
descabellada de todas las utopías es la del superhombre. Anunciando en la parte
fastidiosamente «constructiva» de su obra un nuevo tipo de humanidad, Nietzsche
cayó en el ridículo y mostró su ingenuidad; no hace falta ser en absoluto
profeta para ver con claridad que el hombre ha agotado ya lo mejor de sí mismo,
que está perdiendo la compostura, si es que no la ha perdido ya. «El universo
entero apesta a cadáver», dice Clov en Fin de partida, esa respuesta a
Zaratustra.
Sólo se es
libre cuando se vive como si no se hubiera nacido, como si, en la hipótesis de
una elección anterior a la existencia, hubiésemos articulado un no
inequívoco. Cuando nos hemos convencido del desastre que representa el
nacimiento, toda espera es una espera sin objeto. «El fin está en el comienzo y
sin embargo continuamos», dice Hamm. Como él, Vladimir y Estragón no esperan
nada ni a nadie: para ellos no vendrá nadie, nadie ha venido nunca. Incapaces
de aceptar la calamidad de haber nacido, no saben por qué están aquí. ¿Con qué
horizonte podrían contar cuando el «paraíso», quintaesencia y símbolo de toda
espera, sólo es apenas imaginable en el espacio anterior al nacimiento,
anterior a la historia e incluso anterior al ser? El ser, reconozcámoslo, no ha
satisfecho nunca a nadie. Consentir en procrear es un verdadero atentado contra
el saber, contra el conocimiento, una empresa que parece inconcebible cuando se
piensa en las ventajas de la inexistencia, en el milagro de una virtualidad no
degradada en acto. El nacimiento no es el signo de la decadencia sino la
decadencia misma. «¡Canalla! ¿Por qué me has hecho?», le dice Hamm a su padre
confinado en un cubo de basura. Es difícil, es imposible creer en la existencia
de alguien que, aunque sólo sea para sí mismo, no haya pronunciado alguna vez
semejante reproche. Por todas partes no hay más que padres culpables, devorados
por el remordimiento, frente a sus vástagos furiosos por existir. No se puede
perdonar a los genitores y en ese sentido se debería acusar de crimen más que
de pecado al primero de ellos. «Pensadlo, pensadlo, estáis en la Tierra sin
remedio», dice también Hamm. Pero él no se mata, él está más allá del suicidio,
como lo están igualmente Estragón y Vladimir, quienes, a fin de cuentas, son superiores
a la cuerda alrededor de la cual dan vueltas. Para matarse hace falta tener
algo que matar o por lo menos hacerse cómplice de la propia negación.
Precipitarse a la muerte significaría identificarse con algo, ceder a la
seriedad, arruinar la ironía. En general, a los personajes de Beckett les
repugna hacer gestos «importantes», retroceden ante toda ocupación que pudiera
colocarles al mismo nivel que sus semejantes. Y, curiosamente, ellos, que no se
rebajan a los actos, por el hecho mismo de negarse a actuar alcanzan lo
verdadero, lo esencial, pues es evidente que no tenemos nada que hacer ni aquí
ni en ningún otro lugar; eso ellos lo saben como nunca nadie lo ha sabido. Pero
no es legítimo evocar a sus semejantes. No tienen semejantes. Mejor dicho, ni
siquiera son mortales. ¿Qué son entonces? No se sabe. «¿Adónde iría yo si
pudiera ir a algún sitio, qué sería yo si pudiera ser algo, qué diría yo si
tuviera una voz que hablase así, pretendiendo ser yo?», leemos en uno de los
libros más bellos de Beckett, cuyo título, cosa rara en él, es al mismo tiempo
un comentario: Textos para nada.
Acusar al
nacimiento es una desintoxicación y una liberación. El budista, que se ejercita
en ello desde siempre, alcanza con más seguridad que el cristiano el desapego y
la serenidad. Si no se rumia la inoportunidad de toda llegada al mundo es
imposible la liberación, cualquier clase de liberación. Tan intemporales como
los ángeles, como ángeles devastados por el humor, los personajes de Beckett
conocen la libertad extrema ‑no me atrevo a decir la alegría‑ de sentirse
superfluos, desposeídos, fuera de juego, excluidos de la cadena de los vivos.
«Todo esto no es asunto nuestro», parece ser su lema. En cuanto pronuncian la
menor afirmación, la minan inmediatamente con una contra‑afirmación, pues
afirmar es para ellos proferir futilidades: se retractan y contradicen
indefinidamente por temor a hundirse en alguna verdad. Si bien Beckett anota
sus palabras fluctuantes con cierta distancia, describe en cambio con amor sus
miserias psicológicas, se precipita en su decrepitud y, a medida que les
despoja de los atributos exteriores de la humanidad, se anima, exulta y se
vuelve casi lírico. Su universo es quizás un infierno, pero un infierno
milagroso, puesto que en él uno se libera de la doble tarea de vivir y de
morir.
1970
Saint‑John Perse
o el vértigo de la plenitud
«Pero ¿qué
es, oh, qué es eso que en todo, de repente, falta?» Nada más plantearse la
pregunta, el poeta, aterrado tanto por la evidencia de la que surge como por el
abismo al que conduce, se vuelve contra ella y entabla, para comprometerla,
para destruir su insidiosa autoridad, un combate del que ignoramos los detalles
y las vicisitudes, como ignoramos los secretos que esconde esta confidencia
abstracta: «No existe más historia que la del alma». Negándose con repulsión a
divulgar su propia historia, el poeta nos condena a adivinarla o a construirla,
se oculta detrás de las declaraciones que consiente hacernos, y no desea que
toquemos las «claves puras» de su exilio. Impenetrable por pudor, en absoluto
propenso a las abdicaciones de la claridad, a los compromisos de la
transparencia, ha multiplicado sus máscaras, y, si se ha extendido más allá de
lo inmediato y de lo finito, fuera de esa inteligibilidad que es límite y
consentimiento al límite, no ha sido para escoger la vaguedad, preludio poético
de la vacuidad, sino para «perseguir al Ser», único medio que posee de escapar
al terror de la carencia, a la percepción fulgurante de lo que «falta» en todo.
Raramente dado, casi siempre conquistado, el Ser bien merece el honor de la
mayúscula; en este caso, la conquista es tan patente que se diría que emana de
una revelación más que de un proceso o de una lucha. De ahí la frecuencia de la
sorpresa, la sensación de lo instantáneo. «Y de repente todo es para mí fuerza
y presencia, donde humea todavía el tema de la nada.» «El mar mismo, como una
ovación repentina...» Aparte de la interrogación abisal antes citada, se pondrá
el acento en lo súbito para señalar la emergencia y la soberanía de lo
positivo, la transfiguración de lo inanimado, la victoria sobre el vacío. Haber
exaltado el exilio, haber sustituido en la medida de lo posible el Yo
por el Extranjero y reconciliarse no obstante con el mundo, aferrarse a
él, hacerse su portavoz: ésa es la paradoja de un lirismo continuamente
triunfal en el que cada palabra se interesa por la cosa que traduce para
revelarla, para elevarla a un orden al que no parecía destinada, al milagro de
un sí jamás vencido, y englobarla en un himno a la diversidad, a la imagen
tornasolada de lo Uno. Lirismo erudito y virgen, concertado y original, nacido
de una ciencia de las savias, de una ebriedad sabia de los elementos,
presocrática y antibíblica, que asimila a lo sagrado todo lo que es susceptible
de poseer un nombre, todo aquello sobre lo que el lenguaje ‑ese verdadero
salvador‑ puede tener efecto. Justificar las cosas es bautizarlas, es intentar
arrancarlas de su oscuridad, de su anonimato; en la medida en que lo logra, el
lirismo amará todas las cosas, hasta ese «gólgota de basura y chatarra»
que es la ciudad moderna. (El recurso a la terminología cristiana, aunque sea
irónico, produce un extraño efecto en una obra profundamente pagana.)
Emanación y
exégesis a la vez de un demiurgo, el Poema ‑que en la visión de Perse pertenece
tanto a la cosmogonía como a la literatura‑ se elabora como un universo:
engendra, enumera, compulsa los elementos y los incorpora a su naturaleza.
Poema cerrado, subsistente por sí mismo y sin embargo abierto («todo un pueblo
mudo se eleva en mis frases»), reacio y dominado, autónomo y dependiente, tan
apegado a la expresión como a lo expresado, al tema obsesionado consigo mismo y
al tema que constata, poema que es éxtasis y enumeración, absoluto e
inventario. A veces, sensibles solamente a sus lados formales y olvidando que
antes se sumerge en la realidad, nos tienta la idea de leerlo como si se
agotara en sus prestigios sonoros y no correspondiese a nada objetivo, a nada
perceptible. «Bello como el sánscrito», exclama entonces nuestro yo pasivo y
hechizado que se abandona a la voluptuosidad del lenguaje como tal. Pero ese
lenguaje, repitámoslo, se adhiere al objeto y refleja sus apariencias. El
espacio que prefiere es ese Raum der Rühmung caro a Rilke, ese espacio
de la celebración en el que lo real, nunca deficitario, tiende a un exceso de
ser, en el que todo participa de lo supremo, pues nada es víctima de la
maldición de lo intercambiable, origen de la negación y del cinismo.
La
existencia sólo posee legitimidad o valor si se es capaz de discernir, en el
nivel mismo de lo ínfimo, la presencia de lo irremplazable. Quien no lo logra
en absoluto reducirá el espectáculo del devenir a una serie de equivalencias y
de simulacros, a un juego de apariencias sobre un fondo de identidad. Se creerá
clarividente y lo será sin duda, pero la clarividencia que alcanzará, a fuerza
de hacerle oscilar entre lo fútil y lo fúnebre, acabará hundiéndole en obsesiones
infructuosas, en el abismo del sarcasmo y la complacencia en la retractación.
Desesperando de no poder conferir jamás a sus amarguras confusas la densidad
del veneno, y cansado además de dedicarse a la invalidación del Ser, se
dirigirá hacia aquellos que, participando en la aventura del elogio, superiores
a las tinieblas, exentos de la idolatría del no, se atreven a consentir en
todo, dado que para ellos todo cuenta, todo es irreparablemente único. El Poema
de Perse celebrará justamente la unicidad: no la del momento que pasa, surgimiento
sin futuro, sino aquella en la que se pone de manifiesto la excepción eterna de
cada cosa. En ese tiempo de la celebración sólo existe una dimensión: el
presente ‑duración ilimitada que contiene todas las edades, instante a la vez
inmemorial y actual. ¿Nos hallamos en este siglo o en los comienzos de Grecia o
de China? Nada más ilegítimo que abordar con escrúpulos cronológicos una obra y
un autor que afortunadamente son indemnes a ellos. Como el Poema, Perse es un
contemporáneo... intemporal.
«Estaré allí
entre los primeros para la irrupción del dios nuevo.» Nosotros, sin embargo,
sentimos que ha asistido ya al advenimiento y a la desaparición de los antiguos
dioses y que, si espera otros, no es como un profeta, sino como un espíritu que
recuerda y en el que reminiscencia y presentimiento, lejos de seguir
direcciones opuestas, se encuentran y confunden. Más cerca del oráculo que del
dogma (es un iniciado por la inspiración y la apariencia, por lo que podría
llamarse su lado Delfos), no condesciende sin embargo a ningún culto:
¿cómo se rebajaría al dios de los demás y lo compartiría con ellos? En la
medida en que idolatra las palabras, en que convierte su ficción en esencia, el
poeta se forja una mitología privada, un Olimpo personal, que puebla y
despuebla a voluntad, privilegio que obtiene del lenguaje, cuyo papel propio y
función última es engendrar y destruir dioses.
De la misma
manera que no se inscribe en una época, el Extranjero del Poema no arraiga en
ningún país. Parece recorrer no se sabe qué imperio librado a una fiesta
inacabable. Los seres humanos que en él encuentra y sus costumbres le retienen
sin duda, pero menos que los elementos. Hasta en los libros buscará el viento y
el «pensamiento del viento», y más que el viento el mar, investido de
los atributos y las prerrogativas de que ordinariamente goza la divinidad:
«unidad halagada de nuevo», «claridad hecha sustancia para nosotros», «el Ser
sorprendido en su esencia», «instancia luminosa». En su productividad infinita
(en muchos aspectos evoca la Noche romántica), el mar será absoluto desplegado,
maravilla insondable y sin embargo visible, revelación de una apariencia sin
fondo. La misión del Poema consistirá en imitar su ondulación y su resplandor,
sugerir como él la perfección en lo inacabado, ser o parecer también él
eternidad turbulenta, coexistencia de lo pasado y de lo posible en el interior
de su devenir sin sucesión, de una duración que recae interminablemente sobre
sí misma.
Ni histórica
ni trágica, la visión de Perse, emancipada tanto del terror como de la
nostalgia, participa del escalofrío, del estremecimiento tónico de un espíritu
que ha «fundado sobre el abismo» en lugar de abandonarse a él y de cultivar
allí sus angustias. Ningún gusto por el pánico en Perse, sino el éxtasis
triunfando sobre la vacuidad, la sensualidad sobre el espanto. De su universo
(en el que la carne recibe un estatuto metafísico) el mal está proscrito, como por
otra parte el bien, pues en él la existencia encuentra su justificación en sí
misma. ¿La encuentra verdaderamente? Cuando el poeta lo duda y cuando sabe que
no podrá alcanzar el fondo del Ser, como tampoco del mar, se vuelve hacia el
lenguaje con el propósito de estudiar sus «grandes erosiones», de explorar sus
profundidades, sus «viejas capas». Acabada la inmersión, surge de nuevo para
proferir, siguiendo el ejemplo de las olas, «una sola y larga frase sin cesura,
para siempre ininteligible».
Si un
sentido unívoco se identifica con una obra, ésta se halla condenada sin
remedio; desprovista de ese halo de indeterminación y de ambigüedad que halaga
a los glosadores y los multiplica, sucumbe a las miserias de la claridad y, al
dejar de desconcertar, se expone al deshonor reservado a las evidencias. Si
quiere ahorrarse la humillación de ser comprendida, deberá, dosificando lo
irrecusable y lo oscuro, esmerándose en el equívoco, suscitar interpretaciones
divergentes y fervores perplejos ‑índices de vitalidad, garantías de duración.
La obra estará perdida por poco que permita a los comentadores saber en qué
nivel de la realidad se sitúa y qué mundo refleja. El autor, no menos que ella,
debe disimular su identidad, revelar de sí mismo todo salvo lo esencial,
perseverar en su magia y en su soledad, soberano esclavo de sus palabras,
deslumbrado por ellas. Hasta un Perse, tan visiblemente dueño de las suyas, nos
da la impresión de que soporta su despotismo, de que, fascinado por ellas, las
equipara a los elementos e incluso al elemento mismo, cuyas órdenes y caprichos
no podrá eludir.
Pero a esta
impresión la corrige otra opuesta e igualmente legítima: cuanto más lo leemos,
más discernimos en él la dimensión de un legislador, impaciente por codificar
lo vago y lo impalpable, por llamar al orden a las palabras..., por sacarlas de
su anarquía o elevarlas de su torpor para enviarlas en nuestro auxilio,
cargadas de verdades saludables y vivificantes. Al contrario que un Valéry o un
Eliot (Miércoles de ceniza es el antípoda exacto del mundo de Perse),
evitará insistir en la «pureza del No‑ser» o en «la gloria débil de la hora
positiva» y cuando evoque la muerte será para denunciar su «énfasis inmenso» y
no para explotar su fascinación. Poeta por connivencia, por afinidad con los
seres y las cosas, no deplora ni condena esa ruptura original que los arrastró
fuera de la unidad en una procesión, en absoluto nefasta según él, sino por el
contrario afortunada, puesto que provocó ese desfile de lo múltiple, de lo
patente y de lo extraño cuya relación exhaustiva emprenderá. Todo lo que se ve
merece la pena ser visto, todo lo que existe existe irremediablemente, parece
decirnos mientras que en trance, en el vértigo de la plenitud, con un apetito
orgiástico de realidad, se dedica a colmar y dar consistencia al vacío, sin
infligirle esa plaga de la opacidad y de la gravitación que desacredita a la
materia.
Hay poetas a
quienes pedimos que nos ayuden a decaer, que fomenten nuestros sarcasmos, que
agraven nuestros vicios o nuestros estupores. Son irresistibles,
maravillosamente debilitadores... Hay otros más difíciles de abordar porque
contradicen nuestras amarguras y nuestras obsesiones. Mediadores en el
conflicto que nos opone al mundo, nos invitan a la aceptación, al esfuerzo
sobre uno mismo. Cuando estamos hartos de nosotros mismos y aún más de nuestros
gritos, cuando esa manía de protestar y reivindicar eminentemente moderna,
llega a adquirir en nosotros la gravedad del pecado, ¡qué consuelo encontrar un
espíritu que jamás sucumbe a ella, que retrocede ante la vulgaridad de la
rebeldía como un hombre de la antigüedad, de la antigüedad heroica y de la antigüedad
crepuscular, semejante a un Píndaro y también al Marco Aurelio que exclama:
«Todo lo que me traen las horas es para mí un fruto sabroso, oh Naturaleza».
Hay en Perse una nota de sabiduría lírica, una magnífica letanía del
consentimiento, una apoteosis de la necesidad y de la expresión, del destino y
del verbo, al igual que, sin el menor acento cristiano, un aspecto visionario.
«Y la estrella apátrida avanza en las alturas del siglo verde»: ¿no se creería
estar leyendo un versículo de una variante serena del Apocalipsis? Si el
universo desapareciese, nada se perdería, puesto que, en suma, el lenguaje lo
reemplazaría. Si una palabra, una simple palabra sobreviviese a un cataclismo
general, ella sola desafiaría a la nada. Esa nos parece ser la conclusión que
el Poema implica y exige.
1960
Los
comienzos de una amistad
Mi primer
encuentro con Mircea Eliade tuvo lugar hacia 1932, en Bucarest, donde yo
acababa de terminar unos vagos estudios de filosofía. El era entonces el ídolo
de la «nueva generación» ‑fórmula mágica que invocábamos con orgullo.
Despreciábamos a los «viejos», a los «chochos», es decir a todos aquellos que
habían pasado la treintena. Nuestro maître à penser dirigía una campaña
contra ellos; los demolía uno a uno, atacando casi siempre acertadamente, y
digo «casi» porque a veces se confundía, como le sucedió con Tudor Arghezi,
gran poeta cuya única culpa consistía en ser un poeta consagrado. La lucha
entre generaciones nos parecía la clave de todos los conflictos y el principio
explicativo de todos los acontecimientos. Ser joven equivalía para nosotros a
tener genio automáticamente. Esta infatuación, se dirá, se da en todas las
épocas. Sin duda, pero creo que nunca se ha llevado más lejos de lo que
nosotros lo hicimos. En ella se expresaba, se exasperaba una voluntad de forzar
la Historia, un apetito de integrarse en ella, de suscitar en ella lo nuevo a
cualquier precio. El frenesí era entonces para nosotros casi obligatorio. ¿Y en
quién se encarnaba? En alguien que regresaba de la India, del país que ha
vuelto siempre la espalda a la Historia precisamente, a la cronología, al
devenir como tal. No señalaría esta paradoja si no mostrase una dualidad
profunda, un rasgo de carácter de Eliade, seducido igualmente por la esencia y
por el accidente, por lo intemporal y por lo cotidiano, por la mística y por la
literatura. Esta dualidad no le produce ningún desgarramiento: es natural en
él, y una suerte, poder vivir simultánea o alternativamente a niveles
espirituales diferentes, poder estudiar sin drama el éxtasis y apasionarse por
la anécdota.
En la época
en que le conocí, me extrañaba ya de que pudiera profundizar el Sankhya (sobre
el cual acababa de publicar un largo artículo) e interesarse a la vez por la
última novela aparecida. Desde entonces no ha dejado de seducirme el
espectáculo de una curiosidad tan vasta, tan desenfrenada que en cualquier otra
persona resultaría mórbida. Eliade no tiene nada de la obstinación sombría y
perversa del maníaco, del obseso que se confina en una sola materia, en un solo
terreno, y rechaza el resto como si fuera accesorio y fútil. La única obsesión
que le conozco y que, a decir verdad, ha ido desapareciéndole con la edad, es
la del polígrafo, es decir, del antiobseso por excelencia, pues su avidez le
precipita sobre cualquier tema a causa de su inagotable sed de exploración.
Eliade admiraba entonces a Nicolas Iorga ‑historiador rumano, figura
extraordinaria, fascinante y desconcertante, autor de más de mil obras, a veces
extremadamente vivas pero en general enrevesadas, mal construidas, ilegibles,
llenas de agudezas ahogadas en fárrago‑, le admiraba apasionadamente, como se
admiran los elementos, un bosque, el mar, los campos, la fecundidad en sí, todo
lo que nace, prolifera, invade y se afirma. La admiración supersticiosa de la
vitalidad y el rendimiento, en literatura sobre todo, no le ha abandonado
nunca. Quizá vaya demasiado lejos al suponer ‑aunque muchas razones me lo
permiten‑ que en su subconsciente coloca los libros por encima de los dioses.
Más que a éstos, es a aquellos a los que profesa un culto. En todo caso, jamás
he conocido a nadie que los ame tanto como él. Nunca olvidaré la fiebre con la
que, de regreso en París tras la Liberación, los tocaba, los acariciaba, los
hojeaba; en las librerías exultaba, oficiaba; se trataba de una especie
de hechizo, de idolatría. Tanto entusiasmo supone un gran fondo de generosidad,
sin el cual no puede apreciarse la profusión, la exuberancia, la prodigalidad,
todas esas cualidades gracias a las cuales el espíritu imita a la
naturaleza y la supera. Yo nunca he podido leer a Balzac; en realidad dejé de
leerlo en el umbral de la adolescencia; su mundo se halla vedado para mí, me
resulta totalmente inaccesible, no logro entrar en él. ¡Cuántas veces Eliade ha
intentado convertirme a Balzac! El había leído toda la Comedia humana
en Bucarest; la releía en París en 1947; quizá la relea aún en Chicago. Siempre
le ha gustado la novela amplia, abundante, que se desarrolla en varios pianos,
que imita la melodía «infinita», la novela basada en la presencia masiva del
tiempo, en la acumulación de detalles, en la abundancia de temas complejos y
divergentes; por el contrario, le ha repelido siempre todo lo que en las Letras
es refinado, los juegos anémicos y sutiles que seducen a los estetas, el lado
decadente de ciertas producciones desprovistas de savia y de instinto. Pero su
pasión por Balzac puede explicarse también de otra manera. Existen dos
categorías de espíritus: los que aprecian el proceso y los que aprecian el
resultado; a los primeros les atrae el desarrollo, las etapas, las expresiones
sucesivas del pensamiento o de la acción; a los segundos la expresión final,
con exclusión de todo lo demás. Por temperamento, yo siempre he preferido estos
últimos, un Chamfort, un Joubert, un Lichtenberg, que nos dan una fórmula sin
revelarnos el camino que les ha conducido a ella, autores que, sea por pudor o
por esterilidad, no logran liberarse de la superstición de la concisión, que
quisieran decirlo todo en una página, en una frase, en una palabra; a veces lo
logran, aunque raramente, debemos reconocerlo: el laconismo debe resignarse al
silencio si no quiere caer en la profundidad falsamente enigmática. Pero cuando
se aprecia esa forma de expresión quinta‑esenciada o, si se prefiere,
esclerosada, es difícil desapegarse de ella y admirar otra. A quien haya leído
mucho a los aforistas le costará comprender a Balzac; podrá, sin embargo,
adivinar las razones de quienes sienten pasión por él, de quienes extraen de su
universo una sensación de vida, de dilatación, de libertad, desconocida para el
aficionado a las máximas, género menor en el que se confunden perfección y
asfixia.
Por muy
claro que sea en Eliade el gusto por las vastas síntesis, hubiera podido
igualmente destacarse en el fragmento, en el ensayo corto y fulgurante: en
realidad, sobresalió en él, como lo prueban sus primeras producciones, una gran
cantidad de pequeños textos que publicó tanto antes de su estancia en la India
como a su regreso. En 1927 y 1928 colaboraba regularmente en un periódico de
Bucarest. Yo vivía en una ciudad de provincias, donde acababa mis estudios secundarios.
El periódico llegaba a las once de la mañana. En el recreo del liceo, me
precipitaba al quiosco para comprarlo; así pude familiarizarme con los nombres
inigualablemente insólitos de Asvaghosha, Ksoma de Koros, Buonaiutti, Eugenio
d'Ors y tantos otros. Prefería con mucho los artículos sobre autores
extranjeros, pues sus obras, imposibles de encontrar en aquella ciudad, me
parecían misteriosas y definitivas; la felicidad se reducía para mí a la
esperanza de poder leerlas un día. Así alejaban la decepción eventual, mientras
que, tratándose de escritores autóctonos, la tenía al alcance de la mano.
Cuánta erudición, inspiración y vigor gastados en aquellos artículos que no
duraron más que un día. Estoy seguro de que eran artículos palpitantes de
interés y de que no exagero su valor por las deformaciones del recuerdo. Yo los
leía como un exaltado, es cierto, pero como un exaltado lúcido. Lo que
apreciaba especialmente era el don que tenía el joven Eliade de convertir una
idea en algo estremecedor, contagioso, de conferirle un halo de histeria, pero
de una histeria positiva, estimulante, sana. Es evidente que ese don sólo
pertenece a una edad y que incluso si se sigue poseyendo no apetece ejercerlo
cuando se dedica uno a la historia de las religiones... En ningún lugar se
manifestó mejor que en aquellas Cartas a un provinciano que Eliade
escribió tras su regreso de la India y que aparecieron en folletín en el mismo
periódico. No creo haberme perdido ni una sola de aquellas Cartas, las
leía todas, las leíamos todas a decir verdad, pues nos concernían, nos estaban
dirigidas. Con frecuencia nos atacaba en ellas y cada uno de nosotros esperaba
su turno. Un día llegó el mío. Se me invitaba ni más ni menos que a deshacerme
de mis obsesiones, a dejar de invadir los periódicos con mis ideas fúnebres, a
abordar otros problemas que no fueran los de la muerte, mi manía de entonces y
de siempre. ¿Iba yo a inclinarme ante una conminación semejante? No estaba en
absoluto dispuesto a ello. Yo no admitía de ninguna manera que pudiera tratarse
de otro problema ‑acababa de publicar justamente un texto sobre «la visión de
la muerte en el arte nórdico» y pensaba perseverar en la misma dirección. En mi
fuero interno, reprochaba a mi amigo que no se identificara con nada, que
quisiera serlo todo por no poder ser algo, que fuese en suma incapaz de
fanatismo, de delirio, de «profundidad», término que para mí significaba la
facultad de entregarse a una manía y de permanecer en ella. Yo creía que ser algo
era asumir totalmente una actitud, es decir, negarse a la disponibilidad, a las
piruetas, a la renovación perpetua. Forjarse un mundo personal, un absoluto
limitado y aferrarse a él con todas sus fuerzas: ése me parecía el deber
primordial de todo espíritu. Era la idea de compromiso, si se quiere, pero que
hubiese tenido la vida interior como único objeto, un compromiso consigo mismo
y no con los demás. Yo acusaba a Eliade de ser inaprehensible a fuerza de
abierto, cambiante y entusiasta. Le reprochaba también que no se interesara
únicamente por la India; me parecía que aquel país podía sustituir eficazmente
a todo lo demás y que ocuparse de otra cosa era decaer. Todos esos reproches se
plasmaron en un artículo titulado «El hombre sin destino» en el que atacaba su
versatilidad, su incapacidad de ser hombre de una idea única; mostraba en él el
aspecto negativo de cada una de sus cualidades (que es la manera clásica de ser
injusto y desleal con alguien), le acusaba de ser dueño de su humor y de sus
pasiones, de poder utilizarlos a su guisa, de escamotear lo trágico y de
ignorar la «fatalidad». Aquel ataque en regla tenía el defecto de ser demasiado
general: hubiera podido ser dirigido contra cualquiera. ¿Por qué un espíritu
teórico, un hombre seducido por problemas, debería hacer el papel de un héroe o
de un monstruo? No existe ninguna afinidad sustancial entre idea y tragedia.
Pero yo pensaba entonces que toda idea debía encarnarse o transformarse en
grito. Persuadido de que el desaliento era el signo mismo del despertar, del
conocimiento, reprochaba a mi amigo ser demasiado optimista, interesarse por
demasiadas cosas y dedicarse a una actividad incompatible con las exigencias
del verdadero saber. Porque yo era pasivo me creía más adelantado que él, como
si mi pasividad hubiera sido el resultado de una conquista espiritual o de una voluntad
de sabiduría. Recuerdo haberle dicho un día que en una vida anterior debió de
haberse alimentado únicamente de hierbas para poder conservar tanto frescor y
confianza, y tanta inocencia también. No podía perdonarle sentirme más viejo
que él, le hacía responsable de mis amarguras y de mis fracasos, y me parecía
que había adquirido sus esperanzas a costa de las mías. ¿Cómo podía agitarse en
tantos terrenos diferentes? La curiosidad, en la que yo veía un demonio o, como
san Agustín, una «enfermedad», era el reproche invariable que le dirigía. Pero
en él la curiosidad no era una enfermedad sino, por el contrario, un signo de
salud. Y esa salud yo se la reprochaba y envidiaba a la vez. Pero, llegados
aquí, se impone una pequeña indiscreción.
Yo no me
hubiera atrevido a escribir «El hombre sin destino» si una circunstancia
particular no me hubiese decidido a ello. Teníamos una amiga común, una actriz
de gran talento que por desgracia para ella estaba obsesionada por problemas
metafísicos. Esa obsesión había comprometido su carrera y su talento. Sobre la
escena, en pleno parlamento o en medio de un diálogo, sus preocupaciones
esenciales la sorprendían, la invadían, se adueñaban de ella, y lo que estaba declamando
en ese momento le parecía de repente intolerablemente inane. Su interpretación
sufría las consecuencias; era una persona demasiado sincera para poder o desear
disimular. En el teatro donde trabajaba no la despidieron, se contentaron
simplemente con darle pequeños papeles insignificantes que no pudieran
turbarla. Ella se dedicó entonces a sus interrogaciones y a sus gustos
especulativos con toda la pasión que antes había demostrado en la escena. A la
búsqueda de respuestas, en su desarraigo, se dirigió a Eliade, y luego, menos
inspirada, a mí. Un día, no pudiendo soportarla más, él la dejó, negándose a
volver a verla. Ella vino a contarme su desencanto. Más tarde yo la vi con
frecuencia, y la dejaba hablar, la escuchaba. Era brillante, es cierto, pero
tan acaparante, tan extenuante, tan insistente, que después de cada encuentro
con ella, haíto y fascinado, iba a emborracharme a la primera taberna que
encontraba. ¡Una campesina (pues se trataba de una autodidacta venida de un
pueblo perdido) hablando de la Nada con un brío y un fervor inusitados!...
Había aprendido varias lenguas, se había interesado por la teosofía, había
leído a los grandes poetas y experimentado bastantes decepciones, aunque
ninguna la había afectado tanto como la última. Sus cualidades, al igual que
sus tormentos, eran tales que al comienzo de nuestra amistad me pareció
inexplicable e inadmisible que Eliade hubiese podido tratarla tan bruscamente.
Sus procedimientos con ella no tenían excusa para mí y para vengarla escribí
«El hombre sin destino». Cuando el artículo apareció, en la primera página de
un semanario, a ella le encantó, lo leyó en voz alta en mi presencia como si se
tratase de un monólogo célebre e hizo luego su análisis párrafo por párrafo.
«Nunca has escrito nada mejor», me dijo ‑elogio fuera de lugar que se hacía a
sí misma, dado que había sido ella quien había provocado el artículo y quien me
había proporcionado ciertos datos. Más tarde, yo comprendería la fatiga y la
exasperación de Eliade y la ridiculez de mi ataque excesivo, por el que nunca
me guardó rencor y que incluso le divirtió. Este rasgo merece ser destacado,
pues la experiencia me ha mostrado que
los escritores ‑aquejados todos de una memoria prodigiosa‑ son incapaces de
olvidar una insolencia demasiado clarividente.
Por aquella
época, Eliade comenzó a dar clases en la facultad de letras de Bucarest, a las
que yo iba siempre que podía. El fervor que prodigaba en sus artículos se
hallaba afortunadamente en sus lecciones, las más animadas y vibrantes que
jamás he oído. Sin notas, sin nada, llevado por un vértigo de erudición lírica,
lanzaba palabras convulsas y sin embargo coherentes, subrayadas por el
movimiento crispado de sus manos. Una hora de tensión tras la cual, por una especie
de milagro, no parecía agotado y quizás, en efecto, no lo estaba. Era como si
poseyera el arte de retardar indefinidamente la fatiga. Todo lo negativo,
todo lo que incita a la autodestrucción, tanto en el plano físico como
espiritual, le era entonces y le sigue siendo ajeno. De ahí su ineptitud para
la resignación, el remordimiento y todos los sentimientos que implican
estancamiento, marasmo, negación de futuro. Tal vez suponga de nuevo demasiado,
pero creo que, si bien posee una perfecta comprensión del pecado, no penetra
sin embargo su sentido: es demasiado febril para ello, demasiado dinámico, está
demasiado lleno de proyectos, demasiado intoxicado por lo posible. El sentido
del pecado sólo lo poseen quienes rumian sin cesar su pasado, quienes se fijan
a él sin poder evitarlo, quienes se inventan lacras por necesidad de torturas
morales y se complacen en el recuerdo de cualquier acto ignominioso o
irreparable que han cometido, que querían sobre todo cometer. El sentido del
pecado sólo lo poseen los obsesos. Sólo ellos tienen tiempo de descender a los
abismos del remordimiento, de revolcarse en ellos, de permanecer allí; sólo los
obsesos están modelados con esa materia de la que está hecho el cristiano
auténtico, ese ser atormentado, devastado, que experimenta un deseo malsano de
ser un réprobo y que acaba, sin embargo, venciéndolo ‑esa victoria, nunca
total, es lo que él llama «tener fe». Desde Pascal y Kierkegaard, no podemos
concebir la «salvación» sin un cortejo de trastornos y sin las voluptuosidades
secretas del drama interior. Sobre todo hoy, cuando la «maldición» está de moda
(en literatura, se entiende), se desearía que todo el mundo viviese en la
angustia y la maldición. Pero ¿puede un sabio, un especialista, ser un maldito?
¿Y por qué lo sería? Sabe demasiadas cosas para poder rebajarse al infierno, a
los estrechos círculos del infierno. Es más o menos cierto que sólo los lados
sombríos del cristianismo despiertan aún en nosotros algún eco. Quizá para
volver a encontrar su esencia habría en efecto que poseer el gusto por lo
tenebroso. Si esa imagen, si esa visión es la verdadera, Eliade está sin duda
alguna al margen de esa religión. Pero quizá lo esté de todas las
religiones, tanto a causa de su oficio como de sus convicciones: ¿no es acaso
uno de los representantes más brillantes de un nuevo alejandrinismo que a
semejanza del antiguo coloca todas las creencias sobre el mismo plano sin poder
adoptar ninguna? Desde el momento en que nos negamos a jerarquizarlas, ¿cuál
preferir, por cuál decidirse y a qué divinidad invocar? Es difícil imaginar rezando
a un erudito de la historia de las religiones. O, si reza efectivamente,
desmiente entonces sus enseñanzas, se contradice, arruina sus Tratados,
en los que no aparece ningún dios verdadero, en los que todos los dioses
poseen el mismo valor. Por mucho que los describa y los comente con talento, no
puede sin embargo insuflarles la vida; les ha extraído toda su savia, los ha
comparado entre sí, los ha gastado enfrentándolos, y lo que de ellos queda no
son más que símbolos exangües con los que el creyente no sabe qué hacer, si es
que en ese estadio de la erudición, del desengaño y de la ironía, puede haber
alguien que crea verdaderamente. Todos somos, y Eliade el primero, ex
creyentes, todos somos espíritus religiosos sin religión.
1969
Fascinación del mineral
Roger
Caillois comenzó haciendo estudios como es debido, y tuvo incluso reacciones de
discípulo, como lo prueban las precauciones que tomó en el prólogo de 1939 a El
hombre y lo sagrado para tranquilizar a sus profesores, a quienes ruega que
ignoren las últimas páginas del libro en las que, saliendo de los límites del
«conocimiento positivo», se había permitido algunos desarrollos metafísicos.
Como en aquella época parecía creer en la historia de las religiones, en la
sociología y la etnología, lo normal hubiera sido que se hubiese limitado a una
de esas ramas y que hubiera acabado siendo un erudito en la materia. Las
circunstancias exteriores ‑su estancia durante la segunda guerra mundial en
Buenos Aires‑ le obligaron a escoger otro camino; pero, como siempre, éstas no
explican lo esencial. Lo importante es
saber por qué, desde el principio, tendía al fragmento más que al sistema,
conocer la razón de ese horror suyo por las construcciones masivas, de su
preocupación por la elegancia, de sus aciertos verbales, de ese casi
imperceptible jadeo en sus demostraciones, de esa dosificación de razonamiento
y ritmo, de teoría y seducción que caracteriza su obra. Esos nobles defectos,
esas taras, hubiera podido disimularlas, pero a condición de sacrificarse, de
abdicar de su singularidad (como les sucede con frecuencia a los representantes
del «conocimiento positivo»). Como no estaba dispuesto a ello, se alejó de sus
primeras preocupaciones, traicionó, decepcionó a sus maestros, tomó una vía
personal, escogió la diversidad, se separó, en suma, de la Ciencia, reservada
únicamente a quienes conocen y soportan la ebriedad de la monotonía. Recorrió
buen número de temas y de disciplinas: poesía, marxismo, psicoanálisis, sueño,
juegos ‑nunca como un diletante sino como un espíritu impaciente y ávido al que
la ironía condena a la inadhesión y con frecuencia a la injusticia. Le
imaginamos fácilmente furioso contra un tema que ha aprehendido, contra un
problema que ha elucidado y que abandonará a los escrupulosos o a los maníacos
pues perder más tiempo en él le parecería indecente. Esa exasperación, hecha de
fatiga, de exigencia o de tacto, es la clave de su renovación permanente, de
sus peregrinaciones intelectuales. No podemos eludir aquí una tentativa
totalmente opuesta, la de un Maurice Blanchot por ejemplo, quien en el análisis
del hecho literario ha aportado, llevada hasta el heroísmo o la asfixia, la
superstición de la profundidad, de la meditación que acumula las ventajas de lo
vago y del abismo.
Me he
preguntado con frecuencia si en el caso de Caillois el rechazo de la
reiteración (lo que él llama su «dispersión fundamental») no haría difícil e
incluso imposible cualquier tentativa de identificar su «yo verdadero». El es
lo contrario de un obseso, y sólo los
obsesos muestran su «verdadero yo», quizá sólo ellos sean lo suficientemente limitados como para poseer uno.
Sin atribuirle obsesiones que rechazaría, he querido saber dónde se
halla lo mejor de él mismo, cuál de sus libros, si hubiera escrito sólo uno, le
revelaría de manera más completa y mostraría que ha perseguido y alcanzado su
propia esencia. Me ha parecido que Caillois, propenso a tantos entusiasmos, no
ha tenido más que una pasión, y que es en el libro donde la ha descrito en el
que ha divulgado lo mejor de sus secretos.
Cuando se
emprende una búsqueda, sea en el terreno que sea, el signo de que se ha
encontrado, de que se ha llegado al final, es el cambio de tono, los accesos de
lirismo cuya necesidad, a priori, no se imponían. Piedras comienza por
un prefacio‑himno y continúa, página tras página, en un tono de entusiasmo
moderado por la minuciosidad. Dejo de lado las razones secundarias de su fervor
para no indicar más que la principal, que me parece residir en la búsqueda y la
nostalgia de lo primordial, en la obsesión por los comienzos, por el mundo
anterior al hombre, por un misterio «más lento, más vasto y más grave que el
destino de esta especie pasajera». Remontarse no sólo más allá de lo humano,
sino de la vida misma, alcanzar el principio de las edades, convertirse en
contemporáneo de lo inmemorial: ése es el propósito de este mineralogista
exaltado que muestra júbilo cuando descubre en un nódulo de ágata anormalmente
ligero un ruido de líquido, agua oculta en él desde la aurora del planeta, agua
«anterior», «agua de los orígenes», «fluido incorruptible» que da la sensación,
al ser vivo que la contempla, de no ser en el universo más que un «intruso
alelado».
La búsqueda de los comienzos es la más
importante de todas cuantas pueden emprenderse. Todos la intentamos, aunque no
sea más que en breves momentos, como si realizar ese retorno fuese el único
medio que tenemos de aprehendernos y de superarnos, de triunfar sobre nosotros
mismos y sobre todo lo demás. Es también la única manera de evadirse que no
sea una deserción o un engaño. Pero nos hemos acostumbrado a aferrarnos al
porvenir, a colocar el apocalipsis por encima de la cosmogonía, a idolatrar el
estallido y el fin, a confiar hasta el ridículo en la Revolución o en el Juicio
Final. Toda nuestra arrogancia profética procede de ahí. ¿No valdría más
dirigirse hacia el pasado, hacia un caos mucho más rico que el que aguardamos?
Caillois se vuelve preferentemente hacia el momento en que ese caos inicial,
que se va calmando, intenta alcanzar una forma, una estructura, hacia esa fase
en que las piedras, tras «el ardiente instante de su génesis», se convierten en
«álgebra, vértigo, orden». Pero tanto si las evoca incandescentes, en plena
fusión, como irremediablemente frías, muestra siempre, en la descripción que
hace de ellas, un ardor inhabitual en él. Pienso, muy especialmente, en su
manera casi visionaria de presentar un cobre nativo extraído del lago Michigan
y cuyas láminas quebradizas «frágiles y duras a la vez, ofrecen a la
imaginación la paradoja de una esclerosis hiperbólica; amplifican
inexplicablemente la inercia, añaden el rigor de la muerte a lo que nunca
estuvo vivo. Dibujan sobre la superficie de metal los pliegues de un sudario
superfluo, ostentatario, pleonástico».
Leyendo Piedras,
más de una vez me he preguntado si no se trataba de un lenguaje confinado en
sus propios significados, sin más realidad que su prestigio. ¿Por qué no ir a
ver, me dije, los objetos de los que habla? Después
de todo, nunca he observado una piedra y, en cuanto a las llamadas preciosas,
el epíteto me basta para execrarlas. Fui entonces a visitar la galería de
mineralogía del Museo de Historia Natural, donde constaté con gran sorpresa que
el libro había dicho la verdad, que su autor no era un virtuoso sino un guía,
un guía dedicado a comprender desde dentro maravillas petrificadas, a fin de
reconstituir, mediante una regresión apenas concebible, su estado de
indeterminación original. Acababa de iniciarme en el mineral durante una hora
capital en la que percibí la inanidad de ser escultor o pintor. Al frecuentar
unos años antes la sección de paleontología en el mismo museo, me había
parecido que los esqueletos allí expuestos eran tan apropiados para asquearnos
de la escandalosa precariedad de la carne que podían por contraste invitarnos a
una cierta serenidad. Al lado de las
piedras, el esqueleto inspira compasión. Pero las piedras ¿dispensan
verdaderamente, como lo piensa Caillois, «varias serenidades», y conservarán
hasta el final el poder de hechizo que sobre él tienen? ¿Resistirán a su
necesidad de cambios, a su gusto por lo nuevo, al mal de la «dispersión»? Remontándose
con el pensamiento hasta el momento de su génesis, Caillois se había aproximado
a una iluminación, a una especie insólita de estado místico, a un abismo en el
que poder disolverse. Pero esa iluminación iba a ser una iluminación sin
futuro, y Caillois nos advierte con la máxima claridad que el abismo rozado no
contiene nada divino, no es más que materia, lavas, fusiones, tumulto cósmico.
Convendría insistir suficientemente en la originalidad de este fracaso. Somos todos, es evidente, fracasados de
alguna aspiración mística, todos hemos experimentado nuestros límites y
nuestras imposibilidades en medio de alguna experiencia extrema. Pero, si
hemos intentado hacer saltar nuestras trabas interiores, es porque hemos leído
a los Padres del desierto, a Meister Eckhart o a los budistas tardíos.
Caillois, sin embargo, fue meditando sobre las dendritas y las piritas o
siguiendo en sentido contrario la carrera de un cuarzo o de un ágata como
sintió que se deslizaba fuera del tiempo y que tocaba, más allá de las grandes
«ordalías tectónicas», la «materia inmóvil a causa de la mayor quietud», en la
cual no podía permanecer dado que su espíritu, tentado y decepcionado por el
trance, no podría acceder a la liberación a través de la nada, ni tampoco a
través del mineral. Lo dirá él mismo en su libro y mejor aún en la conclusión
del Relato del desalojado, texto revelador recientemente publicado: «He alcanzado la realidad última, que no es
la nada, sino la existencia gris en la que vivo». No la nada, pues, y
adivinamos por qué: la nada no es, en definitiva, más que una versión más
pura de Dios; de ahí que los místicos se hayan sumergido en ella con tanto
frenesí, al igual que los incrédulos con raíces religiosas. Caillois no envidia
a los primeros y le repugnaría sin duda pertenecer a los segundos. Reconoce que es incapaz de llegar al
«aniquilamiento iluminador», admite su derrota, sus cansancios y sus
dimisiones, proclama y saborea su fracaso. Tras el agotamiento de una
fascinación, tras la orgía y el éxtasis de los orígenes: el orgullo del desasosiego,
la aventura de lo gris.
1970
Michaux
o la pasión de lo exhaustivo
Hace unos
quince años, acompañé a Michaux con cierta regularidad al Grand Palais, donde
asistíamos a toda clase de filmes de carácter científico, algunos curiosos,
otros técnicos, impenetrables. A decir verdad, lo que me intrigaba eran menos
las proyecciones que el interés que suscitaban en él. No comprendía las razones
de una atención tan obstinada. ¿Cómo, me preguntaba sin cesar, un espíritu tan
vehemente, vuelto hacia sí mismo con perpetuo fervor o frenesí, puede
apasionarse por demostraciones tan minuciosas, tan impersonales? Más tarde,
reflexionando sobre sus exploraciones sobre la droga, comprendí a qué excesos
de objetividad y de rigor podía llegar. Sus escrúpulos iban a conducirle al
fetichismo de lo ínfimo, del matiz imperceptible, tanto psicológico como
verbal, repetido indefinidamente con una insistencia jadeante. Llegar al
vértigo a través de la profundización parece ser el secreto de su intento.
Léase, en El infinito turbulento, la página donde dice de sí mismo que
se halla «atravesado por lo blanco», donde todo es blanco, donde «incluso la
duda es blanca», y no menos la «horripilación». Tras lo cual el blanco ya no
existe, él lo ha azotado, lo ha aniquilado. Su obsesión por el fondo le hace
feroz: liquida apariencia tras apariencia sin perdonar una sola, las extermina
abismándose en ellas, persiguiendo su fondo precisamente, su fondo...
inexistente, su insignificancia radical. A un crítico inglés esos sondeos le
han parecido «terroríficos». Yo los encuentro, por el contrario, positivos y
exaltantes, por su impaciencia de triunfar y de pulverizar, es decir de
descubrir y de conocer, dado que la verdad, en todo, no es más que la
culminación de un trabajo de zapa.
A pesar de
que Michaux considera que forma parte de los seres «fatigados de nacimiento»,
desde siempre no ha hecho más que huir del engaño, ahondar, buscar. Es cierto que nada fatiga tanto como el
esfuerzo hacia la lucidez, hacia la visión despiadada. A propósito de un
célebre contemporáneo fascinado por la
Historia ‑esa gangrena universal‑, utilizó un día la expresión «ceguera
espiritual». El es, por el contrario, alguien que ha abusado de la obligación
de ver dentro y alrededor de sí mismo, de ir al fondo no solamente de una idea
(lo cual es más fácil de lo que se piensa) sino de la menor experiencia o
impresión: ¿acaso no ha sometido a cada una de sus sensaciones a un examen en
el que entra de todo: tortura, júbilo, voluntad de conquista? Esa pasión por
aprehenderse, esa toma de conciencia exhaustiva, se reduce a un ultimátum que
no cesa de darse a sí mismo, a una incursión devastadora en las zonas más
oscuras del ser.
Su
insurrección contra los sueños debe considerarse a partir de esta constatación,
como también la necesidad que sintió, pese a la hegemonía del psicoanálisis, de
minimizarlos, de denunciarlos, de ridiculizarlos. Decepcionado por ellos,
decidió condenarlos, proclamar su vacío. Pero quizá la verdadera razón de su
furor era menos su nulidad que la total independencia de él en que se producen,
ese privilegio que tienen de eludir su censura, de ocultarse de él, burlándose
y humillándolo con su mediocridad. Mediocres, sí, pero autónomos, soberanos. Si
los incriminó y calumnió, si dirigió contra ellos una acusación en regla,
verdadero deseo a los entusiasmos de la época, fue en nombre de la conciencia,
de la toma de conciencia como exigencia y como deber, y también por orgullo
herido. Desacreditando las hazañas del inconsciente, se deshacía una ilusión,
la más preciosa, que lleva de moda más de medio siglo.
Toda
violencia interior es contagiosa; la suya más que cualquier otra. Nunca se
acaba desmoralizando tras una conversación con él. E importa poco que se le vea
con frecuencia o sólo de vez en cuando, desde el momento en que, en toda
circunstancia esencial, podemos imaginar su reacción o sus palabras: solitario
omnipresente, está siempre ahí..., definitivamente inseparable de todo lo que
en una existencia es importante. Esa intimidad a distancia no es posible más que
con un obseso capaz de imparcialidad, con un introvertido abierto a todo y
dispuesto a hablar de todo (hasta de la actualidad). Sus opiniones sobre la
situación internacional, sus diagnósticos en materia política, su apreciación
del grado de fatalidad que existe en las relaciones de fuerza, son sumamente
justos y en ocasiones proféticos. Poseer una percepción tan exacta del mundo
exterior y a la vez haber llegado a aprehender el delirio desde dentro, haber
logrado recorrer sus formas múltiples, habérselas apropiado por así decirlo, es
una anomalía tan cautivadora, tan envidiable, que puede aceptarse como tal sin
intentar comprenderla. Sin embargo, voy a sugerir una explicación, forzosamente
aproximativa. Nada es más agradable, al
menos para mí, que una conversación con Michaux sobre enfermedades. Se
diría que las ha presentido y temido todas, que las ha esperado y huído: todos
sus libros son un desfile de síntomas, de amenazas vislumbradas y en parte
actualizadas, de dolencias pensadas y repensadas. Su sensibilidad para las
diversas modalidades de desequilibrio es prodigiosa. La política, baja tentación prometeica, ¿qué es sino un desequilibrio
permanente, exasperado, la maldición por excelencia de un simio megalómano?
El espíritu menos neutro, el menos pasivo
que conozco, no podría no interesarse por ella, aunque sólo fuese para ejercer
su sagacidad o asco. Los escritores,
cuando se ponen a comentar los acontecimientos, muestran en general una
ingenuidad risible. Era importante, creo yo, citar una excepción. Sólo una
vez me pareció sorprender a Michaux en flagrante delito no de ingenuidad (es
fisiológicamente impropio a ella) sino de «buenos sentimientos», de confianza,
de abandono, de algo que entonces traduje en términos que creo útil reproducir
aquí:
«Le admiraba
por su clarividencia agresiva, por sus rechazos y sus fobias, por la suma de
sus aversiones. Aquella noche, en la callejuela donde charlábamos desde hacía
dos horas, me dijo, con una ligera emoción totalmente inesperada, que la idea
de la desaparición del hombre le conmovía...
»En ese
momento me despedí de él, persuadido de que nunca le perdonaría semejante
conmiseración, semejante debilidad».
Si extraigo
de un cuaderno sin fecha esta nota, es para hacer ver que en aquella época
apreciaba en él por encima de todo su lado incisivo, crispado, «inhumano», sus
explosiones y sus sarcasmos, su humor de desollado vivo, su vocación de
convulsionario y de gentleman. En realidad, me parecía secundario que
fuese poeta. Recuerdo que un día me confesó que se preguntaba si lo era. Lo es,
evidentemente, pero se puede concebir que hubiera podido no serlo.
Lo que
Michaux es, aún más evidentemente que poeta, eso lo comprendí cuando supe que
de joven, pensando ingresar en las órdenes, leía con pasión a los místicos. De
hecho, presumo que, si no hubiera sido un místico, nunca se habría lanzado con
tanto encarnizamiento y método a la búsqueda de estados extremos. Extremos más
acá de lo absoluto. Sus obras sobre la droga proceden del diálogo con el
místico que fue originariamente, místico inhibido y saboteado que esperaba su
venganza. Si se reuniesen todos los pasajes de sus libros donde trata del
éxtasis, y se suprimiesen en ellos las referencias a la mescalina o a cualquier
otro alucinógeno, tendríamos la impresión de hallarnos ante experiencias
propiamente religiosas, inspiradas y no provocadas, que merecerían figurar en un breviario de momentos únicos y de
herejías fulgurantes. Los místicos no aspiran a abandonarse en Dios sino a
superarlo, movidos por no se sabe qué lejano, por una voluptuosidad de lo
último que se encuentra en todos aquellos a quienes el trance ha visitado y
arrebatado. Michaux nos recuerda a los místicos por sus «ráfagas interiores»,
por su voluntad de acometer lo inconcebible, de forzarlo, de hacerlo estallar,
de ir más allá sin detenerse nunca, sin recular ante ningún peligro. No
teniendo ni la suerte ni la desgracia de anclarse en lo absoluto, se crea
abismos, produce siempre abismos nuevos, se hunde en ellos y los describe. Esos
abismos, se dirá, no son más que estados. Sin duda. Pero todo es estado,
y sólo estado, para nosotros que nos hallamos condenados a la psicología desde
que ya no nos está permitido extraviarnos en lo supremo.
Místico
verdadero, y sin embargo místico irrealizado. Comprendemos a Michaux en la
medida en que ha hecho todo lo posible para no desembocar en nada, para
conservar su ironía en los extremos mismos a los que sus investigaciones le han
llevado. Cuando ha alcanzado alguna experiencia‑límite, algún «absoluto impuro»
en el que, perplejo, vacila, nunca deja de recurrir a una expresión familiar o
divertida para mostrar que aún es él mismo, que recuerda que está
experimentando algo, que nunca se identificará completamente con ninguno de los
instantes de su búsqueda. En tantos excesos simultáneos cohabitan los
desbordamientos extáticos de una Angela de Foligno y los sarcasmos de un Swift.
Resulta
admirable que un hombre tan frágil y vulnerable haya acumulado los años sin
perder la vivacidad. «Paseo al viejo..., a su maldito cuerpo, que flaquea, que
tanto interesa a nuestro cuerpo único para los dos», escribe en 1962 en Vientos
y polvos. Siempre en él ese intervalo entre la sensación y la conciencia,
esa superioridad sobre lo que es y lo que sabe. De esa manera ha logrado en sus
desasosiegos metafísicos, en sus desasosiegos sin más, permanecer, gracias a su
obsesión por el conocimiento, exterior a sí mismo. Mientras que a nosotros nuestras contradicciones e incompatibilidades
nos dominan y paralizan a la larga, él ha logrado dominar las suyas sin caer en
la sabiduría, sin hundirse en ella. Toda su vida le ha tentado la India,
pero afortunadamente sólo tentado, pues si por una metamorfosis fatal hubiera
acabado hechizado, obnubilado por aquel país, habría sin duda abdicado de esa
prerrogativa tan suya de poseer más de una de las taras que conducen a la
sabiduría y ser a la vez profundamente refractario a ella. Si le hubiera cogido
gusto al vedanta o al budismo, ¡habría sido una catástrofe para él! Hubiera
perdido sus dones, su facultad de
desmesura. La liberación le hubiese aniquilado como escritor: se le habrían
acabado las «ráfagas», los tormentos, las hazañas. Si su trato resulta tan
estimulante es justamente porque no se ha rebajado a ninguna fórmula de
salvación, a ningún simulacro de iluminación. Michaux no propone nada, es como
es, no posee ninguna receta de serenidad, continúa su camino, tantea como si
estuviese comenzando. Y nos acepta, a condición de que nosotros tampoco le
propongamos nada. Es lo contrario de un sabio, pero un contrario aparte. Me sorprende que no haya sucumbido a tanta
intensidad. Su intensidad, es cierto, no se parece a esas otras
accidentales, fluctuantes, que se manifiestan por sacudidas: constante, sin
fallas, reside en sí misma, y se apoya en sí misma, es precariedad inagotable,
«intensidad de ser», expresión que tomo prestada al lenguaje de los teólogos,
el único que se ajusta para designar un éxito.
1973
Retrato
de un filósofo
La gran suerte de Gabriel Marcel es
no haber sido profesor en cualquier facultad, no haber tenido que «pensar» a
una hora fija. No debería institucionalizarse lo esencial: la universidad es el
espíritu de luto. La filosofía se enseña en el ágora, en un jardín o en casa. Es esta
última fórmula la que ha adoptado G. Marcel, dado que concuerda con su
temperamento y con la alta idea que se hace de lo espontáneo, de lo imprevisto
en la discusión. Desde hace muchos años, reúne en su casa a jóvenes con los que
aborda de manera totalmente libre cualquier tema; el más vulgar en apariencia
puede ser causa o pretexto de un cambio de ideas. G. Marcel procura hacer
hablar al mayor número de personas posible, y lo que intenta siempre es
comprender las razones de su interlocutor. La mayoría de las veces es él quien
propone un tema, del que hace una breve exposición, la cual puede ser ya
perfectamente una toma de posición, un esbozo de actitud. Inmediatamente
después pide una respuesta, provoca la contradicción. A decir verdad, la
provoca no sólo en filosofía sino en todo. Me atrevería a decir que la objeción
es su pan cotidiano: no podría prescindir de ella, la necesita para vivir, para
actuar. El autor del Diario metafísico, obra en la que el monólogo es de
rigor, es en la vida un apasionado del diálogo, un enemigo de todo pensamiento
que se instaura y reina altivo, solemne, autoritario. G. Marcel es lo contrario
de un maestro, no decreta, se somete a las sorpresas de su propio
pensamiento y respeta, por ello mismo, todas las que puedan surgir de sus
interlocutores. Ser maestro es imponer un género rígido, envarado, es adoptar
una forma de superioridad para la cual, afortunadamente, él no tiene ningún
talento. Le repugna contenerse, vigilarse constantemente; prefiere estallar, y
lo logra sin esfuerzo. La indignación es
su estado natural, cotidiano, su manera de reaccionar frente a toda forma de
injusticia. Situado en los antípodas del sabio estoico, como de toda forma
de invulnerabilidad grave, ostentada, puede ser temible en los momentos en que
la estupidez o la arrogancia le exasperan. Nunca olvidaré su intervención en un
salón parisino abarrotado donde se hablaba de una organización caritativa que
invocaba al cristianismo alejándose al mismo tiempo de él en ciertos puntos. A
un cura que se encontraba allí se le pidió que se pronunciara. Lo hizo, pero
con un tono desagradable y casi sombrío, poniendo en guardia a los fieles que
se hallaban presentes contra toda complicidad con un movimiento sospechoso de
herejía. Ni siquiera se dignó mencionar como excusa la caridad, lo más
importante para los miembros de dicho movimiento. G. Marcel tomó la palabra
inmediatamente después, y con su respuesta, de una violencia y una claridad
inusitadas, pulverizó al pobre cura, quien de repente se encontró solo
en la asamblea. Fue ese día cuando comprendí que en un Parlamento un filósofo
tan inflamable no hubiese aceptado el papel de simple observador y hubiese
hecho incluso una carrera brillante; por no decir tempestuosa.
Habiendo conocido a lo largo de mi
vida a algunos filósofos y a bastantes escritores, he observado que sólo les
interesan las personas en la medida en que ven en ellas a admiradores,
discípulos o simplemente aduladores, dado que todo autor se halla obsesionado
por su obra hasta la obnubilación y que no cesa, en ninguna circunstancia, de
aludir a ella. «¿Conoce usted este o aquel libro mío?», es la pregunta que con más
frecuencia se oye en París entre esos miserables. Hecha por un novelista,
puede ser aún soportable; pero, cuando es un filósofo quien la hace, deja por
completo de serlo, y yo debo decir que prácticamente nunca se la he oído a G.
Marcel.
Atraído por
la existencia de los demás, él se interesa por el ser de cada uno, por lo que
de único e irremplazable hay en la criatura, por la dimensión metafísica del
yo. Es el conocimiento por la bondad. Sin embargo, G. Marcel es a la vez mordaz
y bueno. Paradoja notable cuando se
sabe que mordacidad y bondad raramente se dan juntas. La bondad, en general, es
propia de la gente plácida, seria, lenta. En G. Marcel, por el contrario,
posee la rapidez de un reflejo, quiero decir que nunca le he visto reflexionar
cuando había que hacer el bien, intervenir, molestarse, correr, preocuparse
para ayudar. El está siempre dispuesto a escuchar al primero que llegue y que
se encuentre en un aprieto, en un atolladero, y que busque una salida; ha
sacrificado una cantidad increíble de tiempo en una tarea que exige cualidades
de confesor y de diplomático.
La pasión
por la conversación, por la comunicación, es totalmente natural en un autor o
un crítico dramático. G. Marcel es las dos cosas a la vez. Su gusto por el
diálogo le ha hecho escribir obras de teatro y su gusto por la reflexión le ha
llevado a meditar sobre los espectáculos. Yo he visto con él un gran número de
ellos, algunos excelentes, otros discutibles; otros francamente execrables, de una indigencia desoladora. Pero, por
muy pobres y exasperantes que fuesen, a él siempre le interesaban, en primer
lugar porque debía comentarlos y en segundo porque en cada caso quería
descubrir el defecto intrínseco responsable de la insuficiencia o de la nulidad
de la obra. Nunca he dejado de maravillarme ‑y a veces de pasmarme‑ de que un
espíritu tan sutil aceptase examinar productos tan mediocres, que emplease los
recursos de su inteligencia en ejercicios aparentemente tan vanos. Y digo
aparentemente porque no hay que olvidar que el teatro no es para él una
diversión sino una experiencia (Erlebnis sería aquí el término ideal).
En cuanto el telón se levanta, G. Marcel se convierte en otra persona:
experimenta una curiosidad cercana a la exaltación que va apagándose a medida
que la inevitable decepción aparece. Pero la curiosidad, si no la exaltación,
sobrevive al desencanto. Con la esperanza de que propusiera que nos fuéramos en
el primer entreacto, recuerdo haberle dado a entender en múltiples ocasiones
que la ilusión no era ya posible, que la obra era tan mala que ni siquiera Dios
podría salvarla. Pero su conciencia profesional triunfaba siempre sobre mi
sugerencia o mis insinuaciones. Y soportábamos la tortura hasta el final. En el
momento de separamos, nunca olvidaba decirme lo mucho que lamentaba haberme
invitado a un espectáculo semejante. A decir verdad, nunca tuve el sentimiento
de haber perdido el tiempo, puesto que un
espectáculo totalmente malogrado, al eliminar de entrada toda posibilidad de
emoción o simplemente de interés, deja el espíritu totalmente libre y le
permite reflexionar, divagar útilmente.
Si, por
regla general, G. Marcel desconfía del teatro de vanguardia, es porque la
mayoría de las obras del género rechazan la claridad, la proscriben incluso.
Son representaciones en las que el defecto de construcción, de arquitectura es
preconizado, y en las que el interés crece en la medida en que el sentido
desaparece, se vuelve impenetrable. La mixticación es siempre posible y a veces
incluso exigida. El espectador, si quiere divertirse, debe aceptar el papel de
cómplice, al cual G. Marcel nunca ha deseado prestarse. Tres espectáculos de
esa índole, que ordinariamente le sacan de sus casillas, suele decir con un
tono exasperado: «¡Quiero comprender, quiero que se me explique!». La mayoría
de las veces no hay nada que explicar, puesto que lo incomprensible es, en esa
clase de teatro, obligatorio. Pero eso él estaría dispuesto a admitirlo
únicamente si no existiese la posibilidad de la trampa y la impostura.
La
motivación profunda de su apego al teatro, tan extraño en un metafísico, creo
discernirla en un temor que siempre ha sentido vivamente: el temor a la
soledad, que parece inconcebible en un filósofo tal y como nos lo imaginamos
generalmente, sumido en su sistema y aislado del mundo. Pero G. Marcel es todo
lo contrario: tiene una inmensa necesidad de contacto humano, no puede
prescindir de cierto clima de afección, de todo lo que una presencia humana
puede tener de cautivador. Para soportar alegremente la soledad, hay que saber
despreciar u odiar a los hombres, hay sobre todo que ignorar el culto a la
amistad llevado hasta el drama. Es preciso también cultivar cierto cinismo.
Hace veinte años que conozco a G. Marcel y como somos prácticamente vecinos hemos
tenido ocasión de vernos con frecuencia. Pues bien, jamás le he oído decir algo
cínico, a pesar de que es fácilmente sarcástico.
Por su
espíritu combativo, a G. Marcel le gusta, tanto en la vida como en el
pensamiento, la dificultad. El universo es para él una fuente de
interrogaciones que aborda, por poner un ejemplo contemporáneo, de manera
diferente un Heidegger. Cuando éste se encuentra con una dificultad, forja de
ordinario una palabra que la disimula y le permite eludirla; o, si no, recurre
al procedimiento más discutible que existe: se precipita sobre la etimología,
de la que se sirve de manera brillante pero abusiva, pues juega con las
palabras, las modifica en el sentido que le conviene, las explota con
habilidad, con astucia. Tan excepcional acrobacia produce fácilmente la ilusión
de la profundidad.
El método de
G. Marcel, según aparece en sus libros y sus conversaciones, en su pensamiento
natural, es completamente diferente. Su preocupación primordial es definir el
sentido de las palabras. Pero no se trata de una definición que permite
triunfar sobre una dificultad o eludirla de manera astuta, sino de una
definición provisional, que poco a poco va tomando consistencia pero que no se fija
nunca. Al final de una conversación puede ser tan problemática como al
principio. La gravedad del problema persiste, no ha sido disminuida por
la discusión. Ante una situación concreta, es muy frecuente que G. Marcel, tras
considerarla de diversas maneras, diga que en el fondo él no puede
pronunciarse, que no ve qué juicio podría emitir. Esta confesión de
perplejidad, natural cuando se trata de un problema metafísico, en general lo
es menos cuando se aborda una interrogación más o menos práctica. Sin embargo,
dicha perplejidad no es sino el reflejo en lo inmediato, en lo cotidiano, de la
probidad intelectual, ese camino complejo entre la seguridad y la duda, ese
escrúpulo permanente del espíritu en desacuerdo consigo mismo. Se ha acusado a
G. Marcel de variabilidad y se ha citado alguna situación sobre la que ha
cambiado de opinión. La palabra oportunismo no debe en absoluto acudir a
la mente. Se trata en él de un cambio tras una reflexión o, si se quiere, de
las contradicciones interiores de un espíritu abierto, siempre inclinado
a comprender el punto de vista del interlocutor y hasta de adversario, y que,
tanto por razones especulativas como por razones morales, está dispuesto a
hacer concesiones, si le parecen legítimas. Con frecuencia me he preguntado
cómo, con una forma de espíritu como la suya, ha logrado no sucumbir a la duda
obstinada, devastadora, próxima al naufragio espiritual. Creo que su
resistencia al escepticismo puede explicarse así: el escéptico plantea un
problema por el placer de plantearlo y de denunciarlo luego, de desarticularlo,
de revelar su inanidad; exulta ante lo insoluble o se abisma en ello, ebrio en
su callejón sin salida. El escepticismo, en su forma extrema, implica
necesariamente un elemento mórbido. G. Marcel experimenta, como el escéptico,
eso que podríamos llamar la voluptuosidad del problema, pero con el
correctivo de que en él, contrariamente al aficionado a la duda, todo posee un
cimiento interior, sin lo cual su destino hubiera sido el desasosiego. Si su
inteligencia convierte todo en problema, el fondo de su ser, por el contrario,
exige el misterio, y ese misterio, en lugar de sumergirle en la incertidumbre y
el tormento, ha salvado tanto su vida como su pensamiento. Si Rilke es
uno de sus poetas preferidos, ello no es por simple azar. Imaginemos una forma
de pensamiento en la que éste, desplegándose sin tregua, suscitaría
indefinidamente una interrogación tras otra sin encontrar ningún obstáculo,
ninguna pausa. Una barrera es necesaria, so pena de vacilación. Los Sonetos
a Orfeo podrían significar ese límite. Un límite... infinito.
«Todos hemos
conocido momentos en los que hemos sido tentados por la idea de plantear el absurdo
universal», escribía G. Marcel en 1943. Puede decirse que el sentido profundo
de su obra y de su vida es el rechazo de esa tentación, la más terrible de
todas, pues es el fruto de nuestros estados negativos, de nuestras fatigas, de
todas las lagunas de nuestro ser. Implica además un lado mórbido que le
confiere un encanto peligroso, irresistible. El hombre posee una inclinación
natural hacia el Ser; de ahí que le resulte fácil buscar y encontrar un sentido
a todo. Imagínese esa inclinación desviada, pervertida o simplemente
debilitada: lo que antes tenía sentido deja de tenerlo, y ese deslizamiento
funesto no hará más que acentuarse hasta acabar en una disyunción total entre
existencia y significado, sin posibilidad de que coincidan de nuevo. G. Marcel,
sin la fe y sin esa necesidad que ha sentido siempre de poseer ‑y de crearse‑
pasiones y convicciones, quizá no hubiera logrado evitar la experiencia
duradera, obsesiva, de la ausencia de sentido de todo, y ello tanto más cuanto
que el nihilismo no es en absoluto una posición paradójica o monstruosa, sino
la conclusión normal a la que llega todo aquel que haya perdido el contacto
íntimo con el misterio, ese sinónimo púdico de lo absoluto.
Entre las
respuestas que nuestro filósofo dio al cuestionario de Proust, hay dos que me
han llamado particularmente la atención. A la pregunta de cuál era su ocupación
preferida, respondió: «Escribir y escuchar música»; a «¿Qué desearía ser?», la
respuesta fue: «Compositor de música totalmente consagrado a ese arte». En otro
lugar ha escrito que la música ha sido uno de los «componentes originales» de
su ser y, añadiría yo, el encuentro capital de su vida, en el plano
espiritual al menos.
Con
frecuencia hemos escuchado música juntos, de Monteverdi a Fauré pasando por los
grandes rusos, y he podido observar que ella le proyectaba a otra zona del ser,
le elevaba a un nivel al cual la filosofía sólo se alza cuando, tras haber
entrevisto algún extremo, recurre a los puntos suspensivos... Proust, a quien
hay que citar siempre que se trate de experiencias reveladoras, pensaba que si
el hombre no hubiese poseído el don de la palabra, la música habría sido el
único modo de comunicación entre las almas. Eso es más o menos lo que afirmaba
G. Marcel cuando, evocando sus improvisaciones al piano, confesaba que gracias
a ellas accedía a lo más íntimo de sí mismo, al lugar donde «todo sucede
realmente como si la frontera entre los vivos y los muertos se borrase, como si
se penetrase en un universo en el que esa oposición usual, por así decirlo, se
aboliese radicalmente».
Si G. Marcel
no ha dejado nunca de estimar a Schopenhauer, filósofo tan injustamente
relegado a causa de Hegel (quien, divinizando la historia, ha acaparado toda la
atención), es, entre otras razones, porque el filósofo de El mundo como
voluntad y como representación ha conferido a la música un estatuto
verdaderamente extraordinario. ¡Qué pálida resulta a su lado la filosofía! La
humillación de ser filósofo es la herida secreta de G. Marcel. Y es verdad que,
a quien ama la música por encima de todo, no le consolará ser otra cosa que
músico. Un filósofo que ha visto de cerca lo inefable está expuesto al tormento
de no ser ni músico, ni poeta ni místico. ¡La filosofía como callejón sin
salida! Pero no todos los filósofos, por fortuna para ellos, se elevan a
ese vértigo. Los que se aproximan a él introducen en la filosofía un
desgarramiento que la rehabilita y humaniza.
Pocas veces
he visto a G. Marcel quejarse o preocuparse por su salud. Ni siquiera cuando
hace unos años sufrió una seria operación; sólo hablaba de ella de pasada, como
si se tratase de un simple suceso desagradable. Tanto antes como después de
pasar por el quirófano, dirigía la conversación hacia otros temas, pero no para
darse valor, sino porque el egoísmo de los enfermos le horroriza. En cuanto al
valor, en su caso puede hablarse de temeridad. A los setenta y seis años
emprendió una gira de conferencias por Estados Unidos y Japón. Casi cada día
daba una, seguida de discusiones y recepciones. Todos sus amigos consideraron
imprudente el viaje y, en efecto, lo fue pues le fatigó seriamente. Su vista se
resintió. Pocos días antes de partir tuvo el presentimiento de que no volvería,
pero la víspera venció la angustia y se lanzó sin vacilar a realizar la proeza.
Volvió bastante desmoralizado, aunque no por mucho tiempo, pues reanudó
enseguida sus actividades y aceptó más compromisos, es decir, más viajes.
Su semi‑ascetismo
es el secreto de su vitalidad. Ni alcohol ni tabaco, esa doble esclavitud del
intelectual. Con su nerviosismo explosivo es dudoso que, de haber utilizado
venenos disfrazados de estimulantes, hubiese podido conservar su equilibrio.
Otra de sus cualidades es la sobriedad. Los franceses están obsesionados por la
comida, comer es para ellos una ceremonia y casi un vicio. G. Marcel no padece
esa idolatría de la cocina, y en ese aspecto no es francés. Pero quizás
exagero, pues recuerdo que un día estuvo completamente de acuerdo conmigo
cuando le dije que no volvería a cenar en casa de Madame X, pues me recordaba a
la Brinvilliers, la célebre envenenadora.
El hecho de
haber acumulado los años no tiene, por así decirlo, importancia cuando la
memoria y la curiosidad siguen siendo prodigiosas. En 1968, a la vuelta de una
marcha a pie que yo había hecho por el admirable valle del Celé, como había
olvidado ya el nombre de buena parte de sus pueblos, G. Marcel me los citó
todos, a pesar de que desde 1943 no había vuelto por allí. En otra ocasión, a
propósito del círculo de Bloomsbury, le hablaba de la Autobiografía de
Bertrand Russel que él no había leído (dado que no le agrada especialmente el
personaje, como tampoco el positivismo lógico o cualquier otro positivismo)
cuando, en un momento dado, mi memoria me jugó una de sus malas pasadas
habituales y me puse a buscar el apellido de Ottolino... G. Marcel añadió inmediatamente:
Morrell. Podría citar un número considerable de ejemplos que demuestran la
energía de su memoria. Ella explica su fidelidad a los seres y también a los
lugares. El infiel es alguien que no recuerda o que recuerda mal. Se
podría ir mucho más lejos y considerar que la memoria es la condición misma de
la vida moral.
Por lo que a
la curiosidad respecta, si G. Marcel permanece a su edad tan abierto al mundo
como siempre lo ha estado es gracias a ella. A pesar de los inevitables
problemas de salud propios de su edad, en ningún momento da la impresión de
lasitud, quiero decir de consentimiento a la lasitud, que es la señal patente
de la vejez. Estoy seguro de que no siente esa «dificultad de ser» de la que se
quejaba Fontenelle, de que no puede sentirla, dado que se halla inmerso en la
corriente de la vida, en la actualidad en el sentido noble de la
palabra. La curiosidad, nunca se recordará lo suficiente, es el signo de que se
está vivo y bien vivo, la curiosidad realza y enriquece constantemente este
mundo, busca en él lo que en el fondo ella misma no cesa de proyectar, la
curiosidad es la modalidad intelectual del deseo. De ahí que su ausencia ‑a no
ser que desemboque en el nirvana‑ sea un síntoma alarmante. En ciertas regiones
de América Latina, se suele anunciar un fallecimiento diciendo que Fulano se ha
vuelto indiferente. Este eufemismo de defunción oculta una filosofía
profunda.
Royer‑Collard
decía a Vigny, cuya obra desconocía: «A mi edad ya no se lee, se relee». Otro
rasgo del vigor intelectual de G. Marcel es que lee mucho más que relee. El
último libro político o la última novela le interesan. Con su propensión al
entusiasmo, se apasiona rápidamente por una obra. A medida que avanza en su
lectura, no tiene más remedio que desencantarse, y lo hace siempre dando sus
razones. Durante más de treinta años dirigió una colección de novelas
extranjeras. Hazaña sin precedentes en un filósofo, sobre todo cuando se sabe
lo que vale la mayoría de las novelas. Un día, sin embargo, un suspiro le
traicionó: «Es una de las pocas novelas que he podido leer sin esfuerzo hasta
el final», me dijo a propósito de una. Porque, en realidad, la filosofía es
compatible con muchas cosas en teoría, pero con muy pocas en la práctica. La
filosofía es intolerante a causa de su excesiva propensión a juzgar y a
arrogarse una posición privilegiada. G. Marcel ha luchado contra esa perpetua
usurpación de la que la filosofía es culpable.
Si tuviera
que definir su actitud ante la vida, el sentimiento fundamental que ésta le
inspira, hablaría de su anti‑budismo radical. Esta fórmula me parece
bastante clara, pero puede ser más inteligible aún con un ejemplo. Hace algunos
años, escribí en la Nouvelle Revue Française un texto titulado
«Paleontología», fruto de una visita accidental al Museo de Historia Natural.
En él expresaba una inclinación particular hacia los esqueletos y una especie
de horror desesperado ante el carácter perecedero e ilusorio de la carne. Mi
posición estaba próxima de la de un Swift, un Buda y un Baudelaire ‑una
mezcolanza, como puede verse, de ascos y obsesiones macabras. A G. Marcel ese
texto le indignó, y me dijo que él se hallaba exactamente en los antípodas de
esa visión, que no podía admitir que se tratara así a la carne, equiparándola a
la nada. Un ser como él, que no experimenta dificultad alguna en imaginar la
inmortalidad, no puede tener horror a la vida, puesto que si se apega a la idea
de permanencia, de eternidad, es justamente para volver a encontrar esta vida,
bajo una forma depurada, por supuesto. Si G. Marcel ha meditado tanto sobre la
muerte, ha sido para trascenderla, para hallar un principio que la supere, para
elevarse por encima de ella. Para él, la muerte no puede ser un término, puesto
que tanto por instinto como por afectividad se niega a concebir que sea un
obstáculo a la unión de los seres más allá del tiempo. Morir es para él
triunfar sobre la muerte, es volver a encontrar a quienes se ha amado. La idea
de fidelidad se halla de nuevo en el centro de esta visión, visión que rechaza
lo irreparable, que no admite que pueda uno resignarse a él sin carecer de
sensibilidad. Aceptar la muerte definitiva equivaldría para G. Marcel a una
manifestación de egoísmo, a un acto de abandono y de traición.
Pascal
hablaba de la alegría de encontrar a un hombre donde creía estar leyendo a un
autor. Esa alegría añadiría yo, es aún mayor cuando el autor es un filósofo.
1970
Benjamin Fondane
El rostro
más surcado de arrugas que pueda imaginarse, un rostro con arrugas milenarias,
en absoluto fijas, sino animadas por el tormento más contagioso y explosivo.
Arrugas que no me cansaba de contemplar. Nunca había visto una concordancia
semejante entre el parecer y el decir, entre la fisonomía y la palabra. Me
resulta imposible pensar en la menor palabra de Fondane sin recordar
inmediatamente la presencia imperiosa de sus rasgos.
Iba a verle
con frecuencia (le conocí durante la ocupación alemana), siempre con la idea de
no estar con él más de una hora, y pasaba en su casa toda la tarde, por mi
culpa, por supuesto, pero también por la suya: le gustaba hablar y yo no tenía
el valor y menos aún las ganas de interrumpir un monólogo que me dejaba agotado
y fascinado. Sin embargo, en la primera visita que le hice con la intención de
interrogarle sobre Cesto, el locuaz fui yo. Sin duda por necesidad de
pavonearme, no le hice ninguna pregunta sobre el filósofo ruso ‑de quien
Fondane era no tanto el discípulo fiel como el discípulo inspirado‑ prefiriendo
exponerle las razones de mi gran interés por él. Quizá no sea inútil recordar
aquí que Cesto, en el período de entre guerras era muy conocido en Rumania y
sus libros se leían allí con más fervor que en ningún otro lugar. Fondane no
tenía nada que ver con ello, y su sorpresa fue grande cuando se enteró de que
en el país del que procedía nosotros habíamos seguido el mismo camino que él...
¿No había en ello algo turbador y mucho más que una coincidencia? A más de un
lector de su Baudelaire y la experiencia del abismo le ha impresionado
el capítulo sobre el hastío. Por mi parte, siempre he relacionado su
predilección por ese tema con sus orígenes rnoldavos. Paraíso de la
neurastenia, Moldavia es una provincia de un encanto desolado apenas
soportable. En su capital, Jassy, pasé yo dos semanas en 1936 que sin la ayuda
del alcohol me hubieran sumido en el más terrible de los tedios. Fondane solía
citar versos de Bocovia, el poeta del hastío moldavo, hastío menos refinado
pero mucho más corrosivo que el spleen francés. Resulta para mí un
enigma que tanta gente logre soportarlo. La experiencia del «abismo» tiene en
Fondane, como puede verse, orígenes lejanos.
Como a
Chestov, a Fondane le gustaba partir de una cita, simple pretexto al que no
dejaba de referirse y del que sacaba conclusiones inesperadas. En sus
desarrollos había siempre, a pesar de su sutileza, algo sobrecogedor; sutil lo
era, e incluso abusaba de su sutileza, su vicio patente. En general, no sabía
detenerse ‑poseía el genio de la variación-, y escuchándole hubiera
podido decirse que le horrorizaba el punto. Ello se advertía en sus
improvisaciones, pero también en sus libros, en su Baudelaire sobre
todo. Varias veces me dijo que debía suprimir buen número de páginas y resulta
incomprensible que no lo hiciera cuando se sabe que vivía con la casi certeza
de una desgracia inminente. Se consideraba amenazado y como cualquier judío
entonces, lo estaba, pero se puede suponer que interiormente se hallaba
resignado a su condición de víctima, pues sin esa misteriosa complicidad con lo
Ineluctable y sin una cierta fascinación por la tragedia, sería imposible
explicar su rechazo de toda precaución y sobre todo de la más elemental, la de
cambiar de domicilio (fue denunciado al parecer por su portero). Extraña
«despreocupación» en alguien que lo era todo menos ingenuo y cuyos juicios de
orden psicológico o político mostraban una clarividencia excepcional. Recuerdo
con precisión una de las primeras visitas que le hice, durante la cual, tras
haber enumerado los defectos vertiginosos de Hitler, me describió como un
visionario el hundimiento de Alemania, y ello con tales detalles que creí estar
asistiendo a un delirio. Y sin embargo, no era más que una constatación
anticipada.
En materia
literaria, yo no compartía siempre sus gustos. Me había recomendado con
insistencia el Shakespeare de Victor Hugo, libro casi ilegible y que me
recuerda las palabras que recientemente utilizó un crítico norteamericano para
calificar el estilo de Tristes trópicos: the aristocracy of bombast, la
aristocracia de la ampulosidad ‑expresión excelente, aunque injusta en el caso
de Lévi‑Strauss.
Comprendía
mejor su parcialidad para un Nietzsche, del que le gustaban los fragmentos,
incomparablemente más densos que los de Novalis, sobre quien su juicio era
reservado. La verdad es que le interesaba menos lo que un autor decía que lo
que debería haber dicho, lo que ocultaba, adoptando así el método de
Chestov, la peregrinación a través de las almas mucho más que a través
de las doctrinas. Sensible como nadie a los casos extremos, a los fascinantes
secretos de ciertas sensibilidades, me habló una vez de un ruso exiliado en
París que durante dieciocho años había sufrido en silencio porque creía que su
mujer le era infiel. Tras tantos años de suplicio mudo, un día, no pudiendo
soportarlo más, tuvo una discusión con ella, tras la cual, habiendo concluido
que todas sus sospechas habían sido infundadas, y siendo incapaz de soportar la
idea de haberse atormentado por nada durante tanto tiempo, pasó a la habitación
de al lado y se saltó la tapa de los sesos.
Otro día,
evocando sus años en Bucarest, me dio a leer un artículo abyecto escrito contra
él por Tudor Arghezi, gran poeta pero mejor panfletario aún, que se encontraba
entonces en la cárcel por razones políticas (era poco después de la guerra del
14). Fondane, muy joven, había ido a hacerle una entrevista; como recompensa,
Arghezi tuvo el descaro de hacerle un retrato caricaturesco y de un contenido
tan infame que nunca he comprendido cómo pudo enseñármelo. A veces, Fondane
tenía sorprendentes desapegos...
Indulgente
de ordinario, dejaba de serlo con quienes pensaban haber encontrado, con
quienes se convertían a cualquier cosa. Estimaba mucho a Boris de Schloezer, y
supuso para él una gran decepción enterarse de que el traductor magistral de
Chestov se había pasado al catolicismo. No podía creérselo, equiparaba
el acontecimiento a una traición. Buscar era para él algo más que una
necesidad o una obsesión, buscar sin interrupción era una fatalidad, su
fatalidad, perceptible hasta en su manera de hablar, especialmente cuando se
entusiasmaba, o cuando oscilaba sin cesar entre la ironía y el jadeo. Siempre
me reprocharé no haber anotado sus palabras, sus fórmulas sorprendentes, los
saltos de su pensamiento orientado en todas direcciones, constantemente en
lucha contra la tiranía y la nulidad de las evidencias, ávido de
contradicciones y como aterrado ante la idea de desembocar en algo.
Le veo aún
liando cigarro tras cigarro. Nada puede igualar, decía, el placer de encender
uno en ayunas. El no se privaba de ello a pesar de la úlcera de estómago que
tenia, de la cual esperaba ocuparse más tarde, en un futuro sobre el que no se
hacía la menor ilusión... La mujer de su más viejo amigo me decía por esa época
que no podía amarle a causa de lo que ella llamaba «su aspecto enfermizo».
Sobre su rostro no se percibían, es cierto, los signos del vigor; pero todo en
él estaba más allá de la salud y de la enfermedad, como si una y otra no fueran
más que etapas que había superado ya. En eso se parecía a un asceta, a un
asceta de una vivacidad prodigiosa y de una inspiración que hacía olvidar,
mientras hablaba, su fragilidad y su vulnerabilidad. Pero cuando se callaba,
él, que a pesar de todo estaba por encima de su destino, daba la impresión de
arrastrar consigo no se sabe qué de lamentable y en ciertos momentos de
perdido. El poeta inglés David Gascoyne (cuyo final sería también trágico,
aunque en circunstancias diferentes a las de Fondane), me contó un día que
había sido perseguido durante meses por la imagen de Fondane, a quien había
encontrado por casualidad en el Boulevard Saint‑Michel el día de la muerte de
Chestov. Se comprenderá fácilmente por qué, treinta y tres años después de su
deportación a Auschwitz, un ser tan atractivo como Fondane se halla
singularmente presente en mi espíritu, y por qué no puedo pasar nunca por el número
6 de la Fue Hollín sin sentir congoja.
1978
Valéry y los estragos de
la perfección
De joven yo
era arrogante y no me interesaban más que los filósofos y su jerga. Valéry era
entonces un dios que no me preocupaba en absoluto, al que no hacía el mínimo
caso. El culto que se le rendía me pareció indebido, e incluso ridículo, hasta
el día en que caí por casualidad sobre este fragmento de frase: «... el
sentimiento de serlo todo y la evidencia de no ser nada». Esta magnífica
trivialidad fue para mí un acontecimiento, tras el cual me puse a leer a Valéry,
al prosista, por supuesto. Pues nunca he podido comprender que hiciese una
carrera de poeta. Abro «La joven Parca»: malestar incalificable, el mismo que
siempre he experimentado ante semejante elaboración hiperconsciente,
artificial, penosa en grado sumo (que le exigió, miseria vertiginosa, una
centena de borradores). Por más que lo intento, no puedo continuar. ¿Releeré
«El cementerio»? Renuncio a ello: es demasiado perfecto. La indigencia de la
poesía francesa en general es casi trágica. Por todas partes ese gusto
desastroso por la perfección, por la perfección vacía, a causa del cual
perecerá. En el caso de Valéry las cosas se complican, pues sus teorías sobre
la poesía son un crimen contra la poesía: esterilizantes, peligrosas, consagran
y reivindican la impotencia, asimilan el acto poético a un cálculo, a una
tentativa premeditada. La poesía es todo salvo eso: la poesía es inacabamiento,
explosión, presentimiento, catástrofe. No esa geometría cargante ni esa
sucesión de adjetivos exangües. Somos todos demasiado vulnerables, estamos
demasiado cansados, y en nuestra fatiga somos demasiado bárbaros para apreciar
aún esas galas y esas joyas. La palabra oficio, atroz aplicada a un
poeta, Valéry la merece totalmente. ¿Cómo un espíritu tan desengañado como él
pudo extraviarse hasta ese punto? Debería haberse dedicado al poema didáctico,
único género que le hubiese convenido realmente, haber tomado como modelo a
Lucrecio en lugar de a Mallarmé, y haber puesto en verso la filosofía de Comte
o de Spencer. Para la poesía se necesita un desequilibrio especial, que él no
tuvo la suerte de padecer. El moralista no es, por definición, poeta; y Valéry
es un moralista, comparable a los mayores, tan hábil como ellos en el arte de
elevar sus secretos al rango de verdades impersonales, como lo demuestran sus
libros de aforismos, cuyo fondo es despiadado e incluso feroz, a pesar de una
apariencia de desenvoltura. En cuanto se trata de emitir un juicio sobre las
costumbres o el estilo de una época, Valéry se halla en su elemento. Su prólogo
a las Cartas persas es una obra maestra: no conozco nada más conciso y
sutil sobre la Ilustración. Abundan en él las alusiones a nuestra época, a las
dificultades y las contradicciones de la libertad; me inclino incluso a ver en
ese texto una apología del «despotismo ilustrado», único régimen que, dicho sea
entre paréntesis, puede seducir a un espíritu desengañado, incapaz de ser
cómplice de las revoluciones, dado que ni siquiera lo es de la historia.
De ésta, en
el doble sentido de saber y de devenir, Valéry fue un enemigo constante,
apasionado. No cesó de denunciarla y de rebajarla. Sin embargo, ello no le
impidió poseer un excelente olfato histórico, y comprender maravillosamente el
sentido de numerosos acontecimientos. Su incapacidad para la utopía le ayudó
sin duda a ello. En su papel de espectador, no se le sorprende nunca en
flagrante delito de ingenuidad. La lucidez, que tan bien calificó de
«mortífera», tenía en él la dignidad de un defecto, y es en ella donde hay que
buscar el origen de su interés por el drama de ser consciente y más
precisamente de saber que se es consciente. Ser consciente es una calamidad;
ser doblemente consciente es padecer una doble calamidad, cuya expresión
inmediata e inevitable es el hastío, mal noble sin el cual Valéry nunca hubiera
tenido acceso a ciertos abismos, sin el cual sobre todo no hubiese comprendido
a Pascal hasta el punto de temerlo y odiarlo. No quería exponerse a los mismos
peligros ni a las mismas perplejidades que él; de ahí que no haya dedicado más
que sarcasmos a las aventuras interiores o a las tribulaciones metafísicas. El
hastío fue su mal y su obsesión, su experiencia capital, y para huir de él se
refugió en esa elegancia ininterrumpida que confiere a su obra cierta
monotonía.
Los
positivistas (y él lo fue) acaban fácilmente cayendo en la teología. Valéry
hizo del lenguaje su dios, se entregó a él, como todos aquellos que, una vez
excluido lo absoluto, se aferran a sucedáneos. Escogió las apariencias, se
convirtió, él, tan atento al matiz, en un fanático del verbo, o, si se
prefiere, de la «forma». Fue ésa su manera de hundirse. Pero hoy, naufragio
mucho más grave, no se cree ya en el verbo sino en la ciencia del verbo. A la
pasión por el lenguaje ha sucedido la lingüística, nueva prueba, si falta
hiciera, de nuestra decadencia espiritual. Lo derivado sustituye en todo a lo
original, a lo esencial. la idolatría del lenguaje representaba ya un paso
lamentable hacia esa decadencia. ¿Qué decir entonces de esta segunda idolatría,
mucho más desmoralizadora que la primera?
No es verdad
que un poema se haga con palabras. Nada se hace con palabras. Las palabras son
accesorios o pretextos. Esto se olvida demasiado, y de ahí que la literatura ‑y
todo‑ languidezca en este continente ‑desde hace tiempo, debemos reconocerlo.
Es necesario un mínimo de fatalidad en las cosas del espíritu, como en las
demás. La vida, la sangre han desertado este rincón del mundo. Valéry es el
representante más destacado en el crepúsculo occidental.
1971
EL ULTIMO DELICADO
(Carta a Fernando Savater)
París, l0
de diciembre de l976
Querido
amigo:
En
noviembre, durante su visita a París, me pidió usted que colaborase en un libro
de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda... también.
¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de
ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor. Merecía haber
permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan
inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La
consagración es el peor de los castigos ‑para el escritor en general y muy
especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo
mundo le cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de
aumentar la masa de sus «admiradores», de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia
a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo,
porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos
sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa de ello.
Creo haberle
dicho en otra ocasión que si Borges me interesa tanto es porque representa un
espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de
un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra
a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico
y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de
Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro
sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra,
cuando me decidí a aprender el inglés...) y que ha hablado con admirable
agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India.
Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo
reconciliarlas. Fue un espíritu universal, al que sólo le faltó la gracia, la
seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable
que llega a dotar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, de un
algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado
por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas
deliciosos.
Nunca me han
atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. No
arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad: ésa ha sido mi divisa y
continúa siéndolo. Vuelto hacia otros horizontes, siempre he intentado saber
qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían
ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido
en un medio «cultural» de segundo orden. Lo extranjero se había
convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las
literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que
sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de
Hispanoamérica, y he observado que sus representantes están infinitamente más
informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente
provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veo a nadie con una curiosidad
comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el
vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo
que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.
Siendo
estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre
ellos, un tal Philipp Mainländer me había llamado particularmente la atención.
Autor de una Filosofía de la liberación, poseía además para mí el aura
que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único
que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis
indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. ¡Cuál no sería mi sorpresa
cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que le sacaba
precisamente del olvido! Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese
momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges,
destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en
todas las direcciones, aunque no sea más que para escapar a la asfixia
argentina. Es la nada sudamericana la que hace a los escritores de aquel
continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste,
paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa
esclerosis.
Puesto que
le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin
vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad
que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del tango. Para él
«todo vale», puesto que él mismo es centro de todo. La curiosidad universal es
signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo
del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía
de lo arbitrario, interpretarse según los criterios más caprichosos. ¿Dónde se
halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema... El juego en Borges
recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el
malabarismo con lo imitado. Friedrich Schlegel, hoy, se halla adosado a la
Patagonia ...
Una vez más,
no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan
refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello
implica... Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de
una humanidad sin dogmas ni sistemas y, si existe una utopía a la cual yo me
adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a
uno de los espíritus menos graves que han existido, al «último delicado»...
Fisonomía de un
hundimiento
(La experiencia pascaliana de un novelista
norteamericano)
La lucidez
es en algunas personas un don primordial, un privilegio e incluso una gracia.
No tienen necesidad alguna de adquirirla: están predestinados a ella. Todas sus
experiencias concurren para hacerles transparentes a sí mismos. Aquejados de
clarividencia, ésta les define tanto que la padecen sin sufrir. Si viven en una
crisis perpetua, la aceptan naturalmente pues es inmanente a su existencia. En
otras personas, por el contrario, la lucidez es un resultado tardío, el fruto
de un accidente, de una fractura interior sobrevenida en un momento dado. Hasta
entonces, encerrados en una agradable opacidad, se adherían a sus evidencias
sin sopesarlas ni descubrir su vació. Y de repente un día se encuentran
desengañados y como lanzados, a pesar de ellos mismos, en la carrera del
conocimiento, tropezando entre verdades irrespirables, a las cuales nada les
había preparado. De ahí que sientan su nueva condición no como un favor, sino
como un «golpe». A Scott Fitzgerald nada le había preparado a afrontar o soportar
esas verdades irrespirables. El esfuerzo que hizo para acomodarse a ellas no
carece de patetismo.
«A todas
luces, vivir es hundirse progresivamente. Los golpes que más espectacularmente
nos destruyen, los grandes golpes repentinos que proceden ‑o parecen proceder‑
del exterior, aquellos que se recuerdan, aquellos a los que se hace
responsables de todo y de los que se habla los amigos en los momentos de
debilidad, esos golpes no dejan huellas. Pero existe otra clase de golpes, que
proceden del interior, de los que nos damos cuenta demasiado tarde para poder
evitarlos. Irrevocablemente se apodera entonces de nosotros la revelación de
que nunca más seremos quienes hemos sido.»
No son éstas
consideraciones de un novelista brillante, de un novelista de moda... A este
lado del paraíso, El gran Gastby, Suave es la noche, The Last Tycoon: si
Fitzgerald sólo hubiese escrito esas novelas, no sería interesante más que
desde un punto de vista literario. Por fortuna, es asimismo el autor de The
Crack‑up[1], obra de la que acabamos de dar una muestra y en la que describe su
fracaso, su único gran éxito.
En su
juventud, una única obsesión le domina: convertirse en un successful
literary man. Y lo consigue. Conoce la celebridad e incluso una gloria de
calidad. (Cosa incomprensible para nosotros: ¡T.S. Eliot le escribe que ha
leído tres veces El gran Gatsby!) El dinero le obsesiona: desea ganar el
máximo posible y habla de él sin pudor. En sus cartas y en sus notas alude
constantemente a él, hasta el punto de que a veces nos preguntamos si nos
hallamos en presencia de un escritor o de un hombre de negocios. Y no es que yo
deteste las correspondencias en las que se confiesan los problemas materiales;
por el contrario, las prefiero mil veces a esas otras ‑falsamente etéreas‑ que
los escamotean o los disfrazan de poesía. Pero hay maneras y maneras de
hacerlo. Las cartas de Rilke, que tanto aprecié hace tiempo, me parecen hoy
exangües e insulsas. No se hace en ellas la menor alusión al lado mezquino de
la pobreza. Escritas para la posteridad, su «nobleza» me exaspera. Angeles y
pobres son en ellas vecinos. ¿No hay acaso cierto descaro o una ingenuidad
calculada en hablar largamente de ello en misivas dirigidas a duquesas? Jugar
al espíritu puro raya en la indecencia. Yo, que no creo en los ángeles de
Rilke, creo menos aún en sus pobres. Son demasiado «distinguidos» y carecen de
cinismo, la sal de la miseria. Por el contrario, las cartas de un Baudelaire o
de un Dostoievsky ‑cartas de pedigüeños‑ me conmueven por su tono suplicante,
desesperado, anhelante. Uno siente que si hablan de dinero es porque no pueden
ganarlo, porque han nacido pobres y lo serán siempre, suceda lo que suceda. La
pobreza les es consustancial. Apenas aspiran al éxito, pues saben que no
podrían obtenerlo. Lo que nos molesta en Fitzgerald, en el Fitzgerald de los
comienzos, es que aspira a él y lo alcance. Pero, afortunadamente, su éxito no
será más que un rodeo, un eclipse de su conciencia antes del despertar a sí
mismo, a la revelación de que nunca más será quien fue.
Fitzgerald
muere en 1941, a los cuarenta y cuatro años; su crisis se sitúa hacia 1935‑1936,
época en la que escribe los textos que compondrán el The Crack‑up. Antes
de esa fecha, el acontecimiento capital de su vida es su matrimonio con Zelda.
Juntos llevarán la existencia artificial de los norteamericanos en la Costa
Azul. Más tarde calificaría su estancia en Europa de «siete años de despilfarro
y de tragedia», siete años en los que hicieron todas las extravagancias
posibles, como obsesionados por un deseo secreto de agotarse, de vaciarse
interiormente. Y lo inevitable sucede: Zelda se hunde en la esquizofrenia y no
sobrevive a su marido más que para acabar muriendo en el incendio de un
manicomio. El había escrito a propósito de ella: «Zelda es un caso y no una
persona». Sin duda quería dar a entender con ello que no era interesante más
que para la psiquiatría. El, por el contrario, sería una persona: un caso que
compete a la psicología o a la historia.
«Con
frecuencia, en otra época, la felicidad que sentía se aproximaba a un éxtasis
tal que no hubiera podido compartirla ni siquiera con el ser más querido. Debía
llevármela conmigo a lo largo de las calles tranquilas y destilar ínfimos
fragmentos en pequeñas frases que escribía. Mi facultad de ser feliz era, creo,
excepcional. No había en ella nada natural, era tan anormal como el período de
prosperidad de Norteamérica. De la misma manera, lo que acaba de sucederme
corresponde a este ascenso de desesperación que ha sepultado a la nación al
final de los años de opulencia.»
Dejemos a un
lado la complacencia con que Fitzgerald considera la expresión de una
«generación perdida» o interpreta su propia crisis a partir de elementos
exteriores. Pues, si ella procediese únicamente de una coyuntura, perdería todo
su alcance. En lo que tienen de específicamente norteamericano, las
revelaciones de The Crack‑up no conciernen más que a la historia
literaria, a la historia sin más. Sin embargo, como experiencias íntimas
participan de una esencia, de una intensidad que trascienden las contingencias
y los continentes.
«Lo que
acaba de sucederme...» ¿Qué le sucedió a Fitzgerald? Había vivido en la
embriaguez del éxito, había deseado la felicidad a cualquier precio, había
aspirado a convertirse en un escritor de primer orden. En sentido propio y en
sentido figurado, había vivido en el sueño. Pero el sueño de repente le
abandona, comienza a velar y lo que descubre en sus vigilias le horroriza. Una
esterilidad clarividente le sumerge y paraliza.
El insomnio
nos dispensa una luz que no deseamos, pero a la cual, inconscientemente,
tendemos, una luz que reclamamos a pesar nuestro, contra nosotros mismos. A
través de ella ‑y a expensas de nuestra salud‑ hallamos otra cosa, verdades
peligrosas, nocivas, todo aquello que el sueño nos impedía entrever. Pero
nuestros insomnios nos liberan de nuestras facilidades y de nuestras ficciones
únicamente para colocarnos ante un horizonte cerrado: ellos iluminan
nuestros impasses. Nos condenan a la vez que nos liberan: equívoco
inseparable de la experiencia de la noche. Fitzgerald intenta en vano escapar a
esa experiencia. Le asalta, le aplasta, es demasiado profunda para su espíritu.
¿Recurrirá a Dios? Detesta la mentira, es decir, no tiene acceso alguno a la religión.
El universo nocturno se eleva ante él como un absoluto. No tiene tampoco acceso
a la reflexión metafísica, a la que no obstante será forzado. Visiblemente no
se hallaba maduro para sus noches.
«De repente
surge el horror como una tormenta. Y si esta noche prefigurara la que sigue a
la muerte; si el más allá no fuese más que un estremecimiento sin fin al borde
de un abismo al que nos empuja todo lo que en nosotros es cobarde y corrupto, y
en el que nos preceden la cobardía y la corrupción del mundo. Ninguna
escapatoria, ninguna salida, ninguna esperanza, sino únicamente la meditación
perpetua sobre lo sórdido y lo semi‑trágico... O quizás esperar indefinidamente
en los confines de la vida sin poder jamás superar el umbral que nos separa de
ella. Cuando el reloj da las cuatro de la madrugada no soy más que un
espectro.»
A decir
verdad, excepto el místico o el hombre que es víctima de una gran pasión,
¿quién se halla verdaderamente maduro para sus noches? Uno puede desear perder
el sueño si es creyente; pero ¿cómo permanecer, sin ninguna certeza, horas y
horas a solas consigo mismo? Se le puede reprochar a Fitzgerald que no haya
comprendido la importancia de la noche como ocasión o método de conocimiento,
como desastre enriquecedor; pero no podemos permanecer insensibles al patetismo
de sus vigilias, en las que la «meditación sobre lo sórdido y lo semi‑trágico»
era en él la consecuencia de su rechazo de Dios, de su incapacidad de ser
cómplice del mayor fraude metafísico, de la falacia suprema de nuestras noches.
«La manera
ordinaria de permanecer a Dote cuando uno se hunde es pensar en quienes luchan
contra la miseria verdadera o contra la enfermedad: es ése un género cómodo de
euforia al alcance de cualquiera en los momentos de depresión y un remedio
saludable durante el día. Pero a las tres de la madrugada, cuando el olvido de
un objeto toma proporciones tan trágicas como una condenación a muerte, el
remedio se vuelve inoperante. Pues bien, en la verdadera noche del alma, son
eternamente las tres de la madrugada, día tras día.»
Las verdades
diurnas dejan de existir en la «verdadera noche del alma». Y a esa noche, en
lugar de bendecirla como a una fuente de revelaciones, Fitzgerald la maldice,
la asimila a su decadencia y le retira todo valor de conocimiento. Realiza
una experiencia pascaliana sin espíritu pascaliano. Como todos los
frívolos, tiembla ante la idea de ir más lejos dentro de sí mismo. Una
fatalidad sin embargo le obliga a ello. A pesar de que se resiste a extender su
ser hasta sus límites, debe hacerlo. El extremo al que accede, lejos de ser el
resultado de una plenitud, es la expresión de un espíritu roto: es lo ilimitado
de la fisura, la experiencia negativa de lo infinito. Sobre ello se explicará
en un texto que nos da la clave de sus trastornos.
«Lo único
que yo buscaba era la tranquilidad más perfecta para descubrir por qué había
llegado a comportarme tristemente ante la tristeza, melancólicamente ante la
melancolía, trágicamente ante la tragedia, por qué me identificaba con los
objetos de mi horror y de mi compasión».
Texto
capital, texto de enfermo. Para comprender su importancia, intentemos definir,
por contraste, el comportamiento del hombre sano, del hombre que actúa.
Concedámonos para ello un suplemento de salud... Por muy contradictorios e
intensos que sean nuestros estados, normalmente los dominamos, logramos
neutralizarlos: la «salud» es la facultad que poseemos de mantenernos a cierta
distancia de ellos. Un ser equilibrado logra siempre escamotear sus
profundidades o escapar a sus propios abismos. La salud ‑condición de la acción‑
supone una huida hacia adelante en uno mismo, una deserción de sí mismo. Ningún
acto verdadero es posible sin la fascinación por el objeto. Cuando
actuamos, nuestros estados interiores no cuentan más que por su relación con el
mundo exterior; no tienen ningún valor intrínseco; de ahí que podamos
dominarlos fácilmente. Si por casualidad estamos tristes, lo estamos a causa
de una situación determinada, de un incidente o de una realidad precisa.
El enfermo,
por el contrario, procede de una manera totalmente distinta. Vive sus estados
en sí mismos, su tristeza tristemente, su melancolía melancólicamente y
experimenta cada tragedia, si la acepta, la experimenta trágicamente. Sólo es sujeto.
Si se identifica con los objetos que le inspiran horror o compasión, esos
objetos no constituyen para él más que modalidades diversas de él mismo. Estar
enfermo es coincidir totalmente con uno mismo.
«El menor
gesto ‑lavarme los dientes, cenar con un amigo‑ me costaba un esfuerzo... El
amor que tenía por mi familia y mis amigos no lo sentía, me esforzaba en
sentirlo, y en mis relaciones con el exterior... no hacia más que emplear el
recuerdo de gestos antiguos.»
Si Zelda
hubo de conocer el divorcio con lo real en su aspecto irreparable, Fitzgerald
tuvo la suerte de experimentarlo de manera atenuada: una esquizofrenia para
literatos... Añadamos que ‑nueva suerte para él‑ fue un experto en self-pity.
El abuso que de ella hizo le preservó de una ruina total. En efecto, el exceso
de conmiseración con nosotros mismos conserva nuestra razón, pues ese repliegue
sobre nuestras miserias procede de una alarma de nuestra vitalidad, de una
reacción de energía, al tiempo que expresa un disfraz elegíaco de nuestro
instinto de conservación. No debe tenerse ninguna compasión por quienes se la
tienen a sí mismos. Nunca se hundirán completamente...
Fitzgerald
sobrevive a su crisis sin superarla totalmente. Espera sin embargo encontrar un
equilibrio entre el «sentido de la inutilidad de todo esfuerzo y el de la
necesidad del combate, entre la convicción del fracaso inevitable y el
imperativo del éxito». Su ser, piensa, podría continuar así su carrera como
«una flecha entre dos puntos de la nada que únicamente la gravedad podría hacer
volver a la tierra».
Esos accesos
de orgullo son accidentales. En el fondo de sí mismo quisiera volver, en sus
relaciones con los demás, a los subterfugios de la existencia convencional;
quisiera retroceder Para lograrlo se impondrá una máscara.
«Una sonrisa
‑sí, había decidido fabricarme una sonrisa. Continúo trabajando en ello.
Quisiera emplear para conseguirlo todo el arte del hotelero, de la vieja
canalla mundana, del director de escuela el día de los premios, del
ascensorista negro..., de la enfermera que llega a la nueva casa, de la modelo
que posa desnuda por primera vez, del figurante de cine optimista a quien se ha
empujado delante de la cámara...»
Su crisis no
iba a conducirle ni a la mística ni a la desesperación final o al suicidio,
sino al desengaño. «Un cartel, Cave canem, se halla colgado
permanentemente en mi puerta. Pero intentaré al menos comportarme como un
animal bien amaestrado; si me echáis un hueso con un poco de carne alrededor
llegaría incluso a lameros la mano.» Fitzgerald es lo bastante esteta para
templar su misantropía mediante la ironía, para introducir una nota de
elegancia en la economía de sus desastres. Su estilo ligero e impertinente nos
deja entrever lo que podríamos llamar el encanto de la vida arruinada.
Añadiría incluso que se es «moderno» en la medida en que se es sensible a ese
encanto. Reacción de desengañados, sin duda, de individuos que, incapaces de
recurrir a un segundo plano metafísico o a una forma trascendente de salvación,
se apegan a sus males con complacencia, como a derrotas aceptadas. El desengaño
es el equilibrio del vencido. Y, como un vencido, Fitzgerald, tras haber
concebido las verdades despiadadas de The Crack‑up, se va a Hollywood a
buscar el éxito ‑siempre el éxito, en el cual, por otra parte, ya no podía
creer. ¡Tras una experiencia pascaliana, escribir guiones de cine! En los
últimos años de su vida parece como si no aspirara más que a comprometer sus
abismos, a desvirtuar sus neurosis, como si en lo más profundo de sí mismo se
sintiese indigno del hundimiento que acaba de padecer. «Hablo con la autoridad
del fracaso», había dicho un día. Pero él mismo, con el tiempo, rebaja ese
fracaso, le hace perder todo su valor espiritual. No debemos extrañarnos de
ello: en la «verdadera noche del alma» Fitzgerald lucha más como una víctima
que como un héroe. Lo mismo les sucede a todos aquellos que viven su drama
únicamente en términos de psicología; incapaces de percibir un absoluto
exterior contra el cual combatir o al cual plegarse, recaen eternamente en
ellos mismos para vegetar, a fin de cuentas, por debajo de las verdades
que han entrevisto. Son, repitámoslo, desengañados; pues el desengaño ‑retroceso
tras un desastre‑ es propio del individuo que no puede destruirse a causa de
una desgracia, ni soportarla hasta el final para triunfar sobre ella. El
desengaño es lo puro «semi‑trágico». Y dado que Fitzgerald no logró mantenerse
a la altura de su drama, no podríamos considerarlo como un angustiado de
calidad. El interés que tiene para nosotros consiste precisamente en esa
desproporción entre la insuficiencia de sus medios y la amplitud de la
inquietud que vivió.
Un
Kierkegaard, un Dostoievsky, un Nietzsche dominan sus propias experiencias y
sus vértigos, pues son superiores a lo que les «sucede». Su destino
precede a su vida. En el caso de Fitzgerald, por el contrario, la existencia es
inferior a lo que ella descubre. Ve el momento culminante de su vida como un
desastre del que no se consuela, a pesar de las revelaciones que extrae de él. The
Crack‑up es la «temporada en el infierno» de un novelista. No queremos con
ello minimizar en absoluto el alcance de un testimonio en sí mismo conmovedor.
Un novelista que desea ser únicamente novelista sufre una crisis que durante
cierto tiempo le proyecta fuera de las mentiras de la literatura. Despierta a
algunas verdades que hacen vacilar sus evidencias, el reposo de su espíritu.
Acontecimiento poco frecuente en el mundo de las letras, en el que el sueño es
de rigor, y que en el caso de Fitzgerald no ha sido siempre comprendido en su
verdadero significado. Así, sus admiradores lamentan que haya insistido sobre
su fracaso y que haya arruinado, a fuerza de examinarlo y de rumiarlo, su
carrera literaria. Nosotros lamentamos, por el contrario, que no se haya
dedicado suficientemente a él, que no lo haya profundizado y explotado más. Es
propio de los espíritus de segundo orden no poder escoger entre la literatura y
la «verdadera noche del alma».
1955
Carta
sobre Mircea Vulcanescu
París, 20
de enero de 1968
Querida
señora:
En los Relatos
hasídicos, se dice de Baal‑Shem‑Tov: «Cuando todas las almas estaban en
Adán, en el momento en que éste se acercó al Árbol de la Ciencia, el alma de
Baal‑Shem‑Tov se escapó y de esa manera no probó el fruto del árbol».
Cuanto más
pienso en su padre, más me parece que era una excepción vertiginosa, un ser que
debió evitar también, gracias a algún milagro, nuestra maldición común. Puede
parecer insensato afirmar, a propósito de un espíritu realmente universal, que
no había probado el fruto maldito. Y sin embargo debe de ser cierto, pues su
prodigiosa sabiduría iba acompañada de una pureza que yo nunca he visto en
nadie. El pecado original, evidente en todos nosotros, no era visible en él,
que desbordaba de salud y en quien, maravillosa paradoja, se escondía alguien
evadido de un icono. Tanto si hablaba de economía como de teología, emanaban de
él una fuerza y una luz que renuncio a definir. No querría hacer de su padre un
santo, pero lo era de alguna manera. Piense que, rodeado de autores, nunca
aspiro a ser un autor, que la voluntad de hacerse un nombre le parecía
inconcebible, que en ningún momento fue seducido por la gloria, esa tentación
del hombre descarriado que corroe a todos los mortales salvo a algunos
solitarios que han recobrado la inocencia en los límites del espíritu. No creo
que nunca se le pasara por la cabeza la idea nociva de ser un incomprendido; no
envidiaba ni odiaba a nadie: hostil a la posibilidad misma de mostrar sus
propias cualidades, no se esforzaba por ser algo, lo era. Un día en que,
en uno de mis arrebatos de furor contra lo que yo entonces llamaba «nuestra
nada natal», le decía que los rumanos no habíamos sido capaces de producir un
solo santo, me respondió con su amabilidad acostumbrada, que por una vez
mostraba cierta vehemencia: «Tenía usted que haber visto a una vieja que yo
conocí en un pueblo perdido y que a fuerza de prosternarse y de rezar había
marcado con sus rodillas el suelo de su chamizo. La verdadera santidad no
necesita mostrarse y ser reconocida».
Prácticamente nunca estábamos de acuerdo sobre
el papel reservado a nuestro país, al cual, por masoquismo o cualquier otro
motivo, yo me complacía en no reconocer ningún mérito ni ninguna fortuna
futura. Para mí, el hecho esencial, el concepto rumano por excelencia era el de
nenoroc, la desgracia. Aludía a él en todas nuestras conversaciones, con
una insistencia que a su padre no debía de agradarle. Volví a la carga en una
carta, la última que le escribí para agradecerle un estudio sobre el pueblo
rumano que me había dedicado y en el que citaba muchas locuciones autóctonas
cargadas de sentido y de sabiduría, pero en el que, le decía yo, había olvidado
la más importante, la más reveladora: «N'a fost sá fie» [todo ha salido
mal] ‑en la cual veía yo el resumen, la fórmula, el emblema de nuestro destino.
En ese debate, en el que nuestras tesis se enfrentaban ahora con el paso del
tiempo, ya no estoy tan seguro de haber tenido razón. Sufrir hasta el tormento
a causa de la insignificancia histórica de nuestro país es un defecto de
literato, un vicio de plumífero. En absoluto expuesto a esas debilidades,
Mircea Vulcanescu sólo apreciaba los valores intrínsecos: que su país o que él
mismo existiese o no para los demás, eso apenas le importaba. Y porque
era tan ajeno a ese orgullo de mala calidad, se comprende fácilmente que en
ningún momento le viese amargado o crispado. Como vivía cada instante íntegramente,
todo aquello de lo que hablaba se convertía en un universo. Su extraordinaria
vitalidad transfiguraba tanto los problemas como los paisajes. He visitado con
frecuencia el parque de Versailles, pero no lo he visto realmente más que una
vez, y de manera definitiva, inolvidable, antes de la guerra, cuando su padre
nos explicaba a Wendy y Dinu Noica y a mí que el jardín que contemplábamos
desde lo alto de la terraza había sido concebido como una mónada, una mónada
paradójicamente provista de una ventana, una sola, esa abertura que se ve al
final entre dos álamos, por la cual, desde el espacio cerrado en el que se halla
uno, se desemboca en lo infinito. Mircea, revelándonos con un fervor sabio
aquel mundo perfecto, marcado no obstante por una fisura metafísica, parecía
explicarnos la teoría del paraíso, del cual sin duda su memoria, más viva que
cualquier otra, conservaba una huella clara.
Había
siempre en él un aspecto que no acabábamos de comprender; eso era lo que más me
gustaba de él. Imposible delimitarlo, sostener que era esto o aquello.
Indudablemente era un filósofo; pero a la vez era mucho más que un filósofo.
Era milagrosamente todo. No había tema que no tratara con solicitud y
minuciosidad. ¡Qué estupefacción la mía cuando un día me dijo que acababa de
escribir, para no sé qué enciclopedia, un texto largo y detallado sobre la
primera guerra mundial! Había dedicado a ello varios meses sin el sentimiento
de haber perdido el tiempo o de haber tratado un tema exterior a él, indigno de
él. Nunca se rebajaba al, arrepentimiento: ése me parecía ser su secreto,
secreto que, debo confesarlo, yo deseaba extraordinariamente poder robarle. La
divisa de Valéry, «el rechazo indefinido de ser cualquier cosa...», Mircea
Vulcanescu no hubiera podido hacerla suya; él hubiera preferido más bien: «La
aceptación indefinida de ser cualquier cosa, de serlo todo», la aceptación o si
se quiere la alegría. Me resulta imposible imaginar a su padre desesperado.
Pero, por otro lado, me resulta difícil creer que no haya conocido las
angustias de la desesperación. El, tan abierto, tan dispuesto a comprenderlo
todo, no estaba sin embargo predestinado por naturaleza a concebir el infierno,
y menos aún a descender a él. Lo que quisiera decirle es que, de todos los
seres que he amado y admirado, ninguno me ha dejado un recuerdo tan
fortalecedor como su padre: me basta con recordar su imagen, conmovedora en su
claridad, para que de repente le encuentre un sentido a la insanía de ser y me
reconcilie con este mundo.
Una
presencia decisiva
Desde el
momento en que una mujer se consagra a la filosofía, se vuelve presuntuosa y
agresiva, y reacciona como una advenediza. Arrogante y sin embargo insegura,
visiblemente extrañada, no se encuentra, a todas luces, en su elemento.
¿Cómo es posible que el malestar que inspiraría no se experimente nunca en
presencia de Maria Zambrano? Con frecuencia me lo he preguntado y creo poseer
una respuesta: Maria Zambrano no ha vendido su alma a la Idea, ha protegido su
esencia única colocando la experiencia de lo Insoluble por encima de la
reflexión sobre él, ha dado en suma un paso más allá de la filosofía... Para
ella, nada es verdad salvo lo que precede o lo que sigue a lo formulado,
únicamente el verbo que se hurta a las trabas de la expresión o, como ella
misma ha dicho magníficamente, «la palabra liberada del lenguaje».
Maria
Zambrano forma parte de esos seres que lamentamos ver demasiado raramente, pero
en los cuáles no dejamos de pensar y que quisiéramos comprender o por lo menos
adivinar. Un fuego interior que se oculta, un ardor que se disimula bajo una
resignación irónica: todo en Maria Zambrano desemboca en otra cosa, todo
implica un matiz de más allá, todo. Aunque se puede conversar con ella
de cualquier cosa, se está siempre seguro de que tarde o temprano se abordarán
interrogaciones capitales y ello sin seguir necesariamente los meandros del
razonamiento. De ahí un estilo de conversación en absoluto marcado por la tarea
de la objetividad, gracias al cual ella nos conduce hacia nosotros mismos,
hacia nuestras indagaciones mal definidas, hacia nuestras perplejidades
virtuales. Recuerdo con exactitud el momento en que en el Café de Flore, a
finales de los años cincuenta, tomé la decisión de explorar la Utopía. Sobre
ese tema, que habíamos abordado de pasada, me citó unas palabras de Ortega que
comentó sin insistencia; yo decidí en ese mismo momento profundizar sobre la
nostalgia o la espera de la Edad de Oro. Eso fue lo que más tarde haría con una
curiosidad frenética que poco a poco se agotaría o que acabaría más bien
transformándose en exasperación. Lo cual no quita para que aquella conversación
originase abundantes lecturas durante dos o tres años.
¿Quién como
María Zambrano, yendo al encuentro de nuestras inquietudes, de nuestras
búsquedas, posee el don de dejar caer el vocablo imprevisible y decisivo, la
respuesta de prolongaciones sutiles? De ahí que quisiéramos consultarla en los
momentos cruciales de una vida, en el umbral de una conversión, de una ruptura,
de una traición, en la hora de las últimas confidencias, graves y
comprometedoras, para que nos revele y explique a nosotros mismos, para que nos
dispense, por así decirlo, una absolución especulativa, y nos reconcilie tanto
con nuestras impurezas como con nuestros callejones sin salida y nuestros
estupores.
La supremacía del hastío
(Prólogo a Saggi sul pensiero leopardiano
de Mario Andrea Rigoni)
Entre los
sugestivos y documentados capítulos de Saggi sul pensiero leopardiano,
me ha interesado muy especialmente el titulado «Illuminismo e negazione», a
causa del paralelo que podría hacerse entre los Canti y los Sermones
de Benarés, y más concretamente entre los antecedentes filosóficos de esas dos
visiones del mundo, tan semejantes y sin embargo tan diferentes. M. A. Rigoni
señala sorprendentes puntos comunes entre La Mettrie y Leopardi, pero piensa
que es muy improbable que este último hubiera leído al autor de El hombre
máquina (1748). En cualquier caso, se interesó por los materialistas de su
época, como Buda por los de la suya. El materialismo es en sí mismo una
filosofía simplista. Decepcionante por lo que afirma, es no obstante eficaz por
lo que niega, dado que toda negación es un camino hacia la liberación. Esa Weltanschauung,
esa concepción del mundo contagiosa y primaria, tiene el mérito de ser una
versión (vulgar, es cierto, pero qué importa) de la experiencia de la Nada, la
más noble de todas las experiencias. Revelación sería aquí la palabra justa,
dado que conduce a la desolación o al nirvana, únicas salidas posibles cuando
se ha tocado el fondo de todo. Envidiemos a quienes han hallado la liberación y
la paz, pero permanezcamos con quien no ha encontrado ni la una ni la otra
¿Dónde reside lo verdadero: en la visión de Buda o en la apología del suicidio
que hace Porfirio en su confrontación con Plotino, imaginada por Leopardi?
Pensándolo bien, ambos invitan al renunciamiento. Ninguna solución, pues,
dentro de la existencia. Se puede incluso ir más lejos y rechazar la idea de
solución, hundirse cada vez más en ese capital callejón sin salida que anula
todas las preguntas y todas las respuestas: el hastío. Nadie ha conocido
sus tormentos tanto como Leopardi.
Los autores
que cuentan para nosotros son menos los que hemos leído mucho, que aquellos en
los que no hemos dejado de pensar, que han estado presentes en los
momentos esenciales de nuestra vida, los autores cuyo martirio nos ha ayudado a
soportar el nuestro. Yo no puedo preciarme de haber leído asiduamente a
Leopardi, pero me arrogo el derecho de considerarle como un amigo, un amigo
providencial que me ha socorrido siempre permitiéndome comparar mis miserias a
las suyas. Me he sentido, y sigo sintiéndome, tan cercano a él en mis estados
de lasitud, de abandono y de horror, que evocar al hombre que fue me parece una
indiscreción, un abuso, un acto de fraternal y legítima usurpación. Una vez
más, no pienso en el escritor sino en el hombre, en el torturado por el hastío,
plaga de su vida y plaga de la mía, con la diferencia, sin embargo, de que ella
fue para él generadora de inmensos poemas y no de algunas frases deshilvanadas.
Pero, bárbaro de los Cárpatos, me atrevo al menos a compararme a su «pastor
errante» y no creo haber sido indigno de él cuando en mi juventud, sorprendido
de repente por la revelación del sinsentido universal, me tiraba al suelo
gritando y convulsionándome víctima de una crispación extrema, aunque, eso sí,
con bastante menos estilo que el pastor asiático.
Durante toda
mi vida he sido víctima del hastío; la primera experiencia consciente
que tuve de él se remonta a una tarde de mi infancia en que sentí con una
intensidad insuperable una presencia a la vez interior y exterior: la presencia
del tiempo que se hallaba en mí y fuera de mí, y en los dos casos como un
desgarramiento como una fulgurante exclusión del paraíso y sobre todo como una
impresión de vacuidad propiamente inagotable (impresión paradójica que es la
definición misma del hastío), experiencia que más tarde habría de experimentar
tan a menudo. Con razón o sin ella, imagino que Leopardi debió de afrontar el
mismo género de sensaciones y de padecimientos. Y, si soy incapaz de escribir
sobre alguien del que tengo tantos motivos para admirar como para amar, es a
causa de esa ilusión ‑o esa certeza. Una inhibición por exceso de
complicidad... Varias veces se me ha pedido que escriba sobre Pascal y
Baudelaire. Ahora me doy cuenta de que si no lo he hecho ha sido por las mismas
razones que en el caso de Leopardi. Me siento demasiado apegado a quienes han
sucumbido a la magia del abismo para poder emitir sobre ellos el menor juicio objetivo.
El
romanticismo de la prostitución
(Carta a Jacques Le Rider a propósito de
Weininger)
París, 16
de diciembre de 1982
Leyendo su
libro sobre mi antiguo y lejano ídolo, no he podido dejar de pensar en el
acontecimiento que fue para mí la lectura de Geschlecht und Charakter
[Sexo y carácter]. Era en 1928, yo tenía diecisiete años y, ávido de toda forma
de exceso y de herejía, me gustaba extraer las últimas consecuencias de cada
idea, llevar el rigor hasta la aberración, hasta la provocación, conferir al
furor la dignidad de un sistema. Dicho con otras palabras: todo me apasionaba
salvo el matiz. En Weininger me fascinaba la exageración vertiginosa, el
infinito dentro de la negación, el rechazo del sentido común, la intransigencia
mortífera, la búsqueda de una posición absoluta, la manía de conducir un
razonamiento hasta el punto en que se destruye a sí mismo y arruina el edificio
del que formaba parte. Añádase a eso su obsesión por lo criminal y lo
epiléptico (especialmente acentuada en Über die letzten Dinge [Sobre las
cosas últimas]), el culto por la fórmula genial y por la excomunión arbitraria,
la equiparación de la mujer a la Nada e incluso a algo menos. A esta afirmación
devastadora mi adhesión fue completa de entrada. El objeto de esta carta es
darle a conocer la circunstancia que me incitó a comulgar con dichas tesis
extremas sobre la mencionada Nada. Circunstancia trivial si las hay, que sin
embargo dictaría mi comportamiento durante varios años, de hecho durante toda
mi existencia de estudiante. Iba aún al Liceo y estaba enamorado de la
filosofía y de una... joven, estudiante como yo. Detalle importante: no la conocía
personalmente, aunque pertenecía al mismo medio social que mi familia. Como les
ocurre con frecuencia a los adolescentes, yo era a la vez insolente y tímido,
pero mi timidez era mayor que mi insolencia. Durante más de un año soporté
aquel suplicio, que culminó un día en que, leyendo bajo un árbol en el gran
parque de la ciudad, de repente oí risas. Cuando me di la vuelta... la vi a
ella en compañía de uno de mis compañeros de clase, el que más despreciábamos
todos y que llamábamos «el Piojo». Tras más de cincuenta años, recuerdo
perfectamente lo que sentí en aquel instante. Pero renuncio a las precisiones.
El caso es que juré en el acto acabar con los «sentimientos». Y fue así como me
convertí en un asiduo de los burdeles. Un año después de esta decepción,
radical y corriente a la vez, Weininger hizo su aparición en mi vida. Yo me
encontraba en la situación ideal para comprenderle. Sus magníficas enormidades
sobre las mujeres me embriagaban. ¿Cómo he podido encapricharme con una parodia
de ser?, me preguntaba sin cesar. ¿Por qué ese tormento, ese calvario a causa
de una ficción, de una nada encarnada? Un predestinado había venido por fin a
liberarme. Pero aquella liberación me arrojaría en una superstición que él
condenaba, puesto que caí en ese Romantik der Prostitution
incomprensible para la gente seria, y que es una especialidad del Este y del
Sudeste de Europa. En cualquier caso, mi vida de estudiante se desarrolló bajo
el encanto de la Puta, a la sombra de su degradación protectora y calurosa e
incluso maternal. Weininger, proporcionándome las razones filosóficas de
execrar a la mujer «honesta», me curó del «amor» durante el período más
orgulloso y frenético de mi vida. Yo entonces no preveía que un día sus
acusaciones y sus veredictos sólo contarían para mí en la medida en que a veces
me harían echar de menos al loco que fui.
El
infierno del cuerpo
(Carta‑prólogo al editor francés
de El silencio del cuerpo de Guido
Ceronetti)
Paris, 7
de marzo de 1983
Me pregunta
usted qué género de hombre es el autor de El silencio del cuerpo. Su
curiosidad es comprensible, pues se trata de un libro que no puede leerse sin
interrogarse constantemente sobre el admirable monstruo que lo ha concebido.
Debo confesarle que sólo lo he visto durante sus visitas a París. Pero con
frecuencia he hablado con él por teléfono y nos hemos escrito. Y también de
manera indirecta, por medio de una persona tan extraordinaria como él: una
italiana de diecinueve años que Guido ha educado en parte y que hace dos años
residió aquí varios meses. De una madurez de espíritu inusitada para su edad,
reaccionaba a veces como una adolescente e incluso como una niña, y esa mezcla
de agudeza genial y de ingenuidad hacía que no se la pudiera olvidar ni un solo
instante. Penetraba en nuestra vida, era realmente una presencia ‑hada visitada
por temores repentinos que aumentaba a la vez su desgracia y su encanto. Como
es lógico, estaba aún más presente en el pensamiento y las preocupaciones de
Guido. No puedo, es evidente, entrar en detalles, aunque no haya nada equívoco
que ocultar. Les recuerdo como si fuera ayer en el Jardín de Luxemburgo una
tarde lluviosa de noviembre: él pálido, sombrío, abrumado, echado hacia
adelante, y ella turbadora, irreal, dando pequeños pasos rápidos para poder
seguirle. Cuando les vi me oculté detrás de un árbol. El día anterior había
recibido una carta de él ‑la más desgarradora que he recibido nunca. Su
aparición precipitada en el parque vacío me dejó una impresión de angustia, de
desolación que me persiguió durante mucho tiempo. Olvido decirle que desde
nuestro primer encuentro su aire de apátrida, de aislamiento fundamental, de
predestinación al exilio, me hicieron pensar inmediatamente en Muychkine. (De
hecho, aquella carta tenía un acento dostoievskiano.) Guido era para ella
inatacable, sólo él escapaba a los juicios devastadores que emitía sobre todo
el mundo. Ella se había adherido sin reservas a su fanatismo vegetariano. No
comer como los demás es aún más grave que no pensar como ellos. Los principios
o, mejor, los dogmas alimenticios de Guido son de un rigor al lado del cual los
manuales de ascesis parecen incitaciones a la gula y al desenfreno. Yo mismo,
que soy un maniaco del régimen, a su lado me doy la impresión de ser un
caníbal. Si uno no se alimenta como los demás, tampoco se cura como ellos.
Imposible imaginar a Guido entrando en una farmacia. Un día me llamó desde Roma
para pedirme que le comprara en una tienda vietnamita de productos naturales
cierta patata japonesa muy eficaz, al parecer, contra la artrosis. Según él,
bastaba frotarse las articulaciones con ella para que el dolor cesara
inmediatamente.
Todas las
conquistas del mundo moderno le repugnan, todo le trastorna, incluso la salud
si se consigue mediante la química. Y sin embargo su libro, que es
indiscutiblemente el producto de una exigencia de pureza, prueba un innegable
gusto por el horror: Guido Ceronetti parece un ermitaño seducido por el
infierno. Por el infierno del cuerpo. Uno de los signos evidentes de que la
salud falla es sentir nuestros órganos, ser consciente de ellos hasta la
obsesión. La maldición de arrastrar un cadáver es el tema mismo de su libro.
Desde el comienzo hasta el final, un desfile de secretos fisiológicos que
horrorizan. Admiramos a su autor por el valor que ha tenido de leer tantos
tratados antiguos y modernos de ginecología, lectura horrible en realidad,
susceptible de desalentar para siempre al sátiro más empedernido. Un heroísmo
de voyeur en materia de supuraciones, una curiosidad excitada por la
suprema antipoesía de las menstruaciones, por las hemorragias de toda clase y
por los miasmas íntimos, por el universo fétido de la voluptuosidad: «(...) la
tragedia de las funciones fisiológicas». «Las partes del cuerpo donde hay más
olor son las que encierran más alma.» «(...) Todas las excreciones del alma,
todas las enfermedades del espíritu, todo lo negro de la vida, y llamamos a eso
amor.»
Leyendo El
silencio del cuerpo he pensado más de una vez en Huysmans, especialmente en
su biografía de santa Liduvina de Schiedam. Salvo para lo esencial, la santidad
es signo de las aberraciones de los órganos de una serie de anomalías, de una
inagotable variedad de desórdenes; ello es igualmente cierto respecto a todo lo
profundo, intenso y único. Ningún exceso interior es posible sin un sustrato
inconfesable: el éxtasis más etéreo recuerda en ciertos aspectos el éxtasis
bruto.
¿Es Guido
Ceronetti un aficionado a los trastornos disfrazado de erudito? A veces lo
pienso, pero en el fondo no lo pienso. Pues si es cierto que tiene un gusto
particular por la podredumbre, lo es igualmente que se siente atraído por lo
que de puro hay en la sabiduría visionaria o desesperada del Antiguo
Testamento. ¿No ha traducido acaso ‑admirablemente‑ a Job; Isaías y el
Eclesiastés? Libros en los que no se trata de pestilencias y horrores, sino de
lamentaciones y gritos. Guido vive, según una necesidad profunda y a veces
también según su humor, a niveles espirituales diferentes. Su último libro (La
vita apparente) ilustra esas tentaciones contradictorias, esas
preocupaciones a la vez actuales e intemporales. Lo que apreciamos sobre todo
en él es la confesión de sus fracasos. «Soy un asceta fracasado», nos confiesa
con cierto embarazo. Fracaso providencial, puesto que de esa manera estamos
seguros de entendernos, de formar parte verdaderamente de la perduta gente.
Si hubiera dado el paso decisivo hacia la salvación (le imaginamos
perfectamente monje), echaríamos de menos al compañero delicioso, lleno de
imperfecciones, de manías y de humor, cuya voz, de inflexiones elegíacas,
concuerda con su visión de un mundo tan evidentemente condenado. «¿Cómo una mujer
embarazada puede leer un periódico sin abortar inmediatamente?» «¿Cómo tachar
de anormales y enfermos mentales a quienes espanta el rostro humano?»
Si me
preguntara usted cuáles son las desgracias que ha debido de padecer, no podría
responderle. Lo máximo que yo puedo decirle es que da la impresión de ser
alguien herido, como todos aquellos, me atrevería a decir, a quienes se
les ha negado el don de la ilusión.
Pero no tema
usted conocerlo: los seres menos insoportables que existen son los que odian a
los hombres. Jamás hay que huir de un misántropo.
Por fin
una existencia realizada
Cuando supe
que a Mircea Eliade no le quedaba mucho tiempo de vida, la tristeza me hizo
olvidar todo, salvo las horas de nuestros primeros encuentros y el aspecto del
maravilloso personaje que entonces era. En la amistad, como en todo, es el
comienzo lo que nos da la sensación de lo imprevisto y de lo único. Lo que
viene luego no vale nunca la intensidad de los comienzos. ¿No sería mejor
desaparecer sin dejar huellas? Pero todo esto no es sino divagación y lo contrario
de la imagen que nos deja ese ser que fue Eliade, persuadido hasta la manía de
que nuestra obligación es mostrar todo aquello de lo que somos capaces. Sobre
este punto, Mircea era el menos balcánico de todos nosotros. No tenía ni el
gusto ni la superstición del fracaso, ignoraba el alivio de abandonar un
proyecto y la voluptuosidad inherente a toda proeza irrealizada. Acabo de
recibir de un amigo de juventud, indiscutiblemente genial, una carta en la que
me dice, a guisa de balance, que su existencia ha estado marcada por la
«ausencia de realización». Esa es nuestra tara fascinante y descorazonadora,
expresión de lo contrario de una sabiduría. Todos somos más o menos unos
fracasados. Eliade no lo era en absoluto, se negaba a serlo, y ese rechazo o
esa imposibilidad es la causa de que su obra literaria repugne a ese lado
demoníaco, autodestructor, positivamente negativo tan característico de
cualquier destino valaco.
Yo le
reproché con frecuencia que no fuera como... nosotros. Ese «nosotros» es
evidentemente arbitrario. No todo el mundo tiene la suerte de quedarse por
debajo de sus posibilidades... Pero el reproche más grande que tuve el descaro
de hacerle es el de haberse dedicado a estudiar las religiones sin tener un
espíritu religioso. Es ése un tema que nunca discutimos directamente, pero es
evidente que mi reserva más o menos explícita no podía sino desagradarle. ¿Se
trataba, por mi parte, de una objeción fundada? Digamos que era más bien una
hipótesis degenerada en convicción. Algunas semanas antes de su desaparición,
en una entrevista, a un periodista que le hablaba de mi reproche le respondió
que su actitud ante las religiones no era en absoluto la de un sabio. «Yo
intento comprender», precisó. Sin duda, pero eso es precisamente lo que el
sabio hace. Y si se comprende a todos los dioses es porque no se interesa uno
realmente por ninguno de ellos. Un dios existe para ser adorado o vilipendiado.
Es inimaginable un Job erudito.
Si me empeño
en sostener que Eliade no era un creyente, e incluso que no estaba predestinado
a serlo, es porque no lo imagino limitándose en lo profundo, sin lo cual
ninguna obsesión es posible, y la plegaria es una obsesión, la mayor de todas.
El sólo estaba obsesionado por el hacer, «por la obra», por el rendimiento en
el sentido más noble de la palabra. Cuando le decía que yo casi nunca
trabajaba, no quería ni podía comprenderme. Era totalmente ajeno a toda clase
de nihilismo, incluso metafísico. Ignoraba hasta lo inimaginable la seducción
de la pereza, del tedio, del vacío y del remordimiento. ¿Quién era entonces
Eliade? Creo que puedo responder a esa interrogación: un espíritu abierto a
todos los valores propiamente espirituales, a todo lo que opone una resistencia
a lo mórbido, que lo vence. Creía en la salvación, se hallaba claramente
del lado del Bien, opción peligrosa para un escritor, pero providencial para
quien rechaza el prestigio de la negación o del desprecio. Tras una
conversación con él, por muy desmoralizado que se estuviera, nunca se acababa
desamparado. Profundamente incapaz de experimentar el hastío, poseía una salud
profunda que me maravillaba. Más de una vez le dije que debía de padecer una
especie de ilusión hereditaria. La clave de su invencible optimismo hay que
buscarla en su encarnizamiento por dejar una imagen completa de sus
posibilidades, por realizarse en suma como nadie, a riesgo, confesémoslo, de
privar a sus amigos y enemigos del placer de rumiar sus defectos y sus carencias.
1987
Nicolas de Staël o el
vértigo
Comencemos
con un remordimiento: vi a De Staël varias veces (íbamos ambos a las veladas de
una amiga común) hacia 1950. El quería que fuese a visitar su estudio; yo se lo
prometí, pero nunca fui. No se nace impunemente en los Balcanes, en el lugar
ideal del abandono y del fracaso.
No habiendo
presentido sus tribulaciones, no tuve nunca una conversación profunda con él.
Su manera de hablar sin pelos en la lengua rayaba a veces en la provocación. A
un pintor amigo suyo que se dedicaba demasiado a la depuración y a la
simplificación, con toda franqueza le dijo un día, delante de mí: «¿Por qué
cansarte? Pon simplemente tu firma sobre el lienzo blanco».
Su suicidio
dejó a todo el mundo perplejo. ¿Cómo explicarlo? Lo extraordinario no necesita
comentario. Se puede sin embargo emitir una hipótesis que sólo será una
respuesta para quienes se han enfrentado al abismo de las noches de insomnio.
De Staël conocía ese abismo como un iniciado, como un especialista del vértigo.
Lamentaré siempre haber ignorado la dimensión de sus tormentos. De haberla
adivinado hubiéramos sin duda sido amigos, dada la complicidad que existe entre
los insomnes, esos malditos castigados por crimen de lucidez. Velar es ser
consciente más allá de lo soportable, es no poder olvidar, es experimentar la
continuidad de lo intolerable. Mientras los que duermen comienzan cada mañana
un nuevo día, para el insomne apenas es posible el olvido, puesto que
noche y día arrostra sin interrupción el mismo infierno.
La pesadilla
se acabó para De Staël con su tercera tentativa de suicidio. No se trataba,
pues, de una improvisación, sino de una necesidad, de una conclusión, en suma
de una liberación. Sus obras de los últimos años demuestran una fiebre, un
apocalipsis íntimo que exigía el coronamiento de la muerte. Sus rojos en
particular son tan violentos, tan animados, que parecen comunicar un mensaje,
un adiós fulgurante. Si optó por lo irreparable, debió de ser tras tormentos
inimaginables.
Sus últimas
cartas muestran claramente sus dudas sobre su futuro como pintor, así como su
terror ante un callejón sin salida. No veía cómo evolucionar, cómo continuar
avanzando. Por otra parte, comenzaba a atormentarle el éxito que tenían cada
vez más sus cuadros recientes, cuando las primeras obras le habían costado
muchos más esfuerzos. Veía en ello una especie de injusticia que agravaba sus
insomnios. No se es impunemente tan escrupuloso como él lo era. Y todos sus
escrúpulos, tan contradictorios, atizados por su desequilibrio, no podían sino
precipitar su final. Joven aún ‑sólo tenía cuarenta y un años‑, había llegado
al límite de sí mismo. Hubiera podido, después de todo, renunciar a la pintura,
dejar, sin drama, de apostar sobre sí mismo y abandonarse a una situación
mediocre, es decir, tolerable. Pero no quiso sobrevivirse, detestaba la
resignación. Como un verdadero artista, se negó a contemporizar con la
mediocridad de la sensatez.
1988
Apuntes sobre Paúl Celan
Breviario
de podredumbre, mi primer libro escrito en francés, fue publicado en 1949
por Gallimard. Yo había publicado ya en rumano cinco libros. La idea de
abandonar mi lengua materna me sobrevino en 1947. Fue una resolución repentina.
Cambiar de lengua a los treinta y siete años no es una tarea fácil. En realidad
es un martirio, pero un martirio fecundo, una aventura que da sentido a la
existencia. Yo suelo recomendar a quien padece una crisis de depresión que se
dedique a aprender un idioma extranjero, que se vigorice, que se renueve en
suma mediante el Verbo. Sin mi encarnizamiento en la conquista del francés,
quizá me hubiera suicidado. Una lengua es un continente, un universo, y quien
se la apropia, un conquistador. Pero vayamos al grano...
La
traducción alemana del Breviario no fue un asunto fácil. El editor,
Rowohlt, se la había encargado a una traductora incompetente. El resultado fue
catastrófico. Un escritor rumano, Virgil Ierunca, tras saber que yo buscaba
otro traductor, me recomendó a Celan, al que yo no conocía más que de nombre y
que vivía como yo en el Barrio Latino (Ierunca había publicado sus primeros
poemas en una revista literaria rumana que había dirigido después de la
guerra). Celan aceptó mi propuesta, se puso a trabajar inmediatamente y acabó
la traducción con una rapidez sorprendente. Nos veíamos con frecuencia y él
deseaba que yo revisara a fondo cada capítulo del libro a medida que los
acababa y que le hiciera eventuales sugerencias. Ajeno entonces a las
dificultades vertiginosas de la traducción, yo apenas me daba cuenta de su
importancia. La idea de que un autor pudiera interesarse por semejante tarea me
parecía extravagante. Años más tarde cambié totalmente de opinión y hoy
considero que la traducción es una tarea excepcional, una proeza que iguala
casi a la de la creación. Para mí es evidente que la única persona que ha
comprendido a fondo un libro es quien ha hecho el esfuerzo de traducirlo. Por
regla general, el buen traductor es más lúcido que el autor, el cual, en la
medida en que se halla atrapado por su propia obra, ignora sus propios
secretos, es decir sus defectos y sus límites. Es posible que Celan hubiese
compartido conmigo este punto de vista sobre el arte de la traducción, él que
creía en las palabras hasta el punto de morir por ellas.
Cuando en
1978 Lehre vom Zerall, título alemán del Breviario, fue reeditado por
Klett, se me pidió que revisara el texto para corregir posibles errores.
Incapaz de hacerlo yo mismo, no quise que otro lo hiciera. Imposible corregir
a Celan. Unos meses antes de su suicidio, Celan me había dicho que le gustaría
revisar su traducción. Sin duda habría hecho muchas modificaciones, dado que su
traducción de mi libro data del comienzo de su carrera de traductor. Es un
prodigio que un inexperto en filosofía haya afrontado tan excelentemente las
dificultades inherentes al abuso de la paradoja, por no decir de la
provocación, que caracteriza el Breviario.
Las
relaciones con aquel ser extraordinariamente desgarrado no eran sencillas.
Celan se aferraba a los prejuicios que tenía contra algunas personas y
persistía en su desconfianza tanto más cuanto que tenía un miedo enfermizo a
ser herido, y que todo le hería. La mínima indelicadeza, incluso involuntaria,
le afectaba irremediablemente. Atento, solícito en sumo grado, exigía la misma
atención de los demás y detestaba la desenvoltura tan frecuente entre los
parisinos, escritores o no. Un día me lo encontré en la calle furioso y casi
desesperado porque alguien a quien había invitado a cenar no se había dignado.
Yo intenté calmarlo diciéndole que no era la primera vez que X. hacía eso, que
era conocido por su descaro. Pero todos mis esfuerzos resultaron vanos...
Celan vivía
entonces muy modestamente y no tenía ninguna posibilidad de encontrar un
trabajo aceptable. Era difícil imaginarlo en un despacho. A causa de su
susceptibilidad enfermiza, estuvo a punto de no aprovechar una ocasión única:
un día que iba a comer a su casa, supe que el puesto de lector de alemán en la
Ecole Normale Supérieure estaba libre y que debían nombrar urgentemente a un
lector. Yo intenté convencerle de que fuera inmediatamente a ver al germanista
del que dependía la nominación. Me respondió que no haría nada, que dicho
profesor le trataba fríamente y que no quería exponerse de ninguna manera a una
negativa, segura según él. Sabiendo que discutir con él era inútil, al llegar a
casa le escribí explicándole que era una locura perder una ocasión semejante.
Se decidió por fin a llamar a dicho profesor y el asunto fue concluido en unos
minutos. «Me equivoqué respecto a él», me dijo después... No diré que veía en
cada ser a un enemigo potencial, pero lo que es cierto es que vivía en el
terror de ser decepcionado o simplemente engañado. Su incapacidad para ser
indiferente o cínico convirtió su vida en una pesadilla. Nunca olvidaré una
noche en su casa, justo cuando la viuda de un poeta había lanzado por envidia
literaria una campaña infame contra él en Alemania y Francia, acusándole de
haber plagiado a su marido. «No hay hombre en el mundo más desgraciado que yo»,
repetía Celan. El orgullo no calma el furor y menos aún la desesperación.
Algo debió
de romperse en él, incluso antes de las desgracias que se abatieron sobre él y
su familia durante su juventud en la provincia rumana ocupada por los alemanes.
Recuerdo una tarde de verano en la pequeña casa que su mujer poseía cerca de
París. Era un día espléndido en el que todo incitaba a la calma, al olvido, a
la ilusión. Celan, en una hamaca, se esforzaba por estar contento sin lograrlo.
Parecía molesto, tenía el aspecto de un intruso, como si aquel esplendor no
fuera para él. «¿Qué busco yo aquí?», debía de estar pensando sin duda. Y en
efecto, uno puede preguntarse qué buscaba él en la inocencia de aquel jardín,
él, culpable de ser desgraciado y de hallarse condenado a no encontrar en
ningún sitio su lugar. Mentiría si dijera que aquel día sentí un malestar real
a su lado, pero lo cierto es que todo en él aquella tarde, hasta su sonrisa,
estaba impregnado de un encanto desgarrador y de una especie de presentimiento
de su futuro funesto.
Estar
marcado por la fatalidad, ¿es una elección o una maldición? Ambas cosas a la
vez. Ese doble aspecto define la tragedia. Y Celan era un personaje, un ser
trágico. De ahí que para nosotros sea algo más que un poeta.
1985
Sobre un
poema de Eminescu
(Rugaciunea unui Dac)
En los
accesos de desesperación, el único recurso saludable es una desesperación aún
mayor. Dado que ningún consuelo es eficaz, uno debe aferrarse a un vértigo que
rivalice con el que se tiene, que lo supere incluso. La superioridad que posee
la negación sobre cualquier forma de fe se manifiesta en los momentos en los
que las ganas de acabar con todo son particularmente poderosas. Durante toda mi
vida, y especialmente en mi juventud, Rugaciunea unui Dac [La plegaria
de un dacio] me ayudó a resistir a la tentación de liquidarme. Quizá sea útil
precisar aquí que la última página del Breviario de podredumbre es, por
el tono y la violencia, muy cercana a los excesos del dacio. Más de un
occidental ha visto en la literatura rumana un aspecto sombrío, extraño, en un
pueblo que tiene la reputación de frívolo. Ese aspecto existe indiscutiblemente
y suele atribuirse, por falta de una razón precisa, a las condiciones
históricas, a las adversidades ininterrumpidas de un país que siempre estuvo a
merced de otros imperios. El hecho es que en dicha última página todo acaba
mal, todo aborta y los fracasos son imputados al Destino, suprema instancia de
los vencidos. ¡Qué pueblo! El más pasivo, el menos revolucionario que pueda
imaginarse, el más sensato, a la vez en el buen y en el mal sentido de
la palabra, un pueblo que nos da la impresión de que, habiéndolo comprendido
todo, no puede elevarse ni rebajarse a ninguna ilusión. Cuanto más se vive, más
se repite uno que, incluso si se ha vivido durante decenas de años lejos de él,
resulta imposible evitar la desgracia original, la nefasta herencia que arruina
toda veleidad de esperanza. La plegaria de un dacio es la expresión
exasperada, extrema, de la nada rumana, de una maldición sin precedentes que
asola un rincón del mundo saboteado por los dioses. Ese dacio habla,
evidentemente, en su propio nombre, pero su desconsuelo tiene raíces demasiado
profundas para que pueda reducirse a una fatalidad individual. En realidad,
todos los rumanos procedemos de El, nosotros perpetuamos su amargura y su
rabia, envueltos para siempre de la aureola de nuestras derrotas.
Recordemos
que Eminescu era joven cuando escribió esa terrible y exaltadora acusación
contra la existencia. Semejante apoteosis negativa sólo podía tener un sentido
si procedía de una vitalidad intacta, de una plenitud que se volvía contra sí
misma. Un anciano decepcionado no intriga a nadie. Pero estar de vuelta de todo
desde las primeras perplejidades equivale a un salto en la sabiduría que marca
para siempre. Que Eminescu lo comprendió todo desde el principio, eso lo prueba
su plegaria, la más clarividente, la más despiadada que se haya escrito.
1989
De
Vaugelas a Heidegger
Heidegger
sólo me interesó realmente hacia 1930, en la época en que yo era estudiante de
filosofía en la Universidad de Bucarest. Sus textos Sein und Zeit, y
sobre todo Was ist Metaphysik me habían seducido. Pero dos hechos, uno
menor y otro capital, calmaron mi ardor por el filósofo germano. Yo acababa
entonces de publicar un artículo sobre Rodin escrito con un estilo más o menos
heideggeriano que exasperó con razón a un periodista. La violencia de su ataque
contra mi texto, ataque que fue una verdadera ejecución, me sirvió de lección.
¡No más verborrea... genial!, me dije. El segundo hecho fue el descubrimiento
de Simmel, pensador cuya claridad me curó para siempre de la jerga filosófica.
La voluntad
de ser profundo, de dedicarse a lo profundo, consiste en forzar al
lenguaje evitando a cualquier precio la expresión normal, la expresión
inevitable. Ninguna lengua favorece tanto como el alemán ese exceso, ese abuso.
A todas luces, el genio de Heidegger es un genio verbal. Su habilidad para
evadirse de callejones sin salida procede de su facilidad para disimularlo
utilizando todos los recursos del lenguaje, inventando expresiones insólitas,
con frecuencia atractivas, a veces desconcertantes, por no decir exasperantes.
Según Rivarol la probidad es inherente al genio de la lengua francesa.
Esa probidad (Redlichkeit), esa Deutlichkeit (claridad) más bien,
es un límite, un parapeto que la lengua alemana no conoce. Heidegger no hubiera
podido nacer en Francia; Simmel, sí. Sin embargo, el primero goza aquí de una
verdadera gloria, el segundo es desconocido. Semejante anomalía merecería un
largo comentario. Según Vaugelas, ni el gramático galo más importante del siglo
XVII, ni siquiera el rey (¡y era Luis XIV!), tenía derecho a inventar palabras.
¡Qué hubiera dicho entonces de un filósofo que en un país vecino iba a crear
una cantidad impresionante de vocablos, los cuales deslumbrarían a los
descendientes de Pascal! ¡Crear palabras hasta la provocación, hasta el
vértigo! Hay algo de alarmante en semejante demiurgia verbal, la cual equivale
casi a reemplazar a Dios. Tal orgullo me parece excesivo en un pensador, pero
lo acepto sin problemas en un poeta o en un demente.
1989
Otros textos
Ella no
era de aquí...
No la vi más
que dos veces. Es poco. Pero lo extraordinario no se mide en términos de
tiempo. Fui conquistado de entrada por su aire de ausencia y de extrañamiento,
sus susurros (no hablaba), sus gestos inseguros, sus miradas que no se
adherían a los seres ni a las cosas, su aspecto de espectro encantador. «¿Quién
es usted? ¿De dónde viene?», eran las preguntas que deseaba uno hacerle a
bocajarro. Mas ella no hubiera podido responder: hasta ese punto se confundía
con su misterio o le repugnaba traicionarlo. Nadie sabrá nunca cómo lograba
respirar, a causa de qué extravío cedía al prestigio del aliento, ni qué es lo
que buscaba entre nosotros. Lo único cierto es que ella no era de aquí y que
compartía nuestra degradación únicamente por urbanidad o curiosidad mórbida.
Sólo los ángeles y los incurables pueden inspirar un sentimiento análogo al que
se experimentaba en su presencia. Fascinación, malestar sobrenatural...
En el mismo
instante en que la vi por primera vez, me enamoré de su timidez, una timidez
única, inolvidable, que le daba la apariencia de una vestal agotada al servicio
de un dios clandestino, o de una mística devastada por la nostalgia o el abuso
del éxtasis, definitivamente incapaz de volver a las evidencias.
Abrumada de
bienes, colmada socialmente, parecía sin embargo destituida de todo, en el
umbral de una mendicidad ideal, consagrada a murmurar su indigencia en el seno
de lo imperceptible. De hecho, ¿qué podía poseer proferir cuando el silencio le
servía de alma y la perplejidad de universo? ¿No evocaba acaso esas criaturas
de luz lunar de las que habla Rózanos? Cuanto más se pensaba en ella, menos
propenso se era a considerarla según los gustos y los puntos de vista de la
época. Un género inactual de maldición pesaba sobre ella. Por fortuna, hasta su
encanto formaba parte del pasado. Debió haber nacido en otro lugar y en otro
siglo, en medio de las landas de Haworth, en la niebla y la desolación, al lado
de las hermanas Bronce...
Quien
supiera descifrar los rostros podría haber leído fácilmente en el suyo que no
estaba condenada a durar, que la pesadilla de los años le sería ahorrada.
Parecía, viva, tan poco cómplice de la vida, que uno no podía mirarla sin
pensar que nunca más la volvería a ver. El adiós era la ley de su naturaleza,
el signo de su predestinación y de su pasa por la Tierra; de ahí que lo
utilizase como un nimbo, en absoluto por indiscreción, sino por solidaridad con
lo invisible.
Hacia la desnudez
I
El ser que
se orienta hacia la desnudez rechaza las apariencias que le recuerdan este
mundo, del que se pretende desterrado. Ante lo que existe o parece existir, no
siente más que exasperación. Cuanto más se aleje de las apariencias, menos
necesitará los signos que las realzan o los simulacros que las denuncian, dado
lo nefastos que son unos y otros para la búsqueda de lo fundamental, de lo que
huye de nosotros, de ese fondo último que exige, para ser aprehendido, la ruina
de toda imagen, incluso espiritual.
II
Privilegio
maldito del hombre exterior, la imagen, por pura que sea, conserva una fracción
de materialidad, un algo de rugosidad, y, dado que nos remite necesariamente al
mundo, posee por ello un elemento de incertidumbre y de confusión. Sólo
mediante una victoria sobre la imagen podremos encaminarnos hacia el ser
desnudo, hacia esa seguridad sin amarras que llamamos liberación. Liberarse, en
realidad, equivale a desembarazarse de la imagen, a despojarse de todos los
símbolos de este mundo.
III
Únicamente
se libera uno de la imagen si a la vez se libera de la palabra. Todo vocablo
equivale a un estigma, es un atentado contra la pureza. «Ninguna palabra puede
esperar otra cosa que su propia derrota», proclama Gregorio Palamas en su Defensa
de los santos hesicastas. A ese fondo que se halla más allá de las
apariencias sólo se llega mediante el silencio, ese silencio del que Serafin de
Sarov decía que hace a los seres humanos semejantes a ángeles.
Hecho
notable: no existe silencio frívolo, silencio superficial. Todo silencio es
esencial. Cuando se le saborea, se experimenta automáticamente una especie de
supremacía, una extraña soberanía. Es posible que lo que llamamos interioridad
no sea más que una espera muda. De la misma manera, no existe «vida
verdadera» o simplemente vida espiritual que no implique la muerte de la imagen
y de la palabra, la destrucción, en lo más íntimo del ser, de este mundo y de
todos los mundos. La experiencia mística se confunde, en su extremo, con la
beatitud de un supremo rechazo.
IV
Buscar,
perseguir la imagen es probar que nos hemos quedado más acá de lo
absoluto y que somos incapaces de visión pura. Y ello es lógico, dado que no se
trata de una visión que carezca de objeto, sino de una visión que se halla más
allá de todo objeto. Podría incluso decirse que lo que ella nos permite ver es
la ausencia sin límites de todo lo que puede ser visto, la desnudez pura, la
vacuidad como plenitud o, mejor aún, ese «abismo de la superesencia» celebrado
por Ruysbroek.
V
Entre todos
los seres que buscan, sólo el místico ha encontrado, pero el precio de
tan excepcional privilegio es no poder decir jamás qué ha hallado, y ello a
pesar de que posee la seguridad que únicamente otorga la sabiduría
intransmisible (la verdadera sabiduría, en suma). El camino por el que nos
invitará a seguirle, desemboca en una vacuidad que colma, puesto que sustituye
a todos los universos abolidos. Se trata de un intento, el más radical que se
ha llevado a cabo, de aferrarse a algo que sea más puro que el ser o que la
ausencia del ser, algo superior a todo, incluso a lo absoluto.
VI
La sabiduría
obtenida de las apariencias es una falsa sabiduría o, si se prefiere, una no‑sabiduría.
Para el místico, el conocimiento, en el sentido profundo, último, de la
palabra, se reduce a una ignorancia iluminada, una ignorancia «transluminosa».
Quienes viven en contacto con esa ignorancia y con la luz divina perciben, dice
Ruysbroek, una especie de «soledad devastada».
A partir de
esa soledad, se comprende fácilmente la necesidad, la urgencia del desierto,
espacio propicio a la huida hacia la ausencia de imágenes, hacia una renuncia
inaudita, hacia la unidad desnuda, hacia la Deidad más que hacia Dios. «La
Deidad y Dios», afirma Meister Eckhart, «son tan diferentes como el cielo y la
tierra. El cielo se halla a miles de leguas más arriba. Lo mismo la Deidad
respecto a Dios. Dios deviene y pasa.!»
Limitarse a
Dios es, como lo ha señalado un comentador, permanecer «en la orilla de la
eternidad», ser incapaz de penetrar en la propia eternidad, a la cual sólo se
llega elevándose a la Deidad. Inspirándonos de nuevo en la misma «soledad
devastada», ¿cómo no evocar esa oratio ignita, esa «plegaria de fuego»
de la que, según un Padre de los primeros siglos de nuestra era, sólo somos
capaces cuando nos hallamos tan impregnados de una luz trascendente que nos
resulta imposible seguir utilizando el lenguaje humano?
Manía
epistolar
Habiendo
tenido la suerte de no haber ejercido nunca oficio alguno ni trabajado en
libros serios, he dispuesto durante toda mi vida de gran cantidad de tiempo,
privilegio en principio reservado a los mendigos y a las mujeres. Mendigos, hay
cada vez más, pero ellos no se rebajan a escribir; en cuanto a las mujeres,
ahora van a la oficina, infierno idiotizante. La carta como género se
halla amenazada, pues eran ellas las que sobresalían en él. Imposible imaginar
hoy a una Madame du Deffand, la cual ha sido, si no la mayor, ciertamente la
más profunda epistológrafa francesa. Ciega e insomne, dictaba a su
secretario en plena noche sus cartas, cuyos principales destinatarios fueron
Voltaire y Walpole. Nunca se ha escrito nada más agudo sobre la experiencia más
devastadora que existe: el hastío, privilegio precisamente de quienes disponen
de todo su tiempo. Aburrirse es mucho más torturador que soportar un
trabajo, aunque sea en el fondo de una mina: aburrirse es experimentar la
nulidad de cada instante con la certeza de que el siguiente será más nulo aún.
La carta,
conversación con un ausente, constituye un acontecimiento capital de la
soledad. La verdad sobre un autor debe buscarse en su correspondencia y no en
su obra. La obra es con frecuencia una máscara. Un Nietzsche interpreta en sus
obras un papel, se erige en juez y en profeta, ataca a amigos y enemigos, y se
coloca, orgullosamente, en el centro del futuro. En sus cartas, en cambio, se queja,
es un miserable, un enfermo, un pobre tipo, lo contrario que en sus despiadados
diagnósticos y vaticinios, verdadera suma de diatribas.
Me resulta
imposible releer una novela de Flaubert; sus cartas, sin embargo, siguen
estando vivas. No puede decirse lo mismo ‑excepción trágica‑ de las de Proust,
exasperantes a más no poder, insoportablemente obsequiosas, escritas por un
mundano que deseaba a toda costa disimular su verdadera vida. Nunca he tenido
la tentación de releer una sola, mientras que los dos últimos volúmenes de La
recherche du temps perdu (Le temps retrouvé), que son lo más sutil y
conmovedor que hasta ahora se ha escrito sobre la ignominia de envejecer, los
he leído y releído con una avidez casi convulsiva.
Pero dejemos
los grandes ejemplos. En este tema, en el que la indiscreción es de rigor,
todos poseemos una experiencia personal, y por ello es legítimo hablar de uno
mismo sin necesariamente pecar de orgullo. Habiendo tenido la suerte, como ya
he dicho, de ser toda mi vida un desocupado, he escrito un número considerable
de cartas. La mayoría se han perdido, sobre todo las de mi juventud. Si lo
deploro, no es porque tuvieran el mínimo valor objetivo, sino porque únicamente
a través de ellas hubiera podido volver a encontrar a quien fui antes de
llegar, a los veintiséis años, a Francia. Puesto que carezco del único medio de
reconstituir a aquel individuo, sólo, conservo de él una imagen abstracta.
Vivía en una ciudad de provincias, desde donde escribía a un amiga de Bucarest,
actriz y... experta en metafísica, largas cartas sobre mi condición de loco sin
locura, que es el estado de quien ha sido abandonado por el sueño. Pues bien,
no hace muchos años esa amiga me contó que había quemado, a causa de un miedo que
no tenía nada de metafísico, aquellas lucubraciones epistolares. Así
desapareció el único testimonio esencial sobre mis años infernales. Los cinco
libros que había escrito en rumano en la misma época me parecen hoy más o menos
extravagantes. Los libros, en el fondo, son accidentes; las cartas,
acontecimientos: de ahí su soberanía.
Mucho más
que las nuestras, son importantes para nosotros las cartas que recibimos.
Cuando en 1949 publiqué mi primer libro en francés, Breviario de podredumbre,
en la buhardilla del hotel del Barrio Latino donde vivía recibí de una
desconocida una carta exaltada hasta el delirio que me hizo pensar en el acto:
«Tras esto, seguir escribiendo es inútil. Tu carrera está terminada». Fue un
sentimiento de apogeo y de final. Febril, latiéndome el corazón violentamente,
salí a la calle, incapaz de seguir solo más tiempo. Mi existencia de eterno
estudiante acababa de repente de adquirir un sentido. La autora de esa
epístola, una joven de provincias a la que más tarde vería una sola vez, me
contó entonces detalles inauditos sobre su vida que aún hoy no puedo revelar.
Al
indolente, la correspondencia le da la ilusión de la actividad. Nada le halaga
tanto como ir a Correos a echar una carta cada día... Durante muchos años
mantuve una correspondencia sin objeto con toda clase de trastornados.
Pero es con las mujeres, desequilibradas o no, con quienes la correspondencia
es realmente interesante, pues con ellas no se sabe nunca adónde se va. Desde
hacía más de un año, una señora me escribía regularmente elogios desmesurados,
ditirambos de los que hacen palidecer de vergüenza. Yo no la conocía, y no
tenía ningunas ganas de conocerla. Una tarde, víctima de un exceso de tedio,
sentí de repente el deseo de oír mentiras agradables, tranquilizadoras,
susceptibles de hacerme olvidar los argumentos, insidiosos y sólidos, del desprecio
de sí mismo. Llamé, pues, por teléfono a la señora. Primera sorpresa: una voz
cautivadora, irresistible. Le dije que me gustaría charlar con ella. Una hora
más tarde estaba ante mi puerta. Al verla, no pude evitar una carcajada, que no
pareció turbarla: era una anciana encorvada, pequeña, casi enana, extrañamente
vestida, y que llevaba además gafas negras. La hice entrar y la dejé hablar. De
pie, durante cuatro horas, me contó toda su vida con gran cantidad de
gestos y todo lujo de detalles (me habló incluso de su noche de bodas), y ello
con un talento inesperado y un lenguaje a la vez refinado y vulgar que me
hicieron pasar de la consternación al enternecimiento y del asco a la
complicidad. «¡Lástima que sea yo el único que disfruta de estas maravillas y
horrores!», me repetía sin cesar. Inútil precisar que permanecí casi mudo toda
la tarde. ¿Por qué causa estoy asistiendo a semejante espectáculo?, me
preguntaba. A causa de mi curiosidad mórbida por los seres, de mi manía de
escribir cartas y de responder a las que recibo. Desgraciadamente, hoy he
perdido ya esa manía. Sin saber cómo, me ha abandonado, y esa deserción me ha
revelado, mucho más que otros síntomas de todas clases, que debo en adelante
conformarme con interpretar el vergonzoso papel del superviviente.
Hechizo
de la ceniza
Asistí
recientemente a la incineración de un amigo entrado en años, pero sumamente
joven de espíritu. Nos encontrábamos varias personas fuera, esperando que
terminase «la operación». Al cabo de una hora, un individuo muy distinguido que
parecía un maître d'hôtel vino a servirnos sobre una especie de bandeja
los restos..., la última metamorfosis de quien apenas unos días antes me
hablaba con vivacidad de sus proyectos y juzgaba severamente a algunos de sus
contemporáneos. Mientras abandonaba el cementerio, me puse a meditar sobre la
mascarada final y a preguntarme si un día el universo entero podría ofrecernos
un espectáculo semejante al que acababa de presenciar. La ceniza sería
así el desenlace y el secreto de todo. Lo cual, de hecho, se ha adivinado y
sabido desde que el hombre es hombre. Y precisamente para olvidarlo se
inventaron las religiones, cuya especialidad reside en infligir un suplemento
de nada, un acto más, a una farsa acabada para siempre.
Durante
aproximadamente dos siglos, porvenir y milagro fueron más o menos
sinónimos. ¡Admirable y maldito Siglo de las Luces con sus ilusiones
frenéticas! La originalidad de nuestra época consiste en haber vaciado el
porvenir de todo contenido utópico, lo cual equivale a decir del error de
esperar. Salto enorme en el terreno del conocimiento, liberación... intelectual
sin precedentes, carente, por supuesto, de toda certeza eufórica. Conocimiento
y regocijo no son en absoluto términos correlativos. Conocer es desenmascarar,
hacer vacilar cimientos, encaminarse triunfalmente hacia el vértigo, y ése es
el único ingrediente positivo que dicha actividad implica.
Constantin
Leontiev, uno de los espíritus más extraños del siglo pasado, ha escrito a
propósito de su país estas palabras justamente célebres: «Para impedir que
Rusia se pudra hay que enterrarla en el hielo». Leontiev presintió la cantidad
de desgracias que acechaban al vasto imperio, los excesos de todas clases y las
proporciones de la conmoción que le esperaba. Para un visionario como él, el
estancamiento era la única solución, la única manera de eludir el desastre. Esa
parecía ser, en cualquier caso, su divisa, y los acontecimientos le dieron la
razón. Se puede ir más lejos y denunciar el movimiento como tal. En lo
absoluto, innovar es algo que no tiene sentido, y resulta evidente que el
hombre debería haber interrumpido su desarrollo, su precipitación hacia lo
nuevo, su búsqueda de la sorpresa. Pero ¿lo deseaba o lo podía? Nada menos
cierto. El primer paso que dio fuera de la animalidad provocó en él una
reacción de orgullo y una ebriedad de poder tales que nada luego pudo volverle
circunspecto y calmarle. Avanzar a cualquier precio se convirtió en su
lema, al cual fue y sigue siendo fiel aún, con la reserva considerable de que
hoy ya no cree en él, aunque sin tener la fuerza de confesárselo claramente, es
decir, de abdicar, de salvarse. Pero ¿cuándo hubiera podido hacerlo? ¿En la Edad
de Piedra? Entonces era ya demasiado tarde, dado que desde siempre la conquista
ha encandilado y halagado a ese bípedo extraviado. Su llegada al umbral de la
técnica, a pesar de que se hallaba ya imbuido de las supersticiones modernas,
fue quizá su última oportunidad para enmendarse, para detener su avance, para
deponer las armas, oponiendo a la loca huida hacia adelante el éxtasis de la
capitulación. Pero tomó el camino contrario, sucumbió al encanto y a los
atractivos del Progreso. El eclipse de ese mito es el único elemento
importante de nuestra época. En adelante avanzaremos sin entusiasmo, por puro
automatismo, por complicidad forzosa con un ideal que se ha convertido, a todas
luces, en un factor de desmoronamiento.
Resulta
irónico que el hombre, en el comienzo de la historia, antes de la
historia de hecho, haya sido prevenido del peligro que representaba para él la curiosidad,
germen funesto de la ciencia. Nada más significativo que la elección dramática
de Adán frente a los dos árboles. Optando por el Saber, influyó desde el
comienzo en el curso de la historia, esa victoria del hombre sobre los demás
seres vivos, esa voluntad de tener un destino a cualquier precio, es
megalomanía de monstruo superdotado. El mayor aventurero que ha habitado la
Tierra tendrá que pagar un día semejante privilegio. En la situación en que se
halla, no podrá ignorar, aunque corrompiera y devastara todos los planetas, que
su carrera será breve. Si desde el origen tuvo la presciencia de lo peor sin
pensar en evitarlo y sin aferrarse a una cobardía disfrazada de sensatez, fue a
causa de una mezcla de lucidez, imprevisión y ceguera que invita a una
admiración perpleja. Su paradoja consiste en poder ser superficial sabiendo al
mismo tiempo que es mortal. Si el individuo como tal se resigna a no ser ya
nada, ¿por qué no aceptaría también el desenlace del desarrollo histórico, el
final de la especie? El hombre continúa no obstante como si nada sucediera, de
la misma manera que nadie hace tantos proyectos como un moribundo.
Puede
parecer extraño que todavía necesitemos, cuando hablamos de nuestro destino,
referirnos al Génesis. El autor de ese primer libro estaba más cerca que
nosotros de los orígenes, tenía un recuerdo más preciso del fiasco inicial del
que procede el fiasco monumental al que asistimos.
La historia
no tendría mucho interés si implicara una solución. Como carece justamente de
ella, nos obsesiona y atormenta. La posibilidad de ser profetas, o la
perspectiva de ser testigos o víctimas de una catástrofe única, confiere a
nuestra existencia una especie de sentido, y justifica nuestros arrebatos de
orgullo, de un orgullo que también es único.
Los
antiguos, y especialmente los griegos, con su visión circular del tiempo,
tenían la prerrogativa de imaginar grandiosos aniquilamientos periódicos.
Contaminados por el cristianismo y por su visión rectilínea, nosotros estamos
obligados a limitarnos a una sola desventura cósmica, fulgurante y colosal, una
desintegración universal que, al igual que una cremación individual, resulta a
la vez terrorífica e irrisoria.
Y es así
como, para olvidar la imagen de un ser reducido a cenizas, acabamos divagando
sobre la ceniza misma.
1987
A modo de confesión
Sólo tengo
ganas de escribir cuando me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o
crispado, en un estupor metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de
cuentas en el que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes. De
ordinario, la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más
fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión
equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo escribo para no pasar el acto,
para evitar una crisis. La expresión es alivio, venganza indirecta del que no
puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes
y contra sí mismo. La indignación es menos un estado moral que un estado
literario, es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría? Es
precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos nuestros
ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza, que acecha al loco que
hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para deshonrarle. ¿La
inspiración? Un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse
o destruirse. Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal. Y sin
embargo, durante largos años, me consideré como el único individuo sin
defectos. Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar papel. He
dejado prácticamente de escribir en el momento en que, al sosegarse mi delirio,
me he convertido en la víctima de una modestia perniciosa, nefasta para esa
febrilidad de la que emanan las intuiciones y las verdades. Sólo puedo escribir
cuando, habiéndome repentinamente abandonado el sentido del ridículo, me
considero el comienzo y el fin de todo.
Escribir es
una provocación, una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca
por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir. Rivalizar
con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa es la
hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado y engreído que, liberado de
su condición natural, se ha abandonado a un vértigo magnífico, desconcertante
siempre, a veces odioso. Nada más miserable que la palabra y sin embargo a
través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en
la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión. ¡Lo
supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo mismo de la
fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar, curiosamente, a través
de la ironía, a condición de que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de
demolición, dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como
agentes de un éxtasis al revés... Todo lo que es verdaderamente intenso
participa del paraíso y del infierno, con la diferencia de que el primero sólo
podemos entreverlo, mientras que el segundo tenemos la suerte de percibirlo y,
más aún, de sentirlo. Existe una ventaja más notable aún, de la que el
escritor posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros.
Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera sido de mí.
Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es
vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas
ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos malestares, cuántos
arrebatos siniestros no he superado yo gracias a ese remedio insustancial!
Escribir es un vicio del que puede uno cansarse. A decir verdad, yo escribo
cada vez menos, y acabaré sin duda por dejar de escribir totalmente, pues he
dejado de encontrar el menor encanto a ese combate con los demás y conmigo
mismo.
Cuando se
aborda un tema, sea cual sea, se experimenta un sentimiento de plenitud,
acompañado de una pizca de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación de
superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una frase,
¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo! Escribir y venerar se dan
juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba. La
escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación
chapucera.
1984
Releyendo...
[Traducido
por Paul Celan, Breviario de podredumbre fue publicado en Alemania por
la editorial Rowohlt en 1953. Reeditado hace unos años por Klett‑Cotta, el
director de la revista Akzente me pidió que lo presentara a sus
lectores. Ese es el origen de este texto.]
Releyendo
este libro escrito hace más de treinta años, intento volver a encontrar a la
persona que yo era entonces y que se desvanece, que se me escapa ahora, al
menos en parte. Mis dioses eran Shakespeare y Shelley. Sigo leyendo al primero;
al segundo, raramente. Si lo cito es para indicar de qué género de poesía
estaba intoxicado. El lirismo desenfrenado concordaba con mis disposiciones:
distingo desgraciadamente sus trazas en todas mis tentativas de entonces. ¿Quién
puede leer aún un poema como Epypsychidion? Yo lo leía en todo caso con
placer. El platonismo histérico de Shelley me repele, y a la efusión, se
presente en la forma que se presente prefiero ahora la concisión, el rigor, la
frialdad voluntaria. Mi visión de las cosas no ha cambiado fundamentalmente; lo
que con toda seguridad ha cambiado es el tono. Es raro que el fondo del
pensamiento se modifique realmente; lo que por el contrario experimenta una
metamorfosis es la manera de escribir, la apariencia, el ritmo. Al envejecer me
he dado cuenta de que la poesía me era cada vez menos necesaria: ¿estaría el
gusto que por ella se tiene vinculado a un excedente de vitalidad? Yo tengo
cada vez más ‑la fatiga debe de ser en gran parte la causa-una debilidad
por la aridez, por el laconismo, en detrimento de la explosión. Y el Breviario
es precisamente una explosión. Escribiéndolo tenía la impresión de escapar a un
sentimiento de opresión que no hubiera podido soportar mucho más tiempo:
necesitaba respirar, estallar. Sentía la necesidad de una altercación decisiva,
menos con los hombres que con la existencia como tal, a la cual me hubiera
gustado provocar en combate singular, aunque no fuese más que para saber quién
vencería. Yo tenía, seamos sinceros, casi la certeza de que iba a ganar, de que
era imposible que ella triunfara. Mi ambición, mi propósito, mi sueño, el
programa de todos mis instantes era acorralarla, asediarla, reducirla a la nada
mediante razonamientos frenéticos y acentos que recordaran a Macbeth o Kirilov.
Uno de los primeros capítulos del libro se titula «El antiprofeta». En
realidad, yo reaccionaba como un profeta, me atribuía una misión, corruptora si
se quiere, pero misión a pesar de todo. Atacando a los profetas me atacaba a mí
mismo y... a Dios, siguiendo mi principio de entonces, según el cual sólo
deberíamos ocuparnos de El y de nosotros mismos. De ahí el tono uniformemente
violento de un ultimátum (no sucinto, como debiera haber sido, sino verboso,
prolijo, insistente), de una última amenaza dirigida contra el cielo y la
tierra, contra Dios y los sucedáneos de Dios, en una palabra, contra todo.
En el furor desesperado de esas páginas, en las que se buscaría inútilmente un
asomo de modestia, de reflexión serena y resignada, de aceptación y de tregua,
de fatalismo sonriente, alcanzan su apogeo el desenfreno y la locura de mi
juventud, así como una incoercible voluntad de negar. Lo que siempre me ha
seducido en la negación es el poder que da para sustituirse por todo y por
todos, de ser una especie de opuesto de demiurgo, de disponer del mundo
como si hubiésemos colaborado en su advenimiento y hubiéramos tenido luego el
derecho, por no decir el deber, de precipitar su ruina. La destrucción,
consecuencia inmediata del espíritu de negación, corresponde a un instinto
profundo, a un tipo de envidia que seguramente todo el mundo experimenta en el
fondo de sí mismo por el primer ser, por su posición y la idea que representa o
simboliza. A pesar de lo mucho que he frecuentado a los místicos, en mi fuero
interno siempre he estado del lado del Diablo: no pudiendo igualarlo en poder,
he intentado igualarlo al menos en insolencia, acritud, arbitrariedad y
capricho.
Tras la
aparición en español de Breviario, dos estudiantes andaluces me
preguntaron si era posible vivir sin «fundamentación». Les respondí que era
cierto que no he encontrado en ninguna
parte un cimiento sólido y que sin embargo he logrado durar, pues con los años
se acostumbra uno a todo, incluso al vértigo. Y además no velamos ni nos interrogamos constantemente, siendo como es la
lucidez absoluta incompatible con la respiración. Si fuéramos en cada
instante conscientes de lo que sabemos, si, por ejemplo, el sentimiento de la
falta de fundamento de todo fuera a la vez continuo e intenso, nos
liquidaríamos o nos dejaríamos invadir por la idiotez. Se existe gracias a los
momentos en que se olvidan ciertas verdades, y ello porque durante esos
intervalos se acumula la energía que permite afrontar dichas verdades. Cuando
me desprecio, para recuperar la confianza me digo que, después de todo, he
logrado mantenerme en el ser o en una apariencia de ser con una percepción de
las cosas que pocos hubieran podido soportar. Varios jóvenes en Francia me han
dicho que el capítulo del Breviario que les ha interesado más es «El
autómata», esa quintaesencia de lo intolerable. A mi manera, debo de ser un
luchador, puesto que no he sucumbido a mis obsesiones.
Los dos
estudiantes me preguntaron también por qué no he dejado de escribir, de
publicar. No todo el mundo tiene la
suerte de morir joven, les respondí. Mi primer libro, de título rimbombante
‑En las cimas de la desesperación‑ lo escribí en rumano a los veintiún
años, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, y me
hice la misma promesa tras acabarlo. La comedia se ha repetido durante más de
cuarenta años. ¿Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a
pasar de un año a otro, dado que las obsesiones expresadas se debilitan
y se superan a medias. Escribir es un
alivio extraordinario. Y publicar no lo es menos. Un libro que aparece es
nuestra vida o una parte de nuestra vida que se convierte en algo externo, que
deja de pertenecernos, que ha cesado de agobiarnos. La expresión nos disminuye,
nos empobrece, nos descarga del peso de nosotros mismos, la expresión es
pérdida de sustancia y liberación. Ella nos vacía, es decir, nos salva, nos
despoja de una plétora que estorba. Cuando
se execra a alguien hasta el punto de querer liquidarlo, lo mejor que se puede
hacer es coger un folio y escribir un buen número de veces que es un canalla,
un truhán, un monstruo; tras ello, se da uno cuenta de que se le odia menos y
de que apenas se piensa ya en la venganza. Eso es más o menos lo que yo he
hecho conmigo mismo y con el mundo. Extraje el Breviario de mis bajos
fondos para injuriar a la vida e injuriarme. El resultado fue que me he
soportado mejor como he soportado mejor la vida. Cada uno se cura como puede.
La primera
versión del libro fue redactada muy rápidamente en 1947 y se llamaba
«Ejercicios negativos». Se la enseñé a un amigo que me la devolvió unos días
después diciéndome: «Esto necesita reescribirse de nuevo enteramente». Su
consejo me sentó muy mal, pero afortunadamente le hice caso. De hecho, escribí
ese libro cuatro veces, pues no quería en absoluto que fuese considerado como
el producto de un meteco. Mi ambición era nada menos que rivalizar con los
indígenas. ¿De dónde podía provenir semejante desfachatez? Mis padres, que sólo
hablaban rumano, húngaro y un poco de alemán, no conocían más palabras
francesas que bonjour y merci. Lo mismo les sucedía a la mayoría
de los transilvanos. Cuando en 1929 fui a Bucarest para hacer estudios de
filosofía, observé que la mayoría de los intelectuales hablaban corrientemente
el francés; de ahí en mí, que lo leía sin más, una rabia que iba a durar mucho
tiempo y que con otra forma dura aún, dado que nunca he podido desembarazarme
en París de mi acento balcánico. Ya que no puedo articular como los autóctonos,
al menos voy a intentar escribir como ellos, debió ser mi razonamiento
inconsciente; si no, ¿cómo explicar mi obstinación en querer hacerlo tan bien
como ellos e incluso, presunción insensata, mejor?
Los
esfuerzos que hacemos para afirmarnos, para medirnos con nuestros semejantes y,
si es posible, superarlos, tienen razones viles, inconfesables, es decir,
poderosas. Las resoluciones nobles, por el contrario, que proceden de una
voluntad de discreción, carecen inevitablemente de vigor y las abandonamos
rápidamente con remordimientos o sin ellos. Todo aquello por lo que se
sobresale procede de un origen turbio y sospechoso, claramente impuro, de
nuestras profundidades, en suma.
Añadiré que
yo debería haber escogido cualquier otro idioma excepto el francés, pues no me
ajusto bien a su apariencia distinguida; es una lengua que se halla en las
antípodas de mi naturaleza, de mis desbordamientos, de mi yo verdadero y del
género de mis miserias. Por su rigidez, por el conjunto de coerciones elegantes
que representa, me parece una especie de ejercicio de ascesis o, mejor, una
mezcla de camisa de fuerza y de salón. Sin embargo, precisamente a causa de
esta incompatibilidad, me he apegado a él, hasta el punto de exultar cuando el gran sabio neoyorquino Erwin Chargaff
(nacido, como Paul Celan, en Czernowitz) me confesó un día que para él sólo merecía existir lo que estaba expresado
en francés...
Hoy que esta lengua está en plena
decadencia, lo que más me entristece es constatar que los franceses no parecen
sufrir por ello. Y soy yo, apátrida de los Cárpatos, quien se aflige por verla
zozobrar. Pues bien, ¡hundámonos, inconsolables, con ella!
Acorralados
en el futuro
La
existencia habría podido tener un sentido si nos hubiera sido posible evitar la
pesadilla del devenir. La imposibilidad de imaginar el Paraíso proviene de
nuestra incapacidad de representarnos el eterno presente. Cuanto más avanzamos,
más se agrava esa imposibilidad, y puede afirmarse que la historia en su
conjunto se reduce a una hipertrofia, o más bien a una perversión de nuestro
sentido del tiempo. Haber concebido la superstición de lo mejor, la creencia en
que todo paso hacia adelante es una victoria sobre el mal, que el devenir como
tal implica necesariamente un principio positivo ‑ése es nuestro nefasto
privilegio.
La idea de
progreso se halla inevitablemente unida a la idea de tiempo, pero no de
cualquier tiempo. La visión circular del desarrollo temporal de la Antigüedad
no podía conducir a la idea de un progreso ilimitado tal como lo concebiría el
optimismo moderno y especialmente el de Condorcet. Que se me permita aquí abrir
un paréntesis. Nunca paso por la Rue Servandoni, cerca de la iglesia de Saint‑Sulpice,
sin detenerme ante la casa donde durante algunos meses se escondió, en el piso
de una vieja señora, uno de los partidarios más fervientes de la Revolución,
Condorcet justamente, el cual más tarde cometería la imprudencia de abandonar
ese refugio para irse a los alrededores de París, donde sería detenido y donde,
para evitar la guillotina, acabaría suicidándose. ¡En esas condiciones fue
escrita la ilusión de las ilusiones, su Esbozo de un cuadro histórico de los
progresos del espíritu humano! Es la
fascinación por el futuro lo que ha llevado a los seres a elaborar sistemas
cautivantes. Durante todo el siglo pasado, progreso fue sinónimo de
salvación. Cuando padezco la tentación de
creer en el futuro, una breve parada ante la susodicha casa me cura de toda
veleidad de entusiasmo.
Avanzar, es
evidente que avanzamos, pero sin progresar. Todo se paga, cada acto se
expía como tal acto. El mínimo paso hacia
adelante será lamentado un día, pues todas nuestras adquisiciones acaban por
volverse contra nosotros. Llegará incluso el momento en que esperaremos con
impaciencia las antiguas y prestigiosas epidemias, el momento en que la
urgencia de la lepra pondrá de nuevo de moda el canibalismo. Escasos, nuestros
semejantes nos parecerán por fin soportables.
Puesto que
todo lo que el hombre inventa se vuelve contra él, está claro que, cuanto más
se agite, más se acercará su final. Ninguna enfermedad evitará su competencia,
su indiscreción, e incluso ningún misterio. El hombre futuro lo habrá explicado
todo, curado todo, denunciado todo, pero no habiendo encontrado el sentido de
ese todo, no vemos cómo podrá sobrevivir a un universo desembarazado de
justificación y de secretos.
No debe
olvidarse que la Caída fue debida a la curiosidad, que el Paraíso sólo podía
subsistir mediante la negativa a probar el fruto del Árbol de la Ciencia del
Bien y del Mal. Es evidente que la curiosidad tiene algo de nocivo. Vinimos al
mundo a dejar las cosas tal y como las encontramos; sin embargo, es
precisamente lo contrario lo que hemos hecho. La huella del hombre es nefasta;
la pureza sólo existe donde él no está, pero el ser humano sólo desaparecerá realmente cuando haya encontrado el
último remedio. Habiendo triunfado sobre todas las enfermedades, se aburrirá...
mortalmente, a no ser que invente torturas insólitas susceptibles de excitarle
durante algunos milenios. Lo que está claro es que su final va a comenzar a
preocuparle y a estimular su espíritu inventivo, una posibilidad para él de
evitar quizás un tedio sin precedentes.
Un mamífero
que debería haber tenido un destino mediocre se encuentra comprometido en una
aventura que le queda demasiado grande. Llegado al punto en que se halla, la pregunta que uno se hace, ¿cómo va a
acabar?, no tiene más que una respuesta: es imposible, es inconcebible que
acabe bien. Todas sus empresas sin excepción han acabado mal, y cuanto más
insignes fueron mayor fue el fiasco que las remató. A todas luces semejante ser no ha sido «creado» para contemplar, sino
para atarearse, para agitarse, para contorsionarse. El mono es el animal
menos discreto, el menos decente y el menos atractivo, pero es el más sutil y
por ello la deshonra de los zoológicos. Con semejante antepasado, ¿cómo
extrañarse de que sus descendientes sean lo que son? No deberíamos jamás
olvidar nuestros orígenes, ni en los momentos de orgullo ni en los de
depresión. Es un milagro que con dicha ascendencia haya habido santos y poetas.
¿Y cómo explicar la sorprendente sabiduría de los autores del Génesis?
El hombre no
debería haberse consagrado al acto, tenía que haberse abismado en la pasividad,
sin modificar en absoluto la nada establecida, debería haber comenzado y
acabado con un desapego inigualable. La historia es un pecado, su pecado.
Quienes idolatran el futuro son solidarios de esos herederos de Adán cuyo
orgullo fue el origen de su ruina. El Siglo de las Luces rechazó la idea de
caída, de mal original; de ahí su carácter brillante y la atracción que ejerce sobre
los espíritus sutiles e ingenuos a la vez. El cinismo color rosa es la causa de
todos los trastornos.
La
imposibilidad de tener acceso al eterno presente va unida a la fascinación de
lo Posible, sin el cual la idea de progreso carecería de sentido. Nuestros antepasados son responsables de
haber querido inculcarnos la idea de eficacia y nosotros somos culpables de no
haber opuesto la resistencia necesaria. Más
nos hubiera valido haber permanecido quietos sin desear constantemente
superarnos, sin aspirar siquiera a mejorarnos. El resultado de tal esfuerzo es
siempre catastrófico. Que cada uno haga examen de conciencia, que considere
su propio caso, que reconozca su culpabilidad. Al menos en parte, todos somos culpables de ser lo que somos. Yo
nací cerca de los Cárpatos y adoré el pueblo donde pasé mi infancia. A los diez años tuve que abandonarlo para ir
al liceo de la ciudad. Fue una experiencia terrible que nunca olvidaré: el
espectáculo de un animal llevado al matadero. Los condenados a muerte deben
de conocer sensaciones semejantes antes del suplicio final. Yo sabía que
lo perdía todo, que era expulsado de mi propio edén y que no merecía ese
castigo. Cuando pienso en ello tras una
vida entera, me doy cuenta de que tenía razón de haber reaccionado así, que en
el fondo la «civilización» es un error y que el hombre debería haber vivido en
la intimidad de los animales, apenas diferente de ellos. En ningún caso debería
haber ido más allá del estatuto de pastor. La conclusión de una vida se reduce
en el fondo a la constatación de un fracaso.
Se necesita una inmensa dosis de
desengaño para poder vivir sin utopía, y la idea
de progreso es la utopía moderna por excelencia. Incluso quienes se niegan a
creer en ella se adhieren a ella inconscientemente. Se diría que no hemos hecho
más que minimizar la importancia de una tara, de nuestra propia tara. La
historia no es en el fondo más que el despliegue y una especie de
fructificación de esa anomalía primordial sin la cual es imposible encontrar la
clave del devenir. Quizás habría que remontarse mucho antes, reconocer en el
propio principio vital una impureza inicial, una propensión a lo negativo, dado
que la originalidad de lo vital con relación a lo inorgánico consiste en un
principio destructor, por no decir demoníaco. La vida no sería entonces más que
un error de la materia; de ahí la maldición inherente a todo lo que se mueve, a
todo lo que respira.
Si la idea
de progreso se apoderó con tanta insistencia de todos nosotros fue porque con
ella neutralizábamos los efectos de esa visión sombría. Podría incluso pensarse
que los dos siglos que nos separan de la Revolución no han deseado más que la
liquidación de la concepción despiadada que el hombre se hizo de sus comienzos.
Dos siglos de ilusión forzosa. El éxito es innegable, pero dista aún mucho de
ser total; y se halla amenazado precisamente por lo que le ha hecho tan
brillante, por los resultados de la ciencia, la cual se ha convertido en un
milagro dudoso que mina poco a poco todas las esperanzas que había suscitado. La ciencia dará, si es que no lo ha dado ya,
el golpe de gracia a la esperanza en un triunfo final. La advertencia
bíblica sobre el peligro del Árbol de la Ciencia estaba, pues, justificado.
Para darnos cuenta de ello nos ha bastado esperar. La visión más retrógrada en
apariencia era, pues, la cierta. De esa manera, seres casi analfabetos en el
comienzo de nuestra aventura descubrieron sus riesgos mejor que siglos enteros
de raciocinadores. Que el paraíso debía hundirse estaba escrito desde el
comienzo.
No se puede
huir del futuro. Fascinado y aterrado a la vez, el hombre se precipitará en él,
acabará incluso por complacerse en él, puesto que el precipicio es él quien lo
ha creado. Haga lo que haga, debe correr hacia su hundimiento, y esa complicidad con el abismo constituye su
originalidad. Si fuera un triunfador, el
hombre no merecería un instante de reflexión; pero como se trata con toda
certeza de un perdedor, no podemos dejar de meditar sobre su destino.
Sabemos ahora que el devenir se confunde con lo irremediable, que el tiempo
implica una dignidad trágica que le redimirá incluso ante quienes lo detestan.
Lo que hace la existencia tolerable es
pensar que nuestros sucesores habrán de envidiarnos. ¿Cómo se ha podido
durante tanto tiempo creer en un futuro idílico, cómo se ha podido carecer
hasta ese punto de perspicacia y, cosa mucho más grave, de sentido común?
Cierto es
que si no hubiéramos carecido de ese sentido la historia no hubiese sucedido,
nuestra modestia la hubiera hecho concluir y seríamos hoy lo que fuimos en
nuestros comienzos: criaturas mediocres sin la fascinante obsesión del
desastre.
Tras tan
largo período de historia, resulta inconcebible que una voluntad de abdicación
no se haya apoderado de todo el mundo. Desgraciadamente, los pueblos no
alcanzan al mismo tiempo el mismo grado de agotamiento. Una humanidad
agonizante podría ser soportable, pero no una humanidad desigualmente
extenuada. Si todo el mundo abdicara al
mismo tiempo, un simulacro de paraíso sería restablecido. La diferencia de
desgaste y de hastío impedirá siempre la restauración del eterno presente, la
victoria sobre el carácter satánico del devenir. Abdicar, ser un ex mortal, un anti‑ciudadano absoluto, un apátrida
metafísico: ése debería ser el sueño de todos. ¡Qué error haber aspirado a ser algo, haberse agotado para dejar una
huella, poseer, en suma, una identidad!
El único signo positivo de nuestra
época, el único progreso real es que ningún individuo en su fuero interno cree
en el futuro, o si cree en él es por puro automatismo, por una especie de error
hereditario, más fuerte que la certeza de la que se nutre el desencanto,
equivalente poético del conocimiento.
El devenir:
una serie de callejones sin salida, con el callejón sin salida definitivo como
etapa final. Una especie de triunfo al revés. No se comprende nada de la historia si se ve en ella algo más que el
desarrollo de una ironía incalificable. ¿Por
qué nos confundimos en nuestras previsiones, por qué incluso los escépticos
ceden con frecuencia a las tentaciones de la ingenuidad? Porque es anti‑natural
prosternarse ante la soberanía del sinsentido final. ¿Deberían hacerse proyectos paseando por un cementerio? Evidentemente
no. Y sin embargo eso es lo que hacemos todos. La vida sólo es posible
mediante el repudio de lo irreparable, mediante el rechazo de la evidencia. La
historia es el producto de esa ceguera. ¿Y el progreso? Una falacia, a la vez
la más obstinada y la más amenazada de todas.
1988
ENTREVISTA
CON E.M.CIORAN
Gabriel
Liceanu
‑¿Qué es lo que a usted lo lleva a decir las
cosas que la gente sabe pertinentemente pero que se rehúsa, por pudor tal vez,
a expresar? Todos sabemos que el rey está desnudo, que vamos a morir, que el
horror, la enfermedad, la miseria moral existen. Pero, ¿por qué transformar lo
negativo, lo macabro en escape de su sinceridad?
‑Pero no es
macabro, es nuestra misma cotidianidad. Todo depende después de la forma en que
se la exprese, del lugar donde se pone el acento. El lado trágico de la vida es
a la vez cómico y, sobre todo, si tenemos en cuenta este lado cómico... Mire
los ebrios que son totalmente sinceros. Su comportamiento no hace más que
referirse a esta cuestión. Yo reacciono
ante la vida como un ebrio sin alcohol. Lo que me ha salvado, para decirlo
vulgarmente, fue mi sed de vivir, una sed que me ha mantenido y me ha permitido
vencer, a pesar de todo, mis negras ideas.
‑El "ennui".
‑Sí, el ennui,
la experiencia que me es más familiar, mi lado mórbido. Esta experiencia casi
romántica del ennui me ha acompañado toda mi vida. Viajé mucho, he visto
todo en Europa, por todas partes fui y estuve embargado por un inmenso
entusiasmo; y, al día siguiente, el "ennui". Cada vez que visitaba un
lugar, me decía que era allí donde hubiera querido vivir. Y después, al otro
día... este mal que me posee ha terminado por obsederme.
‑Sí, pero usted también ha conocido el
entusiasmo, lo positivo de la vida, ha llegado a creer en algo. Cuando usted se
enamoró, escribió a Noica en el respaldo de una carta postal: "La gloria
entre cuatro muros sobrepasa la magnificencia de los imperios".
‑El amor
era, por supuesto, una experiencia necesaria. Y para mi sorpresa, he pasado por
ella. Pero no ha resuelto ninguno de mis problemas.
‑Quería decir simplemente que la vida ofrece
argumentos que juegan a favor tanto de su lado positivo como de su lado
negativo, de manera que ninguna de estas dos opciones se revela de entrada
necesaria o fundada.
‑Le explico: cuando empecé a tomar
conciencia de un cierto número de cosas, lo negativo se había instalado ya en
mí.
‑Se le puede, no obstante, reprochar un
desfase entre lo que usted hace y lo que declara: usted injuria la vida, pero
cuida en exceso su salud; no ha dejado de hacer el elogio del suicidio, pero
usted se encuentra todavía entre nosotros.
‑No dije jamás que era necesario suicidarse,
simplemente he dicho que la sola idea del suicidio nos podía ayudar a soportar
la vida. La idea de que esté al alcance de nuestra mano el poner fin a
nuestros días, de que podamos en cualquier momento suicidarnos si queremos,
puede representar un enorme consuelo. Al menos, esta perspectiva me ha ayudado
mucho, personalmente, y he expuesto este razonamiento a todos aquellos que me
han declarado querer matarse. Porque usted sabe que en París la tentación del
suicidio es un fenómeno bastante corriente. Escuche, hace algunos años un tipo,
un ingeniero, relativamente joven, vino a verme. El había leído mis historias
sobre el suicidio y quería terminar. Durante tres horas, hemos paseado por los
jardines del Luxemburgo y le expliqué que el suicidio, que la idea del suicidio
es una idea positiva en la medida en que ella torna la vida soportable.
‑Ella ofrece la perspectiva de un supremo
refugio.
‑Se toma
conciencia de que no se es solamente víctima, que se puede, en última
instancia, disponer de sí, y que en este sentido se es dueño de su vida. «Usted
que tiene 26 años, le he dicho, y gana muy bien su vida ‑se trataba de un
muchacho muy competente‑ tiene todo el tiempo para sufrir. Esfuércese,
entonces, en resistir todo lo que usted pueda resistir y si en un momento dado
constata que la idea del suicidio no es ninguna ayuda, entonces, ¡termine!».
Tres años más tarde lo encontré y me dijo: «He seguido su consejo y mire, estoy
todavía con vida». «Perfecto, ¡continúe así!». ¿Comprende usted el
razonamiento? No he incitado a nadie al suicidio. Sólo una vez se me ocurrió
hacer una cosa bastante estúpida hasta el punto de que dudo en contársela. En
fin... aquello ocurrió durante la guerra. Había conocido a una mujer muy rica y
muy bella. En un momento dado, yo me abandoné, en su presencia, a ciertas
consideraciones sobre el tema del suicidio ‑de la inutilidad de la vida‑, etc.
«Me gustaría que viniera conmigo, me dijo ella entonces, pues tengo una amiga
que quiere suicidarse. Si usted pudiera hablarle...». Para hacerle un favor a
esta dama ‑la verdad es que ella me agradaba‑, acepté, y fuimos a ver a la
mujer del suicidio. Le dije: «Usted tiene razón en querer suicidarse, en el
fondo es la solución, la única, a decir verdad; para qué usted se obstina en
vivir», y así sucesivamente. Entonces se produjo una cosa extremadamente
interesante. La mujer en cuestión, la de la idea del suicidio, se volvió hacia
su amiga y le dijo: «Yo no conozco a este señor. Que él me induzca al suicidio,
es su problema. Pero que tú, mi amiga, que tú lo traigas aquí para... ¡Pues
bien! No me suicidaré, y sea como sea este es el fin de nuestra amistad».
Usted ve,
estas cosas son muy complicadas; a menudo reposan sobre falsos sentimientos.
Mientras tanto creo válida mi teoría
según la cual uno no puede vivir sin la idea del suicidio. A excepción de
Werther, nadie se ha suicidado con esta idea en la cabeza. Le contaré algo más.
Durante años conocí a un tipo, un funcionario de correos, que ocupaba un cargo
importante pero que estaba más bien loco. El venía a verme frecuentemente; el suicidio
lo obsesionaba. Un día me dijo lo siguiente: «Anteayer intenté suicidarme,
pero, súbitamente, me apercibí de que tenía los pies sucios». ‑No comprendo, y
él me respondió: «Sí, me dije que no podría sin embargo, suicidarme con los
pies sucios». Pero, ¿qué podría importarle tener los pies sucios o no? «¡No!,
en ningún caso me suicidaría con los pies sucios». A partir de allí se entabló
toda una discusión... El tipo terminó por suicidarse pero esta historia tiene
algo de extraordinario. El tenía todas las razones para matarse. Usted
comprende. Me había contado su vida, etc., pero él remarcaba a toda costa su
historia de los pies. «Yo estaba a punto de... pero cuando vi mis pies...». Vea
qué detalles grotescos o cómicos pueden asociarse a la idea del suicidio.
‑Toda su vida ha escrito sobre el tema de la
muerte. ¿Su encuentro con ella se la facilita?
‑Para mí la
obsesión de la muerte no tiene nada que ver con el miedo a morir. La muerte me
ha interesado en la medida en que ella concluye la historia de una locura.
Quiero decir de paso, que la muerte es una obsesión legítima, ella no
constituye un problema entre otros, sino el problema, el problema por
excelencia. En primer lugar, no se trata de un problema que se pueda resolver y
clasificar. Tampoco se sitúa en el mismo nivel que los otros, ella los anula
todos. Imposible decirse: "Entonces ahora voy a pensar en la muerte,
después de lo cual reflexionaré sobre otra cosa"; o se piensa en ella todo
el tiempo o no se piensa en ella en ningún momento.
‑¿Pero usted cree estar mejor preparado para
la muerte que otros?
‑Absolutamente
no. Como le decía, se trata de un problema insoluble ante el cual cada uno
reacciona del modo que puede. El hecho de morir se vuelve secundario en
comparación con el interés que representa desde el punto de vista de la vida.
Lo que es extraordinario es que la idea de la muerte justifica no importa qué
actitud; ella puede ser invocada y puede servir a propósito de todo; ella puede
justificar tanto la eficacia como la ineficacia. Además uno puede decirse:
"Para qué realizar cualquier cosa, luchar, si de todas formas voy a
morir", o al contrario: "Porque mi tiempo está contado, debo, a
cualquier precio, apresurarme a hacer algo de mi vida". Justamente porque
se trata de un problema sin solución, la muerte nos autoriza a no importa qué
actitud y nos sirve en todos los momentos esenciales de la vida. El ebrio de
Rasinari (...) quien durante 2 años se embriagaba de mañana a tarde... También
hablaba a su manera de la muerte, y a su manera tenía razón. La muerte es un problema infinito que
justifica todo.
‑Y usted mismo, ¿qué ha justificado en su
nombre?
‑¡Se lo he dicho! La libertad, no
tener obligaciones, responsabilidades, no hacer sino lo que quiero, no tener
horarios, no escribir más que sobre cosas que me interesan. Y no tener otras
metas que esas.
‑¿Ese es el único logro del que usted se
enorgullece? ¿No haber hecho más que lo que usted ha querido?
‑¡Eso no está nada mal!
‑¿Querría ver de nuevo a Rasinari? ¿Va usted a
volver?
‑No sé, no
puedo decírselo. Temo volver a ver los lugares que han contado demasiado en mi
vida. Fui muy feliz en aquel pueblo. Temo volver a formar parte del paraíso.


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