© Libro No. 448. La Moral
Anarquista y Cartas a V.I. Lenin. Kropotkin,
Pedro. Colección E. O. Julio 13 de 2013.
Título
original: © La moral anarquista. Carta a Vladimir
Illich Lenin. Pedro Kropotkin
Versión Original: © La moral anarquista. Carta a Vladimir Illich
Lenin. Pedro Kropotkin
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
La Moral Anarquista y Cartas a V.I. Lenin
CONTENIDO
Vida y obra de Pedro Kropotkin
La moral anarquista
Cartas a Vladimir Illich Lenin
Vida y obra de
Pedro Kropotkin
vendredi 26 novembre 2004.
Mintz Frank
El síndrome de Hubris y algunos comentarios
Itinéraires d’un anarchiste espagnol
El socialismo real
Berkman Alexander El ABC del comunismo libertario
(libro en PDF)
VIV LIBETE SENDIKAL LA NAN PEYI DAYITI
Vida y obra de Kropotkin
Bakunin modeló el anarquismo, tanto en la teoría
como en la práctica, a partir de las ideas de Cabet, Fourier y Proudhon de un
lado, y de la toma de conciencia de clase y de nación de la mayoría de los
asalariados de Europa, por otro. Se suelen separar clase y nación, pero
constituyen un conjunto indivisible para los pensadores del siglo XIX; y es
imposible entender del todo a Bakunin prescindiendo de ambos elementos y de su
interacción; otro tanto pasa con Marx y la ruptura ideológica entre él y Bakunin.
Kropotkin fue sin duda más un teórico que un
luchador de calle. Empapado de la herencia de Bakunin, apuntala definitivamente
al anarquismo como instrumento de análisis de la evolución de los seres humanos
y de los animales, como enfoque vinculado a la investigación científica, de la
historia pasada y reciente, de la educación y de la economía; reafirma la
necesidad de ser revolucionario, de destruir el capitalismo y las formas de
organizar la sociedad nueva.
Sus obras ilustran partes de este esquema: El
apoyo mutuo, La ciencia moderna y el anarquismo, El estado y La gran revolución
en lo que hace a la historia, Campos, fábricas y talleres para la economía y
para la educación (que debe incluir la formación manual e intelectual),
Palabras de un rebelde y La conquista del pan para las ideas revolucionarias.
Esta ingente labor tiene sin duda aspectos que
han perdido vigencia, al menos para quienes pueden acceder a la cultura o no
mueren de hambre antes de llegar a la escuela.
I El doble reconocimiento actual de Kropotkin
Si concretásemos nuestro estudio a España y a
Rusia serían muchos los testimonios de la influencia determinante de Kropotkin:
Un día pregunté a un compañero por qué era
anarquista. Me contestó que pasaba tanta hambre que un trozo de pan seco era
para él la gloria. Vio a un amigo que leía un libro que llevaba el título de La
Conquista del Pan de Kropotkin, y se dijo esos son los míos.
Carlos Díaz ha señalado que La Conquista del Pan
era una de las cinco obras más leídas por el proletariado español a principios
del siglo XX. En una carta del editor F. Sempere a don Miguel de Unamuno (9 de
marzo de 1909) se hace el recuento detallado de las ediciones de este libro,
con el número de ejemplares vendidos en España y a América. En total, 58.000
ejemplares. Era en 1909 y hay que saber que hubo otras ediciones y que antes la
obra había sido publicada por otras tres editoriales de Barcelona (Maucci,
Presa y Atlante).
Redondeando estas cifras, un tanto indigestas,
podemos decir que Palabras de un rebelde alcanzó -igualmente hacia 1909- la
cantidad de 22.000 ejemplares; Campos, fábricas y talleres 18.000; Las cárceles
(traducido, prologado y anotado por Azorín) 20.000; El apoyo mutuo 8.000. Como
único comentario, digamos que El capital de Marx apenas llegaba a los 26.000
ejemplares.
El sindicalista revolucionario francés Pouget
resumía así la influencia de Kropotkin en muchos otros países:
Cuantas conciencias se despertaron, cuantas
inteligencias salieron de su marasmo, con la simple lectura de algunos
folletitos suyos que, con pocas páginas, condensaban un evangelio del futuro:
¿qué puede ser más conmovedor como acto de apóstol que, por ejemplo, su
llamamiento A los jóvenes ?
No podemos ignorar la influencia de Kropotkin
durante la guerra civil española.
En Barcelona, durante las primeras horas de
resistencia al golpe faccioso de Mola, Franco y compañía, los antifascistas
(desde los anarquistas y los anarcosindicalistas hasta los miembros de las
fuerzas de represión antiobrera como las guardias de asalto, la guardia civil
-con titubeos- y los mozos de escuadra) resistieron. Simultáneamente, muchos
sindicalistas se apoderaban de los medios de producción fundamentales de la
ciudad para que no faltara nada, tal como aconsejaba Kropotkin en La Conquista
del Pan. Y efectivamente, no faltaron ni la leche ni el pan, ni los tranvías, y
además parte de la producción se convirtió en industria de guerra, gracias a la
preparación de los anarcosindicalistas de la CNT que estimularon con su ejemplo
a no pocos compañeros de la UGT, del POUM y a toda la población de Cataluña. En
muchas partes de la España republicana se aplicaban las teorías expuestas en La
Conquista del Pan .
La CNT, en su conjunto, no discriminó a los ex
propietarios y sus familiares, sino que los integró en sus realizaciones tal
como lo aconsejaban las páginas de La Conquista del Pan . Si hubo excepciones
como indica Peiró en Terror en la retaguardia, tenemos también testimonios de
la amplitud de la tolerancia anarcosindicalista.
La labor incomparable de las colectivizaciones,
la construcción revolucionaria autogestionada se hace bajo la influencia
latente de Kropotkin y otros pensadores anarquistas, como se indica en esta
cita:
La FAI considera que, para asegurar la victoria
sobre el fascismo y la liberación económica y política de los trabajadores, hay
que socializar todas las fuentes de producción, poniendo en manos de los
productores, las herramientas de trabajo, es decir, los campos, las fábricas, y
los talleres.
Paralelamente en la URSS y la Rusia actual,
Su nombre [el de Kropotkin] aparece unido a
nuestra vida diaria. En Moscú, una estación de metro, una plaza, una avenida,
una calle, una glorieta llevan su nombre. En Siberia son una sierra y una
colonia obrera en el departamento de Bodaibo. En Kuban está creciendo la ciudad
de Kropotkin, antiguamente Jutor.
Los libros sobre Kropotkin, (a veces los libros
de propio Kropotkin) se publicaron y se siguen publicando en la ex URSS y en
Rusia. Merece una atención particular, la obra de Natalia Pirumova Piotr
Aleséievich Kropotkin aparecida en 1972, por su condición de especialista en
los pensadores socialistas rusos del siglo XIX, Herzen y Bakunin, y por haber
podido disponer de todos los archivos inéditos que Kropotkin dejó en la URSS.
La autora parece no haber tenido en cuenta que se cumplía ese año el 130 aniversario
del nacimiento de Kropotkin, pero hay que tener en cuenta que en el sistema
marxista leninista los libros se presentaban a la censura dos o tres años antes
de su publicación.
Es verdad que, como sucede con otros autores que
han escrito bajo regímenes totalitarios (Zangrandi y Malaparte bajo Mussolini;
Antonio Elorza y Gómez Casas con Franco) hace falta escarbar en el texto para
encontrar las idea que realmente sugiere la autora. A través de las 223
páginas, abundantes en citas, que siguen el orden cronológico de la vida de
Kropotkin, constatamos que ninguna de sus obras se ha reeditado desde 1922,
incluso La gran revolución (última edición en 1919) que Lenin estimaba mucho:
Kropotkin ha abordado por primera vez la
revolución francesa con la mirada del estudioso, que fija su atención en las
masas populares [...] Dijo [Lenin] que era absolutamente imprescindible que se
publicara este libro con una gran tirada y una distribución gratuita a todas
las bibliotecas de nuestro país.
Según escribía el secretario de Lenin en sus
memorias, citadas por Pirumova, La gran revolución fue editada en la URSS en
1919 con dos contribuciones de historiadores especialistas del periodo
revolucionario francés, V. M. Dalin y E. V. Starostin. Este último afirma que
Kropotkin se negó a que una editorial gubernamental editara su obra y que un
proyecto de reedición posterior se malogró hacia 1928. Hubo dos intentonas mas,
una en 1936 (que la viuda de Kropotkin no habría autorizado) y otra en 1937
(que contó con la oposición de un critico -V. G. Kustov- que consideraba al
libro una "falsificación propia de ideólogos burgueses"). El libro
pareció, sin embargo, en otros paises marxistas leninista como Polonia y en
Alemania del Este .
Pirumova, naturalmente, se escudaba detrás de las
citas de Lenin más ortodoxas: “El anarquismo después de 35-40 años de
existencia no ha producido sino frases contra la explotación.” (Escrito en
1901), “El fiasco total de los intentos revolucionarios (el proudhonismo de
1871, el bakuninismo de 1873)...”
Sin embargo, las citas de Kropotkin ocupan
muchísimas páginas:
La masacre de los burgueses tras el triunfo de la
revolución es un sueño insensato. Su mismo número lo hace imposiblr porque
además de los millones de burgueses tendrían que desaparecer, en la hipótesis
de los modernos Fouquier-Thinville, millones de trabajadores semi burgueses que
habrían de compartir la misma suerte. [...] En cuanto al terror organizado y
legalizado, solo sirve, en realidad, para fraguar cadenas para el pueblo,
matando la iniciativa individual, que es el alma de las revoluciones, perpetuando
la idea de un gobierno fuerte y obedecido, preparando la dictadura de quien
pondrá la mano sobre el tribunal revolucionario y sabrá manejarlo, con astucia
y prudencia en interés de su partido.
Arma de los gobiernos, el Terror sirve ante todo
a los jefes de las clases gobernantes, prepara el terreno para que el menos
escrupuloso de ellos llegue al poder.
El terror de Robespierre tenía que desembocar en
el de Tallien, y éste en la dictadura de Bonaparte. Robespierre incubaba a
Napoleón.
La analogía de estas líneas de 1914 con la
perversión del marxismo leninismo de Lenin y Stalin era tan fuerte que Pirumova
se sintió obligada a intercalar unas palabras entre las dos frases: “Y más
adelante aparece la conclusión de Kropotkin ".
Pirumova proporcionaba también casi en la misma
página otras reflexiones muy adecuadas para los lectores soviéticos.
Si representamos el lento progreso de un periodo
evolutivo mediante una línea trazada en el papel, veremos esta línea subir
gradual y lentamente. Pero se produce una revolución, y la línea experimenta
una sacudida, y sube de golpe [...] Sin embargo, a partir de un determinado
momento no puede mantenerse el progreso; las fuerzas hostiles se reúnen para
derribarlo, [...] la línea cae y viene la reacción. En lo que hace a la
política, la línea del progreso puede caer muy abajo. Pero vuelve a subir [...]
La evolución se repite y nuestra línea sube despacio; pero lo hará a partir de
un nivel muy superior al que ocupaba antes de la tormenta; casi siempre la
subida será más rápida. Es una ley del progreso humano.
La parte más novedosa del libro se refiere a las
relaciones entre Lenin y Kropotkin, afirmando que hubo cartas entre ellos en
1918, 1919 y 1920, (sólo tenemos dos de 1920), e incluye este fragmento inédito
del 17 de septiembre de 1918:
Todos los dirigentes políticos, todos,
arrastrados por la cresta de la ola revolucionaria, deben saber que cada día,
constantemente se arriesgan a caer víctimas de un atentado político: son los
gajes del oficio, como el riesgo para el conductor de una locomotora [...] En
América, está en los momentos álgidos de las pasiones, que viven todos los
grandes mandos de un partido. Yo mismo lo sentí hace mucho tiempo, en la época
de mi amistad santa con Alejandro III.
Añade Pirumova, a través del testimonio ya citado
del secretario de Lenin, más detalles sobre su oferta de publicar La gran
revolución en una edición 60.000 ejemplares, con Memorias de un revolucionario,
Campos, fábricas y talleres, El apoyo mutuo y describe también el encuentro
entre Lenin y Kropotkin y su discusión sobre las cooperativas, con esta
significativa cita:
Y nosotros también, exclamó con fuerza Vladimir
Ilich, pero nos oponemos a esas cooperativas que esconden campesinos ricos
(kulaks), grandes propietarios agrícolas, comerciantes y, en resumen, al
capital privado.
Los lectores soviéticos recordarían en esta frase
las fórmulas propias de la checa creada por Lenin destinadas a hundir a un
sospechoso por medio de las referencias a su origen de clase.
Pirumova evoca la última obra en la que trabajó
Kropotkin (Ética), “trabajo absolutamente indispensable”, como escribía a un
amigo en mayo de 1920. Señala también la frágil salud y los últimos días de
Kropotkin reflejados en su diario personal inédito: 21 de diciembre de 1920:
“Me duele constantemente el corazón”; en enero de 1921 está enfermo y el
secretario de Lenin, Bonch-Bruevich, le envió médicos. Kropotkin habría dicho a
Bonch-Bruevich:
Ánimo en vuestro combate. Os deseo un éxito
completo, pero nunca olvidéis la justicia, la generosidad y no seáis
vindicativos: el proletariado está por encima de eso.
Murió el 8 de febrero de 1921. La nota
necrológica de Pravda daba la clave del interés de Lenin por Kropotkin al
despedirlo como un revolucionario conocido en Rusia y en Occidente,
propagandista de un anarcocomunismo pacífico apartado de la propaganda por el
hecho. Una manera para Lenin de justificar la guerra contra el ejército
campesino de Makno en Ucrania.
Pirumova, siempre astuta, presentaba igualmente
este otro extracto de un periódico soviético siberiano:
Ante la tumba abierta del antiguo revolucionario
nosotros, sus adversarios ideológicos, nos descubrimos espontáneamente porque,
a pesar de sus equivocaciones y errores, fue siempre, y hasta sus últimos días,
un valiente soldado en la guerra por la emancipación de la humanidad del yugo
de la tiranía política y social.
El enfoque de Natalia Pirumova era totalmente
heterodoxo como se prueba al compararlo con el de dos autores posteriores,
Fedor Yakolevich Polianski y Serafim Nikiforovich Kanev; el primero de ellos
dotado de un conocimeinto profundo y el segundo con un nivel alto (como poco)
sobre estos mismos temas, pero que guardan un silencio total sobre las cartas a
Lenin y sobre las citas contrarias a los socialistas autoritarios.
Kropotkin había sido inspirador de anarquistas y
libertarios y ejemplo revolucionario para los rusos. Esta doble raíz encuentra
correspondencia en su militancia y puede entenderse a través de su vida y de
sus obras. Nacido en 1842 (en el seno de una familia de nobleza surgida en el
siglo XV), formado como cadete del zar (“si se hubiera atentado en mi presencia
contra él, lo hubiese cubierto con mi cuerpo” escribió en sus memorias ) para
la carrera militar, en la que evidenció un brillante futuro, optó por abandonarla
y trasladarse a Siberia donde ejerció como geógrafo y destacó descubriendo
rutas y lugares desconocidos, y levantó un mapa orográfico válido aun en 1930.
No quiso, sin embargo, permanecer allí de modo duradero y pasó a la universidad
(tal vez para formarse mejor, si bien dirá en sus memorias que ya sentía las
ideas libertarias) hasta ser contratado por el instituto geográfico de San
Petersburgo para una expedición de estudio de la formación de los glaciares en
Finlandia y en Suecia. Y entonces volvió a romper con lo que se esperaba de él,
esta vez para conspirar con los narodnik, aquellos intelectuales, hijos de la
clase dirigente, que consideraban su deber moral ir al pueblo (“narod”) para
dedicarle su cultura y concienciarle de la lucha en contra de la explotación, y
que tambíen llevaron a cabo numerosos atentados contra los zares. Kropotkin
redactó para un círculo de narodnik un interesante ensayo: ¿Debemos
preocuparnos por el estudio de la realización futura del ideal? En él se
encuentran ya algunos de los que serán sus temas constantes: la comuna
campesina -óbshtina- como base de la sociedad, la obligación de satisfacer
desde el primer día de la revolución las necesidades elementales de la
población, los revolucionarios profesionales.
Hay que tener presente que en su desarrollo
intelectual tuvo una gran importancia el diálogo y la correspondencia con su
hermano Alejandro (solo dos años mayor, pero más maduro como lo reconocía el
propio Piotr) en los que abordaron todos los temas del devenir social, con
reformas, con revoluciones, con violencia, con moral. Su evolución es la de un
intelectual ruso totalmente arraigado en su país, al contrario de Bakunin que
conoció desde la juventud la inquietud revolucionaria y debió abandonarlo muy pronto.
La madurez revolucionaria de Kropotkin fue más tardía, pero tan fuerte como la
de su ilustre compatriota al que no llegó a conocer personalmente, aunque
coincidiese en él, en el tiempo, en Suiza.
Encerrado en 1874 en la fortaleza Pedro y Pablo
de San Petersburgo, pasó casi dos años en una abrumadora soledad, si bien
gracias a su hermano, obtuvo el visto bueno de la administración carcelaria y
de la Sociedad de Geografía de San Petersburgo para redactar un libro:
Issledovania o lednikovom periodo [Estudio sobre el periodo glaciar]. Su salud
se quebró y hubo de ser trasladado al Hospital Militar de donde se escapó en
1876 en una “sensacional huida” . Esta evasión, fruto de la complicidad con los
grupos de narodnik, sin verter la sangre de nadie, sin dejar rastro alguno, ni
provocar detenciones posteriores, dio mucho que hablar:
No sólo es uno de los episodios más asombrosos de
la historia del movimiento revolucionario ruso, sino que es un ejemplo
sorprendente de solidaridad, de valentía, de audacia, de sangre fría de los
revolucionarios rusos.
Tenía pues 32 años y abandonaba un país en que
había brillado en cada una de las actividades que emprendió. Issledovania o
lednikovom periodo [Estudio sobre el periodo glaciar] planteaba una teoría de
la glaciación en Siberia en contradicción con las opiniones de los científicos
alemanes, tenidos por los mejores de la época. Gracias a sus expediciones y
descubrimientos en aquella región, pudo establecer una teoría “que conserva hoy
actualidad” y abarca “la interacción entre los glaciares y el clima, la geomorfología,
y la paleogeografía. ” Atrás quedaba su hermano Alejandro, detenido cuando él,
confinado en Siberia y que en 1886 mandó su familia a Moscú y se suicidó.
Kropotkin les ayudó desde entonces.
Prosiguió en el exilio parte de sus
investigaciones científicas, siguió la evolucion de Rusia y participó a fondo
en el movimiento anarquista dándole un giro significativo gracias a sus
numerosas contribuciones en la prensa.
Un rasgo típico de los emigrantes políticos es
encerrarse en una imagen estática de su patria (la emigración antifranquista
española en Francia no escapó a la regla). Kropotkin fue la excepción. Siguió
la evolución cultural y económica de su país, mantuvo relaciones con personas
conocidas, aparentemente alejadas de sus ideas anarquistas, trabó nuevas
relaciones en el destierro con rusos, que iban a verle a pesar de la vigilancia
policial zarista. Una muestra de ello, puede que algo exagerada, dada la personalidad
de su autor (socialista convertido despues al leninismo), es la cita siguiente:
¿Quiénes no fueron a su casa? Emigrantes
revolucionarios rusos, anarquistas españoles de América del sur, les granjeros
ingleses de Australia, diputados radicales, pastores presbiterianos de Escocia,
científicos alemanes, miembros de la Duma [parlamento ruso] y hasta buenos
generales al servicio del zar.
Podemos tener una visión de las actividades de
Kropotkin en Londres respecto a Rusia por las cartas que dirige a una amiga
rusa exiliada en París entre 1897 y 1917 . La inquietud principal de Kropotkin
era que sus cartas fueran destruidas tras la lectura, dada la eficacia de la
policía secreta rusa en los medios ingleses. Su corresponsal, la extraordinaria
María Korn, prefirió conservar esta correspondencia, que no era comprometedora,
seguramente como testimonio de la ingente capacidad de trabajo de Kropotkin.
Sus obsesiones eran la busqueda constante de implantación entre los
trabajadores rusos, encontrar textos que traducir a ese idioma y recabar
fondos. A ello se añaden, desde luego, la desconfianza ante algún emigrante
recien llegado, posible agente del zarismo, las rivalidades personales en el
movimiento anarquista y las discusiones sobre la táctica a adoptar en tal o
cual momento. Grosso modo las tareas de siempre de los militantes anarquistas.
Un hecho paradójico e insólito fue la iniciativa
de Kropotkin de defender a la secta religiosa de los dujobor, que le interesaba
por su organización fraternal, casi comunista, y sobre la que había hecho un
estudio para la publicación Geografía universal coordinada por el también
geógrafo y anarquista Elíseo Reclus. En 1898, los dujobor eran víctimas de
medidas vejatorias por parte del zarismo y de los religiosos ortodoxos;
Kropotkin publicó en una revista intelectual inglesa un articulo en el que no
sólo denunciaba esos atropellos, sino que proponía que los dujobor emigraran a
Canadá cuyas características climáticas y democráticas podían convenirles.
Tolstoi al leer la propuesta se dirigió a Kropotkin para ayudarle, Kropotkin
escribió entonces a un catedrático de Toronto Mejor para que contactara las
autoridades canadienses. Rápidamente se dio el visto bueno y en 1899 unas ocho
mil personas emigraron a América. En 1901, aprovechando un viaje a Boston para
dar unas conferencias sobre la literatura rusa, Kropotkin visitó por segunda
vez Canadá y fue a ver los dujobor. Escribió entonces:
Las comunas de dujobor son un éxito asombroso en
tanto que empresas económicas. Enseñan cómo el trabajo comunista es
extraordinariamente superior al individual. Y no es todo. Globalmente
demuestran [...] el absurdo de “la inspiración religiosa” y de la sociedad
teocrática en su conjunto.
Es de destacar que Kropotkin encarna
perfectamente la postura anarquista frente a la religión. La fe y la capacidad
de vivir respetando a los demás son muestras de sociabilidad. La jerarquía
religiosa es sinónimo de explotación espiritual y debe combatirse por la
palabra, por la convicción resultrante de la fuerza de un ideal, especialmente
en lo que se refiere a la capacidad de creación del ser humano. Kropotkin nunca
propugnó la quema de las iglesias. Los ataques que se produjeron en España
contra el clero antes de la aparición del anarquismo, y los que se hicieron
desde las filas de la CNT durante la guerra civil, responden a una reacción
visceral, anticlerical, de los españoles, ajena por completro al criterio
libertario.
En 1912, al cumplir los 70 años, Kropotkin
recibió como muestra de respeto de la comunidad intelectual y científica
inglesa e internacional un manifiesto en el que, entre otras cosas se decía::
Su aportación en el ámbito de las ciencias
naturales, su contribución mediante un texto a las ciencias geográficas y
geológicas, su corrección de la teoría de Darwin le han proporcionado una
notoriedad internacional y han ampliado nuestro conocimiento de la naturaleza,
y simultáneamente vuestra crítica de la economía política clásica nos ayuda a
ver más ampliamente la vida social de los individuos.
Usted nos ha enseñado a tomar en cuenta el
principio más importante de la vida social, el del libre acuerdo, que siempre
practicaron las mejores personas y que usted sostiene en nuestra época como
factor importante del desarrollo social en oposición al principio del estado,
que bajo la forma de una legislación inútil conduce a la mayoría a perder la
capacidad de pensar y actuar por su propia iniciativa.
Al mismo tiempo un periódico ruso planteó la
creación de un departamento de literatura para que Kropotkin pudiera regresar a
Rusia. Él mismo envió una carta en que se negaba a regresar mientras hubiera
otros rusos en la emigración y en los presidios.
Sin embargo, nadie aún con las cualidades y la
fidelidad a los principios del anarquismo de Kropotkin está ajeno a que se
desarrolle en él la voluntad de poder. Y Kropotkin abusó de su autoridad
intentando obligar el movimiento anarquista a tomar partido por Francia y Rusia
en la guerra mundial que venía intuyéndose desde 1905.
En 1916 puso todo su empeño en conseguir una toma
de postura de los anarquistas en pro de los aliados de Rusia, en clara
oposición a la teoría y a la práctica libertaria y a sus propios escritos;
intentó justificarse indirectamente en una interpretación forzada de Bakunin y
en la tópica idea del devenir histórico de las naciones propia de los
intelectuales burgueses, en total contradicción con la solidaridad
internacional de los trabajadores. Forzoso es admitir que Kropotkin fue ante
todo un ruso. Pero un intelectual ruso deseoso que su país se desarrollase por
la vía libertaria, la que intuyó durante sus años de trabajo en Siberia.
Otro factor que había contribuido a que Kropotkin
siguiera a la escucha de su patria le venía de sus actividades científicas y de
la necesidad de encontrar recursos economicos. A través de ellas se convirtió
en un especilista en literatura rusa. Tenía pues una visión plural de Rusia que
consiguió mantener al día desde 1874 a 1917, durante 40 años. Y decidió volver
a su país, como explica en una breve carta dirigida a un amigo:
Desde aquel entonces [1861], los círculos de
propaganda en el campo y en las fábricas se sucedieron año tras año. Y vino
1881 [asesinato del zar Alejandro II], luego las primeras intentonas de 1905 y
finalmente este gran movimiento que estaba en preparación desde que empezó la
guerra.
Usted entiende que estemos saliendo para Rusia.
Usted, Jorge [Brandes] y los jurásicos saben bien que no voy para ocupar ningún
cargo gubernamental. Pero una vida bien empleada, la experiencia y cierta
cultura nos permiten a veces comprender mejor los acontecimientos, y Sofía [su
esposa], Cherkesov [un escritor anarquista georgiano] y yo mismo pensamos que
puedo ser útil.
Creo que en Francia y en Rusia hay inmensas
posibilidades de avanzce en el sentido de construir el comunismo comunal.
Y efectivamente recibió ofertas de cargos
oficiales de parte de Kerenski y luego de Lenin, pero se negó a aceptarlos.
Teniendo que instalarse por motivos de salud a unos 60 kilómetros de Moscú en
el pueblo de Dimitrov, Kropotkin asesoró a las cooperativas, ayudó al
desarrollo de la vida cultural y recibia visitantes anarquistas como Makno y
Pestaña e la CNT de España.
La mala salud, el peso de los años de cárcel, la
tristeza por la suerte desgraciada del país, la penuria continua, el
decaimiento físico anunciaban un proceso fatal. Muy amable siempre con las
enfermeras a lo largo de aquel periodo, estuvo apático en sus tres últimos
días. Callado, poco antes del fin dijo en voz baja: “¡Qué pesado proceso es la
agonía!” .
El entierro de Kropotkin celebrado en Moscú en
febrero de 1921, unos quince días antes de la sublevación de los marineros y
trabajadores de Kronstadt que pedían respeto a las reivindicaciones obreras y
libertad para los presos (Lenin y Trotski la resolverían a cañonazos) dio lugar
a la última manifestación pública anarquista. En señal de respeto a Kropotkin,
Lenin había autorizado a diez presos anarquistas famosos -Volin y Gorelik entre
ellos- a que asistiesen al entierro. Mas tarde serían expulsados de la URSS.
Kropotkin había ido sacrificando trozos de su
vida, su juventud con un futuro brillante a la militanica política, su vejez a
un retorno que sólo podía menguarla, su ideal a una toma de postura bélica
inadmisible. Todo ello respondía a su anhelo de acelerar la evolución histórica
desde una visión de “narodnik”, como aquellos retoños de la aristocracia rusa
que abandonaron su clase para dedicarse a la ilustración de los trabajadores,
fuese por la palabra, fuese por las armas y el asesinato del zar y sus allegados;
conservando el ideal de respeto y entrega a los demás y sin caer en el
jesuitismo absoluto a lo Nechaev (cuyos hijos espirituales más célebres son
precisamente Lenin y Stalin).
Uno de los últimos actos de Kropotkin encaja con
esta tradición tan rusa de dirigirse personalmente al zar, al jefe supremo
omnipotente, cambiante, imprevisible y presunto desconocedor de algunos
aspectos de la realidad, con la loca esperanza de que unas pocas líneas
escritas pudrían convertirlo a un ideal insuperable.
Esta actitud tan paradójica expresa un vez más la
formación inicial narodnik de Kropotkin y su elección tardía de las ideas
anarquistas.
Hubiera podido esperarse que desde principios del
siglo XX, cuando Kropotkin cumplía 58 años, cediera la antorcha revolucionaria
a las nuevas generaciones y empezase a ralentizar sus actividades hasta llegar
al retiro, debido sobre todo a su frágil salud. Multiplicó, sin embargo su
actividad con estudios nuevos y más complejos (como puede comprobarse a
continuación). Podría pensarse en la existencia de un estímulo material, pero
Kropotkin empleaba la mayor parte de estos ingresos en la financiación de las revistas
y ediciones del exilio ruso. Se valía de su sitación en la universidad para
publicar en editoriales prestigiosas y utilizaba sus derechos para editar
folletos en ruso, mucho más baratos e impresas con mucha menor calidad.
II Las aportaciones de Kropotkin
Kropotkin recorrió varias etapas en su militancia
anarquista. Se dejó seducir primero por la acción violenta que era una ilusión
general del movimiento, lo que le valió un encarcelamiento de cinco años en
Francia (1883-1886). Pero evolucionó rápidamente hacia la reflexión sobre las
tácticas del momento, elaborando la noción de anarcocomunismo frente a la de
colectivismo que era la idea de Proudhon y en parte de Bakunin. Esta versión
del anarcocomuniso tal como lo analiza Max Nettlau en Historia de la Anarquía,
era una reacción colectiva ( que incluía a Malatesta, Elíseo Reclus y otros
militantes menos conocidos) encabezada por Kropotkin y destinada a mantener el
espíritu bakuninista de la Internacional ante la inercia “de las grandes masas
obreras [...y el] desprecio por la estupidez de las masas” de parte del
anarcoindividualismo y también la influencia de las distintas corrientes
socialistas.
De hecho el anarcocomunismo de Kropotkin presenta
una gran afinidad con el anarcosindicalismo que habría de cristalizar
definitivamente tras la muerte de nuestro autor, lo que explica la osmosis
entre sus textos y los de la visión sindical de la acción directa.
Dotar al anarquismo de una herramienta analítica
y legitimarlo intelectualmente fue la tarea que Kropotkin acometió con acierto
a lo largo de toda su militancia. Logró potenciar el anarquismo como
instrumento de análisis de la evolución (en su sentido biológico) a través de
obras que siguen siendo editadas o sirven de inspiración en campos como la
ecología . Sus otros dos ámbitos de actividad (el trabajo científico directo y
Rusia) están lógicamente superados por la evolución histórica. Pueden seguirse las
tres actividades a través de las fechas de sus publicaciones.
Publicó contribuciones científicas en 1878, 1879,
1882, 1884, 1891-1901, 1905, 1907, 1910 y 1915 .
Escritos sobre Rusia: In Russian and French
prisons, Londres, 1887, 387 pp.; Ideales y realidades en la literatura rusa,
1905; La terreur en Russie, 1909.
Obras importantes de inspiración anarquista:
Palabras de un rebelde 1885, La conquista del pan 1892, Memorias de un
revolucionario 1899, El Apoyo mutuo, un factor de evolución 1904, La Gran
Revolución 1909, Campos, fabricas y talleres 1910, La ciencia moderna y la
anarquía 1913 (un largo folleto con un titulo casi idéntico en ruso se publicó
en 1901), Ética obra póstuma, Moscú, 1922.
Puede observarse una diferencia clara entre los
dos primeros títulos y los escritos siguientes. Palabras de un rebelde y La
conquista del pan son una selección de artículos escritos al calor de los
acontecimientos. Al igual que en otros folletos o artículos en los que se
tratan temas similares su estilo es conciso, claro y eficaz, similar al de casi
todos los otros grandes anarquistas de la época Bakunin, Reclus, Malatesta.
En el momento de redactar a mayoría de las obras
posteriores, Kropotkin tenía más de 60 años y trabajaba individualmente (sobre
todo en artículos de tipo erudito y universitario, que publicaba primero en
revistas económicas y después en editoriales burguesas). Este método, que sin
duda no es el mejor desde distintos puntos de vista y tampoco desde una
concepción libertaria, se refleja en el estilo de estas publicaciones: largos
capítulos descriptivos, apéndices técnico y en las que sólo la introducción,
algun que otro capítulo y las conclusiones tienen agilidad y vigor estilístico.
De esta evolución cabe deducir que Kropotkin se
dirigió a dos tipos de lectores. En su fase de contactos directos y
conferencias, la que corresponde a las dos primeras obras, se inclinaba por una
demostración breve y entusiasta, animada por la idea de la eninminencia de la
revolución. Sus lectores sólo podían ser personas interesadas por el socialismo
en general o simpatizantes de las ideas libertarias. En los libros posteriores,
está latente la idea de la revolución pero su llegada no se anuncia rápida, las
demostraciones son amplias, con numerosos ejemplos. Los libros aparecían en
editoriales prestigiosas y los lectores, por deducción, eran cultos, pero no
forzosamente de izquierda.
Al referirme a la obra de Natalia Pirumova he
incluido algunas citas fundamentales del pensamiento de Kropotkin. Voy a
continuar con una mini antología de las páginas que, a mi parecer, han influido
más en los militantes anarquistas y sindicalistas que, en un momento u otro han
intentado cambiar el mundo.
Palabras de un rebelde
A los jóvenes
Quizás se esté resignando. Como no ve salida a la
situación, es posible que se diga a sí mismo: “¡Ya generaciones enteras
sufrieron la misma suerte, y yo que no puedo cambiar nada, tengo que sufrirla
también! Pues a trabajar, y a vivir de la mejor manera.
¡Vale! Pero la misma vida se va a encargar de que
usted se dé cuenta.
Algún día estallará la crisis, una de esas
crisis, ya no pasajera como antes, sino que fulmina toda una industria, que
echa a la miseria a millares de trabajadores, que diezma las familias. Usted
luchará, como los demás, en contra de esta calamidad. Pero pronto se dará
cuenta cómo su esposa, su hijo, su amigo, sucumben poco a poco por la escasez,
se debilitan bajo sus ojos y, por faltar la comida, acaban por morir en un
camastro, mientras que la vida, despreocupándose de quienes perecen, pregona
sus alegres ondulaciones en las calles de la gran ciudad, risueña de sol. Usted
comprenderá entonces lo asqueroso de aquella sociedad, pensará en las causas de
la crisis y la mirada de usted sondeará toda la hondura de esa iniquidad que
expone millares de seres humanos a la codicia de un puñado de gandules;
entenderá que los socialistas [anarquistas] tienen razón cuando dicen que la
sociedad actual tiene que ser, y puede ser transformada totalmente.
Otro día, cuando su amo le busque, para una nueva
reducción de sueldos, para quitarle aún algo de dinero para redondear más su
fortuna, usted protestará; pero le contestará con prepotencia: “Vaya a pacer
hierba, si no quiere trabajar por este precio.” Comprenderá entonces que el amo
no sólo quiere esquilarle como un cordero sino que le considera además como de
raza inferior; el amo, que no se conforma con mantenerle entre sus garras con
el sueldo, aspira aún a que se convierta usted en esclavo total. Entonces, o
tendrá que plegar las espaldas, o renunciará al sentimiento de la dignidad
humana y acabará por sufrir todas las humillaciones; o la sangre le subirá a la
cabeza, tendrá horror a la pendiente por la que resbala, reaccionará, despedido
y echado a la calle, comprenderá entonces que los socialistas [anarquistas]
tienen razón cuando dicen: “¡Rebélate! ¡Rebélate contra la esclavitud
económica, porque ella es la causa de todas las esclavitudes!” Entonces usted
vendrá a tomar su sitio en las filas socialistas y obrará con ellos para
libertar a todos los esclavos: económicos, políticos y sociales.
¡Todos socialistas!
Desde que la idea socialista ha empezado a
penetrar en el seno de las masas obreras, se está produciendo un hecho muy
interesante. Habiendo entendido a los peores enemigos del socialismo que el
mejor medio de dominarlo es fingir ser partidario suyo, se apresuran por
declararse socialistas. Hable a un gran burgués que explota despiadadamente al
obrero, a la obrera y al niño Háblele de las escandalosas desigualdades de las
fortunas, de la crisis y de la miseria que engendran; háblele de la necesidad
de modificar el régimen de la propiedad para mejorar la situación de los
obreros; y, si el burgués es inteligente, si trata de medrar en política, y
sobre todo si usted es su elector, le dirá enseguida: “¡Claro, soy tan
socialista como usted! La cuestión social, las cajas de ahorro, la legislación
sobre el trabajo, estoy totalmente de acuerdo, pero, usted lo ha de saber, no
lo cambiemos todo en día, hay que ir paulatinamente.” Y le deja para quitar por
las buenas más dinero “a sus obreros” en previsión de las pérdidas que acaso le
cause algún día la agitación social.
Antes, le habría dado de espaldas. Hoy en día
busca hacerle creer que comparte sus ideas, para degollarle más fácilmente el
día que lo pueda.
“Coger del montón”
En efecto, en sus reuniones, los proletarios
revolucionarios afirman claramente su derecho a toda la riqueza social y la
necesidad de abolir la propiedad individual, tanto para los valores de consumo
como para los de reproducción. “El día de la revolución nos apoderaremos de
toda la riqueza, de todos los valores acumulados en las ciudades y los
compartiremos todos por igual”, dicen los portavoces de la masa obrera y sus
oyentes lo confirman con su unánime asentimiento.
Que cada uno coja del montón lo que necesite;
podemos estar seguros de que en los graneros de nuestras ciudades habrá
suficiente alimento como para nutrir a todo el mundo hasta el día en que la
producción libre emprenda su nuevo camino. En las tiendas de nuestras ciudades
hay suficiente vestimenta como para vestir a todo el mundo, amontonadas sin
vender, en medio de la miseria general. También hay suficientes objetos de lujo
como para que todo el mundo escoja según su propio gusto.
La Conquista del Pan
Primeras medidas revolucionarias
Reconocer y proclamar de viva voz que cada uno,
cualquiera haya sido su etiqueta en el pasado, cualesquiera sean su fuerza o su
debilidad, sus aptitudes o su incapacidad, posee ante todo el derecho de vivir;
y que la sociedad tiene el deber de dividir entre todos sin excepción los
medios de existencia de que dispone. ¡Reconocerlo, proclamarlo y actuar en
consecuencia!
Obrar de manera tal que, desde el primer día de
la revolución el trabajador sepa que una nueva era se abre ante él: que a
partir de ese momento nadie estará obligado a acostarse bajo los puentes, junto
a los palacios; a estar en ayunas mientras haya alimentos; a tiritar de frío
junto a las tiendas de abrigos de piel. Que todo pertenezca a todos, tanto en
la realidad como en los principios; que por fin en la historia se produzca una
revolución que piense en las necesidades del pueblo antes de enseñarle cuales
son sus deberes.
Esto no podrá realizarse por medio de decretos,
sino únicamente a través de la toma de posesión inmediata, efectiva, de todo lo
necesario para asegurar la vida de todos: es la única manera verdaderamente
científica de proceder, la única la única que la masa del pueblo comprende y
desea.
Tomar posesión, en nombre del pueblo de los
depósitos de trigo, de las tiendas atiborradas de vestimentas, de las casas
habitables. No despilfarrar nada, organizarse de inmediato para llenar todos
los vacíos, atender todas las necesidades, satisfacer todas las necesidades
producir, ya no para dar beneficios a nadie sino para que la sociedad viva y se
desarrolle. [...] “¡Pan, la revolución necesita pan! ¡Que otros se ocupen de
lanzar circulares de versos rimbombantes! ¡Que otros se cuelguen todos los galones
que sus hombros puedan soportar! ¡Que otros finalmente hagan peroratas sobre
las libertades políticas! [...] Nuestra tarea específica será la de obrar de
manera tal que desde los primeros días de la revolución y mientras ésta dure no
haya un sólo hombre en el territorio insurrecto a quien le falte el pan.
La idea burguesa consistió en perorar acerca de
los grandes principios, o más bien acerca de las grandes mentiras. La idea
popular consistirá en asegurar pan para todos. Mientras los burgueses y los
trabajadores se harán los grandes hombres en los corrillos, mientras la “gente
práctica” discutirá indefinidamente acerca de las formas de gobierno, nosotros,
los “utopistas”, tendremos que pensar en el pan cotidiano.
Tenemos la audacia de afirmar que cada uno debe y
puede comer según el hambre que tenga, que la revolución vencerá a través del
pan de todos.
Como se sabe, somos utopistas, tan utopistas, en
efecto, que llevamos nuestra utopía hasta creer que la revolución deberá y
podrá asegurar a todos la vivienda, el vestido y el pan; esto no les gusta nada
a los burgueses rojos o azules, porque saben perfectamente que un pueblo que
comerá según el hambre que tenga será difilísimo de dominar.
¡Pues bien! No aflojamos. Es necesario asegurar
el pan para el pueblo sublevado y el problema de pan ha de ser prioritario. Si
se lo resuelve en interés del pueblo, la revolución quedará bien encaminada:
porque para resolver el problema de las vituallas es necesario aceptar un
principio de igualdad, que habrá de imponerse con exclusión de todas las otras
soluciones.
La expropiación
Mutiplicad los ejemplos, escogedlos donde os
parezca bien, meditad acerca del origen de todas las fortunas, grandes o
pequeñas, ya provengan del comercio, de la banca, de la industria o de la
tierra. En todas partes comprobaréis que la riqueza de unos está hecha con la
miseria de otros. Una sociedad anarquista no tiene que temer al Rothschild
desconocido que pudiera establecerse repentinamente en su seno. Si cada miembro
de la comunidad sabe que luego de algunas horas de trabajo productivo tendrá
derecho a todos los placeres que depara la civilización, a los goces profundos
que la ciencia y el arte procuran a quien las cultiva, no irá a vender su
fuerza de trabajo por una magra pitanza; nadie se ofrecerá para enriquecer al
Rothschild de marras. Sus escudos serán piezas de metal, útiles para diversos
usos, pero incapaces de reproducirse.
Cuando respondimos a la objeción precedente,
determinamos al mismo tiempo los límites de la expropiación.
La expropiación debe alcanzar todo aquello que
permite a cualquiera -banquero, industrial o cultivador- apropiarse del trabajo
de otro. La formula es sencilla y comprensible.
No queremos despojar a nadie de su gabán;
queremos devolverles a los trabajadores todo lo que le permite a cualquiera
explotarlos: y haremos todos nuestros esfuerzos para que, al no carecer nadie
de nada, no haya un solo hombre que esté obligado a vender sus brazos para
poder existir él y sus hijos.
Así entendemos la expropiación y nuestro deber
durante la revolución; cuya llegada esperamos, no dentro de doscientos años,
sino en un futuro próximo.
Los víveres
Comprendemos que consistiendo la variedad de la
cocina sobre todo en el carácter individual del sazonamiento por cada ama de
casa, la cocción en común de un quintal de patatas no impedirá que cada una las
sazone a su modo. Y sabemos que con caldo de carnero se pueden hacer cien sopas
diferentes, para satisfacer cien gustos personales.
Sabemos todo esto, y sin embargo, afirmamos que
nadie tiene derecho a forzar al ama de casa a tomar cocidas ya sus patatas en
el depósito comunal, si prefiere cocerlas ella misma en su olla, en su hogar. Y
sobre todo queremos que cada uno pueda consumir su alimento como le plazca, en
el seno de su familia, con sus amigos o incluso en el restaurante, si lo
prefiere.
Ciertamente surgirán grandes cocinas en vez de
los restaurantes donde hoy se envenena a la gente. La parisiense está
acostumbrada ya a comprar el caldo en la carnicería para hacer una sopa a su
gusto; y la londinense sabe que puede asar la carne y hasta el ave con patatas
al ruibarbo en la tahona por pocos cuartos, ahorrando así tiempo y carbón. Y
cuando la cocina común no sea un lugar de fraude, falsificación y
envenenamiento, vendrá la costumbre de dirigirse a ese horno para tener
preparadas las partes fundamentales de la comida, salvo darles el último toque
cada cual a su gusto.
Pero hacer de ello una ley, imponer el deber de
adquirir ya cocido el alimento, sería tan repulsivo para el hombre del sigo XIX
como las ideas de convento o de cuartel, ideas malsanas nacidas en cerebros
pervertidos por el mando o deformadas por una educación religiosa.
¿Quién tendrá derecho a los víveres comunes? Ésta
será por cierto la primera cuestión que se plantee. Cada ciudad responderá
según su contexto; estamos convencidos de que todas las respuestas estarán
dictadas por el sentimiento de justicia. Mientras los trabajos no estén
organizados, mientras dure el período de efervescencia y sea imposible
distinguir entre el holgazán perezoso y el desocupado involuntario, los
alimentos disponibles deben ser para todos sin excepción alguna. Quienes hayan
resistido con las armas en la mano a la victoria popular, quienes hayan
conspirado contra ella, se apresurarán por sí solos a liberar de su presencia
el territorio insurrecto. Pero creemos que el pueblo, siempre enemigo de las
represalias y magnánimo, compartirá el pan con todos los que hayan permanecido
en su seno, ya sean expropiadores o expropiados. Si se inspira en esta idea, la
revolución no habrá perdido nada; cuando se reanude el trabajo, se verá a los
combatientes de la víspera encontrarse juntos en el mismo taller. En una
sociedad en la que el trabajo será libre ya no habrá que temer por los
haraganes.
Las mujeres
Otros socialistas rechazan el falansterio
[comuna]. Pero cuando se les pregunta cómo podría organizarse el trabajo
doméstico, responden: “Mi mujer se apaña bien con el de la casa: las burguesas
harán otro tanto". Y si el que habla es un burgués socializante, le
espetará a su mujer, con una fina sonrisa: “¿Verdad, querida, que en una
sociedad socialista prescindirías de criada? ¿Verdad que harías como la mujer
de nuestro buen amigo Pablo o como la de Juan, el carpintero a quien conoces?
A lo cual la mujer responderá, con una sonrisa
agridulce, con un “Pero sí, querido”, mientras se dirá para sí que felizmente
esa sociedad no llegará por ahora.
Criada o esposa, el hombre todavía y siempre
sigue contando con la mujer para quitarse de los trabajos domésticos.
Pero por fin también la mujer reclama su parte en
la emancipación de la humanidad. Ya no quiere seguir siendo la bestia de carga
de la casa. Ya es suficiente con todos los años de su vida que tiene que
dedicar a la crianza de sus hijos. ¡Ya no quiere seguir siendo la cocinera, la
remendona, la barrendera de la casa! Y como las norteamericanas han tomado la
delantera en esta obra de reivindicación, en los Estados Unidos hay una queja
generalizada por la falta de mujeres que estén dispuestas a realizar tareas
domésticas. La señora prefiere el arte, la política, la literatura o la sala de
juego; la obrera hace otro tanto, y ya no se encuentra criadas. Son raras en
los Estados Unidos las muchachas y las mujeres que estén dispuestas a aceptar
la esclavitud del delantal.
La solución, evidentemente muy sencilla, la dicta
la vida misma. La máquina es la que se encarga de las tres cuartas partes del
trabajo doméstico. [...]
¿Lavar la vajilla? ¿Dónde habrá un ama de casa
que no odie este trabajo? Trabajo largo y sucio al mismo tiempo, y que por lo
general se sigue haciendo a mano, sólo porque el trabajo de la esclava
doméstica no se tiene en cuenta.
En Norteamérica, se ha descubierto una manera más
eficaz. Ya existe una cierta cantidad de ciudades en las que el agua caliente
llena a domicilio, de la misma manera en que lo hace el agua fría en nuestros
países. Dadas esas condiciones, el problema era muy sencillo. Una mujer, la
señora Cockrane, lo ha resuelto: su máquina lava docenas de platos o de
fuentes, los enjuaga y los seca en menos de tres minutos. Una fábrica de
Illinois produce esas máquinas, que se venden a un precio accesible para las
familias medías. Por su parte las familias pequeñas enviarán su vajilla al
establecimiento, igual que sus zapatos. Incluso es probable que ambas funciones
-lustrado y lavado- sean realizadas por la misma empresa.
Limpiar los cuchillos; despellejarse la piel y
retorcerse las manos lavando la ropa interior, para exprimir el agua; barrer
los pisos o cepillar las alfombras levantando nubes de polvo, que luego hay que
quitar con mucho trabajo de los sitios en que se aloja, todo esto se sigue
haciendo porque la mujer sigue siendo esclava; pero ya comienza a desaparecer
porque todas esas funciones se pueden hacer infinitamente mejor a máquina; y
máquinas de todo tipo se introducirán en la casa cuando la distribución de la fuerza
motriz a domicilio permita ponerlas en movimiento sin el menor esfuerzo
muscular.
Las máquinas cuestan muy poco; si todavía las
pagamos muy caro ello se debe a que aún no son de uso general y sobre todo
porque los señores que han especulado con la tierra, la materia prima, la
fabricación, la venta, la patente, retiran una tasa exorbitante, del 75 % [...]
Los mismos que desean la emancipación del género
humano no han incluido a la mujer dentro de su sueño de emancipación y
consideran indigno de su elevada dignidad masculina pensar “en esos asuntos de
cocina”, que han cargado sobre los hombros del gran paño de lágrimas: la mujer.
Emancipar a la mujer no es abrirle las puertas de
la universidad, de los tribunales y del parlamento. La mujer así emancipada
desplaza siempre hacia otra mujer los trabajos domésticos. Emancipar a la mujer
es liberarla del trabajo embrutecedor de la cocina y del lavadero; es
organizarse de tal manera que pueda alimentar y criar a sus hijos, si así le
parece, sin perder la posibilidad de asumir la parte que le corresponde en la
vida social.
Esto se hará, como hemos dicho: incluso ya
comienza a hacerse. Sepamos que la revolución que se embriague con las más
hermosas palabras de Libertad, Igualdad y Solidaridad, pero mantenga la
esclavitud en el hogar; no será la revolución. La mitad de la humanidad, que
soporta la esclavitud en el hogar, todavía tendría que rebelarse contra la otra
mitad.
El trabajo
Hemos dicho que trabajando cuatro o cinco horas
por día hasta la edad de 45 o 50 años el hombre podría producir fácilmente todo
lo necesario para asegurar la comodidad de la sociedad.
Mientras el hombre se vea obligado a pagar un
tributo al amo para tener derecho a cultivar el suelo o poner en movimiento una
maquina, y mientras el propietario sea dueño absoluto de producir lo que le
prometa mayores beneficios antes que la mayor suma de objetos necesarios para
la existencia, sólo temporalmente podrá tener bienestar un cortísimo número, y
será adquirido siempre por la miseria de una parte de la sociedad. No basta
distribuir por partes iguales los beneficios que una industria logra realizar,
si al mismo tiempo hay que explotar a otros millares de obreros. Lo que debemos
buscar es producir, con la menor pérdida posible de fuerza humana, la mayor
suma posible de los productos necesarios para el bienestar de todos.
¿Cuántas horas diarias de trabajo deberá
desarrollar el hombre para asegurar a su familia una alimentación nutritiva,
una casa conveniente y los vestidos necesarios? Esto ha preocupado mucho a los
socialistas, los cuales suelen admitir que bastarán cuatro o cinco horas
diarias -por supuesto, a condición de que todo el mundo trabaje. A fines del
siglo pasado, Benjamín Franklin ponía como límite cinco horas; y si la
necesidad de comodidades ha aumentado desde entonces, también ha aumentado con
mucha más rapidez la fuerza de producción.
¿Acaso valdría la pena la vida, con todas las
penurias inevitables que ella implica, si el hombre no pudiera procurarse
nunca, al margen del trabajo cotidiano, ningún placer de acuerdo con sus gustos
individuales?
Si queremos la revolución social, la queremos por
cierto ante todo para asegurarles el pan a todos; para metamorfosear esta
sociedad execrable en la que cada día vemos a robustos trabajadores que caminan
balanceando los brazos por no haber encontrado un patrón que se digne a
explotarlos; mujeres y niños que rondan por la noche sin un sitio donde
guarecerse; familias enteras reducidas a comer pan seco; niños, hombres y
mujeres que se mueren por trata de atención, cuando no de alimentos. Nos
rebelamos para acabar con estas iniquidades.
Pero esperamos otra cosa de la revolución. Vemos
que el trabajador, obligado a luchar penosamente para vivir, nunca puede
conocer los elevados goces -los más elevados a que el hombre pueda acceder- de
la ciencia y sobre todo del descubrimiento científico, del arte y sobre todo de
la creación artística. Para asegurar a todos estos goces, reservados hoy a muy
pocos, para permitirles el ocio, la posibilidad de desarrollar sus capacidades
intelectuales, la revolución debe asegurar a cada uno el pan cotidiano. El
ocio, luego del pan: tal es la meta suprema.
Por cierto, en la actualidad, cuando centenares
de miles de seres humanos carecen de pan, de carbón, de ropa Y de refugio, el
lujo es un crimen: ¡para satisfacerlo el hijo del trabajador debe quedarse sin
pan! Pero en una sociedad en la que todos comerán según el hambre que tengan,
las necesidades de lo que llamamos lujo en la actualidad serán mucho más
intensas. Como todos los hombres no pueden ni deben parecerse (la variedad de
los gustos y de las necesidades es la principal garantía del progreso de la humanidad),
siempre habrá y es deseable que haya hombres y mujeres cuyas necesidades estén
por encima del promedio en alguna dirección.
Todo el mundo no puede necesitar un telescopio.
Porque incluso cuando la instrucción sea general habrá personas que prefieran
los estudios microscópicos en lugar de los del cielo estrellado. Las hay que
gustan de las estatuas, mientras que otras gustan de la pintura; un individuo
determinado sólo aspira a poseer un excelente piano, mientras que otro se
contenta con birimbao.
Sobre el rechazo del trabajo
Habladle de ella [la pereza] a un industrial
inteligente y os dirá que si los trabajadores simplemente se propusieran ser
haraganes, lo único que quedaría por hacer sería cerrar todas las fábricas;
porque ninguna medida de castigo, ningún sistema de espionaje podría hacer algo
contra ella. Bastaba con ver el invierno pasado el terror provocado entre los
industriales ingleses cuando algunos agitadores comenzaron a predicar la teoría
del go canny, “¡A mal paga, mal trabajo; id con calma, no os esforcéis y estropead
todo lo que podáis!”. “¡Desmoralizan al trabajador; quieren matar la industria!
”, gritaban los mismos que antes tronaban contra la inmoralidad del obrero y la
mala calidad de sus productos. Pero, si el trabajador era tal como lo
representan los economistas -el perezoso que hay que amenazar permanentemente
con despedirlo del taller-, ¿qué podría significar la palabra
“desmoralización”?
De modo que cuando se habla de la posible
haraganería hay que tener bien presente que se trata de una minoría, de una
ínfima minoría en la sociedad. Antes de legislar contra esa minoría, ¿no sería
más urgente conocer el origen de la misma?
Cualquiera que observe con una mirada inteligente
sabe muy bien que el niño con fama de perezoso en la escuela es a menudo el que
comprende mal lo que se le enseña mal. Incluso muy a menudo su caso se debe a
una anemia cerebral, consecuencia de la pobreza y de una educación
antihigiénica.
Tal muchacho, perezoso para el latín y el griego,
trabajaría como un negro si se le iniciase en las ciencias, sobre todo a través
del trabajo manual. Tal muchachita, con fama de ser una nulidad en matemáticas,
se convierte en la primera matemática de su clase si por casualidad cae sobre
alguien que haya sabido aprehender y explicarle lo que no comprendía de los
elementos de la aritmética.
El trabajo asalariado [y la dictadura]
El rasgo dominante, distintivo, del sistema
capitalista actual es el trabajo asalariado.
Un hombre o un grupo de hombres que poseen el
capital necesario, montan una empresa industrial; se ocupan de abastecer la
manufactura o la fábrica con materia prima, de organizar la producción, de
vender los productos manufacturados, de pagar a los obreros un salario fijo; y
finalmente se quedan con la plusvalía o beneficios, con el pretexto de
indemnizarse por el riesgo que han corrido, las fluctuaciones de los precios de
la mercancía en el mercado.
Esto es en pocas palabras todo el sistema del
asalariado.
Por salvar este sistema, los actuales detentores
del capital estarían dispuestos a hacer ciertas concesiones, por ejemplo,
repartir una parte de los beneficios con los trabajadores o establecer una
escala de salarios que les obligue a elevarlos en cuanto suben las ganancias;
en una palabra, consentirían ciertos sacrificios con tal que se les dejase el
derecho de dirigir y administrar la industria y de recaudar los beneficios de
ella.
El colectivismo, según sabemos, introduce
importantes modificaciones en ese régimen, pero sin dejar de mantener el
salario. Sólo que sustituye el patrono por el Estado, es decir, con el gobierno
representativo nacional o comunal. Los representantes de la nación o del
municipio, sus delegados, o sus funcionarios son quienes se encargan de la
gerencia de la industria, y al mismo tiempo se reservan el derecho de emplear
en provecho de todos el exceso de valor de la producción. Además, se establece
en este sistema una distribución muy sutil, pero llena de consecuencias, entre
el trabajo del peón y del hombre que ha hecho un aprendizaje previo. El trabajo
del peón no es a los ojos del colectivista más que un trabajo simple, al paso
que el artesano, el ingeniero, el sabio, etc., practican lo que Marx llama un
trabajo compuesto y tienen derecho a un salario más alto. Pero peones e
ingenieros, tejedores y sabios, son asalariados del Estado: “todos
funcionarios” decían últimamente para dorar la píldora.
Pues bien el mayor servicio que la próxima
revolución podrá prestar a la humanidad será el de crear una situación en la
cual se haga imposible e inaplicable todo sistema de salario, y donde se
imponga, como única solución aceptable, el comunismo, negación del sistema del
salario.
Aun admitiendo que sea posible la modificación
colectivista si se hace por grados durante un periodo próspero y tranquilo, eso
será posible en periodo revolucionario, porque al día siguiente de tomar las
armas surgirá la necesidad de alimentar a millones de seres. Puede hacerse una
revolución política sin que se trastorne la industria; pero una revolución en
la cual el pueblo ponga la mano en la producción producirá inevitablemente una
súbita paralización del comercio y de la producción. Los millones del Estado no
bastarían para asalariar a los millones de hombres faltos de trabajo.
No podemos dejar de insistir en ese punto: la
reorganización de la industria sobre nuevas bases no se hará en unos cuantos
días, y el proletariado no podrá poner años de miseria al servicio de los
teóricos del salario. Para atravesar el periodo de las dificultas, reclamará lo
que siempre ha reclamado en tales circunstancias: la comunidad de los víveres,
el racionamiento.
Por mucho que se predique la paciencia, el pueblo
ya no aguantará; y si todos los víveres no se ponen en común, saqueará las
panaderías.
Si el empuje del pueblo no es bastante fuerte, se
le fusilará. Para que el colectivismo pueda establecerse, necesita, ante todo,
orden, disciplina, obediencia. Y como los capitalistas advertirán muy pronto
que hacer fusilar al pueblo por los que se llaman revolucionarios es el mejor
medio de darle asco por la revolución, prestarán ciertamente su apoyo a los
defensores del orden, aun a los colectivistas. Ya verán más tarde el medio de
aplastar a éstos a su vez.
Si “el orden se restablece” así, las
consecuencias son fáciles de prever. No ese limitará a fusilar los
“saqueadores”. Habrá que buscar los “autores del desorden”, restablecer los
tribunales, la guillotina, y los revolucionarios más ardientes subirán al cadalso.
Será una repetición de 1793.
No olvidemos cómo triunfó la reacción del siglo
pasado. Primero se guillotinó a los hebertistas, a quienes llamaba Mignet “los
anarquistas”. No tardaron en seguirlos los dantonianos. Y cuando los
robespierristas guillotinaron estos revolucionarios, les tocó el turno de subir
también al patíbulo. Con lo cual, disgustado el pueblo y viendo perdida la
revolución, dejó hacer a los reaccionarios.
Si “el orden queda restablecido”, los
colectivistas guillotinarán a los anarquistas, los posibilistas guillotinarán a
los colectivistas, que a su vez serán guillotinados por los reaccionarios. La
revolución tendría que volver a empezar.
Pero todo induce a creer que el empuje del pueblo
será bastante fuerte, y que cuando se haga la revolución habrá ganado terreno
la idea del comunismo anarquista. No es una idea inventada, el pueblo mismo nos
la insufla, y aumentará el número de comunistas conforme se haga más evidente
la imposibilidad de cualquier otra solución.
Y si el empuje es bastante fuerte, los asuntos
tomarán otro giro. En vez de saquear algunas tahonas, para ayunar mañana, el
pueblo de las ciudades insurrectas ocupará los graneros de trigo, los
mataderos, los almacenes de comestibles, en una palabra, todos los víveres.
Algunos ciudadanos con buena voluntad se
dedicarán en el acto a inventariar lo que se encuentre en cada almacén y en
cada granero. En veinticuatro horas el municipio insurrecto sabrá lo que París
aún no sabe, a pesar de sus juntas de estadística, y lo que nunca supo durante
el sitio: cuántas provisiones encierra. En dos veces veinticuatro horas se
habrán impreso millones de ejemplares de cuadros exactos de todos los víveres,
de los sitios donde están almacenados y de las formas de distribuirlos.
En cada manzana de casas, en cada calle y en cada
barrio, se organizarán voluntarios que sabrán entenderse y ponerse al corriente
de sus trabajos. Que no vengan a interponerse las bayonetas jacobinas: que los
teóricos sedicentes científicos no vengan a embrollarlo todo, o más bien, que
enreden cuanto quieran con tal de que no tengan derecho a mandar, y con ese
admirable espíritu organizador espontáneo que tiene el pueblo en tan alto
grado, en todas esas capas sociales, y que tan raras veces le permiten ejercitar,
surgirá aun en plena efervescencia revolucionaria un inmenso servicio
libremente constituido para suministrar a cada uno los víveres indispensables.
Que el pueblo tenga libres las manos, y en ocho
días el servicio de los víveres se hará con una regularidad admirable. Se
necesita no haber visto jamás al pueblo laborioso manos a la obra; se necesita
haber tenido toda la vida las narices entre el papeleo para dudar de ello.
¡Hablad del espíritu organizador de ese gran desconocido, el pueblo, a los que
lo han visto en París en las jornadas de las barricadas, o en Londres cuando la
última gran huelga, que tenía que alimentar a medio millón de hambrientos, y os
dirán cuán superior es a los oficinistas!
Aunque hubiera que sufrir durante quince días o
un mes cierto desorden parcial y relativo, poco importa. Siempre será para las
masas mejor que lo que hoy existe. Además, en tiempos de revolución se come
salchichón y pan seco sin murmurar, riéndose, o más bien discutiendo. En todo
caso, lo que surja espontáneamente, bajo la presión de las necesidades
inmediatas, será infinitamente preferible a cuanto pueda idearse entre cuatro
paredes, en medio de los mamotretos, o en los despachos de un ayuntamiento.
El trabajo asalariado
Examinemos con mayor detalle ese sistema de
retribución del trabajo, preconizado por los colectivistas franceses, alemanes,
ingleses e italianos.
Se reduce aproximadamente a lo siguiente: todo el
mundo trabajará en los campos, fábricas, escuelas, hospitales, etc. La jornada
de trabajo está reglamentada por el Estado; a quien pertenecen la tierra, las
fábricas, las vías de comunicación, etc. Cada jornada de trabajo es cambiada
por un bono de trabajo que lleva; por ejemplo, la siguiente inscripción: ocho
horas de trabajo. Con ese bono el obrero puede procurarse en las tiendas del
Estado y de las diversas corporaciones, toda suerte de mercancías. El bono es
divisible de tal manera que se puede comprar una hora de trabajo de carne, diez
minutos de cerillas o media hora de tabaco. En vez de decir cuatro céntimos de
jabón, después de la revolución colectivista se dirá: cinco minutos de jabón.
La mayoría de los colectivistas, fieles a la
distinción establecida por los economistas burgueses (y por Marx) entre el
trabajo calificado y el trabajo simple, nos dicen además que el trabajo
calificado o profesional, deberá ser pagado una cierta cantidad de veces más
que el trabajo simple. Por ejemplo: una hora de trabajo del médico deberá ser
considerada como equivalente a dos o tres horas de trabajo de la enfermera o
bien a tres horas del cavador. “El trabajo profesional o calificado será un
múltiplo del trabajo simple”, nos dice el colectivista Groenlnnd, porque esa
clase de trabajo requiere un aprendizaje más o menos largo.
Otros colectivistas, como los marxistas
franceses, no establecen esta distinción. “Proclaman la igualdad de los
salarios”. El doctor, el maestro de escuela y el profesor serán pagados (en
bonos de trabajo) según la misma tasa que el cavador. Ocho horas empleadas en
visitas en el hospital valdrán lo mismo que ocho horas empleadas en trabajos de
cavar la tierra o en la mina o en la fábrica. [...]
Digamos, en primer término, que este sistema nos
parece totalmente impracticable.
Los colectivistas comienzan por proclamar un
principio revolucionario -la abolición de la propiedad privada- y lo niegan
enseguida manteniendo una organización de la producción y del consumo que ha
nacido de la propiedad privada.
Proclaman un principio revolucionario e ignoran
las consecuencias que inevitablemente debe traer consigo. Olvidan que el hecho
mismo de abolir la propiedad individual de los instrumentos de trabajo (suelo,
fábricas, vías de comunicación, capitales) tiene que lanzar a la sociedad por
derroteros absolutamente nuevos; que debe trastornar de arriba abajo la
producción, lo mismo en su objeto que en sus medios; que todas las relaciones
cotidianas entre individuos deben modificarse desde el momento en que se consideren
como posesión común la tierra, la máquina y todo lo demás.
La moral
Hoy, cuando vemos que un Juan el Destripador
degüella a diez mujeres de las más pobres, de las más miserables -y moralmente
superiores a las tres cuartas partes de las ricas burguesas- nuestro primer
sentimiento es el de odio. Si le hubiésemos encontrado el mismo día en que
degollara a aquella mujer que quería que él le pagase treinta céntimos por
haber pasado la noche en su madriguera, le hubiésemos dado un tiro, sin pensar
que la bala hubiera estado mejor en el cráneo del propietario de la covacha.
Mas cuando nos acordamos de todas las infamias
que le condujeran a aquellos asesinatos; cuando pensamos en aquellas tinieblas
en las que se halla envuelto; cuando nos lo figuramos perseguido por las
imágenes que constituyen el fondo de aquellos libros inmundos o por ideas
adquiridas en la lectura de libros estúpidos, nuestro sentimiento se aplaca
algo. Y el día en que sepamos que Juan está en poder de un juez que, fríamente,
causará más víctimas que todos los Juanes, cuando sepamos que se halla en manos
de uno de aquellos maniáticos que sin saber por qué se exaltan, que envían a un
Borrás a presidio para demostrar a los burgueses que son sus centinelas, todo
nuestro odio contra Juan el Destripador desaparecerá, mas para ir a otra parte.
Se transformará en odio contra la sociedad vil e hipócrita, contra sus
representantes privilegiados. Todas las infamias de un destripador desaparecen
ante esa serie secular de infamias cometidas en nombre de la ley. A ésta es a
quien odiamos.
Hoy nuestro sentimiento es menos intenso a cada
instante. Sentimos que todos nosotros somos más o menos involuntariamente los
puntales de esa sociedad. Y no nos atrevemos a odiar. Pero... ¿nos atrevemos a
amar? En una sociedad basada en la explotación y el servilismo, la naturaleza
humana se degrada. [...]
Y ahora digamos, para acabar, algunas palabras
acerca de aquellos dos términos, hijos de la escuela inglesa -altruismo y
egoísmo- con que a cada paso se nos rasca el oído.
Hasta este momento no hablamos de ellos en el
presente estudio. Y es porque no vemos ni aun la distinción que los moralistas
han tratado de introducir entre ellos.
Cuando decimos: "Tratemos a los demás como
quisiéramos ser tratados", ¿recomendamos el altruismo o es el egoísmo lo
que proclamamos? Cuando subimos más y decimos: "La dicha del individuo
está íntimamente relacionada con la de los seres que le rodean. Por casualidad
se pueden tener algunos años de dicha relativa en una sociedad basada en la
desgracia ajena; pero esa dicha está pendiente de un hilo; no puede durar; el
menor incidente bastará para quebrarla, y es miserablemente pequeña comparada
con la felicidad posible en una sociedad de iguales. Por consiguiente, siempre
que busques el bien de todos, obrarás bien; cuando decimos esto, ¿predicamos el
egoísmo o el altruismo? Lo que hacemos es sentar sencillamente un hecho.
Y cuando agregamos, parodiando una frase de
Guyau: "Sé fuerte, sé grande en todos tus actos; desarrolla tu vida en
todo sentido; sé todo lo rico que puedas en energía, y para ello sé el ser más
social y más sociable, si tu objeto es gozar de una vida plena, completa y
fecunda. Guiado siempre por una inteligencia ricamente desarrollada, lucha,
arriésgate, -el tiempo tiene goces grandísimos-, emplea todas tus fuerzas sin
reparo en cuanto creas bueno y grande y habrás gozado de la mayor suma posible
de felicidad. [...]Cuando decimos esto, ¿qué proclamamos: el egoísmo o el
altruismo?
El Apoyo Mutuo Quizás se me objetara que en este
libro tanto los hombres como les animales están representados desde un punto
demasiado favorable: que sus cualidades sociales son destacadas en exceso,
mientras que sus inclinaciones antisociales de afirmación de sí mismos, apenas
están marcadas. Sin embargo, esto era inevitable. En los últimos tiempos hemos
oído hablar tanto de "la lucha dura y despiadada por la vida" que
aparentemente sostiene cada animal contra todos los otros, cada salvaje contra
todos los demás salvajes, y cada hombre civilizado contra todos sus
conciudadanos -semejantes opiniones se convirtieron en una especie de dogma de
religión de la sociedad instruida-, que fue necesario, ante todo, oponer una
serie amplia de hechos que muestran la vida de los animales y de los hombres
completamente desde otro ángulo. Era necesario mostrar, en primer lugar, el
papel predominante que desempeñan las costumbres sociales en la vida de la
naturaleza y en la evolución progresiva, tanto de las especies animales como
igualmente de los seres humanos.
Era necesario demostrar que las costumbres de
apoyo mutuo dan a los animales mejor protección contra sus enemigos, que hacen
menos difícil obtener alimentos (provisiones invernales, migraciones,
alimentación bajo la vigilancia de centinelas, etc.), que aumentan la
prolongación de la vida y debido a esto facilitan el desarrollo de las
facultades intelectuales que dieron a los hombres, aparte de las ventajas
citadas, comunes con las de los animales, la posibilidad de formar aquellas
instituciones que ayudaron a la humanidad a sobrevivir en la dura con la
naturaleza v a perfeccionarse, a pesar de todas las vicisitudes de la historia.
Así lo hice. Y por esto el presente libro es libro de la ley de ayuda mutua
considerada como una de las principales causas activas del desarrollo
progresivo, y no la investigación de todos los factores de evolución y su valor
respectivo. Era necesario escribir este libro antes de que fuera posible
investigar la cuestión de la importancia respectiva de los diferentes agentes
de la evolución.
Y menos aun, naturalmente, estoy inclinado a
menospreciar el papel que desempeñó la autoafirmación del individuo en el
desarrollo de la humanidad. Pero esta cuestión, según mi opinión, exige un
examen bastante más profundo que el hallado hasta ahora. En la historia de la
humanidad, la autoafirmación del individuo a menudo representó, y continua
representando, algo perfectamente destacado y algo más amplio y profundo que
esa mezquina e irracional estrechez mental que la mayoría de los escritores
presentan como "individualista y "autoafirmación". De modo
semejante, los individuos impulsores de la historia no se redujeron solamente a
aquellos que los historiadores nos describen en calidad de héroes. Debido a
esto, tengo el propósito, siempre que sea posible, de analizar en detalle,
posteriormente, el papel que ha desempeñado la autoafirmación del individuo en
el desarrollo progresivo de la humanidad. Por ahora me limito a hacer nada más
que la observación general siguiente:
Cuando las instituciones de ayuda mutua -es decir
la organización tribal, la comuna aldeana, las guildas, la ciudad de la edad
media- empezaron a perder en el transcurso del proceso histórico su carácter
primitivo, cuando comenzaron a aparecer en ellas las excrecencias parasitarias
que les eran extrañas, debido a lo cual estas mismas instituciones se
transformaron en obstáculo para el progreso, entonces la rebelión de los
individuos en contra de estas instituciones tomaba siempre un carácter doble.
Una parte de los rebeldes se empeñaba en purificar las viejas instituciones de
los elementos extraños a ella, o en elaborar formas superiores de libre
convivencia basadas una vez más en los principios de Ayuda Mutua; trataron de
introducir, por ejemplo, en el derecho penal el principio de compensación
(multa), en lugar de la ley del Talión, y más tarde proclamaron el "perdón
de las ofensas", es decir, un ideal aun más elevado de igualdad ante la
conciencia humana en lugar de la "compensación" que se pagaba según
el valor de clase del damnificado. Pero, al mismo tiempo, la otra parte de esos
individuos, que se rebelaron contra la organización que se había consolidado,
intentaban simplemente destruir las instituciones protectoras de apoyo mutuo a
fin de imponer, en lugar de éstas, su propia arbitrariedad, acrecentar de este
modo sus riquezas propias y fortificar su propio poder. En esta triple lucha
entre las dos categorías de individuos que se habían rebelado y los protectores
de lo existente, consiste toda la verdadera tragedia de la historia, pero para
representar esta lucha y estudiar honestamente el papel desempeñado en el
desarrollo de la humanidad por cada una de las tres fuerzas citadas, hará
falta, por lo menos, tantos años de trabajo como tuve que dedicar a escribir
este libro.
La ciencia moderna y el anarquismo
Posición de la anarquía en la ciencia moderna
La anarquía es una concepción del universo basada
sobre una interpretación mecánica de los fenómenos, que abarca toda la
naturaleza, incluida la vida de las sociedades. Su método es el de las ciencias
naturales; y según este método toda conclusión filosófica debe ser verificada.
Su tendencia consiste en fundar una filosofía sintética que abarque todos los
hechos de la naturaleza -incluida la vida de las sociedades humanas y sus
problemas económicos y morales- sin caer sin embargo en los errores que cometieron,
Comte y Spencer [...]
El método inductivo que utilizamos en las
ciencias naturales ha probado tan eficazmente su capacidad que el siglo XIX ha
podido hacer progresar las ciencias en cien años más de lo que éstas habían
avanzado antes durante dos mil años. Y cuando, en la segunda mitad del siglo,
se comenzó a aplicar ese método al estudio de las sociedades humanas, en
ninguna parte se tropezó con un punto que obligase a rechazarlo para volver a
la escolástica medieval resucitada por Hegel. Más aún. Cuando ciertos
naturalistas, pagando tributo a su educación burguesa, pretendieron enseñarnos,
presuntamente sobre la base del método científico del darwinismo: “¡Aplastad al
que sea más débil que vosotros: tal es la ley de la naturaleza!”, nos resultó
fácil probar mediante el mismo método científico, que esos investigadores
estaban equivocados: que tal ley no existe; que la naturaleza nos enseña algo
muy distinto; y que sus conclusiones no eran de ninguna manera científicas. Lo
mismo vale para la afirmación que pretende hacernos creer que la desigualdad de
las fortunas es “ley de la naturaleza” y que la explotación capitalista
representa la forma más ventajosa de organización societaria. Precisamente la
aplicación del método de las ciencias naturales a los de las ciencias sociales
burguesas -incluida la economía política actual- no son en absoluto leyes sino
simples afirmaciones o suposiciones que nunca se ha tratado de verificar. [...]
Y cada investigación es tanto más fructífera
cuanto mejor se ven las relaciones que existen entre la pregunta planteada y
las líneas fundamentales de nuestra concepción general del universo. Cuanto
mejor calza dentro de esta concepción general, más fácil es la solución.
Pues bien, la pregunta que se plantea la anarquía
podría expresarse de la siguiente manera: “¿Qué formas de sociedad garantizan
mejor, en una sociedad dada, y por extensión en la humanidad en general, la
mayor suma de felicidad y por consiguiente la mayor suma de vitalidad?”. “¿Qué
formas de sociedad permiten mejor que esa suma de felicidad aumente y se
desarrolle en cantidad y en calidad?, es decir, ¿cuáles permiten que la
felicidad sea más completa y más general?”. Con lo cual, de paso, obtenemos
también la fórmula del progreso. El deseo de ayudar a la evolución en esta
dirección determina el carácter de la actividad social, científica, artística,
etc., del anarquista.
La Gran Revolución
Las citas anteriores de Pirumova daban idea de lo
esencial de esta obra, baste añadir ahora que un historiador oficial y burgués
de la revolución francesa enjuiciaba así La Gran Revolución:
“Kropotkin fue un historiador original. Fue, en
este libro, un buen servidor de la verdad en la historia, un espíritu moderno,
un obrero hábil e inteligente, pero que no disponía de todas las herramientas
necesarias. No obstante nos fue útil ver la Revolución francesa por sus ojos,
por sus ojos de ciudadano del universo”.
Campos, fábrica y talleres
[Las industrias podrían implantarse en el campo y
los ...] ..obreros, quienes deberían ser los verdaderos directores de todas las
industrias, comprenderán sin duda que es higiénico y necesario, para el
espíritu como para el cuerpo, el no hacer el mismo monótono trabajo el año
entero, y lo abandonarán un mes o dos, durante el verano, o también encontrarán
el medio de lograr que no se paren las fábricas y manufacturas turneándose.
La técnica y la ciencia reducirán cada vez más el
tiempo necesario para producir la riqueza, a fin de dejar a cada uno, varón o
hembra, todo el tiempo libre que pueda desear. No estará en sus manos,
seguramente, garantizar la felicidad, porque ésta depende tanto, o tal vez más,
del individuo mismo que del medio en que vive." “Bajo las presentes
condiciones de división de la sociedad en capitalistas y trabajadores, en
propietarios y masas, viviendo de jornales inseguros, la expansión de la
industria sobre nuevas regiones viene acompañada siempre por los mismos hechos
de inhumana opresión, matanza de niños, pauperismo y mayores dificultades para
atender a la subsistencia como se vio en los inicios del capitalismo en la
primera mitad del siglo XIX en Inglaterra.
Si cada uno, por lo tanto, diera su parte de
producción, y si ésta estuviera socializada, como nos lo indicaría una economía
social orientada hacia a la satisfacción de las necesidades siempre crecientes
de todos, entonces más de la mitad de la jornada quedaría así libre para que
cada uno la dedicase al estudio de las ciencias y las artes, o cualquier
ocupación a que diera la preferencia. [...] una comunidad organizada bajo el
principio de que todos sus miembros, lo mismo varones que hembras, una vez llegados
a cierta edad, por ejemplo, desde los cuarenta en adelante, quedasen libres de
la obligación moral de tomar una parte directa en la ejecución del trabajo
manual necesario, pudiendo así estar en condición de dedicarse por completo a
lo que más le agradara en el terreno de la ciencia, del arte, o de un trabajo
cualquiera. .
La revolución soviética
El regreso y la presencia de Kropotkin en plena
revolución fue un estímulo para todos los anarquistas Así reaccionaba el líder
campesino, Nestor Makno. “En ese momento recibimos informaciones de que
Kropotkin ya estaba en Petrogrado. [...] Ahora, recibíamos periódicos y cartas
de Petrogrado, que contaban que Kropotkin emprendía el viaje de Londres a Rusia
enfermo, pero llegando bien al mismo corazón de la revolución, Petrogrado.
Supimos que se había entrevistado con socialistas del gobierno de Kerenski.
La alegría en las filas de nuestros grupos era
indescriptible. Hubo una asamblea general, que dedicó una serie de ponencias
sobre lo que nos propone el anciano Pedro Alekseevith. [...] se nos planteaba
el problema directo de dónde está el camino y los medios para administrar la
tierra y, sin el Poder encima de nosotros, cómo quitarse de los parásitos que
no producen nada, que viven en la alegría y el lujo.
La respuesta a esta pregunta la dio Kropotkin en
La Conquista del Pan. Pero las masas no habían leído esta obra. Una minoría la
conocía. Ahora las masas no tienen tiempo de leerla. Ahora para ellas es
necesario que oigan lo más concreto de la lengua sencilla, viva y fuerte de La
Conquista del Pan, para que no la comprenda de modo rutinario, sino que coja
enseguida el hilo conductor de las acciones.
El mejor especialista del anarquismo ucraniano
evoca globalmente las relaciones entre Makno y Kropotkin.
Encuentra a Kropotkin, en víspera de su mudanza a
Dmitrov, en las afueras de la capital. El apóstol de la Anarquía le acogió con
cariño, respondió de modo satisfactorio a sus preguntas y le habló muchos de
los campesinos ucranianos, pero cuando Makno le pide consejos sobre lo que debe
hacer a su vuelta, Kropotkin se niega rotundamente a darselos: “esto supone un
gran riesgo para su vida, compañero, y solo usted le puede dar una respuesta
justa.
Durante la despedida, el anciano anarquista le
dice que: ”La lucha es incompatible con el sentimentalismo. La abnegación, la
firmeza de ánimo y la voluntad son imprescindibles cara a los objetivos que uno
se ha fijado.” El teórico del comunismo libertario había advertido la recia
personalidad de Nestor y observó su tendencia a una cierta exaltación. De no
ser así no se comprende que el autor de la Etica haya podido separar el
sentimiento de la lucha revolucionaria. Era probablemente un consejo para que Makno
no se desviase de sus objetivos. En todo caso, causó efecto en el ex terrorista
y ex presidiario que lo recordó siempre. Poco después, Kropotkin le transmitió
un mensaje diciendo que: “cuidase de sí mismo, porque hombres así son escasos
en Rusia”, lo que demuestra la estimación que inspiró a su venerable compañero,
así como la perspicacia de éste.
La postura íntima de Kropotkin frente a la
revolución aparece en una nota personal transmitida clandestinamente por su
hija y que es del día 23 de noviembre de 1920.
La revolución que estamos viviendo es la suma, no
de los esfuerzos de individuos separados, sino un fenómeno espontáneo,
independiente de la voluntad humana, un fenómeno natural semejante al tifón que
se desencadena en las costas del Asia Oriental.
[...]
En el momento actual la Revolución rusa se
encuentra en la siguiente posición: está cometiendo horrores, está arruinando
el país entero, en su furiosa demencia está aniquilando a la gente, por ser una
revolución y no un progreso pacífico, no ve lo que rompe, lo que pierde ni sabe
adónde va.
Y nosotros estamos imposibilitados para
orientarla por otra vía, mientras no amaine. "Es necesario que agote su
fuerza.” [...] "La salida es una reacción absolutamente inevitable [...]
por eso lo único que podremos hacer es reunir nuestras fuerzas para disminuir
el crecimiento y la fuerza de a reacción inminente.” [...] “No veo más que una
cosa: ir reuniendo gentes de uno y otro partido que sean capaces de emprender
una obra constructiva después que la revolución haya agotado su fuerza. Nosotros
los anarquistas, debemos, por nuestra parte, reunir un grupo de trabajadores
anarquistas honrados, abnegados y que no estén dominados por el orgullo.
Es el mismo mensaje que Kropotkin incluyó en La
Gran Revolución y que citaba Pirumova. Quizá obsesionado por este enfoque,
Kropotkin no vaciló en mantener contactos con Lenin durante tres años en lo que
para los bolcheviques no era mas que una tentativa de escindir el movimiento
anarquista y anarquizante de Makno. ¿Se cercioró Kropotkin de la situación?
La cronología de la relación puede orientarnos:
- Carta ya
citada por Pirumova del 17 de septiembre de 1918.
- Carta de
1919
¿En qué sirve a los objetivos del proletariado
esta organización enorme de la producción de máquinas a partir de la
expropiación de las fábricas y de todos los medios de producción de la
burguesía?
- Mayo de
1919 : discusión amistosa con Lenin en Moscú.
- Marzo de
1920: carta a Lenin sobre la miseria de los trabajadores de Dmitrov y la
dictadura de un partido lleno de advenedizos que impiden la creación desde la
base y por la base.
Una cosa es segura: incluso si la dictadura de un
partido fuera un medio eficaz para derribar el sistema capitalista -de lo que
dudo mucho-, para el establecimiento del nuevo régimen socialista, resulta
totalmente dañina. Es preciso que la construcción se haga localmente con las
fuerzas existentes, pero no sucede. En cambio, en cada instante, hay gente que,
por no estar nunca al tanto de la situación real, comete los peores errores,
cuyo precio es la muerte de millares de personas y la destrucción de regiones
enteras. Sin la participación de las fuerzas locales, sin la construcción desde
abajo, de los mismos campesinos y obreros, la elaboración de una nueva vida es
imposible.[...] Los dirigentes del “partido”, los comunistas recientes y
oportunistas -los convencidos están en las grandes capitales- ya aniquilaron la
influencia y la fuerza constructiva de este órgano muy prometedor, el soviet.
Ahora en Rusia, no dirigen los soviets sino los comités del partido. Y sus
esfuerzos sufren de las insuficiencias del sistema burocrático.
Final con “saludos amistosos”
- Julio de
1920. Ángel Pestaña, delegado de la CNT de España a un Congreso Internacional
de Sindicatos en Moscú se entrevistó con Kropotkin señalando que éste había
querido ver a Lenin (que “no le quiso recibir”) para oponerse a “la pena de
muerte que el tribunal soviético quería aplicar a diez cooperativistas [de
Dmitrov] denunciados por un agente de la Tcheka como conspiradores
revolucionarios.” La intervención de Kropotkin los “libró de la muerte; aunque
no de los diez años de presidio a que cada uno de ellos fueron condenados.”
-
Diciembre de 1920: carta a Lenin para protestar por la política del
Gobierno de tomar rehenes, un “regreso al peor periodo de la Edad Media y de
las guerras de religión” e insistir en el “futuro”, con este final. Y, a pesar
de todas sus insuficiencias, ella [La revolución de Octubre] va hacia la
igualdad, lo que no impide tentativas de volver al régimen anterior. ¿Por qué
colocar la revolución en un camino que la conduce a la destrucción,
principalmente a causa de sus defectos que no son en absoluto inherentes al
socialismo o al comunismo, sino que representan la persistencia del orden
antiguo y de las habituales equivocaciones de una autoridad incontrolada y
devoradora.
- No hay
nada más.
Salta a la vista que hasta marzo de 1920
Kropotkin sugiere reformas, con la actitud, tal como he señalado, de humilde
cortesano ante el rey. En diciembre de 1920, Kropotkin trata de igual a igual a
Lenin y le rechaza como incapaz de comprender la situación y remediarla. De
hecho es una carta de ruptura. En este periodo las relaciones entre
bolcheviques y anarquistas y maknovistas habían cambiado por completo. De
cierta comunidad de análisis sobre las actitudes de los contrarrevolucionarios
se había pasado a la oposición frontal, excepto la minoría de los anarquistas
no violentos (que serían encarcelados más tarde; una parte de ellos - los
tolstoianos y otros - murieron en huelgas del hambre de protesta, sin que
reaccionase el estado marxista leninista) y de algunos anarquistas que se
pasaron al marxismo leninismo (los más conocidos terminaron en los gulags).
Forzosamente Kropotkin estaba al corriente de esta evolución.
Uno de los últimos textos publicados en la URSS
en vida de Kropotkin es el siguiente que compendia, además, una parte de su
propio pensamiento:
Vemos ahora en qué medida era indispensable haber
discutido seriamente sobre la cuestión "¿Qué hacer cuando se presente la
posibilidad de hacer la revolución?" Cuando los representantes de los
obreros franceses e ingleses fundaron en 1864 la I Internacional, los obreros
franceses, conscientes de la amarga experiencia de 1848 y de los sombrios
resultados de la revolución, comenzada sin una orientación precisa, y
preocupados por darle una, pidieron que se inscribiera en el programa de la
Internacional la elaboración de las bases y de las metas de la revolución
social. Durante sus primeros años, la Internacional atendió estas cuestiones.
La organización "de los servicios sociales en la sociedad futura" y
el papel que tenía el Estado, fueron objeto de discusiones y estudios serios en
varias secciones de la Internacional, así como en el congreso de Bruselas en
1868.
Pronto, sin embargo, surgieron dos direcciones
antagónicas. Una sostenía aún la vieja utopía del Estado, y tomó como programa
el socialismo estatal, ya presente en la conspiración de Gracchus Babeuf en
1795, en la utopía estatal de Cabet (“Voyage en Icarie”) y en particular en el
plan estatal de “colectivismo”, tal como lo elaboró Pecqueur hacia 1840
siguiendo a Saint-Simon y Fourier. La otra orientación, que se manifestó por
vez primera en el “mutualismo” de Proudho y se transformó luego en “Anarquía”,
defendía un régimen no estatal, a partir de comunas independientes y
asociaciones de productores unidos en federaciones.
Como era de esperar, el plan de reconstrucción
comunista estatal de la sociedad futura prevaleció frente a la idea más
reciente de fundar la nueva sociedad sobre una base federativa. Las ideas de la
“toma del poder”, que había de preceder a la reconstrucción de la sociedad, de
las leyes dictadas de arriba a abajo -exteriores a la creatividad social- se
propagaron ampliamente en Europa. Solo en los países latinos, que tenían
presentes todavía la vida de las ciudades y de las comunas independientes, se
defendió por una parte el sindicalismo y por otra el comunalismo, o sea el
derecho de cada ciudad y de cada grupo de pueblos a organizar a su modo la vida
económica. Además, en Inglaterra apareció (entre los fabianos) lo que se llamó
el socialismo de guildas, es decir el socialismo comunal.
Es entonces cuando en nuestra tierra, en Rusia,
donde el absolutismo había vivido mucho tiempo, estalló la revolución, como en
la Inglaterra del siglo XVII y en la Francia de 1789-93. Y como inevitablemente
ocurre en el siglo XX, adquirió pronto un carácter socialista. La fuerza motriz
correspondió al partido que no había considerado un tema menor la elaborción, y
discusión, de un plan para la sociedad futura sobre una base comunista. De
forma bastante inesperada se encontró en el poder y está aplicando ahora el
plan del comunismo y del colectivismo estatal.
Sin embargo, este plan socialista estatal
encuentra a cada paso dificultades tan inverosímiles, -basadas en la misma
condición de los individuos-, que imposibilitan la consecución de sus primeros
objetivos. Conforme va creciendo da lugar a una amplia burocracia, que engendra
una nueva burguesía. Muchos -demasiados- se apresuran ya a sacar la conclusión
de que no es posible una forma de socialismo de producción y de consumo. Y
deducen de ello que sólo nos queda volvernos hacia atrás, a la estructura capitalista.
Esta estructura ha demostrado ya su incapacidad.
Condujo fatalmente a la "formación" del Estado y a esas catástrofes
que son las guerras, a resultados terribles que los pueblos solamente ahora
empiezan a reconocer. Y esta estructura tiene fatalmente que acarrear nuevas
guerras aún más terribles, si se mantiene el Estado capitalista. Mientras
sobrevivan el capital y el Estado, habrá guerras de “seis y de treinta años”,
como escribía Herzen.
La humanidad no puede evitar una reconstrucción
completa y profunda. Por eso la cuestión de cómo podremos llevarla a cabo sigue
todavía vital y esencial, como lo era cuando Pataud y Pouget escribían su
libro. Presentaron su propuesta y dieron materia a la reflexión. Nos
corresponde discutir de la misma, valorar los méritos y las insuficiencias,
apoyándonos en los hechos de la vida concreta, para proponer nuestras
correcciones.
III El legado polifacético de Kropotkin
Kropotkin resumió su propio pensamiento en 1905:
Como anarcocomunista, Pedro Kropotkin se esforzó
durante muchos años en desarrollar las siguientes ideas: enseñar la relación
profunda, lógica, que existe entre la filosofía moderna de las ciencias
naturales y el anarquismo; poner el anarquismo sobre una base científica a
través del estudio de las tendencias que se manifiestan ahora en la sociedad, y
que pueden indicar una ulterior evolución; y elaborar una ética anarquista. En
cuanto al contenido del anarquismo como tal, Kropotkin se propuso probar que el
comunismo -al menos en parte- tiene más probabilidades de ser instaurado que el
colectivismo, sobre todo en las comunas avanzadas, y que el comunismo libre (es
decir, anarquista) es la única forma de comunismo que tiene alguna probabilidad
de ser aceptada en las sociedades civilizadas. Comunismo y anarquismo son,
pues, dos metas evolutivas que se complementan recíprocamente, ya que el
segundo resulta posible y aceptable en virtud del primero. Además trató de
señalar cómo puede organizarse una gran ciudad, en un periodo revolucionario,
de acuerdo con un comunismo libre, suponiendo que sus habitantes hayan aceptado
esa idea; la ciudad ha de garantizar a cada habitante vivienda, alimento y
vestido en un nivel correspondiente a confort del que en esa misma época gocen
las clases medias: a cambio de eso recibirá el trabajo de una media jornada o
de 5 horas. Señaló también que todo lo que se considera lujo podría ser
obtenido por cada miembro de la sociedad si durante la otra mitad de la jornada
participase en toda clase de asociaciones libres consagradas a todos los fines
posibles: educativo, literario, científico, artístico o deportivo. Para
demostrar la primera de estas afirmaciones analizó las posibilidades de
combinar el trabajo agrícola e industrial con el trabajo intelectual. Y para
elucidar los principales factores de la evolución humana analizó el papel
desempeñado en la historia por las organizaciones constructivas de apoyo mutuo
del pueblo y el papel histórico del Estado.
Y así sintetizaba la obra y la acción de Bakunin:
Bakunin se convirtió pronto en el principal
inspirador de estas federaciones latinas para el desarrollo de los principios
del anarquismo, lo que hizo en numerosos escritos, manifiestos y cartas. Exigía
la abolición completa del Estado, que -lo escribió- es el producto de la
religión, pertenece a una etapa inferior de la civilización, que representa la
negación de la libertad, y corrompe incluso lo que emprende por el bienestar.
El Estado era un mal históricamente necesario, pero su completa desaparición
será, tarde o temprano, igualmente necesaria. Rechazando cualquier legislación,
hasta cuando se origina en el sufragio universal, Bakunin pedía para cada
nación, cada región y cada comuna, la plena autonomía, mientras no constituya
una amenaza para las áreas vecinas, la plena independencia para el individuo,
añadiendo que uno es verdaderamente libre única y solamente cuando, y en la
misma proporción, lo sean los demás. Las federaciones libres de las comunas
constituirán las naciones libres.
En cuanto a las concepciones económicas, Bakunin
se describía, como sus compañeros federalistas de la Internacional, un
“anarquista colectivista” -no en el sentido de Vidal y Pecqueur hacia 1840, o
de sus seguidores modernos socialdemócratas, sino para expresar un estado de
cosas en que todo lo necesario para la producción pertenece en común a los
grupos de trabajo y a las comunas libres, mientras que los modos de retribución
del trabajo, comunista u otro, serán establecido por cada grupo-. La revolución
social, cuya llegada próxima era anunciada en aquel entonces por todos los
socialistas, seria el medio de dar vida a estas nuevas condiciones. Pueden
observarse algunas lagunas en esta síntesis.De acuerdo con Bakunin se echarían
de menos la lucha de clase y la psicología de clase, claves ambas de la
oposición a la explotación actual y futura. Pueden verse al respectolos
párrafos siguientes:
“Incluso los mejores hombres son fácilmente
corrompibles, sobre todo cuando es el mismo medio el que favorece la corrupción
de los individuos por la falta de un control una serio y de una oposición
permanente. En la lnternacional, no se puede tratar de la corrupción venal,
porque la asociación es todavía demasiado pobre para dar ingresos o siquiera
justas retribuciones a ninguno de sus jefes. Al contrario de lo que ocurre en
el mundo burgués, los cálculos interesados y las malversaciones son allí muy raros
y sólo aparecen a título excepcional. Existe otro género de corrupción a la que
la Alianza lnternacional no es ajena por desgracia, es la de vanidad y de la
ambición.
Existe en todos los hombres un instinto natural
de mando que se remonta a esa ley fundamental de la vida que indica que ningún
individuo puede asegurar su existencia, ni hacer prevalecer sus derechos, sin
recurrir a la lucha. [...] Se ve que el instinto de mando, en su esencia
primitiva, es un instinto relacionado con la condición carnívora, del todo
animal, del todo salvaje. Bajo la influencia del desarrollo intelectual de los
hombres, se ha idealizado en cierto modo, y ha ennoblecido sus formas, presentándose
como órgano de la inteligencia y como servidor atento de esa abstracción o de
esa ficción política que llaman el bien publico; en toda la historia humana, es
este principio de mando, únicamente él, con la estupidez y la ignorancia de las
masas sobre las que actúa y sin las cuales no podría existir por si solo, ha
engendrado todas las desgracias, todos los crímenes y todas las vergüenzas de
la historia. [...] Y fatalmente este principio maldito se encuentra como
instinto natural en cualquier hombre, sin exceptuar a los mejores.”
A partir del análisis crítico del anarquismo
hecho por Marx, podemos encontrar en los apuntes de Estatismo y Anarquía de
Bakunin, escrito en 1873, las dos interpretaciones sociales bajo la que subyace
la guillotina de un lado y la tolerancia del otro...
[Bakunin] Así, pues, desde cualquier ángulo que
se examine esta cuestión, se llega siempre al mismo triste resultado: al
gobierno de la inmensa mayoría de las masas del pueblo por una minoría
privilegiada. Sin embargo, esa minoría, nos dicen los marxistas estará
compuesta, de trabajadores. Sí, de antiguos trabajadores, quizás, pero que en
cuanto se conviertan en gobernantes o representantes del pueblo dejarán de ser
trabajadores.
[Marx] En la misma medida en la que hoy un
fabricante deja de ser capitalista cuando le hacen concejal de su ayuntamiento.
[Bakunin] Se relacionarán con el mundo trabajador
desde su nivel en el Estado; no representarán desde entonces al pueblo, sino a
sí mismos y a sus pretensiones de querer gobernarlo. El que pretenda dudarlo no
sabe nada de la naturaleza humana.
[Marx] Si el señor Bakunin conociese, al menos,
la posición que ocupa el gerente de una cooperativa obrera, se irían al diablo
todas sus fantasías sobre la dominación. Hubiera debido preguntarse: ¿Qué forma
pueden adoptar las tareas administrativa en el marco de un Estado obrero? (si
le place llamarlo así).
[Bakunin] Los marxistas se dan cuenta de esa
contradicción y, reconociendo que un gobierno de sabios -el más pesado, el más
ultrajante y el más despreciable del mundo- será, a pesar de todas las formas
democráticas, una verdadera dictadura, se consuelan con la idea de que esa
dictadura será provisional y corta.
[Marx] Non mon cher [¡No, amigo mío!] La
dominación de clase de los obreros sobre las capas del mundo viejo que ofrecen
resistencia debe durar hasta que se destruya la base económica sobre la que
descansa la existencia de clase.
[Bakunin]Estamos ante una contradicción
flagrante. Si el Estado fuese verdaderamente popular, ¿qué necesidad habría de
abolirlo? Y si el gobierno del pueblo es indispensable para la emancipación
real del pueblo, ¿cómo es que se atreven a llamarlo popular? Gracias a nuestra
polémica con ellos les hemos hecho reconocer que la libertd o la anarquía...
[Marx] El señor Bakunin no ha hecho más que traducir la anarquía de Proudhon y
de Stirner al tosco idioma tártaro.
[Bakunin] ... es decir la organización libre de
las masas laboriosas de abajo hacia arriba...
[Marx] ¡Qué majadería!
[Bakunin] ... es el objetivo final del desarrollo
social y que todo Estado, sin exceptuar su Estado popular, es un yugo que, por
una parte, engendra el despotismo y por otra la esclavitud.
La clarividencia de Bakunin resulta aún más
evidente en una cita que Marx no comentó:
“Marx y sus amigos [...] centralizarían las
riendas del Poder en un puño de hierro, porque el pueblo ignorante exige una
tutela muy enérgica; fundarían un solo Banco del Estado que concentraría en sus
manos toda la producción comercial, industrial y agrícola, bajo el mando
directo de los ingenieros del Estado, que formarían así la nueva casta
privilegiada”.
Nuestros dos autores sucumbieron a menudo ante el
flagelo del nacionalismo y la falacia del espíritu nacional. Así lo demuestran
los textos antisemitas de Bakunin (por otro lado el mejor defensor de las
etnias oprimidas) en contra de Marx, y los textos de éste en contra de los
pueblos balcánicos y ruso que, en su opinión, frenaban el desarrollo de
Alemania, sinónimo de progreso capitalista portador latente de la revolución.
En Kropotkin hemos visto ya su postura favorable a los aliados durante la
primera guerra mundial. Y eso explica lo que sigue
Kropotkin y las criticas de un viejo compañero
Malatesta, en principio un compañero
irreprochable, publicó una semblanza de Kropotkin en 1931, a sus 78 años,
coincidiendo con el décimo aniversario de la muerte de aquel:
[...] “No hubo nunca desacuerdo serio entre
nosotros hasta el día en que se presentó, en 1914, una cuestión de conducta
practica de una importancia capital para él y para mí: la de la actitud que los
anarquistas deben tomar frente a la guerra. [...] Fue uno de los momentos más
dolorosos, más trágicos de mi vida (y me atrevo a decir de la suya), aquel en
que, después de una discusión de las más penosas, nos separamos adversarios,
casi enemigos. Me parece que le faltaba algo para ser un verdadero hombre de ciencia:
la capacidad de olvidar sus deseos y prevenciones para observar los hechos con
una impasible objetividad. Me parecería más bien lo que yo llamaría un poeta de
la ciencia.[...] Kropotkin era demasiado apasionado para ser un observador
exacto.
Su gran influencia como propagandista tenía,
además de su talento, el hecho de que mostraba la cosa de tal manera simple, de
tal manera fácil, de tal manera inevitable, que el entusiasmo prendía en los
que le escuchaban o leían.
Las dificultades morales desaparecían, porque él
atribuía al “pueblo” las virtudes y todas las capacidades. Exaltaba, con razón,
la influencia moralizadora del trabajo, pero no veía lo suficiente los efectos
deprimentes de la miseria y de la sujeción. Pensaba que bastaría con abolir el
privilegio de los capitalistas y el poder de los gobernantes para que todos los
hombres se pusieran inmediatamente a quererse como hermanos y a cuidarse de los
intereses de los otros tanto como de los suyos propios.
Kropotkin concebía a la Naturaleza como una
especie de Providencia, gracias a la cual la armonía debía reinar en todo,
comprendidas las sociedades humanas.
Eso es lo que ha hecho repetir a muchos
anarquistas esta frase de sabor perfectamente kropotkiniano: “La anarquía es el
orden natural".
Se podría preguntar, cómo la Naturaleza, si es
verdad que su ley es la armonía, ha esperado que vinieran al mundo los
anarquistas y espera aún que ellos triunfen para destruir las terribles y
mortíferas “inarmonías” que los hombres siempre han padecido.
¿No se estaría más cerca de la verdad diciendo
que la anarquía es la lucha en las sociedades humanas contra las “inarmonías”
de la Naturaleza?
He insistido sobre los dos errores en que, según
mi parecer, cayó Kropotkin: su fatalismo teórico y su optimismo excesivo,
porque creo haber constatado los malos efectos que han tenido en nuestro
movimiento.
[...]
No creo que mis críticas puedan empequeñecer a
Kropotkin, que queda como una de más puras de nuestro movimiento.
Ellas servirán, si son justas, parad ningún
hombre está exento de error, m do posea la elevada inteligencia y el corazón
heroico de un Kropotkin.
De todas maneras, los anarquistas encontrarán
siempre en sus escritos un tesoro de ideas fecundas, y en su vida un ejemplo y
una lucha por el bien”.
Es dificil en mi caso ser objetivo en esta
“polémica”, en la medida en la que he publicado una antología de cada autor ,
pero podemos, sin embargo, llegar alguna conclusión lógica.
En primer lugar podemos reunir las críticas:
intervencionismo, poca seriedad científica, exceso de confianza en el pueblo,
sobreestimación de la naturaleza, de las que se da un resumen inadecuado en
tanto que “fatalismo teórico y [...] optimismo excesivo”. Tengamos presente, en
paralelo, lo que de permamente hay en la obra de Kropotkin: su crítica del
capitalismo, el anarcocomunismo, la fidelidad al sindicalismo de acción
directa, la moral anarquista. Por último, analicemos la puesta en practica de
las ideas anarquistas en Rusia y en la España de los años treinta; en ambos
casos el pensamiento de Kropotkin juega un papel fundamental.
. No hay mucha la veracidad en los ataques de
Malatesta. Es cierto que el nacionalismo de Kropotkin desbordó en determinadas
situaciones a su enfoque libertario, mientras que Malatesta fue casi siempre
fiel al internacionalismo . Pero la capacidad científica de Kropotkin nunca ha
sido cuestionada y sigue siendo reivindicada en Rusia; sus estudios históricos
tuvieron tambien buena acogida. Su fe en la naturaleza era similar a la de
Elíseo Reclus y propia de un geógrafo; también los geógrafos y los ecologistas
se esfuerzan en la actualidad en defender el planeta. Es cierto que “atribuía
al "pueblo" todas las virtudes y todas las capacidades.” Cada
episodio revolucionario ha exaltado las cualidades humanas y Malatesta lo
sabía, pero desde 1922 vivía bajo la vigilancia de la policía fascista y
experimentaba cómo el movimiento libertario y sindical disminuía en Alemania,
Francia, Argentina, España. Su pesimismo era lógico.
En definitiva, de la crítica de Malatesta solo
queda lo relativo al belicismo y... mucho mal humor.
Un dato importante es que frente a las teorías
eugenistas tan difundidas entre los biólogos - Edmond Rostand y muchos otros,
algunos de ellos anarquistas - hasta los años previos al nazismo, Kropotkin
mantenía una postura clara. Ante el proyecto de un ministro del Interior inglés
de aplicar el eugenesia a la descendencia de los minusválidos, “incapaces de
ganarse la vida con excepción, claro está, de las personas nobles, de los
funcionarios y de los herederos de alguna fortuna” , Kropotkin recalcaba en una
intervención en el Congreso Internacional de Eugenesia en Londres, en 1912, que
el estudio de la herencia genética no podía separarse de la influencia del
medio sobre la sanidad: “Es imposible combatir la degeneración, cuando un
tercio de la población de Londres vive debajo del umbral de la pobreza. ”. Esta
postura muestra que el supuesto optimismo de Kropotkin era menor de lo que
suponía Malatesta.
Como contraste, para Bookchin, pensador
anarcoecologista, Kropotkin:
“Iba a enriquecer el anarquismo con un acervo de
tradiciones históricas, una visión sorprendentemente pragmática de las
alternativas tecnológicas y sociales que ofrece este ideal, y un enfoque
creativo inspirado principalmente en los escritos de Robert Owen y de Charles
Fourier”.
Apunta también Bookchin, a propósito del “Apoyo
Mutuo”, que “los biólogos “mutualistas” de hace un siglo no destacaban
suficientemente los sistemas de apoyo entre las especies, que sabemos hoy están
mucho más extendidos de lo que Kropotkin podía imaginar. ”. . Hay que
reconocer, sin embargo, que ni Daniel Guérin, ni Noam Chomsky - algunos de los
intelectuales más conocidos en la actualidad que se inscriben en las corrientes
anarquistas - se basan en nuestro autor, sino respectivamente en Proudhon y
Bakunin o Rocker y Bakunin.
* * *
En nuestra opinión el legado ideológico de
Kropotkin es doble: el planteamiento de las directrices económicas concretas de
la revolución anarquista y la elaboración de la actitud practica y ética a
adoptar respecto a los asalariados y a los ciudadanos en general antes y
durante la revolución. Su reivindicación del anarcocomunismo suponía mantener
una lucha análoga a la de la I Internacional, con y dentro del movimiento de
los trabajadores. Por eso Kropotkin saludó la intervención libertaria en los
sindicatos en Francia a principios del siglo XX, sin caer en la crítica que
Malatesta dirigía al sindicalismo en general y al sindicalismo revolucionario
de Pouget y Monatte en particular. Por eso también el anarcocomunismo que
defendía Makno dió lugar a realizaciones concretas, en un clima de tolerancia
política y de lucha contra el antisemitismo, que se inspiraba en los textos y
en el encuentro habido con Kropotkin.
En cuanto a la idea de “dar una base científica
al anarquismo a través del estudio de las tendencias que se manifiestan en la
sociedad, capaces de indicar su posterior evolución”, requiere que se la
analice en sus diversos conceptos.
Es indudable que existen rasgos libertarios en la
sociedad actual en sitios como Internet y el uso del (l)inux, en numerosas
organizaciones caritativas y politicas tales como Amnistía Internacional,
Médicos Sin Fronteras, en los grupos ecológista y en distintas corrientes
políticas afines como Attac y los verdes que mantienen actitudes criticas
próximas a las de los libertarios.
Sin embargo, “la posterior evolución” del
capitalismo y la inminencia de la revolución, como escribían Bakunin y
Kropotkin, carecen actualmente de sentido porque el capitalismo ha sabido
adaptarse y lo importante, para los revolucionarios, en este momento es
oponerse a la explotación, y en la mayoría de los casos, sobrevivir,
denunciando la persistencia de la misma y de la miseria en el globo terráqueo.
Kropotkin tenia en el fondo una visión mecánica
del devenir histórico, en el sentido de creer que existe una paulatina
liberación tecnológica de los seres humanos, pero sabía perfectamente también
que las clases dirigentes podían distribuir parcelas de seudo confort material
a sus connacionales para seguir explotando en otros países.
“No hay que olvidar que en la actualidad no son
sólo los capitalistas los que explotan el trabajo ajeno y los que son
“imperialistas”. No son los únicos que aspiran a conquistas en Europa, en Asia,
en África y en otras partes, la mano de obra barata para la obtención de las
materias primas. A medida que los trabajadores comienzan a participar la
gestión política, el contagio del imperialismo de conquista también se apodera
de ellos. En la última guerra, los obreros alemanes, al igual que sus amos,
aspiraron a conquistar para sí una mano de obra menos cara; incluso en Europa,
es decir, en Rusia y en la península balcánica, igual que en Asia Menor y en
Egipto; y también ellos consideraban que era necesario aplastar a Inglaterra y
Francia, que les impedían la realización de esas conquistas; por su parte los
obreros franceses e ingleses se mostraron plenos de indulgencia ante conquistas
análogas realizadas por sus gobiernos en África y en Asia.
Está claro que, en esas condiciones, hay que
prever todavía una serie de guerras para los países civilizados -guerras más
sangrientas y más salvajes aún- si esos países no llevan a cabo en su suelo una
revolución social y si no reconstruyen su vida sobre bases nuevas y sociales.
Toda Europa y Estados Unidos, a excepción de la minoría que está explotando,
sienten esta necesidad.
Esta cita tiene un doble interés, por un lado es
una muestra de la flexibilidad intelectual de Kropotkin y también un
reconocimiento solapado de la tremenda identidad entre los países capitalistas,
se trate de Alemania o de Francia. Dicho de otro modo, Kropotkin desmentía aquí
sus afirmaciones nacionalistas, sin admitir la evidencia de sus errores...
La sagacidad de Kropotkin habría podido
permitirle apercibirse del inicio del movimiento feminista con las sufragistas
de principios del siglo XX y de los inicios de la separación entre el
sindicalismo y las influencias políticas. Tan apegado a Rusia, no tuvo tiempo
para ocuparse de la cuestión feminista. Sin embargo, nos dejó páginas sobre el
urbanismo asociado a la naturaleza, la descentralización de las fábricas para
situarlas en el campo, la enseñanza basada en la formación manual e
intelectual...
Otras aportaciones indispensables siguen sin
traducir del ruso y hacen refierencia al nacionalismo, la militanica de clase,
el sindicalismo y el terrorismo.
Nacionalismo y militancia de clase
Ante la situación revolucionaria, Kropotkin
reaccionó como el geógrafo, científico y anarquista que siempre fue,
describiendo el hecho concretamente para buscar una solución pragmática y
ética. Un ejemplo es esta carta escrita en ruso a María Goldsmit, o Isidin, o
Korn, en 1897 (reproducimos las partes más significativas). Nuestro autor se
refiere al nacionalismo y a la acción obrera, demostrando que sin la labor
ímproba y diaria de una minoría nada se alcanza.
Creo que no es cierto “el carácter puramente
nacionalista” de los movimientos nacionales. Siempre hay une base económica, o
una base para la libertad y el respeto del individuo. Esa base económica
existía en los movimientos nacionales de los búlgaros pro-turcos, los griegos,
etc.la constituían grandes propietarios de tierra en regimen de servidumbre. La
servidumbre existió en Bulgaria hasta la guerra de 1878. Lavellye , que estaba
al parecer allí, lo explicó muy bien. El gobierno búlgaro se encargó de pagar
una indemnización a los grandes propietarios turcos para abolir la servidumbre.
Fue la causo de las intrigas rusas en Bulgaria: “ Mirad lo que hicieron
vuestros príncipes, conquistasteis vuestra libertad por la lucha, y ellos os
obligan a pagar las indemnizaciones.
[...]
Nuestra tarea debería consistir en plantear los
aspectos económicos. Pienso incluso, tras muchas reflexiones sobre este
problema, que el fracaso de todos los movimientos nacionales (polaco,
finlandés, irlandés, etc., hasta creo que georgiano, aunque Cherkesov se
oponga, pero “mollement ”[con poco vigor] reside es ese defecto común a todos,
a que pretenden ignorar su base economica -siempre agraria.
[...]
En una palabra, me parece que tenemos que llevar
un enorme trabajo dentro del movimiento nacionalista planteando el problema en
el plano económico, llevando una campana en contra de la servidumbre, y
combatiendo el nacionalismo extranjero.
Hay otros muchos aspectos. Aborrezco al gobierno
ruso de Polonia no sólo porque sostiene la desigualdad económica (como sucedió
con los nobles polacos liberales que fueron aplastados durante la insurrección
de 1863 y, aplasta las expresiones individuales (la lengua polaca, las
canciones polacas, etc.), y aborrezco a todos los opresores. Sucede como en
Irlanda donde unos amigos míos estuvieron en prisión preventiva por cantar “
Green krin” y llevar bufandas verdes.
En los países en poder de los turcos, la
situación es peor todavía. Evidentemente los trabajadores por doquier; desde
luego están diezmados por las enfermedades infantiles en las fábricas; por
supuesto todo eso es horrible allí. Pero la diferencia se encuentra en esta
opresión y las madres violadas y los asesinatos de los hijos por el sable. Que
mañana diez trabajadoras sufran en París la suerte de los armenios, que dos
niños sean matados por los propietarios de fábricas y París se alzara barriendo
las fábricas de la superficie de la tierra. Allí donde la gente no se ha
levantado en contra de la explotación de un individuo, la explotación por la
economía, el gobierno y hasta la religión, y más aun la nación, hemos de estar
con ella. “ No son insurrectos ” señalan algunos. Por eso todas mis simpatías
van a los negros de América, los armenios en Turquía, los finlandeses y los
polacos en Rusia, etc.
Observe otra cosa, estimada compañera, que todos
estos movimientos van de consuno. Usted no vivió los años 1859-1860. Pero le
puedo asegurar que las valientes campanas de Garibaldi hicieron mas por la
propagación del espíritu liberal, radical de la rebeldía y del socialismo en
toda Europa, que cualquier otra cosa.”
“Los campesinos rusos esperaban a Garibaldi. “No
habrá libertad mientras no venga Garibaldi”, oí decir yo mismo. Y usted sabe
que si no hubiera habido en Rusia rebeldías campesinas, no habría libertad. Y
las paginas pasadas merecerían ser escritas.
[...]
Así tenemos que presentar, me parece en cada
movimiento nacionalista, las cuestiones del pueblo al mismo tiempo que los
nacionalistas. Pero para esto debemos estar en todos los movimientos
nacionales. En pocas palabras, nuestras relaciones tendrían que ser así:
¿Queréis quitaros el yugo de los rusos, turcos, ingleses? ¡Excelente! ¡Poneos a
la obra! Presentad la cuestión del pueblo, entonces resolveréis el problema
nacional. Odiamos también vuestros opresores, pero miramos más a fondo y vemos
al pueblo oprimido. No nos confundiremos con vosotros y ni nos alejaremos,
planteamos la cuestión del pueblo. Y entre vuestros seguidores, ¡los más
honrados estarán con nosotros!
¿No le llama la atención, ahora se me ocurre, la
analogía con las relaciones con los políticos radicales? ¿Quiere la libertad
política? ¡Haga de la misma un problema popular! “ Claro es nuestra posición en
Rusia. Odiamos igualmente la autocracia, pero vayamos mas allá y presentemos el
problema globalmente.
He aquí, estimada compañera, una respuesta
apresurada a su primera pregunta de si el anarquismo tiene que apoyar del todo
el movimiento nacionalista y el de Cretas en particular.
[...]
[Sobre la militancia de clase De las dos
respuesta extremistas: “quedar fuera” y “meterse en todo”, ninguna nos
conviene. Los compromisos, en general, no aportan nada, por eso hay que buscar
otra vía. [...] En la existencia de cada partido, hay un momento de travesía
del desierto. En cuanto a nosotros, ya la vivimos cuando éramos grupos de tres,
cinco, diez miembros, para elaborar la teoría, las bases teóricas y las
aplicaciones prácticas.
[...]
Usted cita los cooperadores, a ver este punto.
¡Qué peor podemos encontrar! Hoy por hoy son burgueses. Pero la idea, que
originó este movimiento, no era burguesa. Y actualmente la idea, que inspiró a
no pocos militantes, no era en absoluto burguesa. Es posible declarar: no tengo
nada que hacer con ellos: son burgueses. Y así lo hicimos. Cuando éramos unas
diez- cien personas, y cuando no había ninguna esperanza que el medio de los
cooperadores adoptara las ideas comunistas, y mucho menos anarquistas. Pero, por
la fuerza del espíritu del siglo, estas ideas aparecieron entre los mismos
también. Además, la esencia, la idea de este movimiento es fundar grupos de
productores y de consumidores, que intercambian los productos y los frutos de
su trabajo. Sin esta idea oculta, su movimiento habría desaparecido desde hace
mucho tiempo. Vaya a convertir a Rothshild al socialismo: inútil; pero propague
el ideal comunista entre los cooperadores, es posible. En efecto, si se
presenta una persona decidida, que piensa y vive los principios del anarquismo
y se lanza en la propaganda anarquista o comunista entre los cooperadores, que
lo haga. Hace falta únicamente para que no se desanime, que sienta el apoyo de
un grupo amigo y sólido que no haga compromiso, que no oculte su bandera.
Actualmente los cooperadores ingleses están en buena relación conmigo. El
socialismo estatal les repugna. Me pidieron que escribiera en su “ Annual ” un
articulo sobre la agricultura, y lo escribí. Hace unos días, me pidieron para
el próximo “ Annual ” un articulo sobre la nacionalización de los
ferrocarriles. Sé que no quieren la nacionalización “ a la Bismarck y a la
Liebknecht ” y a la Plekhanov, y me pregunto: ¿cómo hacer para quitar los
ferrocarriles de las manos de los capitalistas y ponerlos al servicio del
pueblo? La nacionalización estatal les repugna y buscan una vía anarquista. Y
si hubiera sabido y pensado en eso, y sobre todo si hubiera vivido durante años
con ferroviarios, habría escrito sobre el tema. Habría escrito sobre otros, y los
demás que pueden o no quieren escribir, porque no nos frecuentan, por qué no
incitarles al socialismo, hacerles conocer el punto de vista anarquista.
Mire que si nos negamos a pensar en tales cosas,
en buscar formulas, a ayudar a estas personasen sus buscas, ¿qué pasará? Al ver
que no las ayudamos, aceptaran las fórmulas estatales apropiadas, adoptaran el
socialismo estatal, la vía estrecha de la socialdemocracia y de la
politiquería. [...] Tome Rusia. Allí existe un fuerte movimiento obrero (y “uno
no se hace obrero en dos años ” dijo recientemente un inglés que vivió unos
años en Rusia). Nadie atendió los obreros, excepto los socialdemócratas. Y ahora
el movimiento obrero esta en sus manos y lo conducirán a sus metas, a la
catástrofe. Acaso no esta ocurriendo también en Europa occidental? Todo el
movimiento obrero ha caído en manos de los políticos, que lo ahogan, como ya
ahogaron el primero de mayo revolucionario. ¿Por qué? Porque los anarquistas,
somos muy pocos, y lo que pasa, es que los que están se apartan del movimiento
obrero, incluso cuando los obreros no se apartan de nosotros, y en lugar de ir
hacia ellos; hasta durante las huelgas, algunos encuentran “very anarchistic”
no unirse a los huelguistas, y continúan trabajando.
Mantener la pureza de los principios, quedando
fuera, no interviniendo en ningún asunto social, no trae ningún mérito ni
ninguna ventaja. Hay que mantener los principios trabajando con los demás, en
medio de los otros. Apunto de paso, con gran amargura, que en la practica
sucede constantemente que la gente, partidaria encarnizada del rechazo de
cualquier huelga, agitación obrera, etc.-, cumplida la cuarentena, suelen
cambiar de repente, súbitamente, hacia una dirección opuesta. Nuestro partido
entra -ahora- en un periodo critico. Nuestros simpatizantes son numerosos, y de
todos los lados la gente viene con nosotros, aceptando un punto de nuestro
programa. Son los burgueses influenciados por Spencer, los economistas
burgueses, los religiosos, los tolstoianos, etc. Algunos anarquistas quieren
rechazarlos a todos, otros unirlos todos. Ambas actitudes son erróneas. No hay
que rechazarlos o unirlos en absoluto a nosotros. Hay que crear un grupo de
gente decidida, que irán a la huelga y quedaran anarquistas. Se unirán a los
polacos, pero como ya lo dije una vez en una reunión de polacos, la primera
bala será para el dictador polaco y la primera soga para el señor y el
propietario de tierra polaco. Irán dentro del movimiento obrero para pregonar
nuestros principios y resistir a los políticos. Muchos nos dejaran y se
chaquetearan como Merlino ou Costa , “Bonne route!” no los necesitamos. Mejor
vale que se vayan al infierno ahora, y no cuando se desarrolle el movimiento en
la calle y cuando su salida seria equivalente a una traición.
Finalmente nada de lo humano no es ajeno. Por
todas partes, algo podemos aducir, aportar nuestras idea nuevas y fructíferas.
Tenemos que prever lo que va a ocurrir, en torno a nosotros en cientos de
movimientos. No podemos convertir al anarquismo a todo el mundo, y como somos
anarquistas, sabemos que todos no caben bajo el mismo sombrero. Pero todos
estos movimientos tienen sus motivos y su lógica. Tenemos la obligación de
examinar todos estos movimientos, dar nuestra opinión, con la sinceridad de
Bazarov , y, de ser posible, influenciarlos.
Para nosotros, existe un único límite: nunca
estaremos en las filas de los explotadores, de los jefes y de los dirigentes
religiosos. Nunca nos elegir o nos convertiremos en explotadores, gerentes,
dirigentes. Eso es mucho, mas incluso de lo que parece a primera vista, y
basta.
[...]
Desde luego, existe un peligro. Pero uno solo:
¿cómo podrían desaparecer tal grupo, que aplique con abnegación estos
principios en toda su extensión y que presente valientemente su bandera roja en
las huelgas o las insurrecciones nacionales? [...] Hay que comprender este
problema. En efecto, no se debe dejar todo el movimiento obrero a los
políticos, éstos no tienen que dirigir todas las agitaciones sociales. En cada
movimiento social tenemos algo que decir, y, de ser posible, demostrar por los
hechos lo que somos capaces de hacer.
Y cuando este grupo de “militantes lo decida”
existirá, nada le amenazara, al contrario de lo que pasó al socialismo que es
actualmente como lo que escribí en “ Todos socialistas ”. Bismark, Alejandro
III, el legislador de la jornada de 8 horas y el fiscal que reconocía que
dentro de doscientos años la anarquía seria realmente deseada, pero que
mientras tanto, ¡a la cárcel!, podrían decirse: “¡Todos anarquistas!”. Es de
verdad un peligroso escollo. Pero existe, no esta destruido, y solamente hace
falta que el barco del anarquismo no se hunda como el de la socialdemocracia,
hasta el punto de que ya no quedan socialistas.
El sindicalismo.
Las organizaciones obreras son la verdadera
fuerza capaz de cumplir la revolución social, después de que aparezca el
despertar del proletariado, primero mediante actos individuales, luego con
actos colectivos huelguísticos, rebeldías cada vez más amplias; y allí donde
las organizaciones obreras no están dominadas por quienes se orienten por “la
conquista de poderes” y han seguido unidas a los anarquistas -así como lo
hicieron en España- consiguiendo por una parte resultados inmediatos (la
jornada de ocho horas en las profesiones como en Cataluña) y por otra haciendo
una amplia propaganda por la revolución social, la que brotará no desde la
cúpula de los ricos, sino desde abajo, de las organizaciones obreras. [...] Lo
importante es que si se consulta la colección de periódicos anarquistas que se
suceden desde el Bulletin de la Fédération Jurassienne [1872-78] y
L’Avant-Garde [1877-1878], hasta Les Temps Nouveaux, se ve que quienes entre
los anarquistas siempre han pensado que el movimiento obrero organizado profesionalmente,
por “la lucha directa” en contra del Capital -hoy se lo llama en Francia
sindicalismo y “accion directa”- constituye la fuerza real, capaz de “llegar” a
la revolución social y de “cumplirla”, por la transformación igualitaria de
consumo y de la producción. Quienes entre nosotros así han pensado durante esos
treinta y cono años quedaron simplemente fieles a la misma idea de la
Internacional, tal como la habían concebido ya en 1864 los franceses (en
“contra” de Marx y Engels) y tal como siempre fue aplicada en Cataluña, en el
Jura suizo, en el valle de Vesdre y en parte en Italia. La Internacional fue un
gran movimiento sindicalista que planteó desde su inicio cuanto pretenden haber
descubierto en el sindicalismo los políticos.
Kropotkin fue más preciso en un articulo de 1912 “Sindicalismo y
Anarquismo”.
Se nos pregunta desde diferentes partes: ¿Qué es
el sindicalismo y qué relaciones tiene con el anarquismo? Vamos a tratar aquí
de responder a estas cuestiones.
El sindicalismo, en realidad, no es sino un nuevo
nombre dado a una vieja táctica, adoptada desde hace mucho tiempo por los
trabajadores británicos y con bastante éxito: la táctica de la acción directa
de los obreros en la esfera económica en contra del Capital. [...] En
Inglaterra tan fuerte era esta idea que en 1830-1831 Robert Owen se esforzó en
crear una gran unión profesional nacional y una organización obrera
internacional, que tenia que luchar en contra del Capital con la acción
directa. El Gobierno inglés aplicó tanto represión cruel que él debió de
desistir.
[...]
Nunca los anarquistas defendieron el enfoque de
que sólo ellos mismos son los jefes de un gran movimiento intelectual,
conduciendo la humanidad al progreso. Pero tenemos el derecho, en todos los
sentidos de la palabra, de afirmar un hecho, desde el mismo inicio nosotros
hemos reconocido la significación nueva de estos términos, que ahora están
todas en el sindicalismo. Ideas que fueron profundizadas en Inglaterra por
Godwin, Goskin, Green, y sus seguidores, y en Francia por Proudhon, o sea la
idea de que las organizaciones obreras en la producción, el intercambio y la
distribución deben sustituir la explotación capitalista actual y el Estado, y
de que la elaboración de nuevas formas de sociedad es una obligación y una
tarea de las organizaciones obreras.
Aparentemente el último texto de Kropotkin sobre
el tema es esta carta a su amigo Atabekian escrita con motivo de un congreso de
los sindicatos, algunos días antes de su muerte, en mayo de 1920.
Creo profundamente en el porvenir, creo que el
movimiento sindical, o sea el movimiento de las uniones profesionales, que en
su congreso reúne representantes de varios millones de trabajadores, será en el
decurso de los cincuenta próximos años una gran fuerza, que estará en condición
de avanzar hacia la realización de una sociedad comunista sin Estado. Y si
estuviera en Francia, donde se encuentra actualmente el centro del movimiento
sindical, y si tuviera las fuerzas necesarias, me entregaría por completo a
este movimiento de la Primera Internacional [...] Lo pienso profundamente.
Y en el postfacio en ruso de 1921 a “Palabras de un Rebelde” había escrito:
Todos tenemos que comprender que en cuanto
comience un movimiento revolucionario en un país, la única orientación racional
consiste en que los obreros, los campesinos y todos los ciudadanos, desde el
mismo inicio del movimiento tomen en sus propias manos toda la economía, para
organizarla ellos mismos y aunar sus fuerzas para un aumento rápido de toda la
producción.
El terrorismo
Ha sido y será siempre un problema del movimiento
anarquista, e incluso del movimiento anarcosindicalista. En la historia del
movimiento anarquista aparece como imitación a los atentados que se producían
en Irlanda (o sea de los católicos contra los anglicanos ingleses), y en
nuestra interpretación coerxisten en esta táctica tres finalidades:
- fomentar el espíritu revolucionario en una
situación de apatía ante la explotación capitalista (primera fase de los
atentados anarquistas en Francia y atentados contra jefes de Estado).
- vengarse de la explotación contra cualquier
miembro de la clase dirigente (segunda fase de los atentados anarquistas en
Francia, Émile Henry, Ravachol).
- incentivar la violencia endémica y visible de
los explotados.
Malatesta se opuso claramente al terrorismo del
tipo Émile Henry y Ravachol. Kropotkin se refiere escasamente a ello en sus
escritos publicados en los países europeos. En cambio en sus textos en ruso sus
análisis fueron constantes y matizados. El terrorismo era efectivamente una
táctica corriente del movimiento anarquista, en especial en Rusia, donde se
mezclaba con la influencia “narodnik”. Existían incluso partidarios entre los
anarquistas de llevar a cabo atentados indiscriminados contra los ricos, a lo Émile
Henry, que se autodefinían como “bezmotovniki”, o sea los “sin motivos”.
El terror es una cosa horrible, y sólo hay una
cosa peor: aguantar con resignación la violencia.
Compañeros, cuando ustedes decidieron organizar
este mitin, el movimiento revolucionario en Rusia sólo empezaba. Ahora pueden
hablar de la primera victoria del pueblo ruso.
Es verdad que el resultado de la victoria se
limita de momento, principalmente, en promesas Y las promesas del zar ruso
pueden fácilmente quedar incumplidas [...]
Sin embargo, lo importante es que estas promesas
fueron arrancadas por el pueblo. Y más importante aún por la huelga general.
[...] El pueblo tiene que armarse, si no el rey, los burócratas y los
capitalistas lo aplastarán.
[...]
Sin embargo, en este momento los trabajadores no
deben olvidar sus propias reivindicaciones. [...] - No esperéis nada de todo
tipo de protector. En cada fábrica, en cada astillero, taller o mina,
estableced vosotros mismos un nuevo orden de cosas; el que hayáis elegido todos
juntos. Pero no permitáis que nadie se interponga. Esa es vuestra tarea y
vosotros mismos debéis realizarla. [...] Haced vosotros mismos la revolución en
las organizaciones del trabajo, así como la habéis hecho en los órganos directivos
de Rusia.
No creáis a quienes os digan. “¡Todavía no! ¡Es
muy temprano!”. No, no es muy temprano; ahora, de una vez por todas. ¡Viva la
revolución social en Rusia y en todas partes!
Acerca del saqueo y las expropiaciones.
En nuestro congreso hemos discutido profundamente
la cuestión de la llamada “expropiación”, individual y colectiva, y hemos
reunido y formulado nuestros pensamientos en forma de informes y conclusiones.
Hemos querido mostrar que es indispensable tomar
la palabra “expropiación” en el sentido de “apoderarse por la violencia de las
tierras, fábricas, factorías, casas, etc., que producen para toda la sociedad
-los campos, las ciudades, etc.- en interés de todas las aldeas, ciudades,
regiones o pueblos”; y no en el sentido de actos individuales o colectivos para
capas privilegiadas, con aspectos revolucionarios.
Esforzarse para expropiar las tierras y todos los
medios de producción para el pueblo ruso no quiere decir que hemos de
limitarnos de antemano el sentido de esa gran idea, fundamento de toda
concepción comunista.
Deseamos subrayar también el peligro que encierra
para todo partido revolucionario -más aún en período de crisis- el apoderarse
de dinero- incluso por medios muy revolucionarios-, porque tal conducta sería
adoptada por el programa de acción del partido y por consiguiente sería imitada
en gran escala. Sin dejar de reconocer plenamente las condiciones impuestas por
una situación de lucha, queremos indicar que la multiplicación de los actos de
pillaje como medio de vida en las zonas enemigas, en el caso de que se los
tolere, siempre ha desmoralizado a los ejércitos. Queremos recordar que durante
la Gran Revolución las cosas fueron tan lejos que entre los revolucionarios
extremistas, que apuntaban al bien común, hubo una gran cantidad de individuos
que sólo pensaban en su interés individual, porque en definitiva su concepción
social ya no lograba separar lo “mío” de lo “nuestro”. Por supuesto, esta
situación fue utilizada primero por los moderados y luego por los partidos
reaccionarios, que exaltaron el sentimiento general de los trabajadores contra
los revolucionarios extremistas, para aplastarlos y aplastar con ellos a la
propia revolución.
Más cerca de nosotros, vemos que desde hace unas
tres semanas los acontecimientos han tomado en Rusia un giro completamente
nuevo. El régimen zarista ha establecido tribunales militares que han ejecutado
despiadadamente a todos los revolucionarios, y se han encarnizado con una furia
muy especial con quienes habían cometido actos de pillaje o con quienes sólo
estaban acusados de complicidad. .
Día a día, en todas partes, se suceden las
ejecuciones, y los ahorcamientos en las cárceles, incluso de jóvenes, sin
ningún juicio ni examen, y su causa es el pillaje. Y cada día los
revolucionarios mueren heroicamente entregando sus jóvenes vidas a la causa de
la liberación del pueblo ruso.
Es imposible razonar con tranquilidad en este
momento acerca de la utilidad que pueda tener para la revolución el pillaje de
los centros del Estado y de la sociedad. Cuando el gobierno multiplica
ferozmente las ejecuciones sumarias por causa del pillaje y no contento con
ello organiza abiertamente él mismo el banditismo, el pillaje y el asesinato en
las calles con sus Cien Negros; cuando los pogromos y las violencias contra los
judíos se preparan en los ministerios con el asentimiento de la Corte y son asesinados
por los Cien Negros sin contar ni siquiera con un arma para defenderse; en
tales con-diciones, razonar es inútil. Al obrar de esa manera, el gobierno
mismo empuja a cada ciudadano al pillaje y justifica de antemano toda exacción.
Todo lo que podemos hacer, pues, es recordarles a
los camaradas que en ninguna circunstancia debemos abandonar la grande e
importante tarea revolucionaria.
Cuando se ha iniciado una lucha a muerte entre
los funcionarios, el entorno despótico del trono y el pueblo ruso, y cuando los
dirigentes rusos no vacilan en recurrir a medios como el ahorcamiento sin
juicio de los mineros, la matanza de mujeres y niños en las calles y la
organización del pillaje y de los pogromos, en estas condiciones es difícil
razonar sobre una base ética.
Pero, a pesar de todo, la fuerza principal,
poderosa, triunfante de la revolución no reside en los medios materiales. En
este plano toda revolución es más débil que el Estado, así como toda revolución
está hecha por una minoría. La principal fuerza de la revolución reside en su
grandeza moral, en su grandeza para perseguir su finalidad, que es el bien del
pueblo en su totalidad, el sentimiento que suscita en las masas, la impresión
que produce en millones de personas, la atracción que ejerce. Y esta fuerza depende
por completo de su, encarnada en la vida.
Sin esas fuerzas morales nunca sería posible
ninguna revolución. Las debemos conservar cualesquiera sean las condiciones
pasajeras del combate.
Y sólo podemos preservar esta fuerza moral de la
revolución si la recordamos siempre y en todas partes, como en todas partes,
como en todas partes lo hacen los campesinos rusos, porque la meta de la
revolución no es el paso de la riqueza de unos a otros, sino el paso de los
bienes privados a la sociedad, al conjunto del pueblo.
Debemos consagrarnos ante todo a esas elevadas
metas sociales y recordar que sólo podemos alcanzarlas de la siguiente manera:
por la acción del conjunto del pueblo en todo. Para ello es necesario conservar
con firmeza una línea moral, que hasta ahora los revolucionarios siempre han
presentado al pueblo ruso.
Acerca de los actos de protesta individual y colectiva
En nuestra literatura se ha señalado a menudo que
los actos individuales o colectivos de protesta -calificados como terroristas-
se realizan inevitablemente contra la actual organización social. En períodos
no revolucionarios, suelen indicar una toma de conciencia social y elevan el
deseo de independencia de las masas. Brindan un ejemplo de heroísmo individual
al servicio de la causa social y despiertan a la mayoría de la indiferencia. Al
mismo tiempo zapan la fe en el poder de los opresores en política y en
economía. Ya en épocas revolucionarias forman parte de una situación general y
no son sólo obra de individuos dotados de un heroísmo excepcional, que
responden a la opresión mediante la resistencia armada. Tampoco en ese momento
han de ser realizados necesariamente por revolucionarios, que aprueban tales
actos. Pero sin dejar de reconocer esta situación general, no hay que olvidar
sin embargo que el sentido de todo acto terrorista se mide por sus resultados y
por las impresiones que produce.
Esta observación puede servir como criterio para
distinguir los actos que ayudan a la revolución y los que resultan ser una
pérdida inútil de fuerza y de vidas humanas. La primera condic-ión, de
importancia vital, consiste en que los actos de un o terrorista sean
comprensibles para todos, sin necesidad largas explicaciones ni exposiciones
complicadas. En cada localidad hay individuos o habitantes conocidos por sus
acciones -habituales en toda la comarca, y cualquier anuncio de un atentado
contra ellos, dado su pasado, de una manera inmedia-ta y sin que sea necesario
el apoyo de la propaganda revolucionaria, revela con absoluta claridad el
sentido del acto terrorista. Si para comprender un acto el hombre de la calle,
que no es un militante, comienza a hacerse muchas pregun-tas, la influencia de
ese acto resulta nula o incluso negativa-. El acto de protesta se convierte
entonces para las masas un crimen incomprensible.
Consideramos que la acción por el terror en
política y en economía, ya sea centralizada o “espontánea”, es completamente
artificial. Luchamos igualmente en contra de la opresión económica y política,
la opresión del estado centralista y de los poderes locales.
En el problema del terror hay otro aspecto: el de
la organización. Pensamos que el acto terrorista es el resultado de la decisión
de individuos aislados o de círculos que les ayudan. Por eso el terror
centralizado, en el que un individuo ejecuta las decisiones de los demás, va en
contra de nuestros principios. Así como nos parece imposible alejar a los
camaradas de los actos revolucionarios en nombre de la disciplina de partido,
tampoco nos parece posible invitarlosa que den su vida por actos que ellos mismos
no hayan decidido y pensado.
La principal diferencia sobre la cuestión del
terror entre nosotros y los partidos políticos consiste en que no pensamos en
absoluto que el terror puede servir como medio para cambiar el orden actual. En
cambio lo consideramos como una manifestación completamente natural de la
consciencia indignada y como un acto de autodefensa que precisamente por eso
tiene un sentido de agitación, permitiendo el desarrollo del sentimiento de
indignación en el pueblo.
Como documento final incluimos esta carta que
muestra como el lenguaje de Kropotkin sobre este tema era similar en público y
en privado.
Desearía escribirte extensamente respecto a de la
idea que de-sarrollas en tu carta del 17 de abril: “El pueblo se equivoca
me-nos, al creernos lo que no somos, que nosotros cuando pensamos no ser lo que
él nos cree”. Hay mucha verdad en esto y pensaré seriamente en ello.
Por el momento solamente hay una cosa: el pueblo
no tiene una idea muy clara de la revolución. La masa no la cree posible.
Hablan al pueblo algunos jóvenes que generalmente cambian de idea al pasar los
30 años y, después de haber sido terroris-tas de 20 a 25, se vuelven juiciosos
a los 35. En Rusia esos jóvenes han tratado de obrar y han hecho un credo del
“terrorismo difuso” - lo que quería decir: “terrorismo contra los pequeños”
(los polizontes, los capataces, etc., etc.). De éstos se han matado a millares,
tal vez 3.000 o 4.000 y no dio ningún resultado. Se han cometido innumerables
“expropiaciones” en pequeña escala (latrocinios y pillajes), y... ¡nada ha
quedado de ello! Mientras que el movimiento de la masa del 22 de enero de 1905
y la huelga general de octubre de 1905 (apariciones de las organizaciones
secretas obreras) trastorna-ron todo en este inmenso imperio. Han dado margen a
una nueva Rusia.
En cuanto a que se nos cree repartidores, ya es
otra cosa. En la repartición el pueblo ve algo más que el hecho de poner en
montón juntar los sobretodos y repartírselos: comprende la nivelación de las
riquezas, el cercenamiento de los privilegios de los ricos. Aquí nosotros
debemos seguirle, nosotros debemos: es nuestra única razón de ser.
En cuanto al “bombismo”, es siempre la
exagera-ción individualista del blanquismo. ¡Es Malato escribiendo que si se
arrojaran cien bombas sobre París se haría una revolución! ...No se haría nada
de nada. Numerosos jóvenes obreros piensan así. Por esto ¡cuántos han muerto en
Rusia! ¡Una verdadera hecatombe! En fin; ya volveremos a hablar de este asunto,
¿no es cierto? Y entonces tal vez escriba algo más extenso.
* * *
En conclusión, la obra de Kropotkin abarca un
cúmulo de ámbitos interesantes que al igual que su vida no puede dejar
indiferente a nadie. Su influencia es perceptible en los movimientos sociales
de múltiples países, en China, en Japón y en las dos América. Sus obras siguen
provocando por todo el mundo el fervor positivo de colectivos de trabajadores,
libremente unidos, en contra del capitalismo, y de todo tipo de reformismo.
Personalmente, tras haber trabajado en antologías
de Camillo Berneri, Errico Malatesta, Diego Abad de Santillán y Noam Chomski,
me parece que el pensamiento de Kropotkin me ha marcado más. Y seguramente
queda mucho que estudiar en su correspondencia y sus artículos en distintos
idiomas.
Frank Mintz (enero de 2002)
http://www.fondation-besnard.org/article.php3?id_article=43
Pedro
Kropotkin
La
moral anarquista
I
La
historia del pensamiento humano recuerda las oscilaciones del péndulo, las
cuales hace ya siglos que perduran. Después de un largo período de sueño, viene
el despertar; y entonces se liberta de las cadenas con las que todos los
interesados -gobernantes, magistrados, clérigos- le habían cuidadosamente
amarrado. Las rompe. Somete a severa crítica todo cuanto se le había enseñado;
y pone al desnudo la vanidad de los prejuicios religiosos, políticos, legales y
sociales en cuyo seno había vegetado. En aras de su espíritu de investigación
se lanza por caminos desconocidos, enriquece nuestro saber con descubrimientos
imprevistos: crea nuevas ciencias.
Pero el
enemigo inveterado del pensamiento -el gobernante, el curial, el religioso- se
rehace enseguida de la derrota. Reúne poco a poco sus diseminadas fuerzas,
modifica su fe y sus códigos, adaptándolos a nuevas necesidades; y, valiéndose
de ese servilismo de carácter y de pensamiento que él ha tenido buen cuidado en
cultivar, aprovecha la desorganización momentánea de la sociedad, explotando la
necesidad de reposo de éstos, la sed de riquezas de aquellos, los desengaños de
los otros -sobre todo los desengaños-, comienzan de nuevo y con calma su obra,
apoderándose desde luego de la infancia, por la educación.
El
espíritu del niño es débil, y fácil, por lo tanto, el someterle por terror: a
esto apelan. Le intimidan, y le pintan los tormentos del infierno, le hacen ver
los sufrimientos de las almas en pena, la venganza de un Dios implacable; más
tarde le hablarán de los horrores de la Revolución, explotarán cualquier exceso
de los revolucionarios para hacer del niño «un amigo del orden». El religioso
le habituará a la idea de ley para mejor hacerle obedecer lo que él llama la
ley divina: el abogado le hablará también de la ley divina, para mejor
someterle a los textos del código. Y el pensamiento de la generación siguiente
tomará ese tinte religioso, ese tinte autoritario y servil a la par -autoridad
y servilismo van siempre cogidos de la mano-, ese hábito de sumisión que
demasiado se manifiesta entre nuestros contemporáneos.
Durante
estos períodos de adormecimiento, raramente se discurre sobre cuestiones de
moral. Las prácticas religiosas, la hipocresía judicial, les entretiene. No
discuten; se dejan llevar por la costumbre, por la indiferencia. No se
apasionan en pro ni en contra de la moral establecida; hacen lo que pueden para
acomodar exteriormente sus actos a lo que dicen profesar; y el nivel moral de
la sociedad desciende cada vez más. Se llega a la moral de los romanos de la
decadencia, del antiguo régimen, del fin del régimen burgués.
Todo lo
que había de bueno, de grande, de generoso, de independiente en el hombre, se
enmohece poco a poco, se oxida como un cuchillo sin uso. La mentira se
convierte en virtud, el aplanamiento, en deber.
Enriquecerse,
gozar del momento, agotar su inteligencia, su ardor, su energía, no importa
cómo, llega a ser el desiderátum de las clases acomodadas, así como también el
de la multitud miserable, cuyo ideal es el de parecer burgués. Entonces la
depravación de los gobernantes -del juez y de las clases más o menos
acomodadas- se hace tan repulsiva, que la otra oscilación del péndulo se
descompone.
La
juventud se emancipa poco a poco, arroja los prejuicios por la borda, la
crítica vuelve. El pensamiento despierta desde luego en algunos; pero
insensiblemente el despertar gana la mayoría; dado el impulso, la revolución
surge.
Y a
cada momento la cuestión de la moral se pone sobre el tapete. ¿Por qué seguiré
yo los principios de esta moral hipócrita? -se pregunta el cerebro emancipado
del terror religioso-. ¿Por qué determinada moral ha de ser obligatoria?
Uno
intenta entonces darse cuenta de ese sentimiento que le asalta a cada paso sin
habérselo todavía explicado; y no lo entenderá en tanto lo crea un privilegio
de la naturaleza humana, en tanto no descienda hasta los animales, las plantas,
las razas, para comprenderle, Sin embargo, procura explicárselo según la
ciencia del día.
Y -¿es
preciso decirlo?- cuanto más se minan las bases de la moral establecida, o
mejor, de la hipocresía que la sostiene, más el nivel moral se eleva en la
sociedad. Sobre todo en esta época, precisamente cuando se la critica y se la
niega, el sentimiento moral hace más rápidos progresos; crece, se eleva, se
purifica.
Se ha
visto en el siglo XVIII. Desde 1723. Mandeville, el autor anónimo que
escandalizó a Inglaterra con su Fábula de las abejas y los comentarios que
añadiera, atacó de frente la hipocresía de la sociedad disfrazada con el nombre
de moral. Manifestaba cómo las costumbres sedicentes morales no son más que una
máscara hipócrita; cómo las pasiones que se las cree dominar con el código de
la moral vigente toman, por el contrario, una dirección tanto más perniciosa
cuanto mayores son las restricciones de este mismo código. Cual Fourier lo hizo
más tarde, pedía libertad para las pasiones, sin que por ello degeneren en
vicio; y pagando en esto un tributo a la falta de conocimientos zoológicos de
su tiempo, es decir, olvidando la moral de los animales, explicaba el origen de
las ideas morales de la humanidad, por la adulación interesada de los curas y
de las clases directoras.
Conócese
la crítica vigorosa de las ideas morales hecha después por los filósofos
escoceses y los enciclopedistas; conócese a los anarquistas de 1793, y se sabe
entre quiénes se encuentra el más alto desarrollo del sentimiento moral, entre
los legisladores, los patriotas, los jacobinos, que cantaban el deber y la
sanción moral por el Ser supremo, o entre los atentos hebertistas, que negaban,
como lo ha hecho recientemente Guyau, el deber impuesto y la sanción moral.
-«¿Por
qué seré moral?» He aquí la pregunta que se hacían los racionalistas del siglo
XII, los filósofos del siglo XVI, los filósofos y los revolucionarios del siglo
XVIII. Más adelante esta pregunta se repitió de nuevo entre los preutilitarios
ingleses (Bentham y Mill), entre los materialistas alemanes. Como Büchner,
entre los nihilistas rusos de los años 1860 a 1870, entre el joven fundador de
la ética anarquista (La ciencia de la moral de las sociedades) -Guyau, muerto,
por desgracia, demasiado pronto, y entre los jóvenes anarquistas franceses,
hoy.
En
efecto, ¿por qué?
Hace
treinta años esta misma cuestión apasionó a la juventud rusa.
-«Yo
seré inmoral», acababa de decir un joven nihilista a un su amigo, traduciendo a
la ligera los pensamientos que le atormentaban.
-«Será
inmoral, ¿por qué no lo seré?»
-¿Porque
la Biblia no lo quiere? Pero la Biblia no es más que una colección de
tradiciones babilónicas y judaicas, tradiciones coleccionadas, como lo fueron
los cantos de Homero o las leyendas mongolas. ¿Debo, pues, volver al estado de
ánimo de los pueblos semibárbaros del Oriente?
»¿Lo
seré porque Kant me habla de un imperativo categórico, de una orden misteriosa
que sale del fondo de mí mismo y me ordena ser moral? Pero ¿por qué ese
«imperativo categórico» ha de tener más derecho sobre mis actos que ese otro
imperativo que de vez en cuando me incita a la embriaguez? ¡Palabras, nada más
que palabras, como la de Providencia o Destino, inventada para cubrir nuestra
ignorancia!
»¿O
bien seré moral, para agradar a Bentham, quien me quiere hacer creer que seré
más feliz si me ahogo por salvar a un transeúnte caído en el río, que si le
miro ahogarse?
»¿O
bien quizá, porque tal es mi educación? ¿Porque mi madre me ha enseñado la
moral? Pero entonces ¿deberé arrodillarme ante la pintura de un cristo, o de
una madona, respetar al rey o al emperador, inclinarme ante el juez que sé es
un canalla, únicamente porque mi madre, nuestras madres.-muy buenas, pero
ignorantes- nos han enseñado un montón de tonterías?
»Prejuicios,
como todo lo demás; trabajaré para desembarazarme de ellos. Si me repugna ser
inmoral, me esforzaré por serlo como de adolescente me esforzaba para no temer
la oscuridad, el cementerio, los fantasmas y los muertos, con los cuales me
habían amedrentado. Lo haré para romper un arma explotada por las religiones;
lo haré, en fin, para protestar contra la hipocresía que pretenden imponerme en
nombre de una palabra a la cual se ha denominado moralidad.»
Tal era
el razonamiento que la juventud rusa se hacía en el momento de romper con los
prejuicios del viejo mundo y enarbolar la bandera del nihilismo o, mejor, de la
filosofía anarquista: «No inclinarse ante ninguna autoridad por respetada que
sea; no aceptar ningún principio en tanto no sea establecido por la razón».
¿Será
preciso añadir que la juventud nihilista, después de arrojar al cesto la
enseñanza moral de sus padres, quemando todos los sistemas que de ella tratan,
ha desarrollado en su seno un cúmulo de costumbres morales infinitamente
superiores a todo lo que sus padres habían nunca practicado, bajo la tutela del
Evangelio, de la conciencia, del imperativo categórico o del interés bien
comprendido de los utilitarios?
Pero
antes de responder a la pregunta: «¿Por qué, seré moral?», veamos primero si la
tal cuestión está bien planteada: analicemos las causas de los actos humanos.
II
Cuando
nuestros abuelos quisieron darse cuenta de lo que impulsa al hombre a obrar de
un modo mejor que otro lo consiguieron de manera muy sencilla. Pueden verse
todavía las imágenes católicas que representan su explicación. Un hombre marcha
a través de los campos con decisión, sin asomo de duda; lleva un ángel en el
hombro derecho y otro en el izquierda. El diablo le empuja a hacer el mal, el
ángel trata de contenerle; y si el ángel ha vencido, el hombre es virtuoso;
otros tres ángeles se apoderan de él y lo transportan al cielo. Todo se explica
así a maravilla.
Nuestras
viejas ayas, bien instruidas sobre este particular, nos dirán que es preciso no
meter a un niño en la cama sin desabotonarle el cuello de la camisa. Hay que
dejar abierto en la base del cuello un lugar bien caliente donde el ángel
guardián pueda cobijarse. Sin esta precaución el diablo atormentaría al niño
hasta en el sueño.
Estas
sencillas ideas van desapareciendo; pero si las anacrónicas palabras se borran,
la esencia es siempre la misma. Las gentes instruidas no creen ya en el diablo,
pero sus ideas no son más racionales que las de nuestras ayas; disfrazan a
aquél bajo una palabrería escolástica honrada con el nombre de la filosofía. En
lugar del diablo dirán ahora la carne, las pasiones; el ángel será reemplazado
con las palabras conciencia o alma-reflejo del pensamiento de un Dios creador-,
o del gran arquitecto, como dicen los francmasones. Pero los actos del hombre
son siempre considerados como resultantes de la lucha librada entre dos
elementos hostiles; y el hombre es tenido por tanto más virtuoso cuanto que uno
de estos dos elementos -el alma o la conciencia- haya conseguido mayor victoria
sobre el otro -la carne o las pasiones.
Fácilmente
se comprende la admiración de nuestros abuelos cuando los filósofos ingleses, y
más tarde los enciclopedistas, vinieron a afirmar, en contra de sus primitivas
concepciones, que el diablo o el ángel no tienen nada que ver en los actos
humanos, sino que todos ellos, buenos o malos, útiles o nocivos, derivan de un
solo impulso: la consecución del placer.
Toda la
turbamulta religiosa, y sobre todo, la numerosa tribu de los fariseos, clamaron
contra la inmoralidad. Se llenó de invectivas a los pensadores, se les
excomulgó. Y cuando, en el transcurso de nuestro siglo, las mismas ideas fueron
expresadas por Bentham, John Stuart Mill, Tchernykeaky y tantos otros, y que
estos pensadores vinieron a afirmar y a probar que el egoísmo o la consecución
del placer es el verdadero impulso de todos nuestros actos, las maldiciones se
redoblaron: hízose contra sus libros la conspiración del silencio, tratando de
ignorantes a sus autores.
Y, sin
embargo, ¿qué más verdadero que esa afirmación?
Ved un
hombre que arrebata el último bocado de pan al niño. Todos están acordes en
decir que es un tremendo egoísta, que está exclusivamente guiado por el amor a
sí mismo.
Pero
mirad otro hombre considerado como virtuoso: parte su último bocado de pan con
el que tiene hambre, se despoja de su ropa para darla al que tiene frío; y los
moralistas, hablando siempre la jerga religiosa, se apresuran a decir que ese
hombre lleva el amor del prójimo hasta la abnegación, que obedece a una pasión
opuesta en todo a la del egoísta.
Mas, si
reflexionamos un poco, presto descubriremos que, por diferentes que sean las
dos acciones en sus resultados para la humanidad, el móvil ha sido siempre el
mismo: la consecución del placer.
Si el
hombre que da la única camisa que posee no encontraba en ello un placer, no la
daría. Si lo hallara en quitar el pan al niño, quitaríalo. Pero esto le
repugna; y encontrando mayor satisfacción en dar su pan, lo da.
Si no
hubiera inconveniente en crear la confusión, empleando palabras que tienen una
significación establecida, para darles nuevo sentido, diríamos que uno y otro
obran a impulsos de su egoísmo. Algunos lo han dicho abiertamente a fin de
hacer resaltar mejor el pensamiento, precisar la idea, presentándola bajo una
forma que hiera la imaginación, destruyendo a la vez la leyenda de que dos
actos tienen dos impulsos diferentes. Tienen el mismo fin: buscar el placer o
esquivar el dolor, que viene a ser lo mismo.
Tomad
al más depravado de los malvados, Thiers, que asesina a más de treinta y cinco
mil parisienses; al criminal que degüella a toda una familia para enfangarse en
el vicio. Lo hacen porque en aquel momento el deseo de gloria, o el ansía del
dinero, ahogan en ellos todos los demás sentimientos: la piedad, la compasión
misma, se hallan extinguidas en aquel instante por ese otro deseo, esa otra
ansiedad. Obran casi automáticamente para satisfacer una necesidad de su
naturaleza.
O bien,
dejando a un lado las grandes pasiones, tomad el hombre ruin que engaña a los
amigos, que miente a cada paso, ya por sustraer a alguno el importe de un bock,
ya por vanagloria, ora por astucia; al burgués que roba céntimo a céntimo a los
obreros para comprar un aderezo a su mujer o a su querida, a cualquier
picaruelo; aun ese mismo no hace más que obedecer a sus inclinaciones: busca la
satisfacción de una necesidad, trata de evitar lo que para él sería una
molestia.
Casi
nos avergonzamos de tener que comparar ese granujilla con cualquiera de los que
sacrifican su existencia por la liberación de los oprimidos y sube al cadalso,
como un nihilista ruso.
Tal
diferencia hay en los resultados de esas dos existencias para la humanidad, que
nos sentimos atraídos por la una y rechazados por la otra.
Y, no
obstante, si hablarais a ese mártir, a la mujer que va a ser ahorcada, en el
momento mismo, en que sube al cadalso, os diría que no trocara su vida de
bestia acosada por los perros del Zar, ni su trágica muerte, por la vida del
pícaro que vive de los céntimos robados a los trabajadores.
En su
existencia, en la lucha contra los monstruos poderosos, encuentra sus mayores
goces. Todo lo demás, a excepción de esta lucha, los pequeños goces del burgués
y sus pequeñas miserias, ¡le parecen tan mezquinas, tan fastidiosas, tan
tristes! -¡Vosotros no vivís, vegetáis! respondería ella-; pero yo he vivido!
Hablamos
evidentemente de los actos razonados, conscientes del hombre, reservándonos
hablar más adelante de esa inmensa serie de actos inconscientes, casi
maquinales, que llenan la mayor parte de nuestra vida. Ahora bien, en sus actos
razonados o conscientes el hombre busca aquello que le agrada.
Tal se
embriaga y embrutece porque busca en el vino la excitación nerviosa que no
encuentra en su organismo; tal otro no se emborracha porque halla una gran
satisfacción dejando el vino y gozando en conservar la frescura de su
inteligencia y la plenitud de sus fuerzas, a fin de poder saborear otros
placeres que prefiere a los del vino. Pero ¿qué hacer sino obrar como el
gourmet que después de haber leído el menú de una comida renuncia a un plato de
su gusto para hartarse, sin embargo, de otro más preferido?
Cualesquiera
que sean sus actos, el hombre busca siempre un placer o evita un dolor.
Cuando
una mujer se priva del último bocado de pan para dárselo al primero que llega,
cuando se quita el último harapo para cubrir a otra que tiene frío, y ella
misma tirita sobre el puente del navío, lo hace porque sufriría infinitamente
-más de ver a un hombre hambriento o una mujer con frío que tiritar ella misma
o sufrir el hambre. Evita una pena cuya intensidad sólo conocen los que la han
sufrido.
Cuando
aquel australiano citado por Guyau se desesperaba con la idea de no haber
vengado aún la muerte de su pariente; cuando se hallaba roído por la conciencia
de su cobardía, no recobrando la salud hasta después de haber realizado su
venganza, hizo un acto tal vez heroico para desembarazarse del sufrimiento que
le asediaba, para reconquistar la paz interior, que es el supremo placer.
Cuando
una banda de monos ha visto caer a uno de los suyos herido por la bala del
cazador, sitian su tienda para reclamar el cadáver, a pesar de las amenazas de
ser fusilados; cuando, por fin, el jefe de la banda entra con decisión,
amenazando primero al cazador, suplicando después y obligándole, por fin, con
sus lamentos a devolverle el cadáver, que la banda lleva gimiendo al bosque,
los monos obedecen al sentimiento de condolencia, más fuerte en ellos que todas
las consideraciones de seguridad personal, Este sentimiento ahoga todos los
otros. La vida pierde para ellos sus atractivos, en tanto no se aseguren de la
imposibilidad de volver de nuevo a su camarada la existencia. Tal sentimiento
llega a ser tan opresivo, que los pobres animales lo arriesgan todo por
desembarazarse de él.
Cuando
las hormigas se arrojan por millares en las llamas de un hormiguero, que esta
bestia feroz, el hombre, ha incendiado, y perecen por centrarse por salvar sus
larvas, obedecen también a una necesidad, la de conservar su prole. Lo
arriesgan todo por tener el placer de llevarse sus larvas, que han cuidado con
más cariño que muchos burgueses cuidan de sus hijos.
En fin,
cuando un infusorio esquiva un rayo demasiado fuerte del sol y va a buscar otro
menos ardiente, o cuando una planta vuelve sus flores al sol o cierra sus hojas
al acercarse la noche, ambos obedecen también a la necesidad de evitar un dolor
o de buscar el placer; igual que la hormiga, el mono, el australiano, el mártir
cristiano o el mártir anarquista.
Buscar
el placer, evitar el dolor, es el hecho general (otros dirían la ley) del mundo
orgánico: es la esencia de la vida.
Sin
este afán por lo agradable, la existencia sería imposible. Se disgregaría el
organismo, la vida cesaría.
Así,
pues, cualquiera que sea la acción del hombre, cualquiera que sea su línea de
conducta, obra siempre obedeciendo a una necesidad de su naturaleza.
El acto
más repugnante, como el más indiferente, o el más atractivo, son todos
igualmente dictados por una necesidad del individuo. Obrando de una u de otra
manera el individuo lo hace porque en ello encuentra un placer, porque se evita
de este modo o cree evitarse una molestia.
He aquí
un hecho perfectamente determinado, la esencia de lo que se ha llamado la
teoría del egoísmo.
Ahora
bien, ¿hemos adelantado algo más, después de haber llegado a esta conclusión
general?
-Sí,
ciertamente. Hemos conquistado una verdad y destruido un prejuicio, que es la
raíz de todos los prejuicios. Toda la filosofía materialista en su relación con
el hombre se halla en esta conclusión. ¿Pero se sigue de esto que todos los
actos del individuo son indiferentes, como así han querido sostenerlo?
Veámoslo.
III
Hemos
visto que las acciones del hombre, razonadas o conscientes -más adelante
hablaremos de los hábitos inconscientes-, tienen todas el mismo origen. Los
llamados virtuosos y los que se denominan viciosos, las grandes adhesiones como
las pequeñas socaliñas, los actos elevados como los repulsivos, derivan de la
misma fuente. Hechos son todos que responden a naturales necesidades del
individuo.
Tienen
por objeto buscar el placer, el deseo de huir del dolor.
Lo
hemos manifestado en el capítulo precedente, que no es sino un resumen muy
sucinto de multitud de hechos que podrían ser citados en su apoyo.
Compréndese
que esta explicación repugne a quienes están todavía imbuidos por los
principios religiosos, porque no deja espacio para lo sobrenatural y desecha la
idea de la inmortalidad del alma. Si el hombre no obra más que obedeciendo a
una necesidad natural, si no es, por así decirlo, más que un «autómata
consciente», ¿qué será el alma inmortal, qué será la inmortalidad, último
refugio de los que han conocido poco el placer y demasiado el dolor, y que
sueñan con hallar la compensación en el otro mundo?
Se
comprende que, fuertes en los prejuicios, poco confiados en la ciencia que les
ha engañado a menudo, guiados por el sentimiento más que por la razón, rechacen
una verdad que les quita su única esperanza.
Pero
¿qué decir de esos revolucionarios que desde el siglo XVIII hasta nuestros
días, siempre que oyen por primera vez la primera explicación natural de los
actos humanos (la teoría del egoísmo si se quiere) se apresuran a sacar la
misma conclusión que la juventud nihilista de quienes hablamos al principio,
los cuales tienen prisa por gritar: «¡Abajo la moral!»?
¿Qué
decir de los que, persuadidos de que el hombre no obra sino para responder a
necesidades orgánicas, se apresuran a afirmar que todos los actos son
indiferentes; que no hay bien ni mal; que salvar a un hombre que se ahoga, o
ahogarle para apoderarse de su reloj, son dos casos equivalentes; que el mártir
muriendo sobre el cadalso por haber trabajado en emancipar a la humanidad, y el
pícaro robando a sus compañeros se equivalen, puesto que los dos intentan
procurarse un placer?
Si
añadieran siquiera que no debe haber olor bueno ni malo, perfume en la rosa,
hedor en la asafétida, porque uno y otro no son más que vibraciones de las
moléculas; que no hay gusto bueno ni malo, porque la amargura de la quinina y
la dulzura de la guayaba no son tampoco sino vibraciones moleculares; que no
hay hermosura ni fealdad físicas, inteligencia ni imbecilidad, porque belleza y
fealdad, inteligencia o imbecilidad no son tampoco más que resultados de
vibraciones químicas y físicas que se operan en las células del organismo, si
agregaran eso podría aún decirse que chochean, pero que tienen por lo menos la
lógica del necio.
Mas
como no lo dicen, ¿qué consecuencia podemos sacar de ello?
Nuestra
respuesta es sencilla. Mandeville, en 1723, en la Fábula de las abejas; el
nihilista ruso de los años 1860-70; tal cual anarquista parisiense de nuestros
días, razonan así porque, sin creerlo, se hallan aún imbuidos por los
prejuicios de su educación cristiana. Por ateos, por materialistas o por
anarquistas que se digan, razonan exactamente como razonaban los padres de la
Iglesia o los fundadores del budismo.
Los
ancianos nos dicen, en efecto: «El acto será bueno si representa una victoria
del alma sobre la carne; será malo si es la carne quien ha dominado al alma;
será indiferente si no ha habido vencedor ni vencido: no hay otra regla para
juzgar de la bondad del hecho.»
Los
padres de la Iglesia decían: «Ved las bestias, no tienen alma inmortal, sus
actos están simplemente condicionados para responder a una de las necesidades
de la naturaleza: he ahí por que no puede haber entre los animales actos buenos
y malos, todos son indiferentes; por lo tanto, no habrá para los animales ni
paraíso ni infierno, ni recompensa ni castigo». Y nuestros jóvenes amigos toman
el dicho de San Agustín y de San Shakyamuni y dicen: «El hombre no es más que
una bestia; estos actos están sencillamente condicionados para responder a una
necesidad de su organismo; por lo tanto, no puede haber para el hombre actos
buenos ni malos; todos son indiferentes.»
¡Siempre
la maldita idea de pena y de castigo sale al paso de la razón: siempre esa
absurda herencia de la enseñanza religiosa profiriendo que el acto es bueno si
viene de una inspiración sobrenatural e indiferente si el tal origen le falta;
y siempre, aun entre los que más se ríen de ello, la idea del ángel sobre el
hombro derecho y del diablo sobre el izquierdo!
«Suprimid
el diablo y el ángel y no sabré deciros ya si tal acto es bueno o malo, pues no
conozco otra razón para juzgarle.» Mientras exista el cura, existirán el
demonio y el ángel, todo el barniz materialista no bastará para ocultarlo.
Y, lo
que es peor aún, mientras exista el juez, existirán sus penas de azotes a unos,
y sus recompensas cívicas a otros, y los mismos principios de la anarquía no
bastarán para desarraigar la idea de castigo y recompensa.
Pues
bien; nosotros, que no queremos juez, decimos simplemente: «¿El asafétida
hiede, la serpiente me muerde, el embustero me engaña? La planta, el reptil y
el hombre, los tres, obedecen a una razón natural. Sea.
»Ahora
bien; yo obedezco también a una necesidad propia, odiando la planta que hiede,
el animal que mata con su veneno, y el hombre, que es aún más venenoso que la
serpiente. Y obraré en consecuencia sin dirigirme por eso ni al diablo, que
además no conozco, ni al juez, que detesto más aún que a la serpiente. Yo, y
todos los que comparten mis simpatías, obedecemos también a una condición de
nuestro propio temperamento. Veremos cuál de los dos tienen en ello la razón y,
por ende, la fuerza.»
Esto es
lo que vamos a estudiar; y, por lo mismo, observaremos que si los San Agustín
no tenían otra base para distinguir entre el bien y el mal, los animales tienen
otra mucho más eficaz. El mundo animal en general, desde el insecto hasta el
hombre, sabe perfectamente lo que es bueno y lo que es malo sin consultar para
ello la Biblia ni la filosofía. Y si esto es así, la causa está también en las
necesidades de su organismo, en la conservación de la raza, y, por lo tanto, en
la mayor suma posible de felicidad para cada individuo.
IV
Para
distinguir el bien del mal, los teólogos mosaicos, budistas, cristianos y
musulmanes recurrían a la inspiración divina. Veían que el hombre, salvaje o
civilizado, iletrado o docto, perverso o bueno y honrado, sabe siempre si obra
bien o si obra mal, sobre todo, esto último; pero no encontrando explicación de
este hecho general, han visto en ello la inspiración celeste. Los filósofos
metafísicos nos han hablado a su vez de conciencia, de imperativo místico, lo
que, por otra parte, no era más que un cambio de palabras.
Mas ni
los unos ni los otros han sabido demostrar el hecho tan sencillo y tan palpable
de que los animales que viven en sociedad saben distinguir entre el bien y el
mal igual que el hombre. Y, lo que es más, que sus concepciones sobre este
particular son en absoluto del mismo género que las del hombre. Entre los tipos
mejor desarrollados de cada clase separada -pescados, insectos, aves,
mamíferos- son hasta idénticos.
Los
pensadores del siglo XVIII lo habían notado claramente; pero se les ha olvidado
después, siendo a nosotros a quien toca ahora hacer comprender toda su
importancia.
Forel,
ese observador inimitable de las hormigas, ha demostrado, con una multitud de
observaciones y de hechos, que cuando una hormiga se ha hartado de miel
encuentra a otras hormigas con el vientre vacío, éstas le piden inmediatamente
de comer. Y entre estos pequeños insectos es un deber para la hormiga
satisfecha devolver la miel, a fin de que las hormigas hambrientas puedan
satisfacerse a su vez. Preguntad a las hormigas si harían bien rehusando el
alimento a sus compañeras habiendo satisfecho su hambre, y os responderán con
sus propios actos, fáciles de comprender, que se portarían muy mal si tal
hicieran. Hormiga tan egoísta sería tratada con más dureza que los enemigos de
otra especie. Si esto ocurriera durante un combate entre dos especies distintas,
abandonarían la lucha para encarnizarse con la egoísta. Esto demostrado se
halla por experiencias que no dejan el menor asomo de duda.
O,
mejor, preguntad a los pájaros que anidan en vuestro jardín si está bien no
advertir a toda la banda que habéis arrojado algunas miguitas de pan en él, con
el fin de que todos puedan participar de la comida; preguntadles si tal friquet
(variedad de gorrión) ha obrado bien robando del nido de su vecino los tallos
de paja que éste había recogido, y que el ladronzuelo no quiere tomarse el
trabajo de realizar por sí mismo. Y los gorriones os responderán que eso está
muy mal hecho, arrojándose todos sobre el ladrón y persiguiéndole a picotazos.
Preguntad
también a las marmotas si está bien cerrar la entrada de su almacén subterráneo
a las demás compañeras de colonia, y os responderán que no, haciendo toda clase
de aspavientos a la avariciosa.
Preguntad,
en fin, al hombre primitivo, al Tchouktche, por ejemplo, si está bien tomar
comida de la tienda de uno de los miembros de la tribu en su ausencia, y os
responderá que, si el hombre podía procurarse el alimento por sí mismo, eso
hubiera sido muy mal hecho, pero que si estaba fatigado o necesitado, debía
tomar el alimento allá donde quiera que lo encontrara. Mas en este caso habría
hecho bien en dejar su gorra o su cuchillo, o siquiera un cabo de cuerda con un
nudo, a fin de que el cazador ausente pudiera saber al entrar que ha tenido la
visita de un amigo, y no la de un merodeador. Esta precaución le hubiera
evitado los cuidados que le proporcionara la posible presencia de un merodeador
en los alrededores de su tienda.
Millares
de hecho semejantes podrían citarse, libros enteros podrían escribirse para
mostrar cuán idénticas son las concepciones del bien y del mal, en el hombre y
en los animales.
La
hormiga, el pájaro, la marmota y el Tchouktche salvaje no han leído a Kant ni a
los santos padres ni aun a Moisés; y, sin embargo, todos tienen la misma idea
del bien y del mal. Si reflexionáis un momento acerca de lo que hay en el fondo
de esa idea, veréis al instante que lo que se reputa bueno entre las hormigas,
las marmotas y los moralistas cristianos o ateos es lo que se considera útil
para la conservación de la especie, y lo que se reputa malo es lo que se
considera perjudicial; no para el individuo, como decían Bentham y Mill, sino
hermoso y bueno para la especie entera.
La idea
del bien y del malo no tiene así nada que ver con la religión o la misteriosa
conciencia; es una necesidad de las especies animales. Y cuando los fundadores
de religiones, los filósofos y los moralistas, nos hablan de entidades divinas
y metafísicas, no hacen más que recordarnos lo que las hormigas, los pájaros,
practican en sus pequeñas colectividades:
¿Es
útil a la colonia? Luego es bueno.
¿Es
nocivo?
Entonces
es malo.
Esta
idea puede hallarse muy restringida entre los animales inferiores o muy
desarrollada entre los más avanzados; pero su esencia es siempre la misma.
Para
las hormigas no sale del hormiguero. Todas las costumbres sociales, todas las
reglas de bienestar, no son aplicables más que a los individuos del mismo
hormiguero. Es preciso devolver el alimento a los miembros de la colonia, nunca
a los otros. Una colectividad no se confundirá con la otra, a menos que
circunstancias excepcionales, tal como la destreza común a las dos, lo exijan.
Del mismo modo, los gorriones del Luxemburgo, tolerándose de manera admirable,
harán una guerra encarnizada a cualquier otro gorrión del square Monge que se
atreviera a internarse en el Luxemburgo. El Tchouktche considerará al
Tchouktche de otra tribu como un personaje sin derecho a que le sean aplicados
los usos de la tribu. Les está permitido vender (vender es más o menos robar al
comprador: entre los dos hay siempre engaño), mientras sería un crimen vender a
los de su propia tribu: a éstos no se vende; se les da, sin tenerlo en cuenta
jamás. Y el hombre civilizado, comprendiendo, en fin, las íntimas relaciones,
aunque imperceptibles al primer golpe de vista, entre sí y el último de los
papuas, extenderá sus principios de solidaridad a toda la especie humana y
hasta a los animales. La idea se ensancha, pero el fondo es siempre el mismo.
El
hombre primitivo podría encontrar muy bueno, es decir, muy útil a la raza,
comerse a sus padres ancianos cuando llegan a ser una carga (muy pesada en el
fondo) para la comunidad, Podría también encontrar bueno, es decir, para la
comunidad matar a los niños recién nacidos y no guardar más que dos o tres de
ellos por familia, a fin de que la madre pudiera amamantarlos hasta la edad de
tres años y prodigarles su ternura.
Hoy las
ideas han cambiado; pero los medios de subsistencia no son ya lo que eran en la
edad de piedra. El hombre civilizado no está en la situación de la familia
salvaje, la cual había de elegir entre dos males: o bien comerse a los ancianos
o bien alimentarse todos insuficientemente y pronto encontrarse reducidos a no
poder alimentar a los viejos ni a los pequeñuelos. Es preciso transportarse a
esas dos edades, que apenas podemos evocar en nuestra imaginación, para
comprender, que en aquellas circunstancias el hombre semisalvaje pudiera
razonar con bastante acierto.
Los
razonamientos pueden cambiar. La apreciación de lo que es útil o nocivo a la
especie cambia, pero el fondo es inmutable. Y si se quisiera resumir toda esta
filosofía del reino animal en una sola frase se vería que hormigas, pájaros,
marmotas y hombres están de acuerdo en un punto determinado.
Los
cristianos decían: No hagas a otro lo que contigo no quisieras sea hecho. Y
añadían: Si no, serás arrojado al infierno.
La
moralidad que se desprende de la observación de todo el conjunto del reino
animal, superior en mucho a la precedente, puede resumiese así: Haz a los otros
lo que quieras que ellos te hagan en igualdad de circunstancias.
Y
añade:
«Nota
bien que esto no es más que un consejo; pero ese consejo es el fruto de una
larga experiencia de la vida de los animales asociados y entre la inmensa
multitud de los que viven en sociedad, comprendiendo al hombre, obrar según ese
principio ha pasado al estado de hábito. Sin ello, además, ninguna sociedad
podría vencer los obstáculos naturales contra los cuales tiene que luchar.
¿Este
principio tan sencillo es el que se desprende de la observación de los animales
que viven en colectividad y de las sociedades humanas? ¿Es aplicable? ¿Y cómo
pasa ese concepto al estado de costumbre, en constante desarrollo? Esto es lo
que vamos a examinar ahora.
V
La idea
del bien y del mal existe en la humanidad. El hombre, cualquiera que sea el
grado de desarrollo intelectual que haya alcanzado, por oscurecidas que estén
sus ideas en los prejuicios y el interés personal, considera generalmente como
bueno lo que es útil a la sociedad en que vive, y como malo lo que es nocivo.
Mas,
¿de dónde viene esa concepción tan vaga con frecuencia que apenas podríasela
distinguir de una aspiración? He ahí millones de seres humanos que nunca han
pensado en su especie. La mayor parte no conocen más que el clan o la familia,
difícilmente la nación -y aún más raramente, la humanidad-. ¿Cómo se pretende
que puedan considerar como bueno lo que es útil a la especie humana, ni aun
llegar al sentimiento de solidaridad con su clan, a pesar de sus instintos
estrechamente egoístas?
Tal
hecho ha preocupado mucho a los pensadores de otros algunos libros sobre este
asunto. A nuestra vez vamos a dar tiempos. Continúa intrigándoles, y no pasa
año que no escriban nuestra opinión sobre las cosas; pero digamos de paso que
si la explicación del hecho puede variar, el hecho mismo no permanece por ello
menos incontestable; y aun cuando nuestra explicación no fuera todavía la
verdadera, o que no fuera completa, él, con sus lógicas consecuencias para el
hombre, siempre persistiría. Podemos no comprender enteramente el origen de los
planetas que giran alrededor del sol; los planetas girarán, sin embargo y uno
de ellos nos arrastra consigo en el espacio.
style='font-size:14.0pt;
Ya
hemos hablado de la explicación religiosa. Si el hombre distingue entre el bien
y el mal, dicen los hombres religiosos, es que Dios le ha inspirado esta idea.
Útil o nociva, no admite discusión; no hay más sino obedecer a la idea de su
creador. No nos detengamos en ella, fruto del terror y de la ignorancia del
salvaje. Pasemos.
Otros,
como Hobbes, han intentado explicarla por la ley. Sería la ley la que había
desarrollado en el hombre el sentimiento de lo justo y de lo injusto, del bien
y del mal. Nuestros lectores apreciarán por sí mismos esta explicación.
Saben
que la ley ha utilizado sencillamente las aspiraciones sociales del hombre para
deslizarle, con preceptos de moral por él aceptados, órdenes útiles a la
minoría de los explotadores, a los cuales rechazaba. Ha pervertido el
sentimiento de justicia en lugar de desarrollarlo. Prosigamos aún.
No nos
detengamos tampoco en la de los utilitarios. Quieren que el hombre obre
moralmente por interés personal, y olvide sus sentimientos de solidaridad que
existen, cualquiera que sea su origen. Hay algo de verdad en ello, pero no es
aún toda la verdad. Sigamos adelante.
Será
siempre a los pensadores del siglo XVIII a quienes pertenece la gloria de haber
adivinado, en parte por lo menos, el origen del sentimiento moral.
En un
libro soberbio, alrededor del cual la clerigalla ha hecho el silencio, y es, en
efecto, poco conocido de la mayor parte de los pensadores, hasta de los
antirreligiosos, Adam Smith ha puesto el dedo sobre el verdadero origen del
sentimiento moral. No va a buscarlo en las ideas religiosas o místicas; lo
encuentra en el simple sentimiento de simpatía.
Veis
que un hombre pega a un niño; comprendéis que el niño apaleado sufre; vuestra
imaginación hace sentir en vosotros el mal que se le inflinge, o bien sus
lloros, su compungida carita os lo dice; y, si no sois un cobarde, os arrojáis
sobre el hombre que pega al niño, se lo arrancáis a la fuerza.
Este
ejemplo por sí solo explica casi todos los sentimientos morales. Cuando más
poderosa es vuestra imaginación, mejor podéis comprender lo que siente un ser
afligido, y más intenso, más delicado será vuestro sentimiento moral, más
compelido os veréis a sustituir a ese
otro individuo; con mayor agudeza sentiréis el mal que se le haga, la injuria
que le ha sido inferida, la injusticia de la cual ha sido víctima; mayor será
vuestra inclinación a impedir el mal, la injuria o la injusticia; más habituado
estaréis por las circunstancias, por los que os rodean, o por la intensidad de
vuestro propio pensamiento y de vuestra propia imaginación a obrar en el
sentido en que el pensamiento y la imaginación os empujan. Cuanto mayor sea en
vos ese sentimiento moral, mayor predisposición tendrá para constituirse en
hábito.
Eso es
lo que Adam Smith desarrolla con abundancia de ejemplos. Era joven cuando
escribió ese libro, infinitamente superior a su obra senil La economía
política. Libre de todo prejuicio religioso, buscó la explicación en un hecho
de la naturaleza humana: he ahí porqué durante un siglo la clerigalla con o sin
sotana ha hecho el silencio alrededor de este libro.
La
única falta de Adam Smith está en no haber comprendido que tal sentimiento de
simpatía, convertido en hábito, existe entre los animales al igual que en el
hombre.
No
desagrada esto a los vulgarizadores de Darwin, ignorando en él todo lo que no
había sacado de Malthus; el sentimiento de solidaridad es el rasgo predominante
de la existencia de todos los animales que viven en sociedad. El águila devora
al gorrión; el lobo, a las marmotas; pero las águilas y los lobos se ayudan
entre sí para cazar; y los gorriones y las marmotas se prestan solidaridad
también contra los animales de presa, pues sólo los poco diestros se dejan
expoliar. En toda agrupación animal la solidaridad es una ley (un hecho
general) de la naturaleza, infinitamente más importante que esa lucha por la
existencia, cuya virtud nos cantan los burgueses en todos los tonos, a fin de
mejor embrutecernos.
Cuando
estudiamos el mundo animal y querernos comprender la razón de la lucha por la
existencia, sostenida por todos los seres vivientes contra las circunstancias
adversas y contra sus enemigos. Cuanto mejor cada miembro de la sociedad
comprende la solidaridad para con los demás, mejor se desarrollan en todos esas
dos cualidades que son los factores principales de la victoria y del progreso:
de una parte, el valor, y la libre iniciativa del individuo, de la otra. Y
cuando más, por el contrario, tal colonia o tal grupillo de animales pierde ese
sentimiento de solidaridad (lo que sucede a consecuencia de una excepcional
miseria o bien de una gran abundancia de alimento) tanto más los otros dos
factores del progreso, valor y la iniciativa individual disminuyen, concluyendo
por desaparecer, y la sociedad en decadencia sucumbe ante sus enemigos. Sin
confianza mutua no hay lucha posible, no hay valor, no hay iniciativa, no hay
solidaridad, no hay victoria; es la derrota segura.
Volveremos
algún día sobre este asunto, y podremos demostrar, con lujo de pruebas, cómo en
el mundo animal y humano la ley del apoyo mutuo es la ley del progreso; y cómo
el apoyo mutuo, cual el valor y la iniciativa individual, que de él proviene,
aseguran la victoria a la especie que mejor lo sabe practicar. Por el momento
nos bastaría hacer constar el hecho. El lector comprenderá por sí mismo toda su
importancia en la cuestión que nos ocupa.
Imagínese
ahora ese sentimiento de solidaridad obrando a través de los millones de edades
que se han sucedido desde que los primeros seres animados han aparecido sobre
el globo; imagínese cómo ese sentimiento llegaba a ser costumbre y se
transmitía por herencia desde el organismo microscópico más sencillo hasta sus
descendientes -los insectos, los reptiles, los mamíferos y el hombre-, y se
comprenderá el origen del sentimiento moral, que es una necesidad para el
animal, como el alimento o el órgano destinado a digerirlo.
He ahí,
sin remontarnos más lejos (pues aquí no sería preciso hablar de los animales
complicados, originarios de colonias de pequeños seres extremadamente
sencillos) el origen del sentimiento moral. Hemos debido ser en extremo
concisos para desarrollar esta gran cuestión en el espacio de algunas páginas;
pero eso basta ya para ver en ello que no hay nada de místico ni sentimental.
Sin esa solidaridad del individuo con la especie, nunca el mundo animal se
hubiera desarrollado ni perfeccionado. El ser más adelantado en la tierra sería
aún uno de esos pequeños grumos que flotan en las aguas y que apenas se
perciben con el microscopio. Ni aun existirían las primeras agregaciones de
células: ¿no son ya un acto de asociación para la lucha?
VI
Así
vemos que observando las sociedades animales -no como burgueses interesados,
sino como simples observadores inteligentes- se llega a hacer constar que este
principio trata a los otros como si quisiera ser tratado por ellos en análogas
circunstancias, se encuentra donde quiera que la asociación existe.
Y
cuando se estudia más de cerca el desarrollo o la evolución del mundo animal,
se descubre, con el zoólogo Kessler y el economista Tchernychevsky, que este
principio, traducido en una sola palabra, solidaridad, ha tenido en el
desenvolvimiento de los animales una parte infinitamente mayor que todas las
adaptaciones que puedan resultar de las luchas individuales por la adquisición
de personales ventajas.
Es
evidente que la práctica de la solidaridad se encuentra todavía más
desarrollada en las sociedades humanas. Sin embargo, agrupaciones de monos, las
más elevadas en la escala animal, nos ofrecen una práctica de la solidaridad de
las más atractivas. El hombre avanza todavía un paso en este camino; eso sólo
le permite conservar su mezquina especie, en medio de los obstáculos que le
opone la naturaleza, y desenvolver su inteligencia
Cuando
se estudian las sociedades primitivas que se hallan hasta el presente en la
edad de piedra, se ve en sus pequeñas comunidades la solidaridad practicada en
su más alto grado para todos sus miembros.
He ahí
por qué esa práctica de la solidaridad no cesa nunca, ni aun en las épocas
peores de la historia; aun cuando las circunstancias temporales de dominación,
de servidumbre, de explotación, hacen desconocer este principio, permanece
siempre en el pensamiento de la mayoría de tal modo, que conduce a odiar las
malas instituciones, a la revolución. Así se aprende; sin ella la sociedad
debería perecer.
Para la
inmensa mayoría de los animales y de los hombres, ese sentimiento se halla, y
debe hallarse, convertido en hábito adquirido, de principio permanente en el
espíritu, por más que se desconozca con frecuencia en los hechos.
Es toda
la evolución del reino animal la que habla con nosotros; y es larga, muy larga;
cuenta cientos de millones de años.
Aun
cuando quisiéramos desembarazarnos de ella, no podríamos. Sería más fácil al
hombre habituarse a andar en cuatro pies que desembarazarse del sentimiento
moral. Es anterior en la evolución animal a la posición recta del hombre.
El
sentido moral es en nosotros una facultad natural, igual que el sentido del
olfato y del tacto.
En
cuanto a la Ley y a la Religión, que también han predicado este principio,
sabemos que lo han sencillamente escamoteado para con él cubrir su mercancía;
sus prescripciones favorecen al conquistador, al explotador y al clérigo. Sin
el principio de solidaridad, cuya justicia está generalmente reconocida, ¿cómo
habrían tenido ascendiente sobre el espíritu?
Con él
se cubrían uno a otro a semejanza de la autoridad, la cual también consiguió
imponerse, declarándose protectora de los débiles contra los fuertes.
Arrojando
por la borda la Ley, la Religión y la Autoridad, volverá la humanidad a tomar
posesión del principio moral, que se había dejado arrebatar, a fin de someterlo
a la crítica y de purgarlo de las adulteraciones con las que el clérigo, el
juez y el gobernante lo habían emponzoñado y lo emponzoñan todavía.
Pero
negar el tal principio porque la Iglesia y la Ley lo han explotado sería tan
poco razonable como declarar que no se lavará nunca, que comerá cerdo infectado
de triquinas y que no querrá la posesión en común del suelo, porque el Corán
prescribe lavarse todos los días, porque el higienista Moisés prohibía a los
hebreos comer tocino, o porque el Chariat (el suplemento del Corán) quiere que
toda la tierra que permanezca inculta durante tres años vuelva a la comunidad.
Además,
ese principio de tratar a los demás como uno quiere ser tratado, ¿qué es sino
el genuino principio fundamental de la Anarquía? ¿Y cómo puede uno llegar a
creerse anarquista sin ponerlo en práctica?
No
queremos ser gobernados. Pero por eso mismo, ¿no declaramos que no queremos
gobernar a nadie? No queremos ser engañados, queremos que siempre se nos diga
la verdad. Pero con esto, ¿no declaramos que nosotros no queremos engañar a
nadie, que nos comprometemos a decir siempre la verdad, nada más que la verdad?
No queremos que se nos roben los frutos de nuestro trabajo. Pero, por lo mismo,
¿no declaramos respetar los frutos del trabajo ajeno?
¿Con
qué derecho, en efecto, pediríamos que se nos tratase de cierta manera,
reservándonos tratar a los demás de un modo completamente opuesto? Seríamos
acaso como el oso blanco (Se refiere al zar) de los kirghises que puede tratar
a los demás como bien le parece?
Nuestro
sencillo concepto de igualdad se subleva a esta sola idea.
La
igualdad en las relaciones mutuas, y la solidaridad que de ella resulta
necesariamente: he ahí el arma más poderosa del mundo animal en su lucha por la
existencia.
Y la
igualdad es la equidad.
Llamándonos
anarquistas declaramos por adelantado que renunciamos a tratar a los demás como
nosotros no quisiéramos ser tratados por ellos; que no tolerarnos más la
desigualdad, lo cual permitiría a alguno de entre nosotros ejercitar la
violencia o la astucia o la habilidad del modo que nos desagradaría a nosotros
mismos. Pero la igualdad en todo -sinónimo de equidad- es la anarquía misma.
¡Al diablo el oso blanco, que se abroga el derecho de engañar la sencillez de
los otros! No le queremos, y lo suprimimos por necesidad. No es únicamente a
esa trinidad abstracta de Ley, Religión y Autoridad a quien declaramos la
guerra.
En
llegando a ser anarquista, se la declaramos al cúmulo de embustería, de
astucia, de explotación, de depravación, de vicio, en una palabra de
desigualdad, que han vertido en los corazones de todos nosotros. Se la
declaramos a su manera de obrar, a su manera de pensar. El gobernado, el
engañado, el explotado, la prostituta, etc., hieren ante todo nuestros
sentimientos de igualdad. En el nombre de la Igualdad, no queremos ya ni
prostitutas, ni explotados, ni engañados, ni gobernados.
Se nos
dirá acaso, se ha dicho alguna vez: «Pero si pensáis que precisa tratar siempre
a los demás como vos mismo queréis ser tratados, ¿con qué derecho usaríais de
la fuerza en determinadas circunstancias? ¿Con qué derecho dirigir los cañones
contra los bárbaros o civilizados que invaden vuestro país?, ¿Con qué derecho
matar no sólo a un tirano, pero ni a una simple víbora?
¿Con
qué derecho? ¿Qué entendéis por esta palabra barroca arrancada a la Ley?
¿Queréis saber si tendría conciencia de obrar bien haciendo eso? ¿Si los que yo
aprecio encontrarán que he hecho bien? ¿Es eso lo que preguntáis?
En ese
caso, nuestra contestación es sencilla.
Ciertamente
que sí; porque nosotros pedimos que se nos mate, sí, como animales venenosos,
si vamos a hacer una invasión al Tonkín, o a la Zululandia, cuyos habitantes no
nos han hecho nunca mal alguno. Decimos a nuestros hijos: «Mátame, si me paso
al partido de los invasores.»
Ciertamente
que sí; porque pedimos se nos desposea, si un día, mintiendo a nuestros
principios, nos apoderamos de una herencia -sería llovida del cielo- para
emplearla en la explotación de los demás.
Ciertamente
que sí; porque todo hombre de corazón pide que antes se le aniquile que llegar
a ser víbora; que se le hunda un puñal en el corazón, si alguna vez ocupara el
lugar de un tirano destronado.
Sobre
cien hombres que tengan mujer e hijos habrá noventa que, sintiendo la
proximidad de la locura (la pérdida del registro cerebral en sus acciones),
intentarán suicidarse por miedo de hacer mal a los que aman. Cada vez que un
hombre de corazón comprende que se hace peligroso a los que son objeto de su
cariño, prefiere morir antes que llegar a tal extremo.
Cierto
día, en Irkurtsk, un doctor polaco y un fotógrafo son mordidos por un perrito
rabioso. El fotógrafo se quema la herida con hierro candente, el médico se ciñe
a cauterizarla. Es joven, hermoso, rebosando salud; acababa de salir de la
mazmorra a la cual el Gobierno le había condenado por su adhesión a la causa
del pueblo. Fuerte con su saber y, sobre todo, con su inteligencia, hacía curas
maravillosas; los enfermos le adoraban. Seis semanas más tarde se apercibe de
que el brazo mordido comienza a inflamarse. Aun siendo doctor, no puede
evitarlo: era la rabia, que se manifestaba. Corre a casa de un amigo, doctor
desterrado como él. «¡Pronto, venga la estricnina, te lo ruego! ¿Ves este
brazo? ¿Sabes lo que es? Dentro de una hora, o menos, seré presa de la rabia;
intentaré morderte a ti y a los amigos; no pierdas tiempo; venga la estricnina;
es preciso morir.» Se sentía víbora y quería que se le matara.
El
amigo vaciló, quiso ensayar un tratamiento antirrábico. Con una mujer animosa,
ambos se pusieron a cuidarle.... y dos horas después, el doctor,
espumarajeando, se arrojaba sobre ellos pretendiendo morderles. Después volvía
en sí, reclamaba la estricnina, y rabiaba de nuevo. Murió, por fin, en medio de
horrorosas convulsiones.
¡Qué de
hechos no podríamos citar basados en nuestra propia experiencia! El hombre
valeroso prefiere morir a llegar a ser la causa del mal de otros. Y esto es
porque tendrá conciencia del bien obrar y la aprobación de los que estimo le
seguirá si mata la víbora o el tirano.
Perovskaya
y sus amigos han matado al Zar ruso. Y la humanidad entera, a pesar de su
repugnancia por la sangre vertida, a pesar de sus simpatías por quien había
permitido liberar a los siervos, les ha reconocido este derecho.
-¿Por
qué? No es que ella haya reconocido el acto útil, las tres cuartas partes dudan
aún, sino porque ha comprendido que por todo el oro del mundo Perovskaya y sus
amigos no habrían consentido en llegar a ser tiranos a su vez. Aun los mismos
que ignoran los detalles del drama están seguros, sin embargo, de que no ha
sido una bravata de gente joven, un crimen palaciego, ni la ambición del poder;
era el odio a la tiranía hasta el desprecio de sí mismo, hasta la muerte.
«Aquellos
-se han dicho- habían conquistado el derecho a matar» Como se ha dicho de Luisa
Michel: «Tenía el derecho de pillar», o, todavía: «Ellos tienen el derecho de
robar», hablando de esos terroristas que vivían de pan seco y que robaban un
millón o dos al tesoro de Kichineff, tomando con riesgo de sus propias vidas
todas las precauciones posibles para evitar la responsabilidad de la guardia
que custodiaba la caja con bayoneta calada.
Este
derecho de usar de la fuerza la humanidad no lo rehúsa jamás a los que lo han
conquistado; aunque ese derecho sea ejercitado sobre las barricadas o a la
vuelta de una esquina. Pero para que tal acto produzca profunda impresión en
los espíritus es menester conquistar ese derecho. De no ser así el acto -útil o
no- se consideraría un simple hecho brutal, sin importancia para el progreso de
las ideas. No se vería en él más que una suplantación de fuerza, una sencilla
sustitución de un explotador por otro.
VII
Hasta
ahora, hemos hablado de acciones conscientes, reflexivas del hombre (de las que
hacemos dándonos cabal cuenta). Pero al lado de la vida consciente, encontramos
la vida inconsciente, infinitamente más vasta, y demasiado ignorada en otro
tiempo. Sin embargo, basta observar la manera como nos vestimos por la mañana,
esforzándonos por abrochar un botón que sabemos haber perdido la víspera, o
llevando la mano para coger un objeto que nosotros mismos hemos cambiado de
lugar, para tener idea de esa vida inconsciente y concebir el importante papel
que desempeña en nuestra existencia.
Las
tres cuartas partes de nuestras relaciones con los demás son actos de esa vida
inconsciente. Nuestra manera de hablar, de sonreír o de fruncir las cejas, de
engolfarnos en la discusión o de permanecer silenciosos; todo eso lo hacemos
sin darnos cuenta de ello, por simple hábito, ya heredado de nuestros
antepasados humanos o prehumanos (no hay más que ver la semejanza en la
expresión del hombre y del animal cuando uno y otro se incomodan) o bien
adquirido consciente o inconscientemente.
Nuestro
modo de obrar para con los demás pasa así al estado de hábito. El hombre que
haya adquirido el máximum de costumbres morales será ciertamente superior a ese
buen cristiano que pretende siempre ser empujado por el diablo a hacer el mal,
y que no puede impedirlo mas que evocando las penas del infierno o los goces
del paraíso.
Tratar
a los demás como él mismo quisiera ser tratado pasa, en el hombre, y en los
animales sociales, al estado de simple costumbre; si bien, generalmente, el
hombre no se pregunta cómo debe obrar en tal circunstancia. Obra mal o bien sin
reflexionar. Sólo en circunstancias excepcionales, en presencia de un caso
complejo, o bajo el impulso de una pasión ardiente, vacila; entonces las
diversas partes de su cerebro (órgano muy complejo, cuyas partes distintas
funcionen con cierta independencia), entra en lucha.
Entonces
sustituye con la imaginación a la persona que está enfrente de él, pregunta si
le agradaría ser tratado de la misma manera; y su decisión será tanto más moral
cuanto mejor identificado esté con la persona a la cual estaba a punto de herir
en su dignidad o en sus intereses. O bien un amigo intervendrá y le dirá:
«Imagínate tú en su lugar. ¿Es que tú habrías sufrido ser tratado por él como
tú le acabas de tratar?» Y eso basta.
La
apelación al principio de igualdad no se hace más que en un momento de
vacilación, mientras que en noventa y nueve casos sobre ciento obramos
moralmente por costumbre.
Se
habrá notado ciertamente que en todo lo que hemos dicho hasta ahora no hemos
tratado de imponer nada. Hemos expuesto sencillamente cómo las cosas pasan en
el mundo animal y entre los hombres.
La
Iglesia amenazaba en otro tiempo a los hombres con el infierno para
moralizarles, y sabemos cómo lo ha conseguido: desmoralizándolos; el juez,
amenazando con la argolla, con el látigo, con la horca, siempre en nombre de
esos mismos principios de sociabilidad que a la sociedad ha escamoteado, la
desmoraliza. Y los autoritarios de toda clase claman también contra el peligro
social a la sola idea de que el juez pueda desaparecer de la tierra al mismo
tiempo que el cura.
Ahora
bien, nosotros no tememos renunciar al juez ni a la condenación. Renunciamos,
como Guyau, a toda sanción, a toda obligación moral. No tememos decir: «Haz lo
que quieras y como quieras»; porque estamos persuadidos de que la inmensa
mayoría de los hombres, a medida que sean más ilustrados y se desembaracen de
las trabas actuales, hará y obrará siempre en una dirección determinada, útil a
la sociedad, como estamos persuadidos de que el niño andará un día sobre sus
pies, y no a cuatro patas, sencillamente porque ha nacido de padres que
pertenecen a la especie humana.
Todo lo
más que podemos hacer es dar un consejo, y aun dándolo añadimos: «Ese consejo
no tendrá valor más que si tú mismo conoces, por la experiencia y la
observación, que es bueno de seguir.»
Cuando
vemos a un joven doblar la espalda y oprimir así el pecho y los pulmones, le
aconsejamos que enderece, que mantenga la cabeza levantada y el pecho abierto,
que aspire el aire a plenos pulmones ensanchándolos, porque en esto encontrará
la mejor garantía contra la tisis. Pero al mismo tiempo le enseñamos la
fisiología, a fin de que conozca las funciones de los pulmones y escoja por sí
mismo la postura que más le conviene.
Es
cuanto podemos hacer como hecho moral. No tenemos más que el derecho de dar un
consejo, al cual añadiremos: «Síguelo, si te parece bueno.»
Pero
dejando a cada uno obrar como mejor le parezca. Negando a la sociedad el
derecho de castigar, fuere lo que fuere y de la manera que sea, por cualquier
acto antisocial que haya cometido, no renunciamos a nuestra facultad de amar lo
que nos parezca malo. Amar y odiar, pues sólo los que saben odiar saben amar.
Podemos reservarnos eso, y puesto que ello sólo basta a toda sociedad animal
para mantener y desenvolver los sentimientos morales, bastará tanto mejor a la
especie humana.
Sólo
pedimos una cosa; eliminar todo lo que en la sociedad actual impide el libre
desenvolvimiento de estos dos sentimientos, todo lo que falsea nuestro juicio:
el Estado, la Iglesia, la Explotación, el juez, el clérigo, el Gobierno, el
explotador.
Hoy, al
ver un Jack el destripador degollar de corrido diez mujeres de las más pobres,
de las más miserables -y moralmente superiores a las tres cuartas partes de los
ricos burgueses-, nuestra primera impresión es la del odio. Si le encontramos
el día en que ha degollado a esa mujer que quería hacerse pagar por él los
treinta céntimos de su tugurio, le habríamos alojado una bala en el cráneo, sin
reflexionar que la bala hubiera estado mejor colocada en el cráneo del
propietario.
Pero
cuando nos acordamos de todas las infamias que han conducido a cometer todos
esos asesinatos, cuando pensamos en las tinieblas en las cuales rueda
perseguido por las imágenes de libros inmundos, o por pensamientos enardecidos
por libros estúpidos, nuestro sentimiento se aminora; y el día en que
supiéramos que Jack estaba en poder de un juez que tranquilamente ha cortado
diez veces más vidas de hombres, de mujeres y de niños que todos los Jack;
cuando nosotros contáramos en las manos de esos fríos maníacos, o de esas
gentes que envían a un Borrás a la prisión para demostrar a los burgueses que
ellos son su salvaguardia, entonces todo nuestro odio contra Jack el
destripador desaparecerá, se dirigirá a otra parte, transformaríase en odio
contra la sociedad cobarde e hipócrita, contra sus representantes oficiales.
Todas las infamias de un destripador desaparecen ante las cometidas en nombre
de la Ley. A ella odiamos.
Hoy
nuestro sentimiento se reduce continuamente. Comprendemos que todos somos, más
o menos voluntariamente, los autores de esta sociedad. No nos atrevemos ya a
odiar. ¿Osamos acaso amar? En una sociedad basada en la explotación y la
servidumbre, la naturaleza humana se degrada.
Pero a
medida que la servidumbre vaya desapareciendo volveremos a posesionarnos de
nuestros derechos; sentiremos la necesidad de odiar y de amar aún en casos tan
complicados como el que acabamos de citar.
En
cuanto a nuestra vida ordinaria, demos ya libre curso a nuestras simpatías o
antipatías; lo hacemos a cada momento.
Todos
apreciamos la energía moral y despreciamos la debilidad, la cobardía. A cada
instante nuestras palabras, nuestras miradas y nuestras sonrisas expresan
nuestro gozo a la vista de actos útiles a la humanidad que consideramos buenos;
a cada instante manifestamos por nuestras miradas y nuestras palabras la
repugnancia que nos inspiran la cobardía, la mentira, la intriga, la falta de
valor moral. Traicionamos nuestro disgusto cuando bajo la influencia de una
educación de savoir vivre, es decir, de hipocresía, procuramos aún disimular
ese disgusto bajo apariencias falaces, que desaparecerán a medida que las
relaciones de igualdad se establezcan entre nosotros.
Pues
bien; esto sólo basta ya para mantener a cierto nivel la concepción del bien y
del mal, eso bastará tanto más cuanto no habrá entonces ni juez ni cura en la
sociedad; tanto mejor cuanto que los principios morales perderán todo carácter
de obligación, siendo considerados como simples relaciones entre iguales.
Y, sin
embargo, a medida que esas simples relaciones se establecen, una nueva
concepción moral aún más elevada surge en la sociedad, cuya es la que vamos a
analizar.
VIII
Hasta
ahora, en todo nuestro anterior análisis no hemos hecho sino exponer simples
principios de igualdad. Nos hemos sublevado y hemos invitado a los demás a
sublevarse contra los que se abrogan el derecho de tratar a otro como ellos no
quisieran de ninguna manera ser tratados; contra los que no querrían ni ser
engañados, ni explotados, ni embrutecidos, ni prostituídos, sino que lo hacen
por culpa de los demás. La mentira, la brutalidad, etc., son repugnantes no
porque sean desaprobados por los códigos de moralidad -descontemos esos
códigos-, son repugnantes, porque la mentira, la brutalidad, etc., sublevan los
sentimientos de igualdad de aquel para quien la igualdad no es una vana
palabra: sublevan, sobre todo, a quien es realmente anarquista en su manera de
pensar y obrar.
Este
solo principio tan sencillo, tan natural y tan evidente -si fuera generalmente
aplicado en la vida-constituiría ya una moral muy elevada, comprendiendo todo
cuanto los moralistas han pretendido enseñar.
El
principio igualitario resume las enseñanzas de los moralistas. Contiene también
algo más, y ese algo es el respeto del individuo. Proclamando nuestra moral
igualitaria y anarquista, rehusamos la abrogación del derecho que los
moralistas han pretendido ejercer: el de mutilar a un individuo en nombre de
cierto ideal que creían bueno. Nosotros no reconocemos ese derecho a nadie, no
lo queremos para nosotros.
Reconocemos
la libertad completa del individuo; queremos la plenitud de su existencia, el
desarrollo de sus facultades. No queremos imponerle nada, volviendo así al
principio que Fourier oponía a la moral de las religiones, al decir: «Dejad a
los hombres absolutamente libres, no les mutiléis; bastante lo han hecho las
religiones. No temas siquiera sus pasiones; en una sociedad libre no ofrecerán
ningún peligro.»
En
atención a que vosotros mismos no abdicáis de vuestra libertad, en atención a
que no os dejáis esclavizar por los demás, y en atención a que a las pasiones
violentas de tal individuo opondréis vuestras pasiones sociales, igualmente
vigorosas, no tenéis que temer nada en la libertad.
Renunciamos
a mutilar al individuo en nombre de ideal alguno; todo cuanto nos reservamos es
el derecho de expresar francamente nuestras simpatías y antipatías para lo que
encontramos bueno o malo. Tal engaña a sus amigos. ¿Es su voluntad, su
carácter? -¡Sea! Ahora bien, es propio de nuestro carácter, de nuestra
voluntad, menospreciar al embustero.
Y una
vez que tal es nuestro carácter, seamos francos. No nos precipitemos hacia él
para oprimirle contra nuestro pecho, y tomar afectuosamente la mano, como se
hace hoy. A su pasión activa oponemos la nuestra, también activa y enérgica.
Es
cuanto tenemos el derecho y el deber de hacer para mantener en la sociedad el
principio igualitario; más aún, el principio de igualdad puesto en práctica.
Todo
esto, bien entendido, no se hará enteramente sino cuando las grandes causas de
depravación, capitalismo, religión, justicia, Gobierno, hayan dejado de
existir; pero puede hacerse ya en gran parte hoy. Se hace.
Sin
embargo, sí las sociedades no conocieran más que ese principio de igualdad, si
cada uno, ateniéndose al concepto de equidad mercantilista, se guardara en todo
momento de dar a los otros algo más de lo que ellos reciben, sería la muerte
inevitable de la sociedad.
Hasta
la noción de igualdad desaparecería de nuestras relaciones, puesto que para
mantenerla es preciso que algo más grande, más bello, más vigoroso que la
simple equidad, se produzca sin cesar en la vida.
Y esto
se produce.
Hasta
ahora no le han faltado nunca a la humanidad grandes razones que, desbordando
de ternura, de ingenio o de voluntad, empleaban su sentimiento, su inteligencia
o su actividad en servicio del género humano, sin exigirle nada a cambio.
Esa
fecundidad del genio, de la sensibilidad o de la voluntad toma todas las formas
posibles. Ya es el investigador enamorado de la verdad, que, renunciando a
todos los demás placeres de la vida, se entrega con pasión a la investigación
de lo que él cree ser verdadero y justo, en contra de las afirmaciones de los
ignorantes que le rodean; ya es el inventor que vive de la gloria póstuma,
olvida hasta el alimento y apenas toca el pan que una mujer, toda abnegación,
le hace comer como a un niño, mientras persigue su invención, destinada, según
él, a cambiar la faz del mundo; ya es el revolucionario ardiente, para quien
todos los goces del arte, de la ciencia, de la misma familia, parecen áridos en
tanto no estén compartidos por todos, trabajando en regenerar el mundo a pesar
de la miseria y de las persecuciones; ya es el mozalbete que al oír relatar las
atrocidades de los invasores, creyendo a ciegas en las leyendas del patriotismo
que le han contado, va a inscribirse en un cuerpo franco, anda por la nieve, sufre
el hambre, y concluye por caer bajo las balas.
Es el
granujilla de París, que, mejor inspirado y dotado de inteligencia más fecunda,
escogiendo mejor sus aversiones y sus simpatías, corre a las murallas con su
hermanito, resiste la lluvia de los obuses y muere murmurando: ¡Viva la
Communa!; es el hombre que se subleva a la vista de una iniquidad sin preguntar
qué resultará de ello, y, cuando todos doblan el espinazo, desenmascara la
iniquidad, hiere al explotador, al tiranuelo de la fábrica o al gran tirano de
un imperio; son, en fin, todos esos sacrificios sin número menos llamativos, y
por eso desconocidos casi siempre, que se pueden ver constantemente, sobre todo
en la mujer, a quien se quiere encargar el trabajo de abrir los ojos y notar lo
que constituye el fondo de la humanidad, lo cual le permite también instruirse
bien o mal a pesar de la explotación y la opresión que sufre.
Aquellos
fraguan, unos en la oscuridad, otros en campo más amplio, los verdaderos
progresos de la humanidad. Y la humanidad lo sabe. Por lo mismo, rodea sus
vidas de respeto, de leyendas. Hasta los embellece y los hace héroes de sus
cuentos, de sus canciones, de sus novelas. Ama en ellos el valor, la bondad, el
amor y la abnegación que falta a la mayoría. Transmite sus recuerdos a sus
hijos, se acuerda hasta de los que no han trabajado más que en el estrecho
círculo de la familia y de los amigos, venerando su memoria en las tradiciones
familiares.
Aquellos
constituyen la verdadera felicidad -la única, por otra parte, digna de tal
nombre-, no siendo el resto sino sencillas relaciones de igualdad. Sin esos
ánimos y esas abnegaciones, la humanidad estaría embrutecida en la ciénaga de
mezquinos cálculos. Aquellos, en fin preparan la moralidad del porvenir, la que
vendrá cuando, cesando de contar, nuestros hijos crezcan con la idea de que el
mejor uso de toda cosa, de toda energía, de todo valor, de todo amor, está
donde la necesidad de esta fuerza se siente con mayor viveza.
Esos
ánimos, esas abnegaciones, han existido en todo tiempo, se las encuentra en los
animales, se las encuentra en el hombre hasta en las épocas de mayor
embrutecimiento: y en todo tiempo las religiones han procurado apropiárselas,
acuñarlas en su propia ventaja, y si las religiones viven todavía es porque,
aparte la ignorancia, en todo tiempo han apelado precisamente a esas
abnegaciones, a esos rasgos de valor. A ellos apelan también los
revolucionarios, sobre todo los revolucionarios socialistas. y otros, han caído
a su vez en los errores que ya hemos señalado en cuanto a explicarlos, los
moralistas religiosos, utilitarios
Pertenece
a, ese joven filósofo, Guyau -a ese pensador anarquista sin saberlo- haber
iniciado el verdadero origen de tal valor y de tal abnegación, independiente de
toda fuerza mística, independientes de todos esos cálculos mercantiles,
bizarramente imaginados por los utilitarios de la escuela inglesa.
Allá,
donde las filosofías kantianas, positivista y evolucionista se han estrellado,
la filosofía anarquista ha encontrado el verdadero camino.
Su
origen, ha dicho Guyau, es el sentimiento de su propia fuerza, es la vida que
se desborda, que busca esparcirse. «Sentir interiormente lo que uno es capaz de
hacer es tener conciencia de lo que se ha dicho el deber de hacer.»
El
impulso moral del deber que todo hombre ha sentido en su vida -y que se ha
intentado explicar por todos los misticismos-, el deber no es otra cosa que una
superabundancia de vida, que pide ejercitarse, darse es al mismo tiempo la
conciencia de un poder.
Toda
energía acumulada ejerce presión sobre los obstáculos colocados ante ella.
Poder obrar es deber obrar. Y toda esa obligación moral, de la cual se ha
hablado y escrito tanto, despojada de toda suerte de misticismos, se reduce a
esta verdadera concepción: La vida no puede mantenerse sino a condición de
esparcirse.
«La
planta no puede impedir su florecimiento. Algunas veces, florecer para ella es
morir. ¡No importa, la savia sube siempre!»; concluye el joven filósofo
anarquista.
Lo
mismo le sucede al ser humano cuando está pletórico de fuerza y de energía. La
fuerza se acumula en él; esparce su vida-, da sin contar, sin lo cual no
viviría; y si debe perecer, como la flor, deshojándose, no importa; la savia
sube, si la hay.
Sé
fuerte: desborda de energía pasional e intelectual, y verterás sobre los otros
tu inteligencia, tu amor, tu actividad.
He ahí
a qué se reduce toda la enseñanza moral, despojada de las hipocresías del
ascetismo oriental.
IX
Lo que
la humanidad mira en el hombre verdaderamente moral es su energía, es la
exuberancia de la vida que le empuja a dar su inteligencia, sus sentimientos,
sus actos, sin demandar nada en cambio.
El
hombre fuerte de pensamiento, el hombre exuberante de vida intelectual, procura
naturalmente esparcirla. Pensar sin comunicar su pensamiento a los demás
carecería de atractivo. Sólo el hombre pobre en ideas, después de haber
concebido una con trabajo, la oculta cuidadosamente para ponerle más tarde la
estampilla de su nombre. El hombre de poderosa inteligencia, fecundo en ideas,
las siembra a manos llenas; sufre si no puede compartirlas, lanzarlas a los
cuatro vientos; en ello está su vida.
Lo
mismo sucede con el sentimiento -«no nos bastamos a nosotros mismos, tenemos
más lágrimas que las necesarias para nuestros propios dolores, más alegrías en
reserva que las justificadas para nuestra propia existencia»- ha dicho Guyau,
resumiendo así toda la cuestión moral en líneas tan concisas, tomadas de la
naturaleza. El ser solitario sufre, es presa de cierta inquietud, porque no
puede compartir sus ideas, sus sentimientos, con los demás. Cuando sentimos un
gran placer querríamos hacer saber a los demás que existimos, que sentimos, que
amamos, que vivimos, que luchamos, que combatimos.
Al
mismo tiempo sentimos la necesidad de ejercitar nuestra voluntad, nuestra
fuerza activa. Obrar, trabajar, llega a ser una necesidad para la inmensa
mayoría de los hombres, tanto, que, si condiciones absurdas alejan al hombre, o
a la mujer del trabajo útil, inventan trabajos, obligaciones fútiles e
insensatas para abrir un nuevo camino a su actividad. Inventan cualquier cosa
-una teoría, una religión, un deber social- para persuadirse de que ellos hacen
algo útil. Si bailan es por caridad, si se arruinan con sus tocados es para
mantener la aristocracia a su debida altura, si no hacen absolutamente nada, es
por principio.
«Hay
necesidad de ayudar a otro, empujar al pesado vehículo que arrastra
trabajosamente la humanidad, cuando no se murmura en su derredor», dice Guyau.
Semejante necesidad de ayuda es tan grande, que se encuentra en todos los
animales, por inferiores que sean; y la inmensa actividad que cada día se gasta
con tan poco provecho en política, ¿qué es sino la necesidad de empujar al
carromato o murmurar en torno suyo?
Ciertamente,
la fecundidad de la voluntad, la sed de acción, cuando no va acompañada más que
de una sensibilidad pobre y de una inteligencia incapaz de crear, dará un
Napoleón I o un Bismarck, locos que querían hacer marchar el mundo al revés.
Por otra parte, la fecundidad del espíritu, despojada, sin embargo, de
sensibilidad, dará frutos secos, los sabios, que no hacen sino detener el
progreso de la ciencia, y, en fin, la sensibilidad, no guiada por una
inteligencia bastante cultivada, producirá mujeres prontas a sacrificarlo todo
por una pasión cualquiera, a la cual se entregan por completo.
Para
ser realmente fecunda, la vida debe estar a la vez en la inteligencia, en el
sentimiento y en la voluntad. Esa fecundidad en todas sus modalidades es la
vida; la única cosa que merece tal nombre; por un momento de esta vida, quienes
la han entrevisto dan años de existencia vegetativa. Sin esa vida desbordante,
uno parece viejo antes de la edad, impotente, planta que se seca sin haber
florecido nunca.
«Dejemos
a los corrompidos del siglo esta vida, que no es tal», exclama la juventud, la
verdadera juventud llena de savia, que anhela vivir y sembrar la vida en torno
suyo. Y cuando la sociedad se envicia, un empuje venido de dicha juventud rompe
los viejos moldes económicos, políticos, morales, para hacer germinar nueva
vida. No importa que alguno caiga en la lucha, la savia sube siempre. Para él,
vivir es florecer; cualesquiera que sean las consecuencias, no las rehuye.
Pero
sin hablar de épocas heroicas en la humanidad, sino tomándolo de la vida
ordinaria, ¿es vida vivir en desacuerdo con su ideal?
En la
actualidad oyese decir con frecuencia que se burlan del ideal. Se comprende.
¡Se ha confundido tan a menudo el ideal con la mutilación budista o cristiana;
se ha empleado tan a menudo esta palabra para engañar a los sencillos, que la
reacción es necesaria y saludable!
También
a nosotros nos gustaría reemplazar la palabra ideal, cubierta de tanta
porquería, por una nueva palabra más conforme con las ideas modernas.
No
obstante, cualquiera que sea la palabra, el hecho existe; todo ser humano tiene
su ideal.
Bismarck
tenía el suyo, tan fantástico como se quiera: el gobierno por el hierro y el
fuego. Todo burgués tiene el suyo, aunque sea éste la posesión de la bañera de
plata de Gambetta, el cocinero Trompette y muchos esclavos para pagar a
Trompette y comprar la bañera sin rascarse la oreja demasiado.
Pero al
lado de esos está el hombre que ha concebido un ideal superior. La vida del
bruto no puede satisfacerle; el servilismo, la mentira, la falta de buena fe,
la intriga, la desigualdad en las relaciones humanas le sublevan. ¿Cómo puede
convertirse en servil, mentiroso, intrigante, dominador a su vez? Entrevé cuán
hermosa sería la vida si existiera más franqueza en nuestras relaciones; siente
la fuerza que le impulsa a establecer esas relaciones con los que encuentra en
su camino; concibe lo que se llama el ideal.
¿De
dónde viene ese ideal? ¿Se forma por la herencia, de una parte, y las
impresiones de la vida, de otra? Apenas lo sabemos; todo lo más, podríamos
hacer de nuestra propia vida una historia más o menos verdadera. Pero vedle
vario, progresivo, abierto a las influencias externas; más siempre vivo. Es una
sensación, inconsciente en parte, que nos da la mayor suma de vitalidad, el
goce de existir.
Pues
bien; la vida es vigorosa, fecunda, rica en sensaciones, respondiendo a la
concepción del ideal.
Obrad
contra esa concepción, y sentiréis aminorarse vuestra vitalidad; no es ya
única: pierde su vigor. Faltad con frecuencia a vuestro ideal y concluiréis por
paralizar vuestra actividad; pronto no volveréis ya a encontrar ese vigor, esa
espontaneidad en la decisión que teníais en otro tiempo.
Nada de
misterioso hay en ello, una vez que miráis al hombre como un compuesto de
centros nerviosos y cerebrales obrando con independencia. Fluctuad entre los
diversos sentimientos que luchan en vosotros y llegaréis a romper enseguida la
armonía del organismo; seréis un enfermo sin voluntad; la intensidad de la vida
descenderá, y haréis bien en no comprometemos; no seréis ya el ser completo,
fuerte, vigoroso que erais cuando vuestros actos se encontraban acordes con las
concepciones ideales de vuestro cerebro.
X
Y ahora
digamos, antes de concluir, algo de esos dos términos procedentes de la escuela
inglesa, altruismo y egoísmo, con los que nos atruenan continuamente los oídos.
Hasta
el presente no habíamos hablado de ellos en este sentido; es que no veíamos aún
la distinción que los moralistas ingleses han intentado introducir.
Cuando
decimos: «tratamos a los demás como nosotros quisiéramos ser tratados», ¿es el
altruismo o el egoísmo lo que recomendamos? Cuando, remontándonos más alto,
decimos: «La felicidad de cada uno está íntimamente ligada a la felicidad de
todo los que le rodean: se puede tener algunos años de dicha relativa en una
sociedad basada en la desgracia de los demás, pues esa dicha está edificada
sobre arena: no puede durar; la cosa más insignificante basta para destruirla,
y es infinitamente pequeña en comparación de la posible dicha de una sociedad
igualitaria: además, siempre que tú veas el bien general, obrarás bien»; cuando
decimos esto, ¿es el altruismo o el egoísmo lo que predicamos?. Hacemos constar
sencillamente un hecho.
Y
cuando añadimos, parafraseando una palabra de Guyau: «Sé fuerte, sé grande en
todos tus actos, desarrolla tu vida en todas sus modalidades, sé tan rico como
te sea posible en energía, siendo para ello el ser más social y más sociable si
quieres gozar de una vida llena, entera y fecunda. Guiado siempre por una
inteligencia ampliamente despejada lucha, arriésgate -el riesgo tiene también
sus goces-, arroja tus fuerzas, sin contarlas, mientras las tengas, en todo lo
que creas ser hermoso y grande, y entonces habrás gozado la mayor suma posible
de felicidad. Únete con las masas; y, sucédate lo que quiera en la vida,
sentirás latir contigo precisamente los corazones que amas, y latir contra ti
los que menosprecies». Cuando decimos eso, ¿es el altruismo o el egoísmo lo que
enseñamos?
Luchar,
afrontar el peligro, arrojarse al agua para salvar, no ya a un hombre, sino a
un simple gato; alimentarse con pan seco para poner fin a las inquietudes que
os sublevan, acordarse de los que merecen ser amados, ser amado por ellos, para
un filósofo enfermo eso es quizá un sacrificio: pero para el hombre y la mujer
pletóricos de energía, de fuerza. de vigor, de juventud, es el placer de vivir.
¿Es egoísmo? ¿Es altruismo?
En
general, los moralistas que han levantado sus sistemas basados en la pretendida
oposición del sentimiento egoísta y el altruista, han equivocado el camino. Si
esa oposición existiera en realidad, si el bien del individuo fuera
verdaderamente opuesto al de la sociedad, la especie humana no existiría;
ningún animal habría podido alcanzar su actual desarrollo. No encontrando las
hormigas un intenso placer en trabajar juntas por el bienestar de la colonia,
ésta no existiría, y la hormiga no sería lo que es hoy, el ser más desarrollado
entre los insectos: un insecto cuyo cerebro. apenas perceptible con el auxilio
de una lente, es casi tan poderoso como el cerebro medio del hombre. No
encontrando un intenso placer en sus emigraciones, en los cuidados que se toman
para cuidar su prole, en la acción común para la defensa de sus sociedades
contra las aves de rapiña, el pájaro no habría podido alcanzar el desarrollo a
que ha llegado: el tipo pájaro habría retrogradado, en lugar de progresar.
Y
cuando Spencer prevé un tiempo en que el bien del individuo se confundirá con
el de la especie, olvida una cosa: que si los dos no hubieran sido siempre
idénticos, no hubiera podido cumplirse la evolución misma del reino animal.
Lo que
ha habido en todo tiempo es que se ha encontrado, así en el mundo animal como
en la especie humana, un gran número de individuos que no comprendían que el
bien del individuo y el de la especie son en el fondo idénticos. No comprendían
que siendo el fin del individuo vivir intensamente, encuentra en gran manera
esta condición de la existencia en la mayor sociabilidad, en la más perfecta
identificación de sí propio con todos los que le rodean.
Pero
esto no era carencia de inteligencia, falta de comprensión. En todo tiempo ha
habido hombres ruines, en todo tiempo ha habido ; pero en ninguna época de la
historia, ni aun en las geológicas, el bien del individuo ha sido opuesto al de
la sociedad. En todo lugar han sido idénticos, y los que mejor lo han
comprendido han gozado siempre de la vida más completa.
La
distinción entre el egoísmo y el altruismo es, pues, absurda a nuestros ojos.
Por eso no hemos dicho nada más de los compromisos que el hombre, a creer a los
utilitarios, tendría constantemente entre sus sentimientos egoístas y sus
sentimientos altruistas. Tales compromisos no existen para el hombre
convencido.
Lo que
hay, realmente, es que desde el momento en que pretendemos vivir conforme a
nuestros principios de igualdad, los vemos chocar a cada paso. Por modestas que
sean nuestra comida y nuestro lecho, somos aún Rotchschild en comparación del
que duerme bajo los puentes, y que a menudo se halla falto de pan seco; por
poco que nos entreguemos a los goces intelectuales y artísticos, somos todavía
Rotschild en comparación de los millones que toman a la tarde embrutecidos por
el trabajo manual, monótono y pesado, los cuales no pueden gozar del arte y de
la ciencia, y morirán sin haber conocido nunca tan nobles satisfacciones.
Conocemos
que no hemos apurado el principio igualitario; pero no queremos transigir con
tales exigencias. Nos sublevan contra ellas: nos aplastan; nos vuelven
revolucionarios; no nos acomodamos a lo que nos subleva; repudiamos toda
transacción con el armisticio, y prometemos luchar a todo trance contra estas
condiciones sociales. No es posible transigir, y el hombre convencido no quiere
que se le permita dormir tranquilo, esperando que esta sociedad cambie por sí
sola. Henos al fin de nuestro estudio.
Hay
épocas, hemos dicho, en que la concepción moral cambia por completo. Se observa
que lo que se había considerado como moral es la más profunda inmoralidad.
Aquí, una costumbre, una tradición venerando, pero inmoral en el fondo; allá,
no se encuentra más que el provecho de una sola clase. Se les arroja por la
borda y se grita: «Abajo la moral». Constituye un deber practicar estos actos
inmorales. Saludemos estos tiempos, son tiempos de crítica, el siglo más seguro
en que se hace un gran trabajo intelectual en la sociedad: la elaboración de
una moral superior.
Lo que
esa moral será hemos tratado de formularlo, basándonos en el estudio del hombre
y en el de los animales, y hemos visto la que se dibuja en las ideas de las
masas y de los pensadores.
Semejante
moral no ordenará nada; rehusará en absoluto modelar al individuo con arreglo a
ninguna idea abstracta, como rehúsa mutilarlo por la religión, la ley y el
gobierno. Dejará la libertad plena y entera al individuo; llegará a ser una
simple demostración de hechos, una ciencia.
Y esta
ciencia dirá a los hombres: si no te sientes con ánimo, si tus fuerzas se
limitan a ser las necesarias para conservar una vida grisácea, monótona, sin
fuertes emociones, sin grandes goces y también sin grandes sufrimientos, no te
separes de los sencillos principios de la equidad igualitaria. En las
relaciones igualitarias encontrarás lo que necesitas, la mayor suma de
felicidad posible dadas tus escasas fuerzas; pero si sientes en ti el vigor de
la juventud, si quieres vivir, si quieres gozar la vida entera, plena,
desbordante -es decir, conocer el mayor goce que un ser viviente puede desear-,
sé fuerte, sé grande, sé enérgico en todo lo que hagas.
Siembra
la vida en tu alrededor, advierte que engañar, mentir, ser astuto, es
envilecerse, empequeñecerte, reconocerte débil, desde luego; ser como la
esclava del harén, que se cree inferior a su señor. Hazlo si te place; pero
entonces ten presente que la humanidad te considerará pequeño, mezquino, débil,
y te tratará en consecuencia. No viendo tu energía, te considerará como a un
ser que merece lástima, sólo lástima. No te quejes de los humanos si tú mismo
paralizas así tu actividad.
Sé
fuerte, por el contrario, y cuando veas una iniquidad y la hayas comprendido
-una iniquidad en la vida, una mentira en la ciencia, un sufrimiento impuesto
por otro- rebélate contra la iniquidad, la mentira y la injusticia. ¡Lucha! La
lucha es la vida, tanto más intensa cuanto más viva sea aquélla. Y entonces
habrás vívido; y por algunas horas de esta vida no darás años de vegetación en
el cieno del pantano.
Lucha
para permitir a todos vivir esta vida rica y exuberante, y ten por seguro que
encontrarás en esta lucha goces tan grandes, como no los encontrarías parecidos
en ningún otro orden de actividad.
Tal es
cuanto puede decirte la ciencia de la moral: a ti te toca escoger.
Pedro
Kropotkin
Cartas
a Vladimir Illich Lenin
(4 de
marzo de 1920)
Escrito:
4 de marzo de 1920
Primera
edición: En ruso, en Zvezda n. 6, 1930.
Edición
electrónica: Marxists Internet Archive, 1999.
Digitalización
y HTML: Juan R. Fajardo
Dmitrov,
4 de marzo de 1920
Estimado
Vladimir Illich Lenin:*
Bastantes
empleados del Departamento Postal y Telegráfico han venido a mí con la petición
de que pongaa su atención la información sobre su desesperada situación. Puesto
que este problema no sólo concierne al Comisarlado de Correos y Telégrafos
únicamente, sino también a la condición general de la vida cotidiana en Rusia,
me he apresurado a transmitir su demanda.
Usted
sabe, por supuesto, que vivir en el Distrito de Dmltrov con el salarlo que
estos empleados reciben es absolutamente imposible. Es imposible siquiera
comprar un kilo de papas con él; sé de ésto por ml experiencia personal. A
cambio, ellos piden jabón y sal de los que no hay nada. Desde que el precio de
la harina subió, es imposible comprar ocho libras de grano y cinco libras de
trigo.
Resumiendo,
sin recibir provisiones, los empleados están condenados a una muy real
hambruna. Entre tanto, paralelamente al alza de precios, las magras provisiones
que los empleados de Correo y Telégrafo han recibido del Centro de
Abastecimiento del Comisarlado de Correo y Telégrafo, mismas que fueron
acordadas en referencia al decreto del 15 de agosto de 1918: ocho libras de
trigo por empleado y cinco libras más por cada miembro de la familia incapaz de
trabajar, no han sido enviadas de dos meses a la fecha. Los centros locales de
abasto no pueden distribuir sus provisiones, y la petición que los
cientoveinticinco empleados del área de Dmitrov han hecho a Moscú, continúa sin
respuesta. Hace un mes, uno de los empleados le escribió a usted personalmente,
pero hasta ahora no ha recibido respuesta.
Considero
un deber el dar testimonio de que la situación de estos empleados es
verdaderamente desesperada. Eso es obvio al ver sus rostros. Muchos se están
preparando para dejar su hogar sin saber a donde ir. Y entre tanto, es justicia
señalar que realizan su trabajo conscientemente; se han familiarizado con su
trabajo, y perder tales trabajadores no será útil para la vida de la comunidad
local en ningún aspecto. Sólo afladiré que todas las categorías de empleados
soviéticos en otras ramas del trabajo se encuentran en la misma desesperada
situación.
En
conclusión, no pude evitar mencionar algunos aspectos de la situación general
al escribirle. Vivir en un gran centro como Moscú imposibilita conocer las
verdaderas condiciones del país. El conocer verdade- ramente las experiencias
comunes implica que uno viva en las provincias, en contacto directo y cerca de
la vida cotidiana con las necesidades y los infortu- nios de los famélicos
adultos y niños que se acercan a las oficinas a demandar siquiera el permiso
para poder adquirir una lámpara barata de queroseno. No tienen solución todas
estas desventuras para noso- tros ahora.
Es
necesario acelerar la transición a condiciones más normales de vida. Nosotros
no continuaremos de esta manera por mucho tiempo; vamos hacia una catástrofe
sangrienta.
Una
cosa es indiscutible. Aún si la dictadura del proletariado fuera un medio
apropiado para enfrentar y poder derruir al sistema capitalista, lo que yo dudo
profundamente, es definitivamente negativo, inadecuado para la creación de un
nuevo sistema socialista. Lo que si es necesario son instituciones locales,
fuerzas locales; pero no las hay, por ninguna parte. En vez de eso, dondequiera
que uno voltea la cabeza hay gente que nunca ha sabido nada de la vida real,
que está cometiendo los más graves errores por los que se ha pagado un precio
de miles de vidas y la ruina de distritos enteros.
Sin la
participación de fuerzas locales, sin una organi- zación desde abajo de los
campesinos y de los trabaja- dores por ellos mismos, es Imposible el construir
una nueva vida.
Pareció
que los soviets Iban a servir precisamente para cumplir esta función de crear
una organización desde abajo. Pero Rusia se ha convertido en una Repú- blica
Soviética sólo de nombre. La Influencia dirigente del "partido" sobre
la gente, "partido" que está princi- palmente constituido por los
recién llegados -pues los ideólogos comunistas están sobre todo en las gran-
des ciudades-, ha destruido ya la influencia y energía constructiva que tenían
los sovlets, esa promisoria Institución. En el momento actual, son los comités
del partido, y no los sovíets, quienes llevan la direc- ción en Rusia. Y su
organización sufre los defectos de toda organización burocrática.
Para
poder salir de este desorden mantenido, Rusia debe retomar todo el genio
creativo de las fuerzas locales de cada comunidad, las que, según yo lo veo,
pueden ser un factor en la construcción de la nueva vida. Y cuando más pronto
la necesidad de retomar este camino sea comprendida, cuanto mejor ser~ La gente
estará entonces dispuesta y gustosa a aceptar nuevas formas sociales de vida.
Si la situación presen- te continúa, aún la palabra "socialismo" será
convertí- da en una maldición. Esto fue lo que pasó con la concepción de
"igualdad" en Francia durante los cuaren- ta años después de la
dirección de los jacobinos.
Con
camaradería y afecto.
Pedro
Kropotkin
* Esta
correspondencia resultó de una entrevista realizada en 1919 entre Kropotkin y
Lenin en Moscú en el curso de la cual este instó a Kroptkin an escribirle en
cualquier momento. A saber, esta carta no obtuvo respuesta.
(21 de
diciembre de 1920)
Escrito:
21 de diciembre de 1920
Primera
edición: En ruso, en Zvezda n. 6, 1930.
Edición
electrónica: Marxists Internet Archive, 1999.
Digitalización
y HTML: Juan R. Fajardo
Dmitrov
21 de
diciembre de 1920
Respetable
Vladimir Illich:*
Ha
aparecido la noticia, en los diarios Izvestia y Pravda que da a conocer la
decisión del gobierno soviético de tomar como rehenes a algunos miembros de los
grupos de Savinkov y Cherkov del partido socialdemócrata, del centro táctico
nacionalista de los guardias blancos, y a oficiales de Wrangel, para que, en
caso de que sea cometido un intento de asesinato contra 108 líderes de los
soviets, sean "exterminados sin piedad" tales rehenes.
¿Es que
realmente no hay nadie cerca de usted que recuerde a sus camaradas y les
persuada de que tales medidas representan un retorno al peor perfodo de la Edad
Media y de las guerras religiosas, y es totalmente decepcionante de gente que
se ha echado a cuestas la creación de la sociedad en consonancia con los
principios comunistas? Cualquier persona que ame el futuro del comunismo no
puede lanzarse a lograrlo con tales medidas.
¿Es
posible que nadie le haya explicado lo que realmente es un rehén? Un rehén es
aprisionado no por castigo a algún crimen. Es detenido para chantajear al
enemigo con su muerte. "Si ustedes matan a uno de los nuestros, nosotros
mataremos a uno de los suyos". Pero, ¿no es ésto la misma cosa que
conducir al prisionero cada mañana hasta el cadalso y regresarlo a la celda,
diciéndole: "Espera un poco más, todavía no"?
¿Y no
comprenden sus camaradas que ésto es equivalente a una restauración de la
tortura para los rehenes y sus familias?
Espero
que nadie me diga que la gente en el poder se interesa tan poco por las vidas.
Hoy en cita aún entre los reyes hay algunas personas que contemplan la
posibilidad del asesinato como una "ocupación azarosa". Y los
revolucionarios, por su lado, asumen la responsabilidad de defenderse a sí
mismos ante las Cortes que atentan contra su vida. Luisa Michel eligió este
camino. O rechazan el juicio y son perseguídos, como Malatesta y Voltairine de
Cleyre.
Aún los
reyes y los papas han rechazado tan bárbaro método de autodefensa como lo es el
de tomar rehe- nes. ¡Cómo pueden los apóstoles de una nueva vida, y los
arquitectos de un nuevo orden social dotarse de tales medios de defensa contra
sus enemigos! ¿Tendrá que considerarse ésto como un signo de que ustedes
consideran su experimento comunista fallido y que no están salvando tanto a ese
sistema tan querido para ustedes, sino salvándose ustedes mismos?
¿No se
dan cuenta sus camaradas de que ustedes, comunistas, a pesar de los errores que
hayan cometido están trabajando para el futuro, y que por lo mismo, no deblan
realizar su trabajo en forma tan cercana a lo que fue el terror primitivo?
Ustedes deberfan saber que precisamente estos actos, realizados por
revolucionarios en el pasado, han hecho de las nuevas realizaciones comunistas
algo tan difícil de lograr.
Pienso
que deben tomar en cuenta que el futuro del comunismo es más precioso que sus
propias vidas. Y me alegrarla que con sus reflexiones renuncien a este tipo de
medidas.
Con
todo y estas muy serias deficiencias, la revolu- ción de Octubre ha traldo un
enorme progreso. Ha demostrado que la revolución social no es imposible, cosa
que la gente de Europa Occidental ya habla empezado a pensar. y que, a pesar de
sus defectos está trayendo algún progreso en dirección a la igualdad.
Por qué
entonces golpear a la revolución empujándola a un camino que la lleva a su
destrucción, sobre todo por defectos que no son inherentes al socialismo o al
comunismo, sino que representa la sobrevivencia del viejo orden y de los
antIguos efectos destructivos de la omnívora autoridad ilimitada?
Con
camaradería y afecto.
Pedro
Kropotkin
* Esta
correspondencia resultó de una entrevista realizada en 1919 entre Kropotkin y
Lenin en Moscú en el curso de la cual este instó a Kroptkin an escribirle en
cualquier momento. A saber, esta carta no obtuvo respuesta.


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