© Libro No. 442. Las cuatro Postrimerías. Hoffman,
paul. Colección Emancipación Obrera. Julio 6 de 2013.
Título
original: © The Last four Things. Traducción: Adolfo
Muñoz García, 2011.
© 2011,
Paul Hoffman
© 2011 La
Esfera de los Libros, S.L.
ISBN: 978—84—9970—082—3
Versión Original: © The Last four Things. Traducción: Adolfo
Muñoz García, 2011.
© 2011, Paul Hoffman. © 2011 La Esfera de
los Libros, S.L.
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
http://www.libroos.es/libros-de-narrativa/juvenil/220774-hoffman-paul-las-cuatro-postrimerias-doc.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada e Ilustración E.O. de Imagen:
http://www.libroos.es/libros-de-narrativa/juvenil/220774-hoffman-paul-las-cuatro-postrimerias-doc.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
PAUL HOFFMAN
LAS CUATRO POSTRIMERÍAS
Título original: The Last four Things
Traducción: Adolfo Muñoz García, 2011
© 2011, Paul Hoffman
© 2011 La Esfera de los Libros, S.L.
ISBN: 978—84—9970—082—3
LAS
CUATRO POSTRIMERÍAS
Paul Hoffman es autor de las novelas The Wisdom of Crocodiles (2000), que
predijo el colapso del sistema financiero, y The Golden Age of Censorship
(2007), una comedia negra basada en su experiencia como censor cinematográfico.
La mano izquierda de Dios, primera parte de esta trilogía publicada por La
Esfera de los Libros en 2010, ha cosechado un éxito de críticas y ventas
extraordinario en Inglaterra y la serie se ha vendido a más de veinte países.
Concededme una docena de niños sanos y bien formados, y mi propio mundo
específico para criarlos, y os garantizo que, eligiendo uno al azar, podré
prepararlo para que se convierta en el tipo de especialista que yo decida:
médico, abogado, artista, gran comerciante o (incluso, sí) mendigo o ladrón,
sin importar su talento, inclinación, preferencia, habilidad, vocación o raza
de sus ancestros.
J. B. WATSON en Psycologies
of 1925
Luché como un ángel.
WILFRED
OWEN
Prologo
Imaginad:
un asesino que en realidad no es más que un niño está tendido en el suelo,
oculto entre los largos juncos de color verde y negro que crecen profusamente a
la orilla de los ríos de la Vallombrosa. Lleva mucho tiempo esperando, pero es
persona paciente, y tiene más interés en aquello por lo que espera que en su
propia vida. A su lado tiene un arco de madera de tejo y flechas cuya punta es
del acero que proviene de la región industrial del país. Son flechas capaces de
penetrar hasta la mejor armadura, siempre y cuando no se halle muy lejos. Y no
es que hoy vaya a tener ninguna necesidad de tal cosa, pues el joven no espera
a ningún pillo merecedor de ser asesinado, sino tan sólo un ave acuática. La
luz cobra fuerza. El cisne alza el vuelo a través del bosque lleno de grajos,
que graznan su envidia ante la belleza del ave cuando ésta se posa en el agua
con la sutileza con que lo hace en el lienzo la mano hermosa y firme de un
pintor. El cisne nada con la elegancia que hace famosa a su especie, aunque no
se ha visto nunca un movimiento tan grácil en aquella atmósfera calmada y
vaporosa, ni en aquellas aguas grises como el granito.
Entonces la flecha, afilada
corno el odio, corta esa atmósfera que adorna el cisne con su belleza, y le
pasa a un metro de distancia. El cisne escapa: la fuerza de sus membranas y la
gracia de su movimiento hacen ascender el blanco plumaje de regreso al aire,
desde donde se aleja hacia un rincón más seguro. Entonces el joven se pone en
pie y observa cómo huye el cisne.
—¡Os alcanzaré la próxima vez,
puerca traidora! —grita arrojando al suelo el arco, que es el único de todos
los instrumentos de muerte (cuchillo, espada, codo, dientes...) que nunca ha
aprendido a manejar, y sin embargo es el único que podría darle esperanzas de
restitución a su corazón partido.
Pero no todavía. Pues aunque
esto sea un sueño, ni siquiera en sueños es capaz de acertarle a la puerta de
un granero a una distancia de veinte metros. Se despierta y se pasa media hora
rumiando su malestar. La vida real muestra respeto a la sensibilidad de los
desesperados; pero los malos sueños pueden hacerle burla con total impunidad
hasta al más temible de los hombres. Y eso es Thomas Cale. A continuación
vuelve a dormirse para soñar nuevamente con las hojas de otoño que esparcen los
arroyos en Vallombrosa, y con el batir de grandes alas blancas en el aire.
Las cuatro
postrimerías
PAUL HOFFMAN
1
La Balada de Thomas Cale, el Ángel de la Muerte, es el segundo peor poema
que haya salido nunca del Oficio para la Propagación de la Fe del Ahorcado
Redentor. Esta institución llegó a ser posteriormente tan famosa por su
habilidad para trenzar los más flagrantes embustes en beneficio de los
redentores, que la frase «contar monjirías» ha pasado a ser de uso general.
Libro cuadragésimo
séptimo:
El enfrentamiento
¡Despertad! El sol
ilumina ya el cielo celoso
mostrando la Mano
Izquierda del Todopoderoso.
Os hablaré de Cale,
hombre de brazo fuerte
que no comete yerro
como Ángel de la Muerte.
A los traidores
papicidas sin cesar buscando
Cale dejó el
Santuario a la chita callando.
Para proteger al Papa
de su infiel contrario
huyó por una soga del
sosiego del Santuario.
A Bosco, su mentor,
lo rechazó de este modo:
por Nuestro Señor el
Papa hizo esto y lo hizo todo.
En Menfis, ciudad
peor que Sodoma y Babilonia,
rescató a una
princesa bella cual begonia.
Arbell con artimañas
buscó la ruina de su alma;
Cale no la quiso: lo
mandó matar sin perder la calma.
Mucho había su padre
contra el Papa conspirado
y atacó a los
redentores para lograr lo buscado.
Pero en la gran
batalla al pie de la colina
con Princeps y Bosco,
Cale tuvo puntería fina.
El imperio de Menfis
ese día perdieron;
Bosco y Cale a la
lucha muy pronto volvieron:
a matar antagonistas
sin pausa ni temblor.
¡Oremos nosotros
todos por Papa y Redentor!
Es cosa bien sabida de todo el mundo que los sucesos reales pasan a la
Historia y son transformados según los prejuicios de la persona que los
registra. De ese modo, la Historia se va convirtiendo poco a poco en leyenda,
emborronando todos los hechos según el interés de los transmisores, que con el
tiempo llegan a ser muchos, variados y contradictorios. Al final, al cabo de
mil años tal vez, todas las intenciones, buenas o malas, todas las mentiras y
todas las verdades, confluyen en un mito de raigambre universal en el que
cualquier cosa puede ser cierta o tal vez falsa. Ya no importa.
Pero lo cierto es que algunas cosas se apartan de los hechos reales tan
pronto como suceden, para emborronarse en una espesa niebla de mitos casi antes
de que termine el día en que ocurrieron. Los ripios que anteceden, por ejemplo,
fueron escritos en los dos meses que siguieron a los incidentes que de manera
tan torpe tratan de inmortalizar. Repasemos estos embustes verso a verso:
Thomas Cale había sido llevado al imponente Santuario del Ahorcado Redentor
a los tres o cuatro años (cuál fuera esta edad exactamente, eso nadie lo sabía
ni le preocupaba). Nada más llegar, el niño llamó la atención de uno de los
monjes de la más adusta de las religiones, el redentor Bosco, mencionado tres
veces en el poema tal vez por el hecho de que fue precisamente él quien lo
mandó escribir. Pero que nadie piense que este poema fue inspirado por algo tan
simple como la vanidad o la ambición humanas.
Los redentores no son sólo se infausta memoria por su dura visión de la
naturaleza pecaminosa de la humanidad, sino aún más por su voluntad de extender
ese punto de vista mediante la conquista militar llevada a cabo por sus propios
sacerdotes, la mayoría de los cuales son formados más para la lucha que para la
oración. Los más inteligentes y los más piadosos (una distinción que resulta
más turbia entre los redentores que entre ningún otro grupo humano) eran
responsables de asegurar la corrección de las creencias y la administración de
la fe en todos los estados conquistados y convertidos. El resto eran
consagrados al ala armada de la Única Fe Verdadera: Los Militantes. Se les
formaba y frecuentemente morían (éstos eran los afortunados, según una broma
muy comúnmente repetida) en un gran número de cuarteles religiosos, de los
cuales el más grande era el Santuario.
Fue en el Santuario donde Bosco eligió a Cale como su acólito personal, un
favoritismo al que sólo un niño de fuerza sobrehumana hubiera podido
sobrevivir. Para cuando contaba catorce años (o tal vez quince), Cale era un
ser tan frío y calculador que cualquiera preferiría no encontrárselo en un
callejón oscuro, ni en ningún otro lugar, un ser movido aparentemente por tan
sólo dos cosas: su profundo odio hacia Bosco, y su indiferencia hacia el resto
del mundo.
Pero la mala suerte de Cale cambió a peor el día que abrió la puerta
equivocada en el momento equivocado y descubrió al redentor Picarbo (que era el
Padre Disciplinario), que estaba diseccionando el cuerpo de una jovencita que
aún conservaba un hálito de vida, y estaba a punto de hacer lo mismo con otra.
Eligiendo la propia seguridad antes que la compasión ante el espanto, Cale
cerró la puerta con mucho cuidado, y se fue. Sin embargo, en un momento de
insensatez que después siempre aseguró lamentar, la mirada que había visto en
los ojos de la muchacha que estaba a punto de ser cruelmente destripada le hizo
regresar al lugar de la terrible escena, y en la lucha que siguió mató a
Picarbo, el hombre que ocupaba más o menos el décimo puesto en la línea sucesoria
del Papa. Lo que ya sabéis de los redentores os servirá para comprender con
toda claridad qué es lo que podía esperar Cale entonces: algo que, de eso
podéis estar seguros, incluía muchos gritos.
Si huir del Santuario hubiera sido fácil, hace ya tiempo que Cale lo habría
hecho. Es verdad que, como proclaman las bobadas escritas en la Balada de
Thomas Cale, escapó por medio de una soga. Pero no lo es que hubiera ningún
plan para asesinar al Papa, otra invención de Bosco para tapar la huida de un
acólito al que tenía especiales ganas de recuperar, por razones que no tenían
nada que ver con ninguno de los turbios y desagradables asuntos en que andaba
envuelto Picarbo. Lo que el poema no menciona es que Cale escapó acompañado por
otros tres: la chica a la que había salvado; Henri el Impreciso, que era el
único acólito de todo el Santuario con el que se llevaba ligeramente bien; y
Kleist, que, como el resto del Santuario, lo miraba con recelo y desagrado.
Aunque la inteligencia de Cale, adiestrada en la prolongada instrucción que
había recibido, le había servido para evadir a los redentores que trataban de
volver a capturarlo, su habitual mala suerte llevó a los cuatro a darse de
bruces contra una patrulla de la caballería Materazzi a las afueras de la gran
ciudad de Menfis, ciudad esta más rica y variada que ningún París, Babilonia o
Sodoma, otra de las escasas referencias de la Balada que contienen una pizca de
verdad. En Menfis los cuatro evadidos concitaron la atención del gran
Canciller, Vipond, y de su hermano, un hombre poco fiable llamado IdrisPukke,
quien por razones poco claras para nadie, incluido él mismo, se interesó por
Cale y le mostró algo que Cale no había experimentado hasta entonces: un poco
de bondad.
Pero hacía falta mucho más que un toque de bondad para ganarse la confianza
de Cale, cuya suspicacia y hostilidad le granjeaban rápidamente la enemistad de
casi todo aquel con el que se encontraba, desde Conn, el niño mimado del clan
Materazzi, a la exquisita Arbell Materazzi. Normalmente conocida como Cuello de
Cisne (y no es mera coincidencia que el sueño asesino con el que comienza
nuestra historia incluya un cisne como objeto de odio), Arbell era hija del
hombre que gobernaba un imperio Materazzi de tan vastas proporciones que el sol
no se ponía en él.
Bosco, sin embargo, había invertido demasiado en la belicosidad de Cale, y
no tenía intención de dejar que éste la malgastara en una ciudad en la que
resultaba muy probable que lo terminaran matando. No es nada sorprendente que,
pese al desagrado que provocaba en ella, un muchacho como Cale terminara
enamorándose de la distante belleza de Arbell Materazzi. Ella siguió
considerándolo un matón incluso (tal vez especialmente) después de que él le
salvara la vida en un acto de violencia atroz (al que sus enemigos después
restaron toda importancia haciéndolo pasar por una ostentosa escaramuza). Mucha
gente empezó a comprender entonces lo que solía decir Kleist: que allí donde
iba Cale no tardaban en celebrarse funerales. Y el que mejor lo comprendió fue
IdrisPukke, que había sido testigo del frío y truculento rescate de Arbell.
Sin embargo, lo ajeno y lo extraño pueden atraer poderosamente a una joven,
y de aquí la referencia que hace la Balada al intento de seducción de Cale por
parte de la adorable Arbell. Sólo que no hubo seducción, si por seducción se
entiende la persuasión de alguien reacio, ni hubo ningún momento en que por los
labios de Cale cruzara la palabra «no» ni ninguna de ese estilo. Desde luego,
Arbell nunca pagó a nadie para que lo asesinara, ni, como comentó Kleist cuando
leyó el poema, hubiera hecho falta pagarle a nadie por eso, con tanta gente
como había con ganas de hacer ese trabajo gratuitamente.
Igual de falso es lo que cuenta el poema de que el padre de Arbell hubiera
albergado la más leve intención de atacar a los redentores. Todo aquel ataque
ficticio había sido inventado por Bosco con el único propósito de tener ante
sus superiores una disculpa para lanzar una guerra que de hecho fue diseñada
con un solo propósito: recuperar a Cale para el Santuario. De acuerdo con la
ley de la consecuencias imprevistas, el ejército de Bosco, al mando del padre
Princeps, que se hallaba terriblemente debilitado por la enfermedad, se
encontró atrapado en el monte Silbury frente a un ejército Materazzi diez veces
mayor. Cale (que, por razones que sería arduo explicar aquí, había diseñado el
plan de ataque de ambos ejércitos) observó, sin poder creerse lo que le mostraban
sus ojos, la batalla que siguió, en la que una combinación de mala suerte,
confusión, barro, locura y falta de comprensión de la psicología de las
multitudes causaba uno de los reveses de la fortuna más serios de toda la
Historia militar.
Para su propia sorpresa, Bosco se vio a sí mismo encumbrado a conquistador
de Menfis y dueño de todo aquello que el mundo pudiera ofrecer, excepto de lo
que él andaba precisamente buscando: de Thomas Cale. Pero hacía tiempo que
Bosco había metido el dedo en el pastel más repugnante de Menfis: un terrible
negociante, ladrón y proxeneta llamado Kitty la Liebre. Kitty sabía que Cale
había entregado su inexperto corazón a la hermosa Arbell, y descubrió también a
su debido tiempo que en ella empezaba a encenderse una intensa pasión por aquel
joven tan peculiar. «Extraño fruto —comentó Kitty bromeando—, para aquella flor
de invernadero». Eso fue un golpe de suerte para Bosco, cuyos hombres la habían
hecho prisionera. Nada más llegar a Menfis, Bosco empleó sus conocimientos de
la naturaleza humana, demasiado avanzados para una hermosa princesita por
inteligente que pudiera ser, para amenazarla de modo muy convincente con
devastar la ciudad si no renunciaba a su amor, al mismo tiempo que le
aseguraba, esto sí con total sinceridad, que no tenía intención alguna de
hacerle daño a Cale. De ese modo consiguió que ella aceptara traicionarlo, si
es que eso era traicionarlo, aunque sería difícil explicar en qué estado de
ánimo lo hizo. Y entonces Cale se rindió, con la condición de que pusieran en
libertad a Kleist y a Henri el Impreciso, para enterarse de que había sido
entregado al hombre que odiaba por encima de todas las cosas por la mujer a la
que amaba por encima también de todo. Esto nos lleva al final de los embusteros
versos de la Balada de Thomas Cale, que nos muestran a Cale abocado a la locura
en medio de dos grandes odios que le roían el corazón: uno hacia la mujer que
había amado; y otro, al que estaba más acostumbrado, hacia el hombre que
acababa de decirle sobre sí mismo algo a lo que no paraba de dar vueltas en el
cerebro. No tenía mucho que ver con herejes antagonistas y nada en absoluto con
rezarle al Papa: lo que le había dicho Bosco era que dejara de apenarse por sí
mismo, porque él no era una persona, no era nadie que pudiera ser amado o
traicionado sino que, como nos asegura la Balada, era nada más y nada menos que
el Ángel de la Muerte. Y que había llegado el momento de ponerse en serio con
aquel asunto divino.
A partir de ahora, todo lo que sigue es la verdad.
Hay montañas más altas que el monte del Tigre, montañas mucho más
peligrosas de escalar, montañas cuya cumbre escarpada y cuyos espantosos
barrancos harían estremecerse a cualquier ser vivo. Pero no hay ninguna tan
impresionante como el monte del Tigre, ninguna que pueda como él elevar el
espíritu y provocar un estremecimiento ante su solitario esplendor. Su gran
forma cónica se eleva desde la llanura tamética que lo rodea por casi todos los
lados y expande su planicie en la distancia de tal modo que, viéndola a ochenta
kilómetros de distancia, su majestuosa simetría parece obra del ser humano.
Pero no ha habido jamás un hombre, ni siquiera el más ególatra, ni Akenatón ni
Ozymandias[i], que
haya sido capaz de construir una cumbre tan gigantesca como ésta. Al llegar más
cerca, el visitante comprende lo inhumano de sus dimensiones, que superan cien
mil veces las de la gran pirámide de Lincoln. No es difícil comprender por qué
muchos tipos de fe diferentes han sostenido que ése es el punto del planeta
desde el que Dios hablará directamente a la humanidad. Fue en lo alto del monte
del Tigre donde Moisés recibió las tablas de piedra en que figuraban escritos
los seiscientos treinta mandamientos. Ahí fue donde, en pago de su victoria
sobre los amonitas, Jefté el de Galaad[ii]
(muy a su pesar, todo hay que decirlo) le rebanó la garganta a su única hija
sobre el altar después de prometerle al Señor que sacrificaría a la primera
persona que lo saludara en su regreso al hogar. Ella acudió allí de buen grado,
y hasta el último instante el desolado Jefté estuvo esperando un compasivo
indulto: una voz, un mensajero angelical, una indicación severa pero clemente
de que aquello no era más que una prueba. Pero Jefté volvió del monte del Tigre
solo. Y fue ahí, en el Gran Promontorio que se halla por debajo de la línea de
las nieves, donde el demonio mismo, por instigación del Señor, mostró al
Ahorcado Redentor todo el mundo que yacía debajo, y se lo ofreció.
Por otro lado los Montañeses,
una tribu que no concedía en su vida mucho espacio a la religión y que había
controlado el monte del Tigre durante ochenta y tantos años, se referían a él
llamándolo el Gran Compañón. Cale se iba preguntando el porqué de ese nombre
mientras empezaba a ascender la base de la montaña en compañía del padre
Militante, Bosco, y de una treintena de guardias.
Llamar horrendo al estado de
ánimo en que se hallaba Cale no sería hacerle justicia. No hay palabra en
lengua alguna capaz de describir el bullicio de su corazón, la aversión que le
inspiraba su regreso al Santuario y la amarga cólera ante la traición de Arbell
Materazzi, conocida como Cuello de Cisne, y sobre la que no es necesario decir
nada más relativo al resto de sus encantos: nada sobre la agilidad y suavidad
de sus largas piernas, sobre la belleza sobrecogedora de su estrecha cintura,
sobre la curva de sus pechos, que no es que fueran orgullosos, sino arrogantes
hasta lo indecible: Arbell era un cisne en forma humana. En su mente Cale
imaginaba insistentemente que le retorcía el cuello, y después que el cisne
revivía milagrosamente, y que él la volvía a estrangular una y otra vez, en una
ocasión con un violento chasquido, a la siguiente mediante un lento
retorcimiento, y después tal vez arrancándole y quemándole el corazón, para
revolver después las cenizas y de ese modo asegurarse completamente.
Durante las dos semanas después
de dejar Menfis Cale no habló ni una sola vez, ni siquiera para preguntar por
qué en medio del Malpaís habían cambiado de dirección y habían empezado a
alejarse del Santuario. Bosco juzgó que sería mejor dejar a su antiguo acólito
sufriendo con sus propios pensamientos. Pero había infravalorado las dotes de
Cale para la ira silenciosa, y finalmente decidió romper el silencio.
—Vamos al monte del Tigre
—comentó el padre Bosco con voz suave, incluso bondadosa—, porque hay algo que
quiero enseñaros.
Podría pensarse que alguien cuyo
corazón ardía en un odio infinito contra una persona en concreto podría no
tener la suficiente fuerza para sentir el mismo odio contra otra. En parte era
así, pero el corazón de Cale, cuando se ponía a odiar, tenía mucho sitio: lo
único que había sucedido era que el odio hacia Bosco se había desplazado desde
el centro de la hoguera hacia las cenizas de los bordes, donde se conservaba
caliente antes de volverlo a meter al fuego. Sin embargo, y pese al actual
desbordamiento de odio, Cale no pudo evitar desconcertarse por el gran cambio
de la actitud que Bosco exhibía ante él de manera ostentosa. Desde que era un
niño muy pequeño, Bosco se había mostrado con él como se muestra una tormenta
con un barco: incesante, despiadado, cruel, sin dejarlo nunca en paz, sin darle
nunca la posibilidad de descansar. Día tras día, año tras año, le había pegado
brutalmente, enseñándole y castigándolo, castigándolo y enseñándole hasta que
Cale se había puesto a su nivel. Sin embargo, de repente Bosco no mostraba más
que compostura, suavidad, algo que parecía acercarse al cariño. ¿Qué sentido
tenía aquello? No había modo de responder a esta pregunta, aun cuando su
cerebro ahorrara las suficientes energías para planteárselo después de tanto
asesinato de Arbell Materazzi, a la que mataba a golpes de palo, torturaba en
una rueda, y ahogaba en un lago de alta montaña entre aplausos de imaginarios
espectadores.
Pero, pese a los mazos que
batían estruendosamente en su alma, una parte de Cale prestaba atención al
terreno por el que se movían. Ese terreno lo distraía de sus pensamientos
aunque sin llegar a aliviarlo, pues se hallaba en un lugar demasiado sombrío para
tal cosa. Ya podía ver por qué se llamaba el Gran Compañón: ahora, empezando a
subir la pendiente e internándose en ella, la suavidad de las líneas que se
apreciaban a cincuenta kilómetros de distancia había dejado paso a un paisaje
profundamente surcado por resaltos rocosos que seguían la dirección del agua
que los tallaba, aunque a veces los dibujos aparecían también transversalmente,
curvando la roca y volviéndola contra sí misma allí donde resultaba más dura.
De tan cerca, la experiencia le hacía sentirse a uno como la más diminuta de
las pulgas que intentara atravesar los testículos del mayor de los gigantes.
Pese al hecho de no ser especialmente empinado, moverse por aquel laberinto
difícil de comprender habría resultado inmensamente difícil de no ser por la
ayuda que proporcionaba la estrecha senda trazada por los Montañeses, que
serpenteaba entre rocas y sobre los numerosos barrancos y desfiladeros que
habían rellenado parcialmente para hacerlos practicables. Esto se había hecho
no con la intención de cometer un sacrilegio, sino para conseguir un acceso a
las vetas de sal que trazaban su presencia en las pendientes medias de la
montaña. Durante los ochenta años en que ellos habían dominado el lugar más
sagrado de los redentores, los Montañeses habían creado una enorme red de
túneles. Aunque no se tratara de un sacrilegio intencionado, cuando los
redentores recuperaron su poder tras haber quedado debilitados en largas
guerras civiles religiosas, les hicieron pagar su blasfemia matando hasta al
último montañés, incluidos mujeres y niños.
Una vez pasado el Gran Compañón,
la pendiente se hacía más pronunciada, aunque no en exceso. Pese a lo alto que
era, el monte del Tigre no resultaba especialmente difícil de ascender. Aquel
paisaje ya más regular estaba lleno de pequeños agujeros, que eran las entradas
desmoronadas a los depósitos de sal que se hallaban a una profundidad de entre
diez y treinta metros. Pese a su malhumor y completo silencio, Cale no podía
evitar distraerse ante los curiosos rasgos de aquel paisaje sagrado. Pero si
bien el recorrido carecía de grandes barrancos y riscos peligrosos, la marcha
se volvía inevitablemente más empinada, y no tardaron en verse obligados a
desmontar e ir tirando de los caballos por difíciles caminos. Al final llegaron
a un paso estrecho flanqueado por dos paredes verticales de piedra.
Bosco ordenó a sus hombres
levantar el campamento, aunque la tarde acababa de comenzar. A continuación se
volvió hacia Cale y le habló directamente por segunda vez.
—Los demás se quedarán aquí;
nosotros debemos seguir, porque hay algo que tengo que mostraros. También hay
algo que quisiera que os quedara muy claro: el único modo de volver por esta
parte de la montaña es a través de este paso, y si intentáis volver solo, ya
sabéis lo que ocurrirá.
Con esta suave advertencia,
Bosco empezó a caminar por el paso y Cale lo siguió. Fueron ascendiendo durante
treinta minutos, Cale siempre diez pasos por detrás de su antiguo maestro,
hasta que llegaron a una plataforma que se hallaba a unos seis metros de
altura. A un lado se distinguía un altar de piedra sencillo pero de hermosa
factura.
—Aquí fue donde Jefté cumplió la
promesa que le había hecho al Señor y sacrificó a su única hija. —Su tono de
voz era extraño, pero en absoluto reverencioso.
—Y me imagino —repuso Cale— que
la mancha de ese lado es de la sangre de ella. Debe de haber sido de muy buena
calidad, ya que sigue ahí, en medio de la montaña, mil años después de que
fuera derramada.
—Todo es posible para Dios. —Se
miraron el uno al otro durante un instante, tras el cual Bosco reconoció—: En
realidad nadie sabe dónde la mató. Este altar fue construido en provecho de los
fieles, a algunos de los cuales se les permite venir hasta aquí en Viernes
Malo. Al día siguiente de la visita de los fieles viene un pintor y vuelve a
pintar la mancha de sangre para que el tiempo vuelva a emborronarla antes del
año siguiente.
—O sea que no es verdad.
—¿Qué es la verdad? —preguntó
Bosco sin esperar respuesta.
Dos horas después, se
encontraban a unos quinientos metros de la línea de las nieves, en el último
ascenso antes de poder hablar con el propio Dios. Pero fue justo allí donde
Bosco se volvió a un lado y empezó a caminar bordeando la montaña, en paralelo a
la nieve. Allí la falta de oxígeno hacía el camino más duro pese a que ya no
iban subiendo. A Cale le empezaba a doler la cabeza. Al seguir a Bosco en torno
a un pequeño risco, lo perdió de vista por un momento, y cuando volvió a verlo
casi se choca contra él. Bosco se había detenido y estaba observando con mucha
atención una roca plana que sobresalía de la montaña en voladizo, como si fuera
el arranque de un puente abandonado.
—Éste es el Gran Promontorio,
donde Satanás tentó al Ahorcado Redentor ofreciéndole el dominio sobre todo el
mundo. —Se volvió para mirar a Cale—. Quiero que vengáis conmigo hasta ahí —le
dijo señalando el extremo del saliente.
—Vos primero.
Bosco sonrió.
—Pongo mi vida en vuestras manos
tanto como vos la vuestra en las mías.
—No tanto —repuso Cale—, ya que
ahí abajo hay treinta guardias con la mente llena de malvadas intenciones.
—De acuerdo, pero ¿creéis que me
habría tomado tanto trabajo sólo para arrojaros montaña abajo?
—Yo no pierdo el tiempo pensando
en qué pensáis vos.
En el pasado, Bosco habría
apaleado severamente a Cale por haberle respondido de aquel modo. Y Cale se lo
habría consentido. Fue en aquel momento cuando Cale comprendió algo, aunque no
hubiera podido decir qué exactamente, con respecto a la magnitud del cambio que
había tenido lugar entre ellos en tan sólo unos meses.
—¿Y si digo que no?
—No podré obligaros, y no lo
intentaré.
—Pero me haréis matar.
—Os aseguro sinceramente que no.
Pero no importa lo grande que sea vuestro odio hacia mí, algo que me duele
profundamente, pues a estas alturas ya habréis comprendido que vos y yo estamos
ligados por lazos inquebrantables... Si no me equivoco, más o menos ésa fue la
expresión con que os dirigisteis a Arbell Materazzi cuando abandonamos Menfis.
Es posible que Bosco se diera
cuenta de lo poquísimo que faltaba para que Cale se abalanzara sobre él y le
rompiera el cuello. Pero, si se dio cuenta, no dio muestras de ello. Sin
embargo, había una fuerte ansiedad en él: la ansiedad, incomprensible para
Cale, propia de alguien que desea con todas sus fuerzas ser creído, ser
comprendido, y que teme no serlo.
—Además —añadió Bosco—, tengo
que deciros algo sobre vuestro padre y vuestra madre.
Y diciendo esto, avanzó unos
pasos por el rugoso granito del Gran Promontorio. Cale lo observó durante un
momento, anonadado como se suponía que tenía que estar con lo que había dicho
Bosco. No resulta fácil imaginar lo que sentía en ese momento alguien como
Cale, para quien la noción de padre y madre era tan abstracta como lo pueda ser
la de mar para un campesino de tierra adentro. ¿Qué podía sentir tal persona en
el momento en que le dijeran que el océano se hallaba justo al otro lado de la
siguiente colina? Cale entró en el saliente con mucha más cautela que Bosco,
pues aunque no tenía vértigo a las alturas, éstas tampoco le hacían gracia.
Además, al caminar sobre el saliente éste parecía aún más frágil que cuando se
hallaba de pie delante de él. Cuando se acercó a Bosco por detrás, su antiguo
maestro se hizo a un lado tan descuidadamente como si estuviera en medio del
campo de entrenamiento del Santuario, y le hizo a Cale un gesto para que se
colocara a su lado, a unos pocos centímetros del aterrador vacío que se abría a
sus pies.
Cale echó una mirada al mundo,
sintiéndose sostenido en mitad del cielo. El corazón le palpitaba y tenía los
ojos completamente abiertos de asombro. Dominaba a su alrededor una gran
extensión, bajo el vasto cielo azul y sobre la tierra amarilla, que se torcía
al encuentro del cielo en el arco formado por una neblina temblorosa y
amoratada. Parecía como si tuviera a sus pies el mundo entero, y no sólo una
porción en forma de media luna de unos ochenta kilómetros. Bosco permaneció
callado durante varios minutos, mientras Cale se sentía apabullado por la
enormidad. Por fin, Cale se volvió de cara a Bosco:
¿Y... ?
—Lo primero: vuestros padres. He
oído los rumores —se detuvo durante un instante—, los rumores que corrían por
Menfis no mucho después de que matarais a Solomon Solomon.
—Tuvo lo que se merecía, cosa
que no puede decirse de los hombres que me hicisteis matar vos.
De todos los recuerdos
desagradables que compartían ambos, aquél era el peor.
Convencido de que las dotes asesinas de Cale estaban inspiradas por Dios, no se
le había pasado por la cabeza a Bosco que obligarle a luchar a muerte con media
docena de soldados experimentados, si bien caídos en desgracia, podía resultar
profundamente traumático para un niño de doce (o tal vez trece) años, por muy
dotado para la lucha o muy insensible que fuera.
—Tuve el corazón en un puño
durante cada segundo en el que pensé que os hallabais en peligro.
Esto no era tan falso corno
podría parecer. Al principio él había contemplado extasiado las sangrientas
pruebas del talento que el muchacho tenía para reatar. Su actuación era de una
excelencia que sólo podía explicarse por inspiración divina. Pero después de la
sexta muerte, Bosco pensó que tal vez Dios pudiera molestarse ante aquella
necesidad de exigir pruebas por parte de Bosco, y podría castigar su
atrevimiento permitiendo que Cale cayera herido. Nada más comprender que estaba
actuando con demasiado atrevimiento, Bosco sintió un temor repentino por Cale,
y mandó poner fin a la matanza.
Fue más la sorpresa que la
propia contención lo que le impidió a Cale tirarlo del Gran Promontorio para
abajo en aquel mismo instante. El hombre que lo había apaleado por el más leve
motivo que pudiera encontrar una mente retorcida, y la mitad de las veces sin
ningún motivo en absoluto, le mostraba ahora que se preocupaba por él con
pruebas que habrían penetrado el más duro de los corazones. Pero el corazón de
Cale era sumamente duro, y si ahora dejaba vivir a Bosco era sólo porque su
curiosidad superaba a su odio. Además, allí abajo seguían esperándolo una
treintena de bastardos.
—Contadme lo de los rumores.
—Después de que matarais a
Solomon Solomon, empezó a correr el rumor de que los redentores os habían
cogido cuando erais un bebé, de una familia directamente emparentada con el
Dogo de Menfis. En suma: que erais un Materazzi, y no de los de poca monta.
¿Puede el silencio expresar el
más profundo asombro? Cualquiera que se hubiera hallado ante el Gran
Promontorio en aquel momento habría dicho que sí.
—¿Es verdad eso? —A su pesar, la
voz de Cale salió tan floja corno un leve susurro. Hubo una breve pausa.
—Desde luego que no. Vuestros
padres eran campesinos analfabetos, que no tenían la menor importancia en
ningún sentido.
—¿Los matasteis?
—No: ellos os vendieron a los
redentores, y afortunadamente, por seis peniques.
Hasta Bosco se quedó sorprendido
por las sonoras carcajadas que siguieron a aquella frase.
—Creí que os sentiríais
decepcionado. Por lo de los Materazzi, me refiero. Pero ¿os gusta haber sido
vendido por seis peniques?
—No importa lo que me guste.
¿Por qué estamos aquí?
Bosco contempló la gran llanura
que se extendía a sus pies.
—Cuando Dios decidió crear a la
humanidad, tomó una costilla de su primera gran creación, el ángel Satanás. Y
de la costilla de Satanás formó el primer hombre, que salió del polvo de la
tierra. Molesto porque Dios, sin consultarle, le hubiera quitado una costilla
mientras dormía, Satanás se rebeló contra el Señor y fue expulsado del cielo.
Pero a Dios le dio lástima la humanidad porque se había equivocado al hacerla
de una costilla de un servidor tan poco fiel. Y como había sido un error del
Señor, éste envió muchos profetas para salvar a la humanidad de su propia
naturaleza, esperando de ese modo sacar a la luz todas esas cosas buenas de las
que la humanidad había sido formada. Al final, como recurso desesperado, envió
a su propio hijo para salvarlos. —Bosco se volvió ligeramente: tenía una
expresión de profundo asombro, y los ojos llenos de lágrimas—. Pero ellos lo
ahorcaron.
Volvió a quedarse completamente
callado durante dos o tres minutos.
—El Señor Dios lamentó esta
terrible herida durante mil años, pues Dios es amor. En todo ese tiempo le dio
vueltas en la mente a todo lo que los hombres tenían de bueno, y eso fue un
acto de bondad. Pero siempre podía ver y oír el enfrentamiento insoportable
entre lo que los hombres tenían de divino y el envenenado error introducido en
él por su amorosa pero terrible equivocación.
De nuevo hizo una breve pausa,
mientras contemplaba el vertiginoso paisaje que se extendía a sus pies. Cuando
volvió a hablar, el tono de su voz era aún más suave y más razonable.
—El corazón de un hombre es cosa
pequeña, pero contiene enormes deseos. No es lo bastante voluminoso para servir
de cena a un perro, pero es demasiado grande para que el mundo entero pueda
saciarlo. El hombre no perdona nada que esté vivo: mata para alimentarse, mata
para vestirse, mata para adornarse, mata para atacar, mata por defenderse, mata
por instruirse, mata por divertirse, mata por el gusto de matar... Al cordero
le saca las entrañas y hace resonar su arpa con ellas; al lobo le extrae su
diente más mortífero para pulir hermosas obras de arte; al elefante los
colmillos para hacer juguetes para sus hijos.
Bosco se volvió otra vez hacia
Cale. Sus ojos brillaban con todo el amor y la esperanza de un padre amantísimo
que necesita ser comprendido por la persona que más quiere en el mundo.
—¿Y quién exterminará a quien
extermina a todos los demás? Vos. Vos sois el encargado de matar al hombre. De
la Tierra entera vos haréis un enorme altar sobre el que todo lo que vive será
sacrificado. Sin límite, sin medida, sin pausa, hasta la aniquilación de todas
las cosas, hasta que el mal se haya extinguido, hasta la muerte de la muerte.
Bosco sonrió a Cale con una
sonrisa tolerante, comprensiva.
—¿Que por qué haréis algo tan
terrible? Porque está en vuestra naturaleza hacerlo. Vos no sois un hombre, vos
sois la ira de Dios hecha carne. Lleváis en vos la suficiente humanidad como
para desear ser alguien diferente de quien sois. Queréis amar, queréis mostrar
bondad, queréis tener piedad. Pero en el fondo del corazón sabéis que no sois
nada de eso. Por eso la gente os odia y por eso os temen más cuanto más
intentáis amarlos. Por eso os traicionó esa chica y por eso os traicionarán
siempre mientras viváis. Vos sois un lobo que se hace pasar por cordero ante sí
mismo.
»¿De dónde, si no, creéis que
sale vuestra habilidad para la lucha y la muerte? Vos matáis con la misma
facilidad con que otros respiran. Os presentáis en la mayor ciudad del mundo y
pese a todas vuestras buenas intenciones tan sólo os cuesta seis meses dejarla
en ruinas. Vos no acarreáis el desastre: vos sois el desastre. Os guste o no,
vos sois el Tétrico: el Ángel de la Muerte. Pero si no os gustara, tendríais
que acostumbraros a caminar entre gentes que os despreciarían, y a que todo el
mundo intentara mataros sin entender siquiera por qué lo hacen. Venid conmigo
ahora, y cuando vuestra misión dé fin, y todo cuanto ahora vive esté ya muerto,
volveréis aquí para ser conducido al Reino de los Cielos. Ése será el único
modo de que tengáis algún día la mente en paz. Os lo prometo.
Al cabo de tres horas, habían
hecho el camino de vuelta hasta donde los esperaban los redentores. Después, un
respetuoso Bosco estuvo hablando con un silencioso Cale hasta bien entrada la
noche.
—¿Sabéis por qué os hizo Dios?
—Se trataba de una cita reconocible al instante que provenía del Catecismo del
Ahorcado Redentor.
Cale recitó de memoria su cauta
respuesta:
—Él nos hizo para que lo
conozcamos y lo amemos.
—¿Pensáis que a Dios le salió
bien el hombre?
—No según mi experiencia
—respondió Cale—. Pero tal vez yo haya tenido mala suerte.
—Pero vuestra experiencia se ha
dilatado considerablemente en estos últimos ocho meses. De hecho, creo que ha
sido excepcional. Es evidente que Dios os ordenó escapar y que todas las cosas
extraordinarias que os han acontecido han ocurrido precisamente para que
pudierais responder a esa pregunta. Os habéis codeado con los más grandes de
este mundo, habéis sido amado de todos los modos posibles por la más bella,
habéis hecho importantes servicios y a cambio no habéis recibido más que
traición.
Todo esto tenía, desde el punto
de vista de Bosco, la gran ventaja de ser más o menos lo mismo que pensaba el
joven sobre lo acontecido: una mezcla de verdad y autocompasión que formaba un
todo armonioso.
—Yo diría —prosiguió Bosco— que
habéis comprobado mejor que nadie que los hombres son lobos para los hombres.
—Son unos hipócritas —contestó
Cale—. Me he cruzado con un montón de ellos últimamente. Por eso ahora entiendo
cuántos hay.
—Eso va por mí, supongo —dijo
Bosco, aparentemente sin sentirse ofendido—. Creo que deberíais explicar por
qué lo decís.
—¿Cómo podéis todavía mirarme a
la cara y hablar de traiciones?
—Seguís sin entenderme. Suponed
que os hubiera dejado en manos de aquella buena gente que quería venderos por
seis peniques. Desde el día que hubierais aprendido a caminar, os habríais
encontrado con un arado en las manos, contemplando durante quince horas al día
el culo de un caballo. Habríais sido tonto, ignorante, y a estas horas
probablemente estaríais muerto. Lo mismo que nada.
—Dios ha tenido compasión.
Además, creía que yo era especial.
—Hay mucha gente que nace
especial. Como dijo el Ahorcado Redentor: «Más de una flor nace para brillar
donde nadie la ve y perder su aroma en el aire del desierto».
Cale se rio.
—¿Una aromática florecita? Así
soy yo, sin duda: una florecita más olorosa y delicada de lo que se cree la
gente.
—Es una licencia poética, desde
luego, pero dejadme que lo exponga con más claridad: vos nacisteis para llegar
hasta el trono de Dios por medio de la muerte. Muchos son los llamados, pero
pocos los elegidos. Sin embargo, yo os he elegido a vos, y eso os convierte en
agente del final prometido.
—¿Tenéis idea de lo demenciales
que suenan vuestras palabras?
—Desde luego. En momentos de
crisis he llegado a plantearme si de verdad estaba cuerdo.
Sonrió haciendo un gesto que
(cosa extraña) le sentaba bien, un gesto con el que se reía de sí mismo.
—¿Y.. ?
—En esos momentos me terminaba
preguntando qué tipo de cosa es el hombre, con su defectuosa capacidad de
razonamiento, sus escasas capacidades, la fealdad de su forma y de sus
movimientos, con lo mucho que se parece al demonio en sus acciones, y a una vaca
en sus aprensiones. ¿La belleza del mundo? ¿El parangón de los animales? Para
mí el hombre no es más que la quintaesencia del polvo. —Bosco parecía haberse
extraviado en sus palabras, pero de repente se volvió hacia Cale con enorme
interés y le preguntó ¿No estáis de acuerdo?
Cale no respondió.
—Olvidad por un momento vuestro
odio hacia mí y considerad vuestra experiencia del mundo. En el fondo del
corazón, ¿no estáis de acuerdo conmigo?
Hubo otra larga pausa.
—Preferiría que siguierais con
vuestra explicación.
—No es ésta la primera vez que
el Señor barre a la humanidad de la faz de la Tierra a causa de sus pecados. No
es del conocimiento general el hecho de que ya hubo una especie humana antes de
Adán. Dios la destruyó en una gran inundación en la que ahogó al mundo entero
para comenzar de nuevo.
—¿Ahogó al mundo entero?
—Al mundo entero. Hasta la
última hoja de hierba.
—Parece sencillo. ¿Por qué no
hace lo mismo ahora?
—Porque hay demasiada gente y
demasiada hierba. Y no hay suficiente agua.
—¿Cree el Papa algo de todo eso?
—No exactamente —respondió
Bosco—. Pero cuanto él pierda en la tierra se perderá en el cielo.
—No lo entiendo... Ah, me parece
que ya vislumbro algo... —Cale meditó en lo que le parecía comprender—. Vais a
matar al Papa y ocupar su puesto.
—Si no os conociera bien, diría
que tenéis más de demonio que de ángel. ¿ Creéis que se puede matar al Papa
ungido por el Señor sin dañarse uno mismo?
—Supongo que no.
Se quedaron callados, sentados
los dos. Bosco esperaba que Cale le pidiera una explicación. Consciente de
ello, y pese a toda su curiosidad, Cale se resistió a proporcionarle esa
satisfacción.
—El Papa ya no es el que era
—dijo Bosco.
—¿Quién es ahora? —respondió un
Cale asombrado, malinterpretando la frase de Bosco.
—¡Lo que yo quería decir es que
no se encuentra bien! Es muy anciano, y sufre una enfermedad mental. Se trata
de una enfermedad que lo debilita, y que va a peor. Se olvida...
Yo me olvido...
—A él se le olvida quién es.
—Si está tan mal, no tardará en
morir.
—Él está mal, pero la gente que
padece la enfermedad que padece él a menudo vive mucho tiempo..., mucho tiempo.
Volvió a mirar a Cale,
disfrutando la sensación de volver a ser, una vez más, el maestro de su alumno.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—preguntó Bosco. Y no lo preguntó para recabar consejo, sino para que Cale
demostrara su buen juicio.
—Debéis estar allí cuando muera
y convertiros en Papa.
Bosco se rio.
—Eso es bastante más fácil de
decir que de hacer.
—Os podéis reír —dijo Cale—,
pero ¿me he equivocado en la respuesta?
—No... Miremos las cosas
complejas con mirada sencilla. Ése es, efectivamente, el final, pero ¿cuál es
el comienzo? Incluso para alguien muy inteligente puede resultar dificilísimo
observar con una mirada nueva y un poco de distanciamiento algo que ha tenido
delante de las narices toda la vida.
—¿Cuánto poder tenéis vos?
—preguntó Cale después de un rato.
—¡Excelente pregunta! —dijo
Bosco riéndose—. Al matar al padre Picarbo tuvisteis la bondad de promoverme
desde, digamos, el décimo en la línea de sucesión al Papado al puesto noveno
más o menos.
¿No me habríais castigado por
ello?
—No es fácil decirlo. Vuestras
acciones me parecieron inconvenientes en aquel momento. Mis planes con respecto
a vos, con respecto a todo, eran cosa a varios años vista. Estar el décimo en
la línea sucesoria al Papado es como no estar en la línea sucesoria. Pero
vuestra desaparición y posterior captura han representado un avance
espectacular e inesperado. Menfis ha caído. Yo tengo gran parte del mérito, y
el mérito que no me corresponde a mí os corresponde a vos. Ahora soy el tercero
en la línea sucesoria. Pero, en fin —dijo con una sonrisa—, estar el tercero en
realidad es sólo un poquito mejor que estar el décimo o el duodécimo.
—¿Quiénes son el primero y el
segundo?
—¡Vais directo al grano! —dijo
Bosco en tono de broma—. Gant y Parsi.
—Jamás he oído hablar de ellos.
—¿Y por qué tendríais que haber
oído sus nombres? Sin embargo, creo que me equivoqué al pensar que era
demasiado pronto para poneros al corriente de estas cosas.
—¿Entonces me vais a poner al
corriente ahora?
—Ahora lo que os voy a pedir es
que lo averigüéis.
—¿Y por qué no me lo explicáis,
sencillamente?
—Porque lo veréis todo con más
claridad si lo averiguáis por vos mismo. Y también porque eso me dará más
placer a mí.
Es curioso que el demonio que ha
atormentado a alguien durante toda su vida le proponga a ese alguien que
adivine sus secretos, pese al profundo odio que sabe que inspira.
—En la biblioteca había un libro
que tenía cerradura: el censo. Logré abrir otros, pero ése no.
—Sin embargo, conseguisteis
echar a perder la cerradura.
—¿Cómo es de grande el imperio
del Redentor?
—No es un imperio, sino una
mancomunidad. La mancomunidad ha logrado la unión de cuarenta y tres países y,
de acuerdo con el último censo, tiene la posibilidad de redimir a cien millones
de personas.
—¿Cómo es de grande el mundo?
—No lo sé realmente, pues
conocemos muy poco de lo que concierne a China y a las Indias. Pero en lo que
se refiere a las llamadas cuatro partes del mundo, sin incluir Menfis, tiene
probablemente cuatro veces el tamaño y varias veces la riqueza que suele creerse.
—¿Por qué sin incluir Menfis?
—Menfis basaba su influencia en
su poder militar. Nosotros hemos conquistado Menfis y destruido a los
Materazzi, pero no hemos conquistado su imperio, que simplemente se ha
colapsado. Cada uno de los países de ese imperio se ha declarado libre y ha
empezado a reñir con sus vecinos por las mismas cosas que solía reñir antes de
la llegada de los Materazzi. Menfis ha resultado ser una bendición a medias, y
con el tiempo podría convertirse en un regalo envenenado, sencillamente.
—Pero si el imperio del Redentor
es mucho más grande de lo que todo el mundo piensa...
—La mancomunidad... —corrigió
Bosco.
... de lo que todo el mundo
piensa, ¿por qué os encontráis en un punto muerto en la lucha contra los
antagonistas?
—Buena pregunta. Efectivamente,
es cierto que nos encontramos en un punto muerto. —Bosco se mostraba claramente
contento con aquella pregunta—. La mancomunidad de los redentores no sólo es
grande, sino que está inflada y llena de contradicciones. Algunas partes de la
mancomunidad son flojas en sus creencias, y están tan llenas de blasfemias que
no resultan mucho mejores que los antagonistas. Muchos nos sacan más a nosotros
en subsidios de lo que pagan en impuestos. Otros son verdaderamente fanáticos
en sus creencias, pero están siempre disputando unos con otros acerca de este o
aquel punto de la doctrina. Hay numerosos cismas que amenazan con convertirse
en herejías tan grandes como el propio antagonismo.
—Pues si las cosas están tan
mal, ¿por qué no os han derrotado ya los antagonistas?
—Tampoco ésa es mala pregunta:
los antagonistas se enfrentan a los mismos problemas que nosotros. No es la
falta de religión lo que destruye a la humanidad, sino la humanidad la que
destruye la religión. Una criatura así es incapaz de aspirar a la semejanza de
Dios. Dios lo intentó pero fracasó. Pero volverá a intentarlo.
—Creí que Dios era perfecto
—repuso Cale.
—Dios es perfecto.
—Entonces, ¿por qué ha hecho
semejante estropicio con la humanidad?
—A causa de su perfecta
generosidad. Dios no es ningún tramposo de los que engañan en su propio juego
de naipes. Desea atraernos libremente, que nuestro amor por Él sea elección
nuestra. Ni siquiera Dios puede cuadrar un círculo. Dios se siente solo, y quiere
que la humanidad elija libremente obedecerle, no obligarla a que lo haga.
¿Comprendéis lo que estoy diciendo?
—Comprendo lo que decís, sí.
—Que conste que ni yo ni el Dios
al que ambos servimos tenemos necesidad de que estéis de acuerdo. Vos no sois
un hombre, y tampoco sois un Dios: vos sois la decepción y la ira hechas carne.
Lo que hacéis es lo que sois. Lo que penséis, sin embargo, resulta irrelevante.
—¿Y cuándo todo haya acabado?
—Se me ha revelado en mis
visiones que os llevarán a la isla de Avalón para que viváis allí apartado. Es
un lugar en el que fluyen la leche y la miel. Os quedaréis allí, vestido con
las más ricas y blancas sedas hasta que llegue el momento, si llega, en que
Dios vuelva a necesitaros.
Tras eso, Cale se quedó callado
un buen rato.
—Habladme de Chartres.
—El Santuario es el corazón
militar de la fe, pero por eso lo pusieron aquí, en el quinto pino, donde no
supone un peligro para ellos. Aunque yo tenga gran poder, cualquier capitán del
Santuario que se acerque a menos de setenta kilómetros de Chartres debería ser
excomulgado por orden del Papa. A mí se me permite ir allá sólo mediante su
expreso consentimiento, que rara vez se otorga, y no me dejan ir acompañado por
más de una docena de sacerdotes. Incluso así, nunca me he encontrado a solas
con él desde que Gant y Parsi lo recluyeron del mundo, encerrándolo como un
guisante en su vaina.
—No sé lo que es eso. —Hubo una
pausa—. ¿Por qué no os matan?
—Seguís yendo al grano, como de
costumbre... A mí me consideran un rival, pero un rival neutralizado de hecho
porque todo mi poder reside en el ejército, y no en Chartres. Pero vais muy
aprisa, Cale, pasáis demasiado rápidamente por encima de los asuntos.
—O tal vez sois vos —repuso
Cale—, que permitís que se os vayan de las manos.
—En absoluto. Casi desde el día
en que llegasteis aquí, comencé a reclutar trescientos oficiales de la milicia
que han asumido el hecho de que la humanidad no tiene remedio, y que vos sois
la solución. No tardarán en llegar aquí. Vos entrenaréis a ese número ya
considerable de hombres, y ellos entrenarán a otros trescientos más, y así
sucesivamente. Al cabo de cuatro años habréis preparado a cuatro mil oficiales,
y yo estaré en condiciones de avanzar contra Gant y Parsi. Si logro mi
objetivo, se nos invitará a entrar en Chartres para salvar al Papa.
—¿Y cómo lo haréis?
—Eso no tiene por qué
preocuparos.
—Pero me preocupa.
—Entonces olvidad esas
preocupaciones.
—¿Qué era ese vestido blanco que
mencionasteis antes?
—Un vestido hecho con las más
ricas sedas. Sedas blancas y entretejidas de oro, dignas de un rey.
No es que Cale se creyera lo que
Bosco decía sobre Avalón, aunque Bosco era claramente sincero al mostrar su
certeza sobre la existencia de aquel lugar. A Cale le molestaba aquella imagen
de lo que supuestamente tenía que satisfacerle.
—El último al que vi vistiendo
pesadas sedas blancas fue un arzobispo que daba una misa solemne en alabanza
del Señor. Aquellas cuatro horas fueron un buen castigo. Por si no lo habéis
notado, yo no soy de los que rezan.
—¿Y por qué ibais a serlo? En
Avalón os cuidarán setenta y dos seres que no serán exactamente ángeles.
—¿Qué queréis decir?
—Se cuentan entre los ángeles
rebeldes que desafiaron a Dios y fueron arrojados al infierno. Pero setenta y
dos de ellos se arrepintieron ante la victoria final de Dios y fueron enviados
a Avalón en parte como castigo por haber flaqueado en su lealtad y en parte
como premio por su arrepentimiento. Os aguardan allí para serviros en todos
vuestros deseos.
—Como las monjas del convento...
—Eso será cosa vuestra. Y por
eso asumo que no será exactamente como las monjas del convento.
—¿Y cómo sabéis todo eso?
—Me fue revelado en el desierto.
2
Según los Jane, el corazón de un niño puede soportar cuarenta y nueve
golpes antes de sufrir daños permanentes para los que no habrá ya vuelta atrás.
Imaginaos pues el corazón de Thomas Cale, que había sido vendido por seis
peniques, curtido en palizas, fortalecido en el asesinato y después traicionado
por el único ser que le había mostrado amor. (Esta última se las trae más que
ninguna otra). La autocompasión, al a que hay que conceder el debido respeto,
es el más corrosivo de todos los ácidos para el alma humana. Sentir penan por
uno mismo es un disolvente universal para la salvación. Imaginad qué clase de
veneno se vertió en el pecho de Cale aquella tarde y aquella noche en el monte
del Tigre. Pensad cuál fue el daño causado, y cuál la medicina con la que se
pretendió curarlo.
Los ingleses suelen decir que no es contrario a la razón preferir la
destrucción del mundo a un arañazo en el propio dedo; costará aún menos trabajo
comprender que alguien pueda pagar ese mismo precio por un tajo en el alma.
3
Cuando Kleist, IdrisPukke y Henri el Impreciso decidieron seguir los pasos
de Bosco. y su prisionero, esperaban sin ninguna duda que éstos se encaminaran
directamente hacia el refugio del Santuario, así que el largo rodeo dado por
Bosco les hizo desconfiar. IdrisPukke sólo comprendió adónde se dirigían unas
hora antes de que el monte del Tigre apareciera en el horizonte. Le sorprendió
que la noticia asombrara a los dos muchachos.
—Es el lugar más sagrado del Buen Libro.
—Me imagino que no seguís creyendo en esas cosas —repuso IdrisPukke.
—¿Quién ha dicho que creyéramos en ellas? —repuso Kleist, que durante los
últimos días se había mostrado aún más susceptible de lo normal.
—No se trata de que creamos nada de eso —explicó Henri el Impreciso— lo
único que ocurre es que nos hemos pasado la vida oyendo hablar de ese sitio. En
ese monte le habló Dios al Preste Juan. Y en él sacrificó Jefté a su única
hija.
—¿Qué…?
Entre los dos le explicaron pacientemente la historia, que les habían
repetido tantas veces que ya no les parecía un hecho real acaecido entre gente
real, protagonizada por un cuchillo no muy afilado y por una niña de doce años
que por propia voluntad tiende su cuerpo sobre la superficie curva de una roca.
—Qué pena —comentó IdrisPukke cuando terminaron de contar la historia.
—Y también fue en ese monte donde Satanás tentó al Ahorcado Redentor
ofreciéndole dominar el mundo entero.
—Y yo me llevé una buena zurra por señalar que Satanás debía de ser un poco
burro.
—¿Y por qué pensáis eso?
—¿De qué sirve tentar a alguien con algo que no desea?
Debido a que el desvío de Bosco los había pillado por sorpresa, durante dos
días apenas dispusieron de agua que beber y absolutamente de nada que comer.
Pero Kleist cazó un zorro, y con el estómago vacío aguardaron a que se asara.
—¿Creéis que estará ya listo?
—Será mejor esperar un poco —observó Kleist—. No os aconsejo comer el zorro
poco hecho.
IdrisPukke no quería comer zorro, ni poco hecho ni de ninguna otra forma.
Cuando terminó de asarse, Kleist lo cortó (trinchar un zorro en tres partes
iguales tiene mucho mérito), y la igualdad de las porciones quedó asegurada por
la ley de los acólitos de que aquel que hace las particiones de lo que se va a
comer cogerá siempre el trozo más pequeño, una costumbre tan acertada teniendo
en cuenta la naturaleza humana que, de haberse extendido a asuntos más
importantes, podría haber transformado la historia del mundo en el pasado y en
el futuro venidero. IdrisPukke seguía mirando la hermosa tercera parte del bien
cocinado animal que tenía en su plato cuando los otros dos ya estaban a punto
de acabarse la suya, aunque a ese final seguiría una buena media hora de chupar
huesos y extraer el tuétano.
—Bueno… —musitó Henri el Impreciso.
—¿A qué sabe?
Henri el Impreciso levantó la vista dubitativo, tratando de resultar exacto
en la comparación.
—Se parece un poco a la carne de perro.
Al comerlo (pues al fin y al cabo se trataba de comida), IdrisPukke pensó
que aquello sabía exactamente igual que sabría el cerdo cocinado en lubricante
de carro, suponiendo que el lubricante de carro supiera igual que olía. Cuando,
con el estómago revuelto pero lleno, cayó dormido, IdrisPukke se pasó toda la
noche soñando,, según le pareció, con teteras que oscilaban en el cielo de la
noche. Cuando el cielo empezaba a clarear, le despertaron las maldiciones de
Henri el Impreciso, que estaba de un humor de perros.
—¿Se puede saber qué sucede?
Henri el Impreciso recogió una piedra y la tiró contra el suelo, furioso.
—Es esa mierda de Kleist: el puto traidor se ha marchado.
—¿Estáis seguro de que no se ha alejado para aliviarse, o para estar un
rato a solas?
—¿Es que parezco idiota? —repuso Henri el Impreciso—. Kleist se ha llevado
todas sus cosas —prosiguió, vertiendo imprecaciones contra Kleist durante unos
buenos cinco minutos hasta que, tras coger la misma piedra y volver a tirarla
en un último estallido de cólera, se sentó en silencio rumiando su amargura.
Tras dejarlo en paz durante unos minutos, IdrisPukke le pregunto por qué
estaba tan furioso. Henri el Impreciso se volvió hacia él y lo miró, indignado
y perplejo a partes iguales.
—¡Nos ha dejado en la estacada!
—¿Qué queréis decir?
—Es… —Era incapaz de explicar exactamente el por qué—. Es obvio.
—Bueno, tal vez. Pero ¿por qué no debería dejarnos en la estacada?
—Porque se suponen que era amigo mío… Y unos amigos no dejan en la estacada
a otros.
—Pero no era amigo de Cale. Se lo he oído decir un montón de veces. Y
tampoco recuerdo que Cale haya tenido nunca una palabra amable para él.
—Cale le salvó la vida.
—Y él le salvó la vida a Cale en el monte Silbury, y más de unan vez.
De puro irritado, Henri el Impreciso se quedó con la boca abierta.
—¿Y qué me decís de mí? Se supone que amigo mío sí que era.
—¿Le preguntasteis si quería venir con nosotros?
—No dijo nada cuando salimos.
—Bueno, pues lo ha dicho ahora.
—¿Y por qué no me lo ha dicho a la cara?
—Supongo que le daría vergüenza.
—Ahí lo tenéis.
—No tengo nada. Concedo que según los más exigentes estándares de la
santidad debería habéroslo explicado todo exhaustiva y razonadamente. Decís que
era amigo Vuestro… ¿Kleist os ha confesado alguna vez que tuviera aspiraciones
a la santidad?
Henri el Impreciso apartó la mirada como si buscara a alguien que estuviera
dispuesto a defender su caso. No dijo ni unan palabra durante un buen rato, y
después se rió con una risa que sonaba en parte alegre, en parte decepcionada.
—No.
Incapaz de aguantarse las ganas de moralizar, IdrisPukke prosiguió diciendo
con suficiencia.
—No podemos culpar a alguien por ser él mismo y velar por sus propios
intereses. ¿Por qué intereses debería velar si no? ¿Por los vuestros? Kleist
sabe lo que le espera si lo vuelven a coger. ¿Por qué tendría que arriesgarse a
una muerte tan espantosa siguiendo a alguien que ni siquiera le cae bien?
—¿Y qué me decís de mí?
—Bueno, ¿por qué tendría que arriesgarse a una muerte tan espantosa
acompañando a alguien que sí que le cae bien? Debéis de tener una opinión
enormemente positiva de vos mismo.
Esta vez Henri el Impreciso se rió sin mostrar aquel punto de decepción.
—Entonces, ¿por qué venís vos? Los redentores no serán más amables con vos
que conmigo.
—Muy sencillo —explicó IdrisPukke—. Yo he permitido que los afectos se
apoderen de la mayor parte de mi buen juicio. —A continuación, IdrisPukke no
pudo resistir la oportunidad de expandirse con otra de sus ideas favoritas—:
Por eso es mucho mejor no tener amigos, siempre y cuando uno tenga un carácter
lo bastante fuerte para poder prescindir de ellos, pues al final, de un modo u
otro, los amigos siempre se convierten en un incordio. Pero si hay que
tenerlos, entonces es mejor dejarlos en paz y aceptar que hay que concederle a
todo el mundo el derecho a existir de acuerdo con su propio carácter, sea el
que sea.
Levantaron el campamento en silencio, y siguieron un buen rato sin decir ni
pío, hasta que Henri el Impreciso le hizo a su compañero unan pregunta por
sorpresa.
—IdrisPukke, ¿vos creéis en Dios?
No necesitó hacer ninguna pausa para pensar en la respuesta.
—No hay bondad ni amor suficiente en mí, ni en el mundo en general, para
perder el tiempo con seres imaginarios.
4
Como todo el mundo sabe, el corazón se encuentra metido dentro de un tubo,
y el exceso de aflicciones causa que caiga por ese tubo (generalmente llamado
«espiráculo» o «agujero tapón»), que termina en la boca del estómago. Al fondo
de ese espiráculo o agujero tapón existe una trampilla, constituida por un
cartílago, que se llama «resortium». Antiguamente, cuando una amarga decepción
afectaba a un hombre o a una mujer, y el dolor resultaba excesivo de soportar,
el resortium se abría de repente y el corazón caía atravesándolo. Este proceso
proporcionaba al que había sufrido en exceso un alivio rápido y piadoso al
detener instantáneamente el funcionamiento del corazón. Pero en los tiempos
actuales hay tanto sufrimiento en el mundo que apenas podría sobrevivir nadie,
y por eso la naturaleza, siempre protectora, ha hecho que el resortium se funda
con el espiráculo para que ya no pueda abrirse, de manera que ahora tenemos que
soportar el sufrimiento, da igual lo terrible que sea.
Esto fue lo que le ocurrió a Cale cuando, entre las nieblas de la naciente
mañana, se elevó la primera imagen del Santuario, sórdida como un castigo.
Durante toda la última parte del viaje Cale había albergado, en un rinconcito
de su alma infantil, la esperanza de que cuando llegaran al Santuario, lo
encontraran totalmente devorado por los fuegos del infierno. Pero no fue así:
el Santuario aparecía en el horizonte aguardando su regreso en su forma
habitual y horizontal, inalterable en su expectante hormigón y de presencia tan
sólida como si hubiera crecido en la plana cumbre de la montaña sobre la que
había sido construido y fuera en realidad una enorme muela implantada en el
desierto. No había sido erigido para deleitar la vista, ni para intimidar,
glorificar o alardear. Parecía exactamente lo que era: un edificio construido
ara dejar a alguna gente fuera no se sabía de qué, y para mantener a otra gente
dentro. Y aun así, no resulta fácil describirlo: consistía en muros negros, en
prisiones, en rincones de lúgubre veneración, en pura esencia amarronada. Era
como si se hubiera realizado en hormigón una cierta idea particular de lo que
significa ser un ser humano.
Durante todo el estrecho camino de subida que serpenteaba por la ladera de
la vasta meseta, el corazón le latía a Cale contra la trampilla cartilaginosa
de su resortium, como implorando el alivio de la inconsciencia. Pero ese alivio
no llegaba. Las grandes cancelas se abrieron y después se cerraron a su
espalda. Así fue la cosa. Todo aquel valor y osadía, tanta inteligencia,
suerte, muerte, amor, belleza y alegría, tanta matanza y tanta traición, habían
terminado devolviéndolo al punto exacto del que había huido hacía menos de un
año.
Era hora nona según el reloj canónico, y por eso todo el mundo se
encontraba rezando en alguna de las doce iglesias del Santuario: los acólitos
rezaban por el perdón de sus pecados, y los redentores por el perdón de los
pecados de los acólitos.
Si se hubiera sentido menos desgraciado, Cale podría haberse dado cuenta de
que le ayudaba a bajar del caballo, y además con extraordinaria deferencia, no
ya un común redentor, sino el mismísimo Prelado de Caballerías. Bosco, que
desmontó asistido por un vulgar palafrenero, avanzó y le indicó una puerta de
cuya existencia Cale apenas se había percatado durante todos los años que había
pasado en el Santuario, pues les estaba prohibido a los acólitos acercarse por
allí. Le abrió la puerta el Prelado de Caballerías, que pasó delante de Cale no
como superior, sino como guía.
Siguieron andando por aquella oscuridad marrón que definía al Santuario en
cualquier parte que se encontraran de él. Incluso hundido en su tristeza, Cale
empezó a ser consciente de lo extraño que resultaba haber vivido en un lugar
toda la vida para después, en un instante, descubrir que había amplias zonas de
ese lugar cuya existencia ni siquiera sospechaba. Aquella parte seguía siendo
de color marrón, pero resultaba diferente: había puertas ¡Había puertas por
todas partes!
Se detuvieron ante una de ellas. La abrieron y le indicaron que pasara,
pero esta vez nadie pasó delante de él, y tan sólo Bosco lo siguió. Era una
estancia grande, abarrotada de muebles de color marrón. Le resultó
inquietantemente familiar: tenía la misma disposición que la estancia en la que
había matado al padre Picarbo. Hasta incluía un dormitorio. Aquél era un rincón
del Santuario destinado a un hombre poderoso.
—No tendréis más remedio que quedaron aquí un par de días, tal vez tres.
Como comprenderéis, hay que hacer preparativos. Os traerán aquí la comida, y
cualquier cosa que necesitéis no tenéis más que llamar a la puerta y vuestro…
—Dudó un momento sin saber muy bien qué palabra debía utilizar—. Vuestro
custodio… se encargará de que os la traigan.
Bosco inclinó la cabeza en un gesto que casi parecía una reverencia, y
salió, cerrando la puerta tras él. Cale se quedó mirando la puerta, asombrado
no sólo ante la idea de tener un custodio, sino más aún por aquella posibilidad
de pedir lo que le viniera en gana. ¿Qué podría haber en el Santuario que nadie
pudiera desear? Sin embargo, los acontecimientos terminaron revelando que la
justificada suposición de que en el Santuario no podía haber nada deseable era
muy errónea.
Mientras tanto, Bosco tenía que tratar muchos problemas apremiantes. A los
ojos de Cale, Kleist y Henri el Impreciso, la autoridad de Bosco entre los
redentores parecía absoluta. Pero eso estaba lejos de ser cierto. Podía ser así
con respecto a los acólitos e incluso a muchos redentores importantes. Sus
órdenes podían ser ley en el Santuario pero, pese a ello, el centro del poder
de la Fe Redentora residía en el Papa Bento XVI, que habitaba en la ciudad
santa de Chartres.
Durante veinte años Bento XVI había sido un formidable bastión del poder y
la ortodoxia, y había pasado aquellas dos décadas deshaciendo los cambios que
se habían hecho durante los anteriores doscientos años con la intención de
renovar la pureza de la Única Fe Verdadera. Sin embargo, Bento XVI llevaba ya
algún tiempo presa de una grave enfermedad senil, el Homini Vermis, que se
había manifestado primero en una acusada tendencia de la mente a olvidar cosas,
después a vagar sin rumbo y por último a vagar sin rumbo y no regresar. Eso
sucedía de continuo excepto durante breves destellos de lucidez que no duraban
más que unas horas, durante las cuales la antigua capacidad de comprensión
parecía retornar completamente. ¿Retornar de dónde? ¡Quién sabe!
Durante los tres años que el Homini Vermis había arruinado su mente, habían
surgido grupos, camarillas y conciliábulos que se preparaban para el momento en
que la muerte lo liberara de sus deberes. Los dos grupos más importantes eran
los Redentores Triunfantes, liderados por el Cardenal Gant, responsable de la
ortodoxia religiosa, y el Oficio de la Santa Sede, controlado por el Cardenal
Parsi. Los que controlaban el Oficio de la Santa Sede y a los Redentores
Triunfantes no sólo controlaban el acceso al Santo Padre, sino que, estando
éste tan enfermo, lo controlaban todo.
Gant y Parsi se diferenciaban como un piojo de una pulga con respecto a
cuál de los dos podía odiar más a Bosco. Sin embargo, Bosco con respecto a
ellos iba mucho más allá del odio. Aquella antigua animosidad era cosa del Papa
Bento, que creía en el principio del divide y vencerás tanto como creía en
Dios. En el momento apropiado tendría que haber elegido sucesor, pero tales
asuntos parecían encontrarse ya por encima de su capacidad, aun cuando la
elección se limitara simplemente a escoger entre Parsi y Gant. En todo caso
Bosco habría quedado fuera, pues Bosco era sospechoso de pensar, y a veces
incluso de pensar de manera original. Consciente de aquellas reservas, Bosco
había trazado otros planes.
Sembrador y cosechador más hábil aún que el Canciller Vipond de Menfis,
Bosco había reaccionado con rapidez a la catástrofe de la muerte de Picarbo a
manos de Cale y la posterior huida de éste. Es una gran ayuda saber que Dios
está del lado de uno, como lo es también saber que Dios ayuda a los que se
ayudan a sí mismos. A los que pedían explicaciones, Bosco les había asegurado
que los que habían matado a Picarbo eran espías antagonistas, y que Cale se
había visto obligado a acompañarlos para descubrir el plan de asesinar al Papa.
En lo que se refería a los antagonistas, ninguna acusación era demasiado
ultrajante: «Una gran mentira —le encantaba explicarle al padre Gil, que era lo
más cercano a un confidente que Bosco tenía— es más fácil de creer que una pequeña,
y una mentira simple más que una complicada».
Así pues, había encargado al padre Jonathon Brigade, su burgrave de
propaganda, que escribiera un libro, los Protocolos de los moderadores del
antagonismo, subrayando los detalles de semejante trama. Después de una
búsqueda cuidadosa, habían encontrado el cadáver de un redentor que compartía
todos los muy exagerados rasgos que generalmente se consideraban típicos de un
antagonista: tenía los dientes verdes (síntomas de la enfermedad de la que
había muerto), los labios gruesos, la nariz larga y el cabello negro y rizado.
Habían tirado su cuerpo al mar a la orilla de la Isla de los Mártires, donde
sabían que se lo llevaría la corriente, y dejaron que la propensión general a
creer en todo tipo de conspiraciones hiciera el resto. Los Protocolos, sin
embargo, no se restringían a los detalles de la fantasmal trama, sino que
expresaban el temor de que un espía redentor inusualmente valeroso y santo
andaba por allí, y que con gran riesgo y santa astucia se había infiltrado en
la trama de los antagonistas para intentar salvar al Papa. Más astutamente aún,
aseguraba que una quinta columna antagonista había convertido a su herejía a un
número no revelado de redentores, y que muchos de aquellos apóstatas habían
llegado a ocupar importantes puestos tanto entre los Redentores Triunfantes de
Gant como en la Santa Sede de Parsi, desde donde surtían a sus superiores de
secretos vitales, aguardando las oportunidades que les ofrecían los momentos de
debilidad en la fe. Los Protocolos aseguraban asimismo que, pese a todos los esfuerzos,
se habían hecho muy pocos progresos para minar la pureza religiosa de los
redentores de Bosco en el Santuario.
Bosco confiaba en que no importaba que los Protocolos fueran tan burdos
como el Ahorcado Redentor pintado por un niño de cuatro años, siempre y cuando
los fieles estuvieran convencidos de la autenticidad de su origen. Y esta
confianza resultó mayor de lo que él mismo hubiera esperado. La aparición del
cuerpo que había llegado por el mar, algo tan improbable como un milagro, fue
para todos la demostración de que todo era verdad. A todo el mundo le pareció
algo tan natural, que la cuestión de la posible falsificación ni siquiera llegó
a plantearse.
La Santa Sede y los Redentores Triunfantes no tuvieron más posibilidad que
argumentar que, si bien la amenaza era claramente real, los antagonistas
mentían en cuanto a lo de haber introducido a herejes en sus filas. Aun así,
tuvieron que hacer purgas importantes. Estaba prohibido que se empleara en los
redentores tortura propiamente dicha, pero el Oficio de Interrogación no tenía
necesidad de potros ni de hierros candentes: unas noches sin dormir, seguidas
de unos buenos chapuzones en el agua, no tardaban en hacer confesar a hombres
inocentes (inocentes de herejía, al menos) su connivencia y su apostasía y su
trato con demonios, todo ello seguido por una copiosa lista de nombres.
Bosco contempló con agrado cómo iba ardiendo en la pira un gran número de
sus enemigos por orden de otros enemigos suyos. Adquirió prestigio gracias a
que el Santuario aparecía acusado en los Protocolos de ser un modelo de
resistencia contra los antagonistas. Y ese prestigio le proporcionó una
renovada influencia, influencia suficiente para lanzar el ataque contra los
Materazzi, que tuvo aquel resultado totalmente inesperado y magnífico. Ahora
iba escalando posiciones, acercándose a Parsi y Gant. Además, había demostrado
a sus seguidores, por encima de cualquier asomo de escrúpulo o duda, que Dios
había bendecido su peligroso y osado plan y que Cale era, efectivamente, un
instrumento de Dios. Pero quedaba aún mucho trabajo por hacer. Ni Gant ni Parsi
lo iban a pillar con la guardia baja. En cuanto a ellos dos, comprendiendo la
amenaza que representaba Bosco, se habían conjurado contra él. La purga contra
los antagonistas había finalizado gracias a los esfuerzos concertados de ambos
y ahora, costara lo que costase, tenían que hacer algo contra Bosco.
Esa noche Bosco se acostó dándoles mil vueltas en la cabeza a los muchos
planes que había puesto en marcha para destruir a sus rivales y desencadenar el
fin del mundo. Lo mantenían despierto tanto la euforia como la preocupación.
Pues, al fin y al cabo, ¿qué podía resultar más desvelador que aquella decisión
de acabar con todas las cosas, que el terrible vértigo de asumir la
responsabilidad de la solución última al mal mismo? En cuanto a sus miedos,
eran de índole más ordinaria pero no menos importante: Bosco no era tan idiota
como para aceptar grandiosas ideas sin saber que para llevarlas a cabo era
imprescindible hacer las cosas con mucha inteligencia y habilidad. Además de,
claro está, la suerte.
Punto y aparte eran los miedos y esperanzas que albergaba con respecto a
Cale. De cuanto había esperado siempre de aquel niño, se había convertido en
realidad todo y más. Y, sin embargo, le desconcertaba que el Dios que había
cumplido con todo cuanto le había prometido su visión, y algo más de propina,
hubiera dejado en aquel muchacho trazas de algo inadecuado: una ira inútil y un
resentimiento que no se acababan de transformar en la rectitud que resultaría
adecuada a una criatura divina. Antes de quedarse dormido, se consoló a sí
mismo pensando que Dios no había pretendido que Cale se revelara al mundo al
menos hasta diez años después. De no haber sido por aquel lunático de Picarbo y
sus tenebrosos experimentos, las cosas habrían resultado muy distintas. Tras
breves lamentaciones, Bosco dejó de satisfacer su malhumor y se consoló con uno
de sus más viejos dichos: «Un plan es como un bebé en la cuna, que soporta mal
la comparación con el adulto».
Esa mañana, muy temprano, Bosco aguardaba impaciente en el patio de la
Sangre de los Mártires a que se empezara a hacer realidad uno de sus planes más
cuidadosamente trazados. Las grandes cancelas chirriaron al abrirse para dejar
entrar en el Santuario a trescientos redentores. Describirlos como la flor y
nata del ala militar del sacerdocio parecería inadecuado, pues las palabras
flor y nata dan la sensación de algo suave, blando y sabroso. Eran posiblemente
el grupo más imponente que se hubiera reunido nunca: tan sólo grandes esfuerzos
y una paciencia de casi diez años los habían ganado a la causa de Bosco, pues
no era tarea fácil moldear las mentes inflexibles ni razonar con los fanáticos.
Lo más duro de todo había sido preservar aquella chispa de audacia e
imaginativa violencia que le había llamado la atención de ellos en un
principio. Aquéllos eran redentores que habían mostrado un insólito talento
para la innovación, además de disposición a obedecer y unas dotes ya más
convencionales para la crueldad y la brutalidad. Estaban destinados a
convertirse en los más directos servidores de Cale: Cale los entrenaría, y a su
vez cada uno de ellos entrenaría a otros cien, y cada uno de esos cien, a cien
más. Ahora que tenía consigo a Cale y a sus trescientos hombres, tenía ya ante
sus ojos el principio del final de todas las cosas.
Bosco podía carecer aún del poder de sus rivales de Chartres, pero contaba
con una gran variedad de seguidores de diferentes tipos, muchos de los cuales
no se conocían entre sí. Algunos le profesaban una devoción fanática, siendo
verdaderos creyentes en su plan de cambiar el mundo para siempre; pero la
mayoría no tenían ni la más remota idea de cuáles eran sus intenciones últimas,
y lo veían simplemente como a alguien más puntilloso en materias de fe de lo
que pudieran ser Parsi o Gant. Otros, más tibios en su manera de pensar, lo
consideraban un hombre poderoso que deseaba acumular mucho más poder del que ya
tenía. Tal vez quedara eclipsado tras la muerte del Papa, que Dios tuviera en
su Gloria, pero uno nunca podía estar seguro.
A través de aquel batiburrillo de alianzas, Bosco había propagado rumores
sobre Cale que daban cuenta del heroísmo de su actuación al salvar al Papa no
sólo de la maldad de los antagonistas sino también del expansionismo de los
ahora maltrechos Materazzi. Se habían escrito panfletos oficiosos que contaban
con desaprobación pero de modo sicalíptico las tentaciones y peligros que había
afrontado Cale. La descripción que esos panfletos hacían de Menfis resultaba
cruda pero en absoluto falsa: la disponibilidad de la carne, la astucia de los
políticos, y las artimañas de las hermosas pero corrompidas mujeres… Si bien
los redentores podían disfrutar con la lectura de todos aquellos lujuriosos
horrores, la mayoría no eran hipócritas y sentían que realmente les hervía la
sangre con lo que leían. Tal vez sorprenda pensar que hombres como aquellos
fueran capaces de sentir amor, pero así era. Lo sentían. Y Cale había salvado
al Papa que amaban.
El gran aumento del número de acólitos que había tenido lugar durante los
últimos años, motivado por el hecho de que Bosco estaba preparando su futuro
control militar sobre los redentores, implicaba que, con todo lo grande que era
el Santuario, no hubiera suficiente espacio para acomodar a aquellos
trescientos hombres que constituían la élite recién llegada. Los redentores en
general no podían esperarse grandes lujos, pero cuando no estaban en servicio
activo, el disponer de un espacio propio, aunque fuera pequeño, era cosa de
gran importancia en unas vidas por lo general llenas de privaciones. Las muchas
celdas de la Casa del Propósito Especial habían sido construidas cuando el
espacio no era aún un bien escaso, y Bosco había decidido sacar de allí a los que
llevaban tiempo pudriéndose en aquel lugar. Así pues, durante las últimas
semanas había tenido lugar un elevado número de ejecuciones destinadas a
despejar el espacio necesario para albergar a los nuevos visitantes.
Como suele suceder en todas las instituciones cerradas, los que vivían
dentro del Santuario tendían a ser unos tremendos cotillas, y como tales eran
también unos entrometidos incorregibles, así que no tardarían en correr rumores
acerca de la llegada de aquellos oficiales de imponente aspecto Ya demasiado
tarde, Bosco comprendió que debería haberse preocupado de buscar una
explicación convincente a su presencia.
Confió en la considerable inteligencia del muy experimentado Alcaide Jefe
para que llevara a cabo sus órdenes de tratar bien a los hombres y aposentarlos
en el ala norte de la prisión, ahora vaciada de prisioneros gracias a las
últimas ejecuciones. Bosco dio instrucciones para que dieran de comer
magníficamente a los trescientos hombres, y explicó que se cerraría aquella ala
del Santuario para que los curiosos no entraran a husmear. Todos sabían que
había un elegido, y que guardar el secreto era cosa de vital importancia para
la supervivencia de todo el mundo, así que no hubo objeciones.
Entonces Bosco se pasó varias horas explicando sus intenciones a un Cale
muy poco hablador.
—¿Bajo la autoridad de quién están esos hombres?
—Bajo la vuestra.
—Y yo, ¿bajo qué autoridad estoy?
—Vos no estáis bajo ninguna autoridad. Ciertamente, no estáis bajo la mía,
si es eso lo que queréis preguntar. Vos sois el rencor de Dios hecho carne.
Limitaos a imaginar que sois un hombre y que la voluntad de otro hombre puede
resultar importante para vos. No os apartéis de vuestra naturaleza, porque si
lo hicierais os destruiríais a vos mismo. Por eso os traicionó Arbell Cuello de
Cisne y también lo hizo su padre, aun cuando le salvasteis la vida a su hija y
a su único hijo lo devolvisteis con los vivos, lo mismito que si lo hubierais
resucitado de entre los muertos. La gente no es para vos, y vos no sois para la
gente. Haced aquello para lo que estáis aquí y regresaréis con vuestro Padre
que está en los cielos. Por el contrario, si intentáis ser algo que nunca
podréis ser, entonces sufriréis más dolor y más tristeza que los que haya
sufrido nunca ningún ser vivo.
—Dadme Menfis.
—¿Para qué?
—¿Para qué pensáis?
—¡Ah! —exclamó Bosco, sonriendo—. Para que podáis derribarla ladrillo a
ladrillo y echar sal en sus cimientos.
—Algo así.
—¡Cómo no! Al fin y al cabo, para eso estáis aquí. Pero yo no tengo la
autoridad sobre Menfis, y por lo tanto tampoco la tenéis vos. Para eso
necesitamos un ejército. Y para poder disponer de un ejército, los hombres que
lo integran tienen que dormir en la Casa del Propósito Especial. Aun así,
tendré que llegar a Pontífice antes de que vos podáis hacer diabluras a una
escala tan gigantesca. Como habéis descubierto ya, nada de lo que podáis hacer
por un hombre o una mujer logrará que os quieran. Salvo yo, Thomas: yo os
quiero.
y tras decir eso, se levantó y se fue.
Es anoche, un muy nervioso padre Bergeron, ayudante del Alcaide Jefe, llegó
con la lista de los trescientos nombres que Bosco había pedido para cotejar con
sus propios datos y protegerse así de posibles infiltrados. La nueva lista
confirmó que había, de hecho, nada más que doscientos noventa y nueve. habría
que tener en cuenta a aquel redentor que faltaba, por si había cambiado de
opinión o hubiera sido arrestado. Algún tiempo después, se supo que había
muerto de viruela cuando iba a reunirse con los demás. El alcaide estaba
nervioso porque era nuevo en el trato con el temible Bosco. Su superior, el
Alcaide Jefe, había sido encarcelado tan sólo el día antes acusado de cargos de
impía malatesta, una ofensa lo bastante grave para hacerle arrestar pero no tanto
como para informar de ello a Bosco. El Alcaide Jefe había elegido a su ayudante
ahora en el cargo basándose en que, por su limitada inteligencia, no llegaría
nunca a representar ninguna amenaza a su propia posición. El ayudante regresó
una hora después de que Bosco hubiera leído la lista de nombres. Bosco no
levantó la vista cuando él entró: se limitó a acercar un poco la lista en la
dirección en que él llegaba. El alcaide la cogió muy nervioso, sin mirarla, y
escapó de la intimidante presencia de Bosco lo más aprisa que podía.
Ya al otro lado de la puerta, el corazón del alcaide palpitaba como el de
una muchacha que acaba de recibir su primer beso. Intentó calmarse, y acercando
la lista a una vela que ardía tímidamente en el muro, la examinó con
detenimiento. Al terminar, los ojos se le salían de las órbitas a causa del
miedo y la inseguridad la inquietud pende sobre la cabeza que lleva la corona.
Tenía demasiado miedo para pedirle aclaraciones a Bosco, y demasiado orgullo
para consultar a su predecesor. Desde luego, tenía razón al pensar que habría
parecido idiota e inepto a los ojos de ambos. Al fin y al cabo, su promoción
estaba por confirmar. «Hagáis lo que hagáis —había entreoído en cierta
ocasión—, hacedlo con decisión». Aquel consejo no demasiado bueno, y sobre todo
malinterpretado, había estado muchos años rondando la cabeza del padre alcaide
Bergeron, aguardando la ocasión de hacerle una jugarreta. Y al fin había
llegado esa ocasión.
¿Es que los demás somos distintos a él? ¿Cuántos de los peores momentos de
nuestra vida brotan de algún insignificante absurdo que se aferró a nuestra
alma como una hierba a un acantilado rocoso para prosperar allí en contra de
todas las probabilidades? La hierba hunde sus raíces en una grieta, las raíces
abren la grieta, hay una repentina tormenta, el agua penetra en la grieta, el
agua se congela en una noche invernal y resquebraja la roca. Un extraño pasa,
su caballo trastabilla en la roca resquebrajada, y caballo y jinete caen al
terrible abismo.
De ese modo, Bergeron se apresuró hacia la celda de Peter Brzca y llamó a
su puerta con absoluta convicción.
—¿Sí…?
—Las personas del ala norte que se encuentran en esta lista han de ser
ejecutadas.
Brzca no se sorprendió mucho, dado que ya había dado muerte últimamente a
tantos prisioneros del ala norte. Examinó la lista, calculando a ojo de buen
cubero la naturaleza a importancia del encargo.
—Creía —dijo, más que nada por entablar un poco de conversación— que las
ejecuciones ya habían terminado.
—Es evidente que no —fue la malhumorada respuesta—. Tal vez queráis ir a
ver al padre Bosco para aseguraros por vos mismo.
—No es ése mi trabajo —repuso Brzca—. A mí no me importan los motivos.
¿Cuándo ha de hacerse?
—Ahora.
—¿Ahora?
—Acabo de dejar ahora mismo al padre Bosco.
Eso resultaba persuasivo.
—¿Por qué tanta prisa?
—Como vos mismo decís, los motivos no os importan. Lo único que debe
importaros es lo rápido que podéis empezar y concluir.
—¿Cuántos son exactamente?
—Doscientos noventa y nueve.
Brzca meditó un instante. Los labios se le movían en silenciosos cálculos.
—Puedo empezar dentro de dos horas.
—¿Y en cuánto tiempo podéis empezar si os dais toda la prisa posible?
Brzca volvió a pensar.
—En dos horas.
Bergeron lanzó un suspiro.
—¿Cuánto tiempo os llevará?
—Una vez montada la rotonda, podemos hacer uno cada dos minutos. Con los
descansos, once horas.
—¿Y sin los descansos?
—Once horas.
—Muy bien —dijo Bergeron, en un tono que daba a entender que había salido
victorioso de la negociación—. En dos horas quiero montada la rotonda.
En realidad, Brzca se hallaba trabajando ya en la rotonda, con sus cuatro
ayudantes, menos de una hora después. Había echado un detenido vistazo a sus
víctimas. Eran un grupo de aspecto rudo. Si se olían lo que iba a suceder,
darían problemas. Por el momento, y aunque no parecieran muy contentos, estaba
claro que no tenían ni idea de nada, pues ni siquiera hombres de aspecto tan
brutal como aquéllos podían estar tan despreocupados a la espera de la muerte y
del tormento eterno. Había un detalle que le preocupó.
—¿Por qué —le preguntó al redentor que estaba de guardia— no están cerradas
con llave las celdas? ¿Y por qué estáis tan sólo vos vigilando?
La respuesta sonó convincente.
—Ni idea.
Evidentemente, si el guardia se mostraba tan poco comunicativo era no sólo
porque realmente no sabía nada, sino también porque no quería hablar con Brzca.
Nadie quería hablar con él. Hasta el más cruel de los redentores lo miraba por
encima del hombro, con desprecio, como se ha mirado siempre a los verdugos. A
nadie le caía bien, pero a Brzca eso no le afectaba, o al menos eso era lo que
intentaba creerse él mismo. En realidad sí le afectaba la manera en que lo
miraban. Le gustaba sentirse temido. Le gustaba que lo vieran como alguien
misterioso y letal. Le ofendía, sin embargo, el desdén, que estaba fuera de
lugar y resultaba injusto. Se mantenía distante, pero sus sentimientos
resultaban heridos por aquella falta de respeto. Sufría en silencio que nadie quisiera
hablar con él. Ni siquiera sus ayudantes, dos de los cuales habían intentado
recientemente, para irritación suya, que los destinaran a cuidar leprosos en
Mogadiscio. A su debido tiempo recibirían su merecido por aquella deslealtad,
pero esa noche requería compenetración y armoniosa destreza.
Aún quedaban problemas por resolver, y decidió caminar por el ambulacro
para aclararse la mente.
¿Debería atarlos antes? No. La ventaja de las manos atadas y las piernas
lastradas no compensaba el inconveniente de que eso les permitiría saber que
estaba a punto de ocurrir algo desagradable. Aquéllos no eran del tipo de
hombres que se toman las cosas con tranquilidad y, dando que por alguna razón
habían dejado las puertas abiertas, era fácil que tuviera lugar un motín. Era
preferible, decidió recorriendo el ambulacro, dejarlos en la inopia y hacerlo
todo tan rápido que no pudieran comprender nada hasta que ya estuvieran a mitad
de camino hacia la otra vida. Eso requería mucha destreza y seguridad en las
manos, pero de eso él tenía para dar y tomar.
—Buenas noches, padre —le dijo Bosco al pasar. Iba meditando sobre Cale.
—Buenas…
Pero Bosco ya se había ido.
La rotonda había sido diseñada por el predecesor de Brzca, que era un
fanfarrón, en opinión de Brzca, y había sido construida, según su opinión
profesional, de modo más complicado de lo necesario. El lema de Brzca era: «Es
mejor hacer las cosas con sencillez». Brzca había olvidado el sistema de tres
cámaras de la rotonda para ejecuciones en masa (uno a punto de ser ejecutado,
otro en la cámara siguiente siendo preparado, y un tercero en espera) y lo
había reemplazado por un sistema que dependía más de la cooperación de la
víctima, que debía encontrarse bajo la impresión de que lo que sucedía era otra
cosa diferente.
A la víctima se le decía que se le iba a presentar brevemente al Prior del
Santuario. En cuanto entraba por una gruesa puerta que no dejaba pasar los
ruidos, veía al Prior que estaba arrodillado, rezando, de espaldas a él y
delante de un sagrado icono del Ahorcado Redentor. Brzca y sus dos guardias
estaban arrodillados uno al lado del otro, el último de ellos tal vez un poco
más cerca de lo que uno hubiera esperado. El Prior entonces se levantaba y se
daba la vuelta. La víctima levantaba la vista. Brzca con su delantal de cuero
lo agarraba del cabello, los dos guardias le sujetaban los brazos, y entonces
Brzca le pasaba por el cuello su cuchillo incrustado en el guante. Ya
agonizante y completamente aturdido, dejaban caer al reo sobre una trampilla
que había delante de él. Los guardias bajaban el cuerpo, y el hombre, moribundo
o ya muerto del todo, era empujado por un tobogán para ser después recogido en
la cámara de debajo por unos redentores, que lavaban la trampilla rápida y
cuidadosamente antes de volver a empujarla hacia arriba para que quedara
colocada en su sitio. Tras echar un rápido vistazo para comprobar que no
quedaba ningún indicio de la lucha, los guardias se levantaban y salían de la
cámara por una puerta que estaba más allá, en el pasillo. Fuera, la siguiente
víctima estaría aguardando pacientemente entre sus dos guardias. A oscuras,
vislumbraría apenas al que pensaba que era su predecesor en la fila saliendo
por la puerta de salida. Y entonces se reiniciaba el procedimiento.
Esta rutina continuó durante toda la noche, con la única interrupción de
una de las víctimas, que estaba más mosca que el resto y notó que algo no
acababa de encajar en la cámara. Este hombre se desprendió de la mano que le
atenazaba el cuello y del que intentaba agarrarle la mano izquierda.
Escurriéndose y gritando mientras sus cuatro asesinos forcejeaban tratando de
inmovilizarlo, siguió gritando y luchando hasta que consiguieron sujetarlo al
hueco. Le pisaron la mano, le golpearon la cabeza y, por último, le hicieron
entrar por la trampilla para que acabaran el trabajo los redentores de la
cámara inferior. Ni siquiera la más gruesa de las puertas hubiera podido evitar
que el ruido de semejante lucha llegara a los oídos del siguiente, que
aguardaba en el pasillo, fuera de la cámara. Así que el propio Brza tuvo que
salir y apuñalar al asustado redentor tal como estaba, en pie, antes de que
pudiera armar más escándalo. Dejando aparte este pequeño incidente, toda la
noche transcurrió según lo previsto.
A las once de la mañana siguiente, el ayudante del alcaide, el padre
Bergeron, inspeccionó el montón de cuerpos ligeramente lavados que yacían en el
Rotunda Posteriorum, esperando ser trasladados al campo de Ginky en la
oscuridad de la noche. Se trataba de una visión aleccionadora e impresionante.
Media hora más tarde, el ayudante del alcaide se encontraba delante de un Bosco
algo impaciente, que trataba de desentrañar los aburridos y complejos
documentos que se referían a una disputa en torno al reparto de un gran envío
de queso echado a perder.
—¿De qué se trata? —preguntó Bosco sin levantar la mirada.
—Las ejecuciones se han llevado a cabo tal como ordenasteis, padre.
Bosco levantó la mirada irritado, pues el alcaide le había hecho perder el
hilo de sus pensamientos enredados en declaraciones y contradeclaraciones
concernientes a la responsabilidad por el queso podrido.
—¿Qué decís…?
Un terror espantoso coloreó de rojo la totalidad del rostro de Bergeron,
como si lo acabara de alcanzar una repentina avalancha invernal.
—La ejecución de los prisioneros de la Casa del Propósito Especial.
La voz de Bergeron salió suave como un susurro. Sacó la hoja con los
hombres y señaló la última página.
—Aquí está la cruz que pusisteis al final para confirmarlo.
Sin armar ningún revuelo, Bosco cogió el papel que le entregaba Bergeron.
Una horrible tranquilidad se apoderó de él. Observó la hoja un instante: su
precioso cuerpo de soldados de élite había desaparecido, hasta el último
hombre.
—La cruz al final —dijo con voz suave— era para indicar que estaba
correcto.
—¡Ah!
—¡Ah, efectivamente!
—Yo…
—Por favor, no digáis nada. Esta mañana me habéis echado una catástrofe
encima. Llevadme a verlos.
En su estancia, Cale miraba por la ventana sin fijarse en nada en concreto,
con la mente puesta a cientos de kilómetros de distancia. Tras él se oía el
ruido del acólito que le llevaba la segunda comida de aquel día. Ya que no
contaba con otros placeres, al menos seguía disfrutando de la comida, ahora que
la suya era preparada por las monjas, como la de otros redentores importantes.
Al acólito se le cayó al suelo una de las tapas, que rebotó estruendosamente y
se fue rodando hasta cerca de los pies de Cale. La proximidad del acólito, que
se había acercado a recogerla, le hizo mirar por primera vez al muchacho a la
cara. Aunque tendría al menos la edad de Cale, el muchacho recogió la tapa
humildemente y lo miró a su vez, aunque con azoramiento.
—No os conozco —le dijo Cale.
—Hace sólo diez días que me han traído aquí, desde Stuttgart.
Cale había leído algo sobre Stuttgart hacía poco, en un anuario que le
había dado Bosco y que daba cuenta con áridos detalles de cada ciudadela armada
y amurallada de los redentores que contara con una población de más de cinco
mil habitantes. El anuario comprendía diez volúmenes de quinientas páginas cada
uno. En opinión de Bosco, la mancomunidad de los redentores era frágil. Lo que
estaba claro, por lo que había leído en los anuarios, era que se trataba de una
mancomunidad muy amplia, mucho más amplia de lo que hubiera podido imaginarse
nunca.
—¿Por qué os han traído aquí? —le preguntó Cale.
—No lo sé.
—¿Cómo os llamáis?
—Model.
Cale se acercó a la mesa y se sentó. Había huevos revueltos, tostadas,
muslos de pollo, salchichas, champiñones y gachas. Empezó a servirse.
—Vos sois Cale, ¿no?
Cale no contestó.
—Dicen que vos salvasteis al Papa de los malvados antagonistas.
Cale volvió un instante la vista hacia él, y siguió comiendo. Model lo
miraba fijamente. Estaba hambriento porque los acólitos siempre tenían hambre,
del mismo modo que tenían frío la mayor parte del año. Pero ni se le pasaba por
la imaginación que la comida de la mesa, parte de la cual ni siquiera sabía qué
era, pudiera ser compartida con él. Era como una mujer hermosa para un hombre
feo: podía reconocer la belleza pero no podía esperar que le tocara una porción
de ella. Sin embargo, pese a lo distraído que era, Cale no conseguía comer a
sus anchas delante del acólito.
—Sentaos.
—Yo no podría…
—Claro que podríais. Sentaos.
Model se sentó y Cale le puso delante un plato de patatas fritas. Pero
había, naturalmente, un problema. Cogió el plato de patatas fritas y vació en
su propio plato todas las patatas menos una. Enrojecido de anhelo, Model puso
mala cara.
—Mirad —le dijo Cale—. Si coméis demasiado de esto, vomitaréis hasta las
entrañas antes de media hora. Creedme. ¿Qué comíais en Stuttgart?
—Gachas y bunge.
—¿Bunge?
—Es una especie de grasa con frutos secos y tal.
—¡Ah, aquí lo llamamos pies de muertos!
—¡Ah!
Cale le quitó la piel a un trocito de pollo, y raspó la deliciosa gelatina
que estaba pegada a la parte de dentro. Después le sirvió a Model una porción
muy pequeña de clara de huevo y una cucharada algo más abundante de gachas.
Pero no demasiada cantidad, tan sólo un poco.
—Tened cuidado. Comprobad que os va sentando bien.
La respuesta fue positiva: al acólito aquello le iba sentando como una
bendición.
Ni siquiera inmerso en aquella furia podía Cale dejar de deleitarse en el
placer que experimentaba Model al comerse la patata frita, la clara del huevo y
las gachas que se deslizaban por su hambrienta y reseca garganta como si
provinieran de los jardines del Edén, donde se decía que había manantiales de
limonada y que las peñas estaban hechas de caramelo.
Cuando Model terminó, se recostó en la silla y volvió a mirar a Cale
fijamente.
—Gracias.
—De nada. Ahora id a acostaron cinco minutos, mirando a la pared para no
verme mientras me termino esto, porque podría sentaros mal.
Model obedeció, y Cale se terminó su desayuno sin volver a acordarse de él.
Cuando ya había acabado con todo llamaron a la puerta.
—Marchad —le dijo, haciendo señas al alarmado Model para que se levantara.
Volvieron a llamar. Aguardó un poco—. Entrad.
Era Bosco.
Diez minutos más tarde, los dos se encontraban a solas en el Posteriorum,
contemplando en silencio los doscientos noventa y nueve cadáveres que eran
cuanto quedaba de diez años de plantes y esfuerzos para acercar el mundo a su
final.
—Quería mostraros esto porque no deseo que haya secretos entre nosotros. No
pretendo que aprendáis de mi error, porque yo no he cometido ningún error. Me
gustaría haberlo hecho, porque entonces yo también podría aprender de él. Pero
este error, llamémoslo así, no es más que lo que es: un suceso. Había un plan,
un plan diseñado con esmero y concebido con toda exactitud. Lo que tenéis que
aprender de esto es que no hay nada que aprender. Que hay idiotas y hay
inexpertos y hay malentendidos. Así son las cosas. ¿Me comprendéis?
—Sí.
—Pensaré alguna alternativa.
Pero pese a su serena aceptación de la terrible carnicería hecha a sus años
de irremplazable planificación (Bergeron había sido sustituido, pero para su
asombro y gratitud no le habían sacado las tripas, ni tan siquiera castigado),
Bosco permanecía blanco del susto.
—Pensad en ellos durante una hora, y después marchaos.
—No necesito una hora —repuso Cale.
—Me parece que…
—No necesito una hora.
Bosco movió la cabeza con un movimiento muy leve. Se volvió para irse, y
Cale lo siguió. Subieron por una escalera sinuosa conocida como «escalera de
los placeres» cuando se bajaba. Dejaron atrás la rotonda lentamente, pues las
rodillas de Bosco ya no eran las que habían sido en otro tiempo, y entraron en
la Bolsa, el salón que daba a varios departamentos de la Casa del Propósito
Especial.
Hacia la parte de atrás de la Bolsa, un hombre, un redentor, despojado de
su ropa, era conducido a un patio abierto. Se lamentaba en voz baja, sollozando
y lloriqueando como un niño cansado. Cale observó cómo lo hacían pasar por la
puerta los tres redentores que lo acompañaban. Los contempló como lo hubiera
hecho un águila o uno de esos halcones de comportamiento reflexivo.
—Detenedlos.
—La compasión no tiene nada que…
—Detenedlos y decidles que lo devuelvan a su celda.
Bosco se acercó al grupo al tiempo que ellos se paraban para hacer pasar
por la puerta al prisionero y salir al brillante sol del patio.
—¡Alto un momento!
Diez minutos después, Cale, seguido por un cauteloso Bosco, atravesaba en
silencio las celdas donde permanecían los purgatores, aquellos cuyos pecados de
blasfemia, herejía, ofensa contra el Espíritu Santo y una larga lista de
delitos los mantenían allí esperando a que se decidiera su destino, que
normalmente era un destino muy simple, y el mismo para todos. Cale fue de un
lado al otro mirando con atención a los expectantes prisioneros: a los
aterrorizados, los desesperados, los desconcertados, los fanáticos y los que
estaban claramente locos.
—¿Cuántos son?
—Doscientos cincuenta y seis —respondió el alcaide.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Cale señalando con un gesto de cabeza una puerta
cerrada con llave.
El alcaide miró a Bosco y después a Cale. ¿Sería de verdad aquel muchacho
el Tétrico prometido? No parecía gran cosa.
—Tras esa puerta sometemos a los condenados a un Acto de Fe.
Cale miró al alcaide.
—Abrid la puerta y marchaos.
—Haced lo que os dice —añadió Bosco.
Lo hizo así, con la cara roja de resentimiento. Cale empujó la puerta, que
se abrió sin esfuerzo. Había allí diez celdas, cinco a cada lado del pasillo.
Ocho de ellas estaban ocupadas por redentores cuyos delitos requerían una
ejecución pública para alentar y mantener la moral de los fieles presentes. De
los otros dos, uno era un hombre, aunque era evidente que no se trataba de un
sacerdote, pues llevaba barba e iba vestido de paisano. El otro era una mujer.
—La doncella de los ojos de mirlo —explicó Bosco cuando volvieron a sus
aposentos—. Ha estado profetizando blasfemias relativas al Ahorcado Redentor.
—¿Qué tipo de blasfemias?
—¿Cómo podría repetirlas yo? —dijo Bosco—. Son blasfemias.
—¿Cómo se la acusó entonces en el juicio?
—El caso se escuchó en la Cámara. Sólo un único juez estaba presente cuando
ella repitió sus afirmaciones y se condenó a sí misma.
—Pero el juez lo sabe.
—Por desgracia, el juez descansa en paz, pues murió de apoplejía justo
después, evidentemente por el horror que le causó lo que había oído.
—Mala suerte.
—La suerte no tuvo nada que ver. Ha ido a un lugar mejor, o al menos a un
lugar del que no regresa ningún viajero ni nada de lo que el viajero puede
haber sabido antes de su partida. Está todo en las actas.
—¿Puedo verlas?
—Por supuesto. Vos no sois una persona que pueda mancharse: vos sois la ira
de Dios hecha carne. No importa lo que vos leáis, ni lo que hagáis, pues sois
tan imposible de corromper como el mismo mar.
Cale meditó en ello durante unos instantes.
—¿Y el hombre de la barba?
—Es guido Hooke.
—¿Y…?
—Se trata de un filósofo naturalista que asegura que la luna no es
perfectamente redonda.
—¡Pero es redonda! —exclamó Cale—. No hay más que mirarla. Si vais a matar
a la gente por ser tonta, necesitaréis muchos verdugos.
Bosco sonrió.
—Guido Hooke no tiene un pelo de tonto, por muy excéntrico que sea. Y en
cuanto a la luna, tiene razón.
Cale lanzó un bufido con el que expresaba su incredulidad.
—Cualquiera puede ver en una noche sin nubes que la luna es redonda.
—Ésa es una ilusión creada por la distancia que nos separa de ella. Pensad
en el monte del Tigre. Desde cierta distancia, su falda parece tan lisa como la
mantequilla, pero de cerca se ve que esta tan arrugada como el catre de un
viejo.
—¿Cómo lo sabéis? Lo de la luna, me refiero.
—Os lo puedo mostrar esta noche, si queréis.
—Si Hooke tiene razón, ¿por qué va a morir por decir la verdad?
—Cuestión de autoridad. El Papa ha asegurado que la luna es completamente
redonda porque es expresión de la perfecta creación de Dios. Guido le
contradice.
—Pero vos sabéis que es verdad.
—¿Y qué importa eso? Él ha contradicho a la roca sobre la que se asienta la
Única Fe Verdadera: el derecho a la última palabra. Si le permitiéramos hacer
semejante cosa, imaginaos cómo terminaría la fiesta: en el fin de la autoridad.
Sin autoridad no hay iglesia, y sin iglesia no hay salvación —dijo, y sonrió
antes de concluir—: Hooke habla desde su llana verdad; pero el Papa lo hace
desde una verdad más elevada.
—Pero vos no creéis en la salvación.
—Por eso tengo que llegar a Papa, para que la verdad y lo que yo creo se
conviertan en la misma cosa. Decidme, ¿por qué estáis tan interesado en los
purgatores?
5
Kleist cantaba a lo loco, desafinando pero contento:
En la montaña de caramelo
las abejas zumban en el cielo,
los cigarros nacen en las ramas,
las fuentes dan zumo de pomelo,
y las praderas sirven de camas
a manantiales de limonada,
en la montaña de caramelo.
En la montaña de caramelo
los curas graznan como un pato,
las chicas guapas están en celo,
de la cena siempre hay otro plato.
Y nadie ha oído nunca hablar
de que hubiera que trabajar
en la montaña de caramelo.
Sin fijarse mucho en lo que hacía, comprobó el cuchillo que iba metido en
una vaina en la silla del caballo, y siguió berreando sin mucho respeto por la
melodía:
Hay un lago de whisky y hielo
que se puede cruzar a nado
en la montaña de caramelo…
Entonces se fue con el cuchillo haca unas zarzamoras. Se colocó en medio de
un salto, transportado por su velocidad y su peso. A su paso las espinas le
arañaron y encendieron de rojo la piel. Pero la maraña de brotes era más tupida
de lo que había creído en un principio, y los chupones viejos de la parte del
medio eran fuertes y erizados, de manera que su precipitada carrera se frenó de
modo doloroso.
Unas fuertes manos lo agarraron por los talones y lo sacaron a rastras de
entre las zarzas. Tenían que tirar con fuerza, y eso le dio a Kleist un par de
segundo para tomar una decisión: dejó caer el cuchillo entre las zarzas y
entonces lo sacaron de allí y lo arrastraron a campo abierto.
Mientras Kleist daba patadas y se retorcía, otras manos lo agarraron de las
muñecas. Entonces comprendió que no tenía sentido resistirse, y dejó de
forcejear.
Delante de él, de pie, había un hombre cuyos precisos rasgos quedaban
escondidos por el sol que le daba a Kleist en los ojos.
—Vamos a registraros, así que no os mováis. ¿Lleváis algún arma?
—No.
Dos manos rápidas y diestras lo cachearon hábilmente.
—Bien. Si nos hubierais mentido, habría sido lo último que hubierais hecho.
Levantadlo.
Tiraron de Kleist con brusquedad para colocarlo en posición de sentado, y
los cuatro hombres, con cuchillos y espadas desenvainadas, lo fueron soltando
en disciplinado orden. Era gente que sabía lo que hacía.
—¿Cómo os llamáis?
—Thomas Cale.
—¿Qué andáis haciendo por aquí vos solo?
—Me dirigía a Post Moresby.
Le cayó un buen golpe en un lado de la cabeza.
—Decid Lord Dunbar cuando os dirijáis a Lord Dunbar.
—Vale. ¿Cómo iba a saberlo?
Otro golpe para que aprendiera a no ser contestón.
—¿Para qué ibais allí? —le preguntó Lord Dunbar.
Kleist lo miró: se trataba de un tipo desaliñado, sucio y mal vestido, con
un tartán de mala pinta. No se parecía a ningún gran señor que Kleist hubiera
visto nunca.
—Quería coger un barco y alejarme de aquí lo más rápido que pudiera.
—¿Por qué?
—Los redentores mataron a mi familia en la masacre de Monte Nugent. Cuando
tomaron Menfis comprendí que era tiempo de irse a donde no los volviera a ver
nunca.
Aquello tenía una parte de verdad.
-¿Dónde cogisteis ese caballo?
—Es mío.
Otro golpe en la cabeza.
—Lo encontré. Creo que se perdió en la batalla del monte Silbury.
—He oído hablar de ella.
—Tal vez los redentores paguen algo por él —apuntó Johnny el Guapo.
—Tal vez os cuelguen en cuanto intentéis pedírselo —respondió Kleist, lo
que le valió otra bofetada en la oreja.
—¡Lord Dunbar!
—Lord Dunbar, vale.
—Johnny el Guapo —ordenó Dunbar—, registrad el caballo
Dunbar se puso en cuclillas al lado de Kleist.
—¿Qué andan buscando esos redentores?
—No lo sé. Lo único que sé es que son un montón de putos asesinos, Lord
Dunbar, y lo mejor que puede hacer uno es alejarse lo más posible de ellos.
—Los Materazzi no han podido atraparnos en veinte años —dijo Lord Dunbar—.
No nos importa mucho quién intente hacerlo ahora.
Johnny el Guapo regresó y dejó en el suelo un brazado entero de
pertenencias de Kleist. Era un buen botín: Kleist se había asegurado de que
todas las cosas que robara en Menfis, por simples que fueran, fueran de la
mayor calidad: espada de acero portugués con incrustaciones de marfil en la
empuñadura, una manta de lana de Cachemira… y así todo. Aparte del dinero, que
eran ochenta dólares guardados en una bolsa de seda. Aquello animó
considerablemente a los cinco hombres. Pese a todo lo que presumía Dunbar, sus
ganancias debían de ser muy escasas a juzgar por el estado andrajoso de la ropa
que llevaban él y sus hombres.
—De acuerdo —dijo Kleist—. Ya tenéis todas mis pertenencias. No está mal.
Ahora dejadme que me vaya.
Otro golpe.
—¡… Lord Dunbar!
—Deberíamos dejar frito a este imbécil impertinente.
A Kleist no le gustó cómo sonaba aquello.
—Dejádmelo a mí —propuso Johnny el Guapo—. Os ahorraré problemas.
Lord Dunbar le dirigió una significativa mirada.
—Ya sé la bestialidad que queréis hacer antes de cargároslo, Johnny —le
gritó, y volvió a mirar a Kleist—. Levantaos. —Kleist se puso en pie—. Dadnos
vuestra chaqueta. —Kleist se quitó su jubón corto, que había robado de una
percha en la antecámara de Vipond. Era de suave cuero y de corte sencillo pero
elegante—. Me habéis estado mintiendo, y eso es algo que me gusta en un hombre
—dijo Dunbar, admirando la chaqueta y lamentando que fuera demasiado pequeña
para él—. Pero tenéis razón sobre lo que consideráis justo. —Indicó un incómodo
camino—. Por ahí saldréis del bosque. Os dejaremos en paz. Ahora, ¡marchad con
viento fresco!
Kleist no necesitó que se lo dijeran dos veces. Pasó al lado de Johnny el
Guapo, que lo observaba irse con lascivo resentimiento, y desapareció en la
espesura del bosque sin conservar otra pertenencia, de todo cuando había tenido
cinco minutos antes, que la ropa.
—No se puede reemplazar a trescientos hombres cuidadosamente elegidos por
sus grandes cualidades y fieles hasta la muerte por esos degenerados de la Casa
del Propósito Especial.
—¿Y por quién si no vamos a reemplazarlos? ¿Es que disponemos de otros diez
años?
Bosco non era tan ingenuo que no se diera cuenta de que era la primera vez
que Cale hablaba de ellos dos como metidos en una empresa común, y de que se lo
estaba empezando a ganar. Además, el hecho de que hiciera un esfuerzo por
disimularlo resultaba alentador.
—No, no disponemos de diez años.
—¿Hay documentos?
—Ah, de cada redentor hay abierto un legajo en el que está consignado todo
sobre él.
—¿Vos tenéis acceso a esos legajos?
—Por supuesto.
—Me gustaría leerlos.
—Esa idea no funcionará.
—Es posible que no funcione. Pero los purgatorios se encuentran al borde de
la muerte, a la que seguirá un infierno eterno, en el que los demonios los
destriparán un día y otro con una pica, o bien se los tragarán vivos para
defecarlos después, y así por toda la eternidad. Podemos salvarlos de un
destino así… Ésas son las cadenas que los ligarán a mí.
—Son unos desviados: la quintaesencia de la polilla y el orín[iii].
—Si no están a la altura, os los devolveré para que los ejecutéis. Éstos
son hombres entrenados y rechazados por todos. Por lo menos dejadme ver sus
legajos. —Cale sonrió por primera vez en mucho tiempo—. No creo que vayáis a
estar en desacuerdo.
—Muy bien: leeremos ambos los legajos, y después ya veremos.
—Habladme de Guido Hooke.
Se oyó un golpe en la puerta, que se abrió inmediatamente delante de un
redentor que inclinó servilmente la cabeza ante Bosco y descargó todo un
archivo que venía en una caja con la inscripción «ENTRADA». El redentor repitió
la inclinación de cabeza, y salió.
—Hooke —explicó Bosco— es un incordio para mí que realmente no os interesa.
—Quiero saber cosas sobre él.
—¿Por qué?
—Es un presentimiento. Además, creí que podría enterarme de todo.
—¿De todo…? Ya veis este archivo que acaban de traernos. Esto no es más que
el papeleo de un día. De un día de poca actividad. Dedicaos a aquello que
sabéis hacer.
—Habladme de él.
—Está bien: Hooke es un sabelotodo que piensa que puede comprender el mundo
a través de un libro de aritmética. Es un gran inventor de máquinas. Es
brillante como el que más de los de su tipo, pero ha metido la napia con
demasiada frecuencia en cosas en las que más le hubiera valido no olisquear.
Durante diez años lo he dejado en paz porque admiro su mente, pero ahora sus
declaraciones sobre la luna contradicen al Papa. le aconsejé que se marchara, y
le sugería que el Gremio podría estar deseoso de contratarlo. Mientras yo
estaba en Menfis, Hooke se dirigió a Fray Bentos para hacerse a la mar desde
allí. Pero lo atraparon los hombres de Gant en un tugurio, cuando se disponía a
embarcar.
—¿Por qué no se lo llevaron a Stuttgart?
—Porque en Stuttgart no hubiera sido responsabilidad mía. Ahora no tendré
más remedio que hacerle un Acto de Fe, o de lo contrario parecerá que desafío
la autoridad del Papa.
—Pero dijisteis que el Papa estaba equivocado.
—Estáis siendo lento de entendederas a propósito.
—¿Qué clase de máquinas?
—Máquinas blasfemas.
—¿Por qué blasfemas?
—Una máquina para volar… Si Dios hubiera querido que voláramos, nos habría
dado alas. Una máquina blindada: si Dios hubiera querido que tuviéramos
armadura, naceríamos con escamas. Y, según tengo entendido, una máquina para
extraer luz del sol de los pepinos. La mayoría de los dibujos que ha hecho son
fantasías. Su idea de un hopiocóptero que vuela es una estupidez. No tiene
ninguna pinta de ir a moverse del suelo, ya no digamos volar por los aires. Sin
embargo, he utilizado su compuerta en el canal del este
—Si Dios hubiera querido que hubiera compuertas, ¿no habría hecho que el
agua fluyera hacia arriba?
Bosco no mordió el anzuelo.
—Si queréis saber cosas sobre él, leed su legajo. Pero es hombre muerto,
tanto si lo hacéis como si no.
Kleist se vio obligado a quedarse por allí cerca hasta el día siguiente,
cuando se fueron Lord Dunbar y sus hombres y él pudo recoger el cuchillo que
había dejado caer entre las zarzas. Entonces pensó detenidamente qué hacer. No
tenía gran interés en vengarse, y no es que fuera una de esas personas
indulgentes. Simplemente, la venganza resultaba peligrosa, y a Kleist no le
gustaban los peligros. Por otro lado, se encontraba en el culo del mundo, en
medio de una tierra desierta, sin caballo, ni pertenencias ni dinero, y con
poca ropa. Sopesando las posibilidades, decidió que lo mejor sería seguirlos,
aunque durante los tres días siguientes se preguntó repetidamente si no estaría
cometiendo un error.
Tenía hambre y frío, aunque a eso estaba acostumbrado. Sin embargo, aunque
el entorno era bastante verde, no encontraba agua por ningún lado. La debilidad
causada por la falta de agua puede apoderarse de uno rápidamente, y en cuanto
perdiera la vista a Dunbar, estaría acabado.
Se tomó un descanso. Encontró algunas cañas de bambú. Eran muy finas, pero
seguramente valdrían. Cortó un trozo de metro y medio de largo y una docena de
gruesos listones, y a continuación se apresuró para dar alcance a la banda de
Lord Dunbar. Siguiendo todo el resto del día, encontró un pequeño charco de
agua entre verde y marrón, y decidió arriesgarse a beberla. La había bebido aún
peor, aunque no muchas veces. Dunbar y sus hombres se detuvieron una hora antes
de que se hiciera la noche, y Kleist tuvo que darse prisa para aprovechar la
luz mortecina del final del día. El bambú seguía verde, lo que facilitaba
cortarlo en delgados hilos con los que hacer una cuerda de arco. Entonces rajó
el bambú por el medio para hacer tres listones, cada uno más corto que el
anterior. Al oscurecer ya había atado un listón al otro con las cuerdas,
formando algo parecido a las ballestas de la suspensión de un carro. Durmió
poco y mal. Al día siguiente empezó a trabajar tan pronto como hubo un poco de
luz, siguió haciéndolo mientras ellos levantaban el campamento y terminó el
arco a mediodía, cuando se detuvieron un par de horas. Le hubiera gustado
curvar los extremos para conseguir más potencia, pero no tenía tiempo, y se
trataba de un proceso muy complicado. Salió el sol, cuyos rayos lo martirizaron
provocándole una sed insufrible, pero mientras le resecaban la garganta, hacían
lo mismo con el arco, secándolo del todo y tensándolo completamente. Había
bastante pedernal por aquella zona, y sólo le llevó diez minutos preparar con
él una punta de flecha.
Un cuervo muerto y devorado por os gusanos le proporcionó plumas para las
flechas. Pero las plumas de cuervo resultaban duras de trabajar, y él quería
hacer todo lo posible para que las cosas quedaran técnicamente perfectas.
Atarlas bien con el bambú y la cuerda era un trabajo espantoso. Aun así, aunque
el redentor fabricante de flechas Hart le hubiera dado una buena paliza de
haber podido ver los resultados, lo cierto era que no habían quedado mal del
todo. Estaban lo suficientemente bien, siempre y cuando pudiera acercarse lo
indispensable para producir con ellas daños serios.
Se encontraba cansado, sediento, hambriento y de mal humor. Unos pocos
disparos de ensayo fuera de la vista aliviaron su cansancio con una mezcla de
maldad y satisfacción ante su propia habilidad. Pero las había dejado ir
demasiado lejos, y pensando que las había perdido, casi se metió en el
campamento donde se escondían ellos entre un espeso grupo de árboles.
En el escaso tiempo que quedaba de luz, no podía hacer más que arrastrarse
hacia el campamento para ver cómo estaban las cosas. Localizó a cuatro de
ellos, pero no al quinto. La puesta de sol obligaba a posponer el ataque.
Habría preferido pasar la noche donde se encontraba para no tener que volver a
arriesgarse acercándose otra vez a ellos por la mañana. Pero como no conseguía
localizar al quinto hombre, pensó que sería más prudente retirarse unos cientos
de metros. Al fin y al cabo, hiciera lo que hiciese, la cosa era igualmente
difícil e incómoda.
Nueve horas después, y con un dolor de cabeza terrible, volvió al mismo
puesto para observar. Seguía sin ver más que a cuatro hombres, pero el que
faltaba el día anterior había regresado, en tanto que Lord Dunbar había
desaparecido. La frustración, la excitación y el miedo lo sacaban de quicio, y
hacían que el martilleo que tenía en la cabeza pareciera capaz de romperle el
cráneo. No se atrevía a hacer nada hasta que estuvieran juntos los cinco
hombres. Y entonces, alrededor de las ocho. Dunbar salió de lo que parecía un
gran arbusto, al borde del campamento. Unos segundos después, estaba orinando
en una orilla mientras lanzaba órdenes para que levantaran el campamento. Con
la flecha colocada en el arco, la cuerda tensa con la enorme fuerza de su brazo
y su hombro, respiró hondo, y soltó. Dunbar soltó un grito al recibir la flecha
en la cadera izquierda. Transcurrieron tres segundos en silencio. Los cuatro
miraban.
—¿Qué…? —preguntó uno.
Otra flecha le dio en la boca a Johnny el Guapo, que cayó hacia atrás,
agitando los brazos. Un tercero salió corriendo, deslizándose aterrorizado para
ponerse a cubierto tras los árboles. Una flecha mal lanzada le alcanzó en el
pie, y tuvo que hacer los últimos metros a saltitos, gritando de dolor, hasta
desaparecer entre los árboles. Otro de los indemnes salió del campamento
corriendo en dirección opuesta. El quinto hombre, que se hallaba casi en el
centro del campamento, no se movió. Kleist le apuntó, el arco crujió al
doblarse, y la flecha fue a clavársele en mitad del pecho. El hombre lanzó un
horrible gemido ahogado, lleno de angustia.
Kleist colocó otra flecha en el arco, y tiró de ella preparando cuidadosa y
rápidamente su trayecto hacia el interior del campamento, pasando la punta de
uno a otro mientras calibraba las posibles amenazas: Johnny el Guapo no iba a
representar ningún problema. El hombre que estaba arrodillado con la cabeza
gacha seguía gimiendo, pero lanzaba ya extraños silbidos que alternaban con el
ruido de su respiración. Era imposible fingir esos sonidos, así que él tampoco
iba a representar ningún problema. Sólo podía desear que el sonido cesara.
Dunbar, que yacía de costado, tenía un espantoso color blanco, y los labios
desprovistos de sangre.
—Debería —dijo Dunbar en voz baja— haberos matado cuando tuve la
oportunidad.
—De acuerdo.
—¿Algún arma?
—¿Por qué os lo tendría que decir?
—De acuerdo.
Nervioso, Kleist no dejaba de observar los árboles. Era demasiado riesgo.
—Esto podría durar horas. Acabad conmigo.
—Debería, pero es más fácil decirlo que hacerlo.
—¿Por qué? Lo habéis hecho con esos dos sin muchos problemas.
—Ya, pero en ese momento estaba furioso.
—A fin de cuentas, os lo pido yo. Acabad conmigo.
—Vuestros hombres volverán. Que lo hagan ellos.
—Tardarán horas en volver. O tal vez no lo hagan nunca.
—No quiero hacerlo… comprendedlo.
—Es mejor que…
Sonó un potente golpe cuando Kleist soltó el arco casi pegando en el pecho
de Dunbar. Los ojos se le abrieron, y expulsó aire durante un lapso de tiempo
que pareció varios minutos, aunque sólo se trató de unos pocos segundos.
Afortunadamente para ambos, eso fue todo.
Tras él, el hombre que estaba de rodillas seguía gimiendo y profiriendo
aquellos horribles silbidos. Kleist se dejó caer de rodillas y le entraron
arcadas. No era fácil seguir teniendo arcadas y vigilando los árboles al mismo
tiempo. Soltó el arco: necesitaba las manos libres para registrar sus nuevas
posesiones y reconocer las antiguas. Se puso en pie despacio y profirió un
grito.
A cinco metros de distancia se encontraba una muchacha que lo estuvo
mirando con ojos como platos antes de arrojarse en sus brazos y romper a
llorar.
—¡Gracias, gracias! —decía entre sollozos, abrazándolo como si fuera un
pariente reencontrado. Sus manos lo agarraban con desmedido alivio y gratitud.
Besó a Kleist en plenos labios, y después se abrazó contra su pecho,
apretándolo con las manos la parte superior de la espalda, como si no estuviera
dispuesta a soltarlo nunca— Habéis sido tan valiente, tan valiente…
Se hizo un poco hacia atrás para examinarlo. Tenía los ojos empañados en
lágrimas a causa de la admiración.
No habría hecho falta ser un penetrante estudioso de la naturaleza humana
para entender no sólo la expresión pasmada de Kleist sino también la evasiva
mirada con que contestaba a aquel modo de venerarlo. De pronto vio en el rostro
de ella, como el sol que aparece al comienzo del día, el instante en que caía
en la cuenta de que él no había llegado allí con el propósito de rescatarla. La
admiración desapareció, y sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. No era
frecuente que Kleist se sintiera mezquino.
La muchacha dio un paso atrás que parecía excesivo para estar justificado
sólo por la decepción. Entonces levantó el cuchillo que había sacado del
cinturón de Kleist mientras lo abrazaba tan efusivamente.
La mirada de sorpresa e ira en la cara de Kleist resultó tan cómica, que la
chica se echó a reír.
El rostro de él se encendió de cólera, cosa que a ella sólo le hizo reírse
aún con más ganas. Entonces él avanzó un paso, le arrancó de un golpe el
cuchillo de la mano y le asestó un puñetazo en pleno rostro. La muchacha se
desplomó como un saco de carbón y recibió un feo golpe en la cabeza. Kleist
cogió el cuchillo sin quitarle los ojos de encima, pero al mismo tiempo dando
un rápido repaso a los árboles. Los acontecimientos se le habían ido de las
manos. Ahora ella tenía una expresión de aturdimiento y dolor, y sangraba por
la nariz. Se sentó.
—¿Se os han quitado las ganas de reíros?
Ella no dijo nada, mientras él se alejaba y empezaba a examinar los fardos
que encontraba por el campamento, en busca de sus pertenencias y de cualquier
otra cosa que se pudiera llevar. El hombre que estaba de rodillas seguía
gimiendo y el reventado pulmón no dejaba de silbar.
La muchacha empezó a llorar. Kleist seguía rebuscando. Encontró su dinero
en lo que debía de ser el fardo de Lord Dunbar. Por lo demás, lo que había era
poca cosa. Su carrera como asaltantes de caminos no debía de haber resultado un
gran éxito. Y tan sólo disponían de tres caballos, incluyendo el que le habían
robado a Kleist. El llanto de la muchacha se hacía más y más fuerte, y llegaba
a ser incontrolable. Junto con el gemido y el silbido del hombre que estaba
arrodillado, le estaban poniendo a Kleist de los nervios.
Pero no se trataba sólo de eso: «Las lágrimas de una mujer son un veneno
universal para el alma de un hombre» —le había dicho en cierta ocasión el padre
Fraser—. Una ramera llorona puede disolver todo el buen juicio de un hombre con
sus líquidas maniobras». En su momento esta advertencia había parecido de
dudosa importancia, dado que él no recordaba haber visto nunca a una mujer. Su
experiencia en Menfis, sin embargo, había expandido considerablemente su
conocimiento sobre las mujeres en varios sentidos que no resultaban útiles en
lo que se refería al llanto, pues las prostitutas de Ciudad Kitty no eran muy
dadas a las lágrimas.
—¡Callaos! —le dijo.
La muchacha redujo el ruido de su llanto a un leve lloriqueo alternado con
ocasionales sollozos.
—¿Qué demonios hacíais vos con esos forajidos?
La muchacha tardó un rato en poder responder. Trató de controlarse entre
sollozos de emoción.
—Me secuestraron —explicó ella, diciendo algo que no era cierto, o no
completamente cierto—, y me violaron todos.
El tiempo pasado en Menfis había familiarizado a Kleist con aquel término.
Kleist había oído un montón de historias desconcertantemente divertidas sobre
violaciones, y había provocado aún más risas al pedir que se las explicaran. En
aquel momento le sorprendió la respuesta, y no le pareció bien. Estaba claro
que aquella muchacha era una mentirosa, pero parecía todo lo consternada que
cabía esperar. Y, sin embargo, no hacía más que unos minutos que se le había
reído en la cara.
—Si lo que decís es verdad, entonces lo siento.
—Dejadme uno de los caballos.
—Eso significaría que podríais seguirme, así que me parece que no lo haré.
—Vos tenéis el mejor caballo. Los otros no son más que unos jamelgos.
Eso era bastante cierto.
—Podría venderlos en la primera ciudad. ¿Por qué debería darle uno a una
ladrona? Eso si no sois algo peor.
—Esos dos caballos están marcados. Si intentáis venderlos, os colgarán
pensando que sois un cuatrero.
—Bueno, parece que entendéis de eso —comentó él, atando su bolsa recién
llena de cosas a la silla del caballo.
—¡Por favor, dejadme un caballo! Los otros dos hombres siguen todavía por
ahí.
—Uno de ellos no estará en condiciones de seguir a nadie durante bastante
tiempo.
—Pero el otro tal vez sí.
—De acuerdo. Pero callaos. Y os iréis en esa dirección —dijo señalando al
oeste—. Si os vuelvo a ver, os cortaré esa puta cabeza.
Diciendo esto, montó el caballo y partió, dejando a la muchacha sentada en
el suelo del bosque junto al hombre arrodillado, que seguía resollando y
emitiendo aquellos silbidos.
Si su comportamiento al dejar a aquella joven en el claro era innoble,
puede resultar comprensible si uno piensa en las terribles consecuencias que
había tenido su única experiencia anterior en lo que se refiere a rescatar a
chicas en dificultades.
—¿Creéis que hace bien? —preguntó Gil.
—¿Qué os parece a vos?—dijo Bosco.
—Yo pienso que se equivoca —respondió Gil—. Me parece que los purgatores
están donde se merecen estar. Su carácter es el que les ha acarreado su
destino. Si Dios no ha podido cambiar su corazón, ni siquiera alguien que es la
ira de Dios hecha carne podrá hacerlo.
—Esperemos, padre, que seáis vos el equivocado. Cale es un pozo de
sorpresas.
—Ahora entiendo por qué no me gustó nunca.
Se rieron los dos.
—¿Debería proseguir…? —preguntó Gil—. Me refiero a proseguir con los planes
para sitiar a Bose Ikard.
Bose Ikard era el burgrave de Suiza, un hombre que en teoría se hallaba
sólo por debajo del famoso rey Zog en aquel país, y aun de él a muy poca
distancia. Una vez colapsado el imperio Materazzi, Bose Ikard era ya el más
poderoso de todos los triunfadores de las cuatro partes del mundo.
Bose Ikard había cometido, a los ojos de Bosco y de Gil, el error de
permitir que algunos supervivientes Materazzi se refugiaran en el Leeds
Español, algo que ellos veían como hostil a sus intereses. Lo que Bosco y Gil
no se imaginaban era que Bose Ikard era de la misma opinión, y que tan sólo una
rabieta del rey Zog había doblegado su mano para permitir que los Materazzi se
refugiaran en el Leeds Español. El servicio diplomático de los redentores no
era demasiado hábil ni en diplomacia ni en la captación de información, y en
cualquier caso Bosco tenía limitado acceso a sus conclusiones, que además no
incluían el hecho de que Bose Ikard había hecho todo lo posible por animar a
los Materazzi a que se fueran de allí. Aparte de permitirles quedarse, Bose
Ikard no les ofreció ni ayuda ni dinero, esperando que aquella falta de
hospitalidad los empujaría a irse a otra parte donde en general dejarían de
darle problemas a él y en concreto le evitarían problemas con los redentores.
Sin embargo, Bosco no sabía nada de aquellas renuencias, y sólo podía suponer
las actitudes de Ikard a partir de su tratamiento aparentemente hospitalario
hacia los Materazzi. Había pensado que sería buena idea matarlo para marcar las
cartas de Zog, y desanimar de ese modo a cualquier otro que pudiera plantearse
la posibilidad de dar cobijo a los Materazzi o a quienquiera que no fuera del
agrado de los redentores.
—No. Debemos posponer esa muerte hasta…, bueno, por lo menos durante varios
meses…, hasta que tengamos alguna idea de si Cale puede transformar a los
purgatores.
—Es arriesgado posponerla.
—Y también es arriesgado no hacerlo. Nos encontraos en medio de la
avalancha: es peligroso seguir adelante, y es peligroso retroceder. Mientras
tanto, quiero extender el nombre y la reputación de Cale. Quiero que os lo
llevéis al Vado del Zopenco.
—¿Por…?
—Porque allí resolverá el problema.
—Parecéis muy seguro.
—Lleváoslo y lo veréis. Es evidente que tenéis menos fe en la fuerza de la
exasperación divina de la que deberíais.
—Mea culpa, padre.
Bosco aspiró hondo, poco complacido con la falta de celo de Gil.
—¿Y qué me decís de Hooke?
—Pese a que me hace muy poca gracia que Gant me retuerza la mano, tenemos
que evitar toda provocación hasta ver si Cale triunfa o fracasa. Si Hooke va a
ser ejecutado, habrá que hacerlo con mucha publicidad. Nos guste o no,
tendremos que tragarnos la humillación dándole toda la difusión posible a su
muerte. Habrá que invitar a personas de importancia.
Se oyó un golpe en la puerta, e hicieron pasar a Cale. Le explicaron que
pensaban destinarlo al sur con Gil, para luchar contra los folcolares. Cale no
discutió, ni siquiera hizo preguntas.
—Quiero a ese hombre. A Hooke, me refiero —dijo Cale.
—¿Por qué?
—Porque he leído el legajo sobre él y he visto los dibujos que contiene.
Algunos pueden ser lo que decís, pero su máquina para formar muros de tormenta
parece acertada, y tal vez también lo sea la ballesta gigante. Hay buenas ideas
en todas partes. Vos mismo dijisteis que su compuerta era una obra admirable.
—Ha ofendido al Papa.
—Vos pretendéis matar al Papa.
—Eso no es verdad. Pero si lo fuera, os aseguro que me guardaría mucho de
ofenderle antes.
—Las máquinas de Hooke podrían ayudarnos a no preocuparnos por posibles
ofensas.
Bosco lanzó un suspiro y caminó hacia la ventana.
—Hay muchos hierros puestos sobre el fuego, y son infinitas las ollas que
hierven sobre él. Tengo que equilibrar las distintas necesidades en conflicto.
—Mis necesidades son lo primero.
—Vos sois el rencor de Dios, no el propio Dios todopoderoso. Hay una
considerable diferencia entre una cosa y la otra, una diferencia que
comprenderéis si tentáis demasiado a la suerte. —entonces se rió al ver la
expresión del rostro de Cale—. Por Dios, no he pretendido amenazaros: si vos
falláis, yo fallaré con vos.
—Yo pensaba que erais tan poderoso que nadie podía haceros frente.
—Bueno, pues estabais equivocado. Vos y yo estamos en el borde del ala de
un mosquito, dejadme que os lo diga. Si os va bien en el Vado del Zopenco,
podré servirme del poder que eso nos otorgará a los dos para posponer la
ejecución de Hooke. La potestad de perdonar su muerte es algo que no tengo, así
son las cosas. Pero podéis ponerlo a trabajar mientras estáis fuera. Si tenéis
éxito en el Vado del Zopenco, ¿quién sabe? En vuestras manos está.
Llegar al Vado del Zopenco le llevó seis días a Cale, que iba acompañado
por el padre Gil y por otros dos. Hicieron más de cien kilómetros al día,
cambiando de ponis en las postas que había situadas cada treinta kilómetros,
excepto en los últimos ciento treinta kilómetros, donde los antagonistas
causaban demasiados problemas para que hubiera ningún tipo de instalaciones
permanentes. Cuando llegaron, Cale estaba agotado, el hombro le dolía horrores,
y el dedo le escocía como si lo tuviera en el mismo infierno, casi tanto como
el día en que se lo había cortado Solomon Solomon en la Ópera Rosso.
—Dormid un poco, señor —le dio Gil haciéndole pasar a una tienda hecha de
arpillera azul. Cale nunca se dormía con facilidad, pero en aquella ocasión
bastaron dos minutos tras caer en el catre horriblemente incómodo que habían
tendido en el suelo. Gil lo despertó ocho horas después con una taza de un
brebaje que sabía a rayos. Cale pensó, al tomarlo, que a aquellas alturas debía
de haberse vuelto tan blando como la mantequilla comparado con el hombre duro
que era tan sólo unos meses antes. En aquel entonces ese brebaje inmundo le
hubiera sabido bien.
—Esto —le dijo a Gil, que lo miraba pensativo— sabe a demonios.
Gil puso una expresión de auténtico desconcierto.
—Lo lamento. —Cogió la taza y probó para ver qué era lo que le pasaba al
caldo.
—A mí me sabe bien —repuso Gil, y se miraron el uno al otro: una mirada que
no significaba nada—. Vamos a echar una ojeada alrededor del campamento. Para
hacernos una idea. Habrá algo que comer cuando volvamos.
—No puedo esperar.
El Veld del Transvaal es una especie de pampa que se halla a seiscientos
cincuenta kilómetros al sudoeste del Santuario. Los habitantes de allí, que se
llaman a sí mismos folcolares, son granjeros y cazadores en sus grandes
espacios abiertos, además de recientes conversos al antagonismo. Por esa razón,
y porque son unos tipos raros se los mire como se los mire, sus creencias son
firmes y rígidas. No habiendo seguido la fe del Redentor antes de su
conversión, y teniendo poco que ver con ellos, su odio hacia los monásticos
atacantes rayaba casi en la demencia. Se decía (por supuesto esto era un poco
exagerado) que los folcolares hacían en una silla de montar y con un arco en
las manos. A semejante gente y en semejante terreno, no le servía como modelo
de lucha la guerra de trincheras del frente oriental. Los folcolares no
luchaban en ejércitos, sino en comandos de entre cien y cuatrocientos hombres,
pero a menudo de menos, y algunas veces de más. Si los atacaban, se replegaban
a la interminable llanura. Emplear un sistema de trincheras contra tales
métodos era como intentar matar una mosca con un hacha.
Aquélla había terminado convirtiéndose en la guerra olvidada de los
redentores. La mayoría de las tropas estaban empantanadas en la guerra de
desgaste del frente oriental. Pero aun cuando hubiera habido allí más soldados
redentores, no habría habido manera de utilizar la superioridad numérica contra
un grupo de luchadores tan fluido y habilidoso en el terreno que conocían y
amaban. Además, los redentores utilizaban rara vez la caballería, y cuando lo
hacían no eran muy diestros. En una batalla convencional estaba claro que los
redentores hubieran aniquilado incluso a un número superior de folcolares. Pero
los folcolares no les daban la oportunidad de entablar una batalla
convencional.
Dado que la guerra en el Veld era vista por el Papa y sus consejeros más
cercanos como una guerra de importancia menor, les habían concedido a Bosco y
Princeps mayor libertad para decidir tácticas novedosas, algo visto siempre con
cierto recelo en el frente oriental. Incluso antes de que Bosco y Princeps se
hubieran visto obligados a atacar a los Materazzi por la absoluta necesidad de
Bosco de recuperar a Cale, ya habían cambiado la conducta de la guerra contra
los folcolares de manera espectacular: habían establecido una serie de treinta
fortines de avanzadilla. No eran fortines de tipo normal, con sólidos muros y
claras barreras defensivas, sino posiciones defensivas dinámicas, destinadas a
salvaguardar todos los puntos estratégicos importantes del Veld. Tras ellos
estaban colocados ocho fortines convencionales mucho más grandes, que podían
enviar refuerzos a las posiciones avanzadas si eran amenazadas. Aquél era el
plan más original de toda la historia militar de los redentores.
Por desgracia, el problema de todos aquellos planes era que había que
ponerlos en práctica. Sin la presencia de Princeps, que se había marchado a
atender el ataque contra los Materazzi, que era mucho más apremiante, la
ejecución de aquellas tácticas nuevas, encomendadas a un sustituto poco
brillante, creó una terrible crisis. En vez de grandes números de redentores
metidos en las atrincheras para defender un territorio que los folcolares no
tenían intención de atacar, se habían aventurado ahora a un territorio donde no
les servía de nada ninguna de sus terribles destrezas guerreras, y sin embargo
todas sus debilidades podían ser aprovechadas muy bien por el adversario. El
resultado fue un cambio desde una guerra que no llevaba a ningún lado a otra
que estaba próxima al colapso de la derrota. Los fortines de avanzadilla eran
incesantemente atacados y tomados por los folcolares con grandes bajas por
parte de los redentores y pocas por parte de sus asaltantes. Cuando intentaban
recuperar los fortines, los redentores volvían a recibir numerosas bajas. Pero
los folcolares siempre sabían cuándo retirarse rápidamente para sufrir lo menos
posible. Unas semanas después de haber atacado los fortines que se encontraban
al final, hacia las montañas del Dragón, se retiraban y todo el sangriento
proceso volvía a empezar. Sólo que resultaba sangriento casi exclusivamente
para los redentores. El Vado del Zopenco había ganado su lamentable nombre
gracias a la frecuencia con que se había perdido ante los folcolares el más importante
de los fortines de la avanzadilla.
Imaginaos una gran U formada por un río que traza una curva de ballesta. La
tierra que queda dentro de la U se encuentra seis metros por debajo de la que
queda fuera, salvo hacia atrás, parte que queda dominada por una pequeña
colina. Pasada esta colina circula una importantísima vía que atraviesa el río
directamente a la otra parte, cortando al U en dos mitades iguales. Unos
cientos de metros más allá, por esta vía, se encuentra un gran cerro. Los seis
metros de altura de diferencia entre la orilla norte y la sur implican que
durante ciento treinta kilómetros en cada dirección ningún carro podrá salvar
los laterales casi verticales, y el único modo de hacerlo es por esta vía que
atraviesa el Vado. Todo el campo de defensa apenas tenía dos mil metros de anchura.
El problema que se le planteaba a Cale era tan fácil de exponer como
difícil de resolver. En el Veld había tal vez cincuenta de estos cuellos de
botella, y no suficientes tropas para defenderlos por medios convencionales.
Para cortar la posibilidad de desplazamiento de los folcolares y su capacidad
para reabastecerse por el mar, casi todos los puntos tenían que ser defendidos
casi todo el tiempo. Por el momento, los folcolares los tomaban a voluntad,
defendiéndolos mientras pasaban los suministros y desapareciendo después, en
cuanto asomaban los redentores, para ir a tomar otros fortines similares a lo
largo de la línea del frente.
Cale se pasó casi ocho horas recorriendo aquella U.
—¿Qué os parece? —le preguntó Gil, ansioso de oír el dictamen del gran
prodigio.
—Difícil.
Esta respuesta fue todo lo que obtuvo, aparte de una petición para hablar
con los supervivientes del último ataque. No había más que dos, pues aquélla no
era una de esas guerras en las que se cogen prisioneros. Pero el caso fue que
Cale se pasó toda la tarde hablando con ellos.
—¿Cuántos hay aquí ahora?
—Dos mil.
—¿Cuántos podéis mantener aquí?.
—No más de doscientos. No tenemos tropas suficientes, y si las tuviéramos
no dispondríamos del avituallamiento.
—Enviad los mil ochocientos.
Gil era demasiado inteligente para preguntar por qué le daba aquella orden.
Tal vez fuera porque tendría que haber un número insuficiente de soldados, o de
lo contrario no habría ataque.
—¿Qué os proponéis entonces?
—Nada —dijo Cale—, salvo irme.
Cale sólo pretendía fastidiar, y dejó a Gil in albis, en la retaguardia de
los mil ochocientos hombres que se retiraban sin hacer nada por la defensa del
Vado. Habiendo viajado unos ocho kilómetros de la retirada, Cale volvió el
caballo hacia un lado, y el enfurecido Gil se vio obligado, junto con los dos
guardias, a ir con él. Cale no tardó en volverse en dirección al campamento,
hacia la pequeña elevación que había a unos setecientos metros por detrás del
Vado. No era probablemente lo bastante alta ni estaba lo bastante cerca para
atraer a los exploradores de los folcolares, habiendo atalayas mejores y más
cercanas que podían visitar primero. Cale desmontó e indicó a los demás que
hicieran lo mismo. Entonces empezó a subir a la cima. Recorrió los últimos
metros agachado. Gil, que estaba algo aliviado y menos furioso, subió tras él.
—¿Queréis algo? —preguntó Cale, hostil.
—Sólo hago lo que me diría el padre Bosco que hiciera, señor.
Eso era lo bastante cierto, así que no tenía mucho sentido ponerse a
discutir, aunque no por eso dejaría de pensar en ello. Cogió del morral un
objeto que parecía una botella forrada de cuero y sin tapón, y dos círculos de
cristal que encajó uno a cada extremo de aquella extraña botella de cuero, tiró
de dos correas que había en medio, y las ató para que quedaran firmes: acababa
de montar el catalejo con el que Bosco le había mostrado la imperfección de la
luna. Era idéntico al que le había robado al redentor Picarbo y que había
robado después por turno cada uno de los soldados que lo habían capturado en el
Malpaís. Parecía que hubiera transcurrido media vida desde aquello.
Cuanto más desagradable y reservado se mostraba Cale con Gil, más parecía
disiparse el inicial malhumor del redentor por ser tratado como si no fuera una
persona de importancia. El cambio de categoría experimentado por Cale, que
había pasado de ser un prescindible acólito a manifestación de la ira divina,
era un salto importante y motivo de desconcierto hasta para el más obediente de
los redentores. Y cuanto mayores eran el desprecio y la indiferencia con que lo
trataba Cale, más dispuesto se hallaba Gil a transformar la familiaridad que
había durado diez años en una intensa admiración y fe. Gil sentía un deseo
natural de venerar y, pese a su inteligencia, era como si la extrema seriedad y
la indiferencia aparentemente total que se habían apoderado de Cale en los
últimos ocho meses ejercieran un poder mágico sobre un hombre muy sensible a
tal poder. Cale notaba el cambio: un respeto, una admiración y un temor que
eran más que físicos, algo de lo que sabía que Gil apenas era consciente. Lo
que le sorprendía más era que podía sentir que aquella creciente adoración lo
iba inflando, como el aire que él y Henri el Impreciso insuflaban en los odres
que contenían el agua bendita de la sacristía, para hacerlos botar en el suelo
con sacrílego deleite. Era toda una experiencia pasar caminando por delante de
un grupo de hombres y sentir cómo se achicaban delante de uno.
Durante el resto del día, Cale apenas habló, y se le pasó el tiempo entre
vigilar el terreno y trazar en la arena mapas del campo de batalla para después
borrarlos, volverlos a trazar, y borrarlos de nuevo. Mientras lo hacía, trataba
de evitar que el muy curioso Gil viera y comprendiera lo que veía él en los
diagramas que trazaba de trincheras, cerros, líneas de visión, etcétera. Y no
era tanto porque sintiera que fuera necesario guardar las cosas en secreto como
por el simple deseo de molestar a Gil. Pero, aunque frustrado, Gil parecía aún
más impresionado por aquel secretismo. Al cabo de un rato, Cale empezó a
disfrutar de aquel sentimiento de boquiabierta admiración que despertaba en
Gil. Empezó a trazar marcas y signos tan sólo para divertirse y convertir sus
dibujos en algo insensatamente complejo. Evidentemente, eso hacía crecer la
admiración de Gil hasta cotas insoportables.
Justo antes de que se hiciera de noche, Cale volvió a bajar la colina
seguido por Gil. Comenzó a preparar la lista de los turnos de guardia. Estaba
dividiendo por cuatro cuando comprendió algo. Así que, sin levantar un murmullo
de protesta, empezó a dividir las guardias nocturnas por tres. A ojos vistas,
su insolencia incrementaba la admiración que conseguía suscitar.
Profundamente satisfecho con su maldad, regresó a la cima del cerro y se
puso todo lo cómodo que era posible antes de caer dormido y empezar a soñar con
Arbell Cuello de Cisne. Con su imposible belleza, Arbell lograba eludirlo cada
vez que él la perseguía por los pasillos del palacio, como si él, en vez de un
antiguo y adorado amante, fuera un incordio con el que debía lidiar
cortésmente, aunque sin pasarse de cortés. En sus sueños, Cale a menudo era
presa de ira e impulsos violentos, o bien se veía rebajado a la categoría de un
humillado suplicante, que no podía aceptar ser gentilmente despreciado y que
absurdamente confiaba en que, de poder hablarle, ella pudiera explicarle que su
aparente traición no había sido en realidad más que un terrible malentendido. Y
todo quedaría arreglado. Y volvería a ser feliz. Pero no: ella se alejaba
siempre, como si la presencia de Cale le resultara profundamente desagradable.
Despertó antes del alba, triste y enrojecido de vergüenza y cólera hasta la
debilidad. Comió y bebió en silencio, y entonces, en compañía de Gil, esperó a
ver emerger lentamente, a la luz del alba, el Vado del Zopenco. Ahora las
trincheras estaban llenas de arqueros en el centro de la U, donde estaban
construidas en ángulos, para que las flechas y saetas no tuvieran una línea
recta a la que apuntar. El problema, más claro ahora que nunca, era que la roja
tierra extraída al excavar producía un llamativo contraste con la hierba verde
del Veld, haciendo del lugar un sitio tan visible como una diana pintada de
círculos de colores. Desde aquella distancia, los aproximadamente cincuenta
arqueros que estaban escondidos en la curva del río con sus grietas y rendijas
parecían bien ocultos, nada fáciles de ver ni siquiera con su catalejo.
Una hora después, con el sol bien alzado, Gil le tiró de la manga y señaló
una nube de polvo que se acercaba desde el norte por el lado del cerro,
enfrente del Vado. La nube de polvo fue revelando poco a poco una gran
formación de folcolares: soldados a caballo que arrastraban cuatro carros tras
ellos y que se encaminaban hacia el Vado. Al principio parecía que fueran a
pasar por el medio sin pararse, una maniobra de suicida estupidez que sólo los
sucesos del monte Silbury podían hacer parecer verosímil.
Se detuvieron a cuatrocientos metros de distancia. Tras una pausa de unos
diez minutos, la formación se desgajó en dos partes: una parte se dirigió al
este, siguiendo el río, y la otra hacia el oeste. Un pequeño número de hombres
con los carros cubiertos retrocedió hacia el cerro. Cale fue incapaz de
seguirlos, pese a su mucho interés. Había algo raro en aquellos carros: estaban
cubiertos de una manera muy peculiar.
Los redentores que estaban en el Vado del Zopenco no tendrían más remedio
que aguantar el ataque. Pasó casi una hora, y entonces Gil volvió a tirarlo de
la manga.
—Mirad, señor: en el saliente de aquella colina.
Señalaba con el dedo un lateral plano del cerro. Siguiendo la dirección del
dedo, Cale examinó los carros que se hallaban en aquel momento a varios metros
por encima del Vado. Vio que los hombres estaban descubriendo tres de los
carros, aunque desde allí se veían borrosos, pues los cristales no funcionaban
a tanta distancia. Lo poco que podía distinguir parecía un amasijo de cuerdas y
armazones. No eran estructuras que pudiera reconocer, pero parecían una especie
de catapultas. Le pasó el catalejo a Gil, que dijo que le parecía que se
trataba de balistas, unos artilugios muy usados durante algún tiempo por los
antagonistas en el frente oriental.
—No había oído hablar de ellas —dijo Cale.
—La balista es una ballesta con pretensiones, mucho más grande que la
ballesta normal. La estuvieron empleando durante un tiempo, hace unos nueve
meses, pero sólo les servía contra las defensas de las colinas, y no tenían
muchas en el frente oriental. No entiendo de qué les pueden servir aquí.
No tuvieron que esperar mucho para recibir la primera sorpresa. Tras cinco
minutos de frenética actividad, las balistas quedaron montadas, pero en vez de
mirar al arco de tres metros que había en las trincheras del Vado, las tres
estaban claramente colocadas en dirección al cielo, apuntando casi en vertical.
Al ser disparadas, los potentes arcos lanzaron su enorme saeta hacia arriba, en
un ligero ángulo. Por los aires se elevó un desagradable silbido que crispaba
los nervios.
—Le han puesto al asta de la saeta algo que produce ese sonido: para
hincharnos las pelotas.
Las quejumbrosas saetas subieron hacia lo alto y después se curvaron en un
arco cerrado para caer con ímpetu sobre la hierba corta y amarilla que rodeaba
las trincheras, como si llegaran directamente de las nubes. Durante los
siguientes veinte minutos las balistas dispararon una y otra vez, afinando
progresivamente la puntería hasta que llegó un momento en que casi dos de cada
tres saetas caían en las trincheras. Los gritos dejaban claro que algunas de
las enormes saetas habían dado en el blanco, pero aunque eso resultara al mismo
tiempo extraño y desagradable, Cale no creía que pudiera tener una importancia
decisiva.
Hubo otra pausa, y entonces volvió a sonar el chasquido metálico de las
balistas al disparar, pero esta vez con una extraña diferencia tanto para el
ojo como para el oído: las saetas gigantes se hallaban casi a mitad de vuelo
antes de que el metálico ruido que producían sonara obre la distante elevación
del terreno en la que se encontraban Cale y Gil. Había ahora algo aún más raro
en el sonido, que resultaba más profundo, y en la curva que trazaba la saeta al
alcanzar la cima de su recorrido natural y comenzar a descender hacia la
tierra. Incluso sin necesidad de catalejo, se veía claramente que el asta era
mucho más gruesa que las anteriores. Cale buscó a tientas el catalejo para
observar su recorrido. Justo cuando logró mirar por él, el grueso proyectil comenzaba
a desgajarse en medio del aire, y una docena de saetas mucho más pequeñas se
separaron suavemente del asta principal para formar poco a poco un grupo de
elementos sueltos antes de impactar en las trincheras cada uno por su lado: se
oyó el golpe, y después los gritos de media docena de hombres. Entonces
dispararon otro de aquellos gruesos proyectiles, y después otro más. De vez en
cuando alguno de ellos no lograba desenredarse, pero la mayoría de los nueve
proyectiles que salían disparados cada minuto caían sobre los redentores de las
trincheras, convertidos en un total de ciento ocho saetas. El espantoso
griterío de los heridos era ya un lamento continuo. El rostro de Gil exhibía
una estoica palidez. A través de los cristales, podía verse cómo los redentores
supervivientes se metían lo más hondo posible, pero les servía de tanto como si
intentaran esconderse de la lluvia. Conscientes de ello, los que aún no habían
muerto empezaron a salir de las trincheras y escapar corriendo.
Los folcolares les permitieron huir durante unos cincuenta metros antes de
que un torrente de flechas y saetas los alcanzara desde ambos lados de la gran
U, como un niño azotando la hierba con un palo. Unos veinte redentores se
rindieron. De los alrededores de la U salieron soldados folcolares que estaban
escondidos en los matorrales y tras los grandes termiteros. Debían de ser
ciento sesenta hombres en un centenar de metros. Cuando un puñado de folcolares
se acercaron a tomar los presos, y Cale se preguntaba si los redentores iban a
recibir más compasión de la que ellos hubieran otorgado, media docena de
flechas cayó de la colina que estaba tras la U, y tres de los folcolares que
iban avanzando se desplomaron entre gritos. Las habían disparado desde cierta
posición diez redentores que se negaban a rendirse.
Cale vio que existía un punto ciego a la derecha de la colina, un punto que
permitía a un pelotón de folcolares internarse a una distancia de menos de
cincuenta metros de los recalcitrantes redentores. Desde allí estaban en
condiciones de inmovilizar a los redentores, y además podían recibir refuerzos
fácilmente. Estando tan cerca, y en número tan grande, ahogaron a los
redentores de la colina con una gran descarga. Cualquiera que fuera la
posibilidad de recibir compasión que hubieran tenido los defensores de la gran
trinchera, ya la habían perdido. Diez minutos después, todos los redentores
habían muerto, y los folcolares habían vuelto a humillar a una de las más
grandes fuerzas de combate de la tierra sin sufrir más bajas que las recibidas
durante la abortada rendición.
Tres días después, los redentores regresaron a defender el Vado con los mil
quinientos hombres que Cale había enviado antes al fortín mayor más cercano. En
el ínterin, los folcolares habían permitido el paso de más de doscientos carros
de suministros y casi un millar de hombres. Al acercarse los redentores,
simplemente se desvanecieron en el Veld, seguros de que podrían volver a tomar
el Vado del Zopenco o cualquiera de las otras vías del interior con la misma
facilidad en cuanto fuera necesario.
Cale congregó a su alrededor a diecisiete centenarios que pese a su nombre
eran apenas responsables de noventa hombres, y durante una hora les ilustró con
la táctica de los difuntos redentores, cuyos restos habían sido enterrados en
un pozo poco profundo a unos quinientos metros de allí. A continuación explicó
por qué habían sido derrotados con tanta facilidad. Pidió que hicieran
preguntas. Hubo pocas. Pidió que dieran respuestas. También hubo muy pocas.
Ninguno de ellos, eso le resultaba claro a Cale, hubiera sido capaz de alcanzar
un resultado distinto, aunque había dos que seguramente hubieran podido
resistir durante un poco más de tiempo a los folcolares.
—Tenéis dos horas para elaborar un plan. Entonces doscientos de vosotros os
quedaréis aquí a ver si podéis resistir durante los tres días que costará
conseguir refuerzos.
—¿Cómo elegiréis a esos doscientos, señor? —le preguntaron.
—Mediante la oración —respondió Cale. En su camino de vuelta a la tienda,
Cale tuvo tiempo de darse cuenta de que su respuesta había demostrado muy mal
gusto. Redentores o no, iban a morir doscientos hombres.
Que es exactamente lo que sucedió. Cale escuchó la nueva táctica de
defensa, decidió ordenar algunos cambios porque quería ver sus maniobras en
operaciones prácticas, y después eligió a los hombres que lucharían. Prefirió
hacerlo a suertes antes que pidiéndoles blasfemas declaraciones de devoción,
aunque añadió después un nombre: el de cierto centenario al que había
reconocido durante la discusión inicial, que era el redentor que en una
ocasión, por hablar durante una sesión de entrenamiento, le había pegado en el
culo con una soga tan gruesa como la muñeca de un hombre adulto. Tal vez el
redentor hubiera podido salvar el pellejo, pese a todo, de no ser por el hecho
de que ni siquiera había sido Cale el que hablaba, sino Dominic Savio, que le
había estado susurrando a Henri el Impreciso que podría morir esa misma noche
(cosa de hecho muy probable) para ser defecado una y otra vez por los demonios
durante toda la eternidad.
Por segunda vez Cale se retiró junto con Gil a un promontorio cubierto de
maleza, a menos de un kilómetro del Vado del Zopenco. De nuevo tuvieron que
aguardar, esta vez durante dos días que Cale pasó atormentando a Gil de
cualquier manera tonta que se le viniera a la mente, a menudo relatando sus
lascivas experiencias en Ciudad Kitty, lugar que en realidad, hallándose en las
primeras fases del amor por entonces, Cale no había visitado con Kleist y con
Henri el Impreciso, quien por hacerlo se sentía tan culpable como fascinado.
—Os pueden hacer un bisibisi —le explicaba Cale al padre Gil— por un dólar
o menos. Y —añadía— un pumbapumba por dos.
Se habían inventado los nombres de estas perversiones, y por lo tanto
pensaba que no existían. Se equivocaba. En Ciudad Kitty se podía conseguir
incluso una perversión en la que nadie hubiera pensado nunca, con tal de tener
el dinero suficiente para pagarla.
El resto del tiempo Cale lo dedicaba a dormir, a zamparse la mayor parte de
la comida destinada a Gil y a los dos guardias, a tomar notas, y a recrear una
y otra vez el ataque que había tenido lugar en el Vado del Zopenco y los que
podrían tener lugar en un futuro. Y también a pensar en Cuello de Cisne y en su
próximo encuentro, en el que ella se arrojaría a los brazos de él llorando por
haberlo perdido, mientras el moribundo Bosco, dando sus últimos estertores,
admitiría que la traición de ella no había sido más que un perverso engaño
suyo. Entonces a él le daba vergüenza haber caído en la trampa, aunque se
imaginaba retorciendo lentamente, sin piedad ni remordimiento, aquel hermoso
cuello mientras ella se ahogaba y boqueaba bajos sus manos inclementes. Después
de aquellas ensoñaciones que a menudo duraban un día entero, Cale se sentía
avergonzado y un poco furioso. Pero eso no le impedía seguir entregándose a
ellas en múltiples ocasiones, incurriendo en el «pecado de perseguir malos
pensamientos», como lo llamaba el Santo Redentor Clemencio. Y efectivamente
Cale se encontraba persiguiendo malos pensamientos que tenían lugar a una
escala cada vez más épica y demente, una escala que ni siquiera Clemencio
habría podido imaginarse.
«Es una suerte para el mundo —le había dicho una vez IdrisPukke a Cale— que
generalmente los muy perversos sean tan pusilánimes como el resto de las
personas a la hora de convertir sus pensamientos en realidad».
Al mirar hacia abajo desde el Gran Promontorio del monte del Tigre, Cale
había sentido una molesta alegría y un desagradable placer. Ahora, sobre la
altura que dominaba el Vado del Zopenco, sentía la misma molestia y el mismo
desagrado, juntamente con la misma alegría y el mismo placer. No hay nada, al
fin y al cabo, como sufrir picores y poder por fin rascarse.
A las órdenes de un milinario, los centenarios se habían mostrado de
acuerdo en que, si bien profundizar en las trincheras no servía de nada, aquel
suelo era lo bastante sólido para poder cavar un hueco lateral en el fondo de
la trinchera para que los hombres pudieran escapar de la lluvia de proyectiles
que salía de las balistas. Para cubrir la trinchera principal, que estaba en el
centro de la U, se habían cavado más trincheras a derecha e izquierda. Cale
impidió llevar a cabo el plan de cortar y quemar cada arbusto que se hallara a
menos de cuatrocientos metros de la U, pues sólo permitió que hicieran el
trabajo doscientos hombres en vez de los mil quinientos que había disponibles.
—Después sólo contaréis con doscientos hombres, así que ¿para qué queréis
más ahora?
Además, había escondites suficientes tras las grandes rocas y los
termiteros duros como el hormigón, que estaban diseminados por el terreno como
colmenas enhiestas pero mal construidas. En la colina que había dentro de la U,
la trinchera fue alargada para cubrir el punto ciego que se les había pasado
por alto en el ataque previo.
6
—Sois mi héroe.
Kleist y la muchacha estaban sentados frente a un roble parcialmente seco y
hueco en el que habían hecho una fogata, de tal manera que parecía un horno.
—No soy vuestro héroe.
—Sí que lo sois —le provocaba la muchacha—. Me habéis salvado.
—Yo no os he salvado. Lo único que pasó es que aparecisteis entre los
arbustos cuando yo estaba recuperando mis cosas. Yo ni siquiera sabía que
estabais allí.
—Vuestro corazón lo sabía.
—Pensad lo que queráis —dijo Kleist—. Mañana seguiréis hacia donde ibais, y
yo me dirigiré a algún lugar donde esté lo más lejos posible de vos.
—Mi gente piensa —dijo la muchacha parloteando tan aprisa como un
estornino— que cuando se le salva la vida a alguien, entonces uno se convierte
en responsable de esa persona para siempre.
Esta declaración era la mentira más descarada que hubiera dicho en toda su
vida, y contraria a todo lo que creían los cleptos en cuestión de obligaciones.
—¿Qué sentido tiene eso? —dijo Kleist, exasperado—. Debería ser más bien al
contrario.
—De acuerdo: pues ahora yo soy responsable de vos.
—En primer lugar —repuso Keist—, me importa un pito lo que crea vuestra
gente. Y en segundo lugar, no quiero que seáis responsable de mí. Lo que quiero
es dejar de veros.
La muchacha ser rió.
—No sentís lo que decís. ¿Cómo os llamáis?.
—No tengo nombre. Soy un innombrable.
—Todo el mundo tiene nombre.
—Yo no.
—¿Os digo yo mi nombre?
—No.
—Sabía que contestaríais eso.
—Entonces, ¿por qué lo habéis preguntado?
—Porque me encaaaaanta —respondió ella, alargando la palabra— oír el sonido
de vuestra voz. —Y volvió a reírse. A Kleist le costó unas dos horas rendirse
completamente.
Dos días después, Cale y Gil observaban cómo los folcolares aceptaban,
obviamente después de un poco de discusión y con mucha cautela, la rendición de
los seis redentores supervivientes. Los ataron, los cargaron en un carro, y
diez minutos después habían desaparecido por el otro lado del cerro.
—¿Cuántas veces más vamos a repetir esto? —preguntó Gil, taciturno.
Cale no respondió, sino que descendió de aquella elevación, montó en el
caballo, y se dirigió al Fuerte Bastión, cuyo nombre resultaba excesivo. Cinco
días después de su llegada, los cuatro estaban de vuelta en el Santuario,
encarándose con un Bosco muy malhumorado.
—Os dije que os quedarais en el Veld hasta que hubierais resuelto el
problema.
—Lo he resuelto.
Cale disfrutó dejando a Bosco sin palabras a causa de la sorpresa, que era
algo que no le había ocurrido nunca hasta entonces a lo largo de toda su
prolongada relación.
—Explicaos.
Se explicó. Cuando terminó, Bosco parecía dubitativo, no porque Cale no
hubiera resultado convincente, sino porque lo que decía parecía demasiado bueno
para ser cierto. Le ofrecía a Bosco una salida de algo que se estaba
convirtiendo en una terrible trampa, con origen en los ridículos
acontecimientos que causaron la ejecución de sus doscientos noventa y nueve
hombres de élite, tan cuidadosamente elegidos. Cuando una persona le ofrece a
otra una salida al décimo de sus más graves problemas, ésta no tenía, según
pensaba Bosco, que preocuparse por el precio, ni por si sería un engaño que tan
sólo el intenso anhelo hacía creíble. Las personas creen lo que desean creer.
Ésta era tal vez, pensaba Bosco, la verdad más hermosa de todas las hermosas
verdades de Perogrullo. Bosco tenía pocas opciones aparte de aceptar lo que le
decía, aparte de que aquello coincidiera exactamente con sus necesidades.
—Mientras vos estabais fuera, puse en formación a los purgatores e hice
ejecutar a uno de ellos delante de todos los demás. Fue una muerte dura. Y
cuando digo dura, me refiero a dura de contemplar. Así, cuando les deis
vuestras instrucciones, tendrán un recuerdo muy reciente de lo que les ocurrirá
si no dan la talla.
—No todos los purgatores valen. Hay unos treinta que son demasiado locos o
tontos para ser de ninguna utilidad. Pero yo no soy un verdugo. Quiero
enviarlos a la Bastilla en Marshalsea.
—¿Qué os hace estar tan seguro de que sería mejor enviarlos fuera?
—Es una posibilidad. Ya os he dicho que no soy un verdugo.
—Muy bien. Pero no tenéis derecho a desacreditar el buen hacer de Peter
Brzca.
No debería haber dicho eso, pero estaba todo gallito porque había logrado
engañar a Bosco sobre el Veld, y no podía contenerse.
—¿El buen hacer de…? Ese carnicero…
—¿Cuántas veces se os tendrá que decir que no dejéis que los demás sepan lo
que estáis pensando? —le recriminó Bosco con voz de cansancio—. Sin embargo,
escuchad: Dios ha hablado. Y no puede caber duda de que lo que ha dicho es la
verdad. La Única Fe Verdadera no es intolerante al modo en que lo es un pomposo
profesor al que aterra que le lleven la contraria; es intolerante porque la
Verdad es intolerante por el hecho de ser verdad. No es intolerante por negarse
a permitir que un profesor llegue a la conclusión de que dos más dos son tres o
cinco; pues semejante profesor sufriría persecución en cualquier sociedad y en
cualquier época. Y, sin embargo, cuánto menos se deberá tolerar una mentira que
le impide a un hombre ser salvado por toda la eternidad, que un error en las
cuentas que implica que le darán mal el cambio cuando vaya al mercado a comprar
carne de cerdo o dos kilos de patatas. Así pues, está claro como que dos y dos
suman cuatro que, por nuestro propio bien, no puede haber tolerancia en lo que
respecta a la verdad de Dios. El Papa es fuente de toda la fe que existe en la
tierra, y debe formar una fuerte asociación con el verdugo para obligar al
único amor que existe de verdad: el más estrecho, el más duro e inflexible
dogma.
—Brzca sólo sirve a su deseo de sangre.
—No es así. No es justo que digáis eso. Como cualquier otro redentor, Brzca
podría haber elegido el trabajo de preparar acólitos para la defensa de la fe.
O podría haber aprendido a dar sermones sobre el amor que profesa Dios al
hombre pese a lo miserable que es éste y lo miserables que son todas sus obras:
su visión es corrupta, sus gustos repugnantes, su cuerpo un vil traidor, todo
en él es aburrido y banal… Sin embargo, Brzca ha elegido la vocación más ardua
de todas: la tortura y muerte de sus congéneres. Nadie querrá comer a su mesa,
nadie pasará el día con él ni rezará a su lado. En medio de esa desolación de
miedo y odio, Brzca debe consagrarse no a los placeres ordinarios de la voz
humana, sino a los gemidos del moribundo. Llega al patio en que se celebra el
Acto de Fe delante de una asamblea de sus camaradas, que lo contemplan sólo con
horror. Le entregan un hereje o un blasfemo. Él lo coge, tira de él, lo ata a
una barra de madera y le levanta los brazos. Hay un horrible silencio en el que
sólo se oyen los huesos que se quiebran y los gritos de la víctima. Lo desata.
Lo extiende sobre el suelo y le clava un garfio afilado a través del cuerpo,
desde el pecho al hueso púbico, para sacarle las entrañas ante sus propios ojos
llorosos, y la boca tan abierta como la de un horno…
—¿Y os sorprende que lo desprecien?
—No me sorprende lo más mínimo. Pero pese a todo ese odio, el verdugo es
todo grandeza, todo fuerza. Suprimid al verdugo del mundo y en un instante el
orden cederá ante el caos; la bondad y la camaradería y las buenas obras están
indefensas ante el perverso oportunismo del malvado y el cruel, del apóstata y
el blasfemo, que robarán a cada hombre su vida eterna en la felicidad. Decidme
que Brzca no es un héroe y un santo.
Se miraron por un instante uno al otro.
—Quiero a Hooke.
—Ya os expliqué que eso no será posible.
—Tenéis que hacerlo posible. Los folcolares tienen nuevas armas. Y no las
sacaron de debajo de una piedra. Necesitamos a Hooke.
—Todos somos vulnerables. Si desafiáramos en esto al Pontífice, tendrían la
excusa que necesitan para enviarnos a la Congregación del Oficio de la Fe.
—Gant es el Peditus de la Congregación, ¿no es eso?
—El Peritus —le corrigió Bosco—. ¡Un peditus es otra cosa!
—¡Ah!
—¿Qué queríais decir?
—¿Vendría Gant con la Congregación?
—Nada le impediría aprovechar esa oportunidad de tomar control sobre el
Santuario.
—¿Gant podría someteros a un Acto de Fe?
—El deseo ha engendrado ese pensamiento, amigo mío. La respuesta es no.
Pero se me podría desposeer de la dignidad de Camarlengo y de todo el poder que
lleva aparejada.
—Si yo triunfara en el Veld, ¿eso bastaría para detenerlos?
—No. Los fracasos que cosechamos allí están hiriendo nuestro orgullo, y son
una alegría para los antagonistas del este, pero los folcolares son un incordio
incluso para ellos. Donde hay un antagonista folcolar hay un fanático. Donde
hay dos, hay un cisma. Incluso si nos derrotan en el Veld y nos retiramos, no
tardarán en ponerse a pelear entre ellos.
Cale se quedó pensando un instante.
—Eso no es problema —dijo al fin.
—¿Por qué decís eso?
—Dadles lo que quieren, la muerte de Hooke, y entonces no tendrán excusa
para venir aquí.
—Supongo —dijo Bosco después de un instante— que no queréis decir lo que
decís.
—No. Yo quiero a Hooke y quiero conservarlo.
Fuera de la estancia. Model, que le hacía las veces de mensajero, aguardaba
nervioso, habiendo oído la voz ligeramente elevada de Bosco hablar sin aparente
respuesta durante largo rato. ¿Tendría Cale problemas? Cuando su señor salió,
se pasó varios minutos sin hablar, aunque sacudía la cabeza hacia los lados,
como si intentara aclarar la espesa niebla que se le había instalado entre
ambas orejas.
—¿Puedo hacer algo por vos, señor?
Cale lo miró:
—Sí. Id y pedidme otro desayuno. Después llevadlo a mi estancia y coméoslo
por mí.
—Me llamo Thomas Cale y os tengo en la palma de la mano.
Allí, delante de los doscientos diecinueve abyectos purgatores y bajo
numerosas capas de todo tipo de emociones superpuestas (ira, pérdida,
autocompasión, miedo, desesperación, pena, cólera, odio, amor y un largo
etcétera), Cale disfrutaba el curioso placer de permanecer delante de tantos
redentores a los que en realidad, como anunciaba la alegre pompa de su
proclama, tenía en la palma de su mano. ¿Quién podría echárselo en cara? ¿Quién
no hubiera disfrutado con la posibilidad de tener que moldear a aquellos
redentores como si fueran niños recién nacidos? ¿Quién no hubiera disfrutado de
tener tanto poder, y ni siquiera la más leve preocupación por tener que ser
justo, generoso, ni nada parecido? Según el derecho canónico ellos ya estaban
muertos, con la pequeña salvedad de que el acto de ejecución propiamente dicho
(una cuestión técnica de importancia menor) aún no había sido llevado a cabo.
Podía hacer con ellos lo que le viniera en gana. Y su sensación no era la de
tener un permiso para la venganza, sino más bien una ocasión para satisfacer su
curiosidad. ¿Qué pasaría si uno hacía todo lo que quería, y encima salía bien?
—Voy a pediros que hagáis grandes cosas que no habréis hecho nunca. Si
desobedecéis, seréis castigados. Si calláis, seréis castigados. Si os quejáis,
seréis castigados. Si falláis, seréis castigados. Si me apetece, seréis
castigados. Pero hay una cosa, y sólo una, por la que no recibiréis un castigo
leve: si no pensáis por vosotros mismos. En ese caso, se os devolverá a este
patio para la inmediata ejecución de vuestra sentencia de muerte.
Entonces se dispuso a salir del patio. Por el rabillo del ojo distinguió a
uno de los purgatores y lo reconoció: se trataba del padre Avery Humboldt, al
que conocía de mucho tiempo atrás. La expresión de su rostro era de un intenso
desdén, odio y desprecio. Al pasar a su lado, Cale le propinó un golpe en la
cabeza con todas sus fuerzas. Humboldt cayó al suelo como una marioneta a la
que de pronto le cortan las cuerdas de las que pende. Sin inmutarse, Cale
siguió caminando y salió del patio.
En realidad, Cale se había equivocado completamente en cuanto a la
expresión de la cara de Humboldt, que no era de desdén ni de desprecio ni de
odio. El gesto aparentemente despectivo era resultado del daño sufrido por los
nervios del lado izquierdo de su rostro, que habían hecho que la mejilla se
cayera, daño producido por la paliza que le habían propinado dos guardias que
le habían entreoído y se habían sentido ofendidos ante su opinión de que la
doncella de los ojos de mirlo era una mujer de buena intención y no debería ser
sometida a los horrores de un Acto de Fe. Por otro lado, el error de Cale hizo
su efecto en los demás purgatores.
Un rasgo muy peculiar de los redentores era el hecho de que, si bien creían
en un montón de ideas fantásticas, tenían muy poca o ninguna imaginación. Y
esto le pasaba incluso a un hombre tan inteligente como Bosco. Capaz de creerse
siete cosas imposibles antes del desayuno, siempre y cuando fueran milagros,
retorcidos castigos divinos, cálculos biliares o prepucios de santos mártires,
se quedó pasmado, sin embargo, ante el elaborado plan de Cale para sacar de la
prisión a Guido Hooke.
—Puedo enviar simplemente a unos guardias para que lo saquen de allí.
—Pero ¿qué pasa si hay una investigación del Oficio para la Propagación de
la Fe y averiguan que antes de su misteriosa muerte él se hallaba en perfecto
estado de salud y no había razón para sacarlo de su celda en contra de todo
protocolo y convención?
Siendo en su juventud un creyente apasionado y convencional, Bosco había
llegado tarde a la mentira. Ahora inventaba mentiras admirables, por supuesto,
pero las cosas que decía no eran puestas a prueba mediante intensos
interrogatorios, dado que para cuando había empezado a mentir a sus compañeros
redentores, él ya era un hombre muy poderoso. Tenía enemigos recelosos, pero
era poca la presión que podían ejercer sobre él, corta la soga de la que podían
colgar las preguntas incómodas. Por el contrario, Cale, Kleist y Henri el
Impreciso se habían pasado la vida engañando, estafando y mintiendo a personas
que habrían podido someterlos a cualquier castigo si hubieran tenido la más
leve sospecha de que habían obrado, sentido o pensado de modo incorrecto. En
los acólitos, una mirada levemente temerosa era prueba de que se había obrado
mal, así como la expresión de inocencia era prueba del repugnante pecado de
orgullo. El resultado era que todos ellos, eternos mentirosos, habían aprendido
a decir mentiras de la misma manera que habían aprendido a caminar, al
principio de modo un poco vacilante, pero enseguida adquiriendo tal soltura que
ni siquiera tenían que pensar para hacerlo. Un mentiroso sin poder tiene que
saber muy bien lo que hace para que no lo descubran. La mentira tiene que ser
muy vívida, y tener total apariencia de verdad, de modo que no haya posibilidad
de que aparezcan esos cien errores que cometen los malos mentirosos y por los
que los descubren hasta el más tonto. La regla número uno a ese respecto era
que nunca había que interrumpir la rutina de la explicación, pues en cuanto se
descubre un leve cambio en la manera de decir las cosas, hasta el más alelado
de los interrogadores empezará a sospechar que hay gato encerrado.
—Sólo la enfermedad hará que parezca correcto sacar de su celda a Hooke.
Por si llegara a haber una investigación eclesiástica ante la que debierais
responder, tenéis que tener una historia preparada. Debéis trabajarla en la
cabeza hasta que se convierta en algo tan real como si hubiera sucedido de
verdad. O más real aún. Enviad un médico en el que podáis confiar. ¿Tenéis
alguno?
—Lo tengo.
—Pedidle que coja escabiosa gigante. Eso le hará sudar y enrojecer. El
médico puede encontrarla detrás de la Gran Estatua del Ahorcado Redentor.
Bosco se sintió engañado: en tres ocasiones, había permitido que Cale se
metiera en la cama por mostrar justamente aquellos síntomas.
—¿Qué esperabais —se burló Cale— de la ira del Señor? Un día después de que
Hooke la tome, todos los guardias estarán muertos de miedo ante la posibilidad
de que el tifus se extienda por la prisión. Entonces tendréis un buen motivo
para sacarlo de ella, y no habréis hecho nada fuera de lo común. Vos me decíais
que hacer cosas fuera de lo común era pecado.
—Está claro que no conseguí convenceros de ello. Y en el fondo me alegraba
no conseguirlo, supongo que lo recordaréis. Dios coloca a sus grandes
mensajeros en muchos lugares. La mayoría enloquecen por falta de un guía que
les diga quiénes son y qué es lo que tienen que hacer.
Esa noche tuvo lugar la revisión semanal en busca de señales de tifus,
adelantándose un día sobre el calendario. Guido Hooke recibió una tintura de
escabiosa y la tomó sin poner objeciones, pues al fin y al cabo, ¿por qué iba a
sospechar que los redentores quisieran envenenarlo, cuando tenían planes para
matarlo de manera pública y mucho más desagradable?
Al día siguiente tenía la fiebre que necesitaban, acompañada de sudores y
ampollas. Si no eran los síntomas del tan temido tifus (temido porque muy
fácilmente podía extenderse a la mayor parte de los redentores), era lo
bastante alarmante para asegurarse de que los carceleros llamarían al médico, y
esos carceleros nunca tendrían el ingenio ni el valor suficientes para mentir
al Oficio de la Fe. Así que la primera parte de la mentira estaba fuertemente
asentada en la verdad. Se armó mucho revuelo para sacar a Hooke de la celda y
hacerlo pasar por entre todos los purgatores, para que hubiera tantos testigos
de la evidencia de su enfermedad como fuera posible. Su rostro era
inconfundible a causa de la ausencia de bigote y de su exagerada barba roja.
Eso le daba un aspecto espantoso, pero veinte años antes le había dicho una
jovencita picarona que le sentaba muy bien, y desde entonces se había empeñado
en conservarla. Ahora, despotricando y delirando porque el boticario había
triplicado la dosis por error, Hooke fue conducido a unan estancia aislada
donde se dejaba morir sin agua ni comida a los enfermos de tifus. Por una vez,
aquélla era la solución más bondadosa que podían ofrecer los redentores. Era
mejor morir razonablemente deprisa de fiebres altas agravadas por la falta de
agua que prolongar los espantosos últimos tramos de la enfermedad. Unos minutos
después llegaron Cale, Bosco y Gil para observar al joven que pasaba con cierta
dificultad su engañosa enfermedad, dado el delirio que sufría. Cale le cortó la
descomunal barba roja tan a ras de piel como fue posible, reservando un barullo
de pelo rojo que era al mismo tiempo impresionante y repulsivo.
—Ponedle ojos y cola y parecerá una rata roja.
Entonces salieron Gil y Bosco, pero volvieron a los diez minutos con un
cadáver de edad y peso similares a los de Hooke. Cale había pedido que trajeran
un cadáver, sugiriendo que lo buscaran en el depósito de cadáveres. Pero no
preguntó si aquel cadáver tan semejante a Hooke provenía realmente del
depósito, y Gil y Bosco tampoco ofrecieron explicaciones.
Cuando Bosco y Gil regresaron con el cadáver, Cale ya había desnudado a
Hooke, y entonces hizo lo mismo con el cadáver que habían traído y que era
claramente un muerto reciente. Entonces lo vistió con la ropa de Hooke y le
puso una gran venda alrededor de la cabeza y bajo la barbilla, como era
costumbre hacer con los fallecidos. A continuación metió el pelo embarullado
dentro de la venda para dar la impresión de que la barba de Hooke había quedado
aplastada bajo las vendas.
Bosco hizo un gesto de desdén. Se trataba de una idea ingeniosa, aunque la
ejecución no fuera digna de admiración.
—No es más que un primer intento —se justificó Cale—. Concededme una hora,
y lo dejaré con mucho mejor aspecto. Además, la gente ve lo que espera ver.
Cuando mañana lo quememos, los redentores no estarán muy cerca.
—Como se trata de una ejecución post mórtem —explicó Gil—, los padres
redentores esperarán ver a Brzca.
—Brzca no será ningún problema.
Entonces Bosco le hizo una seña a Gil para que ayudara a Hooke a ponerse en
pie.
—Dadnos un beso, preciosa —decía Hooke, delirando.
—¿Dónde lo vais a llevar?
—Dios —sentenció Bosco— hizo el infierno para los curiosos.
—Nada más que un besito —insistía Hooke. De ese modo lo sacaron de la
cámara, y Cale regresó a ella para colocar mejor el pelo dentro del vendaje del
muerto.
Veinte minutos después, aposentaban a Hooke en una nueva estancia que
estaba separada del resto del Santuario por dos muros y atendía por una monja
gorda con griñón.
En la cámara del muerto, Cale empezó a mejorar el aspecto de la barba roja
que ahora, ante el blanco sepulcral del rostro del muerto, parecía casi
naranja. Mientras trabajaba, cantaba en voz baja:
No le gustamos a nadie, no nos preocupa.
No le gustamos a nadie, no nos preocupa.
No le gustamos a nadie, no nos preocupa.
No le gustamos a nadie, no nos preocupa.
—Decidles a los carceleros que hay una alerta concerniente a los
purgatores, y que deben prepararlos para un traslado. Que cierren el lugar con
ellos dentro durante veinticuatro horas. Los purgatores y los carceleros son
las únicas personas que han visto a Hooke de cerca. Que todo el mundo vaya a
ver la ejecución post mórtem, pero que se queden bien atrás, para no tener
riesgo de contagiarse el tifus. Y después que se den prisa en quemarlo.
—¿Por qué no lo quemamos en secreto? —preguntó Gil—. Es demasiado
arriesgado hacerlo delante de tanta gente.
—No, Cale tiene razón. La gente verá lo que espera ver. El Oficio para la
Propagación de la Fe espera que hagamos un gran espectáculo de la ejecución de
un hereje tan conocido. Les daremos lo que quieren.
«Se pasan de listos los dos», pensó Gil. Lamentaba casi al mismo tiempo su
disensión y su orgullo. Habría horas de rezos, al menos diez minutos de
ablación, tal vez media hora de defosculación. ¿Por qué no se habría mordido la
lengua? Entonces recordó que también tendría que hacer eso.
—Gracias, padre —dijo Bosco despidiendo a Gil. Cuando salió, Bosco miró a
Cale, que tenía expresión burlona y expectante—. ¿Queréis preguntarme algo?
—Sí. ¿Qué hacía Picarbo cortando en pedazos a aquella chica?
—¡Ah! Extraordinario. —Abrió un pequeño armario al lado de su escritorio,
sacó una carpeta plegada y se la entregó—. Hay demasiadas páginas en esta
estancia. Llevaría meses leerlas todas, yo diría. Pero esto debe de ser algo
así como su testamento. Eso parece.
—¿O sea que vos no sabíais nada?
—¿Yo? No.
—¿Cómo es posible?
—¿Pensáis que os miento? —Parecía realmente sorprendido—. Está claro que en
el pasado he puesto mucho interés en ocultaros ciertas cosas, señor. —Este
título fue pronunciado con auténtico respeto, pero al mismo tiempo tenía algo
de burla—. Sin embargo, no recuerdo haberos mentido nunca directamente. Supongo
que lo habría hecho si hubiera sido estrictamente necesario. Pero ahora no
estoy mintiendo.
—Guardaba mujeres. Las guardaba en habitaciones que entre todas eran tan
grandes como un pequeño palacio. ¿Cómo es posible…?
—A vos los redentores todavía deben de pareceros todos iguales. Muy
poderosos todos. Pero ese poder sólo lo tienen con los acólitos, no unos con
otros. Entre nosotros hay muchas divisiones y jerarquías, muchas líneas que no
se pueden traspasar. Picarbo era dueño y señor en esas zonas. Ningún rey
arbitrario tenía más poder. No se le hacían preguntas de igual a igual. Tener
el poder de controlar el conocimiento de algo en un espacio donde todo el mundo
tiene un conocimiento en común: ése es el poder más celosamente guardado del
que puede hacer gala un redentor. Como un manojo de llaves, se trata de un
signo de valía ante el Señor.
—Pero tenían que saberlo otros.
—Por supuesto. Había una docena de redentores que lo sabían y que leyeron
ese documento.
—¿Qué les ocurrió?
—Me estáis provocando.
—¿Os referís a las monjas?
—Un redentor siempre puede ser reemplazado, alguien que puede cocinar y
planchar las vestiduras de modo aceptable para Dios, no. Además, ellas no
sabían nada de las intenciones de Picarbo. Es un asunto de importante debate,
en términos teológicos, si las mujeres tienen alma o no. Yo me inclino a pensar
que no. En cuyo caso ellas no son enteramente responsables de sí mismas.
—¿Y las chicas?
—¡Ah, sí! La respuesta es que no hay respuesta. Como las hermanas siempre
han estado enclaustradas, resultaba sorprendentemente fácil guardar en secreto
a esas jóvenes. Y está claro que Picarbo se dio cuenta de lo fácil que era.
Bueno, ahora tengo cosas de las que ocuparme. Tomaos todo el tiempo que
necesitéis.
Y diciendo esto se fue, y Cale empezó a leer los papeles que habían
cambiado su vida y dado al traste con un imperio.
7
Era el alba, y los pardillos trinaban en los árboles escandalosamente. Las
hermosas arias y coros que cantaban antes de que el sol se pusiera eran
reemplazados en aquel momento del día por una atroz algarabía que sonaba como
hombres con silbatos desafinados que, subidos a las ramas de los árboles, se
pelearan a puñetazos.
Pese a todo aquel estruendo, la muchacha, Daisy, dormía profundamente en
sus brazos. Kleist había dormido en la misma estancia con cientos de chicos que
le parecían aún más feos cuando estaban dormidos que cuando no lo estaban.
Daisy parecía hermosa, exactamente igual que cuando estaba despierta. Una
sensación profundamente placentera lo arrebataba al contemplarla: era como la
sensación que notaba en el pecho tras beberse un gran trago de brandy o sake.
Las mujeres le producían al mismo tiempo desconfianza y estremecimiento. ¿Y
a quién no? Pero hasta muy poco tiempo atrás, la palabra ignorancia se hubiera
quedado corta para describir su falta de comprensión, que era absoluta. En
aquellos momentos, su experiencia era significativa en algunos sentidos, si
bien parcial y peculiar. Por una parte, su hostilidad hacia Riba se basaba en
las numerosas ocasiones en que, sin que ella tuviera culpa de nada, había
estado a punto de matarlo; aparte de esto, estaba su experiencia de las
bellezas aristocrática de Menfis, que miraban a los hombres, y a él en
especial, con el desdén de quien se siente superior; y por último estaban las
putas de Ciudad Kitty, cuya tristeza o frialdad había terminado desanimándolo
de ir a verlas.
Abrumado por el conflicto entablado entre aquella ternura repentina y la
violencia de su educación, decidió encolerizado que iría a buscar a los dos
miembros que quedaban con vida de la banda de Lord Dunbar y les daría una
muerte espantosa. Para su sorpresa y mortificación (se había esperado más o
menos que ella se derretiría de amor y adoración cuando le explicara sus nobles
intenciones), la muchacha había ahogado un grito de espanto y le había
implorado que no fuera tan imbécil.
—¿Cambiaría eso algo?
—No —respondió él de mala gana—. Pero yo me sentiría mejor.
—Y yo también —comentó ella sonriendo—. Pero la lucha es un riesgo. Nunca
sabe uno lo que podría ocurrir. Arriesgar la vida por basura semejante no
merece realmente la pena. Tal vez un día nos los encontremos borrachos, y
cuando caigan dormidos les hundiremos un puñal en la espalda.
La muchacha se rió y él se quedó mirándola fijamente, desconcertado. Si eso
no le hubiera sucedido a ella, él se habría mostrado completamente de acuerdo.
Se enamoró aún más. La verdad sea dicha, le hubiera gustado disponer de unos
días de descanso para acostumbrarse a aquel nuevo sentimiento, pero Daisy no
era una chica paciente. El rayo se movía despacio comparado con ella, y pronto
se la encontró colocada encima de él y devorando cada centímetro antes de que
él supiera realmente qué hacer. Cuando una gran convulsión hizo temblar el
cuerpo de ella, Kleist creyó que estaba agonizando a causa de algún tipo de
ataque. No había visto nada parecido durante sus tristes escapadas a Ciudad
Kitty. Cuando se tendió exhausta a su lado, Daisy se extrañó de tener que
explicarle al profundamente preocupado Kleist lo que había sucedido. Había
mucho que asimilar, especialmente para un joven tan duro como aquél. Parecía
muy sorprendido y pensativo, y ella lo desconcertó aún más al echarse a llorar.
Con enorme cuidado, Kleist levantó a la muchacha dormida de su brazo
izquierdo ahora entumecido y preparó el desayuno para los dos. Como tenía mucha
hambre, se terminó el suyo de inmediato y esperó a que ella despertara. Tenía
tantas ganas de hablar con ella que incluso intentó darle un empujoncito. Pero
lo de dormir se le daba muy bien a aquella chica. Eso le crispaba los nervios
de tal modo que también se terminó el desayuno de ella.
—¿Dónde está el mío? —preguntó Daisy en voz bajita mientras él acababa de
rebañar el plato.
—Os lo prepararé ahora mismo. —El agua ya estaba hirviendo y veinte minutos
después ella se abalanzaba sobre las alubias con arroz que le habían robado a
Lord Dunbar—. ¿Qué hacíais aquí vos sola?
—Estaba dando un paseo, nada más.
—¿Por aquí?
—No tiene mucha gracia pasear por donde ya se ha paseado antes.
—Sois demasiado joven.
—Soy mayor que vos.
—Yo puedo cuidar de mí mismo.
—Yo también. —Se miraron el uno al otro con cierta incomodidad—.
Normalmente. Esta vez no tuve cuidado y me atraparon. Fue culpa mía.
Eso le indignó a él.
—¿Cómo va a ser culpa vuestra lo que os hicieron?
—No he dicho eso. Pero si alguien intenta robarles un caballo a unos
bastardos rufianes, ya sabe a lo que se expone. Además —dijo ella—, ellos no os
mataron, y por eso les estoy agradecida.
Kleist no supo qué contestar a eso. Daisy sonrió.
—Les estoy tan agradecida que puede que no les clave el puñal por la
espalda.
—¿De dónde venís?
—De los Quantocks.
—No lo he oído nunca.
—Están a unos tres días de camino de aquí. Ahora quiero volver allá. Veníos
conmigo.
—Vale.
Kleist había respondido sin pensarlo un segundo. Lo lamentó al instante,
pero sólo porque era algo muy extraño que él respondiera así. Sentía como si se
hubiera apoderado de su cuerpo otra persona, alguien que podría hacerle decir o
hacer cosas muy tontas.
—¿Tenéis familia?
—Por supuesto —respondió ella, y también lo lamentó al instante—: Lo
siento.
—No necesitáis disculparos. Vuestra familia no debería dejaros andar por
ahí.
—¿Por qué no?
—Porque es demasiado peligroso.
—Sois vos el que quiere montar una juerga de asesinatos.
—Lo que yo quería era vengar vuestro honor —dijo él.
Ella se rió.
—Los cleptos son mi pueblo. Ellos no creen en esas cosas. Nosotros somos
muy curiosos, pero no muy puntillosos en cuestiones de honor.
—Me estáis tomando el pelo.
—No, no os estoy tomando el pelo, de verdad que no. La modestia, la
virginidad y la honra: nosotros no creemos en nada de eso. Todas las tribus
vecinas se toman esas tonterías muy en serio, siempre están riñendo por el
honor de tal y cual. Se suicidan por el honor y matan a sus mujeres y a sus
hijas por él. Si yo fuera una deccan, los míos me estrangularían nada más
enterarse de que me habían violado. —Hizo un gesto de desprecio con los dedos y
explicó—: Esto es lo que pienso yo de la honra. —Daisy se dio cuenta de que eso
le había impresionado a Kleist, aunque tal vez asustado sea una palabra más
exacta al caso. Se rió—. Y además los deccan son tan idiotas y carentes de
curiosidad como una vaca. «La curiosidad mató al gato», es lo que dicen
siempre. Mi tío Adam, se tiró cinco días en canoa por el Rin porque le dijeron
que había en Florencia una ramera con los genitales inusualmente formados. Y yo
soy famosa porque enseñé a un pollo a caminar hacia atrás.
—¿Para qué hicisteis eso?
Ella ser rió, encantada.
—Lo hice porque los cleptos tenemos un dicho: «No se le puede enseñar a un
pollo a caminar hacia atrás».
8
Manifiesto del padre Picarbo:
Es evidente y no precisa grandes
disquisiciones el hecho de que nuestros antepasados se encontraban en un error.
Esto no es cosa fácil de decir cuando se trata de hombres famosos y dignos de
elogio. Pero equivocarse es humano, y Dios nos ha dado razones para que nos
afanemos en hacer lo mejor que esté en nuestra naturaleza.
La mujer nos fue dada en primer
lugar como amiga, pero no ha resultado ser la compañera que requeríamos. No: no
lo ha sido, ya desde el comienzo. ¿Tentaría un amigo y compañero a un hombre a
su propia destrucción?, ¿le haría prestar oídos a Satanás?, ¿le haría comer la
única cosa, la única, por Dios, la única que les estaba prohibida al hombre y a
la propia mujer? ¡Qué generosidad tan grande la de Dios, y qué carga tan
pequeña que soportar a cambio de tanta felicidad y alegría! Todo se perdió
porque las mujeres nunca se sienten satisfechas, sino que están siempre
zumbando en torno a los oídos de los hombres, anhelando todo aquello que no
pueden tener. No es de extrañar que incluso los extraviados Jane, que rehúsan
representar el mundo en imágenes, representen al demonio mediante una lengua
femenina, y la tentación mediante una oreja de varón.
Así pues, las mujeres
corrompieron desde el comienzo la amistad que Dios había ordenado que hubiera
entre hombres y mujeres. La amistad que nace de la razón ha ardido en llamas y
consumido esa razón a causa del deseo de las mujeres. El deseo ha hecho que la
amistad se vuelva loca. Hombres y mujeres deberían vivir como esposos y
esposas, en armonía y compañerismo, y sin embargo vemos una y otra vez a los
hombres, agitados siempre por las mujeres, amar a sus esposas de modo
inmoderado. Un amor adecuado toma a la razón como guía y no consentirá ser
barrido por el impetuoso deseo. Y así el cuerdo y razonable es corrompido por
la mujer, que desea (y he aquí la mayor de las depravaciones) ser amada como si
fuera una adúltera. Todos los hombres cometen adulterio con sus propias esposas
y no pueden evitar hacerlo así, pues las mujeres no consentirán ser amadas con
mesura y razón. El amor hacia ellas es toda su existencia, y en su naturaleza
está la incapacidad para tolerar aquello que es moderado o racional. En soledad,
el alma del hombre lucha, como la historia ha probado, por liberarse del deseo
y elevarse hacia la divinidad. Ninguna mujer permitirá esta salida para el
hombre. Para ella, es ella y no Dios quien debería ser el centro de todo.
Por mis investigaciones y
experimentos he descubierto que las mujeres inflaman la razón del hombre no
sólo con sus encantos y caricias, sino con un secreto líquido que fluye de su
vesícula.
Tal como hemos hecho muchas veces
con cerdos y ovejas, criando a unos para que nos den mejor carne, y a las otras
para obtener de ellas mejores lanas, por diversos medios yo he instruido a las
mujeres que aquí he tenido recluidas en todo lo que es voluptuoso preocupadas
únicamente con la sensación física que atañe al placer de la belleza, de la
delicadeza de la piel y el cabello, y en todos los modos en que los órganos de
la sensación inmediata puedan crecer y exagerarse. Han sido instruidas desde
muy jóvenes en todo lo referente al deleite de los hombres, de tal manera que
(más aún que las mujeres ordinarias) no piensan en otra cosa que en dar placer
a los hombres, para que los hombres en correspondencia encuentren placer y
solaz tan sólo en su compañía y no en seguir a Dios. Por estos medios, he
estimulado en gran medida su matriz de manera que rezume leche uterina con tal
intensidad y fuerza que, estrangulada y espesada por sus propios excesos, se ha
aglutinado y convertido en algo tan sólido como el ámbar o la brea (que es más
apta para ser sustancia del infierno). Con mis industrias, e inspirado por Dios
y por el Ahorcado Redentor, he descubierto y extraído esas resinas para
averiguar que tienen el poder, reducidas a un polvo y mezclado éste con santo crisma,
de proveer al hombre con esa bondad original de la amistad de la hembra que tan
rápidamente ellas arrancaron de los hombres y de ellas mismas. Con esa mixtura
elaborada, que he llamado «Óleo del Redentor», no sólo los hombres podrán
resistirse a las mujeres liberándose de su lujuria, sino que incluso los
redentores que se han extraviado en la locura y espantosos accesos podrán
recuperar la felicidad y la camaradería y rescatarlas de la furia del pene y de
la tristeza de la ausencia de la hembra que a tantos aflige.
Se abrió la puerta y apareció Bosco, que regresaba.
—¿Habéis terminado?
—Aún no.
—Dejadme ver.
Cale señaló la última frase que había leído, pues cuesta erradicar los
viejos hábitos. Lo hizo antes de poderse refrenar.
—bueno —dijo Bosco, recordando con desagrado su propio pasado—. Podéis leer
más tarde lo que os falta. ¿Cuál es vuestra opinión?
—Demasiada furia del pene.
Bosco sonrió.
—Desde luego. A su modo Picarbo estaba tan poseído por las mujeres como
cualquier fornicador. Si pensáis que lo que acabáis de leer es una locura, os
puedo adelantar que el manifiesto continúa exponiendo sus planes para montar
una granja especial en la que sus criaturas serían criadas para producir esa
resina en cantidad suficiente para calmar al mundo entero. Pero si no hubiera
sido por esto, vos no habríais abandonado nunca el Santuario, y por tanto el
imperio Materazzi seguiría dominando las cuatro partes del mundo. ¿No es
extraño el modo en que resultan las cosas?
—¿Qué haréis con esas muchachas?
—No lo sé. Pueden quedarse donde están.
—Serán una trampa para alguno.
—Justamente. ¿Os gustaría conocerlas?
Es justo decir que Cale se quedó pasmado.
—¿Serán una trampa para mí?
—Hay muchas trampas tendidas para vos, pero ninguna por mí. Yo soy vuestro
seguro servidor.
—Sí… Quiero decir que sí, que claro que quiero verlas.
—Lo tendré todo dispuesto para cuando volváis del Veld. Picarbo puede haber
sido un lunático, pero su obra era muy interesante.
Una semana después, Cale estaba en la colina baja del Vado del Zopenco,
rodeado por Guido Hooke y por los purgatores, que se encontraban recelosos,
esperanzados, cautelosos y resentidos, todo al mismo tiempo. Cale había pensado
que podría haber una batalla por el control del Vado, especialmente si los
folcolares que lo dominaban se daban cuenta de que no había más que doscientos
treinta redentores para ofrecerles resistencia. Según resultaron las cosas,
para cuando ellos llegaron, los folcolares ya se habían desvanecido en las
pampas.
—Mirad a vuestro alrededor —gritó Cale—. Si sois tontos, moriréis aquí. Si
sois inteligentes, moriréis aquí. Si utilizáis todas las importantes
habilidades que habéis adquirido, moriréis aquí. Dejadme que os diga una cosa:
si no os convertís en niños[iv],
moriréis aquí.
—¡Hablad más alto! —gritó un redentor que estaba de los últimos. Cale le
lanzó una mirada a Gil, que en compañía de dos guardias se colocó tras el
redentor que había gritado—. Le hicieron un gesto para que se adelantara. El
redentor dio un paso al frente con paso arrogante, y se colocó delante de Cale,
mirándolo con unos ojos que tenían el color de los restos de espuma que quedan
en una jarra de cerveza.
—¿Qué dijisteis? —preguntó Cale.
—Dije que hablarais más…
Cale avanzó contra el hombre y le dio un golpe con la frente en pleno
rostro. El redentor cayó al instante al suelo, aferrándose la nariz rota. Cale
regresó entonces a la peña de superficie plana desde la que había estado
hablando.
—Si sois duros de oído… moriréis aquí.
Les dijo que se dieran la vuelta, y entonces bosquejó los diversos modos en
que se había defendido al Vado del Zopenco, señalando aquel sistema de
trincheras de allí, el otro de más allá, y cómo habían reforzado la colina,
cubriendo todo el campo de alcance de las armas para prevenir un ataque.
—Lo que todas las tácticas tienen en común —dijo cuando hubo terminado de
plantear las características del campo de batalla— es que todos los que las
planearon y todos los que las llevaron a cabo están muertos. Vosotros os
colocaréis en cohortes de quince. Elegiréis un jefe de cohorte, además de un
segundo y un sargento. Aprenderéis juntos o moriréis. Tenéis un día para
recorrer el lugar, y cada cohorte presentará un plan para conservar la vida
durante los tres días que tardarán en llegar los refuerzos. No necesito
amenazaros diciéndoos que si os derrotan os mandaré al Santuario para que os
hagan inmediatamente un Acto de Fe, porque los folcolares se encargarán de
vosotros en ese caso. Volved aquí una hora antes de la puesta de sol.
Cale esperaba que señalando por qué habían fracasado los anteriores
proyectos de defensa, mostrándoles las disposición del campo de batalla, no en
mapas sino sobre el terreno, fijándose y ateniéndose a todos los detalles
reales, los purgatores comprenderían que su salvación residía en un determinado
punto. Pero Cale comprobó que las cohortes diseñaban un plan desastroso tras
otro; y que aunque se puede lograr casi todo mediante el miedo, el miedo no
podía lograr que la gente pensara por sí misma.
Al día siguiente, Cale reunió a los purgatores junto al vado propiamente
dicho, por donde se cruzaba el río. Sacó un huevo y lo puso sobre la plana
superficie de una gran peña.
—Si alguno de vosotros puede poner este huevo en equilibrio sobre el
extremo más fino, conseguirá el puesto más seguro del batallón: será el que se
encargue de llevar los mensajes a la retaguardia. Y tan pronto como aparezcan
los folcolares, se irá hacia esa retaguardia.
Hubo unos veinte intentos durante los minutos siguientes hasta que los
purgatores se dieron por vencidos, si bien estaban seguros de que Cale se
guardaba un as en la manga. Y efectivamente, se lo guardaba. Cuando todos
desistieron, él avanzó hacia la roca, cogió el huevo y le dio unos golpecitos
para romperlo ligeramente y dejarlo plantado sobre su extremo más fino.
—No nos dijisteis que lo pudiéramos romper.
—Yo no dije nada. Sois vosotros los que imaginasteis esa norma, no yo.
—Señaló entonces el vado en el río—. Éste es un mal sitio para cruzar desde el
punto de vista de los defensores. Quiero que penséis cómo trasladarlo.
—Eso es imposible.
—¿Estáis seguros?
—¿Cómo podría hacerse tal cosa?
—Tenéis razón: es imposible. Entonces, ¿por qué todos vuestros planes os
meten en las trincheras para defenderlo, estando tan cerca que podríais
echarlos luchando cuerpo a cuerpo? Si tuvierais un arco que pudiera disparar a
veinte kilómetros de distancia ésa sería la distancia a la que podríais
colocaros. Si podéis caminar por el campo de batalla tanto como si no podéis,
tenéis que hacer el esfuerzo de pensar como un niño. Imaginaos realmente en
cada lugar, y de todas las maneras posibles. Poneos en la mente de vuestro
enemigo y después caminad por el campo de batalla realmente o bien dentro de
vuestra cabeza. Haced de vuestra mente un modelo del mundo real, montando a
caballo y después en una trinchera. Sometedlo todo a la prueba de lo real,
porque no tendréis tiempo de aprender de los errores.
Los condujo entonces a las trincheras, donde había muerto en el último
ataque la mayor parte de los redentores.
—A ver, ¿dónde está el frente?
Para entonces los purgatores estaban empezando a comprender.
—No sirve de nada ocultarse. Cometed los errores ahora, cuando tan sólo
estoy yo para aprovecharme de ellos.
Uno de los hombres apuntó al Vado, delante de la trinchera.
—Error. No hay frente ahí. La dirección del ataque es por el lateral, por
detrás y por delante de vosotros. Todo eso es el frente. ¿Qué campo deberíais
tomar?
—La parte elevada.
Esta respuesta surgió de los purgatores tan automática como la respuesta al
sacerdote en la misa matinal. Se elevó un murmullo casi regocijado ante la
familiaridad de la pregunta y de la respuesta, un regocijo causado por el
recuerdo de algo compartido por todos, algo que les hacía reconocerse como
pertenecientes a un grupo y no parias.
—Un nuevo error. El campo que deberíais tomar es el mejor. Normalmente es
la parte elevada, pero no lo es aquí. Os aseguro que si hacéis lo que
normalmente es correcto, normalmente terminaréis muertos.
Señaló la curva en forma de U que trazaba el río. Cada una de las orillas
era tan irregular como si hubiera sido cortada por un hacha gigante a base de
repetidos hachazos.
—Emplead la tierra que tenéis a vuestro alrededor. Esos tajos del río
pueden ser profundizados y preparado, pero observad bien: la mayor parte del
trabajo ya está hecha. Ése es el mejor lugar para ponerse a cubierto en treinta
kilómetros a la redonda.
—Esperad, señor —repuso uno de los purgatores—. Dijisteis que no
necesitábamos estar cerca del vado, puesto que nadie puede apropiárselo. Este
plan nos coloca ahora justo encima de él.
—Si no fuera porque he empleado el último huevo fresco, os lo daría a vos.
He cambiado de opinión, porque no quería pensar en ceder el lugar más elevado.
Igual que el resto de vosotros. —Señaló al matorral, más allá de la U que
trazaba el río—. El vado podría ser defendido muy bien desde allí, pero a fin
de cuentas los barrancos de la orilla son mejores. O será mejor que lo penséis
así. Además, recordad que en este lugar no hay frente ni retaguardia. Voy a
colocaros a algunos en el terreno elevado. Si los folcolares intentan penetrar
en nuestras filas, quedarán atrapados por ambos lados. —Miró a su alrededor, al
grupo—. ¿Hay entre vosotros algún arquero de la Sodalidad?
La mayoría de los arqueros redentores eran empleados en masa, para lo que
no se requería una puntería especialmente afinada, pero allí donde se hacía
necesaria una buena puntería se recurría a los arqueros de la Sodalidad, que
estaban especialmente entrenados. Había seis entre los purgatores. Les dijo que
cogieran comida y agua para tres días, y mientras lo hacían, mandó a la mayoría
de los purgatores a cavar en los barrancos de cada orilla del río para mejorar
lo que la naturaleza ya les ofrecía. Otros treinta se pusieron a cavar
trincheras.
—Aseguraos de que caváis un hueco lo bastante grande en el fondo de la
trinchera para ocultaros de las flechas que llegan de arriba.
Le dio nuevas instrucciones a Gil, y a continuación partió, corriendo a la
meseta que había delante de la U en compañía de los seis arqueros de la
Sodalidad. Mientras cavaban, los redentores hablaban. Los amigos del sacerdote
al que Cale había derribado por fingir que no le podía oír, no paraban de
murmurar.
—Hace unos meses cualquiera de nosotros le habría sacado las tripas a ese
mocoso si se le hubiera ocurrido tan sólo tocarnos a uno de nosotros.
—Mejor que no lo intente conmigo, o…
—¿O qué…? —preguntó otro—. Los días en que podíamos hacerle lo que
quisiéramos a quien quisiéramos han quedado atrás. Ese muchacho está ungido por
Dios: se le nota en la voz y en lo que dice.
—Y en la manera en que lo dice.
—Ese no es más que un acólito envalentonado. He visto lo mismo en
anteriores ocasiones: de vez en cuando uno de ellos asegura que ha visto a la
Santa Madre, y de pronto todos lo veneran hasta que se le descubre la mentira.
Hubo murmullos de aprobación a estas palabras. No era nada extraordinario
que los acólitos aseguraran que habían visto imágenes de tal o cual santo
profetizando una cosa o la otra, con lo que causaban un revuelo general hasta
que, a menos que fueran muy muy listos, terminaban pillándolos y daban un
escarmiento con ellos.
—Bueno —comentó otro—, será mejor que os equivoquéis, porque él es todo lo
que se interpone entre nosotros y un cuchillo romo. Yo quiero creer en él, y lo
haré. Podéis oírlo su en voz. Todo lo que dice tiene sentido en cuanto lo ha
explicado. El hecho de que no sea más que un niño todavía es otra prueba más.
Sólo Dios podría haber puesto semejante sabiduría en la cabeza de un niño.
—Cerrad la bocaza y seguid cavando —dijo Gil al pasar por allí. Para él
aquéllos hombres no eran más que purgatores, aunque su cerebro compartía con
ellos la misma mezcla de duda y respeto reverencial hacia Cale.
Dos horas después, Cale estaba de regreso, esta vez solo y poniendo en obra
las ideas que había concebido mientras observaba el lugar desde lo alto del
monte. Uno de los arqueros de la Sodalidad, un veterano del frente oriental, le
había presentado una idea propia, que había visto en Swineburg durante la
ofensiva de Adviento. Al instante, Cale, encantado, lo ascendió al puesto de
guardaculo, palabra que en Menfis era un insulto terrible, pero que sin embargo
sonaba imponente entre los redentores. Al bajar por el monte sintió que lo que
había parecido un buen chiste en su momento era de hecho algo infantil y, lo
que era peor, podía volverse contra él. Lo hecho hecho estaba, pero en el
futuro sería preferible no caer en ese tipo de tonterías.
Cuando volvió al Vado del Zopenco, eligió los veinte mejores jinetes y les
dijo que se quitaran la túnica. Les hizo segar la hierba que había entre los
matorrales, en una cantidad equivalente a varias pacas, y les mandó llenar las
túnicas con la hierba. Una vez hecho esto, atravesaron los espantapájaros
resultantes con veinte báculos clavados en el fondo de las viejas trincheras en
las que tantos redentores habían muerto en los ataques anteriores. A una
distancia de treinta metros, no se notaba la diferencia entre aquellos
espantapájaros y soldados de verdad. No era probable que los folcolares se
percataran de que era un poco raro que los redentores lucharan con la capucha
puesta sobre la cabeza.
—¿Para qué queréis a los jinetes? —preguntó el receloso padre Gil. Cale
pensó en evitar ofrecer una respuesta directa, pero no encontró motivo para
ello.
—Necesitaré protección cuando os esté observando desde lo alto de la colina
—dijo indicando con un movimiento de la cabeza la elevación desde la que habían
observado las dos masacres anteriores, que se hallaba a casi un kilómetro de
distancia.
—¿Y qué me decís de poneros al frente de vuestros hombres?
—Yo no estoy aquí para salvar a nadie, ¿a qué no? Así pensáis vos, ¿verdad?
Gil le dirigió una mirada larga e intensa.
—Sí.
—Recuerdo que una vez me dijisteis que el hombre que estuviera al mando de
un ejército tenía que optar entre dos opciones: ponerse al frente siempre o
sólo a veces. ¿No fue así?
—Sí.
—Bueno, podéis optar por una tercera opción: ¡nunca! ¿Quién soy yo, padre?
Se miraron fijamente el uno al otro.
—Sois la mano izquierda de Dios.
—¿Y por qué estoy aquí?
Gil no respondió.
—¿Hay algo raro aquí —prosiguió Cale— que no comprendáis?
—No, señor.
Tras haberse pasado varios minutos examinando una roca de color extraño.
Hooke se acercó a ellos.
—Me parece que en estas peñas hay azufre.
—Montad a caballo. Nos vamos.
Treinta minutos después, Cale, acompañado sólo por Hooke, contemplaba su
obra desde la elevación habitual. Se sentía satisfecho de sí mismo. Salvo por
la docena aproximada de hombres que había enviado a colocar rocas y peñas cada
cincuenta metros, para dar a los arqueros la medida exacta de la distancia a la
que se encontrarían más tarde los enemigos, y que de ese modo no malgastaran
flechas en balde, no podía ver a nadie, y eso pese a que sabía hacia dónde
tenía que mirar.
Fue a la mañana siguiente, dos horas después de los primeros resplandores,
cuando Hooke distinguió una nube de polvo a lo lejos, en dirección norte. Cale
ordenó que dispararan una flecha roma al centro para avisar a los purgatores de
que venían los folcolares. Antes de que pasara una hora, Cale pudo ver
exploradores que se acercaban de dos en dos, a veces de tres en tres, en una
línea irregular que se extendía a lo largo de un frente de unos mil metros a
cada lado de un pequeño grupo de diez hombres que se dirigían al Vado del
Zopenco. Cuando se acercaron al vado y no vieron nada, la disposición de la
tierra, que se hundía hacia el centro, les hizo reagruparse. Cale sintió una
intensa emoción que parecía agarrarle la nunca, una emoción que resultaba al
mismo tiempo grata y desagradable. Para entonces un grupo de quince
exploradores se había amontonado descuidadamente a ciento cincuenta metros de
la línea más cercana de arqueros, que estaba constituida por unos setenta
padres redentores. Entonces se detuvieron, claramente asustados por algo.
—¡Mierda! —exclamó Cale.
Empezaban a girarse y separarse cuando una silenciosa hilera de flechas se
elevó en el aire trazando una curva majestuosa, y en menos de dos segundos cayó
como una lluvia sobre los exploradores, derribándolos del caballo a todos
excepto a uno. El superviviente echó a correr hacia el sur, seguido por otra
sarta de unas treinta flechas. Cale ahogó un grito de irritación: tantas
flechas eran un desperdicio cuando se trataba de acabar con un solo hombre, aun
cuando se tratara de un blanco que se alejaba a la velocidad en que lo hacía el
aterrorizado explorador. Era evidente que Gil pensaba lo mismo. Su grito para
contener las flechas ascendió a duras penas hasta la elevación en que se
encontraba Cale. Gil comprendía que no tendrían más oportunidades de sorprender,
ni habría más grupos apretados de quince hombres sobre los que hacer un blanco
fácil.
Treinta minutos después, una gruesa flecha de mortero fue disparada casi
verticalmente al aire desde la planicie lateral que se encontraba justo a unos
treinta metros por debajo del cerro. Fue a caer a unos diez metros de las
trincheras habitadas por las sotanas de redentores rellenas de hierba. Al
tercer disparo, los morteros habían corregido ya el tiro, y un aluvión de
flechas y sus diez saetas igualmente mortíferas asolaron las trincheras durante
otra hora. La idea de los falsos defensores había partido del arquero del
cerro, y por ella se le había recompensado con el insultante ascenso. Había
salido bien, mucho mejor de lo que hubieran podido esperar. No sólo les había
hecho malgastar enormes cantidades de flechas de mortero, sino que estaba claro
que los folcolares seguían sin darse cuenta del truco y estaban claramente
convencidos, debido a buenas razones, de que los redentores seguían sin
abandonar la misma serie de tácticas que habían seguido en el Vado del Zopenco
y en cualquier otro lugar del Veld. Una gran parte de ellos se arrastraban por
el lado sur de la colina para apoderarse del terreno alto y disparar a los
hombres de la orilla del río que habían matado tantos folcolares en la primera
refriega. Mientras esto sucedía, Cale distinguió dos grupos de unos cien
hombres cada uno, que se alejaban al galope hacia el este y el oeste
respectivamente. Cale supuso que se dirigían hacia puntos del río situados a
cierta distancia en ambos sentidos. En cuanto llegaran al borde del lecho del
río, lo recorrerían por la orilla, desde un lado y el otro, e intentarían
acercarse para atacar a los arqueros durante la noche. No quería descubrir su
propia presencia, pero al final ordenó a uno de los redentores escabullirse
hacia el lado occidental de la U y disparar una flecha roma con un mensaje de
advertencia, pero teniendo cuidado de no hacerlo hasta que cayera la luz, para
que la flecha no fuera vista tan fácilmente, ni por lo tanto pudieran adivinar
su presencia.
Durante el resto del día, hubo cierta cantidad de pequeñas escaramuzas por
parte de los atacantes folcolares, escaramuzas en las que los grupos avanzaban
intentando arrancar una respuesta para así mejor comprender cuál era la
disposición en el terreno y el número de los defensores. Pero los redentores no
carecían de experiencia, aun cuando no conocieran exactamente aquel tipo de
guerra informal, y estaba claro que Gil conseguía gobernarlos mediante gritos
ocasionales e indescifrables. Además, Cale había ordenado que cortaran los
accesos entre las orillas en forma de pequeños barrancos y la orilla opuesta
del río, para que los defensores pudieran moverse con relativa facilidad por la
mayor parte de la U. En este sentido los defensores daban la impresión de que
su número era más grande de lo que realmente era. Con un poco de suerte, si los
folcolares pensaban que las orillas estaban muy firmemente defendidas, podrían
no animarse a atacar esa noche por el lecho del río.
Aquella noche la luna no era más que un fino cuarto creciente que abrazaba
el resto de la luna oscurecida, proporcionando una luz muy escasa que de vez en
cuando quedaba tapada por las nubes. Hacía falta valor para quedarse esperando
en aquella oscuridad. La noche negra, en vez de rodearlo a uno, parecía meterse
en cada cabeza, y de ese modo los soldados perdían poco a poco toda noción de
qué era lo que estaba dentro y qué era lo que estaba fuera, a menos que se
retirara una nube del fino hilo de luna para iluminar un árbol distante o una
ladera del cerro. Cuando eso sucedía, el negro espacio, que los sentidos les
habían hecho creer que se limitaba a unos centímetros a su alrededor, se
revelaba de pronto como varios kilómetros en la lejanía, varios kilómetros en
los que las cosas no se encontraban exactamente donde se suponía que tenían que
estar. Un seco árbol blanco de las pampas, iluminado en ese momento por la luz
de la luna, le pareció a Cale que se hallaba justo encima de él, en mitad del
aire, cuando de hecho sabía que se alzaba en mitad de la llanura, a más de un
kilómetro de distancia. Sometidos a aquel desconcierto de los sentidos más
fundamentales, era una experiencia espantosa aguardar en la oscuridad
impenetrable de la noche que se acercara alguien en cualquier momento con
propósito asesino. En la oscuridad, e incluso para aquellos que tenían los
nervios de acero, el Veld se convertía en un implacable enemigo que acechaba,
burlón, a que uno hiciera el primer movimiento. Un perro salvaje o un ciervo
que trotara en la noche aumentaban su tamaño y su velocidad al doble o triple
del tamaño y velocidad reales. El ruido de un erizo resoplando en un rincón se
convertía en algo tan estrepitoso como el rugido de un león antes de lanzarse
en un salto. ¿Y si resultaba que aquella cosa que se arrastraba ahí fuera de la
trinchera, haciendo aquel ruido extraño al rozar con el suelo, tenía una
picadura mortal? La noche era un desagradable alquimista capaz de transformar
las cosas ordinarias, convirtiendo un arbusto en el hombre que está esperando
para matarlo a uno con sólo que se tenga la imprudencia de respirar demasiado
fuerte. Aun así, sería aún peor si uno intentara ser el que sale de caza.
Imaginaos intentar moverse en medio de aquella noche. Y, por supuesto, sin
manera de saber cuánto tiempo ha quedado atrás. Pasaron dos horas que podían
ser cuatro o tal vez cinco minutos. Raros pensamientos empezaban a atormentarlo
a uno. ¿Y si esa noche el sol se quedaba dónde estaba, y no volvía a salir?
Algo que uno nunca se habría molestado en imaginar, en una noche como aquélla
parecía posible. «Nunca verá el sol ese mañana»[v].
Entonces, de repente, brilló un destello procedente de lo que parecía un
lejano punto situado entre las nubes. Y después otro. Era Gil, que iluminaba el
lecho del río con una flecha prendida tras otra, flechas hermosamente cobijadas
en la curva del río. Tras la séptima u octava flecha, Cale oyó gritos y
chillidos. Las flechas habían impactado en los folcolares, atrapados a ambos
lados por las empinadas márgenes del río. No se podía ver el aluvión de flechas
no prendidas raspando el aire contra los folcolares, pero éstos tenían poco
sitio donde esconderse de ellas, y ninguna posibilidad de embestir contra los
purgatores porque Cale había colocado una profunda fila de estacas de espino a
lo largo del río, y varias filas más de estacas afiladas.
Eso no duró mucho, o al menos ésa fue la impresión, aunque hubo una pausa
antes del segundo ataque, que resultó mucho más breve que el primero. Y después
ya nada más hasta el primer sonrosado y hermoso resplandor del alba.
El sol salió como un trueno tras aquel suave anuncio, y a las siete en
punto ya hacía demasiado calor. En la orilla opuesta del río se podían contar
al menos treinta y tres hombres, entre muertos y moribundos. Era de suponer que
más o menos la mitad de ese número se encontraba oculta en la orilla de acá.
Los hombres intentaban regresar por el lecho del río, pero lo hacían despacio.
Uno de ellos estaba tan aturdido por sus heridas que iba arrastrándose,
lentamente, en dirección a los purgatores de los que creía escapar. Otro de los
heridos que huían empezaba a adelantarse, pero una flecha de los purgatores
salió rápida como una garza para clavarse en él.
—Ya era hora de que mostraran un poco de compasión —comentó Guido Hooke con
tristeza—. Nadie debería tener que morir tan lentamente al sol. —Cale se rió—.
¿He dicho algo gracioso, señor Cale?
—Si libran a un pobre bastardo de su desgracia será por accidente. Si
vuelven a dispararle es sólo para ver si sus compañeros se irritan y deciden
hacer algo heroico.
—Qué asco. —Hooke miró a Cale, intentando desentrañar sus pensamientos—.
¿Me juzgáis débil?
Cale pensó en ello con detenimiento.
—No. Pienso que es sorprendente.
—¿Sorprendente que alguien sienta algo ante el sufrimiento de un ser
humano?
—Que esperéis otra cosa por parte de los redentores.
—Se puede rechazar algo aunque no se espere otra cosa.
—¿Para qué molestarse? ¿Servirá para algo la compasión?
—Me parece que os educaron de modo muy descuidado.
—Efectivamente.
—¿Por qué sois tan cínico?
—No sé lo que significa eso.
—El cinismo es…
—Me da igual lo que sea.
Ofendido por esta respuesta, Hooke se calló. Unos minutos después, fue Cale
quien volvió a hablar.
—Un amigo mío solía decir que era una pérdida de tiempo acusar a la gente
de lo que está en su naturaleza.
—Yo tenía razón.
—¿En qué?
—En lo de que fuisteis educado de manera descuidada.
Cale no quiso molestarse y se limitó a sonreír:
—Me gustaría que me hubiera educado IdrisPukke. Entonces yo sería más de
vuestro gusto, señor Hooke, de lo que soy ahora.
En ese momento salió disparada otra flecha, que se clavó en otro herido.
—No es ninguna locura desear una vida mejor que ésta.
Pero Cale ya tenía suficiente, y no respondió. Distinguió entonces algo así
como una docena de folcoalres que avanzaban sigilosamente hacia la colina, por
la parte de atrás de la U, y comenzaban a ascender por la cuesta. Tras ellos
iban otros diez, y después otros tantos más. El centenario de la trinchera de
arriba mostraba más paciencia en dejarlos acercarse de lo que parecía prudente.
—Vamos —dijo en voz muy baja.
Entonces fue lanzada otra sarta de flechas, con una media docena de
impactos. Pero en aquellos instante se acercaban más folcolares que, agachados,
ascendieron a un montículo dentro de la colina, y quedó claro que sólo al
ascender el montículo los atacantes tenían que sufrir las flechas que llegaban
de las trincheras. Al tomar la decisiones sobre la defensa de la colina, la
pendiente por la que se ascendía a la cima le había parecido que estaba
desprovista de todo refugio, y por eso la ascensión parecía casi imposible.
Pero en aquel momento quedaba claro que algo se había escapado a su examen. En
cuanto hubieron ascendido los dos tercios de la ladera, los atacantes
folcolares fueron capaces de meterse en una ligera hondonada que los protegía
de las flechas y les permitía reunirse lo bastante cerca de la cima como para
emprender un ataque. ¡No era posible que se le hubiera pasado por alto algo tan
evidente!
Eran incontables las veces que le habían metido en la cabeza a Cale lo de
las santas revelaciones, aquellas visiones en medio de un camino o en la cima
de una montaña que hacían que se le cayeran a uno las telarañas de los ojos. Y
si bien no había nada divino en lo que sorprendía a Cale en la cima de aquella
elevación que dominaba el Vado del Zopenco, no dejaba de ser una revelación de
la realidad. Y no podía permitirse fracasar.
Su deseo más vehemente, hasta donde le alcanzaban los recuerdos, era que lo
dejaran solo. Pero en aquellos momentos, viendo a los folcolares ascender hacia
la cima de la colina, podía observar el fracaso de su gran esperanza. Si ellos
tomaban la colina, podrían tomar el Vado. Matarían a los purgatores, y con
ellos se perderían las posibilidades de Cale de permitir que Bosco se
mantuviera a salvo. Al precio de no volver a recobrar la tranquilidad nunca.
Por supuesto, podía huir en aquel mismo instante, pero no había más que
redentores por detrás y antagonistas por delante. Se hallaba a ochocientos
kilómetros de distancia de… ¿de qué? De nada que se pareciera a la seguridad.
Encontrarse sólo en aquel mundo era encontrarse aislado y vulnerable. Toda paz
y toda calma tenían que ver con el placer de otros. No había grieta ni rincón,
por pequeños que fueran, donde pudiera esconderse del resto del mundo y ser
feliz consigo mismo. El techo había que ganarlo, la comida que comprarla. Tenía
que luchar y seguir luchando, y si dejaba de luchar se ahogaría. Tenía que
despertar. Avanzar o morir. Avanzar o morir.
En Menfis había hecho enemigos con la misma facilidad con que respiraba
porque era idiota y cometía errores. Las únicas personas a las que conocía y
comprendía eran los redentores. Allí tenía alguna oportunidad, porque era uno
de ellos y tenía un lugar entre ellos. En cualquier otro sitio no era más que
un niño muy dado a la furia. Se sentía tan ligado a los purgatores que estaban
a punto de ser aniquilados en el Vado como si amara y creyera en cada uno de
ellos. Ni había elección ni la había habido nunca. Estas ideas, comprendidas en
menos tiempo del que lleva expresarlas, lo inundaron como una enorme ola, como
si hubiera estado de pie ante un gran dique que de pronto se colapsara. Y
aunque su corazón y su alma clamaran contra lo que estaba haciendo, Cale siguió
en pie y corriendo pendiente abajo hacia los veinte purgatores que aguardaban
con los caballos, ignorantes del desastre que se cernía justo más allá del
alcance de la vista.
Con la urgente necesidad de atacar, pero necesitando explicar su plan, Cale
empezó a dibujar en la tierra el Vado del Zopenco y a dar instrucciones
mientras lo hacía.
—¿Entendido?
Asintieron con la cabeza.
—Entonces —dijo—, repetídmelo.
Los purgatores se mostraron dubitativos, pero ofrecieron un buen resumen de
lo que Cale les había explicado. Cale volvió a repetirlo y les hizo montar.
—Si lo conseguís, el padre Bosco os considerará tan buenos como si fuerais
santos. —Si bien él añoraba el ostracismo para sí mismo, la temible visión de
la ladera le había hecho darse cuenta de que para aquellos hombres pertenecer
al grupo era más importante que la vida misma. Había pensado que les ofrecía
una escapatoria de la espantosa muerte, pero en realidad les había ofrecido más
aún. Si hubiera sido un ángel enviado para perdonarlos y liberarlos en el
mundo, se habrían encontrado perdidos, convertidos en vagabundos sin lugar ni
propósito. Su libertad habría sido la libertad de un fantasma.
Mientras cabalgaban en orden hacia la cima, observados por el regocijado
Hooke, Cale sentía la fuerza de la hermandad y la lealtad fortaleciéndose en
ellos incluso en las fauces de su propia muerte. Entonces ascendieron la
elevación y poco a poco aumentaron la velocidad formando fila con Cale,
acercándose cada vez más rápido a la colina mientras los folcolares preparaban
a asalto final a la cumbre, con la cabeza puesta en la lucha que les aguardaba
y sin dedicar un instante a pensar en la retaguardia, hasta que los purgatores
se encontraron a sólo cincuenta metros de sus espaldas, y avanzando hacia ellos
a toda carrera. Una vez descubiertos, los purgatores empezaron a gritar por el
santo no sé cuál y por el mártir qué sé yo, hasta que empezó al carnicería.
Los caballos de los purgatores llegaron a la carga hasta la hondonada y se
detuvieron (los jinetes habían recibido entrenamiento como infantería montada,
no como caballería, y no sabían luchar encima de un caballo) para desmontar a
toda prisa y cargar contra los folcolares desde un lateral. Como árboles
golpeados por un maremoto, las primeras filas de folcolares cayeron bajo el
empuje de los furiosos redentores, cuya rabia contenida durante meses de
aterrorizada prisión estallaba de pronto contra ellos. Por delante de Cale iban
doce purgatores, temerarios e imbuidos de odio, sanguinarios entusiastas de la
muerte. Al principio Cale se encontró siguiendo a aquellos hombres que iban al
frente, como si marchara protegido por un muro en movimiento. Pero, en pleno
frenesí, los purgatores empezaron a perder la formación mientras los
folcolares, al principio sorprendidos, comenzaban a asimilar la sorpresa y
retroceder. A la derecha, los folcolares se alzaron contra la fila ya irregular
de los redentores y quebraron el muro que formaban. Una brecha se abrió al
contraataque, y entonces Cale volvió a ejercer sus dotes para la brutalidad.
Primero llegó Ben van Brida, un muchacho de dieciocho años de tupida barba,
lanzando potentes gruñidos mientras se balanceaba dos veces ante el chico que
tenía delante. Así lo estuvo haciendo hasta que Cale le atravesó la garganta,
justo por debajo de la barbilla, con el cuchillo, cuya punta volvió a salir por
la nuca. Pero Cale había clavado el cuchillo con demasiada fuerza: al penetrar
en la médula espinal, la hoja del cuchillo se había quedado atascada en el
hueso, y la caída de Van Brida se lo arrancó de la mano. Cale se agachó ante el
primer golpe del siguiente atacante, y de otro más: ninguno de los dos parecía
dispuesto a aguardar su turno, así que embistieron contra él a la vez. Cale no
retrocedió, sino que se acercó a ellos, agarró al hombre de la izquierda por la
cintura, y haciéndole perder el equilibrio lo giró contra el segundo atacante,
utilizándolo como escudo contra un nuevo golpe. Pisó con toda su fuerza en el
empeine de su enemigo, de nombre Frans Arnoldi de Nakuru, que lanzó un grito de
dolor ante su pie roto. Cuando cayó al suelo, Cale le echó encima al otro
hombre, que se tambaleó hacia atrás sólo para verse apuñalado por un purgator
que llegaba. La puñalada le alcanzó el hígado y le produjo la muerte
instantánea. Tuvo mucha suerte: son pocos los que mueren tan rápido en una
batalla. No había tiempo para dar las gracias mientras Cale terminaba con
Arnold, el del pie roto: éste extendió ambos brazos gritando «¡No!». De poco le
sirvió: el golpe de Cale le cortó la columna vertebral, que va del cuello a la
rabadilla. Entonces el siguiente hombre se lanzó contra Cale, tan sólo para
recibir una muerte inevitable: Juanie de Beer, que había luchado
encarnizadamente en el Camino de la Corrida y se había ganado el sobrenombre de
Amargo Final, recibió un golpe de Cale justo por encima de los genitales. Se
tragó todo su valor, retorciéndose en la arena en plena agonía. Entonces Cale
ordenó a los purgatores que estaban detrás que cerraran la brecha que se había
abierto ante él.
Los folcolares dejaron de atacar por unos instantes. Asustados por la
brutal agresividad del muchacho que tenían ante ellos, se habían quedado con la
boca abierta, como campesinos al ver pasar a un gran cardenal. Parecía que no
necesitaba a nadie, de tan espantosa y tan natural como era la ira que
descargaba contra todo aquel que se enfrentaba a él. Reaccionando a sus gritos,
los purgatores se apresuraron a rodearlo mientras volvía a empezar la avalancha
de atacantes. Cale retrocedió, con recelo, consciente de nuevo del peligro en
que se veía a causa de las lanzas cortas que de una en una o de dos en dos
trazaban una curva en el aire hasta clavarse en el cuerpo de los monjes que
estaban tras él. No existe ningún sonido como ése, ni siquiera lo había entre todos
aquellos gritos y chillidos; ninguna flecha ni saeta se parece al latigazo como
ese ruido sordo de la jabalina que va a detenerse de pronto en la carne y la
sangre.
Avanzó unos pasos para evitar las lanzas, utilizando a los purgatores como
muro protector. Pero la hondonada en la cuesta que había protegido a los
folcolares no estaba lo suficientemente resguardada de los arqueros de la cima
de la colina. Tenían que mantenerse en pie para repeler el ataque lateral, pero
eso los dejaba expuestos a las flechas. Cercados y apretujados por el muro que
formaban los hombres de Cale, la hondonada a treinta metros de la cima, que
hacía poco parecía prometerles la victoria, les convertía ahora en una presa
fácil.
Fue el Predikant Viljoen, sermonero de Enkeldoorn, quien comprendió que su
única posibilidad residía en romper y atravesar el muro de redentores y
mezclarse con ellos en la lucha de tal modo que los arqueros de la colina
tuvieran que dejar de disparar flechas.
El infierno era la gran pasión de Viljoen: sus sermones solían erizar los
pelos de la espalda a toda su congregación y ponerlos como las púas de un
puercoespín atemorizado. En aquel momento, él mismo repartía infierno a
paladas. El Predikant, cuyo tamaño era el de hombre y medio de los demás
folcolares, y tenía la cara como un plato de los grandes, y orlada con una
buena barba, llevaba consigo, como todos los folcolares, un tipo de pala
pequeña que se usaba en el Veld para todo, desde cavar agujeros a sacrificar
animales. Era un pala ligera, con el mango de bambú y terminada en un cuadrado
de acero afilado por los tres lados. Afilados con piedra basáltica, los bordes
de la pala que blandía de un lado a otro rebanaban hombros, caderas y rodillas.
Fue con la pala como el Predikant rompió el muro de los purgatores,
gritando a su rebaño que lo siguiera, blandiéndola de lado a lado con habilidad
y santa locura. A uno de los redentores le rebanó la parte de arriba de la
cabeza como hubiera hecho una dama de Menfis con el huevo pasado por agua de su
desayuno. Fue una muerte piadosa e instantánea que consternó a los redentores
de uno y otro lado, que vieron desaparecer su valor en el mismo instante en que
caía al suelo su compañero. A continuación el Predikant le hundió la pala a
otro en pleno rostro con un golpe directo y frontal, partiéndole dientes y
mandíbula y seccionándole la lengua. Con el siguiente golpe cortó un brazo, y
con el otro un pie. Ahora la brecha que necesitaba ya estaba abierta, pero él
seguía repartiendo mandobles a diestro y siniestro, no como un buey o un oso,
sino como un pastor al que el Señor hubiera dado orden de hacer sitio en el
séptimo círculo del infierno. Cale había retrocedido hacia la izquierda: se
daba cuenta de cuándo Dios y la naturaleza conspiraban juntos en santa
violencia, y que se las veía con un hombre que se comportaba como un huracán.
Lanzando un rugido de cólera y soberbia, el Predikant siguió asestando
mandobles. Los folcolares avanzaban ahora tras él con el corazón fortalecido y
el valor en aumento. La pala mordía como un perro, rajando manos, abriendo
caderas al ser blandida en el aire como hace un carnicero con su cuchillo
recién afilado. El Predikant abría costillas y éstas dejaban caer a la tierra
hígados y pulmones: ni siquiera los animales morían de manera tan cruel. Pero
el Predikant seguía su rumbo, acompañado por los demás folcolares, que se
extendían tras él, mientras Cale se mantenía a distancia, tras los
aterrorizados purgatores.
Cale buscó una salida, meditó la posibilidad de huir… Había llegado el
momento en que todas las posibilidades quedaban abiertas. Aquél era el lugar
donde el camino se bifurcaba, donde se encontraban dos hados. Y a continuación
llegó el error: invocando a Dios, el Predikant encontró los ojos de Cale, y la
vanidad acabó con él. La vanidad de Cale y la suya se enfrentaron al
encontrarse por un breve instante sus miradas. El Predikant mostró su desprecio
ante alguien que no era más que un muchacho sin importancia. Cale se volvió al
tiempo que una lanza corta pasaba a su lado para ir a clavarse en el tobillo de
un purgator que se había dado la vuelta para echar a correr. Cale la extrajo
del pie del desgraciado como si fuera un regalo que le entregaban los cielos.
Mientras el Predikant rasgaba el estómago de un pugator que se había quedado
para luchar en vez de huir, Cale cogió la jabalina y extendió el brazo derecho
hacia atrás, equilibrándolo con el izquierdo, que proyectó hacia delante.
Avanzó dos pasos y la arrojó.
Nada de cuanto hayáis visto habrá tenido nunca tal gracia ni tal fuerza, en
una serie de equilibrios combinados para conseguir la perfección. Jamás una
serpiente ha clavado sus colmillos con tal instinto. La lanza alcanzó al pastor
justo sobre la ingle, partiéndole la vejiga y rompiéndole la pelvis hasta
emerger por una de las nalgas. El Predikant cayó al suelo gritando de agonía.
Su sangre y su orina se derramaron en la arena como el vino y el agua, y
elevaron el vapor resultante. Cale lo recordaría siempre. Ahora estaba gritando
y los apremiaba a seguir avanzando.
Dos de los folcolares, que habían visto que su pastor moría a manos del
muchacho que lanzaba los bramidos, se dirigieron inmediatamente hacia él
impulsados por el deseo de venganza. Pero sólo uno lo consiguió, pues el otro
fue atrapado por los purgatores, que habían recuperado el valor. El hombre
lanzó un golpe que habría cortado a Cale por la mitad de haberlo alcanzado.
Pero cada vez más frío, Cale veía a su oponente como un hombre que juega con
niños a la lucha, propinando golpes torpes, desgarbados y burdos. Las flechas
caían cerca, y una casi le alcanza. Al atrapar su atención, le hizo perder por
un instante la conciencia de lo que tenía entre manos. El ruido de los metales,
gritos y gañidos lo acercaron a la tierra, y lo abandonó la destreza de la lucha.
Entonces, al ver que se encontraba ante un muchacho que flaqueaba y no un
ángel, el hombre ganó confianza y le lanzó un puntapié.
La patada pasó al lado de Cale, que le sacudió otra a su vez dirigida al
pie en que se sostenía, y a continuación lo agarró por la cintura y lo tiró
sobre la arena, cayendo con él. Fue inmensamente largo el segundo durante el
cual Cale, tomándose su tiempo y torciéndolo hacia atrás, cogió su cuchillo.
Lucharon ahogando gritos y lanzando suaves gruñidos. Cale desplazó su peso para
agarrarlo mejor. Entonces reunió fuerzas y asestó el golpe.
El jefe tembló, y seguía temblando cuando Cale se puso en pie y echó un
vistazo para calibrar el peligro, que el pareció tan escaso como pudiera ser en
una batalla. Los folcolares habían perdido empuje con la muerte de su
Predikant, y retrocedían. Las flechas volvían a caer desde la colina. Los
purgatores presionaban. Al cabo de cinco minutos, todos los que no habían huido
estaban muertos. En cuanto a los detalles de la matanza, ni siquiera el
Predikant Viljoen había descrito los dolores del infierno de manera tan vívida.
Las moscas ya ponían sus huevos en las bocas de muertos y moribundos.
Y de este modo, en una colina de mierda, una escaramuza entre menos de
doscientos hombres en un lugar que no tenía nombre hasta que se lo dieron los
repetidos fracasos de los redentores, todo un mundo cambió en menos de lo que
tarda uno en tomarse una taza de té.
Para los folcolares las cosas fueron de mal en peor. Cale no fue el único
en cometer un error garrafal en el Vado del Zopenco. El folcolar Maister,
observando desde el oeste, no podía ver el ataque de Cale, pero sí podía ver el
comienzo de la carga colina abajo ordenado por el centenario en su apoyo. La
información más reciente que le habían llevado decía que su hombres se
preparaban para tomar la colina, y que el éxito era seguro. Los redentores que
podía distinguir agrupados sobre la cima, así como los que no podía ver,
estaban, por lo que a él le parecía, inmersos en un intento desesperado y
suicida de recobrar una posición ya perdida. Ansioso de aprovechar la ventaja
de lo que de modo completamente razonable él veía como un terrible error, el
folcolar Meister ordenó a sus tropas cruzar el río delante de la colina y
atacar el Vado desde dentro de la U. En cuanto el centenario retiró sus tropas
y Cale estableció una nueva defensa más abajo, los folcolares atacantes
descubrieron que se las estaban viendo con otro tipo de redentores. Las
flechas, provenientes de la colina que creían que ya estaría tomada para
entonces, los pillaron por la retaguardia y desde lo alto, de modo que
constituían un blanco muy fácil. Los pocos que se refugiaron en las trincheras
con los falsos redentores no sobrevivieron mucho tiempo. Luchar en las
trincheras era el tercer punto fuerte de los redentores. Los folcolares
recibieron tanta compasión como la que habían mostrado con los redentores hasta
entonces.
Sufriendo pérdidas tan importantes, y desconcertados por el peculiar modo
en que los redentores luchaban, los folcolares se replegaron e intentaron
emplear los morteros situados en un lateral del cerro para cubrir su retirada.
Fue entonces cuando entraron en juego los padres arqueros que Cale había
colocado en la cumbre del cerro. Desde aquel punto que ya era completamente
seguro, los arqueros liquidaron a la mitad de los artilleros antes de que a
éstos les diera tiempo a comprender que ni podían defenderse ni llevarse de
allí los morteros. Abandonándolos allí, huyeron para unirse al resto de los
folcolares que había escapado.
Cale había tomado aquel día todas las decisiones correctas, salvo una que
habría hecho completamente innecesarios su brillantez y su valor. Era una
especie de lección, pero no sabía bien de qué tipo: tal vez lo único que cabía
aprender es que no había que cometer ningún error nunca.
Se subió caminando a la cima de la colina, donde lo aguardaba Gil. De todas
partes surgían vítores y bendiciones. Provenían de hombres a los que
despreciaba, pero a los que ahora había salvado arriesgando su vida. Dependían
completamente de él tanto como, ahora lo comprendía, él dependía de ellos.
Gil se inclinó ante él levemente pero de tal forma que Cale pudo notar un
cambio profundo.
—Os habéis granjeado su veneración —le dijo—. A los hombres, por muy
degenerados que sean, les resulta difícil no amar a alguien que los ha salvado
dos veces.
—Bueno, estamos casi igualados.
Cale se metió en la trinchera y miró la colina desde allí. Cuando había
elegido el emplazamiento se encontraba a lomos del caballo, a más de dos metros
de altura del suelo, desde donde tenía una clara perspectiva de toda su
longitud. Sin embargo, al nivel del suelo era evidente que había un bulto en
mitad del terreno dentro del alcance de las armas, un bulto que significaba que
incluso a veinte metros de distancia había suficiente cobertura para poder
atacar la trinchera a resguardo de las flechas. Se sorprendió de su propia
torpeza. ¿Cómo era posible, cuando había acertado tanto en todo lo demás, haber
metido la pata de aquel modo en aquel detalle?
—Se merecen que les pida perdón —le dijo a Gil, y pese a todo su odio hacia
los purgatores, lo decía de verdad.
—¡Punto en boca! —dijo Gil con firmeza, y a continuación, preocupado por su
propio atrevimiento, añadió humildemente—: Señor.
—Los purgatores se dan cuenta de mi equivocación.
—Los purgatores se dan cuenta de que organizasteis el campo de batalla de
tal manera que han podido conservar la vida, y también de que acudisteis en su
ayuda cuando las cosas se pusieron feas. Ha pasado mucho tiempo desde la última
vez que todos ellos salieron triunfantes de una empresa. Han vencido. Ahora son
vuestros. Vos cometisteis un error y lo enmendasteis, ¿qué más puede hacer un
general?
—No recuerdo que fuerais tan indulgente en el campo de entrenamiento de los
Mártires.
—«Entrenamiento duro, lucha blanda».
—Entonces, ¿todo aquello era sólo por mi bien?
—Estáis vivo y habéis resultado vencedor, así que yo diría que sí.
—He enviado exploradores para asegurarme de que los folcolares no regresan.
Tendréis que hablar con ellos.
—No: hablaréis vos.
—No, señor.
Y de ese modo, diez minutos después Cale se colocaba sobre una peña, en el
centro de la U, tratando de impedir que su voz trasluciera nada del odio y del
resentimiento que le inspiraban aquellos hombres. Pero ellos no necesitaban
mucho. Él había arriesgado su vida por ellos y ellos habrían sobrevivido a una
muerte cierta.
Para entonces, Hooke había descendido a pie de la elevación y había
escuchado los vítores de los redentores y las reluctancias del muchacho al que
estaban deseando adorar. Todos sus deseos estaban puestos en lo que para ellos
era la pizarra en blanco de Thomas Cale. En cuanto hubo terminado de hablar,
Cale le dijo de mal humor a Hooke que inspeccionara los morteros que en esos
momentos traían de la montaña y le llevara un informe en una hora. Hooke
inclinó la cabeza de modo un poco burlón.
—Yo no me preocuparía por ser fiel a la gente que uno odia. Hay muchos
tipos distintos de lealtad, señor Cale —le dijo—. Está la lealtad, por ejemplo,
que el porquero le debe al cerdo.
Y como estas palabras dejaron mudo a Cale, Hooke se dio la vuelta para
bajar a inspeccionar los morteros.
Una hora después, Hooke presentaba su informe. Tenía en la mano una enorme
asta de un metro aproximadamente de largo. Alrededor del asta, habían atado
cuidadosamente diez dardos más pequeños.
—Las ataduras están hechas con cordel ordinario trenzado con goma. ¿Sabéis
lo que es la goma, señor Cale?
—No.
—No me sorprende. Condamine pretendió mostrársela al Papa en Aviñón, pero
el arzobispo quiso arrestarlo por brujería, porque decía que repelía el agua de
manera antinatural.
—¿Y qué tiene que ver con esas ataduras?
—Nada. Pero la goma también se estira.
Tiró de un trozo de cordel y lo alargó un poco, lo suficiente para
demostrar lo que decía.
—Una vez prendida por el mortero, una hebra sujeta con cera a la saeta
suelta el cordel de goma y éste se desenreda, según me parece, en cosa de unos
cinco segundos. Los diez dardos simplemente se desprenden siguiendo la
trayectoria hacia el suelo de la saeta principal. Hay algún detalle más, pero
el principio básico es ése.
—¿Podríais reproducirlo?
—No veo ninguna dificultad.
—Entonces hacedlo.
—… Salvo una.
—¿Sí…?
—No es cuestión de ingeniería, sino de teología. Al Papa no le gusta la
goma. No ha habido ningún infalible veto pontificio urbi et orbi concerniente a la goma como tal, pero hay muchos
recelos sobre las sustancias flexibles, a las que consideran no naturales. El
intento de arrestar a Condamine supone que en el derecho canónico común el uso
de goma puede ser prima facie
evidencia de prácticas de brujería.
—¿Estáis seguro?
—Estoy seguro de que no estoy nada seguro; y además estoy seguro de que yo
no correría el riesgo si pudiera evitarlo. Vos, sin embargo, estáis en mejor
posición. Tal vez Bosco pueda emitir algún tipo de resolución temporal. Aunque
creo que él y el Cardenal Parsi están enfrentados.
Cale lanzó un suspiro.
—¿Cómo estáis tan bien enterado?
—¿Cómo no lo estáis vos?
—Si estáis tan bien informado, señor Hooke, ¿cómo es que me necesitasteis a
mí para salir de prisión?
—Touché, señor Cale. Sin embargo,
hay más de una manera de desollar un gato.
—¡No me digáis…!
—He estado trabajando en una máquina que es un proyecto muy querido.
—Pensé que eran las máquinas las que os habían llevado a la Casa del
Propósito Especial.
—Así es.
—Por tanto, si estáis dispuesto a correr el riesgo de ser acusado de
sacrilegio, ¿por qué teméis la acusación de brujería?
—Porque no me importa morir por esa máquina, pero sí hacerlo por un hilo de
goma. Si voy a afrontar la muerte, me gustaría obtener algo a cambio.
—¿Algo a cambio? Bosco me explicó que el castigo prescrito por construir
máquinas sacrílegas era ser despellejado en vida y a continuación introducido
en un tonel de vinagre.
—La mera suma de años a la vida no constituye vida.
—Intentaré recordarlo. Pero vos recordad esto: me debéis hasta los dientes,
señor Hooke.
—Y no soy desagradecido.
—¿Eso quiere decir que sois agradecido?
—Está dentro de la naturaleza humana que cada uno luche por su propio
interés, no importa lo en deuda que esté con los demás.
—Bueno, veamos, ¿para qué sirve esa máquina?
—Como tal, no sirve para nada. Es una máquina que estoy haciendo por
motivos de filosofía natural. Me interesa descubrir la naturaleza de las cosas.
Pero antes de que me reprendáis, os diré que esta especulación natural tiene al
menos un uso práctico que se desprende de la pura investigación. ¿Me estáis
escuchando?
—¿Tenéis amigos, señor Hooke?
—Ninguno con el poder suficiente.
—Si pienso que estáis tratando de tomarme el pelo, me desharé de vos.
—Me parece bien, señor Cale.
Cale sonrió y le hizo un gesto para que se sentara. Hooke lo hizo así, pero
además se inclinó hacia delante para dibujar un círculo en la tierra.
—Imaginaos este círculo, pero de sesenta metros de diámetro y consistente
en un tubo completamente cerrado hecho de bronce endurecido. Yo estoy
convencido de que toda la materia está compuesta de una sola partícula, un
átomo, que es como lo he llamado, del que se componen todas las cosas (la
tierra, el aire, el fuego y el agua), y que a única diferencia en las materias
estriba en los diversos modos en que la naturaleza combina esos átomos. Pero de
ahí se sigue, si mi idea es correcta, que una gran fuerza podría deshacer la
obra de la naturaleza en la disposición de los átomos. Mi propósito es
encontrar una manera de fabricar la sustancia más pura de la tierra y formar
dos bolas de esa sustancia para dirigirlas una contra la otra desde los
extremos opuestos de este tubo circular, y con tal energía que cuando esas dos
bolas colisionen se rompan una a la otra en los átomos que forman su materia y
la materia de todas las cosas.
—¿Cómo sabéis que existen los átomos, si necesitáis eso para demostrarlo?
—¡Ah! —exclamó Hooke—. Vos no sois sólo un general de habilidad muy precoz.
Sois un muchacho sumamente inteligente.
—Ese amigo del que os he hablado me dijo que cuando uno se pone a halagar a
alguien, es mejor cargar las tintas. ¿No lo conoceréis por un casual?
—No todos los halagos son sinceros, señor Cale.
—Proseguid.
—He llegado a la existencia de los átomos a través de especulaciones
matemáticas. —Calo lo miró—. Veo que no dejáis de sorprenderos. Sin embargo, yo
tengo la fe y los números a mi favor. Pero incluso si estuviera equivocado, eso
no importaría. El problema que estoy afrontando y aún tengo que resolver es
cómo juntar las dos bolas de sustancia pura con tal fuerza que se escinda lo
que está unido por naturaleza. Fue la búsqueda de un medio de propulsar un
objeto pesado a una velocidad muchas veces superior a la de una flecha lo que
me llevó a la Casa del Propósito Especial y me puso tan cerca de esa sórdida
muerte de la que, lo admito de buen grado, sólo vos me habéis salvado.
—Suficiente.
—Me había pasado cerca de dos años trabajando sobre una fórmula de un polvo
explosivo originario de China. Sólo tenía una pizca de esos polvos, la mayor
parte de los cuales me vi obligado a utilizar para asegurarme de que
funcionaba. Pero la fórmula era muy burda, y sólo incluía los ingredientes y
unas leves pistas de cómo podían combinarse, poca cosa. Hice muchísimas pruebas
sin obtener resultado, pero unos meses antes de ser arrestado, coseché cierto
éxito. Conseguí una mezcla que producía grandes destellos, con mucho humo y
luz, pero poca fuerza. Sin embargo, fue suficiente para aterrorizar a mis
ayudantes, que se fueron de la lengua y hablaron ante personas que tenían mucho
interés en escuchar. Vinieron los redentores y encontraron los polvos y…, bueno,
también una o dos cosas más difíciles de explicar a gente de esa calaña.
—¿Como por ejemplo…?
—Un cadáver. Nada indecoroso, lo había conseguido del verdugo. Yo
consideraba que diseccionar cadáveres era una zona gris… religiosamente
hablando.
—¿Y ellos no?
—Resulta que, en términos religiosos, la noción de zona gris es lo que
llamaríamos una… zona gris.
—¿Cuál es ahora vuestro propósito?
—Si puedo contar con vuestra protección en el asunto del desarrollo de los
polvos chinos y además con el dinero suficiente, nos beneficiaremos ambos.
—¿Cómo?
—Si consigo disparar dos bolas de una sustancia pura una contra otra,
también podré disparar una bola de hierro contra un hombre. Pensad en los
resultados de una máquina semejante. Un hombre que llevara tal aparato, aun
cuando sólo pudiera utilizarlo una vez, no podría dejar de herir o matar a un
enemigo, o más de uno. Pensad qué efecto produciría. Después podría desechar el
aparato y luchar como cualquier soldado normal, pero habiendo ya matado o
herido a un número equivalente de sus oponentes en el primer momento de la
batalla.
—Supongo que os falta mucho para conseguirlo.
—Tal vez. Pero concededme el sitio y los medios y lo conseguiré.
—¿Y cómo sé yo que no me estáis tomando el pelo?
—Conozco mis obligaciones— repuso Hooke, algo molesto—. Pero podéis ver que
para culminar la obra de mi vida necesito poder disparar un objeto sólido desde
un tubo de metal. La búsqueda de conocimiento y la invención de una gran arma
pueden ser la misma cosa. La guerra es la madre de todo. Además, si vos os
convertís en un gran general, mi vida estará bajo vuestra protección. ¿Me
equivoco?
—Mientras no me toméis por un idiota, no. Vos podríais aprovecharos de mi
ignorancia en estos asuntos una vez, pero si intentáis jugar conmigo os
pescaré. Y entonces os quedaréis cabeceando como una cebolleta en un tarro de
vinagre. ¿Me entendéis?
—Vuestras amenazas no son necesarias.
—Yo creo que sí lo son. ¿Me habéis visto hoy luchando en la colina?
—Sí.
—Yo no albergaba fuertes sentimientos hacia esos hombres, ni a favor ni en
contra. ¿Qué son para mí los folcolares? Y, sin embargo, a pesar de todo, ahora
están muertos. Queda tanto de ellos como si nunca hubieran existido. Pensaré en
ello. Ahora estoy cansado.
9
Para entonces Kleist llevaba casi un mes viviendo en los Quantocks con los
cleptos. Había costado algún tiempo persuadirle de que allí estaría seguro.
Aunque nunca había oído hablar de ellos, sí había oído hablar de los Quantocks
y de la tribu malhumorada y desconfiada, los musulpanes, que habitaba a los
pies de sus colinas. Los había visto una vez en Menfis, y le habían aconsejado
que se mantuviera a distancia de ellos, y en especial de las escasas mujeres
que llevaban para que arreglaran las alfombras de los más ricos., y dibujaran
diseños para otras nuevas: «Acércate a sus mujeres y te matará sin calibrar las
consecuencias. Y con lo salvajes que son, matarán también a las mujeres, sólo
por si acaso».
Lo alarmante era que Daisy confirmaba que era cierto, y que aún se quedaba
corto el que se lo había dicho.
—Los musulpanes son fanáticos, locos, malos y perversos. Odian a sus
mujeres y las tratan como perros, con el beneplácito de su religión, que les
asegura que ellas son putas y embusteras, y Dios ha dispuesto que las esposas e
hijas contengan todo el honor de los hombres en un cuenco que tienen en el
hígado, que en cuanto se vierte, se pierde, y el único modo de recuperarlo es
matando a la mujer y empezando de nuevo. ¿Os cabe en la cabeza Aunque nunca la
hayan violado, la estrangulan de todas formas. terrible.
—Los cleptos no serán así… —aventuró el preocupado Kleist.
—¡No, por Dios!
—¿Por qué?
—Porque no estamos locos por una idea, y porque vinimos a los Quantocks y
los echamos hace mil años.
—O sea que sois como los Materazzi, no demasiado religiosos…
—No: nosotros somos muy religiosos.
Eso fue un disgusto para él.
—¿Cómo? —preguntó con todo su gozo en un pozo.
Por la descripción que ella hizo de su fe, pese a la manera en que
aseguraba que era algo muy importante para ellos, no le pareció que la cosa
llegara a tanto. La religión no parecía refrenarlos gran cosa, según pudo
colegir . Ponía mucho énfasis en la distinción entre comer animales puros e
impuros, animales estos últimos que a Kleist le pareció que de todas maneras
nadie querría comerse. Estaba estrictamente prohibido comer murciélagos, por
ejemplo, así como cualquier bicho que se arrastrara o serpenteara. Comer arañas
significaba que estaba uno impuro durante quince días, y si Kleist hubiera
sentido tentaciones, que no las sentía, de volver a sus antiguas habilidades de
carnicero, las consecuencias habrían incluido un exilio de seis meses. Su idea
de Dios parecía algo muy remoto. Los cleptos hablaban de él como si se tratara
de un tío rico que en principio era su benefactor, pero que conforme pasaba el
tiempo había ido perdiendo el interés en aquella rama de la familia.
En cuanto a él, no podía desprenderse de la mala conciencia de haber
abandonado a Henri el Impreciso y, aunque eso le preocupaba mucho menos, a
IdrisPukke. La razón le decía que tenía todo el derecho a no arriesgar su vida
de modo tan terrible por gente que no le había preguntado si estaba de acuerdo
en hacerlo. Pero, por otro lado, comprendía que si realmente estuviera tan
seguro de lo justa que era su posición, no se habría ido de noche, como un
ladrón. Con respecto a Cale, sin embargo, no se sentía culpable en absoluto.
—¿Qué me decís de vos y de mí? ¿Qué dirán los vuestros de…?
—No soy una vaca —repuso ella—. Mi padre no me posee. Es una persona
civilizada, y os estará agradecido por haberme ayudado.
Y así resultó ser. Pero pese a la buena acogida, Kleist se sentía incómodo
porque por más esfuerzos que hacía, no lograba comprender la manera de ver el
mundo de los cleptos. No era simplemente que comprendiera la mentalidad de los
redentores porque había vivido tanto tiempo con ellos, pues sentía que les
había pillado muy bien el truco a los Materazzi en tan sólo unas semanas. Y
Menfis estaba lleno de razas y tipos de todo el mundo. Pero ninguno de sus
encuentros con aquellas extraordinarias razas de Menfis le había dejado aquella
vaga sensación de pérdida que le invadía continuamente en los Quantocks. Los
Quantocks eran un acertijo en piedra caliza, un espacio acribillado de
desfiladeros, de simas y de intransitables salientes rocosos. Por todas partes
había rincones secretos que perforaban los elevados precipicios proporcionando
un escondrijo o un lugar en el que esconderse antes de atacar. Desde ellos los
cleptos perturbaban el comercio mediante el saqueo, el robo, el asalto y el
atraco, desposeyendo, confiscando y generalmente privando a los transeúntes de
todo menos de la ropa que llevaban puesta, y a veces incluso de ella. Su
irreprimible afición al robo llegó a ser tan notoria entre los moradores de los
alrededores (éste era el único término, aparte del ofensivo musulpanes, que los
cleptos utilizaban para atacar a las ricas y antiguas culturas a las que
robaban), que a cualquier ladrón le daban el nombre de «cleptómano». De vez en
cuando, las otras tribus de las colinas decidían que la rapacidad y el nivel
general de molestia ocasionado por los cleptos ya no podía tolerarse, y
organizaban una expedición conjunta de castigo en el laberíntico e inaccesible
corazón de los Quantocks.
No habían pasado más de tres semanas desde que Daisy lo llevara a ese
corazón de los Quantocks cuando Kleist tuvo su primera experiencia de lo que,
para él, era su modo tan peculiar de hacer la guerra. Kleist no tenía ninguna
intención de ofrecer voluntariamente sus servicios, y se había enfurecido con
Daisy porque había alardeado de su épica brutalidad contra el clan de
Donaldson. Su principio, a partir de Menfis, era el de mantener la boca cerrada
con respecto a todo lo que poseía en términos de bienes y servicios que podían
ser útiles a otros, y le pidió que ella hiciera lo mismo a partir de entonces.
—¿Por qué? —preguntó ella con cara de asombro.
—Porque no quiero verme colocado en la vanguardia para que vean si me pongo
a matar como un loco.
—Os preocupáis demasiado.
—Gracias a eso sigo con vida.
—Nadie va a pediros que hagáis nada. Eso no tiene nada que ver con vos.
—Espero que no se os olvide lo que acabáis de decir.
Cuatro días después se encontró, por específica invitación del padre de
Daisy, sentado sobre una gran roca caliza que (tal como había comprobado)
contaba con muchas vías de retirada, y con Daisy al lado, que estaba eufórica
pero no nerviosa. Estaban observando un valle que había a sus pies de unos
doscientos cincuenta metros de anchura, cerrado en ese sentido por un tosco
muro que habían construido los cleptos. Había unos quinientos cleptos en
posición, yendo de un lado para otro, hablando, riéndose y actuando como si no
les preocupara nada en la vida. En la otra punta del valle había una fuerza de
musulpanes que sumaría unos mil hombres. Esperaron media hora y entonces
avanzaron en orden cerrado, con las lanzas y los escudos plateados que
brillaban al sol. A doscientos metros se detuvieron, y entonces fue cuando los
cleptos empezaron a prestarles un poco de atención, que revistió la forma de
interminables gritos y plásticos insultos a propósito de las prácticas sexuales
de los musulpanes con animales, la fealdad de sus madres y lo putas que eran
sus esposas e hijas. Fue esto último lo que pareció encender una furia
histérica en los musulpanes. Algunos de ellos, de hecho, estaban tan dominados
por la rabia ante estos insultos a su honor que rompían a llorar y se
arrodillaban y empezaban a echarse tierra sobre la cabeza. Esto se había
convertido en una rutina. Desde un lado del muro defensivo del valle, una
docena de cleptos gritaba un nombre: «¡CARMINA!», y otra docena del otro lado
del muro respondía a su vez: «¡LO HACE DETRÁS DE LA MINA!» y de nuevo:
«¡INÉS!», respondido por un coro de: «¡LE GUSTAN DE TRES EN TRES!». Pero la
mayor reacción le pareció a Kleist que la provocaba el menos ofensivo de todos:
«¡CARMELA!». A lo que una voz de infrecuente claridad respondía: «¡TIENE UN
RATÓN ENTRE LAS PIERNAS!». Esto dio en el clavo con uno de los musulpanes, que
empezó a gritar de furia ante la precisa descripción de su infortunada esposa,
y al instante empezó a correr de modo suicida hacia la línea frontal de los cleptos.
Afortunadamente para él, en su histérica carrera tropezó en una piedra y antes
de que pudiera ponerse en pie, media docena de amigos y parientes lo agarraron
y lo llevaron de vuelta a rastras entre ruidosas protestas.
Costó unos buenos diez minutos restaurar el orden general. Pese a que se
estaba riendo, Kleist no quería sufrir las consecuencias, y se volvió hacia
Daisy:
—¿No te parece que puede ser una equivocación tensar la cuerda de ese modo?
—Daisy se encogió de hombros y no dijo nada. Pero entonces comenzó el
ataque de los musulpanes, que avanzaron en buen orden, impresionantemente
disciplinados, como conocedores de lo que se traían entre manos. A Kleist le
pareció que algo sangriento se avecinaba. Se erguían lanzando insultos, como
flechas en el monte Silbury. Y entonces llegó la carga final de gritos. Los
cleptos lanzaron una sarta de flechas no muy impresionante y completamente
imprecisa, se volvieron y echaron a correr. Daisy saltaba arriba y abajo, dando
palmadas de puro contento mientras los cleptos corrían para meterse en los
desfiladeros interminablemente serpenteantes del final del valle. El tosco muro
de piedra retrasó un minuto a los musulpanes, lleno como estaba de trampas por
el lado de fuera, afiladas astillas de bambú ocultas en agujeros que muy bien
podían rebanar un pie, serpientes venenosas en las grietas de los muros, y
miles de arañas vertidas sobre los muros justo antes de que los cleptos echaran
a correr. Ninguna de ellas era venenosa, pero las arañas eran impuras para los
musulpanes, que no tenían permitido tocarlas. Para cuando se reagruparon y
empezaron a seguir a los cleptos, la mayoría se había perdido ya de vista,
salvo por los valientes jóvenes que se quedaban en lo alto del desfiladero para
gritar aún más insultos. No se quedaban allí demasiado tiempo, ya que algunos
de los enfurecidos musulpanes corrían tras ellos, recibidos por el lanzamiento
de piedras de los promontorios calizos que penetraban como dedos en los desfiladeros.
Pronto comprendieron que la caza podría resultar tan infructuosa como letal.
—Vamos —dijo Daisy tirando de él desde el promontorio. Regresaron al pueblo
por un camino lleno de recovecos para no ser vistos por ningún explorador
musulpán. Durante todo el resto de la tarde, los cleptos fueron regresando a
cuentagotas de la gran no batalla, encantados consigo mismos y alardeando de su
falta de heroicidad, de la total ausencia de hechos valerosos, y de su completo
éxito por no resistir no digamos ya hasta el último hombre, sino ni siquiera
hasta el primero.
Siguieron varios días de celebraciones en los que se contaron muchas
historias de guerra, cada vez más exageradas conforme se iban repitiendo, en
todas las cuales el que relataba la historia contaba cómo con su astucia había
causado gran confusión en su particular enemigo sin necesidad de afrontar
ningún riesgo frente a él y sin demostrar en ningún momento ni una pizca de
valor. Cada uno de ellos competía en levantar injuriosas declaraciones
concernientes a la manera en que, totalmente a resguardo desde unan sima
inalcanzable o desde lo alto de un promontorio al que no había quien pudiera
trepar, habían engañado y avergonzado a los tontos musulpanes al revelar los
nombres de sus mujeres amadas de tal modo que la pureza sexual de una esposa,
una hermana o una madre podía ser difamada de modos grotescos cada vez más
ingeniosos. Mientras Kleist escuchaba encantado, resultó claro que para los
cleptos la victoria final sobre un enemigo no consistía en derrotarlo hombre a
hombre en heroicos hechos de armas, sino en causar, sin riesgo para uno mismo,
que el ridículo oponente cayera muerto de un ataque al corazón o cosa
semejante, cualquier cosa basada completamente en su credulidad en lo referente
a la honra de su parentela femenina y arraigada en aquellas ingenuas mentiras
lanzadas por el clepto. Pero, pese a lo divertido que le parecía todo aquello,
Kleist no dejaba de asombrarse. El hecho es que mientras la filosofía militar
de los cleptos le atraía precisamente porque iba contra todo lo que los
redentores le habían enseñado en materia de dolor, sangre, autosacrificio y
sentido del deber, le desconcertaba exactamente por la misma razón: que iba
contra todo lo que los redentores le habían enseñado.
El pueblo de Daisy, el Soho, estaba rodeado por un camino sombreado por
olivos expresamente plantados, por donde los cleptos caminaban en pareja cada
noche y hablaban de todo lo habido y por haber. Kleist estaba muy solicitado
como compañero de conversación, a causa de la inmensa curiosidad de los cleptos
por todas las cosas en general y los redentores en particular, cuyas prácticas
y creencias encontraban completamente incomprensibles y por lo tanto
profundamente fascinantes. Asumían que cada relato de brutalidad, cada
fantasmal historia sobre el cielo y el infierno, cada recuento de los detalles
de la fe que hacía Kleist no era más que una serie de descaradas y entretenidas
mentiras, y había poco que pudiera hacer él para persuadirlos de que había
personas que realmente crecían y actuaban tal como lo hacían los redentores.
¿INMACULADA CONCEPCIÓN? ¡JA, JA, JA! ¿CAMINAR SOBRE LAS AGUAS? ¡JE, JE, JE!
¿REGRESAR DE ENTRE LOS MUERTOS? ¡JI, JI, JI! ¿LAS CUATRO POSTRIMERÍAS? ¡JO, JO,
JO! Unos días después de la lucha contra los musulpanes, era Kleist quien le
hacía preguntas al padre de Daisy, un viejo maleante de buen humor que había
cogido una inmensa afición a su compañía, sin que eso fuera algo en lo que
pudiera confiarse.
—Mirad, Suveri, yo no tengo nada en contra de salir corriendo, pero a
nosotros nos enseñan que ése era el modo más fácil de que lo mataran a uno.
—Pues yo estoy vivo, ¿no? ¿Cuántos funerales veis que estemos preparando
aquí?
—En la mayor parte de los sitios no os escaparíais tan fácilmente. Allí
donde pudiera meterse un caballo, os alcanzarían. Y la infantería también os
alcanzaría, si fuera lo bastante diestra.
—Pero nosotros no luchamos en muchos sitios: luchamos aquí.
—Pero ¿y si tuvierais que hacerlo?
—No tenemos que hacerlo.
—Pero asaltáis.
—Sí, y a veces nos matan. Pero nos traemos a estas montañas lo que robamos,
y si tenemos que detenernos para hacer frente a alguien en campo abierto…,
bueno, pues soltamos lo que hemos afanado y pies para qué os quiero.
—¿Y si os atrapan antes de que lleguéis aquí?
—Supongo que escapamos, o bien no lo hacemos y morimos.
—No se puede ganar una guerra sin quedarse a pelea: eso es un hecho.
—Es cierto, supongo. Pero nosotros no luchamos en guerras. Sólo asaltamos y
robamos. No es asunto mío si los redentores quieren morir por Dios o si los
Materazzi quieren hacerlo por la gloria. Ese tipo de cosas no nos convendrían,
pero en este mundo tienen que haber de todo. —Se rió e indicó con un gesto el
paisaje de rocas calizas que los rodeaban, con sus interminables riscos, simas
y desfiladeros—. Los desiertos hacen fanáticos, eso lo sabe todo el mundo. Pero
un lugar como éste engendra una noble cobardía. Nosotros sabemos dejar en paz a
los demás.
—Pero no dejáis de robarles.
—Eso es aparte. Nadie es perfecto.
Durante los tres meses siguientes, Cale y Gil expandieron la campaña contra
los folcolares dividiendo a los purgatores en grupos de diez, cada uno de los
cuales estaba al cargo de doscientos redentores ordinarios.
En la primera parte de la campaña hubo más derrotas que victorias, pero la
depravada naturaleza de la guerra presentaba la ventaja de eliminar a aquellos
que eran incapaces o estaban poco deseosos de seguir las nuevas tácticas. Para
sorpresa de Cale, la mayoría de los purgatores sobrevivieron e incluso
prosperaron. Eso se debía, suponía Cale, a que habían roto ya con una vida de
completa obediencia, y ése era el principal motivo de que fueran purgatores.
Cale se resistía a aceptar que hubiera algo aún más importante: la adoración
que sentían por él. Gil se daba cuenta de esa adoración, y la veía como una
prueba más del carácter divino del muchacho. Cale no era una persona sagrada,
por supuesto, no era nadie a quien hubiera que reverencias como santo o profeta.
Ni siquiera era, por lo que Gil entendía de lo que decía Bosco, una persona en
el sentido en que lo eran incluso los antagonistas más apóstatas. En cierto
sentido, ni siquiera estaba realmente vivo. No era nada más que la encarnación
de una emoción divina. Tal vez estuviera convirtiéndose en un ángel, alguien
puro en el sentido en que son puras las emociones a las que se da libre
expresión. Todo lo demás que había en él estaba en proceso de desaparecer.
Tenía que ser humano para poder nacer y crecer. Pero esa humanidad ya no era
necesaria, y Gil podía ver en Cale a un muchacho que dejaba de serlo a ojos
vistas. Había destellos ocasionales de eso que uno podría llamar una persona,
se reía ante algo ridículo que acontecía en el campo, o podía uno ver su lengua
sobresaliendo por los labios del modo en que la sacan los niños pequeños cuando
se concentran en una tarea olvidándose de todo, pero esos detalles ocurrían
cada vez con menos frecuencia. No tenía así pues nada de extraño que los
purgatores se sintieran atraídos hacia él e intentaran agradarle aun a costa de
sus propias vidas. IdrisPukke habría dado a aquello una explicación más
terrenal. Cale acaparaba purgatores como quien acapara perlas o diamantes. En
ocasiones, siendo la guerra la injusta y drástica criatura que es, aquellos en
quienes invertía esperanzas recibían una flecha en el pecho, en tanto que los
inútiles prosperaban para exasperarlo un día más. Pero ellos comprendían, aun
cuando se les escaparan sus motivos, que cada uno de ellos era importante para
él, incluso más que importante. A medida que a una semana le seguía otra, y a
ésta otra más, él iba convirtiendo poco a poco las despiadadas derrotas en
empates, y hasta logrando ocasionales victorias. Con el tiempo fue viendo que
su patrón básico funcionaba primero la mayor parte de las veces, después mucho
más a menudo, para por último no fallar casi nunca. Diez purgatores ahora
adiestrados por la práctica y la experiencia tomaban el control de doscientos
redentores. A lo largo del frente, él estableció veintitrés fortines
semipermanentes que habían de ser apoyados por cinco fortines principales, cada
uno dentro de un alcance de ochenta kilómetros. Poco a poco, Cale fue
paralizando a los folcolares, aislándolos en el Veld de tal manera que no pudiera
llegar hasta ellos aprovisionamiento alguno de los barcos antagonistas (aunque
no podía evitar que atracaran en las infinitas ensenadas de la costa). A
caballo, los folcolares podían fácilmente deslizarse de un lado a otro del
frente redentor, pero ningún carro que fuera un poco grande podía pasar sin
usar los caminos controlados por los semifortines, y por los que los folcolares
podían transitar ya muy raramente, y no más que con un convoy ocasional. Hasta
eso le venía bien a Cale. La esperanza, había comprendido hacía ya mucho
tiempo, era lo que de verdad mataba a mucha gente. La esperanza debilita a
aquel al que sólo la inteligente desesperación puede salvar. Pero ni siquiera
la desesperación les hubiera valido de nada a los folcolares.
—Así que —comentó Hooke— vamos a conseguir tablas por ahogar al rey. Ni
victorias para ellos ni para nosotros, aparte de mantener los fuertes.
—Nada de eso —repuso Cale—. Tengo la intención de pasar a la ofensiva muy
pronto.
—¿Cómo lo vais a hacer…? No tenéis las tropas suficientes.
—No, pero pronto tendré el apoyo de dos grandes generales.
—¿Más grandes que vos? —se burló Hooke—. ¿Cómo va a ser eso? ¿Quiénes son
esos prodigios?
—El general Diciembre y el general Enero —aclaró Cale.
Mientras Cale se afanaba en cortarles a los folcolares el aliento vital,
Bosco trataba de resistir a sus adversarios ante el Pontificado, que trataban
de hacer lo mismo con él. En vez de violencia, éstos usaban teología, y su
manera de estrangularlo a uno, en vez de mediante un bloqueo, consistía en
encargar una conferencia.
La cuestión teológica que había de por medio tenía que ver con el agua y el
aceite. Sólo un Dios omnipotente podía salvar de sus bajos instintos y su vil
naturaleza a un ser tan malvado como el hombre. Pese a ello, era un pilar
fundamental de la fe que el Ahorcado Redentor había sido al mismo tiempo Dios y
hombre. ¿Cómo era posible tal mezcla? Hasta fechas recientes el problema había
sido abordado por el procedimiento de ignorarlo, pero el padre Restorious,
obispo de Arden, había removido las cosas predicando la teoría de la Santa
Emulsión: las dos naturalezas del Ahorcado Redentor eran, según aseguraba el
obispo, como el agua y el aceite mezclados y revueltos. Durante algún tiempo de
su vida en la tierra, la mezcla le parecía al observador como un solo fluido,
pero con el tiempo ese líquido se volvía a separar en agua por un lado y aceite
por el otro, ambos claramente definidos. Podían mezclarse, pero siempre se
volvían a separar. «¡Eso es absurdo! —había respondido el obispo Cirilo de
Salem—. La doble naturaleza del Ahorcado Redentor fue como el agua y el vino,
que están separados hasta que se mezclan, pero entonces se vuelven inseparables
de un modo que ninguna fuerza podría revertir».
pese a la amargura de este desacuerdo, ni Parsi ni Gant tuvieron el más
leve interés en avivar el rencor de aquel par de clérigos peleones hasta que,
en un breve periodo de lucidez, el Papa Bento expresó su deseo de aclarar la
cuestión. El porqué de ese deseo es algo que se perdió en las nieblas que
descendieron a su cerebro a la mañana siguiente, pero Gant y Parsi habían
recibido la autorización para establecer una conferencia en la que debatir y
decidir sobre aquella cuestión en el lugar que consideraran apropiado Y vieron
apropiado que la conferencia tuviera lugar en el Santuario, pues el
emplazamiento en que tal conferencia tenía lugar pasaba a estar temporalmente
sometido a las autoridades que presidían la conferencia, y que en este caso
eran Gant y Parsi. Tendrían así pues el derecho de entrar en cualquier rincón
del Santuario, y de hablar con quién quisieran.
Comprenderéis ahora cuán importante había llegado a ser en muchos aspectos
la cuestión de la Santa Emulsión. Por desgracia para Bosco, el golpe mortal de
la muerte de los trescientos hombres significaba que incluso tan gran táctico
se veía sometido a la Ley del Impulso de Swinedoll, que reza que lo que no se
mueve hacia delante, se mueve hacia atrás. Incapaz de tomar el control de los
cinco ejércitos que había organizado, Bosco no pudo hacer otra cosa que
retrasar las decisiones mientras Cale tenía éxito o no en proveer sustitutos.
Forzado a detener sus planes, lo único que podía hacer era retirarse lo más
despacio posible. Bosco tenía influencia en Chartres, pero se trataba de una
influencia frágil, labrada a base de años de muchos favores, con aliados poco
fiables y a los que no era fácil controlar desde el Santuario. Ahora recurría a
aquellos favores que había hecho a sus aliados no demasiado fiables, los
cuales, aunque no lo traicionaban, tampoco se arriesgaban a defenderlo hasta
que quedara más claro cómo se podía desarrollar la lucha por el poder entre
Bosco y los dos cardenales. El plan de Gant y Parsi de celebrar la conferencia
en el Santuario y hacerlo antes de que transcurriera un mes obtuvo un repentino
visto bueno en la Cámara Apostólica y pasó adelante sin ninguna oposición
seria. Todo eso eran malas, muy malas noticias para Bosco. Su única posibilidad
de contraataque consistía en echar mano de la larga lista de personas entre las
que había repartido sus favores. Se estableció un comité en Chartres
debidamente concurrido con aquellos que eran por alguna razón deudores de
Bosco, o bien se hallaban secretamente comprometidos con su creencia en una
reformada Redención. Enseguida se envió una misión al Veld, que confirmó el
gran éxito de Cale. Gant y Parsi hicieron un intento de obstaculizarla, pero
fracasaron. Una razón era que los redentores necesitaban una victoria para
reparar la confianza de los fieles, muy deteriorada por el punto muerto en que
se hallaban las cosas en el frente oriental, y que se había visto más dañada
aún por los rumores de que los antagonistas habían descubierto una mina de
plata en Argento tan rica que con la plata que extraían de ella podían
contratar un ejército entero de mercenarios lacónicos. La segunda razón era que
la teología y la política estaban muy bien, pero para elevar la moral no había
nada como la derrota del enemigo. Y si el enemigo era realmente más un incordio
que una amenaza, entonces a los fieles se les podía convencer de que suponían
un peligro gravísimo hasta entonces menospreciado. Una estrella nueva en el
firmamento era justamente lo que necesitaban, y ahora el nombre de esa estrella
era Cale. Lo increíble que resultaba que alguien tan joven estuviera en
posesión de semejantes habilidades no hacía más que incrementar la sensación
entre los fieles de que el mismo Dios había ofrecido por fin su ayuda.
Con el Veld acordonado a todos los efectos prácticos, Bosco pudo hacer
volver a Cale al Santuario para exhibirlo en la conferencia. Bosco sabía que se
trataba de un juego. Apenas se podía confiar en él, siendo tan crepusculares
sus motivos. Gil, naturalmente, había estado escribiendo a Bosco cada pocos
días, dándole noticias de los fracasos y posteriores éxitos y siempre, siempre,
sus pensamientos sobre el estado de la mente y el alma de Thomas Cale. Las
obras de Cale habían sido ejemplares, pero, ¿qué ocurría en el interior de su
corazón? La preocupación teológica más apremiante para Bosco no era la
naturaleza de la mezcla de lo humano y lo divino en el Ahorcado Redentor, sino
en Thomas Cale: ¿agua y vino, o emulsión infernal?
Bosco había hecho trabajar como mulas a los del Oficio para la Propagación
de la Fe, que habían transmitido la noticia de las victorias de Cale en el Veld
a cada rincón del imperio redentor, poniendo énfasis en las grandes cualidades
del muchacho: su valentía, su astucia, su santidad, su bondad, su compasión por
los pobres. Además habían propagado rumores oficiosos de milagros, historias de
soldados redentores de gran devoción que tras ver a Cale habían tenido visiones
de san Jerónimo redentor, a quien le manaba la sangre de las manso cortadas, y
de san Finlay, que había sido envuelto en una manta impregnada en brea y
después puesto al fuego para que ardiera como la cabeza de una cerilla.
Imaginaos la sorpresa de Cale cuando, sin estar al tanto de nada de esto,
regresó al Santuario desde el Veld por el camino lento y poblado que le había
indicado Bosco. Comprobó que hasta en el quinto pino había gente que se
inclinaba ante él a la orilla del camino para implorarle su bendición, y que
habían caminado durante días simplemente porque habían oído el rumor de que iba
a pasar por allí. En los pueblos y ciudades sometidos a la crueldad de las
razias de los folcolares, hombres y mujeres lloraban de agradecimiento y
prorrumpían en himnos que rememoraban sus martirios y sacrificios.
¡Pese al cautiverio, el fuego y la espada,
sigue viva por siempre nuestra fe heredada!
Los pelos de la nuca se le erizaron de un modo muy desagradable al volver a
oír aquel himno en particular.
Incluso en parajes muy alejados de las incursiones de los folcolares,
sacaban en procesión las estatuas de los santos y santas horcas que no habían
visto la luz fuera de una iglesia desde hacía doce generaciones aparecían al
sol del mediodía. Para escándalo y alarma de Gil los ciegos y escrofulosos se
acercaban a rastras para tocarle el bajo de la túnica o siquiera el pelo del
caballo, con la esperanza de que intercediera por su salud ante el cielo.
En el último y serpenteante tramo del camino del Santuario, Gil apenas
sabía qué pensar. Incluso el distante Cale daba muestras de que algo muy
peculiar estaba ocurriendo en su cerebro, además del horror ante la visión de
los muros del Santuario.
A mitad de la ascensión de la enorme peña en que estaba enclavado el
Santuario, el Oficial de la Mortificación se unió a su columna. Era tarea suya
(tarea que llevaba a cabo con enorme satisfacción), recordar al redentor que
regresaba victorioso el carácter profundamente trivial de todo logro humano. De
mitad para arriba de la peña, así como al atravesar la gran cancela y penetrar
en el Patio del Arrepentimiento, el Oficial de la Mortificación iba susurrando
al oído de Cale:
—Recordad, hombre, que polvo sois y al polvo volveréis. Recordad, hombre,
que polvo sois y al polvo regresaréis.
A la vigésima vez que lo dijo, Cale volvió la cabeza hacia él y le
respondió también en un susurro:
—Cerrad el pico.
El Oficial se quedó tan pasmado al oír aquello que por supuesto se quedó
mudo el resto del camino hasta que llegaron al patio, donde la gran falange de
las seis órdenes de los Caballeros de San Bernabó aguardaba la llegada de Cale.
Entonces el Oficial se sintió lo bastante seguro como para continuar, esta vez
gritando en voz alta para beneficio de los fieles.
—Recordad, hombre, que polvo sois y al polvo volveréis. —Y entonces—:
¡ALTO!
Cale obedeció.
—Volveos hacia mí.
De nuevo hizo lo que se le decía. En la mano izquierda, el Oficial de la
Mortificación sostenía una blanquecina bolsa de lino. Metió la mano dentro, y
cogió una porción del contenido de la bolsa, que eran las cenizas mezcladas de
los veinticuatro mártires de la gran hoguera de Aquisgrán. Elevando aquellas
cenizas hasta la frente de Cale dibujó en ella la forma simplificada de una
horca, como una L boca abajo:
Muerte, juicio, infierno y gloria:
éstas son las cuatro postrimerías.
Sufrimiento, muerte y pecado:
con esto en mi tumba descanso.
Cale miró a su alrededor el gran patio, por una vez iluminado con los
colores de las grandes festividades de los redentores, en las ordenadas filas
de las sodalidades a las que pertenecía cada uno. Estaban los Bon Secours con
sus vestiduras rojas y doradas, los Lazaritos de blanco, con sus Servitores de
cara contorsionada, los Caballeros de la Curia ululando el encanto y la belleza
de la Única Fe Verdadera, Los Necróticos Asfixiados con cuerdas de cáñamo
rodeando el cuello en carne viva. Estaban los Escarlatos con su sombrero hongo
carmesí, la Quincena con sus tirantes verdes y negros, los rostros cubiertos
por una capucha que terminaba en punta, las manso haciendo girar eternamente
las quince cuentas de la lamentación, una a una. Enfrente, de rodillas, se
encontraban los battenos con el cíngulo de la abstinencia alrededor de la
cintura, atado con los siete nódulos de la negación de la carne, y con alubias
metidas en los calcetines. Había fromondos con nitoles cantando aleluyas en voz
grave, peccavos lamentando a pérdida de los muchos y el encuentro de los pocos.
Entonces Bosco empezó a caminar por entre sus filas, con un hisopo en la mano,
rociando sobre ellos las aguas de la aflicción y los óleos de la pena. Se
detenía en uno de cada diez redentores para ofrecerles la sal que representa el
amargo sabor del pecado, y ellos aceptaban la reprimenda con lágrimas en los
ojos. Entonces les colocaba alrededor del cuello un escapulario de cinco
pliegues, yugo del Redentor, carga del Señor, mientras, detrás de él, un turiferario
balanceaba su pequeño incensario perfumando a los fieles con su penitencial
magnificencia.
Y entonces comenzaron los cánticos, las notas bajas de los alimenteri, tan
profundas al oído que parecían originarse en algún punto del estómago y agitar
los intestinos como esa corriente de agua que en el mar pretende arrancaros los
pies del suelo. Entonces aparecieron los tonos más suaves del cantábile, que se
fundían y disonaban y volvían a fundirse como si fueran canciones diferentes.
Después las notas más altas de los más jóvenes, puras como el hielo, le
erizaron a Cale los pelos del lomo con su sonido, que se elevaba hasta el cielo
en un tono tan terrible que le daban ganas de gritar. Después, lentamente,
fueron terminando: primero los agudos de los jóvenes, después los tonos medios,
y por último y gradualmente los bajos, como una tormenta que se aleja hacia el
mar. Era algo más hermoso de lo que pueda imaginarse, y sin embargo a él le
resultaba odioso.
Cuando llegó por primera vez al Santuario, Cale se había quedado
impresionado, sin poder comprender nada, por las extraordinarias vistas y
sonidos de una fiesta mayor, una vasta pero imprecisa fiesta de ruido y color
capaz de aturdir a un niño tan pequeño. Al hacerse mayor, las fiestas empezaron
a clarificarse en el odioso aburrimiento de las ceremonias y en la fuerza de la
música. Aquellos que tenían talento practicaban varias horas cada día donde
otros no podían oírlos. El mismo Cale había sido sometido a la prueba para ver
si su voz tenía cualidades, pero lo habían rechazado con la observación de que
cantaba igual que un gato al que le cortan el cuello con una sierra oxidada. Un
comentario poco amable pero bastante acertado. Así, cuatro veces al año, oía al
coro y a la orquesta tocando, y aprendió a amarlos y odiarlos en igual medida.
¿Cómo podían las almas muertas de los redentores producir algo capaz de
conmoverlo de aquel modo?
Entonces empezó al procesión hacia el interior de la gran basílica, y la
Misa por los Muertos, no por las legiones de los muertos en la causa de la fe,
sino por el alma de los condenados que habían muerto antes de poder oír la
palabra del Ahorcado Redentor y las mil santas horcas del Santuario, grandes y
pequeñas, se habían cubierto de seda púrpura y permanecerían de aquel modo
durante otros cuarenta días, hasta el instante exacto en que todos los
alfileres que las mantenían cubiertas se desprendieran y las telas púrpura
brillaran al revelar las hermosas sonrisas, los miembros torturados, las
heridas y las llagas supurantes del sagrado sufrimiento.
Si la belleza del agnusdéi del patio le había emocionado, Cale disponía de
dos horas de profunda monotonía en el interior de la basílica para sosegarse.
Sin aquella gran música que imponía su dominio, los negros, rojos y dorados de
los altos sombreros y los vestidos de sorprendentes formas, el incienso que
ardí ay las manos que se agitaban en elaboradas bendiciones, resultaban
tranquilizadoramente monótonos y ridículos, empalagosos y aburridos, y calmaban
la furia que le había producido la insultante belleza del sonido de los tres
grandes coros del Santuario. La estupidez y la fealdad de la Plegaria del Odio
Propio era un bálsamo especialmente sombrío para su furia:
Menos que el polvo
que pisan cansados mis pies,
menos que la hierba
verde que crece a mi puerta,
menos que la
herrumbre que mella la espada muerta,
menos que la
necesidad que tienes, Señor, de este feligrés,
aún menos soy yo…
De este modo, se vio imbuido en una mareante mezcla de ira ante la belleza
del canto y abrumador entumecimiento de la Misa por los Muertos, y fue así como
Cale regresó finalmente a sus aposentos. Todo aquello, sumado a lo duro que
había sido el viaje, hacía que lo único que deseara fuera irse a dormir. Pero
Bosco no había acabado con él.
—Lo habéis hecho muy bien. Pero necesito que me digáis: ¿los purgatores
tienen lo que se necesita para vencer?
—Estoy muy cansado.
—Brevemente. Ya hablaremos con detalle más tarde.
—Probablemente. —Al instante lamentó haberle dado a Bosco aquella
satisfacción—. Posiblemente.
—El tiempo apremia, Cale. Tenemos que vencer o morir.
—Más tarde.
—No era mi intención tomar Menfis. Pero sólo porque retengo al viejo
Mariscal y a la mayoría de su familia nos libramos de que su imperio nos ataque
a nosotros. —Eso ya no era cierto, pero Bosco pensó que era mejor no alterar a
Cale haciendo referencia a su huida del Santuario—. No podemos enfrentarnos al
mismo tiempo al imperio Materazzi y a los antagonistas.
—¿No deberíais haber pensado en eso antes?
—No pensaba en otra cosa. Vuestra huida no me permitió actuar de otro modo.
Si no hubierais entrado en la habitación de Picarbo, todo habría sido
diferente.
—Vos me enviasteis allí.
—Efectivamente. Pero estáis empezando a comprender por vos mismo que casi
todo lo que sucede, para bien o para mal, tiene su origen en una metedura de
pata.
Cale se rió.
—¿En una metedura de pata vuestra…?
—No.
—Necesito dormir.
—Muy bien. Pero para despejaron algunas dudas: vos y yo estamos unidos con
lazos inquebrantables. No podéis ir a ningún lado más que conmigo. Como habéis
comprobado después de vuestras aventurillas de Menfis, por vuestra propia
naturaleza provocáis que todas las manos se vuelvan contra vos. Excepto cuando
estáis conmigo. Decidme que lo comprendéis.
Cale lo miró durante un rato y después asintió con la cabeza, a
regañadientes. Bosco asintió a su vez.
—Que durmáis bien. La bendición de Dios sea con vos.
En cuanto se hubo ido, llamaron a la puerta, y entró el acólito Model. A
Cale le sorprendió darse cuenta de lo mucho que se alegraba de verlo.
—Señor…
—Tenéis buen aspecto. —Y era cierto. No se trataba sólo de la comida extra
que Cale había pedido que se le diera a Model, sino de la calidad de ella. La
cara se le había puesto más mofletuda, y no es que estuviera gordo ni nada por
el estilo, pero ya no tenía aquella expresión demacrada que proporciona no
comer apenas y hacer duros ejercicios durante horas y horas. Hasta le brillaba
la piel, en vez de estar apagada y dispareja. Una comida decente dos veces al
día era, como había comprendido Cale, uno de los regalos más grandes que puede
ofrecer la vida. Probaría a emplear esa técnica con los purgatores.
—¿Vos estáis bien, señor?
—Sí.
—Todos estamos muy contentos con vuestro gran éxito.
—¿Todos…?
—Me refiero a los acólitos.
Cale notó que había algo torpe y dubitativo en él.
—¿Qué pasa?
—¿Señor…?
—Soltadlo.
—He estado compartiendo la comida con mis colegas, señor.
—¿Os habéis metido en algún problema?
—No es eso. Pero a uno de ellos lo han puesto a servir el agua a los presos
en la bartolina número dos. —Parecía ahora aún más dubitativo—. Y me ha dicho
que uno de los espías antagonistas que están allí esperando que los ahorquen
dice que es amigo vuestro.
Cale se quedó tan indignado como sorprendido. No tenía nada de extraño que
Model se sintiera incómodo, pues transmitir información de aquel tipo era como
tener veneno pero no tener la bebida en que disimularlo.
—No conozco a nadie que responda a esa descripción, pero no os preocupéis:
no diré nada. ¿Os ha dado un nombre?
—No ha querido, pero le ha dado a mi colega un mensaje para vos.
Sacó un pedacito de papel de un bolsillo prohibido, y se lo entregó a Cale.
Estaba toscamente sellado con Dios sabía qué. Lo abrió. Había tres palabras
escritas en un pedazo de papel que claramente había sido rasgado de un libro de
cánticos religiosos:
HENRI EL IMPRECISO
10
—¿Lo han torturado?
—Aparentemente no— respondió Bosco.
—¿Sabíais que estaba aquí?
—Me parece que me confundís con algún oficial de medio rango del Carceral
Pelago. ¿Cómo iba yo a saber que estaba aquí?
—Quiero que lo suelten.
Le pilló a Cale por sorpresa que Bosco accediera con toda tranquilidad.
—Muy bien. —Y sonrió—. ¿Esperabais que me negara?
—Sí.
—¿Por qué? Está claro que ha venido aquí para reunirse con vos. Y sabemos
que vos no tenéis intención de marcharos a ninguna parte.
Comprendiendo que se estaba burlando, Cale cambió de tema.
—¿Por qué no lo han torturado?
—Buena pregunta, la verdad. Error administrativo. Hay un brote de tifus en
la bartolina número cuatro, así que el resto está congestionado. Por culpa de
la masificación y el exceso de trabajo, a un hombre culpable del pecado de
Gomorra le han puesto accidentalmente en el mismo número que a vuestro leal
amigo.
—Parece que aquí cometen muchos errores en las prisiones.
—Así es. Tal vez sea por voluntad de Dios.
—Quisiera verlo ahora.
—Enviaré al padre Gil. Él lo conoce. ¿Os parece bien?
No es que Bosco esperara que él le diera las gracias pero le divertía hacer
que Cale se sintiera un poco confuso. Cale no respondió. Bosco se disponía a
irse, pero cuando estaba girando la manilla de la puerta, se dirigió a él de
manera bastante amistosa.
—¿Os importa si os pregunto cómo lo habéis sabido?
Cale se volvió hacia él.
—No.
—¿Y bien?
—No, no me importa que me lo preguntéis.
—Hay que ver lo pronto que se acostumbra uno a los cambios. Responderme con
esa gracia os habría costado una buena zurra no hace mucho tiempo.
—¿Y…?
—No pretendo decir nada con eso. Vuestro acólito parece que os tiene mucho
aprecio.
—No tengo ningún acólito.
—Sí que lo tenéis. En todos los sentidos. Comprendo cómo han cambiado las
cosas entre vos y yo, pero no sé si vos lo comprendéis de la misma manera. Me
temo que tal vez, en el fondo y no tan en el fondo, vos podríais seguir siendo
el mismo niño malhumorado de siempre.
—Efectivamente, eso es todo lo que soy.
—La ira de los justos no tiene nada que ver con el mal carácter. Y esto no
es más que un simple comentario. Henri el Impreciso estará con vos en menos de
una hora.
—Quiero entrar en el convento.
—Muy bien.
—Estáis siendo muy indulgente.
—¿Eso os inquieta?
—Supongo que debería inquietarme.
—Lo único que pasa es que me gusta contradecir vuestras expectativas. Si
puedo decirlo así, da la impresión de que aún no habéis entendido cómo están
las cosas.
—Puedo hacer lo que quiera ¿no es eso?
—Sabéis muy bien cuál es mi respuesta. Pero haríais bien en pensar con más
detenimiento sobre lo que os está permitido y lo que no.
—Acordaos de que no soy más que un niño malhumorado.
—Por vuestro bien y el mío, espero que eso no sea cierto. Os traerán las
llaves del convento. Podéis hacer lo que queráis en él.
Al poner la mano en la manilla de la puerta, Bosco se volvió. Eso era de
siempre un viejo hábito de Bosco: reservar lo que realmente tenía en la mente
para el último momento, y presentarlo como si se le acabara de ocurrir en ese
instante.
—¿Qué sabéis de los lacónicos?
—Que son soldados de alquiler. Y caros. —Pensó por un instante, tratando de
recordar. Sólo gracias a sus años de caras inexpresivas con las que tapaba las
insolencias consiguió no sonreír ante aquella inesperada oportunidad de
burlarse de su antiguo señor—: Chrononhotonthologos —añadió pensativamente.
Bosco lo miró comprendiendo que se le estaba subiendo a la chepa.
—No es ése un término con el que yo esté familiarizado —dijo negándose a
morder el anzuelo.
—Quiere decir aventurero, forajido…
—¿Sí…? ¿Sabéis algo más sobre ellos?
—No.
—Ha corrido por ahí el rumor de que los antagonistas han descubierto una
mina de plata cerca de Argento. Pues bien, ya no es un rumor. No es que lo
sepamos de cierto, pero es probable que utilicen esa plata para pagarse un gran
ejército de lacónicos que luche contra nosotros.
—Creía que nunca contrataban más que de trescientos en trescientos.
—Y yo creía que no sabíais nada más sobre los lacónicos. —Siguió un
silencio incómodo—. Voy a enviaros un expediente sobre ellos. Como vuestra vida
dependerá de ello, estoy seguro de que no necesito pediros que lo leáis
atentamente.
Estaba un poco harto de la actitud de Cale, y salió sin decir una palabra
más.
Cuando Bosco se fue, Cale se quedó pensando en sus sentimientos, que eran
de alarma y alegría en igual proporción: alegría por la sorpresa de ver a Henri
el Impreciso, alarma por la intensidad de esa alegría. La ira que sentía contra
Arbell Materazzi no le permitía ver la soledad en que lo había sumido su
ausencia. Pero tampoco le había permitido ver cuánto echaba de menos a su
amigo. Hasta aquel momento había creído que podía prescindir de Henri el
Impreciso, pese a estar acostumbrado a tenerlo siempre cerca. En aquel momento,
le alarmaba ver cuánto lo echaba en falta. La emoción ante la idea de su
reencuentro era desbordante. Cale era un alma hecha de grandes embalses
conectados por grandes canales interrumpidos con enormes esclusas. Pero no hay
construcción que no tenga sus filtraciones y goteras.
¿Y qué le habría ocurrido a Kleist? Habría muerto seguramente, pensó.
11
Pero Kleist se hallaba lo más lejos de la muerte que puede estar un ser
humano.
—¿Os parece —le decía Daisy, desnuda, sentada a horcajadas sobre Kleist y
apoyándose en las rodillas de él— que hacer el amor conmigo es mejor que el
cielo?
Kleist observó sus pechos con detenimiento. ¿Por qué, se preguntaba, eran
tan maravillosos? Su breve estancia en Menfis y su falta previa de experiencias
placenteras le habían enseñado que uno se podía hartar de cualquier cosa si se
acostumbra a tenerla con frecuencia: de la crema de limón, del ajedrez, de
atormentar a Koolhaus, de no tener nada que hacer, de tomar el sol y hasta del
vino. Pero ¿de una mujer desnuda? Eso es algo a lo que nunca se acostumbraría.
Su sentido de la sorpresa ante el cuerpo de la mujer había cambiado, desde
luego. Ahora le resultaba más familiar, pero era como cuando uno come hasta
quedarse satisfecho: que unas horas después vuelve a tener hambre. ¿Cómo era
posible que uno no llegara a acostumbrarse a aquello?
Kleist se relajó y fingió cerrar los ojos para que ella no se diera cuenta
de lo detenidamente que la estaba contemplando. No es que a ella le molestara
aquel intenso escrutinio por su parte, sino que él mismo sentía que había algo
vergonzoso en la intensidad de su fascinación. Como ella estaba echada hacia
atrás, arrodillada y a horcajadas sobre él, tenía los muslos ligeramente
tensos, estirados sobre el hueso y revelando los poderosos músculos. No eran
como las piernas largas y delgadas de las muchachas Materazzi que había podido
vislumbrar cuando entraban con paso insolente en un gran baile, a veces con un
tajo en la falda para enseñar el muslo hasta arriba, revelando esa elegante
suavidad que nunca os permitirán poseer. Si las putas de Ciudad Kitty eran
menos alegres y sofisticadas y más variadas en forma y tamaño, rellenitas,
diminutas pero alegres gasconas de enormes ojos castaños, aun así ninguna de
ellas tenía la fuerte musculatura de los muslos de Daisy, extrañamente
desproporcionada con el resto de su cuerpo, como si pertenecieran a un hombre
excepcionalmente fuerte. Y a continuación aparecían el vello y los pliegues de
la piel entre las piernas, fuente de tanta maravilla y estupefacción. Se
trataba de algo que no hubiera podido ni imaginarse tan sólo unos meses antes,
pues él había asumido siempre que las habitantes del famoso patio de juegos del
demonio tendrían algo parecido a un par de huevos y una polla, sólo que más
afilado y ferozmente apropiado a seres tan infernales. La realidad de algo tan
oculto y al mismo tiempo tan suave le hacía perder la respiración, embargándolo
al mismo tiempo de vergüenza y alegría. ¡Menuda idea, menuda cosa! Después
venía su vientre, con tan sólo un cinturón de grasa apenas perceptible. Luego
la redondez de los pechos, con su dureza entre marrón y rosa; el fuerte cuello;
los anchos labios matizados con aquella cosa como cera roja que le gustaba
ponerse casi siempre. Y por último los ojos felices y sonrientes, y el largo
cabello.
—¿No me notáis nada diferente? —le preguntó ella—. Bueno, decídmelo cuando
terminéis de mirarme así de embobado.
Él abrió completamente los ojos.
—¿No os gusta que os mire?
—Me encanta. Pero no tenéis que disimularlo.
—No estaba disimulando —dijo, irritado y avergonzado.
—No os enfadéis. Podéis mirarme siempre que queráis. Pero todavía no me
habéis respondido a la pregunta. ¿Eh…?
Obviamente, había algo que Kleist debía haber visto pero no había visto.
—No lo sé —dijo tras mirarla de arriba abajo—: Decídmelo vos.
—¿No tenéis ni idea?
Él notó que su tono y expresión habían cambiado. No estaba enfadada con él
porque no consiguiera darse cuenta de aquella nueva trenza en su cabello, o de
la pintura de uñas más elaborada que se había puesto en el dedo corazón. Al fin
y al cabo, estaba desnuda. ¿Qué podía ser lo que había cambiado?
—Estoy embarazada.
Él la miró como si no comprendiera. Y de hecho, no comprendía.
—No sé lo que quiere decir eso. —Ella lo miró entonces a él con el mismo
desconcierto. Aquello iba a ser más difícil, o al menos mucho más extraño de lo
que había pensado.
—Que voy a tener un niño.
Aunque la expresión de él cambió y se transformó en estupefacción, a Daisy
no le dio la impresión de que empezara a comprender más que antes.
—Pero ¿cómo? —preguntó él, horrorizado.
—¿Qué queréis decir?
—¿Cómo podéis ir a tener ese niño?
—¿No sabéis cómo se hacen los niños?
—No.
—¿No os lo explicaban en ese Santuario vuestro?
—Yo nunca había visto una mujer hasta este año. No. No sé nada. No sé de
qué me habláis.
—¿Y no habéis pensado en preguntar?
—¿Sobre los niños? ¿Por qué tendría que preguntarlo?
—¿Cómo pensáis que vienen?
—No lo sé. ¿Por qué tendría que pensar en los niños?
—No me puedo creer lo que oigo.
—¿Por qué iba a mentiros?
Ella lo miró, desconcertada y preocupada al mismo tiempo.
—No, no quiero decir que me estéis mintiendo. Lo que no me puedo creer es
que no tengáis ni idea sobre…
—Pues no, no la tengo.
Se miraron el uno al otro, Kleist blanco de horror, y Daisy pálida de puro
desconcierto. Hubo un breve silencio.
—Bueno, contadme por qué vais a tener un niño —dijo él.
—Pues por vos.
—¿Por mí…? Yo no sé nada sobre niños.
—Pero me habéis hecho uno.
—¿Cómo voy a haceros…?
Ella iba comprendiendo poco a poco lo insondable que era su ignorancia. Se
sentó, sin saber por dónde empezar.
—Cuando vuestro pene está dentro de mí y os dan esas convulsiones… Así es
como se hacen los niños.
—¡Dios mío! ¿Por qué no me lo dijisteis antes?
—No sabía que no lo supierais.
—Si yo no sé nada…
No se trataba de una declaración irrazonable. Antes de llegar a Menfis no
sabía nada de nada, excepto sobre religión, cosa que odiaba y temía, y sobre
matar, cosa que se le daba bien, pero que también temía, porque le daba miedo
que en justa correspondencia lo mataran a él. En Menfis había encontrado un
montón de cosas sobre las que aprender y, como una gran esponja seca, había
absorbido enormes cantidades de conocimiento. Lamentablemente, tenía que
ponerlo todo en orden, y hacer el tipo de conexiones que incluso un muchacho de
quince o dieciséis años excepcionalmente ignorante ha hecho mucho tiempo atrás.
En algunos aspectos, era como un niño pequeño.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó desesperado.
—Vos ya lo habéis hecho —respondió ella, malhumorada.
—Vos erais la que sabía estas cosas. Es culpa vuestra.
—¿Mía…?
—Sí. Vuestro padre me matará.
—No, no os matará.
—Gracias a Dios. ¿Estáis segura?
—Sólo os matará —añadió ella— si no os casáis conmigo.
—¿Casarme con vos?
—Ahora diréis que nunca habíais oído hablar del matrimonio.
—Eso es ridículo.
—No es más ridículo que no saber cómo se hacen los niños.
Eso era demasiado.
—La gente se casa delante de los demás. Hablan sobre ello. Pero nadie habla
de niños ni de cómo tenerlos.
—Bueno —dijo ella con tristeza—. Ahora ya lo sabéis.
El padre de Daisy no mostró ni la alegría que ella esperaba ni la furia
asesina que temía Kleist. Su padre estaba bien dispuesto hacia él, porque había
salvado tanto la vida de su hija, lo que probablemente era cierto, como su
honor, lo que decididamente no lo era. Pero eso había sucedido en otro lugar, y
sólo tenían la palabra de Daisy en lo que se refería al rescate de las garras
de los forajidos. Pero incluso si creían a pies juntillas el relato del valor
físico de él y de sus habilidades guerreras, el problema estaba en que los
cleptos no valoraban especialmente aquellas cualidades. El resultado era que,
pese a su voluntad de aceptar a un extraño que había mostrado una gran bondad
con uno de los suyos, aquel extraño no contaba con un importante estatus entre
los cleptos. Daisy era la hija de un hombre de considerable riqueza e
importancia, basadas en su talento para el robo, cosa muy admirada entre una
gente cuyo mismo nombre se consideraba sinónimo de «hurto».
El ofrecimiento que tras la revelación del embarazo hizo Kleist, empujado
por Daisy, de intervenir en los atracos de los cleptos, no hizo más que
empeorar el problema, debido a que lo hizo tan a la ligera y con una creencia
tan clara en que el robo a la escala practicada por los cleptos no era cosa que
revistiera ninguna dificultad, que les pareció ofensivo, en especial a los que
le habían mostrado su apoyo antes de aquella forzada y torpe proposición
matrimonial. De tal manera debilitaba aquella actitud su petición, que Daisy le
acusó de haberlo hecho a propósito. Ahora él había ofendido a todo el mundo,
pero en especial a la muchacha a la que se daba cuenta de que amaba
intensamente.
Una vez superada su estupefacción por el hecho de haberse convertido en
padre y el modo en que tal cosa había sucedido, volvió a quedarse estupefacto
por lo maravillosa que le parecía la sola idea de la paternidad. Los niños,
según podía ver en los que le rodeaban, eran algo encantador, muy mono y, por
encima de todo, alegre. Dado que todo el mundo los mandaba irse en cuanto
empezaban a ser un ruidoso incordio, y que ellos los observaban tan sólo en su
mejor momento, a través de un espeso velo de ignorancia, su optimismo era, tal
vez, perdonable, aunque injustificado. Pero había también muchos sentimientos
enterrados que crecían en lo más hondo de su recia alma juvenil. La paternidad,
antes una imposibilidad inconcebible, le parecía de pronto una maravillosa
aventura. Sin embargo, su torpeza relativa a la proposición de acompañar a los
cleptos en uno de sus atracos parecía haber atado los pies de su propia
felicidad. Era necesaria una respuesta drástica. En primer lugar, ofreció al
padre de Daisy todo cuanto poseía, o sea, todo lo que había afanado en Menfis y
después robado a la banda de Lord Dunbar. Eso agradó al padre y aplacó a la
hija. A continuación, propuso hacer una demostración de lo útiles que podían
resultar sus habilidades como arquero tan brutalmente adquiridas, y lo hizo de
tal modo que no implicaba ningún desprecio hacia el talento afanador de los
cleptos. Al oír a los cleptos alardeando sobre sus invariablemente (eso decían
ellos) exitosos asaltos, le pareció evidente que su renuencia a quedarse y
luchar les obligaba a ejercer una estrategia peligrosamente sencilla al privar
a sus vecinos de caballos, ganado, fruta y carne en conserva, cajas de vino,
sillas, dinero, ovejas, cabras, cerdos, ornamentos y cualquier otra cosa que
pudieran llevarse consigo. El principio que siempre seguían consistía
simplemente en echar a correr tan rápido como les fuera posible desde el lugar
en que estuvieran hasta la seguridad de las montañas. La rotunda negativa de
cualquier clepto a asumir un riesgo mayor que el clepto de al lado, y su
general falta de entusiasmo por el combate implicaban que nadie hiciera
previsiones para luchar en acciones de retaguardia, ni para crear posiciones
defensivas móviles que pudieran ser utilizadas para ralentizar a los
perseguidores, sin importar lo resueltos que estuvieran a seguirles.
Durante los meses que siguieron a su llegada y aceptación como invitado muy
honorable, Kleist se dedicó a fabricar unos cuantos arcos de calidad muy
superior al que había empleado para matar a Donaldson y los suyos. Estaba, la
verdad sea dicha, algo ofendido también él por la actitud de desprecio que
mostraban los cleptos ante su talento, y por eso pensó que podía impresionarles
sin necesidad de ofenderlos, y de ese modo ganarse una buena reputación sin
correr grandes riesgos, más allá de los que estaba acostumbrado a correr, y que
le resultaban fáciles de calibrar. Robar le parecía peligroso, pues envolvía
demasiadas incógnitas.
Como había visto ya, la habilidad de los cleptos con el arco era tan
rudimentaria como sus propios arcos: podía valer si disparaban en masa contra
un enemigo numeroso, pero en esas condiciones valía cualquiera. Aparte de eso,
no había, en la experta opinión de Kleist, nada que decir que no fuera
insultante. Así pues, organizó una exhibición en el mismo lugar en que había
acontecido un famoso desastre para los cleptos, una estribación de su
territorio en la que, justo al borde del terreno en que ya se hubieran visto a
salvo de sus víctimas, habían sido alcanzados cincuenta hombres que habían
intervenido en un asalto, cincuenta hombres a los que habían matado a la vez.
Cincuenta hombres para los cleptos suponían una pérdida terrible, pues los
cleptos eran una tribu de menos de mil quinientas personas, según calculaba
Kleist, dos tercios de las cuales eran mujeres, niños o ancianos. Tres años
después de la masacre, todavía no se habían recuperado del todo. En parte por
eso eran tan liberales con sus mujeres, pues simplemente no había hombres
suficientes para que los cleptos pudieran tratarlas como trataban a las suyas
las tribus vecinas.
Con más cuidado esta vez, y con ayuda de las indicaciones de Daisy, Kleist
se ofreció a mostrarles cómo podía él evitar que se repitiera algo así. No era
fácil preparar aquella exhibición, porque aunque estuvieran dispuestos a mirar,
mostraban claramente muy poco interés en tomar parte. Kleist les había mostrado
las puntas romas de las flechas que pretendía emplear en la exhibición, pero
los cleptos seguían viéndolas como extremadamente peligrosas. De hecho, fue
necesario invertir una gran cantidad de tiempo y soportar mucho recochineo por
parte de las mujeres a las que Daisy había convencido de que prestaran los
caballos que necesitaba Kleist. Al final hubo permiso para todo y se preparó el
escenario. De manera comprensible, aquellos que se reunieron para mirar se
sentían taciturnos y afectados por la pena de recordar tal calamidad. Kleist
había construido veinte muñecos bastante toscos en forma de hombre, y Daisy y
sus amigas los habían atado a los caballos que tan a regañadientes les habían
prestado. Kleist se colocó tras un muro que le llegaba a la altura del pecho,
que había construido y camuflado con ramas justo en el punto en que había
tenido lugar la masacre. A cuatrocientos cincuenta metros de distancia, los
aburridos caballos miraban sin entusiasmo, pastando las hileras larguiruchas
del suelo. Entonces unas veinte chicas hicieron ponerse a los reacios animales
en fila frente al distante Kleist. Cada una de ellas llevaba una fusta, y al
grito de Daisy golpearon con fuerza los ijares de los caballos. Eso cambió la
actitud de los animales, que relincharon y se encabritaron, levantando las
patas de delante, y acompañados por los gritos de las chicas, que estaban
detrás de ellos, salieron aterrados a la carga. Sobre sus lomos, los hombres de
paja rebotaban y se agitaban hacia los lados. Sólo para reforzar sus
argumentos, Kleist se había desnudado de cintura para arriba para mostrar su
extraño pero impresionante cuerpo, lleno de músculos que eran como nudos hechos
en una cuerda, más propios de un hombre veinte años mayor. Disparó una flecha.
Todos los ojos siguieron su trayectoria para ver cómo trazaba el arco más
amplio y elevado que ninguno de ellos le hubiera visto hacer nunca a una
flecha. La flecha se clavó en el muñeco al que había apuntado, le penetró justo
en el pecho y le salió por detrás. Era impresionante, pero todavía estaba lejos
de dejar atónitos por su excelencia a los nativos. Esperó a que se acercaran
más, forzando la suerte para hacerlo lo más impresionante posible. Entonces,
durante los noventa segundos que llevó a los aterrados caballos llegar hasta
él, soltó una sucesión increíblemente rápida de flechas, fallando tan sólo dos
en el momento en que pasaban en estampida por delante.
Los cleptos estaban impresionados, pero seguían cautelosos:
—Aquel día eran cientos de hombres.
—Yo podría haber eliminado a treinta mucho antes de que llegaran aquí.
Nadie asumiría tantas pérdidas. Además, yo no lo haría así. Los habría estado
eliminando durante horas o incluso días antes de que llegaran. A una distancia
de quinientos cincuenta metros puedo acertar cinco disparos de cada diez, y
ocho de cada diez si incluimos al caballo.
Hubo algunas objeciones más, pero su causa estaba ganada. Además, los
cleptos no tenían anda que perder, aparte de a aquel simpático extranjero que
no significaba, la verdad sea dicha, nada para ellos.
12
Dos redentores tuvieron que ayudar a llegar a Henri el Impreciso.
—Dejadlo en la cama y salid —les dijo Cale.
Cale se acercó a él y se arrodilló junto al lecho. La nariz y el labio
inferior de Henri, hinchados por unan fuerte paliza, le sangraban.
—Miraos cómo estáis. Por el amor de Dios, ¿qué demonios hacéis aquí, so
tonto?
—Yo también me alegro mucho de veros.
—Pero, para empezar, ¿qué es lo que hacéis aquí?
—Estuve en el Oasis de Voynich, esperando una caravana que llevaba tierra
negra para los jardines. Los seguí hasta aquí e intenté colarme entre los
últimos cuando entraban, pero alguien me reconoció. Por lo visto ahora llevan
la cuenta de todos los que entran y todos los que salen.
—Tendríais que haberlo supuesto.
—Sí, pero no lo hice.
—Tendríais que haberlo supuesto, y haberos quedado bien lejos.
—Bueno, el caso es que estoy aquí.
—Por pura suerte. Os ha faltado esto —Cale juntó las yemas del índice y el
pulgar— para que Brzca os rebanara el cuello y echaran vuestro cuerpo al campo
de Ginky. Y yo no me habría enterado nunca de nada.
—Bien está lo que bien acaba —repuso Henri el Impreciso, que sin embargo
parecía cada vez más descolorido. El malhumor de Cale se suavizó un poco—.
Estoy encantado de veros.
—¿Qué os parece un beso?
—Bueno, no estoy tan encantado.
Se echaron a reñir los dos.
—¿Y qué me decís de comer algo? —propuso Henri el Impreciso.
—Ya está pedido.
Como si estuviera fuera escuchando, en ese preciso instante llamó Model a
la puerta y entró con una bandeja de comida para dos personas.
—Lo mismo otra vez —comentó Cale.
—Nos estamos pasando, señor. No seguirán haciendo caso mucho tiempo de lo
que yo diga.
Cale escribió una nota amenazando a los de la cocina con la ira de Bosco.
Mientras se sentaba a comer, Henri el Impreciso le pidió a Cale que contara él
primero su historia.
Pasaron más de dos horas, y Henri el Impreciso daba ya buena cuenta de la
segunda bandeja antes de que Cale terminara su relato.
—O sea que Bosco realmente está tan majara como un saco lleno de gatos
—dijo Henri el Impreciso tras un meditabundo silencio.
—Sí, por suerte para vos y para mí.
—¿Y qué vais a hacer?
—Quedarme aquí —respondió Cale—. Y no desfallecer.
—¿Qué queréis decir?
—Me observan todos los observadores, ¿adónde iba a ir? Ya no existe Menfis.
Ya no hay Materazzi. Sólo quedan los antagonistas, ¡y ésos me ahorcarían en el
acto! Aunque pudiera llegar allí, que no puedo, ¿quién sería lo bastante tonto
como para no entregarme? Sin Bosco estoy acabado. Y lo mismo os pasa ahora a
vos, Santísimo Henri el Impreciso. Somos más que nunca propiedad de Bosco, de
los pies a la cabeza.
Henri el Impreciso se quedó un momento allí sentado, en un tumultuoso
silencio.
—¡Tenéis razón! —aceptó al final.
—Eso ya lo sabía.
Bebieron cerveza y fumaron durante un rato en triste silencio.
—Ahora os toca a vos —dijo Cale.
Henri el Impreciso empezó contando que después de dejar Menfis tomó la
decisión de seguir a Cale.
—Pero Kleist no estaba por la labor.
—Ya me lo imagino. Me sorprende que os acompañara.
—Pues no os sorprendáis: al cabo de una semana me dejó.
—Qué es exactamente lo que habría hecho yo si Bosco os hubiera apresado a
vos en vez de a mí.
—No, eso no me lo creo.
—Pues es verdad.
—En cualquier caso, IdrisPukke y yo perdimos vuestro rastro en las
inmediaciones del monte del Tigre: los accesos son demasiado rocosos para andar
siguiendo las huellas de nadie. Además, ésa no es mi especialidad. IdrisPukke
intentó persuadirme de que lo acompañara a coger el barco que sale de
Whistable. Lo perdí de vista. Llegué a Voynich, y eso es todo.
—Estuvisteis mucho tiempo en Voynich.
—Es un lugar agradable. Me encantaría volver.
Y así fueron las explicaciones. A pesar de haber hablado durante dos horas,
Cale había resumido mucho, en parte porque no le gustaban las historias de
guerra, y en parte porque había visto la expresión de Henri el Impreciso al
explicarle que Bosco estaba convencido de que Cale era el agente de la muerte
de la humanidad. No estaba seguro de lo que significaba aquella expresión,
probablemente ni credulidad ni miedo ni nada que consiguiera o quisiera
entender. Así que le quitó importancia a todo el asunto aquel de la ira de
Dios, aunque no lograba disimular que algo le preocupaba en la reacción de
Henri el Impreciso. Lo que le hería un poco no era que Henri pensara que
pudiera haber parte de verdad en aquello, sino que viera la idea en su conjunto
como algo ridículo. Una parte de Cale se sentía atraída por la idea de su
propia magnificencia, y no le hacía gracia que se la tomaran a broma.
Por su parte, Henri el Impreciso no sólo le había quitado importancia a la
cosa, sino que había mentido a sabiendas, aunque no era ésa su intención al
empezar su relato. En seis meses habían cambiado los dos. Y lo que ambos se
preguntaban era cuánto.
Al día siguiente, cuando Henri el Impreciso fue conducido a su estancia, la
manera de tratarse el uno al otro resultaba al mismo tiempo bondadosa e
incómoda. Pero Cale quería mostrar que aunque él había llegado a un acuerdo con
el hombre y la religión que ambos odiaban, su relación era muy distinta a la
que había tenido en el pasado. Se llevó a Henri el Impreciso al convento,
aunque sin decirle dónde iban. Entonces recibió éste la primera sorpresa: ¡Cale
sacó un llave! Y se trataba, según le dejó ver Cale, de sólo unan de las
diversas llaves que tenía. Era tan sorprendente como si hubiera sacado una
mitra de obispo y se la hubiera puesto en la cabeza. Pero mientras Cale creía
que eso demostraba que ahora él tenía poder en el Santuario, para Henri el
Impreciso se trataba de un signo preocupante. Tal vez Cale hubiera aceptado un
soborno del mismo modo en que Perkin Warbeck había aceptado cinco litros de
jerez dulce y una docena de corderos por traicionar al Ahorcado Redentor. Tal
cosa no era posible; y, sin embargo, el último año le había enseñado que
cualquier cosa era posible.
Cale abrió la puerta y pasaron el primer muro que protegía el convento.
Caminaron unos diez metros hasta una segunda puerta que tenía nada menos que
tres cerraduras, que requerían tres llaves diferentes. Dentro del convento
propiamente dicho, la dura brea verde del suelo se transformaba en piedra
caliza suavizada por alfombras. Cada pocos metros había velas que proyectaban
la suave y cálida luz de la cera de abejas, en vez de la luz dura del sebo de
cerdos y vacas. Se acercaron a otra puerta sin cerradura. Cale la abrió de par
en par de un empujón, e invitó a Henri el Impreciso a pasar.
Dentro había bocas abiertas de asombro. Recorrió la estancia una oleada de
entusiasmo largo tiempo alimentado, como si hubieran estado aguardando con
impaciencia su llegada. Junto a las paredes, en cada rincón, había sentadas
monjas benévolas y sonrientes, monjas tan impacientes como niños. Y había doce
chicas que lo mismo podrían tener trece años que dieciocho, chicas sonrosadas,
de tez morena, negras, aceitunadas, o blancas como fantasmas. Casi gritaron de
placer al ver entrar en la estancia a los dos jóvenes. Se oyó incluso un
chillido ahogado que fue seguido por un reprobatorio chasqueo de la lengua por
parte de la monja que estaba detrás, junto con una admonitoria mano en el
hombro.
—Buenos días, señoras —saludó Cale, sonriente.
—Buenos días, señor Cale —respondieron todas a una.
—Permitidme que os presente a mi más viejo y mejor amigo. Éste es el gran
Henri el Impreciso, del que ya os he hablado: una leyenda en Menfis, y un héroe
en la batalla del monte Silbury.
Henri el Impreciso sonrió con una sonrisa nerviosa. Las muchachas
prorrumpieron en aplausos sólo lentamente calmados por las palmas alzadas de
Cale.
—Ahora —dijo—, escuchadme todas: ¿a quién le gustaría cuidar con especial
esmero a Henri el Impreciso?
—¡A MÍ!, ¡A MÍ!, ¡A MÍ!, ¡A MÍ!, ¡A MÍ!, ¡A MÍ!, ¡A MÍ!, ¡A MÍ!
Henri el Impreciso se puso pálido y colorado de placer, todo al mismo
tiempo.
—¡Paciencia! ¡Paciencia! ¡Comportaos, chicas! —dijo la Madre Inferiora—.
¿Qué va a pensar de nosotras Henri el Impreciso?
—Creo que yo podría responder a eso —susurró Cale al oído de Henri.
Su amigo lo miró, y Cale comprendió que no había que provocarlo más.
—Madre Inferiora, ¿podríais elegirnos a dos y enviárnoslas cuando esté
lista la habitación?
La Madre Inferiora inclinó la cabeza de manera cortés, y Cale tiró del
brazo de Henri el Impreciso para que le acompañara hacia una puerta, la abrió,
de nuevo sin llave, y pasaron a una sala de estar. Le hizo a Henri el Impreciso
un gesto indicando un gran sofá que parecía más apropiado para acostarse que
para sentarse en él.
—¿Queréis beber algo?
—No.
—Hay cerveza y vino.
—Cerveza.
Cale retiró la tela que cubría una jarra, llenó un vaso y se lo entregó.
—¿Qué esperáis que haga con ellas? —preguntó después de dar un largo sorbo.
—Lo que queráis hacer.
—Son esclavas… Y la esclavitud no está bien.
—Por si eso tiene alguna importancia, que yo creo que no tiene ninguna,
ellas son libres por ley. Son tan libres como lo éramos vos y yo.
—Aún no me habéis dicho qué esperáis que haga.
—¿Por qué tendría que esperar que hicieras nada? Si tenéis remordimientos
de conciencia, será que tenéis malos pensamientos.
—No estoy de humor para bromas.
—De acuerdo.
Era una forma de disculparse.
—Mirad. Estáis en un estado peor que China. Estas chicas han sido criadas
sólo para cuidar de los hombres.
—¿Por qué?
—Eso es largo de contar.
—No. Quiero saberlo. Riba me dijo todo lo que sabía, pero yo quiero saber
por qué.
—Pueden hacer que os encontréis mejor aquí, pueden cuidar de vos como ni se
os ha pasado nunca por la imaginación, pueden hacerlo mejor que la señorita
Materazzi más malcriada que os imaginéis.
—¿Por qué?
—Haced lo que gustéis. Os lo contaré a la hora de comer. Ahora simplemente
tendeos en el lecho, y vamos a comer algo.
Unos minutos después, llamaron a la puerta unas monjas que traían bandejas.
Entraron y empezaron a colocar la comida en el enorme sofá que había al lado de
Henri. Había buey con natillas alemanas, crema de harina de maíz con cangrejo y
terrones de azúcar, pollo frito, un plato colmado de cerdo crujiente que
goteaba una grasa suave, y salchichas de palmo y medio de largo con salsa de
tomate y mostaza amarilla. Había caviar de Nigeria y champán de Ucrania. Y
después, para terminar, cuajada con gelatina de agua de rosas.
Mientras comían, Cale le puso a Henri el Impreciso al corriente de los
detalles del manifiesto de Picarbo.
Tras hacerle un montón de preguntas, Henri el Impreciso se quedó un
instante callado, y después negó con la cabeza, como intentando desprenderse
algo de ella.
—Yo creía que no se podía estar más chiflado de lo que está Bosco. ¿Cómo se
puede estar tan loco?
Los dos se rieron, recordando momentos del pasado.
—¿Y las chicas no saben nada de esto? —preguntó Henri el Impreciso.
—Las chicas piensan que las han traído aquí para prepararlas ante quienes
las elegirán como esposas, y que nosotros somos seres ideales, de caballo
blanco y armadura de plata. Bueno, no en realidad. No tienen un pelo de tontas,
pero no saben nada. Lo único que se les ha dicho siempre es que los hombres son
como ángeles: valientes, bondadosos, fuertes y nobles. Sólo que de vez en
cuando algunos hombres pueden ponerse furiosos porque se apodera de ellos un
demonio. Sin embargo, aunque les peguen, ellas tienen que ser buenas y decir lo
siento y ser siempre encantadoras, porque de esa manera el demonio se alejará y
todo volverá a su cauce.
—¿No habéis intentado decirles la verdad?
—No sabría cómo hacerlo. Pensé que se os ocurriría algo, pero primero
escuchadlas y dejadlas que os curen. No habéis oído nunca nada como las
tonterías con las que salen. Pero ellas lo creen… hasta la última palabra.
—No voy a hacer nada con ellas.
—No les molestará.
—¿Cómo lo sabéis?
—Haced lo que queráis o lo que no queráis. Si ellas están de acuerdo, ¿por
qué no? Podríais estar muerto dentro de unas semanas. Lo mismo que esas chicas,
si Bosco decide qué hacer con respecto a ellas. Vivid, comed y disfrutad,
porque mañana moriremos: ¿no decía eso IdrisPukke?
—Sólo porque lo dijera IdrisPukke no tiene por qué ser correcto.
—Como queráis.
Y así fue como llevaron a Henri el Impreciso a la habitación húmeda y seca.
13
Sin ventanas, e iluminada por las velas de cera de abeja para que no oliera
ni estuviera el ambiente tan cargado como el interior de un horno, el cuarto
húmedo y seco del convento del Santuario exhibía paredes forradas de rojas
maderas de cedro libanés, y un suelo de una sustancia que nadie sabía lo que
era, pero muy apreciada por su resistencia al agua y al jabón. En medio del
cuarto había dos cuadrados de madera que parecían tajos de carnicero
embadurnados de aceite. Las dos muchachas elegidas por la Madre Inferiora
introdujeron en la habitación a un curioso Henri el Impreciso, embargado de
nerviosismo y preocupaciones. Una de ellas se presentó como Annunziata, y la
otra como Judith.
—¿Y el apellido?
—No tenemos más que nombres —explicó Judith.
—-¿Os sentís —preguntó con esperanza la que se llamaba Annunziata— de mal
humor?
—No.
—¿Ni siquiera un poco?
—No comprendo.
—Nos sería de mucha ayuda —dijo Judith—, si nos gritarais un poco.
—Y cerrarais con furia las puertas de los armarios.
—¿Por qué…?
—Nos gustaría intentar tranquilizaros. Por practicar.
—¿Por qué?
—Los hombres suelen gritar mucho, ¿no?
Desconcertado por lo que le pedían. Henri el Impreciso tuvo que conceder
que, según su experiencia, eso era completamente cierto. Y la cosa no solía
quedarse en meros gritos.
—Le pedimos al señor Cale que nos gritara, pero dijo que no era buena idea.
—Seguramente tenía razón.
—¿Querréis hacerlo vos? ¡Por favor…!
Suplicaban de una manera tan dulce que, pese a todo lo incómodo que se
sentía, Henri el Impreciso pensó que sería poco amable negarse. Cinco minutos
después, se encontraba sentado en un rincón del cuarto, llorando como si se le
partiera el corazón, mientras las muchachas, ahora pálidas y desconcertadas, lo
miraban fijamente, impresionadas por la clase de furia que exhibía aquel hombre
tan dulce que sollozaba incontroladamente delante de ellas.
Diez minutos más tarde, aquella agonía empezó a pasarse, y las muchachas
ayudaron a Henri el Impreciso a ponerse en pie.
—Lo siento —no paraba de decir—. Lo siento.
—Vamos, vamos… —respondía Judith.
— Sí —añadió Annunziata—, vamos, vamos.
Lo condujeron hasta uno de aquellos grandes tajos de madera después de
quitarle la camisa, los pantalones y los calcetines. Él se resistió un poco
cuando ellas trataron de desprenderle el taparrabos, pero «tenemos que
lavaros», le dijeron, como si se tratara de una orden tan inapelable como los
mandamientos divinos. Él estaba demasiado cansado para oponer resistencia. Las
muchachas lanzaron suspiros al ver tanto las viejas cicatrices como los nuevos
cortes y magulladuras que tenían su causa en los palos recibidos en la
bartolina número 2, y le preguntaron cómo se los había hecho de modo tan
amable, que él casi empieza a llorar de nuevo.
—Me resbalé al pisar una pastilla de jabón —dijo él, y se rio. Gracias a la
risa pudo controlarse. Viendo que Henri no tenía ganas de contarles la verdad,
las muchachas salieron y se fueron a buscar agua caliente y jabón, que sabían
que no era la causa de sus moratones porque era evidente que aquel chico no
había visto el jabón en mucho tiempo. Judith le echó con mucha delicadeza un
cubo de agua caliente por encima, empapándolo de la cabeza a los pies, y
Annunziata empezó a frotarlo hasta producir un gran manto de espuma, con
cuidado de no apretar mucho en los cortes y magulladuras. Durante una hora las
dos frotaron y apretaron y aliviaron su dolorido cuerpo con tal suavidad y
habilidad que se fue adormeciendo, y cuando acabaron no despertó, y tampoco lo
hizo cuando le secaron con mucho esmero, como a un bebé, cada arruga y cada
pliegue, y lo rociaron con finos polvos de talco proveniente de los yacimientos
de talco de Meribá[i] y lo
perfumaron con aceite de albaricoque. Lo cubrieron con toallas y lo dejaron
dormir. Henri el Impreciso no despertó hasta bien entrada la noche, cuando
volvieron las muchachas, lo llevaron al comedor y le dieron de comer otra vez,
mientras le preguntaban cómo era la vida fuera de allí. No había motivo, pensó
él, para contarles cosas desagradables, ni él tenía ganas de hacerlo. Así que
les habló de Menfis, y ellas se quedaron con la boca abierta de sorpresa y
encantadas con cada unan de sus palabras que se referían a los chapiteles de
ensueño, los mercados bulliciosos y la dorada juventud, sus grandes hombres,
sus frías reinas de la nieve («¿Cómo?», exclamaban ellas horrorizadas, «¿Por
qué»).
Sentado allí, comiendo y bebiendo, maravillosamente aliviado con aquellas
dos hermosas muchachas que estaban pendientes de cada palabra suya, era
consciente de que aquello era algo que muy bien podría no volver a ocurrir
nunca. Pero los placeres o habían concluido. Cuando la curiosidad de ambas fue
satisfecha aunque sólo fuera de modo temporal, se vio que las dos muchachas
tenían preparadas más sorpresas para él. Pero eso no hace falta contarlo.
14
Sólo Dios y esas chicas podrían quereros por vos mismo —le dijo Cale a
Henri el Impreciso tras dos semanas en las que fue pasando de un par de chicas
al siguiente par, como si se tratara de un premio—. Las pobres no conocen nada
mejor.
—Mayor razón para disfrutar mientras dure.
Y no se podía objetar nada a aquello. Una noche, una de las chicas, que
había bebido más vino del que era capaz de contener, había empezado a hablar y
le había dicho a Henri el Impreciso que él era, con diferencia, el favorito de
los dos. Obviamente encantado, Henri el Impreciso le había tirado de la lengua
y, pese a la reprobación de su compañera, la locuaz muchacha lo había soltado
todo.
—Vuestro amigo siempre está triste o enfadado —se lamentó—. Nada de lo que
le hacemos le satisface de verdad, no es como vos. A veces él nos cuesta
nuestro trabajo. ¿Sabéis cómo lo llamamos algunas de nosotras?
—¿No podéis tener la boca cerrada por una vez? —la reprendió su amiga.
—¡Callaos vos! Lo llamamos…, lo llamamos Tom Vinagre.
—No debéis ser demasiado dura con él —repuso Henri el Impreciso, algo
sensible porque él también había tomado demasiado vino—. Cale tiene el corazón
partido.
—¿En serio? —preguntó la muchacha antes de quedarse dormida Pero la otra
chica, Vincenza, era persona inteligente y, como solía hacer, habiendo apenas
probado la bebida, preguntó a Henri el Impreciso, que tenía la lengua floja, y
le sacó la historia al completo.
—Es una mala chica —sentenció Vincenza—. Eso que hizo estuvo muy feo.
—A mí me caía bien —repuso Henri el Impreciso, repentinamente triste—.
Kleist, sin embargo, nunca la pudo tragar.
—Pienso que vuestro amigo Kleist tenía razón en no tragarla.
—Yo no creo que Kleist tragara a nadie.
Naturalmente, Henri el Impreciso no podía saber que aquel dictamen, si bien
había podido ser cierto hasta hacía poco tiempo, ya no lo era. Kleist estaba
ahora felizmente, por no decir entusiásticamente casado, cosa que entre los
cleptos no resultaba especialmente complicada. Era aquél un asunto sencillo,
incluso rápido y somero, que no incluía las semanas de inútiles festejos y
ruinosos gastos, como señaló encantado el padre de Daisy, que eran propios
hasta de las más humilde boda que celebraban los musulpanes.
—¡Menuda exhibición! ¿Para qué demonios harán todo eso?
De hecho, los cleptos siempre tenían ganas de enterarse de las bodas de los
musulpanes, con la esperanza de que a aquellos a los que no pudieran robar
cuando acudían a la ceremonia, pudieran robarles al regreso. Y fue durante una
de esas bodas, especialmente sonada entre las siempre muy sonadas bodas de los
musulpanes, cuando Kleist tuvo ocasión de trabajar en defensa de sus nuevos
parientes.
Comprendiendo que una gran cantidad de hombres se congregarían en
determinado lugar durante los festejos, los cleptos lanzaron un asalto en
territorio musulpán, y dada la considerable importancia del robo, enviaron más
hombres al asalto de los que normalmente solían arriesgar. Aunque
cuidadosamente calculado, el asalto resultó ser una imprudencia. Los musulpanes
habían hecho circular los rumores de aquella gran boda, sólo como cebo para los
cleptos, y una vez atraídos a la trampa, los habían rodeado en el valle de
Bakah[ii], con
considerable habilidad y gran astucia. Suveri intentó romper el cerco desde el
valle en plena noche, e intentó guiar de regreso a las montañas al grueso de
los que habían sobrevivido el primer día. Era un camino largo y difícil, y sin
duda habría muerto con sus setenta hombres de no haber sido por Kleist. Durante
los tres días siguientes, los doscientos cincuenta musulpanes que intentaban
seguirlos con intención de hacer una masacre con ellos, fueron eliminados por
un chico de dieciséis años, o tal vez de quince, al que nunca llegaron a ver.
Hacia el final del tercer día, Kleist había matado a tantos que le había
entrado repulsión ante tantas muertes y, para irritación de su suegro, tan sólo
disparaba ya a los caballos. Pero los relinchos de los animales también
llegaron a resultarle insoportables, y a partir de entonces ya sólo disparó
flechas de advertencia. Pero con tales pérdidas, y fracasando en todos los
intentos de localizar al que de ese modo los eliminaba, los musulpanes se
volvieron, a regañadientes, llevándose a sus muertos con ellos, y concediéndole
la victoria a Kleist, que se volvió a las montañas encantado con su trabajo
pero también con la inmensa tristeza de pensar lo fácil que era matar en
grandes cantidades a otros seres humanos.
Si bien la tristeza no le duró mucho, en cierto sentido tampoco volvió a
ser nunca el mismo. Sabía que era una cosa terrible matar a un hombre porque de
un modo muy claro sentía que no quería que lo mataran a él. Le había costado
mucho trabajo conservar la vida incluso en el Santuario, un lugar donde ahora
comprendía que la vida no valía realmente la pena. Así que comprendía que
debería sentirse aún peor de lo que se sentía, pese a que se sintió bastante
mal durante los días después de matar a tantos. Algo lo acosaba, tal vez esa
conciencia de la que siempre estaban hablando los redentores, aunque nunca
mostraran señales de tenerla ellos mismos. Aquel malestar no llegaba a ser lo
bastante fuerte para convertirse en un remordimiento o sentimiento de culpa, pero
sí lo suficiente para dejarle comprobar que los redentores habían dejado su
huella en él, no exactamente la huella que querían dejar, pero sí una huella
que no se iría nunca.
De vez en cuando se preguntaba cómo habría sido él de no haber pisado nunca
el Santuario. Completamente distinto, eso estaba claro. Pero lo que ya estaba
hecho no se podía deshacer, así que no servía de nada darle más vueltas. Y, por
lo general, no se las daba.
15
Existe una rima infantil sobre los lacónicos que solían cantar dando
saltitos los gamberretes de Menfis:
Los éforos de Laconia
arrojan
sus bebés al foso del
teatro.
Son los esqueletos
con más hueso,
hacen la sopa negra,
como su seso:
¡UNO! ¡DOS! ¡TRES!
¡CUATRO!
Por matar el rato
matan esclavos
por menos de un
pomelo pocho.
Llevan un ataúd en la
testa,
y duermen en él la
siesta.
¡CINCO! ¡SEIS!
¡SIETE! ¡OCHO!
Pegan a sus niños
palos y coces,
hasta volverlos muy
malos.
Y si lloran o arrugan
los ojos,
se llevan otra tunda
de palos,
¡NUEVE! ¡DIEZ! ¡ONCE!
¡DOCE!
Hay otra estrofa final, ésta prohibida, que no puede cantarse en presencia
de adultos ni chivatos:
A los niños no sólo
les pegan en,
los usan para otras
cosas también.
No diré lo que les
hacen, no,
pero lo cuelan dentro
de la o
del… ¡CE! ¡U! ¡ELE!
¡O!
Mientras que la mayor parte de esta estrofa se dice en susurros, es
costumbre gritar lo más alto posible el último verso.
Cale se tendió a leer el expediente que Bosco le había enviado, lleno de
ese desdén altivo propio de los grandes que se encuentran con alguien de quien
se dice que es más grande aún. Ese desdén no tardó en convertirse en una simple
fascinación ante los detalles particulares de lo que estaba leyendo. Los
admiradores del espíritu y del estilo de vida lacónicos (o laconiafiloidiodos, en la antigua lengua ática), veían los ripios
que quedan arriba consignados nada más que como calumnias de pillos callejeros.
Pero, con la excepción del verso referido a los ataúdes, que según parece no es
más que una invención completamente infantil, las acusaciones de la canción
cuentan con el respaldo de aquellos que son menos entusiastas que los laconiafiloidiodos con respecto a la más
extraña de todas las sociedades. Los lacónicos, cuyo país parecía más un
cuartel que una nación, se veían a sí mismos como «los más libres de todos los
pueblos de la tierra» porque no eran dominados por nadie, ni producían absolutamente
nada de nada. Formaban un estado en el que sólo había una habilidad que se
preocuparan por conservar: la lucha. Los muchachos que nacían fuertes y sanos
en los pueblos lacónicos pertenecían al estado, y a la edad de cinco años se
los separaba de su familia, si es que realmente existía allí tal cosa, para
entrenarlos en la única actividad a la que podían dedicarse, «matar o morir»,
hasta que alcanzaban los sesenta y algo, cosa que, dicho sea de paso, raramente
ocurría. Si no nacían fuertes y sanos, eran, como aseguraba aquella canción de
gamberretes, arrojados a un precipicio conocido como «los depósitos». Si los
lacónicos hubieran escrito poesía, cosa que no hacían, pocos versos hubieran
dedicado a los placeres y a las amarguras de la vejez. Por su resuelta dedicación
a la guerra pagaban de dos modos. En todo momento hasta un tercio de su
población, que nunca pasaba de trece mil, era reclutado para actividades
mercenarias, por las que era fama que se les pagaba espléndidamente. El grueso
del estado lacónico era sufragado mediante la existencia de los helotos. El
término «esclavo» se queda corto para describir la subyugación y cautiverio de
aquellos pueblos desgraciados, que es lo que eran. A diferencia de los esclavos
del imperio Materazzi y otros lugares, los helotos no eran una mezcla de razas
capturadas aquí y allá, ni eran vendidos de un propietario a otro. Eran
naciones conquistadas, subordinadas enteramente, y que ahora trabajaban lo que
en otro tiempo había sido su propia tierra y elaboraban productos que pertenecían
completamente al estado lacónico. Los lacónicos criaban a sus hijos en
cuarteles para no temer más que una cosa: a sus helotos. Ampliamente
sobrepasados en número por aquellos siervos que los rodeaban en gran cantidad
por todas partes, su permanente subyugación poco a poco se fue convirtiendo en
la obsesión de sus dueños. Los helotos hacían posible su única ambición en la
vida, pero al mismo tiempo constituían su mayor amenaza. La supresión de los
helotos, que en otro tiempo habían sido el medio de guerrear interminablemente,
ahora había pasado a ser la razón por la que era indispensable seguir
guerreando. El malvado perro de dientes afilados como navajas se había empezado
a obsesionar con morderse su propia cola.
Los lacónicos estaban gobernados por cinco éforos, que eran elegidos de
entre los pocos que sobrevivían más allá de su sexagésimo cumpleaños. La
referencia que hace la canción a su complexión huesuda no tiene apoyo
documental alguno. A menudo dicen aquellos que detestan a los lacónicos, que
son muchos, que el famoso humor lacónico surge siempre a costa de los otros, en
especial de los discapacitados físicos, a los que desprecian profundamente.
Pero esto no fue siempre así, si es cierta la famosa historia sobre el
éforo Aristades. Una vez cada cinco años, todos los varones lacónicos pueden
votar para ejecutar al éforo que de modo general les desagrade más por su
insensatez o su orgullo, o por el motivo que sea, aunque la sentencia sólo se
lleva a cabo si el candidato consigue más de mil votos. Sabiendo que el número
de votos necesario para su muerte se iba acercando rápidamente a ese número, el
éforo Aristades vio cómo se le acercaba un ciudadano que vivía en el quinto
pino, que no sabía leer ni escribir, y que nunca lo había visto, para pedirle
que, si era tan amable, le escribiera el nombre de «aquel puto Aristades» en
una de las tablillas de arcilla que se utilizaban para votar. Se considera prueba
de inteligencia de Aristades que se prestara de buen grado a hacerle aquel
favor. Se dice que sobrevivió por sólo dos votos.
Había pocas cosas más de las que pudiera reírse un niño nacido en el estado
lacónico. El chiste que se contaba en Menfis era que los niños arrojados a los
depósitos eran los afortunados. Una vez asignados a un cuartel, la comida era
tan mala como la que recibían los acólitos de los redentores, sólo que la
cantidad era todavía menor. Aquella mezquindad tenía el propósito de despertar
su ingenio y obligarles a robar para conservar la vida. Al que pillaban lo
castigaban severamente, no por inmoralidad sino por su falta de habilidad en la
ejecución de su robo. Se cuenta la historia de un niño de diez años que había
robado el zorro que tenía como mascota el éforo Chalon, con la intención de
comérselo, pero lo llamaron a formar antes de que pudiera retorcerle el cuello
y esconderlo. Según se dice, antes que revelar la presencia del animal y dejar
constancia de su fracaso entre los compañeros, permitió que el zorro le comiera
las entrañas, y cayó muerto sin decir ni mu. Aquellos a los que esta historia
les parecía totalmente inverosímil antes de conocer a los lacónicos, ya no
estaban tan seguros una vez que habían entablado relación con ellos.
La infame sopa negra que menciona la canción estaba hecha de vinagre y
sangre de cerdo. Un diplomático de la Dueña, un negociador contratado del mismo
modo en que se contrata a los mercenarios, tras probar una vez aquel brebaje,
les dijo a los lacónicos que se lo habían ofrecido que eran tan repulsivo que
explicaba por sí solo por qué estaban los lacónicos tan deseosos de morir. Como
tienden a hacer tales personas ingeniosas, repitió el chiste prácticamente
idéntico en relación con los Materazzi y sus esposas, que eran tan difíciles de
contentar, según sabía todo el mundo. La diferencia entre los Materazzi y los
lacónicos era que estos últimos encontraban el chiste extremadamente divertido.
Otra rareza en relación con su sopa negra, y muy reveladora, es que mientras
que su sabor difícilmente podía superar el de los pies de muertos, hechos con
frutos secos y grasas rancias, Kleist y Henri el Impreciso nunca pensaban en
aquella especie de tableta vomitiva más que con un estremecimiento, en tanto
que los lacónicos, según era bien sabido, consideraban su sopa como un maná
caído del cielo, e incluso los lacónicos exiliados suspiraban por ella como no
suspiraban por ninguna otra cosa.
Por si acaso su sentido del humor ha suavizado vuestra opinión sobre los
lacónicos, y los encontráis preferibles a los fanáticos y crueles redentores, o
a los Materazzi, con su arrogancia y su esnobismo, mencionaremos ahora la más
oscura y repulsiva de todas las costumbres practicadas por el que tal vez sea
el pueblo más extraño de toda la historia de la humanidad. Mientras que todas
las personas biempensantes consideran la relación sexual entre hombres adultos
y niños como un crimen que clama a los cielos por venganza, y piden castigo de
muerte contra aquellos que cometen tales acciones (¡y cuanto más horrible sea
la muerte, mejor!), en Laconia esta perversión no sólo era tolerada sino
impuesta legalmente. Los hombres mayores que no elegían a un niño de doce para
emplearlo de ese modo eran severamente multados por no cumplir su obligación de
ser un buen ejemplo de virtud varonil.
Cómo llegó a imponerse una costumbre tan peculiar y espantosa es algo que
no podríamos explicar. Los lacónicos también tienen fama de haber tenido una
alta valoración de las madres, permitiéndoles que expresaran opiniones
insultantes ante hombres de cualquier rango, y hasta permitiéndoles que
heredaran propiedades, una costumbre que, según parece, ofende grandemente a
sus vecinos y por la cual son mucho más frecuentemente criticados que por la
repulsiva práctica de la pederastia obligatoria.
Toda esta información se la había proporcionado Bosco a Cale en un
documento secreto que le había pedido que no mostrara a nadie en ninguna
circunstancia. Pero una sección del documento, claramente incluida mucho antes
que la mayor parte de la información del documento, atrajo en especial la
atención de Cale, y quería comentarla con Henri el Impreciso. Se refería a una
aseveración sobre la existencia de la Kripteia hecha por un soldado exiliado
lacónico que era cuestionada en el documento mismo. La Kripteia era un pequeño
servicio secreto constituido por lo que aquel soldado llamaba «antisoldados». A
éstos se les seleccionaba de entre los jóvenes lacónicos más crueles a
implacables, y se les animaba a desarrollar cualidades de originalidad,
independencia de pensamiento y otras actitudes que sin embargo eran reprimidas
en los demás, de los que se esperaba que lucharan en masa, sin propósitos de
supervivencia personal.
—Me pregunto —le comentó Cale a Henri el Impreciso— si sería leyendo estas
páginas como a Bosco se le ocurrió la idea de hacer lo que hizo conmigo.
—Y yo me pregunto —le respondió Henri el Impreciso a Cale— si podréis pasar
por la puerta en caso de que os crezca un poco más la cabeza. De todas maneras,
si fue así, dad gracias de que ésa fuera la única idea que les robó a los
lacónicos.
—¡Santo Dios! —exclamó Cale, arrugando la cara de puro disgusto.
16
—Quiero ver a la doncella de los ojos de mirlo. —Cale hizo esta petición
esperando una negativa. Bosco no pudo entonces dejar de recordar que la ira de
Dios hecha carne era además un simple adolescente. Había algo muy satisfactorio
en poder contradecir las expectativas de Cale respecto a esa negativa:
—Por supuesto.
Y le siguió un gratificante silencio como respuesta.
—Ya —fue todo lo que respondió Cale al final.
—Se hará como deseéis. —Bosco alargó la mano hacia un montón de unos doce
pergaminos que ya tenían puesto su sello, y empezó a escribir en él.
—Quisiera verla a solas.
—Yo no tengo deseo de volver a ver a la doncella de los ojos de mirlo, eso
es lo aseguro —repuso Bosco, experimentando una nueva satisfacción.
Bosco aclaró que llevaría al menos hora y media traspasar los cuatro
controles de seguridad que protegían a los diez ocupantes de las celdas
interiores de la Casa del Propósito Especial. En el último control Cale tuvo
que aguardar cincuenta minutos, porque había que enviar un mensajero a Bosco
para que regresara con una carta de confirmación que corroborara la carta que
portaba Cale. Cuarenta de aquellos cincuenta minutos, en los que Bosco dejó al
mensajero esperando a la puerta de su despacho, constituyeron para él la
tercera gran satisfacción de aquella tarde.
Finalmente regresó el mensajero, y el carcelero invitó a Cale a pasar
delante por una gran puerta, y después a entrar en la celda de la doncella.
La doncella de los ojos de mirlo estaba acostada, pero se incorporó
asustada al sentir que abrían la puerta de su celda. Tenía toda la razón en
asustarse ante un acontecimiento tan extraordinario.
—Salid —dijo Cale. El carcelero se resistió—. No os lo diré una segunda
vez.
—Tendré que cerraros.
—Volveréis cuando os llame —dijo, e hizo una pausa para dejar claro el
sentido de sus palabras—: ¡No…!
El carcelero sabía exactamente lo que quería decir aquella advertencia
aparentemente misteriosa, porque justamente lo que le rondaba por la cabeza era
la idea de hacer esperar a Cale cuando lo llamara para salir.
Haciendo terribles esfuerzos por reprimirse, el carcelero cerró la puerta.
Cale posó la vela que llevaba en la mano sobre la mesa sin silla que era junto
con el catre el único mueble de la celda. La muchacha, que estaba escuálida
debido a la comida de la cárcel, que además de horrenda era escasa, lo miró con
sus enormes ojos castaños. Seguramente parecían más grandes de lo que eran
debido a que le habían afeitado la cabeza, en parte por los piojos y en parte
por maldad.
—He venido sólo a hablar con vos. No tenéis nada que temer. No de mí.
—¿De alguien más?
—Estáis en la Casa del Propósito Especial. ¡Por supuesto que de alguien más
sí!
—¿Quién sois?
—Me llamo Thomas Cale.
—No he oído hablar de vos.
—Yo juraría que sí.
—Al menos que seáis el Thomas Cale que ha enviado Dios para matar a sus
enemigos. —Cale no respondió nada—. Dios —dijo en tono de reproche— es una
madre para sus niños.
—Yo no he tenido madre —respondió Cale—. ¿Se trata de algo bueno?
—Homo hominis lupus[iii].
¿Es eso lo que sois vos, Thomas, un lobo para el hombre?
—Es justo decir —respondió pensativo— que he hecho mis lobunadas. Pero sólo
porque los rumores hayan llegado incluso hasta vos, aquí en la celda, no quiere
decir que sean ciertos. .Tendríais que oír lo que dicen sobre vos.
—¿Qué queréis? —preguntó ella.
Ésa era una buena pregunta, porque él mismo no lo sabía muy bien.
Ciertamente, tenía curiosidad por aquella mujer que había logrado irritar a los
redentores de tantas maneras diferentes. Pero la verdad era que le había pedido
a Bosco que le concediera aquella visita más por molestarlo a él que por
satisfacer su curiosidad. Y había esperado que le respondiera que no.
De los bolsillos (ahora Cale podía tener tantos bolsillos como quisiera)
empezó a sacar comido: una empanadilla, media barra pequeña de pan partida en
dos trozos para mayor comodidad, una gran tajada de queso, una manzana y una
porción de tarta de panela. Los ojos de la doncella, que ya parecían ocuparle
todo el rostro, se le agrandaron aún más.
—Espero que no sea demasiado fuerte.
—¿Fuerte…?
—Para vuestro estómago.
—No soy ninguna vagabunda que no haya probado nunca un pastel o vivido toda
su vida de nabos suecos. Vengo de familia importante, sé leer, sé latín.
—Entonces, ¿es por eso? ¿Pecado de orgullo?
—¿Saber leer?
—Me refiero a menospreciar a los pobres. No es culpa de ellos si nunca
probaron un pastel ni la tarta de panela. Yo tampoco sabía mucho de esas cosas
hasta hace poco. Vuestras palabras me ofenden.
En ese momento sonrió, y ella se tomó bien el reproche.
—¿Puedo…? —preguntó mirando la comida con ojos codiciosos.
—Por favor… —La doncella empezó a comer, pero sus intenciones de no
atiborrarse quedaron olvidadas ante la pura maravilla de la empanadilla.
—Por regla general, la comida ya es bastante asquerosa fuera de este lugar,
pero en esta pocilga debe de ser aún peor.
—Mnugh bwaarh gnuff —pronunció ella mostrando que estaba de acuerdo, pero
sin dejar de comer.
Él la miró alarmado cuando el queso, que tenía que pesar por lo menos medio
kilo, emprendió el camino ya recorrido por la empanadilla. Con cierta
dificultad, le arrancó de los dedos lo que quedaba del queso, y lo posó en la
mesa.
—Os pondréis mala. Dadle al queso una posibilidad de asentarse.
La sujetó por los hombros y la empujó para hacerla sentarse en el catre,
dándole un minuto o dos para recuperar la serenidad de una hija de buena
familia. Era como si la misma alma de la comida, de la leche, del queso, la
impaciencia de probar la miel que llevaba la empanadilla, le estuvieran
infundiendo nueva vida. Cale aguardó casi un minuto durante el cual ella le
parecía un moribundo que va recuperando la vida: le daba la impresión de que
crecía, y de que los ojos ya no se le salían de las cuencas, aunque se le
empezaron a llenar de lágrimas.
—No sois el ángel de la muerte: sois el ángel de la vida.
No supo qué contestar a eso, así que no dijo nada.
—¿En qué puedo ayudaron? —preguntó talmente como hubiera hecho la hija de
una familia importante en el salón de su padre para impresionar a las visitas
con sus buenos modales.
—Me he enterado de lo de los carteles que escribisteis y pegasteis en las
puertas de la iglesia. Y que convencisteis a otros para que hicieran lo mismo.
Quiero saber por qué.
Ella podía haber parecido una moribunda, pero no era ninguna tonta.
—¿Usarán lo que diga contra mí en el juicio?
—Ya habéis tenido todos los juicios que ibais a tener. —En cuanto lo dijo,
se arrepintió de la brutalidad de sus palabras, pero ya era demasiado tarde—.
Lo siento.
-No os preocupéis —dijo ella casi sin voz. Volvía a ser la cortés pero
aterrorizada hija del alguacil—. ¿Sabéis cuándo me matarán?
Eso lo turbó. Se sintió culpable.
—No. No lo sé. No creo que sea pronto. Por lo que sé, creo que antes os
llevarán a Chartres.
—Entonces, ¿volveré a ver el cielo?
—Esto lo turbó aún más.
—Desde luego: pero está a doscientos kilómetros.
Hubo un largo silencio.
—¿Queréis saber por qué? —preguntó ella finalmente.
—Sí —respondió, aunque la verdad era que ya no tenía ganas de saber nada
más sobre ella.
—Hace unos dos años que entré en la sacristía cuando no estaba el
sacerdote. Soy una metomentodo: eso es lo que dice todo el mundo.
Él asintió en la oscuridad, pese a que no sabía qué quería decir
metomentodo.
—En el reservado de la sacristía, que se supone que tendría que haber
estado cerrado, encontré una caja fuerte que también tendría que haber estado
cerrada. Dentro se hallaban los cuatro libros de las buenas nuevas del Ahorcado
Redentor. Eran las palabras del Ahorcado Redentor, tal como se las dijo a sus
discípulos. ¿Habéis leído la Buena Nueva?
—No.
—¿Habéis hablado con alguien que la haya leído?
Se rió ante idea tan descabellada.
—Por supuesto que no. ¿Qué hacía un cura de parroquia con los cuatro libros
del Redentor? Se supone que sólo los cardenales tienen derecho a leerlos, y eso
sólo una vez, para no profanarlos con la comprensión humana. No son más que
cincuenta en total los que pueden hacerlo, y esa cifra no incluye a ningún cura
de la parroquia de Quintocoño del Valle. Sin intención de ofender.
Ella dio la impresión de estar, si no ofendida, al menos sobresaltada.
—Era una copia. Estoy segura de que era su propia letra. No era un
verdadero amanuense, pero su caligrafía era primorosa.
—O sea que lo hizo de memoria. —Cale pensó en ello, pero no le parecía un
gran prodigio.
—¿No os interesa saber lo que decía? —preguntó ella, claramente
desconcertada.
—No.
La doncella no pensaba desistir.
—Pues decía que había que amar al prójimo como a uno mismo, tratar a los
demás como quisiéramos ser tratados, y que si alguien nos pega en el moflete
izquierdo, debemos presentar el derecho.
—¿Se refería a los mofletes de la cara, o a los del culo?
—¡Os estoy diciendo la verdad!
—¿Cómo lo sabéis?
—Estaba escrito en el libro.
—Del puño y letra de algún redentor chiflado. Cada año queman a una docena
de ésos en el patio, a doscientos metros de aquí: majaretas que han recibido la
palabra de Dios, revelada en una visión. La única diferencia es que vuestro
cura tuvo la sensatez de intentar al menos guardar bajo llave esas sandeces.
—Era la verdad. Lo sé.
—Eso es lo que dicen todos. ¿Qué más?
—«Paz y buena voluntad para todos los hombres» —añadió.
Cale se rió como si aquello fuera la cosa más divertida que había oído
nunca.
—Ofrece la otra —dijo—, ¡a otro perro con ese hueso! «Obedece y sufre…».
«Quédate y aguanta las patadas»: eso es más del estilo de los redentores.
La doncella lo miró con ojos tan abiertos, según le pareció a Cale, como
cierta extraña criatura del zoo de Menfis que tenía el dedo índice la mitad de
largo que el cuerpo entero.
—«Aquellos que hagan daño a un niño serán castigados. Más les valdría tener
una piedra de molino atada al cuello y que los tiren al mar».
Cosa extraña: esto a Cale no le pareció tan divertido, y se quedó callado
durante un buen rato. La doncella estaba sentada en el borde del catre, con su
aspecto débil y raquítico. Cale pensó en lo que iba a ocurrirle, y se sintió
mal por haberse reído de las cosas que la habían llevado hasta allí, a aquel
lugar espantoso.
—Haré lo que pueda para traeros algo de comida. —No se le ocurría otra
manera de consolarla. Ella lo miró y eso le hizo sentirse muy mal,
horriblemente viejo y malo, muy malo.
—¿Podéis ayudarme a salir?
—No. Me gustaría, pero no puedo.
Una vez fuera de la Casa del Propósito Especial, se dio cuenta de que el
invierno había llegado por fin, y en el gran patio del Santuario lo cubría todo
la nieve recién caída, honda, llana, crujiente. Las chovas graznaban en los
árboles sin hojas mientras Cale aplastaba la nieve al pasar, y los perros de
caza, con sus dientes como uñas, le ladraban en medio del frío como si se
tratara de un ladrón o un fugitivo. Nada podía otorgar ningún encanto a los
monumentales pero sosos edificios del Santuario, pero cubiertos de nieve e
iluminados por la luna, que las nubes tapaban por momentos, tenían esa noche
una belleza glacial para quien no tuviera que vivir en ellos.
Más tarde, le preguntó a Bosco si podía enviarle comida a la doncella.
—Eso no lo puedo permitir.
—¿No…?
—No, no puedo. ¿No habéis oído nunca la frase: «Un león en la casa, un
spaniel en el mundo»?
—No.
—Bueno, ahora ya la habéis oído.
—¿Qué es un spaniel?
—Un perro que tiene fama por su deseo de agradar. Yo puedo explicar vuestra
presencia en su celda… una vez. En cuanto se supiera, y tardaría pocos días en
saberse, que la he dejado comer más de lo estrictamente necesario para
entregársela con vida al verdugo, se me consideraría al instante hereje. Y lo
sería. Sus pecados contra la fe del Redentor están fuera de toda medida.
—Le hice una promesa.
—Pues más tonto habéis sido.
—¿Sus pecados están fuera de toda medida porque leyó un ejemplar de los
dichos del Ahorcado Redentor y habló sobre ellos?
—Sí.
—Supongo que vos quemasteis el libro que ella encontró.
—Era lo mejor.
—¿Y…?
—¿Y qué…? —El tono en que retaba a Cale incluía algo que casi parecía
alegría.
—Ese libro de dichos del Ahorcado Redentor, ¿qué era?
Bosco hizo una mueca reflexiva, y al mismo tiempo un poco socarrona.
—Era un libro de dichos del Ahorcado Redentor.
Silencio.
—Os estáis riendo de mí.
—Efectivamente. Pero aun así, seguía siendo una copia de los dichos del
Ahorcado Redentor.
—Una buena copia.
—Bastante buena. Cometió algunos errores pero aun así el copista era un
hombre inteligente, con una excelente memoria.
—¿Era…?
—Ahora os estáis haciendo vos el tonto.
—¿Por qué es tan terrible lo que hizo ella?
Bosco se rió.
—Como vos mismo dijisteis: la comprensión humana puede corromper fácilmente
la palabra del Señor. Por cierto que es una gran frase. ¿Os importaría si la
uso alguna vez en un sermón?
—¿Estabais escuchando?
—¿Pensabais que no?
Cale tardó un momento en responder.
—En realidad, no sé lo que significa. No es más que una frase que oía una
vez a un amigo mío, en Menfis. Estaba bromeando.
Bosco se quedó un poco decepcionado. Se había sentido orgulloso de Cale al
oírsela decir. Al fin y al cabo, la frase era completamente acertada. Tal vez
el hecho de no poder cumplir la promesa que le había hecho a la doncella había
hecho desaparecer por un instante su gran vanidad. ¿Y por qué no explicársela,
al fin y al cabo?
—Incluso para aquellos redentores que no han comprendido que Dios ha
decidido empezar de nuevo, lo que está claro es que en lo que se refiere a
hombres y mujeres, no hay fin para sus riñas y barullos con respecto a todo. No
hay declaraciones que Dios haya hecho directamente por su boca, no importa lo
sencillas y fáciles de comprender que sean, que no nos inviten a rebanarnos la
garganta unos a otros a propósito de su verdadero significado. Por lo que a mí
respecta, hacer pública la palabra de Dios a la humanidad es como echar
margaritas a los cerdos. De cualquier modo, lo que ha hecho la doncella de los
ojos de mirlo es imperdonable.
Algo más tarde, esa misma noche, la nieve llevó al Santuario algo más que
su acostumbrada belleza: llevó allí también al General Redentor Guy van Owen en
busca de refugio. El general llevaba diez minutos esperando ante la gran
cancela, y se hallaba de un humor de perros porque los guardias no lo dejaban
entrar. Van Owen intentaba volver a su puesto en los Altos del Golán que
protegían el frente oriental, y ése era un viaje que normalmente pasaba a
treinta kilómetros de distancia del Santuario. Pero la nieve había hecho
impracticable el camino, y como con las prisas por volver no se había preparado
para un tiempo tan extremado, se vio obligado a elegir entre refugiarse en el
Santuario o morir.
Van Owen odiaba a Bosco porque treinta años antes había creído verlo
sonriendo desdeñosamente durante un sermón que había pronunciado él sobre la
Santa Emulsión. Lo cierto es que en aquella ocasión Bosco no estaba más que
aburrido y pensando en el chocolate caliente que seguiría al sermón de Van
Owen, un placer muy propio de aquella festividad en particular, dado que el
santo en cuestión había sido sumergido en azúcar hirviente.
Hicieron esperar a Van Owen durante diez minutos bajo el viento helado
hasta que Bosco, levantado de la cama, apareció en una de las torres que
guarnecían la gran cancela.
—¿Quién sois vos y qué deseáis?
—Sabéis perfectamente quién soy, voto al Diablo —le gritó en respuesta Van
Owen.
—Yo nos é más que lo que le habéis dicho al Capellán Abanderado. Si pensáis
que con eso basta para dejaros entrar a vos y a vuestros cien hombres en el
Santuario y en medio de la noche…
—No terminó la frase.
Van Own soltó maldiciones y gritó a su farero que levantara la linterna
para que pudiera vérsele el rostro al levantarse la capucha.
—¿Satisfecho?
—Decidle al farero que vaya pasando a lo largo de las filas. Quiero ver a
los hombres que van con vos.
—¡Por todos los santos bujarrones! —exclamó—, volviéndose hacia el farero—.
Haced lo que os dice.
Le costó a Bosco otros diez minutos darse por satisfecho. Ciertamente,
hubiera hecho lo mismo aunque Van Owen hubiera sido un amigo, pero en el caso
de Van Owen, forzar aquella espera le proporcionaba un considerable placer.
Finalmente se dio por satisfecho y desapareció de delante de Van Owen. Éste
tuvo que aguardar, cada vez más furioso e inseguro, durante otros dos minutos
hasta que se abrió la cancela lentamente y sólo en parte, de tal modo que los
hombres y los caballos se vieron obligados a ir pasando despacio, de uno en
uno.
Van Owen pasó el primero, con intención de decirle a Bosco cuatro cosas.
—¿Dónde está Bosco? —le gritó al Capellán Abanderado.
-El Señor Redentor ha ido a acostarse, padre. Os recibirá mañana por la
mañana después de la misa. Os conduciré a vuestra habitación. Vuestros hombres
tendrán que dormir en el salón principal, que quedará cerrado con llave.
Echando chispas, a Van Owen lo llevaron a través de la prístina capa de
nieve, sin que lo observaran sus hombres, que sólo estaban interesados en
acomodar a los caballos y en entrar en calor. Pero había alguien que sí lo
observaba atentamente desde una ventana elevada. Cuando lo vio penetrar con
todo su malhumor en el edificio principal, Cale encendió una vela de cera de
abeja y se fue hacia la biblioteca, abrió la puerta con una llave que le había
robado a Bosco, y buscó atentamente en las estanterías la carpeta sobre Van
Owen, y después un documento mucho más delgado: «Tácticas del mercenario
lacónico. Entonces se sentó ante la mesa de Bosco y sobre la acolchada silla de
Bosco, y empezó a leer.
—Tengo que estar de vuelta en el Golán en dos días.
—¿A qué viene tanta prisa, padre?
—Decidle a vuestro acólito que se vaya, si sois tan amable.
—¿Mi acólito? —Aquello le hizo gracia a Bosco—. ¡Ah, éste no es «mi
acólito»! ¡Éste es Thomas Cale!
Van Owen miró a Cale con una expresión que era mezcla de asombro y
desprecio. Cale le devolvió la mirada más inexpresiva que os podáis imaginar.
—Como queráis.
—Pues eso quiero. Ahora, como el tiempo apremia tanto…
Van Owen hizo una pausa, pero sólo para otorgar su importancia
trascendental a las noticias que tenía que transmitir.
—Hay ocho mil mercenarios lacónicos a sueldo de los antagonistas, marchando
a través del Machair hacia los Altos del Golán.
—Y vos vais a tomar el mando de la defensa. —Se trataba de una afirmación
más que de una pregunta.
—No —repuso Van Owen, claramente encantado de poder contradecir a Bosco—.
No es ésa mi intención. El Golán va a ser la base para una posterior defensa de
los Altos. Yo estoy decidido a no permitir que esos seres inspiren el miedo y
la alarma que están acostumbrados a inspirar. Un ejército redentor no tiene
nada que temer de ningún soldado, y menos de esos espantosos sodomitas. Tengo
ocho mil de mis hombres aguardando en el Golán, y mañana se les unirán diez mil
hierofantes.
—¿No tenéis nada que temer, pero pretendéis sobrepasarlos por más de dos a
uno?
Van Owen sonrió, sintiendo que había sorprendido a Bosco con su audacia.
—No sois el único, Bosco, que cree en las tácticas nuevas. Pero yo prefiero
ser audaz, sin correr riesgos innecesarios.
—Sí —dijo Bosco, como si admitiera algo—. Es una audacia.
Hubo un reconocimiento satisfecho pero mudo por parte de Van Owen. Cale
habló por primera vez.
—Es una locura atacarlos en el Machair.
—¿Conocéis bien esos terrenos, pequeño?
—Sé que son bastante llanos. Y el terreno llano es terreno llano en
cualquier parte. No podría ser un campo mejor para los lacónicos. Atacadles
allí, y les haréis el mejor regalo de cumpleaños que hayan recibido en su vida.
—Esta frase de los cumpleaños la había oído en Menfis y le había gustado cómo
sonaba. Como comprendió nada más pronunciarla en voz alta en las habitaciones
de Bosco, no sonaba igual de bien usada ante gente que no celebraba su
cumpleaños. Recordaréis que un redentor tenía derecho a matar a un acólito que
hiciera algo lo suficientemente inesperado. Quién sabe qué podría haber
ocurrido si Van Owen se hubiera quedado menos pasmado de que se le hablara de
tal modo, o simplemente si hubiera llevado un arma con él.
Bosco alargó el brazo a través de la mesa y le propinó a Cale un tremendo
golpe en el rostro. Esta vez le tocó a Cale el turno de no poder responder a
causa de la sorpresa.
—Debéis perdonarle —le dijo Bosco a Van Owen con voz tranquila—. Por la
gloria de nuestro Redentor, le he consentido demasiado debido a su talento, y
se me ha vuelto algo insolente y engreído. Si nos disculpáis, os aseguro que
vos recibiréis toda la ayuda posible y que yo le castigaré. Lo lamento
profundamente.
Semejante humildad por parte de su enemigo era casi tan sorprendente como
la rudeza de Cale, y Van Owen se encontró a sí mismo asintiendo estúpidamente,
y saliendo al corredor en cuanto Bosco le mostró la puerta, que cerró tras él.
El General Redentor se volvió hace Cale casi sin respiración. No era
agradable verlo. El muchacho se había puesto blanco de la furia, algo que Bosco
no había visto nunca antes, no ya en Cale, sino en nadie.
—Hay un cuchillo en el cajón, justo a la izquierda —dijo Bosco—. Pero antes
de que me matéis, cosa que podéis hacer, os pido que me escuchéis.
Cale no respondió ni cambió de expresión, pero tampoco se fue a buscar el
cuchillo.
—Vos estabais a punto de decir algo que podría haber cambiado el mundo.
Nunca —dijo en voz baja pero levemente temblorosa—, nunca debéis interrumpir a
vuestro enemigo cuando está cometiendo un error.
Cale no se movió, pero poco a poco algo parecido al color, una especie de
tono rojizo impropio de un ser humano, comenzó a regresar a su rostro.
—Voy a sentarme —dijo Bosco—. Aquí. Cuando termine, podréis decidir si me
matáis o no.
Por primera vez desde que había vuelto de la puerta, apartó la mirada de
Cale y se sentó en un banco de madera que había arrimado a la pared. Los ojos
de Cale perdieron aquella mirada amarilla de perro salvaje y recobraron cierto
aspecto humano.
Bosco resopló, y volvió a hablar.
Eso fue veinticuatro horas antes de que Cale apareciera en el convento para
contarle a Henri el Impreciso lo que había sucedido.
—Faltó esto —dijo Cale, juntando casi del todo el pulgar con el índice—
para que lo matara.
—¿Por qué no lo hicisteis?
—Por mi ángel de la guarda. Mi ángel de la guarda me detuvo.
Henri el Impreciso se rió:
—¿Os dijo cómo se llamaba? Porque me gustaría darle las gracias a ese ángel
de la guarda vuestro. También a mí me salvó el cuello.
—No os alegréis demasiado, porque también hay malas noticias.
—¿Cuáles?
—Bosco llegó a un acuerdo con Van Owen para que se llevara con él a los
purgatores, y a mí.
-¿Por qué?
—Como observadores. Le dijo a Van Owen que los purgatores y yo, pese a los
éxitos cosechados en el Veld, teníamos mucho que aprender de un soldado como
él. Lo convenció diciéndole eso, y con un pequeño soborno además.
—¿Un soborno…? —Henri el Impreciso se quedó con los ojos como platos al oír
aquella palabra. Tal vez existe un nivel en el que el corazón humano alberga
tanto odio que ya no puede aceptar más. Así pensaba Henri el Impreciso que le
ocurría a él en relación con los redentores. Pero le desconcertaba la simple
idea de que uno de ellos aceptara un soborno.
—Bosco le ofreció —dijo Cale— el pie incorrupto de san Bernabó—. Van Owen
siente una especial devoción por san Bernabó. Ya habéis oído hablar de esa cosa
que los gatos de Menfis se vuelven locos por conseguir. A él le pasó lo mismo.
Cale no fue capaz de contarle a Henri el Impreciso que también había tenido
que disculparse ante Van Owen. Era necesario, pero fue algo muy duro de hacer.
«Tendréis que hacer de tripas corazón —le había dicho Bosco—. No tardaréis en
verle fracasar, y eso o resarcirá». «¿Estáis seguro de que fracasará?», le
había preguntado Cale. A lo que Bosco había respondido: «No».
—¿Cuáles son las malas noticias? —preguntó Henri el Impreciso.
—Que vais a venir conmigo.
—¿Yo…? ¿Por qué?
—Porque yo se lo he pedido.
—¿Por qué demonios hacéis eso?
—Porque necesito que me acompañéis.
—Eso no es cierto.
—Deberíais tener un concepto más alto de vos mismo.
—No hay nada de malo en el concepto que tengo de mí mismo.
—Necesito a alguien que escuche mis ideas. ¿A quién más podría contárselas?
—Yo no quiero ir.
—De eso estoy seguro. Apuesto a que preferiríais quedaros aquí echando
polvos con un montón de chicas muy dispuestas a la labor y que piensan que el
sol sale de vuestro trasero. Pero no es posible. Ha llegado el momento de
ponerse en funcionamiento.
—¡Vale! —exclamó Henri el Impreciso— ¡Vale, vale, vale! —Resopló como un
caballo enfurecido, y lanzó una maldición—. ¿Cuándo?
—Parece que él quiere salir mañana.
—¿Y Bosco por qué me deja ir?
—Porque piensa que ninguno de los dos dejará a las chicas en la estacada.
—¿Y no lo haremos?
—No lo sé. ¿Vos qué pensáis?
Henri el Impreciso no contestó directamente.
—Al menos eso explica por qué nos ha dejado gozar los pecados de la carne.
—Explica por qué os permitió a vos disfrutar de ellos. A mí me dejó entrar
ahí porque no se puede corromper a la ira de Dios.
—¿Y eso es lo que sois?
—¿A vos qué os parece?
—¿Insistís en preguntármelo a mí?
—Porque quiero saberlo. Ya os he dicho que valoro vuestra opinión. —Hubo un
silencio—. Por cierto, ¿os parece que debería llevar a mi acólito, Model, al
convento antes de que nos vayamos?
—¿Por qué?
—Por bondad. ¿Quién sabe qué nos ocurrirá a nosotros? Tal vez nunca tenga
la ocasión de ver a una mujer…
Henri el Impreciso lo miró, furioso de pronto.
—Ellas no son animales del zoo de Menfis. No os pertenecen, así que no
podéis andarlas prestando a vuestros amigos.
—De acuerdo, no os sulfuréis. No recuerdo que pusierais pegas cuando os
tocó el turno.
—Ellas no tocan por turnos.
—Como queráis. ¡Dios mío!, no fue más que una idea.
Henri el Impreciso no contestó.
Al día siguiente, cuando llevaban dos horas en el camino hacia los Altos
del Golán, Henri el Impreciso tenía frío, se sentía fatal, y echaba mucho,
mucho de menos, a las adorables muchachas que dejaba atrás, a casi todas las
cuales dejaba llorando, salvo a su favorita, Vincenza, que lo besó en ambas
mejillas y después levemente en los labios. Él temblaba, y no a causa del frío,
al recordar lo que ella le había dicho al oído, entre un suave beso y otro.
Vincenza, que era con diferencia la más inteligente de todas las chicas, lo
convertía en suyo al decirle: «Regresad a mí y os mostraré algo que no habéis
visto nunca».
Las echaba horriblemente en falta. ¿Quién podría reprochárselo? Si existía
el cielo, no podría ser mejor que la vida en el convento. El único aspecto en
que podía mejorarlo era en no encontrarse rodeado de infierno. Y éste era el
gran problema: estaba deseando atravesar el infierno para volver con ellas,
pero no podía. Sólo había una persona con la habilidad, con la capacidad de
amenaza, la violencia y la ira necesaria para hacerlo.
Pasaron otros seis días antes de que llegaran al Golán. El Golán es un gran
resalto en el terreno que tiene unos setenta kilómetros de largo, la misma
distancia que va hasta el palacio oficial del Papa en la ciudad santa de
Chartres, cuyo flanco protegía. El lado izquierdo del Golán da a los Macmurdos
orientales, unas montañas que resultan intransitables para cualquier ejército
antes de descender, trescientos kilómetros después, en un paso llamado el Paso
de Buford, disputado por los lacónicos y los neutrales suizos. Ésta era la
única debilidad en las defensas naturales de los redentores, en el este del
Golán. Si los lacónicos acordaban sumarse a los antagonistas, aquel paso sería
el lugar por el que atacarían. A la izquierda del Golán, Chartres y los vastos
territorios de los redentores que había detrás eran protegidos por los Frentes,
una línea de trincheras que en ocasiones podía consistir hasta en diez
trincheras paralelas, y que se alargaban durante ochocientos kilómetros hasta
la siguiente defensa natural: el mar Weddell. Desde tiempo inmemorial, los
antagonistas estaban inmovilizados tras aquellas grandes defensas, tanto
naturales como artificiales Sólo la mina de plata descubierta en Argento podría
persuadir a los lacónicos de colocar un ejército entero en el campo, porque su
política era la de no poner al servicio de nadie más de trescientos soldados a
la vez, para proteger del desastre su más grande recurso. También tuvieron que
ser sobornados para afrontar la guerra contra los suizos a cuenta de la posesión
del Paso de Buford, que por lo demás era un lugar de poca importancia
estratégica para ninguno de los lados.
No hubo avances hacia el Golán para los lacónicos durante el verano.
Normalmente el Golán era un lugar de inviernos suaves que hacían que mereciera
la pena contemplar la posibilidad de emprender campañas en época tan
desacostumbrada, siempre que el dinero no diera problemas, pero habían llegado
unos fríos que hacían de aquél el peor invierno que nadie recordaba.
Los caminos cubiertos por una gruesa capa de nieve, la dureza del tiempo,
la amargura de los días, las noches insoportables… Bosco tranquilizó a Van Owen
respecto a que no importaría que se demorara en el Santuario, pues por malo que
fuera el tiempo en Peña Shotover, donde se hallaba el Santuario, sería peor
para los lacónicos que intentaban abrirse camino por el Machair. en las raras
ocasiones en que nevaba allí, los vientos circulaban por sus espacios anchos y
abiertos provocando la formación de enormes montículos. Los lacónicos podían
soportar mayores adversidades que ningún otro hombre, pero no podían volar, así
que se quedaban atrapados donde estaban, con su sopa negra y sus desgraciados
helotos que morían de frío por docenas.
En cuanto llegaron al Golán, Van Owen les hizo sudar la gota gorda a Cale y
a Henri el Impreciso, encargándoles cualquier menudencia desagradable o inútil
que lograba encontrar para ellos, cosa nada difícil ya que bajo los vientos
heladores era una tortura llevar a cabo incluso la más sencilla tarea. Van Owen
alojó a los purgatores en los lugares más incómodos y fríos, y les destinó las
peores provisiones.
—¿Quiénes son esos tipos? —le preguntó a Cale refiriéndose a los
purgatores, de los que estaban algo alejados—. No me gusta su aspecto. Hay algo
en ellos que no me encaja.
Pese al hecho de que sabía que Bosco tenía razón, y que revelar algo a
alguien que le deseaba lo peor era señal de infantilismo y podría llevarle a la
tumba en una situación en que mantener la boca cerrada podría significar la
diferencia entre la vida y la muerte, simplemente no se pudo refrenar.
—De la madera torcida de la humanidad, padre, nunca ha salido cosa recta.
—Ésta era quizá la frase más célebre de san Bernabó, el del pie incorrupto,
objeto predilecto de la veneración de Van Owen.
—¿Estáis intentando burlaros?
—No, padre.
—Entonces os lo vuelvo a preguntar: ¿quiénes son esos tipos?
Otra frase famosa de san Bernabó era: «Una verdad que se dice con mala
intención sobrepasa a todas las mentiras que puedan inventarse». Cale la
conocía porque había hojeado una biografía del santo en la biblioteca la noche
anterior a su huida del Santuario. Le había impresionado aquella frase acerca
de la verdad, porque le parecía que san Bernabó había dicho muy bien algo que
él había aprendido por sí mismo sobre las mentiras, cuando no era más que un
niño pequeño.
—Son hombres que han transgredido las normas, pero que expiarán sus errores
mediante una especial valentía. Aparte de esto, he jurado por el pie de san
Bernabó no decir nada más.
Si Van Owen hubiera estado más acostumbrado a que los acólitos le tomaran
el pelo, habría comprendido que se mofaba de él. Era un error tensar tanto la
cuerda, pensó Cale, y al mismo tiempo que hablaba se sintió avergonzado de su
propia estupidez. Dios sabe qué habría ocurrido si Van Owen hubiera estado más
acostumbrado a detectar las gracias de los jóvenes insolentes. Van Owen no
sabía muy bien qué pensar de aquel muchacho poco agradable que tenía delante,
aparte de que, efectivamente, se trataba de alguien poco agradable. Los niños
santos no eran algo desconocido, aunque personalmente él nunca se había
encontrado con ninguno Normalmente eran santos porque habían muerto demostrando
su santidad, y por tanto no habían tenido tiempo de convertirse en un incordio.
No había habido un niño guerrero reconocido como elegido por Dios desde san
Juan, hacía trescientos años, que convenientemente había muerto de viruela unos
años después de derrotar a los Cenci en Saint Albans. Pero una cosa era un niño
elegido, que tenía visiones encantadoras de la madre del Redentor y además e le
daba bien lo de anunciar profecías incomprensibles que podían ser interpretadas
a su conveniencia por cabezas más sabias, y otra muy diferente una escurridiza
oveja metida en piel de lobo, especialmente si había salido del redil de Bosco.
El problema era que Van Owen no era tan sólo un zorro interesado y ambicioso,
cosa que desde luego era, sino además un pío creyente en el Ahorcado Redentor.
¿Y si aquel odioso papanatas que tenía delante no era tan sólo una especie de
salvaje espadachín especialmente dotado para la carnicería, sino que realmente
estaba bendecido por Dios? Cometer un error en aquel asunto era cosa grave,
pues ese error atañía a algo más que su posición en la política: atañía a su
alma inmortal.
El tiempo anormalmente extremado que había llevado consigo la nieve
finalizó tan de repente como había empezado. Los vientos helados del norte
fueron reemplazados por otros más cálidos del este, que en menos de tres días
provocaron el deshielo de la nieve. La tierra del Machair era ligera, de turba,
y los orificios y folículos de las rocas de llamativas formas sobre las que la
tierra se asentaba absorbían el agua del deshielo con tanta facilidad como si
se tratara de la bañera con el tapón quitado de un palacio de Menfis.
Ocupado en sus preparativos, Van Owen no tenía tiempo de pensar en Cale,
que en cuanto pudo se llevó consigo a Henri el Impreciso en busca de comida
extra para los purgatores.
—Dejadlos que se mueran de hambre —repuso Henri el Impreciso—. Y que se
congelen. Espero que atrapen la fiebre porcina para que la columna vertebral se
les tuerza hacia un lado y la oreja izquierda se les caiga de puro podrido en
el bolsillo de la derecha.
—Tranquilo, Henri. Antes o después, tu vida y, lo que es más, la mía,
dependerán de ellos.
Fue durante una de aquellas tareas inútiles la innecesaria custodia de una
caravana que llevaba combustible de las minas de carbón de Sluff, que estaban
situadas a unos dieciséis kilómetros al sur del Golán, cuando tuvo lugar un
encuentro muy curioso. Forzados en su regreso a dar un rodeo hasta el Golán a
causa de una pequeña avalancha que había cerrado el camino principal, se vieron
bordeando las espantosas fundiciones de las minas, que dependían del carbón que
se extraía de ellas para obtener el calor que se necesitaba para producir el
hierro y el mucho más raro acero, tan caro y tan difícil de elaborar que apenas
era empleado por los redentores. Al llegar a una pequeña colina, ambos vieron
casi al mismo tiempo el gran montículo que se alzaba a sus pies. Sujetaron las
riendas de los caballos. Mudos, alelados, espantados, se quedaron contemplando
la pequeña montaña, allí abajo. Amontonadas todas juntas en el enorme
montículo, azotadas por el viento y sólo en parte cubiertas por restos de
nieve, estaban las armaduras de los Materazzi, provenientes del gran desastre
del monte Silbury. Desde la distancia, parecía un enorme montón de caparazones
de alguna criatura marina de forma humana, caparazones vacíos y olvidados como
los de los cangrejos y langostas que tiraban al suelo después de vaciarlos,
junto a los puestos de marisco en la bahía de Menfis. Cinco minutos después,
Cale Henri el Impreciso se hallaban a las puertas de aquel vertedero, donde dos
ancianos estaban encogidos ante un brasero, calentándose mientras observaban a
media docena de hombres que cargaban un carro con piezas de la gran montaña de
armaduras que tenían delante.
—¿Qué ocurre?
El más anciano los miró preguntándose si el niño redentor se merecía una
insolencia. Adoptó una actitud intermedia.
—Éstas son las armaduras de aquella victoria sobre los Mazzi. ¿Dónde están
ahora ellos con todo su orgullo? —Entonces añadió en tono piadoso—: Convertidos
en polvo.
—¿Adónde se las llevan?
—A fundir. Allí. En la gran fundición. Aunque ahora no está en
funcionamiento. No hay bastante carbón como veis. Tal como está el tiempo…
Los hombres del carro trabajaban con rapidez, no tanto por celo laboral
como por entrar en calor. Uno de ellos cantaba mientras trabajaba una parodia
blasfema que mezclaba uno de los más venerables himnos de los redentores y una
canción de taberna sobre Barnacle Bill:
Muerte, juicio, infierno y gloria:
las cuatro postrimerías de la historia.
Yo más bien quisiera a Marie la zorra:
a ver qué hace con una buena porra.
Congelados, los otros seguían sin escuchar, separando cada trozo de la
armadura y cortando las correas de cuero cuando no estaban podridas, para
después arrojar al carro las piezas más ligeras. Los guanteletes repicaban, los
yelmos y espaldares repiqueteaban, los codales y brazaletes resonaban
levantando chasquidos metálicos y mucho barullo al chocar unos contra otros, y
así iban llenando el carro hasta arriba del todo. Uno de ellos vio a Cale y
Henri el Impreciso y advirtió:
—¡Callaos, Cob!
El que cantaba se calló al instante, y su buen humor quedó, como por arte
de magia, reemplazado por una hostil cautela.
Cale permaneció allí inmóvil, viendo a Henri el Impreciso dirigirse hacia
el montón.
—Es un dólar por mirar, amigo —comentó uno de los hombres.
—Cerrad el pico —respondió Henri el Impreciso de buen humor.
—No está permitido el paso.
—Y ahora serán dos dólares —dijo el que había estado cantando.
—Descuidad —respondió Henri el Impreciso—, que os daré lo que os merecéis.
Cale se acercó a los hombres y les entregó un dólar sin decir palabra. ¿Qué
es lo que hacía a Henri el Impreciso actuar de aquel modo?
—Hemos dicho que dos.
—No forcéis más la suerte.
Volvió la espalda a los hombres, que parecían haber aceptado que
efectivamente no era prudente forzar más la suerte. Cale observó cómo Henri el
Impreciso caminaba por entre los restos de armaduras esparcidos al pie del gran
montón, y se agachaba para coger un yelmo medio aplastado. El yelmo ostentaba
una insignia esmaltada sobre la protección nasal, que era sólo un poquito más
grande que el pulgar de un hombre: una insignia de ajedrezado rojo y negro con
tres estrellas azules.
—Éste es el escudo de armas de Carmella Materazzi. —Hizo un gesto con la
cabeza señalando otro yelmo que era exactamente igual, pero que, incluso pese a
la mugre que se había acumulado encima, se veía claramente que era
completamente nuevo—. Y ése debe de ser el de su hijo. Oí que habían muerto los
dos, aunque nadie lo sabía con seguridad. Kleist robó la bolsa del muchacho, y
después recibió diez dólares al devolverla diciendo que la había encontrado en
los jardines de Sally. Colocó el yelmo con delicadeza en el suelo, y caminó
hasta el borde del montón, posando un pie en alto, como si se dispusiera a
escalar aquella montaña. Con esfuerzo extrajo un nuevo yelmo, éste con una
pluma sucia y enmarañada, retorcida, a la que no le quedaba nada de color
debido a la exposición al duro invierno—. Ya me parecía que me era familiar.
Este yelmo —dijo presentándoselo a Cale— perteneció a aquel despreciable
Lascelles. Una vez me tiró de las orejas por meterme en su camino.
—Bueno, espero que aprenda la lección.
Henri el Impreciso se rió.
—Tenéis razón. La maldición de Henri cae sobre todo aquel que me juega una
mala pasada. —Abrió y cerró la celada tal como había visto hacer a los
marionetistas en el mercado de Menfis—. ¿Dónde quedaron vuestras pullas, amigo?
—Contempló la enorme montaña. A fin de cuentas, Menfis le había proporcionado
grandes alegrías—. Sería una pena —dijo al fin— no darle una utilidad a todo
esto. ¡Esto vale una fortuna!
Los hombres, que ponían mucho cuidado en aparentar que no escuchaban, no
pudieron contenerse al oír aquello:
—¿Cuánto, señor?
—¿Diez mil dólares? ¿Quince mil?
—Mentís…
Tanto Cale como Henri el Impreciso se rieron a carcajadas al oír aquello.
—Lo siento, señor, pero eso no es posible.
—Como vos digáis. Pero mirad su estado. Apenas queda ya nadie vivo que
pueda llevar semejantes trastos. Se necesitan años para aprender a moverse con
estos tegumentos. De todas maneras, no les sirvió de gran cosa. Las armaduras
tienen su precio. En cualquier caso —añadió Henri el Impreciso—, es una locura
echarlo todo a fundir.
—¿Por qué una locura? Dentro de tres horas será de noche. Mejor nos vamos.
Cuando se iban, los llamó uno de los hombres.
—¿Dónde podríamos llevarlas, señor? Decídnoslo y os recordaremos en
nuestras oraciones.
En las grandes Bodegas de Vituallas del Bendito Honorato en las laderas
traseras del Golán, Cale pidió las dos mitades de un buey mediante una
solicitud que había robado de los cuarteles de Van Owen falsificando la firma
del intendente.
—¿Y si averigua que habéis sido vos?
—Con un poco de suerte, la habrá palmado antes de que eso ocurra.
—¿Y si vencen? O, sencillamente, ¿y si sobrevive?
—No creo que eso pueda pasar. Que puedan pararles los pies, me refiero.
—Eso pensábamos también en el monte Silbury.
Como podéis imaginaros, no es pan comido introducir en un campamento las
dos mitades de un buey sin llamar la atención. Pero había mucho bullicio en el
lugar, y Cale y Henri el Impreciso esperaron a que e hiciera casi de noche,
además de llevarlas por el camino más largo y seguro, así que la carne,
acompañada con nabos suecos, llegó a su destino sin contratiempos, donde fue
recibida con agradecida emoción por los purgatores. Asaron y estofaron las dos
mitades del buey en un santiamén.
Además Cale había arrancado una hoja del libro de Bosco y había puesto en
ella el trozo que había cortado de los cimientos de madera de los cuarteles de
Van Owen, en una pequeña caja de latón que había hallado entre las pertenencias
de un cadáver del Veld, y cuyo aspecto le gustaba. Le aseguró al padre
carbonero que se trataba de una astilla de la auténtica horca en que había sido
sacrificado el Ahorcado Redentor. A cambio, éste le había entregado catorce
sacos de carbón y un manojo de leña. Cale y Henri el Impreciso contemplaban a
los dichosos purgatores comer y calentarse ante el fuego como si fueran unos
niños malcriados.
—Qué bien se siente uno —comentó Cale sonriendo. Pero el problema era que
Henri el Impreciso no conseguía reprimir sus sentimientos, pese a todos los
esfuerzos que hacía por intentarlo. Se sentía bien, efectivamente, viendo a
aquellos hombres cuyos hermanos en la fe le habían amedrentado y acosado toda
la vida. En aquel momento, viéndolos disfrutar tanto, calentándose y comiendo
bien, con la comida y el carbón que él les había proporcionado y por los que le
estaban tan patéticamente agradecidos, empezaba a sentir una extraña conexión
con ellos, como si una cuerda los atara a todos juntos. Y eso no le gustaba.
—¿Cómo es posible que sienta compasión por ellos? —le susurró a Cale
mientras la cabaña grande pero mal hecha en que se cobijaban se iluminaba con
los murmullos, el placer, y la intensa satisfacción que sólo pueden
proporcionar unos pies calientes y un estómago lleno. Cale lo miró.
—Cuidado con las lágrimas, os podéis ahogar.
A la mañana siguiente, los dos estaban preparados para partir antes del
alba. Cuando el cielo empezaba a clarear, ya estaban montados y empezaban a
alejarse del campamento del Golán, que se desperezaba en aquellos momentos como
un enorme perro, dando inicio al último día de preparativos.
Acostumbrados como estaban a ver entrar y salir a ambos, con toda la
admiración que despertaba la reputación de las victorias de Cale en el Veld,
los guardias accedían con un gesto de la cabeza a dejarlos pasar para descender
las cumbres en dirección a la llanura del Machair. Sonaban las campanas
convocando a los redentores a misa. Los perros paria ladraban al tiempo que
ellos dos emprendían su camino. Durante media hora avanzaron rápido, pero
vigilantes por aquella llanura cómoda de cabalgar. Aquí y allá quedaban
obstinados restos de nieve, que se iban haciendo más raros conforme se alejaban
de las cumbres.
—De todos modos —comentó Henri el Impreciso cuando se detuvieron durante
unos minutos para que descansaran los caballos—, no me preocupa lo duros que
sean los lacónicos. Aunque ahora haga bastante calorcito, seis noches a la
intemperie con ese frío les quitarán toda la chulería.
—Supongo —respondió Cale.
Cuando los caballos descansaron, volvieron a montar y fueron al paso,
pensando que si se encontraban con la caballería lacónica haciendo labores de
exploración, sería mucho mejor que los caballos estuvieran descansados. Lo que
Cale pretendía era hacerse una idea del terreno, de cómo el deshielo había
afectado al suelo, de si había cuellos de botella que defender o atacar. Un
suelo embarrado, como era de esperar, sería una desventaja, y tal vez
importante, para los lacónicos, que, aparte de sus otras habilidades, siempre
buscaban el cuerpo a cuerpo con sus enemigos y empleaban su habilidad para
luchar en grandes secciones de diez filas y dominar a sus oponentes merced a su
fuerza, ferocidad y habilidades únicas para mover esas secciones como si, más
que soldados, fueran bailarines de una compañía de danza.
—Les encanta bailar: eso dice en los documentos.
—Sí, lo hacen siempre que no están dándose por…
—Nunca sabe uno. Según los documentos celebran ese tipo de ceremonias, me
refiero en público, en las que cumplen con todos los vicios de Gomorra, como
una especie de fiesta.
—A otro perro con ese hueso…
—Yo no digo que sea verdad, sólo digo lo que pone en los papeles.
—Si eso es cierto, entonces mejor que no os atrapen.
—Mejor que no. De todas maneras, a vos no os pasará nada.
—¿Por qué lo decís?
—Porque sois demasiado feo.
—Eso no es lo que aseguran las chicas del Santuario.
—¿Ah, no? ¿Y qué es lo que aseguran ellas?
—Que soy muy hermoso, una absoluta preciosidad.
Riéndose, continuaron cabalgando en silencio durante casi diez minutos.
—¿Lo habéis visto?
—Sí. No parece que se esfuerce mucho en esconderse.
Durante varios minutos, un hombre a caballo los había ido siguiendo a una
distancia de doscientos metros. Había salido de detrás de un promontorio
pequeño, pero lo bastante alto para ocultarlo si ése hubiera sido su deseo.
Sonó un fuerte chasquido cuando Henri el Impreciso empezó a tensar la
cuerda de la ballesta ligera. La ballesta colgaba de la silla de montar de tal
modo que el jinete no podía ver que estaba preparando el arma.
—Será mejor que volvamos.
Cale asintió con la cabeza, y ambos empezaron a girar el caballo. El jinete
se detuvo un instante, pero no tardó en volver a seguirlos.
—Si se os acerca más, volved a cargar la ballesta. Enviadle una saeta que
le pase rozando.
—¿Y por qué no una que le pase a través?
—¿Para qué? Basta con espantarlo.
Henri el Impreciso levantó la ballesta, apuntó con ella e hizo un disparo
de advertencia. El caballo dio una coz cuando pasó a su lado la saeta, aún más
cerca de lo que había pretendido Henri el Impreciso. Pero, al fin y al cabo, él
mismo estaba montado a caballo, y algo falto de práctica. Los dos muchachos se
detuvieron y observaron.
—¡Vaya! —gritó el explorador lacónico—. ¿Os importaría si hablamos más
civilizadamente?
Cale se detuvo y volvió su caballo, mientras Henri el Impreciso volvía a
cargar la ballesta.
—¿Estás preparado? —le preguntó.
—¿Qué pretendéis? Éstos no son momentos para conversaciones civilizadas.
—No estoy de acuerdo. Tal vez no tengamos otra ocasión.
—¡Acercaos! —gritó Cale—. Y mantened las manos donde yo pueda verlas. Mi
amigo no falló el disparo anterior, y tampoco fallará el siguiente.
—Mi palabra de honor —gritó el jinete, riéndose.
—¿Tienen palabra de honor los sodomitas? —preguntó Henri el Impreciso.
—¿Por qué me lo preguntáis?
—Acercaos. Despacio —gritó Cale—. Intentad lo que sea, y se os acabarán las
ganas de reíros.
El jinete se adelantó tal como le pedían, hasta colocarse a unos diez
metros de distancia.
—Es suficiente.
El jinete se detuvo.
—Es una bonita mañana —comentó—. Le hace a uno alegrarse de estar vivo.
—Por poco tiempo en vuestro caso —advirtió Henri el Impreciso—, si es que
tenéis algún compañero por ahí pensando en unirse a la fiesta. Podría meteros
una en el cuerpo y daríamos alcance a nuestra patrulla antes de que llegarais
al suelo.
—No es necesario nada de eso, amigo mío —dijo el joven, que estaba bien
afeitado y llevaba el pelo primorosamente trenzado.
—¿Qué queréis? —preguntó Cale.
—Pensé que podríamos charlar.
—¿Sobre…?
—Sois redentores, ¿no?
—Tal vez. ¿A vos qué os importa?
—Perdonadme por decirlo con tanta franqueza, pero ¿no sois muy jóvenes para
andar por ahí cuando se prepara semejante carnicería?
—Pensé que los lacónicos eran cortos de palabras —comentó Cale.
—Normalmente lo somos, es cierto. Pero el mundo sería muy triste si todos
fuéramos iguales, ¿no os parece?
—¿Sois de la Kripteia?
El jinete pestañeó repetidamente e hizo la cabeza a un lado. Sonrió.
—Tal vez. Estáis bien informado, si me permitís decirlo.
Cale echó una rápida mirada hacia atrás y hacia los lados para ver por qué
volvía él la cabeza, sabiendo que Henri el Impreciso no dejaba de apuntar con
la ballesta al pecho de aquel hombre.
—Vuestro amigo… espero que tenga el pulso firme.
—La verdad es que no lo sé —respondió Cale—. Así que yo no me movería si
fuera vos. Ya os lo he preguntado: ¿qué queréis?
—Simplemente pensé que podríamos charlar.
—¿Así lo llaman ahora? —preguntó Henri el Impreciso.
—No estoy seguro de entenderos —respondió el joven, aunque reconocía una
burla en cuanto la oía.
—Si yo fuera vos, no lo distraería —comentó Cale—. Al menos no lo haría
mientras tuviera esa cosa apuntándome al pecho.
El joven miró a Cale. Parecía que se estaba divirtiendo, nada nervioso.
—¿Vuestro nombre, muchacho?
—Vos primero.
—Robert Fanshawe. —Inclinó la cabeza, pero sin apartar los ojos de Henri el
Impreciso—. Vuestro seguro servidor aquí y en el infierno.
—Dominic Savio —dijo Cale. La inclinación de su cabeza fue tan ligera que
para notarla hubiera hecho falta tener la vista de un águila—. Y ya que
mencionáis el infierno, ahí es donde iréis a parar si hacéis cualquier cosa que
no le guste a mi amigo aquí presente. Siempre me enfado con él por su facilidad
para disparar.
—Es un honor conoceros, Dominic Savio.
—El honor es todo vuestro.
Pero entonces ocurrió algo raro. Los ojos de Fanshawe parpadearon. Inquieto
por alguna razón, el caballo empezó a irse para un lado. Do un paso más.
—¡Quieto! —le gritó al caballo, pero Cale no era un gran jinete, y el
caballo siguió moviéndose. Los cascos del caballo parecían hundirse de modo
imposible en la maraña de brezo, cálamo y hierbajos, y entonces el mismo suelo
se elevó como si fuera un depredador que hubiera estado acechando a su presa.
Relinchando de terror y perdiendo el equilibrio, el caballo se alzó sobre las
patas de atrás y derribó a Cale, que cayó al suelo con un fuerte golpe. La
caída fue tal que Cale se quedó allí tendido, boca arriba, gimiendo. Entonces
las cosas sucedieron demasiado aprisa para verlas: un hombre surgió de entre
los matorrales y agarró al desconcertado Cale, lo levantó para utilizarlo a
modo de escudo, y le puso un cuchillo en la garganta.
—¡Tranquilo, tranquilo! —le gritó Fanshawe a Henri el Impreciso, quien, tan
conmocionado por lo sucedido como por la velocidad con que había sucedido, no
había llegado a disparar. Fue mejor así, pues si lo hubiera hecho, habría
acabado con la vida de Fanshawe, pero también con la de Cale—. ¡Tranquilo,
tranquilo! —repetía Fanshawe—. Podemos vivir todos para contarlo. Dejadme que
os explique.
Temblando, Henri el Impreciso dijo:
—Adelante.
—Simplemente, dejé ahí escondido a mi amigo. —Echó un vistazo a la tela de
dos metros por poco más de uno que aparecía cubierta de cálamos y hierbas, que
estaban cosidos a la tela—. Eso fue cuando os vi acercaros a él. Pensé en
seguiros para asegurarme de que pasabais de largo, pero os estabais acercando
demasiado. Entonces me di cuenta de que no erais lo bastante mayores para ser
soldados. Pensé en alejaros. Me volví a equivocar, ¿verdad?
Esbozó una sonrisa, esperando tranquilizar con ella a Henri el Impreciso.
Según pensó Fanshawe, aquel muchacho daba muestras de una combinación
peligrosa: era impulsivo, y sabía lo que hacía.
—Podemos salir de ésta todos con vida —repitió Fanshawe—. Bajad un poco la
ballesta, y mi amigo soltará a Dominic.
—Vosotros primero —dijo Cale—. Ya os lo dije.
—¡Le rebanaré la garganta este niño, y después a vos! —amenazó el hombre
que agarraba a Cale.
—A ver si nos calmamos todos. Ahora le pediré a mi amigo que levante a
Dominic, y podremos irnos todos de aquí. ¿De acuerdo?
Henri asintió con la cabeza.
—Contaré hasta tres: uno, dos, tres…
Entonces el hombre que sujetaba a Cale tiró de él hacia arriba hasta que
ambos se encontraron de pie, pero no apartó un centímetro el cuchillo de su
garganta.
—Muy bien —dijo Fanshawe—. Lo estamos haciendo a las mil maravillas.
—¿Y ahora qué? —preguntó Henri el Impreciso.
—Está complicado, lo admito. ¿Y si nos…?
En ese momento Cale levantó el pie derecho, lo pasó raspando la piel del
hombre que lo agarraba al tiempo que le hundía un codo en las costillas. Lo
agarró de la muñeca y se la retorció con todas sus fuerzas. El grito del hombre
fue ahogado por el aire que le salía de los pulmones. Raudo como el rayo, Cale
se desembarazó y se giró hacia un lado, volvió a hundir el codo en el antebrazo
del hombre y le desprendió el cuchillo de los dedos. Para sorpresa de Cale, el
hombre todavía podía moverse: paró el golpe que le asestaba Cale con el
cuchillo, y le lanzó a Cale un puñetazo que le dio en un lado de la cabeza.
Lanzando un grito de dolor, Cale se echó un poco hacia atrás, para tener el
espacio necesario para lanzar otro golpe. Fue directo al pecho, pero el hombre
esquivó el golpe una vez, dos veces, y después lanzó una patada a la espinilla
izquierda de Cale, levantándole un pie del suelo de tal manera que Cale cayó
sobre la rodilla. El hombre lanzó otro golpe terrible, que de haberle acertado
lo habría dejado sin un solo diente, pero Cale consiguió esquivarlo echándose
hacia atrás. Los nudillos del amigo de Fanshawe le dieron en la parte de abajo
de la barbilla y rebotaron en otro sentido. Se había vuelto a poner en pie,
mientras su contrincante perdía el equilibrio a causa del puñetazo fallido, y
se tambaleaba. Se pusieron frente a frente, de pie los dos, Cale con el
cuchillo y con todas las de ganar. Se miraban el uno al otro, aguardando la
ocasión para atacar.
—¡Alto! ¡Vamos a dejarlo aquí! ¡Díselo! —le gritó Fanshawe a Henri el
Impreciso—. Podemos irnos todos de rositas. No es necesario que muera nadie.
—A mí me da igual —repuso el hombre mirando a Cale.
—¡A mí no! —gritó Fanshawe—. Haced lo que os estoy diciendo, y dejad de
pelear. Hacedlo así o, voto a Dios, iré ahí a ayudarle.
Aún más adiestrado en la obediencia que en la muerte, el hombre retrocedió
un paso y después otro, con toda la cautela que os podéis imaginar.
—Enhorabuena. A todos. Subíos detrás de mí, Mawson —dijo mirando a Henri el
Impreciso—. ¿Puedo, mi niño?
—No soy vuestro niño.
Fanshawe cogió las riendas y acercó el caballo a Mawson, que seguía mirando
a Cale como si tratara de decidir si se comería primero el corazón o el hígado.
—Detrás de mí, Mawson.
—Mi cuchillo —dijo Mawson. Fanshawe lanzó un suspiro y le dirigió a Cale
una mirada que quería decir: «Ya veis lo tonto que se pone».
Cale se echó hacia atrás, levantó el cuchillo, y lo tiró con considerable
fuerza a unos treinta y cinco metros en la dirección que quería que tomaran.
—Gracias —dijo Fanshawe. Sin esperar órdenes, Mawson, ya sin aquella
expresión de experto asesino, cogió su manta de cálamo y saltó a la grupa del
caballo de Fanshawe con la misma facilidad con la que hubiera sacado una silla
para sentarse a cenar. De pronto pareció mucho más joven.
—Hasta la próxima, muchachos —dijo Fanshawe. Entonces volvió el caballo y,
deteniéndose tan sólo para permitirle a Mawson recuperar el cuchillo, enseguida
se encontraron a quinientos metros de distancia, y se perdieron tras el
promontorio del que había surgido Fanshawe tan sólo diez minutos antes.
—Espero que no haya próxima vez —comentó Henri el Impreciso—, a mí no me
van este tipo de reuniones.
—Eres un verdadero encanto— dijo Cale. Y diciendo eso, se fue a buscar su
caballo, y se largaron de allí hacia el Golán lo más aprisa que podían.
Fanshawe y Mawson, sin embargo, no se alejaron mucho después de desaparecer
tras el promontorio. Habían encontrado una hondonada, y tras extender la manta
de hierba y cáñamo bajo ellos, se entregaron furiosamente a las bestialidades
lacónicas.
Era la noche que precedió a la batalla de los Ocho Mártires llamada así
porque en los últimos seiscientos años ése era el número de redentores que
habían dado su vida por la fe en los alrededores o en el punto exacto en que
iba a tener lugar la batalla. En absoluto era casualidad que allí hubiera un
campo de batalla ya consagrado por la sangre de los mártires. Tan odiados
habían sido los redentores por sus muchos adversarios a lo largo de los años,
que quedaban muy pocos lugares donde uno o más de ellos no hubieran sido
colgados, o decapitados, o despedazados, o desmembrados, o estrangulados, o
agarrotados o crucificados. había mucho donde elegir para los redentores cuando
se trataba de dar a los campos de batalla el nombre de sus santos mártires.
Naturalmente, apenas había una pelea de pueblo a la que no hubieran podido dar
el nombre de uno de ellos.
A Cale no le habían pedido que asistiera a las últimas instrucciones para
la batalla, pero tampoco se lo habían impedido. Mientras merodeaba con Henri el
Impreciso por la casucha en que Van Owen iba a impartir las instrucciones,
esperando a que se formara algún grupo ante la puerta para poderse colar dentro
sin que se dieran cuenta, Cale susurró a Henri el Impreciso:
—¿Qué vamos a hacer?
—Mantener la bocaza cerrada.
—Tenéis razón.
Entonces llegaron cinco o seis alféreces de los redentores, y Cale entró
tras ellos, muy pegado a los alféreces. Se dirigió después hacia el rincón más
oscuro y abarrotado de la sala, que sólo estaba bien iluminada en la parte en
que se encontraba colgado el enorme plano de la batalla.
Para decepción de Cale, Van Owen no bosquejó ninguna especular estupidez en
el terreno táctico. Ni tampoco presentó nada interesante, aparte del uso de una
armadura mucho más pesada para la primera fila de redentores, que sería la que
sufriría más el choque inicial contra los lacónicos. Cale tenía que reconocer
que, teniendo en cuenta lo poco que Van Owen sabía sobre las tácticas guerreras
de los lacónicos (por supuesto, no había tenido acceso a los documentos de la
biblioteca de Bosco), era difícil criticar ninguna de sus decisiones. Su única
leve satisfacción fue el desdén que le merecía el pequeño tamaño de las
reservas. Dada la ventaja de dos a uno, pensaba que Van Owen mantendría en
reserva una mayor parte de su ejército, para tener la posibilidad de enfrentarse
a cualquier imprevisto.
—Sin embargo —dijo Henri el Impreciso cuando Cale volvió a salir, sin ser
notado debido a las prisas de todo el mundo por irse para empezar a preparar
las cosas para el día siguiente—, supongo que guardar reservas supone debilitar
el primer impacto al no emplear toda la fuerza posible. Mantener una reserva
demasiado grande es como dividir las fuerzas. No estoy seguro de que yo hubiera
decidido otra cosa diferente en su lugar.
—Nadie os ha preguntado.
—Pues sí que me habéis preguntado, para que lo sepáis.
—Bueno, pues lo lamento, y le pediré perdón a Dios.
—¿Lo hacéis todavía? Me refiero a lo de rezar.
Cale no respondió.
—¿Y…?
—Sí, todavía rezo. —Hubo una pausa—. Rezo para que me libre del mal y de
tener que veros la fea carota durante todo el día.
—¿Mi fea carota…? Pero si soy un encanto. Hasta vos lo habéis dicho.
Cuando volvieron al pabellón de los purgatores, tenían allí un mensaje que
había dejado uno de los ayudantes de Van Owen. Cale y sus hombres podrían
observar la batalla si lo deseaban, pero se les ordenaba mantenerse apartados
tanto del centro de mando como del campo de batalla. No intervendrían con
ningún motivo.
Aquélla era una noticia excelente. El miedo que tenía Cale era que Van Owen
le inmiscuyera por pura maldad en alguna misión peligrosa. Pero estaba claro
que, en la victoria o en la derrota, no quería arriesgarse a que Cale aumentara
su propia fama. Cale envió una contestación aceptando la orden, y se fue a
dormir muy contento.
Al día siguiente dejó durmiendo a la mayoría de los purgatores (algo por lo
que siempre estaban suspirando) mientras él partía al alba con Henri el
Impreciso y diez hombres más. Al abrir la cancela, el pequeño grupo pasó a
través del ejército, que se preparaba para la empresa del día. Pasaron por
delante del campo de los Ocho Mártires, ignorados por los hombres, que tenían
demasiado en que pensar, y siguieron cabalgando hacia el norte hasta un pequeño
risco desde el que había una buena vista del campo de batalla que habían
vislumbrado antes del encuentro con Fanshawe. Cale hizo que sus hombres
comprobaran los alrededores en busca de avanzadas lacónicas que hubieran podido
instalar después de su anterior visita al lugar, y confirmó por sí mismo que
había dos rutas por las que poder escapar, en caso de que las cosas se pusieran
feas. Entonces subieron a lo alto del risco y aguardaron en silencio a que
comenzara la batalla. Ya los lacónicos, al tiempo que observaban el despliegue
de los redentores, se iban colocando muy desparramados al final de la llanura,
no en una formación disciplinada, sino al modo en que lo hace la multitud en
una feria provinciana más grande de lo normal.
Antes que nada llegaron los Cordelias negros, que eran tres mil hombres
fuertes cubiertos de armadura morada y negra, color este último que les daba
nombre. Incluso desde el risco, a tres kilómetros de distancia, se oían
fragmentos del himno que cantaban y que el viento llevaba hasta allí. Riéndose,
los muchachos empezaron a cantar en son de burla:
Recuerda, amigo, que pasas caminando,
que estuve un día vivo y podía contarla,
que mañana tú serás como yo soy ya:
prepárate a seguirme nada más palmarla.
Hoy crío malvas, y mañana lo harás tú.
No soy más que polvo, tú serás serrín.
Así es la verdad de la muerte para todos,
y así será para todos el postrero fin.
Los dos muchachos estaban casi histéricos de alegría, observando que, sin
importar el resultado de la batalla, sus enemigos acudían a la muerte mientras
ellos permanecían a salvo. Henri el Impreciso recordó una canción que solían
cantar los cuatrillizos del palacio de Arbell Cuello de Cisne. Le costó un rato
rememorar la melodía, y no llegó a acordarse de las primeras líneas:
Muerte, muerte,
¿dónde está tu aguijón?
¿Tu victoria es
siempre un final así?
Las campanas del
infierno hacen tin ton.
Aún no tocan por mí,
¡pero ya tocan por ti!
El viento debía de ser ligeramente cambiante, ya que los himnos tan pronto
se apagaban como volvían a oírse. Un incensario gigante del tamaño de una
campana catedralicia dominaba la formación de modo imponente. Los Cordelias
negros lo llevaban siempre a las batallas y lo balanceaban hacia delante y
hacia atrás para que desparramara su incienso, que ascendía hacia lo alto
formando una densa columna de humo.
Los lacónicos se desplazaban por delante de su campamento como una multitud
que hubiera salido a la calle a contemplar un espectáculo callejero más o menos
interesante. y en aquellos momentos, el espectáculo lo constituía el segundo
ejército del Golán con sus cinco sodalidades que sumaban un total de seis mil
hombres: los esclavos del Inmaculado Corazón, los Simones Pobres de la
Adoración perpetua, los Norbetinos, los imponentes Oblatos de la Humillación, y
por último los de aspecto más lúgubre de todos: los integrantes de la Hermandad
de la Misericordia. Durante la hora siguiente se estuvo desplegando el ejército
redentor: ropas de oro, rojas enseñas, estandartes púrpura, peciolos de los
confesores, frondas rosa de los frailes médicos, que no podían tocar al
moribundo hasta que pedía la extremaunción. Todo ello acompañado por el sonido
de las gaitas, que eran lo bastante potentes para desafiar el fuerte viento, y
con las que Van Owen, observando desde el promontorio que sobresalía del Golán,
transmitiría indicaciones una vez que comenzara la batalla y los himnos dejaran
de elevarse como si fueran su propia voz, cada sodalidad teniendo su propio
sonido particular y sus propias instrucciones de avance, vuelta o retirada.
Entonces, cuando los redentores estaban ya parcialmente alineados en filas
de ataque, los soldados lacónicos empezaron a moverse, si bien con la misma
falta de ganas con las que antes parecían quedarse observando. Sin embargo, en
menos de tres minutos formaron en una serie nada apretada de cuadrados
irregulares que parecían salidos de la nada. Pese a ello, enseguida dio la
impresión de que volvían a perder el interés, pues los grupos conservaban su
forma bien definida pero no adquirían la disciplina precisa y marcial de las
filas bien formadas. Volvían a contemplar cómo terminaba de formar el segundo
ejército redentor: una fila continuada de Cordelias negros al frente, y los
demás formados en seis filas en total, más ágiles y de armadura más ligera
cuanto más al final. Casi un kilómetro más atrás, en un grupo bien apretado,
quedaba una reserva de unos mil hombres. Entonces, tras un toque de trompeta,
los seis gaiteros interrumpieron su son, y el sonido fue vagando por los aires
como el último aliento de un enorme animal herido.
Durante un minuto todo quedó casi en silencio. Tan sólo se oía, de vez en
cuando, el grito de un sargento o el resoplido de un caballo, proveniente del
grupo de quinientos jinetes que quedaban detrás del flanco derecho de los
redentores.
Hubo movimientos delante de los lacónicos: ocho hombres, con dos banderas
cada uno, salieron corriendo a cada lado, delante de su ejército, que seguía
agrupado sin apretujones pero a cierta distancia unos hombres de otros.
En cuanto se dispersaron, los ocho hombres levantaron sus banderas y
empezaron a transmitir órdenes con ellas. Como un caballo perezoso que flotara
en la corriente de un río y de pronto empezara a dar enloquecidas córcovas ante
el contacto de una espeluznante anguila, el ejército de lacónicos pareció
despertar y empezó a moverse. Eran seis flojos cuadrados de bordes afilados,
como llanas de albañil. Hubo un nuevo destello de banderas, y los lacónicos
empezaron a marchar hacia los redentores, kilómetro y medio por debajo de
ellos, perfectos en el paso y concertados como una gran compañía de bailarines.
Entonces volvieron a agitarse las banderas. Los seis cuadrados se
detuvieron en el mismo instante. Se oyó un golpe, y volvieron a moverse las
banderas. Un grito, una voz, ocho mil hombres. Tremendos choques de espadas
contra escudos. La cara interior del escudo se volvió rápidamente contra los
enemigos: un gran destello de color amarillo y rojo. Cada una de las filas se
desplazó entonces a la derecha o a la izquierda, de tal modo que los cuadrados
se convirtieron en una línea que se alargaba por el campo, y que de treinta
filas pasó a un grosor de diez. Otra vez las banderas se agitaron y se oyó otro
grito, y de nuevo los hombres volvieron los escudos hacia dentro y hacia fuera.
Los seis antiguos cuadrados se juntaron para formar un muro de mil metros de largo
y seis hombres de ancho. Desde el puesto de Van Owen, en las cumbres del Golán,
bramaron las trompetas y se elevó un grito de la boca de cada sacerdote:
¡MUERTE!, ¡JUICIO!, ¡INFIERNO!, ¡GLORIA!
¡LAS CUATRO POSTRIMERÍAS DE LA HISTORIA!
Incluso desde la seguridad de su risco y en la neutral malevolencia que
sentían Cale y Henri el Impreciso, un desagradable estremecimiento les recorrió
la nuca hacia abajo por toda la espina dorsal. Henri el Impreciso desafió la
fuerza de aquella espantosa plegaria cantándole suavemente en voz muy baja:
Yo más quisiera a
Marie la zorra:
a ver qué hace con
una buena porra.
El gran ejército de los redentores avanzó como un toro metido en el fango y
que se consiguiera por fin liberar. Cale y Henri el Impreciso se quedaron
atónitos. Los mercenarios lacónicos empezaron a correr hacia su enemigo como si
estuvieran encantados y deseando morir. No se trataba de ningún paso ligero,
sino de una carrera que debía resultar fatal para el orden y fuerza del enorme
muro que formaban, que residía en la voluntad única de miles de hombres que
actuaban al unísono.
Mientras los dos grandes ejércitos se extendían uno al encuentro del otro
como dos grandes manchas de aceite, los pequeños animales del Machair se veían
constreñidos en el espacio que quedaba entre ambos. Los primeros y los únicos
que lograron escapar fueron los faisanes, que no se espabilaron hasta el último
momento, justo cuando la fila lacónica estaba a punto de pisotearlos, y
entonces se agitaron cacareando y tratando de volar. Las liebres corrían para
ponerse a un cubierto que no llegarían a encontrar, corriendo hacia atrás y
hacia delante entre la carrera de los lacónicos y la paciencia letal de los
redentores. El zorro que había ido persiguiéndolas también intentaba escapar,
primero hacia un lado y luego al otro, aterrado, y entonces fue engullido por
las hordas como lo fueron por el agua los animales que no pudieron entrar en el
arca de Noé.
Aquella repentina prisa de los lacónicos expulsó hacia la izquierda y la
derecha a los centenarios de los arqueros de los redentores. Ya el repentino
echar a correr por la leve pendiente hacia el frente de los redentores los
había pillado por sorpresa. Unos segundos de tardanza agravaron la confusión,
pues lo único que conocían hasta el momento era el avance firme. Para cuando
los centenarios oyeron las órdenes del furioso Van Owen, ya era demasiado tarde
para lanzar dos sartas de flechas. Entonces se recuperaron, dispararon, y los
dos muchachos vieron cómo las temibles flechas atravesaban el aire hacia los
hombres de rojo que acudían a la carga. Semejante velocidad les hizo evitar el
arco que trazaban en el aire., de tal modo que las flechas sólo cayeron sobre
los lacónicos de la retaguardia, y muchas lo hicieron malgastadas en el suelo.
Ya tan cerca, los arqueros redentores se vieron obligados a disparar
horizontalmente a los lacónicos, y las flechas se incrustaron en sus escudos.
Otra sorpresa: los mercenarios habían contratado ellos mismos a otros hombres
para que lucharan por ellos. Siendo como eran malos arqueros, dado que habían
desdeñado durante demasiado tiempo el afeminamiento que para ellos suponía
luchar a distancia, habían llevado consigo cuatrocientos arqueros de la Pequeña
Italia que iban justo detrás de los lacónicos, a la derecha, y que estaban
recibiendo la mayoría de las flechas que no habían conseguido impactar en el
grueso del ejército atacante. Ciento cincuenta de ellos ya estaban muertos, y
los demás detenidos. Pero entonces, cuando los arqueros redentores tenían la posibilidad
de disparar según su voluntad, ignoraron a los arqueros de la Pequeña Italia, y
éstos contaron con tiempo suficiente para recuperarse y disparar a su vez
contra los arqueros redentores.
Tuvo lugar entonces un terrible desconcierto. Al no esperar el ataque de
arqueros, y poco acostumbrados a recibir la misma medicina que solían repartir
ellos, los arqueros redentores sucumbieron al pánico y la confusión ante una
lluvia de flechas que fue a caer entre sus concentradas filas, a razón de casi
una por cabeza. Los centenarios y los sargentos gritaban por encima de los
chillidos de los heridos: «¡AGACHAD LA CABEZA! ¡AGACHAD LA CABEZA! ¡AGACHAD LA
CABEZA!».
«¡Cuidado», se gritaban unos a otros. «¡Mirad!». «¡POR AHÍ!, ¡POR AHÍ!». Un
redentor recibe una flecha en el pecho, pero es el superviviente que tiene al
lado el que se estremece como un caballo que recibe un latigazo inesperado.
Algunos hombres se agachan y se encogen por nada, otros simplemente se quedan
en pie y reciben una flecha en el estómago o en la cara, como si el ataque los
hubiera pillado completamente por sorpresa. Los arqueros que habían devastado
de aquel modo a la caballería Materazzi menos de un año antes se veían
indefensos, sin poder hacer nada, mientras los lacónicos, apenas afectados por
sus flechas, embestían como un ariete contra las filas de los Cordelias negros.
El estruendo que produjo el choque de escudos grandes contra pequeños tuvo
más de feo estrépito que de grandiosa colisión. Pero en todo el mundo sólo los
redentores podrían haber recibido con sus armaduras el impacto de una fuerza
tan grande, y lanzada a tal velocidad, y resistir. Algunos rompían la fila,
redentor y lacónico se enredaban uno sobre el otro en un torpe embarullamiento.
Mala cosa para los mercenarios que esperaban que resistieran o que cayeran
todos a una, y que al penetrar en las filas enemigas morían en el suelo a manos
de los norbetinos que estaban aguardándolos.
Entonces empezaron los empujones, los gritos y las rítmicas señales de cada
lado para que actuaran todos al unísono, señales que eran como bramidos en el
juego de tira y afloja de los carnavales. Los hombres de detrás empujaban a los
de delante, que hacían lo mismo contra los que tenían delante a su vez, hombros
contra espaldas, gruñendo y empujando a cada uno a su sitio, y así todo el
camino hasta la línea frontal. En la colina, desde tan lejos, el rojo oscuro de
las capas de los lacónicos y los variados colores de las sodalidades redentoras
parecían aceite y agua derramados sobre una mesa. Pero aquí y allí, a lo largo
de la línea divisoria, se veían pequeñas manchas de color mezclado que duraban
hasta que los intrusos caían muertos, o bien retrocedían para volver a
integrarse en las filas propias.
Entonces recibieron una segunda sorpresa: sabiendo que se las veían con
hombres que, al igual que ellos, no hacían otra cosa que luchar y aprender a
luchar, los lacónicos habían robado cierto invento de alguna de las muchas
guerras en que habían participado: sacaron sus nuevas espadas tomadas de los
Strouds, que medían casi un metro de largas y se curvaban abruptamente al
final. Semejante arma les permitía atravesar fácilmente los escudos de los
redentores, y hacerlo con una fuerza terrible hasta llegar al yelmo del que
tenían delante. Como eran yelmos diseñados para recibir sólo un golpe o corte,
se partían ante la fuerza de algo que parecía al mismo tiempo una maza y un
pico. Las terribles heridas infligidas con cada uno de esos golpes aplastantes
hacían temblar las filas de los Cordelias negros. Entonces hubo una última
vuelta de tuerca cuando entró en juego la horrible destreza de los lacónicos.
El flanco derecho del ejército lacónico estaba constituido por los hombres más
fuertes, en tanto que la sección central se hallaba bloqueada. En cuanto en la
retaguardia de esta sección central comprendieron que la fila del centro no
cedería, se desplazaron hacia el flanco derecho, haciéndolo de ese modo aún más
fuerte. La parte central y el flanco derecho de los redentores empezaron a
retroceder lentamente, mientras los Cordelias negros caían ante las curvas
espadas y eran reemplazados por otros hombres más débiles o con peor armadura.
El flanco izquierdo sufrió un derrumbe, incapaz de resistir las curvas espadas,
la fuerza de los lacónicos, y el rápido y repentino refuerzo de aquel flanco.
«¿QUÉ ES ESO? ¿QUÉ? ¡ESPERAD! ¡QUEDAOS AHÍ! ¡QUEDAOS AHÍ!». Confusión colapso y
gritos: tanto en un lado como en el otro, la mayoría de los soldados no tenían
ni idea de si estaban a punto de vencer, o de morir.
En medio de aquel estruendo de gritos, órdenes, trompetas que tronaban
instrucciones y lamentos de los moribundos, el flanco derecho de los lacónicos
rompió el frente enemigo. Aquellos que podían hacerlo, echaron a correr;
aquellos que no podían, encontraron la muerte. Y tan sólo sus cuerpos,
resbalosos a causa de la sangre, los excrementos y la tierra, entorpecían el
avance de los lacónicos. Los mercenarios perdían el equilibrio al pisar los
cuerpos que yacían a sus pies, sobre la fofa pesadez de los muertos, en las
manos de los moribundos que se aferraban a los vivos, ante la algarabía
permanente de los heridos, algunos de los cuales seguían intentando luchar y
eran capaces de apuñalar a los tambaleantes mercenarios que, empujados por
detrás, perdían de repente la ordenación y se volvían vulnerables.
Muchos más lacónicos murieron en aquel giro decisivo pero confuso de la
batalla que en los diez años anteriores de lucha. Pero cuando ese paso quedó
superado, la batalla estaba concluida, aunque no la matanza. Van Owen seguía
observando con horror desde lo alto de su colina, incapaz de hacer otra cosa
que enviar sus magras reservas de hombres a morir, retrasando una derrota
inevitable. En aquellos momentos, mientras los redentores del centro y el
flanco derecho seguían luchando, los lacónicos les atacaron desde un lado, y
con toda sencillez, aunque con mucha profusión de sangre, se los llevaron por
delante como quien sacude el mantel con los restos al final de un picnic. Los redentores que no huyeron,
perdieron la vida.
La segunda batalla que contemplaban Henri el Impreciso y Cale había
resultado ser una nueva masacre. Los purgatores que los rodeaban habían estado
gritando palabras de ánimo, gritadas con tanta fuerza que Henri el Impreciso
les había mandado callar de malos modos. Estaba a punto de hacerles notar que
aquellos a los que animaban eran hombres que hubieran aplaudido en su
ejecución, y que los miraban como si fueran muertos vivientes, como hombres sin
alma. Cale comprendió lo que Henri el Impreciso estaba a punto de decir, porque
él pensaba exactamente lo mismo, pero le puso una mano en el brazo para hacerle
callar. Aquella vez, a diferencia del fiasco de monte Silbury, Cale no se
sentía implicado, y se retiró mucho antes de la terrible conclusión de la
batalla. Pero, a diferencia de lo que les pasó a los redentores aquel día, él
tuvo un golpe de suerte.
En el pelotón de los purgatores, algunos lloraban, otros rezaban por los
muertos y los moribundos.
—¡Muerte, juicio, infierno y gloria! —clamaba el purgator Giltrap, que en
otro tiempo había sido el Catequista de Meynouth antes de ser condenado por
tres de las nueve ofensas contra la razón.
A lo cual, recordando la reprimenda de Henri el Impreciso, respondieron los
otros en voz baja:
—Las últimas cuatro cosas en que vivimos.
Con la cabeza gacha, los dos muchachos que marchaban al frente pudieron
ocultar sus indecorosas sonrisas.
Al volver hacia el Golán, Cale protegía a la columna desplazándose por
rodeos a lo largo de los Dedos del Machair, llamados así porque, largos, bajos
y finos, sus regordetes extremos apuntaban al camino que bordeaba las cumbres.
Los lacónicos no eran mejores jinetes que ellos arqueros, pero tenían reservas,
no empleadas aquel día, de hombres que podían desplazarse rápidamente porque lo
hacían a caballo, y antes de que abandonaran el risco, Cale los había visto en
la distancia, recorriendo lentamente su camino por el otro lado del promontorio
de Van Owen. Cale retrocedió lentamente hacia el Golán, con cautela, por si se
tropezaba con tropas lacónicas montadas. A lo largo de los dedos, a cada lado y
justo bajo la cima de aquellas colinas, tenía exploradores montados en burro,
bien firmes sobre las irregulares laderas, con un ojo avizor para vislumbrar
cualquier casa que pudiera representar una amenaza. Justo ante el extremo
regordete de los dedos, uno de ellos hizo señas a Cale para que se acercara
adonde él se encontraba, en la cima. Cale subió a pie, acompañado por Henri el
Impreciso, y entonces el explorador les señaló un grupo de unos veinte
redentores que emprendían camino hacia el Golán.
—¿Será Van Owen? —preguntó Henri el Impreciso, mientras Cale miraba por el
catalejo.
—Supongo que sí —respondió Cale, pasándole el catalejo a Henri—. Mirad
hacia allá.
Henri el Impreciso miró en la dirección que le indicaba Cale. Alrededor de
treinta lacónicos a caballo marchaban en persecución de la guardia de Van Owen,
que parecía, a juzgar por la lentitud con que se desplazaba, completamente
inconsciente de que estaba a punto de ser atacada.
—No le arriendo al ganancia a Van Owen—dijo Henri—. Por lo que vi, esa
guardia estaba formada por viejos, predicadores y un par de vigilantes de la
ortodoxia.
Cale volvió a coger el catalejo y observó cómo se acercaban los lacónicos a
caballo. Su cerebro trabajaba como un martillo. Aun sin catalejo, Henri el
Impreciso podía distinguir con bastante claridad. En cinco minutos los
lacónicos se habían acercado a unos doscientos metros, antes de que los
descubrieran los hombres más retrasados de la guardia de Van Owen. Henri el
Impreciso observó cómo pasaron todos a la vez del galope lento al galope
tendido. Salvo cinco o seis guardias que rodeaban al que debía de ser Van Owen,
todos se quedaban atrás para cortarles el paso a los atacantes, interponiéndose
entre ellos y Van Owen .Sin embargo, aunque los lacónicos no fueran muy buenos
jinetes, seguían siendo mejores que los redentores, y contaban además con
mejores caballos. Estaba claro que los redentores no tardarían en ser
alcanzados. Mostrando al menos algo de sensatez, los guardias se dirigieron a
una pequeña colina que en el paisaje parecía apenas algo más que un grano con
pretensiones. Desmontando, los guardias de Van Owen adoptaron una disposición
circular alrededor de su general, y de ese modo aguardaron. Cale le pasó el
catalejo a Henri el Impreciso. Entonces éste vio cómo desmontaban los
lacónicos, a no más de treinta metros de Van Owen, y se disponían en rápida
formación para ascender el pequeño montículo. Y acto seguido empezó la lucha.
Cale hizo ademán de volver a descender la pendiente, pero Henri el
Impreciso lo agarró del brazo.
—¿Qué pensáis que hacéis?
—¿Yo…? Voy a salvar a Van Owen. Vos quedaos aquí.
—¿Por qué?
—Vale. Venid conmigo.
—No pienso ayudar a ese cerdo. ¿Por qué queréis hacerlo vos?
—Mirad y aprended, joven.
—Estáis como una cabra.
—Ya lo veremos. —Y diciendo eso, bajó de la colina como una cabra montesa.
Henri el Impreciso aguardó en lo alto del dedo, junto con el explorador,
que seguía montado en su burro, y se limitó a observar mientras Cale y sus
purgatores bajaban a la llanura y se iban a encontrarse con la lucha, en lo que
más tarde llamarían Colina del Imbécil, a menos de un kilómetro de distancia de
Henri.
Mientras veía avanzar rápidamente a Cale y a los purgatores, Henri
comprendió que su amigo no era tan impulsivo como le había parecido al
principio. Siempre que fuera lo bastante rápido, Cale podría atacar a los
lacónicos por la retaguardia. Apretados entre las filas de redentores, la
segura victoria de los lacónicos se convertiría en una derrota casi inevitable.
Además, Cale no se arriesgaría a atacar directamente. Henri el Impreciso
siempre decía que los ballesteros podían reemplazar fácilmente a los arqueros,
porque estos últimos necesitaban años de práctica. La ballesta, sin embargo,
ofrecía los mismos resultados, y a veces aún mejores, en tan sólo unos meses.
Así resultó la cosa cuando Cale hizo desmontar a sus purgatores, a unos sesenta
metros de la cima de la Colina del Imbécil, y permaneció en pie detrás de
ellos, a cierta distancia, y empezó a darles instrucciones para que dispararan
a los lacónicos con las ballestas. Después, ese mismo día, uno de los
purgatores le dijo a Henri el Impreciso que uno de ellos había puesto en
cuestión la orden, a causa del peligro que entrañaba para la guardia de Van
Owen. La respuesta de Cale había sido pegarle un puñetazo tan fuerte que, como
lo describió el purgator, «la nariz le reventó como una ciruela madura».
Fuera el que fuera el peligro en la Colina del Imbécil para la eminente
guardia de honor, el efecto en los lacónicos resultó devastador. En cosa de un
minuto, cayeron media docena de mercenarios de capa roja. No tenían más
elección que salir y atacar a Cale y sus purgatores. Pero con la guardia de
honor detrás, parecía que sus posiciones se limitaban a elegir entre un tipo de
derrota u otro. Cargaron colina abajo, y eran una imagen aterradora incluso
desde la distancia a la que lo contemplaba Henri. Con sólo tres bajas más,
penetraron entre los purgatores. Lo que siguió fue una lucha terrible y muy
igualada, en la que no se sabía quién llevaba las de ganar. No tendría que
haber sido así, pero la guardia de honor de Van Owen, en vez de bajar de la
Colina del Imbécil y proporcionar a los lacónicos la imposible tarea de luchar
por delante y por detrás, se limitó a quedarse donde estaba, contemplando cómo
los hombres que habían acudido a su rescate entablaban una lucha desesperada
por conservar la vida. Pese a su inferioridad numérica, que ahora era de dos a
uno, los lacónicos iban con armadura, si bien no era tan pesada como la de los
hombres que no iban a caballo, y se encontraban en la parte de arriba, en un
terreno ideal para su modo de luchar. Los purgatores lucharon ya sin ventaja
ninguna y comprobando que, en vez de perseguir a los lacónicos tal como dictaba
el sentido común, la guardia de honor había decidido quedarse mirando. Cale se
puso las manos delante de la boca, en forma de bocina, y gritó:
—¡¡Ayudadnos!!
Pero los guardias siguieron mirándolos fijamente, tan impasibles como una
vaca. Cale permaneció unos diez metros por detrás de los purgatores, echando
maldiciones, fuera de sí al comprender que la guardia no estaba
malinterpretando lo que se necesitaba de ellos, sino que se quedaba donde
estaba a propósito. «¿Por qué —pensó Cale—. Lo lógico sería ayudarnos». Pero no
si uno es un general que cree en el martirio y el sacrificio y en que es vital,
por encima de todo, la propia supervivencia por el bien general. Ya Van Owen y
su guardia estaban bajando por el otro lado de la colina, reemprendiendo el
camino hacia el Golán.
Si cale hubiera sido Henri el Impreciso o Kleist, podría haberse mantenido
a salvo con su buena puntería, eliminando lacónicos desde una distancia más
segura. Pero no lo era. Su única elección era luchar cuerpo a cuerpo. Lanzó un
grito de furia, irritado por su propia idiotez, y entonces corrió hacia la
parte izquierda de la lucha, y ensartó por la espalda al primer soldado
lacónico que encontró metiéndole la espada por debajo del yelmo para
atravesarle el cuello. Tenía ventaja por llegar del lado izquierdo, pues de ese
modo para luchar tenía que inclinarse hacia el lado derecho. Como normalmente
no era buena cosa perder el equilibrio, Cale levantó la pierna izquierda no más
de medio metro para darle una patada al siguiente en la vulnerable rodilla. El
grito de agonía que lanzó el hombre al partírsele la articulación fue cortado
de repente por la patada en un lado de la cabeza que recibió en plena caída.
Cale agarró a los dos purgatores en apuros que había salvado, e intentó
aniquilar a los lacónicos desde un lado, trayendo a su lado a todos los
purgatores que podía rescatar para formar con ellos un flanco.
Al otro extremo de la fila, las cosas se ponían feas para los purgatores,
que no llevaban armadura, y que no podían igualar la fuerza ni la destreza de
sus contrincantes, que estaban mejor entrenados que ellos. Pero Cale, furioso
por la traición de Van Owen, se había transformado en un torbellino de odio y
bilis. Sin pretenderlo, daba un ejemplo a sus hombres, mostrándoles en toda su
monstruosa habilidad lo que ellos consideraban simple valor, e incluso amor por
ellos. Había algo en su talento para matar que parecía impresionar incluso a
los lacónicos, para quienes la muerte violenta era su manera de vivir. Cada uno
de los movimientos de Cale estaba completamente falto de gracia o elegancia, en
todo salvo en la brutal convicción que infundía a cada estocada o cada golpe
que cualquier otro hubiera fallado; y cualquier cosa que hecha por otro hubiera
resultad inútil, en él provocaba la desmoralización de los lacónicos, que se
veían arrollados desde la izquierda. Apenas daban muestras de ello, despiadados
como eran consigo mismos tanto como con los demás, pero durante los minutos
previos a su muerte, los lacónicos tenían tiempo de paladear la derrota. De
siete pasaron a tres, de tres a uno, y después todo terminó. Entonces tuvieron
lugar las acostumbradas monstruosidades: los heridos que clamaban, los
entumecidos, los felices…, el cruel fin de los lacónicos que seguían con vida.
Uno de los lacónicos estaba tan sólo ligeramente herido en la pierna, y los dos
purgatores temían cualquier peligro (tal vez una daga escondida), mientras
disfrutaban provocándolo y haciéndole retroceder de sus pinchazos.
—¡Cerdo antagonista! —Y le gritaban algo que no era muy acorde, pero sí lo
peor que se les podía ocurrir— ¡Ateo malhechor!
Esto hubiera sido bastante acertado para definir a los lacónicos, si bien
el término estaba mal empleado con respecto a los antagonistas. Es curioso que
la mayoría de los redentores no tuviera ni idea de que los antagonistas eran
una escisión de su misma religión, y que por tanto creían en casi todo lo que
creían ellos.
El filo de una de las espadas le dio al soldado lacónico en la mano y se le
hundió por la palma hasta el fondo. El grito de dolor que lanzó atrajo la
atención de Cale, que arremetió contra los dos purgatores e, irritado, los
apartó de delante. Los ojos del soldado lacónico, ya muy abiertos, se volvieron
la imagen misma del terror al descubrir que Cale se erguía ante él. Estaba
agachado, con los brazos abiertos, esperando. El golpe llegó al instante,
entrándole por la clavícula hasta el corazón. Una horrible expectoración que
duró segundos, y después la inconsciencia y la muerte.
Fue aquél un final más piadoso que el que durante las horas siguientes iban
a sufrir muchos, a los que dejaban morir con los dolores de sus heridas o a los
que la crueldad infligía una muerte lenta. Todo aquel horror estaba aún por
llegar para miles de hombres en el campo de batalla. A veces es mejor, le había
dicho IdrisPukke a Henri el Impreciso, cuando estaban comiendo pescado con
patatas en una playa de arena en el golfo de Menfis, reservarse el derecho a
mirar para otro lado.
Fue entonces cuando llegó Henri, aunque el explorador seguía montado en su
burro y a trescientos metros de distancia. Observó la carnicería a su
alrededor.
—Nunca vi nada así —les dijo a los purgatores supervivientes, que eran
ocho. Cale lo miró fijamente, comprendiendo con exactitud qué era lo que quería
decir, y que no se trataba de un cumplido.
—Quitadles la armadura y las armas a un par de ellos, rápido.
Se fueron un par de minutos después, llevándose con ellos a sus muertos.
Pese a haberse encontrado aún más cerca de la muerte que en el monte
Silbury, las cosas al final habían salido bien. Cale aprendió una lección,
aunque como le dijo después a Henri el Impreciso: «Todavía no sé cuál fue». Y
vivió para contarla. Pero el día aún no había terminado para él.
Aunque el brezo y el cálamo del campo de batalla de los Ocho Mártires fuera
lo bastante robusto un buen trozo había quedado revuelto, y el barro de debajo
expuesto y levantado. Pese al frío helador que había hecho tan sólo una semana
antes, los cálidos vientos del mar que habían derretido la nieve se habían
vuelto aún más cálidos. Esa tarde hacía un calor nada propio de la estación en
que se encontraban, y ese calor insufló nueva vida donde no había más que
espantosa muerte. Los mosquitos habían puesto sus huevos en el barro, bajo la
calidez del cálamo, a varios centímetros de profundidad. Expuestos al aire por
la batalla y calentador por el sol, salieron del cascarón por millones, y en
tan sólo una hora formaron una columna que giraba incesantemente, cuya base
tenía el tamaño del campo de batalla y se elevaba hasta mil metros de altura.
Los cerca de tres mil redentores que habían sobrevivido a la carnicería y
huido en desbandada hacia la base del Golán miraron atrás y vieron en el aire
algo que muy pocos de ellos habían visto antes: una nube en el cielo que se
movía no como lo hacen las nieblas sino como algo vivo.
Que es lo que era, al fin y al cabo. La nube tan pronto parecía una
comadreja erguida sobre sus patas de atrás, como una ballena (para los que
alguna vez hubieran visto una). Pero a la mayoría, exhaustos, avergonzados y
temerosos como estaban, les parecía que se trataba del Ahorcado Redentor, que
negaba furioso con la cabeza ante la espantosa pérdida y el sacrilegio que
suponía la victoria de los lacónicos. Y después, al final, cambiaron el viento
y el vuelo inmotivado de los insectos, y el rostro apenado del salvador se
convirtió por un instante en el rostro severo y atento de un niño implacable. O
eso les pareció después a muchos. De hecho, unos días después se lo parecía
incluso a muchos hombres, cada vez más, que ni siquiera se habían encontrado
allí.
En cuestión de horas, los supervivientes comenzaron a entrar en riadas en
el Golán, y los rumores empezaron a extenderse como la mantequilla sobre el
pan: noticias del final prometido, noticias de que los judíos acudían a
Chartres en masa para convertirse, noticias de que los cuatro jinetes enanos
del Apocalipsis habían cabalgado por las calles de Ware. En la Colina
Pedregosa, un dragón rojo apareció sobre una mujer envuelta en sol[iv]; y en
Whitstable una bestia de la tierra había forzado a la gente de la ciudad a
adorar a una bestia del océano. En New Brighton, un ángel apareció llevando en
un cuenco la ira de Dios. En cuanto estos rumores fueron de común conocimiento,
surgió una extraña exaltación del horro de la espantosa derrota. La historia
que recorrió el Golán decía que un acólito, un niño, había derrotado a cien
soldados del enemigo con una quijada de asno y había rescatado al padre Van
Owen de los traidores antagonistas que habían traicionado a su propia ejército.
Si este último no era completamente falso, ninguno de los rumores era del
todo accidental. Los hombres de Bosco en el Golán, junto con aquellos que
sabían y creían, vieron cómo su versión tergiversada de números y sucesos en la
Colina del Imbécil llegaba a oídos ansiosos de escuchar.
Al final los acontecimientos conspiraron a favor. Los lacónicos, en vez de
avanzar e intentar tomar los Altos o incluso rodear y atacar por la retaguardia
a los redentores cobijados en la trinchera, se quedaron exactamente donde
estaban, para sorpresa de todos. En cosa de horas, todos los redentores del
Golán sabían con certeza absoluta que los lacónicos se habían detenido a causa
de la visión del Ahorcado Redentor, y que su ira manifiesta los había
apaciguado mediante el temor en Dios.
Pero no fueron ni Dios ni los mosquitos los que hicieron a los lacónicos
replegarse al campamento que ya ocupaban desde una semana antes de la batalla,
sino un miedo terrible, persistente y habitual. Es un dicho sabio aquel que
dice que si pones todos los huevos en una cesta, perderás todo el tiempo
vigilando la cesta. Y ésa es una perspectiva aún más preocupante si los huevos
de la cesta son excepcionalmente raros. Aquél era el meollo del problema para
los lacónicos. Su capacidad para trabajar juntos como bailarines en el caos y
el horror del campo de batalla era el resultado de unan vida de brutales
ejercicios y violencias. Cada lacónico costaba una fortuna en tiempo y dinero,
y el tesoro que se precisaba para comprar ese tiempo se ganaba mediante esclavos.
Esos esclavos no los conseguían en los cuatro cuartos de la tierra, destruyendo
familias y todos sus demás vínculos, sino mediante la esclavización de pueblos
enteros que vivían junto a ellos, codo con codo. Y los esclavos eran muchos,
mientras que los lacónicos eran pocos. Apenas había un guerrero lacónico que
tuviera miedo a la muerte, y sin embargo no había ninguno que no se lo tuviera
a los hombres y mujeres que le pertenecían. En la batalla de los Ocho Mártires,
los lacónicos mataron a catorce redentores por cada unan de sus bajas. Y sin
embargo estaban traumatizados con aquella pérdida. El trabajo que se había ido
a la tuba con aquellos mil cien hombres era tal que no podrían reemplazarse ni
en una generación entera, dado lo poco numerosos que eran los lacónicos y lo
dura y larga que era su preparación.
A la luz de un éxito tan catastrófico, los éforos de Laconia tendrían algo
que decir. Por eso se habían detenido los lacónicos, cuando de haber rodeado
los Altos del Golán y tomado las trincheras de las redentores por la
retaguardia, aquella gran guerra podría haber acabado en meses o incluso en
semanas.
Los éforos ordenaron a sus tropas ante el Golán que se atrincheraran e
hicieran una oferta a sus esclavos helotos: que eligieran a los tres mil
hombres más fuertes, más valerosos y más vivos de entre ellos. Si esos tres mil
hombres luchaban con los lacónicos en el Golán, al regreso serían liberados y
se les daría doscientos dólares y una franja de tierra a cada uno. Los helotos
aprovecharon aquella oportunidad sin precedentes de conseguir su libertad y la
prosperidad, y tres mil de sus mejores hombres se presentaron sin armas en el
momento y el lugar designados. Allí mismo, los lacónicos los mataron a todos. Y
de ese modo, seguros tanto de haber matado a los más fuertes como de haber al
mismo tiempo aterrorizado a los helotos que quedaban, los éforos tomaron el
dinero adicional ofrecido por los antagonistas y decidieron volver a avanzar.
Pero planear y llevar a cabo una masacre lleva su tiempo, y sacarles más dinero
a los antagonistas también, y por eso pasaron casi tres semanas antes de que el
ejército lacónico se pusiera en marcha, tiempo que Bosco aprovechó para
lucirse.
En menos de dos días le llegaron noticias de la derrota, y al cabo de otros
dos ya se había aprovechado de la parálisis en que se había sumido la Santa
Sede y se hallaba en Chartres insistiendo en que se le concediera audiencia
papal, al tiempo que enviaba sin cesar mensajeros, con mensajes muy persuasivos
destinados a su secreta fraternidad de seguidores, quienes aunque muertos de
miedo, también querían saber qué podían hacer de provecho en medio de aquel
desastre.
Pese a la desesperada necesidad de salvarse de los lacónicos, no todo el
mundo tenía tantas ganas de creer en Cale. Los enemigos de Bosco estaban en un
aprieto. Por un lado, estaban tan consternados por la derrota ante los
lacónicos como cualquier redentor, e igualmente horrorizados por sus probables
consecuencias. Y el hecho de que fueran traicioneros, intrigantes y egoístas no
quería decir que carecieran de auténtico celo religioso. ¿Y si Cale resultaba
ser el Tétrico prometido desde hacía tanto tiempo, si bien en términos vagos y
por medio de rodeos y ambigüedades? Algunos incluso dudaban de que el Tétrico
fuera una profecía en absoluto, pues podía tratarse de una mala traducción del
texto original, que se hallaba en un estado francamente defectuoso, y tal vez
no significara un destructor mortal de los enemigos de los redentores, que
podría o no traer consigo el final de todas las cosas, sino un tipo de pastel
sagrado de setenta uvas pasas y frutos secos que sería otorgado por el Señor
para poner fin al hambre que los habría asolado durante más de un año. El
debate sobre si la profecía hablaba de un oscuro destructor o de un enorme
pastel era muy poco importante, teniendo en cuenta que no cabía ninguna duda de
que la fe del Redentor encaraba decididamente la aniquilación.
Al principio, la asombrosa petición de que Cale fuera puesto al mando del
Octavo Ejército del Wras fue rechazada de plano. Una decisión mucho más cauta y
plausible fue la que tomó el Papa en un breve instante de lucidez al pedirle al
General Redentor Princeps, vencedor de los Materazzi y ya en Chratres, que
tomara el mando. Sin embargo, por órdenes de Bosco, Princeps aseguró que se
hallaba a las puertas de la muerte, con una espina de pescado atravesada en la
garganta. Escribió una carta, no por primera vez, dejando claro que él sólo
había seguido los planes de Cale en su victoria sobre los Materazzi, y pedía
con toda humildad al Pontífice que confirmara al joven como cabeza del Octavo
Ejército. Para convencer a los que no creían en su enfermedad, que eran muchos,
Princeps pedía que el mismísimo Papa rezara por él oraciones de esas que se
destinaban a los moribundos. Aquello era un sacrilegio que no hubiera aceptado
cometer más que ante la fuerte insistencia de Bosco, que sostenía que de no
implorar esas oraciones, a sus enemigos les olería a gato encerrado.
Sería difícil exagerar el golpe que esto supuso para Gant y Parsi. Veían a
Princeps, si no como su última esperanza, sí ciertamente como la mejor.
—Tenemos que actuar juntos o estaremos perdidos. Habrá que confiar en el
muchacho —se lamentó Parsi.
—¡Que me ahorquen si expongo al fe a un acto tan temerario! Si él es un
mensajero de Dios, consideraré una visión sangrienta mejor signo que una niebla
mágica o que la palabra de ese bastardo de Bosco.
Pero entre los fieles, que estaban ansiosos e un salvador, había demasiado
fervor para que los dos se cruzaran de brazos
—Bien. Entonces —dijo Gant al fin—, dejaremos que el perro olfatee la
liebre.
Al cabo de una hora, un mensajero pontificio y ocho guardias armados
llegaron a las dependencias de Bosco y pidieron que ale se presentara de
inmediato para una audiencia. Bosco, alarmado por aquel acontecimiento
repentino, trató de ir con él, pero el mensajero, aterrorizado, le ordenó
quedarse donde estaba.
—He recibido las órdenes directamente, padre, —se disculpó—. Vos no podéis
venir.
Y de ese modo, incapaz de explicarle a Cale siquiera brevemente qué decir y
hacer, o qué no decir y no hacer, se vio obligado a verlos partir hacia lo que
sabía que sería una especie de trampa.
Condujeron a Cale hasta una antecámara y le pidieron que aguardara, con la
idea de que tuviera tiempo suficiente para desquiciarse y ponerse hecho un flan
ante la perspectiva de la audiencia. Al final de la estancia, iluminada con
velas y aromatizada con el humo de cuatro incensarios, había una estatua del
primero de todos los mártires redentores, san José, en el momento de ser
lapidado.
Aquella escena representaba un acontecimiento notable a causa de un detalle
menor: había sido seguramente la última ocasión en que alguien, movido por la
compasión, había intentado intervenir a favor de un redentor. Cuando los
hombres de la ciudad se reunieron para tomar parte en la ejecución de san José
por haber blasfemado contra su propia Única Fe Verdadera, un predicador
ambulante, aunque muy respetado, había tratado de evitar la ejecución
gritándoles: «Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera
piedra». Por desgracia para el compasivo predicador y aún más para el
desgraciado san José, un hombre, impertérrito, corrió hacia él con una gran
piedra y gritó lleno de confianza: «¡Yo estoy libre de pecado!», y arrojó la
piedra a una de las espinillas del redentor, que se partió haciendo un
espantoso «¡crac!».
La estatua representaba el instante en que el verdugo libre de pecado
levantaba otra enorme piedra por encima de la cabeza y estaba a punto de
tirarla sobre el agonizante san José. Cale estaba acostumbrado a ver estatuas
de madera policromada de terribles martirios, tallas ordinarias o simplemente
pasables, pintadas planamente, con colores simples, hechas en serie para
beneficio de los fieles de cada iglesia redentora.
Pero las estatuas de Chartres, que eran muchísimas, no se parecían a nada
que hubiera visto antes. Parecían más reales que la realidad misma, y la talla
no sólo estaba hermosamente esculpida, sino llena de vida.
Las manos del verdugo no solamente estaban bellamente talladas, sino
finamente observadas: eran la manos de un obrero. Había pequeños cortes
cicatrizados o casi cicatrizados en casi todos los dedos. Había suciedad debajo
de cada uña, salvo una. La expresión de su rostro era algo más que un gruñido
de maldad: estaba allí plasmado el deleite de la crueldad, el placer, y debajo
del animado rostro había algo de desesperación. Los dientes, hechos del más
delicado marfil, habían sido primorosamente descoloridos, dos de ellos estaban
partidos, uno parecía cariado.
En cuanto a san José, habría despertado la compasión del más duro de los
corazones: la pierna izquierda la tenía no sólo rota por la primera piedra,
sino además aplastada, y el hueso le salía de la espinilla, partido,
ensangrentado, doliente; el refulgente tuétano que manaba del hueso roto estaba
hecho de cristal; la boca estaba abierta en un grito de dolor; no había santa
resignación ante su destino, sino miedo y angustia expresados en cada rasgo y
cada arruga; había levantado la mano para detener el segundo golpe, con su
brazo delgado, un brazo de anciano con manchas de vejez que parecía temblar de
miedo y dolor. Pero los ojos de Cale volvieron hacia el hombre que permanecía
en pie ante él, con el rostro contorsionado por el odio y los ojos tan llenos
de una furiosa ira que sólo la muerte de otro podía satisfacer.
El propio corazón de Cale se llenó de aversión contra el hombre que había
hecho aquella obra extraordinaria y trataba de hacerle sentir compasión por un
fanático en el momento de su muerte. Sus pensamientos fueron interrumpidos por
una tos procedente de la puerta, al otro extremo de la antecámara. Con aquella
mezcla de aturdimiento e inquietud que sentía casi siempre antes de una lucha,
Cale caminó hacia el redentor que acababa de toser y que le aguardaba.
De pronto se encontró en la estancia, ante el Pontífice de todos los
redentores. Era una estancia tan espléndida que le dejaba a uno sin
respiración, con sus vidrieras que iban del suelo al techo y sus
extraordinarias estatuas de escenas religiosas, tan maravillosas y espantosas
como la de la antecámara.
A cincuenta metros de distancia se hallaba el Pontífice sentado en su
trono, con vestiduras de oro, el rostro de Dios en la tierra, poderoso,
austero, lejano y sabio, con el pelo gris que le asomaba bajo el solideo dorado
que llevaba siempre. Observando a Cale desde ambos lados del trono, había
ochenta redentores vestidos con las diferentes túnicas de las festividades,
redentores que estaban allí aquel día con el propósito de atemorizar al
presuntuoso acólito de Bosco.
Desde detrás del trono empezó a cantar un coro, con un bajo profundo
terrible, imponente y retumbante que parecía reverberar en las mismísimas
entrañas de Cale, tal como esperaba Gant. Observando a todos desde sus quince
años, Cale recorrió los cincuenta metros que le separaban de la cuerda azul que
hacía de barrera antes de llegar al trono. Al concluir el recorrido (y se
trataba de una estancia lo bastante grande para llamarlo recorrido), el
redentor que tenía a su lado le tocó el brazo como para evitar que pasara al
otro lado de la cuerda.
El gran coro alcanzó un clímax capaz de destrozar los nervios. Hubo un
instante en que la nota final pareció llenar el aire de alguna sustancia
celestial, una sustancia enorme, capaz de llevarse consigo cualquier recuerdo
de uno mismo y de cualquier otra cosa para dejar sólo el sentido religioso.
Durante una larga pausa, el fuerte Pontífice de cabeza de león, el señalado por
Dios, miró al niño que tenía delante, exponiendo su alma a la sabiduría divina.
—¿En nombre de quién habéis venido a molestar al ungido del…?
—Vos no sois el ungido —repuso Cale con naturalidad.
Algunos se quedaron con la boca abierta, y la majestuosa cara del hombre
que estaba sentado en el trono se encogió como el globo de un niño de Menfis al
que se le sale el aire.
—¿Qué queréis decir con que…?
—Que vos no sois él.
—¿Quién es, entonces? —La voz del hombre sonó ahora muy alejada de la voz
propia de la Santa Majestad; sonó quejumbrosa, ofendida, claramente enfadada
por la facilidad con que había sido descubierto.
Cale fijó unos ojos insolentes en los ojos del contrahecho Pontífice, y sin
mirar elevó la mano derecha para señalar a un anciano fraile que se encontraba
de pie, a mitad de la fila de cuarenta redentores que flanqueaba el camino al
trono. Un asombro que a Cale le resultó completamente satisfactorio se apoderó
de los presentes. Lenta, solemnemente, Cale volvió el rostro en dirección al
fraile al que estaba señalando con la mano. Inclinó la cabeza ante aquel
anciano fraile. El redentor que estaba a su lado le hizo un gesto para que se
adelantara hacia él, y Cale se acercó al verdadero Pontífice hasta casi
tocarlo. El Santo Padre lo miró y sonrió distraídamente, ofreciendo la mano
para que se la besara.
—¿Habéis venido de lejos?
17
Cale no había visto nunca a Bosco riéndose. Pero cuando se presentó ante él
después de la audiencia, su viejo maestro se mostró decididamente contento.
—¡Ja, ja! ¿Cómo adivinasteis que el del trono era ese pomposo tonto de
Waller, disfrazado de Pontífice? ¡Me apuesto algo a que lo hacía muy bien!
—Por los zapatos —dijo Cale, un poco desconcertado por la extremada
jovialidad y admiración que encontraba en Bosco.
Durante un instante Bosco pensó en lo que le decía, y de pronto comprendió:
el rostro se le iluminó con una alegría aún más intensa.
—¡Maravilloso! ¡Maravilloso!
—¿Qué queréis decir? —preguntó Henri el Impreciso desde el otro lado de la
estancia.
No era fácil para Cale responder mencionando a Bosco, porque cuando hablaba
con Henri no tenía costumbre de referirse al redentor que ahora tenía ante él
de otro modo que como «ese cerdo de Bosco».
—Por alguna razón, recuerdo que hace años, cuando yo era muy pequeño…
Recuerdo que el redentor aquí presente me habló de los zapatos del Pape, y me
contó que se los hacían especialmente para él en seda roja, y que nadie más que
el Vicario del Ahorcado Redentor estaba autorizado a llevar zapatos de seda de
ese color. No sé por qué me acordé de eso, y vi de pronto aquellos zapatos
rojos a mi derecha. Todos los demás llevaban zapatos de cuero negro. Es como si
le hubieran colgado un cartel al cuello.
—Nada de eso…—dijo Bosco muy contento—. Jamás en mi vida he visto con tanta
claridad la mano de Dios. Él os inspiró.
Tal como ocurrieron las cosas, no queda claro si aquella peculiar payasada
tuvo mucha o poca influencia a la hora de nombrar a Cale como cabeza del Octavo
Ejército. Ya había predicadores por las esquinas de las calles de Chartres que
preconizaban a Cale como encarnación de la ira de Dios, y sólo algunos de ellos
eran obedientes subordinados de Bosco. Si ha habido algún momento en que la
gente estuviera más preparada y dispuesta a recibir a un salvador que entonces,
la Historia no lo recuerda.
Las noticias sobre la inexplicable dejadez de los lacónicos al no atacar ni
rodear el Golán habían llegado ya a Chartres, pero el que estaba a punto de ser
nombrado jefe del Octavo Ejército no pensaba en lentos mercenarios ni en
asombrosos planes de ataque. Estaba, como un tierno cachorro, llorando por su
amor perdido. Sus lágrimas, sin embargo, no eran, como requieren las
convenciones de las leyendas populares, lágrimas de ausencia y arrepentimiento,
aunque en el batiburrillo de sentimientos que albergaba hacia Arbell Cuello de
Cisne, la ausencia y el arrepentimiento también estaban presentes. Pero las
suyas eran más que nada lágrimas de cólera y humillación, especialmente de
humillación; lágrimas centradas en un día en particular en el que no quería
pensar, pero al que se veía siempre arrastrado en el amargo insomnio de la
noche, igual que la lengua se va siempre hacia la muela picada.
Había sido la noche más feliz de su vida.
Ciertamente, no había mucha competencia para alcanzar aquel honor de ser la
noche más feliz de su vida. Pero, a diferencia de lo que ocurre en las leyendas
populares a las que ya se ha hecho alusión, la vida real no tiene ningún
interés en ir preparando las cosas para que poco a poco lleguen a un clímax
final que será, después de muchos dolores y sufrimientos, el punto álgido de la
historia, que ya después concluye con pasos amplios y seguros. Porque ¿cuántos
hombres y mujeres, cuántos niños incluso, han comprendido un día que el momento
álgido de su vida quedaba muy atrás? Éste es un pensamiento triste, cuyo único
consuelo es que uno nunca puede estar seguro: las cosas siempre pueden
remontar, siempre podrá suceder algo que arregle las cosas: un hermoso desconocido,
el éxito de un hijo, el reconocimiento repentino, el encuentro casual, el feliz
regreso: cualquiera de éstas cosas es posible. El último y gran consuelo es que
nunca se sabe.
Cale, sin embargo, no estaba aquella noche muy receptivo a los consuelos de
la filosofía. Los recuerdos lo habían llevado al lecho de Arbell, un lugar que
le parecía que había quedado varios siglos atrás. Ella estaba a su lado,
adormecida, respirando con suavidad y emitiendo de vez en cuando un sonido de
placer. Por algún motivo él no lograba dormir aquella noche, pues con la
blandura de los tiempos lo había abandonado aquella facilidad para dormirse y
despertarse en un santiamén que tenía antes. Varias velas ardían al otro lado
del dormitorio, y a su tenue y cálida luz se levantó para servirse algo de
beber. Al hacerlo, apoyando la espalda contra la pared, vio su rostro dormido.
Cale odiaba los rostros de los hombres cuando dormían, el ruido que hacían, el
olor, todo lo que los envolvía cuando dormían alrededor de él. Pero la luz de
la velas no le hacía daño al rostro de ella: ni a la nariz ligeramente larga
(otra más pequeña habría dejado su rostro tan banal como el de una muñeca), ni
a los labios mucho más gruesos de lo que tendrían que ser (pero que en su
rostro resultaban perfectos). ¿Cómo era posible que estuviera él allí? ¿Cómo
podía haber ocurrido tal cosa? Una repentina ráfaga de felicidad le invadió el
pecho, una comprensión de lo maravilloso, de todas las infinitas posibilidades
de la vida. Despacio, con cuidado, se acercó a la cama y descubrió la sábana
que la tapaba. Aquel esbelto cuerpo estaba tendido desnudo, delante de él, con
la leve barriga, con aquel poquito de grasa de bebé con aquellos pechos
pequeños (¿cómo podía existir algo tan bello?), con aquellas piernas largas,
con aquellos dedos de los pies, algo retacones. La miró de arriba abajo,
admirado, y después, casi en contra de su voluntad, contempló el vello oscuro y
escondido entre las piernas, en un rincón que le cortaba el aliento. ¿Cómo
podría el paraíso ser mejor que aquel aturdimiento de piel suavemente plegada?
—¿Qué hacéis?
Arbell no se había movido. Tan sólo había abierto los ojos, despertando de
repente. Si él hubiera estado contemplando su rostro como hacía la mayor parte
del tiempo, o hubiera tenido el cuerpo vuelto hacia ella, Arbell habría visto
la ternura en sus ojos. Pero entonces volvió a taparse, y esa simple acción fue
como una regañina, acompañada por una expresión de disgusto del hermoso rostro.
—Me siento expuesta —dijo ella, temblando de una manera que a él le resultó
incomprensible. Cale comenzó a hablar, a explicarse.
—No. Marchaos, por favor.
Y eso hizo Cale. Con un poco de suerte, la humillación de aquella noche
podría no haber tenido lugar: él podría haber conciliado el sueño con más
facilidad, o ella podría haber seguido dormida, y todo habría ido bien y como
tenía que ir.
Cale se durmió al final con el suave tañido de las pequeñas campanas que
tocaban los cuartos en Chartres. Lo despertó a las seis Henri el Impreciso: ya
no quedaba tiempo más que para la guerra y los asuntos de la vida y la muerte.
Mucho le hubiera gustado al General Redentor Bosco que le dejaran en paz
con sus meditaciones. Pero tenía una visita. Al principio Bosco tenía
demasiadas instrucciones que dar e informaciones que recibir, pero el escuálido
redentor resultó tan insistente que acabó viendo cómo el General Redentor se
detenía un instante, esperando que aquel incordio se alejara de allí.
—¿Quién sois vos? —le preguntó Bosco.
El hombre suspiró, claramente a disgusto con aquella manera en que se le
trataba. Esperaba que se le tomara en serio.
—Soy el redentor Sí, del Oficio del Santo Espíritu.
—No he oído hablar nunca de tal cosa.
—Antes se llamaba Oficio del Celibato.
—Sí, he oído hablar de tal cosa.
—Por tanto, os daréis cuenta de que no se trata de un asunto sin
importancia.
—¿Qué queréis?
—Ayudaros, redentor.
—Estoy tratando de ganar una guerra, así que podéis ayudarme marchándoos.
—La Iglesia tiene la amorosa obligación de ayudar a sus obispos.
—Yo no soy obispo.
—De ayudar a sus obispos y a los prelados que son tan importantes como los
obispos a evitar que abandonen el celibato. Como acto de amor, los del Oficio
queremos acompañar al prelado en todas las ocasiones para evitar la aparición
de una vida secreta o privada ¿Cómo podríamos pediros, padre, que todas
vuestras acciones como padre de la Iglesia sean puros, y no prestaros para ello
el auxilio necesario?
—¿Auxilio necesario…?
—Asistencia permanente a cargo de un miembro del Oficio.
—¿En mi dormitorio, asistencia permanente?
—Especialmente en vuestro dormitorio, padre. Pero vuestro asistente tendrá
los ojos tapados durante las horas de oscuridad. Además, como acto añadido de
amor, el Oficio os proveerá de un par de guantes de noche. Los guantes de noche
son…
—Sí, ya comprendo lo que son —interrumpió Bosco. Su rostro se relajó—.
Comprendo vuestras preocupaciones, por supuesto, padre. Sí. Tenéis toda la
razón al decir que no puede haber intrusión en la privacidad de alguien que no
tiene vida privada. —Sonrió, como si se lamentara—. Pero ya veis que tengo que
tratar con… Tal vez esto no sea una gran amenaza, pero es más apremiante.
El redentor Sí no puso cara de pensar que las ofensas contra el Espíritu
Santo fueran más apremiantes que las cuestiones de supervivencia.
—No tardaré en volver, de un modo u otro, si me lo permiten mis
ocupaciones. Y entonces podremos conceder a este asunto la atención que merece.
El redentor Sí no acababa de quedarse a gusto por cómo dejaba as cosas. Le
daba gran tristeza que los obispos no fueran más hospitalarios con él y con su
Oficio. Obviamente, él tan sólo trataba de ayudar, pero era difícil creérselo.
Un poco a regañadientes, Sí accedió a volver la semana siguiente, y se fue. En
cuanto lo hubo hecho, Bosco llamó a Gil:
—Ese redentor Sí; añadidlo a la lista.
Lo de ser vigilados estaba también en mente de otros.
—¿Cómo nos vamos a escapar ahora que os han nombrado Señor Dios
Todopoderoso del Puto Mundo?
—¿Y qué iba a hacer yo, negarme? Si se os ocurre algo, adelante, soy todo
oídos.
—Ya veo que estáis con el corazón partido. —Henri el Impreciso miró a su
amigo de la manera menos simpática que os podáis imaginar—. Os gusta así,
¿verdad?
—Lo que creo es que, como de costumbre, o me gusta o me aguanto. ¿Y qué?
Hago algo que se me da bien y además no tengo elección.
—Perder.
—¿Qué…?
—¡Podéis elegir perder!
—¿Por qué no lo decís más alto? Me parece que en la otra punta de la ciudad
no os han oído.
—De acuerdo. Imaginaos que lo he dicho en voz baja.
—No he oído nada tan tonto en toda mi vida.
—¿Por qué? Dejad a los lacónicos y, como vos mismo dijisteis, empezarán a
arrasar trincheras de aquí a Trípoli. Chartres caerá en una semana, y después
no se interpondrá nadie en su camino en cinco mil kilómetros. ¿Por qué tenemos
que detenerlos?
—Porque arrasarán con nosotros. Ya sabéis lo que les hacen los lacónicos a
los niños, ¿no…? Lo que nos harían si tomaran prisioneros. En el Veld maté
antagonistas folcolares a miles ¿Creéis que no han oído hablar del Ángel de la
Muerte de Bosco? Los antagonistas tenían antes doce cartas con una descripción
de los doce redentores más perversos, a los que debían matar nada más verlos.
Ahora son trece.
—Y supongo que os encantó cuando lo oísteis: ¡Thomas Cale, el gran «Aquí
estoy yo»!
—¿Qué queréis decir con eso?
—Lo sabéis perfectamente
—Nunca os he pedido que vengáis conmigo. ¿Qué demonios estáis haciendo
aquí?
Era una pregunta hecha con toda la bilis que tenía dentro. E hizo daño.
—Eso es precisamente lo que yo me pregunto.
—Bueno, pues es una pena que no os hicierais esa pregunta en Menfis. O en
cualquier lugar que no fuera éste. ¡Por Dios, como si no tuviera ya bastante de
lo que preocuparme!
—No me pareció que os quejarais cuando yo os salvaba la vida mientras os
poníais en plan Fritigerno el Temible en la escalinata del viejo palacio
Materazzi. Y cuando bajabais a la carrera por la colina de Silbury como el
soberano capullo que sois por esa traicionera Arbell Culo de cisne… ¡Os salvé
la vida una docena de veces, mientras vos repartíais mamporros moviéndoos como
pez fuera del agua!
Hubo un silencio envenenado. Y Cale fue el primero en romperlo.
—No creo que en el monte Silbury me salvarais la vida más de media docena
de veces. Pero está bien saber que las vais contando.
—Estaréis de acuerdo en que tenía mejor visión de lo que sucedía allí que
vos.
—Y no soy ningún soberano capullo —repuso Cale.
—Sí, claro que lo sois —respondió Henri el Impreciso—. Y ahora tenemos que
pensar en cómo escapar, y pronto.
—Ahora sois vos el que habla como un capullo. No existe ningún sitio al que
escapar. Por si acaso os habéis quedado sordo: estamos rodeados de bastardos
asesinos por los tres lados. Cuando estábamos en Menfis no vi que allí nadie
tuviera nada bueno que decir sobre los antagonistas. Que no sean redentores no
quiere decir que en su país cuelguen cigarrillos de los árboles y uno se pueda
quedar los domingos en la cama.
—No pueden ser peores que los redentores.
—Sí que pueden. Y aunque no lo sean, por lo que a ellos respecta, nosotros
somos redentores, yo sobre todo. ¿Contra quién pensáis que luchaba yo, contra
la abuelita de Caperucita Roja?
Se oyó un golpe en la puerta, que fue abierta al instante por el guardia
que estaba fuera. Era Bosco. Estaba mucho menos contento que la última vez que
lo habían visto.
—El Papa ha confirmado vuestro nombramiento, aunque es temporal y sometido
a posterior confirmación. Tenéis que firmar estas hojas. —Puso los documentos
sobre la mesa.
—¿Qué es?
—Sentencias.
—¿Qué tipo de sentencias?
—Ésta es para la ejecución de la doncella de los ojos de mirlo.
—No es más que una muchacha.
—Por supuesto que es más que eso. Firmad.
—No.
—¿Por qué?
—Ya os he dicho: no es más que una muchacha.
—Vos sabéis que clavó carteles en las puertas de las iglesias de las ocho
ciudades criticando la quema de herejes por el papa como algo que iba contra
las piadosas enseñanzas del Ahorcado Redentor. ¿Cómo se puede hacer tal cosa y
esperar vivir para contarlo?
—¿Y aún brillan las estrellas en el cielo?
—Os estáis poniendo ridículo. Sabéis perfectamente que la doncella no debe
vivir, sino que debe morir.
Por supuesto que lo sabía. Era sorprendente que ella no hubiera ardido
espontáneamente, siendo tan grande el número de sus incendiarios crímenes.
—Dejadme que os enumere sus pecados —dijo Bosco—. Palabras escritas en la
puerta de la iglesia: pena de muerte; críticas al Papa: pena de muerte; mostrar
compasión por la vida de los herejes: pena de muerte: ofrecer opinión sobre la
cualidad humana del Ahorcado Redentor: pena de muerte; hacer todo eso siendo
mujer: pena de azotes, y hacerlo todo vestida de hombre para poder llegar de
noche hasta la puerta: pena de muerte. —Hizo entonces un gesto señalando la
orden de condena—. Firmad, si no os importa. Y firmad aunque os importe. Pero
firmad.
—¿Por qué se necesita mi firma?
—Porque el Papa es tan misericordioso que no puede firmar penas de muerte.
Tiene que firmarlas el comandante del ala militar de los redentores de
Chartres. Y ése, desde esta misma mañana sois vos.
—Pues como soy el comandante, he decidido pensármelo.
—Las cosas no son tan sencillas. En cuanto vos os vayáis de aquí, cosa que
deberíais hacer esta misma tarde, el siguiente clérigo militar de la ciudad, es
decir yo, pasará a ser comandante de la guarnición. Y yo firmaré.
—Entonces ya no hay problema.
—Sí que lo hay. Firmar esta pena de muerte es un gran honor, como lo es
asistir a la ejecución de la pena impuesta. Si vos no firmáis, eso querrá decir
que vuestro primer acto como cargo nombrado directamente por el Pontífice
consiste en insultar a la Única Fe Verdadera. Insultarla de manera atroz. Se os
apartará del oficio y entonces no serviréis para nada. Hagáis lo que hagáis, la
doncella está muerta. Así que firmad.
Cale lo miró, hosco y desanimado.
-Van Owen —dijo al fin—. Van Owen es el siguiente clérigo militar más
importante de la ciudad.
—Dejará de serlo —repuso Bosco en voz baja-, en cuanto hayáis firmado la
segunda orden.
Como sabréis con que hayáis asistido a un par de ellas, una ejecución se
parece mucho a cualquier otra: la multitud, la espera, la llegada, los gritos,
el chillido, la muerte (ya sea larga o breve), la sangre, y las cenizas en el
suelo.
Era una característica del trato de los redentores el ser siempre tan
obsequiosos y halagadores entre ellos como desdeñosos y arbitrarios con los
demás. Dejando aparte el reino de terror creado en torno a la conspiración
antagonista o al abuso de los niños, los redentores eran bastante indulgentes
en lo que se refería a los pecados cometidos por ellos mismos. Incluso en lo
referente a abusos graves, para que quedaran probados había que reproducir en
parte los tocamientos. En cuanto a las consecuencias de levantar falso
testimonio, que es tanto como decir testimonio auténtico que no lograba
demostrarse, los resultados para el acusador eran espantosos. Los redentores se
congratulaban de que tal cosa ocurriera muy raramente, asegurándose de que tan
sólo las víctimas más desesperadas armaran escándalo. Y la mayoría de esas
víctimas no tardaban en lamentarlo.
Siendo normalmente muy cautos a la hora de castigar a uno de los suyos, la
decisión de culpar a Van Owen de la derrota en el frente del Golán carecía de
precedentes. Van Owen sería acusado de traición e incompetencia. Pero parecía
inconcebible que un general que en el pasado siempre había luchado bien, de
pronto capitaneara tan mal a sus hombres. Era obvio, por tanto, que aquello era
un ejemplo de algo que a menudo se utilizaba para explicar las derrotas de los
redentores: «la puñalada por la espalda». La batalla de los Ocho Mártires había
sido una puñalada por la espalda porque estaba tan claro como el agua que Van
Owen era un traidor antagonista que había conspirado en secreto para conseguir
una derrota donde la victoria era segura.
Van Owen fue juzgado sin estar él presente, para asegurarse de que no
aprovechaba la ocasión para extender los sucios embustes antagonistas. Y eso
fue lo que le llevó a media tarde al Patio de la Emancipación, tan sólo tres
días después de ser condenado. Sin embargo, ni siquiera el Obispo Redentor de
Verona, cabeza de la Sodalidad de los Cordelias negros, que habían sufrido tan
terribles pérdidas, había objetado cuando se aprobó la sentencia contra Van
Owen con el muy considerable privilegio de ser colgado antes de quemado. Aunque
personalmente le hubiera gustado sacarle las tripas a Van Owen con una pala sin
afilar por haber causado prácticamente el exterminio de los Cordelias negros,
ni siquiera él estaba deseoso de romper con los precedentes establecidos. Al
fin y al cabo uno nunca sabía.
Los redentores importantes, al frente de los cuales iba un Cale de aspecto
hosco, se sentaron en un estrado que dominaba el Patio de la Emancipación y dos
andamios. El Papa no se hallaba presente, y tampoco Henri el Impreciso. Había
sin embargo una considerable multitud que aguardaba con enfurecido buen humor
que alguien cargara con las culpas.
Cuando Van Owen apareció entre cuatro guardias, la emoción recorrió la
multitud. Algunos aplaudían como locos, otros lanzaban pullas indecentes Les
embargaba a todos una feroz alegría que, como dijo después el historiador
Solerine, «les asemejaba más a las bestias salvajes que a los hombres». Pese a
los numerosos guardias, la multitud empujaba hacia el patíbulo, pues cada cual
deseaba ver lo mejor posible. Tal como dictaba la costumbre, el Supervisor
Dominico Novella ordenó que a Van Owen le despojaran de sus vestiduras. Aunque
siguió vestido con una túnica de lana, hubo un fuerte murmullo de desaprobación
procedente de las últimas filas del estrado de los redentores.
—¿Realmente es necesario todo esto?
Pero era demasiado tarde para intervenir: Van Owen se había despojado ya de
las vestiduras, tan obediente como si fuera un niño a punto de ser castigado.
Sabiendo que eso iba a ocurrir, había intentado decir algo piadoso en aquel
momento, algo referente a lo mucho que había apreciado el honor de llevar
aquellas vestiduras sagradas pero el miedo le secó la boca y las palabras se le
quedaron dentro. Entonces el Supervisor Novella, que estaba cada vez más
descolorido, lo condujo a la escalera de subida al patíbulo. Van Owen pidió
agua, y tan apabullado se quedó el Supervisor ante el horror de hacer algo que,
oído en la corte, hubiera satisfecho con entusiasmo, que se olvidó de ofrecerle
su propia petaca. Van Owen quería humedecerse la garganta para poder hablar,
pero el verdugo, más acostumbrado a los aspectos prácticos de aquellos
acontecimientos que Novella, comprendió lo que pretendía Van Owen, y no tenía
intención de permitir que ningún heroísmo empañara la belleza del espectáculo.
—Abandonad la idea de echar un discurso sobre vuestra inocencia. Seguid el
ejemplo de nuestro Santo Padre en la horca, y cerrad el pico. —Entonces lo
empujaron bruscamente para que subiera la escalera. A medio camino, el verdugo,
animado por la ansiosa multitud, empezó a hacer el payaso ofreciendo una
reverencia y casi se resbala y se cae. Aquel vergonzoso comportamiento tuvo el
efecto de despertar a Novella de su aturdimiento, y al hacerlo le gritó con
furia al verdugo. Eso le puso tan nervioso que para cuando llegaron a lo alto
de la escalera todas sus fantochadas habían sido sustituidas por el miedo. Van
Owen empezó a decir sus últimas palabras.
—En Tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, con la esperanza de que este
mismo día encenderé una vela como nunca se haya….
Esta despedida cuidadosamente ensayada fue interrumpida por un empujón tan
prematuro y rotundo que no sólo cayó con la soga alrededor del cuello, que se
le partió al instante, sino que el empujón fue tan torpe y tan fuerte que se
quedó balanceándose como el péndulo de un reloj. En vez de utilizar su sentido
común para subirse a la pira de leña y sujetar el reciente cadáver para que se
quedara quieto, el redentor encargado de prender la pira aplicó la antorcha
inmediatamente. La leña estaba seca y empapada en aceite, y la hoguera se alzó
magnífica. Desgraciadamente, el cadáver seguía balanceándose de un lado para
otro como un niño en un columpio. Como por arte de brujería, se levantó un
fuerte viento que apartaba las llamas del cadáver, que no dejaba de moverse.
Atemorizada al ver aquello, la multitud se había quedado boquiabierta:
«¡Milagro, milagro!». Pero un minuto después el viento cesó, el balanceo se
hizo más lento, y la multitud no tardó en volver a empujar para conseguir cada
cual un mejor punto de vista.
Al cabo de unos minutos en los que la multitud permaneció absorta en el
horror y la fascinación, el fuego quemó por completo la cuerda que ataba las
manos de Van Owen. .Tan intenso era el calor, que provocó que la mano izquierda
se le levantara lentamente, y al hacerlo parecía que la mano señalaba
acusadoramente a la multitud. Más tarde, el Oficio para la Propagación de la Fe
aclararía que aquello no era ningún signo de maldición de Van Owen contra los
fieles que habían deseado su muerte, sino de bendición, la cual otorgaba como
muestra de su arrepentimiento.
Para entonces, los redentores del estrado estaban hasta la coronilla de
todo aquel proceso, y algunos tuvieron el detalle de sentirse culpables y
avergonzados por lo que habían hecho. Sin embargo, la cosa aún no había
acabado. Era tarea de lo Arrabiate humillar los cuerpos de los herejes, y diez
de ellos marcharon, tal como estaba previsto, arrastrado una pesada bolsa de
piedras que representaban el arrepentimiento y el remordimiento. Formando fila
delante del ahora ya muy quemado cuerpo, empezaron a acribillar el cadáver con
piedras del tamaño de un puño, de modo que de vez en cuando se desprendían y
caían al fuego cachitos del cadáver medio consumido. «Llovían —escribió
Solerine— sangre y entrañas».
Pocas personas, aparte de la cúspide jerárquica de los redentores o la de
los antagonistas, habrán visto nunca quemar a unan persona viva. En la
imaginación popular de los que viven en las cuatro esquinas del mundo, esa
experiencia está formada por las vastas hogueras de las fiestas invernales, en
las que se coloca al muñeco de Guy Fawkes o del general Curly Wurly en la
cúspide de una montaña de leña. La realidad es más mundana, y muchísimo más
horrible. Si podéis, imaginaos la hoguera que podría prender en la parte de
atrás de su tienda un comerciante moderadamente rico. Después imaginaos quemar
vivo en tan modesta hoguera a un cerdo crecido. Entonces comprenderéis por qué
no voy a hablaros de los quince minutos que le costó oír a la doncella de los
ojos de mirlo, ni de los gritos que superaban en tono e intensidad cuanto
esperaríais oír nunca saliendo de una garganta humana, ni del olor ni, ¡Dios
Santo!, del tiempo que llevó todo. Y durante todo el proceso Cale siguió
mirando hacia ella, sin apartar la vista ni una vez. Al fin y al cabo, hasta el
más espantoso de los martirios debe seguir su curso.
—¿Cómo ha ido? —le preguntó Henri el Impreciso.
—Si queríais enteraros, tendríais que haber ido.
—Decidme que fue rápido.
—Estuvo muy lejos de ser rápido.
—No fue culpa vuestra.
—Pero vos me culpáis de todos modos.
—No.
—SÍ. Vos pensáis que debería haber utilizado mi poder para llevármela por
arte de magia a algún lugar seguro, dondequiera que pueda estar ese lugar. Si
yo conociera un lugar seguro, me iría allí yo mismo. Tal vez pensáis que yo
debería haber saltado del estrado de los Bienaventurados para desatarle las
manos, y después echar alas y llevármela volando.
—No he dicho nada de eso.
—Dos veces ya le he salvado la vida a una doncella inocente en peligro de
muerte, y mirad, cuántos miles de personas han muerto como consecuencia de que
yo metiera las narizotas en asuntos que no eran de mi incumbencia.
—Sé que no es culpa vuestra. Pero me siento mal, eso es todo.
—No lo bastante mal como para ir a verla.
Henri el Impreciso no dijo nada. Al fin y al cabo, ¿qué podía decir?
Unas horas después, habían salido de Chartres y se acercaban al campamento,
levantado en un santiamén, del rápidamente constituido Octavo Ejército. El
campamento ya estaba protegido por zanjas, terraplenes y empalizadas de madera.
A los pocos minutos de su llegada, Cale examinó las nuevas espadas lacónicas
que tal devastación habían producido en las filas de los Cordelias negros.
Probó la curva de su hoja en varios cascos de redentores colocados sobre
cabezas de madera todos menos uno se abrieron al primer golpe. Regresó a su
tienda, meditó durante veinte minutos, y después se volvió hacia Henri.
—Quiero que os llevéis treinta carros al vertedero aquel donde estaban las
armaduras de los Materazzi, y que me traigáis todos los yelmos que podáis
encontrar. Llevad con vos cincuenta hombres, o más si los necesitáis. Nada más
llegar allí, enviadme a alguien con media docena de yelmos para que los pueda
probar.
—Es demasiado tarde para salir ahora.
—Entonces salid mañana. Ahora llamad a Gil.
Gil se presentó en cinco minutos.
—Quiero que me traigáis una docena de perros muertos —le ordenó Cale.
—¿Dónde voy a encontrar perros muertos por aquí?
—No tienen por qué ser perros, ni tienen por qué ser doce. Valdrán
veinticuatro gatos muertos. ¿Me habéis entendido?
—Sí.
—No quiero que le rebanéis la garganta a la mascota familiar de ningún
campesino. Necesito que estén podridos. Necesito que la carne se esté
desprendiendo de los huesos.
—El padre Bosco desea veros.
—Cale sonrió.
—Como siempre. Hacedlo pasar.
Estuvieron hablando de cosas intrascendentes durante varios minutos. Cale
se extendía lo más posible para no abordar el tema que ambos tenían en mente,
de manera que su viejo mentor se vio forzado a plantearlo él.
—Entonces… —dijo Bosco al fin—. ¿Puedo conocer vuestros planes?
—No tengo planes. Por lo menos no escritos, estrictamente hablando.
—Y estrictamente hablando, ¿qué tenéis?
—Todavía estoy pensando.
—¿Y no estáis dispuesto a compartir vuestros pensamientos?
—Necesito uno o dos días.
—¿Uno o dos?
—Dos, seguramente.
—¿Y si ellos atacan antes?
—Entonces creo que aplicaremos el plan B.
—¿Que es…?
—No lo sé, padre. Ni siquiera tengo todavía un plan A.
—Es infantil andar tomándome el pelo.
—Lo sería si os lo estuviera tomando. Vos tenéis preguntas, pero yo no
tengo respuestas.
—comprenderé que no sean respuestas muy concretas.
—No. Decís que comprendéis, pero no estáis comprendiendo lo que os digo.
—Lo haré.
—No, no lo haréis. Sólo creéis que lo haréis.
—O sea que la respuesta es: «No».
—La respuesta es sí, pero todavía no.
Cinco minutos después, tal como Cale sabía que ocurriría, Gil entraba en la
tienda de Bosco para informar a su superior:
—Ha pedido dos mil yelmos oxidados y doce perros muertos.
18
En cosa de dos semanas, por medio de un tratante de medicinas cuyas pócimas
eran, si uno tenía suerte, completamente inútiles, Kleist y su muy embarazada
esposa escucharon las noticias de los acontecimientos del Golán.
Había habido una gran batalla entre los redentores y los lacónicos. La cosa
había terminado en carnicería, y el ejército de los redentores había quedado
eliminado casi hasta el último hombre. No hace falta explicar que esas noticias
le encantaron a Kleist, aunque la alegría no duró mucho. Casi se traga la
lengua al oír la historia, muy adornada por los palurdos de la montaña, de cómo
la batalla había finalizado con una pequeña victoria a cargo de un simple niño,
y que a ese niño, Cale, se le ensalzaba ahora como Ángel de la Muerte, alguien
cuya alma podía elevarse a dos mil metros de altura.
—O sea que ese amigo vuestro… —dijo Daisy después, cuando estaban tendidos
en la cama mientras ella descansaba la dolorida espalda y las terribles
almorranas, e intentaba desentrañar las confusas noticias que habían escuchado.
—No es mi amigo…
—Ese amigo vuestro, ¿no es el Ángel de la Muerte capaz de elevar su alma a
dos mil metros de altura?
—Sí, claro que es el Ángel de la Muerte: dondequiera que va Cale, se
organizan funerales. Tiene la cabeza llena de funerales.
—¿Pero es verdad que puede hacer que su alma se eleve?
—No.
—Qué pena. Un amigo que pudiera elevar las almas a dos mil metros de altura
sería muy útil.
—Bueno, pues él no puede hacerlo. Y ya os lo dije, adondequiera que va,
lleva la desgracia consigo. Por eso yo intentaba poner toda la distancia
posible entre él y yo. Si no os hubiera encontrado a vos y hubiera descubierto
el modo de llegar, ahora me encontraría en el lado oculto de la luna.
—¡Ah! —suspiró ella, embargada por la pena—. Mi pobre imbécil.
No dijo nada más hasta que el dolor remitió. Entonces le entregó una jarra
con la crema que le había vendido el curandero.
—Ponédmela.
—¿Qué?
—Que me la pongáis.
Kleist se quedó mirándola.
—Hacedlo vos misma.
—Estoy demasiado gorda. No alcanzo tan lejos. Es más fácil que lo hagáis
vos.
—¿Y no podéis pedírselo a vuestra hermana?
—Vamos, no seáis desagradable…
Para entonces él ya había comprendido bastante bien en qué ocasiones no
había que discutir con ella. No es que Kleist careciera de habilidades médicas.
Los redentores tenían fama de curar bien las heridas, gracias al hecho de que
la gente siempre intentaba matarlos. Las almorranas no eran exactamente una
herida de guerra, tal como se establecía en el Manifiesto Católico, su manual de medicina, pero al menos el tratar
las heridas con delicadeza no era algo que la resultara completamente
desconocido. Aun así, la infortunada muchacha ahogó un grito.
—Lo siento.
—No pasa nada.
Unos segundos después, Kleist dio la tarea por concluida, y el dolor empezó
a remitir.
—Gracias.
—No hay de qué.
—¡Mentiroso! Me apuesto a que hace un año no pensabais que estaríais
haciendo esto. —En ese momento Daisy sintió un dolor punzante, y después soltó
un largo suspiro—. Quedaos aquí a mi lado.
Ella aguardó mientras él lo hacía.
—Hay algo de lo que quiero hablaros.
—¿De qué?
—¿Me prometéis que no os vais a enfadar?
—¿Por qué no lo decís ya?
—Estáis participando en demasiados robos. Es muy peligroso.
—Creedme si os digo que sé lo que son los riesgos. Y os aseguro que corro
muy pocos. No me pongo nunca a menos de cuatrocientos metros de nada que esté
afilado.
—No os creo en lo de que estéis tan a salvo. Pero mi gente ahora comete el
doble de asaltos de antes por vuestra causa.
—¿Y…?
—Los musulpanes no se van a quedar así. Hay musulpanes mercenarios que
saben luchar mejor que nosotros.
—Cualquiera puede luchar mejor que vosotros. Dejar caer una roca sobre la
cabeza de alguien que no está mirando no es una habilidad que os vaya a
encumbrar a la gloria.
—Ahí lo tenéis. Todo el mundo se vuelve avaricioso. Esto no puede durar.
—Vuestro padre… Le dará un ataque si me niego a ir. Y si me niego a prestar
ayuda, me convertiré en alguien tan querido como un caso de almorranas.
—Pero comprendéis lo que quiero decir, ¿no?
—Sí.
—Hablaré con mi padre. Sólo quería comentároslo antes a vos.
—¿Y si no os diera permiso?
Ella lo miró, más asombrada que molesta.
—No digáis tonterías.
Se dice de la infortunada Sharon de Túnez que estaba destinada a decir
siempre la verdad y a no ser creída nunca. Los cleptos tal vez no fueran
hostiles a las mujeres que mostraban voluntad propia, pero no eran más
entusiastas con respecto a las opiniones, que no se preocupaban de escuchar, de
lo que suele ser el común de los mortales.
Al principio, la irritación de su padre sólo se dirigió contra Daisy a la
que le dijo de muy malos modos que no metiera las narices en asuntos que no
tenían nada que ver con ella. Ofendido por la manera en que su suegro se
dirigía a su esposa, Kleist defendió sus argumentos, y de esa manera se ganó la
general acusación de que todo había sido idea de él, y que utilizaba a su
esposa como escudo de opiniones que en realidad eran suyas, una estrategia tan
común entre los cleptos que se la conocía como «darle a otro los platos sucios
para que los friegue». Lo acusaron de pereza, de cobardía y de ingratitud,
normalmente cualidades que los celptos admiraban decididamente cuando eran
propias. Dejaron de hablarles todos salvo su hermana y unas pocas amigas de
ella, y quedó claro que si Kleist se negaba a ayudarles se enfrentarían a
problemas en forma de votación, que previsiblemente implicaría el ostracismo
para ambos.
La pareja se enfrentó a la disyuntiva de irse cuando se acercaban los fríos
(con Daisy en un estado avanzado de gestación y sin tener a dónde marchar), o
bien quedarse y hacer lo que les decían. Si había otra posibilidad, Kleist no
sabía cuál era. No era ceder lo que le preocupaba a él. Daisy se consumía de
indignación y se lo hacía ver claramente a su padre, pero Kleist estaba
acostumbrado a una vida de obediencia hostil pero silenciosa. Aun así, fue de
modo cabizbajo como se echaron para atrás.
Nuevas noticias sobre Cale le hicieron sentirse incómodo. En parte esas
noticias removían desagradables sentimientos de culpa, no relacionados con
Cale, sino con Henri el Impreciso; pero además despertaban el fantasma de algo
enterrado aún más hondo, tan hondo que nunca lo había afrontado cara a cara.
Mientras que Henri el Impreciso nunca se había tomado en serio la idea de que
hubiera algo inhumano en el talento de Cale para matar, los confusos rumores
que llegaban a los Quantocks, pese a lo ridículos que normalmente los hubiera
juzgado, crispaban un nervio en el alma de Kleist. Con la distancia, la imagen
de Cale como un tipo de fantasma viviente que iba por ahí causando catástrofes
sobrenaturales, parecía cobrar una especie de inquietante sentido Kleist había
tenido la ocasión de poner una distancia enorme entre él y Cale, pero esa
ocasión ya había pasado. El escalofrío que le recorría la columna se parecía
demasiado a la impresión provocada por alguien que caminara sobre vuestra
tumba.
—Como mi abuela no decía nunca —observó Daisy—: la gente cree lo que quiere
creer.
—En eso no andáis equivocada —le contestó Kleist a su joven esposa.
19
—¿Por qué no avanzan?
Bosco quería oír lo que tenía que decir Cale y al mismo tiempo confirmar
que Cale entendía lo incomprensible que resultaba esa inactividad.
Cale n levantó la mirada hacia Bosco mientras le hacía aquella pregunta,
sino que siguió examinando la docena de yelmos que estaban sujetos con correas
a las cabezas de madera.
—¿Tenéis esperanzas de averiguarlo? —le preguntó Cale a Bosco, aún sin
levantar la mirada.
—No.
—Entonces, ¿por qué os preocupáis por eso?
—Os habéis vuelto muy insolente.
Esta vez sí que miró a Bosco.
—¿Estoy equivocado?
Bosco sonrió, pero su sonrisa nunca resultaba agradable.
—No. No os equivocáis.
El maestro herrero al que aguardaba Cale, llegó y le mostró el yelmo
sobrante.
—¿Qué pensáis? —le preguntó Cale.
—Que se trata de un buen trabajo. Y el acero es bueno, pero está demasiado
oxidado, diría yo No me lo pondría yo para protegerme la cabeza. ¿Puedo ver los
otros?
—Cuando haya terminado. Apartaos.
Y diciendo eso, le dio a cada uno de los seis yelmos de los Materazzi unos
feroces golpes con una de las espadas curvas de los lacónicos
—Ayudadme a desprenderlos —le dijo al herrero cuando terminó. Tres habían
aguantado bien, uno estaba dañado, otros dos atravesados.
—Se supone que mañana recibiremos un par de miles de éstos.
—¿En las mismas condiciones?
—Probablemente. No lo aseguro. —Señaló los yelmos que había atravesado—.
¿Podréis repararlos? Soldadles una chapa de hierro en la parte de arriba.
El herrero los examinó detenidamente durante un minuto entero.
—Señor, creo que podría hacer algo para fortalecerlos. ¿De cuánto tiempo
dispongo?
—No lo sé. De un par de días al menos, tal vez más. Hacedlo lo más aprisa
que podáis. Que os ayuden todos los herreros que haya aquí. La primera tanda
llegará aquí esta tarde. El intendente tiene orden de proporcionaros cuanto
pidáis. Si hubiera algún problema, venid a mí directamente. No paséis por nadie
más, ¿entendido?
El herrero miró a Bosco. Cale estuvo a punto de hacer un comentario, pero
lo pensó mejor. Bosco asintió con la cabeza.
—Sí, señor.
Cuando salió, Bosco no pudo evitar hacerle una pregunta:
—¿Para qué necesitáis los perros?
—Cuando estaba en el Veld, los folcolares siempre echaban un animal muerto
en los depósitos de agua para hacernos la vida un poco más difícil. Si hubiera
un poco habrían tirado uno también en él.
—Ya veo.
—No, no lo veis —dijo Cale—. Con el agua estancada no se puede disimular el
hecho de que esté podrida, a causa del olor. Los lacónicos cogen su agua del
arroyo que corre más allá de su campamento. Los perros los echaremos arriba,
donde los lacónicos no podrán oler nada.
—Si el agua corre, entonces el veneno queda atenuado.
—Sí.
—En el monte Silbury los redentores andaban todos con diarrea, y pese a eso
vencieron.
—Efectivamente.
—¿Sabéis que envenenar el agua es pecado mortal?
—Entonces es una suerte que yo no tenga alma.
Los doce perros muertos se quedaron en ocho cerdos muertos y una caja de
pichones, todos convenientemente rancios y cuidadosamente colocados por Henri y
una veintena de purgatores lo más cerca del campamento lacónico que se
atrevieron a llegar. En medio de la noche y con el agua helada, manejar grandes
cantidades de animales podridos era la tarea más desagradable que os podáis
imaginar.
Habían pasado cuatro días y seguía sin haber ningún movimiento por parte de
los lacónicos. El estado de los yelmos que les había llevado Henri el Impreciso
podría haber sido mejor, pero también podría haber sido peor, y los herreros se
iban acercando al objetivo mínimo marcado Por Cale de dos mil yelmos
fortalecidos.
—¿Ahora me pondréis al tanto de vuestras tácticas? —Cale se quedó un poco
desconcertado por el tono utilizado por Bosco, que era frío aunque respetuoso.
Consideró la posibilidad de callarse, no porque sus tácticas no estuvieran
listas, sino simplemente por fastidiar. Por otro lado, pese a todo lo que
odiaba a Bosco, se trataba, junto con Henri, de la única persona que podía
apreciar correctamente su inteligencia. Además, quería someter sus planes a
prueba con su viejo maestro y con Princeps. Aun cuando la campaña hubiera sido
planeada por Cale, había sido Princeps el que había logrado en el monte Silbury
aquella victoria de barro y sangre. Estaba seguro de que sus planes para
destruirle en Silbury habrían funcionado, pero después de la cagada de los
Materazzi, ¿cómo podría estar seguro? Desde luego que había cometido errores en
el Veld, pero nadie es perfecto, y ya había aprendido de ellos, y ahora los
folcolares estaban hechos polvo en sus miserables praderas, y no se les había
oído ni rechistar en dos meses. Aun así, no podía permitirse cometer un error
contra los lacónicos. Necesitaba poner a prueba sus ideas, pero sólo con la
gente a la que respetaba Y con la excepción de Henri, la gente a la que
respetaba era también gente a la que odiaba.
Así que con ese ánimo muy susceptible, pero también satisfecho consigo
mismo, fue como Cale desplegó el mapa de sus planes para derrotar al ejército
más poderoso que los lacónicos hubieran puesto nunca en el campo en una sola
vez, y cuyas derrotas en tales circunstancias estaban sin listar,
presumiblemente porque nunca habían sido derrotados.
—Los lacónicos se desplazan más fácil y rápidamente que ningún otro
ejército del que tenga noticia directa ni a través de lecturas. Desde el risco
pude ver que fortalecían su ala derecha tan sólo dos minutos antes del
encontronazo. Así es como empiezan a tomar ventaja sobre sus oponentes. Tienen
a sus mejores hombres colocados a la derecha, y en un momento los trasladan al
medio, y donde ya eran fuertes son repentinamente el doble de fuertes.
-¿Y…? —preguntó Bosco.
—Tenemos que doblar la fuerza en la derecha.
—¿Así de sencillo? —preguntó Princeps.
Ésta era una buena pregunta cuya respuesta Cale tenía preparada:
—No tiene nada de sencillo. Si hacemos tal cosa sin preparación, se
convertirán en una multitud que empezará a empujar y a caer unos sobre otros.
Les he hecho practicar doce horas al día para hacerlo bien. Cuanto más se
demoren en atacar los lacónicos, mejor para nosotros.
—Y están los yelmos.
—Sólo hay suficientes para cuatro filas a la derecha y dos en el resto.
—¿No hay posibilidad de conseguir más?
—No. La mayoría se han oxidado a la intemperie. Los que han traído estaban
enterrados en lo hondo del montón. Fue un tremendo desperdicio dejarlos allí.
Hubo un silencio que Cale disfrutó, pero no Bosco ni Princeps, aunque no
era culpa de ninguno de los dos
—En cualquier caso, si los lacónicos quiebran más de cuatro filas en la
derecha, no creo que tengamos muchas posibilidades. En los Ocho Mártires
perdimos tan rotundamente porque el difunto Van Owen, que Dios tenga en su
Gloria, era lo bastante bondadoso para hacer planes a beneficio de los
enemigos.
—¿Y vos no? —preguntó Princeps.
—No. Si avanzan directamente hacia el Vado del Imbécil y evitan atacar las
Cumbres, entonces hay un lugar donde intentaré luchar —dijo colocando un dedo
en el mapa.
—Parece tan llano como los Ocho Mártires —dijo Princeps.
—Pero no lo es. Me di cuenta cuando recorrí estos parajes, y desde entonces
he vuelto por ahí media docena de veces. La elevación que hay aquí, en el medio
de la llanura, es realmente gradual, pero engaña. Tiene de colina más de lo que
parece, y corta en dos la llanura. Por aquí no podría avanzar un frente de
soldados como en los Ocho Mártires, sino que tendría que pasar o por un lado o
por el otro Estoy levantando una empalizada para los arqueros en esa elevación:
los lacónicos no conseguirán chocar con nosotros sin tener el doble de bajas de
las que tuvieron en la anterior batalla. Y me parece que puedo ponerles peor
las cosas. Por aquí está la cuesta del Golán, que es demasiado empinada y está
demasiado alejada par los arqueros. Tengo que mostrároslo.
Eso fue media hora después, cuando la luz empezaba a apagarse en la llanura
que se extendía enfrente del campamento. Naturalmente, Hooke echaba de menos su
espantosa barba roja, y llevaba la cabeza completamente afeitada, pero Bosco lo
reconoció de inmediato.
—Éste es Chesney Fancher —explicó Cale.
—Maestro Francher. —Bosco inclinó levemente la cabeza, y también lo hizo
Princeps, sin decir palabra.
El problema de intentar introducir ideas nuevas a un redentor (¿y para qué
es una buena arma, más que una buena idea convertida en máquina asesina?) era
que los redentores desaprobaban las ideas nuevas. Las ideas salían del
pensamiento, y pensar era algo que los seres humanos hacían extremadamente mal.
Pues, como dijo una vez san Agustin de Hipona, que era lo más cercano que
tenían los redentores a un filósofo: «La mente humana está mal formada para el
pensamiento. Como la amputación, sólo los muy entrenados en él deberían
llevarlos a cabo, y aun eso raramente». Ni siquiera Bosco y Princeps, que a su
modo eran pensadores peligrosamente independientes, iban a resultar fáciles de
convencer.
Con juvenil crueldad, Cale había querido usar cerdos vivos en su
demostración del uso de los morteros adaptados de Hooke. Pero Hooke le había
persuadido de que, aparte de sus propias aprensiones, intentar colocar aquellas
armaduras diseñadas para hombres en el cuerpo de recalcitrantes cerdos sería
buscarse muchos problemas. A regañadientes, Cale desistió. Pero no para la
segunda demostración, para la cual Cale insistió en emplear animales vivos. Al
menos, Hooke se consoló pensando que, por muy espantosa que pudiera ser la
segunda demostración, sería rápida.
Cale ofreció a los dos redentores un recorrido por los dos emplazamientos,
para recelo y desconcierto de ambos. El primer emplazamiento consistía en una
doble fila de dieciséis cerdos muertos, con trozos de armadura Materazzi sujeta
a los cuerpos allí donde se habían podido encajar. El segundo, a cincuenta
metros de distancia, era un redil con una docena de cerdos vivos que gruñían de
contento junto a tres grandes cajas de madera fuertemente atadas con una
cuerda.
Se retiraron tras un muro de gruesos troncos de metro y medio de alto, a
unos cien metros de los cerdos muertos. Hooke sostenía una gran bandera roja
que ondeaba en el extremo de un asta. Los redentores vieron que Cale le hacía
señas para que empezara. Hooke agitó enérgicamente en el aire la gran bandera.
Nada sucedió durante treinta segundos, pero entonces los dos expectantes
redentores observaron una densa nube que aparecía en el aire elevándose
enseguida por encima de los cerdos y de la tierra, con una serie de destellos y
ruidos como de fuertes golpes. Cale condujo entonces a los dos sacerdotes de
nuevo ante la fila de cerdos, y los invitó a inspeccionar los daños. En una
zona de treinta y tres metros cuadrados, el campo estaba espesamente cubierto
por saetas de veinte centímetros de largo, que habían salido de dos docenas de
morteros colocados en el Golán, a unos setecientos metros de distancia. De
aquellas saetas que habían impactado en los cerdos, no mucho más de dos dedos
sobresalían de la carne. Incluso las saetas que habían perforado las armaduras
habían penetrado después la carne hasta una profundidad de ocho o diez
centímetros.
—Podemos poner cincuenta morteros de éstos en los salientes que hay a media
altura en el Golán. Desde esa altura podemos alcanzar el valle a una distancia
de casi dos kilómetros. Siempre y cuando pueda obligar a los lacónicos a venir
por el paso izquierdo, podremos alcanzar como mínimo su flanco derecho, y
probablemente más allá.
Hicieron preguntas, pero no muchas. Era difícil no quedarse impresionado. A
cincuenta metros de distancia, los cerdos vivos les gruñían como mostrando que
estaban de acuerdo.
—Tendremos que retroceder un poco —les dijo Cale a los dos hombres.
Pero esta vez Hooke, que parecía nervioso, no fue con ellos, sino que se
acercó caminando hacia el redil de los cerdos, donde le esperaba uno de los
purgatores de Cale con una tea encendida. Tras el muro de troncos, Cale,
nervioso él también pero disimulándolo mejor que Hooke, le hizo seña de que
comenzara. Hooke se alejó del redil junto con el purgator, pero este último se
paró a unos treinta metros del redil mientras Hooke seguía hasta meterse en una
gran trinchera. Se oyó un grito de Hooke, y entonces el purgator, elegido
especialmente por su velocidad, dejó caer la tea en el suelo y echó a correr
por el campo como alma que lleva el diablo, y desapareció metiéndose en la
trinchera al lado de Hooke. Unos cinco segundos después, en el redil de los
cerdos se abrieron de par en par las puertas del infierno, y un enorme foso de
fuego se abrió en torno a ellos con un estallido digno del fin del mundo.
Hasta Cale, que sabía qué esperar, se asustó; y en cuanto a Bosco y
Princeps, recibieron tal impresión que cayeron al suelo, impulsados no sólo por
el miedo sino por la irresistible convulsión física que había provocado aquel
estallido espantoso. En el fondo Cale disfrutó aquella caída casi tanto como la
satisfactoria carnicería que vio que había tenido lugar en el redil. Les dejó
cinco minutos para recobrarse, y después llevó a los consternados redentores
hasta el redil, donde estaban ya Hooke y el purgator, junto a lo que quedaba de
los cerdos que lo habían ocupado antes, en espera de su examen. La cosa, como
esperaba Hooke, había sucedido rápidamente, pero el daño producido superaba con
mucho cualquier cosa que los dos sacerdotes hubieran podido imaginar. El
espeluznante proceso y efecto de las ejecuciones era algo que habían
presenciado a menudo, pero aquellas muertes judiciales eran lentas y
laboriosas, porque en realidad así se pretendía que fueran. Lo que veían ahora
ante ellos, aquellos cuerpos algo más grandes que los cuerpos humanos, con
órganos internos, patas y cabezas arrancados, era la marca de una fuerza que
era terrible e inhumana. Aquella violencia era de otro mundo y les resultaba
incomprensible. No se habrían quedado más sorprendidos si el demonio mismo
hubiera llegado volando hasta allí para desgarrar a los cerdos con sus manos
desnudas.
Sin embargo, Cale y Hooke se quedaron estupefactos cuando una hora después,
y todavía pálido de espanto, Bosco se negó a permitir que Cale utilizara aquel
invento abominable contra los mercenarios lacónicos.
—¿Os dais cuenta —dijo— de lo que haría la Curia si se enterara de esas
explosiones? ¡Harían tal hoguera con cada uno de nosotros que podrían
calentarse el culo en Menfis! ¿Tenéis idea de lo que habéis soltado hoy vos y
ese necio?
—¡Lo que hemos soltado hoy, Señor Redentor —le gritó Cale, respondiendo con
furia—, es el único medio seguro de derrotar a un ejército que ya anteriormente
nos ha llevado por delante! Y si a hora lo vuelven a hacer, podrán seguir todo
el camino hacia el trono del Ahorcado Redentor en Chartres sin que nadie les
rechiste.
Esta declaración desmesurada pero cierta en lo sustancial los sobresaltó a
ambos, que se quedaron mudos. Princeps y Hooke, con la identidad de Fancher,
observaban sin dar crédito a sus oídos aquella discusión de verduleras entre el
gran prelado y el niño que no era realmente niño sino la indignación de Dios
hecha carne. Controlándose, fue Cale el que rompió el silencio.
—Si me derrotan, no habrá segunda oportunidad. ¿Eso es lo que queríais de
mí?
—Aún no ha llegado la ocasión de enfrentarse a la Curia.
—¿Y es que habrá más ocasiones?
No era posible llevarle la contraria, y en cuanto Bosco comprendió que todo
aquello por lo que había trabajado durante treinta años había llegado a su
momento decisivo, apenas dijo nada más. Si no era entonces, no sería nunca.
—Tendremos que irnos ahora si vamos a tener que preparar las cosas en
Chartres. Si lográis la victoria, enviad noticias con toda celeridad. Si no,
serán los lacónicos los que lleven la noticia por vos.
Y así fue la cosa. Bosco cejó la tienda sin decir nada más, pero volvió
casi de inmediato con una carta en la mano.
—Hace ya varios días que quería entregaron esto. Es sobre vuestro reemplazo
en el Veld. Pensé que os interesaría.
Cale hizo alarde de metérsela en uno de sus bolsillos, que resultaban
ostentosamente numerosos. Ostentosamente, porque los acólitos tenían prohibido
tener bolsillos, que para las creencias de los redentores representaban todo lo
que había de secreto y oculto en el alma humana. «Bolsillo» era un apodo que se
utilizaba para el mismísimo demonio.
Veinte minutos después, Bosco y Princeps marchaban de camino a Chartres.
Cale estaba terminando de contarle a Henri lo que había sucedido mientras él,
desde fuera de la tienda, trataba de enterarse de lo que se decía dentro. Se
quedaron en silencio, allí sentados, durante un rato.
—Ésta podría ser una oportunidad para escapar, si queréis intentarlo —dijo
Cale.
—Creía que habíais dicho que era demasiado arriesgado.
—Tal vez no. Y ahora Bosco tendrá que confiar en mí tanto si quiere como si
no. Nadie os perseguirá. También es arriesgado quedarse. Más o menos igual.
—No puedo irme.
Era evidente que Henri tenía algo más en mente.
—¿Por qué?
—No puedo dejar a las muchachas.
Cale lanzó un gruñido de incredulidad.
—No podéis hacer absolutamente nada por ellas.
—¿O sea que debería irme?
—Si no hay nada que podáis hacer, ¿por qué no?
—¿Y si vencéis? ¿Qué haréis con respecto a ellas?
—Lo que pueda, que seguramente no será mucho. O nada. Ni siquiera sé qué
hacer conmigo mismo, ni con vos.
—Pero sabéis cómo derrotar al mayor ejército que jamás haya luchado en una
batalla.
—Tal vez.
—¿Cómo puede ser eso?
—Porque derrotar a los lacónicos es posible, pero entrar y salir del
Santuario volando a lomos de un ángel no lo es.
—Queréis luchar contra ellos, ¿verdad?
—Prefiero probar suerte haciendo lo que se me da bien, que escapando, que
está claro que no es mi fuerte.
—No es sólo eso. Deseáis luchar contra ellos. Os gusta.
—Decidme qué otra elección tengo.
—Iros.
—Ya os lo he dicho. No. Una posibilidad peor no es una posibilidad.
—Pero sí lo es para mí, ¿no?
—Yo no he dicho eso. ¿Por qué buscáis pelea?
—Mirad quién haba. Buscar pelea es precisamente lo que hacéis vos. Es lo
que sois. Buscarías pelea con un perezoso de un ojo.
—Eso no tiene ningún sentido. ¿Qué demonios es un perezoso?
—Los tienen en el zoo de Menfis.
—¿Tienen buen carácter?
—Buenísimo.
—Si subís con Hooke al Golán, estaréis allí más seguro que en ningún otro
sitio.
—Lo haré.
—Entonces, ¿no me vais a insistir en que queréis permanecer conmigo en el
meollo de la batalla?
—No.
—Al fin dais muestras de algo de sentido común.
—¿Vais a estar vos en el meollo de la batalla?
—No si puedo evitarlo.
—Eso pensasteis en los Ocho Mártires.
—Trataré de aprender de mis errores.
—Esta vez será mejor que no cometáis ninguno.
—No.
—No podemos abandonarlas.
—Claro que podemos. Bosco no las matará sólo porque sí.
—No siempre teníais tan buena opinión de él.
—Es cierto. Pero ahora lo conozco mejor. Lo que cree que yo puedo hacer le
importa más que su propia vida. Desde luego, le importa mucho más que las
chicas del Santuario.
—¿Y qué es lo que pensáis vos que podéis hacer?
—¿Qué queréis preguntar con eso?
—No estoy seguro. Tal vez quiera sugerir que os está empezando a gustar la
idea de ser un Dios.
—Sois vos el que se piensa que puedo llevarme a las chicas volando por los
aires, no yo. Lo único que yo trato de hacer es conservar el pellejo. Y, por
alguna razón que se me escapa, hago lo mismo por vos.
—Decidme que no ansiáis que llegue el día de mañana.
—No ansío que llegue el día de mañana.
—No os creo.
—Me importa un bledo que me creáis o no.
Se hizo un silencio, mientras ambos trataban de encontrar algo más
desagradable que decir. Curiosamente, fue Cale quien renunció a hacerlo.
—No matará a las muchachas aunque huyamos —dijo.
—¿Por qué no?
—Porque si las guarda podrían serle útiles.
—Eso no lo sabéis.
—No, pero es lo que pienso.
—Es lo que pensáis que yo quiero oír.
—Eso además. Pero de todos modos es cierto. Todo lo que Bosco hace es por
un motivo. Yo antes pensaba que me pegaba porque era un cerdo. Pero la cosa es
mucho más complicada.
—¿Os gusta Bosco?
—Lo admiro.
—Os gusta.
—Está tan loco como una cabra, pero todo lo medita. Eso es lo que admiro. Y
lo que me gusta, sí. Ése es un rasgo que me salvará, que nos salvará… si logro
adivinar qué es lo que pretende.
—Si termináis de comprender a Bosco, será mejor que os andéis con cuidado.
—Bla, bla, bla… ¿Estáis hablando, o no es más que el sonido del aire que
expedéis por vuestra zona posterior?
—Esa palabra no existe.
—Demostradlo.
—¿En qué puedo ayudaros, IdrisPukke? O, por decirlo de otro modo, ¿qué
tenéis vos que ofrecer que pueda interesarme?
El que hablaba era el señor Bose Ikard[v],
que estaba sentado enfrente de IdrisPukke, al otro lado de una mesa que era tan
grande como el colchón de un rey. Tenía una expresión de certeza cínica, de
autosuficiencia, una mirada que decía «lo sé todo sobre vos, no os quepa la
menor duda». Era famoso en todo el mundo como abogado, como filósofo natural
(había inventado un método para conservar el pollo en nieve) y, ante todo, un
consejero de grandes hombres, especialmente el rey Zog de Suiza, hombre famoso
tanto por sus saberes como por su estupidez y hábitos personales desagradables.
En el mundo en general no había muchas dudas de que Suiza habría perdido su
conocida habilidad para permanecer al margen de cualquier tipo de guerra,
habilidad demostrada durante los últimos quinientos años, de no haber sido por
Bose Ikard; pero sí que las había respecto a que incluso un hombre tan
inteligente y carente de principios como él siguiera siendo capaz de mantener a
Suiza neutral en la ampliamente pronosticada tormenta que estaba a punto de
llegar. Esto explicaba aquella hostilidad ante la presencia de IdrisPukke, un
hombre que había llevado las nubes de esa tormenta al corazón del Leeds Español
y de Suiza.
Habían pasado diez años desde la última vez que habían hablado IdrisPukke y
el señor Bose Ikard. Y ni siquiera entonces lo que había tenido lugar era una
conversación propiamente dicha, a menos que se entienda como tal el hecho de
que el segundo dictara pena de muerte contra el primero, y le preguntara si
tenía algo que decir antes de que él lo hiciera. En aquella ocasión, Ikard
sabía muy bien que IdrisPukke no era culpable de la acusación de asesinato, por
el sencillo hecho de que había sido precisamente él quien había ordenado el
asesinato por el que se juzgaba a IdrisPukke. No había sentimientos
especialmente enconados entre ellos, pues el veredicto en sí era tan sólo un
medio de presionar a los gauleiters que habían empleado a IdrisPukke. Por aquel
entonces, los gauleiters tenían a IdrisPukke en la estima suficiente para
entregarle a cambio a uno de los contrincantes políticos de Bose Ikard (al que
habían dado refugio, según pensaba Ikard, debido a que ellos simpatizaban con
su causa, que era una causa complicada y apasionada, de la que pocos podían dar
algún tipo de explicación coherente). El hecho es que los gauleiters eran
efectivamente simpatizantes de la causa del exiliado, pero no lo suficiente
para no canjearlo por IdrisPukke. En su forzado retorno, el exiliado fue
ejecutado sumarísimamente.
Aquellos días Ikard se encontraba en un estado de irritación política más o
menos permanente. En la vida cotidiana Bose Ikard era un tipo bastante
agradable, y era capaz de seguir siendo agradable incluso mientras sus esbirros
arrojaban los restos de quien fuera a un aislado pozo junto con media bolsa de
cal rápida. Era, tal como lo había descrito Vipond: «… casi el tipo estándar de
político maquiavélico, sólo que mucho más astuto. Su punto flaco consiste en
creer que todo el mundo que no esté dispuesto a admitir que ve el mundo
exactamente igual que él, es un hipócrita».
Era precisamente la presencia de Vipond en el Leeds Español, la mayor de
todas las ciudades de frontera de Suiza, lo que preocupaba a Ikard.
Ciertamente, el problema no era Vipond como tal, sino los maltrechos, pero
sustanciales, desechos de los Materazzi que habían huido allí. En opinión de
Ikard, éstos habían perdido su imperio de un modo vergonzosamente fácil tan
sólo para ir a refugiarse a s país decididamente neutral y convertirse de este
modo en un problema de mil pares de narices que amenazaba con ir a peor. Bose
Ikard había intentado aplicar los principios de s política con respecto a
aliados que habían dejado de ser útiles: ofrecerles toda la ayuda del mundo, y
darles muy poca. Pero el rey Zog de Suiza era un esnob sentimental, y había
insistido en dar refugio y asistencia financiera a la realeza amiga que se
hallaba en peligro. Ikard veía aquella actitud como un gasto ruinoso, por un
lado; y como un campo abonado para Dios sabía qué imprevisibles problemas, por
otro. Precisamente para tratar de averiguar cuáles podían ser esos problemas,
se había avenido a hablar con IdrisPukke, después de haber dejado muy patente
su rechazo a recibir a su hermanastro, con la idea de hacer «que ese puto
bastardo se sienta lo peor recibido posible».
—Así pues —le preguntó IdrisPukke—, ¿en qué podéis servirme?
—Como siempre, señor, da gusto comprobar vuestra franqueza.
—Lamento que penséis así.
—Pero el caso es que puedo serviros en algo.
—¿En qué?
—Estoy en condiciones de propiciar una deserción que será, me parece, de
enorme valor para vos.
—La última vez que alguien se me andaba con tales rodeos, intentaba
venderme participaciones de una expedición a El Dorado.
—Se trata de un soldado redentor muy joven, tan valioso para los redentores
que él por sí solo fue la causa de que atacaran a los Materazzi. ¿No habéis
oído hablar de él?
—No.
—Entonces vuestro servicio de espionaje es mucho menos competente ahora que
en el pasado.
—De acuerdo, os referís a Thomas Cale
—¿Qué es lo que sabéis?
—¿Qué es lo que sabéis vos?
—Bastante más que vos.
—Soy todo oídos.
Y los abrió bien para escuchar lo que IdrisPukke tenía que contarle.
Ciertamente, se trataba de algo muy interesante y muy curioso.
—¿Eso es todo?
—Por supuesto que no. ¿Han contactado con vos los redentores?
—S…síí.
—No parecéis estar seguro.
—No. La verdad es que lo recuerdo con claridad. Eran dos hombres
aterradores. Los dientes de uno de ellos eran rotundamente verdes.
—¿Y qué querían?
—Expresar su malestar por la acogida que otorgábamos a los Materazzi.
—Si se le puede llamar acogida.
—Eso suena un poco desagradecido. Bien pensado, que os estamos tratando
bastante mejor de lo que nos habría tratado a nosotros el viejo Materazzi, que
en paz descanse, si la situación fuera la inversa.
—Os interesa pensar así.
—Lo admito, pero aun así es lo que pienso.
—¿Y qué les dijisteis?
—¿A los redentores? Les dije que se fueran a tomar por culo.
—Es realmente gratificante.
—Ese monstruoso prodigio vuestro… ¿Qué es lo que quiere, y por qué tendría
yo que dárselo?
—Quiere pasar con seguridad por la frontera.
—No creo que sea buena idea traer aquí a un tipo al que los redentores
están dispuestos a recuperar a toda costa. Nunca terminaré de entender cómo
lograron los Materazzi derrumbarse de modo tan patético, pero basándome en las
pruebas yo diría que fue poco prudente dejar acercarse a ese niño.
—Eso depende.
—¿De…?
—De si preferís tener a ese monstruoso prodigio (qué buena manera de
llamarlo, por cierto) en su territorio y meando hacia el vuestro, o lo preferís
en el vuestro y meando hacia el suyo.
—Parece un joven un problemático.
—Vendrá aquí en cualquier caso.
—¿Y eso por qué?
—Porque lo utilizarán para derrotar a los antagonistas, y cuando hayan
terminado con los antagonistas, vendrán a por los suizos. Y a su frente llegará
un Thomas Cale de muy malas pulgas, muy molesto porque lo mandarais a tomar por
culo, cuando él os tendió a vos una mano de amistad. Y los redentores no le
pararán los pies, porque al fin y al cabo, seáis vos un hereje o un ateo, para
ellos es lo mismo.
—¿Por qué tendrían que venirnos ahora con una cruzada? No se han preocupado
de tal cosa en seiscientos años.
—Porque las cosas están cambiando. Y si no movéis ficha ya, seguiréis el
mismo camino de los Materazzi.
—¿Por qué tendría que creeros?
—¿Sabéis una cosa? Me siento casi ofendido. Ayudadme a traer aquí a Cale.
—Tengo que pensarlo.
—Si yo fuera vos,, no me tomaría todo el tiempo del mundo.
El señor Bose Ikard se quedó ciertamente mucho más inquieto después de la
visita de IdrisPukke de lo que esta antes. Estaba seguro de saber cuándo
intentaban engañarlo, y aquel día IdrisPukke le había parecido completamente
convincente. Por otro lado, sabía, cosa que ignoraba IdrisPukke, que los
lacónicos habían por fin acordado entablar batalla en el Golán. En cuanto los
redentores y su adolescente monstruosidad hubieran entablado una batalla de
verdad con aquellos asesinos pederastas de Laconia, decidiría si eran o no una
amenaza para él. Hasta entonces, IdriPukke podía seguir silbando cancioncillas.
Y su mocoso asesino con él.
Entrad en cualquier biblioteca de barrio y encontraréis cien libros que
versen sobre la huida de los Materazzi tras la caída de Menfis: libros
fantásticos, mágicos, místicos, históricos, toscos y bastos, elegantes y
míticos, trágicos y tremendos, llanos y directos, con estampaciones en negro, o
en rojo de sangre y pasión: entre todos esos libros, seguro que por algún sitio
está contada la verdad. Contar la décima parte de lo que pasó supondría
proporcionar horas de insoportable aburrimiento, en las que un relato de
horrores y dolores en medio de escaseces y fríos amargos es más o menos igual
que cualquier otro relato de las mismas características. Es espantoso decirlo,
pero es la verdad. Los Materazzi lo pasaron bastante mal hasta que finalmente,
de los cuatro mil huidos, la mitad, y nada más que la mitad, alcanzó el Leeds
Español. Y allí la acogida que recibieron no fue mucho más cálida que el viaje
que habían hecho.
—¿Y bien? —le preguntó Vipond a IdrisPukke cuando éste regresó dando un
paseo al recientemente desalojado gueto judío, cuyo rabino superior había
decidido que, estando en auge los redentores, había llegado el momento de poner
entre ellos y su congregación la mayor distancia que fuera humanamente posible,
lo que quería decir tan lejos que si fueran aún más lejos empezarían a
acercárseles por el otro lado.
IdrisPukke le hizo un resumen a su hermanastro.
—¿Creéis que aceptará verme a mí?
—No.
—Sinceramente, tampoco yo lo haría en su situación.
—Vosotros, los hombres de mundo —se burló IdrisPukke—, dais miedo.
—¿Tal vez aceptará volver a recibiros a vos?
—Eso depende. Ya sabéis cómo son los de su clase: siempre quieren hacerle
saber a uno que le tienen metido un dedo por el culo.
—Por así decirlo.
—A pesar de toda su vanidad, Ikard no sabe qué hacer. Pero le gustaría
echaros de su ciudad en cuanto pueda. Depender de la bondad de ese viejo
bastardo de Zog no supone muchas garantías.
—No.
Hubo un largo silencio.
—¿Qué pensáis que hará Cale?
—¿Qué puede hacer aparte de esperar? Ikard ha arrimado a la frontera a la
mayor parte de sus tropas. Cale y Henri el Impreciso se encuentran atrapados
entre mil kilómetros de trincheras antagonistas y una fila de trescientos
kilómetros de soldados de frontera suizos que están bastante nerviosos. Cale se
quedará donde está, creo yo.
—Se oyó un golpe en la puerta, que al instante fue abierta desde el otro
lado. El guardia, todo reverencias y solicitud, hizo pasar a la estancia a
Arbell Materazzi. Tal vez fuera la última dirigente de los Materazzi, que
constituían unos desechos tan disminuidos que apenas cabía pensar que fueran
dirigidos de ninguna manera. Pero al menos ella tenía el aspecto de la reina
que casi era. Parecía mayor que antes, estaba aún más hermosa, y el sufrimiento
había conferido a su mirada una especie de fuerza gris. Todo había cambiado en
tan sólo unos meses: su mundo había sido destruido, su padre había muerto.
Ahora ella era la primera entre los Materazzi que habían sobrevivido, se había
desposado con su primo Conn, y se hallaba en avanzado estado de gestación.
21
Pasaron otros cuatro días hasta que los lacónicos empezaron a moverse, tal
como Cale esperaba, rodeando la parte de atrás del Golán y poniendo rumbo a
Chartres para tomar la ciudad. Cualesquiera que fueran las pérdidas que
hubieran recibido sus muy apreciados soldados en la victoria de las pampas,
aquellas muertes tenían que medirse en la balanza con la necesidad que tenían
de plata antagonista. Su única alternativa al dinero que ganaban ofreciendo sus
servicios militares era la riqueza ofrecida por el gran número de esclavos
helotos que vivían en Laconia y en los países esclavizados que la rodeaban por
casi todos los lados. Los lacónicos podían aterrorizar a los helotos y matar a
sus líderes, pero al hacerlo veían disminuir sus ingresos, pues al fin y al cabo,
un esclavo muerto era un esclavo menos. Además, el terror implicaba que los
helotos trataran repetidamente de rebelarse, pues los lacónicos los mataban en
grandes cantidades tanto si lo intentaban como si no. Cada vez que sacrificaban
de modo selectivo unos miles de helotos, la matanza les hacía sentirse más
seguros de momento, pero más recelosos a largo plazo. Aunque la muerte no les
daba miedo, a los lacónicos les aterrorizaba, sin embargo, la aniquilación.
Esto fue lo que impulsó a los lacónicos a retomar la guerra con el objetivo de
atacar Chartres.
La preocupación inmediata de Cale era que los lacónicos, pudieran llegar a
comprender lo que se proponían los redentores, que era atraparlos en el espacio
comprendido entre el muro del Golán por un lado y (la verdad sea dicha) tan
sólo una leve elevación por el otro. Aquella elevación apenas llegaba para
dificultar el nivel de visión de un campo de batalla mucho más grande, pero
pese a su aparente insignificancia, para los propósitos de Cale le vendría tan
bien como un gran muro de piedra pues serviría para formar un embudo al
comprimirlos en un espacio mucho más estrecho que cualquier otro lugar por el
que tuvieran que pasar antes o después. Si cale conseguía que se metieran allí,
ni siquiera los lacónicos serían capaces de reorganizarse en medio de la batalla.
Por desgracia para Cale, el recién elegido rey lacónico, Jeremy
Stuart-Clarke, se había dado cuenta del problema, aunque sus posibilidades eran
limitadas: podía desplazar el ejército a Chartres por el Golán y arriesgarse a
los peligros que implicaba el cuello de botella; o bien podía dejar el ejército
donde estaba, agotando las valiosas provisiones que acababa de recibir y
permitiendo que sus hombres fueran cayendo en un estado de inactividad no sólo
física sino también mental. Al margen de lo bien disciplinado que esté, un
soldado jamás es un hombre paciente. Los soldados iban perdiendo el empuje, y
habiéndose preparado para la batalla final después de una espera espantosamente
larga, volver a dejarlos inactivos no sería la opción por la que se decantara el
rey Stuart-Clarke a menos que tuviera muy buenos motivos. Y no los tenía. En
cuanto a desplazar las tropas hacia el sur para atacar Chartres desde la
llanura que tenía detrás, eso les haría perder al menos una semana y daría a
los redentores más tiempo para prepararse. Y ya habían tenido bastante. Sabía
que los antagonistas estaban a punto de presionarlos más atacando las
trincheras que se extendían al oeste del Golán, una maniobra que ya no podían
demorar y que sería completamente inútil si ellos no seguían adelante.
Sopesó los riesgos que entrañaba una opción contra los que entrañaban la
otra. Y dado que ya había masacrado a un ejército redentor, pensó que lo más
sensato sería continuar. Además, el campamento al completo estaba sufriendo una
desagradable afección de estómago que, sin llegar a ser ni mucho menos tan
grave como una disentería, había dejado a casi todos los hombres sufriendo una
terrible diarrea y molestos dolores de estómago. Puestos todos los riesgos en
la balanza, lo más sensato parecía emprender el camino más corto hacia
Chartres.
Con una mezcla de alegría y miedo repentino, Cale observó a los lacónicos
que, tras una pausa de casi tres horas, entraban en su campo de batalla, que
era el único que les proporcionaba ventajas defensivas en varios kilómetros a
la redonda. Pero entonces se dio cuenta de que en sus dos experiencias
anteriores con batallas importantes, él había estado contemplando la batalla
desde un lugar seguro, actuando como un displicente observador de todo lo que
se estaba haciendo incorrectamente. En aquel momento, estando enfrente del más
terrible de los ejércitos, notaba la diferencia que iba de saber algo a
sentirlo. En aquel momento lo sentía. Se trataba de un terror distinto a aquel
miedo que le había inmovilizado en el combate librado contra Solomon Solomon en
el Ópera Rosso. Esta vez eran sus rodillas las que parecían sufrir el terror.
De hecho, la temblaban. En Ópera Rosso lo que había notado era una terrible
parálisis en el pecho.
Por detrás de la última fila de sus hombres, había mandado erigir una torre
para poder ver la batalla en su totalidad, pero en aquel momento le preocupaba
no poder subir la estrecha escalera de la ligera estructura. Se miró las
rodillas como echándoles una bronca: «¡Parad de temblar, parad ya!».
Y allí llegaban los lacónicos formando sus perezosos cuadrados. Por un
instante todo le pareció imposible: sus soldados eran endebles, sus ideas para
la defensa y el ataque resultaban risibles; y todo eso delante de aquella
enorme maquinaria de muerte y destrucción que avanzaba hacia él lentamente.
Entonces puso un pie en la escalera y después otro, muy despacio, una
pausa, otro paso. Quería encontrarse en otro lugar, quería un salvador que
apareciera de repente para llevárselo a otro lugar donde se encontrara a salvo.
Dio otro paso, y otro más. Y entonces, como una cría de ave marina que alcanza
la orilla después de nadar un trecho demasiado largo en un mar agitado, alcanzó
la plataforma de la torre, y ya en ella le ayudaron a erguirse los dos guardias
que aguardaban allí, con sus escudos de gran tamaño, para protegerlo de saetas,
flechas y lanzas. Observó a los lacónicos, y se tranquilizó pensando que todo
iría bien con tal de que no fallara el Salitre Infame.
Que fue justamente lo que ocurrió.
Empezó a llover. Al Salitre Infame, como explicó más tarde Hooke, no le
gustaba el agua. O mejor dicho: le gustaba demasiado, pues absorbía la más leve
porción de humedad del mismo modo que la arena del desierto absorbía el agua de
la lluvia. Cuando la nubes llevaban dos minutos descargando, el Salitre Infame
se había convertido ya en algo tan inflamable como un pantano. Conociendo su
punto débil, el prudente Hooke se había cuidado mucho de hacer demostraciones
con su invento cuando llovía, no por deseo de ocultar su vulnerabilidad sino
simplemente porque en tales condiciones no funcionaba. Su única experiencia de
la guerra la había tenido en el Veld, durante el período más seco del año. A
posteriori, parecía evidente que tendría que haber mencionado aquella pega,
pero sencillamente no se había acordado de hacerlo No hasta que empezó a
llover. El trabajo de investigador incluía de modo natural la rutina de crear
las mejores circunstancias posibles para cada experimento.
Inconsciente de su húmedo infortunio, Cale observaba el avance lacónico
desde su torre, protegido por los dos purgatores, y aguardaba sumamente
nervioso el momento exacto de dar la señal de encender las mechas embebidas en
aceite. Fue una espera angustiosa, pero por fin dio la señal y sonaron las
trompetas, broncas como cuervos. Al escuchar la primera nota de esas trompetas,
la fila delantera de los redentores retrocedió tras las estacas de tejo que
estaban clavadas tras ellos en el suelo, y entonces los hombres que esperaban
detrás, organizados por parejas, clavaron más estacas en los espacios vacíos,
de tal manera que, aunque no se trataba de una valla propiamente dicha, a un
hombre le resultaría imposible deslizarse por los huecos, sobre todo porque las
estacas tenían en la punta afilados ganchos de carnicero, incrustados en las
estacas a intervalos de veinticinco centímetros. Cale había hecho a cuatro
hombres practicar por parejas doce horas al día durante las últimas dos
semanas, y antes de que las mechas alcanzaran los barriles, ya habían clavado
en el suelo otra fila de estacas escalonadas.
Mientras tanto, a medida altura del Golán, los planes de batalla de Cale se
estaban yendo abajo de modo aún más estrepitoso. Aunque la lluvia ya empezaba a
amainar, la fuerza del breve chaparrón había sido tal que no sólo había
convertido en una papilla el Salitre Infame, sino que había empapado las
cuerdas de los morteros y reducido la fuerza con la que podían lanzar sus
saetas excepcionalmente pesadas. Hooke los había hecho cubrir rápidamente, pero
para alcanzar el ala derecha de los lacónicos, era necesario que los
proyectiles llegaran lo más lejos posible. Como las cuerdas estaban ligeramente
empapadas, el alcance se veía reducido en un cuarto, una distancia que los
convertía en inútiles.
El desesperado Hooke utilizó una bandera para indicar que no estaba en
condiciones de hacer fuego. Cale recibió el mensaje desde su destartalada
torre. También pudo ver muchas otras banderas improvisadas que se agitaban en
el Golán. No habían acordado una señal referente al Salitre Infame porque no
había motivo para hacerlo. En aquel momento, los lacónicos se acercaban a los
barriles al mismo tiempo que lo hacía la lumbre que ardía en el extremo de las
mechas, perfectamente sincronizada con ellos. Cale dio otra señal, y las
trompetas que estaban a su espalda volvieron a lanzar notas que destrozaban los
tímpanos. Esta vez, toda la fila frontal de los redentores se agachó y se alejó
de los barriles, haciéndose cada cual un ovillo. Los lacónicos seguían avanzando,
echando a correr tal como lo habían hecho en los Ocho Mártires. Las mechas
ardían según lo previsto, y los lacónicos llegaron tal como se esperaba. pero
no ocurrió nada. Muchos pisaron sobre el contenido ligeramente cubierto de
tierra, pero aunque notaban algo raro en el terreno que pisaban, no se
encontraban en condiciones de pararse a mirar qué era. Entonces explotó unan de
las cajas, la última, que estaba en el lado derecho de los lacónicos. Había
sido hecha para que estallara hacia delante, pero la madera es una materia
imprevisible, y la fuerza de la explosión salió hacia atrás tanto como hacia
delante, y mató a tantos redentores por un lado como a lacónicos por el otro.
Lo que sí logró aquella única explosión fue detener a los lacónicos que
avanzaban. ninguno de ellos había visto nunca tal cosa: la tierra misma había
salido volando hacia el cielo, y el ruido producido, capaz de reventar los
oídos, había sido peor que un trueno. Las filas se estremecieron, se detuvieron
y retrocedieron tambaleándose como si se tratara de un solo y asustado
individuo. La muerte provocada por la mano humana es una cosa, horribles son
sus tajos cercanos y personales, y horrible su modo de apisonar huesos y
sangre. pero imaginaos lo que sería presenciar por primera vez la atrocidad de
semejante destello de fuerza y humo. Durante un instante, tras el bramido de
ejércitos que trataban de recuperarse, hubo un gran y repentino silencio, como
si la mano de algún dios repugnante hubiera barrido el campo entre ambos
enemigos. Si bien estaban habituados a espantosos tajos o golpes, ninguno de
ellos había visto nunca a un hombre roto, pulverizado y desgarrado por la
fuerza del aire en un abrir y cerrar de ojos.
Boquiabierto y estupefacto ante el fracaso de los barriles, el pánico se
apoderó de Cale. Pero no fue el único en sucumbir al pánico: el rey
Stuart-Clarke se había caído del caballo al recular aterrorizado ante la
explosión, como lo había hecho la media docena de mensajeros que lo acompañaba.
Los caballos, espantados, echaban a correr desbocados por todas partes. El
ataque, la peor de las pesadillas, se había detenido completamente, y se había
perdido todo aquel empuje que animaba a las tropas a lo largo de una fila de
mil metros de longitud. Todos los comandantes se habían caído del caballo igual
que el rey, o bien estaban tratando de controlar su montura. Cale, horrorizado
por el fracaso de los barriles, necesitó un rato para recuperarse.
Andaba escaso de arqueros, pero de todos modos los había reservado para que
dispararan contra los lacónicos tras la explosión de los veinte barriles,
suponiendo que alguno podría fallar. En aquel momento, Cale había descendido de
la torre y montaba en su caballo gritando a los cuatrocientos arqueros que
tenía ante él que soltaran la primera sarta de flechas, y enviando un mensajero
a los cuatrocientos que estaban escondidos en la elevación con la orden de que
aguardaran a que los lacónicos intentaran rodear por su derecha. Entonces,
cuando los lacónicos empezaron a recomponerse para reemprender el ataque, le
hizo señal a Gil de que desplazara las reservas, tal como estaba planeado, para
reforzar el flanco izquierdo, que ya era mucho más fuerte. Esas reservas, que
estaban constituidas principalmente por los Cordelias negros supervivientes,
avanzaron al trote hacia la izquierda. Cale se detuvo y comprendió que no sabía
qué hacer en aquel momento de inactividad entre el cambio de planes y la vuelta
a la lucha. Esperar a ver, esperar a ver.
Pero el horror de la inacción, el pánico provocado por el sentimiento de que
debería quedarse donde estaba o volver a la torre y aguardar, era simplemente
demasiado intenso para ponerle freno. Echó a correr de un lado al otro de la
retaguardia durante unos veinte segundos tal vez, que a los efectos eran como
un año. Corrió como un niño desesperado antes de poder contenerse y parar.
Entonces, tal como solía hacer durante sus terribles pánicos en las largas y
amargas noches de su niñez, se mordió con fuerza la mano por debajo del pulgar,
y sintió que el repentino dolor empezaba a tranquilizarlo. Se detuvo unos
segundos respirando hondo, y después volvió el caballo de nuevo hacia la torre.
En un instante recobró el autocontrol, observando cómo la batalla parecía
controlarse al igual que se controlaba él. Los lacónicos reemprendían el
ataque.
En esta ocasión no hubo carreras para atacar: los lacónicos se limitaron a
acercarse esperando el cuerpo a cuerpo. Eso fue lo que sucedió con sus tropas
más fuertes, que estaban a la izquierda de Cale, ahora muy reforzada. Pero Cale
no contaba con los hombres suficientes para resistir el empuje del flanco más
fuerte del ejército lacónico al mismo tiempo que mantenía seis u ocho filas en
el medio y en el flanco derecho. De ahí las estacas de tejo y los ganchos. Esas
defensas ralentizarían a los lacónicos y protegerían aquella parte que era con
mucho la más débil. Cuando pasaran los lacónicos, los redentores tenían
instrucciones de replegarse poco a poco mientras luchaban, sin oponer apenas
resistencia. Entonces los cuatrocientos arqueros que se encontraban en la
elevación les atacarían por detrás, y los lacónicos tendrían o que volverse
para defender su espalda desguarnecida y aflojar la presión del ataque, o bien
seguir atacando y ser eliminados por las flechas de los mejores arqueros del
mundo, lanzadas a razón de diez ráfagas por minuto.
No había medidas parecidas en el flanco izquierdo. El ala derecha de los
lacónicos consistía en veinte filas constituidas por los hombres más fuertes y
expertos, pero los redentores que se les enfrentaban formaban casi cincuenta
filas. Siempre y cuando los yelmos los protegieran de los aplastantes golpes de
las espadas lacónicas, y el empuje de tantos hombres no condujera al derrumbe,
esperaba invertir el empuje del flanco derecho de los lacónicos y hacerlos
retroceder y rodear, y de ese modo hacer lo que habían hecho ellos con los
Cordelias negros veinte días antes.
Si este plan habría funcionado por sí solo, fue algo discutido durante
meses y años. Fue pegar y salir corriendo, dijo Cale al comentar la victoria
después, a altas horas de la noche, con Henri el Impreciso.
—Vos resultasteis completamente inútil —le dijo en tono simpático—, allí
metido con ese imbécil de Hooke. Pero sin los perros muertos del arroyo, no
creo que lo hubiéramos conseguido.
La batalla había sido tan espantosa como era de esperar que fuera una
contienda entre un lado que simplemente no tenía miedo a morir y otro que veía
la muerte como una mera puerta a la vida eterna. Seis horas después de empezar
tan violentamente, la batalla daba fin. El rey Stuart-Clarke había muerto junto
con ocho mil de sus hombres, y los supervivientes emprendieron una retirada que
duró cuatro semanas llenas de escaramuzas, una retirada que se hizo legendaria
por el coraje y la resistencia de los que huían. Y no es que su supervivencia
fuera importante para los lacónicos, una vez que todo estaba sentenciado.
Thomas Cale cambió su historia ese día para siempre, y todo gracias a tres
cosas que él había creído que serían menos decisivas que sus grandes morteros y
la enorme destrucción de las cajas de salitre: los yelmos reforzados de los
Materazzi muertos, la táctica inteligente, y una buena dosis de diarrea
provocada por los animales podridos que habían echado al arroyo que abastecía
al campamento lacónico y que había minado (sólo un poco, pero sí lo suficiente)
la tremenda fuerza que se requería para luchar durante todo un día con una
pesada armadura recubriendo el cuerpo.
Y, en honor a la verdad, hay que reconocer que el loco valor y el sentido
del sacrificio de los redentores tuvo también algo que ver. Durante toda la
batalla Cale anduvo de un lado para otro acompañado por sus diez purgatores,
que estaban ansiosos de morir por él. Tan pronto se hallaba en lo alto de la
torre, como bajaba y se dirigía hacia una parte del frente que amenazaba con
sucumbir, o les gritaba a los que no tenían visibilidad adónde era necesario
que se fueran a toda prisa, o de dónde debían retirarse. Acudía a menudo al
flanco derecho, y los purgatores se asustaban de su comportamiento y lo
protegían como si hasta su vida eterna dependiera de ello, mientras él
intentaba alcanzar el frente para contener a los lacónicos en el muro de
estacas de tejo que eran como cuchillas, y una vez que lo habían atravesado,
retirarse en orden de manera que ellos quedaran encerrados donde mejor blanco
hacían para los arqueros que estaban situados en lo alto. A continuación se
ocupaba de la gran avalancha del flanco izquierdo, donde se jugaba el destino
de la batalla, y daba ánimos en aquel choque mortal, levantando a los que
caían, gritando a los otros allí donde flaqueaban las filas para que se
desplazaran hacia el otro lado y sumar su fuerza a la de los demás. Ya le había
abandonado aquel pánico del principio, y se afanaba en la lucha hasta tal grado
que no le quedaba tiempo de preocuparse. Se encontraba en su elemento: por una
vez no estaba ni airado ni triste, sino jubiloso por encima de toda medida, y
sólo de vez en cuando una vocecita le decía que debía mostrar algo de juicio.
Durante toda la batalla fue como una mosca o una avispa en la ventana, zumbando
de aquí para allá como si intentara encontrar un agujero en el cristal. En
cuando a lo de colocarse en primera línea, veía tres posibilidades: hacerlo
siempre, a veces, o nunca. siempre pretendía decantarse por la última
posibilidad, pero aquel día no era posible. En ocasiones tuvo que meterse entre
los lacónicos, cuando éstos abrían un boquete en las filas redentoras, para
sellarlo, barriendo al enemigo como el loco más tranquilo del manicomio,
cortando o bloqueando el paso como la máquina de matar que le habían enseñado a
ser. Sus purgatores y los hombres que más odiaba en el mundo corrían a morir a
su lado como si aquél fuera el único destino posible. Y entonces los purgatores
formaban un anillo a su alrededor, y él se retiraba y volvía a montar en su
caballo y se subía a la endeble torre en la que era como Dios en lo alto del
cielo, observando el caos de su propia creación.
Y finalmente ocurrió lo que parecía imposible: el cristal se doblegó ante
la avispa, y se rompió. El flanco derecho de los lacónicos se alabeó y
retorció, no tanto roto como estallado. En una bestia como aquélla, fue la
fuerza colectiva lo que falló, colapsándose como un animal agotado desde hacía
ya tiempo, cayendo a la vez tanto por su propio peso como por el del enemigo:
era una muerte colectiva, y no asunto de valor, ni siquiera de fuerza. Una vez
producido el derrumbe, la batalla estaba acabada.
Pero no había acabado la matanza de los individuos: ahora la bestia se
descomponía en partes. Cada hombre volvía a ser sólo un hombre: un hombre solo,
débil y fácil de matar si no podía volver a convertirse en unan bestia más
pequeña capaz de salir corriendo.
Con la batalla ganada, la matanza de lacónicos fue tan espantosa como la
que habían infligido ellos a los redentores tan sólo unos días antes. ¿Qué
puede decirse? El terror, el horror, la puñalada asestada de arriba abajo, la
sangre en la tierra… Cale no habría podido detener a sus hombres aunque hubiese
querido. Dejó que los centenarios dieran el alto en cuanto pudieran. Cuando lo
hicieron, no quedaban ya más que quinientos prisioneros y algún millar de
huidos. Al propio Cale lo apremiaban dos tareas urgentes: una era informar de
la victoria a Bosco, y la otra aterrorizar a Hooke hasta dejarle sin pelos en
el culo por medio de una bronca tan fuerte que se hiciera tan legendaria como
la propia batalla.
Lo que no sabía Cale era que su victoria no había hecho más que sustituir
un peligro mortal por otro, y que sobre el nuevo peligro Cale no tendría ningún
control.
La renuencia de Bosco a llevar a cabo una acción decisiva en Chartres no
surgía de la indecisión, sino de los problemas que afrontaba, pues Bosco no
sólo tenía que eliminar a sus enemigos, y sobre todo hacerlo con rapidez, sino
también eliminar a una gran cantidad de sus amigos. Sabía perfectamente que
muchos de sus aliados eran aliados en la aversión. Sabía muy bien que muchos de
sus aliados no compartían apasionadamente el sueño de Bosco de un mundo
completamente limpio, por la sencilla razón de que ni siquiera conocían ese
sueño, y se hubieran quedado atónitos de haberlo conocido. Bosco había reunido
una coalición que era en realidad un feo crisol de aversiones teológicas
(muchas de ellas profundamente incompatibles entre sí), rencillas personales,
rencillas religiosas, e insatisfacciones egoístas que traslucían la necesidad
de cambios inmediatos al mismo tiempo que el terror a ser pillado en el lado
equivocado. Los más peligrosos de todos eran aquellos que estaban tan
comprometidos como Bosco en una visión de un mundo puro y nuevo, y que se
consideraban a sí mismos tan vitales como él ante la lucha que debía preceder a
ese mundo.
El principal entre estos peligrosos compañeros era el padre Paul Moseby,
que llevaba tiempo siendo el tesorero del dinero que apoyaba a aquella
coalición de visionarios. Distribuidor de favores e influencias, eran muchos
los que le debían mucho, y Moseby esperaba que le pagaran. Un año antes, Moseby
había ganado aún mayor poder en Chartres al desmantelar y arrestar con gran
premura a una organización de conspiradores antagonistas que habían incendiado
la Basílica de la Merced y la Compasión, en el corazón mismo de la ciudad
vieja, la segunda en importancia y santidad, sólo por detrás de la enorme
Catedral del Conocimiento. Moseby, que estaba cada vez más impaciente de una
verdadera conspiración, había incendiado la basílica él mismo, o lo había
mandado hacer, y había arrestado a cuatro hermanos previamente designados con
precedentes de enfermedad mental respaldada por la incoherencia provocada por
una cuidadosa administración de drogas soporíferas. Los cuatro hermanos habían
sido rápidamente ejecutados, y como recompensa habían puesto a Moseby a cargo
de administrar un «acta de permisión», así llamada porque le permitía meter en
prisión a cualquiera por un período de hasta cuarenta días sin cargos. Muy
raramente necesitaba tanto tiempo para encontrar algo que justificara cualquier
arresto que hubiera llevado a cabo. Algunos eran liberados, no sólo porque
parecía justo hacerlo, sino porque sus cartas habían quedado bien marcadas, y
aprendida la lección respecto a qué les ocurriría en el futuro si no cooperaban.
Pero Moseby disfrutaba del aumento de su poder, que ahora empezaba a
experimentar en su forma más pura. Arrestaba y amenazaba a redentores que Bosco
no quería que fueran arrestados ni amenazados. Comenzaba a discutir con Bosco
sus propias ideas respecto a la renovada fe redentora. Más aún: discutía no ya
en privado, sino en reuniones en las que podía hacer alarde de su importancia
en comparación con Bosco, y mostrar que no era ningún segundón de la nueva fe
dispuesto a oficiar de siervo obediente. Y lo que era aún peor: había llegado a
oídos de Bosco que cuestionaba los orígenes divinos de Cale. Tan sólo se había
tratado de un chiste, referente a que, aunque él fuera la ira de Dios hecha
carne, no lo parecía. Un desdén tan insignificante como aquél hizo un gran
efecto en Bosco, pues los desdenes suelen producir en la vida tanto o más daño
que los argumentos concienzudamente razonados. A partir de ese momento, podía
decirse que se había decidido el destino de Moseby y el de sus familiares. Sin
embargo, distaba mucho de ser caso cerrado. Bosco estaba a punto de enfrentarse
a dos poderosas facciones al mismo tiempo, a ninguna de las cuales estaría
seguro de poder destruir rápidamente por separado, ya no digamos a las dos a la
vez. Pero tenía una gran ventaja: que lo que estaba a punto de intentar hacer
era algo completamente inesperado y espantosamente original.
Hay pocas batallas que resulten realmente decisivas. Incluso la entablada
en las Cumbres del Golán, que parecía ser el perfecto ejemplo de lo que se
entendía por batalla decisiva, no cobró su importancia a largo plazo sino en
los eventos que tuvieron lugar en Chartres inmediatamente después de la
victoria. Al principio Bosco convocó un Congreso de las Sodalidades de la
Adoración Perpetua con la intención, según decía, de rezar porque los lacónicos
entregaran a los redentores capturados. Aunque si Cale resultaba derrotado, ya
podrían deshacerse en rezos, que no les serviría de nada. Si vencía, lo que
ocurriría sería lo opuesto a las plegarias.
En cuanto Bosco oyó la noticia de la derrota de los lacónicos, comprendió
que le había llegado el momento de librar su propia batalla. Los miembros del
congreso, que incluían a la mayoría de los que apoyaban a Bosco, fueran de fiar
o no, habían sido encerrados en la casa de reuniones por su centinela
religioso, el padre Francis Haldera. Antiguo miembro de las Sodalidades, había
resultado de considerable utilidad durante los años en que Bosco trataba de
establecer apoyos en Chartres desde su lejana sede del Santuario. Era un
amañador y facilitador de las cosas infinitamente dócil, suave como la
mantequilla con aquellos que necesitaban halagos y despiadado con aquellos con
los que el chantaje era la manera más sencilla de lograr algo. Se acercaba el
momento, fuera como fuera, en que esas cualidades ya no serían necesarias, y su
radical ausencia de creencias y de valor iba a constituir una pieza central en
el delicado equilibrio de los planes de Bosco. Haldera había sido apartado y
aislado en una estancia privada antes del comienzo de las plegarias y
tranquilizado mediante mentiras. En cuanto se recibieron las noticias de la
victoria de Cale, él tuvo que hacer frente a las pruebas de que había
amedrentado a cuatro acólitos y robado a otro, lo cual era cierto, además de
conspirado con la herejía antagonista junto con muchos otros, lo que no lo era.
Estaba claro para él que sería asado vivo lentamente por los crímenes
cometidos, ya fueran reales o falsos, pero se le aseguró que si confesaba y
cooperaba tan sólo sufriría exilio. No era nada sorprendente, por tanto, que
accediera a denunciarse tanto así mismo como a todo aquel que le dijeran. Se le
dio un documento para que lo leyera en alto, y veinte minutos para ensayarlo,
mientras las Sodalidades, que no recelaban nada, rezaban por una victoria que
ya había tenido lugar.
Al mismo tiempo que Bosco se vengaba de sus amigos, un grupo que podía ser
fácilmente reunido en un lugar, tenía también que empezar a eliminar a sus
enemigos, dispersos como estaban por toda la ciudad, y hacerlo todo más o menos
al mismo tiempo. Era vital conseguir que la noticia de la victoria de Cale se
demorara en llegar a la ciudad lo más posible. Las noticias de unan gran
victoria conducirían al caos de las celebraciones, y toda posibilidad de
eliminar a sus enemigos dependía de que éstos estuvieran donde tenían que
estar.
Cuando el aterrado y perplejo Haldera ascendió en el congreso a uno de los
dos grandes atriles que se elevaban sobre unos peldaños de piedra, observado
por el atento Bosco, que ya lo esperaba en el otro, a treinta metros de
distancia, los primeros magnicidios estaban a punto de tener lugar en el
Beguinaje. El padre Low y dos de sus cofrades, que simplemente tuvieron la mala
suerte de hallarse en su compañía, fueron asaltados mientras rezaban por la
victoria por cuatro sicarios de Gil. Les asestaron seis o siete puñaladas a
cada uno. A otros no resultaba tan fácil acercarse. El Gonfaloniero de Hasselt
recibió una saeta lanzada desde una ventana próxima cuando salía a la calle
después de guardar treinta minutos de silencio, una saeta lanzada con tal
fuerza que dicen que le atravesó el cuerpo e hirió a un monje que estaba de
guardia tras él. Este relato increíble era, en realidad, cierto, pues el arma
de preferencia de los sicarios de Gil era la ballesta Ensartadora Maligna,
llamada así porque casi siempre resultaba fatal para sus víctimas. Tenía la
desventaja, como sugiera su nombre, de que un aparato tensado con tantísima
fuerza a veces saltaba por los aires simplemente al accionar el gatillo, tal
como si estuviera lleno de Salitre Infame. Así fue como sobrevivió el padre
Breda, jefe de la guardia papal, los begardos. Más habituado al asesinato
político que la mayoría de las otras víctimas, Breda comprendió el significado
del espantoso estrépito con el que volaba por los aires la ballesta al ser
disparada por el que pretendía asesinarlo, y al instante huyó corriendo por la
salida más cercana. Allí, su suerte y buen juicio lo abandonaron. La salida más
cercana se llamaba Impasse Jean Roux, y su ignorancia del dialecto local le
costó la vida. En cuanto comprendió que se trataba de un callejón sin salida,
se apresuró a volver hacia la vía principal, pero encontró el paso cortado por
su asesino, que sangraba copiosamente poro una profunda herida que tenía en la
frente, causada por la ballesta al desintegrarse. El asesino se sentía tan
mortificado por su fracaso que estaba dispuesto a sacrificar la vida con tal de
terminar la tarea. El sacrificio se consumó cuando los guardias de Breda, que
habían reaccionado muy lentamente, llegaron por fin para intentar rescatarlo, pero
no antes de que el asesino le hubiera cortado de un tajo la mano y después
atravesado el pulmón.
Otros asesinatos mediante ballesta tuvieron más éxito: Pirenne murió en la
Rue de Châteadun, junto con Hardy y Nash; el padre Pete en el Auditorio; el
redentor Cariñoso Oliver, así llamado a causa de su inusual ternura, en su
hogar de la Rue de Rreverdy, a causa de un disparo especialmente certero: lo
hicieron desde bastante atrás de una ventana, a cincuenta metros de distancia,
y la saeta penetró en la casa del sacerdote a través de otra ventana para ir a
clavarse en su pecho cuando él pasaba por delante por primera vez en todo aquel
día. Sin embargo, son contados los asesinos de gran categoría, igual que lo son
los buenos tallistas de madera o los fontaneros. Tan grande era la demanda, que
Gil se había visto obligado a confiar primero en los que eran muy buenos,
después en los que eran simplemente competentes, y por último en los
imprevisibles. Ordenó que estos últimos hicieran el trabajo más de cerca, y con
armas que requirieran menor pericia. Hubo un número satisfactorio de éxitos con
el cuchillo, con la espada corta y con pica pequeña, pero también inevitables
fracasos, si bien menos de los que él esperaba. Dos veces resultó apuñalado el
redentor equivocado, o los guardias se mostraron más alerta de lo esperado, o
el asesino más incompetente. Pero para sus dos objetivos principales, Gant y
Parsi, Gil había, por supuesto, reservado a sus mejores hombres, que eran
Jonathon Brigade y él mismo. Cuál de ellos hizo mejor trabajo depende de la
preferencia de cada cual por la inventiva y rapidez de ingenio, o por la enorme
habilidad en el manejo de armas y la pericia en no dejar nada al azar.
El problema al asesinar a Gant y Parsi no era que recelaran y se
protegieran de la calle (pues al fin y al cabo, el plan asesino de Bosco era
impensable), sino que su grandeza e importancia los aislaban completamente de
cualquier contacto casual. Iban del Palacio Santo a la basílica para consagrar
y después de vuelta al Palacio, y solamente en carruajes de los que entraban y
salían ante la mirada de la gente ordinaria y los redentores comunes como un
modo consciente de elevar su estatus. Pero el hecho de que resultaran
inaccesibles a causa de la vanidad y no del temor, daba igual cuando uno
trataba de matarlos.
Brigade había ejecutado su plan, pero como un gran artista que ha creado
una obra buena pero no genial, él sabía que no era gran cosa Brigada adoraba la
simplicidad, la parquedad, el movimiento mínimo, más que nada porque de ese
modo había menos cosas que pudieran ir mal., pero también porque eso encajaba
con su gusto por la sencillez. Un simpatizante de Bosco en el palacio de Gant,
el Sagrado Peculiar, aseguraba que él había encontrado el pasillo que recorría
Gant para ir a orar en su capilla al mediodía, durante la sexta hora canónica.
La entrada en el pasillo tenía una puerta de tan sólo metro y medio de alto,
que había sido una irritante ocurrencia de cierto predecesor más bajo, diseñada
a propósito para obligar a todos los que entraban a inclinarse mansamente antes
de acceder a la capilla. En cuanto Gant estuviera dentro, Brigade pensaba
cerrar la puerta, atrancarla, matar a Gant, y huir. Parecía sencillo pero no lo
era. Gant no siempre acudía allí a la sexta, pues siendo proclive a tener
dolores de cabeza a primera hora de la tarde, a veces, aunque no de modo
frecuente, se retiraba a la penumbra de sus aposentos para recuperarse. No era
difícil suponer que en un día de gran tensión como aquél, sería probable que
sucumbiera a las migrañas. Además estaba la dificultad de huir, pues la capilla
se encontraba justo en medio del gigantesco complejo que constituía el Sagrado
Peculiar. El último punto débil era que Brigade tendría que confiar en la
sangre fría y el sentido de la responsabilidad de un traidor para que le
franqueara la entrada y la salida. Tanto le preocupaba todo esto que se había
decidido por la estrategia no menos peligrosa de recorrer el Palacio buscando
otra oportunidad. Cambiar de planes en el último momento era algo que nunca
había aceptado, pero no se podía quitar de encima aquel desasosiego. Su plan
original era factible, pero se olía el desastre. Cuando llevaba diez años como
santo sicario, Brigade había aprendido a no hacer caso del instinto. Pero
ahora, después de veinticinco, empezaba a tenerlo de nuevo en consideración.
Tal vez, pensaba, simplemente se estuviera haciendo viejo.
Mientras tanto, en la reunión del Congreso de las Sodalidades, los reunidos
se sentían, si no incómodos, al menos ciertamente desconcertados ante el tamaño
de la asamblea. Bosco había trabajado duramente a lo largo de los años para
formar aquel grupo, pero también para mantener en secreto su tamaño, así como a
muchos de sus integrantes. Había muchos presentes que no podían ser ni mucho
menos aliados naturales, o que creían que formaban parte de una conspiración
completamente diferente, o de ninguna en absoluto. Había que reconciliar todas
aquellas diferencias, pero no mediante el acuerdo. habría que tratar, y tratar
aquella misma tarde, con reformistas moderados que se habrían espantado ante el
gran proyecto de Bosco, y con desagradables zelotes que albergaban otras
ambiciones de salvación.
De pie ante uno de los grandes atriles del congreso, Haldera miraba a Bosco
como un niño que hubiera enfadado terriblemente a su madre. Aunque no temblaba,
parecía que lo estuviera haciendo, de tan pálido y espantado como estaba su
rostro. Y como una madre terrible e inclemente que ya no amara ni protegiera al
niño que tenía ante ella, Bosco hizo seña a Haldera de que empezara. Una
horrible inquietud se extendió de inmediato por toda la asamblea del mismo modo
que se extiende la risa entre una audiencia que se ha reunido para entretenerse
con un prestidigitador y su gracioso perro. Haldera confesó sus terribles
pecados a favor de la herejía antagonista, con palabras que parecían surgir tan
descoloridas como estaba su rostro, y que él había, para desgarradora vergüenza
suya, conspirado con otros. («No mencionéis números —le había ordenado Bosco—.
Quiero que todos se alarmen, quiero que sientan por encima de su cabeza el aire
batido por las alas del Ángel de la Muerte. O no»).
Haldera fue pasando a trompicones por la lista de nombres de aquellos que
ya tenían contadas las horas que les quedaban de vida; y uno a uno,
profundamente tristes, traicionados y hasta llorosos, le dirigían a Bosco
miradas de temor: Vert, Stone, Debau, Harwood, Jones, Porter, Masson,
Finistaire. Cada vez que nombraba a alguien, se le helaba la sangre en el
rostro. La mayoría se levantaban sin protestar, y salían de su asiento como si
la obediente mansedumbre pudiera aplacar la terrible sentencia. Los afortunados
observadores que tenían a su lado se encogían en el asiento para evitar su
contacto cuando pasaban por delante, como si su destino fuera contagios. En los
pasillos, la severa policía religiosa se los llevaba hacia atrás para sacarlos
de la sala. Antes de que saliera cada uno, se pronunciaba el siguiente nombre.
Y así siguió la cosa, la horrorizada docilidad, la ocasional confusión.
—No él no. Conocemos bien a Frederick Taverner y sabemos que no es un
traidor.
—Mis excusas, padres redentores. Tengan la amabilidad de seguir sentados.
El condenado y al instante indultado Taverner recibió un susto del que
nunca llegaría a recobrarse completamente. El resto de la audiencia se quedó
aterrado por el error, y por lo que podía suponer para cada uno de ellos.
En una gran sala, a unos cincuenta metros de distancia, los señalados eran
retenidos, después conducidos hasta una estancia más pequeña y desnudados de
cintura para arriba. Brzca había llegado desde el Santuario para supervisar el
gran número de ejecuciones que había que llevar a cabo. Pero eran demasiadas
para que un solo hombre las acometiera todas, y le habían asignado numerosos
ayudantes. Susceptible como siempre ante cualquier desaire concerniente a la
excelencia de su arte, se quejó de que los ayudantes no habían adquirido la
necesaria destreza.
—¡Son un descrédito para mi oficio! —le dijo a Gil con esa egolatría de las
personas que se consideran prodigiosas.
Menos vanidoso de su talento, Jonathon Brigade se emocionó con la
brillantez de su nuevo plan como cualquier autor que, entristecido al descubrir
un defecto en su obra, de pronto encuentra una revelación, o la clave que hace
que todo encaje y lo saque del confuso laberinto de lo que no era
satisfactorio. Hijo de un maestro albañil, Brigade no podía dejar de notar con
desaprobación los andamios de tres pisos de altura llenos de ladrillos, a cuyos
albañiles les habían dicho que hicieran un alto para ir a rezar por la
victoria. Habiendo pasado horas subiendo ladrillos a los andamios, los peones
habían tenido que afrontar un dilema: pasar otra hora o más bajándolos para
colocarlos en el suelo y no hacer caso de la convocatoria a la plegaria, o
asumir el riesgo menor dejándolos donde estaban. Y tenían razón al pensar que
los ladrillos estaban firmes, que el andamio aguantaría. ¿Por qué iban a tomar
en consideración la posibilidad de que el malvado Jonathon Brigade pasara por
allí? ¿Cómo iban a suponer que aparecería alguien tan malvado, que sabría cómo
debilitar las sujeciones que aguantaban el andamio y dónde exactamente atar una
cuerda para que cuando pasaran Gant y cinco de sus santos hermanos, todos
dispuestos a entrar en orden en la capilla, un fuerte tirón provocara la caída
de más de una tonelada de ladrillos sobre ellos? Era sencillo, y no estaba
lejos de la tapia exterior, donde los anexos a la cocina facilitarían la huida.
La idea era perfecta, salvo por el egreso de los obreros, cuyo perfeccionista
capataz les había mandado volver y quitar los bloque de piedra del andamio y
volver a ponerlos en el suelo. Brigade, un hombre cuyo temperamento era tal que
siempre intentaba hacer cualquier cosa lo mejor posible, eligió tomarse aquello
como una señal que le enviaba el cielo de que debía encontrar otro
procedimiento, y fue a buscarlo tal como pensaba que se le indicaba.
Por otro lado, Gil había planeado el asesinato de Parsi teniendo en cuenta
las distintas posibilidades del azar. Era cada vez más propio de la naturaleza
de Parsi no dejarse ver en absoluto. Lo que al principio era unan simple
incomodidad producida por los espacios abiertos, en los últimos años iba camino
de convertirse en un auténtico terror. Hasta a sus audiencias en el Palacio del
Pontífice acudía por un túnel subterráneo. Salía a la luz durante veinte
minutos cada día, caminando por sus claustros cubiertos, abiertos al cielo por
un lado nada más, para leer los versículos de la Didaché de su breviario
(«Aparta de mí el deseo, Señor, castiga mi alma», y todas esas cosas). La
información que había sobre sus idas y venidas era casi nula, pero una
referencia casual a uno de los rituales cotidianos de Parsi que había sido
observado en parte desde lo alto de la torre de Carfax le había brindado a Gil
su única posibilidad. Los horarios eran siempre iguales, el paso con el que
andaba era exactamente idéntico de un día para otro. Sólo una parte del jardín
santo estaba cerrada; desgraciadamente para Gil, la única parte que se podía
ver desde el escondido nido de águila en la torre Carfax miraba al lado que
estaba cubierto por un largo tejado y dejaba a Parsi en la sombra, y por tanto
invisible desde la torre, excepto la parte inferior de sus extremidades,
cubiertas por la túnica. En otras palabras, resultaba imposible hacer un
disparo mortal desde la torre. Pero Parsi caminaba a una velocidad casi
constante, con un paso y un balanceo rítmicos y monótonos, y Gil sabía que
fuera de su vista, pero al otro extremo del jardín, salía a cielo abierto
durante tal vez veinte segundos. Su intención no era disparar él mismo desde el
nido del águila, sino medir el paso y calcular cuándo Parsi iba al descubierto
aunque estuviera fuera de su vista, para hacer una señal a un grupo de cuarenta
arqueros situados en un patio, a casi trescientos metros de distancia. Los
cuarenta arqueros dispararían sus flechas por encima de la tapia de su propio
patio, y las flechas cruzarían volando dos calles ara ir a caer al final de los
claustros, donde Parsi estaría al raso, pidiéndole a Dios que le castigara poro
sus pecados, favor que Gil estaba dispuesto a hacerle incluso tomándose
grandísimas molestias.
Resultó que hubo un testigo de lo ocurrido, al que Gil salvó de la
ejecución tan sólo porque tenía curiosidad por conocer los detalles precisos de
lo que le había ocurrido a Parsi.
Gil había ahogado un grito cuando los arqueros soltaron sus flechas, cuya
curva hermosa y terrible trazó un recorrido hacia el suelo al encuentro del
prelado, al que no se podía ver pero sí oír farfullando oraciones. El gracioso
silbido de las flechas al cortar el aire en dirección a su blanco dio fin con
una combinación de impactos de variado sonido, unos al golpear las flechas
contra el muro, otros contra la tierra, y otros contra el sacerdote. Gil, tal
como resultó, había hecho bien las cuentas, pero sólo por los pelos: Parsi
recibió tres flechas de las del borde de la nube lanzada por los arqueros: unan
le dio en el pie, otra en la ingle, y una tercera en el vientre. El grito de
horror y el chillido de agonía llegaron hasta la torre en que se encontraba Gil
justo cuando se disponía a abandonarla. Pero tal dolor podía haber sido
producido por una herida insignificante. No se dio por satisfecho hasta que más
de cuatro horas después salvó y oyó al testigo, un novicio que estaba sentado
en el claustro mientras su maestro decía sus oraciones.
A trescientos cincuenta metros de distancia, el irritado Moseby, que estaba
poco acostumbrado a que lo retuvieran a oscuras, y pretendía recordarle de
malas maneras a Bosco con quién estaba tratando, aguardaba en la habitación más
parecido a una mazmorra con que contaba Bosco. Era una habitación pequeña, con
una ventana en lo alto, para que nadie pudiera mirar por ella, y se hallaba lo
más lejos posible de los arrestos y las matanzas. Moseby pidió de beber a un
criado cortésmente (le parecía que era un indicio de ineptitud mostrarse rudo
con los criados). Brzca entro con una jarra para satisfacer su deseo, y se fue
detrás de él, jugueteando con la jarra y una taza y sirviendo el agua que le
pedían. Entonces entró alguien que se parecía a Bosco, y Moseby levantó la
mirada.
—Tengo que… —empezó a decir, pero la eternidad se llevó el secreto de lo
que tenía que hacer, porque Brzca lo agarró del pelo y le rebanó la garganta.
Mientras tanto, Jonathon Brigade empezaba a pensar que debía dejar de
buscar el lugar ideal para cometer su asesinato, pero por otro lado seguía
convencido de que si miraba un poco más, lo encontraría inmediatamente. Durante
todo el tiempo, una voz, que con seguridad no se trataba de la voz de su
conciencia, le decía que volviera a su primer plan, pese a lo insatisfactorio y
arriesgado que pudiera parecer.
«Es mejor poco que nada. Esto va a terminar contigo, para ya».
Pero no podía parar, porque todo el tiempo tenía la sensación de que
encontraría la respuesta a la vuelta de la esquina. Y entonces abrió unan
puerta delante de él, y se encontró cara a cara con el padre Gant y con media
docena de sacerdotes que estaba detrás. Se miraron unos a otros mientras Gant
trataba de recordar quién era, y no lo conseguía. A Brigade la mente se le
quedó en blanco por un instante, pero cada célula de su cuerpo era la de un
asesino instintivo. Avanzó un poco con suavidad, de manera que Gant se vio
obligado a quedarse en la puerta, bloqueando a los sacerdotes que estaban
detrás. Entonces tuvo una idea: la verdad dicha con mala intención supera a
todas las mentiras que uno pueda inventar.
—Señor Redentor —dijo Brigade—, han enviado un asesino para mataros. Venid
conmigo. —Lo cogió con suavidad por el brazo y dirigió una sonrisa a los
sacerdotes—. Por favor, esperad aquí hasta que el padre Gant envíe a buscaros.
Proteged esta puerta con vuestra vida si fuera necesario. —Entonces cerró la
puerta y agarrando a Gant del brazo lo hizo bajar rápidamente la escalera
tirando de él, y ganando velocidad al acercarse al espacioso rellano en el que
agarró a Gant por los hombros y, empujando al redentor, que protestaba, para
que fuera a unan velocidad aún mayor, lo lanzó por un gran ventanal. El cristal
se quebró en mil añicos mientras el gran prelado caía, gritando, al encuentro
de la muerte sobre los adoquines, que se hallaban quince metros más abajo.
Brigade echó una breve mirada, y enseguida se puso en camino para buscar por
dónde huir. Bajó la escalera a toda prisa, gritando: «¡Fuego, fuego!».
Ésta fue la famosa «primera defenestración del Sagrado Peculiar». La
segunda es ya otra historia.
¡Menudo día! Trascendental, horrendo, trágico, cruel… No hay palabra ni
lista de ellas que pueda hacer justicia a todos sus horrores y al brutal drama
de vidas segadas e imperios conquistados. Tal vez fueran menos de mil
quinientos los redentores que precisaban ejecución, pero había que llevar esas
ejecuciones a cabo con gran rapidez, y eso era algo complicado incluso para un
hombre tan experimentado como Brzca o tan resuelto a su pesar como Gil.
Los verdugos de alta categoría son tan escasos como los grandes cocineros,
o como los grandes fabricantes de armaduras, o los grandes canteros, en
realidad. y las ejecuciones masivas eran, de hecho, muy infrecuentes. Al fin y
al cabo, excepto para desmoralizar a los enemigos de uno, como en la masacre de
Monte Nugent, que había lanzado un mensaje tan claro a los Materazzi, o en las
peculiares circunstancias de la muerte en la Casa del Propósito Especial de los
trescientos redentores tan cuidadosamente seleccionados por Bosco, ¿qué
finalidad tenían las ejecuciones masivas? El verdadero Propósito de un verdugo
consistía o bien en deshacerse para siempre de un individuo en privado, o bien
hacerlo en público de manera extravagante para dar un ejemplo. Si era lo
primero, un podía tomarse su tiempo; y si era lo segundo, entonces era
necesario llevar a cabo algo espectacular y original. Matar mil quinientos
hombres, no debilitados por el hambre ni por meses de oscuridad y frío, era
asunto peliagudo. Brzca no contaba con los ayudantes necesarios para tal número
de ejecuciones, porque normalmente no los necesitaba. Así que la cosa fue un
trabajo terriblemente arduo para Brzca y Gil.
—¿Le habéis rebanado alguna vez la garganta a un cerdo? —le preguntó el
primero al segundo.
—No.
—Cuando yo era niño, en la granja de mi padre —dijo Brzca a Gil,
señalándolo lúgubremente con el dedo—, mi padre decía que costaba dos años
enseñar a un hombre a matar a un cerdo. Matar a un hombre es mucho más difícil.
—Os he traído hombres experimentados. Saben por qué es necesario hacerlo.
Brzca gruñó con la impaciencia de un hombre que estaba acostumbrado a que
menospreciaran su gran talento.
—Esto no se parece en nada… No se parece en nada a matar a un hombre en la
batalla, ni a correr para escapar de ella. Este oficio tiene su propio ritmo y
razones, sus trucos y sus técnicas. Hay poca gente que valga para matar a
sangre fría constantemente, y menos para matar a los de su propia especie. Pero
ya me imagino que no me creéis.
—Sois más convincente de lo que pensáis, padre —respondió Gil—. Pero estoy
seguro de que con vuestras orientaciones, lo conseguiremos.
—¿De verdad lo creéis…?
Y lo consiguieron. Pese a todo lo sórdido que resultó. Primero Gil
tranquilizaba a los prisioneros, reunidos en media docena de salones que
albergaban hasta trescientos cada uno, diciéndoles que no tenían nada que
temer, a menos que fueran culpables de haber participado en el levantamiento de
quintacolumnistas simpatizantes del antagonismo que había tenido lugar aquel
día. Por desgracia, era necesario interrogarlos a todos para encontrar a
aquellos pocos que se pensaba que estaban implicados. Pero era, como debían
comprender, necesario que todos fueran interrogados antes de que la inmensa
mayoría pudiera quedar en libertad. También comprenderían, estaba seguro de
eso, que tenían que atarlos de pies y manos, pero que tal cosa se llevaría a
cabo con el respeto debido a la abrumadora proporción de inocentes que había
entre ellos. Gil pidió su cooperación en aquel momento de crisis de la fe. Para
demostrar su sinceridad, Gil permitió que a él mismo le ataran las manos sin
apretar mucho a la espalda, e, igualmente sin apretar mucho, un tobillo al
otro. De esa guisa salió dócilmente de la sala, arrastrando los pies. Así
tranquilizados, los redentores arrestados se dejaron atar y sacar en grupos de
diez. Los primeros grupos fueron llevados al patio más próximo, donde Brzca y
sus cuatro ayudantes les obligaron a ponerse de rodillas y les cortaron la
garganta como demostración ante la atenta mirada de los hombres elegidos por
Gil.
Al principio las siniestras predicciones de Brzca resultaron exactas, y
sólo el hecho de que Gil hubiera preparado a las víctimas con tanta habilidad y
el hecho de que los hubieran atado con tanto cuidado evitó el desastre cuando
los inexpertos verdugos comprobaban que rebanar una garganta requería más
precisión y exactitud de la que estaban acostumbrados a emplear en el campo de
batalla. Brzca discurrió de pronto una sencilla solución: empleando un trozo de
carboncillo, marcaba una línea a lo largo de la garganta de las víctimas justo
antes de que se las llevaran, para que los verdugos, que cada vez estaban más
nerviosos, tuvieran una indicación precisa a la que atenerse. Seguía tratándose
de un asunto feo, incluso para gente muy acostumbrada a la fealdad. Pero, como
dijo Brzca, tan petulante como triste, cuando todo hubo acabado: «Hasta el más
espantoso martirio debe seguir su curso». ¿Y quién iba a saberlo mejor que él?
Hacia la noche la tarea llegó a su fin con su cosecha de brutalidades. Pese
a todas las estupideces y los errores cometidos, la gran apuesta de Bosco se
estaba decantando a su favor. Hasta aquel loco tranquilo se asombraba de que la
trama hubiera funcionado. Faltaba por llegar el vuelco final. Con la ciudad
asegurada, con muchos más éxitos que fracasos, con tan sólo una pocas huidas y
algunos errores de identificación lamentables, las noticias de la gran victoria
de Cale se difundieron entre la temerosa y confusa población, que estaba
asustada hasta el límite por los espantosos sucesos de aquel día. Las noticias
de la victoria dieron alas a las afirmaciones de que los antagonistas, que
habían estado disimulados e inmersos en la vida ciudadana, se habían rebelado y
habían sido derrotados, con un terrible coste en hombres famosos y en Santos
Padre de la Iglesia. Todo tenía sentido, y cualquier otra explicación habría
parecido mucho menos plausible. ¿Un golpe de estado? ¿Una revolución? ¿Allí en
Chartres? Además, quedaban muy pocos que tuvieran deseos de contradecir la
versión oficial. En menos de treinta y seis horas los redentores habían sido
redimidos, y en la mente de Bosco el mundo había dado un giro para encaminarse
hacia la más grande definitiva de las purgas.
A últimas horas de la noche, el Papa Bento se había retirado a dormir
estando tan al corriente de la real naturaleza de los sucesos de aquel día como
las monjas de los conventos sin puertas de las afueras de la ciudad. Bosco pudo
por fin hacer una pausa para comer en el propio palacio, acompañado por Gil.
Ambos estaban agotados, rendidos hasta un punto que ninguno de los dos habría
creído imaginable. Ninguno de los dos hablaba mucho.
—Habéis hecho un trabajo impresionante —dijo Bosco al fin—. Y de
inspiración divina, además.
—Y aún podría hacer más —respondió Gil, aunque con voz muy floja, como si
apenas tuviera fuerzas para hablar.
—¿A qué os referís…?
Gil le dirigió una mirada extraña. Era como si su mente albergara una
enormidad que más valía dejar sin decir
—No sé si puedo hablar con total libertad.
—A mí me podéis hablar siempre con total libertad. Y ahora más que nunca.
—Pero me gustaría decir algo de lo que no se puede hablar.
—Tiene que ser algo realmente nefando cuando os andáis con tantos rodeos.
—Está bien. He hecho cosas terribles a vuestro servicio. Hoy la sangre de
hombres buenos me cubría hasta las rodillas. De aquí al final de mis días, ya
no volveré a dormir igual.
—Nadie negaría que habéis arriesgado vuestra alma por mi causa.
—Sí, así es. Mi alma. Pero habiéndola arriesgado hasta las puertas del
mismo infierno, no quisiera haber corrido riesgos tan espantosos y dejarlo
estar por nada.
—Yo he corrido los mismos riesgos.
—¿Sí…?
—¿Qué pretendéis decir?
—Si tenéis el valor, vos podéis convertiros en la voz de Dios en la tierra.
Cualquier cosa que liberéis en la tierra la liberaréis en el cielo. Aun así, Su
actual representante está durmiendo a tan sólo una docena de habitaciones de
aquí, balbuceándole a la almohada y soñando con el arcoíris y leche caliente.
—¿Qué me queréis decir? Se trata del Pontífice.
—Ese ser de mente débil se encuentra ahora en la palma de vuestra mano.
Dejadme que os lo acerque.
Quién sabe qué pensamientos martillearon la extraordinaria mente de Bosco,
en la que se mezclaban la delicadeza y la brutalidad. Durante un rato,
permaneció en silencio.
—Deberíais haberlo hecho —le dijo al fin a Gil—, en vez de decírmelo.
Lamento que os pongáis a parlotear de algo a lo que, si lo hubierais hecho sin
preguntar, yo habría dado después mi aprobación. Tengo que acostarme.
Abandonó la estancia cerrando la puerta tras él suavemente. Gil se sirvió
una copa de jerez dulce.
—Y me recompensaríais sin duda —dijo en voz alta a nadie más que a sí
mismo— con un cargo en el frente de la más reñida batalla, como a Urías el
hitita. —Tomó un profundo sorbo del espantoso vino, y cantó con voz delicada
Hasta un burro sabe
que sólo llama una
vez
la ocasión suave.
Pero, como hasta un
burro sabe, no hay final para el tumulto.
22
En los altos del Golán, los redentores celebraban la victoria con más
tristeza aún de lo acostumbrado. había sido un trabajo duro, áspero, demoledor,
y estaban agotados. Pese al cansancio, Cale no podía dormir, y llamó a un par
de guardias para que le llevaran a su presencia a un prisionero que había visto
introducir en el campamento: el jovial explorador que había hallado en la
llanura tres semanas antes, aunque parecieran mil años. Mandó dejarle las manos
atadas por delante y los pies sujetos a la silla, y les dijo a los guardias que
salieran y se alejaran de allí: no quería que nadie escuchara lo que iban a
hablar.
—¿Y si me soltáis las manos? —dijo Fanshawe—. No resulta muy cómodo hablar
con las manos atadas.
—Me da igual que estéis cómodo o no. Quiero llegar a un acuerdo con vos.
—¿Cómo decís?
—A un acuerdo…, un trato.
—¿Sobre…?
—Tenemos quinientos prisioneros. Sus perspectivas son poco halagüeñas. Pero
quiero dejaros a doscientos cincuenta para que salgáis de aquí e intentéis
escapar hasta vuestra tierra.
—Eso suena a trampa.
—Ya me supongo. Pero no lo es.
—¿Por qué debería confiar en vos?
—En lo que podéis confiar, Fanshawe, es en que mañana a mediodía aquí habrá
dos tipos de prisioneros lacónicos: los muertos, y los que estén a punto de
morir.
Dejó a Fanshawe un rato para que pensara en ello.
—Algunos dirían que es mejor morir afrontando la muerte que hacer la cabra
en un juego.
—No se trata de ningún juego.
—¿Cómo lo puedo saber?
—¿Tengo pinta de estar jugando?
—Desde luego que no.
—Yo tengo mis motivos para lo que os propongo, de los que no tenéis por qué
saber nada. ¿Cuándo tiempo os costará llegar a la frontera?
—Cuatro días si no hay contratiempos.
—No tendréis contratiempos porque yo os iré siguiendo… a unos kilómetros de
distancia.
—¿Por qué?
—¿Otra vez…?
—Tenéis que admitir que suena bastante sospechoso.
—Admito que suena bastante sospechoso.
Fanshawe se recostó en el respaldo y lanzó un suspiro.
—No.
—¿Qué…? —Por primera vez en su conversación, Cale sintió que era él el
atacado.
—Esos doscientos cincuenta hombres no querrán dejar aquí a la mitad de los
suyos.
—Dejadme persuadiros. Si no vais, seréis ejecutado mañana. No puedo hacer
nada para impedirlo. Ya deberíais estar muerto.
—¿Yo? —contestó Fanshawe, sonriendo—. A mí me podéis convencer con sólo
mencionar la palabra ejecución, pero los demás lacónicos no lo verán del mismo
modo. No entra dentro de su manera de ser, y si intento persuadirlos de que se
traicionen unos a otros, ni siquiera llegaré a mañana. ¿No tenéis nada de
beber?
Cale le llenó de agua una taza y se le acercó a los labios.
—Otra más sería una maravilla.
Cale hizo lo que le pedía.
—¿Cómo sé que puedo confiar en que os vayáis, y que no intentaréis luchar
en cuanto os veáis libres?
—No nos han pagado para hacer guerra de guerrillas —dijo Fanshawe—. Si
podemos irnos honorablemente, lo que quiere decir sin dejar en la estacada a la
otra mitad, estaremos obligados a volver a casa lo más rápido posible. Somos
propiedad del estado, y una propiedad muy cara. —Se quedó callado durante un
rato—. ¿Cuántos de los míos han muerto hoy?
Cale meditó la posibilidad de mentir.
—Trece mil, más o menos.
Eso le impresionó incluso a Fanshawe. Se quedó pálido y tardó un rato en
volver a hablar.
—Seré claro y honesto con vos.
Cale se rió.
—No, lo seré yo.
—No podemos reemplazar a tantos hombres ni en veinte años. Necesitamos que
vuelvan a casa esos quinientos, hasta el último de ellos. No habrá ataques de
venganza.
—Me importa un bledo lo que hagáis una vez cruzada la frontera, siempre y
cuando nos permitáis a mí y a doscientos de mis hombres ir con vos. Ése es el
trato. Está bien, soltaré a todos los prisioneros. Vos aseguraos de que
cruzamos la frontera sanos y salvos.
—Si tuviera la mano libre la estrecharía con la vuestra.
—Pero no la tenéis.
—De acuerdo entonces —mintió Fanshawe.
—De acuerdo —mintió Cale en respuesta. Discutieron los detalles, y en cosa
de una hora Fanshawe se volvía con los demás lacónicos.
Cale le explicó el acuerdo a Henri el Impreciso y le dejó que les dijera
que podían irse a los purgatores que vigilaban a los lacónicos. Éstos estaban
atados de pies y manos en un pequeño cercado levantado para no más de cincuenta
prisioneros, dado que los prisioneros raramente constituían un problema para
los redentores. Los purgatores fueron reemplazados por un surtido de cocineros,
dependientes y otras personas muy poco apropiadas. otro tanto se hizo con los
soldados que guardaban los caballos que necesitarían los lacónicos para huir:
Cale anunció que tendría lugar una fiesta muy lejos del cercado, y les ofreció
todo el jerez dulce del que disponía.
La huida en sí fue muy discreta, salvo para los pobres cocineros y
friegaplatos, de cuyo destino no daremos más tristes noticias. Henri el
Impreciso se encontró con Fanshawe cuando atravesaba la empalizada del cercado
con los quinientos lacónicos que Fanshawe había desatado con el cuchillo que le
había dado Cale. Tan en silencio como una bandada de cisnes que emprende el
vuelo, se dirigieron hacia los desventurados guardianes de los caballos, y en
diez minutos se llevaban del campamento redentor las monturas robada y
emprendían camino hacia los Altos del Golán, atravesando el enclave de su
reciente y desastrosa derrota.
Gracias al deliberado error de no aclarar quiénes tenían que hacer la
siguiente guardia en el cercado de los prisioneros y en los caballos, se hizo
de día antes de que se descubriera la huida. Al ser informado, Cale fingió
amenazar con todo tipo de muertes y torturas a los responsables, antes de
ordenar los instantáneos preparativos para que los purgatores, encabezados por
él mismo, salieran en su persecución, jurando borrar él personalmente aquella
mancha en su reputación. Si había incómodas preguntas que hacer, no las hizo
nadie Y de ese modo, a las nueve en punto, Cale, Henri el Impreciso y unos
doscientos purgatores salieron en persecución de los huidos, cargados con lo
que en otras circunstancias podría haberse considerado una cantidad de
provisiones sospechosamente excesiva para una salida de aquel tipo.
Gil o Bosco habrían preguntado también para qué se llevaba Cale consigo a
Hooke, un hombre que no podía resultar de ninguna utilidad en tales
circunstancias. Justo antes de que Cale se fuera, llegó un mensaje de Bosco
felicitándolo por la victoria poniéndole resumidamente al corriente de los
acontecimientos que habían tenido lugar en Chartres, y ordenándole que volviera
de inmediato, siempre y cuando lo permitieran las circunstancias de la
victoria. Le pasó la carta a Henri el Impreciso.
—Es curioso. Me pregunto qué sucede.
—Espero que no tengamos nunca ocasión de averiguarlo
—¿Vais a responder?
—Mejor será.
Dando orden al mensajero para que no saliera hasta el día siguiente. Cale
escribió una rápida respuesta mintiendo por el procedimiento de emplear todas
las verdades posibles, tal como tenía por costumbre: que un cierto número de
lacónicos habían escapado, y que temía que pudieran reunirse con aquellos que
habían huido de la batalla, lo que tal vez les colocaría en situación de
emprender un contraataque; que teniendo esto en mente, había ordenado que
cavaran trincheras para organizar una importante defensa; y que había decidido
salir en persecución de los fugados para eliminarlos o al para asegurarse de que volvían a la frontera
y no planeaban ataques sobre Chartres. Con un poco de suerte, pasarían varios
días antes de que Bosco descubriera lo que realmente sucedía, y para entonces
él, Hooke y Henri el Impreciso estarían ya bastante lejos.
Pero seguía habiendo dos problemas: el primero era el peligro de perseguir
a un grupo de tropas que los doblaba en número, y que además tenían importantes
razones para volverse y atacarlos si se percataban de ello; y el segundo, lo
que les diría a los purgatores cuando comprendieran que, en vez de regresar
como hijos pródigos al seno de los redentores, habían vuelto a convertirse en
proscritos.
Cale le había pedido a Fanshawe que encendiera una pequeña fogata durante
la segunda noche de la persecución para que pudiera comprobar su posición sin
necesidad de acercarse demasiado durante el día, algo que le forzaría a contar
embustes a los purgatores para explicar por qué no atacaban. Cale hizo
adelantarse a Henri el Impreciso en busca de la fogata, y a su regreso le
sorprendió descubrir que Fanshawe había cumplido con lo acordado.
En parte ha cumplido y en parte no. La fogata no estaba en el campamento.
Eran sólo dos lacónicos que la habían encendido por su cuenta.
—O sea, que podría encontrarse a muchos kilómetros de distancia.
—Podría, pero no es así. Yo llegué cuando cambiaban la guardia, y seguí a
los vigilantes. Fanshawe y el resto de ellos están a unos seis o siete
kilómetros de distancia.
—Asesinos bujarrones que mantienen su palabra. Qué tipos tan raros.
—¿Cuándo vais a hablar con los purgatores?
—Mañana. Si no nos matan, tendremos todo el día.
—Mejor vos que yo.
—Ahora que lo pienso, será mejor que guardéis las distancias. Observad cómo
va la cosa. Si va mal, poned pies en polvorosa. De ese modo, tendréis una
oportunidad.
—Eso es muy generoso por vuestra parte.
—Soy una persona muy generosa.
Ambos se rieron, pero Henri no dijo ni que sí ni que no.
A la mañana siguiente, después de que la mayoría de los purgatores hubieran
tomado un desayuno a base de gachas mezcladas con frutos secos, perpetrado bajo
las instrucciones de Cale como alternativa a los pies de muerto, que algunos
purgatores seguían prefiriendo a aquello, los convocó a todos. Diez minutos
antes, había observado cómo Henri el Impreciso salía del campamento a caballo,
y había intercambiado con él una despedida. Justo cuando Cale se encaramó a lo
algo de una peña para hablar desde ella a los purgatores. Henri el Impreciso
regresó paseando al campamento, y desmontó. Cale lo recibió con otra
inclinación de cabeza, y simplemente se quedó mirándolo durante unos momentos.
Pero tenía ya otras cosas en la mente. Empezaba a lamentar no haberse fugado
simplemente con Henri durante la noche. Por otro lado, las posibilidades que
tenían ambos de poder pasar fronteras tan vigiladas no parecían más halagüeñas
que quedarse. ¿Habría optado por la mala
de entre dos malas posibilidades?
—¡Vosotros, mis señores redentores, me conocéis tan bien como os conozco yo
a cada uno! En todas las ocasiones —mintió—, os he contado todo lo que era
posible contaros llanamente.
Hubo un rumor general de conformidad. Pensaban que eso era cierto sin lugar
a dudas.
—Pero hace dos días os mentí.
Otro murmullo.
«La cosa va bastante bien», pensó Henri el Impreciso desde la posición
privilegiada en que estaba, tendido en la hierba detrás de él, fuera de la
vista, y con el seguro de la ballesta quitado.
—¡Sin embargo, fue una mentira pensada para salvaros la vida! —Agitó en el
aire una hoja de papel no muy diferente a la que había recibido de Bosco—. Esto
es una carta de Bosco, más venenosa que un sapo. Bosco es un hombre al que
confié más que mi vida, y por cuya palabra arriesgué vuestras vidas y perdí
muchas de ellas, que nos eran tan queridas, vidas de hombres que habían sufrido
a vuestro lado en la guerra y en la Casa del Propósito Especial. Esta carta
intenta arrastrarnos a todos a una trama contra el Pontífice al que amamos,
para matar a aquellos que están próximos a él y convertir la Única Fe Verdadera
en quién sabe qué ponzoñosas mentiras que se avergüenza de escribir alguien que
no tiene apuro para relatar terribles traiciones.
La carta no era la auténtica que había recibido de Bosco, sino otra falsa
que Cale había emborronado con ayuda de Henri el Impreciso. La verdad de la
traición de Bosco podría haber resultado igual de corrosiva para su reputación
entre los purgatores, pero la carta auténtica implicaba demasiado a Cale.
Los purgatores estaban ahora en silencio. Muchos se habían quedado pálidos.
Cale detalló los nombres de los que acababan de morir en Chartres. Todos ellos
habían muerto de verdad, la verdad sea dicha. Cale miraba los purgatores a la
cara mientras éstos, como un solo hombre seguían sin mover una ceja, dudando si
creer lo increíble.
—Os he traído aquí, tras una cabalgata de dos días, para que podáis elegir
por vosotros mismos, y no tengáis que secundar forzosamente mi decisión. Cada
uno de vosotros debe elegir: o volver, o seguir conmigo. Prometo ahora que a
aquel que no tenga estómago para esta escapada, le dejaré marcharse. Firmaré de
mi puño y letra su licencia y un salvoconducto. Ese hombre recibirá en su
bolsillo diez dólares en esta espantosa división de nuestra fe. No deseo morir
al lado de ese hombre que no desea morir con nosotros. Leed esta carta —dijo
agitándola delante de ellos—: veremos si no convierte vuestra sangre en piedra
y os hace tomar una decisión. Yo os salvé la vida una vez, y cada uno de
vosotros me ha devuelto ese favor multiplicado por doce. El hombre que venga
conmigo será mi hermano, pero el que se vaya seguirá siendo mi amigo para
siempre. Me haré a un lado y os dejaré que la leáis, pero hacedlo rápido, pues
nuestra huida ha sido descubierta, y los perros nos siguen. —Diciendo esto, se
bajó de la peña de un salto y se acercó a Henri el Impreciso para sentarse con
él.
—¿Qué haréis —preguntó Henri el Impreciso—, si alguno de ellos decide irse?
—¿Por qué no todos?
—¿Y abrirse camino a través de los rencorosos sacerdotes, de los perros,
todo por una posibilidad de llamar a la puerta del matadero de Chartres?
—Ellos tienen la carta.
—Y es casi auténtica.
Observaron a los purgatores hablar y leer, hablar y leer.
—Buen discurso —dijo Henri el Impreciso.
—Gracias.
—No era vuestro.
—No: lo leí en un libro de la biblioteca de Bosco.
—¿Recordáis el nombre?
—Del que lo escribió, no… Recuerdo el libro —se detuvo—. Lo tengo en la
punta de la lengua.
—Eso no es ser muy agradecido…
—Muerte al francés —dijo Cale con
satisfacción—. Así se llamaba.
Al final resultó que Henri el Impreciso estaba equivocado. Sólo unos veinte
purgatores, ante la hostilidad de los que se quedaban, decidieron volverse.
Cale abortó una riña que podría haber tenido feas consecuencias, y mantuvo su
promesa de dejarlos en libertad y entregarles cierta cantidad de dinero. La
reputación de hombre íntegro que tenía entre los purgatores era importante para
Cale. Además, si veían que en aquel asunto se comportaba de modo honorable, eso
le aseguraría que todos los que fueran con él lo harían de buen grado. Y, por
supuesto, viéndole dar pruebas de esa honorabilidad, otros tres purgatores más
optaron por marcharse. Cinco minutos después, Cale, al que todavía le quedaban
algo más de ciento sesenta hombres, tras asegurarse de que Henri el Impreciso
dejaba caer ante uno de los cabecillas del grupo que se volvía la dirección que
iban a tomar, se ponía en camino.
—Esto sorprendido —dijo Hook, saliendo a caballo entre Cale y Henri el
Impreciso— de que hasta un purgator pueda ser engañado con un recurso tan
evidente,
—Tened la boca cerrada —le dijo Henri el Impreciso.
—¿Y qué pasa conmigo? —preguntó Hooke.
—¿Qué pasa con vos? —replicó Henri.
—Podéis quedaros los diez dólares, pero quiero un salvoconducto y una
declaración de libertad, igual que les habéis ofrecido a los otros.
—¿Vos? —preguntó Cale—. Vos sois propiedad mía desde los pelos de la
coronilla a la mugre de las uñas de los pies. No os vais a ningún lado.
—Pero si soy tan inútil como decís, me pregunto si no sería buena idea
verme desaparecer.
—De eso estoy seguro —dijo Cale con una suave sonrisa que resultaba
amenazadora—. Pero podríais aprender a ver el mundo más como lo hago yo.
—¿Qué queréis decir?
—Quiero decir que la próxima vez que emplee uno de vuestros artilugios, os
pondré dos pasos delante de mí cuando todo empiece.
Después de dos días más dirigiéndose en la dirección que él había pedido
que dejara caer en los oídos de los purgatores que se habían vuelto, Cale
comprendió que aquellos que le seguían estarían cada vez más extrañados de
estar persiguiendo a los lacónicos, pero sin llegar nunca a alcanzarlos y
presentarles batalla.
—Vamos a abandonar esta persecución. Con nuestra banda de hermanos
recortada en más de veinte hombres, nos sobrepasan ya por dos a uno. La
frontera antagonista se encuentra cerca, y al otro lado los refuerzos lacónicos
podrían encontrarse en cualquier rincón, esperándonos. Será mejor que pongamos
rumbo al Leeds Español.
—Son aliados de los antagonistas —intervino un purgator.
—Sólo cuando hace buen tiempo. Los suizos son neutrales por naturaleza, y
aunque a veces ofrezcan ayuda a un lado, nunca la dan. Aun así, tendréis que
quitaron la túnica antes de que crucemos. No será una hazaña fácil de ningún
modo, pero resultará imposible si vais vestidos de esa manera.
—Es mucho lo que pedís, capitán, que reneguemos de nuestra fe.
—Tener el pico cerrado no es renegar de nadie. No es más que sentido común.
—Creí que éramos hermanos, capitán.
—Y lo somos. Lo que pasa es que yo soy el hermano mayor. Si lo preferís,
coged vuestro dinero y vuestro salvoconducto, y marchaos. Mi oferta sigue en
vigor.
—Quiero quedarme, capitán.
—No.
—Quiero quedarme. Lo siento si hablo demasiado.
—Yo no quiero que os quedéis. Marchaos.
El resto de los purgatores, como pudo comprobar Cale, estaban sorprendidos
ante la insolencia mostrada ante Cale y encantados con su arbitraria muestra de
poder. No estaban habituados a la primera, y les resultó reconfortante la
segunda.
Al comprender que el ánimo de todos sus compañeros se había vuelto contra
él, el hombre se apresuró a partir.
—¿No debería seguirlo? —preguntó Henri.
—¿Seguirlo? —repuso Cale, haciendo como que no comprendía.
—Ya sabéis lo que quiero decir.
Cale negó con la cabeza.
—Os estáis volviendo muy sanguinario con los años.
—No es más que un redentor. ¿Recordáis la lealtad que un porquero les debe
a sus cerdos?
Cale sonrió.
—Habéis estado hablando con Hooke. Además de inútil, ese hombre es una mala
influencia. En cuanto al purgator, dejadlo en paz. Está demasiado lejos de
Chartres para que pueda hacernos ningún daño aunque llegue hasta allí, cosa que
dudo. Ahora quiero que elijáis a cinco hombres y dejéis que Fanshawe os vea
bien. —Trazó algunas rayas en la tierra—. Después daos la vuelta: estaremos
aquí esperándoos.
23
Tal vez hayáis oído hablar de ese demonio al que llaman Viejo Merk, un
nombre que proviene de Nicholas Merk, el más infame de esos infames mercenarios
de la diplomacia: los Talleyrand. Pese a todos los consejos de lamentable
cinismo que ofreció, hay que admitir que algo le debemos a Merk: que nos indica
no cómo deberían ser los hombres, sino cómo son.
«Un gobernante decidido a emprender una aventura fuera de las fronteras
debería siempre tomar el camino de la conquista mediante el saqueo antes que la
conquista por la posesión. Está muy bien que un gran hombre mire los mapas que
tiene en la pared y calcule cuántas horas brilla el sol en sus territorios,
pero el problema con los pueblos conquistados es que si uno no les roba sus
posesiones para después irse, entonces tendrá que dirigirles el país,
repararles los canales para que no se mueran de sed, taparles los baches de los
caminos, y colmarles los graneros para que no perezcan de hambre. Tendrá que
mediar en sus riñas, que normalmente serán muchas y letales, y pagar a sus
soldados, o a los de ellos, cada vez que se rompan los acuerdos tan
pacientemente negociados, que siempre se rompen.
«Pensad que una tierra conquistada es como una gran casa que uno recibe en
herencia: al principio es una maravilla contemplarla, y vuestra buena suerte
merecerá bendiciones, pero con el tiempo no os dará más que problemas y agotará
vuestro tiempo, vuestra paciencia, vuestra sangre y vuestro dinero. ¡Así que es
preferible robar!».
Una de esas riñas interminables que predice Merk fue la que llevó a
quinientos malhumorados redentores a penetrar en las estribaciones de los
Quantocks para habérselas con un incremento en el número de asaltos de bandidos
de las montañas contra las comunidades locales de los musulpanes. Hacía frío,
llovía y había poco que comer debido a todo lo que les habían robado a los
musulpanes. Los redentores no alcanzaban a comprender por qué tenían que pasar
ellos aquellas privaciones, por no hablar de arriesgar la vida acudiendo en
socorro de personas que estaban incluso por debajo de los herejes. Adoraban
dioses falsos, cosa mucho peor que lo que hacían los antagonistas, que adoraban
al Dios verdadero aunque fuera de modo equivocado. No era costumbre del nuevo
Padre Redentor Gobernador de Menfis explicar a sus hombres el motivo de sus
acciones, y no lo hizo, pero las razones eran bastante sencillas en realidad:
Menfis necesitaba comer, y los musulpanes suministraban a la ciudad una parte
importante de esa comida. Las acciones de aquellos montañeros sinvergüenzas
constituían un serio incordio y una declaración de que las leyes redentoras
podían desacatarse, y además de manera ostentosa. La expedición no pretendía
restaurar el orden, sino demostrar a todo el mundo lo que podían esperar los
que desafiaban en cualquier sentido la autoridad de los redentores. Los
redentores no llegaban como policías, sino como verdugos.
Si bien la idea de no tener nada que hacer les resultaba ciertamente
agradable a los cleptos, sentían una profunda aversión a ser obligados a no
hacer nada, y encima a tener que cumplir con esa obligación en el lugar
prescrito. Por ese motivo las guardias eran vistas con especial inquina, y
aunque todo el mundo de cuarenta años se
suponía que tenía que hacer turnos, ésa era una costumbre, como solía decir
Mary, la condesa de Pembroke, «más honrada en la infracción que en la
observancia». Los que contaban con medios, pagaban a otros para que ocuparan su
puesto, y de ese modo las guardias terminaban generalmente haciéndolas aquellos
que eran demasiado perezosos, inútiles o estúpidos para ganarse la vida de
cualquier otro modo. En aquellos días, con tantas ganancias logradas mediante
la astucia y la osadía, debido al aumento de asaltos en territorio musulpán,
había más dinero que antes en circulación, dinero con el que más gente podía
pagar a los competentes de sus conciudadanos
para que se colocaran en una ladera durante los extremados fríos del invierno,
donde ni sucedía nada, ni era probable que llegara a suceder.
Existen estrictas normas sobre el encendido de fogatas por parte de los
guardias: sólo puede hacerlo de noche, la fogata ha de ser pequeña, debe
hacerse en agujeros metidos entre piedras, para que no pueda verse la luz, y
con la leña más seca. No era fácil, bajo el frío y la lluvia, plegarse a esas
normas sensatas pero incómodas. Además, parecía muy improbable que los
musulpanes fueran a atacarlos en invierno y de noche. Andar dando tumbos por la
pendiente en la oscuridad, con helada o con lluvia, o tal vez con ambas, era
una manera tan fácil de morir como cualquier otra. era lo más fácil del mundo
dejarse caer en la tentación cuando estaba uno allí, soportando fríos y
humedades, con la posibilidad de correr un pequeño riesgo que tal vez no fuera
ningún riesgo en absoluto, y encender un pequeño fuego utilizando para ello
madera húmeda, pues mantener algo seco en aquellas condiciones era poco que imposible.
Y éstas fueron las consecuencias de la llegada de Kleist: su talento
ofreció a los cleptos la oportunidad de acometer más asaltos, y eso trajo más
riqueza y más pagos para que unos hicieran las guardias por otros, en tanto
que, siendo cada vez más acuciante la necesidad de estar vigilante, en realidad
las guardias eran cada vez serias. y si
no hubiera sido por el heroísmo nada deliberado de Cale al salvar a Riba, y por
todos los desastres que se habían ido derivando de aquel rescate, habrían sido
enteramente razonables los cálculos de los guardias al poner en un lado de la
balanza el riesgo de pillar una neumonía y en el otro el de que llegara en
medio de la noche un musulpán a rebanarles la garganta. Pero no habían pensado
en los redentores. ¿Y por qué iban a pensar en ellos? Y sin embargo, fueron
redentores los que llegaron arrastrándose sobre la helada superficie de los
montes Cómo y Usborne para matar a los vigilantes cleptos a la luz de sus
fogatas disculpablemente creciditas.
Pero la suerte se agota incluso para los malvados, y después que fuera
degollado el tercer grupo de guardias cleptos, los descubrió un vigilante
insomne que pese a haber encendido un fuego considerable seguía teniendo
demasiado frío para dormirse. El vigilante murió en la lucha que siguió, pero
en medio de la confusión uno de los cleptos consiguió huir y llegar hasta el
pueblo, avisando a los otros guardias por el camino. Con la cautela necesaria
para conservar la vida, no tardaron en llegar otros con información más
detallada.
Cuando la noticia llegó a oídos de Kleist no le costó mucho tiempo
comprender con quiénes se las veían.
—Tal vez —decía Suveri— sean Materazzi. Vinieron hace vente años e
incendiaron media docena de aldeas.
—Ya no hay Materazzi.
—Oficialmente tal vez no. Pero seguro que hay un buen número de hombres
adiestrados que necesiten ganarse algo.
—Éstos no son mercenarios Materazzi ni nada que se le parezca —dijo Kleist.
Se explicó, y durante un rato todos guardaron silencio.
—Cuando los Materazzi vinieron, simplemente liamos el petate y nos
escondimos en las montañas. Aguardamos que todo pasara. Los Materazzi
incendiaron los pueblos, una pena, pero no podían quedarse aquí para siempre, y
terminaron yéndose.
Ante aquellas palabras hubo considerables protestas: con su reciente
incremento de riquezas, no sólo los más ricos habían empezado a construir
nuevas casas, más adecuadas a su nueva circunstancia. Muchas estaban a medio
acabar, y sus dueños no deseaban abandonarlas para que las destruyeran. La
discusión se prolongó durante un buen rato.
—¡Por Dios! —dijo Kleist cuando ya no lo puedo soportar más—. Los
redentores no han venido aquí para dejarnos las cosas claras. Desde luego, no a
vosotros, porque no quedará uno de vosotros con vida para aprender la lección
que ellos imparten. No van a quemar unas pocas casas para enseñaros a no ser
tan avariciosos, sino que os borrarán de la faz de la tierra. Matarán a los
viejos, a los jóvenes, a las chicas, a los niños. No dejarán nada con vida. y
lo harán todo delante de vuestros ojos, así que eso será lo último que veréis
antes de que os aniquilen a vosotros mismos con sierras y azadas, con el hacha
y la cuerda. Entonces os pasarán por el horno, y más tarde echarán las cenizas
a los ríos y arroyos para que se vuelvan negros. El único recuerdo que quedará
de vosotros serán vuestras cenizas. Todo lo que quedará será un sinónimo de
ruina.
Se produjo, como tal vez hayáis adivinado, un silencio espantoso roto por
Dick Tarleton, bien conocido por su oposición a tomarse en serio nada ni a
nadie.
—Qué miedo —comentó.
—Quedaos aquí un par de días, imbécil, veréis cómo se os congela la
sonrisa.
—¿Estáis sugiriendo que luchemos?
—Os derrotarían.
—¿Entonces qué?
—Es mejor huir.
—¿Adónde?
—¿Cuál es la frontera más cercana?
—La de Alta Silesia.
—Entonces vamos a la Alta Silesia.
—Cientos de personas ancianas y niños cruzando las montañas en invierno:
eso es imposible.
—Pues será mejor que encontréis la manera de hacerlo posible, porque si os
quedáis, dentro de una semana no quedará más que un tipo de cleptos: los
muertos.
naturalmente, lo que decía Kleist era impensable y estaba lleno de
terribles posibilidades. Estuvieron discutiendo cuatro horas mientras Kleist
ofrecía un relato tras otro de las crueldades de los redentores.
—Estáis exagerando para saliros con la vuestra.
Agotado, temeroso y frustrado, Kleist perdió los nervios y le arreó al
escéptico tal puñetazo que lo derribó al suelo. Tuvieron que llevárselo a
rastra, aunque no antes de que lograra lanzarle una patada a las costillas tan
contundente que le rompió dos. Aquel arranque pareció que contribuía a
convencer a los espantados espectadores de que Kleist era, aun cuando estuviera
equivocado, completamente sincero. Cuando se calmó pudo ver que los ánimos
habían cambiado.
Era el momento de fanfarronear un poco. El problema con los cleptos, sin
embargo, era que no sólo toleraban la exageración concerniente a los antiguos
logros de uno, sino que esa exageración era francamente admirada. Y crearse una
reputación de lo que fuera sin habérsela ganado se veía como algo más meritorio
que si se hubiera ganado realmente. Aquél no era lugar para la modestia ni la
falta de seguridad en uno mismo.
—Vosotros me conocéis —empezó a decir Kleist—. Las nuevas casas, que tan
deseosos estáis de proteger con vuestra vida, se están construyendo gracias a
mí. Mi habilidad os ha hecho ricos, así de simple. No hay ni uno entre vosotros
que me pueda vencer en buena lid. Y en mala lid tampoco. Si no quisiera mataros
a ochocientos metros de distancia, podría hacerlo cara a cara. Y no quedaría
gran cosa de ninguno de vosotros después de que os arrancara la nariz de un
mordisco y os sacara un ojo con el pulgar. —Habría disfrutado aquellas
fanfarrias si no hubiera estado en juego la vida de su mujer y de su hijo aún
no nacido—. ¿Y dónde pensáis que adquirí estas habilidades? ¿Me las encontré
debajo de una piedra? No: las aprendí de esos hombres que están a de un día de hacer con cada uno de vosotros
una demostración de lo que puede lograr la crueldad. Tened presente que yo no
era más que un aprendiz, un novicio en las artes de matar y en la crueldad,
comparado con los redentores que se aproximan hacia aquí. Ésos no tienen más
piedad que una rueda de molino. El hierro es paja para ellos, las flechas son
pelusilla. tenéis que llevaros ahora mismo a las mujeres y los niños y el
grueso de los hombres tiene que venir conmigo. Trataremos de mantenerlos lo más
alejados posible de la caravana. Ésta es mi última palabra. S no estáis de
acuerdo, me iré y me llevaré conmigo a mi esposa y mi hijo.
—Vuestra esposa, Kleist, está a punto de dar a luz.
—Sé muy bien lo que digo: ella tendrá más posibilidades de dar a luz en una
cuneta del camino que quedándose aquí.
Eso no era suficiente para los cleptos allí reunidos, y tuvieron que
preguntarle a Daisy para que confirmara lo que había dicho su esposo. Aunque
era muy joven, a Daisy se la miraba con cierto respeto. Soltar bravatas era una
coa (y muy admirable, por cierto), pero llevarse a una esposa que estaba casi
de nueve meses a recorrer el campo en invierno era algo atroz. Algo
terriblemente convincente, en caso de ser cierto.
Dais y se levantó y, con su enorme barriga, caminó como un pato hacia la
casa de reunión, con dolores en la espalda y en el trasero. No estaba de humor
para ejercer sus dotes de persuasión, y les resumió la cosa yendo directa al
grano:
—Creí que admirábamos a aquel que sabía cuándo y cómo tener miedo. Siempre
hemos tenido cerebro, y nos creíamos mejores que nadie porque nos encantaba la
utilidad de una cobardía sensata. Sé que mi marido os parece demasiado
valiente, y aún más por eso deberíais confiar en él cuando veis que prefiere
llevarme ahora, así como estoy, antes que enfrentarse a los redentores. Mostrad
un poco de juicio: elegid la vida en vez de la muerte.
Y tras decir esto, salió y se volvió a su casa, para acostarse muerta de
miedo.
Hubo otra hora de discusiones, y algunos, por supuesto, se negaron a correr
el riesgo de huir por las montañas, que era un riesgo espantoso, tan sólo por
lo que dijera un muchacho, por muy útil que ese muchacho hubiera resultado
hasta el momento. Pero es justo decir de los cleptos que una vez que habían
decidido huir, no lo hacían por mitades, y huir era algo que se les daba pero
que muy bien. Ansioso como estaba por emprender la marcha, Kleist comprendió
que nadie empezaría a salir hasta el día siguiente, cuando los redentores
podrían muy bien hallarse a no más de doce horas de camino. Había que
desplegarse, y rápido, si querían tener alguna oportunidad de que la comitiva
atravesara las montañas y llegara hasta la frontera.
—Llevaré a Megan Macksey conmigo como comadrona —dijo Daisy, intentando
transmitir la tranquilidad que ella misma no sentía.
—Pero ¿cómo se las apañará en semejante aprieto?
—Supongo que ya lo averiguaremos.
Kleist sonrió.
—De repente os habéis vuelto muy valiente.
—De eso nada. Nunca me he sentido más cobarde que ahora. Y quiero que vos
también lo seáis.
—Confiad en mí.
—No confío en vos. Vos me amáis, y ese tipo de sentimiento vuelve a la
gente estúpida
—¿Queréis que os ame ?
—Quiero que me améis lo justo para seguir con vida.
—Uno tiene que aceptar riesgos si quiere seguir con vida. El problema de
los cleptos es que no les importa matar, pero no quieren morir en el proceso
—Más motivo aún para no sacrificaros por ellos.
—Tengo la misma intención de morir por los cleptos que ellos tienen de
morir por mí. Yo no hago esto por nadie más que por vos y esa criatura.
—Eso me parece muy bien. Que no se os olvide.
—No se me olvidará. Sois una muchacha rara, ¿verdad?
—¿Qué sabéis vos de muchachas?
Ninguno de los dos durmió mucho aquella noche, y cuando a la mañana
siguiente llegaron al punto de salida, lo hicieron mudos y sobrecogidos.
Kleist se sentía como un niño abandonado por sus padres y como un padre
abandonando a sus hijos, todo al mismo tiempo. En su vida había conocido muchas
tristezas, pero ninguna tan honda y amarga, como aquélla. Sin embargo, al
llegar aquellas horribles emociones quedaron ahogadas por la ira. Estaba claro
que los cleptos habían decidido que, dando que iban a perder lo que dejaran, no
dejarían nada. Kleist no habría creído nunca que tan poca gente pudiera poseer
tantas cosas, y ser capaz de cargarlas en la más larga sucesión de caballos,
asnos y mulos del mundo. Tal como se sentía, aquello le pareció la gota que
colmaba el vaso. Imbuido de una tremenda ira empezó a cortar cuerdas,
cinturones, a derecha, a izquierda y al centro, gritando a las mujeres y amenazando
a los hombres hasta que en de una hora
una enorme cantidad de sartenes, cazuelas, y espantosas chucherías robadas,
sedas, cajas, alfombras y rollos de tela producto de cincuenta años de saqueo
yacían en un montón. Cogió a los cinco hombres que iban a dar órdenes a los
cientos de hombres elegidos para proteger la comitiva, y les juró que les
arrancaría las tripas con sus propias anos si no vaciaban cada equipaje del
mismo modo. Aquello retrasó aún más la partida, y no había tiempo ni de
despedirse de Daisy. Le dio un beso, la ayudó a subirse con gran dificultad al
pequeño pero fuerte caballo de montaña, y le retuvo la mano como si no pudiera
soportar la idea de soltarla.
—Tened cuidado —le dijo al fin.
Pero a ella no le salían las palabras de la boca, mientras él se soltaba y
después volvía a agarrarle la mano. Y de pronto Daisy recuperó la voz. Le salió
desgarrada, en medio de un sollozo de espanto:
—Esa mano no la volveré a estrechar.
—Lo haréis. Sé cómo conservar la vida, creedme.
Y entonces Daisy se puso en marcha, volviendo la vista todo el tiempo hacia
él, aunque le dolían el cuello y la espalda como si los tuviera entablillados.
No apartó los ojos de él ni un instante hasta salir del pueblo y perderse de
vista.
El padre de Daisy se acercó a él.
—Esperemos que tengáis razón.
Lo dijo casi en voz alta, pero lo que realmente esperaba era que no la
tuviera.
El redentor Rhodri Galgan estaba a diez puestos del frente de las dos filas
en las que más de quinientos redentores cruzaban el paso de Simmon’s Yat. Se
trataba de una subida muy empinada, y llevaba consigo un lastre de casi la
mitad de su peso. Para mantener la mente alejada de los esfuerzos que hacía,
iba rezando a san Antonio:
«Amadísimo santo —susurraba para el cuello de la camisa—, ante quien el pez
se elevó de las aguas a escuchar tu plegaria, ante quien el mulo se arrodilló
al pasar a su lado con un relicario de la Verísima Horca, y quien devolvió la
pierna al joven que se la había cortado en penitencia por haberle dado una
patada a su madre, ten piedad de este pobre pecador: perdóname mi audacia, mi
lujuria y mi codicia, mi orgullo y mi glotonería, mi ira y mi fultonería, mi
envidia y mi pereza, perdóname por todo ello».
Al levantar un instante la vista de sus plegarias, vio un pequeño objeto
negro en el cielo, a unos cincuenta metros de distancia de él. Acababa de
sentir en la nuca el primer cosquilleo de temor cuando el objeto, más rápido
que una piedra al caer, le impactó en el pecho. A su alrededor, caía otra
docena de objetos semejantes, pero el horrible dolor y quemazón en los oídos lo
distrajo en los últimos segundos que le quedaban de vida.
Los redentores apenas cayeron en la cuenta de lo que sucedía hasta que
vieron a unos cincuenta cleptos que, capitaneados por Kleist, subían la
pendiente con la intención de desaparecer antes de que los redentores se
recobraran del susto y les dieran alcance. No se les volvería a pillar más
veces por sorpresa. Kleist esperó un poco más que los cleptos para comprobar
los daños infligidos.
«Tal vez una docena —pensó—, pero eso no es suficiente, ni por asomo».
El problema era que, si bien el paso resultaba muy propicio para tender una
emboscada, también era lo bastante ancho para ofrecer un montón de recovecos
entre las grandes peñas que habían caído por los empinados laterales en los que
ponerse a cubierto.
Tal como esperaba Kleist, los redentores se liberaron de la mayor parte del
peso de sus mochilas. Dejaron a unos cincuenta hombres custodiándolas, y
siguieron avanzando, pero ahora en grupos de diez, que ascendían en breves
trechos a la carrera, adelantándose unos a otros, poniéndose a cubierto cada
vez, y siendo adelantados por el siguiente. El primer ataque los había
ralentizado, pero no era suficiente.
—Hay que arriesgarse más —les dijo Kleist a los cleptos—, o de lo contrario
alcanzarán la columna.
Si se había visto sorprendido por la respuesta de los cleptos, era porque
no había comprendido del todo su manera de pensar. Por mucho que Kleist odiara
las ideas de martirio y autosacrificio que le habían enseñado a admirar como la
esencia misma de lo que tenía que ser un ser humano digno, esas ideas habían
dejado una importa, sin embargo, en su manera de comprender la guerra. Pero el
hecho era que los celptos no estaban dispuestos a morir por una idea de
libertad ni de honor (una noción que encontraban tan ridícula como
incomprensible, pues ¿de qué servían el honor y la libertad si uno estaba
muerto?). Por otro lado, sí que estaban dispuestos a luchar con cautela por la
vida de sus familias. La palabra para héroe en el antiguo idioma de los cleptos
era sinónimo de la palabra que tenían para bufón. Pero no estaban sordos a la
idea de una valentía ejercida a regañadientes, un tipo de valentía que sólo
había que demostrar cuando era absolutamente necesario, un tipo de valentía
conocido como «morro». Al fin y al cabo, son pocos los hombres que no trazan
una línea en algún lugar con respecto a la importancia de su propia vida, y los
cleptos, una vez convencidos de que Kleist no les estaba tomando el pelo (pues
era un pueblo obsesionado con la idea de que alguien pudiera engañarlos),
empezaron a pasar por el aro.
Kleist estaba impresionado por el cambio que veía en ellos, pero le
resultaba difícil adivinar qué implicaciones prácticas tendría aquel cambio. Se
hallaban de repente embargados de decisión, pero no siendo hombres de gran
habilidad marcial, esa decisión resultaría de limitado valor contra los
redentores, quienes precisamente no tenían más habilidad que la habilidad
marcial.
Así pues, los cleptos tiraron piedras contra los redentores desde lo alto
de los pasos, les hicieron perder tiempo con sus inferiores habilidades con el
arco, y ocasionalmente se colocaban en una posición en la que se veían forzados
a encararse con ellos y liarse a tortazos. Pero los cleptos perdían siempre, y
de mala manera. Tanto era así, que Kleist se descubrió recomendándoles que no
fueran tan imprudentes: algo que, desde luego, nadie le había dicho antes a
ningún clepto..
Pero hasta la sociedad más obsesionada con el honor, la más proclive al
martirio y a los altos principios, tiene su porción de traidores: los
redentores tenían al legendario apóstata Harwood, los Materazzi tenían a Oliver
Plunkett. Hasta los lacónicos, para quienes la obediencia era algo tan
intrínseco como la columna vertebral, tenían a Burdet—Harris. Y los cleptos, en
aquel momento en que se veían en el mayor peligro que hubieran conocido,
tuvieron al burgrave Selo.
De todos los cleptos, el burgrave Selo era el que más tenía que perder,
pues era el más rico con diferencia. Era un trapi y era un chero. Prestamista,
tentador escurridizo y oportunista, subyugador, traidor y fullero. Era el tipo
de embaucador capaz de ir un palmo por detrás de uno y presentársele por
delante. En breves palabras, el burgrave Selo, con aquel antiguo título
precediendo al nombre al que él, por supuesto, no tenía derecho alguno, pensaba
que podía hacer lo que quisiera con quien quisiera. Y en su defensa hay que
decir que siempre había hecho lo que quería con todo el mundo.
Siendo así, ¿por qué no iba a mirar a Kleist como un niño alarmista que no
conocía el engaño sutil y no era capaz de llegar a un acuerdo que conviniera a
todos, en especial al burgrave Selo? Era bastante razonable que no creyera en
Kleist, aunque tenía muy buenos motivos para creer en sí mismo. Así pues, en la
medida en que la autenticidad tenía cabida en él, creía de manera auténtica en
que lo que era bueno para él terminaría siendo bueno, en cuanto se viera con
distancia, para todos los cleptos. Le costó, todo hay que decirlo, muchas horas
de dificultades con la conciencia, pero después de lo que para él fue una lucha
terrible, hizo lo que pensaba que era lo mejor.
Asumiendo considerables riesgos, se acercó a los redentores en persona,
aunque primero envió al hermano en quien más confiaba para que en la oscura
noche les gritara que él deseaba parlamentar con ellos. El capitán de los
redentores que estaba al cargo, un hombre que había sido entrenado por uno de
los purgatores de Cale, sintió recelos, pero no quiso dejar escapar una
oportunidad. Prometió al hermano de Selo que podría entrar sin que le pasara
nada (se decía que las promesas rotas hechas a los adoradores de falsos dioses
hacían sonreír de placer al Ahorcado Redentor, y no es que los cleptos tuvieran
realmente un dios en ningún sentido que hubieran podido comprender los
redentores).
Llegaron a un acuerdo sin valor, en el que el capitán garantizaba la vida
de la familia de Selo, así como sus posesiones, posición y desempeño; las
ejecuciones quedarían reducidas a una docena o así de líderes cleptos. En
general, Selo consideraba que no hay mal que por bien no venga, y que había
salido ganando, quitándose enemigos y rivales y preservando la vida de los
cleptos pese a su propia estupidez, de tal manera que todos ellos, o la
mayoría, vivieran para enfrentarse al día siguiente.
En cuanto comenzó el ataque de los cleptos, Selo había accedido a conducir
personalmente (no hubiera confiado en nadie más), a la mitad de la fuerza
redentora desde el paso principal del Simmon’s Yat por una ruta peligrosa pero
rápida sobre las montañas para salir por el otro lado, donde podrían alcanzar a
las mujeres y niños y obligarles a regresar de lo que Selo veía, con
justificación, como un viaje peligroso e insensato.
Tan sólo un año antes, lo que sucedió entonces no podría haber ocurrido. El
capitán redentor, un tal Santos Hall, no habría dividido nunca sus fuerzas si
no lo hubiera aprendido de los purgatores de Cale. Antes de Cale, mantener
juntos a los hombres era una norma jamás desafiada, una norma que respondía a
lo que se consideraba normalmente prudente. Pero aunque a los redentores la
flexibilidad les costaba mucho esfuerzo, la experiencia de Santos Hall en el
Veld les había enseñado una buena cantidad de cosas concernientes a las fuerzas
irregulares. Y los cleptos eran, aparentemente, mucho temibles que los folcolares, especialmente si
había que juzgar por la pobreza de sus vigías y la disposición a la traición de
sus jefes. Dado que la misión era fundamentalmente punitiva, permitir que la
mayor parte de los objetivos escapara era inaceptable. Tal vez el burgrave Selo
estuviera conduciendo a los redentores a una trampa o metiéndoles en un juego
propio para llevarlos en la dirección equivocada, pero Santos Hall calculaba
que Selo era enteramente íntegro en su doblez, y que alguna razón tendrían los
cleptos que les atacaban para tratar de hacerles ir más despacio. Enviar lejos
a sus mujeres incluso en circunstancias de tanto riesgo era ni más ni lo que debían hacer, teniendo en cuenta lo
que les estaba reservado.
Así, mientras Santos Hall atravesaba el Simmon’s Yat y subía el muy
empinado Desfiladero de Lydon, la mitad de sus hombres pasaban el monte Simon
en dirección a la caravana de los cleptos, que lentamente iba saliendo de las
montañas y entrando en la llanura por la que en cinco días llegarían a la
frontera. Hall corría ya riesgos al
avanzar por el Desfiladero de Lydon, y consentía que el avance se llevara a
cabo lentamente, tanto para proteger a sus hombres como para hacerles creer a
los cleptos que su táctica estaba funcionando.
Santos Hall estaba ahora al corriente de la presencia de Kleist entre los
cleptos gracias a las informaciones del burgrave Selo, y aunque no conocía el
hombre ni la relación que había tenido con Thomas Cale (del que ahora Santos
Hall era un devoto seguidor), le parecía que su presencia explicaba la terrible
precisión de algunas de las flechas que procedían de los cleptos. Si aquel
Kleist había sido una vez acólito de los redentores, no tendría ninguna duda de
lo que les esperaba cuando los cogieran, algo que Santos estaba seguro de poder
hacer. En cuanto la otra mitad de su cohorte pasara las montañas, alcanzarían a
la comitiva, y después regresarían para atacar por la retaguardia a los cleptos
que luchaban contra ellos en las montañas.
Viendo tan cautos a los redentores, los cleptos se pusieron eufóricos. Con
cada hora que pasaba, la comitiva, aunque poco a poco, se alejaba una hora del
desastre. Pensaban que habían infligido tantas bajas a aquellos superhombres
redentores que habían conseguido ralentizarlos hasta un punto en que casi no se
movían. Tal vez no fuera del todo imperdonable que algunos de ellos empezaran a
cuestionarse si Kleist tendría razón en su estimación de la habilidad de sus
enemigos, y en la evaluación tan elevada que había hecho de los peligros. Otros
preferían aferrarse a la idea de que los redentores eran monstruos de
excelencia militar, pues eso les dejaba a ellos mismos (¿quién no puede
comprender ese impulso?), más impresionados con su propia valentía. Que era considerable:
los cleptos morían en lo que para ellos eran grandes números. Al fin y al cabo
eran pocos, y ninguno eludía la responsabilidad. Pero ahora, aunque
infligían muertes, también sufrían bajas.
Dado que Kleist había temido lo peor, podéis quizá echarle la culpa por no
preguntarse sobre la falta de agresividad de sus antiguos maestros. Pero lo
cierto es que lo hacía. Sin embargo, la esperanza es un gran obstáculo para la
claridad de juicio. Kleist no sabía nada sobre el burgrave Selo, y apenas había
hablado con él alguna vez. No habiendo escasez de caminos, y siendo tan
traicioneros para el que carecía de guía, nadie le había puesto al corriente de
la existencia del camino del monte Simon. Además, Kleist lucía su precisión
asesina, pues no sentía reparos a la hora de matar cuando se trataba de
sacerdotes. Bastaba un leve movimiento para que Kleist diera en el blanco la
mayor parte de las veces. Eso le proporcionaba a él un placer macabro, y encendía
en los cleptos unan alegre algarabía. El padre Santos Hall se vio obligado a
sentarse detrás de varias peñas ideando cada vez castigos más espantosos para
el pequeño cerdo que les causaba tantos daños a él y a sus hombres. Y, además,,
Kleist no había luchado nunca en ninguna batalla aparte de la del monte
Silbury, que no le servía allí de comparación. Por tanto, se extrañaba de la
relativa facilidad de su éxito, pero careciendo de base sólida para
cuestionarla, no tenía más elección que aceptarla. así, mientras los cleptos y
los redentores luchaban en los desfiladeros y morían en pequeño número,
doscientos cincuenta hombres avanzaban muy lentamente sobre la cumbre helada
del monte Simon, abriéndose camino detrás de novecientas mujeres y niños que en
aquellos momentos entraban en las colinas Moras marchando a mejor ritmo del que
nadie hubiera podido esperar.
Fue al final del segundo día de la lenta retirada de los cleptos
desfiladero arriba cuando Kleist comprendió que era una grave equivocación
matar a los redentores. Era mucho mejor herirlos en vez de matarlos. Pues,
fuera cual fuera su postura sobre la importancia del sufrimiento ajeno, el
sufrimiento propio era algo que se tomaban con mucha paciencia. Esto se aplicaba a todos los
niveles: los redentores eran extremadamente susceptibles a cualquier tipo de
crítica, y veían la más leve resistencia a su libertad de acción, sin importar
lo brutal que fuera, como la evidencia de una persecución ultrajante. En el
ardor de la batalla, eran capaces de sacrificar su propia vida y la de sus
compañeros en gran número y sin pensárselo dos veces, pero después trataban a
sus heridos de una manera que habría sido conmovedora si no fuera por la
brutalidad que dispensaban a los heridos enemigos. Los redentores eran los
mejores del mundo en el tratamiento de las heridas, y tenían siempre grandes
ansias, que no se extendía a ningún otro campo del saber, por probar cualquier
método nuevo de curación. Desde ese momento, siempre que era posible, Kleist
disparaba al brazo, o a la pierna, o al estómago, sabiendo que en una lucha
emboscada lenta como aquélla, se verían imposibilitados de parar para tratar al
herido. El resultado era un incremento satisfactorio de las lágrimas y del
rechinar de dientes por parte de sus antiguos torturadores, y una lentitud aún
mayor en su avance.
Pero ahora los otros redentores salían del monte Simon y bajaban
rápidamente hacia las Colinas Moras. Cuando alcanzaron a la comitiva les
quedaban aún más de dos días para ponerse a salvo.
¿Qué puede decirse de lo que pasó a continuación? El gran Neechy sostiene
que incluso los más valerosos tienen derecho a apartar la mirada.
Hacia el ocaso, unas cinco horas después de alcanzar a la comitiva, los
redentores cabalgaban de regreso a las montañas para atacar por detrás a los
cleptos, que ya estaban privados de esposas, hijos y padres. Dejaban detrás de
ellos diez patíbulos y alrededor de cada uno de ellos un montón de cenizas.
Durante dos días, Henri el Impreciso había estado rastreando de un lado al
otro de la frontera suiza para encontrar el paso por donde IdrisPukke había
prometido que, si sobrevivía, trataría de proporcionarle un modo seguro de
cruzar. Pero IdrisPukke le había advertido a Henri que tuviera cuidado, y su
plan no incluía que trajera con él cerca de ciento setenta purgatores, cuya
presencia seguramente asustaría incluso a la guardia mejor sobornada.
Lo que ocurrió fue que cuando Henri el Impreciso reconoció el paso Rudlow,
que le había descrito IdrisPukke y gritó en alto la contraseña «¡IdrisPukke!»,
todo cuanto obtuvo como respuesta, unos veinte segundos después, fue una lluvia
de flechas y saetas.
Al volver, Henri le dio a Cale la mala noticia. Cale estaba sentado ante
una pequeña fogata que había encendido, que era lo que hacía cada vez que Henri
se iba. La repugnancia que sentía por los purgatores y su negativa a tener nada
que ver con ellos siempre que pudiera evitarlo eran interpretadas por ellos
como signo de un espléndido aislamiento: una marca de santidad y no de
hostilidad. Estaba leyendo la carta que Bosco le había dado antes de la segunda
batalla del Golán, y que se había metido en uno de sus numerosos bolsillos para
olvidarla a continuación ante la presencia de asuntos más apremiantes.
—¿Qué es eso? —preguntó Henri el Impreciso al tiempo que Cale levantaba la
mirada de la lectura y apartaba rápidamente la carta.
—Nada.
—¿Y por qué te empeñas en esconder algo que no es nada?
—Lo que quise decir cuando dije que no era nada, es que no es nada que te
importe.
La conversación que siguió sobre lo que Henri había encontrado en su
expedición fue bastante agria, como era de prever. Cuando terminaron de hablar,
Henri el Impreciso se separó para encender su propia fogata.
Partieron al alba. Intentaron pasar la frontera más adelante durante casi
dos días, buscando algún punto débil por donde se pudiera entrar sigilosamente.
Pero las zanjas, vallas y otros impedimentos que estaban poniendo dejaban claro
que los suizos se estaban poniendo nerviosos y se preparaban para algo
desagradable.
Al final decidieron buscar el paso más próximo y vigilado para cruzar al Leeds Español, y
salir corriendo a toda mecha. Insomnes y nerviosos, tal vez los suizos se
esperaran algo, pero no lo esperaban entonces, aquella misma noche. En
cualquier caso, los guardias del paso de Wanderley carecían de experiencia, y
la súbita aparición de la nada de ciento cincuenta soldados a las tres de la
mañana los pilló completamente por sorpresa. Los guardias se rindieron de inmediato,
y los purgatores los dejaron atados en el mismo puesto de guardia. A todos a uno, que se había escondido en el bosque
cercano y que, cuando los purgatores ya se iban, disparó una desafiante flecha.
Le dio a Henri el Impreciso en pleno rostro, justo cuando volvía la mirada para
comprobar que todo el mundo había pasado sin contratiempos.
El redentor Gil estaba de pie, en silencio, en la Sala Vamiana, observando
cómo Bosco contemplaba por la ventana la gran Capilla de las Lágrimas, donde
habían quedado encerrados los príncipes de la Iglesia supervivientes. Se les
había dicho que no se les dejaría salir hasta que llegaran a un sabio veredicto
que estuviera en concordancia con la manifiesta voluntad de Dios. Ese sabio
veredicto que había de estar en concordancia con la manifiesta voluntad de Dios
era la elección de Bosco como Pontífice en sustitución del Papa Bento, que
había muerto de un ataque cuando le comunicaron, en uno de sus breves lapsos de
lucidez, la gran victoria que había tenido lugar en los Altos del Golán. Bento
XVI también había sido informado de que Gant y Parsi habían conspirado para
matarlo, pero estaban ahora muertos junto con gran parte de sus traicioneros
seguidores antagonistas. Tanto júbilo seguido por tanto espanto había resultado
una combinación excesiva para la frágil constitución del anciano.
Y de ese modo, para Bosco, el último gran obstáculo que quedaba en la
persecución de su objetivo de convertirse en el supremo representante de Dios
en la tierra se había desvanecido como la nieve matutina en Vallombrosa. Era
como si se hallara erguido en lo alto de una montaña imposible, y hubiera
llegado a la cima, contra todos los obstáculos de peñas, hielos y precipicios,
tan sólo para mirar hacia abajo y ver con sus propios ojos el escalofriante
horror de lo que había dejado atrás. Pero no era su vida lo que había estado en
riesgo de una terrible caída y de romperse los huesos en ella, sino su alma
inmortal. Al mirar la Capilla de las Lágrimas empezó a temblar. En realidad, ni
siquiera el atento Gil percibió otra cosa que su habitual calma ensimismada.
Pero el alma de Bosco vibraba como la gran campana de bronce de la iglesia de
San Gerardo después de ser tañida, lo que sólo ocurría con ocasión de la
elección de un nuevo Papa de la Iglesia Universal del Ahorcado Redentor. Se
decía que si uno acercaba a ella un diapasón incluso una semana después de que
hubiera sido tocada, hacía que el diapasón resonara a causa de las persistentes
vibraciones. Pero en cuanto a Bosco, la vibración de los horrores que él mismo
había desencadenado permanecería con él hasta el día de su muerte. Al fin y al
cabo, seguía teniendo por delante el cumplimiento de su objetivo más terrible:
la muerte purificadora de todas las cosas. Casi se desmaya al considerar la
enormidad de lo que había hecho y de lo que todavía le quedaba por hacer. El
raro ambiente de la sala incomodaba a Gil, pese a lo poco que comprendía de su
origen. Al final, no pudo seguir soportándolo.
—El ritual del Argentum Pango ha sido oficiado sobre el difunto Pontífice.
Se lo han llevado a la sala mortuoria para los preparativos del funeral.
El Argentum Pango era una prueba, cuyo origen se perdía en las nieblas de
la tradición redentora, que incluía golpear tres veces la frente del Pontífice
con un martillo de plata para asegurarse de que había muerto. El redentor que
dio el primero de los tres golpes nunca había oficiado antes ese ritual, pues
había pasado mucho tiempo desde la muerte del anterior Papa, y golpeó la frente
del cadáver con tal vigor que dejó marca. Gil, de bastante mal humor, le hizo
ver que su cometido consistía en despertarlo, no rematarlo, y cogiéndole el
martillo acabó él la tarea con dos leves golpecitos.
También confirmó (ya que interpretaba erróneamente que Bosco parecía más
tranquilo de lo normal) otra información más importante: que Cale había
aprovechado la persecución a los lacónicos para escapar, y que se creía que se
encontraba ya en el Leeds Español, con sus purgatores.
Había habido un claro enfriamiento de la relación entre Gil y Bosco después
de que el primero sugiriera que le fuera permitido apresurar la muerte del
Papa. Gil seguía ofendido por la negativa, aun cuando la situación se hubiera
resuelto de modo tan conveniente sin necesidad de dar un paso tan peligroso.
«Simple suerte —fue lo que pensó Gil—, pero yo tenía razón». Bosco no había
tratado en ningún sentido de recalcarle al otro el hecho de que la buena suerte
había terminado haciendo innecesaria la intervención propuesta por Gil Pero en
estos casos el resentimiento es tal, que Gil no necesitaba que le recalcaran
nada.
Bosco observó la chimenea sin humo de la Capilla de las Lágrimas, que se
empleaba como señal de la elección de un nuevo Pontífice.
—Que se retrasen más —dijo—, y les daré un buen motivo para las lágrimas.
Pero lo que realmente estaba en la mente de ambos no era la elección del
Pontífice, sobre la que no cabía albergar dudas,, sino la huida de Thomas Cale.
Tan sólo unos días antes, Gil se habría ofrecido a perseguir a aquel cerdo
traidor hasta el fin del mundo y más allá, y le hubiera encantado secarse el
sudor de la frente con el corazón aún latente del impío ingrato.
Por lo visto, ahora su viejo señor se había vuelto demasiado orgulloso para
escuchar lo que él tenía que decirle. Aun así, no pudo dejar pasar la
oportunidad de echar un poco de sal en las heridas de Bosco.
—¿Qué queréis que se haga con respecto a Cale?
Sin mirar a Gil, Bosco habló con voz suave:
—Nada. Dejemos que el cielo decida. Nuestro Padre lo ha cogido con un
gancho y un hilo invisible lo bastante largo para permitirle caminar por las
márgenes del mundo. En su momento el Señor lo traerá de vuelta dándole un
simple tirón al hilo.
«Eso es lo que os pensáis vos», quiso decir el padre Gil. Opinaba que
ninguno de los dos volvería a ver a Cale nunca, aunque vivieran más años que
Matusalén. No a este lado de la tumba. A
que llegara para acarrearles un desastre.
En la puerta sonaron fuertes golpes, como si el que estuviera al otro lado
intentara desesperadamente escapar de la persecución de algún demonio
hambriento de almas:
—¡Padre Bosco! ¡Padre Bosco! ¡Abril la puerta! ¡Abrid la puerta!
No era tan fácil alarmar a Bosco, pero incluso a través de los quince
centímetros de madera, la confusión y el temor del que estaba al otro lado
resultaban patentes. Bosco hizo una seña a Gil, quien, alarmado por el terror
que manifestaba la voz, abrió la puerta con una mano y se llevó la otra a la
empuñadura del cuchillo. Abrió rápidamente se retiró.
Al principio le costó reconocer al hombre, tan distorsionado tenía el
rostro por la estupefacción y el terror.
—¿Qué demonios ocurre? Sois Burdett, ¿no?
—Sí, señor —dijo el afligido redentor.
—Calma —le recomendó Gil, volviéndose hacia Bosco—. Éste es el redentor
encargado de los ritos funerales del Pontífice.
—Señor… —comenzó Burdet.. Estaba claro que aquello lo superaba. Empezó a
emitir jadeos tan estruendosos que parecían los sollozos de un niño
aterrorizado.
—Controlaos, padre —dijo Bosco en voz baja—. Estamos aguardando.
Burdett lo miró fijamente, con los ojos como platos, completamente
destrozado.
—Tenéis que venir, señor.
Viendo que al alteradísimo redentor no podrían sacarle nada más en claro,
Bosco le mandó ir delante, y los dos lo siguieron en silencio, sintiendo como
si hubiera martillos, y no precisamente de plata, golpeándoles en la cabeza. El
silencio era interrumpido tan sólo por los jadeos aún desenfrenados del
redentor, que los conducía hacia el interior de la cripta de la gran catedral.
Al cabo de no más de cinco minutos, se encontraron en una parte de un complejo
que nunca habían imaginado que existiera, un lugar feo, soso y oscuro, con
interminables corredores que partían de su camino levemente iluminado para
perderse en la vasta oscuridad.
Al cabo de unos minutos, Burdett se detuvo ante una puerta morada y la
abrió de par en par sin llamar antes. La mantuvo abierta para los dos hombres
cuya presencia parecía aterrorizarlo aún más a cada instante. Ambos estaban
acostumbrados a que otros sintieran miedo ante ellos, pero había algo
profundamente inquietante en aquel hombre, algo que implicaba más pavor que
simple miedo.
Entraron con recelo y aprensión, Bosco delante, sin hacerse la más leve
idea de cuál sería la catástrofe que les aguardaba, aunque lo que estaba claro
era que se trataba de una catástrofe. La estancia no tenía ventanas, pero
estaba bien iluminada con los mejores cirios, entre los cuales había uno que
tenía casi el grosor de la cintura de un hombre, y se encontraba al lado de
algo que parecía una cama pero no lo era.
En la mesa de embalsamar, tapado hasta el cuello con una sábana de lino,
estaba el difunto Papa. A ambos lados había, como quedaba claro por los
delantales y guantes que llevaban, dos embalsamadores cuyos rostros tenían el
blanco amarillento del marfil antiguo, y expresaban el mismo nerviosismo
intensísimo. Burdett cerró la puerta detrás de ellos, pero siguió sin decir
nada.
—Vale ya —dijo Bosco—. ¿Qué es lo que sucede?
Burdett miró a los dos embalsamadores como si hiciera esfuerzos para no
desmayarse, y asintió con la cabeza. Los embalsamadores cogieron la sábana de
lino que cubría el cuerpo del Papa, y rápidamente la doblaron hasta los pies
del difunto para quitarla a continuación sin ninguna ceremonia. El cuerpo del
difunto Papa estaba desnudo, delgado, pálido, arrugado y fofo de ancianidad.
Sus piernas, sin embargo, estaban inusitadamente separadas, bastante más de lo
que esperaría uno al ver el cuerpo desnudo de un Papa. Hubo un silencio
terrible, como tal vez no haya habido nunca en toda la historia del silencio.
Fue Gil el primero en abrir la boca:
—¡Dios mío, le han robado la verga al Papa!
—¡No seáis idiota! —le contestó Bosco, frío y airado—. Es una mujer.
Terrible. No era culpa de Gil ser un completo ignorante de la anatomía
femenina. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Y si la conclusión a la que había
llegado parecía estrafalaria, sin duda no era tan monstruosa como la realidad:
que la roca en la que se había asentado durante los últimos veinte años la
Santa Iglesia del Ahorcado Redentor era en realidad una criatura vista por
muchos teólogos modernos como carente de alma. Antes de que la apoplejía
hubiera echado a perder la mente del Pontífice, Bosco la había admirado
grandemente por su claridad y falta de misericordia. Incluso entre las nieblas
de un cerebro roto, aquel Papa había dispuesto con pasión y gran entusiasmo la
terrible muerte de la doncella de los ojos de mirlo. Gil estaba casi demasiado
asombrado, pero faltaba el casi, para ser insultado.
—Dadme las llaves de esta estancia —le ordenó Bosco a Burdett.
Hubo mucho tintineo mientras Burdett extraía la llave de la sala mortuoria
de su amplio llavero.
—¿Le habéis comentado a alguien más algo sobre esto?
—No, señor —respondió Burdett.
Bosco miró al primer embalsamador.
—¿Le habéis contado algo a alguien más?
—No, señor.
Miró al segundo.
—¿Le habéis contado a alguien más algo sobre esto?
El hombre negó con la cabeza, enmudecido de espanto.
—Permaneceréis aquí hasta que envíe por vosotros al redentor Gil. Y tapad
esa monstruosidad. —Hizo pasar a Gil por la puerta, y cerró con llave desde
fuera.
Pasó media hora, pues se perdieron por dos veces en los subterráneos de
Chartres, antes de que Bosco y Gil regresaran a la Sala Vamiana. Aun entonces
transcurrieron otros diez minutos antes de que ninguno de los dos hablara: un
terremoto seguía sacudiendo sus cerebros.
—¿Cómo puede haber sucedido algo así? —preguntó Gil.
—No ha sucedido. Os encargaréis de que arreglen el cuerpo para que sea
exhibido como de costumbre. De hecho, todo sucederá como de costumbre. Porque
no ha sucedido nada que no sea normal.
—¿Y si hubiera otras?
—Entonces, la amenaza para la Única Fe Verdadera sería letal. Prepararéis
una investigación sobre esa posibilidad, pero lo haréis dentro del más estricto
secreto. Prepararéis además una encíclica declarando que es un pecado mortal,
castigado con el fuego eterno del infierno, debatir sobre la cuestión femenina.
—¿La cuestión femenina?
—Por supuesto.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Qué es la cuestión femenina?
Bosco lo miró, pero no quedó claro si bromeaba o no.
—¿No lo sabéis?
—Necesito ayuda.
Bosco lo miró un instante.
—La tendréis.
—Y los tres redentores de la sala mortuoria, ¿qué hacemos con ellos?
Bosco lanzó un suspiro.
—¿Recordáis la historia de Urías el hitita?
—Sí.
—Aseguraos de que no cuentan nada. No quiero mancharme las manos con más
sangre inocente, pero tenéis que aseguraros. No digáis nada. No permitáis que
se diga nada. No permitáis a nadie decir nada.
Al otro lado de la ventana, algo llamó la atención del padre Gil. Por la
gran chimenea de la Capilla de las Lágrimas emergía a la húmeda atmósfera una
mustia fumata blanca.
—Habemus Papam —le dijo a Bosco—.
Mis felicitaciones, Santidad.
El Canciller Vipond entró corriendo en sus aposentos, seguido por
IdrisPukke. Tal vez la frase suene demasiado grandiosa para alguien que ya no
era Canciller de nada más que en la imaginación, y cuyos aposentos eran ya sólo
dos habitaciones, más bien pequeñas. Las pesadas aunque mugrientas cortinas se
hallaban corridas pese a que era pleno día y a que ya las había descorrido, él
mismo aquella mañana. IdrisPukke, que siempre estaba más alerta a los detalles
extraños, estaba a punto de impedírselo, pero su hermanastro fue más rápido y
descorrió las cortinas con un movimiento repentino y brioso.
—¡Santo Dios! —gritó Vipond.
IdrisPukke se había llevado la mano a la empuñadura en cuanto la cortina
había empezado a abrirse, y ya había sacado y levantado la espada para cuando
Vipond retrocedía presa del espanto. Ambos se quedaron asombrados al ver a Cale
sentado en el ancho alféizar de la ventana con un cuchillo en el regazo, y
mirándolos atentamente.
—Tened cuidado con eso —dijo mirando a IdrisPukke—, o le sacaréis un ojo a
alguien.
—¿A qué demonios estáis jugando vos? —le gritó Vipond.
Cale se bajó del alféizar y retiró el cuchillo.
—Me hubiera gustado que el mayordomo me anunciara adecuadamente, pero no me
gustó la pinta que tiene. Tiene los ojos demasiado juntos.
—Lo habéis hecho a Propósito —dijo Vipond sentándose.
Cale no respondió.
—¿Sabéis, Cale, que los gurkhas juran que nunca envainarán la espada hasta
que haya probado la sangre?
—Entonces tenéis suerte de que yo no sea un gurkha.
—¿Dónde está Henri el Impreciso?
—Está herido…, malherido. Recibió una flecha en pleno rostro al pasar la
frontera. No se la he podido sacar. Necesitamos un cirujano.
—Aquí, con nosotros hay dos, me parece. Veré…
—Un cirujano Materazzi no. Y no pretendo ofender.
—Veré lo que puedo hacer. ¿Dónde está?
—Está con tres de mis hombres en una granja, a unos quince kilómetros de
aquí.
—¿O sea que no estáis solos él y vos?
—No exactamente.
Le puso al corriente sobre los purgatores.
—¿Me estáis diciendo —preguntó Vipond— que habéis introducido aquí ciento
cincuenta redentores?
—No son realmente redentores.
—¿Y qué esperáis que haga yo con esos ciento cincuenta no redentores?
—Bueno, yo no le diré a nadie qué son si no lo hacéis vos. ¿Habéis visto
alguna vez a un mercenario khazak?
—No —respondió Vipond.
—Entonces serán mercenarios khazak. ¿Quién va a pensar otra cosa?
—La estratagema es un poco endeble —comentó IdrisPukke.
—Pues tendrá que valer. Ya me preocuparé de eso más tarde. Ahora el
problema es Henri.
—Tiene que estar sufriendo horrores.
—No realmente.
—Todos los filósofos pueden soportar el dolor de muelas, salvo el que lo
padece, ¿no es así?
—No se trata de eso. ¿No me habéis visto ese equipo que tengo para coser
las heridas y tal?
—Lo recuerdo, sí.
—Pues llevo en él una galleta de opio.
—No lo dijiste nunca.
—¿Por qué iba a decirlo?
—¿Permiten tal cosa los redentores? —preguntó IdrisPukke.
—Los redentores pueden ser muy comprensivos cuando se trata de sus propias
heridas. A nadie le gusta la idea de morir entre tremendos dolores si eso puede
evitarse. de cualquier modo, como tenemos ciento cincuenta equipos de ésos,
podremos mantenerlo drogado hasta que las ranas críen pelo. Le hemos sacado el
asta de la flecha, pero se partió, y la punta se le ha quedado metida muy
dentro.
Al final, IdrisPukke convenció a Cale de que llevara a Henri al Leeds
Español mientras él elegía al cirujano. Cale hizo cargar en uno de los dos
carros comida para dos días, y lo envió, con los dos purgatores que habían
estado cuidando a Henri, a cierto bosque que se encontraba a unos treinta
kilómetros de allí. Entonces, junto con Hooke, que creía tener él mismo algo de
médico, regresó al Leeds Español con el semiconsciente Henri el Impreciso
acostado en la parte de atrás del carro. Siempre que no le diera por ponerse a
gritar como un loco (cosa que ocurría de vez en cuando), tendrían bastantes
posibilidades de que les dejaran entrar en la ciudad. En las fronteras los
ánimos podían estar de punta, Pero el Leeds Español era una ciudad comercial, y
los hombres que la enriquecían no veían que fuera necesario empezar a molestar
a los clientes ni animar a las autoridades a meter la narices en asuntos que no
eran de su incumbencia. Así que Hooke le dio a Henri el Impreciso media ración
extra de opio para mantenerlo tranquilo, y le echó un montón de mantas por
encima. Entraron en la ciudad sin ningún problema. Henri el Impreciso no tardó
en encontrarse en el dormitorio de Vipond, roncando, de nuevo en un estado de
superficial inconsciencia. Lo examinaba, preocupado, un cirujano, un tal John
Bradmore el que IdrisPukke había logrado sobornar para que fuera a darle su
opinión.
El cirujano pasó veinte minutos examinando a Henri el Impreciso y dictando
a un secretario.
—La punta de la flecha ha penetrado en la cara del paciente justo por
debajo del ojo. —Palpó por un lado el cuello de Henri. De la garganta se elevó
un gemido—. Afortunadamente se trata, según parece, de un tipo de punta
estrecha y alargada, tal vez de unos doce o quince centímetros. Sería imposible
extraerla a través del orificio de la herida, pues arrancaríamos con ella la
mitad del cerebro. —Aspiró ruidosamente e hizo una mueca—. Está muy cerca de la
yugular. ¡Peliagudo! —Durante otros tres o cuatro minutos, el cirujano anduvo
tocando y apretando, aparentemente indiferente a los continuos gritos apagados
del pobre Henri. Dictó algunas notas más antes de volverse hacia IdrisPukke—.
¿Qué os ha dicho Painter?
—¿Cómo decís…? —preguntó IdrisPukke, intentando evadirse.
—Sé que le habéis consultado. Además, no necesitáis decírmelo, porque ya lo
sé. Diría que había que dejar la herida durante catorce días, hasta que el pus
la ablandara. ¿A que sí?
IdrisPukke se encogió de hombros.
—Eso será lo mejor. En cuanto la herida se haya putrefactado a causa de la
flecha, será más fácil de extraer. Por supuesto, el paciente morirá, ya sea
despacio, a causa de la corrupción de la sangre, o rápidamente, en el momento
en que la extracción rompa la vena yugular putrefactada. —Bradmore lanzó un
suspiro—. Es muy difícil, ya veis. La punta de la flecha está incrustada en el
hueso. Es cuestión de agarrar la punta, pero está demasiado metida. Por eso
Painter quiere dejar que el conducto de salida se putrefacte.
—¿Qué sugerís vos?
—otra cosa muy diferente. La herida debe ser limpiada y en profundidad. La
infección ya ha comenzado. Hay que pararla mientras se me ocurre algún modo de
agarrar la punta de la flecha.
Hubo un breve silencio roto por Hooke, que había entrado en la habitación
sin ser notado y había permanecido escondido en la parte de atrás.
—Creo que puedo ser de ayuda.
Henri profirió una serie de gemidos apagados. No eran palabras de dolor
sino de protesta. Por desgracia, la herida y el opio hacían que nadie pudiera
entender una palabra de lo que decía.
Mientras Henri el Impreciso veía su vida puesta a su pesar en manos de un
hombre en el que no tenía ninguna confianza, en las montañas Kleist luchaba
también por su vida, al lado de un
centenar de cleptos.
Los redentores que habían asesinado a ancianos, mujeres y niños en la
comitiva que intentaba escapar, habían regresado a las montañas para atacar por
detrás a los hombres en el Desfiladero de Lydon. Incapaces de moverse hacia
delante o hacia atrás, los cleptos empezaron a tener un número mucho mayor de
bajas. Los redentores, ya sin prisas, iban eliminando a los cleptos con saetas
o flechas, mediante incursiones de hombres de armadura pesada que duraban tan
sólo unos minutos pero ocasionaban muchas bajas. En dos días más, habrían
terminado el trabajo sin recibir apenas daños en sus propias filas. Sin
embargo, los autores de la masacre cometieron el error de gritar en plena noche
lo que les habían hecho a las mujeres y los niños tan sólo tres días antes.
Conducir a un hombre a la desesperación es algo muy deseable si la
esperanza, o la libertad, o la seguridad, o el regreso ante una familia querida
es lo que le mantiene luchando. Pero lo que hacía a los cleptos tan diferentes
de casi todos los demás hombres era su actitud ante el sacrificio, o mejor
dicho, ante el autosacrificio. Entonces, con sus terribles burlas, los
sacerdotes liberaron sin pretenderlo a los cleptos de aquella esperanza que
estaba por encima de todo. Embargados en la desesperación, los cleptos se veían
liberados de la principal debilidad que tenían como soldados: la voluntad de
matar, pero no de morir en el proceso.
Kleist se vio él mismo presa de una espantosa agitación. Conocía a los
redentores y su propensión a emplear mentiras contra el enemigo. Así pues, se
atormentaba con la esperanza de que su mujer y su hijo aún no nacido siguieran
vivos. Pero no era el momento de imbuir esperanzas en los cleptos, pues sólo la
creencia de que no les quedaba a nadie con vida podía convertirlos en mejores
soldados. Los convenció de que no se abalanzaran de inmediato contra los
redentores, y que esperaran hasta el alba para atacarles de tal modo que les
hicieran pagar el precio más alto posible.
Mientras tanto, las burlas de los redentores que los rodeaban en la
oscuridad surtían en los cleptos el mismo efecto que surtiría un noble discurso
pronunciado ante hombres honorables, en el sentido de que invitaban a los
cleptos a morir causando todo el daño que fuera posible. Kleist sabía que los
cleptos estaban perdidos, pero ya había hecho todo lo posible, y no tenía
intención de morir con ellos. Hasta entonces había hecho cuanto estaba en su
mano, pero ahora su intención era la de servirse del ataque a los redentores
para cruzar las líneas enemigas, abrirse camino y comprobar si Daisy había
muerto realmente o no. Él no terminaría sus días allí, en aquella montaña, en
el culo del mundo.
Kleist reunió a los supervivientes, que eran unos noventa, y dibujó un mapa
en la tierra de grava y arena. Su situación era bastante sencilla: estaban
atrapados en un paso de unos cien metros de ancho, con lados escarpados,
teniendo delante a unos cuatrocientos redentores y un número parecido por
detrás.
—Tenemos que atacar a los hombres que han venido de la llanura. Es de esos
de los que queremos vengarnos, ¿no?
Todos asintieron con la cabeza.
—Desde mi punto de vista, tenemos que atacar este frente en dos cuñas, una
a cada lado, para atravesar sus fuerzas y reunirnos en su retaguardia. Es casi
seguro que no lo conseguiremos, pero el ataque les llegará por sorpresa., de
modo que podremos matar el mayor número posible de redentores. Si podemos
llegar a reunirnos tras su retaguardia, entonces tendremos a todos los
redentores delante. Será una sangría peor para ellos si lo logramos.
Su plan estaba desprovisto de toda esperanza. De hecho, al pronunciarlo en
voz alta sonaba bastante endeble. Pero entre la velocidad, el factor sorpresa y
aquella nueva desesperación que embargaba a los cleptos, Kleist lograría
escapar. Estaba en deuda con aquellas gentes, pero no les debía la vida. Y
ellos habrían opinado lo mismo. De hecho, ellos no le hubieran dado más
vueltas.
«Es lo mejor que se me ocurre —pensó—. Mea
culpa. Mea culpa. Mea maxima culpa. No los puedo salvar, pero puedo
salvarme yo. No hay vuelta de hoja».
Casi se viene abajo al repasar el plan, pero no llegó a hacerlo. Una voz
leve y tranquila lo impulsaba a sobrevivir.
Cuando terminó, dividió el grupo en dos, haciendo unos pocos cambios por
razones familiares, y se colocó él mismo en el de la derecha porque le pareció
que en aquel grupo estaban los mejores luchadores.
Como no quería que ningún grito ni ruido de ningún tipo diera la señal del
ataque para no debilitar la sorpresa, tendieron un cordel entre los dos grupos.
Kleist daría un fuerte tirón cuando juzgara que había luz suficiente para el
ataque. La única concesión que hizo Kleist al incordio de su conciencia
consistió en decirles que se dirigieran todos hacia una bandera que él
colocaría por detrás de los redentores para mostrarles el punto en que debían
reagruparse. Nada más hacer esa promesa, lamentó haberla hecho, pero al eso le daba una buena disculpa para tomarles
la delantera a los demás. Y en cuanto hubiera plantado la bandera en el suelo,
los dejaría a todos.
Habría sido excesivo esperar que los redentores no estuvieran preparados,
pero las circunstancias eran ideales para los cleptos, dado que el deseo de
venganza los liberaba por una vez de la preocupación por la propia vida. Los
cleptos eran rápidos, y estaban en su elemento. Era difícil juzgar lo que podía
verse y lo que no a la escasa luz de aquella hora temprana, así que los cleptos
se encontraron casi encima de los guardias redentores antes de que pudieran dar
la voz de alarma. Cada uno mataba a uno o dos cleptos antes de morir. El resto
de los cleptos hacía lo que se les había dicho: entrar aprisa y silenciosamente
en el campamento, que ya despertaba pero aún se encontraba bajo el efecto de la
sorpresa. Kleist, con el asta de bambú en la mano, iba ya por delante,
atravesando el campamento al grito de «¡Retirada, retirada!», haciendo como si
fuera uno de los redentores, que huía presa del pánico.
—¡Cerrad el pico! —le gritó un centenario tirándole del brazo al pasar,
aunque no se le llegó a pasar por la cabeza que Kleist fuera algo diferente a
un joven redentor asustado. Kleist se soltó y corrió como alma que lleva el
diablo. Justo cuando estaba a punto de salir del campamento, otro redentor se
cruzó en su camino y se chocó contra él.
—Mostrad algún…
Pero no llegó a decir qué era lo que tenía que mostrar Kleist, ya que éste
se irguió y en un instante le clavó un puñal en el pecho, recogió la bandera y
siguió hacia el muro de rocas que los redentores habían levantado para cubrir
su retaguardia, sin esperar realmente que fuera a servir para nada. Aquél sería
un excelente muro de defensa para los cleptos. Kleist soltó el gran trapo de
seda roja, e hincó el asta en una grieta, donde la podría ver con facilidad
cualquiera que se dirigiera hacia allí. Entonces se escapó rápidamente montaña
arriba, corriendo tan ágil y raudo como una cabra, y no se volvió para mirar
atrás.
Un día más tarde, Kleist dejaba atrás la montaña. Y al cabo de otro día
más, se encontraba ante las diez horcas erigidas por los redentores, y ante las
pilas de ceniza y huesos secos que había debajo.
Permaneció allí un rato en pie. Después se sentó con la cabeza en las
manos, y lloró. No se movió del sitio en todo un día y una noche, mientras los
veintiún cleptos que habían sobrevivido a la lucha en las montañas llegaban
caminando en grupos de tres y de cuatro y se sentaban a su lado. Si hubiera
conocido mejor a los cleptos, habría comprendido que a ninguno se le había
pasado por la cabeza que él fuera a quedarse luchando en la batalla.
No podían enterrar a las mujeres y los niños, pues era seguro que los
redentores habrían ido persiguiéndolos. Abandonaron aquel enclave prometiendo
regresar, y de ese modo, a duras penas, siguieron su camino.
De modo poco habitual entre los médicos, quienes por regla general recelan
de que los demás les estén robando sus técnicas de cura, Hooke y Bradmore
colaboraron como hermanos, sin duda porque la separación entre sus distintas
habilidades quedaba muy clara. Era evidente que había que agrandar la herida
para hacer posible la idea de Hooke. Su intención era fabricar unas tenacillas
ahuecadas que alcanzaran la anchura que tenía la flecha. Una vez fabricadas,
las insertarían en la herida hasta llegar a la parte metálica de la flecha. A
continuación, abriendo el extremo del aparato por medio de un tornillo, habría
que ir forzando muy despacio hasta que la flecha quedara dentro y firmemente
sujeta. La punta de la flecha podría entonces extraerse siguiendo el recorrido
por el que había entrado.
Mientras Hooke se iba a la fundición para encargar aquella pieza diminuta y
sutil., Bradmore se ocupó de agrandar la abertura para poder introducir el
instrumento por ella. Hizo una serie de sondas con palitos de saúco que tenían
el grosor del asta de una flecha, secándolos y cubriéndolos con lino empapado
en miel de rosa para prevenir infecciones. Primero utilizó el palito más corto,
insertándolo en la herida de Henri, y después fue introduciendo progresivamente
palos cada vez más largos hasta que comprobó con satisfacción que había logrado
reabrir el camino hasta el fondo de la herida. Aquella operación le llevó tres
días. Cuando llegaba al final de aquel proceso espantosamente doloroso, Hooke,
a base de interminables pruebas y errores, apareció con un aparato que pensaba
que funcionaría. Acercándose a la cara de Henri, colocó el mecanismo en el
mismo ángulo por el que había entrado la flecha y, aplicando la punta del
mecanismo en el centro de la herida, lo introdujo muy despacio los quince
centímetros necesarios para que el extremo de las tenazas pudiera llegar a la
cuenca de la punta de la flecha. No tuvieron más remedio que andar un buen rato
moviéndolas hacia atrás y hacia delante. Entonces Hooke giró el tornillo que
estaba al final de las tenazas para abrir el otro extremo, y agarrar la punta
de la flecha con la firmeza necesaria para poder extraerla.
Empezaron a mover el aparato hacia atrás y hacia delante, tirando
firmemente de él y, poco a poco, sacaron el extremo de la flecha de la cara de
Henri. Del suplicio que soportó el pobre muchacho sólo hace falta decir que no
hay bastante opio en el mundo para aplacar el dolor producido por semejante
operación.
Sin embargo, el sufrimiento no había terminado. El mayor peligro de
semejante herida era el alto riesgo de infección, algo en lo que Bradmore era
un genio. En cuando la punta de la flecha fue extraída (y qué grande parecía
puesta encima del plato), Bradmore cogió una jeringuilla y la llenó de un vino
blanco que introdujo en el orificio de la herida. Entonces colocó nuevas sondas
hechas con tacos de lino empapados en una mezcla finamente tamizada de pan,
miel y trementina. Lo dejó así durante veinticuatro horas, al cabo de las
cuales reemplazó los tacos de lino con otros más cortos, y así durante veinte
días. Después cubrió la herida con una pomada oscura llamada Unguetum Fuscum, con respecto a la cual
se andaba con mucho secreto. Henri el Impreciso sufrió tanto durante el
tratamiento que, en comparación, el infierno ya no le parecía un lugar tan
malo.
Bradmore estaba preocupado por la cantidad de opio que Cale le había estado
proporcionando a Henri el Impreciso. Le pidió que se lo entregara a él, antes
de que matara a su amigo haciéndolo explotar, pues como consecuencia Henri el
Impreciso estaba sufriendo un terrible estreñimiento. Cale pasaba todo el
tiempo posible sentado al lado de su amigo, que a menudo se encontraba con
demasiados dolores para responder, o presa de alucinaciones, pese a que la
cantidad de opio suministrada por Bradmore era ya mucho menor. Bradmore le dio
instrucciones a Cale para que entrara en el mercado que era casi tan famoso
como antes lo había sido el de Menfis, y comprara diversas sustancias de las
que nunca había oído hablar y que eran casi todas extremadamente caras.
—Vos me lo habéis atascado, y vos tendréis que desatascarlo.
El problema era que nadie tenía dinero. El asunto de la tarifa de Bradmore
había sido puntillosamente evitado. Bradmore había dado por hecho que los
Materazzi habían escapado con una parte de su célebre riqueza. No era así, como
bien sabía Cale, y lo poco que tuvieran no se lo iban a gastar en ruinosas
tarifas médicas para sanar a un muchacho que ni siquiera era de los suyos. Ya
tenían bastantes problemas ellos solos. Vipond se mostró de acuerdo en
contribuir a darle a Bradmore la impresión de que el dinero no sería ningún
inconveniente en lo referente al tratamiento de Henri el Impreciso. Sin
embargo, lo que era pagar, sería enteramente problema de Cale. La única opción
de éste era vender un pequeño rubí que había robado de la diadema de una
estatua de la Madre del Redentor, en la antesala de Chartres. Al esperaba que fuera un rubí, o como mínimo que
tuviera algún valor.
No era éste su único problema financiero. Cale tenía que pagar por los
purgatores y por el futuro de Henri el Impreciso. Por una parte, Cale lamentaba
que los purgatores no se hubieran desvanecido como por ensalmo, cosa que sabía
que no iba a suceder. No era sólo que los purgatores le adoraran, sino que él
sabía que tener a su disposición a ciento sesenta luchadores experimentados
podría proporcionarle mucha fuerza en un futuro cercano. Pero había que pagar
por ellos y conseguir que se les viera lo
posible en la ciudad. Si algún Materazzi averiguaba quiénes eran, habría
problemas.
De modo que, al día siguiente a la extracción de la flecha, Cale salió él
solo a comprar comida con la que tratar el terrible estreñimiento de Henri,
pero también para ver si le daban algo por su rubí.
Mientras se abría paso entre los numerosos puestos y los incomprensibles
gritos de los vendedores («¡Bompos! ¡Bompos! !Bompos! ¡Tufradoles! Chiligüilis
luvilascarnetos! ¡Champoñones baraaaatos y licos p’hacéselos a ise anque no os
guste!»), vio tres tiendas juntas enfrente de un puesto de zanahorias,
chirivías y coliflores colocadas de tal modo que semejaban espectacularmente un
rostro humano. En cada uno de los puestos había una mujer cosiendo sobre una
mesa. Contempló a las dos primeras durante un par de minutos, pero se demoró en
la última de las tres, en parte porque la mujer era mucho más joven que las
otras, pero también porque trabajaba a una velocidad pasmosa. La observó varios
minutos más, fascinado ya no tanto por la velocidad como por la habilidad casi
milagrosa con la que cosía un cuello a una chaqueta. Le encantaba ver trabajar
a la gente que lo hacía bien. Ella levantó un par de veces la mirada hacia Cale
(no había cristal en el puesto), y al final le dijo:
—¿Queréis un traje?
—No.
—Entonces idos a la mierda.
No era su estilo dejar que nadie le dijera la última palabra, ni siquiera
la chica de una tienda, pero se sentía cansado y enfermo. Tal vez hubiera
cogido alguna enfermedad, pensó. Sería mejor que siguiera. Se fue, y ella no
levantó la mirada de su trabajo. Al cabo de diez minutos de un recorrido que
normalmente le hubiera llevado cinco, llegó a los Jardines de Wallbow. A
diferencia de las plazas comerciales normales del Leeds Español, en ésta había
media docena de guardias de extravagante librea que deambulaban por allí para
alejar a los delincuentes de las veinte tiendas aproximadamente de joyas y oro
que abarrotaban la plaza, reemplazando a Menfis como centro mundial del
comercio de metales preciosos. El primer joyero le dijo a Cale que no se
trataba más que de una piedra semipreciosa, y que valía unos cincuenta dólares.
Eso le gustó a Cale, pues estaba claro que el joyero le mentía, y eso querría
decir que la piedra valía mucho más. Cuando le dijo que quería que se la
devolviese, el joyero le ofreció más, pero Cale juzgó que sería mejor recabar
otras opiniones. El siguiente joyero le dijo que era un cacho de vidrio. El
siguiente volvió a asegurar que no era más que una piedra semipreciosa, y le
ofreció ciento cincuenta dólares.
Finalmente, y algo desanimado porque sabía que valía algo pero no sabía
cuánto, entró en la Casa Carcaterra de Metales Preciosos. El hombre que había
detrás del mostrador andaría por los treinta y cinco años, y seguramente sería
judío, pensó Cale, porque hasta el momento todos los hombres a los que había
visto llevando casquete en la cabeza eran judíos.
—¿En qué puedo serviros? —preguntó el hombre con cierta cautela. Cale puso
sobre la mesa el rubí o lo que fuera. El judío lo cogió con mucho interés, y lo
arrimó a una vela, examinando la luz que se refractaba a través de él con la
calma cuidadosa de alguien que sabe lo que hace. Al cabo de un minuto, miró a
Cale.
—No tenéis buen aspecto, joven. ¿Tendréis la amabilidad de sentaros?
—Sólo quiero saber lo que vale. Ya lo sé, en realidad, sólo quiero saber si
vais a intentar robarme.
—Puedo intentar robaros igual si estáis sentado que si permanecéis de pie.
El caso era que Cale se encontraba no sólo cansado, sino agotado. Los
círculos negros que tenía alrededor de los ojos eran tan oscuros como los del
panda del zoo de Menfis. Había un banco detrás de él. Al ir a sentarse sus
piernas cedieron y, más que sentarse, cayó sobre el banco.
—¿Os apetece una taza de té?
—Quiero saber lo que vale.
—Puedo deciros lo que vale y daros al mismo tiempo una taza de té.
Cale se sentía demasiado deshecho para molestarse.
—Gracias.
—¡David! —llamó el joyero—. ¿Tendréis la amabilidad de traerme una taza de
té? ¡Que esté bien fuerte, por favor!
Hubo un grito de conformidad, y el joyero volvió a mirar la gema. Al final
apareció alguien que Cale supuso que sería David trayendo una taza con su
plato, y el joyero le indicó a Cale. Los tres notaron que cuando los cogió en
las manos, taza y plato empezaron a tintinear como si los hubiera cogido un
anciano. David, desconcertado, los dejó solos.
—¿Sabéis qué es? —preguntó el joyero
—Sé que vale mucho.
—Eso depende de vuestra idea del valor, supongo. Es un tipo de gema llamada
berilo rojo. Viene de las montañas del Beskidy, y sé todo esto no sólo porque
esté muy bien informado en lo que se refiere a gemas, sino porque es el único
lugar en que se pueden encontrar. ¿Estáis de acuerdo?
—Si lo decís vos…
—Lo digo. Y el caso es… Lo realmente interesante es que desde tiempo
inmemorial las montañas del Beskidy están bajo control de la Única Fe Verdadera
del Ahorcado Redentor. ¿Lo sabíais?
—Sinceramente, no.
—Así que esta pieza debe de ser o muy vieja (hasta hoy yo no había visto
más que dos) o robada a la estatua de la Madre del Ahorcado Redentor, para la
que, según tengo entendido, está reservada esta gema en exclusiva.
—Eso suenan bastante acertado.
Cale estaba demasiado cansado para intentar inventar nada, y estaba
impresionado ante los conocimientos y la habilidad del hombre.
—Me temo que no comercio con piezas religiosas robadas.
Cale se terminó su té y, sin dejar de temblar, posó plato y taza en el
banco, a su lado.
—¿Y no conocéis a nadie que lo haga?
—No soy un perista, joven.
—Lo siento.
Cale se puso en pie. Se encontraba indescriptiblemente cansado. Se acercó
al joyero, que le devolvió la gema.
—Yo no la robé —dijo, y se quedó callado—. De acuerdo, yo la robé. Pero
nunca trabajó nadie para robar algo tanto como yo con esta piedra.
Se dirigió a la puerta. Cuando salía, el joyero le gritó:
—No la vendáis por de seiscientos.
Y de ese modo, Cale cerró la puerta y se encontró de nuevo en la plaza,
preguntándose si le quedarían fuerzas para llegar a su cuarto.
—¿Sois Cale? —le preguntó una voz amable.
Cale ignoró aquella voz, y siguió caminando sin levantar la mirada.
Intentó seguir, pero le cortaron el paso dos tipos de aspecto duro contra
los cuales se hubiera precavido en el mejor de los caos. Y aquél no era el
mejor de los casos.
—Y hay otros tres más de los nuestros —dijo la voz amable.
Cale miró al hombre.
—Vos sois el tipo del monte Silbury.
—Es gratificante que lo recordéis —respondió Cadbury.
—¿No estáis muerto?
—¿Yo? Yo sólo pasaba por allí. ¿Qué me contáis de IrisPukke?
—Sigue vivo.
—O sea que es cierto: bicho malo nunca muere.
—¿Y vuestro amo…, esa babosa marina?
—Qué coincidencia… Es realmente curioso que me lo preguntéis. A Kitty la
Liebre le gustaría hablar con vos.
—Ahora tengo mayordomo. Él os dará cita.
—Eso es bastante insolente, mi niño. A mi señor no le gusta que le hagan
esperar. Además, tenéis pinta de que os vendría muy bien sentaros y descansar.
Os habéis desmejorado mucho desde nuestro último encuentro. Si Kitty la Liebre
quisiera haceros algún daño, no estaríamos hablando ahora. —Cadbury señaló el
rumbo, y Cale lo tomó andando con toda la dignidad posible
Afortunadamente, no tenían que ir lejos. Tras doblar algunas esquinas se
dirigieron a las ricas casas del distrito del canal, que tenían abiertos sus
enormes ventanales para dejar pasar la luz, y la envidia de los transeúntes. Se
detuvieron ante una de las más pretenciosas, en la que los hicieron pasar de
inmediato, como si los estuvieran esperando. Cadbury le hizo una indicación
para que pasara más adentro, a una estancia espaciosa y aireada que daba a un
hermoso jardín con su laberinto de boj y sus frutales en espaldera que seguían
cordones verticales y horizontales, estos últimos a la altura de la rodilla,
del ombligo, del pecho y de la nariz.
—Sentaos antes de que os desploméis -dijo Cadbury trayéndole una silla.
—¿Están cociendo cebollas? —preguntó Cale.
—No.
Se abrió la puerta y entró un criado a encender varias velas. A
continuación corrió las cortinas, pero con cierto esfuerzo, porque eran tan
altas y gruesas que más parecían el telón de un teatro que cortinas de una
casa.
Poco después, volvió a abrirse la puerta y entró en la estancia Kitty la
Liebre. Ningún otro apodo le hubiera encajado tan bien como aquel. En la
penumbra de la estancia, la capucha que llevaba era lo bastante amplia para
esconder su rostro, y la túnica era como una bata de adulto que le viniera
demasiado grande a un niño. Sin embargo, no había en él nada de aspecto monjil.
Su olor también era diferente. Los redentores olían a algo indefiniblemente
agrio, a causa del escaso lavado; Kitty la Liebre olía a algo no exactamente
desagradable, y no sólo extraño, sino extrañamente extraño.
Cadbury le acercó una silla, sin dejar de observar atentamente a Cale para
ver cómo reaccionaba ante aquel ser inquietante. Nadie dijo nada si se movió.
Tan sólo se oía el ritmo extraño de la respiración de Kitty, que se parecía al
jadeo de un perro, pero tampoco era eso exactamente.
—Vos queríais… —empezó a decir Cale.
—Veníos hacia la luz para que os pueda ver bien —le interrumpió Kitty. Su
invisibilidad, la gran escenificación de su llegada a la estancia casi oscura,
le hacían a Cale esperar una voz acorde con todo aquel augurio, una voz fatal,
oscura y amenazante. Sin embargo, se trataba de una voz de susurros ceceantes,
con un deje líquido, casi femenino aunque no llegaba a serlo, un deje que a
Cale le erizó el vello de los brazos, pese a tenerlo empapado en sudor—. Tened
la bondad de hacer lo que os pido —añadió Kitty.
Tembloroso, con esfuerzo, Cale avanzó unos pocos metros arrastrando los
pies. Tenía que tener cuidado porque se sentía muy débil. Aunque el sentirse
tan mal también le permitía una cierta libertad. No estaba en condiciones de
nada que resultara atrevido. Le habría costado llegar andando hasta la puerta,
no digamos ya salir corriendo. En las condiciones en que se encontraba, le
hubiera costado hasta poner en el suelo a un gatito.
—Veamos: ése es el aspecto de la ira de Dios —dijo Kitty—. Muy curioso. ¿No
os lo parece, Cadbury?
—Sí, Kitty.
—Pero tiene sentido, si se piensa bien, hacer a un niño representante de la
furia del Todopoderoso, teniendo en cuenta lo que tantos inocentes tienen que
soportar. Me parece que no os encontráis bien.
—No es más que un resfriado.
—Bueno, pues no nos lo peguéis. ¿Eh, Cadbury?
Ése tal vez fuera un comentario jovial. Pero a Cale le resultaba imposible
decirlo.
—He oído hablar mucho de vos, señor —comentó Kitty—. ¿Es verdad la mitad de
lo que he oído?
—Más de la mitad.
—Es vanidoso, Cadbury: es una cualidad que me gusta en un dios.
—¿Qué queréis? —El olor dulce y extraño que al principio no le había
molestado, le empezaba a resultar a Cale más y más desagradable, y le hacía
sentirse aún peor.
—¿Tenéis información?
—¿Sobre qué…?
—Me interesaría enterarme de muchas cosas, sin duda. Pero no os insultaré
intentando compraros información sobre vuestros amigos. Por muchas ganas que
tenga de saber dónde andan metidos Vipond y su hermano, lo que quiero ahora es
información que me resulte útil, y que supongo que estaréis dispuesto de buen
grado a compartir.
—¿Sobre…?
—Sobre los redentores. Sobre Bosco. Ahora que es Papa…
Si no se hubiera encontrado tan mal, Cale habría podido ocultar mejoro su
sorpresa.
—¿No lo sabíais…? —observó Kitty, con evidente regocijo.
—Escapé de su lado a toda prisa en cuanto tuve la ocasión. Así que ya veis
que no soy tan valioso como pensabais.
—Nada de eso. Las noticias se pueden obtener con facilidad. Información de
inteligencia, eso ya es otra cosa. Vos estabais más que cercano a Bosco, y me
podéis informar de sus planes con respecto a vos y a su fe, ahora que él es la
roca en que ésta se asienta.
Ésas son las cosas que tienen valor para mí. Sé que habrá guerra, pero será
una guerra de un nuevo tipo, creo yo. Si es así, necesito saber de qué tipo.
—Se echó hacia atrás en la silla—. Se os pagará bien, pero lo que es aún más
importante que eso, es que a través de mí podréis lograr influencia en un mundo
que ya no tiene mucho tiempo para dedicaros a vos. La influencia es más
preciosa que los rubíes. En cuanto a vuestros purgatores, no tardéis en
encontrar una excusa para justificar su presencia. —Se levantó al mismo tiempo
que Cadbury se acercaba rápidamente para retirarle la silla—. En un par de
días, cuando os sintáis mejor, hablaremos más extensamente. Cadbury os
preparará una infusión. Una menta podría sentaros bien.
Diciendo esto, se fue hacia la puerta, que fue abierta desde el otro lado
por alguien que debía de tener buen oído, y desapareció. Entró entonces el
mismo criado de antes, descorrió las cortinas y, para enorme alivio de Cale,
que temía que el olor le hiciera perder el conocimiento, abrió también la
ventana para refrescar el ambiente. Cadbury pidió la infusión, y Cale se
dirigió al marco de la ventana para aspirar el aire fresco como si hubiera
estado en el fondo de un pozo sucio durante los anteriores diez minutos.
—¿Qué esperabais? —preguntó Cadbury.
Cale no respondió. Cadbury le entregó a Cale una pequeña jarra cuya
etiqueta anunciaba en grandes letras: «CRISMA DE LA SEÑORA NOLTE».
—No os vendrá mal que os lo pongáis en la nariz la próxima vez que vengáis.
Pero con cuidado de que no se note, porque a Kitty le ofende.
Cuando Cale regresó a su cuarto, sintiéndose algo más fuerte a causa de la
menta, que resultó ser un té negro acompañado con dos pasteles de nata, se
quedó dormido. Durmió catorce horas de un tirón, que no está mal para alguien a
quien normalmente le bastaban seis o siete. Cuando despertó vio un gran sobre
que habían metido por debajo de la puerta. Era la invitación para una cena de
gala en el Gran Salón del Castillo del Leeds Español. Apenas había terminado de
leerla por tercera vez, cuando llamaron a la puerta
—¡IdrisPukke!
Cale abrió, sosteniendo con la otra mano la invitación. Estaba tan
pomposamente decorada y ribeteada que no podía dejar de verse, y desde luego
IdrisPukke no era el tipo de persona al que le pasan desapercibidos los
detalles llamativos.
—¿Puedo…? —preguntó, quitándole la invitación de la mano.
—Vos mismo.
Cale tenía curiosidad por saber de qué iba aquella gran cena, y por qué lo
invitaban, pero antes de que pudiera preguntárselo a IdrisPukke, éste le
ofreció un consejo rotundo.
—No podéis ir.
—¿Por qué?
—Es una trampa.
—Es una cena.
—Para otros. Para vos es una trampa.
—Explicaos: soy todo oídos.
—esta invitación viene de Bose Ikard.
—Ahí dice el alcalde.
—Bose Ikard quiere que haya problemas allí para poder convencer al rey de
que es peligroso albergar los amargos desechos de un imperio, abarrotando la
segunda ciudad más grande del país. Amargos desechos que esperan que una guerra
les permita recuperar la fortuna perdida.
—Algo de razón sí que tiene.
—Por supuesto que la tiene.
—Pero ¿qué tiene que ver eso conmigo?
—Vuestra reputación os precede.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que adondequiera que vais, el desastre os sigue como un perrito fiel.
—Cale no se dejó despistar por esta comparación, aunque le asombró—. Bose Ikard
quiere provocar una trifulca entre vos y los Materazzi, y sabe muy bien cómo
prender la chispa. Os colocará enfrente de Arbell y de su marido.
Este comentario provocó un silencio de diferente índole.
—¿Sabe Vipond algo de esto?
—Vipond es quien me ha enviado.
—O sea que espera que yo haga lo que él me dice.
—¿Habéis hecho alguna vez lo que os ha dicho alguien? Hoy día todos sabemos
que sois un dios y no sólo un antipático gamberrete con buenos puños.
—Yo no soy ningún dios, sino la ira de Dios. Ya os lo he explicado.
—Vipond simplemente os pide que no hagáis lo que quiere que hagáis alguien
que os desea mucho mal. Mostrad algo de sensatez. —Se quedó un instante
callado—. Os lo ruego.
A Cale le emocionaba la idea de asistir a un gran banquete, pero comprendía
que IdrisPukke tenía razón. Sin embargo, era tan difícil dejar de ir como lo
sería no caer al suelo después de tirarse de la torre más alta del Leeds
Español.
Magnífico el cúmulo de incienso, puros los sopranos, rotundas las notas
graves en la catedral que se alzaba en el corazón de Chartres, donde el nuevo
Papa, Bosco XVI, era coronado en la vieja roca sobre la que se alzaba la Única
Fe Verdadera. Y las vestiduras festivas en oro y verde, naranja, amarillo y
azul: truncados arcos iris de santidad.
Salvo, por supuesto, las veinte monjas a las que les había sido concedido
el honor de participar, vestidas enteramente de un negro en el que tan sólo
asomaba el blanco de fragmentos de rostros. ¡Pero qué rostros! Al alzar la
vista hacia el Santo Padre, con las manos atadas a la espalda para evitar que
las monjas contaminaran algo al tocarlo con sus manos impuras, sus sonrisas de
éxtasis brillaban tan intensamente que parecía que iba a tener lugar otra santa
expiración que añadir a la de la beata Imelda Lambertini, que había muerto de
éxtasis en su Santa Comunión, a la edad espiritualmente preciosa de once años.
E igualmente grandiosa era la emoción de prelados, obispos y cardenales,
nuncio, mandratos y gonfalonieros. Muchos habían sido ascendidos después de que
sus predecesores en el cargo fueran enviados a la pira, o a las mazamorras, o a
las zanjas del desierto para servir de alimento a los zorros. Aquél era su
Papa, su oportunidad, su ocasión de hacerse personalmente responsables de
aproximar el fin de los tiempos y la gran renovación.
El nuevo Papa Bosco XVI ascendió paso a paso el calumnion, obligado a pararse para reverenciar y prosternarse en
cada peldaño, así que a Bosco le costó media hora de renuncias llegar a lo
alto, ante el gran atril que salía en voladizo sobre el vasto espacio de la
Capilla Sixtina, y que le hacía parecer como si estuviera a punto de saltar
sobre la congregación que levantaba la mirada a la espera de oír hablar de una
nueva vida y unos nuevos Propósitos. Conocían bastante bien lo que se
avecinaba: durante años habían sido preparados para las nuevas creencia. Sabían
que Dios había vuelto a perder la paciencia, y que los que una vez habían sido
sacrificados con el agua de la lluvia, ahora lo serían por el fuego y la espada
puesta en manos de un muchacho que no era realmente un niño, sino la
manifestación de la exasperación divina. Y esta vez no habría arca que
ofreciera un indulto. Primero irían los antagonistas, después todos los demás,
y por último la propia fe del Redentor se marchitaría hasta morir. Todo eso se
ofrecía a una audiencia que a duras penas podía contener la alegre impaciencia
ante la decisión de Dios de poner fin a su corrupta creación.
—Vientos de cambio soplan en todo nuestro mundo —decía el nuevo Papa—. Nada
puede detener la fuerza de una idea que al fin ve llegado su momento. Así que
debemos proceder a la cuestión femenina.
Hubo estremecimientos entre los monjes y sacerdotes:
«¿Qué cuestión femenina?».
Y la misma pregunta se hacían las monjas, si bien éstas con más inquietud
como podréis comprender:
«¿Qué cuestión femenina?».
Había siempre algo empalagoso en el tono de voz de un redentor cuando
hablaba bien de las mujeres, lo cual no ocurría tan raramente como podría
imaginar el ocasional seguidor de la fe. Las monjas, hechas un puro manojo de
nervios, estaban a punto de recibir una dosis plena de unción sacerdotal.
Cuando uno se pone a adular, es mejor cargar las tintas.
—¡Bendita sea la mujer cuyas palabras pueden animar pero no influir al
hombre! ¿Cómo podríamos no respetar la fuerza de la obediencia femenina? ¿Cómo
podríamos no admirar la obstinada sumisión que Dios (y el hombre a su
semejanza) dispone que tenga la mujer? La Fe Redentora se distingue por su
extraordinario respeto hacia el sexo femenino, que con su infatigable
colaboración complementa y ayuda en su labor al hombre y al sacerdote.
»Pero la gran madre abadesa Kuhne está más acertada que nunca cundo dice
que la virginidad es la verdadera liberación y el estado más apropiado a la
mujer. En anticipación a la vida futura, el fiel redentor ya no dará ni tomará
en matrimonio. Desde este día, tanto hombres como mujeres permanecerán
vírgenes. He señalado los días en que la coyunda matrimonial, que tanto
recuerda en nosotros la unión de las bestias, no podrá tener lugar entre el
esposo y la esposa:
»Los jueves, en conmemoración del arresto del Ahorcado Redentor (cincuenta
y cuatro días al año).
»Los viernes, en conmemoración de la muerte del Ahorcado Redentor (otros
cincuenta y cuatro días al año).
»Los sábados, en honor de la Virgen Madre del Ahorcado Redentor (otros
cincuenta y cuatro días al año).
»Los domingos, en honor a las almas que han partido (cincuenta y cuatro
días).
Además de la prohibición del ayuntamiento marital durante doscientos
setenta de los trescientos sesenta y cinco días del año, Bosco siguió
prohibiendo el ayuntamiento en los treinta días antes de Pentecostés, Santos y
Pascalia.
Le costó a Gil, que no era malo calculando, varios minutos averiguar que
durante el primer año las parejas casadas podrían hacerlo sólo cinco días al
año.
—¿Pensáis que es demasiado? —preguntó Bosco con preocupación—. Para el
tercer año todo eso será cosa pasada.
—Es más que suficiente —dijo Gil—. Pero ¿de dónde vendrán nuestros
soldados?
—Tenemos ya bastantes para barrer el mundo con una escoba. Vos y yo debemos
estar aquí para ver desaparecer a los redentores, y que Dios pueda volver a
empezar con otra criatura que sea más merecedora de sus dones.
La otra cuestión, la cuestión Cale, se había abordado mediante la
invocación de una gran profecía secreta concerniente a su regreso. Una profecía
que se guardaba actualmente en los sótanos de la Ciudad Santa de Chartres. Se
la había entregado a un grupo de monjas con las que había hablado cuando
visitaron los Altos del Golán tras lo cual él desapareció misteriosamente de
entre ellas, aunque ninguna lo había visto desaparecer. De este modo se
extendió la útil creencia de que Cale volvería para cumplir con sus deberes
escatológicos, pero sólo después de que los redentores encararan grandes
peligros en su Propósito de erradicar de la faz de la tierra al malvado hombre
y su espantosa naturaleza.
—¿Y si se enteran de la verdad
—No sabemos cuál es la verdad.
—La verdad es que ese cerdo desagradecido nos ha traicionado.
—Seguís hablando de él como si fuera una persona. Y no lo es. Cuando él lo
comprenda y cuando lo comprendan otros, Cale volverá, porque si no participa en
la catástrofe, entonces él no tiene razón de ser. En el momento debido, un
tironcito del hilo hará su función.
Gil se había preguntado si la desaparición de Cale haría daño a la causa.
¿De qué podía servir un salvador ausente? Pero en unos días comprendió que lo
que era la traición de Cale a otros fieles, su ausencia, hacía aún más
convincente su salvación de Chartres. Dios había mostrado su mano cuando había
sido necesaria, para después retirarla con la clara exigencia de que fueran los
propios redentores los que actuaran. Si no, ¿para qué servían? Si no era para
cumplir Su voluntad, ¿de qué servían Sus sacerdotes? Al margen de cuánta
destrucción, incluyendo la propia, pudieran ejercer en el mundo, Dios no
precisaba de ellos para suministrarla. Al enviar a Cale para que interviniera
tan milagrosamente, había dejado esto sumamente claro. Y al retirarlo, Dios les
mostraba que no los había abandonado, y que si cumplían Su voluntad,
destruyendo a todos los apóstatas e infieles, no los olvidaría cuando les
llegara el momento de destruirse a sí mismos. Su propia aniquilación sería una
puerta segura al otro mundo.
Fue meditando en su error como Gil, que seguía siendo un fervoroso creyente
en el fin de la humanidad, empezó a comprender que, independientemente de lo
que Bosco pudiera pensar, Cale ya no tenía razón de ser. Un Cale ausente de
modo permanente no haría ningún daño. Todo lo contrario. Un Cale vivo, por otro
lado, podría llegar a ser una serie amenaza, y probablemente lo sería. Había
que tomar cartas en el asunto.
Para llevar al clímax su gran discurso, Bosco advirtió contra un peligroso
nuevo tipo de mujer que sabía que estaba surgiendo. No se trataba de las
pícaras bellezas de los Materazzi, de cuello estirado, andares leves y
afectados, y amplia melena que el Señor contaminaría de sarna en el momento que
decidiera hacerlo; ni de las libertinas del Leeds Español, que taconeaban
anunciando la disponibilidad de su vientre. No: había una nueva amenaza que
provenía de las mujeres que querían ser iguales espiritualmente que los
hombres, haciendo gala de su severidad, persiguiendo a cualquiera que no fuera
lo suficientemente pío, y hasta quemando a otras mujeres como advertencia para
mostrar que podían ser tan duras como el hombre en el camino de la ortodoxia y
de la rectitud.
La congregación asentía, pero sin comprender que la ira de Bosco apuntaba
directamente a su predecesor, y al temor de que pudiera haber otra como ella.
Tal vez muchas más. Tal vez estuvieran por todas partes… Se contaban rumores de
que, agazapadas como babosas en invierno, se dejaban ver en los corrillos y en
las charlas de borracho que mantenían los amigos a las tantas de la noche… Pero
nada que se pareciera a la realidad de que una mujer, ni mejor ni peor que sus
masculinos predecesores, hubiera gobernado a los redentores durante veinte
años.
—Pensad en las cuatro postrimería de vuelta a vuestras diócesis —concluyó
Bosco—. Y preparaos para la situación extrema que se nos avecina.
Tras abandonar la celebración que siguió al discurso inaugural de Bosco,
Gil regresó a sus enormes aposentos, donde su nuevo secretario, Monseñor
Chadwick, que no había sido invitado, ansiaba profundamente que Gil se
encontrara de humor para chismorrear un poco sobre quiénes habían estado
presentes, y lo que había ocurrido, y cómo era el nuevo Santo Padre. Iba a
recibir una desilusión.
—Encontradme dos trévores —le dijo Cale de mal humor.
En el rostro de Chadwick, la esperanza fue reemplazada al instante por la
consternación.
—¡Ah! —exclamó Chadwick tras un largo silencio—. ¿Tenéis alguna idea tal
vez de dónde podría encontrarlos?
—No —respondió Gil—. Y ahora poneos a ello. —Mientras Chadwick cerraba la
puerta lo más compungidamente que se pueda cerrar una puerta, Gil sabía muy
bien lo poco razonable que estaba siendo. No era precisamente fácil, y tal vez
ni siquiera posible, encontrar dos trévores, fuera uno quien fuera.
—¿Necesitáis más luz? —preguntó Cale.
—Veo bastante bien —respondió la costurera del mercado de verduras—. Lo que
me pregunto es: ¿qué es lo que estoy mirando?
—La anciana que atrapó una mosca… —canturreaba Henri el Impreciso.
—¿Qué dice…?
—Canta una canción… Está mal de la chola. No os preocupéis. Quiero que le
cosáis la cara. Él no va a sentir nada. O por lo no sentirá mucho.
—Estáis loco. Yo sólo coso prendas de ropa. Estáis loco de atar. Yo no sé
nada de cosas así.
—Pero yo sí. He cosido a gente cien veces.
—Entonces hacedlo vos. Yo tendría problemas.
—No tendréis ningún problema. Soy una persona muy importante.
—Pues no tenéis aspecto de ser nadie importante.
—¿Cómo vais a saberlo vos? Vos no hacéis más que coser prendas para ganaros
la vida.
—¿Pretendéis que haga algo como esto, y encima me preciáis? Me voy. —Hizo
ademán de dirigirse a la puerta.
—¡Cincuenta dólares! —Ella se detuvo y lo miró—. Es amigo mío. Tenéis que
ayudarle.
—Dejadme verlo… el dinero.
Gracias a la generosidad de Kitty la Liebre, al día siguiente de su
encuentro había recibido una cartera con trescientos dólares. Pudo contarlo
allí mismo sobre la mesa.
La muchacha medió un instante:
—Cien dólares.
—No es tan amigo mío.
Acordaron sesenta y cinco.
Cuando ella se volvió para examinar el estropicio de cara que tenía Henri
el Impreciso, éste empezó a cantar una canción sobre cabras.
—No sentirá nada mientras trabajáis, y yo os explicaré todo lo que tenéis
que ir haciendo. Yo sé todo lo que hay que hacer, pero harán falta unas manos
sumamente delicadas para que su cara no se eche a perder. Imaginaos que le
estáis cosiendo un cuello a una chaqueta. Vos simplemente haced el trabajo lo
más perfecto que podáis. —Pensó que sería buena cosa halagarla—: Sin vos su
cara parecerá el culo de un caballo. Vi lo bien que se os daba. Sois muy buena
en vuestro oficio, eso lo ve cualquiera con un poco de cerebro. Olvidaos de que
es la cara de una persona y pensad en él como si fuera un traje o algo así.
Ablandada por los cumplidos y comprensiblemente tentada por semejante
cantidad de dinero, la costurera empezó a observar a Henri el impreciso como si
fuera un problema profesional.
—Hace falta un remiendo.
—¿Qué es un remiendo?
—Creía que lo sabíais todo de costura.
—Si eso fuera verdad, no os necesitaría. ¿Qué es un remiendo?
-tiene en la cara un agujero del tamaño de un dedo. Yo no puedo coser por
encima de un agujero en una tela, ya no digamos en la piel. Hay que rellenarlo
con algo.
—¿Con qué?
—¿Cómo voy a saberlo yo? En un traje o algo así, usaríamos fieltro.
—No podemos hacer so: he visto qué les ocurre a las heridas cuando se deja
dentro un simple cachito de tela.
—Para arreglar un traje viejo, sacamos un trozo de tela de donde no se vea.
De esa manera el material y el color son los mismos, y no encoge al lavar.
—¿Me estáis proponiendo que le cortemos un cacho de algún otro sitio para
metérselo en el agujero de la cara?
En realidad, ella sólo había estado pensando en voz alta, pero en aquel
momento le entró terror.
—No, no estaba diciendo eso, sólo estaba pensando, nada más. «Lo semejante
con lo semejante», solemos decir nosotras. Pero sólo estaba pensando.
—¿Por qué no? Eso tiene sentido.
—Puede que empeoréis más las cosas.
-Siempre se pueden empeorar las cosas.
—Ya que es vuestro amigo, tal vez podáis cortaros vos mismo un trozo de
dedo.
—No —dijo Cale con dulzura—. Eso sería una sanguinaria estupidez.
—Nadie puede mostrar mayor amor que el dar la vida por su amigo[vi].
—¿Qué idiota os dijo eso?
Ella se molestó mucho por aquella falta de respeto, pero tenía el corazón
puesto en el dinero, y también en el reto que suponía aquel trabajo. Y no se
amilanaba cuando se trataba de escalar un puesto.
Y de ese modo, dio comienzo aquella ingeniosa operación nacida del azar, el
ingenio, la habilidad y la ignorancia, y se convirtió en un maravilloso éxito.
Cale tranquilizó a la costurera asegurándole que sabía lo que hacía cuando se
trataba de cuchillos, y cortó una tajada de carne exquisitamente redonda de las
nalgas de Henri el Impreciso, que era donde le parecía que tendría importancia la falta, y la costurera rellenó
con ella el profundo agujero de la cara. Con una habilidad que a Cale le
encantaba contemplar, la costurera empezó a cortar y coser con sumo cuidado,
como el sastrecillo valiente, el muy estropeado rostro de Henri el Impreciso.
Durante toda la operación, Henri la deleitó con nuevas canciones de arañas,
ancianitas, gatos y cabras. Cuando terminó, se hicieron un poco para atrás para
contemplar la obra, que era realmente digna de admiración. Al observarlo,
cualquiera se daría cuenta de la habilidad con la que un agujero andrajoso
había sido transformado en algo que sencillamente tenía buen aspecto. Cale
sabía que podría infectarse, o que la tajada de carne que le había arrancado
podría gangrenarse y entonces sabía Dios. Pero de momento tenía buena pinta.
Y no era sólo la pinta. Durante dos días la zona estuvo inflamada de modo
preocupante pese a todos los cuidados que ponían en su limpieza. Pero después,
a partir de la mañana del tercer día, la herida empezó a tomar un color
sonrosado, a perder volumen y a ir mejorando palpablemente. Henri el Impreciso
sólo tenía una queja: «¿Por qué me pica tanto el culo?».
En cuanto a la perfecta cooperación y la buena suerte con la que abordaron
aquel difícil proceso, ni Cale ni la costurera volvieron apenas a acordarse, y
lo que es la humanidad, las olvidó por completo.
Era la noche del banquete. IdrisPukke y su hermanastro Vipond estaban
especialmente brillantes. El primero de los dos había estado repartiendo bromas
halagadoras con respecto a la belleza de las mujeres, y se había burlado de los
hombres sobre su incapacidad para estar a la altura de las mujeres. Vipond, que
cuando le apetecía podía hacer gala de un humor más comedido levantó torrentes
de carcajadas con una historia secamente divertida sobre la vanidad del Obispo
de Colchester y el pequeño percance que tuvo con un pato de Aylesbury, historia
que concluyó con la observación de que «no importa los grandes descubrimientos
que se hayan hecho en el terreno del autoengaño, siempre quedarán grandes
regiones por explorar».
Insuperable, IdrisPukke pasó con facilidad a su vertiente aforística, y
deleitó a cuantos le rodeaban con el resultado de muchos años de experiencia en
el estudio de la imbecilidad, la maldad y el ridículo humanos. Experiencia que
incluía, justo es decirlo, su propia imbecilidad, maldad y ridículo.
-Nunca discutáis con nadie sobre nada. No, ni siquiera con Vipond, aunque
él sea seguramente el hombre más inteligente que haya habido nunca.
Vipond, que estaba justo enfrente de él en la mesa y disfrutaba de la
actuación de su hermanastro y el falso halago que aparecía en la burla, se rió
con los otros y se unió a los golpes de aprobación sobre la mesa que daban
media docena de Materazzi que ya estaban achispados.
—En lo que se refiere al autoengaño, mi hermano tiene toda la razón. Se
podría estar hablando con Vipond durante mil años sin apenas empezar a tratar
de toda la enorme cantidad de cosas absurdas en las que cree.
Entonces Vipond puso cara serie, y por un breve instante IdriPukke temió
haberse pasado de la raya. Pero lo que había alarmado al Canciller no era nada
que hubiera oído, sino algo que había visto. IdrisPukke siguió la dirección de
aquella mirada aprensiva, que llevaba a cierta parte de la sala que se
encontraba más elevada. Aunque seguían la cháchara y las risas del resto de la
gran estancia alrededor de los hermanastros la mesa se había quedado en
silencio.
Al final de la escalinata que llevaba al salón estaba Cale, vestido de pies
a cabeza con un traje negro que parecía una túnica especialmente elegante, pero
del estilo que se llevaba entre los jóvenes pudientes del Leeds Español, y que
él había mandado hacer para la ocasión a su costurera, pagándole de nuevo con
el dinero de Kitty la Liebre. Parecía un clavo y no le importaba lo que
pensaran.
Cosa poco sorprendente, el mayor susto de entre las pocas docenas de
personas que lo conocían de vista se lo llevó Arbell Materazzi, que estaba
sentada al lado de su esposo y embarazada de ocho meses. Si una mujer se puede
quedar tan blanca como un fantasma sin dejar de estar radiante, entonces eso
fue lo que le pasó a ella. Las venas azules de sus párpados parecían vetas de
mármol de Sofía.
IdrisPukke, que había perdido de repente el buen humor, observó cómo
avanzaba lentamente Cale por el pasillo central, como la bruja malvada de un
cuento de hadas, con los ojos, en medio de un círculo oscuro que parecía
combinar bien con el traje, fijos en la hermosa mujer embarazada que tenía
delante.
«Tendría que haberlo comprendido —pensó IdrisPukke—, tendría que haberlo
comprendido…».
La silla que había al lado de Arbell, destinada a aquel Cale que habían
dado por hecho que no se presentaría, le fue ofrecida por un criado en cuanto
Cale se acercó, embargado de satisfacción ante la sensación de catástrofe que
provocaba su presencia. Saludó a Vipond con una leve inclinación de cabeza, y a
continuación fijó una mirada asesina en Arbell Cuello de Cisne. No hay palabra
lo bastante fuerte para describir la expresión del rostro de Conn. Nadie tenía
mucha dificultad en imaginar lo que pasaba por dentro de él. La cuestión de si
Conn estaría al corriente de todo se le cruzó después numerosas veces a
IdrisPukke por la mente. Era difícil creer que si estaba al corriente, la
velada pudiera terminar sin contratiempos. Bose Ikard tenía que imaginarse que
habría problemas, dado que él sí era seguro que estaría al tanto de todo lo
ocurrido entre Conn y Thomas Cale. Pero lo que podía pasar era algo mucho peor
que una simple riña de alta categoría entre niños precoces.
Hay distintas palabras para los diferentes tipos de silencio que existen
entre personas que se odian. IdrisPukke pensaba que si volvieran a meterle en
prisión y dispusiera de uno o dos años sin nada que hacer en ella, podría
llegar a completar una lista exhaustiva. Pero se llamara como se llamara aquel
tipo de silencio, llegó a su conclusión gracias a un invitado de Vipond, el
señor [vii]Eddy Gray, una especie de embajador de los noruegos
que intentaba, como muchos otros, encontrarle las vueltas a lo que pensaran o
no pensaran hacer en un futuro próximo los Materazzi, si es que pensaban hacer
algo. Provocador y altanero por naturaleza, Gray miró a Cale de arriba abajo de
manera ostentosa.
—Tenéis el color adecuado para un Ángel de la Muerte, señor Cale. Sólo que
sois un poco bajo.
Nadie oyó el sonido de las almas que tomaban aire sobrecogidas.
Cale apenas hizo una pausa al apartar por primera vez los ojos de Arbell
para posarlos en Gray.
—Así es efectivamente. Pero si os cortara la cabeza para ponérmela a los
pies, sería más alto.
El cordón de silencio de aquellos que comprendían que pasaba algo se
extendía hacia cada lado de los Materazzi, incluyendo, y no por casualidad, a
Bose Ikard. Alertados por el desprecio en el tono de Gray, y por la rara
apariencia del joven de negro, habían escuchado tanto el desprecio de Gray como
la devastadora respuesta, y se echaron a reír.
Embargado por una tóxica mezcla de odio, adoración, amor y suficiencia ante
la agudeza de su propio ingenio, Cale permitió que le colocaran la silla y
devolvió una mirada a la vez ridícula y aterradora a la desventurada Cuello de
Cisne. Un toro en una cacharrería, enloquecido por un enjambre de avispas, no
habría provocado un alboroto tan incontrolable como la hube de deseos,
resentimientos, traicione y decepciones que inundaron la magnífica sala. No
tenía nada de extraño que en el vientre de su madre el niño empezara a dar
patadas y a retorcerse como un cerdito encerrado en un saco. Dice mucho a favor
de la buena educación de Arbell Materazzi el hecho de que no diera a luz allí
mismo a su primogénito.
Hubo, sin embargo, un signo de muy mala educación que provino, de modo
completamente deliberado, de Cale: cuando los criados empezaban a servirle en
el plato doble cucharada de carne con alubias y guisantes, Cale les dio las
gracias a cada uno de ellos, sabiendo muy bien, porque se lo había explicado
IdrisPukke repetidamente, que no era de buen tono darse cuenta de la aparición
de comida en el plato, sino que se debía seguir hablando con el comensal de la
derecha o el de la izquierda como si las lenguas de alondra o las chuletillas
de pavo real hubieran aparecido allí por arte de magia o por propia voluntad
suicida. «Gracias, gracias», decía, como si cada palabra de profundamente falsa
gratitud fuera un golpe dirigido al corazón de la hermosa muchacha que estaba
sentada enfrente de él, y una patada a las espinillas de su reluciente marido.
Ahora todos somos cínicos, supongo y hasta un niño de teta sabe que
salvarle la vida a alguien es crearse un enemigo para siempre. Pero aun cuando
Conn hubiera desechado ciertas sospechas, desterrándolas a lo más recóndito de
su mente, y aun cuando le disgustara el hombre que lo había salvado de una
muerte espantosa en el monte Silbury aun así podía, en los lúgubres sótanos de
su mente, recordar los horrores de la muerte púrpura al aplastarlo. Er algo que
seguía visitándolo en sueños, y no podía, por mucho que lo intentara, dejar
sentir hacia Cale una gratitud de la que le hubiera gustado desprenderse.
El problema de Cale es que había dado comienzo a su ópera de venganzas de
modo brillante, pero después se le había olvidado la letra de la siguiente
aria. La burla del señor Eddie Gray había sido como echarle panecillos a un
oso. Cale sabía cómo tratar con la agresión, verbal o física. Arbell no
despegaba los ojos del plato de sopa, tal vez esperando que su contenido se
abriera hacia los lados como el mar Rojo para tragarla a ella entera. Por el
contrario, Conn no apartaba los ojos de él. Pese a todo su sufrimiento, Arbell
Cuello de Cisne resultaba hermosa de un modo intenso y descorazonador. Sus
labios, que normalmente eran de un marrón pálido, lucían un rojo encendido, y
los blancos dientes, que apenas asomaban tras ellos ponían una nota lírica en
el odio de Cale, haciéndole pensar que eran una rosa entre suyos pétalos
escarlatas asomaban restos de nieve.
Había pasado tanto tiempo pensando en ella durante los últimos horribles
meses, que ahora que se encontraba a tan sólo unos palmos de distancia le
parecía incomprensible, pese a todo el odio, que ella no riera de placer tal
como solía hacer cada vez que él cerraba la puerta de sus aposentos y ella no
estrechaba en sus brazos y lo ahogaba a besos, como si nunca pudiera saciarse
de tocarlo y de probarlo. ¿Cómo era posible que se hubiera cansado de él? ¿Cómo
era posible que pudiera preferir al ser que estaba sentado a su lado, haberle
dejado…? Pero ese pensamiento estaba muy próximo a la locura, a la que él ya se
había acercado demasiado. Ni siquiera por un instante (debéis excusar su
profunda ignorancia en tales asuntos), se le ocurrió a Cale pensar que pudiera
ser él el padre del bastardo saltarín que se acurrucaba en el vientre de su
madre. Ni se le había ocurrido que a los ojos de cualquier juez imparcial
resultaría lógico que Arbell Materazzi prefiriera a un joven alto y guapo de su
misma clase y educación, que era además la gran esperanza para el futuro de
todos los Materazzi, a un asesino bajito y resentido contra el mundo, de pelo
oscuro y alma siniestra. Es cierto que Arbell le debía la vida a él, y en
cierta manera muy especial también la vida de su hermano menor. Pero la
gratitud es una emoción difícil en el mejor de los casos, incluso (o tal vez
habría que decir especialmente) hacia aquellos a los que uno ha amado en otro
tiempo. Y es una emoción que resulta especialmente difícil para las princesas
hermosas porque ellas han nacido, digámoslo así, para recibir cosas, y lo que
sería una capacidad normal para la gratitud a ellas les pesaría demasiado, más
de lo que puede soportar la naturaleza humana.
—¿Estáis bien? —le preguntó Cale al fin. En ningún momento de la historia
universal ha sido hecha tal pregunta con tal tono de amenaza.
Ella lo miró un instante, y su natural atrevimiento venció sobre su
confusión.
—Muy bien.
—Me alegro mucho de oírlo. Para mí las cosas han sido duras desde nuestro
último encuentro.
—Todos hemos sufrido.
—Hablando por mí, he causado más sufrimiento del que he tenido que
soportar.
—¿No os pasa siempre eso?
—Tenéis mala memoria. Y peor desde que son tantas las cosas que me debéis.
—Cuidad vuestras maneras —dijo Conn, quien se hubiera levantado y arrojado
la silla al suelo en un gesto teatral de no ser porque Vipond lo agarraba del
muslo y apretaba con fuerza sorprendente para un hombre de su edad y profesión.
—¿Cómo anda vuestra pierna? —le preguntó Cale. Era, al fin y al cabo,
todavía joven en muchos aspectos.
—Por Dios… —susurró IdrisPukke.
Para entonces aquella actitud de sobrecogido silencio se había contagiado a
la mitad de la sala. Pero habiendo ido allí con la intención de atormentar todo
lo que pudiera a Arbell Cuello de Cisne, Cale comprendió que había perdido el
necesario autocontrol que hubiera hecho posible tal cosa. Se había abierto en
su interior un enorme pozo de ira y pérdida, algo más hondo aún de lo que había
creído sentir. Y había creído sentir muy hondo.
—No sois bienvenido aquí —dijo Conn—. ¿Por qué ´no dejáis de avergonzaros
vos mismo y os vais?
Cualquiera de esas dos cosas habría funcionado. Como una hoguera a merced
de un fuelle que bombeara un loco frenético Cale se encendió y perdió el
control de sí mismo. Se puso en pie, y se llevaba la mano al cinto cuando unos
débiles dedos le cogieron la muñeca.
—Hola, Tom —dijo con voz amable Henri el Impreciso—. He traído a alguien
que tenía ganas de veros.
Como un jarro de agua fría, su voz se derramó sobre el expectante silencio
de los curiosos. Cale contempló por un instante la blanca piel y la aún
llamativa señal del rostro, y después dirigió la mirada a los dos hombres que
lo acompañaban: Simon Materazzi y el siempre reservado Koolhaus.
—Simon Materazzi os dice hola, Cale —dijo Koolhaus. Entonces el joven
sordomudo lo estrechó en sus brazos y ya no lo soltó hasta que se encontraron
fuera del salón, fumando al aire libre, húmedo y frío, del Leeds Español.
Dos horas después los encontró IdrisPukke, mediante el sencillo
procedimiento de esperar en el cuarto de Cale a que éste regresara.
—Llevaos a Henri y Simon a la cama antes de que se caigan —le dijo a
Koolhaus, quien, de muy buena gana, hizo lo que se le mandaba. Cale se sentó
sobre la cama, sin mirar a IdrisPukke.
—Supongo que estaréis orgulloso. Vuestra reputación ya no es ser la ira de
Dios, sino el tonto del pueblo.
Aquello le dolió lo suficiente para hacerle levantar la mirada, aunque no
dijo nada, sintiéndose tan desgraciado como un tambor roto.
—¿Os creéis que podéis asustar al mundo?
—Hasta ahora se me ha dado bastante bien.
—Hasta ahora tal vez sí. Pero eso no es gran cosa, teniendo en cuenta que
sois muy joven y os queda tantísimo mundo.
Ninguno de los dos dijo nada durante un minuto entero.
—Quiero hacerla sufrir. Se lo merece.
Lo dijo con voz tan suave y tan triste que IdrisPukke apenas supo qué
decir.
—Sé lo duro que es renunciar a un gran amor.
—Yo le salvé la vida.
—Ya.
—¿Hice algo mal?
—No.
—Entonces, ¿por qué?
—Nadie tiene la respuesta para eso. No se le puede decir a nadie que ame a
tal mujer o a tal hombre.
—Pero ella me amaba.
—Lo que loso amantes se dicen uno al otro queda escrito en el viento y en
el agua. No sé qué poeta dijo eso, pero el caso es que es cierto.
—Ella me entregó a Bosco. Eso no puede quedar así.
Intentando ser justo e imparcial, IdrisPukke podría haber observado que
Arbell se había visto entonces en una situación muy difícil. Pero hacía años
que ya no era lo bastante tonto para hacer ese tipo de comentarios.
—Por desgracia, vivimos tiempos interesantes. Vos podéis tener una parte
importante en ellos, tal vez la parte más importante de todas. Así que, joven
como sois y por mucho que os duela, en asuntos de amor, de política y de
guerra, las pequeñas cosas de la vida deben ceder ante las grandes.
Cale lo miró.
—No si las pequeñas llegaron antes.
Otro largo silencio. Ni siquiera IdrisPukke sabía qué responder. Cambió de
tema.
—Yo no sé lo que los redentores y su Papa piensan hacer con respecto a vos.
No me fío de que no vayan a hacer nada. Vos hacéis enemigos con la facilidad
con que otros respiramos. Hablar de la manera airada en que lo hacéis, mostrar
vuestro odio en lo que decís o en la manera en que miráis, son conductas
innecesarias, peligrosas, estúpidas, ridículas y vulgares. Aunque supongo que
la vulgaridad es el menor de vuestros problemas. Deberíais o aprender a ser más
discreto, o empezar a correr ya.
Cale no dijo nada mientras IdrisPukke se sentaba en la cama, entristecido
por el extraño muchacho que tenía a su lado. Unos minutos después, IdrisPukke
empezó a preocuparse de que en su silencio la mente de Cale pudiera estar
llegando demasiado lejos.
—¿Os fijasteis en el cielo nocturno mientras estabais ahí fuera?
Cale se rió con una sonrisa suave y extraña, según le pareció a IdrisPukke.
Pero era mejor que el silencio precedente.
—No —dijo Cale—. ¿Siguen brillando las estrellas?
—Habéis sido Maestro de Ceremonias —le dijo Vipond a IdrisPukke más tarde,
aquella misma noche— en una gran cantidad de desastres, pero éste debe de haber
sido de los más estrepitosos.
—En absoluto. Me he visto envuelto en cosas mucho peores que una riña entre
amantes.
—Sabéis que ha sido mucho más grave que eso. Bose Ikard quiere echarnos, y
podéis tener por seguro que mientras hablamos estará en camino hacia el rey de
Suiza un informe sobre la reyerta que ha tenido lugar entre los herederos
Materazzi y vuestro joven amigo el Malo Malísimo. Y será un informe muy
adornado.
—El rey Zog puede ser más mojigato que una vieja, pero no nos va a echar
por una pelea como ésta, por mucho que se empeñe Ikard.
—Lo hará si le dice que hay dudas sobre la paternidad del hijo de Arbell.
—¿Qué pensáis vos al respecto?
—¿Y vos, qué pensáis?
—Que es posible.
—Eso está claro. El caso es que los rumores se están filtrando por debajo
de las puertas de cada casa del Leeds Español. El rey Zog tiene un punto de
vista muy tonto sobre el comportamiento promiscuo, sobre todo cuando tiene
lugar entre una aristócrata y el pilluelo que le lleva el carbón a sus
aposentos.
—Cale es mucho más que eso.
—No para el rey Zog de Suiza. Dios no ha hecho jamás un esnob tan rematado
como ése. Su única lectura consiste en pasarse horas ante el Almanaque de
Gotha, suspirando de placer cada vez que se entera de un nuevo cotilleo
relativo a su ascendencia.
—Por si no lo habéis notado, hermano —IdrisPukke no lo llamaba nunca así,
salvo que estuviera muy enfadado con él—, los Materazzi hemos descendido hasta
convertirnos en una especie de nada. Sin Cale para contenerlos, los redentores
están listos para arrasar con los antagonistas, los lacónicos, con Suiza y con
todo lo demás, como quien enrolla una vieja alfombra. Y al pasar se harán pis
encima del rey Zog,
—Conn Materazzi no deja de ser una esperanza para el futuro.
Cale diseñó la estrategia de nuestra destrucción, y después la de los
lacónicos. No está mal para ser el pilluelo que le lleva el carbón a la
princesa. Si pensáis que Conn Materazzi es capaz de algo remotamente parecido,
entonces sois el tonto más tonto del mundo.
—Acerca de la derrota de los lacónicos, no tenemos más que su palabra.
—Sin embargo, en el monte Silbury estábamos allí, viendo lo que nos hacían
los planes de Cale.
—Dejando las excusas a un lado, eso se debió tanto a la suerte como a la
inventiva.
—¿Y qué no?
—Vos no podéis controlarlo.
—No.
—Ni él se controla a sí mismo.
—Tampoco será el primero al que le pasa. Es joven, lo superará.
—En eso os equivocáis. Le oí amenazarla al abandonar Menfis, y de nuevo
esta noche. Nunca se liberará de ella. La agente habla de los niños como si
fueran de alguna manera distintos a los adultos. Pero no hay ninguna
diferencia, realmente no. No son más que almas que necesitan con locura ser
amadas. El amante y el asesino están en él entretejidos. No se puede separar
uno del otro.
—Entonces habrá que sacar a Arbell del Leeds Español, y a Conn con ella.
Ojos que no ven, corazón que no siente. Después podremos contar con Cale para
que idee un plan para hacer frente a los redentores.
—¿Y por qué tendría que ayudarnos?
—Cale odia a Arbell porque la amaba y la salvó, y pese a todo ella le
entregó.
—Eso lo hicimos todos.
—Hablad por vos. Además, Cale no veneraba el suelo que pisabais vos. A él
le interesa llegar a un acuerdo con nosotros porque no hay ningún otro sitio al
que pueda ir. Con Cale dirigiendo un ejército suizo, al hay una oportunidad para nosotros y para él.
Cale terminará comprendiéndolo. Con Arbell o sin ella, la supervivencia ha
estado siempre en su mente.
—¿No es un peligro para todo el mundo?
—Entonces tenemos que ayudarle a enfocar su atención allí donde pueda hacer
más daño.
—Eso no llega a ser un plan.
—Pero no tenemos otro mejor.
—¿Sabíais que ha estado hablando con Kitty la Liebre?
—Sí.
—¡Mentiroso! —le dijo en el tono en que le chilla esta exclamación un niño
pequeño a otro, sin ánimo de ofender. Y Vipond no se ofendió.
—¿Le habéis contado a alguien más todas vuestras idas y venidas?
-Soy célebre por mi cándida naturaleza.
—Eso es exactamente. Si a los que quedamos va a salvarnos Cale de los
redentores, espero que tenga mucha suerte.
—Nos vendría de perlas que los redentores volvieran a amenazar a Arbell.
Sería una buena excusa para animar a Arbell a que se fuera.
—¿Y se iría Conn con ella?
—Eso es mucho esperar. Además, Zog no pondrá a un granuja al frente del
ejército que paga él, penséis lo que penséis.
—Entonces es un imbécil.
—Eso nadie lo pone en duda.
—¿Podríais controlar a Conn?
—Sí —respondió Vipond.
—¿Lo suficiente para que se convirtiera en la mera fachada de alguien que
podría ser el padre de su primogénito?
—No pensaba yo en eso. Además, él tiene una ventaja.
—¿Que es..?
—Que no quiere creerlo. Tenemos que potenciar todo lo posible ese deseo
natural.
Pero aquel plan, endeble o no, tenía un defecto imprevisto. Aunque eso es
algo que no habría sorprendido a ninguno de los dos.
Una parte de las estratagemas que utilizaba Bose Ikard para hacer que los
Materazzi se sintieran mal recibidos se basaba en asegurarse de que se les
ofrecía un alojamiento inadecuado. En lo que se refería a Arbell, esto incluía
un mensaje claro, que consistía en ponerla en habitaciones diseñadas doscientos
años antes como residencia de la nueva novia del rey, la infanta[viii]
Pilar. La infanta no llegó a crecer más allá de dos codos y medio (siendo un
codo la distancia entre la punta de los dedos extendidos y el codo de una
persona de tamaño normal). Adorada por su buen carácter, ingenio y generosidad
con los pobres, la infanta inspiró numerosos edificios en la subsiguiente
afición por todo lo español que había terminado dando a lo que hasta entonces
se había llamado Leeds a secas su extraño nombre adicional. En otro tiempo el
nombre de la ciudad había sido sinónimo de sombrío («Tienes pinta de Leeds» era
una antigua broma con la que se mortificaba a los infelices, y también a
Leeds), pero el deseo de agradar a la infanta había llevado a una explosión de
exóticas casas públicas y privadas construidas al estilo español. Los aposentos
personales de la infanta fueron mandados hacer por su amantísimo marido a
escala de ella, y no a la de los gigantes que la rodeaban. El resultado para
Arbell era que aunque los aposentos resultaban ciertamente adecuados para una
reina, lo eran sólo para una reina muy pequeña, que no llegara al metro diez de
estatura. Para la infanta el techo había sido alto, pero Arbell se veía
obligada a agachar ligerísimamente su hermoso cuello en muchas partes de sus
aposentos.
Era la noche posterior al horrible banquete. Conn y Arbell estaban sentados
en sus aposentos. Dado que los dos eran altos, su postura daba a las
proporciones de la estancia un aspecto cómico, como si estuvieran sentados en
un lugar a medio camino entre un camarote de barco y una gran casa de muñecas.
Arbell se observaba los pechos y el vientre.
—Me siento —le dijo a Conn con tristeza— como si tuviera en el cuerpo las
cabezas de tres calvos. Tres calvos cabezotas. Dios mío ¿durará esto mucho más?
—Estáis muy hermosa.
—Eso os he obligado yo a decirlo.
Conn sonrió.
—Es verdad que me habéis obligado. Pero sigue siendo cierto.
—Mentís de manera tan dulce que casi es un placer dejarse engañar por vos.
—Tomáoslo como queráis —dijo cogiéndola de la mano.
—Prometedme que os mantendréis a distancia de Thomas Cale —le pidió ella.
—Me preguntaba cuánto tardaríais en sacarlo a relucir.
—Pues ahora ya lo sabéis. Prometédmelo.
—Os olvidáis de que me salvó la vida. No es tan fácil matar a alguien al
que se le debe tanto. También os salvó a vos, y eso lo hace aún más duro. Así
que lo prometo, aunque haya sido tan grosero con vos.
—Lo soportaré. Pero quiero pediros otra cosa mucho más difícil.
—¿Qué?
—Él no es tan cortés. Quiero que no entréis al trapo si él os busca las
vueltas.
—Eso es más difícil.
—Hacedlo por mí.
—¿Y mi orgullo?
—Eso no es nada. Se pasará. El orgullo no es nada.
—Decís eso porque sois mujer.
—¿O sea que yo no tengo orgullo?
—Lo que alimenta vuestro orgullo es muy diferente. Y lo que es posible o
imposible para vos también es muy diferente.
—¿Y os enorgullece a vos hacer lo que Cale quiera? No será lo bastante
tonto como para provocaros cuando tengáis la armadura puesta, porque sabe que
tendríais ventaja. —Un poco de halago, que tal vez fuera justo, se hacía
necesario aquí, puesto que le estaba presionando demasiado.
—¿Y qué se supone que tendré que hacer si me desafía?
—¡Dios mío, parece que habla un niño pequeño!
—Si elegís no comprender.. —Le molestaba que le hablaran de aquel modo,
pero había que ser indulgente con las mujeres, y especialmente con una mujer
que se halla en las últimas semanas de embarazo—. Si yo huyo de él, entonces mi
reputación, lo que yo soy, huirá de mí al mismo tiempo. Me decís que seguiréis
respetándome, ¿pero lo haríais de verdad?
—Por supuesto que sí.
—Eso es lo que decís ahora. Y no tendré el respeto de nadie más.
Ella lanzó un suspiro, y no dijo nada más durante un rato.
—Yo sé lo que sois: vos sois valiente, hábil y osado. —Más halagos, y
también justos— . Pero él no lo es. —Buscó desesperadamente la palabra
adecuada, pero no la encontró—. Él no es normal. No es que Cale acarree la
catástrofe, es que él es la catástrofe. Su amigo Kleist, a quien nunca le
gustó, decía que Cale tenía funerales en el cerebro. Pues bien: es cierto.
—¿Cómo puede vivir alguien sin respeto? ¿Y de qué le serviría vivir?
Arbell volvió a suspirar, movió hacia los lados el cuello agarrotado, y
profirió un gruñido
«Miraos —pensó—, tan gordo como la propia gula».
—¿Cuándo terminará esto? —preguntó en voz alta, mirando de soslayo a su
marido—. vos le debéis la vida.
—Sí.
-Entonces, ¿cómo podríais matarlo de manera honorable? Yo de vos, dejaría
que se supiera que se comportó de modo valeroso. Es más, yo elogiaría su valor,
para que la gente os admire más a vos de lo que le admira a él. Dejad claro que
estáis en deuda con él, y todo el mundo os respetará por esquivar el
enfrentamiento si él os provoca. ¡Qué ´valor! ¡Qué cosa tan honorable, que Conn
Materazzi, pudiendo tan fácilmente luchar, arriesgue su honor por portarse
honradamente! Al fin y al cabo es cierto, lo dijisteis vos mismo…
—¿No significará eso que él gana reputación…?
Tenía que pensar en ello: ¿se trataría de un rechazo honorable, dadas las
circunstancias? ¿Adquiriría reputación de valiente?
—No os preocupéis por eso —respondió Arbell— Cale no tardará en echar a
perder la buena opinión que cualquiera pueda tener de él. Cale piensa que le
rebaja ser admirado por personas a las que desprecia. y desprecia a todo el
mundo.
—Sois muy inteligente.
—Sí que lo soy —Él le apretó la mano—. Ahora marchaos y dejadme dormir.
Conn se levantó y se machacó la cabeza en el techo.
—¡Aaay!
Arbell se estremeció de dolor por simpatía con él, aunque se dio cuenta de
que en realidad no estaba herido. Se movió para poder besarlo mejor, cosa que
en su estado era una proeza.
—Quedaos donde estáis —le dijo él.
No necesitaba que se lo repitiera.
—Lo haré, ya que no os importa.
Él se inclinó y la besó suavemente en la boca. Entonces, con un cuidado
cómicamente exagerado, se dirigió a la puerta y salió. Arbell se recostó mejor
en el sofá, retorciéndose de un lado al otro para colocar mejor la dolorida
espalda. Decidió esperar otros diez minutos antes de hacer el esfuerzo de irse
a la cama. Cerró los ojos, disfrutando la paz y la tranquilidad.
Y entonces, procedente de la penumbra que envolvía la parte de atrás de la
estancia, dijo una voz suave.
—Sigo rondándoos.
Alguien ha dicho que el mundo terminará en los hielos. Si es así, tuvo que
ser el inicio de esos fríos finales lo que congeló el vello de la nuca de la
joven y futura madre. Se movió lo más rápido que os podáis imaginar, teniendo
en cuenta el dolor de la espalda y el enorme bulto, y se volvió horrorizada al
tiempo que Cale salía a la luz de la vela.
—Por si os lo estáis preguntando —dijo mencionando justamente lo que ella
más temía—. He oído todo lo que habéis dicho. No ha sido muy amable.
—Voy a gritar.
—Yo no lo haría. Las cosas no le irían nada bien al que cruzara la puerta
cuando lo hicierais.
—¿Esperáis que muera sin una queja?
—No, por dios. Yo no esperaría ni que os peinarais sin quejaros. —Eso no
era justo: Arbell no era en absoluto una persona quejica—. Quejaos cuanto
queráis, majestad, pero hacedlo en voz baja.
—¿Me vais a matar?
—Lo estoy pensando.
—Sé que pensáis que os he ofendido, pero ¿cómo ha ofendido mi bebé?
—Por eso es por lo que estoy pensando si mataros.
—Es vuestro.
—Me imaginaba que lo diríais.
—Es la verdad.
—Es verdad que os salvé dos veces la vida, y es verdad que me dijisteis que
me amabais más que… —sonrió con una sonrisa poco agradable—. ¿Sabéis?, no
consigo recordarlo, pero tenía que ser mucho. Tal vez me podáis ayudar.
—Es la verdad —dijo ella con voz casi inaudible.
—Por el mercado de verduras corría el rumor de que sois una puta. Y se
hacían apuestas sobre quién sería el padre: si el villano idiota de Menfis, o
el obrero que os llevaba el carbón al dormitorio.
—Vos sabéis que eso no es cierto.
—No lo sé. Vos me vendisteis a hombres que creíais que me llevarían a un
lugar de ejecución, me colgarían y me cortarían en trozos aún vivo, me sacarían
las tripas… delante de mis ojos, las freirían… delante de mis ojos, me
cortarían la polla y los huevos… delante de mis ojos. Bueno, reconoced que la
cosa tenía mala pinta.
—Me prometieron que no os harían daño.
—¿Y qué os hizo pensar que una promesa significaba más para ellos de lo que
significaba para vos? Os habíais cansado de mí, y queríais que os dejara en
paz. Sin importaros cómo.
—¡Eso no es verdad! —Lo dijo casi gritando, pero de modo apenas audible.
—Eso puede que no sea toda la verdad, pero es bastante cierto. En cualquier
caso, estoy cansado de oíros.
-No os hicieron ninguna de esas cosas. Bosco me prometió que os convertiría
en un gran hombre. ¿Y es que no lo sois? ¿No cumplió su promesa?
Aquello era demasiado. Dando unas zancadas se abalanzó sobre Arbell,
mientras ella retrocedía hacia la pared, levantando las manos aterrorizada para
proteger al niño. Él le cogió la cabeza por detrás, le agarró la dorada coleta
y la arrastró al sofá, poniéndola de rodillas.
—Os mostraré cómo mantuvo su promesa, perra mentirosa.
Siguió agarrándola fuerte del pelo con una mano, y llevó la lámpara de la
mesa hasta el sofá para que hubiera más luz. Entonces se metió la mano libre en
uno de los bolsillos de atrás y sacó la carta que le había enviado Bosco, y por
la cual había reñido con Henri el Impreciso. La desplegó sobre la alfombrilla
del sofá, y le empujó violentamente la cabeza hacia abajo hasta casi tocarla
con la nariz.
—¡Leed! —le ordenó.
—¡Me estáis haciendo daño!
Él le retorció el pelo bruscamente. Arbell lanzó un chillido.
—Chillad en voz baja —susurró él—. Alguien podría tener la mala suerte de
oíros. Ahora leed quién la remite. —Y le propinó otro tirón para animarla a
hacerlo.
—Del General Redentor Archer, Comandante de las Fuerzas del Veld, al
General Redentor Bosco.
—Os podéis saltar las cinco primeras líneas.
Arbell siguió con cierta dificultad. Él la agarraba con fuerza, y ella
estaba demasiado cerca del papel.
—«Antes de partir, Thomas Cale nos ha ordenado barrer cada pueblo del Veld
en ochenta kilómetros y traer a todas las mujeres y los niños, cuyos animales
serán utilizados para dar de comer a las tres mil almas que hemos logrado
confinar. Una especie de peste bovina ha matado a la mayor parte del ganado y
reducido mucho la leche de las reses que han sobrevivido. Como a menudo
nosotros mismos no contamos con las raciones suficientes, no tenemos nada que
repartir. Dada su debilidad, muchos han muerto de hambre, de sarampión y de
cólicos, en total unas dos mil quinientas personas. Yo no fui informado hasta
muy tarde, y cuando inspeccioné el campo, era tal la desdicha que se presentaba
ante mis ojos, que cualquiera los habría apartado…».
—No os preocupéis por lo que sigue —dijo Cale señalando más abajo en la
carta—: Continuad aquí.
—«Por cada rincón del lugar se acercaban arrastrándose a cuatro patas,
porque las piernas no podían aguantar su peso. Parecían la anatomía misma de la
muerte, y hablaban en susurros como fantasmas que gritaran desde la tumba. Me
dijeron que estaban contentos de comer musgo cuando lo encontraban y luego de
raspar desesperados los huesos de las tumbas. Sé que sois una persona clemente,
pero aunque yo describiera cosas lastimosas, y más fáciles de leer que de
contemplar, no hay esperanza de que estos antagonistas se corrijan, y es de
extrema necesidad aislarlo. Este juicio de los cielos que nos hace temblar, no
nos despierta la piedad».
—Es suficiente —dijo soltándole el pelo y empujándole con tal fuerza la
cabeza contra el cabezal del sofá, que rebotó, lo cual hay que reconocer que no
era la señal de violencia más terrible que Cale le había ofrecido al mundo.
Lentamente, ella se incorporó y se colocó sentada sobre el sofá.
—No comprendo —dijo por fin—. ¿Qué tiene que ver esto conmigo? Ni con vos…
Ese espanto no es lo que vos andabais buscando, ¿me equivoco?
—¿No lo habéis oído? La carretera al infierno está pavimentada de buenas
intenciones. Mi intención es que me dejen en paz, con una cama decente y un
poco de comida también decente. Pero lo que hago es justo lo que habéis dicho.
La catástrofe me sigue adondequiera que vaya. Yo estaba ahí sentado, en la
oscuridad, escuchando a vuestro hijo de papá quejarse sobre su reputación…
—¡No es un hijo de papá!
—No levantéis la voz. Mi reputación dice que soy un niño sanguinario al que
no le preocupa la vida de la gente más de lo que le preocupa la vida de un
perro. Mi reputación dice que reduzco a cenizas todo lo que toco. Y vos me
enviasteis de nuevo con ellos. La sangre que he derramado desde entonces os
mancha las manos a vos tanto como a mí.
—¿Por qué no dejáis simplemente de matar gente en vez de culpar a todos los
demás?
Dijo esto con más violencia de lo que tal vez era prudente, dadas las
circunstancias. Pero Arbell no carecía de valor.
—¿Y me indicaréis cómo se supone que puedo hacer tal cosa?
Los redentores no se detendrán por nada del mundo. Pretenden envolver este
mundo en una manta, echarle brea encima, y prenderle luego como si fuera una
cerilla. No se detendrán. —Se apartó un poco mirándola fijamente como si fuera
el Ogro de Gissinghurst. Lo cierto es que Arbell le devolvió una mirada de
odio, tan intensa como la de Cale—. Ahora voy a salir por la puerta que no es
como entré, por si os lo estáis preguntando. Quiero que penséis en ello en las
próximas noches. No vais a llamar a nadie, porque si lo hacéis mataré a quien
acuda. Y aunque me atraparan, no me olvidaría de mencionarle a ese hijo de papá
que tenéis por marido que me habéis asegurado que el padre de ese niño soy yo.
—No os creerá.
—Se quedará con la duda.
Y diciendo eso se dirigió a la puerta y salió. Avanzó rápidamente por los
pasillos casi vacíos, donde los únicos guardias que había eran jóvenes,
inexpertos y fáciles de evitar. Pensó en su labor de aquella noche con una
peculiar satisfacción. Había conseguido que Arbell se sintiera peor, y eso era
lo que importaba. Era difícil saber si él también tenía el corazón destrozado
por las consecuencias no buscadas de sus órdenes concernientes a las mujeres y
los niños del Veld. Como decían los ingleses: la verdad depende de dónde
empieza uno a contar la historia.
Al día siguiente, Cale pensaba de otra manera sobre su visita de la noche
anterior. A fin de cuentas, había amenazado a una mujer embarazada, empleando
la violencia, y se había comportado como el monstruo que Arbell había dicho que
era mientras él escuchaba agazapado en la oscuridad. En cuanto al niño sin duda
ella le había mentido para salvar la piel. A duras penas podía pensar en lo que
significaba si no era así. De modo que no pensó en ello.
Deprimido y avergonzado, había salido a dar un paseo y se había encontrado
de casualidad en el gran parque que se extendía, trazando la extravagante forma
de una salamandra, justo al norte del centro de la ciudad. Era un día cálido
para la época del año en que se encontraban, había un sol brillante y el parque
estaba abarrotado de gente, de hombres y mujeres que flirteaban, de niños que
jugaban y chillaban, de parejas mayores que caminaban de una punta a otra de
los grandes paseos con sus tilos a punto de florecer, paseos que habían dado
fama al Leeds Español durante doscientos años, ya se sabe: aquello del ver y
ser visto.
Sintiéndose extrañamente mareado y con un oído bloqueado como si le hubiera
entrado el agua del baño, caminó bajo el sol hasta que llegó a un borde del
Parque de la Salamandra: un enorme muro escarbado en el granito que coronaba la
ciudad. Lo habían hecho liso, arrancando gran parte de la roca. Toscamente
talladas, se encontraban allí las grandes figuras de la Reforma Antagonista que
se habían refugiado en el Leeds Español durante la persecución inicial, antes
de desplazarse a la ciudad antagonista de Salt Lake. Eran relieves de nueve
metros de altura de los hombres que habían luchado contra los redentores hasta
recibir una espantosa muerte, y de los cuales él nunca había oído hablar:
Butzer, Hus y Philip Melanchthon, Menno Simons, Zwingli, Hutt y los hermanos
Mosarghu, de triste aspecto. ¿Quiénes eran aquellos gigantes que tenía ante sí,
y en qué demonios creían? Era casi imposible de comprender que el rechazo de
los redentores pudiera ser tan fuerte.
Entonces siguió andando por el parque, sintiéndose cada vez más distante y
apartado del flujo de ordinaria felicidad que las personas extraían del sol y
también unas de otras, como harían una semana después y seguirían haciendo
durante toda la primavera y todo el verano. Y en aquel momento tuvo que salir
por las grandes cancelas de hierro fundido y muy adornado del extremo norte del
parque, y rodear un lateral para dirigirse a su cuarto. Estaba ya cansado,
intensamente agotado, exhausto en un sentido que le resultaba completamente
nuevo. Iba caminando cada vez más despacio por la calle, como si cada paso lo
envejeciera un año. Aquello era mucho peor que la fatiga ordinaria. Sentía que
no había parado durante mil años, y que no había tenido un lugar en el que
sentarse, ni paz, ni descanso: nada más que lucha y terror ante el siguiente
golpe. El corazón le pesaba tanto en el pecho que sintió que le obligaba a
pararse. ¿Cómo era posible sentirse así y seguir viviendo? Para entonces se
hallaba ante la Cancela de Poniente, y se detuvo a descansar la cabeza, de la
que caían gotas de sudor en la piedra arenisca.
—¿Estáis bien, hijo? —oyó decir, pero no tuvo fuerzas para responder.
Después de eso, no podía recordar cómo había conseguido llegar a la
habitación, ni cómo había abierto la puerta. Sólo sabía que se había tendido en
la cama, jadeando como un pez que se ahoga fuera del agua.
Y entonces tuvo el acceso: un terremoto en las tripas, un temblor y una
avalancha de derrumbes y arranques. Su mundo interno hizo entrega de carne y
alma al mismo tiempo, con un espantoso dolor de lágrimas y erupciones. Corrió
hacia el excusado. Sufrió arcadas y más arcadas, pero no salió nada, aunque
resultó tan violento como si el alma estuviera tratando de abandonar sus
entrañas y su vientre mientras él seguía con vida. Y así siguió la cosa durante
una hora tras hora. Regresó a la cama y lloró, pero no como un niño ni como un
hombre, y aquello no le proporcionó ningún alivio. Fue entonces cuando pensó,
si es que era pensamiento aquello, que aquel bramido de dolor sin lágrimas no
pararía nunca. Y empezó a reírse y siguió riéndose durante horas. Y así fue
como lo encontró Henri el Impreciso justo antes del alba: aún riendo, llorando
y sufriendo arcadas.
Durante una semana lo hicieron quedarse en su cuarto, pero no mejoró.
Dormía doce horas o más, pero despertaba exhausto y tan ojeroso como cuando se
había echado a dormir. había una pausa de tres horas durante las cuales
descansaba de costado, con las rodillas doblada, y después regresaban las
arcadas, en las que hacía un sonido espantoso, más propio de algún animal
grande que intentara expulsar alguna cosa envenenada que hubiera comido.
Al cabo de unos días cesaron las terribles carcajadas, sin que eso
supusiera ningún alivio para Cale sino tan sólo para los que tenían que oírlas.
Cale siguió sufriendo arcadas, y todas las lágrimas que lloraba estaba claro
que no le proporcionaban ni paz ni tranquilidad. Pronto las lágrimas también
pararon. Pero siguió teniendo arcadas aunque nunca llegaba a vomitar. Sin
embargo comía, incluso con buen apetito.
Después de aquella semana, la enfermedad se estabilizó y adquirió un patrón
espantoso: horas de sueño que no proporcionaban descanso, buen apetito, y
después unos espasmos que duraban una hora; a continuación un descanso
silencioso, y otro ataque, más comida, y después se dormía de puro agotamiento.
A continuación, el ciclo volvía a comenzar.
Llamaron a médicos que prescribieron perniciosas sustancias de enorme coste
que Cale se negaba a tomar. Después, finalmente, por pura desesperación y a
sugerencia de Henri el Impreciso, llamaron a John Bradmore.
Bradmore estuvo sentado delante de Cale durante una o dos horas. Le hizo
probar un poco de miel mezclada con vino y opio, algo que pareció calmarlo
hasta que, por primera vez, lo vomitó todo de una sentada sobre el suelo de su
cuarto
Más tarde, IdrisPukke, Vipond y Henri el Impreciso hablaron con Bradmore
fuera de la habitación:
—Aparte de ver que está horriblemente enfermo, no consigo encontrarle nada.
Por lo que me decís, ni mejora ni empeora. Si podéis pagarlo, yo intentaría que
viniera Roberto de Salerno.
—Salerno está a ochocientos kilómetros.
—Pero el dinero está aquí. Él trata a las muchachas trastornadas de la
aristocracia y los mercaderes del Leeds Español. Dios sabe que son muchas.
—Cale no es una muchacha.
—Ni tampoco está enfermo de ninguna manera que yo pueda tratar. Roberto de
Salerno es irritante y realmente desagradable, tan pagado de sí mismo… Pero
obtiene buenos resultados con gente que está enferma de la cabeza.
—Bradmore tiene razón —explicó Roberto de Salerno al día siguiente, en el
mismo pasillo—. Esto está muy fuera de su comprensión. Aquí no valen los
aparatitos ingeniosos.
—Gracias, pero yendo al caso…
Con cien dólares de Kitty la Liebre en el bolsillo, Roberto de Salerno no
se daba por ofendido tan fácilmente como solía ser el caso. Normalmente solía
ser muy fácil.
—¿Sabéis dónde puede hallarse la mejor pintura del alma humana?
—Seguro que me lo decís vos.
—Por cien dólares se lo diría a quien fuera. La mejor pintura del alma
humana, señor IdrisPukke, es el cuerpo humano. El alma tiene sus riñones y su
hígado, su estómago, sus brazos y sus piernas. Y cada uno de esos órganos y
miembros tiene sus propias enfermedades: hay diferentes fiebres del alma, como
hay fiebre escarlata y fiebre amarilla para el cuerpo; por cada sarpullido que
estropea la piel hay otro para la voluntad; el alma tiene sus abscesos
subcutáneos y sus abscesos supurantes; hay muchas úlceras de la mente, cánceres
de las pasiones…
—Ya entendemos —dijo Vipond—. ¿Y con respecto al muchacho?
—Creo que sabéis tan bien como yo cuál es el problema. Según este joven
—señaló a Henri el Impreciso—, estáis al tanto de su historia. Ha sido tratado
como un perro toda su vida. Hombres perversos lo han hecho trabajar duramente,
le han pegado, le han dado mal de comer. Ha visto y ha hecho cosas terribles.
—¿Y por qué no me ha sucedido a mí? —preguntó Henri.
—No sabemos si ocurrirá. Pero he estado en ciudades donde la peste bubónica
se había llevado consigo a las tres cuartas partes de la población, y sin
embargo había dejado al resto incólume. ¿Quién conoce la explicación de estas
cosas?
—Los cien dólares que tenéis en el bolsillo dicen que deberíais ser vos
quien la supiera.
—Como decía mi anciana niñera: «El doctor que pueda enmendar a este niño no
ha nacido, y su madre ha muerto». Vuestro muchacho es como uno de esos árboles
de montaña que crecen pese al fuerte viento. Ha adquirido esa forma, y no hay
quien lo enderece.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer ahora? ¿Nada?
Roberto de Salerno exhaló un suspiro:
—Tratadlo con bondad y no permitáis que nadie lo someta a tratamientos
dolorosos. Hay muchos que se ofrecerán a mejorarlo mediante medios duros. No lo
consintáis. Le abrirán agujeros en la cabeza, lo meterán en cubas de agua
helada durante un día entero o le darán drogas que podrían matar a un caballo.
Antes que eso, le demostraríais mejor vuestro amor ahogándolo en un caldero.
Escribiré una carta a las Hermanas de la Merced de Chipre. La gente os dirá que
son muy extrañas, y es verdad que lo son. Pero tienen un natural bondadoso.
Ayudan a los dementes mediante la conversación y la bondad. No le harán ningún
daño.
—¿Cuánto tiempo pensáis que pasará hasta que mejore? —preguntó Henri el
Impreciso.
Roberto de Salerno lo miró pero no respondió a la pregunta.
—¿Queréis que me encargue de pedírselo?
—Sí —respondió Vipond.
Roberto de Salerno inclinó muy levemente la cabeza, y se fue.
Al mismo tiempo, a unos trescientos kilómetros de distancia, en la Alta
Silesia, Kleist, junto con veintiséis hombres de edades comprendidas entre los
dieciocho y los cuarenta y dos, entraron en la ciudad carbonífera de Bytom, que
era el vertedero más lúgubre que hubiera visto nunca nadie.
—Si esto es la Alta Silesia —comentó Tarleton—, ¿cómo demonios será la Baja
Silesia? Nadie dijo nada, ni mucho se
rió. Estaban demasiado inmersos en su desesperanza y en sus odios. Querían
vengarse, desde luego, pero se sentían lisiados por la vergüenza y la
desesperación ante lo que habían permitido que les pasara a sus esposas e
hijos.
Compraron provisiones para una semana con el dinero que habían guardado, y
se quedaron de pie en la húmeda plaza mayor, pensando qué hacer a continuación.
Lo decidieron al cabo de media hora. Cuatro de ellos querían ir al norte, y
llegar lo más lejos de los redentores que les permitiera la Tierra. Los otros
veintidós y Kleist decidieron dirigirse al Leeds Español, donde habían oído,
equivocadamente, que se estaba reuniendo un ejército para luchar contra los
redentores. Los cuatro que iban al norte cogieron su parte de las provisiones,
les estrecharon la mano a los demás, y partieron. Los veintidós, con Kleist,
salieron en dirección Este.
Dos días después de que dejaran Bytom, la viuda de Kleist, en su estado de
gestación avanzada y pensando que era la única superviviente de un oscuro clan
de las montañas Quantock, atravesaba la misma plaza en dirección al Leeds
Español, donde esperaba que naciera su hijo como ciudadano de aquella ciudad y
país, donde se decía que el estado les pagaba una pensión a las viudas, y que
daban leche gratis para los niños de
tres años.
Le había costado algún tiempo al redentor Gil aprender a disfrutar de su
reciente poder, y aún desaprobaba aquella propensión interior a disfrutar del
vasto escritorio con sus tallas ornamentadas que representaban las diversas
atrocidades cometidas contra los cuerpos de los fieles; o de la velocidad y
servilismo de la respuesta a su campana cuando reunía o despedía a hombres que
a menudo habían sido de gran importancia en Chartres, pero que ahora mostraban
de manera demasiado evidente la necesidad de agradarle. Sentía de vez en cuando
remordimientos de conciencia, como debe sentir siempre un redentor, pero eran
cada vez frecuentes, o por lo no tan lacerantes.
Tan sólo unos meses antes, el redentor Warren, el hombre que tenía delante
escuchando tan atenta y gravemente, lo habría mirado como a un miembro
ordinario de los Militantes, alguien que no era como para ser visto con
desprecio, pero sí con condescendencia. En aquel momento miraba a Gil
fijamente, y temblaba ante la responsabilidad que suponía lo que sus
instrucciones le obligaban a asumir.
—Sólo os podréis confiar a los más reservados y fiables, que serán pocos,
pero no diréis nada de la verdadera identidad del impostor que robó el Papado.
Tan sólo tienen que saber que están buscando a mujeres inmundas de las que
tenemos razones para sospechar que podrían haberse disfrazado de sacerdotes. De
un modo u otro, tendrán que arrancar de raíz la verdad de todo esto . Si no es
el caso, debo saberlo. En cuanto a los medios por los que semejante abominación
se abrió camino hasta el Papado, quiero que lleguéis al fondo de cómo se hizo.
Quiero saber si fue parte de una conspiración, o si esa criatura actuó sola.
Llamaron a la puerta, y entró Monseñor Chadwick. Saludando a Warren con una
respetuosa inclinación, se acercó a Gil y le susurró al oído:
—Los dos trévores.
Gil no respondió nada, pero Chadwick se fue, deslizándose de la estancia
como si fuera sobre ruedas.
—Tenéis que excusarme, Padre —le dijo Gil a Warren—. Sé que tenéis
preguntas, pero hay pocas respuestas. Pensad lo que os he dicho y ponedme al
corriente de vuestras conclusiones en uno o dos días. Y no digáis nada de
cuanto habéis oído hasta que volvamos a hablar.
Warren se puso en pie, se dirigió hacia la puerta conmocionado, y se fue.
Un minuto después, volvieron a llamar, esta vez a la puerta pequeña que se
encontraba a la izquierda de la estancia. Volvió a abrirse. Otra vez era
Chadwick, que en aquella ocasión se hizo a un lado para dejar pasar a dos
hombres. Uno de ellos tenía aspecto de galgo. El otro no sólo era apuesto, sino
seductor, con una expresión a la vez cálida y alegre.
Gil les hizo una seña para que se adelantaran, y a Chadwick otra para que
saliera.
—Gracias por venir. Sentaos.
El trévor de cara de anguila que se llamaba Lugavoy estiró las piernas de
modo insolente, como para dejar claro que no le importaba si se hallaba allí o
en cualquier otro lugar. Fue el trévor seductor, Kovtun, el que habló:
—¿Queréis que traigamos a alguien a las atenciones de la Muerte? —Era más
desenfadado, pero igual de insolente que su compañero, el de las piernas
estiradas.
—Para cumplir con ciertas profecías de las Sagradas Escrituras, es
necesario que martiricéis a alguien.
Dio la clara impresión de que la idea les molestaba, aunque no a causa del
crimen que formaba parte de ella.
—Nosotros no hacemos daño a la gente antes de matarla —objetó el trévor
Kovtun.
—Efectivamente, nosotros no somos torturadores —añadió el trévor Lugavoy.
Gil no estaba dispuesto a aceptar absurdos, por grande que fuera la
reputación de aquellos dos.
—Afortunadamente para vuestras finas sensibilidades, no es necesaria
ninguna tortura. Se os pagará bien, pero dejadme recordaros que habéis gozado
de protección en mi, digámoslo así, territorio redentor durante unos cuantos
años.
—No era necesario insistir sobre aquel punto.
—¿De quién se trata? —preguntó el trévor Lugavoy.
—De Thomas Cale.
Eso no les pasó desapercibido: aquella chulería de piernas estiradas y la
insolencia inherente a su violenta profesión disminuyeron de manera muy
satisfactoria.
—Y para evitar cualquier duda, yo no deseo que lo entreguéis a las
atenciones de la Muerte, signifique eso lo que signifique: quiero que lo
matéis.
[i] Lugar mencionado en el Éxodo. (N.
del T.)
[ii] Lamentación, en hebreo. Es asimismo un lugar de Jerusalén. (N. del T.)
[iii] En latín: «El hombre es un lobo para el hombre». (N. del T.)
[iv] Apocalipsis 12.1 Me sirvo de la trad. de Nácar-Colunga. Después,
Apocalipsis 13. (N. del T.)
[v] En castellano en el original. (N.
del T.)
[vi] San Juan 15,13 (N. del T.)
[vii] En castellano en el original. (N.
del T.)
[viii] En castellano en el original. (N.
del T.)
[i] Akenaton: décimo faraón de la decimoctava dinastía.
Ozymandias: Ramsés II, tercer faraón
de la decimonovena dinastía y protagonista de un famoso soneto de Shelley sobre
el tópico del Ubi sunt? (N. del T.)
[iii] San Mateo 6, 19. (N. del T.)
[iv] San Mateo 18,3 (N. del T.)
[v] Macbeth 1, 5. (N. del T.)


Publicar un comentario