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© Libro No. 467.  Cultura y simulacro. Baudrillard, Jean. Colección E.O. Agosto 17 de 2013.

 

Título original: © Cultura y simulacro. Jean Baudrillard. Traducido por Pedro Rovira

Editorial Kairós, Barcelona, 1978

Ediciones originales:

La precession des simulacres, Traverses, n° 10, fevrier 1978

L’effet Beaubourg, Editions Galilée, 1977

 

Versión Original: © Cultura y simulacro. Jean Baudrillard.

Traducido por Pedro Rovira

Editorial Kairós, Barcelona, 1978

Ediciones originales:

La precession des simulacres, Traverses, n° 10, fevrier 1978

L’effet Beaubourg, Editions Galilée, 1977

 

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Portada E.O.

 © Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

Cultura

y

simulacro

Jean Baudrillard

 

 

 

 

Traducido por Pedro Rovira

Editorial Kairós, Barcelona, 1978

Ediciones originales:

La precession des simulacres, Traverses, n° 10, fevrier 1978

 

L’effet Beaubourg, Editions Galilée, 1977

 

 

 

 

La paginación  se corresponde con la edición impresa

 

 

 

 

 

 

Si      ha     podido        parecemos         la       más bella alegoría  de  la  simulación   aquella  fábula  de  Borges  en que  los  cartógrafos   del  Imperio   trazan   un  mapa tan  detallado  que  llega a  recubrir   con  toda  exac- titud el territorio (aunque  el ocaso del Imperio contempla   el  paulatino    desgarro   de   este   mapa que  acaba  convertido   en  una  ruina   despedazada cuyos   girones    se   esparcen    por    los   desiertos —belleza  metafísica  la  de  esta  abstracción arrui- nada,    donde    fe   del   orgullo   característico   del Imperio  y a la vez pudriéndose como una  carroña, regresando  al   polvo   de   la   tierra,   pues   no   es raro   que  las  imitaciones   lleguen  con  el  tiempo a  confundirse  con  el  original)   pero  ésta  es  una fábula  caduca  para  nosotros  y no guarda  más  que el  encanto   discreto   de  los  simulacros   de  segun- do orden.

 

Hoy  en  día,  la  abstracción  ya  no  es  la  del mapa,  la  del  doble,  la  del  espejo  o  la  del  con- cepto.  La simulación   no  corresponde a  un  terri- torio,   a   una   referencia,   a   una   sustancia,   sino que  es  la  generación   por   los  modelos   de  algo real  sin  origen  ni  realidad:  lo  hiperreal.  El terri- torio  ya  no  precede  al  mapa  ni  le  sobrevive.  En adelante   será   el  mapa   el  que  preceda   al  territorio   —PRECESIÓN DE  LOS SIMULACROS— y el  que  lo  engendre,   y  si  fuera   preciso   retomar la  fábula,   hoy  serían   los  girones   del  territorio los  que  se  pudrirían  lentamente sobre  la  super- ficie  del  mapa.  Son  los  vestigios  de  lo  real,  no los  del  mapa,   los  que  todavía   subsisten   espar- cidos  por  unos  desiertos   que  ya  no  son  los  del Imperio,  sino  nuestro   desierto.  El propio  desier- to de lo real.

 

De hecho, incluso invertida,  la metáfora  es inutilizable.   Lo  único   que   quizá   subsiste   es  el concepto   de  Imperio,   pues   los  actuales   simula- cros, con el mismo imperialismo de aquellos car- tógrafos,   intentan  hacer   coincidir   lo  real,   todo lo  real,  con  sus  modelos  de  simulación.  Pero  no se  trata  ya ni  de  mapa  ni  de  territorio. Ha  cam- biado  algo  más:  se  esfumó  la  diferencia   sobera- na  entre  uno  y otro  que  producía   el  encanto  de la abstracción.  Es la diferencia la que produce simultáneamente  la  poesía   del  mapa   y  el  em- brujo   del  territorio,  la  magia  del  concepto   y  el hechizo de lo real. El aspecto imaginario  de la representación —que  culmina  y a  la  vez se  hun- de  en  el  proyecto   descabellado   de  los  cartógra- fos— de un mapa y un territorio idealmente  su- perpuestos, es barrido  por la simulación  —cuya operación   es  nuclear   y  genética,  en  modo  algu- no especular y discursiva.  La metafísica entera desaparece.  No más espejo del ser y de las apa- riencias, de lo real y de su concepto. No más coincidencia   imaginaria:   la  verdadera   dimensión de  la  simulación   es  la  miniaturización  genética. Lo real es producido  a partir  de células minia- turizadas,   de  matrices  y de  memorias,   de  mode- los de encargo— y a partir  de ahí puede ser re- producido  un  número  indefinido  de veces. No po- see  entidad   racional   al  no  ponerse   a  prueba   en proceso  alguno,  ideal  o  negativo.  Ya no  es  más que  algo operativo  que  ni  siquiera  es real  puesto que  nada  imaginario  lo envuelve. Es un  hiperreal, el  producto   de  una  síntesis  irradiante  de  mode- los  combinatorios en  un  hiperespacio sin  atmós- fera.

 

En este  paso  a  un  espacio  cuya  curvatura  ya no  es  la de  lo real,  ni  la de  la verdad,  la era  de la  simulación   se  abre,   pues,  con  la  liquidación de todos los referentes —peor aún: con su re- surrección  artificial  en los sistemas  de signos, material  más  dúctil  que  el  sentido,  en  tanto  que se  ofrece  a  todos  los  sistemas   de  equivalencias, a  todas  las  oposiciones   binarias,   a  toda  el  álge- bra   combinatoria.  No  se  trata   ya  de  imitación ni   de   reiteración,    incluso   ni   de   parodia,   sino de  una  suplantación de  lo real  por  los  signos  de lo  real,  es  decir,  de  una  operación   de  disuasión de  todo  proceso  real  por  su  doble  operativo,  má- quina de índole reproductiva, programática, im- pecable,  que  ofrece  todos  los  signos  de  lo real  y, en   cortocircuito,  todas   sus   peripecias.   Lo  real no  tendrá  nunca  más  ocasión  de producirse  —tal es  la  función  vital  del  modelo  en  un  sistema  de muerte,  o,  mejor,  de  resurrección anticipada   que no   concede   posibilidad   alguna   ni   al  fenómeno mismo   de  la  muerte.   Hiperreal   en   adelante   al abrigo  de  lo imaginario,  y de  toda  distinción  en- tre  lo  real  y lo  imaginario,   no  dando  lugar  más que a la recurrencia orbital de modelos y a la generación simulada de diferencias.

 

Disimular es fingir no tener lo que se tiene. Simular  es fingir  tener  lo que no se tiene.  Lo uno remite  a  una  presencia,   lo  otro  a  una  ausencia. Pero  la  cuestión  es  más  complicada,  puesto  que simular no es fingir: «Aquel que finge una enfer- medad   puede   sencillamente   meterse   en  cama  y hacer  creer  que  está  enfermo.  Aquel  que  simula una   enfermedad    aparenta  tener   algunos   sínto- mas  de  ella» (Littré).  Así, pues,  fingir,  o  disimu- lar,  dejan   intacto   el  principio   de  realidad:   hay una  diferencia   clara,  sólo  que  enmascarada.  Por su parte  la simulación  vuelve a cuestionar  la diferencia   de  lo  «verdadero»   y  de  lo  «falso»,  de lo  «real»  y  de  lo  «imaginario».   El  que  simula,

¿está  o  no  está  enfermo   contando   con  que  os- tenta     «verdaderos»     síntomas?    Objetivamente, no se le puede tratar  ni como enfermo ni como no–enfermo.   La  psicología  y  la  medicina   se  de- tienen ahí, frente a una verdad de la enfermedad inencontrable en lo sucesivo.

 

 

Pues          si       cualquier   síntoma     puede        ser    «producido»  y no  se  recibe  ya  como  un  hecho  natural, toda   enfermedad    puede   considerarse   simulable y simulada  y la medicina  pierde  entonces  su  sen- tido  al no  saber  tratar  mas  que  las enfermedades

«verdaderas» según sus causas objetivas. La psicosomática    evoluciona   de   manera   turbia   en los   confines   del   principio    de   enfermedad.    En cuanto   al  psicoanálisis,   remite   el  síntoma   desde el orden  orgánico  al  orden  inconsciente:   una  vez más   éste   es  considerado  más   «verdadero»   que el  otro.   Pero,  ¿por  qué   habría   de  detenerse   el simulacro   en  las  puertas   del  inconsciente?   ¿Por qué  el  «trabajo»  del  inconsciente   no  podría   ser

«producido»  de  la  misma  manera  que  no  impor- ta  qué  síntoma  de la medicina  clásica? Así lo son ya los sueños.

 

Claro          está, el      médico       alienista     pretende    que «existe  para  cada  forma  de  alienación  mental  un orden  particular en  la  sucesión  de  síntomas   que el  simulador   ignora   y  cuya  ausencia   no  puede engañar   al  médico   alienista».   Lo  anterior  (que data  de  1865), para  salvar  a  toda  costa  un  prin- cipio  de  verdad  y  escapar  así  a  la  problemática que  la  simulación   plantea  —a  saber:  que  la  verdad,  la  referencia,   la  causa  objetiva,  han  dejado de existir definitivamente. ¿Qué puede  hacer la medicina con lo que fluctúa en los límites de la enfermedad   o  de  la  salud,  con  la  reproducción de  la  enfermedad   en  el seno  de  un  discurso  que ya  no  es  verdadero   ni  falso?  ¿Qué puede   hacer el psicoanálisis  con la repetición  del discurso del inconsciente   dentro   de  un   discurso   de  simula- ción  que  jamás  podrá  ser  desenmascarado al  ha- ber dejado de ser falso?

 

¿Qué puede  hacer el ejército  con los simula- dores?    Tradicionalmente,   los    desenmascara   y los  castiga  en  base  a  patrones fijos,  y  preclaros, de  detección.   Hoy  por   hoy,  puede   reformar   al mejor  de  los  simuladores como  si  de  un  homo- sexual,  un   cardíaco   o  un   loco  «verdaderos»   se tratara.    Incluso   la   psicología   militar    retrocede ante  las  claridades   cartesianas y  se  resiste  a  lle- var  a  cabo  la  distinción   entre  lo  verdadero   y  lo falso, entre el síntoma  «producido» y el síntoma auténtico:   «Si  interpreta  tan   bien   el  papel   de loco  es  que  lo  está.»  Y no  se  equivoca:  en  este sentido,  todos  los  locos  simulan,  y esta  indistin- ción constituye la peor de las subversiones. Pre- cisamente    contra   ella   se   ha   armado    la   razón clásica con todas sus categorías, pero las ha des- bordado  y el principio  de  verdad  ha  quedado  de nuevo cubierto por las aguas.

 

Más  allá  de  la  medicina  y del  ejército,  cam- pos  predilectos   de  la  simulación,  el asunto  remi- te  a  la  religión   y  al  simulacro   de  la  divinidad:

 

«Prohibí   que   hubiera   imágenes   en   los  templos porque   la  divinidad   que  anima  la  naturaleza   no puede   ser  representada.»  Precisamente     puede serlo,  pero  ¿qué  va  a  ser  de  ella  si  se  la  divul- ga  en  iconos,   si  se  la  disgrega   en  simulacros?

¿Continuará    siendo    la   instancia    suprema    que sólo  se  encarna   en  las  imágenes  como  represen- tación  de  una  teología  visible? ¿O se  volatilizará quizá  en  los  simulacros,  los  cuales,  por  su  cuen- ta,  despliegan   su  fasto   y  su  poder   de  fascina- ción,  sustituyendo  el  aparato   visible  de  los  ico- nos  a  la  Idea  pura   e  inteligible  de  Dios? Justa- mente   es  esto  lo  que  atemorizaba  a  los  icono- clastas,   cuya   querella   milenaria    es   todavía   la nuestra  de hoy.1  Debido  en gran  parte  a que  pre- sentían la todopoderosidad de los simulacros, la facultad  que  poseen  de  borrar   a  Dios  de  la  con- ciencia de los hombres; la verdad que permiten entrever,  destructora y anonadante, de  que  en  el fondo  Dios no  ha  sido  nunca,  que  sólo  ha  existi- do su simulacro, en definitiva, que el mismo Dios nunca   ha  sido  otra  cosa  que  su  propio   simula- cro,  ahí  estaba   el  germen   de  su  furia   destruc- tora  de  imágenes.  Si hubieran  podido  creer  que éstas  no  hacían  otra  cosa  que  ocultar  o  enmas- carar  la  Idea  platónica  de  Dios, no  hubiera  exis- tido  motivo  para   destruirlas,  pues  se  puede   vi- vir de la idea de una verdad modificada, pero su desesperación   metafísica   nacía   de   la   sospecha de  que  las  imágenes  no  ocultaban   absolutamente nada,  en suma,  que no eran  en modo  alguno  imá- genes,  sino   simulacros   perfectos,   de  una   fasci- nación    intrínseca     eternamente   deslumbradora. Por  eso  era  necesario   a  toda  costa  exorcisar   la muerte del referente divino.

 

 

 

1.      Cf.    «Icônes,     Visiones,  Simulacres»  de Mario  Bergnola.

 

 

Está  claro,  pues,  que  los  iconoclastas,   a  los que se ha acusado de despreciar  y de negar las imágenes,   eran   quienes   les   atribuían  su   valor exacto, al contrario de los iconólatras que, no percibiendo   más   que   sus   reflejos,   se  contenta- ban  con  venerar  un  Dios  esculpido.  Inversamen- te,   también    puede   decirse   que   los   iconólatras fueron los espíritus más modernos,  los más aven- tureros,  ya  que  tras  la  fe en  un  Dios  posado  en el  espejo  de  las  imágenes,   estaban   representan- do  la  muerte   de  este  Dios  y  su  desaparición  en la  epifanía   de  sus  representaciones  (no   ignora- ban  quizá  que  éstas  ya  no  representaban  nada, que   eran   puro   juego,   aunque   juego   peligroso, pues  es  muy  arriesgado   desenmascarar unas imágenes   que   disimulan   el  vacío  que   hay  tras ellas).

 

Así lo  hicieron  los  jesuitas  al  fundar   su  po- lítica sobre la desaparición virtual de Dios y la manipulación mundana y espectacular  de las conciencias   —desaparición  de  Dios  en  la  epifa- nía  del  poder—,  fin  de  la  trascendencia  sirvien- do  ya  sólo  como   coartada   para   una   estrategia liberada   de  signos  y  de  influencias.   Tras  el  ba- rroco   de   las   imágenes   se   oculta   la   eminencia gris de la política.

 

Así  pues,  lo  que  ha  estado   en  juego  desde siempre   ha  sido  el  poder  mortífero   de  las  imá- genes,  asesinas   de  lo  real,  asesinas   de  su  pro- pio modelo, del mismo modo que los iconos de Bizancio   podían    serlo   de   la   identidad    divina. A este poder exterminador se opone el de las representaciones  como   poder   dialéctico,   media- ción  visible  e  inteligible   de  lo  Real.  Toda  la  fe y la  buena  fe occidentales   se  han  comprometido en   esta   apuesta   de   la   representación:  que   un signo  pueda  remitir  a la profundidad del sentido, que un signo pueda cambiarse  por sentido y que cualquier  cosa  sirva  como  garantía   de  este  cam- bio  —Dios,  claro   está.   Pero   ¿y  si  Dios  mismo puede  ser  simulado,  es  decir  reducido   a  los  sig- nos  que  dan  fe  de  él? Entonces,  todo  el  sistema queda flotando convertido  en un gigantesco si- mulacro   —no  en  algo  irreal,  sino  en  simulacro, es  decir,  no  pudiendo   trocarse   por  lo  real  pero dándose  a cambio  de sí mismo  dentro  de un  cir- cuito  ininterrumpido donde  la referencia  no  exis- te.

 

Al contrario que  la utopía,  la simulación  par- te  del  principio   de  equivalencia,   de  la  negación radical   del   signo   como   valor,   parte   del   signo como   reversión   y  eliminación   de  toda   referen- cia.  Mientras   que  la  representación  intenta   ab- sorber la simulación  interpretándola como falsa representación,  la   simulación    envuelve   todo   el edificio   de     la representación tomándolo         como simulacro.

 

Las   fases          sucesivas de     la      imagen       serían        éstas:

 

— es el reflejo de una realidad profunda

 

— enmascara   y  desnaturaliza  una   realidad profunda

 

— enmascara    la   ausencia   de   realidad   pro- funda

 

— no tiene nada que ver con ningún  tipo de realidad,     es  ya  su  propio   y  puro  simula- cro.

 

En     el      primer        caso,          la      imagen       es     una   buena apariencia   y  la  representación  pertenece   al  or- den del sacramento.  En el segundo, es una mala apariencia   y  es  del  orden   de  lo  maléfico.  En  el tercero,   juega  a  ser  una   apariencia   y  pertenece al  orden   del  sortilegio.  En  el  cuarto,   ya  no  co- rresponde  al  orden   de  la  apariencia,   sino  al  de la simulación.

 

El  momento   crucial   se  da  en  la  transición desde   unos   signos   que   disimulan   algo  a  unos signos  que  disimulan   que  no  hay  nada.  Los pri- meros  remiten  a  una  teología  de  la verdad  y del secreto  (de  la cual  forma  parte  aún  la ideología). Los segundos  inauguran la  era  de  los  simulacros y de  la  simulación  en  la  que  ya no  hay  un  Dios que  reconozca   a  los  suyos,  ni  Juicio  Final  que separe  lo falso  de  lo verdadero,  lo real  de  su  resurrección         artificial,     pues todo ha          muerto       y       ha resucitado  de antemano.

 

Cuando  lo  real  ya  no  es  lo  que  era,  la  nos- talgia  cobra  todo  su  sentido.  Pujanza  de  los  mi- tos  del origen  y de  los signos  de  realidad.  Pujan- za de la verdad, la objetividad  y la autenticidad segundas.   Escalada  de  lo  verdadero,   de  lo  vivi- do, resurrección de lo figurativo  allí donde  el ob- jeto y la sustancia  han desaparecido.  Producción enloquecida   de  lo  real  y  lo  referencial,   paralela y superior  al enloquecimiento de la producción material:   así   aparece   la  simulación   en   la  fase que  nos   concierne   —una   estrategia   de  lo  real, de  neo–real  y de  hiperreal,  doblando  por  doquier una estrategia de disuasión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La etnología  rozó la muerte  un día de 1971 en que  el  gobierno  de  Filipinas  decidió  dejar  en  su medio  natural,   fuera  del  alcance  de  los  colonos, los  turistas   y  los  etnólogos,   las  pocas   docenas de  Tasaday  recién   descubiertos   en  lo  más  pro- fundo  de  la  jungla  donde  habían  vivido  durante ocho  siglos  sin  contacto   con  ningún  otro  miem- bro  de  la  especie.  La  iniciativa  de  esta  decisión partió   de  los  mismos   antropólogos  que  veían  a los Tasaday descomponerse rápidamente en su presencia,   como   una   momia   al  aire  libre.  Para que  la  etnología  viva  es  necesario  que  muera  su objeto.  Éste,  por  decirlo  de  algún  modo,  se  ven- ga  muriendo  de  haber   sido  «descubierto»   y  su muerte  es  un  desafío  para  la  ciencia  que  preten- de aprehenderlo (¿acaso no ocurre así con toda ciencia,  incluso  con  las  no  humanas?).  Ésta  que- da  instalada   sobre  una  estrecha   franja,  sobre  la cornisa   paradójica   a  que   la  somete   la  evanes- cencia  de  su  objeto   en  su  aprehensión  misma, y  la  reversión   implacable   que  ejerce  sobre   ella este   objeto   muerto.   Como  Orfeo,  la  ciencia   se vuelve  siempre   demasiado   pronto   hacia   su  ob- jeto,  y,  como  Eurídice,  éste  regresa  a  los  infiernos.

 

Es contra  este  infierno  de  la  paradoja   contra  lo  que  los  etnólogos  quisieron  prevenirse  cerran- do  el  cinturón   de  seguridad   de  la  selva  virgen en torno  a los Tasaday.  Nadie podrá  rozar  siquie- ra  su  mundo:  el  yacimiento  se  clausura  como  si fuera   una   mina   agotada.   La  ciencia  pierde   con ello  un  capital  precioso,  pero  el  objeto  queda  a salvo, perdido para ella, pero intacto en su «vir- ginidad».  No  se  trata   de  un  sacrificio  (la  cien- cia nunca se sacrifica, siempre ha preferido el homicidio),  sino  de  un  sacrificio  simulado  de  su objeto  a  fin  de  preservar   su  principio   de  reali- dad.  El Tasaday  congelado  en  su  medio  ambien- te  natural   va  a  servirle  de  coartada   perfecta,  de fianza eterna.  Se inicia a sí una «anti–etnología» interminable  de  la  que,  bajo   otro   prisma,   dan variado testimonio  Jaulin y Castaneda. De todos modos,  la  evolución  lógica  de  la  ciencia  consis- te  en  alejarse  cada  vez  más  de  su  objeto  hasta llegar  a  prescindir  de  él:  tal  autonomía  es  una fantasía   más   y  afecta   en   realidad   a  su   forma pura.

 

El Indio  así recluido  en el ghetto,  en el ataúd de  cristal   de  la  selva  virgen,  se  reconvierte   en el modelo  de  simulación   de  todos  los  indios  po- sibles  de  antes  de  la  etnología.  Ésta  se  permite de   este   modo   el  lujo,   y  la  ilusión,   de   encar- narse  en  una  especie  de  más  allá  de  ella  misma, en  la  realidad   «bruta»  de  estos  indios  completa- mente   reinventados  por   ella   —salvajes   que   le deben  a  la  etnología;  él  seguir  siéndolo.  No  está mal  el giro  y no  es  pequeño  el triunfo  para  una  ciencia que parecía consagrada  a destruirlos.

 

Naturalmente,  estos   salvajes   son   ya  póstu- mos:   congelados,   esterilizados,   protegidos   «has- ta la muerte», se han convertido en simulacros referenciales y la ciencia misma ha devenido simulación  pura.  Lo mismo  se ha  hecho  en  Creu- sot   museificando   sobre   el  terreno,   como   testi- monio   «histórico»   de  su  época,  barrios   obreros enteros, zonas metalúrgicas  vivas, una cultura completa,   hombres   mujeres   y  niños   comprendi- dos,  con  su  lenguaje  y  sus  costumbres,   fosiliza- dos  en  vida  en  una  prisión   a  la  vista  de  todos. El  museo,   en  vez  de  quedar   circunscrito  a  un reducto   geométrico,   aparece   ya  por   todas   par- tes, como una dimensión  más de la vida. Así, la etnología,   en  vez  de  circunscribirse  a  su  papel de  ciencia  objetiva,  va  en  adelante  a  generalizar- se,  liberada   de  su  objeto,  a  todas   las  cosas  vi- vas  y  va  también   a  hacerse  invisible,  como  una cuarta dimensión  omnipresente, la dimensión  del simulacro.    Todos   nosotros    somos   ya   Tasaday, indios   reconvertidos  en   lo   que   eran,   es   decir en lo que la etnología los ha convertido, indios– simulacro que proclaman  en definitiva la verdad universal de la etnología.

 

Todos  nosotros  somos  pasados  vivientes  bajo la luz  espectral  de  la etnología,  o de  la antietno- logía, que  no  es más  que  la forma  pura  de  la et- nología triunfal, bajo el signo de las diferencias muertas   y  de  la  resurrección  de  las  diferencias.

 

Es pues  de  una  inocencia  mayúscula  el ir  a  bus- car  la  etnología  entre  los  salvajes  o  en  un  Ter- cer  Mundo   cualquiera,   porque   la  etnología   está aquí,   en  todas   partes,   en  las  metrópolis,   entre los  blancos,  en  un  mundo   completamente recen- sado,  analizado   y  luego  resucitado   artificialmen- te disfrazándolo de realidad, en un mundo  de la simulación,  de alucinación  de la verdad,  de chan- taje  a lo real,  de  asesinato  de  toda  forma  simbó- lica  y  de  su  retrospección  histérica   e  histórica; muerte   de   la  que   los  salvajes,   nobleza   obliga, han   pagado   los   primeros    la   cuenta,   pero   que hace  mucho  tiempo  que  se  ha  extendido  a  todas las sociedades occidentales.

 

Pero  al mismo  tiempo,  la etnología  nos  brin- da  su  única  y  última   lección,  el  secreto  que  la mata   (y  que  los  salvajes  conocen   mucho   mejor que ella), la venganza del muerto.

 

La  clausura   del  objeto  científico  es  idéntica a la de  los  locos  y a la de  los  muertos.  De igual modo   que  la  sociedad   entera   está  irremediable- mente   contaminada  por   el  espejo   de  la  locura que  ella  misma   ha  colocado   ante   sí,  la  ciencia no   pueda   más   que   morir   contaminada  por   la muerte de un objeto que es su espejo invertido. Aparentemente es  ella  quien  lo  domina,  pero  de hecho él la inviste en profundidad, según una re- versión   consciente,   no  dando   más  que  respues- tas  muertas   y  circulares   a  una  pregunta   muerta y circular.

 

Nada          cambia       cuando      la      sociedad    rompe        el espejo   de  la  locura   (abole   los  asilos,   devuelve la  palabra   a  los  locos,  etc.),  ni  cuando   la  cien- cia  parece   romper   el  espejo   de  su   objetividad (abolirse frente a su objeto como en Castaneda, etcétera)    e   inclinarse    ante    las   «diferencias». A la modalidad  del encierro  sucede la de un dis- positivo   innombrable,  pero   nada   ha   cambiado. A medida  que  la  etnología  se  hunde  en  su  insti- tución  clásica,  se  sobrevive  en  una  antietnología cuya  tarea  es  la  de  volver  a  inyectar  diferencia- ficción   entre   los   salvajes,   o   salvaje–ficción   en todos   los  intersticios,   para   ocultar   que   es  este mundo,   el  nuestro,   el  que  vuelve  a  ser  salvaje a  su  manera,  es  decir,  devastado   por  la  diferen- cia y por la muerte.

 

Del mismo  modo,  siempre  bajo el pretexto  de salvar  el original,  se ha  prohibido visitar  las gru- tas  de  Lascaux, pero  se  ha  construido una  répli- ca  exacta  a  500 metros  del  lugar  para  que  todos puedan   verlas  (se  echa  un  vistazo  por  la  mirilla a la gruta auténtica  y después se visita la repro- ducción).    Es   posible   que   incluso   el   recuerdo mismo  de  las  grutas  originales  se difumine  en  el espíritu    de   las   generaciones    futuras,    pero   no existe ya desde ahora diferencia alguna, el des- doblamiento  basta  para  reducir   a  ambas  al  ám- bito de lo artificial.

 

La ciencia y la técnica  se han  movilizado  tam- bién   recientemente   para    salvar   la   momia    de Ramsés  II  tras   haberla   dejado   pudrirse   durante varias  décadas  en  el  fondo  de  un  museo.  El pánico  invade  de  pronto   a  occidente   ante  la  idea de no  poder  salvar  lo que  el orden  simbólico  ha- bía   sabido    conservar    durante    cuarenta    siglos, aunque  lejos  de  las  miradas   y de  la  luz.  Ramsés no  significa  nada   para   nosotros,   sólo  la  momia tiene un valor incalculable puesto que es la que garantiza  que la acumulación tiene sentido. Toda nuestra   cultura   lineal  y  acumulativa   se  derrum- baría   si   no   fuéramos   capaces   de   preservar   la

«mercancía»  del  pasado  al  sacarla  a  la  luz.  Para esto   es  preciso   extraer   a   los   faraones   de   sus tumbas  y a las momias de su silencio: hay que exhumarlos   y  rendirles   honores   militares.   Estos viejos  cadáveres   son   el  blanco   de  la  ciencia   y de  los  gusanos   al  mismo  tiempo.  Sólo  el  secre- to  absoluto   les  garantizaba  su  poder   milenario

—dominio  de la podredumbre que significaba el dominio   del  ciclo  total   de  intercambios  con  la muerte.    Nosotros   sólo   sabemos   poner   nuestra ciencia  al  servicio  de  la  restauración  de  la  mo- mia,  es  decir,  sólo  sabemos   restaurar  un  orden visible,  mientras   que  el  embalsamiento suponía un trabajo  mítico  orientado a inmortalizar una dimensión  oculta.

 

Precisamos un pasado visible, un continuum visible, un mito visible de los orígenes que nos tranquilice   acerca  de  nuestros   fines,  pues  en  el fondo   nunca   hemos   creído   en  ellos.  De  ahí  la histórica   escena   de   la  recepción   de   la  momia en  el  aeropuerto de  Orly, ¿acaso  porque   Ramsés fue  una  gran  figura  despótica  y militar?  

Posiblemente, pero sobre todo porque nuestra cultura sueña,  tras   este  poder   difunto   que  intenta   ane- xionar,  en un  orden  que no haya tenido  nada  que ver  con  ella,  y  sueña  en  él  porque   lo  ha  exter- minado al exhumarlo, igual que su propio pasado.

 

Estamos   fascinados    por   Ramsés   igual   que los  cristianos   del  Renacimiento   lo  estaban   por los   indios   de   América,   aquellos   seres   (¿huma- nos?)  que  nunca  habían  oído  la  palabra  de  Cris- to.  Hubo  también,   en  los  inicios  de  la  coloniza- ción,  un  momento  de  estupor  y deslumbramiento ante  la  posibilidad   de  escapar  a  la  ley  universal del  Evangelio.  Una  de  dos:  o se admitía  que  esta ley  no  era  universal,  o  se  exterminaba a  los  in- dios para borrar  las pruebas. En general, se con- tentaron con convertirlos  o simplemente con descubrirlos, lo que bastaba para exterminarlos lentamente.

 

De este modo, habrá bastado  con exhumar  a Ramsés para exterminarlo museificándolo.  Las momias  no  son  consumidas por  los gusanos  sino que  perecen  al  trasladarlas  desde  el  ritmo   lento de  lo  simbólico,  dueño  de  la  podredumbre y  de la muerte,  al orden  de  la historia,  la ciencia  y el museo,  el nuestro,  que  nada  domina  ya, que  sólo sabe  volcar  a  lo que  lo ha  precedido  a  la podre- dumbre   y  a  la  muerte   para   tratar   acto  seguido de resucitarlo  mediante la ciencia. Violencia irre- parable   hacia   todos   los   secretos,   violencia   de una civilización sin secreto, odio de toda una civilización contra sus propias bases.

 

Igual que la etnología jugando a desligarse de  su  objeto  para   reafirmarse  mejor  en  su  for- ma  pura,  la  desmuseificación   es  una  vuelta  más en  la espiral  de  la artificialidad.  Ejemplo  de  ello, el claustro de Sant Miquel de Cuixà que va a ser repatriado,  con  grandes   gastos,  desde  los  Cloys- ters  de  New  York  para   reinstalarlo  en  su  lugar de  origen...  Y todo  el  mundo   aplaude  esta  resti- tución (como en la «operación experimental de reconquista  de  las  aceras»   de  los  Campos   Elí- seos). Así, si la exportación  de los capiteles fue, efectivamente,   un   acto   arbitrario,  si,  en  efecto, los  Cloysters  de  New York  son  un  mosaico  arti- ficial  de  todas   las  culturas   (según   la  lógica  de la centralización capitalista  del valor), la reim- portación a los lugares de origen es aún más ar- tificial:  constituye   el  simulacro   total   que   recu- pera la «realidad» mediante una circunvolución completa.

 

Vista la cosa en profundidad, sería  mejor  que el  claustro   permaneciera  en  New York,  aquél  es su  lugar,  en  un  ambiente   simulado,  una  especie de  Disneylandia  de  la  escultura  y de  la  arquitec- tura  que  por  lo menos  no  engaña  a nadie.  Repa- triarlo   no  es  más  que  un  subterfugio   suplemen- tario   para   poder   actuar   como   si  nada   hubiera ocurrido   y  gozar  de  la  alucinación   retrospectiva. Una mistificación  más honda todavía.

 

Los  americanos   se  vanaglorian   de  haber  he- cho  posible  que  la  población   india  vuelva  a  ser la  misma   que   antes   de  la  conquista.   Como  si

 

nada  hubiera   sucedido.  Se borra  todo  y se  vuel- ve a  empezar.  La restitución del  original  difumi- na   la  exterminación.  Incluso   llegan  a  presumir de  mejoras,   de  sobrepasar  la  cifra  original.   He aquí  la  prueba   de  la  superioridad de  la  civiliza- ción:  llegará  a  producir  más  indios   de  los  que éstos mismos eran capaces de producir. Por una siniestra  irrisión,  tal  superproducción es una  for- ma   más   de  exterminio:   la  cultura   india,   como toda  cultura  tribal,  se  apoya  en  la  limitación  del grupo y en el rechazo de todo crecimiento  demo- gráfico  «libre»,  como   puede   apreciarse   en  Ishi. Se da,  pues,  ahí,  en  la  promoción «libre»  de  los indios   por  parte   de  los  americanos,   un  contra- sentido total, un paso más en la exterminación simbólica.

 

De    este modo,         por    todas          partes         vivimos      en un          universo             extrañamente     parecido              al       original

—las cosas aparecen dobladas por su propia es- cenificación,   pero   este  doblaje   no  significa   una muerte inminente pues las cosas están en él ya expurgadas   de  su  muerte,   mejor  aún,  más  son- rientes,  más  auténticas  bajo  la luz  de  su  modelo, como los rostros de las funerarias.

 

Disneylandia  con  las dimensiones   de  todo  un universo.

 

 

 

 

 

 

 

Disenylandia  es un  modelo  perfecto  de  todos los órdenes  de simulacros  entremezclados.  En principio   es  un  juego  de  ilusiones   y  de  fantas- mas:  los  Piratas,   la  Frontera,   el  Mundo   Futuro, etcétera.   Suele  creerse   que   este   mundo   imagi- nario  es  la  causa  del  éxito  de  Disneylandia,  pero lo  que  atrae  a  las  multitudes es,  sin  duda  y so- bre  todo,  el  microcosmos   social,  el  goce  religio- so, en miniatura, de la América real, la perfecta escenificación de los propios  placeres y contra- riedades.   Uno   aparca   fuera,   hace   cola   estando dentro   y  es  completamente abandonado  al  salir. La única  fantasmagoría  en  este  mundo   imagina- rio proviene de la ternura y calor que las masas emanan   y del  excesivo  número   de  gadgets  aptos para   mantener  el  efecto  multitudinario.  El  con- traste  con  la  soledad  absoluta   del  parking  —au- téntico    campo    de    concentración—,   es   total. O, mejor: dentro,  todo un abanico  de gadgets magnetiza a la multitud canalizándola  en flujos dirigidos;   fuera,   la   soledad,   dirigida   hacia   un solo   gadget,   el  «verdadero»,   el  automóvil.   Por una  extraña  coincidencia   (aunque   sin  duda  tiene que  ver con  el embrujo  propio  de semejante  uni- verso),   este   mundo    infantil    congelado    resulta haber  sido  concebido  y realizado  por  un  hombre hoy  congelado   también:   Walt  Disney,  quien   es- pera su resurrección arropado por 180 grados centígrados.

 

Por  doquier,  pues,  en  Disneylandia,  se dibuja el perfil objetivo de América, incluso en la mor- fología  de  los individuos  y de  la multitud.   Todos los  valores  son  allí  exaltados  por  la  miniatura y el  dibujo  animado.   Embalsamados  y  pacificados. De  ahí  la  posibilidad   (L. Marín  lo  ha  llevado  a cabo excelentemente en «Utópiques, Jeux d’Es- paces»)  de  un  análisis   ideológico   de  Disneylan- dia:  núcleo  del  «american  way of  life», penegíri- co de los valores americanos,  etc., trasposición idealizada,  en  fin,  de  una  realidad  contradictoria. Pero   todo   esto   oculta   otra   cosa   y   tal   trama

«ideológica»   no   sirve   más   que   como   tapadera de  una  simulación   de  tercer  orden:  Disneylandia existe  para   ocultar   que  es  el  país   «real»,  toda la   América   «real»,  una   Disneylandia   (al   modo como  las  prisiones   existen   para   ocultar   que  es todo  lo social, en  su  banal  omnipresencia, lo que es carcelario). Disneylandia es presentada como imaginaria   con  la finalidad  de  hacer  creer  que  el resto es real, mientras  que cuanto la rodea, Los Ángeles, América entera, no es ya real, sino perteneciente al orden de lo hiperreal  y de la simulación.   No  se   trata   de   una   interpretación falsa  de  la  realidad   (la  ideología),  sino  de  ocul- tar  que la realidad  ya no es la realidad  y, por  tan- to, de salvar el principio de realidad.

 

Lo imaginario   de  Disneylandia  no  es  ni  ver- dadero   ni  falso,  es  un  mecanismo   de  disuasión puesto en funcionamiento para regenerar  a con- trapelo la ficción de lo real. Degeneración de lo imaginario  que traduce  su irrealidad infantil. Se- mejante   mundo   se  pretende   infantil   para   hacer creer  que  los  adultos  están  más  allá,  en  el mun- do «real», y para esconder que el verdadero  in- fantilismo  está  en  todas  partes  y es  el  infantilis- mo  de  los  adultos  que  viene  a  jugar  a  ser  niños para convertir en ilusión su infantilismo  real.

 

Además, Disneylandia no es un caso único. Enchanted   Village,  Magic  Mountain,  Marine World...   Los  Angeles  está   rodeada   de   esta   es- pecie   de   centrales    imaginarias    que   alimentan con una  energía  propia  de lo real una  ciudad  cuyo misterio   consiste   precisamente  en   no   ser   más que  un  canal  de circulación  incesante,  irreal.  Ciu- dad de extensión fabulosa, pero sin espacio, sin dimensión.    Tanto   como   de   centrales   eléctricas y atómicas,  tanto  como  de  estudios  de  cine,  esta ciudad,  que  no  es  más  que  un  inmenso   escena- rio  y  un  travelling  perpetuo,   tiene  necesidad  del viejo  recurso   imaginario   hecho  de  signos  infan- tiles y de espejismos trucados.

 

Disneylandia  muestra  que  lo real  y lo imagi- nario  perecen  de  la  misma  muerte.  A una  reali- dad diáfana responde una imaginación exangüe.

 

Pero hubo  un  tiempo  de poder  para  lo imagi- nario  de igual  modo  que  hubo  una  fase de poder de  lo  real,  aunque   ambas  se  hayan  cumplido   ya hoy en día. Los juegos de la ilusión tuvieron  su momento   triunfal   desde   el  Renacimiento   hasta la Revolución,  en  el teatro,  el Barroco,  la pintura y  las   peripecias   «menores»   del   engaño   visual. Éste presenta  en  dos  dimensiones   lo que  en  rea- lidad  tiene  tres:  el  universo   «real»,  pero  de  re- pente  da  un  salto  hasta  la cuarta,  la que  precisa- mente  le falta  al espacio  realista  del  Renacimien- to. Nunca  se vio con  mayor  claridad  que  se trata de seccionar lo real para abrirse a lo imaginario. Escamotear   una  verdad  tras  otra,  un  hecho  tras otro,  una  palabra  tras  otra,  escamotear   lo  real  a lo  real,  tal  es  la  potestad   de  la  seducción.  Si el poder   tiene   tres   dimensiones,  la   seducción   se inicia con una dimensión  de menos. Esto es jus- tamente   lo  que  nos  revela  el  «studiolo»  del  Pa- lazzo Ducale de Urbino.

 

Minúsculo  santuario engañoso   en  el  corazón del  inmenso  espacio  del  palacio.  Todo  el  palacio es  el  triunfo   de  una  sabia  perspectiva   arquitec- tónica,  de  un  espacio  desplegado  de  acuerdo  con las  reglas.  El  «studiolo»  es  un  microcosmos   in- verso:  separado   del  resto  del  palacio,  sin  venta- nas,   sin   espacio   propiamente  dicho,   el  espacio está  en  él  perpetrado  por  simulación.   Si todo  el palacio constituye  el acto arquitectónico por ex- celencia,  el  discurso   manifiesto   del  arte   (y  del poder),  ¿qué  pasa  con  la  ínfima  célula  del  «stu- diolo»  que,  como  una  especie  de  otro  lugar  sa- grado,   flanquea   la  capilla   desprendiendo  cierto tufillo  a  sacrilegio  y  alquimia?  Lo que  se  baraja ahí  con  el  espacio  y, por  tanto,  con  todo  el  sis- tema  de  representaciones  que  ordena   el  palacio y la república, no está muy claro.

 

Se trata  de  un  espacio  privadísimo,   es  patri- monio  del príncipe  como  el incesto  y la transgre- sión  fueron  monopolio   de  los  reyes.  Tiene  lugar aquí un cambio total de las reglas del juego que conduce  a  suponer   que  todo  el  espacio  exterior, el del  palacio  y, más  allá, el de  la ciudad,  que  el espacio   mismo   del   poder,   el   espacio   político, puede   que  no  sea  más  que  un  efecto  de  pers- pectiva.  Un  secreto   tan  peligroso,   una   hipótesis tan  radical,  el  príncipe   se  preocupa   de  guardar- los  para  él,  sólo  para    y  en  la  intimidad  más rigurosa:   quizás   reside   ahí  justamente  el  secre- to  de  su  poder.  Después  de  Maquiavelo  los  polí- ticos  quizás  han  sabido  siempre  que  el  dominio de  un  espacio  simulado   está  en  la  base  del  po- der,  que  la  política  no  es  una  función,  un  terri- torio  o un  espacio  real,  sino  un  modelo  de simu- lación  cuyos  actos  manifiestos   no  son  más  que el  efecto  realizado.  Es este  punto  ciego  del  pala- cio,  este  lugar  cercenado  de  la  arquitectura y de la  vida  pública,  el  que,  en  cierto  modo,  rige  el conjunto,   no   según   una   determinación  directa, sino por una especie de inversión metafísica, de transgresión interna,  de revolución  de la regla operada   en  secreto  como  en  los  rituales   primi- tivos,  de agujero  en  la realidad  —simulacro  ocul- to  en  el  corazón   de  la  realidad   y  del  que  ésta depende en toda su operación.

 

Ocurre       igual con   el      «studiolo» de     Montefeltre: es el secreto inverso (¿perverso?) de la no existencia  en  el  fondo  de  la  realidad,  secreto  de la   siempre    posible    reversibilidad   del   espacio

«real»  en  lo  profundo,   incluido   el  espacio  polí- tico  —secreto  que  rige  lo  político,  y que  se  per- dió  luego  por  completo,  en  la ilusión  de  la «rea- lidad» de las masas.

 

En el truco visual no se trata nunca de con- fundirse  con  lo real,  sino  de  producir un  simula- cro,  con  plena  conciencia  del  juego  y  del  artifi- cio. Se trata,  mimando la tercera  dimensión,  de introducir la  duda  sobre  la  realidad  de  esta  ter- cera  dimensión   y,  mimando  y  sobrepasando  el efecto  de  lo real,  de  lanzar  la duda  radical  sobre el  principio   de  realidad.   Pues  la  tercera   dimen- sión,  la  de  la  prospectiva,   es  también   la  dimen- sión  de  la  mala  conciencia   del  signo  para   con la  realidad   y  toda   la  pintura  desde   el  Renaci- miento está podrida  de esta mala conciencia.

 

Si  existe  una   especie  de  milagro   del  truco, jamás  se  da  en  la ejecución  «realista»  —las  uvas de  Zeuxis,  tan   reales   que  los  pájaros   las  pico- teaban.  Absurdo.  El milagro  no  puede  darse  nun- ca  en  el  colmo  del  realismo,   sino  precisamente al  contrario,  en  el  desfallecimiento   repentino  de la  realidad   y  en  el  vértigo  que  produce   hundir- se  en  él.  Esta  pérdida   del  escenario   de  lo  real es  la  que  revela  la  familiaridad   súbita,   surreal, de  los  objetos.  Cuando  la organización jerárquica del  espacio  real  bajo  el  privilegio  de  la  visión,

 

Cuando estas prospective simulada –pues no es más  que  un  simulacro—   se  deshace,  surge  otra cosa  que,  a  falta  de  algo  mejor,  expresamos   en términos   de  tacto,   de  una   hiperpresencia  táctil de  las  cosas,  «como  si  fuera  posible   tocarlas   y y  llevárselas».  Pero  no  nos  engañemos,   este  es- pejismo   de  presencia   táctil   no   tiene   nada   que ver  con  nuestro   sentido   real  del  tacto:  es  una metáfora   de  la  «aprehensión»   correspondiente  a la  abolición  de  la  escena  y del  espacio  represen- tativo.  De golpe,  esta  aprehensión, que  es  el  mi- lagro   del  engaño   visual,   resurge   sobre   todo   el llamado  mundo   «real»  circundante,  revelándonos que   la  «realidad»   nunca   es  otra   cosa   que   un mundo    jerárquicamente   escenificado,    objetiva- do según las reglas de la profundidad, y revelán- donos   también   que  la  realidad   es  un  principio bajo  cuya  observancia   se  regulan  toda  la  pintu- ra,   la  escultura   y  la  arquitectura  de  la  época, pero  nada  más  que  un  principio,  y un  simulacro al  que  pone  fin  la  hipersimulación  experimental del engaño visual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Watergate.          Escenario idéntico      al       de     Disneylandia,  efecto  imaginario   ocultando   que  no  exis- te ya realidad  ni más  allá ni más  acá de los lími- tes  del  perímetro  artificial.   Efecto  de  escándalo en  este   caso,  ocultando   que   no   hay  diferencia alguna  entre  los  hechos  y  su  denuncia   (los  mé- todos  usados   por  los  hombres   de  la  CIA y  por los  periodistas  del  Washington   Post  son  idénti- cos).  La  misma   operación   de  disuasión   destina- da a regenerar  ya, por medio del escándalo, un principio  moral y político, ya, a través de lo ima- ginario, un principio de realidad en extinción.

 

La denuncia  del escándalo es siempre un ho- menaje  tributado  a  la  ley.  Con  Watergate   se  ha logrado  ante  todo  imponer  la idea  de que  Water- gate  fue  un  escándalo   —lo  que  en  este  sentido ha constituido una operación  de intoxicación  pro- digiosa,  una  buena  dosis  de  reinyección  de  mo- ral política a escala mundial. Puede decirse con Bourdieu:  «Lo  característico  de  toda   tensión   de fuerzas es disimularse  como tal y lograr toda su potencia precisamente gracias a este disimulo», entendiendo lo anterior de este modo: el capital, inmoral,   y  sin  escrúpulos,   sólo  puede   ejercerse

 

tras una superestructura moral, quienquiera que regenera   esta   moralidad    pública   (sea   a   través de la indignación,  de la denuncia, etc.) trabaja espontáneamente  para   el  orden   del  capital.   Así lo hicieron los periodistas del Washington Post.

 

Pero esto no sería más que la fórmula de la ideología y cuando Bourdieu lo enuncia sobreen- tiende   la  «relación  de  fuerzas»  como  verdad  de la  dominación capitalista  y, también  él, denuncia esta   relación   como   escándalo,   situándose   en  la misma posición determinante y moralista  que los periodistas del Washington  Post. Lleva a cabo el mismo  trabajo   de  purga   y  relanzamiento  de  un orden moral, de un orden de verdad donde se en- gendra   la  auténtica   violencia   simbólica   del  or- den  social,  más  allá  de  todas   las  relaciones   de fuerzas  que  no  son  sino  su  configuración   move- diza  e  indiferente  en  la  conciencia  moral  y  po- lítica de los hombres.

 

Bourdieu  enmascara  que  el capital  no  signifi- ca  en  modo  alguno  un  orden  de  la  racionalidad, de  la moralidad   o de  las  relaciones  de  fuerzas,  y como   los   periodistas  del   Washington   Post,   no hace  más  que  simular  para  denunciarla, una  ins- tancia   ideal   del   capitalismo.    Ahora   bien,   esto es todo lo que el capital nos pide: recibirlo como racional  o  combatirlo  en  nombre  de  la racionali- dad,  recibirlo  como  moral  o  combatirlo  en  nom- bre de la moralidad. Se trata  de lo mismo, y se- mejante   peripecia   puede  leerse  bajo  otra  forma: antaño   se  ponía  empeño  en  disimular   un  escándalo, hoy    el empeño se     pone en     ocultar          que   no lo es.

 

Watergate   no   es  un   escándalo,   he  aquí   lo que  es preciso  decir  a toda  costa,  pues  es lo que todo  el mundo,  y antes  que  nadie  los denuncian- tes, se dedican a ocultar. Semejante disimulo en- mascara un ahondamiento de la moralidad, de la (puesta    en)    escena    primitiva    del   capital:    su pánico moral, a medida que nos acercamos a la crueldad   instantánea,  su   incomprensible   feroci- dad, su inmoralidad fundamental —he aquí lo realmente   escandaloso,   inaceptable   para   el  sis- tema  de equivalencia  moral  y económica  que constituye   el  axioma   del  pensamiento  de  la  iz- quierda  desde el Siglo de las Luces hasta el co- munismo.  Se le imputa  al capital  la idea  del con- trato,  pero  a  él le tiene  sin  cuidado  pues  es  una empresa   monstruosa,  sin   principios,    un   punto y nada más. El pensamiento iluminado  es el que intenta  controlarlo imponiéndole reglas y toda recriminación con avisos de pensamiento revo- lucionario  está  hoy  acusando  al capital  de  no  se- guir   las  reglas  del  juego:  «el  poder   es  injusto, su   justicia   es  una   justicia   de   clase,  el  capital nos   explota...»,  como   si  el  capital   estuviera   li- gado  por  un  contrato   a  la  sociedad  que  rige.  Es la  izquierda   la  que   tiende   al  capital   el  espejo de   la  equivalencia   esperando   que   quede   pren- dido  en él, prendido  en la fantasmagoría del con- trato social y cumpliendo  sus cláusulas, redistri- buyendo  su deuda  entre  toda  la sociedad  (al mismo  tiempo,  la revolución  ya no  es necesaria:  bas- ta  con  que  el capital  se  adhiera  a  la  fórmula  ra- cional del cambio).

 

Pero  el capital  no  ha  estado  nunca  unido  por un contrato  a la sociedad que domina.  Es una hechicería de la relación social, un desafío a la sociedad,   y  como   a  tal  debe  respondérsele.  No es  un  escándalo  que  denunciar según  la  raciona- lidad  moral  o  económica,  es  un  desafío  que  hay que aceptar según la regla simbólica.

 

Watergate   no   ha   sido,   pues,   más   que   una trampa   tendida   por  el  sistema  a  sus  adversarios

—simulación   de  escándalo  con  fines  regenerado- res.  Esto estaría  encarnado en  el film por  el per- sonaje  de  «Deep  Throat»,  de  quien  se  ha  dicho que era la eminencia gris de los republicanos manipulando a los periodistas de izquierda para desembarazarse  de   Nixon.  ¿Por  qué   no?,  todas las  hipótesis   son  posibles   aunque   ésta,  además, es   superflua:   la   izquierda    se   basta   muy   bien para  realizar  ella  sola,  y sin  complejos,  el  traba- jo  de  la  derecha.  Sería,  pues,  muy  inocente   en- contrar   ahí  una   especie  de  amarga   buena   con- ciencia,  ya  que  la  derecha,   por   su  parte,   reali- za también  espontáneamente el trabajo de la iz- quierda.  Todas  las  hipótesis  de  manipulación son reversibles   en  el  seno  de  un  torniquete  sin  fin: la  manipulación  es  una  causalidad   flotante  don- de positividad  y negatividad  se engendran y se recubren,   donde   ya  no  existe  activo  ni  pasivo. Sólo  con  la  detención   arbitraria de  esta  causali-

 

dad  giratoria   podrá   ser  salvado  un  principio   de realidad  política.  Sólo mediante   la  simulación   de un   campo   de   perspectiva    restringido,   conven- cional,  en  el  que  las  premisas   y  las  consecuen- cias  de  un  acto  o  de  un  suceso  sean  calculables, puede    mantenerse   cierta   verosimilitud   política (y,   naturalmente,  el   análisis   «objetivo»,   la   lu- cha,  etc.).  Si  se  contempla   el  ciclo  completo   de no importa  qué acto  o suceso  en un  sistema  don- de  la  continuidad lineal  y la  polaridad  dialéctica ya no existan, en un campo transtornado por la simulación,   toda   determinación  se  esfuma,  todo acto   queda   abolido   tras   haber   aprovechado  a todo  el mundo  y haberse  aireado  en  todas  direc- ciones.

 

Un  atentado en  Italia,  por  ejemplo,  ¿es obra de  la extrema  izquierda,  provocación  de  la extre- ma  derecha  o un  montaje  centrista  para  despres- tigiar   los  extremismos  terroristas  y  reafirmarse en  el  poder?,  más   aún,   ¿se  trata   de  una   farsa policíaca,  de  un  chantaje  a  la  seguridad   pública? Todo   ello  es  verdadero   al  mismo   tiempo   y  la búsqueda   de  pruebas,   es  decir,  de  la  objetividad de  los  hechos,  no  es  capaz  de  detener   semejan- te vértigo interpretativo. La cuestión  es que nos hallamos   en  medio  de  una  lógica  de  la  simula- ción que no tiene  ya nada  que ver con una  lógica de  los  hechos.  La  simulación   se  caracteriza   por la  precesión   del  modelo,  de  todos   los  modelos, sobre  el más  mínimo  de  los  hechos  —la  presen- cia  del  modelo  es  anterior y su  circulación  orbi-

 

tal, como la de la bomba, constituye el verdadero campo  magnético  del  suceso.  Los hechos  no  tie- nen  ya  su  propia  trayectoria,   sino  que  nacen  en la  intersección   de  los  modelos  y  un  solo  hecho puede   ser  engendrado  por  todos  los  modelos   a la vez. Esta anticipación, esta precesión, este cortocircuito,  esta   confusión   del   hecho   con   su modelo  (ya  sin  desviación   de  sentido,   sin  pola- ridad  dialéctica,  sin  electricidad  negativa,  im- plosión  de  polos  opuestos),  es  la  que  da  lugar  a todas   las   interpretaciones  posibles,   incluso   las más  contradictorias, verdaderas todas,  en  el  sen- tido  de  que  su  verdad  consiste  en  intercambiar- se, a imagen y semejanza de los modelos de que proceden, en un ciclo generalizado.

 

Los comunistas se las tienen  con el P.S. como si  pretendieran romper   la  unión  de  la  izquierda, pero  dejan  que  prospere   la  idea  de  que  sus  re- sistencia proceden de disensiones internas (¡si- mulación    de   democracia!).    De   hecho,   ¿podría quizá  tratarse   de  que,  en  bloque  y realmente,  no desean el poder?, pero, ¿no lo quieren  en esta coyuntura  o no lo quieren por definición? Cuando Berlinguer declara: «No hay que temer ver a los comunistas en el poder  en Italia», esto puede significar a la vez:

 

     que  no  hay  de  qué  temer,  pues  los  comunis- tas,  si llegan  al poder,  no  cambiarán  nada  de su mecanismo  capitalista fundamental.

 

   que  no  existe  peligro  alguno  de  que  lleguen

 

al  poder  (por  la  sencilla  razón  de  que  no  lo desean),  y suponiendo que  llegaran  a ocupar- lo,  no  harán   otra  cosa  que  ejercer  el  poder por procuración.

 

      que  de  hecho,  el  poder,   lo  que  se  dice  un verdadero   poder,  ya no  existe  y no  hay  pues riesgo alguno de que alguien pueda tomarlo.

 

      más  aún:  Yo, Berlinguer,  no  temo  que  los co- munistas  tomen  el poder  en Italia, lo que pue- de    parecer   una  perogrullada,  pero  no  lo  es tanto si tenemos en cuenta que

 

      ello  puede   querer   decir  lo  contrario  (no  es necesario        el  psicoanálisis   para   comprender- lo):         tengo  miedo  de  que  los  comunistas  to- men el poder (y existen buenas razones para tenerlo, incluso para un comunista).

 

Todo  esto  es  verdadero   al  mismo  tiempo.  Es el secreto  de  un  discurso  que  ya no  sólo  es  am- biguo,   como   puedan   serlo   los  discursos   políti- cos,   sino   que   revela   la   imposibilidad  de   una posición determinada ante el poder y la imposi- bilidad  de  una  posición  determinada ante  el dis- curso.   Y   esta   lógica   no   pertenece    a   ningún partido,   sino   que   atraviesa   todos   los  discursos aunque  no lo deseen.  ¿Quién será  capaz de desen- redar  este  embrollo?  El nudo  gordiano  podía  por lo  menos   cortarse.   De  la  división   de  la  banda de   Moebius   resulta    una   espiral   suplementaria en  la  que  no  queda  resuelta  la  reversibilidad de las  caras  (en  el caso  que  nos  ocupa,  la  continui-

 

dad   reversible   de     las     distintas     hipótesis). Infierno   de   la   simulación    que   no   es   ya   el   de   la tortura,  sino el de la torsión  sutil, maléfica, ina- bacable, del sentido.1  Un ejemplo más: los con- denados   en  el  proceso  de  Burgos  fueron  un  re- galo  de  Franco  a  la  democracia   occidental   a  la que brindó la ocasión de regenerar su propio hu- manismo  vacilante,  pero  ¿acaso la protesta   indig- nada de los demócratas consolidó el régimen franquista   aglutinando   a   las   masas    españolas contra    semejante    intervención    extranjera?   ¿Qué ha sido de la verdad en una maraña tal de com- plicidades   admirablemente  tejida   sin   advertirlo ni sus propios autores?

 

Conjunción   del  sistema   y  de  su  alternativa más  lejana  llegando   ambos   a  tocarse   como  los dos  extremos   de  un   espejo   cóncavo.   Curvatura

«viciosa» de  un  espacio  político  en  adelante imantado,   circular   y  reversible  de  derecha   a  iz- quierda   —torsión   parecida   al  genio  maligno   de la  conmutación—,  el  sistema   entero,   lo  infini- to  del  capital  se  repliega  sobre  su  propia  super- ficie.  ¿Acaso  no  ocurre   lo  mismo   con  el  deseo y  con  el  espacio  libidinal?  Conjunción   del  deseo y  del  valor,  del  deseo  y  del  capital,  del  deseo  y del  poder.  Conjunción   del  deseo  y de  la  ley, úl- timo  goce  metamorfoseado de  la  ley (lo  que  ex- plica   porqué    ésta   se   encuentra  tan   generosa-

 

 

1. Ello no desemboca forzosamente en la desesperación, sino a menudo en una improvisación de sentido, de sin sentido, de múltiples sentidos simultáneos que se destruyen.

 

mente  a  la  orden   del  día):  sólo  goza  el  capital, decía  antes  de  llegar  a  pensar   que  nosotros   go- zamos  también  en  el interior  del  capital.  Versati- lidad  aterrante  del  deseo  en  Deleuze,  giro  enig- mático  que  quizás  conduce  al  deseo,  «revolucio- nario   en    mismo,  casi  involuntariamente,  sólo por   querer   lo  que  quiere»,  a  desear   su  propia represión   y a  investir  sistemas  paranoicos y fas- cistas.  Torsión  maligna  que  deja  a  la  revolución del deseo sometida a la misma ambigüedad  fun- damental de la otra revolución, la histórica.

 

Todos  los  referentes   mezclan  su  discurso   en una  compulsión  circular,  «moebiana».  Sexo y tra- bajo fueron no hace mucho tiempo términos fe- rozmente   opuestos,   hoy  se  resuelven   ambos   en el  mismo  tipo  de  demanda.   Antaño,  el  discurso de la historia tomaba toda su fuerza de oponerse violentamente  al  de  la  naturaleza   y  el  discurso del  deseo  de  oponerse   al  del  poder,   hoy  inter- cambian   sus  significantes   y  sus  campos   de  ac- ción.

 

Sería  demasiado  largo  de  correr  todo  el aba- nico  de  la  negatividad   operativa,   el  abanico   de todos estos escenarios de disuasión que, como Watergate, intentan regenerar  un principio  mori- bundo   mediante   el  escándalo,   el  espejismo   y  la muerte   simulados   —especie  de  tratamiento  hor- monal   para   la  negatividad   y  la  crisis.  La  cues- tión  es  probar   lo  real  con  lo  imaginario,   la  ver- dad  con  el  escándalo,  la  ley con  la  transgresión, el  trabajo   con  la  huelga,  el  sistema   con  la  cri-

 

sis   y  el  capital   con   la  revolución,   del   mismo modo que se probó la etnología (los Tasaday) desposeyéndola  de  su  objeto.  Todo  ello  sin  con-

tar

 

probar  el teatro con el anfiteatro

probar  el arte con el antiarte

probar  la pedagogía con la antipedagogía probar  la psiquiatría con la antipsiquiatría etc. etc.

 

 

Todo  se  metamorfosea en  el  término  contra- rio  para  sobrevivirse  en  su  forma  expurgada.  To- dos  los  poderes,   todas   las  instituciones,  hablan de    mismos  por  negación,  para  intentar,   simu- lando  la muerte,  escapar  a su  agonía  real.  El po- der  quiere  escenificar  su  propia  muerte  para  re- cuperar   algún  brillo  de  existencia  y  legitimidad. Por ejemplo, el caso de los presidentes nortea- mericanos:   los   Kennedy   morían    porque   tenían aún   cierta   dimensión   política;  los  demás,   John- son,  Nixon,  Ford,  debían  contentarse con  atenta- dos  de  pacotilla   a  base  de  asesinato   simulado. Sin embargo, precisaban  el aura de una amenaza artificial  para  ocultar  que  no  eran  más  que  ma- rionetas   del  poder.   Antaño,   el  rey  debía   morir (también   el  dios)  y en  ello  residía  su  fuerza.  En la  actualidad,   el  líder   se  afana   miserablemente en  la  comedia  de  su  muerte   a  fin  de  preservar la  gracia  del  poder.  Sin  embargo,  esta  gracia  se ha perdido ya.

 

Buscar  sangre  fresca  en  la propia  muerte,  re-

 

lanzar   el  ciclo  a  través   del  espejo  de  la  crisis, de la negatividad  y del antipoder, es la única so- lución–coartada  de  todo  poder,   de  toda   institu- ción que intente romper  el círculo vicioso de su irresponsabilidad   y   de   su   inexistencia    funda- mental,   de  su  estar  de  vuelta  y  de  su  estar  ya muerto.

 

 

 

 

La     imposibilidad      de     escenificar          la      ilusión,       es del  mismo  tipo  que  la  imposibilidad de  rescatar un  nivel absoluto  de realidad.  La ilusión  ya no  es posible   porque   la  realidad   tampoco   lo  es.  Éste es el planteamiento del problema  político de la parodia,  de la hipersimulación o simulación  ofen- siva.  Toda  negatividad   política   directa,   toda   es- trategia  de relación  de fuerzas  y de oposición,  no es   más   que   simulación    defensiva   y   regresiva. Por  ejemplo,  sería   interesante  comprobar  cuán- do  el  aparato   represivo   reacciona   más  violenta- mente,  si  ante  un  hold–up   simulado   o  ante  un hold–up   real.  Pues  el  segundo  no  hace  más  que cambiar   el  orden   de  las  cosas,  el  derecho   a  la propiedad,  mientras  que  el primero  atenta  contra el  mismo  principio   de  realidad.   La  transgresión, la  violencia,  son  menos  graves,  pues  no  cuestio- nan  más  que  el reparto  de  lo real.  La simulación es infinitamente más poderosa  ya que permite siempre   suponer,   más  allá  de  su  objeto,  que  el orden  y la  ley mismos  podrían   muy  bien  no  ser otra cosa que simulación  (recordar  el engaño de Urbino).

 

Pero la       dificultad   está cortada                a                 la      medida del          peligro:       ¿cómo       fingir un     delito          y       probar        que fingíamos...?  Simule  usted   un  robo   en  unos   al- macenes  y  haga  que  le  descubran   (sino,  ¿dónde estaría   el  juego?).  ¿Cómo  persuadir  al   servicio de  vigilancia  de  que  se  trataba   de  un  hurto   si- mulado?,  no  existe  diferencia   «objetiva»  alguna. Se trata   de  los  mismos  gestos  y  de  los  mismos signos  que  en  un  robo  real  y, además,  los signos no  se  inclinan  ni  de  un  lado  ni  de  otro.  Para  el orden   establecido   son,  sin  duda,  signos  pertene- cientes a la esfera de lo real.

 

Organice  usted   un  falso  hold–up.   Asegúrese de  que  sus  armas  sean  totalmente   inofensivas  y utilice  un  rehén  cómplice  a  fin  de  que  ninguna vida  sea  puesta  en  peligro  (pues  de  lo  contrario acabará  en  la  cárcel).  Exija un  rescate  y procure que   la  operación   alcance   la  mayor   resonancia. En  suma,   intente   que  el  asunto   resulte   «verda- dero»  para  poder  poner  a  prueba  la reacción  del sistema  ante  un  simulacro  perfecto.  No  va  usted a lograrlo: su red de signos artificiales se liará inextrincablemente  con  elementos  reales  (un  po- licía  disparará  de  verdad;   un  cliente  del  banco se  desvanecerá   y  morirá   de  un  ataque   cardíaco; puede   que  incluso   le  paguen   el  rescate).   Total, que  sin  haberlo   querido   se  encontrará usted  in- merso  de lleno  en  lo real  —una  de cuyas  funcio- nes  es  precisamente  la  de  devorar   toda  tentati- va  de  simulación,   la  de  reducir   todas   las  cosas a la realidad—. Éste es precisamente el orden establecido,  y lo  era  ya mucho  antes  de  la  pues- ta en juego de las instituciones y de la justicia.

 

Dentro  de esta  imposibilidad de aislar  el proeso  de   simulación   hay   que   constatar  el  peso de  un  orden  que  no  puede  ver  ni  concebir  más que   lo  real,   pues   sólo   en   el  seno   de   lo  real puede  funcionar.  Un delito  simulado,  si ello pue- de  probarse,   será  o  castigado  ligeramente   (pues- to  que  no  ha  tenido  consecuencias),   o  castigado como  ofensa  al  ministerio   público  (por  ejemplo, si  se  ha  hecho  actuar  a  la  policía  «para  nada»), pero    nunca    será    castigado    como    simulación pues,  en  tanto   que  tal,  no  es  posible  equivalen- cia  alguna  con  lo  real  y,  por  tanto,   tampoco   es posible  ninguna  represión.  El desafío  de  la simu- lación   es  inaceptable   para   el  poder,   ello  se  ve aún  más  claramente   al  considerar   la  simulación de  virtud:  no  se castiga  y, sin  embargo,  en  tanto que  simulación   es  tan  grave  como  fingir  un  de- lito.  La  parodia,   al  hacer   equivalentes   sumisión y  transgresión,  comete  el  peor  de  los  crímenes, pues  anula  la diferencia  en  que  la ley se basa.  El orden  establecido  nada  puede  en  contra  de  esto, está  desarmado  ya  que  la  ley  es  un   simulacro de segundo  orden  mientras  que la simulación pertenece   al  tercer  orden,  más  allá  de  lo  verda- dero  y de  lo falso,  más  allá  de  las  equivalencias, más  allá  de  las  distinciones   racionales   sobre  las que  se basa  el funcionamiento de  todo  orden  so- cial y de  todo  poder.  Es pues  ahí,  en  la ausencia de  lo  real,  donde   hay  que  enfocar  el  orden,  no en otra parte.

 

Por    eso   el       orden         escoge       siempre      lo      real. En la          duda,          prefiere      siempre     la hipótesis         de     lo      real  (en   él  ejército   se  prefiere   tomar   al  que   finge por  verdadero   loco),  aunque  esto  se  va  haciendo cada   vez  más   difícil,   pues   si   resulta   práctica- mente  imposible  aislar  el  proceso  de  simulación a  causa  del  poder  de  inercia  de  lo  real  que  nos rodea, también  ocurre lo contrario (y esta re- versibilidad  forma  parte  del  dispositivo  de  simu- lación  e  impotencia   del  poder),   a  saber,   que  a partir   de  aquí  deviene  imposible  aislar  el  proce- so  de  lo  real,  incluso  se  hace  imposible   probar que lo real lo sea.

 

Por ello, todos  los hold–up,  secuestros  de aviones,  etc., son  de algún  modo  hold–up  simula- dos,  en  el  sentido   en  que  están   todos   someti- dos  a  priori   al  desciframiento  y  a  la  orquesta- ción  ritual   de  los  mass–media   que  se  anticipan a  su  escenificación   y  a  sus  posibles   consecuen- cias.  En  definitiva,  en  el  sentido   en  que  funcio- nan como un conjunto de signos sometidos a su carácter   de  signos,  en  modo   alguno   a  su  fina- lidad    «real».   Pero    guardémonos   de   tomarlos como   irreales   o   como   inofensivos,   Al  contra- rio,  es  en  tanto   que  sucesos  hiperreales,   no  te- niendo ni contenido  ni fines propios,  pero re- fractados    los   unos   por   los   otros   (del   mismo modo  que  los  llamados  sucesos  históricos:   huel- gas,   manifestaciones,   crisis,   etc.),   es   en   tanto que   tales   que   llegan   a  ser   incontrolables para un  orden  que  sólo  puede  ejercerse  sobre  lo  real y  sobre  lo  racional,  sobre  causas  y  fines.  Orden

 

referencial   que   sólo   puede   reinar   sobre   lo  re- ferencial,  poder  determinado que  sólo  puede  rei- nar  sobre  un  mundo   determinado,  pero  que  no puede  nada  contra  esta  recurrencia indefinida  de la   simulación,    contra    esta   nebulosa    ingrávida que  no  se  somete   a  las  leyes  de  la  gravitación de  lo  real.  El poder  mismo  acaba  por  desmante- larse  en  este  espacio  y  deviene  una   simulación de  poder   (desconectado  de  sus   fines  y  de  sus objetivos,   abocado   a  efectos  de  poder   y  de  si- mulación de masa).

 

La  única   arma   absoluta   del  poder   consiste en  impregnarlo  todo  de  referentes,   en  salvar  lo real,  en  persuadirnos de  la  realidad  de  lo  social, de  la  gravedad  de  la  economía  y de  las  finalida- des  de  la  producción.   Para  lograrlo   se  desvive, es  lo  más  claro  de  su  acción,  en  prodigar   crisis y  penuria   por  doquier.   «Tomad  vuestros   deseos por  la  realidad»  puede  llegar  a  entenderse   como un  eslogan  desesperado   del  poder.   En  un  mun- do  sin  referencias,   la  referencia  del  deseo,  o  in- cluso   la  confusión   del  principio   de  realidad   y del   principio    de   deseo,   son   menos   peligrosas que   la  contagiosa   hiperrealidad.  Quedamos   en- tre  principios   y  en  esta  zona  el  poder   siempre tiene razón. La hiperrealidad y la simulación  di- suaden  de todo  principio  y de todo  fin y vuelven contra  el poder  mismo  la disuasión  que él ha uti- lizado  tan  hábilmente durante  largo  tiempo.  Pues, en  definitiva,  el  capital  es  quien  primero   se  ali- mentó,  al filo de  su  historia,  de  la desestructura-

 

ción de todo referente, de todo fin humano, quien primero    rompió    todas   las   distinciones    ideales entre  lo  verdadero   y  lo  falso,  el  bien  y  el  mal, para   asentar   una  ley  radical   de  equivalencias   y de  intercambios,  la  ley  de  cobre   de  su  poder. Él es  quien  primero   ha  jugado  la  baza  de  la  di- suasión,   de   la   abstracción,    de   la   desconexión, de  la  desterritorialización,  etc.,  y  si  él  es  quien viene fomentando la realidad, el principio  de rea- lidad,  él es también  quien  primero  lo liquidó  con la exterminación de todo valor de uso, de toda equivalencia   real  de  la  producción  y  la  riqueza, con   la  sensación   que   tenemos   de  la  irrealidad de las posibilidades  y la omnipotencia de la ma- nipulación.   Ahora  bien,  esta  lógica  misma  es  la que,  al radicalizarse,  está  liquidando  hoy por  hoy al  poder,   el  cual  no  intenta   otra   cosa  que  fre- nar  semejante  espiral  catastrófica  secretando realidad   a  toda  costa,  alucinando  con  todos  los medios   posibles   un   último    brillo   de   realidad sobre   el  que  fundamentar  todavía   un  brillo  de poder   (pero   no  logra  otra   cosa  que  multiplicar sus signos y acelerar el papel de la simulación). Mientras    la   amenaza    histórica    le   vino   de   lo real, el poder jugó la baza de la disuasión  y la simulación    desintegrando   todas    las   contradic- ciones  a  fuerza  de  producción de  signos  equiva- lentes. Ahora que la amenaza le viene de la si- mulación   (la  amenaza   de  volatilizarse  en  el  jue- go  de  los  signos),  el  poder  apuesta   por  lo  real, juega  la  baza  de  la  crisis,  se  esmera  en  recrear

 

posturas   artificiales,   sociales,  económicas   o  po- líticas.  Para  él es una  cuestión  de  vida  o muerte, pero ya es demasiado tarde.

 

De ahí la histeria  característica de nuestro tiempo:  la de  la producción y reproducción de  lo real.  La otra  producción,  la de  valores  y mercan- cías,  la  de   las  buenas   épocas   de   la  economía política,  carece  de sentido  propio  desde  hace  mu- cho  tiempo.  Aquello  que  toda  una  sociedad  bus- ca  al  continuar  produciendo,  y  superproducien- do,  es resucitar  lo real  que  se le escapa.  Por  eso, tal producción «material» se convierte hoy en hi- perreal.   Retiene  todos  los  rasgos  y  discursos   de la  producción  tradicional,   pero   no  es  más   que una   metáfora.   De  este   modo,   los  hiperrealistas fijan  con  un  parecido  alucinante   una  realidad  de la que se ha esfumado todo el sentido y toda la profundidad  y  la  energía   de  la  representación. Y así, el hiperrealismo de la simulación  se tradu- ce  por  doquier   en  el  alucinante   parecido   de  lo real consigo mismo.

 

Desde  hace  mucho  tiempo,  el  poder  no  sue- ña  más  que  en  producir  signos  de  su  realidad. De pronto,   ha  entrado   en  escena  otra  figura  del poder,  la  de  la  demanda   colectiva  de  signos  de poder,   unión   sagrada   que  se  produce   en  torno a su desaparición y para  conjurarla. Todo el mun- do  se  adhiere  más  o  menos  a  esta  demanda   por terror   al  hundimiento  de  lo  político.   Así  llega- mos  a un  punto  en que el juego se reduce  a mul- tiplicar   la  obsesión   crítica   del   poder,   obsesión

 

de  su  vida  y de  su  muerte,  a  medida  que  se  es- fuma.  Cuando   nada   quede  de  él,  nos  encontra- remos todos, según una lógica de autodisuasión progresiva,   bajo   la  alucinación   total   del  poder. Una  obsesión  tal  que  se perfila  ya por  todas  par- tes,  expresando  a la vez la compulsión  de  desha- cerse  del  poder  (nadie  lo quiere  ya, todos  lo de- jamos  para  los  otros),  y  el  nostálgico  pánico  de su  pérdida.   La  melancolía   de  las  sociedades   sin poder,   ella  fue  una   vez  quien   suscitó   el  fascis- mo,   la   sobredosis   de   un   referencial   fuerte   en una  sociedad  que  no  puede  culminar   su  enluta- da vocación.

 

Seguimos  en  el  mismo  sitio  y  no  encontra- mos  salida:  no  sabemos  guiar  el  cortejo  fúnebre de  lo  real,  del  poder,  de  lo  social  mismo,  impli- cado  también   en  la  depresión   en  que  nos  agi- tamos.  Y es  precisamente por  un  recrudecimien- to  artificial  del  poder,  de  lo  real  y  de  lo  social por   lo   que   intentamos  escabullimos.   Esto,   sin duda,   acabará    produciendo   el   socialismo.    Por una  torsión  inesperada, por  una  ironía  que  no  es ya  la  de  la  historia,  será  de  la  muerte  de  lo  so- cial  de  donde   va  a  surgir   el  socialismo,   como brotan  las religiones de la muerte de Dios. Ad- venimiento retorcido, energía inversa, reversión ininteligible   para  la  lógica  de  la  razón.  Como  lo es  el  hecho   de  que  el  poder   no  esté  ahí  más que  para  ocultar  que  ya  no  existe  poder.  Simu- lación  que  puede  durar   indefinidamente:  a  dife- rencia   del   «auténtico»   poder   que   es,  que   fue,

 

una   estructura,  una   estrategia,   una   relación   de fuerzas,   una   apuesta,   el  poder   del   que   habla- mos,  no  siendo   más  que  el  objeto   de  una   de- manda   social,  será  objeto  de  la  ley  de  la  oferta y la  demanda   y no  estará  ya  sujeto  a  la  violen- cia  y  a  la  muerte.  Completamente  expurgado   de la  dimensión   política,   depende,   como   cualquier otra  mercancía,   de  la  producción  y  el  consumo masivo    (mass–media,     elecciones,    encuestas). Todo  destello  político  ha  desaparecido,   solamen- te queda la ficción de un universo político.

Lo mismo  ocurre  con  el  trabajo.  Ha  desapa- recido   la  chispa   de  la  producción,   la  violencia del  trabajo   y  de  lo  que  en  él  se  juega.  Todo  el mundo  produce  aún,  y cada  vez más,  pero  el tra- bajo  se  ha  convertido   en  otra  cosa:  una  necesi- dad,  como  lo contemplara idealmente  Marx, pero en  modo  alguno  en  el mismo  sentido,  sino  en  el sentido  de  que  el  trabajo   es  objeto  de  una  «de- manda»  social,  como  el  ocio,  al  que  se  equipara en  el  funcionamiento  general  de  la  vida.  Ahora bien,   tal  demanda   es  exactamente   proporcional a  la  pérdida   del  rumbo   en  el  proceso   del  tra- bajo.1     Idéntica   peripecia   que   en   el   caso   del

 

 

1. A esta debilitación de los atributos del trabajo, corresponde una baja paralela de los atributos del consumo. Se acabó, por ejem., la satisfacción directa, de uso o de prestigio, del automóvil; se acabó el discurso amoroso que oponía netamente el objeto de placer al ob- jeto de trabajo.  Ha llegado el turno  de otro discurso  que, por una mezcla paradójica, es un discurso de trabajo sobre el objeto de con- sumo, ante un revestimiento activo, constreñidor (gaste menos gaso- lina, cuide su seguridad,  no corra, etc.) al que tratan  de adaptarse las características de los vehículos. Recuperar la posibilidad de otra apuesta mediante el desplazamiento de un polo sobre el otro. El tra-

 

poder:   el  escenario   del  trabajo   se  monta   para ocultar  que  lo real  del  trabajo,  de  la producción, ha  desaparecido.   Y también   lo  real  de  la  huelga, que  ya no  consiste  en  detener  el trabajo,  sino  en su  alternativa   en  la  cadencia  ritual  de  la  anuali- dad  social.  Todo  ocurre   como  si  cada  cual  hu- biera   «ocupado»,   tras   la  declaración   de  huelga, su  lugar  y  puesto  de  trabajo   y  retomado,   como es  de  rigor  en  una  ocupación   «autogestionaria», la  producción exactamente   en  los  mismos  térmi- nos que antes, pese a declararse (y a estar vir- tualmente)  en estado de huelga permanente.

 

Sin   embargo,    aunque    las   cosas   continúen como  si  no  hubiera   pasado  nada,  todo  ha  cam- biado   de  sentido.   No  se  trata   de  un  sueño   de ciencia  ficción,  sino  del  doblaje  del  proceso   del trabajo y del proceso de la huelga —huelga in- corporada  como  la  obsolescencia   en  los  objetos, como  la  crisis  en  la  producción.   No  puede   ha- blarse  ya  de  huelga  y de  trabajo,  sino  de  ambos a  la  vez,  es  decir,  de  algo  completamente  dife- rente: una magia del trabajo, un engaño, una es- cenificación  del  drama  de  la  producción (por  no decir   de   su   melodrama),  dramaturgia   colectiva en el escenario vacío de lo social.

 

No  es  ya  la  ideología  del  trabajo   lo  que  es cuestión    —viejo   discurso,    moral    caduca    que

 

 

bajo se hace necesario, e! automóvil  deviene objeto de trabajo.  No existe mejor prueba de la escasa diferencia existente entre las bazas a jugar. Por un deslizamiento parecido desde el «derecho» al voto hasta el «deber» electoral se pone en evidencia la escasez de atri- buciones de la esfera política.

 

ocultaría  el proceso «real» de trabajo y el fun- cionamiento  «objetivo»  de  la  explotación.   El  he- cho  es  que  el  trabajo   sigue  ahí  tan   solo  para ocultar que no hay ya trabajo. De igual modo, la cuestión   no  está  ya  en  la  ideología   del  poder, sino  en  la  escenificación  del  poder  para  ocultar que  éste  no  existe  ya. La ideología  no  correspon- de a otra  cosa  que  a una  malversación  de la rea- lidad  mediante   los  signos,  la  simulación   corres- ponde a un cortocircuito de la realidad  y a su reduplicación  a  través   de  los  signos.   La  finali- dad   del  análisis   ideológico   siempre   es  restituir el proceso  objetivo,  y siempre  será  un  falso  pro- blema  el querer  restituir la  verdad  bajo  el simu- lacro.

 

Por  eso  el  poder   está   en  el  fondo   tan   de acuerdo   con  los  discursos   ideológicos  y  los  dis- cursos   sobre   la  ideología,  porque   son  discursos de verdad —válidos siempre, sobre todo si son revolucionarios, para  oponerlos  a los golpes  mor- tales de la simulación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A semejante  ideología  de  lo  vivido,  de  exhumación  de  lo real  desde  su  banalidad  de  base,  es decir,   desde   su   autenticidad  radical,   se  refiere la  experiencia   americana   de  «TV–verdad»  lleva- da  a  cabo  en  1971 con  la  familia  Loud:  7 meses de filmación ininterrumpida, 300 horas  de toma directa,   sin  script   ni  escenografía,   la  odisea   de una familia, sus dramas, sus alegrías, sus peri- peripecias, en suma, un documento histórico  «en bruto», y el «más bello logro de la televisión, comparable,   a   escala   de   nuestra    cotidianeidad, al  film  del  primer   alunizaje».  El asunto   se  com- plica  con  el  hecho  de  que  la  familia  se  deshizo durante  el rodaje: estalló la crisis, los Loud se separaron, etc.... Tras esto, una controversia  in- soluble:  ¿es  responsable   la  TV? ¿Qué habría   su- cedido si la TV no hubiese estado allí?

 

Resulta   más   interesante  todavía   el  espejis- mo  de  filmar  a los Loud  como  si la TV no  estu- viera.   El   realizador    basaba    el   acierto    de   su trabajo en la afirmación: «Han vivido como si no- sotros no estuviéramos»,  fórmula absurda  y para- dójica;  ni  verdadera   ni  falsa,  simplemente  utó- pica. Esta utopía y esta paradoja  son las que han fascinado   a  los  veinte   millones   de   teleespecta-

 

dores,   mucho   más   incluso   que   el  placer   «per- verso» de violar una intimidad.  No se trata en semejante   experiencia   ni  de  secreto   ni  de  per- versión,  sino  de  una  especie  de  escalofrío  de  lo real,  o  de  una  estética  de  lo  hiperreal,  escalofrío de vertiginosa y truculenta exactitud, de distan- ciación  y  de  aumento   a  la  vez, de  distorsión  de escalas,   de   una   transparencia   excesiva.   Placer por   exceso  de   sentido   precisamente  cuando   el nivel  del  signo  desciende  por  debajo  de  la  línea de   flotación   habitual   del   sentido:   la   filmación exalta  lo  insignificante,   en  ella  vemos  lo  que  lo real  no  ha  sido  nunca  (pero  «como  si  estuviera usted  allí»),  sin  la  distancia   de  la  perspectiva   y de   nuestra    visión   en   profundidad  (pero   «más real que la vida misma»). Gozo de la simulación microscópica  que hace circular lo real hacia lo hiperreal   (es  algo  parecido   a  lo  que  ocurre   con el porno, cuya fascinación es más metafísica que sexual).

 

Pero,  por  otra  parte,  esta  familia  era  ya  hi- perreal   por  el  hecho  mismo  de  su  selección:  tí- pica  familia  americana,   casa  californiana,  3 gara- jes,  5  niños,   estatus   profesional   y  social   desa- hogado,   housewife  decorativa,   nivel  por   encima de  la  media.  Semejante  perfección  estadística condena   de  algún  modo  a  esta  familia  a  morir bajo  el ojo  de  la TV. Heroína  ideal  del  American Way  of  life,  es  escogida,   como   en   los  sacrifi- cios  antiguos,   para   ser   exaltada   y  morir   entre las  llamas  del  médium.   Pues  el  fuego  del  cielo

 

ya  no  cae  sobre  las  ciudades   corrompidas,  aho- ra  es  el  objetivo  el  que  recorta   como  un  láser la realidad  vivida para matarla.  «Los Loud: sen- cillamente   una  familia  que  ha  aceptado   abando- narse  a la TV y morir»,  dirá  el realizador.  Se tra- ta,   pues,   claramente    de   un   sacrificio   ofrecido como  espectáculo   a  20  millones   de  americanos. El drama litúrgico de una sociedad de masas.

 

«TV–verdad», término  admirable  por su carác- ter  anfibio,  pues  ¿de  qué  verdad  se  trata,   de  la de  esta  familia  o  de  la  verdad  de  la  TV? De he- cho, la TV es la verdad  de los Loud, sólo ella apa- renta   verdad   en  todo   este  asunto.   Verdad   que no  es  ya ni  la  reflexiva  del  espejo  ni  la  perspec- tiva  del  sistema  panóptico   y  de  la  mirada,   sino la verdad manipuladora del test que sondea e interroga,   del  láser  que  recorta,   de  las  matrices que  guardan   nuestras   secuencias   perforadas,   del código genético que gobierna nuestras combina- ciones,  de  las  células  que  informan   nuestro   uni- verso  sensorial.  A este  tipo  de  verdad  se  some- tió la familia  Loud por  medio  de la TV, y en este sentido   puede   hablarse   sin  duda   de  condena   a muerte.

 

Final  del  sistema  panóptico.   El ojo  de  la  TV ya no  es la fuente  de una  mirada  absoluta  y, por otra parte, el ideal de control ya no es el de la transparencia.  Éste  presupone  todavía   un   espa- cio objetivo (el del Renacimiento)  y la todopo- derosidad  de  una  mirada  despótica.  Se trata  aún, si  no  de  un  sistema  de  contención,   por  lo  menos de un sistema cuadriculado. Más sutil, pero siempre   en  exteriores,   jugando   con  la  oposición del  ver  y del  ser  visto,  incluso  en  el caso  de  que pueda ser ciego el punto focal del panóptico.

 

Cuando,  como  en  el caso  de los Loud, «usted no mira  ya la TV, es la TV la que le mira  a usted

«vivir»,  o  «usted   ya  no  escucha   “Pas  de  Pani- que”,  sino  que  es  “Pas  de  Panique”  quien  le  es- cucha a usted», se ha producido  un giro del dis- positivo   panóptico   de  vigilancia  (vigilar  y  casti- gar)  hacia  un  sistema   de  disuasión   donde   está abolida  la  distinción   entre  lo  pasivo  y  lo  activo. Se  acabó   el  imperativo   de  sumisión   al  modelo o  a  la  mirada,   «USTED es  el  modelo»,  «USTED es la mayoría...» Tal es la vertiente de una so- cialización  hiperrealista donde  lo  real  se  confun- de  con  el  modelo,   como  en  la  operación   esta- dística  donde  lo real  se confunde  con  el médium, igual  que  en  la  operación   Loud.  Éste  es  el  esta- dio  ulterior   de  la  relación  social,  el nuestro,   que no es ya el correspondiente a la perspectiva (re- presiva)   ni  a  la  persuasión,  sino   el  correspon- diente  a  la  disuasión.   «Usted  es  la  información, usted   es  lo  social,  usted   es  la  noticia,   le  con- cierne  a usted,  ¡usted  tiene  la palabra!,  etc., etcétera».1    A  causa  de  este  cambio  resulta imposible   de  localizar   cualquier   tipo   de  proce- der  (del  modelo,  de  la  mirada,  del  poder,  ni  si- quiera  el proceder  del  médium  en  el caso  de  los Loud).  Ya no  hay  punto   focal,  no  hay  centro  ni periferia, sólo queda el médium, pura flexión o inflexión.  Se acabaron  la violencia  y la vigilancia: la «información», virulencia secreta, reacción en cadena,  implosión   lenta  y  simulacro   de  espacios y  de  perspectivas   donde   viene  a  jugar   todavía el proyecto de lo real.

 

 

 

1. Igual que en Orwell: «La guerra es la paz», etc.

 

 

Se acabaron  la distorsión de lo real y la ma- nipulación.   Esta  hipótesis,   moral  aún,  es  solida- ria  de  todos  los  análisis   clásicos  sobre  la  esen- cia  objetiva   del  poder.   Aquí  cabe  además   otra cosa:  la  abolición   de  lo  espectacular   y  del  efec- to médium (en sentido literal), en adelante inal- canzable,  incorporado y difuso  en  lo real  sin  que ni   siquiera   pueda   decirse   que   éste   resulte   al- terado.  El médium  ya  no  ejerce,  como  una  fuer- za  o  una  mirada,  violencia  objetiva,  es  una  viru- lencia, una modalidad  microscópica  y molecular.

 

No   obstante,    hay   que   tomar    precauciones ante   el  giro   negativo   que   el  discurso   impone:

«virulencia», «infección», pues no se trata ni de enfermedad   ni  de  afección  virulenta.   Es  preciso pensar   los   mass–media    como   si  fueran,   en   la órbita   externa,   una   especie   de  código   genético que  conduce  a  la  mutación   de  lo  real  en  hiper- real,   igual   que   el  otro   código,  micromolecular, lleva  a  pasar   de  una   esfera,  representativa,  del sentido, a otra, genética, de señal programada.

 

Lo que se cuestiona  es todo  el modo  tradicio- nal de causalidad,  determinista, «activo, crítico, analítico;  distinción   de  causa  y  efecto,  de  lo  ac- tivo  y  lo  pasivo,  de  sujeto   y  objeto,   del  fin  y de  los  medios.  Acerca de  él puede  decirse:  la TV nos  contempla,  la  TV nos  aliena,  la  TV nos  ma- nipula,   la  TV  nos  informa...   En  medio   de  todo esto   se   sigue   siendo   tributario  de   la   concep- ción analítica de los mass–media, la de un agente exterior   activo  y  eficaz,  la  de  una   información en  «perspectiva»  que  tiene  como  punto   de  fuga el horizonte  de lo real y del sentido.

 

Es  preciso  concebir  la  TV  en  plan  ADN, es decir,  como  un  efecto  donde   se  desvanecen   los polos adversos de la determinación, según una contracción,  una  retroacción nuclear  del viejo esquema   polar   que   mantenía   siempre   una   dis- tancia  mínima  entre  causa  y  efecto,  entre  sujeto y  objeto:  precisamente  la  distancia   del  sentido, el  desvío,  la  diferencia,  la  menor  separación   po- sible, irreductible bajo pena de resorción  en un proceso  aleatorio  e indeterminado del  que  el dis- curso  ni  siquiera  puede  ya dar  cuenta,  dado  que él mismo es un orden determinado.

 

Esta  brecha   es  la  que   se  desvanece   en   el proceso del código genético, donde la indeter- minación   no  es  tanto  la  del  azar  de  las  molécu- las  como  la  de  la  abolición  pura  y simple  de  la relación.   En   el   proceso   de   ordenamiento   mo- lecular,  el cual «va» del núcleo  ADN a la «sustan- cia» que  él informa,  no  hay  ya puesta  en  camino de  un  efecto,  de  una  energía,  de  una  determina- ción o de un mensaje. «Orden, señal, impulsión, mensaje»: todo ello intenta volvernos la cosa inteligible,  pero  por  analogía,  volviendo  a  trans-

 

cribir en términos de inscripción, de vector, de descodificación, una dimensión  de la que nada sabemos   —puede   que   ni   siquiera    estemos   ya ante   una   «dimensión»,   o  quizá   se  trate   de   la cuarta   dimensión    que,   según   la  relatividad,   se define  por  la absorción  de  polos  distintos  del  es- pacio  y del  tiempo.  De hecho,  todo  este  proceso no  podemos  entenderlo   más  que  en  forma  nega- tiva: nada separa un polo del otro, el inicial del terminal,  se da una especie de aplastamiento re- cíproco,  de  penetración  de  los  dos  polos  tradi- cionales   el  uno   en   el  otro.   Así  pues,   IMPLO- SIÓN —absorción  de la manera  radiante  de la causalidad, del aspecto diferencial de la deter- minación,   con  su  electricidad   positiva   y  negati- va—,  implosión   del  sentido.   Ahí  es  donde   co- mienza la simulación.

 

En  cualquier  dominio,  ya  sea  político,  bioló- gico,  psicológico,  donde  la  distinción   de  los  dos polos no pueda mantenerse, se penetra  en la si- mulación,  es  decir,  en  la  manipulación  absoluta. No  se  trata   de  pasividad,  sino  de  confusión   en- tre  lo activo  y lo pasivo.  El ADN realiza  esta  re- ducción   aleatoria   del  sentido   a  nivel  de  la  sus- tancia  viviente. La TV, en el ejemplo  de los Loud, alcanza  también   un  límite  de  indefinición   donde los Loud no  son  frente  a la TV ni  más  ni  menos activos  o  pasivos  de  lo  que  lo  es  una  sustancia viviente  ante  su  código  molecular.  En uno  y otro caso,  una   sola  nebulosa   indivisible   en  sus  ele- mentos simples, indescifrable en su verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La     apoteosis   de     la      simulación es      lo      nuclear.

Sin  embargo,  el  equilibrio   del  terror   no  es  más que la vertiente espectacular  de un sistema de disuasión   insinuado  desde   el  interior   en  todos los  intersticios  de  la  vida.  El  suspense   nuclear no hace más que sellar el sistema banalizado  de disuasión  que se encuentra en el corazón de los mass–media,   de  la  violencia  sin  más  que  reina por   doquier   en  el  mundo,   del  dispositivo   alea- torio   de  todas   las  opciones   que  se  nos  presen- tan.  El  menor   de  nuestros   gestos  está  regulado por  signos  neutralizados,  indiferentes,   equivalen- tes,  como  los  signos   que  regulan   la  «estrategia de  los  juegos».  Pero  la  verdadera   ecuación   está más   allá   y  lo  desconocido   es  precisamente   la variante  de la simulación  que  hace del mismo  ar- senal  atómico  una  forma  hiperreal,  un  simulacro que  nos  domina   a  todos  y que  reduce  cualquier evento al nivel de escenografía efímera, trans- formando  la vida que se nos concede en super- vivencia,  en  una  apuesta  sin  apuesta,  ni  siquiera en  una  letra  girada  contra  la muerte,  sino  en  un papel mojado.

 

Lo que  paraliza  nuestras   vidas  no  es la ame- naza     de     destrucción         atómica      sino   la      disuasión.

 

Y esta  disuasión   nace  del  hecho  de  que  incluso la  guerra   atómica   real  queda   excluida  —exclui- da  por   anticipado,   como   la  eventualidad  de  lo real  en  un   sistema   de  signos.   Todo  el  mundo finge  creer  en  la realidad  de  la amenaza  (lo  cual es  comprensible en  el caso  de  los  militares  y en el  discurso   de  su  «estrategia»,  pues  todo  lo  se- rio  de  su  oficio  está  en  juego),  pero  precisamen- te  a  este  nivel  no  es  cuestión   de  estrategia,   y toda la originalidad  de la situación reside en lo improbable  que resulta la destrucción.

 

La  disuasión   excluye  la  guerra,   arcaica   vio- lencia   de  los  sistemas   en  expansión.   La  disua- sión   es  la  violencia   neutralizante  de   los  siste- mas.  No  existen  ya  ni  un  sujeto  privilegiado   ni un  adversario   de  la  disuasión,   se  trata   de  una estructura planetaria de anonadamiento de op- ciones.  Nada  sucederá   a  nivel  atómico.   El  ries- go  de  una   pulverización   nuclear   no   sirve   más que  de  pretexto  —a  través  de  una  falsa  competi- ción en la sofisticación de las armas— para la instalación   de  un   sistema   de  seguridad   univer- sal,  de  un  cerrojo  para  la  destrucción  y  para  la escalada  —cuya  ficción  se  alimenta   en  lo  posi- ble  para  mantener en  vilo  a  las  gentes—  de  un sistema  universal  de  prevención,  de  control,  cuyo efecto disuasivo no apunta en modo alguno al enfrentamiento atómico (éste no ha sido nunca cuestionado,  salvo   quizás   en   los   inicios   de   la guerra  fría,  pues  se ha  confundido el aparato  nu- clear  con  la  guerra  tradicional),   sino  a  la  proba-

 

bilidad   de  todo  evento  real.  Los  dos  (o  tres,  o múltiples   en   el  futuro)   protagonistas  del   peli- gro  nuclear   no  se  disuaden   el  uno  al  otro  (se- gún  una   estrategia   cuya  misma   sofisticación   es un  síntoma   de  nulidad),   sino  que,  conjuntamen- te,  disuaden   a  todo  el  resto  y, al  propio  tiempo, a    mismos.   Lo  que  se  trama   a  la  sombra   de este  dispositivo,   bajo  el  pretexto   de  una  amena- za  «objetiva»  máxima  y  gracias  a  semejante   es- pada  nuclear  de  Damocles,  es  la  puesta  a  punto del  mayor   sistema   de  control   que   jamás   haya existido  y  la  satelitización   progresiva   de  todo  el planeta mediante tal hipermodelo de seguridad.

 

Lo mismo vale para las centrales  nucleares pacíficas.   La  pacificación   no   establece   diferen- cias  entre  lo  civil y lo  militar:  en  cualquier  par- te   donde   se   elaboren   dispositivos    irreversibles de  control,  donde  la noción  de  seguridad  se con- vierta  en  todopoderosa,  donde   la  norma   de  se- guridad  reemplace al viejo arsenal de leyes y de violencia  (la  guerra   comprendida),  lo  que  crece es  el  sistema  de  disuasión,   y  en  torno  a  él  cre- ce el desierto histórico,  social y político. Una gi- gantesca   involución   obliga   a   todo   conflicto,   a toda  finalidad,  a  todo  enfrentamiento a  contraer- se  a  la  medida  del  chantaje  que  los  interrumpe, los  neutraliza   y  los  congela.  Ni  revuelta  ni  his- toria   alguna   pueden   desplegarse   según   su  pro- pia lógica pues se exponen  al anonadamiento. Ninguna   estrategia   es  ya  posible   y  la  escalada no  es  más  que  un  juego  pueril  en  manos  de  los

 

militares.   La opción  política  ha  muerto,  no  que- dan   más  que  simulacros   de  conflictos   y  apues- tas cuidadosamente circunscritas.

 

La «aventura  espacial»  ha  jugado  exactamen- te  el  mismo  papel  que  la  escalada  nuclear.   Por este  motivo  ha podido  relevarla  tan  fácilmente  en los  años   60  (Kennedy/Krouchtchev),    o  desarro- llarse  paralelamente  bajo  un  aspecto  de  «coexis- tencia   pacífica».  Pues   ¿cuál  es  la  función   últi- ma  de  la  carrera   espacial,  de  la  conquista   de  la luna,   del   lanzamiento    de   satélites?,   no   puede ser otra que la institución de un modelo de gra- vitación   universal,   de   satelitización    del   que   el módulo   lunar   es  el  embrión   perfecto:  microcos- mos  programado  donde   nada   puede   ser  dejado al azar. Trayectoria, energía, cálculo, fisiología, psicología,  entorno   —nada   puede  ser  abandona- do  a  la  contingencia,   se  trata   del  universo   total de  la  norma—   ahí  la  ley ya  no  existe,  es  la  in- manencia   operativa   de  todos  los  detalles  la  que legisla. Universo expurgado de toda amenaza de sentido,   en   estado   de   asepsia   y  de   ingravidez

—lo  que  es  fascinante   es  semejante   perfección. Pues  la  exaltación  de  las  masas  no  provenía  del hecho  del  alunizaje  ni  del  paseo  de  un  hombre por   el  espacio   (esto   sería,   sobre   todo,   el  final de  un  viejo  sueño),  no,  la  estupefacción   nace  de la perfección del programa y de la manipulación técnica.  Fascinación  por  la  norma  llevada  al  má- ximo  y por  el control  de  la probabilidad.  Vértigo del  modelo,   que  se  une   al  de  la  muerte,   pero

 

sin  espanto   ni  pulsión.   Pues  si  la  ley,  con  su aura de transgresión, y el orden, con su aura de violencia, arrastraban aún cierta imaginación perversa, la norma fija, fascina, asombra  e invo- luciona   todo  aspecto  imaginario.   Ya no  se  pue- de fantasear  acerca de la minuciosidad de un programa,    su   sola   observancia    es   vertiginosa, pues   pertenece   a  un  mundo   que  no  desfallece. Hay  que   tener   en   cuenta   que   el  mismo   mo- delo  de  infalibilidad   programática,  de  seguridad y  de  disuasión   máximas,   es  el  que  rige  hoy  el campo de lo social. He aquí el último rizo de la parábola   nuclear:   la  operación   minuciosa   de  la técnica  sirve  de  modelo  para  la  operación   minu- ciosa  de  lo  social.  Nada  será  ya  dejado  al  azar, y,  sin  embargo,   ésta  es  la  socialización   que  se inició  hace  siglos,  pero  que  acaba  de  entrar   en su  fase  acelerada,   hacia  un  límite  que  se  creía explosivo  (la  revolución),   y  que  de  momento   se traduce   en  un  proceso   inverso,   implosivo,   irre- versible:   disuasión    generalizada    de   todo   azar, de   todo   accidente,   de   toda   transversalidad,  de toda finalidad,  de toda contradicción, ruptura o complejidad,   en  una   socialidad   irradiada  por  la norma,   volcada  a  la  transparencia de  señales  de los mecanismos  de información. De hecho, los modelos  espacial  o  nuclear   no  tienen   fines  pro- pios: ni el descubrimiento de la luna, ni la su- perioridad  militar   y  estratégica.   Su  verdad   con- siste  en  ser  los  modelos  de  simulación,   los  vec- tores  modelo  de  un  sistema  de  control   planeta-

 

rio  (en  el  que  ni  siquiera   las  potencias   vedettes de   semejante    escenario    están    libres,   todo    el mundo está satelitizado). 1

 

Resistir   ante   la   evidencia:   en   la   satelitiza- ción,  el que  resulta  satelitizado  no  es quien  pen- samos.  Mediante  la  inscripción  orbital  de  un  ob- jeto  espacial,  el  que  se  convierte   en  satélite   es el planeta  tierra,  es  el principio  terrestre   de  rea- lidad el que deviene excéntrico, hiperreal e in- significante.   Mediante   la   instalación    orbital   de un  sistema   de  control   como  la  coexistencia   pa- cífica,  todos   los  microsistemas  terrestres  resul- tan  satelitizados   y  pierden   su  autonomía.  Todas las   energías,   todos   los  eventos   son   absorbidos por  esta  gravitación   excéntrica,  todo  se  conden- sa  e  implosiona   hacia  el  único  micromodelo  de control   (el  satélite   orbital),   como   inversamente, en la otra dimensión  biológica, todo converge e implosiona  hacia el micromodelo molecular del código  genético.  Entre   los  dos,  en  este  tenedor de lo nuclear y lo genético, en la asunción  si- multaneizada  de  los  dos  códigos  fundamentales de la disuasión, todo principio de sentido es ab- sorbido,   todo   despliegue   de  lo  real   es  imposi- ble.

 

La     simultaneidad     de     dos   sucesos     en     el      mes

de     julio   del              75              ilustró          lo     anterior      de               un     modo apabullante:        la      reunión      en      el      espacio     de     los     dos

 

 

1. Paradoja: todas las bombas son limpísimas: su única polución es la energía de control y de seguridad  que irradian al no llegar a estallar.

 

supersatélites   americano    y   ruso,   apoteosis    de la  coexistencia   pacífica.  La  supresión  por   parte de  los  chinos  de  la  escritura   ideogramática y su puesta  en  marcha  del  alfabeto  romano.  El segun- do  de  estos  sucesos  significa  la  instalación   «or- bital» de un sistema de signos abstractos  y mo- delizado   en  cuya  órbita   serán   absorbidas   todas las  formas,  antaño   singulares,   de  estilo  y  de  es- critura.   Satelitización  de  la  lengua:  es  la  manera china  de  penetrar en  el  sistema  de  la  coexisten- cia pacífica, el cual queda inscrito en su cielo simultáneamente  gracias  al  acoplamiento  de  los dos  satélites.   Ésta  es  su  manera   de  relegar   un sistema autónomo para unirse a un sistema ho- mogéneo  de  signos  del  que,  además,  forman  par- te  «su»  bomba   H  y  su  ideología.  Vuelo  orbital de los dos Grandes, neutralización y homogenei- zación de todos los demás en el suelo.

 

Sin  embargo,   pese  a  tal  implosión,   involu- ción  y disuasión   mediante  el factor  orbital  —có- digo nuclear o código molecular— los sucesos continúan  sobre   la  tierra,   las  peripecias   inclu- so son cada vez más numerosas dado el proceso mundial  de contigüidad  y de simultaneidad de la información.  Pero  no  tienen   ya  sentido,   no  son más   que   el  efecto   duplicado   de   la  simulación en  la  cumbre.   No  existe  un  ejemplo  mejor  que la guerra del Vietnam puesto que se dio en la intersección  de una alternativa  histórica  y «re- volucionaria» máxima con la instalación de este elemento   orbital   de  simulación.   ¿Qué sentido   ha

 

tenido   esta  guerra?  ¿No habrá   sido  quizás  el  de sellar  de  algún  modo  el  fin  de  la  historia   en  el suceso  histórico   culminante  y  decisivo  de  nues- tra   época?  ¿Por  qué   esta   guerra   tan   dura,   tan larga,  tan  feroz, se disipó  de un  día  al otro  como por encanto?

 

¿Por  qué   la  derrota   (el  mayor   revés  de  la historia  de los USA) no  ha  tenido  ninguna  reper- cusión interna  en América? Si realmente  había significado   el  fracaso  de  la  estrategia   planetaria de  los  Estados  Unidos,  tenía   que  haber   sacudi- do  también  el equilibrio  interno  y el sistema  po- lítico americano.  Nada de esto sucedió.

 

Otra  cosa,  pues,  ha  tenido  lugar.  Esta guerra, en  el fondo,  no  habrá  sido  más  que  un  episodio crucial   de  la  coexistencia   pacífica.  Habrá   seña- lado  la  incorporación de  China  a  esta  coexisten- cia. La no  intervención   china,  obtenida  y concre- tizada   a   través   de   largos   años,   el  aprendizaje por  parte  de  China  de  un  modus   vivendi  mun- dial,   el   paso   de   una   estrategia   de   revolución mundial   a  una  estrategia   de  reparto   mundial   de las  fuerzas   y  de  los  imperios,   la  transición  de una   alternativa    irreductible,    radical,   a   otra   de simple  poder  político  integrado  a un  sistema mundial en adelante regulado por lo esencial (normalización de las relaciones Pekín–Washing- ton):  esto  era  lo  que  estaba  en  juego  en  la  gue- rra  del  Vietnam,  y en  este  sentido,  los  USA eva- cuaron   Vietnam,   pero   ganaron   la  guerra.   Y  la guerra   terminó   «espontáneamente»  una   vez  que

 

se hubo  logrado  el objetivo.  De ahí  que  todo  aca- bara con tanta facilidad.

 

El  mismo   proceso   estratégico   se  puede   de- tectar  sobre  el  terreno.   La guerra  duró  mientras duraron los elementos irreductibles a una sana política  y  a  una  disciplina   de  poder,  aunque   se tratara  de  un  poder   comunista.   Una  vez  que  la guerra   quedó   en  manos   de  las  tropas   regulares del  Norte   y  escapó  a  las  de  los  maquis,   pudo terminar, su  objetivo  se  había  cubierto.  La cues- tión  estaba,  pues,  en  el  traspaso   de  poder,  en  el relevo político. Cuando los vietnamitas hubieron probado   que  no  eran  portadores de  una  subver- sión  indomable   y que  eran  susceptibles  de  enca- jar  bien  en  el orden  social,  se  les  pudo  ya  dejar a  sus  anchas.   Al  fin  y  al  cabo,  el  que  se  trate de  un  orden   comunista   no  es  muy  grave  en  el fondo:   ha   dado   suficientes   pruebas   de   que   se puede   confiar   en  él.  Es  incluso   más  eficaz  que el capitalismo  en  lo concerniente a la liquidación de las estructuras pre–capitalistas «salvajes» y arcaicas.

 

Encontramos exactamente  el mismo telón de fondo   en  la  guerra   de  Argelia.  El  otro   aspecto de  esta  guerra  (sin  duda  el fundamental en  toda guerra   moderna),   es  el  siguiente:  tras  la  violen- cia armada, el antagonismo mortal de los adver- sarios,  que  parece  una  cuestión  de  vida  o  muer- te,  que  se  interpreta  como   tal  (si  no  la  gente no   se   dejaría   matar   por   estas   historias),    tras este  simulacro   de  lucha  a  muerte   y  de  despia-

 

dado juego mundial, los dos adversarios son fun- damentalmente solidarios  contra otra cosa, in- nombrada, nunca  dicha,  pero  de  la  que  el  resul- tado   objetivo   de  la  guerra,   con  igual  complici- dad por parte de los dos adversarios,  supone la liquidación  total: las estructuras tribales, comu- nitarias,  precapitalistas, todas las formas de in- tercambio,   de   lengua,   de   organización  simbóli- ca,  todas   las   formas   anteriores  a   la  socializa- ción   racional   y  terrorista  —esto   es  lo  que   se quiere   abolir,   lo  que  la  guerra   quiere   extermi- nar—  situada  en  su  inmenso  objetivo  espectacu- lar  de  muerte   no  es  otra   cosa  que  el  encubri- miento  de  este  proceso  de  racionalización terro- rista   de   lo  social,   el  homicidio   por   excelencia sobre   el  que  podrá   instaurarse  el  orden   social, la socialización, ya sea comunista  o capitalista. Complicidad   total,   o   reparto    del   trabajo   entre dos   adversarios   (capaces   de  soportar   por   todo esto   sacrificios   inmensos)   con   la  misma   finali- dad de racionalización y de domesticación de las relaciones  sociales.  De neutralización y de  unión de  energías.  De colonización  en  el  pleno  sentido de la palabra.

 

«A los Norvietnamitas se les recomendó  pres- tarse   a  representar  la  liquidación   de  la  presen- cia   americana,   representación  en   la  que,   claro está, había que salvar la cara.»

 

La  escenografía:   los   terribles    bombardeos sobre   Hanoi.   Su  carácter   insoportable  no   debe ocultar  que  no  eran  más  que  un  simulacro  para

 

permitir   a  los  vietnamitas   la  apariencia   de  pres- tarse  a  un  compromiso   y  a  Nixon  hacer  tragar a  los  americanos   la  retirada   de  sus  tropas.  Todo estaba  previsto,  objetivamente   no  estaba  en  jue- go  más  que  la  cara  ideológica.  La  guerra   no  es menos atroz por ser sólo un simulacro. Que los moralistas   de  la  guerra,  los  poseedores   de  valo- res de referencia de la guerra no se desolen de- masiado:   se  sigue  sufriendo   en  la  propia   carne, y   los   muertos    y   los   excombatientes   que   de estas  guerras  simuladas  cuestan  lo mismo  de siempre.    En   cierto    sentido,    este    objetivo    se sigue  alcanzando   —lo  mismo  que  el  de  domes- ticación de un territorio, de imposición  de una socialización   disciplinaria.  Lo  que   ya   no   exis- te    es    la    adversidad     de    los    adversarios,     la realidad de las causas antagónicas,  la seriedad ideológica  de  la  guerra.   Tampoco   existe  la  rea- lidad  de  la  victoria   o  de  la  derrota,   aunque   la guerra   es  un  proceso   que  triunfa   siempre   muy por encima de estas apariencias.

 

Así  pues,  es  preciso   leer  todos   los  sucesos por   el  reverso,   más  allá  de  su  montaje   oficial. Todo el mundo  es cómplice, en especial los mass– media,  de  mantener  la  ilusión  de  la  posibilidad de  ciertos   hechos,   de  la  realidad   de  las  opcio- nes,  de  una  finalidad  histórica,  de  la  objetividad de  los  hechos.   Todo  el  mundo   es  cómplice  de salvar el principio de realidad.

 

De  este  modo,   es  posible   arañar   la  verdad de  una  guerra,  a  saber:  que  terminó   mucho  an-

 

tes  de  acabar,  que  se  puso  fin  a  la  guerra  en  su mismo   corazón,   que  probablemente  esta  guerra no  llegó  a  comenzar   nunca.  Muchos  otros  suce- sos  (la  crisis  petrolíferas,  etc.)  tampoco  han empezado  nunca  ni han  llegado  a existir  más  que como peripecias artificiales,1 trucajes históricos, catástrofes  y crisis destinados  a mantener bajo hipnosis un cerco histórico.

 

Que todos estos pseudoacontecimientos (los comunistas al  poder  en  Italia,  el redescubrimien- to  póstumo,   o,  por  lo  menos  «retro»,  del  Gulag y de los disidentes  soviéticos, así como el des- cubrimiento,  casi  contemporáneo,  por  una  etno- logía  moribunda  de  la  «diferencia»   perdida   de los   salvajes),   todas   estas   cosas   que   llegan   de- masiado   tarde,   en  medio  de  una  espiral   de  re- traso,   que   han   agotado   su   sentido   desde   hace largo  tiempo  y no  viven más  que  de una  eferves- cencia   artificial   de  signos,   que  todos   estos   su- cesos   se   desarrollan  sin   lógica,   en   medio   de una   equivalencia   total   de   las  más   contradicto- rias y de una indiferencia  profunda  por sus con- secuencias (aunque la realidad es que no tienen consecuencia    alguna:   se   agotan   en   su   promo- ción   espectacular    y   se   olvidan),   esto   lo   sabe

 

 

1. La crisis de la energía, la puesta en escena ecológica son por sí mismas un «film de catástrofe», del mismo estilo (y del mismo valor) que los que llenan actualmente las arcas de Hollywood. Es inútil cualquier interpretación laboriosa de estos films y su relación con una crisis social «objetiva» o, incluso, con un espejismo «objetivo» de la catástrofe.  Lo que ocurre  es que lo social mismo, en el discurso actual, se está organizando según una escenografía de film de ca- tástrofe.

 

todo  el  mundo   aunque   nadie  lo  acepte  —no  es extraño   que  la  película  de  la  «actualidad»   pro- duzca  una  impresión   siniestra   de  kitsch,  de  «re- tro»  y de porno  a la vez. La realidad  de la simu- lación   es  insoportable,  más   cruel  que  el  teatro de  la  crueldad  de  Artaud,  que  fue  la  última  ten- tativa de una dramaturgia de la vida, el último sobresalto   de   una   idealidad   del   cuerpo,   de   la sangre,   de   la   violencia   en   un   sistema   que   lo arrastraba ya hacia  la  absorción   incruenta de  to- das   las   opciones.   Nuestra   suerte   está   echada. Toda  dramaturgia  e  incluso   toda   escritura   real de  la  crueldad   ha   desaparecido.   La  simulación es  quien  manda  y  nosotros   no  tenemos   derecho más que al «retro», a la rehabilitación espectral, paródica,   de  todos   los  referentes   perdidos,   que todavía    se   despliegan    en   torno    nuestro,    bajo la  luz  fría  de  la  disuasión   (incluido  Artaud  que, como   el  resto,   tiene   derecho   a  su  «revival»,  a una  segunda  existencia  como  referente  de  la crueldad).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por  eso  la  diseminación nuclear  no  debe  ser

tomada   como  un  riesgo  más  a  añadir   a  los  ya existentes     de    estallido    o    accidente     atómico

—salvo  durante   el  intervalo   crítico,   durante   el que  las «jóvenes» potencias  pueden  sentir  la tentación   del  uso  no  disuasivo,  es  decir,  «real», como hicieron  los americanos  en Hiroshima— aunque   sólo  ellos  han  tenido   hasta  el  momento derecho  al  «valor  de  uso»  de  la  bomba  y  cuan- tos   logren   tenerla   serán   disuadidos   de  su   uso por  el  hecho  mismo   de  poseerla.   El  ingreso   en el club atómico, tan lindamente bautizado,  borra rapidísimamente   (como    la   sindicación    en    el mundo  obrero)  toda  veleidad  de  intervención violenta.   La  responsabilidad,  el  control,   la  cen- sura    y   la   autodisuasión   siempre    crecen    más aprisa  que  las fuerzas  o las armas  de  que  se dis- pone:  éste  es  el  secreto  del  orden  social.  De ahí que  la  posibilidad   misma   de  paralizar   un   país con  un  simple  interruptor haga  que  los  técnicos en   electricidad    no   lleguen   a   usar   jamás   esta arma: todo el mito de la huelga general y revo- lucionaria   se  derrumba  en  el  mismo   momento en  que  se  dan   las  condiciones   necesarias   para ella  —pero,   ésta  es  otra   cuestión,   precisamente

 

porque       se      dan   tales condiciones.       En     esto con- siste el proceso de la disuasión.

 

Es, pues,  muy  probable  que  un  día  veamos  a las   potencias    nucleares    exportar    centrales,   ar- mas y bombas atómicas a todas las latitudes, ex- portando al  mismo  tiempo  el  virus  de  la  disua- sión.   Al  control   mediante   la  amenaza   atómica, hoy  en  día  monopolio   de  unos  pocos,  sucederá la estrategia mucho más eficaz de pacificación mediante  tenencia de bombas. Las «pequeñas» potencias, creyendo comprar su autonomía, com- prarán  su propia  neutralización oculta  en la bom- ba  disuasoria.  Es  el  caso  de  las  «centrales»  nu- cleares  que  se  están   repartiendo  ya,  pues,  igual que bombas de neutrones, neutralizan toda viru- lencia  histórica   y  todo   riesgo  de  explosión.   En este  sentido,  lo  nuclear  inaugura   por  doquier  un proceso    acelerado    de   implosión,    congelándolo todo   a  su  entorno   y  absorbiendo  toda   energía viva.

 

Lo  nuclear   es  a  la  vez  el  punto   culminante de  la  energía  posible,  la  máxima  energía  dispo- nible  y, paralelamente y de un  modo  más  rápido, la   culminación    de   los   sistemas   de   control   de toda   energía.   La  encerrona  y  el  control   crecen en  la  misma  medida  (y  sin  duda  aún  más  apri- sa)   que   las   posibilidades    liberadoras.    Ésta   fue ya la aporía de las revoluciones modernas,  de la Revolución.  Con  una  envergadura   mucho  mayor, sigue  siendo  la  paradoja   absoluta   de  lo  nuclear. Las  energías   se  congelan   con  su  propio   fuego, se   disuaden    a      mismas.   No  acaba   de   verse claro  qué  proyecto,   qué  poder   o  qué  estrategia se   ocultan   tras   este   cerco,   esta   saturación   gi- gantesca  de  un  sistema  con  sus  propias   fuerzas ya neutralizadas, inutilizables,  ininteligibles  e inexplosivas,  de  no  ser  la  posibilidad   de  una  ex- plosión  hacia  el interior,  de  una  implosión  en  la que  todas  estas  energías  se  abolirían  en  un  pro- ceso  catastrófico   en  sentido   literal,  es  decir,  en el  sentido  de  una  reversión  de  todo  el  ciclo  ha- cia  el  punto   mínimo,   de  una   reversión   de  las energías hacia el más estrecho umbral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL EFECTO BEAUBOURG

(IMPLOSIÓN Y DISUASIÓN)

 

 

 

 

 

El efecto Beaubourg, la máquina  Beaubourg, la «cosa»   Beaubourg   —¿qué   nombre    darle?—.   Es un  enigma  este  esqueleto   de  flujos  y  de  signos, de  redes   y  de  circuitos   —veleidad   última   con- sistente   en   traducir   una   estructura  que   ya  no tiene   nombre,   la  de  las  relaciones   sociales   ex- puestas   a  una   valoración   superficial   (revitaliza- ción,   autogestión,    información,  mass   media),   y a una implosión  irreversible en profundidad. Mo- numento a  los  juegos  de  simulación   de  masa,  el Centro  funciona  como  un  incinerador  absorbien- do toda energía cultural  y devorándola  —algo parecido  al monolito  negro  de 2001: convección carente   de  sentido   de  todos   los  contenidos  ve- nidos   a  materializarse,  absorberse   y  anonadarse en esta oscura y misteriosa  masa.

 

Los  alrededores   no  son   más   que  una   pen- diente  de desagüe  —restauración, desinfección, desing   snob   e  higiénico—,   pero   se  trata   sobre todo   de  un   mecanismo   de  vaciado   mental.   En las centrales nucleares se observa un engranaje semejante:   el  verdadero   peligro   que   comportan no  es  la  inseguridad,   la  polución  o  la  explosión, sino  el  sistema   de  seguridad   máxima   que  bulle en  torno  a ellas, la oleada  de  control  y de  disua- sión   que   va  ganando   terreno   implacablemente, oleada   técnica,   ecológica,  económica   y  geopolí- tica.  ¿Qué importa   lo  nuclear?,  la  central  es  una matriz donde se elabora un modelo de seguridad absoluta,  que  va a  generalizarse  a  todo  el campo social   y  que,   más   que   cualquier   otra   cosa,  es un  modelo  de  disuasión   (es  lo  mismo   que  nos rige  mundialmente bajo  el signo  de  la  coexisten- cia  pacífica  y de  la  simulación   de  peligro  atómi-

co).

 

El      mismo        modelo,     salvadas    las     proporciones, se elabora  en  el Centro:  fisión  cultural,  disuasión política.

 

Quiero        decir que   la      circulación de     fluidos        es desigual.          Ventilación,         refrigeración,      tendidos eléctricos      —los          fluidos         «tradicionales»   circulan muy       bien  por    ellos.          Lo que        ya     no          está  tan    asegurado   es  la  circulación   de  fluido   humano   (la solución    de   las   escaleras   mecánicas    envueltas en   moldes   de  plástico   resulta   arcaica,   debería- mos  ser  aspirados,   propulsados, qué  se  yo,  pero con   una   movilidad   adecuada   a  esta   teatralidad barroca   de  fluidos  en  que  consiste   la  originali- dad del armazón).  En cuanto  al conjunto  de obras, objetos  y  libros,  y  al  espacio  interior   supuesta- mente «polivalente», no circulan ya en absoluto. Cuanto   más  nos  adentramos,  menos   circulación hay.  Ocurre   lo  contrario  que  en  Roissy,  donde desde  un  centro  futurista,   diseño  «espacial»,  que irradia hacia «satélites», etc., se va a parar muy suavemente   a  los... aviones  tradicionales. Sin embargo,   la   incoherencia   es   la   misma.   (¿Qué pasa  con  el  dinero,  ese  otro  fluido,  qué  se  hace de  su  tipo  de  circulación,  de  emulsión  y de  osci- lación en Beaubourg?).

 

La misma contradicción se da incluso en el comportamiento  del  personal,   asignado   al  espa- cio  «polivalente»  pero   sin  espacio  privado   para su trabajo. De pie y moviéndose, los individuos adoptan  un comportamiento «cool», muy flexible, muy  «design»,  adaptado   a  la  «estructura»   de  un espacio  «moderno».  Sentados  en  su  rincón   si  es que  así  puede   llamársele,   se  agotan   secretando una   soledad   artificial,   envolviéndose   en  su  pro- pia  burbuja.   Es  una  bonita   táctica  de  disuasión: se  les  condena   a  usar   toda   su  energía   en  esta defensiva   individual.    Curiosamente,    reencontra- mos  de  este  modo   la  misma   contradicción  del objeto  Beaubourg:  un  exterior   móvil,  conmutati- vo, «cool» y moderno   —un  interior   crispado  so- bre los viejos valores.

 

Este  espacio   de  disuasión,   articulado   sobre una ideología de visibilidad, de transparencia, de polivalencia,   de  consenso   y  de  contacto,   y  san- cionado   por  el  chantaje   a  la  seguridad,   es,  hoy por hoy, virtualmente, el espacio de todas las relaciones   sociales.  Todo  el  discurso   social  está ahí  y  tanto  en  este  plano  como  en  el  del  trata- miento   de  la  cultura,   Beaubourg   es,  en  plena contradicción con sus objetivos explícitos, un monumento genial de nuestra  modernidad. Es agradable  pensar  que la idea no  se le ha ocurrido a  ningún  espíritu  revolucionario, sino  a  los  lógi- cos  del  orden   establecido,   desprovistos   de  todo sentido   crítico   y,  por   tanto,   más  cercanos   a  la verdad,  capaces,  en  su  obstinación,   de  poner  en marcha   una   máquina   incontrolable,  cuyo   éxito mismo  les  escapa,  y  que  es  el  reflejo  más  exac- to,   incluso   en   sus   contradicciones,  del   estado de cosas actual.

 

 

 

 

Naturalmente, todos  los  contenidos culturales de  Beaubourg  son  anacrónicos,  pues  a  semejan- te envoltorio  arquitectónico sólo podía corres- ponderle   el  vacío  interior.   La  impresión   general es  de  coma  irreversible,   de  una   animación   que en  realidad   no  es  más  que  reanimación,  y  esto es así porque la cultura está muerta, cosa que Beaubourg    perfila    admirablemente   aunque    de una   manera   vergonzosa.   Lo  mejor   hubiera   sido aceptar triunfalmente esta muerte y erigir un monumento o un antimonumento equivalente  a la inanidad  fálica de la torre  Eiffel en su época. Mo- numento  a  la  desconexión   total,  a  la  hiperreali- dad  y  a  la  implosión   de  la  cultura  —hecha  hoy por   nosotros   en  plan   de  circuitos   transistoriza- dos siempre bajo la sombra acechante de un cor- tocircuito  gigantesco.

 

Beaubourg          es     ya     una   compresión         a       lo      César

—figura  de  una  cultura  tal  que  se hunde  bajo  su

 

propio   peso—  como  los  automóviles   congelados de  pronto   en  el  seno  de  un  sólido  geométrico. Así  los  coches  de  César  recién   librados   de  un accidente ideal, no exterior sino inherente  a la estructura metálica y de carne humana  aparece cortado   a  la  medida   geométrica   del  más  peque- ño  espacio  posible  —de  modo  parecido  en  Beau- bourg  la  cultura   es  triturada,  retorcida,   recorta- da  y comprimida en  sus  menores  elementos simples—   manojo   de   transmisiones  y  metabo- lismo   difunto,   helado   como   un   mecanoide   de ciencia ficción.

Pero en lugar  de romper  y de comprimir  toda la  cultura   en  este  armazón   que,  de  todos   mo- dos,  tiene   aspecto   de  compresión,   en  lugar   de esto,   se   expone   ahí   precisamente  a   César.   Se expone a Dubuffet y a la contracultura y la si- mulación  inversa  sirve  como  referente  de  la  cul- tura   difunta.   En  este  esqueleto   que  habría   po- dido   servir   como   mausoleo   de   la  operatividad inútil de los signos, son expuestas las máquinas efímeras   y  autodestructivas  de  Tinguely  bajo  el signo  de  la eternidad   de  la cultura.  Se neutraliza de este modo todo el conjunto: Tinguely queda embalsamado  en  el  museo,  Beaubourg  se  ve  re- bajado en su pretendido contenido  artístico.

Felizmente, todo este simulacro de valores culturales  es anticipadamente negado por la ar- quitectura  exterior.1     Pues   ésta,   con   sus   redes

 

 

1. Hay algo más que anonada  al proyecto cultural de Beaubourg: la masa misma que se agolpa para disfrutarlo (más adelante nos ocu- paremos de esto).

 

De tuberías y su aire de edificio de exposición o  de  feria  universal,   con  su  fragilidad   (¿calcula- da?) disuasiva de toda mentalidad o monumen- talidad tradicionales, proclama abiertamente que nuestro   tiempo   ya  nunca   será  tiempo   de  dura- ción, que nuestra  única temporalidad es la co- rrespondiente  al   ciclo   acelerado   y  al   reciclaje, la  del  circuito  y  del  tránsito   de  fluidos.  Nuestra única  cultura  es  en  el  fondo  la  de  los  hidrocar- buros,   la  de  la  refinación,   la  del  «cracking»,  la del   rompimiento  de   moléculas   culturales    para volver  a  combinarlas   en   productos  de  síntesis. Esto, Beaubourg–Museo quiere ocultarlo, pero Beaubourg–armazón lo  proclama.   Y es  esto  tam- bién  lo  que  origina  la  belleza  del  armazón   y  el fracaso  de  los  espacios  interiores.   De  todos  mo- dos,  la ideología  misma  de  «producción   cultural» es  antitética   de  toda  cultura,  igual  que  la  de  vi- sibilidad   y  la  de  espacio  polivalente:   la  cultura es el ámbito del secreto, de la seducción, de la iniciación,   de  un  intercambio  simbólico   restrin- gido  y  altamente   ritualizado.   Nada  se  puede  ha- cer  contra  ello. Tanto  peor  para  las masas  y tan- to peor para Beaubourg.

 

¿Qué había pues que meter en Beaubourg?

 

Nada. El vacío que  habría  significado  la desa- parición   de  toda  cultura   del  sentido   y  del  sen- timiento estético. Pero esto es aún demasiado romántico y desgarrador, semejante  vacío habría valido  aún  como  obra  maestra   de  la  contracul- tura.

 

¿Un remolino  quizá  de luces  estriando  un  espacio      en     el      que   la          multitud      aportaría   el      elemen- to móvil de base?

 

De  hecho,   Beaubourg   ilustra   perfectamente la  cuestión  de  que  un  orden  de  simulacros   sólo se  sostiene   merced   a  la  coartada   del  orden   an- terior.   Aquí,  un  armazón   hecho  de  flujos  y  co- nexiones  de  superficie  se  da  como  contenido   la cultura   tradicional   de  la  profundidad.  Un  orden de simulacros  anteriores (el orden del sentido) suministra  la  sustancia   vacía  de  un  orden   ulte- rior,  el cual  ni  siquiera  conoce  la diferencia  exis- tente  entre  el significante  y el significado,  el continente y el contenido.

 

Por  lo  tanto,   la  pregunta:   «¿Qué había   que meter   en  Beaubourg?»  resulta   absurda.   No  pue- de  haber  una  respuesta   porque   la  distinción   tó- pica entre el interior  y el exterior no debería ya plantearse. Ahí está nuestra  verdad, verdad de Moebius  —utopía   irrealizable,   sin  duda,   pero   a la  que  Beaubourg   da  sin  embargo   razón   en  la medida   en  que  cualquier   de  sus  contenidos  es un  contrasentido  y  se  ve  anticipadamente  nega- do por el continente.

 

Y  no  obstante...   si  alguna   cosa  debería   ha- ber en Beaubourg tendría que ser una especie de laberinto,    una   biblioteca    combinatoria   infinita, una  redistribución  aleatoria   de  los  destinos   me- diante  el juego  o la lotería  —en  suma,  el univer- so de Borges— o quizá las Ruinas circulares: un encadenamiento  de  individuos   soñados   los  unos

 

por los otros (no una Disneylandia del sueño, un laboratorio de ficción práctica). Una experimen- tación   de  los  distintos   procesos   de  la  represen- tación:    difracción,    implosión,    encadenamientos y    desencadenamientos    aleatorios     —un     poco como  en  el Exploratorium de  San Francisco  o en las  novelas   de  Philip  Dick—  en  definitiva,   una cultura   de  simulación   y  de  fascinación,   y  no  la de  siempre  de  producción y de  sentido:  he  aquí lo que podría  ser propuesto que no fuera  una  mi- serable  contracultura. ¿Es ello posible? No aquí, evidentemente. Pero este tipo de cultura se está haciendo   por  ahí,  en  todas  partes   y  en  ninguna en   concreto.    En   adelante,    la   única   verdadera práctica   cultural   será  la  de  las  masas,  la  nues- tra (se acabó la diferencia) es una práctica ma- nipulatoria,  aleatoria,    de   laberintos    de   signos, que ya no tiene sentido.

 

Sin embargo,  visto  de  otro  modo,  no  es cier- to que en Beaubourg haya incoherencia entre el continente  y  el  contenido.   Será  cierto   si  se  da crédito   al  proyecto   cultural   oficial,  pero   lo  que allí se hace es exactamente  lo contrario de este proyecto.  Beaubourg  no  es  más  que  un  inmenso trabajo  de transmutación de la famosa cultura tradicional   del  sentido   en  el  orden   aleatorio   de los  signos,   en  un   orden   de  simulacros   (el  ter- cero)   completamente  homogéneo   con   el  de  los flujos  y  canales  de  la  fachada.  Y se  invita  a  las masas  a  venir  para  conducirlas   a  este  nuevo  or- den «semiúrgico», aunque sea bajo el pretexto contrario de educarlas  en el sentido y en la pro- fundidad.

 

Hay  que  partir,   pues,  de  este  axioma:  Beau- bourg   es  un  monumento  de  disuasión   cultural. En  un  escenario   museístico   que  sólo  sirve  para salvar  la ficción  humanista de  la cultura,  se lleva a  cabo  un  verdadero   asesinato   de  ésta,  y  a  lo que  en  realidad   son  convidadas   las  masas  es  al cortejo fúnebre de la cultura.

 

Y  las  masas   acuden.   Es  la  suprema   ironía de  Beaubourg:  las  masas   se  vuelcan  no  porque les  crezca  la  saliva  ante  una  cultura  que  las  vie- ne  frustrando  siglo  tras   siglo,  sino   porque   por primera  vez tienen ocasión de participar multitu- dinariamente  en  el  inmenso   trabajo   de  enterrar una  cultura  que  en  el  fondo  siempre  han  detes- tado.

 

Es, pues,  un  absoluto  malentendido denunciar Beaubourg  como una  mixtificación  cultural  de masas.   Éstas   se   precipitan  en   Beaubourg   para gozar  de  la  ceremonia   fúnebre,   del  descuartiza- miento,    de   la   prostitución   operativa    de   una cultura al fin verdaderamente liquidada,  incluido cualquier  tipo  de  contracultura que  siempre  será una  apoteosis   de  aquélla.  Las  masas  se  agolpan en  Beabourg  del  mismo  modo  que  se agolpan  en los lugares de catástrofe, con el mismo impulso irresistible.   Mejor   dicho:   las   masas   son   la  ca- tástrofe  de  Beaubourg.  Su número,  sus  pasos,  su fascinación,  su  prurito   de  verlo  y de  manipularlo todo, revelan un comportamiento objetivamente mortal   y  catastrófico   para   todo   el  tinglado.   No sólo   su   peso   pone   en   peligro   el  edificio,   sino que  su  adhesión,   su  curiosidad   niegan   los  con- tenidos mismos de esta cultura de animación. Lo sucedido  no  tiene  nada  que  ver  con  el  objetivo cultural   perseguido,   sino   que   supone   su   nega- ción  radical,   precisamente  por   su  exceso  y  por su  éxito.  Es,  pues,  la  masa   quien   interpreta  el papel   de  agente   catastrófico   en  esta   estructura de  catástrofe,  es  la  propia  masa  la  que  pone  fin a la cultura de masas.

 

Circulando  por  el espacio  de la transparencia, la  masa   es  convertida   en  flujo,  pero   al  mismo tiempo,   con  su  opacidad   y  su  inercia,  pone  fin a  este  espacio  «polivalente».  Se  la  invita  a  par- ticipar,  a simular,  a jugar  con modelos,  pero  hace algo  mejor:   participa   y  manipula   tan   bien   que borra  todo  el sentido  que  se quería  dar  a la ope- ración   y  pone  en  peligro  incluso  la  infraestruc- tura   del  edificio.  De  este  modo,  una  especie  de parodia, de hipersimulación en respuesta  a la simulación   cultural,  transforma a  las  masas,  que no  debían  ser  más  que  el  ganado  de  la  cultura, en  el  agente  exterminador de  esta  cultura,  de  la que  Beabourg  sólo  era  una  vergonzosa  encarna- ción.

 

Aplaudamos  este  éxito  de  la  disuasión   cultu- ral. Todos los antiartistas, «gauchistas» y des- preciadores  de  la  cultura   no  han  sospechado   ni

 

de  lejos  la  eficacia  disuasiva   de  este  monumen- tal  agujero  negro  que  Beabourg  es. Estamos  ante una operación verdaderamente revolucionaria, precisamente  porque    es   involuntaria,  insensata e incontrolada, mientras  que  toda  operación  sen- sata  de  liquidación   de  la  cultura   no  hace,  como es sabido, más que resucitarla.

 

A  decir  verdad,  el  único  contenido   de  Bea- bourg   es  la  masa   misma,   a  la  que   el  edificio trata  como  un  convertidor,  como  una  cámara  os- cura,  o,  en  términos   de  «input–output»,  exacta- mente  como  trata  una  refinería  un  producto   pe- trolífero o un flujo de materia bruta.

 

Jamás        estuvo        tan    claro que   el       contenido

—aquí  la  cultura,  en  otros  casos  la  información o  la  mercancía—  no  es  más  que  el soporte  apa- rente  de  la  operación   del  médium,  cuya  función es  siempre  inducir   masas,  producir un  flujo  hu- mano  y mental  homogéneo.  Movimiento  inmenso de  vaivén  parecido  al  de  los  operarios   de  subur- bio,  absorbidos  y  vomitados   a  horas   fijas  por sus   lugares   de   trabajo.   Y  precisamente  de   un trabajo  se  trata  aquí,  trabajo  de  test,  de  sondeo, de interrogatorio dirigido: las gentes acuden a seleccionar   objetos–respuesta  a   todas   las   cues- tiones  que  puedan  plantearse, o mejor,  ellos mis- mos  acuden  en  respuesta   a la pregunta  funcional y  dirigida   que  constituyen   los  objetos.  Más  que de una cadena de trabajo se trata, pues, de una disciplina programática cuyas contrariedades se difuminan   tras  una  cortina  de  tolerancia.   Mucho

 

más   allá   de   las   instituciones   tradicionales   del capital,  el  hipermercado,  o  Beabourg  «hipermer- cado  de  la cultura»,  es ya el modelo  de  toda  for- ma futura de socialización controlada: nueva to- talización   en  un   espacio–tiempo  homogéneo   de todas  las  funciones  dispersas   del  cuerpo  y de  la vida social (trabajo, ocio, mass–media, cultura), retranscripción  de   todos   los  flujos   contradicto- rios en términos de circuitos integrados. Espa- cio–tiempo   de  toda  una  simulación   operativa   de la vida social.

 

Para esto, es preciso que la masa de consu- midores   sea  equivalente   u  homologa   a  la  masa de  los  productos.   La  confrontación  y  la  fusión de estas dos masas que se dan tanto en el hi- permercado  como  en  Beaubourg,   hacen   de  éste algo  muy  distinto   de  los  lugares  tradicionales de la cultura  (museos,  monumentos, galerías,  bi- blioteca,  casas  de  cultura,   etc.).  Aquí  se  elabora la masa crítica, más allá de la cual la mercancía deviene   hipermercancía  y  la  cultura   hipercultu- ra  —es  decir,  que  ya  no  está  ligada  a  intercam- bios    distintos    o   a   necesidades    determinadas, sino   a   una   especie   de   universo    total   de   los signos, o de circuito  integrado  que un impulso  re- corre  de  parte  a  parte,  tránsito   incesante  de  op- ciones,   de   lecturas,   de   referencias,   de   marcas, de   descodificación.   Aquí  los   objetos   culturales, como   allá   los   objetos   de   consumo,   no   tienen otra  finalidad  que  la de  mantenerle a uno  en  es- tado  de  masa  integrada,   de  flujo  transistorizado,

 

de molécula imantada.  Lo que se percibe en un hipermercado  es  la  hiperrealidad  de  la  mercan- cía y lo que se percibe en Beaubourg es la hi- perrealidad de la cultura.

 

Con el museo tradicional  se inicia la compar- timentación,  el  reagrupamiento,  la  interferencia de  todas  las  culturas,   la  estetización   incondicio- nal  que  ocasiona   la  hiperrealidad  de  la  cultura, pero  el museo  supone  todavía  una  memoria.  Nun- ca  como  en  el caso  que  nos  ocupa  había  la  cul- tura perdido la memoria en provecho del alma- cenamiento  y de la redistribución funcional. Esto traduce  un  hecho  más  general:  por  doquier  en  el mundo   «civilizado»  la  construcción  de  «stocks» de objetos ha llevado consigo el proceso com- plementario de  los  «stocks»  de  hombres,   las  co- las, las esperas, los embotellamientos, las con- centraciones,  los   campings.   La  «producción    de masa»  es  esto,  no  en  el  sentido  de  una  produc- ción  masiva  o  al  uso  de  las  masas,  sino  en  el de  producir masa.  La masa  como  producto   final de  toda   actividad   social  y  liquidando   de  golpe este   tipo   de   actividades,   pues   esta   masa   que se  nos  quiere   hacer   creer  que  es  lo  social,  es, al  contrario,  el  lugar  de  implosión   de  lo  social. La masa es la esfera cada vez más densa donde implosiona   todo  lo  social  y  es  devorado   en  un proceso de simulación  ininterrumpido.

 

De  ahí  este  espejo  cóncavo:  viendo  la  masa en  el  interior   es  como  las  masas  se  ven  tenta- das  a  entrar.   Típico  método   de  marketing:   toda

 

la  ideología   de  la  transparencia  cobra   aquí   su sentido.   Más  aún:  poniendo   en  escena   un   mo- delo reducido  ideal se espera  una  gravitación acelerada,   una   aglutinación    automática  de   cul- tura   y  una  aglomeración   automática  de  las  ma- sas. Es el mismo proceso: operación  nuclear de reacción  en  cadena  y operación   espectral  de  ma- gia blanca.

 

De este  modo,  Beaubourg  es por  primera  vez a  escala  de  la  cultura   lo  que   el  hipermercado es a escala de la mercancía: el operador  circular perfecto, la demostración de lo que sea (la mer- cancía,  la  cultura,  la  multitud,   el  aire  comprimi- do) mediante su propia circulación acelerada.

 

 

 

 

Pero si los stocks de objetos acarrean un al- macenamiento  de   hombres,   la  violencia   latente en  el  stock  de  objetos  acarreará   la  violencia  de los hombres.

 

Cualquier  stock  es violento,  y existe  una  vio- lencia  específica  en  cualquier   masa  humana   por el  hecho  de  que  implosiona   —violencia  adapta- da  a  su  gravitación,   a  su  densificación  en  torno a  su  propio  foco  de  inercia.  La masa  es  foco  de inercia y por ende foco de una violencia nueva, inexplicable   y  diferente   de   la   violencia   explo- siva.

 

Masa          crítica,        masa          implosiva. Por    encima       de

30.000 puede  hacer  ceder  la  estructura  de  Beau- bourg.  Si la masa  imantada   por  la estructura  de-

 

viene  una  variante   destructora  de  la  masa  mis- ma,  suponiendo que  sus  creadores  lo hayan  que- rido   (pero,   ¿cómo  suponerlo?),   si  han   sido   ca- paces  de  programar  la  liquidación   con  un  solo golpe  de  la  arquitectura  y  de  la  cultura,   enton- ces   Beaubourg   se   convierte   en   el   objeto   más audaz y en el happening  más logrado del siglo.

 

¡VAMOS A  HUNDIR A  BEAUBOURG!  Nueva consigna   revolucionaria.  Es  inútil   incendiarlo  y es  también   inútil   contestarlo.   ¡Acudid  a  él!  es la  mejor  manera  de  destruirlo.   El éxito  de  Beau- bourg   ha  dejado   de  ser  un  misterio:   las  gentes van a eso, se aglomeran  en este edificio, cuya fragilidad  huele  ya  a  catástrofe,  con  la  única  in- tención de hundirlo.

 

A decir verdad, obedecen  al imperativo  de la disuasión:   se   les   da   un   objeto   que   consumir, una  cultura  que  devorar,  un  edificio que  manipu- lar.  Pero,  al mismo  tiempo,  apuntan expresamen- te  y sin  saberlo  a  esta  aniquilación. La acometi- da  es  el  único  acto  que  la  masa  puede  producir en  tanto  que  tal  —masa  proyectil  que  desafía  al edificio  de  la  cultura   de  masas,  que  replica  con su  peso,  es  decir  con  su  aspecto  más  hueco  de sentido,   el  más   estúpido,   el  menos   cultural,   al desafío  de  culturalización  que  Beaubourg  le  lan- za. Al desafío  de incorporación masiva  a una  cul- tura  esterilizada,  la masa  responde  con una  irrup- ción destructora que se prolonga con una mani- pulación   brutal.   A  la  disuasión   mental   la  masa responde   con  la  disuasión   física  directa.   Es  su

 

propio   desafío.  Su  estratagema  consiste   en  res- ponder   en  los  mismos  términos   en  que  es  soli- citada,   pero   llevándolos   al  límite;  en  responder a la simulación  en que se la encierra  con un  pro- ceso social entusiasta que rebasa los objetivos calculados y actúa como hipersimulación des- tructora.1

 

Las gentes  sienten  deseos  de  llevárselo  todo, de  saquearlo,   de  comérselo   todo,  de  manipular- lo  todo.  Ver,  descifrar,   aprender,   no  les  afecta. Su inclinación masiva es la manipulación. Los organizadores  (y  los  artistas   e  intelectuales)   es- tán horrorizados ante semejante  veleidad incon- trolable,  pues  sólo contaban  con  iniciar  a las ma- sas  en  el  espectáculo   de  la  cultura.   No  habían contado con esta fascinación activa, destructora, respuesta   brutal   y  original   a  la  oferta   de  una cultura   incomprensible,  atracción   que   tiene   to- das  las  trazas  de  un  allanamiento y de  violación de un santuario.

 

Beaubourg  habría  podido,  o debido,  desapare- cer  al  día  siguiente  de  su  inauguración, desmon- tado   y  arrasado  por  la  multitud,   pues  ésta  ha- bría   sido   la  única   respuesta   posible   al  desafío absurdo   de  transparencia y  de  democracia   de  la cultura   —llevándose  cada  cual  un  perno   fetiche de esta cultura fetichizada.

 

Las gentes  se acercan  a tocar,  miran  como  si

 

 

 

1. En comparación con esta masa crítica y a su radical compren- sión de Beaubourg, cuan irrisoria  resulta la manifestación de los es- tudiantes de Vincennes la noche de la inauguración.

 

al  mirar   tocaran,   su  mirada   es  un  aspecto  más de  la  manipulación táctil.  Se trata  claramente   de un  universo   táctil,  no  visual  o  discursivo,   y  las gentes  quedan  directamente implicadas  en un proceso: manipular/ser manipulado, evaluar/ser evaluado,   circular/hacer  circular,   que   no   perte- nece ya al orden de la representación, ni de la distancia,   ni  de  la  reflexión.   Es  algo  vinculado al pánico, a un mundo pánico.

 

 

 

 

Pánico  al ralentí,  sin móvil externo.  Es la vio- lencia  inherente   a  un  conjunto   saturado.   LA IM- PLOSIÓN.

 

Beaubourg difícilmente puede arder, todo está previsto.   El  incendio,   la   explosión,   la   destruc- ción no son ya la alternativa  imaginaria  para este género de edificio. La implosión  es la forma de abolición del mundo «cuaternario», cibernético y combinatorio.

 

La  subversión   y  la  destrucción  violenta   son las respuestas  al mundo de la producción.  Las respuestas   a  un  universo   de  redes,  de  combina- toria y de flujos son la reversión y la implosión.

 

Es lo que  ocurre  con  las  instituciones, el Es- tado,  el poder,  etc.  El sueño  de  ver  estallar  todo esto  a  fuerza  de  contradicciones, justamente no es más  que  un  sueño.  Lo que  sucede  en  realidad es  que  las  instituciones implosionan por    mis- mas,  a  fuerza  de  ramificaciones,   de  «feed–back», de  circuitos  de  control  superdesarrollados. El po-

 

der implosiona, ésta es su manera actual de de- saparecer.

 

Ejemplo,  la  ciudad.   Incendios,   guerras,   pes- te,  revoluciones,   marginalidad  criminal,   catástro- fes: toda la problemática de la anticiudad, de la negatividad   interior   o  exterior  a  la  ciudad,  tiene algo   de   arcaica   en   relación   con   su   verdadero modo de aniquilación.

 

Incluso  el escenario  de  la ciudad  subterránea

—versión  china  de  entierro   de  las  estructuras— resulta   inocente.   La  ciudad   ya  no  se  multiplica según un esquema de reproducción todavía de- pendiente   del  esquema  general  de  la  producción, o  según   un   esquema   del  parecido   dependiente aún  del  esquema   de  la  representación.  (De  este modo   se  continúa   restaurando  todavía   después de  la  Segunda   Guerra   Mundial.)   La  ciudad   no puede  resucitar,   ni  siquiera  en  profundidad, sino que  se  rehace   desde  una  especie  de  código  ge- nético  que  permite  repetirla   un  número   indefini- do de veces a partir  de la memoria cibernética acumulada.    Está   agotada   incluso   la   utopía   de Borges  de  un  mapa  de  extensión   igual  a  la  del territorio,  al  que  reproduce   totalmente:   hoy  en día el simulacro  ya no pasa por el doble y la re- duplicación, sino por la miniaturización genética. Final  de  la representación e implosión,  aquí  tam- bién,  de  todo  el  espacio  en  una  memoria   infini- tesimal  que  no  olvida  nada  y  que  no  es  memo- ria  de  nadie.  Simulación  de  un  orden   irreversi- ble,  inmanente,  cada  vez  más  denso,   potencial-

 

mente        saturado    y       que   nunca         conocerá   la      explo- sión liberadora.

 

Nosotros fuimos la cultura de la violencia li- beradora   (la  racionalidad).  Aunque   se  trate   de la del capital, de la liberación de las fuerzas pro- ductoras,   de  la  extensión   irreversible   del  cam- po  de  la  razón  y del  campo  del  valor,  de  un  es- pacio  conquistado  y  colonizado   hasta  lo  univer- sal  —aunque   se  trate  de  la  violencia  de  la  revo- lución  que  se  anticipa   a  las  fuerzas   futuras   de lo  social  y a  su  energía—  el esquema  es  el mis- mo:  el  de  una   esfera   en   expansión,   con   fases lentas  o  violentas,  el  de  una  energía  liberada,  el aspecto imaginario  de la irradiación.

 

La  violencia   que   lo  acompaña   nace   de  un mundo   más  vasto:  es  la  violencia  de  la  produc- ción. Esta violencia es dialéctica, energética y catárquica.   Es  la  que   aprendimos  a  analizar   y que  nos  resulta   familiar:  la  que  traza  los  cami- nos  de lo social y que  conduce  a la saturación de todo el campo de lo social. Es una violencia de- terminada, analítica, liberadora.

 

Otra  violencia  muy  distinta   aparece  hoy  a  la que  ya no  sabemos  analizar  porque  escapa  al es- quema  tradicional   de  la  violencia  explosiva:  vio- lencia  implosiva  que  resulta   no  ya  de  la  exten- sión  de  un  sistema,  sino  de  su  saturación  y  de su  retracción,   como  ocurre   con  los  sistemas   fí- sicos estelares. Violencia correspondiente a una desmesurada  densificación   de  lo  social,  al  esta- do  de  un  sistema  superregulado, de  una  red  (de

 

saber,  de  información,  de  poder)   demasiado   es- pesa  y de  un  control  hipertrófico   sobre  todo  pa- sadizo intersticial.

 

Esta  violencia   nos   resulta   ininteligible   por- que  toda  nuestra   imaginación  gira  en  torno  a  la lógica  de  los  sistemas   en  expansión.   Es  indes- cifrable   porque   es  indeterminada.  Quizá   ni   si- quiera dependa ya del esquema de la indetermi- nación,  pues  los  modelos  aleatorios   que  han  re- levado a los modelos  de determinación y de causalidad clásico, no son fundamentalmente di- ferentes. Traducen el paso desde sistemas de ex- pansión  definidos a sistemas de producción y de expansión   azimut   —en  estrella  o  en  rizoma,  da igual—,  todas  las  filosofías  de  despliegue  de energías, de irradiación de intensidades y de molecularización del  deseo  van  en  el mismo  sen- tido,   el  de  saturar   hasta   lo  intersticial   y  hasta lo  infinito   las  redes.  La  diferencia   entre  lo  mo- lar y lo molecular no consiste más que en una modulación,  la última  quizás,  en  el proceso  ener- gético   fundamental  de   los   sistemas   en   expan- sión.

 

 

 

 

 

Otra  cuestión  es  el  paso  desde  una  fase  mi- lenaria  de  liberación  y de  despliegue  de  energías a  una   fase  de   implosión,   tras   una   especie   de máxima  irradiación (revisar  los  conceptos  de pérdida  y despilfarro   de  Bataille  en  este  sentido, y el mito  solar  de  una  irradiación inagotable  so-

 

bre  el  que  funda   su  antropología  suntuaria:  es el  último   mito  explosivo  y  destellante   de  nues- tra filosofía, últimos fuegos de artificio de una economía  general  en  el  fondo,  aunque  todo  esto carece  ya  de  sentido   para  nosotros),   a  una  fase de  reversión   de  lo  social   —reversión   gigantes- ca de un campo una vez alcanzado el punto de saturación.  Tampoco   los   sistemas   estelares   de- jan de existir una vez disipada  su energía de irradiación:   implosionan  según   un   proceso   len- to  en  principio   que  se  acelera   progresivamente

—se  contraen   a  una  velocidad  fabulosa  y  devie- nen sistemas involutivos que absorben todas las energías   circundantes  hasta   convertirse   en  agu- jeros  negros  donde   el  mundo,   en  el  sentido   en que lo entendemos, como destello y potencial indefinido de energía, es abolido.

 

Quizá  las  grandes  metrópolis   —si  esta  hipó- tesis  es  válida  ha  de  ser,  sin  duda,   aplicable  a ellas—  se  han  convertido   en  focos  de  implosión en  este  sentido,   focos  de  absorción   y  resorción de  lo social  mismo  cuya  edad  de  oro,  contempo- ránea  del  doble  concepto  de  capital  y de  revolu- ción,  pertenece   ya  al  pasado.   Lo  social  involu- ciona   lentamente,   o  brutalmente,  en  un   campo de  inercia  que  envuelve  ya lo político.  (¿La ener- gía   inversa?)   Hay   que   guardarse    de   tomar   la implosión  por  un  proceso  negativo,  inerte,  regre- sivo,  tal  como  nos  impone  el  lenguaje  al  exaltar la terminología contraria:  evolución, revolución, etcétera.   La  implosión   es  un  proceso   específico

 

de  consecuencias   incalculables.   Mayo  del  68  fue sin duda el primer episodio implosivo, es decir, contrariamente a su reescritura en términos  de prosopopeya  revolucionaria,  fue  una  primera reacción   violenta  contra   la  saturación  de  lo  so- cial,  una   retracción,   un  desafío  a  la  hegemonía de  lo social,  en  contradicción con  la ideología  de los  propios   participantes  cuya  intención   era   ir más  lejos  en  el  terreno   de  lo  social  —éste  es  el punto  imaginario  que  nos  domina  siempre.  Y de hecho  es  posible   que  buena   parte   de  los  suce- sos del 68 pertenecieran aún a la dinámica  revo- lucionaria   y a  la violencia  explosiva,  más  al mis- mo  tiempo   se  iniciaba   otra   cosa:  la  involución violenta  de  lo  social  y  la  implosión   consecutiva y súbita  del  poder,  en  un  breve  lapso  de  tiempo, sí,  pero  que  después  ya  no  ha  cesado  —lo  que continúa   en  profundidad  es  la  implosión   de  lo social, de las instituciones y del poder, en modo alguno   una   dinámica   revolucionaria.  Al  contra- rio, la revolución misma... la idea de revolución, implosiona   también,   y  esta  implosión   es  de  ma- yores consecuencias  que la propia revolución.

 

Ciertamente,   tras  el  68 y gracias  a  él, lo  so- cial,  como  el desierto,  crece  —participación,  ges- tión,    autogestión   generalizada,    etc.—   pero    al mismo  tiempo  se aproxima  por  mucho  más  pun- tos  que  en  el 68 al desapego  y a la reversión  to- tal.  Lento  seísmo,  inteligible   para   la  razón   his- tórica.

 

Algo  parecido    está en     juego          en     Italia.          Algu-

 

na  cosa  (en  la  acción  de  los  estudiantes,  de  los indios  metropolitanos, de  las  radios  piratas),  que no  pertenece  ya al orden  de  lo universal,  ni,  por tanto,   al  orden   de  la  solidaridad  clásica  (políti- ca), ni al de la difusión por los mass–media  (cu- riosamente, ni  éstos  ni  la  solidaridad internacio- nal  «revolucionaria»   se  hicieron   eco  de  lo  que ocurrió   en  febrero–marzo  de  1977),  es  preciso, pues, que algo haya cambiado para que unos mecanismos tan universales cesen de funcionar (funcionaron  aún   con   mucha   eficacia  en  el  68 en  Francia),   es  preciso   que  haya  ocurrido   algo cuyo  efecto  de  subversión   se  haya  producido   de algún modo en sentido inverso, hacia el interior, mediante   un   desafío   a  lo  universal.   Subversión de  la  universalidad  por  una  acción  de  esfera  li- mitada,  circunscrita,   muy  concentrada, muy  den- sa,  y  que  se  agota  en  su  propia   revolución.   Se da, pues, aquí un proceso absolutamente nuevo.

 

El funcionamiento de las radios  piratas  es tan acorde   con  lo  anterior,   que,  más  que  focos  de difusión,  constituyen   múltiples   puntos   de  implo- sión. Inabarcable hormigueo puntual, territorio movedizo,   pero   territorio  de   todos   modos,   re- fractario   al  espacio  político  homogéneo.   Por  eso el  sistema   se  ve  obligado  a  silenciarlas,   no  por sus contenidos políticos o militantes,  sino como localizaciones peligrosas, no extensibles, no ex- plosivas,  no  generalizares  (extrayendo  su  sin- gularidad   y  su  violencia  característica  del  recha- zo de ser un sistema de expansión).

 

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