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Libro No. 467. Cultura y simulacro. Baudrillard, Jean. Colección E.O.
Agosto 17 de 2013.
Título original:
© Cultura y simulacro. Jean Baudrillard. Traducido por Pedro Rovira
Editorial
Kairós, Barcelona, 1978
Ediciones
originales:
La
precession des simulacres, Traverses, n° 10, fevrier 1978
L’effet
Beaubourg, Editions Galilée, 1977
Versión Original: © Cultura y simulacro. Jean Baudrillard.
Traducido
por Pedro Rovira
Editorial
Kairós, Barcelona, 1978
Ediciones
originales:
La
precession des simulacres, Traverses, n° 10, fevrier 1978
L’effet
Beaubourg, Editions Galilée, 1977
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Portada E.O.
Cultura
y
simulacro
Jean Baudrillard
Traducido por Pedro Rovira
Editorial Kairós, Barcelona, 1978
Ediciones originales:
La precession des simulacres,
Traverses, n° 10, fevrier 1978
L’effet Beaubourg, Editions
Galilée, 1977
La paginación
se corresponde con la edición impresa
Si ha podido parecemos
la más bella alegoría
de la simulación
aquella fábula de
Borges en que los
cartógrafos del Imperio
trazan un mapa tan
detallado que llega a
recubrir con toda
exac- titud el territorio (aunque
el ocaso del Imperio contempla
el paulatino desgarro
de este mapa que
acaba convertido en
una ruina despedazada cuyos girones
se esparcen por
los desiertos —belleza metafísica
la de esta
abstracción arrui- nada,
donde fe del
orgullo característico del Imperio
y a la vez pudriéndose como una
carroña, regresando al polvo
de la tierra,
pues no es raro
que las imitaciones
lleguen con el
tiempo a confundirse con
el original) pero
ésta es una fábula
caduca para nosotros
y no guarda más que el
encanto discreto de
los simulacros de
segun- do orden.
Hoy
en día, la
abstracción ya no
es la del mapa,
la del doble,
la del espejo
o la del
con- cepto. La simulación no
corresponde a un terri- torio, a
una referencia, a
una sustancia, sino que
es la generación
por los modelos
de algo real sin
origen ni realidad:
lo hiperreal. El terri- torio ya
no precede al
mapa ni le
sobrevive. En adelante será
el mapa el
que preceda al
territorio —PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS— y el que
lo engendre, y
si fuera preciso
retomar la fábula, hoy
serían los girones
del territorio los que
se pudrirían lentamente sobre la
super- ficie del mapa.
Son los vestigios
de lo real,
no los del mapa,
los que todavía
subsisten espar- cidos por
unos desiertos que
ya no son
los del Imperio, sino
nuestro desierto. El propio
desier- to de lo real.
De hecho, incluso invertida, la metáfora
es inutilizable. Lo único
que quizá subsiste
es el concepto de
Imperio, pues los
actuales simula- cros, con el
mismo imperialismo de aquellos car- tógrafos,
intentan hacer coincidir
lo real, todo lo
real, con sus
modelos de simulación.
Pero no se trata
ya ni de mapa
ni de territorio. Ha cam- biado
algo más: se
esfumó la diferencia
sobera- na entre uno y
otro que
producía el encanto
de la abstracción. Es la
diferencia la que produce simultáneamente
la poesía del
mapa y el em-
brujo del territorio,
la magia del
concepto y el hechizo de lo real. El aspecto
imaginario de la representación
—que culmina y a la vez se
hun- de en el
proyecto descabellado de
los cartógra- fos— de un mapa y
un territorio idealmente su- perpuestos,
es barrido por la simulación —cuya operación es
nuclear y genética,
en modo algu- no especular y discursiva. La metafísica entera desaparece. No más espejo del ser y de las apa- riencias,
de lo real y de su concepto. No más coincidencia imaginaria:
la verdadera dimensión de
la simulación es
la miniaturización genética. Lo real es producido a partir
de células minia- turizadas, de matrices
y de memorias, de
mode- los de encargo— y a partir
de ahí puede ser re- producido
un número indefinido
de veces. No po- see entidad racional
al no ponerse
a prueba en proceso
alguno, ideal o
negativo. Ya no es más
que algo operativo que
ni siquiera es real
puesto que nada imaginario
lo envuelve. Es un hiperreal,
el producto de
una síntesis irradiante
de mode- los combinatorios en un
hiperespacio sin atmós- fera.
En este
paso a un
espacio cuya curvatura
ya no es la de
lo real, ni la de
la verdad, la era de la
simulación se abre,
pues, con la
liquidación de todos los referentes —peor aún: con su re-
surrección artificial en los sistemas de signos, material más
dúctil que el
sentido, en tanto
que se ofrece a
todos los sistemas
de equivalencias, a todas
las oposiciones binarias,
a toda el
álge- bra combinatoria. No
se trata ya
de imitación ni de
reiteración, incluso ni
de parodia, sino de
una suplantación de lo real
por los signos
de lo real, es
decir, de una
operación de disuasión de
todo proceso real
por su doble
operativo, má- quina de índole
reproductiva, programática, im- pecable,
que ofrece todos
los signos de lo
real y, en cortocircuito, todas
sus peripecias. Lo
real no tendrá nunca
más ocasión de producirse
—tal es la función
vital del modelo
en un sistema
de muerte, o, mejor,
de resurrección anticipada que no
concede posibilidad alguna
ni al fenómeno mismo de
la muerte. Hiperreal
en adelante al abrigo
de lo imaginario, y de
toda distinción en- tre
lo real y lo
imaginario, no dando
lugar más que a la recurrencia
orbital de modelos y a la generación simulada de diferencias.
Disimular es fingir no tener lo que se tiene.
Simular es fingir tener
lo que no se tiene. Lo uno remite a
una presencia, lo
otro a una
ausencia. Pero la cuestión
es más complicada,
puesto que simular no es fingir:
«Aquel que finge una enfer- medad
puede sencillamente meterse
en cama y hacer
creer que está
enfermo. Aquel que
simula una enfermedad aparenta
tener algunos sínto- mas
de ella» (Littré). Así, pues,
fingir, o disimu- lar,
dejan intacto el principio de
realidad: hay una diferencia
clara, sólo que
enmascarada. Por su parte la simulación
vuelve a cuestionar la
diferencia de lo
«verdadero» y de
lo «falso», de lo
«real» y de
lo «imaginario». El
que simula,
¿está
o no está
enfermo contando con
que os- tenta «verdaderos» síntomas? Objetivamente, no se le puede tratar ni como enfermo ni como no–enfermo. La
psicología y la
medicina se de- tienen ahí, frente a una verdad de la
enfermedad inencontrable en lo sucesivo.
Pues si
cualquier síntoma puede ser «producido» y no
se recibe ya
como un hecho
natural, toda enfermedad puede
considerarse simulable y
simulada y la medicina pierde
entonces su sen- tido
al no saber tratar
mas que las enfermedades
«verdaderas» según sus causas objetivas. La
psicosomática evoluciona de
manera turbia en los
confines del principio
de enfermedad. En cuanto
al psicoanálisis, remite
el síntoma desde el orden orgánico
al orden inconsciente: una
vez más éste es
considerado más «verdadero»
que el otro. Pero,
¿por qué habría
de detenerse el simulacro en
las puertas del
inconsciente? ¿Por qué el
«trabajo» del inconsciente
no podría ser
«producido»
de la misma
manera que no
impor- ta qué síntoma
de la medicina clásica? Así lo
son ya los sueños.
Claro está,
el médico
alienista pretende que «existe para
cada forma de
alienación mental un orden
particular en la sucesión
de síntomas que el
simulador ignora y
cuya ausencia no
puede engañar al médico
alienista». Lo anterior
(que data de 1865), para
salvar a toda
costa un prin- cipio
de verdad y
escapar así a
la problemática que la
simulación plantea —a
saber: que la
verdad, la referencia,
la causa objetiva,
han dejado de existir
definitivamente. ¿Qué puede hacer la
medicina con lo que fluctúa en los límites de la enfermedad o
de la salud,
con la reproducción de la
enfermedad en el seno
de un discurso
que ya no es
verdadero ni falso?
¿Qué puede hacer el
psicoanálisis con la repetición del discurso del inconsciente dentro
de un discurso
de simula- ción que
jamás podrá ser
desenmascarado al ha- ber dejado
de ser falso?
¿Qué puede
hacer el ejército con los simula-
dores? Tradicionalmente, los
desenmascara y los castiga
en base a
patrones fijos, y preclaros, de
detección. Hoy por
hoy, puede reformar
al mejor de los
simuladores como si de
un homo- sexual, un
cardíaco o un
loco «verdaderos» se tratara. Incluso
la psicología militar
retrocede ante las claridades
cartesianas y se resiste
a lle- var a
cabo la distinción
entre lo verdadero
y lo falso, entre el síntoma «producido» y el síntoma auténtico: «Si
interpreta tan bien
el papel de loco
es que lo
está.» Y no se
equivoca: en este sentido,
todos los locos
simulan, y esta indistin- ción constituye la peor de las
subversiones. Pre- cisamente contra ella
se ha armado
la razón clásica con todas sus
categorías, pero las ha des- bordado y
el principio de verdad
ha quedado de nuevo cubierto por las aguas.
Más
allá de la
medicina y del ejército,
cam- pos predilectos de la simulación,
el asunto remi- te a la religión
y al simulacro
de la divinidad:
«Prohibí
que hubiera imágenes
en los templos porque la
divinidad que anima
la naturaleza no puede
ser representada.» Precisamente
sí puede serlo, pero
¿qué va a
ser de ella
si se la
divul- ga en iconos,
si se la
disgrega en simulacros?
¿Continuará
siendo la instancia
suprema que sólo se
encarna en las
imágenes como represen- tación de
una teología visible? ¿O se volatilizará quizá en
los simulacros, los
cuales, por su
cuen- ta, despliegan su
fasto y su
poder de fascina- ción, sustituyendo
el aparato visible
de los ico- nos
a la Idea
pura e inteligible
de Dios? Justa- mente es
esto lo que
atemorizaba a los
icono- clastas, cuya querella
milenaria es todavía
la nuestra de hoy.1
Debido en gran parte
a que pre- sentían la
todopoderosidad de los simulacros, la facultad
que poseen de
borrar a Dios
de la con- ciencia de los hombres; la verdad que
permiten entrever, destructora y
anonadante, de que en el
fondo Dios no ha
sido nunca, que
sólo ha existi- do su simulacro, en definitiva, que
el mismo Dios nunca ha sido
otra cosa que
su propio simula- cro,
ahí estaba el
germen de su
furia destruc- tora de
imágenes. Si hubieran podido
creer que éstas no
hacían otra cosa
que ocultar o
enmas- carar la Idea
platónica de Dios, no
hubiera exis- tido motivo
para destruirlas, pues
se puede vi- vir de la idea de una verdad modificada,
pero su desesperación metafísica nacía
de la sospecha de
que las imágenes
no ocultaban absolutamente nada, en suma,
que no eran en modo alguno
imá- genes, sino simulacros
perfectos, de una
fasci- nación intrínseca eternamente deslumbradora. Por eso
era necesario a
toda costa exorcisar
la muerte del referente divino.
1. Cf. «Icônes, Visiones, Simulacres»
de Mario Bergnola.
Está
claro, pues, que
los iconoclastas, a los
que se ha acusado de despreciar y de
negar las imágenes, eran quienes
les atribuían su
valor exacto, al contrario de los iconólatras que, no percibiendo más
que sus reflejos,
se contenta- ban con
venerar un Dios
esculpido. Inversamen- te, también
puede decirse que
los iconólatras fueron los
espíritus más modernos, los más aven-
tureros, ya que
tras la fe en
un Dios posado
en el espejo de
las imágenes, estaban
representan- do la muerte
de este Dios
y su desaparición
en la epifanía de
sus representaciones (no
ignora- ban quizá que
éstas ya no
representaban nada, que eran
puro juego, aunque
juego peligroso, pues es
muy arriesgado desenmascarar unas imágenes que
disimulan el vacío
que hay tras ellas).
Así lo
hicieron los jesuitas
al fundar su
po- lítica sobre la desaparición virtual de Dios y la manipulación
mundana y espectacular de las
conciencias —desaparición de
Dios en la
epifa- nía del poder—,
fin de la
trascendencia sirvien- do ya
sólo como coartada
para una estrategia liberada de
signos y de
influencias. Tras el ba-
rroco de las
imágenes se oculta
la eminencia gris de la
política.
Así
pues, lo que
ha estado en
juego desde siempre ha
sido el poder
mortífero de las
imá- genes, asesinas de
lo real, asesinas
de su pro- pio modelo, del mismo modo que los
iconos de Bizancio podían serlo
de la identidad
divina. A este poder exterminador se opone el de las
representaciones como poder
dialéctico, media- ción visible
e inteligible de lo Real.
Toda la fe y la
buena fe occidentales se
han comprometido en esta
apuesta de la
representación: que un signo
pueda remitir a la profundidad del sentido, que un signo
pueda cambiarse por sentido y que
cualquier cosa sirva
como garantía de
este cam- bio —Dios,
claro está. Pero
¿y si Dios
mismo puede ser simulado,
es decir reducido
a los sig- nos
que dan fe
de él? Entonces, todo
el sistema queda flotando
convertido en un gigantesco si- mulacro —no
en algo irreal,
sino en simulacro, es
decir, no pudiendo
trocarse por lo
real pero dándose a cambio
de sí mismo dentro de un
cir- cuito ininterrumpido
donde la referencia no
exis- te.
Al contrario que
la utopía, la simulación par- te
del principio de
equivalencia, de la
negación radical del signo
como valor, parte
del signo como reversión
y eliminación de
toda referen- cia. Mientras
que la representación intenta
ab- sorber la simulación interpretándola
como falsa representación, la simulación
envuelve todo el edificio de
la representación tomándolo como simulacro.
Las fases sucesivas de la imagen serían
éstas:
— es el reflejo de una realidad profunda
— enmascara
y desnaturaliza una
realidad profunda
— enmascara
la ausencia de
realidad pro- funda
— no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su
propio y puro
simula- cro.
En el primer caso,
la imagen es una buena
apariencia y la
representación pertenece al
or- den del sacramento. En el
segundo, es una mala apariencia y es
del orden de
lo maléfico. En el
tercero, juega a
ser una apariencia
y pertenece al orden
del sortilegio. En
el cuarto, ya
no co- rresponde al
orden de la
apariencia, sino al de
la simulación.
El
momento crucial se
da en la
transición desde unos signos
que disimulan algo
a unos signos que
disimulan que no
hay nada. Los pri- meros remiten
a una teología
de la verdad y del secreto
(de la cual forma
parte aún la ideología). Los segundos inauguran la
era de los
simulacros y de la simulación
en la que ya
no hay
un Dios que reconozca
a los suyos,
ni Juicio Final
que separe lo falso de lo
verdadero, lo real de
su resurrección artificial, pues todo ha muerto
y ha
resucitado de antemano.
Cuando
lo real ya
no es lo
que era, la
nos- talgia cobra todo
su sentido. Pujanza
de los mi- tos
del origen y de los signos
de realidad. Pujan- za de la verdad, la objetividad y la autenticidad segundas. Escalada
de lo verdadero,
de lo vivi- do, resurrección de lo figurativo allí donde
el ob- jeto y la sustancia han
desaparecido. Producción
enloquecida de lo
real y lo
referencial, paralela y
superior al enloquecimiento de la
producción material: así aparece
la simulación en
la fase que nos
concierne —una estrategia
de lo real, de
neo–real y de hiperreal,
doblando por doquier una estrategia de disuasión.
La etnología
rozó la muerte un día de 1971 en que el
gobierno de Filipinas
decidió dejar en su
medio natural, fuera
del alcance de
los colonos, los turistas
y los etnólogos,
las pocas docenas de
Tasaday recién descubiertos en
lo más pro- fundo
de la jungla
donde habían vivido
durante ocho siglos sin
contacto con ningún
otro miem- bro de
la especie. La
iniciativa de esta
decisión partió de los
mismos antropólogos que
veían a los Tasaday descomponerse
rápidamente en su presencia, como una
momia al aire
libre. Para que la
etnología viva es
necesario que muera
su objeto. Éste, por
decirlo de algún
modo, se ven- ga
muriendo de haber
sido «descubierto» y su
muerte es un
desafío para la
ciencia que preten- de aprehenderlo (¿acaso no ocurre así
con toda ciencia, incluso con
las no humanas?).
Ésta que- da instalada
sobre una estrecha
franja, sobre la cornisa
paradójica a que
la somete la
evanes- cencia de su
objeto en su
aprehensión misma, y la
reversión implacable que
ejerce sobre ella este
objeto muerto. Como
Orfeo, la ciencia
se vuelve siempre demasiado
pronto hacia su
ob- jeto, y, como
Eurídice, éste regresa
a los infiernos.
Es contra
este infierno de
la paradoja contra
lo que los
etnólogos quisieron prevenirse
cerran- do el cinturón
de seguridad de
la selva virgen en torno a los Tasaday. Nadie podrá
rozar siquie- ra su
mundo: el yacimiento
se clausura como
si fuera una mina
agotada. La ciencia
pierde con ello un
capital precioso, pero
el objeto queda
a salvo, perdido para ella, pero intacto en su «vir- ginidad». No se trata
de un sacrificio
(la cien- cia nunca se sacrifica,
siempre ha preferido el homicidio),
sino de un
sacrificio simulado de su
objeto a
fin de preservar
su principio de
reali- dad. El Tasaday congelado
en su medio
ambien- te natural va a servirle
de coartada perfecta,
de fianza eterna. Se inicia a sí
una «anti–etnología» interminable
de la que,
bajo otro prisma,
dan variado testimonio Jaulin y
Castaneda. De todos modos, la evolución
lógica de la
ciencia consis- te en
alejarse cada vez
más de su
objeto hasta llegar a
prescindir de él:
tal autonomía es una
fantasía más y
afecta en realidad
a su forma pura.
El Indio
así recluido en el ghetto, en el ataúd de cristal
de la selva
virgen, se reconvierte
en el modelo de simulación
de todos los
indios po- sibles de
antes de la
etnología. Ésta se
permite de este modo
el lujo, y
la ilusión, de
encar- narse en una
especie de más
allá de ella
misma, en la realidad
«bruta» de estos
indios completa- mente reinventados
por ella —salvajes
que le deben a
la etnología; él
seguir siéndolo. No
está mal el giro y no
es pequeño el triunfo
para una ciencia que parecía consagrada a destruirlos.
Naturalmente,
estos salvajes son
ya póstu- mos: congelados,
esterilizados, protegidos «has- ta la muerte», se han convertido en
simulacros referenciales y la ciencia misma ha devenido simulación pura.
Lo mismo se ha hecho
en Creu- sot museificando sobre
el terreno, como
testi- monio «histórico» de
su época, barrios
obreros enteros, zonas metalúrgicas
vivas, una cultura completa,
hombres mujeres y
niños comprendi- dos, con
su lenguaje y sus costumbres,
fosiliza- dos en vida
en una prisión
a la vista
de todos. El museo,
en vez de
quedar circunscrito a un
reducto geométrico, aparece
ya por todas
par- tes, como una dimensión más
de la vida. Así, la etnología, en vez
de circunscribirse a
su papel de ciencia
objetiva, va en
adelante a generalizar- se, liberada
de su objeto,
a todas las
cosas vi- vas y
va también a
hacerse invisible, como
una cuarta dimensión
omnipresente, la dimensión del
simulacro. Todos nosotros
somos ya Tasaday, indios reconvertidos en
lo que eran,
es decir en lo que la etnología
los ha convertido, indios– simulacro que proclaman en definitiva la verdad universal de la
etnología.
Todos
nosotros somos pasados
vivientes bajo la luz espectral
de la etnología, o de
la antietno- logía, que no es más
que la forma pura
de la et- nología triunfal, bajo
el signo de las diferencias muertas
y de la
resurrección de las
diferencias.
Es pues
de una inocencia
mayúscula el ir a bus-
car la
etnología entre los
salvajes o en
un Ter- cer Mundo
cualquiera, porque la
etnología está aquí, en
todas partes, en
las metrópolis, entre los
blancos, en un
mundo completamente recen-
sado, analizado y
luego resucitado artificialmen- te disfrazándolo de realidad,
en un mundo de la simulación, de alucinación de la verdad,
de chan- taje a lo real, de
asesinato de toda
forma simbó- lica y
de su retrospección
histérica e histórica; muerte de
la que los
salvajes, nobleza obliga, han
pagado los primeros
la cuenta, pero
que hace mucho tiempo
que se ha
extendido a todas las sociedades occidentales.
Pero al
mismo tiempo, la etnología
nos brin- da su
única y última
lección, el secreto
que la mata (y
que los salvajes
conocen mucho mejor que ella), la venganza del muerto.
La
clausura del objeto
científico es idéntica a la de los
locos y a la de los
muertos. De igual modo que
la sociedad entera
está irremediable- mente contaminada
por el espejo
de la locura que
ella misma ha
colocado ante sí,
la ciencia no pueda
más que morir
contaminada por la muerte de un objeto que es su espejo
invertido. Aparentemente es ella quien
lo domina, pero
de hecho él la inviste en profundidad, según una re- versión consciente,
no dando más
que respues- tas muertas
y circulares a
una pregunta muerta y circular.
Nada cambia
cuando la sociedad rompe el
espejo de la
locura (abole los
asilos, devuelve la palabra
a los locos,
etc.), ni cuando
la cien- cia parece
romper el espejo
de su objetividad (abolirse frente a su objeto
como en Castaneda, etcétera) e inclinarse
ante las «diferencias». A la modalidad del encierro
sucede la de un dis- positivo
innombrable, pero nada
ha cambiado. A medida que
la etnología se
hunde en su
insti- tución clásica, se
sobrevive en una
antietnología cuya tarea es
la de volver
a inyectar diferencia- ficción entre
los salvajes, o
salvaje–ficción en todos los
intersticios, para ocultar
que es este mundo,
el nuestro, el
que vuelve a
ser salvaje a su
manera, es decir,
devastado por la
diferen- cia y por la muerte.
Del mismo
modo, siempre bajo el pretexto de salvar
el original, se ha prohibido visitar las gru- tas
de Lascaux, pero se
ha construido una répli- ca
exacta a 500 metros
del lugar para
que todos puedan verlas
(se echa un
vistazo por la
mirilla a la gruta auténtica y
después se visita la repro- ducción).
Es posible que
incluso el recuerdo mismo de
las grutas originales
se difumine en el espíritu
de las generaciones futuras,
pero no existe ya desde ahora
diferencia alguna, el des- doblamiento
basta para reducir
a ambas al ám-
bito de lo artificial.
La ciencia y la técnica se han
movilizado tam- bién recientemente para
salvar la momia
de Ramsés II tras
haberla dejado pudrirse
durante varias décadas en
el fondo de
un museo. El pánico
invade de pronto
a occidente ante
la idea de no poder
salvar lo que el orden
simbólico ha- bía sabido
conservar durante cuarenta
siglos, aunque lejos de
las miradas y de
la luz. Ramsés no
significa nada para
nosotros, sólo la
momia tiene un valor incalculable puesto que es la que garantiza que la acumulación tiene sentido. Toda
nuestra cultura lineal
y acumulativa se
derrum- baría si no
fuéramos capaces de
preservar la
«mercancía»
del pasado al
sacarla a la
luz. Para esto es
preciso extraer a
los faraones de
sus tumbas y a las momias de su
silencio: hay que exhumarlos y rendirles
honores militares. Estos viejos
cadáveres son el
blanco de la
ciencia y de los
gusanos al mismo
tiempo. Sólo el
secre- to absoluto les
garantizaba su poder
milenario
—dominio
de la podredumbre que significaba el dominio del
ciclo total de
intercambios con la muerte.
Nosotros sólo sabemos
poner nuestra ciencia al
servicio de la
restauración de la mo-
mia, es
decir, sólo sabemos
restaurar un orden visible, mientras
que el embalsamiento suponía un trabajo mítico
orientado a inmortalizar una dimensión
oculta.
Precisamos un pasado visible, un continuum
visible, un mito visible de los orígenes que nos tranquilice acerca
de nuestros fines,
pues en el fondo
nunca hemos creído
en ellos. De
ahí la histórica escena
de la recepción
de la momia en
el aeropuerto de Orly, ¿acaso
porque Ramsés fue una
gran figura despótica
y militar?
Posiblemente, pero sobre todo porque nuestra
cultura sueña, tras este
poder difunto que
intenta ane- xionar, en un
orden que no haya tenido nada
que ver con ella,
y sueña en
él porque lo
ha exter- minado al exhumarlo,
igual que su propio pasado.
Estamos
fascinados por Ramsés
igual que los cristianos
del Renacimiento lo
estaban por los indios
de América, aquellos
seres (¿huma- nos?) que
nunca habían oído
la palabra de
Cris- to. Hubo también,
en los inicios
de la coloniza- ción, un
momento de estupor
y deslumbramiento ante la posibilidad
de escapar a
la ley universal del
Evangelio. Una de
dos: o se admitía que
esta ley no era
universal, o se
exterminaba a los in- dios para borrar las pruebas. En general, se con- tentaron con
convertirlos o simplemente con
descubrirlos, lo que bastaba para exterminarlos lentamente.
De este modo, habrá bastado con exhumar
a Ramsés para exterminarlo museificándolo. Las momias
no son consumidas por los gusanos
sino que perecen al
trasladarlas desde el
ritmo lento de lo
simbólico, dueño de
la podredumbre y de la muerte,
al orden de la historia,
la ciencia y el museo, el nuestro,
que nada domina
ya, que sólo sabe volcar
a lo que lo ha
precedido a la podre- dumbre y
a la muerte
para tratar acto
seguido de resucitarlo mediante
la ciencia. Violencia irre- parable
hacia todos los
secretos, violencia de una civilización sin secreto, odio de
toda una civilización contra sus propias bases.
Igual que la etnología jugando a desligarse
de su
objeto para reafirmarse
mejor en su
for- ma pura, la
desmuseificación es una
vuelta más en la espiral
de la artificialidad. Ejemplo
de ello, el claustro de Sant
Miquel de Cuixà que va a ser repatriado,
con grandes gastos,
desde los Cloys- ters
de New York
para reinstalarlo en su lugar de
origen... Y todo el
mundo aplaude esta
resti- tución (como en la «operación experimental de reconquista de
las aceras» de
los Campos Elí- seos). Así, si la exportación de los capiteles fue, efectivamente, un
acto arbitrario, si, en efecto, los
Cloysters de New York
son un mosaico
arti- ficial de todas
las culturas (según
la lógica de la centralización capitalista del valor), la reim- portación a los lugares
de origen es aún más ar- tificial:
constituye el simulacro
total que recu- pera la «realidad» mediante una
circunvolución completa.
Vista la cosa en profundidad, sería mejor
que el claustro permaneciera
en New York, aquél
es su lugar, en
un ambiente simulado,
una especie de Disneylandia
de la escultura
y de la arquitec- tura que
por lo menos no
engaña a nadie. Repa- triarlo no
es más que
un subterfugio suplemen- tario para
poder actuar como
si nada hubiera ocurrido y
gozar de la
alucinación retrospectiva. Una
mistificación más honda todavía.
Los
americanos se vanaglorian
de haber he- cho
posible que la
población india vuelva
a ser la misma
que antes de
la conquista. Como
si
nada
hubiera sucedido. Se borra
todo y se vuel- ve a
empezar. La restitución del original
difumi- na la exterminación. Incluso
llegan a presumir de
mejoras, de sobrepasar
la cifra original.
He aquí la prueba
de la superioridad de la
civiliza- ción: llegará a
producir más indios
de los que éstos mismos eran capaces de producir.
Por una siniestra irrisión, tal
superproducción es una for-
ma más
de exterminio: la
cultura india, como toda
cultura tribal, se
apoya en la
limitación del grupo y en el
rechazo de todo crecimiento demo-
gráfico «libre», como
puede apreciarse en
Ishi. Se da, pues, ahí,
en la promoción «libre» de los
indios por parte
de los americanos,
un contra- sentido total, un paso
más en la exterminación simbólica.
De este modo, por
todas partes
vivimos en un universo extrañamente parecido al
original
—las cosas aparecen dobladas por su propia es-
cenificación, pero este
doblaje no significa
una muerte inminente pues las cosas están en él ya expurgadas de su muerte,
mejor aún, más
son- rientes, más auténticas
bajo la luz de
su modelo, como los rostros de
las funerarias.
Disneylandia
con las dimensiones de
todo un universo.
Disenylandia
es un modelo perfecto
de todos los órdenes de simulacros
entremezclados. En principio es un juego
de ilusiones y
de fantas- mas: los
Piratas, la Frontera,
el Mundo Futuro, etcétera. Suele
creerse que este
mundo imagi- nario es la causa
del éxito de
Disneylandia, pero lo que
atrae a las
multitudes es, sin duda y
so- bre todo, el
microcosmos social, el
goce religio- so, en miniatura,
de la América real, la perfecta escenificación de los propios placeres y contra- riedades. Uno
aparca fuera, hace
cola estando dentro y
es completamente abandonado al
salir. La única
fantasmagoría en este
mundo imagina- rio proviene de
la ternura y calor que las masas emanan
y del excesivo número
de gadgets aptos para
mantener el efecto
multitudinario. El con- traste
con la soledad
absoluta del parking
—au- téntico campo de
concentración—, es total. O, mejor: dentro, todo un abanico de gadgets magnetiza a la multitud
canalizándola en flujos dirigidos; fuera,
la soledad, dirigida
hacia un solo gadget,
el «verdadero», el
automóvil. Por una extraña
coincidencia (aunque sin
duda tiene que ver con
el embrujo propio de semejante
uni- verso), este mundo
infantil congelado resulta haber sido
concebido y realizado por un hombre hoy
congelado también: Walt
Disney, quien es- pera su resurrección arropado por 180
grados centígrados.
Por
doquier, pues, en
Disneylandia, se dibuja el perfil
objetivo de América, incluso en la mor- fología
de los individuos y de
la multitud. Todos los valores
son allí exaltados
por la miniatura y el dibujo
animado. Embalsamados y
pacificados. De ahí la
posibilidad (L. Marín lo
ha llevado a cabo excelentemente en «Utópiques, Jeux
d’Es- paces») de un
análisis ideológico de
Disneylan- dia: núcleo del
«american way of life», penegíri- co de los valores
americanos, etc., trasposición
idealizada, en fin,
de una realidad
contradictoria. Pero todo esto
oculta otra cosa
y tal trama
«ideológica»
no sirve más
que como tapadera de
una simulación de
tercer orden: Disneylandia existe para
ocultar que es
el país «real»,
toda la América «real»,
una Disneylandia (al
modo como las prisiones
existen para ocultar
que es todo lo social, en
su banal omnipresencia, lo que es carcelario).
Disneylandia es presentada como imaginaria
con la finalidad de
hacer creer que el
resto es real, mientras que cuanto la
rodea, Los Ángeles, América entera, no es ya real, sino perteneciente al orden
de lo hiperreal y de la simulación. No
se trata de
una interpretación falsa de la realidad
(la ideología), sino
de ocul- tar que la realidad ya no es la realidad y, por
tan- to, de salvar el principio de realidad.
Lo imaginario
de Disneylandia no
es ni ver- dadero
ni falso, es un mecanismo
de disuasión puesto en
funcionamiento para regenerar a con-
trapelo la ficción de lo real. Degeneración de lo imaginario que traduce
su irrealidad infantil. Se- mejante
mundo se pretende
infantil para hacer creer
que los adultos
están más allá,
en el mun- do «real», y para
esconder que el verdadero in-
fantilismo está en
todas partes y es
el infantilis- mo de
los adultos que
viene a jugar
a ser niños para convertir en ilusión su infantilismo real.
Además, Disneylandia no es un caso único.
Enchanted Village, Magic
Mountain, Marine World... Los
Angeles está rodeada
de esta es- pecie
de centrales imaginarias que
alimentan con una energía propia
de lo real una ciudad cuyo misterio consiste
precisamente en no
ser más que un
canal de circulación incesante,
irreal. Ciu- dad de extensión
fabulosa, pero sin espacio, sin dimensión.
Tanto como de
centrales eléctricas y atómicas, tanto
como de estudios
de cine, esta ciudad,
que no es
más que un
inmenso escena- rio y
un travelling perpetuo,
tiene necesidad del viejo
recurso imaginario hecho
de signos infan- tiles y de espejismos trucados.
Disneylandia
muestra que lo real
y lo imagi- nario perecen de
la misma muerte.
A una reali- dad diáfana responde
una imaginación exangüe.
Pero hubo
un tiempo de poder
para lo imagi- nario de igual
modo que hubo
una fase de poder de lo
real, aunque ambas
se hayan cumplido
ya hoy en día. Los juegos de la ilusión tuvieron su momento
triunfal desde el
Renacimiento hasta la
Revolución, en el teatro,
el Barroco, la pintura y las
peripecias «menores» del
engaño visual. Éste
presenta en dos
dimensiones lo que en
rea- lidad tiene tres:
el universo «real»,
pero de re- pente
da un salto
hasta la cuarta, la que
precisa- mente le falta al espacio
realista del Renacimien- to. Nunca se vio con
mayor claridad que se
trata de seccionar lo real para abrirse a lo imaginario. Escamotear una
verdad tras otra,
un hecho tras otro,
una palabra tras
otra, escamotear lo
real a lo real,
tal es la
potestad de la
seducción. Si el poder tiene
tres dimensiones, la
seducción se inicia con una
dimensión de menos. Esto es jus-
tamente lo que
nos revela el «studiolo»
del Pa- lazzo Ducale de Urbino.
Minúsculo
santuario engañoso en el
corazón del inmenso espacio
del palacio. Todo
el palacio es el
triunfo de una
sabia perspectiva arquitec- tónica, de un espacio
desplegado de acuerdo
con las reglas. El
«studiolo» es un
microcosmos in- verso: separado
del resto del
palacio, sin venta- nas,
sin espacio propiamente
dicho, el espacio está
en él perpetrado
por simulación. Si todo
el palacio constituye el acto
arquitectónico por ex- celencia, el discurso
manifiesto del arte
(y del poder), ¿qué
pasa con la
ínfima célula del
«stu- diolo» que, como
una especie de
otro lugar sa- grado,
flanquea la capilla
desprendiendo cierto tufillo a
sacrilegio y alquimia?
Lo que se baraja ahí
con el espacio
y, por tanto, con
todo el sis- tema
de representaciones que
ordena el palacio y la república, no está muy claro.
Se trata
de un espacio
privadísimo, es patri- monio
del príncipe como el incesto
y la transgre- sión fueron monopolio
de los reyes.
Tiene lugar aquí un cambio total
de las reglas del juego que conduce
a suponer que
todo el espacio
exterior, el del palacio y, más
allá, el de la ciudad, que el
espacio mismo del
poder, el espacio
político, puede que no sea más
que un efecto
de pers- pectiva. Un
secreto tan peligroso,
una hipótesis tan radical,
el príncipe se
preocupa de guardar- los
para él, sólo
para sí y
en la intimidad
más rigurosa: quizás reside
ahí justamente el
secre- to de su
poder. Después de
Maquiavelo los polí- ticos
quizás han sabido
siempre que el
dominio de un espacio
simulado está en la base
del po- der, que
la política no
es una función,
un terri- torio o un
espacio real, sino
un modelo de simu- lación cuyos
actos manifiestos no
son más que el
efecto realizado. Es este
punto ciego del
pala- cio, este lugar
cercenado de la
arquitectura y de la vida pública,
el que, en
cierto modo, rige
el conjunto, no según
una determinación directa, sino por una especie de inversión
metafísica, de transgresión interna, de
revolución de la regla operada en
secreto como en
los rituales primi- tivos, de agujero
en la realidad —simulacro
ocul- to en el
corazón de la
realidad y del
que ésta depende en toda su
operación.
Ocurre igual
con el «studiolo» de Montefeltre: es el
secreto inverso (¿perverso?) de la no existencia en
el fondo de
la realidad, secreto
de la siempre posible
reversibilidad del espacio
«real»
en lo profundo,
incluido el espacio
polí- tico —secreto que
rige lo político,
y que se per- dió
luego por completo,
en la ilusión de la
«rea- lidad» de las masas.
En el truco visual no se trata nunca de con-
fundirse con lo real,
sino de producir un
simula- cro, con plena
conciencia del juego
y del artifi- cio. Se trata, mimando la tercera dimensión,
de introducir la duda sobre
la realidad de
esta ter- cera dimensión
y, mimando y
sobrepasando el efecto de lo
real, de
lanzar la duda radical
sobre el principio de
realidad. Pues la
tercera dimen- sión, la
de la prospectiva,
es también la
dimen- sión de la
mala conciencia del
signo para con la
realidad y toda
la pintura desde
el Renaci- miento está
podrida de esta mala conciencia.
Si
existe una especie
de milagro del
truco, jamás se da
en la ejecución «realista»
—las uvas de Zeuxis,
tan reales que
los pájaros las
pico- teaban. Absurdo. El milagro
no puede darse
nun- ca en el
colmo del realismo,
sino precisamente al contrario,
en el desfallecimiento repentino
de la realidad y
en el vértigo
que produce hundir- se
en él. Esta
pérdida del escenario
de lo real es
la que revela
la familiaridad súbita,
surreal, de los objetos.
Cuando la organización jerárquica
del espacio real
bajo el privilegio
de la visión,
Cuando estas prospective simulada –pues no es
más que
un simulacro— se
deshace, surge otra cosa
que, a falta
de algo mejor,
expresamos en términos de
tacto, de una
hiperpresencia táctil de las
cosas, «como si
fuera posible tocarlas
y y llevárselas». Pero
no nos engañemos,
este es- pejismo de
presencia táctil no
tiene nada que ver
con nuestro sentido
real del tacto:
es una metáfora de
la «aprehensión» correspondiente a la
abolición de la
escena y del espacio
represen- tativo. De golpe, esta
aprehensión, que es el mi-
lagro del engaño
visual, resurge sobre
todo el llamado mundo
«real» circundante, revelándonos que la
«realidad» nunca es
otra cosa que
un mundo jerárquicamente escenificado, objetiva- do según las reglas de la
profundidad, y revelán- donos
también que la
realidad es un
principio bajo cuya observancia
se regulan toda
la pintu- ra, la
escultura y la arquitectura de
la época, pero nada
más que un
principio, y un simulacro al
que pone fin
la hipersimulación experimental del engaño visual.
Watergate. Escenario
idéntico al
de Disneylandia, efecto
imaginario ocultando que
no exis- te ya realidad ni más
allá ni más acá de los lími-
tes del
perímetro artificial. Efecto
de escándalo en este
caso, ocultando que
no hay diferencia alguna entre
los hechos y
su denuncia (los
mé- todos usados por
los hombres de
la CIA y por los
periodistas del Washington
Post son idénti- cos).
La misma operación
de disuasión destina- da a regenerar ya, por medio del escándalo, un principio moral y político, ya, a través de lo ima-
ginario, un principio de realidad en extinción.
La denuncia
del escándalo es siempre un ho- menaje
tributado a la
ley. Con Watergate
se ha logrado ante
todo imponer la idea
de que Water- gate fue
un escándalo —lo
que en este
sentido ha constituido una operación
de intoxicación pro- digiosa, una
buena dosis de
reinyección de mo- ral política a escala mundial. Puede
decirse con Bourdieu: «Lo característico de
toda tensión de fuerzas es disimularse como tal y lograr toda su potencia
precisamente gracias a este disimulo», entendiendo lo anterior de este modo: el
capital, inmoral, y sin
escrúpulos, sólo puede
ejercerse
tras una superestructura moral, quienquiera que
regenera esta moralidad
pública (sea a
través de la indignación, de la
denuncia, etc.) trabaja espontáneamente
para el orden
del capital. Así lo hicieron los periodistas del
Washington Post.
Pero esto no sería más que la fórmula de la
ideología y cuando Bourdieu lo enuncia sobreen- tiende la
«relación de fuerzas»
como verdad de la
dominación capitalista y,
también él, denuncia esta relación
como escándalo, situándose
en la misma posición determinante
y moralista que los periodistas del
Washington Post. Lleva a cabo el
mismo trabajo de
purga y relanzamiento
de un orden moral, de un orden de
verdad donde se en- gendra la auténtica
violencia simbólica del or- den
social, más allá
de todas las
relaciones de fuerzas que no son
sino su configuración move- diza
e indiferente en
la conciencia moral
y po- lítica de los hombres.
Bourdieu
enmascara que el capital
no signifi- ca en
modo alguno un
orden de la
racionalidad, de la
moralidad o de las
relaciones de fuerzas,
y como los periodistas
del Washington Post,
no hace más que
simular para denunciarla, una ins- tancia
ideal del capitalismo. Ahora
bien, esto es todo lo que el
capital nos pide: recibirlo como racional
o combatirlo en
nombre de la racionali- dad, recibirlo
como moral o
combatirlo en nom- bre de la moralidad. Se trata de lo mismo, y se- mejante peripecia
puede leerse bajo
otra forma: antaño se
ponía empeño en
disimular un escándalo, hoy
el empeño se pone en ocultar
que no lo es.
Watergate
no es un
escándalo, he aquí
lo que es preciso decir
a toda costa, pues
es lo que todo el mundo, y antes
que nadie los denuncian- tes, se dedican a ocultar.
Semejante disimulo en- mascara un ahondamiento de la moralidad, de la (puesta en)
escena primitiva del
capital: su pánico moral, a
medida que nos acercamos a la crueldad
instantánea, su incomprensible feroci- dad, su inmoralidad fundamental —he
aquí lo realmente escandaloso, inaceptable
para el sis- tema
de equivalencia moral y económica
que constituye el axioma
del pensamiento de
la iz- quierda desde el Siglo de las Luces hasta el co-
munismo. Se le imputa al capital
la idea del con- trato, pero
a él le tiene sin
cuidado pues es una
empresa monstruosa, sin
principios, un punto y nada más. El pensamiento
iluminado es el que intenta controlarlo imponiéndole reglas y toda
recriminación con avisos de pensamiento revo- lucionario está
hoy acusando al capital
de no se- guir
las reglas del
juego: «el poder
es injusto, su justicia
es una justicia
de clase, el
capital nos explota...», como
si el capital
estuviera li- gado por
un contrato a
la sociedad que
rige. Es la izquierda
la que tiende
al capital el
espejo de la equivalencia
esperando que quede
pren- dido en él, prendido en la fantasmagoría del con- trato social y
cumpliendo sus cláusulas, redistri-
buyendo su deuda entre
toda la sociedad (al mismo
tiempo, la revolución ya no
es necesaria: bas- ta con
que el capital se
adhiera a la
fórmula ra- cional del cambio).
Pero el
capital no ha
estado nunca unido
por un contrato a la sociedad que
domina. Es una hechicería de la relación
social, un desafío a la sociedad,
y como a
tal debe respondérsele. No es
un escándalo que
denunciar según la raciona- lidad moral
o económica, es
un desafío que
hay que aceptar según la regla simbólica.
Watergate
no ha sido,
pues, más que
una trampa tendida por
el sistema a
sus adversarios
—simulación
de escándalo con
fines regenerado- res. Esto estaría
encarnado en el film por el per- sonaje de
«Deep Throat», de
quien se ha
dicho que era la eminencia gris de los republicanos manipulando a los
periodistas de izquierda para desembarazarse
de Nixon. ¿Por
qué no?, todas las
hipótesis son posibles
aunque ésta, además, es
superflua: la izquierda
se basta muy
bien para realizar ella
sola, y sin complejos,
el traba- jo de
la derecha. Sería,
pues, muy inocente
en- contrar ahí una
especie de amarga
buena con- ciencia, ya
que la derecha,
por su parte,
reali- za también espontáneamente
el trabajo de la iz- quierda. Todas las
hipótesis de manipulación son reversibles en
el seno de un torniquete
sin fin: la manipulación
es una causalidad
flotante don- de positividad y negatividad
se engendran y se recubren,
donde ya no
existe activo ni
pasivo. Sólo con la
detención arbitraria de esta
causali-
dad
giratoria podrá ser
salvado un principio
de realidad política. Sólo mediante la
simulación de un campo
de perspectiva restringido, conven- cional, en
el que las
premisas y las
consecuen- cias de un
acto o de un suceso
sean calculables, puede mantenerse
cierta verosimilitud política (y, naturalmente, el
análisis «objetivo», la
lu- cha, etc.). Si
se contempla el
ciclo completo de no importa qué acto
o suceso en un sistema
don- de la continuidad lineal y la
polaridad dialéctica ya no existan,
en un campo transtornado por la simulación,
toda determinación se
esfuma, todo acto queda
abolido tras haber
aprovechado a todo el mundo
y haberse aireado en
todas direc- ciones.
Un
atentado en Italia, por
ejemplo, ¿es obra de la extrema
izquierda, provocación de la
extre- ma derecha o un
montaje centrista para
despres- tigiar los extremismos
terroristas y reafirmarse en el
poder?, más aún,
¿se trata de
una farsa policíaca, de
un chantaje a
la seguridad pública? Todo ello
es verdadero al
mismo tiempo y la
búsqueda de pruebas,
es decir, de
la objetividad de los
hechos, no es
capaz de detener
semejan- te vértigo interpretativo. La cuestión es que nos hallamos en
medio de una
lógica de la
simula- ción que no tiene ya nada que ver con una lógica de
los hechos. La
simulación se caracteriza
por la precesión del
modelo, de todos
los modelos, sobre el más
mínimo de los
hechos —la presen- cia
del modelo es
anterior y su circulación orbi-
tal, como la de la bomba, constituye el verdadero
campo magnético del
suceso. Los hechos no
tie- nen ya su
propia trayectoria, sino
que nacen en la
intersección de los
modelos y un
solo hecho puede ser
engendrado por todos
los modelos a la vez. Esta anticipación, esta precesión,
este cortocircuito, esta confusión
del hecho con
su modelo (ya sin
desviación de sentido,
sin pola- ridad dialéctica,
sin electricidad negativa,
im- plosión de polos
opuestos), es la
que da lugar
a todas las interpretaciones posibles,
incluso las más contradictorias, verdaderas todas, en
el sen- tido de
que su verdad
consiste en intercambiar- se, a imagen y semejanza de los
modelos de que proceden, en un ciclo generalizado.
Los comunistas se las tienen con el P.S. como si pretendieran romper la
unión de la
izquierda, pero dejan que
prospere la idea
de que sus
re- sistencia proceden de disensiones internas (¡si- mulación de
democracia!). De hecho,
¿podría quizá tratarse de
que, en bloque
y realmente, no desean el poder?,
pero, ¿no lo quieren en esta
coyuntura o no lo quieren por
definición? Cuando Berlinguer declara: «No hay que temer ver a los comunistas
en el poder en Italia», esto puede
significar a la vez:
— que no
hay de qué
temer, pues los
comunis- tas, si llegan al poder,
no cambiarán nada
de su mecanismo capitalista
fundamental.
—
que no existe
peligro alguno de
que lleguen
al
poder (por la
sencilla razón de
que no lo desean),
y suponiendo que llegaran a ocupar- lo,
no harán otra
cosa que ejercer
el poder por procuración.
— que de
hecho, el poder,
lo que se
dice un verdadero poder,
ya no existe y no
hay pues riesgo alguno de que
alguien pueda tomarlo.
— más aún:
Yo, Berlinguer, no temo
que los co- munistas tomen
el poder en Italia, lo que pue-
de parecer una
perogrullada, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que
— ello puede
querer decir lo
contrario (no es necesario el psicoanálisis para
comprender- lo): tengo miedo
de que los
comunistas to- men el poder (y
existen buenas razones para tenerlo, incluso para un comunista).
Todo
esto es verdadero
al mismo tiempo.
Es el secreto de un
discurso que ya no
sólo es am- biguo,
como puedan serlo
los discursos políti- cos, sino
que revela la
imposibilidad de una posición determinada ante el poder y la
imposi- bilidad de una
posición determinada ante el dis- curso. Y
esta lógica no
pertenece a ningún partido, sino
que atraviesa todos
los discursos aunque no lo deseen.
¿Quién será capaz de desen-
redar este embrollo?
El nudo gordiano podía
por lo menos cortarse.
De la división
de la banda de
Moebius resulta una
espiral suplementaria en la
que no queda
resuelta la reversibilidad de las caras
(en el caso que
nos ocupa, la
continui-
dad reversible
de las
distintas hipótesis). Infierno de
la simulación que
no es ya
el de la tortura,
sino el de la torsión sutil,
maléfica, ina- bacable, del sentido.1 Un
ejemplo más: los con- denados en el
proceso de Burgos
fueron un re- galo
de Franco a
la democracia occidental
a la que brindó la ocasión de
regenerar su propio hu- manismo
vacilante, pero ¿acaso la protesta indig- nada de los demócratas consolidó el
régimen franquista aglutinando a
las masas españolas contra semejante
intervención extranjera? ¿Qué ha sido de la verdad en una maraña tal
de com- plicidades admirablemente tejida
sin advertirlo ni sus propios
autores?
Conjunción
del sistema y
de su alternativa más lejana
llegando ambos a
tocarse como los dos
extremos de un
espejo cóncavo. Curvatura
«viciosa» de
un espacio político
en adelante imantado, circular
y reversible de
derecha a iz- quierda
—torsión parecida al
genio maligno de la
conmutación—, el sistema
entero, lo infini- to
del capital se
repliega sobre su
propia super- ficie. ¿Acaso
no ocurre lo
mismo con el
deseo y con el
espacio libidinal? Conjunción
del deseo y del
valor, del deseo
y del capital,
del deseo y del
poder. Conjunción del
deseo y de la
ley, úl- timo goce metamorfoseado de la ley
(lo que
ex- plica porqué ésta
se encuentra tan
generosa-
1. Ello no desemboca forzosamente en la
desesperación, sino a menudo en una improvisación de sentido, de sin sentido,
de múltiples sentidos simultáneos que se destruyen.
mente
a la orden
del día): sólo
goza el capital, decía antes
de llegar a
pensar que nosotros
go- zamos también en el
interior del capital.
Versati- lidad aterrante del
deseo en Deleuze,
giro enig- mático que
quizás conduce al
deseo, «revolucio- nario en
sí mismo, casi
involuntariamente, sólo por querer
lo que quiere»,
a desear su
propia represión y a investir
sistemas paranoicos y fas-
cistas. Torsión maligna
que deja a
la revolución del deseo sometida
a la misma ambigüedad fun- damental de
la otra revolución, la histórica.
Todos
los referentes mezclan
su discurso en una
compulsión circular, «moebiana».
Sexo y tra- bajo fueron no hace mucho tiempo términos fe- rozmente opuestos,
hoy se resuelven
ambos en el mismo
tipo de demanda.
Antaño, el discurso de la historia tomaba toda su fuerza
de oponerse violentamente al de
la naturaleza y
el discurso del deseo
de oponerse al
del poder, hoy
inter- cambian sus significantes y
sus campos de
ac- ción.
Sería
demasiado largo de
correr todo el aba- nico
de la negatividad
operativa, el abanico
de todos estos escenarios de disuasión que, como Watergate, intentan
regenerar un principio mori- bundo
mediante el escándalo,
el espejismo y la
muerte simulados —especie
de tratamiento hor- monal
para la negatividad
y la crisis.
La cues- tión es
probar lo real
con lo imaginario,
la ver- dad con
el escándalo, la ley
con la
transgresión, el trabajo con la
huelga, el sistema
con la cri-
sis
y el capital
con la revolución,
del mismo modo que se probó la
etnología (los Tasaday) desposeyéndola
de su objeto.
Todo ello sin
con-
tar
probar el
teatro con el anfiteatro
probar el
arte con el antiarte
probar la
pedagogía con la antipedagogía probar la
psiquiatría con la antipsiquiatría etc. etc.
Todo
se metamorfosea en el
término contra- rio para
sobrevivirse en su
forma expurgada. To- dos
los poderes, todas
las instituciones, hablan de
sí mismos por
negación, para intentar,
simu- lando la muerte, escapar
a su agonía real.
El po- der quiere escenificar
su propia muerte
para re- cuperar algún
brillo de existencia
y legitimidad. Por ejemplo, el
caso de los presidentes nortea- mericanos:
los Kennedy morían
porque tenían aún cierta
dimensión política; los
demás, John- son, Nixon,
Ford, debían contentarse con atenta- dos
de pacotilla a
base de asesinato
simulado. Sin embargo, precisaban
el aura de una amenaza artificial
para ocultar que
no eran más
que ma- rionetas del
poder. Antaño, el
rey debía morir (también el
dios) y en ello
residía su fuerza.
En la actualidad, el
líder se afana
miserablemente en la comedia
de su muerte
a fin de
preservar la gracia del
poder. Sin embargo,
esta gracia se ha perdido ya.
Buscar
sangre fresca en la
propia muerte, re-
lanzar
el ciclo a
través del espejo
de la crisis, de la negatividad y del antipoder, es la única so-
lución–coartada de todo
poder, de toda
institu- ción que intente romper
el círculo vicioso de su irresponsabilidad y de su
inexistencia funda-
mental, de su
estar de vuelta
y de su
estar ya muerto.
La imposibilidad de escenificar
la ilusión, es del mismo
tipo que la
imposibilidad de rescatar un nivel absoluto de realidad.
La ilusión ya no es posible
porque la realidad
tampoco lo es.
Éste es el planteamiento del problema
político de la parodia, de la
hipersimulación o simulación ofen-
siva. Toda negatividad
política directa, toda
es- trategia de relación de fuerzas
y de oposición, no es más
que simulación defensiva
y regresiva. Por ejemplo,
sería interesante comprobar
cuán- do el aparato represivo
reacciona más violenta- mente, si
ante un hold–up
simulado o ante
un hold–up real. Pues
el segundo no
hace más que cambiar
el orden de
las cosas, el
derecho a la propiedad,
mientras que el primero
atenta contra el mismo
principio de realidad.
La transgresión, la violencia,
son menos graves,
pues no cuestio- nan
más que el reparto
de lo real. La simulación es infinitamente más
poderosa ya que permite siempre suponer,
más allá de
su objeto, que el
orden y la ley mismos
podrían muy bien
no ser otra cosa que
simulación (recordar el engaño de Urbino).
Pero la dificultad está
cortada a
la medida del peligro:
¿cómo fingir un delito y probar que
fingíamos...? Simule usted
un robo en
unos al- macenes y
haga que le
descubran (sino, ¿dónde estaría el
juego?). ¿Cómo persuadir
al servicio de vigilancia
de que se
trataba de un
hurto si- mulado?, no
existe diferencia «objetiva»
alguna. Se trata de los
mismos gestos y
de los mismos signos
que en un
robo real y, además,
los signos no se inclinan
ni de un
lado ni de
otro. Para el orden
establecido son, sin
duda, signos pertene- cientes a la esfera de lo real.
Organice
usted un falso
hold–up. Asegúrese de que
sus armas sean
totalmente inofensivas y utilice
un rehén cómplice
a fin de
que ninguna vida sea
puesta en peligro
(pues de lo
contrario acabará en la
cárcel). Exija un rescate
y procure que la operación
alcance la mayor
resonancia. En suma, intente
que el asunto
resulte «verda- dero» para
poder poner a
prueba la reacción del sistema
ante un simulacro
perfecto. No va
usted a lograrlo: su red de signos artificiales se liará
inextrincablemente con elementos
reales (un po- licía
disparará de verdad;
un cliente del
banco se desvanecerá y
morirá de un
ataque cardíaco; puede que
incluso le paguen
el rescate). Total, que
sin haberlo querido
se encontrará usted in- merso
de lleno en lo real
—una de cuyas funcio- nes
es precisamente la
de devorar toda
tentati- va de simulación,
la de reducir
todas las cosas a la realidad—. Éste es precisamente el
orden establecido, y lo era ya
mucho antes de
la pues- ta en juego de las
instituciones y de la justicia.
Dentro de
esta imposibilidad de aislar el proeso
de simulación hay
que constatar el
peso de un orden
que no puede
ver ni concebir
más que lo real,
pues sólo en
el seno de
lo real puede funcionar.
Un delito simulado, si ello pue- de probarse,
será o castigado
ligeramente (pues- to que
no ha tenido
consecuencias), o castigado como ofensa
al ministerio público
(por ejemplo, si se
ha hecho actuar
a la policía
«para nada»), pero nunca
será castigado como
simulación pues, en tanto
que tal, no
es posible equivalen- cia alguna
con lo real
y, por tanto,
tampoco es posible ninguna
represión. El desafío de la
simu- lación es inaceptable
para el poder,
ello se ve aún
más claramente al
considerar la simulación de
virtud: no se castiga
y, sin embargo, en
tanto que simulación es
tan grave como
fingir un de- lito.
La parodia, al
hacer equivalentes sumisión y
transgresión, comete el
peor de los
crímenes, pues anula la diferencia
en que la ley se basa. El orden
establecido nada puede
en contra de
esto, está desarmado ya
que la ley
es un simulacro de segundo orden
mientras que la simulación
pertenece al tercer
orden, más allá
de lo verda- dero
y de lo falso, más
allá de las
equivalencias, más allá de
las distinciones racionales
sobre las que se basa
el funcionamiento de todo orden
so- cial y de todo poder.
Es pues ahí, en la
ausencia de lo real,
donde hay que
enfocar el orden,
no en otra parte.
Por eso el orden
escoge siempre lo real. En
la duda, prefiere siempre la hipótesis de lo real (en
él ejército se
prefiere tomar al
que finge por verdadero
loco), aunque esto
se va haciendo cada vez
más difícil, pues
si resulta práctica- mente imposible
aislar el proceso
de simulación a causa
del poder de
inercia de lo
real que nos rodea, también ocurre lo contrario (y esta re-
versibilidad forma parte
del dispositivo de
simu- lación e impotencia
del poder), a
saber, que a partir
de aquí deviene
imposible aislar el
proce- so de lo
real, incluso se
hace imposible probar que lo real lo sea.
Por ello, todos
los hold–up, secuestros de aviones,
etc., son de algún modo
hold–up simula- dos, en el sentido
en que están
todos someti- dos a
priori al desciframiento y
a la orquesta- ción ritual
de los mass–media
que se anticipan a
su escenificación y
a sus posibles
consecuen- cias. En definitiva,
en el sentido
en que funcio- nan como un conjunto de signos sometidos
a su carácter de signos,
en modo alguno
a su fina- lidad
«real». Pero guardémonos de
tomarlos como irreales o
como inofensivos, Al
contra- rio, es en
tanto que sucesos
hiperreales, no te- niendo ni contenido ni fines propios, pero re- fractados los
unos por los
otros (del mismo modo
que los llamados
sucesos históricos: huel- gas,
manifestaciones, crisis, etc.),
es en tanto que
tales que llegan
a ser incontrolables para un orden
que sólo puede
ejercerse sobre lo
real y sobre lo
racional, sobre causas
y fines. Orden
referencial
que sólo puede
reinar sobre lo
re- ferencial, poder determinado que sólo
puede rei- nar sobre
un mundo determinado,
pero que no puede
nada contra esta
recurrencia indefinida de la simulación, contra
esta nebulosa ingrávida que no
se somete a
las leyes de
la gravitación de lo
real. El poder mismo
acaba por desmante- larse en
este espacio y
deviene una simulación de poder
(desconectado de sus
fines y de sus
objetivos, abocado
a efectos de
poder y de si-
mulación de masa).
La
única arma absoluta
del poder consiste en
impregnarlo todo de
referentes, en salvar
lo real, en persuadirnos de la
realidad de lo
social, de la gravedad
de la economía
y de las finalida- des
de la producción.
Para lograrlo se
desvive, es lo más
claro de su
acción, en prodigar
crisis y penuria por
doquier. «Tomad vuestros
deseos por la realidad»
puede llegar a
entenderse como un eslogan
desesperado del poder.
En un mun- do
sin referencias, la
referencia del deseo,
o in- cluso la
confusión del principio
de realidad y del
principio de deseo,
son menos peligrosas que la
contagiosa hiperrealidad. Quedamos
en- tre principios y
en esta zona
el poder siempre tiene razón. La hiperrealidad y la
simulación di- suaden de todo
principio y de todo fin y vuelven contra el poder
mismo la disuasión que él ha uti- lizado tan
hábilmente durante largo tiempo.
Pues, en definitiva, el capital
es quien primero
se ali- mentó, al filo de
su historia, de la
desestructura-
ción de todo referente, de todo fin humano, quien
primero rompió todas
las distinciones ideales entre lo
verdadero y lo
falso, el bien
y el mal, para
asentar una ley
radical de equivalencias y de
intercambios, la ley
de cobre de
su poder. Él es quien
primero ha jugado
la baza de
la di- suasión, de
la abstracción, de
la desconexión, de la
desterritorialización, etc., y si él
es quien viene fomentando la
realidad, el principio de rea-
lidad, él es también quien
primero lo liquidó con la exterminación de todo valor de uso, de
toda equivalencia real de
la producción y
la riqueza, con la
sensación que tenemos
de la irrealidad de las posibilidades y la omnipotencia de la ma- nipulación. Ahora
bien, esta lógica
misma es la que,
al radicalizarse, está liquidando
hoy por hoy al poder,
el cual no
intenta otra cosa
que fre- nar semejante
espiral catastrófica secretando realidad a
toda costa, alucinando
con todos los medios
posibles un último
brillo de realidad sobre el
que fundamentar todavía
un brillo de poder
(pero no logra
otra cosa que
multiplicar sus signos y acelerar el papel de la simulación). Mientras la
amenaza histórica le
vino de lo real, el poder jugó la baza de la
disuasión y la simulación desintegrando todas
las contradic- ciones a
fuerza de producción de
signos equiva- lentes. Ahora que
la amenaza le viene de la si- mulación
(la amenaza de
volatilizarse en el
jue- go de los
signos), el poder
apuesta por lo
real, juega la baza
de la crisis,
se esmera en
recrear
posturas
artificiales, sociales, económicas
o po- líticas. Para
él es una cuestión de
vida o muerte, pero ya es
demasiado tarde.
De ahí la histeria característica de nuestro tiempo: la de
la producción y reproducción de
lo real. La otra producción,
la de valores y mercan- cías, la
de las buenas
épocas de la
economía política, carece de sentido
propio desde hace
mu- cho tiempo. Aquello
que toda una
sociedad bus- ca al
continuar produciendo, y
superproducien- do, es
resucitar lo real que se
le escapa. Por eso, tal producción «material» se convierte
hoy en hi- perreal. Retiene todos
los rasgos y
discursos de la producción
tradicional, pero no
es más que una
metáfora. De este
modo, los hiperrealistas fijan con
un parecido alucinante
una realidad de la que se ha esfumado todo el sentido y
toda la profundidad y la
energía de la
representación. Y así, el hiperrealismo de la simulación se tradu- ce
por doquier en el alucinante
parecido de lo real consigo mismo.
Desde
hace mucho tiempo,
el poder no
sue- ña más que
en producir signos
de su realidad. De pronto, ha
entrado en escena
otra figura del poder,
la de la
demanda colectiva de
signos de poder, unión
sagrada que se
produce en torno a su desaparición y para conjurarla. Todo el mun- do se
adhiere más o
menos a esta demanda por terror
al hundimiento de lo político.
Así llega- mos a un
punto en que el juego se
reduce a mul- tiplicar la
obsesión crítica del
poder, obsesión
de su vida y
de su
muerte, a medida
que se es- fuma.
Cuando nada quede
de él, nos
encontra- remos todos, según una lógica de autodisuasión
progresiva, bajo la
alucinación total del
poder. Una obsesión tal
que se perfila ya por
todas par- tes, expresando
a la vez la compulsión de desha- cerse
del poder (nadie
lo quiere ya, todos lo de- jamos
para los otros),
y el nostálgico
pánico de su pérdida.
La melancolía de
las sociedades sin poder,
ella fue una
vez quien suscitó
el fascis- mo, la
sobredosis de un
referencial fuerte en una
sociedad que no
puede culminar su
enluta- da vocación.
Seguimos
en el mismo
sitio y no
encontra- mos salida: no
sabemos guiar el
cortejo fúnebre de lo
real, del poder,
de lo social
mismo, impli- cado también
en la depresión
en que nos
agi- tamos. Y es precisamente por un
recrudecimien- to artificial del
poder, de lo
real y de
lo social por lo
que intentamos escabullimos. Esto,
sin duda, acabará produciendo el
socialismo. Por una torsión
inesperada, por una ironía
que no es ya
la de la
historia, será de
la muerte de
lo so- cial de
donde va a
surgir el socialismo,
como brotan las religiones de la
muerte de Dios. Ad- venimiento retorcido, energía inversa, reversión
ininteligible para la
lógica de la
razón. Como lo es
el hecho de
que el poder
no esté ahí
más que para ocultar
que ya no
existe poder. Simu- lación
que puede durar
indefinidamente: a dife- rencia
del «auténtico» poder
que es, que
fue,
una
estructura, una estrategia,
una relación de fuerzas,
una apuesta, el
poder del que
habla- mos, no siendo
más que el
objeto de una
de- manda social, será
objeto de la
ley de la
oferta y la demanda y no
estará ya sujeto
a la violen- cia
y a la
muerte. Completamente expurgado
de la dimensión política,
depende, como cualquier otra mercancía,
de la producción
y el consumo masivo (mass–media, elecciones, encuestas). Todo destello
político ha desaparecido, solamen- te queda la ficción de un universo
político.
Lo mismo
ocurre con el
trabajo. Ha desapa- recido la
chispa de la
producción, la violencia del
trabajo y de
lo que en
él se juega.
Todo el mundo produce
aún, y cada vez más,
pero el tra- bajo se
ha convertido en
otra cosa: una
necesi- dad, como lo contemplara idealmente Marx, pero en
modo alguno en el
mismo sentido, sino
en el sentido de
que el trabajo
es objeto de una «de- manda»
social, como el
ocio, al que
se equipara en el
funcionamiento general de
la vida. Ahora bien,
tal demanda es
exactamente proporcional a la
pérdida del rumbo
en el proceso
del tra- bajo.1 Idéntica
peripecia que en
el caso del
1. A esta debilitación de los atributos del
trabajo, corresponde una baja paralela de los atributos del consumo. Se acabó,
por ejem., la satisfacción directa, de uso o de prestigio, del automóvil; se
acabó el discurso amoroso que oponía netamente el objeto de placer al ob- jeto
de trabajo. Ha llegado el turno de otro discurso que, por una mezcla paradójica, es un
discurso de trabajo sobre el objeto de con- sumo, ante un revestimiento activo,
constreñidor (gaste menos gaso- lina, cuide su seguridad, no corra, etc.) al que tratan de adaptarse las características de los
vehículos. Recuperar la posibilidad de otra apuesta mediante el desplazamiento
de un polo sobre el otro. El tra-
poder:
el escenario del
trabajo se monta
para ocultar que lo real
del trabajo, de la
producción, ha desaparecido. Y también
lo real de
la huelga, que ya no
consiste en detener
el trabajo, sino en su
alternativa en la
cadencia ritual de
la anuali- dad social.
Todo ocurre como
si cada cual
hu- biera «ocupado», tras
la declaración de
huelga, su lugar y
puesto de trabajo
y retomado, como es
de rigor en
una ocupación «autogestionaria», la producción exactamente en
los mismos térmi- nos que antes, pese a declararse (y a
estar vir- tualmente) en estado de
huelga permanente.
Sin
embargo, aunque las
cosas continúen como si
no hubiera pasado
nada, todo ha
cam- biado de sentido.
No se trata
de un sueño
de ciencia ficción, sino
del doblaje del
proceso del trabajo y del
proceso de la huelga —huelga in- corporada
como la obsolescencia en
los objetos, como la
crisis en la
producción. No puede
ha- blarse ya de
huelga y de trabajo,
sino de ambos a
la vez, es
decir, de algo
completamente dife- rente: una
magia del trabajo, un engaño, una es- cenificación del
drama de la producción
(por no decir de
su melodrama), dramaturgia
colectiva en el escenario vacío de lo social.
No es ya
la ideología del
trabajo lo que es
cuestión —viejo discurso,
moral caduca que
bajo se hace necesario, e! automóvil deviene objeto de trabajo. No existe mejor prueba de la escasa
diferencia existente entre las bazas a jugar. Por un deslizamiento parecido desde
el «derecho» al voto hasta el «deber» electoral se pone en evidencia la escasez
de atri- buciones de la esfera política.
ocultaría
el proceso «real» de trabajo y el fun- cionamiento «objetivo»
de la explotación.
El he- cho es que el
trabajo sigue ahí
tan solo para ocultar que no hay ya trabajo. De igual
modo, la cuestión no está
ya en la
ideología del poder, sino
en la escenificación del
poder para ocultar que
éste no existe
ya. La ideología no correspon- de a otra cosa
que a una malversación
de la rea- lidad mediante los
signos, la simulación
corres- ponde a un cortocircuito de la realidad y a su reduplicación a
través de los
signos. La finali- dad
del análisis ideológico
siempre es restituir el proceso objetivo,
y siempre será un
falso pro- blema el querer
restituir la verdad bajo
el simu- lacro.
Por
eso el poder
está en el
fondo tan de acuerdo
con los discursos
ideológicos y los
dis- cursos sobre la
ideología, porque son
discursos de verdad —válidos siempre, sobre todo si son revolucionarios,
para oponerlos a los golpes
mor- tales de la simulación.
A semejante
ideología de lo
vivido, de exhumación
de lo real desde
su banalidad de
base, es decir, desde
su autenticidad radical,
se refiere la experiencia
americana de «TV–verdad»
lleva- da a cabo
en 1971 con la
familia Loud: 7 meses de filmación ininterrumpida, 300
horas de toma directa, sin
script ni escenografía, la
odisea de una familia, sus
dramas, sus alegrías, sus peri- peripecias, en suma, un documento
histórico «en bruto», y el «más bello
logro de la televisión, comparable,
a escala de
nuestra cotidianeidad, al film
del primer alunizaje».
El asunto se com- plica
con el hecho
de que la
familia se deshizo durante el rodaje: estalló la crisis, los Loud se
separaron, etc.... Tras esto, una controversia
in- soluble: ¿es responsable
la TV? ¿Qué habría su- cedido si la TV no hubiese estado allí?
Resulta
más interesante todavía
el espejis- mo de
filmar a los Loud como
si la TV no estu- viera. El
realizador basaba el
acierto de su trabajo en la afirmación: «Han vivido
como si no- sotros no estuviéramos»,
fórmula absurda y para-
dójica; ni verdadera
ni falsa, simplemente
utó- pica. Esta utopía y esta paradoja
son las que han fascinado a los
veinte millones de
teleespecta-
dores,
mucho más incluso
que el placer
«per- verso» de violar una intimidad.
No se trata en semejante
experiencia ni de
secreto ni de
per- versión, sino de
una especie de
escalofrío de lo real,
o de una
estética de lo
hiperreal, escalofrío de
vertiginosa y truculenta exactitud, de distan- ciación y
de aumento a
la vez, de distorsión
de escalas, de una
transparencia excesiva. Placer por
exceso de sentido
precisamente cuando el nivel
del signo desciende
por debajo de la línea de
flotación habitual del
sentido: la filmación exalta lo
insignificante, en ella
vemos lo que lo
real no
ha sido nunca
(pero «como si
estuviera usted allí»), sin la distancia
de la perspectiva
y de nuestra visión
en profundidad (pero
«más real que la vida misma»). Gozo de la simulación microscópica que hace circular lo real hacia lo
hiperreal (es algo
parecido a lo
que ocurre con el porno, cuya fascinación es más
metafísica que sexual).
Pero,
por otra parte,
esta familia era
ya hi- perreal por
el hecho mismo
de su selección:
tí- pica familia americana,
casa californiana, 3 gara- jes,
5 niños, estatus
profesional y social
desa- hogado, housewife decorativa,
nivel por encima de
la media. Semejante
perfección estadística
condena de algún
modo a esta
familia a morir bajo
el ojo de la TV. Heroína ideal
del American Way of
life, es escogida,
como en los
sacrifi- cios antiguos, para
ser exaltada y
morir entre las llamas
del médium. Pues
el fuego del
cielo
ya no cae
sobre las ciudades
corrompidas, aho- ra es
el objetivo el
que recorta como
un láser la realidad vivida para matarla. «Los Loud: sen- cillamente una
familia que ha
aceptado abando- narse a la TV y morir», dirá
el realizador. Se tra- ta, pues,
claramente de un
sacrificio ofrecido como espectáculo
a 20 millones
de americanos. El drama litúrgico
de una sociedad de masas.
«TV–verdad», término admirable
por su carác- ter anfibio, pues
¿de qué verdad
se trata, de la
de esta
familia o de
la verdad de
la TV? De he- cho, la TV es la
verdad de los Loud, sólo ella apa-
renta verdad en
todo este asunto.
Verdad que no es ya
ni la
reflexiva del espejo
ni la perspec- tiva
del sistema panóptico
y de la
mirada, sino la verdad
manipuladora del test que sondea e interroga,
del láser que
recorta, de las
matrices que guardan nuestras
secuencias perforadas, del código genético que gobierna nuestras
combina- ciones, de las
células que informan
nuestro uni- verso sensorial.
A este tipo de
verdad se some- tió la familia Loud por
medio de la TV, y en este
sentido puede hablarse
sin duda de
condena a muerte.
Final
del sistema panóptico.
El ojo de la TV
ya no es la fuente de una
mirada absoluta y, por otra parte, el ideal de control ya no
es el de la transparencia. Éste presupone
todavía un espa- cio objetivo (el del
Renacimiento) y la todopo- derosidad de
una mirada despótica.
Se trata aún, si no
de un sistema
de contención, por
lo menos de un sistema
cuadriculado. Más sutil, pero siempre
en exteriores, jugando
con la oposición del
ver y del ser
visto, incluso en el
caso de
que pueda ser ciego el punto focal del panóptico.
Cuando,
como en el caso
de los Loud, «usted no mira ya la
TV, es la TV la que le mira a usted
«vivir»,
o «usted ya
no escucha “Pas
de Pani- que”, sino
que es “Pas
de Panique” quien
le es- cucha a usted», se ha
producido un giro del dis- positivo panóptico
de vigilancia (vigilar
y casti- gar) hacia
un sistema de
disuasión donde está abolida
la distinción entre
lo pasivo y
lo activo. Se acabó
el imperativo de
sumisión al modelo o
a la mirada,
«USTED es el modelo»,
«USTED es la mayoría...» Tal es la vertiente de una so- cialización hiperrealista donde lo
real se confun- de
con el modelo,
como en la
operación esta- dística donde
lo real se confunde con el
médium, igual que en
la operación Loud.
Éste es el
esta- dio ulterior de
la relación social,
el nuestro, que no es ya el
correspondiente a la perspectiva (re- presiva)
ni a la
persuasión, sino el
correspon- diente a la
disuasión. «Usted es
la información, usted es
lo social, usted
es la noticia,
le con- cierne a usted,
¡usted tiene la palabra!,
etc., etcétera».1 A causa
de este cambio
resulta imposible de localizar
cualquier tipo de
proce- der (del modelo,
de la mirada,
del poder, ni si-
quiera el proceder del
médium en el caso
de los Loud). Ya no
hay punto focal,
no hay centro
ni periferia, sólo queda el médium, pura flexión o inflexión. Se acabaron
la violencia y la vigilancia: la
«información», virulencia secreta, reacción en cadena, implosión
lenta y simulacro
de espacios y de
perspectivas donde viene
a jugar todavía el proyecto de lo real.
1. Igual que en Orwell: «La guerra es la paz»,
etc.
Se acabaron
la distorsión de lo real y la ma- nipulación. Esta
hipótesis, moral aún,
es solida- ria de
todos los análisis
clásicos sobre la
esen- cia objetiva del
poder. Aquí cabe
además otra cosa: la
abolición de lo
espectacular y del
efec- to médium (en sentido literal), en adelante inal- canzable, incorporado y difuso en lo
real sin
que ni siquiera pueda
decirse que éste
resulte al- terado. El médium
ya no ejerce,
como una fuer- za
o una mirada,
violencia objetiva, es
una viru- lencia, una modalidad microscópica
y molecular.
No
obstante, hay que
tomar precauciones ante el
giro negativo que
el discurso impone:
«virulencia», «infección», pues no se trata ni de
enfermedad ni de
afección virulenta. Es
preciso pensar los mass–media
como si fueran,
en la órbita externa,
una especie de
código genético que conduce
a la mutación
de lo real
en hiper- real, igual
que el otro
código, micromolecular,
lleva a
pasar de una
esfera, representativa, del sentido, a otra, genética, de señal
programada.
Lo que se cuestiona es todo
el modo tradicio- nal de
causalidad, determinista, «activo,
crítico, analítico; distinción de
causa y efecto,
de lo ac- tivo
y lo pasivo,
de sujeto y
objeto, del fin y de los
medios. Acerca de él puede
decirse: la TV nos contempla,
la TV nos aliena,
la TV nos ma- nipula,
la TV nos
informa... En medio
de todo esto se
sigue siendo tributario
de la concep- ción analítica de los mass–media, la
de un agente exterior activo y
eficaz, la de
una información en «perspectiva»
que tiene como
punto de fuga el horizonte de lo real y del sentido.
Es
preciso concebir la
TV en plan
ADN, es decir, como un
efecto donde se
desvanecen los polos adversos de
la determinación, según una contracción,
una retroacción nuclear del viejo esquema polar
que mantenía siempre
una dis- tancia mínima
entre causa y
efecto, entre sujeto y
objeto: precisamente la
distancia del sentido, el
desvío, la diferencia,
la menor separación
po- sible, irreductible bajo pena de resorción en un proceso
aleatorio e indeterminado del que el
dis- curso ni siquiera
puede ya dar cuenta,
dado que él mismo es un orden
determinado.
Esta
brecha es la
que se desvanece
en el proceso del código
genético, donde la indeter- minación
no es tanto
la del azar
de las molécu- las
como la de la abolición
pura y simple de la
relación. En el
proceso de ordenamiento mo- lecular,
el cual «va» del núcleo ADN a la
«sustan- cia» que él informa, no
hay ya puesta en
camino de un efecto,
de una energía,
de una determina- ción o de un mensaje. «Orden,
señal, impulsión, mensaje»: todo ello intenta volvernos la cosa
inteligible, pero por
analogía, volviendo a
trans-
cribir en términos de inscripción, de vector, de
descodificación, una dimensión de la que
nada sabemos —puede que
ni siquiera estemos
ya ante una «dimensión», o
quizá se trate
de la cuarta dimensión
que, según la
relatividad, se define por la
absorción de polos
distintos del es- pacio
y del tiempo. De hecho,
todo este proceso no
podemos entenderlo más
que en forma
nega- tiva: nada separa un polo del otro, el inicial del terminal, se da una especie de aplastamiento re-
cíproco, de penetración
de los dos
polos tradi- cionales el
uno en el
otro. Así pues,
IMPLO- SIÓN —absorción de la
manera radiante de la causalidad, del aspecto diferencial de
la deter- minación, con su
electricidad positiva y
negati- va—, implosión del
sentido. Ahí es
donde co- mienza la simulación.
En
cualquier dominio, ya
sea político, bioló- gico,
psicológico, donde la
distinción de los
dos polos no pueda mantenerse, se penetra en la si- mulación, es
decir, en la
manipulación absoluta. No se
trata de pasividad,
sino de confusión
en- tre lo activo y lo pasivo.
El ADN realiza esta re- ducción
aleatoria del sentido
a nivel de
la sus- tancia viviente. La TV, en el ejemplo de los Loud, alcanza también
un límite de
indefinición donde los Loud no son
frente a la TV ni más
ni menos activos o
pasivos de lo
que lo es
una sustancia viviente ante
su código molecular.
En uno y otro caso, una
sola nebulosa indivisible
en sus ele- mentos simples, indescifrable en su
verdad.
La apoteosis
de la
simulación es lo nuclear.
Sin
embargo, el equilibrio
del terror no
es más que la vertiente
espectacular de un sistema de disuasión insinuado
desde el interior
en todos los intersticios
de la vida.
El suspense nuclear no hace más que sellar el sistema
banalizado de disuasión que se encuentra en el corazón de los
mass–media, de la
violencia sin más
que reina por doquier
en el mundo,
del dispositivo alea- torio
de todas las
opciones que se
nos presen- tan. El
menor de nuestros
gestos está regulado por
signos neutralizados, indiferentes, equivalen- tes, como
los signos que
regulan la «estrategia de los
juegos». Pero la
verdadera ecuación está más
allá y lo
desconocido es precisamente
la variante de la simulación que
hace del mismo ar- senal atómico
una forma hiperreal,
un simulacro que nos
domina a todos
y que reduce cualquier evento al nivel de escenografía
efímera, trans- formando la vida que se
nos concede en super- vivencia, en una
apuesta sin apuesta,
ni siquiera en una
letra girada contra
la muerte, sino en un
papel mojado.
Lo que
paraliza nuestras vidas
no es la ame- naza de destrucción atómica sino la disuasión.
Y esta
disuasión nace del
hecho de que
incluso la guerra atómica
real queda excluida
—exclui- da por anticipado,
como la eventualidad
de lo real en
un sistema de
signos. Todo el
mundo finge creer en la
realidad de la amenaza
(lo cual es comprensible en el caso
de los militares
y en el discurso de
su «estrategia», pues
todo lo se- rio
de su oficio
está en juego),
pero precisamen- te a
este nivel no
es cuestión de
estrategia, y toda la
originalidad de la situación reside en
lo improbable que resulta la
destrucción.
La
disuasión excluye la
guerra, arcaica vio- lencia
de los sistemas
en expansión. La
disua- sión es la
violencia neutralizante de
los siste- mas. No
existen ya ni
un sujeto privilegiado
ni un adversario de la disuasión,
se trata de
una estructura planetaria de anonadamiento de op- ciones. Nada
sucederá a nivel
atómico. El ries- go
de una pulverización nuclear
no sirve más que
de pretexto —a
través de una
falsa competi- ción en la sofisticación
de las armas— para la instalación
de un sistema
de seguridad univer- sal,
de un cerrojo
para la destrucción
y para la escalada
—cuya ficción se
alimenta en lo
posi- ble para mantener en
vilo a las
gentes— de un sistema
universal de prevención,
de control, cuyo efecto disuasivo no apunta en modo
alguno al enfrentamiento atómico (éste no ha sido nunca cuestionado, salvo
quizás en los
inicios de la guerra
fría, pues se ha
confundido el aparato nu-
clear con la
guerra tradicional), sino
a la proba-
bilidad
de todo evento
real. Los dos
(o tres, o múltiples
en el futuro)
protagonistas del peli- gro
nuclear no se
disuaden el uno
al otro (se- gún
una estrategia cuya
misma sofisticación es un
síntoma de nulidad),
sino que, conjuntamen- te, disuaden
a todo el
resto y, al propio
tiempo, a sí mismos.
Lo que se
trama a la sombra de este
dispositivo, bajo el
pretexto de una
amena- za «objetiva» máxima
y gracias a
semejante es- pada nuclear
de Damocles, es la puesta
a punto del mayor
sistema de control
que jamás haya existido y
la satelitización progresiva
de todo el planeta mediante tal hipermodelo de
seguridad.
Lo mismo vale para las centrales nucleares pacíficas. La
pacificación no establece
diferen- cias entre lo
civil y lo militar: en
cualquier par- te donde
se elaboren dispositivos irreversibles de control,
donde la noción de
seguridad se con- vierta en
todopoderosa, donde la
norma de se- guridad
reemplace al viejo arsenal de leyes y de violencia (la
guerra comprendida), lo
que crece es el
sistema de disuasión,
y en torno
a él cre- ce el desierto histórico, social y político. Una gi- gantesca involución
obliga a todo
conflicto, a toda finalidad,
a todo enfrentamiento a contraer- se
a la medida
del chantaje que
los interrumpe, los neutraliza
y los congela.
Ni revuelta ni
his- toria alguna pueden
desplegarse según su
pro- pia lógica pues se exponen
al anonadamiento. Ninguna
estrategia es ya
posible y la
escalada no es más
que un juego
pueril en manos
de los
militares.
La opción política ha
muerto, no que- dan
más que simulacros
de conflictos y
apues- tas cuidadosamente circunscritas.
La «aventura
espacial» ha jugado
exactamen- te el mismo
papel que la
escalada nuclear. Por este
motivo ha podido relevarla
tan fácilmente en los
años 60 (Kennedy/Krouchtchev), o
desarro- llarse
paralelamente bajo un
aspecto de «coexis- tencia pacífica».
Pues ¿cuál es
la función últi- ma
de la carrera
espacial, de la
conquista de la luna,
del lanzamiento de
satélites?, no puede ser otra que la institución de un
modelo de gra- vitación universal, de
satelitización del que
el módulo lunar es
el embrión perfecto:
microcos- mos programado donde
nada puede ser
dejado al azar. Trayectoria, energía, cálculo, fisiología,
psicología, entorno —nada
puede ser abandona- do
a la contingencia, se
trata del universo
total de la norma—
ahí la ley ya
no existe, es
la in- manencia operativa
de todos los
detalles la que legisla. Universo expurgado de toda
amenaza de sentido, en estado
de asepsia
y de ingravidez
—lo
que es fascinante
es semejante perfección. Pues la
exaltación de las
masas no provenía
del hecho del alunizaje
ni del paseo
de un hombre por
el espacio (esto
sería, sobre todo,
el final de un
viejo sueño), no,
la estupefacción nace
de la perfección del programa y de la manipulación técnica. Fascinación
por la norma
llevada al má- ximo
y por el control de la
probabilidad. Vértigo del modelo,
que se une
al de la
muerte, pero
sin
espanto ni pulsión.
Pues si la
ley, con su aura de transgresión, y el orden, con su
aura de violencia, arrastraban aún cierta imaginación perversa, la norma fija,
fascina, asombra e invo- luciona todo
aspecto imaginario. Ya no
se pue- de fantasear acerca de la minuciosidad de un programa, su
sola observancia es
vertiginosa, pues pertenece a
un mundo que
no desfallece. Hay que
tener en cuenta
que el mismo
mo- delo de infalibilidad programática, de
seguridad y de disuasión
máximas, es el
que rige hoy el
campo de lo social. He aquí el último rizo de la parábola nuclear:
la operación minuciosa
de la técnica sirve
de modelo para
la operación minu- ciosa
de lo social.
Nada será ya
dejado al azar, y,
sin embargo, ésta
es la socialización que
se inició hace siglos,
pero que acaba
de entrar en su
fase acelerada, hacia
un límite que
se creía explosivo (la
revolución), y que de momento
se traduce en un
proceso inverso, implosivo,
irre- versible: disuasión generalizada de
todo azar, de todo
accidente, de toda
transversalidad, de toda
finalidad, de toda contradicción,
ruptura o complejidad, en una
socialidad irradiada por la
norma, volcada a
la transparencia de señales
de los mecanismos de información.
De hecho, los modelos espacial o
nuclear no tienen
fines pro- pios: ni el
descubrimiento de la luna, ni la su- perioridad
militar y estratégica.
Su verdad con- siste
en ser los
modelos de simulación,
los vec- tores modelo
de un sistema
de control planeta-
rio
(en el que
ni siquiera las
potencias vedettes de semejante
escenario están libres,
todo el mundo está
satelitizado). 1
Resistir
ante la evidencia:
en la satelitiza- ción, el que
resulta satelitizado no es
quien pen- samos. Mediante
la inscripción orbital
de un ob- jeto
espacial, el que
se convierte en
satélite es el planeta tierra,
es el principio terrestre
de rea- lidad el que deviene
excéntrico, hiperreal e in- significante.
Mediante la instalación orbital
de un sistema de
control como la
coexistencia pa- cífica, todos
los microsistemas terrestres
resul- tan satelitizados y
pierden su autonomía.
Todas las energías, todos
los eventos son
absorbidos por esta gravitación
excéntrica, todo se
conden- sa e implosiona
hacia el único
micromodelo de control (el
satélite orbital), como
inversamente, en la otra dimensión
biológica, todo converge e implosiona
hacia el micromodelo molecular del código genético.
Entre los dos,
en este tenedor de lo nuclear y lo genético, en la
asunción si- multaneizada de
los dos códigos
fundamentales de la disuasión, todo principio de sentido es ab-
sorbido, todo despliegue
de lo real
es imposi- ble.
La simultaneidad de dos
sucesos en
el mes
de julio
del 75 ilustró lo anterior de un modo apabullante: la reunión en
el espacio
de los
dos
1. Paradoja: todas las bombas son limpísimas: su
única polución es la energía de control y de seguridad que irradian al no llegar a estallar.
supersatélites
americano y ruso,
apoteosis de la coexistencia
pacífica. La supresión
por parte de los
chinos de la
escritura ideogramática y su
puesta en marcha
del alfabeto romano.
El segun- do de estos
sucesos significa la
instalación «or- bital» de un
sistema de signos abstractos y mo-
delizado en cuya
órbita serán absorbidas
todas las formas, antaño
singulares, de estilo
y de es- critura.
Satelitización de la
lengua: es la
manera china de penetrar en
el sistema de
la coexisten- cia pacífica, el
cual queda inscrito en su cielo simultáneamente
gracias al acoplamiento
de los dos satélites.
Ésta es su
manera de relegar
un sistema autónomo para unirse a un sistema ho- mogéneo de
signos del que,
además, forman par- te
«su» bomba H
y su ideología.
Vuelo orbital de los dos Grandes,
neutralización y homogenei- zación de todos los demás en el suelo.
Sin
embargo, pese a
tal implosión, involu- ción
y disuasión mediante el factor
orbital —có- digo nuclear o
código molecular— los sucesos continúan
sobre la tierra,
las peripecias inclu- so son cada vez más numerosas dado el
proceso mundial de contigüidad y de simultaneidad de la información. Pero
no tienen ya
sentido, no son más
que el efecto
duplicado de la
simulación en la cumbre.
No existe un
ejemplo mejor que la guerra del Vietnam puesto que se dio en
la intersección de una alternativa histórica
y «re- volucionaria» máxima con la instalación de este elemento orbital
de simulación. ¿Qué sentido ha
tenido
esta guerra? ¿No habrá
sido quizás el de
sellar de algún
modo el fin
de la historia
en el suceso histórico
culminante y decisivo
de nues- tra época?
¿Por qué esta
guerra tan dura,
tan larga, tan feroz, se disipó de un
día al otro como por encanto?
¿Por
qué la derrota
(el mayor revés
de la historia de los USA) no ha
tenido ninguna reper- cusión interna en América? Si realmente había significado el
fracaso de la
estrategia planetaria de los
Estados Unidos, tenía
que haber sacudi- do
también el equilibrio interno
y el sistema po- lítico
americano. Nada de esto sucedió.
Otra
cosa, pues, ha
tenido lugar. Esta guerra, en el fondo,
no habrá sido
más que un
episodio crucial de la
coexistencia pacífica. Habrá
seña- lado la incorporación de China
a esta coexisten- cia. La no intervención
china, obtenida y concre- tizada a
través de largos
años, el aprendizaje por parte
de China de
un modus vivendi
mun- dial, el paso
de una estrategia
de revolución mundial a
una estrategia de
reparto mundial de las
fuerzas y de
los imperios, la
transición de una alternativa irreductible, radical,
a otra de simple
poder político integrado
a un sistema mundial en adelante
regulado por lo esencial (normalización de las relaciones Pekín–Washing- ton): esto
era lo que
estaba en juego
en la gue- rra
del Vietnam, y en
este sentido, los
USA eva- cuaron Vietnam, pero
ganaron la guerra.
Y la guerra terminó
«espontáneamente» una vez
que
se hubo
logrado el objetivo. De ahí
que todo aca- bara con tanta facilidad.
El
mismo proceso estratégico
se puede de- tectar
sobre el terreno.
La guerra duró mientras duraron los elementos irreductibles
a una sana política y a
una disciplina de
poder, aunque se tratara
de un poder
comunista. Una vez
que la guerra quedó
en manos de
las tropas regulares del Norte
y escapó a las de
los maquis, pudo terminar, su objetivo
se había cubierto.
La cues- tión estaba, pues,
en el traspaso
de poder, en el
relevo político. Cuando los vietnamitas hubieron probado que
no eran portadores de
una subver- sión indomable
y que eran susceptibles
de enca- jar bien
en el orden social,
se les pudo
ya dejar a sus
anchas. Al fin
y al cabo,
el que se
trate de un orden
comunista no es
muy grave en el
fondo: ha dado
suficientes pruebas de
que se puede confiar
en él. Es
incluso más eficaz
que el capitalismo en lo concerniente a la liquidación de las
estructuras pre–capitalistas «salvajes» y arcaicas.
Encontramos exactamente el mismo telón de fondo en
la guerra de
Argelia. El otro
aspecto de esta guerra
(sin duda el fundamental en toda guerra
moderna), es el
siguiente: tras la
violen- cia armada, el antagonismo mortal de los adver- sarios, que
parece una cuestión
de vida o
muer- te, que se
interpreta como tal
(si no la
gente no se dejaría
matar por estas
historias), tras este simulacro
de lucha a
muerte y de
despia-
dado juego mundial, los dos adversarios son fun-
damentalmente solidarios contra otra
cosa, in- nombrada, nunca dicha, pero
de la que
el resul- tado objetivo
de la guerra,
con igual complici- dad por parte de los dos
adversarios, supone la liquidación total: las estructuras tribales, comu-
nitarias, precapitalistas, todas las
formas de in- tercambio, de lengua,
de organización simbóli- ca,
todas las formas
anteriores a la
socializa- ción racional y
terrorista —esto es
lo que se quiere
abolir, lo que
la guerra quiere
extermi- nar— situada en
su inmenso objetivo
espectacu- lar de muerte
no es otra
cosa que el
encubri- miento de este
proceso de racionalización terro- rista de
lo social, el
homicidio por excelencia sobre el
que podrá instaurarse
el orden social, la socialización, ya sea
comunista o capitalista.
Complicidad total, o
reparto del trabajo
entre dos adversarios (capaces
de soportar por
todo esto sacrificios inmensos)
con la misma
finali- dad de racionalización y de domesticación de las relaciones sociales.
De neutralización y de unión
de energías. De colonización en
el pleno sentido de la palabra.
«A los Norvietnamitas se les recomendó pres- tarse
a representar la
liquidación de la
presen- cia americana, representación en
la que, claro está, había que salvar la cara.»
La
escenografía: los terribles
bombardeos sobre Hanoi. Su
carácter insoportable no
debe ocultar que no
eran más que
un simulacro para
permitir
a los vietnamitas
la apariencia de
pres- tarse a un
compromiso y a
Nixon hacer tragar a
los americanos la
retirada de sus
tropas. Todo estaba previsto,
objetivamente no estaba
en jue- go más
que la cara
ideológica. La guerra
no es menos atroz por ser sólo un
simulacro. Que los moralistas de la
guerra, los poseedores
de valo- res de referencia de la
guerra no se desolen de- masiado:
se sigue sufriendo
en la propia
carne, y los muertos
y los excombatientes que
de estas guerras simuladas
cuestan lo mismo de siempre.
En cierto sentido,
este objetivo se sigue
alcanzando —lo mismo
que el de
domes- ticación de un territorio, de imposición de una socialización disciplinaria. Lo
que ya no
exis- te es la
adversidad de los
adversarios, la realidad de
las causas antagónicas, la seriedad
ideológica de la
guerra. Tampoco existe
la rea- lidad de
la victoria o
de la derrota,
aunque la guerra es
un proceso que
triunfa siempre muy por encima de estas apariencias.
Así
pues, es preciso
leer todos los
sucesos por el reverso,
más allá de
su montaje oficial. Todo el mundo es cómplice, en especial los mass–
media, de mantener
la ilusión de
la posibilidad de ciertos
hechos, de la
realidad de las
opcio- nes, de una
finalidad histórica, de
la objetividad de los
hechos. Todo el
mundo es cómplice
de salvar el principio de realidad.
De
este modo, es
posible arañar la
verdad de una guerra,
a saber: que
terminó mucho an-
tes
de acabar, que
se puso fin
a la guerra
en su mismo corazón,
que probablemente esta
guerra no llegó a
comenzar nunca. Muchos
otros suce- sos (la
crisis petrolíferas, etc.)
tampoco han empezado nunca
ni han llegado a existir
más que como peripecias
artificiales,1 trucajes históricos, catástrofes
y crisis destinados a mantener
bajo hipnosis un cerco histórico.
Que todos estos pseudoacontecimientos (los
comunistas al poder en
Italia, el redescubrimien- to póstumo,
o, por lo
menos «retro», del
Gulag y de los disidentes
soviéticos, así como el des- cubrimiento, casi
contemporáneo, por una
etno- logía moribunda de
la «diferencia» perdida
de los salvajes), todas
estas cosas que
llegan de- masiado tarde,
en medio de
una espiral de
re- traso, que han
agotado su sentido
desde hace largo tiempo
y no viven más que de
una eferves- cencia artificial
de signos, que
todos estos su- cesos
se desarrollan sin
lógica, en medio
de una equivalencia total
de las más
contradicto- rias y de una indiferencia
profunda por sus con- secuencias
(aunque la realidad es que no tienen consecuencia alguna:
se agotan en
su promo- ción espectacular y
se olvidan), esto
lo sabe
1. La crisis de la energía, la puesta en escena
ecológica son por sí mismas un «film de catástrofe», del mismo estilo (y del
mismo valor) que los que llenan actualmente las arcas de Hollywood. Es inútil
cualquier interpretación laboriosa de estos films y su relación con una crisis
social «objetiva» o, incluso, con un espejismo «objetivo» de la
catástrofe. Lo que ocurre es que lo social mismo, en el discurso
actual, se está organizando según una escenografía de film de ca- tástrofe.
todo
el mundo aunque
nadie lo acepte
—no es extraño que
la película de
la «actualidad» pro- duzca
una impresión siniestra
de kitsch, de
«re- tro» y de porno a la vez. La realidad de la simu- lación es
insoportable, más cruel
que el teatro de
la crueldad de
Artaud, que fue
la última ten- tativa de una dramaturgia de la vida, el
último sobresalto de una
idealidad del cuerpo,
de la sangre, de
la violencia en
un sistema que
lo arrastraba ya hacia la absorción
incruenta de to- das las
opciones. Nuestra suerte
está echada. Toda dramaturgia
e incluso toda
escritura real de la
crueldad ha desaparecido. La
simulación es quien manda
y nosotros no
tenemos derecho más que al
«retro», a la rehabilitación espectral, paródica, de
todos los referentes
perdidos, que todavía se
despliegan en torno
nuestro, bajo la luz
fría de la
disuasión (incluido Artaud
que, como el resto,
tiene derecho a
su «revival», a una
segunda existencia como
referente de la crueldad).
Por
eso la diseminación nuclear no
debe ser
tomada
como un riesgo
más a añadir
a los ya existentes de
estallido o accidente atómico
—salvo
durante el intervalo
crítico, durante el que
las «jóvenes» potencias
pueden sentir la tentación
del uso no
disuasivo, es decir,
«real», como hicieron los
americanos en Hiroshima— aunque sólo
ellos han tenido
hasta el momento derecho al
«valor de uso»
de la bomba
y cuan- tos logren
tenerla serán disuadidos
de su uso por
el hecho mismo
de poseerla. El
ingreso en el club atómico, tan
lindamente bautizado, borra
rapidísimamente (como la
sindicación en el mundo
obrero) toda veleidad
de intervención violenta. La
responsabilidad, el control,
la cen- sura y
la autodisuasión siempre
crecen más aprisa que
las fuerzas o las armas de
que se dis- pone: éste
es el secreto
del orden social.
De ahí que la posibilidad
misma de paralizar
un país con un
simple interruptor haga que
los técnicos en electricidad no
lleguen a usar
jamás esta arma: todo el mito de
la huelga general y revo- lucionaria
se derrumba en
el mismo momento en
que se dan
las condiciones necesarias
para ella —pero, ésta
es otra cuestión,
precisamente
porque se
dan tales
condiciones. En esto con- siste el proceso de la disuasión.
Es, pues,
muy probable que
un día veamos
a las potencias nucleares
exportar centrales, ar- mas y bombas atómicas a todas las
latitudes, ex- portando al mismo tiempo
el virus de
la disua- sión. Al
control mediante la
amenaza atómica, hoy en
día monopolio de
unos pocos, sucederá la estrategia mucho más eficaz de
pacificación mediante tenencia de
bombas. Las «pequeñas» potencias, creyendo comprar su autonomía, com-
prarán su propia neutralización oculta en la bom- ba
disuasoria. Es el
caso de las
«centrales» nu- cleares que se están
repartiendo ya, pues,
igual que bombas de neutrones, neutralizan toda viru- lencia histórica
y todo riesgo
de explosión. En este
sentido, lo nuclear
inaugura por doquier
un proceso acelerado de
implosión, congelándolo
todo a
su entorno y
absorbiendo toda energía viva.
Lo
nuclear es a
la vez el
punto culminante de la
energía posible, la
máxima energía dispo- nible
y, paralelamente y de un
modo más rápido, la
culminación de los
sistemas de control
de toda energía. La
encerrona y el
control crecen en la
misma medida (y
sin duda aún
más apri- sa) que
las posibilidades liberadoras. Ésta
fue ya la aporía de las revoluciones modernas, de la Revolución. Con
una envergadura mucho
mayor, sigue siendo la paradoja
absoluta de lo
nuclear. Las energías se
congelan con su
propio fuego, se disuaden
a sí mismas.
No acaba de
verse claro qué proyecto,
qué poder o
qué estrategia se ocultan
tras este cerco,
esta saturación gi- gantesca
de un sistema
con sus propias
fuerzas ya neutralizadas, inutilizables,
ininteligibles e
inexplosivas, de no
ser la posibilidad
de una ex- plosión
hacia el interior, de
una implosión en la
que todas estas
energías se abolirían
en un pro- ceso
catastrófico en sentido
literal, es decir,
en el sentido de
una reversión de
todo el ciclo
ha- cia el punto
mínimo, de una
reversión de las energías hacia el más estrecho umbral.
EL EFECTO BEAUBOURG
(IMPLOSIÓN Y DISUASIÓN)
El efecto Beaubourg, la máquina Beaubourg, la «cosa» Beaubourg
—¿qué nombre darle?—.
Es un enigma este
esqueleto de flujos
y de signos, de
redes y de
circuitos —veleidad última
con- sistente en traducir
una estructura que
ya no tiene nombre,
la de las
relaciones sociales ex- puestas
a una valoración
superficial (revitaliza-
ción, autogestión, información, mass
media), y a una implosión irreversible en profundidad. Mo- numento a los juegos
de simulación de
masa, el Centro funciona
como un incinerador
absorbien- do toda energía cultural
y devorándola —algo parecido al monolito
negro de 2001: convección
carente de sentido
de todos los
contenidos ve- nidos a
materializarse, absorberse y
anonadarse en esta oscura y misteriosa
masa.
Los
alrededores no son
más que una
pen- diente de desagüe —restauración, desinfección, desing snob
e higiénico—, pero
se trata sobre todo
de un mecanismo
de vaciado mental.
En las centrales nucleares se observa un engranaje semejante: el
verdadero peligro que
comportan no es la
inseguridad, la polución
o la explosión, sino el
sistema de seguridad
máxima que bulle en
torno a ellas, la oleada de
control y de disua- sión
que va ganando
terreno implacablemente,
oleada técnica, ecológica,
económica y geopolí- tica. ¿Qué importa
lo nuclear?, la
central es una matriz donde se elabora un modelo de
seguridad absoluta, que va a
generalizarse a todo
el campo social y que,
más que cualquier
otra cosa, es un
modelo de disuasión
(es lo mismo
que nos rige mundialmente bajo el signo
de la coexisten- cia pacífica
y de la simulación
de peligro atómi-
co).
El mismo
modelo, salvadas las proporciones, se elabora en el
Centro: fisión cultural,
disuasión política.
Quiero decir
que la circulación de fluidos es desigual. Ventilación, refrigeración, tendidos eléctricos —los fluidos «tradicionales» circulan muy bien por ellos.
Lo que ya no está tan
asegurado es
la circulación de
fluido humano (la solución de
las escaleras mecánicas
envueltas en moldes de
plástico resulta arcaica,
debería- mos ser aspirados,
propulsados, qué se yo,
pero con una movilidad
adecuada a esta
teatralidad barroca de fluidos
en que consiste
la originali- dad del armazón). En cuanto
al conjunto de obras,
objetos y libros,
y al espacio
interior supuesta- mente
«polivalente», no circulan ya en absoluto. Cuanto más
nos adentramos, menos
circulación hay. Ocurre lo
contrario que en
Roissy, donde desde un
centro futurista, diseño
«espacial», que irradia hacia
«satélites», etc., se va a parar muy suavemente a
los... aviones tradicionales. Sin
embargo, la incoherencia es
la misma. (¿Qué pasa
con el dinero,
ese otro fluido,
qué se hace de
su tipo de
circulación, de emulsión
y de osci- lación en Beaubourg?).
La misma contradicción se da incluso en el
comportamiento del personal,
asignado al espa- cio
«polivalente» pero sin
espacio privado para su trabajo. De pie y moviéndose, los
individuos adoptan un comportamiento
«cool», muy flexible, muy «design», adaptado
a la «estructura»
de un espacio «moderno».
Sentados en su
rincón si es que
así puede llamársele,
se agotan secretando una soledad
artificial, envolviéndose en
su pro- pia burbuja.
Es una bonita
táctica de disuasión: se
les condena a
usar toda su
energía en esta defensiva individual. Curiosamente, reencontra- mos de
este modo la
misma contradicción del objeto
Beaubourg: un exterior
móvil, conmutati- vo, «cool» y
moderno —un interior
crispado so- bre los viejos
valores.
Este
espacio de disuasión,
articulado sobre una ideología
de visibilidad, de transparencia, de polivalencia, de
consenso y de
contacto, y san- cionado
por el chantaje
a la seguridad,
es, hoy por hoy, virtualmente, el
espacio de todas las relaciones
sociales. Todo el
discurso social está ahí
y tanto en
este plano como
en el del
trata- miento de la
cultura, Beaubourg es,
en plena contradicción con sus
objetivos explícitos, un monumento genial de nuestra modernidad. Es agradable pensar
que la idea no se le ha ocurrido
a ningún
espíritu revolucionario,
sino a
los lógi- cos del
orden establecido, desprovistos de
todo sentido crítico y,
por tanto, más
cercanos a la verdad,
capaces, en su
obstinación, de poner
en marcha una máquina
incontrolable, cuyo éxito mismo
les escapa, y
que es el
reflejo más exac- to,
incluso en sus
contradicciones, del estado de cosas actual.
Naturalmente, todos los
contenidos culturales de
Beaubourg son anacrónicos,
pues a semejan- te envoltorio arquitectónico sólo podía corres- ponderle el
vacío interior. La
impresión general es de
coma irreversible, de
una animación que en
realidad no es
más que reanimación,
y esto es así porque la cultura
está muerta, cosa que Beaubourg
perfila admirablemente aunque
de una manera vergonzosa.
Lo mejor hubiera
sido aceptar triunfalmente esta muerte y erigir un monumento o un
antimonumento equivalente a la
inanidad fálica de la torre Eiffel en su época. Mo- numento a
la desconexión total,
a la hiperreali- dad y
a la implosión
de la cultura
—hecha hoy por nosotros
en plan de
circuitos transistoriza- dos
siempre bajo la sombra acechante de un cor- tocircuito gigantesco.
Beaubourg es
ya una
compresión a lo César
—figura
de una cultura
tal que se hunde
bajo su
propio
peso— como los
automóviles congelados de pronto
en el seno
de un sólido
geométrico. Así los coches
de César recién
librados de un accidente ideal, no exterior sino
inherente a la estructura metálica y de
carne humana aparece cortado a la medida
geométrica del más
peque- ño espacio posible
—de modo parecido
en Beau- bourg la
cultura es triturada,
retorcida, recorta- da y comprimida en sus
menores elementos simples— manojo
de transmisiones y
metabo- lismo difunto, helado
como un mecanoide
de ciencia ficción.
Pero en lugar
de romper y de comprimir toda la
cultura en este
armazón que, de
todos mo- dos, tiene
aspecto de compresión,
en lugar de esto,
se expone ahí
precisamente a César.
Se expone a Dubuffet y a la contracultura y la si- mulación inversa
sirve como referente
de la cul- tura
difunta. En este
esqueleto que habría
po- dido servir como
mausoleo de la
operatividad inútil de los signos, son expuestas las máquinas
efímeras y autodestructivas de
Tinguely bajo el signo
de la eternidad de la
cultura. Se neutraliza de este modo todo
el conjunto: Tinguely queda embalsamado
en el museo,
Beaubourg se ve re-
bajado en su pretendido contenido
artístico.
Felizmente, todo este simulacro de valores
culturales es anticipadamente negado por
la ar- quitectura exterior.1 Pues
ésta, con sus
redes
1. Hay algo más que anonada al proyecto cultural de Beaubourg: la masa
misma que se agolpa para disfrutarlo (más adelante nos ocu- paremos de esto).
De tuberías y su aire de edificio de exposición
o de
feria universal, con
su fragilidad (¿calcula- da?) disuasiva de toda mentalidad
o monumen- talidad tradicionales, proclama abiertamente que nuestro tiempo
ya nunca será
tiempo de dura- ción, que nuestra única temporalidad es la co-
rrespondiente al ciclo
acelerado y al
reciclaje, la del circuito
y del tránsito
de fluidos. Nuestra única
cultura es en
el fondo la
de los hidrocar- buros, la
de la refinación,
la del «cracking»,
la del rompimiento de
moléculas culturales para volver
a combinarlas en
productos de síntesis. Esto, Beaubourg–Museo quiere
ocultarlo, pero Beaubourg–armazón lo
proclama. Y es esto
tam- bién lo que
origina la belleza
del armazón y el
fracaso de los
espacios interiores. De
todos mo- dos, la ideología
misma de «producción
cultural» es antitética de
toda cultura, igual
que la de vi-
sibilidad y la
de espacio polivalente:
la cultura es el ámbito del
secreto, de la seducción, de la iniciación,
de un intercambio
simbólico restrin- gido y
altamente ritualizado. Nada
se puede ha- cer
contra ello. Tanto peor
para las masas y tan- to peor para Beaubourg.
¿Qué había pues que meter en Beaubourg?
Nada. El vacío que habría
significado la desa-
parición de toda
cultura del sentido
y del sen- timiento estético. Pero esto es aún
demasiado romántico y desgarrador, semejante
vacío habría valido aún como
obra maestra de
la contracul- tura.
¿Un remolino
quizá de luces estriando
un espacio en el que la
multitud aportaría el elemen- to móvil de base?
De
hecho, Beaubourg ilustra
perfectamente la cuestión de
que un orden
de simulacros sólo se
sostiene merced a la coartada
del orden an- terior.
Aquí, un armazón
hecho de flujos
y co- nexiones de
superficie se da
como contenido la cultura
tradicional de la
profundidad. Un orden de simulacros anteriores (el orden del sentido)
suministra la sustancia
vacía de un
orden ulte- rior, el cual
ni siquiera conoce
la diferencia exis- tente entre
el significante y el
significado, el continente y el
contenido.
Por
lo tanto, la
pregunta: «¿Qué había que meter
en Beaubourg?» resulta
absurda. No pue- de
haber una respuesta
porque la distinción
tó- pica entre el interior y el
exterior no debería ya plantearse. Ahí está nuestra verdad, verdad de Moebius —utopía
irrealizable, sin duda,
pero a la que
Beaubourg da sin
embargo razón en la
medida en que
cualquier de sus
contenidos es un contrasentido
y se ve
anticipadamente nega- do por el
continente.
Y no obstante...
si alguna cosa
debería ha- ber en Beaubourg
tendría que ser una especie de laberinto,
una biblioteca combinatoria infinita, una redistribución aleatoria
de los destinos
me- diante el juego o la lotería
—en suma, el univer- so de Borges— o quizá las Ruinas
circulares: un encadenamiento de individuos
soñados los unos
por los otros (no una Disneylandia del sueño, un
laboratorio de ficción práctica). Una experimen- tación de
los distintos procesos
de la represen- tación: difracción, implosión, encadenamientos y desencadenamientos aleatorios —un
poco como en el Exploratorium de San Francisco
o en las novelas de
Philip Dick— en
definitiva, una cultura de
simulación y de
fascinación, y no la
de siempre de
producción y de sentido: he
aquí lo que podría ser propuesto
que no fuera una mi- serable
contracultura. ¿Es ello posible? No aquí, evidentemente. Pero este tipo
de cultura se está haciendo por ahí,
en todas partes
y en ninguna en
concreto. En adelante,
la única verdadera práctica cultural
será la de
las masas, la
nues- tra (se acabó la diferencia) es una práctica ma- nipulatoria, aleatoria,
de laberintos de
signos, que ya no tiene sentido.
Sin embargo,
visto de otro
modo, no es cier- to que en Beaubourg haya
incoherencia entre el continente y el
contenido. Será cierto
si se da crédito
al proyecto cultural
oficial, pero lo
que allí se hace es exactamente
lo contrario de este proyecto.
Beaubourg no es
más que un inmenso
trabajo de transmutación de la famosa
cultura tradicional del sentido
en el orden
aleatorio de los signos,
en un orden
de simulacros (el
ter- cero) completamente homogéneo
con el de los
flujos y
canales de la
fachada. Y se invita
a las masas a
venir para conducirlas
a este nuevo
or- den «semiúrgico», aunque sea bajo el pretexto contrario de
educarlas en el sentido y en la pro-
fundidad.
Hay
que partir, pues,
de este axioma:
Beau- bourg es un
monumento de disuasión
cultural. En un escenario
museístico que sólo
sirve para salvar la ficción
humanista de la cultura, se lleva a
cabo un verdadero
asesinato de ésta,
y a lo que
en realidad son
convidadas las masas
es al cortejo fúnebre de la
cultura.
Y las masas
acuden. Es la
suprema ironía de Beaubourg:
las masas se
vuelcan no porque les
crezca la saliva
ante una cultura
que las vie- ne
frustrando siglo tras
siglo, sino porque
por primera vez tienen ocasión de
participar multitu- dinariamente en el
inmenso trabajo de
enterrar una cultura que
en el fondo
siempre han detes- tado.
Es, pues,
un absoluto malentendido denunciar Beaubourg como una
mixtificación cultural de masas.
Éstas se precipitan
en Beaubourg para gozar
de la ceremonia
fúnebre, del descuartiza- miento, de
la prostitución operativa
de una cultura al fin verdaderamente
liquidada, incluido cualquier tipo
de contracultura que siempre
será una apoteosis de
aquélla. Las masas
se agolpan en Beabourg
del mismo modo
que se agolpan en los lugares de catástrofe, con el mismo
impulso irresistible. Mejor dicho:
las masas son
la ca- tástrofe de
Beaubourg. Su número, sus
pasos, su fascinación, su
prurito de verlo
y de manipularlo todo, revelan un
comportamiento objetivamente mortal
y catastrófico para
todo el tinglado.
No sólo su peso
pone en peligro
el edificio, sino que
su adhesión, su
curiosidad niegan los
con- tenidos mismos de esta cultura de animación. Lo sucedido no
tiene nada que
ver con el
objetivo cultural
perseguido, sino que
supone su nega- ción
radical, precisamente por
su exceso y por
su éxito. Es,
pues, la masa
quien interpreta el papel
de agente catastrófico en
esta estructura de catástrofe,
es la propia
masa la que
pone fin a la cultura de masas.
Circulando
por el espacio de la transparencia, la masa
es convertida en
flujo, pero al
mismo tiempo, con su
opacidad y su
inercia, pone fin a
este espacio «polivalente». Se
la invita a par-
ticipar, a simular, a jugar
con modelos, pero hace algo
mejor: participa y
manipula tan bien
que borra todo el sentido
que se quería dar a
la ope- ración y pone
en peligro incluso
la infraestruc- tura del
edificio. De este
modo, una especie
de parodia, de hipersimulación en respuesta a la simulación cultural,
transforma a las masas,
que no debían ser
más que el
ganado de la
cultura, en el agente
exterminador de esta cultura,
de la que Beabourg
sólo era una
vergonzosa encarna- ción.
Aplaudamos
este éxito de
la disuasión cultu- ral. Todos los antiartistas,
«gauchistas» y des- preciadores de la
cultura no han
sospechado ni
de
lejos la eficacia
disuasiva de este
monumen- tal agujero negro
que Beabourg es. Estamos
ante una operación verdaderamente revolucionaria, precisamente porque
es involuntaria, insensata e incontrolada, mientras que
toda operación sen- sata
de liquidación de
la cultura no
hace, como es sabido, más que
resucitarla.
A
decir verdad, el
único contenido de
Bea- bourg es la
masa misma, a
la que el
edificio trata como un
convertidor, como una
cámara os- cura, o,
en términos de
«input–output», exacta-
mente como trata
una refinería un
producto pe- trolífero o un
flujo de materia bruta.
Jamás estuvo
tan claro que el contenido
—aquí
la cultura, en
otros casos la
información o la mercancía—
no es más
que el soporte apa- rente
de la operación
del médium, cuya
función es siempre inducir
masas, producir un flujo
hu- mano y mental homogéneo.
Movimiento inmenso de vaivén
parecido al de
los operarios de
subur- bio, absorbidos y
vomitados a horas
fijas por sus lugares
de trabajo. Y
precisamente de un trabajo
se trata aquí,
trabajo de test,
de sondeo, de interrogatorio
dirigido: las gentes acuden a seleccionar
objetos–respuesta a todas
las cues- tiones que
puedan plantearse, o mejor, ellos mis- mos acuden
en respuesta a la pregunta funcional y
dirigida que constituyen
los objetos. Más
que de una cadena de trabajo se trata, pues, de una disciplina
programática cuyas contrariedades se difuminan
tras una cortina
de tolerancia. Mucho
más
allá de las
instituciones tradicionales del capital,
el hipermercado, o
Beabourg «hipermer- cado de la
cultura», es ya el modelo de
toda for- ma futura de
socialización controlada: nueva to- talización
en un espacio–tiempo homogéneo
de todas las funciones
dispersas del cuerpo
y de la vida social (trabajo,
ocio, mass–media, cultura), retranscripción
de todos los
flujos contradicto- rios en
términos de circuitos integrados. Espa- cio–tiempo de
toda una simulación
operativa de la vida social.
Para esto, es preciso que la masa de consu-
midores sea equivalente
u homologa a
la masa de los
productos. La confrontación
y la fusión de estas dos masas que se dan tanto en
el hi- permercado como en
Beaubourg, hacen de
éste algo muy distinto
de los lugares
tradicionales de la cultura
(museos, monumentos, galerías, bi- blioteca,
casas de cultura,
etc.). Aquí se
elabora la masa crítica, más allá de la cual la mercancía deviene hipermercancía y
la cultura hipercultu- ra —es
decir, que ya no está
ligada a intercam- bios distintos
o a necesidades determinadas, sino a
una especie de
universo total de
los signos, o de circuito
integrado que un impulso re- corre
de parte a
parte, tránsito incesante
de op- ciones, de
lecturas, de referencias, de
marcas, de descodificación. Aquí
los objetos culturales, como allá
los objetos de
consumo, no tienen otra
finalidad que la de
mantenerle a uno en es- tado
de masa integrada,
de flujo transistorizado,
de molécula imantada. Lo que se percibe en un hipermercado es
la hiperrealidad de
la mercan- cía y lo que se
percibe en Beaubourg es la hi- perrealidad de la cultura.
Con el museo tradicional se inicia la compar- timentación, el
reagrupamiento, la interferencia de todas
las culturas, la
estetización incondicio-
nal que
ocasiona la hiperrealidad
de la cultura, pero
el museo supone todavía
una memoria. Nun- ca
como en el caso
que nos ocupa
había la cul- tura perdido la memoria en provecho del
alma- cenamiento y de la redistribución
funcional. Esto traduce un hecho
más general: por
doquier en el mundo
«civilizado» la construcción
de «stocks» de objetos ha llevado
consigo el proceso com- plementario de
los «stocks» de
hombres, las co- las, las esperas, los embotellamientos,
las con- centraciones, los campings.
La «producción de masa»
es esto, no
en el sentido
de una produc- ción
masiva o al
uso de las
masas, sino en el
de producir masa. La masa
como producto final de
toda actividad social
y liquidando de
golpe este tipo de
actividades, pues esta
masa que se nos quiere
hacer creer que
es lo social,
es, al contrario, el
lugar de implosión
de lo social. La masa es la esfera cada vez más
densa donde implosiona todo lo
social y es
devorado en un proceso de simulación ininterrumpido.
De
ahí este espejo
cóncavo: viendo la
masa en el interior
es como las
masas se ven
tenta- das a entrar.
Típico método de
marketing: toda
la
ideología de la
transparencia cobra aquí
su sentido. Más aún:
poniendo en escena
un mo- delo reducido ideal se espera una
gravitación acelerada, una aglutinación automática
de cul- tura y
una aglomeración automática
de las ma- sas. Es el mismo proceso: operación nuclear de reacción en
cadena y operación espectral
de ma- gia blanca.
De este
modo, Beaubourg es por
primera vez a escala
de la cultura
lo que el
hipermercado es a escala de la mercancía: el operador circular perfecto, la demostración de lo que
sea (la mer- cancía, la cultura,
la multitud, el
aire comprimi- do) mediante su
propia circulación acelerada.
Pero si los stocks de objetos acarrean un al-
macenamiento de hombres,
la violencia latente en
el stock de
objetos acarreará la
violencia de los hombres.
Cualquier
stock es violento, y existe
una vio- lencia específica
en cualquier masa
humana por el hecho
de que implosiona
—violencia adapta- da a
su gravitación, a
su densificación en
torno a su propio
foco de inercia.
La masa es foco
de inercia y por ende foco de una violencia nueva, inexplicable y
diferente de la
violencia explo- siva.
Masa crítica,
masa implosiva. Por encima de
30.000 puede
hacer ceder la
estructura de Beau- bourg.
Si la masa imantada por
la estructura de-
viene
una variante destructora
de la masa
mis- ma, suponiendo que sus
creadores lo hayan que- rido
(pero, ¿cómo suponerlo?),
si han sido
ca- paces de programar
la liquidación con
un solo golpe de
la arquitectura y
de la cultura,
enton- ces Beaubourg se
convierte en el
objeto más audaz y en el
happening más logrado del siglo.
¡VAMOS A
HUNDIR A BEAUBOURG! Nueva consigna revolucionaria. Es
inútil incendiarlo y es
también inútil contestarlo. ¡Acudid
a él! es la
mejor manera de
destruirlo. El éxito de
Beau- bourg ha dejado
de ser un
misterio: las gentes van a eso, se aglomeran en este edificio, cuya fragilidad huele
ya a catástrofe,
con la única
in- tención de hundirlo.
A decir verdad, obedecen al imperativo
de la disuasión: se les
da un objeto
que consumir, una cultura
que devorar, un
edificio que manipu- lar. Pero,
al mismo tiempo, apuntan expresamen- te y sin
saberlo a esta
aniquilación. La acometi- da es el
único acto que
la masa puede
producir en tanto que
tal —masa proyectil
que desafía al edificio
de la cultura
de masas, que
replica con su peso,
es decir con
su aspecto más
hueco de sentido, el
más estúpido, el
menos cultural, al desafío
de culturalización que
Beaubourg le lan- za. Al desafío de incorporación masiva a una
cul- tura esterilizada, la masa
responde con una irrup- ción destructora que se prolonga con
una mani- pulación brutal. A
la disuasión mental
la masa responde con
la disuasión física
directa. Es su
propio
desafío. Su estratagema
consiste en res- ponder
en los mismos
términos en que
es soli- citada, pero
llevándolos al límite;
en responder a la simulación en que se la encierra con un
pro- ceso social entusiasta que rebasa los objetivos calculados y actúa
como hipersimulación des- tructora.1
Las gentes
sienten deseos de
llevárselo todo, de saquearlo,
de comérselo todo,
de manipular- lo todo.
Ver, descifrar, aprender,
no les afecta. Su inclinación masiva es la
manipulación. Los organizadores (y los
artistas e intelectuales) es- tán horrorizados ante semejante veleidad incon- trolable, pues
sólo contaban con iniciar
a las ma- sas en el
espectáculo de la
cultura. No habían contado con esta fascinación activa,
destructora, respuesta brutal y
original a la
oferta de una cultura
incomprensible, atracción que
tiene to- das las
trazas de un
allanamiento y de violación de un
santuario.
Beaubourg
habría podido, o debido,
desapare- cer al día
siguiente de su
inauguración, desmon- tado
y arrasado por
la multitud, pues
ésta ha- bría sido
la única respuesta
posible al desafío absurdo de
transparencia y de democracia
de la cultura —llevándose
cada cual un
perno fetiche de esta cultura
fetichizada.
Las gentes
se acercan a tocar, miran
como si
1. En comparación con esta masa crítica y a su
radical compren- sión de Beaubourg, cuan irrisoria resulta la manifestación de los es- tudiantes
de Vincennes la noche de la inauguración.
al
mirar tocaran, su
mirada es un
aspecto más de la
manipulación táctil. Se
trata claramente de un
universo táctil, no
visual o discursivo,
y las gentes quedan
directamente implicadas en un
proceso: manipular/ser manipulado, evaluar/ser evaluado, circular/hacer circular,
que no perte- nece ya al orden de la
representación, ni de la distancia,
ni de la
reflexión. Es algo
vinculado al pánico, a un mundo pánico.
Pánico al
ralentí, sin móvil externo. Es la vio- lencia inherente
a un conjunto
saturado. LA IM- PLOSIÓN.
Beaubourg difícilmente puede arder, todo está
previsto. El incendio,
la explosión, la
destruc- ción no son ya la alternativa
imaginaria para este género de
edificio. La implosión es la forma de
abolición del mundo «cuaternario», cibernético y combinatorio.
La
subversión y la
destrucción violenta son las respuestas al mundo de la producción. Las respuestas a
un universo de
redes, de combina- toria y de flujos son la reversión y
la implosión.
Es lo que
ocurre con las
instituciones, el Es- tado, el
poder, etc. El sueño
de ver estallar
todo esto a fuerza
de contradicciones, justamente no
es más que un
sueño. Lo que sucede
en realidad es que
las instituciones implosionan por sí
mis- mas, a fuerza
de ramificaciones, de
«feed–back», de circuitos de control superdesarrollados. El po-
der implosiona, ésta es su manera actual de de-
saparecer.
Ejemplo,
la ciudad. Incendios,
guerras, pes- te, revoluciones, marginalidad
criminal, catástro- fes: toda la
problemática de la anticiudad, de la negatividad interior
o exterior a la ciudad,
tiene algo de arcaica
en relación con
su verdadero modo de
aniquilación.
Incluso el
escenario de la ciudad
subterránea
—versión
china de entierro
de las estructuras— resulta inocente.
La ciudad ya
no se multiplica según un esquema de reproducción
todavía de- pendiente del esquema
general de la
producción, o según un
esquema del parecido
dependiente aún del esquema
de la representación. (De
este modo se continúa
restaurando todavía después de
la Segunda Guerra
Mundial.) La ciudad
no puede resucitar, ni
siquiera en profundidad, sino que se
rehace desde una
especie de código
ge- nético que permite
repetirla un número
indefini- do de veces a partir de
la memoria cibernética acumulada.
Está agotada incluso
la utopía de Borges
de un mapa
de extensión igual
a la del territorio, al
que reproduce totalmente:
hoy en día el simulacro ya no pasa por el doble y la re- duplicación,
sino por la miniaturización genética. Final
de la representación e
implosión, aquí tam- bién,
de todo el
espacio en una
memoria infini- tesimal que
no olvida nada y que
no es memo- ria
de nadie. Simulación
de un orden
irreversi- ble, inmanente, cada
vez más denso,
potencial-
mente saturado y que
nunca conocerá
la explo-
sión liberadora.
Nosotros fuimos la cultura de la violencia li-
beradora (la racionalidad). Aunque
se trate de la del capital, de la liberación de las
fuerzas pro- ductoras, de la
extensión irreversible del
cam- po de la
razón y del campo
del valor, de
un es- pacio conquistado
y colonizado hasta
lo univer- sal —aunque
se trate de
la violencia de
la revo- lución que
se anticipa a
las fuerzas futuras
de lo social y a
su energía— el esquema
es el mis- mo: el
de una esfera
en expansión, con
fases lentas o violentas,
el de una
energía liberada, el aspecto imaginario de la irradiación.
La
violencia que lo
acompaña nace de un
mundo más vasto:
es la violencia
de la produc- ción. Esta violencia es dialéctica,
energética y catárquica. Es la
que aprendimos a
analizar y que nos
resulta familiar: la
que traza los
cami- nos de lo social y que conduce
a la saturación de todo el campo de lo social. Es una violencia de-
terminada, analítica, liberadora.
Otra
violencia muy distinta
aparece hoy a la
que ya no sabemos
analizar porque escapa
al es- quema tradicional de
la violencia explosiva:
vio- lencia implosiva que
resulta no ya
de la exten- sión
de un sistema,
sino de su
saturación y de su
retracción, como ocurre
con los sistemas
fí- sicos estelares. Violencia correspondiente a una desmesurada densificación de lo social,
al esta- do de
un sistema superregulado, de una
red (de
saber,
de información, de
poder) demasiado es- pesa
y de un control
hipertrófico sobre todo
pa- sadizo intersticial.
Esta
violencia nos resulta
ininteligible por- que toda
nuestra imaginación gira
en torno a la
lógica de los
sistemas en expansión.
Es indes- cifrable porque
es indeterminada. Quizá
ni si- quiera dependa ya del esquema
de la indetermi- nación, pues los
modelos aleatorios que
han re- levado a los modelos de determinación y de causalidad clásico, no
son fundamentalmente di- ferentes. Traducen el paso desde sistemas de ex-
pansión definidos a sistemas de
producción y de expansión azimut —en
estrella o en
rizoma, da igual—, todas
las filosofías de
despliegue de energías, de
irradiación de intensidades y de molecularización del deseo
van en el mismo
sen- tido, el de
saturar hasta lo
intersticial y hasta lo
infinito las redes.
La diferencia entre
lo mo- lar y lo molecular no
consiste más que en una modulación, la
última quizás, en el
proceso ener- gético fundamental
de los sistemas
en expan- sión.
Otra
cuestión es el
paso desde una
fase mi- lenaria de
liberación y de despliegue
de energías a una
fase de implosión,
tras una especie
de máxima irradiación
(revisar los conceptos
de pérdida y despilfarro de
Bataille en este
sentido, y el mito solar de una irradiación inagotable so-
bre
el que funda
su antropología suntuaria:
es el último mito
explosivo y destellante
de nues- tra filosofía, últimos
fuegos de artificio de una economía
general en el
fondo, aunque todo
esto carece ya de
sentido para nosotros),
a una fase de
reversión de lo
social —reversión gigantes- ca de un campo una vez alcanzado
el punto de saturación. Tampoco los
sistemas estelares de- jan de existir una vez disipada su energía de irradiación: implosionan
según un proceso
len- to en principio
que se acelera
progresivamente
—se
contraen a una
velocidad fabulosa y
devie- nen sistemas involutivos que absorben todas las energías circundantes
hasta convertirse en
agu- jeros negros donde
el mundo, en
el sentido en que lo entendemos, como destello y
potencial indefinido de energía, es abolido.
Quizá
las grandes metrópolis
—si esta hipó- tesis
es válida ha de ser,
sin duda, aplicable
a ellas— se han
convertido en focos
de implosión en este
sentido, focos de
absorción y resorción de
lo social mismo cuya
edad de oro,
contempo- ránea del doble
concepto de capital
y de revolu- ción, pertenece
ya al pasado.
Lo social involu- ciona lentamente,
o brutalmente, en
un campo de inercia
que envuelve ya lo político. (¿La ener- gía inversa?)
Hay que guardarse
de tomar la implosión
por un proceso
negativo, inerte, regre- sivo,
tal como nos
impone el lenguaje
al exaltar la terminología
contraria: evolución, revolución,
etcétera. La implosión
es un proceso
específico
de
consecuencias
incalculables. Mayo del 68 fue sin duda el primer episodio implosivo, es
decir, contrariamente a su reescritura en términos de prosopopeya revolucionaria, fue
una primera reacción violenta
contra la saturación
de lo so- cial,
una retracción, un
desafío a la
hegemonía de lo social, en
contradicción con la
ideología de los propios
participantes cuya intención
era ir más lejos
en el terreno
de lo social
—éste es el punto
imaginario que nos
domina siempre. Y de hecho
es posible que
buena parte de
los suce- sos del 68
pertenecieran aún a la dinámica revo-
lucionaria y a la violencia
explosiva, más al mis- mo
tiempo se iniciaba
otra cosa: la
involución violenta de lo
social y la
implosión consecutiva y
súbita del poder,
en un breve
lapso de tiempo, sí,
pero que después
ya no ha
cesado —lo que continúa
en profundidad es
la implosión de lo
social, de las instituciones y del poder, en modo alguno una
dinámica revolucionaria. Al
contra- rio, la revolución misma... la idea de revolución,
implosiona también, y
esta implosión es
de ma- yores consecuencias que la propia revolución.
Ciertamente,
tras el 68 y gracias
a él, lo so- cial,
como el desierto, crece
—participación, ges- tión, autogestión generalizada, etc.—
pero al mismo tiempo
se aproxima por mucho
más pun- tos que
en el 68 al desapego y a la reversión to- tal.
Lento seísmo, inteligible
para la razón
his- tórica.
Algo parecido
está en
juego en
Italia. Algu-
na
cosa (en la
acción de los
estudiantes, de los indios
metropolitanos, de las radios
piratas), que no pertenece
ya al orden de lo universal,
ni, por tanto, al
orden de la
solidaridad clásica (políti- ca), ni al de la difusión por los
mass–media (cu- riosamente, ni éstos
ni la solidaridad internacio- nal «revolucionaria» se
hicieron eco de
lo que ocurrió en
febrero–marzo de 1977),
es preciso, pues, que algo haya
cambiado para que unos mecanismos tan universales cesen de funcionar
(funcionaron aún con
mucha eficacia en
el 68 en Francia),
es preciso que
haya ocurrido algo cuyo
efecto de subversión
se haya producido
de algún modo en sentido inverso, hacia el interior, mediante un
desafío a lo
universal. Subversión de la
universalidad por una
acción de esfera
li- mitada, circunscrita, muy
concentrada, muy den- sa, y
que se agota
en su propia
revolución. Se da, pues, aquí un
proceso absolutamente nuevo.
El funcionamiento de las radios piratas
es tan acorde con lo
anterior, que, más
que focos de difusión,
constituyen múltiples puntos
de implo- sión. Inabarcable
hormigueo puntual, territorio movedizo,
pero territorio de
todos modos, re- fractario al
espacio político homogéneo.
Por eso el sistema
se ve obligado
a silenciarlas, no
por sus contenidos políticos o militantes, sino como localizaciones peligrosas, no
extensibles, no ex- plosivas, no generalizares (extrayendo
su sin- gularidad y su violencia
característica del recha- zo de ser un sistema de expansión).


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