© Libro No. 449. Banderas en
las torres. A. S. Makarenko. Colección
E. O. Julio 13 de 2013.
Título
original: © Banderas en las torres. A. S. Makarenko.
Edición: Editorial Progreso, Moscú s/f. Lengua: Castellano. Digitalización:
Koba.
Versión Original: © Banderas en las torres. A. S. Makarenko. Edición:
Editorial Progreso, Moscú s/f. Lengua: Castellano. Digitalización: Koba.
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Banderas en las torres
A. S. Makarenko

BANDERAS EN LAS
TORRES
PRIMERA PARTE.
1. Un hombre se conoce a primera
vista.
Comenzó
esta historia a fines del primer plan quinquenal. El invierno había dejado en
el suelo costras de hielo protegidas de los rayos del sol por briznas de paja y
capas de barro y de estiércol. En la plaza de la estación se calentaban al sol
los desgastados adoquines, entre los que la tierra se iba secando, y las
ruedas, al pasar, levantaban ya olas de polvo. En mitad de la plaza se veía un
abandonado jardincillo, cuyos arbustos se revestían de follaje en verano,
haciéndole parecer una estampa campestre. Pero aquel día estaba lleno de
basura, y las ramas, aún desnudas, temblaban como si, en vez de la primavera,
comenzara el otoño. Una carretera adoquinada conducía de la estación a la
ciudad. Era una ciudad minúscula, que figuraba en el mapa por mera casualidad.
Muchos ni siquiera tendrían noción de ella si no hubieran tenido que hacer
trasbordo en el empalme que lleva su nombre. Se alzaban en la plaza unos
cuantos quioscos levantados a comienzos de la NEP. A un lado se hallaba la
estafeta de Correos, cuya puerta ostentaba un llamativo rótulo amarillo. Cerca
se aburrían, entre las varas de unos desvencijados coches de alquiler, dos
jamelgos provincianos. El tráfico no era muy animado en la plaza. Pasaban,
principalmente, ferroviarios con faroles, con rollos de cuerda y con maletines
de madera chapada. Sentados en hilera junto a la pared de la estación, unos
campesinos futuros viajeros- tomaban el sol. A cierta distancia se había
acomodado, con su caja de limpiabotas, Vania Gálchenko, chicuelo de unos doce
años. Solo, triste, entornaba los ojos, mirando al sol. La ligera caja había
sido hecha de pedazos de tablas, seguramente por el propio Vania, cuya
provisión de betún era, por cierto, bastante escasa. El rostro de Vania era
pálido y limpio. Su traje ofrecía aún bastante buen aspecto. Pero el rostro y
el traje denotaban ya el comienzo de un desorden que, andando el tiempo,
repelería al público decente en la calle y ejercería sobre él un influjo
irresistible desde el escenario o desde las páginas de un libro. El proceso de
abandono byroniano apenas si había comenzado a operarse en Vania: hasta poco
antes había sido uno de esos seres a quienes se llamaba
sencillamente
"buenos chicos". De detrás del jardincillo apareció, describiendo una
curva rápida y enérgica, un jovenzuelo del lugar, con las manos bizarramente
metidas en los bolsillos de la chaqueta y un humeante cigarrillo en un ángulo
de la boca. Se aproximó a Vania, levantó una pernera de su flamante pantalón,
colocó el pie sobre la caja y preguntó, sin despegar casi los dientes: -
¿Tienes betún de color? Vania levantó los ojos asustado y requirió los
cepillos, pero decayó al punto y respondió entre desconcertado y triste: - ¿De
color? No, no tengo. El joven, descontento, retiró el pie y volvió a meterse
las manos en los bolsillos, mordiendo despectivamente su emboquillado. - ¿No
tienes? Entonces, ¿qué haces aquí? Vania respondió, encogiéndose de hombros: -
Tengo negro... El mozuelo dio colérico un puntapié a la caja y dijo con voz
chirriante: - ¡Vaya un limpiabotas! ¡Negro! ¿Tienes permiso para limpiar? Vania
se inclinó sobre el cajón, recogió, presuroso, sus bártulos y miró al joven. Se
disponía ya a disculparse, cuando vio una nueva cara a espaldas del joven.
Pertenecía a un mozalbete de unos dieciséis años, flaco, larguirucho, de boca
grande y socarrona y ojos alegres. Vestía un traje viejo, pero traje en fin de
cuentas, si bien es verdad que no llevaba camisa y por ello se había abotonado
la chaqueta y subido el cuello. Se cubría con una gorra clara, a cuadros. -
Cédame el sitio, señor; a mí me da igual que sea negro... El primer cliente no
hizo caso al nuevo personaje y prosiguió con cargante insistencia: - ¡Vaya un
limpiabotas! ¿Tienes certificado? Vania dejó caer los cepillos y ya no pudo
apartar la vista de los iracundos ojos del joven. Algo había oído hablar antes
de la importancia de los documentos en la vida del hombre, pero jamás se había
preparado en serio para afrontar pregunta tan desagradable. - ¡Contesta!
-exigió con rudeza el joven. Un nuevo pie vino a descansar sobre la caja de
Vania en tan aciago instante. Calzaba una vetusta bota de color gris sucio, que
llevaba mucho tiempo sin probar la crema. El anterior cliente salió despedido a
causa de un empujón bastante descortés, poco a tono con las correctísimas
palabras de que fue acompañado: - Señor, por muchos documentos que tuviera,
ninguno podría hacer las veces de la crema de color. El joven no reparó en el
empellón ni en las corteses palabras. Arrojando al suelo el cigarrillo, se
acercó a Vania y mostró los dientes: - ¡Que enseñe el certificado! El dueño de
las botas gris sucio se tornó enojado hacia él y gritó muy fuerte: - ¡Milord, no
me irrite! ¿No sabe usted, quizás, que está tratando con Igor Chernogorski? De
seguro que el mozo no lo sabía. Retrocedió presuroso y, ya a prudencial
distancia, miró con cierta expresión de temor a Igor, que le dirigió una
sonrisa encantadora: - Hasta más ver... Hasta más ver, le digo... ¿Por qué no
contesta? No cabían evasivas. El mozo se despidió de buena gana y se alejó con
rapidez. Cerca del jardincillo se detuvo murmurando, pero Chernogorski,
interesado ya tan sólo en la limpieza de sus botas, había vuelto a colocar el
pie sobre el cajón. Vania guiñó alegremente un ojo y preguntó: - ¿Negro? - Como
guste. No me parece mal. El negro da, incluso, un aspecto más agradable. Vania
comenzó a untar de crema uno de sus cepillos. La heroica colisión de Igor Chernogorski
con aquel mozo le había gustado. No obstante, dijo: - Sólo que... diez kopeks.
¿Tiene usted diez kopeks? Igor imprimió a sus labios una sonrisa socarrona: -
Camarada, ¿usted le hace a todo el mundo esa pregunta tan tonta? - Pero, ¿tiene
usted diez kopeks? Igor Chernogorski repuso tranquilamente: - No los tengo.
Vania, alarmado, interrumpió sus manipulaciones. - ¿Y... cuánto tienes? - Ni un
kopek... ¿Me entiendes, o no? - Pues, de balde no se puede. A Igor se le alargó
la boca hasta las orejas, y sus ojos adquirieron una expresión curiosa e
interrogante. - ¿Cómo que no? Se puede. - ¿De balde? - Claro, hombre, de balde.
Prueba y verás. Te saldrá a las mil maravillas. Vania dejó escapar un alegre
chillido y se mordió el labio inferior. En sus ojos se encendió un fueguecillo
travieso: - ¿Limpiar las botas de balde? - Sí. Haz la prueba. Será cosa de ver
cómo resulta, limpiándolas de balde.
¿Y qué?
Soy capaz de probar... - Por tus ojos veo qué clase de hombre eres. - Ahora
mismo pruebo. Y saldrá estupendamente. Vania lanzó a su cliente una mirada
irónica y puso manos a la obra con toda energía. - ¿Eres vagabundo? -preguntó
Igor. - No, todavía no. - Pues lo serás. ¿Vas a la escuela? - Iba... Pero ellos
se fueron... - ¿Quiénes? ¿Tus padres? - No, no eran mis padres, sino... Se
casaron. Antes tuve padres, pero luego... Vania no sentía deseos de contar
aquello. Aún no había aprendido a especular con sus propias desgracias. Se
quedó mirando atentamente el maltrecho contrafuerte de las botas de Igor. - ¿Tú
mismo has hecho la caja? - ¿Pues qué? ¿Acaso está mal? - Es una caja magnífica.
¿Dónde vives? - En ninguna parte. Quiero irme a la ciudad... Pero no tengo
dinero... Tengo sólo cuarenta kopeks. Vania Gálchenko decía todo aquello sin
alterarse. Terminado el trabajo, levantó la vista y preguntó con orgullo no
exento de sorna: - ¿Han quedado bien? Igor pasó la mano por la desgreñada
cabeza rubia del limpiabotas: - Eres un chicuelo alegre. Muchas gracias. Un
hombre se conoce a primera vista, ¿me entiendes? ¿Quieres que nos vayamos
juntos a la ciudad? - ¡Pero si no tengo más que cuarenta kopeks!... - No seas
tonto. ¿Te estoy diciendo que compremos algo? Lo que te digo es que nos
vayamos. - ¿Y el dinero? - Se va en el tren y no en el dinero, ¿no es así? -
Así es -asintió Vania pensativo. - Entonces lo que necesitamos no es dinero,
sino el tren. - ¿Y el billete? - El billete es pura formalidad. Espérame aquí sentado;
ahora vuelvo. Igor Chernogorski sacó del bolsillo de la chaqueta un papel, lo
examinó con atención, lo miró luego al trasluz y resumió jovial: - Todo está en
regla. Luego, señaló al edificio de Correos y dijo: - En esta simpática casita
parece que sobra dinero. Espérame. Pasó revista a los botones de su chaqueta,
se puso bien la gorra y se encaminó sin prisas a la estafeta de Correos. Vania
lo acompañó con una mirada atenta y sorprendida.
2. Tres empanadillas de carne.
Entre
los arbustos del jardincillo de la estación había un banco tambaleante rodeado
de papeles, colillas y cáscaras de pipas de girasol. El mozo que Banderas en las torres se había acercado
antes a Vania y Wanda Stadnítskaya acaban de llegar allí, procedentes, quizá,
del poblado o del tren, aunque lo más seguro es que hubiesen salido de entre
los escuálidos arbustos del jardincillo. La muchacha iba sin medias, calzaba
unos chanclos de goma y vestía una vieja falda a cuadros y una chaqueta negra
tan desteñida, que en algunas partes parecía manchada de amarillo. Wanda era
una chica muy bonita, pero saltaba a la vista que había sufrido grandes
contratiempos. Su rubia melena llevaba mucho tiempo sin ver el peine y el jabón
y, propiamente hablando, no podía ya decirse que fuera rubia. Wanda se dejó
caer pesadamente en el banco y dijo con voz soñolienta y sombría: - ¡Vete al
diablo! Ya me tienes harta. El joven movió una rodilla, se arregló el cuello de
la camisa y tosió. - Allá usted -dijo-. Si le fastidio, puedo marcharme. Sacó
el portamonedas, buscó largamente en su interior, se pasó la lengua por los
labios y, dejando tres monedas en el banco, al lado de Wanda, se marchó. Wanda
descansó el brazo en el respaldo, apoyó en él la cabeza y se puso a contemplar
las lejanas nubes blancas con ojos entre soñadores y desesperados. Después,
reacomodando la mejilla sobre el paño de la manga, miró fijo, sin pestañear, el
entrelazado ramaje de los pelados arbustos del jardincillo. Permaneció así
largo rato, hasta que se sentó a su lado Grishka Ryzhikov. Era Grisha un mozo
sombrío y feo, con una pupa, casi seca, en un carrillo. Iba destocado, pero
llevaba muy bien peinada la rojiza cabellera; vestía unos pantalones nuevos, de
paño, y una camisa muy usada, casi podrida. Estirando las piernas y, como
deleitándose en la contemplación de sus zapatillas, preguntó: - ¿Hay algo que
manducar? Wanda dijo perezosamente, sin cambiar de posición: - Déjame en paz.
Ryzhikov no contestó, pero tampoco pareció ofenderse. Permanecieron sentados en
silencio varios minutos, hasta que a él se le cansaron las piernas y se volvió
bruscamente. Una moneda de veinte kopeks y dos de cinco cayeron al suelo.
Ryzhikov las recogió sin apresurarse y las contempló en la palma de su mano. -
¿Son tuyas? -dijo, y, sopesándolas varias veces, añadió, pensativo-: Tres
empanadillas de carne. Haciendo saltar las monedas en su mano, Grisha se
dirigió pausadamente hacia la estación.
3. Una abuelita bondadosa.
Igor
Chernogorski entró en la estafeta de Correos y echó un vistazo a su alrededor.
El local era pequeño y estaba dividido en dos partes por una reja de madera con
dos ventanillas. Ante la primera había una larga cola, pero en la otra, donde
se leía: "Correspondencia certificada, despacho y pago de giros", no
había más que tres personas. Igor se colocó detrás de una anciana encorvada y
gruesa y se quedó mirando a la "señorita" de la ventanilla. En
realidad no era una señorita, sino una mujer enteca y pálida, que tendría, al
menos, cuarenta años. Igor palpó dentro del bolsillo el papel y pensó que, por
desgracia, la señorita no era muy simpática. Sus divagaciones en torno al papel
y a la "señorita" lo absorbieron tanto, que ni siquiera advirtió que
la anciana había desaparecido, después de tramitar sus asuntos en un abrir y
cerrar de ojos. - ¿Qué desea usted? La antipática mujer miraba con severidad a
Igor desde el otro lado de la ventanilla. - Debe haberse recibido un giro... a
lista de correos... a nombre de Igor Cherniavin... Los huesudos dedos de la
empleada se movieron rápidos por los bordes de un cúmulo de giros colocados en
un cajoncillo. La mujer sacó uno y se lo llevó a los ojos: - ¿Es usted? - Sí,
yo soy. - ¿Usted es Cherniavin? Un repelo de frío suave y placentero recorrió
el pecho de Igor: - Hablando con propiedad, soy yo. La mujer lo miró con ceño
adusto: - ¡Qué manera más rara de expresarse! "¡Hablando con
propiedad!" "¿Es usted Cherniavin o no? - Pues claro que sí. ¿Puede
caber alguna duda? - Muéstreme su documentación. Igor volvió la cabeza y se
metió la mano en el bolsillo, lanzando una fugaz mirada a las puertas que,
abiertas de par en par, daban vista a un cielo claro y a un hermoso paisaje
despejado. Luego tendió su documentación a la mujer, quien, después de leerla
de cabo a rabo, miró primero el reverso y después al muchacho: - El documento
dice que va usted en comisión de servicio a la Sección Regional de
Comunicaciones. ¿Por qué, pues, cobra usted el giro aquí? - Es que... por así
decirlo, voy de paso. - "Por así decirlo"... ¿Cuántos años tiene
usted? - Dieciocho... - ¡Déjese de cuentos! Igor sonrió azarado. - ¿Qué le voy
a hacer si parezco tan... chiquillo?... - Preguntaré al encargado... La mujer
se dirigió a una estrecha puerta que había en un rincón. La gente comenzó a
murmurar en la cola, a espaldas de Igor. La puerta de la calle atraía al
muchacho con fuerza irresistible. Igor examinó la cola: salvo un obrero viejo,
de aspecto bastante soñoliento, todo eran mujeres.
Apoyó
un codo sobre el poyo de la ventanilla y adoptó una expresión de aburrimiento.
- ¿Cherniavin? ¿Dónde vive usted? Sin retirar el codo del poyo, Igor volvió la
cabeza con gesto displicente. El encargado, de barba crecida, tampoco era
simpático. - ¿Qué? - Que dónde reside usted. En qué ciudad. - En Staroselsk. -
¿Y por qué le han mandado el giro aquí? - Eso a usted no le importa -pronunció
Igor con fastidio. - ¿Cómo que no me importa? - En absoluto. - En ese caso, no
le doy el dinero. El encargado habló en tono decidido, pero el papel le
temblaba en la mano, y sus ojos, irresolutos, examinaban a Igor. ¡Valiente
fisonomista! Igor Cherniavin sonrió, soberbio: - En ese caso, deme el libro de
quejas. El encargado se restregó con los cinco dedos una mejilla. - ¿El libro
de quejas? ¿Y qué piensa escribir? - Pienso escribir que, en vez de pagarme el
giro, me hace usted preguntas tontas... - ¡Joven! -levantó la voz el encargado.
Igor se puso también a gritar: - ¡Preguntas tontas! ¿Por qué me han mandado
aquí el giro? ¡Bien poco le importa a usted! Pueden habérmelo mandado para mi
entierro o, quizá, para mi boda. ¿Qué necesidad tengo de explicárselo? ¡Deme el
dinero o el libro de quejas! La gente se echó a reír en la cola. Igor se
volvió. Todos estaban de su parte. Una mujer dijo enojada: - Siempre son lo
mismo. ¿Por qué tienen que tomarla con el pobre chico? Se lo habrán enviado sus
padres. - ¡Acaba ya! ¿Hasta cuándo nos vas a tener esperando? -gritaron en la
cola. - Está bien -dijo el encargado con acento de amenaza-. Le daré el dinero,
pero pediré informes a Staroselsk. - Pídalos, señor, tenga la bondad. -
Entréguele el giro -ordenó a la mujer. Igor Cherniavin salió a la calle, en una
mano, el dinero, y en la otra, el documento de Staroselsk. Alargó los labios y musitó,
remedando a la mujer: - Se lo habrán enviado sus padres... El alma se le
henchía de júbilo. Erraban sobre la plaza alegres nubes; el jardincillo de la
estación respiraba a pleno pulmón y se disponía a vestirse de verde. Sentados
junto a la pared de la estación, los campesinos esperaban placenteros el tren.
Más allá, acomodado en una piedra ante la caja de limpiabotas, Vania Gálchenko
miraba a Igor, que, separando un billete de diez rublos, se lo metió en un
bolsillo de la chaqueta. El resto lo depositó cuidadosamente en un bolsillo
interior, pegado al cuerpo, y se dirigió a Vania: - ¡Trabajador, yo te saludo!
Sacó el billete del bolsillo exterior, lo agitó en el aire y pronunció
solemnemente: - Toma, muchacho, por la ayuda que me prestaste en un momento
difícil. Vania, asustado, saltó de la gran piedra gris que le servía de
asiento. Sus pupilas se contrajeron, reflejando una viva sorpresa. Tomó el
billete con precaución. Igor lo contemplaba sonriente. El limpiabotas miró el
dinero: al principio, simplemente serio, luego, con dubitativa seriedad y, por
último, puso en Igor una mirada de maliciosa inteligencia: - ¿Y ahora, qué
momento es? - Ahora es un momento en el que puedes comprar betún amarillo,
rojo, verde y anaranjado. Vania soltó una risita aguda. - ¿Para qué verde? -
Hombre, figúrate que se te acerca un cocodrilo... La alegría de Vania se
convirtió en júbilo: - ¿Un cocodrilo? ¿Preguntando si tengo betún verde? -
Claro. Y tú le contestas: ¡Pues no faltaba más!... - ¿Y cómo ha sido eso? No
tenías ni un kopek y, de golpe y porrazo, tanto dinero... Vania miró a Igor
seriamente, pero en sus atentos ojos grises relampagueaban unas chispas de
alborozo y recelo. Igor respondió, con leve gangueo: - ¡Qué tonto eres! Siempre
ocurre lo mismo: uno nunca tiene dinero antes de tenerlo. Lo mismo te ha pasado
a ti: antes no tenías nada, y ahora tienes diez rublos. - ¿Has cobrado la paga?
- No; es que mi abuelita, al enterarse de que me hallaba en un apuro, me ha
enviado cien rublos. - ¿Cien rublos? Igor se echó a reír. Vania se rió también,
pero le vino a la cabeza una observación muy lógica: - La abuela no puede tener
cien rublos, porque no trabaja. Te los habrá enviado el abuelo. - ¡Qué más da!
¿Sabes?, de la familia hablaremos después. Ahora vamos a comprar algo para
comer y pensaremos en cómo llegar a Londres. Vania no se entretuvo en preguntar
más y dejó de asombrarse. Con diligente ademán, prietos los labios, dobló el
billete de diez rublos y se lo guardó en un bolsillo. Hecho esto, abrió las
piernas, movió los dedos de los pies, calzados con unos zapatitos aún muy
decentes, y miró sus bártulos. Luego, poniéndose ágilmente en cuclillas,
recogió en la caja los cepillos y las cajas de betún, cerró de un golpe la tapa
y asió la correa.
4. Las originales aventuras de
Ryzhikov.
Las
empanadillas eran jugosas y sabían a gloria, pero un solo movimiento de las
mandíbulas bastaba Banderas en las
torres para convertirlas en una tierna e ingrávida bola que se tragaba sin
sentirlo apenas y no hacía otra cosa que abrir de verdad el apetito. Esta
circunstancia se reflejaba en el sombrío rostro de Ryzhikov haciendo que los
ojos le brillaran intensamente y miraran con gran atención cuanto había en
torno. Ante la taquilla, todavía cerrada, había una cola de unas veinte
personas. Era una cola "peligrosa", una cola provinciana de aquellos
años, compuesta de gente humilde, sobria, pobre. La figura más notable en ella
era un individuo de baja estatura, que vestía un chaquetón circasiano con el
cuello y los bolsillos ribeteados de piel de cordero gris. Pero tras él había
una mujer flaca y con cara de pocos amigos, una de esas que tiemblan por su
puesto en la cola, como si en él estuviera toda su dicha. La seguían otras
mujeres, humildes todas ellas. Guardaban el dinero, si podía darse ese nombre a
unos pocos rublos, bajo las sayas o en el seno. Una joven morena y muy
compuesta apretaba fuertemente el suyo en el puño. Aquella estación y aquella
cola no eran campo propicio para una operación afortunada. La gente era
precavida, y el dinero, poco, lo sujetaba con ambas manos. Hasta las caras eran
aburridas: había billetes para todos, y nadie se ponía tan nervioso como para
olvidarse de su pecunia. Ryzhikov evocó la estación de una ciudad importante.
Cierto que allí había sus inconvenientes: milicianos, soldados y otras
autoridades. A pesar de los diligentes andares de Grishka y de su fisonomía de
viajero, adivinaban como por milagro sus pensamientos más recónditos y ni
siquiera le pedían la documentación, sino que le ordenaban sencillamente. -
¡Eh, joven, véngase conmigo! Pero, en compensación, ¡qué viajeros de los de las
grandes ciudades! ¡Qué emociones, qué sentimientos, cuánta vida verdadera había
allí! La gente se pasaba todo el día de taquilla en taquilla, hacía cola ante
las oficinas de informes, preguntaba a mozos de cuerda y a otros viajeros.
Pasaban noches enteras en la estación. Los más llanotes se tumbaban en el suelo
y dormían tan profundamente, que, no ya el dinero, sino hasta el alma se les
podía quitar sin que se dieran cuenta. Los más finos, naturalmente, no se
tendían a dormir: vagaban, soñaban... Los billetes eran allí caros, de gran
recorrido, y los bolsillos contenían abultadas carteras negras o de color
marrón. ¿Quién más feliz que el hombre que acababa de conseguir un billete en
la taquilla de la estación? Había hecho cola, reñido con sus infractores,
temblado por temor a que se agotaran los billetes y escuchado ansiosamente
conversaciones y bulos inverosímiles. Por fin, iba y venía gozoso por entre el
público, sin dar crédito a su felicidad, leyendo el billete con ojos azogados,
olvidado de todo: de su mujer, de su jefe, de su maleta y de su cartera, que
tan celosamente guardara mientras estaba en cola... Ryzhikov se animó de
pronto. Tras la última mujer de la fila había tomado posición un hombre muy
peludo que vestía una chaqueta vieja. Las botas altas que calzaba eran de buena
calidad, llevaba una bufanda verde, y en el bolsillo de su pantalón destacaba
un agradable cuadrilátero de buen tamaño. Sin grandes prisas, Ryzhikov se
encaminó a la cola y se puso detrás del de la chaqueta. Mirando hacia un
anuncio, se volvió de costado, y, al cabo de un instante, sus dos dedos tomaban
contacto con el rugoso borde de la cartera. Grishka tiró hacia arriba; la
cartera subió imperceptiblemente; un instante más y... una manaza áspera se
aferró, ansiosa, a la muñeca de Ryzhikov, al tiempo que una cara crispada por
el susto y la rabia surgía ante sus ojos: - ¡Pero qué canalla! ¿Qué te parece?
Ryzhikov pegó un tirón, pero no logró soltarse y, entonces, gritó con el tono
amenazador de una persona ofendida: - ¿Por qué te metes conmigo? ¡Ten cuidado!
- ¿Dónde he atrapado yo esta mano? - ¡Suéltame! - ¡Espera, amiguito! Grishka
dio otro tirón, brusco y repentino, y salió veloz al andén. Atravesó la
plataforma y las vías inmediatas en un vuelo, pasó por debajo de un tren de
mercancías, luego por debajo de otro, se agachó y miró atrás. En el andén había
varias personas. No se veían los hombros ni las cabezas, mas Grishka reconoció
las botas del de la chaqueta y, junto a ellas, distinguió los faldones de un
capote gris y otras relucientes botas de alta y estrecha caña. Sonó la misma
voz alterada: - ¡Vaya bandido! Ondeó el faldón del capote, avanzaron las
pulidas botas y saltaron del andén. Ryzhikov corrió como alma que lleva el
diablo a lo largo de los trenes de mercancías, en dirección a las agujas. Un
gran peso le agobiaba el alma, pero, en compensación, ya no sentía el apetito
de antes.
5. Desayuno en el jardín.
Igor
llevaba en las manos dos panecillos, salchichón y un bote de mermelada. Todavía
en la estación, había dicho a Vania: - Aquí, todo está infectado de bacterias
ferroviarias. Mejor será que nos vayamos a desayunar al jardín. Hay allí un
banco encantador. Al entrar en el jardincillo, Igor y Vania vieron a Wanda
Stadnítskaya sentada en aquel banco encantador, la cabeza descansando en un
brazo tendido sobre el respaldo. Igor exclamó: - ¡Oh, este compartimiento está
ocupado! Andando de puntillas, dio una vuelta en torno a la soñadora figura de
Wanda; al principio miró, receloso, de soslayo, los chanclos y las piernas sin
medias, pero cuando tropezó con aquellos francos ojos grises, se dirigió a ella
completamente en serio, olvidado de su sonrisa: - Mademoiselle, ¿da usted su
permiso para desayunar en presencia suya? La cortés reverencia de Igor, la
chaqueta abotonada hasta el cuello y las relucientes botas produjeron a Wanda
agradable impresión. No obstante su tristeza, se permitió un estudiado mohín de
coqueta y hasta esbozó una sonrisa. - Ustedes lo tienen. Igor respondió con
reprimida animación: - Merci. Wanda miró con asombro a los muchachos y se
retiró al extremo del banco. Ya no le interesaban las nubes y se dio a la
contemplación de un paisaje bastante más prosaico: el de la explanada de la
estación. Igor dispuso con presteza sus provisiones sobre el banco y tomó
asiento en la otra punta. Vania colocó ruidosamente su cajón en tierra, se
sentó ante el banco como quien se sienta a la mesa y se frotó las manos,
paladeando por anticipado el desayuno. Igor cortó el salchichón y preguntó: -
Vania, ¿con qué vamos a comer la mermelada? ¿Con los dedos? Vania pasó la vista
por la valla del jardincillo: - Pues... haremos cucharas... de madera. Con el
cuchillo. - ¿No tendrá usted una cucharilla, milady? -dijo Igor a Wanda con
extraordinaria finura, en un tono que sólo emplean los viajeros más
distinguidos en los compartimentos de los coches-cama internacionales. A la
muchacha le relumbraron de placer las pupilas. Pero, en primer lugar, la
persona menos sagaz vería a la legua que carecía de todo, que su aspecto era el
de una viajera sin equipaje, y, en segundo, el salchichón despedía un tufillo
cautivador. Tragándose la saliva, Wanda contestó con una melindrosa expresión
de enfado: - ¡Qué dice! ¡Qué cucharillas voy a tener yo! - Cucharillas de plata
-especificó Igor amablemente. Wanda guardó silencio, volvió a extender el brazo
en el respaldo del banco y de nuevo fijó la vista en las nubes. Pero en sus
ojos no había ya aquella tristeza soñadora. Vania tenía medio panecillo en una
mano. Con bruscos tirones de su cabeza, arrancaba de él grandes bocados; el
salchichón, depositado en un papel, lo asía cuidadosamente con dos dedos
sucios. El chico miraba a cada instante a Wanda, sin advertir que tenía los
pies llenos de roña y el pelo todo revuelto; veía tan sólo su mejilla, de un
rosa delicado, el rabillo del ojo y, las oscuras pestañas, muy rizadas. Vania
arrancó la punta del panecillo, puso sobre ella dos rodajas de salchichón y se
la alargó a Wanda. Como ella no lo advirtiera, el chico miró interrogativamente
a Igor. Este comía con fruición, valiéndose de manos, dientes y cuchillo; pero
rápidamente, sin dejar de comer, hizo a Vania una señal de aprobación y, con la
mano libre, le dio unas palmadas en el hombro. Tras una breve vacilación, Vania
tocó levemente la rodilla de la chica. Ella volvió la cabeza y quiso sonreír
con coquetería, pero no lo consiguió: le salió una sonrisa sencilla, de
gratitud, y empezó a comer sin apresuramiento, arrancando el pan a pequeños
pellizcos. Todo sucedió en completo silencio. Una vez que hubieron dado cuenta
de todas las rodajas de salchichón, Igor empezó a cortar una nueva tanda y
preguntó, diligente, sin mirar siquiera a la muchacha: - ¿A dónde se dirige,
señorita? Wanda miró hacia la estación y, dejando de masticar, respondió
indiferente: - No lo sé. - Vente con nosotros -propuso Vania muy afable,
girando, sobre su caja, hacia la chica-. ¿Cómo te llamas? - Wanda. - ¡Oh!
¡Precioso nombre! ¡Wanda! - Es un nombre polaco. - ¡Vente con nosotros! Este
tiene allí a su abuelo y a su abuela... -insistió Vania, con sus brillantes
ojos mirando irónicos a Igor, que acogía la sorna del otro con aire amistoso y
bonachón. Pero Wanda no se hizo eco de la desbordante alegría de Vania; dejó en
el banco el pan a medio comer y dijo casi desconcertada, apoyando ambas manos
en el borde del asiento: - No sé... a dónde ir... Igor la miró fijamente y la
emprendió con el bote de mermelada. La animación de Vania se había desvanecido,
y el chico, después de observar perplejo a Wanda, puso la vista en Igor como si
esperase que su rostro le diera una explicación. Igor canturrió una
cancioncilla, puso el bote sobre el banco y pronunció gravemente: - Tú, Wanda,
te vienes con nosotros, y luego ya se verá. Para Vania estaba todo claro. Pero
la muchacha miró a Igor asustada: - No sé... - Tú no lo sabes, pero yo sí.
Ahora mismo llegará el tren; ocuparemos un compartimiento y allí trataremos el
asunto. Vania miró atónito a Igor: ¿de qué compartimiento hablaba? Wanda
guardaba un resignado silencio. En aquel mismo instante, Ryzhikov se asomó por
entre los arbustos, abarcó de una ojeada al grupo, avanzó, se detuvo y clavó
los ojos, ávidos, en la comida. Wanda le lanzó una mirada de odio. Igor se echó
a reír: - ¿Qué, Ryzhikov, algún disgustillo?
El
interpelado no respondió. - Come -lo invitó Igor-. Bien que te lo he dicho
siempre: el oficio de ladrón es de lo más desventajoso. ¿Te han zurrado? Vi que
te pescaban con las manos en la masa. - Salí por pies -carraspeó Ryzhikov y se
puso a comer. - ¡Menos mal! Sí, es un oficio estúpido. Todo el mundo tiene dos
manos y cada cual quiere echártelas encima. -Igor se estremeció con
repugnancia-. ¡Es verdaderamente estúpido! Hay que hacer lo que yo. - La
abuelita, ¿verdad? -inquirió Vania. - La abuelita Correos. Te manda una
esquela: querido Igor, tenga la bondad de pasarse por aquí y recoja un giro de
cien rublos. Y si no te presentas, te envía otro aviso: ¡Qué falta de
consideración! ¿Por qué no recoge usted los cien rublos? Haga el favor de pasar
por ellos. Ryzhikov apartó la vista, enojado: - Una esquela... Claro, cuando se
sabe leer y escribir... - Y, si no sabes, vete a trabajar. ¡Pero, mira que
andar trasteando bolsillos! ¿Habrá cosa más idiota? Igor hundió un pedazo de
pan en el bote de mermelada-. Tampoco está mal trabajar. A mucha gente le
gusta.
6. En el compartimento.
Un
largo tren de mercancías cruzaba, raudo, la estepa. Sobre una batea iba un
tractor cubierto con una lona. Sobre el borde de la lona dormía Wanda, hecha un
ovillo. Igor Cherniavin estaba sentado a sus pies, con los brazos ceñidos a las
rodillas, y miraba distraídamente en torno. Ryzhikov se hallaba plantado ante
él muy separados sus pies, calzados con zapatillas. Vania, las piernas colgando
de la plataforma, contemplaba embelesado la estepa, la ancha carretera que
serpenteaba cerca, los montículos allá en el horizonte y los primeros verdores
de la primavera. Habían salido la noche anterior. Tardaron mucho en acomodarse
para dormir. Hacía frío. Por fin, se cobijaron bajo la lona y, después de dar
vueltas y más vueltas, ateridos, acabaron durmiéndose. Viajar al amparo de la
lona ofrecía también la ventaja de que ninguna mirada indiscreta los molestaba
en las estaciones y nadie les impedía dormir. Igor Cherniavin dijo antes de
entregarse al sueño: - No hay mejor compartimiento que éste: ni apretujones ni
estrechez; aire puro, y nadie te viene con imbecilidades como la de "¡Su
billete!" Se despertaron por la mañana temprano y salieron de debajo de la
lona todos de muy buen humor; sólo en las grandes estaciones volvieron a
valerse de su hospitalidad, mas no como litera, sino con el exclusivo fin de no
inquietar a los mozos de vagón. Después, Wanda sintió el deseo de dormir al
sol. Ryzhikov preguntó después de un largo silencio: - ¿Cómo se te ha ocurrido
llevarte a Wanda a la ciudad? - ¿A ti qué te importa? -Igor entornó los
párpados al mirar a Ryzhikov, quizá porque a sus espaldas, sobre el vagón
vecino, lucía un sol límpido, como recién lavado. - Algo tendrás a la vista,
pues. - En la ciudad encontraremos algo. Trabajo o... - Tú no quieres dar
golpe, ¿y crees que ella debe trabajar? Ryzhikov hablaba violento, buscando
camorra. - Ella lo necesita -replicó sereno Igor, volviéndole la espalda y
mirando con aire protector a la muchacha. - Todo el mundo trabaja -terció Vania
desde el borde de la batea. Ryzhikov le gritó: - Tú, mocoso, muérdete la lengua
antes que te dé en la jeta. Intervino Igor, pronunciando con voz nasal: -
Monsieur, para darle en la jeta necesita usted mi autorización por escrito.
Ryzhikov, mirando por encima de su hombro, enfiló lentamente hacia Igor sus
ojos foscos y amenazadores: - ¿Autorización tuya? - Y, además, por escrito...
Presénteme la solicitud... - ¿Qué solicitud? - Pidiendo permiso para darle en
la jeta. Ryzhikov se acercó vivamente a Vania, diciendo: - ¡Vaya! Será
interesante ver cómo me sale sin autorización. Vania lo miró temeroso, se
levantó rápidamente, impulsándose con las manos, y se precipitó hacia Igor.
Ryzhikov alargó el brazo para atraparlo, pero Igor apareció de pronto entre
ellos. Ryzhikov no tuvo tiempo siquiera de lanzarle una mirada desdeñosa, ni de
extender la mano para defenderse: el impetuoso puño de Igor Cherniavin pareció
querer golpear a Ryzhikov en la cara, pero lo que derribó por tierra al
pelirrojo fue un inesperado puñetazo en la boca del estómago. Ryzhikov cayó encima
de Wanda, que, despertándose, gritó sobresaltada: - ¡Ay! ¿Qué pasa? ¿Qué haces?
Igor sonrió tranquilamente: - ¡Tranquilícese! Ryzhikov tiene sueño. Cédale la
litera. Wanda se volvió con asco hacia Ryzhikov, pero acto seguido se sonrió:
por lo visto, le gustaba el gesto de dolor que vio en su cara: - ¿Le has
pegado? ¿Por qué? Ryzhikov se incorporó sobre un codo y abarquilló sus
abultados labios. Su roja pelambrera le caía, revuelta, sobre la frente,
tapando casi los cínicos ojos verdes. - ¿De qué te ríes? Mira que por ti no va
a sacar la cara.
Wanda
replicó, sacudiendo la cabeza: - ¡Quién sabe, a lo mejor sí! - Tú... -Ryzhikov
se levantó de un salto, con los puños cerrados. Igor se sonrió, puso la mano en
el hombro de Vania y, casi con desgana, como aburrido, dijo mirando a un lado:
- Sépalo usted, sir: en este compartimiento no pondrá usted un dedo encima a
nadie. Ryzhikov hundió las manos en los bolsillos y se sonrió torcidamente. -
De seguro que no sabes quién es ésta. Igor lo miró sorprendido: - ¿Qué quieres
decir? - ¿Crees que es una señorita? ¿Digo quién eres? - ¡Vete al diablo, sapo!
¡Dilo! ¡Sois todos unos canallas! Ryzhikov se echó a reír: - ¡Ja, ja! ¡Si es
una prostituta, hombre! ¿Te das cuenta? Wanda se apartó pausadamente al borde
de la plataforma, se subió el cuello de la chaqueta y encogió entre los hombros
su enmarañada cabeza. Igor dio un paso hacia Ryzhikov, pero éste soltó una
carcajada y, saltando con agilidad al otro extremo de la batea, se escondió
detrás del tractor. Vania apenas si lograba captar todo lo que estaba ocurriendo.
Igor se acercó a Wanda y le preguntó, puestos los ojos en el piso del vagón: -
¿Es verdad eso? Ella se volvió rápidamente y repuso con el mismo odio de antes:
- ¡Si es verdad! ¿Qué te importa a ti? ¿Es que quieres cortejarme? Igor
enrojeció, torció el gesto y hurtó los ojos a la ansiosa mirada de Vania
Gálchenko. - ¡No..., qué va! Sólo que..., ¿cuántos años tienes? Wanda ladeó la
cabeza con aire frívolo y le dirigió una fugaz mirada por encima del hombro. -
¿Qué importa eso? He cumplido los quince. Igor se rascó pensativo la nuca,
sonrió con tristeza y dijo: - Está bien... Nada más, señora, puede usted
retirarse. Wanda se apartó en silencio, se acercó lentamente a la lona, encogió
la cabeza en el cuello de la chaqueta, como si tuviera frío, y se tendió de
cara al tractor. Silboteando, Igor se puso a contemplar la estepa. Lejos
aparecieron tras las colinas unos edificios blancos. El sol pendía sobre ellos.
Abajo se divisó por un instante un grupo de muchachas descalzas cuyas
pantorrillas aún no había tostado el sol. Una gritó algo a Igor, y las demás se
echaron a reír. Ella acompañó con una mirada de hastío y les volvió la espalda.
Vania miró a Wanda, prestó cauteloso oído a los movimientos de Ryzhikov al otro
lado del tractor, se acercó a Igor y, alzándose de puntillas, le deslizó al
oído: - ¿Está llorando? Igor respondió secamente, sin mirar a Vania: - ¡No
tiene importancia! La batea traqueteó con violencia al cruzar unas agujas. - Ya
llegamos -dijo Igor. Atravesando numerosas agujas y pasando ante varios trenes
de mercancías, entre cuyos vagones fulguraban como fogonazos de magnesio los
claros, el convoy torció a la derecha y cruzó rápidamente la estación de
pasajeros. Sobre los vagones, inmóviles al parecer, pasaron lentos la parte
alta del edificio de la estación y las largas techumbres convexas de los
andenes. El tren salió a un estrecho terraplén que, describiendo una curva
perfecta, bordeaba un prado, inesperadamente grande, que se extendía en el
extremo mismo de la ciudad. Tras el prado veíanse los techos de paja de unas
blancas casitas campesinas. Pero las agujas sacudieron de nuevo los vagones,
que comenzaron a internarse, más lentamente ya, en una tupida red de vías
destinadas a trenes de mercancías. No se veían ya casitas campesinas; las casas
de la ciudad, rojas y grises, contemplaban el tren desde una colina. Wanda se
removió en la lona, se sentó y volvió la cabeza hacia la ciudad. El convoy
entró en un angosto y largo pasillo, entre otros trenes de mercancías, y avanzó
muy despacio. Igor quedó pensativo, contemplando la caja de la vía. Oyó a sus
espaldas un ruido sordo y dio la vuelta con rapidez: en la batea se hallaba un
guardia de ferrocarriles que, enderezándose después de un difícil salto, los
contemplaba atentamente. Wanda desapareció de la batea como una sombra
invisible. - ¿Eres tú Igor Cherniavin? - Yo soy. - ¡Vaya! Aquí tenemos un
telegrama... ¿Tú cobraste cien rublos por un giro falsificado? Los ojos de Igor
reflejaron una admiración desbordante. - ¡Oh, qué rapidez! ¡Sí, imagínese, los
cobré! No quería aceptarlos, ¿sabe?... El guardia se sonrió y dijo, señalando
hacia atrás con la cabeza: - Vamos. Igor se rascó la nariz: - ¡Qué lástima! Me
da pena separarme de ti, Vania. Eres una bellísima persona. Y Wanda...
¿Entiende usted, camarada guardia?, no puedo ir. Vania se azoró: - ¿Y... a
dónde vas? - ¿Que a dónde voy? Voy detenido... en nombre de la ley. - ¿Por qué?
- Por lo de la abuelita. - Vamos, vamos -repitió el guardia, dando a Igor una
palmada en el hombro. Igor apoyó las manos en el borde del vagón, dispuesto a
saltar, miró a Vania y le dijo: - Tú, Vania, vete a la colonia. Dicen que la de
aquí es buena. Se llama Primero de Mayo. Saltó, seguido del guardia. Vania los
acompañó con la mirada, puestas las manos en las rodillas. Era demasiada
amargura para que cupiera en tan poco cuerpo. Ryzhikov salió de detrás del
tractor, sonriendo con maligna alegría: - ¡Tenga la bondad! Me mandan una
esquela: Querido Igor, aquí tiene cien rublos. ¡Trabajo fino! ¡Dónde está
Wanda? Vania respondió atemorizado: - No sé.
7. En su calle.
- ¿A dónde piensas ir? -inquirió Ryzhikov,
cuando llegaron a la parada del tranvía cercana a la estación de mercancías. La
calzada estaba cubierta de polvo de carbón. Nubes de gorriones levantaban el
vuelo al paso de ruedas y cascos. Había cola junto a la parada del tranvía.
Muchas botas necesitaban betún. Vania no tuvo tiempo de contestar a la pregunta
de Ryzhikov: un hombre de uniforme se le acercó y le dijo, bonachón, señalando
con la cabeza hacia una valla: - ¿Limpias? - ¿Con betún negro? - Claro que sí.
Tengo que presentarme al jefe, y ya ves qué zapatos... Vania miró en torno: no
había donde sentarse. Un poco más lejos vio una vieja terracilla de madera. -
¿Y si nos vamos a los escalones? El hombre que había de presentarse a su jefe
asintió en silencio. Vania echó a correr delante para prepararlo todo. Cuando
el cliente llegó, estaba ya untando de crema uno de sus cepillos... - ¡Espera,
espera! Primero quítales el polvo. Vania puso manos a la obra. Ryzhikov se
sentó un poco más arriba, en la misma escalera, y contemplaba en silencio la
calle. - ¿Cuánto es? - Diez kopeks. - ¿Tienes vuelta de quince? Vania metió
mano al bolsillo. Allí no había más que cuatro monedas de diez kopeks. - Veo
que no tienes cambio. En fin, ¡qué se le va a hacer!, quédate con los cinco de
vuelta -dijo el cliente. En cuanto el hombre de uniforme se hubo retirado, se
acercó una muchacha pidiendo que le lustrara los zapatos; luego llegó un
soldado y preguntó: - ¿Cuánto llevas por unas botas altas? Vania quedó cohibido
ante el soldado rojo. Nunca había limpiado las botas a militares y, como no
sabía lo que debía pedir, tartamudeó: - Di... diez kopeks. - ¡Si será imbécil!
-masculló Ryzhikov; pero el soldado, muy satisfecho, descansó el pie sobre la
caja. - Cobras poco, pequeño, muy poco. Aquí todos piden veinte kopeks por las
botas altas. Vania olvidóse de preguntar: "¿Con betún negro?"
Trabajaba con ahínco, poniendo en juego los ojos, las cejas y hasta la lengua.
Le faltaba aún destreza para manejar rápidamente dos cepillos a la vez. Uno se
le escapó de las manos y salió despedido bastante lejos. Ryzhikov soltó una
carcajada y ni siquiera se movió para recogerlo. El propio Vania tuvo que
levantarse, muy contrariado, e ir por él. El soldado le dio los diez kopeks,
diciéndole: - Bravo. Me has cobrado poco, y brillan como un espejo. El soldado
se alejó, mirándose las botas. A Vania le dolían los brazos y la espalda. Los
codos apoyados en las rodillas, contemplaba en silencio la calle. Las casas, de
ladrillos, eran todas iguales: todas tenían dos pisos y estaban cubiertas de
polvo. Las separaban pequeñas vallas, cada una con su puerta. A la entrada de
casi todas había bancos con gente, que roía pipas de girasol. Vania recordó que
al día siguiente sería domingo. Por las aceras de ladrillos pasaban a veces,
conversando, dos o tres personas. Detrás se abrió una puerta; y una voz
carraspeante y desagradable preguntó: - ¿Qué hacéis aquí? ¿Sois vagabundos?
Vania se puso en pie de un salto y volvió la cabeza. También se levantó
perezosamente Ryzhikov. En la puerta había un hombre alto, seco, de bigote
gris: - ¿Sois vagabundos? - No. - ¿Limpiabotas? ¿Sí? ¿Tienes tacones de goma?
Vania, que sólo llevaba en su cajón dos cepillos y dos cajas de betún negro,
respondió: - ¡No, no tengo! - ¡Bah! ¡Limpiabotas! ¿Qué clase de limpiabotas
eres tú? Bueno, vamos a creerlo, pero ¿y éste? Ryzhikov volvió la espalda,
malhumorado. - ¿Qué haces tú aquí? ¿Esperando la noche? Ryzhikov replicó con
voz cascada y creciente mal humor: - No espero nada... Es que... me he encontrado
con este conocido. - ¡Ah... con este conocido!... El viejo echó la llave a la
puerta, bajó los peldaños y apuntó con su nudoso dedo a Ryzhikov, diciendo: -
Tú, lárgate de aquí. Ya veo qué clase de "conocido" eres. - Ahora me
voy, no se preocupe. ¿Es que no puede uno pararse en la calle? ¿Eres tú quien
ha inventado esa ley?
Convencido
de su razón jurídica, Ryzhikov iba enojándose más y más. El viejo se sonrió
socarrón y le repuso: - Si las leyes de aquí son malas, vete a donde sean
mejor. Yo voy a la tienda. Que no te encuentre aquí cuando vuelva. Echó a andar
calle adelante. Ryzhikov lo siguió con ojos de hombre ofendido y, volviendo
asentarse en la escalerilla, refunfuñó, casi llorando: - ¡No lo dejan a uno en
paz! ¡"Esperando la noche"! En aquel instante se acercó un joven y
exclamó con entusiasmo: - ¡Qué progreso! ¡Un limpiabotas en nuestra calle! ¡Y
qué simpático! ¡Salud! - ¿Lo quiere negro? -inquirió Vania. - Negro. ¿Este va a
ser tu puesto fijo? Mientras untaba de betún el cepillo, Vania se encogió de
hombros muy serio y dijo titubeante: - Sí. El cliente no preguntó siquiera el
precio y le tendió quince kopeks. - No tengo vuelta. - No importa, no importa;
yo te pagaré quince kopeks, con tal de que te des prisa. Vania se echó el
dinero al bolsillo y se puso de nuevo a contemplar la calle. La proximidad de
la tarde la hacía parecer menos sucia. El tranvía tenía muy intrigado a Vania.
Había oído hablar mucho de él, pero no le había viste nunca, y ahora sentía
ardientes deseos de meterse en un vagón y viajar en él a cualquier parte.
Estaba el chico de muy buen humor. En su alma apuntaba un pequeño orgullo:
todos los transeúntes lo veían en la terracilla, dispuesto a servirles.
Ryzhikov dijo de pronto: -¿Sabes qué, Vania'? Dame cincuenta kopeks, ¿eh?
Mañana te los devuelvo. - ¿De dónde los vas a sacar? - Yo sé de dónde sacarlos.
Hay que ir a comer algo. Vania sintió un hambre repentina: estaban sin probar
bocado desde que, por la mañana, se comieron en la batea los restos de la cena
de la víspera. - ¿Cincuenta kopeks'? ¿Cuántos tengo yo? Noventa. ¡Ah, se me
había olvidado el otro dinero! - ¿Qué "otro"? - El que me dio Igor...
El de la abuelita. Vania desdobló el billete, lo miró tristemente y volvió a
guardárselo. - Venga, dame los cincuenta kopeks. ¡Fíjate cuánto dinero tienes!
- Ese no se puede tocar -dije Vania y le dio cuarenta y cinco kopeks, partiendo
por la mitad su fortuna. Ryzhikov tomó el dinero: - A la hora de dormir...
vendré a buscarte. Vania recordó con angustia que había que pensar en dónde
pasar la noche. Hasta aquel momento no se había acordado de aquella necesidad.
Preguntó turbado: - Sí, ¿dónde vamos a pasar la noche'? - Ya encontraremos
dónde. Aquí está prohibido quedarse en la estación. Ryzhikov se alejó
apresuradamente calle abajo. Vania volvió a sentarse en los escalones, muy
triste. El sol se ocultó tras las casas. La gente pasaba junto a Vania sin
mirarle siquiera. En la acera opuesta alborotaba una patulea de chiquillos. La
voz de una niña mimada dijo: - Ahí está sentado un pequeño limpiabotas. Otra
chiquilla se puse también a mirar a Vania. Pero alguien le dio un tirón; ella
se echó a reír y corrió hacia una puerta. Sonó la voz de una mujer: - Varia, se
te va a enfriar la sopa. Es la segunda vez que te lo digo. La niña mimada
protestó melindrosa: - ¡La primera, la primera, la primera! Vania apoyó la cabeza
en el puño y miró al otro lado de la calle. El anciano bigotudo regresaba de la
tienda. - ¿Aquí todavía? -se interesó-. ¿Dónde está el otro? - Se ha ido
-respondió Vania. - También es hora de que te recojas tú; ¿quién va a limpiarse
las botas tan tarde? No te olvides de traerme mañana los tacones de goma. Vania
preguntó: - ¿Queda muy lejos de aquí la tienda? - ¿Para qué la necesitas? ¿Qué
vas a comprar? Cigarrillos, seguramente. - No, cigarrillos no necesito. Pero,
¿dónde queda? - Aquí mismo, a la vuelta de la esquina. Vania recogió los
cepillos y el betún, levantó la caja y se encaminó hacia la tienda.
8. La noche.
Pasaron
la noche en unas pilas de paja, a poca distancia de allí. Para llegar al campo
bastaba con atravesar dos manzanas por la misma calle, cruzar un paso a nivel y
andar un poco más. Quizá aquello no fuera todavía el campo, pues delante
brillaban algunas luces, pero allá, pasada la última casa, se extendía un vasto
descampado, la hierba susurraba bajo los pies, y a un lado estaba la paja
aquella. Debía encontrarse sobre un altozano, porque desde allí se veía muy
bien la ciudad, llena de luces. Muy cerca, en el paso a nivel, ardía con
intensa luz un farol que hería la vista. Vania había ido allí de mala gana.
Cuando dejaron atrás la última casa, se arrepintió de no haber buscado albergue
en la población. Ryzhikov, en cambio, caminaba seguro, silbando, metidas las
manos en los bolsillos. - Aquí -dijo, deteniéndose-. Amontonaremos paja y no
tendremos frío. Además, la ciudad está al lado. Vania dejó en tierra la caja.
No tenía sueño, y se puso a observar la ciudad. Aquella ocupación le producía
un gran placer. Delante, las luces, muchas, se esparcían sobre una vasta
superficie. Tan pronto parecían desparramadas en desorden como formaban líneas.
Daba la impresión de que estaban jugando. Algo más lejos comenzaba una hilera
de grandes casas, cuyas luces eran decolores distintos: amarillo, verde, rojo
intenso. - ¿Por qué es eso? -se interesó Vania-, Unas ventanas son así, otras
asá... - ¿Qué dices? -preguntó Ryzhikov, agachándose para arreglar el lecho de
paja. - ¿Por qué son distintas las ventanas? - Depende de las lámparas. Se les
ponen unos gorros que se llaman pantallas y que gustan mucho a las mujeres. Hay
pantallas coloradas y las hay verdes. - ¿Son ricos los que las tienen? - Ricos
y pobres. Pueden hacerse de papel. Hay quien tiene en su casa una pantalla estupenda
y nada más. En esas casas no hay nada que se pueda birlar. Es un verdadero
engaño… - ¿Robar? -preguntó Vania. - Nosotros no decimos "robar",
sino "birlar". - Yo me voy mañana mismo a ésa... a la colonia Primero
de Mayo. - También allí se puede birlar algo. Lo que hace falta es tiento. -
¿Para qué? - ¡Pues sí que eres tonto! ¡Tonto de remate! ¿Cómo que "para
qué"? - ¿Irse allí a vivir, y después birlar? - Pues, ¿qué te crees? - ¿Y
luego ir a parar a la cárcel? - ¡Primero hace falta que te echen el guante! -
Pues a Igor ya se lo han echado. - Porque es idiota. ¿A quién se le ocurre
meterse con Correos? De todas maneras, no le pasará nada: es menor de edad.
Ryzhikov tomó otra brazada de paja. . - El guarda de nuestra estación... se
murió, y a su hijo Mishka lo mandaron también a la colonia Primero de Mayo.
Escribió desde allí. - ¡Primero de Mayo! -Ryzhikov extendió la paja, la aplastó
con los pies y se tendió-. ¡Anda, acuéstate! Vania guardó silencio y se tendió
también. Las estrellas ardían en el cielo. A su luz, los desaliñados montones
de paja parecían grandes construcciones negras. *** Vania se despertó temprano,
pero era ya de día. El sol se asomaba por detrás de la pila de heno. Tendido a
la sombra, Vania sintió frío. Se levantó de un salto, con la ropa llena de
paja, y miró a la ciudad. De día era distinta. En algunos puntos ardían los
faroles, ya superfluos, y el del paso a nivel continuaba arrojando su intensa
luz. La ciudad era ahora más interesante y compleja, aunque no tan bonita. ¿Qué
importaba? Fuera como fuese, había gran cantidad de casas y de techumbres, y a
bastante distancia se erguía un alto edificio blanco con columnas. Aquello era
la verdadera ciudad, y había que ir a verla. Ganaría algún dinero y luego iría
a... No, lo mejor era tomar el tranvía. De fijo que en la ciudad habría cine.
Pero de momento debía ir a "su" calle. Vania recordó al joven que
tanto se alegrara la víspera al enterarse de que en ella trabajaba un
limpiabotas. Con toda seguridad, habría allí mucha gente deseosa de lustrarse
el calzado. Menos mal que le quedaba todavía una caja entera de betún negro.
Vania quiso volver a cerciorarse de si estaba llena y se inclinó hacia la caja
de limpiar, pero la caja no estaba allí. Apartó la paja con el pie. Echó una ojeada
a su alrededor y advirtió que Ryzhikov se había evaporado también. Vania rodeó
el montón de heno, retornó al punto de partida, contempló con fastidio la
ciudad, volvió a mirar en torno, se recostó sobre la pila de heno y quedó
pensativo. Acordándose súbitamente, metió la mano en el bolsillo, rebuscó en
él, le dio la vuelta: los diez rublos habían desaparecido también. Vania dio
unos cuantos pasos hacia la carretera, pero se detuvo: no tenía por qué ir a la
ciudad.
9. Los machos cabríos.
Había
transcurrido un mes entero después de los acontecimientos descritos. Muy de
mañana, un miliciano joven, marcial y cumplidor despertó a Igor en la
comandancia y le dijo: - ¡En marcha, camarada! Ya tendrás tiempo de dormir en
la colonia, y yo necesito estar de vuelta a las nueve. Igor se puso con premura
la chaqueta, debajo de la cual ya había camisa. Cierto que una camisa corta y
de algodón, pero él sabía sacar graciosamente su cuello amarillento por encima
del de la chaqueta. Los porteros barrían las calles con escobas secas, pero el
polvo se levantaba de mala gana sobre las aceras. La mañana era clara, diáfana,
tonificante. Igor se sentía feliz de entrar "en la vida nueva" una
mañana como aquélla. La vida nueva no interesaba gran cosa a Igor. Era Polina
Nikoláievna, la de la Comisión de Menores, quien a cada instante repetía:
"vida nueva", "vida nueva". Igor amaba la vida en general,
sin meterse a discernir si era nueva o vieja. Nunca había pensado en el mañana
ni en el ayer. Pero cada nuevo día cautivaba siempre su atención: era para él
una página sin abrir, y se recreaba dándole la vuelta sin apresurarse y mirando
con ojo curioso los nuevos relatos que le brindaba. Aquella mañana se le hacía
mucho más agradable porque en el curso de un mes había vuelto páginas muy
monótonas, y hasta empezaba ya a habituarse a semejante uniformidad. No era la
primera vez que comparecía ante la Comisión de Menores; y tampoco ésta encontró
allí nada nuevo.
Polina Nikoláievna, una mujer bajita, de nariz
puntiaguda, muy inteligente y bondadosa al parecer, a quien conocía de tiempo
atrás, le preguntó con apenada cortesía por sus padres, por el estudio y por
qué se había dado a la mala vida. Mientras duró la conversación, Polina
Nikoláievna no iba mirando, como el año anterior, un gran pliego con el
encabezamiento: "Orden del interrogatorio", pero le hizo las mismas
preguntas. El contestó cortésmente. Comprendía que Polina Nikoláievna prestaba
honrado servicio a gente como él, por una retribución harto modesta y que debía
serle grato conversar con una persona decente aunque sólo fuese de vez en
cuando. Igor era amigo de complacer a los demás, y por eso hablaba con Polina
Nikoláievna en un tono caballeresco, cosa nada difícil para él. Polina
Nikoláievna, golpeando la mesa con el lápiz, preguntaba: - ¿Su padre es
profesor? - Sí. - ¿En Leningrado? - Sí. - ¿Por qué no quiere usted reunirse con
él? - No me gusta su carácter. Es grosero, insensible, engaña a mi madre, y no
puedo vivir a su lado. - ¿Disputaban ustedes a menudo? ¿Tenían grandes
altercados? - No; no me hablaba con él. - Ya podía usted tener compasión de su
madre, Igor. - Lo siento en el alma, pero mi madre no quiere separarse de él. -
Igor, usted es un chico bien educado..., ¿hasta cuándo va a andar metido en
todas estas... aventuras? - Polina Nikoláievna: no queda otro remedio. Ya es la
segunda vez que me vuelven a la fuerza a casa de mi padre. De todas maneras, no
me quedaré con él. - ¿Y si no lo mandamos con su padre? - A mi juicio, sería
estupendo. - ¿Dejaría usted de hacer trastadas? - Confío en que sí. - ¿Por qué
confía? - Porque usted ha conversado conmigo. Polina Nikoláievna lo miró
agradecida: - ¿Le serán de provecho mis palabras? - Creo que me ayudarán mucho.
- ¿Qué hacer con usted, Igor? ¿Conversar todo el día? Debo ocuparme también de
otros. Al decir esto, Polina Nikoláievna señaló con el lápiz a la puerta, tras
la cual aguardaban otros muchachos, en un angosto corredor. La cara pálida y
enjuta de Polina Nikoláievna, la blanca y fina tirilla de encaje de su cuello y
hasta el ágil e inquieto lápiz con que accionaba, expresaba su sincera pena por
no poder tomar a Igor de la mano y ser su guía en la difícil senda de la vida.
Comprendiéndolo así, Igor se compadeció: ella debía preocuparse también de
otras ovejas descarriadas. Quizás la compasión se reflejara nítidamente en el
rostro de Igor, pues Polina Nikoláievna bajó la vista con gesto doliente, y su
lápiz repiqueteó en la mesa un tanto nervioso. Se acercó un individuo que
vestía bata blanca. Tenía el hombre aquel una revuelta melena que arrancaba muy
bajo, casi junto a las cejas. ¡Los globos de sus ojos, muy grandes y surcados
de diminutas venillas rojas, casi se le escapaban de las órbitas. Parecía como
si aquel hombre de pulcra bata blanca llevara acuestas un fardo superior a sus
fuerzas. Polina Nikoláievna dijo fatigada: - Pase al gabinete, Cherniavin. Este
camarada debe realizar algunas pruebas de sus aptitudes para el trabajo... Igor
había sido ya objeto de tales investigaciones, sólo que las veces anteriores el
de la bata blanca era otro. Se levantó sumisamente de la silla, y el siguiente
trecho del camino de su vida (él no acertó a colegir si era vieja todavía o si
era nueva ya) lo recorrió en pos del hombre de la bata. No fueron muy lejos.
Entraron en un cuartucho contiguo con muebles pintados de blanco. Allí lo
sentaron en una silla, y el hombre de la bata dijo a otro hombre de bata
también. - ¡El laberinto de Parteus! Un desagradable repelo de frío recorrió la
espalda de Igor, quien, ante la mesa blanca, comenzó a pensar si,
efectivamente, no debería iniciar una vida más tranquila. Pero, al ver que
desplegaban sobre la mesa un ancho cartón con cuadros y rayas, cobró ánimo. El
de los ojos saltones se apoyó en la mesa y dijo con voz un tanto trémula: -
Usted se halla en el centro de este laberinto, ¿me entiende? Y debe encontrar
la salida. Tome este lápiz y muéstrenos cómo se las arreglaría para salir. Igor
miró a los dos hombres, pero se abstuvo de protestar. Tomó el lápiz y,
sonriente, se inclinó sobre el laberinto. Arrastró el lápiz hacia la salida,
pero pronto fue a parar a un callejón que no la tenía. Tras la ventana, muy
grande; sonaron unos golpes. Igor miró y vio en un balcón a una muchacha
sacudiendo con un fino palo una alfombra colgada en una cuerda. Igor volvió a
pensar que debería, en fin de cuentas... ¡el diablo sabía qué! En aquel
instante, el de los ojos saltones le quitó el cartón de debajo de las manos y
puso otro en su lugar. Era un nuevo laberinto. En un ángulo se veía un macho
cabrío regalándose con unos frutos prohibidos, y en el otro, una muchacha con
una vara en la mano. Tenía cierta semejanza con la del balcón. Igor sonrió,
miró al balcón y cayó en la cuenta: pasaría mucho tiempo antes de que la
muchacha llegase hasta el macho cabrío, que lograría darse un buen hartazgo.
Igor levantó la vista hacia el hombre de la bata. - ¡Una construcción poco
práctica! - ¿Qué es poco práctico? - Pues esto... ¿A qué tanto patio? El animal
tiene campo para hacer lo que quiera. -
Si sigue usted mirando aquí y allá, no resolverá nada. Igor se concentró en el
cartón. El macho cabrío era tan bonachón, que no le pareció bien molestarlo: -
¿Sabe lo que le digo? ¡Dejemos que paste ahí! - ¿Cómo es eso? -gritó el de los
ojos saltones. - Creo que no se perderá gran cosa. Unos arbustos de mala
muerte. - Imagínese que son matas de frambuesa. - No lo creo. Es un temor vano
el de usted. - ¿Dónde ha aprendido a contestar así? -gritó el de la bata, y
tiró con fuerza del cartón. - ¿Hacemos el experimento de la flauta? -inquirió
el otro. - No -respondió, seco, el de los ojos saltones, y se acercó al lavabo,
donde estuvo largo rato frotándose los dedos, uno por uno. Luego salió al
corredor e invitó a Igor a que le siguiera. - Vamos. Junto a la mesa de Polina
Nikoláievna, el hombre se dejó caer cansadamente en una silla: -¿Qué tal?
-preguntó la mujer. - Flojo. Muy flojo. El resultado es nulo. Distraído, falto
de inventiva, carece de imaginación. - ¿Qué está usted diciendo? Lo que se
requiere es reducirle la inventiva a la mitad, y usted me viene con que no la
tiene. Tome y lea. Le alargó una carpeta bastante abultada. El de la bata se la
llevó hasta los ojos y empezó a mover la cabeza de derecha a izquierda, recorriendo
los renglones: - Eso no quiere decir nada, Polina Nikoláievna. No sabemos si
será iniciativa o espíritu de imitación. Estos papeles -dijo agitando la
carpeta- no demuestran nada. - Pues yo le aseguro que se equivoca. Le ruego
encarecidamente que vuelva a examinarlo. Verá usted que se engaña. El de los
ojos saltones se levantó ofendido y se encaminó a su habitación, diciendo: -
¡Está bien! - ¿Qué hace usted sentado? -se dirigió Polina Nikoláievna a Igor.
El muchacho siguió con los ojos al de la bata blanca y, cuando la puerta se
hubo cerrado tras él, preguntó confidencialmente: - ¿A qué viene todo esto,
Polina Nikoláievna? Ella alzó la vista hacia el muchacho: - Es necesario. - No
comprendo por qué. - Están probando sus aptitudes. - ¿Y para qué necesitan conocer
mis aptitudes? - Igor, vaya y no discuta. El muchacho entró nuevamente en la
habitación y se detuvo en silencio junto a la pared. Mientras los hombres de
las batas revisaban carpetas, cajones y mapas, sintió que el dolor, denso,
bullía en su alma. Le pareció que una mano recia subrayaba en ella su soledad,
los sucesos de los últimos fastidiosos días, el abandono del simpático Vania en
la estación, la radiante infancia pasada para siempre, la imagen de la madre y
los viejos pesares: el padre irascible, infiel y extravagante, y otra gente,
cruel y fría. Sobre la mesa había una larga caja dividida en compartimentos. El
hombre de los ojos saltones le dijo: - Siéntese. Todo esto lo recordaba Igor
Cherniavin mientras caminaba con el miliciano por las anchas aceras iluminadas
por la luz de la mañana. El último mes había sido triste, un mes anodino y
tonto. Polina Nikoláievna lo persuadía para que comenzase una nueva vida; los
hombres de las batas colocaban ante él cartones y más cartones. El
aburrimiento, fue mucho mayor cuando Igor se resignó con su suerte y aprendió a
encontrar la salida de todos los laberintos y a ensartar un hilo por los
agujeros de una flauta. Al principio ejecutaba todos estos ejercicios mofándose
de sí mismo, de los machos cabríos y de los individuos con batas; pero luego lo
hacía todo con sombría seriedad de experto. Para matar el tedio, realizó un
pequeño esfuerzo y se ganó las simpatías de los hombres con bata, a quienes
ayudaba a comprobar las aptitudes de otros muchachos. Lo único que no aprendió
fue a anotar y calcular. Los preceptores no consagraban a nadie en sus
misterios, cuya significación ocultaban con palabras incomprensibles como
"test" o "correlación". El gabinete era más entretenido que
la comandancia: a Igor le disgustaban la ruidosa y harapienta multitud de niños
vagabundos, sus burdas bromas y su incultura. En el gabinete podía decir con
altivez de sacerdote a algún novato: - Señor, hasta que este sollo no atrape a
este miserable pececillo, no saldrá usted de aquí. - ¿Vea dónde ha ido a parar
el balón? Tráigalo hasta la red de voleibol. Se prohíbe tirarlo. Llévelo en la
mano. ¿Saltar por encima de la valla? Olvídese de sus costumbres callejeras.
Situándose a espaldas del novato, observaba con fría mirada los vanos intentos
del sujeto analizado, que terminaba por decir con desencanto: - Jugando así
nunca se gana. - Usted, míster, no debe ganar. Los únicos que ganamos aquí
somos nosotros. Lo lamentable era que, en comparación con los amos del
gabinete, Igor ganaba poca cosa: un bocadillo de más durante el desayuno.
Comparadas con ello, sus empresas en Correos eran mucho más lucrativas, aunque
en materia de equipo técnico fuesen mucho más sencillas. Igor recordaba
abochornado sus triviales y vergonzosas actividades en el gabinete, fruto todas
ellas de la horrible mala suerte que tuviera con el dinero de la abuela. No
obstante... las páginas de aquel pretérito habían sido vueltas ya. El nuevo día
corría al encuentro; al principio desfilaron las conocidas calles céntricas;
vinieron después lugares nuevos: un malecón estrecho y sucio, una plaza de
abastos, atestada de carretas, y la avenida Joroshílovka, generosamente techada
por el cielo. Las casitas de la avenida eran pequeñas, entre ellas florecían
jardines, y por delante se deslizaba el tranvía, corretón, rápido, alegre. Pero
se terminó la Joroshílovka; la calzada seguía por entre campos de lozano
verdor, y el tranvía rodaba por raíles tendidos sobre traviesas, como si fuera
un tren. Las franjas verdes, la carretera, el tranvía, todo iba hacia un bosque
de robles. Al mismo robledal llegaron el miliciano e Igor. De la carretera
partía un camino empedrado. Lo atravesaba un rótulo de tela metálica en el que
ponía con letras doradas:
COLONIA PRIMERO DE MAYO
10. Las primeras impresiones.
Cubrieron
el camino rápidamente. El miliciano estaba contento de terminar su comisión de
servicio; Igor, de entrar en la "nueva vida". Al final del camino
-que no tardó en salir a un campo, un auténtico centenal saturado de las
fragancias de la tierra, con flores en las lindes- se divisaban unos tejados.
Más allá, hasta el propio horizonte, se extendía un bosque en cuyo lindero
estaba recogida la colonia. En uno de los edificios, en dos elevadas astas,
ondeaban dos banderas estrechas y largas. Igor, que sólo había visto banderas
parecidas en los palacios de las láminas de los cuentos que leyera mucho tiempo
atrás, preguntó: - ¿Ahí viven? La pregunta extrañó al miliciano: - Pues claro.
¿Dónde van a vivir? - ¡Qué banderas tienen!... ¡Es curioso! - Sí, lo de las
banderas es verdad. Aquí todo es... raro. Pero la gente es buena y vive bien.
Igor se encogió de hombros y hundió las manos en los bolsillos. No podía
apartar la vista de las dos estrechas banderas agitadas por el viento. Las
astas se alzaban en dos torres que coronaban la casa. - Y tienen torres, como
en una fortaleza. - Simplemente, el edificio es así, pero no puede compararse
en nada con una fortaleza -replicó el miliciano. Igor no quiso discutir. De
todos modos, las dos torres recordaban una fortaleza y eso, aun siendo
atrayente, inspiraba recelo: en todo caso, Igor no pensaba vivir en una
fortaleza. Pero, cuando se aproximaron, vio que, efectivamente, no había
fortaleza alguna, sino un vasto edificio gris de dos pisos y bellos contornos.
En sus paredes brillaba algo así como diminutas chispas. Unos miradores,
sobresaliendo de la fachada, se elevaban sobre los tejados a manera de torres
en las que flameaban las banderas. El miliciano e Igor avanzaron por el
empedrado, que ahora corría ya a lo largo del edificio, del que los separaba
una ancha franja de floridos arriates. Hacía mucho que Igor no veía tantas flores.
Entre los macizos serpeaban limpios senderos de arena dorada; por uno de ellos,
del lado de Igor, iban dos muchachas, dos muchachas auténticas, ¡qué diablo!,
bonitas y acicaladas. Una de las dos, de naricilla respingona y ojos alegres y
vivarachos, miró a Igor y dijo a su amiga, una morena de ojos negros: - ¡Un
chico nuevo! ¡Fíjate, lleva chaqueta! Igor se ruborizó ligeramente y volvió la
cara. A decir verdad, ¿qué tenía de particular que llevase chaqueta? Por la
acera, junto a la entrada, había gente paseando: adolescentes, niños, mocitas.
A algunos de los muchachos comenzaba a apuntarle el bigote... Vestían de modo
distinto, pero se notaba, por los lamparones de grasa, que llevaban ropa de
trabajo. Los chicos iban de pantalón corto y descalzos. Las muchachas, como
siempre, más compuestas. - Es gente seria -dijo Igor como para sí, sonriendo al
miliciano, que no advirtió la sonrisa. A la puerta del edificio, abierta de par
en par, había un mozalbete de unos trece años, frente ancha y ceño adusto, que,
entre aquella animada y tranquila muchedumbre, descollaba por su aspecto,
extraordinariamente oficial: botas, pantalón de montar, polainas, camisa azul
marino metida en el pantalón, estrecho cinturón negro con hebilla, emblema
dorado en una manga y ancho cuello blanco, impecablemente limpio, aunque un
tanto arrugado. Sostenía con ambas manos, por el extremo del cañón, un fusil
verdadero, con la bayoneta calada. Igor clavó los ojos en aquella figura, pero
otras impresiones distrajeron su atención. Dos chiquillos salieron del edificio
a todo correr y tiraron por un sendero. El de detrás gritó: - ¡Vaska, Vaska!
¡Espera! ¡Las llaves las tengo yo! También captó Igor otras palabras, pero se
referían a sucesos desconocidos que, sin duda, debían ser dramáticos: - ¡Alexéi
lo ha llamado y le ha dicho que lo encuentre! - ¡Oh! - Le ha advertido que, si
no le encuentra, se tratará en la asamblea general. - ¡Ay, ay, ay! Otra
circunstancia extrañó a Igor: camino de la colonia había experimentado una gran
desazón, pues esperaba que los colonos se le iban a echar encima con preguntas,
observaciones y mofas, sobre todo porque se daba la circunstancia particular de
que iba conducido por un miliciano. Ahora, en cambio, hasta se sentía zaherido:
tanta gente en derredor, y nadie le Banderas
en las torres hacía el menor caso, como si él y su guardián no existiesen. Sin
embargo, era evidente que su aparición entre los macizos de flores no había
pasado desapercibida para nadie, que cada cual había puesto una nota bene a su
figura, una nota bene indudablemente irónica. Igor pensó: "¡Gente
maligna!" Pero en esto comenzó a ser objeto de mayor atención. Por el
sendero, muy cerca de él pasaba un chico de ojos negros y pantalón corto,
silbando y mirando a su alrededor. Se veía que llevaba una dirección concreta,
que iba a donde necesitaba ir. El chico aquel había echado desde lejos a Igor
una rápida ojeada y volvió a hacerse el distraído pero, al pasar junto a él
dijo: - Tío, ¿dónde se ha dejado usted la corbata? Igor no cayó en que se había
dirigido a él y miró en derredor. Pero acto seguido adivinó que, a juzgar por
los trajes, allí no podía haber más problema de corbata que el suyo, pues la
vestimenta de los demás no requería corbata alguna. Pero cuando hubo atado
cabos y quiso alcanzar con la mirada al rapaz de los ojos negros, éste se había
confundido ya entre los otros, y era imposible identificarlo. En aquel preciso
instante salió de la casa otro chiquillo, también descalzo y con pantalón
corto, de unos doce años, guapote, lozano y, al parecer, un tanto presumido. Al
andar hacía gala de peculiar soltura y firmeza, y sus grandes ojos oscuros
miraban como si fuera el amo de todo. Se detuvo el chico al borde del único
escalón, levantó una larga trompeta con fulgores de plata, se humedeció con
presteza los labios y, enfilando el instrumento hacia arriba, rompió a tocar.
Era una señal: breve, intermitente, floreada al final con una coletilla jocosa
y zumbona. El muchacho la tocó una sola vez, bajó la trompeta, contempló
sonriente a los chicos más inmediatos y, de pronto, saltó del escalón y salió
corriendo. Al llegar a la esquina de la casa, se detuvo y reprodujo la señal.
Igor no pudo contenerse, y preguntó al chico que tenía más cerca: - ¿Qué es lo
que toca? - ¿Quién? ¿Begunok? Toca a trabajar... Al cabo de medio minuto, no
salía de la casa más que algún rezagado que corría a toda prisa en pos de los
demás. Quedó allí el mozalbete del fusil, y a él se dirigió el miliciano: - ¿A
quién debemos presentarnos? Aquí he traído al amigo... El centinela lo escuchó
muy serio, mas, por lo visto, no sabía qué responder, y dijo: - ¡Ahora! Al ver
a Begunok, que regresaba pausadamente con su trompeta, le pidió: - Volodia,
llama al jefe de guardia. Volodia Begunok adivinó al punto para qué se requería
la presencia del jefe de guardia. Volviendo la cabeza, puso en Igor los ojos,
entornados, y, al trasponer la puerta, casi canturreó:
- A
la... orden... Lo llama-remos... Pasó al interior, y el zagal del fusil quedó
allí como único blanco para Igor Cherniavin, que le preguntó sonriente: - ¿Y si
se me ocurriera... entrar sin permiso? ¿Dispararías? El chicuelo bajó la vista
hacia la culata del fusil y contestó con voz de bajo... - Disparar, no
dispararía, pero un culatazo en la testa no te lo quitaba nadie. El chico se
sonrojó al decir eso y se volvió de espaldas, como enfadado. Igor soltó una
risotada y miró con asombro al centinela. - ¡Vaya genio! -dijo. El muchacho lo
miró de soslayo y se sonrió de pronto, mas, al oír un rumor a su derecha, en la
fría penumbra del vestíbulo, se cuadró, echándose el fusil al hombro. Apareció
en el escalón un muchacho que frisaba en los dieciséis años. Su traje era como
el del centinela, con la única diferencia de que llevaba en la manga izquierda
un brazalete rojo. Igor comprendió que se trata del jefe de guardia. Además, el
centinela le dijo, señalando Igor: - Volenko, han traído a un chico... El rostro
de Volenko era fino, inteligente, pálido. Su boca tenía una expresión muy
severa: los labios, nerviosos, parecían siempre prestos a pronunciar una
reprensión. El jefe de guardia se aproximó al miliciano y miró de pasada a
Igor: - ¿Trae usted algún documento? El miliciano abrió un cuaderno: - Traigo
este papel. Firme usted aquí. Volenko firmó y le devolvió el cuaderno: - ¿Nada
más? - Nada más... Igor tendió la mano al miliciano y se sonrió: - Espero que
no nos volveremos a ver. - ¿Quién sabe? -respondió con fina sonrisa el
miliciano y, saludando militarmente a Volenko, emprendió el camino de regreso.
Volenko, que había estado observando la despedida, dijo a Igor: - Vamos.
11. Coloquios de hombres cultos.
Igor
entró en el vestíbulo y retrocedió un paso. Lo asaltó la idea de que aquello
era un malentendido, de que lo habían llevado allí por equivocación. Volvió la
cabeza hacia Volenko y luego volvió a mirar adelante. Tenía ante sí un ancho
tramo de escalera cubierto por una alfombra de terciopelo carmesí y rematado
por un rellano espacioso donde había una puerta de roble. En ella veíase un
cristal con unas letras de oro que decían: TEATRO
Junto a
la entrada al teatro, el cuadrilátero de un espejo enorme reflejaba el
siguiente tramo de escalera, otro rellano, otro espejo y -aquello era lo más
impresionante- una interminable cinta de flores muy rojas que crecían en
estrechos cajones dispuestos a lo largo de la barandilla. - Límpiate las suelas
-dijo Volenko, indicándole un trapo oscuro en el suelo de baldosas. Igor pasó
revista a sus botas y no las encontró sucias: - Las tengo limpias. Se acercó el
centinela con el fusil: - No las tienes limpias, sino muy sucias. Haz lo que te
han dicho y límpiatelas. Igor masculló: - ¡Esto es el acabóse!... No obstante,
se restregó las suelas en el trapo, que estaba húmedo y, por ello, parecía
oscuro. - Ahora aquí. -El centinela le mostró un limpiabarros con tres cepillos
y, atento, frunció el ceño mientras Igor ejecutaba la orden. Volenko lo
aguardaba pacientemente en el tercero y último peldaño de la escalera que
conducía a la parte superior del vestíbulo. Igor estaba intrigado: - Señores,
¿aquí son todos igual de serios? A Volenko le temblequeó levemente un ángulo de
su adusta boca y se puso a hacer girar en torno a su índice una llave sujeta a
un cordón. Mientras se limpiaba las botas en los cepillos, Igor examinaba al
centinela, de cuya tiubeteika1 escapaba un mechón de pelo que se rizaba en
espiral sobre la combada frente. - ¿Cuántos años tienes? El centinela movió los
labios, reprimió una sonrisa y miró a los pies de Igor con mayor severidad aún:
- ¡Eso no te importa! ¡Límpiate las botas! Igor alzó un hombro y tuvo un gesto
de ironía. - ¡Vamos, vamos! -le apremió Volenko. Torció a la izquierda por un
pasillo en cuya parte derecha había otra puerta de roble en la que se leía en
vistosas letras doradas: COMEDOR La puerta se abrió y del comedor se asomó una
muchacha de unos catorce años, con bata blanca, que preguntó: - Volenko, ¿no
has desayunado todavía? - No, Lena. Déjanos algo al nuevo y a mí. - Está bien
-respondió la muchacha, y cerró la puerta. A un lado del pasillo había grandes
ventanales y al otro, varias puertas, entre las que pendían, en grandes marcos,
periódicos murales o algo por el estilo. Al final había otra puerta con un
letrero:
CLUB SILENCIOSO
Pero no
fue allí donde entraron. La última puerta a la izquierda ostentaba la
inscripción:
CONSEJO DE JEFES DE BRIGADA.
Justamente
esta puerta fue la que abrió Volenko, invitando con la mirada a Igor a que
pasara. Igor atravesó el umbral y quedó cegado por el sol, que penetraba a
través de dos enormes ventanales. Entornó los párpados, pero ello no le impidió
advertir al instante una peculiaridad del aposento: a lo largo de sus cuatro
paredes había un diván mullido y estrecho que describía curvas en los ángulos.
Sentado en el rincón derecho, Volodia Begunok apoyaba la trompeta en la rodilla
y le sacaba brillo con un paño. Begunok miró de refilón a Igor, pero puso los
ojos en el rincón opuesto y dijo: - ¿Cuándo van a comprar la pasta? Promesas y
más promesas. Ya me tienen harto. ¿Verdad que es por mala administración,
Vitia? El aludido estaba en otro rincón del aposento sentado tras una mesita de
escritorio. Vitia se levantó y respondió: - Ahora hay poco dinero. - ¿Tanto se
necesita para eso? Treinta kopeks. Volodia se puso a frotar su trompeta más
enérgicamente, y no volvió a mirar a Igor. Por lo visto, en aquel instante era
para Volodia Begunok un fenómeno mucho menos interesante que el problema de la
pasta. Pero el chico llamado Vitia se interesó por Igor y salió de detrás de la
mesa para acercarse a él. Llevaba también pantalón corto y camisa de lienzo, y
se ceñía el talle con un estrecho cinturón negro. Pero Vitia no era ya un
chiquillo. Tenía al menos dieciséis años: era persona seria y experimentada. El
ojo certero de Igor lo advirtió al instante. La mirada de Vitia era rápida,
aguda y un tanto socarrona. Recogiendo un voluminoso paquete que le daba
Volenko, lo tiró sobre la mesa: - ¿De la comisión? - Sí. Igor le hizo una
cortés reverencia. Vitia se la devolvió, con leves visos de irónico remedo.
Begunok soltó una sonora carcajada, tendiéndose en el diván y agitando las piernas.
Igor pasó la mirada por todos los presentes. Vitia se sentó a la mesa, tomó el
sobre y leyó lo que decía: - ¿Igor Cherniavin? Mucho han escrito de ti... Sin
embargo, lejos de interesarse por lo que contenía el sobre, se aproximó de
nuevo a Igor, que, deseoso de evitarse preguntas superfluas, dijo: - Han
escrito mucho por muy poca cosa. Se trata de una pequeña irregularidad al
cobrar un giro. Vitia le replicó a bocajarro, con una sonrisa
Gorrito
redondo con bordados. (N. del T.)
Banderas
en las torres retozando en los ojos: - Escucha, amigo: aquí a nadie le
interesan tus irregularidades pasadas, ¿te enteras? A nadie le interesan. Lo
que interesa es lo siguiente: ¿piensas escapar o quedarte? Begunok levantó la
cabeza y se sonrió lentamente. Igor miró en torno. Intención de fugarse no
tenía, pero tampoco estaba bien claudicar tan a la ligera, y por eso respondió:
- Ya veremos. - Me gusta la respuesta -dijo afable Vitia-. Bueno, vamos a ver a
Alexéi Stepánovich. Fue entonces cuando vio Igor que el diván lo cortaba en un
sitio una estrecha puerta con otra inscripción:
DIRECTOR DE LA COLONIA
Vitia
abrió, e Igor se vio, inesperadamente, en el despacho. Tras él entraron Vitia y
Volenko. Begunok, dejando la trompeta en el diván, se coló de rondón con suma
habilidad; por lo menos, Igor no se dio cuenta de su presencia hasta que no lo
vio junto al escritorio. Volodia se acodó en la mesa y, descansando la barbilla
entre las manos, fijó la mirada en el director. El director estaba hojeando un
libro. Su figura no tenía nada de extraordinario: bigotes recortados, lentes y
cabeza rapada al cero. Levantó los ojos hacia Igor, y también los ojos eran
corrientes: grises y un tanto fríos. - Alexéi Stepánovich, un recién llegado
-dijo Vitia, señalando a Igor con la mano. Igor inclinó cortésmente la cabeza,
y Volodia Begunok no pudo evitar una sonrisa, que quedó impresa largo tiempo en
sus labios. Era indudable que Alexéi Stepánovich había notado la sonrisa de
Volodia y conocía la causa, pero aparentó no haber visto nada. - ¿Cómo te
llamas? - Igor Cherniavin. ¿Has estudiado en la escuela? - Sí. He terminado siete
grados. - ¿Por qué tan pocos? Alexéi Stepánovich se reclinó contra el respaldo
del sillón con una expresión de disgusto en su semblante. Sus ojos miraban a
Igor con desaprobatoria frialdad. Pero Cherniavin había estado siempre
persuadido de que su instrucción rebasaba el promedio necesario para vivir. Por
ello creyó que el director bromeaba y, con muestras de vivo asombro, se encogió
de hombros y dijo: - ¿Pocos? ¿Siete grados son pocos? - ¿Acaso no lo sabes tú?
Existen el octavo, el noveno, el décimo. - Sí, pero eso no es para todos.
Alexéi Stepánovich no prestó atención a la respuesta de Igor. Se puso a hojear
el libro, guardó silencio un instante y luego dijo con acento de hastío,
arrastrando las palabras: - Bue-no... ¿Sabes lo que es el Dnieprostrói? -
¿Cómo? - El Dnieprostrói... ¿Sabes lo que es el Dnieprostrói? - ¿El
Dnieprostrói? Eso es... una estación. - ¿Una estación? - Sí, una estación...
Hay allí un puente y... una estación. Begunok, entusiasmado, dejó escapar una
aguda risotada, la boca tapada con las manos. - Perdón... Parece que allí no
hay ningún puente. Igor vio el esfuerzo que le costaba a Begunok reprimir la
risa, apretándose los labios con las manos. Volenko no sonreía, pero el labio
inferior le temblaba casi imperceptiblemente. Alexéi Stepánovich movió la
cabeza, sin dejar de hojear el libro: - ¡Es una vergüenza! ¡Sencillamente una
vergüenza! ¡Un hombre culto! ¡Ha hecho siete grados en la escuela y dice cada
tontería! Hay que tener un poco más de amor propio, camarada Cherniavin. - Se
me ha olvidado, camarada director... - ¿Qué es lo que se te ha olvidado? - Pues
eso. El Dnieprostrói. - El Dnieprostrói es algo que no se puede olvidar. ¿Me
entiendes? ¡No se puede olvidar! Además... has dicho... que los grados
superiores no son para todos. Eso... tampoco es muy ingenioso. - Lo dije en el
sentido de que... - Sentido tiene muy poco. Esa cantidad de sentido no me
satisface. Es poco, ¿entiendes? Alexéi Stepánovich clavó los ojos en los de
Igor. Este vio entonces que el rostro del director no tenía nada de frío ni de
aburrido: su expresión era viva y exigente. El muchacho respondió: - Entiendo,
camarada director. - ¡Vaya! Eso me gusta más. Está dicho con mucho más talento.
Y ahora, otra pregunta: ¿eres buen compañero? Los ojos de Alexéi Stepánovich miraban
ahora con ironía, como si su pregunta encerrase una celada que ni siquiera
trataba de ocultar. De ahí que Igor inquiriese: - ¿Que si soy buen compañero? -
Sí. ¿Eres buen compañero o... regular? En rigor, la pregunta era fácil de
contestar. Igor respondió gustoso y seguro: - Sí, puedo decir que no soy mal
compañero. Alexéi Stepánovich sonrió de repente con aire sencillo y amistoso, y
en su sonrisa había algo travieso, casi pueril: solamente los niños abren los
labios con tanta franqueza, mostrando el alma al sonreír. - ¡Bravo! ¿Sabes que
no eres nada tonto? Eso me gusta. Bueno... está bien. Ya nos irás conociendo
más 18 de cerca. Vitia, ¿dónde tenemos sitio? - En la octava brigada hay un
puesto vacante. - Muy bien. Te mandaremos a la octava brigada. Su jefe es
Nesterenko, persona seria. Tú eres un poco guasón, ¿verdad? Igor se sonrojó
ligeramente. - Un poco. - No le hace. En la octava brigada hay exceso de gente
seria. Descansa un poco, y luego, manos a la obra. ¿No piensas fugarte? -Esta
vez Igor no quería decir "ya veremos"; no obstante, recordó su
anterior contestación y miró a Vitia, quien, sencilla y firmemente, respondió
por Igor, sonriendo apenas con los ojos: - No, Alexéi Stepánovich: no piensa
fugarse. - Me alegro. De manera que... Volenko, encárgate tú del asunto.
Volenko se cuadró: - ¡A la orden!
12. Desconfianza total.
Todos
salieron del despacho excepto Volodia Begunok. Volodia retiró los codos de la
mesa: - ¡Alexéi Stepánovich! - ¿Qué hay? - Necesito a más no poder treinta
kopeks para pasta. - ¿Treinta kopeks? Bueno, se lo diré al administrador.
Volodia quedó en posición de firme, pero alargó el cuello, y sus ojos
adquirieron una acusada expresión de enfado y de ruego encarecido: - ¡No la
comprará! Palabra que no... Dirá... - Bueno. Toma treinta kopeks para la pasta
y veinte para el tranvía. - ¿Puedo ir ahora? - Sí... Hasta las cuatro.
Alborozado, ruidoso, saludando con la rapidez de un relámpago, Begunok dijo: -
¡A la orden, Alexéi Stepánovich! Salió a escape del despacho, pero luego
entreabrió la puerta y asomó la cabeza. - ¡Gracias! -casi gritó. Volodia
atravesó el corredor y pasó junto al centinela a extraordinaria velocidad, pero
hubo de regresar con idéntica rapidez para preguntarle: - ¿Dónde está el jefe
de guardia? ¿Dónde está Volenko? Apoyado en el fusil, el centinela arrugó el
entrecejo: - ¿Volenko? Se ha ido para allá con ese chusco... Para allá. Volodia
corrió en la dirección que le había indicado el centinela. Siguiendo por la
acera de losas, dobló la esquina y salió a un espacioso patio donde había
varias dependencias administrativas. En mitad del patio vio a Volenko y a
Cherniavin, que se dirigían al almacén. Volodia los alcanzó jadeante y, al
detenerse ante Volenko, se tambaleó: - ¡Camarada jefe de guardia! El camarada
Zajárov me ha dado permiso hasta las cuatro para ir a la ciudad. Volenko se
mostró extrañado: - ¿Con esa ropa? - No, con ésta no; sólo vengo a avisarte. Me
mudaré... Ahora mismo me pongo el traje de gala. Volenko siguió andando: - Te
mudas y te presentas a mí para que yo lo vea. Esta vez hasta las manos de
Begunok abandonaron la posición de firme. - ¡Cómo es eso, Volenko! No soy
ningún novato. Otros jefes de guardia me dejan salir siempre y... confían en
mí. Me mudaré de ropa sin falta. - Ya lo veré yo. Volodia decayó un tanto,
abatió los hombros, pronunció lúgubre y de mala gana el acostumbrado "¡A
la orden!" y les cedió el paso. Quince minutos después, cuando Volenko
conducía a Igor al baño, Volodia compareció de nuevo: - Camarada jefe de
guardia. ¿Puedo marcharme? Volenko había puesto ya el pie en un escalón, pero,
al oír la voz, volvió la cabeza, examinó atentamente a Volodia, le tanteó el
cinturón, le echó un vistazo a las botas y le arregló el cuello blanco.
Sobresaliendo de él, resplandecía con belleza indecible el rosado semblante de
Begunok. Sus grandes ojos castaños no se apartaban de los del jefe de guardia y
cambiaban poco a poco de expresión, pasando de un recelo azorado a un orgullo
triunfal. Volenko no le tocó la tiubeteika, pero dijo enfadado: - ¡Qué moda es
ésa! ¿Por qué llevas siempre ladeada la tiubeteika? La rápida mano de Volodia
enderezó la tiubeteika, y la expresión de orgullo se atenuó en sus ojos. -
¿Tenéis espejo en vuestra habitación? Hay que mirarse al salir. ¿Llevas dinero
para el tranvía? - Sí. - Enséñamelo. - ¡De verdad que llevo! ¡Mira que eres
desconfiado! - ¡Enséñamelo! La pequeña mano de Volodia se abrió a la altura del
cinturón, y sobre ella se inclinaron dos cabezas tocadas con tiubeteikas
doradas. - Treinta kopeks para la pasta y veinte para el tranvía. - Ten
cuidado, porque de todos modos me enteraré; hay que sacar billete y no viajar
de extranjis. Ya sé yo cómo ahorráis. - ¿Cuándo he ahorrado yo algo, Volenko?
Tú siempre... tan desconfiado. - Ya os conozco... Puedes marcharte. - ¡A la
orden! Esta vez, Volodia dijo "¡A la orden!" sin ningún enfado.
13. La "isplotacion".
La
ciudad era grande, y su mejor calle llevaba el nombre de Lenin. En lo alto de
la calle se erguía un blanco edificio con columnas: un teatro. Abundaban los
escaparates vistosos, pero Vania Gálchenko caminaba tristemente por entre el
público y los escaparates. Ya no llevaba calcetines, tenía la cabeza sucia y
desgreñada y sus botas habían adquirido un matiz amarillento. Vania había
vivido un mes difícil. La mañana en que, junto al montón de paja, se vio robado
y ofendido, lloró un poco y pensó mucho, pero no se le ocurrió nada. Continuaba
cavilando cuando, transpuesto el paso a nivel, entró en "su" calle.
Al ver la terracilla en que el día anterior estuvo limpiando botas, se le
encogió el corazón. Así comenzaron sus días difíciles. No pudo enterarse de
dónde estaba la colonia Primero de Mayo. Preguntaba en las calles a los
transeúntes, pero la mayoría le contestaba que no sabía dónde quedaba aquello y
otros seguían con un mudo ademán de fastidio. Vania tenía miedo de acercarse a
los milicianos. Temía también a los chicos vagabundos y procuraba esconderse en
cualquier parte cuando veía acercarse alguna pandilla. En pocas palabras, no se
habituaba a la gran ciudad, populosa y compleja. En la estación donde antes
viviera, todo era más sencillo y comprensible. Preguntó a una mujer joven que
iba empujando un cochecito con un niño: - ¿Dónde está la colonia Primero de
Mayo? Nadie lo sabe. - ¿La colonia Primero de Mayo? -la mujer detuvo el
cochecito-. He oído hablar de ella. Pero está lejos. Es fuera de la ciudad, muchacho.
- ¿Fuera de la ciudad? ¿Dónde? - No lo sé. Pregúntalo en Inspub. La palabra,
cortante, desconocida, atemorizó tanto a Vania, que no pudo reprimir un
suspiro. La vida en la ciudad le apareció súbitamente mucho más enrevesada de
lo que se figuraba hasta entonces. -¿Y eso qué es? - Es una institución, ¿me
entiendes? Una casa. Allí te lo dirán... - Una casa... - Está en la calle
mayor. ¿No te olvidarás? Inspub. - Inspub. - Pregúntalo en la calle mayor.
Cualquiera te dirá dónde es. - ¿Está escrito allí? - Seguramente. Vania se
alegró. Pero encontrar aquello le costó todo un día. Recorrió varias veces la
calle principal. La última vez la cruzó muy lentamente, deteniéndose a la
puerta de cada edificio, para leer palabra por palabra todos los rótulos, pero no
vio ni una sola vez la que buscaba: "Inspub". Por fin, se le ocurrió
preguntar. Un hombre de edad, tocado con sombrero, le indicó con el bastón una
casa enorme, ante la que se extendía una anchurosa plaza: - ¿Inspub? Está en el
Comité Ejecutivo del distrito. Allí... Vania había examinado tiempo atrás la
casa en cuestión, e incluso había leído las placas de la entrada, sin encontrar
la palabra "Inspub". No obstante, creyó lo que se le decía y se
encaminó al edificio. Volvió a leer los rótulos de la puerta; los leyó
distraído, pues sabía perfectamente que allí no figuraba la palabra
"Inspub". Luego recordó que en otra puerta, en una plazoleta
asfaltada, había una escalerilla con un rótulo. Halló aquella entrada. En
efecto, había un letrero que decía:
DELEGACIÓN DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA
DEL DISTRITO
Pues
no: tampoco era aquello. Pero allí vio Vania algo que, aun sin guardar relación
con "Inspub", era de indudable importancia: en la plazoleta asfaltada
había nada menos que cuatro limpiabotas, chicos todos ellos. A su lado, la
gente esperaba turno. Un detalle cautivó la atención de Vania: una caja vacante
con dos cepillos. Observó que sobre la seductora instalación caían las miradas
de los que, para matar el tiempo mientras les llegaba el turno, leían los
carteles, pues no había otro remedio que esperar: por lo visto, el limpiabotas
se había ausentado para largo. Vania se acercó de lado a la caja y se puso a
contemplar el trabajo de los muchachos. El más cercano, un zagal pomuloso, con
pecas, lindante en los quince años, trabajaba diligente y alegre; los cepillos
se movían con tanta rapidez en sus manos, que apenas si se veían. Al limpiar el
contrafuerte, se vencía hacia un lado y miraba a Vania. Cuando el cliente quitó
el pie y se metió la mano en el bolsillo para sacar el portamonedas, el
limpiabotas repiqueteó con los cepillos en la tapa de la caja y fijó la vista
en Vania. Sus ojos eran vivos, atrevidos, con expresión de firmeza. Vania se
azaró, y ya iba a iniciar la retirada cuando el otro le dijo: - ¿Qué miras
aquí? - ¿Quién, yo? - ¡"Quién, yo"! ¿Qué haces ahí plantado? ¿Sabes,
acaso limpiar? - Sí. - Mentira. - Sí que sé limpiar. - Venga, demuéstralo...
Ciudadano, haga el favor. Póngase con éste. Acérquese, tenga la bondad. - ¿Y si
no sabe? - Yo respondo. Si sale mal se los vuelvo a limpiar. ¿Cómo te llamas? -
Vania.
-
Venga, siéntate.
El
muchacho acudió con presteza a la caja vacante, levantó la tapa, sacó un bote
de betún, luego otro, los abrió y volvió a cerrarlos. La caja contenía un
verdadero tesoro: betún de todos los colores y aun incoloro, dos paños y un
tarro, con yeso disuelto. El limpiabotas extrajo un pequeño cepillo y un bote
de betún negro, dio una palmada en la caja y dijo: - ¡Empieza! ¡Fíjate la gente
que hay! Vania se sentó en un banquillo, abrióse de piernas y se puso
placentero a trabajar. Sobre la caja descansaba una bota buena, flamante, y más
arriba pendía una pernera también nueva, de tela cara. Vania comenzó a quitarle
el polvo a la bota, pero el enérgico mozo le gritó con enfado: - ¡Y dices que
sabes! ¡Arremángale el pantalón! Vania volvió la cabeza turbado, pero no tardó
en recobrarse. Dobló cuidadosa y pausadamente el bajo del pantalón, y después
prosiguió su trabajo. El pomuloso dueño, aunque ocupado con su cliente, echaba
constantes miradas a Vania y, cuando ambos quedaron libres, vino a reprenderle:
- ¿Por qué untas tanto betún? El cliente no entiende. Dice: "Límpiame los
zapatos", en realidad no hace falta darles crema. ¡Una, dos, y listo! ¡Y
tú los has embetunado! A Vania se le acercaron, uno tras otro, varios clientes.
Trabajaba satisfecho, contento, pero, los brazos y la espalda empezaron a
dolerle pronto, y se alegró cuando pudo tomarse un respiro. - Venga el dinero
-dijo el de los pómulos salientes sin mirado siquiera-. ¡Diablo, me han entrado
unas ganas de dormir!... ¿Tienes certificado? La recaudación de Vania se
elevaba a treinta kopeks. No es que le doliera entregarlos, pero antes no había
pensado en eso y, un poco sorprendido, inquirió a su vez: - ¿El dinero hay que
dártelo a ti? - ¡A ver! ¡Je, je! ¿A quién si no? El muchacho tomó los treinta
kopeks y los arrojó despreocupadamente en su caja, de la que, acto seguido,
sacó tres. - Aquí tienes. Te pagaré un kopek por cada diez. ¿Hace? - ¿Un kopek?
- ¿Hace? Te daré un kopek por cada cliente. - ¿Para mí? - Claro, hombre, por tu
trabajo. ¿Debe o no debe pagarse? ¿Tienes autorización? - ¿Qué autorización? -
¿No tienes? ¿Ves? Debería pagarte menos. ¿Qué va a pasar cuando te pregunten si
tienes permiso para limpiar? - Pues diré que no lo tengo. - ¡Dirá que no lo
tiene! ¡Vaya persona! Te quitarán la caja e irás a parar... ¿Sabes a dónde?
Yurka, échale una mirada a éste que yo voy a llenar la tripa...
A. S.
Makarenko Yurka, que limpiaba al lado de Vania, asintió con la cabeza y dijo de
mala gana: - Está bien. - Y cuenta lo que gane. - No tengo tiempo para eso.
Cuéntalo tú mismo. - Ni falta que hace. De todas maneras, si escondes algo lo
encontraré. Lo encontraré, ¿te enteras? Estaba de pie frente a Vania, y parecía
más alto y corpulento. Llevaba un buen pantalón y botas nuevas. Turbado por la
persistente amenaza, Vania volvió la cabeza a un lado y dijo: - No esconderé
nada. El otro echó a andar calle adelante. Yurka se volvió hacia Vania y le
espetó, hosco: - ¡Trabajar por un kopek! ¡Se ve por aquí cada papanatas! Vania
no respondió. Yurka volvió a mirarlo un par de veces, se quedó pensativo,
escupió con rabia por encima de su caja y dijo al muchacho sentado a su
izquierda: - ¡Con qué tonto ha dado! ¡Mira que trabajar por un kopek! Llegó un
cliente. Yurka dio unos golpes con los cepillos: - ¡Haga el favor, ciudadano!
Limpiaremos esa cabritilla. Pero al ciudadano no le gustó, por lo visto, el
desenfado de Yurka -tanto más que sus zapatos no eran de cabritilla, ni mucho
menos-, y puso el pie sobre la caja de Vania. - ¡Ese no sabe limpiar, es un
vagabundo! ¡Se arrepentirá usted! Vania sintió un molesto apocamiento. Fruncido
el ceño, acabó su trabajo maquinalmente, sin entusiasmo alguno, y echó los diez
kopeks en la caja. Yurka lo contemplaba con desprecio. El último de la
izquierda, un mozo alto, torpón y sombrío, saltó de pronto: - Ese canalla de
Spirka me estuvo explotando un verano entero. Todo un verano, pero, al menos,
me pagaba tres kopeks de cada diez. - Se debe pagar cinco -dijo Yurka. Acudió
multitud de clientes, y la conversación terminó. Vania no lograba enderezar el
espinazo: se sucedían los pies sobre la caja, y las monedas de diez kopeks iban
cayendo al interior. Pero el trabajo no proporcionaba a Vania la satisfacción
de otras veces. Ni le interesaban los rostros de los clientes, ni hablaba con
ellos. Se fatigó tanto, que apenas si podía mover las manos, y los cepillos se
le escapaban con creciente frecuencia. Al regresar Spirka, con un cigarrillo
entre los labios, vio el grupo de clientes que esperaban y gritó jovial: -
¡Aquí tienen a un maestro de primera categoría! ¡Vengan!
Los
cinco estuvieron cosa de media hora atareados, hasta que menguó la cola. Vania
sudaba. Le dolía el pecho. Cuando el último cliente le arrojó a moneda de diez kopeks, ni siquiera se
agachó a recogerla y la dejó en el asfalto. Spirka dijo: - ¡Trae el dinero!
Vania se lo dio sin contado. - ¡Un rublo sesenta! ¡Formidable! ¿No tienes más?
- No. - A ver, a ver, vuélvete los bolsillos. Vania se los volvió.
-
Quiere decirse que te corresponden dieciséis kopeks. Tómalos. ¿Ves?, ya has
ganado unos cuantos. Las manos apoyadas en las rodillas, Yurka puso la mirada
en Spirka. Sus ojos expresaban indignación. La sentían también los otros
chicos, pero solamente el último de la fila, torpón y sombrío, barbotó: - Eres
un mal bicho, Spirka. Spirka se volvió hacia él con ganas de camorra. - ¿Qué
has dicho? ¿Qué has dicho? El otro no respondió, pero Yurka terció, con una
sonrisa: - ¿Es que no lo has oído? ¡Pues ha dicho la verdad! ¿Sabes cómo se
llama eso? - ¿Cómo se llama? ¿Cómo?
- ¡Eso
se llama isplotación! ¡isplotación! ¿Por qué le pagas un kopek? Eso no lo hacen
más que los burgueses, los isplotadores. Spirka se revolvió airado en el
pavimento, fulminando con la mirada a Vania, pero se dirigió al último de la
fila, diciéndole con el mayor enojo: - ¿Y qué quieres que le dé? ¡Pero si no
sabe limpiar! ¿No has visto cuánto betún gasta? Si te da lástima, págale tú
mismo, Garmider. Págale diez kopeks, si quieres. Garmider seguía mirando a un
lado, con cara de aburrimiento, y no dijo palabra. Fue Yurka quien continuó la
discusión. - Garmider no es un isplotador; no tiene más que una caja. - ¡Ah!
¿No tiene? ¿Ni tú tampoco? Por eso habláis así. ¿Tengo yo que comprar betún o
no? Y los cepillos, ¿es que los dan gratis? ¿Y los paños? La caja no te ha
costado a ti cuatro rublos, ¿verdad? ¡Por eso hablas! Yurka escupió muy lejos,
derecho como una flecha. - Yo me las arreglo con una caja. Trabaja tú con una y
nadie te dirá nada. Y si tienes otra, es porque eres un isplotador.
- No
haces más que repetir como una urraca: ¡isplotación, isplotación! ¡Vaya un
pionero que nos ha salido! Nadie lo sujeta aquí, que se vaya adonde quiera. No
tiene ni certificado. Un día le echan mano, y se pierde mi caja con todos los
bártulos. Yurka escupió por segunda vez igual de lejos, se levantó y,
estirándose, dijo, con un bostezo: - Como quieras, pero nosotros no lo
permitiremos. Págale cinco kopeks por cada diez. Spirka vociferó rabioso:
-
¿Cinco kopeks? - ¡Cinco!
-
¿Cinco kopeks sin tener certificado?
-
Bueno..., ya que arriesgas la caja, págale tres kopeks, lo mismo que le pagabas
a Garmider. Spirka claudicó inesperadamente, dejó de gritar, se echó a reír y
dio a Yurka una palmada en el hombro.
- Pero
si ya le pago tres kopeks. ¿Por qué te sulfuras? - Págaselos.
- ¡Pues
claro, hombre, claro! Lo del kopek era broma. Quería ver cómo trabajaba y si no
pensaba largarse. ¡Qué necesidad tengo yo de esa isplotación! Que trabaje. ¡Lo
dije en broma, y vosotros habéis armado todo un mitin! Spirka se estuvo riendo
largo rato, mirando con sus punzantes ojos a los demás. Garmider no le hacía
caso y miraba a un lado con aire de hastío. Yurka volvió a sentarse ante su
caja y, con una sonrisa de inteligencia, acabó por decir:
- No
nos vengas con pamplinas. ¿Crees que somos tontos? Has tenido ahí la caja un
mes entero sin sacarle ningún provecho. Otro se hubiera alegrado, de no ser
tonto, cuando se presentó el chaval, pero tú eres un roñoso.
- ¡Qué
gente más rara! ¡Dale con que soy roñoso! Si no he hecho más que bromear...
Bueno: haremos la cuenta como es debido. Al principio ganaste treinta kopeks, y
luego, un rublo y medio. - Un rublo sesenta -corrigió Yurka. - Bueno, eso es,
un rublo sesenta. Uno noventa en total. Toma dos kopeks más por cada diez:
treinta y ocho kopeks. ¡Has ganado un dineral! Vania había permanecido inmóvil,
en su banqueta, todo el tiempo, escuchando lo que decían. Le había interesado
el profundo problema puesto a discusión por los limpiabotas. Hacía poco, Vania
estudiaba en el cuarto grado de la escuela. En la escuela se hablaba de la
Revolución de Octubre, de la derrota de los burgueses, de la guerra civil. A su
juicio, todo aquello había pasado tiempo atrás y, de buenas a primeras, él
mismo se convertía en objeto de explotación. Spirka dejó de ser para él un
limpiabotas; hasta su proximidad le desagradaba. Pero, cuando le puso en la
mano treinta y ocho kopeks, vio alborozado el otro aspecto del problema: ahora
tenía cincuenta y siete kopeks, y hasta el anochecer quedaba bastante tiempo
por delante... Aquella noche compraría para cenar un buen pedazo de magnífico y
sabroso salchichón fresco y un panecillo blando. Por eso se lanzó contentísimo
a limpiar la bota que vio sobre su caja y aceptó gustoso la nueva condición que
le ponía Spírka:
- La
caja tienes que llevarla a mi casa. No creas que voy a cargar con ella.
14. Incomprensible.
Vania
llevaba tres semanas trabajando para Spirka y ganaba un rublo al día, cuando no
más. Para comer le bastaba. Pero tenía que bregar mucho y al anochecer se
sentía ya derrengado. Además, debía llevar la caja a casa de Spirka y recogerla
a la mañana siguiente. Menos mal que Spirka vivía cerca de la estación de
mercancías, es decir, a poca distancia del montón de paja en que se recogía
Vania por las noches. Con quien más intimó Vania fue con Yurka, que tenía mucha
experiencia y conocía bien la vida. A pesar de ser huérfano de padre y madre,
no dormía en la calle, como otros, sino que alquilaba un rincón en casa de una
mujer. La intención de Vania de irse a la colonia Primero de Mayo le pareció
muy loable. Sin embargo, le echó al instante un jarro de agua fría, diciéndole:
- La colonia es buena, pero no te admitirán. - ¿Por qué no me van a admitir? -
¿Crees que es tan fácil? Hay aquí montones de chicos que quisieran entrar, pero
¡anda, prueba! Yo también probé. - ¿A entrar en la colonia? - Sí. El año pasado.
Hubo un tiempo de mucha gazuza y, como no tenía caja, me fui allí. Ahora me
importa un pito que no me admitan. Así estoy mejor, porque en la colonia todo
es muy severo: "A la orden" por aquí y "A la orden" por
allá. Tengo en la colonia chavales conocidos, pero ¡me río de ella! Yurka
escupió con el arte de siempre y añadió: - Ya me las arreglaré solo. - ¿Resulta
que no admiten? - Es que ellos mismos no tienen derecho; hay que ir a la
comisión. - ¿A qué comisión? - A la de delincuentes menores. Se llama la Comdemen.
- ¿Y dónde está? - ¿La comisión? Pues aquí mismo, a la vuelta de la esquina.
Sólo que no te dejarán entrar. - ¿En la colonia? - No, en la comisión. También
yo fui y no me permitieron pasar. Pese a todo, Vania aprovechó un instante y
corrió al local de la comisión. En efecto, se hallaba a la vuelta de la
esquina. Su visita acabó muy pronto. No consiguió penetrar más que hasta el
corredor. Al cabo de un minuto, estaba ya de nuevo en la calle, y por la puerta
entornada asomaba la cabeza calva del portero. La conversación entre ambos
comenzó en el corredor. Y bastó un segundo para que cobrara gran acaloramiento.
Volviéndose presuroso hacia la puerta, Vania dio un tirón para sacudirse del
hombro la mano del portero y gritó con voz llorosa: - ¡No tiene usted derecho!
Sin exponer su opinión acerca del derecho, el portero se expresó
imperativamente: - ¡Vete, vete!
A. S.
Makarenko - ¡Yo quiero ir a la colonia Primero de Mayo! - ¿Y no quieres nada
más? -dijo irónico el hombre-. Allí no admiten a gente como tú. - ¿Pues a quién
admiten? - A los delincuentes, ¿me entiendes? - ¿A qué delincuentes? - A peces
más gordos que tú. ¡No van a admitir allí a la morralla por el mero hecho de
que quiera ir a la colonia! ¡No faltaría más! - ¿Y si no tengo dónde vivir? -
¿Qué no tienes dónde vivir? Eso no tiene gran importancia. El que se ocupa de
esas cosas es el PSJM. - ¿El PSJM? ¿Y qué es eso? - Así se llama: PSJM. ¡Ea,
largo de aquí! El hombre cerró la puerta. Vania quedó pensativo: ¿Qué sería
aquel PSJM? Regresó triste a su puesto. Yurka le gritó desde lejos: - ¿Qué te
decía yo? Vania se sentó en la banqueta y echó mano a los cepillos Un cliente
tenía ya puesto el pie en la caja. Yurka, que estaba terminando de lustrar, una
elegante bota de oficial, comentó el suceso: - Se pensaba que iban a decirle:
"Pase usted, camarada Gálchenko, haga el favor de sentarse". Vania guardó
silencio y, cuando hubo terminado con aquel cliente, inició un sondeo: - Pues
dice que hay que ir al PSJM. - ¿Quién lo dice? - El calvo aquel de la comisión.
Hay que ir al PSJM. - ¡Aguarda, aguarda! ¿El PSJM? ¡Ah, ya me acuerdo! Está en
Inspub. Es verdad, el PSJM. Pero allí... Yurka meneó la cabeza, expresando así
extremo desdén por el PSJM. - ¿Qué? - Que allí... Mira..., más vale que no
vayas. ¡Será tiempo perdido! Spirka escuchaba con frío desprecio semejantes
conversaciones. Recibía y despachaba a los clientes, fumaba, silbaba y se hacía
guiños con alguien, como si no existiese ningún PSJM. - El PSJM se aloja en
esta casa -Yurka indicó con la cabeza el portal a cuya entrada estaban
sentados-. Pero aquí no admiten a nadie y mandan a la gente a la oficina de
admisión. ¡Es un lío! Al día siguiente, Vania fue al PSJM. Atravesó la puerta
que le indicara Yurka, ascendió por una escalera angosta, y lóbrega y fue a
parar a un pasillo igualmente oscuro. Había a ambos lados muchas puertas que se
abrían y cerraban, dando paso a la gente. Tras las puertas de madera chapada se
oían voces y tecleo de máquinas. Visitantes mal vestidos y peor calzados
esperaban, aburridos, sentados en los bancos de tablas y los divanes del
corredor. Vania recorrió el pasillo entero, leyó todos los rótulos y
Banderas
en las torres volvió sobre sus pasos para preguntar a uno de los que estaban
haciendo antesala: - ¿Sabe usted lo que es el PSJM?...
-
¿Cómo? - ¿Qué es el PSJM? - Una cosa de lo más corriente. Entra ahí. Le mostró
una puerta, en la que Vania leyó: PATRONATO SOCIAL Y JURÍDICO DE MENORES Releyó
el letrero y, como no entendiera nada, se volvió:
- ¿Este
es el PSJM?
- ¡Aún
no me cree el niño! Lee la primera letra de cada palabra. Obedeció Vania y se
alegró infinito al comprobar que, en efecto, aquello era el PSJM. Abrió y
entró. En una reducida habitación, había cuatro mujeres y un hombre. Todos
ellos estaban escribiendo. Vania los examinó uno por uno y se dirigió a una
mujer bajita, de grandes ojos negros: - Buenos días. La mujer lo miró sin
soltar la pluma de la mano:
- ¿Qué
quieres, muchacho? - Yo... necesito el PSJM.
- Esto
es el PSJM. ¿Qué es lo que quieres? - Que me manden a la colonia Primero de
Mayo. Interesada por la petición, la mujer dejó la pluma sobre la mesa, y sus
ojos sonrieron: - ¿Se te ha ocurrido a ti mismo? - Si.
- No es
posible. Alguien te habrá mandado. - No me ha mandado nadie. Dicen que allí se
está bien. La mujer de los ojos negros cambió una mirada con otra, y ambas se
sonrieron, sin despegar los labios.
- ¡Ya
lo creo! ¿Eres vagabundo? - No, todavía no.
- En tal caso, ¿para qué has venido? Nosotros
recogemos solamente a los vagabundos. - Es que yo no quiero ser vagabundo.
- Por
lo que se ve, no eres nada tonto. Vania se encogió de hombros: - ¿Por qué tengo
que ser tonto?
- Ya se
ve que no lo eres. Las mujeres intercambiaron otra mirada.
-
Bueno, mira, no molestes... -dijo una de ellas.
- ¡Pero
si no molesto a nadie!
-
Nosotros no mandamos gente a la colonia Primero de Mayo. De eso se ocupa la
Comdemen.
- ¿La
Comdemen? - Sí, la Comdemen. A la colonia se envía a los delincuentes… - Yo he
estado ya en la Comdemen, y de allí me echaron. Uno así... calvo.
- Ellos
tienen quien eche a la gente, y nosotros no. Por eso sigues tú aquí. ¡Ya te he
dicho que no molestes! De la mesa del rincón se levantó un individuo joven, que
dijo enfadado: - Maria Vikéntievna, usted misma tiene la culpa. ¿A qué vienen
esas conversaciones? Se pone a discutir con ellos, y después no hay modo de
echarlos. Así es absolutamente imposible trabajar. Se apartó de la mesa, se
llegó a Vania y, poniéndole blandamente las manos sobre los hombros, le hizo
dar la vuelta hacia la salida y le dijo: -¡Vete! Ya en el pasillo, Vania leyó
otra vez el rótulo:
PATRONATO SOCIAL Y JURÍDICO DE
MENORES
Releyó
las iniciales y se convenció de que, efectivamente, resultaba el PSJM. Sólo que
ahora no era ya tan comprensible como un cuarto de hora antes. Tres semanas más
tarde sobrevino una nueva catástrofe. Un joven que llevaba una cartera se
acercó a los limpiabotas y les pidió la documentación. El culpable de la
catástrofe fue el propio Spirka. Si hubiera colocado en medio de la fila a
Vania, éste habría podido escabullirse. Así lo afirmaba la gente con
experiencia. En cambio, como estaba en un extremo, fue el primero a quien el de
la cartera pidió la documentación. La única respuesta de Vania fue quedarse
frío. El de la cartera ordenó tras un breve silencio: - Recoge los trastos.
Vania miró, impotente, a Spirka, que había asumido una actitud extrañísima: contemplaba
la calle como embebido, y sus ojos reían placenteros. - Agarra la caja, ¿qué
miras? - Es que no es mía. - ¿Que no es tuya? ¿Pues de quién es? - De ese, de
Spirka. - ¡Ah, de Spirka! ¿Tú eres Spirka? - Yo soy. Pero, ¿qué tengo yo que
ver? Spirka se encogió de hombros con aire de dignidad ofendida: - ¿De quién es
la caja, muchachos? Al principio callaron, pero Garmider dijo por fin: - No
vamos a hacerle una faena a Vania. La caja es de Spirka, y todo lo demás,
también. - ¡Id todos al cuerno! ¿Por qué mentís? ¿No te he vendido yo la caja?
¿No te la he vendido? ¿Por qué callas? - ¿Cuándo me la has vendido? Intervino
Yurka, apaciguador: - ¡Caíste Spirka, no comprometas a los demás! El hombre de
la cartera lo comprendió todo, y Spirka se dio cuenta de la suerte que esperaba
a todo su sistema. El de la cartera pronunció tan sólo una palabra:
24 -
Vamos. Spirka soltó un taco espantoso y descargó a Vania una bofetada. Garmider
saltó para defender al pequeño, pero Spirka dio un fortísimo puntapié a su
caja. El betún y el dinero rodaron por el asfalto, y Spirka echó a andar
tranquilamente calle adelante, las manos metidas en los bolsillos. El hombre de
la cartera buscó con la mirada refuerzos, pero éstos tardaron en llegar. Yurka
susurró a Vania, que estaba desconcertado: - ¡Arrea! Y Vania "arreó".
Detuvo su carrera diez minutos más tarde en una calle apartada, en la que había
muchos sauces. Seguía teniendo la impresión de ser perseguido. Volvió la cabeza
y no vio más que un perro blanco que cruzaba, cerca, la calle. El animal miró
hacia Vania con cierto recelo y, cuando el chico quiso seguir adelante, metió
el rabo entre las piernas y apretó a correr. Los haberes de Vania ascendían a
veintidós kopeks: la recaudación había quedado íntegra en la caja. Comenzaron
otra vez días de soledad y hambre. Los veintidós kopeks le bastaron para
sustentarse dos días. Luego empeoró la cosa, y hasta el cielo se puso contra
Vania. Por la mañana alumbraba el sol; a eso de las dos aparecían negros y
tonantes nubarrones, y al atardecer se desataba una tormenta. Los chaparrones
descargaban fuertemente sobre la ciudad, los truenos se sucedían, y al
anochecer comenzaba una dulce llovizna que se prolongaba hasta la aurora. Este
régimen duró una semana entera. En su lecho de heno, Vania se caló la primera
noche. La segunda, pensó que no llovería, y volvió a empaparse. A la tercera le
dio miedo dormir en la paja y deambuló largas horas por la ciudad, cobijándose
en los portales en espera de que escampase. Así llegó a la estación. En ella
reinaba el silencio. Acababan de limpiar la sala de espera. El húmedo piso de
baldosas, con alguna que otra huella de aserrín, resplandecía a la luz de
potentes bombillas eléctricas. Algún que otro viajero dormitaba en los largos
bancos. Dos soldados rojos estaban tomando un bocado. Sacaban las provisiones
de un saquillo de lienzo situado entre ambos, y lo que comían era apetitoso.
Acababan de partir por la mitad un rosado panecillo, dejando al descubierto una
miga cautivadora y esponjosa. Sobre el banco había seis huevos, y uno de los
soldados había arrimado su rodilla al borde del asiento para que no rodaran al
suelo. El otro limpió y cortó sobre un papel de periódico un arenque, cuyos
trozos se llevaban después a la boca tomándolos con dos dedos. Vania se
aproximó unos cuantos pasos. Los soldados lo miraron, y uno de ellos se sonrió:
- ¿Qué, hay gana? - Es que... no tengo dinero. - ¿Que no tienes dinero? Mal
asunto. ¿Eres vagabundo?
A. S.
Makarenko - No... todavía... - ¡Ea, siéntate con nosotros! ¡Ven aquí! Vania se
sentó en el banco de enfrente. Los soldados pusieron a su lado una buena
ración: medio panecillo, dos trozos de arenque y un huevo. Al dárselo, no
pronunciaron palabra. Los dos hurgaban en el saquillo, pero se arreglaban sin
hablar, limitándose a algún que otro sonido inarticulado. Un guardia de
ferrocarriles se llegó al grupo y preguntó, señalando con el dedo a Vania: -
Este... viajero, ¿va con ustedes? Uno de los soldados, el de más edad y el más
moreno, dijo: - Por el momento... ya lo ves, va con nosotros. El guardia,
incrédulo, miró de soslayo la comida de Vania: - Pues no lo parece. - No crea,
es un buen muchacho. Ya lo parecerá. El guardia se marchó. Los soldados, sin
cambiar siquiera una mirada, continuaron comiendo y no dijeron a Vania una sola
palabra hasta terminar. Cuando el saquillo de lienzo estuvo atado y las migas y
sobras, envueltas en un periódico, fueron arrojadas a la basura, el más joven
de los soldados resumió: - Puede decirse que ya hemos cenado. 15. Diez kopeks.
Allí mismo, en el banco de la estación, se durmió Vania. El guardia no lo
molestó hasta la mañana porque en el banco de enfrente estaban sentados los dos
militares. Cuando, por fin, lo despertó, los soldados rojos ya se habían
marchado. El guardia miraba en silencio a Vania, y el chico comprendió que
había que irse. Se dirigió hacia la calle mayor, pues quería ver lo que ocurría
en la explanada ante Inspub y, además, había resuelto pasarse otra vez por el
PSJM para hablar de la colonia Primero de Mayo. Su andar era diligente, pero
estaba de muy mal humor: el hombre que escribía en el rincón más alejado del
PSJM arrojaba sobre su existencia sombras bastante lúgubres. Un muchacho con
una tiubeteika dorada salió de una tienda: era Volodia Begunok. La tiubeteika,
el emblema en la manga del muchacho y sus vivos ojos oscuros dejaron a Vania
tan embelesado, que se detuvo, para contemplados, junto a una reja de madera
que protegía un arbolillo. Begunok llevaba en la mano un bote de pasta para
limpiar la trompeta. Parado a la puerta de la tienda, examinaba con atención la
etiqueta de la tapa. Luego se guardó la pasta en el bolsillo, pero, al sacar la
mano, la moneda de diez kopeks destinada al viaje de vuelta en el tranvía se le
cayó y fue a parar, rodando, hasta los pies de Vania Gálchenko. Vania se agachó
con presteza, recogió la moneda y se la tendió a Begunok, que lo miraba
expectante. Volodia la tomó y explicó, algo cohibido:
Banderas
en las torres - Es para el tranvía. Porque si no, ir... a pie... Son seis
kilómetros. Vania sonrió por cortesía. A decir verdad, tenía entre manos
asuntos harto más complejos: - ¿Seis kilómetros? - Tengo que ir allí...
-Volodia señaló la dirección-. A la colonia Primero de Mayo. Estupefacto, Vania
dio un paso hacia Volodia: - ¿A la colonia Primero de Mayo? - Claro. ¿Tú eres
de allí? ¿De veras? Incapaz de reprimir su contento, Vania se echó a reír.
Volodia sonrió, muy ufano de su rango. - Colono. Ya lo ves. Este es el uniforme
de la colonia. Volodia levantó el codo. Su manga lucía un pequeño rombo de
terciopelo en el cual estaba bordado con hilo dorado el número 1. La palabra
"Mayo", bordada con hilo de plata, cruzaba la cifra. - Pues es lo que
yo necesito... - ¿Eres vagabundo? - No, todavía no. Quiero ir allí... y no
consigo nada... Nadie me quiere enviar. Vania hablaba con seriedad. Se habían
parado en mitad de la acera, y los transeúntes les empujaban a cada instante.
Volodia fue el primero en advertir que el sitio no era muy apropiado para
conversar. Frunciendo el entrecejo, tomó del brazo a Vania y se lo llevó a un
lado: - ¿Sabes lo, que te digo? Allí hay un Soviet de jefes de brigada la mar
de severo. ¡Ah, esos diablos de jefes de brigada! Lo primero que dirán es que
no hay sitio. Y luego preguntarán que a santo de qué te van a admitir. Más vale
que te vayas a la comisión: se llama Comdemen. - Ya he estado en la Comdemen y
en Inspub. En todas partes he estado. - ¿Y ella no quiere? - ¿Quién es "ella"?
- Una mujer que hay allí. ¿Se niega? - Ella no quiere, y él trata a la gente a
empujones. Dice que la colonia es para delin... para delincuentes de los
gordos. ¿Tú eres delincuente? Volodia golpeó con la puntera del zapato el
zócalo, bajó los ojos y se sonrió: - Eso de delincuentes lo han inventado
ellos, pero no es más que una estupidez, ¿comprendes? Eso no tiene importancia.
Los nuestros dicen que eso es una equivocación. Volodia meditó un instante y,
fastidiado, pasó la vista por la calle. Tal vez el problema planteado era
superior a sus entendederas. Sus cejas continuaban fruncidas. Al cabo, movió
enérgicamente los labios y sacudió la cabeza con ademán airado: - ¿Sabes?, ¡al
diablo todos ellos! Tú ven el sábado. Pediremos que te admitan. Yo se lo diré
al jefe de mi brigada. Aliosha Zirianski, mi jefe, es un
25
buenazo. ¿Darás con la colonia? Hay que ir por la Jorsohílovka. - La
encontraré. - Con estos diez kopeks... cómprate un panecillo. Vania tomó la
moneda: - ¿Y para el tranvía? ¿Te vas a ir andando? - ¿Andando dices? ¡Por qué
regla de tres! Iré en tranvía, pero... sin pagar. - ¿Sin billete? - Claro que
está mal pero, ¡qué remedio! Iré haciendo transbordos: de un tranvía a otro, y
el cobrador no se dará cuenta. Vania sonrió. Volodia, muy serio, le hizo el
saludo militar. Se separaron. Vania contó los días que quedaban hasta el
sábado. Volodia Begunok se acordó de Volenko, el jefe de guardia, y comprendió
claramente que debía regresar a pie a la colonia. 16. El tiburón de ueva York.
Igor Cherniavin terminó muy pronto todos los trámites: pasó el reconocimiento
médico y estuvo en el baño y en la peluquería. Después fue a que le tomase
medida el sastre. Volenko le explicó: - Es para el traje de gala. El viejo
encargado del depósito entregó a Igor, en presencia de Volenko, un traje
"escolar", ropa de trabajo, botas, calzoncillos, una tiubeteika y un
cinturón. Igor se mudó en el baño y le quedó alguna ropa en las manos. Volenko
lo condujo al Club silencioso y le dijo: - Espera aquí hasta las cinco. No
puedo llevarte al dormitorio porque la octava brigada no está en casa. Todos
trabajan. Y a la hora de la comida, no tienen tiempo para atenderte. Los
trámites no habían fatigado a Igor; nada le irritaba, y la seca reserva del
jefe de guardia hasta le imponía un poco. Quizá por esto, la disposición de
Volenko le produjo una sorpresa desagradable: - ¿Qué me espere aquí? ¿Y no
puedo salir? - ¿Por qué no? Sal si quieres. Sólo que al segundo piso y a otros
pabellones no te dejarán pasar porque aún no estás admitido en la brigada. Eres
nuevo, y nadie te conoce. - Pero llevo ya el uniforme de la colonia. - Eso no
quiere decir nada. Estate aquí hasta la hora de la comida. Después iremos a la
escuela para que te examinen. Volenko salió. Igor dejó la ropa de trabajo en un
diván y decidió pasar revista al Club silencioso. Era una gran sala con bellas
pinturas. Bajo sus ventanas pasaba un diván interminable, como el que había en
la habitación del Consejo de jefes de brigada. Las paredes estaban ornadas con
retratos y cuadros. Igor los estuvo contemplando largo rato. Le agradaba el esmero
con que habían adornado la sala. Todos los retratos y cuadros tenían cristal y
marco de roble. El entarimado parecía haber sido encerado
26
aquel mismo día. Cerca del diván había unas mesitas octogonales de roble y, a
su alrededor, sillas tapizadas. En una de las paredes laterales vio Igor una
larga hilera de pequeños retratos: rostros de gente madura, de jóvenes y de
niños. Entre aquellas caras, Igor reconoció sin dificultad la de Volenko. Las
restantes le eran desconocidas. Examinándolo todo, llegó hasta un gran espejo.
Igor se había puesto en el baño el traje que Volenko había llamado
"escolar", pero hasta entonces no se había visto con él. La figura
que el espejo reflejaba era la de un muchacho lozano, con un estrecho cinturón
negro ciñéndole el pantalón de paño, blusa de gruesa tela azul, metida en el
pantalón, y cuello abierto, sin botones, que dejaba ver el cuello. Igor quedó
agradablemente impresionado. Lástima que la camisa careciese de cuello y fuera
imposible sacar nada blanco sobre la blusa. También resultaba lamentable que lo
hubiesen rapado al cero. Igor tenía la cabeza algo apepinada y, pelado al rape
parecía un tontilón. Sin embargo, había visto que muchos de los educandos
llevaban el pelo largo, Volenko entre ellos. Por consiguiente, se permitía.
Igor era un enamorado de su cara. Le gustaba en ella, ante todo, la perenne
tendencia a una sonrisa cáustica y el nítido fulgor de los ojos, pequeños y un
poco entornados. Pero algo acababa de cambiar en su rostro, aunque sin quitarle
su atractivo. ¿Se había hecho más serio o, quizá, tenía una expresión de
extrañeza? Igor no pudo definirlo. Sin embargo, algo nuevo había en él. Se sentó
en el diván y se puso a meditar. A lo que se veía, le estaba deparado vivir en
la colonia Primero de Mayo. ¿Cuánto tiempo? ¿Un año, dos años, tres? De
momento, no tenía intención de fugarse. Acababa de pasar dos años "en
libertad". Agenciarse dinero era fácil, había trabado relaciones valiosas,
mas, sin que supiera el por qué, aquella vida le proporcionaba poco placer. El
cine, los bombones y los embutidos hacía mucho que habían dejado de
satisfacerlo. Lo que más le hastiaba era vivir sin hogar. Pernoctar en
estaciones, en almiares, en asilos y antros de hampones le producía
repugnancia. Los mejores trajes que se compraba cuando le sonreía la fortuna se
convertían rápidamente en harapos asquerosos. Aquello no imponía. La mayor
parte de los "hombres libres" como él lucían andrajos similares.
Resultaba feo y distinto en absoluto de la vida elegante, ingeniosa y
afortunada que tan seductora parecía en las películas norteamericanas. Antes le
cautivaban la vida alegre y despreocupada, el alarde de talento y la audacia de
los hampones, su generosa lucha contra los detectives, tan caballerescos, tan
elegantes y osados como ellos. Pero, en la realidad el diablo sabría por qué-,
las cosas eran muy otras. Igor podía realizar operaciones impresionantes sin
A. S.
Makarenko que se lo estorbase ningún detective. Un simple guardia de
ferrocarriles armado o un solo miliciano con capote bastaba para sacar de una
estación o de un albergue nocturno a un montón de tiburones neoyorkinos como
él. Luego, había que conversar con Polina Nikoláievna y atrapar un macho cabrío
muy feo, aun que, en rigor, inocente. Aquella existencia no ofrecía ni un rasgo
atrayente. No había persecuciones en automóvil, ni testamentos, ni misivas
misteriosas, ni ardides, ni rubias con revólveres que apuntaban a hombres
enmascarados. No había más que ilusiones de aquella vida norteamericana. Igor
no quería ya reintegrarse a aquel mundo de aventuras. ¿Y en la colonia? ¿Qué
tal marcharía la vida? Le habían dado ropa de trabajo: luego habría que trabajar.
No estaba en contra de las honradas manos callosas; pero nunca había trabajado
ni sentía deseos de hacerlo. Pero allí, por lo visto, todos se enorgullecían de
su trabajo. Había que aclarar las cosas: lo que a uno le gusta puede no gustar
a otro. A Igor no le gustaba, aunque podría probar. ¡Qué diablos, a lo mejor,
salía de él un tornero! Por otra parte, le obligarían a asistir a la escuela.
Aquel Zajárov, el director, era un hombre enterado. Igor no tenía nada en
contra de la instrucción, particularmente de la superior. Pero ya antes le
disgustaban el estudio, la tediosa virtud de los maestros y sus mezquinas
exigencias. Tampoco le agradaba la tumultuosa y desordenada turba de mocosos
escolares. Mucho meditó Igor sin que llegara a conclusión alguna. Todo seguía
sin resolver. Sobre todo, el problema de su madre. Iba para largo que Igor no
pensaba en él: no sentía ningún deseo de abordar la terrible cuestión a través
de la maraña de la distancia y las contradicciones. El problema de la madre era
cosa de un futuro cuya lejanía sólo el diablo sabría precisar, pero, sin duda,
la madre se alegraría si lo viera llegar vestido con el traje de gala de la
colonia y saludar gravemente desde el umbral. Aquello era impresionante. Pero
la mirada de Igor cayó sobre la ropa de trabajo que yacía sobre el diván:
aquella ropa olía a un porvenir muy complejo y anodino. Había vivido días
brillantes, sobrecogedores, llenos de peligro y emoción. Los había vivido. ¿Y
ahora? Ahora se hallaba en aquella hermosa jaula, y lo custodiaba, con un fusil
en las manos, un mocoso que se llamaba Petia Kravchuk. ¡Vaya tiburón de Nueva
York! Al tiburón le iban a sacar aquel mismo día las tripas con simples
cortaplumas escolares. Igor acogió sobriamente a Volenko, el jefe de guardia,
que se disponía a llevarlo al comedor. 17. Una conversación agradable. Después
de comer, Igor Cherniavin fue a la escuela, donde lo recibió un viejo maestro
(¿no se llamarían allí los maestros de otro modo?).
Banderas
en las torres La sala de los profesores era bonita, espaciosa, y tenía también
grandes ventanales. Pero unas anchas cortinas los tapaban hasta la mitad, y el
piso estaba alfombrado. El viejo profesor eligió para conversar un umbroso
rincón donde había un gran diván, dos sillones y una mesita. El maestro aquel
agradó a Igor. Llevaba abrochados todos los botones de la chaqueta, el cuello
de la camisa muy limpio, cuidadosamente afeitada la barba, y el cano bigote
retorcido con acostumbrada destreza y hasta con cierta presunción. La memoria
de Igor lo asoció con un profesor de una película norteamericana. Lo que más le
cautivó fue la cortesía del lenguaje. El maestro dijo: - ¿Es usted Igor
Cherniavin? Lo estaba esperando. Tenga la bondad de sentarse. Rozó con la mano
el respaldo de un sillón. Cuando Igor hubo tomado asiento, el maestro se
acomodó a su lado en el diván y dijo, inclinándose un poco adelante: - Me llamo
Nikolái Ivánovich. Tengo que aclarar con usted algunos puntos. Alexéi
Stepánovich me ha dicho que usted ha terminado siete grados, pero supongo que
hará mucho tiempo de eso, pues determinadas circunstancias, por así decirlo, le
impidieron continuar. Detuvo la vista en Igor con una muda interrogación. El
muchacho, muy erguido, las manos en las rodillas, le escuchaba atento. - Sí, he
estado sin asistir a clase dos años. - Haga el favor de decirme, camarada
Cherniavin: ¿estudiaba usted bien? - Unas veces bien y otras mal. - Con toda
seguridad que no era por falta de aptitudes, sino por causas ajenas, ¿no es
cierto? - Sí, aptitudes tenía... - Permítame pedirle que escriba algo. Es de
suma importancia saber cómo anda de ortografía. Tenga la bondad: Aquí tiene
papel, tintero y pluma. ¿Qué podría usted escribir? Mire, si no le parece mal,
describa brevemente, muy en breve, lo que más le guste de Leningrado. Usted es
de allí, ¿sí? Describa las calles, los puentes, tal vez los parques. ¿Puede
hacerlo? - Probaré. - Hágame ese favor. Yo, mientras tanto, atenderé mis
asuntos. Nikolái Ivánovich sonrió atento a Igor con un leve movimiento de su
cabeza y se sentó tras una mesa muy grande que había en el centro de la sala.
El tema agradaba a Igor. En efecto, Leningrado era digno de recuerdo. Igor
solía evocar con nostalgia la ciudad natal. En Leningrado vivía su madre... En
general, Leningrado era una ciudad hermosa, la más a tono con sus gustos. Media
hora después, Igor entregaba al maestro el pliego escrito. Nikolái Ivánovich
requirió sus grandes gafas, de montura negra, y, abarquillando los labios,
27
empezó a leer el trabajo de Igor. Lo leyó una vez, se sonrió y volvió a leerlo.
- Muy bien. Buena ortografía y descrito con amenidad. Una sola falta, que no
tiene importancia: columnata se escribe con m delante de la n. - ¿De veras? -
Si, aunque en el séptimo grado podía usted no saberlo. ¿Qué tal las
matemáticas? Igor se sonrojó y dio la callada por respuesta. Nikolái Ivánovich
le pidió, con la misma cortesía de antes, que dividiera unos quebrados: Igor
mantuvo la vista un minuto entero en los guarismos escritos, sin tomar el
lápiz. . Nikolái Ivánovich lo miraba desde la mesa, por encima de su hombro: -
¿Qué pasa? ¿Se le ha olvidado? - Sí. ¡Fíjese, se me ha olvidado por completo!
Igor se levantó. También él podía dar ejemplo de urbanidad: - No quiero molestarle
más, Nikolái Ivánovich. Sé escribir, pero todo lo otro se me ha olvidado: he
olvidado el álgebra, la biología, la política, todo. Creo que... ya es tarde
para estudiar. Nikolái Ivánovich se palpó los bolsillos, buscando las gafas,
las encontró luego encima de la mesa, se las caló y miró sorprendido a Igor. -
¡Qué cosas más raras tiene usted, camarada Cherniavin! -dijo- ¿A quién se le
ocurre hablar así? ¡Como si fuera una cosa del otro mundo! Se le ha olvidado, y
es natural. Iremos recordándolo. Pero, siéntese, ¿por qué se ha levantado?
Sentó nuevamente a Igor en el sillón, arrimó una silla, se acomodó enfrente y,
pasándose las manos por las rodillas, dijo al tiempo que miraba de soslayo a
las claras ventanas: - Tengo un plan que proponerle. El año escolar está a
punto de terminarse. No tiene sentido inscribirlo a usted ahora en la escuela.
Haremos lo siguiente: lo inscribiremos el año que viene en el octavo grado.
Ahora, que tendrá usted que apretar en el estudio durante el verano. Se lo
recomiendo encarecidamente. Tiene usted buenas aptitudes y debe estudiar.
¿Conforme? - Yo aceptaría. Incluso... se lo agradezco, ¿me comprende? Pero
puede que no esté aquí hasta el otoño. Puede que la colonia no me guste. - Es
decir... ¿se irá usted de la colonia? - Sí. Nikolái Ivánovich lo miró por
encima de los lentes: - ¿A dónde piensa usted ir? - Ya veremos. - No se ha dado
un solo caso de que se haya ido alguien. De aquí sólo puede irse un sujeto muy
estúpido o completamente echado a perder. Estoy seguro de que usted no se
marchará, camarada Cherniavin. Aquel viejo de rosadas mejillas, sobre las que
se
28
movían los simpáticos rizos del bigote cano, era sencillamente un encanto.
Hablaba con una viva lucecita en los ojos; a veces hacía una pausa para
encontrar la expresión más adecuada, y en esos instantes miraba rápidamente a
un lado. No hablaba por hablar: pensaba, meditaba, pero todo era en él muy
natural y simpático; Hablaba principalmente de la importancia de la
instrucción, del camino que se abría ante cada joven en el País de los Soviets,
de las virtudes de dicho camino, de cómo se desarrollaba la personalidad del
hombre gracias al estudio. En aquellos momentos pensaba en Igor Cherniavin y
sólo en él. Respetaba a Igor y sentía especial satisfacción al poner de
manifiesto su respeto. Así se explica que Igor no quisiera terminar aquel
coloquio con frialdad y resolviera pagar a su interlocutor con la misma
sinceridad y honesta atención: - Nikolái Ivánovich, yo no estoy acostumbrado a
trabajar. No he trabajado nunca. Nikolái Ivánovich se sonrió calmosamente. -
Si, es muy posible. Ha vivido usted poco y tiene pocas costumbres. - ¿Y si no
me adapto? Nikolái Ivánovich cruzó los dedos sobre el vientre y dejó escapar
una risa bonachona: - ¿Por qué? Es una costumbre tan grata... - ¿Grata? - Ya lo
creo, mucho. Yo llevo trabajando cuarenta años y, ¿sabe?, me sigue gustando
hasta hoy. - Ya, pero es que usted es maestro. - ¡Oh, por favor! ¿Quiere ser
maestro? Es una buena idea. Aunque muchos estiman que no hay trabajo más
ingrato. Pero eso es una tontería. Todo trabajo es muy agradable. Ya lo verá. -
Probaré -dijo Igor, levantándose nuevamente. - Pruebe usted. Aquí le ayudarán.
Nuestros chicos son muy buenos. - Gracias, Nikolái Ivánovich. - Diga, ¿cuándo
piensa usted comenzar a prepararse? - ¿Le parece bien desde el primero de
junio? - Bueno, desde el primero de junio. Lo inscribiré a usted. Igor hizo una
reverencia a Nikolái Ivánovich, que le correspondió afablemente. Como no estaba
allí Volodia Begunok, nadie pudo hacer burla de la usual urbanidad de dos
personas bien educadas. Igor iba por el patio mirando en torno desesperanzado.
Deseaba, ansiaba encontrar algo que lo exasperase, algo que suscitara rabia,
protesta o, al menos, fuese digno de mofa. Aquello era insoportable: desde la
mañana, desde la misma mañana había sido abandonado a su albedrío, y frente a
él se alzaba una fuerza enigmática, serena y cortés. A las cinco de la tarde
debía ser admitido en la brigada. ¿Sería posible que la brigada lo
"trabajase" con la misma serenidad? 18. Una conversación no agradable
para todos.
A. S.
Makarenko A las cinco se presentó Volenko en el Club silencioso acompañado de
un joven alto y macizo, con una de esas caras extraordinariamente bonachonas
que suelen tener los hombres de carácter muy blando y complaciente. Volenko
hizo la presentación: - Camarada Cherniavin, éste es Nesterenko, el jefe de tu
brigada. Volenko se permitió por primera vez un tono y un gesto un tanto
socarrones. Accionando con la mano, dijo, no sin cierta ironía: - Te lo entrego
completamente en regla: pelado, limpio y con todo el equipo. El traje de
trabajo está ahí. El de gala, encargado. Queda a tu disposición. Al parecer,
Volenko estaba ya harto de atender a Cherniavin y le complacía entregárselo al
jefe de brigada, quien, comprendiéndolo así, hizo una reverencia al jefe de
guardia en el mismo estilo, un tanto socarrón: - Agradecidísimo, camarada jefe
de guardia. Llegado el caso, ya sabe, le prestaré el mismo servicio. Volenko
saludó y se alejó. En aquel ceremonial, solemne y un tanto burlesco, percibió
Igor una gran cordialidad. Evidenciaba, sin dejar lugar a dudas, que Volenko y
Nesterenko eran grandes amigos y que con aquellas reverencias zumbonas y un
tanto ceremoniosas recalcaban algo. En aquel juego, Nesterenko no parecía ya
tan bonachón, ni mucho menos. Poseía una simpática voz de barítono, y era
evidente que la dominaba. Su trato tenía un leve dejo de pausado humor
ucraniano. Pero Igor notó en él la misma marcialidad que en Volenko. Por otra
parte, apenas hubo salido el jefe de guardia, Nesterenko abandonó todo asomo de
broma. - Te han destinado a la octava brigada. La brigada está reunida. Vamos.
Nesterenko se dirigió hacia la puerta, pero Igor lo detuvo: - Camarada jefe de
brigada. - ¿Qué pasa? Igor recogió la ropa de trabajo, miró a la ventana con el
mismo aire de desesperanza con que lo hiciera en el patio y, sin poder
reprimirse, distendió sus labios en una sonrisa sarcástica: - Camarada jefe,
¿usted estudia? - ¿En la escuela? - Sí, en la escuela. - En primer lugar,
estudio en el décimo grado. Y, en segundo lugar, no me llames de usted ni
camarada jefe. No es necesario. Me llamo Vasia. - ¿De veras? Pues yo he oído
que todos llamaban a Volenko "camarada jefe de guardia". - Es muy
distinto. El jefe de brigada que está de guardia es una gran autoridad en la
colonia. Él es quien responde del orden durante todo el día. Cuando se pone el
brazalete, no se puede hablar con él sin
Banderas
en las torres hacerle el saludo. - ¿Y a qué viene todo eso? - Pues verás...
¿Cuánto tiempo ha andado Volenko atareado contigo hoy? ¿Te has dado cuenta?
¡Fíjate la de cosas que atiende! Y si cada uno se pone a discutir con él, no le
quedará tiempo para nada. Además... ¿qué discusión puede haber con el jefe de
guardia? - ¿Y contigo, se puede discutir? Nesterenko se encogió de hombros: -
Conmigo claro que se puede. Pero no está de moda. - ¿Para dirigirse a ti no hay
que hacer el saludo? - A veces sí. Ya sabrás cuándo. Vamos, la brigada espera.
Pasaron junto al nuevo centinela (el anterior había sido relevado) y subieron
la escalera bordeada de flores. En el segundo piso había un pasillo lleno de
luz, pero el suelo no era de baldosas, sino de madera, y brillaba como el Club
silencioso. Se detuvieron ante una puerta en la que se veía una placa con la
inscripción: OCTAVA BRIGADA Nesterenko puso la mano en la manecilla, pero,
antes de abrir, explicó: - Tenemos dos dormitorios de ocho personas. El segundo
está aquí al lado. El dormitorio era grande. Había en él ocho camas buenas,
bonitas, pintadas de rosa amarillento. Las mantas eran color guinda. Todas las
camas estaban impecablemente hechas. Nadie estaba sentado en ellas ni de pie a
su lado. Más de diez muchachos se habían reunido en derredor de una gran mesa.
Igor vio junto a la pared un diván muy largo que, por lo visto, también
abrigaba la pretensión de ser corrido. Al parecer, aquellos divanes gozaban de
favor en la colonia. Al entrar Igor y Nesterenko, todos volvieron la cabeza
hacia ellos. El jefe de la brigada se detuvo junto al umbral y pronunció con
acento solemne, en el que Igor percibió un dejo irónico: - Aquí tenéis al
camarada nuevo. Se llama Igor Cherniavin. Todos movieron las sillas, pero no se
levantaron. Acercándose más a la mesa, hicieron sitio a los recién llegados.
Nesterenko ocupó una silla y, dando una palmada en otra, dijo a Igor: -
Siéntate. Todos quedaron inmóviles, esperando lo que iba a seguir. Los ojos de
Nesterenko relumbraban irónicos: - Aquí tenemos la costumbre de reunir toda la
brigada cuando llega uno nuevo, y el jefe lo presenta. Así se viene procediendo
en la colonia desde hace tiempo, unos cinco años. Al presentar al nuevo, el
jefe de la brigada debe hablar de todos los que la componen y decir la verdad;
decir lo que piensa, sin mentir. Cuando tú seas jefe de brigada, harás lo
mismo, Cherniavin. ¿Te fijas cómo me miran? Pues
29 me
miran porque saben que no habrá compasión. Nesterenko decía todo aquello
pausado y bonachón, pronunciando la "o" un poco cerrada y alargando
las palabras. - ¡Empieza ya, Vasia, basta de martirizarnos! Estas palabras las
había dicho el Benjamín de la brigada, un muchachuelo rublo de unos catorce
años y de rostro limpio e inteligente de niño estudioso por naturaleza. - Rógov
está, impaciente. Sabe que me voy a meter con él. - Métete, pero pronto, ten la
bondad. - Otra de nuestras costumbres es que nadie discuta ni se enfade. Diga
lo que diga el jefe de la brigada, ¡punto final! Y los nuevos como tú,
Cherniavin, no deben presumir, sino aprender a decir la verdad y a oírla.
¿Entendido? Igor Cherniavin se había quedado boquiabierto; en su semblante no
quedaba ya ni sombra de ironía. Nesterenko empezó. Señaló a un mozo ya crecido,
que debía de andar por los dieciocho años. Su frente era estrecha, y su pelo,
áspero, no admitía el peine. El rostro impreciso, de labios gruesos, tenía una
expresión enérgica y brava. - Este es Misha Gontar, cerrajero. Buen cerrajero,
aun que dice que la escuela no se ha hecho para él. Al llegar al quinto grado,
se ha creído que es un sabio. Le ha dado esa chifladura, y hay que llevarlo a
la fuerza. Es buen compañero, lo digo sin rodeos, ¡ojalá todos fuesen así!,
pero descuidado hasta lo imposible. Por esa parte, nada bueno aprenderás de él.
Dondequiera que da un paso, o rompe algo o deja cualquier cosa olvidada.
Debiera afeitarse diariamente, y a veces lleva barba de tres días. Y eso que
vive en una colonia infantil...Por su culpa, nuestra brigada, a pesar de que no
es mala, no puede alcanzar un buen lugar en cuanto al aseo. Se pone la ropa de
trabajo por la mañana y, sobre todo si se retiene en el taller -cosa natural en
los reparadores-, se presenta en el comedor con esa misma ropa. Naturalmente,
el delegado de la comisión sanitaria arma un escándalo, y todo se lo cargan a
la brigada. ¿Te das cuenta? Si Misha está de guardia, en la brigada tenemos que
poner a alguien que lo remolque, como si fuera un chico pequeño. Tiene otro
defecto: no le gusta marchar en la formación, pierde el compás, y el traje de
gala le queda como si fuera una funda de baúl. Toda la brigada, naturalmente,
siente que sea así, porque, a decir verdad, se trata de pequeñeces, pero él no
se corrige. Como cerrajero y camarada no tiene desperdicio. Es bueno y ama el
trabajo; para ser un hombre de provecho no le falta casi nada. Quiere ser
chofer, y no comprende que todo chofer debe ser persona instruida. Ahora le ha
dado otra ventolera: se ha enamorado. ¡A quién se le ocurre enamorarse cuando
toda la brigada se pone a peinarlo y no lo consigue! Nesterenko hablaba con
gracia y seriedad,
30
mirando frecuentemente a los camaradas, que no apartaban la vista de Misha. Era
evidente que la brigada aprobaba la semblanza que se hacía. De seguro que la
admitía el propio Misha, pues ni siquiera protestó de que se hablara en público
de sus amores. - Adelante. Piotr Akulin. El aludido no se sonrió. Estaba de
costado en la silla y no cambió de postura. Su rostro, enjuto y sencillo, con
rojas mejillas de aldeano, no parecía capaz de sonreír. - Akulin es el mejor
tornero de la colonia y el mejor alumno del octavo grado. Cuidadoso, amante de
la disciplina y komsomol de primera. Andando el tiempo, será aviador. Lo será
sin falta. Ahora bien, todos tenemos una cesta. El también la tiene. Y nadie la
cierra nunca: no se estila en la colonia. Pero Akulin le colgó un candado hace
tres días. Eso está muy feo. O tienes miedo a que te roben o quieres ocultar
algún secreto. No sé; sólo que en la colonia no debe haber candados. Otra cosa
es una fábrica, donde los bienes del Estado deben guardarse bajo llave por puro
orden. Sin embargo, en la brigada viven compañeros. ¿Qué falta hace aquí el
candado? Akulin, sin dar la cara a Nesterenko, colocó un brazo en el respaldo
de la silla vecina y objetó con voz apagada: - El candado no es por los
camaradas... - Lo sabemos. Piensas que, como hay un sitio libre, vendrá algún
chico nuevo y le meterá mano a tu cesta. Claro que lo hará, si ve el candado
puesto. ¿Y por qué hemos de pensar que todo recién llegado sea un ladrón?
¡Cualquiera sabe lo que cada uno ha hecho allí, en la vieja vida! Cherniavin es
el nuevo. Aquí lo tienes, sentado entre nosotros. Y a primera vista se nota que
no es de los que meten la mano en la cesta de un compañero. Akulin retiró el
brazo del respaldo de la silla y dijo con voz ronca: - Lo quitaré. La brigada,
que hasta entonces se mantenía inmóvil, expectante, pareció respirar, aunque,
en realidad, lo que hizo fue removerse. - Seguimos. Alexandr Ostapchin, subjefe
de la octava brigada de la colonia de trabajo Primero de Mayo. El tono solemne
con que Nesterenko pronunció el cargo de Ostapchin permitía deducir que al
subjefe lo querían en la brigada y que todos lo trataban con cierto aire de
broma. El propio Alexandr Ostapchin, al oír su apellido, pestañeó, se volvió
hacia el jefe de la brigada y apoyó la barbilla en los puños, puestos el uno
sobre el otro. Ostapchin tenía unos bonitos ojos castaños, de brillo húmedo y
alegre. - Una bella persona. Buen tornero, estudia en el décimo grado, es
subjefe de la brigada, etc., etc. Un hombre de verdad. Su única desgracia es
que habla hasta por los codos. ¡Cómo le gusta darle a la lengua!
A. S.
Makarenko Prefiere hincharse de hablar a comerse un pavo. Y si dijera cosas
útiles... Pero es que la lengua se le va, y él corre detrás, sin poder
detenerla ni llevarla por un camino razonable. Y no mira si quien tiene al lado
es propio o extraño, le da igual. Charla como un descosido y mete la pata
infaliblemente. La brigada entera quiere corregirlo y no puede. Sueña con ser
fiscal. Pero, ¿dónde se ha visto un fiscal tan parlanchín? Lo que diga el
fiscal ha de ser cosa de peso, y antes de decirlo debe pensado dos veces. En
cambio, nuestro Alexandr necesita una niñera para que le tire de los faldones.
Ostapchin no se turbó ni se enfadó. Sus ojos seguían mirando a Nesterenko y
sonreían amistosos, aunque con un descaro apenas perceptible. Parecía enorgullecerse
de tener un defecto tan interesante. Objetó, en tono de niño caprichoso: - ¿He
metido yo la pata alguna vez? - ¿Es que no te acuerdas de cuando vino aquella
mujer del Comisariado de Instrucción? Le soltaste cada una, que por poco la
haces llorar. - No dije más que la verdad. - ¿La verdad? La verdad hay que
decirla en el momento oportuno. Ella había venido para conocer nuestra vida;
quizá, incluso, para aprender. Es probable que viniera disgustada por algún
tropiezo, y tú le largaste aquel discurso... como para aplastarla: "Los
del Comisariado de Instrucción no comprendéis nada. No hacéis más que enredarlo
todo, no merecéis el pan que os coméis". Ella preguntó luego quién era el
que hablaba así. Yo, naturalmente, le dije: "No le haga usted caso, es un
novato, está todavía sin cepillar". Los colonos se echaron a reír.
Ostapchin, azorado, volvió la cara, pero ni siquiera en aquel momento perdieron
sus ojos la húmeda sonrisa. - ¡Aquí tienes a Sancho Zorin! ¡Este es oro puro!
Se ve a la legua. En efecto, Sancho era transparente como un claro día de
abril. Al oír su nombre, se puso de pie sobre la silla, y el jefe de la brigada
lo reprendió con benévola severidad: - ¿Por qué pones los pies en la silla?
Cherniavin, Sancho será tu padrino, lleva tiempo esperándote. Será tu padrino
hasta que se te conceda el título de colono. Te servirá de guía, y en la
reunión general informará de ti para que se te conceda o no el título. Es
impulsivo y no siempre justo. Si le pica alguna mosca, no hay quien lo sujete.
Tú no hagas mucho caso. Igor asintió y miró a Zorin. Zorin, por su parte, le
hacía ya señas con la cabeza, le guiñaba el ojo, y todo su semblante, fino,
vivaracho, parecía querer referirle algo. En un segundo era capaz de reflejar
todas las impresiones, de responder a todos y de preguntar a todos. Esta vez,
también aquel portentoso rostro, como por milagro, día a entender al jefe de la
brigada que le agradecía las verdades dichas, que
Banderas
en las torres procuraría acalorarse menos, que apreciaba el afecto de la
brigada y correspondía a él, que ayudaría a Cherniavin a ser un buen colono y
que Cherniavin no debía apocarse. El rostro de Zorin hablaba de sí mismo con
mucha más elocuencia que el jefe de la brigada. Tocóle el turno a otro.
Quedaban seis, todos ellos jóvenes de dieciséis a dieciocho años. Nesterenko
los reconoció buenos trabajadores y magníficos compañeros y colonos. No
obstante, señaló los defectos de cada cual. Los señaló sin andarse por las
ramas, eligiendo y redondeando las vocablos con leve sonrisa, pero sin ocultar
su disgusto, exigente y severo. A Serguéi Lístvenni le reprochó su demasiado
apego a la lectura, que lo traía "loco"; al pomuloso, rubio y desgarbado
Jaritón Sávchenko, su carácter abúlico; a Borís Yanovski, un moreno rizoso, su
poca franqueza y su propensión a la mentira; a Vsévalad Seredin, su presunción;
a Danilo Gorovói, su insensibilidad y su flema excesiva. Todos escuchaban en
silencio al jefe de la brigada, nadie se permitió objeción alguna, pero cuando
terminó de hablar, los muchachos se pusieron todos a gritar, se rieron, se
recordaron mutuamente los pormenores más punzantes de las semblanzas hechas y
dirigieron a Nesterenko maliciosas preguntas. Pero Nesterenko cortó aquello en
seguida. - ¿A qué viene este jaleo? -dijo- Dejadme terminar. ¿Es que os habéis
olvidado de que debéis saludar a Cherniavin? Alexandr Ostapchin gritó: - ¿Por
qué dices de nosotros lo que se te antoja y de ti mismo ni una palabra? ¡Cuando
sea jefe de la brigada ya diré quién eres! - Bueno, esperaré a que lo seas, y
puedas hablar de mí, aunque supongo que no dirás más que tonterías. ¡Ea, acoged
a Cherniavin! - ¡Pero si ya lo hemos acogido! ¡Cherniavin, vengan esos cinco!
-Ostapchin le tendió la mano-. Sancho, deja ya eso y hazte cargo de este
hombre. Fíjate qué buen material para sacar de él un komsomol. Todos se
quedaron fijos en Igor, quien decidió aprovechar el momento: - Señores, ustedes
comprenderán lo mucho que les agradezco el haberme admitido en la brigada. Sólo
que... aquí el camarada jefe ha hablado de todos ustedes, de modo que yo tendré
que hablar de mí mismo, ¿no es verdad? Alguien sonrió. Akulin miró con recelo;
Gontar, con aire de censura. Nesterenko dijo: - Aquí no se estila eso de que
los nuevos hablen de sí mismos. Además, ¿qué vas a contar? Nosotros mismos
veremos qué clase de persona eres. Otra cosa: eso de "señores" no lo
vuelvas a decir, ¿entendido? - Entendido, camarada jefe; perdón, camarada Nesterenko.
31 -
Ven aquí, Cherniavin -Sancho Zorin lo esperaba en un rincón de la pieza-. Aquí
tienes tu cama, tu mesilla de noche, todos tus enseres. Ostapchin, el subjefe
de la brigada, te dará jabón y polvos dentífricos. Descansarás dos días, y
luego, a trabajar. Por la tarde te contaré algunas cosas. ¿A qué grado irás? -
Al octavo. - Formidable. Yo también estoy en el octavo. En fin, considérate un
ciudadano libre. Puedes ir adonde te parezca. Sancho extendió el brazo hacia la
ventana. Fuera se divisaba el campo, y en el propio horizonte se vislumbraban
los edificios de la ciudad. 19. Esta verde todavía. Aquella noche, Igor
Cherniavin tardó en conciliar el sueño. La cama estaba fresca, limpia. No había
conocido otra igual desde que salió de su casa. Dormir en una cama como aquélla
se le antojaba el mayor de los placeres. Hubiera querido expresar a alguien su
agradecimiento por la cama, por la ropa limpia, por el nuevo y simpático traje
y por el estrecho cinturón negro, pero, ¿a quién dar las gracias? ¿A Alexéi Stepánovich?
¿A Volenko? ¿A la octava brigada? ¿O quizá, sencillamente, al Poder soviético?
Del Poder soviético tenía Igor Cherniavin una idea harto compleja. La escuela
le había proporcionado tan sólo imágenes puramente verbales; de Leningrado le
quedaba el recuerdo de la niñez, impreciso y desvaído, y de sus años de vida
"libre" había sacado la impresión de que el Poder soviético era
severo, exigente y tenaz: milicianos, guardias de ferrocarriles, educadores en
las comisiones, hombres con batas blancas. El ser más complaciente e inofensivo
de todo el Poder soviético era para él Polina Nikoláievna, pero su rostro
enteco e inteligente lo recordaba con honda aversión. Allí, en la colonia,
percibía el Poder soviético como algo muy complejo, como un extracto denso y
enigmático. Resultaba difícil adivinar dónde se hallaba. Por supuesto, era
Alexéi Stepánovich; también lo era, de seguro, Nikolái Ivánovich. Pero Sancho
acababa de referirle que las casas habían sido construidas de nueva planta en
pleno descampado. Todo era nuevo: los macizos de flores, los espejos, el
entarimado. Sancho había dicho: "No hay nada viejo, todo lo ha hecho el
Poder soviético". De creer a Sancho, resultaba que el Poder soviético no
eran sólo Alexéi Stepánovich y los profesores, sino también ellos, los
educandos. Sancho decía: hemos hecho, hemos comprado, hemos decidido, hemos
acordado... Por consiguiente, también Sancho Zorin era el Poder soviético. ¡Y
Volodia Begunok! Sí... no estaba mal pensado. La octava brigada ni siquiera quería
cerrar las cestas. ¡Puro alarde! Pero, ¡qué diablo!, un alarde bien ideado:
¡cualquiera se
32
atrevía, después de eso, a meter la mano en cesta ajena! Sería de ver allí a
Ryzhikov limpiando las cestas aquellas. Claro que Ryzhikov era un miserable, de
eso no cabía duda. Si, allí estaban todos confabulados. Alexéi Stepánovich
estaba metido en su despacho y no se le veía por ninguna parte, pero alrededor
de uno todo eran jefes. Hasta el cabezudo de Petia, clavando sus ojuelos
insolentes en el cepillo, exigía que se limpiasen los zapatos al entrar. Muchos
eran los usos y modas allí imperantes, y todos ellos perseguían un solo fin:
aturdir a Igor Cherniavin, un hombre libre. Igor admitía que la cama con
somier, las frescas sábanas y la colcha eran dignas de aprecio, pero comprendía
que con ellas se compraba la sumisión, sobre todo si uno era propenso a la vida
muelle. Eso, por lo visto, había querido su padre, pero había quedado con un
palmo de narices. ¡Bah! Dormiré en cama blanda, y ya se verá cómo termina todo
esto pensó Igor-. ¿Trabajar? Nikolái Ivánovich asegura que es un placer. Pero,
¿y si no lo es? Aleccionar en clase, con un traje muy limpio, no está mal.
Ahora bien, si me obligan a cepillar tablones... Mis más expresivas gracias,
caballeros. Supongamos que no me diera la gana. ¿Me echarían de aquí? Sería
interesante. ¡Qué oprobio para la colonia de trabajo Primero de Mayo! ¡No haber
sido capaz de habituar al trabajo a Igor Cherniavin, que no era ningún bandido,
sino un modesto intelectual, un gentleman! ¡No haberlo conseguido! Sería
curioso ver si lo expulsaban. Igor se imaginó los rostros cariacontecidos de la
octava brigada. ¡Qué consternación la de todos! Tanta astucia, tanta finura,
tan buenas sábanas y "costumbres" y, a pesar de todo, ¡no habían
logrado sobornarlo! Igor Cherniavin podía vivir sin cepillar madera. Recordó
algunas de sus más ingeniosas tretas. ¡Cuánta inspiración encerraban, cuántas
incidencias atractivas, divertidas, inesperadas! No había cama mullida que
pudiera comparárseles, porque aquellas incidencias entrañaban la libertad. No
obstante, Igor se estiró con deleite, se hizo luego un ovillo y quedó dormido
sin solucionar la contradicción entre los objetos agradables y los pensamientos
desagradables, aunque orgullosos. Cuando abrió los ojos, era ya de día. Había
soñado con el fastidioso soniquete de la trompeta y con un incendio: un
incendio de muchas llamas, mucho tumulto y mucho estrépito. Igor tenía prisa y
se iba abriendo paso entre la muchedumbre. Una voz persistente y sonora le
asaeteaba los oídos: - ¿Oyes? ¿Oyes? Igor abrió los ojos. Tenía ante él al
rublo y pulcro Rógov, que gritaba: - ¿Oyes, Cherniavin? ¡Levántate! Al ver que
Igor abría los ojos, Rógov repitió, más tranquilo ya: - Levántate, que vamos a
empezar la limpieza.
A. S.
Makarenko Los demás colonos de la octava brigada entraban y salían
apresuradamente con sus toallas, hacían las camas, ahuecaban las almohadas.
Rógov iba y venía por el dormitorio, limpiando presuroso el polvo con un trapo
blanco. Pasó de las sillas a los poyos de las ventanas, inspeccionó las
mesillas, saltó para limpiar el dintel, metió la mano tras el radiador de la
calefacción y repasó los retratos. Después quedó quieto junto a una pata de una
cama. Igor cerró los ojos: un sueño tranquilo, feliz y placentero volvía a
apoderarse de él... - ¿Y éste, qué hace durmiendo? Igor reconoció la voz de
Nesterenko, pero no abrió los ojos. - ¿Lo has despertado, Rógov? - ¡Claro que
sí! ¡Pero si estaba despierto! A Igor le interesaba saber qué harían aquellos
dos representantes del Poder soviético en caso de que él no se levantara. Sí,
no se levantaría. Por otra parte, ¿para qué darse prisa? Inclusive las
"costumbres" de la colonia le permitían pasarse dos días sin
trabajar. Volvió a oír la voz de Nesterenko: - ¡Cherniavin! Silencio, y otra
vez la voz: - ¡Cherniavin! Una mano recia se posó en su hombro y lo zarandeó.
Igor abrió los ojos. - ¿Qué pasa? - Hace mucho que han tocado diana. - ¿Qué es
eso? - La señal de levantarse. ¿No te lo explicó Sancho ayer? Igor se puso boca
arriba, se estiró en la cama y mostró al jefe de la brigada su ancha y burlona
sonrisa. - Me lo explicó, pero no acabé de entenderlo. - Pues ahora te lo digo
yo: han tocado diana. - Eso no tiene importancia, camarada. Nesterenko puso en
él sus grandes ojos grises, rebosantes de asombro. Rógov, que estaba encerando
el suelo, se acercó descalzo. Por fin, Nesterenko halló la respuesta, pero con
tanto retardo, que Igor estuvo a punto de soltar una carcajada. - ¿Qué estás
diciendo? ¡No tiene importancia! ¡Ahora mismo van a pasar revista! Igor se
volvió sobre un costado y descansó la cabeza en la mano. - Tampoco tiene
importancia. Sancho Zorin irrumpió en el dormitorio gritando: - ¡Camarada jefe!
¡El corredor de abajo lo he dejado como un espejo! Pero el jefe de brigada
estaba tan perplejo, que ni siquiera oyó el parte. Dirigiéndose a Igor, dijo
con voz de ultratumba: - ¿Y si te doy con el cinturón, tendrá importancia? Igor
replicó sereno; - Tendrá importancia, pero será una arbitrariedad. -
¡Mequetrefe! ¡Señorito!
Banderas
en las torres La manta y la sábana volaron de la cama. Igor, destapado, se
sintió en situación ridícula y quiso levantarse, pero desde fuera llegaron los
acordes de una nueva señal. Rógov abandonó el cepillo con que enceraba el piso
y exclamó: - ¡Ay de mí! ¡Ya comienza la revista! Rógov se apresuró a ponerse
las botas. Los colonos acudieron al espejo para ordenarse el pelo. Llevaban
todos sus uniformes escolares. Igor sabía que la brigada estudiaba en la
escuela hasta la hora de comer. Estirándose las blusas, se apresuraron a ocupar
sus puestos, formando una espaciada fila en la parte del dormitorio libre de
muebles. Nesterenko lanzó a Igor una mirada de impotencia. Sancho se le acercó
en rápida carrera y dijo: - ¡Tápalo y que se vaya al diablo! ¡Hoy está de
guardia Klava! - ¿Klava? ¡Nos hemos lucido! Nesterenko tapó con la manta a
Igor. La noticia de que la jefa de guardia era Klava horrorizó también a
Cherniavin: ¡aparecer en paños menores ante una muchacha! Por eso acogió de muy
buen grado la manta y se tapó hasta la cabeza, aunque dejando una rendija para
fisgonear. Nesterenko recorrió en un dos por tres la habitación, pasó un dedo
por el poyo de la ventana, echó un vistazo bajo una cama e inquirió: - Sancho,
¿no sabes si Alexéi asistirá a la revista? Alexéi salió para la ciudad muy de
mañana. Rógov entró corriendo y cuchicheó: "¡Ahí vienen!", ocupando
su puesto en la formación. Cuando se abrió la puerta, Nesterenko ordenó con voz
enérgica: - ¡Brigada! ¡Firmes! ¡Saluden! Igor vio que los colonos se cuadraban,
volvían la cabeza hacia la puerta y levantaban la mano derecha. Nesterenko se
hallaba aparte, a la entrada. Una muchacha bajita, de quince o dieciséis años,
y un muchacho bastante más joven entraron acompañados del brillo de sus doradas
tiubeteikas, emblemas y anchos cuellos blancos. Les seguía Volodia Begunok con
su trompeta, su calzón corto y su camisa de lienzo. Al notar la inusitada
figura yacente en la cama, Volodia clavó en ella sus ojos, encendidos de
curiosidad. Klava Kashírina, la jefa de guardia, tenía una cara bonita,
delicada, regordeta, cabello castaño y ensortijado, que asomaba de la
tiubeteika, y ojos grises, pequeños y claros. Muy seria, manteníase rígida ante
Nesterenko, al que miraba de abajo arriba, por debajo de su pulcra y rosada
mano. Nesterenko dio un paso adelante: - ¡Camarada jefa de guardia! Sin novedad
en la octava brigada de la colonia de trabajo Primero de Mayo. No se ha
levantado a la revista Igor Cherniavin. Klava lanzó a Igor una mirada rápida,
llena de picardía puramente femenina, y dijo con voz
33
armoniosa, de alto timbre argentino: - ¡Salud, camaradas! La fila respondió a
una: - ¡Salud! Después de esto se rompió la formación. Comenzaron las voces y
las risas, pasando a ser figura central un muchacho con el brazalete de la Cruz
Roja: era Semión Kasatkin, delegado de la comisión sanitaria. De todas partes
le gritaban: - Mire usted aquí. - ¡Venga para acá! - ¡Esté usted tranquilo!
Pero Kasatkin no se sonreía. Con ojo inquisitivo, escudriñó todo el dormitorio.
Examinó las cestas, tentó los radiadores. Un pañuelo limpio le servía de
instrumento de comprobación. Pero cada vez que se lo llevaba a los ojos, no
descubría ni una mota de polvo, y la brigada entera profería a coro una
exclamación de triunfo, Oleg Rógov, de guardia en la octava brigada, seguía con
especial interés los movimientos de los dedos y del pañuelo del delegado de la
comisión sanitaria. El ajetreo le había deshecho a Rógov su cuidadoso peinado,
y Kasatkin le preguntó, mordaz: - ¿Por qué no te has peinado hoy? Rógov miró a
Klava un poco intimidado y respondió: - Es que son tantas las preocupaciones...
Perdida la esperanza de "cazar" a la brigada, Kasatkin levantó la
cabeza hacia la lámpara: - Parece que la bombilla está picada de moscas. Le
contestaron a coro: - Eso no es de las moscas. Son unas motitas que tiene el
vidrio. Todas las inspecciones preguntan lo mismo. Mientras tanto, Igor
Cherniavin simulaba dormir a pierna suelta. ¡Qué diablo, no podía prever que
estuviera de guardia la simpática Klava! Por el desplazamiento de las voces, coligió
Igor que la muchacha se encontraba ya al lado mismo de su cama. Y si un segundo
antes su respiración era la de quien duerme profundamente, de pronto se
paralizó. Klava preguntó con su voz argentina: - ¿No se habrá puesto enfermo?
Kasatkin, compruébalo luego. Kasatkin respondió quedo: - ¡A la orden! Pero
Nesterenko no podía olvidar lo de que aquello "no tenía importancia".
- ¿Enfermo? ¿Cherniavin? ¡Si hubieras oído cómo charlaba antes de la revista!
Luego se durmió en un dos por tres. Klava rozó el hombro de Igor: -
¡Cherniavin, Cherniavin! ¿No te da vergüenza? Pero Igor no respiraba, y allá en
lo más profundo del alma maldecía de su estúpido carácter. Involuntariamente,
sobreponiéndose a su enojo, se imaginaba lo hermoso que habría resultado que él,
34 aun
siendo nuevo, hubiese saludado en toda regla a aquella muchacha, gritando con
los demás: "¡Salud!" quizás ella habría reparado en su semblante
original y en su cáustica sonrisa. ¿Sería posible que ahora fuera a seguir
dándole la lata? Una sensación de alivio lo invadió al oír la voz de Sancho
Zorin, su padrino: - ¡Déjalo, Klava! Que siga acostado. ¡Está verde todavía!
Igor oyó alejarse los leves pasos. Entreabrió un ojo, vio que todos se dirigían
a la salida y volvió a cerrarlo porque se topó con la mirada alegre y
comprensiva de Volodia Begunok. 20. Una injusticia. Una hora después, Igor
Cherniavin entraba, alegre, en el comedor. Lo único que lo desazonaba un poco
era llevar la cabeza pelada al rape. Por lo demás, el traje era nuevecito; su
cinturón el más elegante; su cara, la más fina y atractiva. Estaba terminando
de desayunar el primer turno, que iba a la escuela. Igor sabía que Nesterenko
se había enfadado con él y esperaba explicaciones desagradables, pero, por otra
parte, continuaba gustándole el papel de protestón ingenioso. Con seguro
donaire, cruzó el comedor, espacioso, lleno de luz y adornado con flores. Los
manteles eran tan blancos, que parecían puestos aquella misma mañana aunque ¿no
sería el sol matutino lo que los hacía parecer tan radiantes? Muchos salían ya
del comedor. Igor no advirtió las burlonas miradas de que era blanco. Conocía
su puesto en la mesa y su derecho exclusivo sobre él. En la misma mesa se
sentaban Nesterenko, Gontar y Sancho y Zorin. En efecto, Nesterenko y Zorin se
hallaban allí. Habían desayunado y estaban conversando. En las otras mesas
quedaban ya contadísimos colonos, que concluían su desayuno, y en un extremo
del comedor, cerca de Klava Kashírina, se agitaba Volodia Begunok, indicio
infalible de que dentro de poco sonaría la señal de ir al trabajo. Pero como
Igor no trabajaba aún, se llegó a la mesa y dijo desenvuelto: - Ya estoy en mi
sitio. Para sorpresa suya, Nesterenko no le hizo la más mínima reconvención.
Por el contrario, le preguntó con su peculiar bonachonería: - ¿Has dormido
bien? - ¡Magníficamente! Parece que estuvisteis despertándome. - Parece que sí.
- ¿Y dije yo algo? - Algo dijiste. Sancho se volvió hacia la ventana. Junto a
ella había aparecido Misha Gontar y miraba enojado a Igor. Nesterenko vio venir
a Klava y se levantó, galante, a su encuentro: - Gracias por el desayuno,
Klava. Ha sido estupendo. Aquello gustó a Igor. Sancho le había dicho la
A. S.
Makarenko víspera que era de rigor dar las gracias al jefe de guardia por la
comida. - De nada -respondió Klava, y, consultando luego su reloj de pulsera,
hizo una señal con la cabeza a Volodia, que la seguía como si fuera su sombra:
- Puedes tocar dentro de un minuto. Volodia hizo con la trompeta un movimiento
remotamente parecido al saludo. Nesterenko le dijo en voz queda: - Ya le
contaré yo a Aliosha tu modo de contestar. El te apretará los tornillos.
Volodia se puso serio, enrojeció y se dirigió presuroso hacia la salida,
alegando que tenía un asunto que atender. Nesterenko reprochó a Klava: - Estás
estropeando al muchacho. A mí no me contestaría así. Klava se sonrió. Tenía una
dentadura preciosa. La sonrisa la hacía aún más bonita de lo que era. - Pues yo
no he notado nada. Además, no tengo costumbre. Es la segunda vez que estoy de
guardia. ¿Y éste, quién es? ¿Tú eres Cherniavin? Igor se inclinó galantemente.
- ¿Por qué fingías en el dormitorio? Eres ya un hombre, y haces cosas de
chiquillo. A Igor le salieron los colores. Quería ver en Klava nada más que a
la muchacha bonita, y le resultaba imposible. El diablo sabría el motivo, pero
no podía olvidar que era la jefa de guardia. ¿Por qué producía tanta impresión
un brazalete de seda en una manga? Igor balbuceó confuso: - Son cosas de la
vida... camarada... - ¿Cómo "cosas de la vida"? ¿Y por qué has venido
al comedor? - Pues he venido a desayunar... con su permiso. - ¡A desayunar! ¿Es
que no te lo han dicho? Sólo se permiten cinco minutos de retraso. Hace veinte
minutos que han terminado de dar el desayuno. El comedor se está preparando
para el segundo turno. ¿No te lo habían explicado? - Algo me había dicho el
camarada Zorin, pero se me fue de la cabeza. - ¿Se te fue de la cabeza? Sin
esperar la respuesta, Klava inició la marcha hacia la salida. Aquello sacó de
quicio a Igor. ¡No quería hablar con él! ¿No creerían allí que ignoraba las
leyes soviéticas? Dio un paso adelante y se plantó ante Klava: - Usted
dispense. ¿Resulta que me deja usted sin desayuno? - ¡Sí que tienes tú gracia!
El que te has dejado sin desayuno eres tú. ¿Por qué no has venido a tiempo? -
¿De modo que me quedo sin desayunar? Nesterenko dijo en actitud soñadora,
mirando a un lado: - No tiene importancia. Igor apoyó las manos en el respaldo
de la silla y
Banderas
en las torres pronunció categórica y lentamente, como cuando hablaba con el
jefe de Correos: - Dejarlo a uno sin comer está prohibido. Lo sé muy bien.
Zorín, regocijado por la escena, se dio un manotazo en la cabeza, ya de por sí
despeinada, y exclamó con voz sonora: - ¡Llevas razón, camarada! Presenta una
queja contra Klava. - ¡Ya lo creo que me quejaré! Téngalo usted en cuenta,
camarada jefa de guardia. ¿A quién hay que quejarse aquí? Zorin respondió en el
mismo tono, sólo que añadiendo una pequeña dosis de inocencia: - A la asamblea
general. Nesterenko y Klava se echaron a reír. El único que permaneció serio
fue Zorin. - ¡A ver qué os creéis! ¿Qué tiene de particular? Es un derecho
suyo... El propio Zorin, incapaz ya de contenerse, soltó también el trapo. Sonó
fuera la trompeta. Klava se apresuró hacia la salida. Igor la acompañó con la
vista, y lanzó una mirada colérica a Zorin, pero tampoco pudo contenerse y se
sonrió. 21. Ruslán. Después del "desayuno", Igor, malhumorado, se fue
a dar una vuelta por la colonia. El hambre no le torturaba. La vida libre lo
tenía acostumbrado a comer sin horario y hasta sin tener en cuenta el apetito,
de acuerdo tan sólo con las circunstancias. Lo que más le fastidiaba era la
arbitrariedad cometida con él por aquella niña bonita que, lejos de interesarse
por su original figura, se había atrevido a leerle la cartilla. Cuando salía
del edificio, Igor encontró, con placer, la fórmula condenatoria: allí estaban
orgullosos de sus reglas, de sus saludos y emblemas; se creían el Poder
soviético y, en realidad, eran unos burócratas de lo más vulgar. Igor había
visto en su vida muchos burócratas por el estilo: "Dígame, por favor,
¿cómo es que le han mandado el giro aquí?" Permitían tardar cinco minutos
al desayuno, pero, ¡que nadie se retrasara seis, porque se quedaba sin comer!
¡Y aquella gente pretendía reeducar a Igor Cherniavin! Pero, ¿querría Igor
Cherniavin que lo convirtieran en un burócrata de aquéllos? Todos los
burócratas acostumbraban a decir: "Puedes presentar una queja". Así
pensaba Igor mientras caminaba por un sendero entre los arriates. Las flores no
lo alegraban gran cosa. A decir verdad, podía salirse del jardín y marcharse a
la ciudad. Por desgracia, no tenía pensado ningún plan ni iniciada empresa alguna;
además, podía marcharse al día siguiente. Igor dejó atrás los macizos de flores
y torció hacia
35 la
derecha. Allí comenzaba el bosque. En el mismo lindero había un edificio nuevo,
de piedra, que enlazaba con un extremo de la casa de donde había salido Igor.
Un puentecillo cubierto unía los dos cuerpos de edificio. Sancho le había
hablado de aquella casa. En ella habría únicamente los nuevos dormitorios; los
viejos se utilizarían como escuela, y en la escuela habría algo de lo que Igor
ya no se acordaba. Construcción y más construcción. Sancho, arrebatado de
júbilo, mencionaba cifras: doscientos mil, trescientos mil. Al mismo tiempo, se
indignaba: para los nuevos dormitorios y para admitir a nuevos muchachos se
asignaba dinero, mientras que en la producción nadie quería invertir un kopek,
y los propios colonos tenían que preocuparse de ello. Podían admitir nuevos
chicos, pero ¿dónde iban a trabajar? Era imprescindible desarrollar la
producción. Sancho pronunciaba respetuosamente la palabra
"producción", recordando con entusiasmo a Salomón Davídovich Blum,
aunque acto seguido bromeaba a su costa. En general, en la colonia todo era
pura apariencia; ¡cualquiera sabía lo que había por dentro! La víspera, antes
de acostarse, la brigada había estado riéndose de cierto estadio. Nesterenko
dijo: - ¡Para una colonia como ésta, el estadio ese es una vergüenza! Igor pasó
de largo junto al nuevo edificio. Estaba terminado, y los cristales relucían en
los marcos de las ventanas. Más adelante, se extendía un parque con anchos
senderos enarenados y bancos de hierro fundido. Al hablar del parque aquel,
Sancho también se había entusiasmado. ¡No era para tanto! Unos cuantos senderos
y una plazoleta acondicionada para hacer gimnasia. ¡Si ellos vieran los clubs
gimnásticos de Leningrado! Pero los de la colonia se jactaban: ¡lo habían hecho
con sus propias manos! ¡Y hasta disponían de un estanque, al parecer! La red de
senderos, bastante tupida, descendía por una cuesta pronunciada. ¡Vaya, allí
estaba el estanque! Sus orillas las bordeaba otro sendero con bancos. El
estanque era pequeño. Los árboles se miraban en sus aguas. Acá y allá había en
la orilla unos escalones de tablas. Igor se sentó en un banco y pensó luego si
no debería darse un baño. Se desnudó y se metió en el agua. Era fresca,
acariciante, y tenía un olor muy peculiar, como si hubiesen perfumado el
estanque. Pero no, lo que olía era la hierbabuena que invadía las riberas. Igor
nadó hasta el centro del estanque y buceó para alcanzar el fondo, pero no
consiguió su propósito: el agua estaba muy fría allá abajo. Dando vueltas en el
agua, notó un movimiento en el banco donde dejara la ropa, dio un pequeño
salto, escrutó el lugar y avanzó, nadando, en aquella dirección. De pie en la
orilla, metidas las manos en los bolsillos del traje de trabajo, lo miraba un
muchacho fornido, con
36 el
pelo también al rape, seguramente recién llegado a la colonia. El de la orilla
le gritó: - ¿Está fría? - Muy buena. - Pues ahí voy. Un minuto después, tomaba
carrerilla y se zambullía en el agua. Su rapada cabeza apareció muy pronto
junto a la de Igor: - ¿Eres colono? -le preguntó. - Sí, algo por el estilo. -
¿Nuevo? Creo que no te he visto nunca. - Ayer ingresé. - ¡Ah! - ¿Y tú? - Llevo
aquí dos semanas. - De modo que también eres nuevo. - También. - ¿Y qué
piensas? - Fugarme. - ¡Qué dices! - ¡Palabra que me fugo! ¡Anda y que se vayan
al diablo! El muchacho dio una voltereta en el agua, mostró sus nalgas y agitó
las piernas: - ¡Está muy fría! ¡Voy a vestirme! Bracearon juntos hacia la
orilla. Mientras se ponía los pantalones, Igor preguntó: - ¿Y tienes a dónde
ir? - Mi padre vive en la ciudad; pero es un canalla. No iré a casa. Le birlé
quinientos rublos en obligaciones del empréstito y armó un escándalo espantoso.
El mismo me llevó a rastras a la milicia. Ocupa un cargo importante en no sé
qué comisión de acopio de cereales. Después de eso me trajeron aquí. -
¿Trabajas ya? - ¡A ver qué vida! Me han acoplado. Dicen que estamos
construyendo el socialismo. ¡Que lo construyan ellos! - Si trabajas, ¿por qué
andas ahora de paseo? - ¡Qué socialismo ni qué ocho cuartos! Resulta que no hay
material. Me han puesto en la espigadora. Una máquina estupenda, pero no hay
madera. ¡Que se vayan al cuerno! - ¿Cómo te llamas? - Gorójov. El apellido
puede pasar. Ahora que el nombre... ¿Dónde tendrían la cabeza? ¡Ruslán! Igor se
echó a reír. Gorójov hizo una mueca que quería ser sonrisa. Tenía una cara
ordinaria, granulosa, de nariz prominente y muy subida de color. Al reírse
mostraba unos dientes dispares por el tamaño, la dirección y hasta el color. -
¡Ruslán! -repitió-. Hasta que leí Ruslán y Liudmila no me parecía del todo mal
mi nombre, pero apenas lo leí... ¿Tú lo has leído? - Sí. - ¡Ruslán con esta
jeta que tengo! Así son las cosas: ellos se pueden permitir lo que quieran,
pero en cuanto uno birla quinientos cochinos rublos en
A. S.
Makarenko obligaciones, corren a dar cuenta a la milicia. - Yo creo que me iré
también -afirmó Igor. - ¿Tienes padres? - Muy lejos. En Leningrado. - ¿Te irás
con ellos? - No. - ¿Adónde, pues, piensas ir? - ¿Y tú? Se sentaron en el banco,
intercambiaron una mirada y se sonrieron como a la fuerza. Ruslán se quedó
pensativo: - Vete tú a saber... A lo mejor, llevan razón... - ¿Quiénes? -
Pues... éstos... los de aquí. Lo que yo no trago es tanta reglamentación.
Reglas y más reglas. Además, te llevan de aquí para allá como una pelota; orden
va y orden viene: ¡al círculo de tiro!, ¡al círculo teatral!, ¡al círculo de
arte decorativo! "¡Hay que estudiar!" Yo quería formar parte en la
banda de música, pero también para eso hay sus reglas. - ¿No decías que
pensabas fugarte? - Y me fugaré. A ver qué te crees, ¿qué voy a aguantarme?
Quise entrar en la banda de música y me dijeron: "Espérate. Para tocar en
la banda hay que ser colono". - Bueno, pues tú eres colono. - ¡Qué va! ¿Es
que no te lo han explicado? ¡Qué va! - Algo he oído decir... El título de
colono... - Eso es, el título de colono. Tú no eres colono, sino educando. ¿Te
enteras? Puede que hasta te hagan el traje de gala, pero, sin ponerle en la
manga eso... el emblema. Y, si quieren, te aplican cualquier sanción: te dan
una tarea de castigo, te dejan sin paseo o sin dinero para tus gastos. Alexéi
puede hacer lo que se le antoje: trasladarte de brigada, mandarte a los
trabajos peores... Y en la banda de música no te admiten. - ¡Quién lo hubiera
dicho! -comentó pensativo Igor-. ¿Y eso dura mucho? - Por lo menos, cuatro
meses. Y luego, lo que diga la brigada. La brigada lo presenta a uno a la
asamblea general, y allí se acuerda lo que opina la mayoría. En la asamblea, ya
se sabe, los que llevan la voz cantante son los komsomoles. Tratan las cosas
entre ellos, en secreto, y uno ni se entera. - ¿Y por qué hace falta ser colono
para ingresar en la orquesta? - ¡Yo qué sé! Es más, ¿sabes qué regla existe? Un
colono puede entrar en la orquesta, pero salir, ¡ni a la de tres! - ¿No lo
permiten? - Por nada del mundo. Tiene uno que ser músico hasta que lo
entierren. ¿Te das cuenta de las reglas? Suponte que quiero dejar de tocar.
Pues no, ¡tengo que continuar en la orquesta! ¡Está claro que yo me escapo!
Ruslán volvió hacia el parque su enojado
Banderas
en las torres semblante y quedó pensativo. Igor se puso también a meditar. Más
allá del parque se oía el ruido de la sección de máquinas llegaban de allí
otros sonidos: algo así como gritos de niños o agudos ladridos. Luego resonó un
fuerte golpe, seguido de otros muchos, rítmicos, acompasados. Ruslán alargó el
cuello y dio muestras de inquietud. - ¿Tú de qué brigada eres? -preguntó Igor.
Ruslán no oyó bien: - ¿Qué? - ¿En qué brigada estás? ¿En la primera, en la de
Volenko? - En la de Volenko. Parece que han traído madera. Dijeron que iban a
traerla. - ¿Volenko es buen jefe de brigada? - Aquí todos son lo mismo. Voy a
escape. Han traído la madera. Salto por encima de unos arbustos al cercano
sendero. Igor lo siguió con la vista: la blusa azul de Ruslán se divisaba ya
entre los árboles. 22. El estadio "Blum". Igor se dirigió también al
"patio de trabajo", como lo llamaban los colonos. Sancho le había
dicho que en la colonia funcionaban varios talleres. Acababa de llegar un nuevo
jefe de producción, y los talleres debían transformarse en secciones: sección
de mecánica, de fundición, de máquinas, de montaje y de costura. Igor, que
jamás había visto un taller ni se había interesado lo más mínimo por la
producción, no comprendió tales nombres. Lo único que adivinaba era que en la
sección de costura coserían algo. Pero resultaba que también él tendría que
trabajar en una de las secciones. Así, pues, decidió ir a ver el "patio de
trabajo". Atravesando el parque en dirección hacia donde había corrido
Ruslán, Igor fue a parar a un calvero, cuyo aspecto daba a entender que había
sido desembarazado de árboles poco tiempo atrás. Quedaban tocones en algunas
partes, y en otras se veían grandes hoyos a los que habían: echado los raigones
arrancados de la tierra. El "patio" extensísimo, estaba cubierto de
los objetos más distintos. Había multitud de troncos, tablones y vigas, todo
ello en confuso desorden; mezclado con, carbón, hierros, serrín, virutas y
barriles de cal vacíos. Circundaban el patio bajos edificios de madera que
parecían cobertizos, pero de sus techumbres sobresalían chimeneas que despedían
humo de los más diversos matices y densidades; por lo tanto, aquello no eran
cobertizos. En uno de los edificios -en el mayor- debían estar haciendo con la
madera algo que a ella le gustaba poco, pues emitía lamentos en los tonos más
diferentes -ya eran apagados, broncos, bajos, como si expresaran una protesta
impotente y ya habitual, ya nerviosos, agudos, irritantes- y, de vez en cuando,
exhalaba un verdadero alarido de desesperación, desgarrador,
37
insoportable. Junto al edificio en cuestión había varias carretas de las que
los obreros estaban descargando tablones. Al salir del parque, Igor se detuvo
para elegir camino y vio cerca un grupo de personas: Alexéi Stepánovich,
destocado, con botas altas y guerrera militar color caqui, Vitia, Klava
Kashírina y dos hombres desconocidos. El uno era grueso, panzudo, de cabeza
redonda, afeitada o quizá calva del todo. Igor coligió que era Salomón
Davídovich Blum, el célebre jefe de producción. Estaba señalando con solemne
ademán un edificio ancho, bajo y de aspecto repulsivo, pese a que lo acababan
de construir. Era difícil determinar si estaba hecho de tablones, de astillas,
de vieja madera contrachapada o de barro. Lo cubría una peregrina mezcolanza de
materiales: planchas metálicas, chapas, cartón alquitranado... y en un sitio se
distinguían varias hileras de tejas. La gran longitud del edificio acentuaba su
fealdad. Hacía un declive bastante brusco en dirección al estanque, lo que
estaba en flagrante contradicción con todas las nociones habituales de un
edificio. Como impresionado por una visión de majestad insospechada, Zajárov,
las manos en los bolsillos de sus pantalones de montar, dijo entre risas: -
¡Sí-í! Algo por el estilo me esperaba yo, pero... sin embargo... Vitia se
retorcía de risa: - ¡Bravo, Salomón Davídovich! ¡Lo ha construido en una
semana! Klava sonreía con discreción. Vitia volvió a la carga. - Esto se llama
el estadio "Blum". Salomón Davídovich adelantó su carnoso labio inferior
con gesto senil y dijo: - ¿A qué viene eso del estadio "Blum"? ¿Es
que está mal para sección de montaje? ¿Está mal? Zajárov advirtió la presencia
de Igor. - Cherniavin, ven aquí. Igor se cuadró, alzó la mano con marcialidad
-no cabía duda de que el gesto le había salido bien- y tuvo ocasión de captar
la curiosa mirada de Klava Kashírina: - ¡Salud, camarada director! - Salud. Ven
aquí. Tú eres de Leningrado y has visto muchos palacios. ¿Qué tal te parece la
sección de montaje? - ¿Este cobertizo? - Es un estadio -repitió Vitia. Salomón
Davídovich habló con calma: - Que sea un cobertizo, que sea un estadio; la cosa
es que se pueda trabajar en él. Preguntó Igor: - ¿Y no se derrumbará? Blum se
indignó con la misma seriedad que si conociera de mucho tiempo a Igor y estuviese
obligado a contar con su opinión: - ¿Oye usted lo que dice? ¡Pregunta que si se
38
derrumbará! Volonchuk, ¿se derrumbará o no? Mustio, desgarbado, todo compuesto
de nudos de músculos, el instructor Volonchuk -mano derecha de Salomón
Davídovich- respondió impertérrito, presagiando con envidiable ecuanimidad el
destino del estadio: - Andando el tiempo se derrumbará, pero no puede decirse
que vaya a ser pronto. - ¿Se derrumbará dentro de un año? - ¿Dentro de un año?
-Volonchuk observó atentamente el estadio-. No, resistirá más. Ahora, si llueve
con ganas... Blum vociferó: - ¿Quién le pregunta a usted por las lluvias? En
tiempos de Noé llovió más de la cuenta, y todo en este mundo se vino abajo.
Cuando el hombre construye, no piensa en diluvios universales, sino en tiempo
normal. - Volonchuk escuchó flemático, sin pestañear siquiera, el airado
discurso de Salomón Davídovich, y admitió luego: - Si el tiempo es bueno, no
pasará nada... aguantará. Alexéi Stepánovich se ajustó los lentes, examinó el
patio con esa mirada especial de los hombres pacienzudos de todos los siglos y
echó a andar: - Bueno, vamos a verlo por dentro. La propuesta alegró a Blum: -
Muy bien dicho. El local este es para trabajar, y no para contemplar
filigranas. La belleza cuesta también dinero, queridos camaradas. Cuando no hay
dinero, nos afeitamos una vez por semana, y no pasa nada. Atravesando un
chirriante portón, hecho de toscos tablones, entraron en la sección de montaje.
En el local, vacío del todo, saltaba a la vista un piso de madera que recordaba
remotamente un entarimado: lo componían trozos de tabla de longitud, anchura y
espesor desiguales. Vitia fue el primero en expresar su admiración por el
acondicionamiento interno, pero lo hizo con prudencia: - Como se caiga una
pieza, echará a rodar y no habrá quien la alcance. Todos, menos Blum, se
echaron a reír. - ¿Y por qué tiene que rodar? -protestó el anciano. Ahora,
claro, el local está vacío. Pero cuando haya gente, bancos de trabajo y tablas,
¿cómo va a rodar? ¿Oye usted, Volonchuk? ¿Cómo va a rodar? Volonchuk respondió,
previo examen del sitio: - Rodar, claro que no debe. Se enganchará en algo.
Vitia dijo muy serio: - Retiro lo dicho. Si se engancha, la cosa cambia. Blum
perdió los estribos: se dio varias palmadas en las caderas, exteriorizando así
su indignación, y su rostro abotagado adquirió una expresión belicosa. - ¿Qué
es lo que necesitáis -dijo-, una sección para hacer muebles o un juego de
billar, donde nada
A. S.
Makarenko ruede sin que se le golpee con el taco? ¿Por qué decís tonterías?
¿Estamos metidos en cosas serias o en un pasatiempo? ¿Queréis que las secciones
sean de ladrillo? ¿Y dónde está el dinero? ¿Qué recursos tenéis? ¿Ladrillos?
¿Hierro? ¿Fondos? Vuestros montadores trabajan a la intemperie, y yo os he
construido un local para que trabajen bajo techado, pero os parece feo y
todavía pedís fachada arquitectónica y yo no sé qué propileos. En vez de
haceros cargo del edificio, que para eso se os ha comisionado, torcéis el
hocico y lo comparáis con un estadio. ¿Qué me disteis para construirlo? ¿Un
presupuesto, un proyecto, planos, dinero? ¿Me disteis aunque sólo fuese un
ingeniero? ¿Qué me disteis, camarada Vitia Torski, secretario del Consejo de
jefes de brigada? El secretario del Consejo, Vitia Torski, dio la callada por
respuesta. Alexéi Stepánovich tomó amistosamente del brazo a Bluin y le dijo:
- No se
sulfure, Salomón Davídovich. No esperábamos nada mejor. Ya verá usted que el
año que viene construimos una verdadera fábrica y a este edificio le prendemos
fuego, con gratitud. Le arrimaremos paja y...
- ¡Muy
bonito! ¡Quemarlo! Sepa que aquí se podría instalar un magnífico depósito. -
Bueno, así se hará.
- ¡Eso
es otra cosa! Ahora ya hay donde trabajar. ¿Y cómo os las arreglaríais,
camarada Torski, si no existiera el estadio "Blum"? - Si eso es lo
que yo he dicho siempre: no hay que construir dormitorios, sino una fábrica. -
Usted no ha hecho más que hablar, y yo la he construido.
- Yo
decía que era necesario construir una fábrica, y usted ha construido un
estadio.
-
¡Camarada Torski! ¡Un perro vivo es mil veces mejor que el león inglés! Alexéi
Stepánovich se echó a reír, apretó afectuosamente el codo a Salomón Davídovich
y se dirigió hacia la salida. Igor Cherniavin esperó a que todos se marchasen.
Abarcó con la vista el estadio vacío. Alguien le daba pena. Al salir se detuvo,
y la cosa quedó clara: le daba pena de Salomón Davídovich. 23. Una idea
bastante interesante. Por la tarde, Nesterenko dijo a Igor: -Mañana empiezas a
trabajar en la sección de montaje.
- Yo
nunca he trabajado en una sección de montaje.
- Pues
mañana trabajarás. - ¿Eso es en el estadio?
- Por
ahora, en el patio. Luego será en el estadio. - ¿Qué voy a hacer allí? - El
maestro te lo dirá.
- ¿Y si
no tengo intención de ser montador?
Banderas
en las torres - Tampoco yo tengo intención de ser fundidor y trabajo en la
fundición. - Allá tú. Yo pienso de otro modo.
- ¿Tú
piensas? ¿Has aprendido a pensar? ¿Oyes lo que dice, Sancho? Como no piensa ser
montador, no quiere trabajar. Tú eres su padrino y debes explicarle lo que no
entienda. Sancho accedió de buena gana y, dando una palmada en el diván, invitó
a Igor a sentarse a su lado.
- ¡Ea
-dijo-, siéntate y ahora mismo lo aclaramos todo! Igor tomó asiento y, con una
avinagrada sonrisa en los labios, se dispuso a escuchar a su mentor. Se acordó
del miserable estadio y de la triste pobreza de Salomón Davídovich y se sintió
embargado de tedio y extrañeza: ¿qué necesidad había de todo aquello?
- ¿Por
qué pones esa cara tan fúnebre, Cherniavin? Eso es mala señal. Pero yo sé por
qué. Tú piensas así: "¿De dónde habrán salido estos colonos tan latosos?
En cambio, yo, Cherniavin, soy formidable. Viviré con ellos cuatro días y
después tomo el portante y me voy". ¿Verdad que es eso lo que piensas?
Igor guardó silencio.
- En
realidad, puede que vivas aquí cuatro años.
- Y si
vivo cuatro años, ¿qué? - ¿Cómo es eso de "qué"? Si tienes dos dedos
de frente... ya puedes figurarte: ¡Cuatro años! Hoy dices que no quieres ir a
la sección de montaje, y mañana te negarás a ir a la fundición. Más tarde se te
ocurrirá que no quieres ser tornero, sino médico y dirás: "Haced el favor
de darme un hospital. Quiero dedicarme a curar a la gente". Y así
perderemos contigo cuatro años: tú, caprichos y más caprichos, como si no
estuvieras en tus cabales, y nosotros, contemplaciones van y contemplaciones
vienen... El cuadro pintado por Zorin interesó a Igor, pero le interesó ante
todo porque contradecía profundamente la clara línea lógica a que se sujetaba
él, Igor Cherniavin, y que podía exponerse en los términos más simples: Sancho
estaba sentado junto a él; sus ojos despedían el mismo brillo de siempre, mas,
a pesar de todo, el muchacho razonaba bastante neciamente.
- Estás
equivocado, camarada Zorin. - Bueno. Estoy equivocado. ¿Y cuál es la verdad?
- Tú
dices: Cherniavin quiere ser médico. Dime, por favor, ¿qué hay de malo en ello?
¿Cuánta gente no quiere serlo? En cambio, vosotros, queridos camaradas, lo
arregláis aquí a vuestro antojo: quiera uno lo que quiera, tiene que trabajar
en la sección de montaje. Y yo debo decir: "¡A la orden! ¡A la orden! ¡A
la sección de montaje!" Pues, bien, no me da la gana.
-
¿Quién te impide hacer tu voluntad, Cherniavin? ¿Hay alguien que te obligue?
Aquí no te forzamos. Fíjate
-Zorin
señaló hacia la ventana-, no hay vallas ni guardias. Nadie te retiene ni trata
de convencerte. ¡Vete si quieres! - No tengo adonde... - ¿Cómo que no? ¡Vaya,
hombre! Tú mismo dices que no quieres ser montador, sino médico. - ¿A dónde voy
a ir?
- A
hacerte médico. A estudiar o... Esfuérzate por conseguirlo, si ése es tu deseo.
- ¿Quiere decirse que aquí es imposible?
-
También es posible, sólo que a nuestro modo.
- ¿Hay
que empezar por la sección de montaje? - ¿Por qué no? ¿Qué hay de malo en la
sección de montaje? - No pienso que haya nada de malo. Lo que pasa es que no me
has explicado nada. ¿Por qué razón tengo que ir yo allí?
- Ahora
verás la razón. Lo necesitamos. ¿No llevas aquí viviendo dos días? ¿No te dan
de comer? ¿No te han vestido? ¿No te han puesto una cama? Y tú gritabas esta
mañana en el comedor: "¡No tenéis derecho!" ¿Y por qué? ¿De dónde
crees tú que sale todo eso? Te tiene sin cuidado: "Yo soy Cherniavin y hay
que darme todo. Quiero ser médico". ¿Y si mientes? ¿Quién nos garantiza
que no? Por eso, también nosotros tenemos derecho a decir: ¡Vete al diablo,
Cherniavin, doctor Cherniavin!
- Eso
no lo diréis. - ¿Que no lo diremos? ¡Vamos, tú no nos conoces todavía! Piensas
que vas a fugarte, y puede resultar que nosotros te echemos antes. ¿Qué
necesidad tenemos de ti? Te acogimos como se acoge a un camarada, te vestimos,
te dimos de comer y te proporcionamos una cama sin preguntarte ni quién eras,
ni de dónde venías, ni si pensabas fugarte. Pues ten en cuenta que tú eres uno,
y nosotros una colonia entera. Te rebelas diciendo que quieres ser médico y no
tienes en nosotros ni pizca de confianza. A ti hay que demostrártelo todo al
instante, pero, ¿por qué no puedes confiar en nosotros? - ¿En quién confiar?
-preguntó pensativo Igor, percatándose de que Sancho tenía muchas más
entendederas de lo que se le antojara al principio. - ¿Cómo que "en
quién"? En todos nosotros.
-
¿Confiar?
- Sí,
confiar. Ya lo estás viendo: los muchachos viven, trabajan, estudian, hacen
algo. Ya podías pensar que, si lo hacen, debe tener sentido. Pero tú no te ves
más que a ti mismo: "Yo soy médico". Y, si a eso vamos, ¿qué médico
eres tú? Que nosotros somos una colonia de trabajo, salta a la vista. Pero ¿en
qué se ve que tú seas médico? La conversación se desarrollaba en un diván del
dormitorio, sumido en la penumbra. Fuera se encendían las luces. Los muchachos
se habían dispersado. Sólo de tarde en tarde se oían pasos en el corredor. De
pronto, alguien gritó:
-
¡Se-evka! Después se hizo un silencio absoluto. A Igor, como es de suponer, no
lo habían convencido las palabras de Sancho, pero no quería seguir discutiendo.
En su interior despertó un sencillo deseo: ¿Por qué no hacer la prueba? Habría
que demostrar cierta confianza a aquella gente. Movido por tales pensamientos,
dijo a Zorin.
- En
fin, todo eso es un decir. No vayas a creerte que soy tan burócrata. ¿Tú dónde
trabajas? - En la sección de montaje. - ¿Tiene interés?
- No,
ninguno.
- ¿Ves
tú?
- ¿Es
que para ti todo ha de ser interesante? ¿No querrás que te pongan una banda de
música? Y si una cosa no tiene interés, ¿no puedes hacerla?
-
¿Hacer una cosa que no tenga interés? Igor se quedó mirando a Zorin. Los ojos
de Sancho ardían, con un fueguecillo travieso.
-
¿Hacer una cosa que no tenga interés? Esa idea, Sir, es bastante interesante.
24. La muchacha del parque. Igor oyó esta vez el toque de diana. Le agradó
saltar del lecho rápida y ágilmente, pero, cuando se puso a hacer la cama, se
dio cuenta de que era aquello una empresa superior a sus fuerzas. Miraba a los
otros y hacía todo lo mismo que ellos, pero le salía muchísimo peor: la cama
llena de bultos; el borde superior de la sábana asomaba torcidamente sobre la
manta, que le resultaba corta y colgaba por ambos lados sin querer recogerse en
parte alguna. Sancho echó una ojeada y deshizo todo su trabajo. -¡Mira! De su
procedimiento captó Igor lo principal: la sábana no se le torcía porque Sancho
colocaba previamente la manta doblada en el centro de la cama y después plegaba
sobre ella los bordes laterales de la sábana, formando encima dos paralelas
perfectas. A Cherniavin le gustó mucho como quedaba. - Gracias.
- De
nada. Igor estaba de magnífico humor aquella mañana. Alineado junto a los
demás, recibió con el saludo de rigor al jefe de guardia, que era el de la
cuarta brigada, Aliosha Zirianski, célebre en la colonia con el sobrenombre de
Robespierre. Los muchachos que estaban de guardia en cada brigada se agitaban
"como liebres sorprendidas". Diez minutos antes de la revista, el
propio Nesterenko tomó un trapo y se lanzó a limpiar los cristales,
reconviniendo a Jaritón Sávchenko, miembro de guardia de la brigada:
- ¿Te
has olvidado de quién es hoy el jefe de guardia? Jaritón, preocupado, procedió
a inspeccionar con rapidez las mesillas de noche y los colchones. Cuando se
alinearon para la revista, Nesterenko inquirió:
- ¿Y
las uñas? ¿Todos tenéis bien cortadas las uñas? Uno se miró los dedos y gritó:
-
¡Maldita sea! ¿Dónde están las tijeras? Nesterenko le reprochó indignado: - Si
te pones a buscar las tijeras cuando están ya tocando a revista, no las
encontrarás nunca. Cherniavin, ¿qué tal tú? - Me parece que bien...
- Aquí
no vale eso de "me parece". Gontar, trae las tijeras. ¿Pero dónde lo
tiras? ¡Buena la has hecho! ¡Ay, Gontar! Era tarde. La inspección entraba ya en
el dormitorio, y Nesterenko dio la orden de cuadrarse. Zirianski era de pequeña
estatura, pero esbelto y bien formado. Tendría dieciséis años. Llamaban la
atención sus ojos grises, penetrantes, inteligentes y alegres. Sus cejas,
cortas y rectas, se espesaban junto al puente de la nariz. En el momento mismo
en que saludaba a la brigada captó Zirianski todo lo que había de anormal en el
dormitorio, aunque aparentaba no fijarse en nada. Mientras escuchaba el parte
estuvo mirando jovialmente a Nesterenko. No escudriñó por el aposento ni buscó
nada, pero, al salir, dijo a su compañera de guardia, una modesta y callada
chica de la comisión sanitaria.
-
Indícalo en el parte: suciedad en el dormitorio de la octava brigada. - ¿Qué
suciedad hay aquí, Aliosha?
- ¿Y
esto, qué es? ¿Habéis lustrado el piso para después tirar las uñas? ¿A tu modo
de ver eso no es suciedad? Nesterenko no supo qué contestar. Aliosha dijo desde
la puerta:
- Tú
sabes muy bien, Vasia, que no hay que asearse únicamente para el jefe de
guardia. Además, al nuevo no le habéis cortado las garras. Cuando saluda,
muestra unas zarpas que ni las de un lobo. Nesterenko quedó sumamente
disgustado después de la revista y no hacía más que repetir:
-¡Maldito
sea el diablo! ¡Qué mala sombra! Y todo por tu culpa, Gontar. ¡Un enamorado con
esas uñas! Además, ¿a quién se le ocurre tirarlas al suelo? Menos mal si
Zajárov se limita a ponerlo en el parte. Pero ¿y si lleva el asunto a la
asamblea general? Misha Gontar no respondió. Agachado, recogía del suelo los
recortes de sus uñas.
- Si lo
lleva, diré sin rodeos: son cosas de nuestro enamorado Mijaíl Gontar. Palabra
que lo diré. Y si vuelves a tener algún descuido por el estilo, pediré a Alexéi
que te meta un arresto de tres horas. A Oxana se lo contaré todo, para que lo
sepa. Gontar siguió sin responder al jefe de brigada: ya tenía bastante con la
vergüenza que pasaba ante los compañeros. Nesterenko lo dejó en paz y, con el
mismo aire de cansancio y descontento, se dirigió a Igor: - ¿Tú vas a la
sección de montaje o piensas seguir pataleando?
Igor se
alegró de poder complacer al jefe de la brigada aunque sólo fuese en aquel
punto: - Voy. Debía entrar al trabajo en el segundo turno, después de comer.
Dentro de todo, era un consuelo aplazar su primer experimento como obrero.
Terminado el desayuno, decidió darse un paseo por el parque y bañarse. Pero,
apenas hubo puesto el pie en el parque, encontró en el sendero una "visión
maravillosa": una muchacha. Ya antes, en su época de "hombre
libre", Igor procuraba gustar a las mozas y tomaba para ello distintas
medidas: se dejaba el pelo largo, adornaba con una u otra mascota su traje y
pronunciaba frases ingeniosas. Sin embargo, ninguna chica le había gustado de
verdad. Sabía rendir tributo, como un caballero, al encanto y a la belleza y se
consideraba, en cierto modo, un buen entendido en la materia, pero siempre se
olvidaba de las beldades apenas desaparecían de su campo visual. De ahí la
costumbre de acoger a cada nueva muchacha con la desenvuelta curiosidad de un
don Juan. Así acogió a la muchacha del parque. Ante todo, hubo de reconocer que
era "maravillosa". Igor tenía en gran estima esta palabra y se
enorgullecía de su expresividad, procurando ocultarse a sí mismo que la había
heredado de su padre, que decía a cada instante: - ¡Una persona maravillosa!
- ¡Una
mujer maravillosa!
- ¡Una
idea maravillosa! La chica que iba por el sendero del parque era
"maravillosa". Un vestido pobre y feo realzaba su belleza. No cabía
duda de que no era colona: las colonas andaban siempre muy arregladitas. Su
rostro, levemente bronceado, tenía un matiz rosa oscuro, de una pureza y
uniformidad extraordinarias, sin un brillo, sin un rasguño, sin un grano que lo
afease. Pocas personas podrían jactarse de tener una tez tan hermosa y limpia.
Bajo las finas cejas negras miraban, atentos y un poco cohibidos, sus grandes
ojos castaños, de un brillo dorado, con el blanco como teñido levemente de
azulete. En una palabra, la muchacha era realmente maravillosa. Igor se detuvo
y preguntó suspenso:
-
¡Lady! ¿De dónde ha sacado usted esos ojos tan bonitos? La muchacha se detuvo,
dio luego un paso hacia el borde del sendero y se llevó la mano a la cara:
- ¿Qué
ojos?
-
¡Tiene usted unos ojos preciosos! La muchacha lo miró enojada con aquellos ojos
tan bellos, bajó luego la cabeza, ruborizada, y se apresuró a salir del
sendero, pasando al césped.
-
Milady, le aseguro que no muerdo. Ella interrumpió su retirada y lo miró
sombría, de soslayo:
-
¡Déjeme tranquila! Siga su camino.
- Es que yo no tengo camino. ¿Cómo se llama
usted? La muchacha rebulló en el sitio y se sonrió:
- Usted
es de la colonia, ¿no?
- Sí,
de la colonia.
- ¡Qué
gracioso! Lo dijo con acento vivo y burlón, volvió a mirarlo de soslayo y echó
a andar por el césped, sin volver la cabeza ni una sola vez.
Travesaños. El maestro Shtével, ancho, macizo,
coloradote, clavó en Igor sus ojos redondos:
- ¿No
has trabajado nunca?
-
Nunca.
- De
modo que eres principiante.
-
Principiante. - Pero en casa... ¿ni siquiera barrías el piso?
- Ni
eso.
- Tu
experiencia no es mucha. En fin, empezaremos. Para comenzar darás una mano de
lija a los travesaños. El trabajo es fácil.
- ¿A
qué travesaños? El maestro señaló con el pie una silla terminada:
- ¿Ves
el travesaño que sujeta las patas? Lo han puesto sin pulir, sin lijar, y su
aspecto es desagradable. En cambio, ahora, cuanto tú lo lijes, la silla tendrá
mejor apariencia. Lo demás está pulido, pero han resuelto, por lo visto, que
los travesaños pueden ir así. El maestro era locuaz, pero diligente: mientras
hablaba, sus manos no permanecían inactivas, y en el banco ante el que se
hallaba Igor aparecieron travesaños, una escofina y una hoja de papel de lija.
Al acabar su discurso, Shtével había pasado ya la escofina por un palo, que
después restregó con la lija. Terminada la operación, lo contempló satisfecho y
lo acarició: - ¿Ves cómo ha quedado? Da gusto tocarlo. ¡Adelante! A Igor le
entretuvieron el discurso del maestro y sus manipulaciones con el travesaño y
demás accesorios. Cuando Shtével, después de darle unas palmadas en el hombro,
se retiró, Igor echó mano a un travesaño y le pasó la escofina. Desde el primer
momento se pusieron de manifiesto todos los inconvenientes de aquel trabajo: la
madera se le fue de la mano, y el duro borde del instrumento le rozó dos dedos,
produciéndole la sensación de una quemadura. Igor vio que se había despellejado
los dedos y se había hecho sangre. Una voz desconocida dijo, cerca, en tono de
mofa: - Buen comienzo, camarada montador. Igor volvió la cabeza. No en balde la
voz le había parecido conocida. Era Seredin, de la octava brigada, aunque del
segundo dormitorio: el mismo a quien Nesterenko había calificado de presumido.
El chico aquel tenía un rostro agradable y mantenía la cabeza un poco echada
hacia atrás. Tenía delante varias chapas finas para respaldos de silla y las
iba puliendo con una regla envuelta en papel de lija. Antes de que Igor hubiese
podido verlas bien, las placas habían ido a parar al montón de las ya
terminadas y la mano de Seredin tomaba una nueva porción.
- Allí
en aquel botiquín hay yodo -le indicó Seredin con la cabeza, sonriéndose-. No
tiene importancia, a todos los novatos les pasa lo mismo. Igor abrió el
botiquín, encontró unas vendas y una gran botella de yodo, se untó el rasguño y
pidió a Seredin:
-
Véndame.
- ¡Qué
cosas tienes! ¿Para qué vas a vendarte? ¿No querrás que llame al médico?
- ¿No
ves que estoy sangrando? - No te desangrarás. ¿Te has untado de yodo? Pues ya
es bastante. No es más que una gota lo que te ha salido. Igor no quiso discutir
y colocó de nuevo la venda en el cajón. Pero los dedos le dolían y le daba
miedo empezar un nuevo travesaño. No obstante, se dedicó a tomarlo, lo miró y
le aplicó la escofina. De pronto, en un rapto de mal humor, lo tiró todo y,
volviéndose de espaldas al banco, se puso a contemplar la sección. Hablando con
propiedad, aquello no era un taller. En la parte de fuera de la sección de
máquinas se había acoplado a la pared, trepidante por el ruido de los
mecanismos, un tejadillo de contrachapado lleno de agujeros. Formalmente,
aquello era el comienzo de la sección de montaje. Bajo el tejadillo no se guarecían
más que cuatro muchachos de los veinte que trabajaban en la sección. Todos los
demás no tenían más techo que el cielo, de no contar las rojizas copas de los
altos chopos que bordeaban la plazoleta. Había en ésta numerosos bancos de
trabajo, de distinto tamaño y altura, montados de prisa y corriendo con tablas
sin cepillar. Algunos chicos trabajaban en el suelo. Un peón de aventajada
estatura sacaba las piezas de la sección de máquinas a la plazoleta. La
carpintería de la colonia fabricaba sólo muebles de roble, destinados a los
teatros. Las piezas que suministraba la sección de máquinas eran placas para
respaldos y asientos, patas y travesaños. Se hacía un solo cuerpo de cada tres
butacas, pero antes de montar el conjunto se ensamblaba por partes cada unidad:
las patas, los asientos, etc. De esto, y de montar los bloques, se ocupaban los
muchachos más calificados, Sancho Zorin entre ellos. Trabajaban con alegría,
golpeteando con sus martillos de madera; junto a ellos iban formándose poco a
poco pilas de elementos ensamblados, y al lado de Zorin había, de pie, bloques
de tres butacas, aún sin asiento. La mayor parte de los chicos se dedicaba a
operaciones similares a la que se había encomendado a Igor. Las limas se movían
en sus manos emitiendo metálicos chirridos.
Igor
siguió contemplando la sección hasta que Seredin le preguntó:
- ¿Qué
haces que no trabajas? ¿No te gusta? Igor se tornó en silencio hacia el banco y
agarró la escofina. Pesada, áspera, espolvoreada de serrín y siempre gravitando
hacia el suelo, producía en la mano una sensación desagradable. Igor la soltó y
tomó un travesaño. Le pareció más simpático que los otros. Lo estuvo examinando
atentamente. Su ojo advirtió las asperezas y ángulos que había que eliminar;
notó también que un extremo había salido mal terminado de la aserradora. La
otra mano se alargó hacia la escofina, pero en esto llegó volando una abeja. De
su peso se cae que la abeja no tenía nada que hacer en la sección de montaje.
Igor la siguió con la vista, pensando que, al cabo, persuadida de lo inútil de
su visita, se marcharía. Sin embargo, no sólo no se iba, sino que se puso a
revolotear sobre el banco. En su vuelo chocaba contra los maderos de roble
recién cortados, estremeciéndose con todo su cuerpo, hasta que, seducida por la
gota de sangre que se secaba en la mano de Igor, se lanzó súbitamente sobre ella.
Igor, asustado, la espantó agitando un travesaño. La fuga de la abeja le
proporcionó gran alegría. Tomó aliento, echó una ojeada a su alrededor y sólo
entonces notó que tenía calor, que el sol le picaba en la cabeza y que el sudor
le bañaba el cuello. De pronto sintió que en su cuello, sudoroso, caliente,
acababa de posarse algo velludo y pesado. Igor agitó la mano libre. Un
moscardón enorme y verdoso zumbó, insolente, por encima de él. Igor levantó la
cabeza y vio que los moscardones eran dos y que ni siguieran trataban de
ocultarle sus malévolos hociquillos. El chico se enojó y dijo de repente, casi
llorando:
- ¡Qué
asco de moscardones! Sancho, Seredin y otros se echaron a reír. Seredin reía
bonachonamente, inclinando hacia atrás la cabeza; la risa de Sancho llenaba,
atronadora, toda la plazoleta.
- ¡No
temas, Igor! ¡No muerden! Uno de los jóvenes bromeó:
- A lo
mejor piensan que es un caballo. Igor arrojó sobre la mesa el travesaño:
- ¡Al
cuerno todo!
- ¿No
quieres trabajar? -preguntó Seredin.
- No. Sancho dejó lo que estaba haciendo y se
acercó:
- ¿Qué
pasa, Cherniavin? Igor, enfurecido, dio un paso hacia él.
- ¡Que
se vaya todo al diablo! -gritó-. ¡Ya está bien! ¿Qué tengo yo que ver con
travesaños y limas? ¡Vaya un taller, hay aquí moscardones grandes como perros!
Con el rabillo del ojo vio que Seredin movía desaprobatorio la cabeza, sin
dejar de trabajar; otros volvieron hacia él sus rostros serios y asombrados.
Sancho dijo:
- Pues
mira, no vamos a andar rogándote. Vete; puedes salir por aquí.
- ¡Me iré! Sin mirar a nadie, Igor pasó por
encima de un montón de piezas. Sancho dijo algo en pos suyo, pero él no lo oyó.
No lo oyó porque tenía ante sí una visión inesperada: la muchacha que aquella
mañana encontrara en el parque estaba agachada junto a un canasto de astillas,
mirándole con una expresión de franca burla.
El héroe del día. Continuó la jornada,
calurosa, inquieta y... solitaria para Igor. A la hora de cenar, hubo en el
comedor risas dignas de los cosacos de Zaporozhie. Hasta Gontar, que no había
visto nada, contaba, regodeándose: - Dice que hay moscardones grandes como
perros. En la mesa vecina dijo la voz sonora de un chico:
- ¡Qué
barbaridad! ¡Va a haber que ponerles cadenas a las moscas! La mesa vecina
estalló también en carcajadas. Igor, vuelto hacia la ventana, estaba de un
humor endiablado. Nesterenko lo abordó: - ¿Así que no piensas trabajar?
- No. -
¿Pero te quedarás a vivir en la colonia?
- Yo no
he venido aquí por mi gusto. Me han mandado.
-
¡Estupendo! -terció Zorin seriamente. Cesaron por doquier las carcajadas. Igor
notó que algunos ojos lo miraban con interés y, quizá, con respeto. Se levantó
altanero y dijo a Zorin en voz alta, para que le oyeran todos: - ¿Sabe?, no
siento vocación por lijar travesaños. Dicho esto, abandonó el comedor. Lo
sucedido lo alegraba incluso. Su cara había recobrado la habitual expresión de
seguridad, la propensión a la sonrisa cáustica, y sus ojos se entornaban
maliciosos. Antes que tocasen retreta, estuvo paseando por el parque y
presenció unos partidos de voleibol. Entre los espectadores vio un grupo de
muchachas y, junto a Klava Kashírina, distinguió una cara regordeta y algo
pecosa, aunque muy atractiva. La muchacha lo miró, esbozó una sonrisa y deslizó
algo al oído de una compañera. Tenía el pelo ensortijado, de un rojo claro.
Igor se arrimó al grupo, y ella le preguntó:
- ¿Tú
eres Cherniavin? ¿Sabes jugar al voleibol?
- Sí.
- ¿Y no
tienes miedo a los moscardones? Las muchachas se rieron. Klava fue la única que
miró a Igor con ojos de censura y apretó desdeñosamente sus bonitos labios.
Pero Igor no se enfadó:
- Los
moscardones sólo molestan en vuestra sección de montaje. Impiden realizar este
importante trabajo. Tiene uno que pulir un travesaño y ellos se meten por
medio.
-
¿Cuántos travesaños has pulido? Las muchachas se callaron, pero era evidente
que lo habían hecho tan sólo para oír mejor su respuesta y reírse de él más
alegre y ruidosamente. Igor no quiso darles ese gusto:
- Me he
negado a hacer esa idiotez. No faltará quien quiera pulir esos travesaños tan
estúpidos.
- ¿Y
qué piensas hacer tú? La muchacha pelirroja hablaba, sonriendo tranquilamente,
con voz profunda, agradable, cariñosa, exenta de burla. Se habían acabado las
carcajadas. Igor estaba satisfecho de su éxito: sabía imponer respeto. Y trató
de contestar con la máxima dignidad:
- Ya
veré. No me faltará un papel que desempeñar. La impresión fue la esperada. Las
muchachas lo miraron con respeto. Pero Klava dijo de repente, volviéndose hacia
él:
- Tú
tienes ya tu papel: el de payaso. Todas las muchachas se echaron a reír tan a
gusto, que se les saltaron las lágrimas. Igor tuvo que simular interés por el
voleibol y apartarse de ellas. Sin embargo, la conversación no le había turbado
gran cosa. Cierto que Klava Kashírina era la jefa de la brigada a que
pertenecían las muchachas; cierto que ella podía permitirse tildar de payaso a
Igor, moviendo a risa a sus compañeras. Pero la otra, la del cabello rojo, no
se había reído tanto. ¿Quién sería? Igor preguntó a Rógov, que pasaba a la
carrera:
-
¿Quién es esa pelirroja?
- ¿La
pelirroja? Es Lida. Lida Tálikova, jefa de la once brigada. ¡Vaya, era también
jefa de brigada, y no se había reído tanto! Cuando todos se hubieron recogido
en el dormitorio, Igor quedó agradablemente sorprendido al ver que nadie aludía
a su escapatoria de la sección. Todos se conducían como si nada hubiese
ocurrido en la brigada. Unos leían, otros escribían, en fin, cada uno se
ocupaba de sus cosas. Sancho y Misha Gontar jugaban al ajedrez sentados en el
diván. Nesterenko extendió un periódico en el suelo, desarmando sobre él un
extraño aparato compuesto todo él de muelles y ruedas. Igor iba y venía por la
habitación, sin atreverse a preguntar qué clase de artefacto era aquél. Fuera
sonó una breve señal que hizo a Nesterenko levantar sorprendido la cabeza. -
¿Ya es la hora de los partes?
-exclamó-
¡Pero cómo vuela el tiempo! Sasha, ve a entregar el parte, porque yo, fíjate
qué manos tengo. Enseñó los dedos embadurnados. Alexandr Ostapchin, subjefe de
la brigada, dio una vuelta ante el espejo, miró a todos con sus bellos ojos y
dijo:
- ¡Qué
jefe más pillo tenemos! ¿Quieres que sea yo quien tenga que darle explicaciones
a Alexéi por lo de las uñas de Misha?
Todos
sonrieron. Nesterenko repuso, hosco:
-
Bueno, ¿y qué? Dices que este presumido no tuvo tiempo. Con lo que te gusta
hablar, será para ti... una especie de entrenamiento para cuando seas fiscal.
Tampoco estaría mal que a Gontar le leyeran la cartilla. Al decir esto,
Nesterenko lanzó una mirada fulminante a Gontar, que emitió una interjección de
despecho y se dio una palmada en la nuca. Ostapchin se miró un vez más al
espejo y salió corriendo. Igor preguntó:
-
Camarada Nesterenko, ¿qué es esto? El jefe de la brigada levantó la cabeza,
miró de mala gana a Igor y sacudió la mano con un gesto que indudablemente
quería decir: ¡Apártate! Igor se acercó a los ajedrecistas. Gontar seguía con
la mano sobre la nuca. Sin reparar en Igor, movió una figura e inquirió en voz
queda:
- ¿Qué
te parece, Sancho? ¿Me llamarán a presencia de Alexéi?
-¿A ti?
- Sí.
Por el parte de Zirianski. Sancho agarró un caballo por la cabeza.
- ¿Por
el parte? No creo. Alexéi no manda llamar a nadie por tonterías como ésa. - ¿Y
si se le ocurre?
- No se
le ocurrirá. Ahora que a Sasha le dirá algo. Si llama a alguien, será al
zángano este. Sancho apuntó con la cabeza a Igor. Gontar se retiró la mano de
la nuca y apartó a Cherniavin: - Quítate de ahí, que tapas la luz. Pero las
últimas palabras de Sancho habían intrigado a Igor. - ¿A mí me mandará llamar?
-dijo-. Pues que me llame. ¡Qué miedo, señores! Igor miró a todos con aire de
triunfador, pero nadie le prestó atención. Cinco minutos más tarde, irrumpió en
el aposento Ostapchin rebosante de emoción, rojo como una amapola y,
evidentemente, confuso: - ¡Una hora de arresto! -anunció, mirando a todos con
ojos desencajados. Gontar se señaló a sí mismo con un dedo:
- ¿Para
mí?
- Para
mí -respondió Ostapchin, repitiendo el gesto de Gontar.
- ¿Para
ti? Todos saltaron de sus sitios, abriendo mucho los ojos con un asombro mezcla
de sorna. - ¿Tú arrestado? Nesterenko se tiró de espaldas en el suelo y se puso
a patalear en el aire, riendo atronador. Gontar se llevó nuevamente la mano a
la nuca con una sonrisa azarada. El que más se alegró fue Sancho. Después de
saltar, las manos en alto, agarró a Ostapchin de los brazos.
- ¿Por
las uñas?
-
¡Claro que sí! El muy cochino de Robespierre no
sólo
dio cuenta, sino que le añadió los detalles que pudo. Después de que se leyeron
todos los partes, dije yo: "Alexéi Stepánovich, hay que meter en cintura a
Gontar". Y él va y me contesta: "Yo no tengo por qué ocuparme de
todos vosotros. Otra cosa es Cherniavin, que ha llegado ayer, pero Gontar lleva
ya en vuestra brigada cinco años". Yo salté diciendo que Zirianski busca
tres pies al gato. ¡Más me hubiera valido callarme! ¡Menuda me cayó! "En
primer lugar -me dijo- está prohibido discutir durante la lectura de los
partes, y, en segundo lugar, el parte de la octava brigada, que has traído tú
mismo, menciona el descuido del colono Mijaíl Gontal. Por tu incorrección
durante la lectura de los partes y por el desaseo de la brigada, una hora de
arresto". Todos escuchaban en silencio, con los ojos muy abiertos.
Olvidándose de su propia situación, Igor observó: - ¡Pero si tú se lo
explicaste todo! Las miradas se volvieron hacia Igor como si se tratase de un
intruso impertinente. Sin embargo, Ostapchin respondió:
- Se lo
expliqué, claro está, pero no tuve más remedio que decir: "¡A la
orden!" Nesterenko fue víctima de un nuevo acceso de hilaridad:
-
¡Imponente! ¡Qué bien que te mandé a ti! - No volveré a ir nunca... El jefe de
la brigada repuso jovial, amenazándole afectuosamente: - Ya te guardarás tú muy
bien de no ir. Además, el arresto no ha sido por culpa mía, sino tuya. Te gusta
darle a la lengua y has metido la pata al dar el parte. ¡A quién se le ocurre
decir que el jefe de guardia anda buscándole tres pies al gato! ¡A quién se le
ocurre! Lo que me asombra es que hayas salido tan bien librado. A lo que se ve,
Alexéi está de buenas hoy. Igor se sintió de pronto dolorido y molesto. Ni el
diablo entendería a aquella gente. Estaba claro como el agua que Ostapchin no
merecía la hora de arresto, y que el verdadero culpable, Misha Gontar, quedaba
impune. Por último, había otra cosa que lo sacaba de quicio: ¿por qué todo el
mundo, Alexéi Stepánovich inclusive, se interesaba por una futesa como las uñas
de Gontar, mientras que nadie hacía caso de Igor Cherniavin, que se había
negado ostensiblemente a trabajar? Estaban a punto de acostarse cuando entró en
el dormitorio Aliosha Zirianski, sin brazalete ya. Lo acogieron con
exclamaciones de júbilo, incomprensibles para Igor, y lo rodearon todos.
Zirianski se desplomó en el diván:
-
¡Sasha metió la pata! De fijo que Alexéi estará ahora en su gabinete riéndose
al recordado: "¡Alexandr Ostapchin presenta el parte!" Por cierto,
debo decir que lo hace con mucha elegancia, mejor que todos los demás.
Zirianski
no mentó para nada a Igor Cherniavin, no se acordó tan siquiera de que se
hallaba en aquel dormitorio ni de que se había negado ostensiblemente a
trabajar en la sección de montaje. 27. Tendrás que dar la cara. Igor se
despertó a tiempo y anduvo largo rato haciendo la cama. Tal vez hubiera seguido
durmiendo, pero la víspera se había olvidado de preguntar quién entraba de
guardia y no quería que una "dama" lo encontrara otra vez acostado.
Su determinación no pudo ser más oportuna, pues efectuó la revista el propio
Zajárov, acompañado de la jefa de guardia, Lida Tálikova. Zajárov estaba de
buen humor. Vestía una camisa rusa blanca. Igual que los jefes de guardia,
levantó la mano y dijo: - ¡Salud, camaradas! A Igor le pareció que los colonos
le contestaban con mayor unanimidad y afecto que a los jefes de guardia, pero
se advertía que a Zajárov le tenían bastante miedo. El director inspeccionó el
aposento sin excesiva rigurosidad, sin escudriñar en los rincones, pues de ello
se encargaba el ágil y pequeño delegado de la comisión sanitaria. Sin embargo,
pidió a Gontar que le enseñara las uñas, y Ostapchin, al oído, enrojeció de
alegría, pero Zajárov no se dio cuenta. Ante Igor pasó indiferente. Nesterenko
le preguntó:
-
Alexéi Stepánovich, ¿no sabe usted qué película van a poner hoy?
- Según
parece, El acorazado Potemkin. ¿Han ido por ella, Lida?
- Sí.
Conforme salía, Alexéi Stepánovich miró la bombilla del techo, y todos los de
la brigada protestaron:
- ¡Son
motas que tiene el cristal! ¡Estamos cansados de pedir que cambien la bombilla!
Zajárov se detuvo a la puerta:
- ¿Por
qué gritáis?
- Porque ha mirado usted la bombilla...
- Si
cada vez que mire yo a un sitio vais a gritar...
- ¡Ya
sabemos cómo mira usted! Igor se fue a desayunar. Nadie le habló por el camino.
Sentados a la mesa, Sancho y Gontar comentaban algo en voz alta. Nesterenko
comía en silencio. Su mirada vagaba por el comedor. Sentados en mesitas
cubiertas de blancos manteles desayunaban a la vez cien muchachos y muchachas
y, a decir verdad, todos eran del agrado de Igor. Aunque sólo llevaba cuatro
días en la colonia, conocía ya a muchos de sus moradores e identificaba a los
delegados de la comisión sanitaria, chicos y chicas muy parecidos entre sí,
pulcros, exigentes y severos, que debían andar entre los catorce y los quince
años. También se le hacían conocidos otros rostros. En todos ellos distinguía
inconscientemente dos caracteres, dos líneas. Cada uno tenía para él algo
peculiar, pueril, difícil de calificar. Pero ese algo era, a no dudarlo,
energía, agresividad, travesura, ánimo batallador, reflejado todo ello en una
mirada pícara y perspicaz, a la que no escapaba uno tan fácilmente. Eran caras
y cualidades que Igor había observado anteriormente y le gustaban. Por otra
parte, en el carácter de todos los colonos se percibían con claridad otros
rasgos. Igor los captaba también inconscientemente y ni a sí mismo se confesaba
que fuesen propios de la colonia, aunque no los había visto antes en ninguna
parte. Aquellos rasgos despertaban en él a un tiempo, interés y rebeldía. No
cabía duda de que la gente sentada en el comedor constituía una familia muy
unida, muy compenetrada y ufana de su armonía. Gustó en grado sumo a Igor que
en cuatro días no hubiera tenido que presenciar no ya una pelea o una disputa,
sino ni siquiera un intercambio de palabras airadas o subidas de tono. Al
principio, Igor consideraba que era así porque todos temían a Zajárov o a los
jefes de brigada. Quizá fuera esa la explicación, pero el temor, si existía, no
se manifestaba. Cierto que los jefes de guardia en la colonia y los jefes de
brigada en los dormitorios daban sus instrucciones sin vacilar, seguros de que
se cumplirían, en tono de auténticos jefes. Saltaba a la vista que tenían
costumbre de hacerla, como si llevasen años gobernando la colonia. Pero Sancho
le había dicho que la mayoría de los jefes de brigada eran nuevos; sólo
Nesterenko y Zirianski ocupaban sus puestos más de medio año. Además, Igor notó
que no sólo los jefes de brigada, sino todos los que estaban investidos de
algún poder, aunque fuese por un día, hacían uso de él seguros de sí mismos,
sin titubeos, y los colonos acataban su autoridad como un fenómeno de lo más
natural y necesario. Así se comportaban los de la comisión sanitaria, los
inspectores en el comedor y en las brigadas y los centinelas que montaban
guardia a la puerta. De centinelas solían hacer los más pequeños, los mismos
que corrían chillando por el parque, retozaban en el estanque y saltaban en los
aparatos del campo de gimnasia. Eran diversos sus rostros y andares, sus voces
y mañas; había entre ellos chicos "dañinos", burlones y bromistas,
marrulleros y fantaseadores, y muchos tenían la cabeza llena de pajaritos. Pero
bastaba que uno de aquellos rapazuelos tomara el fusil en la mano, para que
adoptase un porte parecido al de Petia Kravchuk, el que recibió a Igor el día
de su llegada. Lo mismo que Petia, se ponían serios, marciales, procuraban
hablar con voz de bajo y asumían un aire rigurosamente oficial. La misión que
se les encomendaba no tenía nada de difícil: impedir la entrada a los extraños
y obligar a todo el mundo a limpiarse los zapatos. No necesitaban pase ni los
mayores ni los colonos. Los centinelas sabían a quién podían permitirle el paso
y a quién no. Por lo que respecta a la limpieza de los zapatos, eran igual de
implacables con todo el mundo. Igor vio la víspera a uno de ellos detener a
Vitia Torski, que llegó del patio como una exhalación: - ¡Vitia, los pies! -
¡Tengo mucha prisa, Shura! Pero Shura se volvió sin repetir siquiera la orden.
Y Vitia Torski, el cabeza de aquella república, sin titubear más de un segundo,
regresó de la mitad de la escalera para limpiarse las suelas en la bayeta, bajo
la observación de Shura. Era la colonia una colectividad fuertemente hermanada,
y resultaba difícil saber qué era lo que la unía. En ocasiones tenía Igor la
extraña impresión de que todos -los mayorcitos, los chicuelos, las muchachas-
habían aprobado en secreto, muy en secreto, las reglas de un juego, al que se
dedicaban ahora, ateniéndose con rectitud a las reglas y orgullosos de ellas;
tanto más orgullosos cuanto más difíciles eran. Igor pensaba algunas veces que
las reglas y el juego habían sido inventados a propósito para reírse de él
viéndole jugar sin conocer las reglas. Lo que más rabia le producía era que
todo el juego se desarrollaba como si no hubiese tal, como si aquello fuese lo
lógico y no pudiera ser de otro modo, como si en todas partes hubiese que saludar
al jefe de guardia, llamar "sección de montaje" a un pedazo de campo
abandonado y pulir en él un número infinito de travesaños. Por eso, pese a su
simpatía por aquella colectividad alegre y orgullosa, no quería claudicar.
Admitía que no le iba a ser fácil resistir, pues aquellos muchachos y
muchachas, tan bonachones todos, sólo simulaban ignorar la existencia de Igor y
fingían que la presencia en el comedor de un holgazán y zángano entre aquella
masa de trabajadores no irritaba a nadie. Igor comprendía que llegaría el
momento en que todos se le echarían encima y querrían obligarle a trabajar.
Sería curioso ver cómo lo hacían. Por la fuerza, no tenían derecho. ¿Por
hambre? Tampoco lo tenían. ¿Iban a permitirle vivir en la colonia sin trabajar?
Eso era poco probable. ¿Lo expulsarían? Era evidente que no querían expulsarlo.
En fin, ¡allá se vería! Igor desayunaba, contemplando con placer a los colonos.
También ellos tomaban su desayuno: frescos, lozanos, con sus trajes escolares.
Charlaban, se reían, hacían muecas de vez en cuando y miraban a Lida Tálikova,
la simpática jefa de guardia, que iba y venía por entre las mesas. Lida se
detuvo junto a la mesa inmediata. Un muchacho moreno levantó los ojos hacia
ella. Lida le preguntó:
-
Filka, ¿por qué has traído los libros al comedor? Se alzó el interrogado y
respondió: - Me hacen mucha falta porque quiero repasar una regla.
- ¿Es
que te da pereza subir al dormitorio por los libros después del desayuno? En
vez de contestar, Filka se volvió de espaldas con una expresión que quería
decir: "Esta no hablará mucho; aguantemos".
- ¿Qué
modales son ésos? ¿Por qué te vuelves? Filka se enfadó: - No son modales de
ninguna clase, pero, ¿qué voy a decir yo?
- Que
sea la última vez. Está prohibido traer los manuales al comedor. Y eso de darse
la vuelta cuando le hablan a uno... Filka exhaló un suspiro de alivio y alzó la
mano:
- ¡A la
orden! No volveré a traer los libros. Cuando Lida se alejó, cuatro cabezas
rapadas se aproximaron cuchicheantes; una de ellas miró a la jefa de guardia, y
volvieron a cuchichear. Lida se aproximó a Igor, y las cuatro cabezas giraron
en la misma dirección.
-
Cherniavin, ¿vas a trabajar hoy? Igor se quedó boquiabierto. Gontar le dijo
severo:
-
Levántate. Igor obedeció y dijo:
- No
voy a trabajar.
-
Necesitamos mano de obra, ¿lo sabes? - Yo no pienso ser carpintero. Lida
replicó con voz cariñosa: - Y si un día nos ataca el enemigo, ¿dirás que no
quieres ser militar?
- El
enemigo es cosa muy distinta. El propio Filka, recién amonestado por la jefa de
guardia, dijo dirigiéndose a los de su mesa, pero de modo que lo oyese el
comedor entero:
- ¡Es
cosa muy distinta! Se meterá debajo de la cama. Lida miró severa a Filka. El
chico le sonrió alegre y travieso, con la afabilidad de quien sonríe a una
hermana.
- ¿Así
que no vas a trabajar? - No. Lida escribió unas palabras en un cuaderno y se
retiró. Después de comer, Igor encontró en la mesilla de Sancho el libro Los
guerrilleros y se puso a leerlo. En esto entró Begunok y se cuadró junto a la
puerta:
-
Camarada Cherniavin, a las cinco de la tarde, reunión del Consejo de jefes de
brigada. El secretario ordena que vayas. Tendrás que dar la cara.
- Está
bien.
- ¿Irás
solo o habrá que conducirte? Volodia habló seriamente y hasta hizo un severo
mohín al pronunciar la palabra "conducirte". - Yo mismo iré.
-
Bueno, ya sabes: a las cinco en el Consejo. Callaron ambos: - ¿Por qué no
contestas? Igor miró aquella carita ceñuda y exigente, se levantó como impelido
por un resorte y dijo, riéndose:
- ¡A la
orden! ¡A las cinco en el Consejo!
- ¡Que
no faltes! -terminó Volodia rigurosamente y salió. 28. Después de la lluvia. A
las cuatro hubo tormenta. Batió el bosque con el diligente esmero de quien
cumple un grato convenio. Descargó varios aletazos sobre la colonia y le
prodigó un aguacero fuerte y tupido. Los pequeñuelos corrían bajo la lluvia, en
medio de una algarabía alegre. Después, la tormenta se desplazó hacia la
ciudad, y sobre la colonia quedaron unas nubecillas de poca monta que, afanosas
como buenas amas de casa, iban cerniendo al suelo una tenue y templada
llovizna. Los pequeños corrieron a mudarse de ropa. Los chicos un poco mayores
esperaron a que escampase y fueron luego pasando de puntillas de un edificio a
otro. En la puerta principal, sobre varios sacos extendidos en el suelo, se
hallaba, fusil en mano, la sonrosada y pulcra Liuba Rotshtéin, y exigía a
todos: - ¡Los pies! - ¡Bogátov, los pies! - ¡Bélenki, no te olvides! A los
muchachos que habían tomado la ducha celeste les decía con franco tono de
reproche:
- Aquí
no entras. - ¡Si me he limpiado los pies, Liuba!
- Pero
sigues goteando.
- ¿Y
qué quieres que haga, secarme aquí?
- Sécate.
-
Tardaría demasiado. Liuba no respondía y volvía la cabeza a un lado. El
muchacho gritaba mirando a una ventana del segundo piso, llamaba a alguien que
no se veía y que tal vez ni siquiera se hallase en la habitación. Estaba
gritando largo rato a voz en cuello:
-
¡Kolia, Kolia, Kolia! Finalmente, alguien se asomaba. - ¿Qué quieres? - Échame
una toalla. Un minuto más tarde, el chicuelo, después de frotarse con la toalla
hasta que se ponía roja su piel, dirigía una sonrisa a la dulcificada Liuba y
penetraba en el vestíbulo. A las cinco de la tarde, Volodia llamó a reunión del
Consejo de jefes de brigada, contempló un instante la lluvia y desapareció en
el interior... ... Empapado hasta los huesos, sin nada en la cabeza, maltrechas
las botas, flaco y pálido, Vania Gálchenko llegó a la puerta principal, se
detuvo frente a la entrada y miró tímidamente a la majestuosa Liuba.
- ¿De
dónde eres, muchacho? - ¿Yo? Pues aquí he venido... - Ya veo que no te han
traído en coche. ¿A quién quieres ver? - ¿Me admitirán en la colonia?
- ¡No
corras tanto! ¿Traes la orden de admisión? - ¿Qué orden?
- ¿No
te han dado ningún papel?
-
¿Papel? No.
- ¿Y
cómo quieres que te admitan? Vania se encogió de hombros y miró fijamente a
Liuba. La muchacha se sonrió y le dijo:
-
Quítate de la lluvia, que te mojas. Ven aquí... Sólo que no te admitirán...
Vania pasó al vestíbulo. Plantado sobre los sacos, se puso a contemplar la
lluvia. Luego miró a Liuba y se apresuró a enjugarse las lágrimas con la
manga... ... En aquel mismo momento, Igor Cherniavin se hallaba en medio de la
habitación del Consejo de jefes de brigada "dando la cara". Había
mucha gente. Llenaban el diván corrido no sólo los jefes de brigada, sino
también otros colonos: unos cuarenta en total. De la octava brigada, a más de
Nesterenko, se hallaban presentes Zorin, Gontar y Ostapchino Al lado de Zorin
estaba el moreno Mark Grinhaus, secretario de la célula del Komsomol, que
sonreía con tristeza, quizá pensando en algún asunto suyo o acaso en Igor
Cherniavin. Tras la mesa del secretario del Consejo de jefes estaban sentados
Vitia Torski y Alexéi Stepánovich. A la puerta se agolpaban los pequeños,
Volodia Begunok el primero. Todos escuchaban atentamente a Igor, que decía:
-
¿Quién ha dicho que no quiero trabajar? Lo que no quiero es trabajar en la
sección de montaje. No me gusta aquello, ¿me entendéis? ¿Qué interés tiene
pulir travesaños? Guardó silencio y pasó la mirada por las caras de los
reunidos, notando, con agrado, que expresaban impaciencia y fastidio. Igor se
sonrió y puso los ojos en el director. El rostro de Zajárov no expresaba nada.
El hombre sacaba punta a un lápiz con un diminuto cortaplumas, dejando caer con
sumo cuidado las virutas en un gran cenicero.
- Pido
la palabra
-dijo
Gontar. Vitia asintió con la cabeza. Gontar se levantó y, extendiendo el brazo
derecho, profirió patético:
- ¡El
diablo sabe cuántos como éste nos vendrán todavía! Va para cinco años que estoy
en la colonia y ya he visto en esta misma habitación lo menos treinta señoritos
por el estilo. - Más -corrigió alguien. - Y siempre el mismo soniquete. Ya me
tienen harto. ¡Que no quiere ser montador! Sería cosa de preguntarle qué es lo
que sabe hacer. Comer y dormir: eso es todo lo que sabe. Llega aquí, sabe que
se le va a dar un buen jabón, se planta ahí en medio y dice: "No quiero
ser montador". ¿Qué creéis que va a ser? Adivinadlo. Pues un zángano, ya
se ve. Yo admito que se presenten uno, dos, tres. ¡Pero tantos! Y nosotros,
venga a gastar saliva con ellos. Lo que yo propongo es lo siguiente: quitarle
la ropa de la colonia, darle sus andrajos y que se vaya. Si ponemos a uno en la
puerta, servirá de escarmiento a los demás.
- ¡Muy
bien! -gritó Zirianski. Vitia lo atajó:
- No
interrumpas. Después pides la palabra.
- ¿La
palabra? ¿Para qué? ¿Acaso se merece Cherniavin que pida uno la palabra? Todos
somos carpinteros y él no quiere serlo. ¿A santo de qué tenemos que darle de
comer? Hay que ponerlo de patitas en la calle, mostrarle la puerta.
- No
debemos expulsarlo, se perdería -declaró, calmoso, Nesterenko.
- Pues
mira, que se pierda. Resonó un murmullo de aprobación en el Consejo. Una voz de
alto timbre semiinfantil destacó de las demás, proponiendo:
-
Dejémonos de discusiones y vamos a votar. Igor aguzó su sensible oído,
esperando que alguien más hablase en su favor. Zajárov seguía sacando punta a
su lápiz. Por la mente de Cherniavin pasó, fugaz, una conjetura: "Quizás
me echen". Y se apoderó de él, repentinamente, una angustia inusitada...
...En la puerta principal, Liuba preguntó al atribulado Vania Gálchenko:
-
¿Dónde vives? - En ninguna parte.
- ¿En
ninguna parte? ¿Es que te has muerto? - No me he muerto; pero no vivo en
ninguna parte. - ¿Y dónde pasas las noches? - ¿En general?, ¿sí?
- ¡Qué
tonterías dices! ¿Dónde has dormido hoy?
- ¿Hoy?
Pues allí... en una casa... en un cobertizo. ¿Y por qué no me van a admitir? -
Porque no hay sitio y, además, no te conocemos. Vania volvió a entristecerse, y
de nuevo le entraron ganas de llorar. Todo
lo que queráis... En la reunión del Consejo de jefes de brigada estaba en el
uso de la palabra Mark Grinhaus. Había abandonado su asiento en el diván y se
hallaba de pie junto a la mesa de escritorio, en la que tenía apoyada una mano.
Zajárov, afilado ya su lápiz, dibujaba atentamente en un papel. Mark hablaba
pausado, sin levantar la voz, sopesando cada palabra:
-
¿Cuántas veces se ha dicho aquí -y Alexéi Stepánovich lo ha subrayado- que no
debemos expulsar a nadie? ¿A dónde vamos a echarlos? ¿A la calle? ¿Quién nos da
ese derecho? ¡No tenemos derecho a ello! Sus grandes ojos negros se posaron en
Zirianski, que le contestó con una mirada maliciosa, dando a entender que
comprendía la mucha bondad del orador, pero la desaprobaba.
- Sí,
Aliosha, no tenemos derecho. Hay una ley soviética que debemos acatar. Esa ley
dice que no se puede echar a nadie. Y vosotros, camaradas jefes de brigada, no
hacéis más que gritar: ¡A la calle!
- ¿Y
qué vamos a hacer, aguantarnos y andarnos con miramientos? -gritó Gontar.
- No
podemos expulsarlo
-replicó
Grinhaus, subiendo el tono y denegando con la cabeza, para dar mayor fuerza a
sus palabras-, pero tampoco podemos aguantarlo, porque formamos parte del
sector socialista, y en el sector socialista todo el mundo debe trabajar. Igor
dice que lo hará en otro sitio. Tampoco podemos permitirlo. En el sector
socialista debe haber disciplina. Dale la vuelta a la colonia entera a ver si
encuentras a uno solo que diga que quiere ser montador. Todos estudian y todos
saben que tenemos muchos y excelentes caminos para elegir. Este quiere ser
aviador, aquél geólogo, el otro militar. Y nadie piensa quedarse de montador
porque esa profesión ni siquiera existe como tal. La colonia no puede tolerar
caprichos, pero tampoco puede expulsar a nadie. - ¡Habrá que meterlo... en un
tarro de alcohol! Mark volvió la cabeza hacia el lugar de donde había salido la
voz. Petia Kravchuk, rojo como la grana hasta el rebelde tupé, lo miraba de
hito en hito, muy descontento del discurso. Vitia Torski gritó a Petia: - ¿Por
qué interrumpes? Ya que te has metido aquí indebidamente, muérdete la lengua.
Mark, sin quitar la vista a Petia, siguió diciendo: - No podemos echarlo. Pero
tampoco propongo que lo dejemos aquí. Si no acata la disciplina socialista,
habrá que mandarlo a otro lado. Nesterenko preguntó bonachón, sin mirar a Mark:
- ¿A qué sector lo enviarías tú, Mark? Los jefes de brigada y demás presentes
soltaron la carcajada. Zajárov contempló a Mark con afectuosa ironía. Mark
sonrió tristemente: - Sería cuestión de enviarlo a alguna... guardería
infantil... Petia Kravchuk sintió un arrebato de entusiasmo. Saltó sobre el
diván, derribando a alguien en el lance, y gritó como un energúmeno,
descubriendo que su voz no era de bajo ni mucho menos: - ¡Conforme, conforme!
Hay que mandarlo a nuestro jardín de la infancia... A ese jardín de la infancia
donde están los chiquillos... ¡Al de los hijos de los empleados! Vitia Torski
se reía como los demás, pero luego frunció el entrecejo y barbotó: - ¡Petia,
fuera de aquí!
- ¿Por
qué?
-
¡Fuera de aquí! El saludo que hizo Petia pareció más bien un gesto de
indignación:
- ¡A la
orden! Petia abandonó la habitación. Begunok salió en pos suyo. Se les oyó
hablar en voz alta y reír en el pasillo. Zajárov continuaba dibujando en el
papel, los ojos un poco entornados... ... Volodia Begunok salió al vestíbulo y
vio inmediatamente a Vania Gálchenko:
- ¿Ya
estás aquí? Vania se alborozó: - Aquí estoy. Pero, ¿qué hacemos ahora? -
¡Espera! ¡En seguida vengo! Volodia corrió adentro, pero regresó inmediatamente
y preguntó a Vania: - ¿Quieres comer algo? - ¿Comer? Mira... lo mejor...
-
Espérate, vuelvo en seguida. Volodia se introdujo sigilosamente en la
habitación del Consejo de jefes. Igor seguía de pie en el centro y se veía que
le daba vergüenza estar plantado allí, tener que mirar a los demás y oír
propuestas por el estilo de la de Petia. Vitia Torski se compadeció de él.
- Por
el momento -le dijo-, siéntate. Hacedle sitio ahí, muchachos. Tiene la palabra
Volenko. Begunok levantó la mano: - Vitia, deja salir al jefe de guardia.
- ¿Para
qué?
- ¡Es
muy necesario! ¡Mucho! - Lida, sal y entérate de lo que pasa. Lida se encaminó
a la puerta, pero Volodia la adelantó. Volenko se levantó muy serio. -
Zirianski -dijo- siempre sale con las mismas. A la más mínima, propone expulsar
a la gente. Si le hiciéramos caso, no quedaría en la colonia más que él. - No,
¿quién ha dicho eso? -objetó Zirianski-. Hay aquí muchos camaradas buenos. - ¿Y
qué? -replicó Volenko-. ¿Es que se han hecho buenos de golpe? ¿A dónde va a ir
si se le expulsa? ¿O a dónde piensas tú enviarlo? Es una desgracia que nos
manden señoritos y tengamos que perder el tiempo con ellos. ¿Quién es el
padrino de Cherniavin? - Zorin.
- Pues
que responda Zorin. Muchos murmuraron descontentos. Sancho se levantó de un
salto:
- ¡Tú
eres muy bueno, Volenko! ¡Llévatelo a la primera brigada y carga con él!
Volenko miró condescendiente a Zorin: - Eso no es compañerismo, Sancho. En
vuestra octava brigada no os habéis juntado más que filósofos. En cambio,
fijaos en la gente que hay en la mía: Levitin, Nózhik, Moskovchenko y ese
Ruslán. Tengo cuatro educandos, mientras que vosotros sois todos colonos. Ahora
os han añadido un tipo un poco raro y ya gritáis: ¡A la calle con él! Igor
estaba sentado entre Nesterenko y Porshniov, el jefe de la segunda brigada. Las
palabras de Volenko lo reconfortaban, pero, al mismo tiempo, se sentía roído
por un malestar interno: ¿por qué lo miraban allí como a un bicho raro? Se les
había metido en el jardín un escarabajo, y ellos andaban considerando si daría
utilidad o no y se acordaban de otros escarabajos que hubo anteriormente. Nadie
quería hacerse cargo de que quien estaba ante ellos era Igor Cherniavin, y no
un Nózhik o un Ruslán cualesquiera, que no habían tenido el valor de negarse a
trabajar... ... Junto a la puerta principal, Lida Tálikova miraba a Vania con
simpatía, pero su alma era aquella tarde de jefa de guardia y la impulsó a
decir: - ¿Que te admitamos en la colonia? ¿Y si todo lo que cuentas es mentira?
Vania apelaba a todos sus recursos para decir algo extraordinario a aquella
muchacha excepcional, pero las palabras que encontraba eran siempre las mismas:
- No tengo nada...ni dinero ni nada... ni donde dormir. Estuve en la Comdemen y
en el PSJM... y allí tampoco... había nada. ¡Nada, y eso es todo!
- ¿Y
tus padres? - ¿Mis padres? Vania rompió de súbito a llorar. Lloraba en
silencio, sin una sola mueca. Simplemente, las lágrimas fluían de sus ojos.
Volodia tiró de la manga a Lida y le dijo acaloradamente:
-
¡Lida! ¿Tú te das cuenta? ¡Hay que admitirlo! Lida sonrió al ver la ardiente
expresión de los ojos de Begunok. - ¡Qué dices!
- ¡De
verdad que sí! ¡Píénsalo y verás!
-
Espérate aquí -dijo Lida a Vania y entró presurosa en la casa. Begunok corrió
en pos suyo, pero dijo antes a Vania: - ¡Tú no te acobardes! ¡Lo principal es
no acobardarse! Nada de meter el rabo entre las piernas, ¿me entiendes? Vania
asintió. El mismo comprendía que eso era lo que debía hacer, pero "el
rabo" se negaba a mantenerse levantado... ... En la sesión del Consejo de
jefes estaba hablando Alexéi Stepánovich. Con el lápiz en la mano, razonaba en
tono severo, mirando a Igor alguna vez que otra: - Cuestiones tan sencillas,
Cherniavin, debes comprenderlas. Te presentaste aquí, y nos alegramos de tu
llegada. Eres un miembro más de nuestra familia. Ya no puedes pensar tan sólo
en ti mismo, sino en todos nosotros, en la colonia entera. El hombre no puede
vivir solo. Tienes que amar la colectividad, conocerla, compenetrarte con sus
intereses y saber apreciarlos. Sin ello no lograrás ser un hombre de verdad.
Evidentemente, tú no tienes ahora ninguna necesidad de pulir travesaños de
silla. Pero la colonia lo necesita y, por lo tanto, lo necesitas tú también.
Además, eso es importante para ti. Prueba a cumplir la norma y a pulir 160
travesaños en cuatro horas. Es un gran trabajo, que requiere voluntad,
paciencia, perseverancia y hasta nobleza de alma. Por la tarde te dolerán las
manos y los hombros; en cambio, habrás hecho 160 travesaños para 160 butacas.
Es una importante obra, digna de un soviético. Antes, nuestro pueblo sólo podía
ver teatro en las capitales, mientras que ahora nosotros producimos mil butacas
al mes y no damos abasto. Y no creáis que somos nosotros solos quienes hacemos
esto. ¡Qué labor tan valiosa la nuestra! Cada mes colocamos por toda la Unión
Soviética mil butacas. Mandamos vagones enteros a Moscú, a Odesa, a Astraján, a
Vorónezh. Llega la gente, se sienta en nuestras butacas, ve una función de
teatro o una película, oye una conferencia, aprende. Y tú dices que no tienes
necesidad de hacerlo. Además, nos pagan nuestro trabajo. Con lo que ganamos,
construiremos dentro de un año o de dos una fábrica nueva, necesaria también
para nosotros y para todo el país. Da coraje oírte decir: "No quiero ser
montador". Como miembro de la colectividad, y con ayuda nuestra, serás lo
que quieras. Los travesaños son una pequeñez. Cuando no hay carne, se come pan
de centeno y ¡gracias! Igor escuchaba con atención. Le gustaba el modo de
hablar de Zajárov. Se imaginó todo el país lleno de travesaños salidos de sus
manos, y el cuadro le gustó también. Notó que los reunidos escuchaban
conteniendo la respiración: por lo visto, Zajárov no pronunciaba discursos a
menudo. Ahora veía claro Igor por qué los colonos integraban una sola
colectividad, por qué estimaban tanto las palabras de su director. A la puerta
se hallaban Lida y Begunok. Al terminar de hablar, Zajárov miró por un instante
la punta del lápiz, se sonrió y dijo: - ¿Por qué estás tan alterada, Lida? -
¡Alexéi Stepánovich! Ahí fuera hay un chico llorando. Pide que se le admita en
la colonia. - Podemos permitirle que pase aquí la noche, pero en la colonia no
tenemos plazas vacantes. Lo mandaremos a alguna parte. - Es un chico tan bueno…
Zajárov volvió a sonreírse al ver a Lida tan emocionada y exclamó: - ¡Vaya...
tráelo para acá! Lida salió, y Volodia escapó rápido como el viento. Vitia
Torski pasó por la sala sus ojos severos y penetrantes: - Cherniavin, di la
última palabra. Ahora, que no sueltes tonterías. Sal al centro y habla. Igor
salió a mitad de la habitación y se llevó una mano al pecho:
-¡Camaradas!
Miró a los reunidos. Pero los rostros no le decían nada; simplemente,
esperaban. - ¡Camaradas! Yo no soy un holgazán. Vosotros estáis acostumbrados y
no se os hace tan difícil. Es la primera vez que veo una lima, se me escapa de
las manos, los travesaños... Zorin le insinuó por lo bajo la continuación: -
¡Los moscardones! Todos se rieron, pero con desgana. - Moscardones no; son
fieras las que vuelan... Zorin terminó:
- Y
rugen. Se estaban riendo todos, ya no tan fríamente como antes, cuando abrió
Lida la puerta y dejó pasar a Vania Gálchenko. Igor, riéndose todavía, volvió
la cabeza. Al ver al chico, puso unos ojos como platos y exclamó con calurosa
alegría: - ¡Pero si es Vania! ¡Amigo Vania! - ¡Igor! -balbuceó Vania con voz
llorosa y pareció ahogarse. Igor lo sacudía ya por los hombros: - ¿Dónde te
metiste? Vitia gritó indignado:
-
¡Orden, Cherniavin! ¿O es que olvidas en dónde estás? Igor se volvió hacia él,
lo recordó todo y, en un arrebato, extendiendo los brazos, se dirigió al
Consejo:
- ¡Ah,
sí! ¡Milords! Pronunció la última palabra con tanto fuego, con tanta emoción,
con tanto afecto, que nadie pudo reprimirse y todos se echaron a reír; pero
ahora los ojos miraban a Igor con interés cálido y vivo, sin sombra de
frialdad.
-
¡Camaradas! ¡Todo lo que queráis! ¿Travesaños?¡Bueno, pues travesaños! ¡Alexéi
Stepánovich! ¡Haga usted lo que quiera, pero admita a este chico! - ¿Y los
moscardones?
- ¡Al
diablo con ellos! ¡Todo lo aguantaré! Vitia le indicó con la cabeza su asiento
y le dijo: - De momento, siéntate. 30. La gloriosa e invencible cuarta brigada.
Vitia preguntó: - ¿Qué es lo que quieres? Vania los miró a todos, y todo le
agradó: tan familiar era la larga sonrisa de Igor y tan cálida la cercanía de
Volodia Begunok y de la muchacha del brazalete rojo. La respuesta no le fue
difícil:
- ¿Qué
es lo que quiero? ¿Sabéis qué? Pues quedarme aquí a vivir.
- Ya se
verá si te quedas o no. Vania, sin embargo, estaba segurísimo de su porvenir: -
Me quedaré. ¿No veis que llevo ya un mes entero buscando venir? - ¿Eres
vagabundo? - No... todavía no...
- ¿Cómo te llamas?
- Vania
Gálchenko. - ¿Tienes padres? Por toda respuesta, Vania denegó con la cabeza, sin
apartar la vista de Vitia. - ¿De manera que no tienes padres?
-
Tenía... sólo que después se fueron.
- ¿Tus
padres se fueron?
- No,
no eran mis padres.
-
¡Cualquiera te entiende! Cuenta las cosas desde el principio.
-
¿Desde el principio? Mis padres murieron hace mucho, cuando había aún guerra;
mi padre se fue a la guerra, y mi madre se murió...
- ¿Así
que tus padres se murieron? - Se murieron, y después tuve otros. Había allí...
un hombre que me recogió. Estuve viviendo con él, pero luego se casó y se
marcharon. - ¿Te abandonaron?
- No,
no me abandonaron. Me dijeron que fuera a la estación a comprar una libra de
carne de cordero. Yo fui, y no encontraba cordero por ninguna parte. Y ellos se
marcharon. - ¿Cuando tú llegaste á casa no había nadie? - Nadie. Ni estaban
ellos, ni habían dejado nada. Todo vacío. El amo de la casa, que vivía allí, me
dijo que a buena hora iba a dar con ellos. - ¿Y luego? - Pues luego hice una
caja y me puse a limpiar botas. Me fui a la ciudad.
-
Sí-í... -prolongó Vitia el monosílabo-. ¿Qué opináis, camaradas jefes de
brigada? Nesterenko dijo: - El chico es bueno, y no tiene dónde meterse. Hay
que admitirlo. Alguien objetó indeciso: - Si es que no hay sitio... Volodia
terció desde la puerta: - ¡Pido la palabra, Torski! - Habla.
- Que
duerma conmigo. ¡Juntos! En una misma cama. Zirianski, que había estado
examinando a Vania un buen rato, lo atrajo hacia sí y asintió: - Bien dicho,
Volodia. Que se venga a la cuarta brigada. Igor se levantó: - Yo pido que, a
ser posible, se le envíe a la octava. También yo puedo cederle el cincuenta por
ciento de mi sitio. Volodia, enfadado, señaló con la cabeza a Igor: - ¡Mira qué
listo! ¡Tú eres aquí un recién llegado! ¡A la octava! ¡El jefe de tu brigada
está callado! ¿Hablas tú por él? Vitia le amonestó:
-
Volodia, ¿qué modo de hablar es ése? Volodia se retiró hacia la puerta, pero
siguió mirando a Igor con ceño hosco y sombrío. Sus labios carnosos se movían,
murmurando algo, por lo visto contra Cherniavin. Varios jefes de brigada
manifestaron su opinión sin emplear muchas palabras: - Hay que admitirlo antes
de que se eche a perder.
- Se ve
que es un buen chico. Hay que admitirlo. - Esa está bien. No ha conocido a las
fulanas esas de las comisiones, así que se hará un hombre de provecho. Y en
cuanto a echarlo de la colonia, creo que nadie sería capaz de votar por eso.
Klava Kashírina dijo descontenta: - ¿Por qué repetís todos lo mismo? Está claro
que hay que admitirle; lo que hace falta es que Alexéi Stepánovich diga si no
será salirnos de las reglas. Muchos asintieron y se volvieron hacia Zajárov,
pero Volodia Begunok se adelantó al director: - ¡Un momento, un momento! Oídme.
Alexéi Stepánovich, ¿recuerda, usted? El año pasado se presentó un chiquillo,
ése que está ahora contigo en la décima brigada, Ilyá, ¿cómo se llama? ¡Ah, sí,
hombre, Grisha Sinichka! Pues, cuando llegó; tampoco querían admitirlo,
diciendo que no había sitio y que las reglas no lo permitían. No lo admitieron,
y se pasó dos semanas viviendo en el bosque. Vino otra vez y tampoco lo
aceptaron. Le dijeron que hacía mal en vivir en el bosque porque no lo admitían
y lo llevaron a la ciudad, al PSJM. Tú lo llevaste, ¿te acuerdas, Nesterenko? -
Sí que me acuerdo -sonrió Nesterenko azorado. - Lo llevaste y se te escapó del
tranvía. ¿Te acuerdas, Nesterenko? - Acaba ya, sí que me acuerdo. - Se escapó y
se fue otra vez al bosque. Y luego, usted, Alexéi Stepánovich, dijo: "¡Qué
diablos, vamos a recogerlo!" Todos nos reímos mucho entonces. Debía ser
verdad que se rieron entonces, porque también esta vez sonrieron todos. Sin
embargo, hubo una voz que se levantó contra la sentencia pronunciada por
Volodia. Pertenecía la voz aquella al sombrío y feo Bratsán, jefe de la tercera
brigada: - Se han dado aquí demasiadas alas a gente como Volodia. Es el
corneta, se pasa el día entero de un lado para otro, con la guardia, y ahora ya
empieza a soltar discursos en el Consejo de jefes. ¿A tu modo de ver hay que
admitir a todo el mundo? ¿Tú sabes qué clase de colonia es la nuestra? - Claro
que lo sé... ¿No es de delincuentes? - Sí. - Nada de eso. Vitia atajó el
debate: - ¡Basta ya! Volenko estimó, sin embargo, que se había planteado un
problema importante:
- No,
Vitia -dijo-, ¿por qué basta? Hay que contestar a Bratsán.
- ¿Vas
a contestarle tú?
- Hay
que contestarle. Bratsán anda despistado hace tiempo.
-
¿Despistado yo? - ¡Despistado! - Habla, Volenko. - Escucha. Para ti, Bratsán,
los delincuentes son personas dignas de consideración, y los demás, morralla.
No sé si tú habrás sido delincuente o no. Eso no me interesa. Sé que eres un
buen compañero y komsomol... Di, ¿es que te ufanas de haber sido procesado? En
tu brigada tienes a Golotovski; que no ha sido procesado nunca y, a pesar de
todo, no tengo confianza en él, ni vosotros tampoco la tenéis. Pronto hará un
año que está en la tercera brigada y sigue sin ser colono. Volenko terminó, sin
que, a juzgar por la cara que Bratsán ponía, le hubiera convencido.
- Tiene
la palabra Alexéi Stepánovich. - Has hecho mal en tocar este asunto, Filipp.
Los niños delincuentes son los que más ayuda necesitan. El Poder soviético así
lo estima. Y los delincuentes no deben jactarse de ello. ¡Acaso puede uno
enorgullecerse de una desgracia? Se ha presentado un chiquillo. También tiene
su desgracia y hay que ayudarle. - ¿Y por qué tiene que ser nuestra colonia?
-
Porque en la colonia trabajáis magníficamente y vivís magníficamente. Ahora se
grita en el PSJM: "¡Esa colonia es nuestra!" En la Comdemen también
la proclaman suya. En cambio, si fuese mala, gritarían otra cosa muy distinta:
"¡Esa colonia es vuestra!" En realidad, esta colonia... - ¡¡Es
nuestra!! -gritó Petia Kravchuk, que se hallaba de pie junto a la puerta.
Sobreponiéndose a la hilaridad general, tronó Vitia indignado: - ¡Habráse
visto! ¡Ya se ha metido aquí otra vez! El asunto está suficientemente discutido.
Lo pongo a votación: ¿Quién está por que se admita a Vania Gálchenko en la
cuarta brigada? A Vania se le cortó la respiración cuando vio las manos
levantarse. Miró con el rabillo del ojo, miró a Bratsán, y, ¡oh, sorpresa!,
Bratsán le sonreía, y su rostro era bello y nada sombrío. - Admitido por
unanimidad. Aliosha, encárgate de él. ¡Silencio! ¿Qué escándalo es éste? Con
Cherniavin la cosa queda como antes: trabajará en la sección de montaje.
Además, él mismo ha dado palabra. Se levanta la reunión. Por la noche, en el
dormitorio de la cuarta brigada reinaba la alegría. Aliosha Zirianski puso a
Vania entre sus rodillas, estuvo interrogándole y metiéndole miedo en broma.
Luego se sentaron todos a la mesa y oyeron un relato de Aliosha sobre la
gloriosa, invencible y combativa cuarta brigada de la colonia de trabajo
Primero de Mayo y sobre sus estupendos muchachos. Aquel mismo Aliosha Zirianski
a quien temía la colonia entera y en cuya guardia todo el mundo se levantaba
media hora antes a fin de prepararse mejor para la revista, reprimía a duras
penas una sonrisa y, brillantes los ojos, se deshacía en francas y encendidas
alabanzas a la cuarta brigada. - ¡Esta brigada es una delicia! ¡Y si supieras
qué muchachos tenemos, Vania! ¡Unos
muchachos a cual mejor! Y eso que son los más chicos de la colonia. Mira al que
quieras. Aquí tienes a Tosia Tálikov. Fíjate en él. Con el tiempo será jefe de
brigada, y tiene una hermana que ya lo es: la jefa de la undécima. ¿Y Begunok?
¿Y Filka Shari? ¿Y Kiriusha Novak? ¿Y Fedia Ivanov? ¿Y Kolia Ivanov? ¿Y Semión
Gaidovski? ¿Y Semión Gladún? Pues ¿y Petia Kravchuk? Miraban a Vania rostros
distintos: unos morenos, otros sonrosados, unos bellos, otros no mucho, éstos
confiados y francos, aquéllos confiados e irónicos a la vez; los había alegres,
cómicos por su seriedad, ceñudos a secas o ceñudos en demasía, pero todos igual
de felices, ufanos de su brigada y de su jefe, satisfechos de vivir con honra
en tierra soviética, con honra que sabían defender. Aliosha anunció después que
iba a enumerar los defectos. Dijo que mencionaría un solo defecto de cada uno,
aunque iba a escoger el principal. Señaló que Volodia era presuntuoso; que
Petia Kravchuk se jactaba de haber sido un elemento disolvente en no se sabía
qué sitio; que Kiriusha se tenía por el más guapo; que Gaidovski pensaba... En
una palabra, los defectos de todos eran iguales: presumían, se figuraran esto y
lo otro y se jactaban. Aliosha terminó:
- Nunca
debe uno alabarse, porque es eso una estupidez muy grande, impropia de la
cuarta brigada. Ya os alabaré yo cuando haga falta. ¡Guardia de la brigada! -
¡Presente! - ¡Vengan los bártulos de Vania!
- ¡A la
orden! Volodia se los entregó con solemnidad: - Toma Gálchenko. Aquí tienes los
calzones, una camiseta, una tiubeteika, el jabón, el cinturón, las sábanas y la
toalla. Mañana te darán el traje de escolar. Vente conmigo. Te llevaré a tomar
una ducha de agua caliente. ¿Quién va a ser el padrino de Vania?
- Tú.
-
Bueno. Aliosha, dame la maquinilla, que ahora mismo lo... -dijo Volodia e hizo
un ademán bien elocuente. Igor Cherniavin asomó la cabeza por la puerta y
preguntó:
- ¿Se
puede? - Adelante. - Aunque querías echarme, no estoy enfadado contigo. - Aquí
no se estila eso de enfadarse. Vania se quedó fijo en Igor e inquirió: -
¿Echarte? ¿Por qué? - Porque es un gran señor y parece que haya recibido alguna
herencia. Vania rompió a reír: - ¿De la abuela, verdad? Igor lo levantó en
brazos:
-
¡Cuidadito, Vania! Dime, ¿dónde está tu caja? preguntó, volviendo a colocado en
el suelo. - Pues aquél me la robó... Ryzhikov. Y los diez rublos también. - ¿Y
Wanda? - No lo sé. Volodia, impaciente, tiró de la manga a Vania: - ¡Vamos!
Echaron a correr por el pasillo. Zirianski sonrió a Cherniavin:
- No te
enfades, Igor. Esto se llama machacar el metal en caliente.
SEGUNDA PARTE.
1.
¡Imposible! La colonia Primero de Mayo iba a cumplir los ocho años, pero la
colectividad que la habitaba había surgido mucho antes. Su historia había
comenzado al día siguiente de la Revolución de Octubre, en otro sitio y en
ambiente muy distinto: entre los campos y los caseríos de la vieja estepa de
Poltava. Los "fundadores" de la colectividad fueron hombres de
caracteres brillantes y vidas agitadas. De sus andanzas "libres"
llevaron consigo mucha pasión desordenada y mucha presunción, pero todo ello era
tosco y, a decir verdad, inservible, pues estaba estropeado por los ornamentos
de una cultura, por así decirlo, capitalista, con cierta inclinación hacia la
delincuencia. Un pequeño grupo de pedagogos, hombres corrientes y bondadosos,
ocupó, por eventual designación, este modesto sector del frente revolucionario.
Encabezaba el grupo un hombre también corriente, Zajárov. El único fenómeno
extraordinario y asombroso que guardaba relación con aquella empresa eran la
Revolución de Octubre y los nuevos horizontes que ella abrió ante el mundo. Por
eso, a Zajárov y a sus compañeros la tarea les pareció clara: formar al hombre
nuevo. Ya en los primeros días, se puso de manifiesto que la obra era muy
difícil y requeriría tiempo. Zajárov hubo de vivir miles de días y noches sin
una tregua, sin sosiego ni alegrías. Pero incluso después de tanto bregar, la
distancia hasta el hombre nuevo era muy grande aún. Por fortuna, Zajárov poseía
una cualidad bastante difundida en la llanura oriental de Europa, el optimismo,
la noble fe en el futuro. En rigor, eso no es una cualidad. Es un tesoro
peculiar, puramente intelectual, del ruso, hombre de mente sana y ojo
penetrante, capaz de distinguir los valores. Antes de la Revolución de Octubre,
los amos de la vida especulaban con este tesoro del alma y de la fe, convertían
ésta en credulidad y el optimismo en despreocupación, presentando las
mencionadas cualidades como atributos particulares de la notable magnanimidad
"rusa". La fe del pueblo en la razón, en los valores, en la verdad y
en la justicia en general, fue desahuciada de la vida práctica, relegándola al
terreno de las leyendas, consejas y anécdotas destinadas a entretener a los
interlocutores. Al vigor optimista del pueblo ruso se le puso después una
etiqueta de Tula, con una inscripción llena de humor despectivo para consigo
mismo: "Al azar y de cualquier modo". Y quedó para el optimismo un
puesto decente de mendigo, que permitía reírse con altanería europea y llorar
con tristeza rusa. No se sabe si por soberbia o por tristeza, erigieron en
aquel mismo sitio un aristocrático monumento de mármol blanco, y grabaron sobre
él las inspiradas estrofas del poeta: El ojo del extranjero o distingue en su
altivez, Lo que transluce, señero, En tu humilde desnudez. Como un esclavo vestido
Y agobiado por la cruz, ¡Oh, Patria!, te ha recorrido, Bendiciéndote, Jesús.
Eso -candidez y ternura- era todo cuanto había quedado a principios del siglo
veinte del soberbio optimismo ruso. Sólo a un alma infinitamente cándida podía
escapársele lo que traslucía en la humilde desnudez. Hombres más prácticos se
reían, ocultando la risa en sus propias barbas: el ruso era esquilmado con sumo
éxito, pero, en alas de su optimismo, ni siquiera se enojaba. Fue en 1917
cuando vino a saberse que el optimismo popular era una cosa mucho más fuerte y
mucho menos inofensiva. Sin la menor confianza en el "azar" ni en el
"de cualquier modo", el pueblo ruso, muy fundamentalmente y con
auténtico practicismo, echó a los estetas anticuados "más allá del Mar
Negro", haciendo sitio para asentar la nueva estética y el nuevo
optimismo. A buen seguro que aún no pueden comprender en Europa Occidental de
dónde sacamos la sencillez y seguridad de nuestros actos. El soviético se
reveló no sólo en el entusiasmo que sus ojos reflejaban ni en el esfuerzo de
una explosión de voluntad, sino también en la tensión paciente y cotidiana, en
esa labor oscura e invisible que se realiza cuando el futuro no hace más que
apuntar en los fenómenos más tenues e imperceptibles, tan delicados, que sólo puede
advertirlos quien permanece junto a su venero sin apartarse de él ni mental ni
físicamente. Al cabo de muchos días y noches, después de los más deplorables
reveses y decepciones, desesperanzas y desfallecimientos, termina por llegar la
fiesta ansiada: ya no se divisan sólo minucias y detalles, sino pabellones
enteros, fragmentos del soberbio edificio que antes existían tan sólo en los
sueños del optimista. En esa fiesta, lo más jubiloso es el triunfo de la
lógica: resulta que no podía ser de otro modo, que todos los cálculos eran
precisos, basados en la ciencia, en la sensación de los 54 valores reales. Y
que no se trataba de optimismo, ni mucho menos, sino de convicción realista a
la que, por modestia, se había dado el nombre de optimismo. Zajárov recorrió el
espinoso camino del optimista. Lo nuevo germinaba en medio de un denso extracto
de lo viejo: de las viejas calamidades, del hambre, de la envidia, del rencor,
del hacinamiento, de la estrechez y de cosas aún más peligrosas, como la
voluntad vieja, los viejos hábitos y los viejos cánones de la felicidad. Lo
viejo aparecía con gran profusión y, lejos de resignarse a morir pacíficamente,
se resistía, se interponía en el camino, apelaba a vestiduras y frases nuevas,
se esforzaba por trabar manos y pies, pronunciaba discursos y dictaba normas de
enseñanza. Lo viejo sabía, inclusive, escribir artículos, defendiendo "la
pedagogía soviética". Hubo un tiempo en que lo viejo, valiéndose de la más
moderna fraseología, se mofaba, se reía de la labor de Zajárov y, acto seguido,
le exigía milagros y sacrificios; le planteaba problemas fantásticamente
estúpidos, formulados con elegante palabrería científica. Y cuando él se sentía
extenuado -de modo nada fantástico-, lo viejo le señalaba con el dedo,
gritando: - ¡Ha fracasado! Pero, mientras todo eso ocurría, corrían los años, y
nacieron muchas cosas nuevas que invitaban a una agradable meditación. Todos
los rincones del país, todo cuanto en él ocurría, cada línea impresa, todo el
maravilloso desarrollo soviético y cada hombre viviente en la URSS transmitían
a la colonia ideas, demandas, normas y raseros. Sí, hubo que llamarlo y
definirlo todo de otra manera, hubo que medirlo con nuevos raseros. Decenas y
centenares de niños y niñas no eran, ni mucho menos, fierecillas salvajes ni
meros individuos biológicos. Zajárov conocía ya la fuerza que poseían y por eso
no le asustaba presentarles grandes exigencias políticas. - ¡Sed hombres
auténticos! Ellos acogieron dicha exigencia con inteligencia noble y juvenil,
sabiendo que entrañaba más respeto y confianza en ellos que cualquier
"enfoque pedagógico". La nueva pedagogía no nació de las torturantes
convulsiones de un intelecto de gabinete, sino de los movimientos vivos de los
hombres, de las tradiciones y reacciones de una colectividad real, de las
nuevas formas de amistad y disciplina. Esta pedagogía iba naciendo en todo el
territorio de la Unión, pero no en todas partes bastó paciencia y perseverancia
para cosechar sus primeros frutos. Lo viejo tenía hondas raíces, y Zajárov
tenía que desembarazarse él mismo de prejuicios caducos. Hacía poco que había
desterrado el mayor de los "vicios pedagógicos": la convicción de que
los niños no son más que objeto de educación. No, los niños eran seres vivos,
vidas hermosas; de ahí que hubiera que tratarlos como a camaradas y ciudadanos,
reconociendo y respetando sus derechos y deberes, el derecho a la alegría y el
deber de la responsabilidad. Fue entonces cuando Zajárov les presentó la última
reivindicación: ¡ni un solo fracaso, ni un solo día de relajamiento, ni un
instante de desconcierto! Ellos acogieron su severa mirada con una sonrisa: en
sus planes tampoco entraba el relajarse. Llegó una época en que Zajárov ya no
tenía que ponerse nervioso ni despertarse alarmado por las mañanas. La
colectividad vivía una existencia activa y laboriosa, pero por sus venas fluía
sangre nueva, sangre socialista, capaz de exterminar en germen las nocivas
bacterias de lo viejo. En la colonia desapareció el miedo a los recién
llegados, y Zajárov ahogó en su pecho los últimos residuos de respeto a la
evolución gradual. Una vez, en verano, realizó un experimento de cuyo éxito no
dudaba: en el curso de dos días, recogió en la colonia a cincuenta muchachos
nuevos. Los trajeron directamente de la estación, los hicieron bajar de los
techos de los vagones, los atraparon entre los trenes de mercancías. Al
principio protestaban, vomitando palabras que no son para imprimir, pero un
"Estado Mayor" especial, compuesto por viejos colonos, los redujo al
orden y les obligó a esperar con calma los acontecimientos. Eran las clásicas
figuras enchaquetadas; todos ellos parecían morenos y exhalaban todos los
olores del "abandono social". El porvenir inmediato les ofrecía un
cuadro de tonos pesimistas, pues el asunto sucedió en verano, temporada en que
ellos solían viajar, asemejándose sólo en eso- a los lores ingleses. A lo que
vino después, Zajárov le dio el nombre de "método de la explosión", y
los colonos lo definieron de un modo más sencillo: "¡Canta con nosotros,
pequeño!" La colonia recibió a los nuevos en la plaza de la estación, en
presencia de miles de espectadores. Los recibió con un brillante desfile de
armoniosas líneas en formación, con susurros de banderas y un saludo
estruendoso "a los nuevos camaradas". Halagados y cohibidos,
sosteniendo con las manos los lacios faldones de las astrosas chaquetas, los
nuevos ocuparon el puesto que se les había asignado entre la tercera y la
cuarta secciones. La colonia desfiló por la ciudad. Y, en contraste con el fondo
usual de los colonos, los nuevos produjeron fuerte impresión en ellos mismos y
en el público. En las aceras derramaban lágrimas las mujeres y los reporteros.
Ya en la colonia, después de haberse bañado y pelado, vestidos de uniforme,
coloradotes, turbados hasta lo más profundo de sus tiernas almas tanto por la
atención general como por la sugestiva y rígida disciplina, los nuevos hubieron
de experimentar una explosión más. En la plazoleta de asfalto situada entre los
arriates de flores se hizo un gran montón con sus "ropas de viaje".
Rociados con una botella de gasolina, aquellos trapos ardieron en viva y
humeante hoguera. Luego se presentó con una escoba y un cubo Misha Gontar,
barrió las cenizas, espesas y grasientas, y dijo, haciendo un guiño al más
inmediato de los nuevos: - ¡Aquí ha ardido toda tu autobiografía! Los viejos
colonos rieron el torpe humor de Misha, y los nuevos miraron en derredor con
aire de disculpa: ya se sentían violentos. Después de la ceremonia del fuego
vinieron jornadas en las que, si bien es verdad que hubo de todo, apenas si se
planteó el cacareado problema de la "reeducación". Los nuevos no
creaban dificultades a la colectividad ni a Zajárov. El director comprendía que
la vida sana de una colectividad infantil derivaba lógica y naturalmente de la
realidad soviética. Pero había gente a la que el fenómeno no le parecía tan
lógico. Zajárov podía afirmar ya que la formación del hombre nuevo era una obra
placentera y asequible a la pedagogía. Sostenía, además, que "el niño
depravado" era una excusa de los pedagogos fallidos. Estaba ya en
condiciones de aseverar muchas otras cosas, y eso era lo que más irritaba a los
adoradores de lo viejo. Lo viejo posee una vitalidad terrible. Se infiltra en
todos los intersticios de nuestra vida y a veces asoma por ellos con tanta
cautela y picardía, que no todos lo notan. No hay situación a la que no sepa
acomodarse. ¿Cabe algo más sagrado que la alegría y el desarrollo de los niños?
Todos lo afirman así, todos lo confiesan, pero... Llega a la colonia un hombre,
va de un lado para otro, escudriña, saca un cuaderno y, antes ya de que llegue
a hacer ninguna pregunta, se le humedecen los ojos, presintiendo alguna
romántica emoción. - Bien... ¿qué tal? - ¿Qué es lo que le interesa? - ¿Cómo
consiguen... ustedes... gobernarlos? - Pues... los gobernamos sin gran
dificultad. - Pero... cuente algún caso..., ¿sabe usted?, de los difíciles.
Zajárov, fastidiado, busca la pitillera. - ¿Para qué lo necesita? - Es de mucha
importancia, de mucha. Ya comprendemos... Rehacer a los chicos...
Evidentemente, ahora ya se han regenerado, pero... ¡me imagino lo difícil que
les habrá sido! - Eso de rehacerlos... - ¡Sí, sí! Tenga la bondad de relatar
algún caso sobresaliente, y si pudiera ser, facilítenos alguna foto... Lástima
que no tenga usted ninguna... de antes de que se rehicieran. Zajárov escarba en
su memoria. En efecto, mucho tiempo atrás, hubo algo... por el estilo de lo que
se le pide. Contempla al curioso romántico y piensa en cómo será más fácil
desembarazarse del visitante: ¿demostrándole que no se necesita rehacer a nadie
o
55
contándole un embuste, una anécdota cualquiera? A decir verdad, lo segundo es
mucho más fácil... Estos casos tenían mucho de trágico para Zajárov. Y la
tragedia fue todavía mayor cuando vinieron a verlo unos amigos del Comisariado
del Pueblo de Instrucción Pública. Los visitantes vieron a la gente,
contemplaron las máquinas y las flores, examinaron cifras y balances. Ante los
objetos reales, entornaban los ojos, amables, y emitían corteses mugidos
mirando al papel. Por la expresión de sus caras, Zajárov adivinaba que no
creían nada. - ¿Son vagabundos? - No, son colonos. Volodia Begunok, en el
diván, soltó una risita ahogada. - ¿Y... este muchacho, no fue vagabundo?
Volodia se levantó y dirigió a Zajárov una cordial mirada de inteligencia: -
Soy colono de la cuarta brigada. - Pero... antes, ¿antes no eras vagabundo? El
sabría por qué, a Volodia le hizo muchísima gracia la pregunta y, sin poder
contenerse, soltó una risotada, volviéndose hacia el rincón del diván. Sin
embargo, no había modo de evadir la respuesta: - Yo...lo he olvidado. - ¿Cómo
que lo has olvidado? ¿Se te ha olvidado que fuiste vagabundo? - Sí... -
¡Imposible! - Palabra de honor. Volodia había dicho aquello con sincero
convencimiento, pero a ellos se les antojó que el chiquillo les hacía burla,
cosa muy posible, teniendo en cuenta que allí todos parecían haberse
confabulado. Los amigos se marcharon disgustados. Rara vez habían sido testigos
de una conjuración tan unánime. ¿Acaso era posible, en tales circunstancias,
discernir qué era verdad y qué era mentira? En todo caso, en la colonia de
Zajárov las cosas marchaban demasiado bien... - ¡Imposible! - Aun admitiendo
que sea cierto, ¿dónde está la lucha? ¿Dónde está la pedagogía? ¿Dónde están,
por último, los vagabundos? ¿De dónde ha sacado Zajárov a estos niños? Aquella
gente no había conocido nunca el optimismo. 2. Vania. Había transcurrido un
solo mes desde aquella reunión del Consejo de jefes de brigada que Vania
recordaría toda la vida. Corría junio, caluroso y soleado. El traje de escolar
de Vania estaba guardado en su mesilla de noche; el jefe de la cuarta brigada
no permitía a nadie ponérselo. - Lo que ahora os conviene a los pequeños es
andar en calzón, como quien toma baños de sol... -les decía.
56
Vania y los demás componentes de la cuarta brigada iban, pues, en calzón corto
y camiseta y, en ocasiones solemnes, añadían a ésta una ancha blusa, muy bien
planchada, con mangas, cuello y bolsillo, lo que le daba categoría de prenda
seria. En tales casos, se ponían además calcetines azules, se calzaban unas
zapatillas y se tocaban con la dorada tiubeteika. Con este atavío, los chicos
ofrecían un aspecto formidable. Vania se adaptó rápidamente a la vida de la
colonia. Todo le agradaba y le era fácil. Rehusó los dos días de descanso
inicial que le correspondían lícitamente y, al día siguiente de ser admitido,
se puso a trabajar de moldeador de machos en la fundición, instalada en un
viejo cobertizo de mampostería. En un ángulo se hallaba el crisol, y en otro se
confeccionaban los machos. La fundición hacía aceiteras de cobre. A Vania le
gustó el pomposo nombre que se les daba: "aceiteras Staufer". También
le llenaba de satisfacción saber que las aceiteras Staufer eran sumamente
necesarias para muchas fábricas, porque sin ellas no podía funcionar ni una
sola máquina: al menos así lo aseguraba la cuarta brigada en pleno. Vania salía
ex profeso a ver un carro que, cargado de cajones, se dirigía a la estación:
llevaba aceiteras terminadas, con baño de níquel y envueltas en papel. Eran de
tamaños distintos, de veinte a ochenta milímetros de diámetro. Los machos para
ellas se hacían de las dimensiones correspondientes. Vania empezó a
compenetrarse con el trabajo desde el primer día. Cierto que la técnica no se
le sometió al momento. A veces un macho se le deshacía en las manos cuando,
después de atravesar su cuerpo arenoso con un fino alambre, lo colocaba en una
tabla contrachapada para mandarlo al secadero. Pero, al cabo de una semana,
había ya aprendido a darles en la forma la densidad necesaria, valiéndose de un
martillo de madera; había aprendido también a comunicar a la arena la humedad
debida, a extraer cuidadosamente el macho del molde y atravesarlo con el
alambre. Y, si bien no producía cien en cuatro horas, sesenta los hacía sin
cansarse. Salomón Davídovich pagaba a los chicos un kopek por cada macho.
Filka, Kiriusha y Petia se quejaban, diciendo que era muy poco. Pero los machos
no eran lo único que interesaba a Vania. Cada día entrañaba alguna novedad. Y
en el umbral de cada jornada, se detenía, con la respiración un tanto alterada
por las nuevas impresiones, y pedía a sus nuevos amigos, que le explicasen una
cosa u otra. Por ejemplo, la orquesta. Todos los de la cuarta brigada la
admiraban, referían muchas cosas de ella, sabían tararear la Marcha militar y
el pasodoble de Carmen, y para El cambio de guardia habían inventado esta
letra: Dicen que allá, en Roma, el papa quiere guerrear. Van tres años que a
ese tonto nos cansamos de esperar.
A. S.
Makarenko
Seguía
a esto un tarareo muy complicado y original. Sin embargo, los verdaderos
misterios de la orquesta los conocían tan sólo Volodia Begunok, Petia Ktavchuk
y Filka Shari, porque Volodia tocaba la segunda corneta, Petia el clarinete y
Filka -era el de mayor rango- el primer cornetín. También Vania hubiera querido
ejercitarse en algún instrumento, pero tenía que esperar a que le confiriesen
el título de colono, pues a los educandos no se les admitía en la orquesta.
Mientras llegaba y no llegaba el momento feliz, Vania no se perdía un solo
ensayo. Apenas sonaba la llamada a reunión de la orquesta, era el primero en
acudir al local donde solía celebrarse el ensayo. Los primeros días, los que
hadan la guardia en la orquesta trataban de sacarlo de allí, pero luego
terminaron por acostumbrarse a su presencia, a considerarlo un futuro músico.
No había en la banda cosa que no complaciese a Vania: el brillo de treinta
instrumentos blancos -con baño de plata, según Volodia Begunok-, los ocho
clarinetes negros, los alambicados trombones, los atriles, la severidad del
regordete y alegre director, el viejo Victor Denísovich, con sus cáusticas
observaciones. -¿Has estado en el circo? -preguntaba Victor Denísovich al bajó
Danilo Gorovói, después de dar éste el habitual traspiés en el si bemol. - Sí
-respondía Gorovói sonrojándose. - ¿Has estado? ¿Viste cómo tocaba la trompeta
el león marino? Danilo Gorovói, un mozo fornido, de robusto cuello, afamado
herrero de la colonia, callaba y lamía la enorme boquilla del instrumento.
Victor Denísovich miraba enojado a Gorovói. Lo mismo hacían los cuarenta
músicos, apartando los labios de las boquillas. Víctor Denísovich proseguía: -
Pues ya ves, no es más que un león marino. ¡Un león marino, y hay que ver cómo
toca! Gorovói ponía en el director una mirada de descontento. Toda la colonia
sabía que no se destacaba por su agudeza, pero no podía dejar sin respuesta la
ultrajante alusión al león marino. El león marino carecía de patas y tenía
cabeza de perro. Gorovói, despectivo, apartaba los ojos del director y decía
con voz sorda: - ¡Habrá que ver cómo toca! Reían alegremente los músicos,
Víctor Denísovich, Vania Gálchenko y hasta el propio Danilo Gorovói. Alguien
añadía a la risa una objeción: - ¡El león marino tampoco da el si bemol, Víctor
Denísovich! Pero Víctor Denísovich estaba ya serio. Miraba fríamente por encima
de las cabezas de los músicos y
Banderas
en las torres golpeaba el atril con su fina batuta: - Número cuatro. ¡Que no
chillen los trombones! Uno, dos... Vania quedaba inmóvil junto al tambor
pequeño. La música, armoniosa y compleja, penetraba en su alma. Sin embargo, no
era sólo aquello lo que le atraía a la orquesta. Se decía en la colonia que, en
sus cinco años de existencia, la banda de música no había tenido que "dar
la cara" ni una sola vez ante la asamblea general. Su responsable era Jean
Grif, un muchacho espigado, ojinegro, de la novena brigada. A Vania le daba
miedo no ya hablar con él, sino hasta mirarlo... Si lo miraba alguna vez, era
cuando Jean ejecutaba algún "solo" en su cornetín y no veía más que
la partitura y la batuta del director. Pero tampoco la orquesta absorbía por
entero a Vania Gálchenko. También lo cautivaba el campo de gimnasia. Igual
respeto que Grif le imponía Perlov, que, muy orgulloso de sí mismo, llevaba
siempre la cabeza vendada. Se decía que era un futbolista muy valiente. Vania
se extasiaba oyendo contar las insuperables hazañas de los volibolistas. Tenían
asimismo fama los jugadores de "gorodkí". Su capitán, Krúxov, solía
decir: - En nuestro equipo no hay nadie que no deshaga con el primer palo la
figura del "sobre". - Eso es ya un embuste. El "sobre" no
lo deshacen. -¿Que no? ¡Vaya si lo deshacen! Y no hablemos del
"aeroplano"... Nuestros chavales no tendrán el golpe muy fuerte, pero
hacen girar el palo y barren las figuras que es un primor. Además, en un pasillo
del pabellón principal había un cartel con adivinanzas. Vania se detenía
largamente ante él, leyendo centenares de impresionantes preguntas, cuadros,
acertijos, planos y complicadísimas fórmulas matemáticas. Un dibujo
representaba a una niña asomada a la ventana, y debajo se veía un letrero que decía:
- ¿Cuántos años tiene esta niña? Luego, otra pregunta: ¿dónde podría
construirse una isba con las cuatro paredes mirando al Sur? Y, allí al lado, se
veía una simpática isba con una bandera en lo alto. Detrás de Vania se detuvo
una de tantas veces Semión Gaidovski, un muchacho muy formal: - Es la quinta
serie. Sigue aquí colgada solamente para adorno, pero ya está toda adivinada y
se han repartido los premios. Piotr Vasílievich colgará una nueva en otoño. Con
estas adivinanzas reuní yo el invierno pasado cuatro mil puntos. También trabó
Vania conocimiento con Piotr Vasílievich, cuyo apellido era rarísimo: Málenki2.
En realidad, era enormemente grande, la persona más alta de la colonia, y flaco
si los hay: flaco de piernas, de cuello y de nariz. No obstante, era un hombre
2
57
jovial e infatigable. Su rasgo principal era que, como decían los chicos,
"no parecía de este mundo". Contaban de él los colonos muchas cosas
peregrinas, pero, no obstante, lo seguían en bandadas, animados por los planes,
iniciativas y proyectos más complejos. Málenki tenía, sin duda, buen ojo. Al
día siguiente de la llegada de Vania, lo vio atravesar el patio a la carrera y
le gritó: - ¡Eh, muchacho! ¡Mu-cha-cho! Vania se detuvo. - Ven acá. - ¿Qué
quiere? Tenía Málenki las piernas tan largas, que le bastaron tres pasos para
llegar al lado de Vania: - ¿Eres nuevo? Una cara flaca y nariguda miraba a
Gálchenko desde muy alto, casi desde el cielo. Bajo la nariz crecía algo
parecido a un bigote. Los ojos, de un azul brillante, calaban hondo: - ¿Eres
nuevo? ¿Cómo te llamas? ¿Vania Gálchenko? ¿Sabes hacer redes? - ¿Redes? -
Redes. Para pescar. ¿No sabes? ¿Y un receptor de radio? ¿Tampoco sabes? ¿Quizá
escribas poesías? ¿Qué sabes hacer? Vania quedó aturdido por aquella granizada
de preguntas, pero, no queriendo aparecer como un inútil, levantó la cabeza,
entornó un ojo y respondió: - Yo hice una caja. - ¿Qué clase de caja? - Una
caja de limpiabotas... - ¿Tú mismo la hiciste? - Yo mismo. - ¿Y limpiaste? -
Sí. - ¿Dabas betún con el cepillo? - Eso es. Lo daba con un cepillo pequeño, y
luego lustraba con otro más grande. - ¿Ves tú? Quiere decirse que le meteremos
mano. - ¿A quién? - A nadie. Le meteremos mano al asunto. ¡Un automóvil de
remos! ¿Te llamas Vania Gálchenko? Se ve que eres un hombre sensato. Málenki no
dijo una palabra más. Dio unos pasos y desapareció entre los dos edificios.
Pareció atravesar de una zancada el macizo de flores. La cosa era interesante.
¡Un automóvil de remos! Vania consultó a toda la cuarta brigada, sin que nadie
le supiese dar razón de lo que aquello pudiera ser. La noticia de que Piotr
Vasílievich se proponía construir con la ayuda de Vania un automóvil de remos
inquietó mucho a todos los chicos de la cuarta brigada. Resultó que cada
muchacho abrigaba sus planes respecto a Málenki: con uno iba a pescar el
domingo en un lago misterioso, a diez kilómetros de la colonia; con otros
planeaba un intrincado juego o había conseguido arrancarle al Consejo de jefes
una
Pequeñito.
58
habitación en la que proyectaba organizar no se sabía qué entretenimiento. -
¿Qué es Piotr Vasílievich? -preguntó Vania. - ¿Piotr Vasílievich? Pues... no es
nada. - ¿Cómo que no es nada? - Aquí se le considera maestro porque enseña
dibujo lineal en los grados superiores. Pero, por lo demás no es nada... Una
semana después, Vania encontró a Málenki en el bosque. Iba escrutando las cimas
de los árboles. Al ver al chico, lo reconoció en seguida: - ¡Ah, Vania! El
automóvil de remos es algo estupendo. Mañana charlaremos un rato. Pero, al día
siguiente, Piotr Vasílievich enfermó. Se dijo que tenía tuberculosis. La
noticia se comentó con gran tristeza en la cuarta brigada. Y no fue el
enigmático automóvil veremos lo que más preocupó a Vania, sino Piotr Vasílievich:
¡un hombre tan grande, tan ágil, tan ameno, y tener la mala suerte de ser
atacado por la tuberculosis, una enfermedad también enigmática y, al parecer,
mortal!... A decir verdad, lo que más agradaba a Vania era la propia vida de la
cuarta brigada. Reinaba en ella un ambiente de cálida amistad, todos los
muchachos eran interesantes, y Aliosha Zirianski los tenía tan severamente
sujetos... Vania anhelaba cada día acabar su trabajo para volver al dormitorio
limpio y acogedor, escuchar a los demás, hablar, reírse, vivir… Quería que
Aliosha ordenase algo -por difícil que fuera- para hacerle el saludo y
contestarle: - ¡A la orden! 3. Cuentas viejas y cuentas nuevas. Igor Cherniavin
trabajaba todos los días afinando travesaños. Tenía las manos llenas de cardenales
y rasguños, y la escofina continuaba produciéndole aversión. Sin ocultar su
enemiga al trabajo con los travesaños, se consideraba, no obstante, obligado a
realizarlo, pues había dado palabra ante el Consejo de jefes. Lo que sí
ocultaba era el pánico que le infundían las abejas y los moscardones, de los
que no apartaba la recelosa mirada cuando volaban a su banco. Por fortuna, a la
semana de trabajar Igor, la sección de montaje fue trasladada al local del
"estadio". Al finalizar la jornada de cuatro horas, Igor, por mal que
le fuera la faena, entregaba a Shtével treinta travesaños, por lo que le
correspondían noventa kopeks. Afirmaba Shtével que un joven como Igor debía
hacer diariamente cien travesaños, por lo menos. El trabajo en la sección
requería tan sólo cuatro horas después de comer. El resto del tiempo era mucho
más divertido. Por la mañana, iba a la escuela, y Nikolái Ivánovich, siempre
pulcro en el vestir, amable y sencillo en el trato, le daba clase de media hora
a una hora. Igor había tenido ya tiempo de conocer a otros maestros y maestras,
convenciéndose de que todos ellos descollaban por su irreprochable
A. S.
Makarenko cortesía y por su aseo en el vestir. En general, aquellos maestros no
se parecían a los demás, y la escuela toda, instalada en un edificio aparte,
exhalaba una fragancia agradable y era limpia, acogedora y hasta un tanto
solemne. Otra cosa que agradaba a Igor era la biblioteca, situada junto al Club
silencioso. Había en ella muchos libros, todos encuadernados y ordenados en las
estanterías, que llegaban hasta el mismo techo. Ante la ancha puerta, cerrada
por una especie de mostrador, siempre se veía una cola de lectores. Estaba
encargada de la biblioteca una viejecita, Evguenia Fiódorovna, pero eran tres
colonos quienes entregaban y recibían los libros, los anotaban y dibujaban las
listas de obras recomendarles. El papel principal lo desempeñaba allí Shura
Miátnikova, una muchacha finita, muy esbelta, de rostro tostado y boca grande.
- ¡Lo has leído o no has hecho más que mirar las estampas -preguntaba con una
expresión muy viva, seria y burlona a la vez, cuando le devolvían un libro.
Igor siempre había sido amigo de leer. La vida errabunda lo había apartado de
los libros, y en la colonia se los tragaba con redoblada ansia. Era un
auténtico placer despertarse por la mañana sabiendo que tenía un libro en la
mesilla de noche. Por las noches, Nesterenko no permitía quedarse leyendo mucho
tiempo y apagaba la luz a las once. Igor se acostumbró a despertarse temprano
para leer una horita en la cama, antes del toque de diana. Precisamente por la
lectura matutina comenzó aquel día, saturado, hasta la noche misma, de
acontecimientos notables. La noche anterior, Nesterenko avisó a Igor: - Mañana
estás de guardia en la brigada. El de guardia debía levantarse a las seis para
que la limpieza estuviese terminada a la hora de la revista. Igor se despertó
temprano, pero, acordándose de La isla misteriosa, que yacía en la mesilla de
noche, se olvidó de la guardia. Cuando tocaron diana y toda la brigada se
levantó, Nesterenko quedó estupefacto: - ¡Buena me la has armado! Igor acudió a
las bayetas y a los cepillos, pero era tarde. La revista sorprendió el
dormitorio revuelto y a Cherniavin en lo más álgido de la limpieza. Para colmo
de males, pasó revista el propio Zajárov. El director frunció el ceño, pasó
fríamente la vista por el cuarto, dijo con la misma frialdad: "Salud,
camaradas", oyó distraído el parte y preguntó: - ¿Quién está de guardia?
Igor sonrió azarado: - Yo. - Una tarea de castigo. Igor volvió a sonreír con el
mismo azoramiento y oyó que Nesterenko le musitaba: - ¡Contesta como es debido!
¿Qué haces? Igor, contento de haber hallado salida a situación
Banderas
en las torres tan embarazosa, se cuadró: - ¡A la orden, camarada director!
Pasada la revista, Nesterenko leyó largamente la cartilla a Igor, analizando,
como una vieja gruñona, los defectos de su carácter y de su educación
señoritil: - Hasta el libro, una cosa tan sagrada como el libro, te desvía del
buen camino. ¡Qué sería si te vieras rodeado de canallas! Los otros camaradas
no fueron tan inexorables. Sancho Zorin incluso -dijo aprobatorio: - No está
mal, Nesterenko, ¿de qué te asustas? Al fin y al cabo, es el bautismo de fuego.
Date cuenta: ¿qué hombre va a salir de Igor si no se le castiga con alguna
tarea complementaria? Nesterenko se sonrió. - Bien vistas las cosas -observó-,
es verdad, sólo que para la brigada supone un contratiempo. El mismo día, Vania
Gálchenko estuvo también de guardia en su dormitorio, pero salió de ella mucho
más airoso y hasta con honor. Todo el mundo dormía aún y ya Vania estaba en el
poyo de la ventana limpiando los cristales y silbando por lo bajo. Fuera
apuntaba la mañana. Abajo, en los parterres, estaban regando las flores.
Brillaban cegadores los cristales de las ventanas de la escuela, iluminadas por
el sol. Hacía ya largo rato que Volodia Begunok, requiriendo la trompeta, había
ido a despertar al jefe de guardia, Ilyá Rúdnev, de la décima brigada. Pronto
Volodia tocó diana en el patio. Sin interrumpir su trabajo, Vania echó una
mirada maliciosa a sus compañeros dormidos. Filka pronunció en sueños unas
palabras, como si contestara al toque. Se oyeron pasos junto a la ventana.
Volodia preguntó en voz queda desde el jardín: - ¿Duermen? Vania afirmó con la
cabeza. Un minuto más tarde se entreabría lentamente la puerta, y por ella se
asomaba la boca de la trompeta. Resonó atronadora la señal. Aliosha Zirianski
saltó de la cama como impelido por un resorte, pero Volodia se había esfumado.
- ¡Qué diablillo! i Bueno, ya caerá en mis manos! ¡Vania, eres de lo que no
hay! Has limpiado hasta las ventanas. Al oír el elogio del jefe de la brigada,
Vania se sonrojó y siguió frotando con redoblada energía los cristales. Volvió
a asomar por la puerta la boca plateada de la trompeta. Zirianski se acercó
sigiloso hacia la puerta, pero ésta se abrió de par en par. Volodia se abalanzó
sobre Aliosha y, subiéndosele a horcajadas en el vientre, lo atenazó con manos,
piernas y trompeta, al tiempo que gritaba: - ¡Muchachos, duro con el jefe!
Saltaron de sus lechos Filka, Petia y los dos Semiones y se armó el gran jaleo.
Vania reía a carcajadas en el poyo de la ventana. Un muchacho
59
bajito, apuesto y guapo, el jefe de guardia Rúdnev, se asomó a la puerta, se
sonrió y dijo: - ¿Qué, nos levantamos? Después del desayuno, Igor encontró a
Vania: - ¿Qué tal, Vania? - ¡Oh! ¡Estupendo!, ¿comprendes? ¡Hoy me van a
mencionar en la orden! - ¡Qué dices! ¿Por qué? - Por la guardia en mi brigada.
- ¿Por la guardia? ¡Ah, qué diablo! Pues yo también he recibido... -¿Una
felicitación? - ¡Qué va! Un castigo. Se dice que no hay un buen colono que no
haya sido castigado. - ¿Quién dice eso? - Lo dice mi padrino, Sancho Zorin. -
¡Pues sí que tienes buen padrino! Para padrino, el mío, Volodia. Durante el
verano la escuela no funcionaba, y el parque estaba siempre muy animado. Unos
iban al estanque, otros al campo de gimnasia, y otros se acomodaban en los
bancos para leer. Igor tomó el libro que había motivado el escándalo de la
mañana y se encaminó al rincón más apartado y umbroso. En la descuidada vereda
encontró, por tercera vez en la vida, a la "maravillosa" chica de
ojos castaños. Iba muy de prisa en dirección contraria a la suya, moviendo
rápidamente las piernas, curtidas por el sol. Tenía el cabello mojado después
del baño. La muchacha puso en Igor sus hermosos ojos de brillo dorado, pero no
se inmutó, pareció recordar algo y sonrió con picardía. Igor le atajó el paso.
Ella retrocedió y se llevó la mano a la cara. - No tema, miss, no tema. Dígame
cómo se llama. - ¿Para qué? - Para saberlo. Yo me llamo Igor. - Bueno, ¿y qué?
- Naturalmente, nada de particular, Igor, y nada más. La chica trató de darle
de lado y seguir su camino. Vestía una falda muy usada. - Dígame cómo se llama,
milady. No le pido más que eso. La chica se detuvo, se llevó el puño a los
labios y preguntó: - ¿Le... le dan miedo los moscardones? Igor enrojeció al
recordar las lamentables circunstancias en que había visto a la chica la última
vez. Notó ella su turbación, bajó la mano y avanzó. Igor le cedió paso. Ella se
volvió con rapidez hacia él y dijo, enseñando unos dientes de blancura
deslumbrante: - Me llamo Oxana. Igor juntó las manos como si no cupiera en sí
de admiración y dijo: - ¡Válgame Dios, qué nombre más bonito! ¡Oxana! Pero la
chica estaba ya lejos. Sus piernas se movían rápidas por la senda abandonada.
60 -
¿Qué haces? -preguntó alguien detrás de Igor, que volvió la cabeza y vio a
Vsévolod Seredin. Hijo de un viejo ingeniero, Seredin ni siquiera en la colonia
quería perder su aire "intelectual"; apretaba afectadamente los
labios, propensos a la sonrisa, y mantenía la cabeza más erguida de lo usual. -
¿No sabes quién es esa muchacha? -inquirió Igor-. No es de la colonia, ¿verdad?
Seredin respondió con visos de irritación: - ¡Qué va! Es una sirvienta. - ¡No
puede ser! - ¿Por qué no? - ¿Sirvienta? - Sí, sirvienta. Ahí mismo, un poco más
allá del estanque, hay una villa... una casa. La chica esa está allí de
sirvienta. - ¿Y quién es el amo? - No es amo, es... un abogado. - ¿Cómo lo
sabes tú? - Pregúntaselo a Gontar. Está enamorado de la chica esa. - ¿Enamorado?
¡Qué dices! - ¡Enamorado perdido! Para ella se peina de esa manera. Ten
cuidado, no te vaya a romper las costillas. Igor dio a Seredin un tirón de la
manga y le dijo: - Sir, las costillas no cuentan aquí. Lo que importa,
¿entiendes? es que, si él es abogado, ¿por qué va ella vestida así? - No lo sé.
Gontar cree que la tiene para la huerta. Quiere recoger sus propias hortalizas,
¿entiendes?, pero él no trabaja, sino que explota a la muchacha. Oxana trabaja
como bracera. Y no tiene más que quince años. ¡Será canalla el tío ese! Seredin
ponía en Igor su mirada serena e inteligente, y la palabra "canalla"
había sonado con particular enjundia gracias a su fina pronunciación.
Encaminaron sus pasos hacia el edificio principal. Igor hubiera querido seguir
preguntando por Oxana a Seredin, pero Rúdnev, el jefe de guardia, que se
hallaba en la terracilla con un cuaderno en la mano, lo vio y le dijo: -
¡Cherniavin! Tienes una tarea de castigo que cumplir. Hay que barrer y enarenar
este sendero. Tienes trabajo para cosa de media hora, precisamente lo que debe
llevar la tarea de castigo. Antes de comer veré cómo lo has hecho. Igor no se
olvidó de cuadrarse al decir: - ¡A la orden! Lo que sí olvidó fue preguntar con
qué debía barrer y de dónde sacar la arena. Rúdnev había desaparecido. Igor
miró en derredor y tampoco vio a su lado a Seredin. Media hora más tarde,
Cherniavin trabajaba en el sendero. Tenía en la mano tres flexibles varitas y,
por más que rascaba con ellas la vereda, no conseguía llevarse la basura
menuda. Nesterenko, que pasaba por allí, se detuvo:
A. S.
Makarenko - ¿Estás cumpliendo el castigo? - Sí. Apareció Vania Gálchenko.
Nesterenko hizo una mueca desdeñosa, inflando ambos carrillos: - ¿A quién se le
ocurre... barrer... con eso? - ¿Pues con qué voy a barrer? - ¡Qué inútil eres!
¡Haz una escoba! Nesterenko mantuvo unos segundos la vista en Igor y,
encogiéndose de hombros, se marchó. Igor volvió la cara y enrojeció al ver a
Vania, que echó a correr. Cherniavin quedó pensativo. Raspó unas cuantas veces
más el suelo con las varitas. En verdad, nada tenía en contra de cumplir el
castigo, pero, ¡que le facilitaran instrumentos de trabajo! En el sendero había
minúsculos palitroques, dos o tres colillas y pétalos de flores. Todo aquello
no quería dejarse arrastrar por las varitas. Igor volvió a mirar desesperado en
torno y vio que Vania se acercaba a brincos, con una magnífica escoba en la
mano. - ¡Vania! ¡Cuánto te lo agradezco! ¿De dónde has sacado esa escoba? - La
he cortado de unos matorrales. Hay todos los que se quiera. - Dámela que yo
mismo barreré. - Tú ve barriendo, y yo traeré la arena. Al cabo de veinte
minutos, Igor y Vania terminaban la tarea, esparciendo en el sendero arena que
extraían de un balde. Zajárov apareció por una esquina del edificio: - Qué,
Gálchenko, ¿ayudando? - Un poquito... Todo lo ha hecho él... - ¡Eres un buen
compañero! Vania alzó la cabeza, pero Zajárov se alejaba ya. Tenía la cintura
fina y llevaba unas botas muy buenas y pulcramente cepilladas. - Ahí traen a
uno nuevo -dijo Igor. Vania miró a lo largo de la carretera. En efecto, se veía
que uno de los dos que se acercaban era un miliciano. - A mí también me trajo
un miliciano. Es desagradable que lo traigan a uno conducido. Vania no contestó
y examinó con ojo diligente cómo había quedado el sendero. - Hay que echar
arena aquí –dijo-, ha quedado una calva. - ¿Y qué hacemos con la arena que
sobra? - Vamos a limpiar también esa veredilla. Es pequeña. Cherniavin accedió.
En diez minutos asearon un pequeño sendero transversal. Igor agarró el cubo y
se encaminó a la puerta principal, donde Rúdnev, el jefe de guardia, estaba
firmando en el libro del miliciano. Cuando los amigos se acercaron al grupo, el
miliciano hizo el saludo y tomó el camino de regreso a la ciudad. - Camarada
jefe de guardia, la tarea de castigo está cumplida.
Banderas
en las torres - Ahora pasaré a verlo, apenas deje a éste en manos de Torski.
Igor miró al nuevo y quedó estupefacto: el que estaba ante él era Grishka
Ryzhikov. Vania Gálchenko, fija la vista en el recién llegado, llevaba ya un
buen rato suspenso y boquiabierto. Ryzhikov sonreía con descaro, aunque sin
atreverse a hablar. El que rompió el silencio fue Cherniavin: - ¿Este bicho en
la colonia? ¡Ahora mismo le rompo el alma! Rúdnev alargó la mano con intención
de contenerlo, pero Igor tenía ya a Ryzhikov atenazado por el cuello. - ¡Robar
a un chaval como éste! - Suéltame -carraspeó Ryzhikov, asiendo con sus sucios
dedos la mano de Igor. Este se disponía ya a descargar un puñetazo a Ryzhikov,
cuando Rúdnev le agarró del cinturón, tiró de él y le gritó: - ¡Orden, camarada
Cherniavin! Igor volvió la cabeza al oír el grito y vio inmediatamente el
cuello blanco, el emblema oro y plata y la brillante seda del brazalete. Soltó
a Ryzhikov y se cuadró. Rúdnev miró a Ryzhikov con expresión de asco, según le pareció
a Igor, pero dijo adusto, con voz baja e imperiosa: - En la colonia no se deben
arreglar cuentas viejas, camarada Cherniavin. En el tono de aquel muchacho, en
sus cejas fruncidas severamente, en su mirada serena y en el aprecio con que
pronunció la palabra "camarada", Igor percibió una sensación de
fuerza insuperable y dijo, haciendo el saludo: - ¡A la orden, camarada jefe de
guardia! Rúdnev ya se había llevado a Ryzhikov al interior. Igor no podía
volver en sí, pero ya se había olvidado de Ryzhikov: le había dejado atónito la
presteza con que él, Igor Cherniavin, había obedecido al pequeño Rúdnev...
Vania salió de su estupor y se arrimó a Igor... 4. Amistad eterna. Vania vio a
Volodia Begunok en el otro extremo del patio y corrió a referirle su desgracia.
La llegada de Ryzhikov parecía eclipsar el sol que alumbraba la colonia.
Tenebrosas sombras acababan de caer sobre los edificios, y sobre el bosque, y
sobre el estanque, y hasta sobre la cuarta brigada. ¡Ryzhikov en la colonia!
¡Aquello era una vergüenza! Volodia frunció el entrecejo, contrajo las pupilas
y escuchó, paciente, el agitado relato de Vania: - ¿De modo que es el mismo que
te robó? ¿Y por qué te asustas? - ¡Es que ahora está en la colonia! ¡Ahora lo
robará todo aquí! - ¡Je, je! -Volodia apuntó a Vania con el índice-. ¿De qué te
asustas? ¡Como que va a robar! ¿Crees que es tan fácil? ¡Que lo intente!
¿Piensas que hemos
61
tenido pocos así? ¡Sí, sí! Los ha habido que daban miedo. - ¿Y dónde están? -
¿Cómo que dónde? Aquí siguen, sólo que ya no son como eran, sino muy distintos.
Se encaminaron al parque. Ni ellos ni Igor Cherniavin vieron un automóvil que
se detenía frente al edificio principal. Descendieron de él dos mujeres y Wanda
Stadnítskaya. Ilyá Rúdnev salió a recibirlas, lanzó a Wanda una rápida ojeada y
la encontró muy guapa. Esta vez Wanda tenía el pelo muy rublo, limpio,
brillante, y lucía una boina azul. No calzaba ya los viejos y holgados
chanclos, sino zapatos negros y, además, llevaba medias. Su rostro, mucho más
animado, se tornaba ora a una, ora a otra de sus acompañantes. Acogió con
amistosa sonrisa al jefe de guardia, deslumbrante en su uniforme de gala. Por
desdicha, en aquel instante Rúdnev no podía pagarle con la misma sonrisa. Hizo
el saludo y pronunció afable y cortés, pero muy circunspecto: - Soy el jefe de
guardia de la colonia. ¿Qué desean ustedes? Una mujer gruesa, de pobladas cejas
negras y hoyuelos en las mejillas, muy jovial y bondadosa a juzgar por su
semblante, se embebió tanto mirando al apuesto Rúdnev, que tardó en contestar.
Por fin dijo sonriente: - ¡Ah, de modo que usted es el jefe de guardia! Pues
nosotras necesitamos ver al jefe. - ¿Al director? - Bueno, eso es, al director.
- ¿Para qué asunto? - ¿Qué te parece? -la mujer se volvió hacia la otra,
también gruesa, pero, a lo que se veía, muy seria y adusta-. ¿Así que hay que
decírselo a usted? - Sí. - Bueno, pues hemos traído a una muchacha... Aquí la
tiene... Wanda Stadnítskaya. Somos del Comité del Partido de la fábrica
Komintern. Traemos una carta. Rúdnev indicó el camino: - Tengan la bondad de
pasar. Semión Kasatkin, delgadito y rublo, que estaba de centinela, dirigió a
Rúdnev una mirada interrogante casi imperceptible y recibió una respuesta casi
imperceptible también. Rúdnev abrió la puerta de la habitación del Consejo de
jefes de brigada y se apartó para dar paso a alguien que salía. Wanda alzó la
vista, palideció repentinamente, emitió un grito débil y se dejó caer sobre el
poyo de la ventana, gimiendo: - ¡Ay! Ryzhikov pasó, sonriendo con insolencia.
Rúdnev le dijo: - Espérame aquí, ahora vengo. Pasen. Vitia, quieren hablar con
Alexéi Stepánovich. Todos se volvieron hacia Wanda, instándola a pasar, pero
ella bajó la cabeza y dijo:
62 - Yo
no voy a ninguna parte. Ryzhikov se mantenía apartado, con las manos en los
bolsillos y una mirada inexplicablemente burlona. Vitia, con su ojo experto, se
hizo cargo de la situación. - ¡Rúdnev, llévatelo! El aludido tomó a Ryzhikov de
una manga y lo hizo girar hacia la puerta. Vitia invitó a las recién llegadas:
- Pasen. - Yo no voy a ninguna parte -Wanda bajó más aún la cabeza, y cuando
Ryzhikov se ocultó en el vestíbulo, lanzó en pos una tardía ojeada de odio,
después de lo cual se volvió hacia la ventana, abierta, y estalló en sollozos.
Las mujeres intercambiaron una mirada de desconcierto. Vitia las empujó
suavemente a la habitación: - Siéntense ahí. Quiero hablar con la muchacha. Las
mujeres obedecieron. Vitia cerró la puerta y, poniendo las manos en los hombros
de Wanda, la miró a la cara: - ¿Te da miedo ese pelirrojo? ¿Lo conoces? Wanda
no respondió, aunque dejó de llorar. Falta de pañuelo, se enjugaba las lágrimas
con la mano. - ¡No seas tonta! Si fuera uno a temer a tipos como ése, no se podría
vivir en el mundo. Wanda dijo, vuelta hacia un ángulo de la ventana: - No le
tengo miedo. Sin embargo, no me quedaré. - Bueno, pues no te quedes. El
automóvil está ahí. Ahora bien, ¿por qué no entras en la habitación? - ¿En
cuál? - En ésta. Wanda guardó silencio, exhaló un suspiro y cruzó el umbral.
Quiso detenerse en la sala del Consejo de jefes, pero Vitia la condujo
directamente al despacho de Zajárov. Alexéi Stepánovich miró sorprendido a
Wanda, que, retrocediendo, exclamó: - ¿A dónde me lleváis? - Alexéi
Stepánovich... Hay aquí dos mujeres que quieren verle... Zajárov se apresuró a
salir. Wanda lo siguió con ojos asustados, se dejó caer en el diván y rompió a
llorar, al tiempo que decía: - ¿A dónde me habéis traído? De todas maneras,
aquí no me quedo. ¡No quiero vivir aquí! Se lanzó dos veces en dirección a la
puerta, pero Vitia se interpuso sin decir palabra, y ella no se atrevió a
empujarle. Luego se sentó y lloró en silencio. Asomándose a la ventana, Vitia
vio el automóvil salir camino de la ciudad, y sólo entonces se decidió a decir:
- No tienes por qué llorar. Todo marchará bien. Wanda se calmó y se puso a
secarse las lágrimas, pero cuando entró Zajárov rompió a llorar de nuevo.
Después se levantó de un salto, se arrancó la boina, la arrojó a un rincón y
gritó:
A. S.
Makarenko - ¡El Poder soviético! ¿Dónde está el Poder soviético? De pie junto a
la mesa de escritorio, Zajárov dijo: - Yo soy el Poder soviético. Wanda gritó,
estirando feamente el cuello: - ¿Tú? ¿Tú eres el Poder soviético? ¡Pues mátame!
¡Toma un cuchillo y degüéllame! ¡De todas maneras, no viviré más! Zajárov se
acomodó parsimonioso en su asiento, desdobló el papel que le habían traído y
pronunció en el tono de quien continúa una larga conversación: - ¡Ay, Wanda,
nos las pintamos solos para decir palabras vacías! También a mí... suele
sucederme eso... A ver, enséñame tu boina. Recógela del suelo y dámela. Wanda
puso en él una mirada obtusa, se sentó en el diván y volvió la cara. Vitia
recogió la boina y se la entregó a Zajárov. - Una magnífica boina... Es de un
color muy bonito. Los nuestros han andado busca que te busca, sin encontrar
nada igual. Sería cosa de saber lo que vale. - Cuatro rublos -dijo Wanda
sombría. - ¿Cuatro rublos? No es caro para una boina tan bonita... Zajárov no
se entretuvo gran cosa con la boina. Había hablado de ella sin gran entusiasmo,
sin ocultar que no era aquello lo que le interesaba. Hizo un signo con la
cabeza, y Vitia abandonó el aposento. Wanda clavó una mirada sin vida en un
rincón, entre la mesa y la pared. Alisando con la mano la boina, Zajárov se
acercó y se sentó en el diván. Wanda le volvió la espalda. - Sabes, Wanda, de
morir siempre hay tiempo, eso es lo más fácil. Pero hay que tener un poco de
educación. ¿Por qué me das la espalda? Ni te he hecho mal alguno ni me conoces.
A lo mejor soy una bellísima persona. Algunos dicen que no soy malo. Haciendo
un esfuerzo, Wanda lo miró de reojo. Una mueca desdeñosa torció sus labios. -
Se está elogiando a sí mismo... - ¿Qué quieres que le haga? También te lo
aconsejo a ti. Hay veces que es de gran utilidad alabarse a sí mismo. Aunque
debo decirte que a mí me alaban también otros. Wanda, al fin, se sonrió con más
naturalidad. - ¿A qué viene todo eso? - ¿A qué viene? Quiero que seamos amigos.
- ¡No quiero amigos! ¡Ya estoy harta de ellos! - ¿Qué amigos has tenido tú? Me
lo figuro. Yo, en cambio, te lo propongo en serio, te ofrezco una amistad
grande y eterna. Para toda la vida, ¿comprendes? Wanda lo miró con mucha
fijeza: - Comprendo. - ¿Dónde están tus padres? Mis padres... Se fueron... a
Polonia. Son polacos. - ¿Y tú?
Banderas
en las torres - Yo me perdí en una estación. Era todavía pequeña. - ¿De modo
que no tienes padres? - No. - Pues verás... Yo puedo ser para ti... como un
padre. Y no te perderé, puedes estar tranquila. Pero ten en cuenta que soy un
amigo de los que regañan si hace falta. Soy muy severo. Tanto, que a veces yo
mismo me asusto. ¿No tienes miedo? Mira que no me voy a andar en
contemplaciones por lo bonita que eres. Los ojos de Wanda enrojecieron de
repente. Volvió otra vez la cabeza y profirió en voz muy baja: - ¡Bonita! Usted
no me conoce todavía. - Querida, lo conozco todo y, además, eso no importa. Es
pura tontería. -¿No será que lo dice usted adrede, para que me quede en la
colonia? - ¡Qué duda cabe!... Naturalmente que lo he dicho adrede. A mí no me
gusta hablar por hablar. Siempre hablo adrede. Y es verdad que quiero que te
quedes en la colonia. Lo deseo mucho. Vamos..., tanto, que no puedes hacerte
idea. Ella levantó hacia él los ojos atentos e incrédulos. El la miró desde
arriba, y quedó claro que, en efecto, deseaba que ella permaneciera en la
colonia. Wanda señaló con la mano junto a sí y dijo: - Acérquese. Quiero
contarle una cosa. Zajárov se acercó. - ¿Sabe usted? - Toma tu boina. - ¿Sabe
usted? - ¿Qué? - Yo misma quería venir a la colonia. Pero hay aquí uno... que
me conoce… Y ése lo contará todo. Zajárov le puso la mano en la cabeza y la
acarició suavemente. - Comprendo -dijo-. Eso no tiene importancia. Que lo
cuente. Wanda gimió: - ¡No! Miró esperanzada al director, que se sonrió y denegó
con la cabeza, tranquilizándola: - No lo contará por nada del mundo. Volodia
Begunok irrumpió en el despacho y se detuvo pasmado y confundido: - Alexéi
Stepánovich, Rúdnev pregunta si no tiene él... que hacerse cargo... de la nueva
chica. - No. Klava se hará cargo de ella. Hazme el favor de llegarte en dos
zancadas y decirle a Klava que venga. - ¡A la orden! Volodia salió escapado del
despacho. Wanda se reclinó en el brazo del diván, llorando silenciosamente.
Zajárov no se lo impidió. Recorrió el aposento, contempló un cuadro, se sentó
otra vez junto a la chica y tomó su mano humedecida por las lágrimas.
63 -
¡Ea, no llores más! ¿Cómo se llama el colono que te conoce? - Ryzhikov. - ¡El
que han traído hoy! Volodia entró de nuevo al vuelo y miró curioso a Wanda, lo
que no le impidió anunciar, diligente: - Ya viene Klava. Ahora mismo viene. -
Mira, Volodia, una nueva compañera. ¿Ves qué triste está? Se llama Wanda
Stadnítskaya. - ¿Wanda Stadnítskaya? ¡Formidable! ¿Wanda Stadnítskaya? - Sí,
¿qué pasa? - Pues ya ves, Vania pensaba ir a la ciudad... a buscarte. Y yo
también. - ¿Vania? ¿Vania Gálchenko? ¿Está aquí? - ¡Claro que sí! ¡Gálchenko!
¡Lo contento que se va a poner! ¿Quieres que lo llame? Zajárov dijo: - Llámalo
en seguida. Y a Ryzhikov también. - ¿Sí? Entonces habrá que llamar a
Cherniavin... - Wanda, ¿conoces también a Cherniavin? Wanda rompió en amargo
llanto: - No puedo quedarme... - Tonterías. Llámalos a todos. Volodia se topó
en la puerta con Klava Kashírina: - Alexéi Stepánovich, ¿me ha llamado usted?
preguntó Klava. - Escucha, Klava. Esta chica se llama Wanda Stadnítskaya.
Llévatela a la brigada e, inmediatamente, le das la ropa, la llevas al baño y
al médico. Y que no llore más, que ya basta. Klava se inclinó hacia Wanda: -
¿Para qué llorar? Vamos, Wanda... Tambaleante, presurosa, sin mirar a Zajárov,
Wanda salió en compañía de Klava. A los diez minutos, se hallaban en el
despacho Igor, Vania y Ryzhikov. Torski y Begunok asistían con aire oficial.
Habló Zajárov: - ¿Comprendéis?, hay que olvidar lo pasado. Nada de chismes ni
de habladurías respecto a Wanda. ¿Podéis prometérmelo? Vania respondió con vehemencia,
sin comprender, por otra parte, qué chismes podía inventar él: - ¡Pues claro!
Igor se llevó la mano al pecho: - Se lo juro, Alexéi Stepánovich. - ¿Y tú,
Ryzhikov? - ¿Qué necesidad tengo yo de ella? -repuso el interpelado. - La
necesites o no, ¡cuidado con la lengua! - Está bien -accedió Ryzhikov con
enigmática condescendencia. Todos miraron, mejor dicho, escrutaron a Ryzhikov,
que se encogió de hombros disgustado. Pero en la habitación del Consejo de
jefes se reanudó la conversación sobre el mismo tema. Igor Cherniavin,
golpeando insistentemente con el dedo
64 en
el pecho de Ryzhikov, decía: - Escucha, Ryzhikov, lo que dice Alexéi es una
cosa. Ahora bien, tú toma nota de otra, apúntala bien... en el cuaderno: ¡cómo
te vayas de la lengua, te ato una piedra al cuello y te tiro al estanque! 5. La
fiebre de los fundidores. La producción era un tema del que los colonos
trataban siempre, ya estuviesen en los dormitorios, ya en el comedor, en el
parque, en los pasillos o en los clubs. En la mayoría de los casos, se hablaba
en tono de censura. Todos coincidían en que la producción estaba mal organizada
en la colonia. En las reuniones del Consejo de jefes y en las asambleas
generales, atacaban al jefe de producción, Salomón Davidovich Blum,
dirigiéndole preguntas que le hacían sudar: - ¿Por qué hay tanto humo en la fragua?
- ¿Por qué siguen sin hacerse las piezas pedidas por la fábrica Komintern? -
¿Por qué no funciona el torno-semirrevólver? - ¿Por qué faltan cuchillas? -
¿Por qué hay escapes en las tuberías del petróleo en la fundición? - ¿Por qué
las piezas salen defectuosas? - ¿Por qué hay ese desorden en la sección de
mecánica? Todo está lleno de trastos, y Shárikov se pasa el día entero en la
contaduría y no puede acabar de contar un desdichado millar de aceiteras. -
¿Cuándo se van a hacer los piñones para la máquina de Sadóvnichi, las cuñas
para el carrosoporte de la de Porshniov, el rascado del cojinete delantero en
la de Yanovski, la reparación general en la de Redka? Los colonos exigían que
se arreglase la maquinaria, asediaban a los ajustadores del equipo de reparaciones,
daban caza en el patio a Salomón Davídovich y se quejaban de todo a Zajárov,
pero hablaban con desprecio de las máquinas: - Mi cortapapeles, por mucho que
lo arreglen, habrá que tirarlo. Eso no es un torno. Salomón Davídovich prometía
hacerlo todo a la mayor brevedad, pero era incapaz de detener una máquina para
comenzar su reparación. Paralizar una máquina que aún estaba en condiciones de
funcionar, se le antojaba un suicidio. La máquina silbaba, chirriaba, se
detenía, pero los colonos, furiosos, la obligaban a funcionar, y funcionaba.
Funcionaban los "cortapapeles", funcionaban los carros-soporte sin
cuñas y los cojinetes desgastados. La sección de "mecánica" enviaba
al depósito un cajón de aceiteras tras otro; junto a la sección de montaje, se
cargaban en carros pilas de butacas. La sección de costura producía únicamente
calzones de satín azul, marrón y verde, pero los fabricaba por miles, y cada
par reportaba a la colonia un beneficio de tres kopeks. En la colonia no había
dinero, pero su cuenta corriente iba engrosando más y más. Algunos colonos
decían, atrevidos, en las asambleas:
A. S.
Makarenko - Salomón Davídovich pone el dinero en conserva y no hay modo de
hacerle adquirir nueva ropa de trabajo. Salomón Davídovich replicaba, paciente:
- ¿Os creéis que si hemos juntado cuatro kopeks debemos sin falta gastarlos?
Los buenos administradores no obran así. A gastar el dinero, queridos
camaradas, siempre tendréis tiempo de aprender, estoy seguro. Y podéis llegar a
ser grandes especialistas en gastar. Pero aprender a ahorrar no es tan fácil.
Si no se sufre ahora, habrá que sufrir doblemente después. He dado a Alexéi
Stepánovich y a vosotros palabra de que juntaremos dinero para una nueva
fábrica. Y siendo así, ¿cómo vamos a ponernos a comprar ropa de trabajo?
Aguantaos ahora sin ella, y ya vendrán tiempos en que os compréis cazadoras de
terciopelo con lacitos de color rosa. Los colonos se reían y se enfadaban.
Salomón Davídovich se reía también. Todos miraban a Zajárov, que sonreía en
silencio, mirándolos a todos. Y costaba trabajo comprender por qué aquel
hombre, tan exigente y severo, perdonaba tantas cosas a Salomón Davídovich.
Aunque la verdad es que también los colonistas se mostraban muy indulgentes con
él. La sección más escandalosa era, naturalmente, la fundición, emplazada en un
cobertizo de ladrillos con techumbre bastante agujereada. Allí estaba el
artefacto que hacía de horno. Por un orificio redondo que tenía en un costado,
se echaba la "materia prima": viejas vainas de fusiles de sistemas
antiguos, abolladas y cubiertas de verdín y suciedad. Salomón Davídovich no despreciaba
tampoco otra chatarra de cobre. El metal fundido se vertía por el mismo
orificio en los cucharones. Al artefacto habían adaptado un quemador, y en un
rincón del local, pegado al techo, se hallaba el depósito de petróleo. La
instalación, vieja como la tos, estaba llena de agujeros y cubierta de
herrumbre. Todo aquello -el horno, el quemador y el depósito de petróleo- era
harto sencillo y nada tenía de misterioso, pero el maestro fundidor Bankovski,
ex artesano y ex propietario del artefacto, andaba siempre con aires de
misterio: era el único que conocía los secretos de su instalación. En la
fundición bullía el trabajo. En el banco de los moldeadores de machos
trabajaban los más pequeños, con deteriorados trajes de faena que, por lo
visto, habían pertenecido a gente de más edad: los pantalones, desmesuradamente
grandes, se plegaban como el fuelle de un acordeón en las delgadas piernas de
los chicos, y las mangas les quedaban demasiado largas. En el suelo yacían los
moldes, junto a los cuales andaban atareados los colonos de mayor edad:
Nesterenko, Sinitsin, Zirianski, moldeadores todos ellos. Pegada a uno de los
muros había una vieja prensa que manejaba el mejor especialista: el flaco y
Banderas
en las torres serio Krúxov, de la séptima brigada. La fundición estaba llena
del humo que despedía continuamente el horno y no tenía más escape que los
boquetes del techo. Entre el maestro Bankovski y los colonos se entablaban a
diario conversaciones por el estilo de la que sigue: - Camarada Bankovski, así
es imposible trabajar. - ¿Por qué? - Por el humo. ¿Dónde se ha visto cosa
igual? Es humo dañino, humo de cobre. - ¡Qué va a ser dañino! Yo llevo
respirándolo toda mi vida. Durante las horas en que trabajaba la fundición, el
humo salía por los boquetes del techo, por las puertas y las ventanas, se
esparcía por toda la colonia y flotaba entre los edificios como una niebla
amarillenta y dulzona. El joven médico Kolka Vérshnev, antiguo colono, rizoso,
de frente despejada, recorría los despachos, daba puñetazos en las mesas, metía
miedo a todo el mundo con un tomo de la Enciclopedia Brokhaus y Efrón y
amenazaba tartamudeante: - Iré a que-quejarme al fi-fiscal. ¡La fi-fiebre de
los fundidores! ¿Sa-sabe usted lo que es e-eso? ¡Pupues léalo! Alexéi
Stepánovich, que conocía de antiguo al galeno, arrugaba el entrecejo y le
decía, quitándose los lentes para volvérselos a poner: - Tengo que llamarte al
orden, Vérshnev. El fiscal no nos pondrá ventilación y nos cerrará el taller. -
¡Pu-pues que lo cierre! - ¿Y con qué dinero voy yo a comprarte el sillón de
dentista? ¿Y los rayos ultravioleta? Llevas ya medio año dándome la lata con
tus rayos. ¿Te puedes arreglar sin ellos? - En cualquier ambulatorio, por ma-malo
que sea, hay ra-rayos ultravioleta. - ¿Quiere decirse que no te arreglarás sin
ellos? - ¿Qué significa eso? ¿Qué hay que en-envenenar a los mu-mu-chachos? -
Lo que hay que hacer es poner ventilación. Yo insistiré. Insiste tú también.
Hoy habrá asamblea del Komsomol. En la asamblea, Kolka agitaba el tomo de la
Enciclopedia, recordando algunos términos aprendidos no se sabía dónde, aunque
no en el Instituto de Medicina: - ¡Esta fun-fundición es u-una calamidad!
También otros komsomoles se sulfuraban y levantaban los puños. Mark Grinhaus
ponía sus ojos negros y tristones en Salomón Davídovich y protestaba: - ¿Cómo
puede permitirse que trabajemos con esa humareda cuando todo el país se está
reequipando técnicamente? Salomón Davídovich, sentado en una silla en un rincón
de la clase -su cuerpo no cabía tras ningún
65
pupitre-, distendía despectivamente sus labios, carnosos e indóciles, para
replicar: - ¿Qué humo hay allí? - ¿Qué humo? ¡Un humo repugnante! ¡Indeseable y
dañino! El que así hablaba era Pojozhái, muchacho de hermosos ojos oscuros,
siempre alegre y dicharachero. Salomón Davídovich apoyaba el codo en la
rodilla, extendía la mano hacia la asamblea, con gesto pletórico de sensatez y
decía: - Trabajáis en una fundición. Si lo que queréis es reponer la salud,
debéis marcharos a algún sitio como Crimea, a Yalta, pongamos por caso. Pero
esto es una fábrica. Se armaba un griterío espantoso. - ¿Por qué gritáis de esa
manera? Está bien, pondremos una chimenea. - Hay que encomendar al Consejo de
jefes que le ajuste a usted las cuentas. Salomón Davídovich se enfadaba.
Apoyando las manos en las rodillas, se levantaba trabajosamente y daba unos
pasos adelante, con el rostro inyectado en sangre. - ¿Qué palabras son ésas,
camaradas komsomoles? -clamaba-. ¡Que me va a ajustar a mí las cuentas el
Consejo! ¿Creéis que me va a ordeñar el dinero o me va a obligar a poner la
ventilación? ¿He sido yo el que ha construido o proyectado esta cochina
fábrica? - Usted dispone del dinero. - Pero no para eso. Es para cosas muy
distintas. - ¡El" estadio" lo proyectó usted! - Lo proyecté. ¿Y qué?
Ahora trabajáis bajo techo. ¿Qué me decís de la conducta de algunos komsomoles?
Hay quien mira su torno y dice: "¡Es un cortapapeles!" Esa gente no
quiere hacer aceiteras, sino un blooming. ¡Sin él no puede vivir! - ¡Es la industrialización,
Salomón Davídovich! - ¡Ah! ¡De manera que yo no entiendo una palabra de
industrialización! ¡Vosotros me vais a dar lecciones! La industrialización,
para que os enteréis, hay que conquistarla. Hay que conquistarla con esto
Salomón Davídovich hacía un esfuerzo para alcanzarse con la mano la espalda-. Y
vosotros queréis que un hada buena os traiga la industrialización y la
ventilación. - ¡Lo que tiene usted que hacer es poner una chimenea! - La
pondré. - ¡Póngala de una vez! Nervioso e irritado, Salomón Davídovich se
encaminaba a la fundición, donde era inmediatamente asediado por el grupo de
moldeadores de machos. Petia Kravchuk gritaba: - ¿Qué es esto, ropa de trabajo?
Primero la llevó Nesterenko y ahora la llevo yo, ¿no es verdad? ¡Está llena de
agujeros!...
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Salomón Davídovich levantaba las manos con gesto de aversión: - ¡Qué
barbaridad, un agujero! ¿Por qué me metes las mangas por las narices? ¿Que son
largas? Tanto mejor. Lo malo sería que fueran cortas. Pero siendo largas
siempre hay arreglo. Te las doblas así, y asunto concluido. - ¡Qué pillo es
usted, Salomón Davídovich! - ¡Qué voy a ser pillo! Más vale que me digas
cuántos machos has hecho. - Ayer hice ciento veintitrés. - Pues ya lo ves: a
kopek cada uno, montan un rublo y veintitrés kopeks. - ¿Acaso está bien pagar
un kopek? Hace falta rellenarlos, cortar el alambre, secarlos. - ¿Pues qué
quieres tú? ¿Qué te pague un kopek y que tú te rasques las narices? De un
ángulo llegaba la voz de Nesterenko: - ¿Cuándo tendremos ventilación, Salomón
Davídovich? - ¿Tú crees que necesitas la ventilación y yo no la necesito?
Volonchuk la pondrá. - ¿Volonchuk? ¡Estamos buenos! ¡Me figuro la ventilación
que va a poner! - Pues no te figures nada. Mañana mismo la pone. Salomón
Davídovich, acompañado de Volonchuk, hombre taciturno y sombrío, aunque con
manos de plata, recorría varias veces la sección, contemplando largo rato el
techo agujereado. Volonchuk no miraba al techo: - La chimenea puede ponerse, ni
que decir tiene. Lo que pasa es que yo no soy techador. - Camarada Volonchuk:
usted no es techador ni yo tampoco. Pero hay que poner la chimenea. Vania
Gálchenko trabajaba en la fundición y todo le parecía bien; el misterioso
horno, el humo, la lucha contra el humo, la lucha contra Salomón Davídovich y
el propio Salomón Davídovich. Una sola cosa no le gustaba: Ryzhikov había sido
incorporado a la fundición para el acarreo de tierra. 6. Ojales. A Wanda
Stadnítskaya le costaba acostumbrarse a la vida en la quinta brigada de
muchachas. Parecía no apreciar la limpieza del simpático dormitorio, ni la
cariñosa delicadeza de sus nuevas compañeras, ni su cuchicheo antes de que se
durmieran, ni el riguroso orden con que transcurría la jornada en la colonia.
Escuchaba en silencio las instrucciones de Klava Kashírina, asentía con la cabeza
y pronto se apartaba para pasarse las horas muertas asomada a la ventana,
contemplando un mismo panorama: el sinuoso camino del parque, la hilera de
abedules y el cielo. En el comedor se sentaba de costado, como si se dispusiera
a saltar y a escaparse de un momento a otro. Comía poco, casi sin levantar la
vista del plato. No la distraía nada y no manifestaba el menor interés por el
nuevo traje escolar que le dieron el mismo día
A. S.
Makarenko de su llegada a la colonia: una falda plisada de lana azul y dos
lindas blusitas de batista, atavío sencillo y elegante, que le sentaba muy
bien, destacando su juventud, lozanía y belleza. Tampoco parecía preocuparle su
hermoso pelo, ya limpio y brillante. En la sección de costura, alojada en una
habitación del edificio de la escuela, quisieron encomendarle a Wanda un
trabajo serio, pero resultó que nada sabía hacer. Por eso la pusieran a ojalar
las prendas. Solían cumplir esta operación las chicas de menor edad, que serían
en la brigada alrededor de media docena. Vivarachas, alegres, de piernas
flacas, jugaban todavía con las muñecas, que tenían por los rincones del
dormitorio. Pero hasta los ojales le salían mal a Wanda, que trabajaba despacio,
perezosamente. Las mayores la observaban sin decir palabra, intercambiaban
miradas de desaprobación, la enseñaban y corregían. Wanda escuchaba sumisa las
observaciones, les cedía por un momento su trabajo y, con expresión aburrida,
vuelta de costado, miraba de soslayo cómo la aguja, diligente y ágil, iba y
venía entre los expertos dedos rosados de las compañeras. Wanda se presentó una
vez en la sección cuando las máquinas llevaban ya buen rato funcionando. Sin
abandonar su trabajo, Klava le preguntó: - Wanda, ¿por qué haces tarde? Wanda
no respondió. - ¿Por qué te fuiste ayer antes de tiempo? Wanda replicó
inopinadamente: - Ya que me lo preguntas, te lo diré. No quiero trabajar
más.... - ¿Que no quieres trabajar? ¿Y cómo vas a vivir? - Ya me las arreglaré
sin vuestros ojales. - ¿Cómo no te da vergüenza, Wanda? Aprende. Todas hemos
empezado haciendo ojales. Wanda arrojó sobre la mesa la prenda que estaba
ojalando. Presta a llorar, sentía un nudo en la garganta y, mirando en torno
suyo con expresión desesperada, gritó; - ¡Cómo puedo yo compararme con
vosotras! ¿Que habéis empezado por los ojales? ¡Pues yo terminaré con un lazo
corredizo! Salió del local dando un portazo. Se pasó la tarde tendida en la
cama, de cara a la pared, y no quiso cenar. Las chicas miraban con ojos
asustados su rubia y delicada nuca. Klava fruncía el ceño y murmuraba para su
capote. A la mañana siguiente, Wanda se paseaba sola por el dormitorio, cuando
se presentó Zajárov. Al verlo, se ruborizó y se arregló la falda. El sonrió
tristemente, se sentó junto a la mesa y preguntó: - ¿Qué ha pasado, Wanda? Ella
no contestó y siguió mirando por la ventana. Zajárov guardó silencio un
instante y dijo luego: - ¿Quieres trabajar en la carpintería? Aquello tiene
interés: ¡madera! Wanda se volvió rápida hacia él y exclamó: - ¡Hay que ver
cómo es usted! ¡Mire que la
Banderas
en las torres ocurrencia!... ¡En la carpintería! - Es una buena ocurrencia.
Figúrate tú: ¡en la carpintería! - Voy a ser el hazmerreír. - Al contrario,
serás la primera chica de la colonia que trabaje en la carpintería. ¿Te das
cuenta qué honor? Hasta ahora, las chicas creen todas que su asunto son los
trapos. Y es una equivocación. Wanda lo miró retadora, alzando las pestañas: -
Pues, a ver qué se cree: iré. ¿A la carpintería? Con mil amores. ¿Ahora mismo?
- Vamos ahora mismo. - Vamos. Zajárov se dirigió a la salida sin volver la
cabeza. Wanda lo alcanzó corriendo y le tomó del brazo. - ¿Esto lo ha pensado
usted a propósito? preguntó. - Claro. - ¿Usted todo lo hace a propósito? -
Absolutamente todo -dijo él riendo-. Tengo pensada otra cosa más, pero ésa no
te la digo. - ¡Ay, dígamela! ¿Se trata de mí? - De ti. - ¡Dígamela, Alexéi
Stepánovich! El se agachó y le deslizó al oído: - Después. Wanda le contestó
con idéntico susurro confidencial: - Bueno. 7. El balancín. Después del
trabajo, Igor decidió darse un paseo por los alrededores de la colonia. Tomando
consigo un libro, atravesó el parque y fue a parar a una presa. A la izquierda
brillaba el estanque, y a la derecha, entre las vertientes de dos cerros, un
riachuelo se abría paso a duras penas por una barranca densamente poblada de
juncos. En lo alto del cerro que Igor tenía enfrente se erguía una casa de
campo, por cuya blanca pared trepaban hacia el tejado enredaderas profusamente
esmaltadas de campanillas azules, lila y rosa. Al lado mismo de la casa había
una hilera de álamos, tras la que un jardincillo ponía en el paisaje su mancha
oscura. Delante de la casa no había árboles, sino una plazoleta cercada por un
seto y convertida en huerto. Aquel huerto no era como los de los campesinos,
pues había en él senderos y bancos entre los caballones. Igor miró por encima
del seto. Nadie había en el huerto. Un corpulento perro de color canela estaba
tendido junto a uno de los bancos. Al ver a Igor, se levantó, gruñó,
desperezóse y echó a correr hacia la casa. Parando atención en el huerto, Igor
advirtió que los caballones más cercanos estaban húmedos y que al lado de la
cerca había, ladeada, una regadera vacía. "¿De dónde traerán el
agua?", pensó, y en aquel mismo instante vio una portezuela sujeta a la
cerca con un alambre oxidado. Siguió observando y
67
distinguió un senderillo bien apisonado, que descendía hacia el riachuelo, y,
al final de él, muy cerca de los juncos, vio a Oxana, que subía despacio, con
dos cubos de agua colgados de un balancín. Los cubos, grandes, pintados de
verde hacía muy poco, parecían muy pesados. Así lo evidenciaban la
circunstancia de que apenas si se movían, suspendidos del balancín, y la
cautela y el esfuerzo con que daba Oxana sus menudos pasos. Acudió Igor
corriendo y echó mano al asa del cubo más próximo. Oxana, tambaleándose por la
sacudida, lo miró asustada: - ¡Ay! - Déjame ayudarte. - ¡Ay, no hace falta!
¡Ay, no toque los cubos! Igor no sospechaba siquiera que tuviese tanta fuerza.
Con una mano alzó fácilmente el balancín, plano y arqueado, y lo apoyó con la
otra. Oxana apenas tuvo tiempo de saltar a un lado para esquivar los cubos,
que, en los extremos del madero, daban vueltas en torno a ellos. Enojada,
increpó a Igor: - ¿Para qué te metes donde no te llaman? - Lady, nadie tiene
derecho a... Se le hizo difícil terminar la frase: el balancín se movía en su
hombro como si pugnara por caerse. Igor trató de detenerlo, pero sobrevino otra
desgracia: el peso de la mano alteró el equilibrio; un cubo bajó hasta rozar el
suelo y el otro se remontó casi por encima de su cabeza. - No sabes llevarlo
-se rió Oxana-, eso requiere costumbre. ¡Ponlo en el suelo! ¡Qué pelmazo!
¡Ponlo en el suelo! Igor había adivinado ya que, en efecto, lo prudente era
poner el cubo en tierra. Oxana le había tuteado, llenándole de alegría. -
Querida Oxana -dijo-, eso de ponerlo en el suelo está muy bien pensado. Que se
vaya al diablo ese artefacto antediluviano. ¿Cómo se llama? - ¿Cómo se va a
llamar? Balancín. - ¿Balancín? Aquí lo dejo a su completa disposición. Tomando
un cubo en cada mano. Igor tiró pendiente arriba. Pesaban tanto, que no le
quedaba aliento para hablar. Oxana lo seguía inquieta: - ¿Quién ha pedido tu
ayuda? -repetía-. Deja los cubos en el suelo, ¿me oyes? Pero cuando Igor dejó
su carga junto a la cerca, lo miró con trémulo parpadeo y dijo sonriente: -
Gracias. - ¿Acaso se puede... cargar con tanto peso? ¡Eso no son cubos, son dos
cisternas! ¡Vaya una explotación más feroz! - ¿Y tú qué quieres, que estemos
sin agua? El huerto se secaría, si no lo regásemos. - En casos como éste, la
gente civilizada tiende cañerías y no lleva los cubos en balancines. - Pues
aquí todo el pueblo los usa. El agua está muy cerca. Y es buena, de manantial.
68
Oxana había puesto ya manos a la obra. Levantando con destreza un cubo, vertió
el agua en la regadera y se alejó por un angosto sendero entre los caballones
del patatar. Igor admiraba su cabecita inclinada y los rizos castaños que
orlaban sus sienes. Oxana le miró de soslayo, pero no pronunció palabra. -
Déjame que te ayude. - No tenemos más que una regadera. - Dámela. - Tú no
sabes. - ¿Por qué te esmeras tanto? El muy canalla se queda con las ganancias y
tú, trabaja que te trabaja. Tu amo es un explotador. - Todo el mundo trabaja
-dijo Oxana. - ¿Tu amo trabaja? - Sí. - Tu amo es un explotador. ¿Qué derecho
tiene a tener una bracera? ¿Qué derecho? - Yo no soy bracera y él no es amo de
nadie. No decís más que tonterías. Es una buena persona, como tú no has visto
ninguna. Y no te atrevas a hablar así protestó Oxana dolida, y miró con enojo a
Igor. Luego, dio la vuelta a la regadera vacía, y los últimos chorrillos de
agua cayeron sobre los tallos de las plantas: - La patata es necesaria a todos.
¿A ti te gusta? Igor no respondió, - ¿Has comido alguna vez patata cultivada
por ti mismo? Coincidiendo con esta pregunta, hecha de frente, oyó Igor otra,
hecha de atrás: - ¿No molesto? ¿Quizás haya llegado a destiempo, por así
decirlo? Igor volvió la cabeza y vio a Misha Gontar. Vestía su traje de gala,
aunque nada ganaba con ello. En cierto modo, el blanco y ancho cuello
contrastaba con su fisonomía, que en aquel momento expresaba suspicacia y
descontento. La respuesta se la dio Oxana: - Salud, Misha. No, no molestas.
Igor sonrió sarcástico: - Misha tiene celos. La observación irritó y sorprendió
a Oxana. También se encolerizó Gontar: - ¡Tú, Cherniavin -casi gritó-, deberías
morderte la lengua! Junto a la misma casa de campo, gritó la voz de una mujer
joven: - ¡Oxana, ven aquí en seguida! Oxana dejó en el suelo la regadera y
salió corriendo. Los colonos callaban. Por fin, Gontar golpeó la cerca con la
puntera de la bien lustrada bota y dijo, ronco y turbado: - No vengas por aquí,
Cherniavin. - ¿Cómo que no venga? - Lo que oyes. Aquí no tienes nada que hacer.
- ¿Y si encuentro trabajo para mí? - ¿Qué trabajo? ¡Bueno eres tú para
trabajar! - Regar las patatas, por ejemplo.
A. S.
Makarenko - Te he dicho que no vengas. Igor se inclinó sobre la cerca: - Ahora
pensaré si debo venir o no. Misha vociferó de súbito: - ¡Vete al cuerno!
¡Búscate otro sitio para pensar! Igor se apartó de la cerca y miró a Gontar con
cáustica fijeza: - ¡Milord, cuán perdidamente se enamora usted! A Gontar le
relampaguearon los ojos, grises y muy separados, y sacudió la cabeza con tanta
fuerza, que sus ásperos mechones se le desparramaron por la frente y por las
orejas: - ¡Los que se enamoran son los señoritos como tú! Igor soltó una
carcajada mefistofélica y corrió cuesta abajo, en dirección al estanque. 8.
Cada cual a lo suyo. Los chicos de la primera brigada acogieron a Ryzhikov con
cierta frialdad: su rostro carnoso y móvil y sus ojos verdosos inspiraban poca
confianza. Además, había llegado a oídos de los muchachos que Igor Cherniavin,
viejo conocido de Ryzhikov, en vez de saludarlo había querido ahogarlo.
Volenko, descontento de que Ryzhikov hubiera sido destinado a su brigada, se
presentó a Vitia Torski y se puso a discutir con él, enumerando apellidos: ¿es
que no tenía bastante con Levitin, Gorójov y Nózhik? ¿Por qué le endosaban
también a Ryzhikov? Pero Torski no se sorprendió lo más mínimo al oír la
enumeración y le respondió: - ¿Te crees que eres tú solo? Pues mira la octava:
Gontar, Seredin, Yanovski, y ahora se les añade Cherniavin. O, si no, la
décima: Sinichka, Smetojin, Borodá. Y el jefe un chiquillo: Ilyá Rúdnev. Así
que no te las des de mártir porque tienes a Nózhik. Nózhik es un buen chico,
sólo que con mucha fantasía. En cambio, fíjate qué activistas hay en tu
brigada: Kolos, Rádchenko, Yáblochkin, Blomberg. Ahora bien, si quieres,
llévate a Cherniavin a cambio de Ryzhikov. Volenko meditó un instante y se
retiró sin despegar los labios. En la primera reunión de la brigada, después de
presentarle breve y secamente a sus integrantes, Volenko dijo a Ryzhikov: -
Escucha, yo sé que no estás acostumbrado a vivir en una colectividad de trabajo
organizada. Te aconsejo que te acostumbres cuanto antes, porque no te queda más
remedio. Ryzhikov dio la callada por respuesta. Comenzaba ya a conocer lo que
era una colectividad de trabajo organizada. El padrino que le designaron,
Vladímir Kolos, un muchacho rizoso, chato, avispado y seguro de sí mismo, alumno
del décimo grado y miembro del buró de la célula del Komsomol, no era amigo de
efusiones verbales ni de ternuras. - Yo soy tu padrino -previno a Ryzhikov-,
pero
Banderas
en las torres haz el favor de no creer que te voy a llevar de la mano a todas
partes. Tú no eres un niño. Te veo al trasluz, calo medio metro bajo tus pies y
sé todo lo que piensas. En tu cabeza no se ha hecho todavía la limpieza
general. Preocúpate tú de hacerla. En la colonia... todo está a la vista, no
hay nada complicado, observa y aprende. Y si no quieres, demostrarás ser un mal
sujeto. Ryzhikoy pensó que también él veía a Kolos al trasluz y por eso le
contestó con énfasis: - Pierde cuidado, aprenderé. - Ya veremos -resumió Kolos
displicentemente y se marchó. Al día siguiente, Ryzhikov trabó amistad con
Ruslán Gorójov, que fue el primero en abordarlo: - ¿Te han destinado a la
fundición? - A la fundición. - ¿Para acarrear tierra? - Para acarrear tierra. -
Perfectamente. ¿Te han pelado? - Ya lo ves. - Como a todos. ¿Te quedas?
Ryzhikov le volvió la espalda, enojado: - ¡Quedarme aquí! ¿Te crees que estoy
loco? Ruslán se echó a reír, mostrando su desigual dentadura, e invitó a
Ryzhikov a dar una vuelta por el bosque. Después de aquel paseo, Ryzhikov se
hizo un muchacho muy alegre: hablaba con todo el mundo, viniera o no a cuento,
se hacía el dicharachero y procuraba granjearse las simpatías de Volenko. Igor
se sorprendió sobremanera cuando Ryzhikov lo detuvo en medio del jardín: -
Cherniavin, ¿sigues enfadado conmigo? Igor lo miró con animosidad, pero se
acordó de Ilyá Rúdnev, el jefe de guardia: - No estoy enfadado, pero con Vania
te portaste como un cerdo. - ¡Qué va, Igor! ¿Por qué dices eso? De todas
maneras, él pensaba venir a la colonia, y yo tenía que buscarme la vida. ¿Qué
sabía lo que estaba por venir? - Y aquí... ¿piensas quedarte? - Precisamente de
eso quería hablar contigo: ¿me quedo o no me quedo? ¿Qué vas a hacer tú? La
conducta de Ryzhikov resultaba incomprensible. De una parte, reflexiva seriedad
y confianza en un camarada, cuyo consejo parecía estimar. De otra, se las daba
de hombre de mundo persuadido de su valor: escupía a cada instante, enarcaba
las cejas, su mirada resbalaba, negligente, por los arriates, como dando a
entender que no había flor capaz de embaucado. Aquel juego encerraba para Igor
cierto atractivo, pues le traía a la memoria sus "aventuras". Y
respondió a Ryzhikov, cuidando de mantener su fama de hombre avezado: - Yo
tengo mis planes. Lo único que no haré será robar. Ryzhikov volvió a escupir y
dijo aprobatorio: - Cada cual a lo suyo.
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Entraron en el vestíbulo. Estaba de centinela, fusil en mano, la pequeña y
regordeta Lena Ivanova, de alegre rostro desprovisto de cejas. Se hizo a un
lado para dejar paso y frunció el entrecejo al observar la actitud de Ryzhikov,
que, de pie sobre la bayeta húmeda, daba frecuentes chupadas a la colilla, como
si no advirtiese la presencia de la chica. - Aquí está prohibido fumar -le
advirtió Lena en voz alta. Ryzhikov la miró de hito en hito y le echó una
bocanada de humo en la cara. Lena le gritó: - ¿Qué maneras son ésas? Aquí se
prohíbe fumar, ya te lo he dicho. - ¡Así son todos! ¡Unos chivatos! -dijo
Ryzhikov, volviéndose hacia Igor con desenfado, y escupió despectivo en el
suelo. Lena se estremeció con tanta indignación, que su traje de gala se movió
sobre su cuerpo, y ordenó conminatoria: - ¡Límpialo! - ¿Qué? Lena señaló con el
dedo el salivazo y dijo: - ¡Eso! ¿Por qué has escupido? ¡A limpiarlo! Ryzhikov
soltó una risita, se volvió de costado a la muchacha y, de súbito, le restregó
la mano por la cara de abajo arriba: - ¡Cállate la boca, so pelleja! Lena
apretó los labios enfurecida y, poniendo de manifiesto un vigor inesperado, lo
empujó con el fusil. Ryzhikov montó en cólera: - ¡Ah, conque ésas tenemos! Igor
lo agarró por un hombro y le dio la vuelta bruscamente. - ¡Cuidado! - ¿También
tú eres chivato? - ¡No toques a la chica! - ¡Es que la muy canalla me ha dado
en la barriga! Lena se replegó hacia la escalera y gritó con voz sonora: -
¿Cómo te llamas? ¡Dime cómo te llamas! En el rellano de la escalera, junto al
espejo, apareció Klava Kashírina, la jefa de guardia. Lena apoyó el fusil en el
hombro. Ryzhikov dio un codazo a Igor y barbotó: - Vámonos, que ahí viene la
jefatura. Al salir, dijo a Lena: - ¡Tú espera, que ya te daré lo que te
mereces! Ryzhikov e Igor abandonaron el edificio. Klava descendió y miró
interrogante a Lena, que se enjugó las lágrimas con una mano, sin cambiar de
posición. 9. Un caso jurídico. Ryzhikov, Ruslán e Igor conversaban en el
parque. - Has hecho mal en meterte con la chica -dijo Ruslán.
70 -
¿Por qué? ¿Es que cualquier mocosa va a mandar de uno? - Hoy te llamarán a la
asamblea general. - Bueno, ¿y qué? - Te sacarán al centro. - Que prueben. - Te
sacarán. - Eso ya lo veremos. Por el tono de Ryzhikov se deducía que tal vez se
negase a obedecer a la asamblea. Aquello agradó a Igor: - Tendría gracia. ¿No
saldrás? - Antes reviento. - ¡Imponente! ¡Lo que nos vamos a reír! Ryzhikov
anduvo hasta el atardecer por la colonia con aires de hombre independiente. Lo
sucedido en el vestíbulo no era ya un secreto, y todos le miraban con cierto
interés, cuya naturaleza él no lograba captar. La asamblea general empezó a las
ocho, después de cenar. Aunque muy apretados, los colonos no cabían en el diván
corrido del Club silencioso. Los más chicos estaban sentados en la alfombra y
en los peldaños de la tarima, mostrando sus rodillas desnudas a toda la sala.
Las chicas se habían agrupado en uno de los rincones, pero algunas se hallaban
entre los muchachos. En la tarima, los pequeñuelos habían dejado un reducido
espacio para los oradores. Vitia Torski, en funciones de presidente, estaba
sentado en el peldaño superior, rodeado de un enjambre de chicos. Salomón
Davídovich, de pie al borde de la tribuna, hacía uso de la palabra: - Yo me
hago cargo de que coser calzones no es muy agradable. En cambio, agrada
ponérselos, principalmente cuando va uno de veraneo, y vosotros, camaradas, no
apreciáis eso en su debida forma. Si aquí os negáis a coser calzones, y se
niegan también éstos y los de más allá, ¿quién los va a coser? Eso es lo que
sucede en todas partes. ¿Les pedisteis su opinión a los albañiles que os
construyeron esta casa? No. ¿Se la pedisteis, quizá, a los techadores o a los
carpinteros? A los que os cuecen el pan tampoco les habéis preguntado si les
gusta o no les gusta hacerlo. Pero vosotros razonáis así: los de la colonia
Primero de Mayo somos los mejores. No queremos coser calzones, ni fabricar
aceiteras, ni butacas para el teatro. Queremos coser fracs y hacer máquinas de
coser y muebles rococó o Luis XVII. Para almorzar se os da carne. Hubo un
tiempo en que esa carne anduvo a cuatro patas, tenía rabo y comía hierba; la
cuidaban niños y niñas como vosotros, con la diferencia de que no se llamaban
colonos de la colonia Primero de Mayo, sino sencillamente pastores. En fin,
todo el mundo está contento menos vosotros. Tenéis pisos entarimados, flores,
escuela, música, cine, cuatro secciones de trabajo y todo os parece poco:
exigís que se os dé
A. S.
Makarenko maquinaria extranjera, con arreglo a la última palabra de la técnica,
y que se os ponga a construir locomotoras, aeroplanos y quizá bloomings,
vuestro sueño dorado. Que se levante alguien y diga si no es verdad todo esto.
Quisiera yo ver si hay alguno capaz de desmentirme. Sin borrar de su semblante
una sonrisa pícara, que le llegaba casi hasta la nuca, Salomón Davídovich
descendió de la tribuna y tomó asiento en el diván, donde los chicos le habían
guardado celosamente el sitio. Después de haberse sentado, cruzó las manos
sobre su abultado abdomen, pasó la mirada por los rostros de los reunidos, vio
las sonrisas de los colonos, incrédulas unas, confusas otras, llenas de fuego y
convicción las demás y dijo a Zajárov, sentado cerca, en el mismo diván: - ¿Qué
me dices? A pesar de todo, siguen en sus trece. Zajárov sonrió enigmáticamente
y mostró con los ojos al orador de turno. Era Sancho Zorin, que acaba de subir
a la tribuna y, sin empezar a hablar aún, ya blandía el puño: - ¡Qué zorro es Salomón
Davídovich! Las chicas hacen diariamente mil pares de calzones, que dan un
beneficio de treinta rublos. Al mes son novecientos, y al año, diez mil. Nada
de eso tiene importancia. Pero en cuanto ellas han dicho que quieren aprender
corte, él ha sacado a relucir los albañiles, los pastores, las locomotoras. ¿Ya
nosotros, qué? ¿Acaso decimos lo que nos atribuye? Les estamos muy agradecidos
a los albañiles. Y, en lo concerniente a los pastores, el sistema socialista no
necesita muchos, pues se implantará la alimentación estabular. Para que lo
sepáis, os diré que yo mismo he sido pastor. Es un trabajo como otro
cualquiera, aunque, por supuesto, trabajé para un kulak. Ahora soy carpintero y
quiero llegar a ser un hombre de ciencia. Y lo seré, ya lo veréis. ¿Por qué no?
Con el régimen soviético cada cual puede ser lo que quiera. Puede construir
locomotoras y bloomings. Ahora ya se acabó aquello de que, si uno es pastor,
esté al lado de las vacas hasta que la espiche. Puede ser pastor durante cierto
tiempo y luego ir a parar incluso a la universidad. ¿Estáis viendo cómo son las
cosas? Por eso propongo que, si las muchachas quieren, se contrate a un
instructor para que les enseñe corte. Quién sabe si alguna vez les será útil.
Lo que a mí me extraña es que todas ellas se aferren a su taller de costura. Y
me parece muy bien y digno de elogio que Wanda Stadnítskaya, recién llegada, se
haya incorporado a la sección de montaje. ¡Muy bien hecho! ¡Muy bien! A pesar
de que todavía ella misma no sabe, ya les enseñará incluso a los komsomoles
cómo hay que trabajar. Wanda se ocultó entre las chicas de la quinta brigada y
escondió la cara tras la espalda de una de ellas para evitar que la asamblea
general viera su rubor.
Banderas
en las torres Cherniavin y Ruslán estaban sentados en el diván, en el otro lado
de la sala, y, delante de ellos, Ryzhikov, jovial y desafiante, ocupaba una
silla. Sin prestar gran atención a los oradores, miraba con insolencia a todos
los reunidos, aunque no conocía a nadie. Un poco más allá, en el diván, se
hallaba Misha Gontar. Ruslán dijo por lo bajo: - ¡Parece que tienes suerte,
Ryzhikov! Se han olvidado de ti. - ¡Me importa un comino! Gontar volvió la
cabeza hacia ellos y les advirtió: - No se han olvidado de nada, amiguitos. Se
acuerdan de todo. - Me cisco yo en eso -replicó Ryzhikov. - No te apresures a
ciscarte. Ya verás cómo sudas cuando estés ahí en el centro. - ¿Crees que voy a
salir? - ¿Que no vas a salir? Buena te espera en ese caso. - ¿Qué me puede
ocurrir? - Ya me das lástima, querido. Más te valdrá salir. - ¡Qué miedo me
das! - Amigo, mejor es que te asustes ahora. Igor, entusiasmado, se dio una
palmada en la rodilla y dijo: - ¡Será curioso! No salgas, Ryzhikov,
demuéstrales quién eres. Gontar sonrió con tristeza: - ¡Ay, muchachos,
muchachos! Yo también fui... igual de imbécil. Se votó la cuestión del
instructor de corte, y Vitia Torski preguntó: - Klava, ¿que se dice en los
partes? Ryzhikov, Igor y Ruslán alargaron el cuello. Gontar bisbiseó con el
triunfal acento de un mago cuyos vaticinios comienzan a cumplirse: - ¡A dar la
cara tocan! Klava respondió a la pregunta de Torski: - En los partes, sin
novedad. Solamente en la primera brigada se ha dado un caso malo: Ryzhikov no
ha querido obedecer a la centinela Lena Ivanova y hasta la ha insultado. Klava
entregó un papel a Torski, que, después de leerlo a toda prisa, movió la cabeza
y dijo: - ¡Hum! ¡Ryzhikov! En la sala se hizo el silencio. Ryzhikov contestó
con vivacidad matizada de burla: - ¿Qué pasa? Todos se volvieron hacia él sin
alterar el silencio. Torski le indicó con los ojos: - Sal al centro. Ryzhikov
rebulló en la silla torpemente, aunque bastante envalentonado, y contestó: - No
pienso salir a ninguna parte. Las mismas caras que acababan de mirarlo con
benévolo interés adquirieron de improviso una expresión dura. Un ligero rumor
recorrió la sala y se apagó al instante. Torski preguntó, sorprendido:
71 -
¿Cómo que no sales? En medio de un silencio imponente y tenso, Ryzhikov se
repantigó en el asiento, poniendo un brazo encima del respaldo, y replicó: -
Como que no salgo. La sala pareció estallar. Resonaron gritos; los pequeñuelos
se pusieron a alborotar en la tarima, exigiendo algo con sus finas voces.
Ryzhikov hizo un esfuerzo para mirar en aquella dirección y vio rostros
coléricos y encendidos. Menudeaban las exclamaciones: - ¡Ja, ja, dice que no
sale! - ¡Tendrás que salir, gracioso! - ¡Levántate! ¿Qué haces ahí repantigado
en la silla? - ¿Quién es ese Ryzhikov? - ¡Vaya un héroe que nos ha salido!
Zirianski se alzó de su asiento y dio un paso adelante. Torski le ordenó,
brusco: -¡Zirianski! ¡A tu sitio! El aludido se dejó caer al instante en el diván,
pero el deseo de arremeter contra Ryzhikov seguía dominando todo su ser. El
griterío general subió varios tonos: - ¿Vamos a quedarnos aquí mirándolo? -
¡Como yo le eche mano!... - ¡Es un payaso! - ¡Sal en seguida! Igor no daba
abasto a mirar a un lado y a otro... Ryzhikov quería decir algo y, adoptando
una expresión cínica, se incorporó sin darse cuenta. Gontar aprovechó el
momento para retirarle la silla con una mano y darle con la otra un empujón
hacia el centro. Ryzhikov fue a parar a mitad de la sala y tardó unos instantes
en percatarse de lo sucedido, pero notó que las fuerzas lo abandonaban.
Encogiendo un hombro, con aire enojado, barbotó algo -seguramente una
blasfemia- y se metió las manos en los bolsillos; pero sus ojos tropezaron con
Zirianski. Aliosha parecía presto a saltar de su asiento y, cuando su mirada se
encontró con la de Ryzhikov, se dio en una rodilla un colérico y amenazador
puñetazo, que hizo reír a toda la sala. Ryzhikov se estremeció, sin comprender
el motivo de las carcajadas, y, absolutamente desconcertado, avanzó, como un
autómata, hacia el reluciente centro de la sala, que se le antojaba desolado
como un desierto. Sin embargo, mantuvo las manos en los bolsillos, y las
piernas en una absurda posición parecida a un paso de ballet. Como obedeciendo
a la batuta de un director, resonó un grito general, entre zumbón y exigente: -
¡Ponte firme! Ryzhikov era ya incapaz de resistir. Juntó los pies y se
enderezó, aunque quedó con una mano en el bolsillo. Entonces se oyó en medio
del silencio la voz queda, pero imperativa del presidente: - Saca la mano del
bolsillo.
72 Para
salvaguardar su decoro, Ryzhikov lanzó una ojeada de enojo por encima de las
cabezas de los reunidos e hizo lo que se le ordenaba. Igor no pudo reprimirse y
exclamó: - ¡Señores, ya está fuera de combate! - ¡Orden, Cherniavin! En efecto,
Ryzhikov estaba ya fuera de combate y por ello evitaba mirar a los colonos, en
cuyos semblantes predominaban dos expresiones: rescoldos de cólera, en algunos;
en otros, una sonrisa de triunfo. Torski fue directamente al grano: - ¿Eres de
la primera brigada? Ryzhikov respondió con voz ronca, mirando, como antes, por
encima de las cabezas: - Sí, de la primera. - Explica por qué no obedeciste a
la centinela y la ofendiste. - Yo no he ofendido a nadie. Ella me atizó
primero. Una ligera risa recorrió el Club silencioso. - ¿Que no has ofendido a
nadie? Tú le restregaste la mano por la cara: - Mentira. ¿Quién lo ha visto? Se
repitió la risa, más prolongada esta vez. Torski se sonrió. Salomón Davídovich,
sosteniéndose el vientre con las manos cruzadas, reía a carcajadas. Zajárov se
reacomodó los lentes. Torski continuó: - ¡Qué simplón eres! Aquí no necesitamos
testigos. Ryzhikov cayó en la cuenta de que los colonos le estaban tomando el
pelo. Pero conocía muy bien la vida y sabía qué importancia tenían los
testigos. Por eso dijo: - A mí no me creéis, y a ella sí. Como en todos los
momentos en que le asistía la razón jurídica, supo adoptar una expresión de
dignidad ofendida e imprimir un leve temblor a su voz. Pero lo extraño fue que
aquella postura, considerada absolutamente invulnerable por los entendidos,
produjo, no ya risa, sino carcajadas incontenibles. Ryzhikov gritó colérico: -
¿De qué os reís? Contestadme a lo que digo: ¿Quién lo ha visto? Aquello era tan
divertido, por lo visto, que los muchachos dejaron de reírse para no perderse
lo mejor del espectáculo. Fijos en Ryzhikov, se mantenían a la expectativa.
Torski volvió a la carga: - Supongamos que nadie lo ha visto. ¿Es que, si no
hay testigos, se puede ofender a la gente? Era un razonamiento harto extraño
para Ryzhikov, que jamás había oído nada semejante. Después de un breve
silencio, levantó los ojos hacia el presidente y dijo con sencillez y aplomo: -
Es que ella miente. Nadie lo ha visto. Igor Cherniavin se alzó de su asiento.
Torski y otros lo miraron interrogantes. - Ryzhikov anda un poco equivocado
-dijo Igor-. Yo, por ejemplo, tuve el placer de presenciar cómo le
A. S.
Makarenko restregó la mano por la cara. Ryzhikov volvió rápidamente la cabeza y
exclamó: - ¿Tú? - Yo. - ¿Tú lo viste? - ¡Yo lo vi! La risa que siguió fue ya
hostil y condenatoria. El deleite estético se había terminado: en fin de
cuentas, resultaba desagradable ver a un individuo exigir en tono ofendido que
se le presentase un testigo cuando el testigo estaba allí mismo. Zirianski
levantó la mano y dijo: - Pido la palabra. - Habla. - El asunto no tiene
discusión. ¿De dónde salen los sujetos como éste? ¿Cómo te atreves, Ryzhikov, a
vulnerar nuestras leyes? ¿Cómo has tenido el valor de poner la zarpa en la cara
de la chica? ¿Con qué derecho? Dilo, ¿con qué derecho? Zirianski dio un paso
hacia Ryzhikov, que se volvió de espaldas a él. - Expulsarlo de aquí.
¡Expulsarlo inmediatamente! Hay que abrirle la puerta y... ¡largo de aquí!
¡Todavía quiere testigos! Propongo que.... - Que se le expulse -apuntó alguien.
Zirianski se sonrió y dijo: - Ya sé que no lo vais a echar. Sois todos
demasiado blandos, y es una lástima. Haciendo un gesto, invitó a hablar a
Volenko, su oponente perpetuo. Volenko aceptó el reto. - Ryzhikov está en mi
brigada -dijo-. Hablando con franqueza, su conducta es poco clara y siempre
anda en compañía de Ruslán. - ¿Qué tengo yo que ver con eso? -gritó Ruslán. -
Ya hablaremos de ti alguna vez. Sin embargo, creo que de Ryzhikov se sacará
provecho. No es ningún señorito. Cierto que el pasado no nos interesa, pero
será conveniente que diga dónde está su padre. Torski preguntó: - Ryzhikov, ¿puedes
responder? - Sí. Era comerciante. - ¿Ha muerto? - No. - ¿Dónde está? - No lo
sé. - ¿No sabes nada de él? - Se fugó no sé adónde. - No hay que expulsarlo
-continuó Volenko-. Debe imponérsele un castigo y dejarlo en la colonia.
Veremos si se puede hacer de él un verdadero soviético. Zajárov se levantó: -
Creo que no se debe siquiera castigarle. Tiene muy poca cultura. Ryzhikov
replicó zaherido: - ¿Por qué tengo yo poca cultura? - Porque sí. Una cosa tan
elemental como es que
Banderas
en las torres no se debe escupir en el suelo no la entiendes todavía. No te das
cuenta de que luego hay que limpiarlo. Eso es fácil de comprender. La primera
brigada debe inculcar a Ryzhikov las reglas elementales de urbanidad.
¡Levantarle la mano a una muchacha! Eso no se le ocurre más que a un salvaje, y
tú no eres tan salvaje: al fin y al cabo, has terminado tres grados de la
escuela. Propongo que no se le castigue, y que la asamblea general exprese a
Lena su simpatía. La reunión acabó pronto. Zirianski retiró su propuesta.
Torski dijo a Ryzhikov. - Puedes sentarte. Y cuidado que no se vuelva a
repetir. Ryzhikov quiso retirarse. - Espera. Saluda a la asamblea. Ryzhikov
sonrió condescendiente y se llevó la mano a la sien. - Lena, la asamblea general
te expresa su simpatía y te ruega que olvides este asunto. Camino del
dormitorio, Ryzhikov se detuvo en la escalera y miró de arriba abajo a Igor: -
Qué, Cherniavin, ¿haces de chivato? - ¿He dado yo algún chivatazo? - ¿Que no lo
has dado? ¡Salir de testigo! ¿Qué te importaba a ti? Igor se dio sendas
palmadas en las caderas y exclamó: - ¡Qué diablo! ¡Pues es verdad! Pero, ¿eras
tú el que estaba en mitad de la sala? ¡Y yo que me creí que aquel pelirrojo era
otro! De modo que, ¿terminaste por salir? Ruslán soltó una carcajada
atronadora. Ryzhikov estuvo mirando despectivamente a Igor hasta que los
alcanzó Vladímir Kolos y le dio una palmada en el hombro: - Te felicito, chico.
Eso de salir por primera vez a mitad del cuarto es muy importante. Ahora marchará
la cosa. Pero, de todas maneras, hay que saber cuadrarse ante la asamblea. 10.
El beso. Una vez por semana se proyectaban películas en la gran sala teatral de
la colonia, en la que había cuatrocientas butacas de roble fabricadas allí
mismo. Asistían a las funciones cinematográficas los empleados de la colonia
con sus familiares, muchachas y muchachos de Gostílovka y conocidos de la
ciudad. Las proyecciones no acarreaban a los colonos ninguna preocupación
extraordinaria. Por la mañana salía para la ciudad en un carricoche el colono
de la novena brigada Petrov II, que desde su tierna infancia era un adorador
del cinematógrafo y se disponía a consagrar el resto de su existencia a este
prodigio del siglo XX. Petrov II tenía dieciséis años y se preciaba de poseer
toda la sabiduría de la vida. Esa sabiduría era harto simple y placentera: el
hombre debe ser operador de cine, aunque para ello
73 haga
falta examinarse. Pero, naturalmente, los burócratas no permitían que Petrov II
se presentase a examen antes de cumplir los dieciocho años, por cuya razón
Petrov II odiaba a los burócratas, a quienes tenía que visitar una vez a la
semana para recoger una película. Petrov II era individuo bondadoso, cortés y
hasta algo apático, pero cada vez que se presentaba para hacerse cargo de las
cajas de lata en que iba la película, se las ingeniaba para soltarles a los
burócratas cinematográficos tantas cosas desagradables, que, poco a poco,
llegaron a exasperarse. Un buen día aparecieron en la colonia, en comisión de
tres, y establecieron que la película no "la echaba" un verdadero
operador investido de todas las prerrogativas, sino aquel Petrov II, de
dieciséis años, que semanalmente acudía con un saco vacío y les recriminaba su
burocratismo. Tampoco aquella vez se mordió la lengua Petrov II, pero el asunto
tuvo una terminación lamentable: la colonia fue multada con cincuenta rublos,
el aparato precintado, y se levantó un acta larguísima con un sinfín de
exigencias burocráticas. Por supuesto, la opinión pública de la colonia se puso
de parte de Petrov II, pues para todos estaba bien claro que tener dieciséis
años no impedía a nadie ser un genio en uno u otro dominio. No obstante, la
opinión pública también presentó a Petrov II ciertas acusaciones. Aliosha
Zirianski se expresó del siguiente modo en el discurso pronunciado ante la
asamblea general: - A Petrov II hay que darle un buen jabón. ¿A quién se le
ocurre ponerse a luchar solo contra los burócratas? Había que traerlos a la
asamblea general y hablar aquí con ellos. La mayor desgracia que acarreó el
fracaso de la política: de Petrov II fue que las vísperas de los días festivos
no había nada que mostrar al público acostumbrado ya a acudir a la colonia.
Naturalmente, fue Piotr Vasílievich Málenki quien halló la solución. Piotr
Vasílievich propuso representar una obra de teatro. El círculo teatral de la
colonia, que ya funcionaba mal en invierno, en verano se deshacía por completo,
pues nadie quería perder en ensayos las tardes estivales. Incluso en invierno,
hasta los elementos más activos del círculo teatral preferían el cine. Pero el
cine había sido descartado por un acta burocrática, y no renacería hasta que la
cabina del operador no estuviese revestida de asbesto y hasta que en ella no
hubiese un mecánico mayor de edad. Piotr Vasílievich hizo un llamamiento. Los
voluntarios fueron pocos y hubo que reclutar gente novata para realizar aquella
empresa artística. A Cherniavin le tocó hacer de guerrillero tercero. No
faltaron tampoco papeles para Vania Gálchenko y Volodia Begunok. Los ensayos
transcurrieron feliz y rápidamente, y las decoraciones del bosque y de la
mansión señorial fueron confeccionadas en un estilo natural: el bosque, con
ramas de pino, y el edificio,
74 con
madera contrachapada. El día de la representación, cuando ya habían traído los
trajes y el público comenzaba a congregarse, Igor dio una vuelta por el parque
y vio a Oxana sentada, solitaria, en un banco, de lo que se alegró mucho. El
presentimiento del triunfo escénico le tenía de un humor excelente. Además,
Oxana estaba aquel día más linda que todas las chicas del mundo. Vestía una
blusa rosa magníficamente planchada y tenía en la mano un ramillete de flores
azules. - ¡Oxana! ¡Qué bonita estás! Ella se apartó asustada y, cuando Igor
quiso acercársele, se levantó rápida del banco y se alejó por el sendero. - ¡Y
todavía te llamas colono! -reprochó a Igor-. ¡Parece mentira! - ¡Oxana! ¡Es que
tienes unos ojos!... La muchacha se llevó a los ojos la mano en que sostenía
las flores. - ¡Vete! ¡Te digo que te vayas! Pero, lejos de irse, Igor dio una
zancada y, con un solo movimiento, le dio un abrazo en el que le envolvió el
cuello, los brazos y las flores. (Posteriormente, jamás pudo recordar si la
besó o no.) Oxana profirió un grito penetrante y trató de zafarse. Las flores
le dieron a Igor en un ojo, haciéndole daño." - ¡Cherniavin! -gritó una
voz airada. Igor se volvió. Los luminosos ojos grises de Klava Kashírina
estaban fijos en él, y en su delicado rostro habían aparecido unas manchas
rojas. - ¿No te da vergüenza ofender de esa manera a una muchacha? Antes por
confusión que por desenfado, Igor murmuró: - Al contrario. En un arrebato de
cólera, Klava dio una patada en el suelo y gritó: - ¡Vete de aquí! ¡Preséntate
inmediatamente al jefe de guardia, a Volenko, y cuéntaselo todo! ¿Entendido?
Igor no entendió nada y echó a correr por el sendero hacia los edificios. Pese
al apresuramiento con que se alejaba, oyó unos sollozos ahogados. Tuvo miedo de
volver la cabeza. 11. Un perro alegre. Igor corría hacia el teatro hecho un
embrollo. En primer término, era evidente a todas luces que él, Igor
Cherniavin, estaba enamorado de Oxana, que estaba chiflado por ella. Jamás le
había sucedido antes tal desgracia... Los síntomas no podían ser más claros:
solamente los enamorados tenían arrebatos como aquél. En segundo lugar, preveía
ya el horrible interrogatorio en la asamblea general: - Cherniavin,
explícanos... Atravesó corriendo el parque y el patio, Le
A. S.
Makarenko remordía la conciencia y le salían los colores, pero las cejas, los
ojos y las flores, ¡el diablo se las llevase!, seguían presentes en su memoria.
Junto se le aparecía la figura de Volenko. Igor no le contaría lo sucedido por
nada del mundo: ¡reunión general, Igoren el centro, todos riendo a
carcajadas... y los chicos, los chicos de pantalón corto! Igor abrió con ímpetu
la puerta reservada a los actores y se topó con Volenko, que lo miró
severamente. (Pero la mirada severa era un atributo eterno de Volenko.) Igor se
apartó, sintiendo que un sudor súbito humedecía su frente. - ¿Dónde te habías
metido, Cherniavin? Date prisa. El vestuario era una verdadera torre de Babel.
Zajárov, Málenki y Vitia Torski maquillaban a los artistas. Algunos se probaban
los trajes: guerrilleros, jefes, oficiales, mujeres. Torski, con sotana y
peluca de pope, dijo a Igor: - Cherniavin, vístete pronto. ¿Tú eres el tercer
guerrillero? - El tercero. No sé cómo me las voy a arreglar. En mi vida he sido
guerrillero… - ¡Tonterías! ¡Qué saber se necesita para eso! Harás de
guerrillero y se acabó. Por cierto que traes la jeta muy a propósito, ¿Quién te
ha puesto así? Igor notaba hacía ya rato que el ojo derecho se le iba
hinchando. - Sí... he tenido un encontronazo... - Cosas de la vida... Un
encontronazo con el puño de otro. Pero aquí resultará como si acabaras de salir
del combate. Átate, átate la cintura con una cuerda. Aquí tienes las tiras para
las piernas y aquí las abarcas. Igor se sentó en un banco para calzarse. - ¿Cómo
se sujeta esto?.. Nunca he usado abarcas... El teniente Zorin se apretaba el
elegante correaje de oficial encima de la guerrera caqui. - Yo tampoco he
llevado nunca charreteras -dijo-, y ahora las llevo. Igor se inclinó sobre su
complejo calzado y se quedó pensativo, mirando las dos largas cuerdas con que
se ataban las abarcas. Yanovski, el primer guerrillero, con una horrible barba
rojiza, pero con las cejas muy negras, levantó la pierna: - Mira cómo hay que
atarla. ¿Lo ves? A decir verdad, Igor no veía nada, porque a la puerta del
vestuario se hallaba, mirándole, Klava Kashírina. Cherniavin arrugó la frente y
se puso a atarse las abarcas. Klava lo miró otra vez y se fue. Piotr
Vasílievich. Málenki, vistiendo una larga chaqueta de general, con cuello rojo,
señaló a Igor una silla desocupada y le dijo: - Siéntate, Cherniavin. ¿Qué
papel es el tuyo? - El tercer guerrillero. - ¿Eres el tercero? Está bien. Te
pondremos así... Con esta barbilla. Serás un mujik de lo más pobre,
Banderas
en las torres escaso hasta de barba. Úntate esto. Igor comenzó a untarse un
afeite amarillento. Piotr Vasílievich le encasquetó en la rapada cabeza una
peluca sucia y desgreñada. Al mirarse al espejo, Igor vio en él una cara
ridícula, de boca muy grande, una cara extraña, que Piotr Vasílievich comenzó a
repasar con un carbón. - Vitia, ¿dónde están mis condecoraciones? preguntó
Málenki a Torski. - Ahora mismo las trae Rógov. Las estrellas no se han secado
todavía -respondió Torski, y agregó señalando a una ancha cinta de percal azul
que pendía de un clavo-: La banda está ahí colgada. Zajárov miró hacia ella: -
Eso sobra. ¿No veis que era en la guerra civil? Y las estrellas... tampoco
hacen falta. Vitia miró a Zajárov con asombro: - ¿Un general sin estrellas?
Además, la banda.... Menudo trabajo me ha costado que me la dieran las
muchachas. - Una banda celeste. Por consiguiente, es de la Orden de San Andrés.
Bandas como ésas sólo las llevaban los altos dignatarios. Málenki tomó la banda
del clavo y se la echó por encima del hombro. - No importa, Alexéi Stepánovich
-dijo-. Al público le gustará. Escuchad, muchachos, cuando me echéis mano,
tened cuidado, porque del último ensayo llegué a casa... con los huesos
molidos. Yanovski se sonrió y dijo: - ¿Cómo quiere que tratemos al general?
¿Hay que hacerle mimos? Se oyó un portazo, e irrumpieron en el vestuario Vania
y Begunok. Este grito: - ¿Qué tal, Alexéi Stepánovich? ¿Estamos bien? Uno y
otro llevaban pellizas vueltas del revés. Volodia se puso a cuatro pies, se
aplicó a la cabeza una hocicuda careta de perro y rompió a ladrar, saltando
sobre las botas altas de Zajárov y jadeando furioso. Vania lo imitó, y el
vestuario se llenó de ladridos y de risas. A Vania le resultaba mejor, pues
sabía dar unos gruñidos impacientes que empalmaba con ladridos agudos de can
asustado. Vitia gritó: - ¡Basta ya! ¡Malditos chiquillos! Con lo que falta
todavía para el espectáculo, y llevan ya tres días correteando por la colonia y
echándose encima de todo el mundo. Alexéi Stepánovich sonrió: - Por el pelaje,
más parecen osos que perros. Pero, no importa. Si sacamos un general con una
banda de San Andrés, los perros deben salir más horribles todavía. Volodia y
Vania, satisfechos del ensayo, corrieron a cuatro patas al escenario. A la
media hora empezaba la función. Vitia sentó a los "perros" entre
bastidores y les previno: - No se os ocurra ladrar todo el tiempo. Ladráis un
75
poco, y calláis para que los demás hablen. ¿Comprendido? - Sí -respondieron los
perros, ocultándose con aire fiero entre la espesura del jardín señorial. En
escena todo estaba presto. Los generales y burgueses se habían reunido en una
casa con la ventana abierta y las luces encendidas. Iban a celebrar consejo. El
pope, situado frente a la ventana, gritó: - ¡Listo! Descorrióse el telón a
derecha e izquierda. Alguien gritó desde la sala: - ¡Mira, ése es Vitia Torski!
El público siseó y se hizo el silencio. Frente a la ventana abierta, al lado de
un escuálido general, no estaba Vitia Torski, sino el padre Evtiji, según se
puso en claro inmediatamente por la conversación entablada entre la burguesía y
el generalato. De detrás de unos árboles salieron furtivamente a escena unos
guerrilleros, entre los que se hallaba Igor Cherniavin. Los guerrilleros se
aproximaron sigilosos a la ventana. Algunos debían penetrar en la casa. Dos se
apostaron junto a la ventana y apuntaron, disponiéndose a disparar. Por fin, dispararon,
y llegó el momento más interesante. En la casa sonaban tiros, ruidos, gritos,
chillidos y llantos de mujeres. De entre bastidores salieron dos perros, muy
parecidos a oseznos, que se abalanzaron sobre los guerrilleros, ladrando
enfurecidos. Todos los espectadores sabían que eran Volodia y Vania, pero era
tan emocionante la pelea en el escenario y tan profundo el deseo de que los
guerrilleros vencieran, que los perros se convirtieron en perros de verdad y
suscitaban odio. Igor Cherniavin, el tercer guerrillero, de cabeza enmarañada y
barbilla rala, forcejeaba con el pope, gritándole: - ¡Te cacé, diablo panzudo!
La inusitada profundidad de la sala, desde la que lo contemplaban cientos de
ojos, el brillo de las charreteras doradas, de las estrellas y de la banda
celeste, la enorme cruz de cartón, el sofocando ladrido a sus pies y el susurro
previsor de Vitia Torski: "¡No tires de la cruz!", ensordeció a Igor
hasta el punto de que olvidó su segunda frase. El apuntador se deshacía en su
concha, cuchicheando iracundo, pero Igor no lograba acordarse de la frase y
vociferaba una y otra vez: - ¡Te cacé, diablo panzudo! Pero, ¡qué sentido podía
tener la frase una vez que al pope se lo habían llevado prisionero! El tercer
guerrillero debía caer herido por un tiro de un teniente flaco. El disparo
hacía tiempo que había sonado tras el escenario; el teniente no cesaba de
golpear con el cañón del revólver en el vientre de Igor, y éste, desconcertado,
quiso repetir: - ¡Te cacé, día...! De la sala le llegó, en este momento, una
explosión de risa que él creyó producida por su
76
exclamación. Aunque tal vez se debiera a la cuerda de una abarca. Desde el
mismo instante en que se trabó el combate, Igor notaba que se le iba soltando,
luego sintió que alguien la pisaba y, finalmente, la abarca se le cayó. Igor
sacudió el pie descalzo un poco y recordó, de pronto, que hacía ya rato que
debía haberse desplomado, tanto más, cuanto que Zorin le decía entre dientes: -
¡Cáete ya, Cherniavin! Los perros seguían ladrando furiosamente, pero algo raro
le pasaba a uno de los dos. Hasta entonces había venido desempeñando con todo
celo su papel: embestía al tercer guerrillero, caído en tierra, y hasta llegó a
tirarle de una abarca; pero, en medio de sus ladridos perrunos, comenzó a
percibirse una auténtica risa de chiquillo. Se notaban los esfuerzos que el
perro hacía para ponerse coto a sí mismo; no obstante, la hilaridad fue
venciendo y, por fin, el can prorrumpió en esas sonoras e incontenibles
carcajadas que dejan escapar los niños cuando algo les divierte. El perro se
refugió tras los bastidores riéndose a más no poder, pero supo mantener el
decoro canino, pues huyó a cuatro patas. Igor yacía herido y no acertaba a
comprender lo que sucedía. Risas atronadoras sonaban junto a él; oía reír a la
sala y se le antojaba que se reían de él, de su pie desnudo y de su caída,
demasiado tardía. Cuando corrieron el telón, Igor se levantó de un salto y se
metió entre bastidores. Tras el primer árbol se encontró con Klava y Zajárov,
que hablaban a solas, ambos muy serios. Cherniavin sintió un escalofrío y tiró
hacia un lado. La idea de que era necesario huir de la colonia pasó, rauda, por
su mente, pero en aquel instante lo abordó Vitia Torski: - ¿Por qué la has
tirado? -le dijo, tendiéndole la abarca-. ¡Póntela en seguida! Igor recordó que
su carrera de actor no había terminado aún, que le quedaban por delante tres
actos de azarosas acciones guerrilleras. Apresuróse a entrar en el vestuario,
donde la risa era estruendosa y general. Vania Gálchenko, alicaído, acurrucado
en un rincón, parecía haber llorado, pues tenía las mejillas sucias de hollín.
Volodia Begunok, retorciéndose en un banco, no podía cortar la risa: - ¿Pero,
tú te das cuenta, Vania -reía-, tú te das cuenta? ¡Un perro riéndose y, además,
con voz de persona! ¡Menudo perro! Piotr Vasílievich Málenki, que se estaba
quitando las condecoraciones, era el único que consolaba a Vania, diciéndole: -
No le hagas caso, Gálchenko, no te apures. Un buen perro siempre se ríe, sólo
que, naturalmente, no tan alto. 12. Un suceso misterioso. Volodia Begunok se estuvo
riendo hasta que Zajárov entró en el vestuario, se aproximó a Vania y, con su
mano cálida, le alzó, afectuoso, la barbilla:
A. S.
Makarenko - ¿Has llorado, Gálchenko? - Lo que ha hecho es reírse -dijo
Volodia-. Es un perro que primero se ríe y después llora. Vania estaba triste.
Con el entusiasmo y el esmeró que se había preparado para la función, con lo
bien que había aprendido a ladrar -¡mucho mejor que Volodia!-, y se veía
cubierto de vergüenza para toda la vida. ¡Cómo iba a presentarse ante la
brigada y la colonia! ¡Y todo por culpa de Igor, que perdió la abarca primero y
luego no quería caer ni a la de tres! Sancho Zorin acababa de regañar a Igor
por lo mismo. - ¡Habráse visto cosa igual! -le dijo-. Yo te pego el tiro, y tú
sigues de pie como un carnero y, además, gritando. Hay que tener cabeza. Piotr
Vasílievich observó bonachón: - Tú, Sancho, no te metas con él. Tener cabeza es
muy difícil. - No es nada difícil. - Mucho. Tú mismo estás dando ahora prueba
de que no la tienes. "Sigues de pie cómo un carnero". ¿Por qué crees
tú que si a un carnero se le pega un tiro se queda en pie? Te equivocas. El
carnero no es el animal más tozudo. De seguro que has querido decir "como
un burro". La mirada afable de los ojos azules de Piotr Vasílievich turbó
a Sancho, que accedió maquinalmente: - Sí, eso es, como un burro. Todos se
rieron de la astucia con que Piotr Vasílievich había hecho morder el anzuelo a
Zorin. Piotr Vasílievich le puso la mano en el hombro con el mismo aire
bonachón. - Querido mío, un burro también se cae. Sancho se enfadó: - Vaya,
déjeme... Todas estas conversaciones y bromas habían consolado un tanto a Vania,
pero ahora, acariciado por Alexéi Stepánovich, se sintió nuevamente acometido
por la pena, y su mano, tiznada, volvió a buscar las humedecidas mejillas.
Alexéi Stepánovich le reprendió con severidad: - Eso ya no me gusta, Gálchenko.
Nadie se enfada contigo porque te hayas reído haciendo de perro. Hay ocasiones
en que hasta el perro de más malas pulgas tiene que reírse. Pero créeme que por
estos lloriqueos te voy a dar dos tareas de castigo. Volodia, ya os estáis
yendo a lavaros. ¡Bravo, Vania! Has hecho el perro estupendamente. Después de
despojarse no sólo de su disfraz canino, sino inclusive de su propia ropa, los
dos, en calzones cortos, atravesaron el parque a la carrera. Los pesares de
Vania se habían disipado del todo. Mientras corría a su lado, Volodia miraba
con atención la oscura vereda y recordaba: - No vayas a creer que no lo
comprendo. El año pasado pisé yo mi propio aeroplano. Lo estuve construyendo
tres semanas y después lo aplasté.
Banderas
en las torres Figúrate la pena que me entraría. Hundí la cabeza en la almohada,
y venga a llorar. En ese mismo instante, se presentó él en el dormitorio. Lo
que a ti te ha dicho no ha sido nada. Pero a mí me dio cada voz... Me gritó:
"¡Al diablo estos colonos! ¡No eres un colono, sino un llorica! ¡Dos
tareas de castigo!" Se fue de un humor malísimo. Además era Zirianski
quien estaba de jefe de guardia: "A fregar el vestíbulo" -me ordenó-.
Estuve no sé cuánto tiempo friega que te friega, y cuando volvió Zirianski me
dijo: "Lo que has hecho no es limpiarlo, sino ensuciarlo. Empieza de
nuevo". Tres horas me tiré fregando. ¿Te das cuenta? - Y después de eso,
¿volviste a llorar? - ¿Después de cumplir la tarea de castigo? - Pues claro...
- ¡Qué dices! ¿Y si él se entera? Entonces... ¡madre mía!, me haría la vida
imposible y me llevaría a la asamblea general. Lloriquear ahora... aunque
quisiera, no podría, porque se me han acabado las lágrimas. El verano pasado
toqué una vez diana a las cuatro de la madrugada, y no tienes idea de la que se
armó... Los desperté a todos y, antes que a nadie, a los de guardia. No sé
dónde tendría los ojos cuando miré el reloj. Se levantó todo el mundo, se hizo
la limpieza y, por último, cuando el jefe de guardia vio la hora que era...
Pues, ya ves, a pesar de todo, no lloré: Volodia se detuvo de improviso y
musitó: - ¡Mira! A la izquierda fulguraba una lucecita, alumbrando una pared de
ladrillos y unas figuras humanas. Luego se apagó para volver a encenderse. Es
el almacén -musitó Volodia. - ¿Qué almacén? - El almacén. El almacén de los
talleres. Sígueme. Los muchachos se agacharon y corrieron de puntillas en
dirección al almacén. Aquel sector del parque no estaba desbrozado. Abundaban
los arbustos, y los pies se hundían en el césped, blando y frío. Los chicos se
detuvieron junto a los últimos matorrales. El patio de trabajo de Salomón
Davídovich lo iluminaba un solo farol, y el almacén se hallaba a la sombra del
"estadio". Volvió a relumbrar la lucecita. No cabía duda: alguien encendía
fósforos. - Vania cuchicheó asustado: - ¡Es Ryzhikov! - Sí, es Ryzhikov. ¿Y
quién es el otro? ¡Quieto, quieto! ¡El otro es Ruslán! ¡Ruslán! ¡Son ellos los
que quieren entrar! ¡Silencio! Se oyó a Ruslán balbucear nervioso: - ¡Deja en
paz los fósforos, que pueden vernos! La voz de Ryzhikov: - ¿Quién nos va a ver?
Todos están en el teatro. Comenzaron a hurgar en el candado, que emitía un leve
sonido metálico. Volodia susurró:
77 -
Tienen una ganzúa. Esos son capaces de robar y fugarse. Al parecer, el candado
no cedía. Ryzhikov se daba a los demonios, sin dejar de mirar en derredor.
Volodia dijo, puesta la boca en el propio oído de Vania: - ¿Y si gritáramos? -
¿Cómo? - ¿Sabes cómo? Yo gritaré: "¡Prended a Ryzhikov!" Y luego
tú... Aunque no... Mira, vamos a gritar juntos, pero poniendo voz de bajo... -
Y después, a correr. - Después... después, de todas maneras no nos atraparán.
Vania quiso soltar la carcajada, pues le había gustado mucho la propuesta: -
¡Ah, ya está, Volodia! ¿Sabes lo que vamos a gritar? Solo que con voz profunda,
muy profunda. Diremos: "¡Ryzhikov, sal al centro!" - Venga, venga,
pero los dos a la vez. Volodia levantó un dedo, y ambos pronunciaron con voz
profunda, en tono de mofa y de amenaza: - ¡Ryzhikov, sal al centro! Sus
palabras resonaron con sorprendente nitidez en todo el ámbito del patio,
chocaron suave y netamente en las paredes y volaron en todas direcciones. Los
dos compinches no pudieron determinar de dónde procedían las terribles palabras
y echaron a correr hacia los matorrales en que se ocultaban Volodia y Vania,
quienes apenas tuvieron tiempo de apartarse. Ruslán balbuceó sordamente: -
¡Espérate! Ryzhikov se detuvo, y en sus manos tintinearon las ganzúas. Ruslán
dijo con voz trémula: - ¿Quién será el canalla que ha gritado? - Vámonos para
el teatro, que pueden darse cuenta. - Y todo por tus fósforos. ¿No te decía que
no los encendieras? Apretaron el paso camino del edificio principal. Volodia
saltaba de alegría: - ¡Formidable! ¡Qué bien ha estado! - Ahora hay que
decírselo a Aliosha -sugirió Vania. - No, Aliosha armará un escándalo y llevará
el asunto a la asamblea general. Allí pedirá la expulsión de los dos. - ¡Bueno,
pues que los expulsen! - ¡Qué tonto eres! De todas maneras no los van a
expulsar. Ellos dirán que no hay pruebas, que estaban paseando. Y no los
echarán. Lo mejor es que los vigilemos. ¡Eso sí que será interesante! Ellos no
saben nada de nosotros, y nosotros de ellos sí. 13. Una carta para usted. A la
mañana siguiente, Igor Cherniavin se levantó de mal humor. Estuvo cavilando,
acostado, y pensó
78 que
se imponía la fuga, pues dar la cara en el centro de la sala por un asunto tan
escabroso era de todo punto imposible. Hacía la guardia en la colonia Klava
Kashírina, cuya sola aparición obligó a Igor a recordar una vez más la horrible
tarde de la víspera. Pero Klava se limitó a decir con jovial severidad:
"¡Salud, camaradas!", y reprendió, tolerante, a Gontar por lo sucias
que tenía las botas. Gontar le dirigió una sonrisa afable y cohibida, sonrió
con él toda la brigada y, con ella, sonrió Igor Cherniavin. Era difícil no
sonreírse: en el piso, reluciente, ardían cuadriláteros de luz solar; los de la
guardia, en sus trajes de gala, también resplandecían, y la voz de Klava tenía,
seguramente, un baño de plata como las cornetas de la orquesta. Igor recobró la
fe en la vida: Klava no podía delatarle, debía comprender a lo que el amor
podía impulsar a una persona. Igor se marchó a desayunar de muy buen talante.
Muchos colonos, incluso de otras brigadas, lo acogieron con afecto, recordando
al tercer guerrillero que nunca se moría y al perro alegre. El semblante de
Nesterenko, sentado a la mesa, reflejaba también una dulce y bondadosa alegría:
al fin y al cabo, el espectáculo de la víspera, del que tanto se hablaba, había
corrido a cargo de la octava brigada, y hasta el novato, Igor Cherniavin, había
intervenido en él. Volodia Begimok se acercó rápido, se cuadró e hizo el
saludo: - Camarada Cherniavin. Igor se volvió hacia él. - ¿Qué hay? - Una carta
para usted. En la mano de Volodia, a la altura del cinturón, temblequeaba un
sobre blanco. - ¿De dónde es? Puede que no sea para mí. - En el sobre dice:
"Al camarada Igor Cherniavin". - ¿Es de aquí? A la cara de Volodia
asomó una leve sonrisa. - De aquí. - ¿De quién? - Ahí vendrá escrito. - ¿De qué
se tratará? Igor rasgó el sobre. Su mesa y las inmediatas se intrigaron.
Volodia seguía en posición de firmes, pero sus ojos, sus carrillos, sus labios
y hasta sus desnudas rodillas sonreían. Igor leyó unas líneas escuetas y
breves, en un gran pliego blanco: "Camarada Cherniavin: Te ruego que
vengas a verme esta noche después de que toquen retreta. A. Zajárov". Igor
releyó la carta dos veces, se puso como la grana y sintió frío en el corazón.
Sancho Zorin se incorporó un poco en la silla,
A. S.
Makarenko miró lo escrito y puso a Igor una mano en el hombro, diciéndole: -
Amigo Cherniavin, no te arriendo la ganancia: Arreció el frío en el pecho de
Igor. Nesterenko, con un vaso de té en una mano, alargó en silencio la otra
hacia Igor, tomó la carta y después de leerla dijo: - ¡Anda! ¿No sabes el
motivo? Volodia dejó de sonreír y preguntó: - ¿Entendido? Nesterenko lo miró
enojado y le dijo: - ¡Volodia! ¡Largo de aquí! - ¡A la orden! Ya me voy. No
obstante, mientras se retiraba, lanzó a Igor y a la octava brigada en pleno una
mirada insinuante y socarrona. - ¿No sabes de qué se trata? -repitió su
pregunta Nesterenko. Igor se dejó caer en su silla y miró receloso a Gontar. -
De seguro... que habrá sido esa muchacha... - ¡Ah! ¿Conque una muchacha? ¡A
ver, cuenta! Con indeciso tartamudeo, poniéndose de todos los colores y en voz
muy baja, para que no lo oyeran en las otras mesas, Igor refirió el desgraciado
incidente de la víspera. - Y eso fue todo lo que sucedió -dijo al terminar su
relato. Nesterenko meditó un instante y observó: - Buena te espera. Para esas
cosas, Alexéi es... ¡Ay, ay, ay! Gontar, que desde el comienzo de la narración
estaba mirando a Igor con los ojos entornados y llenos de desprecio, inclinó la
cabeza, a fin de no ser oído en las mesas contiguas, y le soltó en las barbas:
- ¡Eres un mal bicho! Tú no vales ni para descalzar a esa muchacha, ¿te
enteras? Lástima que te haya llamado Alexéi, si no, ya te ajustaría yo las
cuentas... Nesterenko y Zorin callaron, como conviniendo en que Cherniavin era
un mal bicho y merecía que le ajustasen las cuentas. Igor se inclinó sobre el
plato: - ¡Que se vaya al diablo! Yo me escapo. Nesterenko se respaldó en la
silla y quedó pensativo, dando vueltas, con el dedo, a una bolita de pan. - No,
tú no te irás -afirmó-. Alexéi lo sabe bien. Si creyese que eras capaz de
fugarte, no te habría escrito, te hubiera mandado llamar con el jefe de
guardia. Gontar dijo con el mismo desdén de antes: - ¿Y quién te iba a permitir
que te fugaras? ¿Crees que te lo iba a permitir la brigada? Quítate eso de la
cabeza. Después del desayuno, Igor anduvo vagando, lleno de pesadumbre, por el
parque, por el patio, por el pasillo. Esperaba encontrarse con Zajárov y hablar
con él. Sin embargo, Zajárov no salía del despacho,
Banderas
en las torres en el que se sucedían las visitas: Salomón Davídovich, el
contable, Málenki, gente de la ciudad, Klava, que ni siquiera se dignaba mirar
a Igor. Vania iba paseando por las veredas del jardín, cuando lo asaltó Volodia
Begunok, que arremetió contra él por la espalda y lo atenazó entre los brazos.
Después de unos instantes de forcejeo, Volodia cuchicheó: - ¿Sabes lo que pasa?
A Cherniavin lo llama al despacho... Alexéi... esta tarde. ¡La que le va a caer
encima! Es porque... ha besado a esa chica... a Oxana. - ¿Que la ha besado? -
Tres veces, en el jardín. - ¿La ha besado sin más ni más? ¿Y eso es todo? - ¿Te
parece poco? Eso está prohibido muy severamente, ¿sabes? Con una vez basta para
que le caiga a uno la gorda, ¡y él la ha besado tres veces! - ¿Qué puede
pasarle? - No le arriendo la ganancia. A fuerza de mucho esperar, Igor abordó a
Zajárov en el corredor del edificio central. Alexéi Stepánovich pasó despacio;
por lo visto, estaba descansando. Al saludo de Igor contestó amablemente: -
Salud, Cherniavin. Pero siguió su camino, como si Igor no fuese una persona con
quien él mantenía correspondencia. - Alexéi Stepánovich, he recibido su
esquela. ¿No podríamos hablar ahora? - No. ¿Por qué ahora? Te he pedido que
vengas por la noche... - Es que, verá usted... a mí me convendría más ahora. -
Pues a mí me conviene más por la noche. Vuelta a deambular por el parque, por
el patio y por el Club silencioso. Igor no quería fugarse. Después de recibir
una carta tan atenta, fugarse sería innoble. Ideas tranquilizadoras acudían a
su mente. ¿Qué podía hacerle Zajárov? ¿Arrestarlo? No, pues el arresto sólo
podía aplicarse a los colonos. ¿Tareas de castigo? Bueno, pues que le
impusieran diez. ¡No era para asustarse! Los pensamientos tranquilizadores afluían
a su cabeza en abundancia y resultaban convincentes, pero, sin que pudiera
explicarse la razón, no le devolvían el sosiego. Hasta el toque nocturno
quedaban por delante la comida, el trabajo en la sección de montaje, la cena,
dos horas libres y la presentación de los partes por los jefes de brigada. El
toque de retreta, plácido y bello, le parecía ya algo horrible. Lo que le
esperaba después del toque contradecía la letra que los colonos canturreaban al
oír la trompeta: A dormir, a dormir los colonos, Se ha acabado el día de
labor... A la hora de la comida, los compañeros no
79
hablaron con Igor, que se alegró de ello. La situación iba esclareciéndose. Ya
no tenía deseos de justificarse ni de defenderse. Quería tan sólo que todo
acabara cuanto antes. Sin embargo, después del trabajo, la brigada en pleno
tomó parte en la discusión del problema. Quien más largo habló fue Rógov. Sus
palabras tuvieron esta vez mucho peso porque no iban acompañadas de mímica, ni
de ira o desprecio: - ¡Menuda te va a caer! Y me parece muy justo. Oxana es una
bracera, eso hay que comprenderlo. Y tú, que vives aquí sin preocupación
alguna, te pones a besarla... ¡Ni que decir tiene que eres... un cochino! Por
la noche, olvidada ya la cena, cuando regresó Nesterenko de dar el parte y
Begunok paseaba por el patio con su trompeta, la actitud de los compañeros se
hizo más cordial y blanda. Por fin sonó el toque de retreta. Zorin se acercó a
Igor y le dijo: - Bueno, Cherniavin, prepárate. Nesterenko observó lentamente,
golpeando la mesa con la palma de la mano: - Espero que lo habrás pensado todo
como es debido. Igor callaba, triste. Zorin lo asió del cinturón: - No te
amilanes, amigo. Alexiéi es un hombre que, después de conversar con él se
siente uno como si se hubiera dado un buen baño. - Lo acompañamos, ¿eh, Sancho?
-propuso Nesterenko. Descendieron. En el vestíbulo, estaba sentado Vania
Gálchenko, que sonrió al verlos y corrió tras ellos cuando vio que se dirigían
por el pasillo al despacho de Zajárov. En la habitación del Consejo de jefes no
había nadie. La puerta del despacho se abrió, y salieron Blum y Volodia
Begunok. Este último dijo: - Pasa, Cherniavin. Igor avanzó hacia la puerta: -
¿Está de mal humor? - ¡Oh, echa llamas por la nariz y humo por las orejas!
¡Palabra! Volodia hizo una mueca muy fiera y pataleó vuelto hacia Igor. Blum y
Zorin se echaron a reír. Vania, por el contrario, estaba dispuesto a tomar en
serio la información. Nesterenko levantó la mano: - Ve, hijo. Deja que te
bendiga. Igor abrió la puerta. Zajárov, sentado a la mesa, indicó una silla al
ver a Cherniavin: - Siéntate. Igor se sentó, con la respiración cortada.
Zajárov apartó a un lado los papeles que tenía delante y se enjugó con la mano
el sudor de la frente: - ¿Tengo que decirte lo que has hecho o lo comprendes
sin necesidad de palabras? Igor se levantó de un salto y se llevó la mano al
corazón, pero, como le diera vergüenza el ademán, abatió el brazo: - Alexéi
Stepánovich, lo comprendo todo...
80
¡Perdóneme! Zajárov clavó sus ojos en los de Igor y los sostuvo fijos con
serena atención. Por fin, dijo pausadamente y un poco adusto: - ¿Lo comprendes
todo? Me alegro. Ya sabía yo que tenías sentido del honor. ¿Qué, harás mañana
lo que corresponde? Igor respondió en voz baja: - Lo haré. - ¿Cómo? - ¿Cómo?
Pues... No lo sé. Hablaré con ella, le pediré perdón... a Oxana. - Está
bien...eso es lo que debes hacer. Buenas noches. Puedes marcharte. Transportado
de alegría, Igor hizo el saludo y se dirigió con presteza hacia la puerta, pero
se detuvo antes de abrirla y preguntó: - ¿Debo informar del cumplimiento,
Alexéi Stepánovich? - No, para qué... Sé que lo harás, no hace falta que me
informes. Igor se llevó la mano a la sien y no la bajó hasta que no se vio en
la sala del Consejo de jefes de brigada. Todos lo miraban expectantes, mas él
no parecía ver a nadie. Vania le gritó: - ¿Qué tal qué tal? Nesterenko miró a
Igor con fijeza y le preguntó: - ¿Ha habido rapapolvo? Igor sacudió la cabeza y
exclamó: - ¡Vaya un hombre! ¡Es un brujo! Se detuvo, admirado, en mitad de la
habitación y añadió: - ¿Os dais cuenta? ¡No me ha dicho nada! - Entonces, ¿lo
has dicho todo tú? - Todo. - Si no has soltado ninguna tontería, menos mal. -
¿Queréis creerme? He dicho cosas bastante sensatas. -Lo creo -dijo Zorin con
los ojos encendidos-. ¿Por qué será así, camaradas? Yo también lo he observado:
vive uno... sin dar pruebas de mucho meollo, y apenas entras en el despacho, es
como si se volviera más inteligente., ¿No serán las paredes? - Seguro que son
las paredes -asintió Nesterenko con bondadosa sorna. 14. Filka. Llegó agosto:
tardes transparentes y manzanas de postre en los días de asueto. Los colonos se
mudaron a dormitorios nuevos, más espaciosos. La cama de Vania estaba junto a
la de Filka Shari, su nuevo amigo. Trabajando en la fundición, habían hecho
amistad pese a la diferencia de caracteres. Filka Shari era muy batallador;
pagado de sus facultades, estaba seguro de que, con el tiempo, llegaría a ser
artista de cine. Retozón por naturaleza, opinaba que lo que daba sentido a la
vida eran las aventuras audaces y complicadas. Pero Filka llevaba
A. S.
Makarenko en la colonia cinco años (entró teniendo ocho), era uno de los pocos
veteranos y, por antigüedad, le correspondía el número once. Esta
circunstancia, fuente de orgullo para Filka, le impedía dejarse llevar por su
inclinación natural a las travesuras. No podía imaginarse "dando la
cara" en medio de la sala ante cuatro novatos que, en rigor, no tenían la
menor experiencia de la vida: ni habían visto un descampado en el lugar donde
se alzaba la colonia, ni vivido en una barraca de madera, ni trabajado en los
patatares, ni asistido a la organización de la orquesta en que Filka tocaba la
primera corneta. Por los motivos expuestos, Filka, aunque se permitía hacer
alguna que otra travesura, se daba perfecta cuenta de dónde terminaban las
diabluras lícitas y dónde comenzaban las que pudieran llevarle a la mitad de la
sala. Lo que verdaderamente lo aterrorizaba era eso, pues a Zajárov no le tenía
miedo. Le gustaba hablar con él, discutía, buscaba justificaciones a sus actos
hasta el último momento, para claudicar tan sólo cuando el director decía: -
Pues mira, ya que discrepas, plantearemos la cuestión ante la asamblea general.
Alexéi Stepánovich veía a Filka de parte a parte, pero Filka veía también al
trasluz al director. Estaba perfectamente convencido de que la razón le
asistía, pero Zajárov, como era el director, podía plantear la cuestión ante la
asamblea general. Mirándolo de reojo, no respondía a su sonrisa y decía con voz
de contralto: - A la más mínima me sale usted con la asamblea general. Tiene
derecho a castigarme, y asunto concluido. Zajárov, por supuesto, proseguía su
juego: - Tú eres un viejo colono. ¿Cómo puedo castigarte, si crees que tienes
razón? Planteemos, pues, el asunto ante la asamblea general. Filka volvía la
cabeza a un lado y se ponía a meditar. Mas, ¿qué iba a sacar de sus reflexiones
si, en último extremo, la asamblea general iba a darle la razón a Zajárov?
Filka acababa capitulando: - ¿Acaso he dicho que llevo razón? - Pues eso me ha
parecido oír. - Yo no he dicho eso, ni mucho menos. Está claro que soy
culpable. - Y has discutido media hora. - ¡Cómo media hora! No más allá de
cinco minutos. - Bueno: una hora de arresto por echar agua a los chicos en el
pasillo y otra por discutir, sabiendo que no llevabas razón. Filka fruncía el
ceño. Pero no era cosa de ponerse a dar coces contra el aguijón y, sin
desarrugar el entrecejo, se llevaba la mano a la sien y decía: - ¡A la orden!
Una hora de arresto y luego otra. En aquella compleja fórmula percibía Zajárov
una condenación de sus actos; no obstante, continuaba sonriendo.
Banderas
en las torres - Puedes marcharte. Filka daba la vuelta con parsimonia,
decepcionado, y se dirigía lentamente a la puerta. El director podía ver una
vez más que Filka le creía injusto. El día de fiesta o una tarde libre, Filka
entregaba su estrecho cinturón negro al jefe de guardia y comparecía ante la
mesa de Alexéi Stepánovich. - Vengo a cumplir el arresto -decía. Iba cejijunto,
los labios le temblaban levemente, pero sus ojos sonreían. Zajárov respondía: -
Bueno. Filka se sentaba en el diván con el último número de Ogoniok en la mano,
lamentando que no hubiera por allí cerca un operador que filmase aquel notable
cuadro: "Filka arrestado". Pero era el suyo un pesar meramente
artístico. En realidad, a Filka le agradaba mucho la vieja tradición de la
colonia por la que se estimaba un desdoro discutir o pedir perdón después de
recibir un castigo y de responder: "A la orden". Zajárov, respetuoso
también para con dicha tradición, jamás hubiera propuesto a Filka que se fuese
una hora antes, pues no quería que los compañeros acusaran al muchacho de
"haber lloriqueado". Por consiguiente, en el momento de cumplirse el
arresto, Filka y el director se hallaban en un estado de ánimo muy parecido y
podían pasar juntos aquellas dos horas en plena concordia. Sus plácidas
relaciones se veían muy favorecidas por una regla que prohibía a los arrestados
hablar con alguien que no fuese el director. De ahí que conversasen de todo lo
habido y por haber: de la fundición, de Salomón Davídovich, del nuevo edificio,
de los asuntos de la brigada y hasta de la situación internacional. Sentado en
el diván pierna sobre pierna y hojeando la revista, Filka exponía su criterio
respecto a todos aquellos problemas, sin tocar las arduas cuestiones que le
afectaban personalmente. Dichas cuestiones existían, y la opinión de Filka no
se ajustaba siempre a la de Zajárov. Por ejemplo, el círculo teatral. Se
reclutaban actores al tuntún, gente como Cherniavin y Zorin, que hacían de
guerrilleros y tenientes, mientras que a Filka, si le daban algún papel, era el
de pionero, y en la mayoría de los casos se limitaban a negárselo con una frase
escueta: "Cuando crezcas". A él le pedían que creciera, a Filka
Shari, que dos años atrás había ido sin permiso a Moscú para ofrecer sus
servicios al director de unos estudios cinematográficos. (Cierto que también el
director le respondió: "Cuando crezcas".) Además, apenas regresó de
allí, Filka tuvo que dar la cara en medio de la asamblea, y Aliosha Zirianski
se manifestó categóricamente en contra de que le readmitieran en la colonia. No
obstante, a pesar de todo... A pesar de todo, Filka sabía desempeñar un papel y
no era en escena un simple monigote que repetía a trompicones lo que le iba
soplando el apuntador. Se hizo amigo de Vania porque hubo de enseñarle el
oficio de moldeador de
81
machos y, además, porque Vania era nuevo y reconocía la solvencia de Filka como
colono y como artista. Filka, indulgente, le perdonaba el haber actuado como
perro. Para un novato... claro... incluso aquel papel era bueno. Pero ¡que
probaran a ofrecérselo a él! En la fundición proseguía la lucha contra el humo.
Salomón Davídovich, por más vueltas que dio al asunto, no pudo evitar el
escándalo. Reunido el Consejo de jefes en sesión extraordinaria a la hora de la
comida, Zirianski propuso: - Lo que necesitamos acordar es lo siguiente: puesto
que no hay ventilación, retirar a los pequeños del trabajo en la fundición. ¡Y
nada más! Salomón Davídovich se espantó: - ¿Cómo retirarlos? ¿Cómo retirarlos?
¿Qué estáis diciendo? ¿Quién va a hacer los machos? - Sea como sea, hay que
retirarlos. Que sufran Nesterenko, Sinitsin y Krúxov, pase, ¡pero los chicos,
no! Y por más saliva que gastó Salomón Davídovich, por más promesas que hizo,
por más que se indignó, el Consejo acordó retirar inmediatamente a los pequeños
de la fundición. Salomón Davidovich corrió al despacho de Zajárov, aguardó,
pacienzudo, a que se marchasen los visitantes y, una vez a solas, le preguntó
con acento de reproche: - ¿Por qué calla usted? ¿No ve lo que han acordado?
¿Qué haremos ahora? - Yo sigo callado, Salomón Davídovich. - Bueno, ¿y qué? -
Pues nada. - Sí, claro, la palabra es plata y el silencio oro, pero no está
bien callarse cuando unos mozalbetes echan por tierra toda una gran obra. Entró
Vitia Torski con un pliego de papel y dijo a Zajárov: - Aquí tiene la orden de
retirar a los chicos de la fundición. Zajárov firmó sin decir palabra. Vitia se
retiró, no sin hacer antes un guiño a Salomón Davídovich, que gritó con
asombro: - ¿La ha firmado usted? - Sí. - ¿La prohibición de que los chicos trabajen?
Sin esperar siquiera la respuesta, salió corriendo. Precipitado, jadeante, pasó
junto al centinela, corrió por el sendero entre los arriates, siguió a lo largo
del "estadio” y de la fragua, abrió con estrépito la puerta chapada de la
sección de mecánica y penetró en la oficinilla de madera de Volonchuk: -
Camarada Volonchuk, ¿dónde está la chimenea? - ¿Qué chimenea? - ¿No sabe cuál?
¡La de la ventilación, el diablo se la lleve! - Es que no hay hierro. - ¿Qué no
hay hierro? ¿Tengo que traérselo en bandeja?
82 - Yo
mismo lo traería, pero es que no lo hay. Salomón Davídovich dio un brinco de
indignación ante Volonchuk: - ¿Que no lo hay? ¿Que no lo hay? ¡Venga usted
conmigo! ¡Venga, y le enseñaré a usted hierro! Volonchuk, sorprendido, levantó
su apática mirada. - ¡Vamos! -le gritó Salomón Davídovich. Salomón Davídovich
voló por el patio, raudo como el viento, dejando rezagado a Volonchuk pese a
que éste daba zancadas de dos metros. En una esquina de la sección de máquinas
se había desprendido la parte inferior de la canal de desagüe. Salomón
Davídovich se volvió hacia su seguidor sin dejar de correr y dijo, señalando
con el dedo: - ¿Es hierro o no es hierro? Mientras el parsimonioso Volonchuk
miraba el metal y quiso poner los ojos en Salomón Davídovich, éste se había
alejado mucho, y Volonchuk hubo de reanudar sus zancadas. En el techo de un
viejo cobertizo, hacía tiempo que una tormenta había arrancado una chapa.
Salomón Davídovich se la mostró con el dedo y gritó colérico: - ¿Es hierro o no
es hierro? Volonchuk volvió a mirar con su cachaza de siempre y nada objetó,
porque, en efecto, aquello era hierro. Finalmente, Salomón Davídovich se llegó
a un montón de basura, en cuya cima yacía una estufa requemada y cubierta de
orín. Salomón Davídovich la apuntó también con el dedo y pronunció sarcástico:
- ¡A lo mejor dice usted que esto no es hierro! Volonchuk alzó la vista hacia
la estufa y quedó suspenso. Salomón Davídovich, fuera de sí, se había ocultado
hacía ya rato en los ámbitos del "estadio", pero Volonchuk continuaba
de pie contemplando el montón de basura. Después miró hacia donde había ido su
jefe, escupió con rabia y volvió a quedarse fijo en la estufa. Vitia Torski,
que pasaba por allí, le preguntó, al verle en aquella postura: - Camarada
Volonchuk, ¿qué hace usted aquí? Sin volverse siquiera, Volonchuk meneó la
cabeza, sonrió con pesimismo y observó: - Dice que esto es hierro. Vitia Torski
se echó a reír y continuó su camino. Salomón Davídovich atravesó al vuelo la
sección de montaje, luego la de máquinas, después la de costura y todas las
otras, y en cada una dio órdenes, discutió, regañó y explicó lo que debía
hacerse, alegre, dicharachero y enérgico. Una vez realizadas todas las visitas,
irrumpió, jovial, en la habitación del Consejo de jefes de brigada, se desplomó
en el diván, sudoroso y jadeante, se cruzó las manos sobre el vientre y dijo a
Vitia Torski: - Ya pueden anular su orden. ¿Qué le parece a usted nuestra
gente? Hoy me vinieron con que no
A. S.
Makarenko había hierro para hacer la chimenea. Pues acabo de enseñarles dónde
hay hierro como para cien chimeneas. Vitia Torski arqueó una ceja, pero Salomón
Davídovich había desaparecido ya. Por la tarde estaba de un humor excelente. Se
hallaba muy atareado en su oficinilla, repasando pedidos y haciendo cuentas,
cuando se presentó Bankovski, el maestro de la fundición. Salomón Davídovich le
preguntó con viveza: - ¿Cómo ha ido el trabajo hoy? - Cuatrocientas aceiteras.
- ¿Por qué tan pocas? - Mañana no habrá ninguna. - Y eso, ¿por qué? - Pues
porque los moldeadores de machos han abandonado hoy el trabajo. Dicen que han
recibido esa orden y que mañana no vendrán. - ¿Qué moldeadores? ¿Esos Gálchenko
y Málchenko? ¡Pero si son unos mocosos! ¿Es que no ha podido usted
convencerlos? - Cualquiera los convence. Mañana no habrá ni un macho. - ¿Usted
mismo no los podría hacer? - A ver si lo voy a hacer yo todo. Soy jefe de la
sección, maestro, fundidor... Y ahora, ¡carga con los machos! ¡Muchas gracias!
Además, el horno es mío. - Del horno ya puede usted despedirse tranquilamente.
- ¿Por qué? - Porque mañana mismo lo taso como chatarra y le pago a usted el
quince por ciento. - ¡Salomón Davídovich! - Abra usted la fundición. Ahora
mismo vendrán los muchachos. Salomón Davídovich sabía bien el botón que
necesitaba apretar. Se fue directamente a la cuarta brigada y dijo a Filka, a
quien encontró en el dormitorio: - Bien sabes tú que el dinero es vuestro, y la
producción es vuestra y no mía. Quizá creas que no eres más que un desgraciado
moldeador de machos. Pues estás equivocado. Hoy os habéis ido; mañana no habrá
colada, y tendrán que parar los fundidores, los torneros, los niqueladores y
los embaladores. No fabricaremos mil aceiteras. ¡Se dice muy pronto: mil máquinas
sin aceiteras! Y perderemos quinientos rublos limpios. ¿Es que no lo
comprendes? - ¡Cómo no voy a comprenderlo! - Bueno, pues ahí lo tienes. Tú eres
un buen chico. Busca a ese Petia, a Kiriusha, a Vania, a Semión y a los demás,
y veníos a la fundición. - Es... que hay una orden. - ¿Qué significa una orden?
Ahora no se está fundiendo metal, no hay humo ni nadie os ve. Antes de que
toquen a dormir, podéis haceros mil machos. - Ya, pero... ¿y la orden? - ¡Ay,
qué testarudo!...
Banderas
en las torres Salomón Davídovich convenció a Filka. Media hora más tarde se
abría la puerta de la fundición y entraban en ella Salomón Davídovich, Filka,
Vania Gálchenko, Petia Kravchuk y Kiriusha Novak. Filka no había encontrado a
los demás. Una vez dentro, Salomón Davídovich les preguntó a media voz: - ¿No
os ha visto nadie? - Nadie -respondió Filka, también quedamente. Sin demorarlo
más, pusieron manos a la obra. Golpetearon sordamente en la arena los martillos
de madera. No se oía ningún otro ruido: ni voces ni charlas. Pero una hora
después se abría de par en par la puerta de la fundición y Volodia, descalzo,
se cuadraba en el umbral y decía: - ¡Camaradas colonos, orden del director!
Salomón Davídovich torció el gesto y protestó, haciendo aspavientos: - ¡Qué
órdenes ni qué ocho cuartos! Ya se lo dirás después. ¿No ves que están
trabajando? Volodia meneó la cabeza y objetó: - ¡Ni hablar! Se trata de un
asunto serio. Los cuatro, Shari, Gálchenko, Kravchuk y Novak quedan arrestados
inmediatamente. Filka se quedó helado: - ¡Diablos! ¿Por cuántas horas? - No es
por horas, sino hasta la asamblea general. Los cuatro chicos se quedaron de una
pieza. A uno de ellos se le cayó el martillo. Filka miró de reojo a Salomón
Davídovich. - ¿No se lo decía yo? Volodia Begunok se hizo a un lado y dijo
seriamente: - Pasad, camaradas. Los cuatro salieron callados, en fila india.
Begunok, desde el umbral, dirigió al anciano Blum una mirada irónica y corrió
en pos de ellos. Salomón Davídovich murmuró: - ¡Qué veneno de criatura! 15.
Cuatro mil revoluciones. El asunto era grave. En medio de la sala, despojados
de los cinturones -signo de arresto-, se hallaban los cuatro acusados. Antes de
comparecer ante la asamblea general, pasaron dos horas terribles en el despacho
de Zajárov. Nesterenko, el jefe de guardia, entraba y salía y comunicaba algo
en voz baja a Alexéi Stepánovich sin mirar tan siquiera a los arrestados. Por
regla general, aquellas horas -las que mediaban entre la cena y el momento de
presentar los parteseran los de mayor concurrencia en el despacho del director
y en la sala del Consejo de jefes. En cambio, ahora parecía como si todos se
hubiesen puesto de acuerdo: nadie entraba en el despacho, y alguien si lo hacía
era exclusivamente por asuntos de servicio. Hasta el propio Alexéi parecía
otro: escribía, hojeaba libros, sacaba cuentas, apenas si miraba a quienes
entraban en el despacho y decía entre dientes: "Está
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bien"...Bueno. Puedes marcharte". A los arrestados no les dijo ni
palabra en todo el tiempo. De pronto, ordenó a Volodia: - Ve y dile a Blum que
venga en seguida. Volodia contestó muy bajo y en un tono raro: - ¡A la orden!
Blum se presentó aplanado, con la cara muy roja, y, sin mirar a los arrestados,
tomó asiento y sacó del bolsillo un pañuelo descomunal, pues sudaba a mares.
Zajárov le dijo secamente: - Camarada Blum, voy a cerrar la fundición por una
semana. El pedido de diez mil aceiteras con la materia prima y los moldes, lo
he pasado a la Unión de Artesanos. Salomón Davídovich exclamó con voz ronca: -
¡Santo Dios! ¿Y a qué precio? - A dos rublos con acarreo nuestro. - ¡Dios mío!
¡Dios mío! -Salomón Davídovich se levantó y se acercó a la mesa-. ¡Eso es la
ruina! ¡A nosotros nos salen a sesenta kopeks! - He dado orden al encargado del
almacén para que empiece a mandar a la ciudad los moldes y la materia prima. -
Pero si la ventilación puede instalarse en dos días, ¿por qué cierra usted una
semana? - Porque me hago el cálculo siguiente: los primeros tres días
instalarán la ventilación ustedes y, como quedará mal, yo no la admitiré.
Después se encargará de ello un ingeniero de la ciudad, al que yo mandaré
llamar, y el trabajo le llevará cuatro días. - En tal caso, Alexéi Stepánovich,
yo me voy. - ¿A dónde? - Me voy del todo. - Siempre temí que eso pudiera
ocurrir, pero ahora ya no me asusta. Salomón Davídovich dejó de enjugarse el
sudor, y la mano, con el enorme pañuelo, se le quedó paralizada sobre la calva.
Pero luego se levantó de pronto, muy ofendido, y se puso a ir y venir por el
despacho, murmurando con voz ronca: - ¡Vaya! ¿Quiere usted decir que sí Blum se
larga al diablo todo marchará bien? A su juicio, Blum es ya incapaz de gobernar
una industria tan mísera como ésta. Blum tiene en la cuenta corriente
trescientos mil rublos, pero usted cree que eso es una fruslería, algo así como
una cáscara de huevo. Usted traerá a un ingeniero que lo despilfarrará todo en
ventilaciones y otros caprichos. Yo no soy contrario de la ventilación, aunque,
¡fíjese la de gente que ha trabajado sin ella hasta que a su Kolka se le
ocurrió lo de la fiebre de los fundidores! Me gustaría saber si en la colonia
ha tenido nadie la fiebre esa, como no sea el matasanos de Kolka. Y ahora vamos
a poner la ventilación para tener que derribarla el año que viene junto con la
fundición entera. Su perorata duró largo rato. Zajárov lo estuvo oyendo con la
cabeza inclinada sobre los papeles, sin
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perder la paciencia y, cuando Salomón Davídovich se cansó de hablar, dijo: -
Salomón Davídovich, sé que es usted buena persona y mira por el bien de la
colonia. Así que sírvase cumplir mis disposiciones. ¡Nada más! Salomón
Davídovich abrió sus cortos brazos y observó: - Nada más, pero no puede decirse
que sea poco para un viejo como yo. - Es la norma soviética -dijo Zajárov, y
sacudió la cabeza. - ¡Bonita norma! -exclamó Blum, volviéndose hacia el diván,
a falta de otros testigos. Sentados en él, muy tiesos, se hallaban los cuatro
infractores. Filka era el único que miraba a Zajárov con manifiesta
desaprobación. Los otros lo miraban también, pero hipnotizados, y esperaban con
triste resignación el desarrollo de los acontecimientos. El tupé de Petia, que
siempre le caía en espiral sobre la frente, estaba ahora de punta. El rostro
redondo de Kiriusha Novak brillaba, humedecido por amargas lágrimas. Todos los
chicos llevaban su ropa de trabajo, el atavío con que los sorprendiera la
catástrofe. Blum se marchó cariacontecido y dijo al salir: - Espero que podré
no asistir a esa... asamblea general. - Puede usted no asistir. Nesterenko se
asomó al despacho, para preguntar: - ¿Llamo a presentar los partes, Alexéi
Stepánovich? - Llama. Medio minuto después, resonó fuera un toque breve,
compuesto de tres sonidos. Los once jefes de brigada y el delegado de la
comisión sanitaria acudieron al cabo de un minuto y formaron en fila frente a
Zajárov. Filka tiró a Vania de una manga, y los arrestados se levantaron. Los jefes
de guardia fueron llegándose uno por uno al director e informando con la mano
puesta en la sien: - En la primera brigada, sin novedad. - En la segunda
brigada, sin novedad. Aliosha Zirianski no pudo decir lo mismo. Se acercó a
Zajárov con el semblante alterado y severo, con la misma expresión que había
tenido todo el tiempo en la fila. - En la cuarta brigada -declaró- se ha
producido una seria infracción de la disciplina: los colonos Shari, Kravchuk y
Novak y el educando Gálchenko desobedecieron la orden y, por la noche, salieron
a trabajar en la fundición. Conforme a su disposición, el hecho se tratará en
la asamblea general. Zajárov oyó este parte con la misma impasibilidad que los
otros y, como en los restantes casos, alzó la mano y pronunció en voz baja: -
Está bien. Nesterenko, el jefe de guardia, repitió punto por punto las palabras
de Zirianski.
A. S.
Makarenko Oídos los partes, Zajárov ordenó: - Convocad asamblea general.
Volodia Begunok salió corriendo con la trompeta. Los jefes de brigada lo
siguieron. La llamada a asamblea general se daba siempre tres veces: ante el
edificio central, junto al patio de trabajo y en el parque, después de lo cual
Begunok regresaba al edificio central y volvía a tocar, no la señal entera,
sino las últimas notas. En aquel instante, Vitia Torski solía estar ya abriendo
la reunión. De ahí que los colonos acudiesen a todo correr para no quedarse
fuera, en el pasillo. La mayoría se congregaba en el Club silencioso antes de
que sonase dicha señal. Vania Gálchenko y sus compañeros, sentados en el diván
del despacho, escucharon con amargura la sucesión de sonidos que les era tan
familiar: oyeron el ruido de los pasos en el corredor y acompañaron con ojos
pesarosos a Alexéi Stepánovich, que salía para la reunión. No tenían derecho a
presentarse por su cuenta en el Club silencioso y a ocupar su puesto entre los
camaradas: debía conducirlos el jefe de guardia. Se hizo el silencio. Por lo
visto, Vitia acababa de abrir la reunión. Petia suspiró: - ¡Menuda la hemos
hecho! Nadie le contestó. Kiriusha sacó rápidamente el pañuelo, se sonó y miró
al techo. Transcurrieron otros cinco minutos. Del Club silencioso les llegó un
estallido de risa. Filka miró hacia el club: la risa le hacía concebir
esperanzas. Tan sólo al cabo de diez minutos asomó por la puerta Nesterenko y
les dijo: - Haced el favor... Filka le sondeó el rostro, sin sacar nada en
limpio: una expresión petrificada, cortés y oficial. Entraron en el club uno
tras otro. Nesterenko los condujo directamente al centro. En medio del silencio
general, sonó una voz: - ¡Gente trabajadora! ¡Vienen con ropa de faena!
Recorrió la sala una risa fugaz y leve, en la que había más respiración que
ruido. Se restableció el silencio, y Filka presintió que el trance iba a ser
amargo. Vitia Torski comenzó con una calma torturante: - Colonos Shari,
Kravchuk y Novak y educando Gálchenko, explicad por qué no acatasteis la orden
y fuisteis a trabajar en la fundición. Pero no vengáis con la excusa de que
Salomón Davídovich os lo estuvo rogando y que vosotros os dejasteis convencer
como unos bobos. Eso ya lo sabemos. Lo que tenéis que decir es lo principal:
¿Cómo os atrevisteis a desobedecer una orden de la colonia? Cuando se leyó la
orden, la escuchasteis de pie, según es regla. Tú, Filka, eres un viejo colono,
el número once por antigüedad. A ti te toca hablar el primero. Sin embargo,
antes de que Filka abriese la boca, pidió la palabra Vladímir Kolos:
Banderas
en las torres - Camaradas, yo creo que aquí debe plantearse una cuestión
previa. El incumplimiento de una orden al cabo de una hora de ser leída, y no
por un individuo aislado, sino en grupo, es un caso cuya gravedad comprendemos
todos. Lo menos que se puede hacer es privarles del título de colono y pasarles
a educandos. Aunque, en otros tiempos, actos como éste costaban la expulsión de
la colonia, ¿no es cierto? La mayoría de los reunidos lo corroboró: - Exacto...
- Así era. Kolos prosiguió: - Pues ahora viene la cuestión: ¿quién debe
responder? Ahí está el educando Gálchenko, que no lleva en la colonia más que
dos meses. A él no pueden exigírsele responsabilidades. Hay que soltarlo
inmediatamente y no considerarlo culpable de ningún modo. Con él había tres
colonos, y el más antiguo de todos es Filka. Pero habría que llamar también al
centro de la sala al jefe de la cuarta brigada, Aliosha Zirianski, amigo mío,
por cierto. Vladímir Kolos se sentó. Sus palabras produjeron una impresión
enorme. Se hizo en la sala tal silencio, que se oía la respiración de los
inculpados. Zirianski había tomado asiento en uno de los peldaños de la tarima
y mantenía la cabeza gacha. El presidente no sabía a qué carta quedar con la
propuesta de Kolos: pasó los ojos por la sala, miró luego, inquieto, a Zajárov
y, quizá con la intención de ganar tiempo, se dirigió a la asamblea: - Lo que
se ha dicho respecto a Vania Gálchenko es justo. Hay que soltarlo
inmediatamente. ¿Se aprueba? Ninguno pronunció palabra. Vania Gálchenko no
interesaba ya a nadie: ¡Qué se le podía pedir a un novato! - Camarada
Nesterenko: Vania Gálchenko puede retirarse. ¡Vete, Vania! Vania dedujo que ya
no le culpaban de nada, pero advirtió, muy extrañado, que aquello no lo
alegraba. Al retirarse miró al centro. Allí quedaban sus tres compañeros. Se
acordó de que el título de colono sólo se le concedería dentro de dos meses.
Pero, en aquel instante, Lidia Tálikova le tiró de la mano y le dijo: - Vania,
retírate antes de que sea tarde. Lo sentó a su lado. Vania, que la recordaba
desde el memorable día de su ingreso, le dirigió una sonrisa de gratitud.
Después, sus ojos de nuevo se clavaron en los amigos que se hallaban en mitad
de la sala. Filka estaba hablando en voz alta y con expresión de enojo: - No es
justo lo que aquí propone Kolos. ¡No es justo! Aliosha no debe responder desde
aquí. Que le pidan cuentas en el Consejo o que conteste desde donde está
sentado, sin salir al centro. De mí respondo yo; y lo mismo Novak y Kfavchuk.
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Además, nuestra culpa es culpa según se mire. Otra cosa sería si lo hubiéramos
hecho por interés personal. Pero lo hicimos por el interés de la colonia,
porque, si no, mañana no habría ni un solo macho. La orden la entendimos mal:
pensamos que se prohibía trabajar mientras había humo; y, como de noche no
había humo, nos creímos que podíamos ir... Los muchachos escuchaban a Filka
atentamente, pero nadie emitió tan siquiera un sonido de aprobación. Filka
terminó de hablar, frunció el entrecejo, pasó la mirada por todos los presentes
y exhaló un suspiro. Los colonos no eran gente que se dejase embaucar con unas
cuantas palabras. Filka tuvo ocasión de comprobarlo al instante. Tomaron la
palabra mayores y chicos, jefes de brigada y colonos rasos. Y Filka oyó muchas
cosas en las que sólo pensaba cuando conversaba consigo mismo, en profundo
secreto. - El comportamiento de Filka ante la asamblea es detestable. Sí,
detestable, no me mires así. Lo peor de todo es que miente, ¿comprendéis?,
miente ante la asamblea general. Lleva viviendo en la colonia cinco años, y
ahora resulta que no entendió la orden. ¿Por qué, si es así, os fuisteis a
trabajar a escondidas? ¿Por qué no se lo comunicasteis al jefe de guardia?
¿Cuándo se ha visto aquí que los pequeños trabajen a deshora? - Filka es un
individualista. Eso hace tiempo que lo sabemos. Ahora bien, él sabe
ingeniárselas, menea el rabo como un faldero, y termina por meterse en el
bolsillo a todo el mundo. Alexéi Stepánovich es débil con él: lo arresta a
menudo, pero, en dos años, hoy es la primera vez que sale ante la asamblea
general. - Fijaos atentamente en Filka: ¡es un artista de cine consumado!
¿Hacer el papel de perro un actor tan célebre? ¡Ni hablar! A él que le den el
papel del bolchevique principal. ¡Valiente bolchevique! Nos viene con que no
entendió la orden. Que Jean Grif nos explique cómo se porta en la orquesta. Que
lo diga. Jean Grif tomó la palabra. En consonancia con su nombre, se asemejaba,
verdaderamente, a un francés, pero toda la colonia sabía que antes se llamaba
Iván Gríbov, pero de ello no había pruebas documentales. Era moreno, delgado y
elegante aquel futuro director de orquesta. - Filka no infringe la disciplina
en la orquesta, pero a veces dejan de oírse las primeras cornetas. ¿Qué creéis
que sucede? Pues que Filka se ha puesto de mal humor porque él solo se le ha
encomendado a Fomín y no a él. ¡Qué adivine uno el motivo! El sostiene la
corneta y hasta infla los carrillos. Ocurren también episodios como éste: nos
presentamos a dar un concierto en el Instituto de Medicina y, de pronto, Filka
declara que le duele el pecho. ¿Os dais cuenta? Le duele el pecho; le duele
tanto, que no puede tocar. ¡Y no tenemos con quién sustituirlo! Interviene en
un solo pasaje, en la Vesnianka de Lisenko, ya sabéis
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cual. Y dice que le duele el pecho. A punto estuvimos de llamar al médico.
Menos mal que yo me olí de qué se trataba y lo cambié de sitio. Después de
cambiarlo, le pregunté si tocaría, y respondió: "Bueno, aguantaré", y
hasta hizo una mueca de dolor. Pues todo era porque no le gustaba el sitio: el
público no podía ver bien lo guapo que es. Filka, contraídas levemente las
pupilas, tenía la mirada puesta en el entarimado y, los brazos abatidos, movía
los dedos de las manos. No esperaba semejantes palabras de Jean Grif. ¡Maldita
la falta que le hacían a él las miradas del público! Se levantó Mark Grinhaus,
el secretario de la célula del Komsomol: - Yo no creo que haya que poner a
Zirianski debajo de la araña. Es un buen jefe de brigada y un buen colono. Si
en su brigada se producen casos desagradables, se le pueden pedir cuentas en el
Consejo de jefes o en la organización del Komsomol, pero no es cosa de sacar a
mitad de la sala a los jefes de brigada por cualquier minucia. Es una
exageración de Vladímir. En la colonia eso no tiene precedentes. Aunque algunos
jefes de brigada han salido a "dar la cara", siempre ha sido por
culpas propias. Vitia preguntó: - ¿Quiere alguien más hablar de Zirianski?
Pasemos a la votación. Sólo dos manos se levantaron en pro de que Zirianski
saliese al centro. Filka respiró tranquilo: el peligro principal había pasado.
Luego tomó la palabra Zajárov. Se alzó del asiento y puso las manos en el
respaldo de la silla de Begunok. Sus palabras estaban llenas de un calor persuasivo
hasta cuando eran rigurosas. Filka volvió la cara hacia él y no le quitó ojo
hasta que terminó de hablar. Aquélla no era ocasión para ponerse a discutir las
palabras de Zajárov. Por otra parte, ciertos pasajes del discurso le agradaron
a Filka. He aquí algunos: - ...La colonia Primero de Mayo va a cumplir siete
años. Yo me enorgullezco de ella, y vosotros, también. Nuestra colectividad
posee una gran fuerza y un intelecto grande y fecundo. Nuestro porvenir es
alegre y radiante. Tenemos ahora en la cuenta corriente trescientos mil rublos.
El Estado nos ayudará, porque nos lo merecemos: amamos nuestro Estado y hacemos
honradamente lo que necesita el país. Aprendemos a vivir como es debido, al
modo soviético. Pronto empezaremos a construir una nueva fábrica. ... Siempre
me he sentido orgulloso de que pasáramos con honor la difícil época en que nos
faltaba pan, en que teníamos piojos y no habíamos aprendido a vivir como es
debido. La pasamos con honor porque confiábamos unos en otros y gracias a
nuestra disciplina... Hay entre nosotros quien considera que la disciplina es
buena y agradable tan sólo mientras las cosas marchan bien y sin tropiezos.
¡Eso es un absurdo! ¡No existe una disciplina así!
A. S.
Makarenko Una tarea agradable la puede cumplir cualquier idiota. Lo que se
requiere es saber realizar tareas desagradables, pesadas y difíciles. ¿Cuántos
hombres cabales, capaces de eso, habrá entre vosotros? Zajárov se detuvo, en
espera de la respuesta. Y alguien respondió calurosamente, sin poder
contenerse: - ¡Muchos, Alexéi Stepánovich! Zajárov no logró mantener su severa
tensión, sonrió con aire infantil y volvió la cara hacia el lugar donde había
resonado la voz. - Cierto -dijo-, no cabe duda: habrá muchos. Pero... -añadió,
indicando al centro-, fijaos en éstos. ¿Qué puede decirse de ellos? ¿Son buenos
o son malos Kiriusha, Kravchuk y Shari? Aquí se les ha censurado más de la
cuenta y hasta se les ha llamado individualistas. No lo considero justo. Filka
no es individualista; es hombre de bien, amigo del trabajo, fiel a nuestra
colonia. ¿En qué consiste, pues, el mal? En que los colonos han comenzado a
bromear con la disciplina. La creen un juego divertido: el que quiere juega, y
el que no quiere no juega. Han oído una orden y, tomándola a chufla, se van a
trabajar a la fundición. Tened la bondad de decirme, camaradas colonos, ¿se
puede bromear con un torno? - ¡Vaya! -exclamó alguien. - ¡No se puede! No se
puede poner la nariz o la mano bajo la cuchilla en vez de poner una pieza. Sí,
no se puede. Que digan los de la sección de máquinas si es posible jugar con
una sierra de cinta o con una sierra circular. O con la espigadora en que
trabaja Ruslán Gorójov. ¿Qué piensas tú, Ruslán? La cara granulosa de Ruslán
enrojeció. Aunque lo cohibió un poco la pregunta, no dejó de complacerle. -
¿Quién va a jugar con ella, si el mandril da cuatro mil revoluciones por
minuto? - ¡No se puede jugar! ¿Y con la disciplina, sí? ¡Ahí está el error!
Nuestra disciplina debe ser férrea, seria. ¿Estáis de acuerdo? Los colonos
rompieron a aplaudir, sonrientes, mirando a Zajárov con los ojos encendidos. No
abrigaban la menor duda acerca de cuál debía ser la disciplina. Zajárov
continuó: - Nuestro país necesita la disciplina porque estamos realizando una
obra heroica, de importancia mundial, porque estamos rodeados de enemigos y
tendremos que luchar, tendremos que luchar sin falta. Debéis salir de la
colonia templados, conociendo el valor de la disciplina... ¿Y Filka? Yo lo aprecio
mucho, aunque él tiene la manía de contradecirme. Pero yo no soy una espigadora
y no desarrollo cuatro mil revoluciones por minuto. Alguien volvió a exclamar a
media voz: -¡Vaya! La sala se echó a reír a carcajadas. Ni siquiera los que se
hallaban en el centro pudieron evitar una sonrisa. Zajárov se reajustó los
lentes.
Banderas
en las torres - La asamblea general es cosa muy seria, y no se la debe tomar a
broma, camarada Shari, camarada Kravchuk y camarada Novak. Debéis recordarlo
bien. Vitia Torski puso el asunto a votación: - Se ha presentado una sola
propuesta: quitarles el título de colonos. Pero, ¿por cuánto tiempo? Propongo.
Que sea por tres meses. Tú tienes la última palabra, camarada Shari. Filka
dijo: - Alexéi Stepánovich ha hablado como es debido: no se puede jugar con la
disciplina. Y yo no lo volveré a hacer, ya lo veréis. De modo que, nos
castiguéis o no nos castiguéis, da lo mismo. Aunque mi opinión es que podía
evitarse el castigo. Yo no soy ningún novato. Lo importante aquí no consiste en
que me dejéis sin la insignia de colono por más o menos meses. ¿Qué es lo
importante? Yo llevo de colono cinco años. Eso es lo que pienso. - ¿Y qué
piensas tú, camarada Novak? - Lo mismo. Petia Kravchuk permanecía todo el
tiempo con la vista baja, temblorosas las pestañas, mirando alguna que otra vez
al presidente y suspirando a hurtadillas. Su semblante expresaba una sensata y
filosófica sumisión: las circunstancias lo habían colocado en el centro y
estaba dispuesto a resistir con virilidad la prueba. Petia dijo: - Que se haga
lo que acordéis. - Por consiguiente, hay sólo una proposición – puntualizó el
presidente. - Yo tengo otra. - Hazla. Levantóse Ilyá Rúdnev, el jefe de brigada
más joven de la colonia: - Quitarle el distintivo a un colono tan antiguo como
Filka es cosa muy fuerte. Su falta es grave, pero no ha hecho nada vergonzoso.
Sin embargo, no se le debe dejar sin castigo. Sería peligroso para él y para
todos los pequeños. A los pequeños... les gusta... que les aprieten los
tornillos. Yo he sido hasta hace poco igual que ellos. Por otra parte,
desobedecer una orden no es una pequeñez. Tres años hace que vivo en la colonia
y es el primer caso que se da. Y los culpables, no sólo Filka, sino también
Kiriusha y Petia, no son tan chicos: tienen ya trece años y todos son colonos.
Hay que darles una lección. Propongo un voto de censura ante la formación.
Rúdnev hablaba un tanto ruborizado, pues no se había hecho aún a su cargo de
Jefe de brigada. Hablaba en voz baja, con mucha cortesía, dulcificando con una
sonrisa las palabras más duras. Su discurso fue apoyado con exclamaciones de
aprobación. Vitia puso a votación en primer término si había o no lugar a
castigo. Las manos se levantaron, unánimes, en pro. La segunda cuestión fue si
el castigo debía ser igual para todos. Se acordó, también
87
unánimemente, que fuese igual. Después se votó la propuesta de quitarles el
título de colonos, que reunió tan sólo sesenta y cinco votos y, finalmente, la
de Rúdnev, por la que se levantaron ciento veintidós manos, comprendida la de
Zajárov. Salieron de la reunión serios y un tanto emocionados. Vania Gálchenko
alcanzó en el pasillo a Petia y vio que iba con cara de disgusto. El dormitorio
de la cuarta brigada estaba triste. Todos se habían reunido esperando a
Zirianski. Sin embargo, el jefe llegó alegre, animoso y enérgico, como siempre:
- ¡Nuestra brigada ha dado un tropezón! Ahora bien... que no haya pánico. A
pesar de todo, es buena. Esto os servirá de enseñanza. De aquí en adelante,
¡cuidado! Al cabo de una hora nadie se acordaba ya de los desagradables
acontecimientos de la tarde. Había buenas noticias: la cabina cinematográfica
estaba ya reparada y al día siguiente habría película. Petrov II afirmaba que
se proyectaría El nieto de Gengis Kan. Hacía ya mucho que se esperaba aquella
cinta, de la que los entendidos hablaban muy bien. En efecto, al día siguiente,
Petrov II trajo de la ciudad El nieto de Gengis Kan. Cierto que Petrov II no
era ya el operador, sino su ayudante, pero aquello le brindaba perspectivas más
halagüeñas. - Es mejor -decía Petrov II-. Ahora Misha me ayudará a preparar el
examen. A despecho de los burócratas de toda laya, la suerte sonreía a Petrov
II y no a ellos. La cuarta brigada entró en la sala mucho antes de comenzar la
sesión: aún no se hallaban a la puerta los guardadores del orden con sus
brazaletes azul celeste. Se sentaron todos en una fila, y Zirianski recordó
algunos episodios de la vida de Gengis Kan. Reunida ya la colonia entera,
Zajárov pasó por entre las filas con el jefe de guardia y ordenó: - Comenzad.
Yo estaré en mi despacho. Apagaron la luz; se oyó el habitual tableteo en la
cabina, se extendió sobre las cabezas un ancho rayo nebuloso y en la pantalla
empezaron a desarrollarse los acontecimientos. Los miembros de la cuarta
brigada, sin excepción, olvidaron sus sinsabores y las cuatro mil revoluciones.
Se hallaban ya en las lejanas estepas, viviendo la lucha allí trabada, que les
hacía pensar en la que ellos tendrían que librar en el futuro... Con breves
intervalos se proyectaron la segunda parte y la tercera, emocionantísima esta
última. Precisamente en mitad de la tercera parte, resonó en el silencio del
salón la voz de Pojozhái, el jefe de guardia: - ¡Toda la cuarta brigada, con su
jefe a la cabeza, al despacho del director! Zirianski ordenó muy quedo: - ¡Sin alborotar!
¡Vivo! Se precipitaron todos por el pasillo, entre la
88
expectación del público. Alguien preguntó a Pojozhái: - ¿Qué ha pasado? - Nada
de particular. Seguid viendo la película. Irrumpieron en el despacho como las
tibias olas del mar irrumpen en la playa. Zajárov tomó la gorra y dijo: - ¿La
cuarta? ¿Estáis todos? - ¡Todos! - Están ardiendo las virutas amontonadas
detrás de la sección de montaje. Creo que no necesitaremos llamar a los
bomberos. Recoged los cubos de la cocina. ¡Nada de pánico ni de ruido! Yo voy
con vosotros. Zirianski alzó la mano y dispuso: - Kravchuk, llévate a esos
cuatro y traéis los cubos. Los demás, conmigo. Salieron a escape a la fresca
oscuridad nocturna. Torcieron la esquina y divisaron un resplandor: por la
superficie de un apelmazado montón de virutas viejas, resbalaban las bajas y
quietas llamas de un fuego traicionero. La noche era apacible. Con Zajárov al
frente, la cuarta brigada estuvo largo rato echando cubos de agua al montón de
virutas y removiéndolo con palas y horquillas. Cuando todo hubo terminado, el
director dijo: - ¡Gracias, camaradas! Volvieron gozosos a la sala. Se
proyectaba ya la última parte. La cuarta brigada refirió en voz queda que había
estado sofocando un incendio, y todos le tuvieron envidia. 16. El descanso.
Salomón Davídovich soportó estoicamente el cierre de la fundición durante tres
días. Cierto que adelgazó algo en ese tiempo. Corrió, incluso, por la colonia
el rumor de que había enfermado, pero aquello no fue muy creído. Sin embargo,
el rumor no carecía de fundamento, ya que un día, Salomón Davídovich, harto de
recorrer las secciones y de dar vueltas alrededor de la silente fundición, se
presentó en la enfermería a ver al doctor Kolka. La visita fue interpretada
como indicio evidente de que Salomón Davídovich había caído enfermo. Aunque no
parecía persona capaz de odiar, su actitud respecto al médico era de lo más
semejante alodio, por haber sido a él a quien se le ocurrió lo de la fiebre de
los fundidores. Salomón Davídovich salió de la enfermería apaciguado, pero con
la salud más quebrantada que antes de entrar. En la habitación del Consejo de
jefes de brigada comunicó a unos cuantos colonos de los más antiguos: - Kolka
me ha dicho que es el corazón. Y que tenga cuidado, porque las consecuencias
pueden ser funestas. Pese a todo, tres días más tarde se erguía ya en el techo
de la fundición una alta chimenea de hierro nuevo. Los colonos la miraban
recelosos. Sancho
A. S.
Makarenko Zorin auguró: - De todas maneras, se caerá. A la primera tormenta.
Salomón Davídovich adelantó despectivamente su carnoso labio inferior y dijo: -
¡Vaya, hombre! ¡Se caerá! ¡La tirará una tormenta! ¡Ni que estuviéramos en el
Océano Atlántico! Aquel mismo día, Volonchuk afianzó la chimenea con cuatro
largos cables, lo que hizo callar a los colonos. Salomón Davídovich se presentó
ex profeso en el aposento del Consejo de jefes para reírse de los murmuradores:
- ¿Dónde se han metido vuestros temporales? ¿Por qué no se les oye? ¿Es que
vuestro barómetro no anuncia ya tormenta? Wanda Stadnítskaya también sonreía
levemente al pasar por el patio y ver la chimenea; las chicas de la quinta
brigada solían bromear, recordando a Salomón Davídovich y su ventilación. En la
vida de Wanda había adquirido ya cierta importancia el problema de la fiebre de
los fundidores: durante la asamblea general, le faltó poco para llorar al ver a
Vania Gálchenko en el centro. Cuando Wanda se presentó por primera vez a trabajar
en el "estadio", los muchachos la recibieron con suma amabilidad, le
cedieron el mejor banco de trabajo, junto a una ventana, y se disputaban el
placer de enseñarla a manejar la lima, a limpiar el banco, a hacer un pedido
por escrito y a tratar con el control. Al principio, Wanda afinaba chapas para
los respaldares, pero Shtével, después de observar la atención y el esmero que
ponía en su trabajo, le confió una faena de mayor responsabilidad. En las
butacas ya montadas, antes de pasar por las manos de los pulidores, se
descubrían pequeñas grietas, rugosidades y hendiduras. Wanda confeccionaba una
mezcla compacta de serrín de roble y cola; valiéndose de una espátula de
madera, la esparcía en los lugares defectuosos, que luego alisaba con papel de
lija. Después de pulidos, no se distinguían lo más mínimo del resto de la
superficie. En dicho trabajo no se aprendía oficio alguno, pero eso no era para
Wanda motivo de preocupación. Le resultaba agradabilísimo presentar al
controlador un bloque de butacas en condiciones de ser pulido y saber que era
ella quien lo había preparado. En sus relaciones con los colonos, Wanda era
afable, aunque reservada y taciturna. Aún no había tenido tiempo de hacerse una
idea exacta de lo que era la colonia ni estaba del todo convencida de que
formase ya parte de su existencia. Veía perfectamente que la colonia era muy
distinta a su vida anterior, mas la vida anterior perduraba en su memoria y se
le aparecía en sueños cada noche. A veces llegaba a antojársele que sus
visiones nocturnas eran la vida auténtica y que por la mañana se sumía en una
especie de sueño. Esta impresión no
Banderas
en las torres la inquietaba, pues hasta tenía pereza de pararse a pensar en
ella. Le gustaba la mañana en la colonia con su rápido y dinámico ajetreo, su
algarabía, sus resonantes señales, el apresuramiento de la limpieza, sus bromas
y sus risas. En aquel torbellino de la mañana, Wanda procuraba hacer algo,
ayudar a la muchacha de guardia en la brigada, cumplir cualquier encargo de su
jefa. Pero le agradaba más aún el silencio súbito que se hacía en la colonia,
la brillantez de la revista, siempre imponente e inesperada, y el adusto y
brioso saludo: - ¡Salud, camaradas! La encantaban la nívea limpieza del
comedor, las flores de las mesas y las del jardín y el breve descanso en que
tomaba el sol junto a la terracilla poco antes de la llamada a trabajar. Por la
tarde la seducían el silencio del dormitorio, el parque y la corta, aunque
intensa emoción de que estaban saturadas las asambleas generales. Sin embargo,
aún no había aprendido a amar a la gente. Los muchachos eran delicados y
atentos, pero Wanda, recelosa, esperaba que dejarían súbitamente de serlo y se
parecerían a los jóvenes que la perseguían en sus tiempos de
"libertad". Incluso ahora, entre aquella muchedumbre de muchachos
asomaba de vez en cuando la cara de Ryzhikov. En los primeros días, uno de los
más peligrosos se le antojaba Gontar, con su estrecha frente y sus labios un
tanto húmedos. Mas, apenas supo que estaba enamorado de Oxana, comenzó a
parecerle que tenía una cara muy bondadosa y simpática. También las muchachas
se le hacían sospechosas. No se trataba simplemente de niñas, sino que cada una
tenía algo peculiar: su cara, sus ojos, sus cejas, sus labios; todas le
parecían mojigatas, coquetas en secreto; en cada una de ellas intuía una mujer
y en ninguna confiaba. Las muchachas guardaban en sus armarios algunas
cosillas: telas, ropa interior, cajas con carretes, cintas y zapatos. Wanda,
por el contrario, nada poseía, y en su cama no había más que una almohada,
mientras que las demás tenían dos y hasta tres. Todo eso despertaba en Wanda
envidia, recelo y un encendido deseo de descubrir defectos en sus compañeras.
Por temperamento, Wanda no era propensa a las disputas. De ahí que su recelo se
expresase tan sólo en un silencio retraído y en alguna que otra sonrisa. No
obstante, Wanda era capaz de un estallido, que esperaba alarmada y no deseaba.
Zajárov preguntó una vez a Klava: - ¿Qué tal Wanda? - ¿Wanda? Siempre muy
retraída... Es obediente... sí... pero todo el tiempo está pensativa y sola. -
¿Se ha hecho amiga de alguien? De nadie. Se va acostumbrando muy lentamente.
Eso es bueno -dijo Zajárov-. Las prisas están de más. Vosotras no la estorbéis
ni la apresuréis. Lo que necesita es descansar.
89 - Ya
lo sé. - Me alegro que seas tan sensata. En efecto, Wanda estaba descansando
imperceptiblemente para ella. El recuerdo de las borrascas de su vida se hizo
menos frecuente, y comenzó a soñar con la sección de montaje, con la asamblea
general, con Oxana... A Oxana solía verla en el parque o en el cine, pero le
daba vergüenza acercarse a ella para trabar conocimiento, tanto más que la
propia Oxana, acaso por cortedad, se mantenía retraída. Wanda sabía que aquella
muchacha era una "bracera", una criada; que de ella estaba enamorado
Gontal y que Igor Cherniavin la había besado en el parque y después fue a
pedirle perdón. Cada vez que la veía, la miraba a la cara. En aquellas
facciones, en las mejillas morenas, en los tímidos ojos pardos, en la mirada precavida
que lograba captar, Wanda veía reflejados auténticos sufrimientos: Oxana era
bracera. 17. Aire fresco. Igor Cherniavin se miraba al espejo con más
frecuencia. Había ya recibido el traje de gala, aunque sin emblema. Descubrió
que tenía las piernas muy bien formadas y un talle esbelto. Creía que se miraba
al espejo para burlarse de sí mismo: ¡Qué colono más juicioso! Trabaja en la
sección de montaje, afina travesaños, besó a una muchacha ¡y le dieron una
reprimenda! Se excusó como corresponde a un gentleman. Dentro de una semana se
examinará de ingrese en el octavo grado, aprobará, sin duda, y un mes más tarde
le adjudicarán el título de colono. Su comportamiento es digno de elogio,
¿quién lo iba a pensar? Y lo más extraño es que todo esto le gusta. Igor sentía
que en su interior cobraba pujanza algo nuevo. Amigos no tenía, y tal vez no le
fueran muy necesarios. Eso sí, sus relaciones con todo el mundo eran
inmejorables: podía bromear con todos y todos le contestaban con sonrisas.
Había adquirido ya fama de lector impenitente. Cada vez que llegaba a la
biblioteca, Shura Miátnikova lo acogía como a un cliente honorable, escudriñaba
con interés las estanterías, subía a la escalerilla, con movimiento
diabólicamente grácil, y decía desde allí: - ¿Qué te parece si te doy algo de
Shakespeare? Desde arriba, le echaba una ojeada pícara y persuasiva. Shura
tenía mucho interés en que engrosase la lista de lectores de Shakespeare,
relativamente pobre hasta entonces. Igor se alegraba: quizá porque se le
distinguía como lector, quizás porque Shakespeare le imponía respeto, o bien
porque Shura Miátnikova, subida en la escalerilla, le parecía una hermana:
¿acaso una hermana así era un mal regalo de la suerte? Igor se llevaba debajo
del brazo un enorme tomo de Shakespeare, causando por el camino la admiración
de los pequeños: a ellos no les darían por nada del mundo un libro tan grande y
tan bonito.
90
Vladímir Kolos, al encontrarse con él, le dijo una vez: - ¿Qué llevas? ¿Lees a
Shakespeare? Te felicito. Muy bien, Cherniavin. Basta ya de andar a paso de
tortuga... Vladímir Kolos era una gran autoridad. Había participado en la
fundación de la colonia y, con el tiempo, estudiaría en el Instituto de
Aviación de Moscú. Ya en el dormitorio, Igor abrió con verdadero placer el tomo
de Shakespeare, que resultó amenísimo. Leyó Otelo y se rió a carcajadas porque
le recordaba a Gontar. - ¡Misha, aquí se habla de ti! - ¿Cómo que se habla de
mí? - Sí, se describe a un celoso como tú. - ¡Déjate de cuentos! - Es tu
retrato. - Te equivocas si crees que soy celoso, Cherniavin. Tú no entiendes de
la misa la media. Lo único que buscas es besuquear a las chicas. Gontar era muy
vivo. Estaba seguro de que Igor no buscaba si no el besuqueo. Pero lo que
buscaba Gontar quedaba en el misterio. Sin embargo, la octava brigada conocía
muy bien los proyectos de Misha Gontar: el próximo invierno ingresaría en unos
cursillos de chóferes y encontraría trabajo en alguna parte. Zajárov le había
prometido hallarle un apartamento, y entonces Misha se casaría con Oxana. La
colonia entera -incluso los peques de la cuarta brigada- estaban al tanto de
este plan infernal. No obstante, Gontar sonreía muy enigmático: que hablasen lo
que quisieran. Con tal actitud, daba a entender que sus planes iban mucho más
allá. Los muchachos no discutían con él: Misha era buena persona. Sus planes
eran del dominio público en la colonia; los conocía, naturalmente, en cierta
medida, el propio Gontar..., pero lo que ignoraban todos, y, al parecer, hasta
el mismo Gontar, eran los planes de Oxana. Los colonos eran muy perspicaces,
mucho más que Misha. Oxana acudía al cine, y durante el día se presentaba con
su canasta para recoger astillas. Al atardecer, cuando en el estanque era la
"hora femenina", iba a bañarse. Y aquello bastaba para que un ojo
avezado viese si ella tenía o no la intención de ser la esposa del chofer
Gontar. Todos sabían perfectamente que Oxana era una bracera, explotada por un
abogado al que nadie había visto en la colonia; todos simpatizaban con ella,
pero, al mismo tiempo, advertían otras muchas cosas: la serena energía de
Oxana, su callada dignidad, su tranquila sonrisa y su inteligente mirada. Nadie
la oyó jamás quejarse. Lo principal era que nunca se la había visto con Misha
dando paseos de matiz, por decirlo así, amoroso, pues siempre se nota si un
paseo es amoroso o no lo es. Había en la chica aquella algo que nadie sabía,
algo de lo que Gontar no tenía la menor idea. Finalizaba agosto. Era día de
fiesta. Al atardecer,
A. S.
Makarenko Cherniavin y Gontar comenzaron a acicalarse en el dormitorio. Misha
se estuvo peinando largamente. Igor se limpió los zapatos. Misha miraba,
receloso, el reluciente calzado y la flamante raya de los pantalones de Igor y
guardaba silencio. Cherniavin, más comunicativo, preguntó: - ¿Se puede saber a
dónde vas? - Vigílame, ya que eres tan curioso. - Bien, te vigilaré. Callaron
ambos. Igor reemprendió la conversación: - No tienes derecho a ponerte la
cazadora de gala. - Eso sería si no fuera a la ciudad. Ahora mismo me llego al
jefe de guardia para decirle que tengo permiso. - ¿De modo que vas a la ciudad?
¡Qué bien! - La cazadora de gala la he sacado solamente para ver si no está
arrugada. - Parece que no... - Sí. Eso parece. Nueva pausa. Gontar notó muy
bien el cuidado con que Igor se arreglaba el pañuelo en el bolsillo del pecho.
Intrigado, se interesó a su vez: - ¿Ya dónde vas tú? - ¿Yo? Pues... a dar una
vuelta. Me gusta tomar el aire fresco, ¿sabes? - ¡Vaya hombre, el aire fresco!
El aire de la colonia es fresco en todas partes. - No me diga usted, milord.
Esa fundición... despide un humo verdaderamente repugnante... Igor agitó la
mano junto a la nariz, con gesto displicente. Aquel aristocrático ademán
indignó a Gontar: - ¡A qué vienes con esos remilgos! Hoy es día de descanso, y
la fundición no trabaja. - Sir, mi olfato es tan delicado que no resiste... ni
el humo de ayer. Gontar dedujo de estas palabras que Cherniavin quería alejarse
lo más posible de la fundición. Convencido de ello, abandonó su tono de
suspicacia burlona y dijo significativamente: - ¿Sabes, Cherniavin? ¡No te lo
aconsejo! - No te preocupes, Misha. Salieron juntos del dormitorio, juntos
atravesaron el parque y juntos se aproximaron al dique del estanque. Gontar
inquirió: - ¿Se puede saber a dónde vas? - A pasear por la colonia. ¿Tengo
derecho? - Sí. Gontar era justiciero. Por eso calló mientras cruzaban el dique.
Pero luego exclamó, sin preguntar ya nada: - ¡Tú no das ni un paso más! - ¿Por
qué? - Porque no. ¿A dónde vas? - A pasear. - ¿Por la colonia? - No; por sus
inmediaciones. ¿Tengo derecho?
Banderas
en las torres - Sí, pero... - ¿Qué? - ¡Cherniavin, a ti te rompo yo los
hocicos! - ¡A quién se le ocurre mentar los hocicos en una noche de mayo tan
hermosa! - ¡Déjate de noches de mayo, Cherniavin! Ni estamos en mayo, ni
pienses que me chupo el dedo. De aquí no das un paso. - Misha, conozco un golpe
japonés que hace un efecto terrible... - ¿Japonés? ¿Te crees que los golpes
rusos son peores? Misha Gontar se plantó con energía en el camino, y los dedos
de su mano derecha comenzaron a contraerse, efectivamente, al estilo ruso. -
Misha, no está bien batirse sin padrinos. - ¡Al diablo tus padrinos! Te digo
que no des un paso más. - Eres un verdadero Otelo. Iré de todas maneras. Pero
no seré yo el que pegue primero. No tengo el menor deseo de verme dando la cara
en el centro y, además, por un asunto como legítima defensa contra el
sanguinario Otelo. La mención del centro asustó a Gontar. Miró en derredor y...
vio a Oxana en compañía de un ciudadano entrado en años, vestido con ancho
pantalón casero y larga camisa rusa. No llevaba nada en la cabeza, ni siquiera
pelo; y su cara, afeitada y seca, era bastante simpática. Igor y Gontar
comprendieron que se trataba del explotador, razón por la cual su rostro dejó
de parecerles simpático. Oxana caminaba a su lado con unas sandalias blancas y
un lazo del mismo color en la trenza. No cabía duda de que estaba más bonita
que nunca. Los colonos les dejaron pasar al dique. Gontar, ceñudo, levantó la
mano para saludar, y lo mismo hizo Igor. Ella bajó la vista. El calvo, pensando
que los honores eran para él, alzó también la mano y preguntó después: -
Camaradas colonos, ¿sabéis si Zajárov está aquí? Gontar respondió dignamente: -
Alexéi Stepánovich siempre está aquí. Oxana fue la primera en pasar al dique,
seguida de los tres. El ciudadano calvo dijo: - ¡Qué bien vivís en la colonia!
¡Lástima que yo no tenga quince años! Gontar, desconfiado, lo envolvió en una
mirada astuta: ¡menudo arte se daba el explotador para disimular! Hasta la
propia entrada del edificio central, caminaron los tres detrás de Oxana,
hablando de asuntos de la colonia. Gontar se comportaba como hombre al que era
imposible dar gato por liebre: respondía cortésmente, con sonrisa diplomática,
aunque sin perder la continencia para no revelar ningún secreto. Llegó a
ocultar incluso cuántas aceiteras se fabricaban a diario. Preguntado al
91
respecto, respondió, haciendo un guiño a Igor, a espaldas del calvo: - Eso lo
saben en la contaduría. Sin embargo, fue de buena gana a buscar al jefe de
guardia: - Quieren ver al director. Igor y Gontar estuvieron paseando
pacíficamente su buena media hora por el pasillo vacío. Al cabo, Gontar no pudo
más y preguntó: - ¿Qué los habrá traído por aquí? Volodia Begunok pasó volando
y regresó con Klava Kashírina; después, el ciudadano calvo se cruzó con ellos y
les hizo una fina reverencia, diciendo: - Hasta la vista, camaradas. Los dos
muchachos intercambiaron una mirada, pero no expresaron conjetura alguna. Por
fin salieron del despacho las dos chicas. Oxana, que iba delante, miró con
cierto temor a los muchachos. Pero Klava resplandecía: inclinándose, cómicamente,
pronunció con su maravillosa voz argentina: - Os presento a Oxana Litóvchenko,
la nueva colona. Los dos contemplaron largamente a las muchachas, mientras se
alejaban por el pasillo, intercambiaron luego una mirada, e Igor preguntó: -
Milord, ¿me permite ahora ir a tomar el aire fresco? Gontar estaba ya de buenas
y le respondió: - So tonto, ¿no te dije que el aire era bueno en toda la
colonia? Los dos prorrumpieron en una carcajada. El centinela los reconvino,
severo, con la mirada, pero ellos se fueron riendo hasta el dormitorio, y sólo
cuando se vieron allí, dijo Gontar en tono serio: - Comprenderás, Cherniavin,
que ahora, naturalmente, se han acabado todos los amoríos. - Yo lo comprendo.
Lo que no sé es si lo comprenderá usted. Gontar lo miró altanero y observó: -
¡Querido camarada! En la lista de los colonos tengo el número cuatro. 18. ¡Eso
si que está bien! En el dormitorio de la quinta brigada, Oxana estaba sentada
en una silla, envuelta hasta el cuello en una sábana. Wanda giraba en derredor suyo
con unas tijeras, y las muchachas que la rodeaban sonreían. Oxana tenía una
bonita cabellera ondulada de matiz castaño claro. - Te haré dos trenzas -dijo
Wanda-. Saldrán muy bien; no puedes imaginarte lo bonitas que serán. Vosotras
no entendéis nada, muchachas. ¿Cómo es posible cortar trenzas como éstas? Lo
que hace falta es... recortarlas para que crezcan mejor. Los ojos de Wanda
brillaban, ardorosos. Se mordió el labio inferior y recortó, meticulosa, las
92
puntas del pelo suelto. Oxana permanecía quieta en su asiento, con las mejillas
arreboladas. Wanda le quitó la sábana con diestro ademán de peluquera. Oxana se
levantó tímidamente y dijo: - Gracias. Wanda tiró la sábana al suelo y abrazó
de repente a Oxana, sacudiéndola entre sus brazos: - ¡Ay, encanto, cielo mío!
Las muchachas rieron emocionadas. Oxana levantó hacia ellas sus ojos pardos y
sonrió con cierta picardía. Klava dijo: - ¡Basta ya de ternuras! Vamos a ver a
Alexéi. Wanda preguntó con viveza: - ¿Para qué? - Hay que hablar con él. - Pues
yo también voy. - Vamos. Eran las horas en que los despachos de Torski y de
Zajárov se hallaban más concurridos, con la diferencia de que en el de Torski
la permanencia en el diván corrido podía ser interminable, y estaba permitido
hablar y reír a discreción, mientras que en el despacho de Zajárov había que
hacerlo todo a media voz para no estorbar. Cierto que también allí había
excepciones de la regla: el propio Zajárov tan pronto se ponía a charlar, a
reír y bromear con los muchachos como les decía severo: - Os ruego que
desalojéis el territorio en el cincuenta por ciento. Zajárov nunca se permitía
despedir secamente a los visitantes. Las muchachas penetraron en la habitación
del Consejo de jefes, donde produjeron general asombro: ¡Oxana con traje de
colona! ¡Qué novedad! El único que no se asombraba nunca era Volodia Begunok:
abrió la puerta del despacho, se estiró con gesto parecido al de un regulador
del tráfico y dijo. - Pasad. Zajárov se levantó, y los colonos que había en el
despacho se callaron, expectantes. - Vaya, vaya... Una buena colona -dijo
Zajárov-. ¿Has estudiado en la escuela? - Estaba en el séptimo grado. - ¿Y se
te daba bien? - Si. Igor Cherniavin, sentado en el diván, aconsejó alegremente:
- Sólo que debes ser más audaz, Oxana. Porque pareces... un poco pueblerina.
Wanda se volvió hacia él, enojada, y le espetó: - ¡Mira qué hombre de ciudad
nos ha salido! Zajárov se reacomodó los lentes y continuó: - ¿Así que
estudiabas bien? Cherniavin, ¿cuántos son doce por doce? - ¿Cómo dice? - Que
cuántos son doce multiplicado por doce. Igor alzó la vista y calculó aprisa: -
Ciento cuatro.
A. S.
Makarenko - ¿Eso según el cálculo urbano o el pueblerino? Muchos ojos
observaban con vivo interés a Igor. Se aproximaban unas a otras las cabezas de
los presentes, y los labios musitaban suposiciones no del todo seguras. Sin
reparar en ello, Igor volvió a mirar al techo y confirmó valerosamente: -
Ciento cuatro. Zajárov suspiró con tristeza: - ¿Lo ves, querida Oxana? ¡Así es
la vida! Nos llega un joven de la ciudad y se pavonea ante nosotros, diciendo
que son ciento cuatro. Lo que no sabe él es que hace poco un sabio americano ha
descubierto que doce por doce no son ciento cuatro. Las muchachas miraban al
calculador con ironía, y los chicos se retorcían de risa en el diván, pero Igor
hizo la cuenta otra vez y creyó, por último, que Zajárov le estaba tendiendo
una trampa. Incitado por la presencia de Oxana, Cherniavin quiso poner de
manifiesto que no caía fácilmente en ninguna "trampa". Cierto que
Vania Gálchenko, sentado junto a él, le daba en el costado codazos puramente
matemáticos, pero Igor no quería advertirlo y respondió: - Los americanos
también pueden equivocarse, Alexéi Stepánovich. Hay casos en que los rusos
pueden dar ciento y raya a los americanos. - ¿Oyes, Oxana? El peor ejemplo de
orgullo nacional mal entendido. Igor les da a los americanos ciento cuatro y
raya. Oxana no pudo por menos de reírse, poniendo de manifiesto que no era tan
tímida y que sabía dar rienda suelta a la risa sin taparse la cara ni hacer
melindres. Luego dirigió a Igor una simple pregunta: - ¿Cómo haces la cuenta
tú? Aunque Igor notó que perdía pie, no quiso darse por vencido: - ¿Que cómo
cuento? Diez por diez cien; dos por dos cuatro: total ciento cuatro. Oxana miró
extrañada a Zajárov, que se abrió de brazos y exclamó: - ¡No hay nada que
hacer! ¡Justo! Cien más cuatro son ciento cuatro. Nos damos por vencidos,
¿verdad Oxana? Un clamor excitado atajó al director. Los colonos abandonaron
sus asientos en el diván y gritaron, gesticulando: - ¡No es cierto lo que ha
dicho! ¡No es cierto! Alexéi Stepánovich, ¿qué modo de multiplicar es ése?
¿Dónde se multiplica así, Cherniavin? ¡Ciento cuatro! Los muchachos mayores
sonreían sarcásticos. Zajárov soltó una carcajada y dijo: - ¿Qué pasa, Igor?
¿Hasta los rusos se ponen en contra tuya? Bueno, eso ya lo aclararéis vosotros
mismos. Klava, ¿quién será la madrina de Oxana? - Yo quería designar a Marusia,
pero Wanda... Ahora bien, Wanda no es colona todavía. Wanda se puso al lado de
Oxana y dijo con
Banderas
en las torres seriedad: - Alexéi Stepánovich, yo no soy colona, pero... Zajárov
la miró atentamente a los ojos. Callaron los presentes y aguzaron el oído,
alargando el cuello. - Sí... Es un asunto serio. ¿De modo que tú quieres ser su
madrina? - Sí. El silencio se hizo general. Wanda pasó la vista por todos los
reunidos y sacudió la cabeza, antes de decir: - Que todo el mundo sepa que yo
la defiendo. Zajárov se levantó y le tendió la mano: - Gracias, Wanda. Eres muy
bondadosa. - Y usted también. Solamente entonces, los muchachos se permitieron
exteriorizar sus sentimientos. Se abalanzaron hacia Oxana y la rodearon.
Alguien exclamó: - ¡Eso sí que está bien! Avanzada ya la noche, cuando todos
dormían, Zajárov arregló su mesa de escritorio, tomó la gorra y preguntó a
Vitia Torski: - Escucha, Vitia, ¿de dónde han sacado los muchachos que Oxana
era bracera? - Todos los colonos lo dicen. - ¿Por qué? - Dicen que era bracera,
sirvienta de un abogado. Sirvienta no para la casa, sino para el huerto. ¿Acaso
no es así? - Oxana Litóvchenko es hija de un obrero comunista que murió el
invierno pasado. Su madre había muerto antes. La recogió el camarada Chorni,
que no es abogado, sino profesor de Derecho Soviético. Estuvo en el frente con
el padre de Oxana. - ¿Y por qué trabajaba ella en el huerto? - ¿Qué tiene eso
de malo? El huerto lo plantó ella misma. Eso quiere decir que le gusta
trabajar. ¿Acaso los que trabajan son únicamente los braceros? Torski se dio
una palmada en la frente y exclamó: - ¡Menudo lío! ¡Aquí lo habían puesto ya de
explotador!... - Nuestros muchachos son capaces... ¡Son tan noveleros! - Habría
que explicarlo en una asamblea. El director se puso la gorra y se sonrió. - No;
de momento no hace falta. No se lo digas a nadie. Se aclarará de por sí. - ¡A
la orden! No se lo diré a nadie. Zajárov salió al pasillo. En el vestíbulo
ardía una lamparilla junto al centinela, que se levantó de su asiento y se
cuadró. - Buenas noches, Yuri. - Buenas noches, Alexéi Stepánovich. Zajárov
echó a andar por el sendero que corría a lo largo del edificio. Todas las
ventanas estaban ya oscuras. Tan sólo en una había una muchacha con la cabeza
inclinada. La voz de Wanda dijo: - Buenas noches, Alexéi Stepánovich.
93 -
¿Por qué no duermes, Wanda? - No tengo sueño. - ¿Y qué haces? - Pues... aquí
mirando. - Ahora mismo te vas a dormir, ¿me oyes? - ¿Y si no tengo sueño? -
¿Cómo que no tienes sueño cuando te lo ordeno yo? Wanda respondió riendo: - ¡A
la orden! Me voy a dormir inmediatamente. Detrás de su hombro asomó la cabeza
de Klava. - ¿Con quién estás hablando, Wanda? Alexéi Stepánovich, dígale usted
que se deje de soñar por las noches. Se sienta y se pone a soñar. ¿A qué viene
eso? - Yo no sueño, lo que hago es mirar. Pero no lo volveré a hacer, Alexéi
Stepánovich. - Klava, llévatela a dormir. Las muchachas se pusieron a
forcejear, gritaron ahogadamente, con agudas vocecillas de ratón, y se
ocultaron. La ventana dejó de diferenciarse de las otras. 19. El feliz mes de
agosto. Todo se hizo en secreto: Zirianski ordenó repentinamente a los de la
cuarta brigada que se vistieran de gala después de cenar. Lo extraño fue que a
ninguno se le ocurriese preguntarle el motivo. Al notar que los chicos
cuchicheaban y se reían, Vania preguntó a Filka en voz queda: - ¿Para qué será?
Dime de qué se trata. Filka le respondió, también en un murmullo: - Va a haber
una cosa... ¡la mar de interesante! Cuando sonó la llamada a asamblea general,
Aliosha Zirianski los hizo formar en fila india y los llevó a la sala. Volodia
Begunok, que los esperaba en el vestíbulo con su trompeta, se colocó al frente
de la fila, junto a Aliosha Zirianski. En el Club silencioso fueron recibidos
con sonrisas y aplausos. La cuarta brigada se puso de cara a la asamblea. Luego
llegaron Zajárov y Vitia Torski, hablando muy animados y miraron
enigmáticamente a la cuarta brigada. Vitia abrió la reunión y dijo: - Tiene la
palabra el camarada Zirianski, jefe de la cuarta brigada. Zirianski se puso al
frente de sus huestes, ordenando con voz estentórea: - ¡Brigada, firmes! Acto
continuo, pronunció el siguiente discurso: - Camaradas colonos, los catorce
componentes de la cuarta brigada, reunidos, han resuelto por unanimidad pedir a
la asamblea general que se conceda el título de colono a nuestro educando Iván
Gálchenko. Iván Gálchenko es un buen camarada, un trabajador honrado y un
muchacho alegre. De él hablará con mayor detalle su padrino, el colono Volodia
Begunok. ¡Gálchenko, cinco pasos al frente! Vania, azorado y rojo, se colocó
junto al jefe de la
94
brigada. También avanzó Volodia, quien, muy circunspecto, refirió en tono
oficial algunos pormenores. Vania llevaba viviendo en la brigada solamente tres
meses, pero ese tiempo había sido suficiente para conocerlo. Nunca se peleaba
con nadie, ni llegaba tarde a ningún sitio; hacía todos los trabajos bien,
pronto y siempre alegre. No bailaba el agua a nadie: ni al jefe de la brigada,
ni al jefe de guardia, ni a los colonos mayores. En la jornada de cuatro horas
hacía ochenta machos, y todos estaban contentos de él. Leía diariamente la
Pionérskaya Pravda, conocía la Historia de la Revolución de Octubre, sabía muy
bien quién era Lenin y estaba asimismo al corriente de cómo habían sido
derrotados Denikin, Yudénich y Kolchak. Sabía lo que eran el Dnieprostrói, la
colectivización y los kulaks. Todo eso lo sabía bien. Decía que cuando saliera
de la comuna se haría piloto del Ejército Rojo, aunque no quería ser de
bombardeo, sino de caza. Eso es lo que quería él; ahora bien, el tiempo diría.
Vania tenía gran cariño a la colonia. Conocía al dedillo todas las reglas y
leyes internas, había aprendido a marchar en formación y deseaba tocar en la
banda de música. ¡Así era el chico! Como padrino suyo, Volodia había tenido
bien poco que hacer.... Tomó a renglón seguido la palabra Mark Grinhaus, quien
dijo que la organización del Komsomol apoyaba la petición de la cuarta brigada;
en tres meses, Vania se había mostrado merecedor del emblema de la colonia
Primero de Mayo, por lo que debería darles vergüenza a las brigadas que tenían
educandos que llevaban más de cuatro meses en la colonia. Intervinieron
brevemente otros colonos, confirmando, sin excepción, que Vania merecía el
honroso título. Klava Kashírina agregó: - ¡Es un buen colono! Vania siempre va
arreglado, es muy respetuoso, nadie tiene queja de él, y no cabe duda de que es
nuestro: un trabajador. Alexéi Stepánovich se levantó, se encogió de hombros,
pensativo, y dijo: - Ya sabéis que mi obligación y mi costumbre es buscar
defectos. Pues, bien, a Vania... no le encuentro ninguno. Lo único que me temo
es que vosotros, los de la cuarta brigada, lo echéis a perder a fuerza de
alabanzas y mimos. Tú, Vania, si alguna vez te elogian, procura no creerlo
demasiado... Hay que ser exigente consigo mismo. No hay nada peor que un
engreído, ¿me entiendes? Vania estaba como aturdido, pero comprendió claramente
lo que Zajárov quería y asintió pensativo. Una vez que todos los oradores
hablaron, dijo Vitia Torski: - No votan más que los colonos. Los que estén
conformes con que se dé a Vania Gálchenko el título de colono, que levanten la
mano. Se alzó todo un bosque de brazos. De pie junto al jefe de su brigada,
Vania estaba alegre y perplejo.
A. S.
Makarenko - ¡Aprobado por unanimidad! ¡En pie! Más asombrado aún, Vania los vio
levantarse a todos. Vladímir Kolos, el colono número uno, abandonó su puesto en
un apartado rincón del diván y, atravesando el reluciente piso, se dirigió a la
cuarta brigada. Llevaba en la mano un pequeño rombo de terciopelo con el
emblema de la colonia bordado en oro y plata. - Vania Gálchenko -dijo-, aquí
tienes la insignia de colono. Desde ahora posees los mismos derechos que
cualquier otro miembro de nuestra colectividad. Los intereses de la colonia y
del Estado soviético en su conjunto debes ponerlos siempre por encima de tus
intereses personales. Y si alguna vez tienes que defender nuestro país contra
sus enemigos, serás un luchador audaz, inteligente y sufrido. ¡Te felicito!
Vladímir estrechó la mano a Vania y le hizo entrega del emblema. Aplaudió la
sala entera. Aliosha Zirianski abrazó a Vania. Torski levantó la sesión y todos
rodearon al nuevo colono para felicitarle y apretar su mano. También se la
estrechó Alexéi Stepánovich, que le dijo: - ¡Bueno, Vania, ahora tente firme!
Enséñame el emblema. Lida, te estoy viendo en los ojos las ganas que tienes de
cosérselo... - ¡Muchas! La dorada cabeza de Lida se inclinó sobre Gálchenko, a
quien dijo: - Vámonos a nuestro cuarto. Vania atravesó por primera vez la
puerta del dormitorio de la undécima brigada. Las muchachas lo rodearon, lo
sentaron en el diván, lo obsequiaron con chocolate, le hicieron mil preguntas y
se rieron con él. Luego se quitó la blusa, y Lida Tálikova le cosió el emblema
en la manga izquierda. Cuando volvió a ponérsela, las chicas lo hicieron girar
varias veces ante el espejo. Shura Miátnikova, mirando el espejo por detrás del
hombro de Vania, se echó a reír, mostrando unos dientes blancos, grandes e iguales,
y exclamó: - ¡Fíjate qué guapo estás! Cuando Vania se despidió de ellas, las
chicas le gritaron: - ¡Vania, ven de vez en cuando por aquí! Shura Miátnikova
las apartó a todas y dijo: - De verdad que lo voy a apuntar en el círculo de la
biblioteca. Necesitamos allí un muchacho serio. ¿Quieres venirte a mi círculo,
Vania? Vania alzó los ojos hacia ella. Ni se sentía cohibido ni el orgullo lo
agobiaba. Simplemente, estaba perplejo y encantado por tanta felicidad en una
sola tarde. Su experiencia de la vida era muy corta y desconocía aún hasta qué
punto puede ser feliz el hombre. Las muchachas, de rostros bellísimos, se le
antojaban inaccesibles por su encanto; en su animación, en sus magníficas
voces, en la limpieza y aroma de la habitación, y hasta en el chocolate con
Banderas
en las torres que agasajaron a Vania había algo emocionante, sublime, que
ninguna inteligencia humana podría llegar a comprender. Vania, naturalmente,
nada comprendía, y prometió trabajar en el círculo de la biblioteca. ¡Y pensar
que aquélla no era más que una de las tardes del dichoso mes de agosto!
¡Cuántos días y cuántas tardes así quedaban por venir! De pronto se supo que
Kolka, el doctor, muy descontento de la ventilación, había exigido el inmediato
traslado de los pequeños moldeadores de machos a otra sección. Salomón
Davídovich pronunció en el despacho de Zajárov un discurso en el que rogó a
Kolka que se apiadase de su gastado corazón: - Usted, como médico, debe
comprender bien que, si se me dan a diario disgustos con esa chimenea, hasta el
más sano de los corazones puede fallar... Kolka, pestañeando irritado, dijo a
Salomón Davídovich: - ¡Tonterías, el corazón nada tiene que ver con esto! Todo
el litigio entre la medicina y la fundición terminó en un acuerdo del Consejo
de jefes, en virtud del cual fueron enviados a dicho trabajo colonos de más
edad, entre ellos Ryzhikov, y los peques pasaron al taller de tornos. Tan
insólita e inesperada bendición del destino impresionó a la cuarta brigada
hasta tal punto, que toda ella estuvo ronca unos días. ¡Torneros! ¿Hay algún
cuento o leyenda donde se hable del tornero? En los cuentos y leyendas se habla
de la bruja de la pata de hueso, del platillo de oro y la manzanita lozana, de
las liebres bondadosas, de las zorras benévolas, de Moidodir y de Aibolit.
Cualquier tarde apacible, puede uno soñar con los ojos abiertos y trasladarse
al corazón de una selva fabulosa, a una maraña de vericuetos inexplorados, a
los ámbitos de maravillosos países. Eso es posible, eso es lícito, a nadie le
pesa, y los adultos relatan dichos cuentos a los niños sin hacerse de rogar.
Sin embargo, probad a pedirles un simple torno (no hablando ya de un torno de
Kolomna o de Moscú), un simple torno de Samara, y veréis que es un placer mucho
menos realizable que el del gorro mágico. ¿Un torno? ¡Ni hablar! Machos todos
los que quieras. ¿Cepillar chapas en la sección de montaje? También. Pero, ¿un
torno para elaborar metales? ¡No! ¡Eso nadie lo ofrece jamás! Y he aquí que
Filka, Kiriusha y Petia Kravchuk eran torneros. Y Vania Gálchenko, que hasta
hacía poco no conocía otra tecnología que la del betún negro, ¡¡también pasaba
a ser tornero! ¡Tornero de metales! Las palabras y sonidos que decían eso se
difundían por cada fibra como una música embriagadora, y la voz adquiría tonos
más viriles, el porte se hacía más calmoso y en la mente surgían y hallaban
inmediata solución las cuestiones más trascendentales de la vida. Los ojos lo
miraban todo
95 de
modo nuevo, y de modo nuevo funcionaba el cerebro. ¡Mira que llamar sección el
taller de costura o la sección de montaje en el estadio! Hasta entonces no
habían comprendido con toda plenitud cuán míseros y desdichados eran los que
trabajaban en el estadio y se llamaban "carpinteros". Había, sin
embargo, palabras que los torneros de nuevo cuño procuraban no oír. Así fueron,
por ejemplo, las que en presencia de todos pronunció Alexandr Ostapchin,
subjefe de la octava brigada, al ver unos tornos recién traídos de Samara: -
¿De dónde ha sacado usted estos trastos, Salomón Davídovich? Son de los tiempos
de Dmitri el Usurpador. Por no perder la costumbre, Salomón Davídovich alargó
el labio despectivamente: - ¡Hombre, qué finos nos hemos vuelto! ¡Nadie quiere
más que filigranas modernas! Sean de los tiempos de Dmitri o de Efim, nos darán
buenos ingresos. Las palabras de Salomón Davídovich llegaban al corazón de los
peques, mientras que las de Ostapchin se las llevaba el viento. Llegó el día
glorioso y solemne en que la cuarta brigada se acercó a los tornos y las manos
de los nuevos torneros empuñaron por primera vez las palancas de los
carros-soporte. Las piernas les temblequeaban, sus ojos se posaron en las
aceiteras oprimidas en el mandril. Salomón Davídovich, que se hallaba presente,
sintió un gran alivio en su viejo y enfermo corazón. - Sí, ¿a quién tienen que
envidiar estos torneros? dijo-. La gente se está poniendo imposible... No pide
más que máquinas de tipo moderno y trabajo calibrado. Esto, según dicen, no es
otra cosa que desmochar. Ni a Filka ni a Kiriusha ni a Vania les interesaba
quién se estaba poniendo imposible ni qué sentido tenía el trabajo calibrado.
Obedeciendo a su voluntad, se ponían en marcha o se paraban tornos auténticos,
espléndidos, maravillosos: sus cuchillas despedían verdadera y rizosa viruta de
cobre; pilas de aceiteras, también auténticas, aguardaban turno para ser
mecanizadas, aceiteras que en todas las fábricas soviéticas eran esperadas con
impaciencia. En el mismo mes de agosto tuvieron lugar otros acontecimientos no
menos maravillosos. Empezó a funcionar la escuela. Vania Gálchenko ocupó el
primer pupitre en el quinto grado, al que asistía casi toda la cuarta brigada
-vale decir, la sección de tornos-. En la misma aula, aunque en el último
pupitre, ocupó también un asiento Misha Gontar, que todavía a principios de mes
exteriorizaba su desprecio por la escuela: - ¡Para qué diablos necesito yo ese
quinto grado, cuando, de todas maneras, iré a los cursillos de chóferes! Su
compañero de banco era Petrov II. Tampoco él
96
tenía necesidad del quinto grado. ¡Qué podían decirle allí de los aparatos
cinematográficos o del transformador! Pero Alexéi Stepánovich había dicho en la
asamblea general: - ¡Que no oiga yo nada por el estilo de: "Para qué
necesito yo la escuela, ya sé bastante"! Al que no quiera estudiar
voluntariamente, lo haré salir al centro, ¿os enteráis? El que sueñe con irse a
los cursillos de chóferes o de operadores de cine, puede despedirse si saca
algún suspenso, porque con esas notas no mando yo a nadie a ningún cursillo...
En general, tenedlo en cuenta, quien no quiere estudiar es un mal ciudadano
soviético, y con gente así no se va a ninguna parte. Misha Contar, sentado en
el último pupitre con aspecto sombrío, arrugaba la frente. La piel se le
contraía una y otra vez en pliegues horizontales que le llegaban hasta la misma
cabellera. Pero cuando entraba el maestro y comenzaba la clase, las arrugas
adquirían posición vertical. Cuando el quinto grado lo eligió monitor por
unanimidad, Misha se colocó frente a sus condiscípulos y les dijo: - Ya que me
habéis elegido, os prevengo para que después no lloréis. A la más mínima, os
sacaré al centro. Al que no quiera estudiar voluntariamente, lo obligaremos.
Cuando tenga que aguantar la reunión a pie firme, sin atreverse a mirar a la
cara a los demás, comprenderá para qué se paga a los maestros. Tened en cuenta
que no me andaré con bromas. El quinto grado conocía a la perfección la
biografía de Misha Gontar y, en particular, sus pasados reveses en la escuela.
Sin embargo, el que estaba ahora ante la clase no era ya Misha Gontar, sino el
monitor. De ahí que nadie pusiese en duda la razón que le asistía. Además, la
cara de Misha reflejaba una indignación absolutamente sincera. Igor Cherniavin
estaba en el octavo grado. Aún no tenía la seguridad de querer estudiar; pero
en el pupitre de delante se sentaban juntas Wanda y Oxana. Por eso el aula se
le hacía acogedora y el rostro del joven maestro parecía más simpático. 20.
Kreitser. Septiembre tuvo un excelente comienzo. El Día Internacional de la
Juventud -primero de septiembre-, Vania formó por primera vez con los colonos.
En traje de gala, luciendo sus insignias, sus cuellos blancos y sus
tiubeteikas, se pusieron todos en una fila, a cuya derecha se colocó la
orquesta. Vania sabía que, a la hora de formar, él pertenecía a la sexta
sección, a la que estaban adscritos todos los pequeños. El rubio y delgadito
Semión Kasatkin, jefe de la sexta sección, al que Vania veía alguna vez que
otra con el brazalete de la comisión sanitaria durante las revistas, y al que
consideraba un colono como todos los demás, resultó ser muy distinto. Cuando se
dio la señal de "formar por secciones" y todos corrieron a una
plazoleta ancha que había frente al
A. S.
Makarenko jardín, Semión Kasatkin sacó, no se sabe de dónde, una mirada severa,
una voz ruda y un porte marcial. Colocándose frente a su sección, dijo con
enérgico acento: - ¡Basta de darle a la lengua! ¡Gaidovski! Se hizo el
silencio, y todos, Gaidovski inclusive, pusieron la vista en su comandante. -
¡Alinearse! Vania sabía ya que, una vez tocada la señal de "formar por
secciones", la única autoridad que seguía en vigor era la del jefe de
guardia, y todo lo demás desaparecía: nada de jefes de brigada, ni de Consejo
de jefes. No quedaba más que la formación, es decir, seis secciones, más otra
-la séptima- constituida por la banda de música. Al frente de todas ellas, unos
jefes a quienes nadie elegía, pues los designaba Zajárov. El trato con aquellos
jefes era harto sencillo: obedecerlos y asunto concluido. Vania era el tercero
por el flanco derecho; así le correspondía por su talla. Mientras se alineaba,
mirando al severo jefe, vio salir a Zajárov con uniforme y emblema de colono,
sólo que, en vez de tiubeteika, llevaba gorra. Se detuvo, erguido y austero,
ante la formación, pasó lento la mirada desde la orquesta hasta el último
pequeñuelo del flanco izquierdo de la sexta sección, y la formación quedó
inmóvil y expectante. Zajárov ordenó con voz insólitamente seca e imperiosa: -
¡Destacamento!.. ¡Honor a la bandera! ¡Firmes! Luego se volvió de espaldas a la
formación y quedó inmóvil con la mano pegada a la visera. Todos los colonos se
irguieron a su vez, llevándose la diestra a la sien. La orquesta tocó algo
nuevo, solemne y muy conocido. Vania no logró determinar qué era. En la misma
posición que los demás, miró hacia donde miraban todos. Desde la puerta
principal, venía un grupo, al compás de la música. Abría la marcha, con la mano
en la sien, la jefa de guardia, Lida Tálikova, seguida de Vladímir Kolos, el
primer colono, que llevaba la bandera, escoltado por dos muchachos con fusiles
al hombro. Era la primera vez que Vania veía la bandera de la colonia Primero
de Mayo, pero algo había oído de ella. El abanderado y sus dos asistentes no
formaban parte de ninguna brigada de la colonia, sino que constituían una
brigada especial, la "brigada de abanderados", cuyo alojamiento era
una habitación separada: la única que se cerraba con llave al quedar sola.
Sobre un pequeño estrado, junto a la pared tapizada de terciopelo, se
conservaba la bandera bajo un baldaquino, también de terciopelo. Kolos llevaba
la bandera con admirable facilidad, como si nada pesase. El dorado vértice del
asta apenas se estremecía sobre la cabeza del portaestandarte; y el ondulado
terciopelo escarlata, pesado, elegante, con ornamento de oro, caía sobre el
hombro de Kolos. La "brigada de abanderados" desfiló ante la
Banderas
en las torres solemne formación, que saludaba inmóvil, y se detuvo junto al
flanco derecho. En medio de un profundo silencio, Zajárov ordenó: - Colonos
Shari, Kravchuk y Novak: ¡cinco pasos al frente! Era llegado el momento de
expiar la infracción de la orden. Vitia Torski se adelantó, serio, con un
pliego de papel en la mano, y leyó que se imponía un voto de censura a fulano y
a mengano por faltar a la disciplina. Vania estaba exactamente detrás de Filka
y vio cómo enrojecían las orejas de su amigo. Terminada la ceremonia, Zajárov
ordenó a los culpables que se reintegrasen a la formación; ya en su puesto,
Filka dirigió la vista hacia un lugar indefinido: probablemente hacia los
parajes donde él se imaginaba que debía imperar la justicia. Pero Zajárov
acababa de dar una nueva y complicada orden. Resonó una marcha, y algo sucedió
en las filas, que se quebraron en varios lugares. Cuando Vania quiso
percatarse, la columna, de a ocho en fondo, se había puesto en movimiento por
la carretera. Vania se dio cuenta de que iba en la primera fila de su sección.
Ante ella marchaba, destacado, el jefe, Semión Kasatkin; más adelante, un mar
de tiubeteikas doradas y, allá a lo lejos, el aúreo vértice de la bandera.
Kasatkin, sin variar el paso, volvió la cabeza y dijo enfadado: - ¡Gálchenko,
marca bien el paso! Hasta que llegaron a las primeras casitas de la calle
Joroshílovka, Vania tuvo tiempo de compenetrarse perfectamente con la
formación. Se le hizo muy fácil guardar el paso y, más todavía, mantenerse
alineado en la larga fila. Aquello no era sólo fácil, sino entretenido. En las
aceras de la Joroshílovka se reunía la gente para contemplar admirada a los
colonos. Cuando entraron en la calle principal de la ciudad, la orquesta tocó
con mayor brío. Pasaba la columna entre una compacta muchedumbre, y sólo
entonces comprendió Vania hasta qué punto era hermosa la formación de la
colonia. Por último, los colonos se fundieron con las engalanadas columnas de
la manifestación: se cruzaron con un regimiento del Ejército Rojo y le hicieron
el saludo; desfilaron al lado de unas muchachas de trajes celestes, junto a
unos deportistas de brazos desnudos y junto a una gran columna de escolares
bulliciosos, con ropas de distintos colores. Todos miraban complacidos a los
colonos, los saludaban, les sonreían y se asombraban al ver la nutrida
orquesta; a las mujeres les gustaba sobre todo la sexta sección, la más menuda
y la más seria. Por la tarde llegó Kréitser para asistir a la asamblea general.
Kréitser visitaba la colonia rara vez. Los colonos querían mucho a aquel hombre
de cara ancha, siempre rasurada, ojos sonrientes y rebelde cabellera que se le
desparramaba sobre la frente. Ya era importante de por sí que se tratase del
presidente del Comité Ejecutivo de la región; pero,
97
además, Kréitser no tenía nada de orgulloso, hablaba con suma sencillez y se
reía de buena gana cada vez que venía a cuento. Aquel día se presentó, como
siempre, inesperadamente para todos. Los colonos adoptaron una actitud seria
mientras le hacían el saludo, pero al instante se sonrieron, y él los secundó:
- ¡Qué alegre es vuestra colonia, camaradas! - Pues, sí... es alegre. Kréitser
dio dos pasos largos en dirección a la tribuna; sin embargo, antes de llegar a
ella, entornó maliciosamente los ojos y se paró en el mismo centro que tantos
sinsabores había acarreado a muchos. - ¿Sabéis una cosa? -dijo-. He venido a
elogiaros. Se dice que vuestros asuntos marchan. Le contestaron desde diversos
puntos: - ¡Sí que marchan!... ¡Pero, díganos con detalle de qué se trata! -
Está bien, os lo diré: se os ha retirado del presupuesto. ¿Sabéis lo que eso
significa? Pues significa que desde ahora dejáis de vivir a cargo del Estado y
viviréis por vuestra propia cuenta, valiéndoos de vuestros recursos. A mí me
parece estupendo. Los colonos respondieron con aplausos. - Os felicito, os
felicito. Pero es poco... - ¿Poco? - ¡Poco! ¡Hay que ir más adelante! ¿No es
verdad? - ¡Sí! - Vuestros locales de producción son pésimos, verdaderos
cobertizos. Confirmó una voz solitaria: - ¡Un estadio! - Eso es, precisamente
un estadio -accedió jovial, Kréitser, buscando al punto con los ojos a Blum-.
¿Oye usted, Salomón Davídovich? - Ya hace tiempo que lo vengo oyendo. - Pues...
las máquinas... - ¡Eso no son máquinas, sino cabras! - ¡Cabras, eso es!
Kréitser tomó asiento en un peldaño de la tarima, entre un racimo de chicos y,
de pronto, miró seriamente a la asamblea y dijo: - Vamos a ver, ¿por qué no
construimos una verdadera fábrica, eh? -¿Cómo es eso? -interesóse Torski.
Kréitser infló los labios y exclamó: - ¡Pues sí que es difícil comprenderlo! La
construimos y compramos la maquinaria. - ¿Y los monises? - Algo tenéis ya:
trescientos mil rublos. ¿No es así? - Es poco. - Sí, es poco. Se necesita... Se
necesita... un millón. Cierto que no es mucho lo que tenéis. Filka gritó: -
Pues que nos preste el Comité Ejecutivo...
98 -
¿Que os preste? ¿A vosotros? No es negocio, ¿me entendéis? Necesitáis un
préstamo de setecientos mil rublos, y no disponéis más que de trescientos mil.
Pero, ¿sabéis una cosa, muchachos? Esperad un poco. Se puso en pie con agilidad
juvenil y explicó: - ¡Hay solución! ¡De verdad que la hay! El Comité os presta
cuatrocientos mil, y vosotros ganáis trescientos mil. Salomón Davídovich, ¿qué
tiempo haría falta para que reunieseis trescientos mil rublos más? Salomón
Davídovich avanzó, movió los dedos, frunció los labios y respondió: - Con
colonos como los nuestros -muy buena gente, os lo aseguro- no se necesita
tanto: un año. - ¿Nada más? - Un año, y quizá menos. Kréitser miró a Zajárov,
que esbozaba una sonrisa. - ¡Anímese, Alexéi Stepánovich! Zajárov se rascó la
nuca sin disimulo y contesto: - Llevamos tiempo pensando en eso. Lo que ocurre
es que en un año no ganaremos ese dinero. Nuestra maquinaria está en las
últimas, no hay por qué negarlo. Apenas se tiene de pie. Salomón Davídovich se
levantó de su asiento con un jadeo. - La maquinaria -terció- está dando las
boqueadas, pero creo que nos arreglaremos mal que bien. - Pido la palabra, pido
la palabra. El que levantaba la mano era: Sancho Zorin. - Quiero decir que en
un año ganaremos los trescientos mil rublos, eso pueden dado por hecho. Todos
los muchachos dirán lo mismo. - ¡Los ganaremos! -confirmaron desde el diván. -
Si nos ayudan ustedes, habrá fábrica nueva. Queda por aclarar qué clase de
fábrica, aunque eso es cuestión aparte. Lo que yo propongo es lo siguiente: si
ganamos esa suma y ustedes nos ayudan, tendremos los medios suficientes dentro
de un año. Luego, la construcción se llevará otro tanto. Por consiguiente,
pasarán dos años, y es una lástima. Fijaos bien; por todas partes están
cumpliendo el plan quinquenal en tres años y hasta en dos y medio. ¿Verdad que
nosotros no debemos ser menos? Propongo que empecemos, ya: ¿Para qué va a estar
inactivo nuestro dinero cuando podemos comenzar? Y usted también... ¿sabe?...
no sé cómo decírselo... - ¿Que os preste el dinero ya? - No en este preciso
momento... pero... Sancho miró tan tiernamente a Kréitser, que nadie pudo
contener la risa. Como los demás le lanzaran miradas parecidas, Kréitser gritó
a Zajárov, indicando con el dedo a la asamblea: - ¡Cómo me miran, cómo me
miran! ¡Así reventéis!... ¡Está bien, está bien, muchachos! ¡Hoy mismo os
asignaremos los cuatrocientos mil rublos! Zajárov saltó de su asiento, agitó el
brazo en el
A. S.
Makarenko aire y profirió un grito. Kréitser aceptó su apretón de manos con
igual entusiasmo juvenil. Se gritaba en todas partes, todo eran risas, todos
saltaron del diván. Torski vociferó: - ¡Orden, camaradas! Pero Kréitser dijo,
encogiéndose de hombros: - ¡Qué orden! ¡Vamos a construir una fábrica, Vitia!
El propio Vitia comprendía que no era cosa de exigir un orden demasiado
ejemplar. 21. Lagrimas mecánicas. La nueva fábrica, de la que bien poco podía
decirse por el momento, hizo perder la cabeza a todos los colonos. Y lo
asombroso fue que ni siquiera este regalo agotó el rico bolsillo de la suerte.
Un buen día, Vitia Torski entró corriendo en el comedor a la hora del almuerzo.
No obstante su seriedad y sus cargos de secretario del Consejo de jefes de
brigada y de miembro del buró de la organización del Komsomol entro despeinado,
enardecido, y gritó, gesticulando: - ¡Muchachos, qué novedad! ¡No sé ni cómo
contada! En efecto, jadeaba y, a todas luces, se le hacía difícil hablar. Todos
se levantaron: tenía que haber sucedido algo realmente extraordinario para que
el propio Vitia Torski gritase, fuera de sí. - ¿Qué pasa? ¡Habla, Vitia! -
¡Kréitser, el Comité... nos ha regalado... un camión de tonelada y media...
nuevo! ¡Un camión! - ¡No puede ser! - ¡Si ya está aquí! ¡En el patio! ¡Y el
chofer está aquí también! Vitia Torski hizo un ademán con la mano y echó a
correr. Todos se lanzaron hacia la salida, abandonando en las mesas los platos
de sopa, y resonaron pisadas presurosas en la escalera; los que no pudieron
alcanzar la puerta, se precipitaron hacia las ventanas, poseídos de jubilosa
excitación. En el patio había, efectivamente, una camioneta nueva de tonelada y
media. Los colonos la rodearon por los cuatro costados, y algunos de la cuarta
brigada se subieron a la caja. El propio Gontar, pese a su salud de hierro,
tuvo que ponerse la mano en el corazón. Un hombre moreno y flaco, de pie junto
a la cabina, contemplaba tímidamente a los colonos con sus ojos oscuros.
Zirianski le gritó: - ¿Eres el mecánico? - El chofer. - ¿Cómo te apellidas? -
Vorobiov. - ¿Y te llamas? - Piotr. - ¡Muchachos! ¡A mantear al chofer Piotr
Vorobiov!... La idea fue acertadísima. El chofer se vio asaltado
Banderas
en las torres desde lo alto del camión y desde tierra. Sonó algo semejante a un
"¡hurra!" Vorobiov tuvo tiempo de palidecer y estremecerse, pero no
de abrir la boca. Un instante después, sus flacas piernas, hundidas en las
anchas cañas de sus botas, volaron por encima de los manteadores. Cuando lo
colocaron en tierra, ni siquiera se arregló el traje: miró asombrado en torno
suyo y preguntó: - ¿Qué clase de gente sois? Gontar le respondió con la mayor
expresividad de que era capaz, agachándose un poco y, él sabría por qué,
hendiendo el aire con la mano: - Camarada Vorobiov, somos soviéticos, ¿sabes?,
gente cabal... gente nuestra... ¡Pierde cuidado! Los chicos de la cuarta
brigada, comprendido Yania Gálchenko, no atribuían gran importancia a las conversaciones
ni a la exteriorización de los sentimientos. Después de inspeccionar la caja
del camión, la emprendieron con el motor, establecieron de qué sistema y marca
era, discutieron un instante sobre otros sistemas y llegaron a la conclusión
unánime de que el camión era nuevo y que todo el tesoro industrial de Salomón
Davídovich, incluidos los tornos de Samara, no valían un pepino en comparación
con él. La idea de la nueva fábrica -y la realidad del flamante camión- habían
quebrantado en gran medida su respeto a los tornos. El júbilo que hacía muy
poco los embargara, al incorporarse al noble trabajo de los metalúrgicos, se
manifestaba ahora en forma muy distinta. Hasta Vania Gálchenko, tan sensato y
ajeno a los caprichos, se había presentado no hacía mucho en el despacho de
Zajárov durante las horas de trabajo y, aunque trató de hablar concretamente y
de contener las lágrimas, rompió a llorar: - ¡Fíjese usted, Alexéi Stepánovich!
¿Qué es esto?.. La polea está estropeada... Y por más que lo he dicho... - ¿Por
qué lo tomas tan a pecho? Lo que hace falta es arreglarla. - Es que no la
arreglan. Y él me dice que trabaje. Así no se puede trabajar. - Vamos para
allá. Lleno de pesar, Vania siguió a Zajárov por el patio. Ya había dejado de
llorar. Al entrar en la sección de mecánica, se adelantó a Alexéi Stepánovich y
corrió en dirección a su máquina: - Mire usted. Vania se subió a un tabladillo
que había al pie de la máquina y la puso en marcha. Después corrió hacia la
derecha la palanca de la transmisión: un palo que colgaba del techo. El torno
se detuvo. - Por más que miro, no veo nada. De repente, la máquina echó a
andar, girando entre silbos y chirridos, como todas las de la sección. Zajárov
levantó la cabeza: el palo había descendido, deslizándose hacia la izquierda, y
la polea se había puesto en movimiento. Alexéi Stepánovich se echó a
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reír, mirando a Vania: - Sí, amiguito... - ¿Cómo voy a trabajar así? Paro la
máquina, me pongo a colocar la aceitera en el mandril, y echa a andar. Puede
llevarme la mano... Salomón Davídovich estaba ya detrás de ellos. Zajárov lo
reconvino: - ¡Salomón Davídovich! Esto... pasa ya de la raya... - ¿Qué tiene el
asunto de particular? ¿No te había hecho yo un dispositivo? Vania metió la mano
bajo el torno y sacó un trozo de alambre oxidado: - ¿Acaso es un dispositivo?
En los extremos del alambre había sendos ojales. Vania enganchó uno a la
palanca de palo y el otro a un ángulo de la bancada. El torno se detuvo. Vania
desenganchó el ojal de la bancada, y la máquina volvió a girar, pero el alambre
quedó suspendido ante los propios ojos del tornero. La voz de Porshniov dijo a
espaldas del grupo: - ¡La última palabra de la técnica! Salomón Davídovich
volvió la cara, presto al contraataque, y el muchacho sonrió lleno de bondad;
sus ojos, de cejas negras y tupidas, miraban afectuosamente. Porshniov añadió:
- Palabra de honor que eso no sirve, Salomón Davídovich. - ¿Por qué no sirve?
No será la última palabra de la técnica, pero se puede trabajar. - ¿Trabajar?
Para hacer esa operación hay que detener el torno unas cinco veces por minuto.
¿Cómo se va a poner a atar y desatar? Además, ese alambre que cuelga se mete en
el carro-soporte. Salomón Davídovich sólo acertó a objetar: - ¡Claro! Si
pusiéramos tornos ingleses... Alguien gritó desde un ángulo del local: - ¿Y
éstos, de dónde son? Desde otro ángulo contestaron: - Esos no son tornos, ¡son
cabras! Zajárov movió tristemente la cabeza. - Lo cierto es... que esto produce
una impresión... deplorable, Salomón Davídovich. - La cosa está clara: ¡se hará
una reparación general! Zajárov dio media vuelta y salió de la sección. Salomón
Davídovich miró a Vania con cara de reproche: - ¿Qué necesidad tenías de ir a
quejarte? Como si Volonchuk no te pudiera arreglar el torno. Bajo la mano de
Salomón Davídovich se asomaba ya el cetrino rostro de Filka: - ¿Cuándo va a
hacerse la reparación general? - ¡No es posible hacerla a todas las máquinas!
¿Creéis que es coser y cantar? La reparación general es la reparación general.
- ¿Y si hay que hacerla? - Lo que tú tienes que hacer son aceiteras. No me
100 des
más la lata con tu reparación general. Volonchuk le pondrá una tuerca. - ¿Cómo
que una tuerca? Se tambalea todo, el carro soporte está estropeado. - Tú no
eres el único en la sección. Volonchuk le pondrá una tuerca y ya verás cómo
funciona. Cinco minutos más tarde, ya estaba en acción. Volonchuk. Llegóse a
Filka con un cajón de madera donde llevaba infinidad de medicamentos
maravillosos para todas las máquinas. Filka suspiró satisfecho. Pero Salomón
Davídovich no pudo gozar mucho tiempo de la bonanza. A los pocos minutos gritó
a Borís Yanovski: - ¿Por qué no trabajas? Por toda respuesta, Borís le volvió
enfadado la espalda. Había cosas que podían acabar hasta con la paciencia de
Salomón Davídovich. Fuera de sí, vociferó a Volonchuk: - ¡Es una vergüenza,
camarada Volonchuk! ¿Cuánto tiempo va a estar dándole vueltas a esa tuerca? ¿No
está usted viendo que la polea de Yanovski no funciona? ¿Le parece bonito que
esté parada, que Yanovski esté parado, y que yo le pague a usted el sueldo?
Volonchuk continuó rebuscando en el cajón de los prodigios y replicó
ensombrecido: - Esa polea hace tiempo que había que tirarla. - ¿Cómo tirarla?
¿Tirar una polea como ésa? ¡Qué ricos se han vuelto ustedes, el diablo les
lleve! ¿Esa polea, para que usted se entere, puede servir todavía diez años?
¡Póngale inmediatamente una chaveta! - De todas maneras, seguirá moviéndose. -
¡Y usted seguirá moviendo la lengua! ¡Póngale la chaveta ahora mismo! Volonchuk
levantó la cabeza, se rascó la nuca y, sin demasiadas prisas, colocó una
escalera para revisar la polea. - La chaveta ya se le puso ayer -dijo. - Eso
fue ayer, pero hoy es hoy. Ayer cobró usted su salario y hoy lo cobrará
también. Salomón Davidovich levantó, a su vez, la cabeza, pero Filka le tiró de
una manga y le preguntó: - ¿Qué hacemos con mi torno? - Ya te lo he dicho: te
pondrán una tuerca. - Pero es que ahora anda liado con eso... - Pues te
esperas... De pronto, desde el rincón más lejano, llegó un grito desesperado de
Sadóvnichi: - ¡Otra vez se ha roto la correa! ¡Maldita sea, no pueden contratar
a un guarnicionero! Salomón Davídovich, siempre sensato y experto, siempre
enérgico, se plantó junto a Sadóvnichi y dijo: - Pero sí estuvo aquí el
guarnicionero y yo le ordené que arreglase todas las correas. ¿Dónde estabais entonces?
- La empalmó, pero hoy a vuelto a romperse por
A. S.
Makarenko otro sitio. ¡Hace falta un guarnicionero permanente! -¡Mucha falta!
Ahora pedís guarnicioneros, y mañana necesitaréis a alguien que engrase, y
después barrenderas. Sadóvnichi arrojó la llave al poyo de la ventana y quiso
marcharse. - ¿A dónde vas? - ¿Qué quiere usted que haga? Esperaré al
guarnicionero. - ¿Tan difícil es coser una correa? Bien podrías hacerlo tú.
Salomón Davídovich terminó por causar la hilaridad de la sección mecánica.
También Sadóvnichi se reía: - Salomón Davídovich, es una correa y no un zapato.
Tenía derecho a hablar así: en sus tiempos había trabajado de aprendiz de
zapatero. 22. La palabra. Ni el propio Zajárov se imaginaba cómo sería la
fábrica nueva. Pero lo que sí sabían todos era que en un año tenían que
economizar trescientos mil rublos "limpios", cosa nada fácil porque
la colonia había sido "retirada del presupuesto", y todos sus gastos
debían cubrirse con las ganancias de los talleres dirigidos por Salomón
Davídovich, quien, inesperadamente para sí mismo, se había convertido en la
única fuente de ingresos. El primer perjudicado fue Kolka, el doctor, que se
quedó sin rayos ultravioleta. Luego, las chicas de la quinta y de la undécima
brigadas: venían pensando en comprarse nuevas faldas de lana, y comprendieron
de pronto que habrían de renunciar a ellas. Cientos de libros empaquetados en
la biblioteca para mandarlos a reencuadernar, fueron nuevamente desatados.
Piotr Vasílievich Málenki solicitó cien rublos para el automóvil de remos y
recibió de Zajárov la siguiente respuesta: - El automóvil de remos puede
esperar. Zajárov dio una explicación escueta en la asamblea general: -
¡Camaradas! ¡Hay que apretarse los cinturones! ¡Preparaos! Todos estaban
dispuestos a apretarse los cinturones y a nadie se le ocurrió la menor
objeción. Hasta en los dormitorios se habló poco del asunto. A lo que mayor
atención prestaba la cuarta brigada era a los problemas de la sección mecánica.
Se precisaba economizar trescientos mil rublos con máquinas tan malas. Este era
el tema principal que se discutía activamente en la cuarta brigada. Pero en las
otras brigadas dominaba a los muchachos una terrible preocupación: ¿de dónde
iban a sacarse aquellos trescientos mil rublos? Según los cálculos, resultaba
que no había de dónde. No obstante, al día siguiente de la llegada de Kréitser
aumentó en vez y media la producción de aceiteras. El mismo Salomón
Banderas
en las torres Davídovich no acertaba a comprender cómo había ocurrido aquello.
Revisó varias veces las cifras y comprobó que, en efecto, salía un aumento de
vez y media. Ni siquiera quiso informar a Zajárov de su descubrimiento. Esperó
un día y otro: y la producción, venga a subir. Pero crecían también en la
sección las protestas contra los defectos, y, por último, empezó a faltar metal
fundido. Se hizo evidente que los moldes no bastaban. De ello se habló varias
veces en la asamblea general en tono más y más alto, hasta que estalló el
escándalo. Zirianski comenzó, con aparente calma: - Hablemos ahora de los
moldes. Son viejos y pocos y están llenos de agujeros. Salomón Davídovich ha
prometido mil y mil veces: mañana, dentro de una semana, dentro de dos. Fijaos
en lo que pasa por las mañanas. Los torneros, a medio desayunar, y algunos sin
desayunar incluso, salen corriendo para la fundición; cada cual echa mano a
cuantas aceiteras puede, y a los que llegan tarde no les queda más remedio que
esperar hasta que se saque y se enfríe la colada de la mañana. ¿Puede eso
llamarse técnica? Por si eso fuera poco, Zorin, que no era metalúrgico, sino
carpintero, también tomó la palabra: - A Salomón Davídovich le da lástima
gastar mil rublos en moldes. ¿Y si por no gastarlos se nos viene por tierra el
plan? - ¡Pido la palabra! -dijo Salomón Davídovich, perdida la paciencia-. ¿Qué
es lo que estáis diciendo? ¿Acaso no sé yo lo que pasa con esos moldes? Pronto
tendremos más. Los haremos. Alguien gritó: - ¿Cuándo? ¿En qué plazo? - Dentro
de dos semanas. Zirianski entornó los ojos con malicia y preguntó: - ¿De modo
que los tendremos para el 15 de octubre? - He dicho que dentro de dos semanas.
Por consiguiente, estarán para el 1º de octubre. - ¿Quiere decirse que el 15 de
octubre sin falta? - Sí, sin falta el 1º de octubre. Comenzaron a sonreír en la
sala. Salomón Davídovich adoptó entonces una postura solemne y extendió el
brazo hacia adelante. - ¡Doy palabra -exclamó- de que estarán el 1º de octubre!
Hubo un estallido de risas. Hasta Zajárov se sonrió. Salomón Davídovich
enrojeció y, enfurecido, se plantó en mitad de la sala. - ¡Me estáis
insultando! -exclamó-. ¿Qué derecho tenéis vosotros, unos chiquillos, a ofender
a un anciano como yo? Se produjo un silencio embarazoso. ¿En qué iba a parar
todo aquello? Pero Zirianski avanzó también hacia el centro y, encarándose
seriamente con Salomón Davídovich, dijo, fruncido el ceño:
101 -
Nadie quiere ofenderle, Salomón Davídovich. Usted afirma que los moldes estarán
listos para el 1º de octubre. Y yo afirmo que no lo estarán ni para el 15.
Salomón Davídovich miró con los ojos enrojecidos a todos los presentes y, dando
media vuelta, abandonó el local. En medio del silencio, profirió, indignado,
Mark Grinhaus: - ¡Esos no son modos, Zirianski! ¿Cómo se puede tratar así a una
persona? Ha dado palabra. Ahora fueron los ojos de Zirianski los que
enrojecieron. Blandiendo el puño clamó: - ¡Yo también doy palabra! Y si no se
cumple lo que digo, echadme de la colonia. - Sin embargo, no llevas razón
-resonó inopinadamente la voz de Volenko. - Eso ya se verá. -Pues, a pesar de
todo, te digo que no llevas razón. No hay por qué discutir una cosa que todos
sabemos muy bien: el 1º de octubre no estarán listos los nuevos moldes. - ¿Lo
ves? - No veo nada. Lo que sé es que Salomón Davídovich cree, ¿entiendes?, cree
que estarán hechos. Y él pone de su parte lo que puede. O sea, que no miente. Y
tú, Aliosha, no te paras en barras y ofendes a un anciano tan bueno como él. -
Yo no lo he ofendido; lo que he hecho ha sido discutir. - Discutir es una cosa
y ofender es otra. Yo no digo que lo hayas hecho adrede... - Déjate de
tonterías, Volenko. Aquí estamos tratando el problema de los moldes, un asunto
práctico, y tú nos sales con tus bondades. Para ti todos son buenos y a nadie
debe ofenderse. Y yo lo veo de otra manera. ¿Hacen falta moldes? Pues vengan
moldes, y que se nos diga cuándo los tendremos listos. ¿A qué andar engañando a
toda la colonia? ¿Qué necesidad hay de eso? La asamblea seguía la disputa con
vivo interés, sin que por los semblantes pudiera discernirse de qué parte
estaban los colonos. La deducción que podía hacerse era la de que Zirianski
llevaba razón, pero no había por qué ofender a nadie. Igor Cherniavin, sentado
en el diván entre Nesterenko y Zorin, sintió también el deseo de tomar la
palabra y exponer su criterio. Sin embargo, no tenía costumbre de hablar en
público y, por otra parte, no se había formado una opinión clara de las cosas.
Siempre le había dado lástima de Salomón Davídovich: todos lo atacaban, todos
le exigían esto y lo de más allá, y desde el amanecer hasta el toque de retreta
trajinaba el pobre por toda la colonia; pero Igor comprendía también la razón
de la constante y aguda crítica a que los colonos sometían la
"industria" de Salomón Davídovich. En efecto, si se miraba, por
ejemplo, la sección de montaje, se veía todo el patio atestado de madera, pero
¿qué madera era aquélla? Salomón
102
Davidovich se había agenciado, por cuatro cuartos, naturalmente, varios
camiones de recortes de roble, a no dudarlo de la peor calidad: roble nudoso,
veteado. Cada travesaño hecho de tal madera se agrietaba. Los trozos con
grietas o con los agujeros de los nudos debían ser desechos ya en la sección de
máquinas, pero Ruslán Gorójov contaba, hecho una furia, que Salomón Davídovich
había exigido que no hubiera desperdicio alguno. ¿Quién salvaría, pues, la
situación? Wanda, Wanda lo rellenaría todo con su mezcla maravillosa. Pero la
butaca entera no podía ser de la mezcla de Wanda. Igor Cherniavin se decidió y
levantó la mano. Torski le concedió la palabra, y los ojos de todos los
presentes se fijaron estupefactos en Igor: ¡Un educando, y pedía ya la palabra!
Igor se levantó arrojadamente, pero apenas despegó los labios cayó en la cuenta
de que hablar en una asamblea era harto difícil. - ¡Camaradas! Decidme si es
justo eso. Se le entrega a Wanda Stadnítskaya simple serrín y... ¿quieren
ustedes una butaca? Tomad, por ejemplo, un travesaño y haced el favor de
mirarlo... - Cíñete al asunto -lo interrumpió Torski. - ¿Qué? - Que te dejes de
travesaños y hables de lo que ha dicho Zirianski. - ¡Claro que sí! A eso voy.
Hay que comprender las cosas; tened la bondad de comprender la situación. - ¿La
de quién? -preguntó Zorin sin levantarse. Igor cazó al vuelo su mirada maligna
y alzó valeroso la mano. ¡Maldición! Le había salido un ademán torpe como los
de Misha Gontar; cierto que la mano se había levantado con mucha energía, pero
no en la dirección deseada y, luego, se había detenido ante el vientre,
suspendida del modo más estúpido y torpón, como si fuese de madera. Igor la
miró un momento, pero acto seguido percibió, aunque por un pequeñísimo
instante, la pérfida sonrisa de una muchacha. ¡Estaba claro que no podía
callarse! Su frente se cubrió de sudor. Se lo enjugó con la manga y emitió,
inesperadamente para sí mismo, un suspiro bastante sonoro. Una risa sutilísima,
casi inaudible, se dejó oír y voló más allá del Club silencioso. Igor alzó los
ojos, prestó oído, volvió a suspirar y... se sentó. Todos prorrumpieron en
carcajadas. Igor, enojado, volvió a levantarse y gritó: - ¿De qué os reís? ¡Hay
que ver la tabarra que le estáis dando con los moldes! ¿Os creéis que para él
es cosa fácil? Vosotros mismos decís que es preciso ganar trescientos mil
rublos... ¡Pues sin Salomón Davídovich no ibais a ahorrar ni cinco! Vosotros
estáis todavía tomando el té... - ¿Y tú? -interrumpió no se sabe quién. - Yo
también, sí. Nosotros estamos todavía tomando el té, y él va ya camino de la
ciudad; y
A. S.
Makarenko cuando vuelve, lo acosan por todas partes... Decidme, por favor, si
eso es vida. Yo aprecio a Salomón Davídovich, palabra de honor que lo
aprecio... ¡Oh sorpresa! Los colonos rompieron a aplaudir. En el primer
instante, Igor ni siquiera daba crédito a sus oídos: unos sonidos insólitos y
extraños habían interrumpido sus palabras; miró, y vio que estaban aplaudiendo,
estaban aplaudiéndole a él, a Igor Cherniavin, aunque los rostros conservaban
todavía una sonrisa irónica. Rojo como la grana, cohibido, sintió el deseo de
ocultarse, pero la pesada mano de Nesterenko cayó sobre su rodilla: - ¡Bravo,
Igor, bravo! ¡Eres una buena persona! Igor oyó la voz de Zajárov, que empezó a
hablar pronunciando su apellido: - Cherniavin ha dicho lo que pensamos todos.
Los moldes tienen importancia; en eso lleva razón Zirianski. ¡Pero el hombre es
más importante, amigos! Volenko, has hecho muy bien saliendo en defensa del
viejo. Creo que ha llegado el momento de hablar con el debido detenimiento
acerca de Salomón Davídovich. Sólo ruego que guardéis mis palabras en secreto.
¿Seréis capaces? Zajárov, sonriente, pasó la mirada en torno. Todos los
rostros, sin excepción, afirmaban que los doscientos colonos eran capaces de
guardar cualquier secreto. Alguien miró, receloso, a las muchachas, y una de
ellas protestó enérgicamente: - ¿Qué miras tú? De tu lengua sí que no me fío
yo... - ¿De mi lengua? ¡Vaya! Zajárov comprendió que podía estar seguro de que
todo quedaría en secreto. - Ya veo que no se lo diréis a Salomón Davídovich.
Eso está muy bien. Vamos, pues, a ponernos de acuerdo. Debemos exigirle orden,
la reparación general, buena calidad de la producción y nuevos moldes. Eso
debemos exigírselo. Pero convengamos en lo siguiente: hay que hacerlo
amistosamente o, por lo menos, con todo respeto. Tened en cuenta que hay
personas a quienes se les hace muy cuesta arriba adquirir buenos modales, pero
hay que adquirirlos. Lo cortés no quita lo valiente, ni mucho menos. Uno puede
manotear, echar centellas por los ojos y vociferar: "¡Fuera de aquí, tal y
cual, pedazo de canalla!", y puede decir con finura: "Haga el favor
de marcharse". Zajárov pronunció la última frase con extraordinaria
finura, y hasta se inclinó un poco, pero la fuerza del ruego era tan persuasiva
y segura, que la asamblea general no pudo reprimirse y estalló en risas. Uno de
los presentes dijo: - ¡Eso, tratándose de gente nuestra! - ¡Exacto! Me refiero
a los nuestros. Pero, no tratándose de amigos, el quid no está tampoco en los
denuestos, sino en la fuerza. Un fusil aventaja todos los insultos. Pero
Salomón Davídovich es de los nuestros, bien lo sabemos todos, y Cherniavin se
ha
Banderas
en las torres expresado con mucho tino. Las empresas de la colonia son viejas,
artesanas; trabajar en ellas no es nada fácil, pero tampoco lo es dirigirlas.
¿Me entendéis bien, muchachos? En rigor, todo estaba claro. Únicamente
Zirianski salió del Club silencioso con aire descontento, repitiendo sin cesar:
- ¡Ya veremos lo que hace para el 1º de octubre! Cherniavin, en cambio, subió
de cuatro en cuatro los escalones, muy alborozado: acababa de pronunciar un
discurso bastante bueno, su primer discurso en la colonia, y Zajárov había
estado de acuerdo con él. ¡A ver si los chicos dejaban de creerse que
Cherniavin era un novato cualquiera! ¡El educando Cherniavin! Aquello lo sacaba
de quicio hacía ya tiempo. Vania Gálchenko era un buen chico, pero había
llegado a la colonia un mes después que Igor y ya le habían dado la insignia,
mientras que en la octava brigada a nadie se le ocurría plantear la cuestión de
Cherniavin. Como tratarlo, lo trataban bien: reconocían que era un muchacho
leído, consideraban justas sus opiniones sobre muchos problemas de la vida, y,
sin embargo, nadie había dicho media palabra sugiriendo que había que
presentarse a la asamblea general y manifestar: es un muchacho con tales y
tales cualidades; vive así, trabaja así, estudia de tal o cual manera. ¿Sería
posible que siguieran recordando aquel malhadado beso del parque o su negativa
a trabajar en los primeros días? ¡Cosa extraña!, Igor no había tenido tiempo de
acabar su pensamiento, cuando Nesterenko dijo: - Muchachos, creo que Cherniavin
lleva ya bastante tiempo de educando. Podrán quedarle algunas fantasías, pero
estimo que se le curarán. ¿Qué necesidad hay de que en nuestra brigada sigamos
teniendo educandos? ¿Qué te parece a ti, Sancho? Y el muy pícaro de Sancho
gritó con voz de asombro: - ¡Si eso es lo que yo pienso hace mucho! ¡Claro que
sí! 23. Todo es posible en la vida. Kréitser llegó acompañado de un hombre
gordo, a quien condujo por la colonia para mostrarle todo lo que allí había y,
en primer término, a los chicos. - Fíjese usted en éste... -le decía-. ¿Ha
visto usted otro igual? Ven acá, Kiriusha..., ¿qué es de tu vida? Kiriusha
hubiera querido referir algunas cosillas de su vida, pero ver al gordinflón y
quitársele las ganas de hablar fue todo uno. El gordo tenía una cara monda y
expresiva que, sin embargo, en aquel momento no expresaba nada que no fuera una
disimulada repulsión. - Usted no comprende nada todavía, querido -le dijo
Kréitser. El gordo repuso con cascada voz de bajo:
103 -
Mijaíl Osipovich, yo soy ingeniero Y no tengo la obligación de comprender todos
esos romanticismos. - ¡Je, jet -soltó una risita Kréitser-. Resulta que eres un
ser romántico, Kiriusha. Kiriusha hizo un guiño de inteligencia y escapó de
allí. Volodia, con su trompeta, convocó a reunión del Consejo de jefes de
brigada y preguntó a Kiriusha: - ¿Qué te ha dicho ese viejo? - Algo que no
entendí. Dice que es ingeniero. En la sala del Consejo de jefes no cabía un
alma. No se sabe qué vientos habían propagado por la colonia el rumor de que un
ingeniero recién llegado iba a hablar de la nueva fábrica. Vania Gálchenko fue
uno de los primeros en tomar asiento en el diván. Había también muchos adultos:
profesores, maestros de secciones y hasta Volonchuk, que, metido en un rincón,
miraba desde allí melancólico e incrédulo. Kréitser, los ojos entornados, pasó
la mirada por la asamblea, intercambió un guiño con Zajárov y comenzó a hablar:
- Bien, muchachos. Nuestra empresa se pone en marcha. Os presento al ingeniero
Piotr Jetróvich Vorgunov. El y yo tenemos un plan para la nueva fábrica. Un
plan interesante, muy interesante, que ha gustado mucho allí, en la ciudad.
Haremos una fábrica de instrumentos eléctricos. Piotr Petróvich, tenga la
bondad. El ingeniero Vorgunov ocupó toda la mesa de Vitia Torski. No miró a los
colonos ni contestó a Kréitser, siquiera con la vista. Su aspecto era pesado y
sombrío. Su cabeza, grande, de escaso cabello gris, se movía con lentitud.
Abrió un maletín del que extrajo una maquinilla brillante y enigmática,
parecida a un revólver de gran calibre. Sosteniéndola con cierto esfuerzo,
empezó a hablar en voz baja y fría como quien cumple una obligación
desagradable. - Esto es un taladro eléctrico, o sea, que funciona por
electricidad. Este es el cordón, que se conecta en un enchufe ordinario... Lo
enchufó y el taladro zumbó en sus manos, aunque no se le veía girar a causa de
la velocidad y su movimiento sólo se adivinaba. - Ya estáis viendo que funciona
en las propias manos, y esto es comodísimo, pues permite taladrar en cualquier
dirección. Es un instrumento de suma importancia, sobre todo para la
fabricación de aeroplanos, para los zapadores y para la construcción naval.
Pero puede trabajar también como taladro fijo, sobre un soporte; el soporte no
lo he traído. Por poco que entendáis de electricidad, adivinaréis que debe
llevar dentro un rotor eléctrico, que después os mostraré. Existen otros
instrumentos eléctricos que será necesario hacer en la futura fábrica... en...
en esta colonia: cepilladoras, sierras y garlopas. Hasta ahora no se producen
instrumentos eléctricos en la URSS: hay que comprarlos en Austria o en
Norteamérica. Este que veis en mis manos es
104
austriaco. A continuación, Vorgimov desmontó el aparato con tanta facilidad,
que no pareció costarle esfuerzo alguno, mostró las piezas que lo componían y
enumeró brevemente las máquinas en que se fabricaban. Los nombres que pronunció
eran nuevos para los colonos. Entre ellos figuraban tornos de marcas
desconocidas. El discurso terminó así: - Tendremos talleres de fundición, de
mecánica, de montaje y de herramientas. Si acaso no comprendéis algo,
preguntadlo. Dejó sobre la mesa el taladro y, puesta la vista en él, esperaba
pacientemente las preguntas. La nueva había sido demasiado impresionante y
cautivadora para que, así al pronto, reaccionasen los asistentes. Sin embargo,
Volenko inquirió: - ¿Nuestra fundición no sirve? La pregunta pareció tan fuera
de lugar, que todos los presentes clavaron en su autor una mirada de reproche.
Vorgunov respondió sin levantar la vista: - ¡No! La respuesta no arredró a
Zirianski, que preguntó: - Usted ha hablado... de la precisión... de la
precisión del trabajo. ¿Cuál debe ser? - Una centésima de milímetro. Zirianski
se sentó y, llevándose la mano a la mejilla, exclamó: - ¡Ay, ay, ay! Todos se
echaron a reír, comprendidos Zajárov y Volonchuk. Todos menos Vorgunov, que
estaba recogiendo el instrumento en el maletín. - ¿Y nosotros... seremos
capaces... de hacer eso? El ingeniero apretó los labios, miró por encima de las
cabezas de los reunidos y repuso secamente: - No lo sé. Las miradas de los
colonos se extraviaron: les resultaba violento mirarse unos a otros. Zajárov dio
un paso adelante y también bajó los ojos: su irritación era evidente. - ¡Pues
yo sí lo sé! ¡Y el camarada Kréitser también lo sabe! ¡Y también lo sabéis
vosotros, colonos! Nuestro país, nuestro Ejército Rojo y nuestra aviación
necesitan estos taladros. Camarada Vorgunov, ¿cuántos se proyecta fabricar? -
La norma debe ser cincuenta por día. - Pues nosotros haremos cien. Y los
haremos mejor que los austriacos. Zajárov se volvió con aire de reto hacia el
ingeniero, pero Vorgunov continuaba mirando su maletín con la misma frialdad.
En medio de un nutrido grupo de colonos aglomerados junto a la puerta, se oyó
una voz sonora: - ¡Los haremos! Mijaíl Gontar puso una cara bonachona y seria,
de viejo sensato, y dijo: - Hace poco leí en un libro que alguien ha inventado
la manera de mandar retratos por telégrafo. Me parece que, seguramente, será
más fácil hacer
A. S.
Makarenko esos taladros. También se fabrican, por ejemplo,
cosechadoras-trilladoras. Yo las he visto con mis propios ojos en Rostov. Por
eso pienso que, tomándolo con interés ¿por qué no vamos a hacer los taladros?
Cierto que para eso se necesita una buena fundición. Aquellos acertados juicios
no repercutieron lo más mínimo en la expresión de Vorgunov. Vitia Torski, que
lo contemplaba sorprendido, levantó la sesión. Al cabo de unos minutos, el
ingeniero, de pie en el centro del despacho de Zajárov, decía con la cabeza
gacha, como si se dispusiese a topar: - Yo no comprendo esas ternuras. No soy
un ángel ni una colegiala y, tratándose de la producción, no me conmueve ningún
niño. No, no me conmueve. Lo digo con toda franqueza: construir una fábrica es
muy loable, pero habrá que buscar obreros. - Un momento, Piotr Petróvich -dijo
Kréitser, mirándole con ojos de asombro-. Usted... cree... que estos
muchachos... Vorgunov se encogió de hombros: - Mijaíl Osipovich, ya hay
bastantes chapuceros, sin necesidad de ellos. Salomón Davídovich extendió
indignado los brazos: - ¡Usted no los conoce! ¡Trabajan... trabajan como
fieras! - ¿Ve usted? Como fieras. Lo que yo necesito es gente experta, y no
fieras. El ingeniero se puso el sombrero y echó mano al maletín: - Aprovecharé
su auto, Mijaíl Osipovich -dijo-. Hasta la vista. Salió seguido por todas las
miradas. Kréitser comentó con entusiasmo: - ¿Han visto ustedes? ¡Es estupendo!
¡Un hombre magnífico! Salomón Davídovich, sin embargo, no pareció notar aquel
rapto de júbilo y observó: - ¿Qué les parece a ustedes? ¡No le gustan las
fieras! ¿Habráse visto cosa igual? Zajárov se reía ruidosamente, como un niño.
Entre tanto, la mayor parte de la cuarta brigada dormía ya. Tan sólo Zirianski,
acostado, leía un libro, y Volodia y Vania se miraban mutuamente desde sus
camas, una al lado de la otra. Vania se incorporó de pronto sobre un codo y
dijo: - ¡Una centésima de milímetro! ¡Volodia! Eso es imposible, ¿verdad?
Volodia replicó, pensativo: - Todo es posible en la vida. Zirianski se volvió
hacia ellos y gruñó: - ¡A dormir, mocosos! Los peques, retozones, se hicieron
unos guiños y se durmieron. 24. Recordemos el pasado...
Banderas
en las torres Vorgunov se llevó el taladro austriaco, pero la sugestiva imagen
del aparato quedó grabada en la memoria de todos los colonos. A decir verdad,
no sabían discutir de tales temas. Las conversaciones versaban acerca de si se
mantendría o no la sección de costura, de si serían útiles los tornos de Sámara
o de si habría que derribar el "estadio". Varias muchachas pidieron
al Consejo de jefes el traslado a la sección de mecánica. La iniciativa tuvo la
calurosa aprobación del Consejo; no obstante, la cuarta brigada la acogió con
envidioso recelo. Petia Kravchuk, sacudiendo belicosamente la cabeza, decía: -
¡Y que no son pícaras las niñas! Por supuesto, luego se dirá: "Estas
muchachas, ¡fíjense ustedes!, son una rareza enorme. Han trabajado como
torneras, de modo que las pondremos en las mejores máquinas". En cambio,
de nosotros dirán que, como somos chicos, debemos irnos a hacer los machos.
Sobre todo si no hay humo. La opinión de Petia la compartía toda la cuarta
brigada: les parecía a los pequeños que la invasión de muchachas mayores en la
sección de mecánica podía rebajar sus méritos como torneros. Sin embargo, la
inquietud duró lo que tardaron las muchachas en colocarse junto a los tornos en
compañía de los chicuelos. Pasaron a la sección de mecánica Wanda y Oxana,
entre otras. En la reunión del Consejo de jefes, Salomón Davídovich hizo
constar que Wanda era insustituible en la sección de montaje como componedora
de la mezcla de serrín y cola. Wanda, por su parte, declaró que deseaba trabajar
con Oxana. Semejante argumento hubiera movido a risa en boca de otro, mas, como
se trataba de Oxana y Wanda, nadie se rió; por el contrario, ese razonamiento,
fue decisivo. La amistad de Oxana y Wanda había sido notada por la colonia
entera y, tácitamente, todos reconocían que había en ella algo que se salía de
lo común. Nadie sabía, a ciencia cierta qué era ese algo. Por otra parte, los
secretos de su amistad nunca fueron dados a conocer. Las dos amigas aparecían
siempre juntas: en el comedor, en la escuela, y ahora hasta en el trabajo.
También se dedicaban mutuamente las horas de recreo. En el parque, en el teatro
y en el campo deportivo se hallaban la una junto a la otra, originando
extraordinarias dificultades a quienes deseaban hacer objeto de especial
atención a cualquiera de las dos. Mijaíl Contar e Igor Cherniavin, cada uno por
separado y para sus adentros, veían con muy malos ojos aquella amistad,
justificándola tan sólo al notar el disgusto que producía a su rival. Lo más
indignante era que Wanda y Oxana casi nunca hablaban entre ellas en presencia
de otros. Se notaba que la sencilla, callada y un tanto seria intimidad las
satisfacía en absoluto, pero también resultaba evidente otra cosa: en una
105
atmósfera distinta -tal vez en el dormitorio o quizá en algún escondido rincón
del parque- aquellas muchachas hallaban tema de que hablar y todos los
problemas estaban claros y resueltos para ellas. De ahí que pudieran callar con
orgullosa tranquilidad en presencia de otros. El rostro de Oxana reaccionaba
con más vivacidad y atención que el de Wanda a la realidad circundante. Sin que
por ello dejara de ser fiel a su amiga, sabía volver la cabeza, mirar en
derredor maliciosa o atentamente, poner oído a lo que sucedía a su lado. Wanda,
al contrario, no se interesaba por el mundo exterior. En su alma se
desarrollaba una vida amena, propia, y sólo a ella dirigía Wanda sus miradas,
arrugando un tanto el entrecejo. La colonia le gustaba más y más. Iba comprendiendo
mejor a la gente, pero no estaba aún habituada a acercarse a sus semejantes en
un arranque sencillo y sincero. Los secretos de la colonia se iban abriendo
poco a poco ante ella. Uno de los primeros en aclararse fue el de que las
chicas tuviesen tantas almohadas. El enigma resultó muy fácil y hasta
divertido. Lo conocían únicamente las chicas, mientras que los chicos se
quedaban perplejos ante el singular fenómeno, llegando, incluso, a sospechar
parcialidades en la administración. El misterio consistía en lo siguiente: la
ropa de cama se cambiaba una vez por semana. Al desenfundar las almohadas, los
chicos no reparaban en que algunas plumas, adheridas a las fundas, salían
volando, caían al suelo y eran barridas al pasillo por el colono de guardia en
la brigada. Los que estaban de guardia en los pasillos tenían la obligación de
barrerlas y llevárselas más adelante, pero nunca les daba tiempo, pues las
muchachas las recogían muy de mañana, antes del primer toque. De ahí que sus
almohadas fuesen engrosando más y más, hasta que llegaba el momento en que
hacía una nueva almohada. Las de los chicos, por el contrario, se iban poniendo
cada vez más escuálidas y, finalmente, el administrador, malhumorado por aquel
inexplicable fenómeno, resolvía que era necesario volver a comprar plumas para
rellenar las almohadas. Como el número de chicos era muy superior al de chicas,
el proceso en cuestión se desarrollaba con extraordinaria rapidez. También
Wanda reunió pronto una pequeña reserva de plumas que, envueltas en un pañuelo,
guardaba celosamente en su mesilla de noche. El asunto era de lo más corriente,
y si alguien merecía censura eran los chicos, incapaces de cuidar de una
pequeñez como las almohadas. La mesilla de Wanda también empezó a ser
depositaria de otras cosas. Igual que todos los colonos, percibía un salario en
la fábrica. Al finalizar octubre, llegó a ganar ciento veinte rublos mensuales.
La mayor parte se destinaba a los gastos de alimentación. El diez por ciento
pasaba a un fondo especial que el Consejo de jefes de brigada destinaba
106 a
ayudar a los que salían de la colonia y a los ex colonos. En limpio le quedaban
a Wanda unos veinte o veinticinco rublos, suma muy respetable y difícil de
gastar mientras sus deseos fueron pocos. Sin embargo, la llegada de Oxana abrió
camino para aquel dinero. Empezaron a antojársele dulces, luego le parecieron
sugestivas las medias de seda y, además, ¡era tan agradable hacerle a Oxana
algún que otro regalo! En la mesilla de Wanda aparecieron también un corte de
batista y una cajita con toda suerte de baratijas. Además, la chica pensaba ya
que no estaría mal comprar un reloj de pulsera como el de Klava Kashírina. Su
adquisición, sin embargo, fue demorándose una y otra vez, pues había que
comprar otras cosas más perentorias y accesibles y, al fin y al cabo, en el
vestíbulo pendía un gran reloj por el que podía saberse la hora, si es que
faltaba paciencia para esperar la señal de la corneta. A últimos de octubre,
Wanda pidió permiso para ir a la ciudad un día de descanso. Por aquella época,
Oxana andaba ya entusiasmada con el círculo de biología y no cesaba de hablar
de cierto ciclóstomo africano. Igor Cherniavin frecuentaba también el círculo
aquel. A decir verdad, el ciclóstomo africano lo tenía sin cuidado, y menos aún
le interesaban los conejillos de Indias y las numerosas jaulas con pájaros. No
obstante, el círculo era simpático y alegre y daba pie para ocurrencias
ingeniosas. Además, había allí mucho trabajo "de peón", faenas
fáciles que Igor ejecutaba con particular alegría en presencia de Oxana. Fuera
como fuese, el círculo biológico tenía una ventaja: la de no guardar relación
alguna con el automóvil ni con las reglas del tráfico urbano, circunstancia que
descartaba en absoluto la aparición de Misha Gontar. Oxana quedó en el círculo,
y Wanda se dirigió sola a la ciudad. Atravesando la vereda del bosque, tomó el
tranvía, que la condujo a la calle principal. Era un claro día de octubre. Con
su abrigo negro de uniforme y su insignia en la boina, Wanda iba ufana por la
calle. La gente la miraba con respeto: ¡aquella linda muchacha rubia era
miembro de la gloriosa colonia Primero de Mayo! La calle principal comenzaba en
un bulevar por el que la gente iba y venía con calma de día festivo. Wanda
bordeaba, cuidadosa, las largas filas de paseantes, complacida al ver que
muchos la miraban con curiosidad y envidia y que los jóvenes le cedían el paso.
A veces oía algún comentario como el siguiente: - ¡Qué magnífica gente es ésta
de la colonia Primero de Mayo! ¡Hasta sus andares tienen algo de particular! La
calle en fiesta era, incluso, más atractiva que la colonia, pues nadie sabía ni
palabra de Wanda Stadnítskaya. Wanda llevaba sobre sus hombros y en su
ensortijada cabellera rubia toda la pureza y el orgullo de su juventud, toda la
pureza y el orgullo de su colonia, y por eso ponía, grácil y segura, su
A. S.
Makarenko zapatito negro en el asfalto de la acera; una sensación de placer la
invadía al notar la desenvoltura y agilidad con que movía sus vigorosas
piernas, el inmenso sosiego con que respiraba su pecho, la seguridad de su
mirada. - Mis respetos... La voz sonó a sus espaldas y fue como si alguien le
hubiera descargado un artero mazazo en la cabeza. Wanda sintió despertar en
todo su ser el recuerdo de algo deforme y repulsivo. El que tenía delante era
un colono: abrigo negro como el suyo, igual insignia en el ojal; hasta su porte
recordaba la colonia, pero aquellos ojos verdes e insolentes... - ¿A dónde vas?
-inquirió Ryzhikov. Wanda aspiró trabajosamente el aire que se le había
atragantado. Revivió por un instante en ella la indomable furia de otros
tiempos. Relumbraron sus ojos..., pero recordó que estaban rodeados de
transeúntes, Y que ella, como él, era colona: - Voy a comprar unas cosas...
para Oxana y para mí. ¿Y tú? - Yo... voy a dar un paseo... Se puso al lado de
ella. Su aspecto, ¡oh maravilla!, era decente: el capote, abrochado de arriba
abajo; la gorra negra, puesta con rigurosa corrección. - ¿Estás ahora...en la
sección de tornos? - Sí. - No es trabajo para mujeres. - ¿Y qué trabajo es para
mujeres? - Hay cosas apropiadas... De todas maneras... vas a fracasar...
Ryzhikov contrajo los labios, y el colono se esfumó, como si se hubiese mudado
instantáneamente la vestimenta. Wanda, reprimiendo su ira, haciéndose cargo de
que se hallaban en la calle, le dijo en voz queda, sin cambiar de expresión: -
¡Déjame en paz!.. ¡Vete! - No te enfades. ¿Por qué te pones así? ¿Es que no se
puede gastar una broma? ¿Sabes una cosa? - ¿Qué? - Vamos a un restorán. Ella no
respondió. Las piernas, por inercia, siguieron llevándola en la misma dirección
que seguía él. Ryzhikov dio algunos pasos en silencio. Bajó después la vista y
pronunció en voz baja: - Beberemos... Ella preguntó con profundo desprecio: -
¿Y...después, qué? Ryzhikov emitió una risilla afónica, se encogió de hombros
con aires de hampón y dijo: - Después... Después, ya veremos. ¿Qué te parece si
recordásemos el pasado..., eh? Siguieron andando en silencio largo rato. Al
llegar a un cruce, Ryzhikov señaló con los ojos un restarán que había en el
sótano de un edificio y musitó en
Banderas
en las torres tono de ruego: - Vente, recordemos el pasado... Wanda echó una
ojeada a su alrededor, se inclinó hacia él y le espetó enérgica, mirándole a la
cara: - ¡"Imbécil! ¡Vete al cuerno con tu pasado! ¡Idiota! ¡Canalla!
Ryzhikov se apartó rápido y adoptó su habitual postura desfachatada: - ¿A qué
vienen esos humos? ¿De qué te las das? ¡Cuidado, no vayan a enterarse en la
colonia! Alguien que pasaba por allí cerca se volvió al oírlo. Wanda enrojeció
y torció con premura por el callejón cercano. Ryzhikov quedó inmóvil a la
puerta del restarán. 25. ada tiene de malo. A Ryzhikov le iba magníficamente en
la colonia. Por lo general, se mostraba alegre, locuaz; intervenía siempre en
las conversaciones de los activistas de la brigada acerca de los asuntos de la
colectividad, y sus juicios eran bastante inteligentes. Había conquistado uno
de los primeros puestos en la fundición, y de poco tiempo a aquella parte
trabajaba en los moldes. El maestro Bankovski apreciaba mucho su capacidad y
energía. En cierta ocasión, Ryzhikov tuvo un incidente con Nesterenko, quien le
exigió de la manera más categórica que dejase de blasfemar. Lejos de acatar la
autoridad de Nesterenko, Ryzhikov replicó: - ¡Muchos sois aquí los mandones!..
¡Vaya un maestro que nos has salido! - Bueno. Hablarás con el jefe de tu
brigada. - ¡Huy qué miedo me das! Al anochecer, Volenko abordó a Ryzhikov: -
Oye, Nesterenko me ha contado... Ryzhikov hizo una mueca de pesar: - Escucha,
Volenko, no ha sucedido nada de particular. Claro que, cuando faltan moldes,
termina uno por enfadarse, ¿comprendes? Por eso dije... - Aquí no se permite
hablar así, Ryzhikov. Te lo he dicho varias veces. - Si yo lo comprendo. ¿Te
crees que no lo comprendo? Es una mala costumbre que adquirí... -
Desacostúmbrate. ¿Tan difícil es? - ¿Piensas que es fácil? Si no fuera por
cosas de trabajo... Lo sacan a uno de quicio esos moldes... ¿Cuántas veces he
dicho que tienen los ángulos deshechos, atados con alambre? ¿Cómo no va uno
a... soltar algún taco? - Prométeme que te contendrás. - Volenko, te lo
prometo. Sólo que a veces, ¿sabes?, entra una rabia... Volenko presionaba a
Ryzhikov, aunque comprendía que le era difícil deshacerse de sus viejas
costumbres. Por lo general, Ryzhikov se mostraba disciplinado y era uno de los
mejores obreros de choque de la fundición. Ganaba ya un buen sueldo:
107 de
la última paga le habían quedado alrededor de cincuenta rublos limpios.
Mostrando a Volenko el dinero, le preguntó: - ¿Qué te parece que podría
comprarse con esto? - ¿Para qué vas a comprar nada, teniendo de todo? Más vale
que lo deposites en la caja de ahorros. Te vendrá muy bien cuando salgas de la
colonia. Donde los asuntos de Ryzhikov iban mal era en la escuela. Estaba en el
cuarto grado, se dormía en clase, nunca preparaba los deberes y si no reñía con
el maestro era por miedo al monitor, el riguroso e inflexible Jaritón
Sávchenko. Se había ampliado un tanto el círculo de sus amistades. Cierto que
Ruslán, Gorójov fingía ahora no disponer de tiempo para pasear y charlar con
Ryzhikov, además estudiaba en el Sexto grado, y sus camaradas de curso venían
con frecuencia a verlo para hacer juntos los deberes. Tanta aplicación le daba
a Ryzhikov mala espina, pero no dejaba de comprender que el sexto era ya un
grado respetable y que quizás allí se necesitaría, efectivamente, estudiar. Por
Ruslán Gorójov no tenía Ryzhikov ningún cuidado: era incondicional. Había otros
dignos de su atención. Sevka Levitin, por ejemplo, ofrecía, inclusive, más
ventajas que Gorójov, pues, siendo dos años menor que Ryzhikov, acataba su
autoridad hasta con cierta sumisión servil. Levitin descollaba por su saber:
leía muchísimo y contaba muy a gusto diversas historias sacadas de los libros.
A veces traía de la ciudad novelas de aventuras, que ocultaba en la mesilla,
sin mostrárselas a nadie más que a Ryzhikov. El rasgo distintivo de Sevka era
su aversión a la colonia, aversión tan profunda, que ni siquiera Ryzhikov podía
entender sus motivos, aunque escuchaba con agrado las quejas e insinuaciones de
Levitin. La cara redonda y los labios carnosos se le humedecían cuando hablaba,
y eso parecía acentuar la irritación que vibraba en sus palabras. Despreciaba
el orden, la disciplina, el uniforme, la limpieza y el trabajo de la colonia.
Estaba persuadido de que Blum se había embolsado decenas de miles de rublos y
de que, aprovechándose de la construcción de la fábrica, quería robar más aún.
El celo de Zajárov obedecía, según él, al deseo de ganarse una Orden que,
naturalmente, recibiría, pues no en vano hacía trabajar para su provecho a más
de doscientos colonos. Sevka sabía qué maestras "andaban" con qué
maestros y contaba al respecto los pormenores más escalofriantes. Ryzhikov
objetó una vez, incapaz de contenerse: - Lo que dices es mentira... Ese...
Zajárov lo único que hace es presumir. Y en cuanto a lo de robar en la colonia,
no te creas que es tan fácil. Hay una contaduría y vienen inspecciones...
Levitin hizo un gesto despectivo. Había estado en muchas colonias infantiles;
en una de ellas lo descubrieron todo y procesaron al director; en otra robaban
a mansalva. Su padre estaba todavía
108
cumpliendo condena: era cajero, todo el mundo lo tenía por hombre de bien, y de
la noche a la mañana se le descubrió un desfalco de treinta mil rublos.
Ryzhikov se equivocaba, pensando que había muchos tontos bajo la capa del
cielo. En cuanto se presentaba oportunidad de robar, robaba cualquiera, sólo
que todo el mundo hacía por parecer honrado. Ryzhikov no podía coincidir por
entero con Sevka. Poseía más experiencia de la vida y comprendía mejor a los
hombres. Evidentemente, cada cual era capaz de robar y a nadie le amargaba
agenciarse dinero o cualquier otra cosa sin tener que sudarlo. Pero había
mequetrefes capaces de pasarse la vida entera en la pobreza, sin decidirse a
robar por puro miedo, considerando que valía más comer pan negro que ir a dar con
sus huesos en la cárcel. Los que robaban eran los más intrépidos, hombres que
nada temían y a quienes la cárcel les importaba un bledo. Ryzhikov, a su modo,
se enorgullecía de su impavidez y de sus cualidades excepcionales. Pensaba, con
cierto menosprecio, que también Levitin era un infeliz, capaz tan sólo de
hablar y no de robar. Sin embargo, era interesante charlar con él. Una vez,
Ryzhikov y Sevka se quedaron a solas en el dormitorio. Levitin dijo con su
acento habitual de hombre ofendido: - ¿Es justo eso? Wanda no lleva aquí más
que dos meses, y ya le han dado una máquina, mientras yo sigo en la
carpintería, ¿Es justo eso? Ryzhikov soltó una risita de conejo e insinuó: -¡Es
que Wanda es Wanda! Ella sabe agradar. - ¿Y por qué no puedo agradar yo? La risita
de Ryzhikov se convirtió en carcajada: - ¿Tú? ¿Agradar tú? ¿Sabes a qué se
dedicaba Wanda antes de ingresar en la colonia? - ¿A qué? Aunque estaban solos
en el dormitorio, Ryzhikov se inclinó hacia Sevka y le deslizó unas palabras al
oído. - ¡Mientes! -dijo Levitin. - Palabra que sí. Yo la conozco. - Pues sí que
tiene gracia. ¡Ja, ja, ja! A Sevka le gustó mucho el secreto; sin embargo,
Ryzhikov se encogió de hombros, con cara inexpresiva y aburrida: - ¿Qué hay en
ello de particular? Nada tiene de malo. Suceden tantas cosas... -Pues mira...
qué mosquita muerta... ¡Quién se lo iba a figurar! - Nada tiene de malo
-repitió Ryzhikov. 26. La tecnología de la ira. A comienzos de noviembre, la
colonia se preparaba a marchas forzadas para celebrar el aniversario de la
Revolución de Octubre. Como el trabajo diario era mucho, quedaba muy poco
tiempo para los preparativos. Cada minuto era precioso para cualquiera de los
colonos. Una tarde, Luba Rotshtéin,
A. S.
Makarenko de la undécima brigada, encontró una nota en un libro que acababa de
recibir en la biblioteca. Leyó el papel y gritó acto seguido: - ¡Chicas,
chicas, qué vergüenza! ¡Lida! Lida Tálikoya le quitó de las manos el papel y
vio escrito en elegante cursiva: "Habría que preguntar a Wanda
Stadnitskaya qué hacía antes de venir a la colonia y cómo ganaba el
dinero". Semión Gaidovski regresaba de la biblioteca en aquel momento e
iba por el corredor. El título de la obra recibida era tan sugestivo que, aunque
se había propuesto leerla durante las fiestas, no pudo resistir la tentación de
mirar las ilustraciones. Del libro se desprendió un papel. Gaidovski, sin
advertido, siguió su camino. Fue Oleg Rógov el que recogió la nota y la leyó:
"¡Muchachos! Por un precio ínfimo podéis cortejar a Wanda Stadnitskaya.
¡Es una señorita experta!" - ¿De dónde has sacado esto? - ¿Qué? - Este
papel. - Yo no sé nada... ¿Qué papel es ése? - A ti se te ha caído... - ¿No
será del libro? - ¿Y el libro, de dónde es? - Acabo de tomarlo de la
biblioteca. ¿Qué dice ahí? Rógov no respondió y se lanzó a la habitación del
Consejo de jefes, donde dijo a Vitia Torski: - ¡Mira lo que pasa en la colonia!
Vitia Torski, sentado a la mesa, tenía delante varias notas por el estilo. -
Media hora llevo ya mirándolo. Es el cuarto papel que me traen. Poco más tarde,
Torski colocó a la puerta a Volodia Begunok y se reunió con Zirianski y Mark
Grinhaus. Zirianski no necesitó mucho tiempo, pues para llegar a una
conclusión: leyó rápidamente todas las notas y sentenció sin titubear: - Esto
lo ha escrito Levitin. Mark inquirió: - ¿Estás seguro? - Levitin ha sido.
Estamos en el mismo pupitre. Es su letra. ¿Recuerdas lo que escribió de Marusia
en el retrete? ¿Recuerdas? - ¿Y cómo lo ha metido en los libros? - ¿Cómo? Pues
muy sencillo: es miembro del círculo de la biblioteca. Sin decir palabra, Vitia
mandó a Volodia en busca de Levitin. Sevka se presentó, echó una fugaz ojeada a
los papeles que había en la mesa, simuló diestramente no advertir la severa mirada
de Torski y preguntó con mesurado respeto: - ¿Me has llamado? - ¿Es obra tuya?
-Torski indicó la mesa. - ¿Qué es lo que pasa?
Banderas
en las torres - ¿No lo ves? - ¿De qué se trata? Levitin se inclinó sobre la
mesa. Zirianski lo asió del hombro, lo hizo girar en redondo y le dijo: -
¿Todavía quieres leerlos? - ¿No decís que es obra mía? Pues debo saber de qué
se trata. - ¡Debes saber! ¿No es demasiado trabajo para uno solo escribirlo y
leerlo? - Eso no lo he escrito yo. - ¿Que no? - No. Zirianski le lanzó a través
de la mesa una mirada fulminante como un disparo. Haciendo un esfuerzo, Levitin
apartó la vista, temblorosos los párpados. Zirianski masculló unas palabras de
aversión y desprecio y se volvió bruscamente hacia Torski: - ¡Reúne el Consejo,
Vitia! - Ahora mismo. Vitia entró en el despacho de Zajárov y regresó a los
tres minutos. En ese tiempo nadie pronunció una palabra en la sala del Consejo.
Mark Grinhaus miraba hacia le ventana; Zirianski había bajado la vista para no
dar rienda suelta a su odio; Levitin se hallaba de pie frente a la mesa,
pálido, con la mirada puesta en un rincón. Apareció Zajárov con grave continente,
leyó, rápido y en silencio todas las notas y, sosteniendo la última en la mano,
miró a Levitin con fría atención. - Está bien -dijo en voz muy queda y se
retiró a su despacho. La palidez de Levitin subió de punto. Vitia gritó en
dirección a la puerta: - ¡Begunok! - ¡A la orden! - ¡Reunión del Consejo de
jefes de brigada! - ¡A la orden! En el dormitorio de la quinta brigada, Wanda
Stadnítskaya sollozaba, ocultando el rostro en la almohada. Reunidas en torno a
la mesa, las muchachas cuchicheaban turbadas. Klava Kashírina entró a la
carrera. Era imposible reconocer su rostro y su voz: - ¡Están llamando a
reunión del Consejo! ¡A ése lo estrangulo yo con mis propias manos! ¡Si no lo
echan de aquí!.. ¡Vamos, Wanda! Wanda levantó la cabeza: - Yo no voy. - ¿Qué no
vas? ¿Quieres capitular ante Levitin? ¿Cómo puedes hacer eso? ¿Qué va a decir
tu apadrinada? Wanda se sentó en la cama, se enjugó con presteza las lágrimas y
frunció el entrecejo. - ¿Qué te parece a ti, Oxana? -preguntó-. ¿Debo ir? Oxana
sonrió. Sonrió sencilla y alegremente, como sonríen las muchachas en momentos
de placidez espiritual: - Vamos, ¿por qué no vamos a ir? Veremos a ese
109
bichejo asqueroso. Vamos. La ceja derecha de Wanda se arqueó de asombro. Una de
las chicas le dijo: - Anda, lávate, no vaya a darse cuenta de que has llorado.
La sala del Consejo ofrecía un aspecto inusitado. En primer lugar, Torski
despidió sin compasión a todos los pequeños, que se apiñaron en el corredor
tratando de comprender lo que sucedía en la reunión por el semblante de los que
entraban y salían. Volodia Begunok, de centinela en la puerta, no dejaba pasar
sino a los jefes de brigada. A las únicas colonas simples que cedió el paso fue
a Wanda y a Oxana, de donde los peques dedujeron que algo debía saber Begunok.
Sin embargo, cuando la puerta se cerró definitivamente y le preguntaron los
motivos de la alarma, Volodia respondió con ceño adusto: - No se puede decir.
Al cabo de unos cuantos minutos, se asomó Vitia y ordenó: - ¡Begunok, que venga
Ryzhikov! Volodia colocó de centinela a Vania Gálchenko y salió en busca del
requerido, que, al poco, entraba a toda prisa, sin mirar siquiera a los pequeñuelos.
En la sala, la indignación era general. Muchos de los reunidos, incapaces de
permanecer tranquilos en el diván, se hallaban de pie ante la mesa del
presidente. Nadie pedía la palabra, y Vitia no se preocupaba tan siquiera de
mantener el orden en el debate. Zirianski, la mano puesta en la garganta,
gritaba, ahogándose de rabia: - ¡No puedo, no puedo mirarlo! ¡Y todavía lo
niegas! ¿Qué importancia tiene? ¡De todas maneras te echaremos! ¡Lo reconozcas
o no, te echamos! Levitin no estaba de pie en el centro, como era de rigor,
sino en un rincón, y nadie le exigía que se pusiera firme. Flojas las rodillas,
apoyaba torpemente una mano en el respaldo del diván y miraba a la pared. A
Zirianski le faltaban palabras, y todo el odio de su alma se le había concentrado
en los ojos. Volenko preguntó a Levitin: - ¡Y cómo te has enterado tú? ¡Quién
te lo ha dicho? Los carnosos labios del interpelado se movieron, aunque no
pronunciaron palabra alguna. Luego boqueó como un pez arrojado a la orilla y
articuló con dificultad: - No me he enterado de nada... ni he escrito nada.
Wanda, que estaba, con las demás chicas, sentada en el rincón opuesto,
enrojeció y dijo con voz ronca: - ¡Vitia, pido la palabra! Todos se volvieron
hacia ella, que dio unos pasos, sin quitar la vista de Levitin, y se le plantó
enfrente, las manos a la espalda. Levitin se sentía violento; se apoyó más
fuertemente en el diván y se volvió del todo hacia la pared. La chica profirió
en voz baja, encontrando con dificultad los vocablos y dominando su ira a duras
penas:
110 -
¡Tú! ¿Me oyes? Mi vida... ¡fue tal como tú has escrito! Lo has escrito... ¿y
qué? ¡No me importa que lo sepan! Aquí son todos camaradas, ¡que lo sepan! Sólo
que no... no se trata de esto. ¿Quién me forzó a llevar una vida así? Gente
como... ¿comprendes?, gente como tú. ¡Como tú!.. ¡Como tú!... Pronunció las
últimas palabras en un estado casi inconsciente, buscando amparo con la vista a
su alrededor y reprimiendo los sollozos con terrible esfuerzo. Luego se lanzó
hacia la salida, pero se le interpuso la recia mano de Nesterenko, y Wanda, sin
discernir lo que hacía, rompió a llorar, ocultando el rostro en el hombro del
muchacho. Sus lágrimas no asustaron ni extrañaron a nadie. Nesterenko dijo con
calma a Levitin: - ¿Lo has oído, canalla? Wanda lo acaba de decir muy bien. Tú
has escrito eso, y ahora la estimamos más que antes. Es hermana nuestra, ¿te
enteras, miserable? Y a ti te echaremos. Pierde cuidado, que te expulsaremos y
antes de media hora ni nos acordaremos de tu nombre. Zirianski lo interrumpió:
- ¡Ahora mismo! ¡Después de la reunión! Yo mismo té pondré en el camino, ¡y
todavía nos veremos las caras! Lida Tálikova, de pie junto él Zirianski, habló
pensativa, como consigo misma: - Yo nunca he votado por expulsar a nadie, pero
esta vez votaré: ¡que se le expulse! Tú en nuestra vida... A ti habría que
aplastarte... a pisotones. El debate se le hizo ya insoportable a Zirianski,
que, llegándose a Levitin, le soltó a quemarropa: -¡Se acabó! ¡Esto da asco ya!
¿No lo has escrito tú? ¡Dilo otra vez! Levitin callaba. Callaban también los
jefes de brigada. El apuesto Ilyá Rúdnev miró suplicante a Zajárov: había que
buscar una salida. Pero he aquí que, inopinadamente, sonó la voz de Ryzhikov: -
Permíteme unas palabras... Torski... - Sí, sí. Para eso te he mandado llamar. -
Lo que quiero decir es que a Levitin hay que echarlo sin falta. ¡Qué duda cabe!
¡Ponerse a escribir esas cosas y a meterse en vidas ajenas! Levitin se revolvió
bruscamente en su rincón y exclamó: - ¡Si eres tú el que me lo has dicho! - ¡Ah!
-gritó una voz sola, aunque respaldada por la expresión de todos los rostros.
La exclamación no desconcertó a Ryzhikov, ducho en los trances de la vida y en
el arte de hablar con la gente. Lo único que lo inquietaba algo era el ceño de
Igór Cherniavin, pero con Igor ya se las vería más tarde. Ryzhikov llegó
incluso a sonreír con aire cándido y explicó: - Yo te lo dije como camarada.
Sin embargo, bien te advertí que en ello no había nada de malo. ¿No es verdad?
- Sí... es verdad. - Sí, te lo dije como camarada... ¡Y tú... tuviste
A. S.
Makarenko que hacer esa porquería! Bien te dije que no tenía nada de malo. Dos
veces seguidas te lo dije.... Ryzhikov se había desatado. Ryzhikov descubría
noblemente lo sucedido. Pero de pronto vio ante sus propias narices el rostro
demudado de Igor, que le gritó: - ¡Cállate la boca! ¡Te acuerdas que te dije
que te ahogaría? ¿Se te ha olvidado? ¿Se te ha olvidado? Ryzhikov retrocedió
despavorido. Cherniavin se le venía encima. Alguien agarró por un codo a Igor,
que se desprendió con violencia. - Estamos en una reunión del Consejo, y no es
a ti a quien se juzga. Ahora bien, esto no te lo perdono. ¡Nunca! Sea como sea,
ya te... ya te daré tu merecido. Como para reafirmar sus palabras, Igor sacudió
la cabeza y salió de la sala. Ryzhikov contempló a los reunidos y, no
encontrando más que miradas hostiles, se sentó en el diván. Torski le dijo: -
Tú no tienes por qué arrellanarte ahí. ¡Ya te puedes ir! Ryzhikov se retiró
apresuradamente. Wanda se apartó con asco de su camino. Cuando la puerta se
cerró tras él, Nesterenko dijo: - Sí. El asunto está claro. Torski planteó la
cuestión: - ¿Qué vamos a hacer con éste... con Levitin? Zirianski lanzó a
Levitin una mirada de desprecio y se encogió de hombros, diciendo después: -
¡Que se vaya al diablo! No merece que se hable de él. Propongo dejarlo sin
comer mañana. Ya lo veo lloriqueando y pidiendo comida. La reunión se echó a
reír. Zajárov dijo en actitud grave: - No está bien burlarse así de una
persona. Protesto enérgicamente. Expulsarlo sería otra cosa. Pero, ¿qué es eso
de dejarlo sin comer? Levitin también tiene su amor propio. A veces, castigar a
una persona es expresarle respeto. Bratsán, el sombrío jefe de la tercera
brigada, no entendió la intención de Zajárov y dijo: - ¡No tenga usted cuidado,
Alexéi Stepánovich! No se le dejará sin comer. Tú no te apures, Levitin, no te
quedarás sin comer. Tampoco debemos expulsarlo. Que siga aquí; y, naturalmente,
habrá que mantenerlo. Lo único que te pido es una cosa, Levitin: hazme el favor
de quedarte en casa y no formar con nosotros para ir a la manifestación del 7
de Noviembre. Tú estarás más tranquilo, y a nosotros nos será... más agradable.
Porque... iremos bajo la bandera, y tú... ¿qué tienes tú que ver con nuestra
bandera? Intervino Porshniov, con su bonachonería de siempre: - El 7 de
Noviembre estoy yo de guardia. Ya encontraré... sitio... para él. ¿Te gustaría
estar de guardia en la cocina, Levitin? Era ya el último latigazo de desprecio,
que derribó
Banderas
en las torres a Levitin en el diván. Acurrucado en el blando rincón, rompió a
llorar ahogadamente, sin reparar en nada ni en nadie. Su encogida figura fue
durante un segundo blanco de todas las miradas. Vitia Torski declaró: - ¡Se
acabó! Podéis retiraros. Se levanta la sesión del Consejo. Todos se encaminaron
a la salida, pero Levitin saltó del diván y gritó, bañado en lágrimas: -
¡Camaradas! ¡Castigadme de alguna manera! ¡Camaradas, esto no puede quedar así!
¡Camarada! ¡Alexéi Stepánovich! ¡Deme un castigo! Nadie lo miró. Solamente los
pequeños, que irrumpieron del pasillo en la habitación, lo rodearon,
asombrados. Levitin se dejó caer de nuevo en el diván y de nuevo se echó a
llorar amargamente; a voz en grito, pronunciando palabras ininteligibles.
Zajárov gritó a los chicuelos: - ¡Fuera de aquí! ¡Qué gente más curiosa! Los
pequeños se dispersaron al instante. El director puso la mano sobre el hombro
de Levitin: - ¡Vámonos! ¡No hay que desesperarse de esa manera! Vente conmigo y
yo te impondré un castigo. Levitin cesó de llorar a voces y, sollozando, entró
en el despacho detrás de Alexéi Stepánovich. 27. Cada cual tiene sus gustos. El
segundo día de las fiestas de Noviembre, Zajárov trabajaba en silencio en su
despacho. De pronto entraron Volodia Begunok y Vania Gálchenko y se sentaron,
silenciosos en el diván. Zajárov los miró y, sin decir nada, continuó sacando
cuentas en un gran pliego de papel. Volodia se inclinó al oído de su amigo: -
Está visto que no se lo vas a decir... - Se lo diré. - Te dará miedo. - No me
dará. - ¿Y qué haces que no hablas? - Ya hablaré. - Te hartarás de estar
sentado, y después te irás. Vania se levantó rápidamente y se acercó al
escritorio. Viendo que Zajárov no le prestaba la menor atención, se aproximó
más, hasta tocar con el vientre la mesa, y apoyó en ella las manos. Después
miró a Volodia con el rabillo del ojo y se puso colorado. Zajárov preguntó sin
dejar de trabajar: - ¿Qué hay? - ¡Alexéi Stepánovich! Este... ¿estamos hoy a 8
de noviembre? - Exacto. - Y los moldes no están todavía hechos. Zajárovse
sonrió y miró a Vania: - No. - ¿Resulta que Aliosha tenía razón? - Resulta que
sí... Vania quería decir algo más, pero... una fuerza superior a su voluntad lo
lanzó hacia la puerta.
111
Volodia levó anclas del diván. Vania se detuvo a la salida y preguntó: -
¿Resulta que Salomón Davídovich no ha cumplido su palabra? Zajárov asintió con
la cabeza. Los chicos cerraron la puerta. Se requería la competente
confirmación de Zajárov, dados los contradictorios pareceres que se sustentaban
en la cuarta brigada. Había quien, como Kiriusha Novak, afirmaba que la palabra
dada en su tiempo por Salomón Davídovich no era ya obligatoria. A esta
corriente oportunista en la cuarta brigada contribuyó el hecho de que el
trabajo discurría ahora por un cauce muy específico. Las máquinas continuaban
rechinando y parándose; las correas y poleas se estropeaban varias veces al
día, pero los colonos se limitaban a comunicárselo con cortedad a Salomón
Davídovich, oyendo, pacientes, sus promesas. Sin embargo, es justo confesar que
Salomón Davidovich hacía ya más gestos de impotencia que promesas y decía con
voz cariñosa: - ¡Vosotros comprendéis, queridos camaradas! Se vislumbraban
otras vías de conciliación entre los colonos y Salomón Davídovich. A finales de
diciembre debía celebrarse la fiesta anual dedicada al día de la inauguración
de la colonia. Después del aniversario de la Revolución de Octubre, comenzaron
en gran escala los preparativos para dicha velada. Piotr Vasílievich Málenki
recordó en una asamblea general que, según la vieja tradición de la colonia,
todo lo necesario para la fiesta debía ser confeccionado por los chicos. Eso
era harto difícil si prescindían de la ayuda de Salomón Davídovich. Funcionaba ya
una comisión organizadora, compuesta por delegados de todas las brigadas: la
octava la representaba Igar Cherniavin, la cuarta, Vania Gálchenko y la quinta,
Oxana. A la sazón, Vania formaba ya parte de la orquesta; claro, que no de la
titular, sino de la segunda, de la suplente. Tocaba la segunda corneta, pero no
había la menor esperanza de que pudiera terminar todo el programa de estudio de
su instrumento antes de la fiesta, por cuya razón pudo consagrar parte
considerable de su entusiasmo al trabajo de la comisión. A la primera reunión
se puso de manifiesto que sin el concurso de Salomón Davídovich seria muy
difícil organizar la velada. Y la comisión decidió entablar negociaciones con
él, designando al efecto a los camaradas más expertos en materia diplomática,
que resultaron ser, según general opinión, Igor Cherniavin y Shura Miátnikova,
que, en la biblioteca, era capaz de elegir libros al gusto de cada uno. Los
comisionados se presentaron ante Salomón Davídovich, y Cherniavin comenzó: -
Vamos a celebrar una velada... Salomón Davídovich lo atajó: - ¿Y tenéis que
hacer decoraciones? De acuerdo. ¡Ahora bien, que no se estropee la madera!
¿Cuándo
112
será la velada? - Dentro de mes y medio. - Estupendo. Es una iniciativa
excelente. Yo tomaría parte con mucho gusto. - ¡Salomón Davídovich! ¡Tome
parte, haga algo! - Puedo recitar. Y bailar también. Os puedo bailar un hopak
como para chuparse los dedos, ¡je, je! ¡Ya os enseñaré yo a ser jóvenes, qué
diablo! - ¿Con Oxana? - ¿Creéis que me va a dar miedo de bailar con Oxana? -
¡Trato hecho! - ¡Trato hecho! Salomón Davídovich se echó a reír muy contento, y
Cherniavin corrió a comunicar la alegre nueva a la comisión. Málenki aprobó
enteramente los resultados de su embajada. - En primer lugar, será original por
la participación de Salomón Davídovich, y en segundo, nos proporcionará chapas
de madera., tela, papel, bombillas eléctricas y otros accesorios escénicos. Una
semana después, Igor propuso a la comisión un plan más detallado respecto a la
actuación de Salomón Davídovich. El proyecto fue acogido con grandes risas.
Málenki escuchaba los pormenores con los ojos encendidos. - ¡Magnífico! -dijo-.
Sólo que... se dará cuenta. - ¡Qué va! - Es como para morirse de risa -comentó
Vania. Oxana, turbada por la audacia del plan, objetó: - Igor, no hay que hacer
eso. - ¡Oxana, será algo imponente! ¡Imponente! Y Salomón Davídovich quedará
contento. Quedará contentísimo. Málenki confirmó: - ¡Quedará contento, sí! ¡Es
formidable! Cuando Igor fue a ver a Salomón Davídovich, Vania le siguió, pero
Igor le previno: - ¡Esos ojos! ¡Tus ojos nos van a descubrir! Escóndelos. Vania
los escondió como pudo, es decir, se los tapó con la mano durante la entrevista
con Blum, pues no conocía otro procedimiento. La propuesta de Igor alborozó a
Salomón Davídovich. - ¿El monólogo de Borís Godunov? - ¡De Pushkin! - Bueno, a
mí hablarme claro: ¿el de Borís Godunov o el de Pushkin? ¡No hay que confundir
las cosas! - Borís Godunov es una obra de Pushkin. - Pues hay que decirlo así
para evitar malentendidos. ¿De modo que yo deberé anunciar: "Borís
Godunov, de Pushkin"? - No; usted pierda cuidado, que habrá una persona
encargada de anunciar los números. - Tanto mejor. Borís Godunov, ¿no fue un
caudillo militar? - Fue un zar.
A. S.
Makarenko - Un ex zar, querrás decir. Sí, ya se me viene a la memoria. Parece
que lo degollaron, ¿no? - No; fue él quien degolló al... zarévich Dimitri... -
Claro, lo que yo decía. Tuvo unos disgustos. Está bien, lo recitaré. - Y,
además, el hopak. - ¿Con Oxana? - Con Oxana" - Sólo que... habrá que
asistir a los ensayos, y yo no tengo tiempo para eso. - A los ensayos no debe
usted acudir, Salomón Davídovich. Queremos que sea una sorpresa para todos,
¿sabe?, para todos... Ensayaremos... a escondidas. - ¡Estad seguros de que
saldrá bien! - Aquí se lo hemos traído. - ¿Qué? - El texto. - ¡Ah, el texto!
¡Qué bien escrito! ¿Quién tiene esta letra tan bonita? - Vania Gálchenko. -
¿Eres tú el que escribe tan bien? ¿Y por qué no haces más que sonreírte? ¿Es que
eres siempre tan alegre? - Siempre tiene el mismo carácter, Salomón Davídovich
-dijo Igor, soltando a Vania un pellizco en una pierna, con lo que le hizo
cambiar un poco de carácter. - Quedad tranquilos -les dijo Salomón Davídovich
al despedirse-. No os daré ningún chasco. Para que no os creáis que Salomón
Davídovich no es más que ¡venga materia prima!, ¡vengan máquinas!, ¡vengan
moldes!, ¡venga reparación!, ¡venga y venga! Ya lo veréis. Los preparativos
para la fiesta iban viento en popa. También iban viento en popa los otros
asuntos. Un día de descanso se colocó la primera piedra de la nueva fábrica. En
un extremo de la plazoleta, frente al jardín, llevaban varios días cavando las
zanjas de cimentación. Carretas koljosianas habían transportado ladrillos, que
los colonos apilaron cuidadosamente. A la colocación de la primera piedra
asistió Kréitser, acompañado de mucha gente, entre ella el obeso ingeniero
Vorgunov. Kréitser fue enseñando la colonia a todo el mundo, pero Vorgunov no
quiso ver nada. Sentado en el despacho de Zajárov, decía: - La primera piedra
no significa nada. No es más que pompa. Nosotros no sabemos hacer nada sin
pompa. - ¿A quién se refiere al decir "nosotros", Piotr Petróvich? -
A nosotros, a los rusos. - ¿No le gustan a usted los rusos? - Me gusta la sopa
de coles con ajos, y con los rusos preferiría trabajar como es debido. - Bueno,
pues trabajaremos juntos. - Allá se verá. Pero... camarada Zajárov, ¿usted
Banderas
en las torres cree seriamente que sus... chicos serán capaces de atender una
fábrica como ésta? - Completamente en serio. - ¡Vaya!.. Está bien, de momento
vamos a celebrar la fiesta... Los colonos, vestidos de gala, formaron en la
plazoleta y sacaron la bandera con el ceremonial de costumbre. Vorgunov, al
lado de la zanja, sonreía. Kréitser le preguntó: - A pesar de todo, ¿le ha
gustado? - Sí. Eso les sale a las mil maravillas: música, armonía, belleza.
Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con una fábrica de instrumentos eléctricos?
¡No hay que mezclar una cosa con otra! - Pues nosotros las mezclamos, Piotr
Petróvich: mezclamos la música y la fábrica y hasta añadiremos a la mezcla una
buena porción de ingenieros como usted. Vorgunov torció el gesto y dijo: - No,
por favor: soy demasiado viejo para juegos como éste, Mijaíl Osipovich. En el
fondo de la zanja, sobre un lecho de ladrillos, depositaron un gran pergamino
en el que constaba cuándo y quién había fundado la nueva fábrica; después
pusieron un ladrillo encima, y el más viejo y el más joven de los
representantes del Poder soviético en la colonia -Kréitser y Vania Gálchenko-
lo cubrieron todo con una capa de cal. Aquel día, Vania estuvo de centinela de
las diez a las doce de la noche. Entró de guardia en el momento en que sonaba
el toque de retreta. Al cabo de media hora, se acabó el ir y venir por la
escalera. Vania apagó la luz de los corredores, se apretó el cinturón sobre el
capote y comenzó a dar vueltas a grandes zancadas por el vestíbulo, con el
fusil tan pronto en un hombro como en otro. A las once y media terminó de
trabajar Zajárov y, al pasar junto a Vania, le preguntó: - ¿No tienes mucho
sueño? - Puedo estar de guardia hasta mañana -repuso Vania. - ¡Bravo! Buenas
noches. ¿Quién te releva? - Volodia Begunok. - ¿Y quién va a tocar mañana? -
Petia. - Está bien... Zajárov se marchó. Faltaban diez minutos para el relevo
cuando se abrió sigilosamente la puerta y asomó una cabeza pelirroja. Unos ojos
verdes miraron a Vania con recelo: - Yo... vengo de la ciudad. De dar... un
paseíto. Después de tropezar con la puerta, Ryzhikov pasó al vestíbulo, se
tambaleó delante de Vania y levantó la mano para abatirla impotentemente al
instante. - Anótalo... en el informe -dijo-. Me da lo mismo... ¡Anótalo! Dilo
así: Ryzhikov llegó con tres horas de retraso. He llegado tarde, ¿y qué? Trepó
escaleras arriba. Trepó en el sentido literal
113 de
la palabra, porque avanzaba a trompicones y se apoyaba con las manos en los
peldaños. Vania lo acompañó con mirada de temor. Cuando descendió Volodia con
el cinturón fuertemente ceñido sobre el capote, Vania musitó, indignado: -
¡Ryzhikov... ha venido borracho! ¿Comprendes? - ¿Ryzhikov? ¿Es posible? -
¡Borracho, borracho como una cuba! No se podía tener en pie. - ¡Ese caerá!
Alguna vez terminarán por echarlo... - ¿Y si dice que no lo ha visto nadie? -
Tú presenta mañana el parte al jefe de guardia. - ¿Y si dice que es mentira? -
El parte no se atreverá a discutirlo. 28. El cartel del plan. A fines de
noviembre, nevó. El acontecimiento fue largamente celebrado por los chicos con
gritos y ademanes de júbilo. En el parque se tiraban bolas de nieve y trataron
de levantar un fortín que no pudieron terminar porque resultó que el material
de construcción no bastaba: era aquélla la primera nieve, excesivamente blanda
para que se pudiera hacer con ella un fortín. En vista de ello, los chicos
centraron su atención en el estanque, que, al helarse, proporcionaría a la
colonia una pista de patinaje. En aquella época, Misha Gontar era para los
pequeños todo un personaje, pues hacía unas excelentes cuchillas de patín,
otros ajustadores dominaban también el mismo arte, pero estaban muy recargados
de trabajo para otras brigadas, y Misha Gontar, monitor del quinto grado, se
había convertido en proveedor de la cuarta brigada. A cada brigada se le habían
dado tres pares de patines, pero la cuarta salió ganando, ya que todos los
números chicos pasaron a su poder, pues los muchachos de las otras tenían los
pies grandes. Aparte de los colectivos, había patines propios en poder de
algunos veteranos. Filka, por ejemplo, tenía dos pares. Aliosha Zirianski
propuso convertirlos todos en propiedad común de la brigada, aduciendo que los
pies de los chicos crecían y que los patines del año anterior no servían ya a
sus poseedores. Así fue cómo la cuarta brigada se encontró con casi diez pares,
más que suficientes para cubrir sus necesidades. Pero, por desgracia, el
estanque no se helaba: aunque la nieve cubría sus orillas, el agua seguía
reflejando las nubes, como en verano. Los entendidos aseguraban que antes de
formarse la corteza de hielo aparecería "garapiña". No obstante, por
más que los pequeños miraban, no conseguían ver "garapiña" alguna. La
jornada de los colonos se hizo "vespertina": se levantaban,
desayunaban y emprendían el trabajo con luz eléctrica. Comían con luz natural
y, luego, volvían a encender los faroles y lámparas. Por la mañana resultaba
más penoso levantarse, y hubo quien empezó a aficionarse a dormir hasta
"cinco
114
minutos antes de la revista". Los más perjudicados eran los mayores, que
habían de afeitarse antes de desayunar. Bien rasurados, y oliendo a agua de
colonia, llegaban al comedor con aire culpable y procuraban no mirar a la cara
al jefe de guardia, que, por tratarse de veteranos de la colonia, se limitaba a
fruncir el ceño. Claro que cuando estaba de guardia Aliosha Zirianski había que
afeitarse antes de la revista, pero Aliosha hacía la guardia tan sólo dos veces
al mes, y, dada esa circunstancia, parecía que se podía vivir. El final de
aquella vida tan soportable llegó inesperadamente, durante la guardia de Ilyá
Rúdnev. Sin abandonar su eterna expresión atenta y afable, Rúdnev pasó al
ataque en el momento de la revista: ordenó al delegado de la comisión sanitaria
que apuntara en el parte a todos los que estaban sin afeitar. La medida,
excepcional por su novedad, produjo fortísima impresión, y apenas terminada la
revista, muchos corrieron por el pasillo con sus jaboneras en la mano. Desde el
momento en que recibió el título de colono, Igor Cherniavin se consideraba
también obligado a exterminar la barba y el bigote. Tal vez la cosa admitiese
espera, mas, en primer lugar, la navaja daba mucho porte al que la usaba; en
segundo, era un tanto violento andar con la cara llena de pelambre en una
colonia infantil y, por último, la pelambre aquella tenía un tono rojizo y,
después del primer afeitado, adquirió un aspecto nada simpático. Intimidado por
la acción de Rúdnev, Igor echó mano a la navaja, la toalla y la jabonera y
salió disparado para el lavabo. Abajo estaban tocando a desayunar. En el
pabellón B, en los lavabos y dormitorios, se oía el raspar de las navajas y
corría en abundancia sangre joven, debido a la inexperiencia y a las prisas.
Rúdnev era el más joven de los jefes de brigada, y un retraso hasta de quince
minutos estando él de guardia no se consideraba imposible. Aquella mañana,
había demostrado que sabía enseñar los dientes y que los tenía fuertes, y era
difícil predecir si no guardaba sorpresas mayores para el desayuno. Sin
embargo, los sosegaba la idea de que aquel chicuelo no se atrevería a dejar en
ayunas a una treintena de veteranos. La realidad fue mucho más triste y artera.
Rúdnev, ciertamente, no se atrevió a realizar un ataque frontal, pero algo
convino con Zajárov durante una breve entrevista en el despacho. Lo cierto es
que al director se le ocurrió estudiar el cartel de plan del primer trimestre,
colgado en el vestíbulo, a la entrada misma del comedor. Zajárov inició su
estudio exactamente a los cinco minutos de haber sonado el toque llamando a
desayunar. De pie ante la pared, las manos a la espalda, leía atento las
cifras, que hasta los pequeños de la cuarta brigada se sabían de memoria. Unos
diez minutos más tarde, resonaron en las escaleras los apresurados pasos de los
veteranos que habían conseguido ya despojarse de la barba y borrar de sus caras
las huellas de sangre. Al ver a Zajárov, ninguno se permitió exteriorizar la
A. S.
Makarenko menor turbación o perplejidad. Sus ágiles piernas no los llevaban al
comedor, sino a la salida. Las manos se alzaban, diligentes, para saludar: -
¡Buenos días, Alexéi Stepánovich! - ¡Buenos días, Alexéi Stepánovich! - ¡Buenos
días, Alexéi Stepánovich! Mal de su grado, Zajárov tenía que volver la cabeza
para responder a los saludos. Igor Cherniavin, ya desde el rellano superior, se
extrañó al ver el torrente de colonos que se dirigían hacia la puerta, pero,
cuando llegó junto al director, lo saludó sin que un solo músculo lo impulsara
en dirección hacia el comedor: allí no había más camino que el de la calle, el
del taller. Salido que hubo al patio, se mezcló con la alegre multitud de
camaradas, cuyo único consuelo consistía en esperar a los últimos, contemplar
las complejas mutaciones de sus semblantes y reírse con ellos. Luego, Zajárov
salió a la terracilla y dijo: - Bueno se presenta el día... templado... ¡Dónde
te has hecho esos cortes, Misha? Misha Gontar lanzó una rápida ojeada al grupo
de colonos y respondió con dignidad: - Es que me afeito ya, Alexéi Stepánovich.
- Pues aféitate con maquinilla. Es más cómodo y más rápido. Salieron asimismo a
la terracilla los que acababan de desayunar. Nesterenko no advirtió la
presencia de Zajárov: - Misha, ¿por qué no...? Buenos días, Alexéi Stepánovich.
¿Por qué no... no... no me has esperado? Misha Gontar no sabía responder en
seguida a ciertas preguntas. Zajárov se reajustó los lentes y se metió en el
edificio. Igor Cherniavin se compadeció de Nesterenko por la espinosa situación
en que había estado a punto de meterlo su pregunta. Nesterenko, sin embargo, se
recobró pronto. - ¡Con que esas tenemos! -dijo-. ¡Esperad a que esté yo de
guardia, y... ya veréis la que os preparo, señoritos! Cuando Ilyá Rúdnev, el
jefe de guardia, salió a la terracilla, su semblante no denotaba haber tomado
parte alguna en el asunto. Con una nota de sorpresa en la voz, preguntó: - ¿No
habéis desayunado? ¿Por qué? En los días sucesivos, hasta los
"ancianos" más venerables acudían, presurosos, a desayunar junto con
los pequeños y, al pasar ante el cartel del plan, no podían resistirse a mirar
las cifras. El cartel rezaba: PLAN DEL PRIMER TRIMESTRE Metalúrgicos: Aceiteras
235.000 235.000 rublos Carpinteros: Mesas de aula 1.400
Banderas
en las torres Mesas de dibujo Butacas Taburetes de dibujo 1.250 1.450 1.450
180.000 rublos Sección de costura: Calzones 25.500 Pantalones bombachos 8.870
Trajes de deporte 3.350 Camisas de tipo deportivo 4.700 70.000 rublos Total
485.000 rublos El plan era muy difícil de cumplir, y los colonos expresaban su
admiración: - ¡Menudo plan, hay que ver! Solamente los viejos sabían que el
entusiasmo podría durar hasta el uno de enero, y que después las pasarían
negras. Pero la cuarta brigada estaba convencida de que después las cosas
serían también interesantes. La célula del Komsomol se reunía por las tardes y
asediaba a Salomón Davídovich con cuestiones diversas. Pero Salomón Davídovich
no "sudaba" ya, sino que se esforzaba por explicar detenidamente cómo
se garantizaba el cumplimiento del plan. Había llegado una época de relaciones
pacificas. Poco tiempo atrás, Salomón Davídovich había dicho en una asamblea
general: - Vuestros deseos, camaradas colonos, están cumplidos. Hoy se han
entregado los nuevos moldes. Una voz solitaria inquirió: - ¿Y a cómo estamos
hoy? Otras voces respondieron prontas: - A tres de diciembre. - ¿Qué importa
eso? -replicó Salomón Davídovich-. Lo que importa es que tenéis moldes, y todas
las formalidades carecen de importancia. Los colonos se echaron a reír y
aplaudieron ruidosamente a Salomón Davídovich. Muchos reían a carcajadas,
ocultándose tras las espaldas de sus compañeros. Los ojos de la cuarta brigada
se dirigieron, inquietos, a Aliosha Zirianski: ¿no tendría nada que decir acerca
de la justicia y la santidad de la palabra empeñada? Pero Aliosha Zirianski
también aplaudía, riéndose. Los aplausos conmovieron a Salomón Davídovich, que
levantó la mano y dijo con voz sonora: - Ya lo veis. Siempre hago por la
producción todo lo posible. Estas palabras provocaron una nueva ovación y una
hilaridad general, no disimulada ya. Reía Zajárov; reía el propio Salomón
Davídovich. Hasta Ryzhikov reía y batía palmas, satisfecho de que todo hubiera
terminado tan felizmente; además, como era moldeador, la noticia de Salomón
Davídovich tenía para él gran importancia. Cierto que el mes anterior había
tenido muchos disgustos. Después del incidente con Levitin, hasta Ruslán
Gorójov le gritó
115 en
cierta ocasión, hallándose a solas: - ¡Vete de mi lado! ¿te enteras? ¡Vete! ¡Ya
me las arreglaré sin ti! Más tarde tuvo que dar la cara ante el Consejo de
jefes a consecuencia del parte presentado por el centinela Vania Gálchenko. Sin
embargo, todo aquello era ya pasado. Lo desagradable fue que, en la reunión del
Consejo, los jefes de brigada parecían hablar de Ryzhikov con desgana, y
Zirianski expresó, probablemente, el criterio general: - Este Ryzhikov es un
elemento turbio y malo. No obstante, vamos a esperar. De basura, peor hemos
hecho personas. Tenemos en perspectiva la fábrica, trescientos mil rublos, una
vida radiante, y él se va a la ciudad a beber vodka y regresa borracho a la
colonia. ¿Qué clase de hombre es éste? Lo único que tiene de persona, es el
habla. Pero también los loros aprenden a hablar, con la ventaja de que no beben
vodka. Ya veremos. Ahora bien..., tenlo en cuenta, Ryzhikov: puede llegar un
momento en que no queden de ti ni los rabos. Ryzhikov rebullía en mitad de la
sala, se daba golpes de pecho, prometía y juraba, procurando imprimir a su
rostro una expresión seria y persuasiva. Volenko salió de nuevo en su defensa:
- A pesar de todo, hay que comprender las cosas: Ryzhikov está hecho a esa vida
y no puede perder la costumbre de golpe y porrazo. Hay que esperar, camaradas.
Castigarlo no tiene sentido, porque él no comprende los castigos. Pero, ¡ya
veréis, ya veréis! El Consejo de jefes no tomó ningún acuerdo y despidió a
Ryzhikov, diciéndole: "Ya veremos". Después, Ryzhikov anduvo cierto
tiempo tristón, sin hablar con nadie, pero en la fundición trabajaba “como una
fiera", mereciendo encendidos elogios de Salomón Davídovich, que decía: -
Si todos trabajasen como Ryzhikov, no habríamos ahorrado trescientos mil
rublos; sino medio millón, por lo menos. ¡Tiene las manos de plata! 29. Boris
Godunov. La fiesta fue un éxito. Asistieron muchos invitados, se sirvió una
cena espléndida y todo respiraba en la colonia calor, afecto y felicidad. A lo
largo de la vereda del bosque, hasta la parada del tranvía, se encendieron dos
hileras de fogatas atendidas por Danilo Gorovói. Los huéspedes pasaban por
entre las fogatas, a pie unos y en automóvil otros. A la puerta de la casa eran
recibidos por unos colonos que les entregaban, en nombre de alguna brigada,
entradas para el teatro e invitaciones a la cena. Los colonos mostraron a los
visitantes sus dormitorios, los clubs y las aulas, y les explicaron el plan
trimestral inscrito en el cartel. Lo único que no les enseñaron fueron los
talleres. El programa de la fiesta fue muy ameno: actuaron cantantes,
recitadores
116 y
acróbatas. Los pequeños presentaron un espectáculo titulado Viaje de los
colonos por Europa. Participó en la representación Vania Gálchenko, pero el
papel principal fue el de Filka Shari, que hizo de MacDonald. La función
resultó interesantísima. Los colonos y los invitados aplaudieron
estruendosamente cuando los chicuelos se colocaron en fila india, se apagó la
luz, y en la mano de cada actor se encendió una linterna eléctrica. La orquesta
tocó El tren. A los acordes de la música, los pequeños colonos emprendieron su
viaje. Por el camino tuvieron peregrinas, entrevistas con Pilsudski, con
Mussolini, con MacDonald y con otros "próceres". Cada uno de ellos se
jactaba de la situación de su país, pero ¡cualquiera engañaba a los chicos de
la colonia Primero de Mayo! ¡Poco bien que sabían ellos lo que pasaba en Europa
Occidental! Causó una impresión extraordinaria la actuación de Salomón
Davídovich, que salió a escena con un flamante traje marrón. Sancho Zorin,
encargado de los intermedios, anunció: - Salomón Davídovich recitará un
fragmento de Borís Godunov, de Pushkin, redactado por Igor Cherniavin.
Kréitser, que estaba en primera fila, se inclinó y dijo a Zajárov al oído: -
¿Pushkin redactado por Cherniavin? - Una travesura. Está claro. Salomón
Davídovich arrugó el entrecejo y declamó con mucha expresividad: Alcancé el
poder supremo, Seis meses llevo ya reinando en calma. Kréitser comentó entre
dientes: - ¡Si serán granujas! Prosiguió Salomón Davídovich: o soy feliz. Quise
a mi pueblo Domar en los talleres... Muchos colonos se levantaron. Sus rostros
expresaban un júbilo mudo aún, pero imposible de ocultar. La maestra Nadiezhda
Vasílievna, sentada al lado de Zajárov, sonreía soñadora. Alexéi Stepánovich
entornaba los párpados y escuchaba con atención. Kréitser, brillantes los ojos,
estiraba el cuello para no perderse nada de lo que ocurría en el escenario.
Salomón Davídovich declamaba muy alto, con voz trágica: Máquinas traje yo; yo
les busqué trabajo, Y ellos, poseídos del demonio, ¡me maldicen! Los colonos no
pudieron contenerse: raro fue el que permaneció sentado en su sitio. Tributaban
al recitador aplausos ensordecedores, y sus semblantes traslucían un verdadero
delirio estético.
A. S.
Makarenko Salomón Davídovich no pudo por menos de sonreírse, y su sonrisa
exaltó más aún el júbilo de los oyentes. Prosiguió con acrecentada emoción, y
la sala quedó en silencio, en espera de mayores goces. Yo soy quien mata a
todos los que mueren: De la transmisión el fin aceleré, y he intoxicado a
mansos fundidores. La ovación que siguió a estas palabras hizo difícil oír toda
otra cosa; las risas, atronadoras, fueron ahogadas por aplausos frenéticos. Los
colonos gritaban algo que resultaba imposible discernir. Kréitser se reía más
fuerte que todos, pero dijo a Zajárov: - ¡A esos redactores habría que darles
un jabón! ¡Mira que la ocurrencia! Salomón Davídovich, deslumbrantes el rostro
enrojecido, la jocunda calva y el traje nuevo, extendió la mano en dirección a
la sala: - ¡Dejadme terminar! Los colonos se mordieron los labios. Salomón
Davídovich dio un paso adelante, se llevó la mano al corazón y alzó
inspiradamente los ojos: Siento náuseas, y estoy mareado; Y ven mis ojos chicos
insolentes; Quisiera huir, mas no sé adónde. ¡Qué horror! ¡Si, pobre del que no
tiene dinero! Terminó y bajó modestamente los ojos. Pero aquella postura
sobria, aunque teatral, no pudo mantenerla mucho tiempo. Correspondiendo al
entusiasmo delirante del público, Blum resplandeció en una sonrisa, después se
irguió con orgulloso empaque, levantó el índice y comenzó a hacer reverencias,
pues el público continuaba gritando y aplaudiendo. Por fin, corrieron el telón.
En el entreacto, Salomón Davídovich se abrió paso hasta la primera fila,
respondiendo, orgulloso, a los saludos de los colonos, y estrechó la mano a
Kréitser con una sonrisa condescendiente: - ¿Qué le ha parecido? ¡Fíjese qué
ovaciones! - Escuche, Salomón Davídovich, estos granujas le han hecho a usted
una jugarreta. - ¿Cómo una jugarreta? - Le han dado un texto falso. - ¿Falso?
Imposible. El texto lo tengo aquí. - ¡Ay, ay, ay! ¡Qué... bribones! Fíjese, ese
Borís Godunov no habla más que de los asuntos de la colonia Primero de Mayo. -
¿En serio? - Pues claro: "Máquinas traje yo, he intoxicado a los
fundidores". Ese no es Borís Godunov, sino usted, Salomón Davídovich. Y
esos chicos insolentes... - ¿De modo que Pushkin no escribió eso? - ¡Qué va!
Pushkin habla de niños
Banderas
en las torres ensangrentados, y aquí se habla de chicos insolentes. - Pues,
mire usted, la verdad es que lo son. ¿Y qué dice Pushkin de los fundidores? -
¿De los fundidores de la colonia? ¡Qué quiere usted que diga, si hace cien años
que murió! Salomón Davídovich se sintió inundado de sincera indignación. - ¡Ay,
qué desfachatez! -exclamó-. ¡Ahora mismo voy para allá a decírselo! Salomón
Davídovich corrió a cumplir su amenaza. Hubo quien trató de esconderse, pero él
atrapó a Igor Cherniavin, el redactor principal, y le reprochó: - ¿No le da a
usted vergüenza, camarada Cherniavin? - ¿De qué? - Pushkin no lo escribió así.
- ¿Y eso qué importancia tiene? ¿Usted sabe lo que hace Meyerhold? - ¿Qué
Meyerhold? - El director de escena de Moscú. - ¿También es jefe de producción?
- ¡Ya lo creo! ¡De todo un teatro! A nosotros todavía nos sale algo parecido a
Pushkin, pero él no deja nada en absoluto. ¡Esa es la moda! - La moda,
naturalmente, no me parece mal, pero ¿qué tienen que ver con eso los
fundidores? - ¡Cómo! ¿Usted cree que en tiempos de Borís Godunov no había
fundidores? ¿Quién cree usted que hacía los fusiles? - Fusiles podían hacerlos,
pero quizá no hubiera en la fundición tanto humo. - ¿Cómo que no? ¿Acaso
conocían ellos la ventilación? - Podían no conocerla. - ¡Ha salido
estupendamente, Salomón Davídovich! Fíjese usted lo que le ha gustado a todos.
Pronto le tocará a usted bailar. - Ahora ya me da miedo. Se dice en el programa
que será un hopak, pero, a lo mejor, es también al estilo de Meyerhold. - ¡Palabra
de honor que es un hopak! Salomón Davídovich se echó a reír y, apretando el
puño, lo blandió en el aire. - ¡Al diablo! -exclamó-. ¡Bailaremos el hopak!
Dicho esto, volvió al lado de Kréitser y lo tranquilizo: - Les he reñido, pero
dicen que ahora todos hacen así. Un tal Meyerhold, de Moscú, hace lo mismo.
Parece que esa es la moda. Kréitser abrazó a Salomón Davídovich y lo sentó a su
lado. - ¡Cierto! -dijo- ¡Todo le ha salido muy bien! Un cuarto de hora más
tarde, Salomón Davídovich, vestido de cosaco ucraniano, con pantalones
bombachos y gorro de piel gris, bailaba en el escenario un hopak en toda regla.
Oxana, grácil y fina, se veía y se deseaba para escapar de sus botas
117
herradas. Los colonos aplaudían ahora sin el menor matiz de mofa: Salomón
Davídovich era, sin duda, un consumado bailarín. El brío de que hacía gala
aquel anciano y el garbo con que bailaba en cuclillas rebosaban amor a la vida
y un humor perfectamente apropiado al caso. Al terminar la danza, Kolka, el
doctor, saltó al escenario y dijo en voz alta: - ¿Habéis visto? ¡Ahora que no
me venga con que está enfermo del corazón! Salomón Davídovich se rió
tristemente y dijo: - El doctor no quiere comprender la diferencia: los cosacos
de Zaporozhie podían bailar el hopak hasta la muerte sin que les molestara lo
más mínimo el corazón. Pero pruebe usted a designarles jefes de producción y ya
verá la de pacientes que le salen... 30. Un robo. Dos días después de la fiesta,
Igor Cherniavin corrió al guardarropa para ponerse el abrigo y halló vació el
gancho número 205. Misha Gontar se estaba poniendo el abrigo allí al lado. -
Misha, mi abrigo no está aquí. - ¿Cómo es eso? - Mira, mi número está vacío. -
Alguien lo habrá confundido. Búscalo. A la hora del almuerzo, Igor revisó todos
los abrigos. Cada uno tenía bordado el número a la vuelta del cuello. El 205
faltaba. Así se lo comunicó a Bratsán, jefe de guardia, que lo miró mohíno: -
¿Qué piensas, que te lo han robado? - He revuelto todo el guardarropa. - Pues
hay que buscarlo otra vez. No puede desaparecer así como así. Bratsán,
disgustado, le dio la espalda. Pero después del trabajo buscó a Igor y le
preguntó sombrío: - ¿Ha aparecido el abrigo? - No. - El de Novak, de la cuarta
brigada, se ha perdido también. - ¿Los han robado? Bratsán no dijo nada; por lo
visto, la expresión no le había gustado. Por la tarde, Igor asistió a la
presentación de los partes de los jefes de brigada. Bratsán anunció en el suyo:
- Camarada director, la noche pasada han robado en el guardarropa dos abrigos:
el de Cherniavin y el de Novak. Zajárov, sereno como siempre, levantó la mano y
respondió: "Está bien". Todos los presentes saludaron como de
costumbre después del parte del jefe de guardia. No obstante, había en la
ceremonia algo peculiar. Las caras no reflejaban el alegre optimismo de
siempre; se presentía que el último parte no iba a restablecer el amistoso
desembarazo de las relaciones, que la colonia no adquiriría el habitual
ambiente vespertino, que nadie sonreiría ni gastaría
118
bromas. En efecto, después del último parte, Zajárov se sentó con rapidez,
extrajo de la cartera un papel y, apoyando la cabeza en la mano, se puso a leer
atentamente, como si estuviera solo en el despacho. Pero en el despacho había
unos treinta colonos, que lo miraban inmóviles y silenciosos. Nesterenko
preguntó en voz baja a Bratsán: - ¿Sospechas de alguien? La pregunta fue oída,
pero todos sabían que el ladrón no había dejado la menor huella. Como Bratsán
estaba de guardia, respondía de lo sucedido durante la jornada y, por
consiguiente, debía contestar a la pregunta de Nesterenko. Comprendiéndolo así,
dijo en voz alta: - De doce a ocho hubo cuatro centinelas, colonos todos.
Naturalmente, no puede recaer sobre ellos la menos sospecha: Loboiko, Grachov,
Soloviov y Tolenko son todos de mi brigada. Yo respondo de ellos: ninguno
abandona el puesto ni se duerme. Y ahora otra cosa: del guardarropa a la calle
no se puede pasar más que por delante del centinela. Quiere decirse que han
tenido que sacar los abrigos por los ventanillos de ventilación. Pero, ¿cómo?
Las ventanillas son muy pequeñas y por ellos es muy difícil meter los abrigos,
yo he hecho la prueba hoy. Así, pues, el autor es un especialista. - ¿No ha
sucedido nada de particular durante la noche? -inquirió Zajárov sin levantar la
vista del papel. - Nada, lo he averiguado. La gente durmió tranquila. Los
centinelas dicen que nadie salió del edificio. El último en regresar de la
ciudad fue Zirianski, que volvió a las once. Estuvo allí en comisión de servicio,
por orden de usted. Ya veis... si fuera un abrigo solo, diríamos... diríamos
sin falta: lo habrá olvidado en cualquier parte. Pero son dos, de brigadas
distintas. Cherniavin conoce poco a Novak. - ¡Torski! ¡Reunión secreta del
Consejo, ahora mismo, aquí en mi despacho! - ¡A la orden! En el despacho
quedaron únicamente los jefes de brigada. Cuando hubo salido el último colono,
Zajárov se reclinó contra el respaldo del sillón: - Bueno... Decid lo que
pensáis. Torski, sentado, con otros colonos, en el diván, se encogió de hombros
y observó: - Es difícil decir nada. Y es peligroso sospechar de alguien, pues
no hay motivos. He hecho una lista de los que aún no son de confianza. Resultan
diecinueve... No vale la pena mencionarlos. Dos abrigos son poca cosa para eso.
El ladrón es uno, y los otros dieciocho quedarían ofendidos para toda la vida.
Una verdadera desgracia... No puede hacerse a nadie ni una sola pregunta. No se
le puede preguntar a nadie por ejemplo, si salió anoche a alguna parte... - A
nadie se le debe preguntar tal cosa -asintió Zajárov descontento. - Claro, eso
es lo que yo digo.
A. S.
Makarenko - Yo quiero decir algo -Zirianski se desplazó al borde mismo del
diván-. Yo quiero decir algo. Primero: no los han robado de noche, sino por la
mañana, cuando todo el mundo se ponía los abrigos. Lo ha hecho un fresco. Fue
tan campante y se puso un abrigo ajeno, quizá en presencia de todos; no está
descartado que el propio Cherniavin se lo encontrase al entrar en el
guardarropa. Y si lo hubieran descubierto, tenía una excusa bien fácil: se lo
había puesto por equivocación, sin ningún mal propósito. - Pero es que no se
trata de un solo abrigo, sino de dos. - Bueno, dos. Lo que pasa es que el
abrigo de Novak estuvo allí colgado tres días sin que él se lo pusiera. Iba
corriendo sin abrigo hasta la sección. A mis pequeños les gusta eso. De manera
que el abrigo de Novak pudieron robarlo anteayer, sin que nadie lo advirtiese.
- En parte, llevas razón... -comenzó Nesterenko, pero Zirianski lo miró con
dureza y le interrumpió: - Aguarda, que no he terminado. Segundo: los abrigos
no han salido aún de la colonia; alguien los ha escondido en su casa, o quizá
estén en la aldea, aunque me parece que no, que están aquí, que los tiene algún
empleado o algún obrero de la construcción que es cómplice. No puede ser de
otro modo. A la ciudad no es tan fácil llevarse un abrigo, no es una aguja y,
además, se necesita tiempo. En día de labor es imposible, y en día de fiesta
abundan los colonos en el camino de la ciudad. Los dos abrigos no han salido de
aquí, de nuestra colonia. Todos callaron. Zirianski quizás llevara toda la
razón. Tan sólo Nesterenko formuló una pequeña duda: - En parte, tienes razón,
Aliosha. Sólo que el abrigo de Cherniavin estaba en el lado derecho, y el de
Novak, en el izquierdo. Dices que el ladrón se lo puso y se fue. Es posible que
se lo pusiera y se fuese, y que después volviera sin él; muchos andan sin
abrigo por la colonia, ¡y tú anda y averigua! Pero..., ¿y las medidas? Una cosa
es ponerse el abrigo de Cherniavin y otra ponerse el de Novak. Viene a resultar
que son dos los que han trabajado. - Eso no puede ser -objetó Volenko
quedamente. - ¿Por qué no? - Porque no. Aquí no hay bandas. Puede sospecharse
de alguno por separado, pero, gente confabulada para robar, aquí no la hay. -
Volenko ha dicho bien -convino Torski-. Ha sido uno solo. Cómo sacó los
abrigos, el diablo lo sabe, aunque debió de ser, más o menos, como ha explicado
Zirianski. Volenko, ¿qué piensas tú de Ryzhikov? Acababa de ser pronunciado el
primer nombre. Los rostros de los jefes de brigada adquirieron una expresión
más atenta. Volenko quedó pensativo un instante. - En mi brigada -dijo-, se
puede sospechar
Banderas
en las torres también de otros: de Gorójov o de Levitin, por ejemplo. Sólo que
Levitin anda últimamente atareado. Al descubrirse lo de aquellos papeles, ¿os
acordáis? Alexéi Stepánovich le impuso una sanción: barrer los senderos del
jardín durante un mes. Esto lo tiene muy embebido, pues quiere que lo perdonen.
Cumple con mucho tesón, y no creo que piense en robar. Gorójov parece muy
preocupado con su máquina espigadora. Y ahora que han colgado el plan nuevo, no
tiene otra obsesión que la espiga derecha o la espiga torcida y hace un nuevo
dispositivo para meter en la máquina simultáneamente más piezas. Decidme si en
esas condiciones va a robar una persona. Yo creo que no. - Gorójov no ha sido
-confirmó Torski sin titubear. - ¿Y Ryzhikov? Ryzhikov quizá sí. Tiene menos
conciencia que un gorrión. Pero la cosa está en que no lo necesita. Es el que
gana más en toda la colonia. De la última paga le quedaron limpios setenta
rublos. Cincuenta los metió en la caja de ahorros y me dio la libreta para no gastárselos.
En lo único que piensa es en ganar más... ¿Qué necesidad tiene de robar? Por
otra parte, Ryzhikov es nuevo aquí; no conoce a nadie, y, sin un cómplice, no
podría arreglárselas. - Pierde cuidado -objetó Bratsán-. Tú no conocerás a
nadie, pero lo que es Ryzhikov conoce muy bien a los que pueden serle útiles. -
No, no ha tenido tiempo -dijo Nesterenko pausadamente. - Bueno. Eso es en la
primera brigada. ¿Qué tal en la tuya, Liova? Porshniov, el jefe de la segunda
brigada, era feliz, tal vez el más feliz de la colonia. Siempre estaba de un
humor excelente, muy satisfecho de la vida; nunca habla tenido que "sudar
la gota gorda", y todo lo que emprendía le salía bien. Ahora se limitó a
encogerse de hombros. - ¿De dónde... va a haber gente así en mi brigada? Los
míos son todos... de confianza. - ¿Respondes de todos? - ¿Yo responder de
ellos? Ellos mismos... podrían... responder de cualquiera. Bien lo sabéis
vosotros. En la colonia todos sentían por Porshniov una gran simpatía. Daba
gusto contemplar la serena alegría que reflejaban siempre sus ojos, de calmosa
mirada, los movimientos de sus cejas hirsutas y negras y el risueño temblor de
sus labios gruesos y bien delineados. Al ver a Porshniov, venía a la memoria la
segunda brigada, aquellos diecisiete muchachos que parecían escogidos: todos de
dieciséis años, de la misma estatura, guapos, quien más, quien menos, siempre
apasionados por una cosa u otra. Casi toda la segunda brigada trabajaba en la
sección de máquinas. El trabajo era ruidoso, animado e interesante. - Sí
-constató Nesterenko-. Ninguno de la segunda
119 ha
sido. En las brigadas restantes había candidatos a la sospecha; sin embargo,
uno se dedicaba con afán a la lectura; otro se había entregado en cuerpo y alma
a la primera corneta; el tercero frecuentaba el círculo de modelismo; el cuarto
era amigo de Málenki; el quinto buscaba siempre la compañía del doctor Kolka;
el sexto era sobresaliente en geografía. La quinta y la undécima brigadas ni
siquiera permitieron que se las mentara por un motivo tan bochornoso. Cuando
terminó el análisis de la última brigada -la décima-, análisis harto breve,
porque Rúdnev no permitió sospechar más que de sí mismo y de su ayudante, el
ambiente de tornó cálido y cordial, y Zajárov dijo: -¡Qué diablo! ¡Hay que ver
qué gente tan buena tenemos en la colonia! ¡Son de oro! Los jefes de brigada se
echaron a reír y se reacomodaron en el diván como si se dispusieran a
permanecer allí hasta la mañana. Nesterenko se restregaba las manos de
contento. - Nuestra gente, Alexéi Stepánovich -dijo-, es maravillosa. Zajárov
se levantó, arrojó un papel sobre el poyo de la ventana, puso la mano encima de
él y quedó pensativo: - Sí... es uno. Uno. Creo que no hay que buscarlo. Dos
abrigos no son nada. Ya veremos más adelante. Quizá sea su último robo. Os
ruego que no habléis del asunto en las brigadas. Como si nada hubiera sucedido.
¿De acuerdo? - De acuerdo, Alexéi Stepánovich. - Puede que sea por la fuerza de
la costumbre sonrió indulgente el director-. Vitia, dispón que mañana mismo les
den abrigos nuevos a Cherniavin y a Novak. Nadie dormía en las brigadas,
esperando el regreso de los jefes. Volenko llegó ensombrecido al dormitorio. -
Qué, ¿no habéis dado con él? -preguntó Sadóvnichi. - Hemos hablado... más que
nada... de otras cosas. - ¿Y no lo habéis encontrado? - ¿Cómo lo vamos a
encontrar? Debe ser uno solo... - Uno... ¡El diablo se lo lleve! ¡Oh, sí le
echásemos mano! Ryzhikov, plantado en mitad del aposento, se metió las manos en
los bolsillos y observó, sonriendo alegremente: - De todo tiene la culpa el
salario. - ¿Por qué? -se interesó Sadóvnichi. - Pues porque yo gano mucho y
otros me envidian. Ruslán Gorójov miró de hito en hito a Ryzhikov y le
preguntó: - ¿Quién te envidia a ti? - Hay quien no gana ni para pagar la
comida:
120
Gorlenko, Tolenko, Vasíliev y todos esos Gálchenko y Begunok. Gorójov entornó
los párpados y dijo: - ¿Sospechas de Begunok? A Ryzhikov no le gustaba que lo
mirasen con tanta fijeza, y respondió: - ¡Qué va! No sospecho nada. Se dirigió
a la cama sin darse prisa. Ruslán le acompañó con la mirada. - ¿Qué miras?
-volvióse Ryzhikov de improviso. - Es que... me gustas... mucho -masculló
Ruslán-. ¡Eres una bellísima persona! Volenko bajó los ojos, tornó a
levantarlos, miró fijamente a Ryzhikov y luego a Ruslán, y un temblor inquieto
movió sus labios. 31. Cigarrillos "Diubek". Las almas de la cuarta
brigada eran impresionables e inflexibles y no se resignaban a admitir que el
robo de los dos abrigos quedase impune. Nadie supo en la colonia las reuniones
que celebró la cuarta brigada. Nadie advirtió sus operaciones, excepto...
Zajárov. Quizá los jefes de guardia notasen también algo, pero ellos lo
aquilataban todo desde el punto de vista de sus obligaciones. Anteriormente,
los miembros de la gloriosa e "invencible", brigada se destacaban por
dos rasgos. De una parte, sus gargantas adolecían de una irrefrenable
inclinación al forte. Inclusive sus conversaciones secretas eran tan
ensordecedoras, que no había manera de distinguir lo que decía cada uno. A
veces daban a sus ojos una expresión ultraenigmática y conspirativa, pero sus
gargantas no admitían freno alguno. Cuando la gente adulta necesita llamar a
alguien, suele mirar alrededor para ver si la persona requerida anda por allí.
Los peques eran contrarios a este irracional despilfarro de la preciada energía
visual y del no menos preciado tiempo, tanto más disponiendo siempre de un
instrumento tan ensordecedor y universal como la garganta. Por ello, todas las
llamadas se realizaban de manera muy simple: no había más que salir al rellano
de la escalera o al sendero central del parque y gritar a todo pulmón,
entornando los ojos y hasta agachándose por el esfuerzo: - ¡¡¡Volodia-a-a!!!
Luego se aguzaba el oído, y, si no contestaba nadie, se gritaba otra vez, con
voz más espantosa todavía: -¡Volo-o-dia! La llamada se percibía desde cerca con
bastante nitidez: buscaban a un cierto Volodia. Pero precisamente en las
inmediaciones era donde el grito surtía menos efecto práctico, pues el Volodia
buscado debía hallarse lejos, en algún paraje donde el sonido llegaba en la
forma más imprecisa:
A. S.
Makarenko - ¡O-o-a-a! No obstante, aquellos sonidos convencionales daban el
resultado apetecido. Había en la colonia diez o quince Volodias, pero acudía
aquel a quien estaban llamando. Los restantes no hacían más que arrugar el
entrecejo. Los jefes de guardia perseguían con saña semejantes medios de
comunicación, sobre todo si se utilizaban en los pasillos o en los rellanos de
la escalera. Esto, de una parte. De otra, los chicuelos de la cuarta brigada
siempre habían sido un tanto propensos al separatismo. Los jefes de guardia
tenían sus motivos para recelar de esta tendencia, pues el separatismo excesivo
amenazaba terminar con un vidrio roto en el invernadero, con un traje rasgado o
con alguna diablura del mismo jaez. El jefe de guardia sabía perfectamente que
la actitud separatista tenía como motivo alguna insignificancia: un hormiguero,
un nido de ruiseñores, una vieja rueda abandonada por el cochero en el corral o
un montón de latas de conservas recién hallado. Semejantes acontecimientos
suscitaban una actividad febril de los chicos, gritos en diversos puntos del
patio, carreras desenfrenadas. Los ojos encendidos, el oído atento, las bocas
jadeantes, las velocidades máximas, los alaridos de protesta y los prolongados
gritos de entusiasmo detrás de alguna esquina no podían por menos de alarmar a
los jefes de guardia. Toda la colonia recordaba que, a comienzos de la
primavera, Vasia Klúshnev, el jefe de la séptima brigada, hubo de cumplir cinco
horas de arresto por negligencia en la guardia. Llamado a presencia de Zajárov,
Vasia no negó que desde la mañana se notaba ya entre los pequeños cierta
agitación ni que después del almuerzo estuvieron corriendo de edificio en
edificio y alrededor de éstos con tal velocidad, que era imposible identificar
a los que intervenían en la algarada. Vasia creyó que se trataba de una minucia
por el estilo de un hormiguero, y después resultó algo mucho más serio. Toda la
operación fue chillona tan sólo mientras duró su fase terrestre. Pero cuando
los participantes en ella se encaramaron al tejado, sus incansables gargantas
quedaron mudas como por encanto. En el mayor de los silencios, casi sin cambiar
impresiones, los peques tiraron desde el tejado de la vivienda del personal de
servicio -una casa de tres pisos- al gato del contable Semiónov, precioso
felino de raza siberiana. Los chicos no hicieron aquello por crueldad, ni por
venganza, ni por simple curiosidad. El móvil fue puramente científico: con una
servilleta confeccionaron un paracaídas bastante aceptable, colocando al gato
en dos cómodos lazos de los que no podía desprenderse. Por la tarde, todos los
autores del experimento comparecieron, contritos, ante Zajárov, aunque, en lo
hondo del alma, no compartían la indignación del director. Alexéi Stepánovich,
que los miraba enfadado, dijo:
Banderas
en las torres - No puedo comprender de ningún modo una guardia como ésta. ¡Qué
vergüenza, qué relajamiento, qué incapacidad más completa para mantener el
orden! Camarada Klúshnev, no creía que fueras tan inútil. ¡Cinco horas de
arresto! Ante los ojos de los "paracaidistas", Vasia Klúshnev, todo
apenado, saludó y dijo: "¡A la orden!" Semión Gaidovski, viendo lo
ocurrido, emprendió una tímida tentativa de explicar debidamente el suceso y
pronunció con su aguda vocecilla: - ¡Alexéi Stepánovich! ¡La servilleta ha
aparecido, la han encontrado ya! ¡Nosotros la lavaremos! Zajárov, sin embargo,
no se alegró lo más mínimo del hallazgo de la servilleta. Parecía, incluso,
haberse olvidado de que la servilleta había sido escamoteada en la cocina, acto
que durante el planeamiento de la operación se consideraba el más peligroso.
No, no era la servilleta lo que preocupaba a Zajárov: - ¿Habráse visto? ¡Todo
un grupo de colonos sube al tejado de una casa de tres pisos! ¿Para qué? ¿Con
qué fin? ¡Con el de tirar a ese desdichado gato! Los ojos de los chicos
relumbraron de alegría: ¡Alexéi Stepánovich exageraba! ¡No había sucedido
desdicha alguna! Semión Gaidovski exclamó a voz en grito: -¡Alexéi Stepánovich,
Alexéi Stepánovich! ¡Usted no está enterado! Al gato no le pasó nada...
¡Aterrizó la mar de bien! Y todos los chicos carearon: - ¡¡¡Aterrizó!!! ¡Y ni
maulló siquiera! ¿Usted cree que se hizo daño? ¡Pero si no cayó! ¡Bajó en
paracaídas! ¡Aterrizó a cuatro patas y... echó a correr! Suponiendo que el
rostro del director resplandecería al oír tan grata noticia, todos lo miraron
esperanzados, pero... no resplandeció. Alexéi Stepánovich no era hombre
propenso a entusiasmarse por los progresos del paracaidismo. Se ajustó las
gafas y preguntó a quemarropa: - El gato llevaba paracaídas. ¿Y vosotros, lo
llevabais? ¿Quién de vosotros llevaba paracaídas? ¿Quién? Únicamente entonces
comprendieron los chicos que su delito consistía en haberse subido al tejado
desprovistos de paracaídas. Resultaba que Zajárov entendía también algo de
paracaidismo. Por desdicha, no tuvo en cuenta que para un ser humano se
necesita un paracaídas muy grande, mucho más que una servilleta. Ni que decir
tiene que después de este lance nadie volvió a encaramarse al tejado, pero se
daban otros casos que despertaban el recelo de los jefes de guardia, a quienes
sacaban de quicio las acciones separatistas de la cuarta brigada. En los
últimos días, reinaba en la colonia el silencio. Nadie vociferaba llamando a
Volodia; los
121
chiquillos no se reunían en bandadas ni remontaban luego el vuelo con inquieto
trinar. La pista de patinaje había tenido ya tiempo de helarse, y sobre ella
relucían unas bombillas eléctricas. Se deslizaban en sus patines los colonos,
ya en vertiginosa recta, ya describiendo un círculo, tan pronto cogidos de la
mano como sueltos. Hasta los jefes de guardia calzaban de vez en cuando los
patines; sus brazaletes rojos se veían desde lejos y despertaban el mismo
respeto de siempre. La cuarta brigada, sin embargo, no tenía tiempo para tales
entretenimientos. Volodia Begunok aprovechaba cada momento propicio para salir
del despacho y entrevistarse allí cerca con alguien de su brigada. ¿Hablaban al
encontrarse o, al modo de las hormigas, se limitaban a mover invisibles
antenas? Nadie lo sabía; lo cierto era que se separaban pensativos, pausados,
moviendo apenas las cejas. Parecía que nada les interesaba especialmente, que
vivían ensimismados y retraídos. Pero en todos los senderos de la colonia se
los veía de dos en dos o de tres en tres, conversando en voz baja y atentos a
lo que pasaba en derredor suyo. En el guardarropa siempre había unos ojos que
observaban a los que se vestían, sobre todo por la mañana. La costumbre de irse
al trabajo sin abrigo había sido desterrada tiempo atrás. Los de la cuarta
brigada habían adquirido la costumbre de quitarse y ponerse los abrigos a cada
dos por tres; y los centinelas, los mayores en particular, les decían
enfadados: - ¿Qué hacéis zascandileando de aquí para allá? Poneos los abrigos y
largaos... Puede que Zajárov hubiese notado algo misterioso en la cuarta
brigada o que hubiera sabido algo de otra fuente, pero lo cierto es que
adquirió de pronto la costumbre de pasear por el patio y por los corredores y
entraba a menudo en el guardarropa, encontrando casi siempre a algún chico de
la cuarta brigada, a cuyo saludo respondía con sobrio ademán. Luego continuaba
su camino, acompañado por las miradas serias y atentas de los chicos. Vania
Gálchenko y Filka no fueron aquella tarde a la pista de patinaje. Deambulando
por el sendero central del parque, miraban hacia la colonia como si esperasen a
alguien. Se cruzaban con ellos colonas y colonos con patines (gente frívola y
ávida de diversiones). Los mayores pasaban calmosos. Lida Tálikova preguntó a
Gálchenko, poniéndole amistosamente la mono en el hombro: - ¿Por qué estás tan
aburrido, Vania? Era difícil no sonreír a Lida, pero hasta la sonrisa le salió
seria a Vania. - No estoy aburrido. Estamos dando un paseo. Los ojos de Filka y
de Vania se animaron al ver que por la esquina del pabellón B aparecía
Ryzhikov. Se había puesto más guapo. Destocado, con un nuevo jersey blanco,
estaba muy elegante. Caminaba a grandes zancadas, bamboleándose, con andares de
122
hombre satisfecho de la vida. El pelo rojizo, muy corto, daba a la cabeza un
aire más elegante, y ya no tenía granos en la cara. Calmoso, Ryzhikov encendió
un cigarrillo. Filka y Vania, también sin precipitarse, torcieron por un
sendero lateral. Ryzhikov no los vio. Descendiendo por la cuesta, tiró,
negligente, una gran caja blanca en un montón de nieve. Cuando se ocultó tras
los árboles, Filka recogió la caja, y Vania puso en ella los ojos. -
Cigarrillos. ¿De qué marca son? - Diubek. - ¡Qué cajetilla más bonita! Al cabo
de media hora, hallaron a Málenki en el club. Filka, dando vueltas a la
cajetilla, le preguntó, como quien no quiere la cosa: - ¿Cuánto vale esta
cajetilla? - ¡Oh, esos cigarrillos son muy caros! Cuestan cinco rublos. Vania
no pudo dominarse y exclamó: - ¡Cinco rublos! ¿Una sola cajetilla? Filka, más
avezado, no alzó la voz al decir: - ¿De qué te extrañas? ¿Crees que los
cigarrillos Diubek son cualquier cosa? - ¡Ay, ay, ay! Cuando Málenki se metió
en la biblioteca, Vania dijo: - ¡Ha sido Ryzhikov! ¡Él y nadie más! - ¿El del
robo? - Robó los abrigos y los vendió. - ¡Pero si gana más que nadie! - ¿Más
que nadie? ¿Cuánto gana? ¿Treinta rublos?, ¿sí? ¿Treinta rublos? - Treinta y
quizá cuarenta. - Bueno, pero es que los cigarrillos esos cuestan cinco. -
Mira, vamos a enterarnos. ¿El es de la primera brigada? - Sí. - Pregunta tú,
que los conoces a todos. Pregunta qué cigarrillos fuma Ryzhikov. - ¿Para qué? -
Porque si nadie lo sabe, quiere decir que Ryzhikov los oculta y no lo dice a
nadie. Fuma... así... a escondidas... sin presumir. Pregúntalo. Aquella misma
tarde aclaró Filka el asunto. En la primera brigada nadie sabía qué cigarrillos
fumaba Ryzhikov. Filka lo indagó con arte, como corresponde a un buen actor:
sencillamente, le interesaba conocer el gusto de los fumadores de la primera
brigada. Después de cenar, Vania escuchó el relato de Filka y exclamó: - ¿Lo
ves? Y nadie lo sabe. ¿Quieres ver una función? - ¿Dónde? - En cualquier parte.
Anduvieron largo tiempo por la colonia, y Vania no pudo mostrarle el
espectáculo. La caja seguía en su bolsillo con la misma paciencia con que Filka
A. S.
Makarenko esperaba la función aquella. Poco antes de la asamblea general,
comenzó a congregarse la gente en el Club silencioso. Ryzhikov llegó solo y se
sentó en el diván, estirando las piernas. Vania dio un codazo a Filka. Los
amigos pasaron un par de veces por delante de Ryzhikov, que, fijo en sus pies y
silbando ligeramente, no les prestaba atención alguna. Filka y Vania se
sentaron a su lado. Ryzhikov los miró de reojo y recogió los pies bajo el
diván. Vania, los ojos entornados, daba vueltas en sus manos a la cajetilla
Diubek. Después la abrió y se quedó mirándola, inmóvil y expectante: en el
interior de la caja podía leerse, en grandes letras trazadas con lápiz azul:
"Lo sabemos todo". Ryzhikov, los ojos verdosos centelleantes, se levantó,
asió con fuerza a Vania por un hombro, lo empujó hacia el respaldo y salió del
aposento con las manos metidas en los bolsillos. Vania se agarró el hombro y
dijo con una mueca de dolor: - ¡Me ha hecho daño, el maldito! A Filka se le
encendió el rostro. - ¡Ha sido él! -exclamó-. ¡Vania! ¿sabes?, ¡ha sido él!
¡Vente! Vamos a ver a Alexéi... Entraron en el despacho a la carrera. Pero
había allí mucha gente. Los jefes de brigada se habían reunido para presentar
los partes. Zajárov, jovial dijo a Torski en tono de broma: - No alargues mucho
la asamblea general que la noche está muy buena. En la asamblea general, Torski
dio lectura a una orden: “Por su ejemplar comportamiento en la fundición, se da
un voto de gracias al educador Ryzhikov”. Filka y Vania enrojecieron, confusos.
Miraron a Ryzhikov y no lo reconocieron: resplandecía de modesto orgullo,
sonreía con dignidad, y no se notaba en él ni un ápice de insolencia. Era un
camarada que se había merecido una felicitación. TERCERA PARTE. 1. El parte de
guerra. Pasó el invierno. En el buró del Komsomol y en el Consejo de jefes de
brigada se trataban los asuntos hasta medianoche... Mark Grinhaus tenía la
palabra: - Imaginaos: ¡hacemos taladros! ¿Habéis visto qué taladros? De
aluminio pulimentado por fuera, y por dentro, con precisión de una centésima de
milímetro. ¡Además, es un artículo de importación! ¿Me entendéis?, ¡de
importación! ¡Sí, tenemos que pedirles a los austriacos que nos vendan taladros
para nuestras fábricas de aviación, para nuestras unidades de zapadores y de
ingenieros! Figuraos la situación de los zapadores que tienen que tender un
puente y no disponen de taladro eléctrico. O supongamos que hay que construir
un tanque y en vez de un taladro empuñamos un cacharro indecente. Y, si no,
tomad
Banderas
en las torres los aeroplanos. Yo he visto un aeroplano y sé los orificios que
lleva. ¿Qué necesidad hay de hacerlos con taladro austriaco, cuando pueden
hacerse con el de nuestra colonia? ¡Hay que hacerse cargo de la situación de
nuestros obreros! Debemos comprender que se trata de una necesidad de la que no
puede uno hablar sin lágrimas en los ojos. ¡Da rabia comprar taladros a los
austriacos y, encima, tener que pagarlos a peso de oro! ¡Hay que acabar con
eso! Así lo entiendo yo, y también vosotros. Por supuesto, todos lo entendían
así. De ahí que las palabras de Volenko en el buró del Komsomol reflejasen el
sentir de las once brigadas: - No debe inquietamos la idea de que nuestra gente
pueda no comprenderlo. Tenemos setenta y nueve komsomoles y ciento noventa
colonos. ¿Cómo no van a comprenderlo? Cenamos dos veces: a las cinco y a las
ocho. El descontento cunde desde hace tiempo: ¿qué necesidad hay de dos cenas?
Sencillamente, falta tiempo para acudir al comedor. Admitamos que la primera
cena se parece más a una merienda con té. Pero ¿cuánto pan se come con ese té?
Todos están muy disgustados. Hay que suprimir la primera cena y no robarle el
tiempo a la gente. Luego, la carne. Está demostrado de hace mucho que la carne,
cuando se come en exceso, es nociva para la salud y da lugar a la gota. El
propio Kolka lo dice. Considero que basta comer carne tres días a la semana,
porque el resto hará daño. Tampoco necesitamos nuevos trajes de gala para mayo.
Lo principal es que nuestra formación sea ordenada y bonita, y gustará a todo
el mundo aunque llevemos los trajes viejos. Están algo gastados los cuellos
blancos. Hacer cuellos nuevos costaría ciento cincuenta rublos. Pues vamos a
prescindir de los cuellos blancos. De todas maneras, el uniforme se queda, y lo
esencial es el emblema. Tampoco habrá que comprar zapatos nuevos: podemos
comprar zapatillas, que resultan mucho más baratas y más cómodas. En el
presupuesto de la colonia había muchos otros gastos cuya eliminación redundaba
en pro de la belleza y la salud. Zajárov aprobó los ahorros propuestos por los
komsomoles, y hasta la primera cena fue suprimida, para satisfacción general.
Los colonos estaban profundamente persuadidos de que, para fines de año,
ahorrarían mucho más de trescientos mil rublos. Desde mediados de invierno, la
mitad de la pared del vestíbulo del comedor la cubría un enorme diagrama
confeccionado por Málenki y por el círculo de pintura. Ante el diagrama, que
suscitaba vivo interés, se aglomeraban siempre los colonos. Representaba un verdadero
frente de batalla. La ofensiva partía de abajo, donde una estrecha cinta roja
simbolizaba las vigorosas fuerzas de trabajo de la colonia, distribuidas en
tres ejércitos: en el centro, los metalúrgicos; en el flanco izquierdo, los
123
carpinteros; y en el derecho, las muchachas de la sección de costura. Cada
ejército ocupaba en el frente un sector más grande o más pequeño, de acuerdo
con la magnitud del plan anual de cada uno. Como es de suponer, el grueso de
las fuerzas lo componían los metalúrgicos, dislocados en el centro: el plan
anual de fabricación de aceiteras ascendía a la respetable suma de un millón de
unidades, es decir, de otros tantos rublos. El sector del flanco izquierdo era
más reducido: la producción anual de los carpinteros debía valer setecientos
cincuenta mil rublos; y la sección de costura, bastante diezmada por el
traspaso de personal a los tornos, tenía tan sólo un plan de trescientos mil
rublos, en virtud de lo cual, el flanco derecho ocupaba un sector del frente
relativamente pequeño. La ofensiva iba hacia arriba. En la parte superior, a
todo lo ancho del cartel, aparecía dibujada una ciudad maravillosa: se alzaban
hacia el cielo sus chimeneas y torres y, para que no quedase lugar a dudas, en
el borde de arriba veíase una inscripción que rezaba: 1ª FABRICA DE
INSTRUMENTOS ELÉCTRICOS DE LA COLONIA PRIMERO DE MAYO La estrecha cinta roja
estaba muy abajo, y la maravillosa ciudad, en lo más alto. Alcanzarla no iba a
ser fácil: había que recorrer enormes espacios del cartel, sobre cuya
superficie, de derecha a izquierda, como peldaños de una escalera de difícil
ascenso, pasaban las rectas horizontales de los días del año. ¡Oh, cuántos eran
y qué lentamente transcurrían! Cada día estaba escrito en hermosos caracteres eslavos
a ambos lados del cartel, y las fechas ascendían en angostas columnas. Al nivel
de la ciudad maravillosa se leía: ¡¡¡31 de diciembre!!! Sí, así estaba escrito:
con tres signos de admiración. Pero ¡qué lejos estaba de finales de marzo el 31
de diciembre! ¡Cuántos meses debían pasar! Cuando el magnífico diagrama, con
marco de oro y gualda, apareció en el vestíbulo, los colonos quedaron pasmados
de su complejidad y envergadura, pues abarcaba todo un año. Comprendieron la
idea general: había que llegar a la ciudad maravillosa, y el que la alcanzase
antes izaría la primera bandera en una de las torres. Los pormenores no eran ya
tan comprensibles. Transcurridos unos días, se compenetraron con el diagrama y
vivían, emocionados, los cambios que a diario experimentaba. El frente,
representado por la estrecha cinta roja, avanzaba, lento, hacia arriba.
Colocábase todos los días junto al diagrama una hoja
124 de
papel prendida con una chinche: era el parte de guerra de la jornada. Pero no
era sólo el frente de los colonos el que se movía. Un cordón azul señalaba la
línea enemiga: todos sabían perfectamente que el adversario principal de los
colonos era la lentitud con que transcurría el tiempo. ¡Qué bien si cada
jornada tuviese cien horas de trabajo! Había también otros enemigos: el
material defectuoso y las máquinas y herramientas de mala calidad. El 25 de
marzo, el parte de guerra decía: "Ayer hubo calma. La producción del
centro fue de 3.300 rublos, pasando a la línea fijada para el 29 de marzo, con
cuatro días de adelanto respecto a hoy. El flanco izquierdo los carpinteros-
continúa en la línea del 15 de marzo, fecha desde la que no ha producido siquiera
por valor de un kopek. En cambio, el flanco derecho prosigue la persecución del
enemigo en derrota: las muchachas sostienen cruentos combates en las posiciones
del 18 de abril, envolviendo a los azules por un flanco. En este sector, los
azules retroceden desordenadamente. En un día se han capturado 1.800 rublos
auténticos... Nuestros constantes éxitos en el flanco derecho, pese al retraso
de los carpinteros, han obligado al enemigo a retirar sus tropas por todo el
frente hasta la línea del 26 de marzo, en virtud de lo cual, toda la colonia va
con un día de adelanto en el cumplimiento del plan". A Vania Gálchenko y
otros metalúrgicos de la cuarta brigada les agradaba pasar un rato por las
tardes ante el diagrama para admirar los progresos del centro. Estaba claro que
los azules lo pasaban mal bajo los golpes de los fundidores y los torneros. La
verdad era que las muchachas ocupaban una posición muy envidiable: en el flanco
derecho, la cinta roja había avanzado muchísimo, pues se hallaba al nivel del
18 de abril, y el calendario marcaba el 25 de marzo. Las chicas no se detenían
ante el diagrama: les daba reparo detenerse a contemplar sus éxitos
vertiginosos y se limitaban a echarle una ojeada. Los pequeños las observaban
con fingida indiferencia. Lena Ivanova y Luba Rotshtéin se pararon tan sólo
para ver cómo la envidia se comía a los metalúrgicos. Vania comentó: - El
trabajo de las chicas es fácil. ¿Qué cuesta hacer... calzones? Lena recogió el
guante: - ¿Cómo te atreves a decir eso? - Yo no digo nada. Lo que digo es
que... hacer calzones... - ¡Vaya, hombre! ¿Sabrías tú hacerlos? Vania volvió la
cabeza hacia sus compañeros. ¡Mira que dirigirle una pregunta tan ofensiva en
A. S.
Makarenko presencia de hombres! - ¡Ja, ja! ¡Qué me voy a poner yo a hacer
calzones! Vania se sonrojó, porque, en efecto, resultaba difícil hablar con las
costureras. De una parte, se trataba de chiquillas, que, además, hacían
calzones; y, en segundo lugar, aquellas Lena y Luba, con sus trece años, ¡había
que ver lo presumidas que eran! Allí estaban riéndose muy ufanas, con cintas en
el pelo para parecer más bonitas. Las medias negras, los zapatos negros, los
ojos, brillantes y astutos, todo denotaba su presunción. Vania masculló,
remachando: - Hacer calzones es cosa vuestra. - ¡Qué dices! ¿Cosa nuestra? Lo
que pasa es que tú no sabes. En cambio, Wanda y Oxana saben trabajar en el
torno, ¿verdad? Vania se volvió de espaldas al diagrama. Hubiera querido correr
al patio para buscar emociones menos intensas. Wanda y Oxana hacían ciento
veinte aceiteras cada una en cuatro horas. Pero, ¿por qué? Porque Salomón
Davídovich les había dado los mejores tornos, los reparaba siempre en primer
término y sus cuchillas eran las mejores, sin contar otras injusticias del
mismo jaez. Ahora bien, no valía la pena comentarlo, porque una vez que se les
ocurrió hacerlo a varios chicos, tuvieron que aguantar a pie firme, pestañeando
en silencio, una reprimenda de Zajárov, que les dijo: - ¡Es asombroso! ¿De
dónde sale esa desfachatez? ¿De qué podéis jactaros ante las chicas? ¿De que os
limpiáis los mocos con la manga? ¿O de que os dedicáis a chismorrear? Os
juntáis como urracas, ¡y venga a darle a la sin hueso! Que si las chicas tienen
mejores máquinas, que si les dan mejores cuchillas... Antes se decía que las
murmuraciones eran cosa de mujeres, y ahora resulta que son los hombres los que
se dedican a eso. Entonces, los chicos suspiraron recatadamente y asintieron. Y
todo continuó igual: ¿arreglaron, acaso, el mandril cuando lo pidió Petia
Kravchuk? En cambio, bastó que Wanda echase unos lloros cuando se le rompió la
llave, para que Volonchuk le encontrase otra antes de una hora. Vania se
encaminó hacia la salida disgustado, pero se encontró con dos mayores
discutiendo: eran Cherniavin y Porshniov. - ¡Una aceitera! ¿Qué es una
aceitera, señor mío? Un pedazo de cobre malo al que vosotros mondáis los
costados. Porshniov sonrió afable: - ¿Has leído el parte? ¡Tres mil trescientos
pedazos como ése! ¡El plan! ¿Y vosotros, qué? ¡En la línea del 15 de marzo!
¡Qué horror, atascados en la línea del 15 de marzo! - ¿Atascados? ¿Tú tienes
idea de lo que significa una mesa de dibujo? ¿Te crees que es una aceitera? La
aceitera se mete en el mandril y se hace sola. Al cabo de un minuto, la sacas y
listo. ¡Una tontería! En cambio, la mesa hay que estar haciéndola una semana,
y, además, no uno solo, sino cinco o seis. Ya veremos la copla que cantáis
cuando terminemos esta remesa. Vania se hallaba de nuevo ante el diagrama. No
podía oír semejantes estupideces: "¡Se hace sola!" Y canturreó,
mirando el cuadro: - "No ha producido siquiera por valor de un
kopek"... Igor oyó la cancioncilla. ¡Hasta Vania Gálchenko, su amigo
entrañable, le soltaba alfilerazos! - ¿Apuestas algo, Porshniov -dijo-, a que
dentro de una semana os hemos adelantado? - No -respondió tranquilamente
Porshniov-, no nos adelantaréis. - ¿Apuestas algo? - No debemos apostar, pues
podéis poneros nerviosos, trabajaréis demasiado de prisa y os saldrán mal las
cosas. Vania soltó una ruidosa carcajada, pues Porshniov acaba de descargar un
golpe maestro: un mes antes, la comisión de control había desechado toda una
partida de pupitres. El propio Shtével tuvo que dar la cara en la asamblea general,
y Cherniavin, sentado allí, no dijo esta boca es mía. Por eso se encogía de
hombros, turbado, y repetía indeciso:
-
¡Naturalmente, no es una aceitera! 2. Denegado. Una vez, a comienzos de
invierno, Igor iba paseando en esquí con Vania. Ryzhikov les alcanzó en el
bosque. Vania se adelantó, y Cherniavin preguntó con cierto retintín:
- ¿No
te han dado ningún otro voto de gracias? - ¡Anda que me hacen mucha falta!
-replicó Ryzhikov. Tenía a menos conversar con Igor. En efecto, ¿quién era Igor
Cherniavin? Dando una carrera, Ryzhikov alcanzó a Vania, lo enganchó
diestramente con un esquí, lo derribó y se echó a reír, al verlo revolverse en
un montón de nieve. Vania no pareció ofenderse y se limitó a decirle en voz
baja: - No me empujes, aquí hay muchos caminos. Pero Igor, enfurecido, llegó
raudo como el viento y, sin decir palabra, atenazó por la garganta a Ryzhikov,
que cayó de espaldas sobre la nieve y oyó decir a su agresor:
- ¿No
te había prevenido? ¡A la vez siguiente no te dejo hueso sano! La estupefacción
de Ryzhikov fue tal, que ni siquiera se levantó del suelo, limitándose a mirar
iracundo a Igor, que le dijo, haciendo una reverencia: - Excúseme, sir, creo
que le he molestado... Dicho esto, prosiguió su camino. Vania le siguió, pero
se detuvo un instante y observó:
- No te
preocupes, Ryzhikov. No me enojo por eso. Hay otros asuntos.
- ¿Qué
asuntos? -preguntó Ryzhikov amenazante. Igor esperaba, sin quitarles ojo, y
Vania no sentía
125
temor alguno. - ¡Pues asuntos! - ¿Qué clase de... asuntos? - ¡Ya lo verás!
Ryzhikov dio la vuelta y se internó en el bosque. No había... asunto alguno
y... nadie tenía ningún derecho a meterse con él. Ryzhikov era últimamente el
rey de la fundición. Cada vez que Bankovski salía, le confiaba el horno.
Nesterenko se había trasladado a la sección de mecánica, y Ryzhikov trabajaba
ahora en la máquina de moldear. Volenko solía darle alentadoras palmadas en el
hombro, elogiándolo: - ¡Muy bien, Ryzhikov, muy bien! -decía-. Serás un maestro
consumado, te harás un hombre. Sólo que, en la escuela... - Es ya un poco tarde
para estudiar, Volenko. Volenko y toda la primera brigada le aseguraban que aún
no era tarde. Y Ryzhikov, deseoso de no perder las simpatías de los compañeros,
empezó a dedicar las tardes al estudio. Formaban la primera brigada colonos de
muchos méritos: Spiridón Rádchenko, forzudo, corpulento, discreto, ayudante del
maestro de la sección de máquinas; Sadóvnichi, flaco, alto, leído y culto; Moiséi
Blomberg, el mejor alumno del décimo grado; Iván Kolésnikov, redactor del
periódico mural, dibujante, mano derecha de Mark Grinhaus, el secretario del
Komsomol. Todos ellos eran komsomoles destacados en la colonia. Había también
en la primera brigada chicos recién salidos de la turbulenta infancia,
muchachos de semblante serio, muy bien peinados, que comenzaban ya la
respetable carrera de colono: Kasatkin, Jrómenko, Grossman, Ivanov V y Petrov
I. Incluso Samuíl Nózhik comenzaba a incorporarse a las filas de los activos y
desempeñaba un papel importantísimo en los círculos de literatura y de
modelismo. En la colonia no se estilaban los motes, pero a Nózhik se le llamaba
más por el apodo que por el nombre. Tiempo atrás, hacía dos años, Nózhik
ingresó en la colonia, y desde el primer día fue la admiración de todos por sus
ingenuas y jocosas protestas. No temía a nada ni a nadie. Una vez rehusó hacer
la guardia en la brigada y, al recibir una esquela en que Zajárov le pedía que
depusiera su actitud, escribió, sesgada sobre el mismo papel, una resolución
con letra ancha y grande: "Denegado". Las carcajadas de Zajárov al
leer la resolución no son para descritas. Mandó llamar a Nózhik y siguió
riéndose mientras le oprimía los hombros con las manos: - ¡A pesar de todo,
eres un encanto, camarada Nózhik! En efecto, Nózhik era un encanto, siempre
risueño y desenvuelto. - Bueno, está bien -concluyó Zajárov después de reírse a
su sabor-. Aunque eres un encanto, dos tareas de castigo por esa resolución.
Nózhik entornó malicioso los ojos y dijo:
-¡A la
orden! Después de este caso, Nózhikco metió otras graciosas diabluras que,
aunque acarrearon sinsabores a los jefes de la primera brigada, no suscitaron
inquina contra su autor. Por último, el propio Nózhik se habituó a la colonia,
intimó con los muchachos y, de ordinario, utilizaba ya su ingenio en bien de la
comunidad. No obstante, le quedó largo tiempo el apodo de Denegado. En los
primeros días de su estancia en la colonia, Ryzhikov quiso trabar amistad con
Nózhik, pero chocó con una resistencia evasiva y amable a un tiempo. - ¿Tú qué,
estás por la colonia? -le preguntó Ryzhikov. Nózhik se metió una mano entre las
rodillas y se encogió de hombros. - Yo no estoy por nadie. Estoy por mí. - ¿Y
entonces, a qué viene...? - ¿Qué? - ¿Por qué pones tanto empeño? - Es que me ha
gustado... - ¿También Zajárov te ha gustado? - ¡Oh, Zajárov me gusta mucho! -
¿Por qué tanto? - Pues... por una cosa. - ¿Por cuál? Cuando Nózhik contaba
algo, movía levemente su redonda cabeza, y sus ojos, grandes y maliciosos, se
convertían en estrechas rendijas. - Sucedió aquí un caso -dijo- que fue una
verdadera maravilla. Desde entonces me empezó a gustar. Se apagó la luz en toda
la colonia y hasta en la ciudad entera. No sé qué pasó en la central. Nosotros,
muchos chiquillos, nos fuimos a su despacho y nos sentamos en los divanes y en
el suelo. Zajárov y Málenki empezaron a contarnos muchas cosas de la guerra. De
pronto, Alexéi Stepánovich dijo: "¡Qué harto me tiene ya esto! ¡Con lo que
necesito trabajar, y no hay luz! ¡Es un escándalo!" Se pasó otro rato
sentado y volvió a quejarse: "¡Necesito luz, qué diablo!" Nosotros,
ríe que te ríe. Y él dijo muy alto: "Ahora mismo se hará la luz. ¡A la
una, a las dos, a las tres!" ¡A apenas dijo "tres", se encendió
la luz! ¡Todo se iluminó! ¡Oh, cómo nos reímos y aplaudimos entonces! Zajárov
también se echó a reír y dijo: "¡Eso hace falta saber hacerlo, y vosotros,
pequeños, no sabéis!" Nózhik refirió el caso con expresión pícara y añadió
luego, abriendo los ojos cuanto pudo: - Para que veas. - No sé qué vaya ver
-repuso desdeñoso Ryzhikov-. ¿Crees, acaso, que puede mandar en la luz? - No
-contestó alegremente Nózhik-. ¿Cómo va a mandar en ella? Fue por casualidad.
Pero... otro no lo hubiera hecho. - Otro también lo hubiera hecho.
- No.
Habría tenido miedo, pensando: "Ahora digo a la una, a las dos y a las
tres, y ¡menuda se arma si no se enciende la luz! ¡Cómo se van a reír los
chiquillos!" Pero a él no le dio miedo. Además... no sé cómo decírtelo:
¡es hombre de suerte! Tuvo suerte, y se encendió la luz. A mí me gusta la gente
de suerte. Ryzhikov oía asombrado aquel astuto balbuceo, sin poder discernir si
Nózhik hablaba en broma o en serio. La conversación dejó mal sabor de boca a
Ryzhikov. - ¡Valiente cosa! -dijo-. ¡Tiene suerte! ¿Y a ti, qué? - Pues verás:
él tiene suerte y me la da a mí, que estoy con él. ¡Eso es lo que me gusta!
Nózhik pronunció las últimas palabras hasta con cierto énfasis. Nózhik se había
también convertido en una figura relevante de la colonia y, al igual que los
demás muchachos de la primera brigada, trataba bien a Ryzhikov. El único que
rehuía su conversación y lo miraba lleno de animosidad era Levitin. Pero, ¿qué
pintaba Levitin allí? Era una nulidad, lo mismo que Vania Gálchenko. En cuanto
a Cherniavin... ya se vería. Más entrado el invierno, Ryzhikov tuvo que
vérselas otra vez con Igor. Sucedió eso cuando se dirigía a dar un paseo por la
ciudad. Al final del camino abierto en el bosque, alcanzó a Igor y a Vania
Gálchenko, y acto seguido hubieron de apartarse los tres para dejar paso a la
camioneta, que rodaba en dirección contraria. Wanda, sentada en la cabina, al
lado del chofer, se asomó por la ventanilla y saludó sacudiendo alegre la
cabeza. Vania le gritó:
- ¿De
dónde vienes, Wanda? - Hemos ido a buscar tablas -respondió la muchacha. Detrás
de su hombro se distinguía el rostro del chofer Vorobiov, moreno y de nariz
puntiaguda. La camioneta continuó su marcha en dirección a la colonia. Ryzhikov
la siguió con la vista y comentó: - ¡No debiera permitirse esto! ¿Por qué va
con él? - ¿Y por qué no?
-preguntó
Vania. - ¿Está bien que una muchacha ande liada con un chofer? - No anda liada
-dijo Vania ofendido-. No anda liada en absoluto.
- ¿Qué entiendes tú de eso?
-
Entiende más que tú -terció Igor en tono muy seco, y Ryzhikov prefirió
apartarse prudentemente. - ¡Qué... pestilente eres! -prosiguió Igor-. Te
recomiendo que te marches de la colonia. Sin pronunciar palabra, Ryzhikov se
apresuró a alejarse con rumbo a la ciudad. Pero ahora, al finalizar el
invierno, de fijo que Igor no llamaría pestilente a Ryzhikov. Toda la colonia
se daba cuenta de que Wanda le tenía simpatía al chófer. Vorobiov gozaba del
afecto general. Era callado, leía mucho, y la cabina de su camión estaba
siempre llena de libros, que yacían en el asiento, en los bolsillos del techo y
en los laterales. En sus ratos de ocio, Vorobiov leía dentro de la cabina o en
cualquier otra parte, y su fama de lector rebasaba ya hasta la del propio Igor
Cherniavin. No cabía duda de que Piotr Vorobiov, aquel lector impenitente,
serio, enteco y moreno, se había enamorado de Wanda. Solían sentarse juntos en
el Club silencioso; Wanda viajaba en la cabina del camión en sus ratos libres
y, por último, al chofer le dio incluso por patinar. Patinaba con Wanda,
callado como siempre. Ryzhikov podía cantar victoria: toda la colonia estaba
inquieta por aquel amor inopinado. Mijaíl Contar dijo en cierta ocasión a Igor:
- ¡Te aseguro que Wanda está enamorada de Vorobiov! - ¡Mentira! - ¡Verdad! ¡No
me engaño, no! ¡Yo tengo buen ojo! En efecto. Patinando una vez en la pista,
Igor alcanzó desapercibidamente a la pareja y oyó decir:
- ¿Le
temes, Wanda? - ¿A Zirianski? ¿Hay alguien que no le tema? Wanda tenía, pues,
motivos para temer a Zirianski. Unos días más tarde, patinando Igor con
Zirianski, dijo éste: - ¡No puedo tolerarlo por más tiempo! Había divisado de
lejos a la pareja y corrió hacia ella, seguido de cerca por Cherniavin. Wanda
viró en redondo y huyó del lado de su amigo, dejándolo solo con Zirianski. No
obstante ser un hombre serio, Vorobiov se turbó al ver los ojos furibundos de
Aliosha:
- ¡Piotr, te digo que lo dejes!
- ¿De
qué hablas? -inquirió el chofer desconcertado, bajando la vista. - ¡Te digo que
lo dejes! ¡No hay por qué calentarle los cascos a la chica! Si vuelvo a veros
juntos, llevaré el asunto a la asamblea general. Vorobiov se encogió de
hombros, miró a Aliosha y volvió a bajar la mirada. - Yo no soy colono... - ¡Ya
te enseñaré yo quién eres! Si trabajas en la colonia, no tienes derecho a
dificultar nuestra labor. Te hablo muy en serio. - No hago nada de malo...
- Eso
ya lo pondremos en claro, no te quepa duda. ¿Estás enamorado de ella? - ¿De
dónde habéis sacado eso? - Pues si no estás enamorado, ¿con qué derecho la
mareas? Piotr arrastró el patín derecho sobre el hielo y preguntó con cierta
ironía:
-
Bueno, ¿y... si suponemos que lo esté? Zirianski palideció de indignación.
- ¡Ah!
¿Si suponemos que lo estés? Pues con todo tu amor te vamos a dar una, que
cuando te mires al espejo no te vas a reconocer. Vorobiov movió cómicamente el
dedo de derecha a izquierda y luego otra vez a la derecha. - De manera que no
puede uno estar enamorado ni no estarlo. ¿Qué hacer, entonces? Zirianski quedó
indeciso un instante: había que marcarle a Vorobiov una línea de conducta,
fuera grande o pequeño el sentimiento que albergara su alma. - ¡No te acerques
a ella! -gruñó-. ¡No te acerques! Wanda no es para ti. El chofer dijo
pensativo: - ¿Que no me acerque? - No... - ¿Y a quién puedo acercarme? - Puedes
acercarte...a mí. Hubiera sido difícil adivinar lo que Piotr Vorobiov opinaba
del proyecto de cambiar a Wanda por Aliosha Zirianski, pero lo cierto es que
meditó un instante y dijo: - ¡Qué costumbres más raras las vuestras...,
camaradas! A partir de entonces, por más que los chicos aguzaron la vista, no
volvieron a ver a Wanda en compañía del chofer, ni en el club, ni en la cabina,
ni en la pista. Tan sólo una cosa los preocupaba: ¿por qué Wanda estaba siempre
tan alegre y cantaba incluso durante el trabajo? Piotr Vorobiov también parecía
más jovial, se había hecho más locuaz y, quizás, hasta tenía mejor color.
3. Aritmética amena.
En
abril llegaron muchos albañiles y empezaron a construir rápidamente la nueva
fábrica. Antes de que los muchachos salieran de su sorpresa, comenzaron a
montar los andamios para levantar las paredes del segundo piso. El edificio era
enorme, de varias naves. En torno a las obras surgió en seguida una ciudad de
las cosas más peregrinas: cobertizos, barracas, depósitos, barriles, almacenes,
hoyos y toda clase de materiales de construcción. Los colonos de mayor edad
acudían por las tardes a contemplar en silencio la marcha de las obras, pero
los chicos de la cuarta brigada no podían entregarse tranquilamente a la
contemplación: los atraían los andamios; los muros y pasadizos; necesitaban
hablar con cada albañil y ver cómo trabajaba. Los albañiles accedían a conversar
de buena gana y mostraban los secretos de su arte. Sin embargo, conforme se
iban elevando los andamios, las charlas se hacían menos frecuentes: en cierto
modo, los temas se habían agotado. En cambio, ¡eran tantos los rincones
sugestivos que ofrecía la obra! La curiosidad de los chicos suscitaba el
descontento de los albañiles. - ¿Qué diablos os traen por aquí? -decían-. ¡Si
te caes, te haces papilla! - No me caeré. - Como te caigas, no quedará de ti
más que el recuerdo.
- Algo
quedará... - Te matarás y llorarán por ti. - Nadie llorará. - Tus parientes...
- ¡Oh, mis parientes! - A los camaradas les dará lástima. - Los camaradas no
llorarán. Me tocarán una marcha fúnebre, pero ¿a santo de qué van a llorar? -
¡Qué gente ésta! ¡Márchate antes de que te mida las costillas con la pala! -
¡Deja quieta la pala! Me iré sin necesidad de eso. ¿Crees que me interesa mucho
todo esto? Los chicos se iban, y no tanto porque los echaran cuanto por otros
motivos: había mucho que hacer en distintos lugares y querían ver si en el
diagrama había un nuevo parte. "Situación del frente el 15 de abril El
flanco derecho -las muchachas-, cumpliendo diariamente el programa en 170-180
por ciento, ha rebasado en combate la línea del 17 de mayo y continúa
persiguiendo al enemigo, que huye en desorden. El Estado Mayor del frente ha
acordado destacar la heroica lucha del flanco derecho por la nueva fábrica y
colocar en este flanco la bandera roja de la Revolución. El centro continúa
presionando a los azules y hoy ha irrumpido en la línea del 21 de abril, yendo
con seis días de adelanto. Únicamente en el flanco izquierdo persiste la
bochornosa calma. Los carpinteros se hallan todavía en la línea del 15 de marzo
y llevan un retraso de un mes entero. Pese a todo, gracias al avance del centro
y, en particular, al del flanco derecho, el enemigo ha retirado sus fuerzas,
inclusive en el flanco izquierdo, hasta la línea del 20 de abril. El plan
general de la colonia se realiza con un adelanto de cuatro días. ¡Las muchachas
van delante! ¡Bravo por las muchachas! ¡Felicitamos a la quinta y a la undécima
brigadas!" Ante el diagrama se había congregado una nutrida muchedumbre, y
era difícil abrirse paso hacia él: para ver algo había que dar saltos o meterse
por debajo de los codos de los demás. Vania gritó: -¡Carpinteros! ¡Qué
vergüenza! Begunok lo secundó en el mismo estilo: - ¡Es como para suicidarse!
Más le hubiera valido a Igor no acercarse, siguiendo el ejemplo de los
restantes carpinteros. Se acercó tan sólo porque era en el Estado Mayor el
redactor del parte de guerra y le gustaba siempre leer lo que había escrito.
Ante el diagrama tenía que defenderse, aun apelando a métodos caducos,
desprestigiados hacía tiempo:
- ¿Qué
entendéis vosotros, señores? ¡Qué puede esperarse de los torneros! ¡Tú haz una
mesa de dibujo! Vania se asió de las orejas y exclamó: ¡Llevan un retraso de un
mes entero! Gorójov rezongó a espaldas de todos: - ¿No comprendes que una mesa
no se hace en un día? No nos des la tabarra. - ¡Es como para suicidarse!
-repitió Begunok-. Da miedo mirar ese flanco izquierdo. ¡El flanco izquierdo!
En cambio, las chicas son formidables, ¿verdad, Wanda? - Yo no soy una chica.
Soy una metalúrgica. Hasta el novato Podvesko, recién incorporado a la sexta
brigada, pecoso y de orejas coloradas, miraba el diagrama y parecía envidiar el
flanco derecho; en el que se destacaba una pequeña y bonita bandera roja.
Aunque, quizá no lo envidiase: Shura Zheltujin, el jefe de la sexta brigada,
muy descontento del refuerzo recibido, había dicho en la reunión del Consejo: -
¡Vaya un angelito que me ha tocado! ¡Con ese Podvesko tendremos que bregar de
firme! Abril alargó bastante los días e hizo el crepúsculo vespertino mucho más
agradable. Parecía como si el invierno hubiera sido ayer: los abrigos
continuaban colgados en el guardarropa y las ventanas permanecían cerradas. Sin
embargo, el viejo jardinero, un alemán, se había despojado de la chaqueta y
trabajaba en chaleco entre los arriates. Una cuadrilla mixta, compuesta por un
miembro de cada brigada, barría los senderos, y racimos de chicos, sentados en
los poyos de las ventanas, contemplaban desde arriba la tierra, que se iba
secando. Pues inclusive en abril hay disgustos. En la colonia todo marchaba
bien, y parecía que se podía olvidar la misteriosa desaparición de los abrigos,
cuando, de pronto, una noche le quitaron diez rublos al propio jefe de la sexta
brigada -se los sacaron del bolsillo del pantalón con el portamonedas- y del
teatro desapareció el telón, que valía unos cientos de rublos. Zajárov andaba
hosco y sombrío como un nublado, y se afirmaba que había dicho: - ¡De verdad
que mandaré traer perros policías! Los pequeños lo creyeron y examinaban con
gran atención cada perro que aparecía por la colonia. Zajárov no cumplió su
amenaza, pero planteó el asunto en la asamblea general. Los colonos,
entristecidos y taciturnos, no pedían la palabra. Mark Grinhaus dijo: - ¡Da
vergüenza y pena, camaradas! Sería un bochorno que se supiera en la ciudad que
en la colonia Primero de Mayo se puede robar impunemente el telón del
escenario. Es indispensable poner en claro esta cuestión. Tenemos que vigilar
todos, pues si seguimos con los brazos cruzados, pronto nos birlarán el cofre
del dinero ante nuestras propias narices. Zirianski no se contuvo: - El cofre
no lo birlarán porque está en el vestíbulo y allí hay guardia día y noche. Pero
no se trata de eso. ¿Es que vamos a tener que dejar todos el trabajo y poner un
centinela junto a cada trapo? ¿Os dais cuenta de qué mal bicho es el fulano
ese? No quiere actuar en la ciudad porque allí las cosas están a buen recaudo y
hay guardias y milicianos. Se nos ha colado aquí, finge ser uno de tantos
compañeros, conoce todas las entradas y salidas, se sienta con nosotros a la
mesa y con nosotros trabaja y duerme. ¿Cómo vamos a preservamos de él? ¿Cómo
vamos a vigilar? ¿A quién? ¿Qué debemos hacer, sospechar de cada colono, poner
candados y centinelas? Yo no sé vigilar, no sé, pero si pesco a ese bicho, con
estas manos, con estas mismas manos... Zirianski no halló palabras para
explicar lo que haría "con estas mismas manos". A continuación pidió
la palabra Ryzhikov. Desde la semana anterior, le habían concedido el título de
colono, pero no era por eso por lo que quería hablar, sino porque algo sabía. -
Camaradas, yo he notado algo -empezó-. Ayer regresaba de la ciudad, donde había
estado con licencia, y vi que ese chico nuevo iba por mitad del bosque mirando
a un lado y a otro. Lo paré y le dije que me enseñara los bolsillos. El se puso
a protestar, diciendo que si esto, que si lo otro, pero yo le eché mano y...
cómo decirlo... le rebañé los bolsillos. Mirad, aquí lo traigo todo. Ryzhikov
extrajo del bolsillo un sinfín de cosas: media pastilla de chocolate, un
lapicero automático, un álbum de paisajes de Crimea, una entrada para el cine y
dos rosquillas con miel. A Podvesko le obligaron inmediatamente a salir al
centro. Sus orejas, enrojecidas, parecieron agrandarse y cobrar mayor peso. -
¿Qué pasa, qué? -dijo-. ¿Lo he robado, acaso?, ¿lo he robado? - ¿Lo has
comprado? -preguntó Torski. - Claro que sí. - ¿Y el dinero, de dónde lo
sacaste? - Mi hermana me lo mandó... en una carta... Todos lo vieron. Las
palabras de Podvesko fueron confirmadas desde los cuatro costados: si, era
verdad, había recibido tres rublos en una carta. Plantado en el centro,
Podvesko mostraba a todos su cara de niño inocente. Torski se disponía ya a
alzar la mano para indicarle que se retirase, cuando intervino Zajárov: -
Podvesko, ¿bebiste gaseosa en la ciudad? - Sí... - ¿Dos vasos? - Sí, dos. - Dos
vasos. Y rosquillas de éstas..., ¿cuántas... te comiste? ¿Cuatro? Podvesko
volvió la cabeza a un lado y musitó
129
algo. - ¿Qué dices? ¿Cuántas rosquillas comiste? - No fueron cuatro. - ¿Cuántas
fueron, pues? - Tres. - ¿Y a cómo valen? - A veinte kopeks. - ¿Fuiste en
tranvía de aquí a la ciudad? - Sí. - ¿Pagaste billete? - Naturalmente. - ¿Ya la
vuelta? - También. - ¿Cuánto vale el álbum? Podvesko quedó pensativo y luego
respondió: - Se me ha olvidado. Cuarenta y cinco o cincuenta y cinco kopeks.
Varias voces gritaron en el acto desde el diván:
-
¡Cuarenta y cinco!
- ¿Y el
chocolate?
- No me
acuerdo... Me parece que... Las voces volvieron a gritar:
-
¡Ochenta kopeks! ¡El chocolate Troika vale ochenta kopeks! Zajárov dirigió la
siguiente pregunta a los chicos sentados en el diván: - ¿Y el lapicero? -
¡Cuarenta! ¡Ese lapicero se vende a cuarenta kopeks! - Exacto. Y la entrada
para el cine lleva escrito el precio: treinta y cinco kopeks. ¿No es así,
Podvesko? El acusado respondió, no de muy buena gana: - Así es.
- Viene
a resultar que gastaste tres rublos treinta y cinco kopeks, ¿no es verdad?
- Sí. -
Tú no tenías más que tres rublos. ¿De dónde sacaste, pues, los treinta y cinco
kopeks? - No los saqué de ninguna parte. Gasté los tres rublos que mi hermana
me envió. - ¿Y los treinta y cinco kopeks? - No gasté más de tres rublos.
-
¿Cuántos caramelos compraste? - ¿Caramelos? ¿Qué caramelos? - Pues esos... que
van envueltos en papel. ¿No compraste cuatrocientos gramos? Podvesko volvió de
nuevo la cabeza murmurando. Rúdnev saltó al centro y acercó el oído a los
balbucientes labios del pequeño.
- Dice
que compró doscientos gramos. - Te sale más dinero de la cuenta -sonrió
Zajárov. Podvesko dio un profundo sorbetón con la nariz, se pasó la manga por
la boca y miró al techo. Rúdnev, a su lado, trataba de convencerle afablemente:
- Dilo sin rodeos, querido, ¿de dónde sacaste tanto dinero, eh? - De ninguna
parte. Tenía tres rublos.
- Pero
es que tus compras suben más. Suben más, ¿me entiendes? Podvesko no quería
entender. Tenía tres rublos, todos los habían visto cuando los recibió en la
carta. El muchacho no quería abandonar una posición tan fuerte.
- ¿Tal
vez compraras menos? Podvesko asintió con presteza. Ciertamente, podía haber
gastado menos, tres rublos exactos. Aquello era lo que más le convenía. - De
seguro que no compraste una pastilla entera de chocolate. ¿Verdad que compraste
media, que allí se quedó la otra mitad?
- Sí.
-
¿Compraste la mitad? Podvesko afirmó de nuevo. La asamblea se echó a reír. El
muchacho no presentaba ya ningún enigma. Rúdnev reanudó el interrogatorio con
la misma voz: - ¿Verdad que fue por la noche cuando le metiste la mano en el
bolsillo y le sacaste el portamonedas? Podvesko volvió a asentir con presteza
porque, a decir verdad, le gustaba la claridad que se iba haciendo. Torski se
rascó detrás de la oreja y miró sonriente a Zajárov. - ¡A tu sitio, Podvesko!
-ordenó-. De fijo que volverás a robar. Podvesko contrajo las pupilas: en las
palabras del presidente se le había antojado una alusión ofensiva. Torski
repitió: - ¿Verdad que volverás a robar? El chico resplandeció repentinamente y
dijo: - Palabra que no. Es la última vez.
- ¿Por
qué la última? - Porque no quiero seguir. - ¡Vaya, está bien! ¿Le imponemos
algún castigo, camaradas? Podvesko rebulló en mitad de la habitación. Los
colonos lo miraban con ojos reidores. Volenko se levantó de su asiento y dijo:
- ¡Para qué vamos a ocuparnos de este... chusco! Menos mal que a Ryzhikov le
dio por registrarlo; si no, sospecharíamos de otros. Podvesko volverá a robar
todavía un par de veces. Hay que vigilarlo... Podvesko se dio un golpe de pecho
y estiró el cuello hacia Volenko, protestando: - ¡Camarada Volenko, palabra de
honor que nunca volveré a hacerlo! - Eso ya se verá. Por ahora, déjalo ir,
Vitía. No va a estar ahí desgastando el piso. Los diez rublos no son el telón.
En cuanto a Podvesko, ¿qué queréis?, encontró los diez rublos a mano, y mal
guardados, y arrambló con ellos. Cree que no estando bajo llave, no hay más que
echarle la zarpa al dinero y comprarse chocolate. ¡Lo del telón es ya otra
cosa! ¿Cuándo volveremos a juntar para comprar un telón? Se nos viene encima el
Primero de Mayo y no hay
A. S.
Makarenko con qué tapar el escenario. Eso no ha sido cosa de Podvesko, sino de
un verdadero enemigo, ¿me entendéis? y, además, no de uno solo. Un telón como
ése no se lleva a la ciudad en un bolsillo, ni tampoco es fácil venderlo. En
eso se ve la mano de un pájaro de cuenta, de un canalla de marca mayor. A ése
es al que debemos atrapar. El debate se prolongó. Nadie manifestó ninguna
sospecha concreta, aunque coincidieron todos, indignados, en que había que dar
con el enemigo y acabar con él. Suponían que tal vez estuviera allí mismo,
sentado en el diván, escuchando lo que decían. Así, pues, las determinaciones
pertinentes había que adoptarlas en presencia suya. Por eso obtuvo el asenso
general una conjetura expuesta por Bratsán: no era posible que un colono
hubiese hecho aquello; en la colonia trabajaban doscientos obreros de la
construcción a los que nadie conocía bien. Iban al cine, habían visto el telón,
y era posible que entre ellos hubiese algún granuja. Lo más seguro era que
hubiesen entrado por la ventana y se hubiesen llevado el telón. También les
sería más fácil venderlo, aunque quizá se lo habrían repartido para hacerse
trajes. Asistía a la asamblea el perito aparejador Dem, muy parecido a un gato,
con bigotes erizados, siempre en movimiento. Dem pidió la palabra para decir: -
Es muy posible, camaradas colonos, es muy posible. El personal de las obras ha
venido de distintos sitios. Yo todavía no los conozco bien a todos. Los
albañiles, naturalmente, no han sido. De ellos, por así decirlo, respondo. Pero
de los peones, ¿qué queréis que os diga?, de ellos no puedo responder. Aquello
tenía tantos visos de verdad, que hasta Zajárov miró pensativo y esperanzado a
Dem. 4. El primero de mayo. Todo en la colonia seguía su riguroso horario. A
las seis de la mañana, Volodia Begunok tocaba diana: Terminó la noche hermanos,
Levantaos con presteza, Sacudías la pereza, Y al motor, Prestos para la labor.
¡A bregar! ¡Hora es de trabajar! Alumbrados por el sol matinal de primavera, se
levantaban los colonos, alborotaban en dormitorios y pasillos, formaban en
silencio para la revista, llenaban de súbito el comedor y se dispersaban luego
por secciones y clases; el día transcurría en medio de un silencio alterado
únicamente por los ruidos del trabajo. A la hora del almuerzo volvían a oírse
risas,
Banderas
en las torres y la existencia parecía de nuevo burbujeante y bulliciosa. Y así,
hasta la tarde, cuando en las clases se reunían los círculos, deambulaban los
ociosos por el parque, corrían desalados los peques y ensayaba la orquesta.
Todos los movimientos oficiales, amistosos, serios o burlones parecían regidos
a través de finísimos hilos por el jefe de guardia, adusto y marcial, que todo
lo sabía, todo lo veía, todo lo dirigía y delimitaba. Quizá en su alma alentara
siempre la silente y recóndita inquietud que embargaba a cada cual al recordar
el robo cometido en el teatro de la colonia. Tal vez por eso nadie mentaba el
telón, como tampoco lo mentaba el jefe de guardia al comprobar cada mañana si
el teatro lo habían aseado debidamente. Los días de la festividad del Primero
de Mayo volaron felices, alegres y luminosos. La colonia desfiló en la ciudad,
ante las tribunas, después de las tropas, en magnífica columna cerrada,
haciendo el saludo mientras la orquesta tocaba la Marcha Militar de Schubert. En
la tribuna gustó la apostura de los colonos: a cada sección dedicaron desde
allí un saludo especial. Y la cara de Kréitser traslucía el orgullo que le
inspiraba la colonia. Vania tocaba ya en la orquesta. La segunda corneta, en la
que siempre había que repetir un "ta-tata" que no le satisfacía, por
supuesto. Envidiaba a quienes tocaban las primeras cornetas y los clarinetes,
pues les correspondían "frases" interesantes y completas, mientras
que a Vania no le correspondía ninguna: "ta-ta-ta" y nada más. Pero
ése era el sino de todos los músicos: primero tocaban la segunda corneta y
después la primera. El dos de Mayo, visitó la colonia un grupo de militares,
jefes todos ellos, y uno, incluso, general de brigada. Después de visitar las
dependencias, cenaron con los colonos y luego asistieron a una función
precedida de una asamblea general. Cuando la orquesta, instalada en un palco,
hubo tocado tres marchas, Zajárov dio una orden, y la brigada de abanderados
sacó la bandera. Mientras duró la solemne asamblea general, dos colonos con
fusiles montaron guardia a ambos lados de la enseña. De pareja con Begunok,
Vania montó guardia lleno de orgullo y temeroso de cometer algún desliz. El más
importante de los militares hizo un informe sobre la situación internacional y,
al terminar, dijo: - Saludamos también a vuestra colonia por haber acometido
con juvenil energía una empresa magnífica: la construcción de una fábrica de
aparatos eléctricos. El Ejército Rojo acogerá con orgullo vuestra producción:
se enorgullecerá de que fabriquéis estos aparatos que hasta hoy importamos del
extranjero en escasa cantidad y pagamos con oro. Es magnífico que vuestras
manos juveniles produzcan en el futuro artículos tan necesarios a la defensa
del país y nos eviten tener que importarlos. Más tarde empuñaréis el fusil;
pasaréis también por
131 el
Ejército Rojo, para que nuestra gran Patria esté defendida. He de deciros con
franqueza, y pienso que conmigo coinciden todos los camaradas aquí reunidos,
que nos gusta cómo vivís: tenéis una disciplina excelente, una disciplina bella
y una maravillosa veneración a nuestra bandera roja. Todo lo hacéis puntual y
conscientemente. Eso está muy bien y os lo agradecemos. Aquellas palabras
emocionaron a Vania; ya se imaginaba cómo, andando el tiempo, serviría en el
Ejército Rojo y le darían un fusil: ¡que se atreviese alguien a pensar que
Vania no sabría defender su país! Tan embebido estaba oyendo al militar, que
hasta se olvidó que tenía que participar en la función. El jefe de guardia le
deslizó al oído: - Málenki te está buscando. Vania corrió al vestuario y se
mudó de ropa inmediatamente. Málenki lo embadurnó, le ató unas alitas a la
espalda y le dio una palma. La obra que iban a representar había sido escrita
por Zajárov y se titulaba Red Army (El Ejército Rojo, en inglés). Vania
desempeñaba un difícil papel: el de la "Paz". Más difícil aún era el
de Filka Shari, quien, a la postre, demostró que no había nadie tan capaz como
él para representar a un general japonés. Aparecían numerosos generales
burgueses de toda laya, armados de pies a cabeza, que disputaban
constantemente, tan pronto por el carbón como por el dinero, y la pobre
"Paz" iba y venía entre ellos, implorando: - ¡Dadme una limosna! Los
generales escarnecían a la "Paz", la mataban de hambre y, solamente
cuando comenzaba una pelea, se escondían detrás de ella y gritaban: - ¡Estamos
por la paz! Luego, la "Paz" desfalleció por completo y resolvió
ganarse el pan con una caja de limpiabotas y unos cepillos. El público se reía
a carcajadas cada vez que Vania comenzaba a limpiar el calzado a los generales,
preguntándoles de antemano: "¿Negro?" Aquello era de cosecha propia,
y a Zajárov le gustó mucho. No obstante, la "Paz" no logró mejorar su
situación limpiando las botas a los generales. Entre tanto, tras el poste fronterizo
se robustecía el Ejército Rojo, aumentando con ello el miedo de los fascistas.
La "Paz" atravesó, gozosa, la frontera. Llegó para ella una época de
existencia plácida; le dieron una camisa nueva y la enseñaron a tirar con
ametralladora. A partir de ese instante reinó el silencio en el escenario; los
fascistas, cohibidos, se limitaban a mostrar los dientes a los soldados del
Ejército Rojo. Vania estuvo acertadísimo en el papel de la "Paz". Se
daba mucho arte para llorar fuerte, para limpiar botas y para defenderse,
alegre y animoso, al lado del Ejército Rojo. Terminada la función, lo
presentaron al militar de mayor graduación, que le dijo,
132
colocándolo entre sus rodillas: - ¡Bravo, Vania Gálchenko! Lo habéis
representado muy bien: tan sólo el Ejército Rojo defiende la paz, es la pura
verdad. Y todos esos militarotes no piensan más que en saquear. Decidme, ¿no
sería posible que vinierais a representar vuestra obra ante nosotros? Por un
instante, aquellas palabras dejaron aturdido a Vania, pero luego corrió tras
los bastidores y refirió a todos la propuesta que acababa de hacerle el
general. Al poco se presentó allí Zajárov, acompañado de los militares, y
acordaron que, el próximo día de fiesta, el círculo dramático pondría la obra
en la Casa del Ejército Rojo. Según lo convenido, una semana después se
presentaron unos autobuses y llevaron la orquesta y el grupo teatral a la Casa
del Ejército Rojo. La obra gustó mucho. La orquesta interpretó la segunda
rapsodia de Liszt, pasajes de Fausto y de Carmen, los Estudios caucasianos y el
Hopak de Músergski y una pieza que hizo reír a todos los espectadores. Se
titulaba Huelga de músicos y consistía en lo siguiente: Víctor Denísovich, el
director, levantaba la batuta, y los músicos rompían a protestar: "¡No
queremos tocar, estamos cansados, hasta cuándo vamos a seguir aquí!" Como,
realmente, habían tocado mucho, el público creía sincera la protesta. A muchos
les desagradó la actitud de los músicos, pero no faltó quien exclamase: - ¡Deje
descansar a los niños! ¡Los tiene martirizados de tanto tocar! En primera fila
estaba, sonriente, el general de brigada. Víctor Denísovich se dirigió al público:
- No les hagan caso. Son muy indisciplinados, pero yo sé dominarlos. Ahora
verán ustedes: voy a dirigir de espaldas a ellos, y tocarán como los ángeles,
sin cometer una sola falta. Ante el anuncio de tan original competición entre
el director y la orquesta, el público quedó a la expectativa. Sin embargo, una
voz gritó: - ¡Suelte a los chicos y no los atormente más! - Están acostumbrados
-repuso Víctor Denísovich. El general de brigada reía a mandíbula batiente.
Encarándose con la rebelde orquesta, el director tronó con voz furiosa: - ¡El
pasacalle! Los músicos, intimidados por aquel rigor, levantaron los
instrumentos, aunque a regañadientes. Hubo en el público quien se incorporó un
tanto para ver mejor cómo el director domeñaba a los músicos. Víctor Denísovich
se volvió de espaldas a la orquesta, alzó la batuta, y lo mismo en la sala que
en la escena, se hizo un silencie sepulcral. Luego movió la batuta y resonó,
alegre, el pasacalle. Sobre el hombro del director, de cara al público, subía y
bajaba la batuta. Pero Filka Shari, tomando la iniciativa, abandonó su asiento,
hizo con la mano un
A. S.
Makarenko gesto, como diciendo que no quería tocar más, y se metió entre
bastidores. Con idénticos ademanes de protesta lo siguieron Jean Grif y Danilo
Gorovói, con el bajo. Los chicos fueron marchándose uno tras otro, pero el
pasacalle continuaba, y sus notas parecían extasiar a Víctor Denísovich. De su
rostro no desaparecía la expresión de deleite ni siquiera cuando los músicos se
redujeron a tres: Vania, con su eterno "ta-ta-ta", un ululante
trombón y el bombo. El público se destornillaba de risa viendo al director, y
su hilaridad llegó al colmo cuando lo vio dirigiendo solamente al bombo.
Entonces quedó claro el quid del número. Víctor Denísovich miró hacia atrás
horrorizado y echó también a correr. En verdad, el número carecía de todo
mérito musical; sin embargo, tuvo la virtud de compenetrar definitivamente al
público y a los colonos. Rieron todos, llamaron a los músicos a escena y
después los llevaron a cenar a ellos y a los actores. Bien entrada la noche
llegaron los autobuses, y los colonos se marcharon, cordialmente despedidos.
Aquella noche durmieron poco, pues la jornada, como de costumbre, comenzó a las
seis. 5. Un combate a la bayoneta. "Situación del frente el 10 de mayo
Nuestro flanco derecho, poseedor de la bandera roja, persigue enérgicamente al
enemigo derrotado. Las muchachas han irrumpido hoy en la línea del 30 de junio,
dando cima al plan del segundo trimestre. En el centro continúa la presión de
los metalúrgicos, quienes, cumpliendo y sobrepasando el programa, han llegado a
la línea del 25 de mayo con quince días de anticipación. El flanco izquierdo
sigue estancado en la línea del 15 de marzo. Según noticias de fuente fidedigna
(Salomón Davídovich), se prepara un ataque decisivo en este sector"
"Situación del frente el 12 de mayo El flanco derecho, empeñado ya en la
realización del programa del tercer trimestre, ha irrumpido en la línea del 3
de julio. El centro continúa presionando a los azules: en el día de hoy se
libran combates en la línea del 29 de mayo, con diecisiete días de adelanto. En
el flanco izquierdo no ha cesado durante toda la jornada el fuego de
artillería: los carpinteros están barnizando una partida de muebles".
"Situación del frente el 14 de mayo Después de un sangriento combate a la
bayoneta, nuestro glorioso flanco izquierdo ha infligido una aplastante derrota
a los azules, rompiendo su frente y persiguiéndolos con furia. Se han capturado
700 mesas de aula, 500 mesas
Banderas
en las torres de dibujo y 870 butacas. Barnizados de antemano, todos los
prisioneros han sido expedidos a su destino. Los azules huyen. Nuestros
gloriosos carpinteros han alcanzado hoy la línea del 20 de mayo, rebasando el
programa en seis días. Este combate histórico reviste importancia
trascendental: el enemigo, desmoralizado en todo el frente, se halla a tal
distancia, que nuestras unidades no pueden alcanzado. ¡Colonos, os felicitamos
por la victoria!" ¡Qué cambios se habían producido en el diagrama! La
línea azul del enemigo había retrocedido mucho, muchísimo. Las chicas se
acercaban ya a la ciudad maravillosa. Vania Gálchenko no podía ya
enorgullecerse únicamente de su "centro". Lo entusiasmaban el éxito
general de la colonia y la belleza del sangriento combate a la bayoneta librado
por los carpinteros. Vania escrutaba soñador la línea del frente y veía con
toda claridad a generales japoneses, y no sólo japoneses, que, ocultos tras el
cordón azul, miraban con ojos rencorosos. El chico rió con voz sonora: - ¡Vaya!
¡Fijaos cómo corren! El número de carpinteros que contemplaban el diagrama era
crecido. Evidentemente, su flanco iba aún rezagado de los demás, pero, ¡que
combate! Los muebles no cabían en el estadio. La enorme plaza de alrededor estaba
atestada de mesas y butacas. Antes de montadas cabían con holgura en el
estadio, pero después se "hincharon" y el local resultó insuficiente.
Ante el diagrama se detuvo por primera vez Salomón Davídovich, que hasta
entonces menospreciaba un tanto aquel pueril pasatiempo y solía decir: - Que
jueguen, no importa. ¡Será otro Borís Godunov! Esta vez, en cambio, escuchó
atentamente, plantado ante el cartel, las explicaciones de Igor Cherniavin y
luego le preguntó: - Si no entiendo mal, aquí hay unos misteriosos enemigos.
¿Qué hacen en la colonia? - Dificultan el trabajo, Salomón Davídovich. Nos
estorban. - ¡Qué me dice! ¿Y quiénes son esos truhanes? ¡De fijo que serán de
los nuevos! - De todo hay. No se sabe quién robó el telón, pero yo creo que es
de los viejos. - ¿Y qué tiene que ver el telón con los asuntos del trabajo? -
¿Y la madera mala? Si tuviéramos madera buena, habríamos llegado ya, por lo
menos, a la línea del 10 de junio, ¿comprende usted? Salomón Davídovich meditó
un instante y dijo: - Si tuvieran madera buena... Con madera buena hasta el más
imbécil puede llegar a la línea que quiera y ponerse a gritar como un tonto.
Pero, en primer lugar, ¿quién les va a dar madera buena, si no están dentro del
sistema de abastecimiento
133
planificado? Y en segundo lugar, al público le importa tres pepinos de qué
madera es la butaca, siempre que sea cómoda y ofrezca un aspecto decente. ¿Qué
otros enemigos hay? - Las máquinas malas... - ¡Pues sí que es eso un enemigo! -
¡Cómo que no! En una buena máquina... - ¡Qué listo! ¡En una buena máquina! ¿Y
quién va a trabajar en las malas? ¿Qué cree usted, que debemos tirarlas? -
Exactamente. -Si tirásemos esas máquinas, les costaría un ojo de la cara la
amortización, sépanlo ustedes. ¿De dónde iban ustedes a sacar trescientos mil
rublos? - ¿La amortización? ¿Y ése qué bicho es? - Es un bicho, amigo mío, que
traga dinero. ¡Es también un enemigo! Naturalmente, la aparición del nuevo
bicho en la liza turbó a Igor, pero los komsomoles acababan de rodear a Salomón
Davídovich. Vladímir Kolos no se asustó de la amortización y dijo: - Sería cosa
de ver quién traga más, la amortización o la maquinaria mala. Creo que, en las
ocho horas de los dos turnos, perdemos no menos de tres cada día en arreglar
desperfectos. - Cierto -confirmó Sadóvnichi. - Perdemos más -dijo Rógov. - La
maquinaria mala sirve para exprimir el jugo a la gente -declaró Sancho Zorin
con aire de desafió. Salomón Davídovich no daba abasto a clavar miradas de
indignación en cada uno de los muchachos que hablaban. - ¡Qué enterados están
todos! -exclamó-. ¿De qué jugo hablan? ¿Se lo ha exprimido alguien a ustedes?
¿Dónde está ese jugo? Enséñemenlo, que quiero verlo, por si sirve para algo. -
¿Para tapar las grietas? Sancho Zorin se le reía en las barbas, aunque no
profesaba a Salomón Davídovich la menor antipatía. Retorciendo cariñosamente un
botón de la vieja chaqueta de Blum, dijo: - No es a mí a quien me extraen el
juego, sino en general. Ahora se lo explico, ahora mismo, escúcheme. - Está bien.
Escucho. - ¿Conoce usted la línea general del Partido? - Tendría gracia que no
conociese yo la línea general del Partido... - ¿Qué dice el Partido? ¿Qué dice?
Que hay que crear la metalurgia cueste lo que cueste, ¿entiende usted?
¡Metalurgia, industria pesada! ¡Medios de producción! Y no una curva
descendente, como dicen los oportunistas, y otras memeces por el estilo. Cueste
lo que cueste, vengan medios de producción: metal, tornos, maquinaria, ¡eso es!
- ¿Y qué tiene que ver el jugo con todo esto? - Usted lo sabe mejor que
nosotros, Salomón Davídovich. En la vieja Rusia no se disponía de
134
medios de producción, pero ¿acaso los obreros trabajaban poco? Diga,
¿trabajaban poco? - ¡Trabajaban lo suyo! - Y vivían como mendigos, ¿no es
verdad? ¿Y por qué? Porque los medios de producción eran malos. Les exprimían
el jugo, y no tenían siquiera unos pantalones que ponerse. Cuando haya buena
maquinaria, mejorará mucho la cosa. ¡Viviremos bien! ¿Es justo que trabaje
usted desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche? Para que vea
usted: no es mi jugo, sino el suyo.... Salomón Davídovich quedó meditabundo,
adelantó el labio inferior, mirando a Zorin, exhaló un suspiro y sonrió con
tristeza: - Dice usted bien, camarada Zorin -aceptó-, pero yo no viviré ya
cuando haya buenos medios de producción. La curva descendente, a mi entender,
es una porquería, ni que decir tiene. Lo que yo temo es que la curva de mi vida
no alcance hasta que llegue la metalurgia. Sancho, en un rapto de ternura,
abrazó a Blum y exclamó: - ¡Alcanzará, Salomón Davídovich! ¡Alcanzará! ¡Palabra
de honor que alcanzará! ¡Mire usted, mire usted aquí! Una lágrima rodó por la
rugosa mejilla de Salomón Davídovich, que sonrió azarado y se la enjugó con el
dedo. - ¡Una necia debilidad, dicho sea entre nosotros! - No le hace; usted
fíjese en el frente. ¡Un combate a la bayoneta, se dice pronto! ¡Y ésta... es
la nueva fábrica! Nos queda que recorrer cosa de nada: "¡Y el enemigo
huye, huye, huye!" - Quizá sea verdad que huye, pero ya veremos a dónde
vamos a parar con esta dichosa fábrica nueva. Los gastos son grandes, ¡menudos
gastos! ¡Cien albañiles, se dice pronto! - ¡Saldremos a flote! ¿Sabe usted a
dónde iremos a parar? ¡Oh, como se lo diga a usted, se muere en el acto,
Salomón Davidovich! - Eso es ya demasiado, camarada Zorin. - ¡Que no, que no se
morirá usted! Iremos a parar a la línea general ¡Para que vea! - ¿Qué me dice?
¿Cómo podemos ir tan lejos? - ¿Pero usted se da cuenta de lo que vamos a
fabricar? ¡Aparatos eléctricos! Los komsomoles se pusieron repentinamente a
gritar y a dar afectuosas palmadas en los hombros a Zorin y a Salomón
Davídovich. - ¡Muy bueno, Sancho! ¡Los aparatos eléctricos son medios de
producción! - ¿Y los calzones? - ¿Y las camisas? - ¿Y las sillas? Salomón
Davídovich también cobró ánimo. - No vayáis a creeros, camaradas -dijo-, que no
entiendo nada de política. Y no me calentéis la cabeza. ¿Qué son las sillas? La
silla en que se sienta
A. S.
Makarenko uno para hacer una declaración de amor no tiene nada que ver con la
producción, y hasta la dificulta. En cambio, si sirve para sentarse en ella y
coser, ya guarda relación con el trabajo. Pues, ¿y las mesas de dibujo? ¿Y las
aceiteras? No somos tan oportunistas como piensan algunos. Sin pantalones
tampoco se puede vivir. - ¡Claro que no! - ¿Sabéis lo que es un hombre sin
pantalones? - Un mendigo. - No, es algo peor. Es un haragán. Alegres y
bulliciosos, salieron a la terracilla. Salomón Davídovich los amenazó con el
dedo: - Hablando con un viejo sois unos pillos, pero las flores bien que os
gustan. Los colonos reían a carcajadas y abrazaban a Salomón Davídovich. - No
se trata de las flores, sino del plan. A las flores les corresponde su lugar, y
a la metalurgia, el suyo. 6. El campamento. El 5 de mayo comenzaron a montar el
campamento. Cuando la palabra "campamento" recorrió por primera vez
la colonia, no produjo gran impresión, pues nadie le dio mucho crédito: ¡no
sería verdad tanta belleza! Hasta los más ingenuos decían al oír alguna
alusión: - ¿Qué has tomado hoy con el desayuno? Sin embargo, en la reunión del
Consejo de jefes, Zajárov anunció como de paso: - ¡Ah! Se me había olvidado que
debemos tratar todavía un pequeño asunto: nos dan veinte tiendas de campaña,
así que... Zajárov miró a los jefes de brigada y vio que la sorpresa les había
cortado la respiración. Calló y dio a Nesterenko oportunidad de balbucear: -
¡El campa...! ¡Diablos!... ¡No puede ser! Las tiendas las había regalado la unidad
del general a quien tanto gustara la actuación de Vania Gálchenko. Eran viejas,
de desecho; hubo incluso que ponerles varios parches, pero... ¡qué bonitas!
Algunos entendidos de la cuarta brigada afirmaban que eran tiendas para
oficiales, y se les creyó de buena gana; otros, también de la cuarta,
aseguraban que se trataba de tiendas de tipo mongol, pero esta versión fue
acogida con grandes dudas. Se eligió un hermoso lugar para el campamento más
allá del parque. Decidieron montar las veinte tiendas en hilera y echar suertes
para determinar el sitio de cada brigada. En la mesa del presidente había once
papeletas. Torski invitó a los jefes de brigada a aproximarse por orden
numérico y tomar una papeleta cada uno. Klava Kashírina pidió la palabra: - La
quinta y la undécima brigadas piden que se les den los extremos. - ¿Por qué?
Los extremos les gustan a todos. - ¿Qué tienen de agradable para ti?
Banderas
en las torres - Si es agradable para vosotras, también ha de serlo para
nosotros. - Las chicas necesitan las tiendas de los extremos. - ¿Por qué? - Es
incómodo estar entre los chicos. Se oyeron voces de descontento: - ¡Caprichos!
¡A dónde vamos a parar! ¡Las chicas siempre nos salen con algún antojo! Klava
insistió seriamente: - Pedimos que se nos den los extremos. Sancho Zorin, que
no se perdía una reunión del Consejo, dijo: - Propongo que, por principio, no
se les den. - ¿Por qué principio? - ¿Y por qué principio necesitáis vosotras
los extremos? ¿Es que teméis que los chicos os muerdan? - No nos morderán, pero
a las chicas les gusta la limpieza. Al oír esto se indignaron también los demás
jefes. ¿Desde cuándo las muchachas monopolizaban la limpieza? Klava se enojó: -
¿A vosotros que más os da, porcachones? Dormís con los mismos calzones que
trabajáis. - Durmamos como durmamos, las tiendas hay que sortearlas. - En ese
caso, nosotras nos quedamos en los dormitorios -replicó Klava. - ¿En los dormitorios?
-alguien se removió amenazadoramente en el diván-. ¿En los dormitorios? - ¡A
ver qué os pensáis! En los dormitorios nos quedaremos. ¿O es que cuando
necesitemos mudamos de ropa o cualquier otra cosa vamos a hacerlo entre los
chicos? - Aquí no hay chicos -repuso hosco Zirianski-. ¡Aquí todos somos
colonos! Y no hay por qué andarse con misterios. ¡A echar suertes! Nada
pudieron hacer las chicas; tuvieron que resignarse. Sus esperanzas de que tal
vez las favoreciera la fortuna resultaron fallidas: les tocaron el tercer
sector y el octavo. El administrador entregó a cada brigada una minúscula
porción de desechos de madera para hacer los "cajones" de las
tiendas. Los muchachos protestaron: - Stepán Ivánovich, ¿qué cálculos son
éstos? ¿No conoce usted las dimensiones? Catorce metros por catorce. ¿De qué
vamos a hacer los camastros? - Ya os arreglaréis. - Usted nos empuja al delito,
Stepán Ivánovich. - ¡No importa, arriesgaré! Será cosa de ver los delitos que
vais a cometer. Ahora, que a mí no me birláis nada, os lo prevengo. - Bueno,
haremos los cajones nada más y dormiremos en el suelo. Si alguien pesca una
pulmonía o una tuberculosis, peor para usted. - Resistiré. ¿Crees que a la
tuberculosis le
135
agradará tener tratos contigo? - Enfermaremos... - ¡No importa, arriesgaré! El
Consejo acordó exigir de cada brigada que preparase sus respectivas tiendas
para el día 17, pero en su acondicionamiento sólo podían emplearse las tardes,
por eso, antes de la cena, la plaza destinada al campamento parecía un mercado:
se reunían allí más de doscientas personas con hachas, sierras y cuerdas. La
agitación, el barullo y la inquietud eran indescriptibles. No obstante saltaba
a la vista que las muchachas emplazaban sus tiendas en un extremo, ocupando el
décimo y el undécimo sectores, sin que nadie se lo impidiera. Pojozhái, el
jovialísimo jefe de la novena brigada, preguntó indignado: - ¿Por qué razón las
tiendas aquí? Las chicas manejaban también sierras y martillos, reían, y se
veían y se deseaban para montar las tiendas. Contestaron a Pojozhái: - Te has
vuelto muy curioso, camarada Pojozhái. Más vale que te vayas... - Lo pregunto
oficialmente. - Oficialmente pregúntaselo al jefe de guardia. Pojozhái, ni
corto ni perezoso, buscó a Rúdnev: - ¿A qué se debe eso? ¿Por qué las chicas
montan sus tiendas en el extremo? - Pues muy sencillo. Han cambiado sus
sectores con la cuarta y con la octava brigadas. - ¿Que han cambiado? ¿Con la
cuarta? Pojozhái corrió en busca de Zirianski. - ¿Por qué has cambiado con las
chicas? Zirianski apartó la vista de una rugosa tabla que iba a servir de
estante en la tienda. - Por acuerdo voluntario. - ¿Qué es lo que dijiste en el
Consejo? - Que se sortearan los sectores. - Y ahora te has vuelto un
conciliador. - No, Shura. Yo insistí en lo de echar suertes, y así se hizo,
para que no se les subieran los humos a la cabeza. ¿Sabes?, creían que, por ser
chicas, les íbamos a dar los sectores extremos. ¡Era cuestión de principio! -
¿Cómo de principio? ¿Por qué has cambiado, pues? - Por acuerdo voluntario. Si
quieres, cambio contigo. Ya ves, yo tengo ahora el tercer sector y tú el
quinto. Puedo cambiar con las chicas o con los chicos, da igual; se trata de
camaradas, y en eso no hay ni pizca de conciliación. Pojozhái se encogió de
hombros y se marchó resuelto a sondear también a Nesterenko. El jefe de la
octava brigada no vio nada de particular en la pregunta de Pojozhái, y
respondió con su parsimoniosa locuacidad de siempre: - Sí. He cambiado porque
me lo pidieron y porque no queremos estar en el extremo. - ¿Y en la reunión del
Consejo? - ¡Qué gracia tienes! ¡Aquello era muy distinto!
136 Era
un asunto de igualdad de derechos. Ahora bien, ¿por qué no cambiar? Bratsán y
Porsniov también han cambiado. Cuestión de gustos. Pojozhái se alejó enfadado
en dirección al parque, se rascó la nuca, sonrió y dijo en voz alta: - ¡Hijos
de perra! Aunque... quizás lleven razón. ¡Vete tú a saber! Por la tarde, el
perito aparejador Dem se presentó ante Zajárov y le anunció: - Los colonos...
están llevándose tablas de las obras para el campamento. Unos, cinco; otros,
diez... Dígales usted que eso no está bien. No es que me pese, pero hay que
llevar la cuenta. Los colonos, ¿sabe?, son buenos chicos, pero la contabilidad
es necesaria. El joven administrador Stepán Ivánovich fingió montar en cólera:
- ¡Habría que desollados! ¡Quíteselas! Dem ronroneó una sonrisa enredada en sus
bigotes: - ¿Cómo voy a quitárselas? Se enfadarían... - Stepén Ivánovich,
entérese bien de lo que pasa – ordenó Zajárov. Stepán Ivánovich salió en
expedición de castigo y regresó victorioso, con un prisionero. - ¡Nada menos
que Zirianski! -exclamó-. Otras brigadas se han llevado cinco o seis tablones
cada una, ¡y Zirianski una carretada entera! Zajárov exigió lacónico: -
Aliosha, explícate... - Ahora me explico. No se trata de un robo. Cuando
desmontemos el campamento, devolveremos las tablas. Tenemos apuntadas todas las
que nos hemos llevado. Se puede comprobar. - ¿Por qué os habéis llevado tantas?
- Pues... para la cuarta brigada y para la undécima. - ¡Ah!... - Claro, hay que
ayudar a los campesinos pobres. Nos dio usted muy pocas tablas, Stepán
Ivánovich. Los chicos no se andan por las ramas para agenciárselas. Pero a las
muchachas les da reparo. - ¿Reparo? - Sí... ¿qué quiere? En eso van retrasadas
de los hombres. Zajárov asintió con la cabeza seriamente: - El asunto está
claro. Anótelas, camarada Dem, y le firmaré el recibo. En otoño se las
devolveremos. El 17 por la tarde, Zajárov, acompañado del jefe de guardia,
inspeccionó el campamento, ya listo, y dio su visto bueno a todas las tiendas.
Estaban dispuestas en hilera, y en lo alto de cada una tremolaba un banderín.
Cerca del parque, aislada de las demás, se alzaba la tienda del Consejo de
jefes, en la que se instaló también el director. Mijaíl Gontar daba los últimos
toques a la instalación eléctrica. Sonó la retreta, pero nadie quería dormir:
esperaban que se encendiese la luz. Zajárov recorrió tienda por tienda y de
todas salió bien impresionado. Después
A. S.
Makarenko se iluminaron todas repentinamente; los colonos gritaron
"¡hurra!" y se lanzaron a mantear a Gontar, el electricista. Hubo
asimismo un conato de manteamiento de Zajárov, que él cortó amenazando con un
dedo. En vista de ello, fue decidido mantear a todos los jefes de brigada. Así
se hizo, con las solas excepciones de Klava y Lida, que no fueron manteadas
porque las colonas se opusieron, diciendo: - ¡Nosotras mismas mantearemos a
nuestras jefes, dejadlas en paz! Las muchachas estuvieron riendo largo rato y
luego se encerraron en su tienda. Allí secretaron entre gritos, carcajadas y
chillidos ensordecedores y, por último, salieron con las mejillas arreboladas.
Los pequeños de la cuarta brigada permanecieron un buen rato ante la tienda,
sin llegar a enterarse de si las chicas habían manteado o no a sus jefas. Filka
expresó una suposición: - No las habrán manteado. De seguro que no las
levantaron, y si las levantaron, las volvieron a dejar en el suelo y luego
salieron corriendo. La hipótesis fue muy bien acogida en la cuarta brigada,
que, satisfecha ya su curiosidad, se fue a ver lo que se hacía en la tienda de
Zajárov. Lo encontraron trabajando, sentado a la mesa, en mangas de camisa. El
hecho era insólito. Los pequeños lo contemplaron un buen rato, y Petia acabó
preguntándole: - Alexéi Stepánovich, ¿por qué será que no tenemos ganas de
dormir? Zajárov levantó la cabeza, miró a los chicos, entornados los ojos, y
respondió: - Son los nervios, una enfermedad propia de mujeres. Vosotros
también la sufrís. Los chicos quedaron pensativos y, abandonando
silenciosamente la tienda del director, corrieron a la suya. Zirianski les
preguntó enfadado: - ¿Por dónde andáis? ¿Qué pasa? Los chicos se apresuraron a
meterse en la cama. Filka levantó la cabeza de la almohada y dijo: - ¡Son los
nervios, Aliosha, una enfermedad propia de mujeres! - ¡Lo único que nos
faltaba, enfermedades de mujeres en la cuarta brigada! -se indignó Zirianski-.
¡A dormir ahora mismo! Apagó la luz. Los pequeños se acurrucaron en sus lechos y
miraron hacia la puerta. Se veían las estrellas, llegaba desde la lejana ciudad
el ruido de los tranvías, y en la aldea ladraban agradablemente los perros.
Vania se imaginó a Zajárov con pantalón de montar y en camiseta, y le gustó
mucho. Pensó también en lo que pudieran ser los nervios, pero los ojos se le
cerraron; los nervios se mezclaron con los ladridos, y todo se fue sumiendo en
una dulce y cálida sensación de felicidad. 7. El corazón de Igor Cherniavin.
Terminaba el año escolar. Sin olvidar los arduos
Banderas
en las torres problemas del frente del trabajo, los colonos sabían olvidarse de
los músculos fatigados. Concluida la jornada, se entregaban en cuerpo y alma al
estudio. En la escuela reinaba una limpieza tan esmerada como en los
dormitorios. Los suelos estaban alfombrados; había profusión de flores, y los
maestros, con aire solemne, hablaban en voz baja. En su mayoría, los colonos
amaban el estudio y se consagraban a él con seriedad, persuadidos de que tan
sólo la escuela les abriría de verdad el camino de la vida. Ya habían salido de
la colonia varias promociones; había colonos estudiantes en diversas ciudades,
y el Consejo les giraba mensualmente, de su fondo especial, un subsidio de
cincuenta rublos, como suplemento al estipendio que recibían. Muchos ex colonos
cursaban estudios en escuelas militares y de aviación. Los estudiantes y los
futuros aviadores tenían por costumbre pasar en la colonia las grandes
festividades y las vacaciones de verano, siendo recibidos por los mayores con
cordial alegría, y por los pequeños, con fervorosa admiración. Ahora los
esperaban, y se discutía en qué brigada iba a hospedarse tal o cual visitante.
El camino seguido por los mayores era seductor, y cada colono se esforzaba por
imitarlos. Igor Cherniavin se entusiasmó por la escuela sin advertirlo él
mismo. Al principio tuvo suerte en las clases de biología y luego dio pruebas
de notables aptitudes literarias. La nueva maestra, Nadiezhda Vasílievna, una
komsomola muy joven, leyó un ejercicio de redacción de Igor y dijo ante toda la
clase: - Igor Cherniavin... ha hecho un trabajo muy interesante. Le recomiendo
que preste seria atención a la literatura. Igor sonrió sarcástico. Por si no
tenía bastante que hacer, le aconsejaban ahora que prestase atención a la
literatura. Pero, sin que él mismo se apercibiese, comenzó a juzgar los textos
literarios, ajenos o propios, de un modo nuevo. Empezó a embeberse en los
deberes de literatura, llegando al extremo de no abandonarlos mientras no
protestaba Nesterenko. En cuanto a las otras asignaturas, fue simplemente
saliendo del paso hasta que una vez, en el club, Nadiezhda Vasilievna se sentó
a su lado y le dijo: - Cherniavin, ¿por qué van tan mal sus estudios en los
últimos tiempos? -le preguntó. - ¿Los de literatura? -se asombró Igor. - No. En
literatura tiene usted sobresaliente. Pero ¿y las otras asignaturas? - Es que,
sabe usted, no... no me interesan, Nadiezhda Vasilievna. La maestra frunció su
carnoso labio superior. - Si en las restantes asignaturas no aprovecha usted,
de poco la servirá la literatura. - ¿Y si llego a ser escritor? - Un escritor
así nada puede valer. ¿De qué piensa
137
usted escribir? - Temas no faltarían. De la vida, por ejemplo. - ¿De qué vida?
- Pues, verá usted, de la vida... - ¿Del amor? - ¿Acaso estaría mal? - No.
Pero, ¿del amor de quién? - Ya encontraría... - Por ejemplo... - Pues...
escribiría del amor de un hombre, de un hombre enamorado, ¿comprende usted? -
¿Quién sería ese hombre? - Un hombre cualquiera... - Un hombre cualquiera no
existe. Cada cual hace algo, trabaja en alguna parte, tiene sus alegrías y sus
penas. ¿El amor de quién piensa usted describir? A Igor le daba vergüenza
hablar del amor, pero, por otra parte, se trataba de un problema literario y
había que afrontarlo... - Todavía no lo sé... Se puede hablar de muchos. Del
amor de un maestro, pongamos por caso. - El amor de un maestro... ¿De un maestro
de qué asignatura? - Supongamos que fuera de matemáticas. - Ya ve usted, de
matemáticas. ¿Cómo iba usted a describirlo no sabiendo matemáticas? Por otra
parte, el tema del amor no es el único. La vida es muy compleja, y un escritor
ha de conocer muchísimas cosas. Si no sabe usted más que literatura, no
escribirá nada. - Pues usted... sabe... únicamente literatura. - Se equivoca.
Conozco hasta la tecnología de las substancias fibrosas; estoy bastante bien en
química; antes trabajé en una fábrica y estudié en una escuela de peritaje.
Usted debe ser persona instruida, Igor, debe saber de todo. Gorka conoce todas
las cosas mejor que cualquier profesor. Inadvertidamente para sí mismo, Igor
escuchaba embelesado a la maestra. Ella hablaba tranquila y pausada, lo que
hacía más sugestiva la ola de cultura que envolvía sus palabras. A partir del
día siguiente, Igor apretó de firme en las restantes asignaturas. Entusiasmado
por el esfuerzo, sintió crecer el aprecio a su propia persona y decidió
firmemente estudiar con aplicación. A las fiestas de mayo llegaba con notas de
sobresaliente en todas las asignaturas, y en la colonia había una sola persona
que no le cedía en los estudios: Oxana Litóvchenko. Igor no advirtió cuándo
había cambiado su carácter. En ocasiones, sentía el deseo de ironizar y de
hacerse el original; a primera vista, nada había cambiado en él; no obstante,
sus palabras eran ya otras, más discretas, de más peso; y también su humor era
otro. Un buen día, dijo a Sancho Zorin: - Quisiera hablar contigo, Sancho.
¿Sabes?, sería cosa de ingresar en el Komsomol... - Hace tiempo que debieras
haberlo hecho contestó Zorin-. ¿Por qué no? Ya se te han ido los
138
pájaros de la cabeza. Te consideramos como el primer candidato. Sólo que...
verás... ¿qué tal te orientas en política? - Creo que bien. Me he observado y
he visto que entiendo algo. - Lees periódicos y libros. No hay necesidad de...
meterte las cosas en la cabeza. Ven y hablaremos con Mark. Igor comenzó a
asistir a las asambleas del Komsomol. Al principio se le hacían aburridas y
sacaba la impresión de que los jóvenes comunistas hablaban de cosas de las que
no entendían ni pizca. ¡Sí, Sadóvníchi hacía un informe sobre el XVII Congreso
del Partido! ¿Qué podía decir, si no sabía más que lo que ponían los
periódicos? Sadóvníchi, efectivamente, comenzó un poco atropellado. Igor
advirtió que dejaba inconclusas algunas oraciones, se expresaba con poca claridad
y tartamudeaba. Sin embargo, después dejó de advertir todo eso y se puso a
escuchar con interés. El diablo sabría la razón, pero Igor, que también leía
los periódicos, tal vez no se hubiera atrevido a pronunciar las palabras que
con tanta decisión pronunciaba Sadóvnichi: - Cierto que nosotros no hemos
vivido en el antiguo régimen, pero no lo es menos que hemos tenido que sufrir
sus vestigios. La Rusia zarista era un país atrasadísimo y, sin embargo, ya
sabemos el balance que ha hecho el XVII Congreso del Partido. Hemos terminado
el plan quinquenal en cuatro años y no con las manos vacías. ¿Tenemos
Magnitogorsk? Lo tenemos. ¿Y el Kuzbáss? También. ¿Y la central del Dniéper y
la fábrica de tractores de Járkov? También las tenemos. ¿Quedan kulaks? ¡No! Nuestros
chicos conocen bien a los kulaks. Muchos trabajaron para ellos. Ahora el kulak
está liquidado como clase, y hemos organizado la primera agricultura socialista
del mundo, basada en los... en los tractores y en las cosechadoras combinadas.
Sabemos lo que decían los trotskistas y los oportunistas. Cada colono comprende
lo que querían: de haberles hecho caso, todo hubiera vuelto a lo de antes. Y
los muchachos como nosotros tendrían que volver a apacentar las vacas de
cualquier canalla..., dispensadme la expresión, de la pequeña burguesía, que
quiere ser propietaria, tener tiendas y especular. La colonia Primero de Mayo
no se dejará arrastrar a tales provocaciones. Naturalmente, todo los colonos
queremos estudiar, pero continuaremos haciendo aparatos eléctricos y
desarrollando la industria metalúrgica. Y si hay que apretarse el cinturón, no
tiene importancia, no se nos romperá, porque somos ciudadanos del gran País del
Socialismo y sabemos por qué se hacen las cosas. Ahora os hablaré de las
resoluciones del XVII Congreso del Partido Comunista, y en seguida veréis que
todo se hace a nuestro modo y no al de ellos. Igor escuchaba, interpretando las
cosas desde un nuevo punto de vista. Lo comprendió todo mejor aún
A. S.
Makarenko cuando vio a Oxana Litóvchenko en la fila vecina. La atención con que
la chica escuchaba era conmovedora: por lo visto se había olvidado de que era
una chica bonita y que a muchos les gustaba contemplarla. Estaba Oxana un tanto
inclinada adelante, con las manos entre las rodillas, lo que hacía más
simpáticos los pliegues de su falda oscura y más atrayente la idea de que era
una hermana y una camarada. Sin moverse, sin pestañear siquiera, tenía la vista
puesta en la tribuna, atenta al informe de Sadóvníchi, y para Igor se hizo
evidente que Oxana comprendía mejor y sentía más a lo vivo las palabras del
orador. Igor dejó de mirarla y frunció el entrecejo. Sentía el deseo
irresistible de ser siempre un hombre de verdad. Estuvo largo rato prendido del
discurso, hasta que, al fin, comprendió que Sadóvníchi era un komsomol,
mientras que él, Cherniavin, no lo era todavía. Lanzó, entonces, una ojeada a
la sala y pensó que se podía ir muy lejos con gente que, como Sadóvníchi y
Oxana, hablaba y escuchaba tan honrada y sinceramente. A solas consigo mismo,
Igor solía pensar que amaba a Oxana, y la idea le era grata. Había leído
numerosos libros durante el año que llevaba en la colonia y algo entendía ya en
sutilezas de amor. El término "enamorado" se le antojaba ahora
mezquino e indigno para expresar lo que él sentía por Oxana. No se trataba de
un simple enamoramiento, sino de amor en el verdadero sentido de la palabra. A
veces le daba pena que aquel amor se escondiera en su alma y que ni al diablo
pudiera ocurrírsele cómo habría que exteriorizarlo, hacerlo ver. Le gustaba la
historia de Romeo y Julieta, que se había tragado entera dos veces, releyendo y
meditando los pasajes en que se hablaba de amor. Llegado el caso, quizás
encontraría Igor palabras más expresivas, pero no deseaba morir con Oxana entre
difuntos. Desde este punto de vista, Romeo y Julieta no le seducía. Hallaba
muchas sandeces imperdonables en los actos de los protagonistas, y una cosa,
por lo menos, no ofrecía duda: eran pésimos organizadores. ¡En qué cabeza cabía
narcotizar a una muchacha y después enterrarla! Por cierto, esa misma opinión
la compartía Sancho Zorin, a quien Igor había obligado a leer Romeo y Julieta:
-¡Qué gente más rara! -comentó Sancho-. Un viejo diablo como Lorenzo no fue
capaz de arreglar un asunto tan sencillo, mandó a otro, no lo dejaron entrar y
cargó las culpas a causas objetivas. Ya se habría dado más maña si hubiera
sabido que tendría que dar la cara ante la asamblea general. Y ese Romeo era un
papanatas. ¡Pues anda que importaba mucho que allí estuviesen reñidos y no les
permitieran casarse! ¿Se había enamorado? ¡Pues, a casarse y asunto concluido!
Igor miraba a Sancho por encima del hombro. Sancho no tenía idea de lo que era
enamorarse. Es decir; no enamorarse, sino amar. ¡A casarse y asunto
Banderas
en las torres concluido! Casarse no era lo principal, casarse no era
obligatorio. Igor ni siquiera lo deseaba. En primer lugar, porque había que
terminar los estudios en la escuela y, en segundo, porque ¡sería cosa de ver el
revuelo que se armaría en la colonia si Igor presentaba la petición
correspondiente ante el Consejo de jefes de brigada!... ¡Fu! Igor no había
hablado a nadie de su amor, y Oxana quizás no adivinase nada. Cosa rara:
mientras ella estuvo viviendo en casa de aquel abogado, Igor no tenía el menor
reparo en demostrarle su particular preferencia. En cambio, desde que Oxana era
colona, sentía miedo de hablarle aunque fuera del ciclóstomo africano a que
tanta atención prestaba ella en el círculo de biología y que, dicho sea de
paso, cansaba ya a todo el mundo. Posteriormente, Oxana ingreso en el Komsomol
y en su rostro aparecieron rasgos nuevos, una expresión de independencia y de
serenidad. Una encantadora fusión de optimismo, diligencia y dulce calma la
distinguían de las demás muchachas. Había intervenido ya varias veces en las
asambleas generales, y, apenas pedía la palabra, todos los presentes procuraban
mirar por entre las cabezas para verla mejor. Mientras hablaba, sabía volver,
con blanda energía, la cabeza hacia uno u otro colono, mirarlo con leve
sonrisa, persuadir, explicar en tono afable, convencer llena de sencillez. El
aludido enrojecía irremisiblemente, y Oxana se apresuraba a dirigirse a otro.
Así habló una vez encareciendo la necesidad de ayudar al koljós vecino a escardar
la patata. - ¡Camaradas! -dijo-. ¿Cómo podéis negaros a ayudar a una gente que
no se ha organizado bien todavía? Es una época difícil para ellos. No tienen
aún costumbre de trabajar colectivamente, y vosotros sí la tenéis. ¿Por qué no
ayudarles? Somos fuertes, discípulos de Lenin. Ayudémosles, camaradas. Vayamos
con música y todo, pues no se trata solamente de que escardemos más o menos,
sino de que vean con sus propios ojos lo hermosa y buena que es la vida en el
socialismo. Después vendrán ellos aquí, tal vez nos ayuden en algo o, por lo
menos, bailarán con nosotros y se divertirán. Sí, queridos muchachos y
muchachas, no digáis que no sabéis cómo podemos ayudarles, sino decidíos a
hacerlo. Su acento era muy atractivo, particularmente cuando mezclaba algún que
otro giro ucraniano y pronunciaba blandamente la “l”. Aunque nadie tenía
intención de negarse a ayudar, todos pensaron que era Oxana quien los había
convencido. Luego, ya en el campo koljosiano, la miraban como a la dueña de
aquello, contentos de verla tan animosa. Los pequeños no podían contenerse a
veces y acudían a informarla muy serios, aunque remedando su acento ucraniano:
- ¡Nuestra gloriosa cuarta brigada lo ha escardado ya todo!
139 La
contemplaban con ojos traviesos, pero se alegraban cuando Oxana les respondía
con una cariñosa sonrisa: - ¡Muy bien, muchachos! Igor no era tan atrevido como
los pequeños. A veces conversaba con Oxana sobre los asuntos de la escuela o de
la colonia, pero, estando a solas, jamás se permitía una broma y temía que ella
advirtiera que podía sonrojarse. En cambio, si se juntaba un grupo de colonos y
colonas, Igor daba rienda suelta a su ingenio. Aseguraba que Ryzhikov robaría
el ciclóstomo africano, lo freiría y se lo comería. Si se hallaba presente,
Ryzhikov reía la broma con los demás, como cuadraba a un buen compañero. Aunque
la atención de los camaradas satisfacía a Cherniavin, el máximo galardón a que
aspiraba era una sonrisa de Oxana. Ella sonreía siempre, pero él no dejaba de
comprender que era aquélla una sonrisa sin valor, una sonrisa de
circunstancias. Le fastidiaba que Oxana, al sonreír, volviera la cabeza hacía
alguna de las chicas para hacer una pregunta ajena al caso, lo que imprimía a
su actitud una acusada frialdad: el ingenio de Igor era reconocido como un
fenómeno agradable, pero de lo más ordinario, por el estilo del buen tiempo.
Tan sólo una vez se entusiasmó Oxana verdaderamente y, aunque su risa no duró
mucho, miró a Igor con ojos...enamorados. Fue en ocasión de estar todos
alabando la apostura del jefe de guardia Vasia Klúchnev, que por allí pasaba.
Igor recordó hechos recientes de las clases del octavo grado y dijo: - Se
parece a d’Anthés, aunque no conoce a Pushkin. Vasia Klúshnev era un excelente
jefe de brigada, pero la literatura le entraba con muchísima dificultad. 8. La
siesta. Terminado el año escolar, Zajárov dijo en una asamblea general: - Todo
marcha a pedir de boca. La fábrica está en construcción; pronto empezarán a
llegar las máquinas; cumplimos el plan, y nuestra cuenta corriente crece. Los
asuntos de la colectividad también marchan bastante bien, si no contamos el
lamentable suceso del telón. Ahora disfrutaréis un descanso en vuestros
estudios, aunque este año no podemos organizar vacaciones completas, como bien
comprenderéis todos. No obstante, hay que pensar también en la salud. El doctor
hará uso de la palabra al respecto. Después subió a la tribuna Kolka el médico
y dijo tales cosas, que los colonos, sorprendidos, alargaron sus cuellos.
Primero, había que restablecer la merienda de las cinco de la tarde; segundo,
se realizaría una inspección médica general y escrupulosísima; tercero, se
implantarían unos baños especiales; cuarto, se instituía la siesta después de
almorzar: quinto, sexto, etcétera, etcétera. Aún no
140
había terminado el orador, y ya le llovían las objeciones: a Kolka no parecía
interesarle lo más mínimo la nueva fábrica; quería que el dinero se gastase en
unas meriendas que no había ni siquiera tiempo de tomar; además, ¿a santo de
qué se establecía la siesta? Los colonos no eran enfermos ni veraneantes y, de
todas maneras, durante la siesta nadie iba a dormir. El trabajo terminaba a las
cuatro, y así habría que terminarlo a las cinco, después de lo cual vendría la
merienda. ¿Cuándo iban, pues, a vivir? De hacer caso a Kolka, todo se reduciría
a dormir, merendar e ir al médico. ¿Qué vida era aquélla? No les quedaría
tiempo para jugar un partido de voleibol o dedicarse a cualquier otra cosa,
pues el médico quería reducirlo todo a tratamientos y más tratamientos... Kolka
escuchó con cara avinagrada el aluvión de réplicas y tomó de nuevo la palabra:
- ¡Qué ge-gente más in-inculta! ¡El di-diablo sabe qué ton-ton-terías decís! Y
procedió a demostrar su razón. Había sacado, no se sabía de dónde, unas cifras de
las que se deducía que la supresión de la "primera cena" no reportaba
ningún ahorro: en comer se gastaba lo mismo que antes. En la cena engullían
tanto, que horrorizaban al cocinero. - ¡No es verdad! - ¡Co-cómo que no! ¡Que
lo di... que lo diga Alexéi Stepánovich! Zajárov, siempre dueño de sí mismo, se
turbó esta vez y, mirando enojado a Kolka, hizo un ademán de contrariedad. -
Pero... hombre, ¿cómo que no se ahorra nada? Algo se ahorra... ¡Un poco menos
sí que se gasta en comer! Kolka rugió: - ¿Menos? ¿Menos? ¡Pues yo le digo que
no se gasta menos! ¡He re-recogido todos los datos en concontaduría! ¡Y se
ga-gasta lo mi… lo mismo! Igual que se comía antes, se come ahora. Sólo que no
esestá bien, hay que me-merendar a las ci... a las cinco. Zajárov se echó a
reír de repente y se sentó con una expresión que daba a entender que creía
inútil toda discusión con el médico. Los colonos abandonaron el problema de la
"primera cena" y cargaron contra la siesta, alegando que todo aquello
eran antojos de Kolka. Zirianski fue quien expresó mejor lo que todos pensaban.
- Nadie ignora -dijo- lo mucho que respetamos la disciplina. Sin embargo, ¿cómo
puedes tú obligarme a dormir, Kolka? Aunque cierre los ojos, ¿qué sabes tú si
duermo o no? ¿Y si no tengo ganas?, ¿cómo vas a hacerme dormir? Kolka cambió de
tono, adujo algunas razones médicas y habló del organismo y de las normas del
sueño. Zajárov le apoyó: - ¡Muchachos! Resulta hasta feo manifestarse en contra
de la siesta. ¿O es tanta nuestra falta de
A. S.
Makarenko cultura, que no comprendemos nada? La siesta conviene implantarla.
Será muy útil. Hasta ahora, dormís poco. Se toca retreta a las diez, pero
transcurre una hora antes de que os durmáis. Eso no contando a algunos lectores
que, como Cherniavin, se las ingenian para estar en vela hasta las doce. Ante
tales razones, resultaba violento rechazar el proyecto de implantación de la
siesta. Rezongando y con caras muy largas, votaron en favor y salieron
malhumorados de la asamblea. Algunos preguntaban: - ¿Y eso desde cuándo va a
ser? ¿Desde mañana? ¡Qué ocurrencia! Al día siguiente oyeron en la orden:
¡siesta obligatoria después del almuerzo! Kolka atravesó el comedor muy ufano:
¡valiente organizador había salido! ¡Había organizado la siesta! Terminado el
almuerzo, Volodia Begunok tocó en el campamento la señal de la siesta. ¡Tanto
sol, tanta energía en cada fibra del cuerpo, y Volodia tocaba a dormir! Todas
las miradas se clavaron en él, condenatorias. Sin embargo, Zajárov recorrió las
tiendas con un aspecto tan serio, que nadie dijo palabra. Sentado en su tienda,
el director de la colonia aguzó el oído. ¿Qué siesta era aquélla, si el
campamento entero hablaba? Tendidos en las camas, los colonos procuraban
conversar en voz baja, pero no sabían, y sus risas eran como suelen ser las
risas: ruidosas. También en las tiendas de las muchachas sonaban risas y voces;
y en la cuarta brigada, el revuelo y los resoplidos inducían a creer que se
estaba librando allí un combate de boxeo. Zajárov se presentó en la tienda de
una brigada y dijo: - ¿No habéis aprobado vosotros mismos la siesta? ¿Qué jaleo
es este, pues? La siesta es para dormir. ¡Basta de charlas! Usó un tono rudo,
como si fuese a imponer un castigo al primero que se desmandara. Hasta los más
locuaces cerraron la boca. Zajárov prestó oído: el silencio era absoluto.
Regresó a su tienda, donde Volenko, jefe de guardia, estaba escribiendo,
sentado a la mesa. - Dentro de un cuarto de hora, date una vuelta y mira lo que
hacen. - A la orden. - De veras que habrá que arrestar a algún jefe de
brigada... Volenko calló. Coincidía con los demás en que la siesta era una
invención desdichada. El director, en su tienda, mantenía atento el oído. Se
había hecho un silencio tal, que ni siquiera por las noches se observaba nada
semejante. Zajárov se estiró en su lecho, se desperezó y dijo por lo bajo: -
¡Serán tontos! Con el gusto que da, y ellos... protestan. - Da pena perder el
tiempo -respondió Volenko, en voz baja también. - No importa... Fíjate, si
duermen así, es porque lo
Banderas
en las torres necesitan. Volenko no contestó y salió de la tienda. El ligero
ruido de sus pasos se perdió en el silencio general. Volvió pronto y se sentó a
la mesa: el jefe de guardia siempre tenía algo que hacer. - ¿Duermen? -preguntó
Zajárov. - Sí. Al poco asomó por la tienda Kolka el médico y, guiñando
maliciosamente un ojo, señaló con la cabeza hacia el campamento y musitó: - ¿Ve
usted? Lo que yo de-decía... Duermen como san... como santos. Kolka, con cara
satisfecha, pasó de puntillas junto a las tiendas. Pegó el oído a algunas de
ellas durante buen rato y regresó contento: - El orga-ganismo... sabe lo que...
lo que nenecesita. Kolka se sentó también sobre un camastro, junto a la mesa,
pero tuvo miedo de hablar, pues a la hora de la siesta no se permitía, y se
puso a observar el reloj de pared. Zajárov cuchicheó: - ¡Qué despacio anda el
tiempo! ¡¡Trabajando, es otra cosa! Kolka asintió con la cabeza. Cinco minutos
antes de que terminara la hora de la siesta, Volenko buscó y trajo consigo a
Volodia Begunok, que llegó fresco y alegre. Sus ojos pícaros no podían
apartarse de Kolka el médico; sin embargo, encontró pronto la trompeta. Volenko
miró el reloj y dijo: - Venga, Volodia. Ateniéndose a su costumbre, Begunok
saludó con la trompeta y corrió al descampado. El toque de diana, vibrante y
dilatado, desgarró el silencio, pero apenas sonó la primera nota, sucedió en el
campamento algo inexplicable, que impulsó a Zajárov a saltar del camastro. Era
una increíble mezcolanza de hurras, aplausos, gritos triunfales, carcajadas y
otros muchos signos de júbilo, insoportables de todo punto. Se advertía que las
chicas tomaban también parte en la algarabía. Zajárov se asomó, comprobando que
hasta los colonos más serios gritaban ¡hurra! y gesticulaban aparatosamente.
Los pequeños corrían por el campamento como locos. Kolka el médico dejó ver su
rostro enrojecido y gruñó: - ¡Vaya... unos golfos! ¡No do… dormían! Ante la
tienda del "Estado Mayor" se congregó al instante una multitud.
Volodia, con la expresión más ingenua, iba ante la hilera de tiendas repitiendo
la diana. Zajárov se acomodó las gafas y dijo: - ¡Fijaos qué bien! Habéis
dormido y descansado; ahora podéis reanudar el trabajo con nuevas fuerzas: Los
colonos rieron francamente, aunque nadie discutió que dormir después del
almuerzo fuese útil. Al día siguiente, la siesta comenzó sin novedad. Pero al
cabo de diez minutos Zajárov sorprendió a Vania Gálchenko y a Filka en el
apogeo de un
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divertidísimo juego: después de escabullirse de la tienda por debajo de la lona
trasera, se derribaban y cantaban victoria alternativamente. De su peso se cae
que no emitían palabra alguna, pues corría la hora de la siesta, pero su jadeo
y otros sonidos, que lo mismo podían ser amenazas que expresiones de triunfo,
se oían en el campamento entero. Zajárov, de pie a su lado, los miraba
reprobatorio. Filka fue el primero en advertir el peligro y, poniéndose serio,
se levantó descontento del suelo, contra el que tenía apretado a Vania. Su
expresión daba a entender que nadie podía abrigar la menor duda de que él no
tenía culpa de nada; la culpa era de unas fuerzas malignas contra las que Filka
nada podía hacer, aunque las condenaba desde el principio. Vania se asustó de
verdad y, mirando desconcertado al director, esperaba el castigo. Zajárov se
dirigió a Filka: - ¡Magnífico! Naturalmente, tratarás de justificarte. Filka
hizo oídos de mercader a tan clara alusión. - ¿Por qué no discutes? -susurró
Zajárov. Filka replicó, también muy bajo: - ¿Para qué voy a justificarme, si de
todas maneras tendré que cargar con la culpa? - Lo mismo pienso yo. ¿Ves al
centinela? El no puede descansar. Ve a relevarlo y que se vaya a dormir la
siesta. Tras el ángulo de una tienda se veía a Semión Gaidovski, con su fusil,
al amparo de un sombraje de madera en forma de hongo. Filka miró a Gaidovski y
replicó ceñudo: - Semión tampoco quiere dormir. - ¿De dónde lo sabes? - Porque
nadie quiere. - Lo que yo veo es que vosotros queréis menos que todos. Ponte de
centinela hasta el final de la siesta. - Pero si no he sido solo. - Bueno, pues
repartíos la guardia. Resumiendo: relevad a Semión. Filka y Vania levantaron la
mano a un tiempo y dijeron: "¡A la orden!" Zajárov volvió a su
tienda, y de nuevo se hizo en el campamento un silencio sepulcral. Esta vez
fueron muchos los colonos que se quedaron dormidos: por muy tozudo que uno sea,
no es posible mantenerse mucho tiempo acostado con los ojos abiertos. Vania fue
el primero en montar la guardia. Al principio le pareció que también era dulce
la vida bajo el hongo de madera, con el fusil al hombro. Pero la soporífera
quietud del campamento era tanta y armonizaba tan bien con el tórrido sol, que
pronto se sintió aburrido. Sosteniendo el fusil con una mano, empezó a dar
lentos paseos por el campamento. Miró a la izquierda y observó que unas piernas
y unos pies descalzos asomaban de la trasera de la tercera tienda. Vania se
detuvo y siguió observando. Los pies yacían inmóviles y daban motivo para pensar
que su amo
142
dormía también la siesta, pero el movimiento casi imperceptible de la blanca
lona de la tienda permitía adivinar que estaba haciendo algo. Al cabo de un
minuto, las piernas se movieron en la hierba, y de debajo de la tienda apareció
un trasero con calzón corto y, luego, una espalda desnuda, seguida de una
cabeza pelirroja. Ryzhikov miró primero a Vania con fijeza, después adoptó un
aire soñoliento y, por último, puso la vista en el cielo, como si no hubiera
advertido la presencia del pequeño. Mientras tanto, sus brazos volvieron a
arrastrarse por tierra y se ocultaron en la tienda. Vania se llegó a él con el
fusil. - ¿Qué haces aquí? -le preguntó muy quedo. - ¿A ti qué te importa?
-replicó Ryzhikov, quedamente también. - Esta es la tienda de la décima
brigada. ¿Por qué estás aquí? Ryzhikov sacó perezosamente los brazos de la
tienda y se desperezó plácidamente, antes de decir: - Es que... me gusta
dormir... al aire libre. - Vete de aquí -ordenó Vania. De pronto, Ryzhikov se
despabiló verdaderamente y, mirando a su alrededor con ojos de sueño, exclamó:
- ¡Fíjate dónde he venido a parar! ¡Vaya... sí que tiene gracia! Ryzhikov se
levantó con desgana y se encaminó a la tienda de la primera brigada, murmurando
y mirando a todas partes. Tal vez quisiera descubrir las misteriosas fuerzas
que, inadvertidamente, lo habían llevado a una tienda extraña. Vania lo siguió
con ojos de asombro y, una vez que lo perdió de vista, se agachó con rapidez,
levantó el borde de la tienda y miró dentro. En la décima brigada dormía todo
el mundo. Junto al borde mismo yacían en tierra unos pantalones y, al lado, un
portamonedas negro. Vania bajó la lona y se reintegró muy preocupado a su
puesto. 9. El abuelo irascible. En la cuarta brigada aumentaban a diario las
inquietudes e impresiones, sin hablar ya de los asuntos relacionados con la
vida diaria de la colonia, pero las almas de los pequeños, incansables, todo lo
encajaban y digerían. Las piernas era lo único que llegaba rendido al
atardecer, y Filka lo atribuía a que andaban descalzos. Hacía mucho que los
albañiles habían terminado los muros y trabajaban ahora en el garaje, en los
cimientos para las máquinas y en una complicadísima cámara secadora que
funcionaría en la nueva y espaciosa fundición. Por encima de los muros andaban
los carpinteros y techadores. Dem recorría muy disgustado la colonia,
quejándose al primero que encontraba: - Déficit, un déficit completo de mano de
obra: los carpinteros, déficit; los hormigoneros, déficit; hasta los peones,
imagínese, son deficitarios.
A. S.
Makarenko Dem habló del déficit general incluso a los chicos de la cuarta
brigada y añadió: - Para que veáis, camaradas colonos, hasta qué punto se ha
echado a perder la gente. Con lo perentorias que son nuestras obras, y todos
quieren irse al Turbinstrói. No hablan de otra cosa, y todos tienen pensado
largarse allí, porque... claro... incluso les dan ropa de trabajo... La cuarta
brigada no podía compadecerse de Dem: ¡Turbinstrói! ¡Aquello no era cosa de
broma! ¡Turbinstrói! La palabra sonaba majestuosa y solemne, y los pequeños
preguntaron a Dem: - ¿Y eso, dónde es? Dem movió los poblados bigotes, y sus
ojillos redondos se entornaron, mirando a los chicos con expresión de dolor: -
Pues, en todas partes. Ya veis, ahora se necesita un cubilote... - Espere,
¿dónde está ese... Turbinstrói? Dem cayó de pronto en la cuenta de que era
inútil hablar con los chicos, pues le iban a hacer mil preguntas tontas sobre
el Turbinstrói, que para él sólo revestía importancia como punto que se le
llevaba la mano de obra. Siguió su camino, después de haberles complicado un
poco más la vida a los chicos, ya que al Turbinstrói había venido a añadirse el
cubilote. Esta palabra, que sonaba hacía tiempo en el mundo, era la más bella y
la más metálica; había salido incluso en versos, pero parecía algo muy lujoso e
inaccesible. Y Dem hablaba de ella como de la cosa más ordinaria: ¡había dicho
que se necesitaba... un cubilote! A diario se recibían máquinas. Las traía
Piotr Vorobiov, cuidadosamente embaladas, en el camión. Salomón Davídovich, que
solía hallarse en algún retirado taller, era el último en conocer la llegada
del vehículo. Asustado, aparecía a la carrera y levantando los brazos con gesto
de espanto, gritaba a voz en cuello: - ¿Qué hacéis? ¿Qué hacéis? El anciano se
abría paso por entre la multitud agolpada en torno a la camioneta y exclamaba,
sin llevarse siquiera la mano al viejo corazón ni tomar aliento: - ¡Ya os
estáis bajando del camión! ¡Esto no es una cabra cualquiera, sino una Wanderer!
La cuarta brigada, siempre la primera en llegar a las máquinas, respondía: -
¡Nosotros la descargaremos, Salomón Davídovich, nosotros la descargaremos!
Salomón Davídovich adelantaba, altanero, el labio inferior y decía: - ¿Cómo os
atrevéis a decir eso? ¿Quién os va a permitir descargar maquinaria importada?
¿Dónde se han metido los mayores? Pero la generación mayor -Nesterenko, Kolos,
Porshniov y Sadóvnichi- acudía ya, presurosa, hacia la camioneta. Salomón
Davídovich les hablaba casi
Banderas
en las torres como a iguales: - Tenga la bondad, camarada Nesterenko. Ya
comprende usted que se trata de una fresadora universal Wanderer, haga que se
marchen de aquí estos chicos. Nesterenko hacía unas señas con las cejas, y los
pequeños se apeaban rápidos de la camioneta para observar, pacientes, cómo el
enorme cajón, sostenido por los mayores, descendía suavemente al suelo. Se
abría el chirriante portalón del depósito, y los mayores sacaban de allí
palancas y rodillos. Había ya trabajo para todos. Cuando los pequeños se
abalanzaban hacia las palancas, Nesterenko fruncía contrariado el entrecejo,
pero su enojo tomaba luego formas admisibles: - ¿Qué vas a hacer con las manos?
¡Hay que empujar con la barriga, con la barriga! La cuarta brigada en pleno
pataleaba, arrugando frentes y narices. El cajón, que pesaba unas cincuenta
arrobas, se elevaba lo suficiente para meterle debajo un rodillo. Nesterenko
reía: - ¿Cuántos chiquillos tocan por kilogramo? ¡Lo menos diez! Cuando el
cajón con la Wanderer se ocultaba en la penumbra del depósito y el guarda
echaba con agradable chirrido cerrojo y candados, la cuarta brigada volvía a
sus asuntos cotidianos, discutiendo por el camino: - ¡Es una fresadora! -
Arreglado estás tú, ¡una fresadora! No es fresadora, sino una fresadora
universal. - Lo de universal es diciéndolo por lo fino, pero sin finuras se
llama fresadora a secas. - ¿Qué sabes tú? ¡A secas! Hay fresadoras verticales,
las hay también horizontales, y ésa es universal. - ¡Vaya un fresador I
¡Vertical I ¿Tú sabes lo que quiere decir vertical? - ¡Vertical! ¿Qué no lo sé?
- ¿Qué quiere decir vertical? A ver, explícalo. - Vertical quiere decir así,
¿lo ves? El dedo, algo sucio, se alzaba ante las narices de los oyentes y
después adoptaba una posición horizontal. - ¿Y universal? - Pues universal,
eso... es de otra manera... - ¿De ésta? - ¡Qué va a ser de ésa!... - ¿No será
de ésta? - ¿Por qué te das tanta importancia, Kolka? ¡Si es así!, ¡si es
asá!... Te digo que es universal, y tú venga a darle vueltas al dedo. Si no lo
crees, pregúntaselo a Salomón Davídovich. Pero Salomón Davídovich no tenía
tiempo ni para respirar, y a la cuarta brigada le ocurría lo mismo. Apenas
habían terminado de hablar de la Wanderer, cuando llegaban otras máquinas, más
famosas aún. Cada una llevaba consigo no sólo un nombre raro,
143
sino multitud de motivos de discusión. La disputa en torno a las pulidoras, por
ejemplo, duró una semana entera, y llegó a tal extremo, que una tarde Zirianski
hubo de amonestar a toda la brigada: - ¿Qué hacéis, discutiendo sin parar?
Grita que te grita desde por la mañana, no dejáis hablar a nadie. - ¿Por qué
dice éste que la pulidora sirve para dar brillo? ¿Acaso es para eso? Es para
dar precisión, y con el brillo no tiene nada que ver. Llegaban también
ingenieros, más difíciles aún de comprender que las máquinas. El único claro
era Vorgunov, pues se veía en seguida que era el ingeniero jefe. Pasaba junto a
los chicos con su figura pesada, un tanto sombría, un tanto hosca, y ¿quién iba
a adivinar si había que saludarlo o no? A nadie miraba, a nadie sonreía, y si
alguna vez lograban oírlo hablar con alguien, despedía por la boca rayos y
centellas. En cierta ocasión, detuvo una vez en el patio al ingeniero
Grigóriev, un joven muy peripuesto, y le gritó: - ¡Vaya usted al diablo!, ¿me
entiende? ¿No me había dicho usted que dentro de tres días estarían los planos?
¿Dónde están? Grigóriev se llevó las manos al pecho y trató de justificarse con
voz chillona: - Piotr Petróvich, no han llegado las Hildemeister, ¡qué culpa
tengo yo! Vorgunov inclinó la pesada cabeza y dijo resoplando indignado: - ¡Es
intolerable! En la fábrica de construcción de máquinas hay dieciocho
Hildemeister. Vaya ahora mismo y tome las dimensiones. ¡Que los cimientos estén
preparados dentro de una semana! - ¡Piotr Petróvich! - Dentro de una semana,
¿me oye? Sus últimas palabras tenían tanto de rugido, que no sólo se asustó
Grigóriev, sino hasta los propios chicos. Estos lanzaron al ingeniero jefe una
mirada de temor y hostilidad, y él los miró como a trastos cargantes que se le
enredasen entre los pies. Vitia Torski contaba que, por las tardes, en el
despacho de Zajárov, Vorgunov y los demás tenían grandes trifulcas. Se mezclaba
en ellas Salomón Davídovich, a quien la invasión de los ingenieros le parecía
un lujo demasiado caro y no siempre podía reprimir unos suspiros de
reconvención: - ¡Hay que ver el trabajo y el sudor que nos ha costado cada
kopek, cada kopek! Y ahora vienen con sus manos muy limpias y, ¡a mandar!
¡Oficina de diseños, patrones-guía, instrumentos de medir, laboratorio, ingenieros!
¡Cuántos ingenieros! ¡Qué horror! Vorgunov lo escuchaba con gesto de indolente
desprecio y respondía a media voz: - ¡Filosofía provinciana de lo más
ordinaria! Somos verdaderos maestros en el arte de ahorrar dinero kopek a
kopek. De seguro que lo habrá juntado en una media, ¿no es verdad, Salomón
144
Davídovich? - A usted bien que le dan nuestro dinero en el Banco del Estado. ¿A
qué nos viene, pues, con medias? - Déjeme en paz con su dinero, se lo ruego.
Estoy construyendo la fábrica para el Estado y no para usted. - El Estado es
una cosa, y los colonos, otra. Usted construye la fábrica para los colonos,
sépalo. Y si no quiere usted enterarse de que existen... - ¡Ay, déjeme
tranquilo! ¡Lo que me preocupa es la calamidad ocurrida con los cimientos! Iván
Semiónovich, ¿dónde encontró usted a ese idiota, a ese moreno? ¿Le encargó
usted que marcase el acero? Inquieto, el joven ingeniero Iván Semiónovich
Komarov levantó hacia Vorgunov la cabeza. - Sí, le dije que lo marcara con
pintura gris y amarilla. - Pues él ha ido y lo ha pintado de un extremo al otro.
Komarov palideció, lanzó una exclamación y salió corriendo del despacho.
Vorgunov fijó sus ojos cansados en un ancho cuaderno de notas, arrugó de pronto
el entrecejo, masculló algo, furioso, y salió detrás de Komarov. - ¡Qué abuelo
más irascible! -comentó Torski. Zajárov lo corrigió, sin suspender el trabajo:
- No irascible, sino apasionado, Vitia. - ¿Apasionado? ¿Por qué? -
Apasionado... por la idea. 10. ¡Como grita! Los partes de guerra seguían
saliendo a diario, y a diario encontraba Igor Cherniavin nuevas tintas para
describir las hazañas de los colonos. A partir del momento en que fue admitido
en el Komsomol, solían aparecer en los partes de guerra líneas como éstas:
"Nuestro flanco derecho, poseedor de la bandera roja, en su lucha por la
industrialización del país y por el fortalecimiento de su capacidad defensiva
ha descargado un nuevo golpe al enemigo en retirada..." "¡Camaradas
colonos! Nuestras victorias en el frente se consolidan. Hoy han llegado a la
colonia seis tornos de la fábrica El proletario rojo. Los camaradas mayores han
fabricado estas máquinas para ayudamos a acabar definitivamente con nuestro
atraso técnico". "¡Camaradas combatientes! ¿Visteis ayer las
pulidoras Samson Werke con mesa magnética? En nuestro país no se sabe todavía
hacer máquinas como éstas, pero mañana sabremos. ¡Alcanzar y sobrepasar!
Tampoco se construyen en la Unión Soviética aparatos eléctricos, pero mañana se
construirán en la colonia. Nuestro enemigo -el atraso técnico- ha retrocedido
hoy, ante el empuje
A. S.
Makarenko de nuestras fuerzas, hasta la línea del 12 de agosto. Un esfuerzo
más, y abriremos una brecha mortífera en las filas adversarias: quebrantaremos
su producción capitalista liberando a nuestro país de la importación de
aparatos eléctricos". "¡Colonos, leed la prensa! Por ella os
enteraréis de las victorias que obtiene la clase obrera de la Unión Soviética.
Nuestro frente es tan sólo un minúsculo sector del frente socialista, pero
también es muy importante avanzar en los sectores pequeños. El flanco izquierdo
-los carpinteros- ha avanzado hoy en 28 días. ¡Vivan los carpinteros gloriosos
combatientes de la ofensiva socialista!" Aunque el "parte de
guerra" lo publicaba el Estado Mayor de la emulación, ningún colono
ignoraba que el alma de dicho Estado Mayor era Igor Cherniavin, de cuya labor
estaban muy satisfechos. "¡Formidable!" -solían decir, sonrientes, al
encontrarse con Igor. A veces, Cherniavin colocaba junto al "parte"
algún otro cartel que contenía retratos, planos, dibujos y caricaturas. En el
buró del Komsomol no veían eso con buenos ojos y le reprochaban: - Materiales
de ese género deben publicarse en el periódico mural, y no en el parte. Así se
nos amurriará el periódico, y tú todo lo metes en el parte. ¡No hay que barrer
sólo para adentro! Aunque Igor acataba tales directrices, a menudo era difícil
contenerse. Jean Grif y Petrov II, de la novena brigada, y Krúxov, de la
séptima, ya un poco presuntuosos, acababan de unirse, formando una pequeña
oposición llamada por los colonos "kruxismo", por el nombre de su
cabecilla. Los kruxistas, fuerza es reconocerlo, trabajaban concienzudamente,
pero en las conversaciones vespertinas difundían la especie de que construir la
fábrica de instrumentos eléctricos era una empresa baldía; que las fábricas de
este tipo debiera construirlas el Comisariado del Pueblo de la Industria
Pesada; que los colonos tenían otras cosas de qué ocuparse; Petrov II, el cine;
Jean Grif, la música, y Krúxov, la gimnasia. Igor Cherniavin se pasó con
Málenki una noche entera, y a la mañana siguiente el parte apareció dentro de
un marco precioso. En el cartel no se decía una palabra de los kruxistas; sin
embargo, en un dibujo magníficamente hecho se veía una ciudad maravillosa, con
altas torres; junto a sus muros se estaba librando una cruenta batalla; filas
de combatientes avanzaban escalonadas bajo la roja bandera, perdiéndose entre
el humo de las explosiones y en la confusión de un ataque a la bayoneta. No era
difícil identificar el ejército de los colonos, con sus cuellos blancos y sus
distintivos en las mangas. A retaguardia, en medio de unos idílicos arbustos,
veíase un convoy de carros con gente sentada encima. Uno llevaba un aparato
Banderas
en las torres cinematográfico; otro, un trombón, y el tercero, un balón de
fútbol. Los rostros habían sido dibujados con todo esmero, y sin gran esfuerzo
se podía reconocer a Petrov II, a Jean Grif y a Krúxov. Como es de suponer,
junto al cartel hubo todo el día multitud de gente, que reía haciendo
observaciones más o menos ingeniosas y nuevas propuestas. El triunvirato
kruxista presentó en la asamblea general una protesta enérgica. Krúxov se
expresó así: - ¿Por qué ha de escribir Cherniavin lo que le venga en gana?
¿Cuándo me he quedado yo en retaguardia? Yo sobrepaso en mi máquina el plan en
treinta por ciento. Y si alguna vez dice uno tal o cual tontería, eso no son
más que palabras. - Por tus palabras precisamente se han metido contigo -repuso
Torski-. ¿Por qué, si no, ha sido? - Por las palabras, claro -reconoció
Krúxov-, pero no es para tanto... Krúxov consideraba que se habían metido
demasiado fuerte con él. Pero en la asamblea al trío le zumbaron todavía más
duro. Zirianski los atacó con verdadera saña: - Por palabras como ésas habría
que quitaros del trabajo. ¿De manera que no necesitáis la fábrica? ¿No la
necesitáis? ¡Pues contad, papanatas, los cines, las orquestas y los clubs
deportivos que tenía la clase obrera antes de la Revolución! ¡Contadlos,
alcornoques! Con los bienes que os han dado, y ni siquiera sabéis quién os los
dio. Si no tenemos fábricas como ésa, fábricas muy buenas, no quedarán ni los
rabos de vuestra música ni de vuestro deporte. Propongo que se les quite del
trabajo en la fábrica y se les ponga de peones, para que sepan lo que es bueno.
Petrov II se atemorizó más que ninguno: - ¡Camaradas, camaradas! ¿He dicho yo
algo en contra de la fábrica? ¡Ya veréis cómo trabajo, ya lo veréis! Krúxov se
arrepintió también de lo que había dicho y pidió que se le perdonaran sus
manifestaciones y que los colonos dejasen de hablar del "kruxismo":
aquello sonaba muy ofensivo. Después del incidente, creció a ojos vistas la
autoridad de Igor Cherniavin, que se percató de la gran obra que realizaban sus
"partes de guerra". La empresa de Salomón Davídovich vivía sus
últimos días. El "estadio", ennegrecido por las vicisitudes del
invierno, se tambaleaba cuando le arremetía un viento fuerte. En el taller de
mecánica se dejó con toda desfachatez de hablar de reparaciones generales o de
cualquier otra índole. Las transmisiones, semejantes a una escombrera de
chatarra, se mantenían atadas con alambres herrumbrosos y hasta con cuerdas.
Las "cabras" se desmoronaban a ojos vistas, los carros-soporte se torcían,
y los mandriles, descentrados, bailoteaban y emitían un peligroso ruido. Sin
embargo, los colonos
145 no
importunaban ya a Salomón Davídovich con sus quejas. En silencio, o riendo,
ajustaban de cualquier modo el desencuadernado cuerpo de la máquina y volvían a
ponerla en marcha. Por aquella época, los torneros habían llegado a adquirir la
destreza manual de un prestidigitador: hasta Volonchuk, profundo conocedor de
los secretos de la producción y curado de espanto, se quedaba a veces suspenso
y admirado ante la destreza de un Petia cualquiera. Petia se convertía durante
cuatro horas en una especie de nebulosa ante la máquina: tanta era la rapidez
de sus manos y pies y la celeridad con que vibraba todo su organismo en el
trabajo. Volonchuk se retiraba diciendo: - ¡Diantre!... ¡Vaya unos mozos más
avispados! Kréitser llegó una vez a la colonia y entró en el taller de
mecánica. Deteniéndose en el umbral, abrió mucho los ojos, los puso luego como
platos, abarquilló los labios y, por último, dijo como para su capote: - ¡Qué
gentuza! ¡A lo que han llegado! Hacia él se volvieron varias caras, que le
sonrieron al instante. Kréitser pasó al taller y levantó la cabeza. La
transmisión, giraba, temblona, encima de él; las correas, remendadas y
recosidas mil veces, chasqueaban chirriantes; del techo, estremecido al compás
de todo aquel sistema, caían los últimos vestigios del revoque. Kréitser
preguntó, señalando con el dedo: - ¿No se nos caerá encima? Sus ojos inquietos
y sorprendidos estaban fijos en Vania Gálchenko. Vania sacó una aceitera ya
lista, colocó otra, corrió el palo de la transmisión e hizo un gesto negativo
con la cabeza: no, no se caería. Kréitser miró a su alrededor desconcertado.
Volonchuk se le acercó lentamente. - ¿No se derrumbará eso? Volonchuk, poco
amigo de responder sin fundamento, alzó la cabeza y miró fijo la transmisión.
Estuvo mira que te mira, la examinó un poco de costado, torció los labios,
entornó los párpados y dijo: - Con el tiempo se caerá. Pero, de momento... se
puede trabajar... - ¿Y el techo? - ¿El techo? -Volonchuk volvió a levantar su
mirada parsimoniosa y escrutadora-. El techo apenas si se tiene, pero no se ve
que vaya a caer. Eso sucede muy rara vez. El techo... puede aguantar; claro
está, si las vigas están en condiciones. - ¿Hace mucho tiempo que las ha
revisado usted? - ¿Las vigas? No las he revisado. Mi asunto es la mecánica.
Kréitser clavó en Volonchuk una mirada irónica y se sonrió. - ¿De veras? Llegó
Salomón Davídovich y explicó a Kréitser que podrían construirse diez nuevas
fábricas antes de
146 que
se produjera la presunta catástrofe y que, aun cuando ésta aconteciese, la viga
no caería encima de los que trabajaban, pues empezaría por doblarse y
resquebrajarse. Kréitser no dijo nada y se encaminó a la sección de montaje.
Allí no había techo alguno, ya que se trabajaba al aire libre. Igor Cherniavin
no afinaba ya travesaños; lo que hacía era ensamblar las "aspas" de
las mesas de delinear: la operación más difícil y de mayor responsabilidad.
Tenía desmelenado el pelo y tiznada la cara, pero sus labios conservaban la
expresión irónica de siempre. Con diestro ademán, tomaba la pieza necesaria, le
dirigía una ojeada crítica y la encolaba de dos certeros pincelazos; luego,
como por arte de magia, desaparecía de su mano el pincel, para ceder su puesto
al martillo de madera, y la espiga de una pieza penetraba en la caja de la
segunda; seguía un recio e inesperado martillazo, y de nuevo aparecía en sus
manos una pieza, y de nuevo el martillo se abatía amenazante. Las manos de Igor
se movían precisas y acompasadas, sus ojos apenas se detenían en las piezas de
roble; pero, de pronto, una de ellas caía en el montón de los desechos, y
Cherniavin, sin detenerse, gritaba a Shtével: - ¡Señor! ¡Otra espiga tragada
hasta la mitad por la máquina! Hoy he tenido que tirar unas veinte placas
transversales. ¿Están durmiendo aquellos angelitos? Igor saludó a Kréitser al
notar su presencia. Kréitser respondió con pausado movimiento y preguntó: -
¿Qué tal marcha el flanco izquierdo? - ¡Hemos adelantado a los metalúrgicos,
Mijaíl Osipovich! - De todos modos, no aguantaréis hasta fin de año. - ¿Que no?
Lo que no aguantará será el "estadio". Los metalúrgicos también están
en una mala situación. Esos no aguantarán. Hay que terminar cuanto antes la
nueva fábrica. - ¡Cuanto antes! ¿Y los trescientos mil rublos? - Estamos ahora
en la línea del 19 de agosto. Dentro de tres meses, cumpliremos el plan del
año. Según el plan, tendremos un beneficio de cuatrocientos mil rublos, y hay
algunas otras economías. Kréitser miró a Igor como a un igual; quedó pensativo
un instante, escrutó tristemente los alrededores y dijo suspirando: - Tres
meses... me temo que... no aguantéis. - A nosotros nos sobran agallas, pero a
las máquinas no... - Sí... La cuarta brigada tenía, además, otro asunto entre
manos. Aquella misma noche, Vania refirió la extraña siesta de Ryzhikov. La
brigada oyó la información conteniendo el aliento. Zirianski, ceñudo, no hacía
más que tirarse de la oreja. El acuerdo adoptado fue
A. S.
Makarenko no levantar ruido y continuar observando. Tan sólo Volodia Begunok
exigió que se pasase a la acción sin demorarlo. Decía, vuelto su curtido rostro
hacia sus compañeros: - Ya hemos observado bastante. Lo vimos borracho, le
enseñamos la caja de cigarrillos, ahora lo hemos vuelto a pillar, y resolvemos
seguir la observación. Y él continuará roba que te roba. Por eso propongo que
lo digamos mañana en la asamblea general... - ¿Y luego, qué? -preguntó Filka. -
¿Cómo qué? - Dirá que se echó a dormir al aire libre, y asunto concluido. - ¿Y
por qué tenía la mano metida debajo de la tienda? - ¿Qué vas a demostrar tú con
eso? Dirá que, cuando uno duerme, no sabe donde tiene la mano. - ¿Y la cabeza?
- ¿Con qué lo puedes demostrar? - Vania lo vio. - Vania no vio nada. Vio las
piernas, la cabeza y el portamonedas todo por separado. - ¿Y tú necesitas que
estuviera todo junto? - ¡Pues claro! ¿Qué te crees? Habría que haber visto el
portamonedas junto con la mano. Intervino Zirianski: - No os acaloréis, muchachos.
Tampoco podemos salir, sin más ni más, diciendo en la asamblea general que
Ryzhikov es un ladrón. ¡A Vania se le puede haber antojado todo eso! Quizá
Ryzhikov no sea un ladrón, ni mucho menos. ¿Lo han sorprendido aunque sea una
vez? No. En cambio, él pilló a Podvesko. Lo pilló y lo denunció a la asamblea
general con todas las pruebas. ¿Qué pruebas tenéis vosotros? ¿La de que os
encontrasteis una cajetilla de cigarrillos? Se reirán de vosotros y os
preguntarán qué gusto le sacáis a andar por los basureros recogiendo
cajetillas. Vania no ha visto hoy más que a Ryzhikov durmiendo y un
portamonedas en el interior de la tienda. En la tienda puede haber muchas
cosas, y ¿por eso va a ser un ladrón todo el que pase por su lado?, ¿eh? El
argumento era incontestable, y Begunok cedió. Pero en la colonia menudearon
otra vez los robos; robos de menor cuantía, es cierto, mas no por ello menos
desagradables: un portamonedas, un cortaplumas, un pantalón nuevo, una máquina
de fotografiar y otros objetos. Todo ello desaparecía en silencio, sin ruido y
sin dejar rastro. El jefe de guardia informaba al director por la tarde.
Zajárov, inmutable, contestaba: "Está bien", y ni siquiera pedía
detalles del suceso. Los jefes de brigada se separaban, taciturnos, y los colonos,
en los dormitorios, procuraban no hablar de los robos. Sin embargo, ni en los
dormitorios ni en ninguna otra parte olvidaban la plaga que había caído sobre
la colonia: se hicieron más frecuentes las miradas fijas
Banderas
en las torres y recelosas a tal o cual compañero. Zajárev apenas bromeaba. En
junio comenzaron a desaparecer instrumentos: cuchillas caras, pies de rey y
decenas de aceiteras de cobre. Salomón Davídovich pidió de buenas a primeras la
palabra en la asamblea general y dijo: - Un pequeño asunto. A mis años, me
asombro de una cosa: sois buenos trabajadores y ciudadanos soviéticos y traéis
a las asambleas todas las menudencias. Me interesa saber por qué no habláis
nada de los robos. ¿Cómo se explica eso? Ofensiva en el frente, el flanco
derecho empuja al enemigo, construimos una nueva fábrica, queridos camaradas,
y... ¡figuraos, robamos instrumentos en nuestra propia fábrica! Mucho habéis
protestado contra las cuchillas malas. Pues bien, ¡ahora que son buenas, las
roban! El camarada Zorin dijo una vez que las máquinas malas son enemigos.
Admitamos que lo sean. ¿Y el que roba los instrumentos, qué es? ¿Por qué no
habláis de estos enemigos? Salomón Davídovich, extendidos los brazos, miró con
ojos tristes a la asamblea. - ¿O es que no sabéis lo que cuesta conseguir
buenas cuchillas? - Lo sabemos -respondió uno. Todos los demás miraban al jefe
de producción, pero miraban sus botas viejas y maltrechas, cubiertas del polvo
de todas las secciones y de todos los senderos que había entre ellas. Salomón
Davídovich calló, volvió a mirar asombrado a todos los muchachos, se encogió de
hombros y se dejó caer en la silla. Quiso decir algo a Zajárev, pero el
director meneó la cabeza y puso la vista en el suelo, como diciendo: "No
quiero oír nada". Vitia Torski también bajó los ojos y preguntó sin alzar
la voz: - Camaradas, ¿hay alguien que quiera hablar de este problema? Nadie
contestó al presidente aunque fuese con la mirada; alguien cuchicheó con el
vecino; las muchachas, en apretado racimo, callaban ruborizadas. Klava
Kashírina se volvió colérica hacia una de sus compañeras para que no le
impidiese escuchar. Torski esperaba, golpeándose la mano con los papeles de los
partes. Y en el preciso instante en que su espera se iba haciendo ya agobiadora
y hasta embarazosa, Igor Cherniavin se levantó de su asiento: - Salomón
Davídovich lo ha dicho muy bien: ¿por qué callamos? - Habla en singular y di
por qué callas tú. - Yo no callo. - Magnífico -dijo Torski-. Habla, Cherniavin.
- Yo no sé quién es el ladrón, pero pido a Ryzhikov que se explique. - ¿De qué
acusas tú a Ryzhikov? Igor dio un paso adelante, se turbó un segundo y luego
blandió el puño con energía, diciendo:
147 -
¡Da igual! Estoy seguro de que llevo razón. ¡Lo acuso de los robos! Los colonos
permanecieron sentados; ninguno volvió la cabeza hacia Cherniavin; nadie emitió
una sola palabra ni se alegró. En medio de un silencio absoluto, Torski
preguntó: - ¿Qué pruebas tienes? - La cuarta brigada tiene pruebas. ¿Por qué
calla la cuarta brigada, sabiéndolo? La cuarta brigada rumoreó nerviosa.
Volodia Begunok levantó la trompeta: - ¡Pido la palabra! - Habla. Esta vez,
rumoreó la asamblea entera: la cuarta brigada no era ya Cherniavin solo;
seguramente, la brigada sabía algo. Volodia se levantó, pero Zirianski le tomó
la delantera: - ¡Torski! ¡El jefe de la cuarta brigada está aquí! - Perdón...
Zirianski tiene la palabra. Zirianski miró a Igor. Después de una breve vacilación,
dijo con seguridad: - El camarada Cherniavin se equivoca. La cuarta brigada no
sabe nada ni tiene de qué acusar a Ryzhikov. Igor palideció, turbado; sin
embargo, recobrándose de pronto, halló fuerzas para decir en tono burlesco: -
Aliosha, según parece, Volodia Begunok, piensa de otra manera. - Volodia
Begunok tampoco sabe una palabra ni piensa de otra manera. - Pues... que lo
diga él. Zirianski accedió, con gesto displicente: - Preguntádselo, si queréis.
Volodia se levantó de nuevo, tan azorado esta vez, que no sabía si colocar la
trompeta en un peldaño o quedarse con ella en la mano. Mirando en derredor
suyo, emitía sonidos ininteligibles. - Habla, Begunok -lo animó Torski-. ¿Qué
sabes tú? - Yo... ya... Aliosha... lo ha dicho. - ¿De modo que no sabes nada? -
Nada -murmuró Begunok. - ¿Y qué querías decir antes? - Quería decir... que no
sé nada. Torski miró atentamente a Volodia. También lo hicieron los restantes
colonos. Torski dijo: - Siéntate. Volodia se sentó encendido de vergüenza:
bochorno como aquél no lo había sufrido nunca en la colonia. Igor continuaba de
pie ante su asiento. - ¿No tienes nada más que decir, Cherniavin? Puedes
sentarte... Igor cazó al vuelo una mirada cálida e inquieta de Oxana, apretó
los labios y se encogió de hombros. - De todos modos -dijo-, afirmo que quien
roba en la colonia es Ryzhikov. ¡Y siempre lo sostendré! Las
148
pruebas... ya las presentaré. Igor tomó asiento. Le ardían las orejas. Torski
se puso serio, pero no en vano llevaba dos años presidiendo las asambleas
generales. - Acusaciones como ésas -concluyó- no podemos admitirlas sin
pruebas. Tú, Ryzhikov, debes considerar que nadie te ha acusado de nada. En
cuanto a la conducta de Cherniavin, se tratará en el buró del Komsomol. Se
levanta la... - ¡Pido la palabra! La asamblea entera se volvió, emocionada, en
una dirección: Ryzhikov acababa de pedir la palabra. Se mantenía erguido y
sereno, y su aspecto ganaba mucho gracias a la apostura que había adquirido en
la colonia. Con lento ademán, se echó hacia atrás el cabello, ahora crecido, y
comenzó, mesurado: - Cherniavin sospecha de mí porque conoce mis andanzas anteriores.
Pero se equivoca. En la colonia no he robado ni robaré nada. No podrá presentar
ninguna prueba. Y ahora, si queréis saber quién es el que roba, registrad el
cajón de Levitin. Hoy le han faltado a Volonchuk dos llaves francesas. Yo iba
por la sección de mecánica y vi a Levitin esconderlas. No tengo más que decir.
Ryzhikov se sentó muy tranquilo. Aquel instante fue el comienzo del estallido.
La reunión se prolongó mucho. Trajeron las llaves, que, en efecto, estaban,
bajo candado, en el cajón de Levitin: eran las mismas que le habían
desaparecido a Volonchuk. Levitin, temblando de pies a cabeza, lloraba
amargamente en el centro y juraba que no había robado las llaves. Eran tales
sus llantos y su nerviosismo, que Zajárov ordenó suspender el interrogatorio y
mandó a Levitin a que lo viera el médico. Acompañado de la pequeña Lena
Ivanova, delegada de la comisión sanitaria, pasó con su ruidosa pena por el
corredor, junto al centinela y por los senderos entre los macizos de flores. -
¡Cómo grita! -dijo en la asamblea Danilo Gorovói-. Pero con eso no engaña a
nadie. Gorovói se manifestaba tan de tarde en tarde y era tan callado, que en
la colonia se habían hecho a la idea de que su voz natural era el bajo que
tocaba en la orquesta. Sus breves palabras fueron interpretadas como expresión
del sentir general. Sonrieron todos, aliviados, quizá, al saber que, por lo
menos, había sido descubierto un ladronzuelo o porque les consolara un tanto
ver que lloraba su falta. De todos modos, serviría de escarmiento a los demás
ladrones: que vieran lo caro que se pagaban los delitos. Por último, había otro
motivo para sonreír: fuese cual fuese su pasado, Ryzhikov acababa de tener un
gesto tan noble como bello. Lejos de aprovecharse de la equivocación de
Cherniavin para enseñarse con él, había contestado brevemente y con respeto
para el camarada. Él, y sólo él, había descubierto por segunda vez las
verdaderas llagas de la colectividad; y lo había hecho de manera sencilla, sin
fatuidad,
A. S.
Makarenko como un auténtico camarada. Si la asamblea se prolongó, no fue para
buscar un castigo a Levitin. Mark Grinhaus dio a las deliberaciones mayor
profundidad, diciendo: - Es preciso aclarar a toda costa por qué comienzan a
robar del modo más inopinado muchachos como Levitin, que llevan tiempo en la
colonia y no había robado nunca. Quiere decirse que algo falla en la
organización de nuestra colectividad. ¿Para qué ha robado Levitin dos llaves
francesas? ¿Qué iba a hacer con ellas? ¿Venderlas? ¿Qué le iban a dar por ellas
y a quién se las habría vendido? Hay en todo este asunto algo más importante
que las llaves. Que hable Volenko; es jefe de una de las mejores brigadas, a la
que pertenece buen número de komsomoles. Que nos explique por qué han abandonado
de esa forma a Levitin. Viene a resultar que, en vez de educarse, Levitin está
estropeándose en nuestra colonia. Que Volenko nos lo explique. Volenko se
incorporó apesadumbrado. El hecho de que Levitin fuera también de la primera
brigada le impedía alegrarse, con los demás, de la inocencia de Ryzhikov. Quedó
de pie con una expresión de tristeza en el semblante, tristeza más acusada aún
por tratarse de un rostro hermoso y severo, que a todos gustaba en la colonia.
Tanto era su pesar, que daba lástima verlo, y los pequeños de la cuarta brigada
lo contemplaban con un velo de sufrimiento en sus ojos, puestos en él. - Yo
mismo no lo puedo entender, camaradas colonos. Nuestra brigada es buena, y en
ella están los mejores komsomoles. ¿Quién de los nuestros es malo? Nózhik, que
antes lo tomaba todo a broma, es ahora un camarada serio, y no podemos decir de
él ni una palabra desfavorable. ¿Levitin? Después de aquel caso, ¿os acordáis?,
está desconocido. Terminó el año escolar con sobresaliente en todas las asignaturas;
lee mucho, se ha hecho serio, puntual; en la sección de máquinas -que lo diga
Gorójov- es insustituible en la sierra de cinta. No comprendo, no me entra en
la cabeza por qué ha comenzado a robar. Levitin, habla tranquilo, no te pongas
nervioso, ¿qué es lo que te pasa? Levitin había regresado de su visita al
médico y, de pie junto a la puerta, tenía puestos los ojos, inertes, en el
brillante entarimado del centro. Sin contestar a Volenko, siguió mirando al
mismo punto. Los rostros de la cuarta brigada se volvieron de Volenko a
Levirtin. ¡Si, lo que pasaba en la primera brigada era penoso! Torski esperó un
poco y dijo sin alzar la voz: - Es verdad, Levitin, no te pongas nervioso.
Habla desde ahí mismo. El interpelado alzó la cara con desgana, miró al
presidente a través de las lágrimas que le anegaban los ojos y movió los
labios: - Esas llaves... no me las llevé yo. Yo no me he llevado nada.
Banderas
en las torres Los colonos miraron a Levitin, que, junto a la puerta, parecía
absorto en algún pensamiento, los ojos humedecidos por las lágrimas y fijos
nuevamente en el espacio vacío del piso. Tal vez se estuviese acordando del
reciente día en que el "parte de guerra" anunció: "... en el
flanco izquierdo, el educando Levitin ha cumplido hoy en doscientos por cien su
plan de trabajo en la sierra de cinta..." Los colonos lo miraban con
reprobación y perplejidad, no tanto por las llaves cuanto por no haber sabido
mostrarse digno. Igor Cherniavin arrugó el entrecejo; la cuarta brigada lo
imitó. Volenko, apoyados los codos en las rodillas, se pellizcaba el labio;
Zajárov puso la vista en la portada de un libro que tenía en la mano; los
colonos clavaron en él miradas expectantes; sin embargo, sus esperanzas fueron
vanas. Cuando todos se retiraron a dormir, Zajárov, sentado en su despacho,
apoyó la cabeza en el puño y quedó pensativo. Volodia Begunok tocó retreta,
asomó la cabeza y dijo en tono tristón: - Buenas noches, Alexéi Stepánovich. -
Aguarda, Volodia... Mira, dile a Levitin que venga, pero… llámalo de manera que
nadie advierta que viene aquí, ¿entendido? Por esta vez, Volodia no hizo su
negligente ademán de siempre: se cuadró y saludó muy marcial, como en
formación: - ¡A la orden! Levitin llegó con los ojos enrojecidos y se detuvo,
sumiso, ante la mesa. Volodia preguntó: - ¿Debo marcharme? - No... Haz el favor
de quedarte, Volodia. Begunok cerró con cuidado la puerta y se sentó en el
diván. Zajárov sonrió a Levitin y le dijo: - Escucha: las llaves no te las has
llevado tú ni has robado nunca nada. Lo sé perfectamente. Te tengo un respeto
grande, muy grande, y he de pedirte un favor: quiero que seas fuerte. Te ruego
que no pierdas el valor. Has sido acusado, y es una verdadera lástima, pero...
ya verás cómo se aclara todo. De momento ¿qué se le va a hacer?...
aguantaremos. Será incluso mejor, ¿comprendes? En las pupilas de Levitin
relumbró algo parecido a la alegría; sin embargo, había sufrido tanto aquella
tarde, que las lágrimas se le escaparon, resbalando lentamente. Sus ojos
miraban a Zajárov con esperanzada gratitud. - ¡Comprendo, Alexéi Stepánovich!
-dijo el muchacho-. Muchas gracias... Sólo que... todos van a seguir creyéndome
ladrón... - ¡Que lo crean, que lo crean! Y de lo que te he dicho, ni una
palabra a nadie, a nadie. Secreto absoluto. Lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe
Volodia. ¡Volodia, como te vayas de la lengua un tanto así, te
149
hago picadillo! Begunok no contestó a la amenaza más que mostrando el brillo de
los dientes. Levitin se enjugó las lágrimas, sonrió, hizo el saludo y salió.
Volodia se disponía ya a repetir sus buenas noches, cuando se abrió
sigilosamente la puerta y Ruslán Gorójov, asomando la desgreñada cabeza,
preguntó con voz ronca: - ¿Se puede, Alexéi Stepánovich? - Adelante. Ruslán, en
camisa de dormir, blandió el puño apenas hubo entrado. Al parecer quiso decir
algo, acompañando aquel movimiento, pero como no dijo nada, el puño hendió en
vano el aire. Lo levantó otra vez y tampoco pronunció palabra. Entonces volvió
hacia el diván su cara granulosa y seria. - Que se largue Volodia. - No...
Volodia es de confianza. Esta vez, el puño no cortó en balde el aire. - ¿Sabe
usted, Alexéi Stepánovich? Todo eso es... ¡un truco! Volodia rompió a reír
estrepitosamente en el diván. Zajárov se echó hacia atrás, rió también,
contemplando al admirado Ruslán, y terminó tendiéndole la mano: - ¡Venga esa
mano, camarada! Ruslán estrechó con sus ásperas manazas la mano del director, y
una sonrisa ancha dejó ver sus dientes. Zajárov levantó el índice de la otra
mano y advirtió: - ¡Sólo que, chitón, Ruslán! - Está claro, ¡chitón! -
¡Secreto! - ¡Secreto! - ¡A nadie! - Bueno, pero... ¿y Volodia? Este... es de
los que... - ¿Volodia? No lo conoces. ¡Volodia es una tumba! La tumba,
alborozada, echó por alto las piernas en el diván. Ruslán alzó y bajó el puño
una vez más y dijo: - Buenas noches, Alexéi Stepánovich. Un truco, ¿me entiende
usted? ¡Un truco! 11. Desbarajuste. Volenko, el jefe de la primera brigada, se
hizo cargo de la guardia en la colonia a las diez de la noche. Cambió los
centinelas del campamento y del vestíbulo, revisó los puestos en el patio de
trabajo y en los depósitos, dio una vuelta por las tiendas para inspeccionar si
había orden y se pasó otra vez por el edificio central, a fin de leer el menú
del día siguiente. Entró en el vestíbulo y, mirando al redondo reloj de pared,
quedó sorprendido: marcaba las diez y cinco. - ¿Qué pasa? -preguntó al
centinela. - Que no anda. Petrov II ha estado ya aquí hurgándolo. Dice que
mañana lo arreglará. - ¿Por qué no hoy?
150 -
Se ha tenido que llevar una pieza para soldarla... - ¿Y cómo vamos a levantamos
mañana? - Qué sé yo. Volenko meditó un instante y se encaminó a la tienda de
Zajárov, a quien dijo: - Alexéi Stepánovich, una desgracia: el reloj se ha
estropeado. - Toma el mío. Zajárov le tendió un reloj de bolsillo. - ¡Oh, es de
plata! - ¡Vaya un tesoro! - Quiérase o no, es de plata ¡Gracias! La mañana
acogió a los colonos con su luz y con un fresquillo sorprendente. Entornando
los ojos para preservarlos del sol, respiraban por la boca, a pleno pulmón.
Después se aclaró todo: el reloj se había estropeado, y Volenko mandó tocar
diana al azar, media hora antes. Estaba muy alterado: al pasar la revista,
saludó a las brigadas como si le costara trabajo hacerlo. Nesterenko le dijo: -
Vaya, hombre no tiene importancia que nos hayas levantado con media hora de
anticipación. Eso es bueno para la salud. Sin embargo, el jefe de guardia no
sonrió al oír la broma. Después del toque a desayunar, cuando los colonos,
vivarachos y animados, corrían hacia el comedor, Volenko, de pie en la
terracilla, parecía esperar a alguien y examinaba con ojos distraídos a los que
iban entrando. Por fin vio venir a Zirianski, uno de los últimos en llegar del
campamento, y le hizo con la cabeza una señal para que se apartase con él a un
lado: - Aliosha, permíteme un instante. Se retiraron hacia un arriate. - ¿Qué
hay? - Ha desaparecido... un reloj. El reloj de plata de Alexéi. - ¿El de
Alexéi? - Me lo dejó anoche... El nuestro no andaba. - ¿Será posible que lo
hayan robado? - No aparece por ninguna parte. - ¿Te lo han birlado del
bolsillo? - Lo tenía debajo de la almohada... - ¡Maldita sea! ¿Está todo el
mundo en el comedor? ¡A registrarlos inmediatamente! ¡Vamos! Volenko entró en
el despacho del director y se llegó hasta la mesa, mientras Zirianski esperaba
junto a la puerta. - Alexéi Stepánovich, alguien se me ha llevado su reloj. -
¿Quién se lo ha llevado? ¿Con qué fin? Volenko tuvo que hacer un esfuerzo para
dar salida a la repulsiva palabra: - Lo han robado. Zajárov, fruncido el
entrecejo, se sentó de costado. Al cabo de unos instantes, dijo: - ¿No habrá
sido una broma? - ¡Menuda broma! Hay que hacer un registro.
A. S.
Makarenko En el despacho entraron Zorin y Ryzhikov. Este dijo con jovial
desenfado: - Alexéi Stepánovich, Zorin lleva a la ciudad una partida de
mesas... Iré y a la vuelta traeré el cobre. Zirianski lo atajó enfadado: -
¡Déjate de cobres! De aquí no sale nadie. - ¿Por qué? Zajárov se levantó. - El
reloj -dijo- no vale tanto como para hacer un registro. ¿A quién vamos a
registrar? Volenko respondió: - ¡A todos! - ¡Tonterías! Eso no se puede hacer.
- ¡Eso hay que hacerlo, Alexéi Stepánovich! Ryzhikov miró a todos atemorizado:
- ¿Qué pasa? ¿Otro robo? - A mí me han robado... el reloj de Alexéi
Stepánovich... Zajárov se volvió de cara a la ventana, contempló pensativo los
macizos de flores y observó: - Si lo han robado, el ladrón no lo guardará en el
bolsillo. ¿Qué necesidad tenemos de inferir a todos esa ofensa? Zorin dio un
paso adelante y clavó los ojos en el director: - ¡No importa! ¡Hay que
revolverlo todo! ¡Toda la colonia! ¡Ya estamos hartos! - Hacer un registro
sería estúpido. ¡No se os ocurra! Ryzhikov gritó, sacudiendo la melena: - ¿Por
qué sería estúpido? ¿Y el reloj? El reloj no tiene importancia... Consideremos
que se ha perdido... Ryzhikov, indignado, miró a sus compañeros. - ¿Cómo que
sería estúpido? -dijo-. ¿Cómo que se ha perdido? ¡Oh, no! ¿Es que van a seguir
robando y vendiendo las cosas para que después digan que el ladrón es Ryzhikov
y carguen sobre Ryzhikov todas las culpas? ¿Hasta cuándo voy a tener que
aguantarme? Zirianski abrió la puerta sin ruido y salió. Igor estaba de
centinela. Zirianski le dijo: - Cherniavin, ponte a la puerta del comedor, y
que no salga nadie de allí. - ¿Por qué? - El porqué no te interesa. Haz lo que
te digo. - Tú no eres el jefe de guardia. - ¡Diantre! Se dirigió a toda prisa
al despacho. Volenko salió a su encuentro, Zirianski le dijo: - ¡Ordénale que
se ponga aquí! - ¡Yo no quiero seguir de guardia! - ¡No vengas con tonterías! -
¡Yo no sigo de guardia! - ¡Vamos a hablar con Alexéi! Volenko volvió a
detenerse ante la mesa de Zajárov. Sobre el cuello blanco del traje de gala, su
pálido rostro parecía cobrar un tinte azulado; llevaba
Banderas
en las torres el pelo revuelto, sus labios, severos y finos, se movían sin
hablar. Por fin, pronunció sordamente: - ¿A quién entrego la guardia, Alexéi
Stepánovich? - Escucha, Volenko... - ¡No puedo, Alexéi Stepánovich, no puedo!
Zajárov se quedó fijo en él, se restregó la rodilla con la mano, y consintió: -
¡Está bien! ¡Entrégasela a Zirianski! Volenko se quitó el brazalete, que,
contrariamente a todas las reglas y costumbres de la colonia, pasó a la sucia
manga de la blusa de trabajo de Aliosha. Zajárov, por hábito, se levantó y se
reajustó el cinturón. Volenko se cuadró ante el director, llevándose la mano a
la sien, y dijo: - El jefe de la primera brigada, Volenko, entrega la guardia
de la colonia. Apenas Zajárov hubo dicho "Está bien", Zirianski salió
con celeridad del despacho. Investido ya de plenos poderes, gritó desde lejos:
- ¡Centinela! ¡Colócate a la puerta, y que nadie salga del comedor! Cherniavin
vio el brazalete en la manga de Zirianski y respondió: - ¡A la orden, camarada
jefe de guardia! Zirianski regresó a la carrera al despacho del director. -
Alexéi Stepánovich, doy comienzo al registro. - Yo no lo permito. - ¿Porque el
reloj es de usted? ¿Por eso? Ahora mismo comenzaré a registrar. - ¡Aliosha! -
Yo respondo. Zajárov levantó el puño sobre la mesa y gruñó: - ¿Qué es esto,
camarada Zirianski? Pero Zirianski respondió lleno de cólera y celoso de su
responsabilidad: - ¡Camarada director! ¡Imposible hacerlo de otro modo!
¡Pensarán que el ladrón es Volenko! Zajárov se desconcertó, miró a Volenko,
sentado en un ángulo del diván, y accedió: - Está bien. A la puerta del comedor
se habían aglomerado los colonos. Nesterenko, frente a Cherniavin, preguntaba
enfurecido: - ¿Quién diablos ha mandado arrestarnos? ¿Por qué? ¡Contesta! - No
lo sé; lo ha ordenado el jefe de guardia. - ¿Volenko? - No; Zirianski. - ¿Y
dónde está Volenko? - No tengo idea. - ¿Lo han arrestado? - ¡Qué sé yo! Parece
que se ha negado a seguir de guardia. A Zirianski también lo asediaron con
preguntas parecidas, pero Aliosha no era hombre propenso a perder el tiempo en
conversaciones innecesarias.
151
Penetrando en el comedor como verdadero dictador del día, alzó la mano: -
¡Colonos, orden! En medio del silencio general, explicó: - Camaradas, a Volenko
le han robado esta noche el reloj de plata de Alexéi Stepánovich. ¡Begunok! -
¡A la orden! - Hay que comunicar a las secciones que el trabajo comienza hoy
dos horas más tarde. - ¡A la orden! Los colonos, aplanados y taciturnos,
miraban al jefe de guardia. Zirianski se subió a una silla. En la cara se le
veía que el brazalete de jefe de guardia era lo único que le impedía estallar
en furiosas imprecaciones. - ¡Hay que hacer un registro general! ¿Estáis
conformes? Vamos a votar... - ¡Para qué votar! - ¡Eso no se pregunta! - ¡Cuanto
antes mejor! - ¡Venga, venga! - ¡Silencio! -gritó Zirianski-. ¡Aquí todos los
jefes de brigada! ¡Los colonos de la cuarta, a registrar a los jefes! ¡Los
demás, que se aparten! Aunque todos habían dado su asenso, enrojecieron los
jefes de brigada y los chicos de la cuarta cuando éstos, en presencia de toda
la colonia, metieron las manos en los bolsillos, debajo de los cinturones y
hasta en las botas. Sin embargo, los colonos, callados y ceñudos, ofrecían sus
bolsillos al registro: todos debían responder por uno que permanecía aún en la
sombra, se ocultaba allí mismo, en el comedor, parecía compartir la indignación
de los demás y, guiado de un propósito tenebroso (¿sería, verdaderamente, por
dinero?), arrojaba una y otra vez sobre la colonia Primero de Mayo aludes de
amargura. El bochorno aquel duró dos horas. Poseído de enérgica furia,
Zirianski revolvió los dormitorios, los depósitos, las aulas, la biblioteca,
escudriñó en todos los recovecos, en los edificios y en el patio. A las diez de
la mañana, se detuvo ante Zajárov, exhausto por la ira y por el esfuerzo
derrochado. - No aparece por ninguna parte -dijo-. ¡Hay que registrar las
viviendas de los empleados! - ¡De ninguna manera! - ¡Hay que registrarlas! - No
tenemos derecho, ¿me entiendes? ¡No tenemos derecho! - ¿Pues quién lo tiene? -
El juez. Pero es igual; el reloj está ya lejos de aquí. Zirianski se mordió los
labios. Ya no sabía qué hacer. Por la tarde, en la revuelta colonia reinaba un
silencio saturado de meditación. No había de qué hablar ni, quizá, con quién.
¿Con quién podía hablar la colonia Primero de Mayo, cuando en su propio
152
seno anidaba un odioso traidor? Al encontrarse unos con otros, los colonos se
miraban y volvían la cara entristecidos. Rara, muy rara vez se entablaba una
breve conversación, y eso para perderse al punto en el vacío. Ryzhikov dijo a
Nózhik: - Ha sido alguien de nuestra brigada. - Desde luego -asintió Nózhik-.
¿Pero quién? - ¡El diablo lo sabe! En la octava brigada, Misha Gontar insinuó a
Zorin: - ¿Y a ése... a Volenko, no lo registraron? - ¡Misha, tú eres tonto!
-replicó Zorin. - No soy tan tonto como te crees. Ten en cuenta que nadie sabía
que Volenko tenía el reloj. - De todas maneras, eres tonto. Gontar no se enfadó
con Sancho. Con lo que allí ocurría era fácil entontecer. En la tienda de la
cuarta brigada, Volodia Begunok aseguró a Vania: - Volenko no ha sido. - ¿Y
quién? - Diubek. - ¿Ryzhikov? ¡Qué va! - ¿Por qué no? ¿Por qué? - ¿Comprendes
bien, Volodia?, Ryzhikov es un ladrón, ¿comprendes? Ese... puede robar. Pero lo
del reloj se ha hecho con alguna intención, ¿me entiendes?, con alguna intención.
12. Bajo la bandera. Los colonos que acababan de terminar el décimo grado
comenzaron en julio a prepararse para ingresar en centros de enseñanza
superior. Nadiezhda Vasílievna, en vez de irse de vacaciones, se quedó a
trabajar con los "estudiantes", como los llamaban los colonos,
anticipando un poco los acontecimientos. Los verdaderos estudiantes, que el año
anterior se habían matriculado en escuelas superiores -unos treinta en total-,
habían llegado en junio a la colonia y habían montado tres tiendas en el
extremo opuesto al de las muchachas. Se ofrecieron a trabajar para ayudar a la
colonia, pero el director y el Consejo de jefes no lo permitieron: en invierno
les esperaba el estudio, y debían descansar. Zajárov los examinó a todos con
minuciosidad, obligando a chicos y chicas a dar vueltas delante de él, y dijo a
algunos: - ¡Mal, muy mal, eres una lombriz, y no un estudiante! ¡Apúntalo para
sobrealimentación! Los estudiantes objetaban: - Así no ahorrará usted ni un
kopek, Alexéi Stepánovich. - Te haremos engordar, y eso será nuestro ahorro.
Sin embargo, los estudiantes hallaron ciertas ocupaciones. A veces hacían
guardia en la cocina, y en tales casos no faltaba un traje de gala que
ponerles. Otros trabajaban con el jardinero, ayudaban a Salomón Davídovich en
el aprovisionamiento o
A. S.
Makarenko asesoraban a los futuros estudiantes, pues Nadiezhda Vasílievna no
podía prestar a todos la debida atención. Entre los que se preparaban al
ingreso en la escuela superior se hallaban Nesterenko y Klava Kashírina. A fin
de proporcionarles más tiempo, el buró del Komsomol acordó relevarlos de sus
cargos de jefes de brigada. La asamblea general debía elegir a nuevos jefes de
la quinta y de la octava. Vino a comprobarse que la existencia no era tan
ingrata como creía cierta gente. La octava brigada presentó, unánime, la
candidatura de Igor Cherniavin; y la quinta, también por unanimidad, la de
Oxana Litóvchenko. Nunca había pensado Igor que se hallaba tan cerca del alto
rango de jefe de brigada. En la octava, cuando Nesterenko abrió la sesión y
pidió que se propusieran candidatos para jefe de brigada, todos los muchachos,
como si se hubieran puesto de acuerdo, se volvieron hacia Igor, y Sancho tomó
la palabra, para decir: - El asunto está decidido hace tiempo. Nadie mejor que
Igor Cherniavin. Igor no pudo poner en claro cuándo había sido aquel "hace
tiempo" ni por qué él no se había enterado de nada. Protestó con ardor,
lleno de sinceridad, porque temía al cargo: ser jefe de brigada acarreaba
innumerables quebraderos de cabeza, y hacer guardia en la colonia... ¡menudo
regalo! Ya estaba visto lo que la guardia traía consigo: Volenko andaba lúgubre
y había que cuidar de él. Igor propuso la candidatura de Sancho Zorin, la de
Vsévolod Seredin, la de Borís Yanovski, la del viejo colono Mijaíl Gontar, la de
Jaritón Sávchenko y la de Danilo Gorovói; por último, hizo constar que existía
un subjefe de la brigada: Alexandr Ostapchin, el más indicado para hacerse
cargo de la dirección. Nesterenko oyó tranquilamente a Igor y, con la misma
tranquilidad, examinó la lista de candidatos propuestos: - Sancho es acalorado
por demás. No puede ser jefe de la brigada porque les estropearía los nervios a
todos. Alexandr Ostapchín es un buen ayudante, no lo niego, pero si lo pusieran
de jefe de brigada, se pasaría todo el tiempo arrestado, pues ha sido siempre
un charlatán y sigue siéndolo. Danilo Gorovói, desde luego, es buen camarada y
buen colono, sólo que, antes de sacarle una palabra, le crece a uno la barba, y
cuando habla ya es tarde. Yanovski será un buen jefe de brigada; pero tiene aún
poco fondo político: piensa demasiado en su pelo. Seredin también será un buen
jefe con el tiempo. Que espere hasta adquirir autoridad en la colonia. Por lo
que atañe a Misha Gontar, ya sabéis que es chofer: mañana termina el curso, ¡y
a conducir! Su vida en la colonia toca ya a su fin, y pedirle que sea jefe de
brigada es pedirle peras al olmo, aunque ojalá el Señor y la reina de los
cielos le
Banderas
en las torres manden a cada cual un camarada tan bueno y hombre tan cabal.
Rógov es un mocoso. Sí, la brigada ha resuelto que Igor Cherniavin sea su jefe.
¿Qué más podemos pedir? Es un obrero ejemplar y un komsomol excelente, amigo
del trabajo social. Pero mira, Igor, dirige la brigada con serenidad, huye del
favoritismo y no confíes demasiado en el subjefe. El jefe de la brigada debe
ser alegre, verlo todo, no acalorarse en balde ni darle a la lengua más de la
cuenta. Su mano debe ser fuerte. El poder que se te concede no es cualquier
cosa, quieras que no, es el Poder soviético. Te pondré un ejemplo: llegó aquí
Herriot, el ministro francés, y yo estaba de guardia en la colonia. Tú piensa,
¿a quién representaba yo, estando de guardia? ¡A toda la Unión Soviética! Si
hubiera soltado alguna inconveniencia o cometido una pifia, a nadie se le
hubiese ocurrido decir que el culpable era Nesterenko. De fijo que hubieran
dicho: "Para que veáis, todo es igual de malo en la Unión Soviética".
Yo mismo me di cuenta: con Herriot iba un montón de gente mirándolo y
fisgoneándolo todo. Sí, Igor, el poder del jefe de la brigada debe ser firme. Y
en lo que se refiere al jefe de guardia en la colonia, huelga decido. Olvídate
de tu propio carácter. Quizá seas bonachón, blando, perezoso u olvidadizo,
pero, en cuanto te pongas el brazalete, olvídate de cómo eres. Tú respondes de
la colonia. Ahí tienes a Volenko. Con lo buenazo que es, cuando está de
guardia, no hay quien fume. Ya ves si seré yo viejo amigo suyo llegamos juntos
a la colonia y dormimos en la misma cama año y medio: entonces la colonia era
pobre. Pues mira, una vez me acerqué a él y no me acuerdo qué le pregunté de la
comida; me miró así... fíjate, con cara de perro, y me soltó con una voz de lo
más fría: "Camarada Nesterenko, ¿no sabes cómo hay que hablar con el jefe
de guardia? ¡Ponte firmes, que parece que estás bailando!" Al principio no
pude entenderlo, pero después aprobé lo que había hecho: tenía razón, pues el
jefe de guardia sirve a la colonia entera, ¡y sanseacabó! ¡Ay, Volenko,
Volenko! ¡Que un colono tan bueno se haya perdido por menos de nada! La primera
brigada no es ya una brigada. Mira, a decir verdad, la culpa es de Volenko.
Confiaba en todo el mundo; todos eran buenos para él; a todos los defendía, y
han terminado por hacer polvo la brigada. No cabe duda de que el ladrón está
allí. Sin embargo, no se puede sospechar de nadie; el propio Volenko no sabe
nada. La reunión del buró del Komsomol apoyó la candidatura de Igor con igual
unanimidad que la brigada, y en la asamblea general la única respuesta a la
proposición fueron aplausos cerrados. Habló tan sólo Zirianski: - Pocos jefes
de brigada pueden compararse con Nesterenko. Quizás sea Rúdnev el único que
promete parecérsele. No obstante, Cherniavin tiene madera para el cargo. El
problema está en la ayuda que le preste la brigada: no debe permitirle que se
relaje, ni
153 que
se haga presuntuoso, ni vago, ni que se duerma en los laureles. Pero la octava
es una brigada con experiencia y le ayudará si hace falta. En lo que se refiere
a Oxana Litóvchenko, debo decir que es un verdadero hallazgo. Propongo que
votemos por Oxana e Igor. Ni una sola mano se alzó para votar contra las
candidaturas propuestas. A continuación, el jefe de guardia ordenó: - ¡Firmes,
bajo la bandera! ¡Saludo! Igor no se había percatado de que en la sala llevaban
ya bastante tiempo formados seis cornetas y cuatro tambores, que esparcieron
sobre la asamblea los acordes triunfales del saludo a la bandera. Vania
Gálchenko conocía ya el verdadero encanto de aquella música: era la llamada a
trabajar, orquestada por el viejo director Victor Denísovich. Cuando formó la
brigada de abanderados, Zajárov avanzó hacia la enseña, y Cherniavin intuyó lo
que debía hacer. A su lado -¡a su lado!- se hallaba Oxana. ¡Qué presagio tan
feliz! ¡Empezaban el camino de su vida juntos, bajo la majestuosa enseña roja,
misteriosamente sagrada! Y, además, ¡qué bien!, lo empezaban por el difícil y
noble servicio a la gloriosa colonia Primero de Mayo. Como Igor no sabía
llorar, las lágrimas le hervían en el pecho, pero a Oxana... a Oxana, ¡palabra
de honor!, le asomaron las lágrimas a los ojos, ¡oh, las mujeres! Por otra
parte, nada tenía aquello de sorprendente, pues el propio Nesterenko, veterano
jefe de brigada, no hacía más que parpadear, y presentó el parte a Zajárov en
voz baja y ronca: - Camarada director, entrego en completo orden a Igor
Cherniavin la octava brigada de la colonia de trabajo Primero de Mayo. ¡Oh, no,
Igor Cherniavin tenía más motivos para emocionarse que Nesterenko, pero
presentaría el parte con acento brioso y sonoro, como cuadraba a un jefe de
brigada! Igor demostró a todos cómo había que dar el parte al director.
Resonante la voz, grave la expresión, se llevó la mano a la sien y pronunció,
bajo la bandera: - Camarada director, me hago cargo en completo orden de la
octava brigada de la colonia de trabajo Primero de Mayo. Acto continuo se
procedió a la transferencia de la quinta brigada. Por supuesto, las chicas
tenían mucha ternura en la voz: la de Klava parecía una campanilla de plata, y
en la de Oxana había mucho cariño y emoción... Sin embargo, lo que les salió a
las chicas no fue un verdadero parte, sino... aquello fue una conversación
amistosa con el director, más indicada para sostenerla en el despacho que en
aquella sala solemne, bajo la bandera de terciopelo y ante doscientos colonos,
petrificados en el saludo. 13. Asuntos serios. La primera brigada era la única
que, en silencio, seguía retorciéndose en las tenazas del sufrimiento.
154
Alguien hizo correr por la colonia, quizás adrede, que el robo del reloj no
había sido obra de los colonos; posiblemente, el centinela habría dado unas
cabezadas a eso del amanecer, y... por el patio andaba mucha gente... Pero
nadie hizo caso de aquella versión, y menos aún la primera brigada. Sus
componentes comenzaron a aislarse unos de otros. A nadie le faltaban asuntos e
intereses propios: uno se preparaba a ingresar en la escuela superior, el otro
tenía que sostener unas competiciones deportivas, Levitin no salía de la
biblioteca, y Nózhik estaba siempre en la cuarta brigada y acabó pidiendo por
escrito al Consejo que lo pasasen con Zirianski. No era nada fácil examinar a
fondo la petición, y Torski optó por la vía formal: preguntó a Volenko y a Zirianski
si no se oponían a ello, y, obteniendo el asenso de los dos, Nózhik pasó
aquella misma tarde de una brigada a la otra. Los de la primera brigada
llegaban tarde a su tienda, se metían en la cama sin decir palabra y, por la
mañana, acogían la revista con sombría seriedad y contestaban secamente al
saludo del jefe de guardia: - ¡Salud! Pero eso ocurría únicamente en la primera
brigada. El resto de la colonia seguía viviendo una vida pletórica que rebosaba
alegría. En la nueva fábrica habían ya instalado algunas máquinas; en la nueva
y enorme fundición se montaba un cubilote para colar hierro, y el crisol para
el cobre se hallaba de tiempo atrás en su fosa de ladrillo. Muchos colonos
echaban el ojo a los nuevos puestos de trabajo; el buró del Komsomol discutía
en reuniones cerradas el problema de los cuadros. Se afirmaba que Vorgunov
seguía en sus trece: "Los colonos no pueden atender una empresa como
ésta". Los chicos tenían por eso rabia al ingeniero y, aunque nunca
hablaba con ellos, estaban al corriente de todo lo que decía, aun de lo que no
se refería a la fábrica. Vivían en la colonia muchos profesores, contables,
contramaestres y empleados. A ellos se habían agregado los ingenieros y los
peritos. Su casa estaba mucho más allá del parque, y los colonos iban allí rara
vez, pero conocían al dedillo la vida de aquel edificio, habían estudiado
magníficamente el carácter de cada familia y estaban al tanto de sus penas,
alegrías, concordias y disputas. Los jóvenes ingenieros Komarov y Grigóriev no
habían tenido aún ocasión de trabajar con los colonos, pero muchos de sus
rasgos y condiciones constaban ya en fichas no escritas. Komarov era serio,
parco en palabras, gran trabajador, hombre con dignidad y orgullo y de buen
corazón, interesado sinceramente por la colonia y por los colonos. Además, se
había enamorado de la profesora y komsomola Nadiezhda Vasílievna. Grigóriev no
podía agradar a los muchachos. Su propio aspecto infundía recelo, aunque, a
primera vista, no había en él nada desagradable. Usaba un traje semimilitar que
hubiera podido cuadrar muy
A. S.
Makarenko bien con el estilo de la colonia y, sin embargo, no cuadraba. Al
tercer día, los colonos lo llamaban ya “gafas, insignias y polainas". En
efecto, llevaba todo eso, y las insignias no contenían nada denigrante. Eran
insignias como tantas otras: de la Sociedad de Defensa Antiaérea y Antiquímica,
del Socorro Rojo Internacional, etc. Una de ellas representaba el globo
terráqueo, con el que Grigóriev debía guardar alguna relación. A Grigóriev no
le gustaban los colonos; quizás fuera él quien azuzaba a Vorgunov, aunque el
ingeniero jefe jamás lo elogiaba. En el viejo edificio de la escuela se habían
habilitado unas cuantas habitaciones para alojar provisionalmente la dirección
de la nueva fábrica. Las ventanas estaban abiertas, y en más de una ocasión
oyeron los colonos las reprimendas que Vorgunov solía echar a Grigóriev, que,
por cierto, también se había enamorado de Nadiezhda Vasílievna. No se sabía de
cuál de los dos ingenieros se enamoraría la maestra, pero los colonos preferían
que se enamorase de Komarov. El amor es cosa muy intrincada, y en la colonia
estaba prohibido, igual que los besos. Se afirmaba que la interdicción había
sido aprobada en época lejana por una asamblea general. Pese a los muchos años
transcurridos, todos conocían el acuerdo, que, si se había venido observando
religiosamente hasta entonces, habría de observarse en adelante con la misma
escrupulosidad. Dicho acuerdo histórico, aparte su significación práctica,
arrojaba sobre los problemas del amor cierta luz teórica, cuyos rayos caían
también sobre la pasión de los dos ingenieros. Por desdicha, los sucesos en
esta esfera no adquirían formas concretas y resultaba difícil referidos. El
colono Samuíl Nózhik estuvo una mañana de centinela en el vestíbulo; por la
noche, cuando la cuarta brigada en pleno se había acostado ya y solamente su
jefe, Aliosha, recorría la colonia y daba fin a su guardia, Nózhik se puso a
contar:. - Estando yo de puesto, vino Nadiezhda Vasílievna, se puso a leer un
libro y me preguntó varias veces si había venido Salomón Davídovich. Yo le dije
que no, pero que, probablemente, no tardaría. Ella siguió sentada, leyendo su
libro. Después llegó Komarov: "¡Buenos días, buenos días!" Vete tú a
saber para lo que habría venido. Luego le dijo a Nadiezhda Vasílievna que
necesitaba hablar con ella. Fijaos bien, ¡que necesitaba hablar con ella!
Nadiezhda Vasílievna le contestó: "Antes hable usted con la estación del
Este y averigüe a qué hora llega de Moscú el tren de la tarde". El llamó
una y otra vez, y ella parecía muy enfadada. Al fin, dejó de llamar, se sentó
en el diván y volvió a decirle: "Tengo que hablar con usted". Ella le
preguntó: "¿De qué?", y él va y le dice: "De una cosa".
¡Je, je, de una cosa! ¡Menuda cosa! En esto entró Vorgunov. ¡Ay, ay, ay!
Nadiezhda Vasílievna -¡hay que ver lo valiente que es!- se fue para él:
"Piotr Petróvich,
Banderas
en las torres Piotr Petróvich, ¿sabe usted que hoy van los colonos de
excursión?" Y él respondió: "¿Y usted sabe que han colocado las
máquinas taladradoras el diablo sabe dónde?" ¡Es tan duro el muy demonio!
Pero no creáis que Nadiezhda Vasílievna se acobardó. "A mí -dijo- me
tienen sin cuidado todas sus taladradoras". "Pues a mí -dijo el otro-
me tienen sin cuidado todas sus ternuras". ¡Madre mía! Después se volvió
hacia Komarov, y no quieras ver la que le metió. "Aquí no tiene usted por
qué hablar de una cosa -así dijo: de una cosa-. Vaya y arregle aquello, porque
ese animal -así dijo: ese animal- ha colocado las taladradoras en los cimientos
de las pulidoras". Eso lo decía por Grigóriev. Y se llevó a Komarov. No
pudo el hombre hablar de una cosa, ¿me entendéis? No habían hecho más que írse,
cuando apareció "insignias, gafas y polainas", que también venía a
ver a Nadiezhda Vasílievna: "Buenos días, buenos días. Viene una compañía
de teatro y he sacado entrada para usted". Dijo que irían a ver no sé qué
Fiódor Ivánovich. Apenas soltó lo de las entradas, ¡se presentó de nuevo
Vorgunov! ¡Ay, la que se armó! Grigóriev buscó mil salidas, por aquí y por
allá, pero ¿cómo se iba a escabullir? "¿Por qué llega usted tarde? ¿Por
qué ha puesto las taladradoras en los cimientos de las pulidoras? ¡Esto es un
sabotaje! ¡Una idiotez! ¡Váyase al cuerno!" Ya os imagináis a Grigóriev:
¡oír aquellas palabras delante de Nadiezhda Vasílievna! Por eso dijo:
"Piotr Petróvich, no está bien decir esas cosas ante terceros". Piotr
Petróvich bramó: "¡Al diablo los terceros! ¡Lo esperan en la fábrica, y
usted está aquí con terceros!" El de las insignias salió de estampía. ¿Os
dais cuenta? ¡Lo echó! Lo echó y después le dijo a Nadiezhda Vasilievna, con
buenos modos: "Dispense, tenga la bondad de perdonarme, pero por culpa
suya se han echado a perder todos los ingenieros jóvenes. ¡Por usted se han
echado a perder!" ¡Anda! Nadiezhda Vasílievna fingía no entender:
"¡Cómo que se han echado a perder! ¡Imposible! ¿Qué hacer ahora?" Y
Vorgunov: "Lo que hay que hacer debe usted saberlo". Nadiezhda
Vasílievna respondió: "Ya sé, ya sé, hay que espolvorearlos con
naftalina". - ¡Vaya-a-a! Este grito fue proferido, como es de suponer, por
toda la cuarta brigada, que echó las piernas por alto, riéndose. - ¿Y después?
-inquirió uno, al terminar la ovación. - Pues, luego, cuando Vorgunov vio que
no se salía con la suya, se sentó allí al lado, se enjugó el sudor de la calva
y dijo con cara de pena: "Los rusos no hacemos las cosas a derechas, y es
preciso hacerlas de modo que quede claro dónde está el amor y dónde el
trabajo". Dijo que era preciso separarlos, ¿comprendéis?, separarlos. Y
después siguió: "Hay que trabajar, y ellos mezclan el trabajo con los
amoríos; lo mezclan: acuden a citas, y al trabajo que
155 lo
parta un rayo". Así se estuvo sermoneando y sermoneando. Nadiezhda
Vasílievna le prometió que de allí en adelante no hablaría de amor con los
ingenieros, sino de fresadoras, de lingotes y de crisoles. - ¿Y se acabó? - No,
qué va. A Vorgunov no le pareció bien y hasta se enfadó un poco: "¡No hay
que hablar de lingotes, de ningún modo! Hable de ruiseñores y de gorriones,
pero no de lingotes, que eso no es cosa suya". Quedó muy enfadado. - ¿Y
nada más? - Nada más. Lo otro no tiene ya interés. Llegó Salomón Davídovich, y
Nadiezhda Vasílievna le preguntó: "¿Quiere usted entradas para ir a ver
Fiódor Ivánovich?" Salomón Davídovich contestó que no las necesitaba, que
ya sabía él que Fiódor Ivánovich había degollado al Zariévich Dimitri, y eso no
le hacía ni pizca de gracia. "¿Habráse visto? -dijo. ¡Degollar a un pobre
niño! ¿A qué persona decente se le ocurre degollar a una criatura? La
producción sería otra cosa". Y no quiso las entradas. El amor hacía de las
suyas en otro extremo de la colonia. El chofer Piotr Vorobiov y Wanda volvieron
a aparecer con frecuencia en los bancos del parque en una soledad conmovedora,
aunque callada. Por cierto, el mutismo no era un rasgo propio de Wanda. La
chica había crecido mucho y embellecido en la colonia, y se pasaba el día
hablando, ya en el taller, ya en el dormitorio, ya en el comedor. Una vez,
visitó la colonia un grupo de comunistas polacos libertados de las cárceles de
Polonia por gestión del Gobierno soviético. Wanda pidió al buró del Komsomol
que se le encomendase la organización de la cena que la colonia les ofrecería,
y cumplió su cometido a las mil maravillas: resultó una comida abundante y
suculenta; la mesa, adornada con flores, resplandecía de limpia. Los invitados,
acogidos muy cordialmente por los colonos, expresaron su particular gratitud a
Wanda, que les respondió: - Yo soy polaca, y miren qué bien me encuentro. Aquí
todos se sienten a gusto: los rusos, los ucranianos, los judíos. Tenemos un
alemán, un kirguiz y un tártaro. ¿Ven ustedes? Cuando los invitados se
marcharon, Wanda tuvo que consolar a las chicas menores, a Luba, a Lena y a
otras. Su desconsuelo -llegaron hasta a llorar en los dormitorios- obedecía a
lo siguiente: durante la cena, eligieron entre los invitados al más flaco, se
desvivieron por agasajado, y a la postre vino a saberse que era un
representante de la organización del Socorro Rojo Internacional. Wanda logró
consoladas y les explicó que no siempre ha de juzgarse por las apariencias. En
la colonia todos, chicos y chicas, querían a Wanda, y les desagradaba verla,
con frecuencia creciente, en compañía de Piotr Vorobiov. Ziríanski se disponía
ya a hablar con el chofer, pero los
156
acontecimientos de la colonia eran tan seríos, que ni tiempo tenía de pensar en
él. En una reunión del Consejo de jefes, Torski desdobló un papel y dijo: -
Debemos tratar esta solicitud: "Al Consejo de jefes de brigada. Pido que
se me licencie de la colonia porque mi madre, que está en Samara, se encuentra
muy necesitada y me ruega que me vaya con ella. Volenko". En la reunión se
hizo un profundo silencio. Todos bajaron la cabeza. Volenko, esbelto y grave,
apareció a la entrada. Torski aguardó un instante y preguntó en voz baja: -
¿Hay alguien que quiera hablar de este asunto? Zajárov dijo: - Yo quisiera
hacer unas preguntas a Volenko. ¿Qué le pasa a tú madre? - Está... necesitada.
- ¿Recibías cartas antes de ella? - Sí. - ¿Su situación era mejor? - Sí. - ¿Y
qué ha sucedido ahora? - Nada de particular... Pero necesito irme con ella. -
Ten en cuenta que acabas de pasar al décimo grado. - Qué se le va a hacer...
Habrá que aplazar los estudios. Volenko contestaba secamente; levantaba la
cabeza por cortesía, miraba sólo a Zajárov, y volvía a agacharla. De nuevo se
hizo silencio. En vano preguntaba Torski si alguien quería hacer uso de la
palabra. Finalmente se oyó la perezosa voz de falsete de Filka: - ¿Podría
enseñarnos la carta de la madre? Volenko lo miró de reojo: - No soy ningún
chiquillo ni ningún novato. ¡Como que voy a enseñar yo la carta! - Es que,
ocurren tantas cosas... -reanudó su ataque Filka, pero Volenko lo interrumpió.
Un poco más fuerte de lo debido, aunque tranquilo en absoluto, en absoluto seguro
y con absoluta animosidad, dijo al Consejo: - ¿Qué queréis de mí? Pido que me
licenciéis porque lo necesito. Tengo autorización del buró del Komsomol. Mark
Grinhaus confirmó: - El buró no está en contra. Torski volvió a contemplar a
los reunidos. Ilyá Rúdnev, quizá por su juventud, se compadeció de Volenko y
dijo: - Es extraña la prisa que te ha entrado tan de golpe. No tenías casa y de
buenas a primeras tienes... Volenko se contuvo, haciendo un último esfuerzo, y
pidió: - ¡Ponlo a votación, Torski! - ¡Pido la palabra! - Habla.
A. S.
Makarenko Zirianski habló en favor de Volenko, pero procuró evitar que sus
miradas se cruzasen. - No creo que haya que pensarlo mucho -dijo-. Volenko es
un buen colono y un buen camarada. Su palabra merece crédito: si dice que
necesita irse, verdad será. A una madre no se la puede abandonar. Que se
marche. Hay que licenciado como se licencia a los mejores colonos: dotación
completa, trajes, ropa interior y el mayor subsidio que se concede del fondo
del Consejo de jefes, quinientos rublos. Nadie profirió una palabra más en la
reunión. No hablaron siquiera ni Zorin ni Nesterenko, viejo amigo de Volenko.
Torski adoptó una expresión grave y frunció las cejas: - Votemos -propuso-.
¿Quién está en favor de la propuesta de Zirianski? Todos alzaron la mano. Tan
sólo Filka, aunque no tenía derecho a voto en el Consejo, dijo enojado: - Que
enseñe la carta. Volenko se llevó rápidamente la mano a la sien, haciendo el
saludo, dio las gracias en voz muy baja y salió. El silencio se hizo más denso.
Zirianski apoyó las manos en las rodillas, separadas, clavó la vista en un
rincón y apretó con fuerza los dientes, por lo que le temblaron levemente los
músculos de la boca. Nesterenko agachó la cabeza hasta las rodillas: tal vez se
le habría desatado un cordón de la bota. Rúdnev se mordió los labios. Oxana y
Lida Tálikova, sentadas en un rincón, arañaban con los dedos un mismo punto en
el tapizado del diván. Tan sólo Cherniavin, el nuevo jefe de la octava brigada,
los contemplaba a todos con ojos un tanto asombrados; algo quiso decir, pero lo
meditó un instante y se convenció de que no valía la pena. Por la tarde,
Zajárov llamó a su despacho a Volenko, que se presentó con la misma reservada
cortesía con que se había presentado al Consejo. Zajárov lo sentó a su lado en
el diván, guardó un corto silencio y luego hizo con la mano un ademán de
despecho. - No está bien, Volenko –dijo- ¿A dónde vas a ir? Volenko apartó la
vista. De su cara desapareció gradualmente la expresión de rígida amabilidad.
Bajando la cabeza, profirió quedo: - A alguna parte iré... La Unión Soviética
es grande. De pronto, volvió el rostro hacia Zajárov, con gesto decidido. -
¡Alexéi Stepánovich! - ¡Di! - ¡Alexéi Stepánovich! Las cosas han tomado un mal
cariz. Eso es lo principal. ¿Cree que no comprendo nada? Pues lo comprendo
todo. No importa que digan que quizá sea Volenko quien ha robado el reloj. ¡Que
lo digan! Yo sé que los viejos no piensan así... O quizá lo piensen, pero me da
igual. Ahora bien... ¿Por qué ha ocurrido en mi
Banderas
en las torres brigada... esa porquería? ¿Por qué? La primera brigada... ¡En
esta época... y con un trabajo... así en la colonia! Y lo mismo en todas
partes... en todas partes se trabaja ahora así. ¿Y qué viene a resultar? Que
Levitin, o Ryzhikov, o quizá Volenko, o quizá Gorójov, o quién sabe si todos
los miembros de la brigada son unos ladrones... Y todo en mi brigada, todo en
mi brigada. ¿Cree usted que los muchachos no lo ven? ¿Lo cree? Pues no se les
escapa nada. Yo, estoy de guardia, y ellos me miran... pensando: ¡está de
guardia y hay que ver lo que sucede en su brigada! No puedo. Resulta que yo soy
el culpable... Volenko hablaba bajo, a duras y penas, pronunciando cada vocablo
con repugnancia. Sufría y se le crispaba un tanto el rostro. - No puedo... No
puedo quedarme. Los camaradas, ya se entiende, nada dirán ni me reprocharán
porque... ellos mismos no lo saben... Pero, verá usted, yo siento, siento
que... Usted no pase cuidado, Alexéi Stepánovich. No me perderé. Hasta puede
que ahora vea las cosas... desde otro punto de vista. No tema usted... Zajárov
apretó a Volenko el brazo, se levantó y, aproximándose una silla, pasó la mano
por el barnizado respaldo. - Sí... Por ti estoy tranquilo -dijo-. En general,
haces bien. El hombre debe saber responder de sí mismo. Tú eres de los que
saben. Está bien. ¡Muy bien! ¡Te felicito, Volenko! Sólo que no debes
atormentarte, no te atormentes... ¡Basta! Al día siguiente, Volenko fue a
despedirse de Zajárov. Llevaba puesto el abrigo y sostenía debajo del brazo un
cajoncillo de madera sin barnizar. - Adiós, Alexéi Stepánovich. Muchas gracias
por todo. - Está bien. Que tengas suerte, Volenko. Escribe. No olvides la
colonia. Zajárov estrechó la mano al colono. Volenko, esbelto y orgulloso como
siempre, miró a los ojos a Alexéi Stepánovich y rompió en inopinado llanto.
Volviéndose hacia un rincón, sacó el pañuelo y durante largo rato trató de
dominarse. Por respeto al valeroso muchacho, Zajárov miraba hacia la ventana.
Volenko salió inesperadamente; y su cajoncillo de madera sin barnizar rebrilló
por última vez. Nadie lo acompañó. Iba solo camino adelante. Pero, cuando se
aproximaba al bosque, Vania Gálchenko corrió hacia él como una flecha y,
dándole alcance, ya en la vereda, le gritó: - ¡Volenko, Volenko! Volenko se
detuvo y se volvió descontento. - ¿Qué pasa? - ¡Escucha, Volenko, escucha! No
lo tomes a mal. Danos tus señas, las verdaderas. - ¿Para qué? - Las
necesitamos, sabes, las necesitamos todos los de la cuarta brigada, todos. Y
Cherniavin, y los demás.
157 -
¿Para qué? - Para una cosa muy importante. Dame las señas, dámelas. ¡Ya verás
para qué! Volenko miró con atención a Vania y sonrió levemente: - Bueno,
tómalas. Echó mano al bolsillo en busca de un papel donde escribir la
dirección, pero Vania exclamó: - ¡Aquí tienes! ¡Escribe! Llevaba dispuestos
lápiz y papel. Un minuto más tarde, Volenko cruzaba la vereda en dirección a la
parada del tranvía y Vania regresaba corriendo a la colonia. La cuarta brigada
lo esperaba en el parque: - ¿Qué, te las ha dado? - Sí. Sólo que no es a Samara
adonde va. No es a Samara. Va a Poltava... ¡Sí, a Poltava! 14. Cosas de
pequeños burgueses. El vestíbulo no era tan sólo la entrada de los aposentos
principales de la colonia. Era también un local espacioso y bello, adornado con
flores y con la presencia del centinela en traje de gala. Había en el vestíbulo
blandos divanes y era un placer sentarse en ellos y esperara los amigos. No
había sitio mejor que aquél para ello, pues allí se cruzaban todos los caminos
de los colonos. Por él pasaban para ir al despacho de Zajárov, al Consejo de
jefes, al buró del Komsomol, al comedor, a las habitaciones del club y al
teatro. Y cada cual se detenía allí, aunque sólo fuese un momento, para
conversar con alguien, pues siempre había de qué hablar. Una mañana
coincidieron casualmente en el vestíbulo Torski, Zirianski y Salomón
Davídovich. Luego llegó el chofer Piotr Vorobiov, que dijo al entrar: - Buenos
días. Zirianski contestó con la cabeza, pero sus palabras en nada se parecían a
un saludo: - Oye, Piotr, ya hablé contigo, y parece que te ríes de lo que te
dije: En aquel instante entró a la carrera Pojozhái, jefe de la novena brigada.
Como amigo que era de los lances divertidos, se interesó por las palabras de
Zirianski. - ¿Quién es el que se ríe de lo que tú dices? ¿Piotr? ¡Qué gracia! -
Se ríe como si fuera una broma lo que le dije. ¿Por qué mareas a la muchacha?
Vorobiov trató de justificarse: -¿Que yo la mareo? - Tú eres aquí el chofer,
así que ocúpate de tu camioneta. Dale al volante todas las vueltas que quieras,
pero deja en paz a las chicas, que ése no es tu oficio. Mira que un día te
cuelgo al sol. Salomón Davídovich, con prudencia muy propia de sus años, quiso
hacer entrar en razón a Zirianski. - ¡Oiga, camarada -dijo-, debería usted
158
comprender que están enamorados! - ¿Quién está enamorado? -vociferó Zirianski.
- ¿Quién va a ser? Ellos: Vorobiov y la camarada Wanda. ¿Qué razón hay para que
no se enamoren, si están bien del corazón y se tienen simpatía? - ¿Cómo es eso
de "enamorados"? ¿Qué es eso de "corazón"? ¡Por dónde nos
ha salido! ¿Y si me enamoro también yo, y el otro, y el de más allá? Wanda debe
terminar sus estudios, y ahora nos sale este príncipe comiéndosela con los
ojos. Las razones de Zirianski eran tan convincentes, que Vitia Torski terminó
por abandonar su neutralidad: - Es verdad Piotr. Te estás buscando tener que
dar la cara en la asamblea general. Ante esta segunda amenaza, Vorobiov
palideció un poco, pero no se rindió: - ¡Sí que son extrañas vuestras reglas,
camaradas! Wanda es ya mayorcita, komsomola. ¿Creéis que tiene derecho a...?
Todo lo dicho por Vorobiov y lo que pudiera decir provocaba en Zirianski la
indignación más sincera. - ¡Qué es eso de mayorcita! ¡Es una colona! ¿A qué
viene eso de hablarnos de derechos? Torski, más sereno, explicó al enamorado: -
Sal de aquí y enamórate todas las veces que quieras. ¿No comprendes que así
podemos dar al traste con la colonia en un dos por tres? Zirianski miraba a
Vorobiov como el lobo de la fábula al cordero. - ¡Muchos seríais los
pretendientes con derechos! Salomón Davídovich, que escuchaba, pacienzudo,
acabó por indignarse: - ¿Y si la pobre muchacha se ha enamorado? ¡Hay que
comprenderlo! Zirianski explicó también a Salomón Davídovich: - Eso es lo que
ellos quisieran. ¡Qué gente más dañina!... - ¿Quién? - Los enamorados. Lo único
que esperan es que los comprendan. ¡Son gente dañina! Aquí se construye una
fábrica; se cumple un plan muy difícil; ya ve usted lo que ha sucedido con
Volenko. Pues a ellos todo les importa un bledo. Creen que es más interesante
andar por ahí besuqueándose a salto de mata. ¿Es cierto que os besuqueáis,
Vorobiov? ¡Di la verdad! - Palabra de honor... - Se besuquean. Todo les trae
sin cuidado. ¡Hay que ver hasta dónde llega el descaro! Todavía nos miran a la
cara y dicen que debemos comprenderlos y compadecerlos: ¡los pobrecitos se han
enamorado! Salomón Davídovich se echó a reír: - Pues llevan razón, sépalo
usted. No es fácil operación la de enamorarse. Vorobiov agachó compungido la
cabeza. Zirianski volvió a la carga, antes de salir corriendo escaleras
A. S.
Makarenko arriba: - Tenlo en cuenta, iréis a parar al centro Wanda y tú.
Pojozhái, bondadoso, puso la mano en el hombro del enamorado: - Con éstos nunca
llegarás a un acuerdo, Piotr. Más que personas, son serpientes. Lo mejor será
que la raptes. - ¿Cómo? - Pues muy sencillo, como se hacía antes. ¡Ráptala!
Antes, ¿sabes?, llegaban con los caballos a la puerta trasera, salía la bella,
y un Piotr, enamorado como tú, la tomaba en brazos y se la llevaba. - ¿Y
después? -inquirió Torski. - Después... después lo alcanzamos, le rompemos la
crisma y le quitamos a Wanda. ¡Sería divertidísimo! Salomón Davídovich escuchó
sonriente el proyecto de Pojozhái. -¿Para qué llevársela a caballo? -observó-.
Eso está pasado de moda. Piotr dispone de una camioneta. Y probad luego a
alcanzarlo, no teniendo otra. Por lo demás, pueden presentarse directamente en
el Registro Civil. Después os enseñarán el certificado en la asamblea general y
tendréis que hacerles el saludo como angelitos. Acababan de llegar nuevos
personajes al vestíbulo, y Salomón Davídovich abordó un tema más prosaico: -
Bueno, tonterías aparte, camarada Vorobiov, vámonos, que el trabajo no espera.
La conversación continuó al cabo de una semana. Era día de asueto. La colonia
entera había ido al teatro a ver El hundimiento de la escuadra, y la gente
regresó tarde, a eso de las cinco. La obra había gustado mucho a los colonos.
Además, las idas a la ciudad tenían el aliciente de desfilar por ella con
banderas y música, vestidos de blanco. Zajárov retornó alegre, y Nadiezhda
Vasílievna reía como una niña; en pocas palabras, pasaron un día magnífico.
Después de romper filas, los colonos corrieron a los dormitorios para mudarse,
lavarse y prepararse para la comida. En el vestíbulo se aburría, solitario, el
centinela Kiril Novak, gran amigo del teatro, a quien la guardia le había
aguado la fiesta. En aquellos instantes asomó por la puerta Piotr Vorobiov,
que, intimidado al ver la seriedad del centinela, se volvió hacia los macizos
de flores. Al cabo de dos minutos, salía desalado, ya en calzón corto, Vania
Gálchenko. - Vania, simpático, ven acá -lo llamó el chofer. Vania se detuvo: -
¿Qué quieres? ¿Que llame a Wanda? - Si, querido, llámala. - ¿Y me darás un
paseíto? - ¡Qué duda cabe, hombre! - ¡A la orden! Ahora mismo la llamo. - Pero
no grites tanto.
Banderas
en las torres - Camarada Vorobiov, es igual, todo el mundo lo sabe. La llamaré,
la llamaré, pierde cuidado. Gálchenko tiró como una flecha escaleras arriba, y
Piotr Vorobiov se quedó mirando las flores del patio. Wanda salió vestida de
blanco, arrebolada, linda, como adrede para el caso. Vorobiov le susurró con
acento trágico: - Wanda, ¿sabes una cosa? Wanda, no obstante su belleza,
también sufría. - ¡Qué voy a saber con el revoltijo que tengo en la cabeza!
¡Nada! Todos los chicos se dan cuenta ya. No sé dónde esconderme. Vorobiov
juntó las manos y se las llevó al pecho. - ¡Wanda, vente conmigo! - ¿Contigo? -
Derechos a mi casa. - ¡Qué dices, Piotr! - ¡Wanda! Mañana mismo iremos al
Registro Civil, y todo se arreglará. - ¿Y la colonia? ¿Y la fábrica? - ¿Es que
acaso te va a abandonar Zajárov? ¡Vámonos! - ¡Ay! ¿Y los chicos? - ¿Los
chicos...? No sé... ¡Vámonos, y se acabó! Palabra de honor que todo saldrá
bien. Los chicos mismos me lo han aconsejado. - ¡Imposible! - De veras...
Palabra de honor. - ¡Pero si ellos mismos vendrán a buscarme! - ¿A dónde van a
ir? Ni siquiera saben en dónde vivo. ¡Vámonos! - Es que..., ¿cómo? ¡Si voy
vestida de blanco! - Lo más a propósito. La novia siempre va de blanco en las
bodas. Mi madre se alegrará, ya lo sabe todo... Wanda se llevó a la mejilla,
muy encendida, sus trémulos dedos y dijo: - Piotr, ¿sabes que llevas razón?
¡Qué listo eres! - ¡Tontuela! ¿No ves que soy chofer de primera categoría? - ¿Y
si nos ven? - Wanda, querida, comprende, ¿quién nos va a ver, yendo en la
camioneta? - ¿Ahora mismo nos vamos? - Ahora mismo. - ¡Ay! - Venga, venga, date
prisa. Tengo ahí la camioneta. Te subes y... - Espera un momento. Recogeré mi
ropa y otras cosillas... - Bueno, te espero. Tú déjales allí una esquela.
Después de todo; ¿sabes?.... son buenos muchachos... - ¡Una esquela! - Claro.
Dígase lo que se diga, mira qué hermosura han hecho de ti. Mira, ponles así:
"Hasta pronto, y no me olvidéis" - Se lo pondré.
159
Wanda entró en el edificio; Vorobiov quedó entre los arriates, y su zozobra se
distribuyó entre Wanda, a la que había que esperar, la camioneta, que los
esperaba a ellos, y Zirianski, al cual no esperaban, pero que podía aparecer en
el instante más crítico. Entre tanto, el joven ingeniero Iván Semiónovich
Komarov se hallaba también apostado, como a la espera. Por lo menos, así se lo
pareció a Zirianski, que, asomándose por la puerta del comedor, le preguntó: -
¿Aguarda usted a alguien? ¿No quiere que vaya a llamarle? El ingeniero Komarov
contestó que no esperaba ni quería llamar a nadie, mas, percibiendo en las
palabras de Zirianski una sinceridad excesiva, se volvió disgustado hacia la
puerta. Vio fuera al chofer Vorobiov deleitándose entre las flores, pero no
paró en él su atención. Zirianski, en cambio, acertó a ver a un tiempo al
chófer y la cara de Wanda, que, apareciendo en el rellano superior de la
escalera, se desvaneció al punto. Alioshéi dio rienda suelta a su indignación:
- ¡Oh, ya tenemos aquí a los enamorados! ¡La cosa no tiene remedio! El
ingeniero enrojeció hasta la raíz del cabello. No obstante, halló fuerzas para
dirigir a Zirianski una pregunta glacial: - ¡Camarada colono! ¿Qué quiere usted
decir? Abstraído en sus observaciones, Zirianski repuso con cierto enojo: -
¡Enamorados! ¡Me parece que está claro! Komarov experimentó un leve escalofrío
ante la sencillez de la explicación de Aliosha. El colono prosiguió: - Como les
dejemos sueltas las riendas a estos enamorados, nos harán la vida imposible.
Hay que cazarlos sin falta. Sería difícil pronosticar cómo habría terminado la
conversación de no haber entrado al vestíbulo Nadiezhda Vasílievna. La
excursión le había encendido las mejillas, y también iba vestida de blanco. -
Aliosha persigue a todos los enamorados -dijo-. Si alguna vez se enamora,
procure esquivarlo, Iván Semiónovich. Lo descuartizaría a usted. Zirianski
sonrió turbado y murmuró, regresando al comedor: - Enamórense sin miedo. - La
estoy esperando a usted -dijo Komarov. Nadiezhda Vasílievna tomó asiento en el
diván y alzó su pícara carita hacia el ingeniero: - ¿Para qué me necesita
usted? ¿Es algo relacionado con el acero de herramientas? - ¿Cómo dice? - ¿O
quizá quiere conocer mi criterio sobre la instalación de la fresadora diametral
Reineke-Lis? - Usted siempre con sus bromas -dijo el ingeniero aludiendo, por
lo visto, a que en el mundo hay
160
también cosas serias. - No es broma. Simplemente tengo prohibido hablar con los
ingenieros jóvenes de todo lo que no sean gorriones y ruiseñores. - ¿Prohibido
por quién? - Por su ogro de ustedes. - ¿Por nuestro ogro? ¿Cómo es eso?
Permítame... - Eso del ogro es de Gógol, Iván Semiónovich. Hay un cuento
dedicado a la producción, en el que alguien dice: "¡Traed al ogro!",
lo que significa que traigan al mejor especialista. También ustedes tienen su
ogro. - Ya caigo: Vorgunov. - Pues... el ogro me ha ordenado que no hable con
los ingenieros jóvenes más que de pájaros. - ¿Así lo ha ordenado? ¡Imposible! -
¿Por qué "imposible"? Lo hace porque los ingenieros jóvenes se
estropean fácilmente. ¡Qué horror! Hay que trasladarlos a ustedes en trenes rápidos,
igual que los artículos que se descomponen pronto, como la leche o la crema.
Kiril Novak oía, lleno de curiosidad, esta conversación. Lo que más le gustó de
ella fue que a Vorgunov lo comparasen con un ogro. Novak había leído hacía poco
El ogro, y la comparación le parecía acertada. Ya se recreaba imaginándose el
efecto que su descubrimiento produciría en la cuarta brigada cuando él lo
contase; pero en aquel mismo instante se produjeron sucesos mucho más valiosos
como materia informativa. Wanda bajó la escalera a todo correr; llevaba un
atadijo de regular tamaño y, articulando con dificultad, se dirigió a la
profesora: - Querida Nadiezhda Vasílievna, haga el favor de entregarle esta
esquela a Torski. - ¿Ya dónde vas con ese lío? -¡Me marcho, Nadiezhda Vasílievna!
- ¿A dónde? - ¡Me marcho! ¡Del todo! Vergüenza da decirlo: ¡me voy con Piotr!
Wanda dio un beso a la profesora y abandonó con celeridad el vestíbulo. Fue
entonces cuando comprendió Kiril Novak lo que acaba de desarrollarse ante su
vista y gritó en dirección al comedor: - ¡Aliosha, Aliosha! ¡Wanda!...
Zirianski salió del comedor como una bala; sin embargo, ya era tarde: sólo tuvo
tiempo de ver partir el camión y de decir: - ¡Ay, se ha fugado, palabra que se
ha fugado! Llevaba un lío de ropa, ¿verdad? - Sí. Y ha dejado esta esquela para
Torski. - ¿Una esquela? ¡Todo como en las novelas! ¡Qué mentalidad tan
pequeñoburguesa! ¡Caramba! "Torski, quiero a Piotr, me voy con él y nos
casaremos. Gracias por todo a los colonos. Hasta pronto". 15. El jefe de
la primera brigada.
A. S.
Makarenko Advertida o inadvertidamente, se echó encima agosto, un agosto
idéntico al del año anterior. Hacía ya frío para dormir en las tiendas, pero
como Zajárov dormía allí, resultaba violento pedir el traslado a los edificios,
pues podía decir lo mismo que en otras ocasiones similares: - Si tenéis frío,
habrá que envolveros en algodón... El año anterior, agosto había sido un mes
feliz, y el que había llegado hubiera podido serlo más todavía, de no impedirlo
los asuntos de la primera brigada. ¡La primera brigada! ¡La primera brigada
había elegido a Ryzhikov en sustitución de Volenko! Pensaban sus componentes
que lo elegirían sin que nadie lo notase. ¡Cómo no iban a notarlo, si cada
tarde en la cuarta brigada sólo se hablaba de la elección de marras! Los
pequeños eran quienes más lo comentaban. Aliosha Zirianski escuchaba sombrío y
meditabundo. La cosa no era para menos: ¿qué les había pasado a los colonos? ¿Y
al Komsomol? ¿Por qué Zajárov daba a todo su visto bueno? ¿Por qué la primera
brigada presentaba la candidatura de Ryzhikov y el buró del Komsomol la
apoyaba? ¿Y qué fue lo que dijo Zajárov en la asamblea general? - Nada tengo en
contra de la candidatura de Ryzhikov -explicó-. Espero que, como jefe de
brigada, Ryzhikov podrá revelar todavía mejor sus aptitudes. - ¿Y qué dijo Mark
Grinhaus? - Todos sabemos -observó- que la primera brigada atraviesa por una
situación difícil. Cinco komsomoles de los mejores marchan a los centros de
enseñanza superior. Quiere decirse que se le incorporarán cinco nuevos, lo cual
exige un trabajo nada fácil. Ryzhikov ha demostrado tener energía, y estamos
seguros de que sabrá poner la brigada a la altura que corresponde. Es un buen
trabajador y será un jefe de brigada enérgico. Todos sabéis que descubrió a
Podvesko y atrapó a Levitin con las llaves... Levitin lo interrumpió desde su
asiento: - ¡Yo no me llevé las llaves! ¡No fui yo! Grinhaus aguardó a que las
cabezas se volvieran nuevamente hacia él y prosiguió: - Sabemos que muchos
colonos están en contra de Ryzhikov: no pueden perdonarle su pasado. ¿Cuántos
camaradas hay aquí que, como él, tienen un pasado turbio, por así decirlo? Si
me pusiera a nombrarlos, me haría muy largo. No obstante, ahora son komsomoles,
estudiantes y todo lo que se quiera. Cierto que se trata de un caso de
confianza. Por eso, el buró deja a los komsomoles en libertad de votar como les
parezca. La mayoría atestiguará... Ryzhikov se pavoneaba en la colonia: ¡era un
fundidor famoso! El maestro Bankovski no daba un paso sin contar con él. Hasta
le confiaba su desgraciado horno, que, dicho sea de paso, tenía contados sus
días. Ryzhikov era puntual. Ryzhikov
Banderas
en las torres era alegre. Ryzhikov tenía en jaque a los ladrones. Pero la
cuarta brigada no mordía tan fácilmente el anzuelo. Quizás los demás colonos no
tuvieran tiempo, atareados como estaban con la nueva fábrica, con el frente,
con la maquinaria moribunda, con el comienzo inminente del año escolar y con
sinsabores como los amoríos de Piotr y de Wanda, pero la cuarta brigada halló
tiempo para pensar en Ryzhikov. Y su jefe, Aliosha Zirianski, se levantó en la
asamblea y dijo: - Nuestra brigada ha delegado en Volodia Begunok para que
hable respecto a la candidatura de Ryzhikov. A ningún colono se le escapó la
razón de que fuera Begunok quien hablase, y no el jefe de la brigada. Todos
intuyeron en aquel juego la mano de Robespierre, como llamaban a Zirianski.
Nadie había olvidado que, poco antes, Volodia Begunok había querido decir algo
en la asamblea, y que la disciplina de la brigada le dio entonces en la cabeza
y le obligó a sentarse, avergonzado, en un peldaño de la tarima, con la
trompeta entre las manos. Zirianski era astuto: al designar a Volodia, daba a
entender que, aquella vez, lo mismo que ésta, coincidía con lo que pensaba
Begunok y que la brigada no había desautorizado a éste, pero, por motivos
diplomáticos, no había querido armar un verdadero escándalo. Por eso, cuando
Volodia se levantó para hablar, los colonos tuvieron unas sonrisas de
inteligencia: la terquedad de la cuarta brigada era ya proverbial. Volodia dijo
con una expresión de glacial cortesía para Ryzhikov y de sutil insinuación para
la asamblea: - La cuarta brigada no tiene nada en contra del colono Ryzhikov;
sin embargo, considera que puede encontrarse una candidatura más digna para la
primera brigada y para la colonia. Por eso, la cuarta brigada votará contra
Ryzhikov. Torski miró asombrado a Volodia, y su mirada la comprendieron
perfectamente todos los reunidos: ¿de dónde había sacado Begunok expresiones
tan finas? El presidente preguntó: - ¿De modo que la cuarta brigada considera a
Ryzhikov indigno del título de jefe de brigada? Volodia se sonrió con un ángulo
de la boca y replicó: - No, eso no es lo que considera la cuarta brigada. ¡Ni
mucho menos! Ryzhikov es también digno; sólo que haría falta otro más digno,
¿entendido? La sonrisa de Volodia era ya completa, a tenor de la victoria
diplomática recién lograda. Pero Torski volvió a la carga: - Bueno, siendo así,
¿por qué la cuarta brigada no propone a otro? ¿Quién sabe?, puede que la cuarta
brigada Se hubiese preparado de antemano para contestar a las ponzoñosas
preguntas del presidente. Lo cierto es que Begunok no anduvo tardo en la
respuesta.
161 -
Ya lo creo que podríamos proponer... ni que decir tiene... Podríamos proponer a
cualquiera, a cualquiera de los colonos. - ¿A cualquiera que no sea Ryzhikov? -
Sí. Votaremos en favor de cualquiera y en contra de Ryzhikov. Las sabias
réplicas de Begunok entusiasmaban a la asamblea, pese a las simplezas que
encerraban. A fin de ponerlas al descubierto, Torski volvió a preguntar: - ¿Por
consiguiente, todos los colonos menos Ryzhikov pueden ser jefes de brigada?
Volodia se limitó a asentir con aire pensativo. - ¿Y tú puedes ser jefe de la
primera brigada o, por ejemplo, Vania Gálchenko? A todos se les encendieron los
ojos. Aunque el problema que se trataba en la asamblea era serio, las
situaciones peliagudas gustaban a los colonos: ¿qué salida encontraría Begunok?
¡Pues encontró salida! Cierto es que, al principio, olvidado de su misión
diplomática, dio un pueril sorbetón con la nariz, pero replicó de manera que
todos lo oyesen, poniéndose terriblemente serio: - No digo que Vania Gálchenko
o que yo fuese un jefe de brigada excelente, pero, siempre... mejor que
Ryzhikov. Torski entornó los ojos y se rascó la sien; rieron los colonos, y
Bratsán intervino, hosco: - ¡Basta ya!... Buena función han organizado con el
chico. Volodia Begunok enrojeció al oírlo y repuso ofendido: - ¡No se trata de
ningún chico, sino de toda la cuarta brigada! La cuarta brigada reía
satisfecha: ¡qué bien actuaba su representante! Cuando Vitia Torski propuso que
levantasen las manos quienes votaran en favor de Ryzhikov, los de la cuarta
brigada, los brazos cruzados sobre las rodillas, miraban irónicamente a la
asamblea. - ¿Quién está en contra? Votaron en contra Igor Cherniavin, Oxana,
Shura Miátnikova, Ruslán Gorójov, Levitin, Ilyá Rúdnev y alguno más. -
Veintisiete en contra -dijo Torski:-. Lo que no entiendo es por qué Cherniavin
y Rúdnev no votan con sus brigadas. Cherniavin quedó callado, y Rúdnev
respondió tranquilamente: - A mí me ha convencido Begunok. Lo dijo con
verdadera tranquilidad. Nadie sonrió al oírlo. Y aunque los votos en contra
sólo sumaban veintisiete, quedó muy mala impresión. Nunca había habido una
votación como aquélla en la colonia. Cuando trajeron la bandera, y Sadóvnichi,
el jefe interino de la primera brigada, se cuadró ante Zajárov, nadie se sintió
a gusto al hacer el saludo durante la ceremonia de transferencia. En la cuarta
162
brigada, Filka cuchicheó a Zirianski: - ¿¡Es que vamos a tener que hacer el
saludo a Ryzhikov!? Zirianski le contestó en el mismo tono: - No a Ryzhikov,
sino a la asamblea general y a la bandera... Así pasó Ryzhikov a ser jefe de
brigada. Una semana después, hizo guardia en la colonia, y Vania Gálchenko, en
su puesto de centinela, hubo de ponerse firme cada vez que el otro pasaba por
su lado. 16. Gracias por la vida. El asunto de Wanda tuvo un desenlace mucho
más agradable. Evidentemente, su fuga constituyó un golpe duro, y la esquela no
contribuyó a aliviado gran cosa. Lo peor del caso fue que hubo filósofos que se
pusieron a comentar: - ¿De qué os habéis asustado? Se enamoraron y se han
casado. ¿Qué tiene eso de particular? Zirianski replicaba a tales comentarios
echando espumarajos de rabia: - ¿Nada de particular? ¡Pues venga, vamos a
casarnos todos! ¡Venga! - Primero hace falta enamorarse, tonto. i Antes,
enamórate! - ¡Oh, enamorarse! ¿Crees que eso es difícil? ¡Ya veréis como dentro
de tres meses se enamoran todos! ¡Ya lo veréis! Pojozhái trataba de calmado: -
¿Para qué le das tanta importancia al asunto, Aliosha? No todos tienen
camioneta. Y sin camioneta la cosa resulta imposible. Salomón Davídovich lo
tranquilizaba también, diciéndole: - Usted, camarada Zirianski, no conoce la
vida: el amor no lo dan con cartilla de racionamiento. ¿Acaso es tan fácil
enamorarse? ¿Cree usted que es coser y cantar? ¿Y la vivienda? ¿Y el sueldo? ¿Y
los muebles? Únicamente los idiotas pueden enamorarse sin muebles. Por cuanto
yo sé, pasará mucho tiempo antes de que los colonos adquieran muebles más o
menos decentes. - Sí, claro. Pensando así, cualquier día raptará usted a alguna
colona. - Camarada Zirianski, ¿qué necesidad tengo de raptarla, cuando no sé
cómo casar a mis cuatro hijas? Bien porque Zirianski tuviera mala suerte o bien
porque la tuviera Wanda, el hecho es que ella se presentó en la colonia un día
de asueto, estando de guardia... ¡Zirianski! Los colonos vivían ya en los
pabellones. Wanda apareció en el vestíbulo después del almuerzo, cuando todos
se hallaban en los dormitorios o desperdigados por el parque. Hacía de
centinela Vasia Klúshnev, parecido a d’Anthés, como hemos dicho. Wanda miró en
torno y murmuró con timidez: - ¡Salud, Vasia!
A. S.
Makarenko Klúshnev se alegró de verla: - ¡Oh, salud, Wanda! - He venido a
veros. ¿No podrías mandar a alguien para avisar a las chicas? - Vete
directamente al dormitorio. Allí están todas. - ¿Quién es hoy el jefe de
guardia? - Zirianski. Wanda se desplomó en el diván y se puso pálida: - ¡Qué
mala suerte! - No temas, pasa, ¿qué puede hacerte? Pero en esto salió del
comedor Zirianski, acompañado de Begunok: - ¡Ah! ¿A qué se debe su visita? -
Necesitaba venir -balbuceó a duras penas Wanda. - ¡Fíjense, necesitaba venir!
No lo necesitarías mucho, cuando te fugaste de la colonia. Dos chicas que
acababan de salir del comedor gritaron llenas de júbilo. Atraídas por los
gritos, acudieron otras dos, que expresaron su alborozo del mismo modo. Luego
salió Oxana y se arrojó, como era de suponer, en brazos de su amiga: - ¡Wanda,
Wanda querida! Zirianski se recobró y rugió con voz de trueno: - ¡Os mandaré
arrestar a todas! ¡Ella se fugó de la colonia! Oxana miró sorprendida al jefe
de guardia, y le dijo: -¿Que se fugó? ¿Qué invenciones son ésas? No se fugó. Lo
que hizo fue casarse. Volodia Begunok estuvo mirando y remirando y terminó
también por abrazarse a Wanda. - ¡Wanda! -exclamó-. ¡Ay, querida Wanda! ¡Ay,
qué alegría! ¡Se ha casado! - ¡Vete de aquí, diablejo! -le gritaron las
muchachas. Zirianski, que no se olvidaba de su brazalete, bramó: - ¡Orden,
colonos! Era la reconvención habitual del jefe de guardia, y las muchachas
callaron cohibidas. - ¡Aquí no tiene nada que hacer! ¡Nunca la dejaré entrar!
¿No se fugó de la colonia? ¡Pues se acabó! ¿Y por qué se fugó? ¡Por un amorío!
Wanda no pudo por menos de levantar la voz: - ¿Por qué dices que me fugué? ¿Es
que acaso me he ido a vagar por el mundo? ¡Llevaba un año en la colonia! - ¡Un
año en la colonia! Tanto peor está el haberse ido así... de manera tan puerca,
hablando en plata. ¿Los don Juanes te interesan más que los colonos? - ¿Qué don
Juanes? - ¡Tu Piotr es un don Juan! Volodia Begunok canturreó: - Un don Quijote
de la Mancha. - ¿Por qué un don Juan? Nos hemos casado en el Registro Civil.
Banderas
en las torres - En el Registro Civil no te dio vergüenza entrar, y en el
Consejo de jefes, sí. Después de la fuga, te has estado un mes sin aparecer.
Camarada Klúshnev, no permito que pase a los dormitorios. Klúshnev se cuadró,
el fusil pegado a la pierna, y dijo: - ¡A la orden! Zirianski, airado, giró en
redondo y desapareció en el comedor. Begunok corrió al gabinete de Zajárov. -
¡Qué monstruo! -exclamó Oxana-. ¿Cómo vamos a arreglarnos ahora? Vasia, ¿no la
dejas pasar? Vasia sonrió tristemente: - ¿Qué dices? La orden del jefe de
guardia es obligatoria, igual para mí que para vosotras. Pero en aquel mismo
instante salió al pasillo Zajárov, y las muchachas lo acosaron: - ¡Alexéi
Stepánovich! ¡Ha venido Wanda, y Zirianski no le permite pasar a los
dormitorios! La alegría del director al ver a Wanda no fue menor que la de las
chicas. La besó y le acarició la cabeza, al tiempo que decía: - ¡Cómo es
posible! ¡Tratar así a una visitante tan querida! ¡Aliosha! Zirianski se plantó
a la puerta del comedor. - ¡Aliosha! ¿No te da vergüenza? - Es costumbre vieja
en la colonia no admitir a los fugitivos. - ¡Déjate de fugitivos! Que pase.
Zirianski arrugó el ceño y adoptó un aire oficial. - ¡A la orden, camarada
director! Camarada Klúshnev, por disposición del director, se le permite el
paso. Zajárov se echó a reír, meneó la cabeza, pasó el brazo por los hombros de
Wanda, hizo chancero un gesto galante, mostrando a las muchachas el camino, y
se dirigieron todos al despacho. Allí estuvieron largo rato, y Volodia Begunok
refirió posteriormente en la cuarta brigada: - No había más que muchachas,
¿comprendéis?, y todas dale que te dale. Alexéi Stepánovich no regañó a Wanda;
no hizo más que preguntarle por su vivienda, por la vieja y por Piotr. Wanda a
todo contestaba lo mismo: “¡Ah, Piotr es magnífico, y la vieja es magnífica y
la vivienda magnífica también!” Luego fijaos: se acercó así... a Alexéi
Stepánovich y lo abrazó. Se le quedó colgada del cuello, y venga a llorar. ¡Qué
divertido! Todo tan magnífico y requetemagnífico, y lloraba a moco tendido. Las
demás muchachas también se secaban las lágrimas. Fue divertidísimo... - ¿Y
después? - Pues... Alexéi Stepánovich dijo: ¡Volodia, vete de aquí! ¡Qué poca
vergüenza tienes! Y me fui. - ¿Por qué te echó? - Yo... Palabra, que no hacía
más que mirar... - ¿Y por qué lloraba ella?
163 -
¡Cualquiera las entiende! Le dío muchas veces las gracias. Luego se puso en
mitad del despacho y dijo: “¡Gracias, gracias por la vida!" Filka, muy
serio, lo miró con sus grandes ojos y comentó: - Eso está muy bien: Alexéi
merece que se le den las gracias. Lo que yo no entiendo es qué necesidad hay de
llorar. Si dijo "gracias", ¿qué falta hacían las lágrimas? Seguro que
Alexéi la riñó por algo. - No, no le dijo nada. Estaba... ¿sabéis?... muy
bondadoso; no se enfadó lo más mínimo. Por la tarde hubo reunión del Consejo de
jefes. Asistió Piotr Vorobiov; acudieron muchos chicos de la cuarta brigada y,
¡cosa rara!, se presentó también Vorgunov, que ocupó un asiento en el diván, al
lado de los colonos, y prestó gran atención. Torski dio la palabra a Wanda.
Ella miró muy emocionada a todos y dijo con voz velada por las lágrimas: -
¡Queridos colonos! No he vivido con vosotros más que un año; sin embargo, os
aseguro que ha sido mi único año de vida. Siempre os recordaré, y hasta que me
muera estaré dándoos las gracias a vosotros y al Poder soviético. Perdonadme
que me enamorase de Piotr y no os dijese nada, pero es que me daba miedo y
vergüenza. Perdonadme y perdonad también a Piotr, que es como otro colono
cualquiera. Licenciadme honrosamente, como a una colona, y permitidme que
trabaje en la nueva fábrica de tornera o de lo que sea. Piotr Vorobiov habló
también; cierto que con timidez, muy azorado, mirando sin cesar a Zirianski: -
Yo... no soy orador. Pero no hay que fijarse en las palabras, sino en los hombres.
No vayáis a creeros, lo comprendo todo y no me enfado. Naturalmente, está bien
que tengáis aquí esa severidad; Yo lo comprendo. Por eso Wanda... es tan
buena... - ¿Te gusta? -preguntó Zirianski. - ¡Claro que sí! Quiero a Wanda. Lo
digo sin rodeos. Y no os preocupéis, la querré toda la vida... - ¡Qué bien!
-deslizó Oxana al oído a Lida Tálikova, que asintió, conmovida, con la cabeza.
Zirianski, no obstante, pidió la palabra: - Wanda y Piotr obraron mal. Quizá
sea verdad eso de que es para toda la vida, pero, ¿quién nos lo garantiza?
Otros quizás quieran por poco tiempo, ¿qué sabemos nosotros? Por eso no se debe
permitir. ¿Qué será de la disciplina si damos rienda suelta a todos los
enamorados? Debían haberlo dicho al Consejo de jefes, y nosotros lo hubiéramos
tratado: habríamos elegido una comisión para que todo lo viese y estudiase.
Pero ellos se montaron en el camión y se largaron. Tal como hacían los
antiguos. Propongo que por haberse casado sin... Vorgunov lo atajó,
pronunciando sus primeras palabras dirigidas a los colonos: - Sin la bendición
de sus padres. No sólo Zirianski, sino todos los colonos
164
quedaron desconcertados por aquel repentino ataque. Todos volvieron la cabeza
hacia el corpulento ingeniero, que sentado entre ellos, miraba fijamente a
Zirianski y parecía descontento. - Quiero decir sin la bendición del... del
Consejo de jefes. Es igual. Actos como éste acarreaban antes la maldición de
los padres. Zirianski se alegró al oír la voz humana de Vorgunov: - No digo que
haya que echarles la maldición; sin embargo, arrestar a Wanda y a Piotr... por
unas diez horas no estaría mal. Filka gritó desde un rincón: - ¡Muy bien!
Vorgunov localizó a Filka con la vista e inclinó en dirección a él su
voluminosa humanidad. - ¿Dices que muy bien? ¿Por qué lo sabes? - Porque se ve
a las claras. - Pues yo no lo veo. - Eso no quiere decir nada -repuso Filka con
el tono de voz más denso que pudo-. Usted lleva poco tiempo en la colonia. Aquí
comprobaron los colonos que Vorgunov sabía reír con toda el alma. Se le reían
el vientre y los hombros; abría mucho la boca y reía con voz de bajo. Sosegado
ya, preguntó a Filka, recobrando el tono grave de antes: - ¿Crees que me
convertiré en una fiera sanguinaria como Zirianski? - ¡Y tanto! Si vive usted
algún tiempo aquí... Aunque quizás se escape usted antes. Vorgunov volvió a
reírse a carcajadas. Filka le gustaba. Los colonos se sentían alegres por otro
motivo: era sencillamente agradable ver que, al fin, aquel ingeniero jefe tan
huraño, comenzaba a hablar y hasta se reía. La reunión terminó alegremente. Es
verdad que Zirianski no retiró su propuesta, pero en favor de la misma se
alzaron únicamente dos manos, y una de ellas, la de Filka, no era valedera, ya
que su dueño carecía de voto por no ser jefe de brigada. Se acordó licenciar a
Wanda con todos los honores: darle una dote, elegir una comisión, facilitarle
trabajo de tornera y el próximo día festivo ir el Consejo en pleno a casa de
Vorobiov para averiguar cómo vivía y si había que ayudar en algo. Wanda
abandonó el local tan dichosa, rodeada estrechamente de sus amigas, que hasta
se olvidó de Piotr. Por la tarde, Wanda pasó a despedirse de la cuarta brigada.
Zirianski la recibió amablemente, le ofreció una silla y le preguntó: - ¿No
estás enfadada conmigo? - ¡Oh, queridos muchachos! Me cuesta tanto trabajo
separarme de vosotros, que no puedo enfadarme. Sed felices y no me olvidéis. Y
gracias por haber sido tan buenos camaradas. Gracias. Volodia Begunok escuchó
atento y seriamente a Wanda, pero ello no fue óbice para que observara a
A. S.
Makarenko Filka, cuyos ojos despedían un brillo sospechoso, por lo que el
diablejo que Volodia llevaba dentro se regocijó sobremanera. Sin embargo, Filka
entornó los párpados y pronunció en tono grave, con voz de lo más habitual y
sin el mínimo tinte de emoción: - Nosotros... ya se sabe... Seguiremos siendo
buenos camaradas. Por eso no te preocupes, Wanda. Sólo que las lágrimas... ¿a
qué llorar aquí? Wanda se enjugó los ojos, sonrió y, lanzándose sobre Vania
Gálchenko, lo cubrió de besos en presencia de todos. Vania la miró asustado, y
cuando volvió en sí le dijo: - ¡Por qué me besas a mí solo? Ya que te despides,
despídete de todos... La cuarta brigada en pleno se abalanzó a besarla entre
gran algarabía. Los peques le apretujaban las manos y le rogaban: - Ven a
vernos... ven a visitar... la cuarta brigada. Wanda dejó de derramar lágrimas,
se echó a reír y prometió que los visitaría. Quizá llorase después en alguna
otra parte, pero la cuarta brigada no lo vio. En la brigada misma, todos la
despidieron con alborozo, y a ningún colono le pasó por la imaginación llorar.
17. Banderas en las torres. Los pabellones de la fábrica estaban ya terminados
y, como siempre ocurre, se acumuló tal cantidad de trabajo, que parecía
imposible que alguna vez se acabase. En algunos lugares había máquinas
colocadas en sus cimientos; otras seguían llegando sin interrupción y no había
dónde colocarlas, bien porque los cimientos no estaban listos, bien porque el
piso seguía sin allanar. Por más que trataron de evitarlo, el patio de la
colonia se convirtió en un verdadero caos. Los nuevos edificios estaban
rodeados de andamios; se veían por todas partes cobertizos, barracas, desechos
de madera, escombros, pedazos de ladrillo, hoyos de cal, parihuelas rotas,
trozos de contrachapado, jirones de esteras, todo ello cubierto del
omnipresente polvo de las obras, del que no había forma de escapar ni siquiera
en el interior del edificio central. Junto a la nueva fábrica, "que surgía
del caos" de las obras, moría la vieja, empresa de Salomón Davídovich, en
torno a la cual se extendía un caos parecido, con la diferencia de que éste era
el caos de la consunción. A fines de agosto, las filas de los colonos
alcanzaron la línea del primero de noviembre, por término medio. Las chicas
-flanco derecho"presionaban al enemigo, que huía lleno de pánico" en
las líneas de la última decena de diciembre. Sin embargo, la empresa de Salomón
Davídovich estaba dando las boqueadas. Una tras otra iban quedando fuera de
combate las "cabras"; en la sección de máquinas de la carpintería, el
cuadro no era mejor; el "estadio", abarrotado de desechos, de piezas
defectuosas y de multitud de desperdicios, presentaba
Banderas
en las torres un espectáculo tan deplorable, que Zajárov prohibió
terminantemente volver a trabajar en él apenas comenzaran los fríos. Sin que se
lograra averiguar las causas, en el "estadio" estallaron dos
incendios, que, aunque extinguidos con rapidez, dejaron unos manchones
calcinados que le daban un aspecto mucho más lastimoso. Salomón Davidovich
decía a los colonos: - Todo puede soportarse: las deficiencias en el trabajo y
hasta la nueva fábrica; lo que no puede soportarse son los incendios. ¿Acaso mi
corazón puede resistir una carga tan grande? ¿A santo de qué? Los colonos
procuraban consolarlo. - Es igual. De todas maneras, arderá. Sépalo usted,
Salomón Davídovich, de todas maneras, arderá. - ¿De dónde habéis sacado
vosotros que arderá? - Lo dicen todos los colonos. - Muy bonito: ¡lo dicen
todos los colonos! ¿No podrían decir alguna otra cosa? - ¿Del estadio? ¿Qué se
puede decir de él? Ese es el viejo mundo, Salomón Davídovich. De todos modos,
habrá que prenderle fuego. Salomón Davídovich se ofendía e inquietaba a la vez.
Últimamente había tomado la costumbre de acudir por las tardes al despacho del
director y echar un sueño en el diván. Zajárov le preguntaba: - ¿Por qué no se
acuesta usted, Salomón Davídovich? - Hay un asunto nuevo, el diablo se lo
lleve. - ¿Qué asunto? - Un asunto muy ridículo, por cierto: espero un incendio.
- ¿En el estadio? - ¿Dónde, si no? - ¿Y por qué cree usted que el incendio ha
de estallar cuando usted no duerma? Bien pudiera empezar a arder de madrugada.
- De madrugada sería ya muy distinto. Nadie podría decir: "El estadio se
ha quemado, y Salomón Davídovich se acostó con las gallinas". Si me
acuesto a las doce, será decoroso, ¿verdad? - Creo que sí. - Bueno, pues me
quedaré aquí hasta las doce. A finales de agosto, llegó una vez Kréitser,
recorrió los dominios de Salomón Davidovich y luego se presentó a Zajárov,
diciéndole: - Mande a su Volodia que toque a reunión de jefes de brigada. -
Tenga en cuenta que la jornada de trabajo no ha terminado. - No importa.
Propongo que se pare inmediatamente. ¿Cree usted que se puede seguir trabajando
en la sección de mecánica y en el estadio? - Desde luego que no. - Pues mande
reunir el Consejo de jefes. - Ahora mismo. Los jefes de brigada y todos los
colonos oyeron,
165
asombrados, el toque a reunión del Consejo en plena jornada de trabajo. A nadie
se le ocurrió pensar que aquella breve señal, compuesta de tres sonidos, era el
último golpe a la vieja empresa de Salomón Davídovich. La asamblea no duró
mucho. Kréitser propuso concentrar todas las brigadas en las obras, a fin de
poner en marcha cuanto antes la fábrica. Estalló una ovación. Vorgunov escuchó
la propuesta y la ovación con desconfianza. Mirando a los colonos, se limitó a
preguntar: - ¿Y serán ellos los que desmonten los andamios? Los jefes de
brigada respondieron con miradas perplejas, pues no comprendían la pregunta, y
Vorgunov los miraba a ellos sin comprender su perplejidad. Salomón Davídovich
emitió un bufido de desaprobación: - ¡Fu! ¡Vaya! ¡Desmontar los andamios! Si
les propone usted que desmonten al mismísimo diablo, lo desmontarán, ¿se
entera? Y todo lo colocarán en orden: las patas aparte, las pezuñas aparte y
los cuernos y el rabo también aparte, de modo que podrá usted inventariarlos
sin dificultad. Vorgunov se volvió hacia él y dijo, sarcástico: - Hasta ahora
nunca he tenido que desmontar al demonio, pero creo que sería más fácil que los
andamios. - Se equivoca. ¿Piensa que se iba a estar tan quietecito, viendo cómo
lo desmontaban? ¡Mordería! Aquella peregrina discusión fue zanjada por el
director: - Lo mismo Salomón Davídovich que Piotr Petróvich andan un poco
atrasados: Dios y el diablo llevan ya tiempo desmontados y expuestos en los
museos. Ahora bien, los andamios los desmontaremos, Piotr Petróvich. Vorgunov
hizo con todo el cuerpo un movimiento que quería decir: ya veremos cómo los
colonos desmontan los andamios. Al día siguiente, la concurrencia ante el
diagrama del Estado Mayor de la emulación fue extraordinaria: el parte de
guerra decía: "Situación del frente el 29 de agosto Nuestro flanco
derecho, poseedor de la bandera roja, asestó ayer el último golpe al enemigo:
el plan anual de la sección de costura fue cumplido plenamente. Después de un
breve asalto, las muchachas tomaron las primeras torres de la ciudad. La
bandera roja de la URSS ondea en las torres. El enemigo, perdida toda esperanza
de vencer, ha iniciado la evacuación de la ciudad. Esperamos que mañana, pese a
ser día de descanso, nuestras unidades del flanco izquierdo y del centro también
entrarán en la ciudad". Efectivamente, en la torre derecha del diagrama
166
tremolaba una bandera roja. El notable acontecimiento había sido esperado tanto
tiempo, que nadie daba crédito a sus ojos. La cuarta brigada se pasó el día
yendo y viniendo para deleitarse en la contemplación del diagrama. En efecto,
en las torres se destacaba un banderín estrecho y rojo con la inscripción:
URSS. Veíase también a los enemigos huyendo de la ciudad: no eran azules, ni
muchos menos, sino negruzcos, chiquirrititos, bastante repulsivos. Piotr
Vasílievich Málenki los había dibujado con tinta china, y, por lo visto,
aquello debió de llevarle mucho tiempo, pues el número de enemigos era
crecidísimo. A la hora de la cena se leyó una breve orden: "La quinta y la
undécima brigadas deben presentarse formadas a la asamblea. La orquesta y la brigada
de abanderados se pondrán a las órdenes del jefe de guardia". Por la
noche, en la asamblea general, tuvo lugar la ceremonia. Llegaron las muchachas
en traje de gala, siendo recibidas por el toque de saludo a la bandera. Después
se las felicitó y cubrió de alabanzas. Cierto que ellas no bregaban con las
"cabras" ni con la madera, que tanto hacían sufrir a los chicos, pero
no podía negarse que habían trabajado de firme. Por eso ninguno de los
muchachos les tenía envidia. Al contrario, todos se alegraban, mirándolas con
ojos resplandecientes. Para contestar a la felicitación, tomó la palabra Oxana
Litóvchenko. Igor la escuchaba con orgullo: ¡él solo amaba a Oxana, él solo
comprendía cuán encantadora era! Nadie podría hablar tan bien como ella. - Lo
que voy a deciros es lo siguiente, queridos camaradas: ¿quién podía pensar en
cualquier otro tiempo que llegarían unas chicas a una habitación tan bonita
como ésta y que cuarenta muchachos iban a tocar en su honor trompetas de plata?
Estos muchachos que han tocado, y los que están bajo la bandera, oyeron con
nosotras, con Salomón Davídovich, con Piotr Petróvich, el nuevo ingeniero jefe,
y, sobre todo, con Alexéi Stepánovich y con otras personas que no se hallan
presentes aquí, porque están en el trabajo –nuestros profesores, los
contramaestres y los obreros-, lo que nos dijo el Partido Bolchevique, lo que
nos dijo Lenin. Lo oyeron y trabajaron como héroes, no como asalariados.
Hicieron muchos cientos de miles de mesas, de butacas, de aceiteras, de mesas
de dibujo, de calzones y de camisas para uso de nuestros compatriotas. Y ahora
hemos conquistado para nosotros y para nuestro país una fábrica nueva. Haremos
aparatos destinados al Ejército Rojo, pues no sólo con balas se bate al
enemigo. Y no sólo para el Ejército Rojo, sino para los que construyen puentes,
casas y carreteras, para todos los
A. S.
Makarenko trabajadores. Ni un colono se ha emboscado en el convoy, como dijo el
camarada Kírov. Pero hasta el día de hoy sigue viviendo entre nosotros una
víbora que aún no hemos conseguido aplastar. Ayer mismo desaparecieron
instrumentos en la fábrica. ¿Habéis visto cómo huyen de la ciudad los
tenebrosos enemigos que ha dibujado el Estado Mayor de la emulación? Pues uno
de ésos vive entre nosotros. Camaradas colonos, las muchachas os ruegan que no
descansemos ni nos demos por satisfechos hasta que lo descubramos y lo... lo
detengamos. También os piden las muchachas que el día en que lo descubramos se
organice una fiesta más solemne que nunca. Así habló Oxana. Oyéndola, se olvidó
cada cual de la máquina en que trabajaba y de si pertenecía al flanco derecho,
al izquierdo o al centro. Todos se acordaron del telón del teatro, del reloj de
plata de Zajárov, de los abrigos y de los numerosos instrumentos y objetos que
habían desaparecido en la colonia. Se acordaron también de Volenko. Y
coincidieron con Oxana en que cuando descubriesen a la víbora, habría que
organizar en la colonia una fiesta nunca vista. Cuando Oxana hubo terminado,
nadie creyó necesario contestar: las cosas estaban claras y todos pensaban lo
mismo. Quien pidió la palabra para responder fue... Vorgunov. ¿Dónde se había
visto que Vorgunov hablase en las asambleas generales? ¿Qué le habría sucedido?
El ingeniero jefe se levantó, jadeante. No quería hablar desde su asiento, sino
desde la tarima, para mayor solemnidad. Los colonos aguardaban con gran
interés. Vorgunov, colocándose frente a la brigada de abanderados, levantó el
dedo: - Oxana Litóvchenko se llama la muchacha que acaba de hablar, la jefa de
la quinta brigada. Yo, un ingeniero viejo, me inclino ante ella y le digo: ¡muy
bien, Oxana! Ha hablado de lo principal: negras víboras nos enredan las manos a
cada momento y nos impiden trabajar. Os haré una confesión. Cuando me mandaron
para acá, venía pensando: "Juegos de chiquillos. ¡Qué fábrica puede haber
allí!" No me gusta la adulación. No os he adulado hasta hoy ni os adularé.
Sin embargo, ahora, después de conoceros, declaro francamente que mi camino
coincide con el vuestro. Pongamos en orden cuanto antes la nueva fábrica, ¡y a
trabajar lo más pronto posible! A los enemigo los escaldaremos con agua
hirviendo. Juntos los escaldaremos, ¿qué os parece? Los colonos aplaudieron
alborozados al viejo ingeniero: un nuevo luchador se incorporaba al frente de
combate. Vorgunov continuó: - Ahora bien, en el trabajo soy severo. Yo no diría
que terriblemente severo, aunque lo soy... tanto como Alexéi Stepánovich, por
lo menos. - ¡Eso nos gusta! -gritaron los colonos. - ¿Os gusta? Entonces, trato
hecho. Tendréis que obedecerme.
Banderas
en las torres - ¿Y usted a nosotros? - ¿Yo obedeceros a vosotros? En fin, tal
vez haya que hacerlo alguna vez. Vorgunov se echó a reír, y los colonos se
rieron también: reían la orquesta, la brigada de abanderados y las cuatro filas
de las chicas en formación. Al día siguiente, el parte de guerra anunció:
"El enemigo ha abandonado los muros de la nueva ciudad. Nuestras unidades
han penetrado en ella por todo el frente. Las banderas rojas tremolan en todas
las torres. Las últimas fuerzas adversarias se hán dispersado por la zona de
las obras, refugiándose entre los barriles, cajones, andamios y montones de
basura. Parte de ellas se ha hecho fuerte en el viejo estadio. Por acuerdo del
Consejo de jefes, deberá desalojárselas de su último escondrijo durante el mes
de septiembre, a fin de que para la festividad del 7 de Noviembre no quede en
la colonia un solo enemigo" 18. Lo que es el entusiasmo. Vorgunov había
calculado que bastaría un mes para acondicionar el territorio de las obras, así
como los viejos y nuevos edificios. Probablemente, había considerado, con
razón, que algo representaban las energías de las once brigadas. Sin embargo,
la asamblea general resolvió el 31 de agosto: "1. En las actuales
circunstancias, es imposible estudiar en la escuela. El comienzo de los
estudios se aplaza hasta el 15 de septiembre, anulándose las vacaciones de
invierno. 2. Se trabajará sin horario fijo, todo cuanto se pueda. 3. A cada
brigada se le encomendará un sector determinado. 4. Los trabajos deberán terminarse
para el 15 de septiembre" El 1 de septiembre, todas las brigadas acudieron
a trabajar en un mismo turno, después del desayuno. Vorgunov no esperaba
aquello. Esperaba que los doscientos colonos, trabajando cuatro horas,
cumplirían cien jornadas normales diarias, de las que descontaba un 35 por
ciento que se perdería "por cosas de chiquillos". No obstante, al
finalizar el primer día, pudo comprobar que contaba con doscientas jornadas
completas, de ocho horas. En cuanto a las "cosas de chiquillos", era
difícil discernir lo que allí pasaba. En algunos sectores, el trabajo revestía,
sin duda alguna, un carácter infantil. Las obras adquirieron súbitamente un
nuevo aspectos doscientos constructores, carpinteros, pintores, estuquistas y
peones que trabajaban antes, seguían allí; el organismo de las obras continuaba
inalterado. Los colonos no introdujeron, al parecer, ninguna modificación
substancial. Aquellos
167
muchachos y muchachas sabían menos y tenían menos fuerza física; pero eran algo
así como la sangre en el cuerpo. Igual que ella, penetraban, impetuosos, en
todas partes, saturando los tajos con su interés, sus palabras, sus risas, sus
exigencias y su seguridad. Aquí y allá aparecían sus ágiles figuras, tiraban de
algo, jadeaban, gritaban y, de pronto, como bandada de gorriones, levantaban el
vuelo para ir a una nueva línea donde se requería su ayuda. Dentro de un
pabellón, las muchachas cumplían la difícil tarea de allanar los desniveles del
piso. Había que traer miles de parihuelas de tierra, sin lo cual sería
imposible entarimar el suelo ni colocar los cimientos de las máquinas. En
alguna reunión secreta, las muchachas acordaron trabajar corriendo. El
procedimiento causó estupefacción general el primer día, pero los chicos
afirmaban: - ¡Ya se les acabará el gas! ¡Cómo van a resistir eso! Sin embargo,
el trabajo a la carrera prosiguió al día siguiente, y al tercero, después de lo
cual quedó claro que, lejos de cansarse, las chicas se iban acostumbrando a tal
sistema. Los comentarios de los muchachos tomaron otro giro: - Fíjate: ¡lo
mismo corren con las parihuelas vacías que llenas! Aquel ritmo infantil comenzó
a inquietar a Vorgunov, que entraba cada vez con más frecuencia para ver lo que
se hacía en el edificio. Por su lado corrían riendo parejas de muchachas: -
Buenos días, Piotr Petróvich. ¿Qué tal los chicos? ¿No andan haciendo el vago?
Con los colonos trabajaban los profesores e instructores. La encargada de la
sección de costura, mujer de edad, corría tras las muchachas y protestaba,
aunque para sus adentros se sentía satisfecha: - Estas malditas niñas le quitan
a una el aliento. ¡Claro, qué les importa a ellas, siendo tan ligeritas!
¡Cualquiera las alcanza! Aunque es cierto que no corren tanto cuando les toca
conmigo... Un viejo albañil que estaba sentado en el suelo, cerca de unos
cimientos a punto de terminar, se reía, mostrando sus desdentadas encías. - En
mi vida he visto cosa igual -decía-. ¡Qué gente más tesonera! ¡Y siempre están
riéndose y corriendo de aquí para allá! Viéndolos le entra a uno envidia...
¡Quién tuviera menos años! ¡Menudas carreras iba a echar! Adelantaría incluso a
ésa. ¡Ahí va! Levantándose de pronto, el viejo se lanzó en seguimiento de Lena
Ivanova y de Luba Rotshtéin. La cuarta brigada tenía una misión especial: picar
casquijo para el hormigón. Los restos de ladrillos, diseminados por todo el
solar, desaparecían bajo el martillo de los peques como el fuego bajo el chorro
de agua de una manga. Apenas acababa uno de ver a los chicos en un sitio,
cuando ya estaban en otro, en
168
cuclillas, dando martillazos y discutiendo, por no perder la costumbre: - Se
llama cepilladora si anda la mesa, y si la que anda es la cuchilla, se llama
shaping. ¡Oh, hay allí una shaping pequeñita tipo Keyston! - La shaping es
también cepilladora. - No. Cepilladora es cuando anda la mesa. - ¡La mesa! ¿Qué
mesa? - ¡Así se dice, la mesa! - ¡Después dirás que anda también la silla! ¡Y
la cama! - ¡Siempre metidos en discusiones! -dijo Bratsán, contemplando el
material picado-. ¡Llevad el casquijo! - ¿Y con qué lo vamos a llevar, con las
manos? - ¿Dónde están las parihuelas? - Se las han llevado las chicas, porque
no tienen bastantes. - Pues llégate corriendo y pídeselas. - ¡Como que te las
van a dar! Discute uno con ellas y va a parar al parte. ¡Y ellas, ya se sabe,
tendrán razón! Ayer mintieron: ¡sin haberles dicho nada, me acusaron de
grosero!... Los muchachos de Bratsán ocupaban uno de los puestos de honor: ¡las
aceras asfaltadas! Cosa de tres veces al día llegaba a la colonia un camión con
un caldero en que hervía el alquitrán. Un ancho camino de cientos de metros se
extendía por todo el recinto de la colonia. Algunos tramos estaban ya listos;
en otros lugares habían empotrado en el suelo cajones de madera, y la brigada
de Bratsán los llenaba de casquijo y hormigonaba. En el pabellón principal de
la fábrica, la brigada de Pojozhái desmontaba los andamios. Era una faena tan
agradable, que faltó poco para que no se pelearan por ella en el Consejo, y
hubo que echar suertes. Cuando la fortuna sonrió a la novena brigada, Pojozhái,
seguido de los suyos, abandonó la asamblea y corrió al pabellón principal. Esta
brigada era la que más preocupaba a Vorgunov. Contemplándola desde abajo, lo
invadía una infinita zozobra. Se estaba desmontando el andamio en un chaflán
del edificio, donde los tablados eran muy complejos. Un tronco de veinte metros
se había atascado en el laberinto de tablas y pendía de ellas en posición casi
vertical. Los colonos, abrazados a él, trataban de sacarlo. De pie en la tabla
más alta, Jean Grif blandía un macho de forja. Precisamente este artefacto era
el que miraba Vorgunov, pues jamás había oído decir que un andamio se
desmontara con tal herramienta. Jean Grif, produciendo un estrépito
ensordecedor, descargaba mazazos sobre el tablado vecino, del que se
desprendían las tablas no sin estremecer la estrecha base en que el muchacho se
encontraba. Los compañeros de abajo escondían la cabeza, temerosos de que la
lluvia de maderos pudiera caerles encima. Vorgunov gritó, tuteando a Grif:
A. S.
Makarenko - ¿Qué haces, qué haces, calamidad? - ¿Qué pasa? -preguntó
sorprendido Jean Grif, mirando hacia abajo. La brigada completa miró desde
arriba, deseosa de comprender lo que quería el ingeniero. Vorgunov, sin
embargo, se había olvidado ya del demoledor martillo de Jean Grif. Su atención
la absorbía el pequeño Sinitsin, que iba gateando por el tronco vertical con
una cuerda en la boca. Vorgunov levantó ambos brazos y gritó cuanto se lo
permitía su voz sorda y carraspeante: - ¿Pero qué estás haciendo? ¿Quién
diablos te manda subir? Sinitsin miró también a Vorgunov desde arriba y le
preguntó, a su vez: - ¿Qué pasa? - ¡Bájate de ahí en seguida! ¡Te digo que te
bajes, cacho de animal! Pojozhái, el jefe de la novena brigada, se hallaba
también en lo alto y berreó desde allí: - Que suba, porque, si no, vamos a
estar aquí hasta la noche. Atará la cuerda y asunto terminado. - ¡El tronco no
está sujeto! ¡No está sujeto! - No hay miedo de que se caiga -objetó Pojozhái-.
Doce hemos estado empujando sin poder moverlo. No tenía sentido seguir
discutiendo. Sinitsin se había encaramado ya a la cima del tronco y ataba la
cuerda. Vorgunov le observaba sin parpadear. - ¡Vamos, vamos! -le suplicó Dem
acercándose-. Dígales usted algo. ¡Se me han puesto los pelos de punta! ¡Qué
bárbaros! ¡Qué bárbaros! A Dem le temblaban los labios, y su opulento bigote
tenía un movimiento cómico. Vorgunov miró en la dirección que señalaba la mano
de Dem y vio un cuadro realmente impresionante: quince muchachos, de pie sobre
el tejado de un cobertizo de madera, canturreaban: - ¡De aquí para allá, de
aquí para acá! Se balanceaban rítmicamente, y al compás de ellos se movía el
tinglado entero sobre sus endebles soportes. Arreció el balanceo, le crujieron
los huesos al cobertizo y comenzaron a asomarle por los costados vigas y cuñas.
Vorgunov corrió hacia allá y dio unos gritos a los colonos. Era tarde: la
barraca se derrumbó, despidiendo nubes de polvo; resonó un horrible estrépito y
en aquella polvareda y aquel fragor se perdieron los quince colonos, como si se
los hubiese tragado la tierra. Sus voces enmudecieron por un instante, seguido
de risas y de chillidos, de una algarabía ensordecedora. El cobertizo había
dejado de existir. Yacía en su lugar un montón de maderos del que iban emergiendo
los muchachos uno tras otro. Dem se echó las manos a la cabeza y escapó
corriendo. Vorgunov se detuvo y, sacando el pañuelo, se secó la calva. Los
chicos salieron todos de entre las ruinas y se pusieron a examinar otro
cobertizo. El pequeño y orejudo Korotak emitió un grito, corrió en dirección
Banderas
en las torres a él y se encaramó, triunfador, al tejado. Vorgunov dejó de
gritar. Su voz de bajo tenía un timbre sosegado e imperativo: - ¡Eh, los de los
cobertizos! ¡De qué brigada sois? - De la décima -respondieron varias voces. -
¿Dónde está el jefe? - Aquí, camarada Vorgunov. Ante él compareció Ilyá Rúdnev,
mirándole con ojos de inocencia en espera de sus órdenes. El ingeniero
pronunció en el mismo tono profundo y tranquilo: - ¡El diablo les lleve! ¿Qué
es lo que están haciendo? - ¿Cómo? - ¿Usted es el jefe de la décima brigada?
¿Cómo se llama usted? - Rúdnev. - En mi calidad de subdirector de la colonia,
tengo derecho a arrestarlo a usted, si no me equivoco. Los ojos de Rúdnev
miraron entre asombrados y recelosos: - ¿Arrestarme? ¿Por qué? - ¿Quién le ha
enseñado ese procedimiento de derribar cobertizos? - ¿Es malo, acaso? Ya es el
tercero que derribamos. No quedan más que dos. - Lo prohíbo terminantemente,
¿me entiende usted? ¡Lo prohíbo! Rúdnev miró suplicante al ingeniero. -
¡Camarada Vorgunov! ¡Déjenos usted que derribemos los dos que faltan! Da igual.
- No lo permito. - Es cosa de nada..., dos cobertizos. - ¿Todavía discute
usted? Váyase arrestado por una hora. ¡Inmediatamente! - ¡A la orden! -Rúdnev
hizo el saludo y, volviéndose hacia los suyos, gritó: - ¡Perlov, hazte cargo de
la brigada! ¡Yo causo baja! Perlov, rechoncho y fornido, hizo el saludo: - ¡A
la orden! Y acto continuo ordenó a sus huestes: - ¡Ea, basta de papar moscas!
¡Al asalto! La décima brigada subió al tejado, y Vorgunov claudicó: descansando
la mano en el hombro de Rúdnev, dijo en tono lastimero: - Rúdnev, querido,
¡corte usted eso! ¡Así no se puede! - ¿Cómo debe hacerse, pues? - ¡Rúdnev,
córtelo en seguida! ¡Fíjese cómo se tambalean, fíjese! - No haga usted caso.
Vorgunov terminó por enfurecerse. A fuerza de gritos, maldiciones y órdenes se
salió con la suya: la gente descendió del cobertizo. Más tarde, Rúdnev
declaraba ante el Consejo de jefes en son de autocrítica: - Está claro que
hicimos un gasto improductivo de energías: dos días para desmontar dos
cobertizos
169
cuando podíamos haberlos derribado en quince minutos aplicando nuestro sistema
de racionalización. En un extremo de la explanada de las obras, la octava
brigada talaba unos árboles para ensanchar los macizos de flores ante los
nuevos edificios. También cundía la racionalización: Igor y Sancho estaban
aserrando el grueso tronco de un roble que habían abatido, y sobre el tronco
estaba sentado plácidamente Danilo Gorovói. Acercóse Zajárov, y Danilo,
enrojeciendo, se quejó: - Alexéi Stepánovich, el nuevo jefe de brigada no me
permite trabajar. Igor soltó la sierra y explicó al director: - Una medida
absolutamente imprescindible, Alexéi Stepánovich. En la actual situación, a
Danilo no se le puede considerar fuerza motriz. De ningún modo. Por su solidez
y tranquilidad, hay que considerarlo una prensa. Otro colono no sería capaz de
permanecer ahí sentado hasta que terminásemos de aserrar; Danilo, en cambio, es
capaz. - ¡Ajá! -asintió Zajárov-. Cierto. ¿Y cómo aprovecháis sus demás
cualidades? - Otra cualidad es el peso. ¿Ve usted? Está sentado en un extremo.
¡A ver, Danilo, una sonrisa! Así nos resulta más fácil aserrar, porque el
dichoso roble es tan condenado, que la sierra se atasca como no trabajemos así.
- ¿No sería mejor emplear al camarada Gorovói como fuerza suplementaria, de
modo que descanse uno y trabajéis dos? - No conviene en absoluto. Hemos
probado, y el coeficiente de rendimiento disminuye en proporciones
catastróficas. Danilo Gorovói estuvo escuchando unos instantes y quiso
levantarse. Cherniavin dijo, al notar su intento: - ¡Ay, Alexéi Stepánovich! Ha
venido usted a relajar nuestra laboriosa familia. Zajárov se echó a reír y
reanudó su camino. A cierta distancia ya, se detuvo y vio a Danilo sentado en
el tronco. Igor y Sancho seguían aserrando. Las brigadas eran once, y a cada
una se la había responsabilizado de un trabajo concreto. Vorgunov debía
repartir su atención entre todas ellas, inquieto por el ritmo, demasiado
"infantil", que veía en todas partes. Al terminar la jornada, harto
de gritar y agobiado por tantas emociones, el ingeniero jefe fue al despacho de
Zajárov y dijo: - ¡Esto no hay quien lo aguante!... ¿Sabe?, me asombra que
pueda usted trabajar con esta gente. Pero, al atardecer, Vorgunov se sintió
triste. Deambuló, cabizbajo, por las obras y luego, incapaz de resistir el
hastío, se dirigió a los dormitorios. Entró en el de la novena brigada, tomó
asiento en una silla y preguntó: - Camarada Pojozhái, ¿sacaron ustedes aquel
tronco?
170 -
¿Cuál? - Aquel largo... que estaba allí plantado. - ¿El de la esquina, el de la
fundición, o el de detrás? Vorgunov se enjugó en silencio la calva y se
tranquilizó. - ¡Ah!... ¿De modo que han sacado tres? ¡Bueno!... ¡Qué se le va a
hacer! Viven bien aquí. Está todo muy limpio y de seguro que no falta alegría.
Luego se entabló una discusión sobre el entusiasmo. Pojozhái dijo: - Cuando
empiece a funcionar la nueva fábrica sí que trabajaremos con entusiasmo, Piotr
Petróvich. - ¿Qué quiere decir eso de... con entusiasmo? - ¡Como verdaderos
komsomoles! - ¡Ah! - ¿Usted no cree en el entusiasmo? - ¿Qué significa creer?
Yo sé una cosa o no la sé. - ¿Y sabe usted algo del entusiasmo? - Por supuesto.
Sin embargo, vamos a ver un ejemplo: ¿Usted sabe geometría? - Sí. - ¿Conoce la
fórmula de la superficie del círculo? - π.r2. - ¿Podría el entusiasmo cambiar
esta fórmula? -¡Bah, es cosa muy distinta! El entusiasmo no se ha hecho para
estropear las fórmulas. - Pues hoy han estropeado ustedes más de una. -
¿Cuándo? - Cuando desmontaban los andamios. - ¿Qué fórmulas hay en eso? Allí
las hay a cada paso. Si el tronco está de pie, quiere decirse que descansa
sobre algo. Existen determinadas leyes de resistencia de materiales, etc. Con
arreglo a ellas, hay una ley soviética: no se puede desmontar así los andamios.
Y ustedes como papúes, treparon con la cuerda en los dientes. ¿Y cómo
derribaron los cobertizos Rúdnev y su brigada? ¿Cuántas fórmulas estropearon?
Las fórmulas no deben estropearse, usted mismo lo dice. La novena brigada
protestó con indignación. No se hicieron esperar las objeciones: - ¿Y en la
guerra? ¿En la guerra también imperan las fórmulas? - ¡Pues claro! - ¿Las
fórmulas? ¿En la guerra? - ¡Pero, muchachos, la guerra es un asunto serio! Uno
tiene el deber de morir por la patria. Esa es la primera fórmula. ¿Es justa?
¡Vaya que sí! ¿Por qué callan ustedes? Otra cosa: ¿tiene uno derecho a morir
tontamente? - ¿Cómo tontamente? - Pues muy sencillo: se sale uno de la
trinchera, empieza a agitar los brazos y lo dejan seco de un tiro. ¿Tiene uno
derecho a eso? - Si alguien quiere... - De ninguna manera. Nadie tiene derecho
a
A. S.
Makarenko querer eso. El combatiente es necesario y no tiene ese derecho.
¡Vaya, veo que callan ustedes! Bueno, hasta otra. Mañana no permitiré que se
estropeen las fórmulas. Vorgunov se levantó y abandonó el dormitorio. La novena
brigada lo siguió con la vista, y Pojozhái dijo: - ¡Fíjate! ¡Está en contra del
entusiasmo! - ¡Qué va a estar en contra! - ¿Cómo que no? - Está en contra. -
No, no está en contra. El problema salió de la novena brigada para extenderse
por la colonia entera. En el trabajo y fuera de él, los colonos procuraban
darle la solución más justa posible. Mientras se desarrollaban estas
indagaciones teóricas sobre el problema del entusiasmo, el trabajo en las obras
proseguía con igual ritmo, y no siempre lograba Vorgunov salvar sus fórmulas.
En vísperas del 15 de septiembre, la explanada de la construcción estaba
desconocida: se veían, ya sin andamios, las hermosas siluetas de los edificios,
circundados por la vistosa franja que formaban los arriates de flores y el
camino; las máquinas se alineaban en rigurosas filas sobre el flamante piso de
los talleres. En algunos lugares, seguían trabajando los estucadores, cuya vida
se había hecho muy dura. A la entrada de la fábrica montaban guardia centinelas
con fusiles, y en el piso yacían trapos, secos unos y húmedos otros: -
Camarada, límpiese los pies. - ¿Eh? - Que se limpie los pies. - ¿Yo? - Usted.
Haga el favor. Ahí tiene un trapo. - Amigo, yo soy estucador. - Es igual. -
¿Dónde se ha visto que los estucadores tengan que limpiarse los pies? - En
alguna parte se habrá visto. El estucador restregaba en el trapo las suelas,
acostumbradas a no limpiarse nunca, y miraba pasmado al centinela. Varios
fueron a quejarse a Vorgunov y a Zajárov. El ingeniero contestó a uno: - ¿Tú te
las limpiaste? - Sí. - ¿Y no te has muerto? - ¿Por qué me voy a morir? - Bueno,
tanto mejor. Zajárov dijo: - No está en mi mano evitarlo. A mí también me
obligan. - ¡Qué me dice! ¿También a usted? En fin, la protesta no surtió
efecto. El 15 de septiembre, Vorgunov anunció en la asamblea general la
terminación de los trabajos, elogió mucho a todas las brigadas de colonos y no
mentó para nada las fórmulas. Finalizada la
Banderas
en las torres asamblea, lo abordó Pojozhái: - Contésteme de una vez: ¿existe o
no existe el entusiasmo? Vorgunov, astuto, miró a un lado y dijo: - Eso se
llama también de otra manera, amigo: honradez, amor, alma. ¿Ustedes tiene alma?
- ¿Alma? Seguramente, sí... - ¡Pues bien, eso es el entusiasmo! 19. En la nueva
fábrica. Los estudiantes, viejos y nuevos, se habían marchado ya. Fueron
despedidos solemnemente; se pronunciaron discursos al lado de la bandera; la
colonia, formada, los escoltó hasta la propia estación, donde hubo incluso
quien lloró. (Claro está, ninguno de la cuarta brigada.) Más que nadie lloraron
las muchachas, que lamentaban separarse de Klava Kashírina, aunque tampoco en
la octava y en otras brigadas sintieron menos la marcha de Nesterenko, de
Kolos, de Sadóvnichi y de Grossman. Los reemplazó gente nueva: unos tenían
familia, otros llegaban de la "vida libre", los terceros procedían de
lugares de reclusión. Cuando los llevaron a la colonia era jefe de guardia Igor
Cherniavin, quien, al verlos, se acordó del día en que Volenko lo recibió a él.
Aquel recuerdo le hizo sentirse a la vez alegre y triste: ¿dónde andaría
Volenko? Para los nuevos, la colonia se había convertido en una delicia. Los
antiguos dominios de Salomón Davídovich estaban clausurados bajo llave, y la
hierba otoñal -qué diligente- comenzaba a cubrir los viejos senderos apisonados
por los pies de los colonos. El estadio no ardió. Llegaron unos obreros y en
varios días desarmaron el notable edificio, cuya desaparición nadie lamentó:
hasta Blum respiró tranquilo y dejó de temer al incendio. Salomón Devídovich
había sido nombrado jefe de la sección de abastecimiento y venta. El día de su
designación, agradeció a los colonos el heroico esfuerzo realizado en la
anterior empresa, evocó los sufrimientos y el tesón que costó ahorrar los
seiscientos mil rublos para la nueva fábrica y afirmó que jamás olvidaría aquel
magnífico año. Derramó, sin reparo alguno, lágrimas que nadie le reprochó, y
luego, recobrándose, dijo: - Antes creía yo que mi curva era descendente. En
cambio ahora debo manifestaros, camaradas colonos, que mientras lata el corazón
no puede haber curva descendente. Bien dijo Sancho Zorin que esa curva la
inventaron los oportunistas. Por la noche, en el despacho de Zajárov, Salomón
Davídovich, olvidado ya de la vieja empresa, se aprestaba con entusiasmo al
ejercicio de sus nuevas funciones. - Con el escudo o bajo el escudo -declaró a
Zajárov-. Le hago saber que no habrá fallas en lo
171
tocante al abastecimiento. Zajárov abrazó a Blum y se limitó a sugerirle una
pequeña enmienda a su lema: - Con el escudo o sobre el escudo, querrá usted
decir, Salomón Davídovich. Así es como decían los griegos. - ¿Y no decían
"bajo el escudo"? - No, Salomón Davídovich. - ¿O sea, que no tenían
ninguna necesidad de meterse debajo? - Exacto. Decían eso los griegos cuando se
iban a la guerra. Volver con el escudo significaba volver triunfante, y sobre
el escudo, que lo traerían muerto. Con el escudo o sobre el escudo. Salomón
Davídovich escuchó atento la reseña histórica y se sintió acometido por las
dudas. - Si no lo entiendo mal -dijo-, lo único que vale para nosotros es lo de
"con el escudo". "Sobre el escudo" no nos vale en absoluto.
¿Qué sentido puede tener eso para la sección de abastecimiento? - Quizás... -
Nuestro lema será, pues: "Con el escudo o con dos escudos". Eso sí
que vale para la sección de abastecimiento. Salomón Davídovich se lanzó al
nuevo combate después de corregir la divisa clásica. Al poco tenía a su
disposición un automóvil Gaz y un chofer: Misha Gontar. Sí, la colonia era
jauja para los nuevos. Se les mandó en seguida a la nueva fábrica, y desde el
primer día fueron a parar a un sitio que sólo podía tener un nombre: paraíso
terrenal. Pasaban de doscientos los colonos que entraron el 17 de septiembre en
la fábrica, y a cada uno se le asignó un trabajo excelente: en el taller de
mecánica, en el de fundición, en el de montaje o en el de herramientas. El
taller de mecánica ocupaba la planta baja. En el sentido estricto de la
palabra, no había primer piso; lo que sí había, a lo largo de las cuatro
paredes de la sala, era un balcón, el cual no impedía que la luz entrase por el
techo encristalado. En el taller de mecánica funcionaban unas cincuenta
máquinas magníficas, soviéticas y extranjeras: tornos, tornosrevólver,
pulidoras, cepilladoras, máquinas de hacer piñones, fresadoras, taladradoras y
entalladoras. Todas eran bonitas y elegantes: una esplendía con sus piezas
niqueladas, otra daba una impresión de modestia y gravedad gracias a los
fulgores mate del acero, ésta tenía la inteligencia y finura de un diplomático,
aquélla encantaba por las inimitables y seductoras líneas de su cuerpo, negro y
brillante... La pequeña shaping Keyston estaba todavía cubierta de una
abundante y amarillenta capa de grasa. Sus nuevos propietarios, Filka Shari y
Vania Gálchenko, se cuidaban de asearla, lavarla y adornarla. Los primeros en
ponerse a girar fueron los tornos Komsomoltsi y Krasni Proletari, en los que
172
trabajaban dos brigadas completas, la tercera y la décima. Dos días más tarde
entraron en acción los tornos-revólver, al cuidado de Zirianski, de Porshniov,
de Sadóvnichi, de Yanovski y de otros veteranos de la colonia. Pronto
comenzaron asimismo a funcionar los crisoles de la fundición, y en el taller de
mecánica aparecieron las piezas, de reluciente aluminio, de la cubierta del
taladro: la tapa superior, la inferior y el cuerpo, piezas que no tardaron en
girar apresadas en los mandriles de los tornos y de los tornos-revólver. Ahora
se exigía precisión en el trabajo, y como los colonos no eran muy duchos,
obraban con un esmero propio de auxiliares de laboratorio. Dos veces por
minuto, recurrían a la plantilla o al pie de rey para comprobar las dimensiones
de la pieza elaborada. El piso de arriba -donde se había instalado el taller de
montaje- se había entregado casi por completo a las chicas y a los peques, pues
allí era donde más falta hacían sus hábiles manos. Hasta producir el taladro
completo quedaba mucho camino por recorrer, pero determinados "nudos"
iban montándose ya, y los primeros inducidos salían de manos de las muchachas.
Al acabar las clases en la escuela, se congregaban en sus aulas y gabinetes
grupos organizados por el Komsomol para mejor penetrar en los secretos de la
producción, secretos muy numerosos, pues cada pieza entrañaba un intrincado
problema, cuya solución dependía del carácter de la máquina y de toda una serie
de dispositivos. En el propio proceso de montaje, solía comprobarse que para
tal o cual operación convenía tal procedimiento y no tal otro o que muchas
piezas era mejor estamparlas que tornearlas. Tenía el taladro eléctrico todo un
sistema de piñones que originaba incontables quebraderos de cabeza. El
ingeniero Beglov, sombrío y pesadote, estuvo toda una semana negro, aperreado
con una máquina Marat de hacer piñones. El y Semión Kasatkin esperaban,
anhelantes, el nacimiento de cada rueda, y cuando la recién nacida veía la luz
-su minúsculo cuerpecito, caliente aún, temblaba en la palma de la mano de
Beglov-, Kasatkin la contemplaba casi con lágrimas en los ojos y decía: - Otra
vez se le ha comido un poco las puntas... - Sí. - ¿Qué le parece si probásemos
con el módulo 1,00? Beglov miraba a Semión a la cara, pero en vez de sus
grandes ojos grises veía una hoja de papel, cuajada de cifras, en la que por la
noche había calculado que debía trabajarse con la fresa módulo 0,75. - No,
vamos a probar otra vez con este demonio. - Vamos a perder el tiempo -objetaba
Semión Kasatkin, pero ponía en marcha su complicada máquina, y ambos volvían a
su anhelante espera, el corazón en un puño.
A. S.
Makarenko Los controladores Miátnikova, Sancho Zorin y Jean Grif iban y venían
por los talleres con plantillas, muestras y otros atributos de la mecánica de
precisión. Una nueva palabra: "centésima", se abrió paso y adquirió
carta de naturaleza entre los colonos. En el primer piso se puso en
funcionamiento una pulidora circular Kelenberger, a la que Alexandr Ostapchin y
Pojozhái prodigaban todo el amor y solicitud de que era capaz el alma de un
colono. Los ejes se pulían allí desde el principio, controlándose su ejecución
minuto a minuto. Al cabo de una semana, Pojozhái pronunciaba ya el término
"centésima" sin el menor respeto. - ¿Qué quiere usted, que le rebaje
media centésima? A la orden, camarada instructor... Ponía en marcha la máquina
y se arqueaba un poco sobre ella. Sus ojos, sus nervios, sus cinco, sus seis,
sus diez sentidos se concentraban para contar las rotaciones casi
imperceptibles del mecanismo. El instante crítico, escurridizo, casi
inapresable, había sido captado: Pojozhái paraba la máquina y tendía la pieza
al instructor. - Media centésima menos, camarada instructor. Tenga. La fábrica
iba cobrando fuerza. Algunas estanterías de los almacenes estaban ya
abarrotadas de piezas; de los talleres sacaban ya a diario cajones enteros de
virutas; comenzaron a ser criticados en el Consejo de jefes los modelos de
madera y se pidieron explicaciones al joven ingeniero Komarov, quien se
presentó con un leve arrebol en las mejillas, habitualmente pálidas, y dijo,
justificándose: - En el taller de herramientas se ha hecho todo lo que podía
hacerse. Quedan cuarenta dispositivos que estarán listos dentro de una semana.
Nos retrasa la carencia del acero N° 4, que Salomón Davídovich prometió... Los
colonos escucharon a Komarov y, no obstante el crédito y respeto que les
merecía, inquirieron: - ¿Por qué, cuando trajeron el acero N° 4, se pasó en el
almacén dos días completos, hasta que se acordaron de pedirlo? - ¿Y por qué hay
un error en los planos del patrón-guía de la pieza N° 113? Komarov enrojeció más
aún y miró a Vorgunov. El ingeniero jefe le dijo: - ¡Vaya! ¿Qué me mira usted?
¡Mírelos a ellos! Filka Shari, sentado en la alfombra como de costumbre, se
manifestó: - Eso es porque Iván Semiónovich presta demasiada atención... eso...
demasiada atención a Nadiezhda Vasílievna... - ¡Filka! -exclamó, indignado,
Torski-. ¡Qué salidas son ésas! ¡Siempre hay que echarte de las reuniones del
Consejo! Filka puso hocico y miró a un lado: no recordaba un solo caso en que
le hubieran hecho justicia. La situación de Komarov tampoco era muy
Banderas
en las torres cómoda que digamos, después de las palabras de Filka. Dando
vueltas entre las manos a los papeles relativos a las herramientas, murmuró: -
Yo no puedo... estas habladurías... Yo he venido aquí a trabajar, y no a oír
tales cosas... Los jefes de brigada, muy diplomáticos, pusieron la mirada en
las ventanas. A Oxana le temblaron levemente los labios. Zajárov se reajustó
los lentes. Aquella misma noche, Komarov presentó a Zajárov una solicitud
pidiendo que le diese de baja. El director colocó ante sí el papel y lo
contempló con mirada incrédula. - Eso es improcedente, Iván Semiónovich. -
¿Improcedente? Qué derecho tienen... a meterse en los asuntos privados... -
¿Qué hay de particular en ello? Sus asuntos privados no tienen nada de censurables.
Todos saben que está usted enamorado de Nadiezhdá Vasílievna y lo ven con
buenos ojos. En cuanto a Filka, no entiende una palabra de estas cosas. Después
del lance descrito, Komarov anduvo ensombrecido por la colonia cosa de diez
días, procurando no toparse con Nadiezhda Vasílievna. Al cabo de dicho tiempo,
tuvo un nuevo choque con el Consejo de jefes, aunque el motivo fue muy otro. El
Consejo quería trasladar al colono Redka al taller de mecánica. Komarov se
opuso largo tiempo y acabó perdiendo la paciencia. - ¡Si me quitáis a Redka, me
voy de la fábrica! ¿Está claro? -exclamó, mirando, con semblante colérico y
pálido, a los jefes de brigada. El Consejo se asombró, y Filka, que estaba
presente, dijo: - ¿Y qué? ¡Lleva razón! ¿A santo de qué van a quitárselo? El
Consejo cedió, y, por la noche, Zajárov dijo a Komarov: - ¿Ve usted? Ha
insistido y ha ganado el pleito. El ingeniero sonrió y se marchó derecho a ver
a Nadiezhda Vasílievna. La esfera de actividad de Salomón Davídovich, siempre
con el horizonte cubierto de tormentosos nubarrones, ofrecía un cuadro nada
apacible. Los recursos monetarios se habían invertido en las obras y en la
maquinaria; la vieja empresa estaba cerrada, la nueva no producía nada aún, y a
Salomón Davídovich se lo llevaban los demonios. - Llueven los ofrecimientos.
Nos anticiparían la suma que quisiéramos. No tiene usted más que firmar el
contrato de venta de taladros. - Aún no los hay -respondió Zajárov. - Pero
alguna vez los habrá. ¿O es que no los habrá nunca? - Los primeros serán malos,
con toda seguridad. - ¿Qué importa que sean malos o buenos, si pueden venderse?
- No podemos venderlos. - Alexéi Stepánovich, guarde usted esas palabras
173
para gente con nervios más fuertes. Yo los tengo malísimos. ¿Qué significa eso
de que no podemos vender la producción? Zajárov guardó silencio, y Salomón
Davídovich exhaló un amargo suspiro: - ¡Yo no soy ya un hombre, sino un jamelgo
atufado! La nueva fábrica, como toda empresa auténtica, se iba encarrilando con
grandes dificultades. Ya aquí, ya allí se daba un tropiezo, y los enigmas más
intrincados se presentaban donde todo parecía claro y previsto. A veces le
fallaban los nervios no sólo a Salomón Davídovich: inclusive en la cuarta
brigada comenzó a hacer de las suyas la inquietud, esa inquietud a la que
también se da el nombre de sentido de la responsabilidad. Los colonos
consideraban la nueva fábrica una suerte inusitada e inaudita. Sabían que la Revolución
de Octubre había dado origen a una vida nueva y feliz, y para ellos esa vida
estaba indisolublemente ligada con la fábrica de aparatos eléctricos. De ahí su
ansia de producir cuanto antes taladros, de que llegasen cuanto antes por ellos
representantes del Ejército Rojo y de la industria, y de que pudiera el
Gobierno soviético prohibir en la fecha más inmediata la importación de
taladradores eléctricos. Igor Cherniavin recibió la mejor máquina de la
fábrica: una pulidora plana Samson Werke, emplazada en un rincón del taller de
mecánica, al lado de la shaping Keyston. - Esta máquina es lo más simpático del
mundo solía decir a sus compañeros-. Tanto, que hasta se puede hablar con ella.
En efecto, Igor hablaba con ella, sobre todo por la mañana, cuando llegaba al
trabajo. A decir verdad, la máquina tenía su aliciente. No era necesario fijar
en la mesa la pieza a pulir: Igor no hacía más que colocarla, apretaba luego un
interruptor en un costado, y la pieza se adhería a la mesa como si estuviese
fundida con ella. - Es una mesa imantada -explicaba Igor -. No se trata de uno
de esos mandriles de antes de la Revolución. No obstante, sobre su cabeza se
abatió una desgracia. En la propia máquina había un pequeño armario donde Igor
guardaba un tarro de valioso lubrificante, que Salomón Davídovich, tras mucho
bregar, había agenciado especialmente para la pulidora. Pues, bien, una mañana,
al presentarse Igor en el taller y al abrir el armarito, no vio el tarro.
Pensando que tal vez se habría olvidado de meterlo allí, registró la máquina de
arriba abajo y, ante lo infructuoso de sus pesquisas, dijo, pensativo: -
Señora, ayer mismo la engrasé y dejé el tarro en el armario. ¿Dónde lo ha
metido usted? Pero la pulidora guardaba silencio, y su semblante traslucía el disgusto
que lo sucedido le ocasionaba. Al lado, Filka trabajaba en su Keyston. Igor los
miró,
174
pero ambos, Filka y la máquina tenían cara de inocentes. Por más que buscó el
aceite todo el día, no consiguió encontrarlo. Casos como aquél no sorprendían
ya a los colonos. Los robos continuaban. Después de inaugurada la nueva
fábrica, menudeó la desaparición de instrumentos. No había día en que no
faltara algo de una o de otra máquina: un micrómetro, un pie de rey, un
dispositivo, una llave, una cuchilla de valor. Zajárov ordenó que, al finalizar
el trabajo, se entregase todo al depósito, salvo las cosas de uso diario, que
debían guardarse bajo llave en las mesillas. La medida no surtió efecto, pues
los ladrones descerrajaban los candados. Bankovskí, antes maestro fundidor,
encargado ahora del depósito, no hacía más que levantar acta de los instrumentos
desaparecidos y presentarlos a la firma a Vorgunov, diciendo: - Aquí... en esta
colonia, la mitad... son ladrones. Terminarán robándolo todo. Ya lo verá usted.
Vorgunov, ceñudo y displicente, firmaba las actas, volvía la cabeza y luego se
iba a ver a Zajárov: - ¿Qué hacer? ¡Así no se puede trabajar! Los micrómetros
son caros y, además, no se encuentran así como así. Zajárov lo escuchaba en
silencio, giraba bruscamente en su asiento, apoyaba en una rodilla el puño y en
la otra el codo y se mordía los labios. Vorgunov, atento a los ademanes del
director, preguntaba: - A su parecer, ¿cuántos rateros hay en la colonia?
Zajárov respondía, sin cambiar de postura: - Piotr Petróvich: rateros hay, no
cabe duda; sin embargo, nuestros rateros son gente de sentimientos y corazón, y
jamás robarán en la fábrica. - Entonces, ¿quién roba, quién? Yo tiemblo hasta
cuando duermo: si se nos llevan un día las fresas, tendremos que parar para
largo. Fresas de ese tipo no las hay en la ciudad, pues nadie más que nosotros
las necesita. Y fabricarlas nuevas, ¿sabe usted lo que eso significa? Se dice
que si el hombre tiene en la cara un antojo llega a acostumbrarse a él. Los
robos en la colonia eran también un antojo que desfiguraba el luminoso rostro
humano de la colectividad, pero los colonos no podían habituarse a ellos. Igor
buscó varios días el aceite; otros indagaban el paradero de sus micrómetros y
pies de rey, pero no pensaban ya en el daño inferido a sus máquinas, sino en el
tremendo infortunio común, en la impotencia general de la colectividad. Igor
seguía buscando su tarro de aceite cuando, poco antes del almuerzo, el jefe de
guardia, Ryzhikov, se presentó en el despacho de Zajárov y hasta se olvidó de
cuadrarse como era debido. - ¡Alexéi Stepánovich, un nuevo robo! -exclamó-.
¡Han desaparecido todas las fresas de las máquinas de hacer piñones! ¡Todas!
A. S.
Makarenko - ¿Qué dices? - Que no ha quedado ni una fresa. ¡Eran dieciocho!
Zajárov se quitó las gafas; dejándolas sobre la mesa, se apretó fuertemente las
manos contra los ojos, se frotó largo rato las mejillas y terminó diciendo: -
Está bien. - ¡Hay que hacer un registro, Alexéi Stepánovich! - No hace falta...
No. Ryzhikov suspiró, se llevó en silencio la mano a la sien y abandonó el
despacho. 20. Los enemigos. A las cinco de la tarde, Filka y Vania Gálchenko
salieron del despacho del director. Volodia Begunok tocó reunión de jefes. Al
oírlo, Ryzhikov, sorprendido de que tocaran sin conocimiento del jefe de
guardia, fue a ver a Zajárov. - Sí, es verdad -dijo el director-. Perdona, ha
sido por la prisa. De todas maneras, quería decírtelo. Retrasa la cena;
cenaremos después. Sin embargo, antes de que se reunieran los jefes de brigada,
Igor Cherniavin acudió al despacho de Zajárov, a quien dijo: - Sé que el aceite
me lo han birlado Filka y Vania, y le ruego que los interrogue con toda
severidad. - Pero si no tienes ninguna prueba. - Si las tuviese no lo
molestaría a usted; me hubiera ido directo al Consejo de jefes. Interróguelos
en serio. Trabajan allí cerca, en la Keyston, y son ellos los que se lo han
llevado. Estaban allí Vorgunov, Salomón Davídovich y Nadiezhda Vasílievna, pero
su presencia no cohibía a Cherniavin: ya daba igual; no se podía contemporizar
ni compadecer a nadie. Zajárov sonreía, enigmático, y era evidente a todas
luces que discrepaba de Igor, pues preguntó: - ¿Qué puedo hacer yo? - Hay que
hacerles confesar, Alexéi Stepánovich. Voy a llamarlos. - Llámalos. No hubo que
ir muy lejos. Igor abrió la puerta que daba a la habitación del Consejo y dijo:
- ¡Eh, venid para acá! Por lo visto, los acusados adivinaban perfectamente a
quién iba dirigido aquel "venid para acá", pues ambos entraron en el
despacho e hicieron el saludo a Zajárov. Vania tomó asiento en el diván muy
quedamente y acto seguido clavó los ojos en el techo. Filka, de pie ante la
mesa, parecía presto a conversar con el director. Este se ajustó los lentes y
dijo con acento no muy severo: - Cherniavin... os acusa de haberle quitado un
tarro de aceite. Filka alzó la vista hacia Cherniavin y exclamó: - ¿Que le
hemos quitado el aceite? ¡Qué chusco! No le hemos quitado nada.
Banderas
en las torres - Pues yo digo que os lo habéis llevado vosotros. Filka poseía
una mímica notabilísima, convincente, seria, rebosante de salud. - Piénsalo
bien, Igor -dijo-. ¿Qué falta nos hace tu aceite teniendo el nuestro? - Es que
el mío era un aceite especial, muy caro. - ¡Ah!, ¿especial? Lo siento mucho.
¿Dónde lo tenías? - ¡No te hagas el tonto! ¡Bien sabes tú dónde lo tenía! ¡En
el armario de la máquina! Filka, muy impresionable, meneó la cabeza y dijo: -
Me imagino la pena que te da. - ¡Fíjense qué desvergüenza! Ya hace tiempo que
le habíais echado el ojo a ese aceite. - Ni siquiera sabíamos que lo tuvieses.
¿Verdad, Vania, que no lo sabíamos? Al parecer, aquella conversación no
interesaba ni pizca a Vania. Sus ojos vagaban por el despacho, cosa que era muy
de su agrado, pues le evitaba tener que afrontar las miradas de Salomón
Davídovich y de Vorgunov... Sin abandonar su actitud contemplativa, Vania movió
la cabeza, certificando que, en efecto, no tenían la menor noticia del aceite.
Igor vociferó: - ¡Serán frescos! Hay que ver con qué cara dura mienten: ¡Que no
lo sabían! ¿Cuántas veces me disteis la tabarra pidiéndome aceite? ¿No es
cierto lo que digo? Filka accedió, complaciente: - Sí... es verdad. - ¿Y qué? -
Pues... nada... ¿Qué le íbamos a hacer? Si no quieres darnos un poco,
guárdatelo y que te aproveche. - ¿Y cuántas veces le pedisteis a Salomón
Davídovich que os comprara aceite igual? Faltaba poco para que lloraseis:
"¡Cómprelo, cómprenoslo!" ¿Serás capaz de negarlo? En efecto, ¿qué
diría Filka? La pregunta interesó a todos. Zajárov hasta se inclinó adelante,
apoyando la barbilla en los puños. Filka arrugó la nariz y levantó la mano,
para añadir fuerza persuasiva al gesto. - ¿Y qué tiene eso de particular?
-dijo-. Sí, se lo pedimos. Sin lloriqueos, desde luego, pero se lo pedimos. - Y
ahora lleváis ya cuatro días sin pedírselo ni lloriquear, ¿no es así? Filka se
volvió, murmurando: - Así es, ¿y qué? - ¿Cómo se explica eso? - ¡No vamos a
estar pidiendo toda la vida! Si no quiere comprárnoslo, nos arreglaremos sin
él. A ti te lo compró y a nosotros no. Se ve que te tiene más simpatía. Blum no
logró mantenerse neutral en el diván y exclamó: -¡Ay, qué bicho es esta
criatura! Vania ni siquiera volvió la cara: ¡decía la gente cada cosa! Pero Filka
miró a Salomón Davidovich e,
175
inesperadamente para todos, le dirigió una sonrisa encantadora. Salomón
Davídovich le amenazó con el dedo. - ¿Y cómo engrasáis? -reanudó Igor su
interrogatorio. Por lo visto, Filka no esperaba tal golpe. Vania, también
inquieto, se puso muy tieso y aguzó el oído. Filka tuvo que volver otra vez la
cabeza a un lado y replicó ceñudo: - Engrasamos como todo el mundo... - Yo sé
cómo engrasáis. Os levantáis cuando la colonia entera duerme y os vais al
taller. Os metéis por la ventana. Tú engrasas y Vania vigila. ¿No es verdad?
Zajárov no apartaba sus ojos de los de Filka, que se sentía violento: aquella
mirada fija confundía a cualquiera... Y Filka, sin meterse en pormenores,
respondió lacónico: - Engrasamos como nos conviene... Vania Gálchenko lo apoyó
desde el diván con un sonoro consejo dirigido a Cherniavin: - También tú
podrías levantarte antes que nadie para engrasar. Igor se encogió de hombros
con aire de impotencia. Salomón Davídovich creyó oportuno atacar a los chicos
por otro lado: - Unos muchachos tan buenos como vosotros... Pero Zajárov atajó
el bondadoso intento. Sin retirar la barbilla de los puños, dijo con
parsimonia: - ¡Fuera de aquí! ¡Sinvergüenzas! Filka y Vania alzaron las manos a
la vez, saludando alegremente, miraron a Igor con ojos en los que se
encendieron, fugaces, unas chispitas desafiantes y zumbonas. Luego abandonaron
el despacho, empujándose mutuamente, y todos soltaron la carcajada, excepto
Igor, que dijo malhumorado: - ¿Qué se puede hacer con ellos? Salomón Davídovich
lo consoló: - Camarada Cherniavin, yo le compraré más aceite. Y ellos, que
sigan engrasando. Están enamorados de su Keyston. Vorgunov se burló de Igor,
preguntándole: - ¿No ha conseguido usted aclarar lo del aceite, camarada
Cherniavin? - ¡Cualquiera aclara las cosas con esa gentuza! Saben que les tengo
simpatía y se aprovechan. Cuando se les acabe el tarro, ya vendrán a decírmelo,
pero ahora, ¡ni a la de tres! No quieren quedarse sin el aceite. Me gustaría
saber dónde lo esconden. Su dormitorio lo he registrado ya. - ¿En presencia de
ellos? - ¡Claro, no voy a andarme con cumplidos! - Sí, son unos... muchachos de
oro. Son... ¡Ay, las fresas no me dejan vivir! Bankovski asomó por la puerta y
preguntó: - ¿Me han llamado al Consejo, Alexéi Stepánovich?
176 Sí.
Es un asunto muy serio. Haga el favor de asistir. - ¿Se trata de las fresas? -
También hablaremos de ellas. Bankovski se retiró, y Vorgunov preguntó a
Zajárov: - ¿La reunión es para lo de las fresas? Zajárov abandonó su asiento y
le contestó: - Espero que hoy mismo las tendrá usted encima de su mesa, Piotr
Petróvich. Volodia Begunok abrió la puerta. - El Consejo de jefes está reunido,
Alexéi Stepánovich. Torski, un tanto asombrado por la urgente convocatoria del
Consejo, abrió la sesión: - Tiene la palabra Alexéi Stepánovich. El director
abarcó con la vista a los jefes de brigada y a todos los asistentes. - Poco
tengo que decir -empezó-. Permitidme únicamente que conceda la palabra a Filka
Shari, que hará el informe. - ¿El informe? ¿Filka, el informe? - Sí, el
camarada Shari será el informante y, además, hablará de un asunto de suma
trascendencia. Cierto que yo no sabía que a este caso trascendental iba a
añadirse el aceite del camarada Cherniavin; pero es igual. Haced el favor de
escuchar con atención sus palabras. Filka se levantó con la gravedad que
corresponde a un informante, se aproximó a la mesa de Torski y bajó por un
instante la vista, pues acababa de captar una mirada demasiado alegre de Lida
Tálikova. - Esta mañana -comenzó-, antes de que tocaran diana, llegamos Vania
Gálchenko y yo al taller... - Para engrasar la Keyston -pronunció con su ronca
voz Vorgunov, como para su capote. Rieron los jefes de brigada. Filka asintió
muy serio: - Sí. ¿Tenemos o no tenemos derecho a engrasar nuestra shaping? -
¡Con aceite robado! -le interrumpió Igor. Filka se volvió hacia el presidente y
le pidió: - Vitia, ruego que... no me insulten. - Habla, habla -respondió
Vitia-. No te enfades. - Llegamos Vania y yo al taller y nos pusimos a
engrasar. Apenas habíamos comenzado, cuando Ryzhikov y Bankovski salieron de la
fundición. Nosotros nos escondimos en seguida detrás de la Samson Werke de Igor
y... En esto se oyó un estrépito, el ruido de un golpe, un alboroto repentino y
un grito de Zirianski: - ¡No, que yo estoy aquí! Desde la misma puerta,
arrojaron a Ryzhikov hasta el centro de la pieza; cayó con poca fortuna, de
bruces, y, cuando alzó la cara, le sangraba la boca. Todos saltaron de sus
asientos, y Zajárov gritó: - ¡Orden, colonos! ¿Qué pasa, Zirianski? Bratsán,
ayúdale a ése a levantarse.
A. S.
Makarenko Pero Rykhikov se levantó por sí solo y, de pie en el centro de la
habitación, se limpiaba con la manga la boca ensangrentada. Su brazo seguía
ostentando el brazalete rojo de jefe de guardia. Zirianski se llegó a él
rápidamente, se lo arrancó de un violento tirón, lo arrojó al suelo y dijo
entre dientes, muy cerca su cara de la de Ryzhikov: - ¡Hasta el brazalete rojo
has deshonrado, canalla!... ¿Qué querías? ¿Salir por pies? ¡Desde la mañana no
le pierdo de vista! ¡Se sentó al lado de la puerta, oliéndose, por lo visto, lo
que se iba a tratar en el Consejo! - Basta, Zirianski. Nadie sabe nada todavía.
Torski hizo una seña con la cabeza a Filka. Ryzhikov permaneció plantado en el
centro: era difícil suponer que alguien le permitiera sentarse a su lado. Para
todos se había hecho claro de pronto que Ryzhikov era un enemigo, y ni él mismo
lo negaba. Sin decir palabra ni protestar contra la violencia de que había sido
objeto, miraba al suelo, en el que acababa de chafarse la nariz. Todos los jefes
de brigada miraban ahora a Filka con ojos penetrantes. Uno de ellos lo incitó:
- ¡Adelante, adelante! - Pues nos escondimos detrás de la Samson Werke y nos
pusimos a esperar. Bankovski le dijo a Ryzhikov: "Ayer Beglov anduvo liado
con las fresas hasta muy tarde. Tienen que estar aquí". Se fueron en
seguida con un montón de ganzúas. En un dos por tres, abrieron la mesilla de
Semión y sacaron las fresas. Después, Ryzhikov preguntó: "¿Has vendido los
pies de rey?" Bankovski respondió: "No, no los he vendido, pero no
importa". Así lo dijo: ¡No importa! Ryzhikov se echó a reír: "¡Ay, la
que se va a armar ahora sin fresas!" Bankovski no se reía, y dijo con
mucho coraje: "Cualquier descamisado se pone ahora a construir
fábricas". Ya no habló más, aunque todo el tiempo siguió muy enfurruñado.
Ryzhikov no estaba de mal humor: iba riendo. Se fueron, y Bankovski se llevó
las fresas en los bolsillos. Nosotros hasta nos olvidamos de engrasar la
shaping. Salimos volando para contárselo a Aliosha y, después, a Alexéi Stepánovich.
Filka acabó su discurso y miró a Zajárov. El director le asió del cinturón y lo
atrajo hacia sí. Filka quedó de pie junto a él hasta el final de la asamblea.
Los reunidos concentraron su atención en Bankovski, que, sentado en un rincón,
mecía una pierna, cruzada sobre la otra. Torski le preguntó: - ¿Qué puede usted
decir, Bankovski? El interpelado levantó la cabeza, pálido, pero no asustado. -
Yo no tengo nada que decir -respondió-. Los chiquillos esos son capaces de
inventar cualquier mentira. Zirianski se le rió en la cara: - El no tiene nada
que decir, ni nosotros que preguntar. Hay que registrar inmediatamente su
Banderas
en las torres habitación. - ¿Tenemos derecho? - Sin derecho. Aunque quizá
Bankovski lo permita. ¿Da usted su conformidad, ciudadano Bankovski? Zirianski
preguntaba con ironía, y los colonos miraban también con ironía a Bankovski,
que barbotó: - Yo no me opongo en absoluto, pero es que no tenéis derecho. Si
cada uno se pone a hacer registros... - En ese caso, iremos sin permiso...
Todos los ojos se clavaron en Zajárov, que dijo, con un rotundo ademán: - Esta
ocasión no la perdemos. ¿Qué permiso se necesita? Usted, Bankovski, ha sido
pillado con las manos en la masa, y no vamos a pararnos en barras. - ¿Quién me
ha pillado? -gritó Bankovski. - Nosotros, ¿entiende usted?, nosotros. Torski,
envía una comisión de tres colonos para hacer el registro. El nombramiento
recayó en Zirianski, Cherniavin y Pojozhái. - Podéis ir -dijo Torski-. Como
responsable va Zirianski. - ¿Nos llevamos a Bankovski? - Yo no voy a ninguna
parte ni doy las llaves. Protesto enérgicamente. Filka aprovechó la pausa que
siguió a estas palabras para pronunciar con voz de bajo: - Anda, Bankovski, no
hagas el tonto. Bankovski siguió en silencio a la comisión. Sólo entonces se
acordaron los colonos de que en el centro se hallaba Ryzhikov, con la nariz
aplastada. Zajárov insinuó, sin alzar la voz: - Tal vez Ryzhikov quiera
contarnos algo. Para asombro de todos, Ryzhikov levantó apesadumbrado la
cabeza, y la expresión de su rostro imploraba comprensión y piedad.
Parpadeantes los ojos hizo una mueca de sufrimiento y... contó a la asamblea
muchas cosas de interés. Ya fuera porque esperara ablandar con su sinceridad a
los colonos, ya porque quisiera echar toda la culpa a Bankovski, lo cierto es
que no dejó enigma sin aclarar. Los robos de los abrigos, del telón, del reloj
de plata y de numerosos instrumentos dejaron de ser un misterio; las llaves
francesas las metió él en el cajón de Levitin; fue él quien prendió fuego dos
veces al viejo estadio. Hablaba Ryzhikov con voz monótona, velada por el
sufrimiento, sin embalarse ni entrar en pormenores, pero no se olvidaba de
arrugar la cara y de pestañear: - Bankovski dijo: "Estaría bien
comprometer a los jefes de brigada, levantar sospechas contra ellos..." A
mí me pareció bien. Por eso le quité el reloj a Volenko y quería meter algo
entre las cosas de Zirianski. Todo lo organizaba Bankovski, pero yo le dije que
de Zirianski nadie dudaría.
Cuando
hubo terminado, Zajárov le preguntó: - ¿Por qué lo hacías, por dinero? - ¡Qué
necesidad de dinero tenía yo! Bankovski me empujaba a todo. También me hablaba
de mi padre: "Tu padre vivía muy bien, y en cambio a ti te ha perdido el
Poder soviético". Yo le escuchaba, de puro tonto, naturalmente, pero lo
hacía todo, aunque mi padre no me importa nada. Ni siquiera pienso en él... -
¡Pobrecito! -intervino Zirianski-. Ya me has ablandado. Fíjate como lloro, ¿lo
ves? Ryzhikov lo miró y volvió la cara. No había visto en sus ojos más que una
sentencia implacable. Una hora después, llegaba Kréitser, a quien Zajárov había
telefoneado. Entró como siempre, animoso y jovial, pero no se rió y,
respondiendo al saludo general, dijo:
-
¡Salud, queridos! ¿Los habéis atrapado? ¿Habéis hecho el registro? Muy bien.
¿Han aparecido las fresas y los pies de rey? Estupendo. Quiero hablar con ellos
en secreto un momentito. Aunque no con los dos: solamente con Bankovski. Unas
palabras. La entrevista, celebrada en el despacho de Zajárov, no duró más de
cinco minutos. Al salir, Kréitser dijo:
- Es
solamente un hilo. De sacar el ovillo se encargarán los organismos de
seguridad. Hay que mandarlos a la ciudad. Alexéi Stepánovich, se necesitan seis
buenos mozos que los escolten y no los dejen escaparse.
- ¿Que
no los dejen escaparse? Nuestros chicos pueden hacer cualquier cosa, menos eso.
¡No se escaparán! Zirianski debe ir sin falta.
- ¡Yo
no voy con Zirianski! -exclamó Ryzhikov sordamente.
- ¿Por
qué?
-
Porque no. Porque... me matará. Kréitser se volvió alborozado hacia Zirianski:
- ¿De
verdad, Aliosha? Zirianski palideció y apretó los labios, antes de decir: - No
respondo de mí.
-
Magnífico -aprobó Kréitser-.
¿Quién
debe ir entonces? - Cherniavin... - Alexéi Stepánovich, lo que es matarlo, no
lo mataré, pero iré todo el camino dándole sopapos. Por Volenko y por toda la
colonia. Kréitser gritó para que todos le oyeran bien: - ¿Habráse visto otra?
¡Qué vergüenza! Ordeno que vayan Zirianski, Cherniavin, Pojozhái, ¿quién más?
Bratsán, Porshniov y... - Y yo -dijo Filka.
-
¡Cuando crezcas!
-
Siempre diciéndome que crezca...
- Sí,
crece, no te preocupes... Y Klúshnev. Ya están los seis. Os daré una nota, los
conduciréis, y que no se les caiga un pelo de la cabeza ni nadie les 178 ponga
un dedo encima, ¿entendido? Los seis se levantaron a una, llevándose la mano a
la sien.
- ¡A la orden, camarada Kréitser!
- ¡Eso
ya es otra cosa! ¡Vaya unos matarifes que nos han salido! Bueno, ¡os felicito,
muchachos! ¡Os felicito, queridos! Pero dejadme ver a los héroes, a los
principales. Filka y Vania se colocaron ante Kréitser, azorados por la atención
general y por sus propios méritos ante la colectividad. - ¿Estos son? ¡Oh,
Vania Gálchenko! Tú y yo trabajamos juntos cuando se colocó la primera piedra.
Y a Filka lo conozco bien. Somos viejos amigos. ¡Bravo, muchachos! En nombre
del Poder soviético, os estrecho la mano. Kréitser apretó con su manaza las
pequeñas manos de los dos chicos. Cuando todo terminó, cuando se llevaron a los
detenidos, cuando se levantó la accidentada y jubilosa sesión y Kréitser se
hubo marchado, Filka y Vania llevaron al despacho de Zajárov el tarro con los
restos del famoso aceite. Esta vez también fue Filka quien habló, diciendo: -
Con esto no hemos engrasado más que dos veces, Alexéi Stepánovich. Que no se
enfade Igor. No sólo engrasábamos nuestra shaping, sino también la Samson
Werke. Zajárov miró larga y seriamente a los peques y les dijo: - No tenéis ni
idea de lo magníficos que sois. No la tendréis nunca, y eso está bien, porque
así no os dará por presumir. Filka y Vania no entendieron bien el discurso de
Alexéi Stepánovich y le contestaron como correspondía contestar al director: -
¡A la orden! No nos dará por presumir. 21. Lo recordaremos. Toca a su fin la
historia de la modesta colonia Primero de. Mayo. Toda terminación feliz es
celebrada, y los colonos festejaron solemnemente su victoria: en efecto, para
la fiesta del 7 de Noviembre no quedaron enemigos en la colonia, ni en la
producción, ni en las brigadas. Ya podían mirarse unos a otros cara a cara y
nadie se sonrojaba al contemplar por las mañanas las dos estrechas banderas en
las torres del edificio central. A fines de octubre, Vitia Torski, secretario
del Consejo de jefes, marchó a Leningrado para cursar estudios en la Academia
Dzerzhinski de Ingenieros Navales. Llegado el momento de sustituirlo, Ilyá
Rúdnev dijo: - Hay que nombrar a Igor Cherniavin. Es hombre de mucha vista. Fue
el único en afirmar que Ryzhikov era un enemigo, y nosotros no lo creímos. Un
secretario así es el que necesitamos. Por lo visto, todos pensaban ya lo mismo,
pues Igor fue elegido secretario por unanimidad. Entregó la octava brigada a su
nuevo jefe, Sancho Zorin, y tomó asiento al lado de Zajárov para cumplir juntos
la difícil tarea de dirigir el trabajo de la colonia. El primer acto del nuevo
secretario fue hacer que regresara Volenko, cuyas señas se guardaban escrupulosamente
en los "archivos" de la cuarta brigada. Una delegación de tres
colonos salió para Poltava. Zajárov sufragó generosamente los gastos del viaje.
Los delegados llevaron a Volenko un escrito, en el que la asamblea general lo
invitaba a regresar, adjuntándole el dinero para el viaje y un nuevo traje de
gala. Con pleno derecho formó parte de la delegación Vania Gálchenko, pues era
él quien había pedido a Volenko sus señas cuando se marchó de la colonia.
Volenko regresó el 7 de Noviembre, primer día de la fiesta. Es probable que los
habitantes de la ciudad se sorprendieran al ver que, terminada la
manifestación, los colonos, lejos de dirigirse a casa por la calle de
Joroshílovka, tomaban el camino contrario, hacia la estación del ferrocarril,
formando luego en la espaciosa y bella explanada que ante ella se extendía. El
Consejo de jefes y Zajárov pasaron al andén y, cuando volvieron a salir a la
explanada, en compañía de Volenko, fueron recibidos por el toque de saludo a la
bandera. Doscientos pares de ojos se clavaron en Volenko, y no hubo uno solo en
el que no brillasen las lágrimas. La población miraba asombrada a los colonos:
¿a qué se debía que un destacamento tan hermoso de muchachos y muchachas se
hubiese inmovilizado en un saludo, a los acordes de la música? ¿Y por qué las
lágrimas rodaban por sus mejillas? Pero cuando Zajárov ordenó "romper
filas" y todos se lanzaron a saludar a Volenko -y muchos incluso a
besarlo- haciendo patente que no era una jornada de pena, sino de gozo, la que
vivían los colonos, la gente comprendió que lo de las lágrimas había sido una
figuración. Volenko pasó revista a la formación. Rebosaba orgullo por la
colonia, y sus labios, finos y severos, sonrieron con gratitud a sus camaradas.
Luego se destacó Igor Cherniavin y, sin reparar en la multitud de vecinos,
alegres y ataviados con trajes de fiesta, dijo:
- En
casa hablaremos detenidamente. Ahora pedimos a Volenko que se haga cargo de la
guardia. Nos sentiremos muy satisfechos de que el jefe de la primera brigada
esté de guardia el día de nuestra gran fiesta. Allí mismo, en la plaza, Rúdnev
y Volenko se cuadraron ante Zajárov. Rúdnev dijo: - Camarada director, entrego
la guardia al jefe de la primera brigada, Volenko. Acto seguido, Volenko
pronunció: - Camarada director, relevo de la guardia al jefe de la décima
brigada, Rúdnev. ¡Qué júbilo el de los colonos al oír de nuevo la voz de
Volenko! Muchos creyeron que lo pasado era un sueño, que ni Ryzhikov habían
existido ni ellos atravesado sufrimiento alguno. Ahora les resultaba tanto más
agradable regresar a casa por la ciudad engalanada, marcar ágilmente el paso a
los acordes de la alegre marcha, observar con el rabillo del ojo la admiración
de la gente que contemplaba la columna desde las aceras, ufanarse de sus éxitos
pasados y pensar en sus éxitos venideros. A la asamblea de la tarde asistió
Kréitser, quien, después de felicitar a la colonia con motivo de la fiesta y
del regreso de Volenko, dijo: - Pero no os durmáis en los laureles, queridos
amigos. Vosotros mismos habéis experimentado lo difícil que es luchar contra el
enemigo. ¿No era Ryzhikov jefe de vuestra primera brigada? ¿No os cuadrabais
ante él y le decíais: "A la orden, camarada jefe de guardia"? Pues,
ya veis, no se trataba de un camarada, y cuando estaba de guardia, era un
enemigo al acecho. Ahora ya sabéis lo que es un enemigo y el daño que puede
causar. Nunca se os presentará como un ser insignificante y anodino. Procurará
siempre saltar a la vista, cautivar vuestros corazones, hacerse grato,
favoreceros en algo para que lo consideréis un camarada. Andaos con ojo. Ya
habéis aprendido mucho. He oído decir que Podvesko cometió una falta, y ni
siquiera lo castigasteis. Hicisteis bien, pues pecó por inexperiencia y por
error. Tened cuidado y distinguid siempre con el mismo tino. En el País de los
Soviets, esto es imprescindible. Los colonos captaban la esencia de la cuestión
en cada palabra de Kréitser. Comprendieron el peligro que representaba el
enemigo y lo bien que sabía emboscarse. Y se aprestaron a hacerle frente en la
vida con odio franco y destructor, a combatir la traición en su propio germen.
Antes de un mes, los colonos, y toda la Unión Soviética, fueron testigos del
terrible golpe mortal de una mano enemiga, y el suceso quedó grabado en su
memoria para toda la vida. Zajárov salió tarde de su aposento. Había trabajado
la noche anterior y, al recogerse a dormir, advirtió al centinela que no
asistiría a la revista del día siguiente. Aunque oyó el toque de diana, no se
dio prisa. Al salir de su casa, se detuvo a la puerta según su costumbre y
lanzó una ojeada a la colonia. Estaba todavía oscuro, aunque en Oriente iba
coloreándose ya el cielo. Sobre el fondo de la aurora, divisó las banderas en
las torres del edificio central y... advirtió algo extraño en ellas. Una
comenzó a descender de improviso. En contraste con el alba, parecía negra; al bajar,
la bandera se estremecía, y su estrecha punta se alzaba. La enseña se detuvo en
mitad del asta, y la segunda bandera comenzó a descender también. Zajárov hizo
un esfuerzo para recordar: el 2 de diciembre... No... ¡Algo había sucedido!
Corrió hacia el edificio central y, entre los
179
oscuros arbustos de los parterres, se dio de manos a boca con Igor Cherniavin.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué arrían las banderas?
-
¡Kírov... Alexéi Stepánovich! ¡Han asesinado a Kírov! - ¿Qué dices? ¡Cómo lo
sabéis?
- Lo
acaban de decir por radio... Zajárov penetró rápidamente en el edificio. Una
multitud de colonos se había aglomerado, perpleja, en el vestíbulo. Hablaban
bisbiseando; parecían esperar algo; una muchacha lloraba en el diván. Oxana
Litóvchenko, jefa de guardia, se abrió paso hacia el director. - Alexéi
Stepánovich -dijo-, yo no puedo seguir de guardia.
- ¿Cómo
que no puedes? - ¡No puedo, Alexéi Stepánovich!
-
Zajárov comprendió que no habría manera de hacerla razonar. Oxana se dejó caer,
sollozante, en el diván, repitiendo una y la misma frase, exenta ya de sentido:
- ¡No
puedo, no puedo, Alexéi Stepánovich! El director procedió a quitarle el
brazalete. Los colonos miraban a Oxana asustados, en silencio, esforzándose por
ahogar el llanto: querían aparentar entereza. Zajárov entregó el brazalete a
Igor. - ¿Quién debe hacer la guardia?
-preguntó
Cherniavin. - ¿La guardia? -Zajárov olvidó lo que quería decir-. La guardia...
¿Qué me has preguntado?
-
¿Quién debe hacer la guardia?
-
¡Ah!...
-El
director quiso coordinar sus pensamientos, pero algo se lo impedía. Por fin,
dijo.
- Hazla
tú mismo, ¿comprendes?, tú mismo. Ahora... Asamblea general inmediatamente. Que
venga la orquesta. Y... crespones de luto... manda a mi casa por ellos... son
para la bandera. Entró en el despacho. En todos sus divanes y en los de la
habitación del Consejo había chicos taciturnos, sentados con las manos entre
las rodillas. Estaban muy apretados e inmóviles. Al entrar Zajárov se
levantaron maquinalmente y maquinalmente saludaron, volviendo luego a dejarse
caer en los divanes en la misma actitud de recogimiento. Sin parar atención en
ellos, el director se sentó a la mesa y quedó pensativo hasta que, al fin, se
le ocurrió preguntar:
-
Contadme...en detalle lo que ha dicho la radio. A duras penas, ayudándose unos
a otros, los pequeños le refirieron lo que habían oído. Se oyó la trompeta.
Llamaba a asamblea general y a reunión de la orquesta. Los chicos saltaron de
los divanes y se precipitaron hacia la sala, pero incluso cuando corrían
parecían inmóviles aquel día. La asamblea general comenzó en medio de un
silencio angustioso y sobrecogedor. Entró la bandera enlutada con negros
crespones, y los colonos, 180 después de saludarla, se volvieron hacia Zajárov,
que comenzó a hablar: - Camaradas, ¡qué terrible desgracia y qué terrible
crimen!... Resulta que ni siquiera sabíamos hasta qué punto llega la infamia de
nuestros enemigos y cuán profundo es el odio que alientan contra nosotros, contra
nuestro Estado, contra nuestros jefes. ¿Comprendéis ahora lo que significa
esto, camaradas colonos?
-
¡Comprendemos!
-respondieron
doscientas voces al unísono. Respondieron quedamente, en un murmullo pensativo
y unánime. Cuarenta trompetas tocaron la marcha fúnebre revolucionaria Vosotros
caísteis en lucha fatal..., la marcha fúnebre de Chopin, la marcha del dolor
majestuoso. Se inclinó la roja bandera de terciopelo, enlutada con los tristes
crespones negros. Igor Cherniavin, secretario del Consejo, se adelantó y dijo:
-
Nuestra vida... y nuestra dicha, camaradas, están en nuestras manos. Están en
nuestras manos, y quieren arrebatárnoslas. ¡Quieren arrebatárnoslas a tiros!
¿Qué pretendían esos canallas que han matado a Kírov? ¡Asesinar a unos,
intimidar a otros, engañar a los terceros! ¡Eso pensaban! ¿Y para qué? Para que
volviera la vida de antes, que a ellos les conviene porque se convertirían en
dueños de todo y nosotros seríamos bestias que trabajarían para ellos.
¿Nosotros bestias de carga? No saben esas víboras que hemos aprendido a ser
hombres, hombres auténticos, y que no podemos transformarnos en bestias de
carga; no lo saben. Pues se lo recordaremos: ¡señores, no podemos ya ser
bestias de carga! ¡Colonos, decid que llevo razón! ¡Ahora, y cuando seamos
mayores, recordaremos siempre al camarada Kírov; recordaremos también a quienes
lo han asesinado y con qué fines lo han asesinado! No perdonaremos, no
tendremos piedad, aniquilaremos a todo el que se interponga en nuestro camino.
Pero no hay que esperar con los brazos cruzados; no hay que esperar nada. Hay
que tenerlo presente cada día y cada hora. Ahora sabemos mejor lo que significa
nuestra fábrica. Nuestra fábrica es armamento, es lucha, es nuevos hombres que
no flaquean ni perdonarán jamás. Nesterenko se fue al Instituto de Construcción
de Aviones; Kolos, a la Universidad; Misha Gontar conduce un automóvil. Ninguno
aceptará la esclavitud. Recordaremos el día de hoy. No sé qué deciros; quiero
que este día, como una señal de alarma, ¿comprendéis?, como una señal de alarma,
resuene constantemente en nuestros oídos. Propongo que hasta el instante en que
sea enterrado el camarada Kírov, nuestra bandera siga aquí, a media asta, y que
hagamos guardia junto a ella con fusiles. Cada colono recordará el momento en
que montó guardia junto a nuestra bandera. Dos días con sus noches estuvo allí
la enseña de rojo terciopelo de la colonia Primero de Mayo; día y noche, cada
quince minutos, se relevaba la pareja de colonos que hacían la guardia fusil en
mano y en traje de gala, aunque sin los cuellos blancos, que se habían quitado
en señal de duelo. En el diván corrido del Club silencioso, los colonos
permanecían sentados hasta bien entrada la noche y hablaban con apagado
murmullo. Cuando retiraron la bandera del Club silencioso, cuando volvieron a
izarse las banderas rojas hasta lo alto de sus astas y tremolaron acariciadas
por el viento, los colonos, llenos de nueva pasión, de nueva tenacidad y de
nueva inteligencia, se reintegraron a las máquinas, a los pupitres, al riguroso
orden de su colectividad. Siguieron su avance, escrutando la ruta a derecha e
izquierda. Y allá a lo lejos, perdiéndose en los nebulosos horizontes de los
territorios y de las fronteras, vieron que, junto con ellos, avanzaba sin cesar
el gran frente de la ofensiva socialista. ...
La vida
continúa, y continúa la lucha. Continúa también la alegría conquistada ya, y
continúa el amor. Igor Cherniavin, cuyo semblante no expresa ya sólo ironía,
sino también vigor, avanza, apretando en su mano la de Oxana. Wanda
Stadnítskaya, madre y esposa, obrera de choque en una fábrica, avanza y sonríe
cada vez que recuerda sus reveses de antaño. Vania Gálchenko y la cuarta
brigada en pleno -la gloriosa e invencible cuarta brigada- avanzan por la
tierra en briosa y sonora marcha. Y a su lado van otras brigadas: las grandes
brigadas de los trabajadores de la Unión Soviética, las históricas brigadas de
la década del treinta...


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