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Libro No. 469. La
manipulación de las mentes. Cook, Robin. Colección E.O. Agosto 17 de 2013.
Título original:
© La manipulación de las mentes. Robin Cook.
Versión Original: © La manipulación
de las mentes. Robin Cook.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
La
manipulación
de
las
mentes
Robin Cook
Para
Bárbara
PRÓLOGO
SE PROHlBE LA
INVESTIGACIÓN FETAL Nuevas normas para la investigación médica
Por HAROLD BARLOW
Especial para The New York Times
Washington, 12 de julio,
1974. el presidente Richard M. Nixon firmó hoy el Decreto de Investigación
Nacional (Pub. L. 93-348) por el que se crea la Comisión Nacional para la
Protección de las Personas en la Investigación Biomédica y de la Conducta. Se
observa una inquietud cada vez mayor respecto a la cuestión ética en las
investigaciones que se practican con niños, personas retardadas, prisioneros,
enfermos irrecuperables y, en particular, con fetos.
Al estipularse las
necesarias pautas, se espera puedan evitarse los escandalosos abusos que han
salido a luz en los últimos tiempos, tales como la infección premeditada de
gran cantidad de niños retardados con el virus de la hepatitis con el fin de
estudiar la evolución natural de dicha enfermedad, o el descubrimiento que se
efectuó hace unos meses en un hospital de Boston, de doce fetos abortados, que
habían sido desmembrados.
La puesta en práctica de
esta ley prevé en su primera etapa la suspensión en los Estados Unidos de la
investigación llevada a cabo con fetos humanos vivos, ya sea antes o después de
la inducción del aborto, a menos que el objeto de dicha investigación sea
asegurar la supervivencia del Feto. Resulta obvio que el tejido fetal se
encuentra íntimamente ligado al controvertido tema del aborto.
La nueva
legislación ha suscitado reacciones diversas en los círculos científicos. El
doctor George C. Marstons, del ”entro Médico Cornell”, acogió con beneplácito
la ley, afirmando que desde hacía mucho tiempo eran necesarias estas normas
para un desarrollo ético en la experimentación humana. Las presiones económicas
y competitivas para llegar a los descubrimientos producen situaciones en las
que los abusos son inevitables.
Por su parte, el doctor
Clyde Harrison, de “Arolen Pharmaceuticals”, discrepó con los conceptos del
doctor Marstons al señalar que la política contraria al aborto constituye un
impedimento para el avance de la ciencia puesto que obstaculiza la necesaria investigación
en el campo del cuidado de la salud. Sostuvo luego que la investigación fetal
se ha traducido en numerosos logros científicos de gran importancia, entre los
cuales el más significativo sería la posible cura de la diabetes. Inyectando
tejido fetal en el páncreas se ha conseguido multiplicar las células de los
islotes de Langerhans, que producen la insulina. Muy importante es también el
uso experimental del tejido fetal para reparar la parálisis -antes incurable-
ocasionada por lesiones en la médula espinal. Inyectado en el lugar exacto de
la herida, el tejido provoca una cura espontánea al generar la creación de
nuevas células sanas.
Es muy pronto aún para
juzgar el impacto de este decreto, hasta tanto no se hayan constituido las
diversas comisiones que, según esta ley, deberán presentar sus conclusiones al
secretario Caspar Weiberger. En el campo de la investigación, la nueva ley producirá
un efecto inmediato al limitar rigurosamente la provisión de tejido fetal.
Hasta ahora, dicho tejido provenía en su mayor parte de abortos planificados,
aunque todavía no se sabe si esta necesidad influía, o no, para que los médicos
tomaran la decisión de practicar abortos.
27 DE NOVIEMBRE DE 1984
“CLINICA JULIAN”, CIUDAD
DE NUEVA YORK
Candice Harley sintió el pinchazo en la
parte inferior de la espalda, seguido de una cierta comezón. Fue como una
especie de picadura, sólo que el dolor desapareció con rapidez.
-Le estoy poniendo
anestesia local, Candy -informó el doctor Stephen Burnham, el anestesista
apuesto y moreno que le había asegurado que no sentiría dolor alguno. el
problema era que ella ya había tenido cierto malestar, no demasiado intenso
pero sí lo suficiente como para perder la confianza en las palabras del doctor
Burnham. Quería que la durmieran pero, en opinión del doctor, la anestesia
epidural era más segura y la haría sentirse mejor cuando hubiera concluido el
aborto y el proceso de esterilización.
Candy se mordió el labio
inferior. Otra punzada de dolor, tampoco muy agudo, la hizo sentirse
vulnerable, con pocas fuerzas para sobrellevar la experiencia. A los treinta y
seis años, Candy jamás había estado en un hospital, y mucho menos soportado una
intervención quirúrgica. Estaba aterrorizada, y así se lo hizo saber al doctor
Burnham. Ante una nueva sensación de algo que la quemaba, enderezó la espalda
por acto reflejo.
-Ahora no se mueva -le
advirtió el anestesista.
-Perdón -se disculpó ella
temiendo que, si no colaboraba no la atenderían como correspondía. Se hallaba
sentada en el borde de una camilla, en un pequeño compartimiento contiguo a un
Quirófano. Frente a ella, una enfermera de pie, y a la derecha, una cortina que
habían corrido para aislar su compartimiento del concurrido pasillo de cirugía.
Candy oía voces sofocadas
detrás de la cortina, y el ruido de la cisterna. Delante de sus ojos había una
puerta con una ventanita a través de la cual podía verse la sala de
operaciones.
Por toda vestimenta tenía
una fina bata con una abertura en la espalda, por donde trabajaba el doctor.
Este se había tomado el trabajo de explicarle con todo lujo de detalles lo que
iba a ocurrir, pero ella notaba que el ambiente de tensión le impedía concentrarse.
Todo le resultaba nuevo y aterrador.
-Aguja Tuohy, por favor.
-Candy se preguntó cómo sería dicha aguja. el nombre le sonaba extraño. Oyó el
ruido de un paquetito de celofán al abrirse.
El doctor Burnham
contempló la aguja de ocho centímetros que sostenía con la mano enguantada,
mientras hacía subir y bajar el émbolo para comprobar que se movía libremente.
Dio un paso hacia la izquierda para que Candy no tuviera dificultad en sentarse
bien erguida, y situó la aguja en la zona donde previamente había inyectado la
anestesia local.
Utilizando ambas manos,
introdujo la aguja en la espalda de la joven. Sus dedos expertos percibieron
que la aguja traspasaba la piel y se deslizaba entre las prominencias óseas de
las vértebras lumbares. Se detuvo justo antes de llegar al ligamento amarillo,
la barrera que cubre el conducto raquídeo. La anestesia epidural tenía sus
bemoles, y ése era uno de los motivos por los cuales le gustaba usarla.
El doctor Burnham sabía
que no todo el mundo podía administrarla tan bien como él, y eso le producía
satisfacción.
Con elegante movimiento,
tiró del émbolo. Tal como lo esperaba, no salió ni el menor líquido
cefalorraquídeo. Volvió a colocarlo e hizo avanzar la aguja Tuohy un milímetro
más, hasta advertir que atravesaba el ligamento amarillo.
Una pequeña cantidad de
aire penetró con suma facilidad.
¡Perfecto! Remplazó luego
la aguja vacía con una llena de tetracaína, con la cual le inyectó una pequeña
dosis.
-Tengo una sensación
extraña en este lado de la pierna -manifestó, preocupada, la muchacha.
-Eso significa que la
anestesia llegó adonde debía:
Con destreza retiró la
aguja con la tetracaína y luego introdujo un delgado catéter plástico por la
aguja Tuohy.
Una vez que el catéter
estuvo en su sitio, sacó la aguja y colocó un trocito de cinta sobre el lugar
de la punción.
-Listo -anunció el doctor,
quitándose los guantes esterilizados y colocando una mano sobre el hombro de
Candy para obligarla a recostarse-. No me dirá que le ha dolido mucho.
-No siento la anestesia
-se quejó ella, temerosa de que la operaran sin que le hubiera hecho efecto
alguno.
-Eso es porque todavía no
se la he puesto.
La enfermera le levantó
las piernas para ayudarla a tenderse en la camilla; luego la cubrió con una
delgada manta de algodón, que Candy aferró fuertemente contra el pecho, como si
pudiera brindarle alguna protección. El doctor Burnham manipulaba un tubito de
plástico que salía por debajo de ella.
-¿Todavía está nerviosa?
-¡Peor que nunca!
-Le daré un poco más de
sedante -dijo el anestesista, dándole una palmada en el hombro con gesto
tranquilizador.
Luego inyectó algo en la
sonda endovenosa.
-Vamos -anunció el médico.
La camilla entró
silenciosamente en el sector de cirugía, donde reinaba una actividad febril.
Candy recorrió la habitación con la vista. Era toda blanca, con paredes y piso
de azulejos del mismo color. Sobre una pared, numerosos megatoscopios; junto a
otra, futuristas equipos de monitores electrónicos.
-Muy bien, Candy -dijo la
enfermera-. Queremos que se deslice hasta aquí -agregó, dando una palmadita
alentadora en la mesa de operaciones. Por un instante Candy sintió fastidio de
recibir órdenes, pero en seguida comprendió que no le quedaba otra alternativa.
Estaba embarazada y el feto había cumplido ya las dieciocho semanas. Prefería
utilizar el término “feto” para no tener que pensar en él como “bebé” o como
“hijo”. Obediente, se pasó a la mesa de operaciones.
Otra enfermera le levantó
la bata y le colocó diminutos electrodos sobre el pecho. Candy comenzó a oír
unos tenues sonidos, pero al rato se dio cuenta de que correspondían a los
latidos de su corazón.
-Voy a inclinar la mesa
-anunció el doctor Burnham, al tiempo que Candy notaba que los pies le quedaban
a una altura inferior que la cabeza. En esa posición, sentía el peso de su
útero contra la pelvis. En ese instante le pareció advertir una sensación de
aleteo que ya había percibido la semana anterior, y que pensaba que podía ser
el feto que se movía en su vientre. Felizmente, no duró mucho.
Al momento se abrió la
puerta y entró el doctor Lawrence Foley sosteniendo en alto las manos mojadas,
como lo hacen los cirujanos, en las películas.
-¿Y bien? ¿Cómo está mi
muchacha? -preguntó con su voz tan particular, sin inflexiones.
-No siento la anestesia
-protestó Candy. Era un alivio ver al doctor Foley. Se trataba de un hombre
alto, de facciones finas y nariz recta que le abultaba debajo de la máscara.
Muy pronto la única parte del rostro que quedó a la vista fueron sus ojos verdes
grisáceos. El resto estaba oculto, incluso su pelo plateado por las canas.
A Candy le atendía el
doctor Foley en sus habituales revisiones ginecológicas. E.l siempre le había
caído bien e inspirado una gran confianza. Candy no había ido a consultarle
durante el año y medio anterior al momento de quedar embarazada, y cuando unas
semanas antes fue a su consultorio, le sorprendió notar lo mucho que había
cambiado.
Lo recordaba como un
hombre simpático, con cierto grado de humor, y no pudo menos que preguntarse si
su “nueva” personalidad no se debería al hecho de censurarle que hubiese
quedado embarazada siendo soltera.
El doctor Foley miró a
Burnham y éste carraspeó.
-Acabo de inyectarle ocho
miligramos de tetracaína. Vamos a utilizar la epidural por goteo.
El anestesista se dirigió
al extremo de la mesa y levantó la manta. Candy pudo así verse los pies, que le
parecieron notablemente pálidos bajo la luz fluorescente que provenía de los
megatoscopios. Notó luego que el doctor Burnham la tocaba, pero no experimentó
sensación alguna mientras el médico probaba con distintas partes de su cuerpo
hasta llegar a los pechos. Luego la joven sintió un pinchazo y lo dijo en voz
alta.
-¡Perfecto! --exclamó el
anestesista.
Durante un instante el
doctor Foley permaneció de pie en el centro de la habitación, sin moverse.
Nadie dijo nada; simplemente, esperaron. Candy se preguntó en qué estaría
pensando, dado que tenía la vista fija en ella. Lo mismo había hecho el día que
fue a consultarle a la clínica. Por último, el médico parpadeó, y dijo:
-Tiene usted al mejor
anestesista de la casa. Ahora quiero que se tranquilice. Terminaremos en un
abrir y cerrar de ojos.
Candy notó cierto
movimiento a sus espaldas y un ruido como de guantes de látex; acto seguido, el
doctor Burnham colocó una estructura de alambre por encima de su cabeza.
Una de las enfermeras le
ató el brazo izquierdo. el anestesista le sujetó el derecho contra una tabla
que salía de la mesa, formando un ángulo recto. En ese brazo tenía la sonda
endovenosa. Con la bata y los guantes ya puestos, el doctor Foley ayudó a las
enfermeras a correr unas grandes cortinas para bloquearle el campo visual. al
mirar hacia arriba divisó las botellas de suero. Si giraba la cabeza hacia
atrás, alcanzaba a ver al anestesista.
-¿Listos? -preguntó el
doctor Foley.
-Sí, doctor -respondió
Burnham, guiñándole un ojo a Candy-. Se está portando muy bien. Quizá sienta un
poco de presión o un tirón, pero no le causará dolor.
-¿Está seguro? -quiso
saber ella.
-Seguro.
No podía ver al doctor
Foley, pero sí oyó su voz cuando pidió el escalpelo.
Cerró los ojos y esperó el
dolor, que felizmente no llegó.
Lo único que experimentaba
era la sensación de personas que se inclinaban sobre ella. Por primera vez se
permitió el lujo de imaginar que toda la pesadilla podía pasar.
Todo había comenzado nueve
meses antes, cuando decidió dejar de tomar la píldora. Hacía cinco años que
vivía con David Kirkpatrick. David creía que ella sentía tanta pasión por su
carrera de bailarina como él por el arte de escribir, pero después de cumplir
los treinta y cuatro años, Candy empezó a pedirle que se casaran, que formaran
una familia. Como David se negara, resolvió quedarse embarazada, en la certeza
de que lo haría cambiar de parecer. Empero, comprobó que él seguía en una
posición inflexible después de enterarse de su estado, llegando incluso a
amenazar con abandonarla si dejaba avanzar el embarazo. Al cabo de diez días de
llantos y escenas, finalmente Candy aceptó la idea del aborto.
-¡Oh! -musitó al sentir
una intensa punzada de dolor en las entrañas, parecida a la que se experimenta
cuando el dentista encuentra un punto sensible en alguna muela.
Felizmente, pasó pronto.
el doctor Burnham se asomó
al otro lado de la pantalla y preguntó:
-¿Estáis ya con el
intestino delgado?
-Acabamos de retirarlo del
campo operatorio -informó el doctor Foley, el doctor Burnham miró a Candy a los
ojos.
-Se está portando muy
bien. Es normal sentir dolor cuando a uno le tocan el intestino delgado, pero
ya no se lo harán más. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
Era un alivio saber que
todo marchaba como correspondía. Sin embargo, esto no le llamaba la atención.
Pese a que el doctor Foley no se mostraba tan cariñoso como antes, todavía le
inspiraba una gran confianza como médico. Se había mostrado muy comprensivo
desde el principio sobre todo cuando tuvo que tomar la decisión del aborto.
Dedicó varias consultas sólo a hablar con ella; con toda serenidad le señaló
las dificultades que tendría para criar un niño sin padre, y subrayó lo
sencillo que sería practicar un aborto, pese a que ya llevaba dieciséis semanas
de embarazo.
No le cabía duda de que
había sido el doctor Foley y el personal de la “Clínica Julian” quienes le
habían hecho posible realizar el aborto. El único punto en que se mantuvo firme
fue en el deseo de que la esterilizaran, el doctor intentó sin éxito hacerle
cambiar de idea, pero a los treinta y seis años, Candy no deseaba sentir de
nuevo la tentación de derrotar al reloj biológico quedándose embarazada dado
que era obvio que el matrimonio no se hallaba en su futuro inmediato.
-Pinzas -ordenó el doctor
Foley. Sus palabras la hicieron volver a la realidad.
Candy miró atrás y divisó
al doctor Burnham. Lo único que pudo verle fueron los ojos, ya que el resto de
su rostro permaneció oculto bajo la mascarilla. No obstante, se dio cuenta de
que le sonreía. al instante oyó que el anestesista le anunciaba:
-Ya pasó todo, Candy.
Con cierta dificultad la
joven parpadeó mientras trataba de asimilar lentamente la escena que tenía ante
sus ojos.
Primero oyó ruidos y
voces; luego comenzó a subir la imagen, como en las viejas películas, y todo
cobró sentido. Se abrió la puerta del pasillo y entró un enfermero empujando
una camilla vacía.
-¿Dónde está el doctor
Foley? -preguntó Candy.
-La espera en la sala de
recuperación -repuso el doctor Burnham-. Todo salió perfectamente. -Pasó la
botella de suero a la camilla.
Una lágrima se deslizó por
el rostro femenino. Felizmente, sin darle tiempo a pensar en que nunca en la
vida podría tener hijos, una de las enfermeras le dijo:
-Ahora la trasladaremos a
la camilla.
En la habitación contigua,
el doctor Foley observó la bandeja de acero inoxidable cubierta con una toalla
blanca.
Satisfecho, tomó la
bandeja, cruzó el pasillo y bajó por la escalera hasta el departamento de
Patología.
Sin hacer caso de
residentes ni de técnicos -aunque varios de ellos lo llamaron por su nombre,
atravesó el recinto y entró en un largo corredor. al fondo, se detuvo frente a
una puerta sin letrero. Sostuvo la bandeja en una mano; con la otra, sacó un
manojo de llaves y abrió la puerta. Entró entonces en un pequeño laboratorio
sin ventanas, cerró la puerta y dejó la bandeja.
Durante unos instantes
permaneció paralizado hasta que un dolor intenso en la sien le obligó a caminar
tambaleándose hacia atrás. Chocó contra una mesa y recuperó el equilibrio. Miró
un enorme reloj que había en la pared, y con sorpresa comprobó que la aguja
parecía haber saltado cinco minutos.
Rápidamente y en silencio
realizó varias tareas. Luego se dirigió a un cajón de madera que había en medio
de la estancia, y lo abrió. Dentro había un segundo recipiente aislado. El
doctor quitó el cerrojo levantó la tapa y espió el interior. Sobre un lecho de
hielo seco descansaban varios especímenes más. Colocó el último ejemplar con
cuidado sobre el hielo y volvió a cerrar.
Veinte minutos más tarde,
un asistente del hospital entró en el laboratorio empujando un carrito, levantó
el recipiente con el hielo y lo guardó en otro cajón de madera.
Bajó luego en el
montacargas hasta la entrada de servicio y lo subió a un camión.
Cuarenta minutos después,
el cajón de madera salió del camión para ser colocado en el sector de equipajes
de un jet de “Gulf Stream” en el aeropuerto Teterborom de Nueva Jersey.
CAPITULO
PRIMERO
Adam Schonberg parpadeó, y
en la oscuridad de su dormitorio oyó el ulular de las sirenas que anunciaban
otra catástrofe. Poco a poco el sonido fue disminuyendo a medida que el coche
patrulla de la Policía, la ambulancia, el coche de bomberos o lo que fuere, se
alejaba. Era una mañana cualquiera en la ciudad de Nueva York.
Se aventuró a sacar una
mano de las tibias mantas, tanteó buscando sus gafas y volvió hacia él el
radio-reloj. al comprobar que eran las cuatro y cuarenta y siete desconectó la
alarma -que debía sonar a las cinco- y volvió a esconder la mano debajo de las
sábanas. Dentro de quince minutos tendría que entrar en el baño helado.
Normalmente, no corría el riesgo de apagar el despertador por miedo a quedarse
dormido, pero con los nervios que tenía esa mañana, no había peligro de que le
sucediera eso.
Se dio media vuelta y se
apretó contra la figura dormida de su esposa Jennifer, de veintitrés años, y
percibió su respiración rítmica. Deslizó su mano por el muslo femenino, esbelto
y firme gracias a los ejercicios diarios de baile que practicaba. La piel era
notablemente suave y lisa, sin que ni una peca alterara su superficie. El
delicado tono oliva sugería equivocadamente una ascendencia del sur de Europa.
Pero Jennifer insistía en su genealogía inglesa e irlandesa por parte de su
padre, alemana y polaca por su ascendencia materna.
La muchacha estiró las
piernas, suspiró y se colocó boca arriba, obligándole a correrse. Adam sonrió;
aun dormida, ella tema una personalidad fuerte. Si bien su carácter decidido a
veces podía parecer terquedad, también era una de las razones por las cuales él
la amaba tanto.
Al ver que eran las cuatro
y cincuenta y ocho, Adam se levantó. Cuando cruzada la habitación para ir al
baño, se golpeó un dedo del pie contra el viejo baúl que Jennifer había
cubierto con una manta para que sirviera de mesa.
Apretó los dientes para no
gritar y avanzó renqueando hasta el borde de la bañera, donde se sentó para
comprobar la magnitud de la lesión. Tenía un nivel increíblemente bajo de
tolerancia frente al dolor.
La primera vez que tomó
conciencia de ello fue durante su muy breve carrera de futbolista, en su época
secundaria.
Dado que era uno de los
muchachos más fornidos, todos -incluso él mismo- suponían que tenía que
integrarse en el equipo, en especial porque David -su hermano fallecido había
sido uno de los jugadores más famosos del pueblo.
Pero no ocurrió así. Todo
marchaba bien hasta que Adam recibió una pelota para realizar una jugada que
tenía memorizada. En el instante en que le practicaron una carga sintió dolor,
y cuando los jugadores se pusieron nuevamente de pie, Adam ya había decidido
que ésa era otra actividad en la que no podía competir con la fama de su
hermano.
Dejó a un lado el recuerdo
y se dio una ducha rápida.
Luego se afeitó su cerrada
barba, que a las cinco de la tarde volvería a ensombrecer su rostro, y se
peinó. Se vistió de prisa, casi sin mirarse al espejo, sin darle la menor
importancia a su aspecto atractivo.
Menos de diez minutos
después de haberse levantado, estaba en la minúscula cocina calentando café.
Paseó la vista por el departamento pequeño y mal amueblado, y una vez más se
prometió a sí mismo que, cuando terminara sus estudios de Medicina, le buscaría
a Jennifer un lugar decente donde vivir. Luego fue hasta el escritorio que
había en el living y contempló el material que había preparado la noche
anterior.
Una ola de ansiedad
recorrió su cuerpo. Cuatro horas más tarde estaba parado ante el imponente
doctor Thayer Norton, jefe de Medicina interna. Alrededor de él se agrupaban
los demás alumnos de tercer curso que en la actualidad cursaban esa materia con
él. Varios compañeros -por ejemplo, Charles Hanson-, quizá lo aplaudirían, pero
el resto seguramente desearía verlo hacer un mal papel, lo cual era una
posibilidad concreta. Adam nunca se había desenvuelto bien frente a un grupo,
otra desilusión para su padre, que era un orador de renombre. Al comienzo del
curso, Adam se quedó en blanco en cierta ocasión que estaban presentando un
caso, y el doctor Norton siempre se lo recordaba. Por consiguiente, postergó su
disertación magistral hasta el fin del curso, con la esperanza de poder ir
adquiriendo más confianza con el paso del tiempo. Lo logró, aunque no del todo.
Por eso era por lo que se había levantado antes de la salida del sol: para
repasar una vez más sus apuntes.
Carraspeó. Tratando de no
oír el típico ruido mañanero de Nueva York, ensayó una vez más su disertación.
Habló en voz alta, como si estuviera parado frente al doctor Norton.
Jennifer habría dormido
hasta las diez, de no haber sido por dos cosas: primera, porque tenía cita con
el médico a las nueve, y segunda, porque a las siete y cuarto la temperatura
que reinaba en el dormitorio había subido hasta un nivel tropical. Estaba sudando
y retiró las mantas, permaneciendo un instante quieta, hasta que volvió a
recordar la sensación de espanto que experimentara el día anterior.
Tras negarse a creer todo
el mes que estuviera embarazada, finalmente había comprado un equipo casero
para la detección de embarazos. No sólo llevaba un atraso de dos meses en la
menstruación, sino que ahora sentía náuseas por la mañana. Fueron las náuseas,
más que todo, las que la impulsaron a adquirir el equipo. No quería perturbar a
Adam, que desde hacía varios meses estaba nervioso e irritable, hasta no estar
bien segura. Como la prueba le dio resultado positivo, ese día iría a ver a su
ginecólogo.
Se bajó de la cama con
cuidado, pensando si la gente sabría que las bailarinas, pese a la gracia que
despliegan sobre el escenario, se sentían siempre entumecidas por la mañana. Al
estirar los músculos de las piernas se sintió dominada por el pánico, que
durante unos momentos le hizo olvidar las náuseas.
-Dios mío -gimió. Si
realmente estaba embarazada, ¿cómo se las iban a arreglar? El único ingreso con
que contaban era el sueldo que cobraba en el Cuerpo de Baile de Jason Conrad,
salvo el dinero que su madre le entregaba a veces a espaldas del padre y de
Adam.
¿Cómo harían para mantener
a un bebé? Bueno, a lo mejor el análisis estaba equivocado. al menos el doctor
Vandermer pondría fin al suspenso. Jennifer sabría que sólo porque Adam era
estudiante de Medicina el doctor había accedido a darle turno en su muy colmada
agenda.
Se dio media vuelta para
mirar el radioreloj "Sony” que le regalara su madre. No le había contado a
Adam lo del obsequio porque él se ponía muy quisquilloso con la generosidad de
sus padres o, como la denominaba, su entrometimiento. Jennifer sospechaba que
esto le causaba mucho fastidio debido a la tacañería de su propio padre. No era
un secreto para ella que el doctor David Schonberg se había opuesto tan
tenazmente a su matrimonio que, cuando Adam decidió casarse a pesar de todo,
virtualmente lo desheredó.
Jennifer pensó que, en
cierto sentido, sería una satisfacción saber el disgusto que le causaría a su
suegro enterarse de que estaba embarazada. Sin muchas ganas, cepilló su largo
pelo castaño y se miró en el espejo para comprobar que sus bonitas facciones y
sus ojos celestes no dejaran traslucir la ansiedad que la carcomía. No había
necesidad de inquietar a Adam antes de tiempo.
Esbozó una sonrisa animada
y se dirigió al living, donde Adam ensayaba su discurso por décima vez.
-¿El hablar solo no es
acaso el primer síntoma de demencia? -bromeó.
-¡Muy inteligente! Sobre
todo, porque nunca pensé que la Bella Durmiente pudiese reflexionar antes del
mediodía.
-¿Cómo te va con la
disertación? -preguntó ella, abrazándolo y levantando la cara para que la
besara.
-La he recortado lo
necesario para no pasarme de los quince minutos. Es todo lo que puedo decir -se
agachó y la besó.
-Adam, te va a ir bien. Te
propongo una cosa: ¿Por qué no ensayas la disertación conmigo? -Se sirvió café
y luego se sentó en el living-. ¿Qué enfermedad padece el paciente?
-El diagnóstico actual es
discinesia tardía.
-¿Y eso qué diablos es?
-Un trastorno neurológico
que produce todo tipo de movimientos involuntarios. Se le relaciona con el
consumo de ciertos fármacos que se prescriben para problemas psiquiátricos.
Jennifer asintió tratando
de aparentar interés, pero Adam no había pasado aún del minuto de su discurso
cuando ella ya había vuelto a concentrarse en el tema de su posible embarazo.
CAPITULO
II
El consultorio del doctor
Clark Vandermer se encontraba en la Calle 36, a escasos metros de la avenida
Park. Jennifer tomó el Metro de la avenida Lexington hasta la Calle 33, y
caminó el resto del trayecto. Se trataba de un inmenso edificio de apartamentos,
con marquesina y portero de librea. el acceso a los consultorios profesionales
era por una puerta, a la derecha de la entrada principal. Cuando Jennifer abrió
la puerta interior, percibió un leve olor a alcohol y a medicinas. Nunca le
había gustado ir al ginecólogo, y la idea de su posible embarazo le añadía un
disgusto especial a esta visita.
Recorrió un pasillo
alfombrado mientras iba leyendo los nombres con letras doradas en la hoja de
cada puerta. Pasó por el consultorio de dos dentistas y un pediatra, y llegó a
otro donde decía "GINEC Asociados. Debajo figuraba una lista de nombres; en
el segundo lugar, el del doctor Clark Vandermer.
Se quitó el abrigo de
segunda mano que había comprado por treinta y cinco dólares, y se lo puso sobre
el brazo. Llevaba puesto un elegante vestido camisero de Calvin Klein, que su
madre le había regalado recientemente.
Al abrir la puerta,
recordó cómo era la oficina. al entrar, uno se encontraba con una pared de
cristal corrediza, detrás de la cual se sentaba la secretaria.
Había muchas mujeres en la
sala de espera, las contó, pero debían ser por lo menos doce y todas leían o
bordaban.
Tras presentarse ante la
recepcionista -quien reconoció no tener la menor idea de cuánto habría de
esperar-, Jennifer encontró un asiento libre cerca de la ventana. Tomó un ejem
lar reciente de The New Yorker de la mesita
e intentó leer, pero lo único que hacía era preocuparse por la reacción que
tendría Adam, si de veras estaba embarazada.
Transcurrieron dos horas y
cuarto antes de que la llamaran. Jennifer se levantó y fue con la enfermera
hasta una habitación.
-Desvístase y póngase esto
-dijo la mujer, entregándole una bata de papel-. En seguida vuelvo, y después
vendrá el doctor.
Sin darle tiempo a
preguntar nada, la enfermera se retiró.
El consultorio medía
aproximadamente unos tres metros cuadrados tenía una ventana con cortinas en un
extremo, una segunda puerta que daba a la derecha, y paredes desnudas. el
mobiliario consistía en una báscula, un cesto de papeles lleno casi hasta desbordar,
una camilla ginecológica con estribos, un armario abierto y un lavabo. el
ambiente distaba de ser acogedor, y le hizo recordar que el doctor Vandermer
tenía un temperamento brusco, que a veces rayaba en lo grosero. Adam la había
enviado a él porque le consideraba el mejor, pero en “el mejor” no se incluía
una evaluación de su trato personal.
Al no saber cuánto tiempo
iba a demorarse la enfermera, la joven se apresuró. Depositó el bolso y el
abrigo en el suelo, y guardó la ropa en el armario. Una vez desnuda, se puso a
estudiar la bata. No sabía si la abertura iba al frente o a la espalda. Se
decidió por la espalda. Luego se puso a pensar qué debía hacer, si tenderse en
la camilla o quedarse de pie. Sentía los pies fríos daba calla de mosaicos, así
que se sentó sobre el borde segundos más tarde entró, apresurada, la enfermera.
Perdone que la haya hecho
esperar tanto, pero estamos atareadísimos. Hay una racha increíble de
nacimientos.
Rápidamente controló el
peso y la presión sanguínea de Jennifer, y luego la envió al baño para obtener
una muestra de orina. Cuando la joven regreso, el doctor Vandermer la estaba aguardando. Jennifer siempre había recelado
de los ginecólogos apuestos, parecía más a un actor representando su papel, el
doctor Vandermer le hacía recordar esas reservas.
Era alto de pelo oscuro
entrecano en las sienes. Tenía un rostro cuadrangular con mentón fino y boca
recta. Llevaba un par de gafas en la punta de la nariz, miró a Jennifer por
encima de la montura.
-Buenos días -dijo, con
una voz que no invitaba a la conversación. La observó con sus ojos azules, y
luego leyó la ficha. La enfermera cerró la puerta y se dispuso a trabajar con
el contenido de una bandeja metálica.
-Ah, sí. Usted es la
esposa de Adam Schonberg, el estudiante de tercer año de Medicina -dijo el
doctor.
Jennifer no sabía si se
trataba de una afirmación o de una pregunta, pero de todos modos asintió,
afirmando que sí lo era.
-No me parece un buen
momento para decidirse a tener un bebé señora.
Jennifer sintió espanto.
Si no hubiese estado desnuda si no se hubiera sentido tan vulnerable, se habría
enojado. En cambio, se puso a la defensiva.
-Espero no estar
embarazada. Para eso me colocó usted un dispositivo intrauterino el año pasado.
-¿Qué pasó con el DIU?
-Creo que todavía está
puesto.
-¿Cómo que
"cree"? ¿Acaso no lo sabe?
-Me he hecho una revisión
esta semana. Los hilos continúan en su lugar.
El médico sacudió la
cabeza, dando a entender que la consideraba más que responsable. Se inclinó y
anotó algo en la ficha. Luego levantó la vista y se quitó las gafas.
-El año pasado me contó
usted que había tenido un hermano que sólo vivió unas semanas.
-Eso es. Era mongólico.
-Qué edad tenía su madre
en aquel momento.
-Creo que alrededor de
treinta y seis.
-Ese dato debería saberlo
con certeza dijo el doctor, sin disimular demasiado su exasperación-.
Averígüelo. Quiero esa información en su ficha.
El doctor Vandermer dejó
el bolígrafo, tomó el estetoscopio y realizó un examen m auscultándole el
pecho, escrutándole los ojos y los oídos, y tobillos, el corazón. Le dio unos
golpecitos en rodillas y la planta de los pies e inspeccionó cada milímetro de
su cuerpo. Trabajó en silencio total. Jennifer se sentía como un pedazo de
carne en manos de un hábil carnicero. Sabía que el doctor Vandermer era
competente, pero echaba de menos un mínimo gesto de cordialidad.
Cuando hubo concluido, el
médico se sentó y en seguida anotó en la ficha los datos obtenidos. Luego quiso
saber cuándo había sido su última menstruación y sin darle tiempo de formular
pregunta alguna, hizo que se acostara para comenzar el examen de la pelvis.
-Ahora tranquilícese
-dijo, recordando por fin que probablemente la muchacha estaría ansiosa.
Jennifer sintió que un objeto la penetraba. No hubo dolor, sino sólo una
desagradable sensación. La enfermera se retiró en ese momento.
El médico se incorporó
para que la muchacha pudiese verlo.
-La espiral sigue en su
sitio, pero da la impresión de estar un poco baja. Pienso que habría que
extraerla.
-¿Eso es difícil?
-Muy sencillo. -Nancy fue
a buscar un instrumento-. En un instante se lo hago.
Nancy regresó con algo que
Jennifer no alcanzó a ver.
Experimentó una mínima
sensación de dolor, y en el acto el doctor se incorporaba, sosteniendo una
espiral de plástico en su mano enguantada.
-No hay duda de que está
embarazada -aseguró, mientras volvía a tomar asiento para anotar unos datos en
su ficha.
Jennifer se sintió
dominada por el pánico, como le había sucedido cuando el test casero de
embarazo le diera positivo.
-¿Está seguro? -consiguió
articular con su voz temblorosa.
El médico no levantó la
mirada.
-Lo confirmaremos con los
análisis del laboratorio, pero estoy seguro.
Nancy terminó de rotular
las etiquetas de los tubos con las muestras, y se acercó para ayudar a la joven
a sacar los pies de los estribos.
-¿Todo está en orden?
-preguntó Jennifer.
-Absolutamente normal
-afirmó el doctor quien, después de completar la ficha, se giró para mirarla de
frente.
Su rostro era tan
inexpresivo como al comienzo de la entrevista.
-¿Puede darme una idea de
la situación? -Sentada en el borde de la mesa, Jennifer cruzó los brazos y los
apoyó sobre su falda.
-Por supuesto. Nancy
Guenther será su partera -anunció Vandermer, señalando a la enfermera-. Ella le
va a explicar todo. Yo la voy a ver una vez al mes durante los próximos seis
meses; luego cada quince días hasta el último mes, y en el último tramo, semanalmente,
a menos que surja alguna complicación.
El doctor se puso de pie,
listo para retirarse.
-¿Voy a verlo a usted en
cada visita?
-Por lo general, sí. De
vez en cuando tendré algún parto.
En esos casos, la atenderá
uno de mis colegas, o Nancy, y ellos luego me informarán de todo a mí. ¿Alguna
otra pregunta?
Tantas eran las que le
venían a la mente, que no sabia por cuál empezar. Sentía que su vida se
derrumbaba. También se daba cuenta de que, al haber terminado el examen, el
hombre quería marcharse.
-¿Y cuando llegue a la
fecha del parto? No me molestaría que me viera otra persona en una consulta de
rutina, pero sí en el parto. ¿No tiene pensado irse de vacaciones para esas
fechas?
-Señora, hace cinco años
que no me tomo unas vacaciones. De vez en cuando asisto a algún simposio
médico, y dentro de dos meses dictaré unas conferencias en un seminario que se
realizará en un crucero, pero eso obviamente no se superpondrá con la fecha de
su parto. Y ahora, si no tiene más preguntas, la dejo con Nancy.
-Una cosa más. Usted me
preguntó por mi hermano.
¿Cree que es importante el
hecho de que mi madre haya tenido un hijo defectuoso? ¿Significa que lo mismo
podría ocurrirme a mí?
-Lo dudo sinceramente
-sostuvo el doctor, dirigiéndose hacia la puerta-. Dele a Nancy el nombre del
médico de su madre, y nosotros lo llamaremos para averiguar los detalles.
Entretanto, mi intención
es practicarle a usted un sencillo estudio de cromosomas, pero no creo que sea
nada preocupante.
-¿Qué opina de la
amniocentesis?
-Pienso que no hay
necesidad de recurrir a ello a estas alturas, pero aun si la hubiera, no podría
efectuarse antes de la decimosexta semana. Y ahora si me disculpa, la veré
dentro de un mes.
-¿Y la posibilidad de un
aborto? -Jennifer no quería que el médico se fuera-. Si decidimos no tener esa
criatura, ¿qué posibilidades hay de realizar un aborto?
El doctor Vandermer, que
ya tenía una mano sobre el picaporte, regresó y se paró frente a la muchacha.
-Si le interesa la idea
del aborto, tendría que ir a ver a otro especialista.
-No digo que yo lo quiera
-se acobardó ella-, pero como usted mismo dijo, éste no es un buen momento para
quedarme embarazada. Nos estamos manteniendo sólo con mis ingresos.
-Yo no hago abortos a
menos que exista una razón médica.
Jennifer asintió. Era
evidente que el hombre tenía sólidos principios al respecto. Para cambiar de
tema, preguntó:
-¿Qué me dice de mi
trabajo? Soy bailarina. ¿Hasta cuándo podré seguir bailando?
-Todo eso se lo responderá
Nancy, que sobre esas cosas sabe más que yo. Si no hay otra...
-El doctor se alejó.
-Sí. Algo más. Siento
náuseas por la mañana. ¿Eso es normal ?
-Sí -respondió él, con la
puerta abierta-. Esas náuseas se presentan en el cincuenta por ciento de las
embarazadas.
Nancy le indicará cómo
tratarlas con sólo modificar su dieta.
-¿No podría tomar algún
medicamento?
-No receto medicamentos
para evitar las náuseas matutinas, salvo que éstas perturben la nutrición de la
madre.
Y ahora, si me perdona, la
veré dentro de un mes.
Antes de que Jennifer
pudiese articular otra palabra, el doctor Vandermer ya había cruzado la puerta.
La cerró al pasar, y dejó a la muchacha con Nancy.
-La dieta es una parte
importante del embarazo -sentenció la enfermera, entregándole varias hojas
impresas.
Jennifer suspiró y bajó
los ojos de la puerta cerrada a los papeles que tenía en las manos. Su mente
era un torbellino de emociones y pensamientos conflictivos.
CAPITULO
III
Adam dobló hacia el Oeste
en la Calle 10, recibiendo de frente el viento y la lluvia. Ya había
oscurecido, pese a que sólo eran las siete y media. Llevaba un paraguas, pero
éste se hallaba en mal estado, y había que sujetarlo con fuerza para que el
viento no se lo volviera del revés. Tenía mucho frío, pero lo peor era que se
sentía mental y físicamente agotado. Su importantísima disertación no le había
salido bien. el doctor Norton lo había interrumpido, no una vez sino dos, para
corregirle errores gramaticales, con lo cual le cortó el hilo del pensamiento.
En consecuencia, omitió referirse a una parte significativa del caso clínico.
al finalizar, el profesor se limitó a asentir, y le preguntó al jefe de
residentes por el estado de otro paciente.
Después, para rematar el
día, lo habían llamado a la sala de urgencias debido a que faltaba personal, y
le encomendaron realizar un lavado de estómago a una joven que había intentado
suicidarse. Inexperto en tales lides, Adam hizo vomitar a la muchacha con tan
mala suerte que aún llevaba las manchas en el pecho. Como si esto fuera poco,
quince minutos después le tocó un caso complicado: un hombre de cincuenta y dos
años, aquejado de pancreatitis. Por ese motivo llegaba tarde a casa.
Al cruzar el callejón,
ante el espectacular torbellino que se levantaba frente a su apartamento,
contempló la variedad de cubos de residuos que los basureros vaciaban
ruidosamente tres veces por semana. Ese día en particular, los cubos rebosaban,
y un par de escuálidos gatos se habían aventurado, a pesar de la lluvia. a
investigar el contenido.
Adam traspuso de espaldas
la puerta del edificio y cerró el inútil paraguas. Se detuvo un instante en el
vetusto porche, chorreando el paraguas sobre el piso de cerámica. Luego abrió
la cancela y procedió a subir los tres pisos de escaleras que llevaban a su
apartamento.
Para anunciar su llegada
apretó el timbre al mismo tiempo que introducía la llave en la primera de
varias cerraduras. En el año y medio que llevaban viviendo allí, dos veces
habían entrado ladrones, pero no les robaron nada. Estos debían haberse dado
cuenta del error que cometían apenas observaron el estado deplorable de los
muebles.
-¡Jen! -saludó.
-Estoy en la cocina. Salgo
enseguida.
Adam enarcó las cejas.
Como el horario que cumplía en el hospital era tan irregular, Jennifer solía
esperar que llegara para comenzar a preparar la cena. Olfateó un sabroso aroma
mientras se dirigía al dormitorio y se quitaba la chaqueta. al regresar al living,
Jennifer lo estaba aguardando. Adam contuvo el aliento. Al principio pensó que
tenía puesto sólo un delantal, debajo del cual le asomaban las piernas
desnudas, calzadas con babuchas de tacones altos.
Llevaba el pelo retirado
de la cara, sujeto con peinetas. El rostro femenino parecía iluminado por
dentro.
Jennifer levantó los
brazos en posición de bailarina de ballet y dio una vuelta lentamente
permitiéndole advertir que tenía puesto un vestido camisero corto, con volantes
de encaje.
Sonriendo, Adam intentó
levantar el borde del delantal.
-Ah, no --coqueteó ella-.
No tan rápido.
-¿A qué se debe esto?
-Estoy practicando para
ser la Mujer Ideal.
-¿Dónde diablos te
compraste esta cosa?
-Esta cosa se llama
vestido-camisero. -Levantó el frente del delantal y realizó nuevas
evoluciones-. Lo compré esta tarde en una tienda importante.
-¿Para qué? -dijo Adam,
preguntándose cuánto le habría costado. No quería negarle un gusto a su mujer,
pero tenían que cuidar mucho el presupuesto.
Jennifer dejó de bailar.
-Lo compré porque quiero
ser siempre atractiva y sexi para ti.
-Si fueras más atractiva y
sexi, nunca terminaría mi carrera de Medicina. No necesitas ponerte ropa
exótica para excitarme. Te quiero tal como eres.
-No te gusta el vestido
-se lamentó ella.
-Claro que sí -protestó
él-, pero no te hace falta.
-¿De veras que te gusta?
Adam sabía que caminaba
sobre una delgada capa de hielo.
-Me encanta. Pareces una
de las chicas de Playboy. No, de Penthouse.
A Jennifer se le iluminó
el rostro.
-¡Perfecto! Quería que
estuviera en el límite entre lo atrevido y lo sensual. Y ahora, te vas a dar
una ducha.
Cuando salgas, tendrás
lista una cena que, espero, te hará sentir como un rey.
Empujó con fuerza a su
marido hacia el dormitorio, y le cerró la puerta en la cara, sin darle tiempo
para decir nada.
Cuando salió del baño,
Adam descubrió que el living se había transformado. La mesa extensible, cuyo
lugar era la cocina, estaba en la sala, preparada ya para la cena. La única luz
de ambiente provenía de dos velas encendidas, sujetas en el cuello de unas
botellas vacías. Los cubiertos relucían. Estos eran un regalo de los padres de
Jennifer, y rara vez los usaban.
Adam fue hasta la cocina y
se apoyó contra la puerta.
Jennifer trabajaba
afanosamente, pese a la molestia que debían causarle sus sandalias de tacón
alto. Esa mujer que deambulaba por la cocina no parecía la Jennifer de siempre.
Si había notado su
presencia, lo disimulaba perfectamente.
Adam carraspeó.
-Jennifer, quiero saber
qué pasa.
La joven no le respondió.
En cambio, destapó una olla y revolvió el contenido. Adam divisó luego un pato
asado sobre la mesa y no pudo menos que pensar cuánto habría costado.
¡Jennifer! --exclamó, con
voz más fuerte.
Ella se dio media vuelta y
le alargó una botella de vino y un sacacorchos. No le quedó más remedio que
sostenerlos, por temor a que se cayeran al suelo.
-Estoy preparando la cena.
Si quieres hacer algo útil, descorcha la botella.
Azorado, llevó la botella
al living y la descorchó. Sirvió un poco de vino en una copa, la miró al
trasluz y apreció su intenso color rubí. Antes de que pudiera probarlo,
Jennifer le llamó a la cocina.
-Necesito un cirujano
-dijo, entregándole un cuchillo.
-¿Qué hay que hacer con
esto?
-Cortar el pato por la
mitad.
Después de un par de
intentos frustrados, asestó un golpe enérgico con el cuchillo y seccionó el
animal en dos.
-Ahora me vas a decir qué
pasa.
-Sólo quiero que te
relajes y disfrutes de una exquisita cena.
-¿Hay algún motivo que lo
justifique?
-Bueno, tengo algo que
contarte, pero no te lo diré hasta después del festín.
En efecto, fue todo un
festín. Si bien los guisantes estaban levemente pasados y el arroz crudo, el
pato estaba sensacional, lo mismo que el vino. Mientras cenaban, Adam comenzó a
sentir sueño, pero hizo esfuerzos por no dormirse. Jennifer le pareció sumamente
bonita a la luz de las velas. Se había sacado el delantal, quedándose sólo con
el provocativo vestidito color verde lavanda. Durante un instante Adam dormitó.
-¿Te sientes bien? -le
preguntó ella, que acababa de comenzar a describir el equipo para su análisis
casero de embarazo.
-Sí -respondió, sin ganas
de reconocer que se había quedado dormido.
-Bueno, seguí las
instrucciones, y adivina lo que me dio.
-¿Qué?
-Positivo.
-¿Qué cosa te dio
positivo?
-Se daba cuenta de que
había perdido la frase más importante.
-¿Acaso no me estabas
escuchando?
-Claro que sí, pero me
distraje un momento. Perdóname. Empieza de nuevo.
-Adam, lo que trato de
decirte es que estoy embarazada.
Ayer me hice uno de esos
tests caseros, y esta mañana fui a ver al doctor Vandermer.
Durante un minuto quedó
demasiado impresionado como para reaccionar.
-Lo dices en broma.
-No -repuso ella,
mirándole a los ojos. El corazón le latía con fuerza. Involuntariamente cerró
los puños.
-¿No bromeas? -dijo él,
sin poder decidir si debía llorar o reír-. ¿Hablas en serio?
-En serio, créeme.
Le temblaba la voz. Había
pensado que se pondría contento, al menos al principio. Después tendrían tiempo
de estudiar la cantidad de problemas que acarrearía ese embarazo. Jennifer se
puso de pie, se acercó a su marido y apoyó las manos sobre sus hombros.
-Te adoro, querido.
-Yo también te quiero,
Jennifer, pero ésa no es la cuestión.
Se levantó y se alejó.
-Yo sí creo que es la
cuestión. -Lo que más ansiaba era que él la estrechara y le asegurara que todo
saldría bien.
-¿Qué pasó con tu espiral?
-No dio resultado. Tal vez
deberíamos considerar a este bebé como una especie de milagro -dijo, insinuando
una sonrisa.
Adam comenzó a pasearse
por la pequeña habitación.
-¡Un bebé! ¿Cómo iban a
hacer para criarlo? Tal como estaban las cosas, apenas si podían mantenerse
ellos, y tenían deudas por casi veinte mil dólares.
Jennifer lo observaba en
silencio. Ya al salir del consultorio del ginecólogo, temía la reacción de su
marido. Por eso se le había ocurrido la idea del banquete para festejarlo.
Pero ahora que habían
terminado de comer, se enfrentaba con la realidad de su embarazo y la certeza
de que Adam no estaba demasiado contento.
-Siempre dijiste que
querías tener hijos.
Adam se detuvo en el
centro de la raída alfombra y miró
a su mujer.
-Lo importante no es si
quiero, o no, tener hijos. Por supuesto que lo deseo, pero no ahora. ¿Cómo
vamos a vivir?
Tendrás que dejar de
bailar de inmediato, ¿verdad?
-Pronto.
-Bueno, ¡ahí tienes! ¿De
dónde vamos a sacar el dinero?
No bastaría con que yo
consiguiera algún trabajito después de las horas de clase. Dios mío, ¡qué
barbaridad! No puedo creerlo.
-Podemos recurrir a mi
familia -sostuvo ella, luchando por contener las lágrimas.
Adam puso cara de pocos
amigos, al verle la expresión, ella se apresuró a agregar:
-Sé que no te agrada
recibir ayuda de mis padres, pero si tenemos un hijo, será distinto. Y ellos lo
harían de muy buen grado.
-¡Si, claro!
-Lo digo en serio. Fui a
verlos esta tarde y hablé con ellos. Papá me ofreció que fuéramos a vivir a su
casa, que tú bien sabes lo grande que es. En cuanto yo pudiese volver a bailar
o tú comenzaras la residencia, nos iríamos.
Adam cerró los ojos y se
dio un golpe con el puño cerrado en la frente.
-Me cuesta creer que esté
sucediendo esto:
-A mi madre le va encantar
tenernos allí. A raíz del bebé que perdió, se preocupa muchísimo por mí.
-Las dos cosas no tienen
relación. Ella tuvo un hijo mongólico porque había superado largamente los
treinta años.
-Lo sabe. Te hablo sólo de
sus sentimientos. ¡Oh, Adam!
No será tan terrible.
Tendremos espacio de sobra, y tú podrás usar el altillo como cuarto de estudio.
-¡No! Muchas gracias, pero
no voy a aceptar la caridad de tus padres. Ya demasiado se meten en nuestra
vida. En este apartamento de mierda, todo lo compraron ellos -afirmó, abarcando
con un ademán la habitación entera.
En medio de su ansiedad,
Jennifer se sintió enojada. Por momentos Adam se mostraba obstinado, y por
cierto, desagradecido. Desde el comienzo de su relación, el rechazo hacia sus
padres había sido desproporcionado. Jennifer lo aceptó hasta cierto punto, reconociendo
la especial sensibilidad de su marido, pero ahora que estaba embarazada le
parecía algo insensato y egoísta.
-Mis padres nunca se
meten. Creo que ya es hora de que domines tu orgullo, o lo que sea que te hace
enfadar cada vez que tratan de echarnos una mano. La realidad es que
necesitamos ayuda.
-Llámalo como te parezca:
para mí es entrometerse.
¡Y no lo quiero hoy, ni
mañana, ni nunca! Podemos arreglarnos solos, y lo vamos a resolver sin ellos.
-De acuerdo. Si no eres
capaz de aceptar ayuda de mi familia, pídesela a tu padre, que bien podría
hacer algo.
Adam dejó de pasearse y la
miró fijamente.
-Buscaré un empleo --dijo
en voz baja.
-¿De dónde sacarás tiempo?
Tienes hasta el último segundo ocupado con el estudio o el hospital.
-Pediré excedencia en la
Facultad.
Jennifer se quedó con la
boca abierta.
-No puedes abandonar. Yo
conseguiré otro trabajo.
-Sí, claro. ¿De qué clase?
¿De camarera? Sé sensata, Jennifer. No quiero que trabajes durante el embarazo.
-Entonces me haré un
aborto -lo desafió.
Adam se giró bruscamente
sobre sus talones para encararse a su mujer. Levantó una mano y le apuntó con
el dedo índice.
-No te harás un aborto. No
pienso oír siquiera esa palabra.
-Entonces ve a hablar con
tu padre.
Adam apretó los dientes.
-No tendríamos Que acudir
a nadie si no te hubieses quedado embarazada.
Las lágrimas que había
estado conteniendo rodaron por sus mejillas.
-Hacen falta dos personas,
como bien sabes. Yo no lo hice sola -declaró entre sollozos.
-Me dijiste que no me
preocupara por los bebés -le espetó él, sin prestarle atención al llanto-; que
ese asunto quedaba en tus manos. ¡Excelente tu labor!
Jennifer no se molestó en
contestar. Corrió hasta el dormitorio y cerró la puerta de golpe.
Por un instante Adam la
vio salir. Se sentía descompuesto. Tenía la boca seca por todo el vino que
había bebido. Contempló la mesa desordenada, con los restos de la cena. No
había necesidad de ir hasta la cocina para comprobar en qué estado se hallaba.
el apartamento era un caos, y le pareció un símbolo alarmante de su propia
vida.
CAPITULO
IV
Lawrence Foley tomó el
largo y sinuoso camino de acceso a su casa. La inmensa mansión de piedra no se
divisaba aún cuando apretó el botón que abría la puerta del garaje. al pasar
junto a los últimos olmos, distinguió las torres recortadas contra el cielo
nocturno. El castillo neogótico había sido construido a comienzos de los años
veinte por un excéntrico millonario que perdió toda su fortuna en la depresión
de 1929, y luego se descerrajó un tiro con una escopeta de caza.
Laura Foley se hallaba en
el cuarto de estar de la planta alta cuando oyó entrar el “Jaguar". A sus
pies, Ginger, el minúsculo poodle, levantó la cabeza y gruñó como si fuese un
perro guardián. La mujer soltó el libro que estaba leyendo y miró el reloj.
Eran las diez menos cuarto. Tenía la cena preparada desde las ocho, pero Larry
no se había tomado el trabajo de anunciarle que llegaría tarde. Era la sexta
vez que se lo hacía en un mes. Mil veces le había pedido que le avisara. Sabía
que a los médicos se les presenta de vez en cuando alguna emergencia, pero una
llamada telefónica se hacía en un minuto.
Sentada en el sofá, pensó
qué debía hacer. Podía quedarse donde estaba, para que Larry fuese a buscarla a
la cocina; empero, esa táctica ya la había usado antes, sin resultado.
Hasta hacía poco tiempo,
Larry se preocupaba mucho por sus estados de ánimo, pero desde que regresó de
un simposio médico realizado hacía cuatro meses, se había vuelto frío y
desconsiderado.
Los ruidos provenientes de
la cocina, que le llegaban por la escalera del fondo, le dieron a entender que
ya se estaba preparando algo de comer. No molestarse en subir a saludarla fue
como agregar un insulto a la ofensa. Laura se caló las sandalias, se puso de
pie y fue luego a mirarse en un espejo de marco dorado. Su aspecto era
excelente, teniendo en cuenta que contaba cincuenta y seis años. Sin embargo,
hacía dos meses que su marido no manifestaba deseos sexuales por ella. ¿Sería
ése el motivo del renovado interés que mostraba por su profesión? Veinte años
habían tardado Larry y Clark Vandermer en afianzar su prestigio profesional
hasta llegar al punto de haber podido concentrar en la ginecología más que en
la obstetricia. Después, Larry echó todo por la borda. al regresar del simposio
médico, anunció con toda tranquilidad que se iba de “GINEC Asociados", y
aceptó un empleo a sueldo en la “Clínica Julian”.
En esa oportunidad, Laura
quedó tan estupefacta que fue incapaz de reaccionar. Y desde que ingresara en
la clínica, Larry asistía cada vez más a casos de obstetricia, pese a que el
salario fuera siempre el mismo por más horas que trabajara.
Un estrépito interrumpió
sus pensamientos. Ese era otro problema. Últimamente Larry se había vuelto
torpe y como si no prestara atención. Laura se preguntó si no estaría
padeciendo una crisis nerviosa.
Pensando que era hora de
enfrentarse a su marido, se acomodó la bata y se encaminó a la escalera del
fondo, seguida por Ginger.
Lo encontró frente a la
mesa de la cocina, comiendo un enorme bocadillo mientras leía una revista de
Medicina. Se había quitado la chaqueta, arrojándola sobre el respaldo de una
silla. al oírla entrar levantó la vista. Su rostro tenía esa extraña expresión
ausente que había adquirido en los últimos tiempos.
-Hola, querida -dijo él
con voz monotona y sin matices.
Laura permaneció al pie de
la escalera, sintiéndose cada vez más indignada. el marido la miró un instante;
luego volvió a la lectura.
-¿Por qué no me llamaste?
-preguntó ella, furiosa de que la ignoraran.
Larry alzó lentamente la
cabeza para observar a su mujer, pero no habló.
-Te he hecho una pregunta
y merezco una respuesta.
Cien veces te he pedido
que me avises si vas a llegar tarde.
Larry no se movió.
-¿No me oyes? -Se acercó y
le miró a los ojos. el hombre tenía las pupilas dilatadas, y parecía ausente-.
¡Hola!
-Laura agitó una mano
frente a sus ojos-. ¿Te acuerdas de mí? Soy tu esposa.
Las pupilas se le
achicaron y el hombre parpadeó, como si acabara de advertir su presencia.
-Perdóname por no haberte
llamado. Inauguramos un horario de atención nocturna para el barrio de la
clínica, y acudieron más pacientes de lo que suponíamos.
-Larry, ¿qué te pasa?
¿Dices que te quedaste hasta después de las nueve para trabajar gratis?
-No me pasa nada. Me
siento bien, y esto lo hice a gusto. Me tocaron tres casos insospechados de
enfermedades venéreas.
-Maravilloso -exclamó
Laura, tomando asiento en una de las sillas de la cocina. Miró a su marido y
respiró hondo, exasperada-. Tenemos que hablar. Ocurren cosas insólitas.
O estás loco, o la loca
soy yo.
-Me siento bien -repitió
él.
-Podrás sentirte bien,
pero te comportas como una persona distinta. Pareces cansado todo el tiempo,
como si no hubieras dormido en una semana. La idea de renunciar al ejercicio
privado de la Medicina fue una insensatez. Lo siento, pero creo que es una locura
abandonar lo que te llevó toda una vida construir.
-Estoy cansado de
consultas particulares. La Clínica Julian me resulta más interesante, y así
puedo ayudar a más personas.
-Perfecto, pero el
problema es que cuentas con una familia. Tienes un hijo y una hija en el
colegio, y una hija en la Facultad de Medicina. No necesito decirte por cuánto
nos sale pagarles los estudios. Además, nos cuesta una fortuna mantener esta
casa ridícula que insististe en comprar hace diez años. No nos hacen falta
treinta habitaciones, especialmente ahora que no están los chicos. Con el
sueldo de la clínica apenas si nos alcanza para comer, y de ninguna manera
podemos afrontar todos los compromisos.
-Podemos vender la casa.
-Sí, claro, pero los
chicos están estudiando y lamentablemente no poseemos muchos ahorros. Larry,
debes regresar a GINEC Asociados.
-Renuncié a mi condición
de socio.
-Clark Vandermer te
reincorporará. Hace mucho que lo conoces. Dile que cometiste un error. Si tu
deseo es ejercer la profesión de otra manera, al menos debes esperar hasta que
nuestros hijos terminen de estudiar.
Laura dejó de hablar y
escrutó el rostro de su marido, que parecía tallado en piedra.
-Larry.
Se levantó y le pasó una
mano por delante de los ojos.
Larry no se movió. Daba la
impresión de estar en trance.
-Larry -gritó. al
sacudirlo por los hombros, notó su cuerpo rígido. Luego él parpadeó y la miró a
la cara.
-Larry, ¿no te das cuenta
de que estás como ausente?
-No le quitó las manos de
los hombros mientras estudiaba su rostro.
-No. Me siento bien.
-Creo que deberías
consultar a un médico. ¿Por qué no llamas a Clark Vandermer para que venga a
verte? Después de todo, vive a tres casas de acá, y no se negará. Podríamos
incluso mencionarle la posibilidad de que volvieras al ejercicio privado de tu
profesión.
Larry no respondió. En
cambio, volvió a adoptar una expresión vaga y se le dilataron las pupilas.
Rápidamente Laura se encaminó al teléfono. Su enojo se había tornado en
preocupación. Buscó el número de los Vandermer en la agenda de la cocina, y
estaba a punto de llamar cuando Larry le arrebató el auricular de la mano. Por
primera vez en varios meses, el semblante inexpresivo fue remplazado por una
mueca forzada.
Laura lanzó un grito. No
fue ésa su intención, pero no pudo contenerse. Retrocedió unos pasos y tiró una
de las sillas. Ginger ladró y gruñó.
Pese a la siniestra
expresión de su cara, Larry no reaccionó ante el grito de su esposa. Colgó el
teléfono y se dio media vuelta. Con movimientos sumamente lentos se apretó las
sienes con ambas manos, mientras sus labios dejaban escapar un angustioso gemido.
Aterrorizada, Laura corrió hacia la escalera del fondo.
Al llegar a la planta
alta, atravesó la salita y el pasillo. La inmensa casa tenía la forma de una H,
con un corredor a lo largo de lo que sería la raya transversal. el dormitorio
principal se hallaba sobre el living, en el ala contraria a la cocina.
Laura entró en el
dormitorio y cerró la puerta con llave.
Jadeante, se sentó en el
borde de la cama. Sobre la mesita de noche había otra agenda. Señaló con un
dedo el número de los Vandermer, levantó el auricular del teléfono y comenzó a
marcar. Antes de lograr comunicar, Larry había levantado el auricular de uno de
los aparatos de abajo.
-Laura -dijo él, con voz
mecánica-, quiero que bajes inmediatamente y que no llames a nadie.
Una ola de terror se
apoderó de ella, oprimiéndole el pecho. La mano que sostenía el auricular
comenzó a temblar.
Se estableció la
comunicación y se oyó que sonaba el teléfono de los Vandermer. No hicieron más
que cogerlo, cuando la línea quedó como muerta. Larry debía haber cortado el
cable.
-Dios mío -murmuró.
Lentamente colgó el
teléfono y trató de serenarse. Con el pánico no iba a solucionar nada. Tenía
que pensar. Era obvio que necesitaba ayuda; el problema sería conseguirla.
Miró por la ventana y vio
luces en la casa vecina. Si levantaba la ventana y gritaba, ¿la oiría alguien?
Y en tal caso, ¿acudirían a socorrerla?
Procuró convencerse de que
su reacción era desmedida.
A lo mejor debía bajar tal
como le indicara Larry, y persuadirlo de que debía buscar ayuda médica.
Un golpe en la puerta la
sobresaltó. Fue un alivio oír a continuación un ladrido. Se encaminó hasta la
puerta, pegó la oreja contra la madera y sólo percibió los gemidos lastimeros
de Ginger. Rápidamente quitó la llave para hacerlo pasar.
La puerta se abrió de
golpe, hasta dar contra la pared.
Laura comprobó, con
horror, que Larry estaba allí. El perro corrió a los pies de la mujer y comenzó
a saltar para que lo cogieran.
Laura volvió a gritar. En
el rostro de su marido vio la misma mueca retorcida de antes. Larry llevaba en
su mano izquierda una escopeta de caza Remington, calibre 12.
Estimulada por el terror,
Laura entró precipitadamente en el cuarto de baño y cerró con llave. Ginger
temblaba a sus pies. Alzó entonces al perro y observó la puerta que, sabía, no
serviría de firme barrera.
Un horrendo estallido
resonó en el cuarto de baño al saltar las astillas de madera que golpearon
contra su rostro.
El perro ladró con
impotencia.
Como el baño tenía otra
salida, soltó a Ginger y forcejeó con el cerrojo. Logró abrir y huyó
precipitadamente hacia el vestidor que se comunicaba con el dormitorio. Miró
por encima del hombro y advirtió que la mano de Larry se introducía por el
agujero que produjera el impacto del arma.
Cuando cruzó velozmente el
dormitorio; vislumbró que Larry entraba en el baño. Sabiendo que contaba sólo
con unos instantes de ventaja, bajó a trompicones la escalera, siempre seguida
de cerca por Ginger.
En vano intentó abrir la
puerta principal, que estaba atrancada. El primer propietario de la casa había
sido tan paranoico, que equipó todas las puertas con cerraduras que podían
cerrarse por ambos lados. Las llaves estaban en algún lugar, pero no había tiempo
de buscarlas. Las de ella habían quedado en su bolso, en la cocina. Al oir que
Larry bajaba ya por las escaleras, corrió por la galería de la planta baja.
Solía dejar su bolso en
una mesita, al lado del teléfono de la cocina, pero no estaba allí. Intentó
abrir la puerta de atrás, pero tal como lo sospechó, también se hallaba
atrancada. Dominada por el pánico, pensó qué debía hacer. El hecho de que Larry
hubiese hecho volar la cerradura del baño de un balazo le hizo acelerar los
latidos del corazón.
Ginger saltó a sus brazos,
y ella lo aferró contra su pecho.
Acto seguido oyó los pasos
de Larry que golpeaban contra el piso de mármol de la galería.
Desesperada, abrió la
puerta del sótano, encendió las luces y cerró, Haciendo el menor ruido posible,
bajó por la escalera. El sótano poseía una salida que no estaba protegida por
una cerradura sino por una barra de madera.
Nunca lo habían usado
debido a la abundancia de espacio en los pisos superiores. Por consiguiente, el
lugar estaba con telarañas y lleno de trastos viejos pertenecientes a los
antiguos dueños. Se trataba de un laberinto de pequeñas habitaciones, apenas iluminado
por unas pocas lamparitas.
Con el perro apretado
contra el pecho, se aventuró a recorrer el recinto tortuoso y desconocido. Casi
había llegado a la salida cuando se apagaron las luces.
La oscuridad fue repentina
y total. Laura quedó petrificada y perdió el sentido de la orientación. el
terror la consumía. Desesperada, estiró la mano izquierda en busca de una
pared, al poco tocó una madera áspera. Dando tumbos fue tanteando la pared hasta
alcanzar una puerta. A sus espaldas oyó que Larry bajaba por la escalera. El
ruido de sus pasos era nítido, como si se acercara con expresa lentitud.
Una luz titilante le
indicó que traía una linterna.
Sabiendo que jamás
encontraría la salida en la penumbra, se dio cuenta de que debía esconderse.
Con tantas habitaciones y objetos viejos como había, supuso que tendría
posibilidad de hacerlo. Cruzó la puerta que había hallado y siguió tanteando.
Casi de inmediato palpó unas persianas apoyadas contra la pared. al rodearlas,
sus pies tropezaron contra algo de madera. Se trataba de un barril, acostado
luego de cerciorarse de que estaba vacío, se arrodilló y se ocultó en él,
siempre con Ginger. No tuvo demasiado tiempo para preguntarse si el lugar era
adecuado, porque en el mismo instante percibió que Larry se aproximaba por el
pasillo. Si bien el barril no apuntaba hacia la puerta, vislumbró el reflejo de
la linterna.
Los pasos se acercaban
cada vez más. Laura trató de hacer el menor ruido. El haz de luz entró en la
pieza, contuvo la respiración. En ese instante, Ginger ladró. A Laura le dio un
vuelco el corazón al oír que su marido quitaba el seguro de la escopeta. Luego
sintió que daba un puntapié al barril,
haciéndolo rodar. Ginger lanzó un ladrido y huyó.
Desfallecida, Laura
procuró enderezarse.
CAPITULO
V
El tren que le llevaba a
Washington le proporcionó a Adam los primeros momentos de paz desde la noche
anterior. Después de que Jennifer cerrara la puerta del dormitorio, se acostó
en el incómodo sofá victoriano. Procuró leer algo sobre pancreatitis pero no
pudo concentrarse. No había manera de que pudiera continuar sus estudios de
Medicina si perdían el sueldo de Jennifer. Al alba, después de un par de horas
mal dormidas llamó al hospital y le avisó al interno de que no iría ese día.
Tenía conciencia de que, de una forma u otra, debía hallar una solución.
Contempló por la
ventanilla el tranquilo paisaje de Nueva Jersey. Cuando se anunció que estaban
cruzando el río Delaware, calculó que debían faltar veinte minutos para llegar
a Washington, con lo cual podría estar en la oficina de su padre, de la Dirección
de Alimentos y Drogas, alrededor de las nueve.
La idea de visitarle no lo
hacía muy feliz, sobre todo dadas las circunstancias. No le veía desde mediados
de su primer año de Facultad, y había sido un encuentro traumático. En esa
ocasión, Adam le informó de su decisión inquebrantable de contraer matrimonio
con Jennifer.
Al entrar por la puerta
giratoria del edificio, no había decidido aún cómo iniciaría la conversación.
De niño, no solía visitar a menudo la oficina de su padre, pero había ido las
suficientes veces como para conservar una sensación de desagrado. El padre
siempre se había comportado como si sintiera vergüenza de él:
Adam era el segundo de los
hijos, entre un hermano mayor -David- que había descollado en todo, y una
hermana menor -Ellen-, la mimada de la familia. David fue siempre un niño
extrovertido, que desde pequeño decidió ser médico como el padre. Adam nunca podía
definir su vocación. Durante mucho tiempo pensó que quería ser granjero.
Subió al ascensor y apretó
el botón del séptimo piso. Recordó entonces otras ocasiones en que había tomado
ese ascensor con David, cuando éste era estudiante de Medicina. David le
llevaba diez años, y Adam lo consideraba más un adulto que un hermano. A Adam
solían dejarlo en la sala de espera mientras David era invitado a pasar y
conocer a los colegas de su padre.
Al llegar al séptimo piso,
se bajó y giró hacia la derecha.
A medida que las oficinas
se volvían más amplias y bonitas, las secretarias eran cada vez más feas. Fue
precisamente David quien le hiciera ese comentario.
Se preguntó cómo sería la
relación con su padre si David no hubiese muerto en Vietnam. No habían sido
muchos los médicos que habían perdido la vida allí, pero entre ellos estaba
David. Siempre le gustaba ofrecerse para cualquier cosa. La guerra estaba ya en
su etapa final, y Adam contaba quince años por aquel entonces.
La desgracia afectó
terriblemente a la familia. La madre de Adam sufrió una profunda depresión, y
hubo que medicarla pese a lo cual nunca volvió a ser la de antes. El padre no
lo tomó mucho mejor. Al cabo de varios meses de mutismo, Adam fue a informarle
que había decidido estudiar Medicina. En lugar de mostrarse complacido, el
hombre comenzó a llorar y se alejó.
Se detuvo frente a la
oficina de su padre. Haciendo acopio de todo su valor, se acercó al escritorio
de la señora Margaret Wrintrob, una mujer enorme que rebosaba en su asiento.
Tenía un vestido estilo carpa, de algodón estampado. Los brazos ostentaban portentosos
rollos de grasa, logrando que, en comparación, los voluminosos antebrazos
parecieran esbeltos.
Dejando de lado su peso,
era una mujer muy arreglada.
Sonrió al ver a Adam y,
sin levantarse, le tendió la mano.
Adam se la estrechó un
instante y le devolvió la sonrisa. Siempre se habían llevado bien. Ella había
sido la secretaria del doctor Schonberg toda la vida, y actuaba con una gran
amabilidad frente a la timidez del muchacho.
-¿Dónde te habías metido?
-preguntó, fingiendo estar enojada-. Hace años que no nos visitas.
-La Facultad no me deja
demasiado tiempo libre.
Su padre no tenía muchos
secretos para con Margaret, y seguramente ella sabía por qué hacía tanto que no
iba por allí.
-Como de costumbre, tu
papá está hablando por teléfono, pero quedará libre en un minuto. ¿Quieres un
té o un café?
Adam negó con la cabeza,
colgó su abrigo en un perchero de bronce y se sentó en un austero banco.
Recordó que su padre no quería dar la impresión de estar derrochando el dinero
del pueblo en frivolidades tales como un sillón cómodo. De hecho, toda la oficina
tenía un aspecto utilitario.
Para el doctor Schonberg
se trataba de una cuestión de principios. Por el mismo motivo se negaba a
utilizar el coche oficial y el chófer que correspondían a su cargo.
Trató de poner en orden
sus argumentos, pero no tenía muchas esperanzas. Esa mañana, cuando llamó para
avisarle que iría a verle, le notó malhumorado, como si supiera que iba a
pedirle dinero.
Sonó un timbre, y Margaret
sonrió.
-Ya puedes pasar.
Cuando el muchacho se puso
de pie, la mujer le puso una mano en el brazo.
-Todavía sufre por la
muerte de David -dijo-. Trata de comprenderlo. A ti te ama.
-Hace nueve años que murió
David:
Margaret asintió y le dio
unas palmaditas.
-Sólo quería transmitirte
lo que él siente.
Adam abrió la puerta y
entró en el despacho de su padre, una amplia habitación con ventanales que
daban a un bonito jardín interior. En las restantes paredes había bibliotecas,
y en el centro de la pieza, un gran escritorio de roble.
Dos mesas auxiliares se
hallaban ubicadas en forma perpendicular, formando una larga U, en el centro de
la cual se sentaba el doctor Schonberg.
Adam se parecía bastante a
su padre; tanto, que la gente adivinaba en seguida el parentesco. El doctor
tenía también espeso pelo rizado, aunque algo entrecano en las sienes. La mayor
diferencia entre ambos era la estatura, ya que el padre medía unos diez
centímetros menos que el hijo.
el doctor Schonberg
devolvió el saludo a Adam con un movimiento de cabeza, pero no se puso de pie.
Adam avanzó hacia el
escritorio con la mirada fija en los ojos de su padre, en los que creyó notar
una cálida expresión.
-¿A qué se debe esta
inesperada visita?
-¿Cómo está mamá?
-preguntó el muchacho, presintiendo que sus temores no se confirmaban. La
reunión ya iba por mal camino.
-Me alegro que lo
preguntes. En realidad, no muy bien.
Hubo que hacerle un
tratamiento antidepresivo otra vez, pero no quiero molestarte con estas
noticias, sobre todo teniendo en cuenta que el hecho de que te casaras con esa
chica tuvo mucho que ver con su enfermedad.
-Esa chica se llama
Jennifer. Pensé que, después de un año y medio, recordarías su nombre. El
estado de mamá empeoró con la muerte de David, no con mi matrimonio.
-Estaba recuperándose
cuando le diste el disgusto de casarte con esa chica.
-¡Jennifer! Y eso fue
siete años después de la muerte de David.
-Siete años, diez, ¿qué?
Sabías cómo le iba a afectar tu matrimonio con una persona de otra religión.
Pero, ¿acaso te importó? ¿Pensaste en mí? Te aconsejé que no te casaras tan al
principio de tu carrera. Sin embargo, jamás tuviste en cuenta los deseos de tu
familia. Siempre has hecho lo que has querido. Y bueno, lograste tu propósito.
Adam no tenía fuerzas para
discutir ante tal despliegue de irracionalidad. Había intentado hacerlo la
última vez que se vieron, un año y medio antes, pero sin el menor resultado.
-¿No te interesa saber
cómo ando, cómo me va en la Facultad? -preguntó el joven, casi suplicante.
-Dadas las circunstancias,
no.
-En tal caso, fue un error
haber venido. Estamos pasando un difícil momento económico, y creí que había
transcurrido el tiempo suficiente como para poderte hablar al respecto.
-¡De modo que ahora
quieres hablar de finanzas! -exclamó el doctor, levantando las manos en alto
con una expresión siniestra en los ojos-. Te advertí que si persistías en
casarte con esa chica, te iba a cortar toda ayuda económica. ¿Supones que lo
dije en broma o que me refería sólo a uno o dos años?
-¿No hay ninguna
circunstancia que te pueda hacer reconsiderar tu posición? -preguntó Adam,
sereno. Sabía de antemano la respuesta, y decidió no molestarse en contarle que
Jennifer estaba embarazada.
-Adam, vas a aprender a
aceptar la responsabilidad de tus decisiones. Cuando uno resuelve algo, tiene
que mantenerlo. La Medicina no nos permite la libertad de tomar un atajo o
transitar por un término medio. ¿Me entiendes?
Adam se encaminó hacia la
puerta.
-Gracias por la
conferencia, papá. Me será muy útil.
El doctor Schonberg se
giró desde atrás del escritorio.
-Siempre has sido
arrogante, Adam, pero de una vez por todas debes aprender a aceptar la
responsabilidad de tus actos. Es la misma norma que pongo yo en práctica para
dirigir este organismo.
Adam hizo un gesto de
asentimiento y abrió la puerta.
Margaret retrocedió, sin
tomarse el trabajo siquiera de disimular que había estado escuchando. Adam fue
a buscar su abrigo.
El doctor siguió a su hijo
hasta la sala de espera.
-Mi vida personal se rige
de la misma manera. Así hacía mi padre y deberías hacerlo tú también.
-Lo tendré presente. Dale
saludos a mamá. Gracias por todo.
Se alejó por el pasillo
rumbo al ascensor. Luego de haber apretado el botón, se dio media vuelta para
mirar. A lo lejos divisó a Margaret, que le saludaba con la mano. Le devolvió
el saludo. No debió haber ido allí. Jamás iba a conseguir dinero de su padre.
No llovía cuando Jennifer
salió de su casa, pero el cielo estaba encapotado. Pensó que, en muchos
sentidos, marzo era el peor mes del año en Nueva York. Pese a que la primavera
estaba por comenzar oficialmente, el invierno reinaba aún en la ciudad.
Apretó el abrigo más
contra su cuerpo y se dirigió hacia la Séptima Avenida. Debajo del abrigo
llevaba puesta la malla para el ensayo; una vieja malla de baile, medias hasta
la cintura y un vetusto pullóver gris sin mangas. En rigor, no sabía si iba a
bailar, pues su intención era anunciarle a Jason que estaba embarazada, pero
esperaba que le permitiera continuar dos meses más ya que tanta falta le hacía
el dinero, La idea de que Adam abandonara la facultad la aterraba. ¡Si él no
fuese tan reacio a aceptar ayuda de sus suegros !
Al llegar a la Séptima
Avenida dobló hacia el Sur y caminó en sentido inverso a la multitud que se
desplazaba a esa hora punta. al detenerse frente a un semáforo se preguntó cómo
le habría ido a Adam con su padre. Esa mañana, cuando se despertó, encontró la
nota en la que le avisaba que se iba a Washington. «Si ese viejo de mierda nos
echara una mano -pensó- todo se solucionaría. Más aún, quizás Adam hasta
estaría dispuesto a recibir ayuda de mis padres.»
Cruzó la avenida y se
internó en Greenwich Village. Minutos más tarde entraba en el "Café
Cézzane", bajaba tres escalones y empujaba la puerta de cristal. Dentro,
el ambiente estaba cargado de humo de cigarrillos negros y olor a café. Como de
costumbre, se hallaba también atestado.
Puesta de puntillas, trató
de encontrar alguna cara conocida entre la multitud. En seguida se percató que
alguien la saludaba con la mano. Era Candy Harley, antigua bailarina del grupo
de Jason Conrad, que ahora desempeñaba tareas administrativas. Junto a ella,
Cheryl Tedesco, la secretaria, más pálida que de costumbre con su vestido
blanco.
Las tres solían tomar
juntas un café antes del ensayo.
Jennifer se quitó el
abrigo, lo dobló y lo depositó en el suelo, contra la pared. Encima colocó su
bolso de tela.
Cuando se sentó, Peter -el
camarero austriaco- ya estaba junto a la mesa, preguntándose si le iba a servir
lo de siempre. En efecto, pidió un capuchino y una pasta, con manteca y miel.
Candy se inclinó hacia
delante y dijo:
-Tenemos una buena noticia
y otra mala. ¿Cuál quieres escuchar primero?
Jennifer miró a ambas
amigas. No tenía ánimo para bromas, pero advirtió que Cheryl tenía la vista
fija en su taza de café con expresión desolada. Se trataba de una veinteañera
algo melancólica, con un problema de peso que últimamente había empeorado. Tenía
una nariz respingona y ojos grandes. Su pelo suelto era de un color rubio
apagado.
En contraposición a ella,
Candy llamaba la atención por su inmaculado aspecto y su pelo rubio peinado en
una prolija trenza.
-¿Por qué no empezamos por
la buena?
-Nos han ofrecido un
especial de televisión para la “CBS” -dijo Candy-. Será una gran oportunidad
para el Cuerpo de Baile de Jason Conrad.
Jennifer procuró demostrar
entusiasmo, aunque sabía que su embarazo iba a estar demasiado adelantado como
para permitirle actuar por televisión.
-¡Fantástico! ¿Cuándo
será?
-No sabemos la fecha
exacta, pero habrá Que grabar el programa dentro de unos meses.
-Y bien. ¿Cuál es la mala
noticia? -preguntó, deseosa de cambiar de tema.
-Cheryl está embarazada de
cuatro meses y mañana tiene que abortar -declaró Candy-. No le contó a nadie el
secreto hasta que se enteró de que yo también lo había hecho; entonces se
sinceró conmigo, lo cual fue una suerte.
Le dije que fuera a ver a
mi médico, y él le sugirió hacerle un análisis de líquido amniótico porque
Cheryl consumió drogas durante todo el segundo mes, sin saber que estaba
embarazada.
-¿Qué resultado dio
laamniocentesis?
-Que el bebé es deforme
por un problema que trae en los genes. Eso es precisamente lo que trataba de
averiguar con ese estudio.
Jennifer miró a Cheryl,
que seguía con la vista fija en su taza, luchando por contener las lágrimas.
-¿Qué piensa el padre?
-preguntó Jennifer, y de inmediato se arrepintió al ver que la joven se llevaba
las manos a la cara y prorrumpía en sollozos. Candy le pasó un brazo por los
hombros, y Jennifer paseó la vista a su alrededor. Nadie les prestaba atención.
Sólo en Nueva York se podía tener semejante intimidad en un lugar público,
Cheryl sacó del bolso un pañuelo de papel y se sonó con fuerza la nariz.
-El padre se llama Paul.
-¿Qué opina él de que te
hagas un aborto?
Cheryl se limpió los ojos.
-No sé, porque me
abandonó.
-Bueno -aseguró Candy-,
eso nos da una idea bastante cabal de sus sentimientos. Qué hijo de puta. Ojalá
los hombres tuvieran que soportar un embarazo, digamos un año sí y otro no. Eso
les haría actuar de manera más responsable.
Cheryl volvió a limpiarse
los ojos, y Jennifer reparó de pronto en lo joven y vulnerable que era su
amiga. El problema de su propio embarazo parecía minúsculo en comparación con
el de ella.
-¡Tengo tanto miedo! No se
lo he dicho a nadie porque si mi padre se llega a enterar, me mata.
-No será tanto, mujer
-aseguró Candy-. Yo también me preocupaba antes del aborto, pero todo salió
bien. La gente que trabaja en la "Clínica Julian" es sumamente
afectuosa y sensible. Además, te atenderá el mejor ginecólogo del mundo.
-¿Cómo se llama? -quiso
saber Jennifer, pensando que ella no podía decir lo mismo del doctor Vandermer.
-Lawrence Foley. A mí me
mandó a él otra chica que tuvo que hacer lo mismo.
-Se ve que hace muchos
-comentó Jennifer.
Candy asintió.
-Y..., la ciudad es
grande.
Jennifer bebió un sorbo de
su café, tratando de encontrar la forma de comunicarles a sus amigas lo de su
propio embarazo. Postergó el momento volviéndose hacia Cheryl para ofrecerse:
-¿No te gustaría que te
acompañara yo mañana? Sería mejor que no fueras sola.
-Me encantaría -aceptó la
joven, y se le iluminó el rostro.
-No tan de prisa, señora
de Schonberg -intervino Candy-. Tenemos ensayo.
Jennifer enarcó las cejas
y sonrió.
-Bueno, yo también traigo
una noticia. Ayer me enteré de que estoy de dos meses y medio.
-!Oh, no! -exclamó Candy.
-!Oh, sí! -dijo Jennifer-.
Y cuando se lo cuente a Jason, quizá no le preocupe si mañana me presento a
ensayar, o no.
Candy y Cheryl quedaron
tan estupefactas que no pudieron hablar. En silencio, las tres terminaron el
café, pagaron y se marcharon al estudio.
Jason no estaba cuando
llegaron, y Jennifer sintió alivio y desilusión al mismo tiempo. Se quitó el
abrigo y buscó un espacio libre en la pista de baile. Se puso de costado, se
levantó el suéter para mirarse de perfil y tuvo que reconocer que el embarazo
ya se le notaba un poco.
Adam se lavó las manos en
el cuarto de aseo de hombres de la planta baja del complejo hospitalario. Al
mirarse un momento en el espejo se vio ojeroso, con cara de exhausto.
Bueno, quizás así
conseguiría predisponer al decano a su favor. Después de la desastrosa
conversación con su padre, había decidido que el único recurso que le quedaba
era solicitar al centro médico otro préstamo para estudiantes.
Se acomodó el gastado
cuello y pensó que de veras tenía aspecto de pobre, y que debía acudir de
inmediato al despacho del decano antes de perder el coraje.
Irrumpió en la oficina de
la secretaria para exigir una entrevista, y casi se cae desmayado cuando la
mujer le informó que el decano tenía unos minutos libres entre dos compromisos.
Ella fue a comprobarlo, y al instante regresó, avisándole que podía pasar.
Al entrar Adam en el
despacho, el doctor Markowitz se puso de pie. Se trataba de un hombre bajo y
fornido, con pelo oscuro y ondulado, semejante al de Adam. Lucía un bronceado
intenso pese a estar todavía en primavera. el doctor se acercó, le tendió una mano,
y con la otra dio una palmada en la espalda de Adam.
-Siéntese, por favor
--dijo, y le señaló un sillón negro, Frente a su escritorio.
Desde su asiento, Adam
divisó un sobre marrón con su nombre. Sólo unas pocas veces había ido a ver al
decano, pero éste había demostrado siempre estar al tanto de su situación. Era
obvio que había sacado su legajo en el minuto que Adam esperaba fuera.
Adam carraspeó.
-Doctor, perdone que le
moleste, pero tengo un problema.
-Ha venido al sitio
adecuado.
Adam sabía que el decano
era más político que médico, y tenía la triste sensación de que esa charla
sería tan inútil como la que mantuvo con su padre. Cruzó las piernas y apoyó
las manos en el tobillo para que no le temblaran.
-Acabo de enterarme de que
mi mujer está embarazada -comenzó a decir escrutando el rostro del médico en
busca de signos de desaprobación. Estos indicios no fueron tan sutiles como
para pasar. Primero, se borró la sonrisa del rostro del médico. Luego entreabrió
los ojos, al tiempo que cruzaba los brazos, como en guardia, contra el pecho.
-Está de más decir
-continuó, procurando no perder el valor- que esto significará un gran aprieto
económico para nosotros. Mi mujer y yo dependemos de los ingresos de ella, y
con un bebé en camino... -Su voz se fue perdiendo. No hacía falta ser adivino para
saber el resto.
-Bueno -dijo el doctor,
con una risita forzada-, yo soy especialista en medicina interna, no en
obstetricia. Nunca tuve facilidad para traer niños al mundo.
¿Qué fino sentido del
humor, pensó Adam.
-A mi mujer la lleva el
doctor Vandermer.
-Es el mejor. Mis dos
hijos nacieron con él.
Se produjo una pausa
incómoda. Adam percibió el tictac de un antiguo reloj en la pared. el doctor
Markowitz se inclinó hacia delante y abrió el legajo que había sobre su
escritorio. Comenzó a leer; luego levantó la vista.
-¿No ha pensado que es un
mal momento para tener familia?
-Fue un accidente -repuso
él, deseoso de evitarse una perorata, si ésa era la intención del decano-. Un
fallo de los mecanismos de control de la natalidad, un caso de estadística. Sin
embargo ya ocurrió y debemos enfrentarnos a él. Necesitamos una ayuda económica
adicional; de lo contrario, tendré que dejar de estudiar durante uno o dos
años.
-¿No consideraron la
posibilidad de un aborto?
-Sí, pero ninguno de los
dos es partidario de hacerlo.
-¿La familia no puede
colaborar? No creo que abandonar la carrera sea una decisión acertada. Usted ha
invertido mucho en llegar al punto donde se encuentra en la actualidad, y sería
lamentable que lo perdiera.
-Imposible obtener nada de
la familia. -No quería comentarle la intransigencia de su padre ni los deseos
de entrometerse de sus suegros-. Mi única esperanza es que la Universidad me
preste más dinero. Si no, tendré que dejar de estudiar.
-Lamentablemente ya le
hemos otorgado el máximo.
Como los fondos para
préstamos estudiantiles son limitados, tenemos que repartir el dinero para
beneficiar a todos los que lo necesitan. Lo siento.
Adam se puso de pie.
-Bueno, le agradezco que
me haya atendido.
El doctor Markowitz
también se levantó, y volvió a sonreír.
-Ojalá pudiera ayudarle.
No me hace ninguna gracia que tenga que dejarnos. Hasta ahora, su
comportamiento ha sido excelente. Quizá debería reconsiderar la necesidad de
impedir que el embarazo llegue a término.
-Vamos a tener el niño.
Más aún, ahora que ya pasó la primera impresión, lo espero con verdaderas
ganas.
-¿Cuándo se irá?
-Dentro de unos días
termino Medicina Interna. Apenas termine el curso, buscaré un empleo.
-¿Qué tiene pensado hacer?
Adam se encogió de
hombros-No tengo planes concretos.
-Quizá podría conseguirle
un puesto de investigador aquí, en el centro médico.
-Le agradezco el
ofrecimiento, pero con la investigación no obtendría todo el dinero que me hace
falta. Tal vez pruebe por el lado de los grandes laboratorios de Nueva Jersey.
La firma “Arolen" nos regaló esos maletines de cuero... A lo mejor intento
presentarme allí.
El doctor Markowitz dio un
respingo como si le hubiesen golpeado.
-Ahí están los grandes
capitales -sentenció, con un suspiro-. Pero no puedo evitar la sensación de que
deserta para unirse al enemigo. En los últimos tiempos, la industria de
productos farmacéuticos viene ejerciendo cada vez más presión y dominio sobre la
investigación médica, lo cual me preocupa seriamente.
-La idea no me fascina,
pero son los únicos que podrían estar interesados en tomar a un estudiante de
tercer curso de Medicina. Si no consigo nada, quizá vuelva y le pida el puesto
de investigador.
el doctor Markowitz abrió
la puerta.
-Lamento que no
dispongamos de más fondos para ayudarle económicamente. Le deseo la mejor de
las suertes, y avíseme cuando pueda reemprender sus estudios.
Adam se retiró, decidido a
llamar esa misma tarde a “Arolen”. Se preocuparía por la presión que ejercen
los laboratorios una vez que hubiera cobrado su primer sueldo.
-¿Estás qué? -gritó Jason
Conrad, levantando las manos con gesto de exagerada desesperación.
Desde el momento en que le
conoció -cuatro años atrás-, Jason había manifestado una gran tendencia al
histrionismo, ya fuera para pedir un almuerzo como para dirigir a las
bailarinas. Por ende, Jennifer había previsto su reacción.
-A ver si te entendí bien.
Dices que vas a tener un hijo, ¿verdad? Por favor, dime que no es cierto, que
sólo se trata de una pesadilla. ¡Por favor!
La miró con ojos
suplicantes. Era un hombre alto -uno ochenta y cinco- con cara aniñada pese a
sus treinta y tres años. Jennifer no tenía idea de si era, o no, gay, y tampoco
lo sabían sus compañeras. Para Jason el baile era la vida, y lo hacía magistralmente.
-Voy a tener un bebé.
-¡Dios mío! -exclamó el
director, dejando caer la cabeza sobre sus manos.
Jennifer intercambió
miraditas con Candy, que no se había movido de su lado para darle apoyo moral.
-Esto sólo me ocurre a mí.
En el momento en que se nos presenta la gran oportunidad, una de las
principales bailarinas se queda embarazada. ¡Dios mío! -Dejó de pasearse por la
habitación y señaló a Jennifer con el dedo índice-.
¿No se te ha ocurrido
abortar? Seguramente no se trata de un hijo planificado.
-Lo siento.
-Pero podrías tener otro
después.
Jennifer se limitó a negar
con la cabeza.
-¿No quieres atender a
razones? -el hombre se llevó la mano al pecho con gesto dramático y comenzó a
respirar hondo, como si padeciera de intensos dolores en el corazón-. Prefieres
torturarme así, provocarme un infarto. ¡Qué punzadas más fuertes siento!
Jennifer se sentía
culpable por haber quedado embarazada cuando se le presentaba la gran
oportunidad al grupo, porque no le gustaba perjudicar a nadie. Sin embargo, la
reacción de Jason le pareció egoísta. Más aún, le fastidió que quisiera
inducirla a hacer algo tan grave como un aborto.
Candy tomó a Jason por el
brazo.
-Supongo que será en broma
lo del dolor en el pecho.
Jason abrió un ojo.
-¿En broma? Jamás haría un
chiste sobre algo así. ¿Esta mujer me lleva a la tumba y tú me preguntas si
hablo en broma?
-Probablemente pueda
bailar durante uno o dos meses más -ofreció Jennifer.
-¡No, no, no! -gritó
Jason, olvidándose al instante de su dolor en el pecho-. Si eres tan insensible
como para abandonarnos en la encrucijada, creo que hay que tomar una decisión
inmediata. -Se dirigió a Candy-. ¿Serías capaz de bailar tú la parte de Jennifer?
Candy sintió que la cogían
desprevenida.
-No sé -respondió,
vacilante.
Jason observó a Jennifer
por el rabillo del ojo. Como sabía que ambas eran amigas, supuso que los celos
lograrían el objetivo que no podía alcanzar con la razón. Necesitaba a Jennifer
por lo menos hasta que se grabara el programa de televisión, pero ella no
demostró reacción alguna sino que permaneció en silencio hasta que Candy tomó
la palabra.
-Pienso que podría
hacerlo. al menos, haré lo posible.
-¡Hurra! -vitoreó el
director-. Al menos hay alguien dispuesto a hacer un sacrificio. -Luego le
habló a Jennifer-. Ve a la oficina y dile a Cheryl que te dé de baja. No somos
una sociedad de beneficencia.
Candy protestó en defensa
de su compañera.
-Tiene derecho a percibir
el salario básico durante dos semanas más.
Jason sacudió una mano
como si el tema no le importara, y emprendió la retirada.
-Además -le gritó Candy-,
creo que sería más fácil para llevar la contabilidad que la diéramos de baja
temporal por maternidad.
-Lo que sea -repuso Jason
sin el menor interés. Abrió la puerta que daba al gimnasio, y todos oyeron a
las demás bailarinas que practicaban sus ejercicios-. Vamos a trabajar, Candy
-le dijo, dirigiéndole las palabras sobre el hombro, al tiempo que cruzaba la
puerta.
Las dos muchachas se
miraron algo cohibidas. Candy se encogió de hombros.
-Nunca pensé que me
ofrecería un puesto de bailarina.
-Me alegro por ti. De
veras.
Juntas regresaron al
gimnasio.
La voz aflautada de Jason
resonaba por todo el recinto.
-Muy bien. Volvemos al
cuadro dos desde el comienzo.
Todas a sus posiciones.
-Golpeó las manos y el eco pareció la detonación de un arma-. Vamos, Candy
-gritó.
Jennifer presenció el
ensayo unos minutos. Después, tratando de no sentir pena, se encaminó hacia la
oficina de Cheryl.
Su amiga estaba leyendo
cómodamente una novela romántica.
-Tienes que darme de baja
por maternidad -suspiró
Jennifer, resignada.
-¡Qué pena!, ¿Jason tuvo
un ataque? -Cuando dejó el libro, Jennifer alcanzó a leer el título: Llamaradas
de pasión.
-Ni te lo imaginas. Pero
es comprensible: no es buen momento para darme de baja. -Se dejó caer en un
sillón, frente al escritorio-. Jason aceptó pagarme el sueldo base durante dos
semanas más. Y desde luego, tengo que seguir cobrando los porcentajes por las
actuaciones anteriores.
-¿Qué vas a hacer?
-No sé. Buscar un empleo
temporal. ¿Tienes alguna idea? ¿Cómo encontraste tú este puesto?
-Por medio de una agencia.
Si lo que quieres es un trabajo de media jornada, ve a esas agencias de
servicios temporales de secretaria. Ellos siempre necesitan gente.
-Soy nula en
dactilografía.
-Entonces intenta en
alguna tienda importante. Muchas amigas mías lo han hecho.
Jennifer sonrió. La idea
le gustaba.
-¿Así y todo me vas a
acompañar mañana?
-Por supuesto. Por nada
del mundo te dejaría ir sola.
¿Estabas sola cuando te
hicieron las amniocentesis?
-Sí -respondió la amiga,
con orgullo-. Fue un minuto, y no me dolió nada.
-Tienes mucho más coraje
que yo -Jennifer volvió a pensar en su hermano mongólico y se preguntó si no
debería pedir que le hicieran el mismo estudio.
Cheryl se inclinó hacia
delante y bajó la voz.
-Como te contó Candy, yo
consumí muchas drogas. Marihuana, heroína, de todo. el doctor Foley me dijo Que
debía hacerme esa prueba para controlar los cromosomas. Si te la indican a ti,
no te preocupes. Yo estaba tremendamente nerviosa, pero si fuera necesario,
volvería a hacerlo en el acto -se recostó sobre el respaldo, satisfecha de sí
misma.
-¿Te cae bien el doctor
Foley?
Cheryl asintió.
-Es el mejor médico que he
conocido. De no haber sido por él, yo no habría hecho nada. Las enfermeras
también son simpáticas. Más aún, toda la “Clínica Julian” me pareció
fantástica. Estoy segura de que Candy podría conseguirte una entrevista si
quisieras.
Jennifer sonrió.
-Gracias, pero mi marido
me mandó a ver a un doctor del centro médico. Bueno, volviendo al tema. ¿Qué
tengo que hacer para obtener la baja por maternidad?
Cheryl frunció la nariz.
-A decir verdad, no lo sé.
Después le pregunto a Candy.
Luego de convenir la hora
para encontrarse al día siguiente, Jennifer recogió su abrigo y su bolso, y
salió. Cuando caminaba hacia el Metro, luchaba por superar una aplastante
depresión. Siempre supuso que el embarazo sería una experiencia maravillosa, pero
ahora que lo vivía, en vez de sentirse feliz estaba confundida y enojada. Lo
peor de todo era saber que no podía compartir con nadie esos sentimientos
puesto que no la iban a comprender.
Mordiéndose el labio
inferior, decidió primero probar suerte en la tienda “Macy's”.
Eran casi las seis cuando
subió a su departamento. al abrir la puerta se sorprendió al encontrar a Adam
en el sofá. El nunca solía llegar tan temprano. Después se dio cuenta de que
debía haberse tomado el resto del día libre después de la visita a su padre.
-¿Cómo te fue con tu papá?
-preguntó, esforzándose por hablar con simpatía-. ¿Está dispuesto a echarnos
una mano?
-Fue un encanto. Me dio un
valioso sermón sobre lo importante que es ser responsable y consecuente con los
propios principios.
Jennifer colgó su abrigo y
fue a sentarse a su lado. Notó que su marido tenía los ojos enrojecidos.
-¿Tan mal te fue?
-Peor de lo que te
imaginas. Ahora piensa que yo soy el motivo de la depresión de mamá.
-Pero los problemas de
ella empezaron con la muerte de tu hermano.
-Parece haberlo olvidado.
-¿Qué dijo cuando le
contaste que íbamos a tener un hijo?
-No se lo dije; no me dio
la menor oportunidad. Dejó
bien claro que debía
arreglármelas por mi cuenta antes de que pudiese siquiera plantear el tema.
-¡Cuánto lo siento!
Jennifer escrutó su rostro
y no le cayó bien su expresión fría y distante. Quería preguntarle por el
doctor Lawrence Foley, pero resolvió no mencionarlo.
-Me voy a dar una ducha
-anunció con un suspiro, y se dirigió al dormitorio.
Adam permaneció
reflexionando. Poco a poco comprendió que se estaba portando como un
adolescente. Se levantó, fue al cuarto y comenzó a desvestirse. Luego abrió la
puerta del baño.
-Deja el grifo abierto
-gritó, por encima del ruido de agua.
Cuando se estaba
cepillando los dientes, Jennifer salió de la ducha y, sin mirarlo, tomó su
toalla y volvió al dormitorio. Si bien dejó el grifo abierto como él le dijera,
era obvio que estaba enojada.
A Adam siempre le había
costado mucho pedir disculpas.
Tal vez deberían cometer
una locura, como, por ejemplo, salir a cenar. Al terminar de bañarse decidió
llevar a Jennifer a un restaurante distinguido que quedaba lo suficientemente
cerca como para poder ir a pie. Ellos no lo conocían, pero un compañero de la
facultad había ido con sus padres y le contó que era fantástico, además de
caro.
"Qué diablos -pensó.
Pronto tendré un empleo en serio y hay motivos para festejarlo.”
-Se me ocurre una idea
genial. ¿Por qué no salimos a cenar? -Jennifer desvió la mirada de la pantalla
del televisor y meneó la cabeza-. ¿Por qué no? Nos hace falta salir.
Nos daremos un banquete.
-No podemos pagarlo
-volvió a mirar el televisor como si el tema estuviese cerrado.
Adam se secó el pelo con
una toalla mientras meditaba sobre la inesperada negativa. Jennifer siempre
estaba dispuesta a cualquier experiencia nueva. Se sentó a su lado y la obligó
a girar la cabeza.
-Hola -dijo. Estoy
tratando de hablar contigo.
Cuando Jennifer levantó la
cara, notó que tenía una expresión de agotamiento semejante a la suya.
-Te escucho. Ya hice las
compras. En cuanto termine el telediario, prepararé la cena.
-Esta noche quiero comer
algo distinto que hamburguesas.
-No iba a cocinar
hamburguesas -reaccionó ella, con sarcasmo.
-Fue sólo un ejemplo.
Vamos. Te propongo salir a cenar, Pienso que nos vendría bien tomarnos un
respiro. Esta tarde fui a ver al decano y me confirmó que no puedo pedir más
dinero; entonces, le comuniqué que dejaría de estudiar por un tiempo.
-No tienes por qué
abandonar la Facultad, Yo ya conseguí otro empleo.
-¿En dónde?
-En “Macy's”, en la
sección de zapatos. El único problema es que tendré que trabajar los fines de
semana, pero a lo mejor logramos que coincida con tus guardias. Aunque te
parezca mentira, el sueldo será el mismo que sacaba con el baile, o sea que no
será preciso que abandones los estudios.
-No vas a trabajar en
"Macy's", y es la última palabra.
-Ah --exclamó ella,
fingiendo asombro-. ¿Ha hablado el rey?
-Jennifer, éste no es
momento para ironías.
-¿No? Me da la impresión
de que hace unos instantes el irónico eras tú. ¿A ti te está permitido pero a
mí no?
-No tengo ganas de
discutir -dijo Adam, y se encaminó hacia la cómoda para buscar un calzoncillo
limpio-. No vas a trabajar en “Macy's”. No quiero que tengas que estar de pie
el día entero durante el embarazo. Asunto terminado.
-Te olvidas de que se
trata de mi cuerpo.
-Cierto, pero también es
verdad que el hijo es nuestro.
Voy a dejar la Facultad
para poder trabajar uno o dos años.
Tu misión será cuidar de
ti misma y del bebé, y eso implica no estar parada todo el día en una tienda.
Esperando dar por
concluido el diálogo, enfiló hacia el living. Debido al minúsculo tamaño del
ropero del dormitorio, su ropa se guardaba en el armario del hall.
-¿Por Qué no te quedas
aquí para conversar sobre esto?
Adam regresó al cuarto.
-No hay nada más que
hablar.
-Sí que lo hay -gritó
Jennifer, dando rienda suelta a su indignación-. Yo tengo tanto que decir al
respecto como tú. Nadie apoya tu idea de abandonar la Facultad, y la razón es
muy simple: porque no debes hacerlo. Puedo perfectamente trabajar hasta el último
mes, incluso la última semana. ¿Por qué tenemos que interrumpir los dos
nuestras carreras? Ya que es obvio que no puedo seguir bailando, lo sensato es
que busque un nuevo empleo. el hecho de que te quedes en la Facultad a la larga
será para beneficio de todos. Además, yo ya conseguí un puesto, y tú no tienes
ni idea de lo que podrías hacer.
-Claro que sí -replicó
él-. Voy a presentarme en “Arolen Pharmaceuticals", en Nueva Jersey. Llamé
esta tarde y me dijeron que están ansiosos por recibirme. Tengo una entrevista
mañana.
-¿Por qué eres tan
obstinado? No es preciso que dejes tus estudios. Yo puedo trabajar.
-Si llamas terquedad a mi
deseo de cuidar tu salud e impedir que tus padres se metan en nuestra vida, sí,
soy terco. La discusión se acabó. Yo dejo la Facultad y tú no trabajarás en
"Macy's". ¿Alguna pregunta? -Sabía que la estaba provocando, pero
pensaba que ella se lo merecía.
-Sí, muchas preguntas,
aunque sé que es inútil formulártelas. No sé si te darás cuenta de lo mucho que
te pareces a tu padre.
-No hables de él. Si
alguien lo tiene que criticar, seré yo. Además, no me asemejo a él en lo más
mínimo.
Cerró la puerta del
dormitorio de un puntapié. Por un momento permaneció en el centro del living
pensando qué podría romper. Después, en lugar de cometer una tontería, terminó
de vestirse y secarse el pelo. Más sereno ya, resolvió hacer las paces. Trató de
abrir la puerta del dormitorio y, azorado, comprobó que estaba cerrada con
llave.
-Jennifer -dijo en voz
alta, para que ella lo oyera a pesar de la televisión-. Voy a salir a cenar y
me gustaría que vinieses conmigo.
-Ve tú. Yo quiero quedarme
sola un rato.
Adam se dio cuenta de que
había estado llorando, y se sintió culpable.
-Jennifer, ábreme
-imploró. La televisión seguía funcionando-. Abre la puerta, Jennifer.
Al no obtener respuesta,
su furia fue en aumento. Dio un paso atrás y observó la puerta. Por un instante
le pareció un símbolo de todos sus problemas. Sin pensarlo, levantó el pie
derecho y dio una fuerte patada. La madera que rodeaba la cerradura cedió, y la
puerta abierta se estrelló contra la pared del dormitorio. Jennifer se hizo un
ovillo contra el respaldo de la cama.
Se dio cuenta de que
estaba aterrorizada, y en el acto se sintió estúpido.
-Ya no hacen las puertas
como antes --comentó, sumiso, tratando de reír. Jennifer no dijo nada, y él
procedió entonces a retirar la puerta de la pared. En el lugar donde golpeara
el picaporte, había quedado un agujero en el yeso-.
Bueno, lo que hice fue una
idiotez. -Procuraba parecer animado-. Como te decía, quiero que salgamos a
cenar.
Jennifer negó con la
cabeza.
Adam estaba avergonzado
por su rabieta.
-Está bien -aceptó en tono
humilde-. Vuelvo dentro de un rato.
Ella asintió, pero sin
hablar. Vio partir a su marido y oyó que éste cerraba con llave la entrada. Se
preguntó luego qué les estaba pasando. Adam parecía otra persona. Nunca había
sido violento, y la violencia la aterraba. ¿Acaso ese embarazo les cambiaría la
vida?
CAPITULO
VI
Mientras subía el tercer y
último tramo de escaleras del edificio de Cheryl Tedesco, Jennifer se sintió
espantada. Si su propio edificio le parecía feo, en comparación con el de
Cheryl era un palacio. Dos borrachos -que ojalá no fuesen inquilinos de allí-
habían acampado en el hall.
Consultó el número del
departamento antes de llamar.
Luego esperó que
descorrieran los cerrojos y por último oyó una cadena que se corría antes de
que se abriera la puerta.
-¡Hola! ¡Pasa! -la saludó
Cheryl-. Lamento haberme demorado, pero mi padre me obligó a instalar todo tipo
de protección.
-Es una buena medida -dijo
Jennifer, al tiempo que entraba. Cheryl volvió al baño a terminar de vestirse,
y Jennifer paseó la vista por el desordenado ambiente:
-Supongo que habrás
cumplido las instrucciones de tu médico -dijo, sabiendo que le habían indicado
a su amiga no comer, y beber sólo muy poca agua al levantarse.
-No he probado bocado.
Jennifer se apoyó en un
pie y luego en el otro. Presintiendo que todo el edificio era inmundo, no quiso
tomar asiento. La idea de acompañar a Cheryl comenzaba a darle fastidio, pero
tampoco quería dejarla ir sola. Al menos conocería al fabuloso doctor Foley,
pese a que no deseaba contradecir todavía la opinión de Adam respecto de los
obstetras. La noche anterior habían hecho las paces, pero ella seguía
oponiéndose a su voluntad de abandonar los estudios.
Anhelaba que la entrevista
que Adam tenía en “Arolen” fuese infructuosa.
-Lista -anunció su amiga,
saliendo del dormitorio. Llevaba un pequeño bolso colgando del hombro-. Vamos,
que ya va a empezar la función.
La parte más difícil del
trayecto hasta la clínica fue bajar la escalera del edificio y luego pasar
junto a los borrachos.
A Cheryl no le preocupó lo
más mínimo verlos, y sólo comentó que cuando se levantara el portero, los
echaría.
Caminaron hasta el Metro
de la avenida Lexington y tomaron el tren número 6 hasta la Calle 110. El
vecindario no era una maravilla, pero mejoraba a medida que uno se acercaba a
la clínica. De hecho, toda la manzana había sido remozada para quedar a la altura
de la nueva institución médica. Se trataba de un edificio moderno de quince
pisos, de cristales espejados que reflejaban la imagen de las antiguas casas
circundantes. En cien metros a la redonda, todos los edificios habían sido
remozados, y más allá, muchas casas ostentaban andamios en las fachadas, dando
a entender que también se las estaba reparando. Daba la sensación de que la
clínica se había extendido en un amplio sector de la ciudad.
Jennifer entró esperando
encontrar el típico ambiente de hospital, pero la sorprendió gratamente hallar
una sala que más se parecía a un hotel de lujo. Todo era nuevo e inmaculado. No
tuvieron que esperar mucho para que las atendiera una bonita secretaria negra,
que vestía blusa blanca y suéter azul. Llevaba en la solapa una etiqueta donde
se leía:
¡Hola! Mi nombre es
Louise.
-Vengo a ver al doctor
Foley para hacerme un aborto -declaró Cheryl con voz apenas audible.
Louise puso cara de
preocupación.
-¿Se siente bien, seño...?
-Tedesco -dijo Jennifer-.
Cheryl Tedesco.
-Estoy bien, de veras.
-Hay varios psicólogos en
la casa, por si le interesa hablar con alguno. Quisiéramos que se sintiera lo
más cómoda posible.
-Gracias, pero viene
conmigo mi amiga. ¿Permitirán que ella me acompañe arriba?
-Por supuesto. Preferimos
que las pacientes vengan acompañadas. Pero primero permítame buscar su ficha en
la computadora para luego avisar al personal de recepción.
¿Por qué no se acomodan en
el hall? En unos minutos estoy con ustedes.
Cuando se dirigían a los
confortable sillones, comentó Jennifer:
-Ahora comienzo a entender
por qué Candy y tú estáis tan fascinadas con esta clínica. Si Louise es un
ejemplo de cómo te tratan aquí, estoy sumamente impresionada.
Apenas si tuvieron tiempo
de quitarse los abrigos cuando un señor mayor se aproximó empujando un carrito
con servicio de té y café. Orgulloso, les contó que su chaqueta color rosa
indicaba que realizaba trabajo como voluntario.
-¿Las enfermeras son así
de amables también? -quiso saber Jennifer.
-Todos lo son -aseguró
Cheryl, pero a pesar de su sonrisa, se le notaba que estaba nerviosa.
-¿Cómo te sientes? -le
preguntó, apretándole la mano.
-Bien -repuso su amiga,
haciendo gestos de asentimiento como si tratara de autoconvencerse.
-Perdón, ¿es usted Cheryl
Tedeseo? -preguntó otra atractiva muchacha vestida de suéter azul y blusa
blanca. La etiqueta que llevaba en la solapa decía: ¡Hola! Mi nombre es Karen.
-Soy Karen Krinitz -dijo,
tendiendo una mano que Cheryl estrechó, indecisa-, la coordinadora, encargada
de coordinar que todo salga a la perfección. Si tiene algún problema, hágame
llamar por los altavoces. -Dio una palmadita a un pequeño aparato de plástico
que llevaba colgando de un cinturón azul-. Deseamos que su estancia aquí sea lo
más placentera posible.
-¿A todas las pacientes se
les asigna un coordinador? -preguntó Jennifer.
-Desde luego -se ufanó
Karen-. Consideramos que la paciente es la persona más importante y no queremos
dejar nada al azar. Podría haber muchos malentendidos, en especial ahora, que
la medicina se ha vuelto sumamente técnica.
A veces los médicos están
tan enfrascados en el tratamiento terapéutico, que por momentos olvidan al
enfermo. Nuestra labor consiste en impedir que eso ocurra.
Jennifer la observó
despedirse y desaparecer detrás de unas plantas. Había algo en ella que le
resultaba extraño, aunque no pudo precisar qué.
-¿No te pareció raro su
lenguaje? -le preguntó a Cheryl.
-No entendí de qué
hablaba. ¿Te referías a eso?
-No -respondió Jennifer,
dándose media vuelta para ver si podía divisar de nuevo a la mujer-. Le noté
algo extraño en la forma de hablar, pero debe ser que las náuseas matutinas me
están afectando el cerebro.
-Por lo menos estuvo
simpática. Ya verás cuando conozcas al doctor Foley.
Minutos más tarde se
aproximó un hombre que se presentó como Rodney Murray. Vestía traje azul
confeccionado con la misma tela gruesa del suéter de Karen, y llevaba un
cartelito idéntico que anunciaba su nombre. Su voz poseía tambíén el mismo
extraño tono monocorde. Jennifer le miró fijamente y advirtió que sus ojos
nunca pestañeaban.
-Está todo listo, señorita
Tedesco -anunció, sujetando en la muñeca a Cheryl una pulsera de
identificación-. La acompañaré, pero primero tendremos que pasar por el
laboratorio para sacarle muestras de sangre y hacerle otros estudios.
-¿Puede venir Jennifer con
nosotros?
-Por supuesto.
el hombre fue sumamente
atento con Cheryl, y al cabo de unos minutos Jennifer descartó su resquemor
inicial por considerarlo producto de una imaginación febril.
Una vez más se sorprendió
al comprobar que en el laboratorio estaban aguardando a su amiga. Jamás había
ido a un consultorio médico o a un sanatorio donde no tuviese que esperar para
todo. Cheryl quedó lista apenas en unos minutos.
Cuando subían en el
ascensor, Rodney les explicó que Cheryl ingresaría en una zona especial que
tenían para “interrupción de embarazos.”. Jennifer reparó en el hecho de que
allí se evitaba expresamente usar la palabra “aborto”, lo cual le pareció
perfecto. “Aborto” era un vocablo horrible.
Se bajaron en el quinto
piso y una vez más comprobaron que el ambiente no era el típico de una clínica.
En vez de pisos de vinílico, había moquetas. Sobre las paredes de color celeste
colgaban atractivos grabados.
Rodney las llevó a una
zona central, especialmente decorada para que no pareciese el office de una
enfermería. al frente había un elegante saloncito donde se hallaban cinco
personas con el uniforme del establecimiento; tres de ellas llevaban cartelitos
donde se indicaba que eran enfermeras.
A Jennifer les agradó que
no vistieran con la tradicional bata blanca almidonada. Tenía la impresión de
que Karen estaba en lo cierto: la “Clínica Julian” había pensado en todo.
-Señorita Tedesco, su
habitación queda por aquí -anunció una de las enfermeras, que se presentó como
Marlene Polaski. Se trataba de una mujer corpulenta, de pelo corto, que
inspeccionó la pieza como para controlar hasta el último detalle. Llegó incluso
a abrir la puerta del baño. Satisfecha, dio una palmadita sobre la cama y le
dijo a Cheryl que se desvistiera y se pusiera cómoda.
al igual que en el
pasillo, la habitación era muy bonita y se asemejaba a un cuarto de un buen
hotel, salvo la típica cama de hospital. Había un televisor sostenido del techo
en un ángulo de modo que se podía ver cómodamente desde la cama o el sillón contiguo.
En el piso, una moqueta de color verde hacía juego con el tono de las paredes.
Después de ponerse un
pijama que había llevado, Cheryl subió a la cama.
Marlene entró de nuevo en
la pieza empujando un carrito con el equipo del suero endovenoso. Le explicó a
Cheryl que se lo colocaban sólo para mayor seguridad. Pinchó el brazo izquierdo
de la muchacha y, con movimientos diestros, lo sujetó luego a una tablilla.
Jennifer y Cheryl miraron caer las gotas. De pronto el recinto ya no se
asemejaba tanto a una habitación de hotel.
-Bueno -dijo la enfermera
pegando la última tirita de esparadrapo-. En seguida la llevaremos a la sala de
tratamiento. -Luego, dirigiéndose a Jennifer, agregó--: Usted puede venir
también, si quiere. Por supuesto, si lo permite Cheryl. La que manda es ella.
-!Sí, sí! -exclamó la
joven, con el rostro encendido de alegría-. Vendrás, Jennifer, ¿verdad?
La habitación comenzó a
darle vueltas; tuvo la sensación de que una fuerza la arrojaba al centro de un
remolino. Su amiga y la enfermera la miraban, expectantes.
-De acuerdo; voy -aceptó
por fin.
Otra enfermera entró con
una jeringa.
-Le traigo un
tranquilizante -sostuvo en tono vivaz, en el momento de levantar la sábana.
Jennifer miró por la
ventana el paisaje de tejados que podía ver por entre las varillas de la
persiana. Cuando se dio media vuelta, la enfermera ya se había retirado.
-Despejen el pasillo
ordenó una voz, y en el acto apareció una enfermera con una camilla, que colocó
a un costado de la cama.
-Me llamo Gale Schelin -le
informó a Cheryl-. Sé que no le hace falta la camilla, y que podría ir
caminando por sus propios medios, pero es norma usarla siempre.
Sin darse tiempo para
pensar, Jennifer ayudó a su amiga a subir a la camilla y luego echó también una
mano para empujar.
-Hasta el final del
corredor -indicó Gale. Ya fuera de la sala, varios enfermeros se hicieron cargo
de la camilla.
Cuando las puertas se
cerraron detrás de Cheryl, Jennifer se sintió aliviada. Luego Gale la tomó del
brazo y dijo-:
Tiene que entrar por aquí.
-No sé si debo...
-Tonterías. Ya sé lo que
me va a decir, pero esta parte del procedimiento no es nada. Lo más importante
es cómo pueda llegar a sentirse Cheryl. Por eso es por lo que debe contar con
todo el apoyo que sólo brinda la familia.
-No soy su pariente
-expresó Jennifer, pensando si no debería agregar: “Yo también estoy
embarazada.”
-Ya sea amiga o pariente,
su presencia es crucial. Tome, póngase esta bata y sujétese el pelo con esto.
-Le entregó una bata y una cofia esterilizada-. Después venga por aquí.
-La mujer desapareció por
una puerta.
“Maldita sea” pensó
Jennifer. Se hallaba en un depósito lleno de ropa blanca y una enorme máquina
de acero inoxidable con aspecto de caldera, que debía ser el esterilizador. Sin
muchas ganas, se colocó la cofia, introduciendo todo el pelo dentro tal como le
habían indicado. Luego se puso la bata y se la ató sobre el vientre.
Se abrió entonces la
puerta y regresó Gale, que la miró
al tiempo que descorría el
cerrojo del esterilizador.
-Está muy bien así. Pase y
colóquese a la izquierda. Si llega a sentirse mal, venga aquí. -El aparato dejó
escapar vapor con un silbido.
Jennifer respiró hondo y
entró en la sala de tratamiento.
El aspecto era tal como se
lo había imaginado. Paredes de azulejo blanco y piso de una especie de
vinílico, del mismo color. Había un lavabo de porcelana contra una pared, y a
un costado, botiquines con puertecitas de vidrio, llenos de elementos de medicina.
Cheryl había sido pasada a
una mesa que se encontraba en el centro de la pieza. A su lado, un estante con
diversos recipientes de acero inoxidable y tubos de plástico. Contra la pared
del fondo, el carrito de la anestesia, con los típicos tubos de oxígeno.
Había dos enfermeras en la
sala. Una de ellas higienizaba el abdomen de Cheryl, mientras que la otra se
dedicaba a abrir paquetitos y volcar el contenido en la bandeja de los
instrumentos.
De pronto llegó un médico
con bata y guantes, quien de inmediato se dirigió a la bandeja para acomodar el
instrumental. Cheryl que hasta ese momento estaba muy serena, se incorporó
apoyándose en un codo.
-Señorita Tedesco -dijo
una de las enfermeras-, acuéstese, por favor.
-Este no es el doctor
Foley. ¿Dónde está él?
Durante un instante nadie
reaccionó. El médico y las enfermeras intercambiaron sus miradas.
-No quiero que me atienda
otro que no sea el doctor Foley -protestó Cheryl, con voz quebrada.
-Soy el doctor Stephenson.
el doctor Foley no puede venir, pero la clínica me ha autorizado para
remplazarlo.
Esta operación es muy
sencilla.
-No me importa. No quiero
el aborto a menos que me lo haga él.
-el doctor Stephenson es
uno de nuestros mejores cirujanos -intervino una enfermera-. Recuéstese, por
favor, y proseguiremos. -Apoyó una mano sobre el hombro de Cheryl y comenzó a
hacer presión.
-Un momento -pidió
Jennifer, sorprendida de su propia firmeza-. Es obvio que Cheryl desea la
presencia del doctor Foley. No veo por qué quieren obligarla a aceptar a otro.
Todos se volvieron para
mirarla, como si ahora se percataran de su presencia. el doctor Stephenson se
le acercó e hizo ademán de retirarla de la sala.
-Un momento. No me voy a
ir. Cheryl no quiere que la operación se la haga otro que no sea el doctor
Foley.
-Comprendemos -sostuvo el
médico. Si así piensa la señorita Tedesco, respetaremos sus deseos, como es
norma en esta clínica. Vuelva, por favor, a la habitación de su amiga, que ella
será llevada allí de inmediato.
Jennifer miró a Cheryl,
que se encontraba sentada en el borde de la mesa.
-No te preocupes. No
permitiré que me hagan nada si no viene el doctor Foley.
Azorada, Jennifer se dejó
sacar de la sala. En ese instante volvían a entrar la camilla donde habían
transportado a su amiga, lo cual la hizo sentir más confiada. Se quitó la bata
y la cofia, y las dejó en un canasto que había en el pasillo.
Casi inmediatamente
apareció Marlene Polaski.
-Acabo de enterarme de lo
sucedido. Cuánto lo siento.
En una institución grande,
por más empeño que ponga uno, siempre algo sale mal. Desde hace veinticuatro
horas estamos viviendo en un verdadero caos: Suponíamos que ya sabrían lo del
doctor Foley.
-¿A qué se refiere?
-el doctor Foley se
suicidó anoche, después de matar de un tiro a su mujer. Como salió en todos los
diarios, creíamos que ya estaban enteradas.
Jennifer llegó al corredor
y vio pasar a Cheryl. Lanzó un suspiro y pensó que, después de todo, era una
tranquilidad que a ella la atendiera el doctor Vandermer.
Al bajarse del autobús en
Montclair (Nueva Jersey), Adam le dio las gracias al conductor, que le miró
como si estuviese loco. Su estado de ánimo era una mezcla de ansiedad ante la
perspectiva de la entrevista laboral, y una sensación de culpa por la forma en
que se había comportado la noche anterior. Había intentado disculparse con
Jennifer, pero lo único que pudo decirle fue que lamentaba haber roto la
puerta. No había cambiado de parecer respecto de la idea de que ella pasara
todo su embarazo vendiendo zapatos en una tienda.
Divisó el automóvil de
“Arolen” donde le habían indicado que estaría: frente al Banco Nacional de
Montclair. Cruzó la calle y golpeó la ventanilla del chofer. Este, que estaba
leyendo el diario, estiró un brazo y le abrió la puerta de atrás.
Fue un breve trayecto
desde el pueblo hasta las flamantes instalaciones de “Arolen”. Adam iba sentado
con las manos apretadas entre las rodillas, observando todo. Se detuvieron ante
un portón, donde un guardia uniformado se acercó y le miró por la ventanilla.
-Schonberg -anunció el
chofer, y el guardia, al parecer satisfecho,levantó la barrera a rayas negras y
blancas.
Cuando avanzaban por el
camino de acceso, Adam quedó impresionado por su opulencia. Había una piscina
reflectante, rodeada de árboles, en medio de unos jardines muy bien cuidados.
El edificio principal era una inmensa estructura cuya superficie semejaba un
espejo. Las alas del edificio se iban estrechando a medida que se remontaban
hacia el cielo. A ambos lados, dos edificios más pequeños se unían por medio de
puentes transparentes.
el chofer rodeó la piscina
y se detuvo frente a la entrada principal. Adam le dio las gracias y enfiló
hacia la puerta.
Antes de llegar, controló
su aspecto en los cristales espejados. Se había puesto su mejor ropa, un
blaiser azul, camisa blanca, corbata a rayas y pantalones grises. el único
problema era que le faltaban dos botoncitos de la bocamanga de la chaqueta.
Ya dentro del edificio, le
entregaron un distintivo especial, indicándole que subiera al undécimo piso. En
el ascensor, advirtió una cámara de televisión que se movía lentamente, y se
preguntó si lo estarían controlando. al abrirse las puertas del ascensor, le
recibió un hombre de aproximadamente su misma edad.
-¿El señor McGuire?
-preguntó Adam.
-No. Soy Tad, secretario
del señor McGuire. Sígame, por favor.
Le llevó hasta una
oficina, le dijo que aguardara y desapareció por una puerta cuyo letrero
rezaba: Gerente de Ventas - Distrito Noreste.
Adam miró a su alrededor.
el mobiliario era imitación estilo chippendale, y la moqueta, de un exuberante
tono beige. No pudo menos de comparar ese ambiente con el decrépito centro
médico que acababa de abandonar, y recordó las palabras de advertencia del
decano. No tuvo tiempo de pensar nada más puesto que enseguida abrió la puerta
Clarence McGuire y le hizo señas de que pasara. Entró y tomó asiento en un sofá
mientras McGuire le daba unas últimas instrucciones a Tad y lo despedía.
McGuire era un hombre
joven, robusto, unos centímetros más bajo que Adam. Su rostro ostentaba una
expresión satisfecha, y los ojos casi se le cerraban al sonreír.
-¿Quiere algo de beber?
-ofreció.
Adam negó con la cabeza.
-Entonces le propongo que
comencemos. Cuénteme, ¿por qué se interesa por “Arolen”?
Adam carraspeó, nervioso.
-Decidí abandonar la
Facultad, y pensé que una empresa farmacéutica podría aprovechar mis
conocimientos de medicina. Como “Arolen” distribuyó maletines de cuero entre
mis compañeros, el nombre se me quedó grabado.
El señor McGuire sonrió.
-Le agradezco la
franqueza. Ahora dígame por qué le atraen los productos farmacéuticos.
Adam se revolvió inquieto
puesto que no queria reconocer el verdadero motivo: el embarazo de Jennifer y
su necesidad angustiosa de dinero. En cambio, expuso los argumentos que había
ensayado durante el viaje en el autobús.
-Fui desilusionándome poco
a poco con la práctica de la Medicina. Me da la impresión de que los médicos ya
no consideran al paciente como su responsabilidad primordial.
La investigación y la
tecnología son ahora mucho más gratificantes en el plano intelectual y en el
económico, mientras que la Medicina ha dejado de ser una profesión para
convertirse en un negocio.
No estaba muy seguro de lo
que quiso decir con esa frase, pero como sonaba bien, no la corrigió. Además,
el señor McGuire pareció aceptarla complacido.
-En el curso de estos
últimos tres años -prosiguió Adam- he llegado a la conclusión de que los
laboratorios farmacéuticos tienen más para ofrecer al paciente de lo gue tiene
el doctor de manera individual. Creo que puedo servir más a la gente si trabajo
para “Arole” que si continúo en la Facultad.
Se apoyó en el respaldo
del sofá, con la sensación de que sus palabras eran convincentes.
-Interesante. Parece que
lo ha pensado mucho. Sin embargo, debo advertirle que, a las personas recién
llegadas a la empresa, tenemos por costumbre asignarles tareas de ventas. Los
clásicos “visitadores médicos”. No sé si un puesto de ese tipo se ajusta a su
idea de prestar servicio a los demás.
Adam se inclinó hacia
delante.
-Di por sentado que habría
de empezar en el sector de ventas, y que pasarían muchos años antes de que
pudiera realizar una verdadera labor personal. -Trató de notar signos de
escepticismo en McGuire, pero el hombre seguía sonriendo.
-Una cosa quería
preguntarle. ¿Su padre trabajó en la “Dirección de Alimentos y Drogas”?
Adam sintió que se le
endurecían los músculos del cuello.
-Así es, pero eso no tiene
nada que ver con mi interés por ingresar en “Arolen”. Más aún, apenas si nos
hablamos, de modo que no podría yo influir de manera alguna en sus decisiones.
-Entiendo. Le aseguro que
estamos interesados en usted, no en su padre. Ahora quisiera que me hablase de
sus antecedentes y experiencia laboral.
Adam cruzó las piernas y
comenzó desde el principio hasta llegar a la Facultad de Medicina. Pormenorizó
todos sus empleos de verano y habló durante quince minutos.
-Muy bien -expresó McGuire
cuando hubo concluido-. Si me aguarda fuera unos minutos, en seguida estaré con
usted.
-Apenas Adam se retiró del
despacho, McGuire tomó el teléfono y llamó a su jefe, William Shelly. Se puso
Joyce, la secretaria, y McGuire le pidió que le pasaran con el vicepresidente.
-¿Qué pasa? -preguntó
Shelly, con voz autoritaria.
-Acabo de entrevistar a
Adam Schonberg, tenía usted razón. Es el hijo de David Schonberg, y uno de los
mejores candidatos que he visto en cinco años: Perfecto como futuro ejecutivo
de “Arolen”, incluso en sus opiniones respecto del ejercicio actual de la
profesión médica.
-Excelente. Si el hombre
da resultado, recibirá usted su bonificación.
-No puedo atribuirme el
mérito de haberlo encontrado.
Fue él quien me llamó a
mí.
-De todos modos recibirá
la gratificación. Invítelo a almorzar y luego tráigalo a mi despacho. Me
gustaría charlar personalmente con él.
Clarence McGuire cortó y
fue a reunirse con Adam.
-Hablé con el
vicepresidente que está a cargo de la parte comercial, y me dijo que querría
conversar con usted después de almorzar. ¿Qué le parece?
-Me siento halagado.
En la habitación de la
clínica, Jennifer contempló a su amiga. Cheryl era una figura angelical, con su
piel blanca y su limpio pelo rubio. El tranquilizante que le dieron había
surtido efecto puesto que la muchacha dormía, con la cabeza cómodamente elevada
sobre las almohadas.
Jennifer no sabía qué
hacer. A su amiga ya le habían informado sobre la muerte del doctor Foley.
Marlene Polaski intentó convencerla de que el doctor Stephenson era igualmente
bueno, que debía permitir que le hicieran el aborto puesto que cada día que pasaba
el peligro era mayor.
Compartiendo la opinión de
la enfermera, Jennifer trató de persuadirla, pero Cheryl insistía en no dejarse
tocar por otro que no fuera el doctor Foley. Era como si se negase a creer que
el hombre se había suicidado.
Con la vista fija en la
silueta inmóvil de la cama, Jennifer advirtió que su amiga abría lentamente los
ojos.
-¿Cómo te sientes?
-Bien -le contestó ella,
adormilada.
-Ya es hora de que me
vaya. Tengo que preparar la cena antes de que Adam vuelva a casa. Más tarde te
llamaré. Si lo deseas, puedo venir mañana. ¿Estás segura de que no deseas que
el doctor Stephenson te practique la operación?
Cheryl inclinó la cabeza
hacia un lado. Al hablar, sus palabras fueron confusas.
-¿Qué has dicho? No te he
oído bien.
-Dije que me voy ya
-repitió Jennifer-. ¿No te habrán dado champaña antes de traerte aquí? Pareces
borracha.
-Nada de champaña
-farfulló Cheryl, manoteando las sábanas-. Te acompaño hasta el ascensor. -Alzó
las mantas, y sin darse cuenta sacudió el catéter del goteo que tenía adherido
al brazo izquierdo.
-Mejor que te quedes donde
estás. -Jennifer dejó de sonreír, y al sentir el primer indicio de temor, trató
de detener a su amiga.
Pero ella ya había bajado
las piernas de la cama para sentarse. En ese mismo instante notó que se le
había salido el tubo del goteo, y sangraba por el punto donde la sonda había
estado conectada.
-Mira lo que he hecho
--comentó Cheryl, y en el acto perdió el equilibrio.
Intentó aferrarla de los
hombros, pero Cheryl se deslizó hasta el suelo. Lo único que pudo hacer
Jennifer fue procurar que no se golpeara con fuerza.
No sabía si pedir auxilio
o levantar a la joven. Dado que Cheryl había quedado con la cabeza apoyada
sobre las rodillas, decidió ayudarla a volver a la cama y luego llamar a las
enfermeras, pero cuando la alzó de los brazos, la vio bañada en sangre.
-¡Dios mío! -exclamó. A
Cheryl le brotaba sangre de la nariz y la boca. La recostó y le notó la piel
alrededor de los ojos azul y negra, como si la hubiesen golpeado: Más sangre le
corría entre las piernas, por debajo de la bata.
Durante unos momentos
quedó paralizada. Luego se abalanzó sobre el timbre y lo apretó repetidas
veces. Cheryl no se movía. Soltó el timbre, corrió a la puerta y pidió ayuda a
gritos. Marlene apareció casi inmediatamente y pasó junto a Jennifer, que se aplastó
contra la pared del pasillo, apretándose la boca con las manos. Varias
enfermeras más acudieron a la habitación. Acto seguido alguien salió del cuarto
a hacer una llamada de emergencia por el hasta ahora silencioso equipo de
altavoces.
Jennifer sintió que
alguien la tomaba del brazo.
-Señora de Schonberg,
¿puede contarnos qué ha ocurrido?
Al darse media vuelta se
encontró frente a Marlene. La mujer tenía sangre en la mejilla. Jennifer espió
dentro de la habitación y vio que le estaban haciendo la respiración boca a
boca a su amiga.
-Estábamos conversando.
Ella no se quejaba de nada, pero parecía borracha al hablar. Cuando intentó
bajarse de la cama, se desplomó, y en seguida comenzó a brotarle toda esa
sangre.
Varios médicos, incluso el
doctor Stephenson, llegaron corriendo. Pronto llegó otro, portando algo que
parecía un equipo de anestesia, que Marlene le ayudó a empujar dentro del
cuarto. Jennifer se apoyó contra la pared, con sensación de mareo. Apenas si tuvo
conciencia de que otras pacientes se asomaban a la puerta de sus habitaciones.
Acudieron también dos
enfermeros con una camilla. Un segundo después Jennifer veía a Cheryl por
última vez, cuando la llevaban de vuelta a la sala de tratamiento, con una
máscara de anestesia sobre su rostro impresionantemente pálido. No menos de
diez personas marchaban a su alrededor, impartiendo órdenes.
-¿Se siente bien?
-preguntó Marlene, que de pronto apareció a su lado.
-Creo que sí. -La voz de
la enfermera carecía de matices, como la del doctor Stephenson-. ¿Qué le pasa a
Cheryl?
-No creo que nadie lo sepa
todavía.
-Se pondrá bien -deseó.
-El doctor Stephenson es
uno de nuestros mejores profesionales. ¿Por qué no viene a la salita? No quiero
que se quede aquí sola.
-Dejé el bolso en la pieza
de Cheryl.
-Aguarde aquí, que se lo
busco.
Después de recogerlo,
Marlene acompañó a Jennifer hasta la salita y le ofreció algo de beber, pero la
joven le aseguró que se sentía bien.
-¿No sabe lo que le van a
hacer? -preguntó, no muy segura de querer oír la respuesta.
-Eso lo decidirán los
médicos. Lo que harán seguramente será sacarle el feto. Más que eso no sé.
-¿El bebé es el que le
provoca la hemorragia?
-Lo más probable. La
hemorragia y el shock; por eso tienen que sacárselo.
Después de hacerle
prometer que la llamaría si necesitaba algo, Marlene tornó a su trabajo frente
a la salita, pero a cada rato le hacía una seña con la mano, y Jennifer le
respondía de la misma manera.
Nunca le habían gustado
los hospitales, y la experiencia de ese día confirmaba su eterna aversión. Miró
su reloj: eran las tres y veinte.
Pasó casi una hora hasta
que apareció el doctor Stephenson, con el pelo ensortijado sobre la frente y el
rostro serio.
A Jennifer le dio un
vuelco el corazón.
-Hicimos lo que pudimos
-declaró, sentándose frente a ella.
-¿Está...? -Le dio la
sensación de estar presenciando un teleteatro.
El médico asintió.
-Está muerta. Fue
imposible salvarla. Tenía CID, o coagulación intravascular diseminada, algo que
sinceramente no comprendemos del todo pero que de vez en cuando se produce en
los abortos. Aquí en la clínica sólo se nos ha presentado un caso semejante, pero
gracias a Dios la paciente se recuperó. En el caso de Cheryl, sin embargo la
situación se complicó por la hemorragia incontrolable. Pero aunque hubiéramos
podido evitar su muerte, hubiera perdido el funcionamiento renal.
Jennifer hizo gestos de
asentimiento, pese a que no entendía nada. Todo le resultaba increíble.
-¿Conoce a la familia?
-quiso saber el facultativo.
-No.
-Qué pena. Cheryl no quiso
dar su domicilio ni número de teléfono. Va a ser difícil localizarlos.
Marlene y Gale aparecieron
de pronto llorando y Jennifer se quedó azorada. Nunca había oído que las
enfermeras lloraran.
-Esto nos ha conmovido
muchísimo a todos -confesó el doctor-. Precisamente uno de los problemas del
ejercicio de la Medicina es que a veces uno pone el mayor empeño, pero no es
suficiente. Perder a una chica joven y vivaz como Cheryl es una tragedia. En esta
clínica tomamos este tipo de fracasos de manera muy personal.
Quince minutos más tarde
Jennifer abandonaba la clínica por la misma puerta por donde, horas antes,
ingresara su amiga. No podía hacerse a la idea de que Cheryl hubiese fallecido.
Se giró y contempló la fachada espejada del edificio. A pesar de lo ocurrido,
la clínica le inspiraba aún una buena impresión. Era un sitio donde se tomaba
en cuenta al paciente.
Después de almorzar, al
bajar del ascensor en el piso dieciocho, Adam se detuvo un instante. Una vez
más se sentía deslumbrado por el lujo. El mobiliario era tan costoso que, en
comparación el piso de McGuire parecía más que vulgar.
Aceleró el paso y quedó a
la par de McGuire en el momento de entrar en la oficina más espectacular que
jamás había visto. Una pared entera era de cristales, por donde se veía la
campiña de Nueva Jersey en toda su invernal majestuosidad.
-¿Le gusta el paisaje?
-preguntó una voz. Adam se dio media vuelta-. Soy Bill Shelly -dijo un hombre,
que se adelantó desde su escritorio-. Es un placer que haya venido a vernos.
-El placer es mío
-respondió Adam, sorprendido al ver la juventud del señor Shelly. Supuso que el
ejecutivo de mayor rango tendría no menos de cincuenta años, pero este señor no
daba la impresión de haber pasado los treinta.
Era de la misma estatura
que la suya, de pelo rubio y corto, peinado con una raya sumamente recta. Sus
ojos eran de un azul intenso. Vestía camisa blanca arremangada, corbata rosada
y pantalones color marrón.
El señor Shelly señaló
hacia la ventana.
-Aquellos edificios que se
divisan desde aquí son de Newark. Hasta Newark parece bello en lontananza: -A
sus espaldas, McGuire lanzó una risita.
al mirar por la ventana,
Adam advirtió que también se alcanzaba a vislumbrar el sector bajo de
Manhattan. Había nubes, y luminosos rayos de sol se posaban sobre algunos
edificios neoyorquinos, dejando a otros en la sombra.
-¿Quiere beber algo?
ofreció el señor Shelly, dirigiéndose hacia una mesita con un servicio de
plata-. Tenemos té, café y prácticamente cualquier otra cosa.
Los tres tomaron asiento.
McGuire y Adam pidieron café, mientras que Bill Shelly se servía un té.
-McGuire me ha hablado
mucho de usted -sostuvo Shelly, midiendo a Adam con la vista.
Adam tomó la palabra para
repetir, en términos generales, lo mismo que le había dicho a McGuire un rato
antes. Los ejecutivos de “Arolen”, intercambiaron miraditas e hicieron gestos
de asentimiento casi imperceptibles. A Bill no le cabía duda de que la opinión
de McGuire era correcta. El perfil de la personalidad que Bill había mandado
hacer durante el almuerzo confirmaba que Adam era un postulante ideal para el
programa de capacitación gerencial. Encontrar candidatos adecuados era la
máxima prioridad dado el intenso ritmo de expansión de la empresa. La única
reserva que tenía Bill era la posibilidad de que el muchacho volviera a sus
estudios, pero de eso podrían ocuparse después.
Cuando Adam hubo
concluido, Bill dejó su taza de té
y dijo:
-Su idea respecto del
ejercicio de la Medicina coincide con la nuestra. Nosotros también advertimos
la falta de responsabilidad social de los profesionales. Pienso que “Arolen” es
el sitio indicado para usted. ¿Alguna pregunta?
-Si me contratan,
preferiría seguir viviendo en Nueva York. -No deseaba alejarse mucho de la
Facultad, y quería que Jennifer tuviese el bebé en el centro médico.
Bill se volvió hacia
McGuire.
-Creo que podemos
encontrarle una vacante, ¿no, Clarence?
-Ciertamente -se apresuró
a afirmar éste.
-¿Alguna otra pregunta?
-Por el momento, no
-Pensando que había terminado la reunión, hizo ademán de levantarse, pero Bill
lo detuvo-.
Espere un segundo más.
-Shelly entonces despidió a su colega-. Clarence, en seguida se lo envío a su
oficina. -Cuando McGuire se hubo marchado, Bill se puso de pie.
-Ante todo, permítame
decirle que estamos muy interesados en usted. Sus antecedentes médicos son
excelentes.
Segundo, quiero asegurarle
que lo contrataríamos por sus propios méritos, no por la influencia que pueda,
o no, ejercer sobre su padre.
-Se lo agradezco mucho
-expresó Adam, impresionado por su franqueza.
Tomando el estudio de
personalidad realizado por McGuire, Shelly prosiguió:
-Se sorprendería si
supiera que ya tenemos un informe completo sobre su persona. -Por un instante
se sintió indignado de que “Arolen” se hubiese atrevido a invadir su intimidad,
pero, sin darle tiempo para protestar, prosiguió Bill-: Todo lo que dice este
informe me alienta no sólo a ofrecerle un puesto en el acto sino también a
incluirle en nuestro programa de capacitación gerencial. ¿Qué le parece?
Anonadado, Adam trató de
recobrar la compostura. Las cosas iban más rápido de lo que había sospechado.
-Ese programa de
capacitación, ¿se realiza también aquí?
-No. Aquí preparamos a los
vendedores, pero el programa de gerentes se desarrolla en nuestro principal
centro de investigación, en Puerto Rico.
¡Puerto Rico! ¡Y él que se
preocupaba por tener que irse de Manhattan!
-Su ofrecimiento es muy
generoso, pero creo que preferiría empezar un poco más abajo. Mi idea original
era conseguir un puesto de visitador médico para aprender más sobre el negocio.
-Comprendo, pero mi oferta
sigue en pie. Debo confesarle que “Arolen” tiene intención de reducir su
personal de ventas a partir del año que viene. Le aconsejo que lo tenga
presente.
-¿Esto significa que me
darían un empleo como vendedor?
-Sí, por supuesto. Además
quiero que conozca a otro integrante de nuestra organización. -Pulsó el
interfono y le pidió a la secretaria que le preguntara al doctor Nachman si
podía subir a conocer al nuevo postulante sobre el que habían estado hablando
un rato antes-. El doctor Heinrich Nachman -prosiguió dirigiéndose a Adam- es
el jefe de nuestro centro de investigación de Puerto Rico. Se trata de un
renombrado cirujano, un hombre fascinante. Después de conversar con él quizá
llegue a tomar en serio el ofrecimiento de Puerto Rico.
Adam esbozó una sonrisa, y
luego preguntó:
-¿Cuándo Quiere que
empiece? Por mí, estoy dispuesto desde ahora.
-Me agrada su actitud. Lo
anotaremos en el próximo curso sobre ventas que, si no me equivoco, comienza
dentro de una semana, pero antes tendrá que pasar un día con un visitador
médico. En cuanto al sueldo, ingresará de inmediato en la plantilla. Además, después
de haber leído su informe, supongo que querrá enterarse sobre los beneficios
que otorgamos por subsidio familiar.
Adam se puso colorado,
pero se salvó de tener que responder por la entrada del doctor Nachman.
El neurocirujano era un
hombre excepcionalmente alto y delgado, de abundante pelo negro y unos ojos
que, al parecer, no se perdían detalle de nada. Saludó a Adam con una enorme
sonrisa y clavó la mirada en él durante varios minutos. Adam estaba a punto de
sucumbir ante sus ojos cuando el médico preguntó:
-¿Vamos a ver a este joven
en Puerto Rico?
-Lamentablemente, todavía
no -respondió Shelly-.
Adam considera que tiene
que aprender un poco sobre la empresa antes de realizar el curso de
capacitación.
-Entiendo. Por lo que me
adelantó Bill, pienso que será un verdadero puntal de esta compañía. Nuestro
departamento de investigación está avanzando a un ritmo mucho más veloz de lo
que calculábamos. Para usted sería una grandiosa oportunidad.
-¿A qué sector de la
investigación se dedican?
-Productos psicotrópicos y
fetología.
Sobrevino una pausa,
durante la cual Adam miró a ambos. Los dos hombres tenían los ojos puestos en
él.
-Muy interesante -comentó.
-De todos modos -continuó
el doctor Nachman-, bien venido a “Arolen Pharmaceuticals”. -Le tendió la mano,
y Adam se la estrechó.
En el trayecto de regreso
en autobús a la ciudad, Adam se sintió acometido por ciertos recelos. Recordó
las palabras del doctor Markowitz en el sentido de que desertaba para unirse al
enemigo. La idea de que una empresa ganara tanto dinero vendiendo medicamentos
a gente enferma iba en contra de todos sus ideales. Sin embargo, los médicos
hacían, en esencia, la misma cosa. Pero había algo más que no le gustaba de
“Arolen”, y que no acertaba a definir.
Quizá tuviera que ver con
el hecho de que hubiesen obtenido un informe completo sobre su persona.
De cualquier forma, no se
había comprometido por toda la vida, y en ese momento le hacía falta el dinero.
Si Jennifer y él se las ingeniaban para ahorrar, seguramente podría volver a la
Facultad al cabo de año y medio.
Cuando el autobús entraba
en el túnel Lincoln, sacó su gastado billetero y lo observó subrepticiamente.
Ahí estaban los diez flamantes billetes de cien dólares, acomodados detrás de
la media docena de billetes de uno que había llevado. Jamás había visto tanto
dinero en efectivo junto. Bill había insistido en que aceptara un adelanto
puesto que tal vez le hiciera falta comprarse ropa nueva. De ahora en adelante
no iría a trabajar con bata blanca.
¡Pero mil dólares! Todavía
no podía creerlo.
Con dos enormes bolsas que
contenían una chaqueta y camisas para él, y un vestido nuevo para Jennifer,
tomó el Metro de la avenida Lexington hasta la Calle 14; luego caminó hasta su
casa.
Apenas abrió la puerta
divisó a su mujer al teléfono, conversando con su madre. Echó un vistazo a la
cocina y no vio el menor preparativo para la cena. Más aún, no notó que ella
hubiese hecho siquiera la compra. Prometiéndose que no iba a ponerse de mal humor
esa noche, entró en el dormitorio en el momento en que Jennifer se despedía,
colgaba el teléfono y se volvía hacia él.
Ella tenía un aspecto
terrible. Las mejillas surcadas por lágrimas, los ojos rojos de tanto llorar.
Llevaba la mitad del pelo recogido en un rodete, y el resto suelto sobre los
hombros.
-No me digas que tus
padres se mudan a Bangladesh.
Gruesas lágrimas se
asomaron a los ojos femeninos, y Adam deseó no haber abierto la boca. Se sentó
a su lado y le rodeó los hombros con un brazo.
-Traté de llamarte más
temprano, pero el teléfono estaba ocupado.
-¿Para qué querías hablar?
-Para avisarte que iba a
llegar un poco tarde. Te traigo una sorpresa. ¿Quieres verla?
Jennifer asintió. Adam se
levantó entonces a buscar el paquete, que ella abrió muy despacio.
Como esperaba una
manifestación de júbilo, le mortificó que se limitase a sostener en sus manos
el bonito vestido camisero francés, mientras continuaba llorando.
-¿Acaso no te gusta?
Ella se limpió los ojos,
terminó de retirar el vestido de su envoltorio, se levantó y se lo apoyó sobre
el pecho para mirarse en el espejo.
-Es divino. Pero, ¿de
dónde has sacado el dinero?
Adam se encogió de
hombros.
-Si no te agrada, puedes
cambiarlo.
Jennifer se le acercó y,
con el vestido aún apretado contra su cuerpo, le dio un beso en los labios.
-Me encanta. Es uno de los
más hermosos que he visto en mi vida.
-Entonces, ¿por qué
lloras?
-Porque tuve un día
espantoso. ¿Conociste alguna vez a Cheryl, la secretaria de Jason?
-Creo que no.
-Bueno, no importa. Era
una chica de diecinueve o veinte años. Hoy la acompañé a un sitio que se llama
“Clínica Julian”...
-La conozco. Un inmenso
centro médico, parecido a la “Clínica Mayo”. Algunos compañeros míos que han
ido allí a cubrir guardias dicen que es algo extraña.
-Lo extraño no es ese
lugar sino lo que sucedió. Cheryl fue a abortar.
-¡Maravilloso! -exclamó él
con sarcasmo-. ¿Llevaste a una chica a hacerse un aborto? ¿Estás loca,
Jennifer?
-Ella no tenía a nadie, y
no podía dejarla ir sola.
-Claro que no. Pero si no
te molesta mi pregunta, ¿dónde estaban sus parientes o su novio? ¿Por qué
tuviste que ir tú?
-No lo sé. Lo concreto es
que fui. ¡Y ella ha muerto!
-¡Ha muerto! -repitió él,
horrorizado-. ¿De qué? ¿Acaso estaba enferma?
-Al parecer estaba muy
bien. Iban a practicarle el aborto cuando se enteró de que no se encontraba su
médico, y se negó a seguir adelante. Esperaba a un tal doctor Foley, pero
sucede que el hombre se suicidó, y un colega suyo iba a remplazarlo.
-En algunos sistemas
médicos el paciente no puede elegir al facultativo.
-Tal vez, pero me parece
que al paciente hay que informarle de antemano si su médico no va a poder
asistirle.
-Eso no te lo puedo
discutir. Pero, si se negó a hacerse el aborto, ¿por qué falleció?
-Dijeron que fue por
coagulación intravascular diseminada. Se murió delante de mí. Estábamos
conversando, y en un instante se cayó al suelo con una tremenda hemorragia.
-Jennifer se mordió el
labio, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Adam la abrazó y le dio
palmaditas en la espalda.
Ninguno de los dos habló
durante unos instantes. el dejó que se calmara, mientras trataba de descifrar
la historia.
¿Cómo podía haber muerto
Cheryl por CID si no le habían realizado el aborto? Supuso que ya le habrían
comenzado el goteo para inducir el aborto, pero no quiso preguntar más para no
obligarla a rememorar el episodio.
Sin embargo, ella no
deseaba cambiar de tema.
-¿Qué es la coagulación
intravascular diseminada? -quiso saber-. ¿Se trata de un problema común?
-No, no -le aseguró-; por
el contrario, es muy raro.
No sé mucho sobre ese
tema, ni creo que tampoco nadie lo sepa. De alguna manera empieza el proceso de
coagulación dentro de los vasos sanguíneos. Creo que se produce cuando hay
graves quemaduras y ocasionalmente en los abortos.
Pero de todas formas, es
poco habitual.
-¿No le pasa a cualquier
mujer embarazada?
-¡Por supuesto que no! Y
no quiero que desde ahora pienses que vas a contraer todas las enfermedades de
que oigas hablar. Bueno, ahora mismo te das una ducha, te pruebas el vestido
nuevo y después cenamos.
-No he comprado nada.
-Ya me di cuenta. No
importa. Tengo la billetera llena de dinero, y me muero de ganas de contarte de
dónde lo he sacado. Ve a bañarte y después salimos a cenar a un restaurante
caro. ¿De acuerdo?
Jennifer se sonó la nariz
con un pañuelo de papel.
-Está bien. Espero no
arruinarte la noche. ¡Me siento tan deprimida!
Mientras ella se duchaba,
Adam aprovechó para buscar en un libro el tema de la coagulación diseminada.
Tal como suponía, a ese mal no se le relacionaba con el embarazo.
Volvió a guardar el texto
médico en su estante, y por casualidad vio la guía de laboratorios. Picado por
la curiosidad, sacó el ejemplar y lo abrió por la página de “Arolen
Pharmaceuticals”: Salvo una extensa lista de antibióticos generales, la empresa
no poseía muchos productos exclusivos en la sección de fármacos patentados.
Figuraban varios tranquilizantes que no conocía, así como también un
medicamento para combatir las náuseas, incluso para las embarazadas, llamado
"Pregdolén”.
Se preguntó entonces en
qué se basaba el esplendor económico de “Arolen” con una lista tan pequeña de
productos nuevos. Debían vender una gran cantidad de productos para justificar
sus imponentes instalaciones. Guardó el libro y pensó que la situación económica
de “Arolen” no era asunto de su incumbencia. Al menos, mientras siguieran
abonándole su generoso salario.
CAPITULO
VII
Dos días más tarde, Adam
se hallaba esperando en la puerta de su casa a que pasara a buscarlo el
visitador médico de “Arolen”. La noche anterior le había avisado McGuire que un
tal Percy Harmon iría a recogerlo a las ocho y media para que le acompañara en
su gira de promoción.
Hacía casi veinte minutos
que aguardaba, pero pese a la llovizna fría se alegraba de no estar en el
apartamento.
Si bien había hecho las
paces con Jennifer, ella se hallaba aún disgustada por su decisión de abandonar
la Facultad y conseguir un puesto en un laboratorio farmacéutico. Sabía que en
parte la reacción de ella le molestaba por sus propios sentimientos ambivalentes
respecto a la idea de trabajar en “Arolen”. De todos modos, no sería un empleo
para toda la vida, pero momentáneamente les solucionaba los problemas
económicos. A lo mejor sus suegros la convencerían de que él había hecho lo que
debía, aunque lo dudaba.
Un “Chevy” azul detuvo su
marcha frente a él. El conductor bajó el cristal de la ventanilla.
-¿Podría decirme dónde
queda el número 514?
-¿Percy Harmon? -preguntó
Adam.
-Así es -respondió el
automovilista, y le abrió la puerta del acompañante.
Adam se abrochó la
chaqueta para protegerse de la lluvia, y corrió a subir al coche.
Percy se disculpó por
llegar tarde, explicando que el tránsito por la autopista “Roosevelt” estaba
muy congestionado debido a un accidente ocurrido a la altura de la Calle 49.
A Adam le cayó muy bien,
por su simpatía, el joven compañero. Era algo mayor que él, e iba vestido con
un traje azul oscuro y corbata roja a lunares, con un pañuelo a juego. Tenía
todo el tipo del ejecutivo de éxito.
Al llegar a la avenida
Park doblaron hacia el norte de la ciudad.
-Clarence McGuire me habló
muy bien de ti por teléfono -confesó Percy-. ¿Cuál es tu secreto?
-No lo sé con certeza,
pero supongo que debe ser porque cursé hasta tercer año de Medicina.
-¡Dios mío!¡Por supuesto
que es eso! Con razón se enamoró de ti. Con tus antecedentes, nos sobrepasarás
en seguida a los legos.
Adam no estaba muy
convencido. Había aprendido muchos datos acerca de huesos, enzimas y la función
de los linfocitos T, pero, ¿en qué medida esa información le iba a ser útil en
“Arolen”? Además, tenía una alarmante tendencia a olvidarse de todo eso después
de cada examen. Echó un vistazo al interior del coche de Percy. Había unas
cajas llenas de folletos en el asiento de atrás. al lado, carpetas, impresos de
computadora y una pila de formularios de pedidos. Sobre el salpicadero, más
material impreso. El coche tenía todo el aspecto de una oficina. Adam no creía
que sus estudios de medicina le sirvieran lo más mínimo para su nuevo empleo.
Miró de reojo a Percy, que se desplazaba en medio del tránsito neoyorquino con
una envidiable apariencia de serenidad.
-¿Cómo llegaste a
“Arolen”? -quiso saber Adam.
-Me reclutaron en la
Facultad de administración de empresas. Había hecho unos cursos de economía
orientados hacia el campo de la salud, y aparte me interesaba mucho el tema. No
sé cómo los de "Arolen" se enteraron y me propusieron una entrevista.
Hice un estudio profundo de la empresa y me quedé impresionado. Trabajar de
visitador médico es divertido, pero no veía la hora de dar el próximo paso.
Gracias a ti, ahora me mandan al programa de capacitación gerencial, en Puerto
Rico.
-¿Qué significa eso de
“gracias a mí”?
-Clarence me ha dicho que
me vas a remplazar. Hace un año que vengo pidiendo que me manden a Puerto Rico.
-A mí me ofrecieron la
misma oportunidad.
-¿Ir derecho a Puerto
Rico? ¡Hombre, debes aceptarlo!
No sé si lo sabes, pero
“Arolen” es propiedad de un grupo económico que está creciendo a pasos
agigantados. Hace alrededor de diez años, unos tipos muy astutos fundaron una
organización llamada “MTIC” para realizar inversiones en la industria de la
salud. “Arolen” fue una de sus primeras adquisiciones. En esa época era apenas
un ignoto laboratorio desconocido. Ahora está a la misma altura de los más
grandes, como “Lilly” y “Merck”. ¿A quién conociste de la empresa, además de
Clarence McGuire?
-A Bill Shelly y al doctor
Nachman.
Percy lanzó un silbido y
desvió sus ojos del tránsito lo suficiente como para dirigirle una mirada
significativa.
-Has conocido a dos de los
fundadores de “MTIC”. Se comenta que ambos integran el cuerpo directivo de
“MTIC” y son ejecutivos de alto rango de “Arolen”. ¿Cómo es que te presentaron
a Nachman? El es jefe de investigación en Puerto Rico.
-Había venido aquí para
una reunión. -La reacción de Percy le hizo preguntarse una vez más si a
“Arolen” estaba interesado en él o si, pese a lo que aseguraban en contrario,
en su padre.
-Otra ventaja de Puerto
Rico es que el centro que tienen allí es lujoso como un lugar de veraneo. Yo
estuve una sola vez, pero me pareció algo de otro mundo. Tengo muchísimas ganas
de hacer el curso. Me va a parecer como una especie de vacaciones pagadas.
Contemplando la lluvia
sobre el parabrisas, Adam se preguntó qué clase de beneficios por subsidio
familiar tendrían en Puerto Rico. La idea de un sol brillante, y la oportunidad
de alejar a Jennifer de sus padres, lo atraían. Suspiró.
Era bonito soñar
despierto, pero lo concreto era que deseaba permanecer lo más cerca posible del
centro médico.
Puerto Rico estaba
descartado.
-Llegamos -anunció Percy,
deteniendo el coche frente a un típico edificio del centro de Nueva York, en
una zona donde estaba prohibido estacionar. Abrió la guantera y sacó un
cartelito que decía: “Médico de visita”--. Esta es una leve distorsión del sentido
de estas palabras -admitió, sonriendo-. Ahora planifiquemos el ataque. el
objetivo es que veas cómo se procede al visitar a un médico. Este a quien vamos
a ver ahora es el doctor Jerry Smith, un afamado obstetra y además un imbécil.
Como se cree un intelectual, va a ser muy fácil engatusarlo. Además le encantan
las muestras gratis, y con gusto se las suministraremos: ¿Alguna pregunta antes
de lanzarnos al campo de batalla?
Adam respondió que no,
pero el comentario del doctor Markowitz acerca de pasarse al enemigo le
obsesionaba. Se bajaron del coche, Percy le entregó un paraguas y le pidió que
lo sostuviera mientras él sacaba un paquete de muestras del portaequipajes.
-Los preferidos de Smith
son los tranquilizantes, pero no tengo idea de qué hace con tantos. -Llenó una
cajita de cartón con una variedad de fármacos y cerró el portaequipajes.
El consultorio estaba
atestado de mujeres. Había olor a encierro y a lana húmeda.
Percy se dirigió
directamente a la secretaria, y Adam notó que muchos pares de ojos los
observaban por encima de las revistas.
-Hola, Carol -saludó
Percy-. Qué hermoso traje. ¡Se ha hecho algo distinto en el pelo! A ver, ¡no me
diga! ¿La permanente? Le queda preciosa. ¿Cómo está su hijito? Bien, ¿eh?
Quiero presentarle a Adam Schonberg, mi futuro sucesor. ¿Por qué no le muestra esa
bellísima foto que tiene de su hijo? Esa en la que está sobre la alfombra de
cuero.
Adam recibió un cubo de
plástico con diversas fotos en cada cara.
-¿Cómo sigue su padre,
Carol? -agregó Percy, recibiendo el cubo de manos de Adam para volver a dejarlo
sobre el escritorio-. ¿Ya salió del hospital?
Dos minutos más tarde
estaban los dos frente a la puerta del consultorio, esperando que apareciera el
doctor Smith.
-Ha sido una espléndida
situación comentó Adam, en un susurro.
-Estupenda. Pero te
advierto una cosa. Cuando vas a ver a un médico, a quien tienes que impresionar
es a la secretaria o a la enfermera. Ella es la que tiene acceso a su jefe, y
si no la tratas como es debido, te puedes morir esperando que el tipo te atienda.
-Tú te comportaste como si
fueras un viejo amigo de ella. ¿Cómo sabías tanto sobre su vida privada?
-“Arolen” te proporciona
esa clase de datos. Ellos poseen informes completos sobre cada empleado del
médico, y también sobre el propio médico. Tú los procesas en la computadora.
Después, si tienes alguna pregunta, la máquina te da la respuesta. No hay ningún
misterio en esto, basta con prestar atención a los detalles.
Adam paseó la vista por el
despacho, el mobiliario era elegante, con muebles lacados y bibliotecas del
piso al techo.
Sobre un enorme escritorio
de caoba, una pila de revistas médicas. Espió la fecha del ejemplar de arriba
del American Journal of Obstetrics and Gynecology y comprobó que era de hacía
más de un año: La publicación estaba aún sujeta con su faja de envío, por lo
cual era obvio que jamás había sido leída.
Se abrió la puerta, salió
el doctor Smith y dio una orden:
-Que las próximas
pacientes esperen en los consultorios seis y siete.
Una voz le respondió algo
desde lejos.
-Ya sé que estoy atrasado
-gritó el médico-. ¿Y qué?
Dígales que estoy en una
reunión importante. -Entró en el despacho y cerró la puerta de un puntapié-.
¡Estas enfermeras son una mierda! -Era un hombre corpulento, con una inmensa
barriga. Sus gruesas mandíbulas le daban aspecto de un viejo bulldog.
-¿Cómo está, doctor?
-saludó Percy, sonriente.
Smith se dejó estrechar la
mano y rápidamente se sentó detrás de su escritorio, de donde extrajo un
paquete de cigarrillos.
Encendió uno y despidió el
humo por la nariz-. Quiero presentarle a Adam Schonberg -prosiguió Percy,
señalando a su compañero-, un nuevo integrante de “Arolen”. Lo he traído
conmigo para que conozca algunos de mis clientes más prestigiosos.
Con una sonrisa, el doctor
preguntó:
-Y bien, ¿qué me van a
dejar hoy?
-Muestras de todas clases
-repuso Percy, abriendo la caja. el médico se adelantó en su asiento-. Como sé
cuánto le agrada el “Marlium”, el tranquilizante más vendido de “Arolen”, le he
traído una buena cantidad. Notará usted que se ha mejorado el envase. A los
pacientes les fascinan estos nuevos frasquitos amarillos. Tengo también una
reimpresión. Estudios recientemente concluidos en la “Clínica Julian”, de Nueva
York, han demostrado que el “Marlium” es el tranquilizante con menores efectos
colaterales de los que existen actualmente en el mercado. Pero no necesito
decírselo. Usted mismo me lo viene comentando desde hace tiempo.
-Ya lo creo.
Percy colocó los demás
medicamentos en prolijas hileras sobre el escritorio, sin dejar de hacer
comentarios sobre la probada excelencia de cada uno. Además, aprovechaba todas
las ocasiones para felicitar al médico por recetar los productos de “Arolen” a sus
pacientes.
-Y por último, aunque no
se trata de lo menos importante, le he traído cincuenta muestras de
“Pregdolén”. No necesito convencerle de las bondades de este producto para
combatir las náuseas matutinas puesto que usted fue uno de los primeros en
reconocer sus virtudes. Sin embargo, tengo una copia de un reciente artículo
que me gustaría que leyera cuando le fuera posible. Allí se le compara con
otros fármacos similares del mercado y se demuestra que el ‘Pregdolén” es
eliminado por el hígado mucho más de prisa que los demás medicamentos de la
competencia: -Colocó entonces un folleto impreso sobre una de las pilas de
medicamentos del escritorio-. A propósito, ¿cómo anda su hijo David?
¿Sigue estudiando en la
Universidad de Boston? Adam, tendrías que conocer al muchacho. Tiene aspecto de
artista de cine.
-Le va muy bien, gracias
-respondió el médico, complacido. Dio una última chupada al cigarrillo antes de
apagarlo en un cenicero. ¿Sabía que está haciendo el curso de ingreso en
Medicina?
-Lo sabía. No creo que
tenga ningún problema para entrar en la Facultad.
Quince minutos más tarde
Adam se sentaba en el asiento delantero del “Chevy”. Percy puso el paraguas en
el piso y se sentó frente al volante. Había un resguardo de multa por mal
estacionamiento sujeto en el limpiaparabrisas.
-Caramba -exclamó el
visitador-. Este cartelito no siempre da resultado. -Hizo andar el
limpiaparabrisas, y el papelito desapareció. ¡Abracadabra! -dijo, como si
hubiese realizado un pase de magia-: el coche está registrado a nombre de
“Arolen”, y los abogados de la empresa se encargan de estas cosas. A ver, quién
nos toca ahora. -Se fijó en una lista impresa por computadora.
La mañana se le pasó
rápidamente observando la forma en que Percy adulaba a las secretarias y
endosaba productos de “Arolen” a atareados médicos. Adam quedó impresionado por
lo eficiente que era su compañero con los facultativos.
Después de conversar con
Percy toda la mañana, se daba cuenta de la poca información científica que
aquel tenía; apenas si sabía lo suficiente como para dar la impresión de saber
mucho; tenía, sí, grandes conocimientos sobre los modernos fármacos, y con eso
apabullaba a los médicos. Adam comenzaba a apreciar el bajo concepto que le
merecía a “Arolen” la inteligencia del promedio de los médicos.
A eso de las once y media,
al salir de un consultorio, Percy subió al coche y apoyó la cabeza sobre el
volante.
-Creo que me va a dar un
ataque de hipoglucemia. Tengo necesidad de comer algo. ¿Es demasiado temprano
para ti?
-Para mí nunca es
temprano.
-¡Fantástico! Como para
“Arolen”, vamos ya mismo entonces.
Muchas veces había
bromeado Adam sobre el restaurante “Cuatro Estaciones” por ser un símbolo de
opulencia, aunque jamás había estado en él. Cuando Percy sugirió ese sitio,
pensó que le estaba contando un chiste, y cuando de hecho ingresaron en el
local, casi se desmaya.
Se puso la servilleta de
hilo sobre las piernas mientras trataba de recordar cómo se comía en la
atestada cafetería del hospital, que le parecía a millones de kilómetros: Un
camarero le preguntó si deseaba algo de beber. Inseguro, miró a Percy, quien
con toda tranquilidad pidió un “Martini”. ¡Qué diablos!, pensó, y de inmediato
pidió otro él también.
-¿Qué impresión tienes del
trabajo ahora que lo conoces?
-Es interesante -quiso
evadirse-. ¿Comes aquí todos los días ?
-A decir verdad, no, pero
McGuire me dijo que tenía que impresionarte.
Adam se rió. Le gustaba la
franqueza de Percy.
-Ya me has impresionado
demasiado con tus artes. Eres estupendo.
Percy meneó la cabeza.
-No es nada difícil. Por
el contrario, tan fácil como pescar en una piscina. Por alguna razón
inexplicable, los médicos saben muy poco sobre medicamentos. Quizá tú sepas el
motivo.
Adam lo pensó un instante.
Había hecho cursos de farmacología como todo el mundo, pero lo cierto era que
desconocía bastante el uso específico de los fármacos puesto que sólo le habían
enseñado su acción a un nivel elemental.
Lo poco que sabía sobre la
forma de recetar era lo que había aprendido en el hospital. Antes de que
pudiera responder, les sirvieron los “Martinis”.
-Brindemos por tu carrera
en la empresa -propuso Percy, levantando su vaso.
-¿Qué me cuentas de este
producto “Pregdolén” que promocionas? -preguntó Adam, recordando los recientes
malestares de Jennifer-. Mi mujer siente náuseas por la mañana. Tal vez podría
llevarle algunas muestras.
-Yo en tu lugar no lo
haría -sostuvo Percy, con total seriedad-. Sé que “Arolen” vende toneladas de
este producto y mucha gente lo considera maravilloso, pero para mí no da
resultado, y además existe la posibilidad de que sea tóxico.
-¿De veras?
-Han salido artículos
sobre el tema en varias de las más importantes publicaciones médicas. Por
supuesto que no los menciono cuando visito a un médico, y es evidente que ellos
no los han leído porque siguen recetándolo como locos. Esto echa por tierra el
mito de que los médicos obtienen la información sobre fármacos en las revistas
de Medicina. La mayoría se conforma con la poca información que les
suministramos nosotros, y desde luego, yo sólo les digo lo que quiero. -Percy
se encogió de hombros al notar la expresión de espanto de su compañero y
añadió-:
Tú más que nadie deberías
saber que los médicos recetan guiados por la intuición y el hábito. Nuestro
objetivo es lograr que “Arolen” llegue a formar parte de ese hábito.
Adam hizo girar lentamente
su vaso contemplando cómo se movía la aceituna. Comprendía que este nuevo
empleo le exigiría hacer la vista gorda en muchas cosas.
-Si quieres que te sea
sincero -añadió Percy-, para mí será un alivio desligarme del sector ventas.
-¿Por qué?
El hombre suspiró.
-No sé en qué medida
tendría que comentarte esto; no quisiera que perdieras el entusiasmo, pero he
advertido muchas cosas extrañas en mi área. Por ejemplo, últimamente han
retirado de mi lista a varios de los médicos a los que visitaba de forma
regular, al principio pensé que se habían mudado o fallecido, pero después me
enteré de que la mayoría había asistido al “Crucero Arolen de Conferencias”, y
al regresar, habían abandonado el ejercicio privado de la Medicina para entrar
en la “Clínica Julian”.
el nombre de esa
institución le provocó a Adam un nudo en la boca del estómago al recordar la
historia que le relatara Jennifer.
-A algunos de esos hombres
había llegado a conocerlos bien -continuó Percy-, de modo que fui a verlos pese
a que la “Clínica Julian” no pertenece a mi territorio. Lo que me sorprendió
fue que a todos les noté cambiados. El caso que más me impresionó fue el del
doctor Lawrence Foley, a quien visitaba desde que ingresé en “Arolen”. No solía
recetar muchos de nuestros medicamentos, pero yo lo veía igual porque me caía
muy bien. Más aún, teníamos por costumbre jugar juntos al tenis dos veces al
mes.
-¿Ese que se suicidó hace
poco?
-El mismo. Y el suicidio
es parte de ese cambio del que te hablo. Sinceramente creía conocer a Foley,
socio de una de las clínicas de obstetricia que más trabajan en la ciudad.
el tipo se fue al crucero
de “Arolen”, regresó, abandonó todo e ingresó en la “Clínica Julian”. Cuando
fui a verlo, era un hombre distinto. Estaba tan preocupado por su trabajo, que
ya no le quedaba tiempo para el tenis. Y no tenía tendencia al suicidio. Jamás
le noté deprimido; era una persona que amaba su profesión y a su esposa. Cuando
me enteré de lo ocurrido, no lo podía creer. Después de matar a la mujer, se
metió la escopeta en la boca y...
-Me imagino. ¿Qué son esos
cruceros de conferencias?
-Unos congresos médicos
muy renombrados que se celebran a bordo de un barco, en el Caribe. Los
conferenciantes son los más prestigiosos investigadores y catedráticos en
diversos campos. Estos congresos gozan de la mejor reputación en el país, pero
eso es todo lo que sé. Por curiosidad, le pregunté sobre el tema a Clarence
McGuire, y me respondió que tampoco sabía mucho, salvo que los organizaba
“MTIC”.
-Si de veras sientes
curiosidad, ¿por qué no acudes a Bill Shelly? Si es cierto que a “Arolen” le
agrada obtener información sobre los médicos, tendrían que estar fascinados con
tus observaciones. Además, Shelly es sumamente joven y simpático.
-Tal vez tengas razón. A
lo mejor voy esta misma tarde.
Siempre quise conocerlo, y
ésta podría ser mi oportunidad.
Cuando Percy lo dejó esa
tarde frente al hospital, Adam tenía la sensación de que no iba a ser el mismo
médico después de haber trabajado en “Arolen”. Ese día habían visitado
dieciséis consultorios, entregado más de quinientos frascos de muestras. La mayoría
de los doctores reaccionaron como Smith: ansiosos por recibir las muestras,
ligeros para aceptar las palabras de Percy.
Entró y se encaminó hacia
la biblioteca con la intención de buscar información sobre el “pregdolén” en
las últimas publicaciones especializadas. Los comentarios de Percy habían
estimulado su curiosidad, y no le gustaba la idea de vender un fármaco que tuviera
efectos colaterales nocivos.
Encontró lo que buscaba en
un ejemplar atrasado, de diez meses antes, del New England Journal of Medicine,
que ningún obstetra podía haber dejado de leer.
Tal como le había sugerido
Percy, el “pregdolén” había demostrado ser ineficaz cuando se le puso a prueba
comparándolo con un placebo. De hecho, en todos los casos -menos en tres- el
placebo había tenido mejores efectos en la supresión de los mareos matutinos.
Pero lo más importante era que ciertos estudios realizados dejaban en evidencia
que esa droga era a menudo teratogénica, es decir, que causaba serias
anormalidades en el desarrollo del feto.
Consultó luego el Journal
of Applied Pharmacology y se enteró de que, pese a la publicidad adversa, las
ventas de “Pregdolén” habían ido en aumento a través de los años, con una
notable subida en los últimos doce meses. Cerró la revista preguntándose si lo
que más le impresionaba era la extraordinaria capacidad de comercialización de
“Arolen” o el grado de ignorancia del obstetra medio.
Guardó la publicación sin
haber resuelto aún sus dudas.
Al salir de su restaurante
japonés preferido, después de una suculenta comida, Percy Harmon se sentía en
la cima del mundo. El local estaba ubicado en Nueva Jersey, pero a esa hora de
la noche -las diez y media- no tardaría más de veinte minutos en llegar a su
departamento de Nueva York.
No reparó en un hombre de
chaqueta azul y pantalón marrón que lo vigilaba todo el tiempo que estuvo en el
restaurante, el individuo vio partir el “Chevy” azul; luego se encaminó a una
cabina telefónica cercana.
-Ya se fue -anunció-.
Llegará al garaje dentro de un cuarto de hora. Voy a llamar al aeropuerto.
Sin esperar una respuesta,
cortó la comunicación.
En el trayecto por
autopista, Percy iba pensando por qué jamás se le habría ocurrido acudir a Bill
Shelly, el ejecutivo no sólo había recibido de buen grado sus observaciones
sino que también había estado muy amable. Más aún, lo llevó a conocer al vicepresidente,
y ese tipo de contactos dentro de una empresa como “Arolen” era de muchísimo
valor. Tenía la sensación de que le esperaba un futuro más que venturoso.
Se detuvo frente al garaje
que “Arolen” le había encontrado, a cuatro manzanas de su apartamento. Sólo le
resultaba incómodo cuando llovía, puesto que se trataba de un enorme almacén en
una calle llena de baches. Para entrar había que franquear un imponente portón
de rejas.
Percy accionó el control
remoto que llevaba en la guantera, y la reja se levantó. Adentro había un único
cartel que decía: “Estacionamiento por día, semana y mes”, y a continuación, un
número de teléfono.
Después de haber entrado,
la reja metálica se cerró con un terrible chirrido. No tenía una plaza
designada, razón por la cual dio una vuelta antes de enfilar hacia la rampa
descendente. Siempre prefería estacionar en la planta baja ya que los niveles
subterráneos, mal iluminados, lo ponían nervioso.
Dado lo tarde que era,
hubo de bajar tres pisos para hallar un sitio libre. Cerró el coche con llave y
caminó hacia la escalera silbando para darse ánimo. Sus pasos resonaban en el
piso de cemento, manchado de aceite; a lo lejos oía ruido de agua que caía. al
llegar a la escalera abrió la puerta y casi se desmaya del susto. Frente a él
había dos hombres de bláiser azul, con un corte de pelo antiguo estilo
marinero. Los individuos no se movieron ni articularon palabra; sólo le
bloquearon el paso.
El miedo recorrió su
cuerpo como una descarga eléctrica.
Soltó la puerta y dio un
paso atrás. Uno de los hombres estiró un brazo y golpeó la puerta que fue a
chocar contra la pared. Percy giró sobre sus talones y huyó en dirección a la
escalera que había en el otro extremo del garaje. Sus zapatos, con suela de
cuero, resbalaban en el cemento, haciéndole difícil mantener el equilibrio.
Se dio media vuelta para
mirar y, con alivio, comprobó. que no lo perseguían. al llegar a la puerta de
salida trató de abrirla, pero el picaporte no se movió, el corazón le dio un
vuelco. ¡Estaba atrancada!
Lo único que oía era el
sonido agitado de su propia respiración y el goteo constante. La otra manera de
salir era utilizando la rampa, y hacia allí enfiló sus pasos. Casi había
llegado ya, cuando vio a uno de los sujetos apostado en el acceso. Percy se ocultó
detrás de un coche para pensar qué le convenía hacer. Era obvio que los hombres
se habían dividido; uno controlaba la escalera, y el otro, la rampa. Recordó
entonces que existía un viejo montacargas en el medio del edificio.
Agachado, avanzó
furtivamente hacia allí. Lo alcanzó, levantó la puertecita de madera, entró por
debajo y volvió a cerrar. Las otras tres paredes del montacargas eran de un
grueso tejido metálico. La tenue luz provenía de una lamparita del techo. Con
dedos temblorosos apretó el botón que indicaba “P.B.”
El montacargas se puso en
funcionamiento con un chasquido, seguido por el ronroneo de un motor eléctrico.
Felizmente la plataforma comenzó a elevarse.
El aparato ascendía a una
velocidad angustiosamente lenta. Cuando Percy estaba a menos de dos metros del
nivel de la calle, advirtió que los dos sujetos aparecían abajo.
Sin prisa, uno de ellos se
acercó a los controles del montacargas e invirtió el rumbo. Aterrorizado, Percy
oprimió repetidas veces el botón, pero el montacargas descendía
irremediablemente. Comprendió, entonces, que los sujetos habían calculado que
utilizaría ese medio para huir. Por eso no lo habían perseguido: querían
atraparlo.
-¿Qué quieren? -gritó.
Quédense con todo mi dinero.
-Desesperado, sacó su
billetero y lo arrojó por entre el enrejado. Uno de los individuos se agachó y
lo cogió. Sin mirar la cartera, la guardó en un bolsillo, el otro había
extraído algo que a primera vista le pareció una pistola pero que, a medida que
se aproximaba, notó que era una jeringa.
Retrocedió hasta la pared
del fondo del montacargas, sintiéndose como un animal atrapado. Al detenerse el
aparato, uno de los hombres levantó la puertecita de madera.
Percy lanzó un alarido de
pánico y se desplomó.
Una hora más tarde, un
camión azul arribaba a la pista del aeropuerto de Teterboro y se detenía frente
a un jet “Gulf Stream”. Se bajaron dos señores que, por la puerta de atrás del
camión, sacaron un cajón de madera de regulares dimensiones. En silencio, se
abrió la puerta de carga del avión.
CAPITULO
VIII
Quizás asistieran más de
cien personas en la sala de conferencias. Todas habían ido a presenciar la
graduación de amigos y parientes del curso de ventas de “Arolen”. Arnold
Wiseman, el profesor que dictara el curso, estaba sentado al frente del
escenario, junto a Bill Shelly. A su derecha, una mustia bandera
norteamericana.
Adam se sentía algo
avergonzado de la ceremonia, consciente de que “Arolen” había preparado un
espectáculo que las cuatro semanas de clases no se merecían. En ese lapso de
tiempo había llegado a la conclusión de que el noventa por ciento de lo que
vendía el visitador médico era pura palabrería.
Le asombraba, sin embargo,
lo rápido que se le habían pasado los días. Desde el primer momento se dio
cuenta de que sus estudios de Medicina le ponían en situación de ventaja sobre
los demás. La mitad de los otros veinte alumnos eran farmacobiólogos; cinco
tenían un máster en administración de empresas y el resto provenía de diversos
sectores de “Arolen Pharmaceuticals”.
Buscó a Jennifer entre el
público, pensando que a lo mejor en el último momento había cambiado de idea,
aunque sabia que era una vana ilusión. Ella siempre se opuso a que trabajara en
“Arolen”, pero aun cuando hubiera superado ese desagrado, las náuseas que
sentía por la mañana eran tan fuertes que nunca podía salir del apartamento
antes del mediodía. No obstante, Adam no dejaba de mirar a todas las mujeres de
pelo castaño de la concurrencia por si se daba el milagro de que apareciera.
De pronto su mirada se
detuvo bruscamente en un hombrecito de pelo oscuro rizado, vestido con un
impermeable negro. Se hallaba parado junto a la puerta, con las manos en los
bolsillos. Unas gafas sencillas de montura metálica descansaban sobre su nariz
aguileña.
Adam desvió la mirada
pensando que sus ojos le jugaban una mala pasada. Después, volvió lentamente a
observar al hombre. No cabía duda: era su padre.
El resto de la ceremonia
lo vivió en estado de conmoción.
Cuando hubo concluido el
acto y comenzó el agasajo, se dirigió hacia la puerta donde se hallaba el
hombre. En efecto, se trataba de su padre.
-Papá.
El doctor Schonberg se
volvió. Sostenía un camarón pinchado en un palillo de dientes. No había
indicios de sonrisa en sus labios ni en su mirada.
-Qué sorpresa -exclamó
Adam, no muy seguro de la forma en que debía actuar. Se sentía halagado por la
presencia del padre, aunque también muy nervioso.
-De modo que es cierto
-expresó el doctor, en tono severo-. ¡De veras trabajas en “Arolen
Pharmaceuticals”!
Adam asintió.
-¿Qué has hecho de la
Facultad? -preguntó el hombre, indignado-. ¡Después de que me desviví para
conseguir tu ingreso!
-Creo que mis excelentes
calificaciones también tuvieron algo que ver. Además, pienso volver a los
estudios dentro de poco tiempo.
-¿Por qué?
-Porque ahora necesitamos
dinero. Vamos a tener un hijo.
Por un momento le pareció
notar que se suavizaba la expresión de su padre. Acto seguido, el doctor
Schonberg paseó la vista por el salón con sumo desagrado.
-Veo que te has aliado con
esto... -Con un gesto abarcó los salones suntuosamente decorados-. No me digas
que no sabes que las empresas comerciales están acaparando la profesión médica.
-“Arolen” presta un
servicio público -replicó Adam, a la defensiva.
-No me vengas con ésas. No
me interesa su propaganda.
Los laboratorios y sus
propietarias, las compañías financieras, tienen como fin ganar dinero como
cualquier otra industria; sin embargo, gastan millones de dólares en relaciones
públicas para convencer al público de lo contrario. Es todo una mentira. ¡Y pensar
que mi propio hijo se ha metido en esto debido a esa chica con la que se
casó...!
-Se llama Jennifer -le
espetó Adam, sintiendo que se le subía la sangre a la cara.
-Doctor Schonberg -Bill
Shelly se había acercado desde atrás, con una copa de champán en la mano-,
bienvenido a “Arolen”. Seguramente estará tan orgulloso de su hijo como
nosotros. Mi nombre es Bill Shelly.
David Schonberg no
estrechó la mano que se le tendía.
-Sé quién es usted. Y si
quiere que le sea sincero, estoy espantado, más que orgulloso, de ver a mi hijo
aquí. El único motivo por el cual acepté su invitación fue para cerciorarme de
que “Arolen” no pretendía ninguna consideración especial por el hecho de que
Adam haya ingresado en la empresa.
-Papá...
-Siempre he apreciado la
sinceridad -declaró Bill, retirando la mano-, y le aseguro que no contratamos a
Adam porque usted trabaja en la Dirección de Alimentos y Drogas.
-Espero que sea verdad. No
vayan a pensar que ahora les va a ser más fácil que se les aprueben nuevos
productos medicinales.
Sin aguardar una
respuesta, el doctor Schonberg arrojó el camarón a un cesto de residuos y se
abrió paso entre la multitud para dirigirse a la puerta.
Adam meneó la cabeza,
incrédulo.
-Lo siento muchísimo -se
disculpó ante Shelly.
-No tiene por qué pedir
disculpas. Usted no es responsable de la actitud de su padre. El tiene mucha
experiencia con laboratorios menos honestos; la única pena es que no ha tenido
suficiente contacto con “Arolen” como para advertir la diferencia.
-Quizá sea cierto, pero
eso no justifica su comportamiento.
-A lo mejor algún día
logra convencerlo para que participe en uno de nuestros cruceros. ¿Oyó hablar
de ellos?
Adam asintió, recordando a
Percy Harmon. Hacía mucho que no pensaba en Percy, pero en ese momento se
preguntó por qué, si tanto habían congeniado, Percy no le había llamado como le
había prometido.
-Muchas veces hemos
invitado a su padre -prosiguió Bill-; no sólo al crucero sino también a visitar
nuestros laboratorios de investigación, en Puerto Rico. Quizá consiga
persuadirle que acepte la invitación. Estoy seguro de que, si asistiera,
cambiaría la opinión que tiene sobre “Arolen”.
-A estas alturas de mi
vida -confesó Adam con una risita-, no podría ni siquiera persuadirle que
aceptara un Rembrandt de regalo. Apenas si nos hablamos. En rigor, me
sorprendió mucho verlo hoy aquí.
-Qué lástima. Nos
encantaría que participara como conferenciante. Sabrá usted, que nuestros
seminarios gozan de la mejor reputación en el país. Desde luego, todos los
gastos correrían por cuenta nuestra.
-Casi le convendría tratar
de interesar a mi madre.
-No se invita a las
esposas -aclaró Bill, guiándolo hacia la mesa de las bebidas.
-¿Por qué no?
-Los cruceros son
estrictamente académicos.
-Claro...
-Lo digo en serio. Si bien
los auspicia “Arolen” son organizados por “MTIC”. El único motivo por el cual
se prefirió realizarlos a bordo de un barco fue para alejar a los médicos de
sus interrupciones habituales: teléfono, pacientes, agentes de bolsa. Cada
viaje se dedica a un tema clínico o de investigación en particular, y se invita
a dictar las charlas a los más afamados especialistas en el tema. La calidad de
las conferencias es de primera.
-¿El barco zarpa y fondea
luego en alta mar?
-No, no. Sale de Miami, se
dirige a las Islas Vírgenes; de allí a Puerto Rico y de vuelta a Miami. Algunos
de los invitados, por lo general los conferenciantes, bajan en Puerto Rico para
visitar nuestro instituto de investigación.
-¿Quiere decir que es puro
trabajo y nada de diversión?
¿Ni siquiera juego de
dinero?
-De eso, solamente, un
poco -reconoció Bill, sonriente-. Pienso que su padre lo pasaría muy bien, de
modo que si puede ejercer alguna influencia sobre él, trate de hacerlo.
Adam asintió, pero seguía
pensando en Percy Harmon.
Le había parecido tan
sincero en su amistad, que le llamaba la atención que no le hubiese llamado.
Iba a preguntarle a Shelly cuándo partía Percy de Manhattan, pero Bill se le
adelantó:
-¿No ha vuelto a
considerar el ofrecimiento de apuntarse al curso gerencial?
-A decir verdad, me he
dejado absorber por completo por el curso de ventas, pero le prometo que lo
pensaré.
-Se lo aconsejo -dijo
Bill, mirándole por sobre el borde de su copa de champaña.
Esa misma tarde Adam se
encontraba en el despacho de McGuire repasando su territorio de ventas.
-Usted se hará cargo de la
zona de Percy Harmon. Generalmente solemos designar agentes con más
experiencia, pero, como sabe, hemos depositado una gran confianza en usted.
Permítame que le muestre.
Clarence desplegó un mapa
de Manhattan con un gran sector marcado con lápiz amarillo. Comenzaba en la
Calle 34, y de allí hacia el Norte, limitando hacia el Oeste con la Quinta
Avenida, y hacia el Este, con el río. Fue una desilusión comprobar que no abarcaba
su centro médico, pero sí incluía el Hospital de Nueva York, el “Mount Sinaí” y
la “Clínica Julian”.
Como si le hubiera leído
los pensamientos, dijo Clarence:
-Desde luego, queda
entendido que su responsabilidad no se extiende a los hospitales ni grandes
centros sanitarios, como la “Clínica Julian”.
-¿Por qué no?
-¡Qué ansioso por
trabajar! -bromeó McGuire-. Le aseguro que los médicos particulares de su zona
lo tendrán sumamente ocupado. De los sanatorios se encarga la casa central.
-La “Clínica Julian” es
más que un sanatorio.
-Verdad. De hecho, existe
una relación especial entre “Arolen” y la “Julian” dado que ambos son propiedad
del “MTIC”. En consecuencia, la “Julian” proporciona a “Arolen” acceso directo
a información clínica, mientras que “Arolen” le corresponde con oportunidades
educativas especiales.
Se inclinó hacia delante,
tomó unos impresos de computadora y los puso sobre las rodillas de Adam.
-Si así y todo le preocupa
la posibilidad de que le sobre tiempo, échele un vistazo a su nómina de
clientes.
El peso de los papeles
sobre sus rodillas era considerable.
La primera página decía:
“Nómina de Médicos del Sector Alto de Manhattan Este”. Debajo: “Propiedad de
“Arolen Phamaceuticals”, Motdair, Nueva Jersey”; en la parte inferior derecha,
una sola palabra: “Confidencial”.
Adam fue pasando las hojas
y vio una enumeración alfabética de facultativos, con sus domicilios y números
de teléfono, el primer nombre que figuraba en la última página era Clark
Vandermer, Calle 36 Este, 67.
En el momento en que se
imaginaba cómo iría a visitar al obstetra de Jennifer, McGuire se lanzó a dar
una larga explicación de la clase de médico con que se iba a encontrar.
-¿Alguna pregunta? -dijo,
al concluir.
-Sí -repuso Adam,
recordando la que se había olvidado de formularle a Shelly esa mañana-. ¿No
sabe qué pasó con Percy Harmon?
Clarence negó con la
cabeza.
-Me enteré de que iba a
hacer el curso gerencial en Puerto Rico -explicó, pero no sé si fue. ¿Por qué
me lo pregunta?
-Porque sí, nada más.
-Bueno, si no hay ninguna
otra duda, puede ponerse a trabajar. Estamos a su disposición por si nos
necesita. Ah, aquí tiene las llaves del “Buick” que le proporciona “Arolen”.
Adam recibió las llaves.
-Le doy también la
dirección de un garaje que le hemos conseguido lo más cerca posible de su
departamento.
Nosotros nos hacemos cargo
del alquiler.
Tomó el papelito,
impresionado una vez más por la generosidad de la empresa. Una plaza de parking
en la ciudad valía tanto como un coche.
--Y por último, aunque no
es lo menos importante, le entrego su código de acceso a la computadora, tal
como se lo adelantamos en el curso de ventas. En el portaequipajes del
automóvil hallará su computadora personal. Le deseo muy buena suerte.
Adam tomó el último sobre
y estrechó una vez más la mano del gerente de ventas. Ya era, oficialmente, un
agente de propaganda médica de “Arolen”.
Después de sintonizar una
emisora de frecuencia modulada que difundía música de rock, Adam bajó el
cristal de su lado para sacar el codo por la ventanilla. Viajaba muy feliz a
setenta y cinco kilómetros por hora, cuando de pronto recordó el rechazo de su
padre, y se le borró la sonrisa.
-¡Necesitamos el dinero!
-expresó en voz alta-. Si nos hubieras ayudado, yo estaría aún estudiando
Medicina.
No se le mejoró el ánimo
al llegar al departamento vacío y encontrar una nota sujeta en la puerta del
frigorífico: “Me voy a casa”. La arrancó y la arrojó con fuerza.
Abrió la nevera y espió el
interior. Quedaba un poco de pollo asado, que sacó junto con el tarro de la
mayonesa y dos rodajas de pan integral. Después de prepararse un bocadillo, se
instaló en el living con la computadora: La conectó y pulsó su código de
acceso. ¿Qué quería averiguar?
Al cabo de un instante de
vacilación, marcó el nombre de Vandermer. Luego tomó el auricular del teléfono
y lo acopló al módem. Cuando todo estuvo listo, oprimió el botón
correspondiente, se apoyó en el respaldo de su silla y dio un bocado al
bocadillo. Unas lucecitas rojas aparecieron en el módem indicándole que se
había comunicado con la unidad principal de “Arolen”.
Brilló la pantalla ante
sus ojos; después, surgió el texto.
Dejó de masticar por un
instante para leer con atención:
CLARK VANDERMER, médico,
miembro del Colegio Norteamericano de Obstetras y Ginecólogos.
- Datos biográficos -
Datos personales - Datos financieros - Datos profesionales - Datos sobre uso de
productos (Baje el cursor hasta el programa elegido)
Sumamente interesado,
accionó el espaciador hasta ubicarlo junto a “Datos personales”. Luego apretó
la tecla de ejecución y nuevamente apareció un listado:
DATOS PERSONALES:
- Historia familiar
(pasada); incluye padres y hermanos - Historia familiar (presente); incluye
esposa e hijos - Aficiones y hobbys - Gustos y aversiones - Historia social
(incluye educación) - Perfil de personalidad (Baje el cursor hasta el programa
seleccionado)
¡Dios mío -pensó-. Esto es
1984, de Orwell! Llevó el indicador hasta “Historia familiar (presente)”, y una
vez más apretó el botón.
De inmediato la pantalla
se llenó de un extenso texto.
Durante diez minutos pudo
leer información sobre la mujer y los hijos de Vandermer. Se trataba, en su
mayor parte, de detalles insignificantes, aunque también había varias cosas de
importancia. Así fue como se enteró de que la señora de Vandermer había sido
internada en tres ocasiones por un estado depresivo después del nacimiento de
su tercer hijo. También descubrió que la hija del médico padecía de anorexia
nerviosa.
Espantado, apartó la
mirada de la pantalla. Un laboratorio como “Arolen” no tenía derecho a poseer
información tan minuciosa sobre un médico. Suponía que lo único que podían
utilizar correspondía a la categoría “Uso de productos medicinales”. Para
comprobarlo, marcó ese programa y obtuvo lo que pensaba: un análisis acerca de
los hábitos de Vandermer para recetar, incluso las cantidades de cada
medicamento que recetaba por año.
Regresó al punto de
partida y le pidió a la computadora que imprimiera un informe completo sobre
Vandermer. el impresor se puso en funcionamiento, mientras Adam se encaminaba a
la cocina a buscar una “Coca-Cola”.
Media hora más tarde se
apagó el aparato. Adam arrancó la última hoja y recogió la pila de papeles.
Eran casi cincuenta páginas. Se preguntó si el buen doctor tendría idea de la
cantidad de material que “Arolen” había reunido sobre su persona.
El contenido de la reseña
era árido y tedioso. Se mencionaba incluso en qué invertía Vandermer su dinero.
Pudo enterarse de que el hombre era cofundador de “GINEC Asociados” junto
con... ¡Lawrence Foley!, el médico que se había suicidado inesperadamente.
Pensó si Jennifer sabría que Foley en una época había sido socio de su propio
ginecólogo.
Siguió leyendo y descubrió
así que los actuales socios de Vandermer eran los doctores John Stens y June
Baumgarten.
Movido por la curiosidad,
decidió que su primer cliente sería Vandermer. Recordó el consejo de Percy
Harmon acerca de la forma de acceder a un médico por medio de su secretaria.
Apretó la tecla correspondiente en la computadora y supo que se llamaba Christine
Morgan, tenía veintisiete años, estaba casada con David Morgan -un pintor-.
Y tenía un hijo, David
Junior, conocido como D. J.
Tratando de sentir la
enorme confianza de Percy Harmon, marcó el número de “GINEC Asociados”. Cuando
le atendió Christine, le informó que era el sustituto de Harmon. También
mencionó de pasada que Percy le había elogiado muchísimo a su hermoso hijo.
Seguramente la impresionó muy bien puesto que la joven le indicó que podía ir
de inmediato, que trataría de que pudiera entrevistar al doctor.
Cinco minutos más tarde
Adam tomaba la Avenida Park hacia el Norte, tratando de recordar cuáles eran
los medicamentos que debía promocionar ante un obstetra. Decidió llevar la
línea general de vitaminas para el embarazo de las que “Arolen” hacía publicidad.
En las cercanías de la
Calle 36 y Park era difícil encontrar estacionamiento, incluso en las zonas
prohibidas.
Por tanto tuvo que
contentarse con un espacio reservado para bomberos, entre Park y Lexington.
Cerró el coche con llave y abrió luego el portaequipajes, lleno de folletos,
muestras de medicamentos y objetos varios. Había también una docena de
bolígrafos “Cross” con la insignia de “Arolen”, que debía obsequiar según su
criterio.
Eligió las muestras que
necesitaba con sus correspondientes prospectos y los guardó en el portafolios.
Uno de los bolígrafos “Cross” fue a parar al bolsillo de su chaqueta.
Cerró el portaequipajes y
se encaminó de prisa al consultorio del doctor Vandermer.
Christine Morgan era una
mujer con modales de pajarito asustado.
-Soy Adam Schonberg, de
“Arolen” -anunció él con una enorme sonrisa, al tiempo que entregaba su primera
tarjeta comercial. Ella le devolvió la sonrisa. Después de que Adam admirara
las últimas fotos de D. J., lo condujo a un consultorio vacío, prometiéndole
avisar a la jefa de enfermeras que él se encontraba allí:
Se sentó en un sofá,
frente a un pequeño escritorio. Observó la mesa ginecológica, con sus estribos
de acero inoxidable.
Le costaba imaginar a
Jennifer allí como paciente.
Segundos más tarde entró
el doctor Clark Vandermer.
Para pasar el tiempo, Adam
había abierto un cajón del escritorio y miraba distraídamente la colección de
bolígrafos, blocs de recetas y talones para el laboratorio. Ruborizado, cerró
el cajón y se puso de pie.
-¿Buscaba algo en
particular? -preguntó Vandermer, irónicamente. Con la tarjeta de Adam en la
mano, contemplando el rostro avergonzado del visitador-. ¿Quién diablos le hizo
pasar aquí?
-Su personal -consiguió
articular Adam.
-Tendré que hablar con
todos -declaró el doctor, al tiempo que se volvía para marcharse-. Una empleada
lo acompañará. Tengo pacientes que me esperan.
-Le he traído unas
muestras -se apresuró a afirmar Adam-. Y un bolígrafo ‘Cross”. -Rápidamente le
tendió el bolígrafo al médico, que estaba a punto de romper la tarjeta en dos.
-Por casualidad, ¿es
pariente de Jennifer Schonberg?
-Soy su marido.
-Pensé que era estudiante
de Medicina.
-Es verdad.
-Entonces, ¿qué tonterías
son éstas? -preguntó Vandermer, agitando la tarjeta.
-Dejé la Facultad por un
tiempo. Como Jennifer está embarazada, nos hace falta dinero.
-Este no es el mejor
momento para encargar un hijo -sostuvo el médico en tono pedante-. Pero si son
lo suficientemente tontos como para hacerlo, su mujer aún puede trabajar.
-Ella es bailarina. -Al
recordar los problemas personales de Vandermer, Adam sintió que el hombre no
tenía derecho a ofrecer soluciones fáciles.
-Bueno, es un crimen que
deje de estudiar. ¡Y que se haya colocado de visitador médico para un
laboratorio!
¡Dios mío, qué
desperdicio!
Adam se mordió el labio:
Vandermer le recordaba a su padre. Con el deseo de que terminara el sermón, le
preguntó qué se podía hacer para aliviar a Jennifer de sus mareos matutinos.
-El cincuenta por ciento
de mis pacientes los padecen.
A menos que provoquen
problemas de nutrición, lo mejor es tratar las causas. No soy partidario de
usar remedios si se puede evitar, en especial no emplear nunca el “Pregdolén”
de “Arolen”. Y usted no empiece a hacerse el médico para recetarle porquerías.
No es un producto seguro, pese a su popularidad.
La opinión que le merecía
el doctor Vandermer subió un poco. Era un hombre grosero y antipático, pero al
menos se notaba que estaba al día en los temas de su especialidad.
-Ya que está aquí, puede
ahorrarme una llamada telefónica. Tengo que dar una conferencia la semana que
viene en el crucero de “Arolen”. ¿Sabe hasta cuándo puedo esperar para tomar el
barco en Miami?
-No tengo ni la más mínima
idea -reconoció Adam.
-Maravilloso -comentó el
médico, volviendo a adoptar el tono de sarcasmo. Ahora venga conmigo.
Tomó su portafolios y
salió detrás del médico por el largo pasillo. Después de haber avanzado unos
veinte pasos, Vandermer se detuvo, abrió una puerta y se apartó á un lado para
dejarle pasar. En ese momento, y sin mucha ceremonia, Vandermer le plantó la
tarjeta en la mano y desapareció por la puerta. Adam se encontró de vuelta en
la concurrida sala de espera.
-¿Ha visto al doctor? -le
preguntó Christine.
-Ya lo creo -respondió él,
pensando por qué diablos no habrían tratado en el curso el tema de los
cruceros. Si hubiera sabido contestar esa pregunta, quizás hubiese podido
colocar algún producto.
-Ya le dije que le
conseguiría una entrevista -sostuvo la muchacha, con orgullo.
Adam estaba a punto de
preguntarle si podía ver a alguno de los demás médicos, cuando de pronto reparó
en las placas con los nombres que había en la pared. Además de Vandermer,
Baumgarten y Stens figuraban también el doctor Lawrence Foley y Stuar Smyth. Sin
embargo, no recordaba haber visto el nombre de Smyth en el legajo de Vandermer.
-Tengo una pequeña
sorpresa para usted -dijo Adam, entregándole el bolígrafo “Cross”. Luego señaló
la placa del doctor Smyth-. ¿Es un nuevo socio? -preguntó.
-No, no. Lo es desde hace
quince años. Lamentablemente está muy enfermo. No lo he visto muchas veces
puesto que a la mayoría de sus pacientes las atiende en la “Clínica Julian”.
Adam volvió a contemplar
las placas.
-¿Aste es el doctor Foley
que se suicidó?
-Sí. Qué tragedia. Era mi
médico preferido, pero estos últimos seis meses no lo veíamos demasiado porque
también comenzó a atender a sus pacientes en la clínica.
Las palabras de Christine
le hicieron recordar el comentario de Percy Harmon en el sentido de que muchos
médicos, incluso Foley, abandonaban el ejercicio privado de la medicina para ir
a trabajar a la “Clínica Julian”.
-¿Usted estaba aquí cuando
se fue el doctor Foley?
-Lamentablemente, sí. Fue
tremendo porque hubo que llamar a todas las pacientes y volver a darles hora.
-¿No había hecho él un
viaje previamente?
--Creo que sí. Si no
recuerdo mal había asistido a una especie de convención de médicos. Me parece
que en un barco.
-¿Y los doctores
Baumgarten y Stens? ¿Puedo verlos?
-Lo siento. Están los dos
en cirugía.
-No entiendo -protestó
Adam dos horas más tarde, blandiendo los palillos chinos-. ¿Cómo puede ser que
esta mañana estuvieras demasiado descompuesta como para no ácompañarme a
“Arolen” y después hayas podido salir de compras toda la tarde con tu madre?
Jennifer bajó la mirada,
empujando las verduras de su plato. Un rato antes había tratado de explicarle
lo importante que era para ella conversar con su madre, pero Adam no aceptó
pretexto alguno. Ahora, por tanto en vez de responder algo antipático, decidió
no decir nada.
Adam tamborileó con los
dedos sobre la mesa de formica. Desde que se habían enterado del embarazo, ya
no podían hablar sobre nada de forma racional. Adam temía que, si la criticaba
más, ella se echaría a llorar.
-Bueno, olvidémonos de lo
de hoy. Vamos a disfrutar de la cena. Estás hermosa. ¿Ese vestido es nuevo?
Jennifer asintió, y él
supuso que se trataría de un regalo de su madre.
-Es muy bonito -agregó,
pero a ella nada la consolaba.
-El vestido quizá sea
lindo, pero yo estoy horrible. Pensé que el embarazo resaltaría mi femineidad,
pero me siento gorda y fea. -Como Adam no abriera la boca, añadió--: Creo que
mucho tiene que ver con estas horrendas náuseas.
No sé por qué las llaman
“matutinas” cuando me duran el día entero.
Adam le apretó
cariñosamente la mano. Con la esperanza de levantarle el ánimo, comenzó a
relatarle su desastrosa visita al doctor Vandermer. A medida que hablaba, notó
que el rostro femenino iba serenándose.
-Ya te anticipé que tenía
unos modales terribles -comentó ella, sonriendo-. ¿No te dijo nada útil sobre
los mareos?
-No; sólo que ya se te
pasarían, y que andabas muy bien.
Jennifer suspiró.
Regresaron caminando casi en silencio.
Al llegar al apartamento,
ella se fue a la cama y encendió el televisor para ver Dinastía.
Deprimido por su primer
día de trabajo y por el mutismo de su mujer, decidió conectar la computadora.
Buscó “GINEC Asociados”, pensando que debería agregar el nombre del doctor
Smyth, pero con sorpresa comprobó que ya figuraba. Pensó si no se habría equivocado
antes y fue a buscar el impreso con la información sobre Vandermer. Allí no
aparecía Smyth, Buscó entonces los antecedentes de sus socios, Stens y
Baumgarten, y así comprobó que ni Smyth ni Foley eran mencionados en la memoria
de la computadora.
Se mordió el labio. Debía
haber una forma de subsanar esta omisión del programa. ¿O acaso los
programadores se habían olvidado de incluir el mecanismo de control? De ser
así, probablemente tendría que informarlo a “Arolen”.
Intrigado por saber qué
socios figuraban en el programa de Smyth, marcó el nombre del facultativo y en
la pantalla apareció un breve mensaje: “Crucero de Obstetricia y Ginecología
9/9/83. Curso de actualización fijado para 6/5/84, con visita planeada al Centro
de Investigación de Puerto Rico.
Se frotó la comisura de
los labios. Era obvio que la computadora sabía de la existencia de Smyth, pero
al parecer no poseía información sobre él. Adam no podía entenderlo.
Tomó la lista de sus
clientes y comprobó que allí no se mencionaba a Smyth. Supuso entonces que
“Arolen” lo visitaba en la “Clínica Julian” pese a que técnicamente era miembro
de “GINEC Asociados”. Con todo, le resultaba muy extraño.
Desconcertado, decidió
solicitar el informe de Lawrence Foley, pero la máquina imprimió una sola
palabra: “Terminado”.
“Algún programador debe
tener un pésimo sentido del humor”, pensó.
En el curso de las semanas
siguientes aumentó enormemente su eficiencia como vendedor. Siempre y cuando
les atiborrara de muestras gratis, la mayoría de los médicos escuchaba de buen
grado exaltar las virtudes de los productos de “Arolen”. Rara vez cuestionaban
sus afirmaciones o preguntaban sobre posibles efectos colaterales. Adam pudo
promocionar así toda la línea de medicamentos con una sola excepción: el
“Pregdolén”. El artículo de la revista médica y la advertencia de Vandermer le
habían impresionado mucho, y no quería fomentar el consumo de una droga
potencialmente peligrosa.
Por la noche buscó en la
computadora los nombres de los médicos a los que habría de visitar al día
siguiente, pero sólo con el fin de obtener datos necesarios para la venta.
Resolvió no preocuparse
por cualquier posible omisión o inexactitud como la que comprobara en “GINEC
Asociados”.
Después, cuando ya se
había aclimatado a su nuevo trabajo, ocurrió algo que reavivó en él las
sospechas. Había fijado hora para visitar a un grupo de especialistas en
medicina interna, pero cuando llegó al consultorio, la secretaria le informó
que estaban canceladas todas las citas. Uno de los socios acababa de regresar
de un crucero de “Arolen” y había anunciado que abandonaba el ejercicio privado
de la Medicina para irse a trabajar a la “Clínica Julian”. Furiosos, sus
compañeros se veían ahora en apuros para localizar a todos sus pacientes.
Adam se marchó pensando en
un incidente similar que le relatara Percy Harmon. Entonces recordó que todavía
no sabía por qué Percy no lo había llamado nunca. Cuando preguntó en Nueva
Jersey, nadie supo decirle con certeza dónde se encontraba, aunque al parecer
no había viajado a Puerto Rico como era su intención. Sabiendo lo entusiasmado
que estaba su amigo con el curso gerencial, todo esto le resultaba muy
inquietante.
Una tarde en que terminó
temprano las visitas, decidió llegarse hasta la casa central para ver si Bill
Shelly podía responder a alguno de sus interrogantes. Su curiosidad respecto de
los misteriosos cruceros de “Arolen” iba en aumento. Si bien no estaba dispuesto
a trasladarse a Puerto Rico la idea de realizar un seminario médico de cinco
días en el mar le resultaba fascinante. Le haría sentirse como si estuviera de
vuelta en la Facultad, y quizás unas breves vacaciones le sirvieran para
encarar su relación matrimonial desde otra perspectiva. Las náuseas de Jennifer
habían empeorado, y ella pasaba cada vez más tiempo en casa de sus padres.
Cuando intentaba interesarla en su nuevo empleo o convencerla de que debía
llamar a alguna amiga, ella no le prestaba atención.
Eran casi las tres y media
cuando entró en la zona de estacionamiento de la empresa. Shelly le había
anticipado que estaría disponible hasta las cuatro. Un guardia de uniforme
llamó a la oficina de Shelly antes de permitirle a Adam la entrada. Al llegar al
piso del ejecutivo, Joyce, la secretaria de Bill, lo estaba aguardando.
-Es un placer verle, señor
Schonberg. ¿Viene conmigo?
Bill está arriba.
Al fondo del pasillo Joyce
abrió la puerta de un pequeño ascensor, que estaba cerrada con llave. Subió y,
usando la misma llave, marcó el piso veinte. Con sorpresa Adam advirtió que
ascendían por la parte externa del edificio, en una especie de jaula de vidrio.
Como la sensación no le resultó agradable en absoluto, cerró los ojos y no
contempló el paisaje campestre de Nueva Jersey.
Los recibió un hombre de
fornidos músculos, vestido con playera y pantalones color caqui.
-¿Adam Schonberg?
-preguntó, antes de llevar a Adam por un soleado corredor. La pared exterior
estaba acristalada, y Adam se alejó de ella lo más posible. Si bien no le tenía
miedo a la altura, tampoco era algo que le causara placer. Se sintió mejor al entrar
en un salón vacío donde había un televisor, sintonizado en un programa de
noticias.
Al fondo de la sala vio
una piscina, y a un lado, una hilera de pequeños saloncitos para masajes.
El hombre abrió la puerta
que comunicaba con la piscina, pero no entró con Adam. Por un momento la luz le
resultó tan enceguecedora que apenas si pudo ver. Una pared entera era de
vidrio, que en la parte superior se curvaba para formar parte del techo. el
piso era de brillante mármol blanco, y el lavabo mismo era de azulejos de igual
color.
Un hombre solitario nadaba
dando vueltas y más vueltas.
En un momento dado reparó
en la presencia de Adam y se acercó al borde. Llevaba puestas unas minúsculas
gafas y un gorro de goma negra.
-¿No quiere darse un
chapuzón? -propuso Bill Shelly.
Adam negó con la cabeza.
-No traigo mi traje de
baño.
-No le hace falta. Esta es
la hora de los hombres. Vamos, zambúllase. Seguro que Paul puede conseguirle
una toalla.
Adam titubeó. En realidad,
no había motivos para negarse, y la idea de nadar a veintitantos pisos de la
tierra no se le presentaba a diario.
-De acuerdo. ¿Dónde está
Paul?
-Vuelva al vestuario.
Toque el timbre que hay en la pared y Paul aparecerá como un genio.
Así lo hizo Adam. Paul le
suministró un enorme toallón una bata blanca:
Adam se desvistió y se
puso la bata. Al regresar a la piscina pensaba en su cuerpo de un tono blanco
invernal y una vez más se preguntó cómo haría Shelly para mantener su
bronceado. Con una gran timidez se quitó la bata y se zambulló. El agua estaba
helada.
-No calentamos el agua
porque así es más estimulante -le explicó Shelly al advertir su expresión de
sufrimiento.
Después de haber nadado un
rato, Adam se sintió mejor, pero al tratar de imitar las volteretas que daba
Bill, sólo consiguió que se le llenara de agua la nariz. Emergió a la
superficie con un acceso de tos.
Bill se compadeció de él y
sugirió que regresaran al vestuario donde se harían dar unos breves masajes.
-¿Para qué quería verme?
-preguntó Shelly cuando estuvieron tumbados en unas mesas contiguas.
Adam vaciló. Pese a que
Bill siempre era amable con él, no dejaba de lado cierta actitud distante,
propia de los ejecutivos.
-Quería saber algo sobre
los cruceros de conferencias -respondió Adam, al tiempo que Paul le indicaba
que debía ponerse boca arriba-. Mis clientes preguntan siempre por ese tema.
-¿Qué desean saber?
-Quiénes pueden asistir,
cómo se planifican las diversas especialidades, si pueden solicitar información
a alguna persona de la empresa.
-Pueden llamar sin cargo
al número de “MTIC” -aseguró Bill, contrariado. Pensé que me iba a comunicar
que estaba dispuesto a hacer el curso gerencial.
-Todavía no. Sin embargo,
me gustaría ir a uno de esos cruceros. ¿No suelen invitar a visitadores
médicos?
-No. -Bill se levantó y
comenzó a vestirse-. A mucha gente le agradaría ir. Lamentablemente el Fjord no
es un buque demasiado amplio, y de todos modos le resultaría aburrido. Dado que
el objetivo del programa es perfeccionar los conocimientos del médico, la mayor
parte de los sectores de diversión del barco se han transformado en salones de
conferencias.
-Así y todo tendría ganas
de ir.
-Lo siento -afirmó Bill, y
era evidente que estaba perdiendo interés en el tema. Se paró frente a un
espejo para anudarse la corbata-. Creo que lo que más le conviene es dedicarse
por completo al trabajo que se le ha encomendado.
Adam decidió no preguntar
por el momento por los médicos que habían abandonado el ejercicio privado de la
Medicina al regresar de un crucero. Se daba cuenta de que sus preguntas
fastidiaban a Shelly. Se vistió, subieron juntos al ascensor y decidió responder
preguntas, y no formular ninguna más. No obstante, cuando regresaba a Nueva
York, siguió pensando en los extraños hechos que relacionaba con los cruceros
de “Arolen”. Sentía una inquietud particular por la desaparición de Percy
Harmon. Cuando se enteró que su amigo no había viajado a Puerto Rico, lo llamó
a su casa, pero nadie le atendió. Ese mismo día, al entrar en la ciudad por el
túnel “Lincoln”, resolvió pasar por el apartamento de Harmon. A lo mejor algún
vecino sabía dónde se hallaba.
Percy vivía a escasos
metros de la Segunda Avenida. En la placa del portero electrónico, Adam vio el
nombre de Harmon junto al botón del 26 C. Apretó el timbre y esperó.
En la acera de enfrente,
un hombre de arrugado traje azul arrojó su cigarrillo al suelo y lo aplastó con
la punta de su zapato. Miró luego en ambas direcciones y comenzó a cruzar la
calle, al tiempo que se llevaba la mano al bolsillo superior de su chaqueta.
Adam llamó al encargado
del edificio. Casi inmediatamente se oyó un zumbido Que le permitió pasar.
Entró, se acercó hasta la escalera y miró hacia el sótano. Subía, en ese
momento, un hombre sin afeitar, en camiseta.
-¿Qué quiere?
-Busco a Percy Harmon.
-Todo el mundo anda detrás
de él -respondió el portero-. No está, y hace más de un mes que no le veo.
-Siento haberle molestado.
El hombre volvió a bajar
la escalera. Cuando ya se iba a marchar, siguiendo un impulso Adam subió hasta
el segundo piso. Golpeó en el apartamento C. sin resultado. Intentó abrir la
puerta, pero estaba atrancada. Se le ocurrió dejar una nota, pero en ese momento
advirtió una ventana al final del pasillo, que daba a la escalera de incendios.
A pesar de que nunca había
hecho algo semejante en su vida, salió por esa ventana. Intuía que algo le
había sucedido a Percy, y por eso quería espiar su apartamento, para ver si
había indicios de cuánto tiempo hacía que faltaba de su casa.
La escalera de incendios
era vieja y quejumbrosa. Adam procuró no mirar hacia abajo, en dirección al
patio de cemento. Se desplazó sujetándose a la pared del edificio hasta llegar
a la ventana de Percy, que se hallaba entreabierta unos centímetros. Deseando
que nadie lo viese y diera aviso a la Policía, la abrió. Ya que había llegado
hasta allí, no tenía nada que perder si entraba en el dormitorio de su amigo.
Con el corazón en un puño
pasó junto a la cama deshecha y abrió el armario ropero, lleno de ropa. Entró
luego en el baño. el bajo nivel del agua del inodoro le dio a entender que
hacía tiempo que ese artefacto no se usaba.
Cruzó el dormitorio en
dirección al living. Sobre una mesita halló un diario con fecha de hacía siete
semanas. En el fregadero había platos sucios, cubiertos por una pátina de moho.
Resultaba obvio que Percy tenía pensado regresar, y eso era precisamente lo que
Adam temía. Algo debía haberle ocurrido de forma inesperada.
Resolvió llamar a la
Policía. Antes de salir de la cocina, oyó un ruido que le dejó paralizado. Se
trataba del típico sonido de una puerta que se cierra.
Esperó, pero el silencio
era total. Espió el living. La cadena de seguridad de la puerta de entrada se
movía lentamente hacia ambos lados.
Por poco se desmaya. Si
hubiera sido Percy el que quería entrar, ¿por qué se ocultaba? Permaneció
petrificado en la cocina, tratando de escuchar algún otro ruido. Al encenderse
el motor del frigorífico lanzó un gemido de terror. Por último, después de haber
transcurrido por lo menos diez minutos, decidió que todo era producto de su
imaginación. Se dirigió al living y miró hacia el dormitorio. Desde allí
divisaba la ventana que daba a la escalera de incendios. Las cortinas se mecían
por la brisa. Adam calculó que sólo le llevaría un segundo cruzar la habitación
y salir por la ventana.
No alcanzó a realizarlo.
Cuando corría hacia la ventana, una figura surgió del armario sin darle tiempo
a reaccionar y un puñetazo en el abdomen lo tiró al suelo.
CAPITULO
IX
Cuando Jennifer acudió a
“GINEC Asociados” para su revisión mensual, advirtió que en la sala de espera
había menos gente que en anteriores ocasiones. Se sentó en un sofá y tomó una
revista, pero no pudo concentrarse en la lectura. En cambio, se maravilló de
que nada malo le hubiese ocurrido al hijo que llevaba en el vientre durante el
período en que el doctor Vandermer se había ausentado para asistir a una
convención. Supuso que iba a tener alguna pérdida cuando él no estuviera, y
pese a que todavía no se adaptaba a los modales bruscos de su médico, no
deseaba tener que recurrir a otro.
En menos de un cuarto de
hora la habían hecho pasar a un consultorio. Mientras se desvestía para ponerse
la bata de papel, le preguntó a la enfermera si le había ido bien el viaje al
doctor.
-Supongo que sí -respondió
Nancy sin mucho entusiasmo. Le entregó el frasco recolector de orina y le
señaló la puerta del cuarto de baño.
Hubo algo en su tono de
voz que a Jennifer no le cayó bien, pero cuando salió del baño, el doctor
Vandermer ya la estaba esperando.
-Aún no he terminado con
la señora Schonberg -protestó Nancy-. Déjeme unos minutos más, por favor. Me
falta sólo sacarle sangre para el hematocrito, y pesarla.
-Sólo quería saludarla.
-La voz del médico era extrañamente suave, sin su habitual tono de fastidio-:
¿Cómo le va Jennifer? La veo muy bien.
-Será porque me siento
bien -contestó ella, sorprendida.
-Bueno, volveré cuando
haya acabado Nancy. -Cerró la puerta y la enfermera se quedó un momento mirando
en esa dirección.
-Si no lo conociera
-comentó- pensaría que se ha drogado con algo. Desde que regresó actúa de forma
rara. Está mucho más amable con las pacientes, pero hace diez veces más difícil
mi trabajo. Y bueno... -Se volvió hacia Jennifer-. Veamos su sangre y el peso.
Acababa de terminar cuando
entró el doctor Vandermer.
-Ahora sigo yo -dijo él,
con voz apagada-. El peso es normal. ¿Se ha sentido bien en general?
-Todavía no la he
examinado -le interrumpió Nancy.
-No tiene importancia.
¿Por qué no se encarga del hematocrito mientras yo converso con Jennifer?
Nancy lanzó un fuerte
suspiro, tomó los tubos y se retiró.
-¿Cómo le ha ido? -volvió
a preguntar el médico.
Jennifer clavó los ojos en
él. Lo vio apuesto como siempre, pero su rostro estaba desencajado, como si se
sintiese exhausto. También tenía algo distinto en el pelo, más abultado. En vez
de dar la impresión de estar apresurado como de costumbre, parecía tener
verdaderos deseos de enterarse cómo se sentía ella.
-Bastante bien.
-No lo dice con mucha
convicción.
-Bueno, estoy menos
cansada, pero las náuseas de la mañana son peores, a pesar de que cumplo la
dieta.
-¿Qué sentimientos le
provoca este embarazo? A veces las emociones influyen sobremanera en nuestro
bienestar.
Jennifer le miró a la
cara. el hombre parecía sinceramente interesado.
-A decir verdad, tengo
sentimientos confusos. -Hasta ese instante no había querido reconocerlo, ni
siquiera ante su madre. Sin embargo, el doctor no la miraba con desaprobación.
-Esto que me dice es muy
común. ¿Por qué no me cuenta qué siente en lo profundo de su ser?
Alentada por su actitud,
le relató todos los temores respecto de su carrera y de su relación con Adam.
Admitió que en efecto no era el mejor momento para encargar un bebé.
Habló casi diez minutos, y
no lloró sólo por la expresión singularmente inexpresiva que vio en los ojos de
Vandermer.
El hombre se interesaba,
pero de una forma distante.
Cuando hubo concluido,
dijo él en voz baja:
-Le agradezco que haya
confiado en mí. No es bueno guardarse los sentimientos. Más aún, creo que esto
puede tener relación con el hecho de que todavía padezca náuseas, cuando ya
deberían habérsele pasado. Habrá que intentar con alguna medicación. -Se volvió
hacia Nancy, que acababa de volver a entrar en la habitación, y le pidió-: ¿Por
qué no me trae unas muestras de “Pregdolén” del depósito, por favor?
Nancy salió sin abrir la
boca.
-Ahora vamos a examinarla.
el examen incluyó una
ecografía, método según el cual -explicó- se formaban imágenes producidas por
el choque de ondas ultrasónicas contra el tejido fetal. Jennifer no lo entendió
del todo, pero el doctor le aseguró que se trataba de un sistema indoloro e
inocuo tanto para la madre como para el hijo: A pesar de que entró un técnico
para manejar el aparato, Vandermer insistió en realizar el estudio. En una
diminuta pantalla Jennifer vio el contorno de su bebé.
-¿Quiere saber el sexo de
la criatura?
-Tal vez -respondió ella,
que no había pensado en ese detalle.
-No puedo determinarlo con
exactitud, pero si tuviera que precisarlo, diría que se trata de un varón.
Por el momento le daba lo
mismo que fuese varón o nena, pero se preguntó qué pensaría Adam.
El doctor Vandermer se
sentó ante el pequeño escritorio y comenzó a escribir. Mandó salir a Nancy, que
se marchó sin decir palabra, obviamente disgustada de ver que le cercenaban sus
atribuciones.
Jennifer se sentó en la
mesa, sin saber si debía vestirse o no. Por último, el médico le habló frente a
frente.
-Salvo los mareos, en lo
demás la encuentro muy bien.
Tal vez esto le ayude a
cortar las náuseas. -Adelantó unas muestras; pero también hizo una receta-.
Tome una píldora cada ocho horas.
Jennifer asintió,
dispuesta a probar cualquier cosa.
-Ahora bien -continuó el
hombre, con su nueva voz monótona-. Hay dos cosas que querría comentarle.
Primero, que la próxima vez nos veremos en la “Clínica Julian”.
A la muchacha le dio un
vuelco el corazón. Recordó de golpe la imagen de Cheryl en el instante en que
se desplomaba al suelo, en medio de un charco de sangre.
-Jennifer, ¿le pasa algo?
-Voy a recostarme un poco.
Estoy mareada.
Vandermer la ayudó a
tenderse.
-Lo siento mucho. Ya estoy
bien. ¿Por qué tendré que verlo en la “Clínica Julian”?
-Porque he resuelto
ingresar allí -declaró el médico, tomándole el puso-. Ya no me atrae la
medicina privada y le aseguro que como paciente, recibirá en esa clínica el
mejor de los cuidados. ¿Se siente bien?
Jennifer asintió.
-¿Es la primera vez
durante el embarazo que le da un mareo como éste?
-Sí -dijo ella, y pasó a
relatarle la imprevista muerte de su amiga.
-Qué experiencia tremenda
para usted, sobre todo estando embarazada. Felizmente ese tipo de trastorno en
la coagulación es rarísimo, y espero que no culpe de ello a la clínica. Me
enteré de ese caso, y supe también que la señorita Tedesco no había informado
de ciertos detalles de su historia clínica. el abuso de drogas le había causado
problemas hematológicos que no aparecieron en los análisis de rutina. Si
hubiera sido más sincera, seguramente hoy estaría viva. Esto se lo digo para
que no tenga dudas respecto de la clínica.
-Me habían llegado muy
buenas referencias antes de ir allí con Cheryl, y debo reconocer que quedé muy
impresionada con la amabilidad del personal.
-Esa es una de las razones
por las cuales trabajaré ahí. Los médicos no están influidos por la competencia
malsana de la medicina privada.
Jennifer se incorporó,
contenta de comprobar que se le había pasado el malestar.
-¿Ya está bien? -se
interesó el doctor.
-Creo que sí.
-La segunda cosa que
quería tratar con usted es la posibilidad de realizarle un análisis de líquido
amniótico.
Sintió otro leve mareo,
pero esta vez no duró mucho.
-Ha cambiado de opinión.
-Las palabras femeninas fueron una afirmación, no una pregunta.
-Es verdad, al principio
pensé que el problema de su hermano era congénito, o sea, que había habido un
cambio cromosomático después de la concepción. Pero he recibido las placas del
hospital donde él murió, y el laboratorio informa que el problema puede ser
hereditario. Dado que existe esa posibilidad, sería un error no aprovechar toda
la tecnología a nuestro alcance.
-¿El estudio va a
demostrar si mi hijo tiene el mismo defecto?
-De manera contundente.
Pero habría que hacerlo pronto ya que los resultados se demoran varias semanas.
Si esperamos demasiado, será muy difícil hacer algo, caso de que dé positivo.
-¿Hacer algo significa un
aborto?
-Sí. Pese a que las
posibilidades son remotas, creo que habría que considerar tal eventualidad.
-Tendré que hablarlo con
mi marido y mis padres.
Jennifer abandonó el
consultorio nerviosa ante la idea de la amniocentesis, pero satisfecha por la
preocupación que demostraba su médico. Debería comentarle a Adam que había
cambiado rotundamente la impresión que tenía de él.
Adam no llegó a perder
totalmente el conocimiento. Tuvo conciencia de que alguien lo arrastraba al
living y, sin mucha ceremonia, lo depositaba en el sofá. Sintió que le sacaban
el billetero y se lo volvían a poner. Eso le llamó la atención y lo hizo espabilarse.
Tanteó en busca de sus
gafas, y notó que de pronto se las alcanzaban. Sentado frente a él vio a un
hombre corpulento, de traje azul y camisa con el cuello abierto.
-Buenos días -saludó el
desconocido.
Adam se movió. No le dolía
nada, lo cual era asombroso.
-A menos que quiera
acompañarme a la Comisaría, señor Schonberg, le aconsejo que me diga qué estaba
haciendo en este apartamento.
-Nada. --Carraspeó.
-Tendrá que pensar en algo
más convincente -expresó el hombre, encendiendo un cigarrillo.
-Lo mismo podría decir yo
de usted.
El extraño lo tomó de la
pechera de la camisa, y casi lo levanta de su asiento.
-No se pase de listo -le
advirtió, y luego lo soltó.
Muy bien. Empecemos de
nuevo. ¿Qué vino a hacer aquí?
-Soy amigo de Percy
Harmon. Bueno... más o menos. Entré a trabajar en “Arolen Pharmaceuticals” y lo
acompañé un día en sus visitas para familiarizarme con la clientela.
El hombre hizo un mínimo
gesto de asentimiento, como si le estuviese creyendo por el momento.
-Percy quedó en llamarme,
pero como nunca lo hizo, vine a ver si lo encontraba.
-Eso no explica que haya
entrado por la ventana.
-Fue un impulso. Quería
comprobar si le había pasado algo.
El hombre no replicó. Adam
se sentía exhausto por la tensión.
-Me gustaba Percy
-confesó-, y me preocupa su suerte. Tenía que asistir a un curso de
capacitación en Puerto Rico, pero no llegó nunca.
El individuo permanecía en
silencio.
-Es todo lo que sé. Jamás
volví a verlo.
-Le creo -afirmó el sujeto
después de una pausa.
--Gracias -dijo Adam,
aliviado.
El hombre apagó el
cigarrillo, extrajo una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y se la
extendió. Decía: “Robert Marlow, investigador privado”. En la esquina inferior
izquierda figuraba un número de teléfono.
-Hace un mes y medio
Harmon salió de un restaurante japonés en Fort (Nueva Jersey), y nunca volvió a
su casa.
La familia me contrató
para que averiguara su paradero.
He estado vigilando el
apartamento. A excepción de dos mujeres, usted ha sido el único que ha
aparecido por aquí.
-¿Tiene idea de lo que
pudo haberle ocurrido?
-Ni la más mínima, pero si
llega a enterarse de algo, le agradecería que me avisara.
Aún se sentía conmocionado
al regresar a su apartamento vacío, la ausencia de Jennifer le daba fastidio.
Estaba enojado y quería hablar con ella, pero suponía Que debía haber vuelto a
salir con su madre. Se tiró en la cama y puso la televisión. Poco a poco
comenzó a serenarse.
Al rato oyó que se cerraba
la puerta de entrada, y por un instante pensó gue estaba de vuelta en casa de
Percy Harmon.
-Qué bien -bromeó
Jennifer-. Descansando en horas de trabajo.
El no respondió.
-¿Qué te pasa?
-Me imagino que habrás
estado en Englewood -le espetó Adam.-
Jennifer se quedó
mirándole, sin ganas de soportar su mal humor. Era injusto tener que
disculparse por haber visitado a sus padres.
-Sí, estuve en casa.
-Ya me lo suponía.
-¿Y eso qué significa?
-Nada en particular.
-Mira -dijo ella,
sentándose en el borde de la cama-, tenía motivos para ir. el doctor Vandermer
me sugirió la necesidad de realizar una amniocentesis, y fui a conversar de ese
tema con mis padres.
-Qué bonito. Lo hablas con
ellos y no conmigo, pese a que el hijo es nuestro.
Sabía que no podía
comentarlo contigo durante el día explicó Jennifer, tratando de no perder la
paciencia-.
Y por supuesto que pensaba
hablarlo contigo, pero tam-
bién quería hacerlo con mi
madre porque ella experimentó el trauma de haber dado a luz un niño mongólico.
-Sigo pensando que la
decisión es de nosotros.
Adam apoyó los pies en el
suelo, consciente de que su reacción era injusta.
-Conforme.
-Además, Vandermer te
había dicho que no hacía falta el análisis de líquido amniótico.
-Es verdad. Pero hoy me
explicó que, después de haber visto las radiografías de mi hermano, opina que
debería hacérmelo.
Adam se levantó y se
desperezó. Por lo poco que sabía de genética, consideraba que no era necesario
practicarle ese estudio.
-Tal vez deberías buscar
una segunda opinión.
Cuando estuve buscando un
buen ginecólogo, me recomendaron a Herbert Wickelman.
Jennifer meneó la cabeza.
-No tengo por qué ver a
otro porque sólo serviría para confundirme. Estoy contenta con Vandermer y le
tengo confianza, en especial ahora, que su trato ha cambiado tanto.
-¿A qué te refieres?
-Desde que volvió del
simposio médico se interesa más, me dedica más tiempo. No está tan apresurado.
-¿Has notado algún otro
cambio en él?
-Dice que se cansó del
ejercicio privado de la medicina
-respondió ella, al tiempo que se desvestía y enfilaba hacia el baño-.
Ha decidido ingresar en la
“Clínica Julian”, y desde ahora en adelante tendré que ir a verlo allí. -Adam
se dejó caer muy despacio sobre la cama-. Nunca pensé que.-regresaría a esa
clínica después de lo que le pasó a Cheryl, pero Vandermer sostiene que es
excelente. A mí también me impresionó muy bien el personal.
Adam oyó el ruido del agua
de la bañera. No sabía qué decir. No le había mencionado nada a Jennifer sobre
la desaparición de Percy ni sobre las demás sospechas que le suscitaba
“Arolen”, pero ahora que Vandermer se hallaba comprometido, sabía que algo tenía
que hacer. Se dirigió al cuarto de baño, donde Jennifer se estaba lavando la
cara.
-Insisto en que pidas una
consulta con el doctor Wic-
kelman. Y no me gusta la
idea de que Vandermer entre en la “Julian”.
Jennifer le miró
sorprendida. Ultimamente Adam se comportaba de una manera extraña.
-Lo digo en serio -añadió
él, y en ese momento divisó
un frasquito conocido en
el borde del lavabo-. ¿Qué diablos es esto?
Lentamente Jennifer colgó
la toalla.
-Te he hecho una pregunta.
-Creo que la respuesta es
obvia. “Pregdolén” para las
náuseas. Y ahora, si me permites... -Se
encaminó al dormitorio, pero él la aferró del brazo.
-¿De dónde lo has sacado?
-gritó, blandiendo el frasco.
-Me lo dio el doctor
Vandermer.
-Imposible. El jamás
recetaría ese producto.
Jennifer dio un tirón para
liberar su brazo.
-¿Acaso sugieres que
miento?
Adam regresó al baño y
vació unas cápsulas en la palma de su
mano. En efecto, se trataba de “Pregdolén”.
-¿Me oíste? No quiero que
ingieras esta medicina.
-Voy a seguir las
instrucciones de mi médico. Desde que empecé a tomar este remedio, hoy he
tenido el primer día sin náuseas en varios meses. Y no te olvides de que fuiste
tú quien me recomendó al doctor Vandermer.
-Bueno, pero te prohibo
que vuelvas a verlo. -Tomó el bolso de
su mujer, buscó dentro y en el acto advirtió las demás muestras del medicamento.
-¡Me gusta el doctor
Vandermer y tengo confianza en él! -gritó Jennifer, tratando de recuperar su
bolso-. ¡Devuélveme el bolso!
Adam sacó las muestras
antes de entregárselo.
-¡No quiero que ingieras
esta medicina porque es peligrosa!
-el doctor Vandermer no me
la recomendaría si lo fuera; por lo tanto, la voy a tomar. Al fin y al cabo, la
que tiene náuseas soy yo, no tú. Además, ten presente que no eres médico. En
realidad, en este momento lo único que eres es un visitador.
Adam abrió las muestras
mientras levantaba la tapa del inodoro con un pie.
-¡Dame esos medicamentos!
Adam vació el contenido
del primer frasco.
Desesperada, ella le
arrebató un frasco y corrió al dormitorio. Adam fue tras ella, y por un
instante quedaron frente a frente. Luego Jennifer intentó encerrarse en el
baño, pero él logró colocar un pie para impedir que cerrara la puerta. Jennifer
retrocedió hasta la bañera, ocultando el remedio a sus espaldas.
-Dame el “Pregdolén”.
Ella le dijo que no con la
cabeza. Respiraba con un jadeo.
-¡Muy bien! -Adam estiró
un brazo y, con brusquedad, le retiró las manos de la espalda.
-¡No!
Uno por uno fue abriéndole
los dedos, le sacó el frasquito y arrojó el contenido en el inodoro. Jennifer
comenzó a propinarle golpes en la espalda. Para protegerse, Adam alzó la mano
derecha, y accidentalmente le pegó en la cabeza. El impacto la envió contra la
pared, momentáneamente aturdida.
Vació el resto de las
muestras e hizo correr el agua.
Luego se volvió para pedir
disculpas a su mujer, pero ella estaba tan furiosa que no quería escucharle.
-No eres mi médico
-gritó-. Estoy harta de sentirme mareada todo el día, y si él me receta algo
para sentirme mejor, lo voy a tomar.
Entró precipitadamente en
el dormitorio y bajó una maleta del ropero.
-¿Qué haces? -preguntó
Adam, aunque era obvia la intención de Jennifer. Sin abrir la boca, ella
comenzó a introducir ropa en la maleta.
-Jennifer, podemos tener
desavenencias sin necesidad de que huyas.
La joven se giró para
mirarlo, con las mejillas encendidas.
-Me voy de casa: Estoy
cansada, no me siento bien necesito descanso y no estas peleas.
-Jennifer, te amo. Ese
remedio te lo saqué sólo para proteger a nuestro hijo.
-No me importa por qué lo
hiciste. Me hace falta alejarme unos días. -Tomó el teléfono, llamó a su padre
y quedó en que llegaría en taxi a su oficina, para que él luego la llevara a su
casa.
-Jennifer, por favor, no
te vayas. -Ella no quiso mirarlo, cerró la maleta, tomó el bolso y se marchó.
Ya solo, tardó unos
minutos en cobrar conciencia de que de veras se había ido. Turbado, entró en el
living y se sentó frente a la computadora. La enchufó, se conectó con la unidad
principal de “Arolen” y solicitó el archivo de Vandermer. Deseaba comprobar si
el doctor había modificado sus hábitos
en cuanto a los fármacos que solía recetar, pero la pantalla permaneció en
blanco, a excepción de un simple mensaje: “Se trasladó a “Clínica Julian”.
Se preguntó, también muy
impresionado, si se habrían eliminado otros archivos de la computadora. Tomó
los impresos que en su día le suministró McGuire y le pidió a la máquina que
enumerara los médicos incluidos en su zona.
Verificó entonces que no
sólo se había eliminado a Vandermer si no también a seis colegas más.
Marcó luego el nombre de
cada uno de ellos. ¡Ninguno tenía archivo! En cuatro casos se informaba: “Curso
de actualización fijado para...”, dando a entender que si un médico emprendía
el crucero de “Arolene” ya no debía ser visitado más por los promotores. Otros
dos figuraban como Vandermer: “Se trasladó a “Clínica Julian”.
Más confundido que nunca,
solicitó a la máquina que enumerara a todo el personal de la clínica.
Obediente, la computadora suministró una larga lista. Adam fue leyendo los
nombres y se detuvo en seco al llegar a la mitad: ¡el doctor Thayler Norton!
¿Qué diablos hacía en la “Jufian” el jefe de Medicina Interna de la
Universidad?
La idea de que el viejo
cascarrabias renunciara a su cargo en la Universidad era impensable. Se
preguntó entonces si no habría realizado últimamente un crucero de
conferencias.
Decidió buscar informes
estadísticos sobre dicha clínica.
Descubrió así que, de los
seis nuevos médicos que habían ingresado, cuatro eran especialistas en
obstetricia y ginecología. A lo mejor eso quería decir algo. Durante media hora
más planteó interrogantes a la máquina, pero la mayoría de las veces se le contestaba
que su código de acceso no estaba reconocido para la información que requería.
Cambiando de táctica, preguntó cuántos estudios de amniocentesis se habían
practicado en la clínica durante el año anterior. La respuesta fue: 7,112.
Cuando quiso saber cuántos habían dado como resultado una anormalidad del feto,
de nuevo la computadora rechazó su código de acceso. Por último preguntó
cuántos abortos terapéuticos se habían efectuado durante el mismo período:
1,217.
Totalmente desconcertado,
apagó la máquina y se fue a la cama, donde pasó la noche enfrentándose en
sueños a una Jennifer indignada.
CAPITULO
X
A la mañana siguiente
sintió tanto fastidio de no encontrar a Jennifer en la cama, que se fue del
departamento sin molestarse siquiera en tomar un café. A las ocho y media se
paseaba inquieto frente a “GINEC Asociados”, esperando que abrieran. Apenas vio
a Christine tocó el timbre.
-Hola, Adam Schonberg.
Le pareció un signo
alentador que ella recordara su nombre. Se a_ justó el nudo de su corbata y,
con la sonrisa más sincera que consiguió esbozar, dijo:
-Andaba por el barrio y se
me ocurrió pasar por aquí para que me contara las últimas aventuras de D. J.
-Está fantástico -elogió
Christine a su niño-. De hecho, el viernes...
Adam no le prestó atención
puesto que quería poner en orden sus pensamientos. Cuando la joven hizo una
pausa para respirar, preguntó:
-¿Qué posibilidades hay de
que pueda ver al doctor Vandermer?
-Se encuentra en la
“Clínica Julian”.
-¿Ya se fue?
-Sí. Esto es un desastre.
Ayer fue el último día que vino, a pesar de tener cientos de pacientes citadas
para los próximos seis meses. Voy a estar clavada al teléfono desde ahora hasta
Navidad.
-¿De modo que fue algo
inesperado?
-No tanto. Regresó de su
crucero y le avisó a los doctores Stens y Baumgarten que se marchaba porque
estaba cansado de la Medicina privada.
Era exactamente lo que
Percy había comentado acerca de Foleyn, pensó, cuando Christine se giraba para
atende.r una Illamada.
-¡Qué lío! -dijo luego de
cortar-. Y las pacientes enojan conmigo.
-¿el doctor Vandermer se
comportaba de manera extraña al volver del crucero?
-Yo diría que sí -repuso
ella con una risita-. Nada de lo que hacíamos le parecía bien. Nos volvió locos
a todos, aunque en cierto sentido le noté mucho más considedo. Antes sus
modales eran algo bruscos.
Recordando su propia
entrevista con el doctor, pensó que brusco era una descripción benévola de su
temperamento
-Lo más insólito
-prosiguió la muchacha- es que el socio de Vandermer, el doctor Foley, hizo lo
mismo, y en aquella ocasión el doctor Vandermer se puso furioso, sin embargo,
el caso del doctor Foley no fue tan tremendo porque quedaban cuatro colegas
para repartirse las pacientes.
Ahora hay sólo dos, ya que
el pobre doctor Smyth sigue internado por su enfermedad mental.
-¿Qué clase de enfermedad?
-No sé su nombre, pero se
trata de un problema de nervios. Recuerdo cuando le dio. -Bajó la voz como
estuviera por relatarle un secreto-. Procedía en forma normal, y al minuto
siguiente empezaba a hacer muecas grotescas.
Entró una mujer que se
acercó al mostrador de recepción. Adam se alejó unos pasos pensando que el
problema de Smyth era similar al de discinesia tardía que le ha tocado exponer
en su clase de la Facultad. En ese caso se trataba de una reacción inesperada
producida por tranquilizantes.
-¿No sabe si el doctor
Smyth padecía de algún desorden psíquico? -preguntó, cuando la paciente hubo
tomado asiento.
-No lo creo. Era uno de
los médicos más agradables joven, se parecía bastante a usted. De pelo oscuro,
rizado.
-¿Dónde está internado?
-En el hospital de la
Universidad, pero me comentó una de las enfermeras que ahora lo trasladaban a
la “Clínica”. Empezó a sonar el teléfono.
Una última pregunta -dijo
Adam-. ¿Foley y Smyth fueron a un crucero de conferencias como el doctor
Vandermer?
-Creo que ambos -respondió
Christine, levantando el auricular-. “GINEC Asociados” -¿Puede aguardar un
ra†o? -Se volvió hacia Adam para sugerirle-: ¿No queríd ver a los doctores
Stens o Baumgarten?
-Hoy no. En otro momento
quizá, cuando las cosas estén más tranquilas. Saludos a D. J.
Al salir del consultorio,
pensaba que ya no debía hacer caso omiso de las extrañas coincidencias
vinculadas con la “Clínica Julian”. ¿Por qué razón tantos médicos habían
abandonado intempestivamente la Medicina privada para irse a trabajar allí? ¿Y
por qué Vandermer había decidido de pronto recetarle “Pregdolén” a Jennifer?
Por desagradable que sea una nueva entrevista, creía que no le quedaba más
alternativa que enfrentarse con el ginecólogo. Tenía que convencerle de que no
medicara a Jennifer o, de lo contrario, que renunciara a tenerla de paciente.
Sabía que no tendría que convencer a su mujer por sí mismo para que cambiara de
médico.
Al aproximarse al límite
sur de Harlem, divisó la clínica, que descollaba en medio de los edificios de
la zona: Mientras admiraba su fachada acristalada, pensó que el diseño debía
pertenecer a los mismos arquitectos que construyeron la casa matriz de “Arolen”.
La clínica parecía una visión del siglo XX enclavada en un barrio de doscientos
años de antigüedad, a unos cincuenta metros encontró un lugar donde aparcó.
Llevó su maletín por si debía simular una visita por motivos de trabajo y subió
la escalinata de acceso.
Apenas entró se disiparon
sus recelos. Había planeado atravesar el vestíbulo y dirigirse al sector de
Obstetricia y Ginecología como si fuera un integrante del personal. Por su
experiencia como estudiante de Medicina sabía que, si una persona procede como
si es de la casa, podía ingresar en cualquier sector del edificio. En cambio,
el sereno ambiente la “Julian” le hizo cambiar de opinión. Enfiló directamente
hasta el amplio mostrador de informaciones y preguntó si podía hablar con el
doctor Vandermer.
-Por supuesto -respondió
la empleada. Tomó un teléfono y transmitió el recado-: El doctor está en la
clínica -anunció, sonriente-. ¿Sabe cómo llegar a Ginecología?
-¿Por qué no le pregunta
al doctor si tiene unos minutos para verme? Quisiera hablarle sobre mi mujer.
-Desde luego que lo verá
--dijo ella, como si Adam hubiese perdido el juicio-. Voy a llamar a uno de los
asistentes.
Apretó un timbre y
apareció un joven de camisa azul y pantalones blancos. La secretaria le dio las
instrucciones. Junto con el muchacho, Adam atravesó un largo pasillo central,
pasando por un puesto de flores, una librería y un bonito bar.
-Es un edificio grandioso
comentó.
-Si -respondió,
mecánicamente, el joven.
Lo observó con atención.
Tenía cara ancha, inexpresiva.
Fijándose bien, daba la
impresión de estar drogado; probablemente fuese un enfermo psíquico. Muchos
pacientes crónicos trabajaban en hospitales porque esos sitios los hacían
sentirse más seguros de si mismos.
El asistente lo dejó en un
salón que más se asemejaba a un living que a la sala de espera de una clínica:
Había un sofá, dos sillones y un pequeño escritorio. “Qué extraña clínica”
pensó Adam, al tiempo que se acercaba a la ventana. Los cristales oscuros
conferían un tinte particular a las casas de enfrente. Tuvo la sensación de
estar contemplando una fotografía vieja.
Regresó al sofá y comenzó
a hojear una revista. Minutos más tarde se abrió la puerta y entró el doctor
Vandermer.
Adam se puso prestamente
de pie.
El hombre tenía un aspecto
imponente, sobre todo con su chaqueta blanca almidonada, pero le pareció menos
hostil que en su primer encuentro.
-Adam Schonberg, bien
venido a la “Julian”.
--Gracias -respondió Adam
aliviado, pero al mismo tiempo sorprendido por la cordialidad del médico-. Me
extraña verlo aquí. Pensé que estaba muy contento con su consultorio privado.
-Eso era en otra época. La
medicina pagada pertenece al pasado. Aquí tratamos de mantener bien al paciente
en vez de sólo curarlo cuando enferma.
Advirtió que la voz del
médico poseía cierta inflexión monocorde, como si el hombre estuviera recitando
de memoria.
-Quería hablarle de
Jennifer.
-Eso supuse, y por eso le
he pedido al genetista Que venga.
De acuerdo. Pero primero
deseaba hablarle del “Pregdolén”.
¿Han desaparecido las
náuseas a su esposa?
Dice que sí.
Lo que me sorprende es que
usted se lo haya recetado.
-Existe una cantidad de
fármacos en el mercado, pero considero que el “Pregdolén” es el mejor.
Generalmente no recetaría medicamentos para las náuseas matutinas, pero las de
su mujer se habían prolongado ya demasiado.
-Pero, ¿por qué
“Pregdolén”, en especial después del artículo tan crítico que publicó el New
England Journal?
-Ese fue un estudio mal
hecho ya que no utilizaron los vitroles adecuados.
Como no estaba dispuesto a
enfrentarse abiertamente, comentó -Sin embargo, la última vez que conversamos
usted dijo que el “Pregdolén” era peligroso. ¿Qué le ha hecho cambiar de
opinión?
-El doctor movió la
cabeza, intrigado.
-Nunca dije que fuera
peligroso. Hace años que lo vengo recetando.
-Recuerdo perfectamente...
-Adam se interrumpió al ver que ingresaban otros dos médicos en la sala. Uno
era delgado, alto, canoso, y se lo presentaron como el doctor Benjamin Starr,
el genetista de la clínica.
-El doctor Starr y yo
comentamos esta mañana el tema de su esposa.
-En efecto convino Starr,
y ofreció una minuciosa descripción del caso. Su voz poseía el mismo tono
monocorde de Vandermer, y Adam se preguntó si todos los médicos de esa clínica
no estarían buscando su propia muerte con el exceso de trabajo.
Trató de comprender lo que
decía Starr, pero el hombre parecía empeñarse en hablar en un lenguaje sólo
para entendidos. Como no captaba las razones dadas para justificar la
amniocentesis, decidió que estaba perdiendo el tiempo.
Tenía la sensación de que
los dos médicos se habían propuesto confundirlo. En la primera oportunidad que
se le presentó, anunció que tenía que marcharse. El doctor Vandermer le invitó
a almorzar en la cafetería, pero Adam in jsistió en que debía irse.
Jennifer tenía razón:
Vandermer había cambiado, y eso a Adam le ponía nervioso. Más aún, a toda la
clínica le notaba algo falso. Al contemplar las habitaciones bellamente
decoradas comprendió por qué ese sanatorio gozaba de tanta fama. Parecía el
hospital ideal, casi demasiado hermoso y, para él, levemente siniestro.
De vuelta en el coche,
vaciló antes de ponerlo en marcha.
No le cabía la menor duda
de que, en la ocasión anterior, Vandermer le había hablado sobre la
peligrosidad del “Pregdolén” y toda esa retórica supercientífica respecto de la
necesidad de realizarle una amniocentesis a Jennifer lo alarmaba. Al estar ella
secuestrada en casa de sus padres, Adam se sentía con las manos atadas. De lo
único que estaba seguro era de que no deseaba que Jennifer tomara el
“Pregdolén”, lo cual quería decir que no deseaba que siguiera atendiéndola el
doctor Vandermer. El problema era que ella obviamente confiaba en su médico, y
no quería cambiarlo por otro.
Reconoció que su mujer
tenía razón en dos cosas: él no era médico y no sabía nada de Obstetricia.
Comprendía que, si pretendía hacerle cambiar de idea, primero tendría que
informarse sobre el tema.
Como no halló sitio donde
aparcar en varias manzanas a la redonda del hospital universitario, dejó el
“Buick” en la zona de aparcamiento del mismo hospital. El recepcionista lo
reconoció y le prestó una chaquetilla blanca.
Pidió en la biblioteca los
textos más modernos sobre Obstetricia y buscó el tema de los mareos matutinos y
la amniocentesis. Cuando hubo terminado, consultó el capítulo relativo a
fetoscopia -la visualización del feto dentro del útero-, y contempló maravillado
las imágenes del aspecto que debía presentar su hijo a esa altura de su
desarrollo.
Devolvió los libros y se
encaminó al hospital. Después de las mullidas moquetas y la pintura reluciente
de la “Clinica Julian”, el hospital universitario le hizo recordar el Infierno
del Dante. Reinaba una dulce monotonía, con la pintura llena de desconchones y
los suelos con las baldosas que se movían. Las enfermeras y demás asistentes
parecían siempre apresurados, y la expresión de sus rostros daba a entender que
para ellos el bienestar psicológico de los pacientes no era la máxima
prioridad.
Subió al noveno piso,
destinado al sector de Neurología.
Fingiendo ser aún
estudiante de Medicina, enfiló hacia el puesto de las enfermeras y se colocó
frente al casillero de las gráficas. Había tres enfermeras, dos encargados del
pabellón y un residente conversando por allí, pero ninguno lo miró.
La gráfica correspondiente
al doctor Stuart Smyth se haya en el casillero de la habitación 966. Después de
lanzar miraditas furtivas en dirección a las enfermeras, tomó el historial
clínico y entró en un cuartito de lectura. Había un médico, pero se encontraba
al teléfono, concertando una cita para jugar al tenis. Entonces, tomó asiento
frente a un escritorio.
Curiosamente, el
diagnóstico de Smyth era discinesia pero al leer la información se enteró de
que no tenía antescedentes de haber ingerido psicotrópicos. Se consignaba que
la causa de la enfermedad era desconocida, y casi todo lo utilizado hasta el
momento eran intentos de aislar un virus, el único estudio positivo era el
electroencefalograma, el residente había escrito que los resultados, si bien
mostraban leves anormalidades no eran específicos. En resumidas cuentas, a
Smyth se le había extraído sangre para múltiples estudios, sin que se hubiera
descubierto aún el origen de sus problemas. Hacía dos meses y medio que
ingresaba y salía del hospital. Pero se había notado cierta mejoría, aunque
nadie podía explicar la razón.
Volvió a poner la gráfica
en su lugar y se encaminó a la habitación 966. A diferencia de otros cuartos,
la puerta de éste se hallaba cerrada. Llamó. Después de oír algo parecido a
-¡Pase!e, abrió y entró.
Stuart Smyth estaba
sentado cerca de la ventana, rodeado de libros y otras publicaciones. Levantó
la vista y se acomodó unas gafas sin montura.
Inmediatamente comprobó
que la observación de Christine respecto del parecido entre ambos era verdad,
lo cual le causó un gran placer ya que Smyth era un hombre apuesto.
Se presentó como
estudiante de Medicina y Smyth, que de tanto en tanto contraía el rostro en una
especie de rictus, lo invitó a sentarse y le explicó que trataba de aprovechar
su reclusión para repasar todo lo publicado sobre Obstetricia y Ginecología. Costaba
entender sus palabras debido a que los espasmos también le afectaban la lengua
y los labios.
Pese a su impedimento, el
hombre estaba ansioso por tener compañía, y no se mostró cohibido lo más mínimo
por su enfermedad. Adam aguardó pacientemente a que contara todos los detalles,
la mayoría de los cuales ya había visto en su historial. Como no nombró el
crucero de “Arolen”. se propuso sonsacarle el tema mencionándole que Vandermer
era el médico de Jennifer.
-Es un gran profesional
-dijo Smyth.
-Me lo recomendó uno de
los residentes de Obstetricia. Parece que atiende a mucha gente del hospital.
El doctor Smyth asintió.
-¿Se ha enterado de que
acaba de regresar de un crucero de “Arolen”?
Smyth hizo gestos de
asentimiento, y el rostro se le contrajo.
-¿Nunca fue usted a uno de
esos cruceros?
el libro que el enfermo
tenía en el regazo se le cayó al suelo, el hombre se agachó para recogerlo,
pero cuando empezó a hablar, la lengua no le ayudó, y terminó simplemente
afirmando con la cabeza.
Temeroso de cansarlo con
más preguntas, Adam se puso de pie para marcharse, pero el doctor le hizo
gestos de que se sentara. Era obvio que deseaba seguir conversando.
-Esos cruceros son una
maravilla -consiguió articular, por fin-. Yo fui a uno hace seis meses y debía
emprender otro esta semana. Esta vez me invitaron a detenerme en Puerto Rico.
Tenía muchas ganas de hacerlo, pero ya está visto que me será imposible.
-Cuando le den de alta,
seguramente podrán fijarle una nueva fecha.
-A lo mejor. Es muy
difícil obtener reservas, sobre todo para Puerto Rico.
Acto seguido le preguntó
por la “Clínica Julian”. Smyth pronunció varios adjetivos elogiosos, pero luego
le atacó una serie de contorsiones tan intensas que se vio obligado a hacerle
señas a su visitante para que se marchara.
Adam pensó en regresar al
cabo de unos minutos; no obstante, como se había atrasado tanto en sus visitas
de promotor médico, decidió irse a trabajar. Por más sospechas que le provocara
el laboratorio, no deseaba que lo despidieran.
Volvió a su apartamento
poco después de las seis y lo encontró en el mismo desorden en que lo había
dejado. La nota que decía: “Bienvenida a casa. Perdóname. Te quiero” seguía aún
en el suelo, junto a la puerta, donde él la pusiera.
Abrió el refrigerador y
recordó que estaba vacío, por lo que debería salir a comer. Antes de irse marcó
el número de sus suegros, con la esperanza de que lo atendiera Jennifer,
lamentablemente fue la madre la que respondió.
-¡Qué alegría oírte!
-exclamó la señora.
-¿Está Jennifer?
-Estuvo tratando de
ponerse en comunicación contigo desde esta mañana temprano.
-Me fui a trabajar
-explicó, feliz de que Jennifer hubiera intentado hablar con él.
-Me alegro. Te comunico
que esta mañana le hicieron la amniocentesis y todo ha ido sobre ruedas.
-Casi suelta el auricular.
-¡Dios mío! ¿Cómo está ella?
-Bien, aunque no
precisamente gracias a ti.
Dígale que se ponga, por
favor.
-Lo siento -se disculpó la
mujer, con voz que parecía sentirlo en absoluto-, pero está durmiendo. Cuando
se despierte le avisaré que has llamado.
Un chasquido le indicó que
su suegra había cortado.
Adam contempló el
auricular como si éste tuviera la culpa de su amargura. Trató de contenerse y
colgó, pero de momento le acometió todo el miedo que sintiera ese día, al
abandonar la “Julian”. ¿Por qué diablos Vandermer no le había mencionado que
Jennifer se hallaba en la clínica en ese mismo momento?
CAPITULO XI
A la mañana siguiente se
despertó consumido por la ansiedad ya que Jennifer no le había llamado. Después
de afeitarse, comenzó a pasearse por el dormitorio. ¿Qué estaba sucediendo en
la clínica? Le aterraba la idea de que Vandermer, a quien notaba cuidadosamente
mecánico, continuara atendiendo a Jennifer, pero no sabía cómo impedir que ella
siguiera yendo a su consulta. Si supiera por qué los médicos cambiaban tanto al
regresar de los cruceros... Si pudiese embarcarse él en uno, quizá lograría
convencerla de que Vandermer era peligroso.
Smyth le había dicho que
su barco partía esa misma semana desde Miami. Se preguntó entonces qué
sucedería si se presentara él en su lugar.
-¡Me echarían a la mierda!
-expresó en voz alta.
De pronto dejó de
pasearse, fue al living y conectó la computadora. Cuando transmitió el teléfono
al módem tenía ya la certeza de estar en lo cierto.
Tecleó como lo hacia
habitualmente -con dos dedos- el nombre de Stuart Smyth, y la pantalla le
informó que el doctor debía emprender un curso de actualización en un segundo
crucero que partía ese mismo día.
Mientras se vestía tomó la
decisión. Christine había dicho que ambos se parecían, y él mismo lo había
comprobado. Tomó el teléfono y se comunicó con Miami para oír la información.
Le pidió a la operadora el número de “Arolen”, y ésta le informó con voz nasal
que no figuraba en sus listas.
Luego se le ocurrió otra
idea. Esta vez preguntó “Jord”, sin suerte. Había una segunda agencia de
viajeros, pero no debía ser la que él buscaba.
Tomó la chaqueta a rayas y
la llevó a la cocina. La plancha se hallaba sobre el refrigerador, y la conectó
en el enchufe más próximo al fregadero. Dobló una toalla de baño a lo largo, y
la colocó sobre la mesita de la cocina y atacó las arrugas más rebeldes de la
chaqueta. Fue entonces cuando le vino la inspiración de llamar a “MTIC”.
No figura “MTIC” en la
guía -sostuvo la operadora-, pero sí aparece “Líneas Marítimas MTIC”.
Lleno de júbilo, copió el
número e intentó comunicar.
Cuando le atendió una voz
femenina, se presentó como el Stuart Smyth y preguntó si aún lo esperaban para
el crucero que zarpaba ese día. Adujo que su secretaria se olvidado de
confirmar la reserva.
-Un momento, por favor.
-Adam oyó el tenue sonido de teclado de computadora-. Sí, aquí está. Stuart
Smyth, de la ciudad de Nueva York. Completa usted el grupo de obstetras y
ginecólogos. Debe presentarse a bordo a más tardar a las dieciocho horas..
-Gracias. ¿Necesito llevar
pasaporte?
--Cualquier tipo de
identificación basta; es sólo para probar su ciudadanía.
-Gracias -dijo Adam, y
colgó. ¿Cómo diablos iba a conseguir prueba de la ciudadanía de Smyth?
Se sentó diez minutos al
borde de la cama mientras trataba de tomar una decisión. Salvo el problema del
pasaporte, la idea de hacerse pasar por Smyth en un crucero de “Arolen” le
atraía sobremanera. Sabía con certeza que, para poder cambiar la opinión que
Vandermer le merecía a Jennifer tendría que demostrar fehacientemente su
inestabilidad y el mejor modo de lograrlo le pareció que era ir a uno de esos
cruceros.
Pero, ¿cómo haría para
representar a un obstetra? ¿Y si se topaba en el barco con amigos personales de
Smyth? Impulsivamente resolvió intentarlo de todos modos. ¿Qué podía perder? Si
se encontraba con algún amigo de Smyth le diría que éste lo había enviado en su
lugar. Y si lo descubrían los de “Arolen”, simplemente aduciría que no podía
trabajar bien como visitador médico si no contaba con más información. Lo peor
que podía pasarle era que lo despidieran.
Después de haber tomado
esta decisión, puso manos a la obra. Llamó primero a Clarence McGuire para
avisarle que un problema familiar le obligaría a ausentarse unos días de la
ciudad. Clarence se mostró comprensiva, deseándole que se solucionaran pronto las
cosas.
La siguiente llamada fue a
las empresas de aviación para averiguar qué vuelo podía tomar a Miami. Había
gran variedad de horarios para elegir en “Eastern” o “Delta”.
Por último hizo acopio de
coraje para llamar a Jennifer.
Sintió que se le secaba la
boca al oír el sonido del timbre telefónico. Atendió su suegra.
Haciendo gala de la mayor
afabilidad, preguntó si podía hablar con su mujer.
-Voy a ver si está
despierta.
Con alivio, oyó el saludo
de Jennifer.
-Perdona que te haya
despertado.
-No estaba dormida.
-Jennifer, te pido
disculpas por lo de la otra noche. No sé qué me pasó, pero quiero que vuelvas a
casa. El único problema es que tengo que irme unos días de la ciudad por
motivos de trabajo.
-Entiendo.
-Preferiría no
explicártelo ahora, pero lo mejor será que te quedes unos días con tus padres.
-Supongo que te irás a
Puerto Rico.
-No.
-¿Adónde, entonces?
-No puedo decírtelo en
este momento.
-Está bien, como quieras.
Dicho sea de paso y por si te interesa, ayer me hicieron la amniocentesis.
-Lo sé.
-¿Cómo te enteraste? Traté
de llamarte desde las siete de la mañana, pero no te encontré en ningún
momento.
Adam se dio cuenta de que
la madre no le había dicho que la había llamado la noche anterior. Conseguir
que su mujer volviera con él iba a ser una ardua tarea.
-Bueno, que lo pases bien
en tu viaje -manifestó Jennifer en tono indiferente, y cortó sin darle tiempo a
confesarle cuánto la quería.
Jennifer colgó
preguntándose qué podía ser tan importante como para que Adam la abandonara en
un momento tan difícil. Debía tratarse de Puerto Rico; sin embargo, él nunca le
había mentido.
-¿Alguna novedad? -quiso
saber la señora de Carson.
Jennifer se volvió para
mirar de frente a sus padres.
-Adam se va de viaje.
-¡Qué gentileza! -comentó
la mujer- ¿Adónde?
-No sé. No me lo quiso
decir.
-¿No será que tiene un
romance? -sugirió la madre.
-Espero que no -expresó el
señor Carson, que bajó su ejemplar del Wall Street Journal para lanzar una
mirada encendida a ambas.
-No tiene ningún romance
-se fastidió Jennifer.
-Bueno, pero si se está
comportando de forma inadecuada opinó la madre.
Jennifer cogió una caja de
cereales con pasas y cortó una banana en rodajas. Desde que comenzó a tomar
“Pregdolén”, casi le habían desaparecido las náuseas. Llevó el desayuno a la
mesa y se sentó frente al televisor.
Cuando volvió a sonar el
teléfono pegó un salto pensando que sería Adam para avisarle que desistía de su
viaje. Atendió, pero era el doctor Vandermer quien llamaba.
-Perdone que le hable tan
temprano, pero quería estar seguro de encontrarla.
-No tiene importancia -y
al hablar sintió un nudo en el estómago.
-Me gustaría que pasase
hoy por la clínica. Necesito hablar con usted. ¿Puede ser esta misma mañana, a
eso de las diez? Esta tarde voy a estar ocupado en cirugía.
-Por supuesto. Iré a las
diez. -Colgó, con miedo de averiguar sobre qué querría hablar el doctor.
-¿Quién era, querida?
-preguntó la madre.
-El doctor Vandermer.
Quiere verme esta mañana.
-¿Para qué?
-No me lo dijo.
-Bueno, al menos no tendrá
que ver con la amniocentesis porque me advirtió que los resultados se
demorarían dos semanas.
Se vistió de prisa
tratando de figurarse para qué la habría citado el médico. El comentario de su
madre le daba cierta tranquilidad. Lo único que se le ocurría era que quizás
hubiesen advertido en los análisis de sangre que le faltaba algo de hierro o alguna
vitamina.
La señora de Carson
insistió en acompañarla. Al llegar a la clínica las hicieron pasar
inmediatamente al nuevo consultorio del doctor Vandermer, donde había olor a
pintura fresca.
El médico se puso de pie
al verlas entrar, y les indicó que tomaran asiento en dos sillones que había
frente a escritorio: Por la cara, Jennifer se dio cuenta de que pasaba algo muy
serio.
-Lamento tener que darle
una mala noticia -declaró él, con voz inexpresiva.
A Jennifer le dio un
vuelco el corazón. De pronto sintió un calor insoportable en la habitación.
-Normalmente, los
resultados de la amniocentesis se demoran unos quince días debido a que hay que
efectuar cultivos de tejidos para ver adecuadamente el material nuclear.
De vez en cuando, sin
embargo, la anormalidad es tan obvia que queda en evidencia por las células
libres del líquido amniótico. Jennifer, usted, al igual que su madre, lleva en
sus entrañas un bebé con síndrome de mongolismo. el cariotipo es de los más graves.
Jennifer quedó muda. Debía
haber un error. Le costaba creer que su cuerpo la traicionara y produjera una
especie de monstruo.
-¿Eso significa que la
criatura vivirá apenas unas semanas? -preguntó la señora de Carson, rememorando
su propia experiencia.
-Pensamos que no
sobrevivirá. -el hombre se acercó a Jennifer y le pasó un brazo por los
hombros-. Siento tener que ser yo el portador de semejante noticia. Hubiera
preferido aguardar a los resultados finales, pero para usted es mejor enterarse
ahora porque le da más tiempo para tomar una decisión. Quizá no le sirva de
mucho consuelo, pero no se olvide de que es usted muy joven, puede tener otros
hijos y, como usted misma dijo, éste no es su mejor momento para encargar un
bebé.
Jennifer escuchaba
azorada. el doctor Vandermer miró entonces a la madre.
-Creo que deberían
regresar y hablar del tema con su familia -sugirió-. Les aseguro que es
preferible tomar una decisión ahora y no después de un largo y dificultoso
embarazo.
-Eso me consta -opinó la
señora-. El doctor tiene razón, Jennifer. Vamos a hablar a casa. Todo saldrá
bien.
Jennifer asintió y hasta
logró dirigirle una sonrisita al doctor en cuyo rostro por fin se pintó cierta
emoción.
Por favor, llámeme cuando
lo crea necesario -sugirió al despedirlas.
Las. dos mujeres
atravesaron la clínica, bajaron al garaje subieron al coche en silencio. Cuando
iban subiendo por la rampa, dijo Jennifer.
-Quiero volver a mi
apartamento.
-Pensé que iríamos derecho
a Nueva Jersey. Me parece que hay que informarle esto a tu padre.
-Tengo que ver a Adam. No
me dijo a qué hora partía, modo que quizá lo alcance.
-¿Por qué no llamamos
primero?
-Prefiero ir.
-Como no era momento para
discutir, la señora de Carson accedió a los deseos de su hija. Cuando subieron
al departamento, Jennifer vio que las dos maletas de Adam
seguían aún en el altillo,
y que al parecer no faltaba nada su ropa, razón por la cual supuso que todavía
no se había marchado.
-¿Y bien? ¿Qué quieres
hacer? -preguntó la madre.
-Esperarlo para hablar con
él -precisó Jennifer, en un tono que no admitía réplica.
-Voy a tener que cobrarle
una multa si esto se repite -bromeó el empleado de informaciones, en la
Universidad.
Adam recibió el
guardapolvo blanco y se lo puso.
-Es que no puedo alejarme
mucho de este sitio. Lo extraño demasiado. -Las mangas le quedaban cinco
centímetros cortas, y uno de los bolsillos ostentaba una enorme mancha
amarilla-. ¿Esto es lo mejor que me pudo conseguir? -dijo, divertido.
Muy confiado con su
disfraz de médico, subió hasta el piso de Neurología, enfiló hacia el despacho
de la enfermería, le sonrió a un asistente y volvió a tomar de su casillero el
historial de Smyth.
Lo único que deseaba era
obtener la información de la primera página. Dándole la espalda al ayudante,
copió todos los datos personales que figuraban sobre Smyth: Seguro de salud,
número de carnet de beneficios sociales, nombre de la esposa y fecha de nacimiento.
Colocó el historial en su
lugar y bajó luego a la biblioteca, donde un empleado le facilitó un ejemplar
de “quién es quién” de los médicos norteamericanos. Allí averiguó a qué casas
de estudio había asistido después de terminar la secundaria y dónde había hecho
su residencia. Un dato interesante fue el hecho de que hubiera realizado un año
de especialización en cirugía, en Hawai. Adam memorizó también todas las
asociaciones profesionales a que pertenecía.
Lo último que hizo antes
de abandonar el centro médico fue llamar a Christine con el pretexto de
concertar una cita para la semana siguiente con Baumgarten y Stens. Fue así
como se enteró de que Smyth era un ávido jugador de tenis, amante de la música
clásica y apasionado por el cine.
Subió a su “Buick” cruzó
la ciudad y dobló a la derecha al llegar a la Octava Avenida. A medida que se
aproximaba a la Calle 42, los edificios de oficinas y almacenes daban paso a
librerías para adultos y a cines de mal gusto con fuertes luces de neón, y
donde se promocionaban películas baratas sólo para mayores de dieciocho años.
Varias prostitutas de altos tacones y minifalda le hicieron señas cuando aparcó
el coche.
Adam caminó rumbo al Este,
deteniéndose frente a los quioscos de revistas. Después de recibir varios
ofrecimientos de drogas, se le acercó un hombre delgado de bigote fino, como
los que aparecían en las películas de los años treinta.
-¿Le interesa una mujer de
veras?
Adam se preguntó si una
“mujer de veras” sería lo opuesto a las muñecas hinflables. Tentado estuvo de
averiguarlo, pero no sabía si al hombre le iba a hacer gracia su humor.
-Necesito algunos carnets
de identificación.
-¿De qué clase? -dijo el
hombre, como si se tratara de un pedido común.
Adam se encogió de
hombros.
-No sé. Tal vez un permiso
de conducir y una cédula de empadronamiento electoral.
-¿Cédula de
empadronamiento? Jamás me han pedido eso.
-¿No? Bueno, yo no tengo
experiencia en estas lides.
Estoy a punto de irme de
viaje, y no quiero que nadie se entere de mi verdadera identidad.
-Entonces lo que precisa
es un vulgar pasaporte. ¿Para cuándo lo quiere?
-Ya mismo.
-Supongo que pagará en
efectivo, ¿lo tiene?
-Algo. -Había guardado
casi todo su dinero, además de sus propios documentos de identificación, en la
guantera del coche.
-El permiso de conducir
saldrá por veinticinco dólares, y el pasaporte, por cincuenta.
-¡Caramba! Sólo traigo
conmigo cincuenta.
-¡Qué lástima! -El
individuo se dio media vuelta y enfiló hacia la Octava Avenida.
Adam lo miró durante un
instante; luego siguió caminando hacia Broadway. Había dado apenas unos pasos
cuando sintió una mano en el hombro.
-Los dos por sesenta.
Adam asintió en silencio.
Sin pronunciar una palabra
más, el hombre lo condujo a la avenida y juntos entraron en una de las muchas
tiendas cubiertas de carteles que anunciaban: “Liquidación por cierre
definitivo", “últimos tres días”, “¡Todo a precio de costo!”. Advirtió que
el letrero de “¡últimos tres días!” estaba amarillento de puro viejo.
En la tienda había la
habitual variedad de cámaras fotográficas, calculadoras, videotapes y varios
“auténticos marfiles chinos”. En una mesa colocada en el medio, hileras de
reproducciones en miniatura del edificio Empire State, estatuas de la Libertad
y jarritos de café con la inscripción “Amo Nueva York”.
Ninguno de los vendedores
levantó siquiera la vista cuando ambos atravesaron el local y traspusieron la
puerta del fondo. En la parte posterior del edificio había un pasillo con
puertas a ambos lados. Adam esperaba no haberse comprometido en una situación
que no pudiera manejar. El hombrecito golpeó en la primera puerta, la abrió y
lo hizo pasar a una habitación pequeña y oscura.
En un rincón se hallaba
una cámara “polaroid” asentada en un trípode. En otro, un tablero de dibujo
puesto bajo una fuerte luz fluorescente. Sentado ante el tablero, un hombre de
reluciente calva, con una de esas viseras verdes que solían usar los jugadores
de cartas en las viejas películas de cowboys.
-Este muchacho quiere un
carnet de conducir y un pasaporte por sesenta dólares.
-¿A qué nombre?
Rápidamente Adam dio el
nombre de Smyth, su dirección, fecha de nacimiento y número de Seguridad
Social.
No se habló más. Adam se
paró frente a la “polaroid” y se le hicieron varias fotos. Acto seguido, el
hombre de la visera verde se puso a trabajar ante el tablero. Su compañero se
apoyó contra una pared y encendió un cigarrillo.
Diez minutos más tarde
salía de la tienda con sus flamantes documentos. No los abrió hasta llegar al
coche, pero al mirarlos comprobó que parecían auténticos. Puso el co.che en
marcha y se dirigió a Greenwich Village. Le quedaba apenas una hora para embarcar.
Al llegar al apartamento
le sorprendió hallar que no estaba echada la llave. Abrió la puerta y se
encontró con Jennifer y su madre.
-Hola -saludó, atónito-.
¡Qué sorpresa!
-Quería alcanzarte antes
de que partieras hacia Puerto Rico.
-No me voy a Puerto Rico.
-Pienso que no deberías ir
a ninguna parte -intervino la señora-. Jennifer ha sufrido una fuerte
impresión, y necesita tu apoyo.
Adam dejó sus cosas sobre
el escritorio y se volvió hacia Jennifer. La notó pálida.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-El doctor Vandermer le
dio una mala noticia -replicó la madre.
Adam no apartó sus ojos
del rostro de Jennifer, con enormes deseos de hacer callar a su suegra.
-¿Qué dijo Vandermer?
-preguntó con voz suave.
-La amniocentesis dio
positiva. Dijo que el bebé tiene serias deformidades. Lo siento, Adam, pero
creo que habrá que pensar en un aborto.
-Eso es imposible
-reaccionó él, golpeándose un puño contra la palma de la otra mano-. Se tardan
semanas en realizar los cultivos de tejido para una amniocentesis. ¿Qué
diablos le pasa a este
Vandermer?
Se dirigió presuroso al
teléfono.
Jennifer prorrumpió en
llanto.
-No es culpa del médico
-afirmó entre sollozos, explicando que la anormalidad era tan profunda que no
hacían falta los cultivos de tejido.
Adam vaciló, mientras
trataba de recordar lo que había leído. Creía no haber visto ni un solo caso en
el que no se necesitara un cultivo.
-No me conformo con ese
argumento -sostuvo, y llamó a la “Clínica Julian”. Pidió hablar con el doctor
Vandermer y le dijeron que esperara un segundo.
La señora Carson
carraspeó.
-Adam, creo que deberías
preocuparte más por los sentimientos de Jennifer que por el doctor Vandermer.
Adam no le prestó
atención. La operadora del sanatorio apareció de nuevo en la línea para
informarle que Vander estaba ocupado, que luego lo llamaría. Adam dejó su
nombre y su número de teléfono antes de cortar.
Es una locura -farfulló-.
La clínica me daba mala espina. Y Vandermer... -no concluyó la frase.
La “Clínica Julian” es una
de las mejores que conozco dijo su suegra-. Y a excepción de mi propio médico,
no he visto un hombre más solícito que el doctor Vandermer.
-Vamos para allá -anunció
Adam, ignorando a la mujer quiero hablar personalmente con él.
Tomó las llaves y se
encaminó a la puerta.
¿Qué vas a hacer con
Jennifer? -exigió saber la señora Carson.
-Ya vuelvo -dijo Adam y
salió dando un portazo.
La señora estaba furiosa.
No podía creer que en un principio ella misma hubiese aprobado el matrimonio.
al oír que su hija sollozaba, decidió que era mejor no decir nada. Fue hacia
ella y murmuró:
-Vamos a casa, querida.
Papá se encargará de todo.
-Jennifer no puso
objeciones, pero antes de irse dijo que quería dejarle un mensaje a Adam.
La madre asintió y se
quedó mirando cómo escribía una nota, que luego dejó en el suelo, junto a la
puerta. El texto era breve: “Me fui a casa. Jennifer”.
Adam avanzó hacia el
sector alto de la ciudad como un agresivo taxista neoyorquino, aparcó justo en
la puerta de la clínica y se bajó de prisa. Un guardia de tráfico intentó
detenerlo, pero Adam le gritó que era el doctor Schonberg, y que se trataba de
una urgencia.
Al llegar a Ginecología,
la recepcionista se comportó como si lo hubiese estado esperando.
-El doctor Vandermer me
indicó que debía aguardarlo en su consultorio. -Señaló el pasillo-. Es la
tercera puerta a mano izquierda.
Adam le dio las gracias y
hacia allí se encaminó. La habitación era imponente, con estanterías llenas de
libros y publicaciones de medicina. Echó un vistazo a una hilera de muestras de
fetos, y sintió una extraña necesidad de destrozar todo aquello. Se acercó al
escritorio, un enorme mueble con incrustaciones y patas en forma de garras.
Sobre su superficie había varias notas escritas a máquina, que a debían ser
firmadas.
Casi inmediatamente llegó
el doctor Vandermer, con un sobre marrón debajo del brazo.
-Siéntese, por favor.
-No, gracias. Es un
minuto, nada más. Sólo quería confirmar el diagnóstico de mi mujer. ¿Cree usted
que lleva; en sus entrañas un niño con deficiencias cromosómicas?
-Lamentablemente, sí.
-Yo pensé que los cultivos
de tejidos se demoraban unas semanas.
El doctor lo miró a los
ojos.
-En circunstancias
normales, sí. Sin embargo, en el caso de su mujer había numerosas células que
pudimos observar de forma directa en el líquido amniótico. Adam, como
estudiante de Medicina debe saber que estas cosas suelen ocurrir. Pero como le
dije a su esposa, los dos son jóvenes y pueden tener otros bebés.
-Quiero ver las placas
-afirmó Adam, preparándose para una discusión. En cambio, Vandermer se limitó a
asentir.
-Venga conmigo, por favor.
Adam se preguntó si no
habría emitido un juicio apresurado. El hombre daba la impresión de estar
afligido de tener que transmitirle una noticia tan mala.
Ya en el tercer piso
Vandermer lo condujo al laboratorio de citología. Al trasponer la puerta, Adam
tuvo que parpadear. Todo era blanco: paredes, piso, techo, mesas; al fondo de
la habitación había una mesa con cuatro microscopios. Sólo uno de ellos se usaba
en ese momento, y una mujer de mediana edad levantó la vista cuando se le
acercó el doctor.
-Cora, perdone que la
interrumpa. ¿Podría darme las placas de Jennifer Schonberg?
Cora asintió, y Vandermer
le indicó a Adam que se sentara ante un microscopio didáctico, con doble visor.
-No sé si desea ver las
ecografías, pero de todas maneras las tengo aquí -afirmó el médico. Abrió el
sobre que traía y se las entregó.
Como estudiante de
Medicina, Adam carecía de experiencia en ecografías, y las imágenes le
parecieron unos manchones borrosos. el doctor Vandermer tomó la foto que
observaba Adam, le dio vuelta y marcó con un dedo el contorno del feto.
-La técnica va mejorando
cada día que pasa. Aquí puede ver claramente los testículos. La mayoría de las
veces es difícil determinar el sexo por ultrasonido al comienzo de embarazo. A
lo mejor este muchachito se parece al padre, -Adam se dio cuenta de que el
hombre quería ser simpático.
En ese momento se abrió la
puerta y entró Cora con una bandeja llena de placas. Vandermer eligió una que
tenía una marca hecha a lápiz. La colocó en el portaobjetos del microscopio, le
echó una gota de aceite y bajó la lente.
Mientras miraba por el
ocular, el doctor explicó que los especímenes habían sido hechos expresamente
para facilitar la detección de la anomalía y que tenían que hallar una célula
en proceso de división. Como no pudo encontrarla se dio por vencido y le pidió
ayuda a Cora.
-De entrada tendría que
haber dejado que lo hiciera ella comentó, cambiando el asiento con la mujer.
Treinta segundos tardó
Cora en encontrar una célula apropiada. Accionando el indicador, le mostró a
Adam la anormalidad cromosómica.
Adam se sintió abatido.
Supuso que los resultados serían ambiguos, pero aun para sus ojos inexpertos,
el problema estaba claro. Cora siguió señalando otros inconvenientes más que se
habían detectado, incluso el hecho de que uno de los cromosomas X parecía
levemente anormal.
Por último, la mujer
preguntó si no quería ver algún otro caso del tipo más común del síndrome de
Down.
Adam sacudió la cabeza.
-No. Gracias de todos
modos. -Apoyó las manos sobre la mesa para incorporarse, pero se detuvo. Había
algo que no estaba bien. Se agachó para volver a mirar por el microscopio.
-Muéstreme de nuevo la
anormalidad del cromosoma X -pidió.
Cora acercó un ojo al
visor y en seguida el indicador señaló un par de cromosomas idénticos. Cuando
empezó a explicar la anormalidad, le interrumpió.
-¿Esos son cromosomas X?
-Seguro. Pero...
Una vez más volvió a
interrumpirla para pedirle al doctor que echara un vistazo.
-¿Ve usted los cromosomas
X?
-En efecto, pero al igual
que usted, no aprecio la anormalidad de que habla Cora.
-No me preocupa la
anormalidad pero sí que haya dos cromosomas X. Hace un momento dijo usted que
la ecografía demostraba que mi hijo es varón. Esta placa que estamos mirando
pertenece a una niña.
De inmediato Cora se
acercó al microscopio.
-Tiene razón -admitió-. Es
de una niña.
Lentamente el doctor se
llevó la mano derecha a la cara.
Cora comprobó el número
que figuraba en la placa y comprobó con el de la bandeja: ambos eran iguales.
Fue al libro principal y se fijó allí en el número. El nombre que figuraba era
el de Jennifer Schonberg. Con el rostro demudado, el doctor le pidió a Adam que
aguardara un momento.
-¿Nunca ha ocurrido una
cosa así? -preguntó Adam cuando Vandermer se marchó.
-Jamás.
Vandermer regresó
acompañado por un hombre corpulento, vestido también con chaquetilla blanca. Lo
presentó como el doctor Ridley Stanford, y Adam recordó el nombre. Era el autor
del libro de patología que había usado en su segundo año de Medicina, y había
sido jefe de patología en el Hospital Universitario.
-Esto es una calamidad
-expresó Vandermer, después de que el doctor Stanford observara las muestras.
-Concuerdo con usted. -La
voz de Stanford era tan inexpresiva como la de su colega-. No entiendo cómo
pudo haber sucedido. Voy a hacer un par de llamadas.
Al cabo de unos minutos
otras diez personas se habían congregado alrededor del microscopio.
-¿Cuántas amniocentesis se
practicaron ayer?
Cora consultó el libro.
-Veintiuna.
-Hay que repetirlas todas
-aseguró Vandermer.
-Por supuesto -convino
Stanford.
Volviéndose hacia Adam,
dijo el doctor Vandermer
-Tenemos una deuda de
gratitud para con usted.
Los demás expresaron el
mismo sentimiento.
Adam tuvo la sensación de
que una inmensa nube negra desaparecía de encima de su cabeza. Su hijo no era
un monstruo genético. Lo primero que quería hacer era llamar a Jennifer.
-Sería un honor que se
quedara a almorzar con nosotros -sugirió el doctor Stanford-. Hay una excelente
conferencia sobre patología en tumores retroperitoneales que quizá le interese.
Adam se disculpó y bajó
presuroso al vestíbulo. ¡No podía creer que, después de semejante catástrofe,
les quedaran ganas de invitarlo a almorzar y a una conferencia! Indudablemente
era aquel un lugar extraño. Cuando se dirigía hacia una cabina telefónica
observó con agrado que su coche permanecía aún donde lo había dejado.
Llamó al apartamento pero
no obtuvo respuesta. Pensando que Jennifer podía haberse ido a casa de su
madre, marcó el número de Englewood, pero tampoco le atendieron.
Después de un momento de
vacilación decidió regresar al apartamento. Salió corriendo de la clínica,
subió al coche y emprendió el camino de vuelta.
La emoción que le
produjera la buena noticia comenzaba a tornarse en un profundo recelo hacia la
“Clínica Julian” y doctor Vandermer. Por pura casualidad había logrado abrir la
discrepancia. ¿Y si Jennifer ya se hubiese hecho el aborto?
Una vez más se sintió
invadido por una enorme ansiedad.
Por escaso margén había
evitado una desgracia, pero podían suceder otras a menos que lograra convencer
a Jennifer de que no la visitara el doctor Vandermer. Durante un rato había
descartado la idea del crucero de “Arolen”. Ahora, sin embargo, le parecía que
iba a ser la única forma de demostrar lo peligroso que era Vandermer. Miró el
reloj. Eran las doce y veinte. Todavía le quedaba tiempo para zarpar en el
Fjord a las dieciocho.
Al llegar al apartamento
fue una desilusión encontrar la cerradura echada. Leyó la impersonal nota de
Jennifer y decidió llamar otra vez a Englewood. Felizmente atendió ella y no su
madre.
-Tengo una noticia buena y
otra mala.
-No estoy de ánimo para
bromas.
-La buena es que en la
clínica hubo una confusión con las muestras analizadas. Los cromosomas
defectuosos eran de otra persona.
Por un momento Jennifer
tuvo miedo de preguntarle si estaba diciendo la verdad o si sólo se trataba de
alguna estratagema para obligarla a cambiar de médico. La noticia era demasiado
fantástica para ser cierta.
-Jennifer, ¿me escuchas?
-¿Es verdad?
-Sí -respondió él, y pasó
a relatarle cómo había descubierto la discrepancia en relación con el sexo de
la célula.
-¿Qué dijo Vandermer?
-Que habría que repetir
todas las amniocentesis realizadas ayer.
-¿Esa es la mala noticia a
que te referías?
-No. La mala noticia es
que igual tengo que ausentarme de la ciudad, a menos que me prometas una cosa.
-¿Qué cosa? -dijo ella,
escéptica.
-Que te lleve el doctor
Wickelman durante el resto del embarazo y que dejes de tomar el “pregdolén”.
-Adam -articuló ella, con
impaciencia.
-Estoy más convencido que
nunca de que algo raro rodea a esa clínica. Si aceptas ir a la consulta del
doctor Wickelman, te prometo no cuestionar nada de lo que él te indique.
-Todos los días se cometen
errores en los hospitales.
el hecho de que haya
ocurrido uno en la “Julian” no significa que no deba visitarme allí. Me resulta
el lugar ideal para tener el bebé sobre todo ahora que ya superé la impresión
por lo acaecido a Cheryl Tedesco. Me gusta mucho el personal y el ambiente.
-Entonces, te veré dentro
de unos días.
-¿Adónde vas?
-No puedo decírtelo.
-Dadas las circunstancias,
¿no te parece que deberías quedarte? Adam, te necesito.
-Me cuesta creerlo,
estando tú en casa de tus padres y yo solo en el apartamento. Lo siento, pero
se me hace tarde.
Te quiero mucho.
Cortó y llamó a las
aerolíneas “Eastern” antes de arrepentirse. Reservó una plaza en el vuelo que
partía hacia Miami dentro de cuarenta y cinco minutos.
Bajó una maleta pequeña
del altillo y comenzó a guardar ropa. Cuando estaba metiendo los artículos de
tocador, sonó el teléfono. Estaba ya para responder cuando decidió no hacerlo.
Un segundo de retraso podía hacerle perder el avión.
Jennifer dejó que sonara
un rato el teléfono. Por último, colgó. Después de haber hablado con Adam,
resolvió ir a consultar al doctor Wickelman si eso significaba tanto para él.
Si el hombre no le causaba buena impresión, podía volver al doctor Vandermer.
Pero Adam, al parecer, se había marchado y ella se sentía abandonada. Aun antes
de retirar la mano del aparato, éste volvió a sonar. Pensando que era Adam, lo
levantó en seguida. Era el doctor Vandermer.
-Supongo que se habrá
enterado de la buena noticia.
-Si, Adam acaba de
comunicármela.
-Estamos todos muy
agradecidos a su marido. Es muy raro que alguien detecte una anormalidad
secundaria al enfrentarse con un apabullante resultado positivo.
-De modo que es cierto que
mi hijo no es defectuoso.
-Honestamente no puedo
asegurarlo porque desconocemos el resultado de su amniocentesis. Habrá de
repetir el estudio. Siento muchísimo lo ocurrido. Ese día se practicaron veinte
pruebas similares más, y todas habrá que repetirlas de nuevo. Desde luego, el
gasto correrá por cuenta de la clínica.
-¿Cuándo quiere que lo
repita? -Apreciaba la buena disposición de Vandermer para aceptar la
responsabilidad pese a que el error indudablemente lo había cometido alguien
del laboratorio.
-Lo antes posible.
Recuerde que el tiempo corre en contra nuestra si realmente hubiera un
problema.
-¿Puedo contestarle
mañana?
-Perfecto. Tome las cosas
con calma, pero, cuanto antes, mejor.
CAPITULO
XII
El vuelo a Miami fue
tranquilo. Apenas despegaron, Adam retiró su permiso de conducir del billetero
y colocó el de Smyth. Luego estudió los datos del pasaporte. Si alguien le
preguntaba dónde vivía, quería ser capaz de contestar de memoria.
El aparato aterrizó a las
cuatro y cinco, y como Adam había llevado su equipaje a bordo, a los diez
minutos estaba parado en la cola de los taxis. El coche era una destartalada
camioneta “Dodge” y el conductor sólo hablaba español, pero al menos reconoció
el nombre del Fjord y entendió que su pasajero debía tomar un barco.
Adam contempló el paisaje
tropical. Miami era mucho más hermoso de lo imaginado. Avanzaron por un largo
terraplén y en seguida se divisó el puerto. Los cruceros se hallaban amarrados,
en hilera; el Fjord ocupaba el último lugar. En comparación con los demás, no
parecía enorme ni particularmente pequeño. Al igual que todos, estaba pintado
de blanco. Poseía una inmensa chimenea con un dibujo de dos flechas
entrelazadas en el costado. Adam se preguntó si sería el emblema de “MTIC”.
Como el taxista no pudo
aproximarse demasiado, Adam pagó y se bajó en medio de la calle. Con la maleta
en la mano, se dirigió hacia un edificio. El estrépito de voces, bocinas y
motores en marcha era terrible, el aire estaba impregnado de humo. Fue un alivio
entrar.
Llegó al mostrador de
informaciones y advirtió que el uniforme de las empleadas se asemejaban al que
usaban en la “Clínica Julian”. Estas recepcionistas también vestían blusa
blanca y suéter azul.
Tuvo que gritar para que
le oyeran. Preguntó adónde debía dirigirse y le indicaron que subiera por la
escalera mecánica hasta el segundo nivel.
Viajar en esa escalera fue
toda una peripecia, especialmente por la maleta. En el trayecto, aprovechó para
observar el gentío. Si bien había algunas mujeres, la mayoría eran hombres, con
el típico aspecto de los médicos prósperos, satisfechos de sí mismos. Casi
todos estaban bien trajeados, aunque algunos vestían ropa de sport.
En la planta alta había un
largo mostrador de inscripción, dividido en segmentos alfabéticos. Se paró en
la cola correspondiente a “N-Z”.
Paseó la vista por la sala
y de pronto sintió miedo. Quizá le conviniera marcharse..., nadie lo
advertiría. Podía tomar un taxi hasta el aeropuerto y volar de regreso a Nueva
York.
Comenzó a contar las
personas que estaban delante de él.
En ese momento reparó en
un hombre, de la fila contigua, que lo observaba. Rápidamente desvió la mirada.
Nadie tenía por qué fijarse en él. Volvió a mirar hacia la cola de al lado,
pero lamentablemente el hombre seguía mirándolo.
Al ver que Adam se
percataba de ello, le sonrió. Adam le devolvió una sonrisita tímida y,
horrorizado, vio que el señor se le acercaba.
-Soy Alan Jackson -dijo,
obligándolo a dejar la maleta para darle la mano. Nervioso, Adam se presentó
como Stuart Smyth.
Jackson le llevaba diez
años por lo menos; tenía hombros anchos y cintura delgada. Se peinaba hacia
delante, probablemente para disimular su calvicie.
-Tu cara me resulta muy
conocida. ¿Eres de Nueva York?
Adam se puso pálido.
Todavía no había subido al barco y ya tenía problemas.
En ese instante se
pusieron en funcionamiento los altavoces.
“Buenas tardes, damas y
caballeros. Los que ya cuentan con su tarjeta de embarque podrán subir al Fjord
en breves minutos. Si usted no tiene aún la suya, le sugerimos que se presente
inmediatamente en el mostrador de inscripción.~
-¿Eres especialista en
ortopedia? -preguntó Alan no bien se hubo acallado el altavoz.
-No -respondió Adam, con
alivio. Era obvio que Jackson no conocía al verdadero Smyth-. Soy obstetra. ¿Y
tú?
Ortopedista. Trabajo en la
Universidad de California.
¿Es tu primer crucero?
-No. ¿Tú ya has viajado?
-Sí, una vez. -De pronto
se dio media vuelta-. Caramba, ahí está Ned Janson. Eh Ned, hijo de puta. ¡Ven
aquí!
Adam vio a un hombre
fornido, de pelo oscuro, que se hallaba con una de las pocas mujeres del grupo.
el rostro del hombre se iluminó con una sonrisa. Tomó del brazo a la mujer y se
acercó.
Mientras Alan y Ned
intercambiaban abrazos Adam se presentó a la mujer. Clair Osborn era muy
bonita, de aproximadamente treinta años, una cara atractiva y bellas piernas
largas. Llevaba puesta una falda corta, blanca y negra.
Adam se sentía muy
tranquilo hasta que ella le comentó que era ginecóloga.
-¿Cuál es tu especialidad?
¿Ortopedia o ginecología y obstetricia?
-¿Por qué no puede ser
alguna otra? -bromeó Adam, con la intención de cambiar de tema.
-Tengo una notable
intuición -dijo Clair-. Amén de que este crucero es sólo para ortopedistas y
obstetras.
Adam lanzó una risita
nerviosa.
-Soy obstetra.
-¿De veras? -La muchacha
estaba encantada-. Entonces asistiremos a las mismas reuniones.
-Fantástico. ¿Es tu primer
viaje?
Quería hablar de cualquier
cosa, menos de Obstetricia y Ginecología. No era tan tonto como para suponer
que podía mantener una conversación decorosa sobre temas profesinales.
-Sí. Para Ned también es
el primero. ¿No, Ned? -y tiró del brazo de su amigo para que le prestara
atención. Atando cabos de lo que oía en la charla, Adam se enteró de que Alan y
Ned habían realizado las prácticas en el mismo hospital.
-¡Fabuloso! -exclamó Ned,
cuando le presentaron a Adam-. ¿Por qué no cenamos todos juntos esta noche?
Alan negó con la cabeza.
-“Arolen” distribuye los
asientos a su placer porque considera que las comidas son una prolongación de
las sesiones científicas.
-¡Qué porquería! -opinó
Ned-. Pero, ¿qué es esto? ¿Un campamento juvenil de verano?
El hombre que estaba
delante de Adam avanzó con su tarjeta de embarque en la mano. Adam llegó al
mostrador y se paró frente a un muchacho de elegante bláiser blanco.
En el bolsillo superior
llevaba el mismo emblema de la chimenea del Fjord. El cartelito que ostentaba
en la solapa decía: “Juan” Debajo, en caracteres pequeños, la sigla “MTIC”.
-¿Su nombre, por favor?
-preguntó Juan. Su voz daba la impresión de haber hecho tantas veces la
pregunta que ya hablaba de memoria.
-Stuart Smyth -contestó
Adam, y sacó la cartera para mostrar el carnet de conducir. En ese momento se
le cayó su credencial de “Arolen” sobre el mostrador, pero como felizmente Juan
estaba ingresando el apellido Smyth en la computadora, no alcanzó a verla: Adam
se dio medía vuelta para comprobar si alguno de sus nuevos amigos se habían
percatado de ello, pero todos se hallaban distraídos conversando. Se volvió
entonces para mirar a Juan, pensando que al terminar el viaje iba a estar hecho
un manojo de nervios. Subrepticiamente guardó la credencial de “Arolen” en un
bolsillo.
-¿Pasaporte?
Después de un instante de
pánico lo encontró y pudo entregarlo. Juan lo abrió. Adam experimentó una
punzada de terror, pero el empleado lo miró apenas dos segundos antes de
devolvérselo.
-Aquí tiene su tarjeta de
embarque. Preséntela al oficial y éste le asignará su camarote. Si durante el
viaje abandona el barco, deberá llevarla consigo. el siguiente, por favor.
Adam se retiró a un lado
para dar paso al hombre que estaba detrás. Hasta ahora todo iba saliendo bien.
Cuando Alan hubo obtenido
su tarjeta de embarque, se dirigió con Ned, Clair y Adam al mostrador de
“Arolen”.
Allí se les entregó un
paquete de obsequio. “Comienza el proceso”, pensó Adam al recibir el regalo, un
bolso de cuero con el emblema de “MTIC” Dentro venía un juego de bolígrafo y
lápiz “Cross”, una agenda con tapa de cuero y el programa de conferencias del
crucero. Había también una surtida variedad de productos “Arolen” una verdadera
farmacia. Adam contempló todo con interés, pero sabía que tenía que esperar
para poder revisarlo con detalle.
Cuando los altavoces
anunciaron que ya se podía acceder al barco, la multitud lanzó una aclamación
entusiasta. Lentamente Adam y sus amigos salieron al muelle, mostraron sus
tarjetas de embarque a un policía y subieron por la pasarela.
Ni siquera en un alarde de
imaginación se le podía considerar un buque nuevo, pero parecía bien cuidado, y
algunos sectores daban la impresión de haber sido remozados.
El personal llevaba el
mismo uniforme de los empleados de abajo: bláiser blanco y pantalones negros.
Adam fue recibido por un camarero quien, con suma cortesía, controló su tarjeta
de embarque y lo llevó hacia un escritorio situado a la derecha, al parecer
había tarjetas de distintos colores para los que ya habían participado en otros
cruceros. Ned y Clair se dirigieron a un escritorio diferente.
Le asignaron el camarote
407 en la cubierta A, o sea un piso por debajo de la principal. al recibir la
llave, notó que el oficial tenía la misma voz monótona del empleado de
inscripciones.
A Alan, que venía detrás,
le adjudicaron el camarote 409.
Cuando se alejaron juntos,
Adam hizo un comentario sobre las voces monocordes.
-Será porque tienen que
decir infinidad de veces las mismas cosas -insinuó Alan.
Un camarero se acercó a
Adam y tomó la pequeña maleta y su nuevo bolso de “Arolen”.
-Gracias.
El hombre no respondió
sino que sólo le indicó que debía seguirle.
-Después nos veremos,
Stuart -se despidió el amigo.
Adam tardó un instante en
darse cuenta de que le hablaba a él.
-Sí, claro -gritó.
Junto con el camarero
pasaron frente a una tienda donde se vendían carteras de “Gucci” y cámaras
japonesas. al fondo había bebidas alcohólicas, tabaco y un sector de farmacia.
Por primera vez Adam pensó en la posibilidad de sentir mareos.
-Perdón, ¿a qué hora abre
la tienda?
-Una hora después de
zarpar.
-¿Venden “Dramamina” o
esos parches para los oídos?
El camarero le miró con
ojos inexpresivos.
-No sé si venden
“Dramamina” o esos parches para los oídos. -Su forma de repetir la pregunta no
invitaba a la conversación.
El 407 y el 409 eran
camarotes contiguos, y se hallaban a babor. El camarero abrió la puerta del 407
y lo hizo pasar.
Para Adam, que nunca había
estado en un vapor de lujo, la habitación le pareció pequeña. Había una cama
individual y una mesilla de noche. A la izquierda, un escritorio y una silla.
el baño era diminuto, con ducha, inodoro y lavabo apretados contra un angosto
armario.
el camarero asomó la
cabeza en el baño, entró y volvió a salir al instante con un vaso de agua, que
se lo entregó.
-¿Para mí? -Adam recibió
el vaso, y bebió un sorbo.
Le notó cierto gusto a
química.
El camarero sacó una
cápsula amarilla de un bolsillo, e hizo ademán de dársela.
-Bienvenido una vez más
-dijo.
Adam sonrió, nervioso.
-Es un placer estar aquí
-comentó, observando el remedio. Era obvio que el hombre esperaba que lo
ingiriera.
Extendió una mano y el
camarero depositó la cápsula sobre su palma. No tenía aspecto de “Dramamina”
pero ¿cómo podía saberlo?
-¿Esto es para los mareos?
El hombre no contestó,
pero su mirada fija lo puso incómodo.
-Debe ser para eso -supuso
Adam, e introdujo la pastilla en la boca. Bebió un trago de agua y entregó el
vaso, que el hombre llevó luego al baño. Adam aprovechó ese instante para
sacarse la cápsula de la boca y guardarla en un bolsillo.
El camarero descubrió la
cama como si esperara que fuera a acostarse. Luego colocó la maleta sobre una
banqueta y comenzó a sacar las cosas.
Sorprendido por el
servicio, Adam se sentó al borde de la cama para observarlo. Cuando el hombre
hubo concluido, murmuró un “gracias” y se marchó.
Adam permaneció intrigado
por su comportamiento. Luego se levantó y vació el bolso de medicamentos sobre
las sábanas.
Tomó la cápsula amarilla y
se fijó si era igual a alguna de las muestras. No lo era. Se preguntó entonces
si podría conseguir un vademecum de medicinas a bordo. Seguramente había una
biblioteca con libros de referencia. Sentía curiosidad por esa píldora amarilla,
que debía ser para el mareo. La miró por última vez antes de guardarla en un
frasquito de aspirinas.
Buscó el programa de
conferencias y se puso a leer. Eran casi veinticinco páginas. La primera mitad
trataría sobre temas de ortopedia; la segunda, sobre Obstetricia y Ginecología.
Advirtió que casi todas las disertaciones tenían una orientación clínica, lo
que supuestamente justificaba la fama de que gozaban esos cruceros.
Estaba convencido de que,
si se realizaba algún tipo de lavado de cerebro, debían practicarlo durante las
conferencias. Pero, ¿qué podían decir como para que un médico como Vandermer
cambiara de opinión respecto de un fármaco? ¿Sería alguna forma de hipnosis
subliminal? Supuso que pronto lo averiguaría.
El estrépito de una sirena
le hizo dar un respingo. Luego oyó que las máquinas se ponían en
funcionamiento, y resolvió subir a mirar a la cubierta.
Colgó la chaqueta, se
quitó la corbata y salió al pasillo.
Se detuvo frente a la
habitación 409 y pensó que, pese a que ambos camarotes tenían una pared común,
no había oído nada en el cuarto de Alan. Llamó a la puerta y esperó, pero no le
contestaron. Como pasó otro camarero, tuvo que pegarse contra la pared. Después,
volvió a llamar. Ya iba a marcharse cuando oyó un golpe seco dentro de la
pieza.
Golpeó una vez más
suponiendo que Alan quizás estuviese en el baño. Como nadie le respondió, trató
de abrir la puerta y comprobó que no estaba cerrada con llave.
Alan se hallaba sentado en
el borde de la cama. A sus pies, un vaso de agua que al parecer acababa de caer
al suelo.
-Perdóname -musitó Adam,
avergonzado. El amigo dijo que no importaba, pero él se dio cuenta de que había
estado durmiendo-. Lamento haberte despertado. Pensé que a lo mejor querrías
acompañarme a presenciar la partida... -No concluyó la frase ya que Alan se
desplomaba lentamente hacia delante. Entró de prisa en la habitación, lo aferró
antes de que cayera al suelo y lo tendió en la cama-. ¿Te sientes bien?
Somnoliento, Alan asintió.
-Un poco cansado, nada
más.
-Te convendría dormir un
rato -se rió Adam y echó una mirada en dirección a la mesilla de noche,
suponiendo que su amigo había bebido una copa de más. Sin embargo, no vio
ninguna botella. Dudó si debía taparlo con algo, pero como Alan estaba vestido,
le dejó así sobre la cama.
De regreso a la zona de
recepción vio que algunas personas aguardaban aún que se les asignara un
camarote. Sin embargo, ya se había levantado la pasarela. Subió entonces dos
pisos más, hasta la cubierta de paseo.
el cambio del frío aire
acondicionado al calor tórrido de Miami le impresionó. Se acercó a la baranda y
contempló el muelle. Los estibadores se hallaban soltando amarras. Las
vibraciones de las máquinas iban en aumento a medida que el buque se alejaba del
embarcadero. Desde popa se elevaba el sonido de una orquesta de jazz.
Echó a andar hacia delante
y se encontró con una puerta que daba a proa. Un cartel advertía: “Sólo para la
tripulación. Se prohíbe el paso de los pasajeros”. Tanteó el picaporte. Si bien
la puerta no estaba cerrada con llave, resolvió no arriesgarse a traspasarla.
Volvió a oírse la sirena,
y al mismo tiempo cambió la vibración del barco, por lo que supuso que habrían
entrado a funcionar las hélices principales. Con suma lentitud la nave comenzó
a desplazarse.
Se encontró con otros
pasajeros que también habían salido a inspeccionar el buque. Todos eran
simpáticos, extrovertidos. Reinaba en el ambiente un clima de vacaciones.
Al bajar un piso se vio
rodeado por salas de reuniones de todos los tamaños, desde amplios auditorios
hasta pequeñas salitas para diez personas. En todas había pizarras y
proyectores de diapositivas.
En medio del barco halló
una puerta con un letrero: “Biblioteca”. Quiso entrar a buscar un vademécum,
pero estaba cerrada con llave. Seguramente abrirían por la mañana. el pasillo
terminaba en otra puerta que, se imaginó, debía dar a las dependencias de la
tripulación.
Descendió otro nivel y
llegó a la cubierta principal. Pasó por la tienda y fue a espiar el comedor. Se
trataba de un enorme salón con arañas de cristal y amplios ventanales.
En un extremo había una
tarima con un podio para oradores. A ambos lados de la plataforma, puertas de
vaivén que, al parecer, daban a la cocina. Varios camareros, que atendían las
mesas, entraban y salían por esas puertas con sus bandejas. Un cartel avisaba
que la cena se servía a las nueve.
Bajó otro piso más hasta
la cubierta A, donde se hallaba su habitación. Las puertas de varios camarotes
estaban abiertas, y por ellas pudo ver a los médicos que deshacían sus maletas
y visitaban a sus amigos en cuartos vecinos.
Al bajar un nivel más,
encontró otras salas de reuniones, un pequeño gimnasio, el consultorio del
médico de a bordo y una piscina cubierta. Decidió entonces que ya había
explorado lo suficiente y regresó a la cubierta de paseo, donde se desarrollaba
un animado cóctel.
Ned Janson le divisó y le
invitó a acercarse a un grupo, situado junto a la piscina. Como no había forma
de negarse, al instante estaba bebiendo una cerveza fría.
-¿Dónde diablos está Alan?
-Durmiendo en su camarote.
Ned asintió como si no le
llamara la atención, y comenzó a darse palmadas en el muslo al ritmo de la
música que tocaba la orquesta.
Adam le sonrió a Clair,
que parecía estar pasándolo bien.
Era una típica reunión de
médicos: ruidosa, con muchos abrazos, chistes y alcohol. Apenas hubo terminado
su cerveza, Ned le colocó otra en la mano.
Casi en el acto el barco
empezó a cabecear. Adam se volvió y notó que ya no se divisaban las luces de
Miami. La nave se internaba en el Atlántico. El vuelco que le dio el estómago
le obligó a dejar rápidamente su cerveza.
Las demás personas
sentadas a la mesa parecían no darse cuenta del movimiento del buque, y Adam
deseó haber podido conseguir algún remedio contra las náuseas. Una vez más se
preguntó si la cápsula amarilla sería para eso. Estuvo tentado de preguntarlo,
pero luego decidió que no podía quedarse ni un minuto más en medio de ese grupo
bullicioso.
Pidió disculpas y se alejó
de prisa a un lugar apartado, junto a la baranda. al cabo de unos minutos, se
sintió mejor, pero resolvió ir a acostarse un rato a su camarote.
Cerró los ojos y, si bien
ya no estaba tan mareado, la cerveza seguía sacudiéndole en el estómago.
Jennifer y su padre habían
salido a caminar por el prado que había detrás de la casa. Sabía que él quería
tocar el tema del embarazo, y durante media hora lo había contenido con una
catarata de palabras. Por último, cuando divisaron la casa en el camino de
regreso, Jennifer decidió que había llegado el momento de abordar el tema.
-¿Qué crees que debería
hacer, papá?
El señor Carson la rodeó
con un brazo.
-Lo que te parezca
correcto.
-Pero, ¿cuál es tu
opinión?
-Esa es una pregunta
distinta. Tu madre tiene mucha confianza en el doctor Vandermer. La confusión
que hubo con las muestras para la amniocentesis fue lamentable, pero me agradó
la forma en que él lo arregló. Yo pienso que deberías seguir sus indicaciones.
-El doctor desea repetir
la amniocentesis inmediatamente.
-Si él opina que tal vez
haya que pensar en un aborto, creo que deberías hacerte el examen
correspondiente: Tu madre y yo pensamos que no hay que traer al mundo un niño
deforme. No es justo para nadie, incluso para él mismo. Pero ése es nuestro
parecer.
-Yo creo que pienso igual,
aunque me hace sentir muy mal.
El señor Carson le dio un
apretoncito.
-Te comprendo, querida.
Además, tu marido no te facilita en nada la decisión. No quisiera emitir
juicios, pero no me gusta mucho la forma en que se está comportando.
Tendría que estar aquí,
brindándote su apoyo, en vez de haber emprendido un viaje misterioso.
Llegaron a la puerta
trasera de la casa, y desde allí oyeron a la señora de Carson, que preparaba la
cena en la cocina.
-Quizá tengas razón. Voy a
avisarle al doctor que mañana iré para que repita la amniocentesis.
-Buenas noches, damas y
caballeros. En estos momentos se procede a servir la cena.
Adam se despertó de un
sueño profundo y tardó varios minutos en darse cuenta de que la voz provenía de
un pequeño altavoz empotrado en la pared del camarote. Miró la hora: eran las
nueve.
Al levantarse le pareció
que el barco no sólo cabeceaba sino que también escoraba. La idea de cenar no
le atraía en absoluto. Se dio una ducha rápida tratando de mantener el
equilibrio; luego se vistió y partió. Llamó a la puerta de Alan pero no obtuvo
respuesta. O su amigo seguía durmiendo o ya se había ido a cenar.
Advirtió que estaba
abierta la tienda del barco y entró a comprar “Dramamina” pero el empleado le
informó que no le quedaba, que a la mañana siguiente traería más del depósito.
Desilusionado se encaminó al comedor, donde un camarero le preguntó si era obstetra
u ortopedista. Al responderle que obstetra, el hombre lo condujo a una mesa
próxima a la tarima para oradores.
-Ya había otros cinco
médicos sentados. Tanto empeño puso en recordar que su nombre era Stuart, que
sólo captó el nombre de dos de sus acompañantes de mesa, durante las
presentaciones: Ted y Archibald.
La conversación se
desarrollaba por carriles exclusivamente médicos, aunque más por él aspecto
financiero que por la práctica de la profesión.
Adam no habló mucho debido
al malestar de su estómago. En cuanto pudo, le hizo señas al camarero para que
le retirara el plato, intrigado por el hecho de que sus compañeros no daban
muestras de notar el movimiento del barco.
Después de haberse servido
el café, un hombre alto subió a la tarima de oradores.
-Hola, hola -probó el
micrófono-. Me llamo Raymond Powell y soy el representante oficial de “MTIC”.
Bienvenidos al crucero de conferencias médicas auspiciado por “Arolen
Pharmaceuticals”.
Se acallaron las voces y
todo el mundo le prestó atención. Powell brindó un típico discurso de
bienvenida y pasó luego el micrófono al doctor Goddard, encargado del programa
médico.
Cuando Goddard hubo
concluido sus palabras, Powell volvió a acercarse al micrófono para anunciar:
-Y ahora queremos
presentarles una gran sorpresa: el Grupo de Danzas del Caribe.
Por las puertas que había
a ambos lados de la plataforma entraron doce bailarines de ligero atuendo, dos
hombres y diez bellísimas jóvenes. Al fondo se colocó una orquesta de rock, con
sus guitarras eléctricas y sus altavoces.
Mientras las muchachas se
ganaban a los espectadores, Powell y Goddard se retiraron a un rincón, como
para apreciar el efecto que producían sobre un público habitualmente tan
reprimido como lo son los médicos, al cabo de unos minutos a Adam le llamó la atención
una morena muy bonita de caderas estrechas y firmes pechos. Reparó un instante
en Adam, y él hubiera jurado que hasta le guiñó un ojo. Lamentablemente el
estómago no le ayudaba, y en la mitad de la función debió retirarse a cubierta.
Pidió disculpas y se abrió
paso entre la bulliciosa multitud. Alcanzó a llegar a la baranda de la cubierta
de paseo y vomitó. Luego miró a su alrededor para comprobar si alguien lo había
visto, pero felizmente el lugar estaba desierto. Se fijó en la pechera de la
camisa y vio que no se la había ensuciado. Avanzó unos pasos de cara al viento;
aún no se sentía con fuerzas como para volver dentro.
Cuando se le pasó el
malestar, se acercó a la puerta prohibida para los pasajeros, la abrió y entró.
Ese sector del barco tenía menos iluminación, y la cubierta era de un simple
tono gris, sin barnizar. Caminó hasta la proa y contempló una maraña de sogas y
cadenas, el mar golpeaba por los costados. Sobre su cabeza, veía el cielo
estrellado.
De pronto sintió que una
mano le sujetaba del hombro.
-Esta es zona vedada -dijo
una voz masculina con acento español.
-Perdón -balbuceó Adam,
tratando de distinguir el rostro del hombre-. Es la primera vez que viajo en
barco, y salí a pasear. ¿Habría posibilidad de subir al puente? -preguntó,
recordando el dicho de que la mejor táctica de defensa era una buena ofensiva.
-¿Está drogado?
-¿Yo? -se sorprendió-. No.
Estoy bien.
-No lo tome a mal, pero
hemos tenido tristes experiencias con pasajeros en otras ocasiones, el capitán
se halla en este momento en el puente. Voy a ver si le permite subir.
Después de preguntarle el
nombre, el sujeto desapareció en silencio, tal como había llegado. Al cabo de
un instante lo invitó a subir con un grito.
Encontró la escalera que
le indicaban, al llegar arriba, vio que el tripulante de acento hispano
mantenía abierta la puerta de entrada al puente de mando.
Los instrumentos estaban
iluminados por lucecitas rojas que conferían a la habitación un aspecto
surrealista. El timonel no le prestó atención al visitante, pero otro hombre se
acercó y se presentó como el capitán Eric Nordstrom.
A Adam le dio la impresión
de ser joven y, al principio, muy cauteloso.
-José me dice que es su
primer viaje, doctor Smyth.
-Así es -repuso, nervioso,
sabiendo Que Smyth ya había realizado un crucero de “Arolen”. Como el capitán
no hiciera comentarios, preguntó: ¿Quién es el propietario de la nave?
-No estoy seguro. La
tripulación trabaja para una empresa denominada “MTIC”, pero realmente no sé si
ellos son dueños del barco, o si lo alquilan.
-¿“MTIC” es un buen jefe?
El capitán se encogió de
hombros.
-Nos pagan por viaje
hecho, aunque es un poco aburrido hacer siempre el mismo trayecto; además el
trato social con esta tripulación tiene sus limitaciones.
-¿Nunca alternan con el
pasaje?
-Jamás. “MTIC” es muy
estricto en la prohibición del más mínimo contacto entre tripulantes y
pasajeros. Usted es la primera persona que sube al puente en mucho tiempo.
Hemos tenido tristes
experiencias con pasajeros alcoholizados.
Adam asintió. Si la
cantidad de alcohol que había visto consumir a los médicos esa noche era la
habitual, no le sorprendía el comentario del capitán.
Lejos de la brisa del mar,
el movimiento del buque comenzó a darle náuseas otra vez, y Adam decidió
despedirse.
-José, acompañe de vuelta
al doctor Smyth.
José salió de prisa. Bajó
la empinada escalerilla sin que se le notara afectado por el movimiento del
barco. Adam marchó detrás de él, con mucho más cuidado.
-Dentro de uno o dos días
ya se le irá el mareo -comentó el tripulante, en tono de broma.
Adam lo puso en duda.
A medida que avanzaban
hacia la popa, José le iba dando detalles técnicos sobre el buque. Adam
asentía, pero la mayoría de los términos le resultaban ininteligibles. Al
llegar a la barrera, José vaciló. Como allí había más luz, Adam pudo observarle
el rostro, cuyo rasgo definitivo era un poblado bigote.
-Doctor..., quería pedirle
un favor.
-¿Sí? -preguntó Adam,
suspicaz. Por lo que había dicho el capitán, tripulantes y pasajeros tenían
prohibido confraternizar, y no deseaba buscarse problemas. Por otra parte, la
idea de contar con un amigo entre la tripulación podría serle útil más adelante.
-En la tienda del barco
venden cigarrillos. Si le doy dinero, ¿me compraría algunos?
-¿Por qué no los adquiere
usted mismo?
-No se nos permite
trasponer esta puerta.
Adam consideró el pedido,
que le pareció relativamente inocuo.
-¿Cuántas cajetillas
quiere?
-Todas las que pueda
conseguir por este dinero -dijo, sacando del bolsillo un billete de cincuenta
dólares.
Adam tuvo la sensación de
que, después de todo, el pedido no era tan inocente. Lo más probable era que
José regentase un pequeño mercado negro a bordo.
-Preferiría probar con
diez dólares.
Rápidamente José cambió el
billete de cincuenta por otro de diez. Adam lo tomó y sugirió que se
encontrarían al día siguiente en ese mismo sitio, a las once. Recordó haber
visto en el horario de conferencias que a esa hora había un descanso para tomar
un café. José esbozó una amplia sonrisa. Sus dientes blanquísimos contrastaban
con el bigote oscuro.
Adam respiró hondo varias
veces y emprendió el camino hacia su camarote.
CAPITULO
XIII
Oyó la voz que llamaba al
doctor Smith pero no le prestó atención. Como el nombre no tenía nada que ver
con él, prefirió permanecer inmóvil. Luego alguien lo tomó del hombro y con
gran esfuerzo abrió los ojos.
-Mis gafas -pidió,
sorprendido, al comprobar que las palabras le salían confusas.
Con suma lentitud bajó las
piernas de la litera y tanteó sobre la mesilla de noche. La mano chocó contra
las gafas y las tiró al suelo. Al agacharse para recogerlas recordó de pronto
que el doctor Smith era él.
El camarero le entregó un
vaso de agua.
-gracias.
Acto seguido, el hombre le
alcanzó la acostumbrada cápsula amarilla. Sin vacilar, Adam se la puso en la
boca pero, tal como lo hiciera el día anterior, tomó un sorbo de agua sin
tragar la pastilla.
Satisfecho, el camarero
llevó el vaso al baño, momento que Adam aprovechó para sacarse la cápsula de la
boca.
-Perdone que le pregunte
-dijo con voz mucho más clara ya-, ¿para qué son esas pastillas?
-Para que se tranquilice
-replicó el hombre, con su tono extrañamente mecánico.
-¡Pero si yo estoy
tranquilo! Un poquito mareado, quizá, pero no nervioso. ¿No sería mejor que me
diera algo para el estómago?
-Estas cápsulas son para
que se sienta más relajado y receptivo -sentenció el camarero, abriendo la
puerta.
-¿Receptivo a qué?
-A las instrucciones
-agregó el camarero, al tiempo que cerraba la puerta.
Adam se levantó con una
rara sensación de cansancio y debilidad. No sabía que el mareo de mar pudiera
debilitar tanto a una persona. Se dio una ducha y se vistió, intrigado aún por
las palabras del camarero.
De camino hacia el comedor
para desayunarse, decidió ver si Alan ya estaba despierto. Esta vez, en lugar
de llamar, abrió y entró.
Su amigo se hallaba aún
tendido en la cama, con los ojos cerrados y la respiración tranquila.
-Alan. -Lentamente
pestañeó y luego volvió a cerrar los ojos. Adam se agachó y le levantó los
párpados con suavidad. En un primer momento sólo le vio la esclerótica, pero
luego descendieron las córneas-. Despiértate. -Lo tomó de los hombros para
incorporarlo-. ¿Qué te pasa?
-Nada -respondió el amigo,
con voz parecida a la del camarero-. Sólo estoy cansado. Déjame dormir.
-Comenzó a desplomarse hacia atrás, pero Adam lo sujetó.
-Dime. ¿Cómo te llamas?
-Alan Jackson.
-¿Dónde estás?
-En el crucero de
"Arolen". -Hablaba sin la menor inflexión.
-¿En qué mes estamos?
-En junio.
-Levanta la mano derecha.
Obediente, Alan alzó la
mano derecha. Parecía un autómata o una persona con severo tratamiento de
sedantes. De hecho, le hizo pensar en un paciente con discinesia. Cuando el
hombre ingresó en el hospital durmió el día entero debido a la fuerte
medicación, pero al despertarlo supo orientarse en lo que respecta al tiempo y
al espacio.
Volvió a recostar a Alan
en la cama. Lo observó unos instantes y luego regresó a su camarote. Cerró la
puerta y, por primera vez, sintió un verdadero temor. No cabía duda de que a su
amigo lo habían drogado.
Resultaba obvio que las
cápsulas amarillas eran alguna especie de tranquilizante. De pronto recordó el
sopor que sentía cuando el camarero fue a despertarle. Había atribuido el
malestar al balanceo del barco, pero quizás a él también lo hubiesen dopado. Pero,
¿en qué momento? No había ingerido las píldoras amarillas, y lo poco que comió
durante la cena lo vomitó casi de inmediato. Tal vez fuese el agua.
Fue al baño y llenó el
vaso, la olió pero no sintió olor alguno. Con suma aprehensión, la probó. Si
bien le notó un gusto químico, podía deberse a los productos usados en su
purificación. Vertió el agua y decidió ir a desayunar.
En el comedor no quedaban
huellas de la fiesta de la noche anterior. En el centro del salón habían
dispuesto mesas con una impresionante cantidad de comida. La gente aguardaba su
turno en una paciente hilera. Adam buscó a Ned y Clair, pero no los vio.
No sólo se sentía mejor
del estómago sino que tenía un hambre atroz. Ahora que le había vuelto el
apetito, el problema era que le aterraba comer. Pasó revista a la comida y
advirtió que había huevos revueltos, tocino, salchichas y panecillos. Luego vio
algo mejor aún: una enorme fuente de frutas.
Pensando que podía comer
la fruta fresca con tranquilidad, tomó varias bananas, dos naranjas y un
pomelo, y buscó una mesa vacía. Justo cuando se sentaba aparecieron Ned y
Clair. Los llamó y ellos le hicieron señas de que se sentarían con él.
Los observó cómo se
dirigían a la cola. Los notó cansados, y cuando regresaron y tomaron asiento,
reparó en que no se habían servido mucho de comer. Si la droga se hallaba en la
comida y el agua ¿por qué no estaban ellos y los demás médicos en sus camarotes,
dopados, como Alan? A lo mejor era la píldora amarilla, que sólo se las daban a
los que realizaban el crucero por segunda vez. O quizá fuese la mezcla de la
cápsula y algo que le agregaran a los alimentos. . .
-¡Qué fiesta la de anoche!
-comentó Ned, interrumpiéndole los pensamientos.
Adam asintió.
-Yo estoy molida -sostuvo
Clair-. No pensé que hubiera bebido tanto, pero debo haberme pasa†o. Dormí como
un lirón.
-Lo mismo digo -acotó
Ned-. Será el aire de mar.
-¿No les han dado a
ustedes unas cápsulas amarillas contra el mareo? -preguntó Alan, tratando de no
mostrarse demasiado interesado.
-A mí no -respondió Ned, y
miró a Clair.
-A mí tampoco. ¿Por qué lo
preguntas?
-Porque ando buscando algo
para las náuseas, y pensé.: -No terminó la frase puesto que no quería despertar
sospechas. Si mencionaba que a algunos médicos se les dopaba, lo creerían loco.
Ned y Clair bebieron su café en silencio. Era obvio que ninguno de los dos se
sentía muy bien.
Después de desayunar pasó
por la tienda de a bordo, que había recibido un nuevo stock de “Dramamina” y
parches para amortiguar los efectos del movimiento. Adquirió algunos parches, y
diez dólares de cigarrillos “Marlboro” para José.
De regreso en el camarote,
encontró otra píldora amarilla y un vaso de agua en la mesilla de noche. En
esta ocasión arrojó todo al inodoro y dejó correr el agua.
La primera conferencia de
la mañana se llevó a cabo en el auditorio mayor. La dio un patólogo de
Columbia, y fue tremendamente tediosa. Adam advirtió Que varios médicos
dormitaban, y se preguntó si estarían aburridos o drogados.
La segunda charla estuvo a
cargo del doctor Goddard y resultó mucho más interesante. Tanto es así, que
varios médicos se enderezaron en sus asientos. Goddard relató un reciente
experimento por el cual se había demostrado que podía inyectarse tejido fetal
en adultos, sin que fuera rechazado. Se suponía que el tejido fetal todavía no
ha desarrollado antígenos lo suficientemente fuertes como para provocar una
reacción de anticuerpos. La terapia preveía un enorme uso potencial. Repoblar
los islotes de Langerhans en el páncreas de enfermos diabéticos era sólo una de
las revolucionarias posibilidades.
En aquel intervalo, Adam
regresó a su camarote, tomó los cartones de cigarrillos y se dirigió a la
cubierta de paseo.
Esperó hasta que no
hubiera nadie en las inmediaciones; luego llegó hasta la barrera y pasó por la
puerta. José le estaba esperando. Las cajas de “Marlboro” desaparecieron en un
bolso de lona que llevaba colgado al hombro.
Menos mal que él no está
dopado, pensó Adam, y le devolvió los diez dólares.
Confundido, el marinero
observó el billete pensando que tenía algo de malo.
-Le propongo un trato que
no podrá dejar de aceptar -dijo Adam-. Yo le traigo cigarrillos si usted me
consigue alimentos y agua.
José enarcó las cejas.
-¿No le gusta la comida
que le sirven? Creí que era de categoría.
-Parte del trato será que
no nos hagamos preguntas. Yo no le voy a preguntar qué hace con tantos
cigarrillos, pero tampoco me pida que le diga qué hago yo con la comida.
-Por mí no hay problema.
¿Cuándo quiere que nos volvamos a encontrar?
-Esta tarde a las cuatro,
pero desearía algo de comida ahora.
José miró a sus espaldas;
luego le indicó que le siguiera.
Avanzaron hasta una
puerta, que el marinero abrió para continuar luego hasta su camarote, situado
en las entrañas del buque. el cuarto era como una celda carcelaria y el
ambiente estaba impregnado de olor a transpiración y a tabaco.
El marinero le invitó a
ponerse cómodo y se rió de su propia ironía antes de salir. Adam miró la litera
y decidió sentarse.
Al cabo de unos minutos
regresó José con una bolsa de papel con alimentos: pan, queso, fruta y zumos.
Adam señaló una botella vacía que había en el rincón y le pidió que se la
llenara en el lavabo.
-¿Ustedes tienen la misma
agua que el resto del barco?
-No sé porque no soy
ingeniero. -José abrió la puerta y espió hacia fuera-. Tenemos que movernos con
cuidado.
A algunas personas no les
gustaría enterarse de nuestro trato.
Adam aceptó la indirecta y
retornó furtivamente a su camarote. Una vez allí escondió la comida en la
maleta. Guardó los frascos de zumo en el armario y los tapó con una camisa
sucia. Miró la hora y se dio cuenta de que debía apresurarse puesto que se le había
hecho tarde para la tercera conferencia.
Tendida en la camilla de
la clínica, Jennifer se sorprendió de su propia serenidad. Decidir si deseaba o
no repetir la amniocentesis le había costado mucho más que el hecho mismo de
volver al sanatorio. El doctor Vandermer la había citado temprano, y junto con
la madre se hallaba aguardando la llegada del médico. el doctor Vandermer no
las hizo esperar mucho, pero al ver su rostro demacrado, Jennifer pensó que el
problema de la confusión de las muestras para la amniocentesis le había
afectado más a él que a ella.
Vandermer habló poco y con
voz vacilante; sin embargo realizó la práctica incluso con mayor suavidad que
la vez anterior. Para la joven el único problema fue que, apenas le clavaron la
aguja, sintió que el bebé se movía. Sin embargo, el doctor le aseguró que no
había motivo de preocupación.
Posteriormente, Jennifer
se incorporó y dijo:
-Supongo que no hace falta
que le pida que me llame tan pronto como sepa algo.
-No, no hace falta. Pienso
interesarme personalmente en la forma que el laboratorio efectúa este estudio.
Usted trate de estar tranquila, y no se aflija.
-Lo intentaré. -Valoraba
la atención especial que le dispensaba el médico, pero le hubiera gustado no
verlo tan serio porque la ponía más nerviosa de lo que ya estaba.
A la hora del almuerzo,
Adam compró diez dólares más de cigarrillos y los llevó a su camarote. al
salir, decidió pasar por el cuarto de Alan.
La puerta seguía sin estar
cerrada con llave, pero al abrirla comprobó ¡que su amigo había desaparecido!
Entró en el baño pensando que podría haberse desplomado allí, pero tampoco
estaba. Sabía con certeza que el hombre al que había visto antes del desayuno
no se hallaba en condiciones de salir a caminar. Deseó que la explicación fuese
que había mejorado. Sin embargo, también era posible que alguien lo hubiera
sacado, pero le aterraba pensar en las implicaciones. Cualquiera que fuere la
situación, le parecía importante encontrar a Alan.
Primero se fijó en el
comedor; luego en la cubierta solarium, donde habían instalado una parrilla
para servir hamburguesas y salchichas. Varios pasajeros dormitaban en hamacas.
Adam recorrió los vacíos salones de conferencias, pasó por el gimnasio y llegó
al consultorio médico de a bordo. En la puerta, un letrero anunciaba: “para
urgencias, llamar al camarero”. Se sentía presa de una ansiedad cada vez mayor.
Tenía que calmarse; de lo contrario, su actitud resultaría sospechosa. Resolvió
volver al comedor aunque no pensaba comer, pero al menos observaría a los demás
médicos.
Se sentó a la mesa y en el
acto advirtió que la morena que estaba a su derecha era la bailarina que tanta
impresión le causara la noche anterior. La joven vestía un traje sobrio y
perfectamente se la podía tomar por una pasajera.
Adam paseó la vista por el
salón y divisó a varias bailarinas más. al sentir que le tiraban de la manga,
se volvió hacia la muchacha.
-Me llamo Heather -dijo
ella, con esa voz tan monótona, que Adam comenzaba a asociar con la tripulación
del barco. No dio su apellido.
Las demás personas
sentadas a la mesa parecían concentradas en su comida. Cuando le sirvieron un
tazón de sopa fingió tomar unas cucharadas, mientras Heather lo estudiaba con
atención.
-No comes mucho.
-He sentido grandes mareos
-fue la única excusa que se le ocurrió.
-Es mejor comer. Por raro
que parezca, uno se descompone más con el estómago vacío.
-¿Sí? Tú tampoco comes
demasiado.
Heather soltó una risa
algo chillona.
-Como toda bailarina,
tengo que cuidar mi peso.
Adam sabía por Jennifer
que las bailarinas viven obsesionadas por la celulitis.
-¿Quieres que vaya a tu
camarote esta noche? -preguntó Heather en un tono tan informal como si
estuviera hablando del tiempo.
Adam se alegró de no estar
comiendo porque, de haber tenido algo en la boca, se habría atragantado. Tosió
y miró a su alrededor para comprobar si alguien lo había oído, pero sus
compañeros continuaron comiendo sumidos en una especie de estupor. Observó
a Heather. Si bien su voz
era extraña, la muchacha no parecía drogada. Decidió entonces seguirle el juego
para ver si ella podía resolver alguno de los interrogantes que le planteaba
ese extraño crucero.
-Ven después de tu última
actuación -susurró.
-A las once estaré en tu
camarote.
Adam se sonrojó.
Felizmente los demás comensales no repararon en él.
Regresó a su habitación y
comió de prisa un poco del pan y el queso que le suministrara José. En la
conferencia vespertina notó más asientos vacíos. Aunque no vio a Alan, más
tarde se encontró con Ned y Clair, que tampoco habían visto al amigo y no tenían
mucho que decir. Supuso que ambos estarían recibiendo dosis mínimas de
tranquilizantes. En la tercera conferencia, muchos de los asistentes dormían, y
Adam pensó que el motivo no era sólo que estuviesen aburridos: A las cuatro fue
a reunirse con José. Quizás el marinero tuviese idea de dónde podía hallarse
Alan.
-Quiero hablar con usted
unas palabras -propuso Adam, al trasponer la barrera.
-¿Qué pasa?
-Nada, pero me gustaría
hacerle unas preguntas.
José le condujo a su
camarote y cerró la puerta. De un armario sacó dos vasos y una botella de ron.
Adam declinó la invitación, pero José sirvió igualmente ambos vasos.
-¿Ha recorrido usted todo
el barco? -quiso saber Adam.
José apuró la bebida de un
solo trago.
-No -respondió,
limpiándose la boca con el dorso de la mano-. No todo. No he visto dónde se
alojan esos idiotas de bata blanca, por ejemplo.
-Pensé que vivían aquí,
con el resto de la tripulación.
-¿Estás loco? A esos seres
extraños nunca los vemos.
Sus camarotes se hallan en
la cubierta C.
-¿Dónde queda? Creía que
la última cubierta era la B.
El marinero levantó el
segundo vaso.
-¿Seguro que no quiere el
ron?
Adam negó con un
movimiento de cabeza.
-La escalera que conduce a
las dependencias de los camarotes está en el comedor de pasajeros. Eso lo sé
porque un día anduve por ahí buscando algo para comer. Lamentablemente me
pescaron y casi pierdo el empleo. Pero, ¿por qué le interesan esos tipos?
-Se lo pregunto porque un
pasajero del camarote contiguo al mío ha desaparecido. Primero parecía enfermo,
pero ahora se ha esfumado.
-¿No ha mirado en el
dispensario? Un tripulante me contó que hay un verdadero hospital. El lo sabe
porque ayudó a traer el instrumental.
-¿Dónde queda?
-En la cubierta B, detrás
del consultorio del médico.
Tomó el paquete de comida
que le había preparado José.
El dispensario le parecía
un buen sitio para hallar a Alan.
-¿No me traerá más
cigarrillos?
-Sí, claro. Mañana, a esta
misma hora.
-Perfecto. Ahora voy a
espiar por el corredor. -Dejó su vaso y se encaminó a abrir la puerta.
-Una última pregunta
--dijo Adam-. ¿Sabe algo de las bailarinas ?
José lo miró con una
franca sonrisa en los labios.
-No tanto como me
gustaría.
-¿Son prostitutas? -quiso
cerciorarse Adam, antes de la visita de Heather.
José se rió, meneando la
cabeza.
-No. Son universitarias
que cursan un seminario especial. ¿Qué clase de pregunta es ésta?
-¿Usted nunca las ve?
-Ojalá. No nos permiten
alternar con el personal del barco. Sin embargo, hace un año encontré a una de
las chicas en una playa de Puerto Rico. Traté de abordarla pero ella no tenía
interés. Yo estaba bastante borracho e intenté abrazarla. Fue entonces cuando
me di cuenta de que usaba una peluca, que se le cayó: la chica tenía la cabeza
rasurada, y en cada sien, unas grandes cicatrices redondas.
Ahora dígame si no le
parece extraño.
-¿Qué le había pasado?
-Nunca lo supe. Me dio un
rodillazo y se me fueron las ganas.
-Qué viaje más raro
-comentó Adam, tomando su paquete.
-¿Acaso no lo está pasando
bien?
Cuando sonó el teléfono,
Jennifer tuvo la premonición de que era el doctor Vandermer. Oyó que su madre
atendía al teléfono y al instante dejaba escapar una breve exclamación.
Entonces, comprendió. Bajó
corriendo la escalera. Al llegar a la cocina, la señora de Carson le alargó el
teléfono sin articular palabra.
-Cómo le va, doctor.
-Hola, Jennifer. -Larga
pausa-. Tengo una mala noticia que darle.
-Me lo esperaba. -Se dio
cuenta de que el médico se esforzaba por encontrar las palabras adecuadas.
-La amniocentesis dio
terminantemente positiva. Esta vez yo mismo controlé el filtrado del líquido
amniótico y no hay posibilidad de error. Se comprobó la misma deficiencia
cromosómica. Lamento comunicarle que, además del síndrome de Down, su hijo
evidencia importantes anormalidades en el desarrollo de sus órganos sexuales.
-;Dios mío! ¡Eso es
tremendo!
-Así es. Mire, si decide
hacer algo al respecto, habría que afrontarlo inmediatamente.
-Tiene razón. Lo he
meditado profundamente, y me he decidido por el aborto. Cuanto antes, mejor.
-Entonces lo haremos
mañana mismo.
-Gracias, doctor -dijo
Jennifer, y colgó.
La señora de Carson abrazó
a su hija.
-Entiendo cómo debes
sentirte, pero creo que has optado por el único camino posible:
-Lo sé. Ahora querría
hablar con Adam.
La mujer esbozó una mueca
de disgusto.
-Mamá, él sigue siendo mi
marido, y no querría hacer algo tan importante sin avisarle primero.
-Bueno, querida, como te
parezca. -La señora salió de la cocina y subió a la planta alta, probablemente
para llamar a su esposo por el otro teléfono y quejarse de Adam.
Apenas quedó sola,
Jennifer marcó el número del departamento por si acaso Adam hubiese regresado.
Lo dejó sonar veinte veces, cortó y luego pidió a informaciones el número de
“Arolen Pharmaceuticals” de Montclair (Nueva Jersey). Cuando le atendió la operadora
de la centralita, exigió hablar con Clarence McGuire, pero sólo logró
comunicarse con él después de discutir ásperamente con su secretaria.
-¿Cómo está, señora? -la
saludó, por fin, McGuire.
-No muy bien -respondió
ella, enojada-. Quiero saber adónde se fue mi marido.
-Perdone, pero yo tampoco
lo sé. Me llamó para decirme que se iba de viaje por un problema familiar.
-Usted no me miente,
¿verdad? Supuse que lo había enviado a Puerto Rico.
-El rechazó el
ofrecimiento. Además, no tengo motivos para mentirle.
Jennifer cortó muy
confundida. Tan convencida estaba de que Adam había emprendido un viaje de
trabajo que no se le ocurrió ninguna otra posibilidad. Por impulso llamó al
doctor Schonberg.
-Perdone que lo moleste,
doctor -dijo ella, que jamás había hablado con su suegro-, pero estoy buscando
a Adam
y pensé que quizás usted
sabría dónde se encuentra.
-No tengo la más mínima
idea, y eso deberías saberlo tú mejor que nadie.
Colgó en el instante en
que su madre volvía a la cocina. La mujer debió haber escuchado la conversación
con McGuire porque dijo:
-Te aconsejo que no le
cuentes esto a tu padre. El está seguro de que Adam anda en amoríos.
Adam estaba nervioso. Le
habían entregado otra cápsula amarilla a eso de las seis, y durante la cena los
camareros le observaban atentamente. Por miedo a que se dieran cuenta de que
eludía el tratamiento, apeló al recurso de esconder comida en la servilleta
para dar la impresión de que comía. En cuanto le fue posible abandonó el
comedor. De regreso a su camarote, entró en la enfermería, una pequeña sala con
quirófano completo y sofisticados equipos de radiología. Sin embargo, no había
allí paciente alguno.
Al pasar por el cuarto de
Alan abrió la puerta suponiendo que el camarote estaría vacío. Con sorpresa
comprobó que su amigo se hallaba en la cama, casi en el mismo estado en que lo
había visto antes de que desapareciera. Lo despertó. Alan parecía saber dónde
se encontraba, pero insistía en que en ningún momento se había marchado de su
habitación. Volvió a acostarlo y se fue a su camarote.
Hacer un viaje en barco
para descubrir por qué Vandermer había cambiado de opinión respecto del
“Pregdolén” le había parecido una buena idea en el ambiente seguro que brindaba
Nueva York. Ahora sólo anhelaba volver, sano y salvo, junto a su mujer. Alguien
le había explicado alguna vez que el motivo por el cual “Arolen” enviaba a los
médicos a un crucero era para alejarlos de sus preocupaciones habituales. Pero
el hecho de drogarlos para que no supieran lo que hacían era un acto más que
extraño, aterrador.
Un golpe en la puerta
aceleró el ritmo de su pulso. Deseó que no fuera el inexpresivo camarero con
otra píldora amarilla.
-Caramba -musitó, al
comprobar que se trataba de Heather.
-Estoy contenta de que me
hayan dejado en libertad después de la última función.
Vestía una blusa
transparente y la falda más breve que Adam hubiese visto jamás. Su figura era
espléndida. “Debo estar loco” pensó él, sin poder quitarle los ojos de encima.
¿Cómo justificaría esa
escena ante Jennifer?
-Heather, siéntate, así
podemos hablar.
La muchacha dejó de
pasearse por la pieza con pasos de baile.
-Cómo no -dijo. Se sentó
en la cama junto a Adam, y apretó su muslo desnudo contra la pierna masculina.
Con elegantes movimientos se quitó volando los zapatos altos-.
¿De qué quieres hablar?
-De ti -sostuvo Adam, a
quien le resultaba difícil no mirarle la curva de los pechos.
-Prefiero hablar de ti
--dijo ella, rodeándole con sus brazos.
-Eso fue lo que me
anticipaste durante el almuerzo -reaccionó, retirándola con suavidad-, pero yo
en realidad quiero conocerte.
-No hay mucho que contar.
-Tu trabajo no es el
habitual para una chica joven.
¿Cómo caíste aquí?
Heather no respondió. Al
principio Adam creyó que estaba pensando, pero mirándola bien daba la impresión
de hallarse en trance.
-¡Heather! exclamó,
moviendo una mano frente a sus ojos.
-Sí. -La muchacha
parpadeó.
-Te he hecho una pregunta.
-Ah, sí. ¿Cómo vine a caer
al Fjord? Bueno, es una larga historia. Yo trabajaba de secretaria en “Arolen
Pharmaceuticals” de Nueva Jersey. Les caí bien y me ofrecieron un empleo en
“MTIC” en Puerto Rico. También allí empecé
como secretaria, pero
cuando se enteraron de que sabía bailar, me pasaron aquí.
“Eso explicaba lo del
baile -pensó Adam-, pero no la prostitución, si es que de hecho la practicaba”.
Estaba dispuesto a concederle el beneficio de la duda.
-¿Disfrutas de este viaje?
-preguntó ella para cambiar de tema.
-Muchísimo.
-Yo voy a hacer que te
guste aún más. Pero primero te haré un regalo.
-Ah, ¿sí?
-Aguarda aquí. -Se levantó
y fue a buscar una carterita que había dejado sobre el escritorio. Cuando se
volvió, Adam vio Que sostenía dos cápsulas amarillas en la mano.
-¿Por qué no me traes zumo
de frutas del armario? -pidió--. No soporto el agua.
-De acuerdo. -Heather
apoyó las píldoras sobre el escritorio, tomó la botella de zumo, la abrió y se
la entregó.
Adam escamoteó las
cápsulas y las escondió detrás de la cama cuando ella fue a guardar de nuevo el
zumo. Ahora me he propuesto que goces plenamente de este viaje -declaró la
muchacha, y se le sentó en las rodillas.
-Espera un segundo -dijo
él, esquivando sus labios-.
¿Para qué es el remedió
que me has dado?
-Para tu placer. Para
que te tranquilices y olvides tus problemas.
-¿Tú también lo tomas?
-No -respondió ella con
una risa chillona-: Yo no tengo problemas.
-¿Y por qué crees que yo
si?
-Todos los médicos los
tienen.
-¿Acaso los visitáis a
todos? Me refiero a ti y a tus compañeras de baile.
-No. Sólo a los que nos
indican el señor Powell y el doctor Goddard.
-¿Ellos te ordenaron que
vinieras a verme a mí?
La joven asintió.
-¿Sabes por qué?
-Porque no te has relajado
lo suficiente. ¿Es que no te resulta interesante?
-Sí, por supuesto. -Le
hizo agachar la cabeza para besarla, mientras con los dedos le recorría el
nacimiento del pelo con el fin de comprobar si llevaba peluca. No la llevaba,
pero al frotarle la piel de las sienes le notó unas líneas ásperas.
-Heather, quiero
preguntarte una cosa. ¿Estas son cicatrices?
-No lo creo -repuso ella,
con disgusto-. ¿Adónde?
-Aquí, en las sienes. -Con
suavidad le separó el pelo para poder ver mejor. Había dos pequeñas marcas de
un centímetro de largo, como las que describiera José.
Heather levantó una mano y
tanteó el lugar. Luego se encogió de hombros.
-¿No sabes por qué las
tienes?
-No. Y lo que es más, no
me interesa.
-Lamento no ser un
compañero muy divertido. Supongo que será porque me siento demasiado relajado.
Heather parecía
desilusionada.
-A lo mejor debí haber
esperado para darte las cápsulas.
-¿Se quedará contento el
señor Powell al enterarse de que por fin me he olvidado de mis angustias?
Heather asintió,
acariciándole dulcemente los hombros.
-Por qué le preocupa a él
si yo me tranquilizo o no?
-Para que puedas pasar a
la sala de instrucción.
Adam se quedó mirándola, y
ella se apresuró a agregar:
-¿Seguro que te sientes
bien relajado?
-Segurísimo. ¿Sabes dónde
es esa sala de instrucción?
-Por supuesto. Más aún,
tengo órdenes de llevarte allí, pero sólo cuando ya estés listo.
-Jamás me había sentido
tan relajado -afirmó él, y dejó caer los brazos-. ¿Por qué no me llevas ahora?
En vez de responder,
Heather pareció sumirse en otro trance. Minutos más tarde volvió a la
conversación como si no se hubiera percatado de la pausa.
-Podría acompañarte ahora
mismo si tomaras otra píldora. Debo cerciorarme de que primero te quedes
dormido.
-Dámela. Ya ni puedo tener
los ojos abiertos.
Era extraño lo fácil que
le resultaba engañarla. al igual que el camarero, parecía casi infantil en la
confianza que demostraba. Al rato Adam se tendió en la cama y cerró los ojos.
Diez minutos después Heather lo ayudó a ponerse de pie y lo hizo salir de la
habitación. Se dirigieron a la escalera central, subieron a la cubierta y
entraron en el comedor.
Pasando una de las puertas
laterales del escenario había un lugar donde se guardaban manteles, cubiertos y
bandejas. A la derecha, otra puerta daba a una escalera que bajaba a las
entrañas del barco. Adam supuso que llevaba a la cubierta C.
A medida que descendían,
se cruzaron con varios camareros que iban subiendo. Adam trató de eludir su
mirada puesto que no quería que nadie se diera cuenta de que fingía estar
sedado.
al llegar abajo
recorrieron un largo pasillo hasta una puerta de dos hojas.
-Stuart Smith -anunció
Heather al camarero que custodiaba la entrada-. Es repetidor.
-Butaca 47 -dijo el
hombre, entregándole algo semejante a una tarjeta de crédito. Pasaron.
Cuando sus ojos se
acostumbraron a la penumbra, Adam notó que se hallaba en un sitio parecido a la
platea de un teatro. Espió por sobre un biombo de un metro y medio de alto, y
vio una pantalla de cine. No se oía ningún ruido, pero tuvo la sensación de ver
siluetas de médicos en la oscuridad.
Un camarero recibió la
tarjeta de Heather y, sin pronunciar palabra, aferró a Adam del brazo y lo
entró dentro.
Aun en las tinieblas, Adam
advirtió que los asientos no eran los habituales de los cines. Cada uno se
asemejaba a una réplica en miniatura de una silla eléctrica, con innumerables
correas y electrodos. Había entre quince y veinte asientos por fila, y más de
veinte filas.
Sujetándolo con fuerza, el
camarero lo condujo por el pasillo central. Con espanto, Adam notó que los
médicos estaban desnudos y atados con correas. Tenían puestos cascos con
audífonos y electrodos superficiales para recibir estímulos. Todos parecían estar
profundamente drogados como Alan, hasta un punto entre el sueño y el estado
consciente. Sus cuerpos se hallaban rodeados por otros cables que terminaban en
electrodos de aguja, conectados en diversos puntos nerviosos.
El camarero se detuvo
junto a una butaca vacía de la primera fila. Luego introdujo la tarjeta en una
ranura que había al costado de la silla y comenzó a maniobrar con los cables.
Adam sentía miedo casi
hasta de respirar. Tenía la sensación de haber sido arrojado dentro de una
película de terror. al observar la inmensa pantalla, vio la imagen de un médico
que ofrecía a un paciente un medicamento de marca corriente. En el momento en
que el nombre aparecía ante la cámara, el rostro del galeno se contraía de
dolor y dejaba caer el frasco. Al mismo tiempo Adam oyó que un gemido
sobrecogedor surgía de los espectadores. Luego el médico de la película tomaba
un producto de “Arolen” y una amplia sonrisa se pintaba en sus labios. Adam
miró de reojo a la persona que tenía a su lado y notó que él también sonreía
feliz.
Al ver que el camarero
maniobraba con las correas, se dio cuenta de que estaba presenciando la más
moderna de las técnicas de control mental para producir un condicionamiento de
rechazo y un estímulo positivo de refuerzo.
A medida que se
presentaban más situaciones clínicas en la pantalla, los médicos de la platea
hacían muecas de dolor o gestos de placer, según fuese la circunstancia
proyectada.
-¡Dios mío! -pensó. ¡Esto
es una pesadilla en la que el facultativo se va transformando en paciente! Con
razón Vandermer había cambiado de parecer respecto al "Pregdolén". ¡Y
pensar que Jennifer era atendida por él! al sentir que el camarero intentaba
desabrocharle la camisa, tomó conciencia de su propia vulnerabilidad. el no era
un observador. Por el contrario, la intención era amarrarlo y someterlo al
mismo tratamiento.
Escrutando el rostro
impávido del camarero comprendió que ese sujeto estaba tan drogado como los
doctores, salvo que en menor medida. Más aún, todos los camareros debían estar
igualmente drogados. Quizás a algunos hasta se les habría practicado una operación
de cerebro, como a Heather.
En la pantalla apareció
una secuencia donde se criticaba toda cirugía innecesaria, al parecer, el
objetivo del “MTIC” era realizar algo más que un simple lavado de cerebro para
que los médicos recetaran medicamentos de “Arolen”.
El camarero le había
quitado la camisa y pretendía desabrocharle el cinturón.
-¿Se da cuenta de lo que
está haciendo? -reaccionó Adam, incapaz de permanecer callado un minuto más.
-Ayudamos a los médicos a
aprender -respondió el hombre, sorprendido por la inesperada pregunta.
-¿A qué precio? -continuó
Adam, y lo aferró de la muñeca.
Lentamente, pero con gran
energía, el camarero lo obligó a quitarle la mano del brazo. A Adam le llamó la
atención la fuerza que desplegaba teniendo en cuenta la alta dosis de drogas
que debía haber ingerido.
-Por favor, debe usted
colaborar.
El hombre levantó el casco
con la intención de colocárselo a Adam en la cabeza.
Sabiendo que su única arma
era la sorpresa, Adam le arrebató el yelmo y se lo encasquetó al camarero. Tomó
la maraña de cables y se los enrolló alrededor del cuello; luego huyó, confiado
en que el individuo no pudiera gritar antes de que él hubiese abandonado la
sala.
Cuando corría por el
pasillo, los médicos de la platea dejaron escapar otro angustioso gemido, que
lo aterrorizó aún más. Traspuso la puerta a toda velocidad. Al pasar junto al
guardia de entrada, éste pegó un alarido.
Adam trepó tan velozmente
por la escalera que subía hasta la cubierta principal, que casi se cae. Un
camarero que bajaba le tendió una mano para ayudarle, pero no hizo amagos de
detenerlo.
Ya en el comedor, tuvo que
optar entre seguir avanzando o esconderse. Decidió continuar, puesto que las
zonas de más abajo le producían claustrofobia. Al pasar frente a las salas de
conferencias, oyó varios timbrazos y el chasquido típico de los altavoces al
ponerse en funcionamiento.
¡Atención, por favor. El
pasajero Smith se halla alterado y debe ser detenido!
Desesperado, intentó
dominar el pánico y pensar dónde podría ocultarse: Los diversos armarios y
altillos le parecían demasiado obvios. Además, quedaría preso. Subió otro tramo
de escalera. Al cruzar la cubierta de paseo oyó voces que gritaban en el nivel
inferior.
Dominado por el terror,
corrió hacia la piscina. De pronto se topó con la imponente chimenea blanca
ante sus ojos.
Vio que tenía una
escalerilla adosada a la parte exterior.
Sin pensarlo más, saltó al
primer peldaño y comenzó a ascender. el viento golpeaba contra su pecho
desnudo. Había subido unos cinco metros cuando oyó a sus perseguidores en
cubierta, a sus pies. Cerró los ojos amedrentado al imaginar que un reflector
lo detectaría contra la pared blanca.
al transcurrir unos
segundos sin que nadie lo descubriera, se arriesgó a mirar abajo. Varios
camareros iban levantando las lonas de los botes salvavidas, y abriendo las
diversas cajas. al menos no se les había ocurrido mirar en dirección a él, pero
el hecho de ver la altura a que se encontraba le dio vértigo. Tampoco fue
consuelo alguno mirar hacia arriba puesto que las estrellas parecían
balancearse en el firmamento.
Al cabo de unos minutos se
aventuró a mirar de nuevo abajo. Varios camareros daban vueltas alrededor de la
base de la chimenea. A pesar del vértigo que le producían siempre las alturas,
siguió subiendo por la escalerilla. Calculó que le quedarían otros cinco metros
hasta la parte superior.
Advirtió que allí había
dos aberturas del tamaño de un hombre, una a cada lado de la chimenea. Decidió
acercarse a ver si podía ocultarse en una mientras continuaba el ascenso
tratando de no pensar en la posibilidad de caerse. Así llegó a las aberturas, que
en su interior poseían un piso de enrejado metálico.
Como no podía permanecer
más tiempo en situación tan expuesta, se aferró al borde de la abertura
izquierda y pasó un pie por la boca. Al quedar colgando entre la escalerilla y
la abertura, casi se acobardó. Era una gran caída hasta la cubierta. Hizo acopio
de todo su valor, se soltó de la escalerilla y se introdujo dentro de la
chimenea.
Una vez que recobró el
equilibrio, avanzó por un estrecho pasillo interior. No sabía qué uso se le
daba a ese espacio, pero se alegraba de que estuviera allí. al sentirse más
seguro puesto que nadie podía verlo, reflexionó sobre lo que más le convenía hacer
a continuación. La imagen de esos médicos lanzando gemidos le obsesionaba.
Ahora entendía lo que les había pasado a Vandermer y a Foley.
Recordó la conferencia del
doctor Goddard respecto del interés de “Arolen” por la fetología, y comprendió
que la empresa debía tener una necesidad cada vez mayor de tejido fetal. De
pronto cayó en la cuenta de por qué la “Clínica Julian” efectuaba un porcentaje
tan alto de amniocentesis. La confusión con el análisis de Jennifer quizá no
hubiese sido accidental. Sintió un sudor frío. ¿Y si hubieran convencido a su mujer para repetir la
amniocentesis antes de que él regresara a Nueva York?
Se postró de rodillas. Si
hubiera corrido hacia delante, tal vez habría podido llegar a las dependencias
de la tripulación y pedir permiso para usar la radio. “No -pensó-, eso es pura
fantasía”. Estaba tratando de encontrar el modo de retornar a cubierta cuando
oyó un golpe contra la pared externa de la chimenea.
Con suma cautela espió por
el borde de la abertura. Un camarero subía por la escalerilla. Nuevamente le
dominó el pánico. Estaba atrapado. A lo mejor el hombre no se introducía por la
abertura, aunque lo más probable era que lo hiciera.
Percibió la respiración
agitada del hombre; un segundo después, una mano se aferraba al mismo borde;
luego seguía un pie y por último la silueta entera. Esperó que el camarero se
recortara en la boca de la abertura, con los brazos separados para mantener el
equilibrio. Entonces se abalanzó sobre él y, con ambas manos, le aplastó la
cabeza contra la chapa metálica. Tuvo que sostenerlo de la chaquetilla para que
no se desplomase de espaldas, hacia fuera. Lo metió dentro y lo dejó caer en la
pasarela. Se agachó para mirarle la cabeza y comprobó que al menos no sangraba.
Con esfuerzo lo sentó para
sacarle la camisa y la chaqueta blanca. La pajarita le resultó fácil de quitar
puesto que se sujetaba con un broche. Se puso de pie para probarse la ropa que,
aunque grande, le sería de utilidad. Pensó que le convenía alejarse de allí
antes de que el camarero recobrara el conocimiento. Lo mejor sería que se
escondiera en las dependencias de la tripulación.
Iba bajando por la
escalerilla cuando divisó a varios camareros en la cubierta. Tendría que
disimular. Al llegar a la cubierta se enderezó la corbata, alisó su chaqueta y
avanzó.
Debió resistir la
tentación de echar a correr al pasar junto a un camarero que revisaba todas las
hamacas y cajas próximas a la escalera principal. Felizmente la escalera estaba
libre, de modo que pudo alcanzar la cubierta de paseo sin que nadie reparara en
él. Los demás camareros se habían dispersado, obviamente para registrar otros
sectores del barco. Adam se dirigió a estribor. Cuando alcanzó la puerta que
había junto a la barrera se dio cuenta de que su disfraz podía acarrearle
complicaciones en esa parte del buque. Se quitó entonces la chaqueta y la tiró
por la borda.
Con paso ágil enfiló hacia
la puerta que había ya atravesado con José. La abrió y contempló el pasillo
iluminado por unas lamparitas que proyectaban grotescas sombras sobre las
paredes. Desde el otro extremo del corredor le llegaron voces y ruido de cubiertos.
Supuso que allí estaría el comedor de la tripulación.
Caminó de puntillas hasta
el camarote de José, y llamó.
No le respondieron. Probó
el picaporte, que cedió en el acto; entró y cerró en seguida la puerta.
Lamentablemente no había
luz en la habitación. Tanteó la pared pero no encontró ningún interruptor. Con
cuidado dio unos pasos, tratando de recordar la distribución del cuarto. Se
acordó de que había una lámpara fija en la pared, sobre la litera colgante.
De pronto una mano emergió
en las tinieblas y le apretó el cuello.
-¡José! -alcanzó a
balbucear, antes de sentir que la mano le cortaba el aire. Estaba a punto de
desmayarse, cuando cedió la presión sobre su cuello. Se oyó un chasquido y se
encendió una luz. José se hallaba parado ante él, con expresión de desagrado.
-¿Qué pretende? ¿Que le
maten? -preguntó el marinero, y fue a sentarse en el borde de la cama.
-Llamé -articuló Adam-.
Usted no me contestó.
-Estaba dormido, maldito
sea.
-Perdóneme, pero se trata
de una emergencia.
-¿Le persigue una de las
bailarinas universitarias? -se burló José.
-No es eso exactamente.
Los locos de las chaquetas blancas.
-¿Qué diablos quieren
hacerle?
-Si se lo cuento no me lo
va a creer. ¿Le interesa la posibilidad de ganar cierta suma de dinero?
-El dinero siempre me
atrae.
-¿Cuándo llegamos a St.
Thomas?
-¿Qué hora es?
-La una y media -contestó
Adam mirando el reloj.
-Dentro de cuatro o cinco
horas.
-Necesito permanecer
oculto hasta que atraquemos, y después, abandonar furtivamente el barco.
José se pasó la mano por
la cara.
-¿De qué suma de dinero me
habla?
Sacó el billetero y contó
el dinero. En total, tenía alrededor de trescientos dólares.
-Me guardo algo para tomar
un taxi, pero quedarían doscientos setenta y cinco para usted.
José enarcó las cejas.
-No le garantizo nada,
pero lo intentaré. Le advierto que, si lo pescan, voy a jurar que no lo
conozco.
Adam le entregó un billete
de cien.
-El resto se lo daré una
vez en tierra.
José aceptó el trato con
un gesto de asentimiento y fue hasta su armario. Sacó unos pantalones con
manchas de grasa y una raída camisa de franela, que le arrojó a Adam.
-Póngase esto y lo tomarán
por un tripulante. Tengo un par de amigos que odian a los camareros tanto como
yo, y quizás estén dispuestos a colaborar. Usted quédese aquí, que nadie lo va
a molestar.
Iba a expresarle cuánto le
agradaba la ayuda, pero José lo interrumpió afirmando que lo único que quería
era el dinero. Luego se puso un pantalón y se fue del camarote.
Adam se calzó la mugrienta
ropa y escondió la suya en el fondo del armario. Después se miró en el espejo.
Su facha le pareció horrible, pero al menos le venía bien tener la barba
bastante crecida. De hecho, su aspecto ya no era el de un pasajero.
La puerta se abrió de
improviso y Adam casi se desmaya, pero sólo era José.
-La próxima vez, llame.
-Este es mi camarote,
carajo -se indignó el marinero.
Eso no se lo podía
discutir.
José se sentó en la cama.
-Acabo de hablar con un
amigo mio sobre la posibilidad de sacarlo del barco. Parece que hay una forma
de hacerlo, que él mismo utilizó un día que la tripulación tenía prohibido
bajar en St. Thomas. el problema es que haría falta contar con todo el dinero
de entrada para pagar a otros dos tipos más.
Adam meneó la cabeza.
-Mire continuó José-, si
no le satisface el arreglo, váyase de aquí.
Se hallaba en total
inferioridad de condiciones. Si José lo deseaba, podía arrebatarle el dinero
por la fuerza cuando quisiera.
Con un suspiro de
resignación sacó el billetero. Se guardó veinticinco dólares para él y le
entregó el resto.
-Actúa como si estuviera
haciéndome el favor a mí -protestó José, al tiempo que se guardaba los billetes
en el bolsillo-, pero quiero que sepa que no correríamos el menor riesgo por
tan poco dinero si no fuese porque odiamos a esos hijos de puta.
-Se lo agradezco -articuló
Adam, pensando qué posibilidades había de que el marinero lo estuviese
estafando.
-Quédese escondido aquí
toda la noche. Por la mañana, después de que hayamos atracado, vendré a
buscarlo. ¿Comprendido?
Adam asintió.
-¿No me puede adelantar
cuál es el plan?
José insinuó una sonrisa.
-Prefiero que sea una
sorpresa. Usted póngase cómodo y no se preocupe por nada.
Adam oyó que el marinero
se reía después de salir y cerrar la puerta.
Miró su reloj y presintió
que iba a ser una larga noche.
Supuso que los nervios le
impedirían conciliar el sueño, pero al rato se quedó dormido. No supo cuánto
tiempo había transcurrido cuando lo despertaron unos gritos en el pasillo. En
el acto reconoció la voz.
-En este sector del barco,
el que manda soy yo, y nadie lo registrará sin mi permiso. -el que hablaba era
el capitán.
Una voz más gruesa
replicó:
-Permítame pasar, puesto
que yo soy el responsable del barco.
Al parecer se trataba de
Raymond Powell.
Otras voces prorrumpieron
en alaridos, al tiempo que se oía abrir y cerrar de puertas.
Asustado, paseó la vista
por la minúscula habitación en busca de un sitio donde esconderse. No había
ninguno; hasta el armario era demasiado estrecho como para ocultarse allí.
Luego se le ocurrió una idea. Se acomodó el pelo sobre la frente, se bajó los sucios
pantalones hasta los tobillos y se sentó en el inodoro. al lado había un
ejemplar de la revista Penthouse, que colocó sobre sus rodillas. No había
pasado un minuto cuando oyó el ruido en la cerradura, y la puerta se abrió con
fuerza.
Adam levantó la mirada. En
el vano de la puerta apareció un camarero, y detrás de él, el señor Powell. El
capitán Nordstrom seguía despotricando. Powell miró a Adam con expresión de
disgusto, y prosiguió su camino: el camarero cerró la puerta con estrépito.
Durante un instante no se
movió. Todavía alcanzaba a oír el ruidoso grupo que avanzaba por el corredor.
Por último, se puso de pie y se levantó los pantalones. Llevó la revista a la
litera con la intención de leer, pero el miedo de que volviesen a buscarlo le
impidió concentrarse. Finalmente se durmió, hasta que un ruido estentóreo le
indicó que la nave había anclado. Era las cinco y cuarto.
La hora siguiente fue la
más larga de su vida. De vez en cuando se oía a gente por el pasillo, y en cada
oportunidad suponía que venían a apresarlo a él.
A las seis y media regresó
José.
-Todo está listo -anunció
el marinero, dirigiéndose al armario para sacar la botella de ron-. Primero le
convendría beber un trago.
-¿Le parece que hace
falta?
-Sí. Yo en su lugar lo
aceptaría.
Bebió un pequeño sorbo,
pero el licor era demasiado fuerte y amargo. Sacudió la cabeza y devolvió el
vaso.
El marinero volvió a
guardar la botella y se restregó las manos.
-Su nombre ahora es Angel,
por si se lo preguntan, aunque no creo que vaya a tener que hablar mucho.
José abrió la puerta del
camarote y le hizo señas de que lo siguiera.
En el último momento quiso
reconsiderar su decisión, pero luego se dijo que estaba procediendo bien. Tanto
sus padres como el médico pensaban que no le quedaba otra alternativa. Sólo
deseaba que Adam estuviese allí para compartir la responsabilidad.
CAPITULO
XIV
Jennifer pasó la noche
inquieta, y estaba ya en la cocina a las ocho menos cuarto cuando sonó el
teléfono. Corrió a atenderlo suponiendo que sus padres dormían aún, pero la
madre ya bajaba para cogerlo.
-Es para mí, mamá -dijo la
joven al escuchar la voz del doctor Vandermer.
-Buenos días, Jennifer.
Quería avisarle que la operación la haremos a las tres y media de la tarde.
Lamento demorarlo tanto, pero estamos tan sobrecargados de trabajo que hasta
fue un problema darle hora para hoy. Manténgase sólo a base de líquidos: esta
noche habrá pasado todo y podrá pedir lo que quiera para la cena.
-De acuerdo -aceptó
Jennifer sin mucho entusiasmo-.
¿Cuánto tiempo voy a estar
internada?
-Es probable que solamente
pase la noche. Ya se lo explicaré cuando venga por aquí.
-¿A qué hora debo
presentarme?
-¿Le parece bien cerca del
mediodía? Así, si no nos retrasamos con los horarios podríamos empezar antes
con usted. Entretanto, quédese tranquila; deje que me preocupe yo de los
detalles.
Jennifer se preparó un
café y salió al jardín.
Por un momento Adam siguió
a José con la mayor discreción posible. Atravesaron el corredor, pasaron por la
cocina y descendieron por una empinada escalera. Los tripulantes con que se
toparon en el camino no manifestaron asombro por la presencia de Adam, pero así
y todo, para él fue una experiencia angustiosa. A cada momento esperaba que
alguien lo reconociera e hiciese sonar la alarma.
Al llegar al nivel de más
abajo, avanzaron hacia la popa por un angosto pasillo con cañerías a la vista y
olor a diesel. Dejaron atrás varias salas llenas de máquinas que, supuso,
serían los generadores. Allí trabajaban varios hombres con el torso desnudo,
sus cuerpos brillaban por la transpiración. El ruido era ensordecedor.
Caminaron hasta un recinto
oscuro donde había unos grandes volquetes sobre angarillas, que apestaban por
la basura que contenían. José entró y lo llevó al fondo donde, sentados en el
suelo dos hombres jugaban a las cartas. Cuando José se acercó, el más fornido
levantó la mirada; luego reanudó el juego.
En la pared de atrás había
una amplia abertura por donde Adam alcanzó a divisar un sector del muelle. Un
rayo de sol radiante, que parecía bellísimo en medio de un ambiente tan
sórdido, entraba oblicuamente dentro de la habitación.
-Aleluya -musitó Adam
aproximándose a la puerta, mientras protegía sus ojos del resplandor tropical.
¡Se sentía tan cerca de la tierra... y de la libertad! No importaba que no
supiese aún cómo iba a llegar allí. Echó otro vistazo al atracadero y en el acto
se le borró el júbilo. A una cortísima distancia hacia la derecha, había una
pasarela para pasajeros custodiada por numerosos camareros de chaqueta blanca
que controlaban estrictamente a todos los que bajaban del barco.
-José, no voy a poder
bajar por ahí sin que me detengan -anticipó Adam, tratando de animarse.
Sin levantar los ojos del
juego de cartas, repuso José:
-Ya va a ver.
Adam permaneció unos
minutos sin saber qué hacer.
-José -dijo, por fin-, ¿es
así cómo me va a sacar del barco? -Señaló con la cabeza en dirección a la
pasarela.
-No. Todavía falta lo
mejor.
-¿Qué ha planeado?
-preguntó, indignado.
José no respondió. Adam
regresó entonces a la abertura y contempló con añoranza las suaves colinas que
se recortaban detrás del puerto, salpicadas de casitas. Estaba a punto de
volver a preguntarle al marinero, cuando divisó una hilera de amarillos camiones
recolectores de basura que llegaban al muelle despidiendo humo por los tubos de
escape verticales. Se detuvieron cerca del costado del barco, uno detrás de
otro. Luego se oyó el estrépito de una bocina de ruta.
Los jugadores lanzaron una
maldición, dejaron los naipes y se aproximaron al volquete más cercano. El más
corpulento empujaba mientras los otros dos tiraban, hasta que lograron hacer
deslizar el volquete por una rampa en dirección al primer camión. Cuando
regresaron a buscar otro cubo, el camión comenzó a funcionar. Aparecieron unos
enormes brazos hidráulicos que sujetaron el volquete, lo levantaron sobre la
cabina y arrojaron el contenido en la caja posterior. Todo se hizo de manera
prolija puesto que los volquetes poseían una tapa metálica que sólo se abría en
el último momento. En el instante en que el volquete quedaba depositado sobre
el muelle, José y sus compañeros ya tenían listo el próximo. Después de que el
camión tragase varios cargamentos más, José le gritó a Adam:
-Muy bien. Ahora venga
aquí.
Adam se acercó al
siguiente volquete.
-Vamos a ocultarlo entre
los desperdicios. -Los tres hombres prorrumpieron en risas.
-¿Pretenden que me meta
ahí dentro? -preguntó Adam.
-No hay tiempo para
discutir. Este es el último cargamento del primer camión.
-¿Es la única forma de
bajar del barco?
-La única -intervino uno
de los jugadores-. Yo mismo lo hice en una oportunidad. No es el modo más
placentero de viajar por el pueblo, pero al menos uno va solo.
-¿Adónde me llevarán?
-A una zona que se está
rellenando, cerca del aeropuerto.
-¡Dios mío! ¿Por qué no me
advirtieron que me esconderían entre la basura?
-La basura la arrojamos al
mar -le corrigió el marinero-. ¡Estos son residuos.
El potente claxon del
camión resonó con impaciencia.
-Tiene que irse -sugirió
José-. No puede quedarse eternamente en mi camarote. Apoye el pie aquí.
Formó un estribo con las
manos, Que Adam usó como peldaño. El más robusto de los hombres levantó la tapa
del volquete y, con un rápido movimiento, José empujó a Adam de cabeza al
interior, en medio del revoltijo de cajas, papeles y demás desechos. Pese a lo
que dijeran, también había basura. La tapa se cerró con un golpe seco y Adam
quedó sumido en las tinieblas. Sintió que el volquete rodaba sobre la rampa y
llegaba al muelle. Luego experimentó una violenta sacudida, y no le costó
imaginar la forma en que lo elevaban del suelo. el volquete se sacudió, se
inclinó en posición invertida y, en un instante, Adam fue arrojado a la caja
del camión. Cayó de rodillas, cubierto de basura.
Casi en el acto el
vehículo se puso en marcha, y ya se había alejado del muelle cuando Adam logró
sacar la cabeza entre baches de desperdicios. Los residuos sirvieron para
amortiguar el movimiento debido a los baches del camino. Pero al cabo de unos
minutos el sol tropical convirtió la caja metálica del camión en un horno
ardiente. Empezó a transpirar, y cuando llegaron a la zona de relleno, ya no le
importaba lo que le sucedía, siempre y cuando pudiese escapar. Apenas tomó
conciencia de un chirrido por debajo, al instante en que el camión comenzaba a
elevar su caja. Segundos después era despedido sobre una montaña de basura. Se
puso de pie y pudo ver entonces que el camión se alejaba.
Estaba a salvo ya que
nadie lo había visto bajar del barco. Miró a su alrededor y divisó el
aeropuerto de la minúscula isla a unos doscientos metros a la derecha. Hacia la
izquierda, las azules aguas del Caribe se prolongaban indefinidamente.
Trató de limpiarse lo más
que pudo y emprendió el camino hacia la terminal aérea.
El aeropuerto era un
edificio informal a cuya entrada se congregaban los taxis multicolores. En el
momento de ingresar, advirtió que unos turistas lo observaban con desconfianza.
Resultaba obvio que no podría presentarse a adquirir su billete si no hacía
algo por mejorar su apariencia.
Al pasar por una pequeña
tienda, compró con tarjeta de crédito unos jeans y una camisa playera con una
alegre inscripción que invitaba a visitar St. Thomas. Se dirigió luego al baño
a cambiarse de ropa. Salió y echó las mugrientas prendas de José en un cesto de
basura, donde les correspondía estar.
Buscó el horario de
vuelos, que se exhibía en unos tableros de fieltro con letras de plástico
blanco: Con gran placer comprobó que alcanzaría a tomar el vuelo sin escalas a
Nueva York de la compañía “American” que despegaba a las nueve y media. Se puso
a la cola. Como la fila avanzaba a paso de tortuga, tuvo miedo de perder el
avión.
-Un pasaje de ida a Nueva
York -pidió, al llegar al mostrador.
La empleada lo miró con
ojos suspicaces como si le resultara insólito su poco convencional atuendo, su
barba sin afeitar y el hecho de no llevar equipaje.
-¿Cómo va a pagar?
-Con tarjeta de crédito
-contestó sacando el billetero, que casualmente traía adherido un trozo de
cáscara de limón. Avergonzado, tiró la cáscara y entregó la tarjeta “VISA”.
La chica miró la tarjeta y
le solicitó alguna otra identificación. Adam le dio entonces su carnet de
conducir. La joven se lo mostró al corpulento empleado del mostrador contigo.
-La tarjeta está a nombre
de Schonberg, y el carnet, de Smith -apuntó el hombre, al tiempo que se
acercaba.
Sonrojado, Adam extrajo su
verdadero carnet de conducir además de su certificado de empleo en “Arolen”,
que llevaba una foto suya. Trató de explicar que un amigo le había dado su
permiso de conducir.
-Aguarde a un lado, por
favor -le indicó el empleado, y desapareció por una puerta. Adam procuró no
demostrar su nerviosismo, y la muchacha siguió vendiendo pasajes a las personas
de la fila mientras controlaba con breves miradas que Adam no se marchara.
Diez minutos pasaron hasta
que regresó el hombre con un funcionario de la línea aérea, quien dijo ser
Baldwin Jacob, el supervisor.
-Le proporcionaremos un
pasaje, pero el vuelo está completo. Tendrá que entrar en la lista de espera.
Adam asintió. Nada podía
hacer. El empleado le extendió el pasaje y le preguntó si llevaba alguna
maleta.
-No. No me gusta ir
cargado cuando salgo de vacaciones.
Fue hasta un bar, donde
pidió un café y dos pastas, feliz de no tener que preocuparse por la
posibilidad de que lo doparan. Luego llamó a casa de sus suegros. Tal como
temía, no atendió Jennifer sino el señor Carson, con su voz de barítono.
-Hola -saludó Adam, con
más entusiasmo del que sentía-. Habla Adam. ¿Jennifer está despierta?
-No está aquí -respondió
el hombre, en tono de fastidio.
-¿Adónde ha ido?
-A un lugar donde no creo
que puedas llamarla.
-Mire, sé que usted quiere
mucho a su hija, pero lo cierto es que yo soy el marido y necesito hablar
urgentemente con ella.
Se produjo una pausa que,
al parecer, el señor Carson empleó para tomar una decisión.
-Acaba de ir con su madre
a la “Clínica Julian”. La internan esta misma mañana.
-¿Para qué? ¿Le pasa algo?
-Está bien. Por eso pienso
que deberías dejarla en paz unos días. Cuando pase todo, vosotros dos podréis
hacer las paces. Sin embargo, Adam, sinceramente, tu comportamiento en este
trance deja mucho que desear.
-¿Por qué? ¿Qué sucede?
-preguntó, tratando de dominar el pánico.
-A Jennifer le hicieron
otra amniocentesis, y como dio positivo, ha decidido abortar.
-¡No necesita recurrir al
aborto! -gritó.
-Esa es su opinión, no la
de mi hija ni la nuestra, y dadas las circunstancias, usted no puede hacer nada
para modificarla.
Un breve chasquido le
indicó que la comunicación se había cortado.
Lleno de terror intentó
comunicarse con Jennifer en la clínica, pero allí le informaron que aún no se
le había asignado una habitación, y que además no estaba permitido llamar a las
pacientes por los altavoces.
Golpeó el auricular. Aún
quedaba media hora para la partida del avión. Trató de hablar con Vandermer, y
le respondieron que se hallaba en cirugía.
Salió de la cabina y
corrió al mostrador de “American Airlines”, atestado ya de gente que se
presentaba para el vuelo. A empujones consiguió llegar adelante y pidió hablar
con el supervisor.
Varios minutos pasaron
antes de que apareciera el señor Jacob. Sin preocuparse por disimular su
histeria. Adam le explicó que debía viajar a Nueva York porque su mujer estaba
a punto de tener un bebé.
El funcionario le tomó el
billete y, sin articular palabra, se dirigió a la computadora.
-Haremos lo posible
-admitió-, pero como le anticipé, el vuelo está completo.
Como era obvio que Jacob
no se iba a tomar muchas molestias por él, se quedó parado pensando qué le
convenía hacer. Después enfiló de prisa hacia el teléfono para llamar a Harvey
Hatfield, un viejo amigo del colegio. Harvey se había establecido de abogado y
trabajaba en un importante estudio jurídico de Wall Street. No le dio
demasiados detalles más que su esposa iba a hacerse un aborto, y él deseaba
impedírselo.
Harvey creyó que le
hablaba en broma.
-¿Y para eso llamas a un
estudio especializado en operaciones comerciales?
-Por Dios, Harvey, hablo
en serio.
-Entonces te aconsejo que
busques a alguien que se dedique a asuntos de familia. Ponte en contacto con
Emmet
Redford, un amigo de mi
padre.
-Gracias -dijo Adam, en el
instante en que anunciaban el vuelo por los altavoces. Dejó el teléfono y
corrió al mostrador, donde prácticamente se arrojó sobre la empleada que lo
había atendido al principio.
-Por favor, señorita,
tengo que tomar este vuelo. Mi mujer está a punto de tener un bebé, y el niño
va a morir si no llego yo a Nueva York.
Por primera vez tuvo la
sensación de que alguien se compadecía de él. La chica le miró a los ojos y
respondió:
-Le pondré en el primer
lugar de la lista de espera.
Adam experimentó una leve
esperanza, pero llegaron varios pasajeros más con el corazón en la boca, y a
todos se les entregó una tarjeta de embarque. Luego se acercó un hombre
corpulento con un watkie-talkie. Se encaminó a la puerta de embarque y la cerró
al pasar.
-Señor Schonberg -lo llamó
la empleada.
Adam se precipitó sobre el
mostrador, pero la muchacha le hizo un gesto de negación con la cabeza.
-Lo siento, pero el avión
va completo. No podremos agregar a nadie de la lista de espera.
Desolado, se dejó caer en
un sillón. Oyó el rugir de los motores que se ponían en funcionamiento. Al
instante, se abrió de nuevo la puerta de embarque, y una azafata se asomó con
un dedo en alto.
La empleada se volvió
hacia Adam:
-Parece que queda un
asiento -anunció-, pero es en el sector de no fumadores. ¿Lo quiere?
Apenas el avión aterrizó
en el aeropuerto “Kennedy” corrió a la cabina telefónica más próxima. Primero
llamó a la “Clínica Julian” y pidió que le pusieran con la habitación de
Jennifer. Nadie le atendió. Volvió a marcar y preguntó a qué hora se llevaría a
cabo la intervención quirúrgica. Cuando la telefonista quiso saber quién
hablaba, se hizo pasar por el doctor Smith. al parecer la telefonista le creyó,
puesto que al instante tomó la línea una enfermera para informarle que la
señora de Schonberg tenía hora para esa tarde.
-¿Todavía no la han
intervenido?
-Aún no, pero ya la han
llevado a cirugía: el doctor Vandermer estará listo en seguida.
Adam buscó más monedas y
marcó el número de la clínica por tercera vez. Pidió que se llamara al doctor
Vandermer por los altavoces. Una enfermera le respondió que el médico se
hallaba ocupado, pero que dentro de media hora estaría libre.
Dominado por el pánico,
llamó al abogado que le recomendara Harvey. Explicó a gritos que se trataba de
una situación de vida o muerte, y así consiguió que le pasaran la comunicación
con él. De la manera más breve posible le contó a Emmet Redford que su mujer
estaba para hacerse un aborto y él quería impedirlo.
-No es mucho lo que usted
puede hacer, amigo mío.
Según un fallo de la Corte
suprema, el marido no puede prohibirle a su mujer que se haga un aborto.
-Es increíble. El hijo es
también mío. ¿Nada puede hacer usted?
-Bueno, quizá podría
dilatarlo.
-¡Sí! -gritó Adam-. ¡Lo
que sea!
-Deme el nombre de ella y
los demás datos.
Así lo hizo Adam.
-¿Cuándo se practicará el
aborto?
-Dentro de media hora.
-¡Media hora! ¿Qué puedo
hacer en treinta minutos?
-Tengo que cortar. Está
internada en la “Clínica Julian”.
No hay tiempo que perder.
Atravesó corriendo el
aeropuerto, subió al primer taxi que encontró en la parada y le indicó al
chofer la dirección de la clínica.
-¿Tiene dinero? -preguntó
el hombre, observando su atuendo con desconfianza.
Adam sacó un billete de
veinte dólares. Satisfecho, el taxista encendió el motor y emprendió la marcha.
Jennifer estaba acostada
en una camilla, sin haber entrado aún en la sala de tratamiento, y su madre de
pie a su lado. Una vez más rememoró su anterior visita a la clínica, con
Cheryl. La señora de Carson sonreía fingiendo serenidad, pero era obvio que estaba
tan nerviosa como su hija.
-¿Por qué no vuelves a la
sala de espera? Yo estoy bien, y por lo que dice el doctor, será una operación
sencilla.
La mujer miró a Jennifer,
indecisa.
-Por favor. Te pido que no
le des más importancia de la que tiene. Ve y ponte a leer una revista.
La señora cedió; besó a su
hija en la frente y se encaminó a la salita. Jennifer la observó cómo se
alejaba con sentimientos confusos.
-Muy bien -dijo una
enfermera que salió de la sala de tratamiento-. Ya estamos listos. -Soltó el
freno de la camilla para poder empujarla. A diferencia de la habitación donde
le habían practicado la amniocentesis, esta sala se asemejaba mucho a un quirófano.
Dos enfermeras la
aguardaban. Al trasladarla sobre la mesa, una de ellas comentó:
-Va a ser un segundo nada
más. En seguida podrá olvidar todo el asunto.
En el momento en que se
recostaba, le pareció sentir que el bebé se movía. Trató de contener el llanto,
mientras una enfermera la palpaba el abdomen.
Se abrió una puerta e
ingresó el doctor Vandermer con el uniforme de cirugía. Jennifer se sintió
mejor al verle.
-¿Cómo le va?
-Supongo que bien
-balbuceó ella.
Deseaba que él agregase
algo más, pero se limitó a observarla con la mirada fija, sin pestañear.
Jennifer estudió con la vista a las enfermeras, pero al parecer no les
resultaba extraño su silencio. Luego Vandermer salió de su trance y pidió a las
enfermeras que le alcanzaran la anestesia.
-Ahora va a sentir un
pequeño pinchazo -anunció, en un tono sin matices. Con un diestro movimiento
clavó la aguja debajo de la piel.
Al cerrar los ojos,
Jennifer procuró no pensar más en lo que iba a ocurrir.
El viaje en taxi entre el
aeropuerto “Kennedy” y la clínica fue escalofriante. Una vez que Adam hubo
exhibido su billete de veinte dólares, el chofer se puso a conducir como si en
ello le fuese la vida. Frenó con un fuerte chirrido frente al sanatorio en
menos de treinta minutos. Adam le arrojó el billete y subió corriendo la
escalera, sin esperar la vuelta.
Interrumpió la charla de
las recepcionistas para preguntar en tono imperioso dónde estaba operando el
doctor Vandermer.
-Le está practicando un
aborto a mi mujer -explicó, entre jadeos.
-Las interrupciones de
embarazos se practican en el quinto piso, pero. . .
No aguardó que la joven
concluyera la frase. Se metió en un ascensor en el momento en que se cerraban
las puertas, haciendo casó omiso de la recepcionista, que le gritaba que tenía
prohibido subir sin que alguien lo acompañara.
Cuando el ascensor se
detuvo, se dirigió al final de un pasillo, hacia una puerta doble con un
cartelito: “Salas de tratamiento”. Al pasar por el despacho de enfermería
reparó en el mobiliario de estilo antiguo y se preguntó qué sería lo que
trataba de demostrar esa clínica.
Una enfermera le ordenó a
gritos que se detuviera, pero siguió corriendo. Pasó y entró en la primera
sala, que estaba vacía. Probó en la segunda. Pese a que una enfermera trató de
impedirle el paso, logró mirar por sobre su hombro el rostro de la paciente. No
era Jennifer.
Cruzó el pasillo y se
encaminó a otra puerta.
-¿Qué está haciendo? -lo
increpó una enfermera con acento alemán.
Sin miramientos la empujó
a un lado. Adam vio entonces el doctor Vandermer inclinado sobre una mesa. En
la mano tenía una jeringa cuya aguja hipodérmica brillaba bajo la luz.
-¡Jennifer! -gritó, feliz
de comprobar que sólo le habían administrado la anestesia local-. No lo hagas,
por favor. No te hagas el aborto sin que te realicen nuevos estudios.
Jennifer se incorporó en
el momento en que dos ayudantes entraban presurosos y sujetaban a Adam los
brazos a la espalda. Adam advirtió que ambos hombres tenían la misma mirada
fija, perdida, de los camareros del barco.
-¿Adam Schonberg?
-preguntó el doctor Vandermer.
Hasta que no escuchó la
voz de Adam supuso que estarían conteniendo a algún psicótico desconocido. ¿Qué
hace aquí? Jennifer me contó que se había ido de viaje.
-Le ruego que no prosiga
con la intervención. Tengo que relatarle algo a usted.
-Conozco a este hombre,
pueden soltarlo. -Se desató la mascarilla y la dejó caer sobre su pecho.
Los asistentes lo dejaron
en libertad en el instante justo en que varios empleados de la clínica se
asomaban para ver qué pasaba.
-Todo está en orden
-aseguró Vandermer y, dirigiéndose a los ayudantes, les propuso-: ¿Por qué no
aguardan fuera los dos?
Apenas se retiraron, llevó
a Adam a una pequeña antesala, prometiéndole a Jennifer que regresarían en
seguida.
Cuando cerraron la puerta,
Adam se apresuró a explicar:
-Logré embarcarme en uno
de los cruceros de “Arolen”.
El doctor lo miró
fijamente, como si acabara de reparar en sus jeans y en la playera con la
inscripción de St. Thomas y sin dar muestras de saber de qué hablaba Adam.
-Me alegro mucho -fue todo
su comentario-. En otro momento podríamos comparar nuestros apuntes, pero ahora
debo ocuparme de su esposa: ¿Por qué no me espera en la sala? No tardaré mucho.
-Usted no me entiende. Los
cruceros de “Arolen” son algo más que reuniones educativas. Se trata de una
cortina de humo para ocultar un complicado plan destinado a la modificación de
la conducta.
Vandermer pensaba qué
debía hacer. Resultaba obvio que Adam era un psicópata. Quizá lograría
convencerle de que fuese a Psiquiatría, donde podría recibir ayuda de alguien
con experiencia. Dio un paso adelante y le pasó un brazo por los hombros.
-Pienso que le convendría
conversar con el doctor Pace.
Si me acompaña abajo, se
lo puedo presentar.
Adam se quitó el brazo de
encima.
-Veo que no ha entendido
lo que le he dicho. Me refiero a inducir modificaciones en el comportamiento
por medio del uso de drogas. Usted está drogado. ¿Me entiende?
El médico lanzó un
suspiro.
-Adam, sé que usted cree
en lo que afirma, pero a mí no me doparon durante el viaje. Di conferencias y
disfruté muchísimo del crucero, lo mismo que de los días que pasé en Puerto
Rico.
-Yo vi todo porque estuve
en el Fjord. Vi cómo drogaban la comida de los médicos y los obligaban a
ingerir unas píldoras amarillas. Después se les hacía ver ciertas películas.
Era un lavado de cerebro. Tiene que creerme. Piense.
¿Por qué cambió usted de
parecer respecto del “Pregdolén”?
Antes de participar en ese
crucero, consideraba que esa medicina era peligrosa; incluso llegó a decirme
que jamás la recetaría.
-No he cambiado de opinión
-le contradijo Vandermer-. Siempre lo consideré el mejor producto del mercado,
caso de que hubiera necesidad de combatir los mareos matutinos con medicación.
Al comprender que era
inútil tratar de persuadirlo, Adam le cogió de la mano y le miró fijamente a
los ojos.
-Por favor, aunque no me
crea, le ruego que no aborte a mi hijo. Estoy convencido de que la confusión
que hubo en el laboratorio con las muestras de líquido amniótico no fue casual.
“Arolen” necesita aumentar su stock de tejido fetal, y se vale de estos medios
para conseguirlo.
De pronto se abrió la
puerta.
-Doctor Vandermer
-preguntó la enfermera desde el umbral-, ¿qué hacemos?
El médico le hizo señas de
que se fuera.
-Adam -dijo en tono
gentil-, me pongo en su lugar y comprendo sus sentimientos al ver cómo han
salido las cosas.
-No me trate de forma
condescendiente -le advirtió Adam, restregándose los ojos-. Lo único que quiero
es postergar el aborto; nada más. Creo que no es pedirle demasiado.
-Según como se lo mire.
-Señaló en dirección a la sala de tratamiento-. Jennifer quizá no piense lo
mismo. Dilatar la operación a estas alturas sería una crueldad para ella, que
ya ha tenido que soportar mucho.
Se dio cuenta de que
perdía la batalla. Desesperado, buscó alguna otra manera de hacerse entender.
-Y ahora -prosiguió
Vandermer con firmeza-, le ruego que aguarde afuera. Yo saldré en unos minutos.
-No -gritó Adam,
interponiéndose en su camino-. Aún no ha oído todo.
-¡Adam! Retírese de mi
camino o me obligará a que lo saquen por la fuerza.
-A algunas de las personas
que organizan los cruceros se les ha practicado psicocirugía. No le miento.
Tienen cicatrices en los lados de la cabeza..., justo aquí. -Estiró una mano
para tocar el punto exacto en la cabeza de Vandermer,
Y retrocedió aterrorizado.
El médico, que poseía unas marquitas ásperas a ambos lados de su cráneo,
reaccionó con indignación.
-Esto ya es demasiado.
-Abrió la puerta y les indicó a los ayudantes que se llevaran a Adam.
-Acompañen al señor
Schonberg a la sala de espera.
Podrá permanecer allí si
se comporta como debe, pero si les causa algún trastorno, llamen a Psiquiatría.
Adam levantó ambas manos.
-No voy a ocasionar
problemas -aseguró, en tono más calmado. Por nada del mundo quería que le
dieran algún tranquilizante. Comprendió que, si a Vandermer le habían
practicado alguna operación en el cerebro, sería imposible convencerlo sobre
las sórdidas intenciones de a “Arolen”-.
¿Puedo hablar con mi
mujer?
-No creo que sea lo mejor,
pero prefiero que sea ella quien lo decida.
Entró en la sala de
tratamiento. Jennifer se incorporó sobre un codo.
-¿Qué pasa? -preguntó,
ansiosa.
El facultativo le relató
brevemente la escena, y concluyó con la petición de Adam de hablar con ella.
-Parece no haber podido
superar la angustia del embarazo -fue la única opinión que expresó.
-Realmente a mí no me ha
facilitado mucho las cosas -acotó la joven-. Lamento que le haya causado tantos
inconvenientes.
-No tiene por qué
disculparse. Pienso que deberíamos realizar la intervención, y usted luego
conversa con él al terminar.
Jennifer asintió.
-¿Por qué tuvo que volver?
Tenía razón. No podría encararse a Adam en ese momento. Usted prosiga, mientras
todavía me dura el ánimo.
El doctor la tranquilizó
con una sonrisa, y le indicó a la enfermera que comenzara a preparar de nuevo a
la paciente. Luego regresó a la salita para comunicarle a Adam que Jennifer
hablaría después con él.
Al darse cuenta de que no
tenía sentido protestar más, Adam se marchó con los asistentes.
El doctor regresó a la
sala de tratamiento. Tomó la jeringa y le aplicó a Jennifer la anestesia local.
Estaba a punto de comenzar la intervención cuando la puerta volvió a abrirse.
-Doctor Vandermer, lamento
informarle que deberá interrumpir esta operación.
Jennifer abrió los ojos.
De pie junto a la entrada había una mujer corpulenta, con uniforme de cirugía.
Jennifer no la reconoció, pero el médico sí. Se trataba de Helen Clark, jefa de
cirugía de la clínica. Ella continuó:
-Acaba de llegarnos una
orden de suspenderla. No podemos continuar con el aborto de Jennifer Schonberg.
-¿Con qué fundamento?
-preguntó, anonadado, Vandermer.
-No estoy al tanto de los
pormenores, pero viene firmada por un juez de la Corte Suprema de Nueva York.
El médico se encogió de
hombros y se volvió hacia la joven.
-No cometa ninguna
tontería -le advirtió Helen Clark-. Desobedecer una orden judicial podría
acarrearnos algún problema.
-Esto es absurdo. Un
pleito en una sala de operaciones.
-Sin embargo se quitó la
mascarilla y los guantes.
Al ver que el doctor hacía
por marcharse, Jennifer se mordió el labio para contener los deseos de gritar.
Después de que Vandermer
lo echara del quirófano, Adam llamó inmediatamente a Emmet Redford. el abogado
le informó que había hablado con una persona que le debía un favor, y pudo
conseguir un mandamiento de suspensión, que ya había enviado a la clínica; Adam
regresó a la sala rogando que los papeles llegaran a tiempo. Al divisar a su
suegra enfrascada en la lectura de una revista, se sentó en un sillón apartado.
No habían transcurrido ni
cinco minutos cuando una enfermera se acercó presurosa a la señora de Carson.
Se inclinó y le susurró algo al oído. La mujer levantó las manos y exclamó :
-¡Han suspendido el
aborto!
Adam sintió deseos de dar
saltos de alegría, hasta que oyó los sollozos de Jennifer cuando empujaban su
camilla por el corredor. Junto con la señora corrió hacia ella, y quedaron
parados a ambos lados de la camilla.
-Jennifer -dijo Adam,
tomándole la mano-. Todo va a salir bien.
La muchacha retiró la
mano, en medio de llantos histéricos.
-Déjame en paz. Te has
vuelto loco. Vete de aquí.
Adam dio un paso atrás y
contempló abatido cómo se llevaban la camilla.
-¿Usted es el responsable
de este desastre? -exigió saber la señora de Carson.
Estaba demasiado dolido
como para responder. ¿Acaso era un desastre tratar de impedir un aborto
innecesario?
A punto de echarse también
él a llorar, dio media vuelta y enfiló hacia el ascensor. Una vez en la calle,
abrió su billetero; sólo le quedaba poco más de tres dólares. Decidió entonces
viajar en Metro hasta el estudio de Emmet Redford, en la Quinta Avenida.
-Perdóneme por la
indumentaria -se disculpó apenas la secretaria lo hizo pasar-. No quería perder
tiempo yendo a casa a cambiarme.
el señor Redford hizo un
gesto de asentimiento, pese a que le inquietaba la traza de su cliente. De
hecho, le inquietaba todo el asunto. Si bien había obtenido la orden de
suspensión del aborto, consideraba que los argumentos de Adam en el mejor de
los casos eran dudosos, en especial a la luz de la información que acababa de
recibir del pasante a quien le había delegado el caso.
-Debo hablarle con
sinceridad. Acepté ayudarle para hacerle el favor a Harvey, pero hay varios
temas que me preocupan seriamente.
-También a mí. Creo que en
la “Clínica Julian” se realizan en forma deliberada abortos innecesarios.
-Entiendo -expresó Redford
contemplando el rostro sin afeitar de Adam, y su pelo desgreñado.
-Empero, el verdadero
problema es que “Arolen Pharmaceuticals”’ y “MTIC” su empresa matriz, han
elaborado un complejo programa que involucra el uso de medicamentos, e incluso
de cirugía cerebral, con el objeto de influir sobre los médicos y su forma de practicar
la profesión.
“Este hombre está loco”,
pensó Redford, consternado.
La voz de Adam se volvió
más imperiosa.
-No obstante, ahora que me
he enterado de todo esto, no sé qué hacer.
-Comprendo su dilema
-manifestó el abogado, preguntándose si Adam sería un sujeto potencialmente
violento.
Excitable era, sin lugar a
dudas. Redford oprimió un botón oculto debajo de su escritorio y agregó-: Señor
Schonberg, ¿puedo hacerle una pregunta personal?
-Por supuesto.
-¿Nunca buscó ayuda
terapéutica para curar sus obsesiones? Pienso que sería una medida muy útil en
bien del interés de todos.
-Lo que le estoy diciendo
es cierto -protestó Adam.
Se oyó un suave golpe en
la puerta. Redford se levantó a atender y le pidió a la secretaria que llamara
al despacho del señor Stupenski.
-Me temo que un jurado no
daría demasiado crédito a sus aseveraciones -comentó, mientras aguardaban.
Adam escrutó el rostro del
letrado tratando de hallar algún indicio de que el hombre le creía: no lo
encontró.
-Supongo que tiene razón
-admitió-. La única prueba con que cuento es lo que vi.
Se abrió la puerta y entró
un joven de traje a rayas, idéntico al que vestía Redford.
-Le presentó a mi socio,
el señor Stupenski.
Después de saludarlo, Adam
intentó una vez más convencer a Redford sobre la veracidad de su historia.
-En los cruceros, mezclan
estupefacientes en las comidas, y complementan las dosis con unas píldoras
amarillas que deben ser sedantes.
-Eso dice usted, señor
Schonberg, pero el problema es que no tiene cómo probarlo.
Los abogados
intercambiaron miraditas de suspicacia, mientras él los contemplaba
desilusionado.
-Debo confesarle que,
teniendo en cuenta el resultado de la amniocentesis que le mostraron en la
clínica al señor Stupenski, lamento haber hecho el trámite para obtener el
mandamiento de suspensión del aborto -sostuvo Redford-. De todos modos, la
orden tiene vigencia hasta que se realice la audiencia dentro de tres días,
pero como no voy a fundamentar los cargos, quedará sin efecto en ese momento.
Buenos días, señor Schonberg.
Unos instantes tardó Adam
en comprender que la entrevista había concluido.
Cuatro horas más tarde,
bañado, afeitado y vestido con su mejor traje, Adam se hallaba frente al
despacho de su padre, esperando que éste terminara con su último compromiso.
Eran más de las seis.
Cuando por fin el doctor
Schonberg quedó libre, escuchó con cierta impaciencia el relato que, incluso
Adam debía reconocer, sonaba a puro disparate.
-Me resisto a creerlo.
Mira, si te va a hacer sentirte mejor, puedo llamar a Peter Davenport, de la
Asociación Médica. Es el encargado de certificar los cursos de actualización y
ha participado en varios de esos cruceros.
El doctor llamó a
Davenport a su casa, y en tono jovial requirió su opinión respecto de los
cruceros de “Arolen”.
Escuchó unos minutos, le
dio las gracias y cortó.
-Dice Peter que los
seminarios del Fjord son serios. Algunos de los espectáculos nocturnos de
diversión le parecieron atrevidos, pero por lo demás, las conferencias le
resultaron óptimas.
-Probablemente lo hayan
dopado como a los demás.
-Adam, por favor. No te
pongas ridículo. Hace más de diez años que “MTIC” organiza convenciones y
seminarios médicos, bajo sus propios auspicios o por intermedio de “Arolen
Pharmaceuticals”. Los cruceros cuentan ya con cinco años de vida.
-Tal -vez -señaló Adam,
sin esperanzas de poder convencer a su padre-, pero yo te juro que drogan a los
médicos y los someten a un riguroso plan de modificación de la conducta. A
algunos incluso llegan a operarlos. Yo mismo vi las cicatrices que le quedaron
al doctor Vandermer. Supongo que a él lo manejan mediante algún sistema de
control remoto.
El doctor Schonberg puso
los ojos en blanco.
-Aun con lo poco que
alcanzaste a estudiar de psiquiatría, Adam, no sé cómo no te das cuenta de lo
desatinada que es tu historia.
Adam se puso bruscamente
de pie y enfiló hacia la puerta.
-¡Aguarda! -le llamó el
padre-. Ven aquí un minuto.
Adam vaciló, preguntándose
si habría cambiado de parecer.
El doctor reclinó su
sillón hacia atrás.
-Reconozco que tu historia
tiene ciertos rasgos de interés.
-Muy generoso por tu
parte.
-¿Qué pretendes que haga?
Soy director de nuevos productos de la Dirección de Alimentos y Drogas, y no
puedo convalidar una historia tan descabellada como la tuya. Pero como te veo
tan preocupado quizá debería apuntarme para emprender yo uno de esos cruceros.
-¡No! No vayas, por favor.
-Entonces, ¿qué quieres
que haga?
-Mi idea sería que
iniciaras una investigación.
-Te propongo un trato. Si
accedes a consultar a un psiquiatra y considerar la posibilidad de que estés
padeciendo una suerte de reacción paranoica, yo me comprometo a indagar más en
profundidad a “Arolen”.
Adam se sacó las gafas
para restregarse los ojos. Si alguien más le sugería hacerse ver por un médico
de locos, pegaría un grito.
-Gracias, papá. Tendré muy
en cuenta tu ofrecimiento.
En el trayecto hacia el
aeropuerto iba pensando qué clase de tratamiento habría aplicado “Arolen” a
Peter Davenport, y qué porcentaje del plantel de médicos se hallaría ya bajo el
control de “MTIC”.
Aterrizó en La Guardia
hacia las nueve y tomó un taxi para volver a la ciudad. La idea de regresar al
apartamento vacío le resultaba deprimente, y estaba muy preocupado por
Jennifer. Pese a que no le atraía en absoluto la idea de dirigirse a Englewood
y enfrentarse con la furia de sus suegros, no le quedaba otra alternativa.
Debía hablar con Jennifer.
No vio luces en casa de
los Carson al entrar en el camino de acceso. Con cautela subió los peldaños de
la escalinata y tocó el timbre. Se sorprendió que le atendieran casi
inmediatamente.
-Con los faros del coche
nos deslumbraste el dormitorio -se indignó el señor Carson-. ¿Qué diablos
quieres a estas horas ?
-Lamento haberle
despertado, pero necesito hablar con Jennifer.
El hombre cruzó sus
voluminosos brazos sobre el pecho.
-Mira si será descarado.
Mi hija se niega a hablar contigo. Tal vez cambie de opinión dentro de unos
días, pero por ahora. . .
-No tengo más remedio que
insistir. Comprenda que yo no creo que necesite abortar. . .
El suegro lo aferró de la
camisa.
-¡No va á insistir en
nada! -le gritó, y lo empujó afuera.
Adam recobró el
equilibrio, juntó las manos ante la boca en forma de embudo y comenzó a
proferir alaridos.
-¡Jennifer! ¡Jennifer!
-Ya es suficiente -le
espetó el señor Carson. Volvió a sujetarlo con la intención de llevarlo hasta
el coche, pero Adam lo eludió y entró corriendo en la casa. al pie de la
escalera volvió a llamar a su mujer. Jennifer apareció en camisón en el
vestíbulo de arriba y contempló aterrada a su marido.
-¡Escúchame! -Antes de que
ella pudiese responder, el señor Carson lo aferró por la espalda y lo obligó a
salir. Sin ánimo para resistirse, Adam tropezó cuando era llevado al coche a
empellones, y cayó entre unos arbustos. No se había incorporado aún cuando oyó
que la puerta se cerraba. Tomó conciencia de que efectivamente su suegro le
impediría ver a Jennifer esa noche.
Subió al coche meditando
sobre cómo debía proceder para que Jennifer no se hiciera el aborto, al menos
hasta haber obtenido una segunda opinión. No le quedaban más que tres días para
convencerla.
Cuando estaba cruzando el
puente George Washington ya había tomado la decisión. Como todos querían
pruebas, tendría que ir a buscarlas a Puerto Rico. Estaba seguro de que lo que
había visto en el barco se confirmaría plenamente allí.
CAPITULO
XV
Bill Shelly se puso de pie
para tenderle la mano.
-Felicitaciones, Adam.
Probablemente haya tomado la mejor decisión de su vida.
-No le digo que vaya a
aceptar el puesto para siempre -le advirtió Adam-, pero he pensado mucho en
Puerto Rico y he decidido aceptar su ofrecimiento de ver por mis propios ojos
las instalaciones. A Jennifer no le hace mucha gracia la idea, pero como tengo
tantas ganas de ir, me apoyará de todas maneras.
-Ah, ya que lo menciona. Clarence me
dijo que había recibido una llamada extraña de su mujer. Ella pensaba que había
viajado por motivos de trabajo.
-Problemas de familia
política -explicó Adam, haciendo un amplio ademán-. Mi padre y ella nunca se
llevaron bien.
Ni siquiera él sabía lo
que quiso decir, pero felizmente Shelly dio muestras de comprender.
-Volviendo al tema que nos
ocupa, creo que le va a encantar el centro de investigación de “Arolen”.
¿Cuándo quiere partir?
-Inmediatamente. Tengo la
maleta lista en el coche.
El señor Shelly soltó una
risita.
-Su actitud siempre ha
sido espontánea. Voy a ver si está disponible el avión de la empresa.
Mientras el ejecutivo
aguardaba la confirmación de su secretaría, le preguntó a Adam qué era lo que
le había hecho cambiar de opinión acerca del programa de capacitación
gerencial.
-Tenía miedo de no haber
sido demasiado convincente -confesó.
-Por el contrario -repuso
Adam-. De no haber sido por usted, jamás lo habría considerado. -al hablar,
observaba el cráneo de Shelly aguantándose el impulso de verificar si él
también habría sido operado. A esas alturas, no tenía idea de si existía en “Arolen”
una sola persona en quien pudiese confiar.
Había dos ejecutivos de
“Arolen” en el lujoso jet Gulf Stream. Uno subió al avión con Adam, mientras
que el otro había embarcado en Atlanta. Ambos le saludaron con simpatía, pero
dedicaron el viaje a trabajar, por lo que Adam se entretuvo con algunas revistas
viejas.
Al aterrizar en San Juan,
sus dos compañeros de vuelo se dirigieron al micro-ómnibus de “Arolen” que
aguardaba en la entrada. Adam se preguntó si debería ir con ellos, pero en ese
momento llegaron a recibirle dos hombres con blaiser azul y pantalón blanco.
Ambos llevaban el pelo muy corto: uno era rubio y el otro moreno. En las
solapas, etiquetas de “MTIC” que indicaban sus nombres, “Rodman” y “Dunly”.
-Buenas tardes, señor
Schonberg -dijo Rodman-. Bien venido a Puerto Rico.
Cuando Dunly le tomó el
bolso que llevaba al hombro, a Adam se le erizó la piel pese al calor tropical.
La voz de Rodman tenía la misma modulación que la de los camareros del Fjord, y
al dirigirse hacia la limusina que esperaba advirtió gue ambos caminaban con
idéntico paso mecánico.
El vehículo no era nuevo,
pero de todos modos era una limusina, y Adam se sintió algo cohibido al ver que
lo ponían sólo en el asiento de atrás.
Se inclinó hacia delante y
observó el tránsito de la hora punta. Se alejaban de la ciudad, al parecer por
una carretera paralela a la costa norte de la isla, a pesar de que no se veía
el mar. Pasaron por centros comerciales, estaciones de servicio y talleres
mecánicos. Todo daba la impresión de estar deteriorándose y en proceso de
construcción al mismo tiempo. Se trataba de una rara mezcla. Oxidadas varillas
sobresalían del cemento en diversos sitios, como si se hubiera planeado
edificar habitaciones adicionales pero los albañiles no se hubiesen presentado
a trabajar. Por todas partes había basura. Adam no quedó en absoluto
impresionado.
Poco a poco los ruinosos
edificios comerciales dieron paso a casas igualmente ruinosas, aunque de tanto
en tanto aparecía alguna residencia bonita y bien cuidada en medio de la
sordidez general. No se advertía separación entre ricos y pobres; cabras y gallinas
corrían por doquier.
En un momento dado, la
carretera de cuatro carriles se redujo a dos, y Adam vislumbró el mar detrás de
unas colinas verdes. El aire se volvió fresco y límpido.
Por último, al cabo de una
hora y media de viaje, abandonaron la ruta principal para entrar en un sinuoso
camino pavimentado que corría en medio de una frondosa vegetación. En un
determinado momento, un claro entre el follaje le brindó una vista espectacular
del mar Caribe. El color del cielo indicaba el ocaso del sol.
Después de una loma, el
camino se convirtió en un túnel bajo un dosel oscuro de árboles exóticos. Unos
trescientos metros más adelante, el coche aminoró la marcha y se detuvo frente
a la casilla del guarda, a cuyos lados se extendía, internándose en el bosque,
una imponente cerca que se remataba con alambre de púas. Las resistencias que
vio instaladas en el alambre le dieron a entender que la cerca estaba
electrificada.
Un guardia armado salió de
la casilla y se acercó al coche. Recibió un papel de manos del chófer, miró
fugazmente a Adam y abrió el portón. Cuando la limusina se adentró en los
terrenos de “MTIC” Adam se dio media vuelta para ver cómo cerraba el portón. Se
preguntó entonces si las medidas de seguridad eran para impedir que la gente
entrara o que saliera. Empezó a cuestionarse en dónde se habría metido. Tal
como le ocurriera antes del Fjord, no traía un plan trazado y tampoco se
engañaba pensando que poseía el menor talento de detective. el único consuelo
era que en Puerto Rico no tenía que ocultarse bajo un nombre falso.
De pronto el vehículo tomó
una curva, y ante los ojos de Adam apareció la más espléndida construcción
arquitectónica que jamás hubiese visto, enclavada sobre un fondo de verdes
colinas y un mar color turquesa.
El edificio principal
tenía una estructura hexagonal realizada con los mismos cristales espejados que
la sede de “Arolen”: A la izquierda, más próximo al mar, había otro edificio de
apenas dos pisos, con aspecto de club. Un poco más retiradas, canchas de tenis
y una amplia piscina y, más atrás, una playa de arenas blancas, una pista de
voleibol y una hilera de pequeños catamaranes y tablas de surfing.
Algunas de las
embarcaciones navegaban en ese momento, y sus coloristas velas resaltaban
nítidamente contra el agua.
Hacia el otro lado había
varias construcciones que daban al mar. En conjunto, el complejo parecía ser un
lugar de veraneo de infinita elegancia, que lo dejó muy impresionado.
La limusina se estacionó
debajo de un enorme toldo, frente al edificio principal.
-Buenas noches, señor
Schonberg -lo saludó el portero-. Bien venido a “MTIC”. Por aquí, por favor.
Se bajó del coche y fue
con el hombre hasta el mostrador de entrada. Allí tuvo la impresión de estar
registrándose en un hotel; la única diferencia, sin embargo, era que allí no
había cajero.
Después de haber dado sus
señas, otro empleado de chaqueta azul -cuyo cartelito decía “Craige” recibió su
maleta y lo acompañó al ascensor. Subieron al quinto piso y recorrieron un
largo pasillo, al final del cual había otro ascensor.
-¿Se quedará mucho tiempo?
-preguntó Craig con ese acento monótono que ya le resultaba familiar.
-Unos días, nada más
-respondió, evasivo, al tiempo que Craig abría una de las puertas.
No le habían asignado una
habitación sino una suite.
Craig hacía el trabajo de
un botones: controló las luces, se fijó que funcionara el televisor, revisó el
completo bar y corrió las cortinas. Adam intentó darle una propina, pero
discretamente la rechazó.
Estaba deslumbrado por el
alojamiento. Tenía una magnífica vista del océano, que se había vuelto oscuro
al acercarse la noche. En las distantes islas titilaban unas lucecitas. Al oír
música del Caribe, se asomó a la terraza y vio una orquesta que tocaba en el
edificio con aspecto de club.
El clima era perfecto, y
sintió deseos de que Jennifer estuviese allí con él. Ni siquiera la suite
matrimonial que les habían dado en la luna de miel, con el baño en forma de
corazón, había sido tan lujosa como ésta.
Decidió llamarla por
teléfono. Para su satisfacción, atendió ella misma, pero cuando Jennifer supo
quién hablaba, su voz se tornó fría.
-Jennifer, te pido que me
prometas una cosa. No te hagas el aborto hasta que yo regrese.
-¿Hasta que regreses?
¿Dónde estás?
No había pensado en
contarle dónde se encontraba, pero era demasiado tarde como para inventar una
mentira.
-En Puerto Rico -admitió,
a regañadientes.
-Adam -reaccionó ella con
evidente enfado-, si pretendes indicarme lo que debo hacer, no puedes vivir
huyendo.
Apenas el juez me otorgue
el permiso, volveré a internarme en la clínica.
-Te lo ruego, mi amor.
-Espero que lo estés
pasando bien -replicó ella, y cortó la comunicación.
Se desplomó sobre la cama,
sumamente deprimido. Le quedaban sólo dos días más. Cuando sonó de nuevo el
teléfono cogió el auricular pensando que sería Jennifer, pero era la
recepcionista para anunciarle que dentro de media hora ya podía pasar a cenar.
El comedor se hallaba en
el club que daba sobre la playa. Había una hermosa luna llena que dibujaba un
sendero brillante sobre la superficie del agua.
Las paredes del salón eran
de un color verde oscuro y moqueta al tono, con manteles y tapizados en color
rosa.
Los camareros vestían
chaquetilla blanca y pantalón negro.
A Adam lo colocaron en una
mesa redonda para ocho.
A su derecha, el doctor
Heinrich Nachman, a quien había conocido el día de su primera entrevista en
“Arolen”. Junto a él, el doctor Sinclair Glover, un hombre bajo y voluminoso,
de cara colorada, que dijo ser el encargado de supervisar la investigación fetal.
Al lado del doctor Glover
estaba el doctor Winfield Mitchell, un hombre de mediana edad, de barba poblada
aunque calvo, que usaba gafas de montura metálica. Nachman aclaró que Mitchell
dirigía el desarrollo de drogas psicotrópicas.
Adam tuvo la sensación de
que se trataba de un psiquiatra
A juzgar por la serenidad
con que escuchaba la conversación sin participar directamente y, al mismo
tiempo, mantenía una actitud de superioridad.
Después del doctor
Mitchell venía un empresario, un tal William algo; Adam no captó el apellido.
Tenía el típico aspecto de los graduados en Universidades tradicionales; era de
pelo muy rubio y rostro aniñado. También se encontraban en la mesa Brian Hopkins,
jefe de capacitación gerencial; Linda Aronson, de relaciones públicas, y un
señor mayor muy jovial, de nombre Harry Burkett, gerente del complejo de Puerto
Rico.
Al recordar su experiencia
en el Fjord, se sintió reacio a probar los alimentos, pero después vio que los
demás comían con gusto. Por otra parte, si hubiesen querido doparlo, podrían
haberlo hecho en el avión.
El clima que reinaba en la
mesa era muy placentero, y todos se esmeraron en que se sintiera cómodo.
Burkett explicó que “MTIC” se había radicado en Puerto Rico porque el Gobierno
ofrecía excelentes incentivos fiscales y una política de no interferencia. A
raíz de esta política, muchos laboratorios poseían grandes plantas en la isla.
Adam se interesó por las
estrictas medidas de seguridad.
-Es uno de los precios que
hay que pagar para vivir en este paraíso -adujo Harry Burkett-. Siempre existe
el riesgo de que se produzca un ataque terrorista por parte de un pequeño grupo
que lucha por la independencia de Puerto Rico.
Adam se preguntó si
realmente ésa sería toda la historia, pero no ahondó en el tema.
William, el ejecutivo de
“MTIC” le miró y dijo:
-“MTIC” tiene una idea
formada de la clase médica. En nuestra opinión, los intereses económicos han
remplazado a la noción de servicio. Tengo entendido que usted concuerda con
este parecer.
Adam advirtió que todos
los de la mesa se disponían a escucharle. Tragó un bocado del postre antes de
responder.
-Sí, es cierto. En mi
breve paso por la Facultad, pude observar una enorme falta de sentimientos
humanitarios.
Se consideraba a la
tecnología y a la investigación mucho más gratificantes que la atención al
paciente.
Pensó si no habría
ofendido a los médicos de la mesa, pero con alivio notó que el doctor Nachman
sonreía, lo cual le dio una gran tranquilidad, pues cuanto más contentos
estuviesen con él, más posibilidades tendría de llegar a conocer las verdaderas
actividades del “MTIC”.
-¿Cree que su postura
personal le va a dificultar la relación con los médicos? -quiso saber Linda
Aronson.
-En absoluto. Por el hecho
de comprender la realidad me resulta más fácil. Mi cometido como promotor de
ventas lo he desempeñado más que discretamente.
-Según lo que afirma Bill
Shelly -expresó Nachman-, creo que el señor Schonberg es muy modesto.
-Adam, ¿nadie le ha
expuesto nuestros planes por si acaso decide inscribirse en el curso de
capacitación gerencial? -preguntó el doctor Clover.
-No en términos
específicos.
El doctor Nachman
entrelazó sus manos y se inclinó hacia delante.
-“Arolen” está por
presentar toda una nueva generación de fármacos o modalidades de tratamiento
que son el resultado de nuestra investigación fetal. Necesitamos una persona
que colabore con Linda para instruir a los profesionales de la Medicina en
estos nuevos conceptos, y consideramos que usted reúne la mentalidad y los
antecedentes perfectos para ese puesto.
-En efecto -convino
Linda-. Sin embargo, no queremos apabullarlo. Al principio lo único que hará
será familiarizarse con la investigación que lleva a cabo “Arolen”.
Adam deseó contar con más
de dos días. El empleo del que hablaban indudablemente le daría oportunidad de
enterarse de todo lo que deseaba.
-La cosa no es así
-polemizó Brian Hopkins-. el señor Schonberg tendrá que hacer primero nuestro
curso de capacitación.
-Brian, todos sabemos que
el primer paso es inscribirse en tu curso.
-Por favor -terció el
doctor Nachman-, no pongamos tan pronto al descubierto las rivalidades entre
nuestros respectivos departamentos. Ya habrá tiempo para eso.
Todos se rieron, salvo
Hopkins.
Adam terminó el postre y
dejó la cuchara. Mirando al doctor Nachman, dijo:
-La cena ha sido
excelente, pero estoy ansioso por recorrer el sector de investigación.
-Y nosotros por
mostrárselo. Mañana podríamos. . .
-¿Por qué no esta noche?
-le interrumpió Adam, entusiasmado.
Nachman consultó con la
mirada a Glover y Mitchell, quienes se encogieron de hombros y esbozaron una
sonrisa.
-Podríamos enseñarle una
parte de las instalaciones esta noche -aceptó Nachman-. ¿Seguro que no se
siente muy cansado?
-En lo más mínimo.
El doctor Nachman se puso
de pie, seguido por los doctores Glover y Mitchell. Los demás se disculparon
pues preferían quedarse en la mesa y que les sirvieran otro café y alguna
bebida.
Se dirigieron al edificio
principal. Luego cruzaron una puerta de hoja doble que comunicaba con el centro
de investigación. Esa parte del edificio tenía pisos de mosaico blanco,
mientras que las paredes estaban pintadas de brillantes colores.
-Estas son las oficinas
administrativas -explicó Nachman. Un segundo más tarde atravesaron un puente
con paredes acristaladas. Adam vio palmeras a ambos lados y se dio cuenta de
que se trataba de dos edificios concéntricos, uno dentro del otro, muy al estilo
del Pentágono, de Washington.
Al llegar al otro pasillo,
percibió el olor inconfundible de los animales enjaulados. El doctor Glover
abrió la primera puerta y durante media hora fue llevándolo de una sala a otra,
explicando las complicadas maquinarias y examinando una increíble cantidad de
ratas y monos. Allí era donde “Arolen” realizaba la investigación básica sobre
fetología.
-¿De dónde obtienen el
material? -preguntó Adam, al detenerse frente a una jaula de ratas blancas.
-La mayor parte de la
investigación se practica con animales que criamos aquí, en el mismo centro.
-Pero seguramente harán
también implantes humanos. ¿De dónde sacan el tejido?
-Muy buena pregunta
-manifestó Glover-. Tuvimos ciertos problemas cuando se sancionaron varias
leyes restrictivas, pero de una forma u otra nos vamos arreglando.
Gran parte del material
nos lo envía la “Clínica Julian”.
Adam sintió deseos de
aporrear las jaulas de vidrio a causa de la indignación. ¿Por qué nadie creía
lo que él decía? Era obvio que los médicos como Vandermer aumentaban la
provisión de tejido fetal incrementando simplemente el número de abortos
terapéuticos.
-Mañana -continuó el
doctor Glover, satisfecho al ver el interés de Adam- le llevaremos al hospital.
Hemos obtenido algunos resultados sorprendentes en el tratamiento de diabéticos
con extractos pancreáticos fetales.
-Sé lo interesante que es
todo esto, pero creo que al doctor Mitchell también le gustaría explayarse un
poco sobre su trabajo -apuntó Nachman, sonriéndole a Glover.
-Desde luego -asintió el
propio Mitchell-. Dentro de un año, cuando tengamos las cifras de ventas,
veremos qué departamento contribuyó con los mayores porcentajes.
Mitchell dedicó la media
hora siguiente a pronunciar un monólogo acerca de los psicotrópicos; en
particular, una nueva clase de fenotiacina.
-Sirve para todo tipo de
estado psicótico. Es fundamentalmente atóxica y transforma al individuo más
alterado en un ciudadano ejemplar. Por supuesto se sacrifica cierto grado de
espontaneidad.
Adam iba ya a protestar,
pero le pareció más conveniente no hacerlo. Sabía que “se sacrificaba cierto
grado de espontaneidad”, era un eufemismo para minimizar los efectos
secundarios de la droga. De hecho, los camareros del Fjord y los asistentes de
la “Clínica Julian” carecían de “espontaneidad”.
-¿Cómo se llama el nuevo
producto?
-¿Quiere el nombre
científico, el nombre genérico o la marca comercial? -preguntó el doctor
Mitchell.
-El nombre comercial.
-Conforme -contestó el
doctor Mitchell.
-¿Podría conseguirme
alguna muestra?
-Todas las que quiera,
cuando lo lancemos al mercado.
Estamos aguardando la
autorización de la Dirección de Alimentos y Drogas.
-¿Ni una mínima cantidad?
Me gustaría ver cómo viene envasado. Los visitadores médicos sabemos lo
importante que es ese aspecto.
El doctor Mitchell lo miró
con extrañeza.
-Quizás una cantidad
mínima -murmuró.
Adam no prosiguió con el
tema, sino que preguntó:
-Si el producto ya está
para salir al mercado, habrán realizado experimentos con seres humanos.
-Claro que sí -sostuvo
Mitchell-. Hace varios años que venimos probándolo en pacientes con trastornos
psiquiátricos incurables que nos han llegado de todo el mundo. La droga
demostró ser efectiva en el cien por cien de los casos.
-Me gustaría visitar el
hospital.
-Mañana. Ahora quiero
mostrarle el laboratorio químico, uno de los más avanzados del mundo.
No le cabía la menor duda
de que las instalaciones de “Arolen” eran magníficas, sobre todo en comparación
con las del hospital de la Universidad, donde las partidas presupuestarias eran
tan escasas que para reponer un lápiz había que hacer una solicitud. Pero
después de ver tantos laboratorios, comenzó a aburrirse. Trató de demostrar
interés, pero cuanto más se prolongaba la gira, más difícil le resultaba.
-Creo que ya es suficiente
por esta noche -anunció, por fin, Nachman-. No quisiéramos agotarle el primer
día que está con nosotros.
-Apoyo la moción -adelantó
Glover-. Sólo pasamos media hora en mi apartamento.
-Eso se debe a que aquí
hay más cosas que ver -fue el comentario del doctor Mitchell.
-¡Caballeros! -terció
Nachman, levantando las manos.
-Ha sido un placer
recorrerlo todo -confesó Adam, eligiendo expresamente el tiempo pasado como
para no alentar al doctor Mitchell a pedir una repetición.
Regresaron por el pasillo
principal y cruzaron el puente de unión con el edificio exterior. Adam se
volvió para mirar atrás y notó que el puente continuaba más allá del corredor,
hacia un tercer edificio interior, separado por pesadas puertas de acero.
-¿Qué hay allá atrás?
-preguntó.
-Los pabellones clínicos
-explicó el doctor Nachman-.
Mañana los podrá ver.
“Ahí estará ubicado el
sector de psiquiatría” pensó. Vaciló un instante; luego enfiló con Nachman
hacia el vestíbulo central, donde todos se despidieron.
Pese a que eran las doce
menos cuarto y el día había sido intenso, no tenía sueño. Le dolía la cabeza y
no podía olvidar que sólo le quedaban dos días para obtener pruebas
convincentes. Aun si conseguía la muestra de “Conformín” llevaría tiempo en
analizarla, y más tiempo aún convencer a una persona como Vandermer para que se
hiciera revisar con vistas a averiguar si lo habían tratado con esa droga.
Descartó la idea de dormir y atravesó el pasillo en dirección al ascensor del
fondo. Un pequeño letrero de formica anunciaba: “Ascensor para bañistas”.
Descendió a la planta baja
y se encontró en medio de un frondoso jardín de palmeras, bambúes y helechos.
Un sendero sinuoso cruzaba por entre la lujuriosa vegetación y llegaba hasta la
playa.
Se quitó los zapatos y
caminó por la fría arena. La luna llena confería un brillo casi diurno a la
noche. La arena era fina y suave como un polvillo. Era fácil comprender por qué
a Bill Shelley le fascinaba ese sitio.
Al pasar por el club,
espió el interior del comedor, donde los camareros ponían las mesas para la
próxima comida.
Unos cien metros más allá
del club, vio los edificios de apartamentos diseñados en un estilo seudo
español, con paredes blancas y techos de tejas rojas. En algunos hogares había
luces encendidas, y así pudo ver fugazmente a hombres y mujeres que miraban la
televisión o leían. Costaba creer que un escenario de tanta quietud fuese el
centro de una gigantesca conspiración. Y al parecer, lo era. Todos los
laboratorios farmacéuticos invertían millones de dólares para influir sobre los
médicos, pero “MTIC” pretendía algo más: quería dominarlos.
No era de extrañar,
entonces, que “Arolen” planificara reducir su plantilla de promotores de
ventas.
Dio media vuelta y regresó
al lugar donde había dejado los zapatos. Luego retornó al edificio principal.
Cuando cruzaba el pasillo reparó en un cartelito que indicaba una salida.
Tanteó el picaporte y comprobó que daba a una escalera que conducía al tejado.
Luego de cerciorarse de no tener después problemas para regresar, subió y llegó
a otra puerta que tampoco estaba cerrada. Al abrirla se encontró en la terraza
del edificio principal. Soplaba un fuerte viento desde el mar. Caminó hasta un
parapeto de un metro veinte que marcaba el final del tejado. Desde ese sitio
tan elevado tenía una vista perfecta del complejo. Las residencias terminaban
en una pequeña colina rocosa detrás de la cual comenzaba un bosque tupido. Pese
a lo grande que era el centro, se dio cuenta de que podía haber más
construcciones ocultas a la vista.
Se giró y contempló el
primer edificio interior. A la luz de la luna pudo ver claramente el perfil, y
advirtió que se trataba de una excelente solución arquitectónica para eliminar
las oficinas sin ventanas. Abajo, el espacio entre una construcción y otra
había sido diseñado con piscinas, invernáculos y palmeras. Ambos edificios eran
de la misma altura, y estaban unidos en cada piso por medio de un puente.
La edificación central,
que según dijera el doctor Nachman albergaba al hospital, no era visible. Adam
cruzó el puente que llevaba al segundo bloque, se acercó a la baranda interior
y miró hacia abajo. Allí divisó el hospital. Tenía lo tres pisos: era por eso
por lo que no había podido verlo antes. Hacia abajo se hallaba el puente de
unión que moría en las puertas de acero que viera al salir del laboratorio.
En la terraza proliferaban
antenas, cables y antenas parabólicas que, supuso, se conectarían con algún
complicado centro de comunicaciones. Había varias claraboyas en forma de
burbuja, la mayor de ellas en el centro exacto del edificio. También había una
torre de enfriamiento para aire acondicionado y un portón de acceso similar al
que había cruzado para llegar a la terraza del edificio externo. La luz de la
claraboya central confería a todo el complejo un aspecto extraño, futurista.
Durante unos minutos
permaneció con las manos apoyadas sobre el muro de cemento, aún caliente por el
sol del día. La brisa nocturna le alborotaba el pelo. Con un suspiro se
cuestionó qué impulso loco lo había llevado a Puerto Rico. De ninguna manera
“MTIC” lo dejaría partir con sus secretos. Frustrado y deprimido, decidió que
más le valía irse a la cama.
CAPITULO
XVI
Al día siguiente, y pese a
su impaciencia, vio que la visita al hospital no figuraba en su programa de
actividades hasta por la tarde. Pasó casi toda la mañana con el señor Burkett,
quien le mostró no sólo el edificio donde residirían Jennifer y él, sino
también las instalaciones que ofrecía “MTIC” a las esposas e hijos de sus
empleados. Se preguntó cómo reaccionaría Burkett si de pronto le hiciera saber
que “MTIC” estaba haciendo lo imposible por impedir el nacimiento de su niño.
Tuvo que hacer gala de una enorme fuerza de voluntad para sonreír admirado
mientras recorrían el complejo. Al final fue un alivio que Burkett lo dejara
libre frente a la oficina de Linda Aronson.
La mujer le saludó con
entusiasmo y le mostró las terminales de computadoras que distribuían la
información de “Arolen” por todo el mundo en cuestión de minutos. También le
presentó al señor Crawford, organizador de los Cruceros de Conferencias
Médicas, un hombre muy parecido al delincuente que le había proporcionado el
pasaporte falso a nombre de Smyth.
Crawford le presentó un
gráfico donde se analizaba el lugar de procedencia de los médicos participantes
en los cruceros. La mayoría provenía de la zona de Nueva York, aunque en los
últimos meses también habían llegado varios de Chicago y Los Angeles. Adam
reparó en que por lo menos el diez por ciento de los médicos que habían
realizado más de un crucero trabajaba ahora en la “Clínica Julian”.
-Esos cruceros se han
hecho muy famosos -comentó, disimulando su consternación.
-Son mucho más que famosos
-acotó Crawford, henchido de orgullo-. Con los medios que contamos, ya no
podemos atender toda la demanda. Tuvimos que adquirir un segundo barco en la
costa Oeste, que seguramente entrará en servicio este mismo año. El plan general
prevé la utilización de cinco barcos, con lo cual podríamos satisfacer a la
totalidad de los profesionales médicos.
El hombre cruzó los brazos
sobre el pecho y miró a Adam esperando su reacción, como un padre vanidoso que
describe las hazañas de su hijo. Adam sintió repulsión. Toda una generación de
médicos programados para desempeñar, sin saberlo, como representantes de un
laboratorio farmacéutico.
El doctor Nachman se
reunió con él después del almuerzo y juntos se dirigieron a la oficina de
Glover, donde éste y Mitchell discutían acerca de cuál de los dos llevaría
primero a Adam a dar un recorrido.
-A ustedes ya no puedo
dejarlos solos en una misma habitación -se fastidió Nachman.
Adam se preguntó si el
aislamiento del centro sería el causante de esos altercados. La rivalidad entre
ambos médicos tenía un sesgo neurótico. Empero, Adam se sentía contento porque,
por fin, visitaría el hospital. No le atraía la idea de escuchar los comentarios
de Mitchell durante otra hora, y esperaba poder eludirlos.
Al llegar a la puerta
doble que comunicaba con el edificio interior, el doctor Nachman la abrió
oprimiendo suavemente un pequeño dispositivo electrónico. el puente cubierto
estaba flanqueado por cristales a ambos lados, y Adam pudo apreciar los bonitos
jardines que había visto desde arriba la noche anterior.
Al final del pasillo había
otro portón doble que Nachman volvió a abrir también con un dedo. Ya al entrar
se percibía el típico olor a hospital. Después de cruzar un foyer de tres pisos
iluminado por alguno de los tragaluces que viera la noche anterior, pasaron por
una serie de pequeños quirófanos hasta el puesto de las enfermeras, que se
preciaba de contar con el más moderno instrumental de telemetría. Una de las
enfermeras los hizo entrar en un pabellón, cerrado con llave, y el doctor
Glover le presentó a varios pacientes.
El médico fue explicando
caso por caso, y a Adam le llamó la atención la cantidad de datos que citaba de
memoria. Los detalles que no recordaba se los suministraba una de las
computadoras que había en cada sala.
Varios pacientes
diabéticos habían recibido infusiones de islotes de Langerhans fetales,
habiendo abandonado por completo la insulina. Adam no pudo menos de
impresionarse, aunque opinaba que el fin nunca justifica los medios.
En el extremo más lejano
del pabellón se encontraban los pacientes a quienes se les había practicado
implantes en el sistema nervioso central. Adam conoció a una mujer que se había
seccionado la médula espinal en un accidente automovilístico, quedando parapléjica
durante más de un año.
Ahora, sin embargo,
gracias a las infusiones de tejido fetal del sistema nervioso central, podía
mover las piernas aunque en forma incoordinada aún. Empero, los resultados eran
sorprendentes si se los comparaba con el infructuoso tratamiento tradicional.
La mujer saludó al doctor
Glover con un abrazo.
-Gracias por darme una
esperanza -dijo.
-No tiene por qué
-respondió el médico lleno de vanidad, mientras el doctor Mitchell echaba un
vistazo a la historia clínica.
-Ha subido el recuento
bacteriano en la orina -criticó.
-Lo sabemos perfectamente
-adujo Glover.
-Prosigamos -sugirió
Nachman.
Vieron a unos diez o
quince pacientes más hasta llegar a otro piso, donde se hallaba el pabellón de
Psiquiatría.
Apenas entraron, Mitchell
pareció animarse. Se pasaba la mano por la barba y describía a sus pacientes
con el entusiasmo de un maestro nato.
-El principal recurso que
empleamos para el tratamiento son los psicofármacos -expresó-. Una vez que se
alcanzan los niveles terapéuticos de psicotrópicos, ponemos en práctica una
suerte de modificación de la conducta.
Llegaron a una puerta
doble similar a la que impedía el acceso al propio hospital. el doctor Mitchell
oprimió el pulsador electrónico.
-Este, desde luego, es el
despacho de enfermería -explicó Mitchell, al tiempo que saludaba a dos mujeres
de blusa blanca y falda azul. Ellas se limitaron a responder con la cabeza,
pero los dos asistentes de bláiser azul se pusieron rápidamente de pie. Inmediatamente,
Adam les notó la sonrisa mecánica y la mirada fija.
“Se sacrifica cierto grado
de espontaneidad”, pensó amargamente.
Siguieron caminando por el
pasillo mientras Mitchell describía todos los dispositivos técnicos, hasta que
le interrumpió el doctor Glover.
-Por Dios, Adam conoce
todo esto pues ha ido a la Facultad.
Sin embargo, Mitchell no
hizo siquiera una pausa en su exposición. Accionó el mecanismo de entrada al
pabellón, y fueron pasando todos.
Para ser un edificio tan
moderno, le llamó la atención que la disposición de la sala fuese idéntica a la
del hospital de la Universidad. No obstante, salvo el plano del piso, todo lo
demás era distinto. En la Universidad, las camas, las mesillas e incluso los
techos parecían a punto de desintegrarse por la falta de mantenimiento. Por el
contrario, la sala de “MTIC” era tan inmaculada que daba la impresión de haber
sido inaugurada recientemente. Hasta los pacientes se hallaban acostados en
camas muy bien hechas, con las mantas que les llegaban a todos hasta el pecho.
Estaban despiertos pero inmóviles; sólo sus ojos se desplazaban para seguir con
la mirada el paso de las visitas. Adam nunca había visto un pabellón tan
tranquilo, y mucho menos de enfermos psiquiátricos.
Contempló esos rostros
inexpresivos. El doctor Mitchell había empezado otra de sus interminables
peroratas y Adam se preguntaba hasta cuándo tendría que escucharle, cuando sus
ojos se posaron en el paciente de la segunda cama de la derecha. ¡Era Alan Jackson!
el corazón comenzó a latirle con fuerza. Sintió pánico de que Alan pudiese
reconocerle.
Se giró para ocultarse,
pero cuando se atrevió a echarle un vistazo, notó que su expresión continuaba
inmutable. Era obvio que estaba fuertemente sedado. Tenía la cabeza vendada y
un líquido claro ingresaba en su brazo derecho por medio de una sonda. Adam
supuso que el Fjord debía haber hecho escala en Puerto Rico el día anterior.
Con razón habían tenido que dopar así a su amigo. La intención era someterlo
involuntariamente a una operación quirúrgica.
-¿Qué problema tiene este
hombre?
Mitchell miró a Nachman y
éste hizo un gesto de asentimiento. Mitchell tomó entonces el historial que
colgaba a los pies de la cama, y leyó en voz alta:
-Robert Iseman, de
Sandusky (Ohio). Internado por epilepsia incurable del lóbulo temporal, con
antecedentes de episodios criminales violentos. No responde al tratamiento
convencional. Se hallaba recluido en una prisión psiquiátrica, sin posibilidad
alguna de salir. Se ofreció por propia voluntad para participar en las terapias
de “Arolen”. -Volvió a poner el historial en su lugar.
-¿Hace mucho que está
aquí?
-Unos días -respondió
vagamente Mitchell-. ¿Por qué no seguimos. . . ?
-Discúlpeme -lo
interrumpió Adam-, pero a veces se aprende más de un caso específico que de la
teoría. ¿Qué clase de tratamiento ha recibido? A juzgar por los vendajes, se
diría que ha sufrido una operación en el cerebro.
-Ciertamente -reconoció
Mitchell, intercambiando otra miradita con el doctor Nachman-. Sabemos por sus
antecedentes que era un caso incurable. Después de tratarlo con “Conformín”, le
implantamos microelectrodos en el sistema límbico del cerebro. Era la única
posibilidad de lograr una cura duradera. ¿Recuerda los experimentos clásicos en
los que a los toros se les implantaban electrodos en la cabeza para evitar que
embistieran? Nosotros logramos un efecto que va mucho más allá de evitar la
simple embestida de un toro.
Adam asintió tratando de
entender, pero interiormente se sentía horrorizado.
-No se olvide que el
tratamiento del señor Iseman acaba de comenzar -explicó Nachman-. Cuando se
haya recuperado de la operación, será sometido a una terapia de adaptación.
-Por supuesto -convino el
doctor Mitchell-. De hecho, el tratamiento comenzará mañana, y terminará dentro
de unos cuatro días. ¿Por qué no vamos a las salas de adaptación para que pueda
ver exactamente lo que hacemos?
Alan lanzó una última
mirada al rostro inexpresivo de Alan y prosiguió su camino con los médicos.
-Al señor Iseman se le
administrará una combinación de condicionamiento operante y condicionamiento
adversivo.
Por medio de un programa
de computadoras podremos detectar los procesos mentales indeseables y
modificarlos antes de que se manifiesten en una conducta exterior.
La mente de Adam era un
torbellino. Se preguntó qué querría decir Mitchell con eso de “procesos
mentales indseables”. Probablemente abarcara desde el rechazo a recetar
productos de “Arolen” hasta el hecho de creer en la medicina de pago.
-Esta es una de nuestras
salas de adaptación -anunció Mitchell, abriendo una puerta para que Adam
pudiese mirar el interior.
Se trataba de un minúsculo
teatro como el de Fjord donde había una amplia pantalla en un extremo, y frente
a ella, dos butacas equipadas con correas y electrodos. Adam retrocedió
espantado, dejando que la puerta se cerrara sola.
-¿Es grande el efecto que
se produce sobre la personalidad?
-Por supuesto -adujo
Mitchell-. Eso es parte del programa. Elegimos sólo los rasgos más deseables de
la personalidad.
-¿Y sobre el intelecto?
-Apenas un mínimo efecto
adverso -dijo Mitchell, y emprendió el regreso al pabellón-. Hemos registrado
una pequeña disminución de la creatividad, pero la retención de la memoria es
normal. Más aún, en cierto sentido aumenta, sobre todo en lo que se refiere a
información técnica.
Adam miró a Alan al pasar.
La expresión de su amigo era la misma de antes; lo habían reducido a una
especie de zombi.
-La investigación adelanta
a pasos agigantados -afirmó Nachman-, aunque desde luego, la aplicación es
limitada.
-Por cierto que el trabajo
sobre fetología puede destinarse a un uso más general -acotó Glover.
-Eso es cuestión de
opiniones -polemizó Mitchell-.
Con las técnicas para la
modificación de la conducta que estamos perfeccionando, llegará un momento en
que no existirán más pabellones de reclusión en hospitales ni en cárceles.
De hecho, el Instituto
Nacional de Salud Mental y el Servicio Penitenciario financian nuestros
experimentos.
Salieron al vestíbulo de
tres pisos con los tragaluces en forma de burbuja. Como el doctor Glover no
estaba dispuesto a dejar a Mitchell con la última palabra, comenzó a enumerar
los diversos organismos del Gobierno que financiaban la investigación sobre
fetología.
Adam estaba horrorizado.
“MTIC” planificaba la destrucción total del ejercicio independiente de la
medicina. Los médicos ya no serían más profesionales con libertad de
pensamiento sino que se convertirían en empleados del emporio médico de
“MTIC-Arolen”.
-Adam -intervino el doctor
Nachman-, ¿entiende lo que le decimos?
-Sí, claro. Sólo que me
siento apabullado.
-Es muy comprensible,
Además, pienso que deberíamos dejarle tiempo para disfrutar de nuestras
instalaciones de recreo. Le vendría muy bien pasar unas horas en la playa.
¿Nos reunimos a las ocho
para cenar?
-¿No podría visitar los
quirófanos de psicocirugía? En lo posible, me gustaría verlos.
-Lamentablemente es
imposible. Los están preparando para una intervención esta tarde.
-¿Podría presenciarla ?
El médico meneó la cabeza.
-Agradecemos su interés,
pero desgraciadamente no existe una galería para espectadores. Si decide
aceptar el puesto aquí, con seguridad podríamos hacerlo entrar en las salas de
operaciones.
Cuando volvía a su cuarto
a cambiarse, llegó a la conclusión de que debía encontrar la forma de sacar
subrepticiamente alguna evidencia tangible de ese lugar. Pero, ¿cuál? ¿Qué
podría llevar a Nueva York que sirviera no sólo para convencer a Jennifer de que
no debía hacerse el aborto sino también para que todos los profesionales de la
medicina se aliaran con el fin de desenmascarar a “MTIC”?
Después de pasar varias
horas tomando el sol, se le ocurrió una idea. Se trataba de un plan alocado,
quizás imposible de ejecutar. No obstante si salía bien, no tendría ningún
problema en persuadir a cualquiera para que tomara en serio sus advertencias.
El cóctel y la cena le
resultaron un suplicio. el doctor Nachman quiso presentarle a la mayor cantidad
de gente, y sólo a las once logró escapar a su habitación pretextando un gran
agotamiento.
Había resuelto que no
podía llevar a cabo su proyecto hasta la medianoche. Demasiado inquieto como
para acostarse a esperar, se quitó la chaqueta y se puso una camisa color azul
oscuro y un jean; luego abrió su bolso para revisar las cosas que había guardado
por la tarde.
A las doce menos cinco ya
no pudo aguantar más. Salió de la pieza y se dirigió a la escalera para subir a
la terraza.
Parecía que era de día por
la intensa luz de la luna. Rápidamente cruzó el puente que llevaba al primer
edificio interior, caminó un trecho más y se asomó para contemplar el segundo.
Las claraboyas estaban iluminadas, pero eso no era indicio seguro que se
llevara a cabo alguna actividad específica en el interior.
Apoyó el bolso en el
tejado, lo abrió y sacó la cuerda que esa tarde había robado de uno de los
botes. Luego buscó un tubo de ventilación adecuado a sus propósitos. Después de
cerciorarse de que estaba firmemente adherido al tejado, ató allí la cuerda y dejó
caer el extremo libre tres pisos hacia abajo, sobre el puente que comunicaba
con el edificio más interno.
Debido a que las alturas
le causaban pánico y no estaba acostumbrado a trepar, tuvo que hacer acopio de
toda su fortaleza para subirse al parapeto de un metro veinte y pasar las
piernas al otro lado. Rezó una breve plegaria, se aferró de la cuerda y se lanzó
al vacío. Poco a poco y con sumo cuidado descendió hasta que sus pies tocaron
el tejado del puente. Cayó de cuatro patas y gateó hasta el tejado del
hospital, desde donde se dirigió a la inmensa claraboya central. Abajo percibió
ciertos movimientos que lo obligaron a detenerse.
Lentamente avanzó hasta el
borde y espió. Lo que vieron sus ojos fue una escena sacada de una película de
terror o de ciencia ficción. Desde el tragaluz divisó un enorme quirófano, pero
en lugar de notar la presencia de médicos y enfermeras, vio que estaba
totalmente automatizado. Dos pacientes eran intervenidos al mismo tiempo por
unas máquinas estilo robot, con largos brazos flexibles.
En el extremo más apartado
de la habitación había varios pacientes acostados sobre algo que parecía una
cinta transportadora, sus cabezas sujetas dentro de una especie de torno. En
ese momento había sólo cuatro, pero se notaba que el sistema estaba diseñado
para albergar por lo menos a doce personas por turno.
Permaneció pegado a la
claraboya, hipnotizado por la magnitud del horror. Uno de los pacientes
avanzaba en la cinta hasta ser colocado dentro de un gran tomógrafo, que
comenzó a girar alrededor de su cabeza. Al completarse el movimiento de
rotación, la máquina se detuvo, mientras los brazos del robot se estiraban y le
practicaban una incisión en la cabeza, en el mismo lugar donde le había notado
las cicatrices a Vandermer. Una pequeña cantidad de sangre rodó por el rostro
del individuo. Otros brazos desplegados comenzaron a perforarle el cráneo. Adam
alcanzaba a oír el zumbido del taladro por el tragaluz. Acto seguido, el
tomógrafo funcionó una vez más mientras un tercer juego de brazos extendidos se
introdujeron en el cerebro del sujeto. Adam supuso que le estarían insertando
los electrodos de control, valiéndose del tomógrafo para garantizar su correcta
ubicación.
Un movimiento a la
izquierda del salón le hizo retirarse.
Detrás de un divisor de
vidrio, un grupo de personas se hallaban sentadas ante un panel de mando. Si se
hubieran tomado el trabajo de mirar hacia arriba, lo habrían visto.
Adam se vio forzado a
tenderse en el piso. Sólo podía atisbar por el borde del tragaluz, pero al
menos estaba seguro de que así no lo verían.
Notó que el doctor Nachman
le daba una palmada en la espalda al doctor Mitchel. Habían terminado ya con un
paciente, y lo alejaban para poder recibir al siguiente. Adam sintió náuseas.
No le cabía duda de que “MTIC-Arolen” planificaba imponer la psicocirugía en
gran escala.
Se apartó de la claraboya,
se puso de pie y caminó hacia la puerta de acceso que, felizmente, no estaba
cerrada. Se encontró con una escalera similar a la que había usado para subir
al terrado. De no haber sido por el zumbido constante de las máquinas instaladas
en el quirófano, habría reinado un silencio total. Desde el pasillo contempló
el pabellón a oscuras, apenas iluminado por la luz proveniente del despacho de
enfermería, en el otro extremo de la sala. La enfermera de turno al parecer
estaba comiendo. Detrás de ella, dos ayudantes inmóviles, sentados en sillas de
respaldo recto.
Avanzó pegado a la pared,
entró en el pabellón y se escondió debajo de la primera cama. En la
semipenumbra, vislumbró el rostro del paciente que tenía arriba. Sorprendido,
comprobó que el hombre estaba despierto. Adam esperó, preguntándose si haría
sonar alguna alarma, pero se quedó quieto, mirándole fijamente.
Adam respiró hondo y
recorrió todo el pabellón arrastrándose por debajo de las camas. al llegar a la
segunda desde el fondo, alzó la cabeza para mirar hacia el despacho.
La mujer seguía
concentrada en su bocadillo, y los dos ayudantes no se habían movido.
Era en ese momento o
nunca. Entonces le habló al paciente bajo cuya cama se ocultaba. Alan no dio
muestras de reconocerlo.
-Alan, quiero sacarte de
aquí -susurró-. ¿Podrás venir conmigo ?
No obtuvo respuesta, como
si le hubiese hablado al aire.
Ni siquiera parpadeó
cuando Adam retiró con cuidado la cinta que sostenía en su sitio el catéter
endovenoso, y le quitó la sonda.
-Si te levanto, ¿te parece
que podrás caminar?
Tampoco le respondieron.
Estaba a punto de
descorrer las mantas de la cama cuando reparó en la luz de una linterna que
bailoteaba en el techo. Miró hacia delante y vio que la enfermera oprimía el
botón de entrada. En el momento en que se abrieron las puertas, Adam se arrojó
al suelo para ocultarse debajo de la cama.
La mujer caminó por el
pasillo central iluminando a cada paciente. Adam contuvo la respiración cuando
pasó cerca de Alan, deseando que no advirtiera el catéter desprendido. Vio
avanzar sus pies hasta el fondo de la sala, donde dio media vuelta para volver.
Las puertas se abrieron de nuevo y la enfermera salió.
Podía suponer que no
volvería hasta pasado un buen rato, consideró que era el momento oportuno para
actuar.
Destapó la cama, aferró al
amigo por los brazos y lo sentó.
Después, con la mayor
delicadeza, le levantó el torso para que pudiera apoyarse en el suelo, se oyó
un leve golpe cuando los pies tocaron al piso, pero nadie pareció percibirlo
desde el despacho de enfermería.
-¿Puedes caminar a cuatro
patas? -preguntó en un susurro.
Alan no respondió.
Como no se daba por
vencido, le cogió de una mano y comenzó a arrastrarlo por el suelo. Con
sorpresa comprobó que Alan reaccionaba y empezaba a avanzar por sus propios
medios. Parecía como si no pudiese actuar a menos que se le indicase lo que
debía hacer.
Llegaron al fondo del
pabellón. al mirar atrás, comprobó que todo estaba tranquilo en el puesto de
enfermeras. Los siguientes quince metros serían los más peligrosos. Abandonaron
la protección de las camas y se desplazaron en dirección a la escalera. Si alguien
miraba hacia allí, los vería inmediatamente. al llegar a la puerta, Adam la
abrió unos centímetros y se sobresaltó por el impacto de la luz de fuera.
Contuvo la respiración, empujó la puerta un poco más y apremió a su amigo para
que pasara. Un segundo más tarde se hallaban a salvo.
Adam se puso de pie y se
desperezó. Luego se agachó para incorporar a Alan. Vacilante en un primer
momento, Alan recuperó en seguida el equilibrio.
-¿Entiendes cuando te
hablo? -Hubo un vago gesto de asentimiento, pero Adam no estaba seguro-. ¡Vamos
a salir de aquí! -Lo tomó de la mano y lo condujo a la escalera, Alan caminaba
como si no tuviera idea de dónde se hallaban sus pies, pero cuando llegaron al
tercer piso, sus movimientos eran ya más coordinados. Daba la impresión de que
cuanto más tenía que hacer, más sencillo le resultaba. Cuando alcanzaron el
terrado, Alan parecía funcionar ya con sus propias fuerzas. Una mejoría tan
rápida le hizo pensar a Adam que había estado recibiendo una dosis pequeña,
aunque ininterrumpida, de tranquilizante por medio del goteo.
Salieron al terrado. Adam
notó a su amigo casi despierto del todo: sus pupilas ya no estaban tan
dilatadas. Así y todo sería imposible que bajara tres pisos por una cuerda.
Dudaba hasta de poder hacerlo él mismo mientras maldecía su falta de previsión
por no haber planificado mejor la huida.
Al contemplar los jardines
que separaban el hospital del edificio contiguo, se dio cuenta de que sería más
fácil bajar que subir, pero sospechaba que no habría forma de poder escapar del
jardín cerrado.
Sabía que debía actuar por
el peligro que suponía el que alguien advirtiese la ausencia de Alan. Como no
se le ocurrió nada mejor, tomó la cuerda y ató a su amigo por debajo de los
brazos. Luego sujetó el otro extremo y comenzó a trepar por un lado del edificio.
La parte más difícil fue arriba, cuando tuvo que soltar la soga para aferrarse
al borde de la pared. Los pies le guedaron colgando en el aire mientras
ascendía trabajosamente. Por último, llegó al terrado.
Recobró el aliento y se
inclinó sobre el parapeto: Alan seguía parado contra la pared.
Estiró la cuerda pero sólo
pudo elevar a su amigo unos centímetros. Tenía que hacer más palanca. De pronto
le vinieron a la memoria los dibujos de los esclavos egipcios cuando acarreaban
piedras para construir las pirámides.
Ellos llevaban las sogas
sobre sus hombros, como bestias de carga. Decidió entonces hacer lo mismo. Tiró
hacia delante con todas sus fuerzas y dando tumbos logró alcanzar la pared de
atrás. Rápidamente ató la cuerda del mismo tubo que había usado antes. Corrió a
mirar por el parapeto y vio que Alan se bamboleaba en la tercera parte de la
altura total.
Repitió la operación tres
veces más. En el cuarto intento se atascó la cuerda, y cuando se asomó a mirar,
comprobó que Alan había quedado trabado justo debajo de la cornisa.
Consiguió colocarlo de
costado, lo tomó de las piernas y, con gran esfuerzo, lo subió. Ambos cayeron
sobre el terrado.
Cuando recuperó el
aliento, desató la cuerda y la guardó en su bolso. Luego ayudó a Alan a
incorporarse. el hombre tenía un raspón profundo en la mejilla, pero por lo
demás, parecía haber soportado admirablemente el suplicio.
Se colgó el bolso del
hombro y condujo a su amigo hacia el edificio exterior, para bajar luego por la
escalera. A esa altura su andar era más vacilante que el de Alan. Sentía los
brazos flojos, le temblaban las piernas por el esfuerzo y se le habían llagado
las palmas de las manos. Al llegar a su dormitorio, dejó caer a su amigo sobre
la cama y se desplomó a su lado.
No tenía un estado físico
capaz de desarrollar una actividad tan extenuante. Le habría gustado descansar,
pero sabía que cada minuto que pasara aumentaba el peligro de que lo
descubrieran. Le quitó a Alan la bata de hospital y rápidamente lo vistió. Felizmente
ambos eran casi de la misma estatura. Luego lo acostó, esperando que estuviera
aún lo suficientemente dopado como para volver a conciliar el sueño. Como
medida de precaución, cerró la puerta con llave y salió a ver si encontraba un
coche. Cuando cruzaba presuroso el pasillo deseó una vez más haber planeado
mejor la fuga.
Selma Parkman bostezó y
miró el reloj que había encima del armario de los medicamentos. Era sólo la una
y cuarto. Le quedaban cinco horas más de trabajo, y ya estaba muerta de
aburrimiento. Echó un vistazo a los dos asistentes, deseando tener un poco de la
paciencia de que hacían gala ellos. Desde que llegó a ese centro, lo que le
llamó la atención fue la forma plácida en que el personal aceptaba la tediosa
rutina.
-Voy a dar una vuelta
-anunció, cerrando una novela.
Los ayudantes no abrieron
la boca.
-¿Acaso no me oyeron?
-Nosotros cuidaremos el
pabellón -le contestó uno, por fin.
-De acuerdo. Selma se
calzó los zapatos. Sabía que nada iba a suceder durante su ausencia. Nunca
pasaba nada.
Cuando aceptó ese trabajo,
supuso que iba a hacer algo más interesante que vigilar a un grupo de
autómatas. Había dejado un buen empleo en Filadelfia, en el Instituto
Psiquiátrico Hobart para viajar a Puerto Rico, y empezaba a preguntarse si no
habría cometido un error.
Abandonó el puesto de
enfermeras. Deseosa de hablar con alguien se dirigió al piso de cirugía. El
doctor Nachman la recibió con una sonrisa.
-¿Aburrida? -le preguntó-.
Ya veo que habrá que asignarle tareas más amenas. -En realidad, le daba mucho
fastidio el desasosiego de la mujer, y ya la había incluido en la lista de
personas que recibirían tratamiento con “Conformín”.
Selma observó las imágenes
producidas por computadora en una pantalla, pero como no tenía idea de lo que
veía, en seguida se sintió aburrida. Se despidió, pero nadie le contestó. Se
encogió de hombros, salió de la galería, bajó un piso y regresó a su puesto de
trabajo. Los ayudantes estaban en la misma posición en que los había dejado.
Aunque aún no era la hora de hacer su recorrido rutinario, tomó la linterna y
se dirigió al pabellón.
El trabajo no era en
absoluto exigente. La mitad de los enfermos recibían goteo endovenoso, y ella
debía controlarlos por lo menos dos veces mientras duraba su turno. Aparte de
eso, lo único que tenía que hacer era iluminarles la cara con la linterna para
comprobar que seguían con vida.
Se detuvo al alumbrar una
almohada vacía. Se agachó y miró el piso. Una vez, un paciente se había caído
de la cama, pero al parecer hoy no. Tomó la historia clínica y leyó el nombre:
Robert Iseman.
Pensando que el paciente
debía hallarse cerca, volvió al despacho de enfermería y encendió las luces de
arriba. Un fuerte resplandor inundó la habitación. Llamó a los ayudantes y
revisó la sala una vez más. Sin lugar a dudas, Iseman se había esfumado.
Comenzó entonces a
preocuparse. Nunca había sucedido algo semejante, Les ordenó a los ayudantes
que siguieran buscando, y corrió al piso de cirugía.
-Falta un paciente
-anunció al divisar a Nachman y Mitchell, que estaban a punto de marcharse.
-Imposible -dijo Mitchell.
-Será imposible, pero la
cama del señor Iseman está vacía, y no le encuentro por ninguna parte. ¿Por qué
no bajan y lo ven con sus propios ojos?
-Ese es el paciente
operado ayer -sostuvo el doctor Nachman-. ¿No estaba recibiendo el goteo de
“Conformín”?
Sin aguardar la respuesta
de Mitchell, salió de prisa hacia la escalera. Cuando entraron en el pabellón,
Selma señaló la cama vacía con aire de triunfo.
El doctor Mitchell tomó el
catéter y lo observó.
-No puede andar lejos
-opinó.
Después de buscar en todos
los lugares donde podía haberse escondido, los médicos se encaminaron al sector
de fetología, después a la terraza y por último al jardín.
-Será mejor que
convoquemos a todos los ayudantes -afirmó Nachman-. Es preciso encontrar a
Iseman inmediatamente.
-Esto es inconcebible
-musitó el doctor Mitchell, incrédulo-. Me sorprende que ese hombre haya podido
caminar.
-Si no lo hallamos en
seguida -quiso saber Nachman-, ¿qué pasaría si activáramos los electrodos que
se le implantaron?
El doctor Mitchell se
encogió de hombros.
-Aún no ha iniciado su
etapa de adaptación. Si lo activamos, las señales podrían causarle dolor o
placer, pero no podríamos influir en su conducta. Podría ser peligroso.
-¿Para quién? ¿Para él o
para los que estén a su alrdedor?
-Eso no puedo precisarlo
-admitió Mitchell.
-Bueno, sería la peor de
las eventualidades. Me imagino que lo vamos a encontrar pronto. Quizás haya
habido un error en la dosis del goteo. Por si acaso, demos aviso a todos los
ayudantes. Dígales que lleven jeringas llenas de “Conformín”, de modo que cuando
lo hallemos no haya problemas.
Adam comenzaba a
desesperarse. Había muchos coches en la zona de estacionamiento frente al
edificio principal, pero ninguno con las llaves puestas. Había pensado que, al
existir medidas tan estrictas de seguridad, la gente se cuidaría menos, pero
desgraciadamente no era así. Una vez más se maldijo a sí mismo por su falta de
previsión.
Se dirigió entonces al
solitario sendero que llevaba a la playa, y desde allí hacia el club. Fue
revisando uno por uno los coches del estacionamiento, pero sin suerte. Después,
divisó una camioneta “Ford” parada frente a la entrada de los proveedores.
Como el vehículo no estaba
cerrado con llave, subió a la cabina. Buscó el arranque, pero antes de
encontrarlo comenzó a sonar una insistente alarma que lo obligó a huir
aterrorizado.
Al ver que se abría la
puerta del club, corrió a refugiarse en medio de una arboleda. La alarma dejó
de sonar, pero unas voces cercanas le hicieron comprender que debía seguir
andando. Divisó los mástiles de los veleros Hobie Cat, y se le ocurrió enfilar
hacia la playa para ocultarse en el más próximo.
Alcanzaba a oír a los
hombres que regresaban al club.
Obviamente habían llegado
a la conclusión de que se trataba de una falsa alarma, pese a lo cual sabía que
le quedaban apenas unas horas antes de que se hiciera de día para imaginar la
forma de sacar a Alan del complejo. Se preguntó si alguien se habría dado
cuenta de que había desaparecido un paciente.
El doctor Nachman tenía el
rostro más desencajado que de costumbre. Los ojos parecían hundidos en sus
cuencas.
-Tiene que estar aquí
-aventuró Mitchell.
-Si estuviera aquí, ya se
le habría encontrado -sentenció Nachman, con gran seriedad.
-A lo mejor salió al
jardín. Es el único lugar que queda.
-Hay veinte hombres que lo
buscan -le espetó Nachman-. Si hubiese ido allí, ya habrían dado con él.
-Lo vamos a encontrar
-afirmó Mitchell, más para convencerse a sí mismo que a los otros-. Quizá
debamos aguardar hasta que amanezca.
-¿Podrá haber salido del
hospital? -insinuó Nachman-.
Es el tipo de paciente que
no convendría que nadie hallase fuera.
-No puede haber escapado,
aunque haya sido ésa su intención. Imposible que haya abierto las puertas de
seguridad. Además, Selma Parkman estaba allí y asegura haberlo visto con
certeza en su recorrido anterior.
-Abandonó su puesto para
ir a cirugía.
-Apenas unos minutos
-intervino la enfermera-. Y los dos ayudantes que dejé que me remplazasen
sostienen que todo estuvo en calma.
-Quiero que la búsqueda
incluya el edificio principal --ordenó el doctor Nachman, ignorando a Selma-.
Tengo miedo de que haya alguna otra persona comprometida en este asunto,
alguien que tenga acceso al pabellón. De ser así, deberíamos intentar activar los
electrodos del paciente.
Tal vez eso nos permita
localizarlo por medio del transmisor.
-No sé si dará resultado
-expresó Mitchell-. Nunca los hemos activado desde lejos.
-Inténtelo ahora. Llame
también a seguridad y avíseles que nadie debe traspasar el portón de entrada.
El doctor Mitchell se
encaminó al teléfono para llamar a seguridad. Luego se comunicó con el jefe de
programación, Edgar Hofstra, para informarle que, debido a una emergencia,
debía presentarse de inmediato en la sala de control.
Después, subió al otro
piso junto con Nachman.
La sala de control se
hallaba en la misma planta que el quirófano automatizado. En un extremo, detrás
de una pared de vidrio, estaba la computadora principal de “MTIC”.
Una media docena de
técnicos de bata blanca realizaban una amplia gama de tareas operativas y de
mantenimiento.
Hofstra llegó diez minutos
más tarde, con la cara abotargada aún por el sueño.
Mitchell le relató el caso
sin tomarse la molestia de disculparse por haberlo despertado.
-Si lográramos activar los
electrodos del paciente, seguridad podría localizarlo por medio del transmisor.
¿Le parece posible activarlos desde larga distancia?
-No estoy seguro
-reconoció Hofstra, sentándose frente a la terminal: No bien hubo marcado el
nombre de Iseman, la computadora respondió diciendo que se trataba de un error,
que ese paciente no figuraba. Hofstra anuló la señal.
Todos los presentes
observaban con gran ansiedad. Al cabo de un minuto la pantalla indicó:
“Electrodos activados” y unos segundos más tarde se leyó la palabra: “Proceda”
-Hasta ahora vamos bien -comentó el técnico-. Veamos si las pilas del paciente
tienen fuerza. -Por medio de la máquina ordenó a los electrodos que comenzaran
a transmitir. el resultado fue una señal muy débil, ininteligible para la
computadora.
El técnico giró en su
sillón.
-Bueno, los electrodos se
activaron, pero la señal es tan mínima que dudo que se pueda rastrear y
localizarle.
Jamás pudo saber de dónde
sacó el coraje para regresar al edificio principal, sobre todo al ver que se
habían encendido la mayoría de las luces y que enjambres de hombres de bláiser
azul, con jeringas en la mano, recorrían la planta baja. Sólo el recuerdo de
Jennifer y su inminente aborto lo hacían arriesgar la relativa seguridad que le
brindaba estar fuera. Cruzó simplemente el vestibulo del edificio como si nada
pasara. Al bajarse del ascensor en el quinto piso notó. que el pasillo estaba
tranquilo, por lo cual supuso que todavía no habrían empezado a registrar las
habitaciones de los huéspedes.
Llegó a su cuarto,
encendió la luz y sintió un gran alivio al comprobar que Alan seguía durmiendo.
-No sé si me entiendes,
pero tenemos que salir rápidamente de aquí.
Hizo sentar a su amigo y
le revisó los vendajes de la cabeza. Una vez retiradas las gasas, comprobó que,
para la intervención quirúrgica, sólo le habían rasurado un minúsculo sector a
ambos lados de la cabeza. Tomó entonces un peine, y con cuidado, cubrió esas
partes con el resto del pelo.
El corazón le latía con
fuerza cuando ayudó a Alan a ponerse de pie y, en silencio, abrió la puerta.
Tres ayudantes entraban en ese momento en una sala del fondo del pasillo. Adam
sabía que, si titubeaba, perdería su única oportunidad. En el instante en que
los hombres desaparecieron dentro de la habitación, tomó a Alan de la mano y lo
arrastró hasta el ascensor de los bañistas. Oyó voces cuando ya se cerraban las
puertas, pero nadie daba gritos de alarma.
Apretó el botón de planta
baja. Horrorizado, vio que el ascensor se detenía en el segundo piso.
Miró de reojo a Alan, que
estaba mucho mejor sin el vendaje. Así y todo, en su rostro se notaba aún esa
expresión vaga de los drogados.
Se abrieron las puertas, y
un practicante con cicatrices en la cara subió al ascensor. Echó un vistazo a
Adam y Alan, y se paró mirando a las puertas. Estaba tan cerca que Adam
alcanzaba a ver con detalle los pelos de su cuello. Adam contuvo el aliento cuando
el ascensor reinició la marcha descendente.
Pasaban por el primer piso
cuando el hombre dio muestras de haberlos reconocido. Lentamente giró sobre sus
talones. En la mano llevaba una jeringa sin su capuchón plástico protector.
Adam reaccionó por
reflejo, con una velocidad que a él mismo le sorprendió. Con un rápido
movimiento le arrebató la jeringa de la mano y le empujó sobre Alan. Cuando
ambos se entrechocaron, Adam aprovechó para clavarle la aguja en la espalda, al
lado de la columna y apretar el émbolo con la palma de la mano.
Los tres se desplomaron
formando una pila humana, en cuya base se hallaba Alan. El ayudante arqueó la
espalda,
El hombre rodó de lado e
intentó gritar, pero Adam le tapó la boca con la mano. El ascensor se detuvo y
se abrieron las puertas.
EIl practicante asió con
fuerza el brazo de Adam y trató de quitarle su mano de la cara. Adam, por el
contrario, procuraba mantenerle la boca tapada. A los pocos segundos advirtió
que el hombre ponía los ojos en blanco, que aflojaba la presión y que su cuerpo
se volvía fláccido.
Adam retiró la mano y
contempló horrorizado al hombre. Pese a que le habían hecho la cirugía plástica
para desfigurarlo, igualmente lo reconoció: ¡se trataba de Percy Harmon!
Durante un instante se
sintió demasiado conmovido como para reaccionar. Luego las puertas comenzaron a
cerrarse, por lo cual debía actuar inmediatamente. Colocó a Alan contra la
puerta para mantenerla entreabierta, arrastró a Harmon afuera y lo escondió detrás
de los densos helechos.
Desechó la idea de
llevarlo consigo al comprender que demasiado difícil le sería ya manejarse sólo
con Alan. Condujo al médico hacia la puerta del fondo, y por allí salieron al
sendero que desembocaba en la playa. Su impreciso plan era enfilar hacia los edificios
de apartamentos y ver si allí podía encontrar algún coche.
La luna estaba semioculta,
razón por la cual la playa no era ya el paisaje luminoso de un rato antes. Los
pinos y palmeras proporcionaban sombras envolventes.
Enfilaron en dirección al
club. Cuando iban a mitad de camino, se encontraron con el velero Hobie Cat que
antes usara para esconderse. De pronto se le ocurrió una idea.
A pesar de que no era en
absoluto un marino avezado, sabía algo de embarcaciones pequeñas. Vio con
satisfacción que la última persona en utilizar el barco lo había dejado en la
playa con las velas plegadas.
El grito de un hombre
proveniente del edificio principal lo hizo decidirse en el acto. No tenía
tiempo que perder. Primero, arrastró la embarcación al agua. A continuación,
hizo subir a Alan, obligándole a tenderse sobre la lona. Con la bolina ató
flojo a Alan del mástil. Se introdujo en el agua y empujó el Hobie Cat hacia la
corriente. Las olas no superaban los setenta centímetros, pero le hacían
difícil dominar la embarcación. Cuando el agua le llegó a la cintura, subió él
también.
Su idea era alejarse
remando hasta dar la vuelta por el cabo, pero no le sería posible sin izar las
velas. Comenzó entonces a levantar la vela mayor pese al dolor que le causaban
las manos llagadas. Cuando la vela estuvo desplegada, el barco se estabilizó.
Durante un minuto que le
pareció eterno, el catamarán pareció desplazarse de vuelta hacia la playa.
Después, desviándose a sotavento, comenzó a alejarse de la orilla. Poco era lo
que podía hacer Adam, salvo aferrar a Alan con una mano y empuñar la caña del
timón con la otra.
El barco pasó frente al
club, pero Adam tuvo miedo de cambiar el rumbo. Lanzó un suspiro de alivio
cuando dejaron atrás el rompiente. En seguida rodearon el cabo y se perdieron
en lontananza.
Un poco más tranquilo,
Adam contempló la curva parabólica de la vela contra el cielo tropical poblado
de estrellas. Miró hacia el Oeste y vio unas nubes tenues que cubrían la luna
en forma intermitente. Debajo de la luna se dibujaba el perfil de los escarpados
montes puertorriqueños.
La belleza era
sobrecogedora. Luego el barco se internó en el oleaje del Atlántico y Adam puso
toda su atención en el timón. Arrió la vela mayor, izó el foque y el Hobie Cat
cobró velocidad. Ahora podía confiar en que, al cabo de unas horas, habría
avanzado lo suficiente a lo largo de la costa como para encontrar ayuda.
El doctor Nachman se
volvió, furioso, de la computadora. Harry Burkett había acudido a ponerlo al
tanto sobre la búsqueda, pero el director de investigaciones no se contentaba
con afirmaciones falsas.
-¡Viene a decirme que lo
único que han averiguado con cuarenta hombres e instrumental de seguridad por
valor de un millón de dólares es que se ha hallado inconsciente a un
practicante, y que el señor Schonberg falta de su habitación?
-Correcto.
-¿Y que presumiblemente al
practicante se le inyectó “Conformín” con su propia jeringa?
-Exacto. Se lo inyectaron
con tanta fuerza que la aguja se quebró, y se le quedó clavada en la piel.
-Burkett quería impresionar al director con su informe completo sobre la
investigación, pero Nachman echaba chispas. Le resultaba inconcebible que
Burkett, que disponía de tanto personal como de equipos sofisticados, no
pudiese localizar a un paciente fuertemente sedado. Debido a la ineficacia de
Burkett, lo que había comenzado como un trastorno se convertía rápidamente en
un serio problema.
Indignado, encendió la
pipa, que se le había apagado por enésima vez. No sabía si convenía informar, o
no, a la jerarquía de “MTIC”. Si el asunto empeoraba, cuanto antes diera cuenta
de él, mejor sería su situación. Pero si el problema se resolvía por sí solo,
sería preferible guardar silencio.
-¿No hay indicios de que
alguien haya tocado el cerco perimetral? -preguntó.
-En absoluto. Tampoco se
ha permitido la salida de nadie por el portón principal desde que llamó el
doctor Mitchell. -Miró al psiquiatra, que, nervioso, estudiaba las cutículas.
El doctor Nachman asintió.
Estaba seguro de que el paciente se hallaba aún dentro del complejo y que la
cerca electrificada constituía una barrera infranqueable, pero así y todo le
preocupaba la incompetencia del sector de seguridad, comandado por Burkett. No
había por qué correr riesgos.
--Quiero que envíe a
alguien al aeropuerto para controlar la salida de aviones.
-¿No le parece un poco
exagerado? -aventuró Burkett-. El paciente no podrá abandonar el complejo.
-No me interesa su
opinión. Todos me decían que ese hombre no podía marcharse del hospital, pero
lo hizo. Entonces, vigile el aeropuerto.
-Está bien -aceptó
Burkett, con un suspiro.
El doctor Mitchell, que
había sido quien insistiera en que el paciente no podía haberse ido del
hospital, se puso de pie.
-Por más que el transmisor
no alcance a localizar al paciente -propuso-, si estimulamos sus electrodos,
quizá podríamos conseguirlo.
El doctor Nachman miró a
Hofstra.
-¿Se puede hacer eso?
-No lo sé. La posición de
sus electrodos no ha sido delimitada neurofisiológicamente. No sé qué pasaría
si estimuláramos a ese hombre. A lo mejor le provocamos la muerte.
-Pero, ¿es posible
estimularlo? -volvió a preguntar Nachman.
-Tal vez, aunque llevaría
cierto tiempo. el programa actual se pensó para que el paciente estuviera
presente en la primera etapa.
-¿A cuánto tiempo se
refiere usted?
Hofstra extendió las
manos.
-Más o menos dentro de una
hora sabré si puedo hacerlo o no.
-Sin embargo, no tuvo
problema en activar los electrodos.
-Es verdad, pero estimular
directamente al individuo es mucho más complicado.
-Inténtelo -ordenó
Nachman. Luego, señalando al señor Burkett, quien continuaba en el teléfono,
agregó: Habría que buscar refuerzos para esos inútiles policías.
Al mirar el reloj Adam
comprobó que hacía casi dos horas que navegaban. Una vez que rodearon la punta
norte de la playa de “MTIC” encontraron un oleaje cada vez más fuerte que, de
tanto en tanto, rompía contra la embarcación.
En dos ocasiones, cuando
se hallaban en la cresta de una ola especialmente alta, temió que fueran a
hundirse debajo de toneladas de agua de mar. A pesar de todo, la embarcación se
sacudía un poco y proseguía navegando como un corcho sobre las olas.
Enfilaron hacia el
poniente bordeando la costa norte.
Como Adam no sabía si
había escollos, se mantuvo a una distancia de doscientos o trescientos metros
de la orilla. Lo más arduo de la aventura fue convivir con su propia
imaginación. A cada minuto crecía más su preocupación por la posible presencia
de tiburones bajo las aguas turbulentas Cada vez que miraba hacia el mar
esperaba ver una enorme aleta negra que cortara la superficie.
Cuando estuvo seguro de
haber dejado atrás el complejo de “MTIC” comenzó a orientar el Hobie Cat hacia
tierra.
Empezó a ver algunas
lucecitas en la costa y luego a oír las olas que rompían en la playa.
De pronto, un alarido
quebró el silencio. En el acto, Alan se agarró la cabeza con ambas manos y
chilló en medio de la noche, cogiendo a Adam desprevenido. Una enorme dosis de
adrenalina había ingresado en su sistema.
Alan gritaba a voz en
grito. Trató de ponerse de pie, forcejeando para librarse de la soga que lo
ataba al mástil.
Sus violentas embestidas
amenazaban con dar la vuelta al yate. Adam dejó el timón para intentar
dominarlo. Inmediatamente el barco comenzó a dar bandazos.
-¡Alan! ¿Qué te pasa? -lo
increpó, al tiempo que lo sacudía de los hombros. Alan seguía aferrándose
fuertemente la cabeza, con el rostro contraído. Los alaridos resonaban
acompañados por su respiración entrecortada.
-¿Qué te pasa? -volvió a
preguntarle.
La cara que antes tenía
una mirada vaga, cobró una expresión de furia y dolor. Como un perro rabioso,
se abalanzó sobre Adam para apretarle el cuello.
Aterrado por la fuerza que
desplegaba, Adam trató de no dejarse apresar, pero había poco espacio en el
Hobie Cat.
Alan se debatía en las
cuerdas y le propinó un fuerte puñetazo en el rostro. Girando él también, Adam
se tambaleó en el borde de la embarcación mientras trataba por todos los medios
de sostenerse. Sus dedos rozaron la driza de la vela mayor, pero no le sirvió
de apoyo. Como en una angustiosa cámara lenta, Adam cayó al proderoso mar.
Se sumergió en el agua
helada. Con gran esfuerzo procuró ascender, siempre temiendo ser mordido en
cualquier momento por algún monstruo marino. al rasparse una de sus piernas con
la soga que llevaba en la mano, lanzó un alarido.
Aunque las velas estaban
sueltas, el fuerte viento seguía impulsándolos. Adam se colgó de la driza y fue
arrastrado como carnada en el extremo de una linea de pescar. Alcanzaba a
sentir que se le hinchaba el párpado derecho, pero lo peor de todo era algo
caliente que se deslizaba de su nariz, y que supuso que sería sangre. Imaginaba
que en cualquier momento le arrancarían las piernas. Asegurando una mano sobre
otra, logró acercarse de nuevo a la embarcación. En el trampolín, Alan seguía
aullando de dolor. Adam se aferró a un flotador para salir del agua.
El golpeteo de las velas
se parecía a una descarga de fusil. El barco había rotado a barlovento. De
pronto la vela cangreja se atravesó con furia por la popa, pegó a Alan en la
sien y lo arrojó de bruces sobre el trampolín.
Adam salió del agua
cuidando que no lo golpeara la vela oscilante, y se acercó a su amigo con
cautela, con el temor de que volviera a enloquecer. Sin embargo, Alan yacía
inconsciente. Procurando mantener el equilibrio en el barco descontrolado, le
revisó la cabeza por si hubiera alguna fractura. Lo único que le encontró fue
un enorme chichón.
Lo volvió con sumo
cuidado, mientras pensaba qué le habría sucedido. ¡Tan sereno como estaba
antes! Después advirtió que una de las suturas de la cabeza se le había
abierto, cosa que le dio la pauta de lo sucedido.
Retrocedió trabajosamente
hasta la popa, sujetó el timón y colocó en posición los aparejos de la vela
mayor. El barco respondió y las velas se hinchieron. Desviándose a sotavento,
puso proa hacia la costa. Ahora tendría otro problema imposible de prever:
quién sabe qué le obligarían a hacer a su amigo por control remoto. Adam se
estremeció, más por miedo que por haberse mojado la ropa.
Edgar Hofstra miró al
doctor Nachman, que tenía los ojos inyectados en sangre y los párpados
inferiores tremendamente hinchados. Nachman estaba apoyado sobre el hombro de
Hofstra, con la vista fija en la pantalla de la computadora.
-No puedo estar totalmente
seguro de que hayan respondido los electrodos -sostuvo Hofstra-, pero ésa fue
la señal más fuerte que pude enviar por el momento. Si me da un par de horas,
podré aumentar la potencia.
-Bueno, trate de acelerar
el proceso, y procure recordar si alguno de los experimentos realizados con
monos nos dan la pauta sobre cómo será la reacción del sujeto.
-Lamento decirle
-intervino Mitchell- que, además de destruir todo lo que les rodeaba, en esas
situaciones los animales terminaban matándose a sí mismos.
El doctor Nachman se
incorporó y se desperezó.
-Quizás hasta nos
convendría.
-Voy a tener que
desconectar todo el sistema para arreglar esto -anunció Hofstra.
-No hay próblema -aceptó
Nachman-. A esta hora de la noche no creo que nadie desee enviar instrucciones
a ninguno de los médicos “controlados”.
--Qué lástima que el
paciente no estuviera programado aún para la autodestrucción -opinó el doctor
Mitchell.
-Sí, es una pena -convino
Nachman.
Cuando logró acercarse
hasta unos treinta metros de la costa, la noche era ya oscura, muy oscura. Adam
puso proa al Oeste y fue bordeando la isla mientras prestaba atención al oleaje
que rompía en la orilla. Tenía la esperanza de conocer por el ruido qué tipo de
playa era. La fuerte marejada le hizo temer la presencia de corales.
Alan se quejó varias
veces, pero no intentó levantarse.
Adam supuso que seguía
inconsciente por el golpe recibido en la cabeza, o que estaba soportando las
consecuencias del tremendo ataque sufrido. De todos modos, deseó que
permaneciera quieto hasta llegar a la costa.
Le llamó la atención oír
un ladrido por encima del ruido del mar. Al escudriñar la orilla advirtió,
escondidas en medio de un bosque de cocoteros, un grupo de casas oscuras.
Pensando que era una buena
señal de que hubiera una playa de arena, maniobró con el timón, esquivó el
viraje de la vela mayor y puso proa a tierra.
A pesar de que le quitó
viento a la vela, el barco parecía volar. Sosteniendo el timón con una pierna,
se estiró y soltó el foque, que comenzó a sacudirse al viento. Ante sus ojos
divisaba el rompiente, una línea de espuma blanca que resaltaba sobre la negrura
total de la isla.
Cuanto más se acercaban a
la orilla, más estruendoso era el ruido de las olas. Rogó mentalmente que
hubiese arena, aunque a la velocidad que iba, hasta la arena podía causarles
trastornos. Una inmensa ola pasó debajo del barco e inmediatamente se formó otra
detrás. El Hobie subió por el costado de la ola, y Adam tuvo la sensación de
que iban a volcar. Sin embargo, el yate logró enderezarse. Adam se volvió y
notó que se formaba otra ola gigantesca, del tamaño de una casa. El perfil de
la cresta que se recortaba contra el cielo anunciaba que estaba a punto de
romper. Al ver que la cresta se curvaba, se aferró del timón con una mano y del
borde del trampolín con la otra, cerró los ojos y se preparó para la inmersión.
Pero no llegaron las
toneladas de agua que calculaba sino que, por el contrario, la embarcación
salió hacia delante con notable velocidad. Al abrir los ojos advirtió que
navegaban hacia la orilla, impulsados por un torrente de agua blanca.
Sin darle tiempo de
comprender lo que sucedía, el velero chocó con las derivaciones de una ola
anterior, saltó en el aire y lo arrojó al agua. Adam salió escupiendo, pero con
la alegría de comprobar que el agua le llegaba sólo a la cintura. Alan había permanecido
sobre el trampolín, atado con la soga a la altura del pecho, pero había girado
alrededor del mástil y las piernas le colgaban por la borda. Adam sostuvo el
barco y lo empujó hacia la costa, luchando contra la corriente submarina.
Cuando por fin los flotadores rozaron el lecho, Adam esperó la ola siguiente
para deslizar el yate sobre tierra firme.
Lo primero que hizo fue
desplomarse sobre la arena para recobrar el aliento; después se puso las gafas.
Paseó la vista a su alrededor y comprobó que habían llegado a una angosta y
algo empinada playa, salpicada con desechos de todo tipo. Reparó en varios
barcos de madera antiguos, atados a los troncos de los cocoteros. En medio de
la espesura se levantaba una aldea de míseras chozas.
Dos perros flacos salieron
a recibirlos con ladridos. En la casa más cercana se encendió una luz. Cuando
Adam trató de incorporarse, los perros huyeron a la carrera, sólo para
reaparecer instantes después y ladrar en forma más insistente. Adam no les prestó
atención. Desató a su amigo y lo puso de pie.
Subieron por la arena
hasta una casa ruinosa frente a la cual había una destartalada camioneta. Espió
ávidamente la cabina, pero no vio las llaves puestas en el arranque. Decidió
entonces acercarse a la casa y confiar en la suerte. Los perros ladraban desaforados
y amenazaban con morderle las pantorrillas.
Una cara se asomó por la
ventana de la casa. Adam se palpó el bolsillo para asegurarse de tener el
billetero. Un segundo más tarde se abrió la puerta y salió un hombre con el
dorso desnudo, y descalzo. En la mano blandía un viejo revólver con empuñadura de
nácar.
-No hablo mucho español
expresó Adam en ese idioma, con una sonrisa forzada que el hombre no le
devolvió.
¿Me puede dar una llevada
al aeropuerto? -agregó, señalando la camioneta.
El individuo lo miró como
si lo creyese loco. Acto seguido le hizo señas de que se marchara y comenzó a
cerrar la puerta.
-Por favor -le suplicó.
Después, en una mezcla de inglés y castellano, trató de explicarle que se había
perdido en el mar con un amigo enfermo y que ambos debían llegar lo antes
posible al aeropuerto. Sacó la cartera y se puso a contar billetes empapados.
Eso logró atraer al sujeto, quien guardó el revólver en su bolsillo y se dejó
guiar por Adam hacia la playa.
En medio de desesperados
intentos por despertar el interés del hombre, a Adam se le ocurrió una idea. Al
llegar a la playa, tomó la caña del timón y se la puso en la mano al
puertorriqueño. Al mismo tiempo procuró explicar que le regalaba el barco a
cambio de que los llevara al aeropuerto.
El puertorriqueño
finalmente dio muestras de comprender y esbozó una amplia sonrisa. Con sumo
agrado arrastró la embarcación más arriba y la ató a un cocotero. Luego regresó
a la casa, presumiblemente a vestirse.
Adam no perdió tiempo en
subir a su amigo a la cabina de la camioneta. Casi en el acto volvió el hombre
con las llaves. Puso en marcha la camioneta y miró cauteloso a Alan que,
hundido en el asiento, estaba a punto de dormirse de nuevo. Adam trató de explicarle
que su amigo estaba enfermo, pero en seguida desistió de la idea al comprender
que era más fácil simular que él también se había dormido. Permaneció con los
ojos cerrados hasta llegar al aeropuerto.
Allí, después de pedirle
que los dejara en la zona de embarque de la empresa “Eastern”, pensó
consternado cómo haría para justificar la traza de Alan, y la propia, ante el
empleado.
Cuando se detuvo la
camioneta, tocó a su amigo en el hombro. Esta vez fue más fácil despertarlo.
-Muchas gracias -murmuró
Adam, al bajarse.
-De nada -le respondió el
hombre, y se marchó.
-Muy bien -dijo Adam,
mientras tomaba a su amigo del brazo-. Esta es la última vuelta. -Juntos se
dirigieron al casi vacío aeropuerto. Una ambulancia y algunos taxis aguardaban
en la entrada, pero era demasiado temprano como para que hubiese afluencia de
turistas. Inspeccionó el viejo edificio y decidió sentar a Alan en un sillón de
limpiabotas. Luego se acercó al mostrador.
Leyó en el tablero
indicador que el próximo vuelo a Miami partiría al cabo de dos horas. Un
letrero más pequeño rezaba: “Use el teléfono si desea averiguar otros
horarios”.
Levantó el auricular. En
el acto le atendió un señor quien le indicó que saldría en seguida. En efecto;
apenas había cortado, apareció un hombre de pulcro uniforme marrón por la
puerta trasera del mostrador. Al ver a Adam, se borró la sonrisa de sus labios.
Adam tenía plena
conciencia de su mal aspecto. el viaje en camioneta le había secado la ropa,
pero al advertir la reacción del empleado, comprendió que debía inventar una
buena excusa. Comenzó entonces a explicar con detalle que había asistido a una
fiesta de fin de vacaciones, con gran consumo de alcohol y una salida en el
último momento a navegar. Su amigo y él habían naufragado en una playa lejos
del hotel, y luego habían conseguido que alguien los acercara hasta el
aeropuerto. Aseguró que debían presentarse al día siguiente a trabajar, y que
el equipaje se lo llevarían los demás compañeros al regresar.
-Han sido unas vacaciones
formidables -concluyó.
El empleado asintió como
si entendiera y afirmó que había muchos asientos disponibles. Cuando Adam le
preguntó si no sabía de algún vuelo más temprano para los Estados Unidos,
respondió que dentro de una hora partía un avión de “Delta” con destino a Atlanta.
Para Adam, cuanto antes
abandonara la isla, mejor. Al enterarse de que “Delta” tenía sus oficinas en el
edificio de al lado, resolvió dejar a Alan donde estaba y corrió hacia la otra
terminal, donde aguardaba gran número de pasajeros.
Se puso al final de la
cola. Al llegar al mostrador, el empleado le lanzó una miradita nerviosa, razón
por la cual debió repetir su historia. Por segunda vez alguien se la creía
-¿Primera clase o turista?
Adam lo miró pensando que
le gastaba una broma. Después, recordando que “Arolen” le pagaba los gastos de
la tarjeta VISA, contestó:
-Primera, por supuesto.
Mientras el hombre llenaba
los billetes, recorrió la sala con la vista pero no se topó con nadie que
pareciese haber sido enviado por “MTIC".
Cuando el empleado
concluyó, dijo Adam:
-Necesitaríamos un sillón
de ruedas. Mi amigo sufrió una caída muy fuerte en medio del oleaje.
-Dios mío. Voy a ver si se
lo consigo.
En menos de cinco minutos
regresaba con el sillón.
Adam se lo agradeció antes
de partir hacia el otro edificio a buscar a Alan.
Desde la galería del
entresuelo que daba sobre el mostrador de ‘Delta”, dos enfermeros vestidos de
blanco observaron partir a Adam. El hecho de que fuese empujando una silla de
ruedas les bastó para saber que Iseman no debía hallarse lejos.
Rápidamente descendieron a
la planta baja, se dirigieron a la ambulancia y le ordenaron al conductor que
comunicara por radio al señor Burkett que habían localizado a los sujetos. El
más alto de los dos, un hombre fornido, de pelo corto, sacó del vehículo dos
camillas plegables, mientras que su compañero introducía varias jeringas en el
maletín.
De vuelta a la terminal
aérea, se fijaron por qué puerta embarcaba el vuelo a Atlanta, y hacia allí se
encaminaron.
Al regresar al puesto de
limpiabotas, Adam comprobó con horror que la butaca estaba vacía. Corrió como
loco empujando el sillón de ruedas hasta el mostrador de “Eastern” donde divisó
a su amigo que intentaba hablar con el empleado. Este le respondía que se
encontraba en Puerto Rico, no en Miami, pero que si lo deseaba, podía
conseguirle un pasaje a Miami.
-Viene conmigo -explicó
Adam, ayudando a Alan a sentarse en la silla de ruedas.
-Este señor piensa que se
halla en Miami.
-Sí... ha vivido una
tremenda experiencia, el naufragio... -Su voz fue perdiéndose mientras se
encaminaba de nuevo al despacho de “Delta,”
-¿Qué estoy haciendo en
Puerto Rico? -preguntó Alan.
Si bien su dicción seguía
siendo algo confusa, en ningún momento había estado tan consciente desde que
Adam lo conoció en la terminal de embarque del Fjord.
Como quedaban sólo veinte
minutos para la hora de partida, empujó de prisa la silla de ruedas. Un grupo
de ruidosos turistas, vestidos con camisas llamativas, se habían congregado
frente al mostrador de “Delta". El hecho de estar rodeado de gente le daba
a Adam sensación de seguridad.
Antes de subir al avión,
debió levantar a su amigo de la silla para pasar por el detector de metales. El
guardia los observó con suspicacia, pero no dijo una palabra. Cuando ya se
dirigían a la puerta de embarque, Adam sentía una enorme excitación. Lo había
logrado. Al cabo de unas horas aterrizarían en los Estados Unidos.
Tuvo que sujetar con
fuerza la silla de ruedas dado que el piso bajaba en pendiente. Vio al frente
la sala de lavabos, y pensó en la posibilidad de entrar. Sin embargo, junto a
la puerta del baño de hombres habían colocado un cartelito donde se indicaba que
lo estaban limpiando. Decidió entonces esperar, y utilizar el del avión.
Había aminorado el paso
cuando, por el rabillo del ojo, advirtió un brusco movimiento. En el instante
en que iba a girar la cabeza, alguien lo aferró desde atrás aplastándole los
brazos contra el torso, y lo levantó en vilo.
Adam lanzó un grito, pero
fue arrojado directamente sobre la puerta cerrada del baño de caballeros, sobre
el cual golpeó con el pecho y la frente. El impacto abrió la puerta, y tanto
Adam como su atacante cayeron sobre el piso de cerámica.
Debido a la fuerza de la
caída, el sujeto aflojó la presión de sus brazos. Aturdido, Adam consiguió
ponerse de pie, pero inmediatamente el hombre lo asió por los tobillos.
Adam volvió a desplomarse;
esta vez, su cabeza casi roza el borde del lavabo, pero al menos tenía las
manos libres como para amortiguar el golpe.
Tuvo una leve noción de
que, a sus espaldas, un segundo individuo vestido de blanco empujaba la silla
de ruedas y lo hacía entrar en el baño, golpeando fuertemente la cabeza de Alan
contra la puerta. La silla de ruedas, ya sin control, entró a toda velocidad,
describió un viraje hacia la izquierda, embistió los mingitorios y despidió a
Alan.
El segundo hombre se dio
media vuelta, cerró la puerta con llave y fue en ayuda de su compañero. Juntos
redujeron a Adam, manteniéndole inmóvil en el suelo.
Adam hizo acopio de todas
sus fuerzas y consiguió liberar un brazo, con el cual propinó un golpe en la
mandíbula al menos robusto de los atacantes. el hombre lanzó una exclamación de
dolor. Dominado por la furia, su compañero le aplicó a Adam un duro puñetazo en
el vientre.
El impacto le cortó la
respiración y le produjo arcadas, los dos individuos lo apretaron contra el
suelo con todo su peso. Uno de los enfermeros sacó una jeringa del bolsillo y,
con los dientes, quitó la tapa plástica de la aguja. Con una mano alisó la tela
del pantalón de Adam y le clavó la aguja entera en el muslo.
Adam trató, sin éxito, de
moverse. El hombre retiró el émbolo para cerciorarse de que la aguja no se
había insertado en un vaso sanguíneo y volvió a tomar la jeringa, listo ya para
inyectar.
De pronto, un horrendo
chillido resonó dentro del baño.
El sonido horrible
paralizó momentáneamente a los dos atacantes.
Alan se agarró la cabeza
como lo hiciera antes a bordo del barco y pegó un salto. Abrió los ojos y se le
curvaron los labios hacia afuera, dejando los dientes a la vista. Lanzó un
gemido desgarrador, se soltó la cabeza y comenzó a arrancarse mechones de pelo.
Como un animal rabioso, se apartó de los mingitorios para lanzarse sobre los
tres que estaban tirados en el suelo. Entrelazó las manos, levantó los brazos
en forma de arco y golpeó con fuerza al hombre que acababa de clavarle la aguja
a Adam. el impacto fue tan violento, que el hombre salió lanzado hacia uno de
los compartimentos del baño, y produjo un portentoso ruido al chocar contra el
tabique divisorio.
El menos fornido de los
enfermeros se puso de pie atemorizado, dejando traslucir en sus ojos el pánico
de haber visto a un monstruo. Dio un paso atrás y alzó las manos, pero Alan lo
atacó en el mismo instante, arrancándole de un mordisco un pedazo de oreja. El
terror le impedía al hombre defenderse. Alan le agarró la cabeza y comenzó a
golpeársela contra uno de los espejos. Finas volutas de sangre se dibujaron
sobre el cristal, que, al instante, se hizo añicos y cayó convertido en una
catarata de fragmentos.
Adam también quedó en un
primer momento petrificado al advertir la transformación de su amigo, pero como
ya la había visto antes, le resultó más fácil sobreponerse. Se quitó la jeringa
del muslo, logró ponerse de pie y rápidamente calculó qué posibilidades tenía
de reducir a Alan, que seguía golpeando la cabeza del enfermero contra el
espejo. Desgraciadamente en ese momento el cuerpo del individuo quedó flácido y
cayó al suelo. En el acto, Alan perdió ínterés en él. Echó la cabeza hacia
atrás, profirió otro alarido y fue en busca de Adam.
Lo único que pudo hacer
Adam fue introducirse velozmente en un baño y tratar de cerrar la puerta. No
obstante, Alan consiguió introducir la mano entre el marco y la puerta y ambos
empezaron a forcejear. Cuando Adam advirtió. que su amigo lo superaba en fuerza,
levantó las piernas para empujar la puerta. Con la espalda apoyada contra la
pared, consiguió cerrarla violentamente. Alan volvió a gritar cuando sus dedos
quedaron apretados en el marco, pero logró retirar la mano.
Adam echó el pestillo a la
puerta y retrocedió hacia la pared del fondo, con una pierna a cada lado del
inodoro.
Alan comenzó a golpear con
todo el cuerpo. A cada instante el cerrojo cedía un poco más, hasta que por fin
se abrió la puerta.
Adam pronunció el nombre
de su amigo en un grito desesperado, pero éste se abalanzó sobre él como una
locomotora; sus pupilas eran apenas un puntito en sus ojos enloquecidos. En
forma más instintiva que premeditaba, Adam levantó la jeringa que sostenía en
la mano. Alan se abalanzó directamente sobre la aguja, clavándosela en el
abdomen.
La fuerza del choque hizo
saltar el émbolo, y el contenido de la jeringa se introdujo en su carne.
Alan no sintió siquiera el
pinchazo. Aferró la cabeza de Adam con fuerza sobrehumana y prácticamente lo
levantó en vilo. En ese momento, sus pupilas empezaron a dilatarse: el ojo
derecho se le puso bizco, mientras que el izquierdo adquiría una mirada interrogativa.
Sus puños perdieron vigor, y lentamente fue cayendo de rodillas. Por último se
desplomó hacia atrás, fuera del aseo, frente a uno de los lavabos.
Durante un instante Adam
no se pudo mover. Tenía la sensación de haber estado a un paso de la muerte.
Bajó la vista y contempló la punta de la
aguja que aún sostenía en la mano, de donde se deslizó una gota de líquido que
había quedado. Soltó la jeringa, que cayó al suelo con un ruido seco.
Salió del aseo, empujó a
un lado dos camillas que había al fondo y se arrodilló junto a su amigo para
tomarle el pulso. Con sorpresa comprobó que era fuerte y normal. Alan parpadeó
y, con una voz muy pastosa, se quejó de que le dolían las manos.
-Con semejante descarga,
no cabe la menor duda de que los electrodos del paciente recibieron el máximo
estímulo -afirmó Hofstra-. el resultado habrá sido tremendo.
-Pero ahora quizá se nos
presente otro problema -intervino el doctor Nachman-. Si Iseman murió, hay que
impedir que alguien revise su cadáver. No podemos permitir que nadie vea los
implantes. Debemos encontrarlo inmediatamente.
Sonó el teléfono, y
atendió el doctor Mitchell. Después de escuchar y repetir “bien” varias veces,
se volvió hacia Nachman con expresión de triunfo.
-Su idea de cubrir el
aeropuerto fue muy oportuna.
Burkett dice que
localizaron al paciente y al señor Schonberg, y que los camilleros de la
ambulancia pasarán a recogerlos.
-¿Y si ya se hallaban en
la ambulancia cuando se produjo la estimulación? -preguntó Nachman.
-Puede haber causado un
gran trastorno. Quizá conviniera salir a recorrer el camino de aquí al
aeropuerto.
El doctor Nachman levantó
las manos.
-¡Cuándo va a terminar
esto! -exclamó.
Adam tenía la certeza de
que los episodios psicóticos de su amigo se habían producido por medio de
estimulación remota, y esperaba que, una vez en vuelo, estuvieran ya fuera de
su alcance. Su única esperanza era subir al avión, pero temía que los empleados
de “Delta” se lo impidiesen debido al aspecto que ambos presentaban. El aparato
debía despegar dentro de cinco minutos.
Se lavó rápidamente la
cara y trató de limpiarle a Alan las manos ensangrentadas. Lo peor era que en
varias partes de la cabeza se le veía el cuero cabelludo, en los sitios donde
se había arrancado mechones de pelo. Trató de disimulárselos, con escaso resultado.
Nada más podía hacer. Sentó .a su amigo en la silla de ruedas e iba ya a salir
cuando divisó una jeringa llena tirada en el suelo. La alzó puesto que podría
serle útil si a Alan le daba otro ataque.
Al llegar a la puerta de
embarque, vio que estaban ya a punto de cerrarla.
-¡Esperen! -gritó. Dos
empleados de las aerolíneas lo observaban con curiosidad.
-¿Ustedes son los que
encallaron en el yate?
-Así es -respondió Adam,
entregando los pasajes.
-Como no venían, pensamos
que, a lo mejor, habían cambiado de planes.
-No, no. Es sólo que me
cuesta mucho desenvolverme con mi amigo.
El empleado miró a Alan,
que tenía la cabeza inclinada hacia un lado.
-No está borracho, ¿no?
-En absoluto -repuso el
hombre, entregándole las tarjetas de embarque-. Asientos 2A y 2B. ¿Va a
necesitar una silla de ruedas en Atlanta?
-Me vendría muy bien. En
realidad, seguiremos viaje a Washington. ¿Podría encargarse de conseguirnos
reservaciones?
-Desde luego.
Adam empujó la silla por
la plataforma con una enorme sensación de alivio. Las azafatas no dieron
muestras de un gran entusiasmo al verlos, pero ayudaron a Alan a bajarse del
sillón y escucharon cordialmente la historia del naufragio. el avión iba lleno a
medias, y la mayoría de los pasajeros ya se había dormido. Adam decidió cerrar
él también los ojos y durmió durante todo el viaje, salvo unos minutos en que
se despertó para devorar el desayuno.
Tenía miedo de que se
presentara algún problema en el transbordo. Sin embargo, un representante de
las líneas áreas los aguardaba con la silla de ruedas y los billetes para el
vuelo a Washington: La espera sería sólo de cuarenta minutos, con lo cual le quedaba
tiempo para llamar a Jennifer.
Felizmente atendió el
teléfono ella misma.
-Jennifer, todo se va a
arreglar. Te lo explicaré luego.
-Ah -musitó ella, sin
emoción alguna.
-Prométeme que no te harás
el aborto hasta que yo llegue.
-La audiencia es esta
mañana, de modo que por hoy no voy a hacer nada, pero si no estás aquí
mañana...
-Jennifer, te amo. Ahora
tengo que subir al avión. Nosotros ya salimos de Atlanta.
-¿Atlanta? -preguntó ella,
confundida-. ¿Y quiénes son “nosotros”?
-¿Adam? -se sorprendió
Margaret Weintrob, al tiempo que sus dedos se detenían bruscamente sobre la
máquina de escribir-. ¿Eres tú?
Tomados del brazo como
borrachos, Adam y Alan avanzaron dando tumbos frente al escritorio de la
espantada secretaria.
-¡Adam! No puedes entrar
en el despacho de tu padre porque está. . .
No obstante, Adam ya había
abierto la puerta.
Los dos hombres muy bien
vestidos que se hallaban sentados con el doctor Schonberg se volvieron
asombrados. El doctor quedó mudo un momento, mientras Adam le pedía a los
visitantes que aguardaran afuera.
-Adam -logró articular por
fin su padre-, ¿qué significa esto?
-¿Hiciste algo por las
denuncias que te hice la última vez que vine?
-No, todavía no.
-No me llama la atención.
Dijiste que necesitabas más pruebas y aquí las tienes. Ven, que te presento al
doctor Alan Jackson, de la Universidad de California. El acaba de regresar de
uno de los famosos cruceros de “Arolen” haciendo una breve escala en el centro
de investigación de Puerto Rico.
-¿Está ebrio este hombre?
-No. Fue drogado y
sometido a una intervención de psicocirugía. Ven aquí que te enseñe.
El doctor Schonberg se
aproximó con cautela como si temiera que en cualquier instante Alan fuese a
saltar de su silla.
Adam inclinó suavemente la
cabeza de Alan para que su padre observara las pequeñas incisiones donde se le
habían colocado los electrodos.
-Le implantaron aquí un
sistema de control remoto -explicó con voz amable, teñida de compasión-. Tuve
la suerte de poder sacarlo de allí antes de que lo “acondicionaran”.
En cuanto se le pase el
efecto de la droga, él mismo podrá relatarte algo de lo sucedido. Además, sé
que no se opondrá a que se le extraigan los electrodos para poder analizarlos.
El doctor Schonberg miró a
su hijo tras examinar las incisiones de Alan. Permaneció en silencio un
instante; luego habló por el intercomunicador.
-Margaret, llame en
seguida a Bernard Niepold, del Departamento de Justicia, y dígale que necesito
verlo urgentemente. Comuníquese también con el Hospital Naval de Bethesda y
avise que les vamos a enviar un paciente especial de mi parte. Y quiero que se le
vigile las veinticuatro horas del día.
EPILOGO
Jennifer se sentía
exhausta. Pese a que había asistido al curso preparatorio del parto, el momento
le resultaba nuevo. Dar a luz era, a la vez, mejor y peor de lo que imaginara:
Ni los libros que había leído, ni el relato de experiencias ajenas se asemejaban
a ese acontecimiento único y sublime que estaba viviendo.
Las contracciones fueron
intensas y, en cierto sentido, emocionantes, pero a medida que pasaban las
horas se sentía cada vez más agotada. Se preguntó si tendría fuerzas.
Luego el dolor la traspasó
con más frecuencia y por períodos más largos hasta que, en lo profundo de su
interior, surgió un nuevo estallido de energía que trajo consigo una necesidad
irresistible de empujar. La presión iba en aumento y le hizo pensar que se
había esforzado al límite, y sin embargo, pudo contener el aliento y empujar
una vez más.
De pronto, una descarga
casi sensual, acompañada por un borbotón de líquido y el reconfortante llanto
del recién nacido que ejercitaba por primera vez sus cuerdas vocales.
Jennifer abrió los ojos y
apretó la mano de Adam con los pocos bríos que le quedaban. Al mirarlo a los
ojos advirtió que su atención se centraba en las piernas extendidas.
Lo observó con un miedo
terrible. Ninguna de las pruebas que realizaron había logrado desvanecer su
preocupación por la salud de la criatura. Los médicos del Hospital Universita
rio le habían repetido la amniocentesis confirmándole que su niño era normal,
pero con todo lo que había pasado, le costaba creerlo.
Escudriñó el rostro de
Adam esperando encontrar un rictus de pesadumbre. Quería enterarse por él de
cómo era su hijo, y no verlo con sus propios ojos. Tal como lo esperaba, Adam
no sonrió ni pestañeó. al cabo de un rato que le pareció eterno, bajó los ojos
para mirarla a la cara, y le tomó la cabeza con ambas manos. Luego le habló con
dulzura, presintiendo su estado emocional. ¡Primero le dijo que la amaba!
Jennifer sintió que se le
paraba el corazón. Contuvo el aliento a pesar de que ya había terminado el
dolor físico, y aguardó lo inevitable. Desde el primer instante lo había
sabido. No debió haber hecho caso a nadie, se dijo. El mal presentimiento lo
tuvo desde que en la “Clínica Julian” confundieron los análisis, por más que lo
hubiesen hecho adrede.
Adam se pasó la lengua por
los labios.
-Tenemos un niño hermoso y
sano, Jennifer. Felizmente, se parece a ti.
Tardó un momento en
comprender el sentido de sus palabras. Cuando por fin entendió, se le llenaron
los ojos de lágrimas de gratitud. Trató de hablar, pero no pudo. Tragó saliva.
Luego estiró los brazos y estrechó fuertemente la cabeza de su marido. La risa
de Adam expresaba también el alivio y la felicidad que sentía ella. Lo único
que se le ocurrió hacer fue dar gracias a Dios.
Adam procuró serenarse, se
alisó la bata y salió de la sala de partos del Hospital Universitario para
dirigirse a la sala de espera. Un vistazo le fue suficiente. Por increíble que
pareciese, pudo confirmar en ese momento la impresión que recibiera durante la
última etapa del embarazo de Jennifer. Sentado en medio de un grupo de padres
nerviosos, estaba el suyo propio.
El doctor Schonberg se
levantó para recibir a su hijo.
-Hola, Adam -lo saludó,
con su clásico estilo distante.
-Hola, papá.
.El médico se acomodó los
anteojos sobre el puente de la nariz.
-¿Cómo te sientes de
vuelta en la Facultad?
-Muy bien, contento de
haber continuado los estudios.
No me ha costado tanto
ponerme al día.
-Me alegro. ¿Cómo está
Jennifer?
Adam se quedó mirándolo:
era la primera vez que la llamaba por su nombre.
-Espléndida.
-¿Y el bebé?
-Es un niño precioso y
sano.
Con enorme asombro Adam
presenció algo que nunca había visto: lágrimas en los ojos de su padre. Sin
darle tiempo a reaccionar, el hombre lo estrechó con fuerza, otra experiencia
inédita. Adam respondió al abrazo, mientras las lágrimas afloraban en sus ojos.
Se quedaron allí abrazados largo rato, tanto que algunos de los presentes
comenzaron a mirarlos con extrañeza.
Por último, algo cohibido,
el doctor Schonberg retiró al hijo de su pecho, pero lo sostuvo cariñosamente
entre sus brazos. Cada uno miró las lágrimas del otro, y ambos se echaron a
reír.
-Yo no lloré -manifestó el
doctor.
-Yo tampoco.
-¿Sabes lo que pienso?
-¿Qué? -preguntó Adam.
--Que los dos somos unos
mentirosos.
-Estoy de acuerdo contigo.
NOTA DEL AUTOR
Desde que me licencié en
Medicina, en 1968, he oído tan a menudo la expresión “Crisis de la Medicina”
que me trae a la memoria la fábula del pastorcito que anunció demasiadas veces
la llegada del lobo. Hasta ahora las crisis eran denunciadas por ciertos grupos
interesados, y con frecuencia eran contradictorias: exceso de camas, o falta de
camas en los hospitales; falta o abundancia de médicos. Todo esto bastaba para
confundir al público y volverlo apático.
Sin embargo, he llegado al
convencimiento de que la “crisis de la Medicina” tiene vigencia en un sentido
general.
Desgraciadamente, como
tantas personas han anunciado al lobo en el pasado, ahora sólo los medios de
comunicación nos advierten de esta verdadera crisis. Lo que presenciamos hoy es
un ritmo gradual, pero cada vez más veloz, de la intromisión del comercio en el
campo de la Medicina. Cabe tener en cuenta que la mentalidad imperante entre
los profesionales sobre el aspecto económico es diametralmente opuesto al
tradicional altruismo que constituyó siempre la base de la práctica médica, y
que esta dicotomía presagia la ruina de las bases éticas y morales de la
profesión. El mundo de los grandes negocios considera al campo médico como una
industria de baja inversión de capital, enorme rendimiento y escaso margen de
riesgo, que atraviesa un momento propicio para ser absorbido.
Una muestra de este cambio
de la Medicina hacia el interés pecuniario se refleja en la propiedad conjunta
(con fines de lucro) de hospitales, cadenas de clínicas y gran variedad de
otros organismos médicos, tales como centros de diálisis, etcétera. Incluso la
investigación posee ahora una orientación lucrativa, como lo demuestran las
nuevas compañías biotécnicas.
Ante estos hechos, la
reacción ha sido sorprendentemente pequeña pese a los perniciosos efectos que
repercuten sobre la práctica de la Medicina. Las publicaciones profesionales
han tratado este tema con un extraño desinterés académico; los médicos se han
sumado al grupo empresarial o lo han ignorado; el público ha guardado silencio,
y los medios de comunicación sólo ahora comienzan a sacar artículos que
constituyen una llamada de atención. Abrigo la esperanza de que Mindbend
contribuya a esclarecer estos temas a los lectores. Encarando el problema desde
un plano emocional, he querido que el lector pueda visualizarlo desde su
perspectiva personal para que comprenda la gravedad de la situación al sentirse
identificado con el personaje principal, lo cual constituye uno de los más
importantes valores de la ficción.
Yo tomé conciencia de la
intromisión del comercio en la Medicina al recibir una carta de un hospital, en
la que me informaba de los bajos resultados de las estadísticas, razón por la
cual debía derivar más pacientes a cirugía, como si me culparan por mantener
internada a gente a la que se le negaba una adecuada operación. Esta carta, más
que ninguna experiencia, me sirvió para comprender que nuestro sistema médico
depende de la excesiva utilización de equipos y servicios, y que de este modo
se fomenta su costo cada vez mayor. No es de extrañar, entonces, el interés que
se ha despertado entre los comerciantes.
Elegí centrar este libro
en la industria farmacéutica no porque sea peor que cualquier otra, sino porque
existe desde hace más tiempo que las demás industrias vinculadas a la Medicina
y ejerce sobre ella una poderosa influencia.
Lo importante de destacar
es que los laboratorios son empresas que no existen por el bien público, por
más que intenten convencernos de ello. Su objetivo, por el contrario, es
obtener beneficios para el capital de sus accionistas.
Este notorio afán de lucro
de los laboratorios queda demostrado por las sumas pavorosas de dinero (miles
de millones de dólares anuales) que invierten en la publicidad de sus productos
con la intención de influir en el facultativo, al que lamentablemente se tiene
como una presa fácil. Son muy pocos los médicos que nunca han aceptado algún
obsequio o servicio por parte de la industria farmacéutica. Conservo aún el
maletín negro que me regalaron en mi tercer año de facultad, y he asistido a
numerosos simposios organizados por laboratorios farmacéuticos. En la
actualidad, la industria del ramo gasta más en publicidad que en investigación.
Según se afirma en Pills, Profits and Politics, la suma es también mayor que la
que se invierte en las actividades educativas llevadas a cabo en todas las
facultades de Medicina de los Estados Unidos para capacitar a los futuros
médicos.
Sería injusto sostener que
la industria farmacéutica no ha ayudado a la sociedad. Sin embargo, esto ha
sido el subproducto, no la meta final. Y ha habido casos en que se ha usado el
bien público. Baste con mencionar el desastre de la “Talidomida” o el de “DES”
para saber que los ejemplos son variados y que los intereses comerciales pueden
producir lamentables consecuencias. Los laboratorios han comercializado
medicamentos que se sabía eran peligrosos o ineficaces -o ambas cosas-,
solamente para obtener un lucro.
La práctica de la
Medicina, tal como se la conoció estos últimos treinta años en el país, está
cambiando. Siempre se asentó en la relación médico-paciente, pero ahora pierde
terreno frente a los intereses económicos. El pueblo norteamericano tiene el
derecho y la obligación de conocer las modalidades de esta transformación.
A quienes deseen ahondar
en este tema, les recomiendo los siguientes libros:
Ainsworth, T. H.,
Live of Die
(Macmillan, 1983).
Escrito por un médico que
encara el problema con la ventaja de haber sido tanto médico como director de
un centro hospitalario, este libro, presenta una conmovedora apelación para que
los facultativos adviertan lo que está sucediendo en la profesión, y se atrevan
a volver a ejercer su liderazgo.
Silverman, Milton y otros,
Pills, Profits and Politics
(Imprenta de la
Universidad de California, 1974). Esta obra presenta un amplio panorama de la
industria farmacéutica, y es también de fácil lectura. Confío en que despertará
inesperadas emociones. Pese a haber sido escrita hace ya más de diez años, sus
conceptos poseen aún suma vigencia.
Starr, Pau,
The Social Transformation of American Medicine
(Basic Books, 1982).
Este libro ofrece una
impresionante perspectiva de la historia de la Medicina en los Estados Unidos,
brindando una comprensión cabal de cómo se ha ido produciendo la situación
actual.
Wohl, Stanley,
The Medical Industrial Complex
(Harmony Books, 1984).
Este libro, accesible y
conciso, trata sobre el tema sin la menor concesión.


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